La insensata geometría del amor por Susana Guzner

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La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:37 pm

autor: Susana Guzner



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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:38 pm

—Pidamos pronto —dijo sin alzar la vista del menú— porque me muero de hambre.
—Sí, pidamos pronto porque me muero de amor —me oí responder mientras cerraba la carta y la dejaba sobre el mantel con gesto negligente.
De inmediato, y como un relámpago, mis propias palabras me fulminaron y quedé paralizada. ¡Qué lapsus tan inconcebible! No me lo podía creer, no daba crédito a lo que acababa de decirle a una perfecta desconocida. ¿Qué había hecho? ¿Cómo había perdido el control de una manera tan infantil y estúpida? Desde luego no había sido yo quien había hablado, o, lo que es lo mismo, no mi cerebro, sino la parte más remota y nebulosa de mi ser. “Ojalá las palabras hayan sido tan sólo un susurro inaudible" deseé con vehemencia, la cabeza inclinada sobre el pecho, aunque hayan resonado en mi cráneo como una avalancha de cantos rodados.” Sin duda tenía que ser eso, un murmullo ininteligible que Eva ni siquiera había captado. Pero... ¿Y si no? ¿Y si mi voz había retumbado con estridencia pronunciando una frase tan rotunda e inequívoca que no sólo ella sino los comensales de alrededor la habían oído con claridad meridiana? Sentí por un instante que el corazón se me detenía y pensé con una mezcla de angustia e indiferencia que a la próxima sístole no le seguiría la consiguiente diástole. Iba a desmayarme, lo sabía, ya está, se acabó.
Y sin embargo, así empezó todo.
Me sobrecogía la brutalidad de mi propio sentimiento. En un arranque convulso e incontrolado había desenmascarado las emociones contradictorias que me habían desconcertado el corazón a lo largo de este día maravillosamente inacabable, como una amalgama informe de sensaciones tórridas y desazonantes que carecían de una forma definida y de un nombre concreto.
Ahora, al manifestarlas en voz alta, habían cobrado vida propia y escapaban a mi vigilancia. “En cualquier caso, me haya escuchado o no —procuré consolarme—, lo dicho dicho está.” La intuición me decía que sería un acto inútil intentar un último esfuerzo racional y sumergirme en una maraña de especulaciones mentales, argumentos y contraargumentos y explicaciones torpes, cuando lo que mis vísceras vivían era un irrefrenable torbellino. Lo que sentía era amor, y punto. ¿Por qué llamarle de otra manera? Reconocía, vaya si reconocía, esa sensación imperiosa, anhelante y anárquica capaz de enajenarme y mezclarme con otra identidad, ese deseo convulso de crear un “nosotras” más allá del tú y el yo.
¿Desde cuándo sentía que la amaba? ¿Desde el preciso instante anterior? ¿Desde que había nacido? ¿Desde hacía tres horas, tres años, tres vidas? Determinar el momento exacto en que el amor irrumpe no es nada fácil, al menos para mí. Nunca he sabido desentrañar el misterioso mecanismo por el cual traspasamos la porosa frontera de la simpatía o el interés por el otro y nos encontramos sin premeditación alguna transitando de lleno en el perturbador y resbaladizo territorio amoroso. “Una se enamora por decreto mental — solía decir Sara, una antigua amiga de la universidad—. Te sientes inquieta, trastornada, y de pronto te dices: ‘¡Caramba, si lo que estoy es enamorada!’, y entonces se hace oficial, como si la mente certificara ante notario la existencia del amor.” Yo no estaba muy de acuerdo con esa teoría. La consideraba, no sé, demasiado voluntarista, racional y bastante utilitaria. Más bien siempre he concebido el amor como un impulso irreverente e intestinal del cual la pobre mente es la última en enterarse.
En cualquier caso ahí estaba yo, inmersa en un auténtico marasmo. Incluso pensé que la teoría de Sara después de todo sí era certera y mi cerebro, turbado por la emoción, se había hecho cargo de lo que las tripas sentían sin el menor asomo de duda.
Perpleja, me puse a juguetear sin ton ni son con el coqueto menú profusamente dorado de El Trianón incapaz de alzar la vista, que fue a parar sin mayor convicción sobre la servilleta aún sin desdoblar. No sé por qué el hecho de que fuera de una fina batista lila con puntillas beige primorosamente cosidas con punto de cruz en sus bordes me pareció más bien ridículo. Muy clásico, o muy naif, excesivamente comercial, incluso. Eva callaba.
Supuse que estaría mirándome, tal vez a los ojos, o a la nariz. O, en el peor de los casos, calculando la distancia que mediaba entre ella y la puerta de salida para largarse cuanto antes. Habíamos elegido una mesa para dos un poco retirada del resto, en el ángulo que flanqueaba la pared adornada con presuntos Turner y el amplio ventanal que daba a la calle. ¿Y si se marchaba? ¿Y si de pronto oía el roce de su silla retirándose hacia atrás, el rumor de su falda al ponerse de pie, sus pasos alejándose, huyendo del restaurante y de mi vida?
Tenía que hacer algo, y rápido. La declaración amorosa había escapado de mi boca sin que pudiera evitarlo, pero ya no había remedio. Podía disculparme, por ejemplo, quitándole importancia al asunto. No era mala idea. Improvisar algún chascarrillo ingenioso, algo así como “la comida francesa me pone boba desde pequeña”, o “desconfía de cada palabra que digo sin la presencia de tu abogada”.
¡Dios, mi cerebro era una gelatina! Fue su mano la que me sacó del atolladero. La vi avanzar lentamente sobrevolando las copas como una cometa mansa hasta que llegó junto a la mía, que seguía aferrada al menú como una náufraga a la última astilla del barco hundido. Sus dedos apenas me tocaron, pero sentí el tenue peso de su palma sobre mi dorso y...
No. No fue un escalofrío, ni un desvanecimiento, ni un perder los sentidos. Tampoco escuché resonar súbitamente en mi cabeza el maravilloso tema con el que alcanza su clímax el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven, ninguna nube multicolor me cegó las pupilas ni me estremeció el cuerpo una de esas sacudidas brutales y epilépticas que me había visto obligada a traducir tantas veces en incontables novelas de amor.
Simplemente sentí que me inundaba una felicidad infinita, abarcadora, pacífica, como líquida, una sensación de sosiego que creía olvidada y que venía a poner orden en cualquier caos. Como si todo lo anterior, nuestro encuentro casual esa misma mañana en el aeropuerto, el vuelo anulado por amenaza de bomba, el traslado de vuelta a Roma, el interminable vagabundeo por la ciudad, la mutua invitación a cenar y también mi existencia, su existencia, la historia de la humanidad e incluso el Big Bang hubieran sido hasta ahora una concatenación ciega de sucesos dispersos, una salva alocada de acontecimientos entrópicos y azarosos que ahora, mágicamente, se organizaban en un todo ordenado y perfecto, en una secuencia redonda y total. Poco importaba ya si me había oído o no. Como borracha, me confesé balbuceante: “Sí, me muero de amor”.
Rozó mi barbilla con sus dedos y me obligó a levantar la cabeza. La miré. Sonreía de un modo que me perturbó por lo inesperado. No parecía enfadada ni mucho menos escandalizada. Más bien tenía un aire de seguridad en sí misma y emanaba una impresión de dominio sobre una situación que, lo supe más tarde, no le era desconocida.
—¿Y ahora qué, María o como te llames? —preguntó en un susurro sin dejar de sujetarme con delicadeza. Para mi asombro, respondí retadora:
—Ahora qué. Y no me llamo María. Caramba.
De repente me había vuelto agresiva, y de qué manera. ¿De dónde salía este cambio repentino? ¿El orden impoluto de hacía tan sólo un segundo se había esfumado como el humo de una hoguera mal amañada permitiendo que el caos se adueñara otra vez de mi vapuleada persona? ¿Adónde se había ido aquel instante perfecto e iridiscente como una perla?
Eva, por toda respuesta, echó la cabeza hacia atrás y rió con ganas. ¿Por qué yo negaba mi nombre sin motivo ninguno, si nunca antes lo había hecho? La miré reír con cierto embarazo, entre avergonzada y divertida. Al menos no había huido y seguía frente a mí, del otro lado de la mesa.
¡Qué hermosa era! La boca generosa, expresiva y omnipotente parecía tragarse el universo de un bocado. No, más exactamente: el universo emergía de dentro suyo, como si hubiera estado reteniéndolo en su interior y hubiera decidido, magnánima, devolvérnoslo a los mortales. Incapaz de hablar, mis ojos iban de su boca a sus ojos, y de sus ojos a su pelo, largo, rizado y del color de las castañas maduras. Fue lo primero que me había atraído de ella al verla en el aeropuerto. Yo acababa de facturar y al entrar en la cafetería dispuesta a distraer la espera de mi vuelo a Madrid con uno de esos horribles café express de Fiumiccino allí estaba ella, sentada sola en una mesa, su hermosa cabellera volcada casi totalmente sobre el periódico que estaba leyendo. Al pasar a su lado alzó la cabeza con gesto rápido y con una mano se echó el pelo hacia atrás despejándose la frente, como buscando algo o a alguien con la mirada.
Su presencia rotunda me golpeó como una ráfaga de viento caliente. Recuerdo que me dije en italiano: Madonna, quanto è bella..., y seguí mi camino mirando fijamente hacia la barra. Sin embargo, sin proponérmelo y sintiéndome un poco grotesca, reculé imprevistamente hacia la entrada y aparqué en una mesa desde donde podía observarla a mis anchas sin llamar demasiado su atención.
—Una birra, nastro azzurro —pedí automáticamente cuando se acercó el camarero. ¿Pero es que no iba a tomar café? Eran las diez de la mañana y no bebo sino en las comidas, y aunque el express italiano es muy fuerte y no puedo con él pensaba pedirlo americano. Pero bien mirado sí, mejor una cerveza, ¿Por qué no? Me esperaba un trayecto en avión y el alcohol me ayudaría a hacer soportable ese turbador paréntesis de tiempo y espacio que me provoca el volar.
Cada tanto, como si me sintiera en falta, miraba a mi hermosa desconocida, absorta en su lectura. En realidad no podía apartar la vista de ella, pese a mis esfuerzos por interesarme en el cenicero colmado de papeles que tenía delante, en la pantalla que anunciaba las llegadas y salidas de los vuelos o en el intenso color carmesí de las chaquetas de los camareros.
El gesto de su brazo cada vez que alzaba la copa y la llevaba a sus labios me tenía hechizada. Era un movimiento lento y preciso, una película proyectada fotograma a fotograma, y el ángulo que creaba su antebrazo al alzar la copa rozaba la perfección. Saber qué estaba bebiendo se convirtió en una urgente prioridad. Ese líquido transparente podía ser un Seven Up, una tónica, ginebra o cualquier bebida blanca.
Tal vez simplemente agua del grifo. Tenía que descifrarlo y puse todo mi empeño en ello. ¿Un gin-tonic? ¿Bebía combinados por hábito o porque, como yo, se armaba de valor para afrontar unas horas allí arriba, en territorio de nadie? Eso si era ella la pasajera, porque perfectamente podía estar esperando a alguien que llegara de cualquier parte. “¿Pero qué tonterías estoy diciendo? —me corregí al punto—. Sin duda es ella quien vuela, de lo contrario no habría pasado el control de embarque.”
Intenté recrear en mi paladar el sabor del gin-tonic para sentir el mismo gusto de su boca al tragar. Incluso pensé en preguntarle al camarero qué le había servido a aquella muchacha del cabello rizado, pero la sola idea me avergonzó de inmediato. Por la naturalidad con que sorbía sin ningún tipo de aspavientos ni regustos, decidí que el líquido translúcido era agua mineral, o al menos era lo que yo prefería que bebiera. Cuidaba de sí, de su cuerpo, elegía conscientemente su alimentación, probablemente era vegetariana y hacía deporte, una tabla de gimnasia todas las mañanas, tai-chi o bioenergética, tal vez. Caminar. Sí, seguramente tenía por costumbre caminar a diario y disfrutaba de largos paseos por el parque cercano a su casa, o por la escollera, una escarpada ladera o por dondequiera que solieramhacerlo, aspirando con deleite el olor salado de las algas y dejándose llevar por el rumor repetitivo de la rompiente, o acaso por un sendero umbroso de los bosques que frecuentaba atenta al piar de los pájaros madrugadores. Incluso, por qué no, dejando la impronta de sus huellas en los médanos dorados.
Eso si es que vivía cerca en la montaña, en el mar o en una gran ciudad donde los únicos respiros son los espacios verdes. Su cuerpo espigado y fibroso parecía hecho para andar con pasos largos y pausados durante horas. Tampoco la había visto fumar, al menos no desde que yo había entrado en la cafetería, y el cenicero de su mesa estaba limpio. Las dudas colmaban mi mente, pero de algo estaba segura: esa copa anodina que sostenía con delicadeza encerraba toda una filosofía de vida.
De pronto, tomándome por sorpresa, se puso en pie y se dirigió directamente hacia la salida. Al pasar cerca de mi mesa me miró fugazmente, supongo que porque me tenía en su campo visual. De inmediato bajé la vista y la posé sobre mi cerveza, temiendo ser descubierta en mis pensamientos.
“¡No, por favor, no te vayas, no me dejes!”, supliqué entre dientes.
Presintiendo más que viendo por el rabillo del ojo cómo se alejaba, me embargó un súbito desamparo y bebí compulsivamente buena parte del contenido de mi vaso. La enorme cafetería pareció vaciarse de repente, como si se hubiera llevado consigo todo el espacio disponible. Me sentía francamente enfadada conmigo misma, y me llamé al orden.
“¿Estás tonta, María? Pareces un tío baboso ante un calendario de taller, sopesando si las tetas de febrero son más orondas que las de octubre. Recomponte, vuelve a tus cabales, haz algo, olvídala.” Pero muy lejos de seguir mi propio consejo lo que hacía era estudiar con detenimiento su mesa abandonada buscando alguna pista que me indicara si había salido por un momento, a los aseos, por ejemplo, o si ese vuelo que acababan de anunciar por los altavoces en un inglés trabajoso, “flight number five, six, five, nine to Frankfurt” era el suyo y ya no la vería nunca más.
Las escasas avellanas que restaban en el plato de plástico, la copa semivacía y la silla apartada no eran muy elocuentes: había bebido sólo la mitad de lo que fuera y comido unos pocos frutos secos, magros indicios como para sacar conclusiones. Su periódico aún estaba sobre la mesa, pero eso no significaba nada, o al menos no garantizaba su regreso. Muchas personas lo descartan una vez leído, otras confían en que nadie lo birlará durante su breve ausencia.
Entrecerré los ojos en un esfuerzo por enfocar a distancia y averiguar en qué idioma estaba escrito. Vano intento. Lo había plegado de modo que la escritura quedaba del revés. ¿De dónde era, adónde iba?
Descarté una ascendencia anglosajona, alemana, danesa o nórdica en general. Tenía un tipo demasiado latino, esbelta, más bien alta, boca jugosa y unos pómulos que parecían tensar al límite su piel dorada y cetrina. Aunque nunca se sabe, hay suecas morenas, y también escocesas, noruegas, suizas, luxemburguesas...
“¿Pero en qué estás pensando? —volví a reprenderme—. ¿Qué más da dónde haya nacido, adónde viaja, si vive en Atenas o en Bogotá? Tú a lo tuyo.” “¿Y por qué no puedo fantasear a gusto? —me rebelé, respondona—. Soy observadora, esa chica era guapísima y hago las hipótesis que me vienen en gana”.
Estaba entre dos fuegos y no me decidía por ninguno, aunque ambos provinieran de mi propia trinchera. ¡Qué desconcierto tan tonto! Me obligué no sin esfuerzo a pensar en otra cosa, bebí de un trago lo poco que quedaba de cerveza e intenté concentrarme en pensamientos banales, cuanto más intrascendentes mejor. Qué haría apenas llegara a Madrid, por ejemplo. Una llamada a mis padres para avisar de mi regreso. Visita al súper porque la heladera estaba vacía. Toda la ropa por lavar, hacía tres semanas largas que estaba en Italia y los últimos días había tenido que apañarme con un único vaquero y unas pocas camisetas limpias.
Tendría bastante correo atrasado, como de costumbre. Mañana, o tal vez el jueves, me pondría con la nueva traducción, un libro de una tal Monica Moretti que había causado furor en su Florencia natal y ya apuntaba como best seller en el país entero. Mi editora había querido tomar la delantera a las demás editoriales españolas y ya eran suyos los derechos de la autora a precio de saldo, porque la jovencísima Moretti, tomada por sorpresa por su éxito fulgurante, todavía estaba muy verde para negociar con mano dura y era evidente que no tenía a nadie que le aconsejara.
Si no estaba muy cansada, esta noche cenaría con Silvia, tenía muchísimas ganas de verla y de divertirme con sus apasionados arrebatos feministas, o “lesbiano-feministas”, como seguramente puntualizaría ella, corrigiéndome con ese gesto grave y apasionado que adopta cuando hablamos de “el Tema”. O quizá no, a lo mejor me metía en la ducha y a la cama sin más, gozando de las sábanas recuperadas y del confort de mi propia almohada. ¿Pero qué era de la hermosa pasajera?, se empeñó en insistir mi desbocado inconsciente interrumpiendo sin miramientos mis forzadas cavilaciones.
¿Estaba rumbo a vaya saber dónde o haciendo qué? Había abordado su avión, muy simple, adiós. ¿Y si sencillamente había ido hasta el duty-free...? Era una buena hipótesis, y me reconfortó. La imaginé regresando a la cafetería con una bolsa entre sus espléndidos brazos. Miré otra vez hacia su mesa y me percaté que desde la barra un hombre muy bien trajeado por Emidio Tucci, sesentón, canoso y repeinado, me sonreía a la vez que levantaba su vaso con gesto invitante.
Era una intromisión inesperada en mi intimidad que me disgustó y me pregunté cuánto tiempo haría que me estaba observando, incluso si se habría dado cuenta de mi turbación.
“Y mañana al banco —insistían mis neuronas, empeñadas en retornarme a mis cabales—. A primera hora, que hay poca gente. Rizzo ha prometido un giro urgente y ese puñado de eurazos del trabajo para la embajada te viene de perlas para terminar de pagar el nuevo PC portátil.” “Rizzo, ese fantasma, no se cree ni la mitad de lo que promete —contradije a mi cerebro— y además posee la rara virtud de darle la vuelta a las situaciones de manera que parecería que he de ser yo quien pague por mi trabajo y no él, y a ser posible en especias.”
Casi la había olvidado, pero al llamar al camarero para abonar la consumición atravesó la puerta con aires de princesa indolente y se encaminó a la misma mesa que había dejado. Efectivamente, colgaba de su mano una pequeña bolsa del dutyfree, y me felicité por lo atinado de mis deducciones.
“De modo que no te has ido a Frankfurt”, pensé complacida mientras observaba atenta cómo recogía su larga falda color vino al sentarse, cruzaba las piernas dejando ver unas sandalias escuetas que a duras penas cubrían sus pies y desplegaba el periódico para sumirse otra vez en su lectura.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:39 pm

Sus actos eran un bloque de movimientos justos y elegantes, y se acoplaba a su espacio personal con la compleja simplicidad de un ave que vuela. Yo estaba rendida, mirándola ya sin disimulos, seducida por ese modo de mover el aire alrededor suyo como quien dice “aquí estoy, éste es mi lugar y sólo entran visitas con invitación especial”. El sesentón de la barra tampoco le quitaba la vista de encima. No me importó, que mire, que haga sus cálculos y hasta la imagine jadeando en su abrazo. Había vuelto, podía contemplarla y gozar de la visión. Madonna, quanto è bella...
Ahora estábamos aquí, en El Trianón, y ella reía. ¿Cómo explicarle y explicarme mi repentino enfado? Quería divertirme con ella, dar un salto de volatinera y ponerme del revés, recomenzar la escena con otro guión, pero no podía. Mi consciencia estaba en duermevela y toda yo como vaporosa, hecha de gasa por dentro, de tul por fuera. En un intento por recomponer mi imagen dejé vagar la mirada a mi alrededor.
Bastante gente hablando a media voz. Ellos estudiando la carta de vinos con aire profesoral, los platos perfectos en bandejas impecables rumbo a su destino, unas mesas coquetas y con la elegancia neutra de los restaurantes franceses, que se imitan perennemente a sí mismos. Las mujeres demasiado puestas, demasiado maquilladas, demasiado sobreactuadas en su papel de “señora con hombre a la hora de la cena”. Suspiré varias veces, un poco para aliviar la tensión, otro por hacer algo que no fuera estrujar la servilleta. No sabía qué decir. Eva, en cambio, parecía muy jugosa. Era evidente que se sentía a sus anchas.
—Deja que adivine —me dijo manejando la ironía como una artesana—. Puesto que no eres María como me habías dicho y yo no puse en duda, has de tener otro nombre. Te llamas, te llamas... Augusta. Eso es, Augusta. —Humedeció sus labios ponderando su elección y añadió—: No está nada mal, es muy sonoro, potente, te va. Augusta... —repitió para sí—. Pero tal vez lo encuentras excesivamente solemne —decidió de inmediato—, con un peso... arcaico, histórico, de foro romano, digamos. A veces se te hace demasiado duro de llevar y te inventas otros nombres, quizá uno distinto según la ocasión. ¿He dado en el clavo?
Por toda respuesta encendí un Winston al mejor estilo Robert Mitchum, gesto, por otra parte, que deploro ver en otras mujeres.
—O acaso tienes uno de esos nombres de santoral tan fuera de onda —especuló cada vez más zumbona—. Águeda, Diosdada, Consolación... ¡No, peor, el de un rey godo pero en femenino, tipo Recesvinda, o Recareda...!
De repente, y a pesar de la nebulosa que me envolvía, sentí que la detestaba con una intensidad que no reconocía en mí. ¿Era sólo paranoia o efectivamente se estaba burlando con todo desparpajo? Deseé con toda el alma echar a correr y perderme por Trastevere hasta quedarme sin aliento y amanecer con los huesos molidos entre las pilastras del puente Cavour.
—Perdona —dije poniéndome de pie con brusquedad—, enseguida vuelvo.
Me colgué el bolso en bandolera con decisión y casi huí de la mesa. De una rápida ojeada supe dónde estaban los aseos. Tengo un sexto sentido para detectarlos en los lugares públicos aunque sea la primera vez que los frecuento, y fingiendo una desenvoltura que no tenía me metí en un pequeño pasillo pintado del mismo color asalmonado del comedor y me detuve frente a dos primorosas puertas de madera noble.
Suelo desconcertarme ante los variopintos símbolos femeninos y masculinos que se inventan para distinguir los servicios, pero he desarrollado un sistema infalible: sé que los hombres gustan de exhibir sus micciones y dejan la puerta entreabierta, lo cual me facilita la elección. Este primoroso restaurante no era una excepción a la regla, así que abrí sin titubeos la puerta y me precipité hacia el lavabo.
Tiempo, necesitaba ganar tiempo. Me sentía densa, mercurial, pero sobre todo no tenía la menor idea de lo que me estaba ocurriendo, este alocado vaivén de sentimientos que me sacudía como a un títere maltrecho. Con gesto mecánico me lavé copiosamente la cara. Al verme me arrepentí de inmediato: la base de maquillaje había desaparecido y un pequeño reguero de rímel corría cuesta abajo por mi mejilla dándome un aspecto de fantoche, a lo Giulietta Massina en Las noches de Cabiria.
Me miré detenidamente cual si fuera la primera vez, como si alguien hubiera pronunciado la fórmula banal de “Fulanita, te presento a María” y yo tuviera que reaccionar ante un rostro nuevo. ¿Me lo parecía o mis ojos habían pasado del pardo usual a ese verdoso indefinido que lucían esporádicamente?
Me acerqué a menos de un centímetro del espejo para corroborarlo. Decididamente estaban verdes como manzanas reinetas, y a mí las pupilas me cambian de color cuando tengo fiebre. Palpé mi frente para comprobar la temperatura pero no noté nada anormal, de modo que me peiné alborotando el pelo con las manos, me quité los restos de maquillaje con un kleenex y me retoqué los labios. Al meter otra vez la barra en mi bolso éste perdió el equilibrio y todo su contenido se desparramó por el suelo.
“¡Mierda, mierda, mierda!”, mascullé con furia mientras devolvía mis trastos a su sitio a toda prisa y sin orden alguno. Me volví, fui hacia la puerta y estaba a punto de abrirla cuando me detuve en seco con la mano en el picaporte. Sentía el latido de mi corazón en las sienes, en el pecho, en el cuello, en las muñecas y hasta en las ingles. Algo muy fuerte me impedía regresar al comedor. Eva se estaría preguntando qué diablos pasaba conmigo, encerrada en un lavabo tanto tiempo, qué mujer tan rara, va de un estado a otro como una veleta enloquecida, y parecía tan alegre, tan desenvuelta... O tal vez no se estaba preguntando nada y todas eran figuraciones mías. Seguramente eran sus propios asuntos los que le entretenían el pensamiento.
Volví sobre mis pasos, me planté otra vez frente al enorme espejo sujeto por un recargado marco de madera rococó y me encaré con energía:
—Veamos, María, guapa... ¿Qué te está pasando?
Me quedé contemplando mi gesto de interrogación congelado como si esperara que mi propia imagen cobrase vida propia y respondiera como una pitonisa. Estaba literalmente paralizada.
—Venga, piensa, recapacita, te estás comportando como una esquizofrénica — le conminé a mi reflejo—, esto no es normal en ti.
Y es verdad. Por lo que sé de mí misma o cómo los demás me definen, suelo ser de talante más bien calmo y equilibrado, sin grandes altibajos dramáticos. Es más, las personas explosivas y desmesuradas en sus emociones me incordian bastante y la mayoría de las veces me siento incómoda frente a esos arrebatos tan fulminantes como efímeros que dislocan en un instante la situación, como quien elije justamente el bote de tomates que sirve de apoyo y desbarata con estrépito la torre cuidadosamente construida. “Tú eres pasional, no apasionada —suele decirme Silvia. O sea, tu estado de pasión es permanente, aunque logras controlar los estallidos. Eres del tipo mental, nena, porque le temes a tu corazón.” Cierto, lo admito. Porque cuando mi corazón habla no hay ecuanimidad posible ni deseada. Pierdo la compostura y el desastre se apodera de mí sin ceder a la piedad. Como cuando murió Lisa, por ejemplo.
Fue como un conjuro. En cuanto evoqué su nombre pareció materializarse y pude o intuí ver su imagen frente a mí. Hubiera podido incluso acariciarla con sólo extender un dedo. La intensa verosimilitud de su presencia era tal que tuve que aferrarme al mármol para no caer. Su recuerdo me atrapó como una red sutil de añoranzas.
Lisa, mi amor, mi anémona frágil intentando sonrisas, hablando de su cáncer con el tono casual y despreocupado de quien dicta una receta de cocina, ponle poco jengibre para que no sepa demasiado fuerte y a la salsa la espesas con una cucharadita de Maizena, queda perfecta. Lisa, que aún en su agonía me buscaba con la mirada translúcida y remota de los muertos y me susurraba al oído: “No me duele, cielo, no me duele nada.” Y me aferraba las manos procurando exhibir una fuerza que más que convencerme me partía en pedazos. “Nada de sonda alimenticia, no quiero sueros, sólo morfina”, había exigido y obtenido pese a la oposición intransigente de la medicina oficial, empecinada en su extraño convencimiento de que nuestra vida es suya y no nuestra, y tanto más cuando llega a su fin.
Era julio. Madrid se derretía bajo un calor exasperante, seco e impío. En el salón, el aire acondicionado rezongaba un runrún de cansancio, encendido día y noche, y nuestra casa se mantenía fresca y aromada porque Lisa amaba el perfume de los inciensos de madreselva. He olvidado cuántos fueron los días de vigilia, el estado de alerta permanente renovando las velas de colores alrededor de su cama, las horas inacabables semiinclinada sobre su rostro grisáceo, atenta a cualquier suspiro, a la sutileza de un gesto apenas insinuado, dispuesta a cumplir el más remoto e ínfimo de sus deseos, aún a sabiendas que sólo deseaba una única cosa: dejarse llevar hasta el fin como una barca de papel bogando en un riachuelo manso.
Lo que sí recuerdo con nitidez, como si no hubieran pasado casi cuatro años, cual si mi memoria se hubiera congelado en una ambarina foto fija —“no me duele, cielo, no me duele nada”—, es que en cuanto dejó de respirar tras haber abierto los ojos por un momento y dedicarme una mirada indescifrable y un vago recorrido por los rostros de su madre, de Silvia, de su inseparable amiga Ángela, de su hermano Enrique, de mis padres que velaban en un segundo plano, buceando con esos ojos inefables que no eran ya sino un remedo trágico de sí mismos, en ese preciso instante en que hacía su tránsito, yo aflojé muy lentamente mi abrazo, apoyé su cabeza inerte sobre la almohada como quien deja en tierra una pájaro yerto, y acto seguido, cual si hubiera recibido una orden telepática de obligado cumplimiento, fui hasta la alacena de la cocina, descolgué la escoba y me puse a barrer la habitación.
No derramé una sola lágrima. A los pocos días de su muerte llevé sus cenizas a Cadaqués, acompañada por Silvia, Ángela y Enrique. Lisa y yo amábamos Cadaqués, era nuestro escondite predilecto, nuestra Ítaca privada y exclusiva. En la pequeña cala a mitad de camino entre Cadaqués y Port Lligat a la que siempre volvíamos, allí donde nos pegábamos como amebas a las rocas durante horas y nos besábamos desnudas jugando con las olas breves que dejaban diminutas caracolas sobre la arenisca, contemplé cómo el mar absorbía con delicadeza lo que quedaba de Lisa sintiéndome impávida y seca como de corcho.
Entrelazando nuestras cinturas murmuramos un mantra que quería ser consolador pero que a mí me supo a un punto final tan duro como un diamante obstinado. “La muerte es un hecho natural, pero siempre resulta una violencia indebida”, escribió Simone de Beauvoir cuando murió su madre. Cierto, Beauvoir, cierto. Esa violencia indebida me devoraba de rabia y de impotencia clavándome sus garras con odio. Quería llorar, es más, mi alma pedía a gritos que dejara salir esa pena transida que me ahogaba hasta el espasmo, pero no podía. Tampoco lo hice cuando, desgarrada por dentro, desmonté nuestra casa como quien desarma un puzzle amado. Acariciar su ropa me provocaba un dolor infinito, su olor todavía adherido a las faldas, los abrigos de lana gruesa, las blusas sedosas y leves, las fundas de su almohada, las paredes, los cuadros, las toallas.
Mi música, su música, nuestra música, nuestros libros, la letra enorme y apasionada de sus cartas, sus notas dispersas en tarjetas, en los mensajes de amor que solía escribirme cuando menos los esperaba, en las listas de la compra olvidadas en algún cajón de la cocina. Su familia se mostró sumamente respetuosa conmigo, como siempre lo había sido. Yo era la heredera legítima de Lisa, su viuda por ley de amor, y con exquisita delicadeza dejaron que dispusiera de sus pertenencias incluido el apartamento, que era de su propiedad. No lo quise. Imposible vivir un solo día más respirando el aire que ella ya no respiraba conmigo, y me mudé de inmediato a casa de mis padres. ¿Dónde se había escondido el llanto? ¿En qué perdido recoveco de mi espíritu estaba atrincherado y se negaba obstinadamente a salir?
Pero la esencia de los ciclos es su perpetua mutabilidad, y habrá sido la pequeña lechera de latón con pretensiones de plata, el platillo de café desportillado en sus bordes, o tal vez el tíquet desteñido por valor de doscientas cincuenta pesetas, el importe de la consumición. Vaya a saber. El caso es que una mañana insulsa, una de tantas de aquella época nebulosa e inconsistente, noté que una congoja irreprimible me oprimía el esternón como si fuera a hundirse en mi carne y por fin el llanto hizo acto de presencia. Huyendo de una llovizna de agosto, tan intempestiva como impuntual, había buscado refugio en la cafetería El Comercial para tomar algo y leer el periódico con más empeño que ganas.
Apenas el perenne camarero anciano — nunca he podido distinguir uno del otro, El Comercial parece clonar a su personal, tal vez por aquello del estilo...— hubo depositado mi pedido sobre la mesa de mármol, las lágrimas comenzaron a brotar indiferentes a mi vergüenza y mi voluntad.
Por detrás de las enormes cristaleras, los ojos anegados, veía sin ver el hormigueo de la gente desconcertada, entrando y saliendo de la boca del metro Bilbao, amparándose del chaparrón en el quiosco de prensa, cruzando la calle Fuencarral a trompicones, sus cabezas malcubiertas por sombreros improvisados con bolsas de Los Guerrilleros o de Cortefiel y esquivando con fintas dudosas a los coches que reclamaban a bocinazos su derecho al paso.
Lloré entonces por la luz de los semáforos que cambiaban rítmicamente del verde al rojo pasando por el ámbar con pautas obstinadas, por el vapor que emanaba el asfalto caliente, lloré por las letras perfectamente moldeadas de la palabra “Bilbao” encerradas en su rombo de bordes rojos sin posibilidad de escape. Lloré por Madrid bajo la lluvia, por el azucarillo que se hundía sin remedio en la negrura del café, por todos los presentes y ausentes, por mí y mi amada muerta, por esta vida y por las otras, si es que las había, si es que yo moraba en alguna de ellas.
Una vez abiertas las compuertas del dique de los duelos ya no pude parar. Me encerraba en mi cuarto de niña en casa de mis padres con cualquier excusa para llorar a mis anchas. Imágenes, recuerdos, un alud de sensaciones arremolinadas, palabras sueltas, la voz de Lisa, la piel de Lisa, los labios de Lisa, el vientre de Lisa.
El aroma de la canela sobre el arroz con leche tibio, las masacres de guerras remotas en el telediario, el gesto mendicante de una pordiosera en cualquier esquina, una sábana áspera, María Callas desgarrando las notas de Son’ giunta, grazie a Dio, las flores marchitándose en el florero, un documental de viajes a sitios en que había estado con Lisa. Cualquier circunstancia que atravesara el frágil umbral de mi presencia de ánimo me hacía sollozar hasta el espasmo.
Mis padres me ayudaron con un amor infinito durante todo este período nefasto, la mayoría de las veces guardando un silencio respetuoso y confortable. La catarsis duró meses, un año quizá, pero poco a poco fue cediendo a la evidencia, al consuelo, a la energía vital o comoquiera que se llame. Sin darme casi cuenta retorné a lo cotidiano, a mi trabajo, a las salidas con las amigas, a reír con ganas de reír. Pasé de la penuria de sobrevivir a vivir con sosiego y alegría, construyendo mi vida más que reconstruyendo entre los escombros de la pérdida. El llanto se fue de mí y ya no regresó.
Seguía contemplándome absorta en el espejo, ajena a mí y a un par de mujeres elegantes que no había oído entrar y que me miraban de soslayo entre discretas y preocupadas. Lloraba, otra vez lloraba, estaba llorando, las dos manos aferradas con fuerza al mármol hasta que los nudillos se pusieron blancos por la presión. Un llanto como de sauce, manso y bienhechor que caía por mis mejillas y entraba por las comisuras de mi boca entreabierta. Sabía a playa. No podía ni quería reprimirlo, notaba cómo mi pecho iba aflojando su tensión y me dejé fluir como fluye una hoja seca acunándose en la corriente. “No es traición, Lisa, tú lo sabes, ¿Verdad?”
¿Era un azar que el recuerdo de mi amante hubiera surgido con tanta potencia precisamente hoy, precisamente ahora? Lo dudo. Creo poco en las casualidades. Los hechos parecen provenir de la nada, porque sí, entrópicos y caprichosos, pero estoy convencida de que surgen de un todo más abarcador, más integrador y sabio. Igual que las notas dispersas en un pentagrama, carentes de sentido en sí mismas pero parte integrante de una partitura que las dota de significado.
Mi llanto me estaba mostrando bien a las claras la razón de este día tornasolado, cambiante, de felicidades agudas y tristezas inexplicables: todo el tiempo me había sentido culposamente traidora, como si la profunda atracción por Eva marcara el segundo y definitivo entierro de Lisa y el epílogo de mi amor por ella, que hasta hoy parecía intocado y sin fisuras. Nadie me había siquiera interesado en estos años y mi viudez había sido de una lealtad inquebrantable no por voluntad sino por sentimiento. Simplemente estaba convencida de que ya no podría amar a nadie como había amado a Lisa. Y sin embargo...
—Lisa, querida, no es traición y lo sabes, como sabes que seguirás siendo la predilecta de mi corazón. Presiento que el amor ha vuelto —musité al espejo—. No la estaba buscando pero la he encontrado. Siento que la amo, apenas la conozco, todo es tan incierto, tan imprevisible... Supongo que así son las cosas.
Sollozaba monologando con mi imagen sin importarme la creciente curiosidad de las dos mujeres, y era evidente que no se marchaban por enterarse un poco más del melodrama. Una de ellas, altísima en sus tacones imposibles, me tocó levemente el hombro con gesto consolador y me susurró solícita en su italiano exquisito con acento ligeramente toscano:
—No llores, querida, ningún hombre merece una sola de nuestras lágrimas...
Dicho lo cual hizo una seña con la cabeza a su amiga y ambas se fueron casi de puntillas cerrando la puerta tras de sí dedicándome una última miradita comprensiva.
“¡Ningún hombre merece una sola...! — repetí para mis adentros—. ¡Ningún hombre merece... —mis lágrimas eran ahora espasmos entrecortados por una risa irreprimible y no podía terminar la frase — ni una sola lágrima, qué frase tan tópica, madre mía, y a mí, si supieran...!”
La carcajada fue tan potente que me sorprendió más que la llorera inesperada de hacía unos momentos. Reía y reía secándome la cara con el papel de rollo sujeto a la pared. Poco a poco, entre mocos e hipos, iba sintiéndome cada vez más ligera y recuperaba el buen humor, con ese bienestar que deja en el estómago una buena vomitona. No sé cuánto tiempo estuve así, riendo sin control, hasta que paulatinamente fui recobrando el aliento y el aplomo.
Volví a mi reflejo y me vi con otros ojos, mucho más benignos. “Eres guapa, María —me piropeé mientras me daba un poco de rímel tratando de enmascarar los estragos de tamaña descarga emocional —, y te quiero mucho, sólo que estás un poco desquiciada y a veces no sé bien qué hacer contigo. Ahora te retoco los labios, una pizca de sombra en los párpados, así, muy bien, y a comer, que tenemos hambre. —Usaba el mayestático, como cada vez que hablo con mi otro yo—. Nos vamos a premiar con una espléndida cena.” Ya podía volver a la mesa, el nudo en el pecho se había deshecho y me sentía notablemente aliviada.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:39 pm

