La insensata geometría del amor por Susana Guzner

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:50 pm

El mes de julio fue transcurriendo con una discreción imperceptible. Madrid era verde, sol y calor, y a medida que se acercaba la segunda quincena comenzó adespoblarse aún más de habitantes y a derretirse el asfalto bajo los zapatos. Fue uno de los julios más calurosos que se recuerdan, y ni siquiera la caída de la noche traía alguna esperanza de brisa vivificante. El vínculo con Eva se estrechaba y enriquecía día a día, a pesar de sus esporádicas desapariciones que ella no explicaba ni yo indagaba. Pasábamos buena parte del tiempo en casa, charlando, amándonos y riendo por tonterías. Para mi tranquilidad el currículum amatorio de Eva parecía ya completado, y salvo alguna que otra mención de pasada no volvió a referirse a sus numerosos compañeros ocasionales de cama. Era de agradecer, porque por alguna razón ignota que escapaba a mi entendimiento esta parcela de su vida me provocaba un fuerte desasosiego, y prefería con mucho que me contara anécdotas de ciudades como Londres, París o Vermont, en las que había vivido algunas temporadas para aprender idiomas.
También mencionaba con frecuencia a su hermano Simón y narraba peripecias de sus viajes con lujo de detalles. Era una excelente contadora de cuentos y yo disfrutaba de ese talento suyo. Pero lo que más la divertía era jugar con mi pasado. A estas alturas sabía de mi biografía más que yo misma, como si se tratara de un objeto y se hubiera adueñado de ella. Armaba y desarmaba la historia de mis afectos como un Lego, y gustaba de pillarme en contradicciones insustanciales. (“¿Pero no quedamos en que a Raquel la conociste en el cine? Ahora te sacas de la manga que fue en un Vips”, o “No, darling, recuerda que Tina apareció después de Paula, te haces un lío.”)
Azuzada por su interés le hablaba de Lourdes, la profesora de taichi que nos daba clases a Lisa y a mí y por la cual me había sentido vagamente atraída. Para mí era una fruslería, pero Eva me sonsacaba hasta los detalles más insignificantes. ¿Lo había notado Lisa ¿Cómo había reaccionado? ¿Pensé en dejarla por Lourdes o había percibido que ésta no me correspondería y había nadado guardando la ropa? Esmeralda, la profesora de lenguas y literatura a la cual yo dedicaba secretos poemas de amor en el instituto, era otro de sus blancos predilectos. “¡Anda que llamarse Esmeralda, es de chacota, no me explico cómo alguien con ese nombre podía inspirarte nada!”. Yo le seguía la broma y hasta le recité algunos fragmentos de mis poesías de adolescente que hablaban de un amor imposible por la denostada Esmeralda. “Si rumbo a la nada vamos / y de la nada venimos / ¿para qué vivimos?” era el comienzo de un pareado dramático que le provocaba auténticos accesos de hilaridad. Mientras, las tardes transcurrían morosamente y hasta la caída del sol las persianas echadas mitigaban los efectos de un sol de justicia que recalentaba las habitaciones,inmunes al aire acondicionado. A eso de las once o doce de la noche buscábamos una brizna de aliento fresco en el paseo de Recoletos o en las terrazas de la Castellana. Dormíamos juntas y Eva había justificado la ausencia ante sus padres so pretexto de que su amiga Nora convalecía de una operación de apendicitis y estaba a su cuidado.
Asistimos a un ciclo de Quentin Tarantino y a la salida del cine desmenuzábamos las películas con fruición. Raras veces coincidíamos en los gustos. Eva, por ejemplo, encontraba que la violencia de Tarantino era “original y apasionada”, mientras que a mí me provocaba un rechazo visceral, además de un monumental aburrimiento. Hicimos también algunas escapadas de un día a Aranjuez, Ávila y Toledo. Eva sentía debilidad por esta última ciudad. “Ha de ser porque reverdece mis raíces judías —explicaba—. Imagínate, tres culturas en su apogeo conviviendo sin problemas. ¿Has leído a Maimónides? ¡Fascinante, me hubiera encantado vivir en aquella época y topármelo en alguna callejuela de estas!”
Fue un mes de una armonía rotunda y vaporosa, con algunas interferencias debidas a esa necesidad imperiosa de Eva de encerrarse en sí misma de forma inopinada, como un animal herido. Entonces quedaba como entre paréntesis, con la mirada clausurada y la boca sellada por el silencio. Yo me limitaba a hacer mutis por el foro. “Me gusta cuando callas / porque estás como ausente...” Pero la mayor parte del tiempo una burbuja íntima nos hospedaba y parecía no haber sitio para nadie más. “¿Queremos vivir juntas?”, nos preguntamos una noche caminando Hermosilla arriba de regreso a casa, tras un paseo por las terrazas. Ambas lo desechamos por diferentes motivos.
Ella porque se definía como “muy tradicional” y quería un noviazgo en toda regla antes de la “boda”, aunque naturalmente con sexo incluido. Yo porque no deseaba aún abandonar mi apreciada solitud, y además —reserva que obvié mencionarle— esa ambigüedad suya con respecto a las relaciones me inquietaba bastante. Inclusive me hacía sentir un miedo oscuro que en ocasiones podía con mi ecuanimidad. Eva seguía postergando su ruptura definitiva con Carlos porque, decía, nunca hallaba el momento justo para plantearla. No me había dicho en su momento que se había hablado de matrimonio y encajé mal la noticia, porque complicaba aún más las cosas. No obstante, aseguraba que apenas si se veía con él, y a pesar de la turbación que me causaba la sombra omnipresente de su otro vínculo me esforzaba por confiar en ella tal como le había prometido y no mencionaba para nada el asunto.
Algunos de mis amigos y el resto de madrileños comenzaban a dispersarse. Descarté la idea de trasladarnos a El Escorial porque mis padres ya habían iniciado su tradicional diáspora veraniega y no dejarían la casa libre hasta finales de mes. Me lo había dicho mi madre por teléfono, aunque era evidente que había llamado para contarme la fuerte impresión que les había causado Eva. Después planeaban un viaje a Dinamarca en busca del frío y los encantos de Copenhague, que por alguna razón ignota era una ciudad que mi madre siempre había deseado visitar.
“Algo debió de sucederme en Dinamarca en una reencarnación anterior —explicaba—, porque desde pequeña he querido conocerla. Vete a saber las vueltas que da la vida.” “Las vueltas de las vidas, si seguimos tu razonamiento completo”, puntualizaba mi padre, a quien le divertía el sopicaldo de creencias de su mimada Virginia y a la que no negaba ningún capricho dentro de sus posibilidades.
Alessandra me había enviado un nuevo ejemplar de Baciami ancora y en los ratos en que Eva no estaba en casa trabajaba en la traducción. Mi primera objeción a la novela era su título. “Bésame otra vez” tenía gancho comercial, pero era poco apropiado.
Sonaba excesivamente pos-posmoderno y hasta pop, pero sobre todo no casaba con el argumento dramático y descarnado que narraba ni con el estilo punzante de la Moretti. Una lectora o un lector potencial podía deducir por el título que se trataba de una de esas comedias de sobremesa tan en boga que narran historias sobre la current people y que abarrotan las librerías de best sellers. Era consciente de que la autora no admitiría otra traducción que no fuera la literal, pero de todas maneras dejaría constancia de mi discrepancia. Trabajaba a contrapelo, sacando fuerza de voluntad de donde no la había y por obligación al contrato firmado. Lo que más ansiaba en realidad era escuchar la llave de Eva abriendo la puerta y que se apresurara a abrazarme. Se amoldaba con creciente facilidad a mi espacio y lo iba haciendo propio. Me gustaba verla trasegar en mi cocina inventando recetas incomibles, oírla regañar a la lavadora porque no entendía los programas y hasta disfrutaba de que se hubiera adueñado del control remoto del televisor. Le divertía hacer zapping sin detenerse más que brevemente en cada canal, con lo cual no veíamos un programa más de diez segundos seguidos y nos inventábamos collages delirantes.
Mi homenaje simbólico a su buena predisposición fue erradicar la presencia de Lisa. Una tarde retiré todas las fotografías que había diseminadas por las habitaciones, incluido el pequeño portarretrato con su imagen de fotomatón que había en mi cómoda. Aunque evitaba manifestarlo, sabía que a Eva le agobiaba la sensación de estar metida en un panteón. Por otra parte, yo no necesitaba recordatorios porque a Lisa la tenía grabada a fuego en la retina y en el alma. No obstante, me despedí no sin un punto de dolor de las fotografías besando su rostro mientras las envolvía en un paño y las guardaba en el altillo del armario de mi habitación. La ofrenda no escapó a la percepción de águila de mi nueva amada, y al regresar esa noche no dijo una palabra al advertir el vacío en las paredes pero mostró su complacencia invitándome a cenar a un restaurante cerca de la plaza de la Ópera que le gustaba especialmente.
En cuanto al encuentro amoroso, iba de maravillas y la pasión inicial no sólo no aminoraba sino que iba in crescendo. Para ser heterosexual, Eva progresaba notablemente en el arte de amar a otra mujer y yo disfrutaba intensamente con su creciente erudición. ¿O era yo la discípula? “Las hetero siempre traen hambre atrasada”, había sentenciado Silvia, y yo me estaba convenciendo de que no andaba muy descaminada. Eva era, con mucho, más insaciable, exigente y audaz que yo. Su cuerpo hermoso y deseable era un pozo inagotable de voluptuosidad, y no había vuelto a preguntarme aquello de “¿lo estoy haciendo bien?”.
Me emocionaba sobre todo su placer ardoroso y el frenesí de sus sentidos, y poco a poco descubría con asombro a una Eva desconocida hasta ahora. La austeridad verbal de los primeros días, por ejemplo, se había metamorfoseado en un lenguaje arrobado y poético que me llegaba al fondo de las entrañas. Apreciaba especialmente el cuidado que ponía en el vocabulario. En alguna ocasión aislada yo había mostrado sutilmente mi desagrado por determinadas palabras e iba desterrando expresiones como “correrse”, “polvo”, “irse” u otras similares que entre mujeres carecen de sentido. Concibió una primorosa metáfora para expresar la proximidad de su orgasmo: “Estoy subiendo”. Me pareció muy elocuente y me sumé a su hallazgo.
“Subir” connotaba con acierto la bella percepción de que el placer es alado y te transporta hacia arriba hasta tocar el cielo con las manos. Pero pese a sus evidentes avances y al continuo cambio de roles que jugábamos durante el encuentro amoroso, se mantenía fiel a esa actitud dominante y protagónica que había adoptado desde el principio. Yo sentía que para Eva hacer el amor era como un simulacro de combate que no admitía sino un triunfo memorable. Para mí, en cambio, no era una contienda sino una alianza alborozada entre dos mujeres que se aman, y donde el espíritu tenía mucho que decir y aprender. Su empeño belicoso lograba que más de una vez yo tuviera la impresión de estar copulando con un hombre al cual debía alabarle su pericia o consolar por sus fallos mecánicos. El efecto era desconcertante.
—El orgasmo es un matiz, una esfumatura de las muchas que tiene el amor, no una meta olímpica —le dije una tarde en que el calor nos abrasaba por dentro y por fuera y pese a que estaba disfrutando intensamente no alcancé el clímax.
—Lo que tú digas, pero no supe satisfacerte y no has subido como yo —se reprochó molesta y entristecida.
¿O la reprimenda iba dirigida a mí? Me limité a besar sus párpados cerrados. Para el viernes 21 de julio estaba prevista en el Círculo de Bellas Artes una muestra antológica de los mejores artistas de un número limitado de galerías, y Retro estaba entre ellas. A simple vista no parecía una fecha idónea para una convocatoria de esta naturaleza, con Madrid en pleno éxodo, pero los organizadores habían apostado por la novedad y confiaban en que buena parte de los asiduos a las exposiciones de arte tendía a escoger otros meses para sus vacaciones. Por otra parte, era un buen reclamo para un sector de turismo extranjero culto y adinerado. Durante toda la semana Eva llegó por la noche muy tarde, extenuada y sin ganas de otra cosa que cenar e irse a dormir. Formaba parte del comité de organización y Arancha le había traspasado a último momento la mayor parte de las gestiones administrativas y de relaciones públicas que se suponía eran de su competencia.
Esos días me sentí atolondrada y deambulaba por el apartamento vacío como si me hubieran amputado un miembro y buscara su fantasma por los rincones. Me costaba creer que en un lapso tan corto de tiempo mi autosuficiencia se hubiera ido al garete, pero lo cierto es que las prolongadas ausencias de Eva vaciaban de contenido mis actos. ¿Dónde estaban mi disciplina, mi autarquía y mi gozo por la soledad? Me instigué a trabajar con ahínco y de hecho lo hacía, pero constataba a cada párrafo que si bien la traducción era correcta y no traicionaba la gramática ni la sintaxis del lenguaje original, carecía de vuelo, de emoción, de ese perfume especial que transmite a quien lee un contexto que envuelve y supera lo literal. Cualquier estudiante aplicada podría hacer lo que yo estaba haciendo.
Traducir de una lengua a otra no tiene mayor ciencia cuando se dominan ambas en profundidad, pero no era eso lo que se me pedía ni mi modo habitual de plantearme el trabajo. Me faltaba inspiración, planeaba a ras de tierra y el espíritu de la obra se me escapaba como agua entre los dedos. En las horas muertas podía ir al cine, por ejemplo, pero me daba pereza. O retomar mis largas caminatas por el retiro, pero hacía demasiado calor. Tal vez retarme a una buena sesión de ajedrez como solía hacer consultando Las cien mejores partidas de la historia, de John Britget, pero tenía la mente en blanco.


Última edición por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:52 pm, editado 1 vez

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:50 pm

Practicar taichi, embarcarme en la lectura de varias novelas que tenía pendientes y hasta pintar de blanco las puertas y los armarios, aburrida como estaba del color de la madera. Pero nada me atraía lo suficiente para llevarlo a cabo. En resumen: estaba catatónica. Un mediodía de aquellos en que remoloneaba ante mi plato de arroz integral llamó Ángela. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos, prácticamente desde el alegórico funeral de Lisa en Cadaqués, y me alegró mucho que diera señales de vida. Era profesora de filosofía y se había acogido a una beca de intercambio de resultas de la cual había pasado tres años en Inglaterra. Por la síntesis que adelantó por teléfono traía en su equipaje un dominio perfecto del idioma, una experiencia muy rica a nivel personal y un novio nativo de Liverpool de poca estatura, algo barrigón y de los de piercings en la nariz, orejas y pezones por el cual se le caía la baba.
Quería verme cuanto antes, esa misma tarde si yo estaba disponible, pero me excusé y lo pospuse para otro día, oponiendo mi trabajo como escudo. No le hablé de Eva. Después de todo, Ángela había sido la mejor amiga de Lisa y mi retorno a la vida amorosa requería un reposado tête-à-tête. Cuando colgué me reproche de inmediato no haber aceptado su invitación. ¿Por qué no vernos hoy mismo, si tenía tiempo de sobra? Ángela era una estupenda interlocutora, una mujer independiente y combativa que luchaba por la igualdad de derechos desde su colectivo feminista, y aunque yo no estaba de acuerdo con muchos de sus postulados valoraba su empeño. Vivía sola en su propio apartamento y era sensible y cálida. Tenía, como muchas de las mujeres de su edad y condición, un punto flaco que la acongojaba: a sus cuarenta y cinco años aún no había cuajado una verdadera historia de amor y ningún hombre le duraba más de pocos meses. Pero su sentido del humor le permitía reírse de sí misma y no convertía su supuesto fracaso en un monotema plúmbeo. Busqué en mi agenda el número de su casa y la llamé, pero salió el contestador automático. Seguramente había telefoneado desde el móvil. Ya puesta, marqué el número de Alicia. No había devuelto mi llamada de hacía unos días y ésta era la tercera o cuarta vez que intentaba hablar con ella. Atendió la hermana de Paco, que había ido a la casa a regar las plantas. Alicia y Paco se habían marchado a Andalucía hacía una semana, como todos los años. Sí, su cuñada estaba perfectamente, ¿por qué lo preguntaba? Me despedí y colgué. Que mi amiga no hubiera interrumpido la habitual visita al pueblo de su marido era buena señal.
Volví a mi plato de arroz ya frío y lo aparté desganada. Otra de las novedades de esta etapa absurda era la pérdida de apetito y mi añorado hábito de comer sola con placer. A la hora de planear mis comidas me volvía amnésica, había olvidado mi habitual recetario y tampoco atinaba a prepararme una dieta variada y apetecible como acostumbraba. Recurrí entonces a los socorridos platos de pasta, arroz y ensaladas que mascaba sin convicción mirando el telediario. A la espera de Eva el reloj se convirtió en una obsesión. Consultaba la hora cada diez minutos y el tiempo no avanzaba a su ritmo normal sino hacia atrás. A eso de las siete de la tarde iba a la cocina para preparar la cena. Eva no tenía hora fija, pero solía regresar sobre las diez y media u once, y yo había decidido que mi amante debía reponer sus energías con una buena cena tras una jornada de bocadillos. Eché mano a un viejo libro de recetas internacionales que dormía en mi biblioteca y me dediqué a elaborar manjares exóticos que me ocupaban bastante tiempo. Eran los mejores momentos del día. Elegía una música acorde con el momento y cocinaba acompañando a la Callas en El barbero de Sevilla o me unía a Luis Miguel, a U2 o a cualquier programa de radio. Una tarde en que trajinaba con las ollas llamó Alessandra. Cuando le conté qué estaba haciendo y por qué estalló en carcajadas.
—No me lo puedo creer, te lo juro. Te has convertido en una auténtica ama de casa. ¿Y hoy qué le pones de cenar a tu media naranja?
—Lo hago por placer, tonta, no le veo la gracia —repliqué sosteniendo el auricular entre el hombro y la oreja y acercándome la sartén humeante todo lo que me permitía el cable—. Llega extenuada y quiero que tenga delante un plato caliente.
Mi amiga no cesaba de reír, estupefacta por mi súbita obsesión por la gastronomía. No es que el hecho de cocinar fuera un acontecimiento. Cuando paraba en su casa de Roma saboreaba con gusto mis especialidades y ensalzaba mis dotes culinarias. Pero por lo visto, lo que le causaba tal hilaridad eran mis motivaciones y el modo de exponerlas.
—¿Y te come bien? —preguntó con esa sorna que sólo Alessandra sabía expresar tan bien en su italiano barriobajero.
—Hasta el último bocado. Incluso rebaña el plato con pan —respondí, ya contagiada de su causticidad.
—Marietta, cariño, pongámonos serias. ¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?
—Arepas de harina de maíz rellenas con un revuelto de pollo deshuesado y huevo. Hoy toca comida venezolana.
“Cuidado —pensé—. Va a sacudirme con una de las suyas y lo peor es que tendrá razón.” La intuición no me falló.
—No. Lo que haces es perder independencia, lo cual me parece alarmante. ¿Te ha exigido Eva que la esperes con la cena en la mesa?
—Ni por asomo, bueno sería, cocino porque me sale de los ovarios. Además, no recuerdo haber pedido tu opinión acerca de lo que hago o dejo de hacer — solté con brusquedad.
Me sentía confundida y trajinaba briosamente con una cuchara de madera, mezclando el pollo triturado con el huevo revuelto. Aguardó unos instantes antes de seguir hablando.
—Creo que me he pasado de la raya, discúlpame, cara. Pero sé sincera... ¿Estás bien?
—No te disculpes, Alex —me apresuré a decir—. En parte tienes razón. Estoy bien, estoy divinamente, pero tengo tal enganche con Eva que cuando no está me siento perdida y falta de consistencia.
—Ya sabes cómo se llama eso y a qué conduce, ¿no?
—Dímelo —le pedí en un arranque—. Creo que necesito oírlo. ¡No! —me arrepentí de inmediato—. Mejor déjalo estar, prefiero no menearlo.
La escuché suspirar hondo. Hablaría de todos modos.
—Estás subyugada. Y la palabra viene de yugo. Si desde ya te adjudicas el rol de sumisa luego la acusarás de tiránica y no será justo ni para la una ni para la otra. ¿Entiendes lo que te quiero decir? Claro que la entendía. Una vez más había puesto el punto a las íes a una emoción borrosa que me perturbaba. Pero esta vez me molestó más de la cuenta su tonito maternal de marisabidilla y me rebelé como una cría.
—De acuerdo, meditaré sobre ello en posición de yoga, pero se me quema la fritura y si no te importa te llamo otro día, ¿vale? Ah, y gracias por el libro, eres un sol. Un besazo, ciao, ciao.
Cuando colgué me di cuenta que la había dejado con la palabra en la boca pero ya era tarde para disculparme. “¡Sumisa, qué estupidez! —rumié sacudiendo con energía la sartén porque el revuelto insistía en pegarse al fondo—. Es un cielo de amiga, pero a veces se excede en su papel de abogada del diablo. Además no tiene pareja fija desde hace un montón de años, y es la menos apropiada para dar consejos.” ¿Y yo la tenía? ¿Eva era mi pareja?
No sabía qué respuesta dar a mi propia duda y tampoco tenía ganas de ahondar en el asunto. La charla me había dejado aún más inquieta de lo que estaba, empezaba a enfadarme conmigo misma y la vajilla sufrió los efectos. La fuente de loza destinada a presentar las arepas se me escurrió entre las manos y se hizo añicos, mi olla preferida de acero inoxidable se quemó inexplicablemente y tuve que echar el pollo en una nueva. Al verter el aceite, la taza donde suelo medirlo voló por los aires.
“María, te has pillado un berrinche de los buenos”, procuré razonar con mi otro yo. Ahora venía el trato mayestático, seguro. “Vamos a calmarnos un poco, esta situación carece de sentido y creo que nos conviene una pausa.” Apagué el fuego con la comida a medio hacer, fui al salón y me tumbé en el sofá a fumar un cigarrillo. Traca, traca, traca, no paraba de pensar. La música de Zap Mama a todo volumen me estaba poniendo histérica. Le di al stop y elegí a Enya como compañía. Enya nunca falla. En pocos minutos empecé a sentir un sopor afable y reconciliador que fue adormeciéndome como una nana. Intenté una nueva llamada al interior de María. La noté más sosegada y dispuesta a discernir sin llegar a las manos.
Sí, estaba subyugada. ¿Para qué negarlo? Nunca antes había sentido una sensación parecida. A Lisa la había amado con un amor inconmensurable y el sosiego convivía con la pasión como la pleamar con la playa, sin grandes sobresaltos ni congojas. Lo que sentía ahora era completamente diferente. Eva despertaba en mí sensaciones ancestrales, atávicas y bastante turbulentas. Alimentarla, por ejemplo. Me procuraba un intenso placer que saboreara mi comida, más aún, yo me encarnaba en los trozos que llevaba a su boca y al comerlos me metía dentro de ella como una nutria en una madriguera ajena. Pero las palabras de Alessandra todavía resonaban en mi cabeza y me irritaban. ¡Subyugada, qué sabría ella!
Agasajar a tu amante es un síntoma de amor y no de prisión. Las amazonas cubrían de pétalos de flores y esencias olorosas el lecho donde dormían con su amada y algunas se rapaban el vello del pubis para ofrendárselo en señal de devoción. ¿Por qué habría de ser reprobable algo tan inocuo como preparar una cena? Me aposenté en esta cómoda disquisición como en un blando colchón de plumas. Pero una idea obstinada se abrió paso a empellones por entre mis ajetreadas neuronas y lanzó su duda: si actuaba en libertad y por puro placer, ¿por qué estaba tan irritada en lugar de complacida? No comments. ¡Vaya con la idea, qué fastidiosa! No podía haber sido más inoportuna. La armoniosa Enya era ahora un puro aburrimiento y quité el CD. Haciendo acopio de mi afamada “fuerza de voluntad”, volví a la cocina y comencé a reparar los daños. Barrí con energía los restos de porcelana esparcidos por el suelo, sequé con un trapo el charco de aceite que engrasaba las baldosas y comprobé con disgusto que mi exótica comida venezolana era una bazofia incomible. Estaba cavilando un plan B cuando llegó Eva.
—¡Eh, de la casa! —gritó cerrando la puerta tras de sí—. ¿Dónde está mi María favorita?
Miré el reloj. Eran las ocho y media. Cuando entró en la cocina yo estaba con la olla en la mano contemplando el comistrajo que yacía en el fondo.
—Hola, darling, hoy pude escaparme antes. ¿Qué hay para cenar? ¡Tengo un hambre! —dijo acercándose para abrazarme. Percibió al instante que algo no funcionaba—. ¿Qué ha pasado? Tienes cara de aprendiz de cocinera enfadada.
La observación acabó conmigo.
—Tú lo has dicho. Soy la cocinera oficial, una señora de su casa a quien se le ha arruinado la cena. Y si tienes hambre el mundo está lleno de McDonald’s.
Dicho lo cual abandoné la cocina con aires de dama decimonónica ofendida en su honor. Eva no dijo ni una palabra, pero juraría que se desternillaba de risa a mis espaldas.
—¿Por qué tenemos que salir tan temprano? La muestra se inaugura a las ocho y media y la puntualidad madrileña no es precisamente británica —dije a voces desde la ducha. El agua caliente salía hirviendo. Cerré el grifo y mantuve abierto sólo el del agua fría.
—Porque antes quiero pasar por mi casa para cambiarme, darling — respondió Eva desde el dormitorio.
—¿Y por qué no te has traído tu ropa?
—Apenas he tenido tiempo y además pensé que te gustaría conocer a mis padres.
Salí desnuda del baño y dejé que mi cuerpo se secara al aire. Hacía tanto calor que no soportaba ni siquiera el albornoz. Eva estudiaba detenidamente la ropa de mi armario y la abracé por la espalda apoyando mi cabeza en su nuca. “Quiero que todo el Círculo vuelva la cabeza cuando te vea entrar”, había decidido al despertarnos de la tórrida siesta. Le ofrecí que eligiera mi vestimenta y la sugerencia la entusiasmó. Para ella era una noche muy importante, había trabajado duro y no quería que hubiera ningún fallo. Sentía el evento como de su propiedad y yo tenía el honor de ser su acompañante. Su cara rezumaba orgullo cuando me entregó la invitación como si fuera un bien escaso que sólo ella podía proveerme. Le oculté que ya la había recibido por correo hacía cosa de una semana y que la había tirado a la papelera. Presumía de influyente y no pensaba quitarle la ilusión.
—Tampoco hay mucho donde elegir, querida. Se nota a la legua que la vida social no es lo tuyo. ¿Y ese traje negro tan mono que te pusiste en el Winkler? El pseudo Armani, digo...
—Aún está en la tintorería.
—De haberlo sabido nos hubiéramos dado una vuelta por las tiendas de Ortega y Gasset y comprado algo para la ocasión —comentó ante mi exigua colección de ropa suntuosa.
—¿Ortega y Gasset? ¿Pero con quién te crees que estás, guapa? Soy una humilde trabajadora, y un traje en cualquiera de sus tiendas me habría arruinado por una larga temporada.
—Te lo habría regalado yo, por supuesto.
Eva era espléndida con el dinero, y más de una vez yo me había preguntado cuánto ganaba en la galería. Retro era una de las más importantes, pero dudaba que le pagaran sumas elevadas. Supuse que además de un salario iba a comisión por venta realizada o por establecer contactos. Sabía por Esteban que en el mercado de arte el dinero gordo se mueve más en la bodega que en el escaparate y quizá Eva participaba en ese trasiego. Se decidió por fin por un traje de falda y chaqueta de color gris perla.
—Este conjunto promete. Pruébatelo a ver si me gusta.
—Ni hablar. Es una tela muy calurosa, tendría que llevar blusa y el Círculo atestado es un auténtico microondas.
—Pues entonces ya me dirás, no veo otra cosa mejor...
—Estás un poco fuera de onda, Eva. Este conjunto vale para una boda, no para una reunión informal.
—¿Informal? —se encrespó—. ¿Pero tú te conoces la lista de invitados? Empieza por el alcalde y siguen varios concejales, directores de bancos, presidentes de fundaciones, altos ejecutivos, prensa...
—¡Eh, para, para, ya vale! —la corté
—. No soy una palurda, si es lo que estás insinuando.
Ya estábamos. Peleándonos por los donuts. En cuanto entró en el baño me enfundé el conjunto que había elegido. Yo le tenía bastante manía. Lo había estrenado en las bodas de plata de mis padres por exigencia de mi madre. “Viene la familia de Stefano desde Italia y no quiero que mi hija parezca una pordiosera”, había dictaminado.
Por supuesto, Lisa me acompañó a la fiesta, y por una sandez que ya ni recuerdo mantuvimos una discusión que duró horas. Nunca habíamos tenido una disputa tan fuerte. Nos dijimos cosas horribles y lloramos como Magdalenas convencidas de que era el fin de nuestra relación. Lo cierto es que prácticamente lo fue, porque murió pocos meses después. Devolví el traje al armario. Tenía ganas de ponerme cualquier cosa que no viniera a cuento, algo transgresor, y tras unos momentos de cavilación me decanté por unos vaqueros negros y una blusa de corte bastante masculino del mismo color. No era para nada provocativo porque sabía que muchas mujeres irían de pantalón, pero a mi duendecillo burlón le apetecía llevarle la contraria a Eva.
—¿Qué te has puesto? —protestó airada al verme—. Se nota a la legua que eres lesbiana.
—Soy lesbiana, Eva —dije remarcando el “soy”—. ¿Te da vergüenza que te vean conmigo?
—No es eso.
—Ya, entonces es que no me quieres bien.
—Claro que te quiero, boba, pero no porque seas homosexual, sino como persona —adujo secándose enérgicamente la espalda con la toalla.
—¡Amiga, ahí sí que te engañas! — repliqué zumbona—. Te caliento precisamente porque soy lesbiana y encuentras en mí lo que andabas buscando. Por otra parte, se supone que el hábito no hace al monje.
—Pero es que... —No supo seguir y se sentó encima de la cómoda mirándome con desolación.
La vi tan contrariada que estuve a un tris de cambiarme, pero me sentía muy a gusto en mi piel y seguí batallando con el cinturón para lograr ese efecto de caída libre desde la hebilla que completaba el look Silvia. Me concedí, eso sí, una buena mano de maquillaje para contrapuntear el efecto lesbi, y me adorné con el anillo de rubí y el colgante de espiral, ambos regalo de Eva. El espejo me devolvió una imagen con una cierta “pluma” pero desenfadada, elegante y sexy. Mi rostro arrebolado como una adolescente rebelde me hizo sentir francamente bien.
—¿Y además zapatos planos? — preguntó Eva que no se apeaba de la cómoda, los brazos cruzados y el gesto enfurruñado—. Almenos ponte pendientes...
—Que no, mamá, que hoy no me pongo pendientes, no van con el resto. ¿Vas a castigarme dejándome sin fiesta?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:52 pm

Mi imprevisible amante. Lo que menos esperaba era que saltara de su atalaya y me abrazara como una llama ardiente.
—¿Te confieso una cosa? —musitó en mi oreja mientras se ensañaba mordiéndola a pequeños bocados—. Me excita un montón cómo te sienta esta ropa, estás muy provocativa y el primero que se te acerque se las tendrá que ver conmigo.
—Yo de ti me cuidaba de la primera que me sonría... ¿O aún no te convences de que mis endorfinas reaccionan en exclusiva ante los estímulos femeninos?¡Y quita tu palma de mi cabeza porque me estás poniendo a mil!
Avanzábamos por la avenida de Joaquín Costa cuando el semáforo nos detuvo en la plaza de la República Argentina. Eva aprovechó el tiempo muerto para aleccionarme. Su familia y en especial su madre concebían la homosexualidad como una perversión y palabras como lesbiana o gay estaban erradicadas de su vocabulario.
—No son tus padres, para entendernos —añadió—. Así que te pido la máxima discreción.
Por mí podía estar tranquila, le aseguré. No suelo ir pregonando mi identidad a los cuatro vientos, básicamente porque considero mi intimidad un regalo que no ofrezco a cualquiera. Por otra parte, me hacía cargo de que su familia era tradicional como buena parte de las familias españolas y no iba a ser yo quien les moviera los esquemas a los Zamorano. “Ahora entiendo por qué insistió tanto en el cuidado de mi vestimenta”, pensé con cierto remordimiento. Cuando el semáforo se puso en verde giró a la derecha por Doctor Arce.
—Y ahora cierra los ojos y no los abras hasta que yo te diga. ¿De acuerdo?
—¿Y eso? —pregunté.
—Me hace ilusión llevarte por primera vez a mi casa y que topes con ella por sorpresa.
¿O es una gansada por mi parte? Todo lo contrario. Me pareció un juego gracioso y cerré los ojos obediente. Conozco Madrid bastante bien y pese a ir a ciegas me di cuenta que al girar por segunda vez habíamos cruzado Serrano. Pero a partir de ahí el corto rodeo me desorientó por completo. Eva paró el coche con brusquedad, puso el freno de mano y anunció:
—Ya hemos llegado, puedes mirar.
Supongo que esperaba alguna muestra de admiración por mi parte, pero lo cierto es que lo primero que vi fue una calle estrecha y arbolada de las muchas que caracterizan a la colonia de El Viso y una casa de generosas dimensiones igualmente representativa.
—¡Muy propia! —fue lo primero que me vino a la boca.
La flanqueaba un alto muro de piedra, y al trasponer el portalón de hierro se accedía a un jardín de medianas dimensiones. Algunos árboles añosos daban buena sombra a la parcela. Me llamó especialmente la atención una voluminosa higuera que retrepaba por el muro y dejaba caer algunas de sus enormes ramas hacia la acera. Por dentro la casa era mucho más suntuosa de lo que permitía suponer su fachada común a casi todas las del barrio. Se distribuía en tres plantas más un altillo y un sótano, amén de un garaje con capacidad para dos coches. Desde la calle se accedía a un amplio vestíbulo de entrada y a su derecha se abría una gran puerta de dos hojas de nogal castaño claro que daba al salón. Hasta el menor detalle revelaba que había mucho dinero invertido en el mobiliario y la decoración.
Muebles de estilo, algunos cuadros de firma, lámparas, jarrones, bibelots y todo tipo de detalles ornamentales delataban su procedencia de almonedas y subastas de auténticas antigüedades. Me había imaginado una casa más explícitamente judía, pero lo único que evidenciaba la religión de sus ocupantes era una pequeña menorah de plata, el candelabro litúrgico de siete brazos. Era un prodigio de orfebrería primorosamente tallado a mano que adornaba, junto a otros objetos del mismo metal, la chimenea de mármol que ocupaba buena parte de la pared principal. Sin embargo y a primera vista, parecía no haber sido nunca utilizado.
Lo cierto es que nunca había estado en un hogar judío español y carecía de puntos de referencia para entablar comparaciones. Conocía la casa de Gina, la madre de Alessandra, también de origen hebreo. Su humilde vivienda de modista sí evidenciaba las huellas de su fe. Un sencillo tapiz de tela azul con la estrella de David en dorado pintada a mano daba la bienvenida a los huéspedes apenas cruzar el umbral, y además de la imprescindible menorah de modesto peltre que lucía sus siete velas encendidas todos los viernes, había otros objetos de clara connotación judía. Me gustaba especialmente un cuadro naif pintado por ella y en el que se veía a una mujer palestina y a otra hebrea asidas de la mano portando una pancarta con el lema “Paz Ahora”, el movimiento pacifista laico con el que Gina simpatiza y colabora en la medida de sus posibilidades.
Discretamente ensamblado en la amplia escalera de madera había un pequeño ascensor sin duda habilitado para facilitar el acceso del padre inválido a las distintas dependencias. Todo parecía guardar un orden perfecto e inmutable y hasta el más insignificante de los numerosos almohadones que adornaban sillas y sillones lucía abombado y en su ángulo correcto. El conjunto desprendía una atmósfera a casa deshabitada, como muerta. Sentí una absurda incomodidad parecida a la tristeza. “Esto sí que es un mausoleo. Es más, parece un velatorio sin cuerpo presente.” Eva me dejó en el salón y subió corriendo las escaleras.
—¡Mamá, papá, soy yo! ¿Dónde está todo el mundo?
Escuché las voces en sordina de Eva y otra mujer, evidentemente su madre, y a poco ésta bajó las escaleras escudriñándome como si me hiciera una tomografía. Creo que no le gustó un ápice mi pinta, pero vino hacia mí luciendo una ancha sonrisa que recordaba bastante a la de Eva. Me impactó su porte majestuoso. Alta, esbelta, el pelo de reflejos cobrizos recogido como si acabara de salir de la peluquería y vestida con una elegancia inusitada para estar por casa.
“Seguramente viene con nosotras al Círculo”, pensé. Una estupenda mujer, sin duda, en el punto justo de su madurez. Se parecía y no se parecía a su hija. La ambigüedad resultaba turbadora. Yo había quedado plantada en medio del salón, bastante cohibida, y en cuanto llegó a mi lado me dio un par de besos en las mejillas. Para ser exacta, apoyó sus mejillas en las mías y los besos fueron al aire.
—¡María, que alegría conocerte, con lo mucho que mi niña me ha hablado de ti! Llámame Esther, te lo ruego, de lo contrario lograrás que me sienta Matusalén. Pero siéntate, mujer, ponte aquí así te tengo cerca —exclamó señalando un sillón Luis algo. Su voz sí que era idéntica a la de Eva y la modulaba con esa maestría que da, supongo, el roce social.
Obedecí como una autómata. Ella, por su parte, se aposentó de manera imperceptible en el tresillo contiguo palmeando familiarmente una de mis rodillas con la punta de los dedos. Me costaba creer lo que oía. ¿Su hija le había hablado de mí? Entonces... ¿A santo de qué tanta advertencia previa? Me distendí bastante. Por lo menos evitaríamos hacer el paripé. Eva regresó al salón y se quedó de pie detrás de su madre. La abrazó con mimo y me guiñó un ojo cómplice. Sentía debilidad por ella y se notaba a las claras. Esther se desasió con un gesto medido sin perder la sonrisa.
—Eva, cariñín, que me despeinas. Ven, siéntate a mi lado —le indicó dando golpecitos en el tresillo. Y a mí me dijo —: Quiero que sepas que tanto Isaac como yo te agradecemos tu hospitalidad para con nuestra hija. Ofrecerle tu casa fue todo un detalle, querida.
—No tiene por qué darlas, seño... Esther —logré rectificar.
¿O sea que también sabía que su hija dormía conmigo? ¡Pero si yo estaba presente cuando Eva le telefoneó desde casa y le explicó que Nora había sido operada y necesitaba de sus cuidados! No entendía nada y miré a Eva de soslayo. Me hizo una seña como diciendo “tú deja correr”. Esther seguía hablando.
—... Ese caserón antiguo tan mono en Arezzo, en... —miró a Eva— ¿cómo se llama exactamente el sitio?
—Sansepolcro —contestó Eva impávida.
—Eso, vaya nombre, estos italianos son tan creyentes... ¿Hace mucho que tienes residencia allí? Una herencia, supongo... —me preguntó. Yo no atinaba a articular palabra, pero para mi suerte siguió hablando sin esperar respuesta—. Lo más loable es que sin conocerla de nada la invitaras a pasar unos días contigo y tus amigos, hija, un detallazo. Por cierto, niña, ¿cómo fue la historia? Sé que me la contaste con pelos y señales, pero ya sabes lo despistada que soy...
Volví a mirar a Eva. Debí de haber sido muy expresiva, porque se apresuró a intervenir para sacarme del apuro. Mintió con absoluta naturalidad.
—Ni falta que hace que me recuerdes tus continuos despistes, madre. El caso es que regresaba de Milán en tren y a la altura de Arezzo me di cuenta que había perdido el billete de avión y... ¡Pero si ya te lo conté!
—Pues refréscame la memoria, ten compasión de tu anciana madre olvidadiza —pidió Esther con tonillo engatusador.
“Sí, refréscame la memoria, bonita, dime cómo me conociste”, ordené con la mirada. Eva suspiró afectando paciencia y acabó la fábula de carrerilla.
—Entonces me apeé allí, llamé a Gino y como no había otro vuelo hasta la semana siguiente y no tenía casi dinero me quedé colgada sin saber qué hacer. Por suerte estaba María en la estación esperando a no sé quién, tenía pinta de buena gente, la abordé y en cuanto le conté lo apurada de mi situación me ofreció albergue en su casa de Sansepolcro.
Increíble. Cualquiera me cuenta la versión de nuestro encuentro que Eva daba a su madre y le acuso de falso y maledicente. Pero la estaba oyendo en persona y no había margen de error posible. Esther volvió a palmearme las rodillas.
—Un cielo de mujer, María. Muchas gracias de nuevo. Lo cierto es que todas las amigas de Eva son un amor, tiene el don de saber elegir a sus amistades. ¿Y tú a qué te dedicas?
—Soy traductora de italiano y colaboro en exclusiva con la editorial Ónix —dije con un hilo de voz.
—¡Traductora, qué delicioso! Adoro a la gente que domina a la perfección otro idioma. Deberías tomar buena nota, cariñín —conminó a Eva y volvió a mí—. La hemos enviado a Londres un par de años y a Estados Unidos otros tres ¿Crees que habla el inglés como debería? ¡Pues no! —Y a Eva—: Eso es pereza, no sé a quién has salido tú, porque desde luego ni tu padre ni yo tenemos ese feo defecto.
Me sentí en la obligación de abogar por Eva.
—Sin embargo domina muy bien el francés...
—Ahí llevas razón —dijo Esther moviéndose un palmo sobre el tresillo, procurando no arrugar la falda de su impecable traje chaqueta—. Pero no me negarás que el inglés es el inglés, y para su trabajo es imprescindible.
Su trabajo. A saber cuál era. Crucé mentalmente los dedos rogando por no sufrir otro fiasco.
—El mercado de arte se hace cada vez más internacional, ya sabes, y tienes que manejarte con el idioma común que, nos guste o no, es el inglés —añadió Esther. ¡Uf, menudo alivio! La galería era real, después de todo. Sonreí por hacer algo con la cara—. ¡Pero cómo somos, monina, no le hemos ofrecido nada a María, qué va a pensar de nosotras! ¿Te apetece un té, una copa, un tentempié? —ofreció—. No te prives, pareces algo tímida...
¿Tímida? ¡Estupefacta, querría decir! El caso es que necesitaba algo fuerte y opté por un whisky, bebida que detesto, haciendo caso omiso de Eva que mediante señas me indicaba que no aceptara invitaciones. Esther hizo repicar una campanilla de oro macizo que ignoro cómo surgió en su mano con tal prontitud y en pocos instantes apareció una doncella delgada y pálida como una figura de porcelana. ¡Caramba, tenían doncella! “Son ricos — pensé—. Es lógico. Seguramente contratan también a una enfermera fija para el cuidado del enfermo.”
—Por favor, Lali, tráiganos dos Chivas y... —Miró a Eva—. ¿Tú qué bebes, niña?
—Yo nada, mamá. En realidad tenemos bastante prisa, tengo que estar en el Círculo sobre las ocho para anticiparme a los invitados.
—Pero antes María se bebe su copa — sentenció la madre. Quedaba claro que sus deseos eran órdenes.
Se volvió hacia mí y estaba interrogándome sobre mi estado civil cuando un hombre alto y moreno irrumpió en el salón. Al momento supe que era Simón, el hermano de Eva. No había exagerado al describirlo. Realmente era bello y sus ojos marrones desprendían esa seducción ecuménica marca de la casa. De haberse dedicado a top model las casas de alta costura se habrían rifado sus servicios. El parecido con Eva era notable y podrían jurar que eran gemelos sin que nadie lo pusiera en discusión. A Eva se le encendió el rostro al ver a su hermano y, a espaldas de su madre pero de manera que yo la viera, le miró y luego desvió su mirada hacia mí. Simón asintió con un gesto imperceptible alzando una ceja y se inclinó para besar a su madre en la frente.
—Hola, bella dama, autora de mis días. ¿Está papá arriba? Tengo que hablar con él ahora mismo. Hola, hermana —dijo pellizcándole la nariz a Eva, que le devolvió una palmada en el trasero. Se volvió hacia mí y me contempló unos instantes, erguido cuan alto era, los brazos cruzados hasta que por fin habló—: María, supongo.
¿Por qué percibía un hálito de conspiración cortesana? Miró fugazmente a Eva y esta vez fue ella la que asintió levemente con la cabeza. Le tendí la mano, pero me atrajo hacia él y me besó suavemente en ambas mejillas.
—Nice to meet you —dijo—. Eva nos ha hablado de ti.
En ese momento la criada regresó con una bandeja que depositó sobre la historiada mesilla de mármol que había delante de las butacas y mientras llenaba los vasos Esther comentó con su contumaz entusiasmo:
—Sobre eso conversábamos precisamente. Le decía a María lo agradecidos que estamos por su hospitalidad hacia Eva. —Indicó a su hijo que el whisky era para mí.
—Sí, claro, muy agradecidos —dijo Simón esbozando una sonrisa equívoca. Me tendió la copa sin desviar un ápice su mirada penetrante—. Yo también me sumo a las albricias por cuidar tan bien de mi hermana. Ten, tu copa ¿Tú qué bebes, desastre?
Eva se limitó a señalar su reloj de pulsera.
—Okey, tienes prisa. Y además ya estás pero que muy bien servida...
Los hermanos soltaron al unísono una sonora carcajada y Simón susurró algo al oído de Eva que aumentó aún más la jarana. Esther se sintió en la obligación de disculparse conmigo.
—No les hagas ni caso, se pasan el rato intrigando sólo para fastidiarme. ¡Niños! —les recriminó como si realmente lo fueran—. Secretos en reunión es de mala educación. Simón, cariño, si no vas a beber nada vete con tu padre y de paso le preguntas a qué hora es esa bendita cena.
Es la cena anual de una de las empresas para las que trabaja Isaac y, chica, cualquiera se niega... —me explicó cortésmente.
Yo me mantenía en silencio pero registraba toda la puesta en escena. Esther me recordaba a una actriz hierática y gélida que en la secuencia cumbre se mantiene de pie, desafiando heroica las balas enemigas mientras a su alrededor los soldados caen como moscas, y Simón y Eva a una pareja perfectamente acoplada que se comunica a través de estímulos electromagnéticos desdeñando el código verbal de los seres vulgares y corrientes. Yo, naturalmente, era la espectadora de turno y procuraba no desentonar en mi papel. Tras un saludo colectivo a lo Gran Houdini, Simón subió ágilmente las escaleras. Eva le siguió con la vista hasta que ya no le vio y me dijo:
—María, si no te importa acaba tu bebida, se nos hace tarde. O súbete la copa y me esperas en mi habitación mientras me cambio. ¿Te parece bien, mamá?
—¡Por supuesto! —Tercera palmadita en mi rodilla—. Estás en tu casa, querida.
—Gracias por su hospitalidad, Esther —dije recordando que yo también tengo buenas maneras—. Hasta ahora.
Posé el vaso en la bandeja y al ponerme de pie comprobé que estaba algo mareada. Un Chivas y con el estómago vacío no es precisamente una de mis especialidades. Me devoraba la curiosidad por echar un vistazo arriba. Las escaleras despiertan en mí una morbosa atracción por saber adónde conducen. Pero sobre todo necesitaba estar a solas con Eva. Queríampreguntarle un par de cosas, o tal vez unos pares. La segunda planta constaba de tres habitaciones y dos baños. La que estaba más cercana al rellano de la escalera, y tras una puerta de roble cerrada, era la alcoba matrimonial. Siguiendo el pasillo venía el estudio de Isaac y la restante habitación tenía su explicación aparte.
—Siempre han dormido juntos, pero desde el accidente mi padre se trasladó a la que era habitación de huéspedes — explicó Eva buscando mi mano para apretarla con fuerza y bajando la voz—. Me moría por tocarte. ¿Qué me das? Ahora no sé cómo se las apañan...
Me costó unos instantes entender que se refería a las relaciones sexuales de sus padres. Qué cosas, yo nunca había imaginado a los míos ejecutando tales menesteres. La puerta del estudio estaba entreabierta y se oía la voz de barítono de Simón bastante alterada. Eva golpeó suavemente con los nudillos y acto seguido abrió la puerta sin esperar respuesta.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:53 pm

