Falsa identidad por Sara Waters

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:31 am

No, ¿cómo iba a comprenderle? Pero ya me he vuelto precavida, y asiento como si le entendiera. Repone el libro en su sitio, y se demora un momento alineando el lomo en la estantería. El lomo es hermoso, y lo sabré bien, en su momento uno de los favoritos de mi tío. El título es… Pero me adelanto a mi propia inocencia, que se me otorga durante un poco más de tiempo. Después de haber hablado, mi tío parece olvidarme. Aguardo otro cuarto de hora hasta que él levanta la cabeza, advierte mi presencia y me hace seña de que me vaya. Forcejeo un instante con el picaporte de hierro de la puerta, y él hace una mueca de disgusto al oír el chirrido de la palanca, y cuando la cierro, Stiles se precipita desde la penumbra para llevarme al piso de abajo.
—Supongo que estás hambrienta —dice, mientras caminamos—. Las niñas siempre lo están. Seguro que ahora agradeces un huevo.
Tengo hambre, pero no lo admito. Ella llama a una sirvienta, que trae una galleta y un vaso de vino tinto dulce. Me los coloca delante y sonríe, con una sonrisa más difícil de soportar, en cierto modo, que una bofetada. Temo echarme a llorar de nuevo. Pero me trago las lágrimas con la galleta seca, y la criada y Stiles cuchichean y me observan. Después me dejan completamente sola. La habitación se oscurece. Me tumbo en el sofá con la cabeza sobre un almohadón y me cubro con mi propia capa y mis propias manos palmeteadas y rojas. El vino me induce al sueño. Cuando despierto lo hago entre sombras móviles y veo a Stiles en la puerta, portando una lámpara. Despierto presa del pánico y con la sensación de que han transcurrido muchas horas. Me parece que la campana acaba de sonar. Creo que son las siete o las ocho de la noche. Digo:
—Me gustaría que me llevase a casa, por favor.
Stiles se ríe.
—¿Te refieres a la casa de aquellas mujeres burdas? ¡Vaya un sitio para llamarle casa!
—Seguro que me echan en falta.
—Seguro que se alegran de haberse librado de ti, de esta cosita desagradable y pálida que eres. Ven aquí. Es hora de acostarse.
Me ha levantado del sofá y empieza a desatarme el vestido. Me resisto y le pego. Ella me agarra del brazo y me lo retuerce. Digo:
—¡No tiene derecho a hacerme daño! ¡Usted no es nada mío! ¡Quiero estar con mi madre, que me quiere!
—Aquí está tu madre —dice, tirando del retrato que cuelga de mi cuello—. Esta es la única madre que tendrás aquí. Agradece que tengas su retrato para conocer su cara. Ahora levántate y estáte quieta. Tienes que ponerte esto para tener la figura de una dama.
Me ha despojado del vestido rígido y de toda la ropa interior de debajo. Ahora me ajusta un corsé de muchacha que me oprime más que el vestido. Sobre él me pone un camisón. Me calza en las manos un par de guantes blancos de piel que abrocha en las muñecas. Sólo tengo los pies al descubierto. Caigo sobre el sofá y pataleo. Ella me levanta y me zarandea, y luego me mantiene quieta.
—Óyeme —dice, con la cara carmesí y blanca, y echándome el aliento en la mejilla—. Tuve hace tiempo una hija que se murió. Tenía el pelo bonito, moreno y rizado, y un carácter de cordero. No entiendo por qué una niña morena y de buen carácter tiene que morirse y otra quisquillosa y pálida como tú debe crecer. Es un misterio el porqué tu madre, con toda su fortuna, tuvo que morirse, hecha una piltrafa, mientras que yo debo vivir para suavizar tus dedos y convertirte en una dama. Llora todas las lágrimas taimadas que quieras. No vas a ablandar mi duro corazón.
Me levanta bruscamente y me lleva al vestidor; me obliga a subir a la cama grande, alta y
polvorienta, y corre las cortinas. Hay una puerta junto a la campana de la chimenea: me dice que conduce a otro aposento, y que en él duerme una chica de mal genio. La chica aguzará el oído durante la noche, y me oirá si no estoy callada y no soy buena y me muevo, y tiene una mano muy larga.
—Reza tus oraciones —dice— y pide a Nuestro Señor que te perdone.
Recoge la lámpara y se marcha, y yo me quedo sumida en una oscuridad horrible. Creo que es una maldad hacerle esto a una niña; incluso hoy lo sigo pensando. Presa de una angustia de desdicha y miedo, trato de captar sonidos en el silencio: desvelada, mareada, hambrienta, sola y con frío en una tiniebla tan profunda que hasta la negrura de mis párpados parece más luminosa. El corsé me envuelve como un puño férreo. En los nudillos, embutidos en los rígidos guantes de piel, me empiezan a surgir magulladuras. De vez en cuando el reloj de pared cambia de ritmo y suena, y extraigo todo el consuelo que puedo de pensar que en algún lugar de la casa caminan lunáticas al lado de vigilantes enfermeras. Luego empiezo a preguntarme sobre las costumbres de la casa.
¿Quizás aquí a las locas se les permite deambular a su antojo; quizás venga una loca a mi habitación creyendo que es la de otra? ¡Quizás la chica de mal genio que duerme en el cuarto de al lado sea también una chiflada que vendrá a estrangularme con su fuerte mano! De hecho, no bien se me ha ocurrido la idea empiezo a oír ruidos sordos de movimiento, muy cerca, anormalmente cerca, me parece: imagino mil figuras furtivas con la cara pegada a la cortina, mil manos que exploran. Rompo a llorar. El corsé que llevo puesto hace que las lágrimas afluyan de un modo extraño. Ansío yacer inmóvil, para que las mujeres que me acechan no sepan que estoy aquí, pero cuanto más quieta procuro quedarme, más inquieta me siento. Poco después, una araña o una polilla me roza la mejilla, me figuro que la mano estranguladora ha llegado por fin, doy un brinco convulso y, supongo, grito.
Se oye el ruido de una puerta que se abre, surge una luz entre las costuras de la cortina. Aparece una cara cerca de la mía, una cara amable, no la de una loca, sino la de la chica que un rato antes me ha traído el té con galletas y vino dulce. Lleva camisón y el pelo suelto.
—Ya pasó —dice en voz baja. Su mano no es dura. La posa en mi cabeza, me acaricia la cara y me sosiego. Mis lágrimas fluyen normalmente.
Digo que he tenido miedo de las locas, y ella se ríe.
—No hay locas aquí —dice—. Estás pensando en el otro sitio. ¿No te alegras de haberlo dejado? —Niego con la cabeza. Ella dice—: Bueno, es sólo que esto se te hace extraño. Pronto te acostumbrarás.
Recoge su lámpara. Apenas veo esto, vuelvo a llorar de inmediato.
—Anda, ¡te quedarás dormida dentro de un momento! —dice.
Le digo que no me gusta la oscuridad. Le digo que tengo miedo de dormir sola. Ella vacila, pensando acaso en la señora Stiles. Pero me atrevo a decirle que mi cama es más blanda que la suya; además, es invierno y hace un frío que pela. Ella dice por fin que se tumbará a mi lado hasta que me duerma. Apaga la vela de un soplo, huelo el humo en la oscuridad.
Me dice que se llama Barbara. Me deja descansar la cabeza contra ella. Dice:
—¿No es esto tan agradable como tu antigua casa? ¿No vas a encontrarte a gusto?
Digo que creo que me gustará un poco si ella se acuesta conmigo todas las noches, y al oír esto se ríe otra vez y luego se acomoda mejor en el colchón de plumas. Se duerme al instante, como un leño, como duermen las criadas. Huele a una crema facial violeta. Su camisón tiene cintas a la altura del pecho; las localizo con las manos enguantadas y las agarro mientras aguardo a que venga el sueño, como si me despeñara hacia una negrura absoluta y las cintas fueran las cuerdas que me salvarán de la caída.
Les cuento esto para que comprendan las fuerzas que operan sobre mí y me hacen ser como soy. Al día siguiente, recluida en mis dos cuartos inhóspitos, me obligan a coser. Me olvido de los terrores de la noche oscura. Los guantes me estorban, la aguja pincha mis dedos. «¡No lo haré!», grito, rasgando la tela. Entonces Stiles me pega. Como mi vestido y mi corsé son tan tiesos, al pegarme en la espalda se hace daño en la palma, lo cual me procura un pequeño consuelo.
Creo que me pegan a menudo durante los primeros días de mi estancia. ¿Cómo podría ser de otro modo? He conocido costumbres animadas, el estruendo de los pabellones, los mimos de veinte mujeres; ahora el silencio y la regularidad de la casa de mi tío me incitan a arranques de furia. Creo que soy una niña afable que se ha vuelto testaruda por culpa de las restricciones. Tiro tazas y platillos desde la mesa al suelo. Me tumbo y pataleo hasta que las botas vuelan de mis talones. Me desgañito gritando. Mis arrebatos topan con castigos cada vez más virulentos. Tengo la boca y las muñecas atadas. Me encierran en cuartos solitarios o en armarios. Una vez he volcado una vela y permitido que la llama lametee los flecos de una silla, hasta que humean, el señor Way me lleva al parque y me conduce, por un camino desierto, al almacén de hielo. Ahora no recuerdo el frío del lugar; recuerdo los bloques de hielo grises debería haber supuesto que eran claros como el cristal que hacen tictac en el silencio invernal, como otros tantos relojes. Resuenan durante tres horas. Cuando Stiles viene a liberarme me he transformado en una especie de nido y no se me puede desenrollar, y estoy tan débil como si me hubieran drogado. Creo que ella se asusta. Me lleva a casa en silencio, por la escalera del servicio, y ella y Barbara me bañan y luego me frotan los brazos con alcohol.
—Dios mío, ¡como pierda el uso de sus manos, él no nos perdonará nunca!
No es poco, verla asustada. Me quejo de debilidad y de dolores en los dedos durante un par de días después de este suceso, y observo cómo se inquieta; luego me olvido y la pellizco, y de este modo ella averigua que puedo apretar fuerte, y pronto vuelve a castigarme.
Transcurre un período, quizás, de un mes, aunque para mi mente infantil parece más largo. Mi tío aguarda durante todo ese tiempo, como si esperase la doma de un caballo. De cuando en cuando manda a Stiles que me lleve a la biblioteca y la interroga sobre mis progresos.
—¿Cómo vamos, señora Stiles?
—Mal todavía, señor.
—¿Todavía salvaje?
—Salvaje e irascible.
—¿Ha probado a ponerle la mano encima?
Ella asiente. Nos manda retirarnos. Sobrevienen nuevos ataques de furia, más rabietas y lágrimas. De noche, Barbara mueve la cabeza.
—¡Qué pena de chica, que seas tan rebelde! Stiles dice que nunca ha visto a una fiera como tú. ¿Por qué no te portas bien?
Lo hacía, en mi casa anterior, ¡y mira cómo me lo pagan! A la mañana siguiente vuelco el orinal y esparzo su contenido por la alfombra. Stiles alza las manos y grita; después, me cruza la cara. A continuación, a medio vestir y aturdida como estoy, me arrastra fuera del vestidor y me lleva ante la puerta de mi tío.
Él se espanta al vernos.
—Cielo santo, ¿qué es esto?
—¡Oh, algo horroroso, señor!
—¿Otro ataque violento? ¿Y me la trae aquí, donde puede estallar, entre los libros?
Pero la deja hablar, sin parar de mirarme a mí. Yo me mantengo muy tiesa, con una mano en la cara caliente y mi pelo claro suelto sobre los hombros. Al final se quita las gafas y cierra los ojos. Veo sus ojos al desnudo, con los párpados muy blandos. Alza el pulgar y el índice entintado hasta el puente de su nariz y se lo pellizca.
—Bueno, Maud —dice, mientras hace esto—, son malas noticias. Aquí está la señora Stiles y aquí estoy yo y toda mi servidumbre pendientes de tu buena conducta. Esperaba que las enfermeras te hubiesen educado mejor. Esperaba que fueses manejable. —Se acerca, parpadeando, y me pone la mano en la cara —. ¡No te encojas así, niña! Sólo quiero examinar tu mejilla. Creo que está caliente. Bueno, la señora Stiles tiene la mano larga. —Mira a su alrededor—. Veamos si hay algo frío por aquí…
Tiene una plegadera delgada de latón, de punta roma. Se encorva y aplica su hoja contra mi cara. Su ademán es leve, y me da miedo. Su voz es suave como la de una chica. Dice:
—Me apena verte dolorida, Maud. Lo digo en serio. ¿Crees que quiero verte así? ¿Por qué habría de quererlo? Eres tú la que quiere, puesto que lo provocas. Creo que debe de gustarte que te peguen… Esto es más frío, ¿verdad? —Ha girado la hoja. Yo tirito. Mis brazos desnudos se erizan de frío. Él mueve la boca—. Todos a la espera de tu buena conducta —repite—. Bueno, en Briar somos buenos para eso. Sabemos esperar y esperar. A la señora Stiles y a los sirvientes se les paga para eso; yo soy un sabio, y paciente por naturaleza. Mira mi colección, a tu alrededor. ¿Crees que esto es la obra de un hombre impaciente? Mis libros llegan despacio a mis manos, desde fuentes oscuras. ¡He pasado sin quejarme muchas semanas tediosas a la espera de volúmenes peores que tú!
Se ríe con una risa seca que quizás en un tiempo haya sido húmeda; desplaza la punta del cuchillo hasta un lugar debajo de mi barbilla; me levanta la cara y la inspecciona. Luego deja caer la plegadera y se retira. Se encaja las patillas de las gafas detrás de las orejas.
—Le aconsejo que la azote, señora Stiles —dice—, si vuelve a causar problemas.
Tal vez los niños, en definitiva, sean domables como los caballos. Mi tío vuelve a su amasijo de papeles y nos despide; y yo retorno dócilmente a mi labor de costura. No es la perspectiva de una azotaina lo que me vuelve mansa. Es lo que sé de la crueldad de la paciencia. No hay paciencia más terrible que la paciencia de las trastornadas. He visto a dementes afanarse en tareas interminables: trasvasar arena de una taza perforada a otra, contar las puntadas de un vestido raído o las motas en un rayo de sol, rellenar con las sumas resultantes libros invisibles de contabilidad. De haber sido varones y ricos en vez de mujeres, quizás se habrían hecho pasar por sabias y dirigido a una servidumbre. No lo sé. Y, por supuesto, estas ideas se me ocurren más tarde, cuando conozco la magnitud completa de la especial manía de mi tío. Aquel día, a mi manera infantil, sólo vislumbré su superficie. Pero veo que es oscura y sé que es silenciosa; de hecho, su sustancia es la de la oscuridad y el silencio que colman la casa de mi tío como agua o como cera.
Si forcejeo, me atraerá con más fuerza y me ahogaré. No quiero, por tanto, forcejear. Dejo de hacerlo totalmente y capitulo ante sus corrientes circulares y viscosas. Es éste el primer día, quizás, de mi educación. Pero a las ocho de la mañana siguiente empiezo mis lecciones propiamente dichas. No tengo un tutor: esta función la asume mi tío, que ha dispuesto que Way me instale un escritorio y un taburete cerca del dedo que apunta en el suelo de su biblioteca. El taburete es alto: mis piernas cuelgan de él y el peso de los zapatos les produce un hormigueo hasta que al final se quedan entumecidas. Si me muevo, sin embargo, si toso o estornudo, mi tío viene y me golpea en los dedos con su cuerda de cuentas envueltas en seda. Su paciencia, al fin y al cabo, tiene curiosas lagunas, y aunque asegura que no desea hacerme daño, me pega bastante a menudo.
Con todo, la biblioteca está más caldeada que mi habitación, para evitar que los libros se enmohezcan, y descubro que me gusta más escribir que coser. Me da un lápiz con una mina blanda que se desplaza en silencio sobre el papel, y una lámpara de lectura con pantalla verde para proteger mis ojos. Al calentarse, la lámpara huele a polvo en combustión: un olor peculiar ¡cómo llegaré a odiarlo!, el olor de mi juventud que se agosta.
Mi trabajo es de lo más tedioso, y consiste sobre todo en copiar páginas de texto de volúmenes antiguos en un libro encuadernado en cuero. El libro es delgado, y cuando está lleno mi tarea consiste en dejarlo otra vez en blanco con una goma de caucho. Recuerdo esta labor más que las materias que tengo que copiar, pues las páginas, a fuerza de una fricción constante, se manchan y se tornan frágiles y quebradizas; y la visión de una mancha en una hoja, o el sonido de un papel rasgado es algo que mi tío, con su delicadeza, no puede soportar. Dicen que los niños, por lo general, temen a los fantasmas de los muertos; lo que yo más temo de niña son los espectros de las lecciones recibidas, no borradas del todo.
Las llamo lecciones, pero no me enseñan cosas como a las demás niñas. Aprendo a recitar, en voz baja y clara; no me enseñan a cantar. No me enseñan los nombres de las flores y los pájaros, pero en cambio me instruyen sobre las pieles con que se encuadernan libros: a saber, tafilete, piel de Rusia, becerro, zapa; y sobre el tipo de papel: holandesa, chino, veteado, de seda. Aprendo las tintas, la talla de lápices, los usos de la piedra pómez, la forma y el tamaño de diversas fuentes: negrita, antigua, egipcia, cicero, esmeralda, rubí, perla… Les ponen nombres de joyas. Es un engaño, porque son duras y mates como cenizas en una parrilla.
Pero aprendo rápido. Pasa la estación. Recibo pequeñas recompensas: guantes nuevos, pantuflas de suelas blandas, un vestido, tan rígido como el primero, pero de terciopelo. Me permiten cenar en el comedor, en un extremo de una gran mesa de roble con cubertería de plata. Mi tío se sienta en el otro extremo. Tiene un atril de lectura delante de su asiento y rara vez habla; pero si tengo la mala suerte de que se me caiga un tenedor o de que el cuchillo rechine contra el plato, él levanta la cabeza y me dirige una mirada húmeda y terrible.
—¿Tienes alguna debilidad en las manos, Maud, que te fuerce a producir ese chirrido con los cubiertos?
—El cuchillo es demasiado grande y pesado, tío —le respondo una vez, quejosa.
Manda que me quiten el cuchillo y tengo que comer con los dedos. Como sus platos preferidos son todos de carne sanguinolenta, corazones y pies de ternero, mis guantes de cabritilla se ponen rojos como la púrpura, como si revirtieran a la sustancia de que están hechos. Se me quita el apetito. El vino me gusta más. Me lo sirven en una copa de cristal en la que está grabada la letra M. Mi servilletero de plata luce la misma inicial, pero negra y deslustrada. Es para que recuerde no mi propio nombre, sino el de mimadre, que se llamaba Marianne.
Está enterrada en el lugar más solitario de todo este parque desierto; la suya es una solitaria lápida de piedra gris entre otras muchas blancas. Me llevan a verla, y me obligan a mantener la tumba limpia.
—Suerte tienes de poder hacerlo —dice Stiles, con los brazos cruzados sobre el busto, mirando cómo podo la hierba del cementerio—. ¿Quién cuidará mi tumba? Seré casi olvidada.
Su marido ha muerto. Su hijo es marinero. Ha recogido todo el pelo moreno y rizado de su hija para hacer ornamentos con ellos. Me cepilla el mío como si los mechones fueran de espino y pudieran cortarla; ojalá lo hicieran. Creo que lamenta no azotarme. Sigue magullándome los brazos a pellizcos. Mi obediencia la enfurece más de lo que la enfurecían mis rabietas; al percatarme de esto, me vuelvo más dócil, con una docilidad ardua y artera que, al recibir el filo de su tristeza, la mantiene aguzada. Esto la induce a pellizcarme una actividad nada provechosa y a regañarme, lo cual es más rentable, ya que revela sus aflicciones. La llevo a menudo a las tumbas, y me aseguro de que me oiga suspirar, con toda la fuerza de mis pulmones, ante la lápida de mi madre. En su momento ¡así soy de astuta! averiguo el nombre de su difunta hija; cuando la gata de la cocina tiene una camada de cachorros, adopto uno como mascota y le pongo el nombre de la muerta. Procuro decirlo lo más alto posible cuando Stiles está cerca:
«¡Ven, aquí, Polly! ¡Oh, Polly! ¡Qué bonita eres! ¡Qué fino el pelaje negro! Dale un beso a tu mamá». ¿Ven lo que han hecho de mí las circunstancias?
Stiles tiembla y hace una mueca de dolor al oír mis palabras.
—¡Coge ese bicho asqueroso y que Inker lo ahogue! —le dice a Barbara, cuando no aguanta más.
Yo corro y escondo la cara. Pienso en mi hogar perdido, en las enfermeras que me amaban, y al pensarlo fluyen a mis ojos, fríamente, lágrimas calientes.
—¡Oh, Barbara! —exclamo—. ¡Di que no harás eso! ¡Dime que no lo harás!
Barbara dice que nunca podría hacerlo. Stiles la despacha.
—Eres una niña malvada y odiosa —dice—. No pienses que Barbara no lo sabe. No creas que no te ve, a ti y tus artimañas.
Pero es ella la que llora ahora, con grandes sollozos de congoja, y mis ojos se secan enseguida al escudriñar los suyos. Pues, ¿qué es ella para mí? ¿Qué es cualquiera aquí? Había creído que mis madres, las enfermeras, mandarían a buscarme; seis meses han transcurrido y otros seis, y seis más, y no mandan a nadie. Me aseguran que me han olvidado.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:31 am

—¿Acordarse de ti? —se ríe Stiles—. Caray, me atrevo a decir que tu puesto lo ha ocupado otra niña con mejor carácter. Estoy segura de que se alegran de haberse librado de ti.
Andando el tiempo, la creo. Empiezo a olvidar. Mi antigua vida se va ensombreciendo en relación con la nueva, o bien en ocasiones surge para oscurecerla o turbarla, en sueños y difusos recuerdos, como esos trazos manchados de lecciones olvidadas que alguna que otra vez emergen en las páginas de mi libro de copias.
Odio a mi propia madre. ¿No fue ella la primera que me abandonó? Guardo su retrato en una cajita de madera junto a mi cama; pero su dulce cara blanca no tiene nada de mí, y llego a aborrecerla. «Dale un beso de buenas noches a mamá», digo una vez, abriendo la caja. Pero lo digo sólo para atormentar a Stiles. Levanto la foto hasta mis labios y, mientras ella mira, creyéndome triste, «Te odio», susurro, y mi aliento empaña el oro. Lo hago una noche y la siguiente y la de después; al final, como un reloj que resuena con un ritmo regular, descubro que debo hacerlo si quiero descansar tranquila. Y además tengo que posar con suavidad el retrato, sin arrugar su cinta. Si el marco encaja mal en el forro de terciopelo de la caja, lo saco y lo coloco con sumo cuidado.
Stiles me observa cuando hago esto, con una expresión curiosa. Nunca me tranquilizo del todo hasta que llega Barbara. Entretanto mi tío supervisa mi trabajo y considera que mis letras, mi escritura, mi voz han mejorado mucho. Algunas veces suele recibir a señores en Briar: entonces me hace leer para ellos. Leo de textos extraños, sin entender la materia que recito, y los caballeros así como Stiles me miran de un modo raro. Me habitúo a ello. Cuando termino, siguiendo las instrucciones de mi tío, hago una reverencia. Sé hacerlo bien. Los señores aplauden y se acercan a estrecharme o acariciarme la mano. Muchas veces me dicen que soy una rareza. Yo misma me considero una especie de prodigio, y sus miradas me sonrojan.
Así florecen las flores blancas, antes de encorvarse y decaer. Un día en que entro en la biblioteca veo que han desplazado mi pequeño escritorio y que me han preparado un sitio entre sus libros. Al ver mi expresión, mi tío me indica que me acerque.
—Quítate los guantes —dice.
Sin ellos, me estremece tocar la superficie de cosas ordinarias. Hace un día frío, apacible, sin sol. Ya llevo dos años en Briar. Tengo las mejillas redondas como una niña, y la voz aguda. Todavía no he empezado a sangrar como las mujeres.
—Bueno, Maud —dice mi tío—. Por fin has cruzado el dedo de latón y estás entre mis libros. Estás a punto de aprender la naturaleza exacta de tu ocupación. ¿Tienes miedo?
—Un poco, señor.
—Haces bien en tenerlo. Porque el asunto es temible. Crees que soy un sabio, ¿eh?
—Sí, señor.
—Pues soy algo más que eso. Soy un conservador de venenos. Estos libros, mira, ¡míralos bien!, son los venenos a que me refiero. Y esto —aquí posa una mano reverencial sobre la alta pila de papeles manchados de tinta que llenan su escritorio— es el índice. Guiará a otros para recopilarlos y estudiarlos como es debido. Cuando esté completo, no habrá obra tan perfecta como ésta en su género. He dedicado muchos años a confeccionarlo y revisarlo, y consagraré todos los que el trabajo exija. He trabajado tanto tiempo entre venenos que soy inmune a ellos, y mi objetivo ha sido que tú también lo seas, para poder ayudarme. Mis ojos…, mira mis ojos, Maud. —Se quita las gafas y aproxima la cara a la mía; y yo me asusto, como la vez anterior, al ver su cara blanda y descubierta; pero también veo ahora lo que ocultan las gafas coloreadas: una especie de película o blancura sobre la superficie del ojo—. Mis ojos se debilitan —dice, poniéndose las gafas—. Tu vista será la mía. Tu mano será mi mano. Porque has venido aquí con los dedos desnudos, mientras que en el mundo normal, el mundo ordinario, fuera de este aposento, los hombres que manejan arsénico y vitriolo lo hacen con la piel protegida. Tú no eres como ellos. Esta es tu esfera propia. Yo lo he decidido así. Te he administrado veneno, en diminutas partículas.
Es el momento de la dosis más grande. Se gira, coge un libro de los anaqueles y me lo entrega, apretando mis dedos muy fuerte contra él.
—No se lo digas a nadie. Recuerda que nuestro trabajo es infrecuente. Resultará extraño, para la vista y oídos de los no iniciados. Si lo revelas, te creerán contaminada. ¿Me entiendes? Te he untado de veneno el labio, Maud. Acuérdate.
El libro se titula La cortina desvelada o la educación de Laura. Me siento a solas y abro la cubierta; por fin comprendo la materia de la que he estado leyendo y que ha provocado aplausos de los invitados de mi tío.
El mundo lo llama placer. Mi tío lo colecciona lo mantiene limpio y ordenado, en estantes protegidos, pero lo conserva de un modo extraño no para su propio deleite, no, eso nunca; más bien, porque proporciona combustible para la satisfacción de una curiosa lujuria. Me refiero a la concupiscencia del bibliotecario.
—Mira esto, Maud —me dirá en voz baja, abriendo las puertas de cristal de sus vitrinas, y pasando los dedos por las cubiertas de los textos que ha sacado—. ¿Ves las vetas de estos papeles, el tafilete del lomo, el reborde dorado? Observa este estampado. —Ladea el libro hacia mí pero, celoso, no me deja verlo—. ¡Aún no, aún no! Y mira este otro. En letras negras, pero el título, mira, resaltado en rojo. Las mayúsculas floreadas, el margen tan ancho como el texto. ¡Qué lujo! ¡Y éste! Papel sencillo, pero mira aquí, en el frontispicio…, el dibujo de una dama reclinada en un sofá y un caballero a su lado, con la punta del miembro carmesí y expuesta…, una imitación de Bolder, un dibujo rarísimo. Se lo compré por un chelín a un joven en un tenderete de Liverpool. No lo vendería ahora ni por cincuenta libras. ¡Vamos, vamos! —Me ha visto ruborizarme—. ¡Nada de recato de colegiala aquí! ¿Te he traído a mi casa y te he enseñado a manejar mi colección para que te sonrojes? Bueno, ya basta. Esto es trabajo, no ocio. Pronto el examen de la forma te hará olvidar la materia.
Así me habla muchas veces. Yo no le creo. Tengo trece años. Los libros, al principio, me inspiran una especie de horror: pues parece algo horrible que los niños, al convertirse en mujeres y hombres, hagan lo que en ellos se describe, concebir deseos, adquirir cavidades y miembros secretos, ser proclives a fiebres, a crisis, no buscar nada más que el interminable acoplamiento de carne ardiente. Me imagino mi boca amordazada de besos. Me imagino la separación de mis piernas. Me imagino manoseada y perforada… Tengo trece años, como he dicho. El temor cede el paso a la inquietud: empiezo a quedarme desvelada en la cama junto a Barbara mientras ella duerme; una vez retiro la manta para estudiar la curva de su pecho. Adquiero la costumbre de mirarla cuando se baña y se viste. Tiene las piernas que sé por los libros de mi tío que son lisas sombreadas de vello; el lugar entre ambas que sé que debería ser despejado y blanco es el más velludo. Eso me turba. Un día, por fin, ella me sorprende mirándola.
—¿Qué miras? —dice.
—Tu coño —respondo—. ¿Por qué es tan negro?
Da un respingo como horrorizada, se baja la falda, se tapa con las manos el pecho. Las mejillas se le ponen coloradas.
—¡Oh! —exclama—. ¡Yo no he sido! ¿Dónde has aprendido esas cosas?
—De mi tío —digo.
—¡Ah, mentirosa! Tu tío es un caballero. ¡Se lo diré a Stiles!
Se lo dice. Pienso que Stiles va a pegarme; en lugar de eso, al igual que Barbara, se sobresalta. Pero después coge una pastilla de jabón mientras Barbara me sujeta, me la introduce en la boca y, apretándome fuerte, me la pasa de derecha a izquierda, de un lado a otro de mis labios y lengua.
—Hablas como un demonio, ¿eh? —dice mientras hace esto—. Como una zorra y una fiera inmunda, ¿no? Como la piltrafa de tu madre, ¿verdad?
Cuando por fin me suelta, se limpia las manos convulsivamente en el delantal. Le ordena a Barbara que a partir de esa noche duerma en su propia cama, y me obliga a dejar entornada la puerta entre nuestros cuartos, y la luz apagada.
—Menos mal que lleva guantes —la oigo decir—. Eso le impedirá otras diabluras…
Me lavo la boca hasta que la lengua se me agrieta y sangra; lloro sin parar, pero me sigue sabiendo a espliego. Creo que mis labios, al fìn y al cabo, deben de contener veneno. No tardo en despreocuparme. Mi coño se vuelve oscuro como el de Barbara. Comprendo que los libros de mi tío están llenos de falsedades, y me desprecio por haberlas supuesto verdades. Mis mejillas calientes se enfrían, mi color se marchita, el calor abandona por completo mis miembros. La inquietud se torna desdén. Llego a ser lo que han previsto que fuera. Me convierto en una bibliotecaria.
—El turco lascivo —puede que diga mi tío, levantando la vista de sus papelotes—. ¿Dónde lo tenemos?
—Lo tenemos aquí, tío —contestaré, pues al cabo de un año conozco el lugar que ocupa cada libro en los anaqueles. Conozco el plan de su magno índice: su Bibliografía universal de Príapo y Venus. El me ha consagrado a Príapo y a Venus, del mismo modo que otras chicas son aprendizas de la aguja o el telar.
Conozco a sus amigos, esos caballeros que nos visitan y que todavía me oyen recitar. Sé que son editores, coleccionistas, subastadores: entusiastas de la obra de mi tío. Le envían libros cada semana más libros y cartas:
—«Señor Lilly: acerca del Cleland. Griver, de París, afirma que no tiene conocimiento del texto perdido, sodomítico. ¿Sigo buscando?».
Mi tío me escucha mientras leo, con los ojos muy apretados por detrás de las gafas.
—¿Qué opinas, Maud? —dice—. Bueno, ahora da igual. Que Cleland languidezca, y ojalá que haya más en primavera. Bueno, bueno. Déjame ver… —Separa las tiras de papel que hay encima de su escritorio—. Ahora, El festival de las pasiones. ¿Tenemos todavía el segundo volumen, el que nos prestó Hawtrey? Tienes que copiarlo, Maud…
—Lo copiaré —digo.
Me crees dócil. ¿Cómo iba a responderle de otro modo? Una vez, poco antes, me abandono y bostezo. Mi tío me escruta. Ha retirado la pluma de la página, y le da vueltas, despacio, al plumín.
—Al parecer consideras tu ocupación aburrida —dice al fin—. Quizás te gustaría volver a tu cuarto.
—Yo no digo nada—. ¿Te gustaría?
—Quizás sí, señor —digo al cabo de un momento.
—Quizás. Muy bien. Pon el libro en su sitio y vete. Pero, Maud… —esto último lo dice cuando franqueo la puerta—, dile a Stiles que quite el carbón de tu chimenea. No pensarás que voy a pagar por tenerte ociosa, ¿eh?
Titubeo, y después me voy. De nuevo estamos en invierno… ¡Aquí siempre parece invierno! Envuelta en mi abrigo, paso la tarde sentada hasta la hora de vestirme para la cena. Pero en la mesa, cuando Way sirve la comida en mi plato, mi tío le detiene.
—No hay carne —dice, al ponerse una servilleta en las rodillas— para chicas ociosas. No en esta casa.
Way se lleva el plato. Charles, su ayudante, parece apenado. Me gustaría cruzarle la cara. Pero me quedo sentada, retorciendo las manos sobre la tela de mi falda, tragándome la rabia como antaño me tragaba las lágrimas y oyendo la carne que se desliza por la lengua manchada de tinta de mi tío, hasta que me mandan a la cama.
Al día siguiente, a las ocho en punto, reanudo mi trabajo y procuro no volver a bostezar nunca. Crezco en los meses siguientes. Me vuelvo más esbelta y más pálida. Me vuelvo guapa. Ya no me caben las faldas, los guantes ni las pantuflas. Mi tío lo advierte, vagamente, y ordena a Stiles que me cosa vestidos nuevos a semejanza de los viejos. Ella le obedece y me manda coserlos. Creo que a Stiles le produce un placer malsano vestirme de acuerdo con el capricho de mi tío; una vez más, quizás en su pesadumbre por su hija, se ha olvidado de que las niñas están destinadas a convertirse en mujeres. De todos modos, llevo ya en Briar tanto tiempo que la regularidad, ahora, me ofrece un consuelo. Me he acostumbrado a los guantes y a los vestidos con ballenas, y tiemblo cuando me desatan por primera vez las cintas. Desvestida, tengo la impresión de estar tan desnuda e insegura como uno de los ojos sin lentes de mi tío.
Dormida, algunas veces tengo sueños opresivos. En uno contraigo una fiebre y un médico viene a verme. Es amigo de mi tío y me ha escuchado leer. Palpa la carne blanda por debajo de mi mandíbula, aplica los pulgares a mis mejillas, me baja los párpados.
—¿Le perturban pensamientos raros? —dice—. Bueno, es de esperar. Usted es una chica extraordinaria.
Me acaricia la mano y me prescribe una medicina una sola gota para tomar disuelta en un vaso de agua para la «inquietud». Barbara prepara la mezcla bajo la supervisión de Stiles. Después Barbara se marcha, para casarse, y me asignan otra sirvienta. Se llama Agnes. Es menuda y liviana como un pájaro, uno de esos pajarillos que los hombres atrapan con redes. Es pelirroja y tiene la piel blanca constelada de pecas, como papel manchado de humedad. Tiene quince años y es inocente como un corderito. Cree que mi tío es afable. Cree que yo también lo soy, al principio. Me recuerda a cómo era yo antes. Me recuerda cómo era y cómo debería ser todavía, y cómo no volveré a ser nunca. La odio por eso. Cuando es torpe, cuando es lenta, le pego. Su desmaña aumenta. Entonces vuelvo a pegarle.
Ella llora. Entre las lágrimas, mantiene clavada en mí su mirada. Le pego más fuerte cuanto más percibo su parecido conmigo. Así transcurre mi vida. Podrían suponer que no conocía las cosas normales, que las conocía de una forma extraña. Pero he leído otros libros, aparte de los de mi tío, y he entreoído las charlas de las criadas y sorprendido sus expresiones, y así, por este conducto ¡por las miradas de curiosidad y de compasión de camareras y mozos de cuadra!, he visto muy bien la rareza en que me he convertido.
Soy tan mundana como los más zafios calaveras de ficción, pero no he traspasado nunca, desde que llegué a esta casa, los muros de su parque. Lo sé todo. No sé nada. Tienen que acordarse de esto para lo que sigue. Tienen que recordar lo que no sé hacer, lo que no he visto. No sé, por ejemplo, montar a caballo ni bailar. Nunca he tenido en la mano una moneda para gastarla. Nunca he visto una obra de teatro, un ferrocarril, una montaña o el mar.
Nunca he estado en Londres y, sin embargo, creo que también lo conozco. Lo conozco por los libros de mi tío. Sé que está a la orilla de un río, que es el mismo, aunque mucho más ancho, que el que discurre más allá del parque. Me gusta caminar junto al agua, pensando en estas cosas. Allí hay una batea vieja y volcada, medio podrida: los agujeros en su casco me parecen una burla perpetua de mi encierro; pero me gusta sentarme encima y contemplar los juncos en la orilla del agua. Me acuerdo del episodio de la Biblia en que un niño es depositado en un canasto y lo encuentra la hija de un rey. Me gustaría encontrar a un niño. ¡Encontrarlo, pero no quedármelo!: ocupar su lugar en el canasto y dejarlo en Briar para que crezca hasta llegar a ser yo. Pienso a menudo en la vida que llevaría en Londres, y en quién me reclamaría.
Esto sucede cuando todavía soy joven y dada a fantasear. Cuando soy mayor ya no paseo tanto junto al río, sino que miro desde las ventanas de la casa el paraje por donde sé que pasa el río. Permanezco en el alféizar muchas horas seguidas. Y un día, en la pintura amarilla que cubre el cristal de las ventanas de la biblioteca de mi tío, trazo con la uña del dedo una media luna pequeña y perfecta, sobre la cual, posteriormente, me inclino en ocasiones y a la que aplico el ojo…, como una esposa curiosa fisga por el ojo de la cerradura de un cuarto de secretos…
Pero yo estoy dentro de ese cuarto, y ansiosa de salir de ahí… Tengo diecisiete años cuando Richard Rivers llega a Briar con un plan, una promesa y la historia de un chica crédula a quien se puede embaucar para que me ayude a conseguirlo.

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8

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:32 am

He dicho que mi tío tenía por costumbre invitar a casa a caballeros interesados, para cenar con nosotros y, más tarde, oírme leer. Es lo que hace ahora.
—Arréglate esta noche, Maud —me dice, y me quedo en la biblioteca abrochándome los guantes—. Tenemos invitados. Hawtrey, Huss y otro, un desconocido. Espero contratarle para que enmarque nuestros cuadros.
Nuestros cuadros. En un estudio separado hay armarios llenos de grabados obscenos que mi tío ha recopilado de un modo displicente, junto con los libros. Muchas veces ha hablado de contratar a alguien para clasificarlos y enmarcarlos, pero nunca ha encontrado un hombre capaz de realizar esta tarea. Para esta clase de trabajo se necesita un carácter bastante singular. Capta mi mirada y proyecta hacia fuera los labios.
—Hawtrey dice que tiene un regalo para nosotros. Una edición de un texto que no hemos catalogado.
—Qué gran noticia, señor.
Tal vez hablo con sequedad, pero mi tío, aunque es también un hombre seco, no lo advierte. Se limita a tocar las tiras de papel que tiene delante y a dividir el montón en dos pilas desiguales.
—Bueno, bueno, veamos…
—¿Puedo irme, tío? Alza los ojos.
—¿Ya han dado la hora?
—Creo que sí.
Saca del bolsillo su reloj de música y se lo lleva a la oreja. La llave de la puerta de la biblioteca envuelta en terciopelo desvaído cuelga insonora del reloj. Dice:
—Vete, entonces, vete. Deja a un viejo con sus libros. Vete a jugar, pero… con cuidado, Maud.
A veces me pregunto cómo supondrá que paso las horas en que no trabajo a su lado. Creo que está tan habituado al mundo particular de sus libros, donde el transcurso del tiempo es extraño, o no transcurre en absoluto, que se figura que soy una niña sin edad. En ocasiones yo misma me veo así, como si mis vestidos cortos y ceñidos y mis bandas de terciopelo me prestaran, al igual que una zapatilla china, un tamaño que de otro modo rebasaría. Mi propio tío, que presumo que en esta época no tiene más de cincuenta años, me ha parecido siempre absoluta y permanentemente envejecido, del mismo modo que las moscas permanecen añejas, aunque invariables y fijas, en nebulosas esquirlas de ámbar. Le dejo escudriñando una página de texto. Camino con gran sigilo, con zapatos de suela blanda. Voy a mis habitaciones, donde está Agnes.
La encuentro ocupada con una pieza de costura. Me ve llegar y se encoge. ¿Saben lo provocador que es ese miedo para un temperamento como el mío? La observo coser. Nota mi mirada y empieza a temblar. Sus puntadas se vuelven largas y torcidas. Por fin le cojo la aguja de la mano y suavemente hundo la punta en su piel; la retiro, la clavo otra vez y repito esta acción unas seis o siete veces, hasta que una erupción de pinchazos puebla sus nudillos entre las pecas.
—Esta noche van a venir unos señores —digo, mientras la pincho—. A uno no le conocemos. ¿Crees que será joven y guapo?
Lo digo ociosamente para zaherirla. A mí me da lo mismo. Pero ella se ruboriza al oírlo.
—No lo sé, señorita —responde, pestañeando y girando la cabeza, pero sin apartar la mano—. Quizás.
—¿Tú crees?
—¿Quién sabe? Podría ser.
La examino con más atención, espoleada por una idea nueva.
—¿Te gustaría que lo fuese?
—¿Gustarme, señorita?
—Gustarte, Agnes. Ahora me parece que sí te gustaría. ¿Le indico el camino a tu habitación? No escucharé detrás de la puerta. Cerraré con llave, estaréis a solas.
—¡Oh, señorita, qué tontería!
—¿Sí? Gira la mano. —Lo hace, y le hundo más adentro la aguja—. ¡Ahora dime que no te gusta que te claven algo!
Aparta la mano, se la succiona y se echa a llorar. La visión de sus lágrimas y de su boca, lamiendo el trozo de carne fresca que he perforado primero me conmueve y luego me turba; me produce cansancio. La dejo llorando y me coloco junto a la ventana rechinante, con la mirada en el césped que se extiende hasta el muro, los juncos, el Támesis.
—¿Vas a callarte? —digo, cuando todavía percibo su respiración—. ¡Mírate! ¡Lágrimas, por un hombre! ¿No sabes que no será guapo y ni siquiera joven? ¿No sabes que nunca lo son?
Pero, por supuesto, él es ambas cosas.
—El señor Richard Rivers —dice mi tío. El nombre me parece sospechoso. Más adelante descubriré que es falso, tan falso como sus anillos, su sonrisa, sus modales; pero ahora que estoy en el salón y él se levanta para inclinarse ante mí, ¿por qué habría de recelar de él? Tiene facciones hermosas, los dientes parejos y le saca a mi tío casi treinta centímetros de altura. Lleva brillantina en el pelo cepillado, pero lo lleva largo: le sobresale un rizo que le cae sobre la frente. Una y otra vez se lo retira con la mano. Tiene manos esbeltas, lisas y, salvo por un dedo amarillento de tabaco, muy blancas.
—Señorita Lilly —dice, mientras se inclina hacia mí. El mechón se le cae hacia delante, la mano manchada se levanta para apartarlo. Habla en voz muy baja, me figuro que por respeto a mi tío. Debe de haberle prevenido el señor Hawtrey.
Este es un librero y editor de Londres, y ha visitado muchas veces Briar. Coge mi mano y la besa. Tras él viene el señor Huss. Es un coleccionista, un amigo de juventud de mi tío. También me coge la mano, pero para atraerme hacia él, y me besa en la mejilla.
—Querida niña —dice.
Varias veces he topado con él en la escalera. Le gusta contemplar cómo la subo.
—¿Cómo está usted, señor Huss? —digo, haciendo una reverencia.
Pero observo a Rivers. Y una o dos veces en que giro la cara hacia donde él está, descubro sus ojos clavados en mí y su mirada pensativa. Me está sopesando. Quizás no se había imaginado que yo fuese tan guapa. Quizás no lo soy tanto como los rumores le han hecho creer. No lo sé. Pero cuando suena la campanilla y me coloco al lado de mi tío para que me lleve a la mesa, veo vacilar a Rivers; después elige el asiento contiguo al mío. Preferiría que no lo hubiese hecho. Creo que continuará observándome, y no me gusta que me observen mientras como. Way y Charles se mueven sigilosos a nuestro alrededor, llenando los vasos; el mío es la copa de cristal con una M grabada. Los sirvientes nos sirven la comida y después se retiran: nunca se quedan cuando tenemos invitados, pero regresan entre plato y plato. En Briar las comidas se rigen con arreglo a las campanadas del reloj, como todo. Una cena de señores dura una hora y media.
Esa noche tomamos sopa de liebre; a continuación, ganso de piel crujiente, huesos rosados y visceras servidas con salsa picante. Hawtrey toma un riñón exquisito, Rivers elige el corazón. Rechazo con la cabeza el plato que me ofrece.
—Me temo que no tiene hambre —dice en voz baja, mirándome a la cara.
—¿No le gusta el ganso, señorita Lilly? —pregunta Hawtrey—. Tampoco a mi hija mayor. Se acuerda de las crías y le entran ganas de llorar.
—Espero que usted recoja y guarde sus lágrimas —dice Huss—. Muchas veces pienso que me gustaría ver las lágrimas de una chica convertidas en tinta.
—¿En tinta? No hable de eso a mis hijas, se lo ruego. Me basta con tener que oír sus quejas. Si alguna vez se enterasen de la idea de imprimirlas también sobre papel y obligarme a leerlas, le aseguro que mi vida no valdría la pena.
—¿Tinta de lágrimas? —dice mi tío un momento después de los demás—. ¿Qué necedad es ésa?
—Lágrimas de niña —dice Huss.
—Totalmente incoloras.
—No lo creo. En serio, señor, creo que no. Me las imagino de un tono delicado, quizás rosa, quizás violeta.
—¿Quizás según la emoción que las ha causado? —dice Hawtrey.
—Exacto. Ha dado en la diana, Hawtrey. Lágrimas violetas para un libro melancólico; rosas, para uno alegre. También podría estar encuadernado con cabellos de chica…
Me mira y su expresión cambia. Se lleva la servilleta a la boca.
—Pues bien —dice Hawtrey—, me pregunto por qué no se ha intentado nunca. ¿Señor Lilly? Claro que uno oye barbaridades sobre pieles y cubiertas…
Comentan este tema un rato. Rivers escucha pero no dice nada. Por supuesto, toda su atención está concentrada en mí. Pienso que tal vez me hable, al amparo de la conversación. Confío en que lo haga. Doy un sorbo de vino y de repente me siento cansada. He asistido a demasiadas cenas parecidas, escuchando a los amigos de mi tío darle vueltas a pormenores aburridos en pequeños y cerrados círculos.
Inesperadamente, pienso en Agnes. Pienso en la boca de Agnes lamiendo una gota de sangre de su palma pinchada. Mi tío carraspea, y yo pestañeo.
—Hawtrey me ha dicho, señor Rivers —dice—, que ha traducido cosas del francés al inglés. Textos malos, supongo, si son para su imprenta.
—Malos, en efecto —responde Rivers—. De lo contrario no lo intentaría. No soy un experto. En París uno aprende las palabras necesarias, pero la última vez que estuve allí fue como estudiante de bellas artes. Espero encontrar una ocupación mejor para mis dotes, señor, que verter en un inglés pobre un francés peor.
—Bueno, bueno. Veremos. —Mi tío sonríe—. ¿Le gustaría ver mis cuadros?
—Muchísimo, desde luego.
—Bueno, algún otro día. Creo que le parecerán bastante hermosos. Pero me interesan menos que mis libros. ¿Quizás haya oído hablar —hace un pausa—… de mi índice?
Rivers inclina la cabeza.
—Qué bien suena eso.
—Suena de maravilla, ¿eh, Maud? Pero qué, ¿somos modestos? ¿Nos ruborizamos?
Sé que tengo las mejillas frías, y que la suya está pálida como la cera de una vela. Rivers se vuelve y busca mi cara con su mirada pensativa.
—¿Cómo va la gran obra? —pregunta Hawtrey con ligereza.
—Estamos cerca —contesta mi tío—. Estamos muy cerca. Estoy en contacto con impresores.
—¿Y qué extensión tiene?
—Mil páginas.
Hawtrey arruga la frente. Silbaría si el talante de mi tío se lo consintiera. Se sirve otro trozo de ganso.
—Doscientas más, entonces —dice, mientras se sirve—, desde la última vez que hablamos.
—Para el primer volumen, por supuesto. El segundo será más largo. ¿Qué le parece, Rivers?
—Asombroso, señor.
—¿Alguna vez ha existido algo igual? ¿Una bibliografía universal, y sobre semejante tema? Dicen que la ciencia está muerta en Inglaterra.
—En ese caso, usted la ha resucitado. Un logro fantástico.
—Fantástico, en efecto…, más aún si se conoce el grado de oscuridad que envuelve al tema. Tenga en cuenta que los autores de los textos que colecciono tienen que encubrir su identidad con un seudónimo o el anonimato. Que los propios textos están editados con toda clase de pistas falsas y engañosas respecto al lugar y la fecha de impresión y publicación. ¿Eh? Que recurren a títulos oscuros. Que tienen que circular de forma clandestina, por cauces secretos, o en alas del rumor y la conjetura. Considere estos obstáculos al progreso bibliográfico. ¡Y hábleme luego de una labor fantástica!
Le tiembla en la voz una risa triste.
—Me parece inconcebible —dice Rivers—. ¿Y el índice está ordenado…?
—Por títulos, por nombres, por la fecha en que los adquirimos; y fíjese, señor: por géneros de placer. Tenemos una lista sumamente precisa.
—¿De libros?
—¡De placeres! ¿Por dónde vamos ahora, Maud?
Los caballeros se vuelven hacia mí. Doy un sorbo de vino.
—Por el trato lascivo con animales —digo.
Mi tío asiente.
—Bueno, bueno —dice—. ¿Ve usted, Rivers, la ayuda que nuestra bibliografía prestará al estudioso del tema? Será una auténtica Biblia.
—La carne hecha verbo —dice Hawtrey, sonriendo, disfrutando de la frase. Capta mi mirada y guiña un ojo. Rivers, sin embargo, sigue mirando seriamente a mi tío—. Una gran ambición —continúa.
—Una gran tarea —dice Huss.
—Desde luego —dice Hawtrey, volviéndose hacia mí de nuevo—. Me temo, señorita Lilly, que su tío es despiadado en lo que toca al trabajo.
Me encojo de hombros.
—Me educaron para eso —digo—, como a los criados.
—Los criados y las señoritas —dice Huss— son criaturas distintas. ¿No se lo he dicho muchas veces? Los ojos de una chica no deberían cansarse leyendo, ni sus manos pequeñas endurecerse empuñando plumas.
—Eso mismo cree mi tío —digo, mostrando mis guantes—, aunque lo que quiere proteger a toda costa son sus libros, no mis dedos.
—¿Y qué pasa si ella trabaja cinco horas al día? —dice mi tío ahora—. ¡Yo trabajo diez! ¿Para qué íbamos a trabajar, sino para los libros? ¿Eh? Piense en Smart, y en De Bury. O piense en Tinius, un coleccionista tan abnegado que mató a dos hombres a causa de su biblioteca.
—Piense en el padre Vincente, que, a causa de la suya, ¡mató a doce! —dice Hawtrey, meneando la cabeza. -No, no, señor Lilly. De acuerdo en que tiene que hacer trabajar a su sobrina, pero no le perdonaríamos que la indujese a la violencia a causa de la literatura.
Los caballeros se ríen.
—Bueno, bueno —dice mi tío.
Yo examino mi mano sin decir nada. Mis dedos parecen rojos como rubíes a través de la copa de vino tinto; la inicial de mi madre es totalmente invisible hasta que giro el cristal, y entonces se ven las incisiones.
Hay dos platos más antes de que me disculpe por abandonar la mesa, y suena dos veces el reloj mientras permanezco sentada a solas hasta que los caballeros se reúnen conmigo en el salón. Oigo el murmullo de sus voces y me pregunto de qué hablan en mi ausencia. Cuando por fin llegan todos tienen la cara un poco más encarnada y el aliento agrio de tabaco. Hawtrey saca un paquete envuelto en papel y cuerda. Se lo entrega a mi tío, que forcejea con el envoltorio.
—Vaya, vaya —dice, y cuando el libro queda expuesto a la vista lo aproxima a sus ojos—: ¡Ajá! — Mueve los labios—. ¡Mira esto, Maud, mira lo que nos ha traído este pájaro! —Me enseña el volumen—. Bien, ¿qué me dices?
Es una novela corriente con una encuadernación ramplona, pero su frontispicio infrecuente la convierte en un libro raro. Lo miro y, a mi pesar, sucumbo a los síntomas de una emoción seca. La sensación me marea. Digo:
—Un regalo muy bello para nosotros, tío, sin duda alguna.
—Mira esto, la viñeta. ¿La ves?
—La veo.
—Creo que no hemos tenido en cuenta esta posibilidad. Estoy seguro de que no lo hemos hecho. Tenemos que volver atrás. ¿Y pensábamos que esta entradilla estaba completa? Mañana la revisaremos. —Estira el cuello, complacido por esa promesa de placer—. Por ahora…, bueno, quítate los guantes, niña. ¿Crees que Hawtrey nos trae libros para que les manches de grasa las tapas? Así está mejor. Oigamos un poco. Siéntate y léenos. Huss, siéntese también. Rivers, fíjese en lo clara y suave que es la voz de mi sobrina cuando lee. La he instruido yo mismo. Bueno, bueno. ¡Estás arrugando el lomo, Maud!
—Yo diría que no, señor Lilly —dice Huss, mirando mis manos desnudas.
Coloco el libro en un atril y sujeto con cuidado sus páginas. Enciendo una lámpara para que ilumine con claridad el texto.
—¿Cuánto tiempo debo leer, tío?
Coloca el reloj contra el oído. Dice:
—Hasta que suene la hora. Ahora fíjese, Rivers, ¡y dígame si puede haber algo parecido en otro salón de Inglaterra!
El libro está lleno, como he dicho, de las obscenidades habituales, pero mi tío tiene razón, he sido adiestrada demasiado bien, mi voz es clara y natural, y las palabras casi suenan dulces. Cuando termino, Hawtrey aplaude y la cara de Huss, más sonrosada, muestra una expresión atribulada. Mi tío, en su asiento, se ha quitado las gafas y escucha con la cabeza ladeada y los ojos firmemente cerrados.
—Palabras muy pobres —dice—. Pero tengo un hogar para vosotras en mis estanterías. Un hogar y hermanos. Mañana os buscaremos un sitio. La viñeta: estoy seguro de que no lo hemos pensado… Maud, ¿las tapas están cerradas y bien rectas?
—Sí, señor.
Vuelve a calarse las gafas, encajando las patillas en sus orejas. Huss se escancia un brandy. Yo me abrocho los guantes, aliso las arrugas de mi falda. Giro la lámpara y atenúo su luz. Pero tengo conciencia de mí misma. Tengo conciencia de Rivers. Me ha oído leer, sin ninguna emoción visible y mirando al suelo, pero tiene las manos unidas y con un pulgar se palmotea nerviosamente el otro. Poco después se levanta. Dice que el fuego es muy fuerte y que le está quemando. Deambula un minuto por el salón, y con el cuerpo envarado se inclina para curiosear en las vitrinas de mi tío; luego se pone las manos detrás de la espalda, pero sigue entrechocando los pulgares. Creo que sabe que le observo. En un momento dado se me acerca, capta mi mirada, hace una reverencia cuidadosa. Dice:
—Hace bastante frío tan lejos del fuego. ¿No le apetece sentarse más cerca de las llamas, señorita Lilly?
—Gracias, señor Rivers —le respondo—. Prefiero estar aquí.
—Le gusta pasar frío —dice.
—Me gustan las penumbras.
Le sonrío de nuevo y él toma mi sonrisa como una especie de invitación; se sube la chaqueta, se tira de los pantalones y se sienta a mi lado, no demasiado cerca, con los ojos todavía puestos en los anaqueles de mi tío, como distraído por los libros. Pero cuando habla lo hace en un murmullo. Dice:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:32 am

