La insensata geometría del amor por Susana Guzner

Página 3 de 3. Precedente  1, 2, 3

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

12

Mensaje por Admin el Vie Sep 23, 2016 5:03 pm

Aparecían ya las primeras casas de los suburbios de Vittorio Veneto cuando aminoré la marcha y me detuve en el arcén. No estaba cansada, pese a que el vuelo había sido bastante movido y las turbulencias habían obligado al piloto a intentar varias maniobras de aproximación antes de aterrizar. Sin embargo, la tarde se había quedado espléndida y ninguna nube perturbaba el azul celeste del cielo que coronaba la imponente cordillera de las Dolomitas.
Encendí un cigarrillo, el primero en muchas horas, y subí el volumen de la música. La Séptima seguía haciéndome compañía desde el radiocasete del coche, alquilado en Venecia. Una agradable sensación de placidez me había acompañado durante todo el trayecto y me sentía despreocupada y ligera, como si este viaje fuera el comienzo de unas largas y reparadoras vacaciones, aunque era muy consciente del verdadero motivo que me había llevado a Italia: iba a arrojar una piedra al agua e ignoraba hasta dónde me salpicarían las secuelas de los impredecibles círculos concéntricos.
Durante cinco minutos no hice sino fumar con la mente en blanco. Cuando apuré la última calada encendí la marcha y cansinamente giré hacia la carretera que conducía a Forli. Al detenerme unos pocos kilómetros más adelante frente a la fachada del hotel Winkler ya no era tan dueña de mis actos. ¿Y si mi corazonada había fallado? “Si no está aquí doy media vuelta y caso cerrado. Pero no —deseché la idea—, mi intuición esta vez no se equivoca.” Encontré un hueco entre los numerosos coches que abarrotaban el improvisado parking y tras respirar con fuerza un par de veces entré con decisión en el hotel.
—¡Señorita, qué sorpresa!
La dueña, María, me había reconocido a la primera y venía a mi encuentro tendiéndome los brazos. Retribuí con efusión su cariñoso abrazo y, dicharachera como de costumbre, me informó antes de que yo hablara.
—Su amiga hace días que ha llegado. Ya se lo he dicho a ella, por favor la próxima vez telefoneen antes de venir, es un largo viaje.
—Llevo un par de días intentándolo — contesté—, pero no hubo manera de comunicar con usted.
Se llevó las manos a la cabeza y lanzó una carcajada despreocupada.
—¡Es verdad, qué despistada soy, si es que ha habido una avería muy gorda en las líneas! Le ruego me disculpe, signorina. Verá, estamos al completo, pero no se preocupe, puedo arreglar su estancia. ¿Cuántos días piensa quedarse?
El insinuante comienzo del andante de l a Séptima... ¿Cuánto duraría, que otros arpegios era capaz de sugerir antes de conducirme a un final igualmente enigmático? No traía ninguna idea preconcebida y la pregunta me tomó desprevenida, pero la mujer debió de leer la duda en mi cara.
—¿Qué más da? ¡Siempre hay sitio para las buenas clientas! —se apresuró a rectificar—. Deme su equipaje, me encargaré de que lo suban a su habitación. Es la número nueve, en el primer piso. Su compañera debe de estar durmiendo, hoy no la he visto en todo el día.
La cara se le iluminó cuando le expresé mi gratitud en su propio dialecto y era toda sonrisas cuando le tendí mi pequeño bolso y el documento de identidad.
—Por si no bajan antes ya les aviso para la cena. Está en su casa, signorina María.
Le agradecí una vez más su calurosa bienvenida y comencé a subir las escaleras. Una súbita y violenta taquicardia golpeó mi pecho y respiré todo lo hondo que pude. Eva estaba a unos pocos pasos de mí y no sabía ni remotamente cuál sería mi reacción al verla, y mucho menos la suya. Me detuve para recuperar resuello y en el rellano casi choqué con Missia, la criada, que descendía a toda prisa. También ella me reconoció al punto.
—Buona sera, felice di rivederla!
—Yo también me alegro de verla otra vez, Missia —respondí con afecto.
Acercó su cara desangelada a la mía y dijo en un susurro cómplice:
—Está en la terraza, acabo de verla. A ver si usted la convence de que coma algo, parece un pollo crudo, tan pálida y flaca. Yo le subo una bandeja todos los días, pero apenas prueba bocado, es una pena. Sufre mal de amores, se lo digo yo, pero ahora que usted está aquí...
