Políticamente incorrectas por Emma Mars

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C A P Í T U L O V E I N T I C U AT R O

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:15 pm

LARA FUE A última hora al ayuntamiento a recoger unos papeles. Se presentó en el despacho de alcaldía, pero Esther no estaba allí, tal y como le había advertido el día anterior por teléfono. Se quedó un poco pensativa, recordando la llamada. “¿Estás bien?”, le había preguntado Esther. Y a Lara se le había hecho un nudo en la garganta. Deseaba sincerarse con ella, nada en este mundo le hubiese gustado más, pero su palabra estaba por encima de sus deseos. Llevaba dándole vueltas al asunto de Cortés desde su última reunión con Diego y sabía que estaba evitando adrede encontrarse con Esther. Le había dicho al presidente que sería discreta, y su palabra estaba por encima de todo, pero eso no significaba que no pudiera ayudar a la alcaldesa. Había otras maneras.
La noche anterior le había estado dando vueltas a cómo hacerlo. Al principio, estaba demasiado consternada para pensar con claridad, pero después de una ducha empezó a ver la luz al final del túnel. La respuesta había estado allí todo ese tiempo y cuando llegó al despacho de alcaldía supo exactamente a quién tenía que dirigirse para encontrarla, aunque los resultados no fueran inicialmente los esperados.
—¿Ya está? ¿Esto es todo lo que me puedes dar? — Lara miró a Carmen con consternación. La fiel secretaria llevaba un buen rato revolviendo en un archivo polvoroso, pero nada de lo que le estaba dando le resultaba de utilidad.
—Es todo, lo siento de veras.
—Pero con esto no tengo ni para empezar—. Lara volvió a inspeccionar aquellas hojas con desesperación. Olían a polvo y su textura era rugosa, como si llevaran muchos meses encerradas en el lugar más oscuro de un archivo. —Necesito algo más.
—Lo lamento, Lara, aquí eso es todo lo que hay. ¿Para qué lo necesitas, de todos modos?
Lara ignoró deliberadamente esta pregunta. No se trataba de que no confiara en ella. Sabía que Carmen era fiel y discreta como la que más, pero el terreno por el que se movía podía resultar resbaladizo si daba un paso en falso. Cuanta menos gente supiera lo que se disponía a hacer, menos riesgos correrían
—Carmen, hablo completamente en serio. Esto es importante. Con lo que me has dado no puedo hacer nada.
—¡Lo sé! ¡Y lo entiendo! Pero, desafortunadamente, mis manos están atadas con este tema. Los concejales no suelen dejar mucha información en la alcaldía. Los que tienen verdadero acceso a su documentación son los funcionarios que trabajan para ellos o su personal de confianza.
—Espera un momento—. Lara entornó los ojos, mientras alzaba un dedo. La esperanza empezaba a crecer en su interior. —¿Quieres decir que en la concejalía habrá más documentos?
—Sí, claro.
—¿Y tú por casualidad no conocerás a alguien que trabaje allí?
—Bueno, tengo un par de amigos que a lo mejor podrían echarte una mano.
—¿Lo suficientemente discretos para que no comenten nada de este tema?
Carmen frunció el entrecejo, confundida. —Lara, corazón, ¿qué mosca te ha picado? —le preguntó entonces, sin ocultar su preocupación—. ¿Por qué son de repente tan importantes los papeles del concejal de Juventud? De verdad, no lo entiendo.
Ese era el momento delicado que tanto había temido que sucediera. Carmen hacía algo por ella y esperaba una muestra de confianza a cambio. Pero había demasiado en juego. La secretaria tendría que entenderlo.
—Te prometo que te lo explicaré todo cuando llegue el momento —le dijo—, pero ahora necesito que confíes en mí sin hacer demasiadas preguntas. ¿Crees que podrás hacerlo?
—Puedo intentarlo —aseguró Carmen, encogiéndose de hombros.
Lara sonrió, agradecida por el voto de confianza.
—Pero tendrá que ser mañana. Hoy ya estaba a punto de irme —refunfuñó la secretaria, levantándose para ponerse el abrigo—. ¿Tienes planes para esta noche?
—No especialmente. ¿Por qué?
—Porque he quedado con María. Va a venir a recogerme. Si no tienes planes y te apetece, te puedes unir a nosotras.
La periodista recapacitó durante unos segundos si quería aceptar esa invitación. La respuesta inmediata que le dio su cerebro fue poner una excusa y negarse. Se había olvidado de llamarla tras el día de la cena y se sentía un poco culpable por ello. Pero, en realidad, aquella noche nunca se comprometió a nada. Y María era una persona agradable. ¿Qué mal podía hacerle volver a verla?
—Sí, claro. Me parece bien.
—Estupendo. Pues, venga, vamos, que ya debe de estar abajo esperando.
*
Carmen era una persona muy inteligente, tenía que reconocerlo. O quizá inteligente no fuera la palabra adecuada. Astuta. Sí, astuta se amoldaba mejor al proceder de la secretaria. La cena había estado bien. Habían estado muy a gusto las tres, hablando de temas del ayuntamiento. Carmen les había contado varias anécdotas sobre algunos de los empleados que casi les hicieron llorar de risa. Pero cuando llegó el momento de los postres, la secretaria se despidió de ellas, pretextando estar muy cansada. Lara cruzó entonces los brazos sobre el pecho, fascinada por la astucia de Carmen, que se las había arreglado para dejarlas a solas, y miró a María fascinada, preguntándose cómo había acabado allí sentada con ella si lo último que esperaba aquel día era verla de nuevo.
—Espero que no te moleste que mi tía se haya ido —se excusó María con timidez, llevándose un mechón de pelo tras la oreja—. A veces puede ser…
—¿Insistente? —sugirió Lara.
—Por decirlo de alguna manera, sí.
—No te preocupes, la verdad es que me lo estoy pasando francamente bien —replicó entonces.
—¿Sí? Yo también —afirmó María con dulzura, jugando a esparcir con la cuchara los el chocolate del brownie que acababan de servirle—. Después de la noche de la cena, no estaba segura de que me fueras a llamar.
—¿Por qué no? —inquirió Lara, frunciendo el ceño.
—Bueno, ya sabes. Mi tía siempre me dice que estás muy ocupada. Y esa noche lo pasamos bien, pero algunas veces me parecía que no estabas allí. Como si tu mente estuviera en otra parte.
La dulce María no se andaba por las ramas, pensó Lara con inquietud. Y sin embargo, sabía que tenía razón. La noche de la cena había sido agradable acompañarla a aquel bar de Chueca. Pero la música estaba demasiado alta o María hablaba a voz en grito o aquel estúpido borracho había derramado su copa sobre la barra, pringándole todo el codo. Cualquier acontecimiento le había servido de excusa, porque Lara no se había encontrado del todo bien, a gusto, durante el tiempo que pasaron juntas. Esa era la única realidad y lo que había actuado de freno para llamarla en los días sucesivos. Algo no acababa de encajar. ¿Encajaba ahora, quizá?
—Han sido unas semanas de locos —se excusó, diciendo lo primero que se le pasó por la cabeza—, pero en unos días se habrá acabado todo. Te pido disculpas si esa noche te hice sentir incómoda.
—No, si me lo pasé muy bien. Por eso me hubiese gustado que hubieras llamado.
—Bueno, eso es algo que tiene fácil solución —replicó Lara en un claro flirteo.
—¿Ah, sí? —María sonrió, complacida, como si le hubieran dado la mejor noticia del día y Lara no pudo evitar pensar que se estaba metiendo en una camisa muy ajustada, con demasiadas varas, pero incluso entonces no pudo evitar devolverle la sonrisa y hacer un gesto de asentimiento.
Si tenía que arrepentirse, ya tendría tiempo de hacerlo después.


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Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:16 pm

ESTHER FUE CORRIENDO hasta la entrada cuando escuchó el motor de un coche apagándose frente a la fachada de la casa. Abrió la puerta principal y se reclinó sobre el marco, tras echar una mirada por encima de su hombro para comprobar que todo estaba en orden.
La casa estaba limpia y recogida, la señora de la limpieza había hecho su trabajo. Y Patricia se encontraba en su habitación, probablemente con los cascos puestos, escuchando la ruidosa música que escuchaban los jóvenes de su edad. A Esther no le gustaba que se pusiera aquellos cascos inmensos. Veía en ellos la amenaza de una sordera prematura, pero era imposible intentar prohibírselos. Lo quisiera o no, su hija ya tomaba decisiones propias y la distancia que las separaba normalmente hacía imposible controlar sus hábitos. Aunque los cascos eran lo de menos. A saber qué otras equivocaciones estaría cometiendo Patricia en sus años universitarios. Ese chico con el que salía, ¿tendría relaciones sexuales con él? Por dios santo, no quería ni pensarlo. Le entraban escalofríos solo de imaginarse a su niña pequeña en una situación tan íntima. Además, ahora tampoco podía dejar que su imaginación volara hacia esos derroteros. Tenía que centrarse en la llegada de Lara, que en ese momento se acercó a ella por el camino empedrado que conducía a la entrada.
—Bonita casa —le dijo cuando estuvo a un metro de distancia.
—Gracias. Perdona por haberte hecho venir hasta aquí —se disculpó Esther, echándose a un lado para dejarla pasar—. Como te dije, tengo a Patricia de visita sorpresa y no le hace mucha gracia que esté tan ocupada estos días. Si me ve aquí, estará más tranquila.
—No pasa nada —replicó Lara, quitándose la chaqueta, sus ojos todavía analizando cada uno de los rincones del vestíbulo como si fuera un agente inmobiliario haciendo una radiografía del inmueble que pretendía poner a la venta.
A Esther no le sorprendió este comportamiento en lo más mínimo. Era muy propio de la periodista observarlo todo con precisión milimétrica; a veces se imaginaba su mente como un gran archivo con miles de carpetas en las que iba clasificando a cada uno de sus sujetos. La suya, a estas alturas, empezaría a ser de las más abultadas, aunque no tanto como la de Diego Marín, la cual estaba segura de que ocupaba la mayor parte de ese archivo imaginario.
—¿Te apetece beber algo? —le ofreció mientras colgaba su abrigo en el perchero del vestíbulo—. Lo siento, no tengo Red-Bull.
—No pasa nada —se sonrió Lara—. Agua está bien.
—Bien, voy a por la jarra y podemos ir a mi despacho. Estaremos mejor en él.
Esther se dirigió hasta la cocina, advirtiendo que Lara no se atrevía a entrar por sí misma en el interior de la casa.
—¿Y tu hija?
—No te preocupes por ella —le pidió Esther, acercándose con una jarra y dos vasos—. Está en su cuarto fundiéndose las neuronas con Lady Gaga o alguno de esos cantantes infernales que tanto le gustan. Le prometí que cenaríamos juntas.
Lara asintió, antes de seguirla hasta su despacho, que se encontraba en el piso superior, en uno de los flancos de la casa. Esther la observó detenidamente mientras entraban en esa habitación. Aquel era, en cierta manera, su santuario, uno de los pocos lugares en los que conseguía encontrar la paz cuando en el resto se libraba una guerra. Se encontraba lleno de libros, carpetas, recuerdos desordenados de otras etapas de su vida. A veces a Esther le daba la sensación de que podía oler el paso del tiempo en los legajos de papel que acumulaba esa habitación, como si fuera capaz de advertir el momento en el que las páginas de aquellos libros empezaban a festonearse por los bordes.
Algunos domingos los pasaba casi enteros encerrada en aquella sala, sentada en su pequeño sillón, bañándose de la luz que entraba por el inmenso ventanal que daba al jardín posterior de la casa. Había pasado tantas horas allí que al mirar a Lara se sintió prácticamente desnuda, como si alguien acabara de penetrar en su santuario y lo estuviera contemplando con unos ojos que no eran los suyos, con un sentir que no era el suyo.
—Bueno, ya conoces mi pequeño escondite —le comentó, indicándole la mesa que había en un rincón, en donde pretendía que se pusieran manos a la obra—. Después de enseñarte esto, ya no me van a quedar más secretos que contarte.
—Es una habitación estupenda —comentó Lara, deteniéndose frente a la pared en la que pendían varios marcos con fotografías.
Esther se acercó a ella y las observó por encima de su hombro. Llevaban tanto tiempo allí colgadas que no recordaba la última vez que había reparado en ellas. Lara pasó la yema de un dedo por encima de una de las fotografías con tanta delicadeza que no pudo reprimir un escalofrío, como si fuera su piel la que acariciaba y no el frío cristal de aquel marco.
—¿Esa eres tú? —le preguntó.
—Sí, pero hace siglos de eso. Ha llovido mucho desde entonces.
Lara sonrió, pero no compartió el pensamiento que había despertado esa sonrisa. —¿Empezamos? —le comentó, en cambio, dejando su cartera sobre una silla y sacando de su interior el ordenador portátil.
—Claro, cuando quieras.
Si a Lara lo que menos le gustaba de su teraceñirse ceñirse a la disciplina del partido y acatar las órdenes sin rechistar, a Esther lo que más le repateaba era la preparación de los plenos municipales. En el pasado, cuando no era alcaldesa, los plenos se perfilaban como una batalla campal en la que tenía que utilizar todas sus armas para convencer al alcalde de que sus propuestas eran prioritarias. Resultaba un martirio llegar a un entendimiento con sus compañeros de partido porque cada uno de ellos defendía su concejalía como su propio feudo.
Todos querían su minuto de gloria, todos veían en sus propuestas una urgencia que en la mayoría de los casos ni siquiera existía, ya que a lo único que aspiraban era a dejar su huella en la historia de Móstoles o beneficiarse de su posición política.
Ahora, en cambio, Esther estaba experimentando la otra cara de la moneda. Como alcaldesa, tenía que lidiar con el ego de sus compañeros, separar el heno de la paja, hacerles comprender que no todas sus propuestas eran viables o siquiera relevantes. La frustración se apoderó de ella al contemplar aquella montaña de papeles repletos de sinsentidos. Le dieron ganas de abandonarlo todo y salir corriendo.
—Mira esta propuesta —comentó airada, tirando uno de los papeles lo más lejos posible de ella—. ¿A ti te parece normal que la concejala de Seguridad Ciudadana proponga que nos gastemos más de cien mil euros en comprar bicicletas para la policía local? ¿Es esto todo lo que se les ocurre?
El humor de Esther empeoraba por momentos, podía notarlo físicamente, como si alguien hubiera colocado un inmenso paraguas sobre su cabeza. La preparación de aquel pleno, el primero que afrontaba como alcaldesa, estaba resultando un ejercicio tan poco gratificante que en una o dos ocasiones llegó a dudar de la valía de sus concejales. Si esas eran todas las ideas que tenían para sacar adelante un ayuntamiento en bancarrota, lo mejor que podían hacer era apagar las luces e irse a casa.
—Es decir, tenemos una tasa de paro del cuarenta y dos por ciento —comentó en voz alta con enfado, transformando en palabras sus preocupaciones— ¿y qué se le ocurre a la concejala de Seguridad? Tirar por el wáter cien mil euros que podrían ser invertidos en cursos de inserción laboral. Es desesperante.
Esther desenterró la cabeza de los papeles e hizo una mueca de dolor al enderezar la espalda. Había estado tan absorta leyendo las propuestas a pleno que en algún momento había olvidado que Lara se encontraba allí con ella, sentada justo enfrente, callada como una momia y comportándose como si nada de esto fuera con ella. Comprendió entonces que la periodista había estado extrañamente ausente desde el momento que había cruzado la puerta de su casa, como si algo la incomodara, como si realmente lo último que le apeteciera fuera estar allí con ella.
La observó en silencio, mientras tecleaba en su ordenador con el mismo ímpetu con el que lo había hecho durante la preparación de su discurso. Lara ni siquiera notó que la estaba analizando.
—¿Estás molesta conmigo por algo? —le preguntó al fin, poniendo la primera piedra de ese puente que deseaba tender entre ellas—. Porque si tiene algo que ver con la cena de Carmen, te prometo que no tenía pensado…
—No es por la cena de Carmen —la cortó Lara, lanzándole una mirada de aviso.
—Entonces, ¿por qué es? Estás muy callada. No es propio de ti no tener una opinión sobre esto —razonó Esther, agitando la propuesta de la concejala de Seguridad frente a su cara—. Bicicletas, Lara. ¡Cien mil euros en bicicletas para la policía! Con ese dinero casi podríamos presentarlos al Tour de Francia.
Lara sonrió, pero se mantuvo fiel a su desesperante silencio, y Esther estaba necesitada de una reacción por su parte. La que fuera. Podía ser un grito, una mueca, un intento de ahorcarla con sus propias manos, en ese momento le dio igual. Lo único que necesitaba era sentir que no estaba charlando con una pared y, a ser posible, que su relación volviera a ser como antes.
—En serio, ¿qué te ocurre? ¿Ha pasado algo malo? ¿Quieres que hablemos de ello?
—¿De qué?
—Pues no sé, de lo que te preocupa. ¿Seguro que no es por lo de la cena de Carmen? Porque te prometo que no quería interrumpir ni meterme en tu vida. Si es eso, podemos hablarlo.
—Esther, no me ocurre nada y, no, por supuesto que no quiero hablar de eso. Solo estoy intentando hacer mi trabajo. Mira todo lo que tenemos aquí. —Lara señaló con. desesperación la pila de papeles—. Lo único que quiero es que no nos den las mil.
La alcaldesa puso los ojos en blanco y desvió la mirada hacia el ventanal. En menos de una hora tendría que despachar a Lara para cumplir su palabra de pasar un rato con su hija, aunque se daba cuenta de que no tenía la menor prisa por acabar aquella reunión. Pero quizá la periodista también tenía un compromiso. A lo mejor tenía una cita.
—¿Has quedado con María?
Lara la miró sorprendida.
—Vamos, puedes decírmelo. No soy tan clásica como te piensas. Y si te soy sincera, me parece que hacéis buena pareja.
—Gracias —comentó Lara distraída, garabateando algo sobre un papel—. Y no, no he quedado con ella.
—Pero te gusta.
—Esther, todavía nos queda una propuesta más por revisar. ¿Podemos centrarnos en esto? ¿Por favor?
—No.
—¿No? —inquirió Lara, frunciendo el ceño, completamente descolocada.
—Aunque no te lo parezca, a veces hay cosas más importantes que el trabajo, ¿lo sabías?
—Sí, pero no veo de qué manera esta podría ser una de ellas.
Esther se levantó, estiró la espalda disimuladamente y fue hacia el mueble bar que había junto al ventanal. Sus zapatos habían quedado abandonados debajo de la mesa y tener los pies liberados de su yugo le daba una deliciosa sensación de libertad y confort. En ese momento le daba igual si tenían que preparar solo un pleno u ochocientos, lo único que deseaba era acabar con el mutismo de Lara y disfrutar de su compañía antes de que las dos se vieran obligadas a regresar a sus respectivas realidades. Le quedaban tan solo unos días con ella, tal vez, quién sabe, esa fuera la última vez que se verían antes del pleno, y Esther no estaba dispuesta a desperdiciarla con absurdas propuestas de bicicletas de cien mil euros.
—Ten —le dijo, tendiéndole un vaso de coñac.
—Esther, no…
—Aunque sea una falta de respeto, no te lo estoy pidiendo, es una orden.
—¿Y qué harás si no la cumplo? ¿Despedirme? —se sublevó Lara, retándola.
—No, pero puedo negarme a seguir preparando el pleno —la amenazó, señalando la pila de papeles.
—Peor para ti. Harás el ridículo.
—No me importa, nadie espera de mí que lo haga bien en el primero. Tengo muchos otros para practicar. Pero tú sí tienes que rendir cuentas ante Diego, ¿me equivoco?
Lara cruzó los brazos sobre su pecho con fastidio. Estaba tensa como un alambre y Esther casi pudo sentir la rabia viajando por su torrente sanguíneo, intoxicándolo todo a su paso. La periodista miró el vaso que le estaba tendiendo con cara de asco, hizo una mueca y refunfuñó:
—Bebes demasiado.
—Y tú no bebes lo suficiente. Vamos —comentó, entregándole el vaso y sentándose en la silla que había a su lado—. Relájate, estás tan tensa que me estás poniendo nerviosa.
Esther observó a la periodista dándole el primer sorbo al vaso de coñac que le había entregado. Se imaginó el líquido de color dorado bajando con viveza por su garganta, ardiendo a su paso, imprimiéndole su sabor y fragancia. Aquella botella la había comprado Quique para celebrar uno de sus aniversarios, pero ya ni siquiera recordaba por qué no habían llegado a abrirla en su momento. De hecho, empezaba a importarle tan poco que casi se alegró de no haberlo hecho y estar allí, compartiendo este momento con la versión más huraña de Lara, que a pesar de todo seguía siendo mejor compañía que su propio marido.
—Está rico, ¿verdad? —comentó, señalando el vaso medio lleno de la periodista.
—Muy rico, gracias. Se nota que es buen coñac.
Esther sonrió con sarcasmo. —Quizá otra cosa no, pero mi marido tiene un gusto exquisito para las cosas caras. Este coñac me lo regaló hace dos años, para celebrar un aniversario.
Lara arqueó las cejas, comprobando que la botella acababa de ser abierta. —Veo que no llegasteis a celebrarlo.
—Como tantas otras cosas. ¿Pero qué es un aniversario en casi veinte años de matrimonio?
—No tengo ni idea, nunca he estado tanto tiempo con alguien.
—Todavía eres muy joven —razonó Esther, poniendo la punta de sus pies descalzos sobre la silla que tenía enfrente—, pero todo llega. Incluso para ti —concluyó, complacida al ver que los ojos de la periodista recorrieron involuntariamente sus piernas desde el tobillo hasta la rodilla, como si sus pupilas estuvieran acariciando el suave tejido de sus medias.
Esther sonrió con malicia. Había algo rematadamente delicioso en el acto de torturarla. Extremadamente liberador. Era consciente de que la estaba reteniendo allí contra su voluntad, pero al ver las mejillas arreboladas de Lara comprendió que había una suerte de trágica catarsis en su interior que batallaba con los pensamientos que la mantenían sentada en aquella silla, fingiendo una impasibilidad que en realidad no sentía. En ese momento, justo entonces, decidió que no quería seguir jugando a la alcaldesa y la periodista. Lo que deseaba era cruzar definitivamente la línea profesional que las separaba. Así que dio un largo sorbo a su copa de coñac, complacida por el calor que el licor le transmitió de manera inmediata. Posó la copa con cuidado sobre la mesa y le dijo:—Háblame de María.
Lara meneó la cabeza con descrédito y se mordió el labio inferior, como si estuviera haciendo un esfuerzo inusitado para no levantarse e irse. Casi esperaba que lo hiciera, porque en cierta manera hubiese sido normal, acorralándola como estaba contra el rincón de un ring en el que no deseaba pelear. No obstante, Lara sonrió, confirmándole que había encontrado la muesca en la brillante armadura defensiva que se había puesto aquel día para acudir a su casa.
—¿Por qué haces esto? —le preguntó, sin ocultar un vago tono de diversión—. Sabes tan bien como yo que no eres la persona con la que quiero hablar de esto. Tú y yo no somos amigas.
—Ah, pero ahí es donde te equivocas. —Esther se incorporó ligeramente y echó el peso de su cuerpo hacia adelante, aproximándose a ella—. Tú y yo no somos amigas, tienes razón, pero estamos juntas en el mismo barco. Al final no somos más que dos mujeres muy solas, jugando a la política. Aunque sepa que nunca vamos a vernos como amigas, a las dos nos vendría bien tener una cómplice en este mundo de hombres. ¿No crees?
Lara sonrió con cinismo, incómoda en su propia piel. Perdió los ojos en el líquido dorado de su copa, haciendo girar el redondo cristal sobre su base.
—De acuerdo. ¿Qué quieres saber? —le dijo, cediendo a sus deseos.
—No lo sé. ¿Te ha gustado? ¿Te ves con ella?
—Es maja. Se trata de una persona que vale la pena.
Esther intentó que su interior no se contrajera involuntariamente al escuchar estas palabras, pero lo consiguió solo a medias, en el último momento, lo justo para evitar que Lara notara la decepción que habían despertado sus palabras.
—Me parece una buena decisión. Además, insisto: hacéis buena pareja. Y es de tu edad.
—La edad no me parece importante.
Tal vez se estaba volviendo loca, quedaba dentro de lo posible, pero en ese momento le pareció que sus palabras no habían sido fruto del azar, sino un mensaje claro, incluso un guante que Lara le estaba teniendo, retándole a contestar. Esther cruzó entonces las piernas y carraspeó con incomodidad, permitiendo que entre ellas cayera un fatigoso silencio que no supo cómo llenar. Afortunadamente, Lara no se dejó arrastrar por su miedo.
—¿Qué me dices de ti? ¿Hay esperanza en casa de los Monroy?
—Haya o no esperanza, mentiría si te dijera que veo la luz al final del túnel. Quique y yo nunca hemos hablado de ello, pero creo que hemos llegado a un acuerdo tácito —le explicó, dándole el último trago a su copa—. Estamos bien así. Y aunque no lo estuviéramos, no veo de qué manera podría solucionarlo.
—No lo sé, ¿qué tal dejándole?
Esther sonrió con cinismo. ¿Dejarle? Le daban ganas de reír como una histérica solo de pensarlo. —¿Y después qué? ¿Me dejo caer por las fiestas de Marisa? ¿Tal vez en un bar de Chueca? Vamos, Lara, me sorprende que tú me estés diciendo esto. ¿A cuántas alcaldesas lesbianas has visto últimamente?
—Bueno, las hay. Pocas, pero existen.
—No, eso no es una opción —le confesó, levantándose mientras hundía los dedos en su furiosa melena—. Ya es bastante difícil ser mujer y dedicarse a la política, cuanto más ser una mujer lesbiana dedicándose a la política.
—¿Lo eres?
—¿El qué? —preguntó Esther con los ojos muy abiertos.
—Lesbiana. Nunca te he visto referirte a ti misma como lesbiana.
Esther puso una mano en la cadera. El exquisito placer se acababa de convertir en exquisita agonía. Una sensación de sudor frío empezó a recorrer su espalda cuando abrió los labios para contestar. Sintió el piso cediendo bajo sus pies, como un acantilado que asomara bajo la punta de sus zapatos, y comprendió que no había nada a lo que agarrarse, ni siquiera aquella mullida alfombra evitaría un golpe para el que no estaba preparada. Todavía no.
Abrió la boca para contestar, quizá con una evasiva, a lo mejor con la verdad, en aquel momento ni siquiera lo tenía claro, ¿cómo tener clara la respuesta a una pregunta que ni se había hecho a sí misma?, pero entonces la puerta del despacho se abrió y la cabeza de su hija asomó tímidamente tras ella.
—¿Os queda mucho para terminar? —preguntó Patricia —. Tengo hambre.
Justo en ese momento Esther intercambió una mirada con Lara, y se dio cuenta de que acababan de confluir dos mundos que por nada del mundo deseaba que se encontraran. Porque lo que Esther vio en Lara no fue a la periodista enviada por Diego Marín, sino a una mujer de carne y hueso con la que se había acostado unas semanas antes. La misma mujer que ahora su hija observaba con la inocencia del desinformado, sin que nada de esto se le pasara por cabeza.
—No, cariño. En un rato acabamos —replicó, ocultando con maestría el temblor de su propia voz.
—Vale, te espero abajo.
Patricia cerró la puerta sin molestarse en despedirse de Lara. Tendrían que tener una charla sobre educación y modales, pero eso sería más tarde, cuando su corazón dejara de palpitar desbocado en la entrada de su garganta, donde un corazón sano nunca debería palpitar. Carraspeó con incomodidad, observando que Lara volvía a tener la mirada puesta en sus papeles, dispuesta, a lo mejor, a correr un tupido velo sobre la conversación que casi habían tenido.
—Venga, acabemos con esto de una vez —comentó finalmente, sin saber si se refería solo a la preparación del pleno o a todo lo demás.

