Falsa identidad por Sara Waters

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Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:08 am



Sue Trinder, una joven huérfana de diecisiete años que vive en el Londres más salvaje, protegida por la señora Sucksby, la gran «madre» de una dickensiana comunidad de delincuentes, es enviada a una mansión en el campo como doncella de la joven Maud Lilly, también huérfana y de su misma edad. Pero Sue va con una misión: ayudar a Richard Rivers, Caballero, un aristócrata desclasado, fullero y estafador, falsificador y lo que se tercie, a seducir a la inocente Maud. Porque Caballero planea casarse con la joven, recluirla luego en un manicomio y gozar de la fortuna que Maud ha heredado de su madre. Hay un obstáculo, claro está, el excéntrico tío de Maud, un bibliófilo empedernido. Aunque en la mansión de los Lilly nada es lo que parece, y la experimentada Sue resultará ser mucho más inocente que la inocente Maud

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PRIMERA PARTE - 1

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:10 am

Mi nombre, en aquel entonces, era Susan Trinder. La gente me llamaba Sue. Sé en qué año nací, pero durante muchos años no supe la fecha, y celebraba mi cumpleaños en Navidad. Creo que soy huérfana. Sé que mi madre ha muerto. Pero nunca la vi, no era nadie para mí. Yo era, de ser alguien, la hija de la señora Sucksby, y tenía por padre al señor Ibbs, un cerrajero con tienda en Lant Street, en el barrio, cerca del Támesis. Ésta es la primera vez que recuerdo haber pensado en el mundo y en mi lugar en él.
Había una chica que se llamaba Flora y que pagaba un penique a la señora Sucksby para llevarme a mendigar a un teatro. La gente solía llevarme a mendigar por entonces, a causa de mi pelo rubio; y como Flora también era rubia, me hacía pasar por su hermana. El teatro al que me llevó, la noche en la que estoy pensando ahora, era el Surrey, en St. George's Circus. La obra era Oliver Twist. Lo recuerdo como algo terrible. Recuerdo la inclinación del gallinero y el telón hasta la platea. Recuerdo a una mujer borracha que me tiraba de las cintas del vestido. Recuerdo las luces, que daban al escenario una apariencia muy chillona, y el rugido de los actores, los gritos del público. Uno de los personajes llevaba patillas y una peluca roja: yo estaba convencida de que era un mono vestido con un abrigo, de tanto que brincaba. Peor era el perro de ojos rosas, que gruñía; y lo peor de todo era el amo del perro, Bill Sykes, el compinche. Cuando pegó con el garrote a la pobre Nancy, toda la gente que estaba en nuestra fila se levantó. Alguien lanzó una bota al escenario. Una mujer a mi lado gritó:
—¡Oh, bestia! ¡Malvado! ¡Ella vale cuarenta matones como tú!
No sé si fue porque la gente se levantaba —dio la impresión de que el gallinero también se alzaba, por la mujer que chillaba, o por la visión de Nancy tendida absolutamente inmóvil y pálida a los pies de Bill Sykes, pero me invadió un terror atroz. Pensé que iban a matarnos a todos. Empecé a gritar y Flora no conseguía hacerme callar. Y cuando la mujer que había chillado extendió los brazos hacia mí y sonrió, yo grité todavía más fuerte. Entonces Flora se echó a llorar; tenía sólo doce o trece años, creo. Me llevó a casa, y la señora Sucksby la abofeteó.
—¿En qué estabas pensando al llevarte a una chiquilla así? —dijo—. Tenías que haberte sentado con ella en los escalones. No alquilo a mis niños para que me los devuelvan así, amoratados de tanto llorar. ¿A qué jugabas?
Me sentó en su regazo y volví a llorar.
—Vamos, vamos, corderito —dijo. Flora, plantada delante de ella, no decía nada, y se tapaba con un mechón de pelo la mejilla escarlata.
La señora Sucksby era un demonio cuando perdía los estribos. Miró a Flora y aplastó contra la alfombra sus pies enfundados en zapatillas, al tiempo que se mecía en su silla era una silla de madera grande y crujiente, en la que sólo se sentaba ella y golpeaba con su mano gruesa y recia mi espalda temblorosa.
—Conozco tus mañas —dijo con calma. Conocía las de todo el mundo—. ¿Qué traes? Un par de pañuelos, ¿verdad? ¿Un par de pañuelos y un bolso?
Flora se estiró el mechón hasta la boca y lo mordió.
—Un bolso —dijo al cabo de unos segundos—. Y una botella de perfume.
—Enséñamelo —dijo la señora Sucksby, extendiendo la mano. La cara de Flora se ensombreció. Pero metió los dedos por un desgarrón en el talle de su falda y buscó dentro; e imagínense mi sorpresa cuando la desgarradura resultó no serlo en absoluto, sino un bolsillito de seda cosido dentro del vestido: sacó una bolsa de paño negro y una botella con un tapón en una cadena de plata. El bolso tenía tres peniques dentro y media nuez moscada. Tal vez se lo birló a la mujer borracha que me tiraba del vestido. La botella, al quitar el tapón, olía a rosas. La señora olfateó.
—Un botín de tres al cuarto, ¿no? —dijo. Flora movió la cabeza.
—Habría pillado más —dijo, mirándome— si ella no se hubiera puesto histérica.
La señora Sucksby se inclinó y le pegó otra vez.
—Si hubiera sabido lo que te proponías —dijo—, no habrías sacado nada. Oye lo que te digo: si quieres un niño para birlar, coges a otra de mis criaturas. No te llevas a Sue. ¿Entendido?
Flora frunció el ceño, pero dijo que sí. La señora Sucksby dijo:
—Bien. Ahora lárgate. Y deja este bolso si no quieres que le diga a tu madre que has andado con caballeros.
Luego me acostó; primero, frotó las sábanas con las manos para calentarlas; después, se agachó para echarme aliento en los dedos para calentarme. Yo era la única de sus niños a la que hacía esto. Dijo:
—No tienes miedo, ¿verdad, Sue?
Pero yo sí tenía, y se lo dije. Dije que tenía miedo de que el compinche me encontrara y me pegara con la estaca. Dijo que había oído hablar de aquel hombre: era un mero fanfarrón. Dijo:
—Era Bill Sykes, ¿no? Bueno, él es de Clerkenwell. No se atreve con el barrio. Los chicos del barrio son demasiado para él.
—Pero ¡oh, señora Sucksby! ¡No ha visto a la pobre Nancy, cómo le pegaba y la asesinaba!
—¡Asesinarla! —dijo ella entonces—. ¿A Nancy? Vaya, ha estado aquí hace una hora. Sólo tenía un golpe en la cara. Ahora tiene el pelo rizado de otro modo, no notarías que le haya puesto la mano encima.
—¿Pero no volverá a pegarle? —dije.
Ella me dijo que Nancy había recobrado el juicio y había dejado a Bill Sykes para siempre; que había conocido a un buen muchacho de Wapping que le había puesto una tiendecita para vender golosinas y tabaco. Me levantó el pelo de alrededor del cuello y lo esparció sobre la almohada. Mi pelo, como ya he dicho, era muy rubio entonces aunque se volvió castaño cuando fui creciendo, y la señora Sucksby lo lavaba con vinagre y lo peinaba hasta que relucía. Ahora lo alisó y luego cogió una trenza y la rozó con los labios. Dijo:
—Si Flora intenta llevarte otra vez de birle, me lo dices, ¿lo harás?
Le dije que sí.
—Buena chica —dijo ella.
Luego se fue. Se llevó la vela, pero dejó la puerta entornada; la tela de la ventana era de encaje y a través de ella se veía la farola. Allí nunca estaba oscuro del todo, ni en completo silencio. En la planta de arriba había un par de habitaciones donde chicas y chicos se alojaban de vez en cuando: se reían y hacían ruido, tiraban monedas y a veces bailaban. Al otro lado de la pared yacía la hermana del señor Ibbs, que estaba postrada en cama: a menudo se despertaba aterrorizada, gritando. Y por toda la casa alineados en cunas, como arenques en cajas de sal estaban los niños de la señora Sucksby. Podían llorar a cualquier hora de la noche, el menor ruido les sobresaltaba. Entonces la señora iba a verlos y les daba una cucharada de una botella de ginebra, con una cuchara que tintineaba contra el vidrio.
Pero aquella noche creo que la habitación de arriba estaba vacía y la hermana del señor Ibbs permaneció callada; y quizás debido al silencio los bebés dormían. Como estaba acostumbrada al ruido, me había desvelado. Pensaba otra vez en el cruel Bill Sykes y en Nancy, muerta a sus pies. De alguna casa cercana llegaba el sonido de un hombre maldiciendo. La campana de una iglesia dio la hora; las campanadas eran una nota extraña en las calles ventosas. Me pregunté si a Flora le dolería todavía la bofetada en la cara. Me pregunté a qué distancia del barrio estaría Clerkenwell, y cómo de largo se le haría el camino a un hombre con un bastón.
Ya entonces yo tenía una imaginación desbordante. Cuando en Lant Street se oyeron pasos que se detuvieron junto a la ventana; y cuando a los pasos les siguió el gemido de un perro, el arañazo de las patas de un perro, el lento girar del picaporte de la puerta de la tienda, levanté la cabeza de la almohada y habría gritado…, sólo que antes de que el perro ladrara, y de que el ladrido me resultase conocido, yo lo supe: no era el monstruo de ojos rosas del teatro, sino nuestro perro, Jack. Sabía pelear. Luego se oyó un silbido. Bill Sykes nunca silbaba tan bien. Era el señor Ibbs. Había salido a buscar un budín de carne para su cena y la de la señora Sucksby.
—¿Todo bien? —le oí decir—. Huele esta salsa…
Después su voz se redujo a un murmullo, y me tumbé. Debo decir que tenía cinco o seis años. Pero recuerdo esto con toda claridad. Recuerdo que estaba acostada y que oía el sonido de cuchillos, de tenedores y de loza, los suspiros de la señora Sucksby, el crujido de su silla, el golpeteo de su pantufla contra el suelo. Y recuerdo haber visto algo que no había visto nunca—de qué estaba hecho el mundo: que contenía a Bill Sykes malos, y a señores Ibbs buenos; y a Nancys, que podía ser lo uno o lo otro.
Pensé en cuánto me alegraba estar ya en el lado al que por fin llegó Nancy: me refiero al lado bueno, en el que había golosinas. Hasta muchos años después, cuando vi por segunda vez Oliver Twist, no comprendí que Nancy, en efecto, había sido asesinada. Para entonces Flora era una «habilidedos» consumada; el Surrey no era nada para ella, trabajaba en los teatros y locales del West End; atravesaba como si tal cosa los gentíos. Pero nunca volvió a llevarme con ella. Era como todo el mundo, tenía pavor a la señora Sucksby. La atraparon por fin, a la pobre, con las manos en la pulsera de una mujer; y se la llevaron para deportarla por ladrona.
En Lant Street, todos éramos más o menos ladrones. Pero éramos de esa clase de ladrones que facilitan la mala acción en vez de hacerla. Aunque me había quedado de una pieza al ver a Flora meterse la mano por la tela desgarrada de su falda y sacar un bolso y un perfume, nunca volví a sorprenderme: era muy soso el día en que no entraba nadie en la tienda de Ibbs con una bolsa o un paquete en el forro del abrigo, en el sombrero, la manga o los calcetines.
—¿Todo bien, señor Ibbs? —decía.
—Muy bien, hijo —respondía Ibbs. Hablaba por la nariz—. ¿Qué sabes?
—No mucho.
—¿Me traes algo?
El hombre le guiñaba un ojo.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:11 am

—Le traigo algo, Ibbs, muy caliente y curioso…
Siempre decían eso o algo parecido. Ibbs asentía, bajaba la cortina sobre la puerta de la tienda y cerraba con llave; era un hombre cauteloso, y nunca miraba una cartera cerca de una ventana. Al fondo del mostrador había una cortina de paño verde y detrás un corredor que llevaba derecho a nuestra cocina. Si conocía al ladrón le llevaba a la mesa.
—Vamos, hijo —le decía—. No hago esto con todo el mundo. Pero tú eres tan veterano que…, bueno, podrías ser de la familia.
Y hacía que el hombre depositara su mercancía entre las tazas, los mendrugos y las cucharas. La señora Sucksby podía estar presente, dando la papilla a un bebé. El ladrón la veía y se quitaba el sombrero.
—¿Todo bien, señora Sucksby?
—Todo bien, querido.
—¿Qué tal, Sue? ¡Cómo has crecido!
Yo los consideraba mejores que los magos, pues de sus abrigos y mangas salían libros de bolsillo, pañuelos de seda y relojes de pulsera; o si no joyas, vajilla de plata, candelabros de latón, enaguas…; todo tipo de tejidos, a veces. «Esto es tela de calidad», decían, mientras lo exponían a la vista, e Ibbs se frotaba las manos y parecía expectante. Pero después examinaba el botín y se le oscurecía la cara. Era un hombre de aspecto muy apacible, muy honrado de apariencia; de mejillas muy pálidas, de labios y patillas pulcros. Se le apagaba la cara y te partía el corazón.
—Tela —decía, meneando la cabeza, pasando los dedos por un billete—. Muy difícil de endilgar. — O bien—: Velas. La semana pasada recibí de un tugurio de Whitehall una docena de velas de la mejor calidad. No he podido hacer nada con ellas. Las tengo paradas.
Se levantaba, fingía calcular un precio, pero ponía una cara como si no se atreviera a decírselo al hombre por miedo a insultarle. A continuación hacía su oferta y el ladrón hacía una mueca de asco.
—Señor Ibbs —decía—, con esto no me paga ni siquiera la molestia de cruzar el puente de Londres. Vamos, sea justo.
Pero Ibbs ya se había ido hasta su caja y estaba contando los chelines encima de la mesa: uno, dos, tres… Hacía una pausa, con el cuarto en la mano. El ladrón veía el brillo de la plata —por esta razón Ibbs frotaba sus monedas hasta dejarlas muy relucientes—, y era como una liebre para un galgo.
—¿No podrían ser cinco, señor Ibbs?
Ibbs levantaba su cara de hombre honrado y se encogía de hombros.
—Me gustaría, hijo. Nada me gustaría tanto. Y si me trajeras algo poco corriente, mi dinero te respondería. Pero esto… —decía, con un ademán sobre el montón de sedas o de billetes o de latón brillante—, esto son fruslerías. Me estaría robando a mí mismo. Estaría quitando de la boca la comida a los bebés de la señora Sucksby.
Y entregaba al ladrón sus chelines, y éste se los embolsaba, se abotonaba la chaqueta y tosía o se limpiaba la nariz. Y entonces Ibbs parecía pensárselo mejor. Se dirigía de nuevo a la caja y decía:
—¿No has comido nada esta mañana, hijo?
El ladronzuelo siempre respondía: «Ni un mendrugo». Entonces Ibbs le daba seis peniques y le decía que se lo gastara en un desayuno y no en un caballo, y el ladrón decía algo como: «Es usted una joya, señor Ibbs, una auténtica joya». Ibbs podía sacar una ganancia de diez o doce chelines de un hombre así: y ello aparentando que era honrado y justo. Pues, por supuesto, lo que había dicho sobre la tela o las velas era puro cuento: distinguía el latón de las cebollas, desde luego. Cuando el ladrón se había marchado, captaba mi mirada y me lanzaba un guiño. Se frotaba las manos y se animaba mucho.
—Oye, Sue —decía—, ¿qué te parecería pasarle un paño a esto y sacarle brillo? Y luego a lo mejor podrías, si tienes un momento, querida, y la señora Sucksby no te necesita, podrías darles un repaso a los bordados de estos moqueros. Sólo un poco, con cuidado, con tus pequeñas tijeras y quizás una aguja: porque esto es batista, ¿ves, querida?, y se desgarra si tiras muy fuerte…
Creo que así aprendí el alfabeto: no poniendo letras, sino quitándolas. Sé que aprendí el aspecto de mi propio nombre viéndolo en pañuelos que llegaban marcados con la palabra Susan. En cuanto a leer como es debido, nunca nos ocupamos del asunto. La señora Sucksby sabía leer si había que hacerlo; Ibbs también sabía, y hasta escribir; pero, para los demás, era una idea…, bueno, yo diría que como hablar hebreo o dar volteretas: entendías su utilidad para judíos y saltimbanquis; para ellos era su oficio, pero ¿por qué iba a ser el nuestro?
Eso pensaba yo, al menos. Pero aprendí las cifras. Las aprendí manejando monedas. Las buenas las guardábamos, faltaría más. Las malas llegaban demasiado brillantes y había que ensuciarlas con betún y grasa antes de pasarlas. También aprendí esto. Hay métodos de lavar y planchar sedas y ropa blanca para que parezcan nuevas. Las joyas las abrillantaba con vinagre ordinario. Tomábamos la cena con la cubertería de plata, pero sólo una vez, debido a las inscripciones y marcas, y cuando habíamos acabado, Ibbs se llevaba las tazas y los boles y los fundía en barras. Hacía lo mismo con el oro y el peltre. Nunca corría riesgos: por eso le iban tan bien las cosas. Todo lo que entraba en nuestra cocina con una apariencia era transformado en algo completamente distinto. Y aunque entraba por la fachada por la tienda, en Lant Street, también salía por otro sitio. Salía por la parte trasera. Allí no había calle. En vez de eso, había un pequeño pasaje cubierto y un pequeño patio oscuro. Al entrar allí, te desorientabas; pero, si mirabas bien, había un sendero. Llevaba a un callejón que desembocaba en un camino negro y sinuoso que conducía a su vez hasta los arcos de la vía del tren; y desde uno de los arcos no diré desde cuál, aunque podría arrancaba otro camino más oscuro que te llevaba, rápidamente y sin ser visto, hasta el río. Allí conocíamos a dos o tres hombres que tenían barcas. De hecho, a lo largo de todo aquel trayecto tortuoso vivían compinches nuestros: los sobrinos de Ibbs, digamos, a los que yo llamaba primos. Desde nuestra cocina, por mediación de cualquiera de ellos, mandábamos mercancía a todas partes de Londres. Lo hacíamos pasar todo, absolutamente todo, a velocidades asombrosas. Pasábamos hielo, en pleno agosto, antes de que una cuarta parte del bloque tuviese la menor ocasión de convertirse en agua. Pasábamos luz del sol en verano: Ibbs le encontraba un comprador.
En suma, no había muchas cosas que llegaran a casa que no fuesen despachadas enseguida a otro sitio. Sólo había una cosa, de hecho, que había llegado y se había quedado una cosa que de alguna manera había sobrevivido a la tremenda presión del tránsito de mercancías, una cosa a la que Ibbs y la señora Sucksby no parecían haber pensado en poner un precio. Me refiero a mí, por supuesto.
Tenía que agradecérselo a mi madre. Su historia había sido trágica. Había llegado a Lant Street una noche de 1844. Había llegado, «muy cargada, querida mía, contigo», dijo la señora Sucksby. Por «cargada», hasta que supe más, yo entendí que mi madre me había llevado quizás metida en un bolsillo detrás de la falda, o cosida en el forro de su abrigo. Porque yo sabía que era una ladrona. «¡Qué ladrona!», decía la señora Sucksby. «¡Tan audaz! ¡Y qué guapa!».
—¿Lo era, señora Sucksby? ¿Era rubia?
—Más rubia que tú; pero de cara afilada, como la tuya, y delgada como el papel. La pusimos arriba.
Nadie sabía que estaba aquí, salvo yo y el señor Ibbs, porque la buscaba, dijo, la policía de cuatro divisiones, y si la pillaban iba a columpiarse. ¿Qué oficio tenía? Ella dijo que sólo afanar. Creo que podría haber sido peor. Sé que era dura como una nuez, porque cuando te tuvo a ti te juro que no chistó, no gritó ni una vez. Sólo te miró y te besó la cabecita; luego me dio seis libras para que te cuidase; las seis eran de oro, y las seis de ley. Dijo que sólo le quedaba un trabajo por hacer con el que ganaría una fortuna. Tenía pensado volver a buscarte cuando el camino estuviese despejado…
Esto me dijo la señora Sucksby; y cada vez empezaba con una voz serena y terminaba con un tono tembloroso, y los ojos se le llenaban de lágrimas. Pues había esperado a mi madre y mi madre no había vuelto. Lo que llegó, en su lugar, fue una noticia espantosa. El trabajo que iba a hacerle rica terminó mal. Habían matado a un hombre que intentó salvar su plata. Lo que le mató fue el cuchillo de mi madre. La delató su propio compadre. La policía la atrapó por fin. Estuvo un mes en la cárcel. Después la colgaron. La colgaron, como hacían entonces con las asesinas, del tejado de la cárcel de Horsemonger Lane. La señora Sucksby presenció al ahorcamiento desde la ventana de la habitación en que yo nací. Desde allí se divisaba una vista maravillosa, la mejor del sur de Londres, decía todo el mundo. Los días en que ahorcaban, la gente estaba dispuesta a pagar con creces un sitio en aquella ventana. Y aunque algunas chicas gritaban cuando caía la trampilla, yo nunca lo hice. Ni una sola vez me estremecí o parpadeé.
—Esa es Susan Trinder —susurraba entonces alguien—. A su madre la ahorcaron por asesina. ¿No es una chica valiente?
Me gustaba oírles decir esto. ¿A quién no? Pero lo cierto es y me da igual quién lo sepa ahora, lo cierto es que no era valiente en absoluto. Porque para serlo en una cosa así, primero tienes que sentir pena. ¿Y cómo iba a sentirla por alguien a quien no había conocido? Suponía que era una lástima que mi madre hubiese acabado ahorcada; pero, puesto que la ahorcaron, me alegraba de que fuese por algo animoso, como asesinar a un fulano por su plata, y no por algo muy malvado, como estrangular a un niño.
Suponía que era una lástima que me hubiese dejado huérfana, pero algunas chicas que yo conocía tenían por madre a borrachas o locas: madres a las que odiaban y a las que no podían ver. ¡Prefería una madre muerta a una madre como aquéllas!
Prefería a la señora Sucksby. Era mejor, con diferencia. Le habían pagado para que me cuidase un mes; me cuidó diecisiete años. ¿Qué es amor, si no es esto? Podría haberme entregado al hospicio. Podría haberme dejado llorar en una cuna expuesta a corrientes de aire. Pero me quería tanto que no me dejaba salir a afanar, por si me pescaba un policía. Me dejaba dormir a su lado, en su propia cama. Me abrillantaba el pelo con vinagre. Así se trata a las joyas.
Y yo no era una joya; ni siquiera una perla. Mi pelo, al fin y al cabo, se volvió perfectamente vulgar. Mi cara era ordinaria. Sabía abrir una cerradura sencilla, sabía hacer una llave normal; sabía tirar al suelo una moneda y decir, por el sonido, si era buena o mala. Pero todo el mundo sabe hacer las cosas que le han enseñado. A mi alrededor, llegaban otros niños y se quedaban un tiempo, a otros los reclamaban sus madres, o encontraban nuevas madres, o se morían; y, por supuesto, nadie me reclamó a mí, y no me morí, sino que crecí hasta que por fin tuve la edad suficiente para hacer yo misma el recorrido por las cunas con la botella de ginebra y la cucharilla de plata. A veces parecía que Ibbs se me quedaba mirando con una luz especial en los ojos, como si, pensaba yo, me viera de repente como la mercancía que yo era, y se preguntase cómo me había quedado allí tanto tiempo y a quién podría venderme. Pero cuando la gente hablaba de la sangre como hacían alguna que otra vez, y de que es más espesa que el agua, la señora Sucksby se ponía sombría.
—Ven aquí, querida —decía—. Déjame que te mire.
Y me ponía las manos en la cabeza y me acariciaba las mejillas con los pulgares, rumiando sobre mi cara.
- La veo en ti —decía—. Me está mirando, como me miraba aquella noche. Está pensando que volverá y que te hará rica. ¿Cómo iba ella a saberlo? Pobre niña, ¡no volverá nunca! Tu fortuna no está hecha todavía. Ni la tuya, Sue, ni la nuestra con ella…
Esto decía en muchas ocasiones. Cada vez que gruñía o suspiraba cada vez que se levantaba de una cuna, frotándose la espalda dolorida, sus ojos me buscaban y su expresión se iluminaba, se ponía contenta. Pero aquí está Sue, podría haber dicho. Ahora tenemos las cosas difíciles. Pero aquí está Sue. Ella las arreglará… Yo la dejaba pensar así; pero pensaba que yo sabía más. Una vez oí que había tenido una hija, muchos años atrás, que nació muerta. Yo pensaba que era la cara de ella la que creía ver cuando me miraba tan intensamente. La idea más bien me estremecía, porque se me hacía raro creer que te amaban no por ti misma, sino por alguien a quien no habías conocido…
En aquellos tiempos, yo creía saberlo todo sobre el amor. Creía que lo sabía todo de cualquier cosa. Si me hubieran preguntado qué me gustaría ser, creo que habría dicho que me gustaría criar niños. Tal vez quisiera casarme, con un ladrón o un perista. Cuando yo tenía quince años, hubo un chico que robó un broche para mí y que me dijo que le gustaría besarme. Hubo otro, un poco más tarde, que se plantaba en la puerta trasera y silbaba «La hija del cerrajero», sólo para ver cómo me ruborizaba. La señora Sucksby les ahuyentaba. Cuidaba de mí en esto, así como en todo lo demás. «¿Para quién te guarda?», decían los chicos. «¿Para el príncipe Eddie?».
Creo que la gente que venía a Lant Street me creía tarda; por tarda quiero decir lo contrario de rápida. Quizás lo fuese para los parámetros del barrio. Pero a mí me parecía que yo era bastante espabilada. No se podía crecer en una casa como aquélla, donde se despachaban negocios de aquel tipo, sin tener una idea muy precisa de lo que valía cada cosa; de lo que podía servir para tal otra; y de lo que podía salir de ella. ¿Me seguís?
Están esperando a que empiece mi relato. Quizás yo también lo esperaba por entonces. Pero mi historia ya había empezado; yo era como vosotros, y no lo sabía. Creo que empezó de verdad una noche de invierno, pocas semanas después de la Navidad en que celebré mi diecisiete cumpleaños. Una noche oscura, una noche de perros, llena de una niebla que era más o menos lluvia, y una lluvia que era más o menos nieve. Las noches oscuras son buenas para ladrones y peristas; las noches oscuras de invierno son las mejores de todas, porque la gente normal se queda en su casa, y todos los ricachones se quedan en el campo, y las grandes mansiones de Londres permanecen cerradas y vacías y suplicando que las desvalijen. Conseguíamos cantidad de material en noches semejantes, y las ganancias de Ibbs eran más pingües que nunca. El frío hace que los ladrones cierren un trato enseguida.
No pasábamos demasiado frío en Lant Street, pues además del fuego común de la cocina teníamos el brasero de cerrajero de Ibbs: siempre mantenía una llama encendida debajo de los carbones, nunca se sabía qué podría surgir que requiriese un retoque o un fundido. Aquella noche había tres o cuatro chicos ocupados en extraer el oro de unos soberanos. Además estaban la señora Sucksby en su silla grande, a su lado un par de bebés en su cuna y un chico y una chica que se alojaban en casa: John Vroom y Dainty Warren. John era un chico delgado, moreno y espigado de unos trece años. Siempre estaba comiendo. Creo que tenía la tenia. Esa noche estaba partiendo cacahuetes y tiraba las cáscaras al suelo. La señora Sucksby vio lo que hacía.
—Cuida tus modales —dijo—. Estás ensuciándolo todo, y Sue tendrá que limpiarlo.
—Pobre Sue —dijo John—. Se me parte el corazón.
Nunca me quiso. Creo que me tenía celos. Había llegado de bebé a nuestra casa, igual que yo; e, igual que yo, su madre había muerto y le había dejado huérfano. Pero tenía un aspecto tan extraño que nadie se lo quitaba de las manos a la señora Sucksby. Ella le había cuidado hasta que tuvo cuatro o cinco años, y después lo mandó a la parroquia; pero incluso entonces fue dificilísimo librarse de él, porque siempre volvía del hospicio: nos pasábamos el día abriendo la puerta de la tienda y encontrándole dormido en el escalón. Al final le había aceptado un capitán de barco y John navegó hasta China; después de eso, cuando volvió al barrio trajo dinero, para alardear. Le duró un mes. Ahora estaba a mano en Lant Street para hacerle trabajos a Ibbs; aparte de esto, hacía por su cuenta apaños con la ayuda de Dainty.
Dainty era una chica grande y pelirroja de veintitrés años y, en general, bastante simplona. Pero tenía unas manos blancas preciosas, y cosía como los ángeles. John la tenía ocupada en aquel momento cosiendo pieles de perro sobre chuchos robados, para que parecieran de una raza más fina de la que en realidad eran. John había hecho un trato con un ladrón de perros. Este hombre tenía un par de perras; cuando estaban en celo se paseaba con ellas, tentando a los perros para que se alejasen de sus amos, y luego les cobraba un rescate de diez libras si querían que se los devolviera. Como mejor funcionaba era con perros de caza y con perros de dueñas sentimentales; algunos amos, sin embargo, no pagaban podías cortarle el rabo a su perro y enviárselo por correo, pero no soltaban ni un penique, tan desalmados eran; el compinche de John estrangulaba a los perros con los que se quedaba y se los vendía a éste a un precio de saldo. No sé qué hacía John con la carne; la hacía pasar por carne de conejo, quizás, o él mismo se la comía. Pero, como he dicho, las pieles se las daba a Dainty para que se las cosiera a chuchos callejeros que luego él vendía como si fueran de raza en el mercado de Whitechapel.
Con los retales de piel que le sobraban ella le estaba cosiendo una chaqueta. Lo estaba haciendo aquella noche. Había terminado el cuello, los hombros y la mitad de las mangas, y ya había empleado pieles de cuarenta clases diferentes de perros. El intenso olor, delante de la lumbre, ponía febril al nuestro, que no era el viejo peleón Jack sino otro marrón al que llamábamos Charley Wag, por el ladrón del cuento. De tanto en tanto Dainty levantaba la chaqueta para que todos viéramos cómo estaba quedando.
—Por suerte para Dainty no eres alto, John —dije una vez en que ella hizo eso.
—Por suerte para ti, no estás muerta —respondió. Era bajo, y le daba rabia—. Aunque es una pena para los demás. Me gustaría llevar un pedazo de tu piel en las mangas de mi abrigo, o quizás en los puños, con los que me limpio la nariz. Te sentirías muy a gusto al lado de un bulldog o un bóxer.
Cogió su navaja, que siempre llevaba encima, y repasó el filo con el pulgar.
—No lo he decidido todavía —dijo—, pero ¿qué tal si una noche te arranco un trozo de piel cuando estés dormida? ¿Qué te parecería coser eso, Dainty?
Ella se llevó la mano a la boca y gritó. Llevaba un anillo demasiado grande para su mano; había enrollado una hebra alrededor del dedo por debajo y la hebra estaba completamente negra.
—¡Qué gracioso! —dijo ella.
John sonrió, y se golpeó un diente roto con la punta de la navaja. La señora Sucksby dijo:
—Eh, vosotros dos, ya basta si no queréis que os arranque la puñetera cabeza. Estáis poniendo nerviosa a Sue.
Dije al instante que me cortaría el cuello si pensara que un mocoso como John Vroom podía ponerme nerviosa. John dijo que le gustaría cortármelo él mismo. Entonces la señora Sucksby se inclinó desde su silla y le pegó, del mismo modo que aquella otra noche, tanto tiempo atrás, se había inclinado para pegar a la pobre Flora, y como se había inclinado para pegar a otros, en todos esos años…, siempre por mi causa. Por un segundo dio la impresión de que John fuera a devolverle el golpe; después me miró, como si quisiera golpearme más fuerte. Entonces Dainty se removió en su asiento y él se volvió y le pegó.
—No entiendo —dijo él, cuando lo hubo hecho— por qué todo el mundo está en mi contra.
Dainty se había echado a llorar. Agarró la manga de John.
—No hagas caso de lo mal que te hablan, Johnny —dijo—. Yo estoy de tu parte, ¿no?
—Estás, sí —contestó él—. Como la mierda pegada a una pala.
Le retiró de un empujón la mano y ella se columpió en su silla, acurrucada sobre la chaqueta de piel de perro y llorando sobre sus costuras.
—Ahora chitón, Dainty —dijo la señora Sucksby—. Estás estropeando tu bonito trabajo.
Dainty lloró un minuto. En eso, uno de los chicos que estaban en el brasero se quemó un dedo con una moneda caliente y empezó a jurar; ella gritaba de risa. John se metió otro cacahuete en la boca y escupió la cáscara al suelo.
Guardamos silencio durante quizás un cuarto de hora. Charley Wag, tumbado delante del fuego, se retorcía, persiguiendo coches de caballos en su sueño; tenía el rabo enroscado, de una rueda de carro que le había pillado. Yo saqué unos naipes para un solitario. Dainty cosía. La señora Sucksby dormitaba. John estaba perfectamente ocioso, pero de rato en rato miraba las cartas que yo iba tirando para decirme dónde debía colocarlas.
—La sota de espadas sobre la puta de corazones —decía. O bien—: Dios, mira que eres lenta.
—Pues tú eres odioso —contestaba yo, y seguía jugando a mi manera. La baraja era vieja y las cartas tan sobadas como trapos. Un día habían matado a un hombre en una riña por una partida con trampas que se había jugado con aquellos mismos naipes. Las coloqué una última vez y giré un poco mi silla, para que John no viera cómo iban cayendo.
Y entonces, de repente, uno de los bebés se despertó de su sueño y rompió a llorar, y Charley Wag se despertó y ladró. Hubo un súbito golpe de viento que elevó las llamas en la chimenea y la lluvia cayó más torrencial sobre los carbones y los hizo sisear. La señora Sucksby abrió los ojos.
—¿Qué es eso? —dijo.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:12 am

—¿Qué es qué? —dijo John.
Entonces lo oímos: un ruido sordo, en el corredor que conducía a la parte trasera de la casa. Sonó un nuevo golpe. Después los ruidos se convirtieron en pasos. Los pasos se detuvieron ante la puerta de la cocina hubo un segundo de silencio y luego, lentos y pesados, se oyeron golpes de nudillos. Toc, toc, toc. Así. Como llama a una puerta el fantasma de un difunto en una obra de teatro. No como llamaba un ladrón, en todo caso, con golpes rápidos y livianos. Al oírlos sabías de qué iba el asunto.
Este, sin embargo, podía ser cualquier cosa, absolutamente cualquier cosa. Podía ser un mal asunto. Eso pensamos todos. Nos miramos unos a otros, y la señora Sucksby fue a la cuna para sacar de ella al bebé y ahogó su llanto contra su pecho, y John agarró a Charley Wag y le mantuvo las mandíbulas cerradas. Los chicos en el brasero se callaron como muertos. Ibbs dijo en voz baja:
—¿Esperamos a alguien? Chicos, llevaos eso. Da igual que os queméis los dedos. Si son los azules, estamos aviados.
Empezaron a recoger los soberanos y el oro que habían desprendido de ellos y los envolvieron en pañuelos, que guardaron debajo de sus sombreros o en los bolsillos de los pantalones. Uno de los chicos era el sobrino mayor de Ibbs, Phil fue rápidamente a la puerta y se colocó junto a ella, con la espalda pegada a la pared y una mano dentro del abrigo. Había estado dos veces en la cárcel y siempre juraba que no lo estaría una tercera. Volvieron a llamar. Ibbs dijo:
—¿Todo en orden? Ahora calma, chicos, calma. ¿Qué te parece si abres esa puerta, Sue, querida mía?
Miré de nuevo a la señora Sucksby y, cuando ella asintió, fui y descorrí el cerrojo; la puerta se abrió tan rápido y tan de golpe contra mí, que Phil pensó que habían cargado con los hombros contra ella; le vi preparándose para resistir junto a la pared, sacar el cuchillo y levantarlo en el aire. Pero fue sólo el viento lo que abrió la puerta: irrumpió en la cocina, apagando la mitad de las velas, arrancando chispas del brasero y desperdigando por el aire mi baraja de cartas. En el corredor había un hombre vestido de oscuro, mojado y goteando, y con una bolsa de cuero a sus pies. La luz débil mostró sus mejillas pálidas y sus patillas, pero sus ojos permanecían ocultos por la sombra de su sombrero. Yo no le habría conocido si no hubiese hablado. Dijo:
—¡Sue! ¿Eres Sue? ¡Gracias a Dios! He recorrido setenta kilómetros para venir a verte. ¿Me vas a tener aquí fuera? ¡Me temo que el frío va a matarme!
Entonces le reconocí, aunque no le había visto desde hacía más de un año. Ni un hombre entre cien de los que venían a Lant Street hablaba como él. Se llamaba Richard Rivers, o Dick Rivers, o a veces Richard Wells. Pero nosotros le conocíamos por otro nombre, y era el que yo dije, cuando la señora Sucksby me vio mirándole asombrada y preguntó:
—¿Quién es?
—Es Caballero —dije.
Así lo decíamos nosotros, por supuesto; no como lo diría un perfecto caballero, usando todos los dientes al decirlo, sino como si la palabra fuera un pescado que hubiésemos cortado en filetes: Cab’llero.
—Es Caballero —dije, y Phil guardó al punto su cuchillo y escupió y volvió al brasero. La señora Sucksby, sin embargo, se dio la vuelta en su silla, y el bebé apartó la cara colorada de su pecho y abrió la boca.
—¡Caballero! —exclamó. El bebé empezó a llorar y Charley Wag, liberado por John, se precipitó ladrando sobre Caballero y le puso las patas encima del abrigo—. ¡Qué susto nos has dado! Dainty, enciende las velas. Pon agua a calentar para un té.
—Creimos que eran los azules —dije cuando Caballero entró en la cocina.
—Creo que yo estoy azul de frío —contestó. Posó su bolsa y tiritó, se quitó el sombrero y los guantes empapados y luego el abrigo goteante, que al instante empezó a humear. Se frotó las manos y luego se las pasó por la cabeza. Ahora llevaba largos el pelo y las patillas, y como la lluvia les había quitado las ondas, parecían más largos que nunca, y oscuros y lustrosos. Tenía anillos en los dedos y un reloj en el chaleco, con una joya en la leontina. Yo sabía sin mirarlos que los anillos y el reloj eran falsos, y la joya era de estrás, pero eran falsificaciones buenísimas. La habitación se hizo más luminosa con las velas que encendió Dainty. Caballero miró a su alrededor, todavía frotándose las manos y asintiendo.
—¿Cómo está usted, señor Ibbs? —dijo con desparpajo—. ¿Qué tal, muchachos?
—Muy bien, mi tulipán —dijo Ibbs. Los chicos no contestaron.
—Ha venido por detrás, ¿eh? —dijo Phil, sin dirigirse a nadie, y otro chico se rió. Los chicos así siempre creen que los hombres como Caballero son mariquitas. John también se rió, pero más alto que los demás. Caballero le miró.
—Hola, garrapata —dijo—. ¿Se te ha perdido el mono?
Como John tenía las mejillas tan cetrinas, todo el mundo le tomaba por un italiano. Ahora, al oír a Caballero, se puso un dedo en la nariz.
—Bésame el culo —le dijo.
—¿Puedo? —dijo Caballero, riéndose. Guiñó un ojo a Dainty, y ella agachó la cabeza—. Hola, encanto —dijo. Luego se inclinó hacia Charley Wag y le tiró de las orejas—. Hola, rabudo. ¿Dónde está la policía? ¿Eh? ¿Dónde está la policía? ¡A por ella! —El perro se puso frenético—. Buen chico —dijo Caballero, levantándose y alisándose el pelo—. Buen chico. Así se hace.
Fue a plantarse delante de la silla de la señora Sucksby.
—Hola, señora S. —dijo.
El bebé, ahora que había tomado su dosis de ginebra, había parado de llorar. La señora Sucksby tendió la mano. Caballero la tomó y se la besó; primero en los nudillos y luego en las yemas de los dedos. La señora dijo:
—Levántate de esa silla, John, y deja que se siente Caballero.
John, tras poner una cara furibunda durante un minuto, se levantó y cogió el taburete de Dainty. Caballero se sentó y extendió las piernas hacia el fuego. Era alto y tenía las piernas largas. Tenía veintisiete o veintiocho años. John, a su lado, aparentaba unos seis. La señora Sucksby no le quitó el ojo de encima mientras Caballero bostezaba y se frotaba la cara. El sorprendió su mirada y sonrió.
—Bueno, bueno —dijo—. ¿Cómo van las cosas?
—Bastante bien —respondió ella. El bebé estaba inmóvil, y ella lo palmeó como solía palmearme a mí. Caballero asintió al verlo.
—Y este retoño —dijo—, ¿es pupilo o familia?
—Pupilo, por supuesto —dijo ella.
—¿Retoño o retoña?
—Retoño, ¡por todos los santos! Otro pobre huerfanito que criaré en mi regazo.
Caballero se inclinó hacia ella.
—¡Un chico con suerte! —dijo, y le lanzó un guiño.
La señora Sucksby exclamó:
—¡Oh! —Y se puso encarnada como una rosa—. ¡Qué descaro!
Mariquita o no, sin duda sabía ruborizar a una mujer. Le llamábamos Caballero porque era un auténtico señor: había ido a una escuela de pago y tenía padre, madre y una hermana, todos ellos ricachones, cuyo corazón él casi había roto. En otro tiempo había tenido dinero y lo había perdido todo apostando; su padre dijo que nunca volvería a tocar un penique de la fortuna familiar; por este motivo él se vio obligado a ganarse la vida al estilo antiguo, robando y timando. Se la ganaba tan bien, sin embargo, que todos decíamos que debía de haber habido en alguno de sus ancestros la mala sangre que él había heredado. Sabía pintar cuando le apetecía, y en París había probado a falsificar cuadros; cuando esto fracasó, creo que se pasó un año poniendo en inglés libros franceses o en francés libros ingleses, y cada vez los cambiaba un poquito y les ponía títulos distintos, de tal modo que hacía pasar una vieja historia por veinte completamente nuevas. Pero sobre todo trabajaba de hombre de confianza y de fullero en los grandes casinos, ya que, por supuesto, podía alternar en sociedad y hacerse pasar por un hombre honrado.
Las mujeres, en especial, se volvían locas por él. En tres ocasiones había estado a punto de casarse con una rica heredera, pero cada vez el padre en cuestión había recelado y el compromiso se había roto. Era un hombre muy guapo y la señora Sucksby le adoraba. Venía a Lant Street una vez al año, más o menos, con mercancía para Ibbs, y se llevaba monedas falsas, advertencias y soplos. Supuse que traía material y lo mismo, al parecer, pensó la señora, porque en cuanto él se hubo calentado al fuego y Dainty le hubo dado una taza de té con ron, ella dejó al bebé en la cuna, se alisó la falda y dijo:
—Bueno, Caballero, tu visita es un gran placer. No te hemos visto desde hace un par de meses. ¿Traes algo que a Ibbs le gustaría ver?
Caballero negó con la cabeza.
—Nada para el señor Ibbs, me temo.
—¿Cómo que nada? ¿Has oído eso, Ibbs?
—Qué pena —dijo Ibbs, desde su sitio en el brasero. La señora Sucksby adoptó un tono confidencial:
—¿Algo para mí, entonces?
Pero Caballero volvió a mover la cabeza.
—Tampoco para usted, señora S. —dijo él—. Ni para usted ni para este Garibaldi —refiriéndose a John—, ni para Dainty ni Phil ni los chicos; ni siquiera para Charley Wag.
Dijo esto paseando la mirada por la habitación; por último me miró a mí sin decir nada. Yo había recogido las cartas esparcidas y las estaba ordenando por palos. Cuando le vi mirándome y, además de él, a John y a Dainty y a la señora, todavía colorada, mirando hacia mí, dejé las cartas. En el acto él se acercó y las recogió, y empezó a barajarlas. Era de esos hombres que no pueden estar quietos.
—Bueno, Sue —dijo, sin dejar de mirarme. Tenía los ojos de un azul muy claro.
—¿Bueno qué? —pregunté.
—¿Qué te parece esto? He venido a buscarte.
—¡A ella! —dijo John, con asco. Caballero asintió.
—Tengo algo para ti. Una propuesta.
—¡Una propuesta! —dijo Phil. Lo había entreoído—. ¡Cuidado, Sue, que sólo quiere casarse contigo!
Dainty gritó y los chicos soltaron una risita. Caballero pestañeó, apartó por fin los ojos de mí y se agachó hacia la señora Sucksby para decirle:
—Dígales a los chicos del brasero que se vayan, ¿quiere? Pero que se queden John y Dainty. Necesitaré su ayuda.
La señora vaciló, luego miró a Ibbs y éste dijo al punto:
—Venga, muchachos, estos soberanos han sudado tanto que la pobre reina está descolorida. Si los pelamos más van a juzgarnos por traición. —Cogió un cubo y empezó a arrojar al agua las monedas calientes, una por una—. ¡Mirad cómo se callan, gallinas! —dijo—. El oro sabe más. Ahora bien, ¿qué sabe el oro?
—Vamos, tío Humphry —dijo Phil. Se puso el abrigo y se subió el cuello. Los demás chicos hicieron lo mismo.
—Hasta la vista —dijeron, con un saludo hacia mí, John, Dainty y la señora Sucksby. A Caballero no le dijeron nada. Él miró cómo se marchaban.
—¡Cuidad la retaguardia! —les gritó cuando la puerta se cerró tras ellos. Oímos que Phil volvía a escupir.
Ibbs giró la llave en la cerradura. Volvió y se sirvió una taza de té, rociándola con ron, como Dainty había hecho para Caballero. El aroma del ron se elevó en el vapor y se mezcló con el olor del fuego, el oro fundido, las pieles de perro, el abrigo mojado y humeante. La lluvia sobre la chimenea era más fina.
John masticaba un cacachuete y se retiró la cáscara de la lengua. Ibbs había traído lámparas. La mesa y nuestras caras y manos resplandecían, pero el resto de la habitación estaba en penumbra. Pasó un minuto sin que nadie hablara. Caballero seguía barajando las cartas y nosotros nos sentamos a observarle. Ibbs le miraba más atento que nadie: entornó los ojos y ladeó la cabeza, como si le estuviese apuntando con el cañón de una pistola.
—Bien, hijo —dijo—, ¿de qué se trata?
Caballero alzó la vista.
—Se trata —dijo—, se trata de esto. —Sacó una carta y la depositó en la mesa boca abajo. Era el rey de diamantes—. Imagínese a un hombre —dijo mientras lo hacía—. Un viejo, un sabio, a su manera, un estudioso, de hecho, pero de costumbres raras. Vive en cierta casa apartada, cerca de un pueblo aislado, a algunos kilómetros de Londres, ahora no importa dónde, exactamente. Tiene una habitación grande llena de libros y cuadros, y sólo se ocupa de ellos y de un trabajo que está realizando: un diccionario, digamos. Un diccionario de todos sus libros; pero tampoco descuida las pinturas; tiene pensado encuadernarlas en álbumes lujosos. Pero la tarea es excesiva para él. Pone un anuncio en un periódico: necesita los servicios de aquí lanzó otro naipe, al lado del primero: la jota de picas un joven avisado para que le ayude a ordenar la colección; y un joven en concreto, que en ese momento es demasiado conocido en las timbas de Londres, y que está muy ansioso de algún empleo discreto, con pensión completa, responde al anuncio, es entrevistado y juzgado apto.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:12 am