—¿Interrumpo? Hola, padre, quiero presentarte a una amiga.
Simón la fulminó con la mirada. Era obvio que habíamos irrumpido en medio de una conversación bastante tensa, pero Eva se disculpó frunciéndole la nariz a su hermano y me plantó frente a su padre. La silla de ruedas no lograba atenuar la corpulencia de un hombre de pelo entrecano y mirada un tanto acuosa que me tendió la mano con educación.
—Isaac Zamorano, es un gusto conocerte. ¿Y tú eres...?
—María Corradi, señor. Encantada — contesté correspondiendo a su débil apretón.
Me cayó bien de inmediato, o al menos mucho mejor que su madre. Su rostro irregular y de nariz aguileña transmitía un mensaje de vulnerabilidad mucho más antiguo que su actual estado de minusvalía, y que poco se correspondía con la hermética caja fuerte que había descrito Eva camino de Venecia. Si la combinación para acceder a su interior se había extraviado no parecía responsabilidad de Isaac. Por el contrario, daba la impresión de pedir a gritos un algo de comprensión. El estudio era muy espacioso y un gran ventanal que daba a la calle a la altura de la copa de los árboles permitía que la luz entrara generosamente a través de sus cristales.
Era tal el acúmulo de ordenadores, escáneres, faxes, teléfonos y cables que se asemejaba más a la redacción del New York Times que al despacho de un particular. Recordé que era ingeniero y su especialidad al ver en un monitor de muchas más pulgadas que el mío el esbozo de un puente monumental en 3D. La imagen me impresionó y me quedé mirándola fijamente.
—¿Te interesa la tecnología? —me preguntó Isaac con voz un tanto ronca.
—No especialmente, lo que me ha impactado es el diseño, creo. Más que un puente parece el ala de un ave majestuosa a punto de remontar el vuelo —contesté. Isaac pareció complacido y miró a su hija:
—Me gusta tu amiga. Es imaginativa. Acaba de definir en una frase lo que intentaba explicarle a Simón —dijo con afabilidad—. No estamos muy de acuerdo en ciertas concepciones estéticas y le he puesto de ejemplo esto, mi último proyecto, un puente que deberá unir la capital húngara de Buda y Pest sin trastornar la armonía urbanística de la ciudad. Simón lo encuentra demasiado futurista.
—No he dicho eso, papá —refutó éste con irritación—. Lo que te discuto es su viabilidad técnica, no tergiverses mis palabras.
Eva besó a su padre y éste le alborotó el pelo con la mano.
—Mmm, mejor nos vamos —dijo Eva —. Huelo a bronca y además tenemos los minutos contados.
Les sonreí a los dos y subimos a la tercera planta, idéntica a la de abajo. Una de las habitaciones era la de Simón, otra la de Eva y la del fondo la destinada a los huéspedes.
—Esos dos están siempre de pique profesional —explicó Eva en cuanto estuvimos en su alcoba—, pero lo paradójico es que Simón es mucho más conservador que mi padre.
Yo estaba deseando quedarnos a solas y apenas abrí la boca para hablar Eva apoyó un dedo en mis labios.
—Shhh. Ya sé lo que vas a decir. Te advertí que no son tus padres, y habrás podido darte cuenta que a mi madre no puedo contarle cómo nos conocimos realmente.
—Si te soy sincera, lo que me asusta no es tanto la mentira en sí sino la facilidad con que la manejas —le dije mientras echaba un vistazo a la habitación.
Se desnudó en un santiamén arrojando la ropa al suelo y entró en el pequeño cuarto de baño que incluía la alcoba. Oí el gorgoteo de la ducha y ella regresó a la habitación. Deslizó las puertas de persiana de su armario blanco y fue descartando ropa hasta que encontró algo de su agrado. No cesaba de hablar.
—La verdad, la verdad, siempre estás con la verdad en la boca, María. Eres un poco puritana. ¿Nunca te lo han dicho? ¡Qué calor, y eso que está puesta la refrigeración! Me doy otro remojón y salimos pitando.
Ya bajo la ducha retomó el tema a voces:
—¿Tú nunca mientes? Si me dices que no me hago rica exhibiéndote como fenómeno de feria. Verdad, mentira... ¿Cuál es la frontera? A mis padres no puedo irles con la verdad por delante, porque no sólo no entenderían muchas cosas sino que les provocaría una apoplejía. Y si me apuras no les miento: les obvio, que es distinto.
—¿Puedo insertar un inciso o vas a hablar tú sola? —pregunté, sentada en el borde de su cama coronada por un póster de George Clooney.
Como todas las estancias de la casa, la habitación de Eva era grande y confortable, y estaba decorada a su imagen y semejanza. En su espacio convivían sin prejuicios las ingenuas cortinas estampadas de flores multicolores y un par de pulcras muñecas apoyadas en las almohadas con alguna que otra escultura africana que simbolizaban apareamientos humanos muy explícitos y reproducciones de escenas eróticas pompeyanas cuidadosamente enmarcadas y dispuestas sobre una cómoda de madera natural.
Entre el whisky y el calor yo no estaba para grandes disquisiciones sobre mi ética, y en todo caso si Eva mentía a sus padres no era asunto mío. Podía, en última instancia, defenderme de su acusación de puritana, pero... ¿Y qué si lo era? Según se mire y dependiendo de quién lo diga puede ser una cualidad o un defecto. En realidad lo único que me preocupaba era que no me engañara a mí. El hábito de falsear la realidad no suele ser un hecho aislado, y yo no sería una excepción a la regla. Pero también desistí de entrar en esta clase de honduras y fui al baño para verla ducharse.
—Si no fuera porque estás tan puesta te metía bajo el chorro conmigo —dijo enjabonándose el cuello y sonriéndome con picardía—. Has estado muy formalita, muy en tu lugar, y te lo agradezco. ¿Salgo y me das un besazo de esos que me hechizan?
Yo me había quedado mirando una lámina que tapizaba el interior de la puerta y representaba a un negro desnudo. Eva ya estaba secándose y poniéndose el vestido. Comentó con displicencia:
—¡Menudo ejemplar! ¿No crees? Y estupendamente dotado...
La miré de hito en hito:
—¿Pero tú de qué vas, Eva? Este tipo me importa un bledo, al igual que las dimensiones de su falo. Si pretendes que tu póster me escandalice, me acompleje o me haga sentir anormal es que no te has enterado de nada, querida —dije con toda la acritud de que fui capaz. Intentó apaciguar las cosas, enfrascada ya en su maquillaje.
—No te enfades, no creo haberte ofendido...
—Sí que lo has hecho. Me ofende que afirmes amarme y hagas el amor conmigo a la par que pretendes que festeje como una boba tus calenturientas fantasías heterosexuales.
—Hija, los hombres te ponen de los nervios...
—No —negué tajante—. Tú me pones de los nervios. ¿Adónde quieres llegar con tus provocaciones?
Estaba muy concentrada pintando sus pestañas y ahogó la risa para no moverse demasiado.
—No tengo ni idea, pero reconozco que a veces me divierte sacarte de quicio. Ignoraba que las lesbianas fueran tan... ¿cómo decirlo? Tan circunspectas y... solemnes. Eso, solemnes. Relájate, querida. ¿No ves que estoy de broma?
Debí haberle seguido el juego y cortar en seco esa conversación descabellada, pero había admitido que me aguijoneaba adrede y no se me antojaba pasarlo por alto.
—De acuerdo. Soy puritana, circunspecta y añade a la lista los epítetos que se te antojen. Pero ocurre que estoy hasta la coronilla de bromitas estúpidas y descalificaciones. No tengo que examinarme de ninguna asignatura pendiente ni dar más razones por ser quien soy. Hace mucho tiempo que no permito que me abochornen ni que me tomen a pitorreo, tanto menos si es otra mujer quien lo hace. Eres mi amante y exijo el mismo respeto que te ofrezco.
Eva me miraba ahora con los ojos como platos. Me había tirado de la lengua y yo me había puesto hecha una furia. Pero se divertía, la muy ladina. Los ojos se le hacían chiribitas.
—¡Y ni se te ocurra decirme que cuando me enfado me pongo aún más guapa porque no respondo de mí! — amenacé desquiciada. El whisky. Esta pataleta era obra de un Chivas a destiempo.
Por toda respuesta Eva cerró la puerta y comenzó a quitar las chinchetas que sujetaban la lámina. Acto seguido la rompió trozo a trozo con parsimonia.
—Te prometo que estaba harta de ver a este tío e ignoro por qué no lo quité antes. Por pavonearme o por escandalizar a la familia, supongo. ¿Contenta?
—Tampoco es eso, Eva, no pretendía... —balbuceé avergonzada.
—De verdad, me está dando un gustazo deshacerme de él, lo hago por mí, no por ti. Lamento haberte ofendido.
Qué locura de relación. En mi vida había perdido los estribos con tanta facilidad. Tenía la impresión de que otra María desquiciada e intolerante había escapado de su cueva tras casi treinta años de sigilosa espera y su aparición trastornaba mis humores a su antojo. El hecho de que nos pidiéramos mutuas disculpas de continuo se había convertido en una costumbre que tampoco me hacía particularmente feliz, porque significaba la existencia de un desaguisado previo. Lo cierto es que no había pretendido en ningún momento que se deshiciera de su negro superdotado y su gesto conciliador me hacía sentir aún peor.
—Y ahora zumbando, que ya son casi las ocho —dijo como si nada. Me besó ligeramente y retocó sus labios—. Acércate y estira un poco los morros, te he despintado —dijo. Dio una pasada de rouge a mi boca y sonrió satisfecha.
—Perdóname el arrebato, ¿Vale? — dije siguiéndola hasta el dormitorio.
—Basta, María. Perdóname tú, te perdono yo y ambas nos perdonamos, pero ayúdame con la cremallera de la espalda que es tardísimo.
Eva se vestía a toda prisa. Había elegido un traje beige de crepé leve, vaporoso y de corte exquisito, y estaba recogiéndose el pelo con un estilo deliberadamente casual que dejaba caer algunos mechones de rizos al desgaire. De modo que sí tenía buen gusto para vestirse, después de todo. Se adornó con unos pendientes de oro que semejaban sutiles caracolas y un collar haciendo juego, mirándose en el espejo con fingido desinterés, como si la cosa no fuera con ella. Estaba deslumbrante.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:53 pm

Cuando entramos en el Círculo de Bellas Artes eran casi las nueve de la noche y estábamos sin aliento. Encontrar un sitio donde aparcar nos había llevado más tiempo de la cuenta. Las calles aledañas estaban atestadas de coches estacionados incluso sobre las aceras y sólo en el último momento hubo suerte: un coche arrancó cuando pasábamos por delante y dejó un hueco providencial. No habíamos terminado de subir las alfombradas escaleras de la entrada cuando una mujer regordeta y sudorosa se precipitó hacia Eva meneando su flamante moldeado de pelo con energía y con cara de pocos amigos.
—¡Eva, por fin! ¿Se puede saber dónde te habías metido? Te llamé al móvil pero para variar estaba mudo. Ya ha llegado casi todo el mundo y he tenido que multiplicarme para atender a tanto fantasmón. Se supone que era tarea tuya. ¿O no?
—Mátame si quieres, Arancha, pero te juro que llevo tres cuartos de hora dando vueltas como un tiovivo para deshacerme del coche. Lo siento en el alma, mea culpa—se disculpó Eva. Me indicó con un gesto que las siguiera y Arancha encabezó la carrera hacia el ascensor, refunfuñando sin resuello durante los cuatro pisos que nos separaban del Salón de Columnas.
—Tenías que estar aquí a las ocho, muchos son contactos tuyos y no tengo ni puta idea de sus nombres ni de sus cargos. Ya me dirás, me han entrado hasta sudores de la vergüenza...
Hacía tiempo que no veía tanta gente junta. De un primer vistazo no vi ni una sola cara conocida, lo cual no era de extrañar. El mundillo del arte no era mi hábitat natural y al único que reconocí fue al alcalde de verlo en el periódico. Tocábamos a baldosa por persona y los camareros hacían malabarismos para abastecernos de bebidas y entremeses. Como era previsible, hacía un calor insoportable. A Eva se la tragó la vorágine, arrastrada por la mano enérgica de Arancha. En cuanto a mí, la oleada humana me depositó en una esquina del enorme salón y ahí quedé, de pie, apoyada contra una columna de mármol y un tanto desconcertada. Una bandeja apareció súbitamente a la altura de mi barbilla como diciéndome: “Atrapa cualquier cosa, es ahora o nunca”. Me hice con algunas empanadillas minúsculas rellenas de vete a saber qué y, por no mezclar, acepté un vaso de whisky caliente que sabía a pared.
Tenía la sana intención de disfrutar de la exposición. Me interesaba en especial ver a los artistas de la galería de Eva, pero el gentío adosado a paredes y paneles impedía toda visión. Tras algunos intentos frustrados me parapeté en mi rincón, resignada. Como en todos los eventos de esta naturaleza, el meollo del asunto no consistía en apreciar la calidad de la exposición sino en renovar los contactos y relaciones públicas y privadas, porque el vertiginoso murmullo colectivo que iba in crescendo para imponerse sobre la indescifrable música ambiental traía a mis oídos fragmentos de conversaciones, expresiones aisladas y cotilleos de distinto pelaje.
“Tú pásate por mi despacho el lunes sobre las doce y ya veremos si nos quedamos con dos o más de tus óleos.”
“¿Has visto el horror de traje de la concejala de Cultura? Para mí que se viste de rebajas...”
“Arteche está que se sale. Adoro su pintura, y escucha bien lo que te digo porque es una profecía en toda regla: dentro de nada será el nuevo Barceló, y si no, al tiempo.” Estos y otros retazos de voces y risas entraban por mis oídos sin pedir permiso mientras un soporcillo agradable hacía presa de mí. Después de todo, el whisky no estaba tan malo...
Más o menos al cuarto de hora, Eva llegó hasta mi esquina abriéndose paso como una anguila entre el lodo, sonriendo y saludando a babor y estribor con rápidas evoluciones de manos, cejas y visajes variados. En cuanto la divisé me sentí reconfortada y feliz. Era mi amante, tenía un aspecto arrebatador y se sentía como pez en el agua practicando sus dotes innatas de mujer mundana. “Digna hija de su madre —pensé comiéndola con la mirada a medida que se aproximaba—. Lo lleva en los genes.”
—¿Dónde te metes, querida? — cuchicheó pegada a mi oído sin dejar de sonreír a un señor de edad bastante avanzada que no le quitaba ojo de encima —. Es uno de los coleccionistas de arte más importantes del país —me explicó en un susurro— y hay que darle coba. Es húngaro o algo por el estilo, y más sordo que una tapia. Creo que va a comprarnos algo. ¿Estás bien? Te echo de menos, milady, pero comprenderás que... ¿Tienes bebida y comida?
—Relájate, Eva, conmigo no tienes que hacer de anfitriona.
En ese momento se unieron a nosotras Arancha, colgada del brazo de un chico de aspecto simpático claramente menor que ella, y una jovencita menuda y de baja estatura, el pelo corto rizadísimo y untado con gomina. La chica parecía incapaz de controlar su desbordante energía, ya que se movía de continuo y su mirada giraba en redondo como un sonar en plena actividad. El griterío seguía subiendo a medida que llegaban más invitados y hacía imposible cualquier conversación normal.
—¿Nos presentas a tu amiga, Eva? — dijo Arancha alzando la voz, aunque su gesto era bastante más sosegado. La crispación de su rostro había dejado paso a una expresión inteligente y acogedora y me sonrió con afabilidad.
Sin disimulos, pregunté al oído de Eva:
—¿Soy la de la casa en Italia?
—¡Ni se te ocurra, eres una amiga y basta! —contestó ella con sigilo. Y luego a voces—: María, Arancha, Iván y Nora. María, ésta es parte de mi pandilla, para mi desgracia —lo dijo con mucho encanto mientras lanzaba un beso al aire dirigido a alguien.
Mejillas, besos, encantado, hola, etc. La engominada Nora demostró sus excelentes reflejos al quitarle la bandeja a un camarero que la mantenía en equilibrio a duras penas por encima de aquel mar de cabezas. El pobre se quedó tieso, intentando encontrarle una explicación al truco, pero se encogió de hombros y se dirigió hacia el bufé por más vituallas. Aquello nos hizo gracia y nos agrupamos aún más contra la pared. La morenita sujetaba su trofeo con la palma de su mano en el centro del corrillo mientras convidaba canapés. Un flash nos encegueció desde muy cerca. Uno de los fotógrafos contratados había reconocido a Arancha y Eva se apresuró a pedirle una copia tendiéndole su tarjeta.
—¿Y tú de dónde has salido, María? — me preguntó Arancha casi a gritos.
—¿Qué más da, cotilla? —respondió Eva antes que yo—. ¿Yo te pregunto a ti de dónde sacas a la gente? La trajo la cigüeña de París, como es lógico.
Festejaron su chascarrillo riendo de buena gana. Si en algún momento me había pasado por la cabeza que Eva se había sincerado con alguien sobre nuestra relación, esta noche era de desmentidos. A su hermano, como mucho. Era mi explicación a los secreteos que había presenciado en su casa y a las inequívocas insinuaciones de Simón. Para el resto era “una amiga” a secas.
—¿Has visto la obra de Rita Jiménez? —me preguntó Nora acercando su boca a mi oreja—. Es supergenial, ¿no crees?
—Si me explicas el camino para salir de este recoveco al que he ido confinada la veré de mil amores, y también a todos los demás —le respondí.
—De verdad, es fantástica. —Nora tenía un mecanismo autónomo—. Es supercontemporánea, no sé si me explico, a mí me entusiasma. Mira, aquél es uno de sus acrílicos. —Y señaló entre la muchedumbre un trozo de una tela de grandes dimensiones que colgaba de la pared opuesta a nuestra esquina.
Con mucho esfuerzo y esquivando cabezas pude distinguir una figura alargada y rosácea con dos trazos tirando a ovales en su parte inferior. Quedaba claro que era un pene en erección al que no le faltaba detalle.
—¿Lo ves ahora? Lo ha titulado Potencia I —me informó Nora con entusiasmo—. Si no fuera porque cuesta un riñón me lo compraba ya mismo — aseguró. Preguntó a los demás—: ¿No quedaría divino ese Jiménez en mi salón? Me imagino el efecto: todo el rato corriéndome, el polvo perpetuo, oye...
Risotada general, Eva incluida. El comentario de Nora me pareció carente de estilo y no me uní al festejo. Para mi suerte, nadie me prestaba atención. O eso creía, porque en un fugaz instante Eva me miró como diciendo: “Ya sé que esto no te va, pero compréndenos”. ¡Vaya si les comprendía! Me entretuve en observar a una niña de unos seis años que se había quedado dormida en el suelo, enrollada en sí misma, tan plácida como si las baldosas fueran su nido y una sonrisa entre beatífica e inquisidora le surcaba la cara. Traté de descubrir con quién estaría, pero nadie parecía reparar en su presencia y la gente se limitaba a mirar hacia abajo cuando tropezaba con ella. Estaba tan sumida en su contemplación que cuando volví a la realidad ya no estaban Arancha ni Eva. Iván me ofreció otro entremés sosteniendo la bandeja con un gracioso ademán de camarero.
—¿Gusta la señora? Son de corcho, pero no te conviene beber sin nada en el estómago —me dijo con tono paternal. Me hizo gracia su preocupación por mis digestiones, tanto más teniendo en cuenta que no pasaba de los veinte años. Acepté su invitación inclinándome en una leve reverencia y nos sonreímos con simpatía.
Nora seguía oteando el horizonte humano como si su destino inexorable fuera esperar a Godot. Era por lo menos una cabeza y media más baja que yo, de modo que su vigilancia la obligaba a estar permanentemente de puntillas como una bailarina de azúcar en la cima de una tarta de cumpleaños. En determinado momento estrujó con fuerza mi brazo como si fuera a desmayarse.
—¡Por Dios, me va a dar algo!
La sujeté por el codo.
—¿Te encuentras mal?
—No pierdas el tiempo, María, no le pasa nada. Seguro que ha visto a algún tipo desconocido del cual acaba de enamorarse ciegamente —intervino Iván con voz cansina.
—¡Qué pérfido eres, de verdad, no me explico por qué Arancha te soporta! —le recriminó Nora riendo a mandíbula batiente. Se dirigió a mí—: Fíjate en aquel rubio de camisa Pedro Morago de color granate. ¿Lo ves?
Me puse a ello con buena voluntad, pero no vi nada granate.
—El alto, mujer, el que está en ese grupo con la estrecha de Carolina Fuentes...
—Nora, lo lamento, pero no sé quién es Carolina Fuentes.
Me miró pestañeando rápidamente, miró a Iván con cara de interrogación y me soltó:
—¿Pero dónde has estado escondida todos estos años, chica?
—Dentro de una col —contesté con mala leche—. Esperando a que tú me parieses y me enseñaras la vida.
Iván prorrumpió en una sonora carcajada y a espaldas de Nora me hizo el gesto de O. K. juntando sus dedos índice y pulgar. Sin embargo, la amiga de Eva era inasequible al desaliento y encajó mi directa con desenvoltura.
—Da igual de dónde salgas, ya le preguntaré a Eva. Lo que te decía es que a aquel bombón rubio me lo cepillé anoche y, chica, qué decepción, no aguanta más de un round. ¿No te parece patético?
Era esperpéntica. Pero no tenía otro remedio que esperar a que acabara esta pesadez de reunión y me propuse divertirme a fondo.
—¡Estás de broma! ¿No llegó al séptimo polvo? ¿Cómo has podido soportarlo? Ya lo creo que es patético, y que lo digas. Has hecho “bienísimo” en avisarme, pensaba tirármelo a la menor oportunidad...
—No te molestes —me aconsejó Nora modulando su voz con ese deje especial entre confidente e insidioso que se suele denominar “de mujer a mujer”—. Te apuesto lo que quieras a que es gay, como la mayoría de los presentes. ¡Qué digo!,como casi todos los tíos buenos. Lo cual es muy injusto, ¿no crees? Ves a un macizo impresionante, te relames de gusto pensando cómo se moverá en la cama y al instante aparece su novio gladiador para quitártelo sin más.
—A este paso vamos a tener que recurrir a los placeres individuales — contesté muy en mi papel—. Ya no quedan hombres de verdad, hija, y no será porque no hacemos todos los esfuerzos posibles para que se sobrepongan a su estupidez.
Nora me dedicó una mirada ambigua. Padecía furor uterino, vale, pero no era tonta ni mucho menos y se estaría preguntando si yo la tomaba a pitorreo o era mema de nacimiento. La expresión le cambió cuando distinguió a Eva besando en la mejilla a un hombre de gran corpulencia asfixiado en su traje de media estación y que, a juzgar por el rojo subido de su cuello, parecía estar a punto de estallar.
—Eva está divina esta noche, ¿A que sí? —dijo melosa.
—Eva está divina siempre —sentencié con voz segura. Por fin podía decir algo que me saliera del alma.
Iván se había alejado unos pasos para abrazarse con una chica que le llamó por su nombre. Nora se me acercó y me preguntó:
—¿Hace mucho que la conoces?
¡Qué pregunta comprometida! Por mí hubiera respondido lisa y llanamente la verdad, pero esta gente practicaba con pericia el deporte de la simulación y no se me ocurría nada adecuado.
—Tres siglos si contamos las reencarnaciones y tres semanas si tenemos en cuenta el calendario gregoriano —se me ocurrió en un alarde de ingenio.
El regate funcionó, porque Nora sonrió complacida y vio el camino expédito para la confidencia:
—Te prometo que si Eva se dejara no me importaría irme a la cama con ella. Pero qué pena que se muere por los señores, de lo contrario otro gallo cantaría...
“¿Y ahora cuál es el juego, cabrita?”, pensé. Porque si Nora estaba al tanto de mi relación con Eva su confidencia era decididamente maligna, pero si la ignoraba era una estupidez por su parte airear sus fantasías sexuales ante cualquiera que se le pusiera a tiro. Aunque cabía una tercera posibilidad: siendo yo amiga de Eva podía esparcir el comentario y sus deseos llegarían a buen destino por una vía indirecta.
—¿Pero no quedamos en que nos van los tíos? —dije ingenuamente escandalizada. Esta conversación era decididamente delirante.
—Hija, María, eres una puritana, y perdona la franqueza. Claro que me gustan los hombres, me ponen a cien por hora, ¿Pero a quién le amarga un dulce?
Volví la cara hacia la pared conteniendo la risa aun a riesgo de reventar. Ya era cómico que Nora deseara a Eva, pero que lo enmascarara exhibiendo su condición de femme fatale, que Eva no admitiera ante los suyos que amaba a una lesbiana por temor al descrédito social y que ambas me consideraran puritana precisamente a mí, la única que vivía sin complejos su sexualidad y hacía el amor con el dulce que no amarga, era demasiado. La diversión con Nora ya no daba más de sí, me estaba aburriendo más de la cuenta y empezaba a sentirme un poco asfixiada en mi refugio.
—Voy a dar una vuelta —le informé.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:53 pm

