Falsa identidad por Sara Waters

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:44 am

—¿Andar con esas zapatillas? —bufa ella. Mira afuera—. Esto es Camden Town —dice—. Todavía falta un buen trecho. Quédese sentada y pórtese bien.
—¿Va a hablarme de ese modo? —digo—. No soy una niña.
Y ella vuelve a encogerse de hombros. El trayecto es ahora más fluido. Rodamos cuesta arriba durante, quizás, media hora. Ha oscurecido. Estoy más tensa. Hemos dejado atrás las luces y las tiendas, y estamos en una calle…, en una calle de edificios feos. Doblamos una esquina y los edificios son aún más feos. Poco después paramos delante de una casa grande y gris. Hay una lámpara al pie de una escalera. Una chica con un delantal raído se acerca con una vela para encenderla. El cristal de la pantalla está rajado. La calle está en absoluto silencio.
—¿Qué es esto? —pregunto a la mujer, cuando el coche se ha parado y comprendo que no va a proseguir viaje.
—Esto es su casa —dice.
—¿El hotel?
—¿Hotel? —Sonríe—. Puede llamarlo así.
Extiende la mano hacia el picaporte. Con la mía le agarro la muñeca.
—Espere —digo, realmente asustada, por fin—. ¿Qué quiere decir? ¿Dónde le ha dicho el señornHawtrey que me lleve?
—¡Pues aquí!
—¿Y qué es esto?
—Es una casa, ¿no? ¿Qué le parece que es? De todos modos, le darán de cenar. Más vale que me suelte, ¡ojo!
—No hasta que me diga dónde estamos.
Ella intenta zafarse de mi mano, pero yo no la suelto. Por último, se lame los dientes.
—Una casa para señoras como usted —dice.
—¿Como yo?
—Como usted. Señoras pobres, viudas…, viudas depravadas, no me extrañaría, ¡venga!
Le he soltado la muñeca.
—No le creo —digo—. Teníamos que ir a un hotel. El señor Hawtrey le ha pagado para…
—Me ha pagado para que la traiga aquí y que después la deje. Punto final. Si no le gusta… —Rebusca en su bolsillo—. Mire, escrito de su puño y letra.
Ha sacado un papelito. Es el papel con que Hawtrey ha envuelto la moneda. Tiene el nombre de la casa escrito en él. Un hogar, lo llama él, para damas indigentes.nMiro un momento estas palabras con una especie de incredulidad: como si al mirarlas pudiese cambiarlas, cambiar su significado o su forma. Luego miro a la mujer.
—Esto es un error —digo—. No se refería a esto. O él o usted se han equivocado. Tenemos que volver…
—Tenía que traerla y dejarla aquí, punto final —repite, tercamente—. Una mujer pobre, que no está en su juicio, necesita un centro de beneficencia. Esto lo es, ¿no?
Señala la casa. No le contesto. Estoy recordando la expresión de Hawtrey, sus palabras, el tono raro de su voz. Pienso: ¡Tengo que volver! ¡Tengo que volver a Holywell Street!, y, sin embargo, mientras lo pienso sé, con una mortal contracción glacial del corazón, lo que encontraré si vuelvo allí: la librería, los hombres, el joven, y que Hawtrey se ha ido a su casa, su casa, que podría estar en cualquier lugar de la ciudad, en cualquiera… Y después la calle, la oscuridad de la calle… ¿Cómo me las apañaré? ¿Cómo pasaré la noche en Londres sola?
Empiezo a temblar.
—¿Qué tengo que hacer? —digo.
—Pues entrar ahí —dice la mujer, señalando la casa con un gesto. La chica con la vela se ha marchado, y la lámpara arde débilmente. Las ventanas están cerradas con postigos, el cristal que hay arriba está negro, como si las habitaciones estuviesen a oscuras. La puerta es alta, de dos hojas, como el portón principal de Briar. La veo y me asalta el pánico.
—No puedo —digo—. ¡No puedo!
De nuevo la mujer se lame los dientes.
—Mejor eso que la calle, ¿no cree? Una cosa u otra. Me han pagado para que la traiga aquí y la deje, eso es todo. Ahora bájese, que tengo que irme a mi casa.
—No puedo —repito. Le agarro de la manga—. Tiene que llevarme a algún otro sitio.
—¿Tengo? —Se ríe, pero no forcejea para librarse de mi mano. Su expresión cambia—. Bueno, lo haré si me paga —dice.
—¿Pagarle? ¡No tengo nada con que pagarle!
Ella vuelve a reírse.
—¿No tiene dinero? —dice—. ¿Y ese vestido?
Me mira la falda.
—Oh, Dios —digo, tirando de ella, desesperada—, ¡se lo daría si pudiera!
—¿Me lo daría?
—¡Coja el chal!
—¡El chal es mío! —resopla. Sigue mirando mi falda; ladea la cabeza—. ¿Qué lleva debajo? —dice, bajando la voz.
Me estremezco. Luego, lenta, tímidamente, me levanto el dobladillo y le enseño mis enaguas: son dos, una blanca y otra carmesí. Ella las ve y asiente.
—Están bien. Son de seda, ¿verdad? Me gustan.
—¿Las dos? —digo—. ¿Quiere las dos?
—El cochero tiene que cobrar, ¿no? —responde—. Tiene que pagarme con una a mí y con la otra a él.
Titubeo, pero ¿qué puedo hacer? Me levanto la falda más arriba, descubro los cordeles en mi cintura y los desato; luego, con el mayor recato posible, me quito las enaguas. Ella no aparta la vista. Las coge y se las mete raudamente debajo de la casaca.
—Lo que los hombres no saben, ¿eh? —dice con una risita, como si ahora fuésemos conspiradoras íntimas. Se frota las manos—. ¿Adónde vamos, entonces? ¿Eh? ¿Adónde le digo al cochero que vamos?
Ha abierto la ventanilla para llamarle. Me rodeo el cuerpo con los brazos y noto el picor de la tela del vestido contra mis muslos desnudos. Creo que me saldrían los colores, creo que lloraría, si tuviera suficiente vida.
—¿Adónde? —vuelve a preguntar. Más allá de su cabeza, la calle está llena de sombras. Ha despuntado una luna creciente, delgada, de un color marrón sucio.
Inclino la cabeza. Tras esta última, atroz frustración de mis esperanzas, sólo tengo un sitio adonde ir. Se lo digo, ella se lo dice al cochero y el coche se pone en marcha. Ella se acomoda mejor en su asiento, se adereza la casaca. Me mira.
—¿Está bien, queridita? —dice. No le respondo, y se ríe. Se vuelve hacia un lado—. Ahora no le importa, ¿eh? —dice, como hablando sola—. No le importa que la llame así.
Lant Street está oscura cuando llegamos. Conozco la casa ante la que hay que parar por la casa que hay enfrente, la que tiene los postigos de color pomada y a la que he mirado tan intensamente desde la ventana de la señora Sucksby. John contesta a mi llamada. Tiene la cara pálida. Me ve y se queda pasmado: «Cojones», dice. Paso por delante de él. La puerta da a lo que supongo que es la tienda de Ibbs, y desde allí un pasadizo me lleva directamente a la cocina. Allí están todos, salvo Richard. Ha salido a buscarme. Dainty está llorando: tiene la mejilla magullada, peor que antes, y el labio partido y sangrando. Ibbs camina de lo largo a lo ancho en mangas de camisa, y los tablones del suelo crujen y saltan. La señora Sucksby, con la mirada perdida, tiene la cara blanca como la de John. Está inmóvil. Pero cuando me ve se comba y pestañea; se lleva la mano al corazón, como si sufriera un ataque.
—Oh, mi niña —dice.
A continuación no sé lo que hacen. Creo que Dainty grita. Paso de largo por delante de ellos, sin mirarles. Subo la escalera y entro en el cuarto de la señora Sucksby mi cuarto, nuestro cuarto, me figuro que debo llamarlo y me siento en la cama, con la cara hacia la ventana. Pongo las manos en el regazo, cabizbaja. Tengo los dedos manchados de tierra. Los pies me han empezado a sangrar otra vez. Me concede un minuto antes de venir. Lo vuhace en silencio. Cierra la puerta con llave tras ella: la gira con suavidad en la cerradura, como si me creyera dormida y temiese despertarme. Se para a mi lado. No intenta tocarme. Sé, sin embargo, que está temblando.
—Querida niña —dice—. Te creímos perdida. Te creímos ahogada o asesinada…
Le falla la voz, pero no se le quiebra. Aguarda y, como yo no hago nada, dice:
—Levántate, querida.
Me levanto. Ella me quita el vestido y las ballenas. No pregunta qué ha sido de mis enaguas. No se sorprende al ver mis zapatillas y mis pies, aunque se estremece al quitarme las medias. Me acuesta en la cama, desnuda, y me cubre con la manta hasta la mandíbula; luego se sienta a mi lado. Me acaricia el pelo, desprende los alfileres y desenreda los nudos con la mano. Llevo el pelo suelto y se tensa cuando lo tironea. «Ya, ya», dice. La casa está silenciosa. Creo que Ibbs y John están hablando, pero en susurros. La señora Sucksby mueve los dedos más despacio. «Ya, ya», repite, y tirito, pues su voz es la de Sue. Su voz es la de Sue, pero su cara… El cuarto está oscuro, sin embargo; no ha traído una vela. Está sentada de espaldas a la ventana. Pero noto su mirada, su respiración. Cierro los ojos.
—Te creímos perdida —repite en un murmullo—. Pero has vuelto. Querida niña, ¡sabía que volverías!
—No tengo adonde ir —respondo despacio e impotente—. No tengo adonde ir ni a nadie. Pensé que lo sabía; no lo he sabido hasta ahora. No tengo nada. Ni casa…
—Tu casa es ésta —dice.
—Ni amigos…
—¡Aquí están tus amigos!
—Ni amor…
Contiene el aliento; por fin cuchichea:
—Querida niña, ¿no lo sabes? ¿No te lo he dicho cien veces…?
Empiezo a llorar, de frustración, de agotamiento.
—¿Por qué dices eso? —exclamo, entre lágrimas—. ¿Por qué? ¿No basta con tenerme aquí? ¿Por qué también tienes que quererme? ¿Por qué tienes que asfixiarme y atormentarme solicitando mi amor?
Me he incorporado, pero estas palabras consumen mis últimas fuerzas y no tardo en volver a tenderme. Ella no habla. Observa. Espera hasta que me quedo quieta. Entonces vuelve la cabeza y la ladea. Creo, por la curva de su mejilla, que está sonriendo.
—¡Qué tranquila está la casa ahora que se han ido tantos bebés! —dice—. ¿Verdad? —Se vuelve hacia mí. La oigo tragar. Sigue hablando en voz baja—. ¿Te dije, querida mía, que una vez tuve un hijo que murió? ¿Por la época en que vino aquella señora, la madre de Sue? —Asiente—. Te lo dije. Lo oirás decir, por aquí, si preguntas. Los bebés se mueren. ¿A quién le extraña que se mueran…?
Hay cierta emoción en su voz. Empiezo a temblar. Ella lo nota y extiende la mano de nuevo para acariciar mi pelo enmarañado.
—Ya, ya. Chsss. Estás totalmente a salvo ahora… —dice. Deja de acariciarme. Me ha cogido un mechón entre los dedos. Sonríe de nuevo—. Qué curioso lo de tu pelo —dice en un tono distinto—. Imaginaba que tus ojos serían castaños, y tu tez blanca, y sabía que tendrías la cintura y las manos esbeltas. Sólo tu pelo ha salido algo más rubio de lo que me había imaginado…
Las palabras se esfuman. Al extender la mano ha movido la cabeza: le cae encima, de lleno, la luz de la farola y de la rodaja de luna deslucida, y de repente le veo la cara: sus ojos también castaños, sus mejillas también pálidas, y sus labios, que son gruesos y que comprendo de pronto han tenido que ser en otro tiempo más gruesos… Se moja la boca.
—Querida niña —dice—, mi queridísima niña…
Titubea otro instante; después, por fin, habla.

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TERCERA PARTE - 14

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:45 am

Chillé. Chillé a voz en cuello, con toda mi alma. Me debatí como un demonio. Pero cuanto más me convulsionaba, más fuerte me sujetaban. Vi a Caballero recostarse en su asiento y al coche que se ponía en marcha y empezaba a virar. Vi a Maud que pegaba la cara contra la ventanilla de cristal empañado. Al ver sus ojos, grité otra vez, levantando la mano y señalándola:
—¡Es ella! ¡Es ella! ¡No la dejen marchar! ¡No la dejen marchar, cojones…!
Pero el coche prosiguió su camino, y las ruedas levantaban polvo y grava a medida que el caballo cobraba velocidad, y cuanto más se alejaba, con tanta más ferocidad forcejeaba yo. Vino el otro médico en ayuda del doctor Christie. También vino la mujer con delantal. Intentaban acercarme a la casa. Yo me resistía. El coche aceleraba, se hacía más pequeño. «¡Se están yendo!», chillé. La mujer se me puso detrás y me agarró de la cintura. Apretaba tan fuerte como un hombre. Me subió en volandas los dos o tres escalones que llevaban a la puerta principal de la casa, como si yo no fuese más que una bolsa rellena de plumas.
—Ya vale —dijo, mientras me arrastraba—. ¿Qué es esto? Patalea, si quieres, y molesta a los doctores.
Tenía su boca cerca de mi oreja, y su cara detrás de mí. Apenas me daba cuenta de lo que hacía. Lo único que sabía es que a mí me tenían atrapada y que Caballero y Maud huían. Oí hablar a la mujer, incliné la cabeza hacia delante y luego la proyecté bruscamente hacia atrás.
—¡Oh! —exclamó. Aflojó la presión—. ¡Oh, oh!
—Está enloqueciendo —dijo el doctor Christie. Pensé que estaba hablando de la mujer. Luego vi que se refería a mí. Sacó un silbato del bolsillo y dio un silbido.
—¡Por el amor de Dios! —grité—, ¿no van a escucharme? ¡Me han engañado, me han engañado…!
La mujer volvió a agarrarme, por la garganta esta vez, y cuando giré en sus brazos me asestó, con las puntas de los dedos, un golpe fuerte en el estómago. Creo que lo hizo de tal modo que los médicos no la vieron. Yo me revolví y me tragué el aliento. Ella me asestó otro golpe.
—¡Ahí duele! —dijo.
—¡Quietas las manos! —gritó el doctor Graves—. Podría partirse.
Entretanto, me habían introducido en el vestíbulo de la casa y otros dos hombres acudieron al toque de silbato. Llevaban bocamangas de papel de estraza sobre la chaqueta. No parecían médicos. Me cogieron de los tobillos.
—¡Manténgala quieta! —dijo el doctor Graves—. Tiene convulsiones. Podría dislocarse las articulaciones.
Yo no podía decirles que no sufría un ataque, sino que sólo estaba sin resuello; que la mujer me había lastimado; que de todos modos yo no era una lunática, que estaba tan cuerda como ellos. No podía decir nada, mientras intentaba recuperar la respiración. Sólo acertaba a graznar. Los hombres me colocaron las piernas rectas y la falda se me subió hasta las rodillas. Empecé a temer que se me subiera más arriba. Supongo que me retorcí por eso.
—¡Sujétenla bien! —dijo el doctor Christie. Había sacado una cosa parecida a una cuchara grande, plana y de hueso. Se puso a mi lado, me sujetó la cabeza y me metió la cuchara en la boca, entre los dientes. Era una cuchara lisa, pero la empujó con fuerza y me hizo daño. Creí que me asfixiaba: la mordí, para impedir que me traspasara la garganta. Sabía mal. Todavía pienso en las demás personas en cuya boca habría entrado antes que en la mía. Vio que yo cerraba la mandíbula.
—¡Ya la muerde! —dijo—. Muy bien. Manténgala quieta. —Miró al doctor Graves—. ¿Al cuarto acolchado? Yo creo que sí. ¿Enfermera Spiller?
Era la mujer que me había aferrado por el cuello. Vi que ella le hacía una seña al médico y luego a los dos hombres con las bocamangas, que dieron media vuelta para poder conducirme al interior de la casa. Noté que me movían y empecé a debatirme. Ya no estaba pensando en Caballero y en Maud. Pensaba en mí misma. Estaba empavorecida. Me dolía el estómago a causa de los dedos de la enfermera. Tenía la boca cortada por la cuchara. Temía que en cuanto me metiesen en un cuarto me mataran.
—Peleona, ¿eh? —dijo uno de los hombres, mientras se esforzaba en sujetarme mejor el tobillo.
—Un caso muy difícil —dijo el doctor Christie. Me miró a la cara—. La convulsión ha remitido, al menos. —Alzó la voz—. ¡No tema, señora Rivers! Lo sabemos todo de usted. Somos sus amigos. Lamhemos traído aquí para que se ponga bien.
Intenté hablar. «¡Socorro! ¡Socorro!», trataba de decir. Pero la cuchara me hizo gorjear como un pájaro. También me hizo babear, y un poco de baba se me escapó de la boca y salpicó la mejilla del doctor Christie. Quizás pensó que yo la había escupido. De todas maneras se retiró velozmente y puso una cara adusta. Sacó su pañuelo.
—Muy bien —dijo a los hombres y a la enfermera, mientras se limpiaba la mejilla—. Ya vale. Ahora pueden llevársela.
Me llevaron a lo largo de un pasillo que cruzaba una serie de puertas y una habitación; recorrimos un rellano, otro corredor, otro cuarto; yo intentaba recordar el camino, pero me llevaban tumbada de espaldas y sólo pude fijarme en muchísimos techos y paredes de colores insulsos. Como un minuto después caí en la cuenta de que me habían llevado muy adentro de la casa, y que estaba extraviada. No podía gritar. La enfermera me rodeaba el cuello con el brazo, y tenía todavía la cuchara de hueso metida en la boca. Llegamos a una escalera y me bajaron diciendo: «Ahora tú, Bates», y «¡Cuidado con esta esquina, que es muy cerrada!», como si yo fuese, ya no un saco de plumas, sino un baúl o un piano. Ni una sola vez me miraron a la cara. Por último, uno de los hombres empezó a silbar una tonadilla y a llevar el compás con la yema de sus dedos en mi pierna. Llegamos a otra habitación cuyo techo era de un tono gris, un poco más pálido, y allí se detuvieron.
—Atención, ahora —dijeron.
Los hombres depositaron mis piernas en el suelo. La mujer me retiró el brazo del cuello y me dio un empellón. Fue sólo un empujoncito, pero me habían zarandeado y removido tanto que me tambaleé y caí. Caí sobre las manos. Abrí la boca y salió la cuchara. Uno de los hombres se apresuró a recogerla. Sacudió la baba de ella.
—Por favor —dije.
—Di eso ahora —dijo la mujer. Se dirigió a los hombres—. Me ha dado un cabezazo, en las escaleras. Miren. ¡Me ha hecho un cardenal!
—Es lo que quería.
—¡Diablesa!
Me largó un puntapié.
—¿O sea que el doctor Christie te ha traído aquí para que nos cosas a moretones? ¿Eh, señora mía? ¿Señora qué? ¿Waters o Rivers? ¿Te ha traído para eso?
—Por favor —repito—. No soy la señora Rivers.
—¿No eres la señora Rivers? ¿Ha oído eso, Bates? Y yo tampoco soy la enfermera Spiller. Y muy probablemente Hedges no es Hedges.
Se me acercó y me levantó por la cintura; después me dejó caer. No se podría decir que me tiró, sino que me levantó en el aire y me dejó caer, y como yo estaba tan débil y aturdida, caí de mala manera.
—Eso por el cabezazo —dijo—. Alégrate de que no estemos en una escalera o en un tejado. Vuelve a pegarme y, ¿quién sabe?, a lo peor estamos en alguno. —Se enderezó el delantal de lona, se agachó y me agarró de la tela del cuello—. Bien, vamos a quitarte este vestido. Puedes echar chispas si quieres. A mí me da lo mismo. ¡Vaya, qué ganchitos más monos! ¿Mi mano te parece ruda? Estás acostumbrada a otras más suaves, ¿verdad? Yo diría que sí, por lo que me han dicho. —Se rió—. Pues aquí no tenemos doncellas. Tenemos a Hedges y a Bates. —Ellos seguían mirando, parados ante la puerta—. ¿Tendré que llamarles?
Supuse que se proponía desnudarme entera; me habría dejado matar antes que tolerar semejante cosa. Me puse de rodillas y me zafé de ella.
—Llama a quien quieras, perra —dije, jadeando—, pero no vas a quitarme el vestido.
A ella se le ensombreció el semblante.
—¿Perra, yo? —respondió—. ¡Bien!
Y alargó la mano, curvó los dedos hasta formar un puño y me golpeó. Yo me había criado en el barrio, rodeada de estafadores y rateros de toda ralea, pero había tenido por madre a la señora Sucksby, que nunca me había pegado. El puñetazo casi me dejó inconsciente. Me tapé la cara con las manos y me quedé de cuclillas, pero ella me despojó del vestido; me figuro que solía desvestir a dementes, y se daba buena maña para hacerlo; a continuación me quitó el corsé, después las ligas, luego los zapatos y las medias y por último los alfileres del pelo. Se levantó, sudando y con una expresión aún más sombría.
—¡Ya está! —dijo, mirándome, sin que yo tuviera nada encima salvo la enagua y la camiseta—. Ya no tienes cintas ni lazos. Si ahora quieres estrangularte es asunto tuyo. ¿Me has oído, señora no-Rivers? Duerme una noche aquí y entérate. A ver si te gusta. ¿Convulsiones? Yo sé distinguir entre una rabieta y un ataque. Aquí puedes patalear todo lo que quieras. Dislócate los huesos, arráncate la lengua a mordiscos. Estáte callada. Nosotros preferimos a la gente callada, es más agradable trabajar con ella.
Dijo todo esto, hizo un bulto con mis ropas, se lo cargó al hombro y me dejó sola. Los hombres se fueron con ella. Le habían visto pegarme y no habían hecho nada. Le habían visto quitarme las medias y las ballenas. Les vi quitarse las bocamangas de papel. Uno de ellos empezó a silbar de nuevo. La enfermera Spiller cerró la puerta y giró la llave, y el silbido se volvió mucho más tenue.
Me puse de pie cuando se hizo tan débil que ya no alcanzaba a oírlo. Volví a tenderme en el suelo. Me habían tirado tan fuerte de las piernas que temblaban como si fueran de goma, y la cabeza memzumbaba por culpa del puñetazo. Me temblaban las manos. Estaba, hablando en plata, cagada de miedo. Fui de rodillas hasta la puerta, para mirar por el ojo de la cerradura. No había manilla. La puerta misma estaba cubierta por una lona sucia, forrada de paja; también las paredes estaban recubiertas de lona.
Había un hule encima del suelo. Había una sola manta, con muchos desgarrones y manchas. La ventana, muy arriba, tenía barrotes. Detrás de los barrotes se veían hojas de hiedra enroscadas. La luz que entraba era verde oscura, como el agua de un estanque. Me levanté y lo miré todo, como atontada: me costaba creer que fueran mis pies fríos sobre el hule del suelo, mi cara y mis brazos doloridos lo que iluminaba aquella luz verde. Me dirigí a la puerta y la recorrí con los dedos: el ojo de la cerradura, la lona, los bordes, todo, tratando de abrirla. Pero estaba cerrada como una almeja y, lo que era aún peor, mientras tiraba de ella empecé a entrever pequeñas melladuras y desgarrones en la lona sucia…, pequeñas medialunas, donde la tela estaba raída; comprendí al instante que debían de ser las marcas dejadas por las uñas de las demás lunáticas las de verdad, me refiero que habían sido recluidas antes que yo en aquel cuarto. Fue horrible pensar que estaba haciendo exactamente lo mismo que ellas habían hecho. Me alejé de la puerta, cesó el aturdimiento y enloquecí de espanto. Me precipité contra la puerta y empecé a golpear la lona acolchada con las manos. Cada golpe formaba una nube de polvo.
—¡Socorro! ¡Socorro! —gritaba. Mi voz sonaba extraña—. ¡Oh, socorro! ¡Me han encerrado aquí creyendo que estoy loca! ¡Llamen a Richard Rivers! —Tosí—. ¡Socorro! ¡Doctor! ¡Socorro! ¿No me oyen? —Tosí de nuevo—. ¡Socorro! ¿No me oyen…?
Y así durante un rato. Grité, tosí, golpeé la puerta, parando sólo a intervalos para pegar la oreja contra ella y tratar de averiguar si había alguien cerca, durante no sé cuánto tiempo; y no vino nadie. Creo que el acolchado era muy grueso, o bien las personas que me oían estaban tan habituadas a los gritos de las dementes que habían aprendido a no hacerles caso. Probé con las paredes. También era gruesas. Y cuando hube desistido de aporrear y gritar, puse la manta como un rebujo sobre el pequeño orinal de estaño, me subí encima e intenté alcanzar el cristal de la ventana, pero el orinal se torció, la manta se resbaló y yo caí.
Finalmente me senté en el hule del suelo y lloré. Lloré y las lágrimas me escocían. Palpé con las yemas de los dedos la carne hinchada de mi mejilla. Me palpé el pelo. La mujer lo había despeinado al desprender los alfileres y ahora me caía por encima de los hombros; y cuando cogí un mechón para peinarlo, algunos pelos se me quedaron en la mano. Esto redobló mi llanto. No diré que yo fuese una belleza, pero pensé en una chica que conocía y que había perdido el cabello en un torno de un taller y nunca le volvió a crecer. ¿Y si me quedaba calva? Me inspeccioné la cabeza, recogiendo el pelo que se había desprendido, y dudando si guardarlo para hacerme, quizás, una peluca más adelante; pero no era mucha cantidad, al fin y al cabo. Acabé por enrollarlo y dejarlo en un rincón.
Mientras lo hacía vi algo pálido en el suelo. Parecía una manita blanca y arrugada, y al principio me produjo un sobresalto; después descubrí lo que era. Se me había caído del busto cuando la enfermera me despojó del vestido, y había rodado fuera de la vista. Tenía la marca de un zapato encima, y un botón aplastado.
Era el guante de Maud que yo había sustraído una mañana entre sus cosas, con la idea de que fuese un recordatorio suyo. Lo recogí y le di vueltas y más vueltas en mis manos. Si un minuto antes estaba muerta de miedo… no era nada comparado con lo que sentía ahora al mirar aquel guante y pensar en Maud y en la atroz jugarreta que me habían gastado ella y Caballero. De pura vergüenza, escondí la cara entre mis brazos. Una y otra vez fui de una pared a otra: si me paraba en algún momento era como si descansara sobre un lecho de ortigas y agujas; me sobresaltaba, gritando y sudando. Rememoré todo el tiempo que había permanecido en Briar, cuando me consideraba tan astuta y en realidad era una inocentona. Pensé en los días que había pasado con aquellos dos canallas, las miradas, las sonrisas que el uno debió de cruzar con la otra. Déjala en paz, ¿por qué no la dejas?, le había dicho yo a él, apiadándome de ella. Y luego, a ella: No le haga caso, señorita. El la quiere, señorita. Cásese con él. La quiere. El hará así…
¡Oh! ¡Oh! Aún siento esa punzada ahora. Podría haberme vuelto loca. Mientras deambulaba, mis pies descalzos hacían paf, paf sobre el hule; me metí el guante en la boca y lo mordí. De él supongo que podía esperarme aquello. Pero era en ella en quien yo pensaba: en aquella puerca, aquella serpiente, aquella… ¡Oh! Pensar que siempre la había tenido por una lerda. Pensar que me había reído de ella. ¡Pensar que la había amado! ¡Pensar que había creído que ella me amaba! ¡Pensar que la había besado, suplantando a Caballero! ¡Que la había tocado! ¡Pensar, pensar…! Pensar que yo había pasado su noche de bodas con una almohada encima de la cabeza para no oír el sonido de sus lágrimas. Pensar que si hubiera escuchado podría haber oído ¿podría?, ¿podría? sus suspiros.
No lo soportaba. Olvidé, por el momento, el pequeño detalle de que, al engañarme, ella no había hecho más que volver contra mí mi propia añagaza. Caminé y gemí, juré y maldije a Maud; agarré, mordí y estrujé el guante hasta que la luz que entraba por la ventana se atenuó y el cuarto se volvió oscuro. Nadie vino a verme. Nadie me trajo comida, un vestido o medias. Y aunque al principio estaba caliente, debido a lo que había deambulado, al final me sentí tan cansada que tuve que tumbarme sobre la manta y me enfrié, y no conseguía calentarme.
No dormí. Del resto de la casa llegaban, de vez en cuando, sonidos raros: gritos, carreras y, en una ocasión, el silbato del doctor. A alguna hora de la noche empezó a llover y el agua golpeaba la ventana. En el jardín ladró un perro: al oírlo empecé a pensar no en Maud, sino en Charlie Wag, en Ibbs y en la señora Sucksby; en la señora Sucksby en su cama y en el lugar vacío a su lado, aguardándome. ¿Hasta cuándo me esperaría?
¿Cuánto tardaría Caballero en ir a verla? ¿Qué le diría? Quizás le dijera que yo había muerto. Pero en ese caso ella le pediría el cuerpo, para enterrarlo: pensé en mi entierro y en quién sería el que llorase más. Quizás le dijese que me había ahogado o perdido en las marismas. Ella pediría los periódicos para demostrarlo. ¿Podían falsificarse los diarios? O quizás le dijera que me había largado con mi parte del dinero. Le diría eso, yo le conocía. Pero la señora Sucksby no le creería. Vería a través de él como si fuese de cristal. Le mandaría a buscarme. ¡No me había tenido diecisiete años para perderme ahora de aquel modo! ¡Buscaría en cada casa de Inglaterra hasta dar conmigo! Es lo que pensé, según me iba calmando. Pensé que bastaría con hablar con los médicos para que se percatasen de su error y me soltaran; pero que, en cualquier caso, vendría la señora Sucksby y me dejarían en libertad.
Y en cuanto me liberasen, iría adondequiera que estuviera Maud y ¿acaso yo no era, después de todo, la hija de mi madre? la mataría. Ya ven la poca idea que tenía del atroz atolladero en que me hallaba. A la mañana siguiente vino a verme la mujer que me había vapuleado. No vino con los dos hombres, Bates y Hedges, sino con otra mujer: enfermeras, las llamaban allí, pero no lo eran más que yo, conseguían aquel trabajo gracias tan sólo a que eran fornidas y tenían manazas como rodillos. Entraron en el cuarto y me inspeccionaron. La enfermera Spiller dijo:
—Aquí la tienes.
La otra, que era morena, dijo:
—Joven, para estar loca.
—Escuchad —dije con mucho tiento. Lo había preparado. Las había oído llegar, me había puesto de pie, estirado la enagua y arreglado el pelo—. Escuchadme. Creéis que estoy loca. No lo estoy. No soy en absoluto la señora que vosotras y los médicos creéis que soy. Aquella señora y su marido, Richard Rivers, son una pareja de estafadores, y os han embaucado a vosotras, a mí y a casi todo el mundo, y es muy importante que los médicos lo sepan, para que me suelten y pueda pescarles. Yo…
—En toda la cara —dijo la enfermera Spiller, hablando mientras yo hablaba—. En plena cara, con su cabeza.
Se llevó la mano a la mejilla, cerca de la nariz, donde todavía quedaba una pequeñísima, minúscula marca colorada. Yo tenía, por supuesto, la cara hinchada como un budín, y hasta diría que tenía un ojo casi morado. Pero dije, con el mismo tiento que antes:
—Siento haberte hecho eso. Estaba muy furiosa porque me trataron como si fuese una lunática, cuando era a la otra, a la señorita Lilly, o sea, la señora Rivers, a la que tenían que haber encerrado.
Ellas volvieron a examinarme de arriba abajo.
—Tienes que llamarnos enfermeras cuando nos dirijas la palabra —dijo por fin la morena—. Pero dicho sea entre nosotras, querida, preferiríamos que no nos hablases para nada. Oímos tantos disparates… Habrá que bañarte, para que el doctor Christie pueda examinarte. Hay que ponerte un vestido. ¡Caramba, qué jovencita eres! Debes de tener dieciséis años, como mucho.
Se me había acercado e hizo ademán de tocarme el brazo. Me aparté de ella.
—¿Queréis escucharme? —dije.
—¿Escucharte? Jo, si escuchase todas las patrañas que se oyen en esta casa, me volvería loca yo misma. Vamos, ven aquí.
Su voz, que al principio era suave, se había vuelto más cortante. Me cogió del brazo. Retrocedí ante el contacto de sus dedos.
—Ojo con ella —dijo Spiller, al ver que yo me escabullía.
—Si no me tocáis —dije—, iré con vosotras donde queráis.
—¡Ajá! —dijo entonces la enfermera morena—. Eso son modales. Ven con nosotras, ¿quieres? Muy agradecida, desde luego.
Tiró de mí y, cuando me resistí a su tirón, Spiller vino a ayudarla. Me colocaron las manos por debajo de los brazos y, más o menos en volandas, más o menos a rastras, me sacaron del cuarto. Cuando pataleé y me quejé, cosa que hice por la conmoción de su asalto, Spiller me introdujo en la axila sus dedazos duros y me los clavó. En los sobacos no se ven las contusiones. Creo que ella lo sabía.
—¡Ya empieza! —dijo cuando yo grité.
—Me va a zumbar la cabeza todo el día —dijo la otra. Y me sujetó más fuerte y me zarandeó.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:45 am

Entonces me calmé. Temía que me diesen otro puñetazo. Pero también miraba con gran atención el recorrido que estábamos haciendo, las ventanas y las puertas. Algunas de las puertas tenían cerrojos. Todas las ventanas tenían barrotes. Daban a un patio. Estaba en la parte trasera de la casa, lo que habría sido, en una mansión como Briar, la zona de la servidumbre. Aquí la ocupaban las enfermeras. Nos cruzamos con dos o tres en el camino. Llevaban delantales y cofias, y portaban cestas, botellas o sábanas.
—Buenos días —entonaron todas.
—Buenos días —respondieron las mías.
—¿Una nueva? —preguntó por fin una de ellas, señalándome—. ¿Viene del cuarto acolchado? ¿Es díscola?
—Le rajó la mejilla a Nancy.
La otra silbó.
—Deberían traerlas atadas. Pero qué joven es, ¿no?
—Dieciséis años, como mucho.
—Tengo diecisiete —dije.
La nueva enfermera me miró, calibrándome.
—Descarada —dijo al cabo de un minuto.
—Puedes jurarlo.
—¿Qué sufre, delirios?
—Y más cosas —dijo la morena. Bajó la voz—. Es la que…, ¿sabes?
La nueva pareció más interesada.
—¿Esa? —dijo—. Parece demasiado menuda.
—Bueno, las hay de todas las tallas…
Yo no sabía a qué se referían. Pero me avergonzó que unas desconocidas me examinaran, hablasen y se sonrieran, y guardé silencio. La enfermera nueva siguió su camino y las otras dos me sujetaron fuerte y me llevaron por otro pasillo hasta un cuartito. En otro tiempo podría haber sido un office se parecía mucho al de Stiles en Briar, porque había aparadores cerrados con llave, una butaca y un fregadero. Lanzando un gran suspiro, Spiller se sentó en la butaca. La otra llenó de agua el lavabo. Me mostró una pastilla de jabón amarilla y una manopla sucia.
—Aquí tienes —dijo. Y añadió, al ver que no me movía—: Vamos. Tienes manos, ¿no? Veamos cómo te lavas.
El agua estaba fría. Me mojé la cara y los brazos, y luego me agaché para lavarme los pies.
—Basta así —dijo cuando me vio agacharme—. ¿Crees que al doctor Christie le importa el polvo que tengas en los dedos de los pies? Ahora ven aquí. Veamos tu ropa interior. —Cogió el borde de mi camiseta y giró la cabeza hacia Spiller, quien asintió—. Buena, ¿eh? Demasiado para esta casa. Se hará trizas. —Dio un tirón—. Quítate esto, querida. Nosotras te la guardamos, totalmente a salvo, hasta el día en que te vayas. ¿Cómo, tienes vergüenza?
—¿Vergüenza? —dijo Spiller, bostezando—. No nos hagas perder el tiempo. Tú, una mujer casada.
—No estoy casada —dije—. Y os agradecería que no pusierais las manos en mi ropa interior. Quiero que me devolváis el vestido, las medias y los zapatos. Os arrepentiréis en cuanto haya hablado con el doctor Christie.
Las dos me miraron y se rieron.
—¡Qué engreída! —exclamó la morena. Se enjugó los ojos—. Madre mía. Vamos. Enfurruñarse no sirve de nada. Tenemos que quitarte esa ropa: a la enfermera Spiller y a mí nos importa un comino, pero son las normas de la casa. Mira, aquí tienes una muda, un vestido y, toma, unas zapatillas.
Había ido a un aparador y había sacado una muda de color grisáceo, un vestido de lana y unas botas. Volvió hacia mí con las prendas en la mano y se le unió Spiller; y por más argumentos y maldiciones que solté, me maniataron y me dejaron desnuda. El guante de Maud cayó al suelo cuando me despojaron de la enagua. «¿Qué es esto?», dijeron al unísono. Luego vieron que era sólo un guante. Miraron las costuras en el interior de la muñeca.
—Aquí está tu nombre bordado, Maud —dijeron—. No es poco trabajo.
—¡No vais a quitármelo! —grité, arrebatándoles el guante. Me habían confiscado mi vestido y mis zapatos, pero yo había deambulado y rasgado y mordido aquel guante durante toda la noche, era lo único que tenía para mantener el ánimo. Me daba la impresión de que si me lo quitaban, sería como un Sansón trasquilado.
Quizás advirtieron la expresión de mis ojos.
—Total, un guante no vale para nada —dijo la morena a Spiller en voz baja—. ¿Te acuerdas de la señorita Taylor, que tenía ensartados en un hilo unos botones y decía que eran sus bebés? Bueno, ¡le habría cortado la mano de cuajo a quien intentase quitarle alguno!
Así pues, me dejaron conservarlo, y yo les dejé vestirme sin oponer resistencia, por miedo a que cambiaran de idea. Toda la ropa era especial para el manicomio. El corsé tenía ganchos en lugar de cintas y me quedaba grande.
—Da igual —dijeron, riéndose. Las dos eran pechugonas—. Hay mucho de sitio para que crezcan.
El vestido debió de ser de tela escocesa, pero los colores se habían desteñido. Las medias eran cortas, como las de un chico. Las botas eran de caucho.
—Aquí está la Cenicienta —dijo la morena al ponérmelas. Y a continuación, al supervisarme, añadió
—: ¡Bueno! ¡Con esto vas a brincar como una pelota!
Se rieron otra vez, durante un minuto. Luego hicieron lo siguiente: me sentaron en la butaca, me peinaron el pelo y me hicieron trenzas; y sacaron una aguja e hilo y me cosieron las trenzas a la cabeza.
—O esto o te lo rapamos —dijo la morena, cuando yo forcejeé—, y a mí me da lo mismo cualquiera de las dos cosas.
—Déjame a mí —dijo Spiller. Remató la faena, no sin hundirme, dos o tres veces, la punta de la aguja en el cuero cabelludo, como por accidente. Es otro de los sitios donde no se ven los cortes y las magulladuras.
Y de este modo, entre las dos, me prepararon y me llevaron a la habitación que habría de ser la mía.
—Y ahora procura cuidar tus modales —me dijeron por el camino—. Pierde otra vez los nervios y te metemos en el cuarto acolchado, o te zambullimos.
—¡No es justo! —dije—. ¡No es justo!
Me zarandearon sin decir nada. Así que me callé de nuevo y traté de memorizar el trayecto. Tambiénme estaba entrando el miedo. Me había forjado una idea que creo que saqué de un cuadro o de una obra de teatro de cómo era un manicomio y, hasta entonces, aquella casa no lo parecía. Pensé. «Me han tenido en el lugar donde viven los médicos y las enfermeras. Ahora me llevarán donde están las locas».
Creo que supuse que sería algo como una mazmorra o un calabozo. Pero seguimos recorriendo más pasillos de colores insulsos y rebasando puertas de tonos mustios, y empecé a mirar alrededor y a ver cosas como que las lámparas eran de latón, normales, salvo que tenían en torno a las llamas recias protecciones de alambre, y que las puertas tenían pestillos bonitos pero cerrojos feos, y que en las paredes, aquí y allá, había pomos que daban la impresión de que, si los girabas, sonarían timbres. Y finalmente llegué a la conclusión de que aquello era el manicomio, aunque antaño había sido la mansión de un caballero, y que las paredes debieron de tener pinturas y espejos, y que los suelos debieron de estar recubiertos de alfombras, pero que ahora todo había sido habilitado para las dementes, y que la casa, a su estilo, era como una persona elegante y guapa que también se hubiese vuelto loca. Y no sabría decir por qué, pero esta idea era aún peor y me asustaba más que si la casa hubiese parecido una mazmorra. Me estremecí y reduje el paso, y a punto estuve de tropezar. Era difícil caminar con las botas de caucho.
—Sigue —dijo la enfermera Spiller, dándome un empujón.
—¿Qué número es? —preguntó la otra, mirando las puertas.
—La catorce. Es ésta.
En todas las puertas había placas atornilladas. Nos detuvimos ante una de ellas a la que Spiller llamó y en la que luego introdujo una llave y la hizo girar. La llave era ordinaria, pulida por el uso. La guardaba en una cadena dentro del bolsillo. El cuarto adonde nos llevó no era un cuarto propiamente dicho, sino que estaba encajado dentro de otro, mediante la construcción de una pared de madera. Como he dicho, aquella casa había sido demolida a hachazos y reconstruida de un modo demencial. La pared de madera tenía arriba un cristal por el que entraba la luz de una ventana situada detrás, pero la habitación no tenía una ventana propia. El aire estaba viciado. Había allí cuatro camas, además de un catre donde dormía una enfermera. Junto a tres de las camas se estaban vistiendo otras tantas mujeres. Había una cama vacía.
—Esta será la tuya —me dijo Spiller. La cama estaba colocada muy cerca del catre de la enfermera —. Aquí es donde ponemos a las chicas problemáticas. Prueba aquí una de tus gracias y la enfermera Bacon sabrá ocuparse de ti. ¿Verdad, Bacon?
Era la que atendía aquella habitación.
—Oh, sí —dijo. Asintió y se frotó las manos. Sufría alguna dolencia que le ponía los dedos muy gordos y rosáceos, como salchichas —una afección infortunada para alguien que se llamaba como ella—, y le gustaba frotárselos a menudo. Me miró de los pies a la cabeza, con la misma frialdad con que me habían inspeccionado las otras, y, al igual que ellas, dijo:
—Es joven, ¿no?
—Dieciséis años —dijo la morena.
—Diecisiete —dije yo.
—¿Dieciséis? Serías la benjamina de la casa si no fuera por Betty. ¡Mira, Betty! Aquí llega una nueva que es casi de tu edad. Seguro que sube y baja muy rápido las escaleras. Yo diría que es muy apañada, ¿eh, Betty?
Se dirigía a una mujer que estaba junto a la cama que habría frente a la mía, poniéndose un vestido sobre una gran barriga. Al principio pensé que era una chica, pero cuando se volvió y le vi la cara, vi que era una adulta, retrasada mental. Me miró con una expresión de apuro, y las enfermeras se rieron.
Descubrí más tarde que la utilizaban más o menos como a una criada, y que la tenían ocupada con toda clase de tareas, a pesar de que era por difícil que fuera creerlo hija de una familia muy distinguida. Agachó la cabeza mientras las enfermeras se reían, y lanzó unas cuantas miradas furtivas a mis pies, como si quisiera comprobar por sí misma lo ligeros que podían ser. Por fin, una de las otras dos mujeres dijo quedamente:
—No les hagas caso, Betty. Sólo quieren provocarte.
—¿Quién te manda hablar a ti? —dijo al instante la enfermera Spiller.
La mujer movió los labios. Era vieja y tenía las mejillas muy pálidas. Cruzó conmigo una mirada y apartó la vista, como avergonzada. Parecía totalmente inofensiva, pero al mirarla a ella, a Betty y a la tercera mujer de pie, sin mirar a nada, esparciéndose el pelo delante de la cara, pensé que, por lo que yo sabía, bien podían estar todas chaladas; y allí estaba yo, obligada a ocupar una cama entre ellas. Fui hacia las enfermeras y les dije:
—No voy a quedarme aquí. No podéis obligarme.
—¿Ah, no? —dijo Spiller—. Creo que conocemos la ley. Tu orden de reclusión ha sido firmada, ¿sabes?
—¡Pero si todo es un error!
La enfermera Bacon bostezó y puso los ojos en blanco. La morena suspiró.
—Anda, Maud —dijo—. Ya basta.
—No me llamo Maud —respondí—. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo? ¡No soy Maud Rivers!
Ella miró a Bacon.
—¿Has oído eso? Es capaz de hablar así durante horas.
La enfermera Bacon apoyó los nudillos en las caderas y se los frotó.
—¿No quieres hablar como es debido? —dijo—. ¡Es una pena! Quizás le gustaría ser enfermera. Seguro que le encantaría. Pero se le estropearían sus manitas blancas.
Me miró las manos, todavía restregándose las suyas contra su falda. Yo las miré también. Mis dedos se parecían a los de Maud. Las puse detrás de mi espalda. Dije:
—Tengo las manos tan blancas porque he sido doncella de una señora. Fue la señora que me engañó. Yo…
—¡Doncella de una señora! —Las enfermeras volvieron a reírse—. ¡Esta se lleva la palma! Tenemos cantidad de chicas que se creen duquesas. ¡Nunca he conocido a ninguna que se crea doncella de una duquesa! Qué original, madre mía. Tendremos que ponerte en la cocina, darte cera y un paño.
Di una patada en el suelo.
—¡Callaos, cojones! —exclamé.
Esto les cortó la risa. Me cogieron y me zarandearon; y la enfermera Spiller me pegó otra vez en la cara, en el mismo sitio que la vez anterior, aunque no tan fuerte. Supongo que pensó que la nueva huella taparía la antigua. Al ver que me pegaba, la anciana pálida lanzó un grito. Betty, la idiota, empezó a lloriquear.
—¡Ahora sí que la has armado! —dijo Spiller—. Y los doctores a punto de llegar.
Volvió a zarandearme y me dejó trastabillando mientras ella se arreglaba el delantal. Los médicos eran como reyes para ellas. La enfermera Bacon se encargó de intimidar a Betty para que parase de llorar. La morena corrió hacia la anciana.
—¡Termina de atarte los botones, calamidad! —dijo, agitando los brazos—. Y tú, señora Price, sácate ahora mismo ese pelo de la boca. ¿No te he dicho cien veces que un día te vas tragar una bola de pelo y te vas a ahogar? No sé por qué te advierto, a todas nos alegraría que lo hicieras…
Miré a la puerta. Spiller la había dejado abierta, y dudé ante la idea de alcanzarla corriendo. Pero de la habitación contigua y luego de todo el pasillo, de todas los demás cuartos por los que habíamos pasado llegó, mientras yo dudaba, el sonido de llaves descerrajando y abriendo puertas, y a continuación las voces gruñonas de enfermeras, el extraño chillido. En algún lugar tocaron un timbre. Era la señal que avisaba de que venían los médicos.
Y pensé que, después de todo, defendería mucho mejor mi caso si me quedaba en mi sitio y hablaba serenamente con el doctor Christie que si corría hacia él con un par de botas de caucho. Me acerqué a mi cama y apoyé en ella la rodilla para que la pierna no me temblara; me palpé el cabello, con intención de peinarlo, olvidando que, de momento, lo tenía cosido a la cabeza. La enfermera morena salió corriendo. Las demás permanecimos en silencio, aguzando el oído para captar las pisadas de los médicos. Spiller agitó el dedo en mi dirección.
—Cuidado con esa sucia lengua, furcia —dijo.
Aguardamos unos diez minutos, hubo un bullicio en el pasillo y el doctor Christie y el doctor Graves entraron muy deprisa en la habitación, con las cabezas inclinadas sobre la libreta del doctor Graves.
—Buenos días, queridas —dijo el doctor Christie, alzando la vista. Fue primero a donde estaba Betty
—. ¿Cómo estás, Betty? Buena chica. Quieres tu medicina, por supuesto.
Se metió la mano en el bolsillo y sacó un terrón de azúcar. Ella lo cogió e hizo una reverencia.
—Buena chica —repitió él, y pasó de largo—. Señora Price. Las enfermeras me dicen que ha estado llorando. Eso no es bueno. ¿Qué dirá su marido? ¿Le agradará pensar que está triste, eh? ¿Y todos sus hijos? ¿Qué van a pensar?
Ella respondió con un susurro:
—No lo sé, señor.
—¿Eh?
El le cogió de la muñeca, sin dejar de cuchichear al doctor Graves, que finalmente apuntó algo en su libreta. Los dos se encaminaron hacia la anciana pálida.
—Señorita Wilson, ¿qué quejas tiene que comunicarnos hoy? —preguntó el doctor Christie.
—Sólo las de costumbre —contestó ella.
—Bueno, las hemos oído muchas veces. No necesita repetirlas.
—La falta de aire puro —dijo ella, rápidamente.
—Sí, sí.
Miró la libreta del doctor Graves.
—Y de comida sana.
—Le parecerá sana de sobra, señorita Wilson, si se decide a probarla.
—El agua helada.
—Un tónico para nervios deshechos. Ya lo sabe usted, señorita Wilson.
Ella movió los labios y se balanceó sobre los pies. De repente gritó:
—¡Ladrones!
Di un brinco al oírlo. El doctor Christie levantó la mirada hacia ella.
—Ya basta —dijo—. Recuerde su lengua. ¿Qué tiene en ella?
—¡Ladrones! ¡Demonios!
—¡Su lengua, señorita Wilson! ¿Qué le hemos puesto ahí dentro, eh?
Ella movió los labios y dijo al cabo de un minuto:
—Un freno.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:46 am