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Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:16 pm

LARA NO FUE capaz de desprenderse de la energía nerviosa loantoanue se levantó aquel día. La acompañó durante el desayuno, cuando se dio cuenta de que tenía un mal presentimiento sobre el pleno que estaba a punto de dar comienzo. Intentó calmarse en el coche, en el trayecto hasta el ayuntamiento, subiendo el volumen de su radio, pero esto solo consiguió acelerar todavía más los latidos de su corazón, por lo que acabó apagándola. Todavía podía sentir esa electricidad inquieta cuando llegó a alcaldía, a pesar de que Carmen la saludó como si hubiese estado esperándola.
—Tengo buenas noticias —le comentó la secretaria tan pronto la vio.
—¿Ah, sí? Cuéntame.
Carmen le tendió una carpeta de color amarillo que Lara sujetó con ansiedad. —No pienses que ha sido fácil —le dijo—. He tenido que hacer un par de favores para conseguirlo, pero creo que es lo que estabas buscando.
Lara abrió la carpeta para revisar rápidamente los papeles, pero Esther entró justo en ese momento. —Luego seguimos —le susurró a Carmen.
—¿Luego seguís con qué? —inquirió la alcaldesa con curiosidad. Se había detenido a escasos metros de ellas y tenía una mano apoyada en la cadera en señal de reto. Lara miró a Carmen con nerviosismo, pero la secretaria le siguió la corriente.
—Nada, Lara me estaba contando qué tal le va con mi sobrina María.
—Oh, ¿hay progresos con ese tema?
—No realmente. Solo nos hemos visto un par de veces. —Lara consultó su reloj de pulsera—. Llegas pronto —le dijo, cambiando hábilmente de tema.
—No tanto como me gustaría. Me he vuelto a quedar atascada en la quinientos seis. ¿De veras no se puede hacer nada para acelerar esa obra? Es un verdadero infierno.
—Son tus concejales, no los míos. —Lara se encogió de hombros.
Esther suspiró. —¿Estás lista? He visto que Ballesteros ya estaba en la entrada del salón de plenos.
—Él y todos sus concejales. Los nuestros también están por allí.
—Pues no les hagamos esperar —afirmó Esther con una radiante sonrisa, preparada para dar batalla en su primer pleno como alcaldesa—. Que comience el show.
Las dos mujeres se dirigieron hacia el salón sin intercambiar una sola palabra. Esther iba delante, concentrada en lo que estuviera pensando, y Lara la seguía a una distancia prudencial, agarrando con fuerza la carpeta que tenía entre manos. Le hubiese gustado tener un momento para revisar su contenido. Estaba ansiosa por verlo, pero ahora tenían otro asunto entre manos. El pleno daría comienzo en unos minutos, el primero de Esther como alcaldesa de pleno derecho. Después de eso, su trabajo en el Ayuntamiento de Móstoles habría terminado, aunque ni siquiera este pensamiento consiguió calmar sus nervios.
Cuando trabajaba para la sección local del periódico, había cubierto algunos plenos, pero siempre de manera esporádica, en época de vacaciones, cuando había que cubrir la baja del responsable de la sección política. Pero entonces se encontraba justo en el otro extremo de la barrera, en el lado de los buenos, o, por lo menos, de los menos malos. En esa época tenía como únicas armas su bloc de notas y su bolígrafo, los cuales empleaba para intentar plasmar la realidad que le rodeaba de la manera más objetiva posible. Ahora, en cambio, estaba en el lado opuesto y las armas de este bando eran muy diferentes. Se batallaba echando mano del engaño, de la distorsión, de la manipulación. Lara sabía que casi cualquier cosa servía con tal de moldear la realidad en base a los intereses del partido. Su objetivo era lograr que los periodistas se plegaran a sus deseos y al día siguiente plasmaran en los periódicos un mensaje que favoreciera al Partido Liberal.
No obstante, cuando se encontraba cara a cara con sus antiguos compañeros, a veces no podía evitar sentirse como un pez boqueando fuera del agua porque ahora ella era una cambiachaquetas, un soldado al servicio de un partido, y así se lo hacían sentir cuando se cruzaba con ellos.
Por este motivo, Lara casi siempre prefería mantenerse un poco al margen, cerca pero lo suficientemente alejada para no hacerles sentir observados. En esta ocasión eligió una fila cercana, desde la cual podía estar pendiente de todos sus movimientos sin que fuera demasiado evidente.
El pleno dio comienzo con puntualidad británica, en cuanto la nueva alcaldesa ocupó su sillón como presidenta del ejecutivo local, situado justo delante del inmenso tapiz que colgaba del techo del salón de plenos. Tenía impreso un gigantesco escudo de Móstoles y conseguía ensombrecer todavía más el lugar. Lara siempre se sentía claustrofóbica cuando entraba en aquella estancia antediluviana, con su artesonado de madera, sus suelos de moqueta roja y aquella extraña luz, mezcla de pálidos halógenos y amarillentas lámparas que parecían viajeras del tiempo. El tapizado verde de los sillones y un polvoriento cortinón de terciopelo negro completaban esta decoración con sabor casi medieval, como si Esther estuviera presidiendo una gigantesca mesa de un banquete a punto de dar comienzo.
Lara se incorporó un poco en su butaca para hacerle una seña, con la esperanza de que consiguiera ubicarla. Por experiencia sabía que Diego se tranquilizaba cuando establecía contacto visual con ella, y esperaba que la alcaldesa se sintiera de la misma manera. Esther sonrió imperceptiblemente al verla y Lara le hizo un gesto de asentimiento para que comenzara cuando estimara oportuno.
El pleno, en principio, se desarrolló entre el aburrimiento y la desidia. El abigarramiento de estas sesiones plenarias conseguía amodorrar tanto a los presentes que Lara incluso tuvo la sensación de que alguno de los periodistas estaba a punto de quedarse dormido. Se aprobaron las actas de sesión ordinaria. Se aprobaron los borradores. Se excusaron las asistencias fallidas en el último momento. Y Esther, aunque hacía todo lo posible por cambiar la entonación de su voz para amenizar la sesión, acabó cayendo en una plácida monotonía que actuó como un fuerte narcolépsico entre los presentes. Y aun con todo, Lara estaba muy satisfecha con el resultado. De todos los posibles escenarios, quizá este no fuera el más excitante, pero era una tímida victoria que permitiría a Esther salir airosa sin haberse metido en demasiados jardines. Casi estaba segura de que el pleno iba a zanjarse de esta tediosa manera, y feliz por ello, cuando de pronto sus esperanzas dieron al traste en el turno de mociones y ruegos.
—Solicito a la alcaldesa que se lea la siguiente moción y se vote de urgencia. —José Antonio Ballesteros, el concejal de la oposición, le entregó unos papeles a Esther.
Lara estiró la cabeza como si así pudiera leer lo que ponía en ellos. El resto de los asistentes al pleno también despertaron súbitamente, como si hubieran estado aguardando este momento todo el tiempo, y los periodistas apoyaron la punta de los bolígrafos sobre sus libretas. Aquello era una trampa, tenía que serlo si nadie había metido esa moción por registro. ¿Qué estaba ocurriendo?
—La oposición al completo, miembros del Partido Conservador y Vecinos por Móstoles —comenzó a leer Esther—, solicita que se apruebe por moción urgente la restitución del puesto laboral de don Federico Pajares, responsable de limpieza del Ayuntamiento de Móstoles, que el día once de febrero fue privado de su local de trabajo sin consulta previa a los miembros de la corporación, para favorecer los intereses personales de doña Lara Badía Robles, asesora de la alcaldesa del Ayuntamiento de Móstoles, doña Esther Morales Fantova.
¿Qué?
Lara abrió los ojos con sorpresa. Su despacho. La maldita oposición se había enterado de la existencia de su despacho y ahora intentaban atacar a Esther con esto. ¿Por qué no lo había tenido en cuenta antes? Aquello era un error de bulto. Imperdonable. De absoluta novata. Buscó la mirada de Esther, pero la alcaldesa estaba demasiado concentrada mirando al portavoz de la oposición.
—Esta moción no se metió por registro, señor Ballesteros, y no comprendo la urgencia de la misma.
—¿No la comprende, señora Morales? —inquirió el concejal, en tono de burla—. Por supuesto que no la comprende. Es muy propio de ustedes hacer lo que les venga en gana, demostrando el poco respeto que tiene su gobierno por la clase obrera.
Esther sonrió con cinismo.
—Señor Ballesteros, con todos mis respetos, no creo que una formación política que tradicionalmente defiende los intereses de iglesia, banqueros y multinacionales esté legitimada para hablar de los derechos de los obreros — le espetó.
—Y sin embargo, tengo en mis manos una denuncia del conserje de esta casa que demuestra todo lo contrario — contraatacó Ballesteros, agitando un papel en el aire—. Abuso de poder y extorsión. Un trabajador de su propia administración que se ha visto obligado a someterse a tratamiento psiquiátrico porque no sabe dónde meter las escobas.
Se las podría meter en el culo, pensó Lara con acritud, poniendo los ojos en blanco. Aquello era inaudito. A saber qué lavado de cerebro le habían hecho a ese pobre hombre para convencerle de que asistiera a terapia.
—¿Qué tiene que decir a eso? —la increpó Ballesteros, gesticulando como un loco para atraer la atención de los periodistas.
Lara echó un vistazo a la fila en donde estaban sentados. Sus bolígrafos rasgaban sus libretas, apuntando todos los detalles. El pleno estaba dando un giro de ciento ochenta grados.
—Lo que tengo claro es que cualquier trabajador de esta casa tiene las puertas de la alcaldía abiertas las veinticuatro horas del día —respondió Esther con contundencia, manteniendo admirablemente la calma—. Si el señor Pajares quiere tener una reunión conmigo al respecto, estoy disponible en todo momento, al igual que hago con el resto de empleados de este ayuntamiento.
Estas palabras podrían haber amilanado a cualquier otra persona, pero no a Ballesteros, que se estaba agarrando a esa moción como a un clavo ardiendo. El concejal de la oposición dio todo un discurso sobre derechos de los trabajadores, abuso de poder, moving, bullying y demás términos anglosajones que esos días llenaban las páginas de los periódicos. Y lo hizo sabiendo en todo momento quién era su público. Ballesteros estaba dando una lección de derechos sociales mirando en todo momento a los periodistas, cuyos bolígrafos habían enloquecido llegados a este punto. Si Esther no le cortaba pronto, el concejal conseguiría hacerse con el pleno. “Corta esto ya. Eres la alcaldesa, puedes hacerlo”, le dijo Lara por mensaje de texto, observándola con la esperanza de que lo leyera. Sabía que la alcaldesa tenía el móvil encima de la mesa. Ahora bien, lo complicado no era mandar el mensaje sino que ella advirtiera que lo había recibido y que consiguiera leerlo de manera disimulada, sin que el resto de la Corporación lo percibiera. Lo último que necesitaban ahora era una foto en los periódicos en la que apareciera la alcaldesa consultando su teléfono móvil mientras el concejal de la oposición daba una clase magistral sobre derechos de los trabajadores.
La idea la asaltó sin querer. Era un poco estrambótica, pero podía funcionar. Primero captó la atención de Esther y le hizo una señal para indicarle que leyera el mensaje. Ella comprendió. Después simplemente fingió un estornudo tan aparatoso, tan ruidoso, que todos los presentes se giraron en su dirección, entre risas. Lara se excusó entonces, complacida de que el truco hubiera dado resultado: Esther había leído el mensaje.
—Señor Ballesteros, tengo que advertirle que tenemos otros puntos del día que cubrir en este pleno. Si la oposición no tiene más que añadir, me veré obligada a pasar a otro asunto.
—No he terminado.
—Ya le he respondido que trataremos el caso con la mayor celeridad posible y mañana mismo pienso reunirme con el señor Pajares para solucionar este tema —le recordó Esther—. ¿Tiene algo nuevo que aportar al respecto? Porque si no lo tiene, me veré obligada a darlo por zanjado—. Ballesteros dudó unos segundos, pero Esther fue más rápida y no le dio tiempo de que respondiera. —Bien. Si la oposición no tiene nada más que añadir, cedo la palabra a nuestros vecinos. ¿Alguna pregunta por parte del público, por favor?