—El joven avisado eres tú —dijo Ibbs.
—Ese joven soy yo. ¡Qué bien me sigue!
—Y pongamos que ese retiro en el campo —dijo John, asumiendo el relato de Caballero, a pesar de la expresión hosca de éste— está lleno de tesoros. Y quieres forzar las cerraduras de todas las vitrinas y arcones. Has venido a ver al señor Ibbs para que te preste tenazas y un señuelo y quieres a Sue, con sus ojos inocentes, que parece que nunca ha roto un plato, para que te haga de soplona.
Caballero ladeó la cabeza, contuvo la respiración y levantó un dedo, de un modo algo burlón.
—¡Más frío que el hielo! —dijo—. El retiro en el campo es una cochambre: tiene cien años, es oscuro, está lleno de corrientes de aire e hipotecado hasta el mismo tejado, que tiene goteras, dicho sea de paso. Ni una alfombra ni jarrón ni pieza de plata vale un pimiento, me temo. El señor cena con loza, como nosotros.
—¡El muy tacaño! —dijo John—. Pero los roñosos así meten la pasta en el banco, ¿no? Y le has hecho firmar un papel en que te lo deja todo, y ahora has venido a buscar un frasco de veneno…
Caballero negó con la cabeza.
—¿Ni una onza de veneno? —dijo John, esperanzado.
—Ni una. Ni una gota. Y no hay pasta en el banco, no a nombre del viejo, en todo caso. Lleva una vida tan callada y excéntrica que apenas sabe para qué sirve el dinero. Pero, atención, no vive solo. Fijaos en quién le hace compañía… La reina de corazones.
—Eh, eh —dijo John, con expresión taimada—. Una esposa, muy fácil.
Pero Caballero volvió a mover la cabeza.
—¿Una hija? —dijo John.
—Ni esposa ni hija —dijo Caballero, con los ojos y dedos sobre la cara infeliz de la reina—. Una sobrina. De la edad —me miró— de Sue, digamos. Guapa, digamos. Juiciosa, comprensiva y despierta —sonrió—, vaya, digamos que absolutamente tímida.
—¡Acabáramos! —dijo John, encantado—. Dime que es rica, por lo menos.
—Es rica, vaya si lo es —dijo Caballero, asintiendo—. Pero sólo como un ciempiés es rico en alas, o un trébol rico en miel. Es una heredera, Johnny: su fortuna está a salvo, su tío no puede tocarla: pero con una condición extraña. Ella no verá un penique hasta el día en que se case. Si muere soltera, el dinero va a parar a un primo. Si toma un marido —acarició la carta con un dedo blanco—, es más rica que una reina.
—¿Cómo de rica? —dijo Ibbs. No había hablado en todo el rato. Caballero le oyó entonces, alzó la mirada y sostuvo la de Ibbs.
—Diez mil en efectivo —dijo en voz baja—. Cinco mil en fondos.
Un carbón en el fuego hizo paf. John emitió un silbido por entre sus dientes rotos, y Charley Wag ladró. Miré a la señora Sucksby, pero tenía la cabeza gacha y la expresión sombría. Ibbs dio un sorbo de té, meditabundo.
—Apuesto a que el viejo la mantiene cerca, ¿verdad? —dijo, cuando hubo ingerido el sorbo.
—Bastante cerca —dijo Caballero, asintiendo, y se recostó—. Ha sido su secretaria todos estos años; lee para él durante horas seguidas. Creo que apenas se da cuenta de que ella ha crecido y es una señorita. —Esbozó una sonrisa un poco misteriosa—. Pero creo que ella sí lo sabe. En cuanto empiezo a trabajar en los cuadros ella descubre su pasión por la pintura. Quiere lecciones, que yo sea su maestro. Yo soy lo bastante ducho en la materia para darle el pego, y ella, en su inocencia, no distingue un pastel de un cerdo. Pero se instruye, eso sí, con la mayor devoción. Damos una semana de clases: le enseño las líneas, le enseño las sombras. Pasa la segunda semana: pasamos de las sombras al dibujo. La tercera semana: acuarelas rosáceas. La siguiente, la mezcla de los óleos. La quinta…
—¡La quinta, le das un meneo! —dijo John. Caballero cerró los ojos.
—La quinta semana nuestras clases se suspenden —dijo—. ¿Creéis que una chica así puede estar sentada en un cuarto a solas con un tutor? Hemos tenido sentada a nuestro lado, durante todo este tiempo, a su doncella irlandesa…, tosiendo y poniéndose roja cada vez que mis dedos se acercan demasiado a los de su ama, o mi respiración se vuelve demasiado cálida sobre sus mejillas blancas. Pensé que era una ñoña increíble; resulta que había tenido la escarlatina; en este momento se está muriendo de ella, la pobre bruja. Ahora mi señora no tiene más carabina que el ama de llaves… y el ama está tan atareada que no puede asistir a las lecciones. Las clases, por lo tanto, deben acabar, las pinturas se dejan secar en la paleta. Ahora sólo veo a la señorita en la cena, al lado de su tío; y a veces, si paso por delante de su alcoba, la oigo suspirar.
—Y eso cuando empezabais a entenderos tan bien —dijo Ibbs.
—Exactamente —dijo Caballero—. Exactamente.
—¡Pobre chica! —dijo Dainty. A sus ojos asomaron lágrimas. Lloraba por todo—. ¿Y dice que es una monada? ¿De cara y de figura?
Caballero mostró indiferencia.
—Le alegra la vista a un hombre, supongo —dijo, encogiéndose de hombros. John se rió.
—¡Me gustaría alegrársela a ella!
—Y a mí alegrar la tuya —dijo Caballero, impávido. Luego parpadeó—. Con el puño, me refiero.
Las mejillas de John se ensombrecieron y se puso en pie de un salto.
—¡Atrévete!
Ibbs levantó las manos.
—¡Chicos! ¡Chicos! ¡Ya basta! ¡No tolero esto en presencia de mujeres y niños! John, siéntate y deja de fastidiar. Caballero, nos has prometido contarnos una historia; lo que has contado hasta ahora no son más que perifollos. ¿Dónde está la chica, hijo? Y, más al grano, ¿cómo puede ayudarte Sue a cocinarla?
John dio un puntapié a la pata de la silla y se sentó. Caballero había sacado un paquete de cigarrillos. Aguardamos mientras buscaba una cerilla y la encendía. Observamos en sus ojos la llamarada de azufre. Luego volvió a encorvarse sobre la mesa y tocó las tres cartas depositadas en ella, enderezando sus bordes.
—Quieres la chicha —dijo—. Muy bien, aquí la tienes. —Golpeó la reina de corazones—. Voy a casarme con esa chica y a hacerme con su fortuna. Me propongo robársela a su tío —deslizó la carta hacia un lado— delante de sus mismas barbas. Ya estoy en el buen camino para hacerlo, como ha oído; pero es una chica rara, y no puedo fiarme de ella. Si tomara como doncella nueva a una mujer lista y recia… me dejaría en la ruina. He venido a Londres a comprar una serie de tapas para los álbumes del viejo. Quiero enviar a Sue por delante. Quiero que solicite el puesto de doncella para que luego me ayude a ganármela.
Captó mi mirada. Con una mano pálida seguía jugando ociosamente con el naipe. Ahora bajó la voz.
—Y hay algo más —dijo— para lo que necesitaré la ayuda de Sue. En cuanto me haya casado con la chica, no quiero tenerla encima. Conozco a un hombre que me la quitará de las manos. Tiene una casa donde la guardará. Es un manicomio. La tendrá muy cerca. Cerquísima, quizás… —No terminó la frase, pero giró la carta y mantuvo el dedo encima del reverso—. Sólo tengo que casarme con ella —dijo— y, como diría Johnny, le daré un meneo por cuestión de la pasta. Luego la llevaré, sin que nadie sospeche, a la puerta del manicomio. ¿Qué hay de malo en esto? ¿No he dicho ya que es medio mema? Pero quiero estar seguro. Necesitaré a Sue para que siga siendo igual de mema, y para convencerla, en su simpleza, del plan.
Dio otra calada de su cigarrillo y, como habían hecho antes, todos volvieron los ojos hacia mí. Es decir, todos menos la señora Sucksby. Había escuchado sin decir nada mientras Caballero hablaba. La había visto verter un poco del té en el platillo, fuera de la taza, y luego secarla y por último alzarla hasta su boca mientras el relato proseguía. No soportaba el té caliente, decía que le endurecía los labios. Y en verdad no creo que haya conocido a una mujer adulta con labios tan delicados como los suyos. Ahora, en el silencio, posó la taza y el platillo, sacó su pañuelo y se enjugó la boca. Miró a Caballero y por fin habló:
—¿Por qué Sue entre todas las chicas de Inglaterra? ¿Por qué mi Sue?
—Porque es suya, señora S. —contestó él—. Porque confío en ella; porque es una buena chica, es decir, una chica mala, no demasiado remilgada con los dictados de la ley.
Ella asintió.
—¿Y cómo vas a «repartir el pastel»? —preguntó a continuación.
De nuevo él me miró, pero le habló a ella.
—Recibirá dos mil libras —dijo, alisándose las patillas—, y se llevará todas las ropas y vestidos y joyas que quiera de la muchacha.
Tal era el trato. Nos lo pensamos.
—¿Qué te parece? —dijo él por fin; esta vez dirigiéndose a mí. Y como no respondí—: Siento decírtelo de sopetón —dijo—, pero ya has visto el poco tiempo con que he tenido que actuar. Tengo que conseguir una chica enseguida. Me gustaría que fueras tú, Sue. Prefiero que seas tú que cualquier otra. Pero si no puede ser, dímelo rápidamente, ¿quieres?, para que pueda buscar a otra.
—Lo hará Dainty —dijo John, al oír esto—. Dainty fue doncella una vez, ¿verdad, Daint?, para una señora en una mansión de Peckham.
—Que yo recuerde —dijo Ibbs, bebiendo su té—, Dainty perdió el puesto por clavar un alfiler de sombrero en el brazo del ama.
—Era una puerca conmigo —dijo Dainty— y perdí los estribos. Esa chica no parece una bruja. Es una mema, como usted ha dicho. Podría servir a una mema.
—Ha pedido a Sue —dijo la señora Sucksby en voz baja—. Y ella no ha contestado todavía.
Entonces todos volvieron a mirarme, y sus ojos me pusieron nerviosa. Giré la cabeza.
—No sé —dije—. Me parece un plan raro. ¿Ponerme a servir para una señora? ¿Cómo sabré lo que tengo que hacer?
—Podemos enseñarte —dijo Caballero—. Dainty puede hacerlo, ya que conoce el oficio. ¿Es muy difícil? Sólo tienes que estar sentada y sonreír como una tonta, y pasarle las sales a la señora.
—¿Y si ella no me quiere como doncella? —dije—. ¿Por qué iba a quererme?
Pero él ya había pensado en esto. Había pensado en todo. Dijo que tenía intención de hacerme pasar por la hija de la hermana de su antigua niñera, una chica de ciudad que había venido en tiempos duros. Dijo que creía que en ese caso me aceptaría, por complacerle a él.
—Te escribiremos una recomendación —dijo—. La firmará una tal señora Fanny de Bum Street o algo así… No se enterará. Nunca ha estado en sociedad, no distingue Londres de Jerusalén. ¿A quién puede preguntar?
—No lo sé —repetí—. ¿Y si tú no le importas tanto como crees?
Se volvió modesto.
—Bueno —dijo—, creo que a estas alturas se me debe conceder que sé cuándo le gusto a una inexperta.
—¿Y si no le gustas lo suficiente? —preguntó la señora Sucksby—. ¿Y si resulta ser otra señorita Bamber o señorita Finch?
La señorita Bamber y la señorita Finch eran dos de las otras herederas a las que había cortejado. Pero él oyó los nombres y resopló.
—Ella no será como ellas, lo sé —dijo—. Aquellas chicas tenían padres, padres ambiciosos, con abogados por todas partes. El tío de esta chica no ve más allá de la última página de su libro. Y sobre eso de que no le gusto suficiente…, bueno, sólo puedo decir lo siguiente: creo que sí.
—¿Lo suficiente para largarse de la casa de su tío?
—Es una casa muy triste para una chica de su edad —contestó él.
—Pero es su edad la que actuará en tu contra —dijo Ibbs. Picoteabas retales de legislación, claro está, en asuntos como aquél—. Hasta los veintiún años necesitará el consentimiento de su tío. Llévatela todo lo aprisa y callado que quieras: él volverá a quitártela. En ese caso, que seas su marido no contará para nada.
—Pero sí que ella sea mi esposa. Si usted me entiende —dijo Caballero, astutamente. Dainty parecía in albis. John vio su cara.
—Se refiere al meneo —dijo.
—Estará estropeada —dijo la señora Sucksby—. No la querrá nadie. Dainty estaba más boquiabierta que nunca.
—Da igual —dijo Ibbs, levantando la mano. Y luego, a Caballero—: Es complicado. Más de lo normal.
—No digo que no lo sea. Pero hay que arriesgarse. ¿Qué tenemos que perder? Si no otra cosa, serán unas vacaciones para Sue.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:12 am

John se rió.
—Unas vacaciones —dijo—. Y tanto. Unas putas vacaciones; larguísimas, si te pescan.
Me mordí el labio. El tenía razón. Pero no era el riesgo lo que me inquietaba. Si eres un ladrón, no puedes estar angustiándote por contingencias, te volverías loco. Lo único era que no estaba segura de que quisiera unas vacaciones. No estaba segura de que quisiera salir fuera del barrio. Un día había acompañado a la señora Sucksby a visitar a su prima en Bromley y había vuelto de allí con urticaria.
Recordaba el campo como tranquilo y extraño, y a la gente de allí como simplones o gitanos. ¿Qué tal resultaría vivir con una mema? No sería como Dainty, que estaba solamente un poco tocada y sólo algunas veces era violenta. La otra chica podría enloquecer. Podría intentar estrangularme, y no habría nadie en kilómetros a la redonda que me oyese gritar. Los gitanos no me ayudarían, iban siempre a lo suyo. Todo el mundo sabe que un gitano no cruzaría la calle para escupirte si estuvieras en llamas. Dije:
—¿Cómo es esa chica? Has dicho que es rarilla de sesera.
—Rara no —dijo Caballero—. Yo diría que sólo fantasiosa. Es inocente, natural. La han tenido apartada del mundo. Es huérfana, como tú; pero tú tuviste a la señora Sucksby para espabilarte, y ella no ha tenido a nadie.
Dainty le miró en ese momento. Su madre había sido una alcohólica y había muerto ahogada en el río. Su padre le pegaba. Su hermana murió de una paliza que él le propinó. Dijo en un susurro:
—¿No es una maldad horrible, Caballero, lo que piensa hacer?
No creo que ninguno de nosotros hubiera pensando en esto antes de que ella lo dijera. Ahora lo había dicho, y miré alrededor, y nadie quería encontrar mi mirada. En eso Caballero se rió.
—¿Maldad? —dijo—. Vaya, bendita tú, Dainty, ¡pues claro que es una maldad! Pero lo es por una cuestión de quince mil libras, ¡ah!, y es una cuestión bonita, lo mires como lo mires. Y, además, ¿tú crees que ese dinero, cuando lo amasaron, fue un dinero ganado honradamente? ¡Ni lo sueñes! Nunca es así. Las familias como la suya lo consiguen con la espalda de los pobres…, veinte espaldas rotas por cada chelín ganado. Habrás oído hablar de Robin Hood, ¿no?
—¡Que si he oído! —dijo ella.
—Pues Sue y yo seremos como él: robaremos el oro de los ricos y lo devolveremos a los pobres de donde procede.
John torció el labio.
—Mariconcete —dijo—. Robin Hood fue un héroe, un hombre de cera. ¿Devolver el dinero a los pobres? ¿Cuáles son tus pobres? Si quieres robar a una mujer, vete a robarle a tu madre.
—¿Mi madre? —contestó Caballero, sonrojándose—. ¿Qué tiene que ver mi madre con esto? ¡Que la cuelguen! —Captó la mirada de la señora Sucksby y se dirigió a mí—. Oh, Sue —dijo—. Te pido perdón.
—Está bien —dije, velozmente. Y miré a la mesa, y de nuevo todos se callaron. Quizás estuvieran pensando, como hacían los días de ahorcamiento, «¿No es una valiente?». Confié en que así fuera. Y también en que no lo pensaran: porque, como he dicho, yo nunca he sido valiente, pero la gente ha creído que lo soy, durante diecisiete años. Y allí estaba Caballero, que necesitaba una chica audaz y que había recorrido setenta kilómetros, según había dicho, con aquel clima frío y resbaloso, para venir a verme. Levanté la vista hacia él.
—Dos mil libras, Sue —dijo en voz baja.
—Eso da mucho brillo, desde luego —dijo Ibbs.
—¡Y todos esos vestidos y joyas! —dijo Dainty—. ¡Oh, Sue! ¡Estarías guapísima con ellos!
—Parecerías una damisela —dijo la señora Sucksby, y yo la oí, y capté su mirada y supe que me estaba mirando, tal como había hecho tantas veces, y que estaba viendo, por detrás de mi cara, la de mi madre. Tu fortuna no está hecha todavía, casi la oía decir. Tu fortuna no está hecha todavía. Ni la tuya, Sue, ni la nuestra con ella…
Y al fin y al cabo había estado en lo cierto. Allí estaba mi fortuna, salida de la nada…, que al fin llegaba. ¿Quién lo hubiera dicho? Miré otra vez a Caballero. El corazón me latía fuertemente, como un martillo en el pecho. Dije:
—De acuerdo. Lo haré. Pero por tres mil libras, no por dos mil. Y si la señora no me quiere y me manda a casa, quiero cien libras de todos modos, por la molestia de intentarlo.
Caballero dudó, pensándolo. Por supuesto, era una pamema. Al cabo de un segundo sonrió, me tendió la mano y yo le di la mía. Me apretó los dedos y se rió. John se enfurruñó.
—Te apuesto diez a uno a que vuelve llorando dentro de una semana —dijo.
—Volveré vestida con un vestido de terciopelo —contesté—. Con guantes hasta aquí y un sombrero con velo, y una bolsa llena de monedas de plata. Y tú tendrás que llamarme señorita. ¿Verdad que sí, señora Sucksby?
John escupió.
—¡Me cortaría la lengua antes de hacer eso!
—¡Te la cortaré yo antes! —dije.
Hablé como una niña. ¡Era una niña! Quizás la señora Sucksby lo estaba pensando también. Porque no dijo nada, sino que se quedó sentada mirándome, con una mano en su labio blando. Sonrió, pero su cara parecía acongojada. Yo casi habría dicho que tenía miedo. Tal vez lo tuviese. O quizás sólo lo pienso ahora, cuando sé las cosas aciagas y terribles que habrían de ocurrir.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:13 am

Resultó que el viejo libresco se llamaba Christopher Lilly. Su sobrina se llamaba Maud. Vivían en el este de Londres, en Maidenheadway, cerca de un pueblo llamado Marlow, y en una casa que llamaban Briar. El plan de Caballero consistía en enviarme allí en tren al cabo de dos días. El dijo que se quedaría en Londres otra semana, como mínimo, para hacer el recado de las tapas para los libros del viejo. No me preocupaba mucho el pormenor de viajar sola y llegar a la casa por mi cuenta. No había estado nunca más al oeste de Cremorne Gardens, adonde iba en ocasiones con los sobrinos de Ibbs, a ver el baile de la noche del sábado. Allí vi a la chica francesa cruzar el río caminando por un alambre, y casi caerse…, aquello sí que era un espectáculo. Dicen que llevaba medias, aunque a mí me pareció que llevaba las piernas desnudas. Pero me acuerdo de que yo estaba en el puente de Battersea mientras ella recorría la cuerda floja, y que contemplé todo el campo que se extendía más allá de Hammersmith, en el que sólo había árboles y colinas, sin una sola chimenea o campanario de iglesia a la vista. ¡Oh!, era algo escalofriante. Si entonces alguien me hubiera dicho que un día habría de abandonar el barrio, y a todos mis compañeros, y a la señora Sucksby y al señor Ibbs, para ir sola a trabajar de sirvienta en una casa al otro lado de aquellas colinas oscuras, me habría reído en su cara.
Pero Caballero dijo que tenía que irme enseguida, por si el ama la señorita Lilly malograba nuestro plan tomando por accidente a otra chica de doncella. Al día siguiente de su llegada a Lant Street, Caballero se sentó a escribirle una carta. Le decía que esperaba que le disculpase la libertad de escribirle, pero que había ido a visitar a su antigua niñera que había sido una madre para él cuando era un niño, y la había encontrado enloquecida de pena por la suerte de la hija de su hermana difunta. Se suponía, por supuesto, que la hija de la hermana difunta iba a ser yo: la historia era que había estado trabajando de doncella para una señora que se casaba y se marchaba a la India, y que había perdido mi empleo; que estaba buscando otra ama, pero que entretanto me veía tentada por doquier para emprender malos pasos; y que ojalá que una señora bondadosa me diese la oportunidad de una posición alejada de los peligros de la ciudad, etcétera. Dije:
—Si se cree trolas así, Caballero, debe de ser más tonta de lo que nos has dicho.
Pero él respondió que había unas cien chicas entre el Strand y Piccadilly que cenaban tan ricamente, cinco noches por semana, contando esta patraña, y que si a los pudientes de Londres se les podía aligerar así de sus chelines, ¿cuánto más amable no habría de ser la señorita Maud Lilly, completamente sola e ignorante y triste como estaba, sin nadie que la previniese?
—Ya verás —dijo. Y cerró la carta y escribió la dirección, y mandó corriendo a uno de los chicos para echarla al correo.
A continuación, tan seguro estaba del éxito de su proyecto, que dijo que tenía que empezar en el acto a enseñarme cómo debía comportarse la doncella de una señora. Primero me lavaron el pelo. Yo por entonces lo llevaba, como muchas chicas del barrio, dividido en tres partes, con una peineta en la nuca y, a los lados, unos cuantos rizos gruesos. Si pasabas por los rizos una plancha muy caliente, después de haber mojado el pelo con azúcar y agua, se quedaban durísimos; duraban en este estado una semana o más tiempo. Caballero, sin embargo, dijo que era un estilo demasiado tieso para una mujer del campo: me hizo lavarme el pelo hasta tenerlo perfectamente liso y luego me lo dividió en dos sólo en dos partes y, con un alfiler, lo recogió en un moño sencillo en la nuca. Luego hizo que Dainty también se lavara el pelo y, en cuanto hube peinado y repeinado el mío, y lo hube prendido y soltado hasta que él se dio por satisfecho, me dijo que peinara y recogiera el de Dainty de un modo similar, como si su pelo fuese el de la señorita Lilly. El nos toqueteaba como si fuese otra chica. Cuando terminamos, Dainty y yo teníamos un aspecto tan anodino y garbancero que podríamos haber solicitado plaza en un convento de monjas. John dijo que si ponían fotos de nosotras en las lecherías, sería un nuevo método de cortar la leche. Al oír esto, Dainty se quitó los alfileres del pelo y los tiró al fuego. Algunos tenían todavía hebras de pelo enredadas, que sisearon al entrar en contacto con las llamas.
—¿No sabes tratar a tu chica más que para hacerla llorar? —le dijo Ibbs a John. John se rió.
—Me gusta verla llorar —dijo—. Así suda menos.
Más malo que la tiña era aquel chico.
Pero estaba cautivado, a su pesar, por el plan de Caballero. Todos lo estábamos. Por primera vez desde que le conocía, vi a Ibbs bajar la persiana sobre el escaparate de la tienda y dejar que el brasero se enfriase. Despidió a la gente que llamaba para que les hiciera llaves. Rechazó con la cabeza la mercancía que le llevaron dos o tres cacos.
—No puedo, hijo. Hoy no puedo. Tengo algo en el horno.
Sólo mandó llamar a Phil para que viniera por la mañana temprano. Le hizo sentarse y le repasó los puntos de una lista que Caballero había confeccionado la noche anterior. Phil se bajó luego la gorra sobre los ojos y se fue. Volvió dos horas después, con una bolsa y un baúl cubierto con una lona, que había obtenido de un hombre que conocía y que manejaba un almacén turbio en el río. El baúl era para que yo me lo llevase al campo. En la bolsa había un vestido marrón, más o menos de mi talla; y una capa, y zapatos, y medias de seda negras, y, encima de todo, un montón de ropa interior blanca, de auténtica señorita.
Ibbs se limitó a desatar la cuerda de cuello de la bolsa, miró dentro y vio las prendas blancas; luego fue a sentarse en el rincón más alejado de la cocina, donde tenía pólvora y una cerradura que a veces le gustaba desmontar y recomponer. Pidió a John que le acompañara para sujetar los tornillos. Caballero, en cambio, sacó uno por uno todos los artículos femeninos y los colocó ante él en el suelo. Delante de la mesa puso una silla de cocina.
—Ahora, Sue —dijo—, supon que esta silla es la de Maud Lilly. ¿Cómo vas a vestirla? Pongamos que empiezas por las medias y las bragas.
—¿Las bragas? —dije—. ¿Quieres decir que está desnuda?
Dainty se tapó la boca con la mano y soltó una risita. Estaba sentada a los pies de la señora Sucksby, mientras volvían a rizarle el pelo.
—¿Desnuda? —dijo Caballero—. Como vino al mundo. ¿Cómo, si no? Tiene que quitarse toda la ropa cuando se le ensucia; tiene que quitársela para bañarse. Tu tarea consiste en recogerla cuando lo hace. Tu trabajo será entregarle la limpia.
Yo no había pensado en esto. Me pregunté cómo sería tener que esperar de pie para pasarle unas bragas a una desconocida en cueros. Una desconocida en cueros había corrido, en una ocasión, gritando Lant Street abajo, con un policía y una enfermera a la zaga. ¿Y si la señorita Lilly se asustaba de aquel modo y tenía que agarrarla? Me ruboricé, y Caballero se dio cuenta.
—Vamos —dijo, casi sonriendo—, no me digas que eres melindrosa.
Sacudí la cabeza para mostrar que no lo era. El asintió y cogió un par de medias y luego unas bragas. Las colocó, colgando, sobre el asiento de la silla de la cocina.
—¿Qué viene después? —me preguntó. Me encogí de hombros.
—Su corpiño, supongo.
—Su blusa, debes llamarla —dijo—. Y tienes que asegurarte de que esté caliente antes de que se la ponga.
Levantó el corpiño y lo sostuvo cerca del fuego de la cocina. Luego lo colocó con cuidado encima de las bragas, en el respaldo de la silla, como si ésta lo llevara puesto.
—Ahora su corsé —dijo a continuación—. Querrá que se lo ates, todo lo fuerte que puedas. Venga, veamos cómo lo haces.
Puso el corsé encima de la blusa, con las cintas detrás, y mientras él se inclinaba sobre la silla para sujetarla fuerte, hizo que yo tirara de ellas y las atase en un lazo. Me dejaron en las palmas marcas rojas y blancas, como si me las hubieran fustigado.
—¿Por qué no lleva uno con ballenas que se abrochan por delante, como una chica normal? —dijo Dainty, observando.
—Porque entonces no necesitaría a una doncella —dijo Caballero—. Y si no necesitara a una doncella, no sabría que es una dama. ¿Eh? —dijo con un guiño.
Después del corsé vino una camisola y sobre ella una pechera; después, un miriñaque de diez aros, y luego más enaguas, esta vez de seda. Luego Caballero mandó arriba a Dainty, a buscar un frasco de perfume de la señora Sucksby, y me hizo rociar con él por donde la madera astillada del respaldo de la silla asomaba entra las cintas de la blusa, donde él dijo que estaría la garganta de Lilly. Y durante todo este tiempo yo tenía que decir:
—¿Puede levantar el brazo, señorita, para que enderece este volante?
—¿Cómo le gusta, señorita, con vuelo o liso?
—¿Ahora ya está lista, señorita?
—¿Quiere que lo apriete?
—¿Lo quiere más prieto?
—¡Oh! Perdone si le pellizco.
Por fin, con todo este ajetreo, me acaloré como un cerdo. La señorita Lilly estaba sentada delante de nosotros con su corsé prieto, sus enaguas extendidas por el suelo y despidiendo un olor más fresco que una rosa, pero un poco desguarnecida, desde luego, en los hombros y el cuello. John dijo:
—No dice gran cosa, ¿eh?
Nos había estado lanzando continuas ojeadas mientras Ibbs aplicaba los polvos a la cerradura.
—Es una damisela —dijo Caballero, acariciándose la barba— y, naturalmente, tímida. Pero aprenderá de lo lindo si Sue y yo le enseñamos. Lo harás, ¿verdad, querida?
Se puso en cuclillas al lado de la silla y alisó con los dedos las faldas abultadas, luego hundió la mano por debajo de ellas y la deslizó hasta las capas de seda de arriba. Lo hizo con tal destreza que me pareció que conocía muy bien el camino; y cuando llegó más arriba las mejillas se le pusieron rosadas, la seda emitió un crujido, el miriñaque corcoveó, la silla tembló sobre el suelo de la cocina, las junturas de las patas chirriaron débilmente. Acto seguido todo quedó inmóvil.
—Toma, mi dulce perra —dijo, suavemente. Sacó la mano y levantó una media. Me la pasó, bostezando—. Ahora, supongamos que es la hora de acostarse.
John seguía observándonos, sin decir nada, pestañeando y meneando la pierna. Dainty se frotó un ojo, con el pelo a medio rizar, oliendo intensamente a toffee. Empecé por las cintas del talle de la pechera, y luego desaté los cordones del corsé y se lo retiré.
—¿Puede levantar el pie, señorita, para que le quite esto?
—¿Puede respirar un poco más suave, para que pueda sacarlo? Me tuvo como una hora o más trabajando de este modo. Después calentó una plancha.
—Escupe aquí, ¿quieres, Dainty? —dijo, sosteniéndole la plancha. Ella lo hizo, y cuando el escupitajo produjo un chisporroteo, él sacó un cigarrillo y lo encendió en su superficie. Luego, mientras él miraba y fumaba, la señora Sucksby, que había sido en un tiempo, hacía mucho, en la época antes de que pensara siquiera en criar niños, planchadora en una lavandería, me enseñó cómo planchar y plegar la ropa blanca de una señora, cosa que llevó, yo diría, alrededor de otra hora.
A renglón seguido Caballero me mandó arriba a ponerme el vestido que Phil me había agenciado. Era un vestido marrón ordinario, más o menos del color de mi pelo; y como las paredes de la cocina eran también marrones, cuando bajé apenas se veía. Yo habría preferido uno de color azul o violeta, pero Caballero dijo que era el vestido perfecto para una soplona o una doncella, y por lo tanto el ideal para mí, que iba a ser ambas cosas en Briar.
Nos reímos de esto; y luego, en cuanto hube deambulado por la habitación para habituarme a la falda (que era estrecha) y para que Dainty viera dónde el corte era demasiado ancho y necesitaba unas puntadas, me hizo pararme para ensayar una reverencia. Fue más difícil de lo que parece. Se diga lo que se diga de la vida a la que estaba habituada, era una vida sin amos: nunca le había hecho una reverencia a nadie. Ahora Caballero me obligó a erguirme y agacharme hasta que creí que me mareaba. Dijo que eran reverencias tan naturales en una doncella como el viento que pasa. Dijo que en cuanto le cogiese el tranquillo no se me olvidaría nunca, y en esto tenía razón, por lo menos, porque incluso ahora sé hacer una reverencia como es debido. O sabría, si fuera necesario. Bueno. Cuando terminamos con las reverencias tuve que aprenderme mi historia. Para ponerme a prueba, me plantó delante de él para que repitiese mi papel, como una niña que recita el catecismo.
—Vamos a ver —dijo—. ¿Cómo te llamas?
—¿No me llamo Susan?
—¿No te llamas Susan qué?
—¿No soy Susan Trinder?
—¿No soy Susan, señor? Recuerda que no seré Caballero para ti en Briar. Seré Richard Rivers.
Tienes que llamarme señor; y tienes que llamar señor al señor Lilly, y al ama tienes que llamarla señorita o señorita Lilly o señorita Maud, como ella te diga. Y a ti todos te llamaremos Susan. —Frunció el ceño
—. Pero no Susan Trinder. Eso puede guiarles hasta Lant Street si las cosas salen mal. Tenemos queencontrarte un apellido mejor…
—Valentine —dije de sopetón. ¿Qué puedo decirles? Sólo tenía diecisiete años. Tenía una debilidad por los corazones. Caballero me oyó y torció el labio.
—Perfecto… —dijo—, si tuviéramos que elegirte un nombre para el teatro.
—¡Conozco chicas de verdad que se llaman Valentine! —dije.
—Es cierto —dijo Dainty—. Floy Valentine y sus dos hermanas. Dios, pero odio a esas chicas. No querrás llamarte como ellas, Sue.
Me mordí el dedo.
—Quizás no.
—Desde luego que no —dijo Caballero—. Un apellido llamativo puede ser nuestra ruina. Éste es un asunto de vida o muerte. Necesitamos uno que te oculte, no que llame la atención de todo el mundo. Necesitamos un apellido —lo pensó un momento— que no se pueda rastrear pero que sea fácil de recordar… ¿Brown ? ¿A juego con tu vestido? Ah, sí, ¿por qué no? Ya está: Smith. Susan Smith. — Sonrió—. Vas a ser un tipo de herrero, al fin y al cabo. Me refiero a este tipo.
Dejó caer la mano, la giró y dobló el dedo corazón; y nos reímos, porque el gesto y la palabra de la que hablaba habilidedos era la que en el código del barrio significaba ladronzuelo.
Por último tosió y se enjugó los ojos.
—Dios mío, qué risa —dijo—. Bueno, ¿dónde estábamos? Ah, sí. Dímelo otra vez. ¿Cómo te llamas?
Lo dije, con el señor después.
—Muy bien. ¿Y dónde vives?
—Vivo en Londres, señor —dije—. Como mi madre ha muerto, vivo con una tía anciana, que es la señora que fue su niñera cuando era un niño, señor.
Él asintió.
—Muy bien los detalles. No tan bien el estilo. Vamos: sé que la señora Sucksby te educó mejor que esto. No estás vendiendo violetas. Dilo otra vez.
Hice una mueca, pero dije, con más cuidado:
—La señora que fue su niñera cuando usted era un niño, señor.
—Mejor, mejor. ¿Y en qué situación te hallabas antes de esto?
—Con una señora amable, señor, en Mayfair, la cual, como acaba de casarse y está a punto de viajar a la India, tendrá una chica nativa para vestirla y no me necesitará.
—Ay, madre. Das pena, Sue.
—Eso creo, señor.
—¿Y estás agradecida a la señorita Lilly por admitirte en Briar?
—¡Oh, señor! ¡Gratitud es poco!
—¡Otra vez violetas! —Agitó la mano—. Da igual, servirá. Pero no me sostengas la mirada con esa insolencia, ¿de acuerdo? Mira más bien a mi zapato. Así está bien. Ahora dime lo siguiente. Es importante. ¿Cuáles son tus tareas de sirvienta con tu nueva señora?
—Tengo que despertarla por la mañana —dije— y servirle el té. Tengo que lavarla y vestirla y peinarla. Tengo que conservar sus joyas limpias y no robárselas. Tengo que acompañarla cuando le apetezca pasear y sentarme cuando quiera sentarse. Tengo que llevarle el abanico para cuando tenga mucho calor, el chal para cuando tenga frío, el agua de colonia por si le duele la cabeza, y las sales para cuando esté indispuesta. Tengo que ser su carabina en las clases de dibujo y no mirar cuando se sonroje.
—¡Espléndido! ¿Y qué dicen tus referencias?
—Honrada a carta cabal.
—¿Y cuál es tu objetivo, que nadie más que nosotros debe conocer?
—Que se enamorará de ti y dejará a su tío por ti. Que ella te hará rico, y que tú, señor Rivers, me harás rica a mí.
Agarré mis faldas y le mostré una de aquellas reverencias ágiles, sin despegar los ojos ni un instante de la puntera de su zapato.
Dainty me aplaudió. La señora Sucksby se frotó las manos y dijo:
—Tres mil libras, Sue. ¡Caray! Dainty, pásame un bebé, que quiero estrujar algo.
Caballero se apartó a un lado y encendió un cigarrillo.
—No está mal —dijo—. Nada mal. Lo único que falta ahora, creo, es un pequeño retoque. Lo intentaremos más tarde.
—¿Más tarde? —dije—. Oh, Caballero, ¿todavía no hemos terminado? Si la señorita Lilly me acepta como doncella para complacerte, ¿qué más le dará lo perfecta que yo sea?
—Puede que a ella le dé igual —contestó—. Creo que, por lo que a ella respecta, podríamos mandarle al perro Charley Wag con un delantal. Pero no sólo tendremos que embaucarla a ella. Está el viejo, su tío; y además de él, todo el servicio doméstico.
—¿El servicio doméstico? —dije—. No había pensado en eso.
—Por supuesto —dijo él—. ¿Crees que una mansión se lleva sola? En primer lugar está el mayordomo, el señor Way…

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:14 am

—¡Way! —dijo John con un suspiro—. ¿No le llaman Milky?
—No —dijo Caballero. Se dirigió a mí—. El señor Way —repitió—. Pero yo diría que no te causará problemas. Sin embargo también está la señora Stiles, el ama de llaves…, puede que te examine un poco más de cerca, tienes que estar ojo avizor con ella. Y luego está el ayudante de Way, Charles, y supongo que una o dos chicas para las tareas de la cocina, y un par de camareras; y mozos de cuadra y jardineros, aunque no les verás mucho, no los tengas en cuenta.
Le miré horrorizada. Dije:
—No me habías hablado de ellos. Señora Sucksby, ¿nos ha dicho algo de ellos? ¿Ha dicho que había unos cien criados para los que tendré que interpretar a una sirvienta?
La señora Sucksby tenía a un bebé en brazos y le estaba dando vueltas como si fuera una masa.
—Di la verdad ahora, Caballero —dijo ella, sin mirarle—. No entraste mucho en la cuestión de la servidumbre anoche.
Él se encogió de hombros.
—Un mero detalle —dijo.
¿Un detalle? Era muy propio de él: contarte la mitad de la historia y dar por sentado que la sabías entera. Pero ya era demasiado tarde para cambiar de opinión. Al día siguiente, Caballero me trabajó a fondo, y al otro recibió una carta de la señorita Lilly.
La recibió en la estafeta de la City. Nuestros vecinos se habrían hecho preguntas si hubiera llegado una carta a casa. La cogió, la trajo y la abrió mientras todos le mirábamos; luego guardamos silencio para oír lo que decía: Ibbs tamborileaba un poco con los dedos en el tablero de la mesa, por lo cual supe que estaba nervioso, y eso me puso más nerviosa a mí.
La carta era breve. La señorita Lilly decía, primero, que era un gran placer haber recibido la nota del señor Rivers; y lo considerado que era, y qué bueno era con su antigua niñera. ¡Estaba convencida de que ojalá hubiera caballeros tan buenos y considerados como él! Su tío se las apañaba muy mal, decía, ahora que su ayudante estaba ausente. La casa parecía muy cambiada y silenciosa y sosa; tal vez fuese por el tiempo, que parecía haber dado un vuelco. En cuanto a su doncella aquí Caballero ladeó la carta para captar mejor la luz, en cuanto a su doncella, pobre Agnes, le complacía poder decirle que Agnes, al fin y al cabo, no parecía estar en trance de morirse… Al oír esto, todos contuvimos la respiración. La señora Sucksby cerró los ojos y vi que Ibbs lanzaba una mirada al brasero frío y calculaba las ganancias que había perdido en los dos últimos días. Pero entonces Caballero sonrió. La doncella no estaba a punto de morir, pero su salud estaba tan quebrantada y sus ánimos tan bajos que la enviaban a Cork.
—¡Dios bendiga a los irlandeses! —dijo Ibbs, sacando el pañuelo y enjugándose la frente. Caballero continuó leyendo.
«Tendré mucho gusto en recibir a la chica de la que me habla», escribía la señorita Lilly. «Me gustaría que me la mandara de inmediato. Estoy agradecida a todos por acordarse de mí. No estoy muy acostumbrada a que la gente piense en mi bienestar. Si es una chica buena y servicial, estoy segura de que la querré. Y me será tanto más querida, señor Rivers, porque ella me habrá llegado de Londres, donde está usted».
Sonrió de nuevo, se llevó la carta hasta la boca y se la pasó de un lado a otro de los labios. Su anillo falso brilló a la luz de las lámparas. Todo había salido, por supuesto, como el sagaz diablo había prometido. Aquella noche que iba a ser mi última en Lant Street y la primera de todas las que supuestamente desembocarían en la obtención por Caballero de la fortuna de la señorita Lilly, Ibbs mandó ir a buscar para la cena un asado caliente y puso hierros en el fuego para hacer un ponche de celebración. La cena consistió en una cabeza de cerdo con las orejas rellenas, uno de mis platos favoritos, y ofrecido en mi honor. Ibbs llevó el cuchillo de trinchar al escalón de la puerta trasera, se remangó y se agachó para afilar la hoja. Con una mano se apoyaba en el marco de la puerta, y yo lo observé con una extraña sensación en las raíces de mi cabello, pues a lo largo de dicho marco estaban las marcas que cada Navidad, cuando yo era una niña, el cuchillo había hecho encima de mi cabeza para ver cuánto había crecido. Ahora lo pasó sobre la piedra, hacia atrás y hacia delante, hasta que el filo chirrió; entonces se lo dio a la señora Sucksby y ésta repartió la carne. En nuestra casa siempre trinchaba ella.
Una oreja cada uno, para Caballero e Ibbs; el hocico para John y Dainty, y las carrilleras, que eran la parte más tierna, para ella y para mí. Todo esto, como he dicho, era en mi honor. Pero no sé…, quizás fue ver las marcas en el marco de la puerta; quizás fue pensar en la sopa que haría la señora Sucksby, con los huesos de la cabeza del cerdo asado, cuando yo ya no estuviera allí para tomarla; quizás fue la cabeza misma que me pareció que hacía muecas; más bien eran las pestañas de sus ojos y las cerdas de su morro pegadas y tostadas por lágrimas de melaza, pero cuando nos sentamos a la mesa, me entristecí. John y Dainty devoraron su cena, riendo y peleándose, enardeciéndose en los ratos en que Caballero bromeaba, y a ratos enfurruñados. Ibbs trabajaba pulcramente su plato, y la señora Sucksby despachaba con toda limpieza el suyo, y yo miraba sin apetito mi ración de cerdo.
Le di la mitad a Dainty. Ella se la dio a John. El chasqueó las mandíbulas y aulló, como un perro. Después, cuando ya se habían retirado los platos, Ibbs batió los huevos y el azúcar y el ron para hacer el ponche. Llenó siete vasos, sacó los hierros del brasero, los agitó durante un segundo para rebajarles el punto de calor y los metió dentro de los vasos. Calentar el ponche era como flambear al brandy de un budín de ciruelas: a todo el mundo le gustaba ver cómo se hacía y oír el chisporroteo de la bebida. John dijo: «¿Puedo hacer uno, Ibbs?», con la cara colorada por la cena y reluciente como pintura, como la cara de un chico en un dibujo del escaparate de una juguetería.
Nos sentamos y todo el mundo hablaba y se reía, diciendo lo bonito que sería cuando Caballero se hiciese rico y yo volviera a casa con mis preciosas tres mil libras; pero yo estaba bastante callada, y nadie parecía advertirlo. Finalmente la señora Sucksby se palmeó el estómago y dijo:
—¿No nos cantas algo, Ibbs, para acostar al bebé?
Ibbs sabía silbar como una cafetera, durante una hora seguida. Apartó su vaso, se enjugó el ponche del bigote y empezó con «The Tarpaulin Jacket». La señora Sucksby le acompañó tarareando hasta que se le humedecieron los ojos y dejó de cantar. Su marido había sido marino y se había perdido en el mar. Perdido para ella, quiero decir. Vivía en las Bermudas.
—Precioso —dijo cuando terminó la canción—. ¡Pero cantemos algo más animado, por el amor del cielo! Si no me pondré muy sensiblera. Que los jóvenes bailen un poco.
Ibbs entonó entonces una canción rápida, y la señora dio palmadas y John y Dainty se levantaron y retiraron las sillas.
—¿Me guarda los pendientes, señora Sucksby? —dijo Dainty. Bailaron la polca hasta que saltaron los adornos de porcelana sobre la repisa de la chimenea y el zapateado levantó el polvo varios centímetros. Caballero se levantó y les observó, fumando un cigarro, y gritaba «¡Hop!» y «¡Adelante, Johnny!» como gritaría, riéndose, a un terrier en una pelea en la que hubiese apostado.
Dije que no cuando me pidieron que me uniera a ellos. El polvo me hacía estornudar y, además, el hierro que había calentado mi ponche estaba demasiado caliente y el huevo se había cuajado. La señora Sucksby había apartado un vaso y un plato de bocados de carne para la hermana de Ibbs, y dije que yo se los llevaría. «Muy bien, querida», dijo ella, sin perder el compás de las palmadas. Cogí el plato y el vaso y una vela y subí.
Siempre pensaba que salir de nuestra cocina en una noche de invierno era como abandonar el cielo. Aun así, cuando hube dejado la comida al lado de la hermana dormida de Ibbs y atendido a un par de bebés que se habían despertado con el ruido del baile abajo, no volví a donde estaban los demás. Recorrí la breve distancia del rellano hasta la puerta del cuarto que yo compartía con la señora Sucksby, y subí el tramo de escalera que llevaba al pequeño desván donde yo había nacido.
Aquella habitación estaba siempre fría. Esa noche se había levantado una brisa, la ventana estaba suelta y hacía más frío que nunca. El suelo era de tablones lisos, con tiras de tosca alfombra. Las paredes estaban desnudas, salvo por un pedazo de hule azul que había sido clavado con tachuelas para recoger las salpicaduras de un lavabo. Este, en aquel momento, estaba cubierto por un chaleco y una camisa de Caballero y un par de cuellos. El siempre dormía aquí cuando nos visitaba, aunque habría podido compartir una cama con Ibbs en la cocina. Sé qué sitio habría elegido yo. En el suelo destacaban sus botas altas de cuero, de las que había raspado el barro y a las que había embetunado. Detrás de ellas estaba su bolsa, de la que asomaba más ropa blanca. En el asiento de una silla había unas monedas de su bolsillo, un paquete de tabaco y lacre. Las monedas eran livianas. El lacre era quebradizo, como toffee.
La cama estaba mal hecha. Sobre ella había una cortina de terciopelo rojo, con los aros quitados, que servía de colcha: procedía de una casa incendiada y todavía olía a cenizas. La cogí y me la puse alrededor de los hombros, como una capa. Luego apagué con dos dedos la llama de mi vela y permanecí en la ventana, tiritando, mirando los tejados y chimeneas, y la cárcel de Horsemonger Lane, donde habían ahorcado a mi madre.
En el cristal de la ventana había unos cuantos festones de escarcha reciente, y los aplasté con el dedo para que el hielo se transformara en agua sucia. Desde allí seguía oyendo los silbidos de Ibbs y los brincos de Dainty, pero ante mí las calles del barrio estaban oscuras. Aquí y allá sólo se veía una débil luz en alguna ventana como la mía, y luego la farola de un carruaje, arrojando sombras; después, una persona que corría aprisa contra el frío, rauda y oscura como las sombras, y que desaparecía tan pronto como había aparecido. Pensé en todos los ladrones que debía de haber por allí, y en todos sus hijos; y en todos los hombres y mujeres normales que vivían su vida su vida extraña y corriente en otras casas, otras calles, en los barrios más luminosos de Londres. Pensé en Maud Lilly y en su casa grande. Ella no conocía mi nombre; tres días antes, yo no conocía el suyo. Ella ignoraba que yo estaba allí, planeando su ruina, mientras John y Dainty bailaban una polca en la cocina.
¿Cómo sería ella? Una vez conocí a una chica que se llamaba Maud a la que le faltaba la mitad del labio. Le gustaba contar que lo había perdido en una pelea; yo sabía, sin embargo, que había nacido así, y que era incapaz de matar una mosca. Al final se murió, no en una pelea, sino por haber comido carne en mal estado. Un trocito de carne mala la había matado, nada más que eso. Pero era muy morena. Caballero había dicho que la otra Maud, su Maud, era rubia y bastante guapa. Pero cuando yo pensaba en ella sólo acertaba a imaginármela tan delgada y castaña y tiesa como la silla de la cocina en la que había atado el corsé. Ensayé otra reverencia. Me entorpeció la cortina de terciopelo. Probé otra vez. Empecé a sudar, de súbito miedo.
En esto se abrió la puerta de la cocina y oí el sonido de pisadas en la escalera, y luego la voz de la señora Sucksby que me llamaba. No respondí. La oí caminar hasta el dormitorio de abajo y buscarme allí; de nuevo se hizo el silencio, seguido de sus pasos subiendo las escaleras del desván, y luego vi la luz de su vela. La ascensión le arrancó unos suspiros; sólo unos pocos, porque era muy ágil, a pesar de ser bastante corpulenta.
—¿Estás aquí, Sue? —dijo en voz baja—. ¿Y sola, en la oscuridad?
Miró a su alrededor todo lo que yo había mirado, las monedas y el lacre, las botas y la bolsa de cuero de Caballero. Se me acercó y me tocó la mejilla con su mano caliente y seca, y dije, como si me hubiera hecho cosquillas o pellizcado, y las palabras fueron una risa o un llanto que no pude contener:
—¿Y si no soy capaz, señora Sucksby? ¿Y si no puedo hacerlo? ¿Y si pierdo el valor y le fallo? ¿No sería mejor mandar a Dainty?
Ella movió la cabeza y sonrió:
—Anda, vamos —dijo. Me condujo a la cama, nos sentamos y me inclinó la cabeza hasta que la tuve en su regazo; retiró el pelo de mi mejilla y me lo acarició—. Anda, vamos.
—¿No es un trayecto muy largo? —dije, mirándola a la cara.
—No tan largo —contestó.
—¿Pensará en mí cuando esté allí?
Me retiró un mechón que se me había quedado atrapado alrededor de la oreja.
—Cada minuto —dijo con calma—. ¿No eres mi niña? ¿Y no voy a preocuparme? Pero tendrás a Caballero al lado. Nunca te dejaría ir con un granuja vulgar.
Al menos eso era verdad. Pero el corazón todavía me latía deprisa. Pensé de nuevo en Maud Lilly, suspirando en su alcoba, aguardando a que yo llegara para desatarle las cintas y sostener su camisón delante del fuego. Pobre chica, había dicho Dainty. Me mordí el interior del labio. Dije:
—¿Pero tengo que hacerlo, señora Sucksby? ¿No es una mala pasada, y muy mezquina?
Ella sostuvo mi mirada y luego alzó los ojos y asintió con la cabeza hacia la vista que se extendía fuera de la ventana. Dijo:
—Sé que ella lo habría hecho sin pararse a pensarlo. Y sé lo que habría sentido…, qué miedo, pero también qué orgullo, y el orgullo ganando la partida, al verte hacer esto ahora.
Estas palabras me dejaron pensativa. Durante un minuto no dijimos nada. Y lo que pregunté a continuación fue algo que no había preguntado nunca, algo que, en todos mis años en Lant Street, entre todos aquellos timadores y ladrones, no había oído preguntar a nadie, ni una sola vez. Dije, en un susurro:
—¿Usted cree, señora Sucksby, que duele cuando te cuelgan?
Su mano, que estaba alisándome el pelo, se puso rígida. Después siguió acariciándome, con la misma calma que antes. Dijo:
—Creo que no sientes nada más que la soga en el cuello. Yo diría que como un cosquilleo.
—¿Cosquilleo?
—Como un picor.
Su mano continuaba acariciándome.
—Pero cuando se abre la trampilla —dije—, ¿no cree que entonces lo sientes?
Ella cambió la pierna de sitio.
—Quizás un tirón cuando se abre la trampilla —admitió.
Pensé en los hombres a los que había visto caer en Horsemonger Lane. Se movían, sí. Se movían y pataleaban, como monos sobre ramas.
—Pero al final ocurre tan aprisa —prosiguió ella— que más bien creo que la rapidez hace que no duela. Y cuando ajustician a una mujer…, bueno, ya sabes que le hacen un nudo de tal manera, Sue, que el fin llega mucho más rápido.
Volví a levantar los ojos hacia ella. Había dejado la vela en el suelo, y la luz que la iluminaba desde abajo hacía que sus mejillas pareciesen hinchadas y sus ojos ancianos. Tirité, y ella desplazó la mano hasta mi hombro y me frotó fuerte, a través del terciopelo. Después ladeó la cabeza.
—Y ahí tienes a la hermana de Ibbs —dijo—, totalmente aturdida otra vez y llamando a su madre. La ha estado llamando, la pobre, estos quince últimos años. No me gustaría llegar a ese extremo, Sue. Yo diría que de todos los modos en que un cuerpo puede perecer, el más rápido y limpio sería en definitiva el mejor.
Dijo esto y parpadeó. Lo dijo y pareció que lo decía en serio. A veces me pregunto, sin embargo, si no lo había dicho únicamente para ser amable. Pero esto no lo pensé entonces. Lo único que hice fue levantarme y besarla, y arreglarme el pelo donde ella lo había esparcido con sus caricias, y en eso volvió a oírse el ruido de la puerta de la cocina, y esta vez pasos más fuertes en las escaleras, y después la voz de Dainty.
—¿Dónde estás, Sue? ¿No vienes a bailar? Ibbs se ha llevado un susto y nos estamos partiendo de risa aquí abajo.
Sus gritos despertaron a la mitad de los bebés, y esta mitad despertó a la otra. Pero la señora Sucksby dijo que les atendería ella, y yo bajé y esta vez bailé, con Caballero de pareja. Me llevó a compás de vals. Estaba borracho y me sujetaba con firmeza. John volvió a bailar con Dainty, y trotamos por la cocina como una media hora, Caballero gritando todo el rato «¡Adelante, John!» y «¡Vamos, chico! ¡Vamos!», e Ibbs parando para untarse los labios con un poco de mantequilla a fin de que los silbidos le salieran melodiosos.
Al mediodía del día siguiente abandoné la casa. Empaqué todas mis cosas en el baúl cubierto por una lona y me puse el vestido marrón y la capa y una gorra sobre mi pelo liso. Había aprendido todo lo que Caballero pudo enseñarme en tres días de trabajo. Me sabía mi historia y mi nuevo nombre, Susan Smith. Sólo quedaba una cosa por hacer, y Caballero la hizo mientras yo me sentaba a tomar mi última comida en aquella cocina, que consistió en carne seca con pan, la carne tan seca que se me pegaba a las encías. Sacó de su bolsa un pedazo de papel, una pluma y algo de tinta, y me escribió unas referencias. Las escribió de un voleo. Estaba acostumbrado a falsificar papeles, por supuesto. Lo mantuvo en alto para que la tinta se secara y luego lo leyó. Decía:
«A quien pueda interesar. Lady Alice Dunraven, de Whelk Street, Mayfair, recomienda a la señorita Susan Smith…», y continuaba de este modo, pero me he olvidado del resto, aunque me pareció muy bien. Posó la hoja y la firmó con la escritura redondeada de una dama. Después se la enseñó a la señora Sucksby.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:14 am