—Eso es. Un freno. Muy bien. Apriételo. Enfermera Spiller… —Se volvió, le indicó que se acercara y habló en voz baja con ella. La señorita Wilson se llevó las manos a la boca, como si palpara una cadena, y, una vez más, posó en mí la mirada, removió los dedos y pareció avergonzada.
En cualquier otro momento me habría compadecido de ella, pero en aquél, si la hubieran tumbado en el suelo, a ella y a diez mujeres más, y me hubiesen dicho que el camino de la huida era a través de sus espaldas, se las habría pisoteado a todas, calzada con unos zuecos. Aguardé hasta que el doctor Christie hubo acabado de impartir instrucciones a la enfermera, y después me lamí la boca, me incliné y dije:
—¡Doctor Christie, señor!
Se volvió y se dirigió hacia mí.
—Señora Rivers. —Me tomó de la mano alrededor de la muñeca, sin sonreír—. ¿Cómo está?
—Señor —dije—, señor, yo…
—Pulso algo rápido —le dijo, bajando el tono, al doctor Graves. Este tomó nota. Christie se volvió hacia mí—. Lamento ver que se ha herido en la cara.
La enfermera Spiller se me adelantó.
—Se tiró al suelo, doctor Christie —dijo—, cuando tuvo el ataque.
—Ah, sí. Ya ve, señora Rivers, la violencia del estado en que llegó aquí. Espero que haya dormido.
—¿Dormir? No, yo…
—Querida, querida. No podemos permitirlo. Diré a las enfermeras que le den una pócima. Si no duerme, nunca se pondrá bien.
Hizo una seña a la enfermera Bacon. Ella asintió.
—Doctor Christie —dije en voz más alta.
—El pulso se le acelera ahora —murmuró él.
Retiré la mano.
—¿Quiere escucharme? Me han traído aquí por error.
—¿Ah, sí? —Había entrecerrado los ojos y me miraba dentro de la boca—. Los dientes bastante sanos, creo. Pero las encías pueden estar podridas. Tiene que decírnoslo si empiezan a molestarle.
—No voy a quedarme aquí —dije.
—¿No va a quedarse, señora Rivers?
—¿Señora Rivers? Por el amor de Dios, ¿cómo puedo ser ella? He visto cómo se casaba. Usted vino a verme y me oyó hablar. Yo…
—Así fue, en efecto —dijo él, despacio—. Y usted me dijo que la preocupaba la salud de su ama; que quería que estuviese tranquila y no sufriera ningún daño. Porque a veces es más fácil, ¿verdad?, pedir ayuda en nombre de otra persona que en el de una misma. La comprendemos muy bien, señora Rivers.
—¡No soy Maud Rivers!
El levantó un dedo y casi sonrió.
—No está dispuesta a admitir que es Maud Rivers, ¿eh? Eso es otra cosa completamente distinta. Y cuando esté dispuesta a admitirlo, nuestra tarea habrá concluido. Hasta entonces…
—No van a encerrarme aquí. ¡No lo harán! Yo aquí encerrada mientras esos estafadores canallas…
Se cruzó de brazos.
—¿Qué estafadores, señora Rivers?
—¡No soy Maud Rivers! Me llamo Susan…
—¿Sí?
Pero aquí, por vez primera, flaqueé.
—Susan Smith —dije, por último.
—Susan Smith. De… ¿de dónde era, doctor Graves? ¿De Whelk Street, Mayfair?
—No respondí.
—Vamos, vamos —continuó él—. Son figuraciones suyas, ¿no es así?
—Fue un plan de Caballero —dije, confundida—. ¡Ese diablo…!
—¿Qué caballero, señora Rivers?
—Richard Rivers —contesté.
—Su marido.
—El de ella.
—Ah.
—¡Le digo que es el marido de ella! Les vi casarse. Puede encontrar al párroco que les casó. ¡Traiga a la señora Cream!
—¿La señora Cream, la mujer que les hospedó? Hablamos largo y tendido con ella. Nos habló, muy apenada, del talante melancólico que se apoderó de usted cuando estaba en su casa.
—Estaba hablando de Maud.
—Por supuesto.
—Hablaba de Maud, no de mí. Tráigala aquí. Enséñele mi cara y verá lo que dice entonces. Traiga a quienquiera que nos haya conocido a Maud y a mí. Traiga a la señora Stiles, el ama de llaves de Briar. ¡Traiga al señor Lilly!
Él movió la cabeza.
—¿Y no cree usted —dijo— que su propio marido supuestamente le conoce tan bien como su tío? ¿Y su doncella? Estuvimos con ella, y le hablamos de usted y lloró. —Bajó la voz—. ¿Qué le había dicho para que llorase?
—¡Oh! —dije, retorciendo las manos. («Fíjese, doctor Graves, cómo le cambia el color de la cara», dijo en voz baja.)—. ¡Lloró para embaucarles! ¡Era puro teatro!
—¿Teatro? ¿Su doncella?
—¡Maud Lilly! ¿No me oyen? Maud Lilly y Richard Rivers. Ellos me han metido aquí, me han engañado, ¡han hecho que ustedes crean que yo soy ella y que ella es yo!
Volvió a mover la cabeza y arrugó el entrecejo; y, una vez más, casi sonrió. Después dijo, muy despacio y con soltura:
—Pero, mi querida señora Rivers, ¿para qué iban a tomarse la molestia de hacer eso?
Abrí la boca. La cerré enseguida, pues… ¿qué podía decir? Continuaba presumiendo que si le decía la verdad él me creería. Pero la verdad era que yo había planeado robar la fortuna de una heredera, que me había hecho pasar por una doncella cuando en realidad era una ratera. Si no hubiese tenido tanto miedo y no hubiera estado tan cansada y tan maltrecha después de la noche en el cuarto acolchado, tal vez habría podido inventar una historia inteligente. Pero no podía pensar en nada. La enfermera Bacon se frotó las manos y bostezó. El doctor Christie me observaba con una expresión complacida.
—¿Señora Rivers? —dijo.
—No lo sé —respondí por fin.
—Ah.
Hizo una señal al doctor Graves y se dispusieron a marcharse.
—¡Esperen! ¡Esperen! —grité.
Spiller dio un paso adelante.
—Ya basta —dijo—. Está haciendo perder el tiempo a los doctores.
Yo no la miré. Vi que el doctor Christie miraba a otra parte, a la anciana pálida, con los dedos todavía rebuscando en la boca; a la mujer de cara triste y con el pelo todo desparramado delante del rostro, y a Betty, la idiota, con el labio reluciente de azúcar, y me enfurecí de nuevo. Pensé: «¡Que me encarcelen por esto! ¡Más vale estar en la cárcel, con ladronas y asesinas, que en un manicomio!».
—¡Doctor Christie, señor! ¡Doctor Graves! ¡Escúchenme!
—Ya basta —repitió Spiller—. ¿No sabe que los doctores están muy atareados? ¿No cree que tienen mejores cosas que hacer que escucharle todos esos disparates? ¡Atrás!
Yo me había precipitado en pos del doctor Christie y alargado la mano para cogerle de la chaqueta.
—Por favor, señor —dije—. Escúcheme. No he sido totalmente sincera con usted. No me llamo Susan Smith, en realidad.
El había hecho ademán de liberarse. Se volvió un poco en mi dirección.
—Señora Rivers… —empezó.
—Susan Trinder, señor. Sue Trinder, de… —Iba a decir de Lant Street: en el acto supe, por supuesto, que no debía decirlo, por miedo a que condujese a la policía a la tienda de Ibbs. Cerré los ojos y meneé la cabeza. Notaba el calor de mi cerebro. El doctor Christie se soltó de mi mano.
—No me toque la chaqueta —dijo con un tono más severo. Yo se la agarré otra vez.
—Sólo escúcheme, ¡se lo suplico! Sólo déjeme contarle el plan horrible en el que me hizo participar Richard Rivers. ¡Ese diablo! ¡Se está riendo de usted, señor! ¡Se está riendo de todos nosotros! Ha robado una fortuna. ¡Tiene quince mil libras!
No le soltaba la chaqueta. Estaba hablando alto, como el gañido de un perro. La enfermera Spiller me rodeó el cuello con el brazo y el doctor Christie me cogió de la mano y se liberó de mis dedos. El doctor Graves acudió en su ayuda. Chillé al notar el contacto de sus manos. Me figuro que entonces parecería loca de remate, pero era sólo por la atrocidad de no haber dicho más que la verdad y que creyeran que estaba delirando. Chillé, y el doctor Christie sacó su silbato, como antes. Se oyó un pitido. Bates y Hedges llegaron corriendo. Betty berreaba. Volvieron a encerrarme en el cuarto acolchado. Pero al menos me dejaron el vestido y las botas, y me dieron un tazón de té.
—¡Cuando salga de aquí lo lamentarán! —dije cuando me cerraron la puerta—. Tengo una madre en Londres. ¡Me está buscando por todas las casas del país!
La enfermera Spiller asintió.
—¿Sí? —dijo—. Esta es la tuya, y la de todas las demás mujeres —dijo, y se rió.
Creo que el té que sabía amargo debía de tener un soporífero. Dormí todo el día, o puede que fueran dos días, y cuando finalmente desperté, lo hice atontada. Dejé que me llevaran, tambaleándome, a la habitación con las camas. El doctor Christie hizo su ronda y me tomó la muñeca.
—Hoy está más calmada, señora Rivers —dijo, y como yo tenía la boca seca, por la pócima y por las horas de sueño, tuve que esforzarme para despegar la lengua de mis encías y contestar:
—¡No soy la señora Rivers!
Pero él ya se había ido antes de que yo pudiera decirlo. La cabeza se me fue despejando a medida que transcurría la jornada. Tumbada en la cama, procuré no pensar. Nos tuvieron recluidas en la habitación por la mañana, y tuvimos que permanecer sentadas y en silencio o leyendo, si queríamos, mientras Bacon vigilaba. Pero creo que las otras mujeres ya habían leído los libros que había en la casa, pues lo único que hacían, como yo, era estar tumbadas en la cama, y era la enfermera Bacon la que miraba las páginas de una pequeña revista, con los pies apoyados en un taburete, y de vez en cuando se chupaba uno de sus dedos colorados y gordos para pasar la página, y a ratos soltaba una risita. Después, a las doce, dejó la revista, dio un gran bostezo y nos llevó abajo para comer. Otra enfermera vino a ayudarla. «Vamos, vamos», dijeron. «No os entretengáis». Caminamos en fila. La anciana pálida la señorita Wilson se apretó contra mi espalda.
—No tenga miedo de… —dijo—. ¡No gire la cabeza! ¡Chitón! ¡Chitón! —Notaba su aliento en mi cuello—. No tenga miedo de la sopa —dijo.
Entonces yo caminé más deprisa, para estar más cerca de Bacon. Nos condujo al comedor. Estaba sonando un timbre, y según entramos se nos fueron sumado otras enfermeras, con las mujeres de las habitaciones que custodiaban. Yo diría que habría unas sesenta internas en aquella casa, y en ese momento me parecieron, después del tiempo transcurrido sola en el cuarto, una multitud horrible e inmensa. Iban vestidas igual que yo es decir, muy mal, cada una a su estilo, y eso así como el hecho de que algunas tenían el pelo rapado al cero, y de que a otras les faltaban dientes o se los habían extraído, y de que algunas tenían contusiones y cortes, y otras llevaban brazaletes y manguitos les daba un aspecto quizás más extraño del que tenían realmente. No estoy diciendo que no estuviesen locas, cada cual a su manera, pues a mí, en aquellos momentos, me parecían locas como cabras. Pero hay, en definitiva, tantos modos diferentes de estar loco como de ser un maleante. Algunas eran maníacas absolutas. Dos o tres, como Betty, sólo eran idiotas. A una le gustaba soltar palabrotas. A otra le daban arrebatos. Las demás sólo estaban trastornadas: caminaban mirando al suelo, se sentaban y giraban las manos sobre el regazo, musitaban, suspiraban.
Sentada entre ellas, comí lo que me sirvieron. Era una sopa, como había dicho la señorita Wilson, y vi que ella me miraba, asintiendo con la cabeza, mientras yo la tomaba, pero yo no quería mirarla. No quería mirar a nadie: antes había estado drogada y aturdida; ahora recaía en una especie de pánico un pánico febril que me causaba sudor, nerviosismo y rabia. Miraba a las ventanas y a las puertas; creo que si hubiese visto una ventana de cristal me hubiese lanzado a través de ella. Pero todas tenían barrotes. No sé qué habríamos hecho en caso de incendio. Las puertas tenían pestillos normales, y supongo que habría podido abrirlos con las herramientas adecuadas. Pero no tenía ninguna ni siquiera un alfiler ni nada con que fabricarla. Las cucharas con que tomamos la sopa eran de hojalata, y tan blandas que habrían podido ser de goma. No servían ni para sonarte la nariz.
La comida duró media hora. Nos vigilaban las enfermeras y unos cuantos hombres corpulentos: Bates, Hedges y uno o dos más. Se apostaban a un lado del comedor, y a intervalos pasaban entre las mesas.
Cuando uno estuvo cerca, levanté la mano y dije:
—Por favor, señor, ¿dónde están los médicos? ¿Puedo ver al doctor Christie, señor?
—El doctor Christie está ocupado —dijo él—. Cállese.
Pasó de largo. Una mujer dijo:
—No verás a los médicos ahora. Vienen sólo por la mañana. ¿No lo sabes?
—Es nueva —dijo otra.
—¿De dónde eres? —preguntó la primera.
—De Londres —dije, mirando todavía al hombre—. Aunque aquí creen que soy de otro sitio.
—¡De Londres! —exclamó ella. Algunas de las demás mujeres también dijeron: «¡Londres!»—. ¡Ah, Londres! ¡Cómo lo añoro!
—Y la temporada acaba de empezar. Es muy duro para ti. ¡Y tan joven! ¿Ya eres moza?
—¿Moza? —dije.
—¿Quién es tu familia?
—¿Qué? —El hombre corpulento se había vuelto y se dirigía hacia nosotras. Levanté otra vez la mano y la agité—. Señor, ¿puede decirme dónde puedo encontrar al doctor Christie? ¿Señor, por favor?
—¡Cállese! —repitió el hombre, pasando de largo.
La mujer que estaba a mi lado me puso la mano en el brazo.
—Debes de conocer las plazas de Kensington —dijo.
—¿Qué? —dije—. No.
—Supongo que los árboles ya han echado hojas.
—No lo sé. No lo sé. No los he visto nunca.
—¿Quién es tu familia?
El hombre fornido se encaminó hasta la ventana y allí se dio media vuelta y se cruzó de brazos. Yo había levantado la mano de nuevo, pero la dejé caer.
—En mi familia todos somos rateros —dije, míseramente.
—¡Oh! —Las mujeres hicieron muecas—. Qué chica más rara…
La mujer que estaba a mi lado, sin embargo, me indicó que me acercara.
—¿Ha perdido sus bienes? —dijo en un susurro—. Yo también. Pero mire esto. —Me enseñó un anillo que llevaba en una cuerda alrededor del cuello. Era dorado, y le faltaban piedras—. Aquí está mi capital. Mi garantía. —Se guardó el anillo debajo de la tela del cuello, se tocó la nariz y asintió—. Mis hermanas se quedaron con el resto. ¡Pero no tendrán el anillo! ¡Oh, no!
Después de esto no hablé con nadie. Cuando terminó el almuerzo, las enfermeras nos sacaron al jardín y nos tuvieron una hora paseando. Había tapias por los cuatro lados, y una verja: estaba cerrada con llave, pero a través de sus barrotes se veía el resto del parque donde estaba la casa. Había en el jardín muchos árboles, algunos cerca del gran muro del parque. Tomé nota de este hecho. No había trepado a un árbol en toda mi vida, pero ¿sería muy difícil? Si escalaba hasta una rama lo bastaste alta, me arriesgaría a romperme las dos piernas saltando si el salto significaba la libertad. Si la señora Sucksby no llegaba antes.
Pero seguía pensando que debería explicar mi caso al doctor Christie. Me refiero a demostrarle lo cuerda que estaba. Al cabo de una hora en el jardín sonó un timbre, nos metieron de nuevo en la casa y nos hicieron sentarnos, hasta la hora del té, en una gran habitación gris que olía a una fuga de gas y a la que llamaban el salón; luego volvieron a encerrarnos en nuestro dormitorio. Entré sin decir nada, todavía temblorosa y sudando. Hice todo lo que hicieron las otras recluidas la triste señora Price, la pálida señorita Wilson y Betty: me lavé en el lavabo la cara y las manos cuando ellas terminaron con el agua, y me lavé los dientes, cuando todas habían usado el cepillo, doblé mi odioso vestido de tela escocesa y me puse un camisón, y dije «amén» cuando Bacon musitó una oración. Pero luego, cuando llegó Spiller con una lata de té y me dio un tazón, lo cogí, pero no lo probé. Lo vertí en el suelo cuando creí que nadie miraba. Humeó un segundo y se filtró por entre los tablones. Coloqué el pie en el sitio donde había caído. Alcé la vista y vi a Betty mirando.
—Qué porquería —dijo en voz alta. Tenía voz de hombre—. Mala chica.
—¿Mala chica? —dijo la enfermera Bacon, volviéndose—. Sé quién es, de acuerdo. A la cama. ¡Rápido, rápido! Todas a la cama. ¡Dios me bendiga, qué vida!

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:47 am

Gruñía como un motor. Todas las enfermeras sabían hacerlo. Pero teníamos que estar calladas. Teníamos que estar quietas. De lo contrario, venían y nos pellizcaban o pegaban.
—¡Tú, Maud! —dijo Bacon aquella primera noche—. ¡Deja de moverte!
Se incorporó estaba leyendo y la luz de su lámpara me cegó los ojos. Incluso cuando, al cabo de muchas horas, depositó la revista, se quitó el vestido y el delantal y se acostó, dejó una luz encendida, para ver si nos movíamos de noche. Después se quedó dormida de inmediato y empezó a roncar. Sus ronquidos sonaban como una lima sobre un hierro, y me entró más añoranza que nunca de mi casa.
Se metió en la cama con su manojo de llaves, y durmió con él alrededor del cuello. Yo estaba tumbada con el guante blanco de Maud en el puño, y de vez en cuando me metía en la boca la punta de uno de sus dedos, imaginando que la mano blanda de Maud estaba dentro, y no paraba de morderlo. Pero al final me dormí y, a la mañana siguiente, cuando los médicos llegaron de ronda con la enfermera Spiller, yo estaba ya preparada.
—¿Cómo está, señora Rivers? —dijo el doctor Christie, después de haberle dado a Betty su terrón de azúcar y de pasar un minuto atendiendo a Price y a Wilson.
—Tengo la cabeza perfectamente despejada —dije.
Miró su reloj.
—¡Magnífico!
—¡Doctor Christie, se lo ruego…!
Agaché la cabeza, le miré a los ojos y le conté otra vez mi historia de cabo a rabo: que yo no era Maud Rivers, sino que me habían llevado a aquella casa mediante una horrible estratagema; que Richard Rivers me había presentado en Briar para ser la doncella de Maud Lilly y ayudarle así a que se casara con ella y, después, a que la tomaran por una loca. Que me habían engañado y se habían quedado para ellos dos solos la fortuna de Maud.
—Me la han jugado —dije—. ¡Se la han jugado a usted! ¡Se están riendo de usted! ¿No me cree? ¡Traiga a alguien de Briar! ¡Traiga al párroco de la iglesia donde se casaron! ¡Traiga el registro de la iglesia y verá sus nombres allí escritos y, junto al de ellos, el mío!
Se frotó los ojos.
—Su nombre —dijo—. Susan…, ¿cómo dice que es ahora? ¿Trinder?
—Susan… ¡no! —dije—. No en aquel libro. Allí pone Susan Smith.
—¡Otra vez Susan Smith!
—Sólo en el registro. Me hicieron poner eso. ¡Él me enseñó cómo! ¿No lo ve?
Pero ahora yo estaba al borde de las lágrimas. El doctor Christie empezó a ponerse adusto.
—Le he permitido hablar demasiado —dijo—. Se está excitando. No conviene en absoluto. Tiene que estar tranquila en todo momento. Esas figuraciones suyas…
—¿Figuraciones? ¡Que Dios me ayude, es la purísima verdad!
—Figuraciones, señora Rivers. Si se oyera usted misma… ¿Planes horribles? ¿Canallas que se ríen? ¿Fortunas robadas y chicas a las que vuelven locas? ¡Es la sustancia de una ficción morbosa! Tenemos un nombre para su enfermedad. La llamamos hiper estética. La han alentado a recrearse excesivamente en la literatura, y sus órganos se han inflamado de fantasía.
—¿Inflamado? —dije—. ¿Recrearme? ¿Literatura?
—Ha leído demasiado.
Le miré y no pude hablar.
—¡Que Dios me salve si sé leer dos palabras seguidas! —dije por fin, cuando él se volvía para irse
—. Y escribir…, déme un lápiz y escribiré mi nombre, ¡y es lo único que sabría poner, aunque me tuviera intentándolo un año entero!
Había empezado a dirigirse hacia la puerta de la habitación, seguido de cerca por el doctor Graves. Mi voz era entrecortada, pues Spiller me había sujetado para no consentirme que fuera tras ellos.
—¡Cómo te atreves a hablar a espaldas de los doctores! ¡No me empujes! Me parece que estás tan rabiosa como para encerrarte en el cuarto acolchado. ¿Doctor Christie?
Pero el doctor había oído mis palabras, se había vuelto al llegar a la puerta y me miraba de un modo distinto, con la mano en la barba. Miró al doctor Graves. Dijo en voz baja:
—En definitiva, nos demostraría el grado del delirio; y hasta es posible que sirviera para sacarla de él. ¿Qué le parece? Sí, déme una página de su libreta. Enfermera Spiller, suelte a la señora Rivers. Señora Rivers… —Volvió donde yo estaba y me dio el pedazo de papel que el doctor Graves había arrancado de su libreta. Se metió la mano en el bolsillo, sacó un lápiz e hizo ademán de entregármelo.
—¡Cuidado, señor! —dijo Spiller, cuando vio la punta del lápiz—. ¡Esta chica es muy artera!
—Muy bien, ya la veo —respondió él—. Pero no creo que pretenda hacer nada malo. ¿Verdad que no, señora Rivers?
—No, señor —dije. Cogí el lápiz. Temblaba en mi mano. El me observaba.
—Puede empuñarlo mejor que eso, creo —dijo.
Lo moví entre mis dedos y se me cayó. Lo recogí.
—¡Vigílela! ¡Vigílela! —dijo la enfermera Spiller, lista para agarrarme si era necesario.
—No tengo costumbre de manejar lápices —dije.
El doctor Christie asintió.
—Yo creo que sí. Ande, escriba una línea en ese papel.
—No sé —dije.
—Pues claro que sabe. Siéntese en la cama y apoye el papel en la rodilla. Así nos sentamos para escribir, ¿no? Usted lo sabe. Ahora escríbame su nombre. Eso sí lo sabe escribir, al menos. Nos lo acaba de decir. Adelante.
Vacilé y luego escribí. El papel se desgarró debajo del grafito. El doctor Christie me observó y, cuando hube terminado, me cogió la hoja y se la enseñó al doctor Graves. Los dos fruncieron el ceño.
—Ha escrito Susan —dijo el doctor Christie—. ¿Por qué?
—Es mi nombre.
—Lo ha escrito mal. ¿Lo ha hecho a propósito? Tome. —Me devolvió el papel—. Escríbame una línea, como le he dicho antes.
—No sé. ¡No sé!
—Sí sabe. Escriba una sola palabra, entonces. Escríbame esto. Escriba: salado.
Moví la cabeza.
—Vamos, vamos —dijo él—, no es una palabra difícil. Y conoce la primera letra, pues acaba de escribirla.
Vacilé de nuevo. Y como me miraba con tanta atención, y como, detrás de él, el doctor Graves, las enfermeras Spiller y Bacon e incluso la señora Price y la señorita Wilson ladearon la cabeza para ver cómo lo hacía, escribí una S. Las demás letras las tracé al azar. La palabra continuaba, y se fue agrandando mientras la escribía.
—Sigue apretando mucho —dijo el doctor Christie.
—¿Sí?
—Usted sabe que sí. Y sus letras son confusas y muy mal trazadas. ¿Qué letra es ésta? Se la ha imaginado, me figuro. Bien, ¿debo entender que su tío, un sabio, al parecer, toleraría una escritura así en su ayudante?
Aquél era mi momento. Me estremecí de los pies a la cabeza. Sostuve la mirada del doctor y dije, con la mayor calma que pude:
—No tengo ningún tío. Se refiere al anciano señor Lilly. Sé que su sobrina Maud escribe con letra clara, pero ya ve, yo no soy ella.
Se palmeó la barbilla.
—Porque usted es Susan Smith, o Trinder —dijo.
Me estremecí otra vez.
—¡Sí, señor!
Guardó silencio. Pensé: «¡Ya está!», y casi me desmayé de alivio. El se dirigió al doctor Graves y movió la cabeza.
—Completísimo, ¿no cree? —dijo—. Creo que no he visto nunca un caso tan palmario. El delirio se extiende hasta el ejercicio de las funciones motoras. Hay que intervenir ahí. Tenemos que estudiarlo hasta decidir el tratamiento. Señora Rivers, mi lápiz, si es tan amable. Señoras, buenos días.
Me arrebató el lápiz de los dedos, se dio media vuelta y se fue. El doctor Graves y la enfermera Spiller salieron con él, y Bacon cerró la puerta tras ellos. Cuando le vi girar la llave fue como si me hubiera golpeado y derribado de un puñetazo: me dejé caer sobre la cama y prorrumpí en llanto. Ella me chistó. Pero estaban tan acostumbradas a las lágrimas en aquella casa que no les inmutaba ver a una mujer llorando delante del plato de sopa en el almuerzo, o gritando a voz en cuello mientras paseaba por el jardín. Su chitón se convirtió en un bostezo. Me miró un momento y apartó la vista. Se sentó en su silla, se frotó las manos y se le crispó la cara.
—Creéis que lo vuestro es un tormento —dijo—. Si tuvierais estos nudillos, estos pulgares durante una hora… Esto es un suplicio, con mostaza encima. Esto sí que es un suplicio. ¡Oh! ¡Oh! ¡Dios me bendiga, creo que voy a morirme! Ven, Betty, sé buena con tu pobre enfermera. Alcánzame mi pomada, por favor.
Conservaba encima su manojo de llaves. Sólo con verlo redoblé mi llanto. Sacó una llave y Betty fue con ella al aparador, abrió la puerta y cogió un tarro de grasa. Era blanca y dura, como manteca. Betty se sentó, se untó los dedos y empezó a extenderla sobre los dedos hinchados de Bacon. Esta hizo otra mueca de dolor. Luego suspiró, con la cara menos tensa.
—¡Mano de santo! —dijo, y Betty se rió.
Volví la cabeza hacia la almohada y cerré los ojos. Si aquella casa hubiera sido el infierno, y Bacon el diablo, y Betty un demonio a su lado, no habría podido sentirme más desolada. Lloré hasta quedarme sin fuerzas. Entonces oí un movimiento junto a mi cama y después una voz muy suave.
—Anda, querida. No debes llorar.
Era la anciana pálida, la señorita Wilson. Había posado una mano sobre mí. La vi y me espanté.
—Ah —dijo ella—. Me rehuyes. No me extraña. No estoy en mis cabales. Te irás acostumbrando. ¡Chist! Ni una palabra. Bacon nos mira. ¡Chist!
Había sacado un pañuelo de la manga, y dio a entender que quería enjugarme la cara. El pañuelo estaba amarillento de puro viejo, pero era suave, y su suavidad y la bondad de la anciana que, por loca que estuviera, hacía el primer gesto afable que alguien me había ofrecido desde mi llegada reavivaron mi llorera. Bacon vigilaba.
—No te pierdo de vista —me dijo—. No creas que no te veo.
Volvió a recostarse en su silla. Betty le seguía aplicando grasa en los dedos. Dije, en voz baja:
—No piense que lloraba tan fácilmente, en mi casa.
—Seguro que no —respondió la señorita Wilson.
—Es por el miedo de que me retengan aquí. Es una gran injusticia. Dicen que estoy loca.
—No pierdas el ánimo. Esta casa no es tan dura como otras. Pero tampoco es perfecta. El aire de este cuarto, por ejemplo, que tenemos que respirar como bueyes en un establo. Las cenas. Nos llaman señoras, pero la comida… ¡es una papilla indecente! Me sonrojaría si viera que se la sirven al pinche de un jardinero.
Había alzado la voz. Bacon volvió a avistarnos y curvó el labio.
—¡Me gustaría verte colorada, fantasma!
Wilson movió los labios y pareció avergonzada.
—Es una alusión a lo pálida que soy —dijo—. ¿Me creerás si te digo que hay una sustancia en el agua de aquí parecida a la tiza…? Pero ¡chitón! ¡Ni una palabra más!
Agitó la mano y por un momento pareció tan chiflada que se me encogió el corazón.
—¿Lleva mucho tiempo aquí? —le pregunté cuando dejó caer su mano ondeante.
—Creo… Déjame pensar, sabemos tan poco del paso de las estaciones… Muchos años, diría.
—Veintidós —dijo Bacon, que seguía escuchando—. Porque ya eras veterana, ¿no?, cuando yo llegué, siendo una jovencita. Y de eso hará catorce años este otoño. ¡Ah, aprieta más fuerte ahí, Betty! Buena chica.
Hizo una mueca, exhaló un soplo de aire y se le cerraron los ojos. Pensé, horrorizada: ¡Veintidós años!, y el pensamiento se debió de ver en mi cara, pues la señorita Wilson dijo:
—No debes pensar que vas a quedarte tanto tiempo. La señora Price viene todos los años, pero su marido se la lleva a casa cuando ha pasado lo peor de sus rachas. ¿No era tu marido quien firmó la orden de ingreso? Es mi hermano el que me tiene aquí. Pero los hombres quieren esposas cuando pueden prescindir de sus hermanas. —Levantó una mano—. Hablaría más claro si pudiera. La lengua…, ya me entiendes.
—El hombre que me ha metido aquí es un bellaco redomado —dije—, y solamente finge que es mi marido.
—Eso es duro para ti —dijo ella, moviendo la cabeza y suspirando—. Eso es lo peor de todo.
Le toqué el brazo. Mi corazón, que se había hundido, se elevó ahora como un flotador, tan bruscamente que me dolió.
—¿Lo cree usted? —dije. Miré a Bacon, pero ella me había oído y abrió los ojos.
—No saques conclusiones de eso —dijo con una voz complacida—. Wilson cree toda clase de disparates. Pregúntale ahora qué criaturas viven en la luna.
—¡Maldita! —dijo Wilson—. ¡Le dije que era una confidencia! Ya ves, señora Rivers, cómo se esfuerzan en rebajar mi posición. ¿Le paga mi hermano una guinea a la semana para que me insulte? ¡Ladrones! ¡Demonios!
Bacon hizo como que se levantaba de su silla y cerraba los puños, y la señorita Wilson se quedó callada. Dije, al cabo de un rato:
—Piense lo que quiera sobre la luna, señorita Wilson. ¿Por qué no iba a hacerlo? Pero cuando le digo que me han metido aquí unos estafadores y que estoy perfectamente cuerda, sólo le estoy diciendo la verdad. El doctor Christie lo descubrirá en su momento.
—Confío en que así sea —respondió ella—. Seguro que sí. Pero ya sabes que es tu marido el que tiene que firmar la orden de salida.
La miré boquiabierta. Luego miré a Bacon.
—¿Es cierto eso? —pregunté. La enfermera asintió. Empecé a llorar de nuevo—. ¡Entonces, Dios santo, estoy perdida! —exclamé—. ¡Porque ese granuja no firmará nunca!
Wilson movió la cabeza.
—¡Qué duro! ¡Qué duro! Pero quizás te visite y cambie de idea, ¿no? Tienen que dejarnos recibir visitas, ¿sabes? Es la ley.
Me sequé la cara.
—No vendrá —dije—. ¡Sabe que si viene le mataré!
Ella miró a su alrededor, como asustada.
—No digas aquí esas cosas. Tienes que portarte bien. ¿No sabes que tienen maneras de cogernos y atarnos…? ¿Que tienen agua…?
—¡Agua! —murmuró la señora Price, con un estremecimiento.
—¡Basta ya! —dijo Bacon—. Y tú, llorona —se refería a mí—, deja de excitarlas.
Y mostró otra vez el puño. Así que entonces todas nos callamos. Betty le untó de grasa los dedos durante otro par de minutos y luego guardó el tarro y se metió en la cama. Wilson agachó la cabeza y la mirada se le puso turbia. Price, cada cierto tiempo, emitía un murmullo o un quejido desde detrás de su velo de pelo. De la habitación contigua llegaba una ráfaga irregular de chillidos. Pensé en la hermana del señor Ibbs. Pensé en mi casa y en todas las personas que la habitaban. Empecé a sudar de nuevo. Súbitamente me sentí como debe de sentirse una mosca atrapada en la tela de una araña. Me puse de pie y comencé a deambular de una pared del cuarto a otra.
—¡Si por lo menos hubiese una ventana! —dije—. ¡Si pudiéramos asomarnos! —Y luego—: ¡Si nunca hubiera salido del barrio!
—¿Quieres sentarte? —dijo Bacon.
Lanzó una maldición. Llamaron a la puerta y tuvo que levantarse para abrir. Era otra enfermera, con un papel. Aguardé hasta que sus cabezas se juntaron y me deslicé hacia donde estaba Wilson. La desesperación empezaba a infundirme astucia.
—Escúcheme —dije en voz baja—. Tengo que salir de aquí cuanto antes. Tengo familia con dinero en Londres. Tengo una madre. Lleva aquí tanto tiempo que tiene que saber una forma de huir. ¿Cuál es? Le pagaré, se lo juro.
Me miró y se retrajo.
—¿No creerás —dijo, con un tono normal—, no creerás que yo he sido el tipo de chica educada para hablar en cuchicheos?
Bacon se volvió y miró.
—Tú, Maud —dijo—. ¿Qué estás haciendo ahora?
—Cuchicheando —dijo Betty con su voz ronca.
—¿Cuchicheando? ¡Ya te daré cuchicheos! Vuelve a tu cama y deja en paz a Wilson. ¿No puedo darte la espalda un segundo sin que empieces a chinchar a las demás?
Presumí que adivinaba que había intentado huir. Volví a la cama. Plantada en la puerta con la otra enfermera, Bacon le dijo algo en un murmullo. La otra arrugó la nariz. Luego me miraron con la misma expresión fría y hosca con que había visto que me miraban otras enfermeras. Era aún tan ignorante, por supuesto, que no sabía lo que significaba aquella mirada hostil. Pero ¡santo Dios!, no tardaría mucho en averiguarlo.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:47 am