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C A P Í T U L O V E I N T I S I E T E

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:17 pm

LARA TENÍA LA buena costumbre de leer los periódicos a primera hora de la mañana. Había adquirido ese hábito mucho tiempo atrás, cuando su profesor de Teoría de la Información les había recomendado que leyeran los periódicos si querían ser buenos periodistas. Muchos de sus compañeros habían pasado por alto este valioso consejo, pero ella no. Lara todas las mañanas iba hasta el felpudo de su casa y recogía los periódicos que dejaba allí un repartidor de madrugada. Se preparaba un café mientras leía la contraportada y luego, con una tostada en la mano, se zambullía en las páginas como si fueran una gran piscina llena de letras. Como resultado, siempre acababa con las manos manchadas de tinta, pero el olor y la textura polvorosa de las páginas del periódico ya formaban parte de su rutina diaria, casi tanto como lavarse los dientes o peinarse el pelo frente al espejo todas las mañanas. Aquel día, sin embargo, no pudo leer ni una sola línea. Por motivos que desconocía, el periódico no estaba allí cuando abrió la puerta. ¿Quizá el repartidor se había olvidado?
Contrariada, se dio prisa en llegar al ayuntamiento cuanto antes. Si los periódicos reflejaban el pleno como una noticia positiva, su trabajo allí habría concluido. Podría despedirse de Esther y Carmen, desearles la mejor de las suertes. Prometería estar en contacto, aunque casi con seguridad no sería así, porque esas eran las trampas de los adultos, comprometerse a mantener relaciones que después eran imposibles de mantener, casi como un propósito de año nuevo. Me pondré a dieta, iré al gimnasio, seré más asertiva con mis compañeros de trabajo, mantendré el contacto con Esther… esas cosas nunca ocurrían, Lara lo sabía mejor que nadie.
El ayuntamiento estaba extrañamente silencioso cuando llegó. Si no hubiese estado concentrada en su cometido, habría pensado que ese día era sábado y los funcionarios no trabajaban. Había menos actividad de la normal, una suerte de letargo que envolvía a todo el edificio. Se dirigió a su despacho con una sola idea en mente.
Esperaba que Tino hubiera mantenido su palabra. No era que dudase de él, porque nunca lo había hecho, pero la noche anterior había mantenido una precipitada conversación con su exjefe y no estaba segura del resultado. A lo mejor había actuado imprudentemente o había tensado demasiado la cuerda pidiéndole aquel favor a la salida del pleno. Pero en ese momento ni siquiera se lo pensó. Sacó la BlackBerry de su bolsillo y marcó su número casi de memoria, con el corazón en un puño, esperando que no fuera demasiado tarde y que Tino estuviera trabajando.
Lara en seguida se calmó cuando escuchó su grave voz al otro lado de la línea.
—Tino González —contestó él.
—Tino, qué alegría escucharte.
—Lara, ya me parecía que eras tú. ¿Qué te cuentas? ¿Pero tú no tenías que estar en un pleno? ¿Ya ha acabado?
—Casi, está en sus compases finales. Tino, no me andaré por las ramas: tengo que pedirte un favor.
—Oh, ya veo —replicó su antiguo jefe, tan astuto como siempre, adelantándose a lo que tenía que decirle. Lara casi podía imaginar su cabeza funcionando con la rapidez que le caracterizaba, el gesto de comprensión en su cara, una sonrisa pilla dibujándose en sus labios—. ¿Tan mal ha ido?
—No, pero cuando vaya tu periodista, ¿podrías pasar por alto un absurdo tema sobre un cuarto de limpieza reconvertido en despacho?
Tino soltó una carcajada en ese momento.
—Vamos, Tino, hablo en serio. La oposición me ha utilizado como arma arrojadiza y no quiero aparecer en los periódicos de mañana.
—Lara, no tengo ni idea de lo que me estás hablando.
—Por eso mismo. Hazme ese favor, anda, en realidad es una tontería, el típico circo que ha montado Ballesteros para armar ruido.
Lara contuvo la respiración mientras esperaba la respuesta de su exjefe. Sabía que al menos lo estaba meditando y se lo agradecía de veras, que tuviera en cuenta sus palabras, que no las pasara por alto a la primera de cambio. El valor de una jefa de prensa también consistía en esto. No solo en lo buenas o convincentes que fueran sus notas de prensa o sus discursos, sino sobre todo en la capacidad de convencer a los responsables de los periódicos para que pasaran por alto asuntos potencialmente dañinos.
—Veré qué puedo hacer —dijo finalmente Tino, abriendo una puerta a la esperanza.
—Gracias, te lo agradezco.
—Pero Lara, ya sabes que no te prometo nada —le advirtió él en el último momento—. Si el tema es de interés, tendré que sacarlo.
—Lo sé, gracias de todos modos. Espero que lo veas como yo cuando te lo cuente el periodista que ha venido a cubrir el pleno.
Lara abrió la puerta de su despacho como una exhalación. Odiaba aquel lugar con toda su alma. Lo había odiado desde el principio, con su luz bizca, el olor a rancio, mezcla de cuarto oscuro y desinfectante, pero ahora lo odiaba todavía más. Aquel sitio representaba el comienzo de muchos de sus problemas.
Ni siquiera se había molestado en ir hasta alcaldía para saludar a Esther. Entró y se lanzó en picado sobre los periódicos que yacían sobre la mesa, donde Carmen los dejaba cada mañana. Uno de ellos era el único que centraba sus preocupaciones. Lo abrió y allí estaba, en grande y en negrita, con aquellas letras impactantes cubriendo de extremo a extremo la página central del cuadernillo de local: “El despacho de la discordia”, rezaba el titular. A continuación, todos los detalles sobre la moción de urgencia que Ballesteros había presentado en el último momento, la batalla dialéctica entre él y Esther, la explicación de qué se había hecho con el cuarto de la limpieza, de por qué el señor Pajares estaba a
tratamiento psicológico. Pura basura. Lara dejó caer el periódico con furia sobre la mesa y agarró su BlackBerry con pulso tembloroso.
—Si no recuerdo mal, me dijiste que no lo ibas a sacar.
Estaba furiosa. Lívida. Sentía la rabia fluyendo descontroladamente por sus venas y no sabía de qué manera se iba a presentar frente a Esther con aquel titular pendiendo sobre sus cabezas. ¿Y frente a Diego? Es que no quería ni pensarlo.
—Lara, ya estabas tardando en llamarme —afirmó Tino, en tono divertido—. Me ha sorprendido que no lo hicieras antes.
—No he podido leerlo hasta ahora. ¿Qué es toda esta mierda, Tino?
—¿Y qué quieres? Esto es política municipal, mi niña. No esperarás que hablemos del carril bici cuando tenemos este bombazo entre manos.
Lara guardó silencio, de nuevo flagelándose mentalmente por haber sido tan inocente. La noche anterior, cuando el pleno se disolvió y se disculpó con Esther antes de irse a casa, de veras había pensado que se trataba de un tema zanjado, una nimiedad que pasaría a la historia tan pronto se imprimieran los rotativos. Pero había estado lenta, una vez más. La posible reacción de Diego ante la noticia empezó a dar vueltas en su cabeza. ¿Estaría enfadado? ¿O se la habría tomado con la misma diversión con la que lo hacía su exjefe? A aquellas alturas de la mañana, estaba segura de que ya habría leído los periódicos. Tomás se habría preocupado de que así fuera. El muy miserable seguramente ahora estaría desternillándose de la risa o pensando en descorchar una botella de champán. Pero la culpa era suya. Toda suya.
—Además —siguió diciendo Tino—, sabes de sobra que aunque yo no lo hubiera sacado, el resto de los periódicos sí lo habría hecho.
—Ya, pero vosotros sois el más importante. A mí el resto me da igual.
—¿Qué te puedo decir? Lamento que te lo hayas tomado así. Yo solo estoy intentando cumplir con mi trabajo.
Lara apretó los labios con fuerza, intentando encontrar la forma de decir lo que pensaba sin herir a su antiguo jefe, pero estaba tan furiosa que no consiguió dominarse.
—Tino, tu trabajo no existiría si el gobierno de Diego no pagara millones para que no publicarais mierdas como esta. Espero que lo tengas en cuenta la próxima vez que te entren ganas de jugar a los periodistas.
Su exjefe no contestó. Lara solo escuchó un bufido al otro lado de la línea, que fue como el sonido de una relación rota. Le había hecho daño, acababa de herir su orgullo profesional sin ningún tipo de reparo. Se despidieron en un tono frío, distante, que Lara nunca antes había empleado con él, y que le hizo sentirse más sucia de lo que nunca se había sentido desde que trabajaba en política. Una cosa era amenazar y poner en su sitio a los jefes de otros rotativos. Otra muy diferente era hacerlo con quien había sido su mentor durante mucho tiempo.
Lara se sintió tan sumamente podrida por dentro que le dieron ganas de destrozar aquel despacho e irse a casa, dando por zanjado su periplo en Móstoles. Pero su sentido de la responsabilidad fue más fuerte, así que sacó fuerzas de flaqueza para levantarse. Tenía que hablar con Esther y tenía que hacerlo ya.
Recorrió la distancia que había entre los dos despachos en la mitad del tiempo que lo habría hecho en una situación normal, pero cuando llegó a las inmediaciones de la alcaldía comprendió con amargura que Esther todavía no estaba allí. Tampoco Carmen, cosa extraña, se encontraba en su puesto de trabajo.
Todavía con la respiración entrecortada, cerró la puerta con enfado, sin saber qué hacer o a dónde ir. Por primera vez en mucho tiempo se encontraba perdida y sin respuestas. A lo mejor aquel tema otros lo veían como una tontería, algo que se podía enmendar con facilidad, pero ella estaba segura de que no moriría a la primera de cambio. A los periodistas les encantaban este tipo de historias y sabía que no pararían hasta publicar la última línea sobre el tema. Casi le sorprendía que ninguno la hubiera llamado ya buscando unas declaraciones suyas en relación al dichoso despacho. Miró su teléfono, pero parecía muerto. Ni llamadas de Esther, ni de Diego; tampoco de los periodistas. Estaba tan concentrada mirando la pantalla del aparato que acabó chocándose con alguien sin querer.
—Oh, vaya, lo siento de veras —se disculpó, antes de advertir contra quién había topado. Al alzar la vista se encontró con Rodrigo Cortés, que tiró de la chaqueta de su traje hacia abajo y la observó con curiosidad, sonriendo como si tramara algo. El concejal miró hacia ambos lados y le sonrió. —Si estás buscando a la alcaldesa, no va a venir en toda la mañana.
—¿Y tú cómo sabes eso? —Lara torció el gesto, su sexto sentido mandándole una clara señal de alarma.
—Bueno, cuando el presidente te pilla haciendo chanchullos con constructores, la reunión no suele ser breve —dijo él, guiñándole un ojo.
—¿De qué coño estás hablando, Cortés?
El concejal miró de nuevo hacia ambos lados. Se inclinó levemente sobre ella y le susurró:
—Tu amiga Esther se ha metido en un buen lío por culpa de un concurso amañado con unos terrenitos del centro de Móstoles. Y Diego lo sabe. Así que tendrá suerte si le deja completar esta legislatura.
Lara pestañeó con fuerza, su cerebro negándose a procesar correctamente aquellas palabras. No, Esther Morales no era una corrupta. ¿Lo era? No podía serlo. Simplemente no podía. Agarró a Cortés fuertemente del brazo y tiró de él contra su voluntad, haciéndole entrar en la alcaldía.
—Cuéntamelo todo —le dijo, cerrando la puerta con furia a sus espaldas.

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C A P Í T U L O V E I N T I O C H O