—Pues a mí también me gustan las penumbras.
Huss mira hacia donde estamos. Hawtrey se coloca delante del fuego y levanta una copa. Mi tío se ha sentado en su butaca y las orejas del mueble le oscurecen los ojos; veo sólo su boca reseca, con el labio fruncido.
—¿La fase más grande de eros? —está diciendo—. ¡Nos la hemos perdido por setenta años! Me daría vergüenza enseñarle al hombre que hierra mi caballo los relatos cínicos e inverosímiles que hoy pasan por ser literatura voluptuosa…
Reprimo un bostezo y Rivers se vuelve hacia mí. Digo:
—Perdone, señor Rivers.
El inclina la cabeza.
—Quizás no le interesa el tema de su tío.
Sigue hablando en un murmullo y, para responder, no tengo más remedio que bajar también la voz.
—Soy la secretaria de mi tío —digo—. Para mí, el atractivo del tema no representa nada.
Vuelve a inclinar la cabeza.
—Bueno, quizás —dice, mientras mi tío continúa hablando—. No deja de ser curioso que a una mujer la deje fría e indiferente lo que está concebido para suscitar ardor y pasión.
—Pues yo creo que hay muchas mujeres a las que no conmueve eso de lo que usted habla. ¿Y acaso no son las que mejor conocen el asunto las que menos se emocionan? —Busco su mirada—. No hablo por experiencia del mundo, por supuesto, sino sólo a partir de mis lecturas. Pero debería haber dicho que…, oh, hasta un cura perdería una parte de su pasión por los misterios de la Iglesia si le sometieran con excesiva frecuencia al examen de la oblea y el vino.
El no pestañea. Al final casi se ríe.
—Es usted insólita, señorita Lilly.
Aparto la vista.
—Eso tengo entendido.
—Ah. Ahora su tono es amargo. Quizás considera que su educación es una especie de infortunio.
—Al contrario. ¿Cómo podría ser un infortunio el conocimiento? Por ejemplo, no puedo engañarme respecto de las atenciones de un hombre. Soy una entendida en los diversos métodos a los que puede recurrir un caballero para cortejar a una dama.
Se pone en el pecho su mano blanca.
—En ese caso debería amilanarme. Yo sólo he querido cortejarla.
—No sabía que los hombres tuvieran otros deseos que el único que sienten.
—Quizás no en los libros a los que está acostumbrada. Pero en la vida… hay muchos otros, y uno principal.
—Yo creía —digo— que era ése el único por el que los libros se escribían.
—Oh, no —sonríe. Baja la voz aún más—. Se leen por eso, pero se escriben por algo más intenso. Me refiero, por supuesto, al deseo de… dinero. A todos los hombres les importa esto. Y a quienes no somos tan caballeros como nos gustaría, es lo que más nos importa. Lamento avergonzarla.
Me he sonrojado, o tal vez asustado. Recobrándome, digo:
—Olvida que he sido educada para no experimentar el menor pudor. Sólo estoy sorprendida.
—Si es así, es una satisfacción saber que la he sorprendido. —Se levanta la mano hasta la barba—. No es poca cosa —prosigue— haber causado una pequeña impresión en la regularidad y la rutina de su vida cotidiana.
Habla de un modo tan insinuante que las mejillas se me colorean más aún.
—¿Qué sabe usted de eso? —digo.
—Bueno, lo deduzco de mis observaciones de la casa…
Ahora su tono y su semblante vuelven a ser inexpresivos. Veo que Huss le observa, con la cabeza ladeada. Le interpela, aposta:
—¿Qué opina de esto, Rivers?
—¿De qué?
—De que Hawtrey abogue ahora por la fotografía.
—¿La fotografía?
—Rivers —dice Hawtrey—. Usted es joven. Apelo a su criterio. ¿Puede haber un registro más perfecto del acto amatorio…
—¡Registro! —dice mi tío, con irritación—. ¡Documental! ¡Las lacras de la época!
—… que una fotografía? El señor Lilly sostiene que la ciencia de la fotografía se opone al espíritu de la vida venérea. Yo digo que es una imagen de la vida, y que tiene una ventaja sobre ella: que perdura, mientras que la vida…, la vida erótica, el momento venéreo, en especial, debe acabar y esfumarse.
—¿No perdura un libro? —pregunta mi tío, aferrando el brazo de su butaca.
—Dura lo que duran las palabras. Pero en una foto hay algo que las trasciende, y que trasciende las bocas que las pronuncian. Una foto enardecerá a un inglés, a un francés, a un hombre primitivo. Nos sobrevivirá a todos y excitará a nuestros nietos. Es algo aparte de la historia.
—¡Está dentro de la historia! —responde mi tío—. ¡Corrompido por ella! ¡Su historia lo envuelve como puro humo! Se ve en el ajuste de una zapatilla, un vestido, en el tocado de una cabeza. Déle fotos a su nieto: las examinará y las juzgará pintorescas. ¡Se reirá de las guías cerosas de su bigote! Pero las palabras, Hawtrey, las palabras… ¿eh? Nos seducen en la oscuridad, y la mente les presta los ropajes y el cuerpo que se le antoja. ¿No le parece, señor Rivers?
—Sí, señor.
—Sabe usted que no toleraré daguerrotipos ni estupideces así en mi colección.
—Creo que es una decisión correcta, señor.
Hawtrey mueve la cabeza. Le dice a mi tío:
—¿Sigue pensando que la fotografía es una moda pasajera? Tiene que venir a Holywell Street y pasar una hora en mi tienda. Tenemos ya álbumes preparados para que los clientes escojan. Los compradores sólo vienen por ellos.
—Sus clientes son unos patanes. ¿Qué tengo yo que ver con ellos? Rivers, usted los ha visto. ¿Qué opina de la calidad del negocio de Hawtrey?
El debate continuará, no puede eludirlo. Rivers responde y luego me mira como disculpándose, se levanta y va donde mi tío. Hablan hasta que dan las diez, la hora en que les dejo. Es la noche del martes. Rivers estará en Briar hasta el domingo. Al día siguiente me ausento de la biblioteca mientras los hombres examinan los libros; durante la cena él me observa, y después escucha mi lectura, pero luego se ve obligado a sentarse de nuevo con mi tío y no puede hacerme compañía. El sábado doy un paseo por el parque con Agnes y no le veo; esa noche, sin embargo, mi tío me manda que lea de un libro antiguo, uno de los más selectos, y cuando termino, Rivers viene a sentarse a mi lado para estudiar sus singulares cubiertas.
—¿Le gusta, Rivers? —le pregunta mi tío—. ¿Sabe que es muy raro?
—Pienso que tiene que serlo, señor.
—¿Y no le parece que quiero decir con eso que hay muy pocos ejemplares más?
—Sí, lo suponía.
—Hace bien. Pero los coleccionistas medimos la rareza con otros criterios. ¿Considera rara una pieza única si nadie la quiere? Llamamos a eso un libro muerto. Pero imaginemos que mil hombres buscan una veintena de ejemplares idénticos: cada uno de ellos es más raro que el único. ¿Me comprende?
Rivers asiente.
—Sí. La rareza del artículo se mide por el deseo del corazón que lo busca. —Me lanza una mirada—. Es algo muy extraño. ¿Y cuántos coleccionistas buscan este libro que acabamos de escuchar?
Mi tío se muestra evasivo.
—¿Cuántos, señor? Le responderé así: ¡subástelo y verá! ¡Ja!
Rivers se ríe.
—Sí, desde luego…
Pero parece pensativo bajo su capa de cortesía. Se muerde el labio; sus dientes asoman amarillos, voraces, contra la negrura de su barba, pero su boca tiene una sorprendente y mórbida tonalidad rosada. No dice nada mientras mi tío da un sorbo de su bebida y Hawtrey se ocupa de la lumbre. Después habla de nuevo.
—¿Y si un comprador único busca un par de libros, señor Lilly? —dice—. ¿Cómo se valoran?
—¿Un par? —Mi tío se quita las gafas—. ¿Dos volúmenes?
—Un par de títulos complementarios. Alguien posee uno y quiere adquirir el otro. ¿El segundo aumenta mucho el valor del primero?
—¡Por supuesto!
—Eso pensaba.
—La gente paga cantidades absurdas por cosas así —dice Huss.
—Cierto —dice mi tío—. Es cierto. En mi índice hallará una referencia a estas cuestiones…
—El índice —dice Rivers en voz baja, y los demás siguen conversando. Les escuchamos, o fingimos hacerlo, y enseguida él vuelve la cabeza y examina mi cara—. ¿Puedo preguntarle algo, señorita Lilly? — Y cuando asiento—: ¿Qué hará cuando esté terminada la obra de su tío? Es más, ¿por qué hace este trabajo?
Le he esbozado lo que me figuro que es una sonrisa amarga. Digo:
—Su pregunta no significa nada, difícilmente puedo contestarla. La obra de mi tío no concluirá nunca.
Se escriben incontables libros nuevos que hay que añadir a la lista de los antiguos; muchísimos que volver a descubrir; demasiada incertidumbre. El y Hawtrey discutirán al respecto eternamente. Míreles. Si publica el índice, como proyecta hacer, empezará de inmediato con los suplementos.
—¿Quiere decir que la mantendrá a su lado todo ese tiempo? —No respondo—. ¿Es tan apasionada como él?
—No tengo alternativa —digo por fin—. Tengo pocas aptitudes y, como ya ha visto, muy poco comunes.
—Es una mujer —dice en voz baja—, y joven y guapa. No lo digo ahora por galantería, y usted lo sabe. Lo digo porque es verdad. Podría hacer cualquier cosa.
—Usted es un hombre —replico—. Las verdades de los hombres son distintas de las de las mujeres. No puedo hacer nada, se lo aseguro.
El vacila…, quizás contiene la respiración. Luego dice:
—Podría… casarse. Ya es algo.
Lo dice mirando el libro del que yo he leído; y al oírle me río en voz alta. Mi tío presume que me he reído de alguno de sus chistes manidos, alza la vista y asiente.
—¿Tú crees, Maud? Ya ve, Huss, también lo cree mi sobrina…
Aguardo hasta que deja de mirarme y su atención se distrae. Entonces cojo el libro posado en el atril y levanto con suavidad su tapa.
—Mire, señor Rivers —digo—. Ésta es la placa de mi tío, estampada en todos sus libros. ¿Ve su divisa? En la placa figura su emblema, un ingenioso dibujo realizado por él mismo: un lirio dibujado de tal modo que parece un falo, y con la raíz envuelta en un tallo de brezo.
Rivers ladea la cabeza para examinarlo, y asiente. Cierro la tapa.
—A veces —digo, sin levantar la vista— tengo la impresión de que llevo pegada a la piel una placa parecida; de que estoy etiquetada, anotada y colocada en una estantería; hasta ese punto me asemejo a un libro de mi tío. —Alzo los ojos hacia los suyos. Estoy acalorada, pero hablo con frialdad, inmóvil—. Usted dijo hace dos noches que había observado las costumbres de esta casa. Entonces, sin duda, lo ha entendido. Mis compañeros libros y yo no estamos hechos para un uso ordinario. Mi tío nos mantiene separados del mundo. Nos llama venenos; dice que somos dañinos para ojos desprevenidos. Nos llama sus hijos, sus expósitos, llegados a él desde todos los rincones del mundo, algunos suntuosos y opulentos, otros desastrados, heridos, con el lomo partido, y algunos chabacanos y otros zafios. A pesar de lo mal que habla de ellos, creo que siente predilección por los zafios, porque son los que otros padres, o sea, otros bibliotecarios y coleccionistas, han rechazado. Yo era como ellos, y tenía un hogar y lo he
perdido…
Ya no hablo fríamente. Mis propias palabras me han desbordado. Rivers me mira y luego se inclina para coger del atril, con mucha delicadeza, el libro de mi tío.
—Su hogar —murmura, al tiempo que acerca su cara a la mía—. El manicomio. ¿Piensa a menudo en el tiempo que pasó allí? ¿Piensa en su madre, y nota su locura en usted?… Señor Lilly, su libro. —Mi tío nos está mirando—. ¿Le importa que lo coja? ¿Me enseñará los rasgos que lo acreditan como un libro raro…?
Ha hablado tan rápido que me ha producido un sobresalto horrible. No me gusta que me sobresalten. No me gusta perder la compostura. Pero cuando él se levanta y va con el libro hacia la chimenea, transcurren unos segundos que no acierto a explicar. Al final descubro que he posado la mano en mi pecho.
Que respiro aceleradamente. Que las penumbras donde estoy sentada son de repente más densas que antes…, tanto que mi falda parece sangrar sobre la tela del sofá y mi mano, que sube y baja por encima de mi corazón, está pálida como una hoja en el charco creciente de oscuridad. No voy a desmayarme. Las chicas sólo se desmayan en los libros, para conveniencia de los hombres. Pero supongo que empalidezco y tengo un aire extraño, pues cuando Hawtrey mira hacia mí sonriendo, la sonrisa se le borra.
—¡Señorita Lilly! —exclama. Viene a cogerme la mano. También se acerca Huss.
—Querida niña, ¿qué pasa?
Me sostiene por la axila. Rivers vuelve. Mi tío parece enfurruñado.
—Bueno, bueno —dice—. ¿Qué pasa ahora?
Cierra el libro, pero se cuida de mantener el dedo entre las páginas. Tocan la campanilla para llamar a Agnes. Ella se presenta con una expresión aterrada, parpadea ante los señores, hace una reverencia a mi tío. No son las diez todavía.
—Estoy perfectamente —digo—. No se preocupen. Sólo estoy cansada, de repente. Lo siento.
—¡Lo siente! ¡Puf! —dice Hawtrey—. Somos nosotros quienes debemos lamentarlo. Señor Lilly, es usted un tirano y sobrecarga de trabajo a su sobrina. Siempre lo he dicho, y aquí está la prueba. Agnes, coge el brazo de tu ama. Ahora ve despacito.
—¿Podrá subir la escalera? —pregunta Huss, inquieto. Se apuesta en el vestíbulo, como dispuesto a subirla. Tras él veo a Rivers, pero no su mirada.
Cuando se cierra la puerta del salón, aparto de un empujón a Agnes y una vez en mi cuarto busco algo frío que aplicarme en la cara. Por último voy a la repisa de la chimenea y apoyo la mejilla contra el espejo.
—¡Sus faldas, señorita! —dice Agnes. Las aparta del fuego.
Me siento extraña, dislocada. El reloj de la casa no ha sonado. Me sentiré mejor cuando suene. No pensaré en Rivers; en lo que sabe de mí, en cómo ha podido saberlo, en lo que se propone buscando mi compañía. Medio en cuclillas, Agnes tiene aún recogidas mis faldas en sus manos torpes. Suena el reloj. Vuelvo atrás y dejo que Agnes me desvista. Mi corazón late un poco menos deprisa. Ella me acuesta, desata las cortinas; ahora esta noche podría ser cualquier noche. Oigo a Agnes en su cuarto desabrocharse el vestido: si levanto la cabeza y miro por la abertura de las cortinas la veré de rodillas con los ojos bien cerrados y las manos unidas como las de un niño, moviendo los labios. Reza todas las noches para que se la lleven a su casa, y para estar a salvo mientras duerme.
Abro entonces mi cajita de madera y susurro palabras crueles al retrato de mi madre. Cierro los ojos. Pienso: ¡No examinaré tu cara!, pero después de haberlo pensarlo sé que tengo que hacerlo si no quiero sufrir insomnio y caer enferma. Miro fijamente sus ojos claros. ¿Piensa en su madre, ha dicho, y nota su locura en usted? ¿La noto?
Guardo el retrato y llamo a Agnes para que me traiga un vaso de agua. Tomo una gota de mi antigua medicina; como no estoy segura de que me sosiegue, luego tomo otra. Yazco inmóvil, con el pelo recogido. Dentro de los guantes, las manos empiezan a picarme. Agnes aguarda. Se ha soltado el pelo, un cabello basto, pelirrojo, más basto y más rojizo que nunca contra la hermosa tela blanca de su camisón. Un azul delicado colorea su fina clavícula; podría ser sólo una sombra, pero también no me acuerdo una magulladura.
Siento por fin la acidez de las gotas en mi estómago.
—Es todo —digo—. Vete.
La oigo subir a su cama, retirar las mantas. Hay un silencio. Al cabo de un rato se oye un chirrido, un susurro, el débil quejido de maquinaria: el reloj de mi tío, que cambia de ritmo. Aguardo la llegada del sueño. No llega. Tengo los miembros inquietos, empiezan a dar tirones. Noto mi sangre con gran intensidad, su desconcierto en los puntos muertos de los dedos de mis manos y pies. Levanto la cabeza y llamo con voz queda: ¡Agnes! No me oye; o me oye y teme contestar. ¡Agnes!
Al final me incomoda el sonido de mi propia voz. Desisto, me quedo quieta. El reloj gime otra vez y suena. Le siguen otros sonidos distantes. Mi tío se acuesta temprano. Puertas que se cierran, voces que hablan bajo, pisadas en la escalera: los caballeros abandonan el salón y se dirigen a sus aposentos respectivos.
Puede que me haya dormido, pero en tal caso sólo durante un momento, pues de pronto doy un respingo y estoy plenamente despierta. Sé que lo que me ha desvelado no es un sonido, sino un movimiento. Un movimiento y luz. Al otro lado de la cortina, la mecha de la lámpara de junco ha lanzado una llamarada súbita, y las puertas y los cristales de las ventanas se agitan contra sus marcos.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:33 am

La casa ha abierto su boca y está respirando. Entonces sé que, definitivamente, esta noche no es como otra cualquiera. Me levanto, como impulsada por una voz que me llama. Me planto en el umbral del cuarto de Agnes hasta que su respiración regular me certifica que duerme; luego tomo la lámpara y me dirijo descalza a mi sala. Voy a la ventana y me paro ante el cristal, ahueco las manos para suprimir su débil reflejo y escudriño en las tinieblas la extensión de grava y el borde del césped que sé que hay debajo. Durante un momento no veo nada.
Después oigo una pisada blanda y a continuación otra, aún más suave. Surge el aislado fulgor insonoro de una cerilla prendida entre dedos flacos, y una cara grotesca, de ojos hundidos, que se inclina hacia la llama. Richard Rivers está tan inquieto como yo; pasea por el césped de Briar, tal vez a la espera del sueño. El clima es frío para dar un paseo. Hacia la punta de su cigarro, el aliento de Rivers parece más blanco que el humo de su tabaco. Con el cuello de la chaqueta se envuelve la garganta. Alza la mirada, como si supiera lo que va a ver. No asiente ni hace gesto alguno; se limita a sostener mi mirada. El cigarrillo se apaga, brilla, vuelve a apagarse. La postura de Rivers cobra aplomo.
Mueve la cabeza y de golpe comprendo lo que hace. Está inspeccionando la fachada de la casa. Está contando las ventanas. ¡Está calculando el camino a mi habitación! Y cuando está seguro del itinerario tira el cigarro y aplasta con el talón su punta reluciente. Desanda el sendero de grava y alguien Way, supongo le abre la puerta. Eso no lo veo. Tan sólo oigo que la puerta principal se abre y percibo la circulación del aire. De nuevo mi lámpara llamea y el cristal de la ventana se pandea. Esta vez, sin embargo, parece que la casa retiene el aliento.
Doy un paso atrás con las manos delante de la boca y los ojos clavados en mi propia cara: se ha desplazado a la oscuridad que hay al otro lado del cristal, y parece que flota o cuelga del espacio. Pienso: ¡No lo hará! ¡No se atreverá! Después pienso: Lo hará. Voy hasta la puerta y aplico el oído contra la madera. Oigo una voz, luego una pisada. La pisada se torna más tenue, otra puerta se cierra; está claro: aguardará a que Way se acueste. Esperará hasta entonces.
Cojo la lámpara y camino muy ligera, deprisa: la pantalla arroja medias lunas de luz sobre las paredes. No tengo tiempo de vestirme, no puedo vestirme sin ayuda de Agnes, pero sé que él no debe verme en camisón. Busco medias, ligas, zapatillas, una capa. Trato de recoger mi pelo suelto; pero soy torpe con los alfileres y mis guantes y la medicina que he ingerido agravan mi torpeza. Tengo miedo.
El corazón vuelve a latirme deprisa, pero ahora late contra las gotas, es como una embarcación que choca de lleno contra la corriente de un río lento. Me llevo la mano al corazón y noto la rendición de mi pecho: lo noto desatado, indefenso, inseguro. Pero el tirón de las gotas es más fuerte que la resistencia de mi miedo. Para eso son, en definitiva: para el desasosiego. Cuando por fin él llega y llama a mi puerta con la uña, creo que le parezco serena.
Digo en el acto:
—Sabe que mi doncella está muy cerca…, dormida, pero cerca. Un grito la despertará.
Él se inclina y no dice nada. ¿Supongo acaso que intentará besarme? No lo hace. Se limita a entrar en mi cuarto muy furtivamente y a mirar alrededor con la misma frialdad pensativa con que le he visto tomar las medidas de la casa. Dice:
—Apartémonos de la ventana. La luz se ve claramente desde abajo. —Añade, con un gesto hacia la puerta interior—. ¿Ahí duerme ella? ¿No nos oirá? ¿Está segura?
¿Pienso que va a abrazarme? No se me aproxima en ningún momento. Pero percibo el frío de la noche adherido todavía a su chaqueta. Huelo a tabaco en su pelo, sus patillas, su boca. No le recordaba tan alto. Me encamino hacia un lado del sofá y de pie, tensa, me agarro al respaldo. Él, desde el otro lado, se inclina hacia el espacio que hay entre nosotros y habla en susurros. Dice:
—Perdóneme, señorita Lilly. Éste no es el modo en que quisiera haberla conocido. Pero he llegado a Briar al cabo de grandes y meticulosos esfuerzos, y mañana quizás me vea obligado a marcharme sin verla. Usted me comprende. No emito ningún juicio sobre el hecho de que me reciba así. Si su doncella se despierta, dígale que estaba desvelada, que he averiguado el camino hasta esta habitación y que he entrado sin que me invitara. He cometido invasiones parecidas en casas de otras personas… Es como si usted supiera qué clase de individuo soy. Pero aquí, esta noche, señorita Lilly, no voy a hacerle el menor daño. ¿Verdad que sí me comprende? ¿Verdad que sí deseaba que viniese?
—Entiendo que ha descubierto algo que usted quizás cree que es un secreto: que mi madre era una lunática, que mi tío me sacó de un pabellón del lugar en que ella murió. Pero no es ningún secreto, todo el mundo podría saberlo; hasta las criadas lo saben aquí. Tengo prohibido olvidarlo. Lo siento por usted, si pretende sacar provecho de ello.
—Lamento —dice él— haberme visto obligado a recordárselo. Para mí no tiene importancia, salvo porque es la causa de que usted haya venido a Briar y de que su tío la tenga recluida de una forma tan extraña. Creo que es él el que se ha aprovechado de la desgracia de su madre. Me perdonará que le hable con franqueza. Soy un malhechor y conozco muy bien a los de mi calaña. Su tío pertenece a la peor especie, porque ejerce su vileza en su propia casa, donde la toman por una chifladura de viejo. No me diga que le quiere —añade rápidamente, al ver mi cara— por guardar las apariencias. Sé que usted está por encima de ellas. Por eso he venido así. Usted y yo tenemos nuestra propia apariencia, o adoptamos la que nos conviene. Pero, por ahora, ¿quiere sentarse y permitirme que hablemos, como un caballero y una dama?
Hace un gesto y un segundo después como si estuviésemos esperando a que la doncella nos traiga la bandeja del té tomamos asiento en el sofá. Mi capa oscura se entreabre y muestra mi camisón. El mira a otra parte mientras junto los pliegues.
—Ahora le diré lo que sé de usted —dice—. Sé que no tendrá nada si no se casa. El primero por quien lo supe fue Hawtrey. Hablan de usted, como quizás sepa, en las librerías y editoriales turbias de Londres y de París. Hablan de usted como una criatura fabulosa: la hermosa chica de Briar a la que Lilly ha adiestrado como a un mono parlante, para que recite textos voluptuosos a señores…, y quizás algo peor. No necesito contarle lo que dicen, supongo que lo adivina. A mí me da lo mismo. —Sostiene mi mirada y luego la aparta—. Hawtrey, por lo menos, es algo más amable, y me considera un hombre honrado, lo que nos favorece. Me contó, compadeciéndose, un poco de su vida (lo de su desdichada madre), sus expectativas, las condiciones que le imponen. Bueno, cuando uno es soltero oye hablar de muchachas parecidas; quizás ni una entre cien vale el cortejo… Pero Hawtrey tenía razón. He hecho averiguaciones sobre la fortuna de su madre y usted vale…, bueno, ¿sabe usted lo que vale, señorita Lilly?
Tras un titubeo, niego con la cabeza. Él dice una cifra. Es varios cientos de veces lo que cuesta el más caro de los libros que ocupan los anaqueles de mi tío, y muchos miles de veces el precio del más barato. Es la única medida del valor que conozco.
—Es una gran suma —dice Rivers, mirándome a la cara.
Asiento.
—Será nuestra —dice— si nos casamos.
No digo nada.
—Permítame ser franco —prosigue—. He venido a Briar con la intención de obtenerla por el medio habitual, es decir, seducirla para que abandone la casa de su tío, cobrar su fortuna y quizás prescindir de usted después. Vi en diez minutos lo que la vida había hecho de usted y supe que nunca lo lograría. Es más, comprendí que seducirla sería insultarla, convertirla sólo en otra clase de cautiva. No quiero hacer eso. Al contrario, quiero liberarla.
—Es usted muy galante —digo—. Suponga que no quiero que me liberen.
—Creo que lo está anhelando —responde simplemente.
Vuelvo la cara, temiendo que me delaten los latidos de la sangre sobre mis mejillas. Sereno la voz y digo:
—Olvida que mis anhelos no cuentan aquí para nada. Es como si los libros de mi tío quisieran escapar de sus vitrinas. Me ha convertido en uno de ellos…
—Sí, sí —dice con impaciencia—. Ya me ha dicho todo eso. Creo que quizás lo dice a menudo. Pero ¿qué significa esa frase? Tiene diecisiete años. Yo veintidós, y durante muchos años he creído que para esta edad debería ser rico y ocioso. Soy lo que ve: un granuja, no demasiado escaso de fondos, pero no tan desahogado como para no tener que buscarme la vida durante algún tiempo. ¿Usted cree que está cansada? ¡Figúrese lo cansado que estaré yo! He hecho muchas buenas obras, y he creído que cada una de ellas era la última. Créame: tengo cierta conciencia del tiempo que puede malgastarse aferrándose a ficciones y creyéndolas reales.
Se ha llevado la mano a la cabeza y ahora se retira el mechón de la frente; su palidez y las ojeras parecen envejecerle. El cuello de su camisa es blando, y está arrugado por la presión de la corbata. Su barba tiene una sola veta gris. Su nuez sobresale extrañamente, como las de los hombres: invitando a que la aplaste un puñetazo. Digo:
—Esto es una locura. Creo que está loco: venir aquí, confesar que es un maleante, suponer que deseo recibirle.
—Y sin embargo me ha recibido. Todavía lo está haciendo. No ha llamado a su doncella.
—Me intriga usted. Ha visto por sí mismo la rutina de mis días aquí.
—¿Quiere una distracción de esa rutina? ¿Por qué no la abandona para siempre? Lo hará, así, ¡en un santiamén!, si se casa conmigo.
Muevo la cabeza.
—Creo que no habla en serio.
—Sí hablo en serio.
—Sabe mi edad. Sabe que mi tío nunca consentiría entregarme.
Se encoge de hombros, habla con ligereza.
—Recurriremos, por supuesto, a métodos tortuosos.
—¿Quiere que yo también me vuelva una maleante?
El asiente.
—Sí. Pero creo que ya lo es a medias. No me mire así. No piense que estoy bromeando. No lo sabe todo. —Se ha puesto serio.- Le estoy ofreciendo algo muy grande y extraño. No la sumisión común de una esposa a su marido: esa servidumbre, la violación legal y el robo, que el mundo denomina matrimonio. No le pediré eso, no es lo que me interesa. Estoy hablando más bien de libertad. Una clase de libertad que no se otorga con frecuencia a los miembros de su sexo.
—¿Pero que se obtiene —digo casi riéndome— por medio del matrimonio?
—Se obtiene por una ceremonia de matrimonio, oficiada con arreglo a determinadas condiciones habituales. —Se alisa de nuevo el pelo y traga saliva; veo por fin que está nervioso, más nervioso que yo. Se aproxima. Dice—: ¿No será remilgada ni blanda de corazón, como otras chicas? ¿De verdad está durmiendo su doncella, y no escuchando detrás de la puerta?
Pienso en Agnes, en sus moratones, pero no digo nada, me limito a mirarle. Se pasa la mano por la boca.
—¡Que Dios me ayude, señorita Lilly, si me he equivocado al juzgarla! —dice—. Ahora escuche.
He aquí su plan. Tiene pensado traer a una chica de Londres a Briar y colocarla como mi doncella. Piensa utilizarla y después engañarla. Dice que tiene en mente a una chica de mi edad y de igual color de pelo. Una especie de ladrona, no demasiado escrupulosa ni demasiado inteligente, dice; cree que la ganará con la promesa de una pequeña porción de la fortuna.
—Digamos que dos o tres mil libras. No creo que tenga la ambición de pedir más. Su círculo es pequeño, como suele serlo el de los ladronzuelos, pero, como en todos esos círculos, se creen peces gordos.
Se encoge de hombros. La suma no representa nada, al fin y al cabo, pues accederá a la que ella le pida, y no verá un chelín de aquélla. Ella supondrá que soy una inocente y creerá que colabora en el plan de seducirme. Primero me convencerá de que me case con él y luego aquí Rivers vacila, antes de decirlo ayudará a ingresarme en un manicomio. Sólo que ella ocupará mi lugar en él. Ella protestará; ¡él confía en que lo haga!, pues cuanto más proteste, más lo tomarán los carceleros por una forma de demencia y más encerrada la tendrán.
—Y con ella, señorita Lilly —dice por último—, encerrarán su nombre, su historia como hija de su madre y como sobrina de su tío; en fin, todo lo que la identifica. ¡Piénselo! Quitará de sus hombros el peso de su vida, como si una criada le quitara la capa, y podrá huir invisible y desnuda a cualquier parte del mundo que elija, hacia una nueva vida, y allí volverse a vestir como le plazca.
He aquí la libertad la rara y siniestra libertad que ha venido a ofrecerme a Briar. En pago de ella pide mi confianza, mi promesa, mi futuro silencio; y la mitad de mi fortuna. Cuando ha concluido me quedo sentada sin hablar ni mirarle durante casi un minuto. Al fin digo lo siguiente:
—Nunca lo conseguiremos.
Su respuesta es inmediata:
—Yo creo que sí.
—La chica sospechará de nosotros.
—Estará distraída con el plan que le propondré. Hará lo que todo el mundo, poner en las cosas que ve los espejismos que espera encontrar en ellas. La verá a usted aquí sin saber nada de su tío…, ¿quién, en su lugar, no creería que es usted una inocente?
—Y su gente, los ladrones, ¿no la buscarán?
—La buscarán… como mil ladrones buscan todos los días a los amigos que les han engañado y robado; y, al no encontrarla, supondrán que ha huido, la maldecirán durante un tiempo y después la olvidarán.
—¿Olvidarla? ¿Está seguro? ¿No tiene… no tiene madre?
Se encoge de hombros.
—Una especie de madre. Una guardiana, una tía. Pierde continuamente a niños. No creo que se preocupe demasiado por la pérdida de otro. Sobre todo si supone, como yo procuraré que haga, que su niña se ha vuelto una estafadora. ¿Lo ve? Su propia reputación contribuirá a enterrarla. Las chicas descarriadas no pueden esperar que las cuiden como a las honradas. —Hace una pausa—. Pero la vigilarán más de cerca en el lugar donde la internaremos.
Aparto de él la mirada.
—Un manicomio…
—Perdone —dice prestamente—. Pero la reputación de usted, la de su madre, nos favorecerá en esto, lo mismo que nuestra chica descarriada. Debe verlo así. La han tenido esclavizada todos estos años. Aquí está su oportunidad, por una vez, de aprovecharlo, y luego será libre para siempre.
Sigo sin mirarle. Temo de nuevo que se percate de lo profundamente que me han conmovido sus palabras. Temo casi la profunda conmoción que a mí me causan. Digo:
—Habla como si mi libertad representara algo para usted. Es el dinero lo que le interesa.
—¿Acaso no lo he admitido? Pero su libertad y mi dinero son lo mismo. Será nuestra salvaguarda, su garantía, hasta que estemos en posesión de la fortuna. Hasta entonces fíese, no de mi honor, porque no tengo ninguno, sino, pongamos, de mi codicia, que es de todos modos algo más grande que el honor en el mundo que hay más allá de estos muros. Ya lo descubrirá. Puedo enseñarle cómo sacar provecho de esto. Viviremos en una casa en Londres, como marido y mujer… Cada uno por su cuenta, se entiende —añade, con una sonrisa—, cuando se cierre la puerta de la casa… En cuanto tengamos el dinero, sin embargo, su futuro será asunto suyo; sólo tendrá que guardar silencio respecto al modo en que lo ha obtenido. ¿Me comprende? Una vez comprometidos en la empresa, fracasaremos si no nos somos leales. No lo digo a la ligera. No quiero engañarla sobre el tipo de negocio que le estoy proponiendo. Quizás la custodia de su tío le haya impedido conocer las leyes…
—La custodia de mi tío —digo— me ha predispuesto a considerar cualquier estrategia que me alivie de semejante fardo. Pero…
El aguarda y, como no continúo, dice:
—Bueno, no espero que me comunique su decisión ahora mismo. Mi objetivo es que su tío me aloje en la casa para trabajar en sus cuadros. Tengo que verlos mañana. Si no lo hace, no tendremos más remedio que cambiar de planes. Pero hay maneras de conseguirlo, como en todo.
Vuelve a pasarse la mano por los ojos, y de nuevo parece más viejo. El reloj ha dado las doce, el fuego se ha apagado hace una hora y en la habitación hace un frío terrible. Lo noto de golpe. El me ve tiritar. Creo que lo confunde con miedo o con duda. Se inclina y por fin coge mi mano. Dice:
—Señorita Lilly, dice usted que su libertad no representa nada para mí, pero ¿cómo podría yo ver la vida que lleva, cómo un hombre honesto podría verla recluida, sometida como una esclava a la lascivia, lúbricamente mirada e insultada por individuos como Huss, y no querer liberarla? Piense en lo que le he propuesto. Después piense en sus posibilidades. Puede esperar a otro pretendiente: ¿aparecerá alguno entre los caballeros que vienen aquí atraídos por la obra de su tío? Y si aparece, ¿será tan escrupuloso como yo en la gestión de su fortuna, en el trato que yo le dispenso? O supongamos que espera hasta que su tío muera y alcanza la libertad de esta forma; entretanto, sus ojos se han apagado, sus miembros se estremecen, él la ha explotado mucho más a medida que nota que pierde facultades. Para entonces, ¿qué edad tendrá usted? Treinta y cinco, cuarenta. Ha entregado su vida a la conservación de libros como los que Hawtrey vende por un chelín a oficinistas y dependientes de comercio. Su fortuna está intacta en la cámara de un banco. Su consuelo consiste en ser el ama de Briar, donde el reloj va descontando una por una las medias horas huecas que le quedan de vida.
Mientras habla no le miro a la cara, sino a mi pie enfundado en su pantufla. Pienso otra vez en la visión que tengo algunas veces de mí misma como un miembro atado muy fuerte a una forma de la que ansia zafarse. Cuando he tomado las gotas la visión es más intensa, veo el miembro retorcido y la carne que se agria y se torna más espesa. Completamente inmóvil en mi asiento, alzo la vista hacia él. Me está observando, aguarda para saber si me ha ganado. Lo ha hecho. No por lo que me ha dicho sobre mi futuro en Briar, pues no ha dicho nada que yo no haya previsto hace mucho tiempo, sino por el hecho de que esté aquí, diciéndome todo esto, de que haya tramado un plan, viajado sesenta kilómetros y se haya abierto camino hasta el corazón de la casa dormida, hasta mi habitación oscura y hasta mí.
De la chica de Londres a quien, en menos de un mes, él habrá convencido, por un método parecido, de que se encamine hacia su perdición, y a quien, un poco más tarde, con lágrimas en mis mejillas, repetiré los propios argumentos de Rivers no pienso nada, nada en absoluto.
—Mañana —digo—, cuando mi tío le enseñe los cuadros, alabe al Romano, aunque Caracci es más raro. Alabe a Morland más que a Rowlandson. El piensa que Rowlandson es un pintamonas.
Es lo único que digo. Me figuro que es bastante. El sostiene mi mirada, asiente, no sonríe: creo que sabe que no me gustaría que sonriera en un momento así. Afloja la presión sobre mis dedos y se levanta, enderezando su chaqueta. Esto rompe el hechizo de nuestra conspiración: ahora él es grande, moreno, está fuera de lugar. Confío en que se vaya. Tiemblo otra vez y, al verlo, dice:
—Me temo que la he retenido hasta muy tarde. Debe de tener frío, estar cansada.
Me observa. Quizás esté evaluando mi fortaleza y empieza a albergar dudas. Tirito más fuerte. Dice:
—¿No la habrá turbado… excesivamente todo lo que he dicho?
Muevo la cabeza. Pero tengo miedo de levantarme del sofá, por si las piernas me tiemblan y le parezco débil. Digo:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:33 am

—¿Se va ya?
—¿Está segura?
—Totalmente. Me encontraré mejor si se retira.
—Por supuesto.
El quisiera decir algo más. Vuelvo la cabeza y no se lo permito, y al poco oigo sus pisadas cautelosas sobre la alfombra y la suavidad con que se abre y se cierra la puerta. Aguardo un momento y después levanto los pies, envuelvo las piernas en las faldas de mi capa, levanto la capucha y recuesto la cabeza en el almohadón duro y polvoriento del sofá.
No es mi cama, y la hora de acostarse ya ha sonado y pasado, y a mi alrededor no hay ninguna de las cosas el retrato de mi madre, la caja de madera, mi doncella que me gusta tener cerca cuando duermo. Pero esta noche todas las cosas están desordenadas, todas mis pautas han sido perturbadas. Mi libertad me llama: inapreciable, aterradora, inevitable como la muerte. Me duermo y sueño que me desplazo a gran velocidad, en un barco de alta proa, sobre un agua oscura y silenciosa.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:34 am

Imagino que entonces o, mejor dicho, sobre todo entonces, cuando nuestro pacto es todavía tan nuevo, tan inédito, y sus hilos son aún tan débiles y finos todavía puedo volverme atrás, desgajarme del empuje de su ambición. Creo que despierto pensando en hacerlo, pues la habitación, la sala en que él, susurrando, en el conticinio, tomó mi mano y expuso su peligroso plan, como un hombre que abre el envoltorio de papel crujiente de un veneno, recobra, en la media hora glacial del alba, todos sus rígidos contornos conocidos. Los observo, tumbada. Conozco cada rincón, cada curva. Los conozco demasiado bien. Recuerdo que lloraba, a los once años, por la extrañeza de Briar: su silencio, su quietud, los pasillos sinuosos y paredes atestadas. Suponía que aquellas cosas me serían extrañas para siempre, sentía que su rareza me volvía rara: me convertía en una cosa con púas y ganchos, en un abrojo, una astilla en el gaznate de la casa. Pero Briar se adueñó de mí. Briar me absorbió. Ahora siento el simple peso de la capa con que me he abrigado y pienso: ¡Nunca escaparé de aquí! ¡No estoy hecha para huir! ¡Briar no me dejará!
Pero me equivoco. Richard Rivers ha entrado en Briar como una espora de levadura en la masa y la ha alterado entera. Cuando voy, a las ocho, a la biblioteca, me despachan: él está allí con mi tío, examinando los grabados. Pasan tres horas juntos. Y cuando, por la tarde, me llaman para que baje a despedir a los señores, sólo están Hawtrey y Huss para tenderles la mano. Los encuentro en el vestíbulo, abrochándose el abrigo y poniéndose los guantes, mientras mi tío se apoya en su bastón y Richard se mantiene a cierta distancia, con las manos en los bolsillos, observando. Es el primero que me ve.
Nuestras miradas se cruzan, pero no hace el menor gesto. Los otros oyen mis pasos y levantan la cabeza para verme. Hawtrey sonríe.
—Aquí llega la bella Galatea —dice.
Huss se ha puesto el sombrero. Ahora se lo quita.
—¿La ninfa o la estatua? —pregunta, con los ojos fijos en mi cara.
—Las dos —dice Hawtrey—. Pero me refiero a la estatua. La señorita Lilly está pálida, ¿no creen?—Me coge la mano—. ¡Cómo la envidiarían mis hijas! ¿Sabe que comen arcilla para blanquear su tez? Arcilla pura. —Mueve la cabeza—. La moda de la palidez no me parece muy saludable. En cuanto a usted, señorita Lilly, me duele, ¡como siempre que debo despedirla!, la injusticia de su tío al retenerla aquí de un modo tan lamentable, como si fuera un hongo.
—Estoy totalmente acostumbrada —digo en voz baja—. Además, creo que la penumbra me hace parecer más blanca de lo que soy. ¿El señor Rivers no se va con ustedes?
—La penumbra es la culpable. La verdad, señor Lilly, apenas distingo los botones de mi abrigo. ¿No tiene pensado unirse a la sociedad civilizada y traer gas a Briar?
—No mientras coleccione libros —dice mi tío.
—O sea, nunca. Rivers, el gas emponzoña los libros. ¿Lo sabía?
—No —dice Richard. Después se dirige a mí y añade en voz más baja—: No, señorita Lilly, no me marcho a Londres todavía. Su tío ha tenido la amabilidad de ofrecerme un pequeño trabajo con sus grabados. Al parecer, compartimos una pasión por Morland.
Tiene los ojos oscuros, si es que pueden serlo unos ojos azules. Hawtrey dice:
—Dígame, señor Lilly, qué le parece esta idea: mientras se dedican a enmarcar los grabados, ¿por qué no autoriza a su sobrina a hacer una visita a Holywell Street? ¿No le gustaría pasar unos días en Londres, señorita Lilly? Veo por su expresión que sí le agradaría.
—No le agradaría —dice mi tío.
Huss se me acerca. Su abrigo es grueso y está sudando. Coge las puntas de mis dedos.
—Señorita Lilly —dice—. Si alguna vez yo pudiera…
—Vamos, vamos —dice mi tío—. Ahora se pone pesado. Mire, aquí está mi cochero. Maud, retírate de la puerta…
—Idiotas —dice, cuando los señores ya se han ido—. ¿Eh, Rivers? Pero venga, estoy impaciente por empezar. ¿Tiene sus herramientas?
—Las traigo en un momento, señor.
Hace una reverencia y sale. Mi tío hace ademán de seguirle, pero se gira hacia mí. Me mira, sopesándome, y luego me hace seña de que me acerque.
—Dame la mano, Maud —dice. Pienso que quiere apoyarse en mí para subir la escalera. Pero cuando le ofrezco el brazo, lo agarra, me levanta la muñeca hasta su cara, me sube la manga y echa una ojeada a la extensión de piel expuesta. Escruta mi cara—. ¿Pálida, dicen? ¿Pálida como un hongo? ¿Eh? —Mueve la boca—. ¿Sabes de qué clase de materia brotan los hongos? ¡Jo! —Se ríe—. ¡Ahora no estás pálida!
Me he ruborizado y apartado de él. Sin dejar de reírse, me suelta la mano, se da media vuelta y empieza a subir solo la escalera. Calza un par de pantuflas flexibles que enseñan sus talones enfundados en medias; observo cómo sube y me imagino que mi rencor es un látigo, un palo que le azota los pies y le hace trastabillar.
Estoy pensando en esto y oyendo cómo se apaga el sonido de sus pasos, cuando Richard vuelve a la galería desde los pisos de arriba. No me está buscando, no sabe que estoy todavía en la penumbra de la puerta principal cerrada. Pasa andando, pero camina con brío, y sus dedos tamborilean sobre la balaustrada.
Puede ser que hasta silbe o tararee. No estamos habituados a estos sonidos en Briar y, ahora que las palabras de mi tío han prendido y avivado mi pasión, me parecen emocionantes y peligrosos, como una remoción de vigas y maderas. Creo que su calzado debe de estar levantando una nube de polvo de las alfombras antiguas, y cuando alzo la vista para seguir sus pasos tengo la certeza de que veo desprenderse y caer del techo finas escamas de pintura. Esta visión me da vértigo. Me imagino que la presencia de Richard agrieta, abre y derrumba las paredes de la casa. Lo único que temo es que lo hagan antes de que yo haya tenido tiempo de escapar.
Pero también tengo miedo de huir. Creo que él lo sabe. No puede hablar a solas conmigo, ahora que Hawtrey y Huss se han ido; y no se atreve a irrumpir furtivamente, por segunda vez, en mis habitaciones. Pero sabe que debe ganarme para su plan. Aguarda y observa. Cena con nosotros, pero ocupa el asiento al lado de mi tío, no del mío. Una noche, sin embargo, interrumpe la conversación entre ambos para decir o siguiente:
—Me preocupa, señorita Lilly, lo aburrida que estará, ahora que he venido a desviar del índice la atención de su tío. Supongo que estará deseando reanudar su trabajo con los libros.
—¿Los libros? —digo. Y añado, mirando a mi plato de carne partida—: Mucho, desde luego.
—En tal caso ojalá pudiese yo hacer algo que aliviase el fardo de sus jornadas. ¿No tiene alguna pintura o boceto que yo pudiera enmarcarle en mi tiempo libre? Creo que tendrá usted algo, porque he visto que hay vistas muy bonitas desde las ventanas de la casa.
Alza una ceja, como un director de orquesta que levanta la batuta. Por supuesto, me apresuro a obedecer. Digo:
—No sé pintar ni dibujar. Nunca me han enseñado.
—¿Cómo, nunca? Perdone, señor Lilly. Su sobrina parece tener tal dominio en el ejercicio de las artes femeninas que yo hubiera dicho… Pero, en fin, podría remediarse con muy poco esfuerzo. Yo podría dar clases a la señorita Lilly. ¿No podría enseñarla por las tardes? Tengo algo de experiencia en la materia: en París di un curso entero de clases de dibujo a las hijas de un conde.
Mi tío entorna los ojos.
—¿Dibujo? —dice—. ¿Para qué le serviría a mi sobrina? ¿Quieres ayudarnos, Maud, a preparar los álbumes?
—Me refiero al dibujo como tal, señor —dice Richard suavemente, antes de que yo responda.
—¿Como tal? —Mi tío pestañea en mi dirección—. ¿Tú qué dices, Maud?
—Me temo que no valgo.
—¿Que no vales? Bueno, puede ser. Desde luego tus manos, cuando llegaste aquí, eran bastante torpes, y tienden a doblarse, incluso hoy. Dígame, Rivers: ¿un curso de dibujo daría más firmeza a la mano de mi sobrina?
—Yo diría que sí, señor, con toda seguridad.
—Entonces, Maud, que te enseñe el señor Rivers. De todos modos, no me gusta verte ociosa. ¿Eh?
—Sí, señor —digo.
En la mirada de Richard hay un destello opaco, como el fino párpado interior que vela el ojo de un gato cuando dormita. Sin embargo, cuando mi tío se inclina sobre su plato, Richard me mira rápidamente: el velo se descubre, expone el ojo desnudo y me estremece la súbita intimidad de su expresión.
No me entiendan mal. No me crean más escrupulosa de lo que soy. Es cierto que me estremezco de miedo miedo a su plan, miedo de que triunfe y también de que fracase. Pero tiemblo asimismo ante su audacia; o, más exactamente, su osadía me produce temblores, como dicen que una cuerda vibrante despierta ecos insospechados en las fibras de cuerpos ociosos. Vi en diez minutos lo que la vida había hecho de usted, me dijo aquella primera noche. Y luego: Creo que ya es usted una maleante a medias. Tenía razón. Si antes no conocía esta maldad mía o si, conociéndola, nunca le había puesto un nombre, ahora la conozco y la nombro.
La conozco cuando él viene todos los días a mi cuarto, levanta mi mano hasta su boca, toca con los labios mis nudillos y pone en blanco sus ojos azules, fríos y diabólicos. Agnes, que lo ve, no lo comprende. Cree que es galantería. ¡Galantería! La de los bribones. Nos observa mientras sacamos papel, minas y pinturas. Ve a Richard ocupar su sitio a mi lado, guiar mis dedos en el trazado de curvas y líneas torcidas. El baja la voz. La voz de los hombres, por lo general, no vale para los murmullos se quiebra, desentona, pugna por elevarse, pero la suya desciende, insinúa y, sin embargo, como una nota musical, se mantiene clara: y mientras Agnes cose sentada al otro lado de la habitación, él repasa en secreto todos los puntos de su trama, hasta que es perfecta.
—Muy bien —dice, como un auténtico profesor de dibujo a una chica dotada—. Muy bien. Aprende muy deprisa.
Sonríe. Se endereza y alisa hacia atrás el pelo. Mira a Agnes y descubre que ella le está mirando. Ella mira a otro lado.
—Bueno, Agnes —dice, detectando su nerviosismo como el cazador detecta a su presa—, ¿qué te parecen las dotes de artista de tu ama?
—¡Oh, señor! No sabría juzgarlas.
El coge un lápiz y se le acerca.
—¿Ves cómo le hago que empuñe la punta a la señorita Lilly? Pero su mano es una mano de mujer, y necesita firmeza. Creo que la tuya, Agnes, sabría sostener mejor un lápiz. ¿No quieres probar?
En una ocasión le coge los dedos. Ella se pone colorada cuando él la toca.
—¿Te sonrojas? —dice él entonces, asombrado—. ¿Crees que tengo intención de insultarte?
—¡No, señor!
—Pues entonces, ¿por qué te pones colorada?
—Es que tengo un poco de calor, señor.
—¿Calor, en diciembre…?
Y cosas por el estilo. Posee un talento para atormentar tan consumado como el mío; y al observar esto, debo ser precavida. Pero no lo soy. Cuanto más zahiere a Agnes y más se desconcierta ella, tanto más la hostigo yo, ¡como una peonza que gira más rápido azuzada por un látigo!
—Agnes —le digo cuando me desviste o me cepilla el pelo—, ¿en qué estás pensando? ¿En el señor Rivers? —Detengo su muñeca, palpo los huesos molidos que hay dentro—. ¿Te parece guapo, Agnes? ¡Sí, lo veo en tus ojos! ¿Acaso las chicas jóvenes no quieren hombres guapos?
—¡La verdad, señorita, no lo sé!
—¿Eso dices? Entonces eres una mentirosa. —La pincho, en alguna parte de carne blanda, porque para entonces, por supuesto, las conozco todas—. Eres una mentirosa y una coqueta. ¿Vas a poner esos pecados en tu lista, cuando te arrodilles delante de la cama y le pidas al Señor que te perdone? ¿Crees que te perdonará, Agnes? Creo que sí debe perdonar a una chica pelirroja, porque no puede evitar ser malvada, está en su naturaleza. Sería muy cruel, en realidad, infundirle una pasión y luego castigarla por sentirla. ¿No te parece? ¿No sientes la pasión cuando el señor Rivers te mira? ¿No aguzas el oído para percibir el sonido de sus rápidos pasos?
Ella dice que no. ¡Lo jura por la vida de su madre! Dios sabe lo que piensa de verdad. Tiene que decir eso para que la pamema no se le desplome. Tiene que decirlo y sufrir un cardenal para mantener intacta su inocencia; y yo debo magullarla. Debo hacerlo, a pesar de que yo misma sentiría sin duda si fuera una chica corriente, con un corazón normal esa misma atracción natural que inspira Richard.
Yo nunca la siento. No creo sentirla. ¿La siente la marquesa de Merteuil por el conde de Valmont? No quiero sentirla. ¡Me odiaría si lo hiciese! Porque sé, gracias a los libros de mi tío, que es algo sórdido, una comezón, como la de una piel inflamada, que se satisface febril y húmedamente en lugares cerrados y detrás de biombos. Lo que él ha despertado en mí, lo que se remueve ahora en mi pecho esta oscura cercanía es algo mucho más insólito. Diría que se eleva como una sombra dentro de la casa, o trepa como una flor en sus paredes. Pero la casa ya está llena de sombras y manchas; y por eso nadie lo nota.
Nadie salvo, quizás, la señora Stiles. Pues creo que ella es la única aquí que mira a Richard y se pregunta si es en verdad el caballero que pretende ser. A veces sorprendo su expresión. Creo que ella le ve por dentro. Creo que piensa que él ha venido a engañarme y lastimarme. Pero al pensarlo y odiarme, se lo guarda para su coleto; y acaricia la esperanza de mi ruina, sonriente, como antaño acariciaba a su hija moribunda. Tales son, por tanto, los mimbres de nuestra trampa, las fuerzas que la ceban y aguzan sus dientes. Y cuando está lista, Richard dice: «Ahora manos a la obra».
—Tenemos que deshacernos de Agnes.
Lo dice en un susurro, con los ojos clavados en ella mientras cose sentada junto a la ventana. Lo dice con tal frialdad y una mirada tan firme que casi me asusta. Creo que me echo para atrás. Entonces me mira.
—Sabes que hay que hacerlo —dice.
—Por supuesto.
—¿Y comprendes cómo?
No, hasta este momento. Ahora le veo la cara.
—Es la única forma —prosigue— con chicas virtuosas como ella. Para tapar una boca es mejor incluso que amenazas o dinero… —Ha cogido un pincel, se aplica al labio las cerdas y empieza a pasarlas, indolentemente, de un lado para otro—. No te preocupes por los detalles —dice con voz suave —. No hay muchos. Muy pocos, más bien… —Sonríe. Agnes ha levantado la vista de su labor y él ha sorprendido su mirada—. ¿Qué tal el día, Agnes? ¿Todavía hace bueno?
—Muy bueno, señor.
—Bien. Estupendo… Supongo que entonces ella baja la cabeza, porque la deferencia desaparece del semblante de Richard. Se acerca el pincel a la lengua y chupa las cerdas hasta formar una punta.
—Lo haré esta noche —dice, pensativo—. ¿Sí o no? Lo haré. Entraré en su habitación igual que entro en la tuya. Lo único que tienes que hacer es dejarme quince minutos a solas con ella —me mira de nuevo — y no acudir si grita.
Hasta este punto ha sido como un juego. ¿No juegan los caballeros y las señoritas, en las casas de campo, a galanteos e intrigas? Ahora sobreviene la flaqueza o cobardía de mi ánimo. Cuando Agnes me desviste esa noche, no me atrevo a mirarla. Vuelvo la cabeza.
—Hoy puedes cerrar la puerta de tu cuarto —digo, y noto que ella vacila; quizás percibe la debilidad en mi voz y está confusa.
No la miro cuando ella se marcha. Oigo el chasquido del pestillo, el murmullo de sus rezos; oigo cómo se interrumpen cuando él llega a su puerta. Ella no grita, en definitiva. Si lo hiciera, ¿podría de verdad abstenerme de acudir a su lado? No lo sé. Pero ella no grita, su voz tan sólo se eleva, con sorpresa, con indignación y luego, supongo, con una especie de pánico. Pero después se atenúa, apaciguada o ahogada, por un instante cede a unos susurros, al roce de lino o de unos miembros… El roce, a continuación, se vuelve silencio. Y el silencio es lo peor de todo: no una ausencia de sonido, sino repleto como dicen que el agua clara está llena de cosas, cuando se ve a través de una lupa de patadas y forcejeos. Me la imagino temblorosa, llorando, despojada de la ropa…, pero abrazando con sus brazos pecosos, a pesar de sí misma, la espalda encorvada de Richard, buscando con su boca blanca la de él…
Me tapo la mía con las manos, y noto el roce seco de mis guantes. Después me tapo los oídos. No oigo nada cuando él la deja. No sé qué hace ella cuando él se ha ido. Dejo que la puerta siga cerrada; tomo unas gotas, por fin, para conciliar el sueño, y al día siguiente me despierto tarde. La oigo llamar débilmente desde su cama. Dice que está enferma. Separa los labios para mostrarme el interior de su boca. Lo tiene rojo, levantado e hinchado.
—Escarlatina —dice, sin mirarme.
¡Hay temores de infección! ¡Temores de eso! La trasladan a un desván y queman platos de vinagre en su habitación; el olor me marea. Vuelvo a ver a Agnes, pero sólo una vez, el día en que viene a despedirse de mí. Da la impresión de haber adelgazado, tiene ojeras y le han cortado el pelo. Extiendo la mano hacia ella y se acobarda, quizás esperando un golpe; sólo la beso levemente en la muñeca. Entonces ella me mira con desprecio.
—Ahora es suave conmigo —dice, retirando el brazo y bajándose la manga—, ahora tiene otro a quien maltratar. Buena suerte en el intento. Me gustaría ver cómo le magulla a él antes de que él lo haga.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:34 am

Sus palabras me conmueven un poco, pero sólo un poco; y cuando se ha ido, me parece que la olvido. Pues Richard también se ha ido, tres días antes, por asuntos de mi tío y por el nuestro, y todos mis pensamientos están centrados en él, en él y en Londres. ¡Londres!, donde nunca he estado, pero que me he imaginado tan intensamente y tantas veces que estoy segura de que lo conozco. Londres, donde encontraré mi libertad, me despojaré de mi yo antiguo, viviré de otra manera, una vida sin pautas, sin pieles ni encuadernaciones…, ¡sin libros! ¡Desterraré el papel de mi casa!
Tumbada en la cama procuro imaginar la casa que tendré en Londres. No lo consigo. Veo sólo una serie de habitaciones voluptuosas cuartos en penumbra, cuartos cerrados, cuartos dentro de otros, mazmorras y celdas, los aposentos de Príapo y Venus. La visión me desazona. Desisto. Seguro que con el tiempo la casa se irá perfilando. Me levanto, camino y pienso otra vez en Richard, de paso por la ciudad, recorriendo en la noche el trayecto hasta la guarida de los rateros, cerca del río. Veo a unos granujas que le reciben sin miramientos, le veo despojarse del abrigo y el sombrero, calentarse las manos a la lumbre, mirar alrededor. Pienso en él, como Macheath, enumerando una serie de caras depravadas señora Vixen, Betty Doxy, Jenny Diver, Molly Brazen—hasta encontrar la que busca… Suky Tawdry.
Ella. Pienso en ella. Pienso tanto en ella que creo que conozco el color de su pelo rubio, su figura rechoncha, sus andares, el tono de sus ojos: seguro que es azul. Empiezo a soñar con ella. En los sueños ella habla y oigo su voz. Dice mi nombre y se ríe. Creo que estoy soñando con ella cuando Margaret entra en mi alcoba con una carta de Richard.
Ya es nuestra, escribe.
La leo y, recostada de nuevo en la almohada, acerco la carta a mi boca. Aplico mis labios al papel. Él podría ser mi amante, al fin y al cabo; o podría serlo ella. Porque ahora la quiero más de lo que quisiera un amante. Pero no quiero un amante más de lo que quiero la libertad. Arrojo la carta al fuego antes de redactar mi respuesta: Mándala de inmediato. La amaré. La querré mucho más porque viene de Londres, ¡donde tú estás! Acordamos la redacción antes de que él se marchara. Hecho esto, sólo me queda esperar, un día y luego otro. Al siguiente llega ella.
La esperan en Marlow a las tres de la tarde. Con antelación, envío a recogerla a William Inker. Pero a pesar de que me parece que la siento acercarse, el coche regresa sin ella: hay niebla, y los trenes llegan con retraso. Camino de un lado a otro, desasosegada. A las cinco vuelvo a enviar a William; otra vez regresa solo. Debo cenar con mi tío. Mientras Charles me escancia el vino le pregunto:
—¿Sigue sin haber noticias de la señorita Smith?
Pero cuando mi tío me oye susurrar, despacha a Charles.
—¿Prefieres hablar con criados que conmigo, Maud? —dice. Está de malhumor desde que se fue Richard.
Después de cenar, elige un libro de pequeños castigos para que le lea: la recitación constante de crueldades me sosiega un poco. Pero la agitación vuelve a asaltarme cuando subo a mis habitaciones heladas y silenciosas; después de que Margaret me haya desvestido y acostado, me levanto y camino; me planto ante el fuego, o delante de la puerta, o junto a la ventana, buscando la luz del carruaje. La veo.
Asoma tenue en la niebla parece relucir, más que brillar y emite, con el movimiento del caballo y del coche que se interna por detrás de los árboles, una especie de advertencia. Con la mano en el corazón, observo cómo llega. Se acerca más despacio, más delgada, más indefinida, más allá de la luz, veo de pronto el caballo, el coche, a William y otra figura más borrosa. Se dirigen a la parte trasera de la casa, corro a la habitación de Agnes que ahora será la de Susan y allí me coloco junto a la ventana: la veo, por fin.
Está levantando la cabeza y mira a los establos, al reloj. William salta del pescante y la ayuda a apearse. Una capucha envuelve su cara. Viste de oscuro y parece menuda. Pero es real. El plan es real. Siento su fuerza al instante, y me estremezco. Es demasiado tarde para recibirla ahora. Tengo que esperar, mientras le sirven la cena y la llevan a su habitación; y luego tengo que acostarme y escuchar sus pasos y murmullos, con mis ojos en la puerta ¡cuatro o cinco centímetros de madera reseca! que separa mi alcoba de la suya.
Una sola vez me levanto y me acerco sigilosamente a ella, y pego el oído a la madera, pero no oigo nada. A la mañana siguiente hago que Margaret me vista con esmero y mientras tira de las cintas digo:
—Creo que ha llegado la señorita Smith. ¿La has visto, Margaret?
—Sí, señorita.
—¿Crees que servirá?
—¿Servir, señorita?
—Como doncella.
Ella sacude la cabeza.
—Me pareció algo lenta de maneras —dice—. Ha estado media docena de veces en Francia, pero no sé dónde. Se aseguró de contárselo al señor Inker.
—Bueno, tenemos que ser amables con ella. Después de Londres, quizás esto le parezca insulso. — Ella no dice nada—. ¿Querrás decirle a la señora Stiles que me la traiga en cuanto haya tomado el desayuno?
He pasado toda la noche, a ratos durmiendo, a intervalos despierta, oprimida por la cercanía y la incógnita de la recién llegada. Tengo que verla ahora, antes de ir con mi tío, o temo caer enferma. Por fin, a eso de las siete y media, oigo unos pasos que no me son familiares en el pasillo que arranca de la escalera del servicio, y Stiles murmulla: «Aquí es». Llaman a la puerta. ¿Dónde me pongo? Me pongo junto al fuego. ¿Suena rara mi voz cuando contesto? ¿Lo nota ella? ¿Contiene la respiración? Sé que yo contengo la mía; noto que me pongo roja y quiero que la sangre se retire de mi cara. Se abre la puerta.
Stiles entra primero y, tras un instante de vacilación, la tengo delante: Susan Susan Smith (Suky Tawdry), la chica crédula que va a rescatarme de mi vida y darme la libertad. Más aguda que la expectativa, sobreviene la consternación. He supuesto que se parecerá a mí, he supuesto que será hermosa: pero es una criatura menuda, delgada, deslucida, con el pelo de color polvo. Tiene la barbilla casi puntiaguda. Sus ojos son castaños, más oscuros que los míos. Su mirada es o bien demasiado franca o bien taimada; me dirige una mirada inquisitiva que abarca mi vestido, mis guantes, mis pantuflas y hasta los estampados de mis medias. Luego parpadea recuerda su adiestramiento, me figuro y hace una presurosa reverencia. Advierto que la complace cómo le ha salido. La complazco yo.
Me cree una tonta. La idea me disgusta más de lo previsto. Pienso: Has venido a Briar a buscarme la ruina. Avanzo un paso para cogerle la mano. ¿No vas a ruborizarte ni a temblar ni a esconder los ojos? Pero ella me devuelve la mirada y sus dedos con las uñas recomidas son fríos, duros y perfectamente firmes. Stiles nos observa. Su expresión dice, a las claras: «Ésta es la chica que mandaste a buscar en Londres. Creo que basta y sobra para ti».
—No hace falta que se quede, señora Stiles —digo—. Pero sé que ha sido cariñosa con la señorita Smith. —Miro de nuevo a Susan—. Quizás sepas, Susan, que soy huérfana, como tú. Vine a Briar de niña: muy joven y sin nadie que me cuidara. No sabría explicarte todas las maneras en que la señora Stiles me ha dado a conocer desde entonces lo que es el amor de madre…
Digo esto sonriendo. Pero atormentar al ama de llaves de mi tío es una ocupación tan rutinaria que no me demoro en ella. A la que quiero es a Susan, y después de que Stiles haya hecho una mueca, se haya puesto colorada y se haya marchado, me acerco a ella para llevarla hasta el fuego. Ella camina. Se sienta.
Está caliente y es rápida. Toco su brazo. Es tan flaco como el de Agnes, pero duro. Detecto en su aliento olor a cerveza. Habla. Su voz no es en absoluto como la había soñado, sino suave e insolente, aunque procura suavizarla aún más. Me habla de su viaje, del tren desde Londres; cuando dice Londres parece consciente del sonido; supongo que no está acostumbrada a nombrarlo, a considerarlo un lugar de destino o de deseo. Es un prodigio y un suplicio para mí que una chica tan menuda, tan poca cosa como ella, haya pasado toda su vida en Londres, mientras que la mía ha transcurrido entera en Briar: pero es también un consuelo, pues si ella ha prosperado allí, ¿no prosperaría yo más todavía, con todos mis talentos? Me digo esto a mí misma, mientras le describo sus tareas. La sorprendo otra vez ojeando mi vestido y mis pantuflas y ahora, al detectar en su mirada compasión, así como desprecio, creo que me sonrojo. Digo:
—Y tu última señora, ¿era una perfecta dama? ¡Se reiría si me viese, me figuro!
Mi voz no es del todo firme. Pero aunque haya amargura en mi tono, ella no lo advierte.
—Oh, no, señorita —dice—. Era demasiado bondadosa. Y, además, siempre decía que las ropas elegantes no valían un comino, que lo que cuenta es el corazón que hay dentro.
Parece tan metida en su papel tan poseída por su patraña, tan inocente, no astuta, que me siento un momento a contemplarla en silencio. Luego le cojo otra vez la mano.
—Creo que eres una buena chica, Susan —digo. Ella sonríe, con expresión modesta. Sus dedos se mueven dentro de los míos.
—Lady Alice siempre me lo decía —dice.
—¿Sí?
—Sí, señorita.
De pronto se acuerda de algo. Se aparta de mí, se mete la mano en el bolsillo y saca una carta. Está doblada, lacrada, escrita con afectada letra femenina; y, por supuesto, procede de Richard. Titubeo, la cojo; me levanto, camino, la desdoblo, lejos de la mirada de Susan.
¡Nada de nombres!, dice la carta, pero creo que me conoces. Ahí te envío a la chica que nos hará ricos, esa tierna ratera; he tenido ocasión de utilizar sus servicios y puedo recomendarla. Me está mirando mientras escribo esto y, ¡ah!, su ignorancia es absoluta. Me la imagino ahora, mirándote a ti. Tiene más suerte que yo, que debo pasar dos semanas asquerosas antes de disfrutar de ese placer. ¡Quema esto, por favor!
Me consideraba tan fría como él. No lo soy, no lo soy; siento que me mira ¡tal como él dice! y me entra miedo. Me quedo con la carta en la mano y de repente caigo en la cuenta de que me he entretenido demasiado. ¡Si ella la hubiera visto…! Doblo el papel en dos, tres, cuatro partes, hasta que no puedo doblarlo más. Ignoro todavía que ella no sabe leer ni escribir, ni siquiera su nombre; cuando lo sé me río, con tremendo alivio. Pero no la creo del todo. «¿No sabes leer?», pregunto. «¿Ni una palabra, ni una letra?», y le doy un libro. No quiere cogerlo; cuando lo hace, abre las tapas, pasa una página, clava la mirada en un pasaje, pero todo de un modo incorrecto, indefiniblemente incorrecto e inquieto, y demasiado sutil para fingirlo. Al final se pone colorada.
Tomo el libro. «Lo siento», digo. Pero no lo siento, sólo estoy asombrada. ¡No sabe leer! Me parece una especie de deficiencia fabulosa, como que un mártir o un santo carezcan de la capacidad de sufrir. Suenan las ocho, debo ir donde mi tío. Me detengo en la puerta. De todas formas, tengo que hacer una referencia pudorosa a Richard; digo lo que debo y la cara de Susan, como era de esperar, cobra de pronto una expresión artera que luego se disipa. Me dice que él es muy amable. Lo dice de nuevo como si lo creyera. Tal vez lo crea. Tal vez la amabilidad, allí de donde ella viene, se juzgue con un rasero distinto. Noto en el bolsillo de mi falda las puntas y los bordes de la nota doblada que Richard me ha enviado por medio de Susan.
No sé lo que hará mientras está sola en mis aposentos, pero me figuro que manosea las sedas de mis vestidos, se prueba mis botas, mis guantes, mis fajas. ¿Mira con un monóculo mis joyas? Quizás ya esté planeando lo que hará cuando sean suyas; conservará este broche, del otro arrancará las piedras para venderlas, regalará a su novio el anillo de oro que era de mi padre…
—Estás distraída, Maud —dice mi tío—. ¿Tienes otra ocupación que atender?
—No, señor —digo.
—Quizás me reprochas tu pequeña tarea. Quizás preferirías que te hubiese dejado en el manicomio todos estos años. Perdóname: supuse que al traerte aquí te estaba haciendo un favor. Pero a lo mejor prefieres estar entre lunáticas que entre libros, ¿eh?
—No, tío.
Hace una pausa. Pienso que va a concentrarse en sus notas. Pero continúa:
—Sería de lo más sencillo, llamar a la señora Stiles y decirle que te lleve de vuelta. ¿Seguro que no quieres que lo haga…, que mande a buscar a Inker y su carro? —Mientras habla, se inclina para escrutarme, con su débil y feroz mirada tras las gafas que la protegen. Hace otra pausa y casi sonríe—. Me pregunto qué harían contigo en los pabellones —dice, en un tono distinto— con todo lo que sabes ahora.
Lo dice despacio y luego rumia la pregunta, como si fuera una galleta cuyas migas se le han quedado debajo de la lengua. En vez de responder, bajo la mirada hasta que se le pasa este talante. Poco después gira el cuello y vuelve a posar la mirada en las páginas sobre su escritorio.
—Vaya, vaya. Los sombrereros flagelantes. Léeme el segundo volumen, con la puntuación completa; y ten cuidado: la paginación es irregular. Anotaré la secuencia aquí.
De este libro estoy leyendo cuando ella llega para llevarme a mi sala. Se queda en la puerta, contemplando las paredes de libros, las ventanas pintadas. Se cierne, como yo hice, sobre el dedo que apunta, que mi tío ha puesto para señalar los límites de la inocencia en Briar; y, al igual que yo, en su inocencia no lo ve e intenta franquearlo. ¡Tengo que impedírselo, aún más que mi tío!, y mientras él se agita y chilla, voy en silencio hasta ella y la toco. El contacto de mis dedos la amedrenta.
—No te asustes, Susan —digo, y le muestro la mano de latón en el suelo.
He olvidado, por supuesto, que ella podía mirarlo todo, absolutamente todo, que para ella no sería nada más que tinta sobre papel. Al acordarme me maravillo de nuevo, y esta vez con una especie de rencorosa envidia. Tengo que retirar mi mano de su brazo, por miedo a pellizcarla. Cuando vamos hacia mi habitación, le pregunto qué le parece mi tío. Ella cree que está confeccionando un diccionario.
Nos sentamos a almorzar. No tengo apetito y le paso mi plato. Me recuesto en mi silla y observo cómo ella desliza el pulgar por el borde de loza, admira el tejido de la servilleta que extiende sobre sus rodillas. Podría ser una subastadora, un agente inmobiliario: empuña cada pieza de cubertería como si evaluara lo que cuesta el metal con que está hecha. Se come tres huevos, con cucharadas rápidas, y los engulle sin más, sin que la estremezca la viscosa yema, sin pensar, mientras traga, en cómo se cierra su garganta alrededor de la carne. Se limpia los labios con los dedos, se chupa con la lengua una mancha en los nudillos; traga de nuevo. Has venido a Briar, pienso, para devorarme.
Pero, por supuesto, quiero que lo haga. Necesito que lo haga. Y ya me parece sentir que empiezo a cederle mi vida. La cedo sin esfuerzo, como las mechas encendidas despiden humo que empaña el cristal que las protege; como las arañas tejen hilos de plata para apresar a polillas temblorosas. Imagino cómo se instala en ella y la ciñe. Ella no lo sabe. No lo sabrá hasta que vea, demasiado tarde, cómo la ha envuelto y la ha transformado, cómo la ha hecho parecerse a mí. Por el momento sólo está cansada, intranquila, aburrida: la llevo a pasear por el parque y ella me sigue, renqueando; nos sentamos a coser y ella bosteza y se frota los ojos, sin mirar a nada. Se muerde las uñas; se para cuando ve que la miro; al cabo de un minuto estira un mechón de pelo y se muerde las puntas.
—Estás pensando en Londres —digo. Levanta la cabeza.
—¿En Londres, señorita? Asiento.
—¿Qué hacen las damas allí a esta hora del día?
—¿Las damas, señorita?
—Las damas como yo.
Mira a su alrededor. Y, al cabo de un segundo:
—¿No hacen sus visitas, señorita?
—¿Visitas?
—¿No visitan a otras damas?
—Ah.
No lo sabe. Se lo está inventando. ¡Seguro que se lo inventa! Aun así, pienso en lo que ha dicho y el corazón me late de repente deprisa. Damas como yo, he dicho. No hay damas como yo, sin embargo; y por un segundo tengo una imagen clara y alarmante de mí misma en Londres, sin visitas… Pero ahora estoy sola y nadie me visita. Y allí tendré a Richard para guiarme y aconsejarme. Richard significa una casa con habitaciones y con puertas que cierran…
—¿Tiene frío, señorita? —dice ella. Quizás he tiritado. Se levanta para cogerme un chal. La miro caminar. Cruza la alfombra en diagonal, sin prestar atención al dibujo, las líneas y diamantes y cuadrados que hay debajo de sus pies.
No paro de observarla. No puedo mirar demasiado tiempo ni con gran atención la desenvoltura con que hace cosas ordinarias. A las siete me prepara para la cena con el tío. A las diez me acuesta. Después va a su habitación y la oigo suspirar, y levanto la cabeza y la veo estirarse y desfallecer. La vela la ilumina con toda claridad, a pesar de que estoy escondida en la oscuridad. Ella pasa en silencio de un extremo del umbral al otro; ahora se agacha para recoger un lazo caído, ahora coge su capa y cepilla el barro del dobladillo. No se arrodilla a rezar, como hacía Agnes. Se sienta en la cama, fuera de mi vista, pero levanta las piernas: veo cómo el dedo de un zapato se apoya en el talón del otro y lo descalza.
Ahora se pone de pie para desabrochar los cierres del vestido; ahora lo deja caer, sale torpemente del ruedo de la falda; desata las ballenas, se frota la cintura, suspira de nuevo. Ahora se aleja. Levanto la cabeza para seguirla. Vuelve en camisón, tiritando. Yo también tirito, por simpatía. Ella bosteza. Yo también bostezo. Ella se estira y disfruta al hacerlo, ¡degustando la llegada del sueño! Ahora se activa, apaga la luz, se sube a la cama, entra en calor, supongo, y se duerme…
Duerme con una especie de inocencia. Yo también, en otro tiempo. Aguardo un rato, saco el retrato de mi madre y lo sostengo cerca de la boca. Es ella, susurro. Es ella. ¡Ahora es ella tu hija! ¡Qué fácil parece! Pero cuando he guardado la foto de mi madre estoy inquieta. El reloj de mi tío se estremece y suena. Algún animal, en el parque, grita como un niño. Cierro los ojos y pienso cosa que hace años que no hago tan nítidamente en el manicomio, mi primer hogar; en las mujeres de ojos frenéticos, las locas, y en las enfermeras. Recuerdo de golpe las habitaciones de las enfermeras, las esteras de esparto, una leyenda escrita en la pared encalada: Mi carne hará la voluntad de Quien me ha enviado. Recuerdo la escalera de un desván, un paseo por el tejado, la blandura del plomo debajo de mi uña, la aterradora caída hasta el suelo…
Debo de dormirme al evocar esto. Debo de hundirme en las capas más profundas de la noche. Pero entonces despierto; o no del todo, no totalmente libre de la atracción de las tinieblas, pues abro los ojos y estoy pasmada completamente pasmada y embargada de temor. Miro mi forma en la cama y me parece cambiante y extraña: ya grande, ya pequeña, ya interrumpida por huecos, y no sé decir qué edad tengo. Empiezo a temblar. Llamo. Llamo a Agnes. He olvidado por completo que se ha ido. He olvidado a Richard Rivers y todo nuestro plan. Llamo a Agnes y me parece que viene; pero viene para llevarse mi lámpara. Creo que lo hace para castigarme. «¡No te lleves la luz!», digo; pero ella la coge, me deja sumida en la terrible oscuridad y oigo el suspiro de puertas, el tránsito de pies, más allá de la cortina. Tengo la impresión de que transcurre mucho tiempo hasta que la luz regresa. Pero cuando Agnes la levanta y ve mi cara, grita.
—¡No me mires! —grito yo. Y luego—: ¡No me dejes!
Porque tengo el presentimiento de que si ella se queda, alguna calamidad, una desgracia espantosa no sé cuál, no sabría nombrarla serán evitadas: y yo o ella me salvaré. Me tapo la cara contra su cuerpo y le cojo la mano. Pero su mano es blanca en lugar de ser pecosa. La miro y no la conozco. Ella dice, con una voz que me es desconocida:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:35 am

—Soy Sue, señorita. Sólo Sue. ¿Me ve? Está soñando.
—¿Soñando?
Me toca la mejilla. Me alisa el pelo, no como lo hacía Agnes, después de todo, sino como… Como nadie. Repite:
—Soy Sue. Agnes tuvo escarlatina y ha vuelto a su casa. Ahora debe acostarse o el frío la enfermará. No debe caer enferma.
Permanezco sumida en una completa confusión otro momento; después el sueño se aleja de mí de repente y la reconozco y me reconozco yo misma: mi pasado, mi presente, mi inescrutable futuro. Ella es una desconocida para mí, pero forma parte de todo ello.
—¡No me dejes, Sue! —digo.
Noto que titubea. Cuando se mueve, la agarro más fuerte. Pero ella sólo quiere pasar por encima de mí, y se introduce debajo de la sábana, me rodea con el brazo y aprieta la boca contra mi pelo. Su cuerpo está frío y enfría el mío. Tirito, pero enseguida me quedo inmóvil.
—Vamos —dice ella. Lo murmulla. Percibo su aliento y, en el fondo de mi pómulo, el suave rumor de su voz—. Ahora se dormirá, ¿verdad? Buena chica.
Buena chica, dice. ¿Cuánto tiempo hace desde que alguien en Briar me considera buena? Pero ella lo cree. Debe creerlo para que funcione nuestro plan. Tengo que ser buena, amable y sencilla. ¿No dicen que el oro es bueno? A fin de cuentas, soy como el oro para ella. Ha venido a causarme la ruina, pero no todavía. Por ahora tiene que cuidarme, mantenerme cuerda y segura como a un tesoro que se propone, al fin, dilapidar… Lo sé, pero no lo siento tanto como debería. Duermo en sus brazos, insomne y quieta, y despierto sintiendo su calor y cercanía. Se desplaza cuando nota que me muevo. Se frota los ojos. Su pelo suelto toca el mío. Su cara, cuando duerme, pierde un poco sus facciones angulosas. Tiene la frente tersa, las pestañas empolvadas, la mirada, cuando topa con la mía, muy clara, desprovista de burla o de maldad…
Sonríe. Bosteza. Se levanta. La manta sube y baja y despide ráfagas de calor agrio. Tendida, rememoro la noche. En mi corazón revolotea una sensación… de vergüenza o de pánico. Pongo la mano en el lugar donde ella ha estado tumbada, y lo noto frío. Ha cambiado conmigo. Tiene más seguridad, es más afable. Margaret trae agua y ella me llena un cuenco.
—¿Preparada, señorita? —dice—. Más vale usarla aprisa.
Moja un paño, lo retuerce y, cuando estoy de pie y desnuda, me lo pasa, sin que se lo haya pedido, por la cara y por debajo de mis brazos. Me he convertido en una niña para ella. Me sienta para cepillarme el pelo. Me regaña: «¡Vaya enredo! El truco para esta maraña consiste en empezar por abajo…».
Agnes me lavaba y vestía con rápidos dedos nerviosos, torciendo el gesto cada vez que el peine se enredaba. Una vez le pegué con una zapatilla, tan fuerte que la hice sangrar. Ahora estoy sentada pacientemente ante Susan Sue, como ella se ha llamado esta noche mientras ella deshace los nudos de mi pelo y yo me miro la cara en el espejo…. Buena chica.
—Gracias, Sue —digo luego.
Lo digo a menudo, en los días y noches siguientes. Nunca se lo dije a Agnes. «Gracias, Sue». «Sí, Sue», cuando ella me pide que me siente o me levante, que levante un brazo o una pierna. «No, Sue», cuando teme que el vestido me pinche. No, no tengo frío. Pero a ella le gusta inspeccionarme cuando paseamos, para cerciorarse; me sube la capa un poco más sobre el cuello, para protegerme de las corrientes de aire. No, mis botas no están absorbiendo rocío: pero desliza un dedo entre mi tobillo cubierto por una media y el cuero de mi zapato, para estar segura. Debo evitar a toda costa resfriarme. No tengo que cansarme.
—¿No le parece que ya ha paseado bastante, señorita? —No debo caer enferma—. Mire, aquí está su desayuno: intacto. ¿No comerá un poco más?
No debo adelgazar. Soy un ganso que debe estar rollizo, cebado para la matanza. Por supuesto, aunque ella no lo sepa, es ella la que debe estar rolliza, ella la que aprenderá, en su momento, a dormir, despertar, vestirse, caminar siguiendo una pauta de señales y campanas. Ella cree que me anima. ¡Cree que me compadece! Aprende las costumbres de la casa, sin comprender que los hábitos y tejidos que ahora me atan a mí no tardarán en encadenarla a ella. A encuadernarla como el tafilete o el becerro… Me he habituado a considerarme una especie de libro. Ahora me parezco a un libro tal como deben de ser para ella: me mira con sus ojos analfabetos, ve la forma, pero no entiende el sentido del texto. Ve la piel blanca «¡Qué pálida está!», dice, pero no la sangre veloz y corrompida que hay debajo.
No debería hacerlo. No puedo evitarlo. Me impone demasiado la idea que ella tiene de mí: la de que soy una chica simple, maltratada por las circunstancias, propensa a las pesadillas. No las tengo cuando ella duerme a mi lado, y de este modo encuentro maneras de atraerla a mi cama, una segunda y una tercera noche. Al final viene de una forma rutinaria. Al principio la juzgo cautelosa; pero lo que le arredra no es más que el dosel y las cortinas; todas las veces se planta ante la cama con una vela en alto, escrutando a través de los pliegues de tela.
—¿No piensa, señorita —dice—, que ahí arriba podría haber polillas y arañas a la espera de caer?
Agarra un poste y lo sacude: cae un solo escarabajo, con una nube de polvo. Sin embargo, en cuanto se ha habituado a esto, está muy tranquila, y de la forma pulcra y cómoda que tiene de recoger sus miembros deduzco que está acostumbrada a dormir con alguien; me intriga saber con quién.
—¿Tienes hermanas, Sue? —le pregunto una vez, quizás una semana después de su llegada. Estamos paseando por la orilla del río.
—No, señorita.
—¿Hermanos?
—No, que yo sepa —dice.
—Entonces…, ¿te has criado sola, como yo?
—Bueno, señorita, yo no diría que sola…, sino con muchos primos.
—Primos. ¿Te refieres a los hijos de tu tía?
—¿Mi tía?
Su cara está perpleja.
—Tu tía, la nodriza del señor Rivers.
—¡Ah! —Parpadea—. Sí, señorita. Desde luego…
Se vuelve, con una expresión incierta. Está pensando en su casa. Intento imaginármela y no puedo. Trato de imaginar a sus primos: chicos y chicas rudos, de cara angulosa como ella, de lengua afilada y dedos rápidos… Sus dedos son romos, sin embargo, pero su lengua porque a veces la enseña, cuando me prende alfileres en el pelo, o frunce el ceño al manipular cintas escurridizas, su lengua tiene punta. La veo suspirar.
—Da igual —digo, como cualquier ama bondadosa con una criada infeliz—. Mira, ahí pasa una gabarra. Puedes enviar tus deseos con ella. Las dos mandaremos deseos a Londres. —A Londres, vuelvo a pensar, más sombríamente. Richard está allí. Yo estaré allí dentro de un mes. Digo—: Si no los lleva esa barca, los llevará el Támesis.
Pero ella no mira a la gabarra, sino a mí.
—El Támesis —dice.
—El río —respondo—. Este río de aquí.
—¿El Támesis, este riachuelo? Oh, no, señorita. —Se ríe, insegura—. ¿Cómo puede ser? El Támesis es muy ancho —separa mucho las manos—, y este río es muy estrecho. ¿No ve?
Digo, al cabo de un momento, que siempre he creído que los ríos se ensanchan conforme van fluyendo. Ella mueve la cabeza.
—¿Este riachuelo? —repite—. Caramba, el agua que tenemos en los grifos de casa tiene más vida que esto. ¡Mire, señorita! Mire, allí.
La gabarra nos ha sobrepasado. En popa lleva escrito, con letras de unos quince centímetros, ROTHER-HITHE; pero no está apuntando a ellas, sino a la estela de grasa que despide el chisporroteo del motor.
—¿Ve eso? —dice, agitada—. A eso se parece el Támesis. Así está todos los días del año. Mire cuántos colores. Miles de colores…
Sonríe. Sonriente es casi guapa. Después la estela de grasa se estrecha, el agua se torna parda, la sonrisa de Susan se desvanece, y de nuevo tiene aspecto de ladrona. Tienen que entenderlo. He decidido despreciarla. Porque si no, ¿cómo sería capaz de hacer lo que tengo decidido? ¿De qué otro modo engañarla y herirla? La cuestión es que pasamos mucho tiempo juntas en este encierro. No tenemos más remedio que intimar. Y su concepto de la intimidad no es como el de Agnes, ni como el de Barbara, ni como el de ninguna otra doncella. Es demasiado franca, desenvuelta, libre. Bosteza, se inclina. Frota manchas y rasguños. Se sienta a examinarse algún corte seco en un nudillo mientras yo coso. «¿Tiene un alfiler, señorita?», me pregunta, y cuando le doy una aguja de mi
estuche se pasa diez minutos sondeando con ella la piel de su mano. Después me devuelve la aguja. Pero me la devuelve con cuidado de que la punta esté lejos de mis dedos blandos.
—No se haga daño —dice, con tal simplicidad y deferencia que me olvido totalmente de que sólo me cuida por Richard. Creo que ella también lo olvida.
Un día en que paseamos me coge del brazo. Para ella no es nada, pero a mí me produce una conmoción como una bofetada. Otra vez, después de sentarme, me quejo de que tengo los pies helados: ella se arrodilla delante de mí, me desata las pantuflas, toma mis pies en sus manos y los restriega; por último agacha la cabeza y con todo desenfado echa el aliento encima de mis pies. Empieza a vestirme como le apetece; hace pequeños cambios en mis vestidos, mi pelo, mis habitaciones. Trae flores: tira las hojas colgantes que siempre ha habido en jarrones sobre las mesas de la sala y las sustituye por prímulas que ha encontrado en los setos del parque.
—Claro que en el campo no se ven las flores que encuentras en Londres —dice, mientras las mete en el florero—, pero éstas son muy bonitas, ¿verdad?
Hace que Margaret consiga de Way una cantidad mayor de carbones para el fuego. ¡Algo tan sencillo!, pero hasta ahora no se le ha ocurrido a nadie hacer eso por mí; ni siquiera se me ha ocurrido a mí, y por eso he pasado frío durante siete inviernos. El calor empaña las ventanas. Le gusta colocarse junto a ellas y dibujar en el cristal curvas, corazones y espirales. En una ocasión en que ha ido a buscarme a la biblioteca de mi tío, descubro naipes esparcidos sobre la mesa del almuerzo.
La baraja de mi madre, supongo, pues estas habitaciones eran las de mi madre y están llenas de cosas suyas, y sin embargo, por un segundo, me desconcierta imaginar a mi madre aquí aquí de verdad, caminando por aquí, sentándose aquí, extendiendo sobre el paño las cartas de colores. Mi madre soltera, todavía cuerda quizás posando ociosamente la mejilla en los nudillos, quizás suspirando, y esperando, esperando…
Cojo una carta. Resbala en mi guante. Pero en las manos de Sue los naipes cambian: los recoge y los ordena, baraja y reparte, limpia y ágilmente, y los oros y rojos tienen un brillo intenso entre sus dedos, como si fueran joyas. Se queda atónita, naturalmente, cuando le digo que no sé jugar, y en el acto me manda que me siente para enseñarme. Los juegos son de azar y de especulación sencilla, pero ella juega con seriedad, casi con avaricia, ladeando la cabeza, entrecerrando los ojos mientras estudia su abanico de cartas. Cuando me canso, ella juega sola; o bien pone las cartas de pie sobre sus bordes y las junta por arriba, y a fuerza de hacer esto muchas veces construye una estructura ascensional, una especie de pirámide de naipes, reservando siempre, para la cima, un rey y una reina.
—Mire esto, señorita —dice cuando ha terminado—. Mire esto. ¿Lo ve?
Luego retira una carta de los cimientos de la pirámide, y se ríe cuando se desmorona la estructura. Se ríe. Es un sonido tan extraño en Briar como me figuro que debe de serlo en una cárcel o en una iglesia. Algunas veces canta. Un día hablamos del baile. Se levanta y se alza la falda para enseñarme un paso. Luego me pone de pie y me hace dar vueltas y más vueltas; y cuando se aprieta contra mí noto el latido acelerado de su corazón, noto que me lo transmite y se convierte en mío. Al final le dejo que me lime un diente puntiagudo con un dedal de plata.
—Déjeme ver —dice. Me ha visto frotarme la mejilla—. Venga a la luz.
Me pongo en la ventana e inclino hacia atrás la cabeza. Su mano está caliente y su aliento también, gracias a la levadura de cerveza. Me palpa la encía.
—Bueno, es tan afilado —dice, apartando la mano— como…
—¿Como un diente de serpiente, Sue?
—Iba a decir como una aguja, señorita. —Mira a su alrededor—. ¿Las serpientes tienen dientes, señorita?
—Deben de tener, porque dicen que muerden.
—Es verdad —dice distraídamente—. Sólo que me los imaginaba pegajosos…
Ha ido a mi vestidor. Por la puerta abierta veo la cama y, debajo, muy al fondo, el orinal: más de una vez me ha advertido de que los orinales de porcelana pueden romperse bajo los dedos del pie de alguien que se levanta sin tener cuidado, y dejarle cojo. Con un ánimo similar, me ha prevenido de que no deambule descalza (ya que en la carne pueden infiltrarse pelos como gusanos, dice e infectarse); de que no me sombree los ojos con aceite de castor impuro; y de que no cometa la imprudencia de subirme a chimeneas, con el propósito de esconderme o huir. Ahora examina los objetos que hay sobre mi mesilla y no dice nada. Aguardo, la llamo.
—¿Conoces a alguien que haya muerto de una mordedura de serpiente, Sue?
—¿Una mordedura de serpiente, señorita? —Reaparece, todavía con el ceño fruncido—. ¿En Londres? ¿En el zoo, quiere decir?
—Bueno, quizás en el zoo.
—No sé si conozco…
—Es curioso. Estaba segura de que conocerías.
Sonrío, aunque ella no lo hace. Me muestra la mano con el dedal en ella; por fin entiendo lo que se propone y quizás la miro de un modo raro.
—No le hará daño —dice, observando mi cambio de expresión.
—¿Segura?
—Sí, señorita. Si le duele, grite y pararé.
No duele, no grito. Pero me produce una extraña mezcla de sensaciones: el chirrido del metal, la presión de la mano que sujeta mi mandíbula, la suavidad de su respiración. Mientras ella examina el diente que lima, yo sólo puedo mirarle a la cara, de modo que miro a sus ojos: ahora veo que en uno de ellos tiene una mota de color castaño más oscuro, casi negro. Miro la línea de su mejilla, que es tersa, y su oreja, que es bonita, con el lóbulo perforado para lucir aros y pendientes.
—¿Cómo te la han perforado? —le pregunté una vez, acercándome a ella y poniendo las yemas de los dedos en los hoyuelos de la piel curvada.
—Pues con una aguja, señorita —dijo—, y un poco de hielo…
El dedal sigue restregando. Ella sonríe.
—Mi tía les hace esto a los bebés —dice, mientras lima—. Supongo que a mí también me lo hizo. Ya casi está. ¡Ja! —Lima más despacio y hace una pausa para comprobar el diente. Sigue limando—. Algo peliagudo para hacerle a un bebé, por supuesto. Porque si el dedal se resbala…, bueno. Conozco varios que se perdieron así.
No sé si se refiere a dedales o a niños. Sus dedos y mis labios se están humedeciendo. Trago saliva, una, dos veces. Mi lengua se levanta y choca contra su mano. Esta parece, de repente, grandísima y muy extraña; y pienso en plata deslustrada; creo que mi aliento la habrá humedecido y activado, creo que percibo el sabor de la mano. Quizás si ella trabajara en mi diente un poco más de tiempo, yo sucumbiría a una especie de pánico, pero ahora el dedal frota más despacio y enseguida se para. Ella comprueba otra vez con el pulgar, mantiene la mano otro segundo en mi mandíbula y después la retira.
Emerjo de esta presión algo insegura. Ha sido tan fuerte y ha durado tanto que cuando me suelta el aire frío me salta a la cara. Trago saliva y recorro con la lengua el diente achatado. Me limpio los labios. Veo la mano de Sue: los nudillos rojos y blancos de presionarme la boca; el dedo también enrojecido y todavía con el dedal puesto. La plata brilla, no está nada empañada. Lo que he percibido, o creo haber percibido, no es más que el sabor de Susan.
¿Puede un ama degustar los dedos de su doncella? Puede, en los libros de mi tío. La idea hace que me suban los colores. Y mientras noto que la sangre se me agolpa en la mejilla, llega a la puerta una chica con una carta de Richard. Me he olvidado de esperarla. Me he olvidado de pensar en nuestro plan, nuestra huida, nuestra boda, la verja del manicomio en lontananza. Me he olvidado de pensar en él. Pero ahora tengo que hacerlo. Cojo la carta y, temblando, rompo el lacre.
¿Estás tan impaciente como yo?, escribe. Sé que lo estás. ¿Está ella contigo ahora? ¿Te ve la cara? Que la vea alegre. Sonríe, pon cara de tonta y todo eso. Nuestra espera se acaba. ¡He terminado mis gestiones en Londres, y regreso!

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:35 am

La carta obra sobre mí como el chasquido de un hipnotizador: pestañeo, miro aturdida a mi alrededor, como saliendo de un trance. Miro a Sue; miro su mano, la marca de mi boca en ella. Miro las almohadas de mi cama, con la huella de nuestras cabezas. Miro las flores en el jarrón sobre el tablero de la mesa, miro el fuego de la chimenea. Hace demasiado calor en el cuarto. Hace mucho calor pero yo sigo temblando, como si tuviera frío. Ella lo ve. Capta mi mirada y hace un gesto hacia el papel en mi mano.
«¿Buenas noticias, señorita?», pregunta, y es como si la carta también hubiera obrado un hechizo en ella: porque su voz me parece suave espantosamente suave, pero su cara parece afilada. Se quita el dedal, pero observa, me observa. No me atrevo a mirarla.
Richard vuelve. ¿Ella siente lo mismo que yo? No da indicio alguno. Camina, se sienta, con igual desparpajo que antes. Almuerza. Saca la baraja de mi madre, empieza el paciente reparto de los solitarios. Parada ante el espejo, veo el reflejo de Sue, que extiende una mano para coger una carta y la coloca, le da la vuelta, pone otra encima, levanta los reyes, separa los ases… Miro mi cara y pienso en sus rasgos distintivos: una determinada curva de la mejilla, el labio demasiado lleno, demasiado grueso, demasiado rosa.
Por fin junta la baraja y me dice que si yo la barajo y la sostengo y quiero, ella estudiará las cartas que salen y me dirá el futuro. Lo dice sin la menor traza de ironía; y a mi pesar me veo arrastrada a su lado, me siento y mezclo torpemente las cartas, y ella las coge y se las coloca delante.
—Estas son su pasado —dice—, y éstas su presente.
Agranda los ojos. Súbitamente me parece joven: por un momento inclinamos la cabeza y cuchicheamos como me figuro que hacen otras chicas corrientes en salones o escuelas o antecocinas normales: Mira, aquí hay un hombre joven a caballo. Esto es un viaje. Aquí está la reina de diamantes, que significa riqueza…
Tengo un broche engastado de brillantes. Me acuerdo ahora. Pienso como hacía antes, aunque no desde hace muchos días en Sue soplando posesivamente sobre las piedras, evaluando su precio… Al fin y al cabo no somos chicas corrientes en una sala normal; y a ella le interesa mi fortuna sólo en la medida en que la supone suya. Entrecierra los ojos otra vez. Su voz se eleva más alto que el susurro y se torna insolente. Me aparto de ella mientras recoge la baraja, voltea las cartas en sus manos y frunce el ceño. Se le ha caído una pero no la ve: el dos de corazones. Coloco mi talón encima, imaginando que uno de los corazones pintados de rojo es el mío; la aplasto contra la alfombra.
Ella ve la carta cuando levanto el pie, y trata de alisar la hendidura que hay en ella; después juega un solitario, tan tercamente como antes. Le miro otra vez las manos. Las tiene más blancas, y cicatrizadas en torno a las uñas. Son manos pequeñas, y con guantes parecerán aún más pequeñas y se asemejarán más a las mías. Es preciso hacerlo. Debería haberse hecho ya. Viene Richard, y me asalta una sensación de tarea incumplida: una sensación aterradora de que las horas, los días oscuro, sinuoso pez del tiempo han pasado de largo, sin ser capturados. Paso una noche inquieta. Cuando nos levantamos y ella viene a vestirme, aferro el volante que hay en la manga de su vestido. Le digo:
—¿No tienes otro vestido que esta cosa fea y marrón que siempre llevas?
Dice que no tiene otro. Cojo de mi ropero un vestido de terciopelo y hago que se lo pruebe. Desnuda los brazos a regañadientes, se quita la falda y se da media vuelta, con una especie de recato, para que no la vea. El vestido le está estrecho. Tiro de los cierres. Arreglo los pliegues de tela sobre sus caderas y voy a mi joyero en busca de un broche de brillantes, y se lo prendo con todo cuidado encima del corazón. Luego la coloco delante del espejo. Llega Margaret y confunde a Susan conmigo.
Me he acostumbrado a ella, a su vida, su calor, sus peculiaridades; ella se ha convertido, no en la chica crédula de una trama malvada no en Suky Tawdry, sino en una chica con una historia, con afectos y odios. De repente ahora veo lo mucho que su cara y su figura van a parecerse a las mías, y por primera vez entiendo lo que Richard y yo nos proponemos. Apoyo la cara en el poste de mi cama y observo cómo ella se contempla con una satisfacción creciente, se gira un poco a la izquierda, otro poco a la derecha, alisa las arrugas de la falda, acomoda sus miembros en las costuras del vestido.
—¡Si me viera mi tía! —dice, sonrosándose, y yo pienso entonces si será su tía, su madre o su abuela quien la estará aguardando en aquella oscura cueva de ladrones londinense. Pienso en lo inquieta que tiene que estar, cuando cuenta el número cada vez mayor de días que retiene a su pequeña ratera lejos de casa, embarcada en una empresa peligrosa.
La imagino sacando, mientras espera, alguna chuchería de Sue una cinta, un collar, una pulsera de dijes chabacanos y dándole vueltas y más vueltas en sus manos…
Este manoseo no acabará nunca, aunque ella todavía no lo sabe. Tampoco Sue sabe que la última vez que besó la dura mejilla de su tía fue la última que lo hacía en su vida. Pienso en esto y me invade algo que tomo por compasión. Es duro, doloroso, sorprendente: lo siento y tengo miedo. Miedo de lo que pueda costarme mi futuro. Miedo del propio futuro, y de las emociones desconocidas e incontrolables que puede depararme. Ella no lo sabe. El tampoco debe saberlo. Llega esa tarde; llega como llegaba en los tiempos de Agnes: me coge la mano, me sostiene la mirada, se inclina para besarme los nudillos. «Señorita Lilly», dice con tono acariciante. Viste un traje oscuro y pulcro, pero su osadía y su confianza son chillonas y próximas, como remolinos de color o de perfume. Siento el calor de su boca, incluso a través de mis guantes. El se vuelve hacia Sue y ella hace una reverencia. Pero el vestido de corpiño rígido no permite reverencias, y la que ella hace es incompleta, los flecos de la falda se derrumban y parecen temblar. Se sonroja. El lo advierte y le sonríe. Pero veo también que él se fija en el vestido y quizás asimismo en la blancura de los dedos de Susan.
—La habría tomado por una dama, desde luego —me dice. Se acerca a su lado. Junto a ella parece más alto y más moreno que nunca, como un oso; y ella parece menuda. Le coge de la mano, los dedos de Richard se mueven entre los de ella: también parecen más grandes; el pulgar le llega casi hasta el hueso de la muñeca de Sue. Dice:
—Espero que estés demostrando a tu ama que eres una buena chica, Sue.
Ella mira al suelo.
—Yo también lo espero, señor.
Avanzo un paso.
—Es muy buena chica —digo—. Muy buena, de verdad.
Pero son palabras apresuradas, imperfectas. Él capta mi mirada y retira el pulgar.
—Por supuesto —dice, suavemente—. Claro que no puede ser de otra manera… Ninguna chica puede evitar ser buena, señorita Lilly, teniendo a usted como ejemplo.
—Es demasiado amable —digo.
—Creo que ningún caballero podría ser sino amable con usted.
Mantiene su mirada en la mía. Me ha reconocido, ha descubierto afinidades en mí, tiene intención de arrancarme ilesa del corazón de Briar; y yo no sería yo misma, la sobrina de mi tío, si pudiese topar con la mirada que él me dirige ahora sin experimentar el revoloteo de una emoción oscura y atroz en mi pecho. Pero la siento tan intensamente que casi me marea. Sonrío, pero mi sonrisa es tirante.
Sue ladea la cabeza. ¿Cree que le sonrío a mi propio amor? La idea me atiranta aún más la sonrisa, empiezo a sentir como un dolor en la garganta. Evito la mirada de Sue y la de Richard. El se va, pero le dice a ella que se acerque, y permanecen un momento murmurando en la puerta. El le da una moneda veo su brillo amarillo, se la pone en la mano y se la cierra con sus propios dedos. La uña marrón de Richard contrasta con el rosa tierno de la palma de Sue. Ella ensaya otra torpe reverencia.
Ahora mi sonrisa es fija, como el rictus en la cara de un cadáver. No miro a Sue cuando vuelve. Voy a mi vestidor y cierro la puerta, me tumbo de bruces en la cama y me estremece un ataque de risa una risa horrible me recorre en silencio, como agua sucia; no paro de temblar hasta que, por fin, me aquieto.
—¿Qué le parece su nueva doncella, señorita Lilly? —me pregunta en la cena, con los ojos en el plato. Meticulosamente, separa la carne de la espina de un pescado, tan pálida y tan fina que casi es translúcida; la carne está rebozada en una espesa capa de mantequilla y salsa. La comida llega fría a la mesa en invierno. En verano llega demasiado caliente. Digo:
—Muy… dócil, señor Rivers.
—¿Cree que servirá?
—Creo que sí.
—¿Mi recomendación no le ha dado motivos de queja?
—No.
—Bueno, me tranquiliza saberlo.
Siempre dice algo de más, por divertirse. Mi tío está mirando.
—¿De qué habláis? —dice ahora.
Me enjugo la boca.
—De mi nueva doncella, tío —respondo—. La señorita Smith, que sustituye a la señorita Fee. La has visto muchas veces.
—La he oído, más bien, pateando con sus botas contra la puerta de la biblioteca. ¿Qué pasa con ella?
—Ha venido recomendada por el señor Rivers. La encontró en Londres, y ella buscaba un empleo, y ha sido tan amable de acordarse de mí.
Mi tío mueve la lengua.
—¿Ah, sí? —dice lentamente. Me mira a mí, luego a Richard, después a éste y de nuevo a mí, con la barbilla un poco levantada, como presintiendo oscuras corrientes—. ¿La señorita Smith, dices?
—La señorita Smith —repito con voz firme—, que sustituye a la señorita Fee. —Limpio mi tenedor y cuchillo—. Fee, la papista.
—¡La papista! ¡Ja! —Reanuda la cena, animado—. Oiga, Rivers —dice, mientras come.
—¿Señor?
—Le desafío, le desafío en serio, señor, a que me nombre una institución que haya cultivado tanto los atroces actos de lujuria como la Iglesia Católica de Roma…
No vuelve a mirarme hasta el final de la cena. A continuación me hace leer durante una hora de un texto antiguo, Las quejas de las monjas contra los frailes. Richard me escucha, completamente inmóvil en su asiento. Pero cuando termino y me levanto para retirarme, él también se levanta: «Permítame», dice. Caminamos juntos el pequeño trecho que hay hasta la puerta. Mi tío no alza la cabeza, sino que mantiene la mirada en sus manos manchadas. Tiene una navaja con cachas de nácar y una hoja antigua, afilada hasta formar casi una media luna, y pela con ella una manzana, una de esas manzanas pequeñas, secas y ácidas que crecen en el huerto de Briar. Después de asegurarse de que mi tío no mira, Richard me aborda con franqueza. Pero su tono es educado.
—Tengo que preguntarle —dice— si desea continuar las clases de dibujo, ahora que he vuelto. Espero que sí. —Aguarda. No contesto—. ¿Paso a verla mañana, como de costumbre? —Aguarda otra vez. Tiene la mano sobre la puerta y la ha empujado hacia fuera, no tanto, sin embargo, como para dejarme paso; tampoco la empuja un poco más cuando ve que quiero salir. Pone una expresión de desconcierto—. No tiene que ser modesta —dice. Pero quiere decir: No tienes que ser débil—. No lo es, ¿verdad?
Muevo la cabeza.
—Bien, entonces iré a la hora de siempre. Tiene que enseñarme el trabajo que ha hecho durante mi ausencia. Yo diría que unas pocas clases más y…, bueno, ¿quién sabe? Quizás estemos preparados para asombrar a su tío con los frutos de su instrucción. ¿Qué le parece? ¿Le doy otras dos semanas? ¿Dos o, a lo sumo, tres?
De nuevo siento su audacia y su sangre fría, y mi propia sangre responde a la llamada. Pero, por debajo, aflora una especie un impulso vago innominado de pánico paralizante. Aguarda mi respuesta, y el pánico aumenta. Lo hemos planeado minuciosamente. Ya hemos cometido una acción horrible, y hemos puesto en marcha otra. Sé todo lo que queda por hacer ahora. Sé que debo dar la impresión de que le amo, que debe parecer que me seduce y que después tengo que confesar mi seducción a Sue. ¡Tendría que ser tan fácil! ¡Cuánto lo deseo! ¡Con qué ansia he mirado las tapias de la finca de mi tío, deseando que se partiesen en dos y me dejasen huir! Pero titubeo, ahora que se acerca el día de nuestra fuga; y temo decir por qué. Vuelvo a mirar las manos de mi tío, el nácar, la manzana que entrega su peladura al cuchillo.
—Pongamos tres semanas…, quizás un poco más —digo por fin—. Quizás algo más, si pienso que lo necesito.
Una expresión irritada o furiosa altera la superficie de su cara, pero cuando habla lo hace con voz suave.
—Sí que es modesta. Su talento es mayor de lo que cree. Tres semanas bastarán, se lo aseguro.
Al fin empuja la puerta y me cede el paso, inclinando la cabeza. Y aunque no me vuelvo, sé que se queda a mirar cómo subo la escalera…, tan pendiente de mi seguridad como cualquiera de los amigos de mi tío. No tardará en volverse más solícito, pero de momento los días recobran una especie de pauta conocida. Trabaja por la mañana en los grabados y luego viene a mis aposentos a enseñarme a dibujar, o sea, a estar a mi lado, a mirar y murmurar mientras yo pintarrajeo sobre una cartulina, a galantear de un modo grave y ostentoso.
Los días recuperan su pauta, salvo en que antes teníamos a Agnes y ahora su lugar lo ocupa Sue. Y Sue no es como Agnes. Sabe más cosas. Conoce su propia valía y sus propósitos. Sabe que debe escuchar y observar para que el señor Rivers no se acerque demasiado a su ama o no hable de una forma muy confidencial con ella; pero también sabe que cuando él se me acerca ella tiene que apartar la vista y volverse sorda a los susurros de Richard. Veo que ella vuelve la cabeza, pero también la veo lanzarnos de reojo miradas furtivas, escrutar nuestro reflejo en las ventanas y en el espejo de la chimenea…, ¡vigilar a auténticas sombras! La habitación, en que he pasado tantas horas cautiva que la conozco como un preso conoce su celda, ahora me parece cambiada. Parece llena de superficies relucientes: cada uno de los ojos de Sue.
Cuando se cruzan con los míos, los suyos tienen un velo irreprochable. Pero cuando coinciden con los de Richard, veo el destello de complicidad o entendimiento entre ellos, y entonces evito mirarla. Por supuesto, aunque ella sepa muchas cosas, las que conoce están falsificadas y no valen nada; y me horroriza su satisfacción en guardar, en esconder lo que ella cree que es un secreto. No sabe que ella es el gozne de toda nuestra intriga, el punto sobre el que gira nuestro plan; ella cree que lo soy yo. No sospecha que cuando Richard parece que se burla de mí, se burla de ella: que después de dirigirse a ella en privado, quizás después de una sonrisa y una mueca, él se vuelve hacia mí y su sonrisa y su mueca van en serio.
Y si antes el hecho de que él torturase a Agnes me incitaba a cometer yo también pequeñas crueldades con ella, ahora sólo me incomoda. Mi consciencia de Sue despierta una plena consciencia de mí misma; me empuja a ser ora imprudente, como Richard lo es a veces, en la burda interpretación de nuestra pasión, ora reservada y vigilante, dubitativa. Soy audaz durante una hora o mansa, o tímida y tiemblo en el último minuto de la visita de Richard. Me delatan el movimiento de mis miembros, mi respiración, mi sangre. Supongo que ella lo toma por amor.
Richard, por lo menos, sabe que es flaqueza. Los días van pasando: transcurre la primera semana, empieza la segunda. Intuyo su desconcierto, noto el peso de su expectativa: la noto crecer, desviarse, agriarse. Observa mis dibujos y empieza a mover la cabeza.
—Me temo, señorita Lilly —dice, más de una vez—, que todavía le falta disciplina. Pensé que su tacto era más firme. Estoy seguro de que lo era hace un mes. No me diga que ha olvidado mis lecciones durante mi breve ausencia. ¡Después de tanto trabajo! Hay una sola cosa que un artista siempre tiene que evitar en la ejecución de su obra, y es la vacilación. Pues la duda conduce a la debilidad, y por culpa de ella han fracasado esbozos mejores que éste. ¿Comprende? ¿Me comprende?
No le contesto. Se marcha y yo me quedo en mi sitio. Sue viene a mi lado.
—No importa, señorita —dice con dulzura—, que el señor Rivers diga esas cosas sobre su pintura. Vaya, esas peras son calcadas de la realidad.
—¿Tú crees, Sue?
Ella asiente. Le miro a la cara; a los ojos, con su mota de un castaño más oscuro. Luego miro las pinceladas de color informes que he dado en la cartulina.
—Es una pintura pésima, Sue —digo.
Ella posa su mano encima de la mía.
—Bueno —dice—, ¿pero no está aprendiendo?
Aprendo, pero no lo suficientemente rápido. Él me propone, andando el tiempo, que vayamos a pasear al parque.
—Ahora tenemos que pintar del natural —dice.
—Preferiría no hacerlo —le digo. Hay senderos que me gusta recorrer con Sue. Creo que pasear con él por ellos los echaría a perder—. Preferiría no hacerlo.
Él frunce el ceño y después sonríe.
—Como profesor suyo, debo insistir —dice.Confío en que llueva. Pero aunque el cielo sobre Briar ha estado gris durante todo el invierno —¡ha estado gris, a mi juicio, durante siete años!—, ahora se ilumina para Richard. Tan sólo sopla un viento raudo y suave cuyas ráfagas me arremolinan la falda en los tobillos cuando Way nos abre la puerta.
«Gracias, señor Way», dice Richard, doblando el brazo para que yo lo coja. Lleva un sombrero negro de ala baja, una chaqueta de lana oscura y guantes de color espliego. Way observa los guantes y luego me mira a mí con una especie de satisfacción, de desprecio.
Te crees una dama, ¿eh?, me dijo el día en que me llevó pataleando al almacén de hielo. Bien, ahora veremos. Hoy no voy a ir al almacén con Richard, sino que elijo otro camino, más largo y más transitable, que circunvala la finca de mi tío, se eleva y domina la fachada trasera de la casa, los establos, los bosques y la capilla. Conozco el panorama demasiado bien para tener ganas de contemplarlo, y camino mirando al suelo. Él me lleva del brazo y Sue nos sigue, primero de cerca, luego rezagándose cuando Richard aligera el paso. No hablamos, pero mientras andamos él, poco a poco, me acerca a su lado. La falda se me levanta, torpemente. Pero cuando intento distanciarme no me lo permite. Digo por fin:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:36 am

—No hace falta que te me acerques tanto.
Él sonríe.
—Tenemos que ser convincentes.
—No hace falta que me agarres así. ¿Quieres cuchichearme algo que no sepa ya?
Lanza una ojeada rápida por encima del hombro.
—A ella le parecería raro que yo no aprovechase estas ocasiones para acercarme a ti —dice—. A cualquiera le parecería raro.
—Ella sabe que no me quieres. No necesitas cortejarme.
—¿No lo haría un caballero en primavera, cuando tiene la ocasión? —Echa hacia atrás la cabeza—. Mira este cielo, Maud. Mira el repugnante azul que tiene. Tan azul —ha levantado la mano— que desentona con mis guantes. Esto es para ti la naturaleza. Ni el menor sentido del estilo. Los cielos de Londres, por lo menos, son más amanerados: son como sastrerías, de una eterna grisura. —Sonríe otra vez y me acerca un poco más—. Claro que pronto los conocerás.
Trato de imaginarme en una sastrería. Rememoro escenas de Los sombrereros flagelantes. Me vuelvo y, como Richard, lanzo una mirada rápida a Sue. Está observando, con un ceño que tomo por satisfacción, mi falda que se extiende en torno a la pierna de Richard. De nuevo intento separarme de él, pero me sujeta. Digo:
—¿Quieres soltarme? —Y, como no hace nada, añado—: Debo suponer, entonces, puesto que sabes que no me gusta que me ahoguen, que te deleitas atormentándome.
Me mira.
—Soy como cualquier hombre preocupado por lo que todavía no ha conseguido —dice—. Adelanta el día de nuestro enlace. Creo que después advertirás que mi atención se enfría rápidamente.
No respondo nada. Seguimos caminando y un rato después me suelta, para ahuecar las manos alrededor de un cigarro y encenderlo. Miro otra vez a Sue. El suelo se ha elevado, la brisa es más fuerte y dos o tres mechones de pelo castaño que asoman por debajo de su gorro le azotan la cara. Ella acarrea nuestras bolsas y cestas, y no tiene una mano libre para apartárselos. Detrás de ella, su capa se infla como una vela.
—¿Está bien Sue? —pregunta Richard, dando una calada.
Me giro y miro hacia delante.
—Perfectamente.
—Es más robusta que Agnes, de todos modos. ¡Pobre Agnes! Me gustaría saber cómo le va, ¿eh? — Me coge del brazo y se ríe. Yo no respondo, y su risa se apaga—. Vamos, Maud —dice con un tono más frío—, no seas tan melindrosa. ¿Qué mosca te ha picado?
—No me ha picado ninguna mosca.
Él examina mi perfil.
—Entonces, ¿por qué nos haces esperar? Todo está listo. He alquilado una casa en Londres. Las casas en Londres no son nada baratas, Maud…
Sigo andando en silencio, consciente de su mirada. Me aprieta otra vez. Dice:
—¿No habrás cambiado de idea, supongo?
—No.
—¿Seguro?
—Totalmente.
—Y, sin embargo, todavía lo aplazas. ¿Por qué? —No contesto—. Maud, te lo pregunto otra vez. Algo ha ocurrido desde que nos vimos. ¿Qué es?
—No ha ocurrido nada —digo.
—¿Nada?
—Nada más que lo planeado.
—¿Y sabes lo que hay que hacer ahora?
—Por supuesto.
—Pues hazlo, ¿de acuerdo? Compórtate como una enamorada. Sonríe, ponte colorada, haz tonterías.
—¿No lo estoy haciendo?
—Sí… y luego lo estropeas con una mueca o un gesto. Mírate. Recuéstate en mi brazo, maldita sea. ¿Te vas a morir si pongo mi mano encima de la tuya? Perdona. —Al oír sus palabras me he puesto tiesa
—. Perdona, Maud.
—Suéltame el brazo —digo.
Seguimos andando en silencio, el uno al lado del otro. Sue se arrastra detrás; oigo su respiración, como suspiros. Richard tira la colilla del cigarro, arranca una vara de hierba y empieza a fustigarse las botas.
—¡Qué asquerosamente roja es esta tierra! —dice—. Pero qué regalo para el bueno de Charles… — Sonríe para sí. Su pie tropieza con una piedra y está a punto de caerse. Maldice. Se endereza y me inspecciona—. Veo que tú eres más ágil caminando. Te gusta esto, ¿eh? En Londres se puede pasear así, ¿sabes? Por los parques y montes. ¿Lo sabías? O, si prefieres, puedes no volver a pasear nunca… Puedes alquilar coches, hombres que te llevan y te traen…
—Sé lo que se puede hacer.
—¿Sí? ¿De verdad? —Se lleva a la boca el tallo de hierba y adquiere un aire pensativo—. No sé. Tienes miedo, creo. ¿De qué? ¿De estar sola? ¿Es eso? No tienes que temer la soledad, Maud, si eres rica.
—¿Crees que temo la soledad? —digo. Estamos cerca de la tapia del parque de mi tío. Es alta, gris, seca como polvo—. ¿Crees que la temo? No temo a nada de nada.
Arroja la hierba y me coge del brazo. Dice:
—¿Entonces por qué nos tienes aquí en este horrible suspense?
No respondo. Hemos reducido el paso. Oímos a Sue, que nos sigue jadeando, y caminamos más rápido. Cuando él vuelve a hablar, su tono ha cambiado.
—Hace un momento has hablado de tormento. Lo cierto es que yo creo que te gusta atormentarte prolongando este tiempo.
Me encojo de hombros, como indiferente, aunque no lo estoy.
—Mi tío me dijo una vez algo parecido —digo—. Fue antes de volverme como él. Ahora, esperar no es para mí un tormento. Estoy acostumbrada.
—Pero yo no —contesta—. Tampoco quiero aprender ese arte, ni de ti ni de nadie. En otra época perdí mucho esperando. Ahora soy más hábil manipulando sucesos para que se plieguen a mis necesidades. Es lo que he aprendido mientras tú aprendías a tener paciencia. ¿Me entiendes, Maud?
Vuelvo la cabeza, entorno los ojos.
—No quiero entenderte —digo, cansinamente—. Ojalá no hablaras más.
—Hablaré hasta que me oigas.
—¿Oír qué?
—Esto. —Me aproxima la boca a la cara. Su barba, sus labios, su aliento están teñidos de tabaco, como los de un diablo. Dice—: Recuerda nuestro pacto. Recuerda cómo lo hicimos. Recuerda que la primera vez que vine, no lo hice del todo como un caballero, y tenía poco que perder…, a diferencia de ti, señorita Lilly, que me recibiste a solas, a medianoche, en tu propio cuarto… —Retrocede—. Me figuro que tu reputación, incluso aquí, debe de valer algo; me temo que siempre es así para las damas. Tú lo sabías, naturalmente, cuando me recibiste.
Su tono tiene un acento nuevo, un timbre que no he oído nunca. Pero hemos cambiado el sentido de la marcha: cuando le miro a la cara tiene la luz detrás de él, y es difícil leer su expresión. Digo, con tiento:
—Dices que soy una dama, pero apenas lo soy.
—Sin embargo, tu tío debe de considerar que lo eres. ¿Le gustaría saber que eres corrupta?
—¡Me ha corrompido él!
—¿Le gustará, entonces, pensar que otro hombre le ha usurpado su obra? Hablo sólo, por supuesto, de lo que él creerá que ha ocurrido.
Me aparto un poco.
—Estás totalmente equivocado con él. Me considera una especie de máquina para la lectura y el copiado de textos.
—Tanto peor. No le gustará que la máquina se subleve. ¿Y si la elimina y se consigue otra?
Ahora siento en la frente el latido de la sangre. Me cubro los ojos con los dedos.
—No seas pesado, Richard. ¿Eliminarla cómo?
—Pues mandándola a casa…
El latido parece decrecer y luego se acelera. Retiro los dedos, pero él tiene la luz detrás y no distingo bien su cara. Digo, en voz muy baja:
—En un manicomio no te serviré de nada.
—¡Ahora, mientras lo postergas todo, tampoco me sirves de nada! Ten cuidado de que no me canse de este plan. No seré amable contigo si eso pasa.
—¿Y esto es ser amable? —digo.
Por fin hemos entrado en una zona de sombra y veo su expresión: es sincera, divertida, asombrada. Dice:
—Esto es pura infamia, Maud. ¿Cuándo he dicho que sea otra cosa?
Nos detenemos, tan cerca uno de otro como unos tortolitos. Su tono ha recuperado ligereza, pero su mirada es dura, muy dura. Por primera vez presiento cómo sería temerle. El se vuelve y llama a Sue.
—¡Ya falta poco, Suky! Casi hemos llegado, creo. —A mí me murmura—: Necesitaré unos minutos a solas con ella.
—Para asegurarla —digo—. Como has hecho conmigo.
—Eso ya está hecho —dice con suficiencia—, y ella, por lo menos, es más fiel que tú…
- ¿Qué? —Me he estremecido, o mi expresión ha cambiado—. ¿No pensarás que tiene escrúpulos? ¿Maud? ¿No creerás que ha flaqueado, o que nos la está jugando? ¿Por eso vacilas? —Muevo la cabeza—. Bueno —continúa —, mayor motivo para hablar con ella y averiguar cómo cree que van las cosas. Mándamela hoy o mañana. Busca algún modo, ¿de acuerdo? Sé astuta.
Se lleva a la boca el dedo manchado de tabaco. Sue llega enseguida y se sienta a mi lado. Está colorada por el peso de las bolsas. Su capa sigue inflada, el pelo le sigue azotando la cara, y lo que más me apetece es atraerla hacia mí, tocarla y adecentarla. Creo que empiezo a hacerlo, creo que extiendo a medias la mano, pero soy consciente de la presencia de Richard y de su mirada perspicaz y cavilosa. Me cruzo de brazos y miro a otra parte.
A la mañana siguiente mando a Sue que le lleve un carbón del fuego para que encienda su cigarrillo, y observo sus susurros, con la frente pegada al cristal del vestidor. A ella no le veo la cara, pero cuando se va él alza la vista y sostiene mi mirada, como hizo aquel otro día, en la oscuridad. Recuerda nuestro pacto, parece repetir. Luego tira el cigarro y lo pisa con fuerza, y se sacude de los zapatos la tierra roja que se les ha adherido.
A partir de entonces, noto la presión creciente de nuestro plan, del mismo modo que, supongo, los hombres notan la tensión de una maquinaria frenada, de animales atados, de tormentas tropicales que se gestan. Todos los días despierto y pienso: ¡Hoy lo haré! ¡Hoy soltaré el cerrojo para que el motor arranque, desataré al animal, perforaré la capa de nubes! ¡Hoy, permitiré que él me reclame…! Pero no lo hago. Miro a Sue y aparece siempre esa sombra, esa oscuridad, supongo que es pánico, un simple miedo, un temblor, un abatimiento, una caída en la boca amarga de la demencia… ¡Quizás la locura, la dolencia de mi madre, empieza a apoderarse de mí! La idea me aterra aún más. Durante un par de días, aumento la dosis de gotas: me calman, pero me alteran. Mi tío lo nota.
—Te estás volviendo torpe —dice una mañana. He maltratado un libro—. ¿Crees que te traigo todos los días a la biblioteca para que me la estropees?
—No, tío.
—¿Qué? ¿Farfullas algo?
—No, señor.
Se humedece y frunce la boca, y me examina con mayor atención. Cuando vuelve a hablar, su tono me resulta extraño.
—¿Qué edad tienes? —dice. La pregunta me sorprende, y vacilo. El lo ve—. ¡No me vengas con timideces, señorita! ¿Qué edad tienes? ¿Dieciséis? ¿Diecisiete? Te asombras. Me crees insensible al paso de los años porque soy un estudioso, ¿eh?
—Tengo diecisiete, tío.
—Diecisiete. Una edad difícil, si creemos lo que dicen nuestros libros.
—Sí, señor.
—Sí, Maud. Recuerda sólo que nuestra actividad no se ocupa de creencias, sino del estudio. Y recuerda también esto: no eres una chica tan mayor, ni yo soy un sabio tan viejo, como para que no pueda llamar a la señora Stiles y mandarle que te sujete mientras te propino una azotaina. ¿Eh? ¿Recordarás estas cosas? ¿Sí?
—Sí, señor —digo.
Sin embargo, ahora me parece que tengo que recordar demasiadas cosas. La cara y las articulaciones me duelen por el esfuerzo de adoptar expresiones y poses. Ya no puedo decir con certeza qué acciones y hasta qué sentimientos son auténticas y cuáles son impostadas. Richard sigue sin quitarme los ojos de encima. Yo evito su mirada. Es temerario, socarrón, amenazador: opto por no entenderle. Quizás soy débil, después de todo. Quizás, como creen él y mi tío, extraigo un placer del tormento. Lo es sin duda para mí, ahora, sentarme a recibir las lecciones, sentarme con Richard a la mesa de la cena, leerle por la noche de los libros de mi tío. También empieza a ser una tortura el tiempo que paso con Sue. Nuestra rutina se ha venido abajo. Sé demasiado bien que ella aguarda, igual que Richard: la siento vigilando, evaluando, incitándome. Peor aún, empieza a hablar en nombre de Richard: a decirme, sin rodeos, lo inteligente que es, lo amable, lo interesante.
—¿Tú crees, Sue? —le pregunto, mirándola a la cara; y ella aparta la vista, incómoda, pero siempre responde:
—Sí, señorita. Oh, sí, señorita. Todo el mundo lo piensa, ¿no cree?
Luego me adecenta siempre me pone guapa y arreglada, me suelta el pelo y lo peina, endereza costuras, arranca la pelusa de la tela de mis vestidos. Creo que lo hace tanto para calmarse ella como para calmarme a mí.
—Ya está —dice cuando ha terminado—. Así está mejor. —Ella está mejor, quiere decir—. Ahora tiene la frente lisa. ¡Qué arrugada estaba! No debe estarlo…
No debe estarlo a causa de Richard: oigo las palabras tácitas, la sangre se me revuelve; la cojo del brazo y se lo pellizco.
—¡Oh!
No sé quién grita, si ella o yo: me contengo, nerviosa. Pero en el segundo en que tengo su piel entre mis dedos, siento en la mía una especie de alivio. Me estremezco horriblemente durante casi una hora.
—¡Oh, Dios! —digo, tapándome la cara—. ¡Tengo miedo de mi propia mente! ¿Crees que estoy loca? ¿Crees que soy mala, Sue?
—¿Mala? —responde ella, retorciéndose las manos. Y la veo pensando: ¿Una chica tan simple como tú?
Me acuesta y se tiende con su brazo contra el mío, pero enseguida se queda dormida y se separa. Pienso en la casa en la que estoy acostada. Pienso en el cuarto más allá de la cama: sus rincones, sus superficies. Creo que no podré dormir si no los toco. Me levanto, hace frío, pero voy en silencio de una cosa a la otra: la repisa de la chimenea, el tocador, la alfombra, el ropero. Vuelvo donde Sue. Me gustaría tocarla para cerciorarme de su presencia. No me atrevo. Pero no puedo dejarla. Levanto las manos, las muevo y las mantengo un palmo, sólo un palmo, por encima de ella: de sus caderas, su pecho, su mano curvada, su pelo en la almohada, su cara, mientras duerme.
Hago eso, quizás, tres noches seguidas. Luego sucede lo siguiente. Richard empieza a llevarnos hasta el río. Hace que Sue se siente lejos de mí, contra la batea volcada, y él, como siempre, se coloca a mi lado, fingiendo que me observa pintar. Pinto en el mismo espacio tantas veces que la cartulina comienza a levantarse y a desmigarse debajo de mi pincel, pero sigo pintando con tensón, y él se me acerca para susurrar, despreocupada pero ferozmente:
—Dios te maldiga, Maud, ¿cómo puedes estar tan tranquila y serena? ¿Oyes esa campanada? —El reloj de Briar suena con claridad allí, junto al agua—. Ha pasado otra hora que debería haber pasado en libertad. Pero tú nos retienes aquí…
—¿Puedes apartarte? —digo—. Me estás quitando la luz.
—Tú me quitas la mía, Maud. ¿Ves lo fácil que es eliminar esa sombra? Basta con dar un pasito. ¿Lo ves? ¿Quieres mirar? No quiere. Prefiere pintar. Esa… ¡Oh! ¡La voy a quemar con una cerilla!
Miro a Sue.
—Cállate, Richard.
Pero los días se tornan más calurosos, y al final llega uno tan bochornoso y sin aire que el calor la sofoca. Extiende la chaqueta en el suelo, se tumba encima, y ladea el sombrero para cubrirse los ojos. Por una vez, la tarde es silenciosa y casi agradable: sólo se oye a las ranas croando en los juncos, el golpeteo del agua, los trinos de pájaros, el paso de alguna que otra embarcación. Esparzo la pintura sobre la cartulina con pinceladas cada vez más finas, cada vez más lentas, y casi me adormilo. Richard se ríe, entonces, y mi mano da un brinco. Me vuelvo a mirarle. Se pone un dedo en los labios.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:36 am

—Mira eso —dice en voz baja, y señala a Sue.
Sigue sentada delante de la barca volcada, pero tiene la cabeza caída contra la madera podrida, y las extremidades extendidas e inertes. De la comisura de la boca le asoma una brizna de hierba, oscura en la punta que ha estado mordiendo. Con los ojos cerrados, respira rítmicamente. Duerme como un leño. El sol le sesga la cara e ilumina la punta de su barbilla, sus pestañas, sus pecas ensombrecidas. Entre el borde de los guantes y los puños de su chaqueta hay dos franjas estrechas de piel rosada. Miro de nuevo a Richard veo su mirada y continúo pintando. Digo en voz baja:
—Se le van a quemar las mejillas. ¿Por qué no la despiertas?
—¿Quieres que la despierte? —Resopla—. Donde vive no están muy acostumbrados a la luz del sol. —Habla casi con afecto, pero se ríe mientras lo dice; luego añade, en un murmullo—: Tampoco en el sitio adonde va, creo. Pobre perra; que duerma. Ha estado dormida desde que la vi y la traje aquí, y no lo sabe.
No lo dice con fruición, sino como si la idea le pareciese interesante. Después se estira, bosteza, se pone en pie y estornuda. El buen tiempo le trastorna. Se aprieta los nudillos contra la nariz y se suena, estrepitosamente.
—Perdona —dice, sacando un pañuelo.
Sue no se despierta, sino que frunce el entrecejo y gira la cabeza. Le cuelga un poco el labio inferior. La brizna de hierba se le despega de la mejilla, pero conserva su curva y su punta. He levantado el pincel y dado una pincelada a la pintura que se desmenuza: ahora lo sostengo a unos centímetros de la cartulina y observo a Sue mientras duerme. Nada más que eso. Richard se suena otra vez, maldice por lo bajo el calor, la estación. Luego, como antes, supongo que se queda quieto. Supongo que me estudia. Supongo que del pincel gotea pintura, pues más tarde descubro manchas negras en mi vestido azul. Pero no me doy cuenta de que gotea: y quizás lo que me delata es esta inadvertencia. Ella o mi expresión. Sue frunce otra vez el ceño. La observo, un rato más largo. Al volverme me topo con la mirada de Richard.
—Oh, Maud —dice.
Es todo lo que dice. Pero en su cara veo, por fin, lo mucho que deseo a Sue. Por un momento no hacemos nada. Luego él avanza y me coge la muñeca. El pincel cae de mi mano.
—Vámonos, rápido —dice—. Vámonos, antes de que despierte.
Me lleva, a trompicones, a lo largo de la hilera de juncos. Caminamos en la dirección en que fluye el agua, rodeando el meandro del río y la tapia. Cuando nos detenemos, me pone las manos en los hombros y me sujeta fuerte.
—Oh, Maud —repite—. Y yo que me figuraba que te remordía la conciencia, o alguna otra flaqueza parecida. ¡Pero esto…!
He apartado la cara de la suya, pero le oigo reírse.
—No sonrías —digo, temblorosa—. No te rías.
—¿Reír? Deberías alegrarte de que no haga algo peor. Ya lo verás… ¡Lo sabrás, tú más que nadie…, los apetitos que esta clase de cuestiones se dice que despiertan en los hombres! Gracias al cielo soy más un granuja que un caballero: nos regimos por códigos distintos. Por mí, puedes enamorarte y que te aspen… ¡No forcejees, Maud! —Yo he tratado de zafarme de sus manos. Me sujeta más fuerte y luego me deja distanciarme un poco, pero no me suelta la muñeca—. Ama y que te aspen —repite—. Pero no vas a privarme del dinero, dándonos largas como haces, retrasando el plan, nuestras esperanzas, tu brillante futuro. No, no ahora que sé la nimiedad por la que nos retienes. Ahora, que despierte… ¡Te prometo que es tan molesto para mí como para ti que te retuerzas así! Que despierte y nos busque. Que nos encuentre así. ¿No quieres venir a mí? Muy bien. Te tendré aquí para que ella crea que por fin somos amantes, y asunto concluido. No te muevas, ahora.
Se separa de mí y lanza un grito mudo. El sonido choca contra el aire espeso y lo infla, antes de apagarse.
—Ahora vendrá —dice.
Muevo los brazos.
—Me estás haciendo daño.
—Pórtate como una amante y seré de lo más suave. —Vuelve a sonreír—. Imagina que soy ella. ¡Ah!—Ahora he intentado pegarle—. ¿Quieres que te zurre?
Me aprieta con más fuerza, sin soltarme las manos pero bajándome el brazo con la presión del suyo. Es alto y fuerte. Junta los dedos en torno a mi cintura, como creo que hacen los dedos de los jóvenes en la cintura de sus enamoradas. Me debato contra la presión durante un rato: estamos enzarzados y sudando como dos luchadores en un ring. Aunque supongo que, desde cierta distancia, podría parecer que nos cimbrean movimientos de amor.
Pero me resulta aburrido, y no tardo en sentir que empiezo a cansarme. El sol, arriba, sigue siendo ardiente. Las ranas siguen croando, el agua sigue lamiendo los juncos. Sin embargo, algo ha desinflado o desgarrado el día: noto que empieza a caer y asentarse cerca, a mi alrededor, en pliegues asfixiantes.
—Lo siento —digo, débilmente.
—No tienes por qué, ahora.
—Es sólo que…
—Tienes que ser fuerte. Te he visto serlo otras veces.
—Es sólo…
Pero es sólo ¿qué? ¿Cómo podría expresarlo? Sólo que ella estrechó mi cabeza contra su pecho cuando yo desperté despavorida. Que un día me calentó los pies con su aliento. Que me limó un diente puntiagudo con un dedal de plata. Que me trajo sopa sopa clara en lugar de un huevo, y sonrió al ver cómo la bebía. Que tiene en un ojo una mota castaña más oscura. Que cree que soy buena… Richard observa mi cara.
—Escúchame, Maud —dice. Me sujeta firmemente. Yo me agito en sus brazos—. ¡Escucha! Si fuera cualquier otra chica. ¡Si fuera Agnes! ¿Eh? Pero ella es la chica a la que hay que engañar y privar de libertad. Es la chica que se llevarán los médicos, mientras nosotros miramos sin chistar. ¿Recuerdas nuestro plan?
Asiento.
—Pero…
—¿Qué?
—Empiezo a temer que, después de todo, no tengo corazón para esto…
—¿Y lo tienes, en cambio, para una ladronzuela? Oh, Maud. —Ahora en su voz bulle el desprecio. - ¿Has olvidado para qué ha venido aquí? ¿Crees que ella lo ha olvidado? ¿Crees que para ella eres algo más que eso? Has pasado demasiado tiempo entre los libros de tu tío. Las chicas se enamoran fácilmente en ellos. Por eso existen. Si se enamorasen así en la vida, no se habrían escrito esos libros.
Me mira fijamente.
—Se reiría en tu cara si lo supiese. —Pone una expresión taimada—. Se me reiría a la cara si se lo dijese…
—¡No se lo dirás! —digo, alzando la cabeza y atiesando el cuerpo. La idea me aterra—. Díselo y me quedo en Briar para siempre. Mi tío se enterará de cómo me has utilizado… Me da igual cómo me trate al saberlo.
—No se lo diré —responde lentamente— si haces lo que debes, sin más dilación. No se lo diré si la haces creer que me amas y que has accedido a casarte conmigo, y si así nuestra fuga se consuma, como prometiste.
Aparto la cara. Hay un nuevo silencio. Después, murmuro…, ¿qué otra cosa puedo murmurar?: «Sí». El asiente y suspira. Sigue aprétandome, y al cabo de un momento pega su boca a mi oído.
—Ahí viene —susurra—. Está rodeando la tapia. Quiere fisgar sin molestarnos. Hazle creer que eres mía…
Me besa la cabeza. El calor, la corpulencia, la presión de Richard, el aire pesado y sofocante del día, mi propia confusión me impelen a consentirlo, laxamente. Retira una mano de mi cintura y me levanta el brazo. Besa la tela de mi manga. Cuando siento su boca en mi muñeca, me asusto.
—Vamos, vamos —dice—. Pórtate bien un momento. Disculpa mis patillas. Imagina que mi boca es la suya.
Las palabras tocan húmedas mi piel. Me remanga un poco un guante, separa sus labios, me toca la palma con la punta de la lengua, y yo me estremezco de debilidad, de miedo, de asco…, de consternación, al saber que Sue nos observa, complacida, creyéndome de Richard.
Él me ha mostrado quién soy. Me lleva a donde está Sue, regresamos a casa, ella coge mi capa, mis zapatos; tiene las mejillas rosas, al fin y al cabo: se planta enfurruñada ante el espejo, se pasa una mano, ligeramente, por la cara… No hace nada más, pero yo lo veo y el corazón me da un vuelco… Supongo que este abatimiento, o esta caída que encierra tanto pánico, tanta oscuridad, es miedo o locura. La veo darse media vuelta y estirarse, deambular sin rumbo por la habitación, hacer todos esos gestos despreocupados y espontáneos que tanto he codiciado, y durante tanto tiempo. ¿Es esto deseo? ¡Qué curioso que yo, precisamente, no lo sepa! Pero creí que el deseo era más pequeño, más nítido; supuse que estaba vinculado con sus propios órganos al igual que el gusto está asociado con la boca y la vista con el ojo. Este sentimiento me persigue y me habita, como una enfermedad. Me envuelve, como la piel.
Creo que ella debe de verlo. Ahora que Richard lo ha nombrado, creo que tiene que ser algo distintivo; tiene que prestarme un color carmesí, así como la pintura marca los puntos al rojo vivo, los labios y los tajos y los miembros desnudos flagelados de los cuadros de mi tío. Esta noche temo desvestirme ante ella. Temo tenderme a su lado. Temo dormir, temo soñar con ella, temo girarme, en sueños, y tocarla…
Pero, en definitiva, si intuye el cambio operado en mí, cree que he cambiado por causa de Richard. Si me siente temblar, si nota que el corazón me late rápido, piensa que tiemblo por él. Ella espera, sigue esperando. Al día siguiente la llevo paseando hasta la tumba de mi madre. Me siento a contemplar la lápida que debo mantener limpia y sin mácula. Me gustaría romperla con un martillo. Ojalá, como he deseado muchas veces, ojalá mi madre estuviese viva para poder matarla. Digo a Sue:
—¿Sabes cómo murió? ¡Murió al darme a luz!
Y me cuesta esfuerzo reprimir en mi voz un acento de triunfo. Ella no lo capta. Me mira y me echo a llorar, y en vez de decir algo para consolarme, cualquier cosa, lo único que dice es: «El señor Rivers». La miro con desprecio. Ella viene y me conduce a la puerta de la capilla; quizás, para que yo piense en el matrimonio. No se puede entrar porque la puerta está cerrada con llave. Ella aguarda a que yo hable. Por fin le digo lo que debo decirle:
—El señor Rivers me ha pedido que me case con él, Sue.
Ella dice que se alegra. Y cuando vuelvo a llorar esta vez lágrimas falsas, que enjugan las auténticas, cuando me sofoco y retuerzo las manos y exclamo: «¡Oh! ¿Qué voy a hacer?», ella me toca, sostiene mi mirada y dice: «Él la quiere».
—¿Tú crees?
Dice que lo sabe. No se arredra. Dice:
—Tiene que guiarse por su corazón.
—No estoy segura —digo—. ¡Si por lo menos estuviera segura!
—¡Pero amarle y después perderle! —dice ella.
Noto hasta tal punto la atención con que me mira que desvío la vista. Sue me habla de sangre que palpita, de voces que emocionan, de sueños. Siento el beso de Richard en mi palma como una quemadura, y ella ve al instante, no que no le amo, sino cuánto he llegado a temerle y a odiarle. Se pone pálida.
—¿Qué piensa hacer? —dice en un susurro.
—¿Qué puedo hacer? —digo—. ¿Qué alternativa tengo?
Ella no responde. Se aparta de mí para mirar un momento a la puerta de la capilla, cerrada con barrotes. Yo miro la palidez de su mejilla, su mandíbula, la marca de la aguja en el lóbulo de su oreja. Cuando se vuelve, su expresión ha cambiado.
—Cásese con él —me dice—. El la quiere. Cásese con él y haga todo lo que le diga.
Ha venido a Briar a causar mi perdición, a engañarme, a hacerme daño. Mírala, me digo. ¡Mira qué delgada es, qué castaña e insignificante! ¡Una ladrona, una pequeña ratera…! Creo que me tragaré el deseo, como me he tragado la congoja y la cólera. ¿Voy a verme frustrada, frenada, reducida a mi pasado, privada de mi futuro… por ella? No, pienso, nada de eso. El día de nuestra fuga se aproxima. No. El mes se torna más caluroso, las noches más cortas. No, no…
—Eres cruel —dice Richard—. Creo que no me quieres como debieras. Creo —dice, y mira de soslayo, arteramente, a Sue—, creo que quieres a alguna otra persona…
A veces le veo mirar a Sue y creo que se lo ha dicho. A veces ella me mira de una forma tan extraña o bien sus manos, al tocarme, parecen tan rígidas, tan nerviosas e inexpertas que pienso que lo sabe.
De vez en cuando no tengo más remedio que dejarles a solas, en mi habitación; él podría decírselo entonces. ¿Qué me dices de esto, Suky? ¡Ella te quiere! ¿Quererme? ¿Como un ama quiere a su doncella? Como algunas amas quieren a sus doncellas, quizás. ¿No ha buscado triquiñuelas para tenerte a su lado? ¿He hecho yo tal cosa? ¿No ha fingido sueños agitados? ¿Es lo que he hecho? ¿No te ha obligado a besarla? Cuidado, Suky; si intenta besarte otra vez…
¿Se reiría ella, como él dijo que haría? ¿Se estremecería? Me parece que ahora se tiende en mi cama con mayor cautela, con las piernas y brazos recogidos. Me parece que a menudo es precavida y vigilante. Pero cuanto más lo pienso más la deseo, más crece y se agranda mi codicia. He despertado a una vida terrible; o acaso han cobrado vida las cosas que me rodean, sus colores son demasiado vivos, las superficies demasiado ásperas. Me asustan las sombras. Tengo la impresión de ver figuras que surgen de los dibujos desvaídos de las alfombras y colgaduras polvorientas, o que reptan por los techos y paredes, junto con las manchas lechosas de humedad.
Hasta los libros de mi tío me parecen cambiados; y eso es aún peor, es lo peor de todo. Los consideraba muertos. Ahora las palabras como las figuras en las paredes se alzan, llenas de sentido. Me aturullo, tartamudeo. No sé por dónde iba. Mi tío chilla, coge de su escritorio un pisapapeles de latón y me lo tira. Esto me sosiega un rato. Pero una vez me hace leer de cierta obra… Richard me observa, con la mano encima de la boca y una expresión divertida en la cara. Pues el libro trata de todos los medios de que dispone una mujer para dar deleite a otra a falta de un hombre. Y apretó los labios contra él, y hasta dentro…
—¿Le gusta esto, Rivers? —pregunta mi tío.
—Confieso que sí, señor.
—Bueno, y a muchos hombres, aunque me temo que no encaja mucho con mis gustos. Pero me alegra advertir su interés. Abordo este tema extensamente, por supuesto, en mi índice. Sigue leyendo, Maud. Sigue.
Sigo leyendo. Y a mi pesar y a pesar de la mirada oscura y torturadora de Richard siento que las rancias palabras me excitan. Me sonrojo y me avergüenzo. Me avergüenza pensar que lo que he creído que era el libro secreto de mi corazón esté impreso, después de todo, con tan mísera sustancia como ésta…, que ocupe su lugar en la colección de mi tío. Salgo del salón todas las noches y subo despacio la escalera, golpeando contra cada peldaño los dedos de mis pies calzados. Si los golpeo todos por igual, estaré a salvo. Después permanezco a oscuras. Cuando Sue viene a desvestirme, me propongo sufrir su contacto fríamente, como pienso que un maniquí de cera sufriría el contacto rápido e indiferente de un sastre.
Sin embargo, hasta los miembros de cera ceden por fin al calor de las manos que los levantan y los colocan. Llega una noche en que, finalmente, me entrego a las de ella. He empezado a tener sueños indescriptibles, y a despertar, cada vez, en una confusión de ansia y miedo. A veces ella se mueve. Otras veces no. «Vuelva a dormir», me dice cuando se desvela. Algunas veces lo hago; otras veces no. A veces me levanto y deambulo por el cuarto; en ocasiones tomo gotas. Esta noche las tomo; después vuelvo a su lado, pero me sumo, no en una letargia, sino en más confusión. Pienso en los libros que he leído últimamente, para Richard y mi tío: rememoro ahora frases y fragmentos: apretó sus labios y su lengua… me coge la mano… cadera, labio y lengua… lo forzaron con un poco de esfuerzo… me cogieron los pechos… abrieron de par en par los labios de mi pequeño… los labios de su coñito…
No logro silenciarlos. Casi los veo alzarse oscuramente de sus páginas blancas, juntarse, agolparse, combinarse. Me tapo la cara con la mano. No sé cuánto tiempo permanezco tumbada. Pero debo de hacer algún ruido o movimiento, pues cuando retiro la mano ella está despierta y me está mirando. Sé que me mira, aunque la cama está muy oscura.
—Duérmase —dice. Su voz es pastosa.
Noto mis piernas, muy desnudas dentro de mi camisón. Noto el vértice en que se juntan. Noto las palabras que todavía se agolpan. El calor de los miembros de Sue me llega como un picor a través de las fibras de la cama. Digo:
—Tengo miedo…
Entonces su respiración cambia. Su voz se vuelve más clara y bondadosa. Bosteza.
—¿Qué pasa? —dice. Se frota los ojos. Se aparta el pelo de la frente. ¡Si ella fuera cualquier otra! ¡Si fuera Agnes! Si fuera una chica de un libro…
Las chicas se enamoran fácilmente en ellos. Por eso existen. Cadera, labio y lengua…
—¿Crees que soy buena? —digo.
—¿Buena, señorita?
Lo cree. Antes me infundía seguridad que lo creyera. Ahora parece una trampa. Digo:
—Me gustaría…, me gustaría que me dijeras…
—¿Que le dijera qué, señorita?
Dímela. Dime una forma de salvarte. De salvarme a mí misma. La negrura en la habitación es absoluta. Cadera, labio… Las chicas se enamoran fácilmente en los libros.
—Me gustaría —digo—, me gustaría que me dijeras qué tiene qué hacer una esposa la noche de bodas…
Y al principio es fácil. Después de todo, así es como se hace en los libros del tío; dos chicas, una que sabe y la otra que ignora…
—Querrá besarla —dice ella—. Querrá abrazarla.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:37 am

Es fácil. Recito mi parte y ella tras incitarla un poco dice la suya. Las palabras vuelven a hundirse en las páginas. Es fácil, es fácil… Entonces ella se levanta sobre mí y junta su boca con la mía. He sentido antes la presión de los labios secos e inmóviles de un caballero contra mi mano enguantada, mi mejilla. He padecido los besos húmedos e insinuantes de Richard en mi palma. Los labios de Sue son fríos, blandos, húmedos: no se acoplan perfectamente con los míos, pero enseguida cobran más calor, más humedad. Su pelo cae sobre mi cara. No la veo, sólo la siento, a ella y su sabor. Sabe a sueño, ligeramente agrio. Demasiado agrio. Separo los labios, para respirar o para tragar o para zafarme, pero al respirar o tragar o liberarme lo único que hago es atraerla hacia dentro de mi boca. Ella también despega los labios. La lengua surge entre ellos y toca la mía.
Y en ese momento me estremezco o tiemblo. Pues es como si descubriera algo crudo, la irritación de una herida o un nervio. Ella percibe mi sobresalto y se separa, pero despacio, tan despacio y con tanta desgana que nuestras bocas parecen adherirse y, al separarse, parece que se rasgan. Sue se cierne sobre mí. Noto el latido veloz de un corazón y supongo que es el mío. Pero es el suyo. Respira deprisa. Ha empezado a temblar, muy levemente. Capto entonces la excitación, el asombro que ella me produce.
—¿Lo siente? —dice. Su voz suena extraña en las tinieblas—. ¿Lo siente?
Lo siento. Es como una caída, un descenso, un goteo, como arena que cae de una bombilla de cristal. Me muevo, y no estoy seca como arena. Estoy mojada. Fluyo como agua, como tinta. Empiezo a temblar, como ella.
—No se asuste —dice con una voz entrecortada. Vuelvo a moverme, pero ella también lo hace, se me acerca y mi piel da un brinco hacia ella. Está más temblorosa que antes. ¡Mi proximidad la hace temblar! Dice—: Piense más en el señor Rivers. —Pienso en Richard, mirando. Ella repite—: No se asuste.
Pero es ella la que parece asustada. Sigue teniendo la voz entrecortada. Me besa otra vez. Levanta la mano y noto las yemas de sus dedos aleteando sobre mi cara.
—¿Ve? —dice—. Es fácil, es fácil. Piense más en él. El querrá…, querrá tocarla.
—¿Tocarme?
—Sólo tocarla —dice. La mano que revolotea desciende un poco—. Sólo tocarla. Así. Así.
Cuando me levanta el camisón e introduce la mano entre mis piernas, las dos nos quedamos quietas. Cuando su mano vuelve a moverse, sus dedos ya no aletean: están húmedos y se deslizan y, al deslizarse, como sus labios cuando los frota contra los míos, se aceleran y me dibujan, me extraen de la oscuridad, de mis formas naturales. Antes creía que la deseaba. Ahora empiezo a sentir un deseo tan grande, tan intenso, que temo que no se saciará nunca. Creo que irá creciendo y que va a enloquecerme o a matarme.
Pero su mano se mueve lentamente. Susurra: «¡Qué suave es! ¡Qué cálida! Quiero…». La mano se mueve aún más despacio. Empieza a apretar. Contengo la respiración. Ella entonces vacila, y luego aprieta más. Por fin presiona tanto que noto que mi carne cede y la siento dentro. Creo que grito. Ahora no titubea, sin embargo, sino que se acerca y pone sus caderas alrededor de mi muslo; vuelve a apretar. ¡Es tan ligera! … Pero su cadera es afilada, su mano es roma, Sue se inclina, empuja, mueve las caderas y la mano como siguiendo un compás, un ritmo, una pulsación que se acelera. Ella llega. Llega tan lejos que alcanza mi vida, mi corazón estremecido: pronto me parece que no estoy en ningún sitio más que en los puntos en que su piel toca la mía. Y entonces, «¡Oh, ahí!», dice. «¡Justo ahí! ¡Oh, ahí!», me estoy rompiendo, me estoy haciendo pedazos, explotando en su mano. Ella se echa a llorar. Sus lágrimas caen en mi cara. Pasa la boca por ellas. Mi perla, dice, entretanto. Se le quiebra la voz. Mi perla.
No sé cuánto tiempo pasamos tumbadas. Está hundida a mi lado, su cara contra mi pelo. Retira lentamente sus dedos. Tengo el muslo mojado donde ella se ha inclinado y movido sobre mí. Las plumas del colchón han cedido debajo de nuestro peso, y la cama es alta y caliente. Ella retira la manta. Todavía es noche cerrada, la alcoba está oscura. Todavía respiramos rápido, el corazón nos late con fuerza, más rápido y más fuerte, me parece, en el silencio que se espesa; y la cama, la habitación ¡la casa! parece llena del eco de nuestras voces, nuestros susurros y gritos.
No veo a Sue. Pero al cabo de un momento ella encuentra mi mano y me la aprieta fuerte; después se la lleva a la boca, me besa los dedos, pone mi palma debajo de su mejilla. Noto el peso y la forma de sus huesos faciales. La siento parpadear. No habla. Cierra los ojos. Su cara me pesa. Se estremece, una vez. Su cuerpo desprende calor como un aroma. Extiendo la mano, subo la manta y envuelvo a Sue, con suavidad, en ella.
Todo ha cambiado, me digo. Creo que antes de esto estaba muerta. Ahora ella me ha despertado a la vida que me bulle dentro; ha separado mis pliegues y me ha abierto. Todo ha cambiado. Todavía la siento dentro de mí. Aún la siento moviéndose encima de mi muslo. La imagino despertando y encontrando mi mirada. Pienso: «Se lo diré». Le diré: «Pensaba engañarte. Ahora ya no puedo. Era el plan de Richard. Podemos apropiárnoslo». Podemos hacerlo, pienso; o si no, abandonarlo por completo. Sólo necesito huir de Briar: ella puede ayudarme, es una ladrona y es inteligente. Podemos huir en secreto a Londres y agenciarnos dinero por nuestra propia cuenta…
Así calculo y planeo mientras ella duerme con la cara encima de mi mano. El corazón vuelve a latirme fuerte. Me inunda, como si fueran colores o luz, una visión de la vida que llevaremos juntas. Luego me quedo dormida. Y supongo que durmiendo he debido de separarme de Sue o ella de mí, ym que ella se despierta y se levanta, pues cuando abro los ojos se ha ido y la cama está fría. La oigo en su cuarto, salpicando agua. Me incorporo de la almohada y tengo el camisón escotado hasta el pecho: ella ha desatado las cintas en la oscuridad. Muevo las piernas. Aún estoy mojada, mojada por el deslizamiento y la presión de su mano.
Mi perla, ha dicho.
Sue viene y me mira. El corazón me da un brinco. Ella mira a otro lado. Al principio pienso que sólo está violenta. Que se siente tímida y cohibida. Se mueve sigilosamente por el cuarto, saca mis enaguas y mi vestido. Me levanto para que ella me lave y me vista. Ahora dirá algo, pienso. Pero no lo hace. Y me parece que le da un escalofrío cuando ve el cerco rosa en mi pecho, la marca que ha dejado su boca, y la humedad en mi entrepierna. Sólo entonces empiezo a tener miedo.
Me lleva ante el espejo. Le miro la cara. Su reflejo tiene un aire raro, torcido, alterado. Me prende alfileres en el pelo, pero mantiene los ojos todo el tiempo fijos en sus manos inseguras. Está avergonzada. Así que hablo yo.
—He dormido muy profundamente, ¿verdad? —digo en voz muy baja.
Ella parpadea.
—Sí —responde—. Sin sueños.
—Sólo he soñado una cosa —digo—. Pero era… un sueño dulce. Creo…, creo que aparecías tú, Sue…
Ella se sonroja, veo su rubor creciente y siento de nuevo la presión de su boca contra la mía, la atracción de nuestros besos ardientes e imperfectos, el empuje de su mano. Pensaba engañarla. Ahora ya no puedo. «No soy como piensas», le diré. «Crees que soy buena. No lo soy. Pero contigo podría intentar serlo. El plan era de él. Podemos apropiárnoslo…».
—¿En su sueño? —dice por fin, separándose un poco—. No creo, señorita. Yo no. Sería el señor Rivers. ¡Mire! Ahí está. Ya casi ha terminado el cigarrillo. Se marchará… —Titubea un segundo, pero después prosigue—: Se marchará, si tarda.
Estoy un momento aturdida, como si su mano me hubiera golpeado; luego me levanto de la silla, voy a la ventana, exánime, y veo a Richard andar, fumar un cigarro, apartarse de la frente el mechón caído. Pero me quedo plantada ante el espejo, hasta mucho después de que él haya abandonado el césped para ir a ver a mi tío. Me vería la cara si el día fuese lo bastante oscuro; la veo, de todos modos: mis mejillas hundidas y mis labios excesivamente gruesos y rosados, más que nunca, ahora, debido a la presión de la boca de Sue. Me acuerdo de mi tío «Te he untado de veneno el labio, Maud» y de Barbara, que se sobresalta. Me acuerdo de la señora Stiles, restregándome la lengua con un jabón de espliego y luego limpiándose las manos a conciencia en el delantal.
Todo ha cambiado. Nada ha cambiado en absoluto. Sue ha abierto mi carne, pero volverá a cerrarse y quedará sellada, cicatrizada, endurecida. La oigo entrar en la sala; la veo sentarse, taparse la cara. Espero, pero no me mira; creo que nunca volverá a mirarme con franqueza. Yo quería salvarla. Ahora veo claramente lo que ocurrirá si lo hago, si me desentiendo del plan de Richard. Se irá de Briar con ella. ¿Para qué iba a quedarse? Ella se irá y yo me quedaré con mi tío, con los libros, con la señora Stiles y con alguna chica nueva y dócil a quien magullar… Pienso en mi vida: en los minutos, las horas, los días que la han compuesto; en los minutos, las horas y los días que se extienden por delante, todavía por vivir. Pienso en cómo serán, sin Richard, sin dinero, sin Londres, sin libertad. Sin Sue.
Y, como ven, es el amor no el desprecio ni la maldad, sólo el amor el que, después de todo, me induce a hacerle daño

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:37 am

Como estaba planeado, partimos el último día de abril. La estancia de Richard ha concluido. Los grabados de mi tío ya están montados y encuadernados; me lleva a verlos, como si fuera un regalo.
—Un buen trabajo —dice—. ¿No te parece, Maud? ¿Eh?
—Sí, señor.
—¿Estás mirando?
—Sí, tío.
—Sí. Un buen trabajo. Creo que debemos invitar a Hawtrey y Huss. Les diré que vengan… ¿la semana que viene? ¿Qué te parece? ¿Lo celebramos?
No contesto. Estoy pensando en el comedor, el salón y en mí, en algún otro lugar en penumbra, lejos. Se dirige a Richard.
—Rivers —dice—, ¿le gustaría volver como invitado, en compañía de Hawtrey?
Richard se inclina, parece apenado.
—Me temo, señor, que estaré ocupado en otro sitio.
—Lástima. ¿Has oído, Maud? Una verdadera lástima…
Corre el cerrojo de su puerta. Way y Charles recorren la galería con el equipaje de Richard. Charles se frota los ojos con la manga. «¡Muévete de una vez!», dice brutalmente Way, pateando el suelo. Charles alza la cabeza, nos ve salir de la habitación de mi tío ve a mi tío, supongo y, presa de una especie de convulsión, huye corriendo. Mi tío también se estremece.
- ¿Ve usted, Rivers, los tormentos a los que estoy expuesto? ¡Señor Way, espero que atrape a ese chico y le dé unos azotes!
—Lo haré, señor —dice Way.
Richard me mira y sonríe. No le devuelvo la sonrisa. Y cuando me coge de la mano en la escalera, mis dedos se revuelven nerviosos contra los suyos.
—Adiós —dice. Yo no digo nada. Se dirige a mi tío—: Señor Lilly. ¡Adiós, señor!
—Un hombre guapo —dice mi tío, cuando el coche se ha perdido de vista—. ¿Eh, Maud? Qué, ¿no dices nada? ¿No te gustará volver a nuestras actividades solitarias?
Entramos en la casa. Way cierra la puerta dilatada y el vestíbulo se llena de penumbra. Subo la escalera al lado de mi tío, como cuando era niña y la subía con la señora Stiles. ¿Cuántas veces la habré subido desde entonces? ¿Cuántas veces mi talón ha hollado este punto y aquel otro? ¿Cuántas pantuflas, cuántos vestidos estrechos, cuántos guantes he usado o gastado? ¿Cuántas palabras voluptuosas he leído en silencio? ¿Cuántas he pronunciado para un auditorio de caballeros?
La escalera, las pantuflas y los guantes, las palabras y los caballeros se quedarán, aunque yo me fugue. ¿Se quedarán? Pienso de nuevo en las habitaciones de la casa de mi tío: el comedor y el salón, la biblioteca. Pienso en la pequeña medialuna que una vez divisé en la pintura que cubre las ventanas de la biblioteca. Trato de imaginarla, a ciegas. Recuerdo una vez en que desperté y vi cómo mi habitación parecía replegarse en la oscuridad y pensé: ¡No escaparé nunca! Ahora sé que lo haré. Pero también creo que Briar me perseguirá. O que yo la frecuentaré mientras vivo una vida mediocre y parcial más allá de sus muros.
Pienso en el fantasma que voy a ser: un fantasma monótono y pulcro, que camina para siempre con calzado de suela blanda, por una casa rota, hacia el dibujo de las alfombras antiguas. Pero quizás, en definitiva, ya soy un fantasma. Porque voy donde Sue y me muestra los vestidos y la ropa interior que proyecta llevar, las joyas que se dispone a abrillantar y las maletas que va a llenar, pero lo hace sin mirarme a la cara, y yo la observo sin decir nada. Me fijo más en sus manos que en los objetos que recogen; noto el soplo de su aliento, veo los movimientos de sus labios, pero sus palabras se van de mi memoria en cuanto las ha dicho. Al final no tiene nada más que mostrarme. Sólo nos queda esperar. Almorzamos. Damos un paseo hasta la tumba de mi madre. Miro la lápida y no siento nada. El día es templado y húmedo: nuestro calzado, mientras caminamos, pisa rocío de la tierra verde que germina y los vestidos se nos manchan de barro.
He capitulado ante el plan de Richard como en su día capitulé ante mi tío. La intriga, la fuga, ahora parecen en marcha, no tanto por obra de mi voluntad como por la suya. No tengo voluntad. Me siento a cenar, como, leo; vuelvo a reunirme con Sue y le dejo que me vista como le plazca, tomo vino cuando me lo ofrece, me asomo a la ventana junto a ella. Se desplaza inquieta, sobre un pie y el otro.
—Mire la luna —dice en voz baja—, ¡cómo brilla! Mire esas sombras en la hierba. ¿Qué hora es? ¿No son las once todavía? Pensar que el señor Rivers está en alguna parte cerca del agua ahora…
Sólo hay una cosa que quiero hacer antes de irme: un acto terrible, cuya visión ha presidido, para espolearme y consolarme, todas mis furias corrosivas, las noches oscuras e intranquilas de mi vida en Briar; y voy a hacerlo ahora que se acerca la hora de nuestra huida, ahora que la casa se queda callada y quieta, sin sospechar nada. Sue sale a supervisar el equipaje. La oigo desatando hebillas. Es lo que yo esperaba.
Salgo a hurtadillas de la habitación. Conozco el camino, no necesito una lámpara y me encubre mi vestido oscuro. Llego a lo alto de la escalera, cruzo rápidamente las alfombras rotas por la luz de luna que las ventanas tienden sobre el suelo. Me detengo y escucho. Silencio. Entonces me adentro en el corredor que está enfrente del mío, por un camino gemelo del que sale de mis habitaciones. En la primera puerta hago otro alto y escucho de nuevo, para cerciorarme de que todo está en calma dentro.
Es la puerta de los aposentos de mi tío. Nunca he entrado ahí. Pero, como presumo, la manilla y los goznes están bien engrasados y giran sin hacer ruido. La alfombra es V vvgruesa y convierte en un susurro mis pisadas. Su sala está aún más oscura y parece más pequeña que la mía: tiene colgaduras en las paredes y más vitrinas de libros. No las miro. Voy a la puerta de su vestidor y pego el oído a la madera; empuño la manija y la giro. Un palmo, dos, tres. Contengo la respiración, con la mano en el pecho. Ningún ruido. Empujo la puerta un poco más y me paro a escuchar de nuevo. Si él se mueve, me iré por donde he venido. ¿Se mueve? Durante un segundo no se oye nada. Aguardo aún, insegura. Por fin oigo el sonido regular y tenue de su respiración.
Tiene las cortinas de la cama echadas pero hay una luz encima de la mesilla, como en mi cuarto; lo cual me resulta curioso, porque nunca hubiera imaginado que la oscuridad le intranquiliza. Pero la luz débil me ayuda. Sin moverme de mi sitio junto a la puerta, miro a mi alrededor y por fin veo las dos cosas que he venido a llevarme. En su tocador, junto a la jarra de agua, su leontina y, encima, la llave de la biblioteca, envuelta con un terciopelo desvaído; y su navaja.
Avanzo rápidamente y me apodero de ellas: la cadena se desenrosca suavemente, la noto deslizarse por mi guante. ¡Si se cayera…! No se cae. La llave oscila como un péndulo. La navaja es más pesada de lo que suponía, la hoja no tiene puesto el cierre y por una esquina asoma su filo. La extraigo un poco más y la pongo a la luz: tiene que estar afilada para mi propósito. Creo que bastará con este filo. Levanto la cabeza. Me veo en el espejo que hay sobre la repisa de la chimenea, destacando de las sombras del cuarto; veo mis manos: en una, la llave, en la otra, una cuchilla. Podrían tomarme por la chica de una alegoría, Abuso de confianza.
Detrás de mí, las cortinas de la cama de mi tío no cierran del todo. En el resquicio que dejan entre ellas, un rayo de luz tan tenue que apenas es una luz, sino una disminución de la penumbra le alumbra la cara. Nunca le he visto dormir. Su forma parece menuda, como la de un niño. Tiene la manta subida hasta la barbilla, lisa, tirante. Sus labios exhalan el aliento a soplos. Está soñando sueños en negrita, quizás, o en tafilete, cícero, becerro. Está contando lomos. Sus gafas descansan plegadas, como cruzadas de brazos, en la mesa que hay al lado de su cabeza. Debajo de las pestañas de uno de sus ojos hay una línea de humedad reluciente. La navaja se calienta en mi mano…
Pero no es esa clase de episodio. Todavía no. Le observo dormir durante casi un minuto y luego le dejo. Vuelvo como he venido, con cuidado y sigilo. Voy a la escalera y de allí a la biblioteca, y en cuanto estoy dentro cierro con llave y enciendo una lámpara. Ahora el corazón me late más deprisa. Me azoran el miedo y la expectativa. Pero el tiempo vuela y no puedo esperar. Cruzo hasta las estanterías de mi tío y abro con la llave el cristal de las vitrinas. Empiezo por La cortina rasgada, el primer libro que él me dio: lo cojo, lo abro y lo deposito encima del escritorio. Levanto la navaja, la agarro fuerte y le quito el seguro. La hoja está dura, pero sale entera. Su cometido es cortar, al fin y al cabo.
Aun así, es difícil dificílisimo, casi soy incapaz aplicar el metal por vez primera al papel limpio y desnudo. Temo casi que el libro grite y me delate. Pero no grita. Suspira, más bien, como anhelante de su propia laceración y, al oír esto, mis cortes son cada vez más veloces y certeros. Cuando vuelvo, Sue está en la ventana y se retuerce las manos. La medianoche ha sonado. Ella pensaba que me había perdido. Pero está tan aliviada que no me reprende.
—Tome la capa —dice—. Átesela, rápido. Coja su maleta. Ésa no, que pesa demasiado para usted. Ahora vámonos. —Cree que estoy nerviosa. Me pone un dedo en la boca. Dice—: Tranquila.
Me coge de la mano y me conduce a través de la casa. Camina como un ladrón, sigilosa. Me indica el camino. Ignora que acabo de estar mirando, callada como una sombra, cómo duerme mi tío. Pero recorremos la ruta de los sirvientes, y los pasillos y escaleras desnudos me son desconocidos, como toda esa parte de la casa. No me suelta la mano hasta que llegamos a la puerta del sótano. Allí deja su maleta en el suelo para untar de grasa la llave y los cerrojos y poder abrirlos. Capta mi mirada y me guiña un ojo, como un chico. El corazón me duele en el pecho.
La puerta se abre y Sue me interna en la noche; el parque está distinto, la casa se me hace extraña, ya que, por supuesto, nunca la he visto a esas horas, sólo me he asomado a mi ventana. Si ahora estuviese allí, ¿me vería a mí misma corriendo, arrastrada por la mano de Sue? ¿Me vería tan desteñida de color y densidad como el césped, los árboles, las piedras y las cepas de hiedra? Titubeo un segundo, me vuelvo a mirar el cristal, totalmente convencida de que, si aguardo, me veré la cara. Luego miro a las otras ventanas. ¿Nadie se despertará y saldrá a gritarme que vuelva?
Nadie despierta, nadie me llama. Sue me tira otra vez de la mano, y yo me giro y la sigo. Tengo la llave de la verja del muro: cuando la franqueamos y la he cerrado de nuevo, tiro la llave entre los juncos. El cielo está despejado. Aguardamos calladas en la sombra: dos Tisbes esperando a Píramo. La luna transforma al río en mitad plata y mitad negro profundo. Él está en la zona negra. La barca tiene la línea de flotación baja sobre el agua: es una embarcación de casco oscuro, estrecha, de proa elevada. La barca oscura de mis sueños. La observo llegar, noto la mano de Sue en la mía; la suelto, cojo el cabo que él lanza, le dejo, sin resistirme, que me guíe hasta mi asiento. Sue llega hasta mí tambaleándose, perdido todo equilibrio. Él empuja la barca con un remo contra la orilla y, cuando Sue se sienta, viramos y la corriente nos impulsa.
Nadie habla. Nadie se mueve, salvo Richard, que rema. Nos deslizamos suavemente, en silencio, hacia nuestros respectivos oscuros infiernos. ¿Qué pasa después? Sé que la travesía por el río transcurre sin percances: que me habría gustado quedarme en la barca, pero que me obligan a desembarcar y a montar en un caballo. En cualquier otro momento, el caballo me habría asustado; pero dejo que me transporte inerte sobre él; creo que no me importaría que me tirase si quisiera. Recuerdo la iglesia de pedernal, los tallos de lunaria, mis guantes blancos; mi mano, que destapan y luego pasan de unos dedos ajenos a otros, y a la que luego lastima la inserción de un anillo. Me obligan a decir unas palabras que ahora he olvidado. Recuerdo al clérigo, con una casulla manchada de gris. No recuerdo su cara. Sé que Richard me besa. Recuerdo un libro, que empuño una pluma, que escribo mi nombre. No me acuerdo del regreso de la iglesia: lo siguiente que recuerdo es una habitación, que Sue me desata el vestido y después una almohada áspera contra mi mejilla; una manta, aún más burda; y mi llanto. Tengo la mano desnuda y en ella, todavía, el anillo. Los dedos de Sue se desprenden de los míos.
—Ahora es otra persona —dice, y yo vuelvo la cara.
Cuando vuelvo a mirar, ella se ha ido. En su lugar está Richard. Permanece un segundo delante de la puerta, con sus ojos en los míos; luego exhala aire y se tapa la boca con el reverso de la mano, para ahogar la risa.
—Oh, Maud —dice en voz baja, moviendo la cabeza. Se limpia la barba y los labios—. Nuestra noche de bodas —dice, y se ríe otra vez.
Le miro sin decir nada, con la manta subida hasta la altura del pecho. Ahora estoy serena. Estoy totalmente despierta. Cuando Richard se calla, oigo la casa, detrás de él: la escalera se expande, percibe la presión de su pie. Un ratón, un pájaro, se mueve en el espacio por encima de las vigas. Son sonidos insólitos. Mi cara debe de traslucir este pensamiento.
—Se te hace raro esto —dice, acercándose más—. No te preocupes. Pronto estarás en Londres. Allí hay más vida. Piensa en eso. —No digo nada—. ¿No quieres hablar? ¿Eh, Maud? Vamos, ahora no seas melindrosa conmigo. ¡Nuestra noche de bodas, Maud!
Se ha colocado a mi lado. Levanta la mano, coge la cabecera encima de mi almohada y la sacude con fuerza, hasta que las patas de la cama dan bandazos y rechinan contra el suelo. Cierro los ojos. El temblor continúa un momento; luego la cama vuelve a estar inmóvil. Pero él mantiene el brazo encima de mí, y noto que me mira. Presiento su mole; me parece ver la negrura de Richard a través incluso de mis párpados. Intuyo que él cambia. El ratón o el pájaro todavía bulle en el techo del cuarto, y creo que él inclina hacia atrás la cabeza para descubrirlos. La casa recobra su silencio y él me escudriña de nuevo. Y entonces su aliento me llega a la mejilla, presuroso. Me ha soplado en la cara. Abro los ojos.
—Eh —dice suavemente. Su expresión es extraña—. No me digas que tienes miedo. —Traga saliva.
Retira lentamente el brazo de la cabecera. Me asusto, creyendo que va a pegarme. Pero no lo hace. Su mirada recorre mi cara y se posa en el hoyo de mi garganta. Lo mira fascinado.
- Qué rápido te late el corazón —susurra. Baja la mano, como si quisiera comprobar con el dedo la circulación de mi sangre.
—Tócalo —digo—. Tócalo y muere. Tengo veneno dentro.
Su mano se detiene a un palmo de mi garganta. Sostengo su mirada sin pestañear. El se endereza. Su boca da un tirón y luego se curva en una mueca de desprecio.
—¿Has creído que te deseaba? —dice—. ¿Lo has creído?
Casi sisea sus palabras, porque, naturalmente, no puede hablar muy alto, por si Sue le oye. Se aleja, agitado, y se alisa el pelo por detrás de las orejas. Hay una maleta en su camino y le asesta un puntapié.
—Maldita sea —dice. Se quita la chaqueta, se tira del gemelo de un puño, empieza a dar tironesfrenéticos a una de sus mangas—. ¿Tienes que mirarme así? —dice, y se descubre el brazo—. ¿No te he dicho ya que estás a salvo? Si crees que estoy más contento que tú de haberme casado… —Vuelve a la cama—. Pero tengo que fingir que estoy contento —dice, malhumorado—. Y esto forma parte de lo que en el matrimonio se considera una alegría. ¿Lo habías olvidado?
Ha bajado la manta hasta la altura de mis caderas, poniendo al descubierto la sábana que cubre el colchón.
—Hazme sitio —dice, y obedezco. Se sienta y, torpemente, se gira. Se mete la mano en el bolsillo del pantalón y saca algo. Una navaja.
La veo y pienso al instante en la de mi tío. Fue, sin embargo, en otra vida distinta donde recorrí furtivamente la casa dormida y corté páginas de los libros. Ahora veo cómo Richard mete la uña en la ranura de la navaja y extrae la hoja. Está manchada de negro. La mira con aversión y luego se la apoya contra el brazo. Pero lo hace indeciso, temeroso al notar el contacto del metal. Baja la navaja.
—Maldita sea —repite. Se aplasta las patillas, el pelo. Me mira—. No mires como una idiota. ¿No tienes sangre dentro para ahorrarme el dolor? ¿No tienes uno de esos… períodos que las mujeres sufren?
—Yo no respondo. El tuerce la boca—. Bueno, es muy propio de ti. Debería haber pensado que, si no tienes más remedio que sangrar, podrías aprovecharlo para algo; pero no…
—¿Pretendes insultarme de todas las maneras posibles? —digo.
—Cállate —responde. Seguimos hablando en susurros—. Es por el bien de los dos. No te veo ofreciendo tu brazo al cuchillo. —De inmediato lo hago. El lo rechaza.— No, no —dice—. Lo haré dentro de un momento. —Aspira aire. Hunde la hoja un poco más hondo en el brazo, la descansa en una de las fisuras que hay en la base de su palma, donde la piel no es velluda. Hace otra pausa, inspira más aire; da un tajo rápido. ¡Santo Dios! dice con una mueca. Del corte salta un poco de sangre; parece oscura a la luz de la vela, sobre el promontorio blanco de su mano. Deja que caiga en la cama. No hay demasiada. Prensa con el pulgar la piel de su muñeca y de su palma, y la sangre cae más rápido. No me mira.
Al cabo de un momento, sin embargo, dice en voz baja:
—¿Crees que bastará?
Le examino la cara.
—¿Tú no lo sabes?
—No, no lo sé.
—Pero…
—¿Pero qué? —Parpadea. Te refieres a Agnes, supongo. No la halagues. Hay más maneras que ésa de deshonrar a una chica virtuosa. Deberías saberlo.
La sangre sigue fluyendo débilmente. El maldice. Pienso en Agnes, mostrándome su boca roja e hinchada. Aparto la vista de Richard, como asqueada.
—Vamos, Maud —dice—, dímelo antes de que me desmaye. Tienes que haber leído sobre estas cosas. Seguro que tu tío tiene una reseña al respecto en su maldito índice, ¿no? ¿Maud?
Vuelvo a mirar, a disgusto, las gotas de sangre que se esparcen, y asiento. Como gesto final, deposita el puño encima y las extiende. Después mira la herida con el ceño fruncido. Tiene la cara pálida. Hace una mueca.
—Cuánto puede marear a un hombre ver derramarse un poco de su sangre —dice—. Qué monstruos tenéis que ser las mujeres para soportarlo un mes tras otro. No es de extrañar que seáis propensas a la locura. ¿Ves cómo se separa la piel? —Me enseña la mano—. Creo que he hecho un corte demasiado profundo. Ha sido por tu culpa, por provocarme. ¿Tienes brandy? Creo que me repondría con un poco de brandy.
Ha sacado un pañuelo y lo aprieta contra el brazo.
—No tengo brandy —digo.
—No tienes. ¿Qué tienes, entonces? ¿Algún bebedizo? Venga, te veo en la cara que tienes algo. — Mira a su alrededor—. ¿Dónde lo guardas?
Vacilo, pero ahora que lo ha mencionado, el deseo de unas gotas empieza a abrirse camino en mi pecho y mis miembros.
—En mi bolsa de cuero —digo. El me trae el frasco, quita el tapón, acerca la nariz y hace una mueca de asco—. Tráeme un vaso, también —digo. Encuentra una copa y añade un poco de agua polvorienta.
—Así no, para mí —dice, mientras yo vierto la medicina—. Así está bien para ti. Yo lo quiero más rápido.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:38 am

Me coge el frasco, destapa la herida, vierte una sola gota en la carne abierta. Escuece. Hace un gesto de dolor. Chupa el líquido que desborda del corte. Suspira, con los ojos entornados, y observa cómo yo bebo entonces, tirito, me recuesto en la almohada, con la copa en el pecho. Al final sonríe. Se ríe.
—La pareja de moda en su noche de bodas —dice—. Escribirían artículos sobre nosotros en los periódicos de Londres.
Tirito otra vez y me subo la manta más arriba; la sábana cae, tapando las manchas de sangre. Alargo la mano en busca del frasco. El lo coge antes y lo pone fuera de mi alcance.
—No, no —dice—. No, mientras te muestres tan hostil. Esta noche me lo quedo yo. —Se lo guarda en el bolsillo y estoy demasiado cansada para disputárselo. Se levanta y bosteza, se limpia la cara, se frota los ojos—. ¡Qué cansado estoy! —dice—. Son más de las tres, ¿sabes?
No digo nada, y él se encoge de hombros. Pero se queda al pie de la cama, mirando indeciso el lugar a mi lado; luego ve mi cara y finge estremecerse.
—De todos modos, no me extrañaría despertar con tus dedos clavados en mi garganta. No, no voy a arriesgarme.
Se dirige al fuego, se humedece con la lengua el pulgar y el índice y apaga la vela. Después se acurruca sentado en la butaca y se sirve de la chaqueta como manta. Jura, quizás durante un minuto, por el frío, la postura, las aristas del sillón. Pero se duerme antes que yo. Y cuando está dormido me levanto, voy rápidamente a la ventana, descorro la cortina. La luna resplandece todavía y no quiero estar en la cama a oscuras. Pero, en definitiva, cada superficie que absorbe la luz de plata me es ajena; y cuando estiro la mano para tocar con los dedos una marca que hay en la pared, la marca y la pared, al recibir mi contacto, me resultan todavía más extrañas. Mi capa, mi vestido y mi ropa interior están guardados en el ropero. Mis maletas están cerradas. Busco y rebusco algo mío, y sólo veo, por fin, mis zapatos, a la sombra del lavamanos. Voy hacia ellos, me agacho y pongo mi mano encima. Retrocedo y me incorporo a medias; los toco de nuevo.
Luego me acuesto y aguzo el oído para captar los sonidos a los que estoy acostumbrada: campanas y gruñidos de palancas. Sólo se oyen ruidos sin sentido: las tablas que crujen, el pájaro o el ratón que se remueven. Echo hacia atrás la cabeza y miro la pared de detrás. Al otro lado está Sue. Creo que la oiría si se moviera en la cama, si dijese mi nombre. Hiciera el ruido que hiciese, estoy segura de que lo captaría.
No hace el menor ruido. Richard se mueve en la butaca. La luz de la luna se filtra por el suelo. Un rato después, me duermo. Me duermo y sueño con Briar. Pero los pasillos de la casa no son como los recuerdo. Llego tarde donde mi tío, me he perdido. En lo sucesivo, Sue viene todas las mañanas a lavarme, a vestirme, a traerme la comida y a retirar mi plato intacto; pero, como en los últimos días en Briar, nunca me mira a los ojos. El cuarto es pequeño. Se sienta a mi lado, pero rara vez hablamos. Ella cose. Yo juego a las cartas: el dos de corazones, con la marca que le hizo mi tacón, es rugoso al tacto de mis dedos desnudos. Richard pasa todo el día fuera de la habitación. Por la noche maldice. Maldice las sucias alamedas campestres que le ensucian las botas. Maldice mi silencio, mi extrañeza. Maldice la espera. Por encima de todo, maldice la butaca angulosa.
—Mírame el hombro —dice—. ¿Lo ves? Se me está desencajando, ya casi se me ha salido. Dentro de una semana estaré deforme. Y no hablemos de arrugas. —Se alisa los pantalones, furioso—. A fin de cuentas, debería haber traído a Charles. A este paso, cuando llegue a Londres voy a ser el hazmerreír en la calle.
Londres, pienso. La palabra no me dice nada. Sale a caballo, algún que otro día, en busca de noticias de mi tío. Fuma tanto que la mancha de su índice chamuscado se extiende al dedo contiguo. De vez en cuando me deja tomar una dosis de mi pócima; pero el frasco sigue en su poder.
—Muy bien —dice, mirando cómo bebo—. Ya no falta mucho. Caray, ¡qué delgada y pálida estás! Y Sue, cada hora que pasa, se vuelve más fina y lustrosa.
—Mañana ponle tu mejor vestido —dice Richard.
Así lo hago. Haré cualquier cosa ahora para poner fin a nuestra larga espera. Fingiré miedo, nerviosismo, llanto, mientras él se inclina para acariciarme o regañarme. Finjo sin mirar a Sue, o bien mirándola de reojo, desesperadamente, para ver si se sonroja o parece avergonzada. Nunca lo está. Sus manos, que recuerdo resbalando sobre mí, presionando, girando, abriéndome; sus manos, cuando me tocan ahora, son totalmente inánimes y blancas. Su cara es hermética. No hace más que esperar, como nosotros, la llegada de los médicos. Esperamos… no sé cuánto tiempo. Dos o tres semanas. Por fin, «Vienen mañana», me dice una noche Richard; y a la mañana siguiente:
—Vienen hoy. ¿Te acuerdas?
He despertado de unos sueños horribles.
—No puedo verles —digo—. Mándales de vuelta. Que vengan otro día.
—No seas caprichosa, Maud.
El se está vistiendo, se cierra el cuello, se anuda la corbata. Su abrigo está bien doblado sobre la cama.
—¡No quiero verles! —digo.
—Les verás —responde—, porque al verles se acabará este asunto. Aborreces este sitio. Es el momento de irse.
—Estoy nerviosísima.
El no responde. Se gira, para peinarse. Me agacho y cojo su abrigo, encuentro el bolsillo, el frasco de gotas, pero él me ve, se precipita hacia mí y me lo arrebata de la mano.
—Oh, no —dice—. ¡No voy a permitir que estés medio drogada, ni arriesgarme a que te propases en la dosis y lo estropees todo! Oh, no. Tienes que estar perfectamente despejada.
Se guarda el frasco en el bolsillo. Hago otro intento de cogerlo, y él me esquiva.
—Dámelo —digo—. Dámelo. Richard. Sólo una gota, te lo juro.
Los labios se me saltan mientras pronuncio estas palabras. Él mueve la cabeza, cepilla la tela del abrigo para borrar la huella de mis dedos.
—Todavía no —dice—. Pórtate bien. Gánatelo.
—¡No puedo! No estaré serena sin una dosis.
—Trata de estarlo, por mí. Por nosotros, Maud.
—¡Maldito!
—Sí, sí, maldícenos, maldícenos a todos.
Suspira; luego sigue cepillando la pelusa. Cuando desisto, al cabo de un rato, me mira a los ojos.
—¿A qué viene esa rabieta, eh? —dice con un tono casi afable—. ¿Estás más tranquila ahora? Muy bien. ¿Sabes lo que tienes que hacer cuando te vean? Que Sue te arregle lo mínimo. Muestra recato. Llora si quieres, un poco. ¿Seguro que sabes lo que tienes que decir?
Estoy segura, a mi pesar, pues lo hemos planeado muchas veces. Aguardo, y luego asiento.
—Por supuesto —dice. Da una palmada al frasco dentro de su bolsillo—. Piensa en Londres —dice —. Hay boticarios en todas las esquinas.
Mi boca tiembla de desprecio.
—¿Crees que en Londres seguiré necesitando el medicamento?
Mis palabras suenan débiles, incluso para mi oído. Gira la cabeza sin decir nada, quizás reprimiendo una sonrisa. Coge su navaja, se coloca junto al fuego y se limpia las uñas; de cuando en cuando sacude la hoja, maniáticamente, para lanzar a las llamas esquirlas de mugre. Primero les lleva a hablar con Sue. Naturalmente, suponen que es su mujer, que se ha vuelto loca y se cree una criada, habla como tal y ocupa el cuarto de una doncella. Oigo el crujido de los peldaños y las tablas del suelo bajo las botas de los recién llegados. Oigo sus voces bajas, monótonas, pero no sus palabras. No oigo en absoluto la voz de Sue. Les espero sentada en la cama, y cuando llegan me levanto y hago una reverencia.
—Susan —dice Richard en voz baja—. La doncella de mi esposa.
Ellos asienten. No digo nada aún. Pero pienso que mi expresión debe de ser rara. Les veo estudiarme. Richard también mira. Luego se acerca.
—Una chica fiel —dice a los médicos—. Tristemente, su fortaleza ha sido puesta a prueba durante estas dos semanas. —Me hace caminar desde la cama a la butaca y me coloca a la luz de la ventana—. Siéntate aquí —dice suavemente—, en el sillón de tu ama. Ahora tranquilízate. Estos caballeros sólo quieren hacerte una serie de preguntas nimias. Tienes que responderles con franqueza.
Me aprieta la mano. Creo que lo hace para tranquilizarme o advertirme; noto que sus dedos se cierran en torno a uno mío. Llevo puesto todavía el anillo de boda. Me lo extrae y se lo guarda escondido en la palma.
—Muy bien —dice uno de los médicos, más satisfecho ahora. El otro toma notas en una libreta. Veo que pasa una página y, de repente, siento un ansia de papel—. Muy bien. Hemos visto a su ama. Hace bien en preocuparse por su consuelo y salud porque, lamento decírselo, tememos que está enferma. Muy enferma, en realidad. ¿Sabe que cree que su nombre es el suyo, que su historia se parece a la de usted? ¿Lo sabe?
Richard observa.
—Sí, señor —digo en un susurro.
—¿Y usted se llama Susan Smith?
—Sí, señor.
—¿Y era la doncella de la señora Rivers, de soltera la señorita Lilly, en la casa de su tío, en Briar, antes de su matrimonio?
Asiento.
—¿Y, antes de eso, dónde trabajaba? ¿Con una familia apellidada Dunraven, en la supuesta dirección de Whelk Street, en Mayfair?
—No, señor. Nunca he oído ese apellido. Todo eso es invención de la señora Rivers.
Hablo como hablaría una criada. Y nombro, a regañadientes, otra casa y otra familia, una familia conocida de Richard, en la que podemos confiar para que ratifique nuestra historia si los médicos quieren hablar con ella. Pero no creemos que lo hagan. El médico asiente de nuevo.
—Y la señora Rivers —dice—. Usted habla de «invención». ¿Cuándo empezaron esas invenciones?
Trago saliva.
—La señora Rivers parecía rara muchas veces —digo con calma—. Los criados de Briar dirán que no estaba del todo en sus cabales. Creo que su madre estaba loca, señor.
—Vale, vale —me interrumpe Richard, apaciguador—. Los médicos no quieren saber los cotilleos de criados. Di sólo lo que hayas observado.
—Sí, señor —digo. Miro al suelo. Los tablones tienen raspaduras, hay astillas que se alzan de la madera, gruesas como agujas.
—Y el matrimonio de la señora Rivers —dice el médico—, ¿cómo la ha afectado?
—Ha sido eso, señor, lo que la ha cambiado —digo—. Antes de casarse, parecía que quería al señor Rivers, y todo el mundo en Briar pensaba que si él la cuidaba —capto la mirada de Richard—, ¡y la cuidaba tan bien, señor!, todos pensábamos que ella se repondría. Pero desde la noche de bodas ha empezado a portarse de una forma muy extraña…
El médico mira a su colega.
—¿Ve lo bien que esto encaja con la versión de la señora Rivers? ¡Es sumamente notable! Es como si, sintiendo que su vida es un fardo, quisiera pasárselo a otra persona más capaz de sobrellevarlo. ¡Se ha convertido a sí misma en una ficción! —Ahora se dirige a mí—. Una ficción, en verdad —dice, pensativo —. Dígame, señorita Smith, ¿le interesan los libros a su ama? ¿Le gusta leer? Busco la mirada de Richard, porque noto que la garganta se me cierra, astillada como los tablones del suelo. No puedo contestar. Richard habla por mí.
—Mi esposa —dice— ha sido educada para una vida literaria. Su tío, que la ha criado, es un hombre consagrado a la búsqueda del conocimiento, y se ocupó de su instrucción como lo habría hecho con la de un hijo. La primera pasión de la señora Rivers fueron los libros.
—¡Ahí está el quid! —dice el médico—. No dudo de que su tío sea un caballero admirable. Pero la excesiva exposición de las chicas a la literatura…, la fundación de universidades para mujeres… — Tiene la frente perlada de sudor—. Estamos creando un país de mujeres cultivadas. Temo decirle que la dolencia de su esposa forma parte de un malaise más amplio. Puedo decirle ahora, señor Rivers, que temo por el futuro de nuestra especie. ¿Y dice que su brote más reciente de demencia ocurrió la noche de bodas? ¿Podría ser —baja la voz de un modo significativo, e intercambia una mirada con el médico que escribe—… más explícito? —Se da unos golpecitos en el labio—. Ya he visto cómo rehuía mi contacto cuando le he tomado el pulso en la muñeca. También he notado que no lleva alianza.
Richard se reanima al oír estas palabras, y finge que saca algo del bolsillo. Dicen que la fortuna ayuda a los granujas.
—Aquí está —dice, gravemente, sacando el anillo amarillo—. Ella se la quitó, maldiciendo. Porque ahora habla como una criada, y no le importa soltar palabrotas. ¡A saber dónde las habrá aprendido! — Se muerde el labio—. Podrá imaginarse, señor, el efecto que me produce oírlas. —Se cubre los ojos con la mano y se sienta pesadamente en la cama; luego se levanta, como horrorizado—. ¡Esta cama! —dice con voz ronca—. Creí que sería nuestro lecho nupcial. ¡Pensar que mi esposa prefiere el cuarto de una criada, un jergón de paja! —Se estremece. ¡Ya basta!, pienso. Es suficiente. Pero es un hombre prendado de su propia bellaquería.
—Un caso triste —dice el médico—, pero puede estar seguro de que trataremos a su esposa para liberarla de su anomalía…
—¿Anomalía? —dice Richard. Vuelve a estremecerse. Su expresión es extraña—. Ah, señor, no lo sabe todo. Hay algo más. Esperaba no tener que decírselo. Ahora creo que no puedo ocultárselo.
—¿Sí? —dice el médico. El otro hace una pausa, con el lápiz en alto. Richard se humedece la boca, y de repente sé lo que va a decir y me apresuro a girar la cabeza hacia él. El lo advierte. Se me adelanta y habla.
—Susan —dice—, es normal que te avergüences de tu ama. Pero tú no tienes de qué avergonzarte. No tienes ninguna culpa. No hiciste nada para suscitar o alentar las burdas atenciones que mi esposa, en su locura, intentó prodigarte…
Se muerde la mano. Los médicos lo miran fijamente y luego se vuelven hacia mí.
—Señorita Smith —dice el primero, acercándose—, ¿es cierto eso?
Pienso en Sue. Pienso en ella no como estará ahora, en el cuarto de al lado, satisfecha de haberme traicionado, contenta de suponer que falta poco para volver a casa, a la oscura cueva de ladrones en Londres. Pienso en ella frotándose sobre mí, con el cabello suelto. Mi perla.
—¿Señorita Smith?
He empezado a llorar.
—No hay duda —dice Richard, que se me acerca y me pone una mano pesada en el hombro—, no hay duda de que estas lágrimas hablan por sí mismas. ¿Debemos decir el nombre de la infeliz pasión? ¿Tenemos que obligar a la señorita Smith a repetir las palabras, las posturas arteras… las caricias… de que le ha hecho objeto mi esposa enajenada? ¿No somos caballeros?
—Desde luego —dice presuroso el médico, retrocediendo—. Desde luego. Señorita Smith, su congoja es elocuente. Ya no tiene que temer por su seguridad. No tiene que preocuparse por la de su ama. Su cuidado pronto será de nuestra incumbencia, no de la suya. La atenderemos y curaremos de todos sus males. Señor Rivers, ¿comprende usted que en un caso como éste… el tratamiento podría ser largo…?
Se levantan. Han traído papeles, y buscan una superficie donde apoyarlos. Richard retira del tocador cepillos y alfileres, y ellos los dejan encima y después firman: un papel cada uno. No les veo hacerlo, pero oigo el chirrido de la pluma. Les oigo moverse juntos, estrecharse la mano. La escalera retumba cuando bajan. Permanezco en mi sitio junto a la ventana. Richard les despide en el camino de entrada, cuando suben al coche. Regresa. Cierra la puerta. Se me acerca y me lanza al regazo el anillo de boda. Se frota las manos y casi da un brinco.
—Eres un demonio —digo con voz serena, enjugándome las lágrimas de las mejillas.
El resopla. Se coloca detrás de mi silla y me pone las manos en la cabeza, una a cada lado de la cara; la ladea hasta que nuestras miradas se encuentran.
—Mírame —dice— y dime, sinceramente, que no me admiras.
—Te odio.
—Te odias a ti misma, entonces. Tú y yo somos parecidos. Más de lo que piensas. ¿Crees que el mundo debería amarnos por las taras que nos obstruyen las fibras del corazón? El mundo nos desprecia. ¡Gracias a Dios que lo hace! Nunca se ha sacado provecho del amor; del desprecio, por el contrario, se pueden obtener riquezas, como el agua sucia que se escurre con un paño. Sabes que es cierto. Eres como yo. Te lo repito: si me odias, te odias a ti misma.
Sus manos, sobre mi cara, al menos están calientes. Cierro los ojos.
—Me odio —digo.
Sue viene de su habitación y llama a nuestra puerta. Sin cambiar de postura, Richard le dice que entre.
—Mira a tu ama —dice, cuando ella está dentro, con una voz totalmente distinta—. ¿No crees que le brillan un poco más los ojos…?
Al día siguiente partimos hacia el manicomio. Ella viene a vestirme, por última vez.
—Gracias, Sue —digo con la suavidad de otro tiempo, cada vez que me abrocha un botón o me ata un lazo. Todavía llevo puesto el vestido con que abandoné Briar, que está manchado de barro y de agua del río. Ella lleva mi vestido de seda, de seda azul, que confiere un tono crema a la blancura de su garganta y sus muñecas, y realza el color castaño de su pelo y sus ojos. Ha embellecido. Se mueve por la habitación, recogiendo mi ropa interior, mis cepillos y alfileres, y guardándolos con cuidado en las maletas. Hay dos: una destinada a Londres, la otra al manicomio; ella supone que la primera es para ella y la segunda para mí. Es duro ver cómo elige la ropa, ver cómo frunce el ceño mirando unas enaguas, un par de medias o de zapatos, saber lo que está pensando. Esto sobra y basta para locas y médicos. Esto otro debería llevárselo ella, por si las noches son frías. Esto y aquello (el frasco de gotas, mis guantes) debe quedárselos. Cuando se va, los cojo y los meto en el fondo de la otra valija.
Y hay otra cosa que guardo con ellos y que ella no sabe que conservo: el dedal de plata del costurero de Briar, con el que me limó el diente puntiagudo. El coche llega antes de lo que yo pensaba. «Gracias a Dios», dice Richard. Lleva puesto el sombrero. El es demasiado alto para esta casa baja y torcida: cuando salimos fuera, se yergue en toda su estatura. He pasado tanto tiempo recluida en mi cuarto que la luz del día me parece inmensa. Camino enlazada del brazo con Sue, y en la puerta del coche, cuando debo soltarlo ¡soltarlo para siempre!, creo que vacilo.
—Vamos, vamos —dice Richard, separando mi mano de la de ella—. No hay tiempo para sentimientos.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:39 am

Partimos. Siento que es algo más que un galope de caballos y ruedas que giran. Es como desandar mi primer viaje, con la señora Stiles, del manicomio a Briar: pego la cara a la ventanilla cuando el carruaje reduce la marcha, y casi espero ver la casa y las madres de las que me han arrancado. Sé que aún debería acordarme de ellas. Pero aquella casa era grande. Ésta es más pequeña y más apacible. Sólo tiene habitaciones para mujeres. La otra se asentaba sobre tierra desnuda. Ésta tiene un arriate de flores al lado de la puerta: flores altas, con puntas como púas. Me recuesto en mi asiento. Richard capta mi mirada.
—No tengas miedo —dice.
Después se la llevan. Él la pone en sus manos y se sitúa delante de mí ante la puerta, mirando fuera.
—Esperen —la oigo decir—. ¿Qué están haciendo? —Y a continuación—: ¡Caballeros! ¡Caballeros!
Una palabra extraña y formal.
Los médicos le hablan en tono apaciguador hasta que ella empieza a jurar, y entonces sus voces se hacen más ásperas. El suelo del coche se ladea, la entrada se levanta y veo a Sue: las manos de los dos hombres le sujetan los brazos, y una enfermera la agarra de la cintura. La capa se le desliza de los hombros, lleva el sombrero caído hacia un lado, los alfileres le rasgan el pelo. Tiene la cara colorada y blanca. Su expresión es ya frenética. Sus ojos están clavados en los míos. Yo estoy sentada como una piedra, hasta que Richard me coge del brazo y me aprieta fuerte la muñeca.
—Habla, maldita —susurra.
Yo entono, mecánicamente:
—¡Oh! ¡Mi pobre ama!
Sus ojos castaños, abiertos como platos, con su veta más oscura. Su pelo deshecho.
—¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, se me parte el corazón!
El grito parece resonar dentro del coche, incluso después de que Richard haya cerrado la portezuela y el cochero fustigado al caballo para que dé media vuelta. No hablamos. Al lado de la cabeza de Richard hay una ventanilla de cristal lechoso, en forma de rombo, y por un momento vuelvo a ver a Sue: forcejea todavía, levanta el brazo para señalar o alcanzar algo… Luego la carretera forma una pendiente. Aparecen árboles. Me quito la alianza y la tiro al suelo. Encuentro en mi maleta un par de guantes y me los calzo. Richard observa mis manos temblorosas.
—Bueno… —dice.
—No me hables —digo, escupiendo casi las palabras—. Si me hablas te mato.
El parpadea e intenta sonreír. Pero su boca se mueve extrañamente y tiene la cara totalmente blanca por debajo de la barba. Se cruza de brazos. Cambia de postura en su asiento. Cruza y descruza las piernas. Por último saca un cigarro y una cerilla del bolsillo y trata de bajar la ventanilla del coche. No puede. Sus manos húmedas se humedecen aún más y al final resbalan sobre el cristal. «¡Maldita sea!», grita. Se levanta, se tambalea, da golpes en el techo para que el cochero detenga el caballo, y luego rebusca la llave. No hemos recorrido más que unos tres kilómetros, pero se apea de un salto y da unos pasos, tose. Se lleva la mano muchas veces al mechón de pelo rebelde que le cae sobre la frente. Le observo.
—Cómo te pareces a un maleante ahora —digo cuando vuelve a sentarse.
—¡Cómo te pareces tú a una dama! —responde con sorna.
Luego aparta la cara, descansa la cabeza en el almohadón, que se bambolea, y, con los párpados tirantes, finge que duerme. Mis ojos se mantienen abiertos. Miro a través del rombo de cristal el camino que hemos recorrido: una carretera roja y sinuosa, cubierta por una polvareda, como un reguero de sangre que se me escapa del corazón.
Parte del viaje lo hacemos en el coche del manicomio, pero después tenemos que abandonarlo y seguir en tren. Nunca he viajado en un tren. Lo aguardamos en una estación rural. Lo aguardamos en una posada, porque Richard teme todavía que mi tío haya enviado hombres a buscarnos. Hace que el posadero nos hospede en una habitación privada y que nos traiga té y pan con mantequilla. No miro a la bandeja. El té se enfría y se vuelve marrón, el pan se curva. Richard, delante del fuego, entrechoca las monedas que tiene en el bolsillo y estalla:
—Maldita seas, ¿crees que me sirven la comida gratis? —Se come él el pan con mantequilla—. Espero ver pronto mi dinero —dice—. Dios sabe que lo necesito, después de estar tres meses contigo y con tu tío, haciendo lo que él llama una tarea de caballero, y ganando un sueldo que a duras penas sufraga los gastos básicos. ¿Dónde está ese maldito maletero? Me pregunto cuánto pretenderán timarnos por los billetes.
Por fin aparece un chico para transportar nuestras maletas. Desde el andén del tren contemplamos las vías. Relucen, como lustradas. Al cabo de un rato empiezan a ronronear y luego zumban, de un modo desagradable, como los nervios de un diente que se cae. El zumbido se transforma en chillido. El tren llega lanzado sobre los raíles, con un penacho de humo en la cabeza y abriendo sus numerosas puertas.
Un velo me cubre la cara. Richard tiende una moneda al jefe de tren y le dice, con desparpajo: «¿Se ocupará de que mi esposa y yo viajemos hasta Londres con la mayor intimidad?». El jefe dice que sí, y cuando Richard se sienta en el vagón, enfrente de mí, está más enfadado que nunca.
—¡Que tenga que pagar a un tipo para que me tome por un lascivo y tenga que sentarme castamente al lado de mi mujer virgen! Permíteme que te diga ahora que llevo una cuenta separada de los gastos de este viaje, para cobrarte tu parte.
No digo nada. El tren ha vibrado, como si lo golpearan con martillos, y ahora empieza a rodar sobre las vías. Noto su velocidad creciente y me agarro a la correa de cuero colgante hasta que mi mano enguantada se me entumece y se ampolla. Así proseguimos viaje. Tengo la impresión de que debemos atravesar largas distancias. Comprenderán que mi sentido de la distancia y el espacio es bastante peculiar. Paramos en un pueblo de casas de ladrillo rojo y después en otro muy similar, y luego en un tercero algo más grande. En todas las estaciones hay lo que me parece un tropel de gente que clama para embarcar, hay el ruido sordo y la sacudida de puertas que se cierran. Tengo miedo de que la multitud sobrecargue el tren; de que lo vuelque, incluso.
Pienso que merezco morir aplastada en un descarrilamiento; y casi confío en que lo vuelquen. No lo hacen. La locomotora se embala poco a poco, luego reduce la velocidad y de nuevo hay calles y campanarios, más de los que nunca he visto; más casas, y entre ellas un tráfico constante de ganado y vehículos y gente. ¡Londres!, pienso, y el corazón me da un vuelco. Pero Richard me observa mientras miro, y su sonrisa es desagradable: «Tu hogar natural», dice. Al parar en la estación veo su nombre: MAIDENHEAD [5]
Aunque hemos viajado tan rápido no hemos recorrido más de treinta kilómetros, y todavía nos faltan otros treinta. Me acerco mucho al cristal, sin dejar de agarrarme a la correa, pero la estación está llena de hombres y mujeres, éstas en grupos y aquéllos caminando ociosos, y me atemorizan. El tren no tarda en emitir un silbido, arma toda su corpulencia y cobra de nuevo estrepitosa vida. Dejamos las calles de Maidenhead. Atravesamos arboledas. Más allá se extienden parques y casas, algunas tan grandes como la de mi tío, otras más. Hay, diseminadas, casas de campo con pocilgas, jardines con palos partidos para cultivar judías y tendederos de ropa. Cuando están llenos, la colada cuelga de ventanas, de árboles, de arbustos, de sillas y entre las varas de carros rotos: en todas partes hay ropa tendida, fláccida y amarilla.
Observo todo esto, sin cambiar de postura. Mira, Maud, me digo. Aquí está tu futuro. Aquí está tu libertad, que se despliega como un rollo de tela… Me pregunto si Sue estará muy ofendida. Me pregunto como será el lugar en que la han internado. Richard trata de traspasar mi velo con la mirada.
—¿No estarás llorando, verdad? —dice—. Vamos, no sigas afligiéndote por eso.
—No me mires —digo.
—¿Preferirías estar en Briar, con los libros? Sabes que no. Sabes que tú lo has querido. Pronto olvidarás la manera en que lo has conseguido. Créeme, yo conozco estas cosas. Lo único que necesitas es paciencia. Los dos tenemos que tenerla ahora. Tenemos que pasar muchas semanas juntos hasta que la fortuna sea nuestra. Lamento haberte hablado con rudeza antes. Vamos, Maud. Pronto estaremos en Londres. Te aseguro que allí las cosas te parecerán distintas…
No contesto. Por fin, con una maldición, desiste. El día se está oscureciendo; o, mejor dicho, se oscurece el cielo a medida que nos acercamos a la ciudad. Hay vetas de hollín sobre el cristal. El paisaje se vuelve poco a poco más sórdido. A las casas campestres empiezan a suplantarlas viviendas de madera, algunas con las ventanas y los suelos rotos. Los jardines ceden el paso a parcelas de maleza, y pronto a las malas hierbas las sustituyen zanjas, y a las zanjas canales oscuros, lóbregos eriales, montículos de piedras, suciedad o cenizas. Aun así, hasta las cenizas, pienso, forman parte de tu libertad…, y noto que, a mi pesar, nace en mí una especie de emoción. Pero después esta excitación se convierte en inquietud. Siempre he creído que Londres, al igual que una casa en un parque, es un lugar rodeado de muros: he imaginado que se erige recto, limpio y sólido. No he supuesto que se desparramara tan desigualmente por pueblos y barriadas. Lo había creído completo: pero ahora que lo veo hay extensiones de tierra mojada y roja, y trincheras abiertas; ahora aparecen casas a medio construir e iglesias inacabadas, con ventanas sin cristales, tejados sin pizarras y palos sobresalientes de madera, desnudos como huesos.
Ahora hay tantos manchones en el cristal que parecen defectos en la tela de mi velo. El tren empieza a ascender. La sensación no me gusta. Empezamos a cruzar calles, calles grises, negras, ¡tantas calles monótonas que pienso que nunca seré capaz de distinguirlas! ¡Qué caos de puertas y ventanas, de tejados y chimeneas, de caballos y coches, hombres y mujeres! ¡Qué amasijo de anuncios y rótulos chillones!: PERSIANAS VENECIANAS - ATAÚDES DE PLOMO - SEBO DE ACEITE - RETALES DE ALGODÓN . Palabras, por todas partes. Palabras de dos metros de altura. Palabras que gritan y braman: CUERO Y AFILADO - SE VENDE TIENDA - CUPÉS Y CALESAS - TINTES DE PAPEL - TOTALMENTE FINANCIADO - ¡SE ALQUILA! ¡SE ALQUILA! - POR SUSCRIPCIÓN VOLUNTARIA.
Hay palabras por toda la faz de Londres. Las veo y me tapo los ojos. Cuando vuelvo a mirar nos hemos hundido: paredes de ladrillo, recubiertas de una gruesa capa de hollín, se han alzado a ambos lados del tren y envuelven el vagón en una penumbra. Después aparece un gran, enorme techo abovedado de cristal empañado, hacia el que se elevan humaredas de vapor y pájaros revoloteando. Con un estruendo aterrador, el tren se detiene. Se oye el chirrido de otras locomotoras, ruidos de puertas, el desembarco apremiante tal me parece de más de mil personas.
—Terminal de Paddington —dice Richard—. Vamos.
Aquí se mueve y habla más deprisa. Está cambiado. No me mira; ojalá lo hiciese ahora. Busca a un maletero. Nos colocamos en una fila de gente conozco la palabra: una cola y esperamos un carruaje: un coche de alquiler, también conozco este término por los libros de mi tío. En estos vehículos está permitido besarse; pueden tomarse las libertades que uno quiera con un amante; se le puede pedir al cochero que rodee Regent's Parle. Conozco Londres: es una ciudad de oportunidades cumplidas. No conozco este sitio de alboroto y bullicio. Está lleno de designios que no comprendo. La uniformidad, la repetición incontable de ladrillos, casas, calles, personas; de ropas, facciones y expresiones, me aturden y me agotan. Me pongo al lado de Richard y le cojo del brazo. ¡Si me dejase aquí…! Suena un silbato y hombres de traje oscuro hombres corrientes, señores pasan corriendo por delante de nosotros. Por fin subimos a un coche y salimos brincando de la terminal a calles congestionadas y sucias. Richard me nota tensa.
—¿Te sobresaltan las calles? Me temo que tendremos que atravesar algunas peores —dice—. ¿Qué esperabas? Esto es la ciudad, donde hombres respetables viven codo a codo con la miseria. No te preocupes. No hagas caso. Vamos a tu nuevo hogar.
—A nuestra casa —digo. Pienso: Allí, con las puertas y ventanas cerradas, me calmaré. Me daré un baño, descansaré, dormiré.
—A nuestra casa —responde, y me mira un momento, antes de estirar la mano delante de mí—. Si la vista te molesta… —dice, y baja la persiana.
Y una vez más nos columpia el balanceo de un coche, en una especie de luz crepuscular, pero ahora nos circunda todo el fragor de Londres. No veo nada cuando rodeamos el parque. No veo nada del itinerario que sigue el cochero: quizás no lo reconocería aunque lo viese, a pesar de que he estudiado mapas de la ciudad y de que conozco la ubicación del Támesis. Cuando paramos no sabría decir cuánto tiempo ha durado el trayecto, tan preocupada estoy por la desesperada agitación de mis sentidos y mi corazón. Sé valiente, me digo. ¡Dios te maldiga, Maud! Anhelabas esto. Has abandonado a Sue, lo has abandonado todo. ¡Sé valiente! Richard paga al cochero y vuelve a buscar nuestro equipaje.
—Aquí tenemos que andar —dice. Me apeo sin ayuda, y pestañeo ante la luz, aunque aquí es muy tenue: hemos perdido el sol y el cielo, de todos modos, está tapado por nubes marrones, como la lana sucia de una oveja. Esperaba encontrarme en la puerta de su casa, pero aquí no hay casas: hemos entrado en calles que me parecen indeciblemente sórdidas y míseras; a un lado hay un gran muro muerto, y al otro los arcos de un puente manchados de cal. Richard se pone en marcha. Le agarro del brazo.
—¿Todo va bien?
—Perfectamente —contesta—. Vamos, no te alarmes. Todavía no podemos vivir con lujos. Y tenemos que entrar con sigilo, eso es todo.
—¿Temes todavía que mi tío haya mandado gente a vigilarnos?
Él echa a andar otra vez.
—Vamos. Enseguida podremos hablar bajo techo. Aquí no. Ven, por aquí. Recógete la falda.
Ahora camina más deprisa que nunca, y me cuesta seguirle. Cuando ve que me rezago carga las maletas con una mano y con la otra me agarra de la muñeca. «No falta mucho», dice, no sin deferencia, pero me aprieta fuerte. Dejamos esa calle y entramos en otra: en ella veo la fachada sucia y desconchada de lo que parece ser una gran mansión, pero que en realidad es la parte trasera de una hilera de viviendas estrechas. El aire huele a viciado, como a río. La gente nos mira con curiosidad. Aligeramos el paso. Pronto doblamos hacia un callejón de escorias crujientes. Allí hay un grupo de niños: forman un corro ocioso alrededor de un pájaro que da bandazos y saltos. Le han atado las alas con un cordel. Cuando nos ven, se acercan. Quieren dinero, o tirarme de la manga, de la capa, del velo. Richard les dispersa a patadas. Juran un rato y vuelven donde está el pájaro. Tomamos otro camino, más sucio, Richard apretándome cada vez más fuerte y andando cada vez más rápido; conoce el camino.
—Estamos muy cerca ya —dice—. No hagas caso de esta mugre, no es nada. Todo Londres es así de sucio. Un poquito más, te lo prometo. Y luego puedes descansar.
Y, por fin, reduce el paso. Hemos llegado a un patio, con ortigas y un suelo grueso de barro. Las paredes son altas y están recubiertas de humedad. Desde aquí no hay un acceso despejado, sino sólo dos o tres pasadizos techados y tenebrosos. Ahora me encamina hacia uno de ellos, pero es tan negro y sucio que de repente dudo y me debato para liberarme de su mano.
—Vamos —dice, girando en redondo, sin sonreír.
—¿Adónde vamos? —le pregunto.
—A tu nueva vida, que tanto tiempo ha esperado a que la emprendas. A nuestra casa. El ama de llaves nos está esperando. Venga. ¿O quieres que te deje aquí?
Su tono es fatigado y áspero. Miro hacia atrás. Veo los otros pasadizos, pero no el camino embarrado por donde hemos venido, como si las paredes relucientes se hubiesen separado para dejarnos pasar y luego cerrado sobre mí como una trampa. ¿Qué puedo hacer? No puedo volver sola hacia los niños, el laberinto de callejas, la calle, la ciudad. No puedo volver con Sue. No está previsto. Todo me ha ido empujando hasta aquí, hasta este punto oscuro. Debo seguir adelante o dejar de existir. Pienso de nuevo en la habitación que me está esperando: en la puerta, que voy a cerrar con llave; en la cama en la que voy a acostarme para dormir, dormir…
Vacilo un segundo más; luego le dejo que me conduzca al pasaje. Es corto y termina en un rellano de escalones bajos que descienden, a su vez, hasta una puerta a la que Richard llama. Al otro lado se oye en el acto el ladrido de un perro, seguido de pasos suaves y rápidos, y de un cerrojo chirriante. El perro se calla. La puerta se abre y aparece un chico rubio: el hijo del ama de llaves, supongo. Mira a Richard y asiente.
—¿Todo bien? —dice.
—Todo bien —responde Richard—. ¿Está tu tía? Mira, ésta es la señora que viene a quedarse.
El chico me inspecciona, le veo bizquear para distinguir mis rasgos por debajo del velo. Luego sonríe, asiente de nuevo, abre la puerta para que entremos y la cierra directamente a nuestra espalda. El cuarto que hay más allá es una especie de cocina; cocina de criados, me figuro, porque es pequeña y sin ventanas, oscura e insalubre, y hace un calor asfixiante; hay un buen fuego encendido, y una o dos lámparas humeantes encima de una mesa y quizás, después de todo, sea donde se alojan los mozos un brasero en una jaula, con utensilios encima. Junto al brasero está un hombre pálido con un delantal que, al vernos llegar, posa una horqueta o una lima, se limpia las manos y me examina de los pies a la cabeza, sin remilgos. Una muchacha y un chico están sentados delante del fuego: ella, pelirroja, rechoncha de cara, también me mira con el mayor descaro; él, cetrino y adusto, mastica con sus dientes rotos una tira de cecina, y lleva a pesar de mi confusión, me fijo en ello un abrigo extraordinario, que parece cosido con muchas variedades de piel. Sujeta entre las rodillas a un perro que se le escurre, con la mano en las fauces para impedir que ladre. Mira a Richard y después a mí. Examina mi abrigo, mis guantes y mi gorro. Silba.
—Valen una pasta esos perifollos —dice.
Entonces se encoge, porque, desde otra silla una mecedora, que cruje al moverse, una mujer de pelo blanco se agacha para pegarle. Supongo que es el ama de llaves. Me ha observado con mayor atención y avidez que cualquiera de los demás presentes. Tiene un bulto en las manos: ahora lo deja, se esfuerza en levantarse y el bulto se estremece. Es algo más asombroso que el brasero encendido y la chaqueta de pieles: es un bebé de cabeza hinchada que duerme envuelto en una manta.
Miro a Richard. Creo que va a hablar, o al menos guiarme hacia algún otro sitio. Pero me ha soltado la mano y se ha cruzado de brazos, sin la menor prisa. Está sonriendo, pero su sonrisa es extraña. Todo el mundo guarda silencio. Nadie se mueve, excepto la mujer de pelo blanco. Se ha levantado de la mecedora y se acerca a la mesa. Se oye el frufrú de su vestido de tafetán. Le reluce la cara colorada. Viene hacia mí, se me planta delante y su cabeza oscila mientras trata de distinguir mis rasgos. Mueve la boca, humedece los labios. Su mirada es atenta y tremendamente ansiosa. Me asusto cuando alza sus manazas rojas. «Richard», digo. Pero él sigue sin hacer nada, y la mirada de la mujer, tan espantosa y extraña, me subyuga. Permito que extienda la mano hacia mi velo. Lo levanta. Y entonces su mirada cambia, se vuelve aún más extraña cuando me ve la cara. Me toca una mejilla, como insegura de que no se desvanecerá bajo sus dedos. Mantiene sus ojos en los míos, pero le habla a Richard. Lágrimas de vieja, o lágrimas de emoción, le empañan la voz.
—Buen chico —dice.

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12

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:40 am

Entonces se produce una especie de caos. El perro ladra y salta, el bebé envuelto en una manta grita y otro bebé, en el que no he reparado está debajo de la mesa, dentro de una caja de hojalata, empieza a gritar también. Richard se quita el sombrero y el abrigo, deja nuestras maletas y se estira. El chico de cara adusta abre la boca y enseña la carne que está masticando.
—No es Sue —dice.
—Señorita Lilly —dice la mujer que tengo delante, en voz baja—. ¿No eres tú, la preciosa? ¿Estás muy cansada, querida? Has hecho un largo viaje.
—No es Sue —repite el chico, un poco más alto.
—Cambio de planes —dice Richard, sin mirarme—. Sue se ha retrasado para ocuparse de algunos detalles. Señor Ibbs, ¿cómo está usted?
—De maravilla, hijo —responde el hombre pálido. Se ha quitado el mandil y está calmando al perro.
El chico que nos ha abierto la puerta se ha ido. El pequeño brasero se está enfriando, crepita y se pone gris. La chica pelirroja se inclina sobre los bebés que berrean con un frasco y una cuchara, pero sigue mirándome a hurtadillas. El chico adusto dice:
—¿Cambio de planes? No entiendo.
—Ya entenderás —dice Richard—. A no ser que… Se pone un dedo sobre la boca y guiña un ojo.
La mujer, entretanto, sigue plantada delante de mí, describiendo mi cara con las manos y enumerando mis rasgos como si fueran cuentas ensartadas en una cuerda.
—Ojos castaños —dice, entre dientes; su aliento es dulce como azúcar—. Labios rosas, dos fresas.Barbilla bonita y delicada. Dientes blancos como porcelana. Mejillas… más bien blandas, yo diría. ¡Oh!
Me he quedado como en trance, y la dejo murmurar; me aparto de ella en cuanto noto que sus dedos me manosean la cara.
—¿Cómo te atreves? —digo—. ¿Cómo te atreves a hablarme? ¿Cómo se atreven a mirarme todos? Y tú… —Voy hacia Richard y le cojo del chaleco—. ¿Qué es esto? ¿Dónde me has traído? ¿Qué saben de Sue aquí?
—Eh, eh —dice el hombre pálido con suavidad. El chico se ríe. La mujer parece compungida.
—Tiene voz, ¿a que sí? —dice la chica.
—Como la hoja de un cuchillo —dice el hombre—. Así de limpia.
Richard topa con mi mirada y aparta la suya.
—¿Qué puedo decir yo? —Se encoge de hombros—. Soy un maleante.
—¡Ahora no me vengas con tus poses! —digo.- Dime qué significa esto. ¿De quién es esta casa? ¿Es tuya?
—¡Si es suya! —dice el chico, riéndose más fuerte, y atragantándose con la cecina.
—John, cállate o te zurro —dice la mujer—. No le hagas caso, señorita Lilly. Te lo suplico, ¡no le hagas caso!
Siento que se retuerce las manos, pero no la miro. Mantengo los ojos fijos en Richard.
—Dímelo —digo.
—No es mía —responde por fin.
—¿No es nuestra? —Él mueve la cabeza—. ¿De quién es, entonces?
Se frota los ojos: Está cansado.
—Es de ellos —dice, señalando con un gesto al hombre y a la mujer—. Es su casa, en el barrio.
El barrio… Le he oído decir el nombre un par de veces. Guardo silencio un momento, repensando sus palabras; después pierdo el ánimo.
—La casa de Sue —digo—. La casa de Sue, la de los ladrones.
—Ladrones honrados —dice la mujer, acercándose— ¡con quienes nos conocen!
Pienso: ¡La tía de Sue! En una ocasión me apiadé de ella. Ahora me vuelvo y estoy a punto de escupirle.
—¿Quieres apartarte de mí, bruja?
En la cocina se hace el silencio. Además, parece más oscura y cerrada. Todavía aferró el chaleco de Richard. Cuando quiere desasirse, aprieto más fuerte. Mis pensamientos corren como liebres. Pienso: Se ha casado conmigo y me ha traído aquí para deshacerse de mí. Quiere quedarse con todo mi dinero. Se propone darles una parte irrisoria para que me maten, y Sue se me abate el ánimo cuando lo pienso, incluso en mitad de mi zozobra y confusión… liberarán a Sue. Ella lo sabe todo.
—¡No lo harás! —digo, levantando la voz—. ¿Crees que no sé lo que te propones? ¿Lo que os proponéis todos? ¿Lo que habéis planeado?
—No sabes nada, Maud —responde él. Trata de soltarme la mano del chaleco. No le dejo. Pienso que si logra zafarse sin duda me matarán. Forcejeamos durante un segundo—. ¡Las costuras, Maud! — dice. Se libera de mis dedos. Entonces le agarro del brazo.
—Sácame de aquí —digo. Lo digo pensando: ¡Que no se den cuenta de que tienes miedo! Pero mi voz se ha vuelto más aguda y no consigo infundirle firmeza—. Llévame ahora mismo a la calle y a un coche.
El mueve la cabeza y mira a otra parte.
—No puedo —dice.
—Llévame ahora mismo o me voy sola. Encontraré el camino… ¡He visto el trayecto! ¡He tomado buena nota…! ¡Y encontraré a… a un policía!
El chico, el hombre pálido, la mujer y la chica, todos se acobardan o dan un respingo. El perro ladra.
—Vamos, vamos —dice el hombre, acariciándose el bigote—. Tienes que cuidar tu manera de hablar, querida, en una casa como ésta.
—¡Eres tú el que tiene que andarse con cuidado! —digo. Recorro las caras—. ¿Qué piensas que vas a sacar de esto? ¿Dinero? Oh, no. Eres tú el que debe andar con ojo. ¡Todos vosotros! Y tú, Richard, tú… eres el que más tiene que perder si encuentro a un policía y empiezo a hablar.
Pero Richard no dice ni pío.
—¿Me has oído? —grito.
El hombre tuerce el gesto de nuevo y se mete el dedo en la oreja, como para limpiarla de cera.
—Como un cuchillo, ¿verdad? —dice, hablando con nadie y a la vez con todos.
—¡Maldito! —digo. Miro rabiosamente alrededor y luego me abalanzo de pronto sobre mi maleta.
Pero Richard llega antes, la ensarta con su larga pierna, usándola como un gancho, y la arrastra por el suelo, como jugando. El chico la coge y se la coloca sobre las rodillas. Saca un cuchillo y empieza a hurgar en la cerradura. La hoja destella. Richard se cruza de brazos.
—Ya ves que no puedes irte, Maud —se limita a decir—. No puedes irte sin nada.
Se ha desplazado hasta la puerta y está delante de ella. Hay otras puertas que quizás llevan a una calle, quizás tan sólo a otros cuartos oscuros. No sabré elegir la buena.
—Lo siento —dice él.
El cuchillo del chico destella otra vez. Ahora me matarán, pienso. Este mismo pensamiento es como una hoja con un filo increíble, pues ¿no he querido abandonar mi vida en Briar? ¿No me ha alegrado ver cómo se alejaba? Supongo que ahora se disponen a matarme, y tengo más miedo del que habría podido imaginar, miedo de todo, de cualquier cosa.
Idiota, me digo. Pero a ellos les digo: «¡No lo haréis! ¡No lo haréis!». Corro primero hacia un lado y después hacia el otro; por ultimo, me precipito, no hacia la puerta que hay a la espalda de Richard, sino sobre el bebé dormido y de cabeza hinchada. Lo cojo, lo zarandeo y le pongo la mano en el cuello.
—¡No lo haréis! —repito—. Malditos, ¿creéis que he llegado tan lejos para esto? —Miro a la mujer
—. ¡Antes mataré a tu bebé! —Creo que lo habría hecho—. ¡Mira! ¡Lo voy a asfixiar!
El hombre, la chica y el chico miran con interés. La mujer parece apenada.
—Querida mía —dice—, ahora mismo tengo siete bebés aquí. Que sean seis, si quieres. Que queden cinco —dice, señalando a la caja de hojalata de debajo de la mesa—. A mí me da igual. Creo que voy a dejar este negocio, de todas formas.
La criatura que tengo en brazos sigue durmiendo, pero da una patada. Noto los rápidos latidos de su corazón entre mis dedos, y hay una agitación en la coronilla de su cabeza inflada. La mujer sigue mirando. La chica se pone la mano en el cuello y se lo frota. Richard busca un cigarro en su bolsillo. Dice, entretanto:
—Suelta al condenado crío, Maud, ¿quieres?
Lo dice con suavidad, y cobro conciencia de mí misma y de mis manos en la garganta de un bebé. Lo deposito con cuidado en la mesa, entre los platos y tazas de loza. Al instante, el chico retira el cuchillo del cierre de la maleta y lo blande por encima de la cabeza.
—¡Ja, ja! —exclama—. La señora no va a hacerlo. ¡Será para John Vroom enterito, labios, nariz y orejas!
La chica chilla, como si le hicieran cosquillas. La mujer dice ásperamente:
—Ya basta. ¿O es que todos mis niños van a ir a parar de sus cunas a la tumba? Dainty, ocúpate del pequeño Sidney antes de que se escalde. La señorita Lilly va a pensar que está entre salvajes. Señorita Lilly, veo que eres una chica de carácter. No esperaba menos. Pero ¿no pensarás que queremos hacerte daño? —Se me acerca otra vez. No puede evitar tocarme; ahora me pone la mano encima y me acaricia la manga. ¿No pensarás que aquí se te recibe peor que a los demás?
Todavía tiemblo un poco.
—No creo —digo, zafándome de sus manos— que quieran hacerme algo bueno, ya que insisten en retenerme aquí, cuando está claro que quiero irme.
Ella ladea la cabeza.
—¿Oyes lo bien que habla, Ibbs? —dice. El hombre dice que sí. Ella vuelve a acariciarme—. Siéntate, querida. Mira esta silla: viene de una gran mansión, quizás te espera a ti. ¿No quieres quitarte la capa y el gorro? Vas a sofocarte en esta cocina tan caliente. ¿No vas a quitarte los guantes? Bueno, tú sabrás.
He cerrado los puños. Richard cruza con la mujer una mirada.
—La señorita Lilly —dice en voz baja— es algo maniática con los dedos. La obligaron a llevar guantes desde niña. —Baja el tono aún más, y pronuncia de un modo exagerado las últimas palabras—. La obligó su tío.
La mujer pone cara de enterada.
—Su tío —dice—. Lo sé todo de él. Le hacía mirar un montón de libros sucios, franceses. ¿Y te tocaba, querida, donde no debía? Ya no importa. Eso no importa nada aquí. Yo siempre digo, mejor tu tío que un desconocido… Oh, vaya, ¿no es una pena?
Me he sentado para disimular el temblor de mis piernas, pero antes he ahuyentado a la mujer. Mi silla está cerca del fuego y ella tiene razón, hace calor, muchísimo calor, las mejillas me arden pero no debo moverme, tengo que pensar. El chico sigue hurgando en la cerradura. «Libros franceses», dice, con una risita. La chica pelirroja tiene los dedos del bebé en la boca y se los chupa, indolentemente. El hombre se ha acercado. La mujer continúa a mi lado. La luz del fuego resalta su barbilla, una mejilla, un ojo, un labio. El labio es terso. Se lo humedece. Vuelvo la cabeza, pero no la mirada. «Richard», digo. No me responde. «¡Richard!». La mujer extiende la mano, desata la cinta de mi gorro y me lo quita de la cabeza. Me toca el pelo, luego coge un mechón y lo frota entre los dedos.
—Muy rubio —dice, como maravillada—. Rubísimo, casi como el oro.
—¿Quieres venderlo? —digo—. ¡Toma, cógelo! —Le arrebato el mechón y lo desprendo de sus alfileres—. Ya ves —digo cuando ella hace una mueca de dolor— que no me haces más daño del que me hago yo. Ahora suéltame.
Ella mueve la cabeza.
—Te estás poniendo furiosa, querida, y vas a estropearte ese bonito pelo. No queremos hacerte daño. Este es John Vroom, mira, y ella es Delia Warren, a la que llamamos Dainty; tendrás que acostumbrarte a pensar que son tus primos, espero, andando el tiempo. Y el señor es Humphrey Ibbs: te ha estado esperando, ¿no es verdad, Ibbs? Y aquí estoy yo. Te he esperado con más impaciencia que nadie. Madre mía, ha sido durísimo.
Suspira. El chico la mira con cara de pocos amigos.
—Que me aspen —dice— si sé por qué lado sopla el viento ahora. —Me señala con un gesto—. ¿No tendría que estar —se estrecha el torso con los brazos, saca la lengua, pone los ojos en blanco— en un pabellón de violentos?
La mujer levanta el brazo y él retrocede, medroso.
—No seas insolente —dice, ferozmente. Y a continuación, mirándome con dulzura—: La señorita Lilly va a compartir su suerte con nosotros. La señorita Lilly todavía no ve las cosas claras… ¿Quién las vería en su lugar? Señorita Lilly, apostaría a que no has probado bocado desde hace unas horas. ¿Qué tenemos que te tiente? —Se frota las manos—. ¿Te apetecería una chuleta de cordero? ¿Un pedazo de queso de bola? ¿Pescado? Hay un puesto en la esquina que vende toda clase de pescado; dime cuál quieres y Dainty saldrá a buscarlo y te lo freirá en menos que canta un gallo. ¿Qué quieres comer? Mira, tenemos platos de porcelana dignos de unos reyes. Tenemos tenedores de plata… Ibbs, pásame uno de esos tenedores. Mira éste, querida. Un poquito tosco el mango, ¿no? No tiene importancia, cielo. Es donde raspamos la divisa. Pero fíjate en el peso. ¿No son preciosos, los dientes? Han alimentado la boca de un diputado del Parlamento. ¿Tomarás pescado o chuleta, querida?
Se inclina hacia mí con el tenedor cerca de mi cara. Lo aparto.
—¿Crees que voy a sentarme a cenar con vosotros? —digo—. ¿Con alguno de vosotros? Por Dios, ¡si me avergonzaría de teneros por criados! ¿Compartir mi suerte con esta gente? Prefiero arruinarme. ¡Preferiría morir!
Hay un segundo de silencio, y luego:
—Vaya cabreo que tiene, ¿no? —dice el chico.
Pero la mujer mueve la cabeza, casi con admiración.
—Dainty se cabrea —responde—. Hasta yo me cabreo. Cualquier chica corriente puede cabrearse. Pero una dama tiene algo distinto. ¿Cómo lo llaman, Caballero? —le pregunta a Richard, que se ha agachado, cansinamente, para tirar de las orejas al perro babeante.
—Hauteur —contesta él, sin alzar la vista.
—Hauteur —repite ella.
—Mersí —dice el chico, mirándome con desdén—. No me habría gustado nada tomarlo por malos modales y largarle un puñetazo.
Sigue tratando de forzar el cierre de mi maleta. El hombre le mira y tuerce el gesto.
—¿Todavía no has aprendido a abrir una cerradura? —dice—. No la revientes, chico. Es cuestión dehabilidad. Estás a punto de cargártela.
El chico asesta un navajazo final, con la cara ensombrecida.
—¡Cojones! —dice. Es la primera vez que he oído decir esta palabra como un juramento. Saca de la cerradura la punta del cuchillo y la introduce en el cuero de debajo, y antes de que yo pueda impedirlo con un grito él ya lo ha rasgado con un largo tajo.
—Bueno, muy propio de ti —dice el hombre, complacido.
Ha sacado una pipa y la enciende. El chico mete la mano por la raja del cuero. Le observo y me invade el frío, a pesar de que una mejilla me sigue ardiendo a causa del calor del fuego. La perforación de la maleta me ha conmocionado más de lo que acierto a expresar. Empiezo a temblar.
—Por favor —digo—. Por favor, devolvedme mis cosas. No diré nada a la policía si me devolvéis mis pertenencias y me dejáis irme.
Supongo que hay en mi voz un tono nuevo y lastimero, pues todos se vuelven a mirarme y la mujer se me aproxima otra vez y vuelve a acariciarme el pelo.
—¿No estarás asustada? —dice con asombro—. ¿No te habrá asustado John? Vaya, sólo estaba jugando. John, ¿cómo te atreves? Deja ese cuchillo y pásame la bolsa de la señorita Lilly. Aquí la tienes. ¿Te apena el estropicio, querida? Bueno, es un cachivache, y parece que no lo han usado en cincuenta años. Te agenciaremos uno como es debido. ¿Verdad que sí?
El chico gruñe, y a regañadientes entrega la maleta; cuando la mujer me la da, abrazo mi equipaje. Me suben las lágrimas por la garganta.
—Bua, bua —dice el chico con asco, al verme tragar saliva. Se inclina y me lanza una mirada despectiva—. Me gustaba más cuando era una silla.
Estoy segura de que dice eso. La palabra me desconcierta, y me retraigo. Giro la cabeza para ver a Richard.
—Por favor, Richard —digo—. Por el amor de Dios, ¿no te basta con haberme engañado? ¿Cómo puedes quedarte tan tranquilo mientras me atormentan?
El sostiene mi mirada y se atusa la barba. Le dice a la mujer:
—¿No tiene un sitio más recogido donde pueda estar?
—¿Más recogido? —dice ella—. Bueno, tengo un cuarto preparado. Pero pensé que la señorita Lilly primero querría calentarse la cara aquí abajo. ¿Quieres subir ahora, encanto? ¿Arreglarte el pelo? ¿Lavarte las manos?
—Lo que quiero es que me indiquen el camino a la calle y que llamen a un coche —contesto—. Solamente eso.
—Bien, te pondremos junto a una ventana, para que veas la calle. Vamos, querida. Permíteme que te coja la maleta. ¿No quieres que la toque? De acuerdo. ¡Vaya chica más fuerte! Caballero, ven tú también, ¿por qué no? ¿Te quedas en tu antigua habitación, en el último piso?
—Sí —dice él—, si me la deja. Durante la espera.
Intercambian una mirada. Ella me ha puesto encima una mano y, rehuyendo su contacto, me levanto. Richard se me acerca. También le rehúyo a él y, escoltada por los dos como un par de perros amenazando a una oveja en un redil, salgo de la cocina y me conducen, tras franquear una puerta, hacia una escalera. Allí está más oscuro y hace más frío, siento una corriente que quizás viene de una puerta que da a la calle, y reduzco el paso; pero pienso asimismo en lo que ha dicho la mujer acerca de una ventana: presumo que desde ella podré gritar o saltar a la calle o arrojarme por ella si tratan de lastimarme. La escalera es estrecha y sin alfombra; aquí y allí, en los peldaños, hay tazas melladas de loza, llenas hasta la mitad de agua, que contienen mechas flotantes y proyectan sombras.
—Recoge las faldas, querida, sobre las llamas —dice la mujer, que me precede. Richard viene detrás.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:40 am

Al final de la escalera hay puertas, todas ellas cerradas: la mujer abre la primera y me muestra una cuartito cuadrado. Una cama, una jofaina, una caja, una cómoda, un biombo de crines… y una ventana, a la que me encamino de inmediato. El picaporte lleva mucho tiempo roto: los marcos están asegurados con clavos. La vista es una franja de una calle embarrada, una casa con postigos de color pomada y orificios en forma de corazones, una pared de ladrillo con espirales y curvas pintadas en ella con tizas amarillas.
Lo examino todo, sin soltar mi maleta, pero los brazos empiezan a pesarme. Oigo que Richard se detiene, luego sube un segundo tramo de escaleras y deambula por el cuarto de arriba. La mujer se dirige a la jofaina y vierte en ella un poco de agua de la jarra. Ahora advierto mi error al haber corrido a la ventana, pues ella se interpone entre la puerta y yo. Es robusta y tiene los brazos gruesos. Creo, sin embargo, que podría apartarla de un empujón si la pillara desprevenida.
Quizás ella esté pensando lo mismo. Sus manos se ciernen sobre la palangana, su cabeza se ladea, pero me está observando de la misma forma atenta y ansiosa que antes, mitad sobrecogida y mitad admirativa.
—Aquí hay jabón perfumado —dice—. Y aquí tienes un peine. Y aquí un cepillo. —Yo no abro la boca—. Aquí tienes una toalla para la cara. Y aquí agua de colonia. —Quita el tapón del frasco y el líquido se derrama. Viene hacia mí, con la muñeca desnuda y mojada por el nauseabundo perfume—. ¿No te gusta el espliego?
Me he distanciado de ella y miro hacia la puerta. Llega claramente desde la cocina la voz del chico: ¡Eres una furcia!
—No me gusta que me engañen —digo, avanzando otro paso.
Ella también avanza.
—¿Qué engaño, querida?
—¿Crees que yo quería venir aquí? ¿Crees que quiero quedarme?
—Creo que sólo estás asustada. Creo que no eres tú misma.
—¿Yo misma? ¿Qué soy yo para ti? ¿Quién eres para decirme cómo debería o no debería ser?
Al oír esto baja la mirada. Se cubre la muñeca con la manga, vuelve a la jofaina, toca otra vez el jabón, el peine, el cepillo y la toalla. Abajo arrastran una silla por el suelo, algo cae o lo tiran, el perro ladra. Arriba, Richard camina, tose, murmura. Si voy a huir, tengo que hacerlo ahora. ¿Hacia dónde voy? Abajo, abajo, por donde he venido. ¿Cuál era la puerta, al fondo, por la que he entrado, la segunda o la primera? No estoy segura. Da igual, pienso. ¡Vete ya! Pero no lo hago. La mujer levanta la cara, capta mi mirada, yo vacilo; y en este momento de duda Richard atraviesa el cuarto y baja pesadamente la escalera. Entra en la habitación. Lleva un cigarrillo detrás de la oreja. Se ha remangado hasta el codo y tiene la barba oscurecida por el agua. Cierra la puerta y pasa el cerrojo.
—Quítate la capa, Maud —dice.
Yo pienso: Va a estrangularme.
No me desato la capa y retrocedo despacio, alejándome de él y de la mujer, hacia la ventana. Romperé el cristal con el codo si es preciso. Caeré a la calle, gritando. Richard me mira y suspira. Agranda los ojos.
—No hace falta que pongas esa cara de conejo —dice—. ¿Crees que te hubiese traído hasta aquí para hacerte daño?
—¿Y tú crees que voy a confiar en que no lo harás? —respondo—. Tú mismo me dijiste en Briar que por el dinero estabas dispuesto a todo. ¡Ojalá entonces hubiera escuchado mejor! Dime ahora que no te propones arrebatarme toda mi fortuna. Dime que no piensas conseguirla por medio de Sue. Supongo que irás a recogerla al cabo de un tiempo. Supongo que para entonces ya estará curada. —Se me encoge el corazón—. La inteligente Sue. Una buena chica.
—Cállate, Maud.
—¿Por qué? ¿Para matarme en silencio? Adelante, hazlo. Y vive con esa crimen en la conciencia, en el supuesto de que tengas una.
—Te aseguro que a nadie iba a importarle que te asesinen —dice, rápidamente y con ligereza. Se aprieta los ojos con los dedos—. Pero a la señora Sucksby no le gustaría.
—Ella —digo, mirándola de reojo. Sigue observando el jabón, el cepillo, sin decir nada—. ¿Haces todo lo que ella te manda?
—Todo, en este caso. —Lo dice en serio; y como titubeo, sin entenderle, prosigue—: Escúchame, Maud. El plan entero era de ella. De principio a fin. Y, por granuja que yo sea, no lo soy tanto como para estafarle a ella.
Su expresión parece sincera, aunque también me lo había parecido con anterioridad.
—Estás mintiendo —digo.
—No. Es la verdad.
—El plan es de ella. —No consigo creerlo—. ¿Ella te ha enviado a Briar, a casa de mi tío? ¿Y, antes de eso, a París? ¿A ver a Hawtrey?
—Me envió a buscarte. Da igual los caminos retorcidos que he tomado para llegar a donde tú estabas. Quizás los habría tomado de todas maneras, sin saber adonde conducían. ¡Podría haber pasado sin verte! Tal vez muchos hombres lo hayan hecho. No tienen a la señora Sucksby guiando sus pasos.
Miro a uno y a otra.
—Ella sabía lo de mi fortuna, entonces —digo, al cabo de un rato—. Lo sabía todo el mundo, supongo. Ella conocía, ¿a quién? ¿A mi tío? ¿A un criado de la casa?
—Te conocía a ti, Maud, antes que casi todo el mundo.
La mujer, finalmente, alza la vista hasta mi cara y asiente.
—Conocí a tu madre —dice.
¡Mi madre! Me llevo la mano al cuello; es curioso, porque el retrato de mi madre está con mis joyas, su cinta se ha deshilachado, no lo he llevado puesto desde hace años. ¡Mi madre! He venido a Londres para huir de ella. Ahora, de repente, pienso en su tumba en el parque de Briar, desatendida, descuidada, en la piedra blanca que empieza a grisear.
La mujer sigue mirándome. Dejo caer una mano.
—No te creo —digo—. ¿Mi madre? Dime cómo se llamaba.
Ella pone una expresión taimada.
—Lo sé —dice—, pero no te lo diré todavía. Pero te diré por qué letra empieza. Empieza por M, como tu nombre. Te diré la segunda letra. Es una A. ¡Vaya, también como tu nombre! Pero en la letra siguiente hay un cambio. Es una R…
Lo sabe, sé que lo sabe. ¿Cómo lo sabe? Escudriño su cara, sus ojos, sus labios. Me resultan conocidos. ¿Qué es? ¿Quién es?
—Una enfermera —digo—. Eras enfermera…
Pero ella mueve la cabeza y casi sonríe.
—¿Por qué iba a serlo?
—¡Entonces no lo sabes todo! —digo—. ¡No sabes que nací en un manicomio!
—¿Ah, sí? —responde rápidamente—. ¿Por qué lo dices?
—¿Crees que no me acuerdo de mi propia casa?
—Creo que te acuerdas del lugar donde viviste de niña. Todos nos acordamos. Eso no significa que nacieses allí.
—Sé que nací allí —digo.
—Eso te dijeron, me figuro.
—¡Lo saben todos los criados de mi tío!
—Quizás también se lo dijeron a ellos. ¿Por eso va a ser verdad? Quizás sí, quizás no.
Mientras habla, se desplaza desde la jofaina a la cama y se sienta en ella, lenta y pesadamente. Mira a Richard. Se lleva la mano a una oreja y se frota el lóbulo. En un alarde de tranquilidad dice:
—¿Te parece bien tu habitación, Caballero? —Averiguo así, que aquí, entre los rateros, le llaman por este nombre—. ¿Está a tu gusto? —El asiente. Ella vuelve a mirarme—. Reservamos ese cuarto — continúa, con el mismo tono ligero, amigable y peligroso— para que Caballero se aloje cuando viene. Es un cuarto alto y muy apartado, te lo aseguro. Ahí ha habido toda clase de asuntos. Se sabe que ha venido gente, a la chita callando - finge sorpresa—, bueno, como has venido tú, a pasar uno o dos días, dos semanas, ¿quién sabe cuánto tiempo?, escondidos ahí arriba. Paisanos, quizás, con los que a la policía le habría gustado tener una charla. No los encontraron, ¿ves?, cuando vinieron a buscarlos. Chicos, chicas, niños, señoras…
Aquí hace una pausa. Palmea el espacio a su lado.
—¿No quieres sentarte, querida? ¿No tienes ganas? Quizás dentro de un minuto. —Cubre la cama una manta, un edredón de cuadrados de colores, toscamente tejidos y cosidos juntos. Ella empieza a tirar de una costura, como distraída—. ¿De qué estaba hablando? —dice, mirándome a los ojos.
—De señoras —dice Richard. Ella mueve la mano y levanta un dedo.
—De señoras —dice—. Eso es. Por supuesto, vienen tan pocas damas de verdad que se te quedan grabadas en la memoria. Me acuerdo de una, en especial, que vino… Ah, ¿cuánto tiempo hará? ¿Dieciséis años? ¿Diecisiete, dieciocho? —Me mira la cara—. A ti te parecerá mucho tiempo, cielo. Toda una vida, ¿no? Sólo que espera a tener mi edad, querida. Entonces los años pasan todos a la vez. Todos a la vez, como tantas lágrimas… —Da un tirón con la cabeza y contiene el aliento, con un suspiro atribulado y breve. Aguarda. Pero yo sigo callada, fría, cautelosa, y no digo nada. Entonces ella prosigue —. Pues aquella señora —dice— no era mucho mayor que tú ahora. Pero estaba en un apuro. Le había dicho mi nombre una mujer del barrio que se ocupaba de chicas y de sus problemas. ¿Sabes de qué hablo, querida? ¿De cuando las chicas se ponen pachuchas, como es lo natural cada cierto tiempo, después de no tener ya indisposiciones? —Mueve la mano, hace una mueca—. Nunca hice eso. No era mi terreno. Mi idea era que si no va a matarle cuando salga, más vale tenerlo y venderlo; o, mejor aún, ¡dármelo a mí para que yo lo venda! O sea, a gente que quiere niños para tenerlos como criados o aprendices, o como hijos e hijas normales. ¿Sabías, querida mía, que hay gente así en el mundo? ¿Y gente como yo, que suministra niños? ¿No? —Tampoco respondo. Mueve la mano otra vez—. Bueno, quizás la señora de la que estoy hablando no lo sabía tampoco hasta que vino a verme. Pobrecilla. La mujer del barrio había intentado ayudarla, pero estaba ya muy avanzada, sólo había conseguido que enfermara. «¿Dónde está su marido?», le pregunté, antes de hacerla pasar. «¿Dónde está su madre? ¿Dónde está toda su familia? No la seguirán hasta aquí, ¿verdad?». Dijo que no la seguían. No estaba casada y ahí estaba el problema, por supuesto. Su madre había muerto. Se había fugado de una gran mansión, a sesenta kilómetros de Londres, río arriba, dijo… —Asiente, sin apartar sus ojos de los míos. Tengo más frío que nunca—. Su padre y su hermano la estaban buscando, probablemente con intención de matarla; pero me juró que nunca la encontrarían en el barrio. En cuanto al caballero que era el causante del aprieto, diciendo que la amaba…, pues el hombre tenía esposa y un hijo, y la había abandonado a su desgracia, y se lavaba las manos… Como hacen ellos, desde luego. ¡Lo cual, en un negocio como el mío, es muy de agradecer! - Sonríe, casi guiña un ojo. —La dama tenía dinero —prosigue—. La admití en casa y la alojé arriba. Quizás no debiera haberlo hecho. Ibbs me dijo que no debía, porque yo ya tenía cinco o seis bebés en casa, y estaba derrengada y nerviosa, más todavía porque acababa de dar a luz un bebé mío, que se murió… —Aquí su expresión cambia, y agita una mano delante de sus ojos—. Pero no voy a hablar de esto. No quiero hablar de esto.
Traga saliva y mira a su alrededor por un momento, como si buscara el hilo perdido de su relato. Luego parece encontrarlo. La confusión se disipa en su cara, topa con mi mirada y señala con un gesto hacia arriba. Miro con ella hacia el techo. Es de un color amarillo sucio, veteado de gris por el humo de lámparas.
—La pusimos ahí arriba —dice—, en el cuarto de Caballero. Y me pasaba el día entero sentada a su lado, cogiéndola de la mano, y todas las noches la oía dar vueltas en la cama, llorando. Casi se te partía el corazón. Era más inofensiva que un vaso de leche. Pensé que se moriría. También el señor Ibbs. Creo que hasta ella lo pensaba, porque le faltaban todavía dos meses, y cualquiera podía ver que no tendría fuerzas para llegar al final. Pero quizás también el bebé lo sabía…, a veces lo saben. Así que lleva una semana aquí cuando rompe aguas y la criatura empieza a salir. Tarda un día y una noche. ¡Quiere salir! Aun así es una cosa diminuta, pero su madre, que está muy débil, ya no puede más. Entonces oye llorar a su bebé y levanta la cabeza de la almohada. «¿Qué es eso, señora Sucksby?», dice. «¡Es su bebé, querida!», le digo. «¿Mi bebé?», dice ella. «¿Es un chico o una chica?». «Es una niña», digo. Y cuando ella lo oye grita, con toda la fuerza de sus pulmones: «¡Que Dios la ayude, entonces! Porque el mundo es cruel con las mujeres. ¡Ojalá hubiera muerto, y yo con ella!».
Mueve la cabeza, levanta las manos, las deja caer sobre las rodillas. Richard se apoya en la puerta. En ella hay un gancho del que cuelga una bata de seda: él ha cogido el cinturón de la bata y se lo está pasando por la boca. Tiene los ojos clavados en los míos, los párpados un poco caídos: su expresión es indescifrable. De la cocina, abajo, llegan risas y un chillido entrecortado. La mujer escucha y emite otro de sus suspiros compungidos.
—Es Dainty, otra vez llorando… —Pone los ojos en blanco—. ¡Pero cuánto he hablado! ¿Verdad, señorita Lilly? ¿No te canso, cielo? No hay gran cosa de interés, quizás, en estas viejas historias…
—Sigue —le digo. Tengo la boca seca, se me pega—. Sigue contando lo de aquella mujer.
—¿La que tuvo la niña? Era una cosita de nada, la pobre: rubia, con los ojos azules…, bueno, todos nacen con los ojos azules, y más adelante se oscurecen, claro…
Mira intencionadamente a mis ojos castaños. Parpadeo y me sonrojo. Pero pongo una voz neutra.
—Sigue —repito—. Sé lo que quieres decirme. Dímelo ya. La mujer quería que su hija muriese. ¿Qué más?
—¿Que la niña muriese? —Mueve la cabeza—. Eso dijo. Eso dicen las mujeres, a veces. Y algunas veces lo dicen en serio. Pero ella no. Aquella niña lo era todo para ella, y cuando le dije que era mejor que me la diese, en lugar de quedársela, se puso como una loca. «¿Pero acaso quiere criarla usted misma?», dije. «¿Usted, una señora sin marido?». Dijo que se haría pasar por una viuda, que iría al extranjero, donde no la conocía nadie, y que se ganaría la vida como costurera. «Me ocuparé de que mi hija se case con un hombre pobre antes de que conozca mi deshonra», dijo. «Se acabó la vida holgada». Así pensaba la pobre, y por más que le expliqué qué era lo más sensato, no conseguí quitárselo de la cabeza: prefería ver a su hija llevando una vida modesta pero honrada que devolverla al mundo pudiente del que ella procedía. Quería marcharse a Francia en cuanto recobrara las fuerzas… Y ahora le digo que pensé que era una insensata, pero me habría cortado el brazo por ayudarla, de buena y sencilla que era.
Suspira.
—Pero son los buenos y sencillos los que están destinados a sufrir en este mundo… ¿Acaso no es así? Seguía muy débil y su hija apenas crecía. Pero no paraba de hablar continuamente de Francia, era lo único en que pensaba, hasta que una noche yo la estaba acostando cuando oí que llamaban a la puerta de la cocina. Era la mujer del barrio que me había mandado a la señora: en cuanto veo su cara sé que hay problemas. Los hay. ¿Qué te parece? El padre y el hermano han encontrado finalmente su pista. «Vienen hacia aquí», dice la mujer. «Que Dios me perdone, no tenía la menor intención de decirles dónde vives, pero el hermano tenía un bastón y me ha azotado». Me enseña la espalda y la tiene negra. «Han ido a buscar un coche», me dice, «y un matón que les ayude. Calculo que dispones de una hora. Saca de aquí a la señora, si quiere irse. ¡Procura esconderla o echarán la casa abajo!». »¡Bueno! La pobrecilla me había seguido abajo y lo había oído todo, y empezó a chillar. “¡Oh, estoy perdida!”, dijo. “¡Oh, si por lo menos consiguiera llegar a Francia!” Pero bajar la escalera casi la había matado, tan débil estaba. “¡Se llevarán a mi bebé!”, dijo. “¡Se la llevarán y se quedarán con ella! ¡La meterán en aquella casona y será como encerrarla en una tumba! ¡Se la llevarán y la pondrán en mi contra…! ¡Oh, y ni siquiera le he puesto todavía un nombre! ¡No le he puesto nombre!…” No decía otra cosa: “¡No le he puesto nombre!” “¡Pues póngaselo ahora!”, le dije, sólo para sosegarla. “Póngale uno, deprisa, ahora que todavía puede”. “¡Sí, voy a hacerlo!”, dijo. “¿Pero qué nombre le pongo?” “Bueno, le dije, piénselo: va a ser una dama, en definitiva, ahora no tiene más remedio. Póngale un nombre adecuado. ¿Cómo se llama usted? Póngale el suyo”. A ella se le oscureció la cara. Dijo: “Mi nombre es odioso, prefiero maldecirla antes de permitir que alguien la llame Marianne…”.
Se detiene al ver mi cara. He dado un respingo, o la he retorcido; aunque sabía que el relato tenía que llegar a este punto, y aunque he notado que me faltaba el aliento, siento acidez de estómago a medida que la narración avanza. Contengo la respiración.
—No es verdad —digo—. ¡Mi madre, venir aquí, sin marido! Mi madre estaba loca. Mi padre era soldado. Tengo su anillo. ¡Míralo, míralo!
He ido a mi maleta y me he agachado para tirar del cuero acuchillado y buscar el hatillo de ropa interior donde guardo mis joyas. Ahí está el anillo que me dieron en el manicomio; lo sostengo en alto. Me tiembla la mano. La señora Sucksby lo examina y se encoge de hombros.
—Un anillo se puede sacar prácticamente de cualquier parte —dice.
—Es de mi padre —digo.
—De cualquier parte. Podría agenciarme diez como ése y grabarles V R… ¿y serían por eso anillos de la reina?
No puedo responder: ¡qué sé yo de dónde vienen los anillos y cómo grabarlos! Repito, más débilmente:
—Mi madre, venir aquí, sin marido. Venir aquí enferma. Mi padre…, mi tío… —Alzo los ojos—. Mi tío. ¿Por qué iba a mentirme mi tío?
—¿Por qué iba a decirte la verdad? —dice Richard, dando un paso adelante y hablando por fin—. Juraría que su hermana era una mujer honesta antes de su desgracia, y que fue sólo infortunada; pero es la clase de infortunio…, bueno, del que un hombre no hablaría con demasiada libertad…
Miro otra vez el anillo. Tiene un corte que me gustaba suponer, de niña, que lo había causado una bayoneta. Ahora el oro parece ligero, como perforado y ahuecado.
—Mi madre estaba loca —digo tercamente—. Me dio a luz atada a una mesa… No. —Me tapo los ojos con las manos—. Esa parte quizás me la inventé. Pero no lo demás. Mi madre estaba loca, la tenían encerrada en una celda de un manicomio, y a mí me enseñaron a tener cuidado con su ejemplo, para que no lo siguiese.
—Es cierto, desde luego, que cuando la atraparon la encerraron en una celda —dice Richard—, como sabemos que hacen con las chicas, de vez en cuando, para satisfacción de algunos caballeros… Bueno, no hablemos más de este asunto, por el momento. —Ha cruzado una mirada con la señora Sucksby —. Y es verdad que te han inculcado el miedo a que siguieras su ejemplo, Maud. ¿Y con qué resultado, salvo el de hacerte miedosa, obediente, indiferente a tu propio bienestar, en otras palabras, la persona ideal para los antojos de tu tío? ¿No te dije una vez que era un canalla?
—Te equivocas —digo—. Te equivocas.
—No se equivoca —responde la señora Sucksby.
—Podéis estar mintiendo, incluso ahora. ¡Los dos!
—Podríamos. —Se da golpecitos en la boca—. La cosa, querida mía, es que no mentimos.
—Mi tío —repito—. Los criados de mi tío. El señor Way, La señora Stiles…

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:41 am

Pero al decir esto siento una presión espectral el hombro de Way contra mis costillas, y su dedo en mis corvas: Te crees una dama, ¿eh? Y después, después, las manos duras de la señora de Stiles sobre mis brazos llenos de granos y su respiración contra mi mejilla: ¡Por qué tu madre, con toda su fortuna, tuvo que convertirse en una piltrafa…! Lo sé. Lo sé. Todavía sostengo el anillo. Ahora, con un grito, lo tiro al suelo…, igual que siendo una niña tiraba tazas y platillos.
—¡Maldito sea! —digo. Me veo al pie de la cama de mi tío, con el cuchillo en la mano, veo sus ojos cerrados. Abuso de confianza—. ¡Maldito sea! —Richard asiente. Me vuelvo hacia él—. ¡Maldito tú también! ¿Siempre lo supiste? ¿Por qué no me lo dijiste en Briar? ¿No crees que hubiera tenido más ganas de fugarme contigo? ¿Por qué esperar a traerme aquí, a este sitio asqueroso, para sorprenderme?
—¿Sorprenderte? —dice, con una risa extraña—. Oh, Maud, dulce Maud, ni siquiera hemos empezado.
No le comprendo. Apenas lo intento. Sigo pensando en mi tío, en mi madre…, en mi madre llegando aquí enferma, arruinada… Richard se pone la mano en la barbilla, mueve los labios.
—Señora Sucksby —dice—, ¿tiene alguna bebida aquí? Noto la boca bastante seca. Es la expectativa de la sensación. Me pasa lo mismo en el casino, cuando gira la ruleta. Y en las pantomimas, cuando están a punto de echar a volar las hadas.
La señora Sucksby vacila y luego mira a un estante, abre una caja, saca una botella. Coge tres vasos bajos con el borde dorado. Los limpia con un pliegue de su falda.
—Espero, señorita Lilly, que no pienses que esto es jerez —dice, mientras escancia. El olor del licor, intenso y dulzón, invade el aire enrarecido del cuarto—. Nunca accedería a que hubiese jerez en la habitación de una dama, pero un poquito de buen brandy, que alguna que otra vez sirva de cordial, ¿qué tiene de malo?
—Nada en absoluto —dice Richard— cuando lleva escrito medicina. ¿Eh, Maud?
No contesto. El brandy está caliente. Por fin, me siento en el borde de la cama y me desato la capa. La habitación está más oscura que antes: está anocheciendo. El perfil negro del biombo de crines proyecta sombras. Las paredes que están empapeladas ya con un diseño de flores, ya con diamantes sucios son sombrías y estrechas. La cortina se alza contra la ventana: hay una mosca atrapada detrás de ella y zumba con rabia impotente contra el cristal.
Me sostengo la cabeza con las manos. Mi cerebro, como la habitación, parece vallado por la oscuridad; mis pensamientos discurren, pero inútilmente. No pregunto, como debería, creo, si se trata de la historia de otra chica y yo sólo la estaba leyendo u oyéndola contar, no pregunto por qué me han traído aquí; qué piensan hacer conmigo ahora; cómo proyectan aprovecharse de mi engaño y confusión. Sigo furiosa todavía con mi tío; lo único que pienso, una y otra vez, es: Mi madre, deshonrada, avergonzada, viniendo aquí, postrada en una casa de rateros. No estaba loca, no estaba loca…. Supongo que tengo una expresión extraña. Richard dice:
—Maud, mírame. Ahora no pienses en tu tío y en la casa de tu tío. No pienses en aquella mujer, Marianne.
—Pensaré en ella —digo— como siempre he pensado: ¡como en una demente! Pero mi madre… ¿Un caballero, has dicho? He sido una huérfana todos estos años. ¿Mi padre vive todavía? ¿Nunca ha…?
—Maud, Maud —dice él, suspirando, volviendo a su lugar junto a la puerta—. Mira a tu alrededor. Piensa en cómo has llegado hasta aquí. ¿Crees que te he sacado de Briar, que he hecho lo que he hecho esta mañana, corrido los riesgos que he corrido sólo para que conozcas secretos de familia?
—¡No lo sé! —digo—. ¿Qué sé yo ahora? Si al menos me dieses un poco de tiempo para pensarlo. Si por lo menos me dijeras…
Pero la señora Sucksby se ha acercado a mí y me toca ligeramente el brazo.
—Espera un momento, mi querida niña —dice, con mucha suavidad. Se pone un dedo en la boca, entrecierra un ojo—. Espera y escucha. No has oído toda la historia. Falta la parte mejor. Porque te acuerdas de que había una dama destrozada. Su padre, su hermano y el matón van a llegar dentro de una hora. Está el bebé y yo estoy diciendo: «¿Cómo la llamamos? ¿Por qué no le pone su propio nombre, Marianne?», y la mujer dice que antes la maldeciría que llamarla así. ¿Te acuerdas, querida? «Y sobre lo de ser la hija de una dama», dice a continuación la pobre muchacha, «dígame una cosa: ¿de qué le sirve serlo, sino para estar deshonrada? Quiero ponerle un nombre común», dice, «como a una chica del pueblo. Quiero ponerle un nombre común». «Pues póngale uno», le digo, con la intención, todavía, de animarla. «Lo haré», dice ella. «Sí. Había una sirvienta que fue buena conmigo, más de lo que han sido nunca mi padre o mi hermano. Quiero ponerle su nombre. La llamaré como ella. La llamaré…».
—Maud —digo, míseramente. He vuelto a agachar la cabeza. Pero como la señora Sucksby guarda silencio, levanto otra vez la cara. Ella tiene una expresión rara. Su silencio es extraño. Mueve despacio la cabeza. Contiene la respiración…, titubea durante otro segundo y dice:
—Susan.
Richard me observa con la mano delante de la boca. En el cuarto y en la casa reina el silencio. Mis pensamientos, que hasta ahora parecían girar como ruedas, se detienen. Susan. Susan. No les permitiré que vean cuánto me confunde esta palabra. Susan. No hablaré. No me moveré por miedo a tambalearme o a temblar. Me limito a clavar la mirada en la cara de la señora Sucksby. Ella da otro largo sorbo de su vaso de brandy y se enjuga la boca. Vuelve a sentarse a mi lado, en el borde de la cama.
—Susan —repite—. Así la llamó la señora. Parece vergonzoso haber puesto a su bebé el nombre de una criada, ¿no? Eso pensé, por lo menos. Pero ¿qué podía decir yo? Pobrecilla, estaba desquiciada…, no paraba de llorar, de chillar, de decir que vendría su padre a llevarse a su hija y que la enseñaría a odiar el nombre de su madre. «Oh, ¿cómo puedo salvarla?», dijo. «¡Preferiría que se la llevase cualquiera, en vez de mi padre y mi hermano! Oh, señora Sucksby, ¡quisiera, se lo juro, que se llevaran el bebé de otra pobre mujer, en vez del mío!». Ha alzado la voz. Tiene las mejillas coloradas. Hay en su párpado un latido breve, muy rápido. Se lleva la mano a él, da otro trago, vuelve a enjugarse la boca.
—Eso es lo que dijo —dice, más calmada—. Eso es lo que dijo.
Y nada más decirlo, todos los niños que hay por la casa se ponen a llorar todos juntos, como si la hubieran oído. Todos suenan igual cuando no eres su madre. A ella, de todos modos, todos le sonaron igual. Yo la había llevado hasta la escalera, la que hay justo fuera de esa puerta —ladea la cabeza, Richard cambia de postura y la puerta emite un crujido—, y ella se para. Me mira y veo lo que está pensando, y el corazón se me enfría. «¡No podemos!», digo. «¿Por qué no?», me contesta. «Usted misma ha dicho que a mi hija hay que educarla como a una dama. ¿Por qué no educan así, en su lugar, a otra pobre niña sin madre? Pobrecilla, ¡sufrirá también las consecuencias! Pero le juro que le dejaré la mitad de mi fortuna, y Susan heredará la otra mitad. La heredará si usted se la queda y la educa como a una persona honrada y no le dice nada de su origen hasta que se haya criado como una pobre y aprendido lo que vale eso. ¿No tiene algún bebé sin madre que podamos entregar a mi padre en lugar de Susan?», dice. «¿No tiene? ¿No? ¡Por el amor de Dios, diga que sí! Tengo cincuenta libras en el bolsillo del vestido. ¡Se las daré! ¡Le mandaré más si hace eso por mí y no le dice a nadie lo que ha hecho!».
Quizás hay movimiento en el cuarto de abajo, en la calle; no lo sé; si lo hay no lo oigo. Miro la cara colorada de la señora Sucksby, sus ojos, sus labios.
—Vaya petición la que me hizo —está diciendo—, ¿no te parece, querida? Aquello sí que era un buen aprieto. Creo que nunca he pensado más rápido ni más intensamente en toda mi vida. Y lo que dije al final fue: «Guárdese el dinero. Quédese con las cincuenta libras. No las quiero. Lo que quiero es lo siguiente: su papá es un caballero, y los caballeros tienen recursos. Me quedaré con su bebé, pero quiero que me escriba un papel diciendo todo lo que ha decidido, y que lo firme y lo selle, para que sea un asunto legal». «¡Lo haré!», dice, sin más. «¡Lo haré!». Y venimos aquí y le doy un pedazo de papel y tinta y ella lo pone todo por escrito, tal como le he dicho, que Susan Lilly es su hija, aunque la deja conmigo, y que la fortuna será dividida, y todo lo demás…, y ella pliega el papel y lo sella con el anillo de su dedo, y pone un encabezado diciendo que no debe abrirse hasta el día en que su hija cumpla dieciocho años. Veintiuno, quería poner ella: pero mi mente iba más aprisa, mientras ella estaba escribiendo, y le dije que tenía que ser los dieciocho, porque no debíamos correr el riesgo de que las chicas tomaran marido antes de que supieran lo que tenían que saber. —Sonríe—. A ella le gustó esto. Me lo agradeció. »Y apenas ella lo había sellado cuando el señor Ibbs nos manda aviso: hay un coche estacionado en la puerta de su tienda, y dos caballeros, uno mayor y otro más joven, que se están apeando y, con ellos, un matón con una estaca. ¡Bien! La señora corre gritando a su cuarto y yo me quedo tirándome de los pelos de la cabeza. Voy a las cunas y cojo a un bebé en particular que hay ahí —una niña del mismo tamaño que la otra y un color de pelo que se volverá rubio, como el de ella— y se lo llevo arriba. Digo: “¡Tome! ¡Cójala deprisa y sea cariñosa con ella! Se llama Maud, que al fin y al cabo es nombre de una dama. Acuérdese de su palabra”. “¡Acuérdese de la suya!”, dice la pobre muchacha, y besa a su propia hija y yo la cojo y la llevo abajo para acostarla en la cuna vacía…
Mueve la cabeza.
—¡Era tan poquita cosa! —dice—. Y se hizo en un minuto, mientras los señores aporrean la puerta. «¿Dónde está?», gritan. «¡Sabemos que la tienen!». Ya no había forma de detenerlos. Ibbs les deja entrar, irrumpen en la casa enfurecidos, me ven y me derriban y lo siguiente que sé es que el padre arrastra a la pobre señora escaleras abajo, con todo el vestido volando, los zapatos sin atar y la marca del bastón del hermano en la cara… Y ahí estás tú, querida niña, en los brazos de tu pobre madre, sin que nadie pensara que pudieras ser la hija de otra. ¿Por qué iban a pensarlo? Demasiado tarde para cambiar lo hecho. Ella me lanzó una mirada rápida mientras su padre la bajaba, y nada más; supongo que me miraría desde la ventanilla del coche. Pero no puedo saber si se arrepintió del cambio. Yo diría que se acordó a menudo de Sue, pero sólo eso. Bueno, no más de lo que debía.
Parpadea y vuelve la cabeza. Ha colocado su vaso de brandy entre ella y yo, encima de la cama; las costuras del edredón evitan que se caiga. Ha juntado las manos; se acaricia los nudillos de una con el pulgar rojo de la otra. Su pie, dentro de la pantufla, tamborilea en el suelo. Mientras hablaba, no me ha quitado los ojos de encima. Cierro los míos. Me los tapo con las manos y miro a la oscuridad formada por mis palmas. Hay un silencio. Se prolonga. La señora Sucksby se me acerca más.
—Querida mía —dice—, ¿no vas a decirnos nada? —Me toca el pelo. Yo sigo sin moverme ni hablar. Ella retira la mano—. Veo que la noticia te ha defraudado un poco —dice. Quizás le hace una señal a Richard, pues él viene y se acuclilla delante de mí.
- ¿Comprendes, Maud, lo que te ha dicho la señora Sucksby? —dice, intentando ver a través de mis dedos—. Un bebé se transforma en otro. Tu madre no era tu madre, tu tío no era tu tío. Tu vida no era la vida que tenías que vivir, sino la de Sue; y Sue vivió la tuya…
Dicen que los moribundos ven, desplegado ante sus ojos, a una velocidad increíble, el desfile de toda su vida. Mientras Richard habla, veo la mía: el manicomio, mi vara de madera, los vestidos ceñidos de Briar, el collar de cuentas, los ojos desnudos de mi tío, los libros, los libros… El desfile destella y se desvanece, se ha perdido y es vano, como el brillo de una moneda en agua turbia. Me estremezco, y Richard suspira. La señora Sucksby mueve la cabeza y chista, reprobatoria. Pero cuando destapo la cara los dos se sobresaltan. No estoy llorando, como suponen. Me estoy riendo, presa de una risa horrible, y debo de parecer un fantasma.
—¡Oh, pero si es perfecto! —creo que digo—. ¡Es lo que estaba deseando! ¿Por qué me miráis así? ¿Qué estáis mirando? ¿Creéis que hay una chica aquí sentada? ¡Ha desaparecido! ¡La han ahogado! Está en un fondo insondable. ¿Creéis que tiene brazos y piernas, piel y ropa encima? ¿Que tiene cabello? ¡Sólo tiene huesos, huesos pelados y blancos! ¡Es tan blanca como una hoja de papel! Es un libro del que han borrado y desplazado las palabras…
Trato de respirar, y hasta podría haber agua en mi boca; jadeo en busca de aire, que no llega. Abro la boca, me estremezco y jadeo. Richard me observa.
—No hubo locura, Maud —dice, con expresión de asco—. Recuerda. No tienes ninguna excusa.
—¡Tengo excusa para todo! —digo—. ¡Para todo!
—Querida mía —dice la señora Sucksby. Ha recogido su vaso de licor y lo agita cerca de mi cara—. Querida mía…
Pero yo me estremezco de risa todavía una risa espantosa y me convulsiono como lo haría un pez en el extremo de una caña. Oigo maldecir a Richard; después le veo dirigirse a mi maleta y, rebuscando en ella, sacar mi frasco de medicina: echa tres gotas, tres veces, en el vaso de brandy y luego me coge la cabeza y aprieta el vaso contra mis labios. Lo pruebo, trago y toso. Me llevo las manos a la boca. Ésta se me entumece. Cierro de nuevo los ojos. No se cuánto tiempo permanezco así, pero al final noto la manta que cubre la cama envolver mis hombros y mis mejillas. Me he tumbado en la cama. Persisten las convulsiones, a intervalos, de lo que en apariencia es risa; y de nuevo Richard y la señora Sucksby me observan en silencio. Poco después, sin embargo, se acercan un poco más.
—¿Ya estás mejor, querida? —dice suavemente la señora Sucksby. No le respondo. Ella mira a Richard—. ¿No es mejor que nos vayamos y la dejemos dormir?
—Al diablo el sueño —contesta él—. Cree todavía que la hemos traído aquí por nuestra propia conveniencia. —Viene hasta mí y me abofetea—. Abre los ojos —dice.
—No tengo ojos —digo—. ¿Cómo voy a tenerlos? Me los habéis quitado.
Me agarra de un párpado y lo sujeta fuerte.
—¡Abre tus malditos ojos! —dice—. Así está mejor. Hay algo más que tienes que saber. Sólo un poco más y podrás dormir. Escúchame. ¡Escucha! No me preguntes cómo vas a escucharme, porque te corto las putas orejas de los dos lados de la cabeza. Sí, ya veo que has oído. ¿Sientes esto también? — Me golpea—. Muy bien.
El golpe no ha sido tan fuerte como podría haber sido: la señora Sucksby le ha visto levantar la mano y ha intentado frenarlo.
—¡Caballero! —dice, ensombreciendo el semblante—. No hay necesidad de esto. Ninguna necesidad. Contén ese genio, ¿quieres? Me parece que la has herido. Oh, querida mía.
Estira la mano hacia mi cara. Richard se pone serio.
—Debería agradecerme —dice, enderezándose, atusándose el pelo— que no le haya hecho nada peor en algún momento de los tres últimos meses. Tiene que saber que volveré a hacerlo, sin inmutarme. ¿Me has oído, Maud? Me has visto comportarme como un caballero en Briar. Pero mi galantería se ha tomadoun descanso al llegar aquí. ¿Entendido?
Tumbada en la cama, con la mano en la mejilla, la mirada puesta en él, no digo nada. La señora Sucksby se retuerce las manos. Richard coge el cigarro que tiene detrás de la oreja, se lo pone en la boca, busca una cerilla.
—No he vivido mi vida —digo en un susurro—. Me has dicho que fue una ficción.
—Bueno… —encuentra una cerilla y la enciende—, las ficciones tiene que acabar. Ahora escucha cómo va a acabar la tuya.
—Ya ha terminado —digo. Pero sus palabras me han infundido cautela. Estoy aturdida por el licor, el medicamento, la conmoción, pero no tanto como para no temer lo que van a contarme a continuación, que se proponen retenerme, para qué me retienen…
La señora Sucksby me ve cavilar y asiente.
—Ya empiezas a entenderlo. Ya empiezas a ver —dice—. Me quedé con el bebé de la señora y, lo que es aún mejor, tuve su palabra. La palabra es el clave, por supuesto. La palabra es la que contiene dinero, ¿no? —Sonríe, se toca la nariz. Se inclina un poco más hacia mí—. ¿Quieres verla? —dice con un tono distinto—. ¿Quieres ver la palabra de la dama?
Aguarda. No respondo, pero ella vuelve a sonreír, se separa de mí, mira a Richard, luego le da la espalda y manipula un segundo los botones de su vestido. El tafetán susurra. Cuando el corpiño está abierto a medias, mete la mano hasta, me parece, el fondo del busto, hasta el mismo corazón, y extrae un papel plegado.
—Lo he tenido cerca —dice, mientras me lo tiende— todos estos años. ¡Más cerca que si fuese oro! Míralo.
El papel está doblado como una carta, y ostenta una instrucción inclinada: Para abrir el día del dieciocho cumpleaños de mi hija, Susan Lilly. Veo este nombre, tiemblo y extiendo la mano, pero ella sujeta el papel celosamente y, al igual que mi tío ¡ya no es mi tío! con un libro antiguo, no me deja cogerlo; pero sí me permite tocarlo. El papel está caliente, debido al calor del pecho. La tinta es marrón, los pliegues están sucios y descoloridos. El sello está intacto. La firma es la de mi madre…, la madre de Sue, quiero decir, no la mía, no la mía… M. L.
—¿Lo ves, querida niña? —dice la señora Sucksby. El papel tiembla. Se lo aproxima, con la expresión y el gesto de una avara, se lo acerca a la cara y aplica a él los labios antes de darme la espalda y reponerlo en su lugar dentro del vestido. Mientras se ata los botones, mira de nuevo a Richard. El ha estado observando con atención y curiosidad; pero no dice nada. Yo, en cambio, sí hablo:
—Lo escribió ella —digo. Mi voz es pastosa, estoy mareada—. Lo escribió ella. Ellos se la llevaron. ¿Qué pasó después?
La señora Sucksby se vuelve. Su vestido está abrochado y perfectamente liso, pero mantiene la mano encima del corpiño, como atesorando las palabras que hay debajo.
—¿La señora? —dice, distraídamente—. La señora murió, querida. —Inhala aire y su tono cambia—. ¡Me habría hecho polvo si no hubiese durado un mes antes de morir! ¿Quién lo habría dicho? Aquel mes nos trajo contratiempos, porque su padre y su hermano, al llevarla a su casa, la obligaron a cambiar su testamento. Puedes imaginarte en qué sentido. La hija no cobraría un penique, y la hija eras tú, que ellos supieran, hasta que se casara. Hay pretendientes esperándote, ¿eh? Ella me envió una nota, a través de una enfermera, para notificármelo. Para entonces ya la habían encerrado en el manicomio, y a ti con ella… Bueno, eso terminó pronto con ella. Dijo que no tenía la menor idea de cómo irían las cosas, pero la consolaba pensar en mi honradez. Pobrecilla. —Casi parece apenada—. Ése fue su error.
Richard se ríe. La señora Sucksby se alisa la boca y su cara cobra un aire astuto.
—En cuanto a mí —dice—, yo había visto desde el principio que el único problema era cómo conseguir la fortuna entera cuando sólo me correspondía la mitad. Me consuela haber tenido dieciocho años para resolverlo. He pensado en ti muchas veces.
Vuelvo la cara.
—Nunca te lo he pedido —digo—. Ni quiero que pienses ahora.
—¡Maud, ingrata! —dice Richard—. La señora Sucksby se ha devanado los sesos durante muchos años urdiendo para ti su plan. Otra chica…, ¿acaso las chicas no buscan ser las heroínas de novelas? Otra chica se sentiría halagada.
Aparto de él los ojos y miro a la señora Sucksby, sin abrir la boca. Ella asiente.
—He pensado en ti muchas veces —repite— y me he hecho muchas preguntas acerca de tu suerte. Suponía que serías guapa. ¡Vaya si lo eres! —Traga saliva—. Sólo tenía dos temores. El primero era que murieses. El segundo, que tu abuelo y tu tío te llevaran fuera de Inglaterra y te casaran antes de que se diese a conocer el secreto de la madre. Leí en un periódico que tu abuelo había muerto. Supe después que tu tío llevaba una vida apacible en el campo, que te tenía con él y mantenía también el sigilo. ¡Mis dos temores desaparecieron! —Sonríe—. Entretanto —dice, y ahora se le agitan los párpados—, entretanto teníamos a Sue. Ya has visto, querida, con qué fidelidad y silencio he guardado la palabra de la dama. — Se palmea el vestido—. Bueno, ¿qué significaba su palabra para mí si Sue no la garantizaba? Piensa en el cuidado y en el silencio con que la he criado. Sana y salva. Piensa en lo despierta que puede haber crecido una chica así en una casa y una calle como la nuestra; piensa también en lo mucho que Ibbs y yo nos hemos esforzado en mantenerla lerda. Piensa en cuánto he rumiado este asunto, sabiendo que al final tendría que utilizarla, pero sin saber nunca muy bien cómo. Piensa en cómo se aclara todo cuando conozco a Caballero, y lo aprisa que mi miedo de que te casaras en secreto se transforma en mi certeza de que él es el compadre que debe casarse en secreto contigo… Es cuestión de un minuto, a renglón seguido, mirar a Sue y saber lo que había que hacer con ella. —Se encoge de hombros—. Pues ya está hecho. Sue eres tú, querida mía. Y te hemos traído aquí para…

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:41 am

—¡Escucha, Maud! —dice Richard. He cerrado los ojos y vuelto la cabeza. La señora Sucksby se me acerca, levanta la mano, empieza a acariciarme el pelo.
—Te hemos traído aquí —continúa, con mayor suavidad— para que empieces a ser Sue. ¡Sólo eso, cariño! Sólo eso.
Abro los ojos y supongo que parezco una estúpida.
—¿Ves? —dice Richard—. Tenemos a Sue, como si fuera mi esposa, encerrada en el manicomio, y cuando se abra su testamento, su parte de la fortuna, o sea, la parte de Maud, la recibo yo. Me gustaría quedarme hasta el último céntimo, pero el plan, al fin y al cabo, fue de la señora Sucksby, y la mitad se la queda ella —dice, haciendo una reverencia.
—Es justo, ¿no te parece? —dice la señora Sucksby, acariciándome todavía el pelo.
—Pero la otra mitad —prosigue Richard—, es decir, la mitad auténtica de Sue…, va también a parar a manos de la señora Sucksby. El documento la nombra tutora de Sue, y me temo que los tutores no son nada escrupulosos a la hora de gestionar la fortuna de sus pupilos… Todo eso no significa nada, por supuesto, si Sue ha desaparecido. Pero la que ha desaparecido es Maud Lilly, la auténtica Maud Lilly — parpadea—, por lo cual me refiero, desde luego, a la falsa Maud Lilly. ¿No es lo que tú querías: desaparecer? Hace un minuto has dicho que ahora tenías excusa para todo. ¿Qué te cuesta, entonces, hacerte pasar por Sue y hacer rica a la señora Sucksby?
—Hacernos ricas a las dos, cariño —dice rápidamente la señora Sucksby—. ¡No soy tan desalmada como para despojarte de todo! ¿No eres una dama, y además guapa? Pues necesitaré a una dama que me enseñe lo que deberé saber cuando sea rica. ¡Tengo planes para las dos, mi cielo, grandes planes! —dice, y se toquetea un poco la nariz.
Me incorporo y la aparto, pero estoy aún tan mareada que no puedo levantarme.
—¡Estáis locos! —les digo—. ¡Estáis locos! ¿Hacerme pasar por Sue?
—¿Por qué no? —dice Richard—. Sólo habrá que convencer a un abogado. Creo que es posible.
—¿Convencerle cómo?
—¿Cómo? Caray, aquí tenemos a la señora Sucksby y al señor Ibbs, que han sido como unos padres para ti, y por lo tanto es de suponer que te conocen mejor que nadie. Y tenemos a John y a Dainty, que jurarán cualquier cosa si hay dinero de por medio, te lo aseguro. Y aquí estoy yo, que te conocí en Briar, cuando eras la doncella de la señorita Maud Lilly, más tarde mi esposa. ¿No has visto ya lo que vale la palabra de un caballero? —Finge que se le acaba de ocurrir una idea—. ¡Pues claro que lo has visto! En el manicomio rural hay un par de médicos que te recordarán, creo. ¿Acaso no les diste la mano y les hiciste una reverencia ayer mismo, y acaso no te vieron a plena luz del día durante veinte minutos, respondiendo a preguntas en nombre de Susan?
Me deja que asimile esto. Después dice:
—Lo único que te pedimos es que, llegado el momento, interpretes el mismo papel en presencia de un abogado. ¿Qué tienes que perder? Nada, querida Maud: no tienes amigos en Londres, ningún dinero a tu nombre…, caramba, ¡ni siquiera un nombre!
Me he puesto los dedos en la boca.
—Supón —digo— que no lo hago. Supón que cuando venga tu abogado le digo…
—¿Qué? ¿Le vas a decir que planeaste embaucar a una chica inocente? ¿Qué no hiciste nada mientras los médicos le administraban una dosis y se la llevaban? ¿Eh? ¿Qué crees tú que pensará?
Le miro mientras habla. Por fin digo, en un susurro:
—¿De verdad eres tan malvado? —El se encoge de hombros. Me vuelvo hacia la señora Sucksby—. ¿Y tú? ¿También eres tan malvada? Pensar que Sue… ¿Eres tan infame?
Ella agita una mano delante de la cara y no responde. Richard resopla.
—Maldad —dice—. Infamia. ¡Qué palabras! Palabras de ficción. ¿Crees que cuando unas mujeres se intercambian sus hijos, lo hacen, como las enfermeras en las operetas, por gusto a la comedia? Mira a tu alrededor, Maud. Vete a la ventana, mira a la calle. Eso es la vida, no una ficción. Es dura, es mísera. Habría sido la tuya de no haber tenido la señora Sucksby la bondad de mantenerte alejada de ella. ¡Cristo! —Se separa de la puerta, levanta los brazos por encima de la cabeza y se estira—. ¡Qué cansado estoy! ¡Qué día de trabajo he tenido hoy! Una chica recluida en un manicomio; otra… Bueno. —Me mira de arriba abajo, me empuja un pie con el suyo—. ¿No más peleas? ¿No más bravatas? Las habrá más adelante, me figuro. Da igual. El cumpleaños de Sue cae a principios de agosto. Tenemos más de tres meses para convencerte de que colabores. Creo que te bastarán tres días… viviendo en el barrio.
Le estoy mirando, pero no puedo hablar. Pienso todavía en Sue. Él ladea la cabeza.
—¿No dirás, Maud, que te hemos doblegado el ánimo tan pronto? —dice—. Me apenaría pensarlo.—Hace una pausa. Añade—: A tu madre también la hubiese apenado.
—Mi madre —empiezo a decir. Pienso en Marianne, con su mirada de loca. Contengo la respiración.
En todo este tiempo no lo había pensado. Richard me mira con aire artero. Se lleva una mano al cuello, se estira la garganta y tose, de una forma débil, femenina pero intencionada.
—Vale ya, Caballero —dice la señora Sucksby, inquieta—, deja de pincharla.
—¿Pincharla? —dice él. Se sigue estirando del cuello, como si le rozara—. Sólo que, de tanto hablar, tengo seca la garganta.
—Es porque has hablado demasiado —responde ella—. Señorita Lilly, puedo llamarte así, ¿verdad? Suena natural, ¿no crees? Señorita Lilly, no le hagas caso. Tenemos mucho tiempo para hablar de eso.
—¿De mi madre, te refieres? —digo—. ¿De mi verdadera madre, que tú hiciste que fuera la de Sue? Se ahogó, ¡ya ves que sé algo!, se ahogó con un alfiler.
—¡Con un alfiler! —dice Richard, riéndose—. ¿Sue te dijo eso?
La señora Sucksby se muerde los labios. Paso la mirada de uno a otra.
—¿Qué era? —pregunto, cansada—. Por el amor de Dios, decídmelo. ¿Creéis que todavía soy capaz de asombrarme? ¿Creéis que me importa? ¿Qué era? ¿Una ratera, como vosotros? Bueno, si tengo que prescindir de la demente, supongo que servirá una ladrona…
Richard vuelve a toser. La señora Sucksby aparta la vista de él y junta y mueve las manos. Cuando habla, su voz es baja, grave.
—Caballero —dice—, ya no tienes nada más que decirle a la señorita Lilly. Pero yo sí debo tener con ella unas palabras. Palabras que una mujer prefiere decirle a una chica en privado.
El asiente.
—Lo sé —dice—. Me muero de ganas de oírlas.
Ella aguarda, pero él no se marcha. Ella se me acerca, se sienta a mi lado y, una vez más, la rehuyo.
—Querida mía —dice—. La verdad es que no hay una forma agradable de decirlo, ¡y yo lo sé mejor que nadie!, porque ya se lo dije una vez a Sue. Tu madre…
Se moja los labios y mira a Richard.
—Dígaselo —dice él—. O lo haré yo.
De modo que ella se apresura a hablar, más rápido.
—Tu madre —dice— fue juzgada no sólo por robo, sino por matar a un hombre… ¡Oh, Dios mío, la ahorcaron por eso!
—¿Ahorcada?
—Una asesina, Maud —dice Richard con fruición—. Desde la ventana de mi habitación se ve el sitio donde la colgaron…
—¡Caballero, hablo en serio!
El se calla. Yo repito: «¿Ahorcada?».
—El juego del ahorcado —dice la señora Sucksby, como si esto, signifique lo que signifique, me ayudara a digerirlo. Escruta mi cara—. No pienses en eso, querida. ¿Qué importancia tiene ahora? ¿No eres una dama? ¿A quién le importa tu origen? Anda, mira todo esto.
Se levanta y enciende una lámpara; de la oscuridad emerge una veintena de superficies ramplonas: la bata de seda, el latón oscurecido de la cama, adornos de porcelana sobre la repisa de la chimenea. Va otra vez a la jofaina y de nuevo dice:
—Aquí tienes jabón. ¡Qué jabón! De una tienda en el distrito oeste. Lo trajeron hace un año. Cuando lo vi llegar pensé: «¡Seguro que le gusta a la señorita Lilly!». Ha estado envuelto en papel todo este tiempo. Y mira esta toalla: tiene una pelusa de melocotón. ¡Y qué perfume! Si no te gusta el espliego, te traeremos uno de rosa. ¿Estás mirando, querida? —Se desplaza hasta la cómoda y abre el cajón de más abajo—. Vaya, ¿qué tenemos aquí? —Richard se inclina para verlo. Yo también miro, con una especie de curiosidad aterrada—. Enaguas y medias, ¡y hasta ballenas! Qué bendición, hay alfileres para el pelo de una dama. Colorete para sus mejillas. Y aquí hay cuentas de cristal; un par azul y otro rojo. ¡Es porque no sabía el color de ojos con los que tenían que casar! Bueno, Dainty se quedará con el par azul…
Sostiene por los cordeles las cuentas chillonas, y yo veo girar los cristales. El color parece empañarse. He empezado a llorar, desesperada. Como si el llanto pudiera salvarme. La señora Sucksby me ve y chasquea la lengua.
—Oh, vamos —dice—, ¿no es una lástima? ¿Estás llorando? ¿Y todas estas monadas? ¿La ves, Caballero? Está llorando, ¿y por qué?
—¡Lloro —digo amarga, vacilantemente— por verme aquí de este modo! Lloro al pensar en el sueño en que he vivido, ¡cuando creía que mi madre era sólo una lunática! ¡Lloro porque me horroriza vuestra suciedad y presencia!
Ella retrocede.
—Querida mía —dice, bajando la voz, lanzando una mirada rápida a Richard—, ¿me desprecias por haber permitido que se te llevaran?
—¡Te desprecio por haberme traído de vuelta! —digo.
Se me queda mirando y luego casi sonríe. Señala con un gesto la habitación.
—¡No pienses que me propongo tenerte en Lant Street! —dice, con una expresión de asombro—. Querida, mi querida niña, te llevaron de aquí para convertirte en una dama. Y es lo que han hecho…, ¡una joya perfecta! No pienses que dejaré que se malgaste su brillo en este lugar mísero. ¿He dicho eso? Quiero que estés a mi lado, querida, cuando sea rica. ¿No toman acompañantes las damas? Espera tan sólo a que ponga las manos en tu fortuna, ¡entonces veremos si no me compro la mansión más grande de Londres! ¡Verás cuántos coches y lacayos tendremos! ¡Qué perlas, qué vestidos!
Me pone de nuevo las manos encima. Quiere besarme, comerme. Me levanto y la rechazo.
—¿No pensarás que me quedaré contigo si tiene éxito tu desdichado plan?
—¿Qué otra cosa puedes hacer? —dice—. ¿Con quién estarías mejor que conmigo? Se te llevó la fortuna; soy yo quien te ha rescatado. Llevo diecisiete años planeando esto. Lo he estado rumiando cada minuto del día desde que te puse en brazos de aquella pobre mujer. He estado mirando a Sue…
Traga saliva. Yo lloro aún más fuerte.
—Sue —digo—. Oh, Sue…
—Y ahora, ¿por qué me miras así? ¿No lo hice todo por ella, como quería su madre? ¿No la tuve a salvo, la mantuve aseada y la convertí en una chica ordinaria? ¿Qué hice, sino devolverle la vida que tú viviste en su lugar?
—¡La has matado! —digo.
—¿Matarla? ¿Con todos esos doctores a su alrededor, que la creen una dama? Y eso no es nada barato, te lo aseguro.
—Desde luego que no —dice Richard—. Usted lo está pagando, no lo olvide. Si fuese por mí, la habríamos metido en el manicomio del condado.
—¿Ves, querida? ¡Matarla! ¡Cuando, de no ser por mí, habrían podido hacerlo cualquier día de su vida! ¿Quién la cuidaba cuando caía enferma? ¿Quién tenía a los chicos a raya? Habría dado mis manos, mis piernas, los pulmones, por conservar los suyos. ¿Pero crees acaso que cuando hacía esas cosas las hacía por ella? ¿De qué me sirve, cuando sea rica, una chica ordinaria como ella? ¡Las hacía por ti! No pienses en ella. Ella era agua, era carbón, era polvo, comparado con lo que han hecho de ti. La miro fijamente.
—¡Dios mío! —digo—. ¿Cómo pudiste, cómo…?
Una vez más, ella parece perpleja.
—¿Cómo pude no hacerlo?
—¡Pero engañarla! ¡Dejarla allí encerrada…!
Ella extiende la mano y me palmea la manga.
—Dejaste que la encerraran —dice. Luego cambia de expresión. Casi guiña un ojo—. Ah, mi querida niña, ¿no crees, entonces, que eras la hija de tu madre?
Desde el cuarto de abajo llegan gritos, golpes, risas. Richard los escucha, cruzado de brazos. La mosca atrapada en la ventana sigue zumbando y batiendo contra el cristal. El zumbido cesa. Me postro de rodillas al lado de la cama y oculto la cara entre las costuras del edredón. He sido audaz y resuelta. Me he tragado la cólera, la demencia, el deseo, el amor, a cambio de la libertad. Ahora que me están privando totalmente de ella, ¿es de extrañar que me considere derrotada?
Capitulo ante la oscuridad; y ojalá que nunca vuelvan a pedirme que levante la cabeza hacia la luz.

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13

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:42 am

De la noche que sigue recuerdo fragmentos. Recuerdo que estoy en un lado de la cama con los ojos totalmente tapados, y que no me levanto para bajar a la cocina, como quiere la señora Sucksby. Recuerdo que Richard viene a verme y me empuja de nuevo las faldas con su zapato, y se ríe al ver que no reacciono, y después se marcha. Recuerdo que alguien me sube una sopa que no pruebo. Que se llevan la lámpara y el cuarto se queda a oscuras. Que a la larga tengo que levantarme para ir al excusado, y que mandan, para que me acompañe, a la chica pelirroja y de cara aplastada Dainty, y que ella monta guardia en la puerta para impedir que yo huya hacia la noche. Recuerdo que vuelvo a llorar y que me dan más gotas vertidas en brandy. Que me desvisten y me ponen un camisón que no es mío. Que duermo, quizás, una hora, que me despierta el frufrú de tafetán y que al mirar aterrada veo a la señora Sucksby conmel pelo suelto, que se despoja de su vestido, descubre la piel y una ropa interior sucia, apaga la lámpara de un soplo y luego se acuesta a mi lado. Recuerdo que yace creyendo que duermo sus manos me tocan, luego las retira y que, al final, como una avara con una moneda de oro, me coge un mechón de pelo y se lo mete en la boca.
Sé que soy consciente del calor de su cuerpo, de su volumen, que se me hace extraño, y de sus olores rancios. Sé que no tarda en sucumbir a un sueño regular, y que ronca mientras yo me hundo en intervalos de sopor. El sueño discontinuo hace que las horas discurran más lentas; me parece que hay muchas noches en ésta ¡años de noches! que no tengo más remedio que atravesar a trompicones, como a través de ráfagas de humo. O bien despierto creyendo que estoy en mi vestidor de Briar, o en mi habitación en casa de la señora Cream, o ya en una cama del manicomio, con una enfermera corpulenta y confortable a mi lado. Me despierto cien veces. Me despierto gimiendo y anhelo dormirme, pues al final me asalta el recuerdo aterrador y agudo de dónde estoy realmente acostada, de cómo he llegado hasta aquí y de quién y qué soy.
Finalmente me despierto y no vuelvo a dormirme. La oscuridad se ha disipado un poco. Una farola encendida ha iluminado los hilos del pañuelo desteñido que cuelga de la ventana; ahora está apagada. La luz se vuelve de un tono rosa sucio. El rosa cede el paso, poco después, a un amarillo enfermizo. Se intensifica, y con él los sonidos, al principio tenues, y después subiendo, vacilantes, en crescendo: gallos que cantan, silbatos y campanas, perros, bebés que gritan, llamadas virulentas. Toses, escupitajos, ruidos de pisadas, el interminable y hueco batido de cascos y el chirrido de ruedas. Se alza desde el fondo de la garganta de Londres. Son las seis o las siete de la mañana. La señora Sucksby sigue durmiendo a mi lado, pero ahora estoy completamente despierta y hecha pedazos y con el estómago revuelto. Me levanto y tirito, a pesar de que es mayo, y el tiempo es más templado aquí que en Briar. Llevo los guantes puestos, pero mis ropa, calzado y maleta de cuero están en una caja que la señora Sucksby ha cerrado con llave: «Por si te levantas aturdida, querida, y, creyendo que estás en casa, te vistes, sales y te pierdes», recuerdo ahora que me dijo cuando yo estaba drogada y atontada. ¿Dónde guardó la llave? ¿Y la de la puerta de la habitación? Vuelvo a tiritar, más intensamente, y me siento más mareada que nunca; pero mis pensamientos son tremendamente claros. Tengo que salir. ¡Tengo que salir! Tengo que irme de Londres ir a cualquier parte y regresar a Briar. Pero necesito dinero. Tengo, pienso es el pensamiento más claro de todos, ¡tengo que ver a Sue! La respiración de la señora Sucksby es pesada y regular. ¿Dónde habrá guardado las llaves? Su vestido de tafetán cuelga del biombo de crines de caballo: me acerco a él con sigilo y palmeo los bolsillos de su falda. Vacíos. Examino los estantes, la cómoda, la campana de la chimenea; no hay llaves, pero sí muchos escondrijos, supongo, donde podría haberlas puesto.
En esto ella se mueve; no se despierta, pero mueve la cabeza, y entonces empiezo a recordar… Tiene las llaves debajo de la almohada: recuerdo el diestro movimiento de su mano, el tintineo sofocado del metal. Avanzo un paso. Ella tiene los labios separados, el pelo blanco esparcido sobre la mejilla. Doy otro paso, y las tablas del suelo crujen. Me coloco a su lado y aguardo un instante, insegura; luego meto los dedos debajo del borde de la almohada y lenta, muy lentamente, exploro. Ella abre los ojos. Me coge de la muñeca y sonríe. Tose.
—Querida, te quiero por intentarlo —dice, enjugándose la boca—. Pero todavía no ha nacido la chica con un tacto tan suave que yo no lo advierta cuando tengo la cabeza apoyada en algo. —Me sujeta con fuerza el brazo, aunque la presión se torna una caricia. Tiemblo—. ¡Señor! ¿No tienes frío? —dice —. Ven aquí, cariño, vamos a taparnos. —Retira de la cama el edredón y me envuelve en él—. ¿Mejor, querida mía?
Tengo el pelo enredado, y me cae por la cara. La miro a través de esa maraña.
—Quisiera estar muerta —digo.
—Oh, no —responde, irguiéndose—. ¿Qué forma de hablar es ésa?
—Pues que tú estuvieras muerta.
Mueve la cabeza sin dejar de sonreír.
—¡Necias palabras, querida! —Olisquea. De la cocina sube un olor fétido—. ¿Lo hueles? Es Ibbs, cocinando nuestro desayuno. ¡Ya veremos si quisieras estar muerta cuando tengas delante un plato de arenques!
Vuelve a frotarse las manos. Las tiene rojas, pero la piel abombada de los brazos posee el tono y el lustre del marfil. Ha dormido con camisa y enaguas; ahora se abrocha un par de ballenas, se enfunda su vestido de tafetán, va a mojar el peine con agua y se cepilla el pelo.
—Tralalá, ey, ey —canturrea mientras lo hace, con la voz cascada. La observo, con mi pelo desgreñado delante de los ojos. Sus pies descalzos están agrietados, y tiene un bulto en un dedo. Sus piernas son casi lampiñas. Gruñe cuando se encorva para ponerse las medias. La marca de las ligas es permanente en sus muslos gruesos—. Bien —dice cuando ya está vestida. Un bebé ha empezado a llorar —. Ahora empezarán todos. Baja, ¿quieres, encanto?, mientras les doy la papilla.
—¿Bajar? —digo. Tengo que bajar si quiero escaparme. Pero me inspecciono—. ¿Así? ¿No vas a devolverme mi vestido y mis zapatos?
Tal vez lo digo con demasiada vehemencia, o bien en mi semblante hay astucia o desesperación. Ella titubea, luego dice:
—¿Aquel trapo polvoriento? ¿Aquellas botas? Eso es ropa de calle. Mira esta bata de seda. — Descuelga la bata del gancho de la puerta—. Es lo que usan las chicas aquí para andar por casa. Aquí tienes también zapatillas de seda. ¿A que te sentarán bien? Póntelas, querida mía, y baja a desayunar. No seas tímida. John Vroom no se levantará hasta las doce; no hay nadie más que yo y Caballero…, ¡supongo que él te ha visto en déshabillé!, y el señor Ibbs. Y a él, preciosa, podrías considerarle ahora como…, bueno, digamos, un tío. ¿Eh?
Miro a otro lado. La habitación me resulta odiosa, pero no bajaré con ella, sin vestir, a esa cocina oscura. Insiste un poco más, con súplicas y carantoñas; por fin desiste y se va. Cierra la puerta con llave. Me precipito hacia la caja donde está mi maleta y pruebo la tapa. Está muy bien cerrada, y es sólida. Así que voy a la ventana y empujo los marcos. Se levantan unos centímetros, y pienso que si empujase más fuerte puede que cedieran los clavos herrumbrosos que los sujetan. Pero el bastidor de la ventana es estrecho, la caída es considerable y estoy desvestida. Peor aún, hay gente en la calle; y si al principio pienso en llamarla romper el cristal, hacer señales, gritar, al cabo de un segundo empiezo a mirar más atentamente a esas personas y veo sus caras, su ropa polvorienta, los paquetes que llevan, los niños y perros que corren y trastabillan a su lado. Eso es la vida, dijo Richard, hace doce horas. Es dura, es mísera. Habría sido la tuya, de no haber tenido la señora Sucksby la bondad de mantenerte alejada de ella.
Una chica con un vendaje sucio, sentada en la puerta de la casa con postigos de agujeros en forma de corazón, alimenta a un bebé. Alza la cabeza, capta mi mirada y agita el puño contra mí. Me aparto de la ventana y me cubro la cara con las manos. Sin embargo, cuando vuelve la señora Sucksby, estoy preparada.
—Escúchame —digo, yendo hacia ella—. ¿Sabes que Richard me raptó de la casa de mi tío? ¿Sabes que mi tío es rico y que me buscará?
—¿Tu tío? —dice ella. Me ha traído una bandeja, pero se queda parada en el umbral hasta que doy unos pasos atrás.
—El señor Lilly —digo—. Ya sabes de quién hablo. Todavía me considera su sobrina, al menos. ¿No crees que mandará a un hombre a buscarme? ¿Crees que te agradecerá que me hayas retenido así?
—Yo diría que sí…, si es que le importa. ¿No te hemos instalado a gusto, querida?
—Sabes que no. Sabes que me retienes aquí en contra de mi voluntad. Por el amor de Dios, dame mi vestido, ¿quieres?
—¿Todo en orden, señora Sucksby? —Es el señor Ibbs. He alzado la voz y se ha desplazado desde la cocina al pie de la escalera. También Richard se ha removido en la cama. Le oigo que cruza el cuarto, abre la puerta y escucha.
—¡Todo bien! —grita ella con ligereza—. Bueno, venga —me dice—. Aquí tienes el desayuno, mira, se está quedando helado.
Deposita la bandeja encima de la cama. La puerta está abierta, pero sé que Ibbs sigue parado al pie de la escalera, y que Richard aguarda y escucha en el piso de arriba.
—Bueno, venga —repite ella.
En la bandeja hay un plato, un tenedor y una servilleta de lino. En el plato hay dos o tres pescados de color ámbar en una salsa de mantequilla y agua. Los pescados tienen aletas y cara. La servilleta está en un servilletero de plata bruñida, algo parecido al que yo tenía para mi uso exclusivo en Briar, pero sin la inicial.
—Por favor, deja que me vaya.
La señora Sucksby mueve la cabeza.
—¿Ir adónde, querida? —dice ella. Aguarda y, como no contesto, me deja sola. Richard cierra su puerta y vuelve a acostarse. Le oigo tararear.
Pienso en coger el plato y estrellarlo contra el techo, la ventana, la pared. Después pienso: Tienes que ser fuerte. Tienes que ser fuerte y estar lista para huir. De modo que me siento y como: despacio, miserablemente, extrayendo las espinas con cuidado del pescado de color ámbar. Los guantes se me humedecen y se manchan, y no tengo otro par de repuesto.
Al cabo de una hora, la señora Sucksby vuelve a recoger el plato vacío. Pasa otra hora y me trae café. Mientras está fuera me asomo a la ventana y pego el oído a la puerta. Camino de un lado a otro, me siento, camino de nuevo. Paso de la furia a una congoja sensiblera, y después al estupor. Pero llega Richard. «Bueno, Maud…», es todo lo que dice. Al verle me invade una virulenta cólera. Me abalanzo sobre él, con intención de golpearle en la cara: él esquiva mis puñetazos y me derriba, y yo tumbada en el suelo pataleo y pataleo…
Después me drogan otra vez con medicina y brandy; y transcurren uno o dos días en la oscuridad. Cuando despierto, de nuevo es insólitamente temprano. Ha aparecido en la habitación un silloncito de mimbre, pintado de color oro, con un almohadón colorado. Lo llevo a la ventana y me siento en él, envuelta en la bata, hasta que la señora Sucksby bosteza y abre los ojos.
—¿Estás bien, querida? —dice, como dirá todos los días; y la idiotez o la perversidad de la pregunta, cuando todo dista tanto de estar bien que casi preferiría morir que soportar lo mal que está, me empuja a apretar los dientes o a tirarme del pelo y a mirarla con odio—. Buena chica —dice después, y añade—: ¿Te gusta el sillón, cielo? Pensé que te gustaría. —Bosteza otra vez y mira a su alrededor—. ¿Tienes el orinal? —dice. En mi recato, suelo poner el orinal detrás del biombo—. Pásamelo, ¿quieres, mi amor?
Estoy a punto de reventar.
No me muevo. Un segundo después se levanta y lo coge ella misma. Es un orinal de porcelana, con el interior oscurecido por lo que, la primera vez que lo vi, en la media luz de la mañana, confundí asqueada con bolas de pelos, pero que resultó ser mera decoración: un ojo grande con pestañas y, alrededor, en letras negras, la leyenda:
¡SI ME USAS BIEN Y ME MANTIENES LIMPIO A NADIE LE DIRÉ LO QUE ESTE OJO HA VISTO! REGALO DE GALES
Ese ojo siempre me deja intranquila unos segundos; pero la señora Sucksby posa el orinal, se levanta la falda con todo desenfado y se agacha. Pone una mueca cuando yo me estremezco.
—No es bonito, ¿eh, querida? Da igual. En nuestra mansión te pondremos un retrete.
Se endereza y se recoge la enagua entre las piernas. Luego se frota las manos.
—Vamos a ver —dice. Me está examinando a fondo, y le brillan los ojos—. ¿Qué me dices a esto? ¿Qué tal si hoy te vestimos y te ponemos guapa? Tu vestido está dentro de la caja. Pero es muy soso, ¿no crees? Raro y anticuado, ¿verdad? ¿Qué tal si te probamos algo más bonito? Tengo vestidos guardados para ti, los tengo envueltos en papel de plata, tan lindos que no te lo vas a creer. ¿Y si traemos a Dainty para que los ajuste? Dainty sabe manejar la aguja, aunque parezca tan tosca, ¿no? Sólo que ella es así. Digamos que no tiene educación, no hicieron más que criarla. Pero tiene buen corazón.
Ahora la escucho con atención. Vestidos, pienso. En cuanto esté vestida, podré escapar. Ve el cambio que se opera en mí, y le agrada. Me trae otro desayuno de pescado y me lo como. Me trae café dulce como un jarabe: me acelera el corazón. Luego me trae una lata de agua caliente. Moja una toalla y trata de lavarme. No se lo permito, sino que le cojo la toalla, la froto contra mi cara, debajo de los brazos, entre las piernas. Es la primera vez en mi vida que me lavo yo sola. Ella se va cierra tras ella con llave, por supuesto y vuelve con Dainty. Traen cajas de papel. Las depositan encima de la cama, desatan las cuerdas y sacan vestidos. Dainty los ve y chilla. Todos los vestidos son de seda: hay uno violeta con un reborde de cinta amarilla, otro verde con una franja plateada y un tercero carmesí. Dainty coge un borde de tela y lo acaricia.
—¿Seda salvaje? —dice, como maravillada.
—Sí, con un fular rouge —dice la señora Sucksby, y pronuncia con torpeza las palabras que salen carnalmente de su boca, como huesos de cereza. Levanta la falda carmesí, con la barbilla y las mejillas tan rojas por la luz reflejada de la seda como si estuviera manchada de cochinilla. Capta mi mirada. —¿Qué me dices de esto, querida?
No sabía que existiesen colores, telas y vestidos así. Me imagino con ellos puestos por las calles de Londres. El corazón se me encoge. Digo:
—Son espantosos, horribles.
Ella parpadea, luego se repone.
—Eso dices ahora. Pero has vivido demasiado tiempo en esa mansión deprimente de tu tío. ¿Es de extrañar que tengas menos idea de la moda que un murciélago? Cuando salgas a la calle, querida, tendrás unos vestidos tan alegres que cuando mires éstos te partirás de risa pensando que alguna vez te parecieron brillantes. —Se frota las manos—. A ver, ¿cuál es el que más te gusta? ¿El verde arsénico y plata?
—¿No hay alguno gris o marrón o negro? —digo.
Dainty me mira con asco.
—¿Gris, marrón o negro? —dice la señora Sucksby—. ¿Cuando hay aquí uno plateado y otro violeta?
—El violeta —digo por fin. Creo que la franja me deslumbrará, el carmesí me da náuseas; aunque ya estoy mareada, a fin de cuentas. La señora Sucksby va a la cómoda y la abre. Saca medias y corsés y enaguas de colores. Estas me dejan atónita, pues siempre he supuesto que la ropa interior tiene que ser blanca, del mismo modo que, de niña, creía que todos los libros negros tenían que ser Biblias. Pero o me las pongo de colores o ando desnuda. Me visten, como dos niñas a una muñeca.
—Veamos, ¿dónde hay que meter la aguja? —dice la señora Sucksby, examinando el vestido—. No te muevas, querida, mientras Dainty toma las medidas. Señor, mira tu cintura. ¡Estáte quieta! Te aseguro que nadie se menea cuando Dainty tiene un alfiler en la mano. Así está mejor. ¿Demasiado holgado? Bueno, no podemos ser muy quisquillosas con el tamaño, ¡ja, ja!, a la hora de afanarlos.
Me quitan los guantes, pero me traen otros nuevos. Me calzan zapatillas blancas de seda.
—¿No puedo llevar zapatos? —digo.
—¿Zapatos? —dice la señora Sucksby—. Mi niña, los zapatos son para andar por la calle. ¿Adónde vas a ir tú con zapatos…?
Lo dice de un modo distraído. Ha abierto el gran arcón de madera y ha sacado mi maleta de cuero. Mientras yo la observo y mientras Dainty da puntadas, ella se lleva la maleta a la luz de la ventana, se acomoda en el sillón chirriante de mimbre y empieza a inspeccionar los objetos del interior. La observo, mientras manosea pantuflas, naipes, peines. Pero lo que busca son mis joyas. Finalmente encuentra el paquetito de tela blanca, lo desenvuelve y vierte el contenido en su regazo.
—Pero ¿qué es esto? Un anillo. Una pulsera. Un retrato de mujer. —Los examina como para evaluarlos; de repente su expresión cambia. Sé qué rasgos está viendo ahí, en la cara donde antes yo buscaba los míos. Deja a un lado el retrato enseguida—. Un brazalete de esmeraldas —dice a continuación—, de moda en la época del rey Jorge, pero con piedras finas. Le sacaremos un bonito precio. Una perla en una cadena. Un collar de rubí… Pesa demasiado para una chica de tu aspecto. Tengo un hermoso collar de cuentas… de cristal, ¡pero que brillan tanto que las tomarías por zafiros! Creo que te irán mejor. Y…, ¡oh!, ¿qué es esto? ¿No son una monada? ¡Mira, Dainty, mira las increíbles piedras que hay aquí!
Dainty las mira.
—¡Qué preciosidad! —dice.
Es el broche de diamantes al que un día imaginé que Sue echaba el aliento, lustraba y miraba con ojos bizcos. Ahora la señora Sucksby lo sostiene en alto y lo examina, entrecerrando los suyos. El broche centellea. Centellea incluso aquí.
—Conozco el lugar para esto —dice—. Querida, ¿no te importará…?
Abre el cierre y se lo prende en la pechera del vestido. Dainty suelta la aguja y el hilo para mirarla.
—¡Oh, señora S.! —dice—. Parece una auténtica reina.
El corazón vuelve a latirme deprisa.
—La reina de diamantes —digo.
Me mira con recelo, dudando de si lo digo como un piropo o una burla. Ni yo misma lo sé. Durante un rato no decimos nada. Dainty termina su tarea, luego me peina, me ondula el pelo y con un alfiler me lo recoge en un moño. Me hacen ponerme de pie para supervisar el resultado. Parecen expectantes, ladean la cabeza; pero ponen mala cara. Dainty se frota la nariz. La señora Sucksby se tamborilea los labios con los dedos, frunce el ceño.
Hay un espejo cuadrado encima de la chimenea, nimbado de corazones de yeso: me vuelvo y veo lo que puedo de mi cara y figura. Apenas me reconozco. Tengo la boca blanca, los ojos hinchados y enrojecidos, las mejillas del color y la textura de una franela amarillenta. El cuero cabelludo del pelo sin lavar muestra un tono grasiento. El escote bajo del vestido enseña las líneas y puntos de los huesos alrededor de mi garganta.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:42 am

—Quizás el violeta, al fin y al cabo —dice la señora Sucksby—, no es el color que te favorece, mi niña. Resalta las sombras debajo de tus ojos y hace que parezcan contusiones. Y las mejillas…, ¿por qué no te las pellizcas, para que te salgan los colores? ¿No? Pues deja que lo haga Dainty. Tiene unos dedos como tenazas, ya verás.
Dainty viene, me agarra de la mejilla y yo doy un grito y me retuerzo bajo el pellizco.
—¡Vale, gata! —dice, sacudiendo la cabeza y pateando el suelo—. ¡Por mí puedes quedarte con la cara amarilla!
—¡Eh, eh! —dice la señora Sucksby—. ¡La señorita Lilly es una dama! Quiero que le hables como tal. No pongas ese morro. —Dainty ha empezado a abultar los labios—. Así está mejor. Señorita Lilly, ¿qué tal si nos quitamos ese vestido y nos probamos el verde y plata? Sólo hay una gota de arsénico en ese verde… No te hará ningún daño, siempre que no sudes mucho en el corpiño.
Pero no estoy dispuesta a que me manoseen de nuevo, y no consiento que me desabrochen el vestido violeta.
—¿Te gusta, cielo? —dice ella entonces, con una cara y una voz más dulces—. ¡Eso es! Sabía que las sedas acabarían convenciéndote. ¿Qué me dices si bajamos a sorprender a la gente, señorita Lilly?
Dainty, tú ve delante. Estas escaleras son traicioneras, no me gustaría nada que la señorita Lilly tropezara. Ha abierto la puerta. Dainty pasa delante y, un segundo después, la sigo. Pienso todavía que ojalá tuviera calzado, un sombrero, una capa, pero correré descalza, con zapatillas de seda, si es preciso. Correré hasta Briar. ¿Cuál era la puerta, al pie de la escalera, que debía coger? No estoy segura. No veo. Dainty camina delante de mí y la señora Sucksby me sigue, inquieta.
—¿Encuentras el peldaño, mi niña?
No respondo, porque en alguna habitación cercana se oye un sonido extraordinario: algo como el grito de una pava real, que sube de volumen, tiembla y se hunde en el silencio. Me vuelvo, sobresaltada. La señora Sucksby también se ha girado.
—¡Sigue aullando, vieja! —chilla, agitando el puño y, dirigiéndose a mí, con más dulzura—: ¿No te has asustado, cielo? Es sólo la hermana anciana de Ibbs, postrada en cama, la pobre, y propensa a sufrir terrores.
Sonríe. Suena otra vez el grito y al oírlo apresuro el paso en la penumbra de la escalera, con las extremidades doloridas y la respiración acelerada. Dainty aguarda al pie. El pasillo es pequeño, parece que ella lo llena.
—Aquí —dice. Ha abierto la puerta de la cocina. Detrás hay, creo, una puerta que da a la calle, con cerrojos. Reduzco el paso. Pero la señora Sucksby se me acerca y me toca el hombro—. Muy bien, mi querida niña. Por aquí.
Al avanzar casi trastabillo. La cocina es más caliente de lo que recuerdo, y más oscura. Richard y el chico, John Vroom, juegan a los dados, sentados a la mesa. Los dos alzan la vista cuando entro, y los dos se ríen. John dice:
—¡Mira qué cara! ¿Quién le ha puesto los ojos morados? Dainty, dime que has sido tú y te doy un beso.
—Si te pillo, te voy a poner morados los tuyos —dice la señora Sucksby—. La señorita Lilly sólo está cansada. Quítate de esa silla, holgazán, y déjale que se siente.
Lo dice mientras cierra con llave a su espalda y se la guarda en el bolsillo; luego cruza la cocina y comprueba las otras dos puertas para cerciorarse de que están cerradas.
—Para que no entren corrientes —me dice, cuando ve que la miro.
John lanza de nuevo los dados y cuenta los puntos antes de levantarse. Richard da una palmada en el asiento vacío.
—Ven, Maud —dice—. Siéntate a mi lado. Y si me prometes que no volverás a lanzárteme al cuello, como hiciste el miércoles, te juro, ¡por la vida de Johnny!, que nunca volveré a soltarte un mamporro.
John pone mala cara.
—No te tomes esas libertades con mi vida, si no quieres que me las tome con la tuya —dice—. ¿Me has oído?
Richard no contesta. Sigue mirándome y sonríe.
—Anda, otra vez amigos, ¿de acuerdo?
Extiende la mano hacia mí y yo la esquivo y aparto mis faldas. Que las puertas estén cerradas y el aire viciado de la cocina me ha infundido una especie de áspera bravuconería.
—Me importa un bledo ser amiga tuya —digo—. Ni amiga de cualquiera de vosotros. Vengo aquí porque no tengo más remedio, porque la señora Sucksby quiere que venga, y no me quedan fuerzas para contrariarla. Por lo demás, recuerda: os aborrezco a todos.
Y no me siento en el lugar vacío junto a él, sino en la gran mecedora frente a la cabecera de la mesa. Al sentarme en ella, cruje. John y Dainty miran rápidamente a la señora Sucksby, que parpadea hacia mí dos o tres veces.
—¿Y por qué no? —dice finalmente, con una risa forzada—. Ponte cómoda, querida. Yo me sentaré en esa silla dura, me vendrá bien. —Se sienta y se enjuga la boca—. ¿No está Ibbs?
—Ha salido a atender un encargo —dice John—. Se ha llevado a Charlie Wag.
Ella asiente.
—¿Y todos mis bebés duermen?
—Caballero les ha dado la dosis, hace media hora.
—Buen chico, buen chico. Que todo esté tranquilo y en orden. —Me mira a mí—. ¿Todo bien, señorita Lilly? ¿A lo mejor quieres un poco de té? —En lugar de responder, me columpio en la mecedora, muy despacio—. ¿O quizás café? —Se moja los labios—. Un café, pues. Dainty, calienta un poco de agua. ¿Te apetece un bizcocho, querida, para acompañar? ¿Mando a John a comprar uno? ¿No te gustan los bizcochos?
—Todo lo que pudierais servirme aquí me sabría a ceniza —digo.
Ella mueve la cabeza.
—¡Caramba, qué lengua más poética tienes! ¿Y qué tal un bizcocho, ahora…?
Miro a otro lado. Dainty se pone a preparar café. Un reloj chillón suena y da la hora. Richard lía un cigarrillo. El humo de tabaco, y de las lámparas y velas encendidas, revolotea de una pared a otra. Las paredes son marrones y brillan débilmente, como si estuvieran pintadas con salsa; aquí y allá, clavadas, hay imágenes en colores de querubines, rosas, chicas en columpios, y recortes de papel alabeados de deportistas, caballos, perros y ladrones. Junto al brasero de Ibbs, hay tres retratos de los señores CHUBB, YALE y BRAMAH pegados a un tablero de corcho, y muy picoteados por marcas de dardos.
Pienso que si tuviera un dardo podría amenazarles y obligar a la señora Sucksby a que me entregue las llaves. Si tuviera una botella rota. Si tuviese un cuchillo. Richard enciende el cigarro, entrecierra los ojos para protegerlos del humo y me mira.
—Bonito vestido —dice—. Del color perfecto para ti. —Extiende la mano hacia uno de los ribetes de cinta amarilla, y yo se la retiro de un manotazo—. Chsss, chsss —dice—. Me temo que no te ha mejorado el genio. Esperábamos que el encierro te ablandase. Como a las manzanas. Y a las terneras.
—Vete al infierno, ¿quieres? —digo.
Él sonríe. La señora Sucksby se sonroja y después se ríe.
—¡Fíjate! —dice—. Una chica ordinaria dice eso y suena horriblemente vulgar. Lo dice una dama y casi parece una lindeza. Aun así, querida —aquí se inclina sobre la mesa, baja la voz—, me gustaría que no dijeses esas groserías.
Le sostengo la mirada.
—¿Y tú crees —respondo con tono ecuánime— que me importa algo lo que a ti te guste?
Ella se arredra y se sonroja aún más; sus párpados aletean y mira a otra parte. Tomo mi café y guardo silencio. La señora Sucksby tamborilea con los dedos sobre el tablero de la mesa, con la frente arrugada y ceñuda. John y Richard reanudan su partida de dados y riñen al respecto. Dainty lava pañales en una tina de agua parda y los coloca delante del fuego para que humeen y apesten. Cierro los ojos. Me duele el estómago. Si tuviera un cuchillo, vuelvo a pensar. O un hacha…
Pero en el cuarto hace un calor tan sofocante y yo estoy tan cansada y enferma que la cabeza se me cae hacia atrás y me quedo dormida. Cuando despierto son las cinco de la tarde. Han recogido los dados. Ibbs ha regresado. La señora Sucksby está alimentando a los bebés y Dainty guisa la cena. Bacon, col, patatas desmenuzadas y pan; me dan un plato y como, apartando como una desdichada las tiras de grasa del bacon y la corteza del pan, del mismo modo que quito las espinas al pescado del desayuno. Después sacan unos vasos.
—¿Te apetece un trago, señorita Lilly? —dice la señora Sucksby—. ¿Cerveza o jerez?
—¿Una ginebra? —dice Richard, con una chispa de picardía en los ojos.
Tomo una ginebra. Me sabe amarga, pero el sonido de la cuchara de plata, que al removerse golpea el vaso, me depara un alivio vago, indefinido. Así transcurre el día. Así pasan los días siguientes. Me acuesto temprano; todas las noches me desviste la señora Sucksby, que coge mi vestido y mis enaguas y las guarda con llave, y luego me encierra a mí. Duermo mal y me despierto todas las mañanas mareada, con miedo y con la cabeza despejada; y me siento en el sillón dorado, rumiando los detalles de mi reclusión y perfilando mi plan de fuga. Porque debo fugarme. Huiré. Huiré e iré a buscar a Sue. ¿Cómo se llaman los hombres que se la llevaron? No me acuerdo. ¿Dónde estaba la casa? No lo sé. Da igual, da igual, lo averiguaré. Pero primero iré a Briar, a pedir dinero a mi tío él, por supuesto, seguirá creyendo que es mi tío, ¡y si no me lo da, lo mendigaré a los criados!
¡Se lo mendigaré a la señora Stiles! ¡O lo robaré! ¡Robaré un libro de la biblioteca, el más raro de todos, y lo venderé…! O, no, no haré eso… Porque la idea de volver a Briar me produce escalofríos, incluso ahora; y poco después se me ocurre pensar que tengo amigos en Londres, después de todo. Tengo a Huss y a Hawtrey.
A Huss…, a quien le gustaba verme subir la escalera. ¿Podría ir a verle y ponerme en sus manos? Creo que sí, tan desesperada estoy… Hawtrey, sin embargo, era más bondadoso, y me invitó a su casa, a su tienda en Holywell Street. Creo que me ayudará. Seguro que sí. Y pienso que Holywell Street no puede estar lejos. No lo sé, y no hay mapas aquí. Pero encontraré el camino. Hawtrey me ayudará. Hawtrey me ayudará a buscar a Sue…
Así discurren mis pensamientos, mientras los amaneceres de Londres despuntan, sucios, sobre mí; mientras Ibbs cocina arenques y su hermana chilla y Caballero tose en su cama y la señora Sucksby se remueve en la suya, y ronca y suspira. ¡Si por lo menos no me controlaran tan de cerca! Un día, pienso, cada vez que cierran una puerta a mi espalda, un día se olvidarán de cerrar con llave. Entonces huiré. Se cansarán de tenerme siempre vigilada. Pero no se cansan. Me quejo del aire espeso y viciado. Me quejo del calor creciente. Pido permiso para ir al excusado con más frecuencia de lo necesario, pues está en el otro extremo de ese pasillo oscuro y polvoriento que hay en la parte trasera de la casa, y puedo ver la luz del día. Sé que huiría desde aquí a la libertad si tuviera ocasión, pero la ocasión no se presenta. Dainty me acompaña al retrete cada vez, y aguarda hasta que salgo. Una vez que trato de escapar, ella me atrapa enseguida y me lleva de vuelta, y la señora Sucksby le pega por haberse descuidado. Richard me conduce arriba y me golpea.
—Lo siento —dice, mientras lo hace—. Pero tú sabes lo mucho que hemos trabajado por el plan. Lo único que tienes que hacer es esperar a que llegue el abogado. Vales para esperar, me dijiste una vez. ¿Por qué no nos complaces?
El golpe me produce una contusión. Todos los días veo cómo se va borrando, y pienso: Antes de que esta marca desaparezca, ¡huiré! Paso muchas horas rumiando esto en silencio. Sentada en la cocina, en la penumbra al borde de la lámpara, pienso: Quizás se olviden de mí. En ocasiones parece que es así: el bullicio de la casa continúa, John y Dainty se besan y riñen, los bebés chillan, los hombres juegan a los dados y a las cartas. De cuando en cuando vienen otros hombres, o chicos, o incluso aunque más raramente mujeres y chicas, con objetos robados que venden a Ibbs y que éste a su vez venderá luego. Vienen a cualquier hora del día, con cosas increíbles, cosas burdas, chabacanas, baratijas: una vez, una madeja de pelo rubio, atada todavía con una cinta. Una ristra inacabable de cosas, no como los libros que llegaban a Briar, que parecía que hubieran salido del fondo de un naufragio en un mar viscoso, a través de tenues y silentes brazas; ni como las cosas que los libros describían, objetos con alguna utilidad y sentido: sillas, almohadas, camas, cortinas, cuerdas, varas…
Aquí no hay libros. Solamente hay la vida en todo su espantoso caos. Y la única finalidad de las cosas es ganar dinero. Y el mayor filón de todos soy yo.
—¿No tienes frío, preciosa? —dice la señora Sucksby—. ¿Y un poco de hambre? ¡Pero qué caliente tienes la frente! No tendrás fiebre, espero. No podemos permitir que enfermes. —No le respondo. He oído esto mismo muchas veces. Le dejo que me envuelva en mantas, le dejo que se siente y me eche el aliento en los dedos y las mejillas—. ¿Estás decaída? —dice—. Mira esos labios. Estarían más bonitos si sonriesen. ¿No van a sonreír? ¿Ni siquiera —traga saliva— por mí…? Simplemente fíjate en el calendario, querida. —Ha tachado los días con cruces negras—. Ya casi ha pasado un mes y sólo quedan dos más. ¡Y sabemos lo que sigue! No es tan largo, ¿verdad?
Lo dice casi suplicando; pero la miro con serenidad a la cara, como diciendo que un día, una hora, un segundo, es demasiado largo en su compañía.
—¡Oh, vamos! —Sus dedos se cierran alrededor de mi mano; luego se aflojan, me dan palmaditas—. Se te hace un poquito raro, ¿verdad, cielo? —dice—. No importa. ¿Qué podemos darte que te suba ese ánimo, eh? ¿Un ramillete de flores? ¿Un lazo para tu precioso pelo? ¿Un joyero? ¿Un jilguero en una jaula? —Puede que yo haga algún movimiento—. ¡Ajá! ¿Dónde está John? John, aquí tienes un chelín (es falso, así que lárgalo aprisa), sal pitando y trae un pájaro en una jaula a la señorita Lilly. ¿Amarillo o azul, querida mía? Da lo mismo, John, con tal de que sea bonito…
Ella guiña un ojo. John se va y vuelve media hora después con un pinzón en una cesta de mimbre. La'casa se alborota. Cuelgan la cesta de una viga, la sacuden para que se balancee; Charley Wag, el perro, brinca y gime debajo de ella. Pero el pájaro no canta el cuarto es demasiado oscuro; se limita a batir las alas, arrancarse las plumas y morder los barrotes de la jaula. Al final se olvidan de él. John le da para comer las cabezas azules de cerillas; dice que proyecta, andando el tiempo, hacerle tragar una larga mecha y después prenderla. De Sue nadie dice ni pío. Un día, Dainty me mira mientras prepara la cena y se rasca una oreja.
—Qué raro —dice— que Sue no haya vuelto todavía del campo, ¿verdad?
La señora Sucksby lanza una ojeada a Richard, a Ibbs y a mí. Se humedece la boca.
—Escucha —le dice a Dainty—. No he querido hablar de este asunto, pero creo que ahora deberías saberlo. La verdad es que Sue no va a volver nunca. En aquel último negocio del que Caballero le dejó ocuparse había dinero. Más dinero del que le correspondía a ella. Se ha pirado con la pasta, Dainty.
Dainty abre la boca, pasmada.
—¡No! ¡Sue Trinder! ¡Que era como su hija! ¡Johnny! —John escoge ese momento para bajar a cenar —. Johnny, ¡no te lo vas a creer! Sue se llevó todo el dinero de la señora Sucksby, y por eso no ha vuelto. Ha puesto pies en polvorosa. A punto ha estado de romperle el corazón a la señora Sucksby. Si la vemos, tenemos que matarla.
—¿En polvorosa? ¿Sue Trinder? —John resopla—. No tiene agallas.
—Pues lo ha hecho.
—Lo ha hecho —dice la señora Sucksby, con otra mirada de reojo hacia mí—, y no quiero oír pronunciar su nombre en esta casa. Nunca más.
—¡Sue Trinder, una estafadora! —dice John.
—Eso es la mala sangre —dice Richard, que también me mira—. Sale a relucir de formas extrañas.
—¿Qué acabo de decir? —dice roncamente la señora Sucksby—. No quiero que se pronuncie ese nombre.
Levanta el brazo y John se calla. Pero mueve la cabeza y lanza un silbido. Al cabo de un momento se ríe.
—Así que ahora, más carne para nosotros, ¿no? —dice, y se llena el plato—. O la habría, si no estuviese aquí la señorita.
La señora Sucksby le ve mirándome con malos ojos; se inclina y le pega. A partir de entonces, si los hombres y mujeres que vienen a casa preguntan por Sue, les llevan aparte y se lo dicen; igual que a John y a Dainty, se les dice que Sue se ha vuelto una malvada, ha traicionado a la señora Sucksby y le ha roto el corazón. Todos dicen lo mismo: «¿Sue Trinder? ¿Quién la hubiera creído tan espabilada? Ha salido a su madre…». Mueven la cabeza, parecen apenados. Pero asimismo tengo la impresión de que se olvidan de ella enseguida. De que hasta Dainty y John la olvidan. La memoria es flaca en esta casa, al fin y al cabo. También lo es en el barrio. Muchas veces me despiertan de noche ruidos de pasos, chirridos de ruedas: un hombre que corre, una familia que huye, sigilosa, en la oscuridad. La mujer con la cara vendada, que amamanta a su bebé en los peldaños de la casa que tiene postigos con orificios en forma de corazón, desaparece; ocupa su lugar otra que, a su vez, pasa de largo para que su puesto lo ocupe otra mujer, que bebe. ¿Qué es Sue para ellas?
¿Qué es Sue para mí? Tengo miedo aquí de recordar la presión de su boca, el deslizamiento de su mano. Pero también tengo miedo de olvidar. Ojalá soñara con ella. Nunca lo hago. A veces saco la foto de la mujer que yo suponía que era mi madre y busco en ella las facciones de Sue: sus ojos, su mentón puntiagudo. La señora Sucksby me ve hacer esto. Me observa, inquieta. Por último me arrebata la foto.
—No pienses en cosas que ya están hechas y no tienen remedio —dice—. ¿Estás bien, querida? Piensa en el tiempo que se avecina.
Ella se imagina que rumio cosas del pasado. Pero sigo rumiando las de mi futuro. Sigo vigilando las llaves que giran; sé que no tardarán en dejarse alguna en alguna cerradura. Vigilo a Dainty y a John, al señor Ibbs: se están acostumbrando demasiado a mí. Se volverán descuidados, me olvidarán. Pronto, pienso. Pronto, Maud. Eso pienso: hasta que ocurre esto.
Richard empieza a salir de casa todos los días, sin decir adonde va. No tiene dinero, y no lo tendrá hasta que traigan al abogado: creo que simplemente se va a callejear por caminos polvorientos o a sentarse en los parques; creo que el calor y la estrechez de la cocina del barrio le sofocan tanto como a mí. Un día en que sale, sin embargo, vuelve al cabo de una hora. La casa, por una vez, está silenciosa; Ibbs y John están fuera y Dainty duerme en una silla. La señora Sucksby le abre la puerta de la cocina y Richard arroja su sombrero y la besa en la mejilla. Tiene la cara colorada y los ojos relucientes.
—Bueno, ¿qué le parece? —dice él.
—¡Querido muchacho, no me lo imagino! ¿Han ganado todos tus caballos a la vez?
—Mejor aún —dice él. Extiende la mano hacia mí—. Maud, ¿qué te parece? Ven, sal de esas sombras. ¡No pongas esa cara tan feroz! Ahórratela hasta que hayas oído mis noticias. Te incumben a ti, sobre todo.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:43 am

Agarrando mi silla, empieza a arrastrarla hacia la mesa. Le aparto.
—¿Incumbirme? ¿Cómo?
—Ya lo verás. Mira esto. —Mete la mano en el bolsillo del chaleco y saca algo. Un papel. Lo agita.
—¿Papel de carta, querido? —dice la señora Sucksby, poniéndose a su lado.
—Una carta de… —dice él—, ¿adivine de quién? ¿Y tú, Maud? —Yo no digo nada. Él esboza una mueca—. ¿No quieres intentarlo? ¿Te doy una pista? Es de alguien que conoces. De una persona muy querida.
El corazón me brinca.
—¡Sue! —digo al instante. Pero él menea la cabeza y bufa.
—No es de ella. ¿Crees que donde está le dan papel? —Mira de reojo a Dainty, que abre y cierra los ojos, y luego sigue durmiendo—. No es de ella —repite, en voz más baja—. De otro amigo tuyo. ¿No lo adivinas?
Giro la cara.
—¿Por qué tengo que hacerlo? Me lo vas a decir tú, ¿no?
Aguarda otro momento y, a continuación, dice:
—Del señor Lilly. De quien era tu tío… ¡Ajá! ¡Pareces interesada!
—Déjame ver —digo. Tal vez mi tío me esté buscando, después de todo.
—Calma, calma. —Sostiene la carta en alto—. Va dirigida a mi nombre, no al tuyo.
—¡Déjame ver!
Me levanto, le tiro hacia abajo del brazo, veo una línea de tinta; después, le empujo.
—No es la letra de mi tío —digo, tan decepcionada que tengo ganas de pegarle.
—No he dicho que lo fuera —dice Richard—. La carta es de él, pero la envía otra persona: su mayordomo, el señor Way.
—¿Way?
—Más curioso todavía, ¿eh? Bueno, lo entenderás cuando lo leas. Toma. —Desdobla el papel y me lo entrega—. Lee este lado primero. Es una posdata, y explica, por lo menos, lo que siempre nos ha parecido tan raro: que hasta ahora no hayamos sabido nada de Briar…
La letra es apretada. La tinta está borrosa. Ladeo la hoja para captar toda la luz que pueda, y leo:
Estimado señor:
Encuentro hoy esta carta, entre los papeles personales de mi amo, y supongo que él tenía intención de enviarla; sin embargo, sufrió una grave indisposición, poco después de escribirla, y en ese estado continúa hasta el momento presente, señor. La señora Stiles y yo pensamos al principio que la causa era la fuga escandalosa de su sobrina, si bien le rogamos que repare, señor, en que las palabras que le mandamos adjuntas sugieren que semejante acción no le sorprendió en demasía, así como permítame decirle, de nuevo, señor tampoco a nosotros dos. Le enviamos la presente con el debido respeto, señor, y confiando en que al recibirla se encuentre usted perfectamente.
Martin Way, mayordomo de Briar
Levanto la vista pero no digo nada. Richard ve mi expresión y sonríe. «Lee lo demás», dice. Volteo la hoja. La carta es corta y está fechada el 3 de mayo: hace hoy siete semanas. Dice lo siguiente:
Al señor Richard Rivers, de Christopher Lilly, Esquire.
Señor:
Supongo que se ha llevado a mi sobrina, Maud Lilly. ¡Ojalá disfrute de ella! Su madre fue una ramera y ella posee todos los instintos de su madre, cuando no su cara. El retraso en la progresión de mi tarea será grave, pero hay algo que me consuela de mi pérdida: que se me antoja, señor, que es usted un hombre que sabe cómo tratar a una puta.
C. L.
Leo esta hoja dos o tres veces; vuelvo a leerla, la dejo caer al suelo. La señora Sucksby la recoge en el acto, para leerla ella. Mientras se afana en descifrar las palabras, se pone colorada. Cuando ha terminado, lanza un grito:
—¡El muy canalla! ¡Oh!
El grito despierta a Dainty.
—¿Quién, señora Sucksby? ¿Quién? —dice.
—Un malvado, eso es todo. Un malvado que está enfermo, como se tiene merecido. Nadie que tu conozcas. Sigue durmiendo. —Alarga la mano hacia mí—. Oh, querida mía…
—Déjame en paz —digo—. La carta me ha disgustado más de lo que hubiese creído. No sé si lo que más me ha dolido son las palabras con que está redactada o la prueba definitiva que parecen aportar a la historia de la señora Sucksby. Pero no soporto que ella y Richard me observen cuando sucumbo a un torbellino de sentimientos. Me alejo de ellos todo lo que puedo —unos dos o tres pasos—, hasta la pared marrón de la cocina; de allí voy a la otra pared y desde aquí a una puerta; empuño la manilla y la giro en vano.
—Dejadme salir —digo.
La señora Sucksby se me acerca. Hace un ademán de aferrar no la puerta, sino mi cara. La aparto de un empujón, voy rápidamente hasta la segunda puerta y luego a la tercera.
—¡Dejadme salir! ¡Dejadme salir!
Ella me sigue.
—Querida mía —dice—, no te lleves un disgusto por ese viejo canalla. ¡No es digno de tus lágrimas!
—¿Me dejas salir?
—¿Salir a donde? ¿No tienes aquí todo lo que necesitas? ¿No hay de todo aquí, o lo habrá pronto? Piensa en las joyas, los vestidos…
Se ha aproximado de nuevo. La empujo otra vez. Retrocedo hasta la pared de color salsa, pongo la mano en ella el puño y la golpeo repetidamente. Después alzo los ojos. Ante ellos veo el calendario, sus páginas atiborradas de cruces negras. Lo agarro y lo arranco del clavo que lo sujeta. «Querida mía…», repite ella. Me vuelvo y le lanzo el calendario.
Pero después me entra una llorera, y cuando ha pasado el arranque de llanto pienso que he cambiado. He perdido el ánimo. La carta me lo ha arrebatado. El calendario regresa a su lugar en la pared y dejo que cuelgue de ella. Se vuelve cada vez más negro, a medida que nos acercamos a nuestro destino. La estación avanza. Junio es caluroso, y luego más aún. La casa empieza a llenarse de moscas. Desquician a Richard: las persigue con una zapatilla, colorado y sudoroso.
—¿Sabes que soy hijo de un señor? —dice—. ¿Lo creerías si me vieras ahora?
No le respondo. He empezado, igual que él, a ansiar que llegue el cumpleaños de Sue en agosto. Creo que diré lo que ellos quieran a cualquier clase de abogado o notario. Pero mis días transcurren en una especie de letargia intranquila; y por la noche pues hace demasiado calor para dormir me asomo a la angosta ventana del cuarto de la señora Sucksby y miro a la calle con expresión ausente.
—Quítate de ahí, cielo —murmura ella si se despierta. Dicen que hay cólera en el barrio—. ¿Quién sabe si pillarías una fiebre por culpa de una corriente?
¿Se puede contraer una fiebre a causa de una ráfaga de aire fétido? Me tumbo a su lado hasta que se duerme; luego vuelvo a la ventana, aprieto la cara contra la fisura que hay entre los marcos y respiro más hondo. Casi me olvido de mi intención de huir. Quizás lo intuyen, porque al final me dejan, una tarde creo que a comienzos de julio, con Dainty como única custodia.
—No la pierdas de vista —le dice la señora Sucksby, poniéndose unos guantes—. Si le ocurre algo, te mato. —A mí me besa—. ¿Estás bien, querida? No tardaré ni una hora. Te traeré un regalo, ya verás.
No contesto. Dainty le abre la puerta, la cierra y se guarda la llave en el bolsillo. Se sienta, coloca una lámpara encima de la mesa y reanuda su trabajo. No es lavar pañales, pues ahora hay menos bebés la señora Sucksby ha empezado a encontrarles hogares, y la casa, día tras día, recupera el silencio, sino arrancar puntadas de seda de pañuelos robados. Lo hace con apatía, sin embargo.
—Es aburrido —dice, cuando ve que la miro—. Solía hacerlo Sue. ¿Quieres probar?
Muevo la cabeza y cierro los párpados; al poco rato, ella bosteza. La oigo y de repente estoy plenamente despierta. Si se duerme, pienso, puedo comprobar las puertas, ¡robarle la llave del bolsillo! Bosteza otra vez. Empiezo a sudar. El reloj da los minutos: quince, veinte, veinticinco. Media hora. Llevo puesto el vestido violeta y pantuflas de seda blancas. No tengo sombrero, no tengo dinero…, da igual, da igual. Me los dará Hawtrey. Duerme, Dainty, duerme. Duerme, duerme… ¡Duérmete, maldita! Pero ella sólo bosteza, y asiente. Casi ha pasado una hora.
—Dainty —digo.
Ella da un brinco.
—¿Qué pasa?
—Me temo…, me temo que tengo que ir al retrete.
Ella deja su labor, hace una mueca de fastidio.
—¿Tienes qué? ¿Ahora mismo, en este momento?
—Sí. —Me pongo la mano en el estómago—. Creo que estoy indispuesta.
Ella pone los ojos en blanco.
—Nunca he visto a una chica más enfermiza que tú. ¿Es eso lo que llaman una constitución de dama?
—Creo que lo debe de ser. Lo siento, Dainty. ¿Me abres la puerta?
—Pero te acompaño.
—No hace falta. Puedes quedarte cosiendo, si quieres…
—La señora Sucksby dice que tengo que acompañarte siempre. Si no, me la cargo. Vamos.
Suspira, se estira. Tiene manchada la seda de su vestido por debajo de los brazos; es una mancha con un borde blanco. Saca la llave, descorre el cerrojo, me conduce al pasillo. Camino despacio, observando el perfil de su espalda. Me acuerdo de que otras veces he querido escapar de ella, y de que siempre me ha atrapado. Sé que aunque ahora la tumbase de un golpe, ella se levantaría en el acto y me daría alcance. Podría estamparle la cabeza contra los ladrillos… Pero sólo imaginarlo se me debilitan las muñecas, no creo que pudiese.
—Sigue —dice ella, cuando yo titubeo—. ¿Qué pasa?
—Nada. —Cojo la puerta del excusado y la atraigo hacia mí, lentamente—. No hace falta que esperes —digo.
—No, te esperaré. —Se apoya en la pared—. Me sienta bien tomar el aire.
El aire es caliente y hediondo. En el retrete lo es más todavía. Pero entro, cierro la puerta y paso el pestillo; luego miro alrededor. Hay una ventanita, no más grande que mi cabeza, cuyo cristal roto está tapado por un trapo. Hay arañas y moscas. La taza del retrete está agrietada y manchada. Pienso, de pie, quizás durante un minuto.
—¿Todo bien? —grita Dainty.
No respondo. El suelo es de tierra muy compacta. Las paredes son de un blanco pulverulento. De un alambre cuelgan tiras de noticias de prensa. SE NECESITA ROPA USADA DE SEÑORA Y CABALLERO, EN BUEN O MAL ESTADO; CORDERO GALÉS & HUEVOS RECIÉN PUESTOS… Piensa, Maud. Me vuelvo hacia la puerta, aplico la boca a una hendidura que hay en la madera.
—Dainty —digo en voz baja.
—¿Qué?
—Dainty, no me encuentro bien. Tienes que traerme algo.
—¿Qué? —Tira de la puerta—. Fuera, señorita.
—No puedo salir. No me atrevo. Dainty, tienes que ir a la cómoda de mi habitación, arriba. ¿Quieres? Allí hay algo. ¿Quieres? ¡Oh, date prisa! ¡Oh, cómo fluye! Tengo miedo de que los hombres vuelvan…
—Ah —dice ella, comprendiendo por fin. Baja la voz—. Te ha venido, ¿es eso?
—¿Quieres ir por mí, Dainty?
—¡Pero no puedo dejarte, señorita!
—¡Entonces tendré que quedarme aquí hasta que vuelva la señora Sucksby! Pero ¿y si John o Ibbs vuelven antes? ¿Y si me desmayo? ¡La puerta está cerrada con pestillo! ¿Qué pensará la señora de nosotras?
—Oh, Señor —murmura ella. Acto seguido dice—: ¿En la cómoda, dices?
—En el cajón de arriba, a la derecha. ¿Quieres darte prisa? Si por lo menos pudiera limpiarme y luego acostarme… Siempre me pongo tan mala…
—Vale.
—¡Date prisa!
—Vale.
Su voz se apaga. Pego el oído a la madera, oigo sus pasos, oigo que se abre y que gira al cerrarse la puerta de la cocina. Deslizo el pestillo y corro. Salgo corriendo del pasillo al patio. Lo recuerdo, recuerdo las ortigas y los ladrillos. Y desde aquí, ¿por dónde? Alrededor, todo son muros altos. Pero sigo corriendo, y los muros me ceden el paso. Hay un camino polvoriento; era resbaladizo a causa del barro cuando llegué a esta casa, pero lo veo y sé ¡lo sé! que lleva a un callejón que a su vez conduce a otro camino que cruza una calle y me lleva… ¿a dónde? A un camino que no reconozco, que pasa por debajo de los arcos de un puente. Recuerdo este puente, pero lo recuerdo más cercano y más bajo. Recuerdo una tapia alta y sin salida. Aquí no hay ninguna.
No importa. Sigue corriendo. Deja la casa a tu espalda y corre. Ahora coge un camino más ancho: las calles y callejones giran y están oscuros, no te pierdas en ellos. Corre, corre. No importa que el cielo te parezca horripilante e inmenso. No importa que Londres sea ruidoso. No importa que haya gente ahí da igual que te miren fijamente, da lo mismo que su ropa esté andrajosa y descolorida y que tu vestido sea vistoso, que lleven la cabeza cubierta y la tuya esté desnuda. No importa que tus zapatillas sean de seda ni que te corten los pies todas las piedras y escorias…
De esta manera me azuzo para seguir adelante. Sólo me detiene el tráfico, los caballos y los coches que pasan disparados: hago un alto en cada cruce, luego me interno en la maraña de coches y carros, y creo que es tan sólo mi premura, mi distracción eso y, quizás, mi vestido llamativo lo que impulsa a los cocheros a tirar de las riendas para no atropellarme. Sigo adelante, adelante. Creo que en una ocasión me ladra un perro y me lanza una dentellada en la falda. Creo que unos chicos corren a mi lado durante un rato dos o tres chicos, gritando para verme tambalear. «Vosotros», digo, apoyando mi mano en el costado, «¿podéis decirme dónde está Holywell Street? ¿Por dónde se va a Holywell Street?». Pero el sonido de mi voz les ahuyenta.
Entonces voy más despacio. Cruzo una calzada con más tráfico. Los edificios son mayores aquí y, sin embargo, dos calles más allá las casas están destartaladas. ¿Hacia dónde debo ir? Preguntaré otra vez, preguntaré dentro de un momento. Por ahora seguiré caminando, poniendo calles y calles entre mí y la señora Sucksby, Richard, Ibbs. ¿Qué importa si me pierdo? Ya me he extraviado… Después cruzo la embocadura de un pasaje ascendente de ladrillo amarillo y veo al fondo, por encima de las puntas de tejados rojos, la giba oscura de la iglesia de St. Paul, con su brillante cruz de oro. La conozco por ilustraciones, y creo que Holywell está cerca de ella. Doy media vuelta, me recojo las faldas y me encamino hacia allí. El pasaje es maloliente, pero la iglesia parece próxima. ¡Parece tan cerca! El ladrillo se torna verde, el mal olor se agudiza. Subo, luego bajo de repente, salgo al aire libre y casi tropiezo. Esperaba encontrar una calle, una plaza. En vez de eso, estoy en lo alto de una escalera de escalones torcidos que desciende hasta el agua sucia. He llegado a la ribera del río. St. Paul está cerca, de todos modos, pero nos separa toda la anchura del Támesis.
Lo contemplo con una especie de horror, como sobrecogida. Recuerdo haber caminado a la orilla del Támesis, en Briar. Recuerdo haber visto el aparente desasosiego y agitación de sus riberas: pensé que el río anhelaba como yo acelerar su curso, expandirse. No sabía que su extensión alcanzase este grado.
Fluye, como veneno. Su superficie está sembrada de residuos: de heno, de madera, de maleza, de papel, de telas desgarradas, de corcho y de botellas torcidas. No se mueve como un río, sino como un mar: se ondula. Y allí donde rompe contra los cascos de los barcos, donde se estrella contra la orilla y envuelve las escaleras y las paredes y los espigones de madera que se levantan sobre el agua, espumea como leche agria.
Es un torbellino de agua y desperdicios, pero en él hay hombres confiados como ratas, que navegan en barcas de remos, tiran de las velas. Y aquí y allá, en la orilla del río con las piernas desnudas, la espalda encorvada, hay mujeres, chicas y chicos, revolviendo entre los remolinos de basura, como espigadores en un campo. No levantan la vista y no me ven, a pesar de que paso un minuto observándoles. Sin embargo, a lo largo de toda la orilla a la que he llegado, hay almacenes donde trabajan hombres y, poco después, cuando me percato de su presencia, ellos también reparan en la mía se fijan en mi vestido, supongo, y primero me clavan la mirada y luego hacen señas y me llaman. Esto disipa de golpe mi aturdimiento.
Doy media vuelta y desando el pasaje amarillo hasta el camino. He visto el puente que debo atravesar para llegar a St. Paul, pero me parece que estoy más abajo de lo que debería, y no encuentro la calle que me lleve arriba: las que ahora recorro son estrechas, sin pavimentar y todavía pestilentes de agua sucia. También hay hombres en estas calles, hombres de las barcas y de los almacenes que, como los anteriores, intentan captar mi atención, silban y algunas veces me llaman, pero no me tocan. Pongo la mano delante de la cara y acelero el paso. Por fin encuentro a un muchacho vestido como un criado. «¿Por dónde se va al puente que lleva a la otra orilla?», le pregunto. Me señala un tramo de escalera y se me queda mirando
mientras lo subo.
Todo el mundo me mira hombres, mujeres y niños, incluso aquí, donde la calle vuelve a estar concurrida. Pienso en rasgar un pliegue de la falda para taparme la cabeza descubierta. Pienso en mendigar una moneda. Lo haría si supiera qué moneda pedir, cuánto me costaría un sombrero, dónde puedo comprarlo. Pero como no sé nada de nada, sigo caminando. Creo que están empezando a rajarse las suelas de mis zapatillas. No te apures, Maud. Si empiezas a apurarte, vas a echarte a llorar. La calle que enfilo comienza a elevarse y veo de nuevo el brillo del agua. ¡El puente, por fin! Avivo el paso.Pero al caminar más deprisa se estropean más las zapatillas y, al cabo de un momento, tengo que parar. Hay una abertura en la pared al principio del puente y, empotrado en ella, un banco bajo de piedra.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:43 am

Colgado a su lado hay un redondel de corcho, que sirve para lanzarlo dice un letrero a quienes sevean en aprietos en el río. Me siento. El puente es más alto de lo que me imaginaba. ¡Nunca he estado en un lugar tan alto!Pensarlo me aturde. Toco mi calzado roto. ¿Puede una mujer curarse un pie en un puente público? No lo sé. El tráfico fluye rápido y continuo, como agua rugiente. ¿Y si llegara Richard? Vuelvo a taparme la cara. Seguiré andando dentro de un momento. El sol calienta. Una pausa, para recuperar el resuello. Cierro los ojos. Ahora, cuando la gente me mira, no la veo. Entonces viene alguien, se me planta delante y habla.
—Me temo que usted no se encuentra bien.
Abro los ojos. Un hombre, bastante mayor. Un desconocido. Dejo caer la mano.
—No tema —dice. Quizás parezco desconcertada—. No quería asustarla.
Se toca el sombrero, inclina un poco la cabeza. Podría ser un amigo de mi tío. Su voz es la de un caballero, y el cuello de su camisa es blanco. Sonríe y me examina con mayor atención. Tiene una cara afable.
—¿Se encuentra mal?
—¿Me ayudará usted? —digo. Oye mi voz y su expresión cambia.
—Por supuesto —dice—. ¿Qué le ocurre? ¿Está herida?
—No —digo—. Pero me han hecho sufrir horriblemente. Yo… —Lanzo una mirada a los coches y carros que hay encima del puente—. Tengo miedo de algunas personas. ¿Me ayudará? Oh, ¡ojalá me dijera que sí!
—Ya se lo he dicho. ¡Pero esto es extraordinario! Y usted, una señorita…, ¿vendrá conmigo? Tiene que contarme toda su historia. La escucharé. No intente hablar todavía. ¿Puede levantarse? Me temo que tiene una herida en el pie. ¡Dios mío! Voy a buscar un coche. Eso es.
Me tiende el brazo, lo tomo y me pongo de pie. El alivio me ha debilitado.
—¡Gracias a Dios! —digo—. ¡Oh, gracias a Dios! Pero escúcheme. —Le aprieto más fuerte el brazo
—. No tengo nada, no tengo dinero para pagarle…
—¿Dinero? —Pone su mano en la mía—. No lo aceptaré. ¡Ni por asomo!
—… Pero tengo un amigo que creo que me ayudará. Si me lleva usted a donde él está.
—Claro, claro. ¿Cómo no? Mire, veamos, aquí está lo que necesitamos. —Se inclina hacia la calzada y levanta el brazo: un coche de punto se aparta del flujo del tráfico y se detiene delante de nosotros. El caballero agarra la puerta y la abre. El coche tiene capota y está oscuro—. Tenga cuidado —dice—. ¿Se arregla? Cuidado. El estribo está bastante alto.
—¡Gracias a Dios! —repito, levantando el pie. Entretanto, él se coloca detrás de mí.
—Muy bien —dice, y añade—: ¡Caramba, qué agradable es su forma de subir!
Me detengo, con el pie en el estribo. El me pone la mano en la cintura.
—Adelante —dice, instándome a subir al coche.
Retrocedo.
—Pensándolo bien —digo, rápidamente—, creo que debería caminar. ¿Me indicará el camino?
—Hace demasiado calor para ir andando. Está muy cansada. Suba.
Tengo su mano todavía encima. Aumenta su presión. Me revuelvo y casi forcejeamos.
—¡Ande, vamos! —dice, sonriendo.
—He cambiado de idea.
—Vamos, suba.
—Suélteme.
—¿Quiere armar un alboroto? Ande, suba. Conozco una casa…
—¿Una casa? ¿No le he dicho que sólo quiero ver a un amigo?
—Bueno, creo que le agradará más verlo después de haberse lavado las manos, cambiado de medias y tomado un té. O quizás, ¿quién sabe?, a lo mejor cuando haya hecho todas estas cosas le agrado yo mismo…, ¿eh?
Su cara sigue siendo afable, sonríe todavía, pero me agarra de la muñeca, la abarca con el pulgar de parte a parte y trata de obligarme a subir al coche. Ahora el forcejeo es serio. Nadie intenta intervenir. Me figuro que no estamos a la vista de los otros vehículos que circulan por la calle. Los hombres y las mujeres que pasan por el puente miran una sola vez y luego vuelven la cabeza. Pero está el cochero. Le llamo.
—¿No lo ve? —digo—. Aquí ha habido un error. Este hombre me está insultando. —El hombre me suelta entonces. Rodeo el coche, alzando la voz—. ¿Me lleva usted? ¿Me lleva a mí sola? Tengo que encontrar a alguien que le pagará cuando lleguemos, le doy mi palabra.
El cochero me mira inexpresivo mientras hablo. Cuando oye que no tengo dinero, vuelve la cabeza y escupe.
—Si no hay pago no hay trayecto —dice.
El hombre ha vuelto a acercarse.
—Vamos —dice, ahora sin sonreír—. No hay necesidad de esto. ¿A qué está jugando? Está claro que está en un apuro. ¿No quiere las medias y el té?
Pero yo sigo hablando con el cochero.
—¿Me indicará el camino, por lo menos? Tengo que ir a Holywell Street. ¿Me dirá por dónde tengo que ir?
Oye el nombre de la calle y bufa, no sé si de hilaridad o de desdén. Pero levanta la fusta.
—Por allí —dice, señalando por encima del puente—. Y luego hacia el oeste, por Fleet Street.
—Gracias. —Echo a andar. El hombre me da alcance—. Suélteme —digo.
—No habla en serio.
—¡Suelte!
Lo digo casi gritando. El se queda parado.
—¡Vete, pues! —dice—. ¡Maldita furcia!
Ando lo más aprisa que puedo. Corro, casi. Pero al cabo de un rato, el coche se me pone al lado y reduce la marcha para adecuarse a mi paso. El caballero se asoma. Ahora tiene otra cara.
—Lo siento —dice, zalamero—. Suba. Lo siento. ¿Quiere subir? La llevaré donde su amigo, se lo juro. Mire. Mire esto. —Me enseña una moneda—. Se la daré. Suba. No debe ir a Holywell. Hay hombres malos allí…, mucho peores que yo. Suba, sé que es usted una dama. Suba, me portaré bien…
Así me habla y murmura a lo largo de la mitad del puente, hasta que por fin se forma una hilera de carros detrás del carruaje que va al paso, y el cochero grita que tiene que acelerar. En eso el hombre se retira, cierra la ventanilla con un golpe seco y el coche se aleja. Respiro. He empezado a temblar. Debería detenerme y descansar, pero ahora no me atrevo. Dejo el puente: aquí la calle confluye con otra, más populosa que la de la orilla sur, pero también más anónima. Lo agradezco, aunque las multitudes…, los gentíos son horribles. Da igual, da igual, atraviésalos. Sigue adelante. Hacia el oeste, como ha indicado el cochero.
Ahora la calle cambia otra vez. Está flanqueada de casas con ventanas salientes: al final entiendo que son tiendas, pues hay mercancías expuestas con precios marcados en tarjetas. Hay panes, hay medicamentos. Hay guantes. Hay zapatos y sombreros… ¡Ah, con un poco de dinero! Pienso en la moneda que el hombre me ha ofrecido desde la ventanilla del coche: ¿no debería haberla cogido y haber echado a correr? Demasiado tarde para preguntármelo. Da igual. Sigue adelante. Ahí hay una iglesia que separa la calle como el pilar de un puente separa las aguas. ¿Hacia dónde debo ir? Pasa una mujer con la cabeza descubierta, como yo: la cojo del brazo, le pregunto el camino. Me lo indica con la mano y luego, como todos los demás, se me queda mirando mientras lo sigo.
¡Pero aquí, por fin, está Holywell Street! Sólo que ahora vacilo. ¿Cómo me la imaginaba? Así no, no tan estrecha, tan sinuosa y oscura. El día londinense sigue siendo caluroso y radiante: al doblar hacia Holywell, sin embargo, parece que entro en una luz crepuscular. Pero esta penumbra es buena, al fin y al cabo: oculta mi cara y difumina los colores de mi vestido. Me adentro más. La calle se angosta. El suelo es polvoriento, desigual, sin pavimentar. A ambos lados hay comercios iluminados, algunos con hileras de ropas raídas colgadas delante, otros con sillas rotas y marcos de cuadros vacíos y cristales de colores que desbordan de ellos, a montones: la mayoría de los comercios, no obstante, venden libros. Titubeo otra vez al ver eso. No he tocado un libro desde que abandoné Briar, y ahora me desazona tropezar de golpe con tales cantidades de ellos, verlos expuestos con las tapas boca arriba, como hogazas de pan en una bandeja, o apilados al azar dentro de un cesto; verlos rotos, manchados y descoloridos, con el rótulo 2, 3 PENIQUES, ESTA CAJA 1 LIBRA . Me detengo y observo cómo un hombre rebusca ociosamente en una caja de volúmenes sin cubierta y coge uno. La ratonera del amor: ¡lo conozco, he leído ese título tantas veces a mi tío que casi me lo sé de memoria!
Entonces el hombre levanta la cabeza y me ve observándole; yo paso de largo. Más tiendas, más libros, más hombres, y por último una ventana más brillante que el resto. El muestrario es de grabados colgados de cuerdas. El cristal tiene escrito encima el nombre del señor Hawtrey, con letras de oro descascarilladas. Lo veo y me entra un temblor tan fuerte que estoy a punto de desplomarme. En el interior, la tienda es pequeña y está atestada. No me esperaba esto. Todas las paredes están cubiertas de libros y grabados, y junto a ellas también hay vitrinas. Parados delante hay tres o cuatro hombres que hojean con rapidez y atención algún álbum o algún libro; no alzan la vista cuando la puerta se abre, pero cuando doy un paso y mi vestido produce un susurro, todos se vuelven y, al verme, me miran de hito en hito. Pero para entonces ya estoy acostumbrada a esas miradas. Al fondo del local hay un pequeño escritorio, y sentado ante él un joven que viste un chaleco y está en mangas de camisa. Me mira con el mismo descaro que los otros; al ver que me dirijo hacia él, se levanta.
—¿Qué está buscando? —dice.
Trago saliva. Tengo la boca seca.
—Estoy buscando al señor Hawtrey —digo en voz baja—. Quiero hablar con el señor Hawtrey.
El joven parpadea al oír mi voz; los clientes cambian de posición ligeramente y vuelven a inspeccionarme.
—El señor Hawtrey no trabaja en la tienda —dice el joven, con un tono algo distinto—. No tendría que haber venido aquí. ¿Tiene una cita con él?
—El señor Hawtrey me conoce —digo—. No necesito una cita.
Mira de reojo a los clientes. Dice:
—¿Para qué quiere verle?
—Es un asunto personal —digo—. ¿Quiere llevarme donde él? ¿Le traerá aquí?
Debe de detectar algo en mi expresión o en mi voz. Desconfía aún más, y retrocede.
—No sé seguro si está, de todos modos —dice—. En realidad no debería haber venido a la tienda. El local vende libros y grabados…, ¿sabe usted de qué tipo? Las dependencias del señor Hawtrey están arriba.
Hay una puerta, a su espalda.
—¿Me permite entrar a verle? —digo.
El mueve la cabeza.
—Puede mandarle una tarjeta o una nota.
—No tengo tarjetas —digo—. Pero déme un papel y le escribiré mi nombre. Vendrá cuando lo lea. ¿Le dará el papel?
El no se mueve. Repite:
—No creo que esté en la casa.
—Entonces esperaré, si es preciso —digo.
—¡No puede esperar aquí!
—Pues en ese caso —digo— supongo que habrá un despacho o un cuarto donde pueda esperarle.
Mira de nuevo a los clientes; coge un lápiz, lo deja.
—¿Le parece bien? —digo.
El hace una mueca. Luego me busca un pedazo de papel y una pluma.
—Pero no esperará si él no está en casa —dice. Yo asiento—. Escriba su nombre aquí —dice, señalando el papel.
Empiezo a escribir. Recuerdo, entonces, lo que Richard me dijo una vez: que los libreros hablaban de mí en las tiendas de Londres. Tengo miedo de escribir Maud Lilly. Tengo miedo de que el joven lo vea. Por fin acordándome de otra cosa escribo: Galatea.
Doblo el papel y se lo entrego. El abre la puerta y silba hacia el pasillo que hay dentro. Escucha y vuelve a silbar. Se oyen pasos. Se inclina y murmura, hace un gesto hacia mí. Yo espero. Y, mientras espero, uno de los clientes cierra su álbum y capta mi mirada.
—No le haga caso —me dice, refiriéndose al joven—. Cree, simplemente, que usted es una buscona. Cualquiera puede ver que es una dama… —Me inspecciona e indica con un ademán las estanterías de libros—. Le gustan, ¿eh? —dice con un tono distinto—. Pues claro. ¿Por qué no iban a gustarle?
No digo ni hago nada. El joven regresa.
—Estamos mirando si está en casa —dice.
Hay pinturas detrás de su cabeza, clavadas a la pared y recubiertas de papel encerado: de una chica en un columpio, enseñando las piernas; de otra en una barca, a punto de resbalar: de una tercera que cae, se cae de la rama de un árbol que se rompe… Cierro los ojos. El llama a un cliente:
—¿Quiere comprar ese libro, señor…?
Al poco, sin embargo, se oyen más pasos y la puerta vuelve a abrirse. Es el señor Hawtrey. Parece más bajo y más delgado de como le recuerdo. Lleva la chaqueta y los pantalones arrugados. Se queda en el pasillo, algo agitado, y no entra en la tienda se cruza con mi mirada, pero no sonríe, mira a mi alrededor, como para asegurarse de que estoy sola; después, me llama. El joven se hace a un lado para dejarme pasar.
—Señor Hawtrey… —digo. Sin embargo, él mueve la cabeza; aguarda para hablar hasta que la puerta se cierra a mi espalda. Entonces, en un susurro tan enérgico que es casi un silbido, dice lo siguiente:
—¡Santo Dios! ¡Es usted! ¿De verdad ha venido a verme?
No digo nada, me limito a mirarle a los ojos. Se coloca la mano, distraído, en la cabeza. Me coge del brazo.
—Por aquí —dice, conduciéndome hacia una escalera. Hay cajas en los peldaños—. Tenga cuidado, cuidado —dice, mientras subimos. Y ya arriba—: Ahí dentro.
Hay tres cuartos, habilitados para la impresión y encuadernación de libros. En uno de ellos trabajan dos hombres, cargando tipos de imprenta; el segundo, creo, es el despacho de Hawtrey. El tercero es más pequeño y huele muchísimo a cola. Me introduce en este último. En las mesas hay montones de papeles, papeles sueltos, con los bordes mellados: las hojas de libros inconclusos. El suelo es de tablones desnudos y polvorientos. En una pared medianera con el cuarto de los tipógrafos hay lienzos de cristal esmerilado. Se vislumbra a los hombres, encorvados sobre su trabajo. Hay una sola silla, pero no me pide que me siente. Cierra la puerta y se queda de pie junto a ella. Saca un pañuelo y se limpia la cara. La tiene de un color blanco amarillento.
—Santo Dios —repite. Y luego—: Pérdoneme. Perdóneme. Es sólo la sorpresa.
Lo dice con más afabilidad; y yo le oigo y estoy a punto de esconder la cara.
—Lo siento —digo. Mi voz no es serena—. Creo que voy a llorar. No he venido a verle para llorar.
—¡Llore si quiere! —dice él, mirando de soslayo al cristal esmerilado.
Pero no quiero llorar. Durante un momento, observa mis esfuerzos por contener las lágrimas y luegomueve la cabeza.
—Querida —dice por fin con suavidad—. ¿Qué ha hecho?
—No me pregunte.
—Se ha fugado.
—Sí, de mi tío.
—De su marido, creo.
—¿Mi marido? —Trago saliva—. ¿O sea que lo sabe usted? Se encoge de hombros, se sonroja, mira a otra parte. Digo —Me juzga mal. ¿No sabe lo que me han hecho sufrir? No se apure —digo, pues ha alzado de nuevo la vista para mirar a los paneles de cristal—, no se apure, no voy a perder los estribos. Puede pensar de mí lo que quiera, no me importa. Pero tiene que ayudarme. ¿Lo hará?
—Querida…
—Lo hará. Tiene que hacerlo. No tengo nada. Necesito dinero, un alojamiento. Usted decía que me recibiría con los brazos abiertos…
A mi pesar, estoy alzando la voz.
—Tranquilícese —dice él, levantando las manos como para sosegarme, pero sin moverse de su sitio ante la puerta—. Tranquilícese. ¿Sabe lo raro que esto puede parecer? ¿Lo sabe? ¿Qué van a pensar mis empleados? Viene una chica preguntando por mí con urgencia, manda un nombre en clave… —Se ríe sin alegría—. ¿Qué dirían mis hijas, mi esposa?
—Lo siento.
Vuelve a enjugarse la cara. Exhala aire.
—Me gustaría que me dijera por qué ha venido a verme —dice—. No pensará que voy a ponerme de su parte en contra de su tío. Nunca me agradó que la tuviera recluida de un modo tan mezquino, pero él no debe saber que ha venido usted aquí. Tampoco pensará, ¿es lo que está esperando?, que voy a ayudarla a recuperar el favor de su tío. La ha repudiado totalmente, ¿sabe? Además, está enfermo, gravemente enfermo, a causa de este asunto. ¿Lo sabía?
Muevo la cabeza.
—Mi tío ahora no significa nada para mí.
—Pero sí para mí, compréndalo. Si supiera que ha venido…
—No lo sabrá.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:44 am

—Bueno. —Suspira. Luego se le entristece de nuevo la cara—. ¡Pero venir a verme! ¡Venir aquí! — Y me mira a conciencia, advierte mi vestido chabacano y mis guantes, que están sucios; mi pelo, que creo que está enredado; mi cara, que debe de estar polvorienta, deslustrada, pálida—. A duras penas la hubiese reconocido —dice, todavía con el ceño fruncido—, de tanto que ha cambiado. ¿Dónde está su abrigo, su sombrero?
—No ha habido tiempo…
Parece horrorizado.
—¿Ha venido así? —Echa una ojeada al dobladillo de mi falda; después ve mis pies y se sobresalta —. ¡Por Dios, mire sus zapatillas! ¡Le están sangrando los pies! ¿Ha salido sin zapatos?
—¡Qué remedio! ¡No tengo nada!
—¿Ni zapatos?
—No. Ni siquiera.
—¿Rivers la tiene sin zapatos?
No se lo cree.
—Si tan sólo pudiera contarle… —digo. Pero no me escucha.
Mira a su alrededor, como si viera por primera vez las mesas, los montones de papel. Coge unas cuantas hojas en blanco y empieza a cubrir apresuradamente el texto impreso.
—No tendría que haber venido aquí —dice entretanto—. ¡Mire esto! ¡Mire esto!
Capto una línea impresa: «… te daré tu merecido, te lo garantizo, y te flagelaré…».
—¿Trata de esconder esto de mí? —digo—. En Briar he visto cosas peores. ¿Lo ha olvidado?
—Esto no es Briar. No lo comprende. ¿Cómo iba a entenderlo? Allí estaba entre caballeros. Culpo a Rivers de esto. Como mínimo, después de llevársela, debería haberla vigilado más de cerca. El vio lo que usted era.
—No lo sabe —digo—. ¡No sabe cómo me ha utilizado!
—¡No quiero saberlo! ¡No es el lugar para saberlo! No me lo diga… Oh, pero ¡mírese qué aspecto! ¿Sabe qué impresión habrá causado en la calle? ¡Desde luego, no habrá pasado inadvertida!
Bajo la vista hacia mi falda, mis zapatillas.
—Había un hombre en el puente —digo—. Pensé que quería ayudarme. Pero sólo quería…
La voz me empieza a temblar.
—¿Lo ve? —dice entonces—. ¿Lo ve? ¿Y si un policía la hubiera visto y la hubiere seguido hasta aquí? ¿Sabe usted lo que me sucedería, a mí, a mis empleados, a mis existencias, si la policía cayera sobre nosotros con todo su peso? Podrían hacerlo por una cuestión así. Oh, Dios, ¡pero mírese los pies! ¿Están sangrando de verdad?
Me ayuda a sentarme en la silla y mira a su alrededor.
—En el cuarto de al lado hay un lavabo —dice—. Espere aquí, ¿de acuerdo?
Se va a la habitación donde están los tipógrafos. Veo que ellos levantan la cabeza, oigo su voz. No sé qué les dice. Me da igual. Al sentarme me ha invadido el cansancio, y las plantas de los pies, que hasta ahora han estado entumecidas, han empezado a escocerme. La habitación no tiene ventana ni chimenea, y el olor de pegamento parece más intenso. Me he acercado a una de las mesas: me inclino sobre ella y miro los montones de páginas sin cortar y sin coser, algunas de ellas revueltas o escondidas por Hawtrey:
«… y te flagelaré el trasero hasta que la sangre te corra hasta los talones…». La letra es nueva y negra, pero el papel es malo y la tinta se ha esparcido. ¿De qué tipo es? Lo sé, pero, cosa que me inquieta, no me viene a la memoria.
«… toma, toma, toma, toma, te gusta la vara, ¿eh?».
Hawtrey vuelve. Trae un paño y un cuenco medio lleno de agua, y también un vaso de agua para mí.
—Tome —dice, colocándome el cuenco delante; moja el paño y me lo tiende; luego aparta la vista, nervioso—. ¿Lo hace usted misma? Sólo limpiarse la sangre, por ahora…
El agua está fría. Tras haberme limpiado los pies mojo el paño otra vez y, durante un segundo, me lo aplico a la cara. Hawtrey se vuelve y me ve hacer esto.
—¿Tiene fiebre? —dice—. ¿No estará enferma?
—Sólo tengo calor —digo.
El asiente, se acerca y coge el cuenco. Luego se lleva la mano a la boca, se muerde la piel del dedo pulgar y frunce el ceño.
—Es usted bueno, por ayudarme. Creo que otros hombres me echarían la culpa.
—No, no. ¿No se lo he dicho? La culpa es de Rivers. No importa. Ahora dígame, sea sincera conmigo, ¿qué dinero lleva encima?
—Nada.
—¿Nada?
—Sólo tengo este vestido. Pero podríamos venderlo. De todos modos, preferiría ponerme uno más sencillo.
—¿Vender el vestido? —Se enfurruña aún más—. No diga cosas raras, ¿quiere? Cuando vuelva…
—¿Volver? ¿A Briar?
—¿A Briar? Con su marido, digo.
—¿Volver con él? —Le miro asombrada—. ¡No puedo! ¡Me ha costado dos meses huir de él!
El mueve la cabeza.
—Señora Rivers… —dice; yo me estremezco.
—No me llame así, se lo ruego —digo.
—¡Otra ocurrencia! ¿Cómo debería llamarla, entonces?
—Llámeme Maud. Acaba de preguntarme qué tengo que sea mío. Tengo mi nombre, y nada más.
Hace un movimiento con la mano.
—No diga disparates —dice—. Ahora escúcheme. Se han peleado, ¿verdad?
Me río, con una risa tan aguda que él da un respingo y los dos tipógrafos alzan la vista. El les mira y luego se vuelve hacia mí.
—¿Va a ser razonable? —dice en voz baja, con un tono de advertencia.
Pero ¿cómo puedo serlo?
—Una pelea —digo—. Usted cree que ha sido una pelea. ¿Cree que he huido por eso, con los pies ensangrentados, a través de medio Londres? No sabe nada. No se imagina el peligro que corro, el atolladero… Pero no puedo explicárselo. Es demasiado grave.
—¿Qué es?
—Algo secreto. Un plan. No puedo decirlo. No puedo… ¡Oh! —Bajo los ojos, que topan de nuevo con las páginas impresas: «Te gusta la vara, ¿eh?»—. ¿Qué tipo de letra es éste? —digo—. ¿Me lo puede decir?
Él traga saliva.
—¿Éste? —dice con la voz totalmente cambiada.
—Esta fuente.
Tarda un segundo en responder.
—Clarendon —dice en voz baja. Clarendon. Clarendon. Lo sabía, al fin y al cabo. Sigo mirando al papel creo que pongo los dedos en el texto hasta que Hawtrey coloca encima una hoja en blanco, como ha hecho con las otras páginas.
—No mire eso —dice—. ¡No mire así! ¿Qué le ocurre? Creo que está enferma.
—No estoy enferma —respondo—. Sólo estoy cansada. —Cierro los ojos—. Me gustaría quedarme aquí y dormir.
—¿Quedarse aquí? —dice—. ¿Quedarse aquí, en mi tienda? ¿Está loca?
Al oír el sonido de esta palabra abro los ojos y tropiezo con los suyos; él se ruboriza y rápidamente mira a otro lado. Repito, con más calma:
—Sólo estoy cansada.
Pero él no contesta. Se lleva la mano a la boca y de nuevo comienza a morderse la piel del pulgar, mientras me observa, con cautela y cuidado, por el rabillo del ojo.
—Señor Hawtrey… —digo.
—Me gustaría —dice él de repente—, me gustaría únicamente que me dijera qué tiene intención de hacer. ¿Cómo voy a sacarla de la tienda? Me figuro que tendré que traer un coche a la parte de atrás del edificio.
—¿Va a hacer eso?
—¿Tiene algún sitio adonde ir, donde dormir? ¿Donde comer?
—Ninguno.
—Entonces tendrá que irse a casa.
—No puedo. ¡No tengo casa! Sólo necesito un poco de dinero y un poco de tiempo. Quiero encontrar a una persona, salvarla…
—¿Salvarla?
—Encontrarla. Encontrarla. Y en cuanto la encuentre es posible que necesite más ayuda. Sólo un poco de ayuda. Me han engañado, señor Hawtrey. Me han perjudicado. Creo que, con un abogado…, si pudiéramos encontrar alguno honrado… ¡Usted sabe que soy rica! O debería serlo. —Él me mira de nuevo, pero no habla. Digo—: Sabe que soy rica. Si usted me ayudara. Si al menos me alojara…
—¡Alojarla! ¿Sabe lo que está diciendo? Alojarla, ¿dónde?
—¿No puede ser en su casa?
—¿En mi casa?
—Pensé…
—¿Mi casa? ¿Con mi mujer y mis hijas? No, no —dice, y empieza a caminar por el cuarto.
—Pero en Briar dijo muchas veces…
—¿No se lo he dicho? Esto no es Briar. El mundo no es como Briar. Tiene que aprender esto. ¿Qué edad tiene? Es una niña. No puede abandonar a un marido del mismo modo que se abandona a un tío. No puede vivir en Londres sin nada. ¿Cómo piensa vivir?
—No lo sé. Suponía… —Suponía que usted me daría dinero, quiero decir. Miro alrededor. En eso, se me ocurre una idea—. ¿No podría trabajar para usted?
Se queda inmóvil.
—¿Para mí?
—¿No podría trabajar aquí? ¿Componiendo libros? ¿Escribiéndolos, incluso? Conozco este trabajo. ¡Usted sabe que sirvo para eso! Puede pagarme un sueldo. Alquilaré una habitación, ¡sólo necesito un cuarto, un cuarto tranquilo! Lo alquilaré en secreto, Richard no lo sabrá, usted me guardará el secreto. Trabajaré y ganaré algo de dinero, lo suficiente para encontrar a mi amiga, para encontrar a un abogado honesto, y luego… ¿Qué le pasa?
Ha permanecido inmóvil todo este tiempo, pero su expresión ha cambiado, es extraña.
—Nada —dice, moviéndose—. Beba el agua.
Supongo que estoy acalorada. He hablado rápidamente y he entrado en calor: trago y noto el helado descenso del agua por dentro de mi pecho, como una espada. Él se dirige a la mesa y se inclina sobre ella, sin mirarme, pero pensando, pensando. Cuando poso el vaso, él se vuelve. No me mira a los ojos.
—Escúcheme —dice. Habla en tono bajo—. No puede quedarse aquí, ya lo sabe. Voy a llamar a un coche para que se la lleve. Y también voy a mandar a buscar a una mujer. Pagaré a una mujer para que la acompañe.
—¿Adónde?
—A un… hotel. —Me ha dado la espalda de nuevo, ha cogido una pluma, consulta un libro, empieza a escribir una dirección en un pedazo de papel—. Una casa —dice— donde podrá descansar y cenar.
—¡Donde podré descansar! —digo—. ¡No creo que vuelva a descansar nunca! ¡Pero una habitación! ¡Una habitación! ¿Y vendrá a verme allí? ¿Esta noche? —Él no responde—. ¿Señor Hawtrey?
—Esta noche no —dice, escribiendo aún—. Esta noche no puedo.
—Mañana, entonces.
Agita el papel, para que se seque; luego lo pliega.
—Mañana, si puedo —dice.
—¡Tiene que poder!
—Sí, sí.
—Y el trabajo, mi trabajo con usted, ¿lo pensará? ¡Diga que sí!
—Chsss. Sí, lo pensaré. Sí.
—¡Gracias a Dios!
Me tapo los ojos con la mano.
—Quédese aquí —dice él—. No se vaya de aquí.
Le oigo cruzar la puerta del otro cuarto, y cuando miro le veo hablando sigilosamente con uno de los tipógrafos; veo cómo éste se pone una chaqueta y sale. Hawtrey regresa. Hace una seña hacia mis pies.
—Cálcese —dice, volviéndose—. Tiene que estar preparada.
—Es usted muy amable, señor Hawtrey —digo, mientras me agacho para ponerme mis zapatillas rotas—. Dios sabe que nadie ha sido tan bueno conmigo desde…
Se me apaga la voz.
—Vamos, vamos —dice él, distraído—. No piense ahora en eso…
Permanezco sentada en silencio. El espera, saca su reloj, va y viene de lo alto de la escalera, donde se para a escuchar. Por último se va y vuelve rápidamente.
—Ya están aquí —dice—. ¿Lo tiene todo? Venga por aquí, con cuidado.
Me conduce abajo. Me lleva por una serie de habitaciones en las que hay altas pilas de cajas y cartones, y luego por una especie de antecocina hasta una puerta que da a un pequeño recinto gris: de él parten unos escalones hasta un callejón. Un coche aguarda allí y, a su lado, una mujer. Ella nos ve y asiente.
—¿Sabe lo que tiene que hacer? —le pregunta Hawtrey. Ella asiente de nuevo. El le da dinero, envuelto en el papel donde ha escrito la dirección—. Esta es la señora Rivers. Sea amable con ella. ¿Tiene un chal?
Tiene uno de lana escocesa, que me pone alrededor para cubrirme la cabeza. La lana me calienta las mejillas. El día es todavía caluroso, aunque casi atardece. El sol se ha retirado del cielo. Llevo tres horas fuera de Lant Street. Ante la portezuela del coche, me vuelvo. Cojo la mano de Hawtrey.
—¿Vendrá mañana? —le digo.
—Por supuesto.
—¿No hablará de esto con nadie? ¿Se acordará del peligro de que le he hablado?
Asiente.
—Váyase —dice en voz baja—. Ahora esta mujer la atenderá mejor que yo.
—¡Gracias, señor Hawtrey!
Me ayuda a subir al coche; vacila antes de levantar mis dedos hasta su boca. La mujer sube después. Él cierra la portezuela tras ella y se coloca fuera del alcance de la rueda que gira. Me inclino hacia el cristal y le veo sacar el pañuelo y limpiarse la cara y el cuello; nos ponemos en marcha, salimos del callejón y él desaparece. Nos alejamos de Holywell Street hacia el norte, por lo que puedo saber, ya que estoy casi segura de que no cruzamos el río. Nuestro avance, sin embargo, es irregular. El tráfico es denso. Al principio voy pegada a la ventanilla, mirando el gentío en las calles, los comercios. Luego pienso: ¿Y si viera a Richard? Y me recuesto en el asiento de cuero y contemplo desde allí las calles. Sólo al cabo de un rato miro otra vez a la mujer. Tiene las manos en el regazo; no lleva guantes, y sus manos son ásperas. Nuestras miradas se cruzan.
—¿Todo bien, querida? —dice sin sonreír. Su voz es tan ruda como sus dedos.
¿En ese momento se despierta mi cautela? No lo sé con certeza. Pienso que, en definitiva, Hawtrey no ha tenido tiempo de esmerarse al buscar a una mujer. ¿Qué importa que no sea afable, con tal de que sea honesta? La miro con más atención. Su falda es de un negro herrumbroso. Sus zapatos tienen el color y la textura de la carne asada. Está plácidamente sentada, sin hablar, mientras el coche traquetea y brinca.
—¿Vamos muy lejos? —le pregunto por fin.
—No mucho, queridita.
Su voz sigue siendo áspera, su cara inexpresiva. Digo, inquieta:
—Preferiría que no me llamase queridita.
Ella se encoge de hombros. El gesto es tan osado y a la vez tan indiferente que creo que entonces me intranquilizo. Pego la cara a la ventanilla para tratar de inhalar aire. El aire no entra. ¿Dónde queda Holywell Street, desde aquí?, pienso.
—No me gusta esto —digo a la mujer—. ¿No podríamos ir andando?

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

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