Hasta entonces, sin embargo, no me tomé la molestia de pensarlo, porque seguía creyendo que podría fugarme. Lo seguí creyendo al ver que transcurría una semana, y luego otra. Al final sólo comprendí que debía abandonar mi idea de que el doctor Christie sería el hombre que me liberase, pues si él creía que yo estaba loca cuando entré, todo lo que decía según pasaba el tiempo únicamente parecía servir para confirmarle que estaba más loca todavía. Peor aún, seguía aferrado a su idea de que había que curarme y hacer que me reconociese a mí misma por el procedimiento de conseguir que escribiera.
—Se ha dedicado excesivamente a la tarea literaria —dijo, en una de sus visitas—, y ésa es la causa de su dolencia. Pero a veces los médicos tenemos que utilizar métodos paradójicos. Me refiero a que, para restablecerse, debe reanudar su labor literaria. Tome. —Me había traído algo envuelto en un papel. Era una pizarra y tiza—. Se sentará delante de esta pizarra vacía y, antes de que termine el día, me habrá escrito su nombre, pero ¡ojo!, con toda pulcritud. Su nombre de verdad, quiero decir. Mañana me escribirá el comienzo de un relato de su vida, y en adelante lo continuará todos los días. Recobrará el uso de la razón al mismo tiempo que recuperes la soltura con la pluma…
Así que mandó a la enfermera Bacon que me tuviese horas enteras sentada con la tiza en la mano; por supuesto, no escribía nada, y la tiza se desmenuzaba hasta transformarse en polvo, o bien se volvía húmeda y resbaladiza a causa del sudor de mi palma. El doctor venía y, al ver la pizarra vacía, meneaba la cabeza y se enfurruñaba. Si la enfermera Spiller le acompañaba, ella decía:
—¿Todavía no ha escrito una palabra? Y aquí están los doctores dedicando su tiempo a curarla. Ingratitud, llamo yo a eso.
Cuando él se iba, ella me zarandeaba. Y si yo gritaba y sudaba, lo hacía aún más fuerte. Podía zarandearte de tal modo que era como si te estuviesen arrancando los dientes de la boca. Te meneaba hasta producirte náuseas. «Le ha dado el telele», decía entonces a las otras enfermeras, con un guiño, y ellas se reían. Odiaban a las internas. Me odiaban a mí. Pensaban que cuando les hablaba del modo que era natural en mí, lo hacía para irritarlas. Sé que les repateaba que yo recibiese atenciones especiales del doctor Christie, fingiendo que estaba decaída. También por eso me odiaban las mujeres. Sólo la señorita Wilson, de vez en cuando, era amable conmigo. Una vez me vio llorando delante de la pizarra y, cuando Bacon estaba de espaldas, vino y escribió mi nombre, o sea, el de Maud. Pero, a pesar de su buena intención, habría preferido que no lo hubiese hecho, pues cuando el doctor vino y lo vio, dijo, sonriendo:
—¡Bravo, señora Rivers! ¡Ahora ya estamos a mitad de camino! —Y al día siguiente, como no pude hacer más que garabatos, naturalmente pensó que estaba simulando, y dijo, con expresión severa—: Que no coma nada, enfermera Bacon, hasta que haya escrito.
Con lo que escribí cincuenta veces: Susan, Susan. Bacon me pegó. También me pegó Spiller. El doctor Christie movió la cabeza. Dijo que mi caso era más difícil de lo que había pensado, y que exigía otro método. Me dio brebajes de creosota: hizo que las enfermeras me sujetaran mientras él los vertía en mi boca. Habló de traer a un sangrador para que me hiciera una sangría en la cabeza. Entonces llegó a la casa una mujer nueva que sólo hablaba un lenguaje inventado que ella decía que era el de las serpientes, y en lo sucesivo el doctor le consagró todo su tiempo, pinchándola con agujas, reventando bolsas de papel detrás de su oreja, escaldándola con agua hirviendo…, buscando formas de obligarla a hablar inglés.
Por mí, que siguiera pinchándola y escaldándola para siempre. La creosota casi me había asfixiado. Tenía miedo de las sanguijuelas. Y me pareció que, dejándome sola, me daba más tiempo para planear mi huida. Pues todavía no pensaba en otra cosa. Llegó junio. Yo había ingresado algún día de mayo. Pero aún me quedaban ánimos para aprenderme el trazado de la casa, estudiar las ventanas y puertas en busca de una vía de escape, y cada vez que Bacon sacaba el manojo de llaves yo la observaba y veía lo que abría cada una. Vi que, por lo que se refería a las cerraduras del dormitorio y las puertas del pasillo, una llave servía para todas. Estaba convencida de que podría fugarme si conseguía sustraer aquella llave del manojo de una enfermera. Pero eran llaveros sólidos, y todas las enfermeras guardaban las llaves muy cerca, y Bacon a la que habían prevenido de mis posibles argucias, las tenía más cerca que ninguna.
Sólo se las daba a Betty cuando quería que sacase algo del aparador, y luego se las quitaba de inmediato y se las metía en el bolsillo. Nunca le vi hacerlo sin que me entraran temblores de rabia impotente. Costaba aceptar que una simple llave me separase a mí ¡precisamente a mí! durante tanto tiempo y de aquella forma aciaga de todo lo que era mío: ¡una sola y simple llave! No era ni siquiera una complicada, sino una sencilla, con cuatro dientes rectos que yo habría sabido, con la llave ciega y la lima adecuadas, falsificar en un periquete. Pensaba en eso cien veces al día. Lo pensaba mientras me lavaba la cara, mientras tomaba la cena. Lo pensaba mientras paseaba por el jardincillo, y cuando estaba sentada en el salón, oyendo farfullar y llorar a las mujeres, y tumbada en mi cama, con la lámpara de Bacon cegándome los ojos. Si los pensamientos fueran martillos o piquetas habría estado libre diez mil veces. Pero eran más como veneno. Tenía tantos que me daban arcadas.
Era una afección sorda, no como el pánico agudo que me había atenazado y producido sudores los primeros días que pasé allí. Era una especie de malestar soterrado que hurgaba tan por debajo, y hasta talpunto formaba parte de las costumbres de la casa como el color de las paredes, el olor de las comidas, el sonido de los llantos y los gritos, que no supe que se había apoderado de mí hasta que fue demasiado tarde. Seguía diciendo, a cualquiera que hablase conmigo, que estaba en mis cabales, que estaba allí por culpa de un error, que no era Maud Rivers y que tenían que soltarme enseguida. Pero lo dije tantas veces que las palabras se gastaron, como las monedas cuya efigie se borra a fuerza de usarlas.
Un día, por fin, en que paseaba por el jardín con una interna, lo volví a decir y ella me miró compadecida.
—Yo pensé lo mismo una vez —dijo, amablemente—. Pero verá, me temo que usted debe de estar loca, puesto que está aquí. Todas nosotras tenemos algo raro. Sólo tiene que mirarse a sí misma. Sólo tiene que mirarse.
Sonrió, pero, como antes, lo hizo con una especie de compasión, y siguió andando. Yo me paré, sin embargo. No había pensado no sabría decir durante cuánto tiempo en el aspecto que yo tenía para otros. El doctor Christie había prohibido los espejos, por temor a que los rompieran, y ahora me pareció que la última vez que había visto mi propia cara fue en casa de la señora Cream ¿fue allí?, cuando Maud me hizo poner su vestido azul de seda ¿era azul o era verde? y me sostuvo delante el pequeño espejo. Me tapé los ojos con las manos. El vestido era azul, estaba segura. ¡Cómo, si lo llevaba puesto cuando me encerraron en el manicomio! Me lo habían quitado, así como también la maleta de la madre de Maud y todas las cosas que contenía: los cepillos y peines, la lencería, las pantuflas rojas de lana. No volví a verlos. Me miré yo misma, mi vestido de tela escocesa y mis botas de caucho. Casi me había acostumbrado a ellos. Ahora los vi tal como eran, y me habría gustado verlos mejor. La enfermera de turno para vigilarnos estaba sentada con los ojos cerrados, dormitando al sol, pero un poco a su izquierda había una ventana que daba al salón. Estaba oscura y reflejaba el corro de mujeres paseando con tanta claridad como si fuera un espejo. Una de ellas se paró y se puso la mano en la cara: pestañeé. Ella pestañeó. Era yo.
Fui despacio hacia ella y me miré con atención, horrorizada. Como la mujer había dicho, parecía una lunática. Tenía el pelo cosido todavía a la cabeza, pero había crecido o se habían despegado las puntadas, y sobresalían unos mechones. Tenía la cara blanca pero constelada, aquí y allá, de motas y rasguños y moretones tenues. Tenía los ojos hinchados por falta de sueño, supongo y rojos en los bordes. La cara era más angulosa que nunca, y el cuello como un palo. El vestido me colgaba como si fuera una bolsa de la colada. Por debajo del escote asomaban las puntas blancas y sucias de los dedos de los guantes de Maud, que seguía llevando al lado del corazón. Se distinguían, en la piel de cabritilla, las marcas de mis dientes.
Me contemplé durante cerca de un minuto. Al mirarme pensaba en todas las veces en que la señora Sucksby me había lavado y peinado y lustrado el pelo cuando yo era una niña. La recordé calentando la cama antes de acostarme, para que no tuviera escalofríos. La recordé apartando para mí los bocados de carne más tiernos; y limándome los dientes, cuando me cortaban; y pasándome las manos por los brazos y piernas, para asegurarse de que crecían derechos. Recordé lo sana y salva que me había criado, todos los días de mi vida. Había ido a Briar a hacer una fortuna que compartir con ella. Una fortuna que había perdido. Maud Lilly me la había robado y me había traspasado su destino. Era ella la que tenía que estar allí. Me había hecho suplantarla, mientras estaba a sus anchas en el mundo, y todos los cristales en que se miraba en las sombrererías, por ejemplo, y mientras le probaban un vestido; o en teatros o en los salones de baile adonde iba, todos le mostraban las cosas que yo no era: guapa, alegre, orgullosa y libre…
Podría haberme encolerizado. Creo que empecé a hacerlo. Luego vi la expresión en mis ojos, y mi cara me espantó. Permanecí sin saber qué hacer hasta que la enfermera de guardia despertó y vino a darme un codazo.
—Muy bien, doña frívola —dijo, bostezando—. Creo que tus talones también son dignos de verse, así que vamos a verlos.
Me llevó a empujones hasta la mitad de la fila circular, y yo agaché la cabeza y eché a andar, mirando el dobladillo de mi vestido, las botas, las de la mujer que iba delante, cualquier cosa, cualquiera que me impidiera alzar la vista hacia la ventana del salón y ver de nuevo la expresión de mi mirada de loca.
Supongo que eso fue a finales de junio. Pero podría haber sido antes. Era difícil saber en qué fecha estábamos. Era difícil hasta saber en qué día; sólo sabías que otra semana había transcurrido cuando, en lugar de pasar la mañana en la cama, te hacían escuchar de pie en el salón las oraciones que rezaba el doctor Christie, entonces sabías que era domingo. Quizás debiera haber hecho una marca, como hacen los presos, por cada domingo que pasaba; pero, por supuesto, durante muchas semanas esto no tuvo sentido, pues cada vez que llegaba otro domingo, pensaba que al siguiente estaría en libertad. Luego empecé a embrollarme. Me parecía que algunas semanas tenían dos o tres domingos. Otras parecían no tener ninguno. De lo único que estaba segura era de que la primavera había desembocado en el verano, pues los días se alargaban, el sol se volvía más ardiente y la casa estaba caliente como un horno.
Recuerdo el calor más que ninguna otra cosa. Era suficiente para enloquecerte por sí solo. El aire en nuestras habitaciones, por ejemplo, se convirtió en una especie de sopa. Creo que una o dos mujeres murieron, de hecho, por respirar aquel aire, pero los doctores Christie y Graves, siendo médicos, pudieron, desde luego, atribuir su muerte a sendos ataques. Oí decir esto a las enfermeras. A medida que hacía más calor, su humor empeoraba. Se quejaban de cefaleas y sudores. Se quejaban de sus uniformes.
Nos decían, empujándonos: «¿Por qué estar aquí, cuidándoos, con esta ropa de lana, cuando podría estar en el psiquiátrico de Tunbridge, donde todas las enfermeras visten popelín?». Pero lo cierto era, como todas sabíamos, que ningún otro manicomio las hubiese aceptado, y que tampoco se irían: vivían demasiado bien. Hablaban continuamente de lo indóciles y astutas que eran las internas, y enseñaban contusiones; pero, por descontado, las mujeres estaban tan aturdidas y eran tan desdichadas que no podían ser arteras, y el problema lo creaban las enfermeras cuando les apetecía algún pasatiempo. El resto del tiempo su trabajo era de lo más liviano imaginable, porque se levantaban de la cama a las siete nos daban nuestras dosis, para que durmiéramos y luego estaban sentadas hasta el mediodía leyendo revistas y libros, preparando tostadas y cacao, bordando, silbando, pedorreando, plantándose en las puertas para hablar entre ellas a través del pasillo, e incluso colándose en la habitación de sus colegas cuando estaban especialmente aburridas, tras haber dejado a sus pupilas encerradas y sin vigilancia.
Y, por las mañanas, después de que el doctor Christie hubiera hecho su ronda, ellas se quitaban la cofia y los alfileres del pelo, se bajaban las medias y se levantaban las faldas, y nos daban periódicos y nos obligaban a abanicarles con ellos sus grandes piernas blancas. Eso, al menos, era lo que hacía Bacon. Se quejaba del calor más que ninguna, debido al escozor en sus manos. Mandaba a Betty que le untase de grasa los dedos diez veces al día. A veces chillaba. Y cuando el calor llegó a su punto más alto colocó dos palanganas de loza al lado de su cama y dormía con las manos metidas dentro del agua. Esto le producía sueños.
—¡Es demasiado escurridizo! —gritó una noche. Y luego, en un murmullo—: Ya lo he perdido…
Yo también soñaba. Parecía soñar cada vez que cerraba los ojos. Soñaba, como era de esperar, con Lant Street, con el barrio, con mi casa. Soñaba con Ibbs y con la señora Sucksby. Eran sueños agitados, sin embargo; muchas veces me despertaba llorando. De cuando en cuando soñaba sólo con el manicomio: soñaba que había despertado y que ya había pasado el día. Entonces despertaba de verdad y el día se extendía aún por delante, pero, con todo, era tan parecido al día que había soñado que quizás los hubiese soñado a los dos. Estos sueños me desconcertaban.
Los peores de todos, sin embargo, fueron los que empecé a tener a medida que las semanas transcurrían y las noches se volvían más calurosas y comencé a embrollarme cada vez más. Eran sueños de Briar y de Maud. Porque nunca soñaba con ella como sabía que ella era en realidad: una víbora o una ladrona. Nunca soñaba con Caballero. Solamente soñaba que estábamos de nuevo en casa del tío, y que yo era la doncella de Maud. Soñaba que íbamos a la tumba de su madre o que nos sentábamos a la orilla del río.
Que la vestía y le cepillaba el pelo. Soñaba ¿acaso se nos pueden reprochar los sueños?, soñaba que la amaba. Sabía que la odiaba. Sabía que quería matarla. Pero a veces despertaba de noche sin saberlo. Abría los ojos y miraba a mi alrededor, y hacía tanto calor en el dormitorio que todas se habían removido en sus camas: veía las grandes piernas desnudas de Betty, la cara sudorosa de Bacon, el brazo de Wilson. La señora Price se recogía hacia atrás el pelo cuando dormía, de un modo similar a como hacía Maud: yo la miraba en mi duermevela y olvidaba por completo las semanas que habían pasado desde finales de abril. Olvidaba la huida de Briar, la boda en la iglesia de pedernal negro, los días en la casa de la señora Cream, el viaje al manicomio, la atroz estratagema; quiero decir que me olvidaba de huir y de lo que planeaba para después de haber huido. Sólo pensaba, con una especie de pánico: ¿Dónde estará ella? ¿Dónde estará ella?, y luego, en una ráfaga de alivio: Está ahí… Volvía a cerrar los ojos y, en un instante, ya no estaba en mi cama, sino en la suya. Las cortinas estaban cerradas y ella tumbada a mi lado. La sentía respirar. «¡Qué noche más oscura!», decía ella, con su voz suave, y luego: «¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!…».
«No se asuste», respondía yo siempre. «Oh, no se asuste…». Y, en ese momento, el sueño se interrumpía y despertaba. Despertaba con cierto temor de que, al igual que Bacon, hubiera dicho algo en voz alta, o suspirado, o temblado. Y después me entraba una vergüenza horrible. ¡Porque la odiaba! ¡La odiaba! Y, sin embargo, sabía que, cada vez, secretamente deseaba que el sueño hubiese llegado hasta el final. Empecé a temer levantarme de la cama en sueños. ¿Y si intentaba besar a la señora Price o a Betty? Pero si procuraba permanecer despierta, me quedaba perpleja. Imaginaba cosas aterradoras. Aquellas noches eran extrañas. Pues aunque el calor nos idiotizaba a todas, algunas veces provocaba arrebatos incluso a las mujeres más tranquilas y obedientes. Oías la conmoción desde la cama: los chillidos, los timbrazos, el ruido sordo de pies que corren. Irrumpían como un trueno en la noche calurosa y callada, y aunque siempre supieras de qué se trataba, los sonidos resultaban muy extraños, y en ocasiones una mujer contagiaba a otra, y entonces te preguntabas si no te contagiaría a ti, y te daba la impresión de que un ataque se estaba incubando en tu interior, y empezabas a sudar, y quizás a sufrir espasmos… ¡Oh, qué noches más espantosas! Betty gemía. Price se echaba a llorar. La enfermera se levantaba: «¡Silencio! ¡Silencio!», decía. Abría la puerta, se asomaba, escuchaba. Entonces cesaban los gritos, los pasos se apagaban. «El telele», decía. «¿La meterán en el cuarto o la zambullirán?». Y al oír esa palabra, zambullir, Betty gemía otra vez y Price y hasta la anciana Wilson se estremecían y escondían la cabeza.
Yo no sabía por qué. La palabra era singular y nadie me la explicaba: sólo acertaba a suponer que debían de absorberte, como un sumidero, con una ventosa negra de caucho. La idea era tan horrible que yo también empecé a estremecerme cada vez que la mencionaba Bacon.
—No sé por qué tembláis —nos decía, repulsivamente, cuando volvía a acostarse—, si la del telele no es ninguna de vosotras.
Pero un día sí fue. Nos despertó un rumor de asfixia y descubrimos a la triste Price en el suelo junto a su cama, mordiéndose los dedos tan fuerte que le sangraban. La enfermera Bacon fue a tocar el timbre, y los hombres y el doctor Christie llegaron corriendo: ataron a Price y la llevaron abajo, y cuando volvieron a traerla, una hora después, su vestido y su pelo chorreaban agua y parecía medio ahogada. Supe entonces que por zambullir se referían a sumergirte en un baño. Lo cual me alivió un poco, al menos, pues me parecía que el que te bañaran no podía ser tan malo como que te absorbiera una ventosa…
Todavía no sabía nada, nada de nada. Entonces sucedió algo. Llegó un día creo que fue el más caluroso de aquel verano asfixiante que resultó ser el cumpleaños de la enfermera Bacon, y esa noche invitó a otras enfermeras a que vinieran a hurtadillas a nuestra habitación, para hacer una fiesta. Lo hacían a veces, como creo que ya he dicho. No estaban autorizadas, y sus charlas nos entorpecían aún más el sueño a las demás, pero nunca nos hubiéramos atrevido a decírselo a un médico, pues las enfermeras habrían dicho que eran delirios, y más tarde nos hubieran pegado. Nos obligaban a permanecer quietas mientras ellas jugaban a las cartas o al dominó, bebiendo limonada y, algunas veces, cerveza.
Aquella noche bebían cerveza, porque era el cumpleaños de Bacon, y como hacía calor, bebieron demasiada y se emborracharon. Yo me tapaba con la sábana la mitad de la cara, pero tenía los ojos entornados. No me atrevía a dormir mientras ellas estuvieran allí, por si soñaba otra vez con Maud, ya que había contraído lo que podría llamarse o lo que el doctor Christie, me figuro, llamaría un miedo morboso a delatarme.
Y una vez más pensé que debía mantenerme despierta, por si acaso bebían tanto que se quedaban atontadas; en ese caso podría levantarme y birlarles las llaves… Pero no lo hicieron. Al contrario, cada vez estaban más alegres y hacían más ruido y tenían la cara más roja, y cada vez hacía más calor en el cuarto. Creo que a ratos me amodorraba: empecé a oír sus voces como a lo lejos, voces huecas como las que se oyen en sueños. Cada cierto tiempo una de ellas daba un grito o soltaba una risotada; las otras la acallaban y luego eran ellas las que se reían: esto me desvelaba, y daba un brinco terrible. Finalmente, al mirar sus caras gordas, sudorosas, rojas y sus húmedas bocazas abiertas, me entraron ganas de tener una pistola para pegarles un tiro. Estaban alardeando de las mujeres a las que habían zurrado últimamente, y de cómo lo habían hecho. Se pusieron a comparar las manos. Colocaban palma contra palma para ver cuál era más grande. Una de ellas enseñó el brazo.
—Enseña el tuyo, Belinda —gritó otra. Belinda era Bacon. Todas tenían unos nombres muy monos. Te imaginabas a sus madres mirándolas cuando eran bebés y pensando que de mayores serían bailarinas
—. Venga, enséñalo.
Bacon fingió modestia; después, se remangó. Tenía un brazo tan grueso como un carbonero, pero blanco. Cuando lo dobló, se abultó más.
—Esto es músculo irlandés —dijo—. Herencia de mi abuela.
Las otras lo palparon y silbaron. Una de ellas dijo:
—Con un brazo así, creo que casi podrías hacerle la competencia a la enfermera Flew.
Flew tenía un ojo desviado y se encargaba de un cuarto del piso de abajo. Se decía que en otro tiempo había sido celadora en una cárcel. A Bacon se le subieron los colores.
—¿La competencia? —dijo—. Sólo me gustaría ver su brazo junto al mío. Entonces veríamos cuál es el más grande. ¿La competencia? ¡Pues competiremos!
Su voz despertó a Betty y a Price. Bacon miró y las vio removerse.
—Volved a dormir —dijo.
A mí no me vio observándola y deseando su muerte, con los ojos entrecerrados. Mostró de nuevo el brazo y volvió a tensar el músculo.
—La competencia, je —masculló. Hizo una seña a una de sus colegas—. Trae a Flew aquí. Entonces veréis. Margaretta, coge una cuerda.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:48 am

Las enfermeras se levantaron, se balancearon, con una risita, y salieron. Un minuto después, la primera volvió con Flew, con Spiller y con la enfermera morena que la había ayudado a desvestirme el primer día. Todas habían estado bebiendo en el piso de abajo. Spiller miró alrededor, con las manos en las caderas, y dijo:
—Bueno, ¡si os viera el doctor Christie! —Eructó—. ¿Qué es eso de los brazos?
Descubrió el suyo. Flew y la morena destaparon los suyos. La otra enfermera volvió con una cinta y una regla, y todas se midieron los músculos por turnos. Yo las observaba como alguien que en un bosque oscurecido, sin dar crédito a sus ojos, contempla a unos duendes: ellas, en efecto, formaban un corro y desplazaban de un brazo a otro la lámpara, que arrojaba extrañas luces y proyectaba singulares sombras, y con la cerveza, el calor y la excitación de las medidas parecía que estaban dando bandazos y brincos.
—¡Treinta y ocho! —gritaban, alzando la voz—. ¡Cuarenta y uno! ¡Cuarenta y tres! ¡Cuarenta y siete! ¡Cuarenta y ocho con veinte! ¡Gana Flew!
Rompieron el corro, apagaron la luz y empezaron a pelearse, ya no como duendes, sino como marineros. Casi esperabas que tuviesen tatuajes. El semblante de Bacon estaba más sombrío que nunca. Dijo, malhumorada:
—Por esta vez, bueno, dejo que Flew gane en brazos, aunque yo digo que no vale contar la grasa como músculo. —Se frotó las manos en torno a la cintura—. ¿Y en cuanto al peso? —Elevó la barbilla
—. ¿Alguna dice que pesa más que yo?
Al instante, dos o tres se pusieron a su lado y dijeron que ellas le ganaban en peso. Las otras intentaron levantarlas, para ver si era cierto. Una cayó al suelo.
—No vale —dijeron—. Te retuerces tanto que no podemos comprobarlo. Hace falta otro método. ¿Y si nos subimos a una silla y saltamos? Veremos la que hace que el suelo cruja más.
—¿Y si saltamos encima de Betty? —dijo riéndose la enfermera morena—. A ver quién la hace crujir más.
—¡A ver quién la hace chillar!
Miraron a la cama de Betty. Ella había abierto los ojos al oír su nombre…, volvió a cerrarlos y empezó a temblar. Spiller resopló.
—Chillará más con Belinda —dijo—. No es justo que sea ella. Que sea la vieja Wilson.
—¡Ésa sí que va a chillar!
—O la señora Price.
—¡Llorará! Llorar no es…
—¡Que sea Maud!
Lo dijo una de ellas no sé quién, y aunque todas se estaban riendo, ahora la risa cesó. Creo que se miraron. Luego habló Spiller.
—Trae una silla —la oí decir— para subirnos…
—¡Espera! ¡Espera! —gritó otra enfermera—. ¿En qué estáis pensando? No podéis saltarle encima, la mataréis. —Hizo una pausa, como para enjugarse la boca—. Mejor tumbaos encima.
Y al oír esto, retiré la sábana de mi cara y abrí los ojos de par en par. Tal vez no debería haberlo hecho en aquel preciso momento. Quizás, en definitiva, sólo estaban bromeando. Pero retiré la sábana y me vieron mirarlas; y en eso se echaron todas a reír y se precipitaron hacia mí corriendo. Me arrancaron las sábanas y me quitaron la almohada de debajo de la cabeza. Dos de ellas me cogieron de los pies y otras dos de los brazos. Lo hicieron en un instante. Eran como una enorme y sudorosa fiera de cincuenta cabezas, con cincuenta bocas jadeantes y cien manos. Me resistí y me pellizcaron. Dije:
—¡Dejadme en paz!
—Cállate —dijeron ellas—. No vamos a hacerte daño. Sólo queremos saber quién pesa más de las tres: Bacon, Spiller o Flew. Sólo queremos ver cuál de las tres te hace chillar más. ¿Estás lista?
—¡Soltadme! ¡Soltadme! ¡Se lo diré al doctor Christie!
Alguien me pegó en la cara. Otra me tiró de la pierna.
—Aguafiestas —dijeron—. Bueno, ¿quién empieza?
—Yo —oí decir a Flew, y las otras retrocedieron un poco para hacerle sitio. Se estaba alisando el vestido—. ¿La tenéis sujeta?
—La tenemos.
—Bien. Que no se mueva.
Me estiraron muy fuerte, como si yo fuera una sábana mojada y se dispusieran a retorcerme. Lo que yo pensaba en aquel momento no puede describirse. Estaba convencida de que iban a descuartizarme. De que iban a partirme los huesos. Empecé a gritar y de nuevo alguien me abofeteó y me tiró de la pierna; entonces me callé. La enfermera Flew se subió a la cama y, levantándose la falda, se arrodilló sobre mí a horcajadas. La cama crujió. Se frotó las manos y me clavó su ojo desviado.
—¡Ahí voy! —dijo, aprestándose a caérseme encima. Pero la caída no llegó a producirse, a pesar de que contraje la cara y contuve la respiración para sufrirla. Bacon la había detenido.
—Así no —dijo—. Dejarse caer no vale. O bajas despacio o nada.
De modo que Flew se detuvo, para luego adelantarse despacio y descender apoyada en las manos y rodillas hasta que soporté todo su peso encima. El aire que había retenido fue comprimido hacia fuera. Creo que me habría matado si yo hubiese tenido el suelo debajo en lugar de una cama. Los ojos, la nariz y la boca me empezaron a espumar.
—Por favor… —dije.
—¡Ha dicho por favor! —dijo la morena—. ¡Son cinco puntos para Flew!
Dejaron de estirarme. Flew me besó en la mejilla y descabalgó, y la vi alzar las manos por encima de la cabeza, como el vencedor de un combate de boxeo. Absorbí aire, resoplé y tosí. Luego volvieron a sujetarme para el turno de Spiller. Fue peor que Flew: no más pesada, pero más incómoda, porque las puntas de sus extremidades, las rodillas, los codos y las caderas, ejercieron una fuerte presión sobre las mías, y su corsé era rígido, con bordes que parecían cortarme como una sierra. Tenía el pelo untado de un aceite de olor acre, y su aliento resonó como un trueno en mi oído: «Venga, perra», me dijo, «¡canta!».
Pero me quedaba una reserva de orgullo, incluso entonces. Apreté la mandíbula y me contuve, aunque ella presionaba cada vez más fuerte. Por fin una enfermera gritó: «¡Qué pena! ¡Ningún punto para Spiller!», y ésta comprimió una vez más sus rodillas, lanzó un juramento y se retiró. Levanté la cabeza del colchón. Me lagrimaban los ojos, pero más allá del corro de enfermeras vi a Betty, a Wilson y a Price mirando y temblando aunque fingiendo que dormían. Tenían miedo de lo que pudieran hacerles a ellas. No se lo reprocho. Recosté la cabeza y volví a apretar la mandíbula. Le tocaba a Bacon. Tenía las mejillas coloradas todavía, y tan rojas las manos hinchadas, en contraste con la blancura de sus brazos, que parecía que llevaba puestos unos guantes. Se sentó a horcajadas sobre mí, como había hecho Flew, y flexionó los dedos.
—Ahora, Maud —dijo. Apresó el dobladillo de mi camisón, lo estiró y lo alisó. Me dio una palmada en la pierna—. Vamos, doña llorona. ¿Quién es mi niña?
Se me sentó encima. Descendió más rápido que las otras, y la opresión y el peso fueron espantosos. Grité, y las enfermeras aplaudieron. «¡Diez puntos!», dijeron. Bacon se rió. Sentí su sacudida, como si fuera un rodillo, y cerrando los ojos grité aún más fuerte. Entonces ella volvió remecerse, adrede. Las enfermeras la ovacionaron. Y entonces hizo lo siguiente: apoyándose en las manos, se alzó de tal modo que yo tenía su cabeza encima, pero no aflojó la presión de su estómago y su busto sobre los míos, y empezó a mover las caderas. Las movió de una forma determinada. Abrí los ojos de golpe. Ella me lanzó una mirada lasciva.
—¿Te gusta, eh? —dijo sin dejar de moverse—. ¿No? Te hemos oído decir que sí.
Y al oír esto, las otras bramaron. Rugieron, y mientras me miraban vi en sus caras aquella expresión nauseabunda que había visto antes pero que no había comprendido. Ahora sí la entendí, por supuesto; y de repente intuí lo que Maud debió de decirle al doctor Christie en casa de la señora Cream. Pensar que ella se lo había dicho que lo había dicho en presencia de Caballero, como un medio de demostrar que yo estaba loca fue como un mazazo en mi corazón. Había recibido muchos, desde que abandoné Briar, pero aquel golpe, en aquel momento, me pareció el peor de todos. Era como si estuviese llena de pólvora y acabaran de aplicarme una cerilla. Empecé a forcejear y a chillar.
—¡Quítate de encima! —grité—. ¡Suéltame! ¡Suéltame!
Bacon notó que me debatía y se le cortó la risa. Me presionó de nuevo, más fuerte, con las caderas. Vi su cara roja y caliente sobre la mía y estampé contra ella mi cabeza. Se le partió la nariz. Soltó un grito. Me cayó sangre en la mejilla.
No sé muy bien lo que ocurrió después. Creo que las enfermeras que me estaban sujetando me soltaron; creo que seguí forcejeando y chillando, como si todavía me tuvieran sujeta. Bacon descabalgó de encima; creo que alguien probablemente Spiller me pegó, pero eso no puso fin a mi histeria.
Tengo una vaga idea de que Betty empezó a berrear, de que otras mujeres, en habitaciones próximas, se contagiaron de los gritos y aullidos de la nuestra. Creo que las enfermeras se marcharon corriendo. «¡Recoged esas botellas y vasos!», oí decir a una, cuando huía con las demás. Alguien debió de asustarse y pulsó una de las asas que había en la pared: se oyó un timbrazo. Al timbre acudieron los hombres y, un minuto después, el doctor Christie. Se estaba poniendo la chaqueta. Me vio cuando yo seguía pataleando y revolviéndome en la cama, con la sangre de la nariz de Bacon en la cara.
—Es un paroxismo —dijo—. Uno grave. Santo Dios, ¿qué lo ha causado?
Bacon no dijo nada. Se tocaba la cara con la mano, pero tenía los ojos clavados en los míos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó el doctor—. ¿Un sueño?
—Un sueño —respondió ella. Miró al doctor y cobró ánimos—. Oh, doctor Christie —dijo—, ¡estaba diciendo un nombre de mujer y moviéndose en sueños!
Al oír lo cual, grité con toda mi alma. El doctor dijo:
—Bien. Tenemos un tratamiento para los paroxismos. Ustedes, señores, y la enfermera Spiller. Inmersión en agua fría. Treinta minutos.
Los hombres me cogieron de los brazos y me levantaron. Las enfermeras me habían comprimido tan fuerte que al ponerme en posición vertical me pareció que empezaba a flotar. De hecho, me arrastraban: al día siguiente descubrí los rasguños en los dedos de los pies. Pero ahora no me acuerdo de que me bajaran desde aquel piso hasta el sótano de la casa. No recuerdo haber pasado por la puerta del cuarto acolchado y haber sido transportada, a lo largo de aquel pasillo oscuro, hasta la habitación donde tenían el baño. Recuerdo el bramido de los grifos, el frío de las losas debajo de mis pies, pero sólo vagamente.
Lo que mejor recuerdo es el bastidor de madera en el que me ataron de brazos y piernas, y luego su crujido, mientras lo elevaban con una manivela y lo situaban encima del agua; y su balanceo, mientras yo tiraba de las correas.
Luego recuerdo el descenso, cuando soltaron la rueda la conmoción, cuando la pararon, y que el agua helada se cerraba sobre mi cara, y la irrupción del agua en mi boca y mi nariz, mientras trataba de respirar; su succión, cuando resoplé y tosí. Creí que me habían ahorcado. Creí que me había muerto. Luego me alzaron y de nuevo me dejaron caer. Un minuto fuera y un minuto de inmersión. Quince inmersiones en total. Quince conmociones. Quince tirones de la soga de mi vida. Después de eso, no recuerdo nada.
Podrían haberme matado, a fin de cuentas. Estaba tendida en la oscuridad. No soñaba. No pensaba. No podía decir que fuese yo misma, porque no era nadie. Quizás nunca volvería a ser yo misma, porque cuando desperté todo había cambiado. Me pusieron el antiguo vestido y mis antiguas botas y me llevaron a mi habitación de antes, y les seguí como un corderito. Estaba cubierta de cardenales y de quemaduras, pero apenas los sentía. No lloraba. Me senté y, como las demás mujeres, miré al vacío. Hablaron de ponerme brazaletes de lona, por si me daba otro ataque; pero estaba tan quieta que desistieron de la idea.
Bacon habló en mi favor con el doctor Christie. Tenía el ojo morado donde yo le había asestado el cabezazo, y supuse que, cuando yo estuviera sola, me daría una paliza; creo que, si lo hubiera hecho, yo la habría encajado sin rechistar. Pero me pareció que ella había cambiado, como todo lo demás. Me miraba raro; y cuando aquella noche yo estaba acostada y las otras mujeres habían cerrado los ojos, captó mi mirada.
—¿Estás bien? —dijo en voz baja. Echó una ojeada a las otras camas y volvió a mirarme—. Sin rencor… ¿eh, Maud? Fue una broma, ¿no? Tenemos que divertirnos un poco, ¿no?, para no volvernos locas…
Aparté la cara. Creo que ella me siguió observando. Me daba igual. Todo me daba igual ahora. Durante todo aquel tiempo, había mantenido el coraje y el ánimo. Había esperado mi oportunidad de escapar y había fracasado. Súbitamente, mis recuerdos de la señora Sucksby, de Ibbs, de Caballero y hasta de Maud parecían difuminarse. Era como si tuviese la cabeza llena de humo, o como si la cubriera una cortina ondulante. Cuando intenté recorrer mentalmente las calles del barrio, descubrí que me extraviaba. Nadie más en aquella casa conocía aquellas calles. Si alguna vez las mujeres hablaban de Londres, hablaban de un lugar que recordaban de cuando eran niñas, un lugar tan diferente de la ciudad que yo conocía que habría podido ser Bombay. Nadie me llamaba por mi nombre. Empecé a responder cuando me llamaban Maud o señora Rivers; a veces me parecía que yo tenía que ser Maud, puesto que tantas personas decían que lo era. Y en ocasiones hasta creía soñar, no mis propios sueños, sino los de ella; y en otras, recordaba cosas de Briar que ella había dicho y hecho como si yo las hubiera dicho o hecho.
Todas las enfermeras salvo Bacon se mostraban más frías que nunca conmigo desde que me zambulleron. Pero me acostumbré a sus zarandeos, sus intimidaciones y sus bofetadas. Me habitué a que intimidasen también a otras internas. Me acostumbré a todo aquello. Me habitué a mi cama, a la lámpara encendida, a la señorita Wilson y a la señora Price, a Betty, al doctor Christie. Ahora tampoco me habría importado una sanguijuela. Pero el doctor nunca trajo ninguna. Dijo que el hecho de que me llamase Maud a mí misma no mostraba que hubiese mejorado, sino que mi enfermedad había adquirido un sesgo distinto, y que reaparecería. Hasta que lo hiciera, no tenía sentido tratar de curarme; y dejó de hacerlo. Oí decir, sin embargo, que en verdad había conseguido curaciones completas, pues había curado a la mujer que hablaba como una serpiente, hasta tal punto que su madre se la había llevado de regreso a casa; y que con ello, y con las pacientes que habían muerto, el centro había perdido dinero. Ahora, todas las mañanas me tomaba el pulso y me miraba dentro de la boca y luego se marchaba. No se quedaba mucho tiempo en los dormitorios, donde el aire era tan cerrado y maloliente. Nosotras, por supuesto, pasábamos allí la mayor parte del día; me acostumbré incluso a esto.
Dios sabe a qué otras cosas me habría habituado. Dios sabe cuánto tiempo me habrían tenido recluida en aquel sitio: quizás años. Quizás tantos como a la pobre señorita Wilson, pues tal vez ¿quién sabe? ella estaba tan cuerda como yo lo había estado cuando su hermano la ingresó en la casa. Yo aún podría estar allí. Todavía lo pienso y me estremezco. Podría no haber salido nunca; y la señora Sucksby, y el señor Ibbs, y Caballero y Maud… ¿dónde estarían ahora? También pensaba en eso.
Pero un día salí. Gracias a la suerte. La fortuna es ciega, y actúa por extrañas vías. La fortuna envió a Helena de Troya a los griegos ¿no fue así?, y un príncipe a la Bella Durmiente. La fortuna me retuvo en el centro del doctor Christie casi todo aquel verano; entonces miren a quién me envió.
Calculo que fue cinco o seis semanas después de que me hubieran zambullido; algún día de julio. Imaginen lo idiota que para entonces me habría vuelto. La estación seguía siendo calurosa, y todas habíamos empezado a dormir a todas horas del día. Dormíamos por la mañana, mientras aguardábamos a que sonara el timbre del almuerzo; y por la tarde, por todo el salón, veías a mujeres dormitando, agachando la cabeza, babeando sobre el cuello del vestido. No había otra cosa que hacer. No había nada que te mantuviera despierta. Y durmiendo se mataba el tiempo. Yo dormía tanto como las demás. Dormía tanto que cuando la enfermera Spiller vino a nuestro cuarto una mañana y dijo: «Maud Rivers, ven conmigo, tienes una visita», tuvieron que despertarme y repetírmelo; y cuando lo hicieron, no entendí lo que decían.
—¿Una visita? —dije.
Spiller se cruzó de brazos.
—¿No quieres verle, entonces? ¿Le digo que se vuelva a casa? —Miró a Bacon, que continuaba frotándose los nudillos, con cara de dolor—. ¿Duele? —dijo.
—Como picaduras de escorpión, enfermera Spiller.
Spiller chistó. Repetí:
—¿Una visita? ¿Para mí?
Ella bostezó.
—Para la señora Rivers, en todo caso. ¿Hoy eres ella o no?
Yo no lo sabía. Pero me levanté, con piernas temblorosas, sintiendo que la sangre salía impetuosa de mi corazón, pues si la visita era un hombre sólo se me ocurrió pensar que si yo era Maud, o Sue, o quienquiera que yo fuese, él sólo podía ser Caballero. Mi mundo se había encogido hasta tal punto que sólo sabía que me habían hecho daño, y que él me lo había infligido. Miré a Wilson. Tenía idea de que le había dicho, tres meses antes, que si Caballero venía le mataría. Entonces lo decía en serio. Ahora la idea de verle la cara fue tan inesperada que me produjo un mareo. Spiller me vio titubear.
—¡Vamos, si piensas venir! —dijo—. No te preocupes por el pelo. —Yo me había llevado la mano a la cabeza—. Cuanto más loca sepa que estás, tanto mejor. Evita la decepción, ¿no crees? —Miró de reojo a Bacon—. ¡Vamos! —repitió, y yo hice un tic y la seguí a trompicones por el pasillo y escaleras abajo.
Era un miércoles; menos mal, porque, si bien yo lo ignoraba entonces, el miércoles era el día en que el doctor Christie y el doctor Graves salían en su coche a reclutar nuevas lunáticas, y la casa estaba tranquila. En el vestíbulo había varias enfermeras y un par de hombres respirando aire puro por la puerta abierta; uno de ellos sostenía un cigarrillo que ocultó cuando vio a la enfermera Spiller. No me miraron, sin embargo, y yo apenas les miré a ellos. Estaba pensando en lo que se avecinaba, y a cada segundo me sentía más mareada y extraña.
—Ahí dentro —dijo Spiller, señalando con la cabeza la puerta del salón. Luego me cogió del brazo y me atrajo hacia ella—. Y recuerda: nada de tus embustes. El cuarto acolchado está fresco y agradable un día como hoy. No se ha usado desde hace tiempo. Mi palabra vale la de un hombre, cuando los doctores están fuera. ¿Me has oído?
Me zarandeó. Luego me empujó adentro del salón.
—Aquí la tiene —dijo, con una voz distinta, a la persona que esperaba allí.
Yo había pensado que era Caballero. No era él. Era un chico rubio y de ojos azules, con un chaquetón de marinero azul, y, al verle, en el primer segundo, sentí una ráfaga tan intensa de alivio teñido de decepción que a punto estuve de desmayarme; porque pensé que era un desconocido, y supuse que debía de ser una equivocación y que había venido a ver a otra persona. Después le vi examinando mis facciones con una expresión de desconcierto; y entonces, por fin, por fin como si su cara y su nombre fuesen emergiendo lentamente a la superficie de mi cerebro, a través de brumas o de agua turbia, por fin le reconocí, incluso con su ropa de criado. Era Charles, el afilador de Briar. Me miró de arriba abajo, como he dicho; luego ladeó la cabeza y miró más allá de mí y de la enfermera Spiller, como si pensara que Maud iba a aparecer detrás. Volvió a mirarme y se le agrandaron los ojos.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:49 am