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:17 pm

ESTHER OBSERVÓ CON disimulo el reloj de pared que pendía sobre la mesa de trabajo de Diego. Llevaba más de quince minutos allí sentada y él todavía no había aparecido. Era poco habitual que la secretaria le hubiera hecho pasar sin estar él presente, pero la mujer había insistido en que no esperara fuera, y había cerrado la puerta tras indicarle dónde estaba la mesa de refrigerios por si quería servirse un café o un té mientras esperaba.
Esther nunca había estado en aquel despacho antes. Se trataba de una habitación moderna, pero que destilaba poder, y encontrarse allí sola le hacía sentir vulnerable, incómoda, un poco enjuta de hombros hundida como estaba en aquel sillón de piel, aguardando a que Diego cruzara de un momento a otro esa puerta.
La noche anterior, cuando él la había llamado, había pensado que el motivo era muy diferente. Pero Esther no se puso nerviosa cuando contestó ni su voz tembló al hablar con él. A diferencia de muchas mujeres, no se dejaba impresionar cuando hablaba con el presidente. Ahora, no obstante, el sentimiento era muy diferente. Desde primeras horas de la mañana, cuando llamó a Carmen para advertirle de que no se pasaría por el ayuntamiento, la había acompañado aquella sensación de indefensión, como si estuviera a punto de enfrentarse a una situación que no sería capaz de controlar. Era impropio de Diego citarla sin previo aviso. Tenía que tratarse de un asunto importante, pero él no había querido adelantarle nada. “Mañana nos vemos y charlamos”, le dijo, zanjando así su llamada, sin darle opción a seguir indagando.
El presidente apareció por fin cinco minutos después, cuando los nervios empezaban a apoderarse de su estómago, en una advertencia clara de que estaba a punto de sentirse indispuesta. Esther se levantó cuando él abrió la puerta.
—No, por favor, no te levantes —le pidió Diego, haciéndole un gesto con la mano. Esther volvió a tomar asiento y él se sentó justo enfrente, acomodando el faldón su chaqueta para que no se arrugara—. Esther, ¿cómo has estado? Sé poco de ti últimamente.
La alcaldesa sonrió con timidez, deseando que terminaran estos preliminares innecesarios.
—Bien. Liada, como puedes imaginar.
—Sí, lo de Móstoles es un reto. Ya te lo advertí cuando hablamos de ello.
—Lo sé, y te lo agradezco. Estoy llevándolo lo mejor que puedo.
El presidente se levantó entonces y fue hasta la mesa de los refrigerios para servirse un vaso de agua. —¿Te apetece algo?
—No, gracias, he tomado ya dos cafés y un té. Estoy servida para todo el día.
Diego sonrió complacido y volcó el agua lentamente sobre su vaso, haciendo que el chorro se oyera incluso por encima de tus palabras. —Imagino que te preguntarás por qué te he pedido que vinieras, con tan poco tiempo.
—Me has dejado un poco preocupada, no te lo voy a negar. ¿Sucede algo malo?
—Bueno —comentó Diego, tomando de nuevo asiento —, eso depende de lo que tú consideres por malo. Tengo aquí, encima de mi mesa, unos papeles que Rodrigo Cortés se ha empeñado mucho en que los leyera. Algo sobre unos terrenos de Móstoles y un concurso fantasma. Por casualidad, ¿tú no sabrás nada de esto?
Esther intentó que la palidez no tiñera súbitamente sus mejillas, pero no estaba muy segura de haberlo conseguido o siquiera de que la máscara que normalmente ponía en situaciones parecidas fuera igual de efectiva con un hombre curtido en tantos ruedos políticos. Pero allí estaba, su talón de Aquiles, el imbécil de Cortés al final había cumplido sus amenazas. ¿Por qué?
—Imagino que también te habrá pedido que le pongas de concejal de Urbanismo. Pues llega un poco tarde. El pleno fue ayer. Pablo López es el nuevo concejal de Cultura y Rosa Blanco se ocupará de Urbanismo.
—Oh, no —replicó Diego, divertido—, las aspiraciones de nuestro amigo Cortés han crecido un poco en estos últimos días. Ahora quiere ser el cabeza de lista de las próximas elecciones y, en vista de lo acontecido, le he dicho que me lo pensaré.
Esther intentó no mostrarse dolida ante este anuncio. De veras no podía creer que Diego estuviera barajando aquella posibilidad. Rodrigo Cortés era un parásito, un ser tóxico para cualquier corporación que lo acogiera en su seno, y el presidente estaba al tanto de ello. A Esther le daba igual quién fuera su padre, porque Cortés no era una persona suficientemente cualificada para ser el cabeza de lista de un municipio tan importante como el de Móstoles. Tenía que haber otra razón, algo que no tenía nada que ver con aquellas acusaciones vertidas sobre ella, y al mirar a Diego a los ojos lo comprendió súbitamente todo.
—No me puedo creer que estés haciendo esto.
—¿Haciendo el qué? —la retó el presidente, inclinándose levemente hacia delante.
—Dime que esto no tiene nada que ver con nosotros. Dime que no me estás castigando por lo que pasó.
Diego rio con despreocupación, se echó la corbata a un lado y cruzó las piernas, mirándola como si deseara retarla a contravenir sus órdenes.
—Claro, podría decírtelo, pero sabes que estaría mintiendo. Entonces, ¿para qué?
Esther se levantó con nerviosismo y fue hasta la ventana, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar. De alguna manera, las rodillas le estaban fallando y le faltaba el oxígeno. Deseaba con todas sus fuerzas hacerle un desplante y salir de aquella habitación en ese preciso momento, pero no podía hacerlo, estaba atrapada en aquel amasijo de mierda que ella misma había creado por no haber sabido frenarlo a tiempo. Pensó de veras que este gesto iba a mantener a Diego a distancia, que él no se atrevería a acercarse de nuevo a ella, pero entonces notó sus manos posándose con frialdad sobre sus hombros, casi como si fueran las garras de una pétrea gárgola que hubiese adquirido vida de pronto. Diego se colocó justo detrás y su aliento caliente lamió la oreja de la alcaldesa cuando le dijo:
—Podría ser diferente, Esther. Podría olvidarme ahora mismo de este asunto si cedieras de una vez a mis deseos.
—Fue solo una noche, Diego.
—Y no he podido dejar de pensar en ella —le informó el presidente—. ¿Por qué crees que te envié a Lara? ¿Por qué crees que estoy haciendo todo esto por ti?
Esther sintió náuseas al comprender el significado de estas palabras. Diego estaba yendo demasiado lejos. Ni ella le deseaba de esa manera ni tampoco iba a plegarse a sus deseos solo porque él le hubiera hecho el favor de enviarle a Lara. Se libró entonces de su agarre, tomando la distancia suficiente para mirarle con todo el odio que sentía en ese momento.
—He dicho que no —le espetó—. Antes me follaría a Cortés que tener que ceder a este chantaje.
El presidente retrocedió con rapidez. Al principio puso cara de sorpresa, pero cambió el gesto rápidamente y entonces le sonrió con suficiencia, demostrándole que su vanidad no tenía límites.
—Bien —le dijo, acariciándose la comisura de los labios—. Te prometo que no volverá a suceder. Pero no esperes ser la cabeza de lista en las elecciones del próximo año. Simplemente, no puedo permitir que se presente otra persona corrupta.
Esther fue hasta el sofá, recogió su abrigo y se lo puso, airada.
—Me importa un cuerno lo que hagas con la lista de Móstoles —le dijo, antes de abrir la puerta—, pero ni se te ocurra volver a ponerme una mano encima o te juro que llamaré a tu mujer —y se fue dando un portazo.
*
Esther condujo todo el trayecto hasta su casa intentando contener las ganas de llorar. Pero las lágrimas cobraban fuerza a medida que pasaban los kilómetros y en un momento dado, cuando se detuvo en un semáforo en rojo y la radio empezó a escupir las notas de una triste balada, no pudo contenerlas más. Empezaron a rodar libres por sus mejillas, calientes y saladas al rozar la comisura de sus labios, amargas por lo que aquello significaba. Había peleado muchísimo para llegar hasta allí. Había renunciado a casi todo. Su trabajo en el estudio de arquitectura, sus amigos, hasta su dignidad como persona, atrapada como estaba en aquel matrimonio estéril, muerto e irreparable. ¿Y para qué? Para que ahora el presidente le arrebatara lo poco que le quedaba por un capricho personal. Por favor, si el propio Diego había firmado en mil ocasiones documentación similar, pensó, pisando con fuerza el acelerador del coche. Ella al menos lo había hecho engañada. Si hubiera podido volver atrás, viajar de alguna manera al pasado, no volvería a firmarlos.
Embrague, primera, freno. Si hubiera podido volver atrás, de hecho, cambiaría muchas cosas. Embrague, segunda, acelerador, embrague, tercera, acelerador. Las escenas de aquella noche, aquella maldita noche de las elecciones, empezaron a llenar su cabeza. Diego no tendría que haber estado en ese ascensor, ella tampoco. Pero el destino había querido que el presidente se encontrara solo de camino al salón en el que todos le estaban esperando para celebrar su gran victoria. Esther ni siquiera era capaz de recordar por qué se encontraba allí. Había ido al baño, eso era, les había dicho al resto de los concejales de Móstoles que se adelantaran, que ella bajaría en unos minutos.
El salón principal del hotel se encontraba prácticamente vacío. Los camareros estaban empezando a recoger ya las mesas llenas de restos de tortilla, ensaladilla, los pinchos en los que se habían ensartado las gambas. Todo el lugar era la viva imagen de la desolación, un cementerio de comida a medio degustar por una gran manada de animales hambrientos. Era el banquete de la victoria y los afiliados lo habían devorado con fiereza. Uno de los camareros la saludó con un gesto de la cabeza mientras pulsaba el botón del ascensor. La fiesta sería en el salón principal del hotel, que se encontraba al lado del vestíbulo. Esther se retocó con coquería el pelo en el reflejo de las puertas de metal, mientras esperaba la llegada del ascensor. Esa noche había tal trajín en el hotel que estaba tardando una eternidad, como si se estuviera deteniendo en todas sus plantas.
—Morales, ¿bajas? —le preguntó una voz a sus espaldas.
Se giró para ver de quién se trataba y arqueó las cejas con sorpresa al ver a Diego, sonriéndole.
—Presidente, enhorabuena.
—Oh, por favor, no me llames tú también así. Todavía no soy presidente —le dijo él, acercándose para darle dos besos.
Permanecieron unos segundos callados, esperando la llegada del ascensor, viendo a los camareros trajinando de un lado para otro con sus bandejas llenas de restos. Era una situación incómoda, en la que ninguno de los dos tenía nada que decirse. Habían coincidido en muchos actos antes, eso sí, pero aunque Esther era capaz de advertir la simpatía que despertaba en Diego, jamás se hubiera imaginado lo que vino después. ¿Se volvió loco? Tal vez. ¿Había bebido demasiado? Muy probablemente, pensó entonces, adelantando a un coche de manera temeraria. El motivo solo lo sabía él; lo único que conocía Esther eran las consecuencias. Su mano súbitamente reclamando su cintura, sus labios calientes, adueñándose de los suyos.
Antes de que pudiera comprender lo que estaba haciendo, se estaba besando con el presidente en el rellano de un hotel, como si se tratara de su regalo tras la victoria, la chica contratada para animarle la velada.
—Espera, para, yo… —le dijo, cortando el beso, comprendiendo con terror lo que acababa de suceder—. Diego, ¿qué haces?
—Llevo meses queriendo hacer esto —le dijo él, la cara hundida en la base de su cuello.
—No, espera… Estoy casada.
—Y yo también. ¿Qué problema hay?
Esther pensó que el uso del singular no era correcto en aquella situación. Desde su punto de vista, no había un solo problema, sino muchos, de naturaleza muy diferente, pero en ese momento había dejado de ser una mujer y se había convertido en una concejala besando a su presidente. ¿Cómo se dice que no en una situación así?
Por fortuna, justo entonces apareció una de las concejalas de Vallecas, que poco antes se había cruzado en el baño, y Diego tuvo los reflejos suficientes para separarse a tiempo. Cuando llegaron los tres al salón de la fiesta y se separaron, Esther se convenció a sí misma de que aquel encuentro se diluiría en el tiempo, se convertiría en un momento pasajero que ninguno de los dos recordaría. Qué equivocada había estado. Semanas enteras recibiendo mensajes que no quería recibir, llamadas que no deseaba responder, insinuaciones a las que no tenía pensado ceder. Diego Marín estaba demasiado acostumbrado a conseguir todo lo que deseaba y ahora ella era el objeto de su deseo. Si no podía tenerla, lo más fácil era destruirla, quitársela de en medio como había hecho con todos lo que se interpusieron antes en sus aspiraciones.
La injusticia que encerraba la situación le hizo agarrar el volante con fuerza, los nudillos blancos con la presión, la aguja del velocímetro recorriendo la esfera redonda. Cuarta, acelerador, embrague, quinta. Y finalmente, un bocinazo que le hizo frenar en seco.
—¿Es que se ha vuelto loca? —gritó un taxista a pleno pulmón, sacando la cabeza por la ventanilla. Estaba lívido.
Esther levantó la cabeza, levemente inclinada hacia el volante. Temblaba cuando comprendió que había estado a punto de saltarse un semáforo en rojo en plena intersección. Su corazón latía furioso contra su pecho, la respiración acompasándole en su ritmo frenético. Tenía que calmarse, debía encontrar la fuerza necesaria para recomponerse antes de llegar a casa. Patricia todavía estaba en la ciudad, no podía olvidarlo, y si su hija no podía verla en aquel estado, con el rímel cayendo por sus mejillas como la riada negra de un petrolero.
Cuando tomó la última curva de la urbanización, comprobó con satisfacción en el espejo del parasol que se encontraba mucho más calmada. En los últimos metros se había hecho el propósito de acabar el día de una forma placentera. Se serviría una copa de su vino favorito, pondría un poco de música mientras preparaba la cena. Estaba segura de que en algún lugar todavía tenía un par de velas. Puede que las encendiera junto al incienso que había comprado la semana pasada. Si a Quique le molestaba el olor, ya podía irse acostumbrando porque pensaba convertir aquella casa en un templo de paz. Y después se sentarían los tres a la mesa, ella, Quique y Patricia, a fingir que seguían siendo una familia feliz y unida, daba igual que todo fuera una gigantesca farsa. En aquel momento Esther anhelaba un poco de normalidad y si no podía tenerla de manera natural no le importaba fingirla. Pero al llegar al final de la curva vio aquel coche, aparcado justo enfrente de su casa. Esther reconoció las piernas, la pose, incluso el gesto malhumorado. ¿Qué hacía Lara allí? se preguntó al verla apoyada en el capó de su coche, los brazos cruzados sobre el pecho y un gesto atormentado que no auguraba nada bueno.
Activó el mando de la entrada como si la periodista no se encontrara allí, con la misma calmada monotonía con la que lo hacía a diario. Pisó levemente el acelerador y advirtió por el espejo retrovisor que Lara la siguió hasta el interior de la finca, muy lentamente, como si cargara con el peso del mundo sobre sus hombros o no tuviera prisa de que aquel encuentro se produjera.
—¿A qué debo esta visita? —le preguntó sin entusiasmo alguno, mientras cerraba la puerta. En otro momento se habría alegrado de ver a la periodista tras haber tenido uno de los peores días de su vida, pero sabía que no estaba allí para darle buenas noticias.
El nerviosismo de Lara se hizo más evidente entonces. La periodista temblaba como una hoja, como si acabara de descubrir por qué Diego la había enviado a Móstoles. ¿A lo mejor él la había llamado?
—¿Y bien? Imagino que no estás aquí para traerme buenas noticias.
—He hablado con Cortés —dijo ella por fin. Esther sonrió con cinismo, comprendiendo.
—Entiendo. Te habrá contado su pequeña conversación con Marín.
—Me ha contado lo que hiciste con esos terrenos. ¿Es cierto? ¿Amañaste el concurso?
—No. No lo amañé.
—¿No? ¿Entonces por qué está tu firma en esos documentos?
—Porque los firmé. Pero yo no amañé el concurso.
—¿Me estás diciendo que firmaste un documento en el que un constructor se inventó tres empresas para ganar un concurso público y que tú no tienes nada que ver?
—Eso mismo te estoy diciendo —le aclaró Esther, intentando mantener la calma. Lara, por el contrario, cada vez alzaba más la voz.
—¡Corta el rollo, Esther! Ese concurso dependía directamente de tu concejalía y fue amañado. El constructor lo ganó porque se inventó la existencia de esas empresas y tú lo sabes —contraatacó la periodista.
Esther rodó los ojos con desesperación. ¿Cómo podía hacerle comprender? ¿Cómo podía conseguir que la creyera si nadie más lo hacía, ni siquiera el propio Diego? Esos documentos los había firmado deprisa y corriendo, con el aval de Carreño. Él le había dicho que se trataba de un concurso limpio. Él le había jurado que no había nada de lo que preocuparse porque esas empresas pertenecían a conocidos suyos. Él era el maldito culpable y, sin embargo, Lara no estaba dispuesta a creerla, podía leerlo en sus ojos.
—Me dijiste que no eras una corrupta.
—Y así es.
—¿Y por eso te dedicas a amañar concursos? ¿Para favorecer a constructores millonarios?
—¡Como si fuera algo de lo que sorprenderse! — replicó Esther, perdiendo la paciencia—. ¿Me vas a decir que tu querido Diego nunca ha violado la ley? ¿Me vas a decir que hay alguien en política que esté completamente limpio?
Lara desvió la mirada a otro lado con fastidio. —No, no puedo decirte eso —admitió.
—Entonces, ¿por qué los demás sí pueden y yo no?
Lara no contestó.
—Mira, he tenido el día más horrible de mi vida, ¿vale? Y en este momento ya me da igual si me crees o no —le contestó de malas maneras—. Lo único que quiero es entrar en mi casa, pasar tiempo con mi hija y tomarme una copa de vino. Así que tienes dos opciones: creer en mi palabra o no hacerlo.
Lara la miró sorprendida, como si no pudiera creer la sangre fría con la que estaba abordando la situación. Comprender la falta de fe que tenía en ella le hizo sentir vacía, como si alguien le hubiera arrancado el corazón en ese preciso momento.
—¿Sabes qué? Me planto —dijo la periodista, todavía furiosa, haciendo aspavientos con las manos—. Tenía pensado quedarme unos días más, pero no creo que te lo merezcas. Mañana mismo me voy a Sol, no cuentes con que aparezca en el ayuntamiento —afirmó, dándose media vuelta y empezando a caminar hacia la salida.
—Me parece bien, a lo mejor ya somos dos las que no vamos.
—¿Qué has dicho? —inquirió Lara, dándose media vuelta.
—He dicho que a lo mejor ya somos dos las que no vamos. Diego no va a proponerme como candidata para las elecciones. Cortés será el cabeza de lista.
Lara se detuvo un instante, registrando esta nueva información. Por el gesto de sorpresa que puso, Esther supo que Diego no la había llamado todavía. Estas eran las primeras noticias que tenía al respecto. La periodista bajó la mirada al camino empedrado del jardín y bufó sonoramente, meneando la cabeza con desconcierto. Después fijó los ojos en ella y le espetó sin remordimiento alguno:
—Lo siento, Esther, pero no me das pena. Por un momento creí que tú sí eras diferente.
—Ya ves. Te equivocaste.
—Sí, tú lo has dicho: me equivoqué. Adiós, Esther.
*
—¿Me pasas la ensalada?
Una placentera aunque fingida normalidad la acompañó el resto del día. La alcaldesa era consciente de que se trataba de un teatro de títeres, una pequeña farsa orquestada por su mente. Pero Quique parecía contento y Patricia lo estaba todavía más. Su hija les amenizó gran parte de la cena contándoles sus logros en los últimos exámenes. Las notas todavía estaban por llegar, pero los resultados, según ella, eran muy esperanzadores. Se había esforzado y estaba esperando recoger sus frutos. Esther la miró a través de su copa de cristal, mientras le daba un sorbo, observando a la pequeña mujercita que tenía por hija. Empezaba a percibir en ella la calma que llegaba de la mano de la madurez, como si algo se estuviera quebrando en su hasta entonces eterna infancia. Patricia seguía teniendo los mofletes lustrosos de la juventud, eran solo dieciocho años, después de todo, pero en su discurso ya adivinaba palabras más pausadas, ideas más elaboradas y adultas, y al mirarla se sintió orgullosa de que algo tan perfectamente imperfecto hubiera brotado de su propio vientre. Solo por ello valía la pena seguir haciendo equilibrios en esa inestable cuerda que Quique y ella llamaban matrimonio, y durante la escasa hora que duró la cena incluso volvió a sentir que ambos se encontraban en el mismo barco, remando en la dirección que más le convenía a sus hijos, no a ellos como pareja.
—Estoy pensando apuntarme ahora que empieza el segundo semestre, aprovechando que voy a tener menos asignaturas.
—Eso es fantástico, cariño —dijo Quique, cuando Patricia les comunicó su deseo de apuntarse a una ONG que realizaba visitas asiduas a gente enferma. Esther intercambió una cálida mirada con su marido, reconociendo por espacio de unos segundos al hombre que no había llegado a amar nunca, pero con el que había compartido toda una vida.
El espejismo, no obstante, duró menos de lo que le hubiese gustado. Cuando terminaron los postres y se levantaron a recoger la mesa, Quique les anunció que tenía planes diferentes. A su marido no le interesaba la película que echaban por la televisión.
—Voy a bajar un rato al bar, a ver el partido.
Esther se acercó disimuladamente a él, sujetando el plato que estaba secando con un trapo.
—¿No puedes pasar ni siquiera una noche con nosotras? Patricia se va mañana.
—Juega el Real Madrid —argumentó su marido, como si eso lo explicara todo—. No me esperéis despiertas, me quedaré a tomar unos tragos con los vecinos.
Esther le observó poniéndose el abrigo, y dándole un beso en la frente a Patricia con los mismos labios que en poco tiempo estarían besando a una mujer con unas intenciones menos inocentes. Desconocía el calendario de la Liga, la Champions o las demás competiciones futboleras que se retransmitían por televisión, y a lo mejor era cierto que había partido o que Quique se dejaría caer un rato por el bar que había cerca de la urbanización, pero su sentido femenino le decía que ese no era el único partido que su marido pretendía jugar aquella noche. La agradable tregua que habían experimentado durante un par de horas quedó entonces rota irremediablemente. Esther empezó a sentir el odio concentrándose en su pecho, y se afanó en enjuagar el resto de los platos de la cena, preservando, así, a Patricia de lo que sin duda habría sido una escena si ella no se encontrara allí. Porque eso es lo que hacían los padres, ¿no? Los padres ahorraban a los hijos bochornos como aquel. Los padres no se iban con su amante una de las pocas noches que sus hijos estaban en casa, tras pasar todo el año estudiando fuera. Así que apretó las mandíbulas con rabia, escuchando el sonido de la puerta tras cerrarse, y puso la mejor de sus sonrisas cuando Patricia le hizo una de las preguntas que más temía:
—¿Va todo bien?
Se recompuso rápidamente, evitando mirarla, hundiendo la cabeza en el interior del lavavajillas.
—Sí, cariño, claro. ¿Por qué lo preguntas?
—No lo sé. Estáis… raros. ¿Seguro que va todo bien?
—Va todo estupendamente, Patri. De verdad, no tienes nada de qué preocuparte —le aseguró, dándole un beso—. Venga, ¿vemos esa peli? Aunque estoy tan cansada que a lo mejor me quedo dormida en el sofá.
—¡Yo también! Espera, voy a mirar.
Esther sonrió, complacida de que su hija hubiera olvidado tan rápidamente sus preocupaciones. Muy probablemente, estaba defendiéndola demasiado. Después de todo, Patricia era ya una adulta, podía encajar mejor una crisis matrimonial entre sus padres que un par de años atrás, pero no era el momento. Si alguna vez llegaba, tendría que ser con una decisión irrevocable sobre la mesa, pensó mientras activaba el botón de inicio del lavavajillas.
—¿Ha empezado ya?
—Casi —anunció Patricia, acomodándose en el sofá.
—Pues voy corriendo a ponerme cómoda y vengo ahora —dijo, subiendo las escaleras corriendo, el sabor agridulce de la repentina marcha de Quique casi olvidado cuando llegó a la segunda planta.
Su intención era ponerse su bata más cómoda y vieja, el pijama, unas zapatillas de estar por casa y dedicar los últimos compases de ese día a disfrutar de su hija. Mañana a primera hora tenía que llevarla al aeropuerto y planeaba saborear cada minuto que pasara con Patricia. No obstante, cuando se estaba anudando el cinturón de la bata, su teléfono empezó a sonar desde las tripas del bolso que reposaba a los pies de la cama. Esther sintió tentaciones de no contestar. Quien quiera que estuviera llamando podía esperar, ya fuera Quique, Lara o el mismísimo Diego Marín, llamándola para disculparse. Pero la curiosidad le pudo en el último momento, la esperanza de que se tratara de la periodista acuciándole desde la boca de su estómago.
Se había pasado toda la preparación de la cena pensando en ella, más en concreto en su última discusión. Le hubiese encantado creer que todo lo que Lara pudiera decirle le resultaba irrelevante, pero no era así, en absoluto. Lara le importaba de un modo que pocas personas lo hacían. Pero la periodista le había hecho daño, y nada en este mundo podría aliviarla más que una disculpa por su parte. Por eso metió la mano en su bolso. Por eso, también, extrajo su teléfono móvil y respondió con el corazón en un puño, los párpados firmemente apretados, sin mirar de quién procedía la llamada. Ese fue su gran error.
—¡Esthercita de mi vida!
—¿Marisa?
—Lo sé, soy una maleducada y lo siento. Debería haberte llamado antes para felicitarte, señora alcaldesa — replicó ella, malinterpretando por completo su sorpresa
—. ¿Cómo has estado? ¿Cómo te trata la vida municipal?
—No me puedo quejar—. Esther se sentó en el borde de la cama, pensando de qué manera podía librarse cuanto antes de esta llamada. Su hija la estaba esperando. Tenían una película pendiente y no se encontraba de humor para hablar con Marisa—. Escucha, te agradezco muchísimo la llamada, pero lo cierto es que…
—Un momento, un momento. Déjame que te cuente esto y te dejo, que ya imagino lo ocupada que debes estar.
—Tengo a mi hija de visita.
—Oh, adorable. Espera, ¿hasta cuándo se queda?
—Hasta mañana. Así que puedes imaginar que estoy un poco ocupada.
—Claro, pero esto es fabuloso.
—¿Lo es? —dijo Esther, sin comprender.
—Por supuesto, eso quiere decir que puedes venir a mi cena. Solo las sospechosas habituales. Tú, yo, Paula, Claudia y Olivia.
—¿Quiénes son Claudia y Olivia? —inquirió Esther con cansancio, apretando el puente de su nariz.
—Mis amigas, las agentes literarias. ¿Recuerdas que te hablé de ellas? Es algo muy light, una cenita entre amigas y punto. ¡Pero cuento contigo!
—Marisa, no…
—Vamos, no me seas aguafiestas, sabes que lo pasaremos bien. No acepto un no por respuesta.
¿Qué estaba haciendo? Había estado a punto de declinar su invitación, pero lo cierto es que ya no tenía ningún motivo. Seguía siendo la alcaldesa de Móstoles, una figura pública, eso era verdad, pero su carrera política estaba acabada. Lara había salido de su vida y con ello su acuerdo quedaba anulado. Era libre para hacer lo que le viniera en gana y en el último momento, antes de suspirar, Esther no titubeó ni un momento cuando le respondió:
—Dime hora y día, y allí estaré.