Ella retomó sus barridos de radar a la búsqueda y captura de algún vuelo rasante. Me alejé cuanto pude y comencé a circular por entre el gentío, que por fortuna empezaba a ralear. A estas alturas confieso que estaba bastante despistada y se me iba un poco la vista. Procuré fijarla en las telas, que ahora se apreciaban mejor. La mayoría representaba el cuerpo humano y en especial los genitales y sus funciones mecánicas con un realismo que pretendía la obscenidad sin disimulos. Falos, vulvas y apareamientos minuciosamente detallados eran los íconos estrella de la muestra, lo que aumentó mi desconcierto. Eva y Nora tenían razón al tacharme de puritana, porque a mí este despliegue de imágenes no sólo no me atraía sino que me provocaba un mortal aburrimiento.
—Todo esto es una antigualla. Fue, se acabó hace dos o tres años, me indigna que estas galerías de pacotilla traten de encajarnos sus saldos como si fuéramos gilipollas —sopló una voz aguardentosa peligrosamente cerca de mi tímpano.
Volví la cabeza y me topé con la cara de un rubio guapísimo de facciones francamente atractivas y sonrisa más que seductora. Me tendió una mano que estreché con fugacidad.
—Fernando Santana, artista alternativo —se presentó dándole un buen tiento a su copa. Con un ademán vago abarcó la sala —. Morralla moderna y de la mala, ¿No crees? Pretérito imperfecto, caca. Éstos no se han enterado que la modernidad ha muerto y que viva la posmodernidad, ¿me explico? El cuerpo presunto, las no presencias, lo que envuelve pero no se ve, la nada, en una palabra. Has leído a Sartre, lo sé, no me preguntes cómo. Pues eso, el ser y la nada. Si quieres seguimos la charla en mi estudio, me interesa muchísimo tu punto de vista, eres una auténtica perita en dulce... Intelectualmente hablando, claro.
Pero yo no estaba para nada interesada en Fernando Santana, así que me escabullí tan pronto retomó su discurso. Percibí su penetrante mirada en mi nuca hasta que me mezclé con los demás invitados. Cuando buscaba el camino más corto para llegar a los aseos vi a una pareja bastante apartada del resto. Aferrándose ambas manos se hablaban mutuamente al oído. Un golpe seco en el pecho me sacudió cuando aprecié a la distancia que la mujer era Eva. Él era un tipo alto y musculoso, vestido con un desaliño muy cuidado y con barba de dos días. A juzgar por el intercambio de mohínes y sonrisas se lo estaban pasando en grande.
“Es Carlos”, me dije, y la certeza me produjo un desconsuelo oscuro y pesado. Ahí estaba, a pocos metros de mí, el amante de mi amante, el “otro”, la sombra que enturbiaba nuestra relación. ¿Cómo no se me ocurrió pensar que le invitaría al evento? Eva debió habérmelo advertido, al menos. Sin duda mi rostro reflejaba con claridad meridiana el shock que acababa de sufrir, porque al darme la vuelta buscando instintivamente la salida me topé de bruces con Arancha.
—¿Estás bien, María? Te noto muy pálida, ¿Quieres que salgamos fuera? — me preguntó solícita.
No quería que se enterase de que deseaba salir huyendo y mucho menos darle explicaciones sobre mi estado de ánimo, así que negué con la cabeza y tardé unos segundos en responder:
—Gracias, Arancha, debe de ser el calor y alguna que otra copa de más, voy a tomar el aire...
Iba a continuar mi camino pero al dar el primer paso cambié de opinión. No me iría hasta saber quién era el devoto interlocutor de Eva.
—Por cierto... ¿quién es el chico que está con Eva?
Arancha ajustó al puente de su nariz unos quevedos de carey que llevaba en un bolsillo disimulado de su chaqueta.
—Es que sin gafas... Ya, ya sé a quién te refieres...
—¿Cómo se llama?
—Te gusta, ¿Eh? —rió codeándome con familiaridad—. Lo cierto es que está estupendo, el mujererío entero va detrás de él. Bueno, yo me contengo por Iván, me gusta serle fiel.
—Pero ¿Cómo se llama? —insistí. Mi urgencia por saber si Eva se había citado aquí con Carlos era perentoria.
—Y además de guapo es un gran escultor, trabaja el hierro como pocos. — Arancha seguía dilatando la respuesta que ansiaba—. Me gustaría tenerlo en exclusiva, pero ya tiene galería. Es Borja Soriano. ¿No has visto nada suyo?
Sentí deseos de darle un beso agradecido. La sangre volvió a circular por mis arterias, el oxígeno comenzó amabastecer de nuevo mi cerebro y sentí que me relajaba como una momia a la que liberan de sus vendajes, si es que las momias sienten y padecen. La actitud de Eva me parecía excesivamente cariñosa, pero al menos no se trataba de Carlos. Por otra parte besos, mimos y arrechuchos de todo tipo estaban a la orden del día y un amor incondicional parecía unir a la flor y nata del arte como a buenos hermanos de una misma cofradía rociera.
El nombre de Borja me sonaba de algo, y de pronto recordé que Eva lo había mencionado en uno de los recuentos de su pasado amoroso. ¿Había sido este el Borja aludido o se trataba de un homónimo? Procuré hacer memoria, pero Eva había mencionado un buen número de nombres y yo no había elaborado ninguna lista. Iván se aproximó a Arancha y le ciñó amorosamente la cintura. Componían una singular pareja, él casi un adolescente desgarbado de rostro ingenuo y ella una mujer hecha y derecha bien pasada la cuarentena y con una impronta en sus rasgos que delataba una vida no especialmente benévola. Yo seguía pendiente de Eva y su larga conversación con el escultor del hierro, pero alcancé a oír a Arancha comentar a Iván en voz baja:
—Voy a tener que hablar seriamente con Eva. Esta última semana debería haber trabajado a full para la muestra pero se ha escaqueado la mayor parte del tiempo. De hecho ha faltado mucha gente de la prensa, de la televisión ni noticias y de la lista de contactos que le pasé no ha venido ni la cuarta parte. No sé en qué anda, pero no lo ha hecho nada bien.
¿Eva no había trabajado hasta altas horas de la noche la semana entera? Pues yo podía dar fe de ello. Arancha estaba siendo muy injusta. Claro que existía la posibilidad de que la regañina que le esperaba a Eva estuviese justificada, lo cual me convertía en una ingenua de primera línea. Cavilaba sobre esta contingencia cuando oí un murmullo cerca de mi oreja.
—Que te estoy hablando a ti, María — me estaba diciendo Iván.
—Perdona, hoy estoy en Babia, no sé si voy o vengo. ¿Qué me decías?
—Las conquistas de Nora son puro cacareo, la mayor parte de las veces duerme en su camita en casa de papá. Te lo digo por si te has creído su cháchara de mujer fatal.
—No es asunto mío, Iván. Nora puede decir y hacer lo que le venga en gana.
—Verás, a veces me da pena que adopte esa actitud frívola de comehombres. Yo que la conozco más a fondo sé que no es así. Sabrás que es una poeta exquisita...
—Lo que Iván no termina de comprender —intervino Arancha— es que muchas veces las mujeres nos sentimos presionadas para alardear de mesalinas. ¿No crees? Norita tiene sólo veinte años, es muy vulnerable y se ha impuesto la obligación de ser aceptada a toda costa en nuestro círculo adoptando la pose de mujer seductora e irresistible. Seguramente ni ella misma soporta el papel que se ha adjudicado.
—O sea que hace poesía. No lo sabía —contesté por simple cortesía. En este momento mi atención estaba dirigida al rincón donde Eva y su acompañante seguían de tertulia y las peripecias de Nora no me interesaban gran cosa.
—Sí, y es de las buenas —dijo Iván—. Creemos que debería publicar, y de hecho Arancha la ha puesto en contacto con una editorial de Barcelona que lleva una colección de poesía contemporánea. Lo que pasa es que Nora prefiere...
Ya no escuché sus últimas frases, porque acababa de ver a Silvia, acompañada de Esteban, Félix y una mujer de pelo corto entrecano que no reconocí, subiendo las escaleras que llevan al Salón de Columnas. Dejé a Arancha e Iván literalmente con la palabra en la boca, me lancé al encuentro de los recién llegados y les detuve en el rellano. Les abracé como un náufrago se aferra a un madero salvador y de pronto me di cuenta de lo mal que lo estaba pasando en este sitio, mucho más de lo que creía.
—¡Silvia, Félix, qué providenciales! Esteban, por favor, tengo que salir de aquí, vámonos a cualquier parte, donde sea —supliqué con voz temblorosa. Se quedaron tiesos mirándose entre sí. Silvia fue la primera en reaccionar:
—Estás en pedo, nena.
—No, sí, no sé, venga, vámonos ya — insistí.
Esteban me pasó un brazo por el hombro y Silvia hizo lo propio con el que quedó libre. Félix miraba furtivamentemhacia los cuatro costados, como tratandomde identificar a un presunto perseguidor y, si era factible, darle su merecido. La única que permanecía impasible era la desconocida de pelo entrecano, que medio sonreía con cierta ironía.
—Vas a ser buenecita y nos vas a contar qué sucede, ¿vale? —me dijo Esteban haciendo gala de una infinita paciencia—, pero antes quiero echar un vistazo a la muestra, aunque sea rápido. Éstos —explicó señalando al grupo— no me han sacado de mi pijama en balde, así que ya que estoy, al menos me apetece enterarme de qué va el acontecimiento del verano. Si quieres nos esperas abajo en el vestíbulo, será cosa de cinco minutos.
Asentí con la cabeza, y al moverla noté que me mareaba. Silvia insistió en quedarse a mi lado:
—Yo paso, me quedo con María. Está blanca como la escayola.
En ésas estábamos cuando vi que Eva venía a nuestro encuentro. Caminaba con ese aire de majestad descuidada que le era consustancial y algunas personas volvían la cabeza a su paso como moscas atraídas por la melaza. Silvia la reconoció de inmediato y soltó un silbido de admiración. Le di un pellizco en el trasero sin ningún disimulo.
—¡Pero si es la recién llegada, la amante ambidextra! —susurró con la peor de las intenciones—. Espectacular, nena, se mueve que ni Kim Novak en Picnic. Tú, Steve, no te vayas todavía, viene una de presentaciones formales...
Eva llegó hasta nosotros mirándome inquisitivamente y no tuve más remedio que recitar los nombres de carrerilla. Deseaba que se conocieran pero desde luego no en esas circunstancias. Estaba de mal humor y con ganas de vomitar, y lo único que quería era irme de allí cuanto antes.
—Eva, Esteban, Félix, Silvia y... —me detuve ante la amiga de Silvia.
—Amparo, Amparo Dueñas —se presentó tendiéndole ceremoniosamente la mano a Eva, que se la estrechó sin mayor convicción. Tenía una voz melodiosa, inesperada. Acto seguido hizo lo propio conmigo—. Y tú eres María, claro.
Dije que sí sacando una sonrisa de donde pude. Félix parecía nervioso y contra su costumbre no abrió la boca ni para decir “hola”. Se hizo un breve silencio que interrumpió Silvia.
—De modo que Eva, vaya, vaya... — dijo mirándola de arriba abajo con la mayor desfachatez—. María nos ha hablado mucho de ti, ¿Sabes?
—Y tú eres la Silvia que le hizo la foto en San Vicente, esa de la ola que salpica —replicó Eva con una sonrisa seleccionada entre las mejores de su repertorio—. Quisiera una copia, ¿Tendrás el negativo a mano? Espléndida, de verdad, el momento justo, que diría Cartier-Bresson. Trabajas como fotógrafa profesional, ¿No? O al menos deberías...
Era, si mal no recuerdo, la primera vez en mi vida que veía a Silvia sin réplica inmediata. Se notaba que el comentario la había halagado y como desde que divisó a Eva había estado buscando camorra quedó descolocada. Esteban le echó un capote.
—Tengo entendido que llevas una galería. ¿Has traído artistas esta noche? Me gustaría ver en qué andan, últimamente estoy un poco fuera de onda... —dijo con aire profesional, como si se tratara de una entrevista.
Eva le informó brevemente dónde encontrar la muestra de Retro y me tomó del brazo con suavidad.
—Me llevó a María un momento, si puede ser... —dijo sin perder la sonrisa —. Nos veremos, seguro. ¿Vienes conmigo?
Y me separó del grupo llevándome detrás de unos pesados cortinajes de presunto terciopelo.
—¿Qué te pasa, milady? —me preguntó con ansiedad—. ¿Estás indispuesta? ¿Quieres que nos vayamos?
—No es nada, de verdad, sólo estoy un poco... asfixiada, no sé, necesito respirar aire puro, eso es todo.
—Me despido de la gente y nos vamos, ¿Vale?
Era la primera vez desde que estábamos juntas que prefería la compañía de mis amigos a la suya, así que propuse:
—No quiero que cambies tus planes por mí, es una tontería. Quédate hasta que termine el sarao y nos vemos en casa, ¿De acuerdo?
No pareció muy convencida, pero asintió y me apretó el brazo con fuerza.
—No olvides que te quiero. Es una orden —dijo besándome fugazmente la mejilla, muy cerca de la boca.
—Una cerveza bien fría —pidió Silvia al camarero—. ¿Y tú, Amparo?
—Que sea otra.
—Pues dos cervezas y... —Silvia me cedió la palabra.
—Yo..., no sé, un Campari con hielo — decidí. Pero me desdije al instante—. No, mejor sigo con whisky, tráigame uno doble, por favor.
Silvia detuvo al camarero con un gesto perentorio.
—Un momento —le ordenó. Y a mí—: de eso nada, monada. Por hoy ya has cubierto tu ración de toxinas. Para ella una tónica —dijo al hombre.
—¡Serás mandona, prima, lo que me faltaba! —protesté. El camarero miraba a una y a otra con evidente disgusto. La cafetería del hotel Suecia estaba a rebosar, habíamos encontrado una mesa de milagro y el personal no daba abasto —. Lo dicho, un Chivas. Con agua de seltz, por favor.
Antes de irse el hombre ojeó a Silvia como esperando su contraorden. Ésta, en cambio, le estaba explicando a Amparo:
—Normalmente María bebe muy poco, es de esas de la Nueva Era, ya sabes, verduritas al vapor, poco fumar, poco beber, que si energía para arriba y energía para abajo, mucha vela, incienso y cuarzos de colores. Pero esta noche la noto rarísima.
—Que estoy aquí, nenita —dije con aspereza—. No es necesario que hables en mi nombre, y menos una sarta de disparates.
Amparo nos miraba entre intrigada y divertida, los dedos jugueteando sin cesar con un inverosímil colgante de madera que semejaba una rama de vid enroscada en sus sarmientos y que destacaba en el generoso pecho que parecía desbordar la camisa de clásico corte masculino. Mientras cubríamos el corto trayecto que separa el Círculo de Bellas Artes del hotel Suecia y tras negarme a que me llevaran a casa, Silvia la había presentado como la presidenta del colectivo donde militaba, el Círculo de la Rosa.
“Lesbiana y de las heavy, a juzgar por las trazas”, había pensado yo aspirando a grandes bocanadas el aire caliente de la noche que comenzaba a sentarme bien. Al severo atuendo de chaqueta y pantalón gris oscuro sólo le faltaba una corbata a rayas diagonales para completar la viva estampa de un obrero vestido de domingo. Cada tanto se atusaba con gesto enérgico su escueta cabellera, donde asomaban abundantes canas. Por el contrario, tenía una mirada profunda y cálida que embellecía su cara redonda y algo abotagada.
—¿Y Marga? —pregunté más por sacar un tema que por deseos de hablar.
Amparo parecía radiografiarme meticulosamente y eso aumentaba mi creciente irritación. Silvia aparentó indiferencia.
—Con sus padres en la dichosa casa de verano del Pantano de Buendía, supongo...
—¡Uy, uy, uy! ¿A qué viene ese “supongo”? —exclamé—. Suena a nubes tormentosas en el cielo azul. ¿Pasa algo, Silvín?
—¡No, qué va! Sólo que... —Hizo un mohín—. Me temo que está un poco saturada de mí, o al menos eso creo. Bueno, para ser totalmente sincera no es que lo adivine, lo sé, me lo ha dicho. Por lo visto le agobian mis arrebatos, dice que soy demasiado brusca y cambiante, que la descoloco de continuo, y también me da la paliza con los porros, pero, oye, soy así, y si no le gusta la mercancía que ofrezco que no compre más —resopló hastiada—. No pienso cambiar mi personalidad sólo porque a la señora le moleste. ¿Tengo o no razón, presi?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:54 pm

Amparo esperó que el camarero dejara el pedido sobre la mesa y apenas nos dio la espalda dijo con serenidad:
—Ya sabes lo que pienso al respecto, Silvia. Creo que sí deberías tener más en cuenta los sentimientos de Marga. Sería una tontería tirar por la borda una relación tan enriquecedora. Después de todo, un buen cambio a tiempo es refrescante y evita males mayores. Yo de ti me lo pensaba mejor.
A mi amiga le gustó bien poco lo que oyó. Era evidente que sentía admiración por Amparo y que el comentario la desautorizaba. Me miró de soslayo. Sabía de sobra que yo compartía la opinión que acababa de oír y tal vez temía una alianza, pero no dije nada, abstraída en mi nebulosa. Dejé vagar la mirada alrededor. Si habíamos optado por el Suecia buscando su habitual tranquilidad nos habíamos equivocado de día. Buena parte de la gente del Círculo había recalado aquí y el ruido ambiental se tornaba fastidioso. Me dediqué a beber con ahínco, dispuesta a emborracharme. Silvia comentó:
—Me gustó tu Eva. Además de guapa parece lista y muy desenvuelta. ¿Va a venir luego?
—No es mi Eva —gruñí enfatizando el “mi”—. Y no sabe dónde estoy.
Lanzó una rápida mirada a su amiga.
—Vaya, vaya, problemas en el paraíso... Por lo visto no soy la única que resbala en la pista de baile.
¿Me lo parecía a mí o esa noche todo el mundo estaba especialmente mordaz e ingenioso? Lo más probable, pensé entre los vapores que comenzaban a nublarme el entendimiento, es que yo estuviese más quisquillosa que de costumbre. Hasta Silvia me resultaba pesada con sus pullas. Procuré decir algo intrascendente para sacudirme la creciente sensación de agobio, pero no se me ocurrió nada y guardé silencio.
—Yo en tu lugar me pedía un poleo menta, forastera —oí a alguien susurrarme al oído.
Era Esteban. Él y Félix se hicieron en un santiamén con un par de sillas de las mesas vecinas y se unieron a nosotras.
—Hombre, por lo visto la brigada antivicio me tiene hoy bajo estricta vigilancia —protesté.
—Porque no te has visto la cara, guapa —dijo Félix. Hasta entonces no me había dado cuenta de que se había teñido el pelo de amarillo limón fosforescente—. Estás demacrada y con pinta de haber visto un espectro de cuerpo presente. Aunque debo admitir que luces divina. Deberías vestirte así más a menudo, te da un aire a Marlene Dietrich en plan ambiguo, qué sé yo, una pluma sutil y con mucho morbo.
—Más bien a Greta en Ninotchka, diría yo —puntualizó Silvia—. ¿Qué tal la exposición?
—¡Fenomenal, me ha entusiasmado! — respondió Esteban mientras se las entendía con el camarero—. Tu Eva es un encanto, hasta se ofreció a oficiar de cicerone.
—No es mi Eva —reiteré remarcando las palabras—. Y no me gusta ese dichoso posesivo.
Esteban no se inmutó.
—Pues tu no-Eva conoce su trabajo a las mil maravillas. ¿La exposición? Muy fuerte, muy potente y todas esas cosas que se dicen en estas circunstancias, ¿Verdad, Félix?
El aludido puso los ojos en blanco. Era manifiestamente amanerado y hacía ostentación de ello.
—Mires por donde mires un auténtico deleite —dijo exaltado—. Esos aparatos enormes, hiperreales, tan... tan... apetecibles, tan elocuentes... ¡Huy!
—Por favor, chico, modérate, esos grititos de loca me sacan de quicio —le recriminó Esteban—. Lo haces para enfadarme, es evidente, y casi siempre lo consigues.
—Haya paz, niños. Félix, no me des la noche, ¿quieres? —intervino Silvia masticando almendras con avidez.
Me encaré con Esteban:
—¿De modo que te ha parecido fenomenal esa bazofia? ¿De qué presume? ¿Se supone que es una metáfora de la pornografía al poder? Vaya mundo... En el fondo no me asombra, es más, era de esperar. Si la obra que cuelga de las paredes del Círculo es representativa del arte actual no hay duda de que está creado a la medida de ninfómanas hambrientas y gays desmadrados. Será porque tienen mucha pasta, supongo, y se compran cualquier cosa que les ofrezcan.
Se hizo un silencio embarazoso y aunque no levanté la vista de mi vaso sabía que estaban mirándome con extrañeza.
—Eso ha estado un poco duro, María —dijo Esteban con delicadeza—. Estás un tanto desquiciada, ¿No crees? ¿Vas a decirnos por fin qué cuernos te pasa?
Tenía un nudo en la garganta, intenté hablar pero me salió un lloriqueo que no pude reprimir:
—Lo siento, Esteban, de verdad, no sé cómo he podido decir un disparate de este calibre. Verás...
Silvia me extendió la mano.
—Estás con nosotros, cariño, tranquila, hay confianza.
Sí, había confianza, pero estaba Amparo, y me resistía a desahogarme delante de una extraña. O al menos eso creía, porque sin darme cuenta me oí hablar hasta quedar sin aliento, como una hemorragia incontrolable. Entre hipos, solté un largo discurso deshilvanado en el que se entremezclaban mis dudas sobre Eva, su pasado y la colección de hombres de los que alardeaba, sus sentimientos hacia mí, los días tan intensos que estaba viviendo, el amor loco por esta recién llegada a mi vida, el pánico que había sentido al confundir al tal Borja con el tan manido Carlos, la impresión que me habían causado sus amigos y su familia, a los que califiqué de “muy puestos, superficiales y tan ficticios como flores de papel”. Me lamenté entre sorbo y sorbo de los arrebatos de Eva, de sus escapadas, de la impresión de que recelaba de mí de continuo. El comentario de Arancha sobre la ineficacia de mi amante en la organización de la exposición había colmado mi vaso. Si durante días Eva había vuelto a casa a las tantas de la noche y el motivo no había sido su trabajo... ¿Qué había estado haciendo y, sobre todo, con quién?
—Sus amigos no sabían nada de mí — sollocé—, me oculta como a una tara de nacimiento. Vale, entiendo que disimule ante sus padres, pero ahí en el Círculo me he sentido como una paria, como si no tuviera ni identidad ni peso específico. ¡Camarero! —grité.
—Como te pidas otra copa te la ganas —amenazó Silvia apoyada por el tácito acuerdo de Amparo—. Estás hecha un mamarracho, y no pienso auxiliarte cuando te dé la vomitona, faltaría más.
Pero Félix ya estaba pidiendo otro whisky que el camarero me sirvió al instante.
—Diferentes puntos de vista terapéuticos —arguyó Félix respondiendo con una carantoña a la mirada fulminante de Silvia—. Si tiene tamaño mazacote dentro es preferible que lo suelte, chica, de lo contrario se pudre y a la larga es peor, al menos ésa es mi teoría
—¡Terapia! —se burló Silvia—. Eres un cotilla, Felicito, y quieres que suelte la lengua.
—... No sé, esto es demasiado para mi cuerpo, seguramente —seguí con mi soliloquio—. Y esa verborrea sexual continua, como una letanía, de verdad me sacó de quicio, la tonta de Nora, los demás mequetrefes, no hablan de otra cosa que de coitos, ligues, falos... ¿Pero es que los hetero están masivamente obsesionados con el sexo?
—Toma, y yo, y no soy precisamente muy heterosexual que digamos, ni aquí mi novio —acotó Félix por lo bajo guiñándole un ojo a Esteban.
—No progresamos nada, vamos hacia atrás como los cangrejos. No soy una moralista, o a lo mejor sí, me importa un bledo, pero ¡Vaya aburrimiento! — proseguí ajena a todos y saltando de un pensamiento a otro—. Y todo tan fuerte, tan repentino, a veces me siento como una esclava, lo digo de corazón, esperando a la niña todo el tiempo, y eso si llega, si está de buena luna. ¡No, pero qué digo! — me contradije—. Soy injusta, es un cielo, me ama y lo demuestra y lo cierto es que la adoro, no podría vivir sin ella ni un segundo, lo que pasa es que... — definitivamente estaba hecha un lío—, no sé. Sí, claro que deseaba un nuevo amor, pero algo sereno, después de unos años sin enamorarte estos ciclones te pillan fuera de juego, a lo mejor no estaba preparada...
—¡Ah, no! No me salgas con frases de teleserie yanqui, cariño —protestó Esteban sin dejar de acariciarme el pelo como a un gato mojado—, esa muletilla que utilizan de continuo es totalmente estúpida, como si la vida fuera un flan de huevo que no termina de cuajar.
—Hablo como me apetece, espabilado —le espeté con mal genio.
Entrecerró los ojos hasta la mínima expresión:
—María, amiga del alma mía, es obvio que estás un tanto descalabrada, basta oírte, pero al menos procura mantener el estilo.
—Y lo bien que miente Eva, me alucina, qué naturalidad, es como... —Me detuve de golpe. Mis neuronas habían registrado con retraso el comentario de Esteban—. ¡¿Y por qué tengo que mantener el estilo, joder?! —estallé—. ¿Qué soy, la embajadora de España ante la ONU? ¡No me calientes más de lo que estoy, Esteban! Te conozco de memoria, encanto, y sé que te divierte provocar reacciones en los demás sin perder ese aspecto de ángel. ¡Pues mira por dónde lo has logrado, hala, ya me he desquiciado del todo!
Y tras apurar de un trago lo que quedaba de whisky dejé el vaso en la mesa con un sonoro golpe. Estaba tan fuera de mí que no me importó que la mayoría de los clientes estuviera pendiente de nosotros. Solícita, Amparo se ofreció a acompañarme a los servicios.
—¡No quiero ir al lavabo, odio los lavabos! —rehusé con brío—. No tengo ganas de orinar, estoy dolida, confusa y bastante borracha, pero no me meo. Y además me aburre soberanamente que las mujeres insistamos en que cualquier desaguisado se arregle en los baños, leche, con lo mal que huelen, somos carne de letrina...
Amparo soltó una estrepitosa carcajada que me tomó por sorpresa.
—Te juro que nunca la había visto así —susurró Silvia a su oído pretendiendo no ser oída—. ¿María Corradi diciendo palabrotas y comportándose como una barriobajera trompa? Primera vez en la vida.
—Pues yo la encuentro divertidísima, y además es muy cierto que las mujeres nos adjudicamos los retretes para dirimir cualquier conflicto —respondió Amparo sin dejar de reír. Me tendió la mano por encima de la mesa, pero me abstuve de recibirla, recelosa—. Estás furiosa, María, y haces perfectamente bien en soltarlo. Tu novia es heterosexual, ¿Verdad?
Asentí con la cabeza mientras rebuscaba en mi bolso un kleenex para sonarme la nariz.
—Pues lo tienes crudo —prosiguió Amparo tendiéndome un pañuelo de papel por intermedio de Esteban, que me lo puso en la mano. Me limpié como pude la cara congestionada—. Estoy convencida de que un buen número de heteros tienden a imponer en sus relaciones lésbicas los mismos patrones machistas de dominio, y normalmente se reservan el rol clásico masculino.
—¡Para que veas! —me espetó Silvia con gesto triunfal—. Te lo dije desde el primer momento, pero por supuesto no me hiciste caso. Confieso que no sabía bien por qué le tengo manía a esas señoras, pero Amparo ha dado en el clavo y ahora lo veo clarísimo. Es verdad, cuando se enrollan con otra mujer las hetero van de machitos por la vida. “No preguntes, tengo mis asuntos, tú calla y espera en casa como está mandado”.
—No me cargues, Silvia, no estoy de humor —amenacé, sonándome la nariz con estrépito.
—Es más —abundó Amparo—, como las mujeres estamos colonizadas por la ideología dominante, las heterosexuales tienden a juzgar a sus pares de sexo reproduciendo los mismos juicios masculinos: todas somos envidiosas, traicioneras, charlatanas, retorcidas, irracionales y demás clichés ridículos. Y no olvidemos a las madres, las encargadas de perpetuar el machismo desde la retaguardia, aquello de “niño, tú no coses ni planchas, eso es de maricones”... —rió.
Exponía sus ideas con una seguridad exenta de crispación que me gustaba, en especial ese modo suyo de modelar el aire con las manos con gestos redondos y precisos y su voz profunda. Yo comulgaba con sus puntos de vista, pero repentinamente deseé atacarla. La veía tan oronda y pedagógica en su discurso que sentí ganas de que se tambaleara un poco, pero la pereza me pudo y continué enfrascada en mis pensamientos y en mi nariz.
—Si por añadidura eres lesbiana, es que eres una fracasada o una eterna adolescente que aún no se merece un hombre. Bueno —añadió—, estas teorías no las he formulado yo, hay excelentes investigaciones al respecto y precisamente en el Círculo de la Rosa estamos organizando un seminario europeo sobre este particular.
—Pues yo no estoy para nada de acuerdo —intervino Esteban reclinándose en la silla cuan largo era—. Amores son amores, y tanto da que sean hetero u homo, más bien es la sociedad la que los codifica.
—¡Y un jamón! —saltó Silvia—. Y además... ¿qué sabes tú de asuntos entre mujeres? Lo hemos discutido cientos de veces, Steve, y en la vida nos pondremos de acuerdo. Los gays son los menos indicados para opinar sobre el machismo.
—Porque tú lo digas, guapa —saltó Félix exagerando sus meneos—. Nosotros somos gays pero nada machirrongos.
Silvia estaba en su elemento, era una de sus polémicas preferidas.
—Un gay, querido mío, es un hombre que ama a otro hombre, así que, si me apuras, es doblemente machista. Es una simple suma: uno más uno da dos, o sea, el doble.
—Déjate de decir disparates, Silvia, eso es puro maniqueísmo —salté al instante—. Las cosas no son tan lineales, y menos en las relaciones de amor. Ni mucho menos en las relaciones de amor —repetí hipando—. Hay muchos matices, nada es...
—Blanco o negro, existen los grises, bla, bla, bla... —se burló Silvia—. Basta verte; demuestras una claridad meridiana y cada secuencia del guión de tu película está perfectamente pulida y encajada.
—Estás cabreada con tu chica, Silvia, y me parece una maldad que te la tomes con María, visto y considerando que está como está —cortó Esteban saliendo en mi defensa.
Lo cierto es que yo sentía que me subía el vómito por la garganta y me moría por ir a los aseos, pero después de mi vehemente negativa no quería dar el brazo a torcer. Pude controlar las náuseas mientras oía a Félix preguntarle a Amparo:
—¿En serio crees que las mujeres heterosexuales son machistas?
—En buen número, sí, y se convierten en las auténticas responsables de que la inexplicable supremacía masculina no sólo no retroceda sino que viva una especie de renacimiento —dijo con convicción—. Cuando ya casi estaban en desbandada aparece en los ochenta una nueva hornada de señoras que...
—Ahórrate los panfletos, Amparo, en esta mesa estamos todos convencidos de las excelencias de tu producto, es más, somos todos consumidores —interrumpí con grosería—. De lo que ya no estoy tan segura es de que las heterosexuales se adjudiquen el rol de macho cuando están en relación con otra mujer —dije no obstante—, al menos yo no lo vivo así.
Amparo pareció desconcertada por mi tono agresivo pero se rehízo de inmediato y me miró con fijeza:
—¿Eres consciente de que antes has dicho que te sentías como una esclava?
—¿Quién, yo? —Miré a los demás—. ¿De verdad dije eso?
Asintieron a coro. “Subyugada”, había adjetivado Alessandra hacía unos días, que venía siendo lo mismo, y su sentencia me había inquietado bastante, seguramente porque definía con irritante exactitud lo que yo estaba sintiendo. Pero estaba convencida de que ese estado de cosas era responsabilidad exclusivamente mía, no de Eva.
Si yo jugaba a la sometida dejaba a la otra oportunidad de someter, el juego consiste en quién se apodera primero del conflicto, cualquiera sea. Es absurdo, lo sé, pero los humanos somos bastante absurdos. Sobre todo cuando se trata del amor, la patología psíquica peor estudiada.
—Decididamente estoy borracha perdida —negué—, porque no creo que las cosas sean así. Ni soy una esclava ni Eva es mi dueña y señora, bueno estaría. Lo siento de veras, chicos, me disculpo por la sarta de tonterías que he soltado. Y ahora quiero otra copa. La censura fue general.
—Es una tontería, nena, lo mejor es que te llevemos a tu apartamento y te dejemos a salvo en tu camita —dijo Esteban con severidad, mientras los demás asentían enfáticamente.
—Ni hablar —me costaba pronunciar las palabras—. Quiero emborracharme en serio.
—¿Pero por qué? —se exaltó Silvia—. Normalmente no te gusta beber, y en las pocas ocasiones que lo has hecho me pediste que te recordara lo mal que lo pasas luego.
—Pues hoy te relevo de tu papel de niñera —me empeciné—, y quiero pillar una buena.
—Tal vez te da miedo saber algo de ti que no deseas que salga a la luz, y por eso no quieres ir.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:54 pm

—¡Vaya, cuánto honor, pero si está entre nosotros el mismísimo Sigmund Freud reencarnado en una peliculera enanita! —me burlé—. ¡Qué estupidez! ¿Miedo yo, en mi propia casa? Además, Eva está esperándome.
—O no, y eso asusta. —se sumó Félix con cautela.
Sentí que la náusea me subía otra vez por la garganta.
—¿Qué dices, listillo?
—Que estás muerta de celos, hija, eso es lo que te pasa, y temes que Eva no esté esperándote como dices, o peor, que algún galán la tenga secuestrada.
—¿Celos, yo? —la indignación no me dejaba hablar—. ¿Yo, que nunca los he sentido y que ni siquiera sé en qué consisten?
—Sí, celos. ¿Por qué no admitirlos? Ce, e, ele, o, ese, bonita. —¿Silvia también se aliaba? Me sentí perdida—. Se te notan a la legua, y creo que lo mejor que puedes hacer es aceptarlos como tuyos.
—No quisiera inmiscuirme donde no me llaman —continuó Félix—, pero lo cierto es que no has parado de hablar del pasado de Eva, de los hombres que se la han beneficiado, del guapo escultor con el que hacía manitas, de un cierto Carlos, de tus dudas con respecto a sus sentimientos... Ésos son celos puros y duros, te lo digo yo que de eso entiendo lo mío.
—Y si no que me lo pregunten a mí, que soy el gallo negro que mi marido siempre ofrece en sacrificio al Satán de los celos —apostilló Esteban abriendo los brazos como un crucificado.
Les miré de hito en hito. Amparo se mostraba súbitamente muy interesada por el estado de sus zapatos y examinaba el suelo con la evidente intención de no comprometerse, pero los demás me devolvían la mirada con una gravedad casi compasiva que literalmente me descompuso. Me levanté intempestivamente y caminé todo lo recta que pude hacia la barra. Estaba tan rabiosa con ellos y conmigo misma que no podía coordinar dos ideas alternas. ¡Celosa yo, qué burrada, qué desatino! Haciendo equilibrios, trepé a duras penas a un taburete que parecía más alto de lo normal y ordené dos whiskis sin hielo.


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7

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:54 pm

Algo me estaba molestando entre la nuca y la espalda, un bulto que comenzaba a incordiarme demasiado y que me impedía descansar con comodidad. Haciendo un esfuerzo doblé un codo hacia atrás y palpé una tela áspera y caliente. Entre la neblina del sueño creí reconocer un objeto semejante a un cojín, y tiré de él hasta desalojarlo de su sitio. Suspiré aliviada y me arrebujé aún más dispuesta a seguir durmiendo, pero el sonido de una voz muy lejana se abrió paso por entre mi arrobamiento hasta que se hizo perceptible.
Abrí un ojo perezoso y me sobresalté al ver en primerísimo plano la cara de Silvia. Exhibió una sonrisa maternal y estaba diciéndome:
—Buenos días, Bella Durmiente... O buenas tardes, según se mire.
La tela ruda y calurosa era, en efecto, un almohadón, pero no me pertenecía, ni tampoco esa cama. Fui despertando poco a poco, pero por instinto no moví elcuerpo ni un milímetro, a pesar de la presencia tranquilizadora de mi amiga.
—¿Dónde estoy? —pregunté cautelosa con un hilo de voz.
El primer plano se alejó un poco.
—En el Purgatooorio, cordera de Diooos, a la espera de ser juzgada por tus actooos... —ululó Silvia en plan El exorcista.
—Ésta no es mi casa... —empecé a atar cabos—. ¿Estoy bien? ¿He tenido un accidente o algo así?
Su risa me volvió a la realidad.
—En cierto sentido, sí. Te diste de morros contra unas cuantas copas de whisky que conducían en sentido contrario, ya sabes cómo se ponen cuando beben más de la cuenta.
Me incorporé con lentitud hasta quedar completamente sentada en la cama. Pese a la penumbra reinante reconocí su dormitorio. Sonreí tontamente, sin saber qué hacer, con ese embarazo de quien no recuerda cómo fue a parar a un lugar desacostumbrado. No obstante un leve mareo, me sentía muy bien, con la sensación de haber dormido profundamente un tiempo indefinido.
—Sólo a ti se te ocurre ponerle a un almohadón una funda de arpillera. ¡Qué calor! Por cierto... ¿Qué hora es? — pregunté desperezándome todo lo que me permitían mis miembros entumecidos. Silvia descorrió las cortinas de la ventana de un golpe y una luz despiadada entró a raudales en la habitación.
—Las tres y media de la tarde, minutos más minutos menos...
—¡Las tres y media, qué barbaridad! — Reflexioné un momento y añadí—: Vale, ¿Pero de qué día?
—Muy aguda, buena señal. Elige tú — dijo Silvia moviéndose por la habitación de puntillas, como si velara por un enfermo grave—. Pero sugiero que consideres la posibilidad de que sea el día siguiente al de ayer. ¿Te preparo un café?
—Sí, pero más que nada tengo un hambre canina, me comería un buey crudosin despellejar —respondí a la par que me incorporaba y buscaba mi ropa por la habitación. Estaba sobre una silla. Silvia me tendió una camiseta y unos pantalones cortos de Marga.
—Deja eso, ten esto, estarás más cómoda. Tu ropa está de pena.
Ya me había dado cuenta nada más tocarla. La tela de la camisa estaba pegajosa y no olía precisamente a colonia. Me sentí un tanto avergonzada.
—Se te aflojaron las tripas —me explicó—, ya me entiendes, por todos los orificios que encontraron. No; miento: las orejas se salvaron de la riada. Debes tener una resaca de aquellas, ¿No? Ven, vamos a prepararte algo.
Cansinamente, la seguí hasta la minúscula cocina de su no menos diminuto apartamento. El abarrotamiento de objetos era de tal magnitud que resultaba inverosímil que dos personas pudieran vivir en esa especie de almacén de provincias. Muebles, estanterías, sillas descalabradas y todo tipo de trofeos de container salían al paso por los rincones. Predominaban sobre el conjunto la panoplia alusiva al cine, y la pasión cinéfila trepaba por muebles, paredes y puertas en forma de pósters, decenas de fotografías, la más nutrida videoteca que se pueda imaginar, portadas de guiones y entradas de cine que Silvia guardaba con devoción pero sin la menor disciplina coleccionista. Como era un primer piso interior, el sol brillaba por su ausencia salvo en el dormitorio, y la mayor parte del tiempo la luz eléctrica permanecía encendida, lo cual acentuaba la sensación de museo dedicado a la adoración de Penélope Cruz, Debra Winger, Audrey Hepburn, Kim Novak, Monica Vitti, Greta Garbo, Wynona Ryder, Cameron Díaz, Bette Davis y una larga lista de amores “silvianos”. La única concesión a las preferencias de Marga, fanática del tenis, era una fotografía de buen tamaño con la imagen de una Martina Navratilova inédita luciendo un vaporoso modelo de Valentino y con la que el visitante se topaba apenas entraba en la casa.
Haciendo honor a la pasión de Silvia por el cine de los años cincuenta, la puerta que daba acceso a la cocina estaba tapizada con un gigantesco póster de Ava Gardner en Mogambo, actriz y película fetiches de mi amiga. “Me gusta abrir la puerta y acariciarle el muslo de refilón — explicaba Silvia para enfurruñar a su amante—. Sé que es un capricho tonto, pero como lo mío con Ava es platónico no se contabiliza.” La cocina a escala para enanos era un amasijo de restos de comida, tetrabricks vacíos y platos sucios.
—Ponte por aquí, esto es un desastre —dijo Silvia apartando apresurada un manojo de ropa de un banquillo—. Cuando no está Marga ya se sabe, no me hallo, las labores del hogar no son mi fuerte.
—Pues pagas a una asistente y liberas a Marga de limpiar tu mugre, cochina machista. Además entre las dos entra el suficiente dinero como para alquilar un piso más grande —comenté marcando mi número en el teléfono de pared.
Silvia trajinaba con la cafetera que había cerrado repleta de borra y se negaba a ser abierta.
—Lo sé, lo sé, Marga me lo sugiere todos los santos días, pero sabes que adoro este cuchitril y que dejarlo me parte el alma. Además, Argüelles es mi barrio y no me sacan de él por nada del mundo.
—Ni falta que hace, boba. Anda que no hay pisos estupendos por la zona...
Escuché mi propia voz en el contestador y colgué. O bien Eva no estaba o prefería no atender una llamada dirigida a la dueña de casa. Le di al botón de rellamada y tras oír nuevamente el mensaje marqué el código a distancia. Había un recado de Emilia, mi editora, recordándome con fina diplomacia que tenía un trabajo a realizar en un plazo concreto y una responsable —ella— a la cual rendir cuentas. Y otro de mi madre, un tanto inquieta porque sus dolores de abdomen iban en aumento, pero recomendándome que no me preocupara por ella.
—Madres... —comenté—. Cortadas por el mismo patrón, parecen clónicas, tú. Primero te alarman hasta el síncope y acto seguido te mandan no alarmarte, si es que... Tengo hambre, Silvín, mucha, de las buenas. ¿Qué tienes por aquí?
Abrió la nevera y se sorprendió de su contenido.
—¡Anda, pero si soy un genio! Había olvidado por completo que ayer hice la compra. Estás de suerte, Bella Durmiente, hasta tengo jamón serrano...
—Tú arrima para acá, que yo me encargo. ¿Ya desayunaste?
—Comí algo por ahí, me fui temprano. Mi Gran Jefe Blanco, Gonzalo, suele olvidarse que los sábados son sagrados y se empeñó en que nos viéramos para finiquitar con los actores secundarios el contrato de la nueva peli. Prácticamente acabo de llegar.
Mientras el café bullía al fuego, me puse a la tarea de devorar cuanto me caía a mano. Comía con avidez, con una voracidad inusual, conjuntando mermelada, jamón, paté, miel, pan de molde, mayonesa y el fragante cruasán que Silvia había traído para mí con pepinillos y cereales. Mientras, no cesaba de pensar en Eva. La añoraba intensamente, como si hiciera años que no la viera. Deseaba, necesitaba abrazarla con urgencia perentoria, decirle que la amaba y que era mi vida. Estaría preocupada por mí, a no ser que mi gente se hubiera puesto en contacto con ella de alguna manera. Silvia me tendió uno de esos enormes tazones del todo a un euro rebosante de café con leche espumosa. Le agradecí con una carantoña y pregunté con la boca llena:
—¿Por qué no estoy en mi casa?
—No recuerdas nada de nada,
¿Verdad? —dijo sentándose a mi lado.
—¡Claro que sí! —alardeé—. Estuvimos en el Círculo, luego fuimos al hotel Suecia, yo bebí mucho y... —me fallaba la memoria, era evidente— y luego... Bueno, ya lo sabes, tú estabas allí.
—Te pusiste fatal, querida, es más, bastante asquerosita, si me lo permites. ¿De verdad no te acuerdas del tinglado que montaste?
Negué con la cabeza, un tanto alarmada por el prólogo del relato que barruntaba.
—Pues... hablaste por los codos, pobrecilla mía, muy dolida pero de un ramplón que no veas, te peleaste conmigo, con los chicos, con los camareros y con un huésped alemán que te sujetó justo en el momento en que te caías redonda del taburete de la barra. El berlinés tendrá que tirar a la basura aquella camisa tan mona, creo que la bilis es muy difícil de quitar cuando se impregna en la tela.
—¡¿Qué me estás diciendo?! — exclamé atónita—. ¿Que le vomité encima a un tipo cualquiera?
—Gracias por la deferencia —ironizó —. Deduzco que hubieras preferido vomitarnos a nosotros, en fin, por aquello de que cuando hay confianza da asco.
Mientras hablaba, Silvia se había liado un cigarrillo de hash que me ofreció pero que rechacé como de costumbre. Le rogué que siguiera con el recuento y el panorama que pintó fue desolador. Yo había insistido, presa de una auténtica pataleta, en negarme a ser llevada a mi apartamento, aduciendo que me sentía divinamente para seguir la juerga, todo esto tras sufrir un desmayo en la recepción del hotel. Esteban y Félix se habían encargado de localizar a Alicia, que muy oportunamente acababa de regresar del sur, me habían metido en el coche de Amparo y cargado en brazos hasta el dormitorio de Silvia.
—Alicia estuvo maravillosa, es increíble lo que sabe esa tía —prosiguió Silvia con su velocidad habitual, muy a gusto en su papel de narradora del suceso —. Te desmayaste otra vez durante el trayecto, así que te tendimos en mi cama y la mujer se tiró casi dos horas trabajando tus meridianos, alineando los chakras y todas esos malabares de manos que utiliza para equilibrar lo que llama cuerpo sutil o algo así, ya sabes, cuando se pone a hilvanar en el aire como unos hilos imaginarios, que por lo visto es energía enmarañada. Aquello recordaba una secuencia de Carrie, pero en plan light, qué potente... Al principio gemías y murmurabas frases inaudibles, pero al final te dormiste sonriendo como una querubina. —Recobró el aliento y prosiguió—. Te confieso que estábamos bastante asustados, y fue providencial que Ali se prestara a venir a las tantas de la madrugada, sobre todo porque había conducido buena parte de la noche y estaba agotada.
—No me lo puedo creer, Silvia, no sabes cuánto lamento el circo que he organizado —me excusé francamente atribulada—. Ahora entiendo por qué no tengo ni pizca de resaca, el trabajo de Alicia me dejó como nueva. Voy a preparar una cena de desagravio para toda la panda, Amparo incluida.
—¡Chorradas, cómo si no nos hubiéramos quitado las patatas del fuego unos a otros montones de veces! Lo bueno es que estás en plena forma y que no has perdido el apetito.
Miré los escasos restos que habían quedado de mi pantagruélico desayuno. Había literalmente vaciado la nevera. Silvia soltó una carcajada.
—Y ahora no te disculpes también por tener hambre, señora melindres...
—¿Sabes algo de Eva? —pregunté procurando ser trivial.
—Me dirás cómo, no teníamos ni idea del número de su famoso móvil.
—No es para nada un reproche —dije con tacto—, entiéndeme, hasta feo estaría, pero podrías haberla llamado a mi casa puesto que sabes que está viviendo conmigo...
Silvia se lo pensó antes de responder.
—Lo cierto es que lo hicimos, pero no había nadie, salía una y otra vez el contestador.
—Es que Eva es muy discreta y no atiende, porque sólo yo recibo llamadas y prefiere que se grabe el mensaje. Ya ves, le he telefoneado ahora mismo y no se pone.
—Ya —dijo con voz dudosa—, pero a las dos y pico de la madrugada suelen ser llamadas fuera de lo normal, no sé, un accidente o un contratiempo cualquiera.
—¿Puedo volver a usar el teléfono? Pregunto porque los móviles son caros...
—¿Quieres que me vaya? —ofreció poniéndose de pie.
Yo ya estaba marcando el número de Eva y le indiqué por señas que podía quedarse. Tras cierto número de tonos saltó el buzón de voz. Colgué malhumorada. No alcanzaba a comprender para qué había comprado un aparato al que nunca atendía.
—Intenta en casa de sus padres — sugirió Silvia con malicia.
Le saqué la lengua. Sabía de sobra que desconocía el número y las razones del porqué. En ese instante sonó el teléfono. “Es ella, seguro que es Eva”, pensé esperanzada.
—Ponte tú, por favor —pidió Silvia—. No estoy para nadie.
—¿Ni para Marga?
—Para ella menos que menos.
“El ambiente está peor de lo que creía”, me dije.
—¿Sí? ¡Alicia, cielo, que alegría oírte! Estupendamente, gracias, te debo la vida. Sí, estábamos en ello... ¿Tan mal, realmente?... Ya, perdí la conciencia... ¡Qué va! No sólo he dormido como una bendita sino que me he despertado nueva, hacía tiempo que no me sentía tan descansada. No es necesario, ya me voy para casa. Ah, bueno, en ese caso... Hasta ahora.
—Pasa a buscarte y te lleva, ¿no? — dijo Silvia recogiendo la mesa—. Ya me lo había dicho, llamó antes un par de veces para saber cómo estabas. Y también se interesaron los chicos y Amparo.
—No me gusta llamar la atención, pero ya puesta debo admitir que me halagan los cuidados, resulta muy gratificante que mis amigos estén ahí cuando los necesito. Por cierto, Eva debe de estar preocupadísima, estoy missing desde ayer por la noche...
Conozco casi todas las expresiones de Silvia, y la que ahora revelaba su rostro me puso en alerta.
—¿Qué? Desembucha ya, tienes esa cara... —dije remarcando el “esa”.
—¿Palabra de honor que no te acuerdas lo que dijiste anoche?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:55 pm