—¿Qué le parece, señora S.? —dijo, sonriendo—. ¿Servirá para que Sue consiga el puesto?
Pero la señora Sucksby dijo que no podía juzgarlo.
—Tú sabes más, querido —dijo, apartando la vista.
Naturalmente, si alguna vez recurríamos a ayudas en Lant Street, no buscábamos tanto referencias como ausencia de ellas. Había un chiquilla casi enana que venía a veces a hervir los pañales de los bebés y a fregar los suelos; pero era una ladrona. No habríamos podido contratar a gente honrada. Al cabo de tres minutos se habría percatado de los negocios que se despachaban en la casa. No podíamos arriesgarnos.
Así que la señora Sucksby rechazó la hoja y Caballero la leyó de nuevo entera, me guiñó un ojo, la plegó, la selló con lacre y la metió en mi baúl. Tragué lo que quedaba de pan y carne seca y me até la capa. Sólo tenía que despedirme de la señora Sucksby. John Vroom y Dainty no se levantaban nunca antes de la una. Ibbs se había ido a reventar una caja de caudales en Bow: me había besado en la mejilla una hora antes y me había dado un chelín. Me puse el sombrero. Era un feo gorro marrón, como el vestido. La señora Sucksby me lo enderezó. Luego me cogió la cara entre sus manos y sonrió.
—¡Dios te bendiga, Sue! —dijo—. ¡Vas a hacernos ricos!
Pero entonces se le agrió la sonrisa. En toda mi vida no me había separado de ella más de un día. Se dio media vuelta, para ocultar sus lágrimas.
—¡Llévatela aprisa! —le dijo a Caballero—. ¡Llévatela y que yo no la vea!
Y así, él me rodeó los hombros con su brazo y me sacó de la casa. Encontró un chico para que nos siguiera, con el baúl a cuestas. Iba a llevarme a una parada de taxis que nos transportara a la estación de Paddington, donde me acompañaría al tren. Hacía un día de perros. Aun así, como yo no tenía muchas ocasiones de cruzar el río, dije que me gustaría ir andando hasta el puente de Southwark, para contemplar el panorama. Había pensado que desde allí vería todo Londres, pero la niebla se espesaba a medida que avanzábamos. En el puente era donde más había. Se divisaba la bóveda negra de St. Paul, las gabarras en el agua; se veían todas las cosas oscuras de la ciudad, pero no las claras; las claras se perdían o parecían sombras.
—Qué raro pensar que el río está ahí abajo —dijo Caballero, mirando por el pretil. Se inclinó y escupió.
No habíamos contado con la niebla. Lentificaba el tráfico hasta casi atascarlo, y aunque encontramos un taxi, veinte minutos después pagamos al taxista y nos apeamos para seguir a pie. Yo tenía que haber partido en el tren de la una; mientras cruzábamos una plaza grande, oímos que sonaba esa hora, seguida del cuarto y luego de la media, con un tañido enloquecedoramente húmedo y mortecino, como si los badajos y las campanas contra las que resonaban hubieran sido enfundados en franela.
—¿No sería mejor que volviéramos y lo dejásemos para mañana? —dije.
Pero Caballero dijo que enviarían a Marlow un carruaje con su cochero para esperar el tren, y pensaba que más valía llegar tarde que no llegar. Pero al final, cuando por fin llegamos a Paddington, descubrimos que todos los trenes circulaban con retraso y lentamente, lo mismo que el tráfico; tuvimos que esperar otra hora más hasta que el jefe de estación levantó la señal de que el tren de Bristol que sería el mío hasta Maidenhead, donde tendría que transbordar a otro estaba listo para el embarque. Aguardamos debajo del reloj, inquietos y echándonos el aliento en las manos. En la estación habían encendido grandes lámparas, pero la niebla que entraba se había mezclado con el vapor, y al desplazarse de un arco al otro empañaba mucho la luz.
En las paredes había colgaduras negras por la muerte del príncipe Alberto; los pájaros habían ensuciado el crespón. Me pareció muy lúgubre, para un lugar tan grandioso. Y, desde luego, había muchísima gente a nuestro lado, todos esperando y jurando, o dándose empellones, o permitiendo que sus niños y sus perros se nos metieran entre las piernas.
—Cojones —dijo Caballero, con una voz seca y quisquillosa, cuando le pasó por encima del pie la rueda de una silla. Se agachó para limpiarse el polvo de la bota, luego se irguió, encendió un cigarrillo y tosió. Tenía el cuello vuelto hacia arriba y llevaba un sombrero blando y negro. Tenía amarillos los blancos de los ojos, como manchados de ponche. En aquel momento no parecía para nada un hombre por el que una chica perdiese la cabeza.
Tosió de nuevo.
—Vaya mierda este tabaco barato —dijo, extrayendo una hebra que se le había desprendido en la boca. Su cara cambió al topar con mi mirada—. Y una mierda esta vida de pobres, en todas sus formas, ¿eh, Suky? Pronto se acabará para ti y para mí.
Miré a otra parte sin decir nada. Había bailado con él un vals rápido la noche anterior; ahora, lejos de Lant Street y de la señora Sucksby y de Ibbs, entre todos aquellos hombres y mujeres congregados y gruñendo alrededor, parecía tan sólo un desconocido más, y me avergonzaba de él. Pensé: Para mí no eres nada. Y a punto estuve de repetir que volviéramos a casa, pero yo sabía que si lo decía él se pondría de peor talante y mostraría su mal genio, así que no lo hice.
Terminó su pitillo y fumó otro. Fue a orinar y yo también fui pero por mi lado. Oí el silbato cuando me estaba subiendo las faldas; cuando volví, descubrí que el jefe de estación había dado la orden y la mitad de la muchedumbre se había levantado y se dirigía como una gran avalancha sudorosa hacia el tren que esperaba. Seguimos a la gente y Caballero me llevó a un vagón de segunda clase y entregó el baúl al hombre que estaba colocando las bolsas y cajas en el techo. Ocupé un asiento al lado de una mujer de cara blanca con un bebé en brazos; frente a ella había dos campesinos robustos. Creo que se alegró de verme entrar, pues como iba vestida tan limpia y bonita no se le ocurrió pensar ¡ja, ja! que fuese una ladronzuela del barrio. Detrás de mí entraron un chico y su papá anciano, con un canario en una jaula. El chico se sentó al lado de los labriegos. El padre se sentó a mi lado. El vagón se escoró y crujió, y todos echamos atrás la cabeza y miramos las costras de polvo y de esmalte que se desprendían del techo, donde los equipajes retumbaban y resbalaban de su sitio.
La puerta permaneció abierta durante otro minuto y después se cerró. Con todo el barullo de subir al vagón apenas me había fijado en Caballero. Me había acomodado y luego se había ido a hablar con el jefe de estación. Ahora se acercó a la ventana abierta y dijo:
—Me temo que quizás llegues muy tarde, Sue. Pero confío en que el coche te esperará en Marlow. Estoy seguro de que sí. Tienes que confiar en que lo hará.
Supe al instante que no sería así, y me invadió una oleada de desdicha y miedo. Dije rápidamente:
—Ven conmigo, ¿quieres?, y me enseñas la casa.
¿Pero cómo iba a hacerlo? Movió la cabeza con aire apenado. Los dos campesinos, la mujer, el chico y su padre nos observaban, preguntándose, supongo, qué queríamos decir con la casa, y qué hacía un hombre con sombrero flexible, y con una voz así, hablando de aquello con una chica como yo.
En eso el maletero bajó del techo, sonó otro silbato, el tren dio una sacudida tremenda y se puso en marcha. Caballero alzó su sombrero hasta que la locomotora adquirió velocidad; por fin desistió: le vi girarse, ponerse el sombrero, alzarse el cuello. Ya se había ido. El vagón crujió aún más fuerte y empezó a balancearse. La mujer y los hombres se agarraron a las correas de cuero; el chico pegó la cara a la ventana. El canario acercó el pico a los barrotes de su jaula. El bebé empezó a llorar. Lloró durante media hora.
—¿No tiene un poco de ginebra? —le dije a la mujer, por fin.
—¿Ginebra? —dijo ella, como si yo hubiese dicho «veneno». Luego esbozó una mueca y no me prestó atención, no tan contenta de que me hubiera sentado a su lado, la puerca con ínfulas, después de todo.
Entre la mujer y el niño, el pájaro que revoloteaba, el viejo que se quedó dormido y roncaba y el chico que hacía bolas de papel, los labriegos que fumaban y apestaban y la niebla que hacía que el tren diera bandazos y se detuviera, y que provocó que llegase a Maidenhead con dos horas de retraso sobre el horario previsto, con lo que perdí el tren de Marlow y tuve que esperar al siguiente, entre una cosa y otra, mi viaje fue espantoso. No llevaba conmigo nada de comer, porque todos habíamos supuesto que llegaría a Briar a tiempo para tomar el té con el servicio doméstico. No había probado bocado desde el almuerzo al mediodía, de pan y carne seca: entonces se me había pegado a las encías, pero me habría parecido suculento siete horas más tarde, en Maidenhead. La estación no era como la de Paddington, donde había puestos de café y de leche y pastelerías. Había una sola tienda con vituallas, y estaba cerrada. Me picaban los ojos a causa de la niebla. Al sonarme la nariz dejé el pañuelo negro. Un hombre me vio sonarme.
—No llore —me dijo, sonriendo.
—No estoy llorando —dije.
Él parpadeó y me preguntó mi nombre. Una cosa era coquetear en la ciudad, pero yo no estaba en la ciudad ahora, y no contesté. Cuando el tren llegó a Marlow me senté al fondo del vagón y él se sentó en la parte delantera, pero con la cara mirando en mi dirección; durante una hora trató de que nuestras miradas se cruzasen. Recordé que Dainty me había contado que una vez que viajaba sentada en un tren, con un señor cerca, él se había abierto los pantalones y le había enseñado la polla y pedido que se la tocara; ella lo había hecho y él le había dado una libra. No supe qué haría si aquel hombre me pedía que le tocara la suya, si gritaría o miraría a otra parte, o se la tocaría o qué.
¡Pero no necesitaba la libra, en el lugar adonde me dirigía!
De todos modos, el dinero así obtenido era difícil de gastar. Dainty nunca había podido gastar el suyo por miedo a que su padre la viese y supiera que había sido una casquivana. Escondió la libra detrás de un ladrillo suelto en la pared de los arreglos de almidón, y le puso una marca que sólo ella conocía. Dijo que lo revelaría en el lecho de muerte, para que utilizásemos la libra en pagar su entierro.
Bueno, pues el hombre del tren no paraba de mirarme, pero no vi si tenía los pantalones abiertos, y al final me saludó levantando un poco el sombrero y se apeó. Hubo más paradas después de ésta, y en cada una se apeaba alguien de otros vagones del tren, pero no subió nadie. Las estaciones eran cada vez más pequeñas y oscuras, hasta que por fin no había en ellas nada más que un árbol; en ninguna parte se veía más que árboles, y más allá arbustos, y más allá niebla niebla gris, no parda, y el cielo de la noche oscura sobre ellos. Y cuando los árboles y los arbustos parecieron más espesos que nunca, y el cielo fue más negro de lo que yo hubiera creído que podía ser un cielo, el tren se detuvo por última vez; aquello era Marlow. Allí no se apeó nadie más que yo. Era la última pasajera de todos. El jefe de estación dio el alto y vino a bajar mi baúl. Dijo:
—Le pesará mucho esto. ¿Viene a recogerla alguien?
Le dije que supuestamente tenía que esperarme un hombre con un carruaje para llevarme a Briar. Me preguntó si me refería al coche que venía a recoger el correo. Había llegado y se había ido hacía tres horas. Me miró de arriba abajo.
—Viene de Londres, ¿verdad? —dijo. Llamó al maquinista, que nos miraba desde su cabina—. Ha venido de Londres y se dirige a Briar. Le he dicho que el coche de Briar ha venido y se ha ido.
—Ha venido y se ha ido, desde luego —dijo el maquinista—. Ha venido y se ha ido, yo diría, hace tres horas.
Yo tirité. Allí hacía más frío que en casa. Hacía más frío y estaba más oscuro y el aire olía raro, y la gente de allí ¿no lo he dicho? eran simplones vociferantes. Dije:
—¿No hay un taxista que pueda llevarme?
—¿Un taxista? —dijo el jefe. Se lo gritó al maquinista—: ¡Quiere un taxista!
—¡Un taxista!
Se rieron hasta que les entró la tos. El jefe sacó un pañuelo y se limpió la cara, diciendo:
—¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¡Un taxista, en Marlow!
—¡Oh, que os jodan! —dije—. ¡Que os jodan a los dos!
Y, cogiendo el baúl, caminé con él hacia un par de luces que brillaban, que pensé que serían de las casas del pueblo. El jefe dijo:
—¡Caramba, qué descarada…! Se lo pienso decir al señor Way. A ver qué le parece, ¡venir aquí con esa lengua de Londres!
Yo no sabía qué hacer a continuación. Ignoraba la distancia que había hasta Briar. Ni siquiera sabía qué carretera coger. Londres estaba a sesenta kilómetros, y tenía miedo de las vacas y los toros. Pero, al fin y al cabo, las carreteras del campo no son como las calles de la ciudad. Hay sólo unas cuatro, y todas, además, van a parar al mismo sitio. Eché a andar, y llevaba andando un minuto cuando, a mi espalda, oí el sonido de cascos y el chirrido de ruedas. Y entonces un carro paró junto a mí y el cochero sacó una linterna y me enfocó con ella para verme la cara.
—Usted debe de ser Susan Smith —dijo—, que ha venido de Londres. La señorita Maud ha estado preocupada por usted todo el día.
Era un hombre de edad y se llamaba William Inker. Era el mozo de cuadra de la señorita Lilly. Cogió el baúl y me ayudó a subir al asiento junto al suyo, y arreó al caballo; y cuando la brisa nos azotaba mientras avanzábamos notó que yo tiritaba, me alcanzó una manta escocesa para que me la pusiera en las piernas.
Había unos diez u once kilómetros hasta Briar, y él llevó el carro al trote, fumando una pipa. Le hablé de la niebla había todavía una especie de bruma, incluso allí, incluso entonces y del retraso de los trenes. Dijo:
—Así es Londres. Conocido por su niebla, ¿no? ¿No has estado mucho por el campo?
—No mucho —dije.
—Has trabajado de sirvienta en la ciudad, ¿no? ¿Era bueno tu último puesto?
—Bastante bueno —dije.
—Tienes un modo raro de hablar para ser doncella de una señora —dijo entonces—. ¿Has estado alguna vez en Francia?
Tardé un segundo en contestar, mientras alisaba la manta sobre mi regazo.
—Una o dos veces —dije.
—Gente bajita, los franceses, creo. Cortos de piernas, me refiero.
Ahora bien, yo sólo conocía a un francés un desvalijador de casas al que llamaban Jack el Alemán, no sé por qué. Era bastante alto; pero dije, para complacer a William Inker:
—Bajitos, sí.
—Lo suponía —dijo él.
La carretera estaba en perfecto silencio y completamente oscura, y me figuré que el ruido del caballo y de las ruedas se transmitiría a gran distancia a través de los campos. De pronto, bastante cerca, oí el lento tañido de una campana; en aquel momento me pareció un sonido muy lastimero, no como las alegres campanas de Londres. Dieron nueve campanadas.
—Es la campana de Briar dando las horas —dijo William Inker.
Guardamos silencio después de eso, y al cabo de poco tiempo llegamos a una alta tapia de piedra y tomamos la carretera que discurría a su lado. Pronto la tapia se transformó en un arco grande, y entonces vi detrás de él el tejado y las ventanas puntiagudas de una casa grisácea, medio cubierta de hiedra. Me pareció una mansión magnífica, aunque no tan grande ni tan sombría como Caballero la había pintado. Pero cuando William Inker puso el caballo al paso y me retiró la manta y descargó el baúl, dijo:
—¡Espera, mi niña, todavía queda un kilómetro! —Y a continuación, a un hombre que había aparecido con una linterna en la puerta de la casa, le gritó—: Buenas noches, señor Mack. Puede cerrar la verja cuando hayamos pasado. Mire, le presento a la señorita Smith, sana y salva.
¡El edificio que yo había creído que era Briar era tan sólo el pabellón del guardés! Agucé la vista, sin divisar nada, y rebasamos la casa, entre dos filas de oscuros árboles pelados, que se curvaban como la carretera y se adentraban luego en una especie de hueco donde el aire que en apariencia se había aclarado un poco, en las alamedas descubiertas se espesó de nuevo. Tan tupido se hizo que noté humedad en la cara, pestañas y labios, y cerré los ojos. Después se disipó la humedad. Miré otra vez fijamente. El camino ascendía, salimos de la hilera de árboles a un claro de grava, y allí alzándose enorme y recta y severa de entre la niebla lanosa, con todas sus ventanas negras o cerradas, sus muros tapizados de una clase de hiedra muerta, y un par de chimeneas despidiendo volutas de un humo gris tenue, allí estaba Briar, la mansión de la señorita Lilly, que a partir de entonces debía llamar mi casa.
No cruzamos por delante de la fachada, sino que la rodeamos por un lado y tomamos un camino que la circundaba por detrás, donde había un revoltijo de patios y pórticos y edificios anejos, y más paredes oscuras y ventanas cerradas y ladridos de perros. En lo alto de uno de los edificios estaba la esfera redonda y blanca y las grandes agujas negras del reloj que yo había oído sonar a través de los campos. William Inker detuvo al caballo debajo y me ayudó a apearme. Una puerta se abrió en uno de los muros y apareció una mujer que nos miraba con los brazos cruzados contra el frío.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:18 am

—Es la señora Stiles, que ha oído llegar al coche —dijo William. Atravesamos el patio en dirección a ella. Encima de nosotros, en una ventanita, creí ver brillar la llama de una vela, que ondeó antes de apagarse.
La puerta daba acceso a un corredor que a su vez llevaba a una cocina espaciosa y brillante, como unas cinco veces más grande que la nuestra en Lant Street, y con tiestos en hileras sobre una pared encalada, y unos cuantos conejos colgados de ganchos de las vigas del techo. Ante una amplia mesa fregoteada estaban sentados un chico, una mujer y tres o cuatro chicas; por supuesto, todos me miraron con severidad. Las chicas examinaron mi gorra y el corte de mi capa. Como sus vestidos y sus delantales no eran sino el atuendo de criadas, no me molesté en examinarlos. La señora Stiles dijo:
—Bueno, ha llegado todo lo tarde que se puede llegar. Un poco más y habría tenido que quedarse en el pueblo. Aquí seguimos un horario temprano.
Rondaba los cincuenta, llevaba una gorra blanca con flecos y se las arreglaba para no mirarte del todo a los ojos cuando te dirigía la palabra. Llevaba un manojo de llaves en una cadena atada a la cintura. Llaves simples, anticuadas; yo habría podido hacer una copia de cualquiera de ellas. Hice una media reverencia. No dije como podría haber hecho que ella podía estar agradecida de que yo no me hubiese vuelto a Paddington; que ojalá me hubiera vuelto; y que haber vivido la experiencia que yo acababa de vivir en el intento de viajar a sesenta kilómetros de Londres quizás demostrase que era una ciudad que no estaba hecha para abandonarla; no dije nada de esto. Dije, en cambio:
—Agradezco mucho, desde luego, que me enviaran el coche.
Las chicas sentadas a la mesa se rieron a escondidas al oírme hablar. La mujer sentada con ellas y que resultó ser la cocinera se levantó y empezó a prepararme una bandeja para la cena. William Inker dijo:
—La señorita Smith viene de una casa muy fina de Londres, señora Stiles. Y ha estado varias veces en Francia.
—¿Ah, sí? —dijo Stiles.
—Sólo una o dos veces —dije. Ahora todos pensarían que me había estado dando aires.
—Dice que los hombres de allí son muy cortos de piernas.
La señora Stiles asintió. Las chicas a la mesa volvieron a reírse, y una de ellas susurró algo que al chico le hizo sonrojarse. Pero mi bandeja estaba ya lista, y Stiles dijo:
—Margaret, puedes llevar esto a la antecocina. Señorita Smith, supongo que querrá que le indique dónde lavotearse las manos y la cara.
Entendí que me estaba diciendo que me llevaría a la antecocina, y dije que la seguiría encantada. Me dio una vela y me condujo por otro pasillo corto hasta otro patio donde había un retrete de tierra con papel colgado de un clavo.
Luego me llevó a su cuartito. Tenía una chimenea con flores blancas de cera encima, una foto enmarcada de un marino, que supuse que sería el señor Stiles, navegando en el mar, y otra foto de un ángel, con el pelo totalmente negro, que supuse que sería el señor Stiles, ahora en el cielo. Ella se sentó a observar cómo cenaba. La cena era picadillo de cordero y pan con mantequilla; como podrán imaginar, con el hambre que tenía enseguida di buena cuenta del refrigerio. Mientras comía, se oyeron las lentas campanadas del reloj que yo había oído antes, dando las nueve y media. Dije:
—¿El reloj suena toda la noche?
La señora Stiles asintió.
—Toda la noche y todo el día, da las horas y las medias. Al señor Lilly le gusta la vida metódica. Ya lo verá.
—¿Y a la señorita Lilly? —dije, recogiendo las migas de las comisuras de los labios—. ¿Qué vida le gusta a ella?
Ella se alisó el mandil.
—A la señorita Maud le gusta lo que a su tío —respondió. Recompuso los labios y añadió—: Verá usted, señorita Smith, que la señorita Maud es una chica muy joven, a pesar de ser el ama de esta mansión. Los criados no la molestan, porque las cuentas me las dan a mí. Debería haberle dicho que he sido ama de llaves el tiempo suficiente como para saber conseguir una sirvienta para mi señora…, pero hasta un ama de llaves tiene que hacer lo que le ordenan, y la señorita Maud se ha propasado conmigo a este respecto. Propasado mucho. Yo no diría que sea muy juicioso en una chica de su edad, pero veremos adonde van a parar las cosas.
—Estoy segura de que haga lo que haga la señorita tiene que salir bien —dije.
—Tengo una gran servidumbre para asegurarme de que sea así. Esta es una casa bien gobernada, señorita Smith, y espero que se habitúe. No sé las costumbres que tendría en su último puesto. No sé cuáles son las cosas que en Londres se consideran los deberes de una sirvienta. Como nunca he estado allí —¡nunca había estado en Londres!—, no puedo decirlo. Pero si respeta a mis otras chicas, ellas la respetarán también. Espero, por supuesto, que no la veré hablando más de lo debido con los hombres y los mozos de cuadra…
Continuó así durante un cuarto de hora, y en todo este tiempo, como ya he dicho, no me miró a los ojos. Me informó de los sitios de la casa en que podía entrar, de dónde debía comer y de qué ración de azúcar podría disponer, y de cuánta cerveza, y de cuándo podría mandar a lavar mi ropa interior. Me dijo que la criada de la última señora tenía por costumbre pasar a las chicas de la cocina el té que ya había hervido en la tetera de la señorita Maud. Lo mismo se hacía con las sobras de cera de sus velas; había que dárselas al señor Way. Y éste sin duda sabría cuántas tenía que recibir, pues era él quien se encargaba de apagar las velas. Los corchos se entregaban a Charles, el afilador. Los huesos y las peladuras se los daban a la cocinera.
—Pero puede quedarse con los restos de jabón que la señorita Maud deje en el lavabo porque están demasiado secos para producir espuma.
Eso era, pues, una criada: siempre escarbando en tu pequeña parcela. ¡Como si a mí me importaran el jabón y los cabos de vela! Si no lo había sabido, ahora sabía lo que era tener expectativas de obtener tres mil libras.
Después me dijo que si había terminado mi cena le gustaría enseñarme mi habitación. Pero debía pedirme que no dijera ni pío durante el trayecto, porque al señor le gustaba que la casa estuviera en silencio y no soportaba ruidos, y la señorita Maud tenía un sistema nervioso parecido al de su tío, que no consentía que turbara su descanso ninguna clase de molestia. Después de decir esto ella cogió su lámpara y yo mi vela y me condujo por el corredor hasta una escalera oscura.
—Este camino es el de los criados —dijo, mientras caminábamos—, el que debe tomar siempre, a no ser que la señorita Maud le indique otra cosa.
Su voz y sus pisadas se hicieron más débiles a medida que nos alejábamos. Por fin, cuando ya habíamos subido tres pisos, me llevó hasta una puerta y me dijo en un susurro que era la de mi cuarto. Giró despacio la manija, poniéndose un dedo delante de los labios. Yo nunca había tenido una habitación propia. Ahora no deseaba especialmente una. Pero, como debía tenerla, supuse que aquélla me serviría. Era pequeña y sencilla: habría estado mejor, quizás, con algunas guirnaldas de papel y unos cuantos perros de escayola. Pero había un espejo sobre la repisa de la chimenea, y una alfombra delante del fuego. Junto a la cama William Inker debía de haberlo subido estaba mi baúl.
Cerca de la cabecera de la cama había otra puerta, cerrada a cal y canto y sin llave en ella.
—¿Adónde da? —pregunté a Stiles, pensando que quizás diese a otro pasillo o a un excusado.
—Es la puerta del cuarto de la señorita Maud —dijo.
—¿La señorita está ahí, durmiendo en su cama?
Puede que lo dijera un poco alto, pero Stiles se estremeció, como si yo acabara de chillar o de agitar un sonajero.
—La señorita Maud duerme muy mal —contestó rápidamente—. Si se despierta de noche, quiere que acuda su doncella. No la llamará esta noche, porque usted es una desconocida para ella; pondremos a Margaret en una silla delante de su puerta, y ella le servirá el desayuno mañana y la vestirá para el día. Después, tiene que estar lista para cuando la señorita la llame para conocerla.
Dijo que esperaba que el ama me encontrase agradable. Dije que yo también lo esperaba. Después me dejó. Se retiró muy suavemente, pero en la puerta se detuvo para llevarse la mano a su manojo de llaves. Cuando la vi hacer eso me entró un escalofrío, porque de repente me pareció ni más ni menos que la carcelera de una prisión. Dije, sin poder contenerme:
—¿Va a encerrarme aquí dentro?
—¿Encerrarla? —respondió, frunciendo el ceño—. ¿Por qué iba a hacer eso?
Dije que no lo sabía. Me miró de arriba abajo, alzó la barbilla y luego cerró la puerta y se marchó. Levanté el pulgar: «¡Chúpate esto!», pensé. Me senté en la cama. Era dura. Me pregunté si habrían cambiado las sábanas y las mantas después de que la última doncella se hubiera marchado con la escarlatina. No se veía en la oscuridad. La señora Stiles se había llevado la lámpara y yo había plantado mi vela en una corriente de aire: la llama cabeceaba y producía grandes sombras negras. Desaté mi capa, pero la dejé colgada de mis hombros. Estaba dolorida por el frío y el viaje, y había cenado demasiado tarde el picadillo de carne, que asentado en mi estómago me hacía daño. Eran las diez de la noche. En casa nos reíamos de la gente que se acostaba antes de medianoche.
Pensé que era como si me hubiesen metido en la cárcel. Una cárcel habría sido más animada. Allí sólo reinaba un silencio espantoso: escuchabas y te trastornaba los oídos. Y cuando te levantabas e ibas a la ventana y te asomabas fuera, casi te desmayabas al ver lo alto que estabas, lo oscuro que estaban el patio y los establos, y lo inmóvil y silencioso el campo de más allá. Recordé la vela que había visto ondeando en una ventana cuando caminaba con William Inker. Me pregunté cuál sería la ventana en la que ardía la luz. Abrí el baúl para ver todas las cosas que había llevado conmigo de Lant Street, pero ninguna era mía, en realidad, excepto las enaguas y blusas que Caballero me había dicho que cogiera. Me quité el vestido y durante un segundo lo sostuve a la altura de mi cara. Tampoco era mío, pero encontré las puntadas que Dainty había dado, y las olí. Me pareció que su aguja había dejado allí el olor de la chaqueta de piel de perro de John Vroom.
Pensé en la sopa que la señora Sucksby habría hecho con los huesos de aquella cabeza de cerdo; y se me hizo rarísimo imaginarlos a todos tomando la sopa sentados a la mesa, quizás pensando en mí, quizás pensando totalmente en otra cosa. Si hubiera sido una chica llorona, al imaginar aquello sin duda habría llorado. Pero no era de esas chicas. Me puse el camisón, volví a ponerme la capa encima y me quedé con las medias puestas y los zapatos atados. Miré a la puerta cerrada junto a la cabecera de la cama, y al agujero de la cerradura. Me pregunté si Maud tendría una llave en su lado y si la habría echado. Quise saber qué vería si iba hasta la puerta y me agachaba y miraba, ¿y quién que ha pensado eso no lo hace? Pero cuando fui de puntillas y me agaché para mirar, vi una luz tenue, una sombra…, nada que fuese más claro, ni el menor rastro de una chica que duerme o vela o se inquieta.
Pero quería saber si se le oía respirar. Me enderecé, contuve la respiración y pegué el oído a la puerta. Oí los latidos de mi corazón y el bramido de mi sangre. Oí un ruidito tenso que debía de ser el de un gusano o un escarabajo que se arrastraba por el bosque. Aparte de eso no se oía nada, aunque escuché durante un minuto, quizás dos. Luego desistí. Me descalcé, me quité las ligas y me metí en la cama: las sábanas estaban frías y húmedas, como láminas de hojaldre. Coloqué la capa encima de la cama, para tener más calor, y también para tenerla a mano por si alguien venía por la noche y yo necesitaba huir. Nunca se sabía. Dejé la vela encendida. Tanto peor si el señor Way se quejaba de que le faltaba un cabo.
Hasta un ladrón tiene su punto flaco. Las sombras seguían bailando alrededor. Las láminas de hojaldre continuaban frías. El gran reloj dio las diez y media, las once, las once y media, las doce. Yo tiritaba, tumbada, y añoraba con toda mi alma a la señora Sucksby, Lant Street, mi casa.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:19 am

Me despertaron a las seis de la mañana. A mí me pareció que era todavía media noche, porque mi vela, por supuesto, se había consumido, y las cortinas eran gruesas y no dejaban pasar la luz. Cuando la criada, Margaret, vino a llamar a mi puerta, creí que estaba en mi antiguo cuarto de Lant Street. Estaba convencida de que era un ladrón que se había escapado de la cárcel y que necesitaba que Ibbs le limase los grillos. Eso ocurría algunas veces, y algunas veces los ladrones eran gente amable, que nos conocía, y otras eran maleantes desesperados. Una vez un hombre puso un cuchillo en la garganta de Ibbs, porque dijo que limaba demasiado despacio. De modo que al oír la llamada de Margaret salté de la cama, gritando «¡Oh! ¡Espere!», aunque no sabría decir por qué tenía que esperar, y quién debía hacerlo; y supongo que tampoco sabría decirlo Margaret. Asomó la cara por la puerta y susurró: «¿Me ha llamado, señorita?». Me traía una jofaina de agua caliente, y entró y encendió el fuego; después buscó debajo de la cama y sacó el orinal y lo vació en su cubo de desechos, y lo lavó con un paño húmedo que llevaba colgado del delantal.
En mi casa yo estaba acostumbrada a lavar los orinales. Ahora, al ver que Margaret vaciaba mi pipí en el cubo, no supe con certeza si me gustaba que lo hiciera. Pero dije: «Gracias, Margaret», y luego me arrepentí de haberlo dicho, pues ella lo oyó y ladeó la cabeza, como diciendo que quién me creía yo que era, agradeciéndole a ella. Criadas. Dijo que tenía que desayunar en la antecocina de la señora Stiles. Luego se dio media vuelta y se fue, echando una rápida ojeada de paso, me pareció, a mi vestido, mis zapatos y mi baúl abierto. Aguardé a que el fuego se avivara y me levanté y vestí. Hacía demasiado frío para lavarse. Mi camisón estaba pegajoso. Al retirar la cortina e irrumpir la luz del día, vi como no había podido ver la noche anterior, a la luz de la vela que el techo tenía manchas marrones de humedad, y que la madera y las paredes estaban manchadas de blanco.
De la habitación contigua llegaba un murmullo de voces. Oí a Margaret decir: «Sí, señorita», seguido del ruido al cerrarse la puerta. Después reinó el silencio. Bajé a desayunar, me perdí en los oscuros corredores al pie de la escalera del servicio, y me encontré en el patio donde estaba el retrete. Entonces vi que éste estaba rodeado de ortigas y los ladrillos del patio agrietados por la maleza. Los muros de la casa estaban recubiertos de hiedra, y a algunas ventanas les faltaban cristales. Caballero tenía razón, después de todo, en que no valía la pena desvalijar la mansión. También estaba en lo cierto respecto a la servidumbre. Cuando por fin encontré la antecocina de Stiles, vi en ella a un hombre que llevaba tirantes y medias de seda, y una peluca empolvada en la cabeza. Era el señor Way. Había sido mayordomo del señor Lilly durante cuarenta y cinco años, dijo, y lo parecía. La chica que trajo el desayuno le sirvió a él primero. Tomamos jamón, un huevo y un vaso de cerveza. Allí acompañaban todas las comidas con cerveza, la fabricaban en una habitación entera. ¡Y dicen que los londinenses son unos borrachines!
El señor Way apenas me dirigió la palabra, pero habló con la señora Stiles sobre el gobierno de la casa. Me preguntó sólo acerca de la familia a la que se suponía que yo acababa de dejar; y cuando le dije que eran los Dunraven, de Whelk Street, Mayfair, asintió y se hizo el listo diciendo que creía que conocía al señor Dunraven, lo cual demuestra lo farsante que era. Se marchó a las siete. La señora Stiles no se levantó de la mesa hasta que él lo hizo. Entonces dijo:
—Le alegrará saber, señorita Smith, que la señorita Maud ha dormido bien.
No supe qué contestar. Ella prosiguió, no obstante:
—La señorita se levanta temprano. Ha pedido que vaya a verla. ¿Quiere lavarse las manos antes de subir? La señorita Maud es como su tío, muy puntillosa.
Yo pensé que tenía las manos limpias, pero me las lavé de todos modos en un pequeño fregadero de piedra que había en el rincón del cuarto. Noté la cerveza que había bebido, y lamenté haberlo hecho. Hubiera querido utilizar el retrete cuando atravesé el patio. Estaba segura de que no volvería a encontrarlo. Estaba nerviosa. Ella me guió. Subimos de nuevo por la escalera del servicio, pero esta vez salimos a un pasillo más noble que llevaba a una o dos puertas. Llamamos a una de ellas. No percibí la respuesta que dieron, pero supongo que Stiles sí la oyó. Enderezó la espalda, giró el picaporte de hierro y me hizo entrar. La habitación era oscura, como todas las de allí. Todas las paredes estaban revestidas de vieja madera negra, y el suelo desnudo, salvo por un par de nimias alfombras turcas, que tenían desgastadas partes de la trama también era negro. Había alrededor algunas mesas grandes y pesadas, y un par de sofás duros. Había un cuadro de una colina parda, y un jarrón lleno de hojas secas, y una serpiente muerta en una urna de cristal, con un huevo blanco en la boca. Por las ventanas se veía el cielo gris y ramas peladas y húmedas. Los cristales eran pequeños y emplomados, y crujían en sus marcos. Un fuego tenue chisporroteaba en una espaciosa chimenea antigua, y ante ella contemplando de pie las llamas débiles y el humo, pero girándose al oír mis pasos, sobresaltada, y parpadeando estaba la señorita Maud Lilly, el ama de la casa, sobre la cual habíamos urdido nuestro plan.
Por todo lo que Caballero me había dicho, había esperado que fuese una beldad extraordinaria. Pero no lo era; al menos, no me lo pareció cuando la examiné entonces, sino que la encontré más bien ordinaria. Era tres o cuatro centímetros más alta que yo, lo cual quiere decir de una estatura normal, ya que a mí me consideran baja; y su pelo era más rubio que el mío pero no muy rubio, y sus ojos, que eran castaños, más claros que los míos. Tenía los labios y las mejillas muy rellenos y tersos; en eso me ganaba, lo admito, porque a mí me gustaba morderme el labio, y mis mejillas tenían pecas, y de mis facciones, en general, se decía que eran angulosas. También se me consideraba juvenil; en cuanto a esto…, bueno, me habría gustado que la gente que lo pensaba hubiera estudiado a la señorita Maud Lilly cuando la tuve delante de mí. Pues si yo era joven, ella era una niña, era una chiquilla, una palomita que no sabía nada. Al verme aparecer se sobresaltó, como he dicho, y dio un par de pasos hacia mí y la mejilla pálida se le inflamó de rubor. Luego se detuvo y colocó las manos pulcramente en su falda. La falda nunca había visto nada igual en una chica de su edad era amplia y corta y mostraba sus tobillos; y llevaba una faja alrededor del talle, que era increíblemente estrecho. Tenía el pelo recogido en una redecilla de terciopelo. Calzaba pantuflas de un rojo ciruela. Sus manos estaban envueltas en limpios guantes blancos, abotonados hasta la muñeca. Dijo:
—Señorita Smith. Eres la señorita Smith, ¿verdad? ¡Y has venido desde Londres para ser mi sirvienta! ¿Puedo llamarte Susan? Espero que te guste Briar, Susan; y espero que yo te agrade. De todos modos no hay mucho donde elegir. Creo que te apañarás muy bien.
Muy bien, seguramente. Hablaba con una voz suave, dulce, vacilante, ladeando la cabeza, sin apenas mirarme, con las mejillas coloradas todavía. Dije:
—Estoy segura de que usted me gustará, señorita.
Recordé entonces todos los ensayos que había hecho en Lant Street, y me recogí la falda e hice una reverencia. Al levantarme ella sonrió y me tomó la mano con la suya. Miraba a la señora Stiles, que se había quedado detrás de mí en la puerta.
—No hace falta que se quede, señora Stiles —dijo grácilmente—. Pero sé que ha sido cariñosa con la señorita Smith. —Me miró—. Quizás sepas, Susan, que soy huérfana, como tú. Vine a Briar de niña: muy joven y sin nadie que me cuidara. No sabría explicarte todas las maneras en que la señora Stiles me ha dado a conocer desde entonces lo que es el amor de madre.
Sonrió y ladeó la cabeza. La señora Stiles no se atrevió a mirarla, pero un toque de color asomó a sus mejillas, y sus párpados se agitaron. Yo nunca la habría tenido por una mujer maternal; pero las criadas se encariñan de los ricos para quienes trabajan, como los perros cobran afecto a los bravucones. Lo sé de buena tinta.
En resumidas cuentas, parpadeó y exhibió recato durante otro minuto; después nos dejó. Maud volvió a sonreír y me condujo a uno de los sofás de respaldo duro que había cerca del fuego. Se sentó a mi lado. Me preguntó por mi viaje —«¡Pensamos que te habías perdido!», dijo— y por mi habitación. ¿Me gustaba la cama? ¿Me había gustado el desayuno?
—¿Y de verdad vienes de Londres? —dijo. Era lo que me preguntaba todo el mundo desde que salí de Lant Street, ¡como si hubiese podido venir de otro sitio! Pero de nuevo pensé que ella lo preguntaba de una manera distinta; no como una pueblerina boquiabierta, sino de una forma apreciativa y expectante, como si la ciudad significara algo para ella y anhelara que le hablasen de ella.
Por supuesto, creí saber el motivo. A continuación me dijo todas las cosas que yo debía hacer mientras fuese su doncella; la principal, como yo ya sabía, era que me sentara a hacerle compañía, que paseara con ella por el parque y que me ocupara de sus vestidos. Bajó los ojos.
—Ya verás que aquí en Briar estamos bastante anticuados —dijo—. No importa mucho, supongo, porque recibimos muy pocas visitas. A mi tío sólo le gusta verme bien arreglada. Pero tú, claro, estarás acostumbrada a las modas de Londres.
Pensé en el pelo de Dainty, en la chaqueta de John, de piel de perro.
—Bastante acostumbrada —dije.
—Y tu última señora —continuó—, ¿era una perfecta dama? ¡Se reiría si me viese, me figuro!
Se sonrojó todavía más al decir esto, y otra vez apartó de mí la mirada; y de nuevo pensé: «¡Palomita!».
Pero dije que Lady Alice que era el ama que Caballero se había inventado para mí era demasiado bondadosa para reírse de nadie, y que de todos modos sabía que las ropas suntuosas no significaban nada, porque lo que había que juzgar era a la persona que había dentro de la ropa. En conjunto, pensé, era un comentario bastante avispado, y pareció que ella también lo pensaba, porque cuando lo hube hecho me miró de otra forma y se le apagó el rubor, me cogió de la mano y dijo:
—Creo que eres una buena chica, Susan.
—Lady Alice siempre me lo decía, señorita —dije.
Entonces me acordé de la recomendación que Caballero me había escrito, y pensé que quizás fuese el momento de presentarla. La saqué del bolsillo y se la entregué. Ella se levantó, rompió el lacre y fue hasta la ventana para ver el papel a la luz. Permaneció largo tiempo observando la escritura enrulada, y en un momento dado me lanzó una ojeada y el corazón se me aceleró un poco al pensar que quizás hubiese notado algo raro en la carta. Pero no era eso, porque al final vi que su mano, que sostenía la hoja, temblaba, y supuse que tenía la misma idea que yo sobre lo que era una recomendación correcta, y que sólo estaba pensando lo que debía decir. Pensé al intuirlo que casi era una pena que no tuviese madre.
—Bueno —dijo, doblando el papel en pliegues muy pequeños, y se lo guardó en el bolsillo—. Lady Alice, en efecto, habla muy bien de ti. Supongo que debes de estar apenada por haber dejado su casa.
—Lo estoy, señorita —dije—. Pero claro, verá, Lady Alice se ha marchado a la India. Creo que el sol de allí le habrá parecido muy fuerte.
Ella sonrió.
—¿Preferirás los cielos grises de Briar? Aquí nunca brilla el sol, ¿sabes? Mi tío lo ha prohibido. La luz intensa desluce las páginas.
Se rió enseñando los dientes, que eran pequeños y muy blancos. Yo sonreí, pero mantuve los labios cerrados, pues mis dientes, que ahora son amarillos, ya lo eran, siento decirlo, entonces; y al ver los suyos me parecieron aún más amarillentos. Ella dijo:
—¿Sabes que mi tío es un sabio, Susan?
—Me lo han dicho, señorita.
—Tiene una gran biblioteca. La mayor en su género de toda Inglaterra. Creo que la verás pronto.
—Será digna de ver, seguro.
Volvió a sonreír.
—¿Te gusta leer, no?
Tragué saliva.
—¿Leer, señorita? —Ella asintió, aguardando—. Mucho —dije por fin—. Es decir, seguro que me gustaría, si estuviera rodeada de libros y papeles. O sea —tosí—, si me enseñaran. Me miró pasmada. —A leer, me refiero —dije.
Me miró con más pasmo, y luego soltó una especie de risa breve e incrédula.
—Estás bromeando —dijo—. ¿Quieres decir que no sabes leer? ¿De veras? ¿Ni una palabra, ni una letra? —Su sonrisa se volvió ceñuda. Junto a ella había una mesita con un libro encima. Mitad con una sonrisa, mitad con el ceño fruncido, lo cogió y me lo dio—. Vamos —dijo con dulzura—. Creo que estás siendo modesta. Léeme cualquier frase, da igual si tartamudeas.
Cogí el libro y no dije nada, pero empecé a sudar. Lo abrí y miré una página. Estaba llena de apretadas letras negras. Busqué otra. Esta era peor. Sentía la mirada de Maud, como una llama contra mi cara caliente. Noté el silencio. Me acaloré aún más. Arriésgate, pensé.
—Padre Nuestro —probé—, que estás en los cielos…
Pero en aquel momento me olvidé del resto. Cerré el libro, me mordí el labio y miré al suelo. Pensé, muy amargamente: «Bueno, aquí termina todo nuestro plan. ¡No querrá una doncella que no sepa leer un libro ni escribir bonitas cartas con escritura enrulada!». Alcé los ojos hacia los suyos y dije:
—Podrían enseñarme, señorita. Estoy muy dispuesta. Seguro que aprendería en un santiamén…
Pero ella movía la cabeza, y la expresión de su cara era digna de ver.
—¿Enseñarte? —dijo, acercándose y cogiendo con suavidad el libro—. ¡Oh, no! No, no, no lo permitiré. ¡No leer! Ah, Susan, si vivieras en esta casa, como sobrina de mi tío, sabrías lo que eso significa. ¡Vaya si lo sabrías!
Sonrió. Y mientras seguía mirándome, todavía sonriente, se oyó el lento y sordo tañido de la gran campana de la casa, que sonó ocho veces; entonces se le borró la sonrisa.
—Ahora —dijo, dándose la vuelta— tengo que ir a ver al señor Lilly; cuando el reloj dé la una, volveré a estar libre.
Lo dijo como lo haría, pensé, una chica de cuento. ¿Acaso no hay cuentos de chicas que tienen tíos magos…, brujos, fieras, qué sé yo? Dijo:
—Ven a buscarme a la una al estudio de mi tío, Susan.
—Iré, señorita —dije.
Ella miraba ahora a su alrededor, como distraída. Había un espejo encima de la chimenea y se acercó a él, se llevó las manos enguantadas a la cara y después al cuello. Vi que se inclinaba. Su falda corta se le subió por detrás y enseñó sus pantorrillas. Captó mi mirada en el espejo. Hice otra reverencia.
—¿Debo retirarme, señorita?
Ella retrocedió.
—Quédate —dijo, moviendo la mano— y ordena mis habitaciones, ¿quieres?
Se dirigió a la puerta. Pero al tocar la manilla se detuvo. Dijo:
—Espero que seas feliz aquí, Susan. —Se estaba sonrojando de nuevo. Mi mejilla se enfrió al verlo —. Espero que tu tía, en Londres, no te eche mucho de menos. El señor Rivers mencionó a una tía, ¿verdad? —Bajó los ojos—. Supongo que el señor Rivers se encontraba muy bien cuando le viste, ¿no?
Dejó caer la pregunta como si no le diera importancia; yo conocía a timadores que hacían lo mismo, lanzaban un chelín auténtico entre una pila de falsos para que todas las monedas pareciesen buenas. ¡Como si a ella le importásemos una higa yo y mi anciana tía! Dije:
—Estaba muy bien, señorita. Y le manda saludos.
Ella ya había abierto la puerta, y estaba medio escondida detrás de ella.
—¿De verdad? —dijo.
—De verdad, señorita.
Apoyó la frente en el marco.
—Creo que es un hombre agradable —dijo en voz baja.
Recordé a Caballero acuclillado al lado de aquella silla de la cocina, introduciendo la mano por debajo de las capas de enaguas y diciendo: Mi dulce perra.
—Sí que lo es, señorita —dije.
De algún lugar de la casa llegó entonces el rápido e irritado tintineo de una campanilla y ella gritó: «¡Es mi tío!», mirando por encima del hombro. Se volvió y salió corriendo, tras dejar entornada la puerta. Oí el susurro de sus pantuflas y el crujido de la escalera mientras bajaba. Aguardé un segundo, me encaminé a la puerta, le di con el pie y la cerré de una patada. Fui a la lumbre y me calenté las manos. Creo que no había sentido calor desde que salí de Lant Street. Alcé la cabeza y, al ver el espejo en que Maud se había mirado, me levanté y contemplé mi cara, mis mejillas pecosas y mis dientes. Me saqué la lengua. Me froté las manos y solté una risita, pues ella era exactamente como Caballero me había prometido, y a todas luces ya estaba encelada de amor por él, y era como si las tres mil libras ya hubiesen sido contadas y envueltas y tuvieran mi nombre encima, y como si el médico ya tuviera preparada la camisa de fuerza en la puerta del manicomio. Eso pensé después de haber visto a Maud.
Pero lo pensé sin mucha satisfacción, y debo confesar que la risa fue algo forzada. Aunque no habría sabido decir por qué. Supuse que era la melancolía, porque la casa parecía más oscura y silenciosa ahora que ella se había marchado. Sólo se oía el goteo de ceniza en la parrilla, la vibración y el chirrido de los cristales. Fui a la ventana. La corriente de aire era fortísima. Para interceptarla habían puesto saquitos rojos de arena en los alféizares, pero no hacían nada, y todos estaban mojados y mohosos. Toqué un saco con la mano y el dedo se me tiñó de verde. Tiritando, miré el panorama, si es que podía llamarse así, porque sólo se veía hierba y árboles. Unos pájaros negros picoteaban gusanos en el césped. Me pregunté en qué dirección estaría Londres.
Deseé intensamente oír llorar a un bebé o a la hermana de Ibbs. Habría dado cinco libras por un paquete robado o unas monedas falsas que deslustrar. Luego pensé en otra cosa. Ordena mis habitaciones, había dicho Maud, y allí sólo había una, que supuse que era su salón, conque en otro sitio debía de haber otra donde dormía. Ahora bien, todas las paredes de aquella casa eran de oscuros paneles de roble, de apariencia muy sombría y desconcertante, pues las puertas estaban tan encajadas en sus marcos que no las encontrabas. Pero miré a conciencia y en la pared del lado opuesto a donde yo estaba vi una grieta y después un pomo, y por fin, clara como la luz del día, apareció la forma de la puerta.
Era la puerta de su dormitorio, como yo había supuesto; naturalmente este cuarto tenía otra puerta dentro, que era la que daba al mío, donde yo había dormido la noche anterior y aguzado el oído para escuchar la respiración de Maud. Me parecía una idiotez haberlo hecho, ahora que veía lo que había en el otro lado. No era, en efecto, más que una habitación normal: no muy grande, pero lo suficiente, y con un olor débil y dulzón en ella, y una cama alta de cuatro columnas, con cortinas y un dosel de moaré antiguo.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:19 am