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C A P Í T U L O V E I N T I N U E V E

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:18 pm

LARA CERRÓ LOS ojos con fuerza y apoyó la cabeza en el marco de la ventana. Le dolía la cabeza. El paracetamol que se había tomado unos minutos antes todavía no había hecho efecto y el teléfono no paraba de sonar. Llevaba incendiado toda la semana. ¿Siempre había sido así? se preguntaba ahora, mirándolo de reojo, una suerte de odio reconcentrado haciendo sus párpados más pesados. En los pocos días que llevaba en Sol ya había tenido que tratar con dos consejeros que tenían problemas con la prensa por asuntos turbios. En el pasado, Lara no se habría detenido a valorar los porqués. Simplemente, habría desempeñado su trabajo, sin preguntas, sin juicios de valor. Pero ahora algo estaba cambiando. Cada vez que recibía una de esas llamadas se le despertaba un fuerte dolor de cabeza que inevitablemente la llevaba de vuelta a lo ocurrido en Móstoles.
Por desgracia, estaba aprendiendo a las malas que, a veces, se puede dejar físicamente algo, aunque eso no implica que uno pare de pensar en ello. Y Lara pensaba muchísimo en Esther. Los recuerdos la invadían cuando menos lo esperaba, en el trabajo o en su casa, daba igual. Día tras día la alcaldesa y su concurso fantasma se colaban en su mente a traición, sin pedir permiso, y estaba empezando a darse cuenta de lo injusta que había sido.
¿Qué más le daba a ella si Esther Morales era una corrupta? A fin de cuentas, se trataba de una política. Que tirara la primera piedra el que estuviera libre de culpas. Su experiencia al servicio del partido le había demostrado que quien más y quien menos escondía bajo la alfombra algún tipo de chanchullo. Se trataba de algo congénito al ejercicio de la política, al igual que la curiosidad se daba la mano con el periodismo o la creatividad estaba íntimamente ligada al artista. Lara sabía mejor que nadie que los políticos que deseaban tener una carrera longeva tenían que entrar a formar parte del juego de la sillita. El propio partido les imponía ciertos sacrificios de vez en cuando. Una buena moción, a tumbar porque no interesaba que la oposición se apuntara una victoria. Un voto contrario a las opiniones personales porque así lo exigía la disciplina de partido. Un chanchullo en una corporación municipal porque el amigo íntimo de un pez gordo estaba en un apuro económico.
Lara había visto estos ejemplos cientos de veces, y sabía que, cuando el partido lo exigía, de nada valían las cataduras morales o los remordimientos. Si el partido, ese difuso ente todopoderoso, requería una cosa, el político tenía que ser un buen alumno, agachar la cabeza y acatarla por encima de sus creencias personales. Entonces, ¿por qué le había exigido a Esther lo contrario? ¿Por qué se lo había tomado como una afrenta?
La distancia y el paso de los días le estaban permitiendo darse cuenta de lo injusta que había sido, de lo precipitado de su reacción, lanzándola en una suerte de jornadas cíclicas en las que se sentía como un zombi de pasos lentos, ojos hundidos y gesto torcido, como si estuviera condenada a peregrinar todas las mañanas hasta ese edificio. Lara había esperado ser feliz en su oficina de Sol, colmar sus sueños ocupando aquel despacho, pero su falta de entusiasmo empezaba a contrastar con el vigor que demostraban sus compañeros de la oficina de prensa.
En ese momento Tomás estaba charlando furioso con algún periodista que sin duda se había extralimitado. Juan paseaba enfrente de la ventana, asintiendo, el móvil pegado a la oreja como si le hubiera crecido un tercer lóbulo. Regina tecleaba con fuerza en su ordenador. Lara los observó desde el metafórico refugio de su oficina, en donde no olía a producto de limpieza y la luz entraba azul y ambarina como en las tardes de invierno cuando se está terminando el día. Los tres parecían sumidos en un estado febril que les impedía estar quietos. Ella, sin embargo, se sentía como una extraña observando la escena desde la distancia.
Se llevó índice y pulgar al puente de la nariz y apretó con fuerza. Estaba triste y desmotivada. Pero no tenía prisa. Si algo había aprendido era que las grandes historias siempre se escriben lentamente, capítulo a capítulo, y estaba tan convencida de que allí empezaba a escribirse el suyo que cuando Tomás asomó la cabeza a su despacho para comunicarle que ya estaban listos, dejó inmediatamente todas sus preocupaciones a un lado.
—Voy en seguida —le dijo, poniéndose en pie y agarrando lo único que necesitaba: bolígrafo y agenda, antes de dar dos golpes con los nudillos en la puerta del despacho del presidente y asomar la cabeza con timidez
—. ¿Estás listo? Ya es la hora.
Diego asintió en silencio. Se abotonó la chaqueta y cogió su agenda, todo ello sin mediar palabra, como si fuera un boxeador concentrado antes de saltar al ring.
Se dirigieron hacia el salón en el que estaba a punto de celebrarse el Consejo de Gobierno. En el pasado, Lara habría sido la única en acompañar a Diego a estas juntas gubernamentales, pero las cosas habían cambiado mucho durante sus semanas en Móstoles. Tomás se había convertido en alguien imprescindible para el presidente. Entre ellos había florecido una complicidad que antes no existía. Ahora se regalaban los oídos con bromas machistas, incluso cuando ella estaba presente. Diego había reclamado la presencia de su compañero en varias ocasiones, estando ellos dos reunidos a solas. Y más de un día los había visto yéndose juntos a tomar una copa después de una larga jornada de trabajo, sin molestarse siquiera en preguntarle si deseaba acompañarlos.
“Cosas de hombres”, esta expresión estaba empezando a cobrar forma de una manera dolorosa, pero Lara sabía que no podía quejarse ni salir victoriosa de esta batalla. Puede que en otro momento ella hubiera ejercido un poder especial sobre Diego, pero lo había perdido, podía notarlo. El presidente ya no valoraba sus propuestas con la misma fe ciega con la que lo hacía antes. Había momentos en los que ni siquiera estaba segura de que la estuviera escuchando. En cambio, todo lo que salía de boca de Tomás era recibido entre bromas y sonrisas, con un buen humor que en el pasado estaba reservado para ella, pero que ahora difícilmente salía a relucir cuando interactuaban.
—Aquí tienes las propuestas de Mariño e Hidalgo —le dijo, tendiéndole dos carpetas antes de que entrara en el salón de juntas.
—¿Y la de Moreno?
—Esa es cosa de Tomás.
—¡Mierda! Me la he dejado en el despacho. Ahora vuelvo —dijo el periodista, saliendo disparado hacia el lado contrario.
Lara rodó los ojos con desesperación. Tomás tenía despistes como estos a diario, pero el presidente los pasaba todos por alto, como si no fueran relevantes.
—No pongas esa cara, ¿quieres? Es un buen muchacho —le reprochó Marín—. ¿Y qué mierda es esta Lara? Aquí no está toda la documentación que te pedí.
—Es todo lo que he podido encontrar.
—Pues no es suficiente. Esto es una puta basura —le espetó, estrellando la carpeta contra su pecho.
—Diego, estás siendo muy injusto.
—¿Tú crees? —ironizó él, alzando la voz—. Lo único que te pedí es que me encontraras un poco de información para no hacerme quedar como un estúpido delante de los consejeros y ni siquiera has sido capaz de hacer eso.
—¡Porque no hay nada más! Se trata de dos propuestas nuevas, ¿qué quieres que haga? ¿Me las invento?
Diego agitó el dedo índice delante de su nariz. —Vigila ese tono conmigo, Lara. No soy uno de tus amigos con los que sales a tomar copas. En público e incluso en privado quiero que me trates con el respeto que me merezco. ¿Entendido?
Lara sintió un nudo formándose en su garganta, atenazando su tráquea e impidiéndole respirar con normalidad. Las lágrimas estaban empezando a formarse tras sus párpados, pero no iba a permitir que Diego la viera llorando, y mucho menos Tomás, que acababa de llegar con la documentación que faltaba, así que bajó la mirada al suelo e intentó pasar por alto la injusticia de todo aquello.
Diego no se parecía en nada a la persona que la había entrevistado para ocupar el puesto de directora de su campaña. Aquel Diego era un hombre tierno y cariñoso, con ideales que conseguía contagiar a todos los que le rodeaban. Tenía educación y criterio, sabía cómo respetar a una mujer y también valorar su trabajo. Este nuevo Diego, en cambio, era vanidoso, altivo y autoritario, y se dirigía a ella con el mismo desprecio que emplearía con un putrefacto trozo de carne. Ahora la trataba como si fuera una becaria patosa que no supiera cómo encender la fotocopiadora.
—Venga, vamos a entrar ya, que se hace tarde —les ordenó el presidente, tras haberse calmado.
Lara los siguió al interior de la habitación y se acomodó en una de las sillas más alejadas, buscando la distancia necesaria para este tipo de reuniones. Puede que Tomás y ella tuvieran permitido estar presentes por la labor que desempeñaban, pero a la hora de la verdad su trabajo consistía en tomar nota y confundirse con el mobiliario. Ni podían intervenir, ni debía notarse que estaban allí.
El Consejo de Gobierno se extendió más de lo normal aquel día. Había varios asuntos importantes que debatir y los consejeros estaban furiosos, frustrados por las nimias partidas presupuestarias de sus concejalías. Lara pasó el resto de la reunión intentando concentrarse, pero los desaires de Diego habían tocado algo en su interior y no podía sacárselo de la cabeza. Se sentía perdida y desdichada, como si de alguna manera ya no encajara en aquel equipo que ella misma había creado. Tomás, por el contrario, parecía exultante. El muchacho tomó apuntes con dinamismo durante toda la reunión y pudo percibir en él el hambre que ella misma había perdido, el entusiasmo que irradiaba antes de haber ganado las elecciones pero que ahora no conseguía encontrar en ningún resquicio de su ser.
A lo mejor había llegado la hora de dedicarse a otra cosa. Desde su punto de vista, tenía dos maneras de afrontar los sinsabores que estaba experimentando: podía luchar y volver a ganarse la confianza de Diego o abrazar su estado actual, frágil y gris. Ella era una luchadora, pero tras observar las miradas que intercambiaban Tomás y el presidente, no estaba muy segura de tener las fuerzas suficientes para reclamar de nuevo su puesto como la primera espada.
Eran casi las tres de la tarde cuando terminó la reunión y la rueda de prensa que el presidente dio acto seguido. El día languidecía en el exterior de la Real Casa de Correos y Lara se sentía exhausta, lista para un baño caliente, una cena ligera y abrazar la armonía de su casa. Pero todavía quedaba tarea que hacer. Los medios que no habían podido acudir estaban esperando una nota de prensa, y se puso a ello, estirando los dedos frente al teclado del ordenador. Estaba escribiendo ya la primera línea sobre la plantilla del procesador de texto cuando advirtió que Diego entraba en su despacho.
—Cuando tengas un momento, me gustaría que habláramos del tema de la presentación de los candidatos —le dijo, sin mayores preámbulos.
—¿Quieres ponerte ya con eso?
—Sería lo suyo. Martín no para de darme por culo con el tema.
Martín era el gerente de la sede del Partido Liberal de Madrid. Él se encargaba de orquestar los tiempos de las campañas y, por las palabras del presidente, estaba claro que empezaba a estar un poco inquieto por lo que se les avecinaba. Apenas habían pasado unas elecciones y ya estaban a punto de meterse de lleno en otras. El mero pensamiento consiguió que Lara se sintiera agotada, pero no había elección posible. Tenían que presentar a todos los candidatos a los votantes y a la prensa, y cuanto antes empezaran a hacerlo, antes acabarían. No obstante, no era esto lo que más le preocupaba. Era algo muy diferente.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Eso depende —arguyó el presidente—. ¿Es relevante?
—Para mí sí lo es.
Diego puso su mejor cara de póker, pero comprendió que estaban a punto de mantener una conversación de tú a tú y cerró convenientemente la puerta a sus espaldas.
—Adelante, soy todo oídos.
—¿Por qué Cortés? Si sabes tan bien como yo que no tiene nada que rascar en Móstoles.
—Creía que ya habíamos hablado de esto, y también creo recordar que te dije que no era asunto tuyo.
Lara desvió la mirada con fastidio. Quizá políticamente hablando no fuera asunto suyo, pero en el momento en el que su papel en Móstoles había volado los puentes entre ellos, sí que se había convertido en asunto suyo.
—Es una decisión política y no te concierne.
—Pero sí me concierne —estalló Lara, rebelándose—. Me pediste que fuera a Móstoles porque era importante y fui. Me pediste que cuidara de Esther Morales porque era la persona adecuada y lo hice. También me dijiste que tendría mi trabajo al volver y lo único que veo es que me estás convirtiendo en la secretaria de Tomás. Así que sí que me concierne, porque si pones a Cortés de candidato mi trabajo allí no habrá servido de nada. Lo único que quiero saber es por qué. ¿Por qué has cambiado de opinión de la noche a la mañana?
La cara del presidente demudó en ese momento, señal inequívoca de que escondía algo, de que no estaba siendo del todo sincero con sus razones políticas para apartar a Esther Morales de las elecciones de Móstoles. Y entonces Lara lo supo, sin necesidad de una confirmación por su parte. Lo tuvo tan claro que aunque Diego se lo hubiera negado, no le habría creído. ¿Cómo no se le había ocurrido antes?
—Por favor, dime que no te has acostado con ella. Dime que no me has convertido en el premio de un rollo de una noche.
El presidente no respondió de inmediato. Parecía estar teniendo problemas para replicar con su habitual calma. A Lara le dio incluso la sensación de que sus mejillas se arrebolaron imperceptiblemente.
—¿Diego?
—¡Maldita sea, Lara! No es asunto tuyo. ¿Cuántas veces voy a tener que repetírtelo, eh? —estalló por fin él, golpeando con fuerza su mesa de trabajo con el puño.
Lara se sobresaltó inicialmente, apretando la espalda contra su silla, pero se recompuso con rapidez.
—¿Te la tiraste?
—¡No, joder!
—Pero querías hacerlo…
—Déjalo ya, ¿quieres?
—Querías hacerlo y ella te dio calabazas. ¿Es eso? ¿Me cambiaste por un polvo?
—Te estás pasando, Lara —le advirtió el presidente, señalándola con el dedo—. Una palabra más y…
—¿Y qué?
—Y te pongo de patitas en la calle. ¿Lo has oído bien?
Lara sonrió para el cuello de su camisa, fascinada por la amenaza, pero en pleno control de la situación. Lo que estaba a punto de hacer era lo más temerario que había hecho en su vida, pero en ese momento comprendió que no tenía otra opción. El tema había llegado demasiado lejos. Diego había llegado demasiado lejos. La había intercambiado por un capricho de su entrepierna, estaba poniendo en peligro las elecciones en Móstoles a saber por qué motivo, y ahora estaba arruinando su carrera. Así que no se lo pensó dos veces cuando giró la llave del primer cajón de la mesa, lo abrió y extrajo una carpeta de color amarillo. La dejó caer justo delante de él, complacida de que la gravedad hiciera su trabajo y la carpeta hubiera caído sobre la mesa haciendo un ruido seco.
—¿Qué es esto? —preguntó él con desdén, mirándola.
—Es el motivo por el cual vas a volver a poner a Esther Morales como cabeza de lista. Única cabeza de lista.
Diego bufó con diversión. —¿Me estás amenazando?
—No, solo estoy poniendo las cosas en su sitio, como tú me enseñaste.
Diego cogió la carpeta y la abrió, palideciendo al ver su contenido, toda una serie de papeles que incriminaban a Rodrigo Cortés es una complicada trama de evasión de capital público para sus empresas personales; el tipo de historia que los periodistas matarían por publicar en sus cabeceras. Carmen, la bendita Carmen, había hecho bien su trabajo.
—Estás despedida —dijo el presidente, sin apartar los ojos de los papeles, la rabia tiñendo peligrosamente sus palabras.
—Te equivocas, Diego. Soy yo la que renuncia. Pero ten clara una cosa: si no te veo presentando a Esther Morales como candidata a la Alcaldía de Móstoles, ten por seguro que esos papeles se filtrarán a la prensa y tendrás un problema muy gordo en ese municipio.
—Tengo toda mi legislatura para enmendarlo.
—Y yo tengo cuatro años para sacar más mierda. Recuerda que nunca firmé una cláusula de confidencialidad para trabajar contigo, así que tú mismo.
—Te destruiré, Lara —la amenazó él sin ambages.
—Ya lo has hecho, Diego. Ese ha sido tu fallo —dijo Lara, recogiendo su agenda, su abrigo y su bolígrafo—. Hazme saber lo que decides. Puede llamarme Tomás, si lo prefieres. De todos modos, ya me he acostumbrado a recibir todas tus órdenes a través de él. Que pases un buen día.
Lara salió hecha una furia del edificio. Ni siquiera se molestó en despedirse de Juan, Regina o Tomás. Había trabajado varios años con ellos, pero en ese momento no estaba de humor. Lo único que necesitaba era confundirse con los transeúntes en las calles de Madrid, tomar un poco de aire fresco, dejar que el ruido y las luces de la ciudad se apoderaran de sus sentidos en lugar de todas las emociones que amenazaban con explotar en ese momento.
Lo había hecho por su propio bien, eso lo tenía claro. Esther no tenía nada que ver con esto. Puede que saliera favorecida de manera colateral, pero en realidad había sido un acto puramente egoísta. Lara tenía demasiado orgullo y demasiado amor propio para permitir que Diego la siguiera tratando como un parásito, como algo que sobra, un elemento discordante del grupo. Estaba cansada, también, de verle jugar con las personas, tachándolas o añadiéndolas de listas a su antojo, por temas tan nimios como los relacionados con sus picores. ¿Esther se habría acostado con él? ¿Le habría dicho que sí? Qué importaba eso ahora, se dijo, cruzando un semáforo en rojo, camino de la boca del metro. La alcaldesa era una persona adulta, podía acostarse con quien le diera la gana, y el presidente era un hombre guapo, carismático y con poder.
Llegó a la boca de metro en un suspiro. Su teléfono llevaba sonando desde que había bajado las escaleras del edificio. Seguramente serían Juan o Regina, buscando una respuesta a su dimisión, de la que ahora mismo ya estarían al tanto porque Diego no era hombre de perder el tiempo ni andarse con rodeos. Lara se negaba a cogérselo y sabía que cuando entrara en el metro las zonas en donde no había cobertura jugarían en su favor, pero el tono era insistente, como un martillazo en su cabeza. Odiaba esa melodía de móvil. Venía de fábrica con el teléfono, pero le recordaba a las campañas, a los problemas, a las llamadas de última hora de los periodistas de periódicos conservadores, amenazándola con ridículas exclusivas y portadas escandalosas sin verosimilitud alguna. Pero el maldito cacharro seguía sonando, una y otra vez el interlocutor colgaba y volvía a intentarlo. Llena de rabia se agarró a la barandilla de las escaleras del metro, hundió la mano en el bolsillo de su abrigo y respondió de malas maneras.
—¿Qué?
La persona al otro lado permaneció en silencio unos segundos.
—¿Qué pasa? ¿Qué quieres?
—Llamo en mal momento, ya lo veo, perdona, reina, no era mi intención molestar.
Lara abrió los ojos con sorpresa, comprendiendo que tendría que haber controlado su mal genio y, sobre todo, mirar de quién se trataba. —Joder, Marisa, perdona. Pensaba que eras otra persona.
—Pues de veras lo siento por esa persona. Corazón, cómo te las gastas, qué miedo.
—He tenido un mal día. ¿Qué te cuentas? Estoy a punto de entrar en el metro.
—Bueno, como la última vez que hablamos me llevé una bronca por no haberte puesto en antecedentes, esta vez he pensado hacer las cosas bien antes de invitarte a la cena que doy con unas amigas.
—No estoy de humor, lo siento.
—Vale, vale, no pasa nada. Lo entiendo si no te apetece ver a Esther.
—Espera un momento. —Lara apretó la barandilla del metro con fuerza—. ¿Va Esther Morales?
—Eso quería comentarte. No tengo claro si prefieres evitarla, pero si no quieres venir, lo entiendo.
La cabeza de Lara empezó a pensar con rapidez. Esther iba a asistir a una de las cenas de Marisa. ¿Era esta su manera de auto destruirse? ¿Debía llamarla y advertirle de que no lo hiciera? ¿Se exponía, de veras, a algún riesgo por asistir a una inocente cena? Y lo más importante de todo: ¿Quería ir? Todas estas preguntas bailaban en su mente en círculos concéntricos, impidiéndole oír la voz de Marisa, que interpretó que la cobertura estaba fallando. “Oye, Lara, ¿sigues ahí? Te pierdo”. Sí, seguía ahí, detenida en el mismo punto vital. Desgraciadamente, pareciera que no se había movido ni un solo centímetro desde la última vez que había visto a Marisa. Y Lara necesitaba avanzar con todas sus fuerzas, la cuestión era cómo y hacia qué dirección, pensó cuando retomó la conversación con Marisa, antes de quedar engullida por la boca de metro.