La buena de Missia. Nuestro diagnóstico había sido certero: esta mujer “entendía” y había adivinado nuestra relación apenas vernos. Me desembaracé de ella con un cariñoso apretón de manos y subí deprisa los cuatro tramos de escaleras que me separaban del terrado. La vi apenas traspuse la generosa puerta cristalera que daba acceso a la azotea. Estaba sola, apoyada en la balaustrada de piedra y con la mirada perdida en el horizonte montañoso. La suave brisa del ya cercano atardecer se deslizaba entre su pelo enredándolo en suaves caracolas y Eva lo volvía en vano a su sitio con un gesto de cansancio. Me acerqué midiendo los pasos y con la vista clavada en su espalda. Había adelgazado mucho y sus brazos semejaban dos huesos escuálidos asomando entre el hueco de su breve camiseta negra.
Tal vez me presintió, porque cuando me detuve a poca distancia de ella percibí el leve estremecimiento de su cuerpo. Yo traía la pregunta muy meditada y a flor de piel y éste era el momento justo. Aspiré hondo antes de hablar.
—¿Por qué yo, Eva?
No se volvió, pero inclinó la cabeza y la cubrió con sus brazos como protegiéndola de un golpe.
—¿Por qué yo, Eva? —repetí esta vez con tono conminatorio.
—El azar, María, el azar... —alcancé a escuchar en sordina.
Por el temblor que entrecortaba sus palabras supe que estaba llorando. Me acodé en el parapeto casi pegada a ella. Los pájaros describían amplios círculos moteando de pecas el cielo cada vez más rojizo y pensé que mañana llovería. Me sentí súbitamente exhausta, como si el violento ímpetu que me había traído hasta aquí se hubiera evaporado dejándome como un odre vacío. Ya había hecho la pregunta que me quemaba el alma desde que Simón me había mostrado la otra cara de la moneda, y, conociendo a Eva, contaba con la vaguedad por respuesta. ¿Qué más teníamos que decirnos? Permanecí en silencio, indiferente a su llanto acongojado.
“No debí haber venido, aquí no pinto nada —pensé con resignada tristeza—. Admítelo, has sido el juguete de una inválida para el amor, de una perversa que se complace en seducir sin responsabilizarse de las consecuencias y que es capaz de concebir la trama más cruel con tal de saciar su rencor. Sé realista, las cosas son así y no te queda sino olvidar este siniestro episodio lo antes posible.” La había encontrado, estaba sana y a salvo y sufría los aguijonazos de su propio remordimiento, de lo cual me congratulaba. ¿Qué me retenía, entonces?
—He tenido acceso a tu templo privado. Muy efectista, supongo que debería agradecértelo —dije a pesar de mis reticencias.
—Te amo, es preciso que me creas... —balbuceó apenas.
—No, no es preciso. Nada ha sido preciso entre nosotras y no me explico cómo te atreves a apelar a mi buena fe — repliqué inflexible—. Eres una farsante, Eva, una embaucadora habituada a que nada ni nadie se resista a sus retorcidas intenciones. Por cierto... ¿Qué tal sabe la venganza? ¿A miel, como la definen? Te sentirás eufórica, deduzco, te llevó algunos años pero al fin lograste lo que te proponías y caí en la trampa sin la menor sospecha. Que lo disfrutes, enhorabuena.
Se volvió hacia mí y apoyó su mano sin fuerzas en mi brazo. Tenía el rostro bañado en lágrimas y una expresión dolorosa que trasuntaba su devastadora aflicción. Su belleza estremecida me emocionó intensamente, pero no permitiría que la piedad minara mis defensas. Me aparté lo suficiente para quedar fuera de su alcance y sentí un irreprimible deseo de hacerle daño.
—Me siento inmunda. Acabada e inmunda, si te vale de respuesta —dijo en un suspiro.
—La que cacareaba sobre el pasado que no existe y en realidad era su peor prisionera... Es demasiado increíble para ser cierto, de folletín barato —ataqué escupiendo las palabras sin mirarla—. ¿Cuándo decidiste que yo era la candidata perfecta para consumar tu tortuosa revancha?
Esperaba un sinfín de rodeos insustanciales, pero su franqueza me desconcertó.
—Vi con cuánta insistencia me mirabas en la cafetería de Fiumicino y de inmediato supe que eras lesbiana. No es que lo lleves escrito en la frente ni mucho menos, pero estoy habituada a que me admiren como a un objeto bello y en cambio tú demostrabas auténtico interés por mí. Tienes mucho estilo, tu curiosidad me halagó y, por si fuera poco, te parecías bastante a Claudia. Después de años de espera intuí que había encontrado a la víctima adecuada.