No estaba segura de que no me diera reparo dormir en una cama así: pensé en todo el polvo y las moscas y arañas muertas que debía de haber en el dosel, que tenía aspecto de no haber sido descolgado en noventa años. La cama estaba hecha, pero había un camisón encima; lo doblé y lo metí debajo de la almohada; encontré dos o tres pelos rubios que recogí y arrojé al fuego. Ya había cumplido con mis deberes de doncella. Sobre la repisa de la chimenea había un gran espejo antiguo, veteado de gris y plata, como un mármol. Más allá vi un ropero pequeño y anticuado, todo tallado con flores y uvas, negro a fuerza de barnizarlo, y agrietado en algunos trozos. Yo diría que las mujeres no llevaban nada más que hojas encima cuando lo fabricaron, pues guardaba dentro, en un revoltijo, seis o siete vestidos ligeros, que hacían gemir los estantes, y un armazón de miriñaque que impedía el cierre de las puertas. Cuando lo vi, volví a pensar que era una pena que Maud no tuviese madre, porque sin duda se habría deshecho de aquellos ropajes anticuados y habría buscado para su hija algo más actual y refinado.
Pero una cosa que se aprende en un negocio como el nuestro en Lant Street es a manejar como es debido artículos de calidad. Agarré los vestidos todos eran igual de raros, cortos e infantiles y los sacudí, antes de volver a ponerlos en su sitio. A continuación aplasté un zapato contra el miriñaque para aplanarlo, tras lo cual las puertas se cerraron como era menester. Este ropero estaba dentro de un nicho. En otro había un tocador. Estaba sembrado de cepillos, frascos y alfileres también los puse en orden , y provisto de una serie de cajones historiados. Los abrí. En todos había…, bueno, eso es lo curioso, en todos había guantes. Más guantes que en una sombrerería. Blancos, en el cajón de más arriba; negros y de seda en el del medio; y mitones de gamuza en el inferior.
Todos llevaban en la cara interior de la muñeca una tira carmesí donde supuse que estaba escrito el nombre de Maud. Me habría gustado ocuparme de ellos, con tijeras y una aguja. No lo hice, por supuesto, sino que los dejé en perfecto orden, y deambulé por la habitación de nuevo hasta que la hube tocado y examinado entera. No había mucho más que ver; pero sí una cosa curiosa, y era una cajita de madera con incrustaciones de marfil encima de una mesa junto a la cama.
La caja estaba cerrada con llave, y cuando la levanté emitió un ruido sordo. No tenía llave: supuse que Maud la llevaría encima, quizás atada con un cordel. Pero la cerradura era sencilla, y en casos así basta con enseñarle el alambre para que se abra; es como darle agua salada a una ostra. Utilicé una horquilla de Maud.
La caja estaba forrada de felpa. La bisagra era de plata, y estaba engrasada para que no chirriase. No sé qué pensaba encontrar dentro: quizás un recuerdo de Caballero, alguna carta, un mensaje. Pero lo que había era un retrato en miniatura, en un marco de oro colgado de una cinta desvaída, de una mujer rubia y guapa. Sus ojos eran bondadosos. Estaba vestida al estilo de veinte años atrás, y el marco era antiguo: la cara del retrato no se parecía mucho a Maud, pero me pareció casi seguro que era su madre, aunque también pensé que, si lo era, resultaba raro que Maud guardara la foto en una caja con llave en lugar de llevarla encima.
Dediqué tanto tiempo a pensar en ello, dando la vuelta al retrato y buscando marcas, que el marco, que había estado frío cuando lo cogí, como todo lo demás, se había calentado. Pero entonces se oyó un ruido en algún lugar de la casa y pensé en lo que ocurriría si Maud o Margaret, o la señora Stiles entraba en la habitación y me pillaba plantada junto a la caja abierta, con el retrato en la mano. Me apresuré a ponerlo en su sitio y cerré la caja.
Guardé la horquilla que había utilizado para abrirla. No me habría gustado que Maud la encontrara y me tomase por una ladrona. Hecho aquello, no había nada que hacer. Permanécí un rato más en la ventana. A las once, una criada trajo una bandeja. «La señorita Maud no está», dije al ver la tetera de plata, pero el té era para mí. Lo bebí a sorbitos, para que durase más.
Después bajé la bandeja, creyendo que ahorraría un viaje a la sirvienta. Pero cuando me vieron entrar con ella en la cocina, las chicas se me quedaron mirando y la cocinera dijo:
—¡Vaya, yo…! Si piensa que Margaret no se espabila, deberá hablar con la señora Stiles. Desde luego, la señorita Fee nunca llamó indolente a nadie.
La señorita Fee era la doncella irlandesa que había enfermado de escarlatina. Me pareció muy cruel que me creyeran más orgullosa que ella, cuando yo sólo procuraba ayudar. Pero no dije nada. Pensé: «¡Si a vosotras no os gusto, a Maud sí!».
Ella era la única que me había dedicado una palabra agradable; de repente anhelé que el tiempo pasara, simplemente porque quería estar de nuevo con ella.
En Briar, por lo menos, siempre sabías la hora que era. Dieron las doce, y después la media, y fui a la escalera de servicio y esperé allí hasta que pasó una de las criadas y me indicó el camino a la biblioteca. Se hallaba en el primer piso y se llegaba a ella por una galería que daba a una gran escalera de madera y un vestíbulo; pero estaba a oscuras y en penumbra y destartalado, como lo estaba todo en aquella casa…, nunca habrías pensado, mirando alrededor, que aquello era la casa de un sabio tremendo.
Junto a la puerta de la biblioteca, sobre un escudo de madera colgaba la cabeza de una criatura con un ojo de cristal. Me alcé para tocar sus pequeños dientes blancos, mientras esperaba a que dieran la una. A través de la puerta se oyó la voz de Maud. Muy débil, pero lenta y serena, como si le estuviera leyendo un libro a su tío.
Primero vi a Maud, sentada a un escritorio, con un libro delante y las manos sobre la tapa. Tenía las manos desnudas, había dejado en orden sus pequeños guantes, pero estaba sentada junto a una lámpara con pantalla cuya luz iluminaba sus dedos, que parecían pálidos como ceniza sobre la página impresa. Encima de Maud había una ventana. El cristal estaba pintado de amarillo. Alrededor de Maud, en todas las paredes de la habitación, había estanterías, y en ellas una cantidad nunca vista de libros. Una cantidad increíble. ¿Cuántas historias necesita un hombre? Me estremecí al mirarlos. Maud se levantó, tras cerrar el libro que tenía delante. Recogió los guantes y se los puso. Miró a la derecha, hacia el fondo de la biblioteca, que yo no veía por culpa de la puerta abierta. Una voz enojada dijo:
—¿Qué es eso?
Empujé un poco más la puerta y vi otra ventana pintada, más estanterías, más libros y otro escritorio grande. Sobre él había una montaña de papeles y otra lámpara con pantalla. Detrás estaba sentado el señor Lilly, el tío anciano de Maud; describirle como le vi es decirlo todo.
Llevaba una chaqueta y un birrete de terciopelo del que asomaba un cordel de lana roja donde en otro tiempo habría habido una borla. Tenía una pluma en la mano y la mantenía a distancia del papel; la mano misma era tan morena como la de Maud era blanca, porque estaba manchada por todas partes de tinta china, como podrían estar manchadas de tabaco las de un hombre normal. Su pelo, sin embargo, era blanco. La barbilla estaba bien afeitada. La boca era pequeña y descolorida, pero la lengua que era dura y puntiaguda la tenía casi negra, porque debía de chuparse el pulgar y el índice cuando pasaba las páginas.
Tenía los ojos húmedos y débiles. La nariz sostenía unas gafas con cristales verdes. Me vio y dijo:
—¿Quién demonios eres?
Maud se ataba los botones de la muñeca.
—Es mi nueva doncella, tío —dijo con voz suave—. La señorita Smith.
Detrás de sus gafas verdes, vi que los ojos del tío, después de entrecerrarlos, se humedecían más.
—Señorita Smith —dijo, mirándome a mí pero hablando a su sobrina—. ¿Es papista, como la anterior?
—No lo sé —dijo Maud—. No se lo he preguntado. ¿Eres papista, Susan?
Yo no sabía lo que era aquello, pero dije:
—No, señorita. Creo que no.
El señor Lilly se tapó al instante el oído con la mano.
—No me gusta esa voz —dijo—. ¿No puede estarse callada? ¿No sabe hablar en voz baja?
Maud sonrió.
—Sí sabe, tío —dijo.
—¿Entonces por qué está aquí, molestándome?
—Ha venido a buscarme.
—¡A buscarte! —dijo—. ¿Ha sonado el reloj?
Se llevó la mano a la leontina del chaleco y sacó un gran reloj de repetición antiguo, ladeando la cabeza para oír su sonido y abriendo la boca. Miré a Maud, que seguía manoseando el cierre de su guante, y avancé un paso con intención de ayudarla. Pero cuando el viejo me vio hacer esto, saltó como Punch en la función de marionetas y sacó la lengua negra.
—¡El dedo, señorita! —gritó—. ¡El dedo! ¡El dedo!
Me apuntó con su dedo negro y agitó la pluma hasta que brotó tinta: más tarde vi que el pedazo de alfombra debajo de su escritorio estaba completamente negro, con lo que supuse que agitaba la pluma con frecuencia. Pero en aquel momento tenía un aspecto tan raro y hablaba con una voz tan estridente que el corazón casi se me para. Pensé que debía de ser propenso a ataques. Di otro paso, y él chilló todavía más fuerte; finalmente, Maud se me acercó y me tocó el brazo.
—No te asustes, Susan —dijo en voz baja—. Sólo se refiere a esto, mira.
Y me mostró que, a mis pies, encajada en las tablas del suelo, en el espacio que mediaba entre la entrada y el borde de la alfombra, había una mano de latón plana con un dedo que apuntaba.
—A mi tío no le gusta que los sirvientes miren sus libros —dijo—, por miedo a que los estropeen. No quiere que ningún criado, al entrar en la habitación, sobrepase esta marca.
Colocó la punta de su pantufla encima de la mano de latón. Tenía la cara tan tersa como la cera, y su voz era como agua.
—¿La ve? —dijo el tío.
—Sí —respondió ella, retirando la punta—. La ve muy bien. La próxima vez lo tendrá en cuenta, ¿verdad, Susan?
—Sí, señorita —dije, sin saber qué decir, o qué cara poner, o a quién mirar, pues para mí era sin duda algo nuevo que mirar una línea impresa pudiese estropearla. Pero ¿qué sabía yo de eso? Además, el viejo era tan raro, y me había sobresaltado tanto, que pensé que cualquier cosa podría ser cierta—. Sí, señorita —repetí, y después—: Sí, señor.
Hice una reverencia. El señor Lilly resopló, mirándome fijamente a través de sus cristales verdes. Maud se abrochó el guante y nos volvimos para salir de la biblioteca.
—Que no haga ruido, Maud —dijo él, cuando ella empujó la puerta detrás de nosotras.
—Sí, tío —murmuró.
Ahora el pasillo parecía más oscuro que nunca. Me condujo alrededor de la galería y por una escalera al segundo piso, donde estaban sus habitaciones. Allí había un almuerzo preparado y café en otro recipiente de plata, pero cuando vio lo que había mandado la cocinera puso mala cara.
—Huevos —dijo—. Pasados por agua, faltaría más. ¿Qué te ha parecido mi tío, Susan?
—Sin duda es muy inteligente, señorita —dije.
—Lo es.
—Y creo que está escribiendo un gran diccionario, ¿no?
Ella parpadeó, y luego asintió.
—Un diccionario, sí. Un trabajo de muchos años. Ahora estamos en la E.
Escrutó mi mirada, como para saber mi opinión al respecto.
—Increíble —dije.
Volvió a parpadear, golpeó con una cuchara el primer huevo y lo rompió. Miró la masa blanca y amarilla de su interior, hizo una mueca y lo apartó.
—Tendrás que comértelos tú —dijo—. Todos. Y yo me comeré el pan con mantequilla.
Había tres huevos. No sé lo que vio en ellos para ser tan remilgada. Me los pasó y, mientras yo me los comía, ella me observaba, dando bocados de pan y sorbos de café, y en un momentó dado se frotó durante un minuto un punto sobre el guante y dijo:
—Mira aquí, encima de mi dedo hay una gota amarilla. ¡Oh, qué horroroso es el amarillo sobre el blanco!
La vi mirar enfurruñada aquella marca hasta que terminamos el almuerzo. Cuando llegó Margaret a recoger la bandeja, Maud se levantó y entró en su dormitorio; cuando volvió, sus guantes estaban blancos: había ido al cajón y cogido un par nuevo. Más tarde encontré los viejos, cuando echaba carbón en el fuego de su alcoba: los había tirado al fondo de la chimenea, y las llamas habían retorcido la piel de cabritilla y ahora parecían los guantes de una muñeca.
Así que era, en verdad, lo que podríamos llamar una persona original. ¿Pero estaba loca o era una ingenua, como Caballero había dicho en Lant Street? Entonces no lo pensé. Pensé únicamente que estaba muy sola y aburrida entre tantos libros, ¡quién no lo estaría en una casa así! Cuando terminamos el almuerzo ella fue a la ventana: el cielo estaba gris y amenazaba lluvia, pero dijo que le apetecía salir a pasear. «Pero ¿qué me pongo?», dijo, y nos plantamos delante de su pequeño ropero negro, a examinar sus abrigos, sus gorros y sus botas. Así pasamos casi una hora. Creo que lo hizo para matar el rato. Como yo no acertaba a atarle el zapato, ella me puso la mano en las mías y dijo:
—Ve más despacio. ¿Qué prisa hay? No nos espera nadie, ¿verdad?
Sonrió, pero sus ojos estaban tristes.
—No, señorita —dije.
Al final se puso una capa gris pálido y mitones encima de los guantes. Tenía ya preparada una bolsita de cuero que contenía un pañuelo, una botella de agua y unas tijeras; me mandó que la cogiera, sin decirme para qué eran las tijeras: presumí que quería cortar flores. Me llevó por la escalera principal hasta la puerta, y el señor Way nos oyó y acudió corriendo a descorrer los cerrojos.
—¿Cómo está usted, señorita Maud? —dijo, inclinándose, y luego añadió—: ¿Y usted, señorita Smith?
El vestíbulo estaba oscuro. Cuando salimos parpadeamos, tapándonos los ojos con las manos para protegernos del cielo y del sol acuoso. La casa me había parecido lúgubre la primera vez que la vi, de noche, en la niebla, y me gustaría decir que tenía un aire menos lúgubre a la luz del día: pero tenía un aspecto peor. Me imagino que debió de ser grandiosa en un tiempo, pero ahora las chimeneas se encorvaban como borrachos, y los tejados estaban verdes de musgo y nidos de pájaros. La recubría entera una capa muerta de enredaderas, o bien las manchas producidas antaño por alguna planta trepadora, y circundaban el pie de los muros tocones de hiedra talados. La puerta de la fachada, de dos hojas, era suntuosa, pero la lluvia había alabeado la madera, y sólo se podía abrir una. Maud tuvo que aplastar su miriñaque y pasar de costado para poder salir de la casa.
Se me hizo raro verla salir de aquel lugar sombrío, como si fuera una perla saliendo de una ostra. Más raro todavía fue verla entrar de nuevo, y ver la concha de la ostra abrirse y cerrarse de nuevo a la espalda de Maud. Pero no había muchos motivos para quedarse en el parque. Estaba la alameda que conducía a la casa. Estaba el espacio descubierto de grava donde la casa se asentaba. Estaba un lugar que llamaban el herbario, donde sobre todo había ortigas, y un bosque lleno de malezas, con senderos cegados. En el lindero del bosque había un pequeño edificio de piedra sin ventanas que Maud dijo que era para almacenar hielo. «Vamos a asomarnos a la puerta para echar un vistazo», decía, y contemplaba los bloques de hielo empañados hasta que empezaba a tiritar. De detrás del edificio arrancaba un camino embarrado que llevaba a una antigua y cerrada capilla roja, rodeada de tejos. Era el lugar más misterioso y silencioso que yo había visto nunca. Allí jamás oí el menor canto de pájaros. No me gustaba el paraje, pero Maud me llevaba allí a menudo, porque en la capilla había tumbas de todos los Lilly que la habían precedido, y una de ellas era una tumba sencilla de piedra que era la sepultura de su madre.
Era capaz de permanecer allí sentada, sin pestañear, durante una hora seguida. No usaba las tijeras para cortar flores, sino para podar la hierba que crecía alrededor, y utilizaba el pañuelo mojado para borrar las manchas en las letras de plomo que formaban el nombre de su madre. Frotaba hasta que le temblaba la mano y se le aceleraba la respiración. Nunca me permitía ayudarla. Aquel primer día, cuando lo intenté, me dijo:
—Es el deber de una hija cuidar la tumba de su madre. Ve a dar un paseo y no me observes.
Así que yo la dejé hacer y vagué entre las tumbas. El suelo era duro como hierro y sobre él resonaban mis botas. Mientras paseaba pensaba en mi madre. Ella no tenía sepultura, no se la daban a las asesinas. Enterraban sus cadáveres en cal viva.
¿Alguna vez han echado sal sobre el lomo de una babosa? John Vroom lo hacía, y se reía al ver burbujear al bicho. Una vez me dijo:
—Tu madre hizo como él. Burbujeó, ¡y diez hombres murieron al olerlo!
No volvió a decírmelo. Cogí un par de tijeras de cocina y se las puse en el cuello. Dije:
—La mala sangre se hereda. La mala sangre rebrota.
¡Y vaya cara que puso!
Me pregunté la que pondría Maud si supiera la sangre que fluía en mis venas. Pero nunca se le ocurrió preguntármelo. Se quedó sentada, mirando intensamente el nombre de su madre, mientras yo erraba y estampaba los pies contra el suelo. Por último suspiró, miró alrededor, se pasó la mano por los ojos y se cubrió con la capucha.
—Este lugar es melancólico —dijo—. Démos otro paseo.
Me condujo fuera del círculo de tejos, salimos al camino entre los setos y nos alejamos del bosque y el almacén del hielo hasta que llegamos al lindero del parque. Desde allí, siguiendo un camino que corría a lo largo de una tapia, se llegaba a una verja. Ella tenía la llave. Conducía a la orilla del río. Desde la casa no se veía el río. Había allí un atracadero medio podrido, y una pequeña batea volcada que servía de asiento. El río era estrecho y el agua muy quieta y fangosa y llena de peces veloces. A lo largo de la orilla había juncos. Crecían altos y gruesos. Maud pasó caminando despacio junto a ellos, mirando nerviosa la oscuridad que formaban donde se juntaban con el agua. Supuse que tenía miedo de las serpientes. Luego cogió un junco y lo partió, y se sentó con la punta del tallo apretada contra su boca carnosa. Me senté a su lado. Era un día sin viento, pero frío, y tan silencioso que casi te dolían los oídos. El aire olía a despejado.
—Bonita extensión de agua —dije, por cortesía.
Pasó una barcaza. Los hombres se tocaron el sombrero al vernos. Les saludé con la mano.
—Van a Londres —dijo Maud, mirando cómo pasaban.
—¿Londres?
Ella asintió. Yo entonces no sabía ¿cómo hubiera podido saberlo? que aquella nimia corriente de agua era el Támesis. Creí que se refería a que la embarcación se internaría más adelante en un río más grande. Aun así, la idea de que llegase a la ciudad que quizás pasara por debajo del puente de Londres me hizo suspirar. El ruido del motor se iba apagando, el humo de su chimenea se unía con el cielo gris y se perdía. El aire volvió a despejarse. Maud seguía sentada con la punta del junco roto contra el labio y la mirada ausente. Recogí piedras y empecé a tirarlas al agua. Ella me miró hacer eso, con una mueca a cada salpicadura. Después me llevó de vuelta a la casa.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:20 am

Fuimos a su habitación. Sacó una labor de costura, una cosa informe e incolora, no sé si pretendía ser un mantel o qué. Nunca le vi cosiendo otra cosa. Se cosió los guantes con muy poca pericia, dando puntadas torcidas y luego arrancando la mitad de las hechas. Me ponía nerviosa. Sentadas juntas ante el chisporroteo de la lumbre, hablamos con desgana no recuerdo de qué y se hizo de noche y una criada nos trajo velas; se levantó el viento y las ventanas empezaron a vibrar más que nunca. Me dije: «¡Dios mío, que Caballero venga pronto! Una semana más así acabará conmigo», y bostecé. Maud me miró. Ella también bostezó. Me dieron ganas de bostezar más fuerte. Por fin dejó la labor, se arropó los pies, descansó la cabeza en el brazo del sofá y pareció que se quedaba dormida.
Era lo único que se podía hacer, hasta que el reloj dio las siete. Cuando lo oyó bostezó más fuerte que nunca, se llevó los dedos a los ojos y se levantó. Las siete era la hora en que tenía que volver a cambiarse de vestido y cambiarse los guantes por unos de seda para cenar con su tío.
Estuvo con él dos horas. No vi nada de su entrevista, por supuesto, pues cené en la cocina con las criadas. Me dijeron que, después de cenar, al señor Lilly le gustaba que su sobrina se sentara a leerle en el salón. Era la idea de la diversión que él tenía, supongo, porque me dijeron que apenas recibían a invitados, y cuando lo hacían eran siempre otros caballeros sabihondos de Oxford y Londres; entonces él quería que Maud leyese para todos.
—¿No hace más que leer, la pobre? —pregunté.
—Su tío no la deja suelta —dijo una camarera—, de tanto que la aprecia. Casi no la deja salir, tiene miedo de que se parta en dos. Es él, ¿sabe?, el que la obliga a llevar guantes siempre.
—¡Ya basta! —dijo la señora Stiles—. ¿Qué diría la señorita Maud?
La camarera se calló. Yo pensaba en el señor Lilly, con su birrete rojo y su reloj de oro, sus gafas verdes y su dedo y su lengua negros; y luego en Maud, en su gesto ceñudo al ver los huevos, en cómo restregaba la tumba de su madre. Era una forma extraña de apreciarla hacerle aquello a una chica como ella.
Pensé que lo sabía todo de ella. Por supuesto, no sabía nada. Cené, oyendo hablar a las criadas y sin apenas abrir la boca, y luego la señora Stiles me preguntó si me apetecía ir a tomar el budín con ella y el señor Way en su antecocina. Me figuré que debía hacerlo. Miré el cuadro del ángel. Way nos leyó fragmentos del periódico de Maidenhead, y en cada artículo todos hablaban de toros que rompían cercas, o de párrocos que pronunciaban sermones interesantes en la iglesia ella movía la cabeza, diciendo: «Vaya, ¿alguna vez se ha oído algo semejante?», y Way se reía y decía: «¡Ya verá, señorita Smith, que estamos a la altura de Londres en cuanto a noticias!».
Por encima de su voz sonó el débil rumor de risas y arrastre de sillas, que era el ruido que hacían la cocinera y las fregonas y William Inker y el afilador, divirtiéndose en la cocina. El reloj grande de la casa dio la hora y a continuación sonó la campanilla de las sirvientas, lo cual significaba que el señor estaba preparado para que Way le ayudara a acostarse, y que Maud estaba lista para que yo la ayudase a ella. Casi volví a perderme en el camino de vuelta, pero aun así cuando me vio me dijo:
—¿Eres tú, Susan? Eres más rápida que Agnes. —Sonrió—. Creo que también eres más guapa. No creo que una chica pelirroja pueda ser guapa, ¿y tú? Pero tampoco una rubia. ¡Me gustaría ser morena, Susan!
Ella había cenado con vino, y yo había bebido una cerveza. Debo decir que estábamos, cada una a su manera, un poco achispadas. Me hizo ponerme a su lado delante del gran espejo plateado de encima de la chimenea y me acercó la cabeza a la suya para comparar nuestro color de pelo.
—El tuyo es más oscuro —dijo.
Se retiró de la chimenea para que yo le pusiera el camisón. No se parecía mucho, después de todo, a desvestir a la silla en nuestra vieja cocina. Ella tiritaba, diciendo: «¡Rápido! ¡Me voy a congelar! ¡Oh, Dios mío!», porque en el dormitorio había tanta corriente como en todos los demás sitios de la casa, y yo tenía los dedos tan fríos que la hacían saltar. Pero entraron en calor al cabo de un minuto. Desvestir a una dama es muy laborioso. Su corsé era largo, con un armazón de acero, y su talle estrecho, como creo que ya he dicho; el tipo de cintura que según los médicos enferma a una chica. Su miriñaque estaba hecho con muelles de reloj. El pelo, recogido dentro de la redecilla, lo tenía sujeto con un cuarto de kilo de alfileres y una peineta de plata. Las enaguas y la blusa eran de algodón. Por debajo de todo esto, sin embargo, era suave y tersa como mantequilla. Demasiado suave, a mi modo de ver. La imaginé magullándose. Era como una langosta sin su caparazón. Permaneció con las medias puestas mientras yo iba a buscar el camisón, con los brazos levantados por encima de la cabeza y los ojos cerrados; por un segundo me giré para mirarla. Mi mirada no la inmutaba. Vi su pecho, su trasero, su vellón y todo lo demás, y aparte del vello, que era marrón como el de un pato era tan blanca como una estatua sobre una peana en un parque. Tan blanca que parecía brillar. Pero era una clase de palidez perturbadora, y me alegré de taparla. Guardé su vestido doblado en el ropero y cerré la puerta. Ella aguardaba sentada y bostezando a que yo le cepillara el pelo. Lo tenía sano y muy largo. Lo cepillé, lo aferré y calculé lo que podría valer.
—¿En qué estás pensando? —dijo ella, con los ojos puestos en los míos en el espejo—. ¿En tu antigua ama? ¿Tenía el pelo más bonito?
—Lo tenía muy feo —dije. Y, apiadándome de Lady Alice, añadí—: Pero caminaba bien.
—¿Yo camino bien?
—Sí, señorita.
Era cierto. Tenía los pies pequeños, los tobillos esbeltos como el talle. Sonrió. Como había hecho con las cabezas, me hizo poner el pie junto al suyo para compararlos.
—El tuyo es casi igual de perfecto —dijo amablemente.
Se metió en la cama. Dijo que no le gustaba dormir a oscuras. Tenía una palmatoria con una pantalla de estaño junto a la almohada, de las que usan los viejos avaros, y me mandó que la encendiera con la llama de mi vela, y no me dejó atar las cortinas de su cama, sino que pidió que las dejara sólo'entornadas, para que pudiese ver la habitación alrededor.
—Y no cerrarás del todo tu puerta, ¿verdad? —dijo—. Agnes no lo hacía. Antes de que vinieras, no me gustaba que pusieran a Margaret sentada en una silla. Tenía miedo de llamarla en sueños. Margaret pellizca cuando te toca. Tú, Susan, tienes las manos tan fuertes como ella, pero tu tacto es suave.
Al decir esto, extendió la mano y rápidamente puso sus dedos sobre los míos, y casi me estremecí al sentir el contacto de la piel de cabritilla, porque se había cambiado los guantes de seda para abrocharse otro par de guantes blancos. Retiró las manos y metió los brazos debajo de la manta. La alisé por todas partes. Dije:
—¿Es todo, señorita?
—Sí, Susan —respondió. Posó la mejilla en la almohada. No le gustaba que el cabello le cosquillease el cuello: se lo había esparcido hacia atrás, y se sumió en la sombra, lacio, oscuro y fino como una cuerda.
Cuando apagué mi vela, la sombra cubrió a Maud como una ola. La lamparilla iluminaba débilmente el dormitorio, pero la cama estaba en la oscuridad. Dejé entornada la puerta, y oí que ella levantaba la cabeza y decía «Un poco más abierta» en voz baja, y obedecí. Luego me froté la cara. Sólo llevaba en Briar un día, pero había sido el más largo de mi vida. Me dolían las manos de tanto tirar de cordones. Al cerrar los ojos, vi ganchos. Desvestirme no tenía gracia, después de haberla desvestido a ella.
Por fin me senté y apagué la vela de un soplo, y oí moverse a Maud. En la casa no se oía nada; con toda claridad, la oí a ella incorporarse de la almohada y removerse en la cama. La oí estirar el brazo y sacar la llave y luego introducirla en la cajita de madera. Me levanté en cuanto oí el chasquido del cierre. Pensé: «Bueno, sé moverme en silencio, aunque tú no sepas. Soy más sigilosa de lo que pensáis tú y tu tío», y me dirigí a la hendidura de la puerta para fisgar desde allí. Se había levantado de la cama encortinada y tenía en la mano el retrato de la hermosa dama, su madre. Mientras yo la observaba, se acercó el retrato a la boca, lo besó y le dijo palabras tristes en voz baja. Luego lo apartó con un suspiro. Guardaba la llave dentro de un libro junto a la cama. No se me había ocurrido mirar allí. Cerró la caja, la colocó con cuidado en la mesa la tocó una, dos veces y después volvió a meterse detrás de la cortina y se quedó inmóvil.
Me cansé de observarla. Yo también me retiré. Mi cuarto estaba oscuro como la tinta. Busqué con las manos y encontré la manta y las sábanas, y las extendí. Me introduje debajo, y me tumbé fría como una rana en mi propia cama estrecha de doncella del ama. No puedo decir cuánto tiempo dormí. No supe, al despertar, qué horrible sonido me había despertado. Durante un par de minutos no supe si tenía los ojos abiertos o cerrados porque la oscuridad era tan completa que no había diferencia entre una cosa y otra, y sólo comprendí que estaba despierta y no soñando cuando miré hacia la puerta abierta del dormitorio de Maud y vi dentro la luz tenue. Creí haber oído un gran estrépito o un golpe sordo, y luego tal vez un grito. Pero en el instante en que abrí los ojos todo era silencio; sin embargo, cuando levanté la cabeza y noté que el corazón me latía deprisa, oí otra vez el grito. Era Maud, llamando en voz alta y asustada. Llamaba a su antigua doncella:
—¡Agnes! ¡Oh! ¡Oh! ¡Agnes!
No supe lo que vería al acudir a su lado: quizás una ventana rota y a un ladrón que le tiraba del pelo y se lo arrancaba. Pero la ventana, aunque seguía vibrando, estaba intacta, y no había nadie al lado de Maud, quien yacía en el espacio que quedaba entre las cortinas con las mantas arrebujadas debajo de la barbilla y todo el pelo desperdigado, cubriéndole a medias la cara. La tenía pálida y extraña. Sus ojos, que yo sabía que eran castaños, parecían negros. Negros como las pepitas de una pera. Volvió a exclamar:
—¡Agnes!
—Soy Sue, señorita —dije.
—Agnes —dijo ella—, ¿has oído ese ruido? ¿Está cerrada la puerta?
—¿La puerta? —La puerta estaba cerrada—. ¿Hay alguien ahí?
—¿Un hombre? —preguntó ella.
—¿Un hombre? ¿Un ladrón?
—¿En la puerta? ¡No vayas, Agnes! ¡Tengo miedo de que te haga daño!
Tenía miedo. Estaba tan asustada que empezó a asustarme a mí. Dije:
—No creo que haya un hombre, señorita. Déjeme encender una vela. Cogí la palmatoria.
—¡No cojas la vela! —gritó al punto—. ¡No, te lo suplico!
Dije que sólo la llevaría hasta la puerta, para mostrarle que allí no había nadie; y mientras ella lloraba y se agarraba a la ropa de cama, yo fui con la vela hasta la puerta que comunicaba con la sala y con un estremecimiento y muchos parpadeos la abrí de un tirón.
La sala contigua estaba muy oscura. Los pocos muebles grandes se arracimaban como bultos, como las cestas con los ladrones dentro en Alí Babá. Pensé en lo triste que sería haber recorrido todo el trayecto desde el barrio hasta Briar para que me asesinasen unos ladrones. ¿Y si uno de ellos resultaba ser alguien conocido, uno de los sobrinos de Ibbs? Ocurren cosas así de raras.
Así que miré temerosa a la sala oscura, pensando todo esto y casi decidida a gritar, por si había ladrones, que no me hiciesen nada, que yo era de la familia, pero por supuesto no había nadie, estaba silenciosa como una iglesia. Lo vi y fui rápidamente hasta la puerta de la sala y me asomé al pasillo, que también estaba oscuro y en silencio: sólo se oía, a lo lejos, el tictac de un reloj y la vibración de otras ventanas. En cualquier caso no era nada agradable andar en camisón, con una palmatoria en la mano, por una mansión oscura y silenciosa, donde, aunque no hubiera ladrones, desde luego había fantasmas. Cerré la puerta aprisa, volví al dormitorio de Maud, cerré su puerta, me puse al lado de su cama y apagué la vela. Ella dijo:
—¿Le has visto? Oh, Agnes, ¿está ahí?
Estaba a punto de responder, pero me detuve, pues había mirado hacia el rincón del
cuarto, donde estaba el ropero, y allí había algo extraño. Era algo largo, blanco y reluciente que se movía contra la madera… Bueno, ¿he dicho ya o no que tengo una imaginación desbordante? Estaba segura de que la cosa era la madre muerta de Maud, que volvía como un fantasma a perseguirme. El corazón me dio tal vuelco en la boca que casi supe a qué sabía. Grité, y Maud gritó y luego me agarró y lloró más fuerte.
—¡No me mires! —chilló. Y después—: ¡No me dejes! ¡No me dejes!
Y entonces vi lo que era la cosa blanca, y salté de un pie al otro, y casi me entró la risa. En efecto, era sólo el armazón del miriñaque, que había brincado desde donde yo lo había comprimido en un estante con uno de los zapatos de Maud. La puerta del ropero, al abrirse, había golpeado contra la pared: era el ruido que nos había despertado. El miriñaque estaba colgado de un gancho, y se balanceaba. Mis pasos habían hecho que se le saltaran los resortes.
Al verlo, como digo, casi me entró la risa; pero cuando volví a mirar a Maud, tenía los ojos tan negros y alocados, la cara tan pálida, y me tenía agarrada tan fuerte, que pensé que sería cruel que me viese sonreír. Me tapé la boca con las manos, el aliento salía entre mis dedos temblorosos y los dientes me empezaron a castañetear. Tenía más frío que nunca. Dije:
—No es nada, señorita. Nada de nada. Estaba soñando.
—¿Soñando, Agnes?
Posó la cabeza en mi pecho y se estremeció. Le aparté el cabello de la mejilla y se lo alisé hasta que ella se calmó.
—Vamos —dije—. ¿Va a volver a dormirse? La taparé con la manta, mire.
Pero cuando le hice tumbarse de nuevo se aferró a mí con más fuerza.
—¡No me dejes, Agnes! —repitió.
—Soy Sue, señorita. Agnes tuvo la escarlatina y se ha vuelto a Cork. ¿Se acuerda? Ahora debe tumbarse o el frío también la enfermará —dije.
Ella me miró entonces, y su mirada, todavía tan negra, pareció un poco más clara.
—¡No me dejes, Sue! —susurró—. ¡Tengo miedo de mis sueños!
Respiraba suavemente. Tenía las manos y los brazos calientes. Su cara era tersa como marfil o alabastro. Al cabo de unas semanas, pensé, si nuestro plan resultaba, ella estaría acostada en la cama de un manicomio. ¿Quién sería entonces bondadoso con ella? Con que la aparté de mí, pero sólo un momento; luego trepé por encima de ella y me metí a su lado debajo de las mantas. La rodeé con un brazo y ella se acurrucó al instante contra mí. Era lo menos que yo podía hacer. La acerqué más. Era menudísima. No como la señora Sucksby. En absoluto como la señora Sucksby. Más bien parecía una niña. Seguía tiritando un poco, y cuando pestañeó noté el roce de sus pestañas contra mi garganta, como plumas. Al poco rato, sin embargo, dejó de tiritar, pestañeó de nuevo y se quedó quieta. Estaba más pesada y había entrado en calor.
—Buena chica —dije en voz muy baja para no despertarla.
A la mañana siguiente me desperté un minuto antes que ella. Abrió los ojos, me vio, pareció turbada y procuró ocultarlo.
—¿Me han despertado mis sueños esta noche? —preguntó sin mirarme—. ¿He dicho tonterías? Dicen que disparato en sueños, como otras chicas roncan. —Se sonrojó y rió—. ¡Pero qué buena eres haciéndome compañía!
No le conté lo del miriñaque. A las ocho en punto se fue a ver a su tío, y a la una fui a buscarla, cuidando, esta vez, de no sobrepasar el dedo que apuntaba en el suelo. Luego paseamos por el parque, hasta las tumbas y el río; ella cosió, dormitó y la llamaron para la cena; yo estuve con la señora Stiles hasta las nueve y media, la hora en que debía volver para acostar a Maud. Todo fue como el primer día.
Ella dijo: «Buenas noches», y posó la cabeza en la almohada; yo me fui a mi habitación y oí cómo abría la cajita, y espié por la puerta para ver cómo cogía el retrato, lo besaba y volvía a guardarlo. No habían transcurrido dos minutos desde que yo había apagado la vela, cuando ella me llamó otra vez en un susurro: «¡Sue…!».
Dijo que no podía dormir. Dijo que tenía frío. Dijo que le gustaría tenerme cerca otra vez, por si se despertaba asustada. Dijo lo mismo que la noche anterior, y que la noche siguiente.
—¿No te importa? —me preguntó. Dijo que a Agnes no le importaba—. ¿Alguna vez, en Mayfair — dijo—, dormiste con Lady Alice?
¿Qué podía decirle? Que yo supiera, tal vez fuese algo normal, que un ama y su doncella durmieran juntas. Al principio fue normal, entre Maud y yo. Sus sueños ya no la perturbaban. Dormíamos como hermanas. Como hermanas, en verdad. Yo siempre quise tener una hermana.
Llegó Caballero.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:20 am