Alcé la palma de la mano.
—Jurado por esta. Recuerdo vagamente que me sentía melancólica y furibunda, pero poco más. Me estás asustando con tantos miramientos.
—Pues entonces es mejor que lo sepas, prefiero que te enteres por mí y no por Félix. El cabrito está más malicioso que de costumbre...
La conversación con Silvia me había dejado muy mal sabor de boca, y permanecí largos minutos en silencio. Alicia conducía con prudencia a pesar de que había muy poco tráfico a esta hora de la tarde. Cada tanto me echaba una mirada con el rabillo del ojo.
—No estoy muy orgullosa de mí que digamos —dije por fin—. No alcanzo a entender cómo pude estallar de tal manera y decir lo que dije.
—Te desahogaste, cariño, yo no le daría más vueltas. —contestó Alicia controlando las evoluciones de un mensajero en moto que obstaculizaba el coche.
Meneé la cabeza.
—Adoro a Eva, me lo retribuye, somos realmente felices y no me hace ninguna gracia albergar tal acúmulo de resquemores, ya me entiendes, como si escaparan a mi control consciente.
Alicia sonrió con tristeza.
—Se escapan precisamente porque son inconscientes, a los conflictos no hay manera de taparles la boca, es como pretender que no se desborde una presa tapando la grieta con un botón.
—¿Alguna vez te has sentido como si estuvieras sentada sobre el cráter de un volcán? —pregunté—. Pues me pasa algo así. Lo que me perturba mucho es admitir que yo también soy el volcán. Por lo visto, en la cháchara de anoche le adjudiqué a Eva una serie de defectos que me pertenecen en exclusiva... Y no me vengas con que estoy siendo demasiado dura conmigo misma.
—¡Ni por asomo! —rió girando el volante hacia la izquierda para coger los bulevares—. Además, si me escuchara Esteban me acusaría de bobalicona de teleserie yanqui.
—¿También te pusieron al tanto de ese detalle? —me asombré.
—No, me enteré por ti. Cuando estabas groggy repetías de continuo que no estabas preparada, y que te importaba un comino que Esteban lo considerara una frase hecha made in Hollywood.
Me cubrí el rostro con las manos:
—¡Qué vergüenza, Alicia! Me resulta un espectáculo lamentable presenciar las confesiones babosas de un borracho, y el pensar que anoche fui yo quien montó el show me pone mala, te lo juro. Y cual si fuera poco implicando a desconocidos como la amiga de Silvia, Amparo, creo recordar que se llama...
—Que por cierto es encantadora —dijo —. Insistió en acompañarnos hasta que te quedaste dormida.
—¡Ni me lo digas, peor aún, con lo borde que estuve con ella! Alicia dulcificó el tono de voz.
—Estabas muy cargada, María. No sé qué te está pasando pero tenías el chakra corazón absolutamente bloqueado, te lo movilicé a fondo hasta que por fin soltaste el llanto y te aliviaste un montón, pero me llevó un buen rato.
—O sea que acabé llorando, Silvia obvió ese detalle... —murmuré cada vez más abochornada.
—Y luego caíste en un sueño profundo, daba gusto verte.
—Últimamente estoy con la lágrima floja, por lo visto.
—¿Y eso es malo? —quiso saber Alicia.
—Supongo que no... ¿Usted que dice, doctora?
—Digo que es buenísimo. Tanto mejor si sueltas las emociones, de lo contrario se las adjudica el cuerpo físico y aparecen las enfermedades. No te contengas, María, ya sabes que tu punto flaco es no admitir que eres tan vulnerable como los demás.
Medité su respuesta.
—No es tan así, Ali, creo que cuando me toca reconocer algo procuro hacerlo, pero te aseguro que no tenía noción de estar tan descalabrada. Al contrario, mi sensación interna es que estoy viviendo una de las etapas más hermosas de mi vida.
Habíamos llegado a la calle Hermosilla y detuvo el coche en doble fila frente a mi portal.
—Pues hay algo que no concuerda con la armonía que percibes, eso es evidente. Tú verás qué haces con ese presente troyano. De todos modos no dudes en llamarme, sabes que cuentas conmigo.
—Lo sé, y te lo agradezco con el alma —dije besándola con fuerza en la mejilla —. Por cierto, tu cuñada me dijo que regresabas dentro de quince días.
Torció la boca en una mueca amarga.
—Ése era el plan inicial, pero con Paco ya se sabe, así que decidí poner distancia entre ambos. Estamos peor que nunca, Mariucha, él se quedó en casa de sus padres y cuando regrese no sé qué va a pasar, tiene un humor insoportable. Pero en fin, no quiero agobiarte con el mismo cuento de siempre, tú tampoco estás muy esplendorosa que digamos...
—No me agobias en absoluto — protesté con énfasis—, e insisto que a mí no me pasa nada, salvo estar feliz y enamorada, lo cual es perfecto. Pero que no me entere que lo pasas mal y no me llamas. ¿Subes y charlamos un rato?
Negó con una sonrisa triste, le di otro beso y arrancó a buena velocidad. Me quedé en la acera viendo cómo se alejaba deprisa. “El hormiguero está convulsionado —me dije trajinando con la cerradura del portal—, debe de ser el efecto julio, mal mes para los amores...”
Apenas traspuse el umbral supe que Eva no estaba. Las casas solitarias desarrollan un lenguaje especial, como si el espacio se coagulara a la espera de que el calor de una presencia humana le permita fluir nuevamente. No obstante, eché un vistazo para cerciorarme. Las persianas estaban bajadas y un frescor agradable invitaba a quitarse la ropa, relajarse y disfrutar de la tarde. Me desnudé en mi dormitorio y comprobé que la cama estaba cuidadosamente tendida. La habíamos dejado así antes de irnos ayer por la tarde, pero eso no significaba que Eva no hubiera dormido en ella y vuelto a hacerla. No obstante, el mueble emanaba ese elocuente halo de soledad que embargaba todo el apartamento. “No, estoy segura. Anoche Eva no durmió aquí”, dije en voz alta.
Eché la camiseta y los pantalones que me había dejado Silvia al cesto de la ropa sucia y puse a remojo la ropa pestilente que había usado anoche. Una copiosa ducha me reconfortó. Desnuda como estaba fui al estudio y escuché los mensajes que ya conocía, pero había un tercero que me aceleró el corazón. Era de Eva: “No sé dónde estás, linda, podrías llamarme, al menos. Son casi las cinco de la tarde y estoy sobre ascuas. ¿Qué ha pasado? Vale, ya me lo explicarás, estaré allí dentro de un rato. Por si estás sola cuando escuches este mensaje, que sepas que me muero por verte, prepárate para cuando te pille”.
Su voz. Esa voz templada como un cello que me había enamorado desde el primer momento y cuyo encantamiento no cesaba. Como si una estrella fugaz atravesara mi cielo, cualquier rastro de desazón se desdibujó y en un tris me sentí tan limpia, feliz e inocente como una recién nacida. Fue un instante de aquellos que amo intensamente, un instante rotundo, perfecto, el orden en estado puro. Suspiré hondo. “Es una pena que no se haya inventado la fórmula para eternizar estos momentos sublimes —pensé—. Seríamos tan, pero tan dichosas...”
Decidí ponerme un rato con la traducción. Emilia era una pesada, pero tenía un sexto sentido muy aguzado y parecía presentir que yo no estaba trabajando en el libro de la Moretti con la responsabilidad habitual. Como el cuerpo me pedía guerra, puse el último CD de Gloria Estefan en la disquetera de la laptop. Balanceándome al compás de la música traduje unos cuantos folios de corrido, pero frené en seco ante una palabra de difícil comprensión. ¿Tammuriata o tammurriata? Estaba escrita de la primera de las dos maneras, pero yo estaba segura que la correcta era la segunda. Por otra parte, ninguna de las dos posibilidades de traducción venían a cuento. De una parte porque es un antiguo vocablo napolitano y toda la novela estaba escrita en italiano culto, a excepción de los modismos coloquiales piamonteses, y por otra porque una “tamborilada”, que era la traducción más fiel que correspondía, tampoco casaba con la situación descrita, una escena humillante en la que Concetta, la infeliz protagonista, se ve obligada a limpiar a lametones las sucias botas del cretino de su patrón, Salvatore Ruscolo.
Tendí mecánicamente la mano hacia el teléfono para consultar con mi padre, pero desistí. No quería que supieran que estaba en casa, ya les llamaría mañana. De modo que la música trepidante de la Estefan y mis pocas ganas de trabajar se aliaron y decidí dar por terminada la sesión. “He adelantado poco, lo sé, pero dadas las circunstancias es un logro”, me consolé mientras guardaba el texto en una copia de seguridad. Sin saber bien qué hacer, me tumbé en el sofá del salón, encendí un cigarrillo y fijé la mirada en la reproducción de Las cabinas telefónicas de Richard Estes. Eran las seis de la tarde y Eva sin venir. Para estar preocupada por mi ausencia se tomaba su tiempo, desde luego su conducta era difícil de comprender.
Pero... ¿Y la mía? ¿Qué pasaba con mis violentos terremotos? Di una calada con ansiedad. ¿Por qué había tenido esa explosiva catarsis de resquemores y dudas? ¿A cuento de qué venían la tristeza y el dolor que había manifestado, tan ajenas a mí, como si un agente enemigo se hubiera infiltrado en mis propias filas y cumpliese a rajatabla su misión de minarme la moral? “Sería estúpido achacarle las culpas al alcohol —pensé con la vista perdida entre los hiperreales y preciosistas reflejos del cuadro de Estes —, pero lo cierto es que el alcohol no inventa lo que no existe.”
Había llorado, la angustia se había adueñado de mí, y sin embargo me había levantado esta mañana con una intensa sensación de bienestar que aún perduraba. No sabía a qué atenerme. “Yo que tú no descartaría tan tajantemente la hipótesis de los celos, María”, apuntó mi sempiterna voz interior. ¡Los celos, es verdad! Mi memoria había cancelado gran parte del episodio en el hotel Suecia, pero ahora empezaba a recuperar algunos fragmentos. Todos a una, mis amigos se habían abonado a la hipótesis de la celera como causa primordial de angustia, y yo había puesto el grito en el cielo. Busqué el mando, fastidiada por el rumbo de mi pensamiento, y encendí el televisor. El zapping me llevó hasta un partido de tenis. Recordé que se estaba disputando Wimbledon, y en ese momento Ana Ivanovic servía para ganarle el set a otra belleza rusa. Procuré concentrarme en el juego, pero el runrún de la conversación de anoche, sumados a los comentarios de Alicia en el coche no cesaba su trajín.
Sí, asentí a mi pesar, era bastante verosímil que estuviera celosa, pero siendo para mí un sentimiento prácticamente desconocido no podía reconocer sus manifestaciones ni sus efectos. Por supuesto que sabía de sobra de su existencia, pero era un conocimiento intelectual, no vivido. ¿De modo que esta inquietud sin nombre ni color, esta desazón invalidante y molesta, este disgusto del alma que más me quitaba que me daba eran los famosos celos? Definitivamente no me gustaban un pelo. Mientras miraba sin ver el enésimo gesto burlón en la cara de la jugadora rusa tomé una súbita decisión, o, más exactamente, la decisión me tomó a mí. De acuerdo, lo admitía, estaba celosa. Escabullirme o seguir negando obstinadamente el problema sería tan inútil como dañino. Alicia tenía razón; no me gusta un ápice reconocer que soy tanto o más vulnerable que los demás, y lo reprimía como si necesitara imperiosamente proyectar la película de mujer equilibrada e inmune a las pasiones de los otros.
¿Acaso no he sostenido siempre que cualquier sentimiento es válido? Pues a arar con estos bueyes, me había tocado, alguna vez tenía que ser la primera. Amaba a Eva con locura y la quería sólo para mí. Deseaba a un Carlos desterrado, fuera de su vida y de las nuestras. A Carlos y a cualquier otra persona que distrajera o mermara su tiempo y su amor por mí. Recelaba de su pasado, de su presente, de sus circunstancias y hasta de su sinceridad. “María, estás celosa”, sentencié en voz alta para que el hallazgo quedara decretado. Apreté con un seco clic el botón rojo del mando y Wimbledon se esfumó. El descubrimiento me había trastornado y me embargaba una sensación agridulce: por una parte detestaba reconocer que yo podía ser tan mezquina como para sentir celos, pero como contrapartida sentía que una corriente de agua fresca me inundaba desde dentro como si me lavara las entrañas. Acabé el cigarrillo, lo aplasté con determinación en el cenicero y agarré el teléfono para llamar a Eva.
La necesitaba como al aire y me prometí solemnemente que jamás se enteraría de lo que acababa de descubrir en mí. Ella no soportaba ser celada, lo sabía de sobra, y además se trataba de mi problema, no del suyo. No permitiría que los celos adquirieran carta de ciudadanía y se instalaran en nuestra relación aunque me costara el mayor de los esfuerzos.
—Sí, dime —contestó Eva apenas se estableció la conexión.
Me quedé de piedra.
—¿Sí, quién es? —repitió.
—Soy yo, María —dije reponiéndome de la sorpresa—. ¡Caramba, me ha impresionado que contestes!
Eva rió con ganas.
—Has marcado mi número, ¿Qué esperabas?
—No sé, es la primera vez que logro conectar con tu bendito móvil. Oye, escuché tu mensaje, te echo de menos, ¿Cuándo vas a venir?
—Y yo suspiro por verte, milady. ¿Dónde te has metido? No sabes lo preocupada que me tenías, no vuelvas a desaparecer de mi vista, ¿Vale?
El corazón se me hizo crema.
—Prometido. Ni tú tampoco, porque te las verás conmigo. ¿Esperabas otra llamada? Porque antes de saber quién era dijiste “dime”.
Idiota. Había sido una idiota. Qué fallo. “Este tipo de preguntas sobran”, me arrepentí ipso facto. Tardó unos segundos en contestar.
—Verás, señora curiosa, este número lo conocen sólo los íntimos, y por supuesto les tuteo. Oye, que estoy en el coche y me incordia hablar y conducir a la vez. Voy de camino a tu casa. ¿Te digo con exactitud a qué altura de cuál calle estoy o te basta con la zona genérica? — añadió con socarronería.
—Ni falta que hace, Eva —me apresuré a dejar en claro.
—Vale, pues lo dicho. No prepares cena, yo me encargo. Un beso, hasta lueguito.
“Me va a resultar más difícil de lo que pensaba aprender el truco de los celos, es obvio que soy una novata en estas lides, puede que tenga incluso que consultar alguna bibliografía sobre el tema... — cavilé mitad enfadada, mitad riendo—. Supongo que es una minusvalía como otra cualquiera y requiere ejercicios de rehabilitación. Pero tú puedes, María, eres fuerte e inteligente, y además moderada y tolerante. Verás cómo sales de este aprieto y acabas por dominarlos.”
No quedé muy convencida con aquello de la presunta moderación y tolerancia visto y considerando mi caótico estado de ánimo de los últimos tiempos, pero me perdoné la licencia poética. Me había lanzado un mensaje superador con bastante convicción y estaba segura de que tarde o temprano surtiría efecto. “La realidad es lo que se piensa”, le había escuchado decir a Alicia con frecuencia, y yo procuraba llevar el aforismo a la práctica, convencida como estaba del poder de la mente. Por asociación marqué el número de El Escorial. Después de todo, cuanto antes resolviera mis dudas gramaticales tanto mejor. Atendió mi padre, cosa extraña. Mamá se había tumbado un rato a descansar porque estaba con sus molestias. Stefano se apresuró a tranquilizarme, aunque no era necesario. Desde que nací he oído a mi madre quejarse de los más variados síntomas y soy prácticamente inmune a sus continuos achaques.
Mi padre coincidió conmigo sobre la correcta escritura de la palabra dudosa, pero añadió que se trataba de un antiguo vocablo napolitano que también se utilizaba en algunas zonas del Piamonte y la Lombardía y que admitía diversas interpretaciones. Además de la literal “tamborilada” podía significar metafóricamente algo así como “mala pasada”, “juego sucio” o “trastada”.
—Se cae de maduro que es una putada que alguien te obligue a sacarle lustre a sus botas a fuerza de lengüetazos —le hice reír—, pero me temo que no voy a poder utilizar una expresión tan de andar por casa.
Como de costumbre insistió en saber cuándo nos veríamos, y como de costumbre lo dejé al azar.
—Estoy muy liada, Stefano, pero te prometo que será antes del viaje. Es la semana que viene, ¿Verdad? Dale un besazo a mi madre y dile que se deje de zarandajas, que Dinamarca la espera. ... ¿Eva? Estupendamente, gracias. ... Se los daré de tu parte. Ciao, babbo.
Deambulé por la casa sin saber bien en qué entretenerme. La sensación de horror vacuis cuando me faltaba Eva al lado se tornaba más aguda a medida que transcurría el tiempo, lo que lograba sacarme de mis casillas. Llevaba años autoabasteciéndome y no deseaba que su ausencia ni la ausencia de nadie me sumiera en una apatía desvalida, como una gelatina fuera de su molde. Me exhorté a arreglar los armarios, recogí periódicos viejos para llevar al contenedor, lavé unas pocas tazas sucias que había en el fregadero, enderecé algunos cuadros torcidos y estaba apilando unas resmas de folios en mi estudio cuando llegó Eva.
Pasaba la medianoche cuando el hambre nos venció. Cubriéndome la cara de besos Eva preguntó:

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:55 pm

—¿Y para beber qué quieres?
—Una taza enorme de té solo, humm, qué bueno... Es más, quiero un cubo colmado de té.
—¿No te dará mucho calor?
La miré con lujuria:
—Dudo que me acalore más que tú, amiga mía...
Me dio un último beso en la barbilla y se fue a la cocina. Mientras la escuchaba trajinar desde lejos preparando la bandeja, una deliciosa sensación de bienestar me obligó a reír de puro gusto.
“No nos entenderemos en la vida civil, pero la erótica raya la perfección”, me dije estirándome en la cama como un animal satisfecho. Los pabilos de las velas arrojaban sus últimas bocanadas de luz y proyectaban extrañas formas en el cielo raso. Estaba orgullosa de los progresos que hacía en mi nueva condición de celosa asumida: le había contado los efectos de mi borrachera y Eva había reído mucho con la minuciosa descripción de mi desmayo en brazos de un súbdito alemán.
Supo que había pasado la noche en casa de Silvia y quién me había traído de vuelta. Naturalmente obvié cualquier alusión a mi estado de ánimo y sus motivos. Para su contento, le había entregado una tira de negativos que me había dado Silvia. “La foto de San Vicente, esa que le pediste”, expliqué. Por su parte se declaró muy contenta porque Retro había vendido casi toda la obra expuesta y creía que en buena medida era debido a sus gestiones. “Si me dan la comisión que merezco te invito a Canarias —había prometido—. Quiero tomar el sol contigo en Las Canteras de Las Palmas. Es la playa de ciudad más hermosa que conozco.” A mi vez no había hecho ninguna pregunta fuera de lugar, había meditado mi lenguaje antes de pronunciar cada palabra y mis dudas no habían tenido ocasión de asomar siquiera la nariz. Y no porque no las tuviera, desde luego.
Dónde se había metido desde que la dejé en el Círculo hasta las siete de la tarde de hoy, por ejemplo, en qué sitio había dormido y, sobre todo, si se había ido sola a la cama o con el guapo Borja, visto y considerando el efusivo intercambio de gentilezas manuales que me había tocado presenciar, por no mencionar el malintencionado comentario de Arancha sobre su poca dedicación al trabajo, el pertinaz silencio de su teléfono y el omnipresente fantasma de Carlos que se había enquistado en mi mente como una larva insidiosa y maloliente.
El otro vínculo amoroso de mi amante iba carcomiéndome por dentro y a duras penas lograba sostener la neutralidad que me había propuesto desde el inicio de nuestra relación. Su rostro anónimo cobraba forma en mi imaginación y se inclinaba hacia Eva para besarla como yo lo hacía, mi amante se abrazaba a ese cuerpo que yo desconocía y gozaba con el como conmigo, tal vez más, tal vez de manera distinta. ¿Eva gemía, le susurraba “querido”, “cielo” u otras ternezas? ¿Buscaría mi cuerpo en el cuerpo del otro?
Deseché las especulaciones con un gesto de rabia, intentando espantar a esa mosca venenosa que sobrevolaba mi cabeza. La comunión física había sido tanto o más intensa que de costumbre, Eva estaba feliz y cariñosa, no había notado en ella gran diferencia con el día de ayer ni con los anteriores. ¿Por qué amargarme con suposiciones y reconcomios estériles? Mejor dicho: ¿para qué? “Si un problema tiene solución para qué preocuparte, y si no la tiene, para qué preocuparte”, rezaba un milenario aforismo chino que había leído hacía un tiempo en un calendario y que había quedado grabado en mi memoria. Eso era. Dejaría correr los acontecimientos sin preocupaciones previas, y que sucediera lo que tuviera que suceder. Eva volvió a la habitación cargando una pesada bandeja con una sola mano, puesto que de la otra colgaba el cubo de la limpieza. Le dio al interruptor de la luz con la punta de la nariz.
—Esto es otra cosa, parecía un velatorio. Su té, señora —dijo tendiéndome el cubo—. Espero le sea suficiente...
No pude hacer menos que reírme a carcajadas. Desde luego tenía un sentido del humor muy agudo y que me atraía mucho. Riendo a su vez abrió las patas de la bandeja y la dejó sobre la cama. Los entremeses que había traído eran de los más variados sabores, en cantidad suficiente para saciar a varios hambrientos. La miré con arrobo, pero me sobresalté al notarle los ojos húmedos y los párpados irritados.
—¿Qué pasa, Eva? Has estado llorando...
—¿Quién, yo? —negó—. En absoluto. ¿Por qué iba a llorar? ¡Tienes cada cosa...!
Me encogí de hombros, incrédula. Me habría equivocado, como de costumbre, pero estaba segura de mis percepciones.
—¿Qué te pareció mi familia? — preguntó relamiéndose los labios tras saborear un par de rollitos de cangrejo, sus predilectos. Procuré parecer entusiasta. Ella había sido sumamente gentil al juzgar a mis padres.
—Encantadores, desde luego. Te pareces un montón a tu madre, por no mencionar a tu hermano Simón, es un tío guapísimo.
Sonrió halagada.
—O sea que también me parezco a él...
—Como dos gotas de agua, presumida —dije acariciando su pelo enmarañado —. Tu padre me causó una gran impresión. No sé cómo expresarlo, me pareció una persona... intensa. Eso es, intenso.
—Puede ser —concedió sin mayor convicción—. A veces se pasa de rosca con la intensidad, y entonces se pone de un trágico que no veas. Lo comprendo, el accidente y tal, pero es un pesado. En cambio, mi madre tiene un humor mucho más benévolo y estable, sobre todo si está con gente. Es una señora en todo el sentido de la palabra.
Bebí el té con deleite y me tomé mi tiempo para escoger un sándwich. Esther me sugería varios calificativos, pero los que menos “estable” o “benévola”. Eva le profesaba una gran devoción, eso era un hecho.
—Simón, en cambio, es un ingenuo que alardea de sofisticado para llamar la atención —siguió Eva—, aunque hay que reconocerle que tiene una inteligencia fuera de lo normal.
Me enfrasqué otra vez en la bandeja. ¿Simón un ingenuo? No estaba para nada de acuerdo con su apreciación. O yo estaba perdiendo mis facultades intuitivas o a Eva el amor le nublaba el raciocinio. Cierto que sólo había estado unos minutos con él, pero había sacado la impresión de que era un ser bastante taimado y de poco fiar.
Comimos en silencio.
—¿Y mi gente? —quiso saber, curiosa como de costumbre.
—No parecen conocerte muy a fondo... —respondí aliviada por poder decir la verdad.
Eva me miró.
—Te diré que no soy muy amiga de tener amigos, al menos no a tu estilo.
—¿Y cuál es mi estilo?
—No sé, hace poco que nos conocemos, pero tengo la impresión de que tienes una pandilla un tanto... y perdona, un tanto empalagosa, diría, de esas que comentan a cada momento sus asuntos personales y se sostienen los unos en otros como si fueran prótesis.
—Pues en eso consiste lo que convencionalmente se entiende por amistad —respondí, muy sorprendida por su punto de vista—. Vamos, al menos para el común de la gente. Un amigo cuenta contigo y tú cuentas con él, y eso se llama solidaridad, amor o generosidad, no ortopedia. ¿O no?
Hizo un vago gesto de vacilación.
—Si tú lo dices... Yo soy de las que prefiere ir a su aire, no tengo por qué contarle mis asuntos a nadie. Anoche en el Círculo, por ejemplo, tu pandilla te rodeaba como una gallina clueca a sus huevos, no sé, me parece excesivo... Vale que cada uno es como es, pero...
—¿Pero?
—Pero que a cierta edad los padres putativos sobran, ¿no crees? Por cierto, menuda marimacho tu amiga Amparo. ¿Dónde la conociste, sirviendo gasolina en una estación de servicio?
No la corregí con respecto a mi supuesta amistad con Amparo, aunque su menosprecio me pareció tan exagerado como gratuito, y con respecto a su perorata sobre los amigos no estaba de acuerdo, por supuesto, pero nada más lejos de mi deseo que enfrascarme en una controversia que sólo serviría para poner de relieve una vez más nuestras opiniones antagónicas.
“Seamos honestas —pensé apurando el té—: Eva y yo miramos la vida de forma diferente. Es más, somos la luna y su cara oculta. ¿Se puede saber, entonces, por qué la amo tanto?”
—Anoche tuve que quedarme con Nora hasta que se durmió a las tantas de la madrugada —dijo encendiendo un cigarrillo y acomodándose entre las almohadas.
Mi corazonada era cierta, pues. Había dormido fuera.
—¿Y eso? —pregunté negligente.
—Que el Círculo va a tener que cambiar su actual catering, porque está comprobado que sus bebidas causan estragos. Norita se forró a whisky de garrafa como tú y no era cuestión de que se quedara sola en su casa.
“Miente. —La certidumbre fue fulminante—. Está mintiendo. Me está endilgando la misma excusa que esgrime ante sus padres para estar conmigo, y es un hecho que Nora sirve tanto para un roto como para un descosido. Teniendo en cuenta la pobre opinión que Eva acaba de manifestar sobre la amistad dudo mucho que oficie de dama de compañía de nadie.” No existía, sin embargo, ninguna prueba tangible o intangible que abonara mi certeza.
Tampoco me había pasado por alto que apenas llegar y antes incluso de darme un beso se había apresurado a ducharse. “¿Es que su amiga no tiene un simple baño? — pensé—. Eso no demuestra nada —me contradije—. Yo hice lo mismo en cuanto llegué de la calle. Pero lo que ya se explica menos es ese incipiente moretón que tiene en el cuello. ¿Se lo habré hecho yo en un arrebato o ya lo traía? Tú has estado con tu Carlos, guapa, a mí no me engañas.”
Sentí que la sangre me hervía en las venas y me contuve a duras penas para no iniciar una discusión que de seguro habría acabado en violencia. Un reproche irrefrenable me impulsó a abrir la boca, pero la cerré velozmente aún a riesgo de morderme la lengua.
—¿Qué ibas a decirme?
Su percepción era extraordinaria. Eva y su radar. Logré controlarme in extremis y cambié bruscamente de tesitura.
—¿Sabes qué? ¡Tengo unas ganas locas de ir a bailar! ¿Cómo lo ves?
—¡Genial, me parece genial! —se entusiasmó—. Llévame a uno de esos sitios secretos para mujeres, siempre quise conocerlos.
—Si estás pensando en una discoteca puestísima, olvídate. Los locales de ambiente lésbico en Madrid son tugurios de mala muerte. ¡Qué digo!, ni siquiera son sórdidos, recuerdan a una casa común y corriente una noche de cumpleaños.
—En París está o estaba el Katmandou, bastante chic.
—¿Y tú cómo lo sabes, mi estimada heterosexual?
—¡Mujer, recuerda que he vivido allí, serás tonta! Venga, levántate, ponte el vaquero negro que me gusta y vámonos. No sabes las ganas que tengo de bailar contigo hasta caer muertas.
—Está de remojo, lo dejé de pena.
—Entonces cualquier cosa, pero que sean pantalones. Seré morbosa, pero me calienta ese toquecito masculino que tenías anoche...
—Morbosa y guarra. Pero te comprendo y te perdono.
“Brava, María, sei brava!”, me felicité mientras me vestía a toda prisa.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:55 pm

Después de tres horas ininterrumpidas de trajín me urgía un descanso. Tenía el cuello dolorido y un molesto hormigueo me subía desde las manos hasta los antebrazos, de modo que cerré la máquina y me enfrasqué en unos pases de taichi para desentumecer el cuerpo. Una vez más hojeé el libro: faltaba poco más de la mitad para terminarlo y tenía plazo de entrega a finales de octubre. No estaba nada mal. Respiré hondo, satisfecha. El molesto dolor de garganta que me incordiaba desde hacía un par de días y que combatía con gárgaras de arcilla no había sido óbice para que recuperara la inspiración perdida. Por fin me despegaba del lastre de lo textual para ser fiel a las ricas connotaciones literarias de la novela.
Incluso el denostado título, Bésame otra vez, iba adquiriendo sentido a medida que me adentraba en la historia, puesto que, todavía encarcelada, Concetta había retomado sus amores de infancia con Guido, su sostén y defensor a ultranza, y juntos estaban embarcados en la ímproba tarea de demostrar la inocencia de la protagonista. Concetta recuperaba el tiempo perdido y planeaba estudiar leyes tras acabar su formación escolástica en la prisión.
El carácter predominantemente dramático de los primeros capítulos había virado de forma imperceptible —gracias a la admirable pericia de la autora— hacia un tono mucho más ligero e irónico que renovaba el interés por el argumento. Sí , Baciami ancora no era tan naif, después de todo.
Desde hacía un par de días veía poco a Eva. Su madre estaba enferma de ciática y ella había preferido dormir en El Viso. Me había sentado bien este paréntesis forzoso y me notaba más serena y ligera, aunque la echaba terriblemente de menos. Por su parte, Eva se mostraba más hermética y taciturna que nunca y cuando estaba en casa hablábamos lo justo, el lapso que dura la publicidad entre bloque y bloque de un programa de televisión. Había quedado con mi madre en una casa de subastas cercana a Cibeles. Una amiga suya se veía obligada a desprenderse de su centenaria vajilla de plata y mi Virginia quería acompañarla en el trance. La tarde estaba fresca, una bendición en medio del agobiante calor de finales de julio y me apeteció ir andando para estirar las piernas y distraerme con los escaparates de Alcalá. Al pasar por el cine Tívoli me di de bruces con un hombre que salía de la función vespertina.
—Perdón —dije maquinalmente, la cabeza gacha.
—No la perdono de ninguna manera, señora, es usted una tonta y una grosera — respondió una voz engolada.
Me volví para mirar a mi desagradable interlocutor y me llevé una sorpresa al reconocer a Esteban.
—¿Qué tal la peli? —pregunté.
—Cómo sería que acabo de verla y ya no recuerdo el título... —bromeó. Me propuso un café que acepté de buen grado y nos llegamos hasta la cafetería de la esquina.
—¿Cómo va la vida? —preguntó apenas nos hubimos acomodado.
—Mejor cuéntame la tuya, yo no estoy muy segura de saberlo.
—¿Conque así estamos? —dijo revolviendo enérgicamente su café con la cucharilla. Solía añadirle una gran cantidad de azúcar que rara vez terminaba de disolverse—. De acuerdo, arranco yo con los titulares: “Pareja gay de mediana duración atraviesa aguda crisis por culpa de la presunta promiscuidad del más atractivo y seductor de sus miembros”.
—Un poco largo para titular, ¿No crees? —bromeé—. Además, teniendo en cuenta el argumento, lo de “sus miembros” se presta a chistes fáciles.
No conforme, vertió otro azucarillo en su taza.
—Lo admito, pero es que el artículo se las trae y resulta difícil condensar el contenido.
—Déjame a mí el resumen para la entradilla: “Esteban R. y Félix S., dos acreditados homosexuales de nuestra ciudad, airean una vez más sus diferencias en público. Al parecer, la responsabilidad de la citada crisis corre a cargo de Esteban R., el cual no se resigna a perder su condición de Casanova en activo pese a los reiterados requerimientos de su amante y amigo”.
Esteban sonrió, pero tenía los ojos tristes.
—Oye, bastante bien, deberías dedicarte a esto.
—Déjate de circunloquios y cuéntale tus penas a la prima María... ¿Tan mal está la cosa?
—Peor que nunca —asintió—. Yo le amo un montón, nena, pero sus escenitas de celosa histérica me tienen hasta el cogote.
—No refuerces el insulto pasándolo al femenino, querido, puedes decir perfectamente “celoso histérico” que igual se te entiende.
Hizo un gesto de contrición juntando las palmas de sus manos.
—Pido humildemente perdón, sorry. Pero aún nos queda el pie de foto: “La pareja ha decidido separarse definitivamente”.
Ahora no bromeaba. Sus ojillos verdes se habían empañado y apreté sus manos entre las mías.
—No será verdad...
—Esta vez sí —aseguró al borde del llanto—. Voy a perder al tío que más quiero y he querido en mi vida, sé que la responsabilidad corre de mi cuenta, pero no puedo, créeme, es más fuerte que yo y me resulta imposible ir contra mí. No entiendo la fidelidad, no me nace, me encanta irme a la cama con el primero que me calienta y me lo paso genial. Y conste que entiendo a la perfección el punto de vista de Félix y que su sufrimiento me duele como si fuera mío. No soy un monstruo, coño...
Yo conocía el origen de las desavenencias entre ellos. El carácter enamoradizo de Esteban era una de sus señas de identidad desde adolescente y le había acarreado más de un disgusto con sus eventuales compañeros, pero no sospechaba que su desacuerdo tuviera un calado tan hondo. Es más, Félix era tan descaradamente mariposón que todos los dedos lo señalaban como al causante de los males. Entre lágrimas, mi amigo se desahogó contándome algunas de sus aventuras, todas pasajeras, exclusivamente físicas.
—Sabes que desde pequeño te martillean con la cantinela católica de la sacralidad del cuerpo y de la cópula con fines exclusivamente reproductivos. Ya de mocoso llevaba clara mi tendencia, te consta, y me entró un miedo pánico al cuerpo del otro. Estaba, no sé, paralizado, aterrorizado, diría.
Desde hacía unos años, sin embargo, había decidido sacudirse sus traumas, recuperar el tiempo malgastado y dar rienda suelta a su libido como y cuando le venía en gana.
—Es todo un aprendizaje, no vayas a creer. La primera vez que un tipo cualquiera y sin mediar palabra me tendió su pene en un aseo público por poco me desmayo. ¿Pero éste quién se cree que es, recuerdo que pensé, la Violetera? Ahí, de pie, ofreciéndome su verga cual si fuera un ramito que no vale más que un real.
—¿Y qué hiciste? —quise saber. Rió entre lágrimas.
—¡Salir corriendo, por supuesto!
—Bien hecho —aprobé.
—No, muy mal, porque mi cobardía taponó al verdadero deseo y me costó más tiempo del necesario quitarme de encima los prejuicios.
De manera que Esteban había emprendido lo que calificó de “peregrinación en busca del cuerpo perdido”, y casi se impuso una carrera de ligues, coitos fortuitos, apareamientos relámpago, tríos, cuartetos y corales que por lo visto le habían ayudado a conocer más en profundidad a los demás seres y a sí mismo.
—Después de todo —afirmó con convicción—, el cuerpo es la expresión más externa del alma.
El temor al sida no era obstáculo para él, porque, añadió, practicaba el “sexo seguro”. Félix le comprendía racionalmente, y además la pasión que sentía por él superaba cualquier barrera, pero no vivía la experiencia en carne propia y pese a sus intentos de conciliación estallaba en accesos de ira cada vez que sabía o sospechaba que su amante se había ido a la cama con otro. Pidió otro café que azucaró profusamente.
—Pero mis devaneos no merman mi amor por él, todo lo contrario, sé que resulta difícil de comprender, pero es como si Félix fuera el fuego y los demás la llama pasajera.
—No te veo muy original que digamos construyendo metáforas...
—Concédeme la licencia poética, niña, estoy con las meninges obnubiladas.
Suspiré con resignación.
—Silvia a la greña con Marga, Alicia que no acaba de recomponer su historia con Paco, tú y Félix... ¿Qué nos está pasando, Esteban?
—La’cosah der queré, el agujero de ozono que no para de agrandarse, vete a saber. En fin —cortó sonándose estrepitosamente los mocos—, que colorín colorado, este cuento se ha acabado Y ahora, please, cambiemos de tema, ya está bien de lloriqueos. Para peor me está preocupando sobremanera que te preocupes por mí.
—Me importas y mucho —asentí enfática—. Desearía hacer algo, pero no se me ocurre qué.
Me cortó con un ademán imperativo.
—Lo sé, pero no merece la pena. A otra cosa. Hablemos de política internacional, por ejemplo, o de ti, sin ir más lejos.
Necesitaba evadirse un rato de su problema, era evidente, pero hoy no era mi día parlanchín. Se hizo un silencio agradable, al cabo del cual le rogué más que pedí:
—Háblame de mí, Esteban.
—¿Y eso?
—Estoy confundida, como si no me conociera, necesito otra mirada y la tuya suele abrirme de mente. Hazme ese favor, anda...
—Ajena pero no neutral, te consta.
—Da igual. Tú di cualquier cosa.
Se tomó su tiempo, observándome fijamente como si me viera por primera vez.
—Eres muy limpia, por ejemplo. A cualquier hora del día hueles a hierba fresca, como recién salida de un jacuzzi fragante.
—Gracias.
—Las que usted tiene. Pero no es eso lo que deseas oír.
—No. Lo que quiero saber es cómo soy, simplemente.
—¡Simplemente, dice, qué chistosa! ¡Como si fuera tan sencillo, alehop, meto el pañuelo en la galera, le doy con la varita mágica y me devuelve una radiografía completa de María!
Algo percibió en mi cara que le hizo ponerse serio.
—Perdona, veo que es más importante de lo que creía. Veamos, veamos... — caviló muy concentrado, acariciándose su cabeza rapada—. Pienso que eres una persona gentil, diplomática, por momentos sumamente empecinada, algo conservadora pero muy tolerante, déjame pensar... En ocasiones un tanto mojigata, bastante creativa, ciertamente reservada... ¿Qué más? ¡Ah, sí! Y es algo que me gusta mucho: tienes un corazón de oro y eres una amiga incondicional, me consta que no te ha gustado un pelo lo que acabo de contarte de mis ejercicios sexuales, pero no te he escuchado ninguna crítica. ¿Basta así o sigo?
Me incliné hacia él, intrigante.
—Pues prepárate para una sorpresa. En líneas generales habría estado de acuerdo contigo hasta hace unos días, pero resulta que he descubierto que de tolerante, diplomática y gentil nada de nada. Por el contrario, soy una bruja malpensada, celosa, enajenada, desconfiada y hostil. ¿Cómo se te ha quedado el cuerpo?
Esteban soltó una sonora carcajada.
—Me estás asustando. ¿Quién te ha metido esas ideas en la cabeza? No me digas que Eva...
—¿Eva? ¡No hace más que demostrarme que está loca por mis huesos! He comprendido que me muero de celos yo solita, Esteban, es una sensación repugnante y me siento como si conviviera con una María extraña, muy a disgusto. ¡Qué digo a disgusto! Estoy frenética, ésa es la palabra. No sabes hasta qué punto comprendo a Félix, y perdona si meto el dedo en la llaga. Yo en su lugar te ponía bien puestos los puntos sobre las íes.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:56 pm