—No te privas, ¿Verdad? O mientes a la perfección o practicas una sinceridad brutal, está claro que desconoces el término medio. De acuerdo —dije, aunque oírla era un suplicio—, juguemos a ser sinceras. El vuelo a Ginebra era otro embuste.
—Sí, se me ocurrió sobre la marcha. — Ya no lloraba pero los suspiros le impedían hablar con fluidez—. Había pasado tres días completamente sola vagabundeando por Roma, estaba harta y regresaba a Madrid. Ginebra me vino a la mente porque conozco bastante bien la ciudad y si luego hacías preguntas sería convincente.
—De modo que acechaste a tu presa y cuando se canceló el vuelo subiste al mismo autobús que yo.
—Eras difícil de abordar, no te despegabas de tu dichoso libro —ensayó una mueca que quería ser una sonrisa—, y la amenaza terrorista me vino de perlas. Hablabas en perfecto italiano con el camarero, yo no sabía cuál era tu destino y ningún detalle tuyo me aportaba pistas. Tienes pinta de internacional, ¿Lo sabías? Tanto podías ser alemana como portuguesa. O latinoamericana, si me apuras. Lo cual no significaba nada, cualquiera viaja a cualquier parte.
E l flashback tenía su gracia. Recordé mis propias disquisiciones sobre su procedencia mientras la contemplaba embobada, leyendo el periódico en su mesa con ese aire indolente y majestuoso que me fascinó a primera vista.
—No perdí detalle de tu acalorada protesta por la cancelación a Madrid y entonces supe que esperábamos el mismo vuelo. Podía abordarte en el trayecto o al llegar a Barajas, pero pasó lo que pasó y hubo suerte.
—Y la misma suerte te acompañó cuando coincidimos en el hotel Majestic, y te plantaste en mi habitación, y yo como una incauta oficié de guía en Roma y... — Una rabia sorda me dominaba, las palabras se me atragantaban en la lengua y subí el tono—. ¡De buena gana te daría una paliza, desvergonzada, bastarda, no tienes ni la menor idea del daño que me has hecho, si es que...! —Alcé la mano para descargar un golpe pero me detuve en seco. Creo que la violencia física es un camino que no conduce a ninguna parte, pero el deseo irrefrenable de aporrearla era más fuerte que yo. Eva no sólo no retrocedió sino que siguió vomitando su confesión con creciente desafío.
—Los telegramas que envié desde Venecia me los dirigí a mí misma y las supuestas llamadas las hacía manteniendo apretado el interruptor del teléfono. También me inventé la postal que rompí en tus narices simulando una rabieta, aquella dirigida a Carlos que, como ya sabrás, tampoco existe. Tenía que provocarte celos, sembrar las dudas imprescindibles para cumplir mis propósitos, pero eres dura de pelar.
Hizo una pausa y continuó.
—Cuanto más te hostigaba más te esforzabas por comprenderme, y eso entorpecía mis propósitos. Eres maravillosa, María, nunca nadie me había tratado con tanto respeto, con tanto amor. Quitaste las fotos de Lisa para no disgustarme, procurabas razonar ante mis berrinches y desplantes, me esperabas con la cena preparada como una geisha gentil y te veía sufrir y tragar hasta lo intragable, como el póster del negro aquel que colgué en el baño porque tenía planeado que fueras a mi casa —siguió, imparable—. Comprenderás que me ponías muy difícil mantener la cabeza fría y llevar a cabo mi plan hasta el final. Yo no hubiera tolerado a una como yo ni dos días, pero tú...
Ya no pude soportar más y le crucé la cara de una bofetada. Siguió mirándome impasible, con los dientes apretados.
—¿Y el amor, hija de perra? — vociferé—. ¿Qué hay del amor? ¿Fingías también los orgasmos, los gemidos, las ternezas, te entregabas a mí como una prostituta bien entrenada que controla el reloj a hurtadillas mientras la follan? — Vi todo rojo y volví a abofetearla. Esta vez le hizo mella y retrocedió intimidada —. ¡Eres perversa, Eva, una malnacida! ¡No tenías ningún derecho a jugar tan cruelmente conmigo! —Ahora era yo quien lloraba a gritos, consternada por el dolor y la inaudita violencia de mi reacción.