Creo que Caballero vino unas dos semanas después de mi llegada. Sólo fueron dos semanas, pero como las horas en Briar pasaban tan despacio, y los días que eran todos iguales discurrían tan parecidos, silenciosos y largos, podría haber sido el doble de ese tiempo.
De todos modos, fue un plazo suficiente para que yo descubriera todas las costumbres singulares de la casa; suficiente para acostumbrarme a los otros sirvientes, y para que ellos se habituaran a mí. Durante algún tiempo, no sabía por qué no me hacían caso. Bajaba a la cocina y decía «¿Qué tal?» a quienquiera que encontrara. «¿Cómo estás, Margaret? ¿Todo bien, Charles?» (Era el afilador de cuchillos). «¿Cómo está usted, señora Bizcocho?»
(La cocinera: era su verdadero nombre, no era una broma y nadie se reía de su apellido).
Y Charles me miraba como si tuviera miedo de hablar conmigo, y la señora Bizcocho me respondía, de un modo de lo más desagradable: «Oh, estoy estupendamente, por supuesto, gracias». Supuse que les daría rabia mi presencia allí, porque en aquel lugar tranquilo y remoto yo les recordaba todas las cosas bonitas de Londres que nunca verían. Pero un día la señora Stiles me llevó aparte. Dijo:
—¿No le importará, señorita Smith, que le diga algo? No sé cómo gobernarían la casa en su último empleo… —Empezaba con una frase así todo lo que me decía—. No sé cómo haría las cosas en Londres, pero aquí en Briar nos gusta tener presentes las normas de la casa…
Resultó que la señora Bizcocho se había sentido insultada porque les daba los buenos días antes que a ella a su ayudante de cocina y al afilador, y que Charles creía que quería pincharle dándole los buenos días. Era la nimiedad más tonta del mundo, para morirse de risa, pero para ellos era algo sagrado; supongo que lo sería para todo el mundo si lo único que uno tiene por delante son cuarenta años transportando bandejas y cociendo masa. Total, que comprendí que si quería ganármelos tendría que andar con pies de plomo. A Charles le di un trozo de chocolate que me había traído del barrio y no había comido, a Margaret le regalé un pedazo de jabón perfumado y a Bizcocho le di un par de aquellas medias  negras que Caballero le había encargado a Phil que comprara en el almacén de mercancías robadas.
Dije que esperaba que no me guardasen rencor. A partir de entonces, si me encontraba con Charles por la mañana en la escalera, miraba a otra parte. En adelante, fueron mucho más simpáticos conmigo. Así es una criada. Una criada dice: «Todo para el amo», y quiere decir: «Todo para mí». Son estas dos caras lo que no soporto. En Briar, todo eran artimañas de un tipo u otro; siempre estaban con pequeños chanchullos que a un ladrón de verdad le habrían sacado los colores, como por ejemplo, sisar la grasa de la salsa del patrón para vendérsela a hurtadillas al chico del carnicero, como hacía Bizcocho.
O arrancar los botones de nácar de las camisas de Maud y esconderlas, diciendo que se habían perdido, que era lo que hacía Margaret. Yo había descubierto todo el pastel tras unos días de vigilancia. Al fin y al cabo, yo podría haber sido hija de la señora Sucksby. Respecto al señor Way, tenía una marca en un lado de la nariz; en el barrio lo habríamos llamado un lobanillo de borrachín. ¿Y cómo creen que le había salido, en un sitio como aquél? Tenía la llave de la bodega de la casa, atada con una cadena. ¡Nunca habrán visto un brillo como el de aquella llave! Y cuando habíamos terminado de comer en la antecocina de Stiles, montaba el número de cargar la bandeja…; yo le había visto, cuando él creía que nadie le veía, verter la cerveza que quedaba en los vasos en una copa grande y después pimplársela.
Lo vi, pero, por supuesto, no dije ni pío. No estaba allí para armar jaleo. A mí me daba lo mismo, como si cascaba de una borrachera. Y de todos modos pasaba casi todo el tiempo en compañía de Maud. También me acostumbré a ella. Tenía sus manías, de acuerdo; pero eran inofensivas, a mí no me perjudicaba que las practicase. Y yo era ducha en trabajar de firme, en pequeñas tareas: empecé a cogerle cierto gusto a lo de guardar sus vestidos y ordenar sus alfileres, peines y cajas. Estaba habituada a vestir a bebés. Me habitué a vestir a Maud.
—Levante los brazos, señorita —le decía—. Levante el pie. Pise aquí. Ahora, aquí.
—Gracias, Sue —murmuraba ella siempre. A veces cerraba los ojos—. Qué bien me conoces — decía—. Creo que conoces la hechura de todo mi cuerpo.
La conocí, andando el tiempo. Sabía todo lo que le gustaba y lo que detestaba. Sabía lo que comería y lo que rechazaría, y cuando la cocinera, por ejemplo, se empeñó en mandarnos huevos, fui a decirle que los cambiara por sopa.
—Sopa líquida —dije—. Tan líquida como pueda, ¿de acuerdo?
Ella torció el gesto.
—A la señora Stiles no le va a gustar —dijo.
—La señora Stiles no tiene que comérsela —respondí—. Y ella no es la doncella de la señorita Maud. Soy yo.
Así que nos mandó sopa. Maud se la comió toda.
—¿Por qué sonríes? —dijo, a su manera inquieta, cuando terminó. Dije que no había sonreído. Ella posó la cuchara. Y frunció el ceño, como antes, al ver los guantes. Se le habían salpicado.
—Sólo es agua —dije, al ver su cara—. No es nada.
Se mordió el labio. Permaneció sentada otro minuto con las manos en el regazo, lanzándose miradas furtivas a los dedos, cada vez más intranquila. Por último dijo:
—Creo que el agua tenía un poquito de grasa…
Con que era más fácil ir a su cuarto a buscar un par de guantes limpios que quedarme observando su congoja.
—Yo me encargo —dije, desatando el botón de su muñeca; y aunque al principio no quería dejar que le tocase las manos desnudas, enseguida, puesto que le dije que lo haría con suavidad, empezó a consentirlo.
Cuando tenía las uñas largas yo se las cortaba, con un par de tijeras de plata que tenían la forma de un pájaro volando. Tenía las uñas blandas y limpísimas, y le crecían muy deprisa, como las de un niño. Cuando yo se las cortaba ella se acobardaba. La piel de sus manos era tersa, pero, como todo su cuerpo, hasta tal punto que no era bueno; yo nunca la miraba sin pensar en las cosas ásperas, afiladas que podrían marcarla o herirla. Me alegraba de que volviera a ponerse los guantes. Los recortes de uñas que recogía en mi falda los arrojaba después al fuego. Ella contemplaba cómo se tornaban negros. Hacía lo mismo con los cabellos que yo desprendía de sus cepillos y peinetas, mirando ceñuda cómo se retorcían como gusanos entre los carbones, y luego llameaban y se convertían en ceniza. A veces yo también los miraba con ella.
Porque en Briar no había las mismas cosas en que fijarse que en mi casa. Observabas, en cambio, cosas como éstas: la ascensión del humo, el paso de las nubes por el cielo. Todos los días dábamos un paseo por el río, para ver si su cauce había crecido o bajado.
—En otoño se desborda —dijo Maud—, y cubre todos los juncos. A mí me da igual. Y algunas noches se levanta del agua una neblina blanca que llega casi hasta los muros de la casa de mi tío…
Se estremeció. Siempre decía «de mi tío», nunca decía «mi» casa. El suelo crujía, y cuando cedía bajo nuestras botas dijo:
—¡Qué quebradiza está la hierba! Creo que el río se va a congelar. Creo que ya está congelándose. ¿Ves cómo se debate? Quiere fluir, pero el frío lo inmoviliza. ¿Lo ves, Sue? ¿Aquí, entre los juncos?
Miró, y frunció el entrecejo. Yo observé el movimiento de su cara. Y dije, como había dicho respecto a la sopa:
—Sólo es agua, señorita.
—¿Sólo agua?
—Agua marrón.
Parpadeó.
—Tiene frío —dije—. Volvamos a casa. Hemos estado fuera demasiado tiempo.
Le rodeé el brazo con el mío. Lo hice sin pensarlo, y su brazo se mantuvo rígido. Pero al día siguiente o quizás al cabo de dos días volvió a cogerme del brazo, y ya no estaba tan tieso; y supongo que después enlazábamos los brazos de un modo espontáneo… No lo sé. Hasta más tarde no me lo pregunté e intenté recordarlo. Pero para entonces sólo me acordaba de que hubo un tiempo en que caminábamos separadas y otro en que empezamos a caminar juntas.
No era más que una chica, en definitiva, por mucho que la llamaran señora. Era sólo una chica que nunca se había divertido. Un día estaba ordenando uno de sus cajones y encontré una baraja de cartas. Dijo que creía que eran de su madre. Conocía los palos, pero nada más ¡llamaba caballeros a las sotas!, y le enseñé un par de juegos sencillos del barrio. Al principio jugamos con cerillas y palillos; luego encontramos en otro cajón una caja de fichas de nácar y con forma de peces y diamantes y medialunas, y en lo sucesivo jugamos con ellas. El nácar era muy agradable y fresco al tacto. En mi mano, digo, porque Maud, por supuesto, llevaba todavía guantes. Y cuando depositaba una carta lo hacía con pulcritud, de modo que los bordes y esquinas coincidiesen con la que había debajo. Al cabo de un rato yo empecé a hacer lo mismo. Hablábamos durante la partida. A ella le gustaba que le hablase de Londres.
—¿De verdad que es tan grande? —decía—. ¿Y hay teatros? ¿Y, cómo las llaman, tiendas de modas?
—Y casas de comidas. Y toda clase de tiendas. Y parques, señorita.
—¿Parques como el de mi tío?
—Algo parecido. Pero llenos de gente, claro. ¿Juega una baja o una alta?
—Alta. —Tiró una carta—. ¿Llenos de gente, dices?
—La mía gana. Mire. Tres peces contra dos.
—¡Qué bien juegas! ¿Llenos de gente, dices?
—Claro. Pero oscuros. ¿Quiere cortar?
—¿Oscuros? ¿Seguro? Creí que decían que Londres era luminoso. Con grandes lámparas encendidas, de gas, creo.
—¡Lámparas grandes como diamantes! —dije—. En los teatros y bailes. Allí se baila toda la noche, señorita.
—¿Se baila, Sue?
—Se baila señorita. —Le había cambiado la cara. Dejé las cartas—. Le gusta bailar, por supuesto.
—Yo… —Se puso colorada y bajó la mirada—. No me han enseñado. ¿Tú crees —dijo, alzando la vista— que podría ser una dama, en Londres, es decir —añadió rápidamente—, si voy allí algún día…? ¿Crees que podría ser una dama en Londres sin saber bailar?
Se pasó la mano por el labio, bastante nerviosa. Dije:
—Supongo que sí. Pero ¿no le gustaría aprender? Podría contratar a un profesor de baile.
—¿Sí? —Pareció dudar y luego movió la cabeza—. No sé si…
Adiviné lo que estaba pensando. Pensaba en Caballero, y en lo que diría cuando se enterase de que ella no sabía bailar. Pensaba en todas las chicas que él estaría viendo o podría ver en Londres. Observé su congoja durante unos minutos.
—Fíjese —dije, poniéndome de pie—. Es fácil, mire…
Y le enseñé unos cuantos pasos de un par de bailes. La obligué a levantarse y a ensayarlos conmigo. Se movía en mis brazos como una madera, y se miraba asustada los pies. Sus pantuflas tropezaron con la alfombra turca. Retiré la alfombra, y ella empezó a moverse con más soltura. Le enseñé cómo se bailaba una giga y después una polca. Dije:
—¿Ve? ¿Ahora no estamos volando? —Me agarraba tan fuerte del vestido que pensé que iba a desgarrármelo—. Hacia aquí —dije—. Ahora al otro lado. Soy el caballero, recuerde. Naturalmente, es mucho más fácil con uno de verdad…
Ella tropezó otra vez, y nos separamos y caímos sobre dos sillas distintas. Ella echó las manos hacia un costado. Su respiración era entrecortada. Estaba más encarnada que nunca. Tenía las mejillas húmedas. La falda le sobresalía como las de las holandesas pintadas en los platos de porcelana. Captó mi mirada y sonrió, pero todavía parecía asustada.
—Bailaré en Londres, ¿verdad, Sue? —dijo.
—Bailará —dije. Y en aquel momento lo creí. La hice levantarse y bailar de nuevo. Hasta después, cuando ya habíamos parado y ella se había enfriado y estaba delante del fuego para calentarse las manos frías, no me acordé de que, por supuesto, nunca lo haría.
Porque, aunque conocía su destino lo conocía muy bien, ¡yo ayudaba a forjarlo!, quizás lo conociese un poco a la manera en que conocemos el destino de un personaje en un cuento o una obra de teatro. Su mundo era tan extraño, tan apacible y cerrado, que hacía el mundo real el ordinario, el mundo de doble juego donde yo había cenado una cabeza de cerdo y tomado un ponche mientras la señora Sucksby y John Vroom se reían pensando en lo que yo haría con mi parte de la fortuna sustraída por Caballero mucho más duro que nunca, pero tan lejano que su dureza no tenía importancia. Al principio me decía a mí misma: «Cuando Caballero llegue haré tal cosa»; o: «Cuando la meta en el manicomio haré tal otra». Pero lo decía y luego la miraba, y la veía tan sencilla y tan buena que el pensamiento se esfumaba. Terminaba peinándole el pelo o enderezándole la faja de su vestido. No era que me diese pena; o no mucha, todavía. Supongo que era sólo que pasábamos juntas muchas horas del día, y era más grato ser dulce con ella y no pensar demasiado en lo que la esperaba que darle demasiadas vueltas y sentirme cruel.
Claro está que para ella era distinto. Ella miraba al futuro. Le gustaba hablar, pero la mayoría de las veces prefería estar callada y pensar. Entonces yo veía que le cambiaba la cara. Acostada a su lado de noche, la sentía rumiar sus pensamientos, notaba que le subía la temperatura, que quizás se sonrojaba en la oscuridad; y entonces sabía que pensaba en Caballero, que se preguntaba cuándo llegaría, y si él estaría pensando en ella. Habría podido decirle que sí. Pero ella nunca hablaba de él, nunca decía su nombre. Sólo preguntaba, alguna que otra vez, por mi anciana tía, que supuestamente había sido su niñera, y yo habría preferido que no preguntara, porque cuando la mencionaba pensaba en la señora Sucksby y me entraba la añoranza. Y llegó la mañana en que supimos que él regresaba. Era una mañana corriente, salvo en que Maud se había frotado la cara al despertarse y había dado un respingo. Tal vez fuese lo que llaman una premonición. Pero esto sólo lo pensé más tarde. En aquel momento, la vi irritándose una mejilla y dije:
—¿Qué pasa?
Ella movió la lengua.
—Creo que tengo un diente con una punta que me hace daño —dijo.
—Déjeme ver —dije.
La llevé a la ventana y ella se dejó tocar la cara y palpar la encía. Encontré casi al instante el diente puntiagudo.
—Bueno, es tan afilado… —empecé a decir.
—¿Como un diente de serpiente, Sue?
—Como una aguja, iba a decir, señorita —respondí. Fui a su costurero y saqué un dedal. Un dedal de plata, a juego con las tijeras. Maud se acarició la mandíbula.
—¿Conoces a alguien a quien le haya mordido una serpiente, Sue? —me preguntó.
¿Qué podía decir yo? Se le pasaban cosas así por la cabeza. Quizás por vivir en el campo. Le dije que no. Me miró, luego abrió la boca y yo me puse el dedal y froté el diente hasta achatarle la punta. Había visto muchas veces a la señora Sucksby haciendo eso con los niños. Claro que los niños no paran de moverse. Maud se quedó muy quieta, con los labios rosa separados, la cabeza hacia atrás, los ojos primero cerrados y luego abiertos y mirándome, y la mejilla arrebolada. Al tragar, su garganta subía y bajaba. La humedad de su aliento me mojó la mano. Froté y después palpé con el pulgar. Ella tragó saliva otra vez. Parpadeó al topar con mi mirada. Y, mientras lo hacía, llamaron a la puerta y las dos dimos un brinco. Fui a abrir. Era una de las camareras. Traía una carta en una bandeja.
—Para la señorita Maud —dijo, con una reverencia. Miré la letra y supe en el acto que era la de Caballero. El corazón me dio un vuelco. Y el de Maud también, creo.
—Tráemela, ¿quieres? —dijo. Y acto seguido—: ¿Me alcanzas también el chal?
El arrebol se le había borrado de la cara, aunque la mejilla seguía colorada en el punto donde yo había apretado. Cuando le cubrí los hombros con el chal, noté que temblaba. La observé sin que se diera cuenta mientras deambulaba por sus habitaciones, recogiendo libros y almohadones, guardando el dedal y cerrando el costurero. Vi que volteaba la carta y la manoseaba; obviamente, no podía abrirla con los guantes puestos. Me lanzó una ojeada furtiva y luego bajó las manos todavía temblorosa, pero fingiendo indiferencia, con idea de aparentar que le importaba un bledo, pero mostrando que le iba la vida en ello, se desabrochó el guante y arrancó el lacre, sacó la carta del sobre y la leyó, sosteniéndola en las manos desnudas. Después exhaló aire con un único y largo suspiro. Recogí un almohadón y le sacudí el polvo.
—Buenas noticias, señorita, ¿no? —dije, porque pensé que debía decirlo. Ella vaciló.
—Muy buenas —respondió tras una pausa—. Para mi tío, más bien. Es del señor Rivers, desde Londres, y ¿qué te parece? —Sonrió—. ¡Vuelve a Briar mañana!
La sonrisa permaneció en sus labios todo el día, como una pintura; y por la tarde, cuando volvió de ver a su tío, no se puso a coser ni quiso dar un paseo, ni siquiera jugar a las cartas, sino que daba vueltas por la habitación, y en ocasiones se plantó ante el espejo, alisándose las cejas, tocándose la boca regordeta, sin apenas dirigirme la palabra, sin apenas verme.
Saqué la baraja, a pesar de todo, y jugué sola. Pensé en Caballero, colocando los reyes y las reinas en la cocina de Lant Street, mientras nos explicaba su plan. Después pensé en Dainty. Su madre, que había muerto ahogada, leía la buenaventura con una baraja. La había visto hacerlo muchas veces. Miré a Maud, ensoñada delante del espejo. Dije:
—¿Le gustaría que le leyese el futuro, señorita? ¿Sabía que se puede leer por el modo como caen las cartas?
Ella se giró, y de mirar su cara pasó a mirar la mía. Dijo, al cabo de un momento:
—Creía que eso sólo saben hacerlo las gitanas.
—Bueno, pero no se lo diga a Margaret ni a la señora Stiles —dije—. Verá, mi abuela era una princesa gitana.
De todos modos, mi abuelita, por lo que yo sabía de ella, bien podría haber sido una princesa gitana. Junté las cartas y se las entregué. Ella titubeó y por fin vino a sentarse a mi lado, extendió su faldón y dijo:
—¿Qué tengo que hacer?
Dije que tenía que permanecer sentada un momento con los ojos cerrados y pensar en las personas por las que sentía más afecto; y así lo hizo. Después le dije que tenía que coger la baraja y colocar las siete primeras cartas boca abajo en la mesa, que era lo que yo recordaba que hacía la madre de Dainty; o puede que fueran nueve cartas. Maud, de todos modos, colocó siete. La miré a los ojos y dije:
—Ahora, ¿de verdad quiere conocer su destino?
—¡Sue, me estás asustando! —dijo. Repetí:


Última edición por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:24 am, editado 1 vez

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:21 am

—¿De verdad quiere conocerlo? Tiene que obedecer lo que digan las cartas. Trae muy mala suerte preguntarles qué camino seguir y luego elegir otro. ¿Me promete acatar la fortuna que le digan?
—Sí —respondió en voz baja.
—Bien —dije—. Aquí tiene su vida, expuesta ante nosotras. Veamos la primera parte. Estas cartas muestran su pasado.
Giré las dos primeras. Eran la reina de corazones, seguida del tres de picas. Las recuerdo porque en el momento que ella había estado con los ojos cerrados, yo, naturalmente, había manipulado la baraja, como cualquiera habría hecho de haber estado en mi lugar. Las examiné y dije:
—Hummm… Son cartas tristes. Mire, aquí hay una mujer guapa, y aquí hay una separación y el comienzo de conflictos.
Me clavó la mirada y se llevó la mano a la garganta.
—Sigue —dijo. Estaba pálida.
—Veamos las tres cartas siguientes. Muestran su presente.
Las volteé, con un floreo.
—El rey de diamantes —dije—. Un señor severo. El cinco de tréboles: una boca reseca. El caballo de espadas…
Me tomé mi tiempo. Ella se inclinó hacia mí.
—¿Qué es esa carta? —dijo.
Dije que era un joven jinete de buen corazón; y me miró con tal asombro incrédulo que casi me conmovió. Dijo en voz baja:
—¡Ahora sí que tengo miedo! No descubras las cartas que faltan.
—Señorita, debo hacerlo —dije—. O la abandonará la suerte. Mire. Estas muestran el futuro.
Volteé la primera. El seis de picas.
—Un viaje —dije—. ¿Quizás con el señor Lilly? O quizás, un viaje sentimental…
No contestó, se limitó a mirar las cartas a medida que yo las iba descubriendo.
—Enséñame la última —dijo en un susurro.
Se la enseñé. Ella la vio primero.
—La reina de diamantes —dijo con una mueca de disgusto—. ¿Quién es?
Yo no lo sabía. Tenía pensado sacar el dos de corazones, que representa a los amantes; pero, al parecer, debí de mezclar mal la baraja.
—La reina de diamantes —dije, finalmente—. Gran riqueza, creo.
—¿Gran riqueza?
Apartó la mirada de mí y miró alrededor, a la alfombra descolorida y las negras paredes de roble. Cogí las cartas y las barajé. Ella se cepilló la falda y se levantó.
—No creo que tu abuela fuese una gitana de verdad —dijo—. Tienes la cara demasiado blanca. No lo creo. Y no me gusta tu lectura de la suerte. Es un juego para criadas.
Se apartó de mi lado y se colocó delante del espejo; y aunque pensé que se volvería para decirme algo más amable, no lo hizo. Pero al desplazarse movió una silla, y entonces vi el dos de corazones. Se había caído al suelo, ella había plantado su pantufla encima y con el talón había arrugado la punta. La arruga era profunda. En adelante, en las semanas siguientes, siempre reconocí la carta cuando jugábamos.
Aquella tarde, sin embargo, me mandó que guardara la baraja, diciendo que sólo verla se mareaba; y aquella noche la pasó inquieta. Se acostó, pero me hizo servirle una tacita de agua; y cuando la estaba desvistiendo vi que cogía una botella y vertía tres gotas de su contenido en la taza. Era una pócima para dormir. Fue la primera vez que la vi tomarla. Le hizo bostezar. Pero cuando desperté a la mañana siguiente ella ya estaba despierta, mordisqueándose un mechón de pelo y contemplando las figuras que había en el dosel encima de la cama.
—Cepíllame fuerte el pelo —me dijo cuando se levantó para que la vistiera—. Cepíllalo fuerte para que brille. ¡Oh, qué horrible y blanca tengo la mejilla! Pellízcala, Sue. —Me llevó los dedos a su cara y los apretó—. Pellízcame la mejilla, da igual que la magulles. ¡Prefiero tenerla lívida que de un blanco espantoso!
Tenía los ojos oscuros, quizás a causa de las gotas. Y la frente arrugada. Me perturbó que hablara de magulladuras. Dije:
—Estése quieta, que así no la puedo vestir. Así es mejor. ¿Qué vestido va a ponerse?
—¿El gris?
—El gris salta poco a la vista. Veamos, el azul…
El azul realzaba sus cabellos rubios. Se puso frente al espejo y se miró mientras yo la abotonaba con fuerza. Cuanto más arriba abotonaba yo, más tersa se le ponía la cara. Me miró. Miró mi vestido de tela marrón. Dijo:
—Tu vestido es bastante feo, Sue, ¿no te parece? Creo que deberías cambiártelo.
—¿Cambiarlo? Es el único que tengo —dije.
—¿El único? Santo cielo. Yo ya estoy cansada de éste. ¿Qué solías ponerte con Lady Alice, que era tan encantadora? ¿Nunca te regaló un vestido?
Pensé, y creo que con razón, que Caballero, en este particular, me había puesto en un aprieto al enviarme a Briar con un único vestido bueno. Dije:
—Bueno, la cosa es, señorita, que Lady Alice era buena como un ángel, pero también un poco roñosa, y se llevó toda mi ropa a la India para su doncella de allí.
Maud entornó sus ojos oscuros y pareció apenada. Dijo:
—¿Así es como tratan a sus doncellas las señoras de Londres?
—Sólo las tacañas, señorita —respondí.
—Bueno, yo no tengo aquí motivos para ser tacaña —dijo entonces—. Tendrás otro vestido para las mañanas. Y quizás otro más, para que te lo pongas cuando… Bueno, si alguna vez recibimos una visita.
Escondió la cara detrás de la puerta del ropero. Dijo:
—Creo que somos de una talla parecida. Aquí hay dos o tres vestidos que nunca me pongo y no echaré de menos. Veo que las faldas te gustan largas. A mi tío no le agrada que me ponga faldas largas, porque dice que no son saludables. Pero no le importará que tú las lleves. Bastará con bajarles un poco el dobladillo. Sabes hacerlo, por supuesto, ¿no?
La verdad es que yo estaba acostumbrada a descoser puntadas, y sabía hacer una costura recta si hacía falta. Dije: «Gracias, señorita». Me enseñó un vestido. Era una cosa rara de terciopelo anaranjado, con flecos y una falda ancha. Parecía como si lo hubiera inflado un viento fuerte en el taller de una costurera. Maud me examinó y dijo:
—¡Oh, pruébatelo, Sue, por favor! Yo te ayudo. —Se acercó y empezó a desvestirme—. Ya ves que lo sé hacer casi tan bien como tú. ¡Ahora yo soy la doncella y tú la señora! Se rió, un poco nerviosa, todo el rato que tardó en vestirme.
—Vaya, mírate en el espejo —dijo por fin—. ¡Podríamos ser hermanas!
Me había quitado el vestido viejo y me había metido por la cabeza el vestido anaranjado, luego me obligó a colocarme delante del espejo mientras ella se ocupaba de los cierres.
—Respira —dijo—. ¡Respira más hondo! Es un vestido muy ajustado, pero te hará la figura de una dama.
Claro que ella tenía el talle estrecho y era unos centímetros más alta que yo. Mi pelo era más moreno. No parecíamos hermanas, sino solamente unos adefesios. El vestido dejaba al descubierto los tobillos. Si me hubiera visto entonces un chico del barrio se habría muerto del susto. Pero allí no había chicos del barrio que pudieran verme, ni tampoco chicas. Y era un terciopelo muy bueno. Tiré de los flecos de la falda mientras Maud corría a su joyero en busca de un broche que me prendió en el pecho, ladeando la cabeza para ver cómo quedaba. En eso, unos nudillos llamaron a la puerta de la sala.
—Es Margaret —dijo Maud, con las mejillas rosas. La llamó—: Ven al vestidor, Margaret.
Margaret entró e hizo una reverencia, mirándome directamente a mí. Dijo:
—Sólo vengo a traer la bandeja, seño… ¡Oh, señorita Smith! ¿Es usted? ¡Nunca la habría distinguido de la señora! —Se sonrojó.
Maud, que estaba a la sombra de la cortina de la cama, parecía una niña, tapándose la boca con la mano. Temblaba de risa, y le brillaban los ojos oscuros.
—Supón —dijo, cuando Margaret se hubo ido—, supón que el señor Rivers hiciera como Margaret y te confundiera conmigo. ¿Qué harías tú?
Volvió a reírse y a estremecerse. Miré al espejo y sonreí. Porque no estaba mal, ¿eh?, que te tomaran por una señora. Era lo que mi madre habría querido. Y, en resumidas cuentas, al final iba a quedarme con todos sus vestidos y sus joyas. Sólo estaba empezando un poco antes. Con el vestido puesto, mientras Maud iba con su tío, me senté para alargar el dobladillo y sacar el canesú. No iba a causarme una herida por el afán de tener una cintura de cuarenta centímetros.
—Dime, ¿no estamos guapas? —dijo Maud, cuando fui a recogerla donde su tío. Me miró de arriba abajo, y luego se cepilló su falda—. ¡Pero si esto es polvo de las estanterías de mi tío! —exclamó—. ¡Ah! ¡Los libros, los condenados libros!
Estaba al borde de las lágrimas, y se retorcía las manos. Le cepillé el polvo, y ojalá hubiera podido decirle que se preocupaba por nada. Daba igual que fuera vestida con un saco. Daba igual que tuviera la cara como un fogonero. Caballero la querría siempre que hubiese en el banco quince mil libras a nombre de la señorita Maud Lilly. Era horrible verla sabiendo lo que yo sabía y fingiendo que no sabía nada; con otra clase de chica podría haber sido cómico. Le diría: «¿Se encuentra mal, señorita? ¿Quiere que le traiga algo? ¿Le traigo el espejito para que se vea la cara?», y ella respondería: «¿Mal? Sólo tengo un poco de frío, y camino para que se me caliente la sangre». Y: «¿Un espejo, Sue? ¿Para qué lo necesito?».
—Me ha parecido que se miraba la cara un poco más de lo habitual, señorita.
—¡La cara! ¿Y por qué iba a hacer eso?
—No lo sé, señorita.
Yo sabía que el tren de Caballero llegaría a Marlow a las cuatro de la tarde, y que habían enviado a William Inker para recogerle, como le habían mandado para recogerme a mí. A las tres, Maud dijo que se sentaría a coser junto a la ventana, para aprovechar la buena luz. Por supuesto, ya casi estaba oscuro, pero no dije nada. Había una sillita acolchada junto a los cristales crujientes y los sacos de arena enmohecidos, y era el rincón más frío del cuarto, pero permaneció allí una hora y media, con un chal en los hombros, tiritando, bizqueando mientras daba puntadas y lanzando a hurtadillas miradas al camino que llevaba a la casa.
Pensé que si aquello no era amor, yo era un obispo; y si, en efecto, era amor, los amantes eran palomas y gansos, y me alegraba de no ser uno de ellos. Al final se tocó el corazón con los dedos y emitió un grito ahogado. Había visto acercarse la luz en el carruaje de William Inker. Se levantó y se alejó de la ventana, y apostada ante el fuego se apretó las manos. Se oyó el sonido del caballo en la grava. Dije:
—¿Será el señor Rivers, señorita?
—¿El señor Rivers? —respondió ella—. ¿Ya es tan tarde? Bueno, supongo que sí. ¡Qué contento se pondrá mi tío!
Su tío le vio primero. Maud dijo:
—Quizás me mande a buscar, para que dé la bienvenida al señor Rivers. ¿Cómo me sienta la falda? ¿No sería mejor que me pusiera la gris?
Pero su tío no mandó a buscarla. Oímos voces y puertas que se cerraban en el piso de abajo, pero transcurrió una hora hasta que vino una camarera con el mensaje de que el señor Rivers había llegado.
—¿Y está el señor cómodo en su antigua habitación? —dijo Maud.
—Sí, señorita.
—¿Y está el señor cansado, me figuro, después de su viaje?
Rivers mandaba decir que estaba razonablemente fatigado, y que esperaba reunirse con la señorita Lilly y con su tío durante la cena. No tenía intención de molestar a la señorita antes de esa hora.
—Ya —dijo Maud al oír esto, y se mordió el labio—. Por favor, dile al señor Rivers que una visita suya, en mi sala, antes de la hora de cenar, no me supone la menor molestia…
Siguió hablando de esta guisa durante minuto y medio, aturullándose con las palabras y ruborizándose; la camarera, finalmente, captó el mensaje y se retiró. Volvió al cabo de un cuarto de hora, acompañada de Caballero. Entró en la habitación y al principio no me miró. Sólo tuvo ojos para Maud. Dijo:
—Señorita Lilly, es muy amable por su parte recibirme aquí, todo sucio y baqueteado por el viaje. ¡Es muy propio de usted!
Habló con voz suave. En cuanto a la suciedad, no había la menor traza de ella, y supuse que había ido rápidamente a su habitación para cambiarse de chaqueta. Tenía el pelo lustroso y las patillas peinadas; llevaba una sortija pequeña y modesta en el dedo meñique, pero aparte de esto tenía las manos desnudas y muy limpias. Aparentaba lo que quería parecer: un caballero guapo y educado. Cuando por fin se volvió hacia mí, me sorprendí haciendo una reverencia, casi con timidez.
—¡Y ella es Susan Smith! —dijo, mirándome ataviada de terciopelo, y retorciendo el labio en un esbozo de sonrisa—. ¡Pero si la habría tomado por una dama! —Avanzó hacia mí y me cogió la mano, y Maud también se me acercó. El dijo—: Espero que te guste tu trabajo en Briar, Sue. Espero que estés demostrando a tu ama que eres una buena chica.
—Yo también lo espero, señor —dije.
—Es una buena chica —dijo Maud—. Muy buena, de verdad.
Lo dijo de una forma nerviosa y agradecida, como alguien, forzado a dar conversación, le hablaría a un extraño de su perro. Caballero me estrechó la mano y la soltó. Dijo:
—Claro que no puede ser de otra manera…, me refiero a que ninguna chica puede evitar ser buena, señorita Lilly, teniéndola a usted como ejemplo.
El rubor de Maud se había apagado. Volvió a encenderse ahora.
—Es demasiado amable —dijo. El negó con la cabeza y se mordió el labio.
—Ningún caballero podría ser sino amable con usted —murmuró.
Ahora tenía las mejillas tan rosas como las de ella. Yo diría que conocía una manera de contener la respiración para que la sangre le afluyera. Mantuvo la mirada en Maud y al final ella le miró y sonrió; luego, se rió.
Y entonces pensé, por vez primera, que, él había tenido razón. Sí era hermosa, era muy rubia y esbelta; lo supe al verla de pie junto a él, con los ojos clavados en él. Palomas y gansos. Sonó el gran reloj y apartaron la mirada, sobresaltados. Caballero dijo que la había retenido mucho tiempo.
—¿La veré en la cena, con su tío?
—Con mi tío, sí —dijo ella en voz baja.
El hizo una reverencia y se dirigió a la puerta; cuando ya casi la había franqueado pareció acordarse de mí, e hizo una pamema de explorar sus bolsillos, en busca de una moneda. Sacó un chelín y me hizo seña de que me acercara a cogerlo.
—Aquí tienes, Sue —dijo. Me levantó la mano y me apretó el chelín contra ella. Era uno falso—. ¿Todo bien? —añadió en voz baja, para que Maud no le oyera.
—Oh, ¡gracias, señor! —dije. E hice otra reverencia, y guiñé un ojo. Dos cosas curiosas para hacerlas a la vez, y no se lo recomendaría a nadie, pues temo que el guiño desequilibró la reverencia, y ésta anuló el guiño.
No creo, sin embargo, que Caballero lo advirtiese. Se limitó a sonreír de un modo satisfecho, se inclinó de nuevo y se marchó. Maud me miró y luego entró silenciosamente en su habitación y cerró la puerta; no sé qué hizo allí dentro. Aguardé sentada hasta que me llamó, media hora más tarde, para que la ayudase a cambiarse de vestido para la cena.
Tiré la moneda al aire. «Bueno», pensé, «las monedas falsas brillan igual que las verdaderas». Pero lo pensé con cierto descontento, y no supe por qué. Aquella noche Maud se quedó una o dos horas después de la cena leyendo en el salón para su tío y para Caballero. Yo no había visto todavía el salón. Sólo sabía lo que ella hacía en él cuando yo no estaba con ella, gracias a los comentarios que al respecto hacían Way y la señora Stiles durante la cena.
Yo pasaba las veladas en la cocina y en la antecocina de la señora Stiles, y qué sosas solían ser. Aquella noche, no obstante, fue distinto. Al bajar encontré a Margaret con dos tenedores clavados en un gran pedazo de jamón asado, y a Bizcocho batiendo miel encima. Jamón a la miel, dijo Margaret, ahuecando los labios, era el plato favorito del señor Rivers. Bizcocho dijo que era un placer cocinar para él.
Había suplantado sus viejas medias de lana por el par de seda negra que yo le había regalado. Las camareras se habían cambiado las cofias por otras con más volantes. Charles, el afilador, se había aplastado el pelo y se había peinado una raya recta como una cuchilla; silbaba sentado en un taburete junto al fuego, frotando betún sobre una bota de Caballero. Tenía la misma edad que John Vroom, pero era rubio, mientras que John era moreno. Dijo:
—¿Qué me dice de esto, señora Stiles? El señor Rivers dice que en Londres se pueden ver elefantes. Dice que tienen elefantes dentro de corrales en los parques de Londres, como nosotros tenemos ovejas; y si paga seis peniques, un chico puede dar una vuelta montado en el lomo de un elefante.
—¡Válgame Dios! —dijo la señora Stiles.
Se había atado un broche en el cuello de su vestido. Era un broche de luto, con más pelo negro en él. ¡Elefantes!, pensé. Vi que Caballero había irrumpido entre ellos como un gallo en un gallinero y había espantado a todas aquellas gallinas. Decían que era guapo. Decían que tenía mejores modales que muchos duques, y que sabía cómo tratar a un criado. Decían que era estupendo para la señorita Maud que volviese a haber en la casa una persona joven e inteligente como él. Si yo me hubiera levantado y les hubiera dicho la verdad que eran un hatajo de simplones, que Rivers era un demonio con forma humana, que se proponía casarse con Maud y robarle su dinero y después recluirla y esperar más o menos a que se muriera, si me hubiera levantado y les hubiese dicho esto, no me habrían creído. Habrían dicho que estaba loca.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:21 am

Siempre creerán a un caballero antes que a una persona como yo. Y, por descontado, yo no tenía intención de decirles nada semejante. Me guardé mis pensamientos para mi coleto, y más tarde, mientras tomábamos el budín, la señora Stiles se acariciaba el broche y estuvo más bien callada. Way se llevó su periódico al office. Había tenido que servir dos vinos selectos en la cena del señor Lilly, y era el único de todos nosotros que no se alegraba de que Caballero hubiese vuelto.
Yo, por lo menos, suponía que también me alegraba. «Te alegras», me dije, «pero no lo sabes. Lo notarás cuando le hayas visto a solas». Pensé que tendríamos que encontrar una forma de vernos, al cabo de uno o dos días. Sin embargo, pasaron casi dos semanas hasta que nos vimos, ya que, naturalmente, yo no tenía motivos para visitar, sin Maud, las partes nobles de la casa. Nunca vi la habitación en que él dormía, ni nunca vino a la mía. Además, los días en Briar eran tan monótonos que casi se asemejaban a una función mecánica que era imposible cambiar. La campana de la casa nos despertaba por la mañana y a continuación cada uno se iba a sus tareas de una habitación a otra, según un recorrido fijo, hasta que la campana nos mandaba a la cama por la noche. Era como si hubiese ranuras en las tablas del suelo sobre las cuales debiésemos deslizamos; como si caminásemos con zancos. Era como si en una fachada lateral de la casa hubiera una gran manivela y una mano grande que le diera vueltas. A veces, cuando la vista más allá de las ventanas estaba oscura o gris por la niebla, me imaginaba aquella manivela y casi creía oír cómo giraba. Empecé a temer lo que ocurriría si alguna vez dejaba de girar. Es lo que te pasa por vivir en el campo.
Cuando llegó Caballero, la función dio una especie de tirón. Las palancas rugieron, la gente se tambaleó en sus zancos durante un segundo, se abrieron una cuantas ranuras nuevas; y luego todo siguió su curso, fluido como antes, pero con las escenas en un orden distinto. Maud ya no iba a ver a su tío para leerle mientras él tomaba notas. Se quedaba en sus habitaciones. Cosíamos, jugábamos a las cartas o dábamos un paseo hasta el río o hasta los tejos y las tumbas.
Caballero, por su parte, se levantaba a las siete y desayunaba en la cama. Le atendía Charles. A las ocho empezaba a trabajar en los cuadros bajo la dirección del señor Lilly. Estaba tan obsesionado con sus cuadros como con sus libros, y había habilitado un cuartito para que Caballero trabajase allí, más oscuro y estrecho incluso que la biblioteca. Supongo que las pinturas eran antiguas y muy valiosas. No las vi nunca. Nadie las veía. El señor y Caballero llevaban llaves consigo, y con ellas cerraban la puerta de la habitación de la que salían o donde estaban. Trabajaban hasta la una y después almorzaban. Maud y yo comíamos solas. Lo hacíamos en silencio. A veces ella no comía nada, y únicamente esperaba. A las dos menos cuarto sacaba sus instrumentos de dibujo, lápices y pinturas, papeles y cartulinas, un triángulo de madera, y los colocaba, con mucho cuidado, en un orden que siempre era el mismo. No me dejaba ayudarla. Si se caía un pincel y yo lo recogía, ella lo retiraba todo papeles, lápices, pinturas, triángulo y volvía a colocarlo.
Aprendí a no tocar nada. A observar solamente. Y ambas escuchábamos al reloj dar las dos. Y un minuto después llegaba Caballero a darle la lección diaria. Al principio la daban en la sala. El ponía una manzana, una pera y una jarra de agua encima de la mesa, y miraba y asentía mientras ella intentaba pintarlas en una cartulina. Era tan diestra con un pincel en la mano como lo habría sido con una pala; pero Caballero sostenía en alto las chapuzas que hacía, ladeaba la cabeza, entrecerraba un ojo y decía:
—Declaro, señorita Lilly, que está adquiriendo un verdadero método.
O bien:
—¡Cómo han mejorado sus bocetos desde el mes pasado!
—¿Cree usted, señor Rivers? —respondía ella, toda colorada—. ¿No es la pera un poco escuálida? ¿No tendría que ejercitar la perspectiva?
—La perspectiva es, quizás, un poco defectuosa —decía él—. Pero tiene un don, señorita Lilly, que sobrepasa la pura técnica. Tiene ojo para las esencias. ¡Casi me da miedo estar enfrente de usted! Me asusta lo que podría descubrir cuando sus ojos se posan en mí.
Decía algo así con un tono que empezaba siendo fuerte y luego se volvía suave, entrecortado y vacilante; y ella parecía una chica de cera que se hubiese aproximado demasiado al fuego. Intentaba de nuevo pintar la fruta. Esta vez la pera le salía un plátano. Entonces Caballero decía que había poca luz o que el pincel era malo.
—¡Si pudiera llevarla a mi estudio de Londres, señorita Lilly!
Era la vida que se había inventado: una vida de artista en una casa de Chelsea. Dijo que tenía muchos y fascinantes amigos artistas. Maud dijo:
—¿Y amigas artistas, también?
—Pues claro —respondió él—. Porque yo pienso que… —Y aquí meneó la cabeza—. Bueno, mis opiniones son algo excéntricas, y no agradan a todo el mundo. Fíjese, procure que esta línea sea más'firme.
Se acercó a ella y le puso una mano encima de la suya. Ella volvió la cara hacia él y dijo:
—¿No me dirá lo que piensa? Puede hablar con franqueza. ¡No soy una niña, señor Rivers!
—No lo es —dijo él con dulzura, mirándola a los ojos. Luego dio un respingo—. Al fin y al cabo —'dijo—, mi opinión es muy favorable. Se refiere a su… su sexo, y a cuestiones de creación. Hay algo, señorita Lilly, que su sexo debe tener.
Ella tragó saliva.
—¿Qué es, señor Rivers?
—Pues la libertad que yo tengo —dijo suavemente.
Ella se quedó inmóvil y luego se retorció. Crujió su silla, el sonido pareció sobresaltarla y retiró la mano. Levantó la vista hacia el espejo, vio en él mis ojos y se sonrojó; Caballero también alzó los suyos y observó a Maud, que se puso más roja aún, y bajó la mirada. El apartó de ella la mirada y me miró, y luego a ella. Elevó las manos hasta sus patillas y se las acarició. Ella aplicó el pincel a la pintura de la fruta y exclamó: «¡Oh!». La pintura se corrió como una lágrima. Caballero dijo que no tenía importancia, que ya la había hecho trabajar bastante. Fue a la mesa, cogió la pera y la frotó. Maud tenía una navaja entre los pinceles y minas, y él la sacó y cortó la pera en tres rodajas húmedas. Le dio una a ella, se reservó otra y agitó la tercera para quitarle el jugo y me la dio a mí.
—Creo que está casi madura —dijo, con un guiño.
Se llevó a la boca su rodaja de pera y se la comió en dos dentelladas. Gotas de jugo denso perlaron su barba. Se lamió los dedos, pensativamente; yo lamí los míos, y Maud, por una vez, se permitió mancharse los guantes, y con la pera contra el labio la mordisqueó, con una mirada oscura.
Pensábamos en secretos. Auténticos secretos, e insidiosos. Tantos que eran incontables. Cuando ahora trato de dilucidar quién sabía qué y quién no sabía nada, quién lo sabía todo y quién era un farsante, tengo que parar y desistir, porque la cabeza me da vueltas. Por último él dijo que ella debía intentar pintar al natural. Adiviné al instante lo que significaba. Significaba que la llevaría de paseo por el parque, a todos los lugares solitarios y umbrosos, y que diría que aquello era instruirla. Creo que ella también lo adivinó. «Hoy lloverá, ¿no crees?», preguntó Maud con una especie de fastidio, la cara contra la ventana, la mirada en las nubes. Era a finales de febrero, y todavía hacía muchísimo frío; pero así como todo el mundo se animó un poco al ver que Rivers había vuelto, así también el tiempo pareció menos inclemente y más templado. Amainó el viento y las ventanas dejaron de vibrar. El cielo se tornó nacarado en lugar de gris. Las extensiones de césped se pusieron verdes como tapetes de billar.
Por la mañana, cuando paseaba con Maud, las dos solas, yo caminaba a su lado. Ahora, por supuesto, caminaba al lado de Caballero: él le ofrecía el brazo y ella, tras fingir un titubeo, lo tomaba; creo que lo hacía con más soltura, a fuerza de haberlo llevado enlazado con el mío. Pero caminaba con un porte muy tieso; él, entonces, se las ingeniaba de un modo taimado para aproximarla. Inclinaba la cabeza hasta situarla cerca de la suya. Fingía que le cepillaba el polvo del cuello. Al principio les separaba una distancia, pero gradualmente se iba acortando; a la postre sólo había el roce de la manga de él con la de ella, la oscilación de su falda en torno a sus pantalones. Yo lo veía todo, porque caminaba tras ellos.
Transportaba la cartera de pinturas y pinceles, el triángulo de madera y un taburete. A ratos se alejaban de mí y parecía que me habían olvidado. Pero Maud se acordaba, daba media vuelta y me decía:
—¡Qué buena eres, Sue! ¿No te importa pasear? El señor Rivers cree que sólo faltan unos metros.
Rivers siempre creía esto. La tenía paseando despacio por el parque, diciendo que buscaba escenas para que ella las pintase, pero en realidad lo que hacía era acercarse y hablarle en murmullos; y yo debía seguirles, con todos los pertrechos. No hace falta decir que yo era la causa de que pudiesen pasear juntos. Tenía que vigilar que el comportamiento de Caballero fuese correcto.
Le vigilaba a conciencia. También a ella. A veces Maud le miraba a la cara; más a menudo miraba al suelo; de cuando en cuando, a alguna flor, hoja o pájaro que captaba su atención. Y cuando ella hacía esto, él se giraba, cruzábamos miradas y esbozaba una sonrisa casi demoníaca; pero para cuando ella le miraba de nuevo, su expresión era afable.
Uno juraría, al verle, que la amaba. Uno juraría, al verla a ella, que le amaba.
Pero se veía que a ella la aterraba su propio corazón agitado. El no podía ir más deprisa. Nunca la tocaba, excepto para dejar que ella se apoyara en su brazo, y para guiar su mano cuando ella pintaba. Se inclinaba hacia ella, la observaba mientras aplicaba los colores, y entonces sus respiraciones se juntaban y el pelo de Caballero se mezclaba con el de ella; pero si él se acercaba un poco más, ella se asustaba. Llevaba los guantes puestos.
Por fin él encontró el paraje junto al río, y ella empezó a pintar aquel paisaje, y cada día añadía más juncos negros. Al atardecer se sentaba a leer en el salón para Rivers y su tío. Por la noche se acostaba inquieta, en ocasiones tomaba aquellas gotas y algunas veces temblaba en sueños. Cuando lo hacía yo la tocaba hasta que finalmente se calmaba.
La mantenía tranquila, a instancias de Caballero. Más adelante querría que la pusiera nerviosa; pero de momento la mantenía tranquila, arreglada, muy bien vestida. Le lavaba el pelo con vinagre, y lo cepillaba hasta sacarle brillo. Caballero entraba en la sala a examinarla, y hacía una reverencia. Y cuando dijo: «Señorita Lilly, creo que cada día que pasa tiene una expresión más dulce en la cara», supe que hablaba en serio. Pero supe asimismo que lo decía como un cumplido no a ella que no había hecho nada, sino a mí, que lo hacía todo.
Yo me percataba de pequeñeces así. El no hablaba francamente, sino que se servía sobre todo de miradas y sonrisas, como he dicho. Aguardábamos una ocasión de hablar a solas; y cuando parecía que la oportunidad no llegaría nunca, llegó por fin, y fue Maud, a su manera inocente, quien la propició. Una mañana, muy temprano, ella le vio desde la ventana de su habitación. Apoyó la cabeza en el cristal y dijo:
—Mira, ahí va el señor Rivers, caminando por el césped.
Fui donde ella estaba y, efectivamente, allí estaba él, caminando por la hierba y fumando un cigarro. El sol, que todavía estaba muy bajo, alargaba mucho su sombra.
—Qué alto es, ¿verdad? —dije, mirando de soslayo a Maud. Ella asintió. Su aliento empañó el cristal, y ella lo limpió. Después dijo:
—¡Oh! —Como si él se hubiera caído—. ¡Oh! Creo que se le ha apagado el cigarro. ¡Pobre señor Rivers!
El examinaba la punta negra de su cigarrillo, y soplaba hacia ella; luego se palmeó el bolsillo del pantalón, en busca de una cerilla. Maud se pegó otra vez al cristal de la ventana.
—¿Podrá encenderlo? —dijo—. ¿Tendrá una cerilla? ¡Oh, no creo que tenga! Y el reloj ha dado la media, hace ya veinte minutos. Tiene que ir enseguida a ver a mi tío. No, no tiene una cerilla en todos esos bolsillos…
Me miró y se retorció las manos, como si se le rompiera el corazón.
—No se va a morir por eso, señorita —dije.
—Pero pobre señor Rivers —repitió—. Oh, Sue, si te das prisa, podrías llevarle una cerilla. Mira, está tirando el cigarro. ¡Qué triste parece!
No teníamos cerillas. Margaret las llevaba en su delantal. Cuando se lo dije a Maud, dijo:
—¡Entonces llévale una vela! ¡Llévale cualquier cosa! Oh, ¿no puedes apresurarte? ¡Pero no le digas que te mando yo!
¿Pueden creer que me obligara a aquello? ¿A bajar dos tramos de escalera, con un carbón encendido entre unas pinzas, para que un hombre pudiese fumar su cigarro matutino? ¿Pueden creer que la obedeciera? Pues como era una criada tuve que hacerlo. Caballero me vio cruzar la hierba hacia él, vio lo que llevaba y se rió.
—Muy bien —dije—. Me ha mandado que baje a traerte lumbre. Pon cara de contento, nos está mirando.
Él no movió la cabeza, pero alzó los ojos hacia la ventana.
—Qué buena chica es —dijo.
—Demasiado para ti, diría yo.
Sonrió. Pero sólo como un caballero sonreiría a una sirvienta, y puso una expresión amable. Imaginé a Maud mirando hacia abajo, y respirando más rápido contra el cristal. Él dijo en voz baja:
—¿Cómo va la cosa, Sue?
—Bastante bien —respondí.
—¿Crees que me quiere?
—Sí. Oh, sí.
Sacó una pitillera de plata y cogió un cigarro.
—¿Pero no te lo ha dicho?
—No necesita decírmelo.
Se acercó al carbón.
—¿Tiene confianza en ti?
—No le queda más remedio. No tiene a nadie más.
Dio una calada y exhaló, con un suspiro. El humo ensució el aire frío y azul. Dijo:
—Ya es nuestra.
Retrocedió un poco e hizo un gesto con los ojos; vi lo que quería, dejé caer el carbón al césped, y él se agachó para ayudarme a recogerlo. «¿Qué más?», dijo. Le dije, en un murmullo, lo de la pócima para dormir y el miedo a sus propios sueños. Él escuchó, sonriendo, jugueteando todo el tiempo con las pinzas y el pedazo de carbón, hasta que por último lo cogió, se levantó y me colocó las manos sobre el mango de las pinzas, apretando muy fuerte.
—Lo de las gotas y los sueños está bien —dijo, hablando bajo—. Nos ayudarán más adelante. ¿Pero sabes lo que tienes que hacer por el momento? Vigilarla bien. Conseguir que te quiera. Es nuestra pequeña joya, Suky. Pronto la arrancaré de su engaste y la convertiré en efectivo. Cógelas así — prosiguió, con voz normal. Way había salido a la puerta principal de la casa, para ver por qué estaba abierta—. Así, para que el carbón no se caiga y queme las alfombras de la señorita Lilly…
Le hice una reverencia y se separó de mí, y a continuación, cuando Way salió a estirar las piernas y a mirar al sol y a quitarse la peluca para rascarse debajo, me dijo, en un último susurro:
—En Lant Street están cruzando apuestas sobre ti. La señora Sucksby ha apostado cinco libras por tu éxito. Me ha encargado que te dé un beso de su parte.
Frunció los labios en un beso silencioso, puso el cigarro entre los labios fruncidos y expelió más humo azul. Se inclinó. El pelo le cayó sobre el cuello. Alzó su mano blanca para recogérselo detrás de la oreja.
Desde donde estaba, Way le observaba de un modo parecido a como lo harían los chicos malos del barrio: como si no estuviese seguro de qué le apetecía más, si reírse de él o noquearle de un puñetazo. Pero no se borró la inocencia que había en los ojos de Caballero. Se limitó a levantar la cara hacia el sol y a estirarse, para que Maud pudiera verle mejor desde las sombras de su habitación. A partir de entonces, todas las mañanas le observaba pasear y fumar su cigarro. Se apostaba en la ventana con la cara pegada al cristal, y el cristal le estampaba en la frente un círculo rojo; una perfecta circunferencia carmesí en su cara pálida. Era como una roncha en la mejilla de una chica con fiebre. Creí que se volvía más oscura y más intensa a medida que pasaban los días. Ahora ella vigilaba a Caballero, y yo les vigilaba a ambos; y los tres aguardábamos a que estallase la fiebre.
Yo había pensado que costaría dos o tres semanas. Pero ya habían transcurrido dos y no habíamos llegado a ninguna parte. Luego pasaron otras dos y no hubo cambio alguno. Maud sabía esperar, y la casa estaba demasiado tranquila. Ella daba un saltito fuera de su ranura, para acercarse a Caballero; y éste se salía un poco de su sitio, para estar más cerca de Maud; pero lo único que conseguían era que hubiesen más ranuras por donde deslizarse. Necesitábamos que todo aquel tinglado reventase. Necesitábamos que ella se volviese confiada para que yo pudiera ayudarla. Pero, aunque dejaba caer mil insinuaciones leves como, por ejemplo, lo bondadoso que era un caballero como el señor Rivers; lo guapo y educado que era; el mucho aprecio que le tenía su tío; la estima que parecía tenerle ella, y a la que él parecía corresponder, y que si una dama pensara en casarse, ¿no le parecía que un hombre como Rivers podría ser el partido más idóneo?, por más que le diese ligeras ocasiones como éstas para que abriera su corazón, nunca aprovechó ninguna. El clima volvió a ser frío y luego mejoró de nuevo. Llegó marzo. Era casi abril. En mayo, todos los cuadros del señor Lilly estarían preparados, y Caballero tendría que partir. Pero ella seguía sin decir nada, y él se abstenía de presionarla, por miedo a que un paso en falso la espantase.
Me reconcomía aquella espera. También a Caballero. Todos teníamos los nervios de punta. Maud se pasaba horas seguidas sentada y nerviosa; y cuando el reloj sonaba, daba un respingo que me sobresaltaba; y cuando llegaba la hora de que Caballero la visitara yo la veía acobardarse, aguzar el oído para oír sus pasos, y cuando por fin le oía llamar, daba un brinco, o un grito, o la taza se le caía de las manos y se rompía en el suelo. Por la noche yacía rígida y con los ojos abiertos, o se removía y murmuraba en sueños. ¡Todo ello por amor, pensaba yo! Nunca había visto nada parecido. Pensé en cómo terminaba aquella clase de asuntos en el barrio. Pensé en todas las cosas que una chica hacía cuando le gustaba un tipo y presentía que era correspondida. Pensé qué haría yo si me pretendiera un hombre como Caballero. Pensé que quizás debería llevármela aparte y decírselo, de mujer a mujer. Después pensé que quizás me considerase una grosera. Lo cual es bastante raro, a la vista de lo que sucedió más tarde.
Pero antes ocurrió otra cosa. La fiebre estalló al fin. El tinglado reventó, y toda nuestra espera tuvo su recompensa. Ella le dejó que la besara. No en los labios, sino en un lugar muchísimo mejor. Lo sé porque lo vi. Fue en la orilla del río, el primero de abril. Hacía muy buen tiempo para aquella época del año. Brillaba un sol radiante en un cielo gris, y todo el mundo dijo que habría tormenta. Ella llevaba una chaqueta y una capa encima del vestido, y tenía calor: me llamó para que le quitara la capa, y después la chaqueta. Estaba sentada pintando los juncos, y Caballero estaba a su lado, supervisando y risueño. El sol la deslumbraba; a intervalos se llevaba la mano a los ojos. Tenía los guantes muy manchados de pintura, así como la cara.
El aire, denso y caliente, estaba cargado, pero la tierra estaba fría al tacto: conservaba todavía la frialdad del invierno y toda la humedad del río. El olor de los juncos era fétido. Hubo un ruido parecido al de la lima de un cerrajero, y Caballero dijo que eran unas ranas. Había escarabajos y arañas de patas largas. Había un matorral con un despliegue de yemas duras, gordas y afelpadas.
Me senté junto a este arbusto, en la batea volcada. Caballero la había acarreado hasta allí para que yo me sentara, al abrigo de la tapia. Era lo más lejos de él y de Maud que se atrevió a colocarme. Yo ahuyentaba a las arañas de la cesta de bizcochos. Era mi tarea, mientras Maud pintaba y Caballero supervisaba su obra, sonriente, y a veces le daba una palmada en la mano. Mientras ella pintaba, el extraño sol caliente descendió en el horizonte, el cielo gris empezó a vetearse de rojo, y el aire se espesó aún más. Y entonces me quedé dormida. Soñé con Lant Street, soñé con Ibbs en su brasero, gritando al quemarse la mano. El grito me despertó. Me incorporé en la batea, sin saber por un segundo dónde estaba. Miré a mi alrededor. No había rastro de Maud y de Caballero.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:22 am