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C A P Í T U L O T R E I N T A

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:19 pm

ESTHER NO ERA capaz de sacudirse su desconcierto. Marisa le había asegurado que se trataba de un evento íntimo, pero aquel restaurante distaba mucho de ser un lugar discreto. La alcaldesa tenía la sensación de que la gente la estaba mirando, de que algunos incluso la habían reconocido, y esto le estaba impidiendo disfrutar de la velada.
—Siento muchísimo haber tenido que cambiar el lugar de la cena a última hora —se disculpó Marisa, acercándose a ella—. Ya he llamado al técnico para que revise cuanto antes mi vitro, no sé por qué ha dejado de funcionar. Espero que este cambio no te haga sentir muy incómoda.
—No pasa nada —mintió Esther, sintiéndose un poco más aliviada cuando el camarero las condujo a una especie de reservado en el que el resto de los comensales no podían verlas.
De todos modos, tendría que haberle dado exactamente igual lo que pensaran aquellos extraños. Seguía siendo la alcaldesa de Móstoles, pero no estaba penado por ley que una alcaldesa, del Partido Liberal, además, cenara con unas amigas en un restaurante del barrio gay de la ciudad. Realmente, eso no tenía por qué significar nada. Podía estar allí para celebrar una despedida de soltera o un cumpleaños o incluso para, simplemente, disfrutar de una cena sin maridos con unas amigas.
Este pensamiento consiguió relajarla un poco, aunque se diera perfecta cuenta de que incluso ahora, sin una carrera política clara por delante, defenestrada por su propio partido, ya no existía ningún motivo para caminar por la vida con miedo, como siempre hacía. Así que intentó relajarse y concentrarse en la conversación que estaban manteniendo las otras invitadas.
Esther acababa de conocer a Claudia y Olivia, pero diez minutos le habían bastado para saber con certeza que las dos eran el tipo de persona de quien gustaba rodearse. Olivia era tímida, pelirroja y pecosa; hablaba poco, pero cada vez que lo hacía tenía ese aire de sabihonda que le resultaba muy divertido, incluso cuando sabía que estaba completamente equivocada. Claudia, en cambio, era su polo opuesto. Hablaba mucho y con vehemencia, y a menudo disfrutaba haciendo bromas sobre su novia, metiéndose con ella, arrancándole los colores. Las dos formaban una pareja adorable y tenían una conversación interesante, de modo que no le costó demasiado esfuerzo dejar sus fantasmas de lado, y empezar a disfrutar de la compañía.
—A ver, ¿todo el mundo quiere vino? Manos arriba las que quieran vino —dijo Marisa, intentando poner orden en aquel cacareo de mujeres, advirtiendo que el camarero estaba esperando para tomar nota—. Una, dos, tres, cinco. Sí, todas queremos vino. ¿Qué nos puedes ofrecer?
El camarero se inclinó sobre Marisa para señalarle las diferentes posibilidades que había en la carta. A ninguna de las presentes parecía importarle que Marisa hubiera cogido la batuta y estuviera dispuesta a tomar una decisión acerca del vino, así que Esther aprovechó para charlar con Claudia y Olivia, que estaban sentadas justo enfrente de ella.
—Entonces, ¿a qué os dedicáis? ¿Marisa me dijo que erais editoras?
—Lo éramos —replicó Claudia—, en García y Morán, no sé si te suena.
—Sí, claro, he comprado varios libros de esa editorial —repuso Esther.
—Pero este año decidimos dar el paso y hemos abierto una pequeña agencia para representar a varios autores.
—Oh, interesante. ¿Y cómo va eso? Imagino que con la crisis será terrible.
—Bien, nos va bastante bien —le explicó Claudia.
—Sobrevivimos, en realidad —la corrigió su novia Olivia.
—Hombre, Oli, tampoco es así. Nos va bien.
—Pero podría irnos mejor.
—O peor. Podríamos estar directamente en la bancarrota, claro.
Esther las miró como si estuviera asistiendo a un animado partido de tenis. Claudia hacía un comentario e inmediatamente después Olivia se lo rebatía. Pero algo le decía que estas interactuaciones eran muy frecuentes en ellas y por eso no se sintió incómoda en ningún momento, sino al contrario. Resultaba muy divertido asistir a sus competiciones dialécticas.
—Clau, déjalo ya, que tenemos compañía —la reprendió entonces Olivia, al notar que ella se había retirado discretamente de su conversación—. Perdona, Esther, debes de pensar que somos unas maleducadas.
—Oh, no, tranquilas, por mí no os preocupéis. Por favor, seguid —las animó, con una sonrisa—. Estaba muy interesante.
Olivia se ruborizó profundamente, avergonzada, sin duda, de que hubiera asistido a una de las frecuentes discusiones de la pareja. Esther estaba a punto de insistir en que realmente no se sentía ofendida y que incluso consideraba adorable este tira y afloja que había entre ambas, pero en ese momento Marisa anunció con pomposidad que acababa de elegir el vino, casi como si esperara que todas rompieran a aplaudir con entusiasmo porque hubiera escogido un Vega Sicilia.
Esther hizo un mohín, mínimo, invisible, pero mohín a fin de cuentas, preguntándose qué hacía ella allí si ni siquiera creía en aquellos círculos cerrados que Marisa se empeñaba en construir. A juzgar por la mirada confusa tanto de Olivia como de Claudia, no era la única.
—Para chuparse los dedos, ya lo veréis —apreció Marisa, sin percibir ni por un momento el desconcierto de sus invitadas.
—¿Debo retirar entonces este plato? —El camarero señaló los cubiertos que Marisa tenía al lado.
—No, déjelo estar, por favor. Estamos esperando a alguien.
Esther sintió que se tensaba al escuchar estas palabras. Su espalda se puso recta, las manos, antes extendidas sobre la mesa, se convirtieron en dos peligrosos puños. Aquello no era lo acordado. Aquello distaba mucho de ser la cena discreta que Marisa le había prometido. Si iba a asistir alguien más, quería saber de quién se trataba, con nombre y apellidos.
—¿Hay más invitadas?
Las palabras se escurrieron entre sus labios y murieron allí mismo, justo en el preciso momento en el que Lara cruzó el panel que separaba el reservado del resto del local y saludó a todas con un tímido gesto de la mano.
—Hola.
—¡Querida, has venido! —Marisa se levantó y le dio un abrazo que la periodista recibió envarada—. No sabes cuánto me alegro. Ven, te he guardado un sitio a mi lado.
—Qué honor —replicó Lara con sarcasmo.
Hubo un tiempo en el que las cosas habrían sido muy distintas. Unos días antes, muy posiblemente se hubiera alegrado de esta inesperada presencia. Pero allí sentada, observando la entrada de Lara, Esther nunca anheló tanto poder desintegrarse, tener una fórmula para que los átomos que componían su ser se pulverizaran como escarcha sobre aquella mesa. Cualquier cosa con tal de no tener que sostener la mirada de Lara, que muy pronto se encontraría con la suya en ese lugar que tan solo les pertenecía a ellas. Si tan solo pudiera… si encontrara la manera de… pensó, antes de darse cuenta de que la solución estaba allí y que los nudos de su cabeza le estaban impidiendo verla.
—Disculpadme un momento, vuelvo en seguida, voy al baño —les comunicó a Olivia y a Claudia, recogiendo su bolso del respaldo de la silla y levantándose sigilosamente, aprovechando que Lara seguía distraída saludando a la mujer de Marisa.
Caminó apresuradamente los pocos metros que la separaban de la puerta de la calle. Ya se las apañaría después con una excusa cualquiera. Llamaría a Marisa, le diría que se había encontrado indispuesta y que no quería amargarle la noche a nadie, que por eso se había ido a casa. Ella se lo creería y si no lo hacía le daba igual. Esther se sentía presa de un miedo irracional, de una vergüenza devastadora al haberse visto descubierta por Lara. Era impropio de ella huir o correr como lo estaba haciendo, pero en ese momento no quería pensar, sino solo sentir el contacto del pomo de la puerta en las yemas de sus dedos, abrirlo y que el crudo invierno entrara en el local ocupando su espacio en él. Estaba a punto de alcanzar su objetivo cuando sintió aquellos dedos agarrando con firmeza su brazo, obligándole a girarse.
—¿A dónde vas?
Lara. Era Lara. Siempre Lara.
—Esther, ¿a dónde vas? —repitió la periodista, buscando su mirada sin encontrarla—. ¿Te parece normal irte así de una cena?
—Por favor, suéltame —le pidió, revolviéndose como una culebra. El agarre de Lara cedió y Esther salió a la calle, pensando de veras que se había librado. Cuando la vio siguiendo sus pasos por la acera, se detuvo en seco y la encaró—. ¿Qué? ¿Vas a decirme que no debería estar aquí? ¿Vas a decirme que es malo para mi carrera? Se acabó, Lara, ¿me oyes? Ya no hay carrera, así que ¿qué coño te importa lo que haga o no con ella?
Lara aguardó en silencio a que acabara de hablar, con esa parsimonia suya que tanto le repateaba.
—Por dios, ¡habla! ¡Al menos di algo!
—No sé qué decir —respondió la periodista—, salvo que no he venido para decirte eso.
—Entonces, ¿a qué has venido? —replicó Esther con furia, la rabia creciendo como una tupida enredadera en su interior, enmarañándose en su garganta, impidiéndole mantener el tono de voz calmado—. ¿Has venido a recordarme que estoy casada? Pues adivina qué, ¡ya lo sé! Pero eso no impide que sea…
—¿Que seas qué? —Los ojos de Lara brillaron con interés.
—Lesbiana. Soy lesbiana, ¿vale? ¿Era eso lo que querías escuchar?
Esther ni siquiera se molestó en comprobar si estaban solas en aquel tramo de acera o si alguien podía escuchar su conversación. En ese momento las emociones se impusieron al miedo y una gruesa lágrima empezó a rodar, caliente, por su mejilla. Fue la única concesión que se hizo. Acto seguido se recompuso, se limpió la lágrima con el dorso de la mano y clavó la mirada en Lara.
—Espero que estés contenta. Ya lo has conseguido.
La alcaldesa se dio media vuelta y comenzó a andar de nuevo, esperando que Lara desapareciera de una vez por todas de su vida, pero en ese momento no tuvo en cuenta el carácter insistente de la periodista, que se puso a caminar a su lado, con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo y la barbilla perdida en la bufanda que envolvía su cuello.
—¿Piensas seguirme toda la noche?
—Si no entras en razón, es muy probable.
—Bien. De todos modos, tengo el coche aparcado aquí al lado, así que te quedan unos cinco minutos.
—Esther, párate un momento. —Lara la agarró del antebrazo con dulzura, obligándole a detener la marcha—. Hablemos. ¿Quieres?
—No, no quiero —masculló con tozudez, entrando en el aparcamiento, el ruido de sus tacones reverberando en el interior.
Lara la siguió sin mediar palabra, a un escaso metro de distancia sentir su presencia a sus espaldas, pero estaba demasiado centrada en huir para intentar ahuyentarla. Si quería seguirla, que así fuera, ya se cansaría cuando entrara en el coche. Activó el mando a distancia y abrió la puerta convencida de que Lara se rendiría por fin y la dejaría ir, pero cuando vio que la periodista entraba en el coche, tomando asiento a su lado, sintió pánico. ¿Es que no pensaba rendirse nunca?
—Baja del coche, Lara.
—No pienso bajarme hasta que no hables conmigo.
—Bien, como quieras —dijo, activando la llave del contacto.
Arrancó el coche con fastidio, no se le ocurría ninguna manera de librarse de Lara sin tener que hacer una escena. Y estaba demasiado cansada para discutir o para batallar con nadie. En ese momento solo deseaba irse a casa y esconderse debajo de las mantas como lo haría una niña asustada por los monstruos que nocturnamente visitan su cuarto. Quería gritar, pero lo único que hizo fue meter primera, y después segunda, tercera, cuarta, quinta, hasta que se vio en medio de la autopista, rodeada de coches y sin un rumbo fijo, dirigiéndose a las afueras de Madrid en un acto completamente mecánico. Llevaban más de veinte minutos en el coche, pero el único ruido que quebró el silencio reinante fue la melodía de sus móviles. Ninguna de ellas se había molestado en contestar, sabiendo que se trataría de Marisa, intentando averiguar por qué no habían regresado al restaurante. Lara todavía no había mediado palabra. Esther la miró de refilón, constatando que tenía la mirada perdida en la oscuridad reinante tras la ventanilla. El tráfico era fluido y en el coche solo se escuchaba el ruido de las ruedas rodando contra el asfalto, las luces de la autopista proyectando sombras sobre el salpicadero del coche.
—¿Piensas venir todo el trayecto conmigo? —le preguntó por fin, sin separar la vista de la carretera.
—Qué remedio —farfulló Lara, la mejilla hundida en su mano derecha, el codo apoyado en la ventanilla.
—Puedo dejarte en una estación de metro, la que me digas.
—No quiero ir a una estación de metro, Esther. Lo que quiero es que hablemos.
—¿De qué? —se sulfuró, dando un pequeño volantazo que hizo que las ruedas del coche invadieran el carril contiguo.
—¿Por qué te has ido hoy del restaurante?
—¿Por qué fuiste tú a esa cena?
—Porque no quiero que eches a perder tu carrera. — Lara alzó las manos con desesperación, como si la respuesta hubiera estado siempre ahí, delante de sus narices.
—¿Qué carrera, Lara? ¿Es que no me has escuchado? Se acabó. Diego no me va a poner de candidata y Cortés está claro que no va a contar conmigo para la siguiente legislatura. Además, no sé a qué viene esta preocupación. Sigo siendo la misma corrupta de mierda que el último día que hablamos.
Esther volvió a fijar los ojos en la carretera. Tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar con la fluidez con la que solía hacerlo, pero tragó con fuerza y consiguió recomponerse, azuzada por la idea de que ya estaban más cerca. Cada kilómetro que pasaba la acercaba un poco más a su casa, a su manta, a su habitación de los monstruos en la que probablemente no sería capaz de conciliar el sueño pero al menos se sentiría a salvo y no expuesta al escrutinio de Lara, que en ese momento la miró con preocupación y le dijo:
—¿Te hizo algo?
—¿Quién? —inquirió, sin comprender del todo la pregunta.
—Marín. ¿Te hizo algo?
—¿Aparte de arruinarme la vida y tirar por la borda casi diez años dedicados a la política? No, no lo creo.
—Esther…
—Lara, no quiero hablar de ello, ¿vale? —estalló, tomando la última curva que conducía a su casa, ese giro final que últimamente parecía atragantársele, como si tras virar el volante siempre la estuviera esperando una sorpresa desagradable—. No quiero hablar de ese cabrón acosador de mierda —masculló entre dientes mientras esperaba a que la cancela de su casa se abriera, cuando los recuerdos se llevaron por delante su intención de no revelarle este detalle a Lara.
La miró, esperando ver en ella la misma decepción que había transfigurado su cara cuando se enteró del concurso amañado, pero nada denotaba desesperanza en el rostro de Lara. Sus ojos estaban abiertos, quizá por la sorpresa de haber descubierto otra mancha en el hasta entonces impecable currículo político de Esther Morales.
—Pues ya está, ya lo sabes —le dijo, con las manos apoyadas en el volante—. Además de una corrupta, soy una puta que va por ahí follándose a hombres casados, ¿no es eso?
Bajó del coche abochornada, sin importarle ya lo que hiciera Lara. Si dependía de ella, podía irse a tomar viento, simplemente no estaba de humor para aguantar moralinas o reproches sobre acontecimientos pasados. Estaba hecho. No podía cambiarlo aunque quisiera, así que la opinión que pudiera tener ahora mismo sobre ella no suponía nada. La casa estaba oscura, todas las luces apagadas, a saber en qué cuartucho oscuro y apestando a sexo se había metido Quique. O tal vez sus encuentros con la secretaria eran en caros y lujosos hoteles. Algún día tenía que molestarse en inspeccionar las cuentas para ver los cargos, pero eso no iba a ocurrir esa noche, no cuando se encontraba ya con las llaves en la mano, a pocos segundos de conseguir su objetivo. Fue entonces cuando Lara dijo:
—Sé que no te has acostado con él.
Esther sonrió para el cuello de su camisa, dejando caer el brazo, las llaves metidas ya en la cerradura. Se giró.
—¿Y cómo estás tan segura?
—Porque si lo hubieses hecho, probablemente ahora serías la candidata. Y porque sé que te he juzgado injustamente. —Lara se acercó a ella. La oscuridad de la noche las envolvía. Hacía frío, pero Esther ya no podía sentir nada, tan solo la fuerte presencia de la periodista, que se detuvo a un metro, intentando atrapar su mirada—. Te he mentido.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a que no fui a la cena porque esté preocupada por tu carrera.
—Entonces, ¿por qué fuiste?
—Porque me he dado cuenta de que he sido injusta contigo. Te he exigido cosas que ni siquiera me exijo a mí misma y quería pedirte perdón. Además, sé que Carreño no te dijo que era un concurso fantasma.
Esther quería decirle que ya no le importaba, que era demasiado tarde, que en su momento, no ahora, había necesitado su apoyo como un pulmón necesita de oxígeno. Pero aunque lo intentó, no consiguió formular ningún reproche, incapaz de resistir la visión que la acosó desde el fondo de su memoria. Lara tendida en la cama en sus esponjosas sábanas blancas. Lara besándola. Lara recorriendo su cuerpo con sus manos aquella noche en las que ambas fueron ajenas a lo que se les avecinaba. Esos recuerdos que Esther creyó haber enterrado, empezaron a brotar en algún rincón escondido de su mente, reclamando la atención que no les había prestado las semanas pasadas, doblegándola como quien está domando a un caballo salvaje. Entonces las líneas empezaron a difuminarse en la noche invernal, el contorno de la casa, la verja que dividía la parcela de la calzada, la negrura donde empezaba el pequeño jardín que daba acceso a la vivienda, todo empezó a borrarse ante los ojos de Esther, que ya solo fue capaz de mirar a Lara. Sus ojos. Su nariz. Su sonrisa. Sus labios, que de repente se le antojaron tan cerca que dolía.
—Tienes razón, no me acosté con él —farfulló, utilizando las palabras como excusa para no quedar atrapada en sus pensamientos. Lara estaba tan cerca que un solo paso en falso podía hacerle flaquear. ¿Por qué tenía que ser así de débil? ¿Por qué no podía ser como ella?
—Lo sé. Lo que has dicho antes… ¿es cierto?
—¿El qué?
—Que eres lesbiana.
Esther sonrió, ruborizándose. —¿Y qué si lo soy?
—Nada —afirmó Lara, sonriendo—. Creo que España podrá reponerse del shock de tener una alcaldesa lesbiana.
—¿Y de tener una alcaldesa lesbiana interesada en la jefa de prensa de Diego Marín? —replicó Esther, en una de sus medias sonrisas.
Lara inicialmente abrió los ojos con sorpresa, pero esto fue todo lo que consiguió articular antes de que Esther cruzara la distancia que las separaba. Como si una ráfaga de viento le hubiera dado el último empujón. Entonces reclamó los labios de la periodista, lento al principio, las consecuencias de lo que estaba haciendo pesando en su corazón como un martillo de hierro. Tenía miedo de que Lara se apartara, de que no le correspondiera el beso, pero cuando la periodista se lo devolvió, sus miedos y dudas empezaron a dejar paso a una necesidad que llevaba negándose demasiado tiempo. ¿Cómo había podido estar tan ciega? ¿Cómo había sido tan arrogante para intentar luchar contra ello? Sus sentimientos por Lara siempre habían estado ahí, desde la primera noche que pasaron juntas, aguardando el momento de atacar de
nuevo, como soldados atrincherados. “Lo siento”, quería decirle, “lo siento porque no he sido lo suficientemente fuerte”. Pero en lugar de eso dejó que sus labios se perdieran en la suave piel del cuello de Lara, mientras le susurró al oído el primer pensamiento que cruzó su mente.
—Quiero que entres —afirmó, reclamándola por la cintura y girando la llave, mientras entraban a trompicones en la casa, reanudando los besos.
Ella no era la única que se sentía como si hubieran estado luchando contra lo inevitable. Eso le quedó claro al notar la ansiedad con la que Lara la estaba besando mientras sus manos temblorosas se perdían por el interior de su blusa. Esther sintió un cosquilleo recorriendo su espalda cuando las frías yemas de los dedos de Lara entraron en contacto con la calidez de su piel. Ahora quería esas manos en cada centímetro de su cuerpo, recorriendo libres la porción que a Lara se le antojara, transmitiéndoles el calor que inflamaba todo su ser como si hubiera quedado atrapada en una lengua de fuego. El tiempo se transformó en un concepto extraño. Habían pasado tan solo unas semanas desde aquel encuentro entre ambas y, sin embargo, en ese instante Esther lo sintió como una vida entera, la sensación de que el minutero de su existencia había estado recorriendo su esfera para que llegara este momento.
Daba igual si Quique decidía aparecer de pronto, daba igual que unos días antes la presencia de Patricia le hubiera hecho sentir sucia, la amenaza de un posible divorcio manchando por primera vez su adolescencia. Esther necesitaba sentir a Lara porque ella era, posiblemente, lo único que le hacía sentir viva, despierta, el oxígeno que avivaba la pasión adormecida en su interior.
Lara se deshizo de su abrigo y lo dejó caer al suelo, en un preámbulo de lo que sin duda vendría después. Esther podía imaginar sus ropas desperdigadas por el parquet, tal y como lo harían unas miguitas de pan que indicaran el camino hasta su cama. Sus dedos dieron con piel como un barco que hubiera llegado a puerto, entregándose a la vehemencia del momento. Podía sentir su pulso palpitando en zonas que reclamaban la atención de Lara, toda ella un ser palpitante, necesitado. Esther luchaba por el control de sus emociones, aunque supo que tenía la batalla perdida cuando Lara retiró su pelo hacia la nuca y hundió sus labios calientes contra su cuello. En contra de su voluntad, gimió al sentir el contacto de su lengua, y su cuerpo estalló en escalofríos que recorrieron su espina dorsal en una sacudida.
Esther la atrajo hacia ella y la besó, buscando la cremallera de sus pantalones, rompiéndola hacia abajo, y deslizando las manos por dentro de la camisa de Lara, haciéndole cosquillas, los dedos arañando su piel como si deseara dejar una huella perecedera. Lara hizo un ruido impaciente, y buscó la pared, como si necesitara una celda en la cual encerrarla con los barrotes de sus brazos mientras jugaba con el labio inferior de Esther, arrancándole un sonido gutural que no era una protesta sino una súplica. Podía sentir su corazón subiendo por la garganta, el fuerte bombeo acompasando la pesada respiración de las dos, las manos temblorosas enredándose en todo lo que encontraban, piel, ropa, músculos, lengua, cabello… en aquella lucha de sus cuerpos buscándose uno al otro no había normas; valía absolutamente todo.
—Te deseo —consiguió decir Esther en voz alta, buscando la entrada que antes había abierto al bajarle la cremallera.
—Y yo a ti —replicó Lara, acorralándola con tanta fuerza que su espalda chocó contra el interruptor de la pared y las luces se encendieron.
Se encontraba tan rendida a sus caricias que cuando Lara empezó a hablar al principio no fue consciente de lo que le estaba diciendo. Siguió besándola con insistencia hasta que las letras formaron palabras en su mente, las palabras sílabas y, por fin, toda una frase.
—No, espera, para un momento.
Esther se detuvo, con la respiración entrecortada. La miró sin comprender.
—No puedo hacerlo —le explicó entonces Lara.
—¿Por qué no? ¿No quieres?
—No, no es eso. Es que estoy… estoy con alguien.
María. El nombre cruzó su mente a toda velocidad. Esther carraspeó y se mesó la melena despeinada, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.
—Oh, joder —blasfemó, cubriéndose la cara con las manos, caminando hasta el sofá más cercano para dejarse caer sobre su brazo—. Dios, Lara, lo siento. Yo no…
—¡No! —se apresuró a decir la periodista—. Tú no tenías ni idea. Tendría que habértelo dicho antes.
—Ya, pero yo…
—Esther, no has sido tú la única que ha provocado esto, ¿de acuerdo? Yo también estaba aquí.
Pestañeó con fuerza, intentando encajar el golpe pero sin conseguirlo realmente. De pronto se sentía la mujer más estúpida del mundo y hubiese dado cualquier cosa por tener una máquina del tiempo para cambiarlo todo. No solo el momento en el que le había parecido buena idea besar a Lara, sino muchos otros que habían sido un error, una equivocación enorme por la que todavía estaba pagando. ¿Era esto también un error? ¿Había malinterpretado las señales? ¿Había sentido solo ella la devastadora necesidad de dar un final a lo que Lara y ella habían empezado? Lo desconocía, pero al observar en la distancia a la periodista y advertir su patente nerviosismo le dio la sensación de que el sentimiento era compartido.
¿Y ahora qué?
—Tal vez debería irme —dijo Lara.
—Sí. —Suspiró—. Será lo mejor.
La periodista se agachó para recoger su abrigo del suelo. Lo hizo con un movimiento lánguido, eterno, mientras Esther la seguía con la mirada. En ese momento habría dado cualquier cosa por que Lara flaqueara, se diera media vuelta, y la reclamara allí mismo, en el salón de su casa, con la amenaza de la llegada de Quique flotando pendiendo sobre sus cabezas. Pero no sucedió. Lara se detuvo en la puerta.
—Esther —la llamó.
—Dime.
—Esto… esto para mí no cambia nada. A pesar de todo, sigo estando aquí. Si me necesitas para lo que sea, no dudes en llamarme.
—Lo haré —dijo, sin demasiado convencimiento—. Te lo prometo.
—Bien. Cuídate, por favor.
Cuando Lara abrió la puerta, Esther no fue capaz de sentir absolutamente nada. Tan solo notó el frío de la noche arremolinándose alrededor de ella, como si fuera un vacío arrollador, ese agujero negro al que no acababa de acostumbrarse. Porque volvía a estar sola, más sola de lo que jamás se hubiera sentido. Y tal vez, solo tal vez, en esta ocasión se lo merecía.