—O sea que de eso se trata, con los celos hemos topado. Sin embargo, la otra noche en el Suecia lo negaste reiteradamente y montaste una buena bronca apenas lo sugerimos.
Asentí con humildad.
—Sí, pero resultó ser cierto, lo reconozco, mea culpa. Daría cualquier cosa por no sentir lo que siento, pero supera mi entendimiento y mi voluntad.
—Lo que no comprendo es cómo ha podido atacarte ese virus precisamente a ti. Parecías inmune, es más, siempre te he puesto de ejemplo como persona ecuánime y comprensiva.
—Pues olvídate de aquella María — dije con pasión—, kaputt, se fue, ha muerto. La que tienes delante agarraría al tal Carlos por el cuello y lo zamarrearía hasta hacerle vomitar el apellido. Y más de lo mismo a los Tonys, Borjas, Ginos, Ricardos, a esos ricachones árabes, canadienses, franceses y londinenses, blancos, negros y amarillos calenturientos y toda la ristra completa de señores que se llevaron a mi novia a la cama.
—Situaciones que tu novia habrá consentido, digo yo, por aquello del libre albedrío. Cuidado, amiga —me advirtió —. Estás invadiendo un territorio que no te pertenece. Lo que haya vivido Eva antes de relacionarse contigo no te incumbe en lo más mínimo.
—Según se mire. Los antecedentes son muy importantes, no creas. Porque si antes de mí se comportaba de determinada manera, nada me asegura que no repita conmigo sus pautas de... —buscaba las palabras adecuadas que definieran lo que quería expresar, pero venció la peor frase —: putilla gratuita.
—¡María, esa lengua! —sescandalizóél él. Por alguna razón ignota a Esteban no le gustaba un ápice que vulgarizara mi lenguaje. Exceso de paternalismo, supongo.
—Lo dicho —reafirmé con ardor—. Todos al patíbulo, y a la bonita de Eva le daba yo unos buenos azotes en su maravilloso trasero para que aprendiera de una vez por todas a centrarse en el amor y a respetarme como me merezco.
¡Mierda! Esteban procuraba disimular su risa torciendo exageradamente la boca, lo cual aumentaba mi enfado.
—O sea que Eva sigue con Carlos...
—¡Eso es lo peor, que no lo sé! —troné como un zambombazo—. El señor está de viaje, no se ve con él, no encuentra la ocasión para cortar sus relaciones, su hija la requiere... O al menos eso supongo, porque el asunto es tan vago como turbio, y además de ponerme los nervios de punta me obliga a todo tipo de especulaciones. Me he vuelto posesiva, la quiero en exclusividad, y sólo pensar que cuando no está conmigo se está revolcando con ese pelele me... me...
Las palabras se me atropellaban en la boca y Esteban no cesaba de reír, aunque se le notaba un evidente embarazo.
—Por lo menos baja la voz, Mariucha, nos están mirando...
Le hice caso a regañadientes y proseguí con voz queda:
—Me da repulsión, ¿Entiendes? Asco, repulsión, grima, repelús... ¡No te digo, si hasta se me agotan los sinónimos! Imagino a Eva besando una boca que no es la mía, gozando con un cuerpo extraño y... —Me callé. La sola mención superaba mi discernimiento—. Estoy perdiendo los estribos, de verdad, me muerdo los labios para no hacer preguntas y entablo extraños pactos conmigo misma jurándome sopesar cada palabra que pronuncio —rezongué tras una pausa—, porque si dejo que esta avalancha nauseabunda se me escape por la boca la pierdo, Esteban, y la sola idea me desespera. Se me ha metido hasta el fondo del alma y textualmente no puedo vivir sin ella. Por eso me trago toda esta basura yo sola.
—¿Y Eva no percibe tu sufrimiento? ¿No hace comentarios del tipo “te noto cambiada”, “¿sucede algo malo?”? No sé, los tópicos a los que se apelan en estas situaciones...
—¡Qué va! Es una especialista en silencios. Dosifica con maestría la información porque sabe que cuanto mayor es la ignorancia mayor es el poder que ejerces. Si no puedo preguntarle de dónde viene, qué tal ha pasado la tarde, cómo se siente, cuánto gana en la galería o tonterías por el estilo, no cabe otra opción que la de ser una mera espectadora de su vida, no su cómplice. Con ella prácticamente todos los temas son tabú, pero eso sí, está absolutamente al día sobre mi vida. ¡Amigo!, no se corta un pelo si de averiguar se trata.
—Quizá le resultas agobiante, y si para peor no le gusta contar sus intimidades... —sugirió Esteban pensativo.
—Más bien creo que se mueve en la reserva como pez en el agua y las pocas veces que he intentado tímidamente averiguar algo de sus idas y venidas me ha dado con la puerta en las narices.
Se rascó una oreja, bastante perplejo.
—Verás, lo que cuentas no es difícil de entender si abstraigo el hecho de que eres tú quien me lo dice, cosa que para serte sincero me deja atónito. Pero tu planteamiento se parece en sustancia al de Félix.
—Sabía que ibas a tirar por ese camino —protesté.
—Déjame hablar. No pretendo ejercer de abogado del diablo, pero si en el escaso par de meses que has entablado relación con ella estás como estás, algo de base falla en ti, hermanita...
—O en ella —protesté.
—Lo admito. O en ella. Es más: puede que os provoquéis mutuamente un cortocircuito de alto riesgo.
Me sentía muy contrariada, cosa habitual en los últimos días.
—Yo sólo le pido sinceridad.
—Bien, demos por bueno que no es sincera. Pero en el supuesto que lo fuera por complacerte... ¿Sabrías qué hacer con la verdad? ¿Le creerías a pie juntillas? Tal vez, y digo sólo tal vez —recalcó con prudencia—, Eva no te participa del devenir con el fulano de marras por no herirte, porque te ama sinceramente y, como tú, teme perderte. Es en este sentido que te he comparado con Félix. Yo he sido sincero con él y ya ves el resultado.
El planteamiento me hizo sentir aún más incómoda. Lo que decía Esteban era razonable, pero a la vez inquietante: ¿debía preocuparme por otros frentes además de su relación con Carlos?
—¿Tú no tenías que verte con tu madre? —preguntó. Había olvidado mi cita por completo. Se me hacía tarde y le pedí que me acompañara.
—Voy contigo hasta Alfonso XII. Un pez gordísimo del gobierno me ha citado en su dúplex para pasarme información privilegiada, aprovechando que el Parlamento está en receso. Confieso que espero algo más que confidencias, porque el muy soplón es un auténtico dios griego —dijo con picardía.
Enfilamos hacia El Retiro. Mi arrebato parecía haberse agotado en la cafetería, y reflexioné mucho más tranquila:
—Me pregunto qué resortes de mi espíritu manipula Eva para desquiciarme de tal manera. Porque es evidente que si su conducta no diera en mi talón de Aquiles yo mantendría mi propia armonía, hiciera ella lo que hiciese.
—Ya estamos con las teorías de la curandera —se burló Esteban caminando a grandes zancadas—. Alicia y su troupe de la Nueva Era no me convencen en lo más mínimo y tú tampoco, déjate de zarandajas.
—Ríete si quieres, pero no podrás negar, por obvio, que reaccionamos ante lo que nos conmueve de forma especial. ¿Y por qué? Pues porque nos incumbe, nos es consustancial. Es como un juego de espejos. Quizá Eva apareció en mi vida para que reconociera el sentimiento de los celos y aprendiera a lidiar con ellos.
—Ya, el destino, estaba escrito, el fatum de Esquilo, Eva es una especie de profesora celestial con la misión de abrirte los ojos a ciertos aspectos oscurosde tu alma, que patatín y que patatán. Venga, María, déjate de cursiladas.
Me frené en seco y le obligué a hacer lo propio.
—Escúchame, chupatintas. Tienes todo el derecho del mundo a pensar como quieras, lo cual también es válido para mí. No me has oído una palabra de censura sobre tu promiscuidad, y te consta que no la comparto en lo más mínimo, porque —abundé—, estoy de acuerdo contigo en que el cuerpo es la corteza más externa del alma, y precisamente por eso hay que amarse lo suficiente como para no abrirle la puerta al primero que se tercie.
—¿Y eso que tiene que ver con el destino? —preguntó mosqueado.
—Confiar en él te ayuda a discriminar quién entra en tu vida y quién no, aprendes a manejarte con la clarividencia...
—Pues yo creo que la vida está hecha de coincidencias, y si no hubieras conocido a Eva cualquier otra hubiera puesto al descubierto tu ramalazo de Otelo en ciernes.
—No estoy de acuerdo —insistí—. El azar no existe, siempre hay una causa última, lo que sucede es no siempre podemos vislumbrarla.
Tenía una sonrisa diabólica cuando me estoqueó:
—¡Te pillé, marisabidilla! Porque si el azar no existe y tu corazón clarividente te sopla al oído “abre la muralla, es un enviado por el destino para que apruebes una asignatura pendiente”, ¿Cómo explicarte que con Eva te hayas equivocado de cabo a rabo y que lo estés pasando tan mal? O tu corazón es cegato o tú no te amas lo suficiente según tu bonita teoría. Mejor te dejas de pamplinas exóticas y admites conmigo que toda circunstancia es azarosa y que, sencillamente, te está tocando bailar con la mala.
—Muy agudo, sí señor, muy agudo. Te aprovechas de mi estado catatónico y haces malabares con los razonamientos como un mono adiestrado, pero basta escuchar tus penas para comprobar el poco provecho que sacas de tu preciosa labia, maricón de playa —respondí impotente, propinándole un pellizco en el antebrazo que le hizo saltar sobre las baldosas.
Cuando llegué a la almoneda la subasta estaba en pleno apogeo. Busqué con la mirada a mi madre y vi que me señalaba el asiento que había reservado a su lado.
—Hola, mammina —dije en voz baja dándole un beso—. ¿Y Teresa?
—Está por ahí detrás, nos sentamos separadas porque yo soy el gancho — respondió en un susurro cómplice.
Como nunca antes había estado en una subasta no entendí a qué se refería. Se explicó de forma casi inaudible.
—Tengo que pujar alzando la mano para que los demás se animen y aumenten el precio, ¿Comprendes? Teresa va a hacer lo mismo por su parte. Pobrecilla, está muy mortificada, esa vajilla pertenece a la familia hace más de un siglo, pero ya ves, se descuidó con Hacienda y si no paga lo que debe...
Miré hacia atrás y efectivamente allí estaba Teresa, la espalda muy rígida contra el respaldo de la silla, como si asistiera a un acto solemne. Me saludó con un discreto movimiento de cejas y le correspondí con otro visaje similar. Me hizo gracia el talante clandestino que habían asumido para la ocasión. “Ojalá le den lo suficiente como para sacarla del apuro —le deseé—. Se la ve mortificada por tener que desprenderse de un objeto que ama.”
Consulté el catálogo que me habían entregado a la entrada. Por la descripción, la vajilla era el lote número 33, y el que se subastaba en esos momentos era un solitario con un pequeño diamante engarzado en platino que ostentaba el número 20.
—Aún hay para rato —comenté al oído de mi madre—. Mejor te espero fuera.
—No creas, depende. Según me han explicado, si hay interés por un artículo la cosa se alarga, pero otras veces van muy deprisa. Quédate aquí, nena —me pidió —, y dame ánimos, es una bobería, pero me da vergüenza fingir que soy una compradora.
Por distraerme miré a mi alrededor. Había imaginado las subastas como una colección de gente muy adinerada, luciendo sus mejores galas y regalándose todo tipo de caprichos, pero el tipo de público que vi era de lo más heterogéneo, llamativo incluso, a juzgar por su aspecto. Me entretuve en descifrar los motivos que moverían al hombre vestido con un raído terno gris que estaba sentado a mi izquierda y que parecía seguir apasionadamente las evoluciones del subastador, a la par que consultaba el catálogo con insistencia. ¿Esperaba algún lote en particular para adquirirlo al mejor precio posible, el objeto a subastar era de su pertenencia y ansiaba una buena ganancia o simplemente era un ferviente aficionado a la compraventa? Otros sí que desprendían esa aura especial que da una buena cuenta corriente, pero también distinguí a una señora de mediana edad medio asomada a la puerta y que sujetaba dos pesadas bolsas con la compra del día.
—¡Ya nos toca! —me indicó mi madre visiblemente nerviosa.
El lote de Teresa despertó un vivo interés entre la parroquia y rápidamente fue superando el precio de salida. Mi madre levantaba la mano con pausas medidas, a la manera de una estudiante aplicada que se sabe todas las respuestas pero no quiere descollar por encima de sus compañeras de curso. “Está muy compenetrada con su papel, feliz de poder echarle una mano a su amiga”, pensé con ternura. Cuando el precio alcanzó los dos mil euros el subastador anunció a velocidad de vértigo:
—Dos mil a la una... ¿Alguien ofrece dos mil quinientos?... ¿El señor de gafas? ¿No? Dos mil, dos mil, dos mil a las dos, dos mil a las tres... ¡Adjudicado por dos mil euros! Pasamos ahora al siguiente lote, un abanico clásico con varillas de madera de ébano de principios de siglo...
Mi madre se puso de pie entusiasmada:
—¿Has oído, cariño? ¡Qué gusto, es un dineral! Claro que la casa se queda con el treinta por ciento, pero aun así... Ven, vamos a felicitar a Tere.
—Ve delante, necesito ir al baño.
Al mirarme en el espejo abriendo desmesuradamente la boca no noté ninguna inflamación ni placas blanquecinas que indicaran infección como causa de los molestos pinchazos que sentía en la garganta. Hice un par de gárgaras con agua que no me calmaron gran cosa y salí en busca de Teresa y mi madre. Estaban cuchicheando en el pequeño hall de entrada, y a juzgar por sus expresiones algo no marchaba bien. Me acerqué a ellas y saludé a Teresa.
—¡Felicitaciones, qué éxito!
Teresa, muda, miró a mi madre. Ésta explicó contrita:
—Metimos la pata, nena. Hasta los mil había bastante gente en juego, pero a medida que aumentó la oferta nos quedamos pujando las dos solas y...
—¿Y? —pregunté muy intrigada.
—Que me la compré yo misma — remató Teresa abatida.
No pude reprimir la risa. La situación era kafkiana y de las mejores. Se habían compinchado para que otros picaran el anzuelo y habían mordido su propio cebo.
—No sabes cuánto lo siento, Teresa... —dije conteniéndome—. ¿Y en estos casos qué se hace, tienes que pagarlo tú?
—Gracias a Dios la directora ya tenía la vajilla medio vendida a un particular, por lo visto estas cosas funcionan así — me explicó mi madre—. El precio es considerablemente más bajo, pero al menos no todo está perdido. Ahí viene.
En efecto, se acercaba hacia nosotras una mujer muy alta y enjuta, vestida con un traje negro con encajes blancos que parecía copiado de un cuadro de Renoir. Sonreía con satisfacción:
—Todo arreglado, querida —dijo dando unas consoladoras palmaditas en la mano de Teresa—. He cerrado la venta, de modo que ni usted ni yo perdemos en la transacción. Acompáñeme, quiero presentarle a la compradora, después de todo ahora tienen algo en común. Ustedes también pueden venir, por supuesto —dijo invitándonos con un gesto.
La seguimos hasta un coqueto despacho en el piso superior y en cuanto reconocí a la elegante mujer que estaba sentada frente al escritorio me quedé de una pieza: era Esther, la madre de Eva.
—Sé que es una frase hecha, pero el mundo es un pañuelo, ¿No es verdad? — comentó Esther mientras franqueábamos la puerta del pub Sportman.
Había porfiado para que “tomáramos un algo” y celebrar que ella tenía una nueva pieza para su colección y Teresa un suculento talón nominativo en el bolso que oprimía contra su pecho. Mi madre había aceptado la invitación de inmediato y se la veía radiante. Esta peripecia fortuita se escapaba de su rutina y podía imaginar los comentarios entusiastas cuando le contara las novedades a mi padre. Yo estaba tan perpleja por la sorprendente coincidencia de haberme topado con la madre de Eva que me limité a asentir sonriendo como una boba cuando insistieron en que las acompañara.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:56 pm

A espaldas de las otras que nos precedían, mi madre me guiñó un ojo señalando las fotografías de famosos de toda laya que decoraban las paredes y el agradable tapizado carmín de los sillones. Sabía que nunca antes había estado allí, y el aire de vetusta bohemia que desprendía el Sportman le había impactado a todas luces.
El camarero recibió a Esther con una amplia sonrisa y nos condujo hacia una mesa cercana a los ventanales que miran a Alcalá.
—Su mesa, señora Zamorano — anunció solicito mientras se cuadruplicaba para acomodarnos a todas a la vez—. ¿Grand Marnier, como siempre?
—Sí, gracias, Vicente, y ponga algunas chucherías para picar —respondió Esther con ese porte de abeja reina que me había impresionado al conocerla. Mi madre, en un alarde mundano, ordenó un inesperado gin-tonic especificando incluso la marca de ginebra que deseaba, y Teresa otro, por no ser menos. Yo me decanté por un mosto blanco. Estaba perturbada e incómoda.
Me encontraba ahí, compartiendo mesa con mi madre y la madre de mi amante, sin saber bien cómo actuar ni de qué hablar. ¿Era obra del azar o este encuentro se traía algo entre manos?
—Pues como decía, Virginia, ya es casualidad que seas amiga de Teresa y nuestras niñas amigas a su vez... —retomó Esther dirigiéndose a mi madre. Me miró como si midiera a ojo las dimensiones de una parcela—. Esa blusa magenta combina de maravillas con tu piel, esto...
—María —le soplé.
—¡María, es verdad, si es que tengo una memoria fatal para los nombres! Y la falda te va como anillo al dedo. Tu hija, además de monísima, es una persona de gran corazón, Virginia.
Mi madre me miró con expresión de gata orgullosa de su cría.
—Un cielo de muchacha, no hay más que verla. —se sumó Teresa sonriéndome de oreja a oreja—. Conozco pocas hijas que les den tantos motivos de satisfacción a sus padres.
—Pues Eva es un encanto de criatura, bien educada, simpática y culta —dijo mi madre devolviendo el piropo con entusiasmo—. Tanto mi marido como yo estamos muy felices por su relación con María.
“¡Dios, no! Mamá, por favor, te lo suplico, cierra la boca, no sigas por ahí, detente ya”, rogué en mi fuero interno procurando sin éxito atraer su atención. Ahora la madre de Eva saldría con aquello de la casa en Italia, mi madre daría su propia versión y el embrollo sería mayúsculo. Me hundí en el sillón deseando desaparecer de la faz de la tierra.
—Me alegra que ya esté mejor de su malestar —me apresuré a intervenir—, la veo estupenda, Esther.
—¿Malestar? —dijo levantando una ceja—. ¡Pero si me siento divinamente!
“B siete, tocada.” Como en el juego de los barcos, la noticia de la buena salud de Esther había dado en mi línea de flotación. ¿Pero entonces Eva...? De seguir esta partida, dos jugadas más y estaría hundida. Recuerdo vagamente el desarrollo del resto de la conversación. Se enzarzaron en una animada cháchara, los licores surtieron su efecto y a la media hora parecían íntimas. Teresa narró con lujo de detalles sus vicisitudes con Hacienda, mi madre habló de las últimas investigaciones de Stefano y de su inminente viaje a Copenhague y Esther correspondía a las intervenciones con la frase correcta en el momento oportuno, a la par que intercalaba información de los éxitos laborales de su marido y sus “estupendos, monísimos y majísimos” hijos.
Como una espiral, la charla regresó a Eva y a mí. Me puse en alerta roja. Bajo ninguna circunstancia Esther podía enterarse de nada que no conociera, sería un desastre, el inevitable final de la fábula.
—... Y en cuanto Eva hizo las presentaciones María me recordó de inmediato a Claudia. No sé expresarlo concretamente, el porte, ciertos rasgos en común... ¿Tú la conoces?
Me estaba hablando a mí, pero tardé en percatarme porque escuchaba en sordina. Afortunadamente Esther tendía a oírse sólo a sí misma, así que no esperó respuesta y se embarcó en un exhaustivo panegírico de la mencionada Claudia, que al parecer era un dechado de virtudes. Cosmopolita, coleccionista de arte, gran viajera, perfecta anfitriona, elegante y bellísima. Eva sentía gran debilidad por ella a pesar de la diferencia de edad, porque —informó para quien le interesaran más datos sobre esta desconocida— Claudia debía de estar ahora por los cuarenta y algo, eso sí, muy bien llevados.
—Hace tiempo que no sabemos de ella, pero es normal, no para en un mismo país más de un año. Aunque lo cierto es que mi hija siente pasión por todos sus amigos, tiene un don especial para elegir a sus amistades —afirmó con convicción.
Era evidente que me correspondía decir algo. La alusión de Esther me concernía oblicuamente.
—Yo también siento mucho cariño por Eva, lo pasamos muy bien juntas —fue lo menos comprometido que se me ocurrió.
Mi madre quedó con la copa a medio camino, extrañada. Sabía que adoraba a mi amante y no me había visto tan enamorada desde la muerte de Lisa. El comentario, pues, se quedaba más que corto para definir mis sentimientos. A sabiendas de que deploraba el intercambio de flores falsas que proponía Esther y yo no estaba precisamente diplomática en estos días, me puse en pie como un resorte dispuesta a salir de allí cuanto antes.
—Señoras mías —anuncié—, sintiéndolo mucho tengo que marcharme. Voy algo retrasada en la traducción y se aproxima la fecha de entrega. Gracias por la invitación, Esther, he pasado un rato delicioso...
Y sin aguardar a que se cumplimentaran las formalidades del caso salí trotando del Sportman, crucé corriendo la avenida y me zambullí en el primer taxi que se detuvo ante el semáforo de la Puerta de Alcalá. El salón de la casa estaba en penumbras, únicamente iluminado por el resplandor lechoso del televisor y la tenue luz de las velas. Había tal atmósfera de recogimiento e intimidad ajena que me disponía a seguir hasta el dormitorio cuando escuché la voz de Eva.
—¿No hay un beso para mí?
Tumbada indolentemente en el sofá, apenas vestida con una camisola ligera, tendía sus brazos invitantes hacia mí. Madonna, quanto e’ bella..., volvió a resonar la cantinela. Durante el trayecto en taxi había rumiado mi rabia por lo que consideraba una más de las engañifas de Eva, en este caso la presunta enfermedad de su madre. Si no había dormido conmigo las dos últimas noches por esa razón y la razón era inexistente... ¿Dónde había estado? Desde mi punto de vista la conclusión del teorema no ofrecía gran dificultad: la suma de los catetos es igual a Carlos.
“Apenas la vea conversaremos muy en serio —me había propuesto—. Este estado de cosas no puede continuar así, nos está haciendo mucho daño.” Pero mi determinación se desvaneció como un espejismo al verla. Me tumbé con suavidad sobre ella y comencé a besarla. Se abrazó a mí con desesperación, con tanta fuerza que me hizo daño en las costillas. Me aparté dolorida.
—¡Qué bruta eres, mujer, por poco me trituras! —protesté masajeándome la cintura. No obstante, la expresión contrita de su rostro me conmovió y resté importancia al asunto señalando las velas —. ¿Y estas velas? Dado tu escepticismo supuse que el Ministerio de Relaciones Esotéricas corría de mi cuenta...
—Ya lo ves, todo cambia, estoy aprendiendo a solicitar favores al Cosmos, el Todo o comoquiera se llame. Anda, ponte cómoda y vuelve enseguida.
— Sí , bwana, tranquila, no pretendía que me cuentes tus ruegos al infinito, soy muy discretita.
Dicho lo cual me marché al dormitorio y a los pocos minutos regresé aligerada de ropa. Eva estaba mirando las velas con fijeza.
—Qué curioso... Si miro la vela verde y cierro los ojos la postimagen es de color amarillo, y con la roja lo que veo es un naranja muy bonito.
Por lo visto los chakras de Eva estaban bastante descabalados, porque de lo contrario su cuerpo hubiera asimilado las vibraciones adecuadas: al verde se le opone el magenta y al rojo el turquesa, pero me abstuve de desmentirla. Lo que menos me interesaba en ese momento era sacar a relucir mis exiguos conocimientos de cromoterapia. El televisor seguía encendido y subí el audio. Emitían un insípido concurso basado en los personajes de las revistas del corazón. El afán por contarle mi encuentro con Esther me reconcomía, pero no venía a cuento. Me lo puso en bandeja cuando preguntó:
—¿Dónde has estado? Hace más de hora y media que te espero.
—Por ahí, tomándome unas copas con tu madre... —le resté importancia mirando la pantalla como si el concurso atrajera toda mi atención.
Sonrió divertida.
—Pues mira por dónde, acabo de hablar por teléfono con Ingrid Bergman. Está entusiasmada con su nueva película, te manda recuerdos...
—La Bergman está muerta, cariño, pero en cambio tu madre goza de una salud envidiable.
—No pillo la broma —dijo poniéndose en guardia.
A estas alturas yo había aprendido a descifrar la mayoría de sus códigos corporales, y las manos tensas, el súbito oscurecimiento de sus pupilas y las mandíbulas más apretadas de lo normal eran síntomas claros de que su bestia interna se aprestaba a defenderse. Procuré mantener la neutralidad:
—¿Broma? En absoluto. Asistí a una subasta y allí estaba Esther comprando platería. Vieras que situación tan cómica, nuestras progenitoras haciendo muy buenas migas en el Sportman y departiendo sobre sus respectivas herederas copa en mano.
—Estás mintiendo.
—En absoluto —negué.
—De acuerdo, estuviste con mi madre. ¿Y? —preguntó retadora.
—Que se suponía que estaba en cama con ciática, Eva, o al menos ésa fue la historieta que me contaste.
Se puso de pie, fue hasta la mesa y encendió un cigarrillo. Parecía muy afectada.
—Me trae sin cuidado si te lo crees como si no, pero es la verdad.
—No, no es verdad —porfié elevando la voz—, déjate ya de embrollos. Pregunté expresamente por su salud, se mostró muy extrañada y aseguró que se encontraba perfectamente.
—Esta tarde se habrá sentido mejor, se vistió y se fue de compras —dijo sentándose a plomo en el sofá y aplastando el pitillo en el cenicero. Ya no mostraba las uñas, sino que más bien parecía abatida—. Eso es lo que ha sucedido, supongo. Yo me fui de casa por la mañana, así que no estoy al tanto. Además, mi madre detesta la enfermedad y es capaz de soportar una fractura de cadera sin rechistar con tal de no admitir que sufre. ¿Te basta la explicación?
¿Me bastaba? Sí, era plausible y yo no tenía grandes argumentos para impugnar el alegato. Una madre discreta con sus dolencias y una hija que parecía conocerla bien. Saqué otro naipe de mi baraja: una madre no del todo sincera y una hija a su imagen y semejanza. En cualquier caso, ¿Qué más daba? Yo había intentado saciar mi curiosidad sin sacar nada en limpio y Eva, para mi sorpresa, se mostraba más triste que combativa, como un boxeador que arroja la toalla antes de terminar el round.
“¡Venga, mi amor, no te vengas abajo, plántame cara, dame guerra, dime que soy una entrometida insoportable, que desconfío de ti y que no piensas tolerarlo ni un minuto más! Estoy muy enfadada contigo, me siento sucia y candente y necesito que soples tu furor para sacar mi fuego de una vez por todas”, fue mi súplica muda. Pero ella había dado por zanjada la cuestión y había retomado su postura negligente mirando la pantalla. Una vez más se me atragantaron las ganas de que nos enredáramos en una buena refriega.
Ahora las preguntas del concurso versaban sobre un torero de moda y los participantes parecían muy enterados de su vida y obra. Eva se me arrimó, melosa, y apoyó la cabeza en mi hombro. La sentí cercana, pero también cansada, desesperanzada incluso. ¿Qué pasaría por su mente? “Eva, Eva, si no fueras tan hermética, si te sinceraras conmigo yo podría protegerte de todo mal...”
—Nunca me has hablado de Claudia — comenté por decir algo. Me arrepentí al instante, porque el cuerpo se le tensó como un arco. “¿Y ahora qué he dicho de inconveniente?”, pensé, incrédula. Su mirada era un pozo negro cuando me preguntó conteniendo la ira:
—¿Quién te ha mencionado su nombre?
—Tu madre. ¿Por qué?
—¿Qué te contó de Claudia?
Creí que iba a zurrarme e instintivamente puse distancia entre ambas.
—Nada en particular, cosas sueltas...
—¿Qué te dijo de ella, María? — insistió con violencia.
—Eva, me asustas. Serénate, no pasa nada, fue una conversación trivial, de cafetería, ya sabes. Dijo que es una amiga tuya, muy inteligente y buena vividora, y que hace tiempo que no se ven, eso es todo.
—Ya —masculló—. Ya, ya.
Pocas veces la había visto tan fuera de sí. Tal vez era el momento propicio para hablar hasta quedarnos sin aliento. Yo deseaba de todo corazón abrirme a ella, confesarle mis dudas y mis miedos, hablarle de esos celos malignos que estaban minando mi felicidad, decirle que la amaba por encima de todo y rogarle que me ayudara a desterrar esos odiosos sentimientos de mí, de nosotras, de la faz de la Tierra. Guardó silencio un buen rato y yo no me atrevía a romper su reserva. Mientras, las velas ya se habían consumido casi por completo y quise encender la lámpara que había de su lado del sofá, pero al cruzar el brazo por delante suyo me lo tomó al vuelo, lo acercó a su boca y cubrió mi mano de diminutos besos rápidos y húmedos.
Estaba llorando. Alarmada, le di al interruptor de la lámpara y la luz iluminó de lleno a Eva, que escondió rápidamente la cabeza entre las piernas, deshecha en llanto. Me quedé de piedra, sin saber qué hacer. Hecha un ovillo, en posición fetal, se cobijó en mi regazo estremeciéndose a sollozos entrecortados. La mecí como a un bebé asustado.
—Dime qué te pasa, mi amor —musité en su oído—. Cuéntamelo, te sentirás mejor, dímelo, mi vida.
Farfullaba algo entre hipos que no alcancé a entender. Conmocionada, acaricié su espalda convulsa para confortarla. De pronto levantó su rostro estremecido hacia mí y dijo redoblando el llanto.
—Vas a dejarme, ¿Verdad? Sé que te vas a ir, lo sé, lo sé, lo sé...
¿Pero qué estaba diciendo? ¿Cómo podría dejarla si la amaba con toda mi alma? Acaricié su rostro bañado en lágrimas y le besé los ojos lamiéndole los densos lagrimones salados que descendían por sus mejillas hasta el cuello.
—¿Cómo que voy a dejarte? ¿De dónde has sacado esa idea tan absurda? ¡Pero si yo te adoro, cielo mío! Venga, cálmate, respira hondo, procura tranquilizarte...
—¡Vas a dejarme, lo sé, ya no me amas, lo veo en tus ojos, ya no me amas y me quiero morir! —repitió llorando con más ahínco.
Forcejeé suavemente con su cuerpo hasta que la tumbé en el hueco entre mis piernas y mi vientre sin dejar de acunarla. Su desdicha me llegaba a las entrañas y me remordía la conciencia. No había sabido disimular como creía mi desconfianza, mis recelos, mis pullas, ese modo mío a veces tan sibilino de sacar de mentira verdad, y ahora ella sufría por mi culpa.
—Cálmate, estoy contigo, respira despacio, así, así —susurré—. Te amo, Eva, me haces feliz y te amo, nadie va a abandonarte...
—No, no me amas como yo te amo a ti —refunfuñó resollando, ya un poco más sosegada—. Ya no me miras como antes, yo adoraba tu mirada, y ahora ya no es la misma...
La ayudé a incorporarse y tendiéndole la mano la obligué a levantarse. Se aferró a mí con tal desamparo que sentí piedad. ¿Qué era todo esto? No entendía nada.
—Eso no es cierto. Ven, vamos al dormitorio...
Asintió moviendo la cabeza y me siguió por el pasillo sin soltarse de mi mano como una cría obediente. La ayudé a tenderse en la cama y se replegó en sí misma como un feto. Aún lloraba,

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:56 pm

pero su congoja iba dando paso a una tristeza profunda y resignada aún más inquietante que la catarsis del llanto. Acomodé su cabeza en la almohada y me acosté a su lado amoldándome a la curvatura de su cuerpo.
—¿Quieres una valeriana? —pregunté pegada a su oreja.
—Te quiero a ti, ¿Te enteras?, te quiero a ti.
—Y yo a ti. ¿Es que no lo sientes, mi amor?
No dijo nada. El caracol empezaba a replegarse en su caparazón y el mutismo era inapelable. Inútil dialogar o convencerla de la hondura de mi amor. Eva se había exiliado en Eva y yo sabía que nada podría sustraerla de su hermetismo. Poco a poco su respiración se fue sosegando y apagué la luz.
—No me dejes... —dijo con un hilo de voz en cuanto percibió que me incorporaba con cautela.
—Estoy aquí y no voy a ninguna parte. Duérmete, querida.
Esperé lo suficiente para que el sueño la venciera y con sumo cuidado me desprendí de sus brazos y me refugié en el cuarto de huéspedes. Tumbada en el sofá cama encendí un cigarrillo a pesar de que los pinchazos que sentía en la garganta me indicaban que no era buena idea. Procuré recapitular sobre el episodio que acabábamos de vivir, pero la maraña era muy densa y yo estaba tan extenuada que apenas apagué la colilla caí en un sopor profundo, como si me hubieran narcotizado.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 4:57 pm