Estaban el taburete y el horrible cuadro. Estaban sus pinceles había uno caído en el suelo y sus pinturas. Me acerqué a recoger el pincel caído. Pensé que, a fin de cuentas, Caballero era muy capaz de haberse llevado a Maud de vuelta a casa y de haberme dejado para que cargara con todo, sudorosa. Pero me resultaba increíble que ella se hubiese ido con él sola. Casi temí por ella. Me sentí casi como una auténtica sirvienta, preocupada por su ama. Y entonces oí un murmullo. Caminé un poco y les vi. No se habían ido lejos; habían seguido el río hasta el meandro que formaba con la tapia. No me oyeron llegar, no miraron en torno. Debían de haber recorrido juntos la hilera de juncos; y supongo que entonces él le había hablado por fin. Le había hablado, por primera vez, sin que yo le oyera, y me hubiera gustado saber qué palabras le habría dicho para que ella se recostara en él de aquel modo. La cabeza de Maud descansaba sobre el cuello de Caballero. Tenía la falda levantada por detrás, casi hasta la altura de las rodillas. Y, sin embargo, mantenía la cara distanciada de la de él. Los brazos le colgaban a los lados, como los de una muñeca. El le aproximó la boca al cabello, y cuchicheó.
Después, mientras yo les espiaba, levantó una de las débiles manos de Maud y lentamente le retiró la mitad del guante, y entonces le besó la palma desnuda. Y supe que con aquel gesto la había ganado. Creo que él suspiró. Creo que ella suspiró también. La vi combarse un poco más hacia él, y estremecerse. La falda se le subió aún más arriba y mostró la parte superior de sus medias, la piel blanca del muslo. El aire estaba espeso como melaza. Mi vestido estaba húmedo donde se adhería al cuerpo. Hasta un miembro de hierro habría sudado con un vestido así un día como aquél. Un ojo de mármol se habría girado en su cuenca para mirar como yo. No podía apartar la vista. La inmovilidad de la pareja la mano de Maud, tan pálida contra la barba de Caballero, el guante todavía remangado hasta los nudillos, la falda levantada parecía un hechizo que me retuviera. El arrullo de las ranas era más fuerte que antes.
El río lamía los juncos como una lengua. Observé cómo él agachaba de nuevo la cabeza y volvía a besarla suavemente. Debería haberme alegrado de que lo hiciera. Pero no. Imaginé, en cambio, el roce de sus patillas contra la palma de la mano. Pensé en sus tersos dedos blancos, en sus uñas blancas. Yo se las había cortado aquella mañana. La había vestido y le había cepillado el pelo. La había arreglado, limpia y atractiva, para aquel preciso momento. Para él. Ahora, contra el tono oscuro de la chaqueta y el pelo de Caballero, Maud parecía tan pulcra tan liviana, tan pálida que pensé que podría romperse. Pensé que él podría tragársela, o contusionarla.
Me marché. Era demasiado intenso el calor del día, la pesadez del aire, la pestilencia de los juncos. Di media vuelta y regresé sin hacer ruido adonde estaba el cuadro. Un minuto después retumbó el trueno, y al minuto siguiente oí el rumor de faldas y Maud y Caballero recorrieron deprisa la curvatura de la tapia, ella con el brazo en el de él, los guantes abotonados y los ojos mirando al suelo; él, con la cabeza gacha y la mano en los dedos de Maud. Al verme me lanzó una mirada. Dijo:
—¡Sue! No hemos querido despertarte. Hemos dado un paseo y nos hemos perdido mirando el río. Ahora se ha ido la luz y creo que va a llover. ¿Tienes un abrigo para tu señora?
Yo no dije nada. Maud también guardó silencio, sin mirar nada más que sus pies. La cubrí con la capa, recogí el cuadro y las pinturas, el taburete y la cesta, y les seguí de regreso a la casa, a través de la verja de la tapia. Way nos abrió la puerta. Al cerrarla resonó otro trueno. Entonces empezó a llover, a goterones oscuros y sucios.
—¡Justo a tiempo! —dijo Caballero en voz baja, mirando a Maud y permitiendo que ella se soltara de su mano.
Era la mano que él había besado. Ella todavía debía de sentir allí los labios, porque vi que le daba la espalda a Caballero y que se llevaba la mano al pecho, y que se acariciaba la palma con los dedos.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:26 am

Llovió toda la noche. Por debajo de las puertas del sótano entraron ríos de agua en la cocina, el office y las despensas. Tuvimos que interrumpir la cena para que Way y Charles pusieran sacos en el suelo. Yo me quedé con la señora Stiles en una ventana, observando las gotas que rebotaban y los fogonazos de los relámpagos. Ella se frotaba los brazos y miraba al cielo.
—Pobres marineros en el mar —dijo.
Subí temprano a las habitaciones de Maud y permanecí sentada en la oscuridad, y cuando ella entró no supo por un momento que yo estaba allí: de pie, se tapó la cara con las manos. Hubo otro relámpago, me vio y dio un salto.
—¿Estás aquí? —dijo.
Sus ojos parecían grandes. Había estado con su tío y con Caballero. Pensé: «Ahora me lo dirá». Pero se limitó a mirarme, y cuando sonó el trueno se dio media vuelta y se alejó. La acompañé a su dormitorio. Dejó que la desvistiera tan débilmente como si hubiera estado en los brazos de Caballero, y mantenía un poco separada del costado la mano que él había besado, como si la reservara. En la cama se tumbó muy rígida, pero de vez en cuando levantaba la cabeza de la almohada. En uno de los desvanes había un goteo rítmico.
—¿Oyes la lluvia? —dijo, y luego, en un tono más bajo—: El trueno se aleja…
Pensé en los sótanos que se inundaban de agua. Pensé en los marineros en el mar. Pensé en el barrio. Con la lluvia crujen las casas de Londres. Me pregunté si la señora Sucksby estaría acostada, mientras la casa húmeda crujía a su alrededor, pensando en mí. «¡Tres mil libras!», había dicho. «¡Caray!». Maud volvió a levantar la cabeza y contuvo la respiración. Yo cerré los ojos. «Ahora me lo dirá», pensé. Pero, finalmente, no dijo nada.
Cuando desperté, había escampado y la casa estaba silenciosa. Maud, en la cama, estaba pálida como la leche; llegó el desayuno y ella lo apartó, sin probarlo. Hablaba con voz tenue, de nada en particular. No parecía enamorada ni actuaba como tal. Pero creí que no tardaría en decir algo amoroso. Supuse que sus sentimientos la habían aturdido. Observó, como siempre hacía, a Caballero que fumaba paseando; y cuando él se fue a ver al tío, ella dijo que le apetecía pasear. El sol había despuntado débil. El cielo era de nuevo grisáceo y el suelo estaba cubierto de charcos que parecían de plomo. El aire estaba tan lavado y puro que me pareció asqueroso.
Pero fuimos, como de costumbre, al bosque y al almacén de hielo, y después a la capilla y a las tumbas. Al llegar a la de su madre, se sentó cerca de ella y contempló la lápida. Estaba oscurecida por la lluvia. La hierba entre las tumbas era rala y fláccida. Alrededor de nosotras, dos o tres pajarracos negros caminaban con cautela en busca de gusanos. Observé cómo picoteaban. Creo que debí de suspirar, porque Maud me miró y la cara que había estado adusta, enfurruñada se le suavizó. Dijo:
—Estás triste, Sue.
Negué con la cabeza.
—Yo creo que sí —dijo—. Es culpa mía. Te he traído día tras día a este lugar solitario, pensando sólo en mí. Pero tú sí has conocido lo que es tener el amor de una madre y perderlo.
Miré a otro lado.
—Está bien —dije—. No tiene importancia.
—Eres valiente… —dijo ella.
Pensé en mi madre, víctima moribunda del patíbulo, y de repente deseé cosa que nunca había hecho que ella hubiera sido una chica común, que hubiese muerto de una manera normal. Como si lo adivinase, Maud dijo en voz baja:
—Si no te molesta que te lo pregunte, ¿de qué murió tu madre?
Pensé un momento. Dije por fin que había muerto asfixiada por haberse tragado un alfiler. Conocía a una mujer que de verdad había muerto así. Maud me miró fijamente y se puso la mano en la garganta. A continuación miró la tumba de su madre.
—¿Cómo te habrías sentido —dijo débilmente— si tú misma le hubieras dado aquel alfiler?
Era una pregunta rara, pero, desde luego, ya estaba acostumbrada a que dijera cosas extrañas. Le dije que me habría sentido muy triste y avergonzada.
—¿Sí, verdad? —dijo—. Ya ves, me interesa saberlo. Porque fue mi nacimiento lo que mató a mi madre. ¡Soy tan culpable de su muerte como si la hubiese apuñalado con mi propia mano!
Se miró de un modo peculiar los dedos, en cuyas yemas había tierra roja. Dije:
—Qué tontería. ¿Quién le ha hecho pensar eso? Debería lamentarlo.
—Nadie me hizo pensarlo —respondió—. Lo pensé yo sola.
—Entonces es peor, porque usted es inteligente y debería entenderlo. ¡Como si una niña pudiera impedir su propio nacimiento!
—¡Ojalá hubieran impedido el mío! —dijo. Casi lo gritó. Uno de los pájaros negros alzó el vuelo entre las piedras, batiendo el aire con sus alas; sonó como una alfombra que alguien saca de repente por una ventana. Las dos giramos la cabeza para verlo volar, y cuando volví a mirar a Maud tenía lágrimas en los ojos.
Pensé: «¿Por qué lloras? Estás enamorada, estás enamorada». Procuré recordárselo.
—El señor Rivers… —empecé a decir. Pero ella se estremeció al oír su nombre.
—Mira al cielo —dijo rápidamente. Se había oscurecido—. Creo que va a tronar de nuevo. Ya empieza a llover, ¡mira!
Cerró los ojos y dejó que la lluvia le cayera en la cara, y al cabo de un segundo yo no habría sabido decir cuáles eran gotas y cuáles lágrimas. Fui hasta ella y le toqué el brazo.
—Póngase la capa —dije. La lluvia era ahora rápida y densa. Me dejó que le pusiera la capucha y que se la atara, como haría una niña, y creo que se habría quedado allí hasta empaparse si yo no la hubiera apartado de la tumba. La llevé a rastras hasta la entrada de la pequeña capilla. Estaba cerrada con una cadena oxidada y un candado, pero encima había un pórtico de madera podrida. La lluvia fustigaba la madera y la hacía temblar. El agua nos había oscurecido el dobladillo de las faldas. Nos apretujamos una contra otra, con los hombros aplastados contra la puerta de la capilla, y las gotas caían derechas, como flechas. Mil flechas y un corazón infeliz. Dijo:
—El señor Rivers me ha pedido que me case con él, Sue.
Lo dijo con una voz neutra, como una niña que recita una lección, y a pesar de la impaciencia con que yo había esperado oír aquella noticia, al responder mis palabras brotaron tan huecas como las suyas. Dije:
—¡Oh, señorita Maud, me alegro infinitamente!
Una gota de lluvia cayó entre nuestras caras.
—¿Lo dices en serio? —dijo. El pelo se le pegaba a sus mejillas mojadas—. Pues entonces lo siento —continuó, desdichadamente—. Porque no le he dicho que sí. ¿Cómo decírselo? Mi tío…, mi tío no me entregará nunca. Me faltan cuatro años para cumplir veintiuno. ¿Cómo pedirle a Rivers que espere tanto tiempo?
Por supuesto, habíamos previsto que dijese esto. Lo habíamos esperado: pues si lo pensaba estaría más dispuesta a huir y a casarse en secreto. Dije con cautela:
—¿Está segura de lo de su tío?
Ella asintió.
—No me dejará marchar, mientras siga habiendo libros que leer y anotar, ¡y siempre los habrá! Además, es orgulloso. Ya sé que el señor Rivers es hijo de un caballero, pero…
—¿Pero su tío no le considera del todo un dandy?
Ella se mordió el labio.
—Me temo que si supiera que ha pedido mi mano le expulsaría de la casa. ¡Pero de todos modos tendrá que irse, cuando termine su trabajo! Tendrá que irse… —Le tembló la voz—. Y entonces, ¿cómo le veré? ¿Cómo mantener una promesa durante cuatro años?
Se tapó la cara con las manos y lloró amargamente. Le temblaban los hombros. Te partía el corazón. Dije:
—No llore. —Toqué su mejilla, retiré de ella el pelo mojado. De verdad, señorita, no debe llorar.
¿Cree que el señor Rivers renunciará a usted? Significa para él más que nada en el mundo. Su tío consentirá cuando lo vea.
—Mi felicidad le tiene sin cuidado —dijo—. ¡Sólo le importan sus libros! Me ha hecho ser como uno de ellos. No deben cogerme ni tocarme ni apreciarme. ¡Estoy hecha para quedarme aquí, a una luz débil, toda la vida!
Hablaba con más amargura de la que yo nunca le había visto. Dije:
—Estoy segura de que su tío la quiere. Pero el señor Rivers… —Las palabras se me atragantaron, y tosí—. El también la quiere.
—¿Tú crees, Sue? Habló con tanta vehemencia ayer, en el río, mientras tú dormías… Habló de Londres, de su casa, de su estudio. Dice que está ansioso de llevarme allí no como alumna, sino como esposa. Dice que no piensa en otra cosa. ¡Dice que cree que se morirá si tiene que esperarme! ¿Crees que habla en serio, Sue?
Aguardó. Pensé: «No es mentira, no es mentira, la ama por su dinero. Creo que se moriría si ahora lo perdiera». Dije:
—Lo sé, señorita.
Ella miró al suelo.
—Pero ¿qué puede hacer?
—Tiene que pedirle la mano a su tío.
—¡Imposible!
—En ese caso —contuve el aliento—, tiene usted que encontrar otra manera. —No dijo nada, pero movió la cabeza—. Tiene que encontrarla. —Tampoco dijo nada—. ¿No hay —dije— otra forma de…?
Alzó los ojos hacia los míos y parpadeó a través de las lágrimas. Miró inquieta a derecha y a izquierda y luego se me acercó un poco más. Dijo, en un susurro:
—¿No se lo dirás a nadie, Sue?
—¿Decir qué, señorita?
Parpadeó otra vez, dubitativa.
—Prométeme no decirlo. ¡Tienes que jurármelo!
—¡Lo juro! —dije—. ¡Lo juro!
Entretanto pensaba: «Vamos, ¡dilo ya!», porque era horrible, al verla tan asustada de revelar su secreto, saber en qué consistía. Entonces lo dijo.
—El señor Rivers —dijo en voz más tenue que nunca— dice que tenemos que fugarnos, de noche.
—¡De noche! —dije.
—Dice que podríamos casarnos en secreto. Dice que mi tío podría reclamarme, pero no cree que lo hiciera. No después de haberme convertido en… su esposa.
La cara se le puso pálida al decir esta palabra, vi que la sangre huía de sus mejillas. Miró a la lápida de la tumba de su madre. Dije:
—Debe seguir a su corazón, señorita.
—No estoy segura. Al fin y al cabo, no estoy segura.
—¡Pero amarle para después perderle! —dije. Su mirada se volvió extraña—. Usted le ama, ¿verdad?
Ella se volvió un poco, con aquella expresión rara, y no respondió. Por fin dijo:
—No lo sé.
—¿No lo sabe? ¿Cómo puede no saber una cosa así? ¿No se le agolpa la sangre cuando le ve acercarse? ¿No le resuena su voz en los oídos, y no le da un escalofrío su contacto? ¿No sueña con él de noche?
Se mordió el labio henchido.
—¿Y esas cosas significan que le amo?
—¡Pues claro! ¿Qué iban a significar, si no?
No contestó. En lugar de hacerlo, cerró los ojos y se estremeció. Juntó las manos y acarició de nuevo el punto de su palma donde el día anterior se habían posado los labios de Caballero. Sólo entonces vi que, más que acariciarse la piel, se la estaba rascando. No estaba atesorando el beso. Sentía la boca de Rivers como una quemadura, un picor, una astilla, y trataba de borrar su recuerdo. No le amaba en absoluto. Le tenía miedo. Retuve la respiración. Ella abrió los ojos y sostuvo mi mirada.
—¿Qué piensa hacer? —pregunté en un susurro.
—¿Qué puedo hacer? —Se estremeció—. Me quiere. Me ha pedido la mano. Quiere que sea suya.
—Puede… decirle que no.
Ella pestañeó, como si le pareciera increíble que yo hubiese dicho eso. Yo tampoco podía creerlo.
—¿Decirle que no? —dijo, lentamente—. ¿Decir no? —De pronto le cambió la expresión—. ¿Y ver cómo se va desde mi ventana? O quizás cuando se vaya yo estaré en la biblioteca de mi tío, donde las ventanas son todas oscuras, y entonces no le veré partir. Y después, después…, oh, Sue, ¿no crees que pensaré en la vida que habría podido tener? ¿Crees que vendrá a visitarnos otro hombre que me quiera la mitad que él? ¿Qué alternativa tendré?
Su mirada era ahora tan firme y tan cruda que me intimidó. Tardé un instante en contestar; me volví y miré la madera de la puerta contra la que nos apoyábamos, y la cadena herrumbrosa que la mantenía cerrada, y el candado. El candado es el tipo de cerradura más sencilla. Las peores son las que tienen escondidos sus resortes. Son dificilísimas de abrir. Me lo enseñó Ibbs. Al cerrar los ojos volví a ver su cara; después, la de la señora Sucksby. ¡Tres mil libras…! Aspiré, miré a Maud y dije:
—Cásese con él, señorita. No espere el permiso de su tío. El señor Rivers la quiere, y el amor no hace daño ni a una mosca. Con el tiempo aprenderá a apreciarle como debe. Hasta entonces vaya con él en secreto y haga todo lo que le diga.
Durante un segundo pareció desdichada, como si hubiera esperado que yo dijera cualquier cosa menos esto; pero sólo fue un segundo. Luego se le iluminó la cara. Dijo:
—Sí. Lo haré. Pero no puedo irme sola. No puedes hacerme ir con él totalmente sola. Tienes que venir conmigo. Dime que sí. ¡Di que vendrás para ser mi doncella en mi nueva vida en Londres!
Dije que sí. Ella lanzó un suspiro, una risa nerviosa y acto seguido, por haber llorado y haber estado tan deprimida, pareció casi mareada. Habló de la casa que Caballero le había prometido, y de las modas de Londres, que yo la ayudaría a elegir, y del coche que tendría. Dijo que me compraría vestidos bonitos. Dijo que ya no me llamaría su doncella, sino su compañera. Dijo que contrataría una sirvienta para mí.
—Porque ¿sabes que seré muy rica —dijo, con toda sencillez— cuando esté casada?
Se estremeció, sonrió y me agarró del brazo, me atrajo hacia ella y me apretó la cabeza contra la suya. Tenía la mejilla fría y tersa como el nácar. El pelo le brillaba con gotas de lluvia. Creo que estaba llorando. Pero no me separé para averiguarlo. No quería que me viese la cara. Creo que la expresión de mis ojos debía de ser espantosa.
Aquella tarde dispuso sus pinturas y pinceles, como de costumbre; pero los pinceles y los colores permanecieron secos. Caballero entró en la sala, se encaminó rápidamente hacia ella y se le plantó delante como si estuviese ansioso de abrazarla, pero temeroso de hacerlo. La llamó por su nombre: no señorita Lilly, sino Maud. Lo dijo con una voz baja y feroz, y ella tembló y vaciló un momento, y luego asintió. El lanzó un gran suspiro, la tomó de la mano y se postró ante ella; pensé que aquello era forzar un poco las cosas, y hasta Maud pareció dudar. Dijo: «¡No, aquí no!», y me miró de repente; y él, al ver su expresión, dijo:
—¡Pero si podemos actuar con toda libertad delante de Sue! ¿Se lo ha dicho? ¿Lo sabe todo?
Se volvió hacia mí con un torpe ademán de la cabeza, como si le dolieran los ojos al mirar a otra cosa que no fuese Maud.
—Ah, Sue —dijo él—, si alguna vez has sido amiga de tu señora, ¡sé su amiga ahora! Si alguna vez has mirado con clemencia a una pareja de locos enamorados, ¡sé benevolente con nosotros!
Me miró intensamente. Le miré con igual intensidad.
—Me ha prometido ayudarnos —dijo Maud—. Pero, señor Rivers…
—Oh, Maud —dijo él a esto—, ¿quiere hacerme un desprecio?
Ella bajó la cabeza. Dijo:
—Richard, entonces.
—Eso está mejor.
El seguía de rodillas, con la cara levantada hacia arriba. Ella le tocó la mejilla. El giró la cabeza, le besó las manos y luego ella las retiró con presteza, y dijo:
—Sue nos ayudará todo lo que pueda. Pero debemos tener cuidado, Richard.
El sonrió y movió la cabeza. Dijo:
—¿Y tú crees, al verme ahora, que no lo tendré? —Se levantó y se separó de ella—. ¿Sabes lo cuidadoso que me hará ser mi amor? Mira, mírame las manos. Di que hay una telaraña tejida entre ellas. Es mi ambición. Y en el centro hay una araña, del color de una joya. La araña eres tú. Así voy a transportarte…, con tanta suavidad y tanto cuidado, sin la menor sacudida, que no sabrás que te llevo.
Dijo esto con sus blancas manos ahuecadas; mientras ella miraba el espacio que había entre ellas, él extendió los dedos y se rió. Yo miré a otra parte. Cuando volví a mirar a Maud, había cogido la mano de él con las suyas y las sostenía blandamente delante de su corazón. Parecía un poco más confiada. Cuchicheaban, sentados.
Y yo recordé todo lo que ella había dicho en las tumbas, y cómo se había restregado la palma de la mano. Pensé: «No ha sido nada, ya lo ha olvidado. ¿Cómo no va a amarle si es tan guapo y cariñoso?». Pensé: «Claro que le quiere». Observé cómo él se inclinaba hacia ella y la tocaba, y cómo ella se sonrojaba. Pensé: «¿Quién no le querría?». Al levantar la cabeza, él sorprendió mi mirada y yo, tontamente, también me puse colorada. Dijo:
—Conoces tus deberes, Sue. Estar ojo avizor. En su momento lo agradeceremos. Pero hoy…, bueno, ¿no tienes otras tareas que te reclamen en algún otro sitio?
Me indicó con la mirada la puerta del dormitorio de Maud.
—Hay un chelín para ti si lo haces —dijo.
A punto estuve de levantarme. A punto estuve de irme. Hasta tal punto me había habituado a hacer de doncella. Pero entonces vi a Maud. El color se le había borrado del rostro. Dijo:
—Pero ¿y si Margaret o alguna de las criadas viene a la puerta?
—¿Por qué iban a venir? —dijo Caballero—. Y si vienen, ¿qué oirán? Estaremos en perfecto silencio. Y entonces se irán. —Me sonrió—. Sé amable, Sue —dijo taimadamente—. Sé buena con los enamorados. ¿Nunca has tenido novio?
Tal vez me hubiera ido, antes de que dijera eso. Pero de pronto pensé que quién se había creído que era. Podía fingirse un lord; no era más que un estafador. Tenía un anillo falso en el dedo, y todas sus monedas eran de mentira. Yo sabía mejor que él los secretos de Maud. Dormía a su lado en la misma cama. Había conseguido que me quisiera como a una hermana; él la había asustado. ¡Podía ponerla en contra de él si yo quería! Ya era suficiente con que por fin se fuera a casar con ella. Ya bastaba con que pudiese besarla siempre que quisiera. No consentiría que ahora la arrastrase y la pusiera nerviosa. Pensé: «¡Maldito, obtendré mis tres mil libras sin tu ayuda!». De modo que dije:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:26 am

—No dejaré sola a la señorita Lilly. A su tío no le gustaría. Y si la señora Stiles lo supiera, perdería mi empleo.
El me miró y frunció el ceño. Maud no me miró en absoluto, pero yo sabía que me lo agradecía. Dijo, suavemente:
—Al fin y al cabo, Richard, no debemos pedirle demasiado a Sue. Pronto tendremos tiempo de sobra para estar juntos, ¿no?
El dijo que suponía que así era. Permanecieron juntos delante del fuego, y al cabo de un rato fui a sentarme a coser al lado de la ventana, y les dejé que se contemplaran a su antojo. Oía el siseo de sus susurros, la respiración acelerada de Caballero al reírse. Pero Maud guardaba silencio. Y cuando él se marchó, y tomó su mano y la apretó contra su boca, ella tembló tan fuerte que yo pensé en todas las veces en que la había visto temblar antes, y me pregunté cómo era posible que hubiese confundido con amor aquellos temblores. En cuanto estuvo cerrada la puerta se colocó ante el espejo, como hacía a menudo, para examinar su cara. Estuvo allí un minuto y luego se volvió. Se desplazó muy despacio y con paso muy quedo desde el espejo al sofá y del sofá a la silla, y de ésta a la ventana; recorrió, en suma, toda la habitación, hasta llegar a mi lado. Se inclinó para ver mi costura y su pelo, en la redecilla de terciopelo, rozó el mío.
—Has cosido bien —dijo, aunque esta vez no era cierto. Había cosido deprisa, y mis puntadas estaban torcidas.
Se levantó y no dijo nada. Una o dos veces respiró hondo. Creí que había algo que anhelaba preguntarme, pero que no se atrevía. Al final se distanció de nuevo. Así que nuestra trampa en la que yo había pensado con tanta ligereza y que tanto me había esforzado en tender estaba ya preparada, y sólo requería tiempo para actuar deprisa y activarla.
Caballero tenía un contrato de trabajo como secretario del señor Lilly hasta finales de abril, y se proponía cumplirlo hasta el último día, «Para que el viejo no tenga que acusarme de haberlo violado», me dijo riéndose, «junto con la violación de otras cosas». Proyectaba marcharse cuando estaba previsto, es decir, al atardecer del último día del mes; pero, en lugar de tomar el tren a Londres, se quedaría merodeando y volvería a la casa en mitad de la noche para recogernos a Maud y a mí. Tenía que llevársela sin que le pillaran y casarse con ella lo más rápido posible, y antes de que su tío lo supiera, encontrara a su sobrina y se la llevara de regreso a casa. Lo tenía todo planeado. No podía llevársela en un poni y un carro, porque nunca hubiera traspasado el pabellón del guardés. Se proponía alquilar una barca y llevarse a Maud por el río hasta una pequeña iglesia a trasmano, donde no supieran que era la sobrina del señor Lilly.
Ahora bien, para casarte con una chica en cualquier iglesia tienes que haber vivido en la parroquia durante quince días; pero solventó este detalle, como lo solventaba todo. Unos días después de que Maud le hubiera prometido su mano, se buscó un pretexto y se fue a caballo hasta Maidenhead. Obtuvo allí un permiso especial para la boda lo cual significaba que no tendrían que publicar las proclamas, y a continuación recorrió el condado en busca de la iglesia idónea. Encontró un pueblo tan pequeño ydestartalado que ni siquiera tenía nombre; por lo menos, es lo que él nos dijo. Dijo que el párroco era un borracho. Pegada a la iglesia había una casa rural cuya propietaria era una viuda que criaba cerdos de hocico negro. Por dos libras se avino a reservarle un cuarto y a jurar a cualquiera que le preguntase que Caballero había vivido allí un mes.
Mujeres así harían cualquier cosa por caballeros como él. Volvió aquella noche a Briar más contento que unas castañuelas y más apuesto que nunca; y vino a la sala de Maud y nos hizo sentarnos y nos contó en cuchicheos todo lo que había hecho. Cuando hubo acabado, Maud parecía pálida. Había empezado a malcomer y la cara se le había adelgazado. Tenía los párpados oscuros. Juntó las manos.
—Tres semanas —dijo.
Creí entender a qué se refería. Tenía tres semanas para querer a Caballero. La vi contando los días en su cabeza, y pensando. Pensaba en lo que se avecinaba al término de aquel plazo. Porque no había aprendido a quererle. Nunca llegaron a gustarle sus besos o el tacto de su mano en la de ella. Todavía se encogía, muerta de miedo, cuando él se acercaba; después, se armaba de valor, le dejaba aproximarse y le permitía que le tocase el cabello y la cara. Al principio supuse que él la tenía por una retrasada. Más tarde presumí que a él le gustaba que ella fuera tarda. Era cariñoso con ella, después apremiante y después, cuando ella se mostraba torpe o confusa, le decía:
—¡Oh! Ahora eres cruel. Creo que sólo quieres aprovecharte de mi amor.
—No, en absoluto —respondía ella—. No, ¿cómo puedes decir eso?
—No creo que me ames como deberías.
—¿Que no te amo?
—No lo manifiestas. ¿Quizás —y aquí me lanzaba una mirada maliciosa—, quizás suspiras por alguna otra persona?
Entonces ella le dejaba besarla, para demostrarle que no había nadie. Estaba envarada, o débil como una marioneta. Algunas veces estaba al borde de las lágrimas. El la consolaba. Se acusaba de ser un animal que no merecía el amor de Maud, que debía cedérsela a un pretendiente mejor; ella le consentía que la besara otra vez. Yo oía la unión de sus labios desde mi sitio frío junto a la ventana. Oía la mano de él trepando por su falda. De vez en cuando miraba, sólo para cerciorarme de que no la había asustado demasiado. Pero entonces no sabía qué era peor: si ver sus ojos cerrados, sus mejillas pálidas y su boca contra la barba, o cruzarme con su mirada cuando las lágrimas afluían y brotaban de ella.
—Déjala en paz, ¿por qué no la dejas? —le dije a él un día en que a ella la llamaron para que fuera a buscarle un libro a su tío—. ¿No ves que no le gusta que la acoses de ese modo?
Me miró extrañamente durante un segundo; enarcó las cejas.
—¿Que no le gusta? —dijo—. No desea otra cosa.
—Te tiene miedo.
—Tiene miedo de sí misma. Les pasa a todas las chicas como ella. Pero por muchos melindres que hagan y reparos que pongan, al final todas quieren lo mismo.
Hizo una pausa y después se rió. Lo consideraba un chiste sucio.
—Lo que quiere de ti es que la saques de Briar —dije—. De lo demás no sabe nada.
—Siempre dicen que no saben nada —respondió, bostezando—. En su corazón, en sus sueños, lo saben todo. Lo maman en la leche del pecho de sus madres. ¿No la has oído en la cama? ¿No se retuerce y suspira? Suspira por mí. Tienes que aguzar el oído. Debería ir a escuchar contigo. ¿Lo hago? ¿Voy esta noche a tu habitación? Me llevas a la de ella. Observaremos lo fuerte que le late el corazón. Le quitarás el vestido para que yo la vea.
Yo sabía que estaba bromeando. Nunca se habría arriesgado a perderlo todo por una payasada así. Pero al oír sus palabras me imaginé que venía. Me imaginé que le quitaba el vestido. Ruborizada, le di la espalda. Dije:
—No encontrarías mi habitación.
—Pues claro que la encontraría. Tengo el plano de la casa, gracias al afilador. Es un buen chico, muy parlanchín. —Volvió a reírse, esta vez más fuerte, y se estiró en su asiento—. ¡Imagínate qué divertido!¿Y qué daño iba a hacerle a ella? Haría menos ruido que un ratón. Soy bueno para el sigilo. Sólo echaría un vistazo. O a lo mejor a ella le gustaría verme allí al despertar… como a la chica del poema.
Yo sabía muchos poemas. Todos versaban sobre ladrones a los que unos soldados arrancaban de los brazos de sus novias; y uno trataba de un gato al que tiraban a un pozo. Pero no conocía el que él había mencionado, y no conocerlo me puso picajosa.
—Déjala en paz —dije. Quizás notó algo en mi tono. Me miró de arriba abajo, y su voz se tornó melosa.
—Oh, Suky —dijo—, ¿te has vuelto remilgada? ¿Has aprendido carantoñas en tu temporada de finura? ¿Quién habría dicho que iba a gustarte tanto servir a señoras, con esos compinches que tienes y un hogar como el tuyo? ¿Qué diría la señora Sucksby, y Dainty, y Johnny, si te vieran ahora esos rubores?
—Dirían que tengo un corazón tierno —dije, sulfurada—. Y quizás lo tenga. ¿Qué tiene eso de malo?
—Maldita sea —dijo él, enfureciéndose también—. ¿Para qué le sirve un corazón tierno a una chica como tú? ¿De qué le serviría a una chica como Dainty? Salvo, quizás, para matarla. —Señaló con un gesto la puerta por la que Maud había ido a ver a su tío—. ¿Acaso te crees que le importan tus escrúpulos? Quiere tus manos en los encajes de sus corsés, en su peine, en el asa de su orinal. ¡Por el amor de Dios, mírate! —Yo me había vuelto y había cogido el chal de Maud, y lo estaba doblando. Me lo arrancó de las manos—. ¿Desde cuándo eres tan dócil, tan ordenada? ¿Qué te crees que le debes? Escúchame. Conozco a su gente. Soy uno de ellos. No me hables como si ella te retuviera en Briar por pura bondad, ¡ni como si tú hubieras venido por un arranque de ternura! Tu corazón, como tú lo llamas, y el de ella son parecidos, en suma: son como el mío, como el de todo el mundo. Se parecen muchísimo a esos contadores que hay en las tuberías de gas: sólo se animan y pitan cuando les metes monedas. La señora Sucksby debería habértelo enseñado.
—La señora Sucksby me ha enseñado cantidad de cosas, y no lo que me estás diciendo ahora —dije.
—La señora Sucksby te ha mimado demasiado —respondió—. Demasiado. Los chicos del barrio tienen razón cuando te llaman lenta. Demasiado mimada y demasiado tiempo. Como esto.
Me mostró el puño.
—Anda y que te jodan —dije.
Al oír esto, los mofletes, por detrás de sus patillas, se le pusieron rojísimos y pensé que iba a levantarse a pegarme. Pero sólo se inclinó hacia mí en su asiento, y extendió el brazo para agarrar el de mi silla. Dijo con calma:
—Otra rabieta como ésa, Sue, y te dejaré caer como a una piedra. ¿Me has entendido? He ido ya tan lejos que puedo prescindir de ti si es necesario. Maud hará todo lo que yo le diga. ¿Y si mi antigua nodriza, pongamos, cae enferma de repente en Londres y necesita que su sobrina le atienda? ¿Qué harías entonces? ¿Te gustaría volver a ponerte tu vestido viejo y volver a Lant Street con las manos vacías?
—¡Se lo diría al señor Lilly! —dije.
—¿Crees que te recibiría en su habitación el tiempo suficiente para escucharte?
—Pues se lo diría a Maud.
—Adelante. ¿Y por qué no le dices, puestos a ello, que tengo un rabo en punta y pezuñas hendidas? Así aparecería yo en el escenario si tuviese que representar mis crímenes. Pero nadie espera conocer a un hombre como yo en la vida. Ella no te creería. ¡No puede permitírselo! Porque ya hemos ido muy lejos, y ahora o se casa conmigo o se queda poco menos que arruinada. Tiene que hacer lo que yo le diga o quedarse aquí, sin hacer nada, el resto de su vida. ¿Crees que lo hará?
¿Qué podía decir yo? Prácticamente ella me había confesado que no lo haría. Con que me callé. Pero a partir de ese momento creo que odié a Caballero. Siguió agarrando mi silla, con sus ojos en los míos, durante unos instantes; luego se oyó el roce de las pantuflas de Maud en la escalera y, un segundo después, su rostro apareció en la puerta. El, naturalmente, se recostó en su silla y cambió de expresión. Se levantó, me levanté e hice una especie de desesperada reverencia. Él se precipitó hacia ella y la condujo hacia el fuego.
—Tienes frío —dijo.
Estaban delante de la chimenea, pero yo les veía la cara en el espejo. Ella miraba los carbones del hogar. Me dirigió una mirada. El suspiró y meneó su odiosa cabeza.
—Oh, Sue —dijo—, hoy estás de lo más seria.
Maud alzó la vista.
—¿Qué pasa? —dijo.
Tragué saliva sin decir nada. El dijo:
—La pobre Sue está harta de mí. La he estado pinchando cuando tú estabas fuera.
—¿Pinchando cómo? —preguntó ella, medio sonriendo y medio ceñuda.
—Pues no dejándola coser, ¡y no parando de hablar de ti! Dice que tiene un corazón tierno. No tiene corazón en absoluto. Le he dicho que me dolían los ojos de no verte; ella me ha dicho que los envolviera en una toalla y que me fuese a mi cuarto. Le he dicho que los oídos me zumbaban de no oír tu dulce voz; ella quería llamar a Margaret para que me vertiera aceite de ricino en ellos. Le he enseñado esta mano inmaculadamente blanca, que pide tus besos. Me ha dicho que la coja y…
Hizo una pausa.
—¿Y qué? —dijo Maud.
—Que me la meta en el bolsillo.
Y sonrió. Maud me miró de un modo dubitativo.
—Pobre mano —dijo al fin.
El levantó el brazo.
—Sigue pidiendo tus besos —dijo.
Ella vaciló, después cogió su mano y la sostuvo en las suyas delgadas y le rozó los dedos, los nudillos, con sus labios.
—Ahí no —dijo él enseguida, cuando ella hizo esto—. Ahí no: aquí.
Giró la muñeca y le mostró la palma. Ella titubeó otra vez y bajó la cabeza hacia ella. La palma le cubrió la boca, la nariz, la mitad de la cara. El captó mi mirada y asintió. Me volví para no verle.
Porque tenía razón, el condenado. No sobre Maud, pues yo sabía que, dijera lo que dijese sobre corazones y tuberías de gas, ella era dulce y buena, era todo suavidad y hermosura y bondad. Pero tenía razón sobre mí. ¿Cómo iba a volver al barrio con las manos vacías? Se suponía que tenía que hacer rica a la señora Sucksby. ¿Cómo iba a volver donde ella, y donde Ibbs y donde John, diciendo: «He echado al traste el plan, he renunciado a tres mil libras, porque…»?
¿Porque qué? ¿Porque mis sentimientos eran más tiernos de lo que yo pensaba? Dirían que me había faltado valor. ¡Se reirían de mí en mi cara! Yo gozaba de cierta posición. Era la hija de una asesina. Tenía expectativas. Los sentimientos tiernos no entraban en ellas. ¿Cómo podían entrar? Y además, si desistía del plan, ¿eso salvaría a Maud? Pongamos que volvía a casa: Caballero se casaría con ella y la encerraría, de todos modos. O supongamos que le delataba. Le expulsarían de Briar, el señor Lilly redoblaría su vigilancia sobre Maud y hasta puede que la metiera en un manicomio. En cualquier caso, no le veía demasiadas salidas.
Pero todas las bazas de Maud ya se habían jugado años atrás. Era como una rama a merced de un río impetuoso. Era como la leche: demasiado blanca, pura, sencilla. Estaba hecha para que la estropeasen. Además, nadie tenía bazas halagüeñas, allí de donde yo venía. Y aunque Maud estuviese abocada al desastre, ¿eso quería decir que yo también lo estaba?
No lo creía. Así que, a pesar de que la compadecía, como he dicho, no me daba tanta pena como para intentar salvarla. Nunca pensé seriamente en decirle la verdad, en desenmascarar a Caballero como el granuja que era, en hacer algo, lo que fuese, que echase a pique nuestro plan y nos impidiera arrebatarle su fortuna. La dejaba creer que él la amaba y que era un hombre amable. La dejaba creer que era delicado. Veía que ella procuraba parecerse a él, sabiendo yo en todo momento que él se proponía raptarla, engañarla, follarla y encerrarla. La veía adelgazar. La veía pálida y desmedrada. La veía sentada con la cabeza entre las manos, pasándose la yema de los dedos por su frente dolorida, deseando ser cualquier otra persona que no fuera ella misma, y que Briar fuese cualquier casa menos la de su tío, y Caballero cualquier hombre menos aquél con quien debía casarse; y yo aborrecía todo esto, pero miraba a otro lado. Pensé: No tiene remedio. Pensé: Es asunto de ellos.
Pero aquí había algo curioso. Cuanto más intentaba dejar de pensar en Maud, cuanto más me decía: «No representa nada para ti», cuanto más empeño ponía en desterrar su imagen, tanto más se aferraba a mi alma. Pasaba el día sentada o paseando con ella, tan consciente del destino hacia el cual la conducía que apenas osaba tocarla o sostener su mirada; y toda la noche la pasaba de espaldas a ella, con la manta encima de mis oídos para no oír sus suspiros. Pero en las horas intermedias, las que ella pasaba con su tío, la sentía, la percibía a través de las paredes de la casa, como dicen que algunos bribones ciegos son capaces de percibir el oro. Era como si algo se hubiese interpuesto entra las dos, sin que yo lo supiera: una especie de hilo. Me atraía hacia ella, dondequiera que estuviese. Era como… Es como si la amases, pensé.
Se operó un cambio en mí. Estaba nerviosa y asustada. Pensé que si ella me miraba se daría cuenta; o se daría cuenta Caballero, o Margaret, o la señora Stiles. Imaginé que el rumor llegaba a Lant Street, que llegaba a conocimiento de John; pensaba en John más que en cualquier otro. Pensaba en su expresión, en su risa. «¿Qué he hecho?», me imaginaba diciendo. «¡No he hecho nada!». Y así era. Era sólo, como he dicho, que pensaba mucho en ella, que la sentía. Hasta sus ropas me parecían cambiadas, sus zapatos y sus medias: me parecía que conservaban su forma, el calor y el olor de Maud; no me gustaba doblar y alisar sus prendas. Sus habitaciones parecían cambiadas. Empecé a deambular por ellas como había hecho mi primer día en Briar y a curiosear todas las cosas que ella había cogido y tocado. Su caja y el retrato de su madre. Sus libros. ¿Tendría libros en el manicomio? Su peine, con cabellos prendidos en él.
¿Alguien peinaría aquellos cabellos? Su espejo. Empecé a colocarme donde a ella le gustaba colocarse, cerca del fuego, y a examinar mi cara como había visto que ella examinaba la suya. «Faltan diez días», me decía. «¡Diez días y serás rica!». Pero apenas lo hube dicho, atravesó estas palabras el repique de la gran campana de la casa, y me estremecí al pensar que nuestro plan se aproximaba a su fin, aunque sólo fuese en una hora, y que las fauces de nuestra trampa se apretaban un poco más alrededor de Maud y eran más difíciles de despegar. Por supuesto, ella también notaba el transcurso de las horas. Esto la inducía a aferrarse a sus antiguos hábitos: pasear, comer, tumbarse en la cama, hacerlo todo con mayor rigidez, más pulcritud, más como una muñeca de cuerda que antes. Creo que lo hacía para sentirse más segura; o, si no, para evitar que el tiempo discurriese demasiado aprisa. La observaba tomar el té, coger la taza, dar un sorbo, posarla, cogerla y dar otro sorbo, como haría una maquinaria; o la veía coser, dando puntadas torcidas, nerviosas y rápidas; y tenía que apartar mi vista. Pensaba en aquella vez en que había retirado la alfombra para bailar una polca con ella. Pensaba en el día en que había limado su diente puntiagudo. Recordaba que le había sujetado la mandíbula, y la humedad de su lengua. Entonces me había parecido algo normal, pero ahora no acertaba a figurarme que meterle un dedo en la boca fuese un acto normal…
Empezó a soñar de nuevo. Empezó a despertarse, desconcertada, en mitad de la noche. En un par de ocasiones se levantó de la cama: abrí los ojos y la encontré moviéndose extrañamente por el dormitorio. «¿Estás ahí?», dijo, cuando me oyó removerme, y volvió a mi lado, se tumbó y tembló. A veces extendía el brazo hacia mí. Pero apenas sus manos llegaban a tocarme, las retiraba. A veces lloraba. O me hacía preguntas raras: «¿Soy real? ¿Me ves? ¿Soy real?».
—Vuelva a dormirse —le dije una noche, cerca del amanecer.
—Me da miedo —dijo—. Oh, Sue, me da miedo…
Su voz, en esta ocasión, no era nada turbia, sino clara y suave, y tan desdichada que me desveló del todo y le miré a la cara. No se la veía. El cabo de vela que siempre tenía al lado de la cama debía de haberse caído contra su pantalla o se había consumido. Las cortinas estaban bajadas, como siempre. Creo que eran las tres o las cuatro de la mañana. La cama estaba oscura como una caja. Maud exhalaba aire en la oscuridad. Su aliento me dio en la boca.
—¿Qué pasa? —dije.
—He soñado… —dijo—, he soñado que estaba casada.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:27 am