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Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:19 pm

LOS FINES DE semana en casa de Mabel normalmente conseguían hacerle sentir bien. Puede que su hermana y su marido carecieran de los bienes materiales que el resto de los mortales anhelaba con codicia, pero eran felices y lograban transmitir su humilde felicidad a quienes los acompañaban. Mabel vestía la mesa con sus mejores galas, las cuales no consistían en nada especial, tan solo un mantel limpio y una cubertería algo mejor que la que empleaban a diario. Su hermana cocinaba un estofado o lo que arramplara en la nevera, y su marido amenizaba la espera abriendo un par de cervezas y una lata de aceitunas, que siempre acompañaban bien a cualquier rubia.
Lara tendría que haberse sentido en la gloria, con su sobrina reclamando su atención y sonriéndole cada vez que la miraba, como si fuera lo más fascinante que hubiera visto en su corta existencia, y, sin embargo, no conseguía deshacerse de peso que la acompañaba desde la noche anterior. Tenía que tratarse de una bola de metal muy sólida, estaba casi segura, o tal vez fuera simplemente culpabilidad en estado puro, alojada en su interior como un inquilino indeseable.
Lara dio un trago a su cerveza directamente del cuello de la botella, intentando no recordar el encuentro en la casa de Esther, pero le resultaba imposible. La noche anterior apenas había conseguido conciliar el sueño pensando en ello y ahora lucía unas ojeras negras y delatoras, que eran el vivo reflejo de su oscuro estado de ánimo.
—Tienes mala cara —constató su hermana, apoyando la mano en su hombro—. ¿Mala noche?
—Mala temporada —replicó Lara con sarcasmo—. He dejado mi trabajo.
—¿Qué? —Mabel le hizo una señal a Jorge para que bajara el volumen de la televisión. Su sobrina se llevó el pulgar a la boca como si de veras hubiera entendido de qué estaban hablando—. ¿Por qué?
Lara se encogió de hombros. —Necesitaba un cambio. Llevo ya muchos años metida en política y es hora de replantearme la vida —les explicó.
Mabel pareció inhalar aire con alivio, como si pensara que había tomado esta decisión de una manera pausada y sopesada. Qué lejos estaba de saber la verdad.
—Bueno, si es eso lo que quieres, me parece bien — argumentó su hermana—. ¿Y qué tienes pensado hacer?
—No tengo ni idea. He decidido darme un tiempo para pensarlo.
—Con los amigos poderosos que tienes —intercedió su cuñado—, no vas a tener ningún problema. En menos de lo que piensas te estarán proponiendo un trabajo.
Lara bebió de nuevo su cerveza en un intento de ocultar la expresión que se asomaba a su cara. Si Jorge supiera la verdad, si Mabel la descubriera, los tres estarían manteniendo una charla seria sobre su futuro. Afortunadamente, se trataba de un escenario imposible, que no pensaba provocar porque su idea era seguir ocultándoles la verdad. De todos modos, no había nada que la retuviera allí.
Tenía una hipoteca que pagar, eso estaba claro, pero siempre podía alquilar la casa o intentar venderla y hacer las maletas rumbo a algún lugar menos castigado por la crisis. Y sin embargo, Lara no se sentía preparada para afrontar un cambio semejante. María, aunque se conocieran poco, ya se estaba haciendo un hueco en su vida. Su familia, a pesar del distanciamiento que iban limando con exasperante lentitud, también lo hacía. Y mentiría si dijera que Esther, o más concretamente su futuro, le resultaban irrelevantes. Lara quería seguirlo de cerca, estar pendiente de los pasos que iba dando la alcaldesa hasta que transcurrieran las elecciones.
—¿Entonces ya no vas a estar con esa alcaldesa? ¿Cómo se llamaba? —inquirió su hermana.
—Esther —le aclaró, intentando que su nombre no se le atragantara.
—Se lo habrá tomado fatal.
—En realidad hacía ya varios días que no trabajaba con ella.
— Creía que os llevabais bien —repuso Mabel en un tono que pretendía ser inocente pero que distaba mucho de serlo, estaba segura de ello.
Lara sonrió involuntariamente, observando a Mabel llevarse una aceituna a la boca mientras esperaba su respuesta. No sabía cómo lo hacía, pero entre ellas siempre había una especie de hilo invisible que las mantenía conectadas, casi como si se tratara de una fuerza magnética que atrajera a los dos polos opuestos que eran.
—Sí, nos llevábamos bien. Pero hay jardines en los que es mejor no meterse.
Jorge las miró sin comprender. Su cuñado tenía el ceño fruncido, en señal de que estaba esperando a que alguien le pusiera al corriente, pero al ver que ninguna se molestaba, subió el volumen de la televisión y se recostó en su cómoda butaca para ver el resumen de la jornada deportiva.
—La comida estará servida en nada —anunció Mabel, cambiando de tema, y quitándose el delantal—. Si quieres, ve cortando el pan.
Lara se levantó y fue hasta la panera, aspirando el rico olor a pan recién hecho. Tenía el cuchillo hundido ya en la barra cuando su teléfono empezó a sonar.
—De verdad, cómo odio ese cacharro —protestó su hermana, fastidiada de que su teléfono siempre interrumpiera sus momentos familiares.
—Lo sé, te prometo que será solo un segundo. No lo cogería si no fuera una llamada importante —le dijo, saliendo despedida hacia la habitación contigua—. ¿Diga?
—Lara, hola.
—Hola, Tomás. ¿Qué me cuentas? —respondió la periodista, intentando controlar los latidos de su corazón.
Si Tomás estaba llamando solo podía ser por una razón. Estaba claro que no iba a hacerlo para pedirle que regresara o interesarse por su bienestar. Él no.
—Supongo que ya sabes para qué te llamo. Podemos dejarnos entonces de absurdos preámbulos.
—Sí, lo sé. ¿Qué ha decidido?
Tomás suspiró antes de responder, en un momento que se le hizo eterno. Lara se dio cuenta de que tenía una mano apoyada en la pared con tanta fuerza que le extrañaba que la escayola no hubiera cedido.
—Te llamo para decirte que Esther Morales será la candidata única a las elecciones de Móstoles —dijo por fin el muchacho—. Mañana se lo comunicará personalmente alguien de presidencia.
Lara respiró con alivio. —Me alegro. Gracias.
—¿Y Lara?
—¿Sí?
—Yo de ti me andaría con cuidado. Esto te lo estoy diciendo como amigo, no como jefe de gabinete de Diego Marín.
—Lo sé. Y yo te lo agradezco, Tomás.
—Bien —dijo él, dando la conversación por zanjada—. Te deseo lo mejor. Cuídate.
—Igualmente.
Lara colgó el teléfono, se lo metió en el bolsillo trasero de los vaqueros y fue hasta la ventana de manera autómata. Pero al descorrer las cortinas y divisar la calle, comprendió que no sabía qué esperaba encontrar. Unos niños jugaban a la entrada de un aparcamiento, pero Esther no estaba allí. En realidad, la alcaldesa no se encontraba en ningún lugar que no fuera su mente. Pero en ella estaba tan presente que Lara supo que daba igual lo que hiciera a partir de entonces. No conseguiría sacársela de la cabeza, ni disfrutar del resto del día con su familia.
Había vuelto a engañar a Mabel, después de todo.