La galería Retro cerró por vacaciones a primeros de agosto y como la presunta comisión por ventas en el Círculo nunca hizo acto de presencia el prometido viaje a Las Palmas hubo de postergarse para mejor ocasión. Yo sentía la necesidad imperiosa de alejarme de Madrid, como si la ciudad fuera responsable directa de mi desbarajuste emocional, e invité a Eva a pasar el mes en El Escorial. “Pienso tocarme las narices todo el santo día y leer una tonelada de libros”, se prometió entusiasmada mientras hacíamos los preparativos. Por mi parte planeaba darle un buen avance a la traducción y puse a punto mi flamante portátil.
Llegamos un martes por la noche para cenar con mis padres, que se marchaban a la mañana siguiente rumbo a Dinamarca, donde estarían hasta mediados de mes para luego bajar a Italia a reencontrarse con la familia. Encontré a mi madre especialmente contenta y dicharachera. No sólo estaba en vísperas de un viaje largamente deseado sino que, a espaldas de mi padre, había ido unas pocas veces a la consulta de Alicia y sus malestares se habían esfumado.
—Por lo visto mi energía no fluía correctamente al pasar por el vientre, me explicó Alicia, y ésa era la causa de los dolores. ¡Y pensar que mi médico de cabecera insistía en mandarme no sé cuántas pruebas para descartar la posibilidad de un tumor de colon! —nos dijo en un aparte mientras entre las tres preparábamos la ensalada—. ¡Qué miedo he pasado, hija! Verás, Eva, no es que sea hipocondríaca, pero me daban unos retorcijones muy fuertes y la perspectiva de una operación no es plato de buen gusto, ¿Verdad?
—Desde luego, Virginia, la comprendo perfectamente, a menudo los médicos asustan más que curan —respondió Eva con convicción.
Me complacía sobremanera el cariño que manifestaba por mi madre, a la que parecía haber adoptado para sí, como también la deferencia de la que hacía gala ante Stefano, al cual había conquistado demostrando gran curiosidad por su trabajo, sus ideas y por su vida en general.
Después de cenar nos sentamos los cuatro en las tumbonas del jardín a contemplar la resplandeciente luna llena. Fue una velada apacible y muy placentera. Mi madre halagó a Eva piropeando a Esther. “Es una auténtica dama, se le nota en el más mínimo gesto y me ha encantado conocerla.” Por su parte, Eva nos participó con lujo de detalles sus fantasías de volver a Haifa, su ciudad natal, y hasta Stefano, en un alarde de hospitalidad, dejó de lado su proverbial timidez cantando conmigo Mamma mia, dammi cento lire, una de las muchas canciones que me había enseñado de pequeña. Me deleité contemplando a Eva a mis anchas. La luna le daba de lleno en el rostro y su luz reflejaba a una persona tan dichosa y compenetrada con el momento que una certeza rotunda me colmó el alma: no podía amarla más de lo que ya la amaba.
“Te quiero hasta el infinito”, le telegrafié con mi sonrisa, y me correspondió con otra que daba por recibido el mensaje. En su gesto distendido no quedaba ni rastro de la Eva angustiada y tensa de los días anteriores. La perspectiva de un mes relajado y ocioso le había sentado de maravillas. Nos fuimos a la cama muy tarde, pero a las ocho mis padres ya estaban en pie y dispuestos a regresar a Madrid. Su vuelo salía a las cinco de la tarde y Eva se ofreció gentilmente para acercarles al aeropuerto, pero ellos rehusaron.
—Gracias, eres muy amable, ragazza —le dijo Stefano cuando nos despedíamos—, pero vamos a dejar el coche en el aparcamiento de Barajas hasta nuestro regreso. —Y añadió mientras me asfixiaba entre sus brazos—: Cuida mucho de mi bambola, Eva, es lo que más quiero en el mundo.
—No más que yo, será... —refunfuñó mi madre por no perder la costumbre—. ¡Hala, hijas, a pasarlo bien! Cuidado con la nevera porque a veces la puerta queda entreabierta, échale sal a la tierra como te expliqué, para que no crezca la mala hierba, Eva, y, por favor, los cerrojos pasados a cal y canto. María, nena, dame otro besito, me tienes descuidada...
—Mimosa, que eres una mimosa... A veces pareces mi hija y yo tu madre —le correspondí haciéndole arrumacos.
—No me extrañaría nada —respondió con voz dulce—. Dicen que con la edad vamos más para atrás que para adelante.
Stefano constató por enésima vez que no había olvidado detalle al cargar el coche, Eva hizo varias fotos para el recuerdo y por fin partieron. Todavía les saludábamos con los brazos en alto cuando giraron en la curva que rodea la plaza de la Virgen de Gracia.
Pronto nos instalamos en una agradable rutina. Mientras yo dedicaba unas tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde a bregar con las peripecias de Concetta y Guido, Eva cumplía al pie de la letra su promesa de disfrutar al máximo de sus vacaciones y dejarse llevar por la pereza.
La casa era una de esas sólidas construcciones herrerianas de piedra típicas de la zona, oronda y señorial, con dos plantas bien nutridas de habitaciones y todas las comodidades deseables, ya que mis padres habían hecho cambiar las viejas cañerías y los baños y la cocina estaban a nuevo. Como además estaba situada en la céntrica calle de Juan de Toledo teníamos a mano todas las tiendas y servicios necesarios. Solíamos levantarnos sobre las nueve de la mañana y andábamos el corto trecho que nos separaba de la cafetería del hotel Floridablanca o su vecino, el Miranda Suizo. Para ambas el desayuno era la más placentera de las comidas y lo disfrutábamos morosamente, sin prisas ni agobios. Después de apurar el primer cigarrillo matutino y echar una ojeada al periódico yo comenzaba la jornada de trabajo tras una gratificante sesión de taichi, que por fin había retomado con método.
Eva, por su parte, elegía entre varias alternativas, inspirada tan sólo por su hedonismo. Había traído su equipo Nikkon al completo y quería hacer un reportaje de la villa en blanco y negro. “El color no es justo con los fenomenales contrastes de luz que se generan aquí. Los aplana, les quita dramatismo”, afirmaba. Con esta intención daba a veces un largo paseo por la Lonja y el Jardín de los Frailes —desde los jardines del monasterio podía contemplar el extenso predio de la Herrería y el llamado “Escorial de Abajo”, una vista que la entusiasmaba—, y otras se perdía sin rumbo fijo por las calzadas empinadas que nacen de la calle del Rey y llegaba hasta los confines del pueblo en lo alto de la colina. Algunos días optaba por dejar correr las horas en la piscina de nuestro jardín, nadando o cobijándose al amor de los bojes y los castaños, inmóvil como una lagartija.
Tal como prometiera, se había aprovisionado de un buen stock de libros, todos ellos de intriga. Para la ocasión había elegido en exclusiva a Robin Cook y Mary Higgins Clark, y se enfrascaba con tal pasión en la lectura que más de una vez había dado un respingo al acercarme yo sin anuncios previos. Me había quedado con la idea de que era una consumada proustiana y no conocía esta afición suya por la novela negra. Su explicación me pareció muy propia de ella:
—Verás, darling, este tipo de literatura te desconecta por completo de la realidad, no falla. Y en última instancia los muertos no son míos y me importan un pepino.
Cuando no comíamos o cenábamos en la casa lo hacíamos en alguno de los buenos restaurantes del pueblo. Un par de noches fuimos a las salas del Escorial Multicines a pesar de que a ninguna de las dos nos convencían las películas dobladas al castellano. Pero las más de las veces las veladas eran muy hogareñas, de esas de pizza o bocadillos frente al televisor y charlas intrascendentes sobre los pequeños sucesos del día.
La casa natal y el pueblo donde nací y viví los primeros años de mi infancia ejercían un efecto balsámico sobre mi espíritu, tan notorio que al segundo o tercer día de estancia me sentía renacida y respirando a pleno pulmón. Las sombras se habían ido a un país remoto y dejado su sitio a una agradable placidez que me reconciliaba conmigo misma. Era beber agua pura. Como Eva estaba en la misma cuerda, nuestro vínculo también había reverdecido y se deslizaba como una caricia sobre terciopelo. Incluso el dolor de garganta se había esfumado, aunque notaba una incipiente afonía si hablaba durante demasiado tiempo, eventualidad que no ocurría a menudo porque, sin que ninguna de las dos se lo propusiera explícitamente, fue naciendo una intensa comunicación a través de la mirada. Cada vez con mayor frecuencia buscábamos en silencio los ojos de la otra y quedábamos acopladas largos minutos, mudas, magnetizadas, como si un poder superior nos impidiera cortar ese invisible lazo hipnótico mientras nos trasvasábamos las mutuas sensaciones. Si mi amante también se había apercibido de ese mágico código, no se lo pregunté ni me hacía falta saberlo. Consistía en sí y me conmovía lo suficiente para no ponerle un nombre.
La atmósfera de sosiego me permitió trabajar a placer y avancé a pasos agigantados. Para ser más exacta, el relato galopaba todo el tiempo por delante de mí y tenía que hacer esfuerzos por darle alcance. Me había metido literalmente en la piel del texto y mi única preocupación era encontrar las palabras justas para decirlo, lo cual también me era dado sin mayor esfuerzo. Durante los descansos acompañaba a Eva en sus maratonianas sesiones de piscina o daba largas caminatas por el pueblo y los alrededores, eso cuando no nos hacíamos el amor con renovada pasión y un delicioso y progresivo halo de honda complicidad.
En sus correrías Eva había conseguido dos nuevos amigos. Mauro era propietario de una exquisita tienda de objetos de regalo que Eva visitaba casi todos los días, fascinada por algunos de sus diseños, y con Mamen había trabado conversación en el mismo sitio, puesto que iba todos los días a echarle una mano. Una noche quedamos para cenar con ellos en un coqueto restaurante cercano a la plaza del Ayuntamiento. Eva había hablado con tal entusiasmo de ambos que me pareció una buena idea practicar un poco de vida social alternando con una pareja de coterráneos, aunque luego resultara que no eran ni paisanos ni pareja sino amigos inseparables.
—Hola, gurriata —me saludó Mamen con desparpajo apenas entramos al restaurante mientras Mauro se levantaba de su silla, obsequioso, para estamparnos sendos besos.
Me gustó el recibimiento, sobre todo por el patronímico. Hacía años que no escuchaba esa expresión tan propia de mis pagos.
—¿Qué es una gurriata? —quiso saber Eva.
—Una escurialense, vamos, una nacida aquí —explicó Mamen. Era de baja estatura, bastante regordeta y sus hermosos ojos de un azul cielo dotaban a su rostro de un atractivo muy especial.
Directa y campechana, era de esas personas a las cuales crees conocer de toda la vida aunque nunca antes hayas sabido de ella.
—¿Y cuál es el origen del nombrecito? —terció Mauro muy interesado. Ese detalle no lo conocía, y eso que llevo en El Escorial cantidad de años y me lo sé casi todo.
Mamen se alzó de hombros:
—Creo que tiene que ver con cierta raza de aves, no estoy muy segura.
—Yo también lo desconozco y se supone que debería saberlo, si te sirve de consuelo —comenté mientras tomábamos asiento.
—Un pájaro, mira por dónde — intervino Eva con picardía—. Tú no solamente eres una gurriata, amiga mía, sino una pájara de mucho cuidado.
Lo pasamos en grande y hablé todo lo que me lo permitía mi creciente afonía. Muy diferentes entre sí, ambos coincidían sin embargo en ser inteligentes, muy simpáticos y buenos conversadores. Entre plato y plato nos pusieron al tanto de las novedades del pueblo y de algunas personas que yo conocía desde pequeña, sugirieron a Eva varias visitas interesantes para su reportaje fotográfico y aguardaron con exquisita prudencia a que contáramos algunos detalles de nosotras mismas, si bien ambas omitimos mencionar nuestra relación.
Eva se mostraba rutilante con sus vaqueros rotos, una ceñida camiseta rojo fuego que resaltaba el moreno de su piel y su mata de pelo rizado recogida sobre la nuca. Estaba tan a sus anchas como yo, lo cual nos comunicamos vía expreso apelando a nuestro flamante código visual que a estas alturas funcionaba como un clave bien temperado. Hacía relativamente poco que Mamen se había trasladado a vivir a El Escorial, pero se había integrado a la perfección y convertido en una dinámica promotora de actividades culturales. Me encandiló su lenguaje, al que cuidaba con mimo, y no puse en duda que escribía y muy bien, según afirmó Mauro. Durante la charla demostró sus profundos conocimientos sobre cine, y le hablé de Silvia y mis deseos de que se conocieran. Mauro no le iba a la zaga en encanto.
Espigado, de vivaces ojos negros y delgado como un junco, era el contrapunto físico de su amiga, pero al igual que ella hacía gala de un humor muy punzante que revelaba grandes dotes de observación. Nos hizo reír a gusto imitando a algunos de los clientes de su tienda y sus a veces disparatadas demandas, amén de algunas anécdotas de su vida, nada convencional, por cierto. Cuando nos acompañaban andando hasta la casa les invité a la fiesta que pensaba dar la semana siguiente. El 15 era mi cumpleaños y quería celebrarlo de manera muy especial. Llegaba a la treintena feliz, enamorada y sintiendo que todo conspiraba a mi favor de aquí en adelante. Tras los adioses a duras penas alcanzamos a cerrar la puerta de la calle, porque en cuanto estuvimos a solas nos abrazamos con vehemencia.
—Te he deseado todo el rato, me duele el cuerpo de los calores que tengo y no me explico cómo he podido aguantarme — alcancé a decirle a Eva, que a su vez me sofocaba con su boca.
Despojándonos a tirones de la ropa llegamos al dormitorio de la segunda planta. Lo último que oí fue el canto de los gallos que alborotaban los gallineros vecinos. Fui despertando poco a poco a la medida que un tenue cric-crac a papeles se colaba por la inconsciencia en que estaba sumida. Por hábito, tendí el brazo hacia mi derecha para tantear el cuerpo de Eva, pero su lado de la cama estaba vacío. Detecté un peso leve sobre el pecho y me obligué a abrir los ojos. Era un gran ramo de rosas blancas primorosamente envuelto en celofán.
“Rosas blancas, las que más me gustan...”, coordiné a duras penas. Sólo cuando me incorporé del todo comprendí el porqué de las flores: era el día de mi cumpleaños. Contenta como unas pascuas, busqué sin hallar a Eva por toda la casa. Dando voces la llamé mientras registraba habitación por habitación y bajaba la escalera a toda prisa, hasta que la encontré en el jardín tumbada en una mecedora. Corrí hacia ella y me tendió los brazos:
—Feliz, felicísimo, superfeliz cumpleaños, señora mía —me deseó mientras nos besábamos. Hundí la nariz en el ramo que aún tenía entre los brazos buscando el aroma—. No te molestes, no huelen a nada. Las flores ya no son lo que eran. Y ahora quédate donde estás y mira hacia las menos cuarto.
Debajo de un castaño había un escultórico paquete envuelto en papel de seda.
—¿Para mí? —pregunté excitada.
—Para ti de mí.
Deshice el envoltorio con ansiedad y apareció una lámpara de pie de hierro liso apenas curvado con dos pantallas cónicas de distintos colores distribuidas en distintos niveles. Una auténtica imitación de los años cincuenta, sin duda el artículo estrella de la tienda de Mauro. No me gustó demasiado, la estética de esa década me interesa bien poco, pero la expresión expectante de Eva me incitó a fingir entusiasmo:
—Es preciosa, te debe haber costado un disparate, me encanta... Puede quedar fantástica en el salón de Hermosilla, al lado de la ventana grande, ¿no crees?
—Si no te gusta podemos cambiarla — se apresuró a ofrecer—, pero a mí me parece un primor.
Le aseguré que era el mejor regalo del mundo y me agazapé en su regazo como una gata feliz.
—Treinta años, no me lo puedo creer, si hace nada tenía cinco y era una pulga... —pensé en voz alta.
Eva cerró sus brazos alrededor de mis nalgas.
—Estás a punto de convertirte en una anciana venerable, hasta vergüenza me da faltarte el respeto...
—Mírala, como sólo tiene veintiséis se cree una cría —bromeé alborotándole el pelo—. Anda, abusa un rato de esta vieja verde.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:00 pm

La galería Retro cerró por vacaciones a primeros de agosto y como la presunta comisión por ventas en el Círculo nunca hizo acto de presencia el prometido viaje a Las Palmas hubo de postergarse para mejor ocasión. Yo sentía la necesidad imperiosa de alejarme de Madrid, como si la ciudad fuera responsable directa de mi desbarajuste emocional, e invité a Eva a pasar el mes en El Escorial. “Pienso tocarme las narices todo el santo día y leer una tonelada de libros”, se prometió entusiasmada mientras hacíamos los preparativos. Por mi parte planeaba darle un buen avance a la traducción y puse a punto mi flamante portátil.
Llegamos un martes por la noche para cenar con mis padres, que se marchaban a la mañana siguiente rumbo a Dinamarca, donde estarían hasta mediados de mes para luego bajar a Italia a reencontrarse con la familia. Encontré a mi madre especialmente contenta y dicharachera. No sólo estaba en vísperas de un viaje largamente deseado sino que, a espaldas de mi padre, había ido unas pocas veces a la consulta de Alicia y sus malestares se habían esfumado.
—Por lo visto mi energía no fluía correctamente al pasar por el vientre, me explicó Alicia, y ésa era la causa de los dolores. ¡Y pensar que mi médico de cabecera insistía en mandarme no sé cuántas pruebas para descartar la posibilidad de un tumor de colon! —nos dijo en un aparte mientras entre las tres preparábamos la ensalada—. ¡Qué miedo he pasado, hija! Verás, Eva, no es que sea hipocondríaca, pero me daban unos retorcijones muy fuertes y la perspectiva de una operación no es plato de buen gusto, ¿Verdad?
—Desde luego, Virginia, la comprendo perfectamente, a menudo los médicos asustan más que curan —respondió Eva con convicción.
Me complacía sobremanera el cariño que manifestaba por mi madre, a la que parecía haber adoptado para sí, como también la deferencia de la que hacía gala ante Stefano, al cual había conquistado demostrando gran curiosidad por su trabajo, sus ideas y por su vida en general.
Después de cenar nos sentamos los cuatro en las tumbonas del jardín a contemplar la resplandeciente luna llena. Fue una velada apacible y muy placentera. Mi madre halagó a Eva piropeando a Esther. “Es una auténtica dama, se le nota en el más mínimo gesto y me ha encantado conocerla.” Por su parte, Eva nos participó con lujo de detalles sus fantasías de volver a Haifa, su ciudad natal, y hasta Stefano, en un alarde de hospitalidad, dejó de lado su proverbial timidez cantando conmigo Mamma mia, dammi cento lire, una de las muchas canciones que me había enseñado de pequeña. Me deleité contemplando a Eva a mis anchas. La luna le daba de lleno en el rostro y su luz reflejaba a una persona tan dichosa y compenetrada con el momento que una certeza rotunda me colmó el alma: no podía amarla más de lo que ya la amaba.
“Te quiero hasta el infinito”, le telegrafié con mi sonrisa, y me correspondió con otra que daba por recibido el mensaje. En su gesto distendido no quedaba ni rastro de la Eva angustiada y tensa de los días anteriores. La perspectiva de un mes relajado y ocioso le había sentado de maravillas. Nos fuimos a la cama muy tarde, pero a las ocho mis padres ya estaban en pie y dispuestos a regresar a Madrid. Su vuelo salía a las cinco de la tarde y Eva se ofreció gentilmente para acercarles al aeropuerto, pero ellos rehusaron.
—Gracias, eres muy amable, ragazza —le dijo Stefano cuando nos despedíamos—, pero vamos a dejar el coche en el aparcamiento de Barajas hasta nuestro regreso. —Y añadió mientras me asfixiaba entre sus brazos—: Cuida mucho de mi bambola, Eva, es lo que más quiero en el mundo.
—No más que yo, será... —refunfuñó mi madre por no perder la costumbre—. ¡Hala, hijas, a pasarlo bien! Cuidado con la nevera porque a veces la puerta queda entreabierta, échale sal a la tierra como te expliqué, para que no crezca la mala hierba, Eva, y, por favor, los cerrojos pasados a cal y canto. María, nena, dame otro besito, me tienes descuidada...
—Mimosa, que eres una mimosa... A veces pareces mi hija y yo tu madre —le correspondí haciéndole arrumacos.
—No me extrañaría nada —respondió con voz dulce—. Dicen que con la edad vamos más para atrás que para adelante.
Stefano constató por enésima vez que no había olvidado detalle al cargar el coche, Eva hizo varias fotos para el recuerdo y por fin partieron. Todavía les saludábamos con los brazos en alto cuando giraron en la curva que rodea la plaza de la Virgen de Gracia.
Pronto nos instalamos en una agradable rutina. Mientras yo dedicaba unas tres horas por la mañana y otras tantas por la tarde a bregar con las peripecias de Concetta y Guido, Eva cumplía al pie de la letra su promesa de disfrutar al máximo de sus vacaciones y dejarse llevar por la pereza.
La casa era una de esas sólidas construcciones herrerianas de piedra típicas de la zona, oronda y señorial, con dos plantas bien nutridas de habitaciones y todas las comodidades deseables, ya que mis padres habían hecho cambiar las viejas cañerías y los baños y la cocina estaban a nuevo. Como además estaba situada en la céntrica calle de Juan de Toledo teníamos a mano todas las tiendas y servicios necesarios. Solíamos levantarnos sobre las nueve de la mañana y andábamos el corto trecho que nos separaba de la cafetería del hotel Floridablanca o su vecino, el Miranda Suizo. Para ambas el desayuno era la más placentera de las comidas y lo disfrutábamos morosamente, sin prisas ni agobios. Después de apurar el primer cigarrillo matutino y echar una ojeada al periódico yo comenzaba la jornada de trabajo tras una gratificante sesión de taichi, que por fin había retomado con método.
Eva, por su parte, elegía entre varias alternativas, inspirada tan sólo por su hedonismo. Había traído su equipo Nikkon al completo y quería hacer un reportaje de la villa en blanco y negro. “El color no es justo con los fenomenales contrastes de luz que se generan aquí. Los aplana, les quita dramatismo”, afirmaba. Con esta intención daba a veces un largo paseo por la Lonja y el Jardín de los Frailes —desde los jardines del monasterio podía contemplar el extenso predio de la Herrería y el llamado “Escorial de Abajo”, una vista que la entusiasmaba—, y otras se perdía sin rumbo fijo por las calzadas empinadas que nacen de la calle del Rey y llegaba hasta los confines del pueblo en lo alto de la colina. Algunos días optaba por dejar correr las horas en la piscina de nuestro jardín, nadando o cobijándose al amor de los bojes y los castaños, inmóvil como una lagartija.
Tal como prometiera, se había aprovisionado de un buen stock de libros, todos ellos de intriga. Para la ocasión había elegido en exclusiva a Robin Cook y Mary Higgins Clark, y se enfrascaba con tal pasión en la lectura que más de una vez había dado un respingo al acercarme yo sin anuncios previos. Me había quedado con la idea de que era una consumada proustiana y no conocía esta afición suya por la novela negra. Su explicación me pareció muy propia de ella:
—Verás, darling, este tipo de literatura te desconecta por completo de la realidad, no falla. Y en última instancia los muertos no son míos y me importan un pepino.
Cuando no comíamos o cenábamos en la casa lo hacíamos en alguno de los buenos restaurantes del pueblo. Un par de noches fuimos a las salas del Escorial Multicines a pesar de que a ninguna de las dos nos convencían las películas dobladas al castellano. Pero las más de las veces las veladas eran muy hogareñas, de esas de pizza o bocadillos frente al televisor y charlas intrascendentes sobre los pequeños sucesos del día.
La casa natal y el pueblo donde nací y viví los primeros años de mi infancia ejercían un efecto balsámico sobre mi espíritu, tan notorio que al segundo o tercer día de estancia me sentía renacida y respirando a pleno pulmón. Las sombras se habían ido a un país remoto y dejado su sitio a una agradable placidez que me reconciliaba conmigo misma. Era beber agua pura. Como Eva estaba en la misma cuerda, nuestro vínculo también había reverdecido y se deslizaba como una caricia sobre terciopelo. Incluso el dolor de garganta se había esfumado, aunque notaba una incipiente afonía si hablaba durante demasiado tiempo, eventualidad que no ocurría a menudo porque, sin que ninguna de las dos se lo propusiera explícitamente, fue naciendo una intensa comunicación a través de la mirada. Cada vez con mayor frecuencia buscábamos en silencio los ojos de la otra y quedábamos acopladas largos minutos, mudas, magnetizadas, como si un poder superior nos impidiera cortar ese invisible lazo hipnótico mientras nos trasvasábamos las mutuas sensaciones. Si mi amante también se había apercibido de ese mágico código, no se lo pregunté ni me hacía falta saberlo. Consistía en sí y me conmovía lo suficiente para no ponerle un nombre.
La atmósfera de sosiego me permitió trabajar a placer y avancé a pasos agigantados. Para ser más exacta, el relato galopaba todo el tiempo por delante de mí y tenía que hacer esfuerzos por darle alcance. Me había metido literalmente en la piel del texto y mi única preocupación era encontrar las palabras justas para decirlo, lo cual también me era dado sin mayor esfuerzo. Durante los descansos acompañaba a Eva en sus maratonianas sesiones de piscina o daba largas caminatas por el pueblo y los alrededores, eso cuando no nos hacíamos el amor con renovada pasión y un delicioso y progresivo halo de honda complicidad.
En sus correrías Eva había conseguido dos nuevos amigos. Mauro era propietario de una exquisita tienda de objetos de regalo que Eva visitaba casi todos los días, fascinada por algunos de sus diseños, y con Mamen había trabado conversación en el mismo sitio, puesto que iba todos los días a echarle una mano. Una noche quedamos para cenar con ellos en un coqueto restaurante cercano a la plaza del Ayuntamiento. Eva había hablado con tal entusiasmo de ambos que me pareció una buena idea practicar un poco de vida social alternando con una pareja de coterráneos, aunque luego resultara que no eran ni paisanos ni pareja sino amigos inseparables.
—Hola, gurriata —me saludó Mamen con desparpajo apenas entramos al restaurante mientras Mauro se levantaba de su silla, obsequioso, para estamparnos sendos besos.
Me gustó el recibimiento, sobre todo por el patronímico. Hacía años que no escuchaba esa expresión tan propia de mis pagos.
—¿Qué es una gurriata? —quiso saber Eva.
—Una escurialense, vamos, una nacida aquí —explicó Mamen. Era de baja estatura, bastante regordeta y sus hermosos ojos de un azul cielo dotaban a su rostro de un atractivo muy especial.
Directa y campechana, era de esas personas a las cuales crees conocer de toda la vida aunque nunca antes hayas sabido de ella.
—¿Y cuál es el origen del nombrecito? —terció Mauro muy interesado. Ese detalle no lo conocía, y eso que llevo en El Escorial cantidad de años y me lo sé casi todo.
Mamen se alzó de hombros:
—Creo que tiene que ver con cierta raza de aves, no estoy muy segura.
—Yo también lo desconozco y se supone que debería saberlo, si te sirve de consuelo —comenté mientras tomábamos asiento.
—Un pájaro, mira por dónde — intervino Eva con picardía—. Tú no solamente eres una gurriata, amiga mía, sino una pájara de mucho cuidado.
Lo pasamos en grande y hablé todo lo que me lo permitía mi creciente afonía. Muy diferentes entre sí, ambos coincidían sin embargo en ser inteligentes, muy simpáticos y buenos conversadores. Entre plato y plato nos pusieron al tanto de las novedades del pueblo y de algunas personas que yo conocía desde pequeña, sugirieron a Eva varias visitas interesantes para su reportaje fotográfico y aguardaron con exquisita prudencia a que contáramos algunos detalles de nosotras mismas, si bien ambas omitimos mencionar nuestra relación.
Eva se mostraba rutilante con sus vaqueros rotos, una ceñida camiseta rojo fuego que resaltaba el moreno de su piel y su mata de pelo rizado recogida sobre la nuca. Estaba tan a sus anchas como yo, lo cual nos comunicamos vía expreso apelando a nuestro flamante código visual que a estas alturas funcionaba como un clave bien temperado. Hacía relativamente poco que Mamen se había trasladado a vivir a El Escorial, pero se había integrado a la perfección y convertido en una dinámica promotora de actividades culturales. Me encandiló su lenguaje, al que cuidaba con mimo, y no puse en duda que escribía y muy bien, según afirmó Mauro. Durante la charla demostró sus profundos conocimientos sobre cine, y le hablé de Silvia y mis deseos de que se conocieran. Mauro no le iba a la zaga en encanto.
Espigado, de vivaces ojos negros y delgado como un junco, era el contrapunto físico de su amiga, pero al igual que ella hacía gala de un humor muy punzante que revelaba grandes dotes de observación. Nos hizo reír a gusto imitando a algunos de los clientes de su tienda y sus a veces disparatadas demandas, amén de algunas anécdotas de su vida, nada convencional, por cierto. Cuando nos acompañaban andando hasta la casa les invité a la fiesta que pensaba dar la semana siguiente. El 15 era mi cumpleaños y quería celebrarlo de manera muy especial. Llegaba a la treintena feliz, enamorada y sintiendo que todo conspiraba a mi favor de aquí en adelante. Tras los adioses a duras penas alcanzamos a cerrar la puerta de la calle, porque en cuanto estuvimos a solas nos abrazamos con vehemencia.
—Te he deseado todo el rato, me duele el cuerpo de los calores que tengo y no me explico cómo he podido aguantarme — alcancé a decirle a Eva, que a su vez me sofocaba con su boca.
Despojándonos a tirones de la ropa llegamos al dormitorio de la segunda planta. Lo último que oí fue el canto de los gallos que alborotaban los gallineros vecinos. Fui despertando poco a poco a la medida que un tenue cric-crac a papeles se colaba por la inconsciencia en que estaba sumida. Por hábito, tendí el brazo hacia mi derecha para tantear el cuerpo de Eva, pero su lado de la cama estaba vacío. Detecté un peso leve sobre el pecho y me obligué a abrir los ojos. Era un gran ramo de rosas blancas primorosamente envuelto en celofán.
“Rosas blancas, las que más me gustan...”, coordiné a duras penas. Sólo cuando me incorporé del todo comprendí el porqué de las flores: era el día de mi cumpleaños. Contenta como unas pascuas, busqué sin hallar a Eva por toda la casa. Dando voces la llamé mientras registraba habitación por habitación y bajaba la escalera a toda prisa, hasta que la encontré en el jardín tumbada en una mecedora. Corrí hacia ella y me tendió los brazos:
—Feliz, felicísimo, superfeliz cumpleaños, señora mía —me deseó mientras nos besábamos. Hundí la nariz en el ramo que aún tenía entre los brazos buscando el aroma—. No te molestes, no huelen a nada. Las flores ya no son lo que eran. Y ahora quédate donde estás y mira hacia las menos cuarto.
Debajo de un castaño había un escultórico paquete envuelto en papel de seda.
—¿Para mí? —pregunté excitada.
—Para ti de mí.
Deshice el envoltorio con ansiedad y apareció una lámpara de pie de hierro liso apenas curvado con dos pantallas cónicas de distintos colores distribuidas en distintos niveles. Una auténtica imitación de los años cincuenta, sin duda el artículo estrella de la tienda de Mauro. No me gustó demasiado, la estética de esa década me interesa bien poco, pero la expresión expectante de Eva me incitó a fingir entusiasmo:
—Es preciosa, te debe haber costado un disparate, me encanta... Puede quedar fantástica en el salón de Hermosilla, al lado de la ventana grande, ¿no crees?
—Si no te gusta podemos cambiarla — se apresuró a ofrecer—, pero a mí me parece un primor.
Le aseguré que era el mejor regalo del mundo y me agazapé en su regazo como una gata feliz.
—Treinta años, no me lo puedo creer, si hace nada tenía cinco y era una pulga... —pensé en voz alta.
Eva cerró sus brazos alrededor de mis nalgas.
—Estás a punto de convertirte en una anciana venerable, hasta vergüenza me da faltarte el respeto...
—Mírala, como sólo tiene veintiséis se cree una cría —bromeé alborotándole el pelo—. Anda, abusa un rato de esta vieja verde.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:00 pm

Me miró con tal hondura que quedé enredada en sus ojos. Pronto sus pupilas fueron trasmutando del castaño al canela, señal inequívoca de que su deseo por mí crecía por momentos, pero el hechizo duró lo que tardó en sonar el teléfono.
—Vaya, qué inoportuno. Empieza el desfile de salutación. Por favor, cariño, atiende tú mientras termino de despertarme —pedí a Eva. Regresó enseguida, con cara de pocos amigos.
—Es la marimacho de Amparo. Por lo visto ha querido tener la exclusiva y saludarte la primera, pero falló en el intento. Esa empleada de gasolinera te pretende, te lo digo yo, y si está buscando jaleo se va a topar conmigo...
Su comentario me pareció tan ridículo y prejuicioso que solté una carcajada.
—Ni Don Corleone lo hubiera expresado más claro. Nadie me pretende, boba, no te pongas celosilla...
—¿Celosa? Ni por asomo. Cuido lo mío, que es bien diferente.
Mientras iba hacia la cocina también me preguntaba la razón de esa llamada tempranera. Estaba convenido que tanto ella como Silvia, Marga y Alicia subirían a El Escorial sobre las siete de la tarde para asistir a mi fiesta. Pero el motivo era bien diferente, y quedé consternada: había muerto Diana, la amiga de Silvia, y el entierro era a la una de la tarde en Madrid.
—Lamento aguarte el cumpleaños, María —dijo Amparo—, pero estas cosas suceden. Un paro cardíaco. Dice Silvia que no te veas en la obligación de asistir.
—Pues dile de mi parte que no me siento para nada obligada. A la porra con la fiesta, quiero despedir a Diana como se merece.
Informé a Eva de las malas nuevas y del cambio de planes y se mostró muy comprensiva, cosa que agradecí de corazón porque estaba muy impresionada.
—Hablé con Silvia la semana pasada y me contó que cabía alguna esperanza, la monja le había dicho que se percibía una levísima mejoría y que el jefe de sala creía que por fin Diana podría superar el coma. Y ahora ya ves...
Eva se encargó de llamar a Mamen para anular la cita pidiéndole que avisara a Mauro y a algunos amigos suyos que pensábamos conocer en la reunión. Eran las once y media de la mañana y teníamos el tiempo justo para cubrir los casi cien kilómetros que nos separaban del cementerio de Carabanchel Bajo. Localizamos enseguida el sector donde iba a ser enterrada Diana. En el lugar se había formado un pequeño tumulto y un nutrido grupo de mujeres encabezado por Amparo portaba una improvisada pancarta que rezaba: “No amar. Peligro de muerte”, firmada por el Círculo de la Rosa. Alrededor de la fosa se había formado otro corrillo de una veintena de personas, esta vez del Colectivo de Gays y Lesbianas, que exhibían un cartel con la foto de Diana cruzada por la palabra “asesinos”. Unos pocos fotógrafos hacían su trabajo con discreción y entre ellos distinguí a Félix y a Esteban, quien parecía encargarse de la organización. Me acerqué a su lado y en un susurro Esteban me puso al tanto:
—He tenido poco tiempo para convocar a la prensa, murió anteayer por la noche, pero algún suelto en los periódicos sacaremos. Por cierto, venga llamarte, pero tu teléfono estuvo mudo hasta esta mañana.
—¿Sí? Pues se habría caído la línea, no encuentro otra explicación.
—Estoy procurando interesar a algunos canales de televisión para elaborar un documento sobre las torturas psicológicas y físicas a homosexuales. No me taches de cínico, pero estamos en el candelero y hay que aprovechar el momento dulce. Feliz cumpleaños, dame un beso, anda.
Le besé y también a Félix, que hizo lo propio con Eva. Yo no había conocido a Diana, pero estaba sobrecogida por las circunstancias. “Al menos un funeral digno y rodeada de amor”, me dije con un nudo en la garganta. Busqué a Silvia. Estaba unos metros más allá en el centro de pequeño grupo, entre ellas Alicia, que al verme movió dos dedos a modo de saludo, y Carolina y Sofía, una pareja que había apoyado a Silvia en todo momento cuando su relación se truncó al caer Diana en estado vegetativo.
Tiré un beso a Marga, que sujetaba fuertemente del brazo a Silvia pese a que ésta parecía muy entera. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos, pero se mantenía erguida en un gesto de claro desafío. La abracé con fuerza sin decir una palabra y Eva hizo lo propio. Silvia tenía los puños tan apretados que estaban blancos:
—Acaban de traer el cuerpo, estoy que hiervo de la indignación, le han hecho la autopsia.
—¿La autopsia? Qué extraño, la causa de la muerte parece clara —dijo Eva.
Silvia respiró hondo domeñando su furia a duras penas. Marga la apretó más contra sí mientras Silvia mordía cada palabra que pronunciaba:
—¿La causa? Ese pequeño detalle les importaba un carajo. Como también se saltaron la necesaria orden de un juez autorizando la autopsia. Para ellos era sólo una dejada de la mano de Dios y donaron graciosamente su cuerpo a la ciencia porque el forense exigió el cadáver más reciente para su clase habitual de anatomopatología. La aserraron, la desmembraron y exhibieron sus vísceras a un grupo de estudiantes para los que mi querida no era sino un trozo anónimo de carne muerta...
Los ojos se me llenaron de lágrimas. Era humillante, inhumano, la última afrenta que la desdichada Diana había tenido que sufrir. Si no hubiera sido por la mano que me tendió una Eva igualmente conmovida me habría desmoronado. Procuré rehacerme. Silvia me necesitaba fuerte, no podía fallarle. Oímos un murmullo creciente. Los asistentes se estaban agrupando alrededor de la fosa y fuimos hacia allí. Pese a que todo había sido muy precipitado, era evidente que Internet y móviles habían funcionado a toda máquina y la noticia había corrido como un reguero de pólvora. Esteban estaba pidiendo a los grupos que portaban fotos y pancartas que permitieran el trabajo de los periodistas. Percibí que Eva retrocedía instintivamente y se apartaba lo más posible del foco de atención. Temía ser incluida en el reportaje, pero por fortuna una camarógrafa tomó la voz cantante:
—Quienes deseen y acepten ser filmados pónganse en la izquierda, por favor. Evitaremos los planos generales.
A excepción de Eva y unos pocos asistentes, la mayoría, unas cuarenta personas, nos agrupamos frente a las cámaras. Amparo me dirigió una sonrisa que correspondí. Yo era consciente de que había tomado una decisión trascendente, el reportaje se haría público y corría el riesgo de ser etiquetada, pero lo asumí con decisión. Ya era hora de que mi lesbianismo dejara de ser un secretillo entre íntimos y sirviera para algo más que para engrosar mi propia biografía. La emoción que sentía creció aún más cuando vi que Alicia se hacía un lugar al lado de la pancarta del Círculo de la Rosa y colaboraba en sostenerla. Mi noble, solidaria y querida Alicia...
Cuando hubieron depositado el ataúd en la fosa Silvia fue la primera en arrojar un puñado de tierra. Temblaba de pies a cabeza y creí que iba a echarse a llorar, pero con voz alta y clara se dirigió a una señora de mediana edad que se mantenía en un discreto segundo plano:
—Mi enhorabuena, Pilar, al fin lo ha conseguido, usted gana. Su hija ya no es extravagante, ni lesbiana, ni un fenómeno de feria. En realidad Diana ya no es nada, y todo gracias a usted, que la dejó tirada en un depósito de desahuciados negando su maternidad y su nombre, y al cabrón de su marido, que ni siquiera se ha atrevido a enterrar a su hija como está mandado.
Se hizo un silencio sepulcral. La intervención de Silvia había sido terrible, apocalíptica. La aludida rompió a llorar convulsivamente mientras daba media vuelta alejándose de nosotros, consolada por un muchacho desgarbado que luego supe era el hermano de Diana. Aún se oían los lamentos de la desdichada mujer cuando de uno en uno cumplimos con el rito de cubrir el montículo con tierra y flores. Yo había traído mi ramo de rosas blancas y lo eché junto con el resto. Tras unos minutos de respetuosa contemplación a la fosa nos fuimos dispersando. Silvia recibía las condolencias como una viuda legítima, siempre flanqueada por su novia.
Eva se acercó a mí y rozó mi hombro con indisimulado disimulo. Tenía el rostro descompuesto.
—Ya nos vamos, querida, espérame en el coche, si quieres... —le dije.
Me despedí de Silvia y de Marga. En un par de días se iban de vacaciones a un hotel rural en Riaza y me dejaron el número de teléfono por si decidíamos acercarnos a Segovia. Fui hacia el coche acompañada de Alicia y Esteban. Ambos me ofrecieron un flash de sus respectivas situaciones amorosas. A pesar de la circunstancia, el rostro de Esteban se veía más relajado que en nuestro último encuentro y se lo hice notar. Me contó que había llegado a un acuerdo con Félix:
—Le he prometido ir retirándome de mi afición a las aventurillas, algo así como dejar el tabaco sin parches de nicotina. Al menos es un principio. Por su parte, Félix acepta ayudarme en mi período de “desintoxicación”, aun a riesgo de que yo rompa la abstinencia de vez en cuando.
Las noticias de Alicia no eran tan buenas, aunque se mostró bastante hermética. La ruptura con Paco era inminente, ya nos contaría, prefería hablarlo con calma en otra ocasión más propicia. Cuando llegué al coche Eva me pidió que condujera. La noté cabizbaja y algo ausente.
—No sabes cuánto lamento no haber sabido estar a tu lado en un momento como éste —dijo con un hilo de voz pasados unos minutos—. Lo siento en el alma, María, pero no puedo exhibirme públicamente, es más fuerte que yo, lo comprendes, ¿Verdad?
Por supuesto que la comprendía. Sus padres seguían la prensa y la televisión, y en la eventualidad de que en los próximos días no se produjeran noticias de primera línea, cosa bastante frecuente en agosto, echarían mano del entierro de Diana para rellenar el hueco informativo. Por otra parte, decidir en una fracción de segundo si se da la cara a una cámara es una elección comprometedora, tanto más si lo que está en juego es el reconocimiento ajeno de la propia identidad. El tiempo cambió bruscamente en los días que siguieron a la muerte de Diana. Una pertinaz borrasca se instaló sobre El Escorial, el cielo estaba oscuro y amenazador y llovía a cántaros de la mañana a la noche. Obligadas a estar dentro de la casa, al principio disfrutamos de la novedad, pero al tercer o cuarto día de encierro forzoso empezamos a sentirnos bastante melancólicas.
Eva seguía los partes meteorológicos dispuesta a regresar a Madrid si continuaba el mal tiempo. “Una tormenta de verano vaya y pase, pero este diluvio universal es una lata y me está entrando claustrofobia”, se quejaba. Mi estado de ánimo iba parejo al suyo. El trágico fin de la amiga de Silvia me había golpeado fuerte y un par de noches soñé mi propia muerte con un realismo tan vívido que desperté ansiosa y con ahogos. No obstante, y por no perder el impulso de los días anteriores, seguí con la rutina de mis horas de trabajo. Eva deambulaba por la casa como un bicho cautivo tratando de concentrarse en la lectura, bailando enérgicamente al son de Ricky Martin o haciendo fotos de la casa y el jardín a través de los cristales brillantes de lluvia.
De a ratos mataba las horas jugando a las varillas chinas que había encontrado en algún cajón perdido, con más voluntad que ganas. Recordaba vagamente un comentario de Eva apenas conocernos: “Naciste en El Escorial, qué casualidad, tengo montones de amigos allí...” ¿Dónde estaba esa colectividad de amistades, y por qué no se ponía en contacto con ellos para entretener su hastío? A veces el tedio podía con ella y desafiaba el temporal protegida por un descomunal paraguas negro de mi padre para regresar al poco tiempo echando maldiciones contra el viento que doblaba las varillas y le impedía pasear, calada hasta la médula.
Las imágenes del entierro de Diana habían sido emitidas en varios telediarios y las habíamos visto acongojadas. Yo sospechaba que los chaparrones no eran los únicos responsables del malhumor de Eva. Tal vez temía que sus padres y amigos me hubieran identificado en la pantalla, sacaran conclusiones simplistas y la salpicara aquello del “dime con quién andas”. No obstante, no le pregunté nada. ¿Para que?: lo negaría, me acusaría de excesiva susceptibilidad o cualquier otro argumento imprevisible.
Como mi afonía empeoraba y los glóbulos homeopáticos de Selenium que me había automedicado no surtían efecto alguno llamé al hospital y pedí hora. Me atendió una médica muy eficiente que me practicó una laringoscopia y me examinó a conciencia.
—No encuentro nada anormal, su garganta está en perfectas condiciones orgánicas —me informó cuando hubo finalizado las pruebas—. Sin embargo, las cuerdas vocales están muy faltas de tono, no hacen bien su trabajo y ésa es la causa de la afonía. ¿Tiene problemas emocionales?
¿Tenía problemas emocionales? No, o sí, depende de lo que estuviéramos hablando.
—¿A qué se refiere? —quise saber a mi vez.
—Se trata de algo funcional, pareciera que ha olvidado cómo se habla correctamente, sus cuerdas necesitan una rehabilitación foniátrica y le aconsejo que la haga cuanto antes. ¿Usted expresa sus sentimientos con facilidad?
Quedé sorprendida. No esperaba este tipo de disquisiciones holísticas en una consulta de hospital, pero era evidente que no iba desencaminada. De modo que mi ronquera era espiritual y no física. “Tendría que haberme dado cuenta por dónde iban los tiros —pensé—. Dadas las circunstancias, era bastante fácil de deducir.” De regreso a casa especulé sobre el diagnóstico. La médica había dado en el clavo y no podía por menos que estar de acuerdo con ella. Le había contado mis dudas y pesares a casi todos mis amigos pero no a la interlocutora más válida. Por no saber, Eva ignoraba hasta mis sospechas de que mi fugaz aparición televisiva pudiera haberle molestado.
Nunca le había hablado sin tapujos de mi arrebatada angustia por su relación con Carlos, ni de mis celos, ni de la reencarnación de Penélope que me poseía en sus frecuentes ausencias. No sabía de mi llanto, ni de mi pánico a perderla, como tampoco del rígido autodominio que me había impuesto para no importunarla con preguntas. Desconocía, en síntesis, buena parte de mis sentimientos, y éstos, asfixiados, se habían amotinado colapsando mi garganta. El remedio a tal desaguisado era obvio: tenía que sincerarme con ella y cuanto antes mejor. No podía postergar por más mi tiempo mi reserva si quería sanar mi afonía y mi relación, y mucho menos permanecer prisionera en la telaraña que muy probablemente había tejido mi propia paranoia.
Cuando el taxi me dejó en Juan de Toledo hacía rato que la lluvia había cesado y un sol tímido y algo enfermizo empezaba a asomar por detrás del monte Abantos. Localizar la probable causa de la afonía me había quitado un enorme peso de encima y me sentía ligera como una pluma. Entré decidida a sostener una larga conversación con Eva aunque durase el resto del día, pero encontré una nota suya sobre la mesa del comedor. Había salido a dar un paseo. Regresó sobre las seis de la tarde cargando su equipo de fotografía y con los borceguíes embarrados hasta el empeine. Yo no veía el momento de proponerle que nos sentáramos a hablar, pero la noté abstraída y de no muy buen talante.
—Subí a pie hasta la silla de Felipe II, pero la única vista panorámica era una neblina más espesa que el chocolate — rezongó—. Estoy rendida, me voy a tumbar un rato. Luego me cuentas qué te dijo la médica, ¿Vale?
Suspiré resignada. “No importa, puedo esperar —me dije mientras me instalaba en el salón a repasar el diccionario Garzanti de sinónimos italianos—. Después de todo, abordar el tema no me resultará fácil y hay tiempo de sobra.”
Poco después de una hora llamó Mamen. Había improvisado una cena en su casa y nos invitaba.
—Me dio por celebrar el final del diluvio y estoy convocando a todas las cucarachas que conozco a que salgan de su agujero y se unan al festejo —explicó con su habitual gracejo—. Recibo sobre las ocho, y en cuanto a las ofrendas mejor algo de beber, es lo único que escasea...
Me asomé con sigilo a la habitación dudando en despertar a Eva, pero estaba tendida con los ojos abiertos mirando al vacío. La invitación pareció revivirla y aceptó de inmediato, así que telefoneé a Mamen para decirle que estaríamos en su casa dentro de un rato. A mí también me alegraba la perspectiva de reunirme con gente agradable, aunque tuviera que hacerme entender por señas. Aún no conocíamos su casa pero por lo que Mauro describía era una de las más hermosas y nobles de la villa. Me entretuve con el Garzanti una media hora más mientras Eva remoloneaba haciendo tiempo en la cama. Cuando entró a la ducha yo comenzaba a vestirme.
—¡Darling, hazme un favor! —la oí gritar desde el cuarto de baño—. Alcánzame los alicates que están en mi neceser, sobre la cómoda.
Su bolso de aseo era un revoltijo de botes, cremas y tubos de maquillaje y allí encontré lo que pedía. Me llamó la atención un envase vacío de fármacos. ¿Estaba tomando alguna medicación? No se había quejado de ningún malestar, es más, gozaba de una salud envidiable, pero quizá tenía algún problema y no había querido preocuparme. Por curiosidad leí el nombre del producto: “Adviser. Test de embarazo”.
¿Test de embarazo? Era inverosímil, una equivocación tonta. Releí varias veces el nombre dándole vueltas a la caja del derecho y del revés. Tardé una eternidad en convencerme de que el breve texto que figuraba en un lateral del envase era real: “El método más sencillo y fiable de verificar el estado de gravidez a través de la orina”. No daba lugar a equívocos. “Tiene que haber una explicación plausible”, me dije. El test de marras podía haber ido a parar al neceser de Eva por muchas razones. Lo había comprado para una amiga, por ejemplo, era una buena conjetura. ¿Pero para quién? Estaba demostrado que en El Escorial no conocía a nadie salvo a Mamen, y era muy improbable que ésta necesitara de intermediarias para ir a la farmacia. O puede que le hiciera el encargo alguien de Madrid que por vergüenza no se atreviera a comprar Adviser. Nora, por ejemplo. Me resistía a asumir la evidencia de que aquello pertenecía a Eva y lo más sencillo era preguntárselo. Un test de embarazo... Imposible. Era tan chocante que no podía ser cierto, estaba sufriendo alucinaciones y si cerraba los ojos y volvía a abrirlos el Adviser desaparecería como por arte de magia.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:01 pm