Y esto fue lo que me salvó. El suyo era el primer par de ojos, en todo el tiempo que había pasado desde que salí de la casa de Cream, que me había mirado y había visto no a Maud, sino a Sue. Sus ojos me devolvieron el pasado. También me dieron el futuro, pues en el segundo en que permanecí parada en la puerta y nuestras miradas se cruzaron, al ver que la suya miraba a otro lado y volvía a mirarme, perpleja, mi propia confusión empezó a abandonarme y urdí un plan. Lo tramé completo, de cabo a rabo. Estaba desesperada.
—¡Charles! —dije. No tenía costumbre de hablar, y mi voz sonó como un graznido—. Charles, apenas me reconoces. Creo…, creo que debo de estar muy cambiada. Pero ¡oh, qué bien que hayas venido a hacer una visita a tu antigua ama!
Y me acerqué a él, le cogí de la mano y no despegué los ojos de los suyos; le aproximé a mí y le susurré al oído, casi llorando:
—¡Di que soy ella o estoy perdida! ¡Te daré lo que quieras! ¡Di que soy ella! ¡Oh, por favor, di que soy ella!
Le retuve la mano y se la estrujé. El retrocedió. La gorra que traía al llegar le había dejado una marca escarlata en la frente. Ahora toda su cara adquirió el mismo color. Abrió la boca, dijo:
—Señorita, yo…, señorita…
En Briar, por supuesto, me llamaba así. ¡Gracias a Dios que lo hacía! Spiller le oyó y dijo, con una especie de satisfacción malévola:
—Vaya, ¿no es maravilloso lo pronto que se despeja la cabeza de una dama cuando ve una cara querida del hogar? ¿No le complacerá saberlo al doctor Christie?
Me volví y vi su mirada. Parecía ácida. Dijo:
—¿Vas a tener de pie al muchacho? ¿Después de haber venido de tan lejos? Muy bien, siéntese. Si fuera usted no lo haría demasiado cerca, joven. No sabemos cuándo puede darles una racha y empezar a arañar, incluso a las más dóciles. Así es mejor. Yo me quedo ahí, al lado de la puerta, y si se pone a patalear, llámeme, ¿entendido?
Nos habíamos sentado en dos sillas duras junto a la ventana. Charles estaba aún desorientado; había empezado a parpadear, con una expresión de susto. Spiller permanecía en la entrada abierta. Allí hacía más fresco. Nos observaba, cruzada de brazos, pero también, a ratos, giraba la cabeza hacia el vestíbulo, para hacer señas y murmurar algo a las enfermeras que estaban allí. Yo retenía la mano de Charles entre las mías. No podía soltarla. Me incliné hacia él, temblando, y hablé en un susurro. Dije:
—Charles, yo…, Charles, ¡nunca me ha alegrado tanto ver a alguien en toda mi vida! Tienes que…, tienes que ayudarme.
El tragó saliva. Dijo, con el mismo tono bajo:
—¿Es la señorita Smith?
—¡Chist! ¡Chist! Lo soy. ¡Ah, lo soy! —Mis ojos empezaron a lagrimear—. Pero no tienes que decirlo aquí. Tienes que decir… —miré de reojo a Spiller y hablé todavía más bajo—, tienes que decir que soy la señorita Lilly. No me preguntes por qué.
¿Qué estaba pensando? Bueno, lo cierto es que estaba pensando en la mujer que hablaba como una serpiente y en las dos que habían muerto. Pensaba en lo que había dicho el doctor Christie de que mi enfermedad había adquirido un cariz distinto, pero que estaba seguro de que resurgiría. Pensaba en que si él oía a Charles decir que era Sue y no Maud, quizás encontrase un modo de mantenerme más cerca: que quizás me atase, me zambullese, y a Charles también. En otras palabras, el terror se había apoderado de mi mente. Pero asimismo tenía aquel plan. Lo veía cada vez más claro.
—No me preguntes por qué —repetí—. Pero ¡oh, qué jugarreta me han hecho! Me han hecho pasar por loca, Charles.
El miró a su alrededor.
—Esto es una casa para locos —dijo—. Creí que era un gran hotel. Creí que encontraría aquí a la señorita Lilly. Y… y al señor Rivers.
—El señor Rivers —dije—. ¡Oh! ¡Oh! Me ha engañado, Charles, y se ha ido a Londres con el dinero que iba a ser mío. ¡El y Maud Lilly! ¡Oh! ¡Vaya par! Me han dejado aquí para que me muera…
Había alzado la voz, sin poder evitarlo. Quizás otra persona alguien loco de verdad estaba hablando por mi boca. Estrujé los dedos de Charles para impedirme hablar alto. Los estrujé hasta casi romperle las articulaciones. Y miré temerosamente hacia la enfermera Spiller en la puerta. Había vuelto la cabeza. Estaba de espaldas al umbral y se reía con las enfermeras y los hombres. Miré de nuevo a Charles con intención de volver a hablarle. Pero su cara había cambiado, y me detuve. Una de sus mejillas, colorada como un pimiento, se le había puesto blanca. Dijo en un susurro:
—¿El señor Rivers se ha ido a Londres?
—A Londres —dije— o el cielo sabe adonde. ¡Al infierno, no me extrañaría!
Tragó saliva. Hizo una mueca. Liberó sus dedos de los míos y se tapó la cara con las manos.
—¡Oh! ¡Oh! —dijo, con voz temblorosa…, igual que la mía—. ¡Oh, entonces estoy en la ruina!
Y para mi inmensa sorpresa, rompió a llorar. Su relato fue saliendo poco a poco, al mismo tiempo que las lágrimas. Resultó que como yo había intuido, unos meses atrás una vida dedicada a afilar cuchillos en Briar no parecía valer la pena, después de que Caballero se hubo ido. A Charles le afectó tanto su partida que se quedó muy abatido. Estuvo tanto tiempo deprimido que Way, el mayordomo, le dio unos latigazos.
—Dijo que me iba a despellejar vivo, y vaya si lo hizo. Dios, ¡cómo me hizo gritar! Pero aquellos azotes no fueron nada, ¡ni cien latigazos serían nada!, comparados con el rencor de mi corazón decepcionado.
Lo dijo de tal modo que me hizo pensar que se había enamorado, y se puso tieso, como si creyera que yo iba a pegarle, o a reírme de él, y estuviera dispuesto a recibir los golpes. Pero yo le dije con amargura:
—Te creo. Rivers destroza los corazones.
Estaba pensando en el de Maud. Charles no pareció darse cuenta.
—¡Sí! —dijo—. ¡Qué gran señor! Oh, pero ¿no lo es?
Le brilló la cara. Se sonó la nariz. Empezó a llorar de nuevo. Spiller nos echó un vistazo y curvó el labio. Pero fue lo único que hizo. Tal vez la gente lloraba muchísimo cuando venía a ver a sus parientes en el centro del doctor Christie.
Cuando ella volvió a mirar al vestíbulo, me volví hacia Charles. Verle tan desdichado me tranquilizó un poco. Le dejé desahogarse algo más y, mientras lo hacía, le examiné con mayor detenimiento. Me fijé en algo que no había advertido antes: que tenía el cuello sucio y el pelo raro, aquí claro y esponjoso, como de plumas, y allí moreno y crespo, donde se lo había mojado para alisarlo. Había una ramita enredada en la manga de lana de su chaquetón. Tenía los pantalones manchados de polvo. Se enjugó los ojos y, al ver que le miraba, se ruborizó más que nunca. Dije en voz baja:
—Ahora sé buen chico y dime la verdad. Te has fugado de Briar, ¿no?-Se mordió el labio y asintió. —¿Y todo por culpa de Rivers? —pregunté. Asintió otra vez e inhaló aire, con un estremecimiento.
—El señor Rivers me decía, señorita, que me tomaría a su servicio si tuviera dinero para pagarme un sueldo decente. Pensé que prefería trabajar para él sin sueldo que quedarme en Briar. ¿Pero cómo iba a encontrarle en Londres? Luego hubo todo aquel revuelo con la huida de la señorita Lilly. La casa ha estado patas arriba desde entonces. Supusimos que se había fugado con él, pero no lo sabíamos seguro. Piensan que es un escándalo. La mitad de las sirvientas se han marchado. ¡Bizcocho se ha ido a trabajar con otro amo! Ahora cocina Margaret. El señor Lilly no está en sus cabales. ¡Way tiene que darle de comer con una cuchara!
—Bizcocho —dije, frunciendo el ceño—. Way. —Eran nombres como luces: cada vez que una se encendía, otra parte de mi cerebro se iluminaba—. Margaret. El señor Lilly. ¡Con una cuchara! ¿Y todo porque Maud se fugó con Rivers?
—No lo sé, señorita. —Meneó la cabeza—. Dicen que el señor tardó una semana en reaccionar. Al principio se lo tomó con calma, pero luego descubrió que le habían estropeado alguno de sus libros, o algo por el estilo. Un día cayó fulminado al suelo de la biblioteca. Ahora no puede sostener una pluma, y se le olvidan las palabras. Way me mandaba transportarle en una gran silla de ruedas, pero no podía recorrer diez metros, ¡no podía hacer nada!, sin echarme a llorar. Al final me enviaron a casa de mi tía, a mirar a sus cerdos de hocico negro. Dicen —volvió a sonarse la nariz—, dicen que mirar cerdos cura la melancolía, aunque no me curó la mía…
Yo había dejado de escucharle. En mi cabeza se había encendido una luz más brillante que todas las demás. Volví a cogerle la mano.
—¿Cerdos de hocico negro? —dije, entrecerrando los ojos. El asintió.
Su tía era la señora Cream. Me figuro que así son las cosas en el campo. Nunca se me había ocurrido preguntarle a Charles su apellido. Había dormido en la misma habitación que yo, en el mismo colchón de paja, que estaba infestado de chinches. Cuando su tía empezó a hablar del caballero y la señorita que habían ido a casarse en secreto, él adivinó al instante quiénes eran, pero, sin apenas dar crédito a su suerte, no dijo nada.
Averiguó que se habían ido juntos en un coche, y a través de su primo el hijo mayor de la señora Cream, que había hablado con el cochero obtuvo la dirección del centro del doctor Christie, y aquí estaba ahora.
—Pensé que sería un gran hotel —repitió, mirando de nuevo temerosamente a su alrededor, al alambre que rodeaba las lámparas, a las grises paredes desnudas, a los barrotes en las ventanas. Se había escapado de la casa de su tía hacía tres noches, y había dormido en cunetas y setos—. Cuando llegué aquí era demasiado tarde para volver. En la verja pregunté por el señor Rivers. Miraron en un libro y me dijeron que debía de referirme a su mujer. Entonces me acordé de lo amable que siempre había sido la señorita Maud, y que nadie mejor que ella para pedirle al señor Rivers que me tomara como criado. ¡Y ahora…!
Nuevamente empezaron a temblarle los labios. En realidad Way tenía razón: era un chico demasiado mayor para ser tan llorón, y en cualquier otro momento, en cualquier lugar normal, yo misma le habría pegado. Pero ahora, para mis ojos desesperados y doloridos, sus lágrimas eran como otras tantas llaves y ganzúas.
—Charles —dije, acercándome a él y esforzándome en parecer tranquila—. No puedes volver a Briar.
—No, señorita —dijo—. ¡No, no puedo! ¡Way me desollaría vivo!
—Y me parece que tu tía no querrá que vuelvas.
Movió la cabeza.
—Diría que soy un tonto por fugarme.
—Pero tú buscas al señor Rivers.
Se mordió el labio y asintió, todavía llorando.
—Entonces, escúchame —dije, ya ni siquiera susurrando, sino prácticamente exhalando las palabras, por miedo a que las oyera Spiller—. Escucha. Puedo llevarte donde él. Sé dónde está. ¡Conozco hasta la casa! Puedo llevarte hasta allí. Pero primero tienes que ayudarme a salir de aquí.
Aunque no era del todo cierto que sabía dónde estaba Caballero, tampoco era una mentira completa, pues estaba bastante segura de que le encontraría en cuanto llegara a Londres y me ayudase la señora Sucksby. Pero en aquel momento, de haber sido necesario, le habría mentido. También ustedes lo habrían hecho. Charles me miró y se limpió la cara con el borde de la palma.
—¿Cómo puedo ayudarla a salir de aquí? —dijo—. ¿Por qué no puede marcharse cuando le apetezca, señorita?
Tragué saliva.
—Creen que estoy loca, Charles. Han firmado una orden de ingreso…, bueno, no importa quién, que me retiene aquí. Es la ley. ¿Ves a esa enfermera? Hay otras veinte más con brazos como el de ella, y saben usarlos. Ahora mírame a la cara. ¿Estoy loca?
Me miró y pestañeó.
—Pues…
—Pues claro que no. Aquí hay algunas dementes tan listas que las toman por cuerdas, pero los médicos y las enfermeras no ven la diferencia que hay entre mí y ellas.
Volvió a mirar a su alrededor. Luego me miró igual que, un momento antes, yo le había mirado como si fuera la primera vez que me viese. Miró mi pelo, mi vestido, mis botas de caucho. Escondí los pies debajo de la falda.
—Yo… no lo sé —dijo.
—¿No lo sabes? ¿No sabes qué? ¿No sabes si quieres volver con tu tía y vivir con los cerdos? ¿O si quieres servir al señor Rivers en Londres? ¡Londres, te digo! ¿Te acuerdas de los elefantes que un chico puede montar por un chelín? Yo llamo a eso una elección difícil.
Bajó la mirada. Miré a la enfermera Spiller. Ella había mirado hacia nosotros, había bostezado y sacado un reloj.
—¿Cerdos —dije rápidamente— o elefantes? ¿Qué prefieres? Por el amor de Dios, ¿qué eliges?
Movió los labios.
—Elefantes —dijo tras un horrible silencio.
—Buen chico. Buen chico. Gracias a Dios. Ahora escucha. ¿Cuánto dinero tienes?
Tragó saliva.
—Cinco chelines y seis peniques —dijo.
—Muy bien. Lo que tienes que hacer es lo siguiente. Tienes que ir a una ciudad y buscar una cerrajería, y cuando la encuentres tienes que pedirles… —apreté una mano contra mis ojos. Creí notar que reaparecía aquella agua turbia, aquella cortina ondulante. Casi grité de miedo. Pero la cortina se desvaneció— una llave de pabellón —dije—, con tres centímetros ciegos. Di que tu amo la necesita. Si no te la venden, tienes que robar una. ¡No me mires así! Le mandaremos al cerrajero otra cuando lleguemos a Londres. Cuando tengas la llave ciega, guárdala bien. Luego te vas a ver a un herrero. Le compras una lima de esta anchura, ¿ves mis dedos? Enséñame la anchura que quiero. Buen chico, lo has entendido. Pones la lima a buen recaudo, como la llave. Me las traes aquí la semana que viene, el miércoles próximo, ¡sólo puede ser el miércoles! ¿Me oyes? Y me las das sin que te vean. ¿Has entendido, Charles?
Me miró de hito en hito. Yo había empezado a ponerme frenética. Pero él asintió. Miró más allá de mí e hizo una mueca. Spiller abandonó su lugar en la puerta y se dirigió hacia nosotros.
—Se ha acabado el tiempo —dijo.
Nos levantamos. Me agarré al respaldo de la silla, para no desmoronarme. Miré a Charles, como si mis ojos pudiesen suplantar los suyos. Le había soltado la mano, pero volví a tomársela.
—¿Te acordarás de lo que te he dicho, verdad?
Asintió, con expresión asustada. Bajó la mirada. Se liberó de mi mano y dio un paso atrás. Entonces sucedió algo extraño. Sentí que sus dedos se movían en mi palma y descubrí que no podía soltarlos.
—¡No me dejes! —dije. Las palabras brotaron de la nada—. ¡No me dejes, por favor!
El dio un brinco.
—Vamos —dijo la enfermera Spiller—. No hay tiempo para estas cosas. Vamos.
Empezó a soltarme los dedos. Le costó un rato. Cuando tuvo la mano libre, Charles la retiró velozmente y se llevó los nudillos a la boca.
—Triste, ¿verdad? —le dijo Spiller, rodeando con sus brazos los míos. Me temblaron los hombros —. Pero no se apure. A todas les pasa. Nosotras decimos que es mejor que no vengan. Es mejor no recordarles su casa. Las trastorna. —Aumentó su presión. Charles se encogió—. Ahora seguro que les dirá a los suyos el triste estado en que la ha encontrado, ¿eh?
El apartó los ojos de ella, me miró a mí y asintió.
—Charles, lo siento —dije, hablando entre dientes—. No te preocupes. No es nada. Nada de nada.
Pero detecté que al mirarme ahora estaba pensando que yo estaba loca, a fin de cuentas; y si pensaba eso, yo estaba perdida, no saldría nunca de aquella casa, no volvería a ver a la señora Sucksby ni podría vengarme de Maud. Este pensamiento pudo más que mi miedo. Recobré la compostura y Spiller me soltó, por fin. Vino otra enfermera para acompañar a Charles a la puerta; me permitieron ver cómo se iba, y ¡ah!, fue lo único que pude hacer para no irme corriendo tras él. Cuando se iba, se volvió, tropezó y captó mi mirada. De nuevo pareció conmocionado. Yo había intentado sonreír, y me figuro que mi sonrisa fue espantosa.
—¡Acuérdate! —grité con una voz aguda y rara—. ¡Acuérdate de los elefantes!
Las enfermeras se partieron de risa. Una me dio un empujón. Me había quedado sin fuerzas, y el empellón me derribó. Caí al suelo, hecha un ovillo. «¡Elefantes!», dijeron. De pie sobre mí, lloraban de risa.
Fue una semana horrible. Había recuperado el juicio, la casa parecía más cruel que nunca, y comprendí hasta qué punto me había hundido al habituarme a ella. ¿Y si me acostumbraba otra vez, en una semana? ¿Y si me idiotizaba? ¿Y si Charles volvía y estaba tan colgada que no le reconocía? La idea casi me mata. Hice todo lo posible para no recaer en el estupor. Me pellizcaba los brazos hasta dejarlos negros de moretones. Me mordía la lengua. Todas las mañanas despertaba con la sensación horripilante de que habían transcurrido días sin que me hubiera dado cuenta. «¿Qué día es hoy?», preguntaba a Wilson y a Price. Por supuesto, ellas nunca lo sabían. Wilson siempre creía que era Viernes Santo. Se lo preguntaba a Bacon.
—¿Qué día es hoy, enfermera Bacon?
—El día del juicio final —contestaba, frotándose las manos con una mueca de dolor.
Además tenía miedo de que, después de todo, Charles no viniera, de que yo le hubiera parecido loca de atar, de que flaqueara o le sucediera alguna calamidad. Pensé en todos los impedimentos probables e improbables que podrían retenerle, como, por ejemplo, que le secuestraran gitanos o ladrones; que le cornearan unos toros o que tropezase con gente honrada que le convenciera de que volviese a casa. Una noche en que llovía pensé que la zanja en la que estaba durmiendo se inundaría y él moriría ahogado. Siguieron truenos y rayos, y me lo imaginé guarecido debajo de un árbol, con una lima en la mano…
Toda la semana transcurrió de este modo. Por fin llegó el miércoles. El doctor Graves y el doctor Christie se fueron en su coche y, a última hora de la mañana, Spiller vino a la puerta de nuestro cuarto, me miró y dijo:
—Bueno, ¿no es encantador? Hay un mozalbete abajo que ha venido a hacerte otra visita. A este paso, acabaremos publicando las amonestaciones. —Me condujo abajo. En el vestíbulo, me largó un codazo—. Nada de tontear —dijo.
Esta vez, Charles parecía más asustado que nunca. Nos sentamos en las mismas sillas que la vez anterior y Spiller se plantó de nuevo en el umbral y empezó a bromear con las enfermeras de alrededor. Permanecimos un minuto en silencio. El tenía las mejillas blancas como la tiza. Dije en un susurro:

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:49 am

—¿Lo has hecho, Charles?
Asintió.
—¿La llave?
Asintió.
—¿La lima?
Asintió. Me tapé los ojos con la mano.
—Pero la llave —dijo con tono quejumbroso— me costó casi todo mi dinero. El cerrajero dijo que algunas llaves ciegas son más ciegas que otras. No me lo dijiste. Compré la más cara.
Separé los dedos y topé con su mirada.
—¿Cuánto pagaste? —pregunté.
—Tres chelines, señorita.
¡Tres chelines por una llave de seis peniques! Volví a taparme los ojos.
—No importa —dije después—. No importa. Buen chico.
Le dije lo que tenía que hacer a continuación. Le dije que tenía que esperarme aquella noche en el otro extremo del muro del parque. Le dije que tenía que buscar el árbol más alto de todos y esperarme allí. Debía esperar toda la noche, si hacía falta, pues yo no sabía a ciencia cierta cuánto tiempo necesitaría para escapar de la casa. El tenía que limitarse a esperar, y estar preparado para correr. Y si yo no aparecía, sabría que algo me había impedido hacerlo, y en ese caso tenía que volver la noche siguiente y aguardar otra vez; tendría que hacer esto tres noches seguidas.
—¿Y si no viene? —preguntó, con los ojos como platos.
—Si no voy —dije—, haces esto: vas a Londres, buscas una calle llamada Lant Street y a una mujer que vive allí y se llama señora Sucksby, y le dices dónde estoy. ¡Que Dios me ayude, Charles, esa mujer me quiere! Y te querrá a ti también, por ser amigo mío. Ella sabrá lo que hacer.
Volví la cabeza. Los ojos se me habían llenado de agua.
—¿Lo has entendido? —dije por fin—. ¿Me lo juras?
Dijo que sí.
—Enséñame la mano —dije, y al ver cómo temblaba, no me atreví a dejarle que me entregara la llave y la lima, por miedo a que se le cayeran. Las guardó en el bolsillo y las cogí sólo un momento antes de que se marchara, mientras Spiller nos observaba, riéndose de cómo yo me sonrojaba al besarle en la mejilla. La lima se la tragó mi manga. La llave me la quedé en la mano y, cuando subíamos al piso de arriba, me agaché como para estirarme una media y la dejé caer dentro de una de mis botas.
Tumbada en la cama, pensé en todos los ladrones de los que había oído hablar y de todas sus jactancias. Yo era ahora como ellos. Tenía mi lima, tenía mi llave. Tenía un compinche en la otra punta del muro del manicomio. Lo único que me quedaba por hacer era apoderarme de una llave lo bastante larga para hacer una copia. Lo hice como se verá a continuación. Aquella noche, cuando Bacon estaba sentada en su silla y flexionaba los dedos, le dije:
—Déjeme que le frote las manos esta noche, enfermera Bacon, en lugar de Betty. A Betty no le gusta hacerlo. Dice que con la grasa después huele como una chuleta.
Betty abrió la boca.
—¡Oh! ¡Oh! —exclamó.
—Dios nos ayude —dijo Bacon—. Como si no bastara el calor que hace. ¡Cállate, Betty! ¿Como una chuleta, dices? ¿Después de todas mis gentilezas?
—¡Yo nunca…! —dijo Betty—. ¡Nunca!
—Sí, es cierto —dije—. Como una chuleta a punto para freír. Déjeme hacerlo a mí. Verá qué suaves y finas tengo las manos.
Bacon no me miró las manos, sino la cara. Entrecerró los ojos.
—¡Cállate, Betty! —dijo—. Qué escandalera, y mi piel ardiendo. Me da igual quién lo haga, pero prefiero una chica callada que una ruidosa. Toma. —Colocó la punta del pulgar en el borde del bolsillo de su falda y tiró hacia arriba—. Sácalas —dijo.
Se refería a las llaves. Vacilé, luego metí la mano y las saqué. Estaban calientes por el calor de su pierna. Observó cómo lo hacía.
—La más pequeña —dijo. La cogí, mientras las otras se balanceaban, fui al aparador y saqué el tarro de grasa. Tendida sobre el estómago, Betty pataleaba, llorando contra la almohada. Bacon se recostó y se remangó. Me senté a su lado y le unté de pomada sus manos hinchadas, tal como lo había visto hacer cien veces. Froté durante media hora. De cuando en cuando ella hacía una mueca. Luego entornó los ojos y me miró por entre los párpados. Me miró de un modo cordial y pensativo, casi sonriendo.
—No está mal, ¿eh? —murmuró.
No respondí. No estaba pensando en ella, sino en la noche y la tarea que se avecinaba. Si yo estaba colorada, ella debió de atribuirlo al rubor. Si le parecí rara y consciente de mí misma, ¿qué más le daba a ella? Allí todas éramos raras. Cuando por fin bostezó, apartó las manos y se estiró, el corazón me dio un vuelco, pero ella no se percató. Me levanté para guardar la grasa en el armario. El corazón me dio un nuevo vuelco. Sólo disponía de un segundo para hacer lo que tenía que hacer. El manojo de llaves colgaba de la cerradura, y la que yo quería la que abría las puertas era la que colgaba más de todas.
No planeaba robarla, porque Bacon se habría dado cuenta. Pero a Lant Street llegaban continuamente hombres con pedazos de jabón, masilla, cera… Cogí la llave y, a toda velocidad pero con mucho cuidado, la prensé sobre la grasa del tarro.
En la grasa quedó estampada, perfecta, la forma de la llave. La miré una vez, giré la tapadera y coloqué el tarro en su estante. Cerré la puerta del armario, pero sólo fingí que giraba la llave. La limpié con la manga. Le llevé el manojo a Bacon, y ella se abrió el bolsillo con la punta del pulgar, como antes.
—Adentro —dijo, mientras yo le metía las llaves—. Hasta el fondo. Muy bien.
Evité su mirada. Me fui a mi cama y ella bostezó, sentada en su silla, y dormitó, como siempre, hasta que la enfermera Spiller nos trajo las dosis. Yo tenía por costumbre ingerir la mía, al igual que las otras mujeres, pero aquella noche la vertí a escondidas esta vez sobre el colchón y devolví el recipiente vacío. Después observé, febril, para ver lo que hacía Bacon. Si hubiese ido al aparador, en busca de un papel, por ejemplo, o de un trozo de bizcocho, o de un ovillo de costura, o de cualquier nimiedad; si hubiera ido al armario y lo hubiese encontrado abierto, y lo hubiese cerrado con llave y estropeado mi plan, yo no sé qué habría hecho. En verdad pienso que habría podido matarla. Pero, en cualquier caso, no se levantó. Se quedó dormida en su silla. Durmió tanto tiempo que empecé a desesperar de que volviese a despertar alguna vez: tosí, cogí una bota y la tiré al suelo; lo aporreé con las patas de la cama, y ella seguía durmiendo. En eso la despertó algún sueño. Se levantó y se puso el camisón. Yo tenía la cara tapada con los dedos y por las rendijas le vi ponérselo; la vi ponerse de pie, rascarse el estómago a través de la ropa de algodón y mirar a todas las mujeres y después a mí, como si le diera vueltas a una idea en la cabeza…
Pero luego desistió. Quizás por culpa del calor. Bostezó de nuevo, se puso el manojo de llaves alrededor del cuello, se acostó y empezó a roncar. Conté sus ronquidos. Al llegar a veinte, me levanté como un fantasma, me deslicé hasta el aparador y saqué el tarro de grasa. Recorté la copia. No sé cuánto tiempo empleé. Lo único que sé es que fueron horas, ya que, por supuesto, aunque la lima era excelente, y aunque trabajé con las sábanas y mantas apiladas en torno a mis manos para mitigar el sonido, aun así el raspado del hierro hacía ruido, y sólo me atrevía a limar siguiendo el ritmo de los ronquidos de Bacon. Y ni siquiera así podía limar demasiado rápido, pues siempre tenía que cotejar la copia con la impresión de la original para asegurarme de que los cortes eran los correctos; los dedos me dolían y paraba para flexionarlos; o se me humedecían y la copia me resbalaba de las manos. Era horrible tener que trabajar en aquel estado de desespero. Me parecía que la noche fluía como granos de arena; o bien que Bacon ya no roncaba, y yo hacía una pausa y miraba alrededor y recuperaba la conciencia de las cosas de las camas y las mujeres dormidas, y el cuarto me parecía tan silencioso que temía que el tiempo se hubiese detenido y que me hubiera quedado atrapada dentro de él para siempre. Nadie gritó aquella noche, nadie tuvo pesadillas, no sonaron timbres, todo el mundo dormía como un leño en su cama. Era la única persona desvelada en la casa, la única, quizás, en el mundo entero, de no ser porque yo sabía que Charles también estaba despierto y estaba esperando, esperándome en el otro extremo de los muros del manicomio; y de no ser porque, aparte de él, la señora Sucksby también aguardaba quizás estuviese suspirando en su cama o deambulaba, retorciéndose las manos y pronunciando mi nombre… Debió de ser este pensamiento lo que me infundió valor y me ayudó a confeccionar una copia fiel.
En efecto, llegó un momento en que la cotejé con la impresión del tarro y vi que todos los cortes encajaban. La llave estaba terminada. La empuñé, como atontada. Tenía los dedos manchados por el hierro y llenos de rasguños por la acción de la lima, y casi entumecidos a fuerza de sujetarla. No me demoré en vendarlos. Me levanté con mucho tiento, me puse mi vestido de tela escocesa y cogí mis botas de caucho. También cogí el cepillo de Bacon. Sólo eso; eso fue todo. Lo levanté de la mesa y, cuando lo estaba haciendo, ella movió la cabeza: no respiré, pero no se despertó. Me quedé totalmente inmóvil, mirándole a la cara. Y de repente me asaltó la culpa. Pensé: «¡Qué decepción sentirá cuando descubr cómo la he engañado!». Pensé en lo contenta que se había puesto cuando le dije que quería frotarle las manos.
Qué extraño lo que una piensa en trances semejantes. La observé durante otro minuto y me dirigí a la puerta. Despacio, muy despacio, introduje la llave en la cerradura. Despacio, muy despacio, la giré. «Por favor, Dios», susurré, mientras se movía. «Querido Dios, te lo juro, seré buena, seré honrada el resto de mi vida, te lo juro…». La llave engranó, se atascó. «¡Hostia!», dije. «¡Hostia!». Las clavijas se habían trabado. No eran los cortes exactos, por lo visto: ahora no giraba ni hacia atrás ni hacia delante. «¡Hostia! ¡Gilipollas! ¡Oh!». Agarré más fuerte y volví a intentarlo todavía nada, y por fin desistí.
Volví en silencio a mi cama, cogí el tarro de grasa de Bacon, regresé con él a la puerta, unté de grasa el ojo de la cerradura y la empujé hacia el interior. Después, muerta de miedo, empuñé otra vez la llave, y esta vez…, esta vez funcionó. Había otras tres puertas que franquear, después de la primera. La llave hizo lo mismo en todas ellas se atascó, y hubo que engrasarla y temblé cada vez, al oír el chirrido del hierro en la cerradura, y me apresuré. Pero no se despertó nadie. Los pasillos estaban calientes y silenciosos, la escalera y el vestíbulo en perfecto silencio. La puerta principal tenía pasados los cerrojos y el pestillo, y no necesité una llave para abrirlos. La dejé abierta al salir. Fue tan fácil como cuando huí de Briar con Maud: sólo tuve miedo en el camino de entrada a la casa, pues cuando me disponía a cruzar la grava oí un paso y después una voz. La voz llamaba, en voz baja, «Eh», y casi me muero del susto. Creí que me llamaba a mí. Luego oí una risa de mujer y vi figuras: dos hombres Bates, creo, y otro y una enfermera, Flew, la del ojo desviado. «Te vamos a…», dijo uno de ellos, pero fue lo único que oí. Se metieron en unos matorrales a un lado de la casa. La enfermera se rió otra vez. La risa quedó acallada y se restauró el silencio.
No aguardé a ver en qué paraba aquello. Corrí primero a paso ligero, al cruzar la franja de grava, y luego rápido y ruidosamente, a través del césped. No miré atrás, a la casa. No pensé en las mujeres que había en el interior. Me gustaría decir que arrojé la llave dentro del pequeño jardín tapiado, para que alguien la encontrara, pero no lo hice. Sólo me salvé a mí misma. Estaba aterrorizada. Encontré el árbol más alto: allí me costó media hora trepar por los nudos del tronco: caí, lo intenté de nuevo, volví a caerme dos, tres, cuatro veces, hasta que al final logré escalar hasta la rama más baja y desde ella subir a la de encima y deslizarme por otra que crujía hasta alcanzar el muro… Dios sabe cómo lo hice. Sólo puedo decir que lo logré. «¡Charles! ¡Charles!», llamé desde la cima de ladrillo. No hubo respuesta. Pero no esperé para saltar. Aterricé en el suelo y oí un grito. Era él. Había esperado tanto que se había quedado dormido; a punto estuve de caerle encima.
El grito hizo ladrar a un perro en la casa. Otro le secundó. Charles se puso la mano delante de la boca.
—¡Vámonos! —dije.
Le cogí del brazo. Dimos la espalda a la pared y salimos pitando. Corrimos a través de prados y setos. La noche seguía oscura, no se veían los caminos, y al principio tuve miedo de perder tiempo buscándolos. A cada rato Charles tropezaba, o reducía el paso para apretarse con la mano el costado y recobrar el resuello, y yo entonces ladeaba la cabeza y escuchaba; pero sólo se oía a los pájaros, y el soplo de las brisas, y a los ratones. El cielo aclaró enseguida, y vislumbramos la cinta pálida de la carretera.
—¿Por dónde? —preguntó Charles.
Yo no lo sabía. Habían pasado meses y meses desde la última vez que recorrí un camino, y tenía que elegir uno. Miré alrededor, y el campo y el cielo que se iluminaba me parecieron de pronto aterradores e inmensos. Vi que Charles miraba y aguardaba. Pensé en Londres.
—Por aquí —dije, echando a andar, y se me quitó el miedo.
Hice lo mismo durante todo el trayecto: cada vez que nos topábamos con una encrucijada de dos o tres caminos, me paraba un minuto a pensar intensamente en Londres, y como si fuera Dick Whittington [6], me venía la idea de cuál de ellos era el acertado. Cuando el cielo se aclaró aún más, empezamos a oír caballos y ruedas. Nos hubiera encantado que alguien nos recogiera, pero yo temía que el carro o el coche en cuestión hubiese sido enviado desde el manicomio en nuestra busca. Sólo cuando vimos a un granjero que salía por una cancilla en un carro tirado por un burro tuve la certeza de que no era uno de los hombres del doctor Christie: le salimos al encuentro y él frenó al burro y nos dejó viajar con él durante una hora. Con un peine, me había deshecho las trenzas y soltado las puntadas del pelo, que ahora estaba tieso como esparto, y como no tenía sombrero me puse en la cabeza un pañuelo de Charles. Dije que éramos hermanos y que volvíamos a Londres después de pasar una temporada con nuestra tía.
—¿Londres, eh? —dijo el granjero—. Dicen que allí puedes vivir cuarenta años sin encontrarte nunca con tu vecino. ¿Es cierto?
Nos depositó a un lado de la carretera, en el lindero de una ciudad, y nos indicó el camino que debíamos seguir desde allí. Calculé que habríamos recorrido unos quince kilómetros. Nos quedaban cuarenta por recorrer. Todavía era temprano. Compramos pan en una panadería, pero la mujer que nos atendió miró de un modo tan raro mi pelo, mi vestido y mis botas, que hubiera preferido no comprarle el pan y quedarnos hambrientos. Nos sentamos en un cementerio, encima de la hierba, recostados en dos lápidas inclinadas. Nos sobresaltó la campana de la iglesia.
—Las siete —dije. De pronto sucumbí al desánimo. Miré el peine de la enfermera Bacon—. Ahora estarán despertando y encontrarán mi cama vacía, si no la han descubierto ya.
—Way estará lustrando zapatos —dijo Charles. Le entró un tic en el labio.
—Piensa en las botas del señor Rivers —dije rápidamente.
Se sintió mejor. Terminamos el pan, nos levantamos y nos sacudimos de la ropa las briznas de hierba. Pasó un hombre con una pala. Nos miró de un modo parecido a como nos había mirado la mujer de la panadería.
—Nos toman por gitanos —dijo Charles, mientras le mirábamos pasar. Pero yo me imaginé que unos hombres del manicomio vendrían a preguntar por una chica con un vestido de tela escocesa y botas de caucho. «Vamos», dije, y abandonamos la carretera para seguir por un sendero tranquilo a campo traviesa. Nos arrimábamos todo lo posible a los setos, a pesar de que la hierba era allí más alta, y más difícil y lento nuestro avance.
El sol caldeó el aire. Aparecieron mariposas y abejas. De vez en cuando paraba a desatarme el pañuelo de la cabeza y me enjugaba con él la cara. No había caminado tanto, ni con tanta fatiga, en toda mi vida; y durante tres meses no había hecho más que dar vueltas y vueltas al jardín tapiado del manicomio. Tenía ampollas en los talones, grandes como una moneda de chelín. Pensé: «¡No llegaremos nunca a Londres!».
Pero cada vez que lo pensaba, pensaba en la señora Sucksby y me imaginaba la expresión de su cara cuando yo apareciera en la puerta de Lant Street. Después pensaba en Maud, dondequiera que estuviese, y me imaginaba su cara. Sin embargo, la veía borrosa, lo cual me disgustaba. Dije:
—Dime, Charles, ¿de qué color son los ojos de la señorita Lilly? ¿Son castaños o azules?
Me miró con extrañeza.
—Creo que castaños, señorita.
—¿Estás seguro?
—Creo que sí, señorita.
—Yo también lo creo.
Pero no estaba segura. Aceleré un poco el paso. Charles corría a mi lado, jadeando. Cerca del mediodía, pasamos por delante de una hilera de casas de campo, a la orilla de un camino que llevaba a un pueblo. Detuve a Charles y nos apostamos detrás de un seto para observar las puertas y ventanas. En una de ellas, una chica sacudía ropa, aunque al cabo de un minuto entró en la casa y cerró la ventana. En otra, pasaba de un lado a otro una mujer con un cubo, sin mirar afuera. Todas las ventanas de la casa contigua estaban cerradas y oscuras, pero supuse que debía de haber algo digno de robarse detrás de ellas. Pensé en llamar a la puerta y, si no salía nadie, probar el pestillo. Pero mientras me estaba envalentonando, se oyeron voces en la última casa de la hilera: miramos, y en la cancilla del jardín había un mujer y dos niños pequeños. La mujer se estaba atando un gorro y se despedía con un beso de los niños.
—Y ahora, Janet —le estaba diciendo a la niña mayor—, cuida bien a Baby. Volveré a darte el huevo. Si quieres, puedes hacerle el dobladillo al pañuelo, pero presta mucha atención a la aguja.
—Sí, mami —dijo la niña. Levantó la cara para que su madre la besara y luego cerró la cancilla. Su madre se alejó velozmente de la casa y pasó por delante de nosotros sin vernos, porque estábamos escondidos detrás de un seto.
Observé cómo se iba. Después miré a la niña, que se había alejado de la entrada y desandaba el sendero, conduciendo a su hermano hacia la puerta abierta de la casa. Miré a Charles. Dije:
—Charles, por fin nos sonríe la suerte. Dame una moneda de seis peniques, ¿quieres? —Él buscó en su bolsillo—. Ésa no. ¿No tienes una más brillante?
Sacó la más reluciente que tenía y yo la abrillanté aún más frotándola con la manga del vestido.
—¿Qué va a hacer, señorita? —preguntó.
—No importa. Quédate aquí. Y si viene alguien, da un silbido.
Me levanté y me alisé la falda; salí de detrás del seto y me encaminé muy erguida hacia la entrada de la casa, como si hubiera venido por el camino. La niña giró la cabeza y me vio.
—¿Todo bien? —dije—. Tú eres Janet. Acabo de encontrarme con tu mamá. Mira lo que me ha dado. Seis peniques. ¿No son preciosos? Me ha dicho: «Por favor, dáselos a mi hijita Janet, y dile que haga el favor de ir corriendo a la tienda a comprar harina». Ha dicho que se ha olvidado. ¿Sabes qué harina es, verdad? Buena chica. ¿Sabes qué más ha dicho tu mamá? Ha dicho: «Mi hija Janet es tan obediente que dile que puede quedarse con el medio penique de la vuelta para comprar golosinas». Ah. ¿Te gustan los dulces, Janet? A mí también. Qué buenos son, ¿eh? Pero son malos para los dientes. Da igual. Apostaría a que todavía no te han salido todos. Oh, ¡qué cosa más mona! ¡Como perlas en un collar! Más vale que comas golosinas ahora, antes de que te salgan los otros. Me quedaré aquí cuidando la casa, ¿vale? ¡Cómo brilla esta moneda! Y éste es tu hermanito, claro. ¿No te lo llevas contigo? Buena chica…

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:49 am

Era la triquiñuela más fea del mundo, y detesté utilizarla, pero ¿qué puedo decir? A mí me habían gastado una similar. Mientras hablaba, miraba rápidamente a mi alrededor, a las ventanas de las otras casas y al camino, pero no había nadie. La niña guardó la moneda en el bolsillo de su mandil, cogió en brazos a su hermano y se fue tambaleándose, y en cuanto la vi alejarse entré disparada en la casa. Era una vivienda bastante pobre, pero en un baúl del piso de arriba encontré un par de zapatos negros, más o menos de mi talla, y un vestido estampado, envuelto en papel. Pensé que bien podría ser el vestido con el que la mujer se había casado y, ¡lo juro por Dios!, estuve a punto de no llevármelo, pero, al final, lo hice. Y también cogí un sombrero negro de paja, un chal, un par de medias de lana, una empanada de la despensa y un cuchillo.
Volví corriendo al seto donde Charles estaba escondido.
—¡Date la vuelta! —dije, mientras me cambiaba—. ¡Date la vuelta! No pongas esa cara de susto, so puñetera. ¡Maldita seas! ¡Maldita!
Me refería a Maud. Estaba pensando en la niña, Janet, volviendo a su casa con la harina y su bolsa de dulces. Pensaba en su madre, al regresar a la hora del té y descubrir que su vestido de boda había desaparecido.
—¡Maldita seas!
Cogí el guante de Maud y lo desgarré hasta que cedieron las costuras. Lo tiré al suelo y salté encima. Charles me observaba con una expresión aterrada.
—¡No me mires, mocoso! —dije—. ¡Oh! ¡Oh!
Pero entonces tuve miedo de que viniera alguien. Recogí el guante y me lo volví a poner cerca del pecho, y até las cintas del sombrero. Arrojé a una zanja el vestido y las botas del manicomio. Las ampollas de los pies se me habían abierto y lloraban como ojos, pero las medias eran espesas, y los zapatos negros, blandos y gastados. El vestido tenía un estampado de rosas y el sombrero unas margaritas pintadas en el ala. Me imaginé lo que parecería: un cuadro, pensé, de una lechera en la pared de una lechería.
Supuse que, de todos modos, era el atuendo adecuado para el campo. Dejamos los cultivos y los caminos sombreados y volvimos a la carretera, y al cabo de un rato pasó otro granjero que nos transportó unos cuantos kilómetros; después seguimos a pie. Caminábamos deprisa. Charles guardaba silencio. Por último, saltó:
—Ha cogido ese vestido y los zapatos sin pedir permiso.
—También he cogido esta empanada —dije—. Me figuro que querrás comerla.
Le dije que devolveríamos a la mujer sus ropas y que en Londres le compraríamos una empanada nueva. Charles puso cara de dudarlo. Pasamos la noche sobre el heno de un establo abierto, y él durmió de espaldas a mí, con los omóplatos temblando. Me pregunté si huiría a Briar mientras yo dormía; y aguardé hasta que estuvo inmóvil y le até los cordones de una de sus botas a los de uno de mis zapatos, para despertarme si intentaba fugarse. Era un chico exasperante, pero yo sabía que, por el momento, me apañaría mejor con él que sin él, pues los hombres del doctor Christie estarían buscando a una chica sola, no a una chica con su hermano. Pensé que, si era necesario, le daría esquinazo en cuanto llegáramos a Londres.
Pero Londres parecía todavía muy lejos. El aire seguía siendo demasiado puro. Desperté en algún momento de la noche y el establo estaba lleno de vacas: formaban un corro y nos miraban, y una de ellas tosió como una persona. No me digan que es algo natural. Desperté a Charles, que se asustó tanto como yo. Se levantó y quiso echar a correr; se cayó, por supuesto, y a punto estuvo de arrancarme el pie. Le desaté los cordones. Salimos del establo caminando hacia atrás, y luego corrimos y después caminamos. Vimos que el sol despuntaba sobre una colina.
—Eso es el este —dijo Charles. La noche había sido de un frío invernal, pero la colina era empinada y entramos en calor subiéndola. Al llegar a la cima, el sol estaba más alto y el día se estaba aclarando.
La mañana ha roto, pensé. Pensé en la mañana como si fuera un huevo que se hubiera cascado y se desparramara. Ante nosotros se extendía el campo verde de Inglaterra, con sus ríos, sus carreteras y sus setos, sus iglesias, sus chimeneas, sus humaredas. Al fondo del campo, en lontananza, las chimeneas se volvían más altas, las carreteras y los ríos más anchos, las humaredas más espesas, hasta que por fin, en el punto más lejano, formaban un borrón, una mancha, una oscuridad como la del carbón en un fuego, una oscuridad interrumpida aquí y allí, donde el sol tocaba ventanales y la dorada cúspide de cúpulas y campanarios, con relucientes puntos de luz.
—Londres —dije—. ¡Ah, Londres!