—Pero me enamoré de ti desde el primer momento —sollozó empecinada—, y mientras me obligaba a matar las horas encerrada en casa de Simón para que a ti te carcomiera la incertidumbre, era yo la que se retorcía de celos pensando en qué estarías haciendo con esos amigos tuyos tan solícitos y correctos, atormentándome porque nunca me amarías como a Lisa — suspiró—, echándote de menos hasta la desesperación, deseándote con frenesí, angustiada por no estar a tu lado y por la humillación a la que te estaba sometiendo.
Casi no podía hablar y la angustia se le escapaba por los poros.
—Cuando sonaba el móvil y veía tu número en el visor me cortaba las manos para no retribuir la llamada —confesó—, porque con sólo oír tu voz el amor me desarmaba. ¡Perdóname, María, te amo, te suplico que me perdones!
—¿Perdonarte? ¡Eres una enferma, me asustas y deberían internarte en un psiquiátrico! —bramé—. Okey, has ganado, saborea tu éxito, suelta la traca de fuegos artificiales y brinda por tu triunfo, si puedes. Como actriz eres de Oscar. — Batí palmas con burlona admiración. Mi aplauso atronó como una cascada rompiendo el silencio—. Sí señora, de primera línea. ¿Quieres que admita mi derrota, es eso lo que estás buscando? Pues lo reconozco, es verdad, lograste que los celos me trastornaran por primera vez en mi vida, he perdido mi trabajo, me he revolcado en la depresión más nefasta y he puesto en peligro mi salud física y mental, por no mencionar que mi creencia en el amor, en la sinceridad y en mí misma están en su momento más bajo, desde luego. ¿Te basta o continúo?
—Lo siento de veras... —susurró impotente.
—¡Por si fuera poco —seguí indiferente a su pesar—, me siento como un trapo sucio, utilizada, ofendida y apaleada, y todo porque una lesbiana frustrada se juega a los dados la suerte de otra mujer a la que además acusa de cándida! ¡Te mataría, Eva, te mataría!
Adivinó que le venía otro sopapo y esquivó varias veces mis golpes acurrucándose de rodillas contra el muro. Pero habló, empeñada en barrer la basura lejos de sí.
—¡Odio el lesbianismo, que lo sepas, no soporto la homosexualidad! ¡No lo soy, te prohíbo que me llames lesbiana frustrada!
—¿Ah sí, me lo prohíbes? —Esta vez no fue un sopapo sino un puntapié dirigido a su trasero que no llegó a destino porque giró ágilmente sobre sí misma y cayó sentada. Seguía mirándome, impertérrita, lo cual me enardecía todavía más—. ¿Te atreves a exigir que me calle? ¡Tortillera de pacotilla! ¡Sé lo que te hizo Claudia, no lo olvides, y si hemos llegado a esto es porque me implicaste en tu vida para ajustar viejas cuentas con otra aspirante a lesbiana!
—¡No lo repitas, cállate ya! —aulló—. ¡De Claudia me enamoré, que es distinto, y de ti también, imbécil!
Lo que decía era tan incoherente y obtuso que me costaba seguirle el hilo. ¿Si una mujer ama a otra no es lesbiana, pero si no la ama sí que lo es? Era una paradoja ridícula, un sofisma mal construido, pero me importaba un rábano razonar con ella.
—¡Estúpida, ni siquiera sabes lo que dices! —grité fuera de mí, lanzándole y marrando otra patada. Esta vez mi pie chocó contra el muro y el dolor me hizo recular y caer al suelo junto a ella. Lanzó una carcajada que me sacudió de pies a cabeza.
—¡Quién lo iba a decir, la señora perfecta escupiendo insultos y soltando mandobles a diestra y siniestra!
La odiaba y quería que mis palabras la aniquilaran:
—¡Cierra la boca de una vez, mentecata!
—¡Mentecata, vaya antigualla! ¡Pero si ni siquiera te conoces los insultos más duros! —se burló con desfachatez—. Te has descontrolado, querida, por aquí, pasen y vean, señoras y señores, les presento a María, la de la niñez de color rosa, la que ordena con esmero su mente y sus armarios, excelente amiga y mejor hija, trabajadora ejemplar, abanderada de la verdad universal y símbolo de la pureza de espíritu.
Otro duro bofetón en plena cara no frenó su virulento contraataque.