—¿Y esos alicates, linda? —la oí preguntar desde muy lejos.
Me volví y sin embargo estaba a mi lado, envuelta en la toalla y mojando el suelo con sus pies desnudos.
—¿Para qué quieres esto? —dije y señalé mi mano.
Su frase fue lapidaria:
—Vaya, qué error tan estúpido.
—Pero entonces tú...
—Entonces yo —fue lo único y último que dijo.
Me desplomé sin fuerzas sobre el taburete. ¿Error estúpido, había dicho, o yo estaba inconsciente y no registraba acertadamente la realidad? Quise decir algo, cualquier cosa, lo primero que me viniera a la mente, pero mi boca se negaba a abrirse. Completamente aturdida asistí inmóvil a la borrosa escena en cámara lenta que siguió a mi descubrimiento.
Eva terminando de secarse morosamente el cuerpo y vistiéndose con lo primero que le caía a la mano, Eva sacando una maleta medio vacía del armario y llenándola con la ropa que descolgaba con brusquedad de las perchas, Eva acomodando cámaras y objetivos en el fondo mullido de su estuche de aluminio, Eva mirándome con los ojos de una desconocida y la boca sellada a cal y canto, el manojo de sus llaves cayendo con estrépito al suelo, Eva dándome la espalda saliendo de la habitación, el estruendo de la puerta de calle al cerrarse de un golpe y el ruido distante del motor de un Peugeot en el que Eva estaba yéndose de mi casa y de mi vida.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:01 pm

No regresó aquella noche, ni al día siguiente, ni en los días que siguieron al día siguiente. Recuerdo entre brumas que cuando se hubo marchado permanecí un período indefinido de tiempo sentada en el suelo de la habitación con la vista fija en una jarra de cristal azul con flores de papel que desde siempre había estado sobre la cómoda, pero ignoro cómo pude despertarme tumbada en diagonal sobre la cama y con los huesos molidos. Tampoco atino a recordar con nitidez qué fue de mí desde que pude levantarme y durante el resto de ese día tan aciago y de los que le procedieron.
Mamen me contaría después que le telefoneé repetidas veces preguntando por Eva, y que se había ofrecido a hacerme compañía alarmada por el dramatismo de mi requerimiento, pero yo me había negado tajantemente a recibir a nadie asegurando encontrarme en perfecto estado. Sé, eso sí, que en algún momento de ese lapso nefasto me armé de cubos, escobas y detergentes y barrí y fregué con obsesivo frenesí hasta el último rincón de la casa. Salvo ese ofuscado paréntesis de compulsiva limpieza el resto de circunstancias no ha quedado grabado en mi memoria. Completamente anestesiada, creo que los primeros días no comí ni bebí una gota de agua. Qué hice lo ignoro, supongo que dormir de la mañana a la noche y oír entre sueños el timbre del teléfono, los rumores apagados que llegaban de las casas vecinas y poco más.
En algún momento de esos días inauditos sentí hambre y me lancé a la calle, entré en el primer bar que topé en mi camino, deglutí lo que me sirvieron y regresé a la casa. Por lo visto, el alimento me reanimó, porque fui a mi estudio, abrí el PC y retomé maquinalmente la traducción en el punto donde la había dejado. Trabajaba durante horas con la mente vacía, en estado hipnótico. La imagen de Eva no irrumpía en ningún momento en mi imaginación, como si hubiera muerto hacía una cantidad indefinida de años. Me aferraba al texto con tesón empecinado, aprehendiendo las palabras que casi se materializaban ante mi vista.
Cuando el cansancio me vencía, me tumbaba en el tresillo a hacer zapping, mordisqueando galletas, almendras o cualquier otro alimento menudo. Cambiaba una y otra vez de canal, de adelante hacia atrás de atrás hacia delante, ningún programa lograba fijar mi atención ni mucho menos interesarme lo suficiente para quitar el dedo del mando. Pero lo más llamativo de ese período sombrío fue que me quedé completamente muda. Me di cuenta una tarde cuando intenté pronunciar en voz alta un vocablo italiano que se resistía a su homólogo castellano y al abrir la boca no emití sonido alguno. Tras varios intentos fracasados desistí. ¿La afonía se había convertido en mudez? Tanto daba, era un detalle, una minucia intrascendente. De todos modos ya nunca volvería a hablar, de eso estaba convencida. La palabra es hija del pensamiento, y yo no razonaba ni era: subsistía.
La novedad que introdujo mi mutismo fue que también abandoné las largas horas de tarea obsesiva, enemistada como estaba con cualquier forma de expresión. Sin el salvavidas de la traducción me sumergí en un sinsentido aguachento y crepuscular. El nihilismo se adueñó de los pocos actos que ejecutaba y dejé de comer puesto que carecía de razón hacerlo para luego defecar lo ingerido, de higienizarme porque acto seguido volvería la suciedad, de dormir para luego despertar, y más tarde volver a dormir para despertar nuevamente.
Sumida en el letargo reflexioné sobre los ciclos de la vida y deduje que estaban faltos de significación: A lleva a B, B conduce a C, C regresa a A y círculo cerrado, otra vuelta de tuerca, el moto perpetuo, la maldición de Sísifo. Me abroquelé en el salón despreciando el resto de la casa y allí pasaba las horas viendo transcurrir el día y la noche a través de los ventanales que daban al jardín. Insomne y con la mente en blanco, sólo me movía del sofá para ir al cuarto de baño o para estirar los miembros doloridos. Tenía mucho frío y había hecho un gran acopio de mantas bajo las cuales cobijaba mi sin razón. Fue entonces cuando comencé a escuchar el segundo movimiento de la Séptima de Beethoven.
Ignoro por qué en determinado momento de ese estado deleznable me vino a la mente un fragmento aislado de la obra y la música comenzó a sonar con insistencia como una cantinela porfiada y reiterativa que se imponía por sobre el vacío de mi cerebro. De todas las sinfonías ésta es una de mis favoritas, en especial su inicio brillante y majestuoso, pero ahora era el enigmático comienzo del segundo movimiento el que ocupaba toda mi atención. Había llevado conmigo una amplia selección de CD, entre ellos las sinfonías completas de Beethoven. Escogí la antigua versión dirigida por Fürtwangler que Lisa había conseguido de milagro en un tenderete de Viena y pude dedicarme a escuchar el andante sin solución de continuidad. Apenas finalizaba el acorde en la mayor volvía al inicio una, quince, decenas de veces. Para mayor comodidad trasladé la cadena de hi-fi al lado del sofá, de modo que sólo tenía que estirar una mano por debajo de las mantas y darle a la pista dos en la consola.
Me interesaba exclusivamente la concatenación aritmética de una nota con la otra, el enlace de un arpegio con el siguiente, el desarrollo de la melodía — que tarareaba con mi voz muda— y la intervención progresiva de las distintas cuerdas. La música no ejercía ningún efecto sentimental sobre mi espíritu, que parecía haberse extinguido como una brasa moribunda. Con precisión matemática, me di a la ingente tarea de contar las notas que distinguía a medida que entraban en escena los diferentes instrumentos, pero como perdía la cuenta con facilidad me veía obligada a recomenzar.
El teléfono sonaba cada vez con mayor frecuencia y alguien llamaba esporádicamente a la puerta, pero embebida como estaba en mi peculiar contabilidad no le prestaba la menor atención. Si deploraba la existencia de los ciclos homeostáticos por hallarlos faltos de sentido, un impulso arcano me había empujado a elaborar uno de los más arduos y complejos: acarrear sonidos hasta la cima de la abstracción desde donde se desmoronaban cuesta abajo obligándome a recomenzar el transporte.
Era una labor desesperante y desesperada, el más sutilmente refinado castigo —otra vez— del desdichado Sísifo. Una de las veces en que volvía al inicio del segundo movimiento se produjo una novedad. El primer acorde en la mayor sonó de forma diferente, o al menos así me lo pareció. Ya no se trataba de una mera confluencia de sonidos sino de una invitación seductora, de una promesa, el dorado arco de entrada a una tierra prometida. Seguí escuchando con creciente fascinación, perdido ya el interés por el anterior cómputo matemático. Los sonidos llovían sobre mí como una cascada líquida y fresca que me acariciaba la piel del alma. Quedé en suspenso, sin aliento, atrapada en una maraña de sonidos cada vez más complejos.
Cuando se desencadenó con potencia la magnífica apoteosis central del tema no pude aguantar más y me levanté de un salto sacudiéndome mantas y cobertores de encima. Eché a correr por toda la casa cual si la música me hubiera fagocitado y estuviera transitando la íntima profundidad de sus entrañas sonoras a la vez que experimentaba una inaudita sensación de libertad como jamás había sentido antes. Transida por la emoción, fui a la cocina, me lavé vigorosamente la cara tragando agua a borbotones sedientos y supe que era hora de regresar a Madrid. La onda expansiva de la potente exaltación que me impulsó a abandonar precipitadamente El Escorial duró lo que un espejismo. Una vez entre mis cuatro paredes la apatía volvió por sus fueros y fui incapaz de emprender cualquier tarea. Procuré enfrascarme en la Moretti, pero fracasé. El texto ya no me interesaba, la proximidad de la fecha de entrega me dejaba indiferente y no tenía fuerzas para ocuparme en ninguna tarea, aunque fuera tan insignificante como abrir las ventanas para renovar el aire y que se desvaneciera el tufo a cerrado.
No pude siquiera devolver las llamadas que había en el contestador, aunque sólo fuera los insistentes reclamos de mi madre que, alarmada por mi silencio, había dejado el teléfono de varios familiares en Italia para que me pusiera en contacto con cualquiera de ellos, ni me interesé por abrir el correo electrónico. Sin deseos de ver a nadie, insensible al hecho de que mi voz seguía sin manifestarse, me sumergí otra vez en un estado vegetal donde el único nexo con el exterior seguía siendo el segundo movimiento de la Séptima. La música era ahora el armazón férreo que me contenía como un dique e impedía mi completo anonadamiento.
Mi atención estaba centrada ahora no en los arpegios o en la cualidad musical, sino en comparar el desarrollo del andante con el devenir de una historia de amor malograda. “La similitud es fascinante —pensé, aturdida—, como si se penetrara en el corazón del secreto.” El mismo comienzo sugestivo y prometedor, el imperceptible pero infatigable crescendo que inician cellos, violines y vientos y que desemboca en un clímax apasionado, arrebatadamente lírico, con todas las cuerdas confluyendo en una consonancia henchida de feliz complicidad, a imagen y semejanza de dos personas que se atraen, se enamoran y construyen una nostridad apasionada y festiva.
Pero esta celebración fastuosa de los sentidos, seguida de una meseta de tranquilidad donde los instrumentos juegan con el tema convidándose los unos a los otros, conduce a un segunda apoteosis más breve que la primera y que actúa de prólogo a un progresivo y agorero diminuendo, descartando cuerdas y sonidos, para morir en un enigmático acorde final que no conocede consolaciones, como si Beethoven hubiera deseado que esa pasión se diluyera como un río que desemboca en un delta, o, tal vez, en un final abierto donde tienen lugar todas las dudas.
Lisa me había explicado que este movimiento traía de cabeza a los musicólogos porque lo que para unos es un andante para otros se trata de un allegretto, o aducían que Beethoven lo había concebido como adagio. A saber por qué había quedado grabado a fuego en mi memoria su comentario sobre un apunte de Berlioz, quien lo comparaba con una suerte de marcha fúnebre. Tal vez esta asociación hizo que de manera inconsciente estableciera un paralelismo entre la música y mi relación con Eva, lo cual me provocaba un dolor insoportable, pero en lugar de cortarlo de cuajo y quitar la música volvía al tema con obstinación morbosa, escarbando en mi llaga con renovado ensañamiento. Hasta ahora no había recordado a Eva en ningún momento, pero la “autoanestesia” ya no surtía efecto y mi recuperada memoria me atormentaba con imágenes lacerantes plenas de sensaciones, tan nítidas que podía verlas, tocarlas, olerlas y hasta saborearlas. El áspero regusto de la cerveza que bebí en Fiumicino cuando conocí a Eva, el tacto mórbido de su talle entregado a mi pelvis, la ruidosa algarabía del Campo Manin de Venecia, la modulación de su voz enamorada pronunciando mi nombre, el resplandor lechoso de la luna jugando con su rostro, el rumor de sus gemidos en mi hombro, las dos mirando escaparates, riendo de cualquier tontería, descubriendo rincones de Roma, absorbiéndonos con la mirada hasta vaciarnos la una en la otra...
Pero era la dramática escena de su inexplicable fuga de El Escorial la que más se representaba constantemente ante mis ojos. Como un eco maligno la escuchaba diciéndome “qué error tan estúpido” y me sentía cada vez más humillada, pero sobre todo inconmensurablemente triste. ¿Por qué “error”? La palabra hablaba de fallo, de tropiezo impensado. ¿Acaso su vínculo conmigo había sido un plan minuciosamente concebido que se había desbaratado por el incorrecto movimiento de una pieza? ¿Cómo había podido alguien hacerme tanto daño y con tanta premeditación, que era lo que más me desgarraba?
Me resultaba insufrible asumir tal grado de ensañamiento, y prefería creer que existía alguna explicación que escapaba a mi discernir, pedía una luz de entendimiento que me permitiera reconciliarme conmigo misma y no sentirme tan estúpida y vulnerable. La casa de Hermosilla había quedado tal cual la dejáramos y sin ella estaba desleída y hueca, privada de vida. Su huella, sin embargo, estaba presente por doquier, y aún flotaban en el ambiente los efluvios de su inconfundible aroma a First y a su sexo, lo que aumentaba mi tormento.
Agotada, melancólica y desnutrida, el sopor aletargado de los días pasados fue cediendo lugar a una ira sorda y rencorosa cuya virulencia llegaba a atemorizarme. No podía quedarme de brazos cruzados consumiéndome a fuego lento al amparo de Beethoven. Tenía que buscar a Eva y ajustarle las cuentas. Se había burlado de mí, me había ofendido brutalmente y si yo no desfogaba el ardor que me consumía lo más probable es que me volviera loca.
Eva me debía unas cuantas explicaciones, entre ellas por qué había jugado sucio conmigo representando el papel de ingenua enamorada a la par que mantenía en paralelo su relación con Carlos, y su presumible embarazo era prueba irrefutable de ello. Pero por encima de todos los agravios estaba mi dignidad herida. Yo no merecía el trato que me había infligido y de alguna manera le haría pagar su conducta. Con la misma persistencia que en El Escorial me había sumido en lo más hondo de la desesperación, la obsesión por encontrarla me impedía retornar a una vida si no normal al menos medianamente decente. Me alimentaba de las reservas de la alacena, casi no pegaba ojo y Baciami ancora dormía el sueño de los justos. Había recuperado bastante la voz, pero seguía sin deseo alguno de hablar y no respondía al teléfono, aunque escuchaba a través del contestador las voces al otro lado del hilo. En esos días Silvia llamó varias veces (“Hola, monstruo, ¿Se puede saber dónde te metes? Yo bien, gracias, ya sabes, algo así como una segunda luna de miel con Marga. Lo bueno es que me siento tranquila y enamorada, mira por dónde. Llámame, porfa, me tienes mosca”). También lo hizo Alessandra,anunciando que probablemente vendría a España en noviembre, otra vez mi madre y por supuesto Emilia, interesada por la marcha del trabajo. En un impulso, esta vez alcé el auricular:
—Hola, Emilia —dije en un susurro.
—¡Vaya, por fin te dignas a hablar conmigo! —me espetó con toda su mala leche sin molestarse siquiera en los saludos de rigor—. No sé en qué andas ni me importa, pero desde luego contentita me tienes. María, te consideraba una profesional intachable. ¿Cómo va ese trabajo?
No sabía qué decir, es más, me costaba un enorme esfuerzo que mis neuronas entablaran su acople sináptico. Mi mente se quedó en blanco y no pude articular la menor excusa.
—María, ¿Estás ahí? Oye, no quisiera ser descortés, pero que sepas que tu conducta me está molestando mucho. No suelo llamar en persona a mis traductores, ésa es tarea de mis secretarias, pero por lo visto ni siquiera tienes en cuenta mi deferencia hacia ti. —Emilia echaba llamaradas por las fauces—. He dejado varios recados, te he pedido por favor que me tengas al tanto de un trabajo que por lo visto no te importa demasiado, y hasta he tenido que mentir en una reunión de la directiva dando la cara por ti. Estás jugando con fuego, no me provoques, María...
Doing, plaf, ssssh, plof. El resto del sermón quedó retumbando en mi cabeza como el repiqueteo de una lluvia de enero. Se estaba despachando a gusto, me estaba ofendiendo y no tenía ningún derecho. Lo vi todo rojo y la ira pudo conmigo:
—¿Sabes qué te digo, Emilia? —dije con meridiana claridad—. Que te vayas a la mierda.
Y colgué con furia haciendo vibrar el aparato. Hecho. Un problema menos, me había desembarazado de Emilia de un plumazo. “Que te traduzca tu novela alguien mejor que yo, si es que lo encuentras en este planeta”, pensé saboreando mi triunfo. Pero la euforia duró lo que tardé en recapacitar. “¿Triunfo? ¿De qué triunfo hablas y qué has hecho, imbécil?”, pensé despavorida.
La augusta directora de la editorial Ónix jamás me perdonaría el desplante y las explicaciones no servirían para doblegar su orgullo ofendido. Además... ¿Cuáles explicaciones? Emilia era una adinerada empresaria que votaba puntualmente a los conservadores y que hacía concesiones a algunas obras provocativas sólo porque vendían bien en el mercado. ¿Qué decirle para disculparme? ¿Que era lesbiana y sufría mal de amores porque mi amante me había abandonado de mala manera? ¿O acaso pretendía que comprendiera la desesperación que me ofuscaba al punto de no recordar siquiera que alguna vez había hablado el idioma italiano?
Impensable, absurdo. Lisa y llanamente me había quedado sin empleo y era probable que me costara años redimir mi buen nombre en la profesión. Estaba frenética por mi necia bravuconada, pero por encima de todo rabiosa con la causante última de mis males. Sencillamente me estaba consumiendo, y Eva debería responder por ello. Acuciada por una insoportable sensación de ridículo me empeciné en seguir mentalmente su pista. Tenía que encontrarla fuera como fuese y me puse a la tarea. Con una llamada a su móvil supe que el número había sido dado de baja. Busqué entonces a los Zamorano de la guía telefónica. Figuraban unos pocos y ninguno con la inicial I de Isaac ni la E de Esther detrás del apellido. No obstante, llamé a los pocos que estaban en el listín pero ninguno era o podía dar razón a los Zamorano que me interesaban.
Inútil sacar algo en limpio a través de Información de Telefónica, sabía que si el abonado no figuraba en la guía no podían suministrar su número aunque les dijera la dirección, que por otra parte desconocía. Podía intentar localizarla a través de sus amistades, pero de Nora el único dato que tenía era su nombre de pila, y de Arancha sabía que era dueña de la galería Retro, que estaba temporalmente cerrada, de modo que imposible dar con ella, lo cual también implicaba a Iván. ¿Qué más sabía de Eva, a quién o dónde acudir para encontrarla? Caí en la cuenta que había estado —y estaba, vaya si lo estaba— locamente enamorada de una perfecta desconocida que se había encargado de borrar toda huella alrededor de su identidad. Con renovado furor forcé mi memoria. ¿Dónde hallar una pista que me llevara a Eva? ¡Mamen y Mauro, eso era! Había hecho muy buenas migas con ellos y probablemente tuvieran algún dato útil. Encontré las fuerzas para llamarles a ambos.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:02 pm

No habían vuelto a ver a Eva ni tenían el más mínimo indicio de dónde podía estar. Cada uno por su parte y pese a lo efímero de nuestra relación, se mostró sinceramente preocupado por mí y se ofreció a ayudarme en lo que fuera necesario, algo que agradecí profundamente. No, no había nada que pudieran hacer por mí, nadie podía hacer nada por mí. Puesto que había huido de El Escorial como una ladrona pillada en falta, era bastante probable que hubiera buscado refugio en brazos de su amante. Resultaba imperioso, pues, localizar a Carlos, aunque la sola idea me enfermara de celos y renovara mi cólera. ¿Pero cómo?
Tan sólo contaba con una vaga descripción física, no sabía su teléfono ni su domicilio, tampoco la empresa de publicidad para la cual trabajaba, ni sus apellidos, ni sitios que frecuentara y a los cuales pudiera acudir buscando información, eso sin contar que lo más probable era que ambos estuvieran fuera de Madrid disfrutando de unas vacaciones y festejando el final feliz de la aventurilla lésbica de la novia.
Por lo visto no quedaba mucho por hacer, lo cual aumentaba el desconsuelo que me atormentaba. Intenté desviar mi atención hacia la lectura, pero fue en vano. Garrapateé algunas líneas de lo que podría ser un diario en el cual exorcizar mi angustia, aunque no pude pasar de un vacilante y dolido comienzo: “Soy una piedra y no floto, un poema inconcluso, soy una sombra que no pertenece, soy la sombra de una sombra sin dueña, sin alforjas, sin camino”.
Magra cosecha literaria que también abandoné sin alforjas y sin camino. No volví a escribir, ni a sentir hambre, sed, deseos de salir a la calle, ni de entablar conversación con persona alguna y tanto menos con mis padres, los primeros que se merecían una explicación en toda regla. Mi pensamiento estaba enfermizamente prisionero por Eva y por la Séptima, que seguía escuchando sin cesar. Era inconcebible que la mujer que amaba y con la cual había compartido estrechamente los últimos meses hubiera desaparecido sin dejar rastro, pero más inverosímil aún era que yo, incluso inmersa en un mar de dudas por el cariz de sus actos, hubiera confiado de manera tan plena y absoluta en una recién llegada abriéndole mi corazón, mi casa y mis gentes compartiendo con ella cuanto más amo en la vida.
Una tarde, tumbada en el parquet de mi habitación escuchando por enésima vez el segundo movimiento en el discman y mirando al vacío como ya era costumbre, creí escuchar por entre el sonido de la música un tenue rumor dentro de la casa. El corazón se me paralizó. “Es ella que ha venido en busca de sus cosas. ¡Diosa, ayúdame, no sé qué pasará cuando la tenga delante!” Pero con esfuerzo recordé que me había devuelto el llavero, aunque cabía la posibilidad, dadas las esperpénticas circunstancias, de que hubiera hecho copias de las llaves.
Unos pasos enérgicos se acercaban por el pasillo, las sienes me latían a punto de estallar y fui a abrir la boca para averiguar quién había entrado en mi casa, pero me falló la voz. Cuando Alicia se plantó frente a mí con los brazos en jarras creí estar viendo una aparición mística. Se encargó rápidamente de hacerme volver a la realidad:
—María, hermana, ¿Qué haces ahí tirada? ¡Estás hecha una ruina, no me lo puedo creer! ¿Dónde está Eva? ¿Qué está pasando aquí? Déjame que te ayude, ven, levántate, eso es... ¡Pero si apenas puedes moverte, mujer!
Me levantó en vilo y me tumbó sobre la cama. Una vez que me hubo quitado los auriculares de las orejas, comenzó a mover las manos sobrevolando a ras de mi cuerpo con evoluciones de prestidigitadora, chequeándome minuciosamente durante un buen rato. La dejé hacer. Me sentía tan feliz de verla que se me caían las lágrimas y fui tomando conciencia de cuán desvalida estaba y de la imperiosa necesidad de ayuda que sentía desde hacía tiempo.
—¿Puedes hablar? —preguntó preocupada, sin detener su trajín. Tenía el rostro contraído por la concentración y yo sabía que estaba recomponiendo mi energía a pasos forzados.
—Un poco... —respondí tras varios intentos interrumpidos por fuertes carrasperas.
—No te esfuerces y dime al ritmo que te surja qué te pasa.
Algo reconfortada, pude hilvanar un resumen más o menos coherente de lo sucedido. Tenía la boca pastosa y la lengua tropezaba con algunas consonantes, pero al menos había recuperado el habla en buena medida. Mi pecho ya no era una pesada losa y el llanto apacible que humedecía mi rostro me ayudaba a recuperar la respiración. Le hablé también de mi visita al hospital y de mi fervor por el segundo movimiento de la Séptima. Alicia esperó en silencio a que terminara para preguntar:
—¿En que tonalidad está escrita?
—En la mayor, creo —contesté sorprendida.
Mi amiga sonrió con la boca ancha.
—¡Ay, María, cómo somos, si es que no paro de asombrarme! Sabes que los sonidos son terapéuticos, y tú vas y eliges precisamente esa sinfonía... Pues te diré que el sonido de la nota la es idóneo cuando lo que se busca es equilibrio emocional, tiene que ver con el corazón y con la angustia. Sin proponértelo, tu subconsciente eligió la música que necesitaba para tu mal de amores, y de paso para recuperar la voz que se apaga temporalmente cuando nos sentimos conmovidos por una pérdida amorosa y sobreviene esa lastimosa sensación de cautiverio emocional.
—¿Beethoven me está curando? — pregunté maravillada.
—Te echó una buena mano para que no te hundieras del todo, sí —confirmó Alicia—, aunque reconozco que tu historia me es difícil de entender. Si es como lo cuentas, la conducta de Eva resulta totalmente incomprensible. De hecho, en el entierro de Diana la sorprendí mirándote con tal pasión que recuerdo que pensé: he aquí el vivo retrato del amor. Cuesta creer tanto disparate. Y ahora vas a estarte quietecita y relajada mientras lleno la bañera y te preparo algo de comer. Estás a un paso de la anemia, por no hablar del pestazo a zoológico que desprendes.
Me sumergí en un agradable estado de beatitud mientras Alicia abría los grifos. Debí de haberme dormido, porque cuandomme ayudó a incorporarme para ir al baño flotaba en una nube. Me quitó la ropa mugrienta y me ayudó a meterme en el agua tibia y fragante con olor a salvia. El contacto con el agua era delicioso y respiré hondo repetidas veces mientras mi amiga me enjabonaba y restregaba como a un bebé.
—De verdad que no entiendo nada — repitió en voz baja—. Te llamé a El Escorial, Silvia y Esteban tampoco podían comunicar contigo y decidimos que, puesto que tengo llave, me pasaría para investigar. Ignoraba si estarías aquí, no sabes el susto que nos has dado.
—Lo siento —susurré—, no tenía fuerzas para hablar con nadie. Te has convertido en mi ángel de la guarda, Ali, apareces en los peores momentos y me salvas por los pelos, no sé cómo agradecértelo...
—Déjate de bobadas y sigue respirando profundamente que te hace mucha falta, así, eso es, que se mueva bien el diafragma. ¿Y de Eva no has vuelto a saber nada, se marchó así por las buenas y nunca más se supo? —dijo aumentando el vigor de su masaje por todo el cuerpo—. De verdad, María, es demasiado inconcebible para ser cierto, es un culebrón y de los malos. Tiene que haber una explicación, seguro.
—Yo pienso lo mismo, pero no sé cómo dar con ella, es un fantasma, me enamoré de un fantasma y ahora ha desaparecido...
Pude salir de la bañera por mi propio pie, lo cual ya era todo un logro. Me sentía notablemente mejor y oliendo a limpio. Como una enfermera diligente Alicia me dejó secándome el pelo y se fue a la cocina, no sin antes aconsejarme que me friccionara con fuerza las articulaciones con abundante agua de colonia para retener la energía que había activado.
Hacía mucho que no me miraba en un espejo y el efecto fue chocante. La cara demacrada mostraba las huellas de la prolongada vigilia y había adelgazado unos cuantos kilos, lo cual hacía que clavículas y costillas resaltaran bajo mi piel. Me envolví en un albornoz de toalla suave y fui al encuentro de Alicia.
—Esta alacena es de pena, hija, has roído un poco de cada como los ratones y no hay mucho para comer —comentó—. Mañana te ayudo a hacer una compra decente. De todos modos no es conveniente que retomes la alimentación habitual de golpe, pero al menos algo caliente.
Me tendió un té con un par de generosas cucharadas de leche condensada y algunos bizcochos integrales aún comestibles. A medida que comía con buen apetito sentía que la sangre me volvía al cuerpo y que mi mente retornaba paulatinamente a la realidad.
—¿Y tú cómo estás? —pregunté con voz queda.
Arrimó un taburete y se sentó a mi lado. Ahora que la miraba con mayor detenimiento, me di cuenta de que tenía el rostro distendido y que las arrugas de su entrecejo se habían aflojado bastante.
—He terminado con Paco, eso ya te lo había dicho y si no lo imaginarías.
—Había otra —sentencié con un hilo de voz.
Mi amiga negó con la cabeza.
—Yo también lo sospechaba, es más, estaba convencida de que ocultaba una segunda relación, pero no era así.
—¿Entonces?
—Entonces sucedió lo inesperado. Paco volvió a sus cabales y reconoció sin rodeos su detestable conducta. Fue increíble, lo vieras, sollozando como un crío me imploró que le perdonara y pidió una segunda oportunidad. De verdad, Mariucha, de no creer, después de una larga y horrible temporada tenía delante de mí al hombre del que me había enamorado, la misma sinceridad, la mirada tierna y amorosa, una valentía que ya creía perdida...
—Pero... —apunté.
—Pero ya no le amo, por paradójico que parezca. No sé cómo sucedió ni me quita el sueño entrar en más honduras, bastante le he dado de comer a mi neurosis. Digamos que se me rompió el amor de tanto usarlo, como dice la copla...
Hizo una larga pausa y pensé que iba a echarse a llorar, pero en cambio soltó una carcajada.
—¡Lo mejor del asunto es que me siento eufórica, he retomado las riendas de mi propia vida y estoy llena de proyectos nuevos, entusiasmada y plena de energía! Por lo que a mí respecta le he perdonado de veras, aunque de momento prefiero no verlo. Paco insiste en que seamos amigos pero para mí no es tan sencillo, la amistad es otra faceta del amor muy distinta a la amorosa, algo superior, si me apuras, y nunca me he creído del todo que un mal amante pueda ser un buen amigo, al menos no tan deprisa, así que... ¿Por qué lloras?
—Porque estoy contenta por ti — respondí sin poder contener el llanto repentino que había hecho presa de mí.
—Y porque estabas agarrotada como una piedra, te has aflojado y se te han abierto los manantiales de la pena, lo cual es una bendición. Me preocupaba que no soltaras el moco.
—Mi trabajo, debo de estar loca, he perdido mi trabajo, no me explico cómo pude ser tan irresponsable —hipé—. Soy una estúpida integral, Ali, me siento como un trapo usado, te juro que no entiendo manada, estoy hecha un lío y no atino amcomprender por qué Eva se ha comportado así conmigo, yo la amaba, joder, la amaba con locura. Me ha hecho tanto daño...
Lloré y lloré abrazada a Alicia hasta que me fui calmando poco a poco. Mi amiga me mecía con ternura y fue guiándome hasta el sofá del salón, donde tras un interminable concierto de suspiros acongojados me quedé frita.
La noticia de mis calamidades corrió como la pólvora y al día siguiente Silvia y Esteban se plantaron en mi casa, aporreando la puerta con insistencia hasta que me di por vencida y les dejé entrar. Venían cargados como Reyes Magos.
—La curandera se pasará dentro de un rato, mientras tanto te manda este montonazo de víveres, supongo que comistrajos integrales, macrobióticos y demás asquerosidades del ramo —fue lo primero que dijo Esteban a modo de saludo—. Te lo dejo en la cocina, ¿Vale?
Silvia se me colgó al cuello.
—Cariñito mío, que le han hecho daño, como coja a esa individua no dejo un diente sano de su estupenda dentadura. ¡Estás en los huesos, tú! ¿Por qué no pediste ayuda, tonta del culo? Te pasas el mal trago sola y a pelo, sin anestesia, ni que fueras a presentarte al casting de Superwoman. Alicia nos ha pasado un tráiler de la película, es demasiado, de no creer, te juro que hasta yo había caído en las redes del indudable encanto de la ambidextra, se vende de maravillas. Marga te manda un besazo tamaño familiar, se quedó en Riaza porque lo estamos pasando en grande... —Se atragantó, tosió y retomó su andanada—. Aquí donde me ves hago caminatas por el bosque y he reducido el tabaco, me siento hasta buena. No te perdono que no nos hayas llamado, hostias, tienes el teléfono del hotel, mi móvil, no tienes excusas...
—¡Eh, frena, frena, pájaro loco! —le conminó Esteban—. ¿No ves que mi prima está K. O.? Ven, vamos a sentarnos y te desahogas a gusto.
Yo había estado llorando a mares y sentía escozor en los ojos de tanto restregarlos. Lo que menos deseaba era volver a contar la historia de mi infortunio, pero habían venido a sostener mi maltrecha humanidad y les estaba agradecida. Fui muy escueta, a sabiendas de que ya estaban sobre antecedentes.
—Y yo tan feliz porque habías encontrado un amor —me dijo Esteban contrito—. La vi sólo un par de veces, de acuerdo, pero me cayó muy bien. Es más, la última vez que nos encontramos por Alcalá recuerdo que intenté hacerte entrar en razones porque te vi demasiado insegura y bastante paranoica. Como para no estarlo, de verdad que me arrepiento.
—Ya da igual, Esteban —dije a punto de echarme a llorar otra vez—. De verdad que da igual lo que yo haya dicho o sentido todo este tiempo. Los hechos son porfiados, es evidente, y lo real es que me siento como una enferma desahuciada.
Silvia reaccionó como un resorte.
—¿Cómo que da igual? De eso nada, monada. Yo en tu lugar no me quedaría cruzada de brazos y le daría su merecido a esa hetero bellaca.
—No empecemos con las lecciones de ideología, Silvín, te lo suplico...
—Vale, retiro lo de hetero —concilió mi amiga—. Pero bajo ningún punto de vista puedes permitir tamaña tomadura de pelo y quedarte como si nada hubiera pasado. Reacciona de una vez, María, ¿dónde está tu espíritu de lucha? Encerrarte a lamer tus heridas sola, muda y en huelga de hambre no es una conducta muy creativa que digamos.
Esteban aceptó el porro que le tendía Silvia.
—Estoy totalmente de acuerdo. Es una cuestión de dignidad personal, pura supervivencia. Hay que encontrar a esa farsante como sea y cantarle las cuarenta bien cantadas.
—¡Di que sí, Steve! —le apoyó enfáticamente Silvia—. Cuéntale lo tuyo, anda...
—¿Qué te ha pasado? —quise saber, intrigada.
Esteban se repantigó en el sofá con ese gesto suyo tan característico. Dio una larga calada al cigarrillo y tragó el humo con fruición antes de hablar.
—¿Recuerdas aquel pez gordo del Congreso que iba a pasarme información privilegiada? —me preguntó.
—El dios griego que vive por Alfonso XII —confirmé.
—El mismo. Pues además de darme ciertos documentos bajo promesa de no revelar mis fuentes mantuvimos algunos lujuriosos encuentros en su dúplex. Yo cumplí mi parte, publiqué una serie de artículos sin citar el soplo y se destapó una corruptela de mucho cuidado en las más altas esferas del gobierno, pero el muy hijo de mala madre, aterrorizado de que se sepa que es gay y que estaba liado conmigo, ha movido todas sus influencias y en el periódico me han dicho que se ven obligados a prescindir de mis servicios.
Quedé con la boca abierta. Era repulsivo.
—Si es una broma es de muy mal gusto... —alcancé a decir.
—Como lo oyes. Incluso están dispuestos a pagarme una cuantiosa indemnización, puesto que estoy en plantilla.
—Va a aceptarla, claro —completó Silvia, como de costumbre hablando en su nombre—, y me parece super. Se lleva un pastón y trabajo no le va a faltar en cualquier parte. Ya ha recibido varias ofertas, ¿Verdad, Steve?