En mi ausencia, Eva había pedido una tabla de quesos y patés y estaba comiendo con apetito. Una botella de Prosecco (¿Cómo había adivinado que es uno de mis vinos blancos predilectos?) reposaba en el cubo con hielo, y ya estaban servidas las copas. Me senté frente a ella, bebí un sorbo de vino paladeándolo con deleite, hojeé el menú y comenté conteniendo la risa a duras penas:
—¿Sabías que ningún hombre merece una sola de nuestras lágrimas?
Sorprendida, se quedó a medio camino de un bocado. Nos miramos un instante y al unísono soltamos la carcajada.
—¿Y tú sabías que en Las Landas, al sur de Francia —respondió a punto de atragantarse con el canapé—, entierran a las ocas hasta el cuello y las ceban para agrandarles el hígado hasta que mueren de cirrosis sólo para que nosotras podamos comer este paté tan delicioso? No sé si tiene mucho que ver con tu pregunta — añadió—, pero es la mejor respuesta que se me ocurre.
Habíamos recuperado el cobijo de esa burbuja de complicidad que nos había acompañado toda la tarde y me sentía a mis anchas. Por fin elegí la comida.
—Voy a tomar un rosbif a la pimienta, lo tengo clarísimo —dije con gula— y me importa poco que según las reglas del protocolo no combine con el vino blanco.
Y el postre lo tengo aún más claro: mousse de chocolate con mucha, mucha nata, una montaña de nata batida.
Eva tampoco titubeó:
—Y a mí me apetece pescado —dijo
—. Una buena merluza en salsa Bordeaux.
Y de postre, de postre...
—Por cierto, Eva —comencé a disculparme—, que antes yo...
Me acalló con un gesto de sus manos:
—Mira, de verdad que no necesito explicaciones, los asuntos de cada una...
Insistí:
—Ya, pero me gustaría que sepas... — me interrumpí mientras buscaba en cualquier parte las palabras, sin encontrarlas. ¿Qué quería confesarle, cómo hacerlo y para qué? Quizá aún insistía en enterarme si había oído mi declaración de amor. Improvisé al vuelo —: que de verdad me llamo María. María Corradi.
Me midió con la mirada. Supe entonces que había captado a la perfección los cambios de dirección de mi pensamiento. Usó la misma táctica:
—“Para servirte”, dicen las niñas bien educadas y de buena familia cuando dan su nombre en sociedad. —Y añadió sonriendo con coquetería—: Zamorano, Eva Zamorano, a sus pies.
Nos estrechamos cómicamente las manos como cabe después de una presentación formal y chocamos nuestras copas de Prosecco. Tras beber un sorbo y secarse apenas los labios con la servilleta, dijo con mucha gracia:
—Tardabas tanto ahí dentro que estuve en un tris de llamar a los bomberos para que derribaran la puerta del toilette. Sobre todo porque casi no me queda dinero.
Reíamos otra vez, distendidas e indudablemente cómodas. Empezamos a dar buena cuenta del aperitivo. Yo comía, no le quitaba los ojos de encima y Eva fingía no verme. Escogía un trozo de gruyer, lo partía con los dedos en dos o más trocitos pequeños y los masticaba a conciencia, circunspecta y con cara de niña aplicada. Su formalidad al comer también me seducía, ya lo había notado durante el almuerzo. El cuerpo recto, la espalda pegada al respaldo de la silla, los brazos apoyados sobre la mesa con naturalidad y las manos precisas y habilidosas. Suelo prestar mucha atención a estos detalles porque creo que sentarse a la mesa es toda una declaración de principios. Me fastidian, por ejemplo, esas personas ávidas que utilizando el tenedor a modo de cuchara y, cualquiera sea la comida que tengan delante, atacan como si fuera un comistrajo informe que se devora cuanto más rápido mejor.
Tampoco me gustan las que manifiestan desdén por la comida y la diseminan con meticulosidad en el plato, un poco hacia los bordes, otro poco hacia el centro, buscando a saber qué elementos dañinos que no acaban de aparecer. Menos aún me interesan las demasiado golosas, ni las perennes inapetentes que apartan la bandeja lejos de sí como quien desprecia una mala hierba. Eva mantenía una actitud respetuosa con la comida y se llevaba los pequeños trozos a la boca con cuidado, en un único gesto, sin apenas moverse sobre la mesa.
Ahora estaba haciendo lo mismo que al mediodía. Incluso podía imaginar a una madre solícita aconsejándole: “No te inclines tanto sobre el plato, niña, es su contenido el que debe ir hacia ti. Y no dobles demasiado la espalda, te oprime el estómago y te sentará mal la comida”.
Ordenó la cena en un francés fluido, aunque el atribulado camarero era más siciliano que marsellés y hacía cuanto podía para entenderla. La cena fue estupenda, estábamos la una más ocurrente que la otra y nos divertía cualquier nadería. Eva se reveló como una excelente contadora de cuentos, a saber si verídicos o fantaseados, sobre los personajes que frecuentaban la galería de arte donde trabajaba para su amiga Arancha, cerca del Retiro madrileño.
Como la anécdota de un tal Miguel Lima, ignoto pintor novel que, ante el pasmo de los presentes, redujo a cenizas su cuadro Momentos II valiéndose de su mechero poco después de haberlo vendido en una suma nada despreciable a un político de segunda fila, porque — imitaba Eva con un ronco vozarrón— “a mí no me compra un acrílico este estúpido poco viajado sólo porque mis naranjas y bermellones le recuerdan a Valencia”.
Por lo visto el incomprendido Lima se había costeado con gran esfuerzo un viaje a Marrakesh con el único fin de plasmar el anaranjado atardecer de la plaza D’jema El F’na, y que su comprador careciera de sutileza para distinguir entre Valencia y la hermosa ciudad marroquí le sacó de quicio. Eva consideraba que había estado magnífico y reía de buena gana recordando la anécdota, aunque yo juzgué el asunto un poco rocambolesco y ciertamente histriónico.
Nos enzarzamos en una discusión sobre el valor de las obras de arte, a quién pertenecen una vez vendidas y qué se puede hacer con ellas. Eva argumentaba con pasión que la obra siempre es del artista que la produce aunque ya no lo posea materialmente. Hablaba con entusiasmo sin dejar de dar buena cuenta del pescado y de los dos flanes que le siguieron. A mí el Prosecco se me estaba subiendo a la cabeza a velocidad de vértigo, porque a la botella inicial le siguió otra y media más y yo bebo poco o lo justo, de modo que no estaba muy segura de mis opiniones y en el fondo el arte, Miguel Lima, la galería Retro y el resto del mundo me importaban un bledo.
Hacía tiempo, hacía años que no me sentía tan feliz, etérea, tan armónica conmigo misma. Me parecía una suerte de milagro el encuentro, Eva frente a mí, Eva a mi lado, la comunión mágica que se había creado entre nosotras y el creciente sentimiento de amor que me embargaba. Por la tarde me había regalado un curioso broche que ahora llevaba prendido a mi camiseta y que cada tanto acariciaba para sentir su tacto. Aún no sabía si me gustaba o no, lo encontraba un tanto rebuscado y oscuramente turbador, pero desde luego era mío y ya lo quería. Estaba montado alrededor de un grueso hilo de metal dorado enrollado en sí mismo que encerraba una pequeña gema amarilla en su seno y que habíamos visto esta tarde en via della Croce. De inmediato se había empeñado en que era para mí. “La espiral es una forma esencial —dictaminó mientras lo enganchaba a mi pecho— que renueva de continuo la energía. Quiero que lo lleves.”
No había sabido negarme porque no tenía razones de peso para hacerlo, pero básicamente porque me resultaba imposible explicarle la súbita congoja que me secaba la garganta mientras ella trajinaba con el pasador que se le resistía. Tuve que hacer un enorme esfuerzo por disimular mi insólita tristeza a la vez que agradecía el regalo. Me puse a mirar con fingido interés unas sortijas expuestas sobre un paño de dudoso terciopelo, pero por fortuna el sentimiento fue tan fugaz que mientras ella pagaba ya se había desvanecido como por encanto y percibí con alivio que retornaba mi bienestar perdido.
Paseamos a placer por la Villa Borghese, descendimos por la enorme escalinata de la plaza de España y anduvimos arriba y abajo la pretenciosa via del Babuino. En las exclusivas tiendas de via Borgognona y via dei Condotti nos probamos un sinfín de ropa que no pensábamos comprar improvisando desfiles de pasarela la una para la otra, festejando los respectivos comentarios. Eva parecía disfrutar sobremanera jugando a esconderse y a aparecer de sopetón entre escaparates y portales, y en las boutiques de via Frattina hizo toda una exhibición de comicidad ante los dependientes mostrando un interés que no tenía por los objetos más peregrinos a la vez que imitaba con mucha gracia el disparatado italiano que suelen hablar los españoles.
Su sentido del humor me atraía y me repelía a la vez. Era un tanto aniñado y a veces sacaba una vocecilla gutural de muñeca caprichosa que me avergonzaba, pero por otra parte estimulaba mi propio infantilismo y me uní al juego de decir y hacer tonterías. Como cuando estábamos en la tienda donde suelo comprar mis toallas predilectas, no sólo por sus colores poco usuales sino por su esponjoso tejido de nido de abeja. En cuanto me escuchó preguntar por las toallas “nido di ape”, Eva se lanzó a canturrear desafinando ostensiblemente una rima infantil acerca de unas abejas y un panal de rica miel ante el discreto asombro del vendedor, que seguía hablando conmigo cual si ella fuera invisible. Yo estaba bastante incómoda, pero para mi asombro me uní a la cancioncilla y tuvimos que abandonar el establecimiento ahogadas por la risa, como dos crías festejando sus gracias a espaldas de la profesora. Y sin mis toallas, claro está.
Exhaustas por la caminata recalamos en el Café Greco. Como la suerte estaba de nuestra parte encontramos sin dificultad una mesa vacía, lo cual, le expliqué, no es nada normal en el concurridísimo Greco. Hablamos de mi profesión y de mi próxima traducción, de mis inminentes treinta años, de la creencia generalizada de que cada decena acarrea una crisis de identidad —ambas coincidimos en que depende de la persona—, del barrio de Salamanca en Madrid que Eva consideraba un sitio estupendo para vivir —yo tengo un apartamento en la calle Hermosilla—, de nuestro mutuo fastidio por los aviones y otras mundanidades.
Escuché con verdadero interés su exaltada declaración de amor por su trabajo. No había estudiado oficialmente la carrera de bellas artes, pero había realizado varios cursos en Nueva York y París y por su tono era fácil adivinar que las artes plásticas eran uno de sus mayores deleites. Ante su segundo café me contó que había nacido en Haifa hacía veinticinco años, hija de padres judíos españoles que habían intentado la aventura del retorno a Sión. Tras el durísimo trabajo de algunos años se habían percatado de que la utopía autogestionada de los kibutz era una quimera, y que el capitalismo creciente del moderno Estado de Israel había devorado cualquier posibilidad de ser idealistas.
La mayoría de los kibutzim, tras hacer algo de dinero, se habían comprado casas en Tel-Aviv, Jerusalén o en algunos pueblos privilegiados dotados de todas las comodidades. Sus padres decidieron seguir el camino de sus paisanos y se trasladaron a un departamento en el centro de Haifa, llevando consigo a su hijo Simón, de dos años. Al año siguiente había nacido ella, pero como la profesión de ingeniero de su padre seguía sin ver frutos, en un par de meses regresaron definitivamente a España.
—Eva es un nombre muy cristiano — comenté.
—En realidad iban a llamarme Lilith, ya sabes, la primera mujer creada por Dios según la tradición católica y que no sólo se negó a contentar a su creador sino que a la postre resultó ser una malvada de las que se comen a los niños crudos —rió.
Pero mi madre, que llevó muy mal todos esos años en Israel, pensó que Eva era una venganza perfecta contra los judíos ortodoxos. O sea que nací para vengar agravios. Obviamente no rememoraba nada de su ciudad natal, y no había regresado nunca. “Volveremos —había prometido yo en un arranque— para que recuerdes y me hagas recordar a mí.” ¿Qué memoria puede conservar de su lugar de nacimiento una criatura a la que apenas nacida la trasladan de país? Pero, y lo más absurdo ¿Qué podía yo evocar de Haifa si jamás había estado en ella? Nada. Fue tan sólo una de tantas boutades de este día, pleno de asombros y extrañas coincidencias.
Nuestro propio encuentro había sido una extraordinaria casualidad, teniendo en cuenta las escasísimas posibilidades que tenía yo de volver a coincidir en algún momento con la bella pasajera que me había conmocionado en la cafetería del aeropuerto. Los cambios continuos en los horarios de las salidas y llegadas que tableteaban en los paneles indicaban que algo no funcionaba con normalidad. De hecho, Fiumiccino estaba convulsionado por una amenaza terrorista. Los agentes de seguridad pululaban afanosos por las dependencias del aeropuerto aferrados a sus walkie-talkies como hormigas desconcertadas y finalmente todos los vuelos se cancelaron mientras las Fuerzas Especiales trataban de localizar el explosivo.
Cuando desde la cafetería oí que llamaban a los pasajeros con destino Madrid, la voz anónima de la megafonía me tomó por sorpresa porque casi había olvidado dónde estaba. Tuve que apelar a toda mi fuerza de voluntad para incorporarme y rumbear hacia la puerta de embarque, despidiéndome a distancia y con mucha pena de mi enigmática desconocida. La noticia del atentado se había extendido entre los pasajeros como un charco de aceite a pesar de la discreción del operativo antiterrorista, y un oficial de Alitalia agrupó a quienes esperábamos el vuelo Roma-Madrid en la correspondiente puerta de salida sin apenas explicaciones. Yo estaba un poco asustada, como supongo lo estaría el resto del pasaje, pero más que nada furiosa por la desconsiderada falta de información sobre una situación tan delicada. Harta de perseguir a un agente de seguridad para exigirle una explicación, me desplomé en un sillón milagrosamente libre y procuré armarme de paciencia.
Miré a mi alrededor. Más de un centenar de personas abarrotaban el recinto pero nadie parecía dispuesto a ejercer el elemental derecho a la protesta. Como un hato de borregos resignados a su suerte, esperaban solos los unos, reunidos en familia los otros, los niños correteando y dejando un reguero de patatas fritas a su paso, muchos sentados en el suelo enfrascados en sus crucigramas para distraer la espera.
¿Es que no eran, no éramos conscientes de que si efectivamente había explosivos en algún lugar del aeropuerto y estallaban sería una masacre? No tengo madera de heroína, pero al ver el modo en que nos amontonaban sin mayores consideraciones, faltos de protección o al menos de una explicación coherente, sentí que la indignación hacía presa de mí. Una María desconocida decidió pasar a la acción y me incorporé dispuesta a todo. Resulta sorprendente la capacidad que tiene la mayoría de las personas para soportar circunstancias adversas como si fueran merecidas, un castigo a vaya saber qué pecado. No creo que sea un ejercicio de estoicismo deliberado, sino más bien ese conformismo grisáceo que mamamos desde la cuna, y esta situación de peligro inminente era buena prueba de ello. Porque el caso es que hablé con casi todos los pasajeros invitándoles a exigir una solución colectiva y tan sólo convencí a una pequeña avanzadilla de tres mujeres, un par de francesas que apenas si hablaban castellano y una gallega auténticamente furibunda, a las que se sumó un hombre que no cesaba de retorcer sus manos gordezuelas alegando que tenía suma urgencia en llegar a Madrid por un asunto de negocios.
Dejamos al grueso de la gente y salimos a la caza de algún responsable, pero ninguno de los de seguridad se detuvo siquiera a escucharnos y nos espantaban como a moscas molestas. En el mostrador de Alitalia la empleada balbuceó algunas excusas inadmisibles: tenía órdenes estrictas de no alarmar innecesariamente al pasaje, no estaba informada de lo que estaba sucediendo, y por lo tanto nos rogaba que regresáramos a nuestro sitio sin montar un escándalo.
Enfadados y dando voces solicitamos la presencia de algún cargo superior, y noté con satisfacción que cada vez más personas se unían a nuestro grupito apoyando enfáticamente nuestra petición. Exaltada —¿Exaltada, yo?— improvisé un breve pero encendido discurso acerca del respeto debido al ser humano y el derecho a la seguridad, y ya puesta me despaché a gusto contra la arrogancia de quienes tienen la información y no la transmiten, epilogando mi diatriba con un “así es como funciona y se perpetúa el poder”.
Me sentía asombrada de mis ínfulas puesto que no solía practicar este aspecto belicoso de mi personalidad. Incluso diría que acababa de descubrirlo. Se me premió con algún que otro “¡Bravo, así se habla!” y quedé de piedra. ¿También era yo esta María de hoy? La asonada surtió efecto y en pocos minutos apareció de la nada un encargado del aeropuerto que con afectada gentileza se puso de nuestra parte, el pasajero es lo primordial y ha de saber qué sucede, tienen toda la razón del mundo, “pero, señores, comprendan que no podemos detener la actividad del aeropuerto por una llamada anónima de las tantas que se reciben diariamente —añadió con gesto bastante imperativo—, de modo que les ruego nos dejen hacer nuestro trabajo y esperen su vuelo con normalidad. Estamos convencidos de que se trata de una falsa alarma”. Dicho lo cual se fue por donde había venido, si es que la nada es algún sitio concreto, y nos dejó en las mismas.
Tras conferenciar unos momentos, los amotinados decidieron —con mi voto en contra— obedecer al gerifalte y estar al tanto de la marcha de los acontecimientos un “tiempo prudencial”. “¿Cuánto dura un tiempo prudencial? —argumenté—. ¿Diez minutos, media hora, tal vez un día, quién me lo puede decir?”. Nadie respondió. Por lo visto el encargado había sido muy persuasivo. “De lo contrario —propuso alzando la voz un italiano cuyo vuelo a Bombay también se había retrasado sine die y que se había convertido en el cabecilla del grupo aunque acababa de sumarse a la trifulca—, si pasado ese tiempo prudencial —¡Y dale!— no nos ofrecen una alternativa, volveremos a la carga. Tenemos nuestros derechos y los haremos valer.” Lo dijo con tal autoridad y rezumando tal confianza en sí mismo que mis ex enfáticos seguidores dieron la media vuelta y rehicieron su camino hacia la sala de espera. Furiosa y resollando de indignación me senté en el suelo apoyando la espalda contra la pared. Era una pataleta con todas las de la ley, y no pensaba volver a la puerta de embarque, no con esa majada de carneros sumisos.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:39 pm

Eran ya las once y media de la mañana, deberíamos estar en pleno vuelo desde hacía media hora y sin embargo se presentaba por delante una espera indefinida, amén de la incertidumbre de ser rehenes de un loco anónimo. Sentí el deseo imperioso de tomar un taxi y regresar a Roma. ¿Pero para qué? Había terminado mis gestiones en la embajada, y tras bastantes jornadas de dura faena ya tenía ganas de volver a Madrid, a mi apartamento, a la rutina que amaba porque la hacía y deshacía a mi antojo. Podía telefonear a tía Mimma, pero la perspectiva de pasar unas horas en su diminuto apartamento de via Giulia escuchando las archisabidas anécdotas de sus ocho gatos no me resultaba para nada atractiva, pero básicamente porque yo no había dado señales de vida durante mi estancia en la ciudad.
Volver a casa de Alessandra tampoco, porque ya habrían llegado sus amigos de Bolzano quienes venían a la capital para tramitar una herencia, y el apartamento estaría abarrotado como un hostal. Procuré abstraerme de la situación y sosegar la ansiedad que me hacía respirar más rápidamente de lo habitual. Mi arrebato de adalid me había cansado, pero sobre todo me extenuaban mis extrañas conductas, impulsivas y ajenas, cual si no me pertenecieran.
Busqué el libro que llevaba en mi b o l s o : Baciami ancora, de Monica Moretti, editorial Einaudi, cuarta edición agotada y mi próxima tarea en los meses siguientes. Era bastante largo, unas seiscientas páginas, y abordé las primeras frases sin centrarme apenas en la lectura. Pero la tal Moretti no se andaba por las ramas, iba directamente al corazón de su historia con una decisión no exenta de osadía y hacía gala de un estilo tan directo y punzante que me atrapó de inmediato.
Leí de un tirón las primeras cuarenta páginas y tan embebida estaba que no escuché el mensaje que estaban emitiendo por megafonía.
—¿Tú te quedas? —me estaba preguntando la gallega amotinada al pasar por mi lado—. Han dicho que el aeropuerto se cierra hasta nuevo aviso y que vayamos a los autobuses. Por lo visto nos pagan el hotel en Roma.
Me incorporé no sin dificultad porque llevaba en la misma postura un buen rato y seguí al gentío que se dirigía a los autobuses que nos esperaban en la salida principal. Había interrumpido bruscamente mi lectura en un momento muy interesante, justo cuando Concetta, la joven protagonista, defendía ardorosamente su inocencia ante un juez vendido de antemano, acusada de asesinato por la muerte de su patrón y violador, el terrateniente Salvatore Ruscolo. Acabaría en prisión, qué duda cabía, y seguramente la Moretti me llegaría al alma con las penurias carcelarias de la pobre Concetta separada de sus hermanos, su terruño y sus amados prados verdes.
Un argumento clásico de corte rural, ambientado en los años cuarenta yexcesivamente melodramático para mi gusto, pero con una trama de actualidad rabiosamente vigente, de manera que ya en el autobús me senté en el primer sitioque encontré e, indiferente a la evidencia de que regresábamos a Roma, retomé la lectura con fruición.
Ni siquiera me preocupé por obtener más información sobre los vuelos, la devolución del billete o cuánto tiempo permaneceríamos a la espera. Concetta, con el corazón transido de rabia y dolor, escuchaba el veredicto: culpable. Por supuesto. ¿Qué podías esperar de un juez rastrero que besaba el suelo que pisaba Ruscolo y del cual había obtenido pingües beneficios? Un policía —nada menos que Guido, su mejor amigo desde que eran críos y armaban trampas para cazar comadrejas— intentaba domeñar a una Concetta enfurecida, que seguía clamando por su inocencia y se resistía a puntapiés y escupitajos en una escena desgarradora.
—¿Está libre este asiento? —oí preguntar en sordina a una modulada voz de mezzosoprano.
Molesta por la nueva interrupción levanté la vista dispuesta a despachar rápidamente el trámite pero enmudecí de inmediato. Mi bella desconocida estaba señalando mi bolso de mano invitándome a dejar vacío el sitio. Sonreí con gentileza:
—Sí, claro, perdona — respondí acomodándolo entre mis piernas—. Ya está.
Me devolvió la sonrisa y se sentó a milado. Apenas lo hizo suspiró profundamente mientras amoldaba su cuerpo al asiento. Parecía cansada. Yo quedé en vilo. ¡Qué inaudita coincidencia! Hacía un rato la había contemplado desde lejos intentando desvelar las claves de su misteriosa identidad y ahora estaba aquí, a diez centímetros de mi hombro. Confusa procuré enfrascarme otra vez en mi libro, pero el sonido de su voz grave y seductora resonando en mis tímpanos como un sonsonete cálido, y la tenue vaharada a First de Van Cleef que emanaba su cuerpo me conturbaron en extremo.
Decididamente esta mujer me fascinaba. Los acontecimientos habían hecho que me olvidara de ella, pero la casualidad, que es obstinada, volvía a traerla a mi lado. Ahora a Concetta la trasladaban a Rimini para hacer efectiva su condena, Guido y otro policía la estiraban cada uno de un brazo para obligarla a subir al coche, pero no pude enterarme bien de cuántos años de cárcel le habían caído ni el alegato de su inexperto abogado porque, para mi asombro, de repente me costaba entender el italiano. Releía una y otra vez la misma página sin retener el texto y además, para qué negarlo, las desventuras de esta desdichada habían pasado a un manifiesto segundo plano.
Cerré el libro y me puse a mirar por la ventanilla. Conocía de memoria la carretera que une Roma con Fiumicino, pero aquella casona lejana de formas simétricas y compactas como huida de un cuadro de De Chirico no estaba la última vez, o al menos yo no la había registrado. Árboles, algunas urbanizaciones, poco verde, monotonía. Este trayecto siempre me aburre, es uno de los parajes más anodinos de Italia. Me había obligado a no mirar siquiera a mi izquierda y a concentrarme en el paisaje, pero no pude evitar hacerlo a hurtadillas con el rabillo del ojo.
Por la quietud de su cuerpo supuse que mi acompañante dormía. Con mucha cautela, giré unos pocos grados la cabeza y pude ver su rostro, impasible, como si meditara con los ojos cerrados. De perfil era tan hermosa como de frente: la nariz proporcionada y levemente aguileña, la frente amplia y despejada, el contorno del rostro armonioso, clásico, boticcelliano pero a la vez muy contemporáneo.
Había dejado caer los brazos sobre el regazo y sus manos reposaban una sobre la otra como si se acariciaran sin rozarse. La contemplé durante unos instantes fugaces y sentí que la deseaba tanto que me dolía el vientre, que apenas podía contener el impulso de inclinarme sobre su rostro y besar esa boca perfecta. La urgencia de mi deseo era tan apremiante que, temerosa de que la percibiera, abrí precipitadamente el libro como si buscara en las palabras impresas una vía de escape. ¿Cuánto hacía que no sentía la violencia del deseo subir desde el fondo de mi sexo avasallando mis sentidos con una urgencia dolorosa? Mucho, demasiado tiempo, pero no el suficiente como para no recordarlo, si es que la libido deja algún resquicio al olvido. “He deseado a esta mujer desde que la vi hace un par de horas —admití mirando sin ver la página abierta— y me encanta sentirlo, me siento feliz de estar viva.”
—Parecías Agustina de Aragón...
Imbuida como estaba en mis pensamientos, la voz me tomó por sorpresa. Tardé unos segundos en identificarla como suya y que se estaba dirigiendo a mí.
—¿Hablas conmigo? —pregunté en un susurro para no equivocarme. No abrió los ojos, pero sonrió y repitió con el mismo tono de voz:
—Parecías una Agustina de Aragón combativa al frente de tus tropas y alzando el pendón de la justicia.
—¿O sea que...? —No supe cómo terminar la frase.
—O sea que.
La réplica, aunque dicha en voz calma, fue tan tajante que parecía una orden. A callar, no se hable más. ¿Y ahora qué? Me quedé en silencio, ponderando las posibilidades de reanudar el diálogo, pero no se me ocurría nada apropiado. “Tampoco son maneras de entablar conversación —pensé—. Lanza una frase ingeniosa, le contesto y luego me tapa la boca. Extraña manera de comunicarse.”
¿De modo que había estado observándome? ¿Y cómo es que yo no había vuelto a verla en el aeropuerto? Me moría de ganas de seguir hablando y por constatar la veracidad de mis especulaciones sobre su persona. Tales eran mis disquisiciones cuando se incorporó en su asiento, echó su melena hacia atrás con ese gesto que ya le conocía y me informó con naturalidad:
—Por lo visto hoy ya no habrá vuelos, porque las bombas son al menos cuatro y las han diseminado por diferentes puntos del edificio, así que les llevará un buen rato localizarlas y desactivarlas.
—¿Cómo lo sabes? —me asombré.
Alzó los hombros como quitando importancia al asunto:
—Conozco gente. Ahora están tratando de averiguar si la llamada anónima era efectivamente de un comando terrorista o una broma pesada.
—Pero si aún desconocen si es o no una falsa alarma ¿Cómo saben que los artefactos son cuatro?
Levantó la ceja como quien dice “ya ves qué tontería”. Más que por la información, confieso que me puso contenta el hecho de que hablara el castellano con un marcado acento madrileño. Al menos no era tan extranjera como para... ¿Cómo para qué? ¿Para no perderla con mayor facilidad, era eso? “Tonterías, María —pensé—, ya me dirás si siendo española no puede vivir en cualquier parte del mundo...”
Decidí asegurarme:
—Y mientras asistías a mi arrebato reivindicativo esperabas el vuelo a...
—Ginebra —contestó—. Tenía que estar en Ginebra a mediodía, pero ahora...
“Ginebra, sin más. ¿Por qué será tan lacónica? —me enfadé—. Habla lo justo, no es muy expansiva que digamos. ¿Qué pasa en Ginebra? ¿Se va de vacaciones? ¿Trabaja en un banco, en una joyería, es tour-operadora, tal vez europarlamentaria? ¿Es que vive allí?”.
Estaba a punto de sonsacarle con la mayor discreción, pero esta mujer parecía adivinar mis elucubraciones más íntimas, porque añadió:
—Yo vivo en Madrid, ¿Y tú?
—También —asentí, francamente aliviada por la información. “Tengo una remota oportunidad de volver a verla”, me dije, pero rectifiqué de inmediato: “¿Y eso a qué viene, tú, qué más da?”—. ¿Sabes adónde nos llevan? —pregunté por decir algo—. No se han dignado a darnos explicaciones.
—Al hotel Majestic, frente a la Stazione Termini.
—Lo conozco, está bastante ruinoso pero tiene su encanto —dije—. ¿Te has enterado de algo más?
Iba a decir algo pero se calló porque se oía el carraspeo de prueba de un micrófono y desde la cabina del conductor una azafata se disponía a dirigirse al pasaje: “Buenos días, señores pasajeros. Lamentamos las molestias ocasionadas, ajenas a nuestra voluntad. Por razones de seguridad todas las operaciones en Fiumicino se han cancelado hasta nuevo aviso. Les alojaremos en el hotel Majestic y allí deberán esperar nuevas instrucciones. La compañía correrá con todos los gastos. Muchas gracias por su colaboración.”
Los anónimos amigos de mi acompañante debían de ser de alto rango, porque su información era exacta. Me volví hacia ella para decírselo, pero se había ensimismado otra vez, los párpados cerrados, y así se mantuvo hasta que entramos en la ciudad y el autobús se detuvo frente al hotel. Ya en la recepción pregunté a la azafata por nuestras maletas:
—Eso depende del tiempo de espera — respondió con bastante mal humor, asediada por el resto de pasajeros—. Creemos que la situación se normalizará en un par de horas, no se preocupe, el equipaje está a buen recaudo en el aeropuerto. De modo que todo mi bagaje era la ropa que tenía puesta y unos pocos enseres en el bolso de mano: el pasaporte, el billete, la gastada cartera de piel que me había regalado Lisa, el libro de la Moretti, la agenda electrónica, el diminuto neceser de cosméticos, un paquete de pañuelos de papel y la mitad de una chocolatina. En un principio nos indicaron los sillones del hall de entrada para entretener la espera, pero la protesta airada de la mayoría de nosotros logró que nos asignaran habitaciones.
Después de una mañana tan agitada yo suspiraba por una ducha, así que llave en mano subí al tercer piso por las escaleras, los ascensores no daban abasto. Tendría que llamar a mis padres para contarles las novedades, porque si la noticia aparecía en el telediario sin duda se alarmarían. Aprovecharía el tiempo para retomar los pasos de Concetta en su camino a Rimini. Busqué con la mirada a mi acompañante, pero se había evaporado. Resultaba notable su destreza para la prestidigitación. Aparecía y desaparecía a voluntad como el pañuelo de colores de un mago.
Tras luchar con los grifos vetustos del baño por fin pude calibrar el agua calienten con la fría y surgió un chorro abundante y tibio bajo el que me cobijé con deleite. “Vaya mañana estrafalaria —reflexioné más por hábito que por intención expresa de hacer un balance pormenorizado—. Salgo hacia Madrid, unos terroristas me impiden viajar, me embobo con una señora —cosa que no me suele suceder— y la deseo con vehemencia, pero luego el sentimiento desaparece como una insolación de verano, se me da por hacer de heroína pero mi furia se desvanece en el aire en unos minutos, me traen de regreso a Roma y no me importa demasiado, Concetta de camino a Rimini, yo en el Majestic y me estoy dando una ducha. Me siento como una peonza girando en el vacío.”
Pero lo más notable era que me sentía contenta y relajada, con esa sensación cremosa de estar de vacaciones tras un duro trabajo. Con dificultad oí que llamaban a mi puerta. Empapada y con el pelo chorreando, me cubrí como pude con la toalla y pregunté antes de abrir:
—¿Quién es?
—Yo.
Reconocí su voz de inmediato, pero consideré bastante pedante que no se dignara a identificarse y no me di por enterada.
—¿Yo quién? —insistí.
Escuché su risa a través de la puerta:
—Tu compañera de viaje en autobús, o sea, yo.
Abrí la puerta luchando con la toalla mal anudada.
—Me pillas en la ducha. Pasa.
Entró con aire decidido, me saludó con una sonrisa arrobadora y fue directamente hacia la sólida cómoda de madera. Se sentó con familiaridad sobre el mueble apartando mi bolso. Parecía estar a sus anchas, cual si mi habitación fuera la suya. Es más, como si el planeta entero fuera de su propiedad.
—Quiero dar un paseo, no pienso quedarme encerrada a saber cuánto tiempo, así que si te sumas podemos ir a dar una vuelta —propuso mirando mi semidesnudez con desparpajo—. Supongo que no tienes secador de pelo, pero como lo llevas lacio se te secará con el aire.
Iba a responder que no, que corríamos el riesgo de perder el traslado de regreso al aeropuerto, pero en cambio regresé al baño sin dudarlo y entrecerré la puerta tras de mí mientras decía:
—Un minuto y estoy contigo.
Me sequé a toda prisa, me enfundé los vaqueros y la camiseta más deprisa aún y decidí al vuelo darme un poco de carmín y retocar el contorno de los ojos. La oí comentar:
—Algo me dice que te conoces muy bien Roma, ¿Me equivoco?
—Es mi segunda ciudad, si te refieres a eso —respondí alzando la voz y procurando atinar a mis labios con la barra—. Mi padre es romano, ¿Sabes?
—¡Perfecto! —exclamó—. Yo he venido pocas veces y muy de pasada, así que serás mi guía oficial.
¿Me lo parecía o esta mujer estaba seduciéndome? Deseché la idea al instante, pero con la misma celeridad descarté que no lo estuviera haciendo. Era impulsiva y se dejaba llevar por la espontaneidad, eso era todo. Y si no era todo... ¿Por qué no seguir la fiesta? Estaba de un humor espléndido, y la perspectiva de pasear con ella por mi amada Roma me parecía lo mejor que me había sucedido en el día, aparte de conocerla.
Me miré en el espejo y me gustó lo que reflejaba. A saber por qué me noté más alta que de costumbre, el pelo rubio todavía oscuro por el agua y más largo de lo habitual, los ojos encendidos, el cuerpo delgado y vigoroso, obediente a cada movimiento. Lástima el atuendo, pero no tenía otro, así que abrí la puerta.
—Lista. ¿Adónde vamos?
Me lanzó una mirada tan apreciativa que me resultó inquietante:
—Me llamo Eva, por cierto.
—Bien, Eva ¿Adónde quieres ir?
—¿Y tú?
—Me da igual, quizá a la plaza Navona, es un sitio que adoro —dije guardando los cosméticos en el bolso y encaminándome hacia la puerta. Soltó una carcajada:

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:40 pm

—Digo que cómo te llamas...
Reí con ella:
—¡Ah, claro! María, me llamo María.
Cerré la puerta tras de mí y bajamos deprisa por las escaleras buscando la calle como si el aire tibio de junio se hubiera convertido en un bien imprescindible. Eva me precedía, y pese a que era la primera vez que estábamos juntas yo habría jurado que era feliz, o al menos esa sensación me transmitía su cuerpo descendiendo los escalones con la soltura de una quinceañera ilusionada.
Alzamos la mano al mismo tiempo para detener al primer taxi que se presentó. Con un gesto mudo Eva me indicó que me encargará del taxista, así que le indiqué la dirección —que por otra parte no tenía pérdida— y Roma se desplegó alrededor de nosotras con toda su magnificencia.
L a Vecchia Signora , la llaman los italianos, e incluso la Vecchia Puttana , según les vaya la vida. Dama o puta, Roma es una ciudad que me inunda de una felicidad a la vez tranquila y eufórica en cuanto llego, algo que no siento ni siquiera en Madrid, el lugar que he elegido para vivir.
El tono de rosas viejas que la envuelve y define, los constantes desniveles de sus parques y plazas aterrazadas, la luz de filtro dorado de sus mañanas, la presencia omnipotente de pinos y alerces de sombras escasas, sus colinas, el continuo trasiego de gentes y coches estruendosos, el penetrante aroma a capuccino que inunda sus calles, su atmósfera de ciudad enraizada en la historia pero bien plantada en el aquí y ahora, todo, todo eso me hace amarla, incluso el perenne desorden en el que parece inmersa.
Los romanos tienen fama de narcisistas, melodramáticos y utilitarios, pero a mí eso me tiene sin cuidado porque, con o a pesar de ellos, Roma es mi hogar desde pequeña, ese cobijo que nos pertenece en exclusiva como una extensión simbólica de nuestro esquema corporal y en el cual me siento a salvo de todo peligro.
Ella miraba por la ventanilla y cada tanto me preguntaba el nombre de algún edificio, una iglesia o un monumento. Yo respondía lo que conocía, y del resto se encargaba el chofer, muy ufano en su papel de cicerone, mientras Eva hacía muecas graciosas a sus espaldas imitando su cháchara.
El coche nos dejó en la via del Corso a petición mía y desde allí enfilamos hacia la plaza Navona caminando por el laberinto de callejas que caracteriza a esta parte de Roma. A Eva le llamaron especialmente la atención las pequeñas vírgenes semiocultas en sus nichos tallados en los muros de piedra que se nos aparecían a la vuelta de cualquier esquina y las casas vetustas que dejaban entrever a través de sus portales sus enormes cortili interiores, resabios de cuando a las casonas romanas se entraba con carruajes. En determinado momento comenté con aire casual:
—Esta mañana te vi en la cafetería de Fiumicino, parecías muy concentrada en tu lectura...
—¿Ah, sí? Fíjate, yo no. Aunque no me extraña, soy una auténtica despistada y además si el periódico trae algo más que las catástrofes de turno suelo leerlo.
—Es normal que no me vieras —dije manteniendo el tono superficial—, con la cantidad de gente que trasiega por los aeropuertos. Lo que pasa es que me llamaste la atención.
—No me percaté que alguien me observara con tanto interés... —dijo con indudable complacencia—. ¿Tú en qué mesa estabas?
O mentía o disimulaba, porque me había mirado al salir y al volver del freeshop y además... ¿cómo sabía que estaba en una mesa y no de pie, en la barra u observando a través de los cristales?
—Verás, es una tontería, pero me hiciste pensar acerca de si beber un gin- tonic a esas horas de la mañana resultaba una buena idea para soportar el vuelo o un auténtico disparate.
No entendió bien mi comentario, pero enseguida cayó en la cuenta:
—¡Ya! Un gin-tonic, qué va, a esas horas... —Hizo una pausa y añadió—: Lo que bebía era vodka.
—¡Vodka, qué potente! —exclamé.
—No, boba, estoy bromeando. Era agua mineral. ¿O tengo aspecto de viciosa?
¿Tenía aspecto de viciosa? Voluble, guapa, intrigante, seductora, huidiza, simpática, lista, se me ocurrían una lista de adjetivos, pero viciosa... Me miró y dijo con malicia:
—Por lo visto eres muy observadora.
¿Algo más que reseñar de mi persona? ¿Qué quería oír en realidad? ¿Mi opinión “objetiva” sobre ella, a sabiendas que lo único objetivo que existe son precisamente los objetos? ¿Algún piropo elegante e ingenioso, uno de esos halagos de mujer a mujer como “el color de la falda le sienta ideal a tu piel”, o “qué dieta haces para mantener ese tipo”? ¿Tal vez alguna observación aguda sobre determinado aspecto de su personalidad?
Lo que era más que evidente es que yo no pensaba confesarle la violenta emoción que suscitaba en mí ni el deseo ardoroso que me provocaba. “Lo siento, niña, pero hasta aquí llegaron mis confesiones — pensé—. Ya soy mayorcita para arrojarme a una piscina sin saber siquiera si tiene agua.”
—Me entretiene mirar a la gente, eso es todo —dije—. A veces descubres cada personaje por ahí...
Y me puse a mirar el nombre de la calle en que estábamos, cosa que no me aclaró mucho. Con la charla nos habíamos apartado del camino más directo y tuve que preguntarle a un cartero la mejor manera de llegar a la plaza. Se explayó en una miríada de explicaciones tan minuciosas como imprecisas, así que le di las gracias y seguimos andando al azar.
A requerimiento de Eva hablé de mi padre, romano del barrio de Pirámide. Era hijo de un diplomático y la familia había tenido que trasladarse a Madrid siendo él un adolescente. Allí estudió medicina y ahora ejercía su especialidad de neurólogo en su propia consulta. Había conocido a mi madre siendo ayudante de mi abuelo, también médico en el hospital de La Paz, y se habían casado casi de inmediato. Cuando nací yo, la única hija, mi nombre no admitía dudas, porque Stefano —llamo a mi padre por su nombre — es admirador ferviente de María Callas, adoración que he heredado.
Caminábamos en ese momento por la via Pasquino, y al girar hacia la derecha entramos en la plaza. Interrumpí bruscamente mi relato. Navona es la plaza que más me gusta en el mundo. Me conmueve su aire aristocrático, su espacio y cómo lo ocupa. Celebro la ceremonia del silencio cada vez que aparece ante mí y le ofrezco un instante de respeto como homenaje a su esplendor. Eva también calló, tal vez porque percibió mi emoción, o simplemente porque yo había enmudecido sin previo aviso.
La atravesamos a paso lento, disfrutándola a pesar del enjambre de turistas que como de costumbre la abarrotaban y hacían difícil su tránsito. Ante la fachada profusamente ornamentada de la iglesia de Santa Agnese in Agone tomé conciencia de que estaba compartiendo con Eva uno de mis ritos privados. ¿Por qué con ella?
A este sitio siempre me gusta venir sola. Es mi refugio predilecto para escaparme del trabajo. Me instalo en una de sus terrazas y leo mientras bebo un Campari, escribo cartas, tomo notas sobre expresiones coloquiales que escucho a mi alrededor o simplemente entro en comunión conmigo misma mirando sin ver el gentío y escuchando el rumor del agua de las fuentes.
Es un hábito que mis amigos romanos respetan aunque no acaben de entender del todo mi fijación. Una de las bromas predilectas de Giorgio, el hermano de Alessandra, es: “¿Y María donde está? — canta en falsete—. En Navona buscarás y bien sola la encontrarás”. Con Lisa había hecho una única excepción a mi regla de oro. Era su primer viaje a Roma, yo le había hablado con pasión de mi sitio, y fue tal su delicadeza al sugerirme si querría compartirla con ella que sentí vergüenza de ser tan maníaca y fetichista con un ámbito que sentía exclusivo. Pero a pesar del inmenso amor que le profesaba, la presencia de Lisa robó algún recóndito secreto de mi intimidad y Navona ese día no fue la misma.
Sin embargo, hoy había sido yo quien la había propuesto, y mientras contemplaba a Eva curiosear por entre los puestos de láminas y souvenirs o escuchando con atención las melodías gastadas que improvisaban los músicos ambulantes, no sólo no me sentía invadida sino compartiendo mi complicidad con una naturalidad que me pasmaba. Llevábamos más de una hora fuera del hotel y le sugerí que buscáramos una cabina para telefonear, por si había novedades sobre nuestros respectivos vuelos.
—Las cabinas estarán ocupadas o fuera de servicio, como de costumbre — comenté—. Vamos a esa cafetería, tienen teléfono.
Eva metió la mano en su bolso, sacó una tarjeta del hotel y un teléfono móvil:
—Yo marco el número y tú hablas.
Me atendió el conserje y dijo que no había novedades que reseñar y que Alitalia no había dado nuevas instrucciones. No obstante, insistí en hablar con la azafata que nos había acompañado al Majestic y que sin duda aún estaría por allí. A regañadientes, el encargado aceptó ir a buscarla y cuando ésta se puso al teléfono repitió el mismo mensaje, bastante enfadada con nosotras porque había pedido a los pasajeros que esperaran en el hotel y era responsable de cualquier descontrol. Con mi mejor tono de arrepentimiento me disculpé por ambas y logré calmarla.
“Lo más seguro es que Fiumicino no retorne a la normalidad hasta el atardecer, no obstante les aconsejo —más bien me instó— que estén en contacto permanente conmigo y regresen lo antes posible.” Analizamos la situación: volver de inmediato al hotel no tenía mucho sentido, hacía un tiempo estupendo y encerrarse en las habitaciones una cantidad indefinida de horas era una tontería. Además teníamos bastante hambre, así que propuse comer en un restaurante a poca distancia,de donde estábamos y al que suelo ir con frecuencia porque su comida es excelente. Eva aceptó de inmediato:
—Sí, venga, me encanta que me muestres tus rincones secretos.
Llegamos al restaurante y su dueña me recibió con la simpatía de costumbre. Nos acompañó a la mesa “de siempre” intercambiando frases de cortesía y le presenté a Eva, que la saludó con una de sus magníficas sonrisas. Esperábamos la comida cuando Eva preguntó con displicencia mirando los cuadros que decoran el local:
—Bueno, ¿Y tú de amores qué?
¡Caramba! Me quedé de una pieza. El terreno afectivo no suele ser de los primeros temas que se abordan cuando dos personas acaban de conocerse y yo no soy dada a los exhibicionismos amorosos. La pregunta me pareció bastante indiscreta.
—No te privas de nada, ¿Verdad? — respondí un poco seca.
—¿Y qué quieres? —dijo sorprendida —. ¿Que te pregunte si gustas del cine de Tarantino, te entusiasma más el esquí que el tenis o si el color turquesa es uno de tus amores?
—Para empezar no estaría mal algo por el estilo.
—A mí me parece una pérdida de tiempo, es como pisar hojarasca sabiendo que debajo hay tierra firme, pero si lo prefieres hablamos del clima.
Me dejó pensando. Lo de la hojarasca no estaba nada mal, se notaba que apartaba lo superfluo de lo esencial e iba al meollo de la gente sin falsos remilgos. Quizá mi reserva era simple puritanismo. Bien mirado, el amor no tiene por qué ocupar necesariamente el quinto o sexto puesto del ránking de las conversaciones, de modo que respondí sinceramente:
—Si te refieres a si estoy con alguien, la respuesta es no. Vivo sola desde hace algunos años, y cuando digo “sola” no me refiero a una soledad de esas quejumbrosas y dolientes sino a una “solitud” buscada. Además tengo a mis padres y a un pequeño grupo de amistades queridas y muy elegidas con las cuales comparto mi vida.
No parecía dispuesta a cambiar de tema:
—Pero habrás tenido tus amores... Oye —se apresuró a decir—, si te incordio me lo dices y punto, a veces resulto un poco impertinente, lo sé.
—No diría impertinente, tal vez demasiado... directa. De todos modos — añadí—, no tengo inconveniente en responderte. Sí, he tenido mis amorescomo todo el mundo, supongo, pero mi última pareja murió de cáncer y quedé bastante tocada.
—Lo siento —dijo educadamente, y tras una pausa añadió—: Habrá sido muy doloroso para ti perder a tu novio. ¿O estabas casada?
No pude evitar una sonrisa. ¿Adónde quería ir a parar con su interrogatorio? Porque algo me decía que Eva era cualquier cosa menos ingenua. En ese momento trajeron los humeantes platos de pasta y esperé que la dueña se alejara de la mesa para contestar:
—Verás, casados, lo que se dice casados, no exactamente. Sobre todo porque a Lisa y a mí nos hubiera costado mucho decidir cuál de las dos iba de blanco a la iglesia.
Hizo un mohín con los labios que no pude descifrar si era de asombro, de rechazo o de satisfacción por confirmar alguna hipótesis previa. Mientras la miraba, se puso a comer saboreando los espaguetis con deleite.
—¡Mmmm, están buenísimos, tenías razón! ¿Y dices que esta salsa se llama “matriciana”?
La imité y esperé a tragar el primer bocado antes de hablar. Ahora era ella la que intentaba cambiar el rumbo de la conversación, pero me había sonsacado sin pudor y no se iba a escapar tan fácilmente.
—Alla amatriciana, sí. ¿No es deliciosa?
Hice una pausa estudiada y volví a la carga con afectada displicencia:
—O sea que soy lesbiana, aunque las etiquetas me gusten bien poco. ¿He sido demasiado textual? Porque hay mucha gente que...
—¡Pero qué dices, por favor! —me interrumpió antes de que terminara la frase—. La homosexualidad es una opción tan lícita como cualquier otra, estamos estrenando milenio, estaría bueno.
Bonito tópico. Precisamente el que se espera de una persona muy en la onda, la frase correcta de una mujer correcta. ¿Realmente era tan liberal como aparentaba? Sentí ganas de descomponer tanta compostura y no me anduve por las ramas:
—¿Y tú tienes novio o novia?
Jaque. Eva pareció desconcertarse y se tomó su tiempo antes de responder. Bebió un buen trago de vino, lo paladeó, posó con suavidad la copa, abrió el envase de grissini y semi sonrió mientras extraía uno de los palillos.
—Podría decir que soy libre como el viento.
Otra frase hecha, y ésta bastante cursi. No me contuve:
—“Liibreee, como el sol cuando amanece yo soy liibreee coomo el mar...” —canturreé con sorna al mejor estilo Nino Bravo.
Me estaba divirtiendo lo mío porque Eva había salido de caza y había resultado cazada, pero mi compañera de mesa no me iba a la zaga, y se plegó al canto con una maniobra digna de aplauso: “Camino sin cesar, detrás de la verdad, y sabré lo que es al fin la liibeeertad...”, completamos a dúo. Estaba claro que ella se había dado cuenta de que yo me había dado cuenta de que ella... Nos reímos de nosotras mismas y nos dedicamos nuevamente a los espaguetis, que corrían el riesgo de enfriarse, pero algo quedó claro: yo había hablado sinceramente sobre mi lesbianismo y Eva se había escabullido con astucia sin devolver el bumerán.
En una nítida maniobra de evasión sempuso a hablar con lujo de detalles de su estancia en un pueblo cercano a Arezzo, de la maravillosa casa de campo propiedad de unos amigos suyos y de los muy bien aprovechados días que había disfrutado gozando del paisaje de la Toscana antes de regresar a Roma, rumbo a Suiza. Los largos paseos por las faldas de las colinas eran lo que más había disfrutado. Mi presunción de que le gustaba andar había sido, pues, acertada. Cuanto más hablaba mejor se escabullía de cualquier posibilidad de retomar la conversación anterior. “Es inteligente —pensé—, es muy inteligente y maneja una extensa gama de recursos. Esta Eva me gusta mucho.”
—... Y entonces nos unimos a los campesinos aquellos —estaba diciendo con entusiasmo—, les ayudamos a apilar el heno fresco y cuando terminamos nos invitaron a compartir su pan y su queso mientras circulaban de mano en mano las botellas de un vino exquisito...
Mi duda seguía en pie. ¿Candorosa o una teatrera? Porque su anécdota era tan banal, tan excesivamente tópica que me costaba creer que una escena de campo reiterada hasta el hartazgo hubiera llamado tanto su atención. Decidí ser cortés:
—Sería un Chianti, el mismo que estamos bebiendo. Es el vino típico de la Toscana.
Otra vez esa mirada indescifrable, seguida de un silencio breve. ¿Estaba midiendo mi capacidad de reacción? ¿Era yo quien la estaba retando a ella? Manejo muy toscamente las situaciones ambiguas, así que le di otro rumbo a mi pensamiento: “Acabo de conocerla, le estoy adjudicando características que son más mías que suyas y es muy probable que me equivoque de medio a medio. ¿Y si es una persona sin mayores sofisticaciones intelectuales y la escena bucólica en la Toscana profunda le pareció en verdad encantadora?”. Una vez más me equivocaba, o al menos no alcanzaba a leer con claridad su texto, porque al momento lanzó otra carga en profundidad:

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:40 pm

—¿Tú cuál dirías que es la diferencia entre el misterio y el secreto?
¡Vaya! ¿Y este salto por arte de birlibirloque de Arezzo a Heráclito? ¡Menudo tema para una sobremesa a base de pasta! Primero el amor, ahora la metafísica. ¿Seguirían la locura y la muerte? Por supuesto que podría haberme desentendido del envite y comerme tan tranquilamente el helado de pistacho que acababan de poner delante de mí luciendo mi mejor cara de paisaje, pero era tan notorio que estaba poniendo a prueba mi intelecto que no pude resistirme:
—¿Por ese orden? ¿Primero el misterio y luego el secreto?
—Como quieras —concedió—. El orden de los factores...
—A pesar del axioma el orden de los factores sí suele alterar el producto, así que déjame pensar un poco.
La cosa tenía su miga, desde luego, y tuve que afinar mis cuerdas mentales para lucirme con la respuesta:
—Pues creo que el secreto es aquel aspecto del misterio que se conoce pero no se dice, mientras que el misterio, por el contrario, permanece siempre inaccesible al conocimiento.
—Pero si según tú el misterio es inaccesible... ¿cómo logra el secreto acceder a él?
Hilaba muy fino y lograba enredarme:
—Bueno, hay cosas del misterio qusíse se alcanzan a saber...
—Por lo tanto no “siempre” es inaccesible —recalcó—, sólo a veces.
—Vale, de acuerdo —admití—. Pongamos que el esoterismo, la kábala, la astrología, todas las creencias arcanas, la tradición, no sé si me explico, también las ciencias físicas como la biología, la astronomía y sobre todo la física cuántica, logran acceder a ciertas porciones del misterio inicial. Que lo divulguen o no ya es otro cantar. Si no lo hacen, es un secreto. Si sí, deja de serlo.
Reflexioné sobre lo que acababa de decir y añadí:
—Reconozco que es un argumento poco consistente, pero es el único que se me ocurre a bote pronto. Caramba, Eva, es un tema imposible de despachar en un momento, de hecho hace siglos que la humanidad le da vueltas y vueltas.
Eva había clavado la vista en una estampa costumbrista de la Roma del Quattrocento que adornaba una pared entera y que por lo visto reclamaba toda su atención. Se hizo un silencio embarazoso y me sentí compelida a agregar:
—Creo que el misterio es algo así como una verdad última que sólo puede ser conocida a través de una revelación espiritual. Se me acaba de ocurrir, no creas, tampoco estoy muy puesta en estos asuntos. —Y un poco molesta por su mutismo procuré dar por zanjado el asunto —: ¿Conforme, doctora? ¿O sostiene usted alguna tesis en contrario?
Volvió la mirada hacia mí con ímpetu:
—La palabra misterio viene del griego mystes, que significa iniciado —explicó con aplomo pero sin ninguna petulancia —, por lo tanto vas bien encaminada.
Dicho lo cual una sonrisa iluminó su cara. Rezumaba satisfacción. Sentí que había pasado el examen y además con nota. Le devolví la sonrisa, bastante orgullosa conmigo misma, al tiempo que decía:
—¿Seguimos filosofando o pagamos la cuenta y volvemos al hotel como dos adultas responsables?
Miró su reloj:
—Las cuatro menos cuarto... Sí, creo que lo mejor es que vayamos yendo.
Cuando llegamos al Majestic la sorpresa fue mayúscula. La amenaza a Fiumicino había resultado la broma macabra de un demente que ya estaba entre rejas y hacía poco menos de una hora que el contingente había partido y nos habían dejado en tierra. Nos encaramos con el conserje, que por un cambio de turno no era el mismo con el cual yo había hablado por teléfono y pedimos explicaciones que no supo dar.
Yo insistía en que la azafata había mencionado el atardecer como hora más que probable, y que habíamos confiado en su palabra. El hombre se reafirmaba en su
ignorancia, no tenía más explicaciones y sí mucho trabajo por atender. En cualquier caso tenía razón, toda reclamación resultaba inútil porque era evidente que la responsabilidad, o, peor, la irresponsabilidad, corría de nuestra cuenta y no podíamos culpar al hotel, al aeropuerto ni a la compañía.
Ofuscada, me senté en uno de los desvencijados sillones de cuero en un intento por poner orden en mis ideas. Desde luego era una faena, y de las buenas. No me faltaba dinero para otro billete, pero no era el caso. Me reprochaba mi negligencia por haber aceptado la invitación de Eva a sabiendas que dependíamos de circunstancias ajenas, y fundamentalmente que me hubiera despreocupado tan a la ligera en contra de mi natural predisposición a la prudencia. Incluso me había olvidado de telefonear a mis padres para avisarles del retraso.
¿Y mi equipaje, qué sería de él? La perspectiva de llamar a un taxi e ir almaeropuerto para recuperarlo, si es que no estaba ya camino de Madrid, me resultaba francamente ingrata, un verdadero incordio. Estaba fastidiada, pero al mismo tiempo sentía que me embargaba una sensación de alborozo que me confundía aún más. La duplicidad de sentimientos parecía ser la tónica de este día tan extravagante, y la vivía como una suerte de puzzle mal ensamblado que no atinaba a solucionar. Eso pensaba cuando oí que Eva me preguntaba a voces desde el mostrador de la recepción:
—¿Quieres viajar hoy o mañana?
Móvil en mano, era evidente que se había puesto en contacto con sus famosos amigos de Fiumicino.
—¿Hay otro vuelo a Madrid? — pregunté en voz alta.
—Sí, a las siete de la tarde.
“¿Qué hago? —dudé—. A las siete está muy bien, hay tiempo suficiente. Pero la cuestión es: ¿quiero o no quiero viajarmhoy a Madrid?”
—¿Y hay billete? —indagué dilatando mi decisión.
Eva se impacientó:
—Venga, decídete, hay sitio en el avión de esta tarde, pero tampoco tienen problema en cambiarlo para mañana, puesto que la responsabilidad ha sido de ellos.
Me moría por preguntarle qué arreglo había hecho ella. ¿También había un Roma-Ginebra hoy mismo o tenía que aplazar su vuelo? ¿Se iba al aeropuerto de inmediato o se quedaba en la ciudad? Caí en la cuenta de lo mucho que me había ilusionado la perspectiva de estar más tiempo a su lado, pero no estaba dispuesta a decírselo y tenía que decidirme ya. ¿Qué hacer? Tomé una determinación repentina:
—Mañana. Ya que se puede elegir que sea mañana.
El alma me volvió al cuerpo cuando le escuché decir a su interlocutor:
—¿Mañana a qué hora? Okey, reserva dos billetes en ese mismo. Oye, te debo una, eres un cielo... Sí, les saludo de tu parte, ciao.
¿Dos, había oído bien? ¿Pero esta mujer no se iba a Ginebra? No entendía nada, pero me sentía feliz por el retraso, por mi súbita elección, porque iba a estar con ella más tiempo del esperado y porque además regresaríamos juntas a Madrid. Vino hacia mí y se sentó a mi lado, evidentemente satisfecha por el éxito de su gestión:
—Listo, arreglado. Tenemos reserva en el vuelo de las once de la mañana, los del checking estarán sobre aviso y no habrá problemas con el cambio de pasajes. No pude reprimir la pregunta:
—Creí entender que te ibas a Ginebra...
¿Me lo pareció o dudó antes de responder?
—He cambiado de planes y me vuelvo a Madrid, pero como por hoy ya tengo bastante con las idas y venidas, acabo de reservar una habitación y me voy “domatina”... ¿Se dice así, verdad? Repito lo que dijo el conserje aunque no sé muy bien qué significa.
—¡Brava, aprendes rápido! —reí—. Es fácil: domattina es una contracción de domani y mattina, o sea, mañana por la mañana.
—Eres buena profesora, lo supe desde el primer momento —comentóndesperezándose a gusto—. Estoy cansada, pero dudo que pueda dormir una siesta. ¿Tú qué piensas hacer?
¿Yo qué pensaba hacer? No tenía la menor idea. Leer no me apetecía en lo más mínimo y mucho menos enclaustrarme el resto del día en el Majestic.
—Supongo —empecé— que reservar una habitación y...
La miré y me encogí de hombros como excusándome por mi carencia de proyectos, pero improvisé sobre la marcha:
—¿Conoces la Villa Borghese?
Era muy improbable que no la conociera. Cualquier turista, por más breve que sea su estancia en Roma, le dedica al menos una hora de peregrinación porque no se perdonaría regresar a su país y admitir que no había visitado una de las joyas de la corona romana. ¿Eva era diferente también en esto? Por lo visto sí, porque respondió con candor:
—Pues la verdad es que no la conozco...
Genial, Eva. Ahora teníamos un plan. Fui hasta el mostrador, pagué por adelantado mi habitación y salimos otra vez a la calle. Desde una cabina llamé a mis padres y dejé un mensaje en el contestador informándoles de las novedades.
—Si no les importa, señoritas, vamos a cerrar.
El camarero de El Trianón permanecía de pie a nuestro lado sosteniendo una pequeña bandeja de plata con la cuenta y por lo visto llevaba algunos minutos intentando cobrarla sin que nos diéramos cuenta, apasionadas como estábamos discutiendo sobre lo femenino y lo masculino.
Sostenía Eva que las diferencias entre hombres y mujeres son rotundas, “y las características masculinas a mí me atraen mucho”. Yo estaba básicamente de acuerdo en cuanto a la rotundidad de la disimilitud, pero matizaba que “masculino” no es sinónimo de hombre así como “femenino” no lo es de mujer; que ambos términos son conceptos ideológicos y no compartía del todo las cualidades que se les atribuyen a uno y otro.
—Por ejemplo la división entre el yin y el yang —aportaba yo como prueba pese a mi decidida admiración por las filosofías orientales—. Si lo masculino, o sea el yang, representa la fuerza, la luz, el día, la razón, la ecuanimidad, la justicia, etc. es evidente que lo yin, lo femenino, es su contrario especular, y no estoy para nada de acuerdo. Creo que la atribución de connotaciones es tendenciosa y destila ideología masculina. Supón que hacemos un elenco de cualidades presuntamente femeninas — propuse—, como por ejemplo... no sé, intuición, tolerancia, perseverancia, presencia de ánimo... ¿Qué más?
—Respeto por la vida —aportó Eva—,prudencia...
—¡Bien! —aprobé—. Ahora pasemos a sus opuestos. ¿Me dirás qué hombre aceptaría sin rechistar que por oposición lo definan como inflexible, pusilánime, intolerante, veleidoso, irrespetuoso ante la vida, imprudente y cobarde? Todos a una alegarían que no se puede generalizar, lo que cuenta es la individualidad, que patatín y que patatán... Verías cómo la ley del yin y del yang en lo que se refiere a la simbología de los sexos quedaba derogada de inmediato.
El camarero no sólo tosía con descaro para llamar la atención sino que plantó la bandeja en medio de la mesa haciendo temblar las copas. Eva le miró indignada y casi le ordenó en francés:
—Muchas gracias, si queremos más postres le llamaremos.
El individuo, a punto de acabar su jornada de trabajo, decidió que ya estaba bien de genuflexiones y respondió en un napolitano de lo más vulgar:
—Verá, señora, salvo el gato ya no hay nadie en el local y sólo falta que ustedes paguen para cerrar la caja. Es casi medianoche y yo duermo en casa, ¿Sabe?
Eva me preguntó abriendo mucho los ojos:
—¿Qué me ha dicho?
La risa no me permitía hablar. Su cara perpleja era un poema, y el camarero echaba chispas por las orejas. Acepté la cuenta y me encaré con él hablándole en su mismo argot:
—Vaya a dormir, buen hombre, tenga mi tarjeta y tráigame rápido el recibo, no tenemos toda la noche.
Me miró con odio y se dio la vuelta. Eva seguía sin entender, pero echó mano a su cartera.
—Deja, estás invitada —dije aún riendo.
—De ninguna manera —protestó—. Aquí está mi Visa.
—¿No me dejas que te invite o es que te disgusta que te agasajen? ¿Lo encuentras masculino, tal vez?
Abrió la boca para decir algo pero la cerró de inmediato. En cambio, me tomó de la mano y prometió:
—La próxima te festejo yo a ti.
La frase era tan potente que me sacudió hasta el pubis, pero no dije una palabra. En rigor, tampoco hubiera podido emitir una sola sílaba, tal era mi conmoción. Mientras, el fastidio del napolitano subió varios puntos cuando al devolverme la tarjeta le pedí que llamara a un taxi por teléfono, de modo que aún permanecimos unos diez minutos de pie en la puerta del restaurante.
Durante el trayecto no nos dijimos nada, envueltas en un silencio confortable y cómplice. Eva insistió en pagar la carrera con las pocas monedas que le quedaban. Pedimos las respectivas llaves en la conserjería y subimos al ascensor. Mi habitación estaba en el tercer piso, la de Eva en el cuarto. Al abrirse la puerta en mi planta quise despedirme con alguna frase impecable, un exquisito fin de fiesta para un día tan especial, pero sólo atiné a balbucear un escueto “Hasta mañana”. Creí que Eva iba a darle al botón del cuarto pero en cambio bloqueó las puertas y dijo mirándome sin recato:
—Hay dos llaves, creo que sobra una...
¿Era una insinuación? No: era una orden. Más tarde me habituaría a los imperativos de Eva, pero en ese momento mis sentidos lo único que percibían era cómo un deseo sofocante y viscoso hacía temblar mi cuerpo. Con un gesto callado de mis manos y la emoción palpitándome en la garganta la invité a seguirme por el pasillo. Cuando estaba maniobrando con la llave en mi cerradura me abrazó por la espalda, recogió mi pelo con un movimiento apenas perceptible y me besó en la nuca mientras musitaba con esa voz suya que me llegaba a las entrañas:
—Yo también me muero de amor...

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:40 pm

“El hotel Winkler está situado a los pies de los pre-Alpes belluneses en un valle rico en verdes y lagos, al comienzo de la autopista Vittorio Veneto-Venecia. Dispone de un restaurante con cocina típica, bar, sala de esparcimiento y sala de lectura, amplia terraza, parque privado, garaje y aparcamiento. Las posibilidades de excursión son: Venecia, 30 minutos; Trieste: 90 minutos; Cortina D’Ampezzo: 60 minutos; lago de Santa Croce: 10 minutos; monte Visentin con servicio de aerosilla hasta los 1.750 metros, refugio, panorama único sobre las Dolomitas y sobre la llanura hasta el mar: 40 minutos.”
El folleto publicitario del Winkler no mentía. Ocupaba una enorme casona de campo de principios de siglo distribuida en dos plantas y su arquitectura sólida y angulosa recordaba más al estilo toscano que al italiano del nordeste, esa zona intermedia entre el Veneto y el Trentino Alto Adige donde Italia empieza a confundirse con Austria. Era un sitio realmente encantador y de inmediato nos sentimos muy satisfechas por nuestra elección, por otra parte fruto del azar.
El display de propaganda que nos había llamado la atención en una agencia de viajes de Roma omitía describir sus amplias habitaciones con suelos de madera, las espléndidas vistas que se divisaban desde sus ventanas, la discreción del servicio, la higiene exquisita y el confort de sus camas, que Eva y yo disfrutábamos desde hacía un par de días. Constituían un estupendo reclamo a sumar y así se lo hicimos saber a la directora, muy halagada por la sugerencia.
Eva dormía con la cabeza apoyada en el hueco de mi axila, pero pese al hormigueo que me subía por el brazo derecho y que me estaba entumeciendo el cuello permanecí inmóvil. Serían... ¿las cuatro, las siete de la tarde? Quise mirar mi reloj pero desistí, no estaba a mi alcance. En cualquier caso... ¿Qué más daba? Pero un cigarrillo... eso sí me apetecía muchísimo.
Con extremo cuidado fui retirando poco a poco mi atenazado brazo hasta que la cabeza de Eva quedó apoyada en la almohada y con el mismo celo giré mi cuerpo hacia el borde de la cama hasta ponerme en pie. De puntillas y tratando de evitar que crujieran las tablillas del suelo fui al baño, me senté en el inodoro y mientras orinaba encendí un cigarrillo aspirando con fruición.
—¿Qué haces? —preguntó Eva desde la cama con voz adormilada.
—Pis —respondí—. Duérmete otro poco.
—Si tú no estás no puedo...
—Ya será menos, duerme.
Apuré mi cigarrillo hasta la última calada, me lavé la cara y las manos y volví al dormitorio. De pie, me quedé contemplándola. Dormía otra vez profundamente. Boca abajo, con los brazos sirviendo de cojín a su frente, parecía un cuadro de Degas. Su cuerpo era de una belleza convulsa, frágil en su casi delgadez pero a la vez enérgico y poderoso, de curvas tenues como dunas y huesos largos que moldeaban su piel aceitunada.
Me gustaba mirarla así, desnuda y abandonada al sueño en actitud confiada, aunque cada tanto la sobresaltaban unos pequeños temblores y entonces murmuraba palabras ininteligibles y leves gemidos de protesta. Me tumbé de espaldas en la cama y de inmediato volvió a cobijarse bajo mi brazo, buscando la postura más confortable.
La abracé. No me cansaba de sentir el tacto de su piel, que olía vagamente a leña quemada, ni de embelesarme con la tibieza que emanaba su cuerpo dormido y que impregnaba mis manos con la calidez de un pájaro nuevo.
“Si ésta es la gloria —pensé—, yo estoy en ella, y si es un sueño que nadie se atreva a desvelarme.” Los tres últimos días se habían engarzado entre sí de una manera onírica y vertiginosa. Cuando nos despertamos al día siguiente de habernos conocido (¿tres días ya? ¿tres días solamente?) coincidimos en que no podíamos abandonar Roma e irnos cada cual a su casa de Madrid como si nada hubiera sucedido. En rigor fue Eva quien lo decidió. Cuando el poco discreto trajín del Majestic se coló por debajo de nuestra puerta volviéndonos a la realidad, el vuelo había partido a las once de la mañana y el reloj marcaba las dos de la tarde. Estábamos agotadas y somnolientas. ¿Qué hacer? Me sentía confusa e incapaz de hilvanar una alternativa coherente, pero como Eva posee el don de la resolución de inmediato decidió por ambas:
—Tú no te me escapas así como así.
—¿Entonces? —pregunté sonriendo mientras acariciaba morosamente su cintura.
Se levantó de un salto cubriéndose pudorosamente con la sábana y buscó su teléfono. A estas alturas yo ya sabía que iba a llamar a Gino Freni, un viejo amigo de su familia y nada menos que Vicedirector del aeropuerto de Fiumicino. Por lo visto tenía línea directa con él, porque se puso de inmediato.
—¿Gino? Soy Eva otra vez.
Hablaba con su mejor voz de mezzo, esculpiendo seductoramente cada palabra:
—Dirás que estoy loca, pero he vuelto a perder el vuelo. —Me miró connpicardía y me lanzó un beso que le devolví por el aire—. No, nada grave, no te preocupes, sólo que me han liado con un asunto inesperado —otra mirada traviesa— y tengo que quedarme una semana más. ¿De verdad podrías? Los dos billetes, sí. ¡Eso ya es demasiado, ya me las apaño yo! Como quieras, si de verdad no es un trastorno... ¿Vernos, dices? Verás, es que tengo que ir a Florencia para estudiar la obra de un pintor que está dando que hablar. Sí, para la galería. Ya lo ves, mi jefa me exprime y yo no sé negarme.
“Miente con una desenvoltura que abruma”, pensé al verla de pie, frente a mí, con la sábana apenas cubriendo su cuerpo a modo de peplo de diosa griega. Sentí que una vez más la deseaba con vehemencia y lo percibió de inmediato, porque me indicó con gestos que la conversación ya llegaba a su fin.
—Si acaso tengo un rato antes de irme a Madrid te llamo y nos vemos, ¿sí? Te adoro, Gino, y lo sabes. De acuerdo, te debo dos, veo que llevas bien las cuentas... Bueno, gracias otra vez. Adiós.
Literalmente se zambulló encima mío.
—¡Eh, niña, que no soy una cama de agua! —protesté entre risas.
—Sin embargo estás bastante húmeda... —replicó besándome y mordiendo con violencia mi cuello. La aparté luchando con sus brazos que me atenazaban y se tumbó de espaldas resoplando con fuerza.
—Despacio, despacio... Me tienes el cuerpo amasado como si me hubiera caído encima un alud de nieve. Eres una bestia, ¿lo sabías? —fingí enfadarme.
—Si tú lo dices...
—Lo que oyes, hasta ahora no había topado con una asesina potencial.
—Ya ha hablado la señora experimentada.
—Y tú, pobre ángel sin sexo, una víctima inocente de mi depravación, ¿no?
Se sentó de un salto y cruzó las piernas a lo yoga. Estaba exultante:
—Escucha las noticias. Nos quedamos una semana más, y no solamente nos cambian los billetes sino que dentro de una hora traen nuestras maletas al hotel. Ya ves qué fácil.
—¿Y cómo sabes si yo quiero quedarme? ¿Me has consultado, acaso? ¿Y si mis asuntos en Madrid no pudieran esperar un día más? ¿Y si ya estoy harta de tu presencia en mi cama, eh?
Compuso su mejor cara de contrición:
—Tienes razón, he sido demasiado impulsiva... ¿Llamo otra vez a Gino?
Sus ojos castaño oscuro cambiaban de tonalidad cuando se excitaba y ahora eran de miel translúcida. Con esa ondulante cadencia que imprimía a todos sus movimientos comenzó a inclinar su cuerpo hacia mí sin cesar de mirarme con su inefable mirada color canela. Su pelo fue cayendo en cámara lenta sobre mi cara como una lluvia de seda aromada y ya no pude sino perderme otra vez en ella.
“Nunca he estado con una mujer — había dicho cuando nos fundimos en nuestro primer apasionado abrazo—. ¿Qué tengo que hacer?” “No lo sé, con otra mujer siempre es la primera vez — había contestado yo—. Algo inventaremos.” A partir de ese instante, y si bien algunas veces preguntaba con voz tímida si lo estaba haciendo “bien”, cada vez que hacíamos el amor yo me sentía literalmente arrasada. Su pasión era apabullante, urgente, de una intensidad tórrida y subterránea que no dejaba resquicio al respiro. Si se suponía que de las dos yo era la experta, lo cierto es que me sentía como una virgen inocente e impoluta entregada en sacrificio al fuego sagrado.
Cuando le apremiaba el deseo cada una de sus células se trasmutaba en una suerte de magma ígneo, una lava incandescente que quemaba a su paso y emitía una potencia erótica tal que mi cuerpo obedecía ciegamente a sus órdenes tácitas. Mi mente se esfumaba hacia algun lugar de la irrealidad y toda yo era sensación en estado puro. Eva tenía algo de animal violento que se paraliza para engañar a su presa. Pronto aprendí que cuando me deseaba no lo expresaba con palabras sino que oficiaba una suerte de ceremonia de comunión: apoyaba apenas la palma de su mano sobre mi cabeza y la dejaba así, inerte, sin movimientos ni caricias. Era como un mandato hipnótico. Yo permanecía quieta y entregada, como un objeto exánime, mientras percibía nítidamente que mi libido comenzaba a bullir a fuego lento desde el fondo de mi vientre hasta enardecerme con su orgasmo. “Es como un agujero negro — me repetía obsesivamente en una letanía —, un agujero negro que me deglute hacia su núcleo magnético y me absorbe por entero hasta vaciarme de voluntad.”
Al principio yo manifestaba mi placer con palabras dulces y amorosas que me surgían espontáneamente del alma. Eva no. Hacía del silencio un culto, y excepto su “yo también me muero de amor” de la primera noche, sólo le oí murmurar algún apasionado “querida” en lo más alto del clímax. Sin embargo, cuando reposábamos después del amor y yacíamos juntas recobrando el aliento se volvía locuaz, jugaba con mi cuerpo como con una gigantesca muñeca de trapo e inventaba poemas en francés que intercalaba con expresiones hebreas.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:41 pm

Yo no las comprendía, aunque me seducía el sonido e imaginaba eran ternezas de amor. Pero lo más frecuente era que pasara de la pasión más exaltada a una lasitud rayana en la indiferencia. La brusquedad del cambio era difícil de encajar, porque sin previo aviso apartaba su cuerpo del mío, se daba media vuelta y en instantes se dormía con placidez. También tuve que aprender aceleradamente que ese distanciamiento no era hastío sino una tregua que imponía antes de recomenzar un nuevo ciclo apasionado.
“¿Siempre te acercas alejándote?”, le había reprochado alguna vez.
“Al contrario, me alejo acercándome”, fue su críptica respuesta.
En cualquier caso, y si era cierta mi teoría de que el amor entre mujeres es una experiencia inédita en cada nuevo encuentro y que carece de normas preconcebidas, Eva las fijó desde el inicio y dictó el código a seguir. No me importaba en absoluto: como amante era maravillosa. Había vuelto a murmurar pegada a mi oído:
—¿Entonces qué? ¿Llamo a Gino y le digo que te vas mañana?
—Ni se te ocurra. Ven aquí —alcancé a decir antes de que me besara.
Por las ventanas de nuestra habitación se colaban las conversaciones quedas de los pocos huéspedes del Winkler y la voz más aguda de la directora ordenando al servicio los aprestos para la cena. Escuché que habría menestra y perdiz estofada y los rumores de mi estómago me recordaron que tenía hambre. Habíamos comido muy poco en estos días y aún no conocíamos el comedor, porque llamábamos al servicio de habitaciones. Una camarera magra y de estatura no más elevada que la de una enana nos había subido ayer el desayuno. (“Me llamo Missia, bienvenidas a nuestro hotel — había dicho. Y tras mirarnos con ternura había añadido—: Las dos son muy bonitas, las felicito.”)
—Ésta entiende... —había comentado Eva devorando un cruasán detrás de otro obviando sus usuales maneras de comensal exquisita—. Se ha dado cuenta de todo.
—¿Y qué sabes de lesbianas si según dices es la primera vez que estás con una mujer?
Habló con la boca llena:
—Hija, una será novata pero no tonta. ¿Crees que eres la única exponente de la raza gay que conozco? Además veo películas, leo libros, no olvides que los homosexuales están muy de moda y hasta aparecen en las series de televisión...
—¿Y Missia te parece lesbiana? — Estaba realmente intrigada por sus deducciones.
—¡Ni idea! —admitió—. Lo digo por el piropo que acaba de echarnos. ¿A qué vino eso de felicitarnos por lo bonitas que somos?
Admití que tenía razón: el comentario excedía las obligadas gentilezas de un servicio de hotel. Excepto un breve paseo por la terraza para respirar aire fresco, no habíamos salido de la habitación. Pedíamos sándwiches, mucha fruta, café y champán. A partir del comentario de Eva me dediqué a observar a Missia y confirmé que su comportamiento era decididamente cómplice. Una sonrisa aquí, un guiño allá, un despliegue de atenciones que sobrepasaban con creces la formalidad. Si bien nunca nos veía juntas en la cama porque cuando llamaba a la puerta una de nosotras se metía en el baño y la otra simulaba contemplar el vasto paisaje que rodeaba al hotel, silenciosa y discreta recogía la bandeja con los restos de la comida, repasaba los muebles con una franela y cambiaba las sábanas usadas por otras limpias y fragantes dos veces al día. Ayer por la mañana había incluso adornado ambas almohadas con un manojo de alhucemas. Le agradecimos el detalle mientras bajaba avergonzada la cabeza y su cara enrojecía como una fresa madura. Le gustaba finalizar su tarea llenando la jarra con agua fresca y pronunciando una misma frase: “Limpio y ordenado, sí señor, como debe ser”. Me pregunté si tendría alguna amiga íntima esperándola cada noche en Vittorio Veneto y traté de imaginarla. ¿Diminuta como ella, o por el contrario, una fornida y rubicunda mocetona de pueblo que gustaba de las mujeres-bibelots? Eva era decididamente mucho más morbosa y las describía haciendo el amor en posturas inimaginables. “Se harían un nudo — argumentaba yo—, no hay posibilidad física de practicar semejantes contorsiones.” “Entonces seguro que hacen guarradas —insistía Eva—, Missia tiene aspecto de viciosa, basta con verla.” Y comenzaba a enumerar las hipotéticas obscenidades que nuestra camarera practicaba con su amiga. “O con varias a la vez, vete a saber.”
—¡Basta, es repugnante! —la callaba yo sinceramente asqueada—. ¿De dónde sacas esas barbaridades? Tienes una mente muy retorcida, señora.
—Si tú lo dices...
Eva también había escuchado entre sueños las voces fuera de la habitación y al cabo de un rato preguntó aletargada:
—¿Qué hora es? Tengo mucha hambre.
—¿Qué tal si nos duchamos y bajamos a cenar? —propuse.
—Me parece una idea brillante.
No nos podíamos creer que fueran ya las ocho de la tarde. “El tiempo se ha vuelto loco —comentó Eva entrando en la ducha— y ha decidido enloquecernos a nosotras.”
Yo tenía la misma sensación. O transcurría sin transcurrir, con ese desmayo inmutable de los relojes blandos de Dalí, o había entrado en una carrera desenfrenada que nos tenía atrapadas sin remisión, pero desde luego no era el mismo de siempre. Sintonicé mi radio portátil en la emisora local. Emitía música de los setenta y nos duchamos juntas meneándonos en dudoso equilibrio al compás de la Bambola de Patty Pravo. Eva desafinaba horriblemente, pero no se amilanaba a la hora de cantar y se sabía la letra por entero, porque le encantaba lo retro. “Tu mi fai girar, tu mi fai girar, come fossi una baaambola...”, se desbocaba. Yo replicaba con la boca llena de agua: “Poi mi butti giù, poi mi butti giù, come fossi una baaambola”. Daba gusto abrir el armario y encontrarnos con nuestra ropa pulcramente colgada y oliendo a limpio.
Apenas habíamos llegado al hotel después de conducir durante horas el coche que habíamos alquilado en Roma, depositamos sobre el mostrador nuestras respectivas maletas.
—En cuanto venga el botones se las llevamos a la habitación que han reservado, señoras —había dicho el encargado de recepción.
—Para lavar y planchar —le indiqué. No pudo evitar la sorpresa:
—¿Todo?
—Todo.
Mientras elegía qué ponerme tuve la sensación de que hacía mucho tiempo que no me vestía. Quería agasajarme y agasajar a Eva con algo especial, así que me decanté por el vestido negro que había llevado a la cena de la embajada. Era de seda lavada, sin ningún tipo de adorno salvo unos breves tirantes de trencilla brillante. Me calcé los zapatos de tacón también negros y completé el atrezzo con el broche que Eva me había regalado en via della Croce. El Winkler no era el Ritz de Madrid y sabía que mi atuendo era excesivo para un sencillo comedor de pueblo, pero me tenía sin cuidado.
—Estás fascinante... —dijo Eva al verme frente al espejo—. Eres guapísima, María, tienes un rostro bello, cómo te diría... intenso, me encanta tu cuerpo y ese vestido es, es...
—¿Fascinante? —sugerí con ironía aunque me sentía sumamente halagada.
—No te burles, estoy hablando en serio. Pareces una reina. Me di la vuelta para que me viera de frente:
—Espero que no te refieras a Isabel de Inglaterra.
Eva me abrazó con delicadeza, como si temiera romperme:
—Te turba que te piropeen, ya me he dado cuenta. ¿Crees que son mentiras, que no te lo mereces o algo así?
Touché. Había detectado con exactitud uno de mis puntos flacos. Aunque con frecuencia recibía cumplidos sobre mi aspecto físico nunca me los creía del todo, y tenía tendencia a infravalorarme en este aspecto. Solía adjudicar los halagos al afecto. “Claro, me quieres... ¿Cómo no verme bonita?” Tal vez por eso admiraba tanto la hermosura física en otras personas. De adolescente hasta había acuñado un aforismo que entonces me parecía francamente ingenioso: “Soy de las que ama la belleza con un amor sin esperanzas”. Era mi manera de defenderme antes de que alguien me llamara “fea”. La misma palabra me parecía fea. Sólo tres letras, pero de una crueldad punzante con esa efe al inicio, como un esputo contundente. Mi presunta imperfección era tan sólo uno de los tantos complejos absurdos que eclosionan en la adolescencia y con los años se había esfumado, pero todavía coleaba algún resabio. Le devolví el abrazo con fuerza:
—Bien, yo soy guapa, tú eres guapa, nosotras somos guapas, ellas son guapas y el mundo entero es guapo, pero eso no me quita el hambre que tengo en las tripas. ¿Nos vamos?
Eva se había puesto una falda étnica en azules y marrones, y por encima una camisa amarilla de hombre que no combinaba del todo bien. Preguntó, coqueta:
—¿Y yo cómo estoy?
Estaba buscando las palabras para contestarle cuando me interrumpió:
—Déjalo, se te nota en la cara. No te gusta como me visto.
—¡No es eso! Bueno, tal vez... Para serte sincera, no del todo —dije con cautela.
—¿Y por qué no?
—Porque creo que le sacas poco partido a tu belleza. —Pensé un momento y añadí—: Verás, creo que es una cuestión de estilo, no sé definirlo... Tienes un cuerpo espléndido y te pones la ropa justa como para cubrirlo con decencia.
—¿Y tú cómo me vestirías? —quiso saber.
—De manera que todo el mundo perciba tu seducción innata, por supuesto.
—¿Y cómo me desvestirías? —insistió a la par que comenzaba a desabrochar su blusa botón a botón con inequívoca intención— ¿Así, por ejemplo?
Cuando bajamos al comedor ya hacía un buen rato que los demás comensales se habían retirado y la directora —que, ahora lo sabíamos, también se llamaba María—, dispuso una mesa mientras nos deshacíamos en excusas. Era una mujer alta y regordeta, de maneras suaves pero enérgicas y que poseía un admirable don de gentes.
Alabó mi elegancia. “¿Es de Armani?”, preguntó a sabiendas que era más que improbable. También tuvo atenciones para Eva: “Una bella muchacha con un atuendo de lo más juvenil”. No sólo se las ingenió para rechazar nuestras disculpas por improcedentes sino que ensambló de tal manera su discurso que parecía que los demás huéspedes eran los culpables de que la cena se hubiera adelantado cuando ésta era en realidad la hora perfecta. Impactada por mi glamour, Eva no me quitaba la vista de encima. Hasta me hizo unas fotos con una pequeña Canon que sacó de su bolso. Su presencia emanaba tal lujuria que me costaba concentrarme en la comida, no arremeter contra ella y poseernos sobre la mesa. Comimos con voracidad, ambas repetimos la menestra y hubo doble ración de una excelente perdiz estofada con verduras.
—Si Missia viera lo hermosa que estás te comía a mordiscos —dijo mientras sin ningún recato acariciaba mis muslos con su pie por debajo de la mesa—. Y yo voy y la mato en el acto. Sería un crimen pasional, y en estos casos los jueces suelen ser clementes.
Su comentario me hizo reír tan alto que mi tocaya reapareció al instante creyendo que la habíamos llamado.
—Verás... —dije en cuanto pude hablar —. No tengo la menor intención de ir a visitarte a la cárcel, son desangeladas y el color de las paredes es espantoso, de modo que no lo hagas, por favor. Por otra parte, puedes estar tranquila, Missia no es para nada mi tipo.
Estaba segura de la pregunta que seguiría, y la hizo:
—¿Y cuál es tu tipo, si se puede saber?
Casi todas tenemos un ideal de partenaire, pero raras veces coincide con la persona real que tenemos al lado. Dicen que siempre nos enamoramos de la persona inadecuada en el momento indebido, y por eso el amor es uno de los trabajos más arduos y peligrosos que se puedan ejercer. Tal vez. En cualquier caso no tenía ganas de embarcarme en esa clase de definiciones sesudas. Me sentía feliz hasta la banalidad.
—Prueba el tiramisú, está de locura — dije metiendo mi cucharilla en su boca—. Creo que voy a pedir cuatro o cinco más. Teníamos necesidad de tomar un poco de aire y pensamos en subir a la azotea, donde había una enorme terraza acondicionada con elegante sencillez. De paso a la habitación en busca de algo de abrigo telefoneé otra vez a mis padres. Atendió mi madre:
—¡Hola, cariño, nos tenías preocupados! ¿Dónde estás?
—¿Y mis padres qué? —contraataqué con sorna—. Tuve que dejar dos mensajes en el contestador porque los señores no paran en casa.
Escuché su risa, como quien ha cometido una travesura:
—Nos escapamos un par de días a la sierra...
—¿Y qué tal? ¿Voy a tener una hermanita?
Su carcajada sonó tan fuerte que tuve que apartar el auricular de mi oído. Quiero inmensamente a mi madre y sobre todo admiro su incombustible alegría. Volvió a preguntar:
—¿Dónde dices que estás?
—No lo he dicho, madre. Estoy en una especie de paraíso cerca de Venecia.
—¿Y qué se te ha perdido en ese paraíso? —quiso saber aunque por el tono comprendí que algo barruntaba.
—Es un poco largo de explicar, ya te contaré ¿Cómo está Stefano?
—En este instante en su estudio, metido entre sus libracos cerebrales. ¿Estás bien, hija?
El marcador del teléfono corría a gran velocidad.
—De maravilla, mamá, fantástica, celestial y sigue tú con los adjetivos.
Hizo un breve silencio y añadió:
—¿Cómo se llama?
Sabía que era inútil engañarla, pero lo intenté:
—¿Quién?
—La maravilla. María, hija, ¿olvidas que te he parido? Te conozco del revés y del derecho, y lo sabes. ¿Quién es ella?
No había nadie alrededor, pero bajé la voz como quien se confiesa:
—Eva. Se llama Eva.
Más silencio. Estaba procesando la información, pero por las dudas no le di tiempo a añadir nada más:
—Te dejo, pero te prometo todo lujo de detalles a mi regreso... por supuesto, los detalles dentro de un orden.
—¿Cuándo vuelves?
—Dentro de cinco días, bueno, no lo sé, ya te aviso antes. Ciao, un besazo para Stefano.
Casi estaba colgando el auricular cuando le oí decir:
—Al menos habrás ido a visitar a tu tía Mimma, espero...
—No pude, no tuve tiempo. De verdad, tengo que colgar, hasta pronto.
Antes de escuchar el clic del fin de llamada aún tuvo tiempo de añadir:
—Eres una desapegada, hija. Pobre Mimma, con el cariño que te tiene...
“¡Madres! —resoplé mientras corría hacia la habitación—. Reconozco que la mía es excepcional, pero en el fondo son todas iguales.” Eva estaba sentada en la cama también hablando por teléfono. Al entrar yo se despidió precipitadamente y colgó. Su mirada era abiertamente desafiante cuando volvió su rostro hacia mí. ¿Por qué me miraba de ese modo? ¿Algo de mí le había molestado esta noche? Tal vez había sido indiscreta entrando en la habitación sin llamar antes, irrumpiendo de mal modo en su intimidad... ¿O temía alguna pregunta acerca de su llamada? Fui hacia ella y me puse en cuclillas a su lado:

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:41 pm

—¿Algo va mal?
Me besó con tal fuerza que me hizo daño.
—¿Mal? ¿Crees que algo va mal? — dijo cuando nos separamos sin aliento—. Yo creo que todo es tan perfecto que hasta da miedo. A veces pienso que estoy en el cielo y no me he dado cuenta...
Pensé: “Los seres humanos mutamos como las facetas talladas en un diamante...” La noche era espléndida. Había luna nueva y las estrellas titilaban iluminando el cielo negro con un brillo tan rutilante que parecía una escenografía teatral. Al fondo se intuía la masa oscura de las primeras estribaciones de la cordillera de las Dolomitas. La terraza estaba discretamente iluminada y la adornaban unos enormes tiestos de barro cocido rebosantes de geranios y campanillas multicolores. No habíamos visto todavía a ningún otro huésped del hotel y ahora también estábamos solas. Tan sólo el chirriar de los grillos desacompasaba el sonido mudo del silencio. Sin embargo, en cuanto nos acurrucamos en nuestras respectivas tumbonas cerca del balcón de piedra para contemplar el cielo a placer aconteció otra de las muchas coincidencias deliberadas de estos últimos días: desde alguna radio cercana nos llegaron los primeros acordes de Margherita. No me lo podía creer. Es una, si no la primera de mis canciones favoritas, y tanto más si la canta Mina. Si me hubieran preguntado qué fondo musical requería ese momento perfecto habría elegido precisamente Margherita. Io non posso stare fermo, con le mani nelle mani, tante cose devo fare prima che venga domani... La voz rota y pasional de Mina desgranaba más que cantaba la letra y comencé a canturrear en voz baja con deleite.
—No entiendo bien qué dice... —dijo Eva a mi lado.
Aferré su mano y empecé a traducir sin ocuparme de la rima ni de la gramática:
—Y si ella ya está durmiendo / yo no puedo descansar / haré lo posible para que cuando despierte / no pueda ya olvidarme. / Y para que esta larga noche / no sea más negra que lo negro / hazte grande, blanca luna / y llena el cielo entero...
Callé para que escucháramos la música, pero apretó mi mano conminándome a seguir:
—Y para hacerle cantar / las canciones que ha aprendido / yo le construiré un silencio... —Mientras seguía recitando me puse en pie y ella entendió que deseaba bailar. Corriamo per le strade e mettiamoci a ballare... Era todo tan mágico y de un romanticismo tan cinematográfico que no nos hubiera extrañado si en ese instante hubiese descendido lentamente un telón en tonos sepia con la leyenda The End. Abrazadas, nos mecíamos al compás de la música casi sin movernos.
—Sigue cantando —me dijo Eva al oído—, no pares.
—Per chè lei ama i colori, raccogliamo tutti i fiori, che può darci primavera... —Tuve que besarla, estaba transida de emoción y ella también. Lo notaba en sus labios laxos y entregados. Mina estaba bordando el final de la canción : Saliamo su nel cielo e prendiamole una stella, perché Margherita è buona, perché Margherita è beeellaaa... Eva empezó a temblar de pies a cabeza. Hasta ahora nunca la había visto así. Preocupada, la ayudé a sentarse en la tumbona e intenté cubrirla con mi chal, pero me apretó contra ella y susurró trémula:
—No tengo frío ni te pido que me abrigues. Lo que quiero es que me construyas un silencio como jamás he sentido.
La mañana siguiente amaneció trasparente y azul. El día invitaba a salir y tanto Eva como yo teníamos ganas de cambiar de escenario y hacer un recorrido por el Veneto. Conozco poco esta parte de Italia y prefería ir a Udine o enfilar hacia el norte hasta Belluno y llegar a Cortina, pero Eva había estado sólo una vez en Venecia y de eso hacía bastante tiempo. Deseaba mucho volver conmigo, y una estancia de un día le parecía poco. No tuve ningún inconveniente en acceder a sus deseos. Venecia me cautiva y no me canso de regresar una y otra vez. La duda se planteó a la hora de decidir si dejábamos ya el Winkler y regresábamos a Roma directamente desde allí. Nos daba un poco de pena marcharnos sin más de un sitio que considerábamos nuestro. Zanjamos la cuestión de manera salomónica: estaríamos un par de días en Venecia, y tras una pequeña gira por la comarca de Belluno pasaríamos la última noche aquí antes de dar la vuelta rumbo a Roma.
La dueña, gentil como de costumbre, telefoneó en nuestro nombre a un amigo suyo dueño de un pequeño hotel en el Campo Manin e hizo las reservas, y también se ofreció a custodiar el grueso de nuestro equipaje mientras durara nuestra ausencia.
“Lo ideal es un único bolso con lo imprescindible —recomendó con buen criterio—. Venecia es mal sitio para ir acarreando maletas.” Nos despedimos de ella con sonoros besos como si nos conociéramos de toda la vida. Eva tomó unas fotos para el recuerdo y partimos en nuestro Fiat Punto en dirección a la autopista A27.
Estábamos de un humor excelente, yo me sentía ligera como una mota de algodón y Eva confesó que el haber dormido cinco horas seguidas le había sentado de maravilla. Le di toda la razón. Haciendo cálculos, en los últimos cuatro días podíamos contar las horas de sueño con los dedos de las manos y aún sobraban. “Conduce tú —me había pedido —, quiero que me lleves a Venecia en persona.”
Durante el escaso centenar de kilómetros que duraba el trayecto no paramos de hablar. Eva quiso presentarme a su familia y habló de ella. Era notorio que sentía gran devoción por su hermano Simón y por su madre, sobre la cual no escatimaba alabanzas. Esther era la madre ideal, muy sociable, mundana, excelente lectora, su belleza aumentaba con los años y en su magnífica cincuentena “los hombres todavía vuelven la cabeza por la calle para piropearla”, se ufanó Eva poniendo el acento en la anónima admiración masculina como prueba fehaciente del buen ver de su progenitora. Colaboraba activamente con la Cruz Roja y la Asociación de Lucha contra la Esclerosis Múltiple, era la primera en recaudar en las cuestaciones y organizaba el Rastrillo anual junto a la flor y nata de la sociedad madrileña. Simón, a tenor de las descripciones de Eva, era la perfección hecha hombre. Veintiocho años, alto, moreno, elegante, ocurrente, culto y generoso con sus amigos. Tenía alquilada una buhardilla en la plaza Mayor —ella no, prefería vivir con sus padres en su chalet del barrio de El Viso— y todo lo que ganaba como ingeniero de alto rango lo gastaba en viajes a Birmania, a la isla de Pascua, a Zambia o a lugares tan ocultos como desconocidos, sitios de los que traía multitud de objetos extravagantes con los que decoraba su casa, abarrotada, según Eva, hasta la exasperación.
Lo que más parecía gratificarla de su relación con su hermano era la complicidad. “Es como si fuéramos gemelos —puntualizaba—, siempre sabemos lo que está pensando el otro y nos contamos absolutamente todo.” Yo conducía atenta a la carretera a la vez que escuchaba su relato. Hasta ahora había sido sumamente reservada y sabía poca cosa de ella, pero cuando conozco a alguien nuevo prefiero que hable de sí a su aire y no suelo hacer demasiadas preguntas, por lo que consideré sus confidencias espontáneas como un regalo especial que me ofrecía y le retribuí con un silencio respetuoso. Cuando le tocó el turno a su padre el tono eufórico bajó unos grados. También ingeniero, hacía tres años que un derrame cerebral le había condenado a una silla de ruedas, pero a Isaac —que así se llamaba — no le amilanaron las penurias y había propuesto a la empresa multinacional en la que trabajaba hacerlo desde su casa. Siendo como era un excelente especialista en la construcción de puentes, la empresa había aceptado su oferta y vivía pegado al ordenador, al fax y a sus módems, porque los proyectos y consultas le llegaban por Internet de todas partes del mundo. A diferencia de la rotundidad que había manifestado al hablar de su madre y de Simón, resultaba evidente que Eva no sabía bien cómo describir a su padre.
—No es que sea distante ni mucho menos —explicaba—, ha pasado lo suyo, ¿sabes? El regreso de Israel fue muy traumático y se vio obligado a empezar de cero, creo que más tarde el mal trago le pasó factura dejándole inválido. Sin embargo es un hombre duro... bueno, no exactamente, es... concentrado en sí mismo, ¿entiendes?, como una caja fuerte herméticamente cerrada y de la que no te sabes bien la combinación.
La metáfora me hizo gracia. Yo estaba empezando a pensar lo mismo de ella.
—También es muy dadivoso y desprendido —concedió de inmediato—, y reconozco que me mima como a una cría. Por mi último cumpleaños me regaló un cheque de cinco mil dólares, no está mal, ¿eh?
Enmudeció de pronto y se quedó mirando pensativamente la trasera del camión que nos precedía, como si la carga de chapas de uralita que portaba acaparara toda su atención. Ya me estaba habituando a esos frenazos repentinos que caracterizaban su discurso, y para que su propio silencio no le resultara violento (si es que lo era), encendí la radio con el volumen muy bajo. Sonaba música clásica, más exactamente el Réquiem de Mozart. En ese momento los primeros acordes introducían el “Lacrimosa”, la maravillosa melodía que, a modo de siniestro presagio, Mozart no pudo acabar porque le sorprendió la muerte la misma madrugada que la estaba componiendo.
“¿Será posible? —pensé estupefacta—. ¿Qué o quién maneja intencionadamente los hilos? Es inaudito que en este preciso instante suene el Réquiem que Lisa y yo amábamos tanto, y además que sea la misma versión, la de Von Karajan con la Filarmónica de Viena.” Pero si ya estaba perpleja con la música, me estremeció aún más oír la voz de Eva, quien saliendo de su mutismo tan de golpe como había entrado me preguntó de pronto:
—¿Querías mucho a tu pareja?
Tuve que hacer un esfuerzo para controlar el coche y no irme contra el arcén. ¿Es que esta mujer era médium, telépata, tal vez? Sumamente impresionada, me tomé un poco de tiempo para asimilar el impacto y aproveché para apagar la radio:
—Perdona, entre la música y el ruido de la carretera no te he escuchado. ¿Qué decías?
Repitió la pregunta palabra por palabra.
—¿A Lisa, dices?
—Bueno, no recuerdo si dijiste o no su nombre. Me refiero a.... Ya sabes, en Roma me contaste que tu amiga había muerto.
“Ha asociado el Réquiem con “muerte” —razoné— y la pregunta surgió sola. Tampoco es como para adjudicarle poderes paranormales.” La deducción tenía su lógica y sirvió para serenarme. Creo firmemente en el esoterismo, pero no deja de darme miedo lo desconocido e incierto. Entonces hablé de Lisa. Sabía que por fin podía hacerlo con total libertad. El acceso de llanto en El Trianón de Roma el día que conocí a Eva había oficiado de lluvia bienhechora y me sentía limpia de culpa y cargo. Ni su nombre ni su recuerdo provocaban ya esa punzada de dolor que había acechado mi corazón todos estos años y me sentía en paz conmigo misma. Por otra parte, no me importa hablar de mi pasado. Es más, suele causarme placer. A mi pasado lo quiero, es mi biografía y no reniego de ella. Al fin y al cabo esta vida es la única que tengo. ¿Pero por dónde empezar? Me limité a contestarle con sencillez:
—Sí, la quería mucho, la amaba como nunca había amado antes.
Breve pausa de Eva. Pensé que se daba por satisfecha, pero me equivocaba:
—¿Dónde la conociste?
¿Dónde? ¿El lugar geográfico es relevante o es una de las tantas preguntas posibles para acceder al pasado de una persona? Me decanté por un relato cronológico, resultaba más coherente, o al menos más fácil. Hablé del Parador de Ayamonte, en Huelva, donde mis padres y yo pasábamos una corta estancia para luego continuar un periplo por el sur de Portugal. Yo tenía veintidós años, acababa de romper con Raquel —mi primera novia más o menos oficial— y mis padres inventaron ese viaje para alejarme de Madrid. Lisa se alojaba en uno de los bungalows cercanos al nuestro, y también estaba disfrutando de unas breves vacaciones. Era concertista de piano y gozaba de bastante renombre, aunque cuando nos presentamos formalmente ni mis padres ni yo habíamos oído hablar de ella. El flechazo fue mutuo, instantáneo y letal. Yo proseguí el viaje al Algarve como estaba previsto y ella partió hacia Hamburgo, donde tenía programado un par de conciertos, pero poco después nos reencontramos en Madrid y ya no nos separamos hasta que la mató un cáncer linfático.
—Y colorín colorado, este cuento se ha acabado— dije a modo de colofón sin quitar la vista del espejo retrovisor porque un Lancia rojo insistía en adelantar de una sola maniobra a nuestro coche y al molesto camión.
¿De verdad se había acabado? Con familiaridad, Eva revolvió mi bolso sin pedirme permiso, abrió el paquete de Winston y en el fondo encontró el encendedor. Era la primera vez que la veía fumar y se notaba que carecía de hábito, porque no tragaba el humo sino que lo retenía en la boca durante unos segundos y lo exhalaba intacto. El humo flotaba como un cumulusnimbus entre el parabrisas y yo y me dificultaba la visión, así que abrí mi ventanilla. Acto seguido encendió un segundo cigarrillo con la brasa del suyo y me lo pasó sin decir una palabra. ¿Tenía yo ganas de fumar?
Daba igual: acepté el pitillo que me tendía, obediente, y aspiré una larga calada. Quise bromear sobre sus aires imperativos, pero me contuve al mirarla de reojo. Su bello rostro mostraba una profunda concentración, el entrecejo fruncido y la mirada siempre fija al frente. ¿En qué estaría pensando? Un cartel azul en lo alto de la carretera indicaba con claridad la desviación a Treviso, e iba a comentarle que estábamos a mitad de camino cuando preguntó con su voz grave:
—¿Viviste con ella?
—Sí, nos fuimos a vivir juntas a su piso a poco de enamorarnos.
—¿Qué edad tenía cuando la conociste?
—Treinta y cuatro.
—Y si tú tenías veintidós... —calculó — te llevaba doce años. Mucha diferencia, ¿no?
—Puede ser... —admití—. Pero entre nosotras funcionó muy bien. En realidad la edad nos importaba un pimiento.
Exhaló con fuerza otra de sus falsas bocanadas. Daba la impresión de estar muy interesada.
—¿Y cuando se iba a sus conciertos por ahí tú qué sentías?
¡Vaya! Eva y sus misiles submarinos en acción.
—Pues mira, ya que lo preguntas te confiaré un secreto, pero que no salga de este coche, ¿vale?— Y tras una pausa estudiada declaré con fingida solemnidad —: Tejía. Lisa partía hacia lugares remotos y yo tejía en mi telar un lienzo de colores. Puesto que me asediaban otras doncellas y yo era fiel a mi señora, las rechazaba prometiéndoles que sería suya cuando acabara mi tarea. Pero como de noche destejía lo que hilaba de día, se quedaron todas con las ganas.
—¿Todas todas o alguna cayó? —quiso saber, evidentemente divertida.
—Todas, señora mía, os lo juro. He sido, soy y seré de una fidelidad inconmovible.
Tiró el cigarrillo por la ventanilla y se abrazó a mi cintura riendo con ganas:
—Es usted un auténtico partido, a fe mía. Linda, inteligente, romántica, con un gran sentido del humor y cual si fuera poco de una lealtad inquebrantable. Una auténtica perla negra en estos tiempos desapegados. ¿Qué más se puede pedir?
—¡Gracias, milady, no merezco tal efluvio de loas, me confunde usted! —Reí con ella.
El tráfico se iba densificando a medida que nos acercábamos a la costa. Sugerí una parada para tomar café que desechó. Estaba ansiosa por llegar y si yo no estaba cansada prefería seguir. No lo estaba y además conducir me resulta placentero, aunque hacía años había vendido mi coche a causa del imposible aparcamiento en mi barrio. Faltarían unos quince minutos, según mis cálculos. Encendí otra vez la radio. Todavía sonaba el Réquiem. Giré rápidamente el dial y lo dejé en la primera emisora que se escuchaba decentemente sin interferencias, la regional véneta. Los años setenta habían retrocedido hasta los sesenta y Rita Pavone ululaba aquello del partido de fútbol y los abandonos domingueros de su novio.
—¿Y cuando Lisa se iba no sentías celos?
Era evidente que Eva no sabía cuándo debía parar. Por alguna razón el tema la había atrapado y no perdía el hilo ni con los cómicos grititos de la Pavone.
—No, no soy especialmente celosa. Con frecuencia la acompañaba a sus giras y estuvimos en muchos sitios, con ella conocí Berlín, Budapest, Amsterdam, a Italia veníamos bastante a menudo...
—O sea que no la celabas porque ibas con ella.
Empezaba a fastidiarme un poco la encuesta, pero le seguí la corriente:
—Y cuando me quedaba en Madrid porque mi trabajo me impedía viajar tampoco me preocupaba, no era nuestro estilo.
—¿Y ella te era fiel a ti?
¿Lisa me había sido fiel? Mientras compartimos la vida nunca había surgido la duda, supongo que dábamos por sentado que existía mutua lealtad y era un asunto del que ni siquiera hablábamos. Sería ridículo escarbar ahora en un aspecto tan feliz de mi relación y emprender una investigación post mórtem.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:41 pm

—Ya te dije que los celos no me quitan el sueño —dije algo cortante—. No entro ni salgo en calificarlos, mira, cada cual con lo suyo, supongo que quienes los padecen deben sufrir mucho, pero no es mi caso.
—Entiendo... ¿Y cuánto tiempo duró la relación?
Hice memoria:
—Mmmm... Déjame ver...
No sé por qué me esforcé en ostentar la precisión de un cronómetro, después de todo era una pregunta bastante trivial, pero dediqué unos segundos a calcular mentalmente la cifra:
—Exactamente cuatro años, tres meses y dieciséis días —contesté con cierto orgullo por mi habilidad aritmética.
Eva soltó una de sus cadenciosas carcajadas, pero se rehízo de inmediato:
—Perdona, lo siento, pero es que me ha hecho gracia una contabilidad tan perfecta. Tienes que estar muy atada a tu pasado para recordar con tamaña exactitud lo que dura una relación.
Esta vez su tono y el desparpajo de su comentario me ofendieron. Lisa no había sido para mí una relación más sino la única que consideraba “el amor de mi vida”, aunque una frase tan manida sonara a folletín de segunda. Y si estaba o no atada a mi pasado no dejaba de ser una afirmación gratuita e improcedente, porque incluso de ser cierta no era tema de discusión ni ahora, ni aquí, ni con ella, recién llegada a mi vida. Además, desde hacía un rato me estaba sintiendo bastante agobiada. El rumbo que Eva había impreso a la conversación imponía la presencia de Lisa como si estuviera en el coche sentada en medio de nosotras, las tres camino a Venecia como buenas amigas en un día de picnic. Si alguien tenía derecho a invocar a placer el fantasma de Lisa esa era yo, no Eva. Faltaba muy poco para llegar a Mestre, la pequeña ciudad antesala de Venecia donde yo tenía planeado dejar el coche y tomar el tren. Podíamos llegar hasta nuestro destino por carretera, pero el gigantesco parking instalado a la entrada de Venecia suele estar abarrotado y además el trayecto hasta la estación de Santa Lucía tiene su encanto, porque apenas te apeas del tren y sales al exterior ya está ahí el Canalone, el gran canal que vertebra la ciudad. Es el primer impacto emocional que se recibe de Venecia y yo quería regalarle a Eva esa impresión tan intensa.
Ahora se me habían ido las ganas, deseché la idea de una entrada triunfal por la estación de Santa Lucía y me dispuse a conducir hasta el dichoso parking para dejar ahí el coche. ¿Y luego qué? Ya no estaba segura de querer compartir algo con ella, y tanto menos Venecia. Eva también permanecía callada y la situación resultaba muy incómoda. Hay muchas clases de silencios y este era de los desagradables. “Estamos amuralladas en nosotras mismas y no entiendo bien quién es el enemigo”, pensaba yo con la vista pegada en la carretera. Percibí de reojo que Eva rebuscaba en su bolso y sacaba algo que comenzó a manipular con rapidez. Ya aparecían las primeras casas grisáceas y anodinas del extrarradio de Mestre y en pocos minutos más estaríamos en Venecia. De pronto extendió su brazo y delante de mi cara apareció una primorosa flor de papel blanco. Fue tan inesperado que di un respingo. La flor era un prodigio de la papiroflexia y Eva había logrado dotarla hasta de unos primorosos pétalos rizados. La balanceó ante mí y la hizo hablar cual una marioneta:
—Dice Eva que se siente mal porque ha sido muy impertinente contigo y que tienes mucha razón cuando la llamas bestia... —El falso clavel se agitó aún más—. Y también quiere saber si la perdonas y sigues siendo su amiga..
. Mi enfado se esfumó al instante y sentíque el corazón se me llenaba de miel. “Es increíble —pensé—. Esta mujer es increíble.” Sostuve la flor con cuidado y aspirando su presunto perfume la enganché al espejo retrovisor. Mediante una brusca maniobra que me costó un concierto de iracundos bocinazos giré el volante y entré en la desviación a Mestre:
—¿Dejamos el coche en la estación y seguimos en tren?
Sería cerca de la una del mediodía cuando llegamos a Campo Manin. Tras cumplimentar los obligados trámites de registro fuimos a la habitación, coqueta y con vistas a la plaza, que nos había asignado el dueño. Sentía que hacía siglos que no gozaba con Eva y me hacía falta como el aire. La abracé apenas cerramos la puerta y me correspondió con idéntica violencia, nos desnudamos la una a la otra con furia e hicimos el amor como posesas. Como de costumbre perdimos la noción del tiempo, y cuando el calor que nos sofocaba nos obligó a abrir de par en par la ventana estaba anocheciendo. A Eva le daba igual y siguió requiriéndome, pero entre beso y beso logré recordarle que estábamos en Venecia y que no salir a dar una vuelta era un pecado capital. Accedió a regañadientes, como una niña mimada a quien le obligan a apagar el televisor en lo mejor del programa, y mientras desataba su cuerpo del mío me amenazó cómicamente con una posterior revancha de la cual no podría librarme.
—¡Qué miedo, qué susto! —bromeé—. Mira que pido asilo político en el consulado de Guinea, ¿eh?
Nos duchamos y salimos hacia la plaza San Marcos. Eva se enfundó unos vaqueros que la hacían aún más alta y espigada, camiseta blanca de algodón y una chaqueta blazer de lino color verde botella. Era obvio que había tomado buena nota de mi crítica sobre su manera de vestir y que intentaba sorprenderme con el cambio.
—Estás arrebatadora, para comerte — la piropeé sin reparos—. Me encanta ese conjunto.
—Una, que no es tonta... —Acomodó su pelo con las manos en un gesto que sabía seductor y dejó caer unas gotas de First en el hueco de su garganta observándome de reojo. Jugaba a enloquecerme y vaya si lo lograba.
Como casi siempre sucede en Venecia, elegimos un rumbo equivocado y nos perdimos en varias ocasiones creyendo encontrar el buen camino, lo cual no es de extrañar visto y considerando que la ciudad está levantada sobre más de “ciento diecisiete islotes separados por ciento cincuenta canales y unidos entre sí por unos cuatrocientos puentes”, como recitaba de pequeña a mi padre, que me instaba a repetir la información de carrerilla cada vez que pasábamos unos días en la ciudad.
“No hay más horas que las serenas”, se complacen en repetir los vénetos. El dicho define a la perfección la vivencia del tiempo en Venecia y Eva se contagió rápidamente del “síndrome veneciano”. Caminaba a mi lado con indolencia, sin prisas y sin importarle la meta. Se dejaba llevar por el silencio, mirando en todas las direcciones, deteniéndose ante los balcones floridos, las recovas de piedra ennegrecida, los aljibes que adornan plazoletas no más grandes que el patio de una casa, a veces maullando a los innumerables gatos que campan a sus anchas por las callejuelas y alabando la estructura primorosa de los puentes que nos salían al paso una y otra vez y que atravesábamos sospechando que era siempre el mismo. Habríamos podido preguntar a cualquier transeúnte el trayecto más corto para llegar a la plaza San Marcos, pero no lo hicimos. ¿Para qué? No teníamos prisa alguna y Venecia está hecha para perderse. Íbamos cogidas de la mano y era la primera vez que lo hacíamos en público.
Ante la fachada de un palazzo que por alguna razón la emocionó especialmente Eva me abrazó y me besó en la boca. Quedé sorprendida, a sabiendas que no es nada fácil para una heterosexual asumir ciertos hábitos del complejo código lésbico. Incluso para muchas parejas lesbianas es materia de discusión el comportamiento gestual más allá de lo privado. Ella parecía sentirse muy a gusto paseando conmigo sin pudor, y si bien es cierto que estábamos en otro país y era muy improbable que alguien nos reconociera, no dejaba de ser una transgresión exhibirse con amoroso descaro con otra mujer. Ni siquiera buscábamos orientación en los indicadores callejeros y no supimos que íbamos hacia el puente del Rialto hasta que nos topamos con él.
—Esto es maravilloso... —murmuró Eva deteniéndose ante la escalinata—. Pensé que quedaba algo de Venecia en mi memoria, pero es como si nunca hubiera visto una ciudad tan deslumbrante.
Había bastante gente pero no llegaba a ser la riada humana que desemboca en Rialto en julio y agosto, de manera que pudimos recorrer el puente a gusto. Los puestos del mercado ya estaban recogiendo la mercancía y cerrando sus persianas. Yo quería regalarle algo y tendría que bajar hasta la Merzerie, la calle de los orfebres y anticuarios que flanquea el puente. Por suerte se alejó unos pasos y se acodó en la balaustrada entre el poco espacio que separaba dos puestos de madera, mirando hacia abajo cómo una flotilla de góndolas con guirnaldas iluminadas se balanceaban en las aguas densas del Gran Canal. Aproveché su distracción para bajar corriendo y comprarle una sencilla sortija de plata con una diminuta turmalina verde, la piedra kármica de Escorpio. El tendero adivinó mi urgencia adquisitiva y cobró su precio en oro, nunca mejor dicho. Retorné cansinamente a su encuentro, sin apartar la mirada de su silueta en sombras. Se había abstraído por completo, contemplando extasiada el perfil nebuloso de la iglesia Santa María de la Salute que resaltaba contra el cielo oscuro. Parecía tan entregada a la magia del momento y tan dichosa en su mismidad que, como una ráfaga, me vino a la mente uno de los poemas de amor de Neruda:
“Me gusta cuando callas / porque estás como ausente / y me oyes desde lejos / y mi voz no te toca. / Parece que los ojos se te hubieran volado / y parece que un beso te cerrara la boca.” Me detuve a pocos pasos de ella para no invadir su intimidad. Madonna, quanto è bella, había sentido como un impacto al conocerla. Seguía pensando exactamente lo mismo, pero ahora a la admiración estética se sumaba la creciente pasión que me provocaba. ¿Y ella? ¿Qué sentía por mí?
Pocas veces expresaba sus sentimientos con palabras. Eva era puro acto, pura acción. Que hubiéramos hecho el amor el mismo día en que nos conocimos no me decía gran cosa sobre el cariz de sus sentimientos, porque a juzgar por lo poco que había contado de sí saqué en conclusión que no consideraba necesario estar especialmente interesada en alguien para irse a la cama. En algunos momentos especiales, de esos que invitan a la confidencia espontánea, había hablado sobre antiguos amantes. Sus recuerdos eran fragmentos huidizos e inconexos como los de un sueño, destellos fugaces que habían dejado una impronta superficial en su memoria. En el Winkler había mencionado su primera relación, un hombre bastante mayor que la había mimado y agasajado con costosos regalos hasta que desapareció de su vida tan repentinamente como había llegado. Yo sospechaba que se trataba de Gino Frenni, el de Fiumicino, pero me cuidé mucho de corroborarlo puesto que ella no mencionó su nombre. “Él se quedó con mi himen y yo con el Rolex que me regaló, así que lo comido por lo servido”, había reído tras contar la breve historia.
Resultaba embarazoso un cierto tonillo de burdel que adoptaba al hablar de su sexualidad, muy alejado de su lenguaje cotidiano, pulido y culto. Hacer el amor con ella a mí me implicaba en cuerpo y alma, y a veces me provocaba desazón pensar si sería igual de soez al comentar su encuentro conmigo. Pero en última instancia era su vida, no la mía, y la contaba a su placer. En otras ocasiones había mencionado a vuelo de pájaro a unos mellizos canadienses altos, rubios y de ojos azules (“Unos ejemplares de belleza estadística”, los había definido) que había conocido en Nueva York y de los cuales no recordaba el nombre (“¿Steve y Ralf? ¿Ted y Robert? Vete a saber...”); a Antonio (“Pinta abstractos, fíjate qué decrépito, pero es muy seductor”) y al que los amigos llamaban Tony y ella Antonio a secas, para que rabiara; a un tal Borja que era “divertidísimo y estaba permanentemente colocado”, a un industrial de Arabia Saudí henchido de dólares que se había empeñado en llevarla a su harén en Qatar y a otros que no alcancé a retener porque la agenda era bastante nutrida.
Sus anécdotas la mostraban como una persona promiscua, y responsable como soy de mi buena salud en la primera ocasión, con el mayor tacto posible traje a colación el tema del sida. Me alivió saber que lo tenía muy en cuenta y que tomaba todo tipo de precauciones. Ya no volvimos sobre el asunto. Yo ardía en deseos de averiguar si amaba a alguien, pero mi prudencia me lo impedía. Hoy mismo había comentado al llegar al hotel, como de pasada, lo mucho que iba a enfadarse Carlos cuando supiera que había estado en Venecia. No añadió más, y sentí curiosidad por saber quién era Carlos. ¿Su actual pareja, su mejor amigo, su primo, un vecino, un compañero de trabajo? Eva era enigmática y yo empezaba a implicarme demasiado en descifrar sus jeroglíficos, pero a estas alturas era inútil negarme que me había enamorado irremisiblemente de esta mujer hermosa, inclasificable y magnética.
Llegué a su lado y pregunté en voz baja:
—¿Se puede? ¿Hay alguien en casa?
Volvió a la realidad como si regresara de un viaje remoto y me dedicó una de sus sonrisas luminosas:
—Adelante, la puerta está abierta...
Le entregué el pequeño sobre que contenía el anillo.
—¿Para mí? —preguntó palpando el papel de seda con avidez e intentando adivinar su contenido—. ¡Uy, creo que ya sé lo que es!
Rasgó la envoltura, abrió el pequeño estuche, sacó la sortija y le dio varias vueltas para admirarla.
—Es una preciosidad, me encanta la plata, y tiene una hechura muy delicada. ¿Un pedido formal de matrimonio?
¿Había cierta mordacidad en la pregunta? Puede que no, porque añadió con mucha dulzura acercándome su mano izquierda:
—Ten, pónmela tú.
Me sentí ridícula. No había tenido en cuenta la clarísima connotación simbólica de mi elección, y me reproché por ser tan ingenua y transparente. Bastante avergonzada iba a hacer lo que me pedía cuando retiró la mano, arrepentida.
—Deja, ya lo hago yo, tengo los dedos delgados y temo que se caiga al canal.
—Sí, soy un poco torpe... —aprobé con la mayor frivolidad posible—. Sería una pena que no te llevaras algún souvenir veneciano.
Se lo puso y alzó su mano para ponderar el efecto.
—Me va como anillo al dedo... — Festejó tan espontáneamente su broma que me contagió la risa. En un arranque de los suyos besó su dedo anular y me abrazó con ternura.
—Lesbicaccie!!
El vozarrón de marcado acento véneto sonó como un trueno a escasos centímetros de nuestras caras y nos separamos sobresaltadas. Un tipo anodino enfundado en un no menos anodino traje marrón se alejaba sin dejar de volver el rostro hacia nosotras con una mirada torva.
—¿Qué nos ha dicho? —preguntó Eva muy alterada y dispuesta a seguirle.
—Tortilleras —traduje—. Nos ha llamado tortilleras, bollos, cookies, como prefieras.
Su enfado me parecía cómico, pero estaba realmente rabiosa e hizo ademán por correr tras él. La retuve por la cintura.
—¿Adónde vas? Ven aquí, déjalo estar, no merece la pena.
—¡Cerdo, imbécil! —le gritó al sujeto, que seguía dedicándonos gestos obscenos desde la distancia. Eva estaba fuera de sí y costaba controlarla—. ¿Qué cuernos le importa lo que yo haga? —Se lo había tomado a título personal—. No soporto que me insulten, de verdad, me saca de quicio. Si fuera hombre le partía la cara. ¿Y tú te quedas tan tranquila? Chica, debes de tener sangre de pez.
—Lo que tengo son años de escuchar ese tipo de basura —contesté— y ya he pasado por todas las fases.
—¿Y no te ofenden las agresiones?
—Al principio me enfurecía como tú, luego me dio por rebatir con ironía, más tarde opté por callarme para evitar un conflicto, y ahora lo que diga cualquiera me entra por un oído y me sale por el otro sin detenerse en el cerebro.
—Si te estás refiriendo a los hombres te recuerdo que no todos son iguales.
—¡Claro que no! Los hay peores —dije con intencionado sarcasmo.
El comentario no le gustó nada, pero aún la tenía tomada con el tipo y lo perseguía con la mirada mientras éste se perdía entre la gente.
—Además tú eres lesbiana —masculló —, pero yo no y el insulto no me lo merezco.
Me reí con ganas:
—¿Ah, y yo sí? O sea que piensas igual que él.
—No quise decir eso —se confundió —. Sabes que respeto mucho tu condición.
—Mi identidad —corregí—. Y permíteme que ponga en duda eso de que me respetas tanto como dices. Es más, creo que te tomas excesivas confianzas conmigo, me dices cosas que no debería escuchar y hasta te metes en mi cama y me obligas a cometer aberraciones...
Sus ojos eran dos ascuas ardientes. Siendo inteligente como era no le podía pasar por alto que nos habíamos comportado como amantes en pleno Rialto, a la vista de todos y además a instancias suyas.Tampoco podía pretender que la gente adivinara que la morena de vaqueros estrenaba relación lésbica y que la lesbiana oficial era la rubia de pelo largo, ni tanto menos podía impedir que el idiota de turno se sintiera con todo el derecho de denostarnos, amparado en la opinión general. Pero básicamente lo que más le costaba comprender era mi aparente pasividad, y que además me lo tomara en solfa.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:41 pm

—Ríete, eso, ya veo que no estamos de acuerdo —reprochó mortificada.
Por supuesto que yo compartía las razones de su enfado. ¿Acaso no había bregado toda mi vida con la parte miserable de mi elección sexual? Se cae de maduro que nadie tiene derecho a inmiscuirse en la privacidad ajena. Si no le gusta lo que ve basta con que deje de mirar. Yo estaba inmunizada contra el desprecio, la ofensa o la conmiseración, pero Eva no, puesto que militaba en las filas del bando ofensor. Hoy el ataque se había vuelto contra ella, eso dolía y le costaba asimilarlo.
Todo esto me resultaba muy complicado de explicar y seguramente podría llevarnos horas de conversación. Hay gente a la que le lleva una vida desentrañar el mecanismo de la santa cruzada contra la homosexualidad. Pero básicamente me negaba a arruinar una noche tan perfecta a causa de un patán de tres al cuarto de los millones que circulan por el planeta. Demasiado regalo para un mediocre.
—Conozco la mejor pizzería de Venecia. Está cerca de la calle Frezzeria, y creo recordar exactamente dónde. ¿Cómo lo ves? —sugerí quitándole hierro al asunto.
Eva hacía notorios esfuerzos por serenarse.
—Estupendo, vamos allá. Pero si me topo otra vez con ese cerdo nadie le salva de un sopapo bien dado.
—Así se habla —apoyé—, y yo le retiraré mi amistad para siempre, será mi peor venganza.
En cuanto nos sirvieron la pizza y una jarra de vino de la casa caímos sobre las porciones como lobas hambrientas. No habíamos comido desde el desayuno y se nos notaba. Yo había dejado de lado mi metódica alimentación habitual y el cuerpo empezaba a notarlo. Tenía el vientre un poco hinchado y un punto de dolor de cabeza, así que me prometí volver a mis hábitos alimenticios en cuanto regresara a casa. La intensidad amorosa con que Eva seguía todos mis gestos denotaba que iba recuperando su buen humor a pasos agigantados. Le gustó el sitio, una taberna frecuentada por clientes venecianos, con las paredes abarrotadas de cuadros de marinas, decenas de jamones de Parma colgando de las vigas y guitarras de diferentes tamaños adornando la barra en extraña convivencia. “Pintoresco —opinó —, muy autóctono.” También elogió al músico que aporreaba su arruinado acordeón negro con incrustaciones de carey y a quien, para mi bochorno, le solicitó el consabido O sole mio. Acarició mi cara siguiendo su contorno con ternura, me agradeció nuevamente el anillo y prometió llevarlo “toda la vida”.
—No me mimes en público, después pasa lo que pasa... —sugerí más que nada por saber su reacción.
—¡Que los zurzan! Soy libre y hago lo que quiero.
La primera pizza literalmente voló de la bandeja y encargamos otra, esta vez con doble de queso, doble de tomate y doble de anchoas.
—¿Tú naciste aquí? —quiso saber Eva a la par que urgía mediante gestos al camarero para que se diera prisa con el encargo.
—¿En Venecia?
—No, digo en Italia. Te veo tan a tus anchas...
—Y lo estoy, pero nací en Madrid, más exactamente en El Escorial.
—¿Ves? Yo viviría de mil amores en El Escorial, me encantan esas casonas de piedra gris, el sube y baja de las calles e incluso el clima, aunque en invierno es de temer. Tengo un montón de amigos por allí.
Eva parecía tener amigos por todas partes.
—Mis padres conservaron la casa natal y van los veranos y fines de semana — expliqué engullendo aceituna tras aceituna —. Por lo visto me propuse aguarle la fiesta a mi madre en pleno agosto. Según cuenta, tuvo un preparto larguísimo, tardé día y medio en salir, en el hospital no pudieron suministrarle calmantes porque es alérgica a la mayoría de sustancias químicas y para peor vine de nalgas y hubo que hacer cesárea. No fue precisamente una entrada triunfal en este mundo, pero aquí estoy.
Llegó el refuerzo de comestibles y nos pusimos a ello. Eva había retomado sus elegantes maneras al comer, pausada, meticulosa y muy erguida en la silla. No le dije cuánto me seducían sus gestos, pero acaricié su pierna por debajo del mantel a modo de piropo.
—Oye, estate quieta —me regañó a la par que atrapaba con más fuerza mi mano entre sus muslos y ahora era yo quien no podía zafarla—. Un poco de compostura, damisela. ¿Y si nos ve el señor del traje marrón?
—Soy libre y hago lo que quiero, creo recordar que dijo alguien. Además juraría que no podría contigo. Y devuélveme la mano, la necesito para comer.
Pude recuperarla en cuanto aflojó la presión. Mi pobre mano volvió de su excursión bastante maltrecha, enrojecida y contusa.
—Insisto: eres una bruta, Eva, me has hecho daño.
—Eso para que aprendas a no meter las zarpas donde no debes —dijo con desparpajo acercando hacia sí la jarra de vino—. Es la pizza más rica que he comido en mi vida. ¿Y tú nunca te has acostado con un hombre?
—¿Y a ti nadie te ha dicho que los giros tajantes en tu conversación dejan sin resuello al más pintado? —le reproché mientras le ofrecía mi vaso para que lo llenara.
Alzó los hombros con desdén:
—Sí, cientos de veces, pero es mi manera de ser y no puedo con ello. ¿Te fastidia mucho?
—Un poco —admití—, pero lo compensas con las numerosas virtudes que te adornan...
—Me estás adulando para esquivar la respuesta, creerás que soy tonta.
—¿Aquello de si me acosté con algún señor? Sí, ¿por qué?
—¿Con cuántos?
¿Cuántos? ¿Era un concurso? No iba a ser yo la única participante:
—¿Y tú?
—Yo pregunté primero.
Decididamente a ratos parecíamos dos niñas discutiendo por un videojuego. Ciertos razonamientos suyos me exasperaban hasta hacerme olvidar mi buen talante. Era curioso, pero notaba que la Eva profunda del inicio había variado su discurso, que si bien seguía siendo fluido y certero ahora lo utilizaba al revés, es decir, banalizaba lo fundamental y solemnizaba las tonterías. Podía esgrimir un poderoso arsenal de argumentos y réplicas para justificar o defender su opinión sobre una nadería cualquiera, pero cuando surgían temas metafísicos y para mí esenciales como la existencia, el amor, la muerte o cualquier otro igualmente comprometido, desplegaba el abanico de colores, miraba hacia otro lado y sólo le faltaba suspirar con frivolidad: “Vaya calor que está haciendo este verano, ¿no lo cree usted así?”. Una vez más me pudo la tolerancia:
—Tuve un novio, por llamarle de alguna manera —expliqué—, y me acosté con él. Yo tenía diecisiete años o por ahí...
Sabía que no se iba a conformar con tan poco caldo.
—¿Y?
—Y ya está.
—Cuenta más, ¿no?
—Se llamaba Javier.
—¿Y qué pasó?
—Nada más.
—¡Vaya, qué sintética! —dijo desdeñosa—. Está visto que como narradora no eres precisamente Samaniego.
—Será porque no me gustan las fábulas —repliqué al punto—, prefiero las historias realistas.
Si acusó o no mi oblicua ironía no lo sé, pero no se dio por vencida:
—Pues venga, sepamos la realidad. ¿Por qué te hiciste lesbiana?
Suspiré todo lo ostensiblemente que pude para que mi hartazgo fuera manifiesto.
—Te gusta especialmente convertir los restaurantes en congresos, ¿verdad? Basta que nos sentemos a una mesa para que saques el acta del día y des por iniciado el debate. ¿Has notado que nuestras comidas y cenas son dignas del Parlamento Europeo?
No se inmutó:
—De acuerdo ¿Y qué? Creo que son momentos ideales para comunicarse. Quiero saber por qué te hiciste lesbiana. ¿Me lo vas a decir?
¡Qué lata, por Dios! ¿Cuántas veces había escuchado la misma pregunta de labios de una heterosexual? Dijera lo que dijera querría saber más, sugeriría que probablemente una mala experiencia sexual con el sujeto inadecuado me había cerrado al mundo de los hombres. Hablaría de despecho, de rencor subliminal, de una incorrecta generalización que me había hecho despreciar al colectivo masculino por culpa de uno de sus miembros, lo cual era injusto a todas luces. Incluso si se exaltaba un poco me acusaría (con todo tacto, eso sí) de padecer la inquietante enfermedad del racismo. En cierto momento echaría mano a sus precarios conocimientos psicoanalíticos y aparecería en escena mi padre. Probablemente yo jamás había enfocado mi problema desde ese punto de vista, sugeriría, pero era indudable que sentía un odio inconsciente contra él y que, dolida en lo más profundo de mi ser por una mala “figura paterna”, había desviado mi apetito sexual hacia las mujeres, lo cual también era manifiestamente impropio. “Piénsalo un momento, tu padre no simboliza a los padres en su totalidad.” Como de todo hay en la viña, también hay hombres buenos y hombres malos, así como hay mujeres estupendas y otras insoportables, medicinas que curan y otras que matan, y un largo rosario de comparaciones demostrativas de que todos los extremos son malos y que debemos procurar el justo equilibrio de juicio, como si los seres humanos fuéramos androides.
Al ignorar este paradigma la pequeña María, confundida y anonadada por el desprecio de su padre, había optado — siempre subyugada por su inconsciente— por odiar vicariamente a la mitad masculina de la humanidad. ¿Había barajado yo alguna vez tales elementos de juicio, que todas creían novedosos y originales? Seguramente no, pero el infaltable consejo posterior era que tal vez, pudiera ser, quizá debería ponerme en contacto con una terapeuta (“mejor una mujer, quizá al principio te dé corte un psicólogo”) que pusiera orden en mi libido descarriada y me ayudara a recuperar al padre ausente. Con paciencia y buena letra aparecería en mi vida un hombre que devolvería a mi espíritu y a mi vagina la ilusión perdida. Y si por casualidad había leído Tres ensayos para una teoría sexual de Freud, lo más seguro era que intentara atacar otro flanco débil de mi tortuosa psique: yo manifestaba con claridad el complejo llamado envidia al pene (“no te alarmes, es muy normal en cierta etapa de la niñez, lo pasamos todas las mujeres”).
Como carecemos de falo queremos poseerlo, pero ante la evidencia de que sólo contamos con una triste vulva (que comparada con un pene no ocupa ni siquiera un tercer puesto en el ránking de órganos deseables) nos convertimos en hombres frustrados y, contranatura, desviamos el normal deseo sexual hacia otras mujeres. Si había suerte se frenaría al llegar a Darwin: la naturaleza es sabia, hay machos y hembras para asegurar la continuidad de la especie y yo no podía negar que estaba atentando contra esa ley. Sería en vano replicar que los seres humanos, tanto ética como moralmente, tenemos poco en común con el resto de la fauna, y que, por citar ejemplos tontos, carecemos de marsupia para llevar a nuestras crías, no comemos lana como las polillas ni desovamos río arriba como los salmones sino en sofisticadas clínicas esterilizadas. Por no mencionar que la reproducción está asegurada por la misma especie puesto que se autorregula, y que ya ni eso importa a partir de la oveja Dolly, concebida a partir de dos ovinas células femeninas.
Todo este speech por si aún persistía en dudar que las lesbianas venimos al mundo dotadas con el aparato reproductor con sus piezas al completo y que parir, de desearlo, sólo requiere el mismo mecanismo común a todas las mujeres. Pero si, puesta a lo peor, ahondaba aún más en sus lecturas de Freud lo más probable es que saliese a la palestra el temor a la penetración del falo, una fobia como cualquier otra, un miedo irracional y sin fundamento ante un hecho natural y, por supuesto, también carne de terapia. Pero sería igualmente estéril rebatir esta antigualla de teoría. Insistiría en la machacona dicotomía entre “clitoridianas” y “vaginales”.
En resumen: me tocaba soportar otro enardecido alegato en favor de los hombres por boca de una de sus más ardientes abogadas defensoras: las mujeres heterosexuales. Mientras divagaba ensamblando argumentos como piezas de un rompecabezas no paraba de comer pizza sin decir ni pío. Eva hacía lo propio con auténtico deleite. Cuando terminé encendí un cigarrillo. Se sirvió uno de mi paquete e hizo lo mismo. ¿Jugábamos al espejo?
“Ahora estornudo y ella va y estornuda”, pensé. El acordeonista rondaba nuestra mesa dedicándonos Il fazzolettino, una dulzona canción popular que me costó reconocer porque su afinación dejaba mucho que desear. Yo fumaba y pedía a la Providencia que Eva no insistiera en sus preguntas porque temía perder el control y endilgarle un panfleto inacabable y más aburrido que el periódico del día anterior. Eso y acabar en este instante nuestro maravilloso encuentro amoroso era todo uno. Mientras tanto, ella sonreía al músico y dejaba en su palma extendida una suculenta cantidad de calderilla.
Repentinamente me sacudió la voz de mi conciencia, el otro yo o comoquiera que se llame el interlocutor de nuestros monólogos personales. ¿Por qué había imaginado y magnificado una situación que no sucedía? Estaba dando por cierta una espesa e incómoda controversia sobre el lesbianismo que seguramente a Eva no se le había pasado por la cabeza. Yo sola había escrito de mi mano la trama, había adjudicado los roles a los personajes, repartido los guiones con sus réplicas y representado la comedia por ellos. Me había exaltado y hasta enfadado con Eva. Pero la única realidad era que ella fumaba con placer su cigarrillo de sobremesa, disfrutaba de la música y de la velada y respetaba mi obstinado silencio mirándome con dulzura.
“María, estás loca de remate —me dije convencida—, tú te lo guisas y tú te lo comes. Estás defendiéndote con uñas y dientes de ningún ataque. ¿Te parece normal?” Aplastamos las respectivas colillas en el cenicero y también coincidimos en el intento de atrapar la última porción. Me la cedió con toda gentileza:
—Ladies first, señora. Es para ti. En efecto, no había pasado nada salvo en mi mente calenturienta.
—Dice mi conciencia que te diga que te debo algo más que una porción de pizza —repliqué—, así que cómetela a mi salud y vámonos al Quadri, yo invito.
—No entiendo nada, pero dile a tu conciencia que muchas gracias de mi parte.
Juraría que Eva empezaba a conocerme más de lo que yo creía, y di las gracias a quien correspondiera por su intuición. Nos costó encontrar sitio en el Quadri. La enorme terraza sobre la plaza San Marcos mostraba algunos huecos, pero preferíamos una mesa en el interior, a ser posible al lado de uno de sus ventanales. Estábamos de suerte. En ese momento quedaba una libre y nos precipitamos hacia ella ganándole de mano a una pareja de ingleses que nos miraron con mal disimulado disgusto. Dije a Eva que puesto que era mi invitada pidiera lo que quisiera, y ella no se hizo rogar. Ordenó un Moët Chandon bien frío y tuve que calcular a toda velocidad lo que llevaba en mi billetero. No alcanzaba ni para pagar el corcho y extendí mi Visa deseándome suerte, estaba gastando dinero a espuertas y no sabía si tendría fondos.
—¿Por qué brindamos? —dijo radiante, levantando su copa.
—¡A noi!, como dicen por aquí, aunque muchos los consideran un remedo fascista. Por nosotras.
—A noi, entonces, y yo añado: por ti, María, que eres lo mejor que me ha pasado últimamente.
Me derretí, era un charco sobre la silla.
—Por ti, Eva, porque sabes que volar es muy fácil...
Se puede ir al Quadri con cualquier estado de ánimo, pero es casi seguro que en pocos minutos habrá cambiado para mejor. Articulado en varios salones pequeños que conservan el estilo de decoración prácticamente intocado desde su creación, la decadencia del local emana una atmósfera muy propia que se palpa en el detalle más nimio, como pinceladas sutiles de un pintor puntillista. Le conté a Eva que había sido el primer local público en el mundo en ofrecer café a sus parroquianos, allá por el setecientos y pico. Antes del Quadri la infusión de granos de café traídos de los países árabes causaba furor en Europa y sólo se bebía en los selectos salones de la aristocracia. Eva se mostró encantada por la anécdota y miraba a su alrededor con renovado entusiasmo. Poseía un agudo sentido de la observación, y yo sabía que más tarde sería capaz de describir minuciosamente las tapicerías, sus colores y texturas, la distribución de las mesas, los gestos y la ropa de los clientes y todo tipo de detalles que seguramente se me habían pasado por alto. Nos fuimos las últimas, un poco borrachas y lamentando que en Venecia no hubiera taxis, porque el vaporetto ya había acabado su recorrido y además no había una estación cerca del hotel y nos tocaba caminar hasta Campo Manin.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:42 pm