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:50 am

Pero nos costó todo el día llegar a la ciudad. Podríamos haber buscado la estación de trenes y tomado uno, pero pensé que era mejor que guardáramos para la comida el poco dinero que nos quedaba. Caminamos un rato con un chico que cargaba a la espalda un cesto grande que había llenado de cebollas: nos indicó un sitio adonde iban vagones a recoger verduras para los mercados de la capital. Nos habíamos perdido el grueso del tráfico, pero al final conseguimos transporte con un hombre en un carro tirado por un caballo lento, que llevaba judías a Hammersmith. Le dijo a Charles que le recordaba a su hijo Charles tenía ese tipo de cara, y entonces les dejé que viajaran juntos en el pescante y yo me senté en la parte trasera del carro, entre las judías. Tenía una mejilla contra una caja y los ojos fijos en la carretera, que se elevaba y de nuevo nos mostraba Londres, cada vez un poco más cerca. Podría haber dormido, pero era incapaz de no mirar el entorno. Vi que las calzadas empezaban a estar más concurridas y que los setos campestres comenzaban a dar paso a empalizadas y muros; vi cómo las hojas se transformaban en ladrillos, las hierbas en escorias y polvo y las cunetas en bordillos de piedra. Una vez en que el carro se aproximó a la fachada de una casa empapelada por cinco centímetros de carteles ondeantes, alargué la mano y arranqué un pedazo de letrero; lo sujeté un momento y luego dejé que se fuera volando. Contenía un dibujo de una mano empuñando una pistola. Me manchó de hollín los dedos. Supe así que estaba en casa.
Continuamos a pie desde Hammersmith. Aquella zona de Londres me era desconocida, pero descubrí que conocía muy bien el camino, del mismo modo que en el campo había sabido qué carretera tomar en una bifurcación. Charles caminaba a mi lado, parpadeando, y a veces me agarraba de la manga; al final le cogí de la mano para ayudarle a cruzar una calle, y él no separó sus dedos de los míos. Vi a los dos reflejados en el cristal de un gran escaparate: yo con mi sombrero, él con su chaquetón tosco. Parecíamos dos niños de cuento perdidos en el bosque. Llegamos a Westminster y desde allí tuvimos la primera visión del río; y yo tuve que parar.
—Espera, Charles —dije, poniéndome una mano en el corazón y dándole la espalda. No quería que me viese tan emocionada. Pero una vez controlada la intensidad de mis sentimientos, empecé a pensar—. No deberíamos cruzar el río todavía —dije, mientras andábamos. Estaba pensando en con quién podríamos topar. ¿Y si tropezábamos con Caballero? ¿O si él tropezaba con nosotros? No creo que él mismo me pusiera la mano encima, pero quince mil libras es un montón de dinero, y yo sabía que él era capaz de contratar a matones para que le hicieran el trabajo sucio. Hasta entonces no había pensado en esto. Sólo había pensado en llegar a Londres. Empecé a mirar a mi alrededor de un modo distinto. Charles me vio hacerlo.
—¿Qué pasa, señorita?
—Nada —contesté—. Sólo que tengo miedo de que aún pueda haber hombres enviados por el doctor Christie. Tomemos este atajo.
Le llevé por una calle oscura y estrecha. Pero luego pensé que una calle así era la peor en la que podían atraparnos. Doblé hacia el Strand: estábamos en algún sitio cerca de Charing Cross, y al cabo de un rato llegamos al final de una calle en la que había unos cuantos puestos de ropa de segunda mano. Fui al primero que vi y le compré a Charles una bufanda de lana. Para mí compré un velo. El vendedor me tiró los tejos:
—¿No prefiere un sombrero? Tiene una cara demasiado bonita para esconderla.
Estiré la mano para recoger el medio penique del cambio.
—Muy bien —dije, impaciente—. También tengo bonito el culo.
Charles se arredró. Yo no me inmuté. Me puse el velo y me sentí mejor. No casaba nada con el sombrero y el vestido estampado, pero pensé que podría pasar por una chica con cicatrices en la cara o cualquier otra clase de dolencia facial. Le dije a Charles que se cubriera la boca con la bufanda y que se bajase la gorra. Cuando se quejó de que hacía calor le dije:
—Si me pillan los espías del doctor Christie antes de que te haya llevado donde el señor Rivers, ¿cómo crees que vas a encontrarle?
Miró hacia delante, al tumulto de coches y caballos en Ludgate Hill. Eran las seis de la tarde, y el tráfico estaba en su momento culminante.
—¿Cuándo va a llevarme hasta allí? —dijo él—. ¿Vive mucho más lejos?
—No mucho. Pero tenemos que andar con ojo. Tengo que pensar. Vamos a buscar un sitio tranquilo…
Fuimos a parar a St. Paul. Entramos y me senté en un banco mientras Charles deambulaba por la iglesia mirando las estatuas. Pensé: «Sólo tengo que llegar a Lant Street y estaré a salvo». Lo que me inquietaba, de todas formas, era la historia que Caballero hubiera podido divulgar por el barrio. ¿Y si había puesto en mi contra a todos los sobrinos de Ibbs? ¿Y si me encontraba con John Vroom antes de ver a la señora Sucksby? Él me era hostil desde siempre, y me reconocería a pesar del velo. Tenía que tener cuidado. Tendría que inspeccionar la casa y dar un paso sólo cuando supiese qué suelo pisaba. Era difícil ser cautelosa y pausada, pero pensé en mi madre, que no había sido cauta. Miren lo que le había ocurrido.
Tirité. En St. Paul hacía frío, incluso en julio. Las vidrieras iban perdiendo los colores a medida que atardecía. En casa del doctor Christie estarían despertándonos para bajarnos a cenar. Nos darían pan y mantequilla y una pinta de té… Charles vino a sentarse a mi lado. Le oí suspirar. Tenía la gorra en las manos, y le relucía el pelo rubio. Tenía los labios totalmente rosas. Tres chicos con túnicas blancas pasaban con palmatorias de latón, encendiendo más lámparas y velas; y miré a Charles y pensé que encajaría muy bien entre ellos, con su propia túnica. Miré su chaquetón. Era una prenda de calidad, aunque bastante manchada de polvo.
—¿Cuánto dinero nos queda, Charles? —dije.
Teníamos un penique y medio. Le llevé a una casa de empeños de Watling Street, y empeñamos su chaquetón por dos chelines. El lloró al entregarla.
—Oh, y ahora —dijo—, ¿cómo presentarme ante el señor Rivers? ¡No querrá un sirviente en mangas de camisa!
Le dije que recobraríamos el chaquetón al cabo de unos días. Le compré unas gambas, pan con mantequilla y una taza de té.
—Gambas de Londres —dije—. Mmm, ¿no están riquísimas?
No respondió. Al reemprender la marcha, él caminaba un paso por detrás de mí, con los brazos caídos y los ojos clavados en el suelo. Tenía los ojos rojos, por las lágrimas y también por la arenilla. Cruzamos el río en Blackfriars, y a partir de allí, aunque había caminado con tiento, redoblé las precauciones. Evitando callejas y callejones, íbamos por las calles abiertas, y el anochecer que es una luz falsa, y una buena luz para toda clase de negocios turbios, más aún que la oscuridad nos ayudó a ocultarnos. Sin embargo, cada paso que dábamos me acercaba más a mi casa: empecé a ver algunas cosas conocidas y hasta a algunas personas y de nuevo sentí tal emoción en el corazón y en la cabeza que creí que me descompondría. Llegamos a Gravel Lane y a Southwark Bridge Road, doblamos hacia el lado oeste de Lant Street y miramos la calle; la sangre me circulaba tan deprisa y el corazón se me subió tan arriba que temí que fuese a desmayarme. Me aferré a la pared de ladrillo en la que nos habíamos apoyado y bajé la cabeza hasta que la sangre se hubo sosegado. Cuando hablé, la voz me salió pastosa. Dije:
—¿Ves aquella puerta negra, Charles, con aquella ventana? Es la de mi casa. Ahí vive la mujer que ha sido como mi madre. Lo que más me gustaría ahora es correr hasta esa puerta; pero no puedo. No es seguro.
—¿No es seguro? —dijo. Miró en derredor, temeroso. Supongo que aquellas calles, tan caras a mis ojos que habría podido arrodillarme y besarlas, quizás a los suyos pareciesen sórdidas.
—No es seguro —repetí—, mientras todavía nos persigan los hombres de Christie.
Pero miré a lo largo de la calle, a la puerta de Ibbs, y luego a la ventana que había encima. La ventana daba a la habitación que yo compartía con la señora Sucksby, y la tentación de acercarme a ella era irresistible. Agarré a Charles y le empujé hacia delante; avanzamos y paramos en una pared que ofrecía un poco de sombra entre el resalto de dos miradores. Pasaron algunos niños y se rieron de mi velo. Conocía a sus madres, eran vecinas nuestras, y empecé a temer de nuevo que me reconociesen al verme. Pensé que era una insensatez, de todas formas, haberme adentrado tanto en la calle; después pensé: «¿Por qué no corro a la puerta gritando el nombre de la señora Sucksby?». Tal vez lo hubiera hecho. No lo sé. Me había vuelto, como para poner en orden mi sombrero, y mientras tomaba una decisión Charles se llevó la mano a la boca y exclamó: «¡Oh!».
Los niños que se habían burlado de mi velo habían llegado corriendo al final de la calle y allí se separaron para dejar paso a alguien. Era Caballero. Llevaba su viejo sombrero flexible y un pañuelo escarlata en el cuello. Tenía el pelo y las patillas más largos que nunca. Le vimos caminar. Creo que estaba silbando. Se detuvo en la puerta de la tienda de Ibbs. Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una llave. Dio unos puntapiés contra el escalón primero el pie derecho, después el izquierdo para sacudirse el polvo de los zapatos: luego introdujo la llave en la cerradura, miró displicentemente alrededor y entró en la casa. Todo lo cual lo hizo del modo más familiar y con la mayor soltura del mundo.
Al verle temblé de arriba abajo. Pero mis sentimientos eran raros. «¡El diablo!», dije. Me habría gustado matarle, dispararle, correr hacia él y golpearle la cara. Pero también me había asustado verle más de lo que habría debido, tanto como si estuviera todavía en el manicomio y en cualquier momento hubieran podido cogerme, zarandearme, atarme y sumergirme en el agua. Respiraba de una forma extraña, como a saltos. No creo que Charles lo advirtiera. Estaba pensando en sus mangas de camisa. «¡Oh!», seguía diciendo. «¡Oh! ¡Oh!». Se miraba las uñas y las manchas de tierra en los puños. Le cogí del brazo. Quería irme corriendo por donde habíamos venido. Era mi impulso más fuerte. Casi salí de estampida.
—Vamos —dije—. Vamos, rápido. —Miré de nuevo a la puerta de Ibbs, pensé en la señora Sucksby, detrás de ella, pensé en Caballero a su lado, tranquilo y a sus anchas. ¡Maldito fuera por hacerme temer mi propia casa!—. ¡No me pillarán! —dije—. Nos quedaremos, pero escondidos. Ven aquí.
Sujeté fuerte a Charles y empecé a empujarle, no hacia fuera, sino hacia dentro de Lant Street. Había pension es a lo largo de aquel lado de la calle. Llegamos a una de ellas.
—¿Tienen camas? —pregunté a una chica que estaba en la puerta.
—Tenemos media —dijo ella.
Media cama no bastaba. Fuimos a la casa contigua, y después a la siguiente. Todas estaban llenas. Por fin llegamos a la que estaba justo enfrente de la del señor Ibbs. Una mujer con un niño estaba sentada en el escalón. Yo no la conocía, lo cual era una ventaja.
—¿Tiene una habitación? —dije, rápidamente.
—Podría ser —respondió ella, intentando ver por debajo de mi velo.
—¿En la fachada? —Miré hacia arriba y señalé—. ¿Ésa?
—Ésa es más cara.
—La alquilamos para una semana. Le daré un chelín ahora y mañana le pagaré el resto.
Puso mala cara, pero yo sabía que quería ginebra.
—De acuerdo —dijo. Se levantó, colocó al niño en el peldaño y nos condujo por la escalera resbaladiza. En el rellano había un hombre borracho como una cuba. La puerta de la habitación a la que nos llevó no tenía pasador, sólo una piedra para mantenerla cerrada. El cuarto era pequeño y oscuro, con dos camas bajas y una silla. La ventana tenía los postigos cerrados, y para abrirlos había un palo con un gancho colgado junto al cristal—. Hay que hacer así —dijo la mujer, empezando a enseñarnos. La detuve. Dije que tenía los ojos enfermos y que no toleraba la luz del día.
Yo ya había visto que los postigos tenían pequeños orificios que eran más o menos perfectos para lo que yo quería; y cuando la mujer tuvo en la mano el chelín y se marchó, cerré la puerta tras ella, me quité el velo y el sombrero, fui a la ventana y miré afuera. Pero no había nada que ver. La puerta de la tienda de Ibbs seguía cerrada, y la ventana de la señora Sucksby oscura. Miré durante un minuto sin acordarme de Charles. Estaba de pie, mirándome, y estrujaba su gorra entre las manos. En alguna otra habitación un hombre lanzó un grito, y él dio un brinco.
—Siéntate —dije. Pegué la cara contra la ventana.
—Quiero mi chaquetón —dijo.
—No puede ser. La tienda está cerrada. Lo cogeremos mañana.
—No la creo. Le ha dicho una mentira a esa señora, con eso de los ojos malos. Robó ese vestido y los zapatos, y la empanada. Me sentó mal. Me ha traído a una casa horrible.
—Te he traído a Londres. ¿No era lo que querías?
—Creí que Londres sería distinto.
—Todavía no has visto las partes bonitas. Vete a dormir. Tendrás tu chaquetón por la mañana. Te sentirás como un hombre nuevo.
—¿Cómo podré recuperarlo? Acaba de darle el chelín a la señora.
—Conseguiré otro mañana.
—¿Cómo?
—No preguntes. Vete a dormir. ¿No estás cansado?
—Esta cama tiene pelos negros.
—Pues coge la otra.
—La otra tiene pelos rojos.
—Los pelos rojos no te harán daño.
Le oí sentarse y frotarse la cara. Pensé que quizás estuviese a punto de llorar. Pero al cabo de un rato volvió a hablar y la voz le había cambiado.
—¿No tenía las patillas muy largas el señor Rivers? —dijo.
—¿Verdad que sí? —respondí, sin dejar de mirar por los postigos—. Me parece que necesita a un chico que se las recorte.
—¡Precisamente!
Suspiró y se tumbó en la cama, tapándose los ojos con la gorra, y yo continué montando guardia en la ventana. Lo hice como los gatos vigilan una ratonera, sin importarme que pasaran las horas y sin pensar en nada más que en mi vigilancia. La noche se volvió oscura y la calle que era concurrida en verano se vació y se quedó en silencio, pues todos los niños se habían acostado, los hombres y las mujeres volvían de las tabernas y los perros se habían dormido. En las otras habitaciones de la casa había gente deambulando, arrastraban sillas por el suelo, lloraba un bebé. Una chica borracha, supongo se reía sin parar. Seguí vigilando. Algún reloj dio la hora. Ya no podía oír campanas sin estremecerme, y percibí cada una de ellas: dieron las doce y después la media, y estaba aguzando el oído para oír los tres cuartos sin dejar de vigilar y de mirar, pero empezando a preguntarme, quizás, qué creía que iba a ver cuando ocurrió lo siguiente.
Vi una luz y una sombra en el cuarto de la señora Sucksby, y luego una figura: ¡ella en persona! El corazón casi se me hizo pedazos. Tenía el pelo blanco y llevaba puesto su viejo vestido de tafetán negro. Sostenía una lámpara en la mano, de espaldas a mí, y movía la mandíbula: hablaba con alguien al fondo del cuarto, alguien que ahora se adelantó mientras ella retrocedía. Una chica. Un chica de talle muy estrecho… La vi y empecé a temblar. Se acercó, mientras la señora Sucksby se movía por la habitación en pos de ella, quitándose los broches y los anillos. Se puso justo delante de la ventana. Levantó el brazo para apoyarlo en la barra de la ventana de guillotina y luego, apoyando la frente en su muñeca, se quedó quieta. Sólo se movían sus dedos, que tiraban ociosamente del encaje a través de la ventana. Su mano estaba desnuda. Tenía el pelo rizado. Pensé: No puede ser ella.
La señora Sucksby volvió a hablar, la chica levantó la cara, la luz de la farola la iluminó de lleno, y yo lancé un grito. Puede que me oyera aunque no lo creo, pues volvió la cabeza y pareció que me miraba, que me sostenía la mirada durante un minuto entero, a través de la oscuridad y la calle polvorienta. No creo que yo pestañease en todo ese lapso. Creo que ella también mantuvo los ojos abiertos; al verlos recordé por fin de qué color eran. Volvió a internarse en la habitación, se alejó un paso, cogió la lámpara y, mientras bajaba la llama, la señora Sucksby se le aproximó, alzó las manos y empezó a desatarle los ganchos del vestido por detrás. Reinó la oscuridad.
Me aparté de la ventana. En el cristal se reflejaba mi cara blanca en forma de corazón: la farola iluminaba mis mejillas, por debajo de los ojos. Me alejé del cristal. Mi grito había despertado a Charles, y me figuro que mi expresión era muy extraña.
—¿Qué pasa, señorita? —dijo en un susurro. Me tapé la boca con la mano.
—¡Oh, Charles! —dije. Di un par de pasos tambaleantes hacia él—. ¡Charles, mírame! ¡Dime quién soy!
—¿Quién, señorita?
—¡Señorita no, no me llames señorita! No lo he sido nunca, aunque me convirtieran en una… ¡Oh! Ella me lo ha quitado todo, Charles. Me lo ha quitado y se lo ha quedado. Ha conseguido que la señora Sucksby la quiera, igual que hizo con… ¡Oh! ¡Voy a matarla esta noche!
Corrí, febril, a los postigos, para ver la fachada de la casa. Dije:
—¿Podré trepar a la ventana? Podría forzar el pestillo, entrar y apuñalarla mientras duerme. ¿Dónde está aquel cuchillo?
Corrí otra vez, lo cogí y comprobé su filo.
—No está afilado —dije. Miré alrededor, cogí la piedra que usaban como tope y pasé la hoja por ella—. ¿Así? —le pregunté a Charles—. ¿O así? ¿Cómo se afila mejor? Anda, venga. Tú eres el puñetero afilador, ¿no?
Me miró aterrorizado; luego se acercó, con dedos temblorosos, y me indicó cómo se hacía. Pulí la hoja.
—Así está bien —dije—. Será agradable clavarle la punta en el pecho. —Me detuve—. Pero ¿no te parece, más bien, que a fin de cuentas morir apuñalada es una muerte rápida? ¿No debería buscar un modo más lento? —Pensé en asfixiarla, estrangularla, golpearla con una estaca—. ¿Tenemos una estaca, Charles? Tardará más tiempo, y, ¡ah!, me gustaría que me reconociera mientras muere. Vendrás conmigo, Charles. Me ayudarás. ¿Qué ocurre?
Había ido hasta la pared y, con la espalda apoyada en ella, empezó a temblar. Dijo:
—No es…, ¡usted no parece la mujer que era en Briar!
—Mírate —dije—. Tú no eres aquel chico. Aquél tenía agallas.
—¡Quiero al señor Rivers!
Me reí, como una demente.
—Tengo noticias que darte. El señor Rivers tampoco es exactamente el caballero que tú creías que era. Es un diablo y un granuja.
Dio un paso al frente.
—¡No es cierto!
—Sí lo es. Se fugó con la señorita Maud, dijo a todo el mundo que yo era ella y me metió en un manicomio. ¿Quién, si no, crees que firmó la orden de ingreso?
—¡Si la firmó, sería verdad!
—Es un canalla.
—¡Es una joya de hombre! Todo el mundo lo decía en Briar.
—No le conocieron como yo le conozco. Es malvado, un miserable.
Cerró los puños.
—¡Me da igual! —gritó.
—¿Quieres ser el criado de un demonio?
—Mejor eso que… ¡Oh! —Se sentó en el suelo y se tapó la cara—. ¡Oh! ¡Oh! No he sido más desgraciado en toda mi vida. ¡La odio!
—Y yo te odio a ti, puto mariquita —dije.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:50 am

Todavía tenía la piedra en la mano. Se la tiré. Fallé por unos palmos, pero el ruido que hizo al estrellarse contra la pared y caer al suelo fue espantoso. Yo temblaba ahora casi tanto como Charles. Miré el cuchillo en mi mano y lo aparté de mí. Me toqué la cara. Un sudor horrible me perlaba la frente y las mejillas. Fui hasta Charles y me arrodillé a su lado. El intentó rechazarme.
—¡Apártese de mí! —gritó—, ¡O máteme ya! ¡Me da igual!
—Charles, escúchame —dije con una voz más sosegada—. No te odio, de verdad. Y tú no debes odiarme. Soy lo único que tienes. Has perdido tu trabajo en Briar y tu tía no te quiere. No puedes volver al campo. Además, sin mi ayuda nunca encontrarías el camino para salir de Southwark. Andando, acabarías extraviándote, y Londres está lleno de hombres rudos y crueles que hacen cosas indecibles a chicos rubios y desorientados como tú. Quizás te raptara un capitán de barco y podrías acabar en Jamaica. ¿Qué te parecería? ¡No llores, por el amor de Dios! —Había empezado a sollozar—. ¿Crees que a mí no me gustaría llorar? Me han engañado de una forma horrible, y la persona que más me ha engañado está en mi propia cama en este mismo momento, rodeada por los brazos de mi propia madre. Es algo tan terrible que no puedes comprenderlo. Es una cuestión de vida o muerte. Ha sido una tontería decir que iba a matarla esta noche. Pero dame uno o dos días, y déjame pensar. Allí hay dinero y, ¡te lo juro, Charles!, también hay gente allí que, cuando sepa lo que han hecho conmigo, dará lo que haga falta al chico que me ha ayudado a regresar a casa…
Meneó la cabeza sin parar de llorar y, finalmente, yo también lloré. Le rodeé con el brazo y él se recostó en mi hombro, y nos estremecimos y lloriqueamos hasta que, por fin, alguien en la habitación contigua empezó a aporrear la pared y a gritarnos que parásemos.
—Vale ya —dije, sorbiéndome la nariz—. ¿Tienes miedo, ahora? ¿Dormirás como un buen chico?
Dijo que creía que sí, a condición de que durmiese a su lado, y nos tendimos juntos en la cama llena de pelos rojos y él se durmió, con los labios rosas separados y una respiración fluida y regular. Pero yo monté guardia durante toda la noche. Pensaba en Maud, al otro lado de la calle, respirando en los brazos de la señora Sucksby, con la boca abierta como la de Charles, como una flor, y la garganta perfectamente esbelta, absolutamente blanca y desnuda.
Para cuando amaneció ya tenía perfilado un plan. Me aposté en la ventana, vigilando la puerta de Ibbs, pero al cabo de un rato, como nadie aparecía, desistí. Eso podía esperar. Lo que necesitaba ahora era dinero. Sabía cómo agenciármelo. Hice que Charles se peinara con raya en medio y le saqué de la casa por la puerta de atrás. Le llevé a Whitechapel, una zona lo bastante alejada del barrio como para arriesgarme a prescindir del velo. Encontré un sitio en la High Street.
—Quédate aquí —le dijé. El obedeció—. ¿Te acuerdas de cómo gritaste anoche? Pues hazlo otra vez.
—¿Hacer qué?
Le cogí del brazo y se lo pellizqué. El dio un alarido y empezó a gimotear. Le puse la mano en el hombro y miré de un lado a otro de la calle, con aire inquieto. Unas cuantas personas nos miraron con curiosidad. Les indiqué que se aproximaran.
—Por favor, señor; por favor, señora —dije—. Acabo de encontrar a este pobre chico que ha venido del campo esta mañana y ha perdido a su amo. ¿Pueden darle unos peniques para que vuelva a su casa? ¿Pueden? Está completamente solo y no conoce a nadie, no distingue Chancery Lane de Woolwich. Se ha dejado el chaquetón en el carro de su amo. ¡Dios le bendiga, señor! ¡No llores, muchacho! Mira, este caballero te da dos peniques. ¡Ahí vienen algunos más! Y en el campo dicen que los londinenses tiene el corazón duro, ¿no dicen eso?
Por supuesto, la idea de que un señor le diese dinero redobló la llorera de Charles. Sus lágrimas eran como imanes. Aquel primer día ganamos tres chelines, con los que pagamos la habitación; y cuando al día siguiente probamos la misma treta en una calle distinta, recaudamos cuatro. Con ellos nos sufragamos las comidas. Guardé en el zapato el dinero que sobró, junto con el recibo del chaquetón de Charles. No me descalzaba ni siquiera en la cama. «Quiero mi chaquetón», decía Charles, cien veces al día, y cada vez yo le contestaba: «Mañana. Te lo juro. Te lo prometo. Un solo día más…».
Y me pasaba el día entero pegada a los postigos, con el ojo puesto en los orificios en forma de corazón. Vigilaba la casa, aprendiendo sus costumbres. Reconocía el terreno, paciente como un ladrón. Veía llegar a rateros con objetos robados para Ibbs: le veía a éste cerrar la puerta con llave y bajar la persiana. La visión de sus manos, de su cara honrada, me daba ganas de llorar. Pensaba: «¿Por qué no voy a verle?». Un poco más tarde veía a Caballero, y volvía a entrarme el miedo. Después veía a Maud.
La veía en la ventana. Le gustaba estar allí, con la cara contra el cristal, ¡como si supiese que yo la vigilaba y se burlase de mí! Vi a Dainty, que la ayudaba a vestirse todas las mañanas, y le recogía el pelo. Y vi a la señora Sucksby, de noche, soltándolo. Una vez le vi levantar hasta su boca una trenza de Maud y besarla. Con cada novedad, apretaba la cara tan fuerte contra el cristal que crujía el marco. Y por la noche, cuando la casa estaba a oscuras, cogía una vela y paseaba, una y otra vez, de una pared a la otra del cuarto.
—Los tienen a todos en su poder —decía—. A Dainty, a Ibbs y a la señora Sucksby, y apostaría que también a John e incluso a Phil. Han tejido su red, como dos grandes arañas. Tenemos que andar con ojo, Charles. ¡Oh, desde luego! ¡Imagínate que saben, por el doctor Christie, que me he escapado! ¡Deben de saberlo a estas alturas! Están esperando, Charles. Están esperándome. Ella no sale nunca de casa. ¡Qué lista!, porque, estando en casa, está cerca de la señora Sucksby. Pero él sí sale. Le he visto. Yo también he estado esperando. Eso no lo saben. Él sale. Haremos nuestra jugada la próxima vez que salga. Soy la mosca que buscan. No me pillarán. Te enviaremos a ti. ¡No habrán pensando en esto! ¿Eh, Charles?
Él no contestó. Le había tenido tanto tiempo sin hacer nada, en aquella habitación oscura, que la cara se le había puesto pálida y los ojos se le empezaban a poner vidriosos como los de una muñeca. «Quiero mi chaquetón», decía aún, de vez en cuando, con una especie de balido débil, pero creo que casi se había olvidado de para qué lo quería. Al final, en efecto, cuando él volvió a decirlo y yo le respondí: «De acuerdo. Hoy lo tendrás. Ya hemos esperado bastante. Hoy es el día», en lugar de parecer complacido me miró fijamente y pareció asustado.Quizás creía ver cierta febrilidad en mis ojos. No lo sé. Por primera vez en mi vida tenía la impresión de que estaba pensando como una estafadora. Llevé a Charles a Watling Street y desempeñé su chaquetón. Pero no se lo di. Le monté en un autobús.
—Es un regalo —dije—. Mira las tiendas desde la ventana.
Encontré asientos libres al lado de una mujer con un bebé en brazos. Me senté con el chaquetón de Charles sobre el regazo. Miré al niño. La mujer me vio mirarle y sonreí.
—Guapo chico, ¿verdad? —dijo—. Pero no quiere dormir. Le subo a un autobús y el balanceo le duerme. Hemos ido de Fulham a Bow; ahora hacemos el trayecto de vuelta.
—Es un encanto —dije. Me incliné y le acaricié la mejilla—. ¡Mira qué pestañas! Romperá corazones.
—¿A que sí?
Me recosté en el asiento. A la parada siguiente, dije a Charles que se apeara. La mujer nos despidió y, desde la ventanilla, cuando arrancó el autobús, nos dijo adiós con la mano. Pero yo no respondí al saludo, pues, por debajo del chaquetón de Charles, había palpado la pretina de la pasajera y le había ligado el reloj de pulsera. Era un reloj bonito de señora, justo el que yo necesitaba. Se lo enseñé a Charles. Lo miró como si fuese una serpiente que pudiera morderle.
—¿De dónde lo ha sacado? —preguntó.
—Me lo ha dado alguien.
—No le creo. Déme el chaquetón.
—Dentro de un minuto.
—¡Déme el chaquetón!
Estábamos cruzando el puente de Londres.
—Cállate o lo tiro por el pretil —dije—. Así me gusta. Ahora dime una cosa: ¿sabes escribir?
No quiso responder hasta que fui al parapeto del puente y suspendí su chaquetón en el aire; empezó a llorar de nuevo, pero dijo que sí sabía. «Buen chico», dije. Le hice caminar un poco más, hasta que encontramos a un vendedor ambulante de papeles y tintas. Le compré una hoja blanca y lisa, y un lápiz; llevé a Charles a nuestra habitación y le mandé que se sentase a escribir una carta. Le coloqué la mano en la nuca y miré cómo escribía.
—Escribe: Señora Sucksby —dije.
—¿Cómo se deletrea? —preguntó.
—¿No lo sabes?
Frunció el ceño y escribió. A mí me pareció que estaba bien. Dije:
—Ahora escribe lo siguiente. Escribe: Me metió en el manicomio ese canalla de su supuesto amigo, ¡supuesto!, Caballero…
—Va demasiado aprisa… —dijo, mientras escribía. Ladeó la cabeza—. ese canalla de su amigo…
—… supuesto amigo, Caballero, y esa perra de Maud Lilly. Tienes que destacar estos nombres.
El lápiz siguió avanzando y se detuvo. Se sonrojó.
—No voy a escribir esa palabra —dijo.
—¿Qué palabra?
—Esa palabra con p.
—¿Qué?
—Antes de señorita Lilly.
Le pellizqué el cuello.
—Escríbela, ¿me oyes? —dije—. Y luego pones, bien claro y en grande: ¡PALOMA, UN COJÓN! ¡Ella es PEOR QUE ÉL!
Charles vaciló; se mordió el labio y lo escribió.
—Muy bien. Y ahora esto. Pon: Señora Sucksby, me he escapado y estoy cerca. Mándeme una señal por medio de este chico. Es amigo mío, ha escrito esto y se llama Charles. Confíe en él y crea… ¡Oh, si esto falla me muero!… crea que sigo siendo tan buena y fiel como si fuera su hija… Aquí deja un espacio.
Lo dejó. Cogí el papel y escribí mi nombre, abajo del todo.
—¡No me mires! —dije, mientras lo escribía. Besé el espacio donde lo había escrito y doblé la hoja —. Y ahora tienes que hacer lo siguiente —dije—. Esta noche, cuando Caballero, o sea, el señor Rivers, salga de casa, te acercas, llamas y dices que quieres ver al señor Ibbs. Di que tienes algo que venderle. Le conocerás nada más verle: es alto y se recorta las patillas. Te preguntará si te han seguido, entonces no te olvides de responderle que el golpe ha sido limpio. Te preguntará para qué vas a verle. Dile que conoces a Phil. Si te pregunta de qué le conoces, di que a través de un compinche que se llama George. Si te pregunta qué George, tienes que decirle: George Joslin, de la hermandad de mineros del carbón. ¿Qué George, de dónde?
—George Joslin, de la… ¡Oh, señorita! ¡Preferiría cualquier otra cosa a esto!
—¿Prefieres los hombres rudos y crueles, las cosas indecibles, Jamaica?
Tragó saliva.
—George Joslin, de la hermandad de mineros del carbón —dijo.
—Buen chico. Luego le entregas el reloj. Te dirá un precio; te diga el que te diga, por ejemplo: cien, mil libras, le dices que es muy poco. Dile que el reloj es bueno, fabricado en Ginebra. Dile, no sé, que tu padre reparaba relojes y que entiendes de eso. Que lo mire con un poco más de atención. Con suerte, le quitará la tapa de atrás; eso te dará ocasión de fisgar. Tienes que buscar a una mujer, bastante vieja, con el pelo plateado. Estará sentada en una mecedora, quizás con un bebé en el regazo. Es la señora Sucksby, la que me ha criado. Hará lo que sea por mí. Te las arreglas para ponerte a su lado y le das esta carta. Haz esto, Charles, y estamos salvados. Pero escucha. Si hay un chico de tez morena y pinta de malvado, no te arrimes a él, está en contra de nosotros. Lo mismo que una chica pelirroja. Y si esa víbora de Maud Lilly anda por allí cerca, esconde la cara. ¿Entendido? Si te ve, incluso más que si te ve el chico, estamos perdidos.
Tragó saliva de nuevo. Depositó la nota encima de la cama, se sentó y la miró con temor. Ensayó su cometido. Yo me quedé en la ventana, vigilando y aguardando. Atardeció, cayó la noche, y en la oscuridad salió Caballero por la puerta de Ibbs, con el sombrero torcido y aquel pañuelo escarlata en el cuello. Le vi marcharse; aguardé otra media hora, para cerciorarme, y después miré a Charles.
—Ponte el chaquetón —dije—. Es la hora.
Se puso pálido. Le di su gorra y su bufanda y le subí el cuello.
—¿Tienes la carta? Muy bien. Ahora sé valiente. Nada de trucos, ¿eh? Estaré vigilando, no te olvides.
El no dijo nada. Salió, y al cabo de un momento le vi cruzar la calle y plantarse delante de la tienda. Caminaba como un hombre que se dirige al patíbulo. Se subió la bufanda un poco más sobre la cara, se dio media vuelta hacia donde sabía que yo estaba, detrás de los postigos. ¡No te vuelvas, idiota!, pensé.
Tiró otra vez de la bufanda hacia arriba y llamó a la puerta. Me pregunté si echaría a correr de repente. Tenía aspecto de querer hacerlo. Pero antes de que pudiera, abrieron la puerta: la abrió Dainty. Hablaron, y ella le dejó esperando mientras iba a ver a Ibbs; luego volvió. Miró a uno y otro lado de la calle. Como un tonto, él miró también, como para ver lo que ella buscaba. Dainty asintió y se echó hacia atrás. Charles entró y cerraron la puerta. Imaginé a Dainty pasando el pestillo con su pulcra mano blanca. Aguardé.
Digamos que pasaron cinco minutos. Quizás diez. ¿Qué suponía que iba a ocurrir? Quizás, que la puerta se abriera y la señora Sucksby saliera disparada por ella, con Ibbs a su zaga; quizás únicamente que ella subiera a su cuarto, a encender una luz, hacer una señal: no sé. Pero la casa permaneció en silencio, y cuando por fin se abrió la puerta, sólo apareció Charles, escoltado por Dainty; la puerta volvió a cerrarse. Charles tiritó. Yo ya estaba acostumbrada a sus escalofríos, y creo que por su aspecto supe que las cosas habían salido mal. Le vi mirar hacia nuestra ventana, como con ganas de salir corriendo. ¡No corras, gilipollas!, dije, y golpeé el cristal, y él tal vez lo oyó, porque agachó la cabeza, cruzó la calle y subió la escalera. Para cuando llegó a la habitación tenía la cara roja como la grana, y reluciente de lágrimas y mocos.
—¡Que Dios me ayude, yo no quería! —dijo, al irrumpir en el cuarto—. ¡Que Dios me ayude, ella me ha descubierto y me la ha quitado!
—¿Quitado qué? —dije—. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado, chinche?
Le agarré y le zarandeé. Se puso las manos delante de la cara.
—¡Me ha cogido la carta y la ha leído! —dijo.
—¿Quién?
—¡La señorita Maud! ¡La señorita Maud!
Le miré horrorizada.
—Me ha visto —dijo Charles—, y me ha reconocido. Lo he hecho todo como usted me ha dicho. Le he dado el reloj al hombre alto y él lo ha cogido y le ha abierto la tapa. Mi bufanda le ha parecido rara, y me ha preguntado si me dolían las muelas. Le he dicho que sí. Me ha enseñado un par de tenazas que ha dicho que eran muy buenas para sacar dientes. Creo que lo ha dicho en broma. El chico moreno estaba allí, quemando papeles. Me ha llamado… palomo. La chica pelirroja ni siquiera me ha mirado. Pero la señora, la madre, estaba durmiendo, y he intentando acercarme a ella, pero la señorita Maud me ha visto la carta en la mano. Luego me ha mirado y me ha reconocido. Ha dicho: «Ven aquí, chico, te has herido la mano», y me ha agarrado antes de que los demás la viesen. Estaba jugando a las cartas en una mesa, y ha puesto la hoja debajo de la mesa para leerla, y me ha retorcido los dedos tan fuerte que… Sus palabras empezaban a disolverse, como sal en el agua de sus lágrimas.
—¡Para de llorar! —dije—. ¡Para de llorar por una vez en tu vida o te juro que te zurro! Dime, ¿qué ha hecho ella?
Charles respiró, se metió la mano en el bolsillo y sacó algo.
—No ha hecho nada —dijo—. Pero me ha dado esto. Lo ha sacado de la mesa a la que estaba sentada. Me lo ha dado como si fuese un secreto, y luego el hombre alto ha cerrado el reloj y me ha despachado. Me ha dado una libra y yo la he cogido y la pelirroja me ha acompañado a la puerta. La señorita Maud ha visto cómo me iba y tenía los ojos como llenos de fuego, pero no ha dicho ni pío. Sólo me ha dado esto, y creo que debe de ser para usted, ¡oh, señorita, llámeme idiota, pero que Dios me ayude si sé para qué es!
Me lo entregó. Maud lo había convertido en una pelota, y me llevó un momento desdoblarlo y ver lo que era. Cuando lo hice, lo sostuve en alto, le di la vuelta, una y otra vez; luego lo miré como una estúpida.
—¿Sólo esto? —dije. Charles asintió.
Era un naipe. Era uno de los naipes de la vieja baraja francesa que Maud tenía en Briar. Era el dos de corazones. Se había vuelto grasiento y tenía la marca de los pliegues que ella había hecho; pero conservaba aquella arruga, con la forma del talón de Maud, sobre uno de los puntos pintados de rojo. Lo sostuve y me acordé de cuando estaba sentada con ella en su sala, mezclando las cartas para adivinarle el futuro. Ella llevaba su vestido azul. Se había puesto la mano delante de la boca. ¡Ahora me estás asustando!, había dicho. ¡Cuánto se habría reído de esto más adelante!
—Se está burlando de mí —dije con una voz no del todo clara—. Me ha mandado esto… ¿Estás seguro de que aquí no hay un mensaje, una marca o un signo? Me lo ha mandado para pincharme. ¿Para qué, si no?
—No lo sé, señorita. Lo ha cogido de encima de la mesa. Lo ha cogido rápido, con unos ojos… de loca.
—¿Qué clase de locura?
—No lo sé. No parecía ella misma. No llevaba guantes. Tenía el pelo rizado y raro. Había un vaso a su lado. No me gusta decirlo, pero creo que era de ginebra.
—¿Ginebra?
Nos miramos.
—¿Qué hacemos? —me preguntó.
Yo no lo sabía.
—Tengo que pensar —dije, empezando a deambular—. Tengo que pensar qué va a hacer ella. Se lo dirá a Caballero, ¿no?, y le enseñará nuestra carta. El se pondrá a buscarnos enseguida. ¿No te han visto volver aquí? Pero alguien más podría haberte visto. No lo sabemos seguro. Hasta ahora la suerte nos ha acompañado; ahora nos abandona. Ah, ¡si no hubiera cogido el vestido de boda de aquella mujer! Sabía que nos traería mala suerte. La suerte es como la marea: empieza a subir y sube tan deprisa que no se puede parar.
—¡No diga eso! —exclamó Charles. Se estaba retorciendo las manos—. ¿Por qué no devuelve ese vestido a su dueña?
—Así no se le engaña a la suerte. Lo mejor que puedes hacer es afrontarla.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:51 am