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:02 pm

—Por suerte sí, no es problema. Pero a lo que iba. Ese desgraciado me las va a pagar, te lo prometo. Ya encontraré el modo de desenmascararlo, y tarde o temprano se las verá conmigo. Por eso digo que no puedes quedarte de brazos cruzados. Encuentra a Eva como sea.
—Soy la primera interesada, queridos, pero no se me ocurre cómo —dije, y les puse al tanto de mis esfuerzos por localizarla y del callejón sin salida en que me encontraba.
—Podríamos imprimir un retrato robot y pegarlo en los árboles gratificando cualquier pista —sugirió Silvia cuando hube terminado de hablar.
—Ya, con la palabra Wanted cruzando la foto. Entonces llega John Wayne, se galopa toda la Castellana y la encuentra en un santiamén —se burló Esteban poniéndose de pie. No pude por menos que reír—. Y ahora me voy a meter un copazo entre pecho y espalda, con el permiso de las damas presentes.
Abrió una portezuela del aparador y sacó la botella de whisky. Preguntó mostrando las copas si le acompañábamos. Silvia aceptó pero yo rehusé de plano:
—Estoy que no me sostengo...
Por el gesto ensimismado de Silvia me di cuenta de que estaba elucubrando a toda velocidad.
—De acuerdo, no sabes el teléfono de los Zamorano porque jamás te lo dio y no figuran en la guía. Pero olvidas que has estado en su casa, y lo más probable es que la niña haya vuelto a su nido tan pancha —dijo finalmente mientras hacía señas a Esteban para que llenara aún más su vaso.
—Hasta ese detalle tuvo en cuenta, si es que no me lo puedo creer... —dije acongojada—. Fuimos en su coche, y antes de llegar me pidió que cerrara los ojos porque deseaba darme una sorpresa y repitió la maniobra cuando nos marchamos, así que estuve jugando a la gallinita ciega casi hasta llegar al Círculo de Bellas Artes. Lo cuento y me siento tan estúpida que me daría de bofetadas.
Esteban emitió un silbido admirativo.
—¡Olé con la señora, qué lista!
—Pero una idea de la zona tendrás — insistió Silvia—. No habrás estado ciega desde que subiste al coche, a la ida.
—Sí, claro, vive en El Viso.
—¡Acabáramos! —exclamó Esteban alzando los brazos al techo—. O sea que después de todo sí conoces su barrio, haber empezado por ahí.
Me encogí de hombros, disculpándome. Cierto, se me había pasado por alto, pero sabía que Eva vivía en algún lugar de El Viso y recién ahora recordaba con nitidez el trayecto desde mi casa a la suya. Había conducido por Joaquín Costa y girado a la derecha tras dejar atrás la avenida del Doctor Arce. La referencia no era muy precisa, pero al menos tenía por dónde empezar.

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Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:02 pm

Otra vez la calle del Sil. Llevaba un buen rato recorriendo el triángulo que forman Cinca, Serrano y la avenida del Doctor Arce e inevitablemente iba a parar al mismo sitio. Arga, Ega, Tajo, Irati, Bidasoa, Miño... Los nombres de ríos que caracterizan a esta zona de Madrid eran una buena lección de geografía, pero ya se me estaban agotando la paciencia, las piernas y el ímpetu inicial de dar con el paradero de Eva. En el fondo no estaba muy segura de querer encontrarla.
Era una simple cuestión de orgullo, aunque el mío era ambivalente: por una parte no creía que fuera a obtener gran cosa de encararme con alguien que se había ido de mi vida de un modo tan intempestivo y exigirle explicaciones. Me había dejado y punto. “Es ella y no yo quien sale perdiendo”, me repetía sin cesar a modo de consuelo, aunque para ser sincera el decreto mental no surtía el menor efecto. Pero por la otra, coincidía con mis amigos en que su conducta no podía quedar impune y que sólo yo cargara con el dolor y la humillación del abandono era injusto y violento. La alusión de Silvia a mi escaso o nulo espíritu de lucha había hecho mella y me servía de acicate.
Miré con detenimiento una casa de dos plantas. No, ésta tampoco. Ninguna de las muchas casas que había visto hasta ahora me recordaban a la de Eva, aunque cualquiera de ellas podría serlo. El barrio mantiene un estilo arquitectónico bastante homogéneo y casi todas las construcciones se asemejan entre sí, con el agravante de que había visto la fachada de los Zamorano de una rápida ojeada y recordaba bien poco.
“Vamos, María, El Viso no es tan grande, es muy probable que lo que buscas esté a la vuelta de la esquina, haz un esfuerzo”, me animé, y forzando una vez más la memoria recordé que aquel día creí haber percibido que el coche cruzaba la calle Serrano, lo cual significaba que hasta ahora había buscado en el sector equivocado.
Con renovados bríos llegué hasta Serrano, crucé la calzada y me interné por la calle del Jarama en dirección al paseo de La Habana. La tarde era bastante calurosa y busqué el cobijo de los árboles mirando a derecha e izquierda con detenimiento, a la caza y captura de cualquier detalle que me resultara familiar. Era mi primera salida después de largos días de confinamiento y respiraba con dificultad. Tal vez alguien conociera a la familia, pero la zona estaba desierta como si los vecinos hubieran sido evacuados en masa, y no se veía a nadie a quien solicitar información. Pisuerga, Tormes, Henares... Opté por rodear cada manzana por sus tres o cuatro lados, estudiando incluso el pavimento por si alguna particularidad traía algún ramalazo de reconocimiento a mi memoria.
Caminaba por la calle del Tambre cuando al girar a la izquierda para adentrarme por Eresma mi intuición me indicó que estaba en el buen camino. Nada concreto, sólo una excitación creciente que me hizo barruntar que había dado en el blanco. Apreté el paso y llegué hasta el final de la calle examinando en zigzag casa por casa, pero cuando ya desembocaba en la calle del Guadiana retrocedí por el laberinto hasta una pequeña arteria lateral que aún no había investigado.
Al mirar desde lejos agradecí haberle dado crédito a mi sexto sentido: a unos veinte metros de mí una enorme higuera asomaba su ramaje por encima de un muro cuya verja adyacente reconocí de inmediato. Me acerqué subrepticiamente implorando que nadie me viera. Aún no había decidido de firme qué haría en caso de dar con el objetivo. Por fortuna los alrededores estaban tan desiertos como el resto del barrio, de modo que pude aproximarme por la acera de enfrente y constatar que, efectivamente, ésa era la casa de Eva. ¿Y ahora? Era un manojo de sentimientos encontrados donde la emoción, el miedo y el despecho campaban por sus fueros.
Nunca antes me había visto en una situación semejante y necesitaría de una buena dosis de audacia para llamar a la puerta y enfrentarme con lo que sucediera después. Por nada del mundo quería aparecer como un alma en pena a los ojos de Eva y su familia, ni tampoco implicar a los Zamorano en una escena vulgar y desagradable. “Estoy destrozada, para qué negarlo, pero el estilo es el estilo”, me dije, inmovilizada, temblando de los pies a la cabeza.
Permanecí largos minutos mirando tontamente la higuera vetusta como pidiéndole consejo y otorgándome plazos, treguas para actuar que dilataba indecisa. “Venga ya, toca el timbre —me incité—. Preguntas por ella y que sea lo que tenga que ser.” Pero no movía un músculo. De pronto me pareció percibir un movimiento en las cortinas de una de las ventanas del primer piso y me sentí al descubierto. Podía ser Eva, pero también su madre o su padre. En cualquier caso, me habían visto y era inútil dar media vuelta y escapar como una liebre asustada. Reteniendo el aliento crucé la calle, me colé por la verja entreabierta y al llegar a la puerta de entrada llamé con un timbrazo corto y seco. Las rodillas apenas me sostenían cuando la mucama, abrió tras unos segundos de anhelante espera.
—¿Sí, señorita? ¿Qué se le ofrece?
¿Qué se me ofrecía? ¡Qué no se me ofrecía, querría decir! Su pregunta trillada era, dadas las circunstancias, sumamente compleja y problemática de responder. Vacilante, alcancé a pronunciar el nombre de Eva, pero una voz gentil aunque autoritaria sonó a espaldas de la mujer antes de que ésta respondiera:
—Deje, Lali, ya atiendo yo, gracias.
Vi la larga figura de Simón plantada ante mí.
—Ah, María, eres tú... Pasa, por favor.
Al menos no me había preguntado que se me ofrecía, y si estaba sorprendido supo enmascararlo con maestría. Le seguí hasta el vestíbulo y pude entrever a su padre sentado en uno de los lujosos sillones del salón. Había entrado en la casa de Eva, tal vez ella estuviera en su habitación, en cualquier momento la vería descender las escaleras y yo caería fulminada al suelo. El padre me reconoció de inmediato.
—¡Vaya, pero si es la guapa amiga de mi hija! Ven, no te quedes ahí de pie, quiero saludarte.
Su cálida acogida me reconfortó bastante y me acerqué a él seguida de Simón, que me escrutaba con esa mirada húmeda y marrón idéntica a la de su hermana y que yo había amado tanto.
—Buenas tardes, señor Zamorano — saludé estrechándole la mano, pero ya no supe qué más decir. Por suerte el huraño Isaac parecía de buen talante.
—Si buscas a Eva no está, pero eso no impide que nos acompañes en el café, estábamos a punto de tomarlo. Esther también ha salido, qué lástima, sé que le hubiera gustado verte...
Me dejé caer en el sofá contiguo completamente trastornada. ¿Qué decir, cómo mantener una mínima conversación de circunstancia si ni siquiera sabía qué hacer con mis huesos ni qué me había impulsado a entrar allí? No deseaba compartir una charla trivial, pero tampoco deseaba ser grosera.
Maldije el momento en que se me ocurrió salir de mi trinchera a la búsqueda del amor perdido. Yo debería estar en mi sitio, destripando mi pena al cobijo de mi Séptima de Beethoven y a la espera de que el tiempo se encargara de difuminar esta pesadilla. Sólo el tiempo, transcurriendo inevitable, me había ofrecido paz tras la muerte de Lisa, y la misma medicina a este nuevo desgarro parecía lo más sensato.
Inmersa en una nebulosa oí que Zamorano padre hacía repicar la pomposa campanilla de oro macizo, y también a Simón inventarse una excusa que no alcancé a descifrar y proponerme que le siguiera hasta la cocina, cosa que hice como una autómata sin cuestionar sus intenciones.
—Por favor, Lali, déjenos unos minutos —pidió sonriente.
Ésta se retiró dejando la cafetera al fuego.
—Sé que estás buscando a Eva —me dijo sin más circunloquios cuando estuvimos a solas—, y da la casualidad que yo también, pero no tenía manera de dar contigo. ¿Cuánto hace que no la ves?
Su franqueza me hizo reaccionar.
—Unos cuantos días. Estábamos en El Escorial cuando se marchó de improviso y no he vuelto a saber de ella. ¿Y tú?
Simón se apoyó contra la nevera con los brazos cruzados sobre el pecho sin dejar de estudiarme, adoptando una postura idéntica a la de su hermana. La misma que tantas veces me había intimidado porque todo el poder se concentraba en su persona con una fuerza atómica, logrando que me sintiera inerme y desvalida. Era obvio que Simón estaba decidido a medir cada centímetro de la información que poseía para cubrir las espaldas de Eva.
—También, unos días. Para serte sincero estoy preocupado, la Desastre suele evaporarse de vez en cuando, pero nunca sin dejarme sobre aviso.
Adiós a mi última esperanza de encontrarla. Si su hermano del alma no podía dar fe de su paradero nadie podría ayudarme. No quería flaquear ni ante mí ni ante nadie, y tanto menos delante del escurridizo Simón, pero la tensión que llevaba acumulada dentro se hizo trizas y pese a mis esfuerzos mis ojos se anegaron en lágrimas.
Se hizo un silencio embarazoso, él parapetado en su gesto de desconfianza y yo sollozando acongojada y buscando un kleenex en mi bolso. Tras unos segundos interminables me tendió su pañuelo. Era un gesto amistoso y le miré agradecida. Sostuvo mi mirada hasta que pareció tomar una súbita decisión.
—¿Tienes coche?
—No.
—Entonces vamos en el mío.
Durante el trayecto no intercambiamos palabra. Simón conducía con gesto grave y yo me dejaba llevar sin mayores cuestionamientos. Aparcó en el parking de la plaza Mayor y sólo habló cuando llegamos a un portal bastante desvencijado de los muchos que flanquean la plaza.
—Vivo aquí, en el último piso.
Eva me había hablado de la buhardilla de su hermano, y en cuanto entré tuve que admitir que la descripción era bastante fiel. Su dueño había prescindido de las paredes no maestras y el efecto era el de un loft neoyorquino, amplio y bien equipado, pero con una sobrecarga de objetos que provocaba una intensa sensación de agobio. Por lo visto Simón sentía debilidad por las culturas primitivas, porque dondequiera que hubiera sitio campaban máscaras de todos los tamaños y materiales imaginables, ídolos toscamente tallados, estatuillas de figuras humanas y animales, tapices y batiks representando remotas simbologías que yo desconocía y un sinfín de adornos de los orígenes más dispares.
Quedé plantada en medio de aquel bazar de souvenirs culturales sin saber cuál era el próximo paso. ¿Por qué y para qué estaba en esta casa? “La guarida es su sanctasanctórum —había comentado Eva — y nadie pone un pie en ella salvo yo. Creo que mi madre ha estado allí en una única ocasión, y a sus amantes las lleva al hotel Palace, mira si será ermitaño.” “Y sibarita”, recuerdo haber apostillado entre risas. Simón esperó unos segundos a que asimilara el impacto, el rostro marcado por ese gesto ambiguo de quien se debate entre la sinceridad y la desconfianza. Yo me mantenía en silencio, igualmente dividida. Ni por asomo tenía la intención de contarle la verdadera cualidad de nuestra relación y su inexplicable final, pero por otra parte me devoraba la ansiedad por averiguar qué sabía él que yo desconociera.
Algo en mi actitud debió quebrar sus últimas resistencias, porque con un ademán francamente cariñoso me tomó por un codo y me condujo hasta una puerta cerrada. Sacó una llave del bolsillo, abrió, dio la luz y me invitó a entrar con una leve inclinación de la cabeza. Si hubiera aparecido súbitamente en otro planeta no me habría sorprendido tanto. La habitación era muy pequeña, una antigua alacena o vestidor, sin duda, y en sus dos metros por dos cabían apenas una litera y una solitaria banqueta de pana gastada. Para mi estupor, las paredes estaban íntegramente tapizadas con fotografías mías de los más diversos formatos, desde las normales de quince por ocho a grandes ampliaciones en color y blanco y negro.
Como atrapada en un inquietante juego de prismas reflectantes, me vi saludando a la cámara por entre los puestos de flores de la piazza Navona, sonriendo con aire pícaro en una terraza de Vittorio Veneto, pasando un brazo cariñoso por el hombro de María, la dueña del hotel Winkler, haciendo la plancha en mi piscina, tirando del carro de la compra por la calle de Conde de Peñalver. Reparé en mi gesto de enamorada a orillas del lago de El Retiro, en una callejuela perdida de Ávila, en un restaurante típico de Toledo y en incontables primeros planos de mi rostro. Mis ojos ampliados hasta la exageración, mis manos, mis pezones, mi pubis y mi cuerpo desnudo sorprendido desde todos los ángulos. En suma, una apoteosis de María Corradi tan semejante a un altar consagrado que me recorrió un escalofrío. Miré a Simón en busca de respuestas, pero no parecía dispuesto a facilitarme la tarea. Si había querido sorprenderme conduciéndome hasta este templo pagano lo había logrado con creces.
Absolutamente estupefacta, me adentré para mirar con mayor detenimiento una estantería de tres baldas adosada a la pared. Estaba colmada de imágenes enmarcadas, y de inmediato reconocí entre ellas la foto de cuando yo era pequeña, la misma que me había birlado en casa de mis padres, y también la que me había hecho Silvia en San Vicente de la Barquera, más otras de los mismos negativos que yo desconocía y que sin duda ella había revelado por su cuenta. No faltaban mis padres abrazándome sonrientes el día de su partida de El Escorial rumbo a Dinamarca, ni tampoco numerosas instantáneas que ignoro cómo pudo lograr sin que yo lo advirtiese: ahí estaba yo saliendo del portal de Hermosilla, comprando el periódico en el puesto de la esquina, conversando con el camarero en la barra del hotel Floridablanca y muchas otras que no identifiqué a primera vista.
Había incluso dos o tres planos nocturnos de la fachada de mi edificio con las ventanas de la casa iluminadas, y hasta una fotografía bastante forzada donde pude distinguir las siluetas de Alicia y Esteban entre los visillos y que de inmediato reconocí: era una instantánea de la noche en que habían ido a visitarme por sorpresa apenas llegada de Italia y yo les había contado mi amor por Eva. Ocupando un sitial de honor, centrada y con un bonito marco ornamentado, destacaba la instantánea de la plaza San Marcos que yo había mostrado con tanto orgullo a mis amigos. A su pie, como una ofrenda, estaba el anillo de plata que le había regalado en el puente de Rialto y, envuelto en papel de seda, un mechón de pelo rubio que sin duda me birló estando yo dormida. La atmósfera que irradiaba la habitación era de un recogimiento tan palpable que tuve la desconcertante sensación de estar profanando un santuario sacramental. Yo no debería estar allí violando el secreto de Eva, no al menos en carne y hueso. El hecho de que yo misma fuera su exclusivo objeto de devoción no me autorizaba a mancillar sus iconos. Conmla cabeza gacha y mis pensamientos bullendo enloquecidos salí presurosa del minúsculo cuarto, que Simón cerró con llave tras de mí.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:03 pm

—Necesitas una copa, y yo también — dijo quedamente mi anfitrión mientras yo miraba sin ver el cielo nuboso a través de las ventanas del salón—. Si mal no recuerdo lo tuyo es el whisky...
—No, no es lo mío, pero me da igual —respondí maquinalmente.
Estaba paralizada, en estado de shock. Lo que acababa de ver excedía con mucho mi capacidad de comprensión. Jamás me había enfrentado a una situación semejante y mi mente trabajaba a toda velocidad en busca de algún hilo conductor que me permitiera desenredar la absurda madejande la que era prisionera. Por encima de todo me costaba digerir en un instante la otra cara de la realidad: Eva no sólo no me detestaba sino que literalmente memveneraba. ¿Cómo asimilarlo? El corazón me palpitaba cuando Simón me tendió un cabo.
—Mi hermana te adora, acabas de comprobarlo —dijo amoldando su cuerpoma un mullido puf profusamente adornado —. Siéntate y bebe algo, te sentará bien.
—¿Me adora, tú crees? No entiendo nada, Simón, estoy completamente aturdida, no atino a... —Me fallaban las palabras—. Es inaudito, increíble, la cabeza no me da para más, yo... no puedo, no...
—Me hago cargo, supongo que en tu lugar me sentiría igualmente perplejo, aunque bastante menos tratándose de Eva. Pero, verás, si tú supieras...
Mantuvo un breve silencio y por fin comenzó a hablar. Lo hizo durante largo rato sin que yo le interrumpiera. Se explayó sobre la infancia solitaria de Eva, una niña no deseada que alteró los planes de la pareja Zamorano y que creció huraña, encomendada a su suerte, con el único sostén afectivo de su hermano. Su madre, lejana y fría, jamás había correspondido a sus despechados requerimientos de cariño y afecto y aún hoy Eva seguía queriéndola con una pasión sin esperanzas. Isaac, por su parte, creía haber cumplido con su deber como cabeza de familia aportando el dinero suficiente para que sus hijos tuviesen el futuro asegurado y una educación de primera, y apenas pudo valerse por sí misma Eva fue sometida a una interminable serie de destierros en los mejores colegios europeos, de los cuales era devuelta a la familia por mala conducta.
—Una biografía de niña rica bastante tópica —apostillé, sarcástica.
—Cierto, pero no sabes hasta qué punto la marcó a fuego. Eva es pura sensibilidad y ha sufrido mucho —la defendió Simón con ardor—. María, sé que esto es muy duro para ti, pero haz un esfuerzo por entenderla.
Que Simón apelara a mi condescendencia era una burda paradoja. No había hecho otra cosa que preocuparme por comprenderla desde el instante que compartimos asiento en aquel autobús camino de Roma, y mi sana intención de llegar al fondo de sus motivaciones me había conducido al callejón sin salida en el que estaba ahora.
—Lo siento, Simón, pero tengo mucha ira acumulada, he intentado sin éxito penetrar en su alma desde todos los frentes posibles, pero Eva es un enigma indescifrable.
—Exactamente, la has definido a la perfección —insistió volviendo a llenar su copa y la mía—, por eso te ruego que escuches hasta el final aunque te duela. Estás buscando la verdad, ¿O me equivoco? De otro modo no te hubieras plantado esta tarde en casa de mis padres.
Asentí con un vago gesto absorto, sentándome en la primera silla que encontré a mano. “De acuerdo, cuéntame la historia de la que fue mi amada, dame argumentos que me expliquen por qué me ha hecho tanto daño, una sola razón que justifique tanto sufrimiento”, quise decirle, pero callé. Simón estaba dispuesto a abogar en defensa de lo indefendible, y ponía toda su pasión en ello. Acabó de un trago su copa y retomó el relato.
—Cuando entró en la edad de los primeros escarceos amorosos Eva no cuajaba ninguno, ya sabes, un par de novios circunstanciales y poco más, ningún chico encajaba en sus esquemas, y el que no era estúpido era cobarde, feo, ignorante, simple y llanamente despreciable. Mis amigos se volvían locos por ella, pero ninguno conseguía abordarla más allá de un coqueteo intrascendente.
Eva una vestal intocable, pasmoso, esta tarde era de desmentidos y yo iba de asombro en asombro. ¿Y la lista interminable de amantes de todo pelaje que había exhibido desde el inicio de nuestra relación? “Él se quedó con mi himen y yo con un Rolex de oro, no es mal cambio”, había dicho en una ocasión refiriéndose a su maduro y primer galán. “Cuidado, María —me puse en guardia—. Tienes delantema un tramoyista consumado, no permitas que te enrede.”
—Entiendo, jugó al gato y al ratón con tus amigos hasta que decidió divertirse en serio y sacar provecho de sus encantos.
Simón puso cara de no entender.
—No sé a qué te refieres, pero si estás pensando en una colección de amantes circunstanciales vas desencaminada por completo. Mi hermana no es una cortesana de lujo como insinúas. Es más, no había mantenido relaciones sexuales hasta que a los veinte años conoció a Claudia.
—¿Claudia? —repetí—. ¡Ya, Claudia! —Como un relámpago acudió a mi mente el rostro desencajado de Eva al contarle yo que su madre había mencionado ese nombre en el Sportman y su frenética insistencia por saber hasta qué punto se había ido de la lengua—. De modo que... No, no puede ser, toda esta patraña es inconcebible, no te creo una palabra, Simón, y no estoy dispuesta a escucharte ni un minuto más.
Me levanté de un brinco dispuesta a escapar de esa delirante encerrona, pero él me retuvo con firmeza y me obligó a sentarme otra vez.
—¡Espera, aún no he acabado, no seas cobarde y escucha hasta el final!
—¡No me toques, no te atrevas a ponerme un dedo encima! —grité levantándome de un salto—. Estás tan loco como tu hermana y nadie me asegura que su huida, el grotesco santuario erigido en esa habitación y la presunta sinceridad de tu historia no sean sino un capítulo más de un colosal montaje, la tomadura de pelo más cruel que se pueda pergeñar contra una persona.
—Te lo ruego, serénate —dijo moderando el tono—. Te cuento todo esto porque creo que eres bondadosa y que amas de verdad a Eva, me di cuenta apenas te conocí.
No pude reprimir una carcajada.
—¡Esto sí que es grotesco! Hermano solícito apela a la bondad de la amante de su hermana a sabiendas de que ésta le ha destrozado la vida con la misma indiferencia de quien se come una aceituna en un bar.
—No es tan así, María, te estás precipitando...
—Y ahora también me demanda paciencia. ¿Algo más? Por favor, aunque te cueste creerlo tengo límites, y estoy tocándolos. Es todo tan perverso...
—Si es necesario me pongo de rodillas, sé de sobra que tienes razones más que suficientes para condenarla, pero es imprescindible que me ayudes a encontrarla y para eso debes saber toda la verdad. Por favor, no te vayas, te lo suplico.
Mi confusión era tal que temblaba como una epiléptica. Quería salir corriendo, pero las piernas no respondían a las órdenes de mi abotagado cerebro y volví a sentarme. Debió de interpretarlo como una aceptación, porque prosiguió la historia por donde la había dejado. Supe así que Claudia era una mujer imponente y avasalladora, muy habituada a que su marido —cónsul en Madrid de no recuerdo qué país centroeuropeo— colmara sus deseos aún antes de expresarlos en voz alta. Diez años mayor que Eva, la había conocido en una fiesta y se había encaprichado con esa veinteañera fresca y hermosa al punto de que prácticamente la había adoptado para sí. Una hija muy especial, claro, a la cual inició en la cama y en la alta sociedad, paseó por media Europa y colmó de regalos extravagantes.
—Yo mismo hubiera dado mi vida por Claudia si me lo hubiese pedido — continuó Simón—. Era deslumbrante y comprendo que Eva se convirtiera en un títere entre sus manos. Mi hermana se enamoró como nunca antes, vivía por y para Claudia, estaba fascinada por ella y miraba por sus ojos. Comprenderás que a mis padres no se les escapó el cariz de la relación, pero su hija era problemática y, si bien una lesbiana es una lesbiana, Claudia tenía la ventaja de ser la señora de Van Doescht, parecía querer bien a la niña y le daba la gran vida.
—Repugnante —dije realmente asqueada.
Simón se encogió de hombros. No parecía dispuesto a embarcarse en disquisiciones éticas.
—El año que duró el vínculo fue el más feliz de Eva, te lo puedo asegurar. Nunca antes la había visto tan radiante y extravertida, subía y bajaba de los aviones como quien monta a un autobús y se codeaba con los figurones de la jet set. Lo cierto es que su belleza, juventud y don de gentes causaban sensación, y Claudia no se cansaba de exhibirla.
Mi cabeza era un torbellino. Eva me había engañado a la perfección, jamás había mencionado a su primera amante y yo me había creído a pie juntillas su pasado de briosa militante heterosexual. Creído y sufrido, lo cual era aún más vejatorio. Comenzaba a marearme y me aferré a los brazos del extravagante sillín en que estaba sentada. Empecé a entender su creciente pericia al hacer el amor y que yo había achacado a mis pacientes lecciones de anatomía y código femeninos. ¡Qué idiota, qué incrédula! Había hecho el ridículo más espantoso, y un sentimiento indescifrable me estaba carcomiendo el alma.
—Me basta en un resumen, Simón —le ordené—, lo estoy pasando muy mal, no sé hasta qué punto podré soportar esta infamia y lo sabes.
—¿Quieres una tila? —ofreció. Mi mirada asesina lo disuadió al punto—. Lo comprendo, tranquila. Sintetizando: una noche, en un hotel de Salzburgo, Eva descubrió a su adorada con una bella morena calentando su cama de raso. Claudia tuvo el suficiente descaro como para no ocultarle que mantenía amoríos con varias jovencitas a la vez, y advertirle que ella era una odalisca más de su harén particular. Ya sabes cómo es Eva...
—No, no lo sé —respondí lapidaria—. Cuéntamelo tú.
—Armó una batahola tal que los de seguridad tuvieron que poner orden. Claudia la acusó de haber entrado a robarle las joyas y estaban a punto de llamar a la policía cuando la muy zorra sacó a relucir sus apellidos, adujo que no deseaba escándalos y pusieron a mi hermana de patitas en la calle. Resultado: Eva cayó en una especie de catatonía y mi madre tuvo que ir a rescatarla de una mugrienta pensión de Viena. Estuvo varios meses sin hablar y negándose a probar bocado.
—¿Y? —pregunté con toda la dureza que fui capaz, indignada conmigo misma por la piedad que me producía el dolor de Eva.
Simón se sirvió otra generosa ración de brandy. Estábamos ya en penumbras y a través de las ventanas el cielo azul añil de Madrid lucía más majestuoso que de costumbre.
—Hace falta luz, espera —dijo dándole a un mando a distancia. Se encendieron a breves intervalos varios puntos luminosos colocados estratégicamente. “Seducción made in Zamorano”, pensé con amargura —. Así está mejor —retomó—. El caso es que Eva salió del trance a trancas y barrancas y se juró a sí misma que se vengaría por la humillación sufrida aunque le llevara el resto de sus días. No volvió a relacionarse con nadie más, ni hombre ni mujer.
“Nací para vengar agravios.” La frase restalló en mi memoria como un látigo impío. Estábamos en el café Greco de Roma, hablábamos de nuestros orígenes y ella, que debía ser Lilith, acabó llamándose Eva por voluntad de su madre, empeñada en imponer un nombre de manifiesta connotación cristiana a su niña judía. “Y era verdad, Eva, esa vez me estabas diciendo la auténtica verdad sobre ti”, pensé con amargura, las lágrimas bañándome la cara.
—Y ahora es en el momento en que tú entras en juego —estaba diciendo Simón con cautela.
Inmediatamente todo mi ser se agazapó, alerta. Si lo que iba a confirmarme es que yo era la víctima propiciatoria de una vieja venganza no podría soportarlo. Pero lo hice, Dios sabe cómo.
—Durante años mi hermana rumió su desquite a la espera de una mujer a la cual seducir y traicionar como habían hecho con ella. Sabía que intentar un ojo por ojo con Claudia era del todo inviable. La señora Van Doescht estaba de vuelta de todas las jugarretas y cazarla era tan imposible como tumbar un virus con un obús.
—Una fábula muy edificante —comenté ciega de rabia—, y por descontado que yo soy la moraleja.
Simón se puso de pie y comenzó a pasearse con largos pasos por la habitación. Me parecía asistir a la escena final de un juicio cuando el abogado exige enfáticamente la absolución para su defendido.
—Pero se enamoró de ti, María, apasionada, ciegamente. Puedes entenderlo, ¿Verdad? A las pruebas me remito, te he mostrado su habitación, has podido comprobarlo por ti misma. Ese “santuario”, como tú le llamas, ha sido su escondite durante todo este tiempo, se encerraba allí durante horas y te juro que la he oído llorar amargamente pidiéndote perdón por el daño que te causaba. Temí que perdiera la razón...
De modo que mi intuición no había fallado. Había presentido que la actuación de Eva respondía a un plan preconcebido que había llevado a cabo con maquiavélica precisión, y las palabras de Simón lo certificaban. Agarré la botella y me serví una ración generosa que bebí sin respirar mientras Simón escrutaba cada movimiento mío como un felino dispuesto a saltar al menor indicio de descontrol.
—Bien, recapitulemos —propuse al fin con bastante frialdad. Por lo menos ahora sabía que mis presunciones eran ciertas, lo cual indicaba que yo no estaba tan desquiciada como creía. La suspicacia tiene esa virtud: en el mismo instante en que las sospechas se vuelven certezas la angustia desaparece como por ensalmo—.Tu hermana ideó un plan, me eligió como víctima y yo mordí el cebo. Nauseabundo pero cierto, qué le vamos a hacer, ya está hecho. Lo que no acabo de entender es qué pinta Carlos en todo esto.
—¿Carlos? ¿Quién es Carlos? — preguntó intrigado.
¡Oh, no, la famosa gota que colma el vaso! ¿Verdadero o falso que Simón ignoraba la existencia de Carlos?
—El otro amante de tu hermana. Desde el principio jugó a dos bandas y si quieres encontrarla puedes acudir a él, repetir la triste historia que acabas de contarme y pedirle su ayuda para encontrarla.
Detuvo sus enérgicos pasos y se acuclilló frente a mí mirándome con firmeza.
—No hay tal novio, María, nunca lo hubo, te lo aseguro. He estado al tanto de su relación contigo desde que te conoció y por lo visto olvidó mencionarme que se había inventado otro amante. Supongo que con ello reforzaba la mentira.
—¡Pero si yo descubrí el test de embarazo en su neceser! Temía estar embarazada...
Simón me acarició la barbilla. El tacto cálido me reconfortó y le dejé hacer, sin fuerzas. Su voz rezumaba una gran ternura.
—Eres una buena persona, María, y no sabes hasta qué punto lamento haber secundado los delirios de Eva. Tu ingenuidad es un don precioso y ojalá no la pierdas después de esta experiencia, pero también es tu talón de Aquiles, no podrás negarlo. Verás, yo mismo compré esa caja de Adviser que tú tenías que encontrar, como así fue. —Abrí la boca para hablar pero me la cerró con los dedos—. Sólo un momento, por favor, ya termino. Eva no soportaba más el dolor que le producía engañarte, era un callejón sin salida y entre los dos pensamos que, de estar embarazada, tú misma romperías la relación. Es retorcido, lo admito, deleznable incluso, pero de esa manera mi hermana podría romper la telaraña que había tejido con tanto esfuerzo y sufrimiento.
Carlos, el rival odiado, el motor de mis celos más horribles, ese ser desconocido pero omnipresente en mi cama y en mis pensamientos más ominosos, el detestado “otro” que me robaba el tiempo y los favores de mi amante resultaba ahora una nada, una fantasía más de la febril imaginación de Eva, el espectral protagonista de una estrambótica novela de suspense. Me aferré a las manos de Simón y me sumí en un silencio ausente.
—Tienes razón —musité tras esa larga pausa dolorida—: soy una ingenua. Desde el principio me moví con la verdad por delante. Mi pasado, mis amores, mis anhelos, mi trabajo, mi proyecto de vida. Si yo soy sincera... ¿Por qué pensar que el otro miente? Inocencia, dirás, ¿Pero a santo de qué, explícame, yo debía ser desconfiada y poner en duda cuanto dijera? No lo entiendo, Simón —me lamenté—. Puede que la ingenuidad sea mi talón de Aquiles como dices, pero te aseguro que nunca he estado tan orgullosa como en este momento de ser como soy.
Hubo un breve silencio y añadí convencida:
—Me siento burlada y me duele horrores, me han infligido una dura humillación y seguramente me llevará mucho tiempo sanar mis heridas, pero no me cambio por otra, te lo juro.
—Te admiro por ello, María, y te lo dice un cínico que no se fía ni de su propia conciencia. Encuéntrala, te lo suplico —rogó Simón poniéndose de pie y yendo hacia la ventana. Su humildad me conmovía—. Eva está muy mal, inútil recordártelo, se la ha tragado la tierra y me asusta que ni siquiera se ponga en contacto conmigo.
Mis pensamientos giraban como mariposas enloquecidas, pero tomé una rápida decisión. Después de todo sí buscaría a Eva. Era imperioso que la encontrara, tenía que rescatarla de bajo tierra y hablar hasta quedarnos sin sentido. No por Simón ni por ella: se lo debía a mi dignidad herida.

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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:03 pm

—No sé si te habrás dado cuenta, pero mi hermana no tiene casi amigos — continuó Simón—. Nunca ha sabido qué hacer con el afecto de la gente que la rodea. He llamado a Nora, a Arancha, a un par de familiares y poco más. Nadie sabe nada y mucho me temo que les importe un rábano si está viva o muerta. Revisando sus cosas he comprobado que sólo falta una mochila y algo de ropa, pero no atino a imaginar dónde diablos se ha escondido.
—¿Y tus padres? Estarán alarmados...
—Mis padres se acuerdan de la existencia de Eva cuando firman los cheques que saldan sus deudas.
La situación era tan inconcebible que no podía sino ser cierta. Respiré hondo, hasta el fondo de mi vientre. Era un flagrante contrasentido, pero nunca me había sentido tan lúcida como en ese momento, y una certeza centelleante cruzó mi mente como un fuego de artificio.
—Creo saber dónde está, descuida, la encontraré.


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Re: La insensata geometría del amor por Susana Guzner

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