Gracias a que yo recuperaba rápidamente mi mapa mental de Venecia componiendo el trayecto con facilidad y a que Eva poseía la orientación de una paloma mensajera en medio de una tormenta, llegamos al hotel en un abrir y cerrar de ojos. Estábamos exhaustas y caímos en la cama como sacos de patatas. Nos deseamos dulces sueños como dos buenas hermanas y nos dormimos cuerpo contra cuerpo como dos buenas hermanas incestuosas.
Era nuestro último día en Venecia y quisimos dedicarle todo nuestro tiempo. El clima conspiraba por nosotras, y durante la noche el viento había soplado con fuerza mar afuera, el desagradable olor a agua estancada de los canales se había disipado bastante y la mañana estaba fresca, despejada e invitadora. En el hotel nos hicimos con un plano y un folleto de la ciudad, y mientras desayunábamos en una terraza de Campo Sant’Angelo planeamos el día. Había una exposición de arte conceptual de una tal Rita Negretti en una nave abandonada de la Fondamenta San Giacomo. Era una excelente sugerencia. También estaba la obligada visita a la basílica de San Marcos, al palacio Ducal, al Campanario, al palazzo Grassi... No podíamos con todo, y quedamos en visitar primero la muestra y luego ya veríamos.
Al llegar a Campo Morosini para atravesar el puente de la Academia y ganar la otra orilla del Gran Canal para seguir hasta la Giudecca pasamos delante de las Galerías de la Academia. Eva insistió en que no podíamos obviar una visita a su colección de pintura veneciana. Estuvimos un buen rato recorriendo las salas y demostró sólidos conocimientos sobre Tiepolo, Mantegna, el Giorgione y el Canaletto explicándome algunos aspectos de sus técnicas o la historia de algún cuadro en especial, como la Procesión de las Reliquias en la plaza San Marcos de Gentile Bellini, un documento excepcional sobre la Venecia del 1500.
Reconocía los cuadros desde lejos, se aproximaba a uno en particular y lo observaba detenidamente, casi con veneración. Sus explicaciones eran claras, documentadas y minuciosas. Exponía de manera muy didáctica la elección de los colores, la distribución espacial del dibujo sobre la tela, los personajes y la intencionalidad del artista y lograba captar todo mi interés. Esta nueva faceta de Eva era muy interesante, y me reconvine por mis apresuradas elucubraciones nocturnas sobre su fatuidad.
Sólo hay un modo de cruzar el canal de la Giudecca, y es en una barca desvencijada y repleta de pasajeros que en cuestión de minutos nos dejó en la Fondamenta Sant’Eufemia. Cuando llegamos a la nave que suponíamos invadida de visitantes nos encontramos un enorme ámbito vacío, en semipenumbra y sin ninguna clase de objetos, salvo un proyector en cada esquina del amplísimo local de paredes grises. Desconcertada, busqué en las paredes desnudas, en el suelo y en la inmensa claraboya algún indicio que me explicara la razón de este despojamiento, pero Eva se instaló de inmediato en el centro geográfico de la nave y me llamó a su lado.
—No sigas, el efecto está aquí. Los cuatro proyectores emiten haces de luz blanca que se cruzan exactamente en este punto.
Era cierto, y nuestros cuerpos brillaban ahora con intensidad.
—¿Hay un significado especial que se me escapa? —pregunté.
—Sí, si lo que buscas es una explicación racional. Simplemente es una invitación de la artista a percibir nuestra claridad interior. La nave es sólo un pretexto, y por eso está desnuda. Creo que el concepto es muy atrayente, y el efecto cautivante. ¿Tú qué opinas?
Nunca he estudiado artes plásticas pero me apasionan y soy muy sensible a determinadas escuelas como la flamenca, el expresionismo alemán o los matéricos abstractos, pero especialmente me atraen las performances. Esta propuesta desprendía una honda poética, me había llegado muy dentro y así se lo dije a Eva. Permanecimos un buen rato inmóviles en el punto central bebiendo luz a través de la piel. Casi media hora después dejamos la nave y nos encandiló un sol reluciente.
—Tengo pocas ganas de seguir viendo exposiciones —dije mientras desandábamos el camino hacia la barca —, me siento completa por dentro.
—Yo también, lo que necesito es un café y aire puro.
Comenzamos a deambular sin rumbo. La sensación de ser vagabundas en esta ciudad mágica era plena y total.
—Estoy feliz —musitó Eva buscando mi mano— y muy cercana a ti...
—Yo también —le correspondí. Iba a añadir “te siento amarrada a mi alma”, pero callé.
Nos sentamos en la primera terraza que nos salió al paso y pedimos café. Según el plano estábamos en Campo Carmini, ¿pero a quién le importaba? Eva me hizo varias fotos supuestamente espontáneas, pero había despertado mi vanidad y yo procuraba que hasta el hecho banal de verter azúcar o echar mi pelo hacia atrás para que no me cubriese la cara resultase fotogénico. Le informé que estábamos al lado del palacio Rezzonico, el museo del setecientos veneciano, pero negó con la cabeza:
—Mm, mm... Yo paso, estoy disfrutando de la belleza en vivo.
Era un piropo en toda la regla y me halagó. “La amo —me dije conmovida—, la amo con todo mi corazón y quiero que lo sepa.” Era un buen momento, pero algo me impedía hablar. Me daba pavor desnudar por completo mis sentimientos y sentirme rechazada o mal interpretada. La quería a mi lado, en Madrid, compartiendo mi vida, llevarle el desayuno a la cama, festejar las lunas llenas, colmar nuestros jarrones de flores amarillas, darle aspirinas si le dolía la cabeza, inventarle poesías que le acariciaran como palomas, amanecer enredada a su cuerpo amado, mezclar nuestros alientos, nuestros libros, nuestros sinsabores y nuestras risas.
¿Cuál sería su reacción si se lo dijera? Imposible saberlo. Eva era imprevisible y acceder a sus sentimientos no me resultaba nada fácil. Ella me había sugerido su mejor definición describiendo a su padre: “Es como una caja fuerte herméticamente cerrada y de la que no te sabes bien la combinación.” También me frenaba su heterosexualidad, su experiencia de vida tan diferente a la mía. Sólo teníamos en común que nos habíamos convertido en amantes temporales sin mayores deliberaciones, que estábamos pasando una semana excepcional en Italia y que en un par de días llegaría a su fin. ¿Y luego?
—A penny for your thoughts, que dicen los ingleses... —dijo haciéndome otra foto en el momento en que alzaba la cabeza para mirarla—. Un penique por tusmpensamientos. ¿O valen mucho más?
¿Era la ocasión que estaba esperando? ¿Me lanzaba al vacío?
—Pensaba en que últimamente me siento muy cursi —respondí para mi asombro. ¿Era un recurso de huida o en verdad lo sentía y no me había percatado hasta este momento? Eva rió de buena gana.
—¿Y eso? ¡Cursi, de verdad, qué gracioso!
Me explayé:
—No sé bien cómo explicarlo, pero es como si alguien se hubiera metido en mi cabeza y me dictara un novelón melodramático que tiene poco que ver con el discurrir usual de mi pensamiento y que sin embargo me veo obligada a escribir.
—Estarás poseída —sugirió Eva entre carcajadas.
—Puede ser... —repliqué—. No sé cómo describirlo porque es algo nuevo ymacabo de darme cuenta, y más difícil todavía a alguien que no conoce nada de mi vida.
—Algo sí, por ejemplo tus sensacionales orgasmos.
Obvié el comentario.
—Créeme, me vienen a la mente pensamientos barrocos, melosos, sensaciones de un romanticismo edulcorado y decimonónico que no son normales en mí, o no lo eran. Ya sabes, la luna, el desmayo, música de violines, la intensidad de una mirada, las puestas de sol, las flores... Estoy segura de que si participara en el Festival de Eurovisión me llevaría el primer premio. ¡Y deja ya de burlarte, caramba, esto es una confidencia en toda regla! —le recriminé echándome a reír con ella.
—A lo mejor la Dama de las Camelias se ha reencarnado en ti —sugirió entre hipos.
—O Madame Bovary, vete tú a saber —le seguí la corriente.
—¡Ya lo sé! —estaba lanzada—. Danielle Steel te está usando de interfaz. Ahora ha de estar escribiendo “La princesa que suspiraba”, “El dulce sentimiento” o un romance de los suyos y tú eres su musa, su módem.
—Yo lo que estoy es loca, sin más.
—O enamorada.
La afirmación era monolítica y binaria. Eva, Eva, me habías llevado a tu terreno y había caído como una incauta. Ahora o nunca. Bastaba con abrir la boca y decir: “Sí, enamorada de ti”, o negarlo con la misma rotundidad. Sentía con nitidez que me empujaba a la afirmación: “Venga, dime que me amas, háblame de la luna, de nuestro futuro, de los besos inacabables y de esos violines que suenan a Mendelssohn.” Estaba segura que no admitiría la tercera vía de un “puede ser”. Acabé lentamente mi café y elegí una vez más el silencio. Después de todo yo no era la única parte interesada en esta refriega dialéctica, bien podría ella dejar de lado sus continuas tácticas de provocación y sincerarse acerca de sus propios sentimientos.
Retomamos el paseo. Hablaba una vez más de su hermano Simón, en este caso de su pasión por la fotografía. Él le había enseñado los rudimentos de la técnica y ahora revelaban juntos en el cuarto oscuro de su buhardilla.
—Sí, las cámaras digitales están muy bien —se explayó—, y con el ordenador haces y deshaces a tu gusto, pero la película convencional tiene, no sé, un encanto especial, y meterte en el laboratorio es una gozada.
Para este viaje había optado por una Canon sencilla por no cargar con los cuerpos ni los objetivos de sus dos Nikkon, un sobrepeso molesto, ya que desde Roma tenía pensado seguir a Ginebra. Su madre también era una presencia constante. “Mira esas telas, a ella le chiflarían”; “Hace unos años mamá decidió que se separaba de mi padre y estuvo dos meses sola en una cabaña perdida en los Picos de Europa. Hay que tener valor, ¿no crees?”
Retomó, cómo no, su interés por mi biografía, en particular sobre Lisa. ¿Realmente no había habido otra después de ella? ¿Hacía cuatro años que no me interesaba por ningún ser viviente? ¿Aún la echaba de menos? ¿Comparaba a otras mujeres con ella? Yo saciaba su curiosidad, pero era inagotable. ¿Y antes de Lisa? Hablé de Raquel, de nuestro noviazgo que creíamos clandestino y del cual se enteró la Facultad de Filología en pleno, a excepción de algún ingenuo despistado. Los encuentros furtivos para evitar las murmuraciones, los mensajes en código... ¿Dónde hacíamos el amor? ¿En mi casa o en la suya? Y antes de Raquel, Tina.
¿Cómo era Tina? ¿Y el tal Javier? ¿Por qué había dejado de verle? ¿No había más hombres en mi vida? Cruzábamos frente al edificio de correos y me pidió que la esperara fuera un momento. Me senté en la escalinata, pero como había comprado postales decidí entrar a mi vez para adquirir sellos. De lejos vi cómo rellenaba varios formularios en la ventanilla de telegramas. Iba a acercarme por detrás y darle un susto, pero siendo tan reservada pensé que preferiría hacer su trámite en privado, así que me hice con los sellos y volví a salir. En pocos minutos se reunió conmigo y seguimos andando. Cuando quisimos darnos cuenta estábamos otra vez frente al portal del hotel. Eva se declaró cansada y propuso subir un rato. A mí me molestaban los zapatos y quería cambiarlos por otros más cómodos. Pero por lo visto su fatiga y mi calzado podían esperar y lo que hicimos fue caer en la cama. Tendidas boca arriba, desnudas y pegadas la una a la otra, en cuanto apoyó la palma de su mano inmóvil sobre mi cabeza supe que estaba perdida.
Cuando desperté tras un breve sueño arrobado, Eva estaba sentada frente al escritorio rodeada de postales. Una atmósfera dulzona y con un intenso olor corporal flotaba en la habitación como una niebla impalpable y la luz tenue de la plaza se filtraba a través de las persianas. Era la primera vez que la veía escribir y, como casi todos sus gestos, me agradaba por su elegancia. Dibujaba la letra con una morosidad no exenta de energía, se detenía unos instantes como buscando las palabras en el aire y volvía a su escritura. La contemplé con una sonrisa durante largos minutos, pero se sintió observada y se volvió hacia mí.
—¿Has vuelto a la vida? —preguntó mientras recogía velozmente la correspondencia y la guardaba en su bolso con cierto nerviosismo.
—A la mala vida que me das... — repliqué con la mayor dulzura, procurando que no se sintiera obligada a dar explicaciones por su extraña conducta, aunque confieso que su actitud huidiza me parecía un tanto ridícula.
A su modo agradeció mi discreción. Metió a empellones su cabeza entre mis piernas y colmó mi vientre de besos rápidos y húmedos. Retribuí su efusión amorosa acariciando su pelo.
—El cuerpo me pide marcha otra vez. ¿Me ducho y salimos a conquistar la ciudad? —Y sin esperar respuesta se apartó de mí y se metió en el baño.
“A veces pienso que estoy un poco chalada, pero ella no se queda atrás”, pensé mientras remoloneaba entre las sábanas cálidas e impregnadas de nuestros olores. Apoyé mi cara en la almohada de Eva y aspiré con deleite el aroma de su perfume. Venciendo la pereza me incorporé de un salto y me disponía a vestirme cuando mis pies desnudos tropezaron con algo en el suelo. Era una postal y alcancé a leer desde lo alto: “Carlos my dearest: no sé bien decirte cómo me siento, pero se parece mucho a ese estado que tú me conoces tan bien”. El texto continuaba, pero por discreción no quise seguir leyendo. La recogí para dejarla sobre el escritorio y vi que el dorso reproducía una bella pintura del Tintoretto. Como una aparición, Eva se plantó a mi lado en un par de zancadas, me arrancó la tarjeta de las manos y la rompió en pequeños fragmentos que tiró a la papelera. Estaba fuera de sí:
—Disculpa, se había caído al suelo y...
—Y te sentiste en la obligación de leerla —replicó cortante como una navaja.
—Oye, sólo leí la primera frase, tampoco es para tanto, iba a dejarla sobre el escritorio, eso es todo. ¿Es una broma, Eva? Porque tiene poca gracia.
Me fulminó con la mirada y creí que iba a zurrarme. Abrió con violencia el armario y tironeando con rabia la ropa de sus perchas se vistió apresuradamente.
—Como supongo que tampoco fue intencionado que entraras al correo cuando te había pedido que esperaras fuera. ¡Odio los celos, me enferman los celos, ¿te enteras?! —gritó—. Si quieres saber algo de mí lo preguntas y decidiré si respondo. Pero te prohíbo que hurgues en mi intimidad como una esposa atormentada. Sentirme espiada me descompone, francamente.
Estaba sacando las cosas fuera de quicio y procuré mantener la calma, pero me había insultado de mala manera y no podía permitirlo.
—Eva, cálmate, lo que dices no es cierto. En primer lugar no necesito recordarte que nadie me ordena dónde me pongo ni adónde voy, faltaría más, y en cuanto a la postal sólo iba a dejarla aquí —señalé el escritorio—, y por supuesto que su contenido no me concierne. La comparación con una esposa celosa sobra a todas luces y no me gusta nada que me hables de ese modo. Ni te celo ni te espío, y te ruego que recapacites un momento. Ven, siéntate y hablemos.
—No hay nada que hablar, María. Los celos me parecen miserables y no se los voy a permitir a nadie, ¿me entiendes? A nadie.
La atraje hacia mí en un intento de calmar su exaltación, pero se deshizo de mi abrazo con manifiesta aprensión, dio media vuelta y se marchó dando un sonoro portazo. Me quedé de pie en medio de la habitación, totalmente aturdida.
—¿Pero tú estás bien? —me estaba preguntando Alessandra con ese tono de madre protectora que a veces me agobia pero que esta tarde agradecía de todo corazón—. Se va un poco la voz, María, ha de ser tu teléfono... ¿Me has oído?
Hacía horas que Eva se había marchado y necesitaba hablar con alguien. Había permanecido todo el rato en la habitación, no estaba con ánimos para paseos y mucho menos deseaba que Eva pensara que había salido en su búsqueda. Era evidente que le correspondía a ella regresar y excusarse por su conducta. Mientras, fracasé en el intento de meditar aunque fuera media hora, no pude siquiera concentrarme en una imaginaria superficie blanca para que mi mente se vaciara.
Tampoco el amago de retomar la lectura de la Moretti tuvo éxito, me costaba tranquilizarme y comprender lo sucedido. Ya había sido testigo de algunas extravagancias de Eva y de sus ciclotímicos cambios de humor, pero esta vez se había pasado estrepitosamente de la raya. Me sentía indignada, pero también triste y con una sensación ambigua de temor que no alcanzaba a descifrar. Sobre las siete de la tarde decidí telefonear a Alessandra y contarle mis penas.
—Sí, Alex, estoy bien. Confusa pero bien, no te preocupes...
—Pobrecita mi niña, estás pasando un mal rato. ¿Y adónde crees que se ha ido?
—No tengo la menor idea, y si me apuras me importa poco —respondí. Oírla me hacía un bien enorme—. Esto me pasa por dejarme llevar por las circunstancias y embarcarme en una aventura sin tomar recaudos. Ya sabes que no suelo actuar de este modo.
—Sí, porque no habías vuelto a enamorarte, querida, así cualquiera es prudente.
Primero Eva y ahora Alessandra. ¿Tanto se notaba mi amor?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:42 pm

—Dudo mucho que esté enamorada — le rebatí.
—Marietta, Marietta... No conozco a la tal Eva, pero sí a ti, y creo que bastante, ¿no?
—Mejor que una hermana —admití—, pero creo que esta vez te equivocas.
Alex es dura de pelar y no se deja convencer fácilmente.
—No me equivoco y lo sabes. Te has enamorado hasta los tuétanos y el amor es una psicopatía que trastorna a la más cuerda. De hecho llevas horas encerrada en esa habitación. ¿Te atreves a negarme que esperas su regreso contando los minutos? Lo que tienes que hacer —ya entraba la madre sustituta en acción— es exigirle a esa señora que se disculpe por su conducta, que las cosas queden perfectamente claras e impedir que te avasalle de aquí en más. ¿Que no lo hace? Pues mira, ella se lo pierde. Has pasado unos días estupendos con una belleza latina en la ciudad de los amores y tan contenta.
—Y ahora vas a recordarme que nada es casual y que si Eva irrumpió en mi vida es para que yo aprenda algo de mí, ¿verdad, Alex?
La escuché reír con ganas. Alessandra es una sincera seguidora de la Nueva Era y compartimos muchos de los principios de la Conspiración de Acuario.
—Me estás diciendo lo mismo que ya te has dicho a ti, María, estoy segura, y deberías sacar tus propias conclusiones. Procura serenarte, deja hablar a tu corazón y verás mucho más claro.
—Ya, así de fácil...
—De fácil nada, es dificilísimo, pero tú puedes eso y mucho más.
—Te quiero, Alex —le dije besando el auricular—. Si no fuera porque el incesto no es lo mío debería enamorarme de ti.
—Y por el pequeño detalle de que a pesar de su escasez cerebral me gustan rubios, morenos y hasta azules —añadió. Sabía que su cara pecosa era toda una sonrisa y que mientras hablaba conmigo estaba acariciando las orejas de su gato Perseo —. ¿Por qué no te vienes a Roma? Mis huéspedes ya se han ido y podríamos reírnos juntas de tus penas.
No era mala idea. Miraría el horario de trenes.
—Lo pensaré y te telefonearé más tarde. Me has devuelto el alma al cuerpo, Alex, eres un cielo.
—Y tú otro. Cuídate, Marietta, no permitas que nadie te haga daño.
—Te lo prometo. Ciao, bella.
El dueño del hotel estaba discutiendo a voces con un chiquillo andrajoso cuando bajé a la recepción. Por lo visto el hombre insistía en echarlo del local y el empecinado mocoso se resistía. Yo quería hacerme con la guía de trenes y averiguar si salía alguno hacia Roma esta misma noche. Recordé entonces que el coche aún dormía en el parking y que los documentos del alquiler estaban a mi nombre. Desde luego era un inconveniente, pero podría inventar una excusa plausible en Hertz de Roma para que vinieran a recogerlo, aunque lo justo era que Eva se hiciera cargo del problema puesto que era la responsable del cataclismo. Dudaba mucho que lo asumiera, pero francamente me importaba poco.
Esperaba con cierta impaciencia a que acabara la refriega cuando me di cuenta de que los horarios estaban expuestos en un cartel a la entrada del comedor. Efectivamente, partía un tren a las once de la noche. “Aún falta bastante —pensé—, y hacer la maleta no me llevará nada.” ¿La maleta? ¡Pero si estaba en el Winkler! Ahora sí que se me complicaban las cosas. Tendría que pasar antes por Vittorio Veneto para recuperarla. Estaba furiosa con Eva y sus arrebatos, con todo este embrollo y conmigo, por dejarme llevar por mis vísceras como una principiante.
—Signorina —dijo el dueño dirigiéndose a mí—, il ragazzino vuole parlare con lei.
¿El niño quería hablar conmigo? No le había visto en mi vida. Probablemente fui yo la primera persona que vio descender por las escaleras y me utilizaba como excusa para meterse en las habitaciones. Negué con la cabeza y el dueño levantó al muchacho por las axilas dispuesto amecharlo fuera, pero el crío se zafó con agilidad y me encaró:
—Corradi María? È lei Corradi María? —preguntó con insistencia colgándose de mi falda.
—Si, sono io... Che c’è?
Le dedicó una mirada triunfal al dueño, se quitó uno de sus astrosos botines, extrajo un papel doblado de debajo de la plantilla y me lo entregó poniendo cara de satisfacción por el deber cumplido.
Seguramente se sentía un mensajero de guerra, porque se cuadró frente a mí con aire militar. A la par que desplegaba intrigada la nota rebusqué en los bolsillos y le extendí un billete de los grandes. Me lo quitó de las manos y salió corriendo. Reconocí al instante la letra de Eva:
“Sin ti Venecia desaparece de todos los mapas. ¿Podrás perdonarme? Estoy en el Quadri”. La vi desde lejos, a pesar del gentío que colmaba la plaza San Marcos. Pertenecía al selecto grupo de personas cuya presencia rotunda destaca con luz propia en medio de una multitud. Ocupaba una de las mejores mesas en la terraza del Quadri, en primera fila y cerca del Campanile. Con aire ausente, hermosamente grave, hacía caso omiso de las miradas admirativas que le dedicaban algunos transeúntes. Yo estaba sin aliento, porque su mensaje había obrado el milagro de anular mi decisión de marcharme y ansiaba encontrarme con ella después de horas de no verla. ¿Dejar a Eva? ¡Qué disparate! Había salido a la carrera del hotel para acudir a su cita y a la altura del museo Carrer aún seguía corriendo.
A medida que me acercaba retomé el paso normal para recuperar el resuello y me aproximé lentamente a su mesa para darle tiempo a mi corazón a que se sosegara. Divisé una botella de Prosecco y un par de copas a medio llenar.
“¿Podrás perdonarme?”, me preguntaba en su nota. Claro, Eva, amor mío, ya estabasm absuelta de culpa y cargo incluso cuando la rabia y la confusión se habían ensañado conmigo. ¿Es que no te dabas cuenta o no podías admitir que te amaba? No nos dijimos nada. Me senté a su lado, alzó su copa clavando en mí sus ojos húmedos y me dedicó un tácito brindis. Eva adora el simbólico ritual de ofrendar al espacio un deseo en común, a modo de preludio de una sinfonía que se desea sea inacabable. Yo extraje su nota de mi bolsillo y la dejé abierta en el centro de la mesa. Que sin mi Venecia desapareciera de todos los mapas era una herejía que no podía admitir bajo ningún concepto. Me mataría el remordimiento. Había acudido a la cita, la paz estaba firmada y el peligro conjurado.
—Qué noche tan hermosa —susurré tras contemplar la luna creciente durante un largo rato.
—La más hermosa —confirmó levantando a su vez la cabeza.
Nos acunaba esa calma chicha que sobreviene a una tormenta y sobraban todas las explicaciones. Acerqué la botella para servirme más vino pero Eva cubrió la copa con su mano:
—Espera, pidamos otra, ésta es la de Louis.
¿Louis? Quedé con la botella suspendida a medio camino. Lo que menos hubiera imaginado era que Eva tendría compañía, pero para mi asombro en ese momento salió del interior del Quadri un tipo de mi edad, alto, desgarbado y con barba de varios días que caminaba cansinamente hacia nosotras.
—Holaá —me saludó al desgaire mientras llenaba su copa y se repantigaba en su silla cuan largo era.
—Hola —respondí decididamente atónita.
Eva se apresuró a dar explicaciones:
—Conocí a Louis esta tarde en la iglesia de allí enfrente —dijo señalando la basílica— y coincidimos en nuestros gustos artísticos. Es francés, y lo único que prácticamente sabe decir en castellano es “hola”. Está estudiando arquitectura y ha venido a pasar unas cortas vacaciones. Es muy inteligente, ¿sabes? Me hizo ver un montón de detalles que me habían pasado por alto. Espero que no te sientas molesta.
Me obligué a fraguar a toda velocidad una estrategia de emergencia. Eva me había tendido una trampa. Si yo ahora abandonaba la mesa como se merecía su ardid constataría que llevaba razón al acusarme de celosa y el numerito con la dichosa postal quedaría plenamente justificado. Saltaba a la vista que no le habían bastado las reiteradas preguntas que me había hecho acerca de mis supuestos celos de Lisa y que necesitaba una confirmación concreta. El montaje me parecía tan infantil como ruin. Este reencuentro lo había propiciado ella y se suponía una ceremonia privada de reconciliación.
Imponer la presencia de una tercera persona resultaba no sólo un acto inicuo sino de vulgar mala educación. Deploro las luchas de poder y normalmente me bato en retirada. “Si dos tiran de una cuerda y uno la suelta, el otro se cae de culo”, dice el refrán. Sentí la fuerte tentación de marcharme, recoger la bolsa del hotel y esperar en la estación el tren a Vittorio Veneto, pero me retuvo el orgullo y el recapacitar sobre mi tendencia a evitar las situaciones conflictivas. No esta noche. Me estaba echando un pulso por todo lo alto y esta vez no pensaba eludirlo. “¿Quieres emociones fuertes? —me dije—. Pues las vas a tener.”
Trajeron una tercera copa, me serví vino y también llené el vaso de Louis, que lo agradeció con una ambigua cabezada. La presencia de un hombre en mi entorno íntimo normalmente no me aporta nada enriquecedor, a excepción de aquellos a quienes quiero. Pero ahí estaba Louis, ignorante de su condición de anzuelo para pescar contradicciones, y allí se quedaría. Eva me miraba con suma expectación, atenta a mis conductas más nimias.
—¿Por qué habría de molestarme? Parece un tío muy agradable, dices que es muy inteligente y resulta refrescante conocer gente nueva —dije con toda la naturalidad que me fue posible. Me sentía hipócrita y como sucia por dentro, pero contenta por mi decisión de defender mi trinchera.
Louis miraba alternativamente la basílica, el Campanile, la gente que desfilaba del Florian al Quadri en obligada peregrinación, sus Panama Jack desgastadas y el mármol blanco de la mesa, pero sobre todo era Eva quien le atraía como un imán, lo que parecía inflamar el ego de mi amante. “¿Te has fijado que las hetero cambian su actitud normal en presencia de cualquier hombre? —había comentado Silvia una noche del verano pasado cuando procurábamos calmar el calorazo de todo el día en una terraza y nos divertíamos observando con lupa a cuanta persona se nos ponía a tiro—. Aunque su interés por él sea nulo, aunque les importe un pimiento. Me parecen patéticas — había añadido mientras procuraba atraer la atención del camarero sacudiendo exageradamente los brazos por encima de la cabeza—, les daría un guantazo bien dado, por tontas.” Le di la razón de inmediato. También yo había pensado a menudo que en algunas de mis congéneres la transformación es grotesca: ríen exageradamente ante el comentario más insulso, se vuelven repentinamente torpes e incapaces de sostener una conversación con fundamento, se desdicen sin el menor pudor de sus más sólidas creencias, olvidan súbitamente conocimientos elementales como sumar y restar una factura y se autodefinen como irracionales y frágiles, aunque sean mujeres de armas tomar.
Eva era suficientemente inteligente para no caer en esa clase de maniobras ridículas, pero de todos modos percibí cambios en su puesta en escena que no por sutiles me parecieron menos estúpidos. Aumentó unos grados su coquetería cruzando las piernas de una forma distinta a la usual, arqueando sobremanera el empeine al estilo de las top-models, y retocó la pintura de sus labios con doble ración. La empecinada reserva sobre su vida pasada era ahora un alarde de mundana locuacidad, sus ojos tenían otro brillo y con su innata elegancia insinuaba a su improvisado partenaire un interés especial por todo lo referente a sus estudios, los usos y costumbres de Nantes, su ciudad natal, su experiencia parisiense y cualquier circunstancia sobre su persona. En su estupendo francés le contó a Louis la historia del Quadri que yo le había relatado la noche anterior sin citar la fuente —o sea, yo— y adornándola con improvisaciones de su cosecha que aumentaban mi perplejidad. Creo que fue la primera vez que sentí pena por ella, pero al menos era preferible a sentirla por mí.
“Puedo asumir el rol de la tercera en discordia y sufrir a boca callada la humillación —pensaba yo a toda máquina —, o pasar a la acción de manera que el tercero sea cualquiera menos yo.” La charla con Alessandra me había fortalecido, y no tenía la menor intención de ser la víctima propiciatoria de esta mascarada. Corría el riesgo de que la indignación pudiera conmigo y le propinara de buena gana el sopapo que Eva se había ganado a pulso. En cualquier caso, una fuerza desconocida crecía en mí, parecida, supongo, a la que despliega una loba protegiendo a sus cachorros de algún depredador. La diferencia era que yo no defendía una camada indefensa sino mi dignidad herida. Por lo que Eva contaba de su vida a Louis, me enteré que había estudiado en el Liceo Francés de Madrid y que había perfeccionado la lengua en la Sorbona durante una estancia de un año en la capital francesa. Por ese entonces conoció a Étienne, su profesor de gramática, que además de instruirla en su asignatura “me inició en todo tipo de conocimientos”, cito sus palabras, acompañadas de una carcajada cadenciosa a lo Bette Davis en el apogeo de su fama.
Supe también que Eva leía con pasión a Proust casi cada noche, que seguía al día la literatura francesa para no perder la práctica, que de pequeña había padecido de asma, que le gustaban las casas vastas de habitaciones inmensas, que su padre de pequeña la llamaba “Tinoki” —“mi nenita”, en hebreo—, que amaba los atardeceres de septiembre en la playa de las Canteras de Las Palmas, tomándose un café en alguna de sus innumerables terrazas y contemplando la silueta neblinosa de la vecina Tenerife con el Teide como protagonista y muchos detalles más que no alcancé a retener. Conocía, además, y muy bien, el territorio francés. Mencionó ciudades, villas y parajes que yo no había siquiera oído nombrar y se explayó en la Bretaña y en Normandía. La Rochelle, Dinan, Saint Malo, Saint Lunaire... Se detuvo especialmente en el pequeño pueblo de Honfleur, residencia de artistas y aspirantes a artistas durante los años sesenta, con esa catedral normanda construida íntegramente en madera y decididamente conmovedora, el mar custodiándola desde lejos. Aseguró con énfasis que jamás dejaría de amar un sitio tan... ¿magnético, dijo? O quizá fue “superseductor”.
El pasado, por lo general, era un tema tabú para Eva, y en lo único que se explayaba sin ahorrar detalles era en su dilatada experiencia sexual. “El pasado no existe”, era su escueta frase hecha a modo de respuesta las pocas veces que quise saber sobre su vida anterior a nuestro encuentro. Mi opinión, por el contrario, es que los seres humanos no estamos ontológicamente divididos en compartimientos temporales estancos, y si bien es cierto que puede decirse que “lo pasado ya pasó” y que es inmodificable, una cosa es la inmutabilidad y otra la inexistencia. “Lo que fue” se ha convertido en hoy, por lo tanto existe. “Yo soy lo que fui y lo que seré, soy una unidad indisoluble, una experiencia única. Todo el tiempo es ahora —defendí con ardor una madrugada de las muchas que habíamos pasado en vela— y proclamar la inexistencia de mi pasado es negarme a mí misma.”
“¡Bobadas! —insistía ella—. Es estúpido estar prisionera del pasado. ¿Qué hice, cómo sentí, cuánto comí, qué conocí, en quién pensé? ¿Qué importancia tiene eso hoy?”
“¿Por qué considerarlo una cárcel? —replicaba yo—. Admitir que soy mi pasado es incluirlo en mi presente, no encadenarme a él. ¿O acaso el recordar que una vez mataste de un pisotón a una hormiga te condena de por vida a ser una asesina?”
“¡Tonterías, eres una sofista!”, daba por finalizada la discusión.
Sin embargo su teoría sobre la no existencia del pasado, por otra parte muy difundida entre cierto sector intelectual, no le impedía indagar hasta la impertinencia sobre mi biografía. Un día que le hice notar su contradicción apeló a una de sus clásicas perogrulladas: “Es a mí a quien no le gusta hablar de él, pero a ti sí, y te doy la oportunidad de regodearte en el recuerdo”.
Esta noche Louis era el destinatario de las evocaciones de una Eva súbitamente recuperada de su amnesia. El francés desconocía que se trataba de una oblicua venganza hacia mí, puesto que ese regalo me había sido retaceado con tenacidad. No obstante, y a pesar de la tristeza que me provocaba su juego me reafirmé en que yo no tenía derecho a juzgar cuándo, cómo y a quién Eva contaba retazos de su vida. Hablaban entre sí sin descanso —en rigor era Eva quién lo hacía, porque su interlocutor era adicto a los monosílabos — y ahora le tocaba el turno a París y sus encantos.
Buscaron sitios comunes conocidos, recordaron exposiciones sonadas del Pompidou y la jarana inagotable del Loup, en la rue des Escoles. Horas y horas bailando, ligando y bebiendo. ¡Qué tiempos aquellos! Louis no acababa de mostrar las notables cualidades que habían atraído a Eva, e incluso cuando en un alarde de autodefensa me sumé a la conversación — dispuesta a recordarles que estaba presente y que también ostento el don de la palabra— manifestando mi admiración por la iglesia de Saint-Germainl’Auxerrois, Louis no pareció muy seguro de su localización, ni siquiera de su existencia.
—¿Pero tú hablas francés? —me preguntó Eva cual si me acusara del asesinato de John Lennon.
—Algo —respondí con una modestia ficticia.
La velada, que Eva había concebido como una prueba de fuego, se convertía poco a poco en una comedia de tres al cuarto. Yo tenía mucho que ver en ello y me sentía cada vez más ufana por mi maniobra. “¡Que siga la farsa!”, me dije. Y en un arranque propuse cenar los tres juntos. Louis quiso saber la opinión de Eva, pero ésta me miraba estupefacta. ¿Por qué se empecinan la mayoría de los heterosexuales en su creencia de que un hombre, cualquiera sea su cariz, se basta y sobra para minar la moral de una mujer que ama a otras mujeres?
Había interpuesto a Louis entre nosotras y no obstante yo, lesbiana de pro, aceptaba al aprendiz de arquitecto sin reparos. ¿Cuál era el fallo?, estaría pensando. María debía sentirse una perdedora, o por lo menos bastante desplazada y presa de los celos, pero por el contrario se unía al dúo, participaba en la conversación y para mayor pasmo proponía una cena conjunta. Algo no funcionaba. Él aceptó, pero Eva no estaba por la labor.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:43 pm

—Estoy bastante cansada —se excusó —, creo que me voy al hotel.
—¡Mujer, di que sí, con esta noche que es la más hermosa! —¡Dios!, disfrutaba como nunca de mi cinismo—. A él le apetece y a mí también, y puesto que todos nos marchamos mañana nada más propio que despedirnos con una buena cena. Anda, acompáñanos... Louis, convéncela tú.
Me odiabas, ¿verdad, Eva? Tus ojos eran electricidad en estado puro y podía sentir en mi piel el cosquilleo de la descarga. Habías apostado a pares y la fortuna quiso que fueran nones. “Piensa, querida, piensa deprisa, eres mano y te toca jugar”, la reté en silencio sosteniendo su mirada asesina.
—De acuerdo —aceptó, poniéndose de pie mientras el francés se apresuraba a retirarle la silla—. Podemos ir a una pizzería que conozco, La Traviata, queda por aquí cerca.
Creí que iba a desmayarme de la risa. Era la misma a la que la había llevado anoche y en la que jamás había estado, pero que ahora ofrecía como propia. Pero más cómica aún era la simbología que connotaba su elección: traviata en italiano significa “extraviada, perdida del camino recto”. Eva no lo sabía porque no conocía el idioma, pero su inconsciente había trabajado correctamente emparentado una pizza con su exacto estado de ánimo y el símil era bastante hilarante.
—No le veo la gracia —dijo con rabia pegada a mi oreja.
—No te enfades, bonita, me río sólo porque alguien va a tener que pagar mi parte, me dejé el bolso en el hotel y no llevo ni un euro encima.
El estudiante también reía, a saber por qué. Faltaban apenas un centenar de metros para llegar a La Traviata cuando se me ocurrió un cambio de planes:
—¿Y si variamos de menú? Conozco una taberna increíble en la Fondamenta Nuove. Baratísima, comida casera, gente de pueblo, ambiente veneciano y sin turistas. ¿Qué tal suena?
Eva, que no había vuelto a abrir la boca desde que dejamos el Quadri, se negó en redondo. Pero mi invitación no iba dirigida a ella sino a Louis, y reaccionó como esperaba: color local, poco dinero, nuevos sabores, comida típica, dos mujeres guapas iniciándole en la Venecia profunda... ¿No dijo Joyce que la mejor aventura es vivir al máximo lo que la vida ofrece? O tal vez fuera Mitterrand...
—Oui, bien sûr, c’est super —aceptó polisilábico, lo que interpreté como una expresión de entusiasmo.
—Es por allí. —Y señalé hacia mi derecha. Actué de avanzadilla y el francés me siguió obediente.
La cara de Eva le llegaba al suelo y se rezagó unos pasos. No era para menos. Había engatusado al estudiante como cebo para encelarme y ahora no soportaba su presencia ni le dirigía la palabra. Pero yo apostaba lo que fuera a que venía con nosotros y no cambiaba su rumbo hacia Campo Manin aunque sólo le bastara girar en la próxima esquina. La Fondamenta Nuove queda exactamente en el lado opuesto al Gran Canal, de donde veníamos, y había que atravesar casi toda la ciudad. Cuanto más caminábamos más preguntaba Eva cuánto faltaba para llegar. Yo sabía que no lo haríamos en menos de media hora, me guiaba por la intuición y no podíamos preguntarle a algún vecino porque orientar a los turistas no es precisamente el fuerte de los venecianos. “Que se apañen —me había explicado un nativo hacía un tiempo —. Ya se han adueñado de la mitad de la ciudad, la otra mitad es nuestra.”
Precisamente nos adentrábamos en “la otra mitad”, y la meta era uno de los muelles desde donde parten las barcazas hacia las islas menos frecuentadas por los visitantes, como San Michele, Burano, el Lido de Jesolo o Torcello. Yo estaba eufórica, disfrutando de mi pequeña venganza, y con la excusa de distraer el tiempo mientras nos perdíamos en cada recodo empecé a cantar el Alouette, gentille alouette. Louis se sumó pronto al estribillo, y Eva optó por acompañarnos graznando la letra como quien rompe nueces con los dientes. Constituíamos un simpático grupillo de boy-scouts avanzando por el sendero de la alegría y los principios justos.
Cuando por fin llegamos a La Mucca, el restaurante estaba en su apogeo, aunque llamarle restaurante era un eufemismo. En el amplio patio del interior de una casa modesta había dispuestas varias mesas cubiertas con papel de estraza blanco a modo de mantel, sillas plegables de madera y cubiertos de latón. El suelo era una alfombra de papeles sucios, mondadientes y algún que otro resto de comida que un perro grisáceo se encargaba de deglutir. Un frondoso emparrado hacía las veces de techo y los geranios crecían a su albedrío en los canteros que rodeaban el perímetro, luchando por ganar un espacio entre la mugre reinante. Miré a Eva de soslayo y parecía a un punto de la apoplejía. El local estaba repleto, y cuando entramos todos los comensales nos miraron a una: ¿Cómo había ido a parar a su lugar ese trío de veraneantes extraviados? ¿Por qué no estaban cenando en alguno de los incontables restaurantes que flanquean el Canalone?
—¿La Mucca... querer decir...? —me preguntó el francés.
—La Vache, la vaca —le expliqué mientras le hacía señas a una mujer obesa protegida por un inmenso mandil y que parecía la dueña de casa. Se acercó secándose con un trapo de cocina los gruesos goterones de sudor que le caían por las mejillas. Oí a Eva murmurar con desdén: “La vaca, no te la pierdas...”.
La clientela, exclusivamente masculina, era la típica de una taberna económica de suburbio veneciano. Obreros, estibadores y algún que otro gondolero fuera de servicio nos inspeccionaron por todos los ángulos, y tras decidir que éramos inofensivos volvieron a sus platos y sus conversaciones. La matrona se apresuró a proveernos de un sitio, y sin mayores miramientos expulsó a empellones a un borrachín que dormitaba sobre una mesa y le ordenó que se fuera a su casa. En un abrir y cerrar de ojos hizo un bollo con el papel manchado de vino y restos de pan, extendió uno nuevo, barajó los platos de plástico desde lo alto y nos informó que el menú consistía en un único plato de la casa, la tradicional pasta con judías pintas.
Lo cierto es que la comida estaba deliciosa, el vino afrutado y bastante áspero pero muy sabroso, y si no fuera por la tenaz hostilidad de Eva habría sido una velada muy agradable. Louis disfrutaba a lo grande, bebió en abundancia y se le soltó la lengua. ¿Eva se había interesado antes por aspectos de su vida? Pues ahora, y sintiéndose como en familia en un sitio tan típico y charmant — me dedicó una sonrisa agradecida—, sentía deseos de hablar de sí.
Creo que iba por los nueve años, asistía a un colegio de Nantes y su maestro, hombre rígido y severo en exceso, le estaba castigando duramente por haber llevado una rana viva a clase cuando busqué los ojos de Eva. Sentía que había estado mirándome con insistencia, pero desvió la cara al instante. No tengo palabras para describir su rostro. Estaba literalmente descompuesto, hastiada de mí, de su convidado de piedra, de ese sitio tan vulgar y de todo el orbe en su más amplia acepción. Lo que Eva no sabía pero yo sí era que ahora venía lo mejor.
La Mucca era muy popular entre la colectividad napolitana residente en Venecia, y yo contaba con que la tradición se mantuviera. Hubo suerte, y de pronto, como si nos arrasara un tifón, nos trasladaron casi en volandas a unas sillas ya dispuestas a los lados del patio, las mesas desaparecieron como por arte de magia y comenzaron a sonar panderos, acordeones y guitarras. Los comensales, cual si hubieran tocado a arrebato, se lanzaron a cantar y bailar una trepidante tarantella con el frenesí de derviches traspuestos. Gritos, cantos, palmas, meneos y zapateos se adueñaron del ambiente en pocos segundos creando un gran estruendo. Un fornido gondolero intentó arrastrar a Eva al círculo de bailarines, pero ella se desasió con una amabilidad que al gondolero le supo a despecho, a juzgar por la ristra de palabrotas que le dedicó en dialecto.
Por mi parte, acepté como una dama agradecida la invitación demunmhombrecillo patizambo que me hizo girar a velocidad de vértigo y temí por la digestión de la pasta e faggioli. Yo pasaba de mano en mano como los billetes de una apuesta, intentando mantener el ritmo y no enredarme con tanto brazo y tanta pierna. “Bella, graziosa!”, me piropeaban aumentando aún más el griterío.
La explosión de tipismo acabó con las últimas reservas de Louis, quien tras ser cortésmente rechazado por Eva en su invitación al baile se lanzó solo a la improvisada pista iniciando una danza frenética. No bailaba precisamente una tarantella sino una cómica mezcla de hiphop y tango con algunos pasos de break, pero su entusiasmo era envidiable y los hombres hicieron corro a su alrededor incitándole a continuar con el espectáculo.
Aproveché el improvisado solo del francés para desplomarme jadeando en una silla cuando Eva, galvánica, se abalanzó sobre mí, me agarró por un brazo, me arrastró hasta el interior de la cocina y me plantó frente a la dueña que trajinaba con los cacharros siguiendo el compás de la música con su enorme trasero.
—Pregúntale dónde está el baño —me ordenó Eva.
—No tengo necesidad de ir —protesté —, y me estás haciendo daño.
—Tú pregunta —insistió implacable.
La dueña nos dio una llave y nos indicó el camino, puesto que estaba en el interior y la casa era un verdadero laberinto. Por fin dimos con él. Eva abrió la puerta, cerró con dos vueltas de llave y se plantó frente a mí con los brazos en la cintura. Estaba tan iracunda que no podía articular bien las frases.
—¿Se puede saber a qué demonios estás jugando, diablos?
—¿Quién, yo?
—¿Puedo saber que es toda esta payasada, eh?
—Esa pregunta se parece mucho a la anterior, te repites —contesté atisbando indolente mi rostro en un trozo de espejo que colgaba de un hilo de embalar. Volvió a tironear de mí y me obligó a mirarla.
—Cuidado, Eva —la amenacé sin disimulos—, no soy violenta pero puedo serlo.
—Y yo.
—Eso salta a la vista —repliqué acariciando mi brazo dolorido—. Tú empezaste esta farsa, planeaste una injusta venganza que te salió del revés y estás furiosa. ¿Por qué te comportaste de un modo tan ruin en el hotel? ¿Por qué me mandaste esa nota? ¿Por qué me tendiste una trampa pidiendo perdón para echar luego más leña al fuego?
Su actitud beligerante había dado paso a una tristeza desoladora que me conmovió.
—No entiendes nada, no has entendido nada todos estos días... —musitó.
—No, tú no has entendido nada — repuse, aún crispada pero bajando el tono de voz—. Te he dado lo mejor de mí, o al menos lo mejor que sé hacerlo, y te has mostrado voluble, caprichosa, maleducada y ahora violenta. ¿Qué pasa contigo, Eva?
Esperaba cualquier respuesta, menos que se echara a llorar como lo hizo. Se cubrió el rostro con las manos y sollozó amargamente unos minutos que se me hicieron interminables. Estaba enfadada con ella, pero me salió del corazón abrazarla para darle consuelo. Se aferró a mí con desesperación, fue empujándome contra la puerta, se apretó hasta la asfixia contra mi cuerpo y me besó con una pasión que la desbordaba y me desbordaba.
—¡No has entendido que te amo, imbécil, que me he enamorado de ti con toda mi alma —me besaba con más fuerza —, que no puedo estar ni un segundo sin verte, sin escuchar tu voz, sin tocarte, sin sentir el olor de tu cuerpo y hacerte el amor —cubría de besos mi cara, mi cuello, mis manos—, que me eres imprescindible como el aire y que me voy a morir aquí mismo si me niegas que tú no sientes lo mismo!
No, no iba a negarlo. Y además supe en ese mismo instante que no olvidaría jamás el paroxismo que alcanzó nuestro enloquecido orgasmo en el suelo de una letrina cualquiera de Venecia.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:45 pm