—¿Afrontarla?
Fui de nuevo a la ventana y miré a la casa.
—La señora Sucksby está allí dentro ahora —dije—. ¿No bastará una palabra mía? ¿Cuándo me he dejado acobardar por John Vroom? Creo que Dainty no me hará daño, ni tampoco Ibbs. Y Maud parece nublada por la ginebra. Charles, ha sido una tontería esperar todo este tiempo. Dame el cuchillo. Vamos allí.
Me miró boquiabierto y no dijo nada. Cogí yo misma el cuchillo, tomé a Charles de la muñeca, le saqué de la habitación y le conduje escaleras abajo. Al pie había un hombre y una chica, riñendo; pero bajaron la voz y volvieron la cabeza para vernos pasar por delante. Quizás vieron el cuchillo. No tenía un sitio donde esconderlo. En la calle, ráfagas de viento levantaban arenilla y papeles, y la noche era calurosa. Llevaba la cabeza descubierta. Cualquiera que me viese sabría que yo era Susan Trinder, pero era demasiado tarde para tomar precauciones. Corrí con Charles hasta la puerta de Ibbs, llamé y le dejé solo en el escalón mientras yo me apartaba, con la espalda apoyada en la pared. La puerta se abrió al cabo de un minuto, sólo una rendija.
—Viene muy tarde. —Era la voz de Dainty—. El señor Ibbs dice… ¡Ah, eres tú otra vez! ¿Qué quieres ahora? ¿Has cambiado de idea?
La puerta se abrió unos centímetros más. Charles se lamió la boca, con la mirada puesta en los ojos de Dainty. Luego me miró, y cuando ella le vio hacerlo, asomó la cabeza y miró también. Soltó un grito.
—¡Señora Sucksby! —grité yo. Embestí contra la puerta y Dainty salió despedida. Cogí a Charles del brazo y le empujé dentro de la tienda—. ¡Señora Sucksby! —volví a gritar. Corrí hacia la cortina colgante de paño y la eché abajo. El pasillo que había detrás era oscuro, y tropecé, igual que Charles.
Llegué a la puerta del fondo y la abrí. El calor, el humo y la luz que salían de dentro me deslumbraron. Vi primero a Ibbs. Estaba a mitad de camino de la puerta, adonde se había dirigido en cuanto oyó todo aquel griterío. Cuando me vio se detuvo y levantó los brazos. Detrás de él estaba John Vroom, con su chaqueta de pieles de perro, y detrás de él al verla, yo habría podido gritar como una niña estaba la señora Sucksby. Sentada a la mesa, en la silla grande de la señora Sucksby, estaba Maud. Debajo de la silla estaba Charlie Wag. En el alboroto, había empezado a ladrar. Al verme, ladró más frenéticamente y movió el rabo, y luego vino a ponerme las patas encima. La bulla fue horrorosa. Ibbs se adelantó, le agarró del collar y rápidamente tiró de él hacia atrás. Tiró tan fuerte que casi le estranguló. Yo retrocedí y levanté los brazos. Todos los demás me miraron. Si no habían visto el cuchillo antes, lo vieron ahora. La señora Sucksby abrió la boca. Dijo:
—Sue, yo…, Sue…
Dainty entró entonces desde la tienda, corriendo detrás de mí.
—¿Dónde está? —gritó. Tenía los puños cerrados. Apartó a Charles de un empujón, me vio y dio una patada en el suelo—. Qué descaro el tuyo al venir aquí. ¡Perra! ¡Casi le has partido el corazón a la señora Sucksby!
—Apártate —le dije, blandiendo el cuchillo. Me miró asombrada y se acobardó; ojalá no lo hubiera hecho, pues había algo atroz en ello. Sólo era Dainty, en definitiva. El cuchillo empezó a temblar—. Señora Sucksby —dije, dirigiéndome a ella—. Le han contado mentiras. Yo nunca… ¡Me han…, él y ella… me han encerrado! Y he tardado todo este tiempo…, ¡desde mayo!, en volver a su lado.
La señora Sucksby tenía la mano puesta en el corazón. Parecía tan sorprendida y asustada como si la estuviese apuntando a ella con el cuchillo. Miró a Ibbs y luego a Maud. Pareció que se reponía. Con un par de pasos ágiles recorrió la cocina y me echó los brazos al cuello.
—Querida niña —dijo.
Me apretó la cara contra el pecho. Algo duro me golpeó la mejilla. Era el broche de diamantes de Maud.
—¡Oh! —exclamé al notarlo. Y me debatí para soltarme—. ¡La ha engatusado con joyas! ¡Con joyas y mentiras!
—Querida niña —repitió la señora Sucksby.
Pero yo miré a Maud. Ella no se había asustado ni sobresaltado al verme, como todos los demás habían hecho; sólo, al igual que la señora Sucksby, se había puesto la mano en el corazón. Estaba vestida como una chica del barrio, pero tenía la cara fuera del alcance de la luz y los ojos en la sombra: su aspecto era bello y orgulloso. Pero le temblaba la mano.
—Eso es —dije cuando lo vi—. Tiemblas.
Ella tragó saliva.
—Habría sido mucho mejor que no vinieras, Sue —dijo—. Habría sido mucho mejor que te quedaras lejos.
—¡Bien puedes decirlo! —grité. Su voz había sido clara y dulce. Me acordé de que la había oído en sueños en el manicomio—. ¡Bien puedes decirlo tú, serpiente, víbora!
—¡Pelea de chicas! —exclamó John, aplaudiendo.
—¡Eh, eh! —dijo Ibbs. Había sacado un pañuelo y se estaba enjugando la frente. Miró a la señora Sucksby. Ella todavía me rodeaba con los brazos y yo no le veía la cara. Pero noté que aflojaba su presión mientras extendía la mano para arrebatarme el cuchillo de las manos.
—Caray, está muy afilado, ¿no? —dijo ella con una risa nerviosa. Con suavidad, depositó el cuchillo encima de la mesa. Me incliné y volví a cogerlo.
—¡No lo deje al alcance de ella! —dije—. Ah, señora Sucksby, ¡no sabe qué demonio es!
—Sue, escúchame —dijo Maud.
—Querida niña —repitió la señora Sucksby, interrumpiéndola—. Esto es increíblemente raro. Es tan… ¡Pero mírate! ¡Pareces un soldado profesional, ja, ja! —Se enjugó la boca—. ¿Por qué no te sientas y te calmas? ¿Mandamos a la señorita Lilly arriba, si su presencia te molesta, eh? Y aquí están John y Dainty: ¿y si también les pedimos que se vayan arriba?
—¡Que no se vayan! —grité cuando Dainty ya se había puesto en marcha—. ¡Ni ella ni ellos! —Agité el cuchillo—. Tú, John Vroom, quédate —dije. Y dirigiéndome a Ibbs y a la señora Sucksby—: ¡Irán a buscar a Caballero! ¡No se fíen de ellos!
—Ha perdido la chaveta —dijo John, levantándose de la silla. Le di un golpe en la manga.
—¡He dicho que te quedes! —grité.
Él miró a la señora Sucksby. Miró a Ibbs.
—Siéntate, hijo —dijo Ibbs con voz calmosa. John se sentó. Hice una señal a Charles.
—Ponte detrás de mí, al lado de esa puerta. No les dejes salir si intentan correr hacia la puerta.
Él se había quitado la gorra y mordía la cinta. Fue a la puerta, con la cara tan pálida, en la penumbra, que parecía brillar. John le miró y se rió.
—Déjale en paz —dije, en el acto—. Ha sido un amigo para mí, más de lo que tú fuiste nunca. Señora Sucksby, sin él no habría podido volver a esta casa. Nunca habría podido escapar… del manicomio.
Ella se puso los dedos en la mejilla.
—¿Conque te ha ayudado hasta ese punto? —dijo con los ojos clavados en Charles. Sonrió—. Entonces es un encanto, y desde luego que se lo pagaremos. ¿Verdad, Ibbs?
Ibbs no dijo nada. Maud se inclinó en su silla.
—Tienes que irte, Charles —dijo con su voz clara y baja—. Tienes que irte de aquí. —Me miró a mí con una expresión extraña—. Los dos tenéis que iros, antes de que Caballero vuelva.
Al oír esto fruncí el labio.
—Caballero —dije—. Caballero. Has aprendido muy rápido las costumbres del barrio.
Afluyó sangre a sus mejillas.
—He cambiado —murmuró—. No soy lo que era.
—No lo eres —dije.
Bajó los ojos. Se miró las manos. Y, como si se diera cuenta de que estaban descubiertas como si una de ellas no pudiese soportar la desnudez de la otra, las juntó torpemente. Se oyó el leve tintineo de metal: tenía en la muñeca dos o tres aros finos de plata, de los que a mí me gustaba llevar. Los sujetó para impedir que sonaran; luego levantó otra vez la cabeza y captó mi mirada. Dije, con un tono duro y sereno:
—¿No te bastaba con ser una dama y has tenido que venir al barrio para apoderarte de lo que es nuestro?
Ella no respondió.
—¿Y bien? —dije.
Ella intentó quitarse las pulseras.
—Tómalas —dijo—. ¡No las quiero!
—¿Crees que yo las quiero?
La señora Sucksby se adelantó, proyectando las manos hacia las de Maud.
—¡Déjaselas! —gritó. Su voz era ronca. Me miró y lanzó una risa forzada—. Querida niña —dijo, retrocediendo—, ¿qué es la plata en esta casa? ¿Qué es la plata, comparada con la alegría de verte la cara? —Se llevó una mano a la garganta y posó la otra en el respaldo de una silla. Apoyó todo su peso, y las patas de la silla rasparon el suelo—. Dainty —dijo—, tráeme un vasito de brandy, ¿quieres? Estas cosas me están descomponiendo.
Al igual que Ibbs, sacó un pañuelo y se lo pasó por la cara. Dainty le dio la bebida y ella dio un sorbo y se sentó.
—Ven a mi lado —me dijo—. Anda, suelta ese cuchillo. —Y, como vio que yo titubeaba—: ¿Qué, tienes miedo de la señorita Lilly? ¿Estando yo aquí, e Ibbs, y tu compañero Charles? Siéntate, anda.
Volví a mirar a Maud. Había pensado que era una víbora, pero, mientras traían y servían el brandy, la lámpara se había desplazado y a su luz vi lo delgada, pálida y cansada que estaba. Al oír el grito de la señora Sucksby se había quedado quieta, pero las manos le seguían temblando, y recostó la cabeza, como si le pesara, en el alto respaldo de su silla. Tenía la cara húmeda, y pegados a ella unos mechones de pelo. Sus ojos eran más oscuros de lo que debieran, y parecían relucir. Me senté y puse el cuchillo delante de mí. La señora Sucksby me cogió de la mano, y dije:
—Me han hecho mucho daño, señora Sucksby.
Ella meneó la cabeza, lentamente.
—Empiezo a verlo, querida —dijo.
—¡Dios sabe qué mentiras le habrán contado! La verdad es que ella estaba conchabada con él desde el principio. Entre los dos me obligaron a suplantar a Maud, y me encerraron en el manicomio, donde todo el mundo creía que yo era ella…
John silbó.
—Vaya traición —dijo—. Un buen trabajo, pero… ¡ah! —Se rió—. ¡Qué pipiola eres!
Que era lo que yo había sabido en todo momento que diría; pero ahora no parecía tener importancia. La señora Sucksby no me miraba a mí, sino a nuestras manos enlazadas. Me acariciaba el pulgar con el suyo. Pensé que la noticia la había conmocionado.
—Un mal asunto —dijo en voz baja.
—¡Peor que eso! —exclamé—. ¡Oh, peor, mucho peor! ¡Un manicomio, señora Sucksby! ¡Con enfermeras que me maltrataban y me mataban de hambre! ¡Una vez me pegaron tanto…! ¡Me sumergieron…, me metieron en un baño…!
Ella levantó la mano libre y se la puso delante de la cara.
—¡No sigas, querida! No digas más. No soporto oírlo.
—¿Te torturaron con pinzas? —preguntó John—. ¿Te pusieron una camisa de fuerza?
—Me pusieron un vestido a cuadros y unas botas de…
—¿De hierro?
Vacilé, y miré a Charles.
—Botas sin cordones —dije—. Pensaron que si me daban cordones me ahorcaría. Y el pelo…
—¿Te lo cortaron? —dijo Dainty, sentada, colocando una mano delante de la boca. Tenía en la comisura la marca de un moretón… de John, supuse—. ¿Te lo raparon?
Vacilé de nuevo, y dije:
—Me lo cosieron a la cabeza.
Los ojos de Dainty se llenaron de lágrimas.
—¡Oh, Sue! —dijo—. ¡Te juro que no hablaba en serio cuando te he llamado perra hace un momento!
—No te preocupes —dije—. Tú no lo sabías. —Me volví hacia la señora Sucksby y toqué la falda de mi vestido—. Robé este vestido. Y estos zapatos. Y he recorrido a pie casi todo el camino hasta Londres. Lo único en que pensaba era en volver aquí con usted. Porque peor que todas las crueldades que me hicieron en el manicomio era pensar en las mentiras que Caballero debía de haberle contado sobre dónde estaba yo. Al principio supuse que le habría dicho que yo había muerto.
Ella volvió a cogerme de la mano.
—Quizás él lo pensara —dijo.
—Pero sabía que usted pediría mi cuerpo.
—¡Desde luego! ¡Lo primero de todo!
—Intuí lo que diría. Diría que me había largado con el dinero y que les había engañado a todos.
—Es lo que dijo —saltó John. Se lamió los dientes—. Yo siempre dije que tú no tenías agallas.
Miré a la cara de la señora Sucksby.
—Pero yo sabía que usted no creería eso de su propia hija —dije. Me apretó más la mano—. Sabía que me buscaría hasta encontrarme.
—Querida niña, yo… ¡Oh, te habría encontrado al cabo de otro mes! Sólo que, verás, no dije nada de mi búsqueda ni a John ni a Dainty.
—¿Es cierto eso, señora Sucksby? —dijo Dainty.
—Lo es, querida. Mandé a un hombre, confidencialmente.
Se enjugó los labios. Miró a Maud. Pero Maud me estaba mirando a mí. Supongo que la lámpara que le iluminaba la cara alumbraba también la mía, porque de repente dijo, con voz suave:
—Pareces enferma, Sue.
Era la tercera vez que pronunciaba mi nombre. Al oírlo, y a mi pesar, pensé en las otras veces en que lo había hecho, tan suavemente como ahora, y sentí que me ruborizaba.
—Pareces destrozada —dijo Dainty—. Como si no hubieras dormido en una semana.
—No lo he hecho —dije.
—Entonces, ¿por qué no subes a tumbarte? —dijo la señora Sucksby, haciendo ademán de levantarse —. Y así mañana Dainty y yo subiremos a ponerte uno de tus antiguos vestidos y a arreglarte el pelo…
—¡No duermas aquí, Sue! —dijo Maud, adelantando el busto y extendiendo una mano hacia mí—. Es peligroso.
Recogí mi cuchillo y ella retiró la mano. Dije:
—¿Crees que no percibo un peligro? ¿Crees que, al mirarte, no veo peligro en tu cara falsa, con esa boca de actriz, y rubores mentirosos y dos ojos castaños traicioneros?
Las palabras me sabían a basura; sabía que eran atroces, pero tenía que escupirlas o tragarlas y asfixiarme. Sostuvo mi mirada y sus ojos no eran en absoluto pérfidos. Giré el cuchillo. La luz de la lámpara cayó sobre la hoja y ésta proyectó su filo en la mejilla de Maud.
—He venido a matarte —dije.
La señora Sucksby se removió en su asiento. Maud no apartó de mí el brillo de su mirada.
—Viniste a Briar para eso… —dijo.
Miré a otro lado y solté el cuchillo. De pronto me sentí cansada y enferma. Noté las caminatas, la minuciosa vigilancia. Nada era ahora como lo había pensado. Me volví hacia la señora Sucksby.
—¿Cómo puede quedarse sentada al oír lo que dice? —le pregunté—. ¿Cómo puede enterarse de la mala pasada que me ha hecho sin querer estrangularla?
Lo decía en serio y, sin embargo, sonaba a bravata. Paseé la mirada por la habitación.
—¿Y usted, Ibbs? —dije—. Dainty, ¿no te gustaría despedazarla en mi lugar?
—¡Que si me gustaría! —dijo Dainty. Le mostró el puño—. ¿Engañar a mi mejor amiga, eh? —le dijo a Maud—. ¿Encerrarla en un manicomio y que le cosieran el pelo?
Maud no dijo nada, pero volvió ligeramente la cabeza. Dainty agitó de nuevo el puño y por fin lo abatió. Me miró.
—Qué lástima, de todos modos, Sue. Que la señorita Lilly resulte ser una bribona, a fin de cuentas. ¿Y valiente? La semana pasada le calenté las orejas y no gritó ni una vez. Y ahora ha aprendido a deshacer puntadas, como si tal cosa…
—Vale, Dainty —dijo la señora Sucksby, apresuradamente.
Miré otra vez a Maud; su delicada oreja, de la que ahora vi que pendía una lágrima de cristal engarzada en un alambre dorado; sus rizos rubios; sus cejas morenas. Las pinzas le habían modelado dos hermosos arcos. Encima de su silla no lo había visto hasta aquel momento, pero parecía formar un conjunto completo con las lágrimas, los rizos y los arcos, los aros en su muñeca, encima de su silla colgaba de una viga una pequeña jaula de mimbre con un pájaro amarillo dentro. Sentí que me subían lágrimas a la garganta.
—Me has quitado todo lo que era mío —dije—. Me lo has quitado y lo has mejorado.
—Te lo he quitado —respondió— porque era tuyo. ¡Porque tuve que hacerlo!

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:52 am

—¿Por qué tuviste que hacerlo? ¿Por qué?
Ella abrió la boca para hablar. Pero al mirar a la señora Sucksby le cambió la cara.
—Por un impulso canalla —dijo, lapidariamente—. Por un impulso canalla. Porque tenías razón cuando has dicho que mi cara es falsa, que tengo boca de actriz, que mis rubores mienten, que mis ojos… Mis ojos… —Los dirigió a otra parte. Había empezado a levantar la voz. Volvió a bajar el tono—. Richard descubrió que, después de todo, tenemos que esperar a conseguir el dinero más tiempo del que pensábamos.
Cogió el vaso con las dos manos y apuró lo que quedaba dentro.
—¿No habéis cobrado el dinero?
Posó el vaso.
—Todavía no.
—Eso ya es algo, por lo menos —dije—. Cobraré mi parte. Me llevaré la mitad. ¿Me oye, señora Sucksby? Me darán la mitad de su fortuna, como mínimo. No tres mil libras míseras, sino la mitad. ¡Piense en lo que haremos con ella!
Pero yo no quería el dinero, y cuando hablé, mi voz me sonó odiosa. La señora Sucksby no dijo nada. Maud dijo:
—Tendrás lo que quieras. Te lo daré todo, absolutamente todo…, si te vas ahora mismo de aquí, antes de que Richard vuelva.
—¿Irme de aquí? ¿Porque tú lo dices? ¡Ésta es mi casa! Señora Sucksby…, señora Sucksby, ¡dígaselo usted!
Ella volvió a pasarse una mano por la cara.
—Verás, Susie —dijo, despacio—. La señorita Lilly quizás tenga razón. Si vamos a pensar en el dinero, puede que sea mejor que por ahora te mantengas alejada de Caballero. Primero deja que hable yo con él. ¡Me va a oír, te lo aseguro!
Dijo esto de una forma extraña, como desganada, tratando de esbozar una sonrisa, como lo habría dicho, pensé, si hubiera descubierto que Caballero le había timado dos o tres chelines en una partida de cartas. Supuse que estaba pensando en la fortuna de Maud y en el modo de repartirla. No pude evitar el deseo de que el dinero, en definitiva, no significase nada para ella. Dije:
—¿Me obligará a marcharme? —Estas palabras fueron pronunciadas en un susurro. Aparté la vista de ella e inspeccioné la cocina: el viejo reloj holandés en la estantería y los cuadros en las paredes. En el suelo, junto a la puerta que daba a la escalera, estaba el orinal blanco de porcelana que había en mi cuarto, con su ojo negro pintado, que alguien habría bajado para limpiarlo y luego había olvidado. Yo no lo habría olvidado. En la mesa, debajo de mi mano, había un corazón: yo lo había tallado en la madera el verano anterior. Entonces yo era como una niña. Había sido como una criatura… Miré alrededor de nuevo. ¿Por qué no había bebés? La cocina estaba silenciosa. Todo el mundo callaba y me miraba—. ¿Hará que yo me vaya y que ella se quede? —le dije. Mi voz era entrecortada como la de un chico—. ¿Va a confiar en que ellos no me pongan en manos del doctor Christie? ¿Le… le pondrá vestidos, le quitará los alfileres del pelo, le dejará dormir a su lado en mi cama mientras yo duermo en una… que tiene pelos rojos?
—¿Dormir a mi lado? —dijo la señora Sucksby—. ¿Quién te ha dicho eso?
—¿Pelos rojos? —dijo John.
Pero Maud había levantado la cabeza y su mirada era ahora penetrante.
—¡Nos has espiado! —dijo. Y cuando se lo hubo pensado, añadió—: ¡Por el postigo!
—Te he espiado —respondí con mayor firmeza—. ¡Te he espiado, araña, robándome todo lo que es mío! ¡Dios te maldiga, prefieres hacer eso que dormir con tu propio marido!
—¿Dormir con… con Richard? —Parecía atónita—. ¿No creerás…?
—Susie —dijo la señora Sucksby, colocando una mano sobre mí.
—Sue —dijo Maud al mismo tiempo, inclinándose sobre la mesa y también extendiendo una mano hacia mí—. ¿No creerás que él significa algo para mí? ¿No creerás que es mi marido en algo más que el nombre? ¿No sabes que le odio? ¿No sabías cómo le odiaba en Briar?
—¿Ahora vas a decirme —dije con una especie de desprecio trémulo— que hiciste lo que hiciste sólo porque él te obligó?
—¡Me obligó! Pero no de la manera que tú piensas.
—¿Pretendes decir que no eres una estafadora redomada?
—¿Y tú no lo eres? —dijo ella.
Y nuevamente me sostuvo la mirada; y de nuevo me sentí casi avergonzada y desvié la vista. Al cabo de un momento, dije, con más calma:
—Me resultó odioso. No sonreí, con él, cuando nos dabas la espalda.
—¿Y tú crees que yo lo hice?
—¿Por qué no? Eres una actriz. ¡Ahora estás actuando!
—¿Sí?
Lo dijo sin apartar la mirada de mi cara y con la mano todavía extendida hacia la mía, en un intento fallido de tomarla. La luz caía sobre nosotras y el resto de la cocina estaba casi a oscuras. Le miré los dedos. Tenían huellas de tierra, o de magulladuras. Dije:
—Si le odiabas, ¿por qué lo hiciste?
—No había otro medio —dijo—. Tú viste cómo vivía. Te necesitaba para ser yo misma.
—¡Y así poder venir aquí y ser yo! —Ella no respondió. Dije—: Podríamos haberle engañado. Si me lo hubieras dicho. Podríamos…
—¿Qué?
—Cualquier cosa. Algo. No sé qué…
Meneó la cabeza.
—¿A cuánto habrías renunciado? —preguntó en voz baja.
Su mirada era oscura, aunque al mismo tiempo serena y sincera, pero de repente me percaté de que la señora Sucksby y John, y Dainty, e Ibbs, de que todos observaban, en silencio y curiosos, pensando: Qué es esto… Y en aquel momento miré dentro de mi corazón cobarde y supe que por Maud no habría renunciado a nada, a nada en absoluto; y que prefería morir que verme avergonzada ahora por ella.
Alargó otra vez la mano. Sus dedos me rozaron la muñeca. Cogí el cuchillo y le asesté un tajo.
—¡No me toques! —dije al hacerle el corte. Me puse en pie—. ¡Que no me toque ninguno de vosotros! —Mi voz era histérica—. ¡Ninguno! ¿Me habéis oído? Vuelvo aquí creyendo que es mi casa y ahora queréis echarme otra vez. ¡Os odio a todos! ¡Ojalá me hubiera quedado en el campo!
Miré las caras, una tras otra. Dainty se había echado a llorar. John estaba sentado boquiabierto y asombrado. Ibbs se había puesto la mano en la mejilla. Maud atendía a sus dedos ensangrentados. Charles temblaba. La señora Sucksby dijo:
—Sue, deja ese cuchillo. ¿Echarte? ¡Qué idea! Yo…
Entonces se calló. Charley Wag había alzado la cabeza. De la tienda de Ibbs llegaba el sonido de una llave girando en la cerradura. Se oyeron puntapiés de botas, seguidos de un silbido.
—¡Caballero! —dijo. Miró a Maud, a Ibbs, a mí. Se levantó y se inclinó para cogerme del brazo—. Sue —dijo, mientras lo intentaba; hablaba casi en un susurro—, Susie, cariño, sube conmigo…
Pero en vez de responderle sujeté con más firmeza el cuchillo. Charley Wag lanzó un ladrido débil y Caballero, al oírle, le respondió con otro. Volvió a silbar, los compases de un vals perezoso, y le oímos recorrer el pasillo y le miramos cuando empujó la puerta. Creo que estaba borracho. Tenía el sombrero torcido, las mejillas muy rosas y la boca en forma de una O perfecta. Tambaleándose un poco, recorrió con la mirada el cuarto y escudriñó la penumbra. El silbido murió en sus labios. Los puso rectos y se los lamió.
—Vaya —dijo—, aquí está Charles. —Guiñó un ojo. Luego me miró a mí y al cuchillo—. Vaya, y aquí está Sue. —Se quitó el sombrero y empezó a desatarse del cuello el pañuelo escarlata—. Supuse que vendrías. Un día más y habría estado preparado. Acabo de recoger una carta de ese idiota de Christie. ¡Se arrastraba por el suelo al comunicarme que te habías fugado! Creo que pensaba capturarte antes de darme la noticia. ¡Mala publicidad cuando diriges un manicomio de mujeres!
Metió el pañuelo dentro del sombrero y lo dejó caer. Sacó un cigarro.
—Eres jodidamente frío —dije. Yo estaba temblando—. La señora Sucksby y el señor Ibbs ya lo saben todo.
Se rió.
—Me figuro que sí.
—¡Caballero! —dijo la señora Sucksby—. Escúchame. Sue nos ha contado cosas horribles. Quiero que te vayas.
—¡No le deje que se vaya! —dije—. ¡Irá a buscar al doctor Christie! —Blandí el cuchillo—. ¡Deténle, Charles!
Caballero había encendido su cigarro, pero aparte de eso no se había movido. Se volvió para mirar a Charles, que había dado un par de pasos dubitativos hacia él. Puso la mano en el pelo de Charles.
—Con que sí, Charley.
—Por favor, señor —dijo Charles.
—Has descubierto que soy un maleante.
A Charles empezaron a temblarle los labios.
—¡Se lo juro por Dios, señor Rivers, que nunca lo he pensado!
—Bueno, bueno —dijo Caballero. Acarició la mejilla de Charles. Ibbs emitió un soplido con los labios. John se puso de pie y miró alrededor como si no supiera por qué se había levantado. Se puso rojo.
—Siéntate, John —dijo la señora Sucksby.
John se cruzó de brazos.
—Me quedo de pie si quiero.
—Siéntate o te zurro.
—¡A mí! —dijo, con voz ronca—. ¡Déles a esos dos! —Señaló a Caballero y a Charles. La señora Sucksby dio dos pasos rápidos y le golpeó. Le pegó fuerte. Él se llevó las manos a la cabeza y la miró por entre los codos—. ¡Vieja vaca! —dijo—. Me ha estado pegando desde el día en que nací. ¡Si me toca otra vez se va a enterar!
Le ardían los ojos de furia cuando dijo esto, pero luego se le llenaron de lágrimas y empezó a lloriquear. Fue hasta la pared y le largó una patada. Charles se estremeció y lloró más fuerte. Caballero miró a un chico, luego al otro y después a Maud, con un asombro fingido.
—¿Es culpa mía que los niños lloren? —dijo.
—¡Que te jodan, no soy un niño! —dijo John.
—¿Te quieres callar? —dijo Maud, con su voz clara y baja—. Charles, ya basta.
Charles se sorbió la nariz.
—Sí, señorita.
Caballero se apoyó en el quicio de la puerta, fumando todavía.
—Así que, Suky, ahora lo sabes todo —dijo.
—Sé que eres un sucio estafador —dije—. Pero eso ya lo sabía hace seis meses. Fui una estúpida por confiar en ti, eso es todo.
—Querida niña —dijo la señora Sucksby, con los ojos clavados en la cara de Caballero—. Querida, los estúpidos fuimos Ibbs y yo, por dejarte.
Caballero se había retirado el cigarro de la boca para soplarle la punta. Al oír a la señora Sucksby y cruzarse sus miradas, permaneció inmóvil durante un segundo, antes de llevárselo a los labios. Miró a otro lado, se rió con una risa como incrédula y movió la cabeza.
—Dios santo —dijo en voz baja. Pensé que la señora Sucksby le había puesto en evidencia.
—Muy bien —dijo ella—. Muy bien. —Levantó las manos. Estaba en la postura de un hombre en una balsa: como si tuviera miedo de caer al agua si hacía un movimiento demasiado brusco—. Ahora ya no más histerismo. John, no pongas esos morros. Sue, deja el cuchillo, por favor, te lo suplico. Nadie va a sufrir daño. Ibbs. Señorita Lilly. Dainty. Charles, el amigo de Sue, querido…, sentaos. Caballero. Caballero.
—Señora Sucksby —dijo él.
—Nadie va a sufrir daño. ¿De acuerdo?
Me lanzó una mirada.
—Díselo a Sue —dijo él—. Me mira con ojos de asesina. En estas circunstancias, no me hace ninguna gracia.
—¿Circunstancias? —dije—. ¿Te refieres a haberme encerrado en un manicomio para que me pudriera allí? ¡Te voy a cortar esa puta cabeza!
Él entrecerró los ojos, hizo una mueca.
—¿Sabías que tu voz tiene a veces un tono plañidero? —dijo—. ¿No te lo ha dicho nadie?
Le lancé una estocada, pero lo cierto era que yo estaba aún desconcertada, mareada y cansada, y la acometida fue débil. Miró, sin amedrentarse, cómo yo le ponía la punta del cuchillo delante del corazón. Entonces tuve miedo de que la hoja temblara y él se diese cuenta. Bajé el cuchillo. Lo deposité encima de la mesa, en el borde, justo fuera del círculo de luz que proyectaba la lámpara.
—¿No es mejor así? —dijo la señora Sucksby.
John se había enjugado las lágrimas, pero tenía la cara sombría, más oscura en una mejilla que en la otra, donde le había pegado la señora Sucksby. Miró a Caballero, pero hizo una seña hacia mí.
—Acaba de abalanzarse contra la señorita Lilly —dijo—. Ha dicho que ha venido a matarla.
Caballero miró a Maud, que se había vendado con un pañuelo los dedos ensangrentados, y dijo:
—Me habría gustado verlo.
John asintió.
—Quiere la mitad de la fortuna.
—¿Ah, sí? —dijo Caballero, muy despacio.
—¡Cállate, John! —dijo la señora Sucksby—. Caballero, no le hagas caso. Sólo quiere armar camorra. Ella ha dicho la mitad, pero la pasión hablaba por ella. No está en sus cabales. No… —Se puso una mano en la frente y paseó una mirada rara por la habitación; me miró a mí, a Maud. Se apretó los dedos contra los ojos—. ¡Si tuviera un momento para pensar! —dijo.
—Piense —dijo Caballero con una calma agria—. Estoy impaciente por saber con qué nos va a salir ahora.
—Yo también —dijo Ibbs. Lo dijo en voz baja. Caballero captó su mirada y alzó una ceja.
—Peliagudo, ¿no le parece, señor?
—Demasiado —dijo Ibbs.
—¿Le parece?
Ibbs asintió. Caballero dijo:
—¿Cree que si me voy sería más fácil?
—¿Está loco? —dije—. ¿No ve que sigue siendo capaz de hacer cualquier cosa por el dinero? ¡No le deje marchar! Irá a buscar al doctor Christie.
—No le deje marchar —dijo Maud a la señora Sucksby.
—No se te ocurra irte a ningún sitio —dijo la señora Sucksby a Caballero.
El se encogió de hombros, y se le subieron los colores.
—¡Hace un minuto quería que me marchara!
—He cambiado de opinión.
Ella miró a Ibbs, quien miró a otro lado. Caballero se quitó la chaqueta.
—Cojones —dijo, al quitársela, y se rió de un modo nada agradable—. Hace demasiado calor para un trabajo como éste.
—¡Que te jodan! —dije—. Puto canalla. Haces todo lo que te dice la señora Sucksby, ¿eh?
—Como tú —respondió, colgando la chaqueta en una silla.
—Sí.
Resopló.
—Pobre hija de perra.
—Richard —dijo Maud. Se había puesto de pie y estaba inclinada sobre la mesa—. Escúchame. Piensa en todas las canalladas que has hecho hasta ahora. Esta será la peor, y no ganarás nada.
—¿Hay algún modo de ganar algo? —dijo John.
Pero Caballero volvió a resoplar.
—Dime —le dijo a Maud— cuándo has aprendido a ser educada. ¿Qué te importa a ti lo que sepa Sue? Caramba, ¡qué colorada te pones! ¿No será eso, todavía? ¿Y miras a la señora Sucksby? ¡No digas que te importa lo que ella piense! Vaya, eres tan mala como Sue. ¡Mira cómo tiemblas! Ten más coraje, Maud. Piensa en tu madre.
Maud se había colocado la mano en el corazón. Dio un brinco, como si él la hubiera pinchado. Al ver esto, él se rió. Luego miró a la señora Sucksby. Ella también había dado un respingo al oír lo que había dicho Caballero y, como Maud, se puso la mano en el pecho, debajo del broche de diamantes. Notó que él la observaba, lanzó una rápida mirada a Maud y dejó caer la mano. La risa de Caballero murió en sus labios. Se quedó muy quieto.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:52 am

—¿Qué es esto? —dijo.
—¿Qué es qué? —dijo John.
—Vamos —dijo la señora Sucksby, moviéndose—. Dainty…
—¡Oh! —dijo Caballero—. ¡Oh!
Observó a la señora Sucksby mientras ella rodeaba la mesa. Él desvió la mirada, de un modo agitado, en dirección a Maud, con un arrebol creciente en la cara. Se llevó la mano al pelo y se lo retiró de la frente.
—Ahora veo —dijo. Se rió; la risa se le cortó bruscamente—. ¡Ah, ahora entiendo!
—No entiendes nada —dijo Maud, dando un paso hacia él, pero mirándome a mí—. No ves nada, Richard.
Meneó la cabeza hacia ella.
—¡Qué idiota he sido, por no haberlo adivinado antes! ¡Ah, es maravilloso! ¿Desde cuándo lo sabes? ¡No me extraña que patalearas y maldijeras! ¡No me extraña que estuvieras de morros! ¡No me extraña que ella te lo consintiera! Eso siempre me había maravillado. Pobre Maud. —Se rió con ganas—. ¡Y, ah, pobre señora Sucksby!
—¡Ya basta! —dijo ésta—. ¿Me oyes? ¡No permitiré que se hable de esto!
Ella también dio un paso hacia él.
—Pobre —repitió él, sin dejar de reírse. Luego dijo—: Señor, Ibbs, ¿usted también lo sabía?
Ibbs no contestó.
—¿Saber qué? —preguntó John, con los ojos como dos puntos oscuros. Me miró—. ¿Saber qué?
—No lo sé —dije.
—No sabes nada —dijo Maud—. ¡Nada de nada!
Seguía avanzando lentamente, sin despegar los ojos que ahora parecían casi negros y brillaban más que nunca ni un instante de la cara de Caballero. Vi que ella apoyaba la mano en el borde oscuro de la mesa, como para orientarse. La señora Sucksby también lo vio. Quizás viese algo más, porque se sobresaltó y habló velozmente.
—Susie —dijo—. Quiero que te vayas. Coge a tu amigo y vete.
—No voy a ninguna parte —dije.
—No, Susie, tú te quedas —dijo Caballero en un tono tajante—. No importa lo que quiera la señora Sucksby. Ya le has hecho caso demasiadas veces. ¿Qué son ellos para ti, al fin y al cabo?
—Richard —dijo Maud, casi suplicante.
—Caballero —dijo la señora Sucksby, sin apartar la vista de Maud—. Querido, ¿por qué no te estás callado? Tengo miedo.
—¿Miedo? —respondió él—. ¿Usted? Yo creí que no había conocido el miedo en toda su vida. Estoy seguro de que su viejo corazón curtido late con toda tranquilidad ahora, debajo de su viejo pecho curtido y duro.
Al oír estas palabras, torció el gesto. Levantó una mano hasta el corpiño de su vestido.
—¡Tócalo! —dijo, moviendo los dedos—. ¡Siente esta palpitación y luego dime si tengo miedo!
—¿Tocar eso? —dijo él, mirando de reojo el busto—. Creo que no. —Sonrió—. Pero le puede pedir a su hija que lo haga. Ella tiene práctica.
No puedo decir con certeza qué ocurrió a continuación. Sé que al oír sus palabras di un paso hacia él con intención de pegarle o de obligarle a callar. Sé que Maud y la señora Sucksby se me adelantaron. No sé si ésta, cuando se abalanzó, lo hizo sobre él o solamente sobre Maud, al ver que Maud atacaba. Sé que hubo el resplandor de algo brillante, arrastrar de zapatos, el frufrú de tafetán y de seda, la respiración desbocada de alguien. Creo que chirrió una silla o fue derribada al suelo. Sé que Ibbs gritaba. «¡Gracia, Gracia!», gritaba y, aun en medio de todo aquel revuelo, me pareció que era una exclamación muy extraña; hasta que comprendí que era el primer nombre de la señora Sucksby, que nosotros no habíamos oído emplear nunca. De modo que cuando sucedió yo estaba mirando a Ibbs. No vi cuando Caballero comenzó a tambalearse. Pero le oí gemir. Era un gemido suave.
—¿Me habéis herido? —dijo con una voz rara.
Entonces miré. Él suponía que era sólo una cuchillada. Creo que yo también lo supuse. Se había puesto las manos encima del abdomen y estaba encorvado, como si apaciguara el dolor del golpe. Maud permaneció un momento ante él, pero enseguida se retiró y, mientras lo hacía, oí que algo caía, aunque no sabría decir si de su mano, de la de Caballero o de la mano de la señora Sucksby. Ésta era la que estaba más cerca de él. Sin duda era la más próxima. Le rodeó con el brazo y, cuando él se combó, ella cargó con su peso a cuestas y lo sostuvo.
—¿Me habéis herido? —repitió él.
—No lo sé —dijo ella.
Creo que nadie lo sabía. La ropa de Caballero era oscura, y el vestido de la señora Sucksby era negro, y estaban a oscuras y era difícil ver. Pero al final él separó una mano del chaleco y se la puso delante de la cara, y entonces vimos que la sangre oscurecía la blancura de su palma.
—¡Dios mío! —dijo entonces.
Dainty chilló.
—¡Traed una luz! —dijo la señora Sucksby. - ¡Traed una luz!
John cogió la lámpara y la sostuvo en alto, temblando. La sangre oscura se tornó de pronto púrpura. Empapaba el chaleco y el pantalón de Caballero, y el vestido de tafetán de la señora Sucksby estaba rojo y goteaba donde había estado en contacto con el cuerpo herido. Yo nunca había visto una hemorragia tan copiosa. Una hora antes, había hablado de asesinar a Maud. Había afilado el cuchillo. Lo había dejado encima de la mesa. Ahora no estaba ya en su sitio. Nunca había visto un chorro de sangre así. Me estaba mareando.
—¡No! —dije—. ¡No, no!
La señora Sucksby agarró a Caballero del brazo.
—Quita la mano —le dijo. El todavía se sujetaba el estómago.
—No puedo.
—¡Quita la mano!
Ella quería ver si la herida era profunda. El gesticuló y soltó los dedos. De un corte en su chaleco brotó una burbuja como una burbuja de jabón, pero de un rojo vivo y luego un chorro de sangre que cayó y salpicó el suelo con una salpicadura ordinaria, como la que haría el agua o el jabón. Dainty volvió a gritar. La luz se bamboleaba.
—¡Joder! ¡Joder! —dijo John.
—Siéntale en una silla —dijo la señora Sucksby—. Trae un paño para el corte. Trae algo para parar la sangre. Trae algo, cualquier cosa…
—Ayúdeme —dijo Caballero—. Ayúdeme, ¡oh, Cristo!
Le desplazaron, a trancas y barrancas, en medio de gruñidos y suspiros. Le sentaron en una silla de respaldo alto. Yo miraba cómo lo hacían; paralizada de horror, supongo, aunque ahora me avergüence de no haber hecho nada. Ibbs descolgó una toalla de un gancho en la pared y la señora Sucksby se arrodilló al lado de Caballero y se la prensó contra la herida. La sangre brotaba cada vez que él se movía o quitaba la mano del estómago.
—Trae un cubo o una olla —dijo la señora Sucksby de nuevo y, al final, Dainty fue corriendo a la puerta, cogió el orinal que alguien había dejado allí, volvió con él y lo depositó junto a la silla.
Lo peor de todo era el sonido de la sangre chocando con la porcelana, y su color rojo en contraste con el orinal blanco y el ojo grande y oscuro que había pintado en él. Al oír la caída de la sangre, Caballero se atemorizó.
—¡Oh, Cristo! —repitió—. ¡Oh, Cristo, me estoy muriendo! —Gemía entre palabras, con un estremecimiento y un castañeteo que no podía evitar ni detener—. ¡Oh, Jesucristo, sálvame!
—Vamos, vamos —dijo la señora Sucksby, tocándole la cara—. Sé valiente. He visto a mujeres perder tanta sangre como ésta en un parto y vivir para contarlo.
—¡No como ésta! —dijo él—. ¡No como ésta! Tengo un tajo. ¿Es muy grande? ¡Oh, Cristo! Necesito un médico, ¿no?
—Tráele licor —le dijo la señora Sucksby a Dainty, pero Caballero meneó la cabeza.
—Licor no. Tabaco. Aquí, en mi bolsillo.
Hundió la barbilla en el chaleco y John rebuscó en los pliegues y sacó un paquete de cigarrillos y una caja de cerillas. La mitad de los cigarros estaban empapados de sangre, pero encontró uno que estaba seco, lo prendió en su propia boca y lo puso en la de Caballero.
—Buen chico —dijo él, tosiendo. Pero al hacer una mueca se le cayó el cigarro. John lo recogió con dedos temblorosos y se lo volvió a colocar entre los labios. Caballero tosió de nuevo. Entre sus manos rezumó más sangre. La señora Sucksby llevó la toalla aparte y la retorció, como si estuviera llena de agua. Caballero empezó a temblar.
—¿Cómo ha ocurrido esto? —dijo. Yo miré a Maud. No se había movido desde que, al verle caer, dio un paso atrás. Había permanecido tan inmóvil como yo, con los ojos fijos en la cara de Caballero—. ¿Cómo ha podido ocurrir? —Miró ferozmente a su alrededor: a John, a Ibbs, a mí—. ¿Por qué estáis ahí mirando? Traed a un médico. ¡Traed a un médico!
Creo que Dainty dio un paso. Ibbs la cogió del brazo.
—Aquí no quiero médicos —dijo con firmeza—. No quiero a esa gente en esta casa.
—¿A esa gente? —gritó Caballero. Se le cayó el cigarro—. ¿Qué está diciendo? ¡Míreme! ¡Cristo! ¿No conoce a alguno de fiar? ¡Míreme! ¡Me estoy muriendo! Señora Sucksby, usted me quiere. Traiga a un hombre, se lo ruego.
—Querido, no te muevas —dijo ella, todavía apretando la toalla contra el tajo. Él gritaba de dolor y de miedo.
—¡Malditos! ¡Perras! John…
John posó la lámpara y se llevó la mano a los ojos. Estaba llorando e intentaba ocultarlo.
—John, ¡ve a buscar a un médico! ¡Johnny! ¡Te pagaré! ¡Cojones! —Manó más sangre. Ahora tenía la cara blanca, y las patillas negras pero veteadas, aquí y allá, de rojo, y las mejillas le relucían como grasa.
John movió la cabeza.
—¡No puedo! ¡No me lo pida!
Caballero se volvió hacia mí.
—¡Suky! —dijo—. Suky, me han matado…
—Nada de cirujanos —dijo Ibbs cuando le miré—. Si viene uno, estamos aviados.
—Sáquele a la calle —dije—. ¿No puede sacarle? Llame a un médico en la calle.
—Tiene un corte muy grave. Mírale. Le meterían aquí. Sangra demasiado.
Así era. La sangre casi había llenado el orinal. Los gemidos de Caballero se hacían cada vez más débiles.
—¡Malditos! —dijo con voz suave. Se había echado a llorar—. ¿Quién de aquí quiere ayudarme? Tengo dinero, lo juro. ¿Quién de aquí? ¿Maud?
Maud estaba casi tan pálida como él, y tenía los labios blanquísimos.
—¿Maud? ¿Maud? —dijo él.
Ella movió la cabeza. Después dijo, en un susurro:
—Lo siento. Lo siento.
—¡Dios te maldiga! ¡Ayúdame! ¡Oh! —Tosió. Junto con la baba, le salió de la boca una hebra carmesí; y, un momento después, un chorro de sangre. Alzó hacia él una mano débil, vio el rojo fresco en sus dedos y su expresión se tornó salvaje. Estiró la mano hasta fuera del círculo de luz y empezó a debatirse, como queriendo incorporarse de la silla. Quiso tocar a Charles—. ¡Charley! —dijo, y un borboteo de sangre envolvió la palabra. Aferró el chaquetón de Charles y trató de empujarle hacia él. Pero Charles se resistió. Había permanecido todo aquel tiempo en la penumbra, con una expresión de terror fijo y espantoso en la cara. Al ver ahora las burbujas en los labios y las patillas del herido, la mano roja y resbaladiza que le agarraba del áspero cuello azul del chaquetón, se escabulló como una liebre. Se dio media vuelta y echó a correr. Corrió por el camino por donde yo le había traído: el pasillo hasta la tienda de Ibbs, y antes de que pudiéramos llamarle o darle alcance para retenerle, oímos que abría la puerta de golpe y aullaba, como una chica, en Lant Street:
—¡Asesinato! ¡Socorro! ¡Socorro! ¡Asesinato!
Al oír esto, todos, excepto la señora Sucksby y Maud, nos echamos atrás. John se dirigió a la tienda.
—¡Demasiado tarde! —dijo Ibbs—. ¡Demasiado tarde! —Levantó la mano. John aguzaba el oído.
Había entrado un remolino de viento caliente por la puerta abierta de la tienda, y transportaba consigo lo que al principio creímos que era el eco del alarido de Charles; luego el sonido se volvió más recio, y comprendí que era un grito de respuesta, quizás desde la ventana de una casa vecina. En un segundo se le sumó otro. Luego se le unió el peor ruido de todos para nosotros: el de un traqueteo, que crecía y se apagaba en las rachas de viento, y que se aproximaba.
—¡Los azules! —dijo John. Se volvió y se dirigió hacia Dainty—. ¡Dainty, corre! —dijo. Ella se quedó quieta un segundo y luego, mientras corría hacia la salida trasera, fue abriendo cerrojos—. ¡Adelante! —dijo él, cuando ella miró atrás. Pero él no la acompañó. Al contrario, volvió adonde estaba Caballero—. Podríamos transportarle —dijo a la señora Sucksby. John me miró a mí y luego a Maud—. Podríamos transportarle entre todos, si nos damos prisa.
La señora Sucksby movió la cabeza. La de Caballero colgaba sobre el pecho. La sangre burbujeaba todavía en sus labios; las burbujas reventaban y volvían a formarse.
—Sálvate tú —le dijo la señora Sucksby a John—. Llévate a Sue.
Pero él no se fue, y yo sabía y todavía sé que si se hubiera ido yo no le habría seguido. Era como si un hechizo me retuviese allí. Miré a Ibbs. Había corrido hasta la pared junto al brasero y, mientras yo le observaba, quitó uno de los ladrillos. Sólo más adelante descubrí que guardaba allí dinero, secretamente, en una pitillera vieja. Se la guardó dentro del chaleco. Empezó a mirar en derredor, la loza, los cuchillos y los tenedores, los adornos de las estanterías: buscaba todo lo que pudiera causar su perdición. No miró a Caballero ni a la señora Sucksby. Tampoco me miró a mí; hubo un momento en que se me acercó y me apartó a un lado para alcanzar una taza de porcelana, y cuando la tuvo en la mano salió pitando hacia la puerta. Cuando Charlie Wag se levantó y lanzó un ladrido ahogado, Ibbs le dio una patada.
Entretanto, el sonido de gritos y traqueteo se aproximaba. Caballero levantó la cabeza. Tenía sangre en la barba, en la mejilla, en el rabillo del ojo.
—¿Oye eso? —dijo, débilmente.
—Sí, querido, lo oigo —dijo la señora Sucksby. Seguía arrodillada a su lado.
—¿Qué sonido es?
Ella le tomó las manos con las suyas, rojas.
—El sonido de la suerte —dijo.
Me miró a mí, y luego a Maud.
—Podéis huir.
Yo no dije nada. Maud negó con la cabeza.
—No de esto —respondió—. No ahora.
—¿Sabes lo que viene después?
Ella asintió. La señora Sucksby volvió a mirarme, miró de nuevo a Maud y cerró los ojos. Suspiró, como cansada.
—Haberte perdido una vez, querida mía —dijo—. Y ahora volver a perderte…
—¡No me perderá! —grité; y ella abrió mucho los ojos y sostuvo mi mirada un instante, como si no comprendiera. Miró a John, que tenía ladeada la cabeza.
—¡Aquí vienen! —dijo él.
Ibbs, al oírle, salió corriendo; pero no fue más lejos que el oscuro y pequeño traspatio, donde un policía le echó el guante y le trajo de vuelta a la casa; para entonces, otros agentes habían llegado a la cocina pasando por la tienda. Miraron a Caballero, el orinal lleno de sangre y algo que no habíamos pensado en recoger o esconder el cuchillo, al que un puntapié había arrojado a la penumbra y cuya hoja estaba manchada de sangre, y movieron la cabeza: es lo que suele hacer la policía cuando ve cosas así en el barrio.
—Un asunto feo, ¿eh? —dijeron—. Pero que muy feo. Veamos hasta qué punto.
Cogieron a Caballero por el pelo, le echaron hacia atrás la cabeza y le tomaron el pulso en el cuello. A continuación dijeron:
—Esto es un sucio asesinato. ¿Quién ha sido?
Maud se movió, o dio un paso. Pero John se movió más aprisa.
—Ha sido ella —dijo, sin vacilación. Tenía más morado que antes el punto de la mejilla donde había recibido el golpe. Levantó el brazo y señaló—. Lo ha hecho ella. Yo la he visto.
Señaló a la señora Sucksby. Yo le vi y le oí, pero no pude intervenir. Dije solamente: «¿Qué?», y creo que Maud también exclamó: «¿Qué?» o «¡Espera!». Pero la señora Sucksby se levantó de donde estaba, al lado de Caballero. Su vestido de tafetán estaba empapado de sangre, y el broche de diamantes en su pecho se había convertido en un broche de rubíes. Tenía las manos rojas desde la yema de los dedos hasta la muñeca. Parecía el retrato de una asesina en un periodicucho de un penique.
—He sido yo —dijo—. Dios sabe que ahora lo lamento, pero lo he hecho yo. Estas chicas son inocentes, no saben una palabra de esto y no han hecho daño a nadie.