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C A P Í T U L O T R E I N T A Y D O S

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:19 pm

ESTHER SE DESPERTÓ aquella mañana con la incómoda sensación de que alguien había puesto pegamento en sus pestañas. Llevaba tres cafés encima, pero no estaban haciendo ningún efecto. Se notaba cansada, y peor aún, desmotivada y perdida. Si hubiera sido por ella, ni siquiera habría hecho el esfuerzo de salir de la cama e ir al ayuntamiento. ¿Pero a qué otro lugar podía ir? ¿Quién la esperaba y en qué sitio? La respuesta la conocía muy bien, así que allí estaba, caminando por los pasillos del Ayuntamiento de Móstoles, intentando que funcionarios y concejales no notaran su hartazgo.
Después de todo, ella era la alcaldesa, para bien y para mal. Estaba en deuda con los ciudadanos y ningún mostoleño entendería su indisposición. Los asuntos personales tenía que dejarlos en casa, esperando por ella cuando regresara, de eso no cabía duda, guardados a buen recaudo para que no entorpecieran las labores de gobierno. Y sin embargo, Esther había pasado el peor fin de semana de su vida. Los recuerdos de la cena y de su posterior encuentro con Lara se enredaban en una amalgama de pensamientos que no tenía claro a dónde conducían, aunque supiera que se trataba de un lugar que no deseaba visitar. Esther también le había dado vueltas a su futuro profesional, pero siempre chocaba contra la misma puerta. Podía retomar su trabajo como arquitecta, aunque las cosas habían cambiado, y apenas se construían ya edificios en una España azotada por una crisis de la que no levantaban cabeza. A lo mejor podía desempeñar algún cargo como consejera, habida cuenta de su dilatada trayectoria política, pero no tenía demasiado claro que las largas garras de Diego no fueran a interponerse, llegado el caso. Tal y como ella lo veía, estaba atrapada, condenada a depender de un marido que ya no la amaba y de sus finanzas, anclada a aquel matrimonio estéril que, ahora lo sabía, tendría que haber acabado mucho tiempo atrás.
Esther intentó dejar todo esto a un lado, pero estaba tan segura de que su cara era el vivo reflejo de una mente perturbada que cuando llegó a la alcaldía pasó casi de largo a Carmen, saludándola de una manera vaga, silenciosa, y cerrando la puerta a sus espaldas para dejar escapar un largo y lastimero suspiro. Le quedaban unos meses para decidirlo, tenía que centrarse en eso y ocupar su tiempo libre en buscar una salida a su vida. Eso haría, se dijo a sí misma cuando tres golpes sonaron en la puerta y Carmen asomó la cabeza.
—Sé que estás ocupada —se excusó la secretaria, apesadumbrada—, pero Rodrigo Cortés ha estado aquí hace unos minutos. Parecía importante.
Esther rodó los ojos con desesperación. ¿De veras? ¿Ella estaba intentando pasar página y lo primero a lo que se enfrentaba era al Concejal de Juventud? El universo podía ser muy injusto a veces.
—Parecía enfadado. Me pidió que le avisara cuando llegaras.
—Miéntele —sugirió Esther—. Hoy no estoy de humor para ver a nadie y mucho menos a Cortés.
—Vale, como quieras. ¿Debería pasarte las llamadas?
—Solo si son importantes, por favor. De veras no me encuentro bien.
—Tengo paracetamol, si quieres —sugirió Carmen en un hilillo de voz.
—Sí, gracias, me vendrá bien.
La secretaria se fue hacia su mesa con los ademanes diligentes que la caracterizaban. Esther se quedó de pie en la mitad de su despacho, el abrigo todavía puesto, el bolso colgando de su brazo. Desconocía cuál era su agenda para aquel día, pero en su mente eso podía esperar. Todo debía posponerse hasta que consiguiera reponerse del shock en el que se encontraba sumida. Dejó entonces el abrigo abandonado en la silla más cercana y se dirigió hacia la mesa, dejándose caer sobre la silla. Ni siquiera le había dado tiempo de que el mullido del asiento se hundiera bajo su peso cuando las luces del teléfono empezaron a parpadear.
—Carmen, te dije que no me pasaras llamadas.
—Lo sé, pero es importante. Llaman de presidencia. Un tal Juan Devesa.
Esther abrió los ojos sorprendida. El nombre le sonaba vagamente, si no recordaba mal era uno de los periodistas que trabajaba con Lara. A lo mejor la llamaba de su parte, pensó. A lo mejor Lara quería hablar de lo ocurrido tras haber estado todo el fin de semana sin contactarla.
—De acuerdo, pásamela. —Esther esperó a que Carmen le pasara la llamada y contestó con profesionalidad cuando escuchó la voz varonil al otro lado del aparato—. Esther Morales al habla.
—Alcaldesa, muy buenos días. Soy Juan Devesa, te llamo de la oficina de presidencia.
—Lo sé, Juan, creo que coincidimos en algún acto de las elecciones pasadas.
—Es muy posible, sí —rio él con dulzura.
—¿Y en qué puedo ayudarte hoy?
—Pues nada preocupante, todo buenas noticias —dijo el muchacho con entusiasmo, su voz cantarina despertándole una sonrisa.
—Bien, ojalá todos me llamaran por lo mismo —afirmó Esther, advirtiendo que en ese momento Carmen entraba en el despacho con una pastilla y un vaso de agua. Le hizo señas indicándole que lo dejara sobre la mesa.
—Te llamo para comunicarte que vas a ser la candidata única a las elecciones municipales del año que viene.
Esther pestañeó, confundida. ¿Había escuchado bien? Tenía que tratarse de un error. Ella misma había hablado con Marín de lo contrario. Se había enfrentado a él justamente por este mismo tema. Tenía que ser un error.
—Juan, no es que lo ponga en duda, ¿pero estás completamente seguro de esto? Te diría que revisaras la información, a lo mejor no es la indicada.
—Bueno, el presidente en persona me ha pedido que te llamara, pero a lo mejor está en un error —bromeó el muchacho, prácticamente soltando una carcajada.
Esther abrió la boca para contestar, pero fue incapaz de formular una frase coherente. Aquello no tenía ningún sentido. ¿Qué estaba pasando?
—¿Doy entonces por hecho que aceptas? —requirió Juan.
—No… sí… —balbuceó Esther, capturando la mirada de Carmen, que la estaba observando como quien ve una extraña pieza de arte moderno en un museo—. Sí, claro.
—¡Estupendo! Entonces se lo comunicaré a Martín para que lo tengan en cuenta en el partido. Te llamaremos cuando sea la presentación de los candidatos.
—Juan, un momento. Está… ¿está Lara por ahí?
Esther notó que se hacía un silencio al otro lado.
—Lara —titubeó Juan—, Lara no se encuentra en este momento.
—Ya, comprendo —afirmó Esther, malinterpretando el significado de estas palabras, convencida de que la periodista la estaba evitando—. Gracias, de todos modos.
—Gracias a ti. Te llamaremos para lo de la presentación, ¿de acuerdo? Que tengas un buen día.
Esther dejó lentamente el aparato sobre su horquilla, de nuevo preguntándose qué había ocurrido o si estaría soñando. La sensación de irrealidad era tan grande que en ese momento hubiera dado cualquier cosa por que alguien la pellizcara para hacerle saber si todavía estaba en su cama, en su casa, teniendo una extraña ensoñación. Pero la única que estaba allí era Carmen, que seguía mirándola con expectación.
—Era de presidencia.
—¿Y bien? —inquirió la secretaria con una sonrisa.
—Marín quiere que sea la candidata.
—¡Oh, Esther, pero eso es fantástico! —exclamó Carmen, abalanzándose sobre ella para estrujarla en un abrazo—. No se me ocurre nadie mejor para ser alcaldesa de este municipio. Estoy encantada.
¿Lo estaba? ¿Lo estaba ella también? ¿Había hecho bien al aceptar? No lo sabía, pero tenía ese incómodo sabor agridulce instalado en la punta de la lengua. Una parte de ella estaba encantada de poder ser la candidata a las elecciones. Eso zanjaba de un plumazo todas sus dudas vitales. Pero otra parte, tal vez la más importante, no conseguía comprender lo que estaba ocurriendo y se mostraba desconfiada. Si hubiera tenido más tiempo, si esta llamada no se hubiera producido así, a salto de mata, su respuesta habría sido diferente. Estaba dispuesta a decirle que no a Marín, a comentarle, muy educadamente, que podía meterse la oferta por donde le cupiera, porque estaba segura de que esta oportunidad no venía a cambio de nada. Diego Marín nunca daba su brazo a torcer y, desde luego, no se tragaba su orgullo así como así.
Entonces, ¿por qué? Y la respuesta llegó entonces como todo aquella mañana, atropellada y de improviso, en boca de quien menos se lo esperaba.
—Se ve que las investigaciones de Lara han dado sus frutos, ¿eh?
Esther levantó la cabeza y entornó los ojos peligrosamente, mirando a la secretaria.
—¿De qué estás hablando?
Carmen palideció casi de inmediato, comprendiendo que acababa de meter la pata.
—Oh, de nada importante, bueno, no es como si hubiera que comentarlo.
—Carmen, ¿de qué estás hablando? —insistió, en su tono más peligroso. Siempre que lo empleaba la gente se cuadraba con respeto—. ¿Qué tiene Lara que ver en todo esto?
—Esther, no sé si yo soy la persona más…
—Toma asiento—le indicó, señalando la silla frente a su mesa de trabajo—. Tú y yo vamos a tener una larga charla.

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Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:20 pm

—La cena estará lista en unos minutos.
María le dio un beso en los labios y salió despedida hacia la cocina, de cuyo interior llegaba un exquisito olor que consiguió despertar el apetito de Lara. Era la tercera vez que María estaba en su casa, pero la muchacha ya se sentía tan a gusto en su propia piel que cualquiera hubiera dicho que llevaba toda la vida viviendo allí.
Lara la observó, caminando con los pies descalzos y una coleta mal recogida en lo alto de su cabeza, y se preguntó en qué momento se habían convertido en una pareja oficial, la cotidianeidad colándose entre ellas sin pedir permiso. En el fondo, era reconfortante tener a alguien así al lado, una persona con la que compartir un lunes cualquiera como aquel, con las zapatillas de casa puestas y una película aleatoria proyectándose en la pantalla de la televisión. Pero al mismo tiempo no podía evitar tener la sensación de que las cosas estaban sucediendo demasiado rápido, sin que ella hubiera tenido tiempo de revisar la letra pequeña de ese contrato. Hacía apenas unas semanas que conocía a María y, de pronto, ya la tenía en su casa, preparándole la cena como si Lara fuera el maridito que acabara de llegar tras un largo día de trabajo. ¿Qué sería lo siguiente? ¿El cepillo de dientes en el cuarto de baño? ¿La ropa interior de María apareciendo sigilosamente en el primer cajón del tocador?
Lara meneó la cabeza, consciente de que no estaba del todo cómoda con la idea, pero al mismo tiempo decidida a intentarlo. María era una buena chica y ella se merecía un poco de compañía, después de todo. Con algo de suerte y trabajo por su parte, sus sentimientos empezarían a estar encarrilados por la vía correcta en menos tiempo del que creía y, entonces, solo entonces, sería capaz de darle una oportunidad a aquella relación que había aparecido en su vida de manera inesperada.
Se incorporó en el sofá y cambió el canal de televisión. Estaba intentando encontrar una película que ver, pero esa noche solo daban lo de siempre. Programas enlatados. Series de sello nacional por las que no tenía demasiado interés. Debates políticos de los que pretendía huir como alma que lleva el diablo. Y poco más.
—¿Qué te apetece ver? —dijo, elevando la voz para que María la escuchara desde la cocina—. ¡No hay nada!
—¡Lo que a tú quieras!
Lo que tú quieras, repitió Lara en su mente. Respuesta incorrecta. Tenía una ex que siempre le regalaba esa respuesta. ¿Qué quieres hacer? Lo que a ti te apetezca. ¿Vamos al cine? Como quieras. Y así ininterrumpidamente. Lara no guardaba buenos recuerdos de aquella relación, pero no porque la muchacha fuera mala, sino porque había llegado a la conclusión de que ella no estaba hecha para las personas de carácter amable y amoldable, sino para las que tenían un carácter fuerte y arrollador. Así que “lo que te apetezca” se le atragantó como algo mal masticado mientras se daba por vencida y apagaba la televisión, dispuesta a no ver nada porque eso, precisamente, era lo que le apetecía.
—¿Tienes hambre? —preguntó María, cargando con una fuente de macarrones que dejó sobre la mesa del comedor.
—Sí, estoy hambrienta—. Lara se levantó. —Me lavo las manos y vengo.
—Vale. Yo pondré un poco de música. ¿Te apetece algo en concreto?
—No, lo que elijas estará bien —afirmó, con la esperanza de que María tomara una decisión, la que fuera, pero que la tomara. Incluso había sido ella quien había decidido que esa noche cenarían macarrones. Empezaba a resultarle agotador.
Lara fue hasta el cuarto de baño del pasillo y abrió el grifo, reprendiéndose a sí misma en el reflejo por lo injusta que estaba siendo. María era una buena persona. Solo intentaba complacerla, y realmente no había nada malo en ello. Además, ella era la que estaba complicándoles la existencia al esperar que María se comportara como…
—Esther —le dijo a su reflejo, apoyando las manos a ambos lados del lavabo con frustración y meneando la cabeza. María no se merecía que le hiciera esto—. No la cagues. —Lara apuntó con su dedo índice al espejo—. ¿Me has escuchado? No la cagues ahora, imbécil.
Se secó las manos en la toalla y suspiró hondo, dándose unos segundos para recomponerse y poder, así, salir al comedor con una sonrisa emplastada en los labios. Estaba ya con un pie puesto en el pasillo cuando advirtió que sonaba el timbre de la puerta. La miró con confusión.
—¿Estás esperando a alguien? —le preguntó María, frunciendo el ceño.
—No.
Salió corriendo hacia el vestíbulo, convencida de que se trataría de uno de los vecinos. El presidente de la comunidad trabajaba hasta tarde. Normalmente les notificaba las reuniones o cualquier detalle importante sobre el edificio por correo electrónico o mediante una carta en el buzón, pero no sería la primera vez que llamaba a la puerta a la hora de la cena, cuando se trataba de un asunto que prefería comentar en persona. A quien nunca habría esperado encontrar tras esa puerta, justo ese día, era a Esther Morales, los dedos entrelazados sobre su regazo, mirándola con los ojos nublados de preocupación.
Tenía el abrigo cerrado hasta el cuello y parecía avergonzada de estar allí, en el rellano de su casa.
—Esther —farfulló con asombro.
—Disculpa, sé que es un poco tarde.
—No, yo… —Lara se giró, haciendo un gesto hacia el interior de la vivienda—. Es que…
—Oh, estás ocupada —dijo Esther, ruborizándose.
Lara bajó la mirada, mortificada. Entre todas las noches que había pasado en la más profunda de las soledades, justo tenía que visitarla el día que María se encontraba dentro, sirviendo la cena y esperando por ella.
—Será mejor que me vaya. Perdóname, debería haber llamado antes.
—No, espera—. Lara la detuvo. —¿Querías decirme algo?
—Podemos hablar de esto otro día. Te llamo por la mañana mejor. No quiero… bueno, no quiero interrumpir.
—Esther, no interrumpes nada, de verdad —la tranquilizó, advirtiendo que los latidos de su corazón se habían desbocado. La última vez que había visto a la alcaldesa había sido en una situación muy diferente y le resultaba complicado dejar esos recuerdos a un lado, cuando todavía estaban tan recientes. Lara carraspeó—. Por favor, cuéntame, ¿a qué has venido?
Esther tomó una gran bocanada de aire. —Carmen me ha contado lo que has hecho y quería darte las gracias. Esta mañana me han llamado de presidencia.
—¿Carmen te lo ha contado?
—Sí, pero no te enfades con ella. Ha sido culpa mía, la he obligado.
—Muy propio de ti —dijo, sonriendo.
—También me he enterado de que ya no estás con Marín. No tenías por qué haberlo hecho, pero gracias.
—Pero quería hacerlo. Eso no lo hice por ti, Esther. Lo hice por mí.
—Lo sé, pero ¿por qué no me dijiste nada? La otra noche…
Lara desvió la mirada, sintiéndose culpable. Sabía que esta conversación iba a suceder un día u otro, pero no esperaba que fuera tan pronto y todavía no tenía una respuesta preparada.
—Porque cuando nos vimos el otro día eso no era lo importante.
—Entonces, ¿qué lo era?
—Tú, y tu puesto como candidata —le explicó—. Espero que hayas dicho que sí.
—He dicho que sí, pero no sé si he hecho lo correcto.
—Lo has hecho —intercedió Lara—. Ya verás como todo te irá bien. Seguro que ganas.
—Me alegro de que me digas eso, porque ese el otro motivo por el que he venido esta noche, además de para darte las gracias —empezó a explicarle Esther—. Quiero que seas mi jefa de prensa.
Lara sonrió con suficiencia. Tenía que haberse vuelto completamente loca. —Has perdido el juicio —afirmó, apoyándose en el marco de la puerta como si necesitara un soporte extra para no desvanecerse allí mismo.
—Es muy posible, pero si hay algo que tengo claro es que no pienso hacerlo si tú no estás a mi lado —afirmó Esther—. Profesionalmente hablando, quiero decir.
Lara no supo qué decir. Las horas previas había intentado imaginar la reacción de Esther a la llamada de presidencia, qué cara pondría, qué diría, si la llamaría para comentárselo. Pero su teléfono había estado muerto todo el día, sin importar cuántas veces lo mirara. Y ahora Esther estaba allí, pidiéndole lo imposible, que lo dejara de lado todo para irse con ella, que se olvidara, incluso, del pasado que había entre ellas. “Profesionalmente hablando”, sonó de nuevo en la cabeza de Lara.
—No aceptaré si me dices que no.
—¿Qué quieres decir? ¿Estás loca? ¡No puedes decirle que no a Marín!
—Sí que puedo, y lo haré si no eres mi jefa de prensa.
Lara bufó con desesperación. Esa mujer era más tozuda que una mula y estaba claro que no comprendía los riesgos a los que se enfrentaba. El presidente no iba a hacer la vista gorda a esto. Ahora ellas dos eran su enemigo.
—Creo que todavía no has comprendido muy bien a qué te estás enfrentando, Esther, y el error que sería contratarme justo en este momento.
—Soy consciente. Y no me importa. Podemos hacerlo —insistió la alcaldesa—, pero no pienso hacerlo sin ti.
—Es tan propio de ti… —masculló Lara con enfado.
—¿Qué quieres decir?
—Esto —dijo, abriendo los brazos con desesperación —. Resulta que yo abandono mi trabajo, amenazo al presidente para que puedas conservar tu carrera, ¿y ahora me vienes con amenazas?
—Pensaba que no lo habías hecho por mí —le recordó la alcaldesa.
—Corta el rollo, ¿quieres, Esther?
—Tal y como yo lo veo, deberías enfocarlo de otra manera. O estamos las dos en esto o ninguna lo está —le explicó—. ¿Es que no lo ves? En el fondo, Marín nos ha utilizado a las dos. No pienso aceptar si me dices que no.
Visto así, Lara tenía que admitir que su punto de vista tenía lógica. Pero aun así no conseguía sacarse de la cabeza ese otro problema. Ellas dos no eran amigas. Ni siquiera compañeras de trabajo. No tenía ni idea de qué eran, y tampoco estaba segura de querer descubrirlo. ¿Por qué daba la sensación de solo ella advertía el peligro de todo aquello?
—¿Es tu palabra definitiva?
Esther asintió. —Piénsatelo, y espero una respuesta tuya esta noche. Y ahora entra o se te va a enfriar la cena —dijo, guiñándole un ojo.
Lara la observó con incredulidad mientras la alcaldesa se dirigía al ascensor. Todavía no daba crédito a lo que acababa de pasar. Esther Morales se había subido al ring para darle las gracias y después la había noqueado, tras ponerla contra las cuerdas. ¿Es que había algo normal en aquella mujer? ¿Por qué no podía dar las gracias como todo el mundo?
Entró en la casa, meneando la cabeza, fascinada por la montaña rusa emocional en la que siempre tenía un ticket asegurado con la alcaldesa. Cuando María advirtió su tez fantasmagórica, le dijo:
—¿Te encuentras bien?
—Sí, era Esther.
—¡Oh! ¿Y qué quería?
Se dejó caer, derrumbada, sobre la silla. Una enorme montaña de macarrones la estaba esperando para ser devorada, pero no tenía hambre. Ya no. La perspectiva de pasar toda una campaña electoral al lado de Esther le había quitado por completo el apetito, pero ¿podía decir que no? Es más, ¿quería hacerlo?
—¿Y qué quería?
—Quiere que sea su jefa de prensa en las elecciones municipales.
—¡Fantástico! —exclamó ella—. Vas a decir que sí, ¿verdad?
Lara insertó una púa de su tenedor en el tubo de un macarrón y la observó como si se tratara del túnel en el que estaba a punto de meterse. Curioso, eso mismo se preguntaba ella: ¿Iba a decir que sí?

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Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:20 pm

LA OSCURIDAD SE extendía como una mancha de aceite sobre el suelo de una gasolinera. La casa olía a cerrado y de vez en cuando una reconfortante ráfaga de calor llegaba hasta ella procedente del calefactor. Al otro lado de la ventana, la noche se había adueñado de los barrios residenciales de Móstoles, cubriéndolos