—¡¿Una hetero?!
Silvia se incorporó de un salto del sofá donde se había arrellanado apenas cruzó el umbral de mi puerta y no daba crédito a la breve síntesis de la historia con Eva. Encendió un cigarrillo con la colilla del anterior, meneó la cabeza y masculló exhalando el humo:
—Ay, María, nena, no se te puede dejar sola...
Marga también me miró con curiosidad, pero no dijo nada. Yo no tenía ninguna gana de embarcarme en una larga y sesuda conversación sobre opciones sexuales, así que me puse en pie:
—Sí, cariño, una hetero, o sea una mujer, que es lo interesante del asunto. ¿Algo de beber? Hay poca cosa.
—Yo lo de siempre —respondió Silvia. Me estudiaba con preocupación y le devolví una sonrisa tonta— y Marga supongo que también.
Lo de siempre era un cubalibre, pero Marga declinó el suyo.
—Si tienes una birra, a ser posible Heineken, te lo agradecería.
Fui a la cocina y abrí la nevera. Mi frigorífico era exactamente eso: un electrodoméstico paralepípedo con dos puertas delanteras y un interior de invierno virtual para mantener los alimentos a baja temperatura, idéntico a sus tocayos de todo el mundo, con la diferencia de que éste estaba completamente vacío, a excepción de dos botellines de Coronita, un dado de queso rancio y un bote de aceitunas rellenas de pimientos rojos.
—¡Estás guapísima, nena! —oí que me piropeaba Silvia a gritos.
—Eso porque me quieres —respondí riendo y añadí convencida—: Y porque lo soy, que todo hay que decirlo.
Raspé lo salvable del queso, lo puse en una bandeja junto a las bebidas y las aceitunas y llené una jarra de agua. Miré el gran reloj rojo que hay sobre la alacena y vi que pasaba de las nueve de la noche. Había dormido de un tirón desde las dos de la tarde, cuando Eva me había dejado en la puerta de casa conduciendo su coche desde el aeropuerto. Me preguntaba cómo había oído siquiera el timbre del portal.
—Lo siento, Silvín, pero no hay cocas, si te vale una cerveza... —dije volviendo al salón. Al verlas haciéndose arrumacos en el sofá me inundó una sensación agradable y familiar y tras dejar la bandeja sobre la mesa me hice un hueco entre las dos y las abracé—. ¡Qué bueno estar en casa, pareja, otra vez juntitas!
—Ya será menos. Por lo visto no has tenido tiempo ni de respirar —comentó Silvia—. Me vale la cerveza, bebería incluso queroseno después de lo que acabo de oír. Anda que una hetero, hay que jorobarse. Te sienta bien el amor, coño, estás guapísima —dijo repitiéndose —. Por aquí pocas novedades, salvo la mani del viernes que estuvo genial. No sé de dónde está saliendo tanta lesbiana, pero éramos ciento y la madre. ¡Qué gusto, tú, mujeres, mujeres, mujeres por los cuatro costados, incluida la Cibeles! El curro espantoso, como de costumbre. Estoy al borde del colapso.
Bebí dos vasos seguidos de agua y me arrebujé aún más abrazando a ambas por la cintura y estirando las piernas para apoyarlas en la mesilla de delante del sofá. Suspiré de pura satisfacción. Sí, todo estaba en orden y en su sitio. Silvia saltando de un tema a otro, con ese estilo suyo tan eléctrico y conciso, y Marga que oficiaba de perfecto contrapunto con su ritmo lento y sosegado.
—¿Y tu trabajo en Italia qué tal? — preguntó esta dejando su botellín sobre la bandeja.
—Muy bien —repuse—. Acabé la revisión de todos los documentos para el nuevo consulado español en Bari y me he traído la traducción de un libro bajo el brazo, a ver cuándo me pongo a ello.
—¿Cómo se llama? —me espetó Silvia —. Y no me salgas con que estoy interesada en el título del libro porque me conozco tus juegos de palabras.
Me gustó pronunciar su nombre y me regodeé al decirlo como si saboreara caramelo:
—Eva. Eva Zamorano.
—Eva, la primera mujer... —comentó Marga con un inequívoco tono romántico.
—La mujer esencial —corregí susurrando con felicidad. Pensé en ella.
Hacía unas horas que no la veía y la añoraba con todo mi ser. Su boca, ansiaba sobre todo su boca, necesitaba besarla ya, con la urgencia de un diabético por su ración de insulina. De hecho, cuando había oído el telefonillo del portal entre sueños me había precipitado a abrir creyendo que era Eva. Silvia me miró con los ojos muy abiertos.
—¡La mujer esencial! Hija, te veo perdida.
—Silvia, cariño, dame un poco de resuello. —Bebí otro vaso de agua con ansia—. Acabo de despertarme y no he dormido mucho que digamos los últimos días en Italia.
—Un toque de teléfono no te hubiera costado mucho, ¿no? —Silvia y sus reproches. No tenía el menor empacho en manifestar lo que sentía a cada momento y con sus amigas era tan celosa y posesiva como con sus parejas—. Si no fuera por Virginia no me enteraba que regresabas hoy. Por cierto, que tu madre estaba un poco misteriosilla, aquello de “algo sé pero no me obligues a decirlo”.
—Respira un poco, amor —aconsejó Marga a su novia—, hablas tan deprisa que te atragantas.
—Tú déjame a mi mecanismo, ya no eres enfermera y no tienes que hacerte cargo de mi salud —le atizó Silvia.
Eso porque se habían conocido el año pasado en una clínica a raíz de un accidente de moto de Silvia. Marga no sólo se había esmerado en reparar su pierna rota sino también su corazón. Pero hacía meses que había dejado la enfermería y ahora llevaba con su padre una empresa de exportación de alimentos a los ex países del Este porque, según ella, trastear con el aceite de oliva era mucho más agradable que hacerlo con los orines ajenos.
—Además, la cosa va con esta señora y no contigo. Puesto que le tienes alergia a los móviles y te niegas a comprarte uno, pillas un teléfono normalito —me explicó Silvia con guasa—, metes guita o una tarjeta, pones el dedito así, marcas nuestro número y nos tienes al tanto. ¿O es que la tal Eva te tenía atada a la cama? Porque las hetero siempre traen hambre atrasada...
¡Cómo es! Si no fuera porque la quiero tanto a veces la mandaría a paseo. Pero Silvia es mi ojito derecho desde que nos conocimos por medio de Lisa, una especie de hermana del alma que siempre está a mi lado, a las duras y a las maduras. Lo sabe y hace de mí lo que quiere. Señalé con la cabeza el televisor.
—Hay una foto ahí encima, pero no tengo ganas de moverme...
Marga lo hizo por mí levantándose con agilidad, pero apenas pudo echarle un vistazo porque Silvia se la arrancó prácticamente de las manos. Nos la había hecho un fotógrafo ambulante y no estaba del todo mal para ser una instantánea turística. Silvia emitió un silbido de admiración.
—¡Joder, la tía, es un bombón!
—Por mí no te prives, cielo, haz como si no estuviera... —recriminó Marga con resignada ironía. Volvió la cabeza hacia mí—. Cuando una mujer le gusta no tiene el menor empacho en soltarlo, podría disimular un poco su ninfomanía, ¿no crees?
Silvia analizaba la foto desde todos los ángulos.
—Venecia, qué típico, se ve un trocito del Campanario, enternecedor, de luna de miel, oye... Las dos muy contentas, tú tienes esa cara de boba que no te veía desde hace años. No se parece en nada a Lisa, ¿verdad? Quizá en la forma de ser, vete a saber, una siempre se enamora de la misma persona. ¿Y en la cama qué tal? Tiene todo tan bien puesto...
—¡Silvia, por Dios, qué basta eres! — fingí escandalizarme.
Como si no le hubiera dicho nada, prosiguió impertérrita:
—La señora es... ¡Joder con la señora! Me recuerda a... vaya, no me viene el nombre, años cuarenta y cincuenta...
—Doris Day —sugerí adrede, consciente de que Silvia es una fanática del cine. Trabaja en una productora y no admite bromas al respecto.
—¡Qué chorrada! Doris era de los cincuenta y sesenta, y además se parece a tu Eva lo que yo a Kim Bassinger. Me refiero a la de Laura, de Otto Preminger, Que el cielo la juzgue... ¡Sí, coño, tengo el nombre en la punta de la lengua, en El embrujo de Shanghai está que te mueres!
—Gene Tierney —apuntó Marga.
—¡Exacto, Gene Tierney! —Silvia volvió a la foto—. El mismo estilazo, la boca grande, los ojos húmedos, esos pómulos angulosos...
—¡Eh, eh, eh, ya está bien! —protesté quitándole la foto y mirándola a mi vez.
Eva me tenía por la cintura, las dos un poco inclinadas hacia delante sonriendo a la cámara. Me gustó lo que vi, la combinación de ambas era armoniosa y no dejaba de ser cierto que yo tenía una expresión un poco tonta, como si los sesos se me hubieran licuado al sol. Se la pasé a Marga, que aún no había podido verla. La miró detenidamente.
—Sí, qué rica es... Pero a mí más bien me recuerda a Aitana Sánchez Gijón.
Silvia se apoderó otra vez de la fotografía y la alejó todo lo que pudo de su vista para darle perspectiva. Marga me miró con una mansedumbre cómica. Para ser pareja eran la antítesis más drástica que yo había conocido.
—Puede ser, cari, tienes razón. Una mezcla de las dos obtenida con software Morfing —admitió Silvia—. A Gene — llamaba a las actrices y actores por sus nombres de pila, como si fueran sus primos— en La ruta del tabaco, y a Aitana en Un paseo por las nubes, ese mismo aire camp de niñata hija de señor feudal víctima de las circunstancias...
—¡Oye, no te pases! —protesté en vano.
—¿Y qué tal se mueve? Ya me entiendes, quiero decir...
—Ya salió la calentona. Bébete la cerveza y déjame tranquila, ¿no ves que estoy sonámbula?
—Ya, claro, estás agotada, se entiende, se entiende. —Comentó Silvia comenzando a liar un cigarrillo de hash.
“Es la profesión”, solía decir para justificar los casi tres paquetes de tabaco que se metía en el cuerpo cada día y los innumerables porros que caían entremedias.
—Te ha crecido el pelo, ahora lo tienes al dos —comenté acariciándole su casi calva.
Apartó la cabeza con gesto hosco. A Silvia le iban poco los mimos físicos, aunque
buscaba el amor y la aprobación ajena echando mano a estrategias que a veces rayaban en la desesperación. A mí me enternecía esa necesidad imperiosa de afecto que muchas veces le había hecho pagar un precio muy alto. Como también me provocaba ternura su carita de pepona asombrada, sus ojos grandes y de un azul marino casi negro y su naricilla respingona y diminuta a escala con su estatura, que no pasaba el metro cincuenta.
El conjunto era muy armonioso, aunque no me convencía mucho su look, muy en boga entre cierto ambiente lésbico: pantalón vaquero negro Calvin Klein a ser posible, camisa igualmente negra o a cuadros tipo leñador de Nebraska, zapatones abotinados, cinturón de cuero que obligadamente debe caer al desgaire unos quince centímetros una vez trabado en la hebilla, ni una pizca de maquillaje y un modo muy característico de fumar de costado sujetando el pitillo con todos los dedos. No obstante, reconocía que tenía estilo propio y que era consecuente con él. Por el contrario, Silvia no ahorraba críticas a mi predilección por las faldas, las blusas de seda, los colores pastel y hasta que usara tacones y pendientes. Lo consideraba una concesión “feminoide” al poder heteromasculino, inadmisible en una lesbiana intachable como yo.
—Me hago cargo de que estás en el limbo, pero expláyate un poco más, María, me devora la curiosidad —rogó Marga—. Tus noticias son un bombazo.
—De relojería —continuó Silvia, consultando su gigantesco reloj con cronómetro y alzando un brazo para detener la acción—, por eso vamos a esperar: nueve, ocho, siete, seis...
Yo no entendía nada.
—¿Se puede saber que...?
—¡Shhh! —ordenó Silvia—. Tres, dos, uno, ¡ya!
En ese exacto momento sonó otra vez el portero automático.
—Vete a abrir —me ordenó Silvia.
Le di al botón sin preguntar quién era. Por un instante se me bloqueó el cerebro. ¿Estas dos se habían puesto de acuerdo con Eva para que viniese a esta hora? ¿Cómo era posible? ¡Pero si no la conocían! A poco se oyeron tres golpes en mi puerta, y volé los dos metros que me separaban de ella, abriéndola con precipitación.
—Puntual como el Big Ben —exclamó una Silvia triunfal a mis espaldas—. Entra, Steve, ni te imaginas las novedades, te vas a caer de culo.
Esteban. ¡Qué decepción! No obstante reaccioné de inmediato y me colgué de su cuello cariñosamente. Me propinó un par de besos en la boca, palmeó mi trasero y estudió simultáneamente mi mano derecha.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:45 pm

—¡Hola, encantos! —Tiró un beso a Marga y a Silvia—. ¿Soy o no soy un chico formal? María, estás distinta, muy mejorada si es que se puede mejorar lo inmejorable, ese anillo de plata con un pequeño rubí es nuevo y tengo un hambre canina. ¡Qué día, Dios mío, creí que no se acababa nunca la sesión! Marga, has adelgazado, no te vendrían mal unas cuantas calorías extra, y tú, Silvia, estás más pálida que el fantasma de Michael Jackson, pero igual te quiero.
Silvia y Esteban se habían hecho inseparables apenas conocerse en la boda ritual que Lisa y yo celebramos al cumplirse el año de convivencia y psicológicamente se parecían como dos gotas de agua. Él era el periodista estrella de uno de los principales periódicos del país y cubría la información política, lo cual le obligaba a asistir con regularidad a las sesiones del Congreso y el Senado, cosa que deploraba. “Es antediluviano, te lo prometo —se quejaba—, te sientes un astronauta paseándote entre dinosaurios por un bosque del jurásico.”
No tenía horarios fijos y solía estar tan pasado de revoluciones como Silvia. La energía que generaban juntos podría iluminar Madrid en caso de apagón, y a veces se tornaba agotador el permanente toma y daca entre ellos. Era el momento en que yo desconectaba el disco duro, me abstraía del ruido de metralla y me concentraba en lo que tuviera más a mano, aunque fuera un documental televisivo sobre la vida y pasión del alacrán de alta montaña. Físicamente, sin embargo, eran el día y la noche. Esteban era altísimo, delgado y algo cargado de hombros. Se había rapado el pelo por completo y su rostro parecía una talla románica con las facciones delgadas muy marcadas y pegadas a la piel. Una mirada permanentemente escrutadora y analítica dotaba de fuerte carácter a sus ojos verde agua. Apenas se desplomó en el sofá de orejas frente al tresillo Silvia le puso al tanto:
—Se nos enamoró María, querido, está como una perita en dulce, atontada y con todos los síntomas de esa peligrosa enfermedad.
Esteban me atrajo hacia él entusiasmado y me sentó en su regazo como si fuera un bebé de pecho.
—¡Enhorabuena, cariño, me parece genial, te lo mereces, ya era hora! Quiero saberlo todo ya, antes que ya.
Yo apenas podía hablar, agobiada ante tanta efusión, pero estando Silvia presente sabía que no tenía por qué hacer esfuerzo alguno.
—Se conocieron en Roma —explicó Silvia—, y ¡chaz!, flechazo. En el avión, creo —a mí—, ¿no es así?
Abrí la boca para negarlo, pero fue en vano.
—Da igual. El caso es que María tiene novia, y mira qué elemento... —Silvia le tendió la foto a Esteban.
—Bueno, novia, lo que se dice novia... —alcancé a decir aturdida por la verborrea.
Esteban echó una rápida mirada a la fotografía y la dejó sobre la mesilla.
—Titular —declamó con su mejor tono profesional—: “Se aman, no pueden negarlo”. Pie de foto: “María y... y... — Consultó con la mirada a Silvia, que le sopló el nombre—. María y Eva sorprendidas in fraganti por un paparazzo d e La Stampa paseando su amor por Venecia”. Cielo —a mí—, te felicito, es un bellezón, y si no fuera porque uno es como es y trasmutarme en lesbiana a estas alturas de la soirée me parece una maniobra muy complicada, te la soplaba de inmediato.
Lo dijo con mucha gracia y nos echamos a reír. Esteban poseía un sentido del humor juguetón y nada chabacano. Le gustaba hacer el payaso sin apelar al cinismo, por otra parte tan común en su profesión. “Yo no pertenezco a “la Canalla” — solía decir—, por más que a mis colegas les guste tal autodenominación, aunque me cuesta lo mío no contaminarme. Soy un chico bueno y quiero seguir siéndolo.” Quizá era su excepcionalidad la que le había permitido llegar tan alto en su profesión.
—Hay un pequeño problema —atinó a decir Marga en medio de las risas.
—¿Y es? —preguntó Esteban.
Me apresuré a taparle la boca a Silvia y hablé antes que ella:
—Eva es heterosexual, y a estas dos monas les ha parecido horrible.
—Dije “pequeño” problema, no una hecatombe —aclaró Marga desmarcándose de mi plural. Esteban suspiró ostensiblemente como quien se quita un peso de encima.
—¡Ah, eso! Por un momento pensé que vendía armas a mercenarios de todopelaje, que era tratante de blancas y negras o algo similar. —A Silvia y a Marga—: Chicas, chicas, mejor ser agudas que obtusas, ¿no? ¿Qué más da? La criatura transitaba el camino equivocado, se ha topado con nuestra imponderable amiga y ha recapacitado. Rectificar es de sabios, niñas.
—Sí padre, amén. Tú encima anímala —se encrespó Silvia.
—¡Claro que la animo! Le sirven el amor en bandeja de plata y sería imperdonable que no lo aceptara. Pero venga, niñita —me sacudió como a un reloj que no funciona—, supongo que ya habrás contado todos los detalles pero pásame un tráiler. ¡No; se me ocurre algo mejor! —exclamó cambiando de tercio como era su costumbre—. María telefonea a su chica, la invita, y como supongo que en esta casa no hay vituallas pedimos unas pizzas y cenamos todos juntos. ¡Aleluya, por fin voy a conocer a Eva en persona sin tener que tragarme el Génesis completo!
Y uniendo la palabra a la acción agarró el teléfono y marcó un número. Se conocía de memoria casi todas las telepizzas de Madrid y sus ofertas semanales. Pero colgó el auricular antes de que le atendieran.
—Mejor llámala primero y pedimos tres grandes, seríamos seis. Con suerte cae de regalo el vídeo de La sirenita.
—Cinco —corregí.
—Seis —intervino Silvia—. Esperamos a Alicia, y debe estar al llegar.
De modo que era un asalto planeado en toda la regla. Se habían asegurado a través de mi madre que yo estaría en casa y habían conspirado una bienvenida colectiva. Les miré con inmenso cariño. Eran mi familia elegida, les quería y me sentía homenajeada. Busqué en mi bolso la agenda electrónica y dudé al marcar el número de Eva. Habíamos quedado en que ella llamaría mañana y no quería que me considerara agobiante ni ansiosa. Colgué tras una breve espera. El silencio era expectante.
—Sale el buzón de voz —expliqué—, está fuera de cobertura.
—Pues llama a su casa —sugirió Esteban, que estaba liándose un porro con el hash de Silvia.
—No sé el número, sólo me dio el del móvil —dije tendiéndole el teléfono. Silvia reaccionó como un resorte.
—Lo dicho: ¡heteros! ¿Qué pasa con esta señora? ¿Es la única ciudadana de la Unión Europea que no tiene como mínimo un aparato en su casa?
No quise admitir que a mí también me había extrañado la reserva de Eva, así que contemporicé:
—Verás, Silvia. Vive con sus padres, les daría un patatús si se enteraran que su hija se les ha vuelto rarita de la noche a la mañana y prefiere no tener conflictos con ellos. Yo la entiendo, no le veo el drama.
—A mí me parece un feo, perdona que te lo diga. Es despectivo, como... No sé —Silvia estaba empecinada y buscó aliarse con Esteban—. ¿No te suena unpoco estrambótica tanta cautela? Di que sí, Steve.
Marga intervino contemporizando como solía. Hubiera sido una extraordinaria diplomática de habérselo propuesto.
—Cariño —le dijo a Silvia—, no seas tan radical.
—Soy radical, me gusta ser radical, nací radical —rebuznó Silvia— y te agradecería que dejes de ponerle paños fríos a mis calenturas.
—Te estás pasando, Silvín —intervine — . Take it easy... Sabes de memoria mi opinión sobre el trato de las lesbis a susparejas.
—Lo que intento que comprendas — Marga se armó de esa especial paciencia de que hacía gala con Silvia— es que la chica tendrá sus razones para tomar sus recaudos y la explicación de María me parece razonable.
Esteban se deleitó con una profunda calada a su porro, exhaló el humo con fuerza y zanjó la polémica.
—Total, que somos cinco. Y eso si nuestra Alicia se digna a ser puntual por una vez en su vida. Pásame el teléfono — me dijo.
—Lo tienes en tu regazo, despistado. — Y señalé el aparato que estaba a punto de caer de sus piernas largas y delgadas como cañas.
Conociéndonos los gustos, no hizo falta pactar las pizzas: una grande de cuatro quesos y la otra mitad de anchoas y mitad de pepperoni.
—Y una docena de latas de Heineken —ordenó Esteban al telefonista—. Invito yo —añadió cuando colgó.
Nos disponíamos a esperar el pedido la media hora de rigor cuando Alicia hizo sonar el timbre con la contraseña pactada y luego abrió con su propia llave. Una enorme pila de libros le cubría hasta la cara, y la dejó caer al suelo apenas entró.
—¡Hola, pueblo! ¡María, bonita, que ganas de verte, no vuelvas a marcharte por tanto tiempo, ¿prometido?!
Nos abrazamos como si yo acabara de regresar de la guerra del Golfo con bastantes años de retraso.
—¿Y por qué no se me ha dado a mí una llave de esta casa? —Silvia era incorregible y no perdía ripio. No pude decirle que su fama de olvidadiza traspasa nuestras fronteras y que no quería correr el riesgo de tener que cambiar de cerradura todos los meses.
—Te haré copias —prometí sin mayor convicción.
—Me duele aquí como por el páncreas —se quejó Esteban guiñándonos un ojo y dirigiéndose a Alicia con gesto de sufrimiento—. ¿Qué energía tengo averiada, doctora, y qué me receta?
—Le recomiendo que beba su propia saliva en ayunas —respondió esta al punto—. Nada mejor que la cicuta para los males pancreáticos.
La carcajada fue de lujo. Incluso Esteban llevó su mano al ala de un imaginario sombrero felicitándola por sus reflejos. Alicia y yo habíamos iniciado juntas la carrera de filología, pero en el segundo curso descubrió su vocación por la medicina, había acabado la carrera en tiempo récord y ahora era una reputada naturópata experta en medicina energética y homeopatía. Esteban, por el contrario, se definía como un declarado defensor de la medicina oficial alopática. Era el prototipo de quienes se sienten inmediatamente curados de sus males con sólo entrar en una sala repleta de artilugios de alta tecnología. Cuanto más aluminio resplandeciente y plástico estéril, tanto mejor. Cualquier ocasión le era buena para mofarse de Alicia, a quién no se privaba de llamar “la curandera” cuando se enfadaban, que no era pocas veces. Ésta le dedicó un corte de mangas y Esteban le sacó la lengua. Hechas las paces a su manera, Alicia se sentó en el suelo y se apropió del plato de aceitunas.
—Espero que las pizzas estén de camino —dijo con la boca llena— y que no falte la de anchoas. ¿Cómo fue eso, María? ¿Por qué te quedaste más tiempo del previsto?
Otra carcajada general.
—Admito que soy chispeante —se mosqueó Alicia—, pero no creo haber dicho nada especialmente gracioso.
—Te lo cuento otro día, ¿vale? —dije sintiendo todas las miradas puestas en mí.
—¡Ni hablar! —protestó Esteban—. Verás, Alicia, aquí la parejita —y señaló a Marga y Silvia— llegó antes y se ha llevado la primicia, pero tú y yo exigimos la verdad y nada más que la verdad.
—Por supuesto —apoyó esta con énfasis—, mira por dónde estoy de acuerdo con la rana Gustavo, y que no sirva de precedente. ¿Qué diablos pasa?
Silvia, que parecía haber asumido la autoría de mi relación con Eva, le extendió la foto. Alicia me miró extrañada, luego se concentró en la imagen y devolvió su mirada hacia mí. Lanzó la pregunta al aire:
—María, otra chica muy mona y ambas ríen a la cámara. ¿Cuál es el misterio?
—¿No te dice nada el Cosmos, la Providencia, el cuerpo sutil, el aura o como se llame la intuición que se supone practicas? —azuzó Esteban—. Me defraudas, reina.
—Soy médica, no vidente, so memo. ¿Qué pasa, María? Por las caras deduzco que nada grave.
—Depende de cómo lo mires — declaró Silvia con solemnidad.
Para evitar que Silvia volviera a las andadas sacudí mi pereza y conté por segunda vez mi afer con Eva, esta vez deteniéndome con más detalle.
—... y regresamos al hotel Winkler. Me llevó a la terraza y puso en mi dedo este anillo con la piedra de mi signo igual al que le había regalado yo en Rialto. Lo hizo recitándome un poema de Prevert... —Un suspiro tan brusco como emocionado me obligó a hacer una pausa que Silvia aprovechó para silbar con segundas la Marcha nupcial.
Esteban se le unió tocando un imaginario violín y Marga susurró a Alicia: “Un rubí de Leo, el 15 de agosto es su cumple, tenemos que celebrarlo”.
—Pero como es heterosexual —acabé el cuento y señalé a Silvia—, a esta mamarracha le parece un obstáculo insalvable.
—Típico de una sectaria —dictaminó Alicia.
—Típico de otra heterosexual —la fulminó Silvia.
La eterna controversia entre ambas. Solían trenzarse por el mismo tema, y ninguna de las dos se caracterizaba precisamente por su benevolencia. Alicia se había casado hacía dos años y era bastante desdichada en su relación. Más de una vez me había pedido asilo a raíz de una discusión más violenta que las normales, jurando y perjurando que era la última vez que transaba, pero siempre volvía con su marido. A ninguno de nosotros nos gustaba Paco y no lográbamos comprender que una mujer de la inteligencia y calidad humana de Alicia le tolerara incluso algún que otro mamporro. Personalmente yo lo consideraba un ser de espíritu mezquino y de mentalidad sórdida al que una mujer como Alicia le venía muy ancha. Se lo había dicho a ella por activa y por pasiva en muchas ocasiones y ella coincidía con mis argumentos con auténtica convicción, pero le quería y no le resultaba fácil deshacer el vínculo. Yo la comprendía, porque una cosa es opinar fríamente y otra amar cálidamente.
Trajeron por fin el pedido y nos sentamos sobre la alfombra cubierta de periódicos. Insistí en cenar como está mandado, tengo una estupenda mesa para seis personas en el ángulo del salón que da a la segunda ventana, pero como Alicia ya estaba apalancada en el suelo se negó a moverse. Hacíamos los honores a la cuatro quesos cuando Alicia preguntó:
—¿Y qué piensas hacer con este romance? Porque lo habrás hablado con ella, supongo...
“Ahora viene la peor parte”, pensé. Porque había una peor parte. Podía callarla y esperar el desarrollo de los acontecimientos, pero sentí con nitidez que deseaba compartir la sombra que nublaba la versión edulcorada y perfecta que había repetido hasta ahora y nadie mejor que mi gente para desahogarme.
—En realidad no mucho, la cosa está un poco en el aire... —Me costaba seguir, pero tomé impulso y largué todo de un tirón—: Existe un Carlos, tiene treinta y dos años y es uno de los niños mimados de la publicidad. Se supone que está enamorado y mantienen una relación que Eva no ha definido. Para el caso da igual, pero está ahí y ahora es ella quien tiene que decidir su futuro inmediato.
Tal como esperaba se hizo un silencio respetuoso. Casi podía adivinar lo que pasaba por la mente de cada uno, y me sorprendió que fuera Alicia y no Silvia quién lo rompiera.
—¿Ella le ama? —preguntó con una cautela exquisita.
—No lo sé —dije con más tristeza de la que creía sentir.
—¿No lo sabes o no te lo ha dicho? — quiso saber Marga.
Pregunta lógica, pero Marga no conocía a Eva, y yo poco más que ella. Cuando se sinceró conmigo en el avión de regreso a Madrid su relato fue simultáneamente claro y lleno de vaguedad, una de sus especialidades, y como no hice más preguntas conocía sobre su relación lo que acababa de contarle al grupo y poco más. Ahora me arrepentía de mi pertinaz discreción, porque había tragado un mazacote de información inconexa que no sabía bien cómo digerir ni mucho menos expresar.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:45 pm

—Sé que me ama a mí —balbuceé más que dije.
Silvia había estado conteniéndose, pero su carácter pudo con ella:
—Estupendo. La tal Eva se guardó hasta último momento el naipe bajo la manga, y cuando te vio enamoradita perdida soltó el petardo. Esta chica no me gusta. No me gusta un carajo.
—La gran suerte es que María no es nada celosa, que si no... Siempre la pongo de ejemplo ante Félix —dijo Esteban—: De verdad que me agobia, ahora se le ha dado por celar a mi redactor jefe, y por más que...
—¿Nos vas a contar tu vida, Steve? — le frenó Silvia en seco—. No me seas ególatra, hoy no eres tú el centro de atención, lo siento, pero va por turnos.
—Yo creo que fue sincera —intervino Marga meneando de izquierda a derecha su melena tipo paje como lo hacía cuando está muy concentrada—. Se lo podría haber callado.
—Vamos a ver —intervino Alicia tratando de poner orden—, ¿tú le dijiste que eres lesbiana?
La miré con estupor.
—Alucino, Ali... ¿Te has enterado bien que estuvimos haciendo el amor como desaforadas una semana entera o yo me expliqué fatal y piensas que ha sido un encuentro intelectual en el Congreso Mundial sobre la Deforestación de la Amazonia?
—¿Y qué? Podrías perfectamente ser hetero e irte a la cama con ella. Esas cosas suceden.
—¡Puf! A montones, más de lo que te puedas imaginar —apuntó Silvia—. Y estoy hablando en serio: en nuestro colectivo recibimos cantidad de llamadas y cartas de amas de casa aburridas de sus maridos que solicitan mantener relaciones con otras mujeres con la más absoluta confidencialidad. Es más, aprovechando Internet muchas tías pasadas de rosca han encontrado un filón —se explayó tras reponer el aliento—, entran en un chat lésbico y se montan una venta por catálogo que, chica, una porque es “modelna” y todito lo consiente, pero que hablando en plata es una vuelta de tuerca a la prostitución de toda la vida...
—Técnicamente son cyberputas —dijo Marga con el mismo candor con quedescribiría la recolección de los pétalos del azafrán.
Reímos de buen grado por su ocurrencia. Silvia también festejó la salida de su novia, y agregó:
—Es verdad, tú, hay cada vez más desesperadas que se hacen pagar el billete y los gastos para tener relaciones sexuales en el extranjero con mujeres que no han visto en su vida, citas a ciegas, ya sabes...
—Anda que la que paga... —comentó Esteban aún riendo—. Más patética todavía. Que contrate a una fulana local, le sería más rentable, ¿no? O, dada la urgencia, un estupendo y gratuito autoservicio, nadie como uno mismo para darle una alegría al cuerpo.
—Mira, allá cada una —dije alzándome de hombros. Cuando cesaron las risas volví a mi tema con Alicia—: ¿Tú cuándo me has visto avergonzarme o renegar de mi identidad? Por supuesto que Eva lo supo, y desde el principio. Pero no te capto, de verdad.
—Tal vez, y digo sólo tal vez — recalcó Alicia—, no mencionó su relación con Carlos por miedo.
—No lo creo —intervino Esteban—. Según María no sólo no ocultó su heterosexualidad sino que hizo ostentación de sus amplios y detallados conocimientos sobre todas las marcas de colchones del mercado internacional. ¿Miedo de qué?
—Y la historieta con el francés, meterlo ahí en medio para sacar de mentira verdad, vamos, es de risa floja. Insisto en que este asunto no me gusta un carajo —le apoyó Silvia—. ¡Coño, hasta se me han ido las ganas de comer! —Y tiró su porción a medio acabar dentro de la caja de cartón.
Esteban susurró a Marga:
—Tu novia es una histérica.
—Y tú un maricón —apuntilló Silvia, que tenía un oído ultrasónico.
Alicia prosiguió con su teoría adoptando ese aire un poco doctoral que a Esteban le ponía enfermo, con los dedos pulgar e índice de ambas manos bien abiertos y las yemas tocándose apenas. Nuestro amigo le llamaba “el toque psoe” y aseguraba que se lo había copiado a Felipe González cuando era presidente.
—Seguramente ni se le pasó por la cabeza que iba a enamorarse de María, era un juego de seducción, yo la entiendo, una aventura romántica diferente a todas las que había tenido... ¿Por qué no vivirla al máximo? Pero se enamoró, traía una relación en sus alforjas, lo cual me parece normalísimo, y tuvo miedo de contarlo. Que al fin lo haya hecho, más tarde o más temprano, me parece un gesto de sinceridad de su parte, estoy de acuerdo con Marga.
—Yo también creo que ha sido honesta conmigo —convine con ambas—, como yo lo fui con ella. Vale que lo rodeó de misterio, pero no todas somos iguales, aunque a veces me cueste lo mío aceptarlo.
Esteban había estado todo el tiempo escrutándome con fijeza. Le conozco lo suficiente como para saber que lo que más le importaba en este momento eran mis sentimientos y no los de Eva. Yo agradecía esa incondicionalidad suya de estar de mi parte contra viento y marea, y de alguna manera esperaba expectante su opinión. Es amigo mío desde que tengo noción de mi infancia. A los jardines de nuestras casas sólo los separaba una medianera de aligustre que traspasábamos a través de agujeros estratégicamente camuflados y nos criamos juntos cazando grillos y contándonos nuestras vidas en el parque de la Fuente del Berro. Ya adolescente, yo le hablaba de mis besos clandestinos con Marisa en los aseos del instituto. Era una rubita dulce y etérea que me había encandilado,estudiaba ballet y en el recreo nos deleitaba danzando los primeros pasos de Las sílfides, lo cual me parecía el colmo del refinamiento.
Simultáneamente me veía con el Javier del que le había hablado a Eva y que no sólo no me interesaba en lo más mínimo sino que me aburría hasta la exasperación, pero si no tenías un novio real o inventado y no dibujabas corazones en las carpetas con el nombre de un chico la brigada fundamentalista heterosexual te estigmatizaba de rara, estúpida o estrecha y se confabulaba haciéndote un vacío muy duro de sobrellevar.
A Esteban le sucedía exactamente lo mismo, y se esforzaba por ligar con chicas que le eran del todo indiferentes. Un día tuve la excelente idea de pedirle que me acompañara a mis citas con Javier para que el chico no pretendiera algo más que encuentros platónicos. No tuvo que defenderme de sus embates, porque se liaron entre ellos y mantuvieron su primera y mutua experiencia homosexual.
—Te has enamorado muy en serio y vas a esperar los acontecimientos, ¿verdad, María? —dijo Esteban con voz grave—. Apuesto doble contra sencillo que no piensas presionarla aunque te coma la angustia.
De cuclillas como estaba, me ladeé hacia él balanceándome sobre las nalgas y le besé en la nariz, que era lo que tenía más a mano.
—Estoy bastante confusa —admití—, pero creo que lo has dicho con todas las letras. Sí, eso es lo que voy a hacer: esperar. Es su disyuntiva, oye, y debe dilucidarla por sí sola.
—Y mientras tanto tú le pones novenas a tu Virgen homónima para que el dado caiga de tu parte. No me parece justo — protestó Silvia liándose otro porro.
—¿Y qué más se sabe del susodicho? —preguntó
Esteban limpiándose obsesivamente las manos con toneladas de servilletas.
—Poco más. ¡Ah, sí, lo había olvidado, fíjate! Por lo visto es viudo y tiene una niña de seis años, Verónica, que siente debilidad por Eva.
—No lo tiene fácil tu amiga — reflexionó Marga—. Si está la cría de por medio hay que pensar también en ella.
El azul furioso de los ojos de Silvia estaba negro como el petróleo:
—De verdad que no lo entiendo o tengo un mal colocón. Todos de parte de la buenaza de Eva, que juega a dos bandas y se le permite la libertad de elegir si su futura relación va a ser nena o nene como si fuera lo mismo, como si el amor de otra mujer se pareciera en algo al de un tío. ¡Alehop! Ahora una de lesbiana, mira, qué chic, mientras aquí mi prima se come los codos.
Se concedió una pausa brevísima para tomar aire y continuó a toda velocidad.
—Pareciera que soy la única que cree de firme que una mujer tiene exactamente el mismo peso específico que cualquier Carlos, y que una lesbiana no sólo no es “media mujer” como insisten en convencernos sino una mujer de bandera. Y eso empezando por ti, María, que te vivencias a ti misma como un premio de consolación. Si Eva lo despide, ahí estás tú de saldo.
—Pues si lo descarta como espero y deseo, me lo pido —sentenció Esteban con la manifiesta intención de suavizar la polémica—. Viudo, publicitario, debe embolsarse una millonada al mes y a la niña siempre se la puede enviar a un internado canadiense, o a Hong Kong a coser zapatillas para el Primer Mundo. Y que no me escuche Félix, porque tal y como andan las cosas entre nosotros acabaría por crucificarme. Últimamentemse le ha dado por llamarme promiscuo en cuanto se da la ocasión. ¡Promiscuo yo, que soy un bendito! Y no es que me falten ocasiones...
—Tú ves el mundo del revés, Silvia — intervino Alicia acallando el soliloquio de Esteban con una acritud que me pareció innecesaria—, ya lo hemos hablado cientos de veces. La minoría de homosexuales es la excepción a la regla. Te guste o no te guste, esta sociedad es heterosexual y lo normal es que Eva se relacione con hombres.
—Por supuesto, querida, estamos de acuerdo —respondió Silvia.
Por el retintín que destiló la respuesta supimos que era el comienzo de una andanada, y de las buenas. Marga, Esteban y yo nos miramos de reojo y entramos en alerta máxima. Alicia había apuntado a la línea de flotación y Silvia no es de las que se rajan.
—Para empezar —Silvia masticaba cada palabra como si fuesen piedras—, el vocablo “normal” me produce caspa y hasta sabañones, mira por dónde. Dejando aparte el detalle de que aún estoy esperando que alguien medianamente inteligente me defina con coherencia que es “lo normal”, atrévete a negarme que desde que una mujer viene al mundo le graban a fuego en el hipotálamo que no tendrá esencia ni consistencia hasta que un hombre no la defina como mujer, madre y persona.
Se había puesto de pie y caminaba de un extremo a otro del salón. Mala señal. Marga seguía con tierna preocupación sus evoluciones. Alicia abrió la boca para decir algo, pero enmudeció ante la mirada imperativa de Silvia, y yo, que sabía por dónde iban los tiros, me dispuse resignada a escuchar una exhaustiva declaración de principios.
—Si a esa imposibilidad de definir la normalidad le añades que te imponen la bien aceitada maquinaria ideológica heterosexual desde que naces y la mamas por biberón te guste o no te guste; el desprecio y el asco social por otra elección amorosa...
—¡Exagerada, pero si la aceptación es cada vez mayor, no me digas que...! — procuró argumentar Alicia. Silvia no escuchaba.
—El desprecio y el asco social por otra elección amorosa —retomó—, las descalificaciones que van desde lo despectivo hasta las explicaciones pseudocientíficas sobre la presunta patología homosexual —enumeraba enfáticamente efectuando el recuento con los dedos—, la presión social, la machacante publicidad en todos los medios de comunicación que “heteriza” y convierte en pornografía blanda desde las herramientas para bricolaje hasta las pomadas para las hemorroides, más todo el arsenal que el aparato represivo heteromasculino opone a un amor alternativo como quien mata polillas con misiles nucleares, se cae de maduro que coincido contigo en que es “normal” — entrecomilló la palabra con un gesto irónico— que una mujer ansíe el derecho a la existencia y se una a un hombre, cualquiera que sea y a cualquier precio. Incluso se alía con su peor enemigo. ¿O me equivoco, Alicia?
—Eso ha sido un golpe bajo, Silvia — Alicia había acusado la alusión a Paco y su cara se contrajo en un gesto angustioso.
—Tan bajo como el tuyo antes, lo siento, pero mide bien tus palabras.
Silvia se sentó en el sofá y encendió otro cigarrillo con gesto tembloroso. Marga reprobó a Alicia con una mirada triste y fue junto a Silvia atrayéndola hacia su regazo. Mi amiga había quedado muy tocada por la conversación y todos sabíamos por qué. Diana, una de sus primeras amantes y de la cual había estado muy enamorada, de adolescente había sido sometida a inhumanas sesiones de electrochoque por orden de su médico. Su ingenuidad la había llevado a consultar a un psiquiatra de la Seguridad Social, asustada por la atracción que sentía hacia sus compañeras de clase. El muy canalla la había denunciado ante sus padres y recomendado el salvaje tratamiento para que “su sexualidad, inscripta en la información cerebral, rechace la desviación morbosa y retome su dirección natural”. Las consecuencias tardaron años en manifestarse, pero a los veintisiete años su cerebro se colapsó y perdió el control de sus funciones motrices. Según nos explicó mi padre, no se trataba de una muerte cerebral propiamente dicha sino de un estado l l a ma d o locked-in cuyas causas se desconocen, aunque los neurólogos aventuran un eventual corte de transmisión de las vías que van de la corteza cerebral a la espina dorsal.
Lo real, lo trágico, es que Diana está casi muerta, y que aunque se mantiene despierta y en estado de alerta está totalmente paralizada y no puede comunicarse excepto por un código ocular que sólo funcionaría de haber sido previamente establecido. El pronóstico es imprevisible y desde hace meses está internada en una suerte de asilo eufemísticamente denominado Clínica de Asistencia al Enfermo Terminal en las afueras de Madrid, cerca de Bohadilla del Monte. Silvia la visita puntualmente cada quince días, adorna con una rosa fresca una botella de agua de Vichy que ejerce de florero, le acaricia las manos durante una hora, le dice “te quiero, bonita mía” y se marcha con el alma estrujada, aunque tenazmente convencida de que en cualquier momento Diana volverá a ser la que era. Alicia se hizo cargo de inmediato del daño que había causado. Se acercó a Silvia y la abrazó con dulzura.
—Cariño, no sé cómo disculparme, me dejé llevar por la conversación y se me soltó la lengua, pero te juro que no pretendía herirte. Ha sido una salvajada por mi parte, por favor, perdóname...
Silvia sacudió la cabeza como un gato mojado.
—Vale, déjalo, ya se me pasará.
—De todas maneras —intervino Marga al hilo de sus pensamientos sin cesar de mecer a su amante—, y aún coincidiendo en parte con la teoría de Silvia, creo sinceramente en la libertad personal. La mayoría de las mujeres heteros están con hombres por la simple y sencilla razón de que les aman, son su objeto de deseo y disfrutan con ellos. Nadie las amenaza con una Parabellum en la sien para que se vayan a la cama con fulanito o menganito, a no ser en casos de guerra, prostitución forzosa o cosas así.
—Chicas, por favor, me estoy aburriendo... —dije sin esperanzas de ser escuchada.
—¡La Parabellum es la ideología dominante, leches! —insistió Silvia con la cara escondida en la falda de Marga—. Sabes de sobra que no estamos de acuerdo en eso. Sí, claro que existe el libre albedrío, pero sólo si tienes la suficiente información y un criterio muy formado como para decidir tu opción. ¿Acaso se enseña la homosexualidad en los colegios como una alternativa válida de vida? Claro que no. Entonces obedeces lo que te manda el poder como una cordera.
—O como una pécora —apostilló Esteban.
Silvia se deshizo con dificultad del abrazo de Marga.
—¡Joder, me estás asfixiando!
Se puso de pie de un salto ejecutando una difícil pirueta que remató con un saludo circense. Era su estilo de anunciar que volvía Silvia, el tornado seguía su rumbo alejándose hacia el norte y todos nos distendimos. Seguramente a los ojos de alguien ajeno resultaríamos una pandilla de desquiciados, y tal vez tuviera razón. Nuestros encuentroseran con frecuencia de lo más moviditos, con momentos de gran intensidad. Silvia se acercó a Alicia, que se mantenía expectante, y le palmeó la espalda.
—Claro que te perdono, doctora Queen. Estamos en familia, y estos cachetes dialécticos vienen bien de cuando en cuando, no sea que nos atrofiemos. Venga, te invito a otra birra.
Tiró con fuerza del abrefácil del bote de Heineken y la espuma me bañó de arriba abajo.
—¡Tía, pareces una mutante, qué potencia! —reí secándome con las servilletas de papel.
Esteban, solícito, me ayudó frotándome la cara con energía, pero parecía cavilar sesudamente mirando abstraído la reproducción de Tàpies que cuelga encima del televisor. Su cara era la de un beato en éxtasis.
—Steve, ¿estás vivo o es que mi hash es demasiado? —preguntó Silvia pasándole la palma de la mano por delante de la cara.
Su expresión de seriedad pomposa presagiaba el nacimiento de uno de sus famosos disparates.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:46 pm