Volví la cabeza. Su aliento me sopló esta vez en el oído. Demasiado ruidoso, me pareció, en el silencio. De nuevo moví la cabeza. Dije:
—Bueno, pronto estará casada de verdad.
—¿Sí?
—Usted sabe que sí. Ahora, vuelva a dormir.
Pero no lo hizo. La notaba tumbada, pero muy rígida. Notaba el latido de su corazón. Por fin repitió, en un susurro:
—Sue…
—¿Sí, señorita?
Ella se humedeció la boca.
—¿Crees que soy buena? —dijo.
Lo dijo con voz de niña. Estas palabras me incomodaron un poco. Me volví de nuevo y escudriñé la oscuridad, tratando de distinguir su cara.
—¿Buena, señorita? —dije, bizqueando.
—Sí —dijo, tristemente.
—¡Pues claro!
—Ojalá no lo fuera. Ojalá no. Ojalá… fuera lista.
«Ojalá se durmiera», pensé yo. Pero no lo dije. Dije, en cambio:
—¿Lista? ¿Acaso no lo es? ¿Una chica como usted, que se ha leído todos esos libros de su tío?
Ella no respondió. Permaneció tumbada, inmóvil como antes. Pero el corazón le latía más deprisa; noté sus bandazos. La oí inhalar aire. Lo retuvo. Luego habló.
—Sue —dijo—, me gustaría que me dijeras…
La verdad pensé que iba a decir; y mi corazón se aceleró como el suyo. Empecé a sudar. Pensé: «Lo sabe. ¡Lo ha adivinado!». Y casi pensé: ¡Gracias a Dios! Pero no era eso. En absoluto. Volvió a inhalar y de nuevo percibí que se azoraba para preguntar algo horrible. Yo debería haber sabido de qué se trataba, porque llevaba un mes, creo, angustiada por preguntarlo. Por fin, se le escaparon las palabras.
—Me gustaría que me dijeras —dijo— qué tiene que hacer una mujer la noche de bodas.
Me sonrojé al oírla. Quizás ella también. Estaba demasiado oscuro para verlo. Dije:
—¿No lo sabe?
—Sé que hay… algo.
—¿Pero no sabe qué?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Pero, en serio, señorita: ¿no lo sabe?
—¿Cómo voy a saberlo? —exclamó, incorporándose de la almohada—. ¿No lo ves, no lo ves? ¡Soy tan ignorante que ni siquiera sé qué es lo que ignoro! —Se estremeció. Noté que se reponía—. Creo — dijo con una voz monocorde y forzada—, creo que me besará. ¿No es eso?
Sentí otra vez su aliento en la cara. Sentí la palabra, besará. Volví a ruborizarme.
—¿Me besará? —dijo.
—Sí, señorita.
Noté que asentía.
—¿En la mejilla? —dijo—. ¿En la boca?
—Yo diría que en la boca.
—En la boca. Por supuesto…
Se llevó las manos a la cara: vi por fin, a través de la oscuridad, la blancura de sus guantes, oí el roce de sus dedos al pasarlos por los labios. El sonido fue más perceptible de lo que debería haber sido. La cama parecía más cercana y más negra que nunca. Ojalá no se hubiera apagado la vela. Deseé creo que fue la única vez que lo hice que sonara el reloj. Persistió el silencio, sólo se oía la respiración de Maud. Sólo la oscuridad y sus manos pálidas. El mundo podría haberse encogido o desmembrado.
—¿Qué más querrá que haga? —preguntó.
Pensé: «Díselo rápido. Será lo mejor. Rápido y claro». Pero era difícil ser clara con ella.
—Querrá —dije al cabo de un momento— abrazarla.
Su mano se puso rígida. Creo que parpadeó. Creo que la oí hacerlo. Dijo:
—¿Te refieres a que me estrechará en sus brazos?
Cuando dijo esto, me la imaginé al instante en los brazos de Caballero. Les vi de pie, como ves a veces, de noche, a hombres y a chicas, en portales del barrio o contra las paredes. Desvías la mirada. Ahora intenté hacerlo, pero no pude, porque no había un sitio donde ponerla, salvo la oscuridad. Mi mente arrojaba imágenes sobre ella, nítidas como filminas. Me percaté de que ella aguardaba. Dije, azorada:
—No hace falta estar de pie. Es cansado, de pie. Es sólo para el caso de que no haya un sitio donde tumbarse, o de que haya prisa. Un caballero abrazará a su esposa en un sofá o en una cama. Una cama es lo mejor.
—¿Una cama como ésta? —dijo ella.
—Quizás… ¡aunque costará un trabajo de mil diablos dejar las plumas como estaban cuando hayan terminado!
Me reí, pero fue una risa demasiado fuerte. Maud se amedrentó. Luego torció el gesto.
—Terminado… —murmuró, como intrigada por la palabra—. ¿Terminado qué? —dijo—. ¿El abrazo?
—Terminado el acto —dije.
—¿Quieres decir el abrazo?
—El acto. ¡Qué oscuro está! ¿Dónde está la luz?… El acto. ¿Se puede hablar más claro?
—Yo creo que sí, Sue. Hablas de camas, de plumas. ¿Qué es todo eso? ¿Qué es eso del acto? ¿Qué es?
—Es lo que sigue —dije— después de los besos y abrazos en una cama. Es el hecho en sí. Los besos son sólo para encenderla. Luego vienen las ganas de…, como cuando quieres bailar, con un compás, una música. ¿Nunca ha…?
—¿Qué?
—Nada —dije. Seguía moviéndome, inquieta—. No debe preocuparse. Será fácil. Como bailar.
—Pero bailar no es fácil —dijo, insistente—. Hay que aprender. Tú me enseñaste.
—Esto es distinto.
—¿Por qué?
—Hay muchas formas de bailar. Pero esto sólo se puede hacer de una manera. La aprenderá en cuanto haya empezado.
Noté que meneaba la cabeza.
—No creo que la aprenda —dijo tristemente—. No creo que los besos me enciendan. Los del señor Rivers nunca lo han hecho. ¿Y si a mi boca le falta un determinado músculo o nervio que es necesario…?
—Por Dios, señorita —dije—. ¿Es usted una chica o un cirujano? Pues claro que su boca responderá. Fíjese. —Ella me había enardecido. Me había dado cuerda, como a un muelle. Me incorporé de la almohada—. ¿Dónde están sus labios? —dije.
—¿Mis labios? —respondió. Con tono de sorpresa—: Aquí.
Los encontré y la besé. Sabía cómo se hacía, porque Dainty me había enseñado una vez. Besar a Maud, sin embargo, no fue como besar a Dainty. Fue como besar las tinieblas. Como si la oscuridad tuviese vida, forma, sabor, como si fuera cálida y locuaz. Al principio no movió la boca. Después la movió contra la mía. Luego se abrió. Sentí su lengua. La sentí tragar saliva. Sentí… Lo había hecho sólo para enseñarle. Pero con mi boca en la suya sentí que brotaba en mí todo lo que le había dicho que brotaría en ella cuando Caballero la besase. Me entró un vértigo. Me puse más colorada que nunca. Era como un licor. Me emborrachaba. La solté. Cuando su aliento volvió a soplarme en la boca, estaba frío. Yo tenía la boca mojada, como la suya. Dije, en un susurro:
—¿Lo ha sentido?
Las palabras sonaron extrañas, como si el beso me hubiese producido un efecto en la lengua. Ella no contestó. No se movió. Respiraba, pero estaba tan quieta que de repente pensé: «¿Y si la he puesto en trance? ¿Si no se recobra? ¿Qué le diré a su tío…?». Ella se movió un poco. A continuación habló.
—Lo he sentido —dijo. Su voz sonaba tan rara como la mía—. Me has hecho sentirlo. Es algo tan curioso, tan incompleto. Nunca…
—Lo completará el señor Rivers —dije.
—¿Sí?
—Creo que sí.
—No sé. No lo sé.
Lo dijo con tristeza. Pero volvió a moverse, y el movimiento la aproximó a mí. Su boca se acercó a la mía. Fue como si apenas supiera lo que estaba haciendo, o lo supiera pero no pudiese evitarlo. Repitió:
—¡Tengo miedo!
—No tenga miedo —dije al instante. Porque sabía que no debía tenerlo. ¿Y si se asustaba tanto que desistía de casarse con él?
Eso pensé. Pensé que si no la enseñaba a hacer aquello, su temor frustraría nuestro plan. Así que la besé otra vez. Después la toqué. Le toqué la cara. Empecé por el punto en que se fundían nuestros labios por sus comisuras húmedas y blandas y seguí por la mandíbula, las mejillas, la frente. La había tocado antes, al lavarla y vestirla, pero nunca de aquel modo. ¡Qué piel más suave tenía! ¡Qué cálida! Era como si estuviese extrayendo de la oscuridad el calor y la forma de Maud; como si la oscuridad se estuviese haciendo sólida y creciera deprisa entre mis manos.
Empezó a temblar. Supuse que todavía estaba asustada. Luego yo también temblé. A partir de entonces me olvidé de Caballero. Pensé sólo en ella. Cuando las lágrimas le humedecieron el rostro, las enjugué a besos.
—Mi perla —dije. ¡Era tan blanca!—. Mi perla, mi perla, mi perla.
Era fácil decirlo en la oscuridad. Era fácil hacerlo. Pero a la mañana siguiente, al despertar, cuando vi las franjas de luz gris entre las cortinas de la cama, recordé lo que había hecho y pensé: Dios mío. Maud dormía todavía, con el ceño fruncido. Tenía la boca abierta. Y los labios secos. Los míos también lo estaban, y levanté la mano para tocarlos. La aparté: olía a ella. El olor me estremeció por dentro. El escalofrío era un fantasma del que se había adueñado de mí de las dos cuando la estreché en mis brazos por la noche. Poseerte, llamaban a aquello las chicas del barrio. ¿Te ha poseído…? Te, dirán que te asalta como un estornudo, pero un estornudo no tiene nada que ver con eso, nada de nada…
Me estremecí de nuevo, recordando. Toqué con la lengua la yema de un dedo. Tenía un sabor punzante, como el vinagre, la sangre. Como el dinero.
Me asusté. Maud hizo un movimiento. Me levanté sin mirarla. Fui a mi habitación. Empecé a sentirme mal. Quizás me habían emborrachado. Quizás me había sentado mal la cerveza que había tomado en la cena. Quizás tenía fiebre. Me lavé las manos y la cara. El agua estaba tan fría que casi picaba. Me lavé entre las piernas. Luego me vestí. Aguardé. Oí que Maud se despertaba y se movía, y fui despacio hacia ella. La vi por el hueco abierto entre las cortinas. Se había incorporado en la almohada. Intentaba atarse los cordones de su camisón. Yo se los había soltado durante la noche.
Al verlo, se me revolvieron de nuevo las tripas. Pero cuando ella alzó los ojos hacia mí, miré a otro lado. ¡Miré a otro sitio! Y ella no me llamó a su lado. No habló. Me miró moverme por la habitación, pero no dijo nada. Llegó Margaret con carbones y agua: yo sacaba ropa del ropero, con la cara roja como un tomate, mientras ella se arrodillaba ante el hogar. Maud seguía acostada. Margaret se marchó. Saqué un vestido, enaguas y zapatos. Vertí agua.
—¿Viene a que la vista? —dije.
Lo hizo. De pie, levantó despacio los brazos y yo le alcé el camisón. Sus muslos estaban sonrosados. El vello ensortijado entre sus piernas era moreno. Sobre el pecho tenía una contusión rojiza, en el punto donde yo lo había besado con fuerza. Se lo cubrí. Ella podría haberme detenido. Podría haberme puesto sus manos en las mías. ¡Ella era la señora, al fin y al cabo! Pero no hizo nada. La hice acompañarme hasta el espejo plateado encima de la chimenea, y mantuvo los ojos bajos mientras yo la peinaba y le recogía con alfileres el pelo. Si notó el temblor de mis dedos contra su cara, no lo dejó ver. Sólo cuando yo casi había acabado levantó la cabeza y captó mi mirada. Entonces parpadeó, y pareció buscar las palabras. Dijo:
—He dormido muy profundamente, ¿verdad?
—Sí —dije. Me temblaba la voz—. Sin sueños.
—Sólo he soñado una cosa —dijo—. Pero era… un sueño dulce. Creo…, creo que aparecías tú, Sue…
Mantuvo fijos sus ojos en los míos, como si aguardara. Vi la sangre que latía en su garganta. Si en ese momento la hubiese atraído hacia mí, ella me habría besado. Si hubiese dicho: «Te quiero», ella lo habría repetido, y todo habría cambiado. Podría haberla salvado. Habría encontrado un modo no sé cuál de rescatarla de su destino. Habríamos engañado a Caballero. Habría huido con ella, a Lant Street…
Pero si hacía eso, ella descubriría que yo era una granuja. Pensé en decirle la verdad; y temblé todavía más. No podía decírsela. Era una chica demasiado sencilla. Demasiado buena. ¡Si hubiera habido alguna mácula en ella, alguna mota de maldad en su corazón…! Pero no había ninguna. Sólo aquella contusión roja… Un único beso la había producido. ¿Qué iba a hacer ella en el barrio? Pero ¿qué iba a hacer yo si volvía al barrio con ella a mi lado? Oí otra vez la risa de John. Pensé en la señora Sucksby. Maud me observaba la cara. Le puse el último alfiler en el pelo y a continuación la redecilla de terciopelo. Tragué saliva y dije:
—¿En su sueño? No lo creo, señorita. Yo no. Sería…, sería el señor Rivers. —Me acerqué a la ventana—. ¡Mire, ahí está! Ya casi se ha fumado el cigarrillo. ¡Se marchará, si tarda!
Estuvimos mutuamente incómodas todo aquel día. Paseamos, pero separadas. Ella extendió el brazo para enlazarlo con el mío, pero yo me aparté. Y aquella noche, cuando ya la había acostado y estaba bajando las cortinas, miré al espacio vacío a su lado y dije:
—Las noches se han vuelto muy calurosas, señorita. ¿No le parece que dormirá mejor sola…?
Volví a mi cama estrecha, con sábanas como láminas de hojaldre. La oí removerse y suspirar durante toda la noche; y yo me removí y suspiré también. Noté que el hilo que nos unía tiraba y tiraba de mi corazón, tan fuerte que me hacía daño. Cien veces estuve a punto de levantarme y de ir a su cama; cien veces pensé: ¡Ve con ella! ¿A qué estás esperando? ¡Vuelve a su lado! Pero todas las veces pensé en lo que ocurriría si lo hiciera. Sabía que no podía acostarme a su lado sin tener deseos de tocarla. No habría podido sentir su aliento en mi boca sin querer besarla. Y no habría podido besarla sin desear salvarla.
Así que no hice nada. No hice nada, tampoco, a la noche siguiente, ni a la otra; y pronto no hubo más noches: el tiempo, que siempre había discurrido tan despacio, de repente transcurrió aprisa, y llegó el fin de abril. Y para entonces era demasiado tarde para cambiar las cosas.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:27 am

Caballero fue el primero en marcharse. El señor Lilly y Maud le despidieron en la puerta de la casa, y yo observé desde la ventana. Ella le tendió la mano y él hizo una reverencia. Luego el coche le transportó hasta la estación de Marlow. Iba sentado con los brazos cruzados, el sombrero hacia atrás, la cara hacia nosotras, la mirada puesta ya en Maud, ya en mí.
«Ahí se va el demonio», pensé.
No hizo señal alguna. No le hacía falta. Había repasado el plan con nosotras y lo conocíamos de memoria. Viajaría cinco kilómetros en tren y luego aguardaría. Teníamos que permanecer hasta medianoche en la sala de Maud, y después salir. Nos reuniríamos con él en el río, cuando el reloj diera las doce y media.
El día transcurrió exactamente como siempre. Maud fue a ver a su tío, como tenía por costumbre, y yo trajiné por sus habitaciones, examinando las cosas; sólo que esta vez, por supuesto, buscaba las que debíamos llevarnos. Almorzamos. Paseamos por el parque, fuimos hasta el almacén del hielo, las tumbas y el río. Aunque era la última vez que hacíamos este itinerario, las cosas parecían igual que siempre. Eramos nosotras las que habíamos cambiado. Caminamos sin hablar. De vez en cuando nuestras faldas se juntaban y en una ocasión las manos, y nos separábamos, como si alguien nos hubiera pinchado, pero no sé si ella también se ponía colorada, porque no la miraba. De vuelta en su habitación, se quedó inmóvil como una estatua. Solamente a ratos la oía suspirar. Sentada ante su mesa, frente a su joyero lleno de broches y anillos, yo abrillantaba las piedras con el vinagre que había en un platillo. Pensé que más valía hacer aquello que nada. En un momento dado, ella se acercó a mirar. Luego se retiró, enjugándose los ojos. Dijo que el vinagre se los irritaba. A mí también. Llegó el atardecer. Cada una se fue a cenar por su cuenta. Abajo, en la cocina, todo el mundo estaba decaído.
«No parece lo mismo, ahora que el señor Rivers se ha ido», decían.
Bizcocho, la cocinera, tenía la cara sombría como el trueno. Cuando Margaret dejó caer una cuchara al suelo, ella le asestó con un cazo un golpe que le hizo chillar. Y en cuanto nos sentamos a la mesa, Charles prorrumpió en llanto y tuvo que salir corriendo de la cocina, quitándose los mocos de la barbilla.
—Se lo ha tomado muy a pecho —dijo una de las camareras—. Se había hecho a la idea de ir a Londres como criado del señor Rivers.
—¡Vuelve aquí! —gritó Way, puesto en pie, con la peluca suelta—. ¡Si yo tuviera tu edad, si fuera un chico como tu, estaría avergonzado!
Pero Charles no quiso volver, le llamara Way o quien fuera. Había servido el desayuno a Caballero, lustrado sus botas, cepillado sus chaquetas elegantes. Ahora se quedaría empantanado, afilando cuchillos y abrillantando vasos, en la casa más silenciosa de Inglaterra. Se sentó a llorar en la escalera, y se daba cabezazos contra la barandilla. Way fue donde él y le propinó una paliza. Oímos los impactos de su cinturón contra el trasero de Charles, y sus aullidos. En cierto modo, esto aguó la cena. Comimos en silencio, y cuando acabamos y Way ya había vuelto, con la cara púrpura y la peluca escorada, no fui con él y Stiles a tomar mi budín. Dije que me dolía la cabeza. Casi era verdad. Stiles me miró de arriba abajo, y luego apartó la vista.
—Qué mal aspecto tiene, señorita Smith —dijo—. Es como si se hubiera dejado la salud en Londres.
Pero me importaba un bledo lo que ella pensara. No volvería a verla, ni tampoco a Way ni a Margaret ni a Bizcocho. Di las buenas noches y subí a mi cuarto. Maud, por supuesto, estaba con su tío. Hasta que llegó hice lo que habíamos planeado, y recogí todos los vestidos y zapatos y prendas que habíamos decidido llevarnos. Todo lo cual era de ella. Dejé allí mi vestido de tela marrón. No me lo había puesto desde hacía más de un mes. Lo metí en el fondo de mi baúl, que también dejé allí. Sólo podíamos llevar bolsas. Maud había encontrado dos maletas antiguas de su madre. El cuero estaba húmedo, con un lamparón blanco. Estaban marcadas en una placa de latón con letras tan grandes que hasta yo las leía: una M y una L, el nombre de su madre, que era el mismo que el de Maud. Forré las maletas con papel y las llené hasta arriba. En una la más pesada, que yo acarrearía puse las joyas que había pulido. Las envolví en lino, para protegerlas de los tumbos y para que no se deslucieran. Junto a ellas metí un guante de Maud, uno blanco de cabritilla, con botones de nácar. Se lo había puesto una vez y creía que lo había perdido. Me propuse guardarlo como un recuerdo de ella. Pensé que el corazón se me partía en dos. Ella subió de donde su tío. Llegó retorciéndose las manos.
—¡Oh! —dijo—. ¡Qué dolor de cabeza! ¡Pensé que esta noche no me soltaría nunca!
Yo había adivinado que ella llegaría así; y había cogido de Way un poco de vino, a modo de cordial. Le hice sentarse y beber un poquito, y luego mojé un pañuelo con vino y le froté con él los laterales de la frente. El vino tiñó el pañuelo de rosa, y la cabeza de Maud, donde se la froté, se puso carmesí. Tenía la cara fría al tacto. Movió los párpados. Cuando los levantó, me hice a un lado.
—Gracias —dijo en voz baja, con los ojos muy benévolos.
Bebió un poco más. Era un vino de calidad. Yo apuré lo que ella dejó, que me traspasó como una llama.
—Ahora tiene que cambiarse —dije. Se había vestido para la cena. Yo le había preparado el camisón—. Pero tenemos que dejar el armazón.
No había sitio, en efecto, para el miriñaque. Sin él, su vestido corto por fin se convirtió en largo, y parecía más esbelta que nunca. Había adelgazado. Le di botas sólidas para que se las calzara. Le enseñé las maletas. Las tocó y meneó la cabeza.
—Te has encargado de todo —dijo—. Yo nunca hubiera pensado en todo esto. Sin ti no habría podido hacer nada.
Sostuvo mi mirada, con expresión agradecida y triste. A saber cómo estaba mi cara. Me di media vuelta. La casa crujía, se asentaba a medida que las criadas subían al piso de arriba. Sonó de nuevo el reloj, dando las nueve y media. Dijo:
—Tres horas, hasta que venga.
Lo dijo con el mismo tono lento y medroso con que en una ocasión le había oído decir: «Tres semanas». Apagamos la lámpara de la sala y nos apostamos en la ventana. No veíamos el río, pero contemplamos la tapia del parque y pensamos en el agua que se extendía detrás, fría y a punto, y que esperaba, igual que nosotras. Aguardamos una hora sin decir casi nada. A ratos ella temblaba. «¿Tiene frío?», le preguntaba. Pero no tenía frío. Por fin la espera empezó a afectarme los nervios. Pensé que quizás no había empacado las cosas como era debido; que quizás me había olvidado de su ropa interior, o de sus joyas, o de aquel guante blanco. Sabía que había metido el guante, pero empezaba a reconcomerme como Maud, inquieta como una pulga. La dejé en la ventana, fui a su dormitorio y abrí las maletas. Saqué todos los vestidos y la ropa blanca y volví a empacarlos. Después, cuando apretaba una tira sobre una hebilla, se rompió. El cuero eran tan viejo que estaba casi picado. Cogí una aguja y cosí la tira con grandes y frenéticas puntadas. El hilo olía a sal cuando lo partí de un mordisco. Entonces oí que se abría la puerta de Maud.
El corazón me dio un vuelco. Puse las maletas fuera de la vista, a la sombra de la cama, y me levanté a escuchar. No se oía nada. Fui a la puerta de la sala y miré dentro. Las cortinas de la ventana estaban abiertas y por ella entraba la luz de la luna; pero la habitación estaba vacía, Maud se había ido. Había dejado la puerta entornada. Fui hasta ella de puntillas y atisbé el pasillo. Creí percibir otro ruido distinto al de los crujidos habituales y los tictac de la casa; tal vez, una puerta que se abría y se cerraba a lo lejos. Pero no estaba segura. Llamé una vez, susurrando: «¡Señorita Maud!», pero hasta un susurro resonaba en Briar, y guardé silencio, agucé los oídos, escudriñé la oscuridad, me interné unos pasos en el pasillo y me paré a escuchar. Junté las manos y las apreté muy fuerte, más nerviosa de lo que puedo expresar, pero también estaba, para ser sincera, bastante enfadada, pues ¿no era impropio de ella andar por allí fuera, a aquellas horas, sin motivo alguno y sin haberme advertido?
Cuando el reloj dio las once y media la llamé otra vez y avancé algunos pasos más en el pasillo. Pero mi pie tropezó con el borde de una alfombra, y estuve a punto de caer. Ella conocía tan bien el camino que podía recorrerlo sin ayuda de una vela, pero para mí el lugar era extraño. No me atreví a ir a buscarla. ¿Y si me extraviaba en la oscuridad? Quizás no supiera desandar el camino. Con que me limité a esperar, contando los minutos. Volví al dormitorio y saqué las maletas. Me aposté en la ventana. Había plenilunio, la noche era radiante. El césped se extendía a los pies de la casa, la tapia al final de ella, el río más allá. En algún lugar del agua estaba Caballero, que se aproximaba mientras yo observaba. ¿Cuánto tiempo esperaría?
Por fin, cuando ya echaba humo por las orejas, el reloj dio las doce. Cada campanada me hizo temblar. Sonó la última y resonó su eco. Pensé: «Ya está». Y, mientras lo pensaba, oí el golpeteo sordo de sus botas; ella estaba en la puerta, pálida en la oscuridad, resollando como un gato.
—¡Perdóname, Sue! —dijo—. He ido a la biblioteca de mi tío. Quería verla por última vez. Pero no podía entrar hasta que supiera que él estaba dormido.
Se estremeció. Me la imaginé pálida, sigilosa, callada y sola entre aquellos libros negros.
—No importa —dije—, pero debemos apurarnos. Venga aquí, venga.
Le entregué su capa y me abroché la mía. Maud miró a su alrededor, a todo lo que abandonaba. No pudo contener un castañeteo de los dientes. Le di la maleta más liviana. Me puse delante de ella y le planté un dedo en la boca.
—Ahora cuidado —le dije.
Mi nerviosismo se había disipado y de repente recobré la calma. Pensé en mi madre y en todas las casas oscuras y dormidas que debía de haber desvalijado antes de que la apresaran. La mala sangre circuló por mis venas, como un vino.
Salimos por la escalera de servicio. Yo la había recorrido minuciosamente el día anterior, buscando peldaños que crujieran mucho; ahora la conduje sobre ellos, cogida de la mano, y vigilando dónde ponía los pies. La hice detenerse, esperar y escuchar en el arranque del pasillo donde estaban las puertas de la cocina y del office de la señora Stiles. Su mano aferraba la mía. Corrió un ratón, raudo, por los paneles de madera, pero no hubo ningún otro movimiento, ni se oyó sonido alguno. En el suelo había esteras que amortiguaban el rumor de los zapatos. Sólo se sentía el frufrú de nuestras faldas.
La puerta que daba al patio estaba cerrada con llave, pero la llave estaba puesta. La saqué antes de girarla, y la unté con un poco de grasa; acto seguido unté con más grasa los cerrojos que había en la parte superior y en la inferior de la puerta. Había cogido la grasa del aparador de la señora Bizcocho. ¡Sacaría seis peniques menos del chico del carnicero! Maud me vio aplicarla a las cerraduras con una mirada atónita. Dije, bajando la voz:
—Aquí es fácil. Si viniéramos desde el otro lado sería difícil.
Le lancé un guiño. Era la satisfacción del trabajo hecho. Pensé entonces que ojalá hubiera sido más arduo. Me lamí la grasa de los dedos, apoyé el hombro en la puerta y la encajé en su marco: hecho esto, la llave giró con fluidez y los cerrojos calzaron en sus clavijas, suaves como bebés. El aire de fuera era frío y claro. La luna proyectaba grandes sombras negras. Las agradecimos. Nos pegamos a los muros más oscuros de la casa, fuimos de uno a otro con rapidez y sigilo, y después atravesamos corriendo un rincón de césped hasta los setos y árboles que había más allá. Volvió a cogerme de la mano y le indiqué hacia dónde tenía que correr. Una sola vez noté que vacilaba, y al volverme la vi mirando a la casa con una expresión extraña que a medias era temor y que al mismo tiempo, sin embargo, era casi una sonrisa. No había luces en las ventanas. Nadie vigilaba. La casa parecía plana como un decorado de teatro. La dejé contemplarla durante casi un minuto y luego le tiré de la mano.
—Tenemos que irnos ya —dije.
Ella volvió la cabeza y no miró más. Llegamos rápidamente a la tapia del parque y la seguimos a lo largo de un sendero enmarañado y húmedo. Los arbustos se enredaban en la lana de nuestras capas, unos bichos saltaron en la hierba y se escabulleron por delante de nosotras; tuvimos que aplastar y romper telarañas perfectas y relucientes como hilos de cristal. El ruido nos pareció estridente. Respirábamos con dificultad. Recorrimos un trecho tan largo que pensé que nos habíamos pasado la verja que daba al río; pero entonces el camino se ensanchó y surgió el arco, brillantemente iluminado por la luna. Maud se me adelantó, sacó su llave, franqueamos la verja y velozmente la dejamos atrás.
En cuanto estuvimos en el parque respiré con más libertad. Depositamos las maletas en el suelo y nos quedamos inmóviles en la oscuridad, a la sombra de la tapia. La luna alumbraba los juncos de la orilla opuesta y los convertía en lanzas de malignas puntas. La superficie del río parecía casi blanca. Lo único que se oía era el flujo del agua, el trino de algún pájaro; luego se oyó la salpicadura de un pez. Escuché, y no oí nada. Miré al cielo, a todas sus estrellas. Había más de lo normal. Miré a Maud. Tenía la cara envuelta en la capa, pero al ver que yo me giraba hacia ella extendió el brazo y me cogió de la mano. No la tomó para que la guiara ni para que la consolase; lo hizo tan sólo porque era la mía. Una estrella se movió en el cielo y las dos la miramos.
—Trae suerte —dije.
En eso sonó la campana de Briar. Las doce y media: la campanada se oyó claramente en el parque, supongo que aguzada por el aire nítido. Por un segundo, su eco se cernió sobre el oído; por encima se elevó otro sonido más tenue ella y yo nos separamos al oírlo, que era el cuidadoso chirrido de unos remos, el deslizamiento de agua contra madera. Por el meandro del río plateado llegaba la forma oscura de una barca. Vi los remos que se hundían y emergían, esparciendo monedas de luz de luna; después se alzaron en el aire y se hizo el silencio. La barca se deslizaba hacia los juncos, y se balanceó y chirrió de nuevo cuando Caballero se levantó a medias de su asiento. A la sombra de la tapia, donde estábamos, no podía vernos. No nos veía, pero no fui yo quien dio el primer paso, sino ella. Caminó envarada hasta la orilla, cogió el cabo de cuerda que él le lanzó y sujetó el balanceo de la barca hasta que se estabilizó.
No recuerdo si Caballero habló. Creo que en vez de mirarme, después de haber ayudado a Maud a cruzar el antiguo embarcadero, me dio la mano y me guió como a ella a lo largo de las planchas podridas. Creo que hicimos todo esto en silencio. Sé que la barca era estrecha, y que nuestras faldas abultaron al sentarnos, porque cuando Caballero agarró los remos para virar, nos bamboleamos y yo temí de pronto que el bote volcara y me imaginé que el agua inundaba todos aquellos pliegues y volantes y nos tragaba hacia el fondo. Pero Maud guardó el equilibrio. Vi que Caballero la contemplaba. Nadie habló, sin embargo. Lo habíamos hecho todo en un instante, y el bote avanzaba rápido. Navegábamos a favor de la corriente. Durante un trecho, el río siguió la tapia del parque; sobrepasamos el sitio donde yo le había visto besarle la mano; después, la tapia se alejó, serpenteando. La suplantó una hilera de árboles oscuros.
Maud no los miraba, tenía los ojos clavados en su regazo. Proseguimos con mucha cautela. Una gran quietud envolvía la noche. Caballero mantenía la barca lo más cerca posible de las sombras de la orilla; sólo de tanto en tanto, cuando los árboles raleaban, avanzábamos bajo la luz de la luna. Pero no había nadie por allí que nos viese. Las casas edificadas cerca del río estaban oscuras y cerradas a cal y canto. Al llegar a un punto en que el río se ensanchaba y había islas con barcazas atracadas en ellas y caballos pastando, Caballero dejó de remar y nos deslizamos en silencio, pero tampoco había nadie que nos viera pasar o se acercase a mirarnos. El río volvió a estrecharse y seguimos su curso; más adelante no hubo ya casas ni embarcaciones. Sólo hubo
oscuridad, la luz quebrada de la luna, el chirrido de las espadillas, el ascenso y descenso de las manos de Caballero y el blanco de sus mejillas por encima de sus patillas.
No surcamos durante mucho tiempo el río. En un paraje de la ribera, a tres kilómetros de Briar, paró la barca y la atracó. De allí había zarpado. Había dejado un caballo allí, con una silla de amazona encima. Nos ayudó a desembarcar, sentó a Maud en el caballo y ató las maletas a su lado. Dijo:
—Nos falta más o menos un kilómetro. ¿Maud? —Ella no respondió—. Tienes que ser valiente. Estamos muy cerca.
Me miró a mí y asintió. Nos pusimos en marcha, él llevando al caballo de la brida, Maud encorvada y rígida en su silla, y yo caminando detrás. No nos topamos con nadie. Miré otra vez las estrellas. En casa nunca veías estrellas tan luminosas, el cielo nunca estaba tan oscuro y despejado. El caballo no llevaba herraduras. Sus cascos resonaban sordos en la tierra del camino. Avanzábamos bastante despacio; a causa de Maud, supuse, para que no la marease el zarandeo. De todos modos, parecía mareada, y cuando por fin llegamos al sitio que él había encontrado había dos o tres casas de campo inclinadas, y una gran iglesia negra, su aspecto había empeorado. Un perro que se acercó rompió a ladrar. Caballero le dio un puntapié y el animal aulló. Nos condujo a la casa más cercana a la iglesia, y por su puerta abierta salió un hombre, seguido de una mujer con un farol. Nos estaban esperando. Era la mujer que nos había reservado habitaciones: estaba bostezando, pero mientras lo hacía estiraba el cuello para tener una buena visión de Maud. A Caballero le hizo una reverencia. El hombre era el clérigo, el párroco… o como se llame. Se inclinó; llevaba una sucia túnica blanca, y no se había afeitado. Dijo:
—Buenas noches. Buenas noches a usted, señorita. ¡Y qué noche más hermosa para una escapada!
Caballero sólo dijo: «¿Está todo listo?». Levantó los brazos hacia Maud, para ayudarla a desmontar; ella descendió con desmaña, sin soltar las manos de la silla, y al tocar el suelo se alejó de él. No se acercó a mí, sino que se mantuvo aparte. La mujer seguía examinándola. Contemplaba su tez pálida, su bello rostro inmóvil, su aire de mareo, y supe que pensaba como supongo que cualquiera lo haría que estaba embarazada y que se casaba por miedo. Quizás Caballero se lo había dado a entender cuando habló con ella. Porque favorecía sus planes, en el caso de que se interpusiera el señor Lilly, hacer creer que había poseído a Maud en la propia casa de su tío; y más tarde podríamos decir que ella había perdido al niño.
Pensé que diría eso por quinientas libras más. Lo pensé a pesar del odio que sentí por la mujer que miraba de aquel modo a Maud, y a pesar de que me odié a mí misma por pensarlo. El clérigo se adelantó e hizo otra reverencia.
—Todo listo, en efecto, señor —dijo—. Sólo queda el asuntillo de… a la vista de las especiales circunstancias…
—Sí, sí —dijo Caballero. Se llevó aparte al párroco y sacó su monedero. El caballo agitó la cabeza, pero de una de las otras casas había salido un chico para llevárselo. El también miró a Maud, pero después me miró a mí, y fue a mí a quien saludó tocándose la gorra con la mano. Claro está que no la había visto montada en la silla, y como yo vestía uno de los viejos vestidos de Maud debí de parecerle una dama, y ella tenía un porte tan abatido y apocado que parecía la criada.
Ella no lo vio. Estaba mirando al suelo. El párroco se guardó el dinero en algún bolsillo debajo de su toga y luego se frotó las manos.
—Muy bien —dijo—. ¿No quiere la señora cambiarse de ropa? ¿Le gustaría ver su habitación? ¿O celebramos la unión ahora mismo?
—Ahora mismo —dijo Caballero, antes de que nadie pudiera contestar. Se quitó el sombrero y se alisó el pelo, toqueteándose un poco los rizos alrededor de las orejas. Maud estaba muy tiesa. Me acerqué a ella, le adecenté la capucha y le arreglé los pliegues de la capa; luego le pasé las manos por el pelo y las mejillas. Ella no me miró. Tenía la cara fría. El dobladillo de su falda era oscuro, como si lo hubieran bañado en un tinte de luto. Su capa estaba manchada de barro. Dije:
—Déme sus mitones, señorita… —Porque sabía que, debajo de ellos, tenía los guantes blancos de cabritilla—. Es mucho mejor que vaya a su boda con guantes blancos que con mitones de gamuza.
Me dejó quitárselos y luego cruzó las manos. La mujer me dijo:
—¿No hay flores para la señora?
Miré a Caballero. El se encogió de hombros.
—¿Te gustaría una flor, Maud? —dijo con indiferencia. Ella no contestó. El dijo—: Bueno, creo que prescindiremos de flores. Ahora, señor, si le parece bien…
—¡Por lo menos debería conseguirle una flor! —dije—. ¡Sólo una, para que la lleve a la iglesia!
No lo había pensado hasta que lo dijo la mujer; pero ahora…, ¡ah!, la crueldad de convertirla en su esposa, sin un mínimo detalle, me pareció tan horrible que no pude soportarlo. Me salió una voz casi frenética, y Caballero me miró malhumorado, y el párroco con curiosidad, y la mujer con tristeza, y entonces Maud volvió los ojos hacia mí y dijo, lentamente:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:28 am

—Me gustaría una flor, Richard. Me gustaría. Y Sue también tiene que tener una flor.
Cada vez que se decía esta palabra, flor, parecía sonar un poco más raro; Caballero resopló y empezó a mirar alrededor, con una expresión irritada. El cura también buscaba. Eran como la una y media, y estaba muy oscuro donde no iluminaba la luna. Estábamos en un césped embarrado, con setos de zarzas. Los setos eran negros. Si hubiera flores allí, no las habríamos encontrado. Le dije a la mujer:
—¿No tiene nada que nos pueda servir? ¿No tiene una flor en un tiesto?
Ella pensó un minuto y luego, ágilmente, volvió a entrar en la casa y salió con un ramito de hojas secas, redondas como chelines, blancas como papel, temblorosas sobre unos tallos delgados que parecían a punto de partirse.
Eran lunarias. Las contemplamos sin que nadie supiera su nombre. Maud cogió los tallos y los dividió, dándome algunos y quedándose con la mayoría para ella. Las hojas temblaban más que nunca en sus manos. Caballero encendió un cigarro, le dio dos caladas y lo tiró. La colilla brillaba en la oscuridad. Hizo una señal al clérigo, y éste cogió el farol y nos condujo a través de la verja de la iglesia y a lo largo de un sendero entre una hilera de sepulturas inclinadas a las que la luna arrancaba sombras afiladas y profundas. Maud caminaba con Caballero, con el brazo apoyado en el suyo. Yo iba con la mujer. Ibamos a ser las testigos. Se llamaba la señora Cream.
—¿Vienen de lejos? —preguntó.
No respondí. La iglesia era de pedernal y, aun iluminada por la luna, parecía muy negra. El interior estaba encalado, pero el blanco se había tornado amarillo. Había unas cuantas velas encendidas alrededor del altar y de los bancos, y unas polillas en torno a las velas, algunas muertas en la cera. No intentamos sentarnos, sino que fuimos derechos hasta el altar y el párroco se colocó delante con la Biblia. Pestañeó ante la página. Al leer se embrolló con las palabras. La señora Cream resoplaba como un caballo. Yo sostenía mi pobre y encorvada ramita de lunaria, y observaba a Maud muy rígida en su sitio, al lado de Caballero. Yo la había besado. Me había tendido sobre ella. La había tocado con una mano acariciante.
La había llamado «perla». Ella había sido más buena conmigo que cualquier otra persona salvo la señora Sucksby, y me había hecho amarla, cuando mi sola intención había sido buscarle la ruina. Estaba a punto de casarse y estaba muerta de miedo. Y pronto nadie volvería a amarla nunca. Vi que Caballero la miraba. El párroco tosió encima de su libro. Habíamos llegado a la parte de la ceremonia en que preguntaban si alguno de los presentes conocía algún impedimento para que el hombre y la mujer que tenía delante contrajeran matrimonio; miró por encima de las cejas y durante un segundo la iglesia permaneció en silencio. Contuve la respiración y no dije nada.
De modo que él prosiguió, mirando a Maud y a Caballero, y les preguntó lo mismo, diciendo que el día del juicio final tendrían que confesar todos los secretos horribles de su corazón, y que más valía confesarlos ahora y zanjar el asunto. De nuevo hubo un silencio. Se dirigió a Caballero.
—¿Quiere usted…? —dijo, y todo lo demás—. ¿Honrará a su esposa durante toda la vida?
—Sí —dijo Caballero.
El párroco asintió. Después se dirigió a Maud y le preguntó lo mismo, y ella respondió, tras un titubeo.
—Sí, quiero —dijo.
Entonces Caballero se destensó un poco. El párroco se despegó el cuello de la garganta y se la rascó.
—¿Quién entrega a esta mujer en matrimonio? —dijo.
Permanecí totalmente inmóvil hasta que Caballero se giró hacia mí; hizo un gesto con la cabeza y yo fui a colocarme al lado de Maud, y me indicaron que tenía que cogerle la mano y pasársela al párroco para que él la pusiera en la de Caballero. Más que nada en el mundo, habría querido que esto lo hiciera la señora Cream. Los dedos de Maud, sin el guante, estaban rígidos y fríos como si fueran de cera. Caballero los tomó y repitió las palabras que le leyó el oficiante; a continuación Maud cogió su mano y pronunció las mismas palabras. Su voz era tan débil que parecía ascender como humo en la oscuridad y luego desvanecerse.
Caballero sacó un anillo, tomó de nuevo la mano de Maud y se lo insertó en el dedo, repitiendo al mismo tiempo las palabras del párroco, de que la veneraría y le daría todos sus bienes. El anillo producía un efecto extraño en la mano de Maud. Parecía de oro a la luz de la vela, pero, como vi más tarde, era falso. Todo lo era, y no habría podido ser peor. El párroco leyó otra oración, levantó las manos y cerró los ojos.
—Lo que Dios ha unido —dijo—, que el hombre no lo separe.
Y eso fue todo. Estaban casados. Caballero la besó y ella se balanceó, como aturdida. La señora Cream dijo en un murmullo:
—No sabe lo que le espera, mírela. Lo sabrá más tarde…, un hombretón como él. Je, je.
No me volví a mirarla. De haberlo hecho le habría propinado un puñetazo. El párroco cerró la Biblia y nos llevó del altar a la habitación donde guardaba el registro. En él Caballero escribió su nombre y Maud que en adelante sería la señora Rivers escribió el suyo; y la señora Cream y yo pusimos los nuestros debajo. Caballero ya me había enseñado a escribir «Smith»; aun así, lo escribí torpemente y me avergoncé. ¡Me avergoncé de aquello! El recinto estaba oscuro y olía a humedad. En las vigas aleteaban cosas; quizás pájaros, tal vez murciélagos. Vi a Maud escudriñando las sombras, como temiendo que se le abalanzaran.
Caballero la tomó del brazo, se lo sostuvo y la condujo fuera de la iglesia. Unas nubes tapaban la luna, y la noche era más oscura. El párroco nos estrechó la mano, hizo una reverencia a Maud y se marchó. Lo hizo a toda prisa, y mientras caminaba se quitó la sotana y debajo llevaba ropa negra; pareció que se apagaba como se apaga una luz. La señora Cream nos llevó a su casa. Ella transportaba el farol y nosotros íbamos a trompicones tras ella; la puerta era baja, y al cruzarla Caballero le derribó el sombrero. La señora nos llevó por unos tramos de escaleras escoradas, demasiado estrechas para nuestras faldas, hasta un rellano más o menos tan grande como un armario, donde todos nos apretujamos durante un momento y donde la llama del farol entró en contacto con la capa de Maud y le quemó la bocamanga.
Había allí dos puertas cerradas que daban a los dos pequeños dormitorios de la casa. En el primero había un colchón de paja sobre un camastro en el suelo, y era el mío. El segundo tenía una cama más grande, una butaca y un ropero, y era el de Caballero y Maud. Ella entró en la alcoba y clavó los ojos en el suelo, sin mirar a nada. Había una sola vela encendida. Sus maletas estaban al lado de la cama. Fui a sacar sus cosas, una por una, y a meterlas en el ropero. La señora Cream dijo:
—¡Qué bonita ropa blanca!
Estaba observando desde la puerta. Caballero estaba junto a ella, con una expresión rara. Era él quien me había enseñado a manejar unas enaguas, pero ahora, al verme sacar las camisas y las medias de Maud, parecía casi asustado. Dijo:
—Bueno, voy a fumar un último cigarrillo abajo. Sue, ¿te encargarás de poner la habitación cómoda?
No contesté. El y la patrona hicieron al bajar un ruido de mil diablos con las botas, y la puerta y las tablas y la escalera torcida retemblaron. Poco después le oí fuera, encendiendo una cerilla. Miré a Maud. Aún tenía en las manos los tallos de lunaria. Dio un paso hacia mí y dijo rápidamente:
—Si te llamo más tarde, ¿vendrás?
Le cogí las flores de la mano y después la capa. Dije:
—No piense en eso. Durará un minuto.
Ella me agarró de la muñeca con la mano derecha, que todavía llevaba el guante puesto. Dijo:
—Escúchame, hablo en serio. Da igual lo que él haga. Si te llamo, dime que vendrás. Te daré dinero si lo haces.
Su voz era extraña. Le temblaban los dedos, pero me agarraba fuerte. La idea de que me diese aunque sólo fuera un cuarto de penique era espantosa. Dije:
—¿Dónde tiene las gotas? Mire, aquí hay agua, tómese las gotas y se quedará dormida.
—¿Dormir? —dijo. Se rió y respiró—. ¿Crees que quiero dormir en mi noche de bodas?
Me apartó la mano. Me puse detrás de ella y empecé a desvestirla. Cuando ya le había quitado el vestido y el corsé, me volví y le dije en voz baja:
—Más vale que use el orinal. Y que se lave las piernas, antes de que él venga.
Creo que se estremeció. No la miré, pero oí las salpicaduras del agua. Luego la peiné. No había espejo para que se viese, y cuando se acostó miró a su lado y no había mesa, ni caja, ni retrato, ni luz: vi que extendía el brazo como una ciega. Entonces se cerró la puerta de la casa, y ella se recostó, agarró las mantas y se las subió hasta la altura del pecho. Su cara parecía morena contra la blancura de la almohada, pero yo sabía que estaba pálida. Oímos a Caballero y a la señora Cream hablando en la habitación de abajo. Se oían con claridad sus voces. Había rendijas entre las tablas del suelo, y se veía una luz tenue. Miré a Maud. Captó mi mirada. Tenía los ojos negros, pero le brillaban como cristales.
—¿Vas a seguir apartando la vista? —dijo, en un susurro, cuando me vio girar la cabeza. La miré de nuevo. No pude evitarlo, aunque su cara era un espanto, era horrible verla. Caballero continuaba hablando. Entró en el cuarto el soplo de una brisa que atenuó la llama de la vela. Tirité. Pero ella no dejaba de mirarme. Habló de nuevo:
—Ven aquí —dijo.
Moví la cabeza. Ella lo repitió. Volví a negar con la cabeza, pero fui hacia ella, a pesar de todo; crucé sin hacer ruido las tablas crujientes y ella levantó los brazos, acercó mi cara hacia la suya y me besó. Me besó con su dulce boca, salada de lágrimas; y no pude menos que devolverle el beso; mi corazón era ya como hielo en mi pecho, ya como agua fluyendo del calor de sus labios. Pero entonces hizo esto: apretando con los dedos mi cabeza, me empujó fortísimo la boca contra la suya, y me cogió la mano y la llevó primero a su pecho y después a donde las mantas se hundían, entre sus piernas. Allí se frotó con mis dedos hasta que ardieron.
La sensación dulce y veloz que su beso me había producido se convirtió en algo como horror o miedo. Me zafé de ella y retiré los dedos.
—¿No quieres hacerlo? —dijo, hablando bajo, extendiendo el brazo—. ¿No lo hiciste antes, en previsión de esta noche? ¡No puedes entregarme a él ahora, con tus besos en mi boca, tu tacto en mi cuerpo, ahí, para ayudarme a sobrellevarlo! ¡No te vayas! —Me agarró otra vez—. Te fuiste antes. Dijiste que te había soñado. Ahora no estoy soñando. ¡Ojalá soñase! ¡Dios sabe, Dios sabe que querría estar soñando y despertar otra vez en Briar!
Sus dedos resbalaron de mi brazo, y se recostó y se hundió en la almohada; yo, de pie, unía y desunía las manos, asustada por su expresión, sus palabras y su tono cada vez más alto; temía que fuese a gritar o a desmayarse; temía, ¡Dios me condene!, que gritase lo bastante alto para que Caballero y la señora Cream oyesen que yo la había besado.
—¡Chist! ¡Chist! —musité—. Está casada con él ahora. Es otra persona. Es su mujer. Tiene que…
Me callé. Ella levantó la cabeza. Abajo, la luz era más intensa y se desplazaba. Las botas de Caballero retumbaron en la estrecha escalera. Le oí reducir el paso, vacilar ante la puerta. Quizás se preguntase si debía llamar, como hacía en Briar. Por fin aplicó lentamente el pulgar sobre el picaporte y entró.
—¿Estás lista? —dijo.
Traía consigo el frío de la noche. No dije nada más, ni a él ni a ella. No miré a la cara de Maud. Fui a mi cuarto y me tumbé en la cama. Me tumbé a oscuras con la capa y el vestido puestos y la cabeza entre el colchón y la almohada; y lo único que oí, todas la veces en que desperté aquella noche, fueron los bichitos que se arrastraban entre la paja, debajo de mi mejilla. A la mañana siguiente, Caballero vino a mi habitación. Entró en mangas de camisa.
—Quiere que vayas a vestirla —dijo.
El desayunó en el piso de abajo. A Maud le habían subido una bandeja con un plato. En el plato había huevos y riñones; no los había probado. Estaba sentada muy tiesa en la butaca junto a la ventana, y vi al instante cómo sería en adelante mi relación con ella. Tenía la tez tersa, pero oscura en torno a los ojos. No llevaba los guantes. La alianza amarilla relucía. Ella me miró como lo miraba todo el plato de huevos, la vista desde la ventana, el vestido que yo sostenía para introducírselo por la cabeza, con una mirada dócil, distante y extraña; y cuando le hablé para preguntarle una nimiedad, ella escuchó, aguardó y al responder parpadeó, como si la respuesta y la pregunta hasta los movimientos de su garganta al pronunciar las palabras fueran absolutamente sorprendentes e insólitas.
La vestí y ella se sentó de nuevo junto a la ventana. Mantuvo las manos dobladas a la altura de la muñeca, con los dedos ligeramente levantados, como si dejarlos descansar sobre la tela suave de su ancha falda pudiese hacerles daño. Tenía la cabeza ladeada. Creí que quizás estuviera tratando de escuchar las campanadas de Briar. Pero en ningún momento mencionó a su tío ni su antigua vida. Cogí su orinal y lo vacié en el retrete que había detrás de la casa. La señora Cream me abordó al pie de la escalera. Llevaba una sábana en el brazo. Dijo:
—El señor Rivers dice que hay que cambiar la ropa de cama.
Me miró como si tuviese ganas de guiñarme un ojo. No la miré el tiempo suficiente para que pudiese hacerlo. Me había olvidado de esta cuestión. Subí despacio las escaleras y ella me siguió, resoplando más que nunca. Tras hacerle a Maud una especie de reverencia, fue a la cama y retiró las mantas. Debajo había algunas manchas de sangre oscura, que habían sido restregadas y esparcidas. Ella las examinó y luego buscó mi mirada como diciendo: «Vaya, quién lo hubiera dicho. ¡Un buen revolcón, al fin y al cabo!». Desde su asiento, Maud miraba por la ventana. En la habitación de abajo se oyó el chirrido del cuchillo de Caballero sobre el plato. La señora Cream levantó la sábana, para ver si la sangre había manchado el colchón de debajo; la complació ver que no era así.
La ayudé a cambiarla y luego la acompañé a la puerta. Ella había hecho otra reverencia y había visto la mirada extraña y mansa de Maud.
—Ha sido duro para ella, ¿eh? —susurró—. ¿Quizás echa de menos a su hombre?
Al principio no dije nada. Después recordé nuestro plan y lo que iba a ocurrir. Más vale que ocurra pronto, pensé sombríamente. Me quedé con ella en el pequeño rellano y cerré la puerta. Le hablé en voz baja:
—Duro no es la palabra. Hay problemas aquí arriba. El señor Rivers la adora y no tolerará cotilleos…, la ha traído a este sitio tranquilo con idea de que el campo la calme.
—¿Calmarla? —dijo ella entonces—. ¿Quiere decir…? ¡Dios me libre! ¿No irá a estallar…, perder los estribos…, pegar fuego a la casa?
—No, no —dije—. Ella sólo… tiene la cabeza muy embarullada.
—Pobre señora —dijo ella. Pero vi que pensaba. El trato no consistía en tener a una loca en la casa.
Y cada vez que, en adelante, subía una bandeja, miraba de refilón a Maud y la dejaba muy deprisa, como si tuviera miedo de que la mordiese.
—No le gusto —dijo Maud, tras haberla visto actuar de aquel modo un par de veces.
Yo tragué saliva y dije:
—¿Que no le gusta? ¡Qué idea! ¿Por qué no iba a gustarle?
—No lo sé —respondió ella suavemente, mirándose las manos.
Más tarde también Caballero le oyó decir esto; vino a verme a solas.
—Qué bien —dijo—. Haz que Cream le tenga miedo, y que Maud tenga miedo de Cream, sin darlo a entender… Muy bien. Esto nos ayudará cuando llegue el momento de llamar al médico.
Dejó pasar una semana antes de llamarle. Pensé que era la peor semana de mi vida. El le había dicho a Maud que deberían quedarse un día; pero la segunda mañana la miró y le dijo:
—¡Qué pálida estás, Maud! Me parece que no estás bien. Creo que deberíamos quedarnos un poco más, hasta que recuperes fuerzas.
—¿Un poco más? —dijo ella, con un tono apagado—. ¿Pero no podemos ir a tu casa de Londres?
—Creo de verdad que no te encuentras bien.
—¿Bien? Pero si estoy muy bien…, pregúntale a Sue. Sue, dile al señor Rivers lo bien que me encuentro.
Se estremeció en su silla. Yo no dije nada.
—Sólo uno o dos días —dijo Caballero—. Hasta que hayas descansado. Hasta que estés tranquila. ¿Y si te quedaras más tiempo en la cama…?
Ella se echó a llorar. El se le acercó y ella redobló sus temblores y su llanto. Él dijo:
—¡Oh, Maud, me rompe el corazón verte así! Si pensara que te serviría de alivio, por supuesto que te llevaría a Londres ahora mismo… Te llevaría en brazos…, ¿crees que no lo haría? Pero fíjate en ti misma y dime: ¿de verdad crees que estás bien?
—No lo sé —dijo ella—. Todo es tan raro aquí. Tengo miedo, Richard…
—¿Y no será más raro en Londres? ¿Y no estarías asustada allí, donde hay tanto ruido, y gente, y oscuridad? Ah, no, éste es el sitio donde debo cuidarte. Aquí está la señora Cream, para que te sientas cómoda…
—La señora Cream me odia.
—¿Odiarte? Oh, Maud. Ahora estás diciendo tonterías, y debería entristecerme que las digas, y a Sue también, ¿verdad, Sue? —Yo no respondí—. Pues claro que se entristece —dijo con sus duros ojos azules en los míos. Maud me miró también, y apartó la vista. Caballero tomó su cabeza en las manos y le besó la frente—. Vamos —dijo—. No discutamos más. Nos quedaremos otro día…, sólo un día, ¡hasta que la palidez abandone tus mejillas y los ojos vuelvan a brillarte!
Dijo lo mismo al día siguiente. El cuarto día estuvo severo con ella: dijo que parecía querer disgustarle, hacerle esperar, cuando lo único que él quería era llevarla a Chelsea como esposa; el quinto día la cogió en sus brazos y, al borde de las lágrimas, le dijo que la amaba.
A partir de entonces ella ya no preguntó cuánto tiempo iban a quedarse. Su cara no recobró el color. Tenía la mirada opaca. Caballero dijo a la señora Cream que le preparase toda clase de comida nutritiva, y ella le llevó más huevos, más riñones, hígado, bacon grasiento y morcillas. La carne agrió el aire de la habitación. Maud no probaba estos alimentos. Los comía yo, puesto que alguien tenía que hacerlo. Yo me los comía y ella se sentaba a mirar por la ventana, dando vueltas al anillo de su dedo, extendiendo las manos o mordiéndose un mechón de pelo.
Tenía los cabellos tan mates como los ojos. No me dejaba lavárselos; a duras penas me permitía peinárselos, porque dijo que no soportaba que el cepillo le rascase la cabeza. Seguía llevando puesto el vestido que había traído de Briar, que tenía el dobladillo manchado de barro. Su mejor vestido uno de seda me lo regaló. Dijo:
—¿Para qué ponérmelo aquí? Prefiero que lo lleves tú. Es mucho mejor que te lo pongas tú, en vez de que esté guardado en el ropero.
Nuestros dedos se tocaron por debajo de la seda, y nos separamos, alarmadas. Después de aquella primera noche, no había intentado besarme de nuevo. Cogí el vestido. Ensancharle la cintura me ayudaba a pasar las terribles horas; y a ella parecía gustarle ver cómo yo lo cosía. Cuando terminé, me lo puse y me coloqué ante ella, su expresión era extraña.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:29 am