—A la señora modélica se le han derrumbado los esquemas y ni siquiera tiene arrestos para desembuchar una buena tanda de insultos, porque injuriar es de mala educación —se estaba cebando en mí y la escuchaba impotente, los ojos como platos—. Es culpable de ceguera permanente, pero por favor, señor fiscal, solicito clemencia para ella, tenga en cuenta que padece locura transitoria porque, señor fiscal, me quiere con el alma y no logra explicarle a su cerrado cerebro cómo su corazón se atreve a seguir amando a una enferma mental que ha descalabrado su armoniosa, coqueta e intocable vida. Estás perdida, darling, y lo sabes —remató dedicándome un corte de mangas.
Costaba darle crédito a lo que estaba oyendo. La muy sibilina había vuelto las tornas de manera que estaba ganando la partida y de resultas era yo la que ocupaba el banquillo de los acusados. No pude hablar siquiera, pero le descargué una sonora bofetada en la mejilla que le hizo doblar la cabeza. Esta vez no se quedó pasiva y me respondió con un bofetón tan potente que sentí cómo un súbito hormigueo casi me paralizaba el pómulo.
—¡Anda, niña buena, zúrrame otra vez, no te rajes, siempre te rajas cuando las patatas queman, ven, sacúdeme! —me provocó con los ojos brillando por la excitación.
Ya no aguanté más y nos liamos en una lucha cuerpo a cuerpo. Yo golpeaba con saña con puños y pies, enardecida por el violento deseo de hacerle el mayor daño posible, y ella me respondía con igual o mayor ojeriza. Sofocadas y aullándonos improperios rodamos por el suelo enredadas como un ovillo mal hilado hasta que una enorme tinaja de barro en el otro extremo de la terraza frenó con dureza el revolcón y ahí quedamos, las espaldas adosadas al gigantesco tiesto y jadeando como dos leonas extenuadas. Aturdida y contusa miré hacia arriba. Ya había anochecido por completo y una miríada de estrellas nos servía de techo.
—Te amo, so burra, y tú a mí — murmuró Eva resollando mientras se palpaba el cuerpo calculando las averías —. ¿O estás tan ciega que no te das cuenta? Te he hecho mucho daño, lo sé, y vuelvo a suplicarte que me perdones.
Permanecí en silencio. Nunca antes había tenido una gresca de este calibre y era incapaz de comprender qué me estaba sucediendo. Eva asió mi mano, la llevó a su boca y la besó con delicadeza.
—Pobrecita mía, estás llena de rasguños... María, mi vida, he aprendido la lección, te lo juro, perdóname y te prometo que seremos felices y comeremos perdices. No más venganzas, celos ni mentiras, se acabó, lo juro por mi alma. Me has enseñado cómo se ama y quiero estar contigo el resto de mi vida.
—¡Qué cursi, das risa! —me mofé.
—Pero te amo.
—No eres de fiar, Eva, nadie daría un centavo por ti.
—Pero te amo.
—Lo que has hecho conmigo es abominable. Idolatras a tus tótems, confundes fetichismo con amor.
—Pero te amo.
Su voz y la ternura que desprendía todo su ser me acariciaban el alma, pero no podía perdonarla. Tras una pausa interminable pronuncié la frase que traía preparada desde que salí de Madrid convencida de que la encontraría en el Winkler.
—No, Eva, no —enuncié con voz engolada—. Olvidemos que alguna vez nos conocimos, sé feliz como puedas, si es que puedes, y hasta aquí hemos llegado.
El único sonido que siguió a mis palabras fue el cric cric de los grillos que le cantaban a la noche. “Ahora me levanto, soberbia como una walkiria, y me marcho por donde vine sin volver la cabeza”, decidí. Pero no moví un solo músculo. Permanecimos mudas, cada cual ensimismada en sus pensamientos. Inesperadamente, las farolas fueron encendiéndose una a una y una luz diáfana iluminó hasta el último rincón de la terraza. Encandilada, distinguí a Missia que se asomaba por la puerta envuelta en un halo lechoso.
—¡La cena está lista, señoritas, que no se les enfríe! No respondí y Eva tampoco. Reinó un silencio denso y pesado. Missia nos miraba con curiosidad apoyada contra el marco de madera.
—Tengo hambre —murmuró Eva tras esos segundos interminables—. ¿Y tú?
No despegué los labios. Me puse trabajosamente de pie y fui al encuentro de la camarera seguida de Eva. Missia nos guiñó un ojo con descaro y encabezó circunspecta la marcha escaleras abajo.
—Ojalá sirvan espaguetis a la carbonara... —enuncié estirando con dignidad mis ropas arrugadas.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Página 3 de 3. Precedente  1, 2, 3

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.