—¡Shhh! Estoy planeando diferentes estrategias para deshacernos del tal Carlos y dejarle vía libre a la inigualable historia de amor entre María y Eva, la más ardiente después de Romeo y Julieta. ¿O debí decir Romea?
—Suéltalo ya, payaso —lo apremió Alicia.
—Pensaba que si ese caballero está liado con la dama que he visto en la foto y que me parece una hermosura, es casi seguro que él también es un remedo de Richard Gere, mínimo. Puede que un madurito Harrison Ford, incluso.
—Yo no estaría tan segura —dudó Marga—. Muchas veces las tías guapas no le dan importancia al aspecto físico de su... lo que sea.
—¡No me jorobes la teoría, coño! Es Richard Gere. Y no se hable más. De lo cual se deduce que ese hombre tiene que ser mío. ¿Por qué?: muy sencillo, porque le amo. Se trata de idear un plan que llamaremos provisionalmente “operativo Carambola”.
—¿Y de qué va, va, es, se trata? — preguntamos las cuatro a destiempo.
—¡Hombre, aún no lo sé, estoy proponiendo un brainstorming! — exclamó Esteban. Silvia acotó que el anglicismo le sonaba a marranada y que por ella adelante. Esteban se mostró indignado—. Me extraña sobremanera que no sepas lo que significa brainstorming, querida, cuando es público y notorio que los peliculeros no mueven un dedo si previamente no proponen una “tormenta de ideas”, que de eso se trata. Así que adelante con el operativo. ¡A las armas! Nos quedamos in albis. ¿Qué teníamos que pensar? Y sobre todo... ¿hacia adónde debíamos apuntar? Esteban aguardaba expectante. Nosotras nos mirábamos las unas a las otras. Parecíamos un cardumen de mequetrefes.
—Ya veo que tengo que hacerlo todo yo —resolló Esteban—. El operativo Carambola consiste en lograr que Eva deje a Carlos, María se adjudique a Eva, yo me gane al muchacho y todos contentos. ¿No es perfecto? Reconozco que no tengo ni puta idea de cómo llevarlo a cabo, pero seguramente la inspiración vendrá en cualquier momento.
—Podríamos matarlo —sugirió Marga, con una sonrisa traviesa en su ancha cara plagada de pecas.
—Y ya puestas los matamos a todos. — Silvia secundó la broma con entusiasmo y propuso ampliarla—. Pero antes les decomisamos sus pertenencias. Chiches de tecnología de punta, documentos secretos de Estado, colecciones de sellos y monedas antiguas, cochazos, yates, libros incunables, bonos del Tesoro, etc. Son una mina...
—Suplico humildemente al Ejército Lesbiano de Liberación que deje algunos vivos y operativos para nosotras. Es más, preferiría que vivan todos, los hay estupendos —terció Alicia tumbada en el sofá posando una mano sobre su corazón y otra sobre su vientre. Aprovechaba la coyuntura para practicar su sesión diaria de reiki, sin perder el hilo de la conversación.
—Por si te interesa —precisó Silvia—, te recuerdo que nuestro colectivo se llama el Círculo de la Rosa, o sea, nada que ver con el amasijo de siglas de las guerrillas tercermundistas. Luchamos por la defensa activa de nuestra identidad y la denuncia pública de las conductas machistas por invisibles que parezcan, no por la eliminación de la mitad de la especie humana, guapa, somos ecologistas. Decididamente el ambiente se estaba densificando.
—A ver si te entra de una vez en esa cabezota que un individuo de un género no define al conjunto —acotó Alicia—, y por un hombre que no...
Silvia la interrumpió sin contemplaciones:
—Me conozco esa teoría, querida, ahórratela. Lo que tú no acabas de entender es que mi lucha contra el machismo es política, y cuando estás en el fragor de la batalla no te detienes a considerar que entre el mogollón de soldados enemigos aquel del lunar en la mejilla derecha es buena gente. Es la guerra y tiras a matar a todo el batallón.
—Por favor —corté en seco la discusión—, basta ya, en serio, si se discute una vez más sobre los hombres me voy a la cama. No pienso dedicarle al asunto ni un minuto de mi tiempo.
—Pues vas de culo, cariño, porque han entrado en tu vida a saco quieras o no, empezando por el fulano de tu novia. De modo que como las lentejas, ya sabes — decretó Silvia.
Tenía razón, y su comentario me vapuleó como si hubiera palpado de improviso una anguila viva. Hasta este momento, y embelesada por el amor, no me había percatado de este aspecto de la relación, pero Silvia había dado en el blanco: a partir de mi encuentro con Eva el colectivo masculino adquiría una presencia que nunca antes había tenido. Mientras, Esteban pasaba olímpicamente de la conversación, posesionado de su rol de general en jefe y provisto de su libreta y su Parker anotaba vaya a saber qué. Golpeteó con los nudillos sobre la mesa para reclamar nuestra atención:
—Entonces, veamos: primero necesitamos la descripción física de la víctima. Es imprescindible para localizarlo y llevar a cabo nuestro plan.
Silvia le miró de hito en hito.
—¿Y tú por qué te has autoerigido en el mandamás? ¿Desde cuándo te surge la vena Patton? Si crees que porque llevas ese colgajo ridículo entre las piernas tienes el derecho adquirido a capitanear el operativo Carambola lo llevas claro. —Y a nosotras—: Éste será todo lo gay que quieras, pero le asoma el macho latino por los cuatro costados. Si es que no hay manera...
Era el permanente contencioso entre Esteban y Silvia y yo estaba de acuerdo con ésta. Gays y lesbianas tenemos en común la elección especular del amor, la rebeldía contra la represión a nuestra identidad, la defensa de estos derechos y poco más, hecha la excepción de las amistades personales. Pero rara vez yo explicitaba mi convicción delante de Esteban porque lo considero un ser de una exquisita calidad humana y le quiero como a un hermano. Él no comulgaba con mi punto de vista y le contrariaba nuestra divergencia.
—Volvamos al asunto central. Por lo que Eva me ha dicho —intervine—, la teoría de Esteban es cierta. Habló poco, pero se desprende que Carlos es la reencarnación de Adonis...
—Eso para jorobarte —aseguró Silvia, que se había arrepentido de su desdén por la pizza y se estaba tragando los restos fríos propios y ajenos mientras luchaba por anudar el cordón de uno de sus zapatones negros.
—Sigue, María. ¿Qué sabemos del objetivo? —pidió Esteban dispuesto a tomar notas.
Hice memoria. ¡Qué lástima no haber indagado o retenido más detalles! Una especie de rabia sorda iba tomando cuerpo en mí y el juego propuesto por Esteban me estaba haciendo mucha mella, como si me sintiera cada vez más desvalorizada. De pronto, por entre la bruma, surgieron algunos datos que había registrado en mi subconsciente.
—Apunta —dije—. Atlético, pelo castaño claro, ojos azules, metro casi noventa, manos de pianista, ojos de gacela y modales de lord inglés.
—¿No tiene nada suyo? —dijo Silvia, y se echó a reír a carcajadas de su propia gracia. Imposible no secundarla, el chiste no llevaba su copyright pero era de primera y nos costó recuperar el aliento.
—Estoy que me derrito —dijo Esteban poniendo los ojos en blanco en cuanto pudo hablar—. Este ejemplar es la novena maravilla.
—Yo también me derrito —dijo Alicia haciéndose trencillas en su pelo con gesto pensativo—. El tío está de dulce y lo quiero como pieza de repuesto. —Y añadió advirtiendo a Marga y a Silvia—: Decididamente de muerte ni hablar, antes pasará el escuadrón del Círculo, la guerra de las rosas, la guerrilla antihombre o comoquiera que se autodenomine el batallón, por encima de mi cadáver. Propongo un secuestro indefinido para dejarle fuera de circulación y yo me hago cargo de su custodia en la mazmorra. Esteban se enfureció:
—¡Yo lo vi primero, guapa, así que
olvídalo! ¡Lista, la curandera, me pongo mal frente de la batalla y ella pretende quedarse con el botín!
Alicia incorporó lentamente su abundante humanidad del sofá y se encaró con Esteban, que la miraba desafiante desde el otro extremo del salón.
—No pienso pelearme por un hombre contigo —amenazó—. Estoy segura que no tenemos las mismas metas. A los gays sólo les importa una cosa, pero las vituperadas heteros vamos mucho más allá.
—Sí, a la comisaría de la esquina a denunciar malos tratos —pinchó Silvia aliándose otra vez con Esteban.
Fue una suerte que sonara el teléfono en ese momento, porque el tornado amenazaba con cambiar nuevamente de rumbo y descargar sobre la calle Hermosilla. El teléfono insistía en su repiqueteo, yo estaba paralizada y tardé lo mío en reaccionar y levantar el auricular. ¿Eva? A la de una todos hicieron mutis por el foro y me dejaron sola.
—¿Sí? —pregunté con voz temblorosa cuando por fin pude hablar. Alcancé a ver reflejadas en el espejo las cabezas de los cuatro asomándose a la puerta.
—¿Mariucha? Hola, bambina mía... Era mi padre.
—Salve, Stefano. —Lo adoraba, pero se me cayó el alma a los pies, aunque me alegró mucho sentir su voz—. ¿Cómo va el italiano más guapo del mundo?
—Quería saber cómo estás, qué tal el vuelo y cuándo vamos a verte. ¿Todavía te acuerdas de nosotros?
—Vagamente —reí—. ¿Es usted un señor de considerable estatura, canoso y que abre cráneos cual si fueran sandías maduras? Sí que le recuerdo, sí, y también a su esposa, esa regordeta hipocondríaca que responde al nombre de Virginia. Muchos me han asegurado que son mis padres, pero lo mismo soy adoptada y aún no me consideran psíquicamente estable como para encajar el golpe de la cruel verdad.
Con Stefano siempre estábamos de broma, y mi madre aseguraba que manteníamos un romance en toda regla, lo cual a veces le provocaba ataques de celos que disimulaba muy mal. Celos a los que mi padre tampoco escapaba, todo hay que decirlo, pero que sabía disfrazar con mayor astucia.
—Queremos verte, tesoro, hace muchos días que no te damos un abrazo y además tengo que contarte mis últimas investigaciones sobre las membranas cerebrales.
—¿Has descubierto que no existe la Piamadre? Pues tus paisanos te van a defenestrar, idolatran a sus Madonnas...
A mi padre le causó mucha gracia el comentario y rió con esa risilla suya entrecortada por la timidez.
—No, verás, se trata de que es muy probable que sean mucho más importantes de lo que se creía, diría incluso que fundamentales en la información que procesa el cerebro en su conjunto.
Indiqué por señas a mis amigos que podían volver al salón. La charla no tenía nada de íntima.
—Mmm, babbo, eso suena apasionante.
—Dice aquí tu madre si te vienes a comer mañana. Y dice también que si prefieres sopa de pescado o gazpacho de entrada, y... Virginia, ponte tú, mujer, no me atosigues —le oí protestar, y luego una breve pausa.
—Hola, cielito, soy mamá.
—Ya; me he dado cuenta. Mañana aún no lo tengo claro, madre. ¿Tú cómo estás?
—¡Ay, hija! Ahora me ha dado un dolor desde el ombligo hasta el pubis que me tiene un poco asustada.
Era incorregible. Según ella, había elegido un médico por marido para que la protegiera de sus permanentes síntomas, pero mi padre no le hacía el menor caso. “A los histéricos una aspirina y una patada en el trasero” era la férrea teoría de Stefano.
—No te asustes, mammina, seguramente son gases, recuerda la última vez. ¿Llamo mañana a primera hora y combinamos?
—¿Están tus amigos ahí?
—Sí, chivata, y sé que has tenido mucho que ver en la conspiración. ¿Quedamos así, entonces?
—Vale —dijo—, pero procura venir, te echamos mucho de menos.
—Yo también, guapa, yo también. Hasta mañana.
Como de costumbre, cuando ya iba a colgar añadió deprisa:
—¡Tráete a la maravilla, si quieres!
—Vale, ya veremos, ciao.
Tardé unos segundos en colgar el auricular. Añoraba a Eva hasta la desesperación. Me sentí súbitamente melancólica y como desmadejada, con deseos de meterme en la cama y mimar mi desamparo tapándome con la sábana hasta la coronilla. Mi sentimiento debió de ser corpóreo, porque como si estuvieran en presencia de un holograma descorazonado todos me abrazaron formando una piña. Marga me besó repetidamente en la frente y los demás donde les caía más a mano. Inesperadamente me eché a llorar.
—¿Estás bien? Mira que puedo quedarme a dormir, llamo a Paco y... — ofreció Alicia acercándome una silla.
—Nosotras también —añadió Silvia—. Es más, creo que deberíamos hacerlo.
No estaba segura si quería huéspedes esta noche ni tenía ganas de tomar ninguna decisión. Entre sollozos, negué con la cabeza.
—Gracias, no pasa nada. A mi madre le duele el ombligo —dije estúpidamente. Me estudiaron con extrañeza. ¿Un leve cólico era el objeto de mi llorera? En cuanto pude hablar de corrido intenté una explicación más cercana a la verdad—: Creo que tengo un ataque agudo de nostalgia y podré sobrevivirlo sin anestesia hasta mañana.
Se apresuraron en convenir que la melancolía era perfectamente comprensible, estaba enamorada, echaba de menos a Eva, la deseaba a mi lado, etcétera, etcétera.
—Además es tardísimo —dijo Esteban acomodando con pericia su inseparable mochila a sus espaldas. Había percibido al instante que lo que más deseaba era estar sola.
Porque... ¿desde cuándo las once de la noche era “tardísimo” para este animal nocturno por antonomasia? A Esteban le bastan unas pocas horas de sueño para rendir al ciento por ciento, y no precisamente por las noches. Debió de hacerles una seña a mis espaldas, porque Silvia recordó con tono casual que tenía un casting a las ocho de la mañana, Alicia un paciente muy madrugador que estaba más encandilado por sus encantos que por las sesiones de gemoterapia y Marga debía aún facturar un pedido millonario de legumbres secas para Eslovaquia que le llevaría parte de la noche. Aun así se ofreció solícita a poner orden en el salón antes de marcharse.
—Hablé con la asistenta apenas llegar y viene mañana, no es necesario —la disuadí ya calmada—. Incluso me regaña porque dice que soy demasiado limpia y tiene poco trabajo conmigo. Cree que me roba el dinero que le pago y si encuentra esta mugre en la alfombra estará satisfecha... Ali, ábreles tú abajo —pedí —, me da pereza acompañarles, ¿vale?
—De acuerdo. ¡Ah!, y dile a Virginia que por unos días coma sólo comida de color naranja y se ponga en el vientre paños del mismo color con agua mojada en vinagre de sidra. Con media hora al día bastará.
—¿Por qué?
—Bueno, tendría que examinarla a fondo, pero no es la primera vez que se queja de dolores en esa zona y puede que tenga el segundo chacra un poco debilucho. El naranja le vendrá muy bien.
—Gracias. Le daré tu consejo sin que se entere mi padre, ya sabes por dónde le van los tiros. Seguramente mi madre te hará caso porque te considera una médica de primera y está convencida que cualquier día de estos te premiarán con el Príncipe de Asturias a las ciencias.
—Sí, cuando las ranas críen pelo y la medicina oficial críe sentido común.
Nos dimos muchos besos y apenas cerré la puerta tras ellos me deslicé en el sofá como una ameba que aún no ha decidido qué hacer con su protoplasma. Me sentía decididamente infeliz, pero sobre todo harta de mis continuos cambios de humor. Era como si una María extraña y convulsa se hubiera adueñado de mí y no pudiera sujetar sus riendas. Resollé con fuerza. Aún era temprano para irme a la cama y comencé a dar vueltas por el salón sin ton ni son. Podía escuchar un poco de música, K. D. Lang, por ejemplo, o El concierto de Colonia de Keith Jarret, que por lo general me resulta muy vigorizante. Otras posibilidades eran hacer zapping en el canal digital por si caía algo interesante, leer, deshacer la maleta, revisar la correspondencia o cualquier cosa que me distrajera del estado esponjoso en que me encontraba, pero el cuerpo me pedía a gritos la posición horizontal y fui hasta el dormitorio arrastrando los pies por el pasillo.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:46 pm

Me desnudé y me tumbé de espaldas en la cama. La almohada se negaba a amoldarse a mi nuca y me lié a puñetazos con ella hasta lograr la postura deseada. Empezaba a hacer bastante calor en Madrid y a puntapiés aparté la sábana que me cubría. Triste, desolada y ahora rabiosa. “Buenas noches, María —me deseé—. Dejemos de autocompadecernos que mañana será otro día.”
¿Autocompadecerme? ¿A santo de qué me daba esos consejos de consejera televisiva? Tenía un amor nuevo, amigos de siempre, una casa preciosa, un trabajo que me gustaba enormemente, una familia de lujo y una salud de hierro. A veces me sale la vena melodramática y no me soporto. Finalmente logré relajarme respirando acompasadamente y no sé cuánto tiempo llevaba durmiendo cuando me desperté alarmada por el timbre del teléfono. Encendí a tientas la lámpara de la mesilla y eché mano al aparato.
—Hola —escuché entre brumas.
Su voz. Su voz deseada, plena de matices, algo cavernosa, siempre seductora. Ya no estaba ni dormida ni despierta sino en el medio, por donde imagino debe caer el limbo. Y hoy sí sentía música resonando en mi cabeza, creo que un concierto para cello. Se adhirió a mi hipotálamo y no paraba de sonar.
—Hola —correspondí con mi mejor tono de almíbar.
—¿Qué hacía tanta gente en tu casa hace un rato? —quiso saber Eva.
—¿Has puesto una cámara oculta detrás de la lámpara del salón?
Su risa, cadenciosa como un arpegio, un regalo para mis oídos. Y el cello que no cesaba de ejecutar la Primera suite de Bach, que finalmente había identificado.
—No, milady, es mucho más sencillo. Pasé con el coche, vi todas las luces encendidas y varias siluetas a través de las ventanas.
—Pues ha sido una pena que no subieras. Vinieron algunos amigos a saludarme y querían conocerte. Te telefoneé, pero salió el buzón de voz. ¿Y tú qué has hecho? —Me sorprendió mi atrevimiento. Hasta ayer hubiera podido preguntarle poco más que la hora. Por lo visto la terapia grupal y sobre todo el tratamiento de choque de Silvia habían surtido su efecto.
—Pensar en ti, buscar tu olor en el éter, pensar en ti otra vez, imaginar tu cuerpo húmedo pegado al mío y desear hacerte el amor siempre pensando en ti.
Bebí sus palabras como un néctar agridulce, porque si bien su erotismo caliente atinaba con precisión en la diana de mi deseo, al mismo tiempo necesitaba saber por qué su móvil estaba fuera de cobertura cuando acababa de decirme que había pasado por el barrio de Salamanca. Y lo más importante: ¿se había visto con Carlos, habían hablado de ellos, de nosotras, tenía algo nuevo que decirme?
—¿Estás ahí? —quiso saber—. Igual he llamado en mal momento o he interrumpido algo...
—Tan sólo un sueño bastante surrealista, nada importante.
—Si no soñabas conmigo no me interesa por más surrealista que sea — comentó falsamente enfadada. “Eva, Eva, me tienes atrapada el alma”, pensé, y lo repetí para que lo oyera.
—Tú también, María, no sabes de qué manera... Y ahora sigue durmiendo, es tarde.
—Sí, mensahib. ¿Qué hora es?
—La hora en que las niñas buenas hace rato están en brazos de los ángeles. Sólo quería oírte y darte las buenas noches. ¿Te llamo mañana?
—De acuerdo. Te beso toda, íntegra, entera, centímetro a centímetro, poro a poro, célula a célula —dije con la boca pegada al auricular.
—Y yo me dejo hacer, amor, y me quedo con tus besos para ir haciendo boca. Hasta mañana.
No quise mirar el reloj, pero calculé que serían las dos de la madrugada.
“¿Amor?” ¿Me había llamado “amor” o yo seguía sumida en lo surreal? Tardé bastante en recuperar el sueño, pero estoy segura de que me dormí sintiendo sus piernas enredadas entre las mías. La mañana siguiente pasó volando. Había dormido de un tirón como un bebé confiado, me sentía pletórica de energía y bajé a la calle a desayunar apenas me puse una falda y la primera blusa que saqué del armario.
—Hoy te has peleado con el peine — comentó Mariluz, la camarera de la cafetería a la que soy asidua al verme entrar. Me miré en el espejo que había detrás de la barra y por entre los pinchos de tortilla y los flanes con nata divisé un rubio amasijo de pelo que parecía un nido de golondrinas. Me reí de mí misma con ganas. Tanto que Mariluz, normalmente adusta como corresponde a una castellanoleonesa que ejerce como tal, sonrió cuan amplia era su boca, a la que le faltaban algunos dientes alternos.
Tras zampar concienzudamente un plato repleto de churros y apurar hasta las últimas gotas el doble café con leche volví a casa. Subí de dos en dos los peldaños hasta el segundo piso y al entrar comprobé que Loli ya estaba trajinando en el dormitorio. Apenas entré me echó una buena bronca por no haberle permitido venir a limpiar durante mi ausencia.
—Pelusas por todas partes, con la grima que me dan, las plantas de pena, una cucaracha paseándose por la cocina y no hablemos del salón. Por lo visto anoche hubo festichola por todo lo alto, ¿no? — protestó frunciendo la cara arrebolada—. ¿Qué tal el viaje, María? Se la echa de menos cuando no está, ¿sabe? Le dije a mi marido: la señorita está tardando mucho, Dios quiera no le haya pasado nada malo.
—Buenos días, Loli, antes que nada. Estoy estupendamente, gracias, y no se me queje porque hoy sí tiene suficiente tarea. Por favor, ponga las sábanas rosadas de hilo, ¿vale? Y esmérese como suele hacerlo con los baños, ya sabe que me gustan resplandecientes...
La dejé mascullando no sé qué acerca de la esclavitud, telefoneé a mi madre y quedé en que iba a almorzar con ellos. Me entretuve en la cocina abriendo gavetas, puertas y portezuelas, y confeccioné una larga lista de la compra. A poco bajé de nuevo, esta vez por el ascensor, tirando del carrito. Era una de esas mañanas diáfanas y tibias que me hacen sentir poderosa y protegida por el universo. Alcé la cabeza todo lo que pude. Quería reencontrarme con el fascinante cielo madrileño, caprichoso, protagónico y señorial. Hoy lucía un azul diamantino y algunas nubes orondas y blanquísimas flotaban como icebergs a la deriva. Para ser martes, en el super del corte inglés de Goya había una multitud inesperada, y como conozco la mecánica me apresuré a reservar número en los embutidos y en los quesos. Las diez y media de la mañana y ya había veinticinco personas en espera.
Tiempo de sobra para hacer la ronda, que me conozco de memoria. Llené el carro mucho más de lo habitual. La euforia me torna gastronómica y me consiento todos los caprichos. En este aspecto soy idéntica a mi padre: tanto la alegría como la desdicha se regodean en nuestros jugos gástricos.
No miraba precios ni marcas, extendía la mano hacia delikatessen que normalmente no consumo, comprobaba la fecha de caducidad y la ausencia de conservantes y colorantes y, ¡hala!, al carro. Las bebidas me llevaron un buen rato, porque tenía mi bodega a cero. Elegí una cantidad exagerada de vinos del Penedés y algunos Rioja y añadí una buena reserva de cervezas, dos botellas de Havanna 7, la misma cantidad de buena ginebra inglesa, un coñac reserva, cocas, tónicas, Seven Ups y un arsenal de aperitivos. ¿Iba a dar una fiesta? Sí. Me festejaba a mí, festejaba a Eva y homenajeaba a la vida. Y ahora a los fiambres.
Por suerte había pasado antes por el cajero automático, porque la compra ascendía a una suma indecente. Puse los embutidos en el carro, dejé mi dirección para que enviaran el resto a casa y enfilé hacia el mercado sorteando intrépida la compleja encrucijada que forman Conde de Peñalver, Alcalá y Goya sin hacer mucho caso de los semáforos. El mercado de Torrijos es con mucho mi preferido, no sólo porque es uno de los más completos y coloridos de la ciudad sino porque es el que guarda mis hortalizas, frutas, pescados y encurtidos desde que vivo en el barrio hace unos tres años. Recorrí con placer los puestos pletóricos de mercancía, y cuando terminé de avituallarme no podía con el peso. Llegué a casa exhausta. Resoplando, aparqué la compra en la cocina y salí disparada hacia el salón. La luz roja del contestador se mantenía impertérrita, indicando obedientemente que no había ninguna llamada esperándome. “Paciencia, María, dijo que telefonearía hoy y apenas ha empezado el día”, me consolé como buena adulta. “¡Me lo habías prometido, no vale, no es justo!”, me encrespé como una niña malcriada.
—Ohimè, l’amore, quanto è crudele! —aullé al techo del salón alzando dramáticamente los brazos a lo Anna Magnani.
Loli, que estaba en el baño pequeño con los grifos abiertos, acudió de inmediato:
—¡Cristo bendito, qué susto me ha dado, no la oí entrar! ¿Le pasa algo, María?
—Nada, tranquila. Tenía ganas de gritar. —Y repetí la escena traducida—: ¡Ay de mí, el amor, cuán cruel es...! ¿No cree que el amor es cruel, Loli?
Se veía cómica aferrada a la fregona como una enredadera a su árbol y mirándome con resignada estupefacción. Era una buena mujer, manteníamos una relación muy cordial y, aunque no era frecuente que me viera tan expansiva, respetaba mi forma de ser con escrupulosidad. Con la mejor buena voluntad intentó reflexionar sobre la cuestión, pero desistió sacudiendo las manos como quien aparta una mosca de albañal.
—Yo de esas cosas no entiendo, tengo poco estudio, ¿sabe? —se disculpó dando media vuelta.
Loli se había ofrecido a deshacer las maletas y yo había aceptado de muy buen grado, de modo que me había liberado de la cargante tarea de seleccionar qué va a parar a la lavadora, qué se plancha y qué se devuelve a su percha. Ya puesta, le suministré una dosis extra de alabanzas a su buen hacer y su invitación se extendió a colocar la compra del mercado y la que llegaría del Corte en menos de una hora. Perfecto. Una nevera colmada y la alacena repleta constituyen uno de mis máximos placeres, pero cómo lograrlo es el lado feo del asunto. Tenía, pues, un buen rato a mi entera disposición. Como Loli era muy estrictamen sus reglas cuando hacía la limpieza, demarcaba muy claramente cuáles eran los territorios que yo podía transitar y cuáles no.
—El baño grande está listo, pero el pequeño, su dormitorio, el cuarto de huéspedes y el salón están a medio hacer, así que usted verá —advirtió a voz en cuello desde el pasillo.
Puesto que no tengo más casa salvo dos pequeños balcones que dan a la calle, quedaba mi estudio, y allí me refugié a puerta cerrada. Había llegado bastante correspondencia y elegí una música que me acompañara en la tarea de leerla. Celine Dion y Barbra Streisand eran ideales, y puse el CD a todo volumen. Empecé por lo práctico: una buena pila de resúmenes de la cuenta del banco y el extracto de la Visa. No tenía clara conciencia de lo que había gastado en Italia y verificar el saldo me propinó un buen susto. Prometí reflexionar seriamente en el futuro acerca de la correcta administración de mis finanzas. Había una ristra de invitaciones a conferencias, recepciones, mesas redondas, estrenos teatrales e inauguraciones a exposiciones que en su mayoría habían pasado a la historia, pero aparté las que estaban por venir. Esteban había colado mi nombre en una de las listas de VIP que circulan por las altas esferas y me divertía recibir los pomposos sobres dirigidos a la Señora Doña María Corradi Albarracín, aunque raramente me interesaban las veladas de alto standing.
Un sobre con matasellos de Brasil me produjo una gran alegría. Reconocí enseguida la letra desgarbada de Raquel, con sus emes deslavazadas como olas. Se había trasladado hacía un tiempo a Río de Janeiro y estaba emparejada con una bellísima mulata a quien pude conocer en uno de sus viajes a España y que me pareció, además de una consumada bailarina de samba, sensible y carismática. Ambas estaban muy comprometidas en la ayuda a las mujeres maltratadas, y el distrito donde operaba la asociación ostentaba el triste récord de poseer una de las tasas más elevadas de maltrato en todo el país: una mujer violada cada veinte minutos y seis de cada diez apaleadas o asesinadas por su “compañero sentimental”, “eufemismo más que hipócrita que utilizan los medios de comunicación —se enfadaba Raquel— por no llamarles lo que son, torturadores y asesinos”.
Me reservé la lectura de la carta para saborearla a fondo más tarde y continué despejando el escritorio. La primera cuota de la nueva laptop. Estaba fuera de fecha y debería ir a arreglarlo personalmente. Embers, una empresa de venta por catálogo, me felicitaba efusivamente por ser la ganadora de un par de zarcillos en oro dieciocho quilates y esmeraldas engarzadas que estaban a mi disposición desde ya, porque sí, sin más. El sorteo se había realizado ante la presencia y firma del notario Germán Garrido entre los millones de clientes de Embers, grey a la cual por lo visto yo pertenecía, hecho del que acababa de enterarme. Tiré los pendientes a la papelera y encendí mi PC.
Entré en Internet y en mi buzón encontré varias tarjetas cómicas, regalo de Silvia. Todas eran imágenes bastante divertidas con leyendas alusivas al lesbianismo. Seguramente había estado “surfeando” por alguna web lésbica, otro de sus entretenimientos. Una en especial me causó mucha gracia. Dos mujeres de cómic conversando, y una le decía a otra en inglés: “Si han podido poner a un hombre en la Luna... ¿Por qué no a todos?”.
Me esperaba también un e-mail de mi editora marcando algunas precisiones sobre la traducción de Baciami ancora. Se me caía la cara de vergüenza, pero me vería obligada a explicarle que había perdido el libro en algún lugar no identificado de Italia. Me había percatado de su desaparición cuando me pidieron el pasaporte en el checking del vuelo de regreso. ¿Cómo pude despistarme de tal manera? Recordaba su peso en el fondo de mi bolso, pero se había esfumado misteriosamente. “No puedo decírselo. Aunque sea un descuido comprensible iría en contra de mi credibilidad profesional”, pensé aspirando el humo de mi primer cigarrillo. Se me ocurrió la solución perfecta y le envié un mensaje a Alessandra pidiéndole que comprara otro ejemplar y me lo mandara por mensajería urgente adjuntando el número de su cuenta corriente para devolverle el importe.
Quedé muy satisfecha por la iniciativa. Sin lugar a dudas esta mañana estaba en Forma Llamaron al portero automático y a voces le pedí a Loli que atendiera. Tocó a la puerta de mi estudio tras unos minutos y me extendió un papel celeste.
—Un telegrama. Dijo el chico que había venido ayer a mediodía pero que no había nadie.
—Sí estaba, pero durmiendo a la pata ancha. La próxima vez que deje el aviso como está mandado. Gracias, Loli.
¿Un telegrama? Miré la procedencia y la fecha: Roma, 3 de julio. Es decir, anteayer. “Este Rossi es un pelmazo —me dije mientras lo desplegaba con parsimonia—. Ha leído con lupa los cien folios de la presentación del consulado y se ha topado con la única errata que se me escapó. Después de todo, un acento grave mal utilizado en una única palabra no es para montar un escándalo.” Pero las lágrimas fueron brotando a medida que leía el papel azul. El texto decía: “Si la magia tiene un nombre es María. Stop Estábamos sin buscarnos pero para encontrarnos. Stop Acabo de nacer. Enséñame los primeros pasos, maestra de vida. Stop Hoy, mañana y siempre contigo. Stop Tu Eva”. La Streisand seguía llenando el espacio a todo volumen con una auténtica exhibición de su magnífica tesitura, Celine Dion oficiaba de estupendo contrapunto y yo me apunté al dúo con un solo de llanto emocionado. El telegrama era una bella declaración de amor en forma y fondo, pero ese sutil “tu Eva” final era el símbolo de los símbolos. Debió haberlo enviado desde Vittorio Veneto, cuando de camino de regreso al Winkler anunció que le apetecía chocolate, frenó el coche en la plaza principal y me pidió que la esperara. “Al diablo, no hay Peruggina”, había protestado al regresar dándole al arranque del Fiat Punto, muy contrariada porque no había encontrado sus bombones baci. Como la ciudad es pequeña habían desviado el telegrama a Roma y ahora estaba en mi regazo, manchado por algunos goterones de mis lágrimas.
Leí y releí el telegrama varias veces, hasta que las palabras se me grabaron en la memoria. Ardía en deseos de llamarla, pero me contuve a duras penas. No sólo porque habíamos quedado en que lo haría ella, sino porque me protegía de la decepción de que hoy tampoco respondiera. Pero estaba exultante y quería compartir mi alegría. Así pues, marqué su número para agradecerle el precioso regalo, pero una vez más estaba fuera de cobertura. Llamé entonces a Alicia. Puede que pecara de ingenua, pero pensé que al ser heterosexual como Eva podía acceder a sus sentimientos mejor que yo y darme una opinión sobre los acontecimientos más serena y concreta que Esteban, por ejemplo, quien probablemente se mostraría tan eufórico como yo pero me recomendaría estar alerta sin especificar el presunto peligro. Quería ver la otra cara del espejo, no mi propio reflejo. Tras esperar unos largos segundos atendió su marido. Tenía voz de pocos amigos.
—Hola, Paco, buenos días, soy María. ¿Está visible Alicia o ya se ha ido a la consulta?
Por el gruñido de malavenida me di cuenta que había bronca. La voz temblorosa de mi amiga me lo confirmó.
—Hola, cariño, ¿qué te cuentas? —me saludó entrecortadamente.
—Llamo en mal momento, ¿no? Y supongo que no puedes hablar...
—¡Ah, sí, los libros, me los dejé en tu casa! Oye, te lo agradezco, creí que los había olvidado en el taxi.
—Llámame en cuanto puedas, Ali, si no estoy aquí prueba en casa de mis padres. ¿Me lo prometes?
—Claro, no es que me corra prisa, pero tengo que preparar una ponencia y necesito consultar unos datos. Ya te llamaré, ¿de acuerdo?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:46 pm

—Cuídate mucho —le pedí antes de colgar.
Alicia no podía seguir así, era evidente. Ponerle el punto final a una relación de amor es algo muy difícil de llevar a la práctica, pero la pregunta de oro era a qué le estábamos llamando amor. Éste era el nudo central de mis largas charlas con ella. La historia de su pareja era similar a la de tantos matrimonios. Paco había sido un abogado brillante protagonizando la defensa de varios casos que adquirieron notoriedad. Se casaron muy enamorados, Alicia iniciaba su despegue como médica y él estaba ya en lo más alto de su carrera. Algunos gruesos fallos consecutivos en la judicatura hicieron mella en su credibilidad y en su orgullo, y pese a la ayuda incondicional de Alicia se desplomaba psicológicamente a pasos agigantados.
Paralelamente, ella adquiría solidez en su profesión, acudían cada vez más pacientes a su consulta y muchas publicaciones y organismos internacionales solicitaban sus opiniones. Acudía a congresos de medicina naturista, algunos de sus trabajos recibían premio tras premio y su nombre figuraba entre los más reputados dentro y fuera del país. Él, que llevaba muy mal su fracaso, no supo encajar este éxito creciente y, en lugar de responsabilizarse de sus propios conflictos y buscarles una solución, los traspasó a la pareja como quién deposita un pesado fardo en manos de otro para que lo acarree en su lugar.
“Yo sigo amándole —insistía Alicia—, y tarde o temprano volverá a ser quien era.” “¿Pero qué amas en él? —era mi pregunta—. Te culpa de sus traspiés, no soporta tu momento dulce, te exige sobreprotección como un niño, quiere que vivas sus conflictos por él, no es solidario ni cómplice y ejerce una crueldad a todas luces injusta hacia ti. ¿De qué amor me estás hablando?”
—Tú no entiendes de amor —me había descalificado el día antes de mi partida a Italia llorando con más amargura que de costumbre.
—Si te refieres a querer a alguien de la catadura de Paco, por supuesto que no. Y me parece increíble que me consideres inválida o inhabilitada para el amor — contraataqué dolida. Alicia había estado muy cercana a Lisa y a mí y más de una vez había confesado la envidia que sentía por “el dos de oros”, como solía llamarnos. —Con Lisa nos amamos profundamente, atrévete a negarlo — proseguí—. Y estoy convencida que la relación funcionó porque fuimos sinceras con nosotras mismas, no nos ocultábamos los sentimientos y por supuesto no pretendíamos que las sombras personales fueran responsabilidad de la otra ni mucho menos que les diera solución.
—Paco también me ama, lo que pasa es que está muy confuso —alegaba Alicia—. El caso Roca Guzmán se manipuló a propósito para desprestigiarle definitivamente y eso terminó por hundirle.
—Lo que quieras, pero no sigas justificándole. Tu marido se nutre de ti como una hierba parásita, y eso es egoísmo, incompetencia, necesidad o envidia, pero no amor. Cuando no recibe el alimento que necesita se revuelve contra ti. Y si no échale otra ojeada al moretón que tienes en la mejilla.
Redobló su llanto.
—Pero vamos a ver, Alicia... ¡Esto es increíble! He escuchado muchas veces tu concepción holística del ser humano, he leído tu libro sobre la importancia fundamental de la mente en la armonía del cuerpo y el espíritu, crees que la energía no fluye si la mente está disarmónica y que el trabajo de centrar la energía corresponde exclusivamente a la persona enferma. Si mal no recuerdo, según tú, el rol del médico consiste en aportar los toques necesarios para que se recuperen, y la salud y la autoestima.
—No está mal, hasta podrías dar la conferencia del jueves por mí... —sonrió entre lágrimas.
—¿Entonces puedes explicarme por qué no te aplicas el cuento, tonta de baba?
Claro que no podía. Era como reprocharle a un terapeuta muy eficaz con sus pacientes que no supiera ni pudiera resolver su propia neurosis. Como tampoco podía justificar el hecho de que, siendo una feminista convencida, tolerara y hasta justificara la violencia moral y física de su marido.
—Que no es amor, Alicia, convéncete. Se llama enganche, dependencia, locura o lo que prefieras, pero lo que intentas mantener no es amor ni nada que se le parezca. Deja ya de romperte la cabeza intentando comprender las razones de Paco y procura buscar en ti misma alguna luz que te explique por qué toleras una situación tan degradante. A lo mejor descubres que eres masoquista y te va la marcha, mira por dónde... Hay un viejo refrán que Stefano suele decir: “La culpa no la tiene el cerdo sino quien le da de comer”. Un poco vulgar pero ilustrativo. La respuesta al sufrimiento en tu relación está en ti, no en él.
—Tú no lo entiendes...
¡Y dale que te pego! Estaba enceguecida y atrapada en una maraña de contradicciones y no podía siquiera echar una mirada a su interior con un mínimo sosiego. Le ayudé a maquillarse el morado y se fue algo más calmada.
“Es una lástima que Raquel y su novia Eli no vivan en Madrid para echarle una mano y hacerla entrar en razones. Estoy segura de que con su experiencia sabrían apoyarla mucho mejor que yo o cualquiera de los amigos”, me lamenté tras colgar el teléfono, un tanto preocupada por lo que estaba pasando en casa de Alicia.
Volví al telegrama, aunque ya lo sabía frase a frase. Hacía poco más de veinticuatro horas que no veía a Eva y el deseo de abrazarla y mirarme en sus ojos era imperioso. ¿Por qué su móvil estaba siempre fuera de circulación? Apunté mentalmente consultar con Alicia las bizarras conductas de Eva, tal vez me aportara algunas pistas. No tengo experiencia amorosa con heteros, pero estaba descubriendo que se comunican de manera distinta a las lesbianas y quería aprender las claves.
Procuré ocuparme con el resto de correspondencia, pero mi mente y mi corazón estaban en otra cosa. Imposible centrarme. Eva. Estaba y no estaba, era ausencia y presencia, hacía y deshacía a su antojo y yo le estaba yendo a la zaga. Volvió a sonar el telefonillo del portal y esta vez atendí yo. Era la compra del Corte y decidí que me encargaría en persona de poner orden en la cocina. Necesitaba actividad manual, aunque fuera algo tan simple como apilar botes en la alacena.
Lo hice canturreando una canción que arrasaba en Italia y cuyo estribillo repetía hasta la saciedad “sono io, sono tu”. Cuando acabé de meter a presión el último congelado en las gavetas de la nevera mi cuerpo seguía pidiéndome guerra. Por lo visto esta tarea resultaba demasiado descafeinada como para consumir la energía que me desbordaba. Loli me miró con fiereza cuando entré en el dormitorio.
—Tranquila, sólo vengo a ponerme el chándal y me largo.
—Es que estoy encerando —se quejó— y las pisadas luego no hay manera de quitarlas.
Me cambié en un momento, me calcé unas zapatillas y bajé por tercera vez en la mañana. Sentía bullir mis células como una locomotora y, en cuanto giré a la derecha por General Pardiñas y llegué a Alcalá, no me aguanté y eché a correr. Entré en El Retiro a gran velocidad por el paso subterráneo de Príncipe de Vergara y no paré hasta el Palacio de Cristal. Tumbada boca arriba en la hierba que rodea al estanque tardé unos minutos en recuperar el aliento, porque el corazón se me salía por las orejas. Era una mañana maravillosa y la hierba aromatizaba el aire húmedo alrededor de mi cuerpo. Desde mi posición veía cómo las copas de los árboles se unían allá arriba formando una cúpula verde, charolada y brillante, por donde se colaban retazos azul celeste del cielo. El silencio era casi total.
—Te amo, Eva. Te amo, te amo, te amo —declamé en voz alta, arrebatada.
Nadie me oyó, a excepción de un par de patos descoloridos que graznaron su aprobación desde el estanque.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:47 pm