—¡Qué bien te sienta! —dijo, sonrojándose—. El color te realza los ojos y el pelo. Lo sabía. Ahora eres toda una belleza, ¿no? Y yo estoy fea, ¿no crees?
Yo le había llevado un espejito de la señora Cream. Lo empuñó con su mano trémula y lo colocó delante de nuestros rostros. Me acordé de aquel día en que ella me había probado un vestido, en su antigua habitación, y había dicho que éramos hermanas, y de lo alegre que había estado entonces, y lo regordeta y desenfadada. Le había gustado mirarse en el espejo y embellecerse para Caballero. Ahora… ¡lo vi! ¡Lo vi en la malicia desesperada de sus ojos! Ahora se alegraba de haberse afeado. Creía que así él no la querría. Habría podido decirle que él la querría de todas maneras. Pero no sé lo que él le había hecho. Yo no hablaba con él más de lo preciso. Hacía todo lo que era necesario, pero lo hacía en una especie de denso y desventurado trance, procurando no pensar ni sentir; estaba tan abatida, casi, como Maud. Y Caballero, para hacerle justicia, parecía igualmente atribulado. Sólo subía a besarla y a intimidarla, un rato cada día; el resto del tiempo lo pasaba sentado en la sala de la señora Cream, fumando: el humo ascendía a través del suelo y se mezclaba con el olor de la carne, el orinal, las sábanas de la cama.
Un par de veces se marchó a caballo. Fue en busca de noticias del señor Lilly, pero sólo oyó el rumor de que había un revuelo extraño en Briar, nadie sabía exactamente por qué. Por la noche se apostaba junto a una cerca en la parte trasera de la casa, a mirar a los cerdos de hocico negro, o daba una vuelta por la alameda o alrededor del cementerio. Paseaba, sin embargo, como si supiera que le observábamos, no al estilo jactancioso de antes, cuando fumaba cigarros en el césped, sino andando a tirones, como si no aguantara nuestra mirada en la espalda. De noche yo desvestía a Maud, cuando él llegaba les dejaba solos y me acostaba con la cabeza entre la almohada y el colchón susurrante.
Yo debería haber dicho que él sólo necesitaba hacérselo una vez. Tendría que haber pensado que él quizás temiera dejarla embarazada. Pero había otras cosas que pensé que él querría que ella hiciera, ahora que él ya sabía lo tersas que eran sus manos, lo mórbidos que eran sus pechos, lo cálida y resbalosa que era su boca. Y cada mañana, cuando yo iba a verla, Maud parecía más pálida y más delgada y más aturdida que la noche anterior; y él me miraba menos que antes, y se tiraba de las patillas, y su arrogancia se había desvanecido.
Él, por lo menos, sabía el horror que se traía entre manos, el maldito canalla. Finalmente mandó llamar al médico. Le oí escribiendo la carta en la sala de la casa. Le escribía a un médico que él conocía. Tal vez hubiese cometido alguna fechoría, quizás en algún asunto médico femenino, y había abierto un manicomio porque era algo más seguro. Pero la deshonestidad, para nosotros, equivalía a seguridad. El médico no conocía el plan de Caballero. A éste no le interesaba compartir con él el dinero. Además, la historia era de lo más sólida. Y estaba la señora Cream para ratificarla. Maud era joven, era fantasiosa y la habían tenido apartada del mundo. Había dado la impresión de que amaba a Caballero, y él la amaba; pero apenas una hora después de casados ella había empezado a volverse rara.
Creo que cualquier médico habría hecho lo que hizo aquél, al oír la historia que le contó Caballero y al vernos a Maud y a mí tal como estábamos entonces. Vino con otro médico, su ayudante. Hace falta el dictamen de dos médicos para recluir a una paciente. Su centro de trabajo estaba cerca de Reading. El coche en que llegaron tenía un aspecto extraño, con postigos como persianas de lamas y pinchos en la trasera. Pero no vinieron a llevarse a Maud; no todavía, sino sólo a examinarla. Se la llevaron más tarde.
Caballero le dijo que eran dos de sus amigos pintores. A ella no pareció interesarle. Me dejó que la lavara, que le arreglase un poco el pelo y que le adecentase el vestido; pero no se movió de su silla y no dijo una palabra. Sólo cuando vio el carruaje lo miró fijamente y empezó a respirar un poco más rápido, y yo me pregunté si habría visto, como yo, las persianas y los pinchos. Los médicos se apearon. Caballero se precipitó a su encuentro, se estrecharon las manos, juntaron las cabezas y lanzaron una mirada furtiva hacia nuestra ventana. Caballero se marchó y les dejó esperando. Subió a vernos. Se frotaba las manos y sonreía. Dijo:
—Vaya, ¿qué os parece? Han venido mis amigos Graves y Christie, de visita desde Londres. ¿Te acuerdas de que te hablé de ellos, Maud? ¡Creo que no me creían realmente casado! Han venido a ver por sí mismos el fenómeno. Seguía sonriendo. Maud no le miraba.
—¿Te importa, cariño, que les haga subir? Están abajo con la señora Cream.
Yo les oía en la sala, hablando en un tono bajo y serio. Sabía las preguntas que estarían haciendo y las respuestas que les estaría dando la señora Cream. Caballero aguardaba a que Maud hablase y como no lo hizo me miró a mí. Dijo:
—Sue, ¿puedes venir un momento?
Me hizo una señal con los ojos. Maud nos siguió con la mirada, parpadeando. Salí con él al rellano desigual, y cerró la puerta a mi espalda.
—Creo que deberías dejarme con ella cuando vengan a buscarla —dijo—. Yo la vigilaré; quizás la ponga nerviosa. Está demasiado tranquila teniéndote a ti siempre a su lado.
—No dejes que le hagan daño —dije.
—¿Daño? —Casi se rió—. Esos hombres son unos granujas. Les gusta poner a buen recaudo a los lunáticos. Si por ellos fuera, los meterían como a lingotes en cámaras acorazadas, y a vivir de las rentas. No le harán daño. Pero conocen su negocio, y un escándalo les arruinaría. Creen en mi palabra, pero tienen que hablar con ella y examinarla, y también tendrán que hablar contigo. Sabrás qué contestar, por supuesto.
Hice una mueca.
—¿Sí? —dije.
Entornó los ojos.
—No juegues conmigo, Sue. No ahora que estamos tan cerca. ¿Sabes lo que tienes que decir?
Me encogí de hombros, todavía enfurruñada.
—Creo que sí.
—Buena chica. Primero hablarán contigo.
Hizo ademán de ponerme la mano encima. Me agaché y le rehuí. Fui a mi cuarto y aguardé. Los médicos vinieron al cabo de un momento. Les acompañaba Caballero, que cerró la puerta y se quedó junto a ella, con los ojos fijos en mi cara. Eran hombres altos, como él, y uno de ellos era corpulento. Vestían chaquetas negras y botas elásticas. Cuando se movían, hacían temblar el suelo, las paredes y las ventanas. Sólo habló uno de ellos: el más delgado; el otro se limitó a observar. Se inclinaron ante mí, y yo hice una reverencia.
—Ah —dijo el que hablaba cuando yo hice esto. Era el doctor Christie—. Ahora ya sabes quiénes somos, ¿verdad? ¿No te importa que te preguntemos cosas que podrían parecer impertinentes? Somos amigos del señor Rivers, y tenemos mucha curiosidad por que nos hables de su matrimonio y de su reciente esposa.
—Sí —dije—. Se refiere a mi ama.
—Ah —repitió él—. Tu ama. Ahora refréscame la memoria. ¿Quién es ella?
—La señora Rivers —dije—. De soltera, señorita Lilly.
—La señora Rivers, de soltera, señorita Lilly. Ah. Asintió. El médico silencioso —el doctor Graves— sacó un lápiz y una libreta. Su colega prosiguió:
—Tu ama. ¿Y tú eres…?
—Su doncella, señor.
—Claro. ¿Y cómo te llamas?
El doctor Graves empuñaba el lápiz, listo para escribir. Caballero captó mi mirada y asintió.
—Susan Smith, señor —dije.
El doctor Christie me miró con mayor atención.
—Parece que has vacilado —dijo—. ¿Estás totalmente segura de que es tu nombre?
—¡Sé cómo me llamo! —dije.
—Claro.
Sonrió. Mi corazón seguía acelerado. Quizás él lo notó. Pareció volverse afable. Dijo:
—Bien, señorita Smith, ¿puedes decirnos ahora desde cuándo conoces a tu señora…?
Era como aquella vez en Lant Street en que Caballero me plantó delante de él y me hizo repasar mi personaje. Les hablé de Lady Alice, de Mayfair, de la antigua nodriza de Caballero y de mi madre muerta; y luego les hablé de Maud. Dije que al principio parecía que le gustaba el señor Rivers, pero que al cabo de una semana de su noche de bodas se había vuelto muy triste y desaliñada, y que me asustaba. El doctor Graves anotó todo esto. El doctor Christie dijo:
—Asustada. ¿Por ti, quieres decir?
—No por mí, señor —dije—. Por ella. Creo que es tan desgraciada que podría hacerse daño.
—Ya veo —dijo él. Y luego—: Tienes afecto a tu ama. Has hablado con mucho cariño de ella. Ahora vas a decirme algo. ¿Qué cuidado crees que necesita tu señora para sentirse mejor?
—Creo… —dije.
—¿Sí?
—Quisiera…
El asintió.
—Sigue.
—Quisiera que la atendieran ustedes, señor, y que la vigilaran —dije de corrido—. Quisiera que la cuiden en algún sitio donde nadie pueda tocarla ni hacerle daño…
Noté al instante que el corazón se me subía a la garganta, y la voz se me empañó de lágrimas. Caballero no apartaba los ojos de mí. El médico me cogió la mano y me la sostuvo, cerrada alrededor de mi muñeca, con familiaridad.
—Ya, ya —dijo—. No debes angustiarte tanto. Tu señora tendrá todo lo que quieres que tenga. ¡En realidad, ha sido muy afortunada al tener una sirvienta tan buena y fiel como tú!
Me palmeó y acarició la mano antes de soltarla. Consultó su reloj. Vio la mirada de Caballero y asintió.
—Muy bien —dijo—. Muy bien. Ahora, si le parece que vayamos a…
—Desde luego —dijo velozmente Caballero—. Desde luego. Por aquí.
Abrió la puerta, los tres me dieron su negra espalda y salieron del cuarto. Al observarles mientras salían, me invadió de repente una sensación… no sabría decir si de desdicha o de miedo. Di un paso adelante y les llamé.
—¡No le gustan los huevos, señor! —grité. El doctor Christie se volvió a medias. Yo había levantado la mano. Ahora la dejé caer—. No le gustan los huevos —repetí, más débilmente—, estén como estén cocinados.
Fue lo único que se me ocurrió. El sonrió y se inclinó, pero de un modo humorístico. El doctor Graves escribió o fingió que escribía en su libreta: No le gustan los huevos. Caballero les hizo pasar a la habitación de Maud. Luego volvió a donde yo estaba.
—¿Te quedas aquí hasta que la hayan visto? —dijo.
No le contesté. El cerró mi puerta. Pero las paredes eran de papel; les oí moverse, capté las sordas preguntas del médico; al cabo de unos minutos, oí el tenue ascenso y caída de las lágrimas de Maud. No estuvieron mucho tiempo con ella. Supongo que gracias a mí y a la señora Cream tenían todo lo que necesitaban. Cuando se marcharon fui a ver a Maud y encontré a Caballero, de pie detrás de su silla, sosteniendo entre las manos su pálida cabeza. Se había inclinado hacia ella para mirarla o quizás para susurrarle algo y fastidiarla. Cuando él me vio se enderezó y dijo:
—Mira a tu ama, Sue. ¿No te parece que le brillan un poco más los ojos?
Le brillaban con las últimas lágrimas que quedaban en ellos, y los bordes estaban enrojecidos.
—¿Está bien, señorita? —dije.
—Está bien —dijo Caballero—. Creo que la compañía de amigos la ha animado. Creo que esos buenos chicos, Christie y Graves, han estado encantados con ella, y dime, Sue, ¿alguna vez una dama no se pone radiante cuando cautiva a algún caballero?
Ella volvió la cabeza, levantó una mano y trató de zafarse, sin demasiada fuerza, de la presión de los dedos de Caballero. El le sostuvo la cara otro momento y luego retrocedió.
—Qué tonto he sido —me dijo a mí—. He pedido a la señora Rivers que se fortalezca en este lugar tranquilo, pensando que la quietud la aliviaría. Ahora veo que lo que necesita es el bullicio de la ciudad. Graves y Christie también lo han visto. Están tan ansiosos de que nos reunamos con ellos en Chelsea… ¡Christie hasta nos ofrece su propio coche y cochero! Nos vamos mañana. Maud, ¿qué me dices?
Ella había vuelto la mirada hacia la ventana. Ahora alzó la cabeza hacia él y un poco de sangre pugnó por colorear sus mejillas pálidas.
—¿Mañana? —dijo—. ¿Tan pronto?
El asintió.
—Mañana nos vamos. A una mansión muy bonita, con habitaciones tranquilas y buenos criados que te están esperando.
Al día siguiente Maud apartó, como de costumbre, su desayuno de huevos y carne, pero ni siquiera yo pude tomarlo. La vestí sin mirarla. Conocía cada miembro de su cuerpo. Ella llevaba todavía el vestido viejo, que estaba manchado de barro, y yo llevaba el de seda, tan bonito. No me permitió que me lo quitara, ni siquiera para el viaje, aunque yo sabía que se arrugaría. Pensé que volvería a ponérmelo en el barrio. No daba crédito al hecho de que estaría de regreso en casa, con la señora Sucksby, antes de que anocheciera.
Hice su equipaje. Lo hice lentamente, sin apenas notar las cosas que tocaba. En una maleta metí su ropa interior, sus pantuflas, sus gotas somníferas, un gorro, un cepillo…: lo que iba a llevarse al manicomio. En la otra guardé todo lo demás. Esta maleta me la quedaría yo. Sólo puse aparte el guante blanco que creo haber mencionado, y cuando las bolsas estuvieron llenas, lo coloqué pulcramente dentro del corpiño de mi vestido, encima del corazón.
Cuando llegó el coche ya estábamos preparadas. La señora Cream nos acompañó a la puerta. Maud llevaba un velo. La ayudé a bajar la escalera desnivelada y ella me agarró del brazo. Al salir de la casa me lo apretó más fuerte. Había estado recluida en su cuarto más de una semana. Se amedrentó al ver el cielo y la iglesia negra, y sintió el aire suave como una bofetada en las mejillas, incluso a través del velo. Posé los dedos encima de los suyos.
—¡Dios la bendiga, señora! —exclamó la señora Cream, cuando Caballero le hubo pagado. Observó nuestra partida. Reapareció el chico que la primera noche se había llevado el caballo, para despedirnos; y otro par de chicos vino también a fisgar, poniéndose a un lado del coche y tirando de las portezuelas, donde un antiguo penacho de oro había sido pintado de negro. El cochero restalló el látigo para ahuyentarlos. Ató nuestro equipaje en el techo y bajó la escalerilla. Caballero cogió la mano de Maud para ayudarla a subir, retirando mis dedos de los de ella. Captó mi mirada.
—Venga, venga —dijo él con un tono de advertencia—. No hay tiempo para sentimientos.
Maud se sentó, recostó la cabeza y él se puso a su lado. Yo me senté enfrente. No había manijas en las portezuelas, sino sólo una llave, como la de una caja fuerte: cuando el cachero las cerró, Caballero las aseguró con la llave y se la guardó en el bolsillo.
—¿Cuánto durará el viaje? —preguntó Maud.
—Una hora —dijo él.
El trayecto pareció más largo. Duró una eternidad. Era un día templado. Cuando el sol dio en el cristal hizo mucho calor en el compartimento, pero las ventanas no podían abrirse, supongo que para que un lunático no tuviese ocasión de saltar del coche. Por fin Caballero tiró de una cuerda para cerrar las persianas, y traqueteamos en silencio, en el calor y a oscuras. En un momento dado empecé a marearme.
Vi la cabeza de Maud rodando contra el acolchado del asiento, pero no pude ver si tenía los ojos cerrados o abiertos. Tenía las manos enlazadas ante ella. Caballero, sin embargo, estaba inquieto: se aflojaba el cuello, miraba su reloj, se estiraba los puños. En dos o tres ocasiones sacó su pañuelo y se enjugó la frente. Cada vez que el coche reducía la marcha, se acercaba a la ventanilla para atisbar por entre las lamas. El vehículo lentificó tanto su marcha que casi pareció que se paraba, y comenzó a virar: Caballero miró otra vez, se sentó derecho y se apretó la corbata.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:29 am

—Casi hemos llegado —dijo.
Maud volvió la cabeza hacia él. El coche avanzaba de nuevo muy despacio. Tiré de la cuerda que abría las persianas. Estábamos en el arranque de un camino verde, sobrevolado por un arco de piedra con verjas de hierro debajo. Un hombre las estaba abriendo. El coche dio una sacudida y, recorriendo el sendero, llegamos a la casa que había al fondo. Era exactamente igual que Briar, sólo que más pequeña y más cuidada. Las ventanas tenían barrotes. Observé a Maud para ver lo que hacía. Se había retirado el velo y miraba por la ventanilla con su habitual expresión apagada; pero por detrás de ella creí ver que despuntaba una especie de comprensión o de temor.
—No tengas miedo —dijo Caballero.
Fue lo único que dijo. No sé si se lo dijo a ella o a mí. El coche dio otro viraje y se detuvo. Allí nos aguardaban el doctor Graves y el doctor Christie, y a su lado había una mujerona robusta, con las mangas remangadas hasta los codos y el vestido cubierto por un delantal de loneta, como el de los carniceros. El doctor Christie se adelantó. Tenía una llave como la de Caballero, y soltó el cerrojo desde fuera. A Maud le atemorizó el sonido. Caballero le posó una mano encima. El doctor Christie hizo una
reverencia.
—Buenos días —dijo—. Señor Rivers. Señorita Smith. Señora Rivers, se acuerda de mí, ¿verdad?
Extendió la mano. La extendió hacia mí.
Hubo un segundo, creo, de perfecto silencio. Yo le miré y él asintió. «Señora Rivers», repitió. Entonces Caballero se inclinó y me agarró del brazo. Al principio pensé que quería retenerme en mi asiento; después comprendí que intentaba desalojarme de él. El médico me cogió del otro brazo. Me pusieron de pie. Mis zapatos pisaron los escalones. Dije:
—¡Esperen! ¿Qué están haciendo? ¿Qué…?
—No se resista, señora Rivers —dijo el médico—. Estamos aquí para atenderla.
Hizo una seña con la mano y el doctor Graves y la mujer se aproximaron. Dije:
—¡No soy yo la que quieren! ¿Qué están haciendo? ¿Señora Rivers? ¡Soy Susan Smith! ¡Caballero! ¡Caballero, díselo!
El doctor Christie meneó la cabeza.
—¿Todavía empeñada en la vieja y triste ficción? —le dijo a Caballero.
Este asintió y no dijo nada, como si la aflicción le impidiera hablar. ¡Ojalá se afligiera! Se volvió y bajó una de las maletas: una de las que pertenecían a la madre de Maud. El doctor Christie me sujetó más fuerte.
—Vamos —dijo—, ¿cómo puede ser Susan Smith, antigua empleada de Whelk Street, Mayfair? ¿No sabe que esa dirección no existe? Vamos, usted lo sabe. Y conseguiremos que lo confiese, aunque nos cueste un año. ¡No forcejee así, señora Rivers! Está estropeando su precioso vestido.
Yo me estaba debatiendo. Al oír sus palabras, me destensé. Miré mi manga de seda y mi propio brazo, que se había vuelto regordete y terso a fuerza de una buena nutrición; y luego la maleta a mis pies, con sus letras de latón: la M y la L. Fue en aquel segundo cuando caí en la cuenta, finalmente, de la sucia jugarreta que me había gastado Caballero.
Aullé.
—¡Cerdo puñetero! —grité, retorciéndome otra vez y tratando de abrirme paso hacia él—. ¡Hijo de perra! ¡Oh!
El estaba dentro, junto a la portezuela, y su peso escoraba el carruaje. El doctor me sujetó con más fuerza y puso una expresión severa.
—No hay sitio en mi casa para esas palabras, señora Rivers —dijo.
—Hijo de puta —le dije—. ¿No ve lo que me ha hecho? ¿No ve su triquiñuela? No soy yo la que usted quiere, sino…
Yo seguía empujando y él sujetándome, pero entonces miré hacia el vehículo que se balanceaba. Caballero había retrocedido, con la mano tapándose la cara. Detrás de él, iluminada por la luz en barrotes de las persianas, estaba sentada Maud. Tenía la cara desmedrada y el pelo deslucido. Su vestido estaba desgastado, como el de una sirvienta. A sus ojos alocados asomaban lágrimas, pero más allá de ellas, su mirada era dura. Dura como el mármol, dura como el metal. Dura como una perla y la arenilla que contiene. El doctor Christie me vio mirarla.
—¿Por qué la mira así? —dijo—. ¿No reconoce a su propia doncella?
Yo no podía hablar. Pero Maud sí. Dijo, con una voz temblorosa, que no era la suya:
—Mi pobre ama. ¡Oh, se me parte el corazón!
La tomabas por una pipiola. Pipiola, los cojones. Aquella puerca lo sabía todo. Había estado en el ajo desde el principio.

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SEGUNDA PARTE - 7

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:30 am

Creo que conozco perfectamente el comienzo. Es el primero de mis errores. Imagino una mesa, resbaladiza de sangre. La sangre es de mi madre. Profusión de sangre. Profusión que creo que fluye como tinta. Creo que las mujeres han puesto cuencos de loza para que no se manchen las tablas del suelo, de suerte que los silencios entre los gritos de mi madre los llenan drip, drop, drip, drop lo que podrían ser campanadas de relojes. Más allá de estos repiques se oyen gritos más débiles: los de los lunáticos, los gritos y regañinas de las enfermeras. Porque esto es un manicomio. Mi madre está loca. La mesa tiene correas encima para impedir que ella se tire al suelo; otra cuerda le separa las mandíbulas, para que no se muerda la lengua; otra le mantiene las piernas abiertas, para que yo pueda emerger entre ellas. Cuando nazco, no quitan las correas: ¡las mujeres temen que mi madre me parta en dos! Me colocan encima de su pecho y mi boca encuentra su pezón. Succiono, y la casa guarda silencio alrededor. Sólo se oye aún la sangre que gotea drip, drop, el latido que cuenta los primeros minutos de mi vida, los últimos de la de ella. Porque el reloj avanza lentamente. El pechó de mi madre sube, baja, vuelve a subir y luego se hunde para siempre.
Lo noto, y succiono más fuerte. Las mujeres me arrancan de su pecho. Y cuando lloro, me pegan. Paso mis primeros diez años como hija de las enfermeras del centro. Creo que me quieren. Por los pabellones deambula un gato atigrado, y creo que ellas me consideran igual que a ese gato, una mascota a la que vestir con cintas. Llevo un vestido de color gris pizarra cortado como el de ellas, un delantal y un gorro; me dan un cinturón con un manojo de llaves en miniatura y me llaman «enfermerita». Duermo por turnos con cada una de ellas en su propia cama, y las sigo en sus rondas por los pabellones del manicomio. Es un edificio grande supongo que a mí me parece aún más grande y está dividido en dos: un lado para las locas y otro para los locos. Veo sólo a las mujeres. No les pongo reparos. Algunas me besan y me acarician, como hacen las enfermeras. Otras me tocan el pelo y lloran. Les recuerdo a sus hijas. Hay algunas problemáticas, y en este caso me animan a colocarme delante y a pegarles con una vara de madera ajustada a mi mano, hasta que las enfermeras se ríen y dicen que nunca han visto nada tan gracioso.
De este modo aprendo los rudimentos del orden y la disciplina, y de paso asimilo las actitudes de la demencia. Más adelante me será de utilidad. Cuando tengo uso de razón me entregan una alianza de oro que me dicen que pertenecía a mi padre, el retrato de una mujer que me aseguran que es mi madre, y comprendo que soy huérfana; pero, como nunca he conocido el amor de unos padres o, mejor dicho, como he conocido los favores de una veintena de madres, la noticia no me impresiona demasiado. Creo que las enfermeras me visten y me alimentan por ser yo misma. Soy una niña fea de cara, pero en ese mundo sin niños paso por ser una belleza. Tengo una dulce voz cantarina y un don para las letras. Supongo que acabaré mis días como enfermera y que haré rabiar alegremente a las dementes hasta que me muera.
Eso creemos, a mis nueve y diez años. Cumplidos los once, un día la enfermera jefe me convoca en la sala de enfermeras. Me figuro que quiere hacerme un regalo. Estoy equivocada. Me recibe de una forma extraña, y no me mira a los ojos. A su lado hay una persona un caballero, dice ella, pero entonces la palabra no significa nada para mí. Significará más, en su momento. «Acércate», dice ella. El caballero observa. Viste un traje negro y lleva un par de guantes negros de seda. Tiene un bastón con un puño de marfil sobre el cual se recuesta para examinarme mejor. Su pelo negro empieza a blanquear, sus mejillas son cadavéricas, un par de gafas coloreadas ocultan a medias sus ojos. Una niña normal tendría miedo de mirarle, pero yo no soy para nada una niña normal y no me asusta nadie. Avanzo y me planto ante él. El separa los labios y se los relame. Tiene la punta de la lengua oscura.
—Es bajita —dice—, pero a pesar de eso hace bastante ruido con los pies. ¿Qué voz tiene?
La suya es baja, temblorosa, quejumbrosa, como la sombra de un hombre que tirita.
—Dile algo a este señor —dice la enfermera jefe—. Dile cómo estás.
—Estoy muy bien —digo. Quizás mi tono es contundente. El hombre crispa la cara.
—Servirá —dice, levantando la mano—. ¿Sabes susurrar? ¿Sabes asentir?
Asiento.
—Oh, sí.
—¿Sabes estar callada?
—Sí.
—Pues cállate. Así está mejor. —Se dirige a la jefa—. Veo que tiene un parecido con su madre. Muy bien. Le recordaré el destino de su madre, y puede que le sirva para evitarlo. Pero sus labios no me gustan nada. Demasiado gruesos. Es un mal presagio. Lo mismo que su espalda, que es blanda y encorvada. ¿Y esas piernas? No me gustan las chicas con las piernas gordas. ¿Por qué las escondes con una falda tan larga? ¿Te he pedido que lo hagas?
La jefa se ruboriza.
—Las mujeres, señor, tienen la afición inofensiva de vestirla con la ropa de la casa.
—¿Le he pagado yo para satisfacer los gustos de las enfermeras?
Desplaza el bastón sobre la alfombra y mueve la quijada. Se vuelve hacia mí, pero habla con ella. Dice:
—¿Qué tal lee? ¿Tiene buena letra? Vamos, déle un texto y que lo demuestre.
La enfermera jefe me tiende una Biblia abierta. Leo un pasaje y otra vez el caballero crispa el rostro. «¡Más bajo!», dice, hasta que leo en murmullos. Luego me dice que escriba el pasaje en su presencia.
—Letra de chica —dice, cuando he terminado—, cargada de versalitas.
No obstante parece complacido. Yo también lo estoy. Deduzco de sus palabras que he trazado en el papel marcas angélicas. Más tarde pensaré que ojalá hubiera llenado la página de garabatos y borrones. La buena caligrafía es mi perdición. El señor se apoya con más fuerza en el bastón y se inclina tanto que veo, por encima del alambre de sus gafas, las comisuras exangües de sus ojos.
—Bueno, señorita —dice—, ¿qué te parecería venir a vivir a mi casa? ¡Eh, no me saques ese labio descarado! ¿Qué dirías de venir conmigo y aprender cosas nuevas y letras sencillas?
Podría haberme pegado.
—No me gustaría nada —digo de inmediato.
—¡No seas desvergonzada, Maud! —dice la enfermera.
El caballero resopla.
—Quizás —dice— tenga el nefasto temperamento de su madre, al fin y al cabo. Al menos tiene su precioso pie. ¿Así que te gusta patear, señorita? Bueno, mi casa es espaciosa. Te encontraremos una habitación para que patees, muy lejos de mis oídos delicados, y allí podrás tener las rabietas que quieras, nadie te hará el menor caso, y hasta puede que te hagamos tan poco que nos olvidemos de alimentarte, y te mueras de hambre. ¿Qué te parece eso, eh?
Se levanta y se desempolva la chaqueta, que no tiene polvo. Imparte instrucciones a la enfermera jefe y no vuelve a mirarme. Cuando se ha ido, cojo la Biblia de la que he leído y la estampo contra el suelo.
—¡No pienso ir! —grito—. ¡No me obligará!
La enfermera me atrae hacia ella. La he visto empuñar un látigo contra internas rebeldes, pero ahora me estrecha contra su delantal y llora como una niña, y me dice gravemente cuál será mi futuro en la casa de mi tío. Algunos hombres tienen granjeros que les crían terneros. El hermano de mi madre tenía a las enfermeras del hospital para que me criasen a mí. Ahora quería llevarme a su casa y prepararme para el asado. De repente, he de renunciar a mi vestidito del manicomio, mi manojo de llaves, mi vara: el señor envía a su ama de llaves con un conjunto de ropa, para vestirme a su antojo. Ella me trae botas, guantes de lana, un vestido de gamuza: un vestido femenino odioso, que llega hasta la pantorrilla y envarado desde los hombros hasta el talle con ballenas de hueso. Ella tira fuerte de los lazos y, cuando protesto, los aprieta aún más fuerte. Las enfermeras la observan, suspirando. Cuando llega el momento de partir, me besan y ocultan los ojos. Una de ellas acerca rápidamente unas tijeras a mi cabeza y me corta un rizo para guardarlo en un guardapelo; las otras, al verla, le arrebatan las tijeras o cogen cuchillos y tijeras por su cuenta y me agarran y tiran del pelo hasta arrancarlo de sus raíces. Organizan una rebatiña de gaviotas sobre las trenzas caídas; sus voces excitan a las lunáticas en sus cuartos cerrados, que empiezan a gritar. La sirvienta de mi tío me arrastra fuera de allí. Tiene un coche con cochero. La verja del manicomio se cierra a nuestra espalda.
—¡Qué sitio para educar a una chica! —dice, pasándose un pañuelo por los labios.
Yo no le hablo. El vestido rígido me corta la piel y me acelera la respiración, y las botas me irritan los tobillos. Los guantes de lana me pican; por fin consigo quitármelos de las manos. Ella me observa con suficiencia: «Tienes mal genio, ¿eh?», dice. Lleva una cesta de costura y un paquete de comida. Contiene panecillos, un envoltorio con sal y tres huevos duros. Hace rodar dos de los huevos sobre su falda, para romperles la cáscara. La pulpa de dentro es gris, la yema seca como pólvora. Recordaré ese olor.
Deposita el tercer huevo en mi regazo. En lugar de comerlo, dejo que dé bandazos hasta que se cae al suelo del coche y se echa a perder. «Vaya, vaya», dice ella al ver esto. Saca su costura y luego inclina la cabeza y se queda dormida. Sentada a su lado, tiesa, me asalta una furia impotente. El caballo avanza despacio, el trayecto parece largo. A veces atravesamos arboledas. Entonces mi cara se refleja en el cristal de la ventanilla, oscura como sangre.
No he visto nunca otra casa que el manicomio donde nací. Estoy acostumbrada a la soledad en un entorno sombrío, de muros altos y ventanas cerradas. El primer día, la quietud de la casa de mi tío me desconcierta y me asusta. El coche se detiene ante una puerta, dividida en el centro por dos batientes altos y protuberantes: cuando los miramos, parece que tiemblan al ser empujados hacia dentro. El hombre que los abre viste pantalones de seda oscura y lo que presumo que es un sombrero empolvado. «Es el señor Way, el administrador de tu tío», dice la mujer, con la cara junto a la mía. Way me observa y luego la mira a ella; creo que ella le hace una seña con los ojos. El cochero nos baja la escalerilla, pero no le dejo cogerme de la mano, y cuando Way me hace una reverencia, pienso que la hace para burlarse, porque muchas veces he visto a las enfermeras inclinarse, riéndose, ante unas lunáticas. Way me indica que entre en una oscuridad que parece lamerme el vestido de gamuza. Cuando cierra la puerta, la penumbra, de pronto, se espesa. Tengo los oídos obstruidos, como con agua o cera. Es el silencio que mi tío cultiva en la casa, como otros cultivan viñas y enredaderas.
La mujer me hace subir una escalera mientras Way observa. Los peldaños son algo desiguales, y partes de la alfombra están raídas: mis botas nuevas me entorpecen, y en una ocasión me caigo. «Levántate, niña», dice la mujer entonces; y ahora la dejo que me pose la mano encima. Subimos dos pisos. Cuanto más alto subimos más miedo tengo. La casa, en efecto, me produce espanto: los techos altos, las paredes, a diferencia de las del manicomio, lisas y sin pintar, están llenas de cuadros, escudos y espadas herrumbrosas, criaturas en marcos y estuches. La escalera gira sobre sí misma, formando una galería sobre el vestíbulo; en cada giro hay pasillos. A su sombra, pálidas y casi escondidas como larvas expectantes en las celdas de una colmena, hay sirvientas que han acudido a presenciar mi llegada.
No las tomo por sirvientas, sin embargo. Al ver sus delantales pienso que son enfermeras. Pienso que los pasillos en sombras deben de tener habitaciones que albergan a locas silenciosas.
—¿Por qué miran? —pregunto a la mujer.
—Para verte la cara —responde—. Para ver si has salido tan guapa como tu madre.
—Tengo veinte madres —le replico—, y soy más guapa que cualquiera de ellas.
La mujer se ha parado delante de una puerta.
—Obras son amores, que no buenas razones —dice—. Me refiero a tu madre de verdad, difunta. Estas eran sus habitaciones, y ahora van a ser las tuyas.
Me lleva a la cámara que hay dentro, y luego al vestidor contiguo. La ventana cruje como si le asestaran puñetazos. Son habitaciones frías incluso en verano, y ahora estamos en invierno. Voy hasta la lumbre soy demasiado pequeña para verme en el espejo que hay encima y me coloco delante, tiritando.
—No deberías haberte quitado los mitones —dice la mujer, viendo que me echo el aliento en las manos—. La hija del señor Inker se quedará con ellos. —Me quita la capa, desata las cintas de mi pelo y lo cepilla con un peine roto—. Tira lo que quieras —dice cuando tironeo—. Sólo conseguirás hacerte daño, a mí no me duele. Caray, ¡qué enredo te han hecho en la cabeza esas mujeres! Cualquiera las habría tomado por salvajes. Después de lo que han hecho, no sé cómo voy a adecentarte. Ahora mira esto. — Mete el brazo debajo de la cama—. Vamos a ver cómo usas tu orinal. Anda, menos recato, tonta. ¿Crees que nunca he visto a una niña levantarse la falda y hacer pis?
Se cruza de brazos, me observa y a continuación me lava la cara y las manos con un paño mojado en agua.
—Cuando fui camarera aquí les vi hacer esto a tu madre —dice—. Era mucho más agradecida que tú. ¿No te han enseñado modales en aquella casa?
Añoro mi varita de madera: ¡con ella le enseñaría si he aprendido modales! Pero también he observado a lunáticas y sé cómo defenderme dando la impresión de que cojeo. Al final se aparta de mí y se limpia las manos.
—¡Señor, qué niña! Espero que tu tío sepa lo que hace al traerte aquí. Al parecer piensa convertirte en una señorita.
—¡No quiero ser una señorita! —digo—. Mi tío no puede convertirme en nada.
—Yo diría que en su propia casa puede hacer lo que quiera —responde—. ¡En marcha! Cuánto nos has retrasado.
Se han oído tres campanadas ahogadas. Es un reloj; lo tomo, sin embargo, como un anuncio, porque me han educado con el sonido de campanas parecidas que ordenan a las locas que se levanten, se vistan, recen sus oraciones, cenen. Pienso: ¡Ahora voy a verlas!, pero cuando salimos de la habitación la casa sigue callada y apacible como antes. Hasta las criadas vigilantes se han retirado. Mis botas vuelven a resonar en las alfombras.
—¡Camina con suavidad! —dice la mujer en un susurro, pellizcándome el brazo—. Mira, ésta es la habitación de tu tío.
Llama con los nudillos y me hace entrar. Mi tío encargó hace años que le pintaran las ventanas, y el sol invernal que da en los cristales ilumina la habitación de un modo extraño. Los lomos de libros oscurecen las paredes. Los confundo con una especie de friso o de talla. Sólo conozco dos libros, y uno tiene el lomo agrietado: la Biblia. El otro es el cantoral que consideran adecuado para los dementes, y es de color rosa. Supongo que todas las palabras impresas dicen la verdad.
La mujer me coloca muy cerca de la puerta y se sitúa a mi espalda, con las manos en mis hombros, como garras. El hombre al que llaman mi tío se levanta desde detrás de su escritorio; el tablero está cubierto por un revoltijo de papeles. Tiene en la cabeza un gorro de terciopelo con una borla oscilante que cuelga de un hilo deshilachado. Le cubre los ojos otro par, más pálido, de gafas coloreadas.
—Bueno, señorita —dice, mientras avanza hacia mí, moviendo la mandíbula. La mujer hace una reverencia—. ¿Qué tal genio tiene, señora Stiles? —le pregunta.
—Bastante vivo, señor.
—Ya lo veo en sus ojos. ¿Dónde están sus guantes?
—Se los ha quitado, señor. No quiere ponérselos.
Mi tío se acerca.
—Un comienzo infortunado. Dame la mano, Maud.
No le obedezco. La mujer me coge de la muñeca y me levanta el brazo. Tengo la mano pequeña, de artejos rechonchos. Estoy acostumbrada a lavarme con jabón del manicomio, que no es delicado. Tengo las uñas oscuras, con tierra del hospital psiquiátrico. Mi tío me sostiene las yemas de los dedos. Tiene en las manos un par de chapones de tinta. Menea la cabeza.
—¿Crees que quiero que toquen mis libros unos dedos toscos? —dice—. Debería haberle dicho a la señora Stiles que trajera a una enfermera. No debería haberle dado un par de guantes para suavizar estas manos ásperas. Pero las suavizaré. Mira lo que hacemos con las manos de las niñas que no se ponen guantes.
Introduce la mano en el bolsillo de su chaqueta y desenrosca de ella uno de esos chismes que utilizan los bibliotecarios: una cuerda de cuentas de metal, forradas de seda, para sujetar páginas que saltan. Hace un lazo con las cuentas, como si las pesara; luego las deja caer velozmente sobre mis nudillos con hoyuelos. Después, con la ayuda de la señora Stiles, me coge la otra mano y hace lo mismo con ella. Las cuentas escuecen como un látigo, pero la seda impide que la piel se resquebraje. Al primer golpe aúllo como un perro, de dolor, de rabia y de puro asombro. Cuando Stiles me suelta las muñecas, me llevo los dedos a la boca y lloro.
Mi tío tuerce el gesto al oírlo. Se guarda las cuentas en el bolsillo y sus manos revolotean hacia sus oídos.
—¡Cállate, niña! —dice. Yo tiemblo, pero no puedo callarme. Stiles me pellizca la carne del hombro y yo lloro aún más fuerte. Entonces mi tío vuelve a sacar las cuentas, y por fin me callo—. Bien —dice en'voz baja—. En adelante no olvidarás los guantes, ¿verdad?
Muevo la cabeza. El casi sonríe. Mira a Stiles.
—¿Querrá recordar a mi sobrina sus nuevas obligaciones? La quiero totalmente domesticada. Aquí no tolero rabietas ni arrebatos. Muy bien. —Agita la mano—. Ahora déjeme a solas con ella. ¡Pero no se vaya lejos! Debe tenerla a su alcance por si se pone furiosa.
Stiles hace una reverencia y so pretexto de aquietar mi hombro tembloroso, para que no me desplome me propina otro pellizco. La ventana amarilla resplandece, después se nubla, vuelve a iluminarse cuando el viento empuja a las nubes a través del cielo.
—Ahora dime —dice mi tío, cuando el ama de llaves ha salido—, sabes para qué te he traído aquí, ¿verdad?
Acerco a la cara los dedos encarnados, para sonarme la nariz.
—Para convertirme en una señorita.
Lanza una risa rápida y seca.
—Para que seas mi secretaria. ¿Qué ves aquí, alrededor de estas paredes?
—Madera, señor.
—Libros, niña —dice. Coge un libro de un estante y lo voltea. La cubierta es negra, y por esta razón reconozco que es una Biblia. Deduzco que los demás son libros de himnos. Supongo que los himnarios, en definitiva, pueden encuadernarse en tonos distintos, de tal modo que se adapten a diversas calidades de locura. Lo considero un gran progreso del pensamiento.
Mi tío sostiene el libro en la mano, cerca del pecho, y le golpetea el lomo.
—¿Ves este título, niña? ¡No te acerques! Te he dicho que lo leas, no que brinques.
Pero el libro está demasiado lejos. Muevo la cabeza y noto que las lágrimas vuelven a mis ojos.
—¡Ja! —exclama mi tío, al ver mi desazón—. ¡Yo diría que no puedes! Mira abajo, señorita, al suelo. ¡Abajo! ¡Más todavía! ¿Ves esa mano, al lado de tu zapato? La han puesto ahí por orden mía, después de consultar con un oculista…, un médico de los ojos. Estos libros son raros, señorita Maud, y no para miradas ordinarias. Si veo que alguna vez sobrepasas ese dedo que apunta, te haré lo que le haría a una criada de la casa sorprendida cometiendo esa misma falta: te azotaré los ojos hasta que sangren. Esa marca señala aquí los límites de la inocencia. La cruzarás a su debido tiempo, pero cuando yo lo diga, y cuando estés preparada. ¿Me comprendes, verdad?

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