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Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:53 am

Mi nombre, en aquellos tiempos, era Susan Trinder. Ahora todo aquello ha terminado. La policía nos detuvo a todos, salvo a Dainty. Nos llevaron a todos y nos tuvieron en un calabozo mientras desmantelaban la cocina de Lant Street en busca de pruebas, montones de dinero y mercancía de peristas. Nos encerraron en celdas separadas, y todos los días venían a hacerme las mismas preguntas.
—¿Qué sabes del asesinado?
Dije que era amigo de la señora Sucksby.
—¿Llevas mucho tiempo en Lant Street?
Dije que había nacido allí.
—¿Qué viste la noche del crimen?
Aquí, sin embargo, siempre dudaba. A veces me parecía que había visto a Maud empuñar el cuchillo; otras, me parecía recordar que la había visto utilizarlo. Sé que la vi tocar el tablero de la mesa, sé que vi el brillo de la hoja. Sé que se apartó cuando Caballero empezó a tambalearse. Pero la señora Sucksby también había estado allí y se había movido más deprisa que nadie, y algunas veces creía que era su mano la que yo recordaba haber visto proyectarse como un rayo… Al final dije la verdad escueta: que no sabía lo que había visto. Daba lo mismo, en definitiva. Tenían el testimonio de John Vroom y la propia confesión de la señora Sucksby. No me necesitaban. Al cuarto día de nuestra detención, me soltaron. A los demás los tuvieron más tiempo.
A Ibbs le hicieron comparecer ante el juez. El juicio duró media hora. Le condenaron, después de todo, no por el botín que había dejado por toda la cocina era demasiado bueno quitando etiquetas y eliminando sellos, sino por culpa de algunos de los billetes que había en la pitillera. Eran billetes marcados. Resultó que la policía había estado vigilando desde hacía más de un mes el negocio de la tienda, y al final habían obligado a Phil quien, como quizás recuerden, había jurado que bajo ningún concepto pasaría otra temporada entre rejas a endosarle a Ibbs los billetes delatores. Ibbs fue declarado culpable de traficar con objetos robados, y le recluyeron en Pentonville. Conocía, por supuesto, a muchos de los presos que había allí, y cabía suponer que no lo pasaría nada mal entre ellos, pero ahí estaba lo más curioso: los rateros y atracadores que en la calle le habían estado tan agradecidos por obtener de él un chelín de más ahora se le pusieron totalmente en contra, y creo que Ibbs lo pasó muy mal. Fui a visitarle una semana después de que le encarcelaran. Me vio y se tapó la cara con las manos, y estaba, en general, tan cambiado y abatido, y me miraba de una forma tan extraña, que no pude soportarlo. No volví a visitarle.
Su hermana, la pobre, fue descubierta por la policía en su cama de Lant Street, mientras registraban toda la casa. Todos nos habíamos olvidado de ella. La internaron en un pabellón de un hospital parroquial. La mudanza, sin embargo, le provocó una conmoción excesiva para ella, y se murió. A John Vroom no pudieron endilgarle ningún delito, excepto el antiguo de robar perros. Le cayeron seis noches en Tothill Fields y una tanda de azotes. Decían que inspiraba tanta aversión en la cárcel, que los celadores jugaron a las cartas para decidir quién tendría que azotarle; que, para divertirse, le propinaron uno o dos azotes más de los doce prescritos, y que, después, lloraba como un niño. Dainty fue a buscarle a la puerta de la cárcel y él le largó un puñetazo y le dejó un ojo morado. Gracias a él, no obstante, ella había escapado de Lant Street.
No volví a hablar nunca con él. Alquiló en otra casa una habitación para él y para Dainty y no se cruzó conmigo. Sólo le vi una vez más, y fue en la sala del juicio contra la señora Sucksby. La vista se celebró muy rápidamente. Pasé las noches anteriores en Lant Street, despierta en mi antigua cama; en ocasiones Dainty volvía a dormir conmigo y a hacerme compañía. Era la única de mis antiguos compinches que lo hacía, ya que, por supuesto, todos los demás consideraban por la historia que había circulado antes que yo les había denunciado. Se supo que había alquilado aquel cuarto en la casa de enfrente a la de Ibbs, y que había vivido allí de una manera, al parecer, furtiva, durante casi una semana. ¿Por qué lo había hecho? Y además alguien dijo que me vieron corriendo, la noche del homicidio, con unos ojos de loca. Hablaron de mi madre y de la mala sangre que corría por mis venas.
Ya no decían que yo era valiente, decían que era osada. Decían que no les hubiera sorprendido que hubiera sido yo la que, después de todo, había clavado el cuchillo, y que la señora Sucksby que todavía me amaba como a un hija, a pesar de que yo le había salido rana había confesado y apechado con la culpa…
Cuando salía a la calle en el barrio, la gente me maldecía. Una vez, una chica me arrojó una piedra. En cualquier otro momento, todo esto me habría roto el corazón. Ahora, me daba igual. Sólo pensaba en una cosa, y era en ver a la señora Sucksby lo más a menudo posible. La habían recluido en el presidio de Horsemonger Lane; yo me pasaba el día entero allí: sentada en el escalón de la entrada cuando era demasiado pronto para las visitas; hablando con las celadoras o con el hombre que iba a defenderla ante la justicia. Nos lo había buscado algún compinche de Ibbs; decían que con frecuencia salvaba de la horca a los peores malhechores. Pero él me dijo, francamente, que nuestro caso pintaba mal.
—Lo máximo que podemos esperar —dijo— es que el juez muestre clemencia debido a su edad.
Más de una vez le dije:
—¿Y si pudiera probarse que ella no lo hizo?
El había movido la cabeza.
—¿Dónde está la prueba? —había dicho—. Además, ella ha confesado. ¿Por qué lo hizo?
Yo no lo sabía, y no pude contestar. Entonces él me dejaba en la puerta de la cárcel y se marchaba precipitadamente, salía a la calle y llamaba a un coche; yo le miraba irse con las manos en la cabeza, porque su grito, y el estruendo de cascos y ruedas, el ajetreo de la gente y hasta las mismas piedras que había bajo mis pies me resultaban ásperos, ruidosos, y más duros y veloces de lo que tenían que haber sido en aquel momento. Muchas veces me paraba a recordar a Caballero, agarrándose la herida en el estómago y mirando con ojos incrédulos nuestras caras incrédulas. «¿Cómo ha ocurrido esto?», había dicho. Ahora yo quería decirles a cuantas personas veía: ¿Cómo ha ocurrido esto? ¿Cómo ha podido ocurrir? ¿Por qué estáis ahí mirando?
Habría escrito cartas si hubiera sabido escribir y a quién enviarlas. Habría ido a la casa del hombre que iba a juzgar el caso si hubiera sabido dónde vivía. Pero no hice nada semejante. El poco consuelo que hallé me lo brindaba estar junto a la señora Sucksby; y la cárcel, aunque tan lúgubre tan oscura e inhóspita, al menos era silenciosa. Pasaba allí más tiempo del que estaba permitido gracias a la bondad de las celadoras: creo que me tenían por más joven y menos bribona de lo que yo era. «Aquí está su hija», decían, abriendo los cerrojos de la celda de la señora Sucksby; y, cada vez, ella levantaba enseguida la cabeza y escudriñaba mi cara, o bien miraba por encima de mi hombro, con una expresión angustiada, como si pensaba yo no diera crédito del todo a que me hubieran consentido entrar y en serio tuvieran la intención de permitir que me quedara.
Luego pestañeaba y procuraba sonreír.
—Querida niña. ¿Vienes sola?
—Sola —respondía yo.
—Qué bien —decía ella, al cabo de un momento, y me cogía la mano—. ¿No te parece? Tú y yo solas. Qué bien.
Le gustaba estar sentada con mi mano entre las suyas. No le gustaba hablar. Cuando al principio yo lloraba y maldecía, y le suplicaba que se desdijera de su confesión, mis palabras parecían disgustarla tanto que yo temía que cayera enferma.
—Nada más —decía, con la cara muy pálida y rígida en torno a la boca—. Lo he hecho y se acabó. No quiero oír nada más al respecto.
Así que yo me acordaba de su mal genio y me callaba, y me limitaba a acariciar sus dedos con los míos. Los de ella me parecían más delgados, cada vez que la veía. Las celadoras decían que casi no probaba las comidas. Me inquietaba más de lo que puedo decir ver cómo desmedraban aquellas manazas suyas: me parecía que todo, que iba tan mal, se solucionaría si las manos de la señora Sucksby recobraban su hermosura de antes. Yo había gastado todo el dinero que había en la casa de Lant Street en buscarle un abogado; pero el que me agenciaba ahora por medio de préstamos o empeñando cosas lo dedicaba a comprar manjares que pudiesen tentarla: gambas, salchichas especiadas, budines de sebo. Un día le llevé un ratón de azúcar, creyendo que se acordaría de aquella vez en que me había acostado y me había hablado de la Nancy de Oliver Twist. No creo que se acordara, sin embargo; no hizo más que cogerlo y dejarlo a un lado, distraídamente, diciendo que lo probaría más tarde, como hacía con todo lo demás. Al final las celadoras me dijeron que me ahorrase el dinero. Ella les regalaba los platos que yo le llevaba.
Muchas veces me tomaba la cara con sus manos. Muchas veces me besaba. En un par de ocasiones me estrechó fuerte y pareció que estaba a punto de hablarme de algo horrible; pero siempre, al final, desistía. Aunque hubiese cosas que podría haberle preguntado aunque me preocupasen ideas extrañas y dudas, guardaba silencio, al igual que ella hacía. Ya era mala la situación, por sí sola; ¿para qué empeorarla? En cambio, hablábamos de mí; de lo que debía hacer ahora y en el futuro.
—¿Te quedarás en la casa de Lant Street? —preguntaba.
—¡Cómo no! —respondía yo.
—¿No piensas marcharte?
—¿Marcharme? Qué va, pienso tenerla preparada para el día en que la dejen en libertad…
No le dije lo cambiada que estaba la casa ahora que ella, Ibbs y la hermana de Ibbs se habían ido. No le dije que los vecinos ya no hacían visitas; que una chica me había tirado una piedra; que había gente forasteros que venían a plantarse durante horas seguidas en las puertas y ventanas, con la esperanza de vislumbrar el sitio donde Caballero había muerto. No le dije el trabajo que nos había costado, a Dainty y a mí, borrar las manchas de sangre del suelo, que lo habíamos lavado y relavado; los cubos de agua que habíamos cargado, púrpuras; que al final lo habíamos dejado, porque el fregoteo constante empezaba a levantar la superficie de las tablas y a infiltrar en la madera clara que había debajo un color rosa horrible. No le dije la cantidad de sitios las paredes, el techo, y de cosas los cuadros de las paredes, los objetos de adorno en la repisa de la chimenea, los platos, los cuchillos y los tenedores que habíamos encontrado salpicados de manchas y gotas de la sangre del muerto.
Y tampoco le dije que, mientras barría y fregoteaba la cocina, había dado por casualidad con miles de recordatorios de mi vida pasada pelos de perro, esquirlas de tazas rotas, peniques falsos, naipes, los cortes en el marco de la puerta que había hecho la navaja de Ibbs para marcar mi estatura a medida que iba creciendo; ni que cada vez que hacía un nuevo hallazgo, me tapaba la cara y lloraba.
De noche, si es que dormía, soñaba con crímenes. Soñaba que mataba a un hombre y que tenía que recorrer las calles de Londres con su cuerpo en una bolsa demasiado pequeña para contenerlo. Soñaba con Caballero. Soñaba que le encontraba entre las tumbas de la pequeña capilla roja de Briar y que él me enseñaba la de su madre. La sepultura tenía una cerradura y yo tenía una llave ciega y una lima y debía recortar una copia de la llave; y todas las noches emprendía la tarea sabiendo que tenía que trabajar rápido, muy rápido; y todas las veces, cuando la llave casi estaba hecha, acontecía algún extraño desastre: la llave se encogía o se volvía demasiado grande, la lima se ablandaba entre mis dedos; había un corte el último que no lograba hacer, que nunca hacía a tiempo…
Demasiado tarde, decía Caballero. Una vez, la voz era de Maud. Demasiado tarde. Yo miraba, pero no la veía. No la había visto desde la noche en que murió Caballero. No sabía dónde estaba. Sabía que la policía la había retenido más tiempo que a mí, pues ella les dijo su nombre, y salió en los periódicos; y, por supuesto, el doctor Christie lo vio. Lo supe por las celadoras de la cárcel. Todo había salido a relucir: que era la mujer de Caballero, y que supuestamente había estado en un manicomio y se había escapado, y que la policía no sabía muy bien qué hacer con ella, si soltarla, internarla como a una lunática, o qué otra cosa. El doctor Christie dijo que sólo él podía decidirlo, conque le llamaron para que la examinara. Casi me da un ataque cuando me enteré de eso. Seguía sin poder acercarme a una bañera. Pero ocurrió lo siguiente: nada más echar una ojeada a Maud, el doctor se tambaleó y se puso pálido; luego declaró que estaba sólo muy emocionado al verla tan perfectamente curada. Dijo que aquello demostraba la bondad de sus métodos. Hizo que los diarios publicasen detalles de su centro psiquiátrico.
A raíz de esto consiguió cantidad de pacientes nuevas, creo, y se labró una fortuna. Maud, por su parte, fue puesta en libertad; después pareció esfumarse. Presumí que había vuelto a Briar. Sé que nunca volvió a Lant Street. Supuse que estaría asustadísima, ya que, desde luego, yo la habría estrangulado si hubiese vuelto. Sin embargo, me preguntaba si volvería. Me lo preguntaba todos los días. «Quizás hoy», pensaba cada mañana, «sea el día en que vuelva». Y todas las noches: «Quizás mañana…». Pero, como he dicho, no vino nunca. Lo que sí llegó fue el día del juicio. Se celebró a mediados de agosto. El sol había sido abrasador durante todo aquel verano atroz, y la sala atestada de espectadores era estrecha: cada hora llamaban a un hombre para que echara un cubo de agua en el suelo, con idea de enfriarlo. Yo estaba sentada con Dainty. Había confiado en que me dejaran sentarme en el banquillo de acusados con la señora Sucksby para tenerla cogida de la mano, pero los policías se me rieron en la cara cuando les pedí esto. La obligaron a sentarse sola, y cuando la traían y la sacaban de la sala le ponían las esposas. Llevaba un vestido gris carcelario que hacía que su cara pareciese casi amarilla, pero su pelo plateado relucía contra las paredes de madera oscura de la sala. Se acoquinó la primera vez que entró y vio a la multitud de desconocidos que habían acudido a presenciar su proceso. Luego encontró mi cara entre ellos y pensé que recobraba un poco el aplomo. Sus ojos, a partir de entonces, buscaban los míos a medida que transcurría la jornada, aunque también le vi recorrer con la mirada la sala, como en busca de otros ojos. Al final, sin embargo, siempre bajaba la mirada. Cuando habló, lo hizo con voz débil. Dijo que había acuchillado a Caballero en un momento de cólera a raíz de una pelea por el dinero que él le debía del alquiler de una habitación.
—¿Se ganaba la vida alquilando habitaciones? —le preguntó el fiscal.
—Sí —dijo ella.
—¿Y no como perista de objetos robados, ni con la crianza ilícita (vulgarmente llamada cría) de bebés huérfanos?
—No.
Entonces comparecieron hombres que declararon que la habían visto, en diferentes ocasiones, con diversos objetos robados; y lo que aún era peor encontraron mujeres que juraron que le habían confiado niños que muy poco después habían muerto…
Luego habló John Vroom. Le habían puesto un traje con el que parecía un oficinista, y llevaba el pelo peinado y abrillantado; parecía más niño que nunca. Dijo que había sido testigo de todo lo que aconteció, la fatídica noche de autos, en la cocina de Lant Street. Había visto clavar el cuchillo a la señora Sucksby. Ella había exclamado: «¡Toma, canalla!». Y la había visto con el cuchillo en la mano, durante un minuto como mínimo, antes de agredirle.
—¿Al menos un minuto? —dijo el fiscal—. ¿Está seguro? ¿Sabe cuánto dura un minuto? Mire al reloj de ahí. Observe el movimiento de la aguja…
Todos la miramos avanzar. La sala guardó silencio. Nunca he vivido un minuto más largo. El fiscal volvió la vista hacia John.
—¿Tan largo como esto? —dijo.
John rompió a llorar.
—Sí, señor —dijo a través de las lágrimas.
Luego le mostraron el cuchillo, para que dijera que era el del crimen. La multitud empezó a murmurar cuando lo vio y cuando John se enjugó los ojos, lo miró y asintió, una mujer se desmayó. El arma fue mostrada a todos los miembros del jurado, uno tras otro, y el fiscal dijo que debían tomar nota de que la hoja estaba más afilada de lo que era normal que estuviese un cuchillo de aquellas características, y que por estar tan afilado la herida de Caballero había sido tan grave. Dijo que aquello hacía pedazos la historia de la señora Sucksby sobre la disputa, ya que demostraba la existencia de premeditación…
Al oír esto, a punto estuve de levantarme de mi asiento. Capté la mirada de la señora Sucksby. Ella movió la cabeza con una expresión tan suplicante de que me callara que le obedecí; y de este modo no se habló de que el cuchillo estaba afilado, no porque ella lo hubiese afilado, sino porque yo lo había hecho. No me llamaron a testificar. La señora Sucksby no lo consintió. Llamaron a Charles; pero lloró tanto y temblaba de tal forma que el juez le declaró incapacitado. Le mandaron de vuelta a la casa de su tía. A nadie le preguntaron por mí ni por Maud. Nadie mencionó Briar o al anciano señor Lilly. Nadie se presentó a decir que Caballero era un malhechor, que había tratado de robar una herencia y que había arruinado a gente mediante la venta de mercancías falsificadas. Le describieron como un joven decente, con un futuro prometedor; dijeron que la señora Sucksby se lo había arrebatado por pura avaricia. Hasta encontraron a su familia, y llevaron a declarar a sus padres; y no se lo creerán, pero resultó que todo lo que contaba de que era hijo de un caballero era una patraña. Su padre y su madre eran dueños de una pequeña mercería en una calle que salía de Holloway Road. Su hermana daba clases de piano. Su verdadero nombre no era Richard Rivers, ni siquiera Richard Wells: era Frederick Bunt.
Los periódicos publicaron su retrato dibujado. Se dijo que chicas de todos los rincones de Inglaterra lo habían recortado y lo llevaban cerca del corazón. Pero cuando yo vi aquel retrato y cuando oía a la gente hablar del espantoso asesinato del tal Bunt, y de vicios y de trapicheos sórdidos, me dio la impresión de que hablaban de otra cosa, de algo totalmente distinto, y no de Caballero, herido por error en mi propia cocina, rodeado de toda mi gente.
Incluso cuando el juez mandó deliberar al jurado y aguardamos, y vimos a los periodistas aprestarse para correr con el veredicto en cuanto fuese anunciado; incluso cuando el jurado regresó, al cabo de una hora, y uno de ellos se levantó y pronunció la respuesta de todos en una sola palabra; incluso cuando el juez se cubrió la peluca de crines de caballo con un paño negro, y formuló el deseo de que Dios se apiadase del alma de la señora Sucksby; incluso entonces no sentí en realidad lo que supondrían que debí sentir; no creí, pienso, que todos aquellos señores oscuros y sobrios que pronunciaban todas aquellas palabras graves y monótonas pudiesen captar el espíritu y el calor y el colorido de la vida de personas como yo y la señora Sucksby.
Le miré la cara; y vi que ya casi le habían abandonado el espíritu, el calor y el color. Miraba desalentada a su alrededor, a los espectadores que murmuraban, creo que buscándome, y me levanté y alcé la mano. Pero ella me vio y su mirada, como había hecho antes, continuó buscando: la vi vagar por la sala, como si buscase a alguien o algo distinto; por último se calmó y pareció aclararse, y yo seguí sus ojos y distinguí, al fondo de las filas del público, a una chica toda vestida de negro, con un velo que en ese momento se estaba bajando: era Maud. La vi cuando no esperaba verla: y les diré lo siguiente, que mi corazón se abrió; luego me acordé de todo y volvió a cerrarse. Parecía desdichada; menos mal, pensé. Estaba sentada sola. No hizo ninguna señal; a mí, me refiero, y tampoco a la señora Sucksby. Nuestro abogado me llamó entonces para estrecharme la mano y decir que lo sentía. Dainty lloraba y para caminar necesitó la ayuda de mi brazo. Cuando miré de nuevo a la señora Sucksby, tenía la cabeza hundida en el pecho; y cuando busqué a Maud, ya se había ido.
La semana que vino después no la recuerdo como una semana, sino como un único y largo día interminable. Fue un día sin sueño, pues ¿cómo iba a dormir cuando el sueño quizás alejase mis pensamientos de la señora Sucksby, que pronto iba a morir? Fue un día, casi, sin oscuridad, porque mantenían luces encendidas en su celda durante toda la noche; y en las horas en que no podía estar con ella, yo dejaba luces encendidas en Lant Street, todas las luces que había en la casa y todas las que pedí prestadas. Sentada a solas, me ardían los ojos. Observaba, como si ella estuviese enferma a mi lado.
Apenas comía. Apenas me cambiaba de ropa. Cuando caminaba, era para ir a toda prisa a Horsemonger Lane, a estar con ella; o para volver lentamente, después de haberla visitado. Ahora la tenían, por supuesto, en la celda de condenados, acompañada siempre por una u otra de un par de celadoras. Eran lo bastante afables, me figuro; pero eran mujerotas robustas, como las enfermeras del doctor Christie, y llevaban delantales de lona, y tenían llaves: me amedrentaba mirarles a los ojos, y me parecía que mis antiguas contusiones empezaban a dolerme. Una vez más, no conseguía que me gustasen por sí mismas, ya que sin duda, si eran personas que valían la pena, ¿no deberían abrir la puerta para que la señora Sucksby se marchara? Al contrario, la tenían encerrada para que unos hombres viniesen a ahorcarla.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:54 am

Sin embargo, yo procuraba no pensar en eso; o, mejor dicho, descubrí que no podía pensar en ello, no podía creerlo. No sé si la señora Sucksby, por su parte, lo rumiaba. Sé que le enviaron al capellán de la prisión y que pasó unas horas con él; pero nunca me dijo lo que él le había dicho o si le proporcionó algún consuelo. Ahora más que nunca parecía no tener ganas de hablar, sino sólo de sentir el suave contacto de mi mano en la suya; aunque ahora más que nunca, cuando me miraba, su mirada a veces parecía empañarse, y se sonrojaba y se debatía como si cargase con el peso terrible de cosas silenciadas…
Pero únicamente me dijo una que quería que yo recordase, y me la dijo el penúltimo día, el último en que la vi. Fui a verla con el corazón casi deshecho, pensando que la encontraría deambulando por la celda o empujando los barrotes de la ventana; de hecho, estaba tranquila. Era yo la que lloraba, y ella estaba sentada en una silla; y me dejó que me arrodillara con la cabeza en su regazo y me puso la mano en el pelo, le quitó los alfileres y lo dejó caer suelto hasta que quedó extendido sobre sus rodillas. Yo no había tenido ánimos para rizarlo. Me parecía que nunca volvería a tenerlos.
—¿Cómo voy a sobrevivir sin usted, señora Sucksby? —dije. Noté que un ligero temblor la recorría.
—Mejor que conmigo —susurró entonces.
—¡No!
Ella asintió.
—Mucho mejor.
—¿Cómo puede decir eso? Si me hubiera quedado con usted, si nunca hubiera ido con Caballero a Briar… ¡Oh, nunca debiera haberme alejado de su lado!
Oculté la cara en los pliegues de su falda y lloré de nuevo.
—Chitón, ahora —dijo ella. Me acarició la cabeza—. Silencio, ahora…
Notaba en la mejilla la aspereza de su vestido, y en el costado la dureza de la silla. Pero dejé que me sosegara como si yo fuese una niña; y por fin las dos nos callamos. Había una ventanita, en lo alto del muro de la celda, por la que entraban dos o tres franjas de luz del día: observamos cómo reptaban por las losas de piedra del suelo. No sabía que la luz reptase de aquel modo. Eran como dedos. Y cuando habían cruzado de una pared a la otra, oí una pisada y luego noté que una celadora me ponía la mano en el hombro.
—Es la hora —murmuró—. Despídase. ¿De acuerdo?
Nos levantamos. Miré a la señora Sucksby. Tenía la mirada clara todavía, pero las mejillas, en un instante, habían cambiado: estaban grises y húmedas como arcilla. Empezó a temblar.
—Querida Sue —dijo—, has sido buena conmigo… —Me atrajo hacia ella y me puso la boca contra mi oído. Ya estaba fría como la boca de un cadáver, pero dio un tirón, como si hubiese estado paralizada —. Querida niña… —comenzó, con un susurro entrecortado. Casi me eché hacia atrás. ¡No lo diga!, pensé, aun cuando no sé si habría sabido decirle qué era lo que quería que ella no dijera; sólo sabía que de repente tenía miedo. ¡No lo diga! Me estrechó más fuerte—. Querida niña… —El susurro se volvió más virulento—. Mírame, mañana —dijo—. Mírame. No te tapes los ojos. Y luego, si oyes decir cosas malas de mí cuando ya no esté, haz memoria…
—¡Lo haré! —dije. Lo dije medio aterrada y medio aliviada—. ¡Lo haré!
Fueron las últimas palabras que le dije. Supongo que luego la celadora volvió a ponerme la mano en el hombro y me condujo, trastabillando, al corredor que había al otro lado de la puerta. Recuerdo que a continuación atravesé el patio de la cárcel, y que al sentir el sol en la cara y lanzar un grito, y volverme, pensé en lo raro e injusto y terrible que era que el sol brillase, siguiera brillando, incluso entonces, incluso allí… Se oyó la voz de una celadora. Oí el ruido, no las palabras. Estaba preguntando algo a su colega, a mi lado. Esta asintió.
—Una de ellas —dijo, mirándome de reojo—. La otra ha venido esta mañana…
Sólo más adelante me pregunté lo que esto significaba. En aquel momento estaba tan aturdida y era tan desgraciada que no me preguntaba nada. Regresé andando, en una especie de trance, a Lant Street…, procurando en lo posible caminar en las sombras, no bajo el sol ardiente. En la entrada de la tienda de Ibbs encontré a unos chicos dibujando sogas en el escalón, con tiza… Al verme huyeron corriendo y dando gritos. Estaba acostumbrada a aquello, sin embargo, y les dejé correr, pero borré con el pie las sogas. Una vez dentro, tardé un minuto en recobrar el aliento mientras miraba a mi alrededor: al mostrador del cerrajero, cubierto de polvo; a las herramientas y las plantillas de llaves, que habían perdido su brillo; y a la cortina de paño, que se había desprendido de sus anillas y estaba colgando.
Cuando crucé la cocina, mis pasos crujieron: en algún momento no sabría decir cuándo habían derribado al brasero de su peana, y había todavía carbones y cenizas desperdigados por el suelo. Parecía una tarea demasiado rutinaria barrerlos y poner el brasero en su sitio, pues de todas formas el suelo estaba destrozado, roto y con boquetes en las partes donde la policía había levantado tablones. Debajo de ellos estaba oscuro, a menos que acercases una luz: entonces se veía tierra, dos palmos de tierra; húmeda, con huesos y conchas de ostras, escarabajos y gusanos retorciéndose. La mesa había sido empujada hasta el rincón del cuarto. Me senté ante ella, en la vieja mecedora de la señora Sucksby. Charley Wag estaba debajo de la mesa; pobre Charley Wag, no había vuelto a ladrar desde que Ibbs le había tirado de la correa con tanta violencia; al verme ahora, movió el rabo y vino a que le rascara las orejas, pero luego se escabulló y se tumbó con la cabeza entre las pezuñas.
Estuve sentada, tan quieta y callada como él, durante casi una hora; después vino Dainty. Traía la cena para las dos. Yo no la quería, ni tampoco ella, pero como había robado un bolso para comprarla, saqué boles y cucharas y la tomamos despacio, en silencio, mirando continuamente el reloj el viejo reloj holandés sobre la repisa de la chimenea, que sabíamos que sonaba con su cadencia habitual, apurando las últimas horas de vida de la señora Sucksby… Quería sentirlas, si podía, quería sentir cada minuto, cada segundo.
—¿No me dejas quedarme? —dijo Dainty, cuando le llegó la hora de irse—. No me parece bien que te quedes aquí sola.
Pero yo le dije que quería estar así, y ella finalmente me dio un beso y se fue, y otra vez nos quedamos solos Charley Wag y yo en la casa, e iba oscureciendo a nuestro alrededor. Encendí más luces. Pensé en la señora Sucksby, en su celda iluminada. Pensé en ella en todos los momentos en que la había visto, no allí, en la cárcel, sino aquí, en su propia cocina: dando a los bebés la dosis, sorbiendo té, levantando la cara para que yo pudiese besarla. La rememoré trinchando carne, enjugándose la boca y bostezando… El reloj seguía emitiendo su tictac, más rápido y más sonoro que nunca. Descansé la cabeza en la mesa, encima de mis brazos. ¡Qué cansada estaba! Cerré los ojos. No pude evitarlo. Quería mantenerme despierta, pero cerré los ojos y me dormí.
Por una vez, dormí sin soñar; me despertó un sonido curioso: pasos y arrastrar de pies; y voces que se alzaban y se apagaban fuera, en la calle. Pensé, en mi duermevela: «Debe de ser fiesta, debe de haber una feria. ¿Qué día es hoy?». Entonces abrí los ojos. Las velas que había encendido se habían consumido, y sus llamas eran como fantasmas, pero al verlas recordé dónde estaba. Eran las siete de la mañana. La señora Sucksby iba a ser ahorcada tres horas más tarde. La gente a la que oía se encaminaba hacia Horsemonger Lane, para coger sitio en la ejecución. Antes habían venido a Lant Street, a echar un vistazo a la casa.
Vino mucha gente a medida que avanzaba la mañana. «¿Fue aquí?», les oía decir. Y luego: «Este es el sitio exacto. Dicen que la sangre salía tan rápido y tan fuerte que manchó todas las paredes». «Dicen que el fulano asesinado maldecía al cielo». «Dicen que la mujer asfixiaba a bebés». «Dicen que él no le pagaba el alquiler». «Da escalofríos, ¿eh?». «El tipo se lo tenía merecido». «Dicen…». Llegaban, se paraban un minuto y pasaban de largo; algunos buscaban el camino hasta el traspatio y manipulaban en la puerta de la cocina, se asomaban a la ventana para intentar ver algo a través de las rendijas de los postigos, pero yo lo tenía todo cerrado a cal y canto. No sé si sabían que yo estaba dentro.
De vez en cuando un chico gritaba: «¡Déjenos entrar! ¡Le damos un chelín si nos enseña la habitación!» y: «¡Hu, hu, soy el fantasma del tipo que apuñalaron, que he venido a perseguirte!», pero creo que lo hacían para hacer rabiar a sus amigos, no para chincharme a mí. Aborrecía oírles, de todos modos; Charley Wag, el pobre, se colocaba a mi lado, tiritaba, asustado, y trataba de ladrar cada vez que llamaban o probaban a abrir un picaporte. Al final le llevé arriba, donde los ruidos se oían menos.
Pero al cabo de un rato se volvieron aún más débiles, y eso fue peor, porque significaba que la gente se había ido a coger sitio y que casi era la hora de la ejecución. Dejé a Charley y subí sola el siguiente tramo de escaleras; las subí despacio, como si tuviese las piernas de plomo; me quedé parada en la puerta del desván, con miedo a entrar. Allí estaba la cama donde yo había nacido. Allí estaba el lavabo, el pedazo de hule clavado en la pared. La última vez que había subido allí, Caballero estaba vivo y bailaba abajo con John y con Dainty. Yo había ido a la ventana, pegado el pulgar al cristal y prensado la escarcha hasta convertirla en agua sucia. La señora Sucksby había venido a acariciarme el pelo… Ahora también fui a la ventana. Fui, miré y casi me desmayo, pues las calles del barrio, que la otra vez habían estado oscuras y desiertas, ahora resplandecían, llenas de gente ¡qué cantidad de gente!, gente de pie en la calle, deteniendo el tráfico; y, a su lado, gente en las paredes, los alféizares, subida a postes, árboles, chimeneas. Algunos levantaban a niños en alto, otros estiraban el cuello para ver mejor. La mayoría hacía visera en la frente con las manos, para que no les deslumbrara el sol. Todas las caras miraban en la misma dirección.
Estaban mirando al tejado de la entrada de la cárcel. El patíbulo ya estaba armado y la soga puesta. Un hombre daba vueltas, examinando la trampilla. Observé lo que hacía, con algo de sosiego y sintiendo casi náuseas. Recordé lo que la señora Sucksby me había pedido en sus últimas palabras: que tenía que mirarla. Le había dicho que lo haría. Yo había pensado que no lo aguantaría. Parecía una cosa tan fácil, comparado con lo que ella tenía que sufrir…
Ahora el hombre había cogido la soga con la mano y estaba comprobando su longitud. La multitud estiraba aún más el cuello para ver. Empecé a sentir miedo. Sin embargo, seguía pensando que miraría hasta el final. Seguía diciéndome: Miraré. Miraré. Ella lo había hecho con mi madre; yo lo haría por ella. ¿Qué otra cosa podía hacer por ella? Pero lo dije; y llegaron las lentas, regulares campanadas de las diez. El hombre bajó del tejado, abrieron la puerta que daba a la escalera de la cárcel, el capellán apareció en el tejado y después la primera de las celadoras. Yo no podía, no podía mirar. Di la espalda a la ventana y me tapé la cara con las manos.
Supe lo que siguió por los sonidos que se elevaron de las calles. El gentío se había quedado callado al sonar la hora y aparecer el capellán; ahora les oí lanzar silbidos y abucheos, dirigidos, como yo sabía, al verdugo. Oí la rapidez con que se esparcía el sonido entre la multitud, como aceite sobre agua. Cuando los abucheos subieron de volumen, supe que el verdugo había hecho alguna señal o reverencia. Luego, en un instante, el sonido volvió a oírse, recorrió las calles más deprisa, como un escalofrío, como un estremecimiento; resonó la consigna: «¡Fuera sombreros!», mezclada con horripilantes carcajadas. La señora Sucksby ya debía de haber aparecido. Estaban intentando verla. Se me agravó la náusea al imaginar todos aquellos ojos de extraños saliéndose de sus órbitas para ver la figura que ella ofrecía, pero sin que yo misma fuera capaz de mirar; no podía, no podía. No podía volverme ni despegar de la cara mis manos sudorosas. Oí que las risas se transformaban en murmullos y peticiones de silencio: eso significaba que el capellán estaba rezando. El silencio prosiguió, se prolongó. Los latidos de mi corazón parecían llenarlo. Después se pronunció el amén; y mientras esta palabra estaba recorriendo todavía las calles, otras partes de la muchedumbre las que estaban más cerca de la cárcel y veían mejor emitieron una especie de murmullo intranquilo. El murmullo creció, impulsado por todas las gargantas…, y luego se convirtió en algo más parecido a un gimoteo o quejido…, Y supe que significaba que la habían subido al cadalso; que le estaban atando las manos, tapándole la cara y poniendo la soga alrededor del cuello…
Y entonces, y entonces hubo un momento sólo un instante, menos tiempo del que se tarda en decirlo de perfecto y atroz silencio: cesaron los lloros de los bebés, cesó la contención de los alientos, las palmadas en corazones y bocas abiertas, la lentitud de la sangre, el rechazo de la idea: no puede ser, no va a ser, no lo harán, no pueden… Y a continuación, en el acto, rapidísimo, el ruido de la caída y los gritos cuando se produjo; el jadeo quejumbroso cuando la soga llegó a su longitud máxima, como si la muchedumbre tuviese un estómago único y una mano gigantesca le hubiese asestado un puñetazo.
Ahora sí abrí los ojos, justo un segundo. Los abrí, me volví y vi…, no a la señora Sucksby, sino lo que podría haber sido un maniquí suspendido, ataviado para que pareciese una mujer, con un corsé y un vestido, pero con los brazos inertes y una cabeza caída como una bolsa de lona rellena de paja… Me aparté de la ventana. No lloré. Fui a la cama y me eché. Los sonidos volvieron a cambiar, a medida que la gente iba recuperando el resuello y la voz: abrieron la boca, soltaron a sus bebés, comenzaron a moverse y a bailar. Hubo más abucheos, más gritos, más risas horribles; y, por último, vítores. Creo que yo también había aplaudido en otros ahorcamientos. Nunca pensé en lo que significaban aquellas aclamaciones. Ahora, al escuchar aquellos hurras, me pareció que, incluso en mi aflicción, los comprendía. Lo mismo habrían podido gritar: Está muerta. La idea se elevaba, más veloz que la sangre, en todos los corazones. Está muerta… y nosotros vivos.
Dainty volvió esa noche para traerme la cena. No la probamos. Lo único que hicimos fue llorar juntas y hablar de lo que habíamos visto. Ella lo había presenciado desde un sitio cercano a la cárcel, en compañía de Phil y de algunos otros sobrinos de Ibbs. John había dicho que sólo los pipiolos lo veían desde allí. Dijo que conocía a un hombre que tenía un tejado, y se subió a él. No estaba muy segura de que hubiese visto la ejecución; pero no se lo dije a Dainty. Ella lo había visto todo, salvo la caída final.
Phil, que lo presenció todo, dijo que había sido una caída limpia. Pensaba que era verdad, en definitiva, lo que la gente decía del modo en que el verdugo hacía el nudo cuando tenía que ahorcar a mujeres. Todo el mundo convino, en cualquier caso, en que la señora Sucksby se había mantenido muy entera y había tenido una muerte muy digna.
Recordé aquel maniquí colgante, con el corsé y el vestido muy prietos, y me pregunté cómo hubiéramos podido saberlo si ella se hubiese estremecido y pataleado. Pero era algo en lo que no había que pensar. Había otras cosas de las que ocuparse ahora. De nuevo me había convertido en una huérfana y, como los huérfanos en todas partes, en las dos o tres semanas que siguieron tuve que mirar a mi alrededor, alicaída; tuve que comprender que el mundo era cruel y oscuro, y que tenía que buscarme la vida completamente sola. No tenía dinero. El alquiler de la tienda y de la casa quedó impagado en agosto: un hombre había venido a aporrear la puerta, y sólo se había ido porque Dainty se destapó los brazos y dijo que le iba a zurrar la badana. Nos había dejado en paz desde entonces. Creo que la casa había adquirido fama de haber sido el escenario de un asesinato, y que nadie quería arrendarla. Pero yo sabía que, andando el tiempo, lo harían. Sabía que el hombre volvería algún día, con otros hombres, y que forzaría la puerta. ¿Dónde viviría yo entonces? ¿Cómo me las apañaría por mi cuenta? Supuse que tendría que encontrar un empleo fijo, en una lechería, una tintorería o una peletería. Nada más pensarlo, sin embargo, me daban ganas de vomitar. Todo el mundo en mi ambiente sabía que el trabajo fijo era sólo otra forma de que te robaran y de morirte de aburrimiento. Prefería seguir con mis chanchullos. Dainty dijo que conocía a tres chicas que trabajaban robando en las calles.
Formaban un banda que operaba en Woolwich, y buscaban un cuarto miembro… Pero lo dijo sin mirarme a los ojos, porque las dos sabíamos que el oficio de ratera era de baja estofa comparado con lo que yo solía hacer. Pero no tenía otra cosa, y pensé que quizás podría resultar. No tenía ánimos para encontrar algo mejor. No tenía ánimos ni fuerza para nada. Pedazo a pedazo, todo lo que quedaba en Lant Street fue desapareciendo: empeñado o vendido. ¡Todavía llevaba el vestido estampado que le había robado a la mujer del campo! Y ahora me sentaba peor que nunca, porque no sólo había adelgazado en la clínica del doctor Christie, sino también después. Dainty decía que estaba tan flaca que si conseguías ensartarme un hilo de algodón podías coser conmigo.
De modo que cuando empaqué las cosas que quería llevarme a Woolwich, no quedaba casi nada. Y cuando pensé en las personas a las que debía visitar para despedirme, no se me ocurría nadie. Sólo había una cosa que sabía que tenía que hacer antes de irme, y era recoger las pertenencias de la señora Sucksby en Horsemonger Lane.
Me acompañó Dainty. Pensé que yo sola no podría cargar con todo. Fuimos a la cárcel un día de septiembre, más de un mes después del juicio. Londres había cambiado desde entonces. Habíamos entrado en otra estación, y los días se volvían más fríos. Las calles estaban llenas de polvo y paja, y de hojas curvadas. La cárcel parecía más oscura y tétrica que nunca. Pero el portero me conocía, y me dejó entrar. Creo que me miró con compasión. Lo mismo hicieron las celadoras. Tenían ya preparadas las cosas de la señora Sucksby, en un paquete de papel encerado y atado con cuerdas. «Entregado a la hija», dijeron, escribiendo en un libro, y me hicieron poner mi nombre debajo. Después de mi estancia en el manicomio, sabía escribir mi nombre tan rápido como cualquiera… Luego me condujeron a través de los patios al terreno gris de la prisión donde sabía que la señora Sucksby estaba enterrada, sin lápida sobre la tumba para que nadie fuese a llorarla; y pasamos por debajo de la puerta, con su tejado bajo y plano, donde yo había visto erigido el cadalso. Pasaban por debajo de aquel tejado todos los días de su vida, sin inmutarse. Cuando vinieron a despedirse de mí, hicieron ademán de tenderme la mano. No pude estrechársela.
El paquete era liviano. Lo llevé a casa, sin embargo, con un vago temor que lo hacía pesado. Cuando llegamos a Lant Street, yo caminaba casi a trompicones: me apresuré a llevarlo a la mesa de la cocina, donde lo deposité, recuperé el aliento y me froté los brazos. Lo que temía era abrir el paquete y ver todas sus cosas. Pensé en lo que contendría: sus zapatos, sus medias quizás todavía con la forma de sus dedos y talones, sus enaguas, su peine quizás con algunos pelos suyos…. ¡No lo abras!, pensé. ¡Déjalo! ¡Escóndelo! ¡Ábrelo en cualquier otro momento, no hoy, no ahora…! Me senté y miré a Dainty.
—Dainty —dije—. Creo que no puedo.
Puso su mano sobre la mía.
—Creo que deberías poder —dijo—. Nos pasó lo mismo a mí y a mi hermana, cuando recogimos las cosas de mi madre en el depósito de cadáveres. Y luego dejamos aquel paquete en un cajón y no lo miramos durante casi un año, y cuando Judy lo abrió, el vestido estaba podrido, y de los zapatos y el sombrero casi no quedaba nada, por haber pasado tanto tiempo con agua de río dentro. Y después no teníamos ningún recuerdo de nuestra madre, menos una cadenita que llevaba siempre… y que papá empeñó, al final, para comprarse ginebra… Vi que le empezaba a temblar el labio. No pude afrontar sus lágrimas.
—Vale —dije—. Vale. Voy a abrirlo.
Tenía las manos todavía temblorosas, y cuando acerqué el paquete y traté de quitar las cuerdas comprobé que las celadoras las habían atado demasiado fuerte. Así que lo intentó Dainty. Tampoco ella pudo.
—Necesitamos un cuchillo —dije—, o unas tijeras…
Pero durante algún tiempo, después de la muerte de Caballero, había sido incapaz de ver sin aprensión cualquier clase de objeto cortante; y como le había pedido a Dainty que se los llevara todos, no había en la casa ninguna cosa afilada, salvo yo misma. Tiré otra vez de los nudos, pero estaba más nerviosa que antes y se me habían humedecido las manos. Por fin, levanté el paquete hasta la boca y clavé los dientes en los nudos, finalmente las cuerdas se desataron y el papel se desprendió de su contenido. Me eché hacia atrás. Los zapatos, las enaguas y el peine de la señora Sucksby cayeron sobre el tablero de la mesa, produciendo el efecto que yo había temido. Y sobre ellos, oscuro y extendiéndose como alquitrán, apareció su viejo vestido de tafetán negro.
No había pensado en él. ¿Por qué no lo había hecho? Fue lo peor de todo. Era como si la propia señora Sucksby estuviese allí tendida, como si hubiese sufrido un desmayo. El vestido aún llevaba prendido el broche de Maud. Alguien le había arrancado los diamantes lo cual me importaba un bledo, pero las pinzas de plata que conservaba estaban manchadas de sangre, una sangre parda, tan seca que casi parecía polvo. El tafetán estaba rígido. La sangre lo había apelmazado. Líneas blancas circundaban el color de herrumbre: los abogados habían mostrado el vestido en el juicio, y habían hecho un círculo de tiza alrededor de cada mancha.
Me parecieron marcas del cuerpo de la señora Sucksby.
—Oh, Dainty —dije—. ¡No lo soporto! Tráeme un paño y agua, ¿quieres? ¡Oh, qué cosa más horrible…! —Empecé a frotar. Dainty también. Frotamos con la misma congoja y escalofríos con que habíamos restregado el suelo de la cocina. Los paños se pusieron de un color barroso. Teníamos la respiración acelerada. Primero nos ocupamos de la falda. Luego levanté el escote, acerqué el corpiño y empecé a frotarlo.
Y, al hacer esto, el vestido emitió un sonido curioso: un crujido o un frufrú. Dainty dejó su paño.

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:54 am

—¿Qué es eso? —dijo. Yo no lo sabía. Acerqué más el vestido y se oyó de nuevo el sonido.
—¿Es una polilla? —dijo Dainty—. ¿No hay como un aleteo ahí dentro?
Moví la cabeza.
—No creo. Suena a papel. Quizás las celadoras han metido algo…
Pero cuando levanté el vestido, lo sacudí y miré dentro, no había nada de nada. Sonó otra vez el frufrú, sin embargo, cuando dejé el vestido. Me pareció que aquello procedía de una parte del corpiño, de la parte delantera que había estado justo debajo del corazón de la señora Sucksby. Puse la mano sobre ella y la palpé. El tafetán estaba rígido allí, no sólo a causa de las manchas de sangre de Caballero, sino de otra cosa, de algo que se había quedado enganchado o había sido colocado detrás, entre el corpiño y el forro de raso del vestido. ¿Qué era? No lo reconocí al tacto. Así que volví del revés el corpiño y miré las costuras. Había una abierta: el raso estaba suelto, pero habían cosido un dobladillo para que no se deshilachara. Formaba una especie de bolsillo en el vestido. Miré a Dainty; luego metí la mano. Crujió de nuevo, y ella retrocedió.
—¿Seguro que no es una polilla? ¿O un murciélago?
Pero era otra cosa: una carta. La señora Sucksby la llevaba escondida allí… ¿desde hacía cuánto tiempo? No había modo de saberlo. Al principio pensé que la habría puesto allí para que yo la encontrase que la había escrito en la cárcel, que era un mensaje para que yo lo hallara después de que la hubiesen ahorcado. La idea me puso nerviosa. Pero la carta estaba manchada de sangre de Caballero, con que debía de estar dentro del vestido desde la noche en que él murió, como mínimo. Pero de nuevo me pareció que debía de estar ahí desde hacía mucho tiempo, pues cuando la miré con más detenimiento vi lo antigua que era. Los pliegues estaban blandos. La tinta se había descolorido. El papel estaba curvado debido al lugar que había ocupado en el interior del corpiño, prensado contra las ballenas. El sello…
Miré a Dainty. El sello estaba intacto.
—¡Intacto! —dije—. ¿Cómo es posible? ¿Por qué habría llevado consigo una carta tan escondida, con tanto cuidado y durante tanto tiempo, sin haberla leído siquiera? —Le di vueltas en mis manos. Miré otra vez las señas—. ¿Qué nombre pone aquí? —dije—. ¿Lo ves?
Dainty miró y meneó la cabeza.
—¿No lo ves tú? —preguntó.
Pero yo no podía. Me costaba todavía más esfuerzo leer la escritura a mano que la letra impresa. Y aquella letra era pequeña, escorada y como he dicho, estaba en parte cubierta de manchas horribles. Fui a buscar la lámpara y puse la carta cerca de la mecha. Entrecerré los ojos. Miré y miré… Y al final me pareció que si había algún nombre allí escrito, en el papel doblado, era el mío. Tuve la certeza de que distinguí una S seguida de una u; y detrás otra s…'Otra vez me puse nerviosa.
—¿Qué es esto? —dijo Dainty, al ver mi cara.
—No lo sé. Creo que la carta es para mí.
Se tapó la boca con la mano. Luego dijo:
—¡De tu propia madre! —dijo.
—¿Mi madre?
—¿Quién, si no? Oh, Sue, tienes que abrirla.
—No sé.
—Pero ¿y si te dice…? ¿Si te dice dónde está el tesoro? ¡A lo mejor es un mapa!
Yo no creía que hubiese un mapa. Sentí que el estómago se me revolvía de miedo. Miré otra vez la carta, la S, la u…
—Ábrela tú —dije. Dainty se humedeció los labios, la cogió, la giró lentamente y rompió el lacre despacio. La habitación estaba tan silenciosa que me pareció oír la caída de los trozos de cera desde el papel hasta el suelo. Desdobló la hoja, frunció el ceño.
—Sólo palabras —dijo.
Me puse a su lado. Vi líneas de tinta, apretadas, pequeñas, enigmáticas. Cuanto más las miraba, más misteriosas me resultaban. Y aunque estaba tan nerviosa y asustada tan convencida de que la carta era para mí, y de que contenía la clave de algún secreto espantoso que preferiría no conocer nunca, lo peor de todo era tenerla abierta delante de mí y no poder entender lo que decía.
—Vamos —le dije a Dainty. Le hice coger su sombrero y busqué el mío—. Vamos a la calle y encontraremos a alguien que nos la lea.
Salimos por el traspatio. No pensaba pedírselo a nadie conocido, a alguien que me hubiera maldecido. Buscaba un desconocido. Así que fuimos hacia el norte, caminando deprisa, hacia las cervecerías que había río arriba. Había allí un hombre en una esquina. Tenía una bandeja colgada de una cuerda alrededor del cuello, llena de ralladores de nuez moscada y dedales. Pero llevaba anteojos y tenía… un no sé qué, una mirada inteligente. Dije:
—El nos la leerá.
Nos vio acercarnos e hizo una señal con la cabeza.
—¿Un rallador, chicas?
Moví la cabeza.
—Oiga —dije, o traté de decir, pues la caminata y el miedo me habían cortado la respiración. Me puse la mano en el corazón—. ¿Sabe leer? —pregunté por fin.
—¿Leer? —dijo él.
—¿Cartas, con letra de mujer? No me refiero a los libros.
El vio el papel que yo sostenía, se subió los anteojos un poco más arriba de la nariz y ladeó la cabeza.
—Para abrir —leyó— el día del dieciocho cumpleaños…
Me estremecí de los pies a la cabeza al oír esto. El no lo advirtió. Enderezó la cabeza y resopló.
—Esto no me interesa —dijo—. No estoy aquí para perder el tiempo leyendo cartas. Así no voy a conseguir que me compren dedales, ¿eh?
Hay personas que te cobran por recibir un puñetazo. Me metí en el bolsillo la mano temblorosa y saqué todo lo que contenía. Dainty hizo lo mismo.
—Siete peniques —dije, después de juntar las monedas. El se dio la vuelta.
—¿Son buenas?
—Buenísimas —dije.
Resopló de nuevo.
—Muy bien —dijo. Cogió las monedas y se las guardó. Se quitó los anteojos y frotó los cristales—. Veamos —dijo—. Pero tú me la sostienes. Parece algo de leyes. Ya tuve problemas con la justicia, y no me gustaría que saliera a relucir más adelante que he tocado esto…
Se volvió a poner las gafas y se dispuso a leer.
—Todas las palabras que hay aquí —dije—. Todas. ¿Me oye?
El asintió y empezó:
—Para abrir el día del dieciocho cumpleaños de mi hija, Susan Lilly…
Bajé la hoja de papel.
—Susan Trinder —dije—. Susan Trinder, querrá decir. Lo ha leído mal.
—Pone Susan Lilly —respondió él—. Ahora levanta el papel y dale la vuelta.
—¿Para qué darle la vuelta si no va a leer lo que dice…?
Pero mi voz era débil. Era como si una serpiente se me hubiese enroscado en el corazón y me lo oprimiese.
—Vamos —dijo él. Su expresión había cambiado—. Esto es interesante, sí, señor. ¿Qué es esto? ¿No es un testamento? La última voluntad, eso dice, de Marianne Lilly, formulada en Lant Street, Southwark, el día de hoy, 18 de septiembre de 1844, en presencia de la señora Grace Sucksby, de … — Se detuvo. Le había cambiado la cara otra vez—. ¿Grace Sucksby? —dijo con una voz sorprendida—. ¿No es la asesina? Un asunto chungo, ¿no?
No le respondí. Volvió a mirar el papel…, las manchas. Quizás antes hubiese supuesto que eran de tinta o de pintura. Ahora dijo:
—No sé si debiera… —Debió de ver la cara que puse—. Vale, vale —dijo—. Veamos. ¿Qué pone aquí? —Se acercó más a la hoja—. Yo, Marianne Lilly, de…, ¿qué es esto? ¿Bear House? ¿Briar House? … de Briar House, Buckinghamshire… Yo, Marianne Lilly, estando en mi sano juicio, aunque con el cuerpo débil, por la presente confio a mi hija SUSAN… No agites la hoja, ¿quieres? Así está mejor. Por la presente confío… ejem, ejem… a la custodia de la señora Grace Sucksby; y deseo que sea criada por ella sin revelarle su verdadera identidad, la cual le será revelada el día en que cumpla dieciocho años, el 3 de agosto de 1862; en ese mismo día deseo que se le entregue la mitad de mi fortuna personal. A cambio de lo cual, Grace Sucksby confía a mi tutela a su propia y querida hija MAUD… ¡Se acabó, si la mueves otra vez! ¿No puedes mantener la hoja derecha?… querida hija MAUD, y asi mismo desea que se le eduque sin que conozca su nombre y su nacimiento hasta la fecha susodicha, en la cual es mi deseo que se le entregue la mitad restante de mi fortuna. Este documento es una declaración auténtica y jurídicamente válida de mi voluntad; un contrato entre Grace Sucksby y yo, desafiando a mi padre y a mi hermano, que tiene que ser reconocido por la ley. Susan Lilly no debe conocer nada de su desventurada madre, salvo que se esforzó en procurar su bienestar. Maud Sucksby debe ser educada como una señorita; y saber que su madre la amó más que a su propia vida.
—¡Bueno! —El hombre se enderezó—. Ahora no me digas que esto no valía siete peniques. Si llegase a los diarios, fíjate, seguro que valdría mucho más. ¡Vaya cara que pones! No irás a desmayarte, ¿eh? —Yo me había balanceado y agarrado a su bandeja. Los ralladores resbalaron en ella—. ¡Eh, ten cuidado! —dijo, con tono malhumorado—. Oye, que se me va a caer y estropear toda la mercancía…
Dainty me sostuvo.
—Perdone —dije—. Perdone.
—¿Estás bien? —dijo él, mientras ordenaba los ralladores.
—Sí.
—Ha sido una conmoción, ¿eh?
Moví la cabeza, o quizás asentí, no recuerdo, y cogí la carta y me alejé del hombre a trompicones.
—Dainty —dije—. Dainty…
Ella me hizo sentarme contra una pared.
—¿Qué pasa? —dijo ella—. Oh, Sue, ¿qué significa todo esto?
El hombre seguía mirando.
—Yo le daría un poco de agua —gritó.
Pero yo no quería agua, y no permití que Dainty fuera a buscarla. La estreché contra mí y apoyé la cabeza en su manga. Empecé a temblar. Empecé a temblar como una cerradura oxidada cuando las clavijas se levantan contra sus resortes quejumbrosos y al cerrojo se le fuerza para que se abra.
—Mi madre… —dije. No pude terminar. Tenía demasiadas cosas que decir, ¡hasta demasiadas que conocer! ¡Mi madre era la madre de Maud! No podía creerlo. Pensé en el retrato de la hermosa mujer que había visto en la caja en Briar. Pensé en la tumba que Maud restregaba y cuidaba. Pensé en Maud, en la señora Sucksby y, después, en Caballero. ¡Ah, ahora entiendo!, había dicho. Ahora también yo lo entendía. Ahora sabía lo que la señora Sucksby ansiaba pero había temido decirme en la cárcel. Si oyes decir cosas malas de mí… ¿Por qué había guardado el secreto tanto tiempo? ¿Por qué había mentido respecto a mi madre? Mi madre no era una asesina, era una señora. Era una señora con una fortuna que tenía intención de dividir… Si oyes decir cosas malas de mí, haz memoria…
Rememoré cosas y más cosas, y me mareé. Coloqué la carta delante de mi cara y gemí. El vendedor ambulante todavía estaba a cierta distancia, y me observaba; se acercó un grupo de gente que también miraba. «Está borracha, ¿verdad?», oí decir a alguien. Y: «¿Le ha dado un telele?», «¿Ha tenido un ataque?», «Se va a tragar la lengua si su amiga no le mete una cuchara en la boca». Yo no soportaba el sonido de sus voces, la mirada de sus ojos. Apoyándome en Dainty, me puse de pie; ella me rodeó con el brazo y me ayudó a volver a casa. Me dio un brandy. Me sentó a la mesa. El vestido de la señora Sucksby estaba todavía encima: lo cogí, lo sujeté con los puños y escondí la cara entre sus pliegues; lancé un grito, como una fiera, y lo tiré al suelo. Extendí la carta y miré de nuevo las líneas de tinta. SUSAN LILLY… Volví a gemir. Me levanté y empecé a caminar.
—Dainty —dije, casi jadeando—. Dainty, tuvo que saberlo. Tuvo que saberlo en todo momento. Tuvo que enviarme allí, con Caballero, sabiendo que al final tenía intención de… ¡Oh! —La voz se me puso ronca—. Me envió allí para dejarme en aquel sitio y que le trajeran a Maud. Lo único que siempre quiso era tener a Maud. Me cuidó y me entregó para que Maud, para que Maud…
Pero entonces me quedé inmóvil. Pensaba en Maud, empuñando el cuchillo. Pensaba en Maud permitiendo que la odiase. Pensaba en Maud haciéndome creer que me lastimaría para impedir que yo supiera quién me había hecho más daño que nadie… Me puse la mano en la boca y rompí a llorar. Dainty también lloraba.
—¿Qué pasa? —dijo—. ¡Oh, Sue, tienes una cara muy rara! ¿Qué te pasa?
—Lo peor —dije a través de las lágrimas—. ¡Lo peor!
Lo vi, nítido y claro como el trazo de un rayo en un cielo negro. Maud había intentado salvarme y yo no lo había sabido. Yo había querido matarla cuando todo aquel tiempo…
—¡Y la he dejado marcharse! —dije, levantándome y dando vueltas por el cuarto—. ¿Dónde estará?
—¿Dónde estará quién? —dijo Dainty al borde del grito.
—¡Maud! —dije—. ¡Oh, Maud!
—¿La señorita Lilly?
—¡Llámala señorita Sucksby! ¡Oh! ¡Voy a enloquecer! Pensar que yo creí que era una araña que os había apresado a todos en su tela. ¡Pensar que en un tiempo yo le recogía el pelo! Si yo hubiera dicho…, si ella se hubiera vuelto…, si lo hubiera sabido…, la habría besado…
—¿Besado? —dijo Dainty.
—¡Besado! —dije—. ¡Oh, Dainty, también tú la habrías besado! ¡Era una perla, una perla! Y ahora, ¡ahora la he perdido, la he ahuyentado…!
Y seguí lamentándome. Dainty procuró calmarme, en vano. Yo deambulaba y me retorcía las manos, me tiraba del pelo; o lloriqueaba, tendida en el suelo. Por fin, una de las veces en que me tumbé en el suelo no volví a levantarme. Dainty lloraba y suplicaba, fue a coger agua y me la arrojó a la cara, corrió por la calle hasta la casa de una vecina para pedirle un frasco de sales; pero yo estaba inerte, como muerta. Me había desvanecido. Me había desmayado sin más, en un instante. Me subió a rastras hasta mi antigua habitación y me acostó en mi antigua cama; ella dice que cuando volví a abrir los ojos la miré y no la reconocí, dice que forcejeé cuando intentó quitarme el vestido, dice que hablaba como una loca, de una tela escocesa, de botas de caucho y sobre todo de algo que ella se había llevado para que yo muriese sin ello. «¿Dónde está?», dice que yo gritaba. «¿Dónde está? ¡Oh!…». Dice que lo grité tantas veces, y en un tono tan lastimero, que ella me trajo todas mis cosas y me las puso delante, una por una; y que por último encontró en el bolsillo de mi vestido un viejo guante de cabritilla, totalmente arrugado, negro y mordido, y que cuando me lo enseñó se lo arrebaté de las manos y lloré, lloré sobre el guante como una desconsolada.
No lo recuerdo. La fiebre duró casi una semana, y después estaba tan débil que era como si la fiebre no hubiese remitido. Dainty me cuidó todo ese tiempo: me daba té, sopas y gachas, me levantaba para que pudiese utilizar el orinal, me enjugaba el horrible sudor de la cara. Continuaba llorando, maldiciendo y retorciéndome cuando pensaba en la señora Sucksby y en cómo me había engañado; pero lloraba aún más cuando pensaba en Maud. Porque a lo largo de todo aquel tiempo era como si mi corazón hubiese estado protegido por un dique que retenía mi amor: ahora las paredes habían reventado, mi corazón se había inundado y creí que iba a ahogarme… Pero mi amor se serenó a medida que yo mejoraba. Se volvió estable y sosegado; me pareció que no había estado más serena en toda mi vida. «La he perdido», le repetía a Dainty; se lo decía una y otra vez. Pero lo decía con serenidad: al principio, en un susurro; después, según iban pasando los días y yo recobraba las fuerzas, en un murmullo; y, por último, con mi voz normal.
—La he perdido —decía—, pero voy a encontrarla. No me importa si tardo toda la vida. Al final la encontraré y le diré lo que sé. Quizás se haya ido de viaje. Quizás esté en el otro extremo del mundo. ¡Quizás se haya casado! Da igual. La encontraré y se lo diré todo…
Era lo único en que pensaba. Sólo estaba esperando a restablecerme para actuar. Y por fin pensé que ya había esperado suficiente. Me levanté de la cama, y la habitación que parecía escorarse y girar cada vez que yo levantaba la cabeza permaneció quieta. Me lavé, me vestí y cogí la bolsa con las cosas que había proyectado llevarme a Woolwich. Cogí la carta y la guardé en el vestido. Creo que Dainty pensó que yo había recaído. Le besé en la mejilla y mi cara estaba fría. «Cuídame a Charley Wag», le dije. Ella se echó a llorar, al ver lo seria y solemne que estaba yo.
—¿Cómo lo vas a hacer? —preguntó. Le dije que empezaría mi búsqueda en Briar—. ¿Pero cómo vas a llegar hasta allí? ¿Cómo pagarás el viaje?
—Iré andando —le dije.
Al oír esto, ella se enjugó los ojos y se mordió el labio.
—Espera aquí —dijo. Salió corriendo de la casa. Estuvo fuera veinte minutos. Cuando volvió, traía una libra en la mano. Era una libra que había guardado, hacía mucho tiempo, en el muro de la fábrica, y que nos había dicho que utilizásemos para enterrarla cuando se muriese. Me obligó a aceptarla. La besé de nuevo—. ¿Volverás algún día? —preguntó. Le dije que no lo sabía…
De modo que abandoné el barrio por segunda vez e hice el viaje hasta Briar. Esta vez no hubo niebla. El tren circulaba sin tropiezos. En Marlow, el mismo jefe que se había reído de mí cuando le pregunté si había coches de alquiler, vino ahora a ayudarme a bajar del vagón. No se acordaba de mí. En caso de acordarse, tampoco me habría reconocido. Estaba tan flaca que creo que pensó que era una joven inválida.
—Viene de Londres a tomar el aire, ¿verdad? —me dijo, afablemente. Miró mi pequeño equipaje—. ¿Podrá llevarlo? —Y a continuación, como la vez anterior—: ¿Viene a recogerla alguien?
Le dije que iría a pie. Caminé un par de kilómetros. Me detuve a descansar en los escalones de una cerca, y un hombre y una chica pasaron en un coche de caballos, me miraron y debieron de pensar

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 2:55 am

también que era una inválida, pues detuvieron el coche y me ofrecieron transporte. Me dejaron sentarme en el pescante. El hombre se puso el abrigo sobre los hombros.
—¿Va lejos? —dijo.
Dije que iba a Briar, que podía dejarme en algún lugar cerca…
—¡A Briar! —dijeron al oírlo—. Pero ¿qué se le ha perdido allí? No hay nadie en la casa desde que murió el señor. ¿No lo sabía?
¡Nadie en la casa! Moví la cabeza. Dije que sabía que el señor Lilly había estado enfermo. Que había perdido la facultad del habla y la movilidad de las manos, y que había que alimentarle con una cuchara. Ellos asintieron.
—¡Pobre caballero! —dijeron. Había sobrevivido en un pésimo estado durante todo el verano, con aquel calor terrible—. Dicen que al final apestaba —dijeron, bajando la voz—. Pero aunque su sobrina… la del escándalo, pues se fugó con un caballero…, ¿sabía eso? —yo no respondí—, aunque ella volvió para atenderle, el anciano murió el mes pasado, y desde entonces la casa ha estado cerrada a cal y canto.
¡Así que Maud había venido y se había ido! Si yo lo hubiera sabido… Volví la cabeza. Cuando hablé de nuevo, la voz me temblaba. Confié en que lo atribuyeran al traqueteo del coche.
—¿Y la sobrina, la señorita Lilly? ¿Qué…, qué fue de ella? —dije.
Pero ellos se encogieron de hombros. No lo sabían. Algunos decían que había vuelto con su marido. Otras personas decían que se había marchado a Francia.
—¿Pensaba visitar a alguno de los sirvientes? —dijeron, mirando mi vestido estampado—. También ellos se han ido. Todos menos uno, que se ha quedado para que no entren ladrones. No me gustaría su trabajo. Dicen que la mansión está encantada ahora.
Era una contrariedad, sin duda. Pero las esperaba y estaba dispuesta a sufrirlas. Cuando me preguntaron si quería que me llevasen de vuelta a Marlow, dije que no, que seguiría adelante. Pensé que el criado sería Way. Pensé: «Le buscaré. Me reconocerá. Y, ¡ah!, él ha visto a Maud. Me dirá adonde ha ido…».
Me dejaron, pues, donde empezaba la tapia del parque de Briar, y fui caminando desde allí. El sonido de los cascos del caballo se fue alejando. La carretera estaba desierta, el día era sombrío. Sólo eran las dos o tres de la tarde, pero el atardecer parecía congregarse ya en las sombras, a la espera de extenderse y crecer. La tapia me pareció más larga que cuando la recorrí en el carruaje de William Inker: caminé durante lo que me pareció una hora hasta que vi el arco de la entrada y el tejado del pabellón del guardés que había al otro lado. Avivé el paso, pero entonces el corazón se me encogió. El pabellón estaba cerrado y oscuro. Las verjas estaban cerradas con una cadena y un candado, y había montones de hojas. El viento producía una especie de quejido tenue al chocar contra los barrotes de hierro. Cuando llegué a la verja y la empujé, chirrió.
—¡Señor Way! —grité—. ¡Señor Way!
Mi voz espantó a una docena de pájaros negros de los arbustos que alzaron el vuelo, graznando. Era un sonido estridente. Pensé: «Sin duda llamará la atención de alguien». Pero no fue así: los pájaros siguieron graznando, el viento gimoteó más fuerte a través de los barrotes, grité de nuevo; no vino nadie. Entonces miré la cadena y el candado. La cadena era larga. Creo que estaba allí sólo para ahuyentar a las vacas y los chicos. Pero yo estaba más delgada que un chico. Pensé: «No es ilegal. Yo trabajaba aquí. Podría trabajar aquí todavía…». Empujé de nuevo las verjas todo lo que pude, y la abertura era lo bastante ancha para poder pasar por ella.
Se cerraron a mi espalda con un estrépito espantoso. Los pájaros se asustaron otra vez. Pero no vino nadie. Aguardé un minuto y luego empecé a andar. En el lado de dentro de la tapia, todo parecía más silencioso que antaño; más silencioso y más raro. No me separé del camino. Los árboles parecían susurrar y suspirar al impulso del viento. Las ramas estaban desnudas. Sus hojas formaban un grueso manto en el suelo: se habían mojado y se me pegaban a la falda. Aquí y allá había charcos de agua embarrada. Aquí y allá había matorrales espesos. También la hierba del parque estaba alta, agostada por el sol del verano pero perlada de lluvia. Sus puntas se estaban volviendo viscosas y desprendían un olor singular. Creo que había ratones. Quizás hubiese ratas. Las oí escabullirse mientras caminaba.
Aceleré el paso. El camino, después de ir cuesta abajo, comenzó a ascender. Recordé que lo había recorrido en la oscuridad con William Inker. Sabía lo que venía después: sabía dónde giraba y lo que vería entonces… Lo sabía, pero aun así me sobresaltó volver a ver de repente la casa; verla erguirse de la tierra, tan gris y lúgubre. Me detuve en el borde del camino de grava. Casi me entró miedo: tan perfectamente silencioso y oscuro estaba todo. Las ventanas estaban cerradas. Había más pájaros negros en el tejado. La hiedra de los muros había perdido su asidero y ondeaba como una cabellera. La gran puerta delantera que la lluvia siempre alabeaba sobresalía más que nunca. Más hojas mojadas llenaban el pórtico. No parecía una casa de personas, sino de fantasmas… Recordé de pronto lo que el hombre había dicho de que estaba encantada…
Sentí un escalofrío. Miré a mi alrededor y atrás, al camino por donde había venido, y luego a la explanada de césped. Se adentraba en bosques oscuros e intrincados. Los senderos que yo había recorrido con Maud ya no existían. Eché hacia atrás la cabeza. El cielo era gris y escupía lluvia. El viento seguía susurrando y suspirando en los árboles. Tirité otra vez. La casa parecía vigilarme. Pensé: «¡Si al menos encontrara a Way! ¿Dónde estará?». Y fui caminando hasta la parte trasera de la casa, a los establos y patios. Caminaba con tiento, porque mis pasos resonaban mucho. Pero allí todo estaba igual de silencioso y vacío. No ladró perro alguno. Las puertas del establo estaban abiertas y no había caballos.
El gran reloj blanco seguía en su sitio, pero las agujas y esto fue lo que más me perturbó estaban paradas, y marcaba una hora equivocada. El reloj no había sonado en todo el rato: creo que era aquello lo que hacía que el silencio resultara tan extraño. «¡Señor Way!», llamé, pero en voz baja. No tenía sentido gritar allí. «¡Señor Way! ¡Señor Way!». Entonces vi que una de las chimeneas expulsaba un único penacho de humo. Eso me animó. Fui a la puerta de la cocina y llamé. No hubo respuesta. Probé la manilla. Cerrada con llave. Fui a la puerta del jardín, por la que yo había huido aquella noche con Maud. También estaba cerrada con llave. Volví, pues, a la fachada. Fui a una ventana, abrí el postigo hacia mí y miré adentro. No veía nada. Pegué las manos y la cara al cristal, y pareció que el pestillo de la ventana cedía mientras yo empujaba… Dudé durante un minuto largo; empezó a llover torrencialmente. Di un golpe. El pestillo saltó de sus goznes y la ventana se abrió hacia dentro. Me encaramé al alféizar y salté al interior.
Me quedé completamente inmóvil. El ruido del pestillo al romperse debió de ser estruendoso. ¿Y si Way lo había oído y acudía con una pistola, creyendo que era un ladrón? Me sentía como tal, ahora. Pensé en mi madre…, pero mi madre nunca fue una ladrona. Mi madre era una dama. Mi madre era la señora de aquella mansión… Moví la cabeza. Nunca me lo creería. Empecé a caminar con todo sigilo. La habitación estaba oscura: era el comedor, pensé. Nunca había estado allí. Pero solía imaginarme a Maud sentada a la mesa de la cena con su tío; solía imaginarme los pequeños bocados de carne que daría… Me acerqué a la mesa. Estaba todavía puesta, con velas, un cuchillo y tenedor, una fuente con manzanas; pero polvo y telarañas lo cubrían todo, y las manzanas estaban podridas. El aire era denso. En el suelo había un vaso roto, un vaso de cristal, con un borde dorado.
La puerta estaba cerrada. Creo que llevaba muchas semanas sin abrirse. Pero se abrió en perfecto silencio cuando giré la manija y la empujé. Todas las puertas eran silenciosas en aquella casa. Recubría el suelo una alfombra polvorienta que amortiguaba mis pasos. No hice, pues, ningún ruido; y era como si me deslizase, como si fuera un fantasma. La idea se me hizo extraña. Al otro lado había otra puerta: la que tenía acceso al salón. Tampoco había estado nunca allí; crucé el comedor y atisbé el salón. También estaba a oscuras y lleno de telarañas. Había ceniza desparramada fuera de la chimenea. Había sillas junto al hogar, donde imaginaba que el señor Lilly y Caballero se sentaban a escuchar las lecturas de Maud. Había un sofá pequeño y duro, con una lámpara a su lado, que supuse que había sido el de ella. Me la imaginé allí sentada. Recordé su voz suave.
Al rememorarla, me olvidé de Way. Me olvidé de pensar en mi madre. ¿Qué era ella para mí? Era en Maud en quien pensaba. Tenía intención de bajar a la cocina; en lugar de eso recorrí lentamente el vestíbulo, junto a la puerta principal combada. Subí la escalera. Quería ir a las antiguas habitaciones de Maud. Quería estar donde ella había estado: en la ventana, ante el cristal. Quería tumbarme en su cama. Quería rememorar cómo la había besado y la había perdido…
Caminaba, como he dicho, como caminaría un fantasma; y cuando lloraba, lloraba como lo haría un fantasma: en silencio, sin dar importancia a las lágrimas que iban cayendo, como si supiera que tenía lágrimas suficientes para cien años, y que en ese plazo las lloraría todas. Llegué a la galería. Estaba allí la puerta de la biblioteca, entornada a medias. La cabeza de la criatura seguía colgada junto a ella, con su único ojo de cristal y los dientes puntiagudos. Recordé cómo la había tocado con los dedos la primera vez que fui a buscar a Maud. Había esperado fuera, la había oído leer… Pensé de nuevo en su voz. Pensé tan intensamente en ella que acabé creyendo que casi la oía. La oía como un murmullo, como un susurro, en el silencio de la casa.
Contuve la respiración. El murmullo cesó y luego se reanudó. No estaba en mi cabeza, sino que lo oía; venía de la biblioteca… Empecé a temblar. Quizás la casa estuviese encantada, al fin y al cabo. O quizás, quizás… Me aproximé a la puerta, posé en ella una mano trémula y la empujé. Miré, parpadeando. La habitación había cambiado. La pintura de las ventanas había sido raspada, y el dedo de latón había sido arrancado. Las estanterías estaban casi vacías de libros. Un pequeño fuego ardía en la chimenea. Empujé la puerta un poco más. Vi el escritorio del señor Lilly. La lámpara estaba encendida. E iluminada por su resplandor estaba Maud.
Estaba sentada, escribiendo. Tenía un codo apoyado en el escritorio, una de las mejillas sobre la mano alzada, los dedos curvados a medias sobre los ojos. La vi con claridad gracias a la luz. Tenía el ceño fruncido. Sus manos estaban desnudas y sus mangas recogidas, y los dedos oscurecidos por manchas de tinta. Observé cómo escribía una línea. La página ya estaba llena de líneas. En ese momento levantó la pluma y le dio vueltas y vueltas, como si no supiera qué escribir a continuación. Murmuró de nuevo, entre dientes. Se mordió los labios.
Escribió otra vez y se movió para hundir la pluma en un tintero. Y al hacer esto retiró los dedos de los ojos y levantó la cara; y me vio mirándola. No se inmutó. Estaba perfectamente inmóvil. No gritó. No dijo nada, al principio. Se quedó sentada con sus ojos puestos en los míos y una expresión de asombro. Avancé un paso y entonces ella se puso de pie y dejó que la pluma, ya entintada, rodase encima de los papeles y del escritorio y cayera al suelo. Las mejillas se le habían puesto pálidas. Asió el respaldo de la silla, como si retirar la mano hubiera supuesto caer o desmayarse. Cuando di otro paso, la agarró más fuerte.
—¿Has venido a matarme? —dijo.
Lo dijo con una especie de susurro aterrado; la oí y vi que su cara estaba blanca, no sólo debido al asombro, sino también al miedo. La idea era horrible. Volví la cara y la escondí entre mis manos. Todavía estaba húmeda de lágrimas. Ahora otras lágrimas la humedecieron aún más.
—¡Oh, Maud! —dije—. ¡Oh, Maud!
Nunca hasta entonces la había llamado por su nombre. Siempre la había llamado señorita, e incluso ahora, después de todo lo que había ocurrido, se me hacía extraño. Me apreté fuerte los ojos con los dedos. Un momento antes, había estado pensando en cómo la amaba. La había creído perdida. Me había propuesto encontrarla al cabo de años de búsqueda. Encontrarla ahora tan cálida, tan real, cuando había sufrido tanto por ella, era una emoción excesiva.
—Yo no… —dije—. No puedo…
No se me acercó. Permaneció donde estaba, todavía blanca, todavía aferrando el respaldo de la silla. Me enjugué la cara con la manga y hablé con voz más serena.
—Había un papel —dije—. Encontré una hoja de papel escondida en el vestido de la señora Sucksby…
Mientras hablaba notaba la carta, rígida, dentro de mi ropa; pero ella no respondió, e intuí por ello y vi, por la expresión de su cara que ella sabía de qué papel le estaba hablando, y lo que decía. A mi pesar, tuve un impulso de odio hacia ella; duró sólo un instante y, una vez pasado, me debilitó. Fui hacia la ventana para sentarme en el alféizar. Dije:
—Pagué a alguien para que me lo leyera. Y luego caí enferma.
—Lo siento —dijo Maud—. Sue, lo siento.
Pero no se me acercó todavía. Volví a enjugarme la cara. Dije:
—Me han traído un hombre y una chica. Me han dicho que tu tío ha muerto. Me han dicho que aquí no había nadie más que Way…
—¿Way? —Frunció el ceño—. Way se marchó.
—Un criado, me han dicho.
—Debían de referirse a William Inker. Se ha quedado conmigo. Y su mujer me prepara las comidas. Eso es todo.
—¿Sólo ellos y tú? ¿En esta mansión? —Miré alrededor, con un escalofrío—. ¿No tienes miedo?
Ella se encogió de hombros, se miró las manos. Se le ensombreció el semblante.
—¿De qué puedo tener miedo ahora? —dijo.
Sus palabras, y el modo en que las dijo, significaban tantas cosas que tardé en responder. Cuando volví a hablar, lo hice en voz más baja.
—¿Cuándo lo supiste? —dije—. ¿Cuándo lo supiste todo acerca de nosotras? ¿Lo sabías desde el principio?
Ella movió la cabeza. También habló en voz baja.
—No —dijo—. No hasta que Richard me llevó a Londres. Entonces ella… —Se sonrojó, pero levantó la cabeza—. Entonces me lo dijeron.
—¿Antes no? —dije.
—Antes no.
—Entonces también te engañaron.
Antes me hubiera alegrado saberlo. Ahora formaba parte de todas las cosas funestas y terribles que había sufrido y visto y aprendido en los últimos nueve meses. Durante un minuto no dijimos nada. Me dejé caer contra la ventana y apoyé la mejilla en el cristal. Estaba frío. La lluvia era pertinaz. Mojaba la grava delante de la casa y la apelmazaba. El césped parecía machacado. A través de las ramas desnudas y mojadas del bosque enmarañado, sólo distinguía la silueta de los tejos y el tejado puntiagudo de la pequeña capilla roja.
—Mi madre está enterrada allí —dije—. Miraba su tumba sin pensar en nada. Creía que mi madre había sido una asesina.
—Yo creía que mi madre había sido una loca —dijo ella—. Pero…
No pudo decirlo. Yo tampoco. No todavía. Pero me volví a mirarla de nuevo, tragué saliva y dije:
—Fuiste a verla a la cárcel.
Yo me había acordado de lo que dijo la celadora. Maud asintió.
—Me habló de ti —dijo.
—¿De mí? ¿Qué dijo?
—Que esperaba que nunca lo supieras. Que antes que eso prefería que la ahorcaran diez veces. Que ella y tu madre se habían equivocado. Que habían decidido convertirte en una chica ordinaria. Que aquello fue como coger una joya y esconderla en el polvo. El polvo se desprende…
Cerré los ojos. Cuando los abrí, Maud se me había acercado por fin.
—Sue —dijo—. Esta casa es tuya.
—No la quiero —dije.
—El dinero es tuyo. La mitad del dinero de tu madre. Todo el dinero, si quieres. Yo no he reclamado nada. Serás rica.
—No quiero ser rica. Nunca he querido ser rica. Sólo quiero…
Pero vacilé. Mi corazón estaba demasiado henchido. La mirada de Maud estaba demasiado cerca, era demasiado clara. Pensé en la última vez en que la había visto; no durante el juicio, sino la noche en que murió Caballero. Aquella noche le brillaban los ojos. Ahora no le brillaban. Entonces tenía el pelo rizado; ahora estaba lacio, sin alfileres, se lo había recogido y atado con una cinta sencilla. Las manos no le temblaban. Estaban desnudas y, como ya he dicho, manchadas de borrones de tinta. También tenía tinta en la frente, de habérsela apretado. Su vestido era oscuro y largo, aunque no le llegaba del todo al suelo.
Era de seda, pero abrochado por delante. El corchete de arriba estaba suelto. Por detrás de él vi los latidos en su garganta. Miré a otro lado. Luego volví a mirarla a los ojos.
—Sólo te quiero a ti —dije.
La sangre le enrojeció la cara. Separó las manos, dio un paso más hacia mí y casi, casi me tocó. Pero se volvió y bajó la mirada. Se colocó junto al escritorio. Puso la mano sobre el papel y la pluma.
—No me conoces —dijo con un tono raro, monótono—. Nunca me has conocido. Había cosas…
Inspiró y retuvo el aire en los pulmones.
—¿Qué cosas? —dije.
—Mi tío… —dijo, alzando la vista con temor—. Los libros de mi tío… Tú me creías buena. ¿No es cierto? Nunca lo he sido. Yo era… —Pareció que, por un momento, se debatía consigo misma. Volvió a moverse, se dirigió a los anaqueles que había detrás del escritorio y cogió un libro. Se lo apretó contra el pecho, se dio media vuelta y me lo trajo. Lo abrió entre sus manos—. Aquí mismo. —Vi que fijaba la mirada. Y empezó a leer, con la misma voz impersonal con que había hablado antes—. Qué delicioso — leyó— era el resplandor en su hermoso cuello y en sus hombros desnudos de marfil cuando la obligué a tenderse en el lecho. Qué lujosamente se alzaban sus colinas níveas contra mi pecho, en feroz confusión…
—¿Qué? —dije.
No me respondió, no alzó la vista: pasó la página y leyó de otra.
—Yo apenas sabía qué estaba haciendo; todo era ahora un esfuerzo activo: lenguas, labios, barrigas, brazos, muslos, piernas, nalgas, y todo ello en acción voluptuosa.
Ahora les tocaba enrojecer a mis mejillas.
—¿Qué? —dije en un susurro.
Ella pasó más páginas y siguió leyendo.
—Rápidamente mi mano osada asió su tesoro más secreto, haciendo caso omiso de sus blandas quejas, que mis besos ardientes redujeron a meros murmullos, mientras mis dedos penetraban en el conducto encubierto del amor…
Se detuvo. El corazón le latía más deprisa, aunque su voz se había mantenido igual de monótona. Mi corazón latía también bastante fuerte. Dije, sin comprender aún del todo:
—¿Los libros de tu tío?
Asintió.
—¿Todos son como éste?
Asintió de nuevo.
—¿Todos son así? ¿Estás segura?
—Completamente.
Cogí el libro de su mano y miré la letra impresa en sus páginas. A mí me parecía un libro cualquiera. Lo posé, fui a las estanterías y cogí otro. Parecía igual. Cogí otro más, y éste tenía ilustraciones. Nunca habrán visto estampas parecidas. Una era de dos chicas desnudas. Miré a Maud y me pareció que el corazón se me encogía.
—Lo sabías todo —dije. Fue lo primero que pensé—. Has dicho que no sabías nada, pero todo el tiempo…
—No sabía nada —dijo.
—¡Lo sabías todo! Me obligaste a besarte. ¡Hiciste que deseara besarte otra vez! Durante todo ese tiempo venías aquí y…
Se me quebró la voz. Ella observaba mi cara. Pensé en las veces en que había venido a la puerta de la biblioteca y oído la elevación y el descenso ahogados de su voz. Pensé en ella leyendo a los caballeros a Caballero mientras yo comía tartas y natillas con la señora Stiles y con Way. Me puse la mano en el corazón. Se había encogido y comprimido tanto que me dolía.
—¡Oh, Maud! —dije—. ¡Si lo hubiera sabido! Pensar que tú… —Empecé a llorar—. Pensar que tu tío… ¡Oh! —Mi mano voló a mi boca—. ¡Mi tío! —Era la idea más peregrina de todas—. ¡Oh! — Todavía sostenía el libro en mis manos. Lo miré y lo solté como si me quemara—. ¡Oh!
Era lo único que acertaba a decir. Maud se mantenía muy quieta, con la mano encima del escritorio. Me enjugué los ojos. Luego miré de nuevo las manchas de tinta en las manos de Maud.
—¿Cómo puedes soportarlo?
Ella no contestó.
—Pensar en él —dije—, ¡en aquel cabrón! ¡Llamarle hediondo sería quedarse corto! —Me retorcí las manos—. Y ahora, ¡mirarte y verte aquí, todavía aquí, con sus libros a tu alrededor…!
Recorrí con la mirada los estantes, y tuve ganas de destrozarlos. Fui hacia Maud y extendí la mano para acercarla. Pero ella se escabulló. Movió la cabeza de una forma que en cualquier otro momento me habría parecido orgullosa.
—No me compadezcas por él —dijo. Está muerto. Pero sigo siendo lo que él me hizo ser. Siempre lo seré. La mitad de los libros están estropeados o vendidos. Pero yo estoy aquí. Y mira. Tienes que mirarlo todo. Mira cómo me gano la vida.
Cogió un papel del escritorio, sobre el que yo la había visto escribiendo. La tinta todavía estaba húmeda.
—Un día pregunté a un amigo de mi tío si podía escribir para él —dijo—. Me mandó a una residencia para mujeres indigentes. —Sonrió con amargura—. Dicen que las damas no escriben semejantes cosas. Pero yo no soy una dama…
La miré sin comprender. Miré el papel que tenía en la mano. Entonces se me paró el corazón.
—¡Estás escribiendo libros así! —dije. Asintió sin hablar. Su semblante era grave. No sé qué cara puse. Creo que la tenía ardiente—. ¡Libros así! —dije—. No puedo creerlo. De todas las situaciones en que pensé encontrarte… Y luego encontrarte aquí, completamente sola en esta casa enorme…
—No estoy sola —dijo—. Ya te lo he dicho. William Inker y su mujer se ocupan de mí.
—Encontrarte aquí, completamente sola, escribiendo libros de ésos…
De nuevo se mostró casi orgullosa.
—¿Por qué no iba a escribirlos? —dijo. Yo no lo sabía.
—No parece algo decente —dije—. Una chica como tú…
—¿Como yo? No hay chicas como yo.
Tardé un momento en contestar. Miré otra vez el papel que tenía en la mano. Dije con voz queda:
—¿Ganas dinero con eso?
Se ruborizó.
—Un poco. Suficiente, si escribo deprisa.
—Y a ti… ¿te gusta hacerlo?
Se sonrojó aún más.
—Creo que valgo para esto… —Se mordió el labio. Seguía mirándome a la cara—. ¿Me odias por eso? —dijo.
—¡Odiarte! —dije—. Cuando ya tengo cincuenta motivos para odiarte, y solamente…
Solamente te quiero, quise decir. Pero no lo dije. ¿Qué puedo decirte? Si aún era capaz de enorgullecerse, yo, de momento, podría… De todos modos, no necesitaba decirlo; ella podía leerlo en mi cara. Le cambió el color, se le aclaró la mirada. Se puso una mano delante de los ojos. Sus dedos dejaron más manchas de tinta negra. No pude aguantarlo. Alargué la mano rápidamente y le sujeté la muñeca; me mojé el pulgar de saliva y empecé a frotarle la piel de la frente. Lo hice pensando sólo en la tinta y en su piel blanca, pero ella notó mi mano y se paralizó. Mi pulgar se movía lentamente. Se desplazó a su mejilla. Luego descubrí que le estaba abriendo la cara con mi mano. Cerró los ojos. Su mejilla era tersa…, no como una perla, sino más cálida. Volvió la cabeza y apretó la boca contra mi palma. Sus labios se suavizaron. No se le borró la mancha de la frente; en definitiva, pensé, no era más que tinta.
Tembló cuando la besé. Recordé cómo había sido hacerla temblar cuando yo la besaba, y yo, a mi vez, empecé a temblar. Yo había estado enferma. ¡Creí que me iba a caer redonda! Nos separamos. Se colocó la mano contra el corazón. Tenía aún en ella la hoja de papel. Descendió aleteando hasta el suelo. Me agaché, la recogí y alisé sus pliegues.
—¿Qué pone aquí? —pregunté.
Ella dijo:
—Está lleno de palabras para decir que te deseo… Mira.
Cogió la lámpara. En la habitación había oscurecido, la lluvia azotaba todavía el cristal de la ventana. Pero ella me llevó hasta el fuego, me sentó y se sentó a mi lado. Sus faldas de seda se alzaron de repente y luego descendieron. Depositó la lámpara en el suelo, esparció las hojas y empezó a enseñarme, una por una, las palabras que había escrito

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Re: Falsa identidad por Sara Waters

Mensaje por Admin el Miér Jun 29, 2016 11:38 pm

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