El comedor del chalet de mis padres no sólo es más grande de lo normal sino sumamente acogedor. Posee el encanto indefinible de los espacios muy vividos y sentidos, no en vano hacía veinte y pico de años que mantenían el mismo domicilio. Me gustaba especialmente ese aspecto de casa rural y poco acartonada, con sus muebles de estilo provenzal, abundantes telas de cretona en las ventanas y tapicerías y un gigantesco aparador multiuso que ocupaba una pared entera, cómodo y dispuesto con todo lo necesario para una multitud de comensales, aunque pocas veces reunían a más de cinco personas a la vez a excepción de los cumpleaños y las Navidades.
Como ya era habitual, en cuanto llegué y tras los besos de rigor ambos empezaron a tirar de mí reclamando mi atención, y yo sentía que mis miembros se transmutaban en resortes repartiendo mis atenciones a partes iguales. Supongo que es una prerrogativa de las hijas únicas, algo así como un impuesto que debo pagar porque por mutua decisión la descendencia había finalizado conmigo. Mi madre insistía en que admirara la flamante vitrocerámica que acababan de instalar y me atraía hacia la cocina, aunque yo sabía que era una excusa para interrogarme a placer sobre mis buenas nuevas. Por su parte, Stefano procuraba llevarme a su sanctasanctórum, un estudio muy espacioso tapizado de librerías colmadas, con idénticas intenciones.
Yo había aprendido desde pequeña a evadir la pregunta adulta de si quieres “más a mamá o a papá” porque pronto me di cuenta que a mis padres les ponía muy nerviosos. La disyuntiva residía en ellos y no en mí y en realidad la cuestión era a la inversa: ¿Virginia quería más a María que Stefano, o era éste quién amaba más a su bimba? Astuta, yo sacaba buen provecho de la situación y me dejaba requerir, mimar y sobornar por los regalos y atenciones de ambos. A estas alturas de mi vida manejo esta dicotomía como una experta, así que eché un vistazo a la nueva cocina y aproveché para transmitirle a mi madre el consejo de Alicia sobre el uso del color naranja, hice una parada en el estudio de mi padre y añadí una gira por todo el chalet para que ninguno se ofendiera más de la cuenta, a pesar de que la fama de celosa se la llevaba mi madre.
Mi ex casa es entrañable. Me encanta su distribución en dos plantas, las generosas dimensiones de los cuartos, los ventanales que dan al jardín que la circunda, su gran escalera curva de madera y el olor a pino y gardenias que le es consustancial. La que fuera mi habitación se mantenía intocada, supongo que en la secreta esperanza de un hipotético regreso al hogar. Un comentario aquí, una pregunta allá y un par de bromas oportunas fueron alargando la conversación para el momento de la comida.
Les gustaba compartir las tareas de la casa y habían cocinado a medias. El gazpacho era obra de mi madre, madrileña de Lavapiés, pero que había vivido varios años en Ronda por un traslado del trabajo de su padre y era una gazpachera de lujo. Los scalopini al limón especialidad de mi padre, y de postre una tarta de trufas y nueces al gusto de ambos que compré en La Mallorquina de la Puerta del Sol aunque me quedaba bastante a trasmano. La comida transcurrió como de costumbre. La mesa colmada, los platos desbordantes, la puesta al día de las novedades domésticas y familiares y muchas risas entremedias. Entre el primer y el segundo plato les hablé de Eva. Escucharon en silencio e hicieron pocas preguntas.
Aprecio infinitamente la solidaridad activa de mis padres con mi identidad amorosa, tanto más si me comparo con otras lesbianas a las cuales les cuesta rupturas familiares, exilio afectivo, desprecio y humillación y hasta torturas, como era el caso de Diana. Yo me había sincerado con ellos siendo aún adolescente, en cuanto asumí que mis sentimientos por Tina eran diferentes a la amistad. Tenía diecisiete años y no fue fácil decidirme, pero les amo y necesitaba su apoyo para hacer frente a una situación de rechazo social, ya que advertí pronto que este amor diferente era considerado un estigma.
Pese a mi inmadurez comprendí su primera reacción de asombro y hasta de disgusto. Después de todo y como heterosexuales, tenían sus planes para su única hija. Un yerno amable y buena gente, un matrimonio feliz, nietos y un cómodo envejecer sin sobresaltos. Pero eran inteligentes y encajaron la distorsión a sus proyectos con la misma honestidad que me habían inculcado al educarme, y a partir de ese momento hicieron borrón y cuenta nueva. Soy consciente de lo envidiable de mi situación, porque ahora podía hablarles de mi encuentro con Eva casi como a amigos, con las naturales reservas. Querían los grandes rasgos, no los detalles. Saber si me sentía feliz, si era un vínculo creativo y si pensaba que mi elección era la correcta, por ejemplo. Habían sido testigos de mis anteriores relaciones, aún recordaban a Raquel y habían querido tiernamente a Lisa acogiéndola como a una hija más, tal vez por el hecho de que nunca me habían visto tan dichosa con una pareja estable. Cuando murió la lloraron con sentimiento e hicieron lo imposible por aliviar mi duelo, que era también el suyo.
—Se te ve feliz, mi amor, y eso es lo que importa, ¿verdad, Stefano? —comentó mi madre tras escuchar atentamente mi historia y servirme scalopini por tercera vez ignorando mis gestos de rechazo.
—¿Crees que la muchacha posee buenas cualidades?
¡Mi padre! Tenía una educación tradicional y su pregunta era la que se supone ha de hacerse a una hija que anuncia su noviazgo y posterior compromiso con Perico de los Palotes. Con mi madre existía esa complicidad entre mujeres que nos facilitaba el entendimiento, pero con Stefano el código era otro, y precisamente el hecho de que siendo quien y cómo era me respetara sin dobleces hacía que le valorase tanto como persona. Estoy segura que si por él fuera habría seguido el rumbo convencional de un interrogatorio paterno, interesándose por la solidez profesional de Eva, su capacidad económica, sus cualidades morales y su salud, amén de averiguar los antecedentes de su familia y la formalidad de sus intenciones amorosas. Le seguí la corriente.
—Creo que sí es de buen fondo, a mí me parece una mujer estupenda. Estudió en el Liceo Francés, ¿sabes? Y su familia vive en la colonia de El Viso, gente de dinero...
Pareció complacido por el dato, pero rápidamente se dio cuenta de la sutil ironía que encerraba la respuesta y se puso colorado hasta las orejas.
—Soy un chapado a la antigua, ¿eh, ciccia?
—Sólo un pelín, pero eres adorable — dije poniéndome de pie y estampándole un beso en la frente.
—¡Ya estamos, las palomitas arrullándose! —protestó mi madre poniendo morritos—. Como si yo no hubiera dicho nada agradable de la chica.
Fui hacia ella y la abracé por la cintura meciéndola como a una criatura.
—Y tú un cielo de primavera, la madre más guapa, lista y buena que me pudo tocar en el sorteo anual de cigüeñas. Si es que debería peregrinar a Lourdes para agradecer mi suerte...
—Sí, sí, ahora ven con zalamerías, creerás que soy fácil de contentar —se enfurruñó manifiestamente complacida por mis efusiones.
Mi padre se moría por contarme lo que me había anticipado por teléfono acerca de su actual investigación sobre las membranas cerebrales, y una vez más hube de reconocer que era una personamadmirable. Estaba interesándose seriamente por las más modernas concepciones del funcionamiento neurológico, aquel que proviene de la física cuántica y echa por tierra las arraigadas teorías de las localizaciones cerebrales, tan antiguas como el polizón.
—Verás, tesoro, cada vez me convenzo más de que los neurólogos veníamos actuando ciegas y que hemos cometido barbaridades de diagnóstico y tratamiento. Estoy leyendo varios libros apasionantes en los que se sugiere que la información que recibimos a través de los sentidos se procesa como un holograma, es decir, cualquier parte de la corteza o los otros componentes del sistema nervioso son capaces de reproducir la información en su totalidad incluso a partir de una sola neurona. —Hablaba con tal apasionamiento que hasta se olvidó de comer, y eso a pesar de ser un férreo defensor de la teoría de que un scalopino frío hay que echárselo al gato.
Eso de que el cerebro es como un ordenador se queda muy corto, por no decir que la comparación no tiene nada de acertada —siguió explicando con ardor —. No se trata de una sencilla opción binaria que va a parar a un lugar concreto de un lóbulo, por ejemplo, sino que se dispersa por toda la masa cerebral y medular y cualquier segmento, ¿comprendes?, cualquier segmento por ínfimo que sea puede sustituir y reconstruir la información de otro dañado. ¿No te parece una posibilidad fascinante?
Claro que me lo parecía, había leído sobre el tema por consejo de Alicia y si bien sólo había podido captar el grueso de las ideas porque era poco accesible a los profanos, intuía la exactitud de las afirmaciones y propuestas. Lo sorprendente era que Stefano estuviera abierto a una concepción holística tan revolucionaria que ponía patas arriba todo el cuerpo conceptual que había defendido y llevado a la práctica hasta ahora.
—Se necesita coraje para decir lo que estás diciendo, babbo, y una honestidad a prueba de balas. No cualquiera cambia radicalmente sus concepciones y más si van contracorriente.
Mi aprobación le halagó, porque se ruborizó y bajó la cabeza para no delatar su sonrisa de satisfacción. En cambio preguntó por Diana, la amiga de Silvia. No había novedades, seguía en estado vegetativo. Meneó la cabeza contrariado.
—A lo mejor puedes curarla tú con eso del holograma, cariño —apuntó mi madre aportando el toque de su incombustible optimismo. Para ella no había causas perdidas, y tenía esa sapiencia natural de buscarle el lado bueno a la circunstancia más desesperanzadora. “Éstos sí que son el dos de oros”, me enternecí mientras observaba cómo enlazaban sus manos por encima del mantel y se enredaban en una mirada amorosa.
Nos disponíamos a atacar el postre cuando sonó el teléfono. Como de costumbre atendió mi madre, esta vez desde la cocina, porque la timidez de Stefano le hace tartamudear y sólo utiliza el aparato en caso de emergencia. Oí su voz amable decir “Un momento, ya se pone” y regresó al comedor mirándome con ojos chispeantes.
—Es para ti.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:47 pm

—¿Para mí? Qué extraño... ¡Ya! Ha de ser Alicia.
—No —respondió haciéndole un guiño cómplice a mi padre—. Es Eva. Tiene una voz preciosa y parece muy bien educada.
Hubiera querido ser más mesurada, pero lo cierto es que me precipité a la cocina tropezando de camino con el aparador.
—Hola —dije frotándome el muslo dolorido por el golpe. Y ya no supe cómo seguir.
—Hola —repitió. Breve silencio—. Dejaste este número en tu mensaje del contestador y me he permitido llamar. ¿Te molesta?
Me había olvidado por completo de ese detalle. Una vez más, y por un instante, había pensado que era maga.
—Estoy en casa de mis padres, como ya te habrá notificado mi madre.
—Que por cierto es muy simpática. Quiero verte, María, no aguanto un minuto más.
—Ni yo. Recibí tu telegrama. Es, es... —No encontraba las palabras adecuadas y escuché su carcajada cortándome.
—Digamos que es. ¿Sí? He pensado que podríamos vernos, estoy con el coche, no sé, dar una vuelta...
Sentí un golpecito en mi hombro y me di la vuelta. Mi madre me pedía por señas el auricular y negué cabeceando enérgicamente, pero cualquiera puede con Virginia puesta en acción. Se dirigió a Eva con toda naturalidad.
—Estamos a punto de cortar una tarta buenísima que ha traído María. Es de trufas, ¿te gustan? Si te apetece puedes venir a tomar el café con nosotros, estaríamos encantados.
Le quité el auricular con bastante brusquedad. Por Dios, ni que yo fuera una chiquilla y se viera en la obligación maternal de invitar a las compañeras del colegio al cumpleaños de la niña.
—Oye, Eva, no te sientas en un compromiso, mi madre es una plasta.
—De plasta nada, y dile que acepto la invitación de mil amores.
—¿Vas a venir? —pregunté espantada.
No me lo esperaba, y sentí emoción y pánico al mismo tiempo. “Creo que soy aún más tradicional que Stefano. Esta presentación formal a mis padres me parece muy precipitada.” La idea pasó como un rayo por mi mente. A Eva, por lo visto, le parecía de lo más natural.
—¿Dónde estás?
—En la Colonia de la Fuente del Berro. ¿Sabes por dónde cae?
—Perfectamente. Dame la dirección y en quince minutos estoy ahí.
Le indiqué cómo llegar y dije que la esperaría en la calle, por si se perdía.
—Ya estoy perdida —sentenció antes de colgar.
Cuando vi girar su Peugeot 106 por la calle Antonio Toledano mi corazón dio un vuelco. Venía a bastante velocidad, y al verme frenó en seco al mejor estilo rally. Yo había salido a la puerta apenas cortada la comunicación porque no sabía qué hacer durante la espera. Parecía una quinceañera ilusionada. Mi nerviosismo no era normal, pero nada de lo que nos había sucedido hasta ahora lo era, y esta simple constatación me valía de excusa. Apagó el motor y se quedó mirándome, apoyada en el volante. Yo de pie, inmóvil, a un metro del coche. De haber presenciado la escena, Silvia hubiera dictaminado:
“Pretty woman, Julia Roberts se está ligando a Richard Gere.” Abrió la puerta del pasajero y con un gesto me invitó a subir. Estábamos delante de la casa de mis padres, todo el barrio me conocía pero me importó un bledo. Monté en el coche y nos abrazamos con vehemencia. Me colmó el rostro con besos húmedos y entrecortados como losmde un bebé y cuando las bocas se encontraron nos besamos sin respirar, como si no pudiéramos separarlas. Rodeémsu cara con mis manos y la miré extasiada.
—Te amo, Eva.
—Te amo, María. —Y volvió a besarme.
Si no hubiera visto con el rabillo del ojo que la cortina de la ventana del chalet se entreabría unos centímetros, seguramente habríamos hecho el amor en el coche. Haciendo un gran esfuerzo de autodominio le recordé que nos esperaban. Se miró en el espejo retrovisor, se pasó la lengua por los labios y se arregló el pelo. Estaba más hermosa que anteayer, si eso era posible. Cuando por fin entramos yo había recuperado algo de mi aplomo. No hizo falta que actuara de presentadora, porque mi madre se acercó a ella con los brazos abiertos y le dio un par de besos.
—Qué amable por tu parte el venir, Eva. Encantada de conocerte. Te presento a Stefano, mi marido —y añadió con una risita como si la hubieran pillado en un renuncio— y padre de María, claro...
Eva correspondió con idéntica efusión:
—Virginia, ¿verdad? Gracias por la invitación, son ustedes muy amables. — Luego se dirigió hacia mi padre, que se había quedado de pie tieso como un ciprés al lado de su silla, y le tendió la mano—. Eva Zamorano. Es un placer conocerle, señor Corradi.
—El gusto es mío, señorita. —Y con una leve inclinación de la cabeza devolvió el apretón de manos.
—Llámale Eva, hombre, no seas tan ceremonioso —señaló mi madre, que ya estaba disponiendo platos y cubiertos y vertía el café que bullía en la cafetera en las respectivas tazas. Había sacado la vajilla para las grandes ocasiones, la de porcelana inglesa de color blanco con filetes dorados que durante todo el año duerme el sueño de los justos en el aparador. Invitó a Eva a que se acomodara a mi derecha, indicó con una mirada a Stefano que volviera a sentarse en su sitio y me ordenó sin palabras que cortara la tarta tendiéndome la paleta de plata. Su solicitud y el despliegue de cortesía me encantaron.
Recibían a mi nueva amiga con todos los honores, pero esa mezcla de formalidad a base de vajilla de la “buena” y familiaridad un tanto excesiva me pareció muy divertida y distribuí las porciones aguantando la risa. Miré de reojo a Eva buscando su complicidad, pero parecía apreciar la cualidad de la bienvenida y se comportaba como una marquesa citada por primera vez a palacio.
“Los postres se desarrollaron en un clima de gran cordialidad entre los presentes”, habría descrito Esteban bromeando con el símil palaciego. Eva respondió con su indudable encanto a las preguntas que se le formularon sobre su estancia en Italia, su trabajo como segunda de a bordo en una galería de arte y una breve pero muy selecta descripción de su familia.
Cuando aceptó una segunda porción de tarta aproximándome con educación su plato ya era un hecho que se había metido a mis padres en el bolsillo. En un momento dado Stefano me acarició la mano con un mimo de aprobación y mi madre me sonrió abriendo y cerrando los ojos, que era su gesto mudo de decir: “Sí, me gusta”.
El comportamiento de Eva era impecable. Se interesó por la salud de mi madre aprovechando la información que yo le había proporcionado sobre su hipocondría y bien consciente de que era la pregunta ideal para alguien que no ansía otra cosa que describir con lujo de detalles su surtido catálogo de síntomas y arrechuchos. A mi padre le obsequió con un piropo de altos vuelos acerca de la importancia de la neurología, a la que calificó de “la especialidad fundamental de la medicina, sin la cual las otras poco podrían hacer”. Total, que se apuntó un diez y matrícula de honor, y yo me sentía orgullosa de ella, a pesar de que la sensación de parodia seguía rondándome y a duras penas podía contener la risa. Culminó su actuación insistiendo en colaborar con mi madre en levantar la mesa y fregar los cacharros.
—Permítame que la ayude, Virginia...
—¡Ni hablar! —rechazó ella sonriendo de oreja a oreja—. Eres nuestra invitada, y además lo hace todo el lavavajillas... Y por favor, Eva, llámame de tú, todos los amigos de María me tutean. Nena —me sugirió—, muéstrale la casa a esta niña.
Eso significaba que quería quedarse a solas con mi padre y comentar las novedades con entera libertad. Invité a Eva con cierta formalidad a que me siguiera escaleras arriba, contagiada por la atmósfera mundana que flotaba en el ambiente. Subimos directamente a la segunda planta. Eva había susurrado en mi oído “quiero ver tu habitación” y allí fuimos. Cosita, la pequeña mona de peluche vestida de tirolesa que custodia la cabecera de mi cama desde los viejos tiempos, asistió con su único ojo impávido al abrazo calenturiento que nos habíamos prometido tácitamente desde que Eva había pisado la casa.
Tras saciarnos de besos, Eva curioseó con desparpajo todos los rincones de la habitación, que por otra parte no tenía nada de especial, salvo el valor afectivo que me recordaba una infancia y una adolescencia muy felices. Miró por la ventana que daba al jardín, abrió las puertas del armario, los cajones de la pequeña cómoda de pino, palpó la tela de la colcha de broderie y sonrió ante el enorme póster de Faye Dunaway que abarcaba casi la mitad de una pared.
—A mí también me gustaba horroresmesta tía, pero al final colgué a Robert de Niro, ya ves.
Quedó prendada de una foto mía de cuando tenía unos seis años. No estaba enmarcada sino simplemente enganchada al espejo de la cómoda, y me habían sorprendido en el momento en que descendía por un tobogán, despatarrada y con cara de susto alborozado. Sin más se la metió en el bolsillo.
—Me la quedo, estás divina.
—No seas tímida, Eva, si te gusta me la pides y te la regalo con sumo placer —me burlé de su frescura. La pérdida no me importó demasiado, sabía que había una segunda copia en algún otro sitio de la casa y no dejaba de halagarme que María niña le pareciera tan graciosa. Volvió a mirar la foto con detenimiento y comentó:
—Estás para comerte...
—Toda tuya —ofrecí abriendo los brazos como la estampa de una mártir. Me examinó de arriba abajo con aspecto de volcán a punto de estallar y se fue aproximando a mí con pésimas intenciones.
—Por favor, no, es la casa de mis padres, un respeto...
—Pues entonces no provoques, buscona... —dijo con su voz más grave y autosuficiente. Le faltó sentenciar a la par que mascaba un trozo de tabaco: “No quiero hacerte daño, muñeca”.
La paseé por el resto del chalet y le gustó todo lo que veía, incluidas las enormes bañeras de porcelana con patas de león que había en los dos baños de la planta superior. Elogió la holgura y comodidad de las habitaciones y en especial de la cocina, el buen gusto de la decoración en general y el ambiente cálido que rezumaba la vivienda. Mi madre se la llevó al jardín y por las ventanas yo escuchaba sus frases de cortesía apreciando las rosas tardías, el hermoso color añil y fucsia de las buganvillas y la copa rotunda y preñada de flores del magnolio que —explicaba mi madre— habían plantado el día de mi nacimiento.
La amaba. Amaba que me amara y extendiera su afecto a mis padres, a la casa que fue mía, a los objetos que quiero y a los recuerdos que conservo intactos en mi memoria. Ansiaba estar a solas con ella y con todo tacto la distraje de los requerimientos de mis padres, que parecían tan embobados como yo con mi nueva amiga, y anuncié que teníamos que marcharnos. La invitaron reiteradamente a futuras visitas y lo agradeció con gentileza.
—Nos das un toque y te vienes cuando quieras —le dijo mi madre cuando ya nos despedía en la puerta—. Y también tienes que conocer la casa de El Escorial. Quedas con María y si te apetece subimos a la sierra y comemos todos juntos.
Stefano también la acompañó hasta la puerta, y ante mi estupor le dio un beso en la mejilla.
—Les has caído de dulce —comenté apenas puso en marcha el motor y aún correspondíamos a mis padres, que no cesaban de mover los brazos en señal de saludo.
—Y ellos a mí. Tienes los padres que todas quisiéramos tener y he pasado un rato estupendo con ellos y con su digna hija —me halagó mientras maniobraba para salir a O’Donnell. Llegábamos ya a la esquina con Doctor Esquerdo cuando preguntó—: ¿Qué hacemos? ¿Te apetece un paseo por el parque del Oeste?
—Tú y yo nos vamos a la cama, eso está clarísimo. Así que tira por O’Donnell, cuando llegues a Narváez gira a la derecha y en Felipe II te metes en el parking de El Corte Inglés —decidí sin dejar resquicio a duda alguna—. Si estás de acuerdo, claro...
—Cualquiera se niega, milady — contestó. Y en una exhibición de pericia me acarició el muslo a la vez que frenaba ante el semáforo y maniobraba con la palanca de cambios dejándola en punto muerto.
Resultaba extravagante la presencia de una Eva desnuda recorriendo mi apartamento con la actitud de una abeja reina que pasa revista a la colmena. Hasta este momento sólo había conocido el tacto suave de mis sábanas y la comodidad del colchón en su punto de dureza justa como para no hundirse ni poco ni demasiado. Había podido echar una ojeada rápida al conjunto cuando llegamos de casa de mis padres y fuimos directamente a mi dormitorio. Pero después de unas cuantas horas de reencontrarnos en el amor, tan sólo interrumpidas por algún corto descanso para beber algo, Eva quiso inspeccionar “la cueva de Aladina” —así bautizó a mi casa— y se dedicó a rastrear con una minuciosidad de perito habitación por habitación y objeto por objeto.
Me apresuré a correr las cortinas del salón porque había anochecido hacía rato y, como Eva había iniciado su ronda precisamente por la parte delantera de la casa no quería que los vecinos presenciaran el espectáculo de dos mujeres paseando su humanidad vestidas sólo con su piel. Yo seguía sus evoluciones sin estar muy segura de quién era la anfitriona y quién la huésped. Si algún adjetivo calificaba a Eva con precisión era el de descarada.
—Tienes buen gusto —dijo tras una minuciosa comprobación—. Un salón cómodo, sin grandes lujos, bastante grande como corresponde al barrio y decorado con sencillez y elegancia. Entras de la calle y ya estás en él, nada de halls, eso me gusta, es muy hospitalario. Esta lámpara art decó es un primor, la mesa sobria y coqueta y al tresillo no le vendría mal un nuevo tapizado. La mesilla baja es una preciosidad, ¿dónde la compraste?
—En el Rastro.
—Un encanto. Televisor de veintiocho pulgadas, qué gozada... Canal satélite, DVD, no se priva de nada la señora. Una reproducción bastante buena de Tàpies y otra de Las cabinas telefónicas de Richard Estes. A ese otro hiperrealista que está sobre la mesa no lo conozco. Maderas, mimbres, algo de metal, poco plástico, telas suaves... Muy bien, ya lo creo.
Había decidido dejarla hablar sin intervenir. Sentía una curiosidad morbosa por saber qué vibraciones percibía de la casa. Se detuvo ante una partitura abierta enmarcada en madera clara y leyó en voz alta:
—Fantasía Impromptu en do menor opus 66, Frédéric Chopin. No hay firma del autor. ¿De quién es este cuadro?
No pude evitar una sonrisa ante su error.
—No es una pintura, Eva. Es una auténtica partitura para piano.
—¿Y qué hace aquí colgada?
—Es la primera obra importante que Lisa interpretó en Oviedo cuando comenzaba su carrera y nos gustó la idea de darle un lugar de honor.
Me miró de reojo y volvió la espalda a la pared.
—Entiendo. Como los yanquis, que enmarcan al primer dólar ganado con el sudor de su frente.
El comentario era bastante ramplón, pero lo pasé por alto. Le tocaba el turno de revista a la cadena de alta fidelidad y a la música. Aprobaba o desechaba con la cabeza título por título. Cogió un CD al azar. Era uno de REM. Hacía tiempo que no lo oía pero en su momento me había gustado mucho.
—L y M. ¿Todas las pertenencias en común llevaban iniciales?
—Oye, Eva, si te vas a poner así...
Era la imagen del candor cuando preguntó.
—¿Así cómo? Querida, sabes de sobra que la curiosidad puede conmigo, pero si te resulta violento que conozca tu casa me lo dices y dejo de hacer...
No era eso. Me halagaba su interés por mí y por mi entorno y lo vivía como un inequívoco síntoma amoroso. Pero había cierto retintín en sus comentarios que me fastidiaba. Sin embargo me apresuré a tranquilizarla.
—En absoluto, estoy disfrutando no sabes cuánto de tu fisgoneo. O sea que el salón está bien. ¿Le das tu aprobación?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:48 pm

—Verás, la decoración de una casa es algo superpersonal, y seguramente yo cambiaría la distribución de los muebles, pero a ti te pega. Es mono, juvenil con toques clásicos, el espacio está utilizado con inteligencia, da sensación de relax y tiene detalles de buen gusto. En síntesis, que se te parece. Y ahora voy a besarte porque me apetece.
Enlazó mi cintura con sus bien torneados brazos y me besó con ardor. Su cuerpo emanaba un tufillo acre a sudor tenue mezclado con atisbos de First que me trastocaba los sentidos. Quise atraerla hacia la alfombra pero se desasió con suavidad.
—Eres insaciable, ¿eh? Sé buena, dame una tregua y déjame seguir con el recorrido. Quiero conocer a fondo el hábitat de mi animalita predilecta.
Dicho lo cual enfiló hacia la cocina, a pocos pasos del salón. De un vistazo decidió que era como todas, pero captaba un toque personal que aún no podía individualizar.
—Puede que ese estante con hierbas medicinales, cada una en su primoroso bote de barro y el nombre pintado a mano, o la rejilla de hierro forjado de la que cuelgan los cazos de cobre —aventuró.
Aprobó la alacena tan surtida, abrió la nevera y emitió un breve silbido admirativo.
—¡Amiga, qué bien te tratas! ¿Vas a dar una fiesta?
—Ya estoy de fiesta —dije pegando estrechamente mi cuerpo contra su dorso.
“¡Dios, es que me enloquece!”, reconocí avergonzada por mi excitación. Me despegué pudorosamente y desvié su atención hacia una sartén doble que había comprado hacía un tiempo y que permitía freír por ambos lados. La miró sin mayor interés y la devolvió a su sitio. “Se me notan demasiado los años que llevo sin hacer el amor —justifiqué mi lujuria mientras acariciaba con deleite el contorno de su cuerpo—: Procuraré moderarme, no sea que se espante.” Mi libido se había desenfrenado desde su puesta en libertad incondicional y estaba desbocada. Imposible sentir la cercanía de Eva y no desearla. Ella me había tomado el punto y coqueteaba conmigo convirtiendo en voluptuosos los gestos más triviales y en apariencia Ainintencionados.
Ahora mismo, por ejemplo, me provocaba con ese modo tan suyo de abrir la lata de Seven Up. Su dedo índice introducido morbosamente en la anilla, la otra mano apretando la lata con una fuerza leve, el tirón certero hacia atrás, la boca abierta adherida al agujero, el líquido fluyendo por su garganta... Nada escapaba a su percepción. Literalmente me leía el pensamiento. Conservó parte del contenido en su boca, me atrajo hacia ella y, besándome con deliberada lentitud, trasvasó gota a gota las burbujas dulzonas a la mía ayudándose con su lengua.
—Me vas a matar, Eva, imploro piedad... —pude decir semiahogada.
—¡Qué va! El Seven Up es bueno para el estómago. Cuido de ti, nada más.
Me apartó con suavidad, apuró de un trago el resto y sacó de la nevera un trozo de paté a la par que buscaba algo con la mirada. Adiviné su intención y le tendí una caja de crackers y un cuchillo. Me lo agradeció con una sonrisa y untó generosamente varias galletas usando su mano libre a modo de bandeja. Acto seguido enfiló hacia el pasillo mordisqueando con apetito. Yo detrás, como una pegatina. Me tenía acogotada y yo la dejaba hacer.
La habitación de huéspedes, mi estudio y tras un recodo el baño principal adosado a mi dormitorio abren todos hacia el pasillo. Loli había encerado y los suelos de parquet relucían al igual que los cristales de todas las ventanas. Mi estudio fue la siguiente parada. Es la habitación más pequeña del apartamento, pero me basta y sobra. Hayun generoso escritorio en el que cabe con soltura el monitor, el teclado y el teléfono fax. A su lado, una mesilla supletoria soporta la impresora láser.
—No eres muy dada a abarrotar las paredes de objetos —comentó tras acabar su aperitivo y escaneando la habitación en zigzag.
—No mucho. Además soy muy indecisa y no sé qué imágenes prefiero. Lo cierto es que me atrae más el vacío que las aglomeraciones.
Ahora miraba un portarretratos que había en la estantería blanca que ocupaba una pared por entero. Lisa mejillacontra contra mejilla, le sonreíamos a Ángela durante un veraneo en un camping de Amsterdam.
—Lisa, es evidente —fue su único comentario.
Había más fotos, y las contempló con detenimiento. Una de Lisa, expresamente hecha en el estudio de una conocida retratista para los programas de mano de sus conciertos. Estaba muy bonita, su cara seria enmarcada por un pelo negrísimo y lacio que le llegaba hasta los hombros, los ojos también negros y de largas pestañas un poco entornados por la intensidad de la luz del foco y ambas manos sujetando la barbilla. Su boca se inclinaba levemente hacia abajo en un rictus un tanto amargo. Eva contempló el retrato con detenimiento y volvió a dejarlo en su sitio.
—Me recuerda la permanente pesadumbre de Jeanne Moreau, he visto alguna de sus películas en el cine Doré.
—No creas, era muy dulce y optimista, nada que ver... —rebatí mirando la imagen con ternura—. Pero ya sabes que a veces las fotos tienen poca relación con la realidad.
—Y otras veces la realidad tiene poca relación con las fotos —sentenció. No alcancé a desentrañar la paradoja. O era demasiado profunda para mis entendederas o no quería decir nada. Con ella todo valía. Le entusiasmó una instantánea enmarcada en metal que colgaba detrás del ordenador.
—¡Pero qué guapa estás, darling, esta foto me la pido para mi mesilla de noche!
Sentada con las piernas recogidas sobre el muro que contiene al Cantábrico en San Vicente de la Barquera, Silvia había captado el momento justo en que una ola me salpicaba de espuma y yo me arrebujaba en mi anorak. Me complacía la espontaneidad del gesto, lo sentía muy mío y cuando escribía lo miraba con frecuencia.
—Le preguntaré a Silvia si aún conserva los negativos, tal vez pueda hacer una copia.
—¿Quién es Silvia? ¿Otra ex?
—Querida, ya te conoces mi currículum sentimental y me enorgullezco de no ser promiscua. O sea, poco pero bueno. Era amiga de Lisa, nos caímos divinamente y continuamos la amistad.
—¿Le has hablado de mí? —preguntó como por azar mientras echaba una ojeada al nutrido surtido de velas de colores que guardo en una caja de laca china.
—No lo he publicado en el dominical, si te refieres a eso, pero sí, le he hablado de ti a Silvia y otros amigos. Ya te dije que anoche vinieron a casa. Quieren conocerte. ¿Te gustaría?
Asintió con un vago movimiento de cabeza y con la atención en otra parte. En un instante fugaz su mirada me sobrecogió: las pupilas eran ahora de un intenso color oscuro y parecía sumida en la desesperación, como si dos agujeros negros de infinita energía se hubieran tragado sus ojos y todo lo que le rodeaba. Fue un tris, una nada, pero sentí un escalofrío inexplicable. Ella ya estaba indagando otra vez:
—¿Para qué tanta vela?
¿Para qué tanta pregunta? Empezaba a saber de mí más que yo misma, al tiempo, que yo seguía tan ignorante de muchos aspectos de su vida como al principio. “Ya está bien —me dije—, en cuanto deje un resquicio pido el turno de interrogatorio.”
—Me gusta encender velas.
—A mí también, sobre todo hacer el amor a su luz, como esta tarde...
—Además, cada color influye en los diferentes chakras y sus órganos correspondientes, y por supuesto en el espíritu. Por ejemplo —abundé—, si estás confundida por emociones contradictorias, una vela rosa pide por ti para que te serenes y veas las cosas claras. ¿Enciendo una?
—¿A quién o a qué se lo pide? ¿A Dios, te refieres? No sé, no sé... Tus teorías me convencen poco, y tampoco siento que mi espíritu esté muy convulso que digamos.
El mío sí lo estaba. Desde que salimos de casa de mis padres hasta este momento Eva no había mencionado nada personal. Si se había visto con Carlos, por ejemplo, ni por qué su móvil estaba siempre mudo, ni el más tópico comentario sobre qué había hecho desde que regresamos, por no mencionar la estremecedora mirada de hacía unos instantes. Pero mientras yo divagaba ella ya estaba en la habitación de huéspedes, ante una fotografía en blanco y negro ampliada al máximo que ocupaba casi media pared. La calidad no era buena porque había sido tomada en el interior del antiguo Liceo de Barcelona forzando la sensibilidad de la película, pero se veía a Lisa vestida de gala durante uno de sus conciertos mirando atentamente al director a la espera de sus indicaciones para entrar con su solo. Los miembros de la orquesta se intuían algo borrosos en segundo plano. Eva quedó como hechizada ante el cuadro y no podía apartar los ojos de él. Yo la observaba apoyada contra el quicio de la puerta. Ningún detalle de la imagen escapó a su atención, con esa concentración intensa que pocas veces había visto en otra persona. Ignoró mi presencia y meneó varias veces la cabeza en un gesto de negación.
—¿Qué ocurre, Eva? —sentí curiosidad—. La foto no es muy buena,pero...
Giró en redondo y se plantó frente a mí con los brazos en jarras y con talante retador.
—Esto no es una casa. Es un mausoleo —sentenció.
Dicho lo cual se marchó de la habitación evitando rozar mi cuerpo. Me quedé helada. Su actitud agresiva dejaba bien a las claras que no había sido un comentario pueril sino una descalificación en toda regla. La atmósfera de mi casa no le iba y punto. Enfiló hacia el dormitorio y la seguí, pero se tumbó en la cama cubriéndose con la sábana como una crisálida. Perpleja, reculé y busqué refugio en mi estudio. Encendí un cigarrillo intentando comprender el episodio a la vez que miraba sin ver la pantalla negra del monitor.
¿Qué estaba sucediendo? ¿A qué venía ese súbito enfado? Intenté bucear en mi cerebro en busca de respuestas pero estaba demasiado confusa. Yo también estaba enfadada. No, en rigor estaba dolida. “Esto no es una casa. Es un mausoleo.” Las palabras me habían golpeado en pleno corazón. Era obvio que la presencia simbólica de Lisa la había ofuscado sobremanera y no atinaba a comprender sus razones. Pero... ¿y las mías? ¿Por qué me había ofendido tanto su juicio sumario? Ya conocía sus estallidos de niña caprichosa y había tomado buena nota de algunos episodios virulentos. Como cuando se sintió espiada y redujo a trozos la postal destinada a Carlos para luego tenderme una celada en el Quadri en Venecia. Hoy su inclemencia se había extendido a mi casa, la burbuja que me cobija y construida a mi imagen y semejanza. ¿Por qué le estaba dando tanta importancia al hecho de que no le gustara?
De algo sí estaba segura. Deseaba quererla tal como era, y si alguna certeza había acumulado a lo largo de los años es que el amar lo agradable y fácil de la otra persona no tiene mayor mérito. “La grandeza del amor auténtico reside en aceptar la parte sombría y miserable que todos llevamos dentro”, me dije echando la ceniza del cigarrillo en el cenicero. La frase era un poco pomposa, pero me la perdoné dadas las circunstancias. Por otra parte, suelo ser pomposa, lo reconozco, qué remedio. “Quizá es verdad que Eva tiene algo de clarividente y lo que intenta hacerme ver es mi resistencia a cortar con el pasado”, especulé acto seguido buscando la mayor sinceridad para conmigo misma. Puede que no aceptara que Lisa estaba definitivamente muerta y perpetuaba con obstinación un vínculo imposible rodeándome de fetiches. Pero la realidad es como un diamante, y cada vez que le daba la vuelta en mi mente y encontraba otra faceta se me ocurrían nuevas interpretaciones.
Lo más factible era que las cosas fueran mucho más simples que toda esta morralla intelectual y que yo estuviera atrapada una vez más en mi consuetudinaria maraña de especulaciones. Una de las caras de la gema fue suficientemente elocuente como para que apagara el cigarrillo con determinación y en cuatro zancadas me plantara en el dormitorio, dispuesta a poner los puntos sobre las íes. “Eva, te amo, pero deberías contar hasta diez antes de hablar. No te consiento que me ofendas soltando lo primero que te viene a la boca.” Esta o alguna similar era la frase que había armado de camino y que pensaba arrojarle como un dardo concluyente. Ella se pondría de morros, o pediría perdón prometiendo que jamás volvería a disgustarme, puede que intentara explicarse con argumentos plausibles o que simplemente se vistiera, su orgullo herido, y se marchara de casa con la cabeza bien alta.
La crisálida había emergido de su prisión, estaba sentada en la cama apoyándose en todas las almohadas y cojines de los que había podido echar mano y se entretenía con uno de los crucigramas que guardo en mi mesilla de noche. Iba a decirle de carrerilla lo que traía preparado pero lo que sucedió excedía con mucho mi entendimiento.
—Faldas indias, seis letras... Tengo una a en el tercer espacio —disparó sin alzar la vista—. ¿Se te ocurre qué puede ser?
—Anacos —respondí mecánicamente dejándome caer a su lado sin dar crédito a lo que oía y veía. ¿Pero no se había enfadado de muerte hacía nada? ¿Y esta súbita serenidad de dónde le salía? Probó la palabra y le sirvió.
—¡Genial! Porque entonces la vertical es “aducir” y la i me viene de perlas para la horizontal “Región Alpina”: Tirol. Listo, lo acabé. Eres un astro, querida.
Y cerró la revista muy ufana, dejándola caer al suelo.
—¿Qué has hecho tanto rato perdida? —preguntó gentil al tiempo que revolvía el cajón de mi mesilla en busca de tabaco. Tanto rato eran un par de minutos.
—Nada —respondí—. Masticar pensamientos como una imbécil.
—¿Y qué pensabas, si puede saberse? —comentó mientras vaciaba el contenido de la gaveta sin miramientos—. Por cierto... ¿tienes un Winston olvidado por aquí?
No sabía si propinarle un sopapo o vestirme e irme de mi casa con la cabeza gacha.
—Escucha, Eva, y te ruego seas todo lo sincera que puedas: ¿tú me estás tomando el pelo, te gustan las emociones fuertes o crees que soy una imbécil integral?
¿Cómo podía mirarme a la cara con ese efluvio angélico? Era la imagen impoluta de la inocencia. Un serafín extraviado en una tormenta de arena y que confía en su dios para que le saque del apuro.
—No te entiendo, María. ¿Estás enfadada? ¿He hecho algo que no debía? Me miras de una manera tan extraña...
No, si todavía iba a ser yo la villana de la película. Estaba tan anonadada que, como un juguete teledirigido, volví al estudio en busca de tabaco y al regresar le tendí un cigarrillo y un cenicero.
—Gracias, darling —dijo encendiendo el pitillo con mi mechero y aspirando el humo con placer—. Y ahora cuéntame lo que te pasa. Tienes una cara siniestra y me está entrando susto.
—A ver si coordino, porque esto es delirante —tartamudeé. Mala señal, raras veces me sucede, pero cuando una situación sobrepasa mi entendimiento me da por tartamudear. Para mi asombro me dio palmadas en la espalda como si yo tuviese hipo. Pero más inaudito aún fue que surtió efecto de inmediato y pude volver a hablar con normalidad. —A veces me haces daño, Eva. Por eso te he preguntado si me estás tomando el pelo. ¿Tienes conciencia de que has definido esta casa como un mausoleo?
—Sí, claro, perfectamente.
—¿Y ni siquiera se te pasa por la cabeza que un comentario tan descalificador, unido a un variado surtido de morisquetas y malas caras de niña malcriada pueda dolerme?
—Si lo que quieres es que te pida perdón lo hago de inmediato —dijo contrita arrebujando mi mano entre las suyas—. Perdóname, de verdad. Pero no entiendo que tiene de malo un mausoleo.
“Es un problema de código —me dije intentando recomponer el galimatías desarticulado de nuestra comunicación—. Es un problema de código.” Y ya no pude salir de ahí. No podía ser perversa una persona que responde a tu enfado con una actitud tan amorosa y comprensiva como la que Eva mostraba en este momento. O era una farsante de altos vuelos, o bien yo estaba hipersensibilizada por la pasión y me tomaba demasiado a pecho cualquier nadería. O tal vez ella, yo o ambas teníamos los cables cruzados y la comunicación fluía como un río en el enganche físico pero fuera de la cama se deshacía como un copo de nieve. Tenía la aguda sensación de que hablábamos idiomas muy
distintos y de que, por más voluntad de entendimiento que le echáramos, estábamos construyendo una desconcertante Babel. Me vino una súbita inspiración: cambiaría de registro, imitaría su perpetuo vaivén de actitudes y ¡voilà, a otra cosa! A lo mejor la táctica especular era la adecuada para entendernos.
—¿Y de Carlos qué sabes? —pregunté echándome a su lado en la cama, haciéndome sitio con leves caderazos y encendiendo un cigarrillo. Si la tomé por sorpresa supo encubrirlo con maestría.
—Aún no lo he visto.
—¿Y eso? —le seguí la corriente despreocupadamente.
—Está de viaje

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:48 pm

Magra información, pero algo era. Carlos seguía ignorante del cambio de rumbo sexual o del actual divertimento de su novia, querida, amante o lo que fuera. Eva se encogió cuanto pudo en posición fetal y escondió su cabeza en mi axila, una de sus posturas favoritas. Pasé mi brazo por su espalda y dejé que mi mano se paseara por sus nalgas. Por lo visto no era tan difícil hablar de ella como yo suponía. Me envalentoné.
—¿Cómo le conociste?
—Es una bonita historia. Verás, hace cosa de un año estaba con gente de por ahí tomando unas copas en un pub de Serrano y él llegó con unos amigos. Al pasar frente a nuestra mesa me miró, se frotó los ojos con los puños y me dijo algo así como “¿Estoy soñando o eres de verdad?”. Fue muy galante, ¿no crees?
“Sí, muy galante —pensé. Yo quería conocer su situación sentimental, pero empezaba a sentirme mal—. Nada original, pero al menos no suena a burdel, que ya es decir.”
—¿Y luego qué pasó?
Eva me besó cariñosamente la axila y aspiró con fuerza.
—¡Qué rico hueles! Pues quedamos en vernos y nos enrollamos.
—¿Así, sin más?
Alzó la cabeza y me miró intrigada.
—¿Y qué más hace falta?
—No sé, conocerse un poco, digo yo. —Ya ni sabía adónde quería ir a parar.
—Querida, te recuerdo que tú y yo nos fuimos a la cama el mismo día que nos vimos y no es que nos conociéramos mucho que digamos.
Tenía toda la razón. ¿Qué era realmente lo que deseaba saber?
—A mí me emocionaste desde el momento en que te vi, no me voy a la cama con cualquier desconocida.
Se apartó de su escondite y se tendió de espaldas mirando al techo. Primer aviso.
—Si es por eso, Carlos también se emocionó a la primera ojeada.
—¿Y tú?
—¡Vaya, el tío estaba muy bueno!
—¿Y eso te bastó para acostarte con él?
—También me bastó para irme a la cama contigo —respondió bastante seca.
Se estaba hartando de las preguntas. Segundo aviso. Pero yo estaba lanzada.
—¿Tú le amas, Eva?
—Yo te amo a ti. Y, como dice aquél, “con eso tengo bastante”.
—Pero no contesta a mi pregunta.
Decididamente yo había perdido los papeles. No es mi fuerte indagar con insistencia sobre los sentimientos ajenos y además su lógica era aplastante. Me sentía cada vez más inquieta por el rumbo de la conversación que, por otra parte, era de mi exclusiva responsabilidad. Seguí por inercia.
—Quedamos en que ibas a hablar con él para plantearle la separación — reproché ya sin convicción.
Mi tono no le gustó en absoluto. Se levantó lentamente de la cama y se apoyó contra el armario con los brazos cruzados. Su mirada me intimidó.
—Está de viaje, ya te lo dije, por lo tanto es imposible hablar de nada. Tengo la impresión que no te fías un pelo de mí, y eso no me gusta.
—¿No te parece normal que necesite saber qué lugar ocupo en tu vida? — protesté sin mayor empeño.
—Sí, y ya lo sabes. Te amo y no hago sino demostrártelo. Pero no puedo terminar con Carlos así como así, las personas no son adornos de bisutería de quita y pon y debo tener en cuenta sus requerimientos además de los míos. ¿No crees? De modo que una de dos: o respetas el tiempo que necesito o hasta aquí llegó lo nuestro.
Tercer aviso y descabello. Mi miedo se tornó en pánico a perderla y los ojos se me llenaron de lágrimas. Me había pasado de la raya, lo reconocía, y si Eva se marchaba ahora no sabría cómo perdonármelo.
—Tienes razón, estoy de acuerdo contigo —admití con un hilo de voz—. Discúlpame, por favor.
—¿Confías en mí entonces? —remató.
Asentí con la cabeza porque me fallaba la voz. De haber sido Lassie le habría lamido la mano con gratitud. Pareció satisfecha, porque se acostó otra vez a mi lado dejando bien a las claras que se trataba de una concesión, pero no me importó.
—¿Hacemos las paces? —propuse un poco más dueña de mis actos.
Usó mi hombro a modo de almohada y ronroneó algo que interpreté como un sí. Puede que no lo fuera, pero me devolvió el alma al cuerpo. Habíamos sorteado con éxito nuestra primera disputa formal y la armonía retornaba de su fugaz exilio. “Te quiero tanto...”, murmuré en su oído. Dudo que lo oyera. Se había quedado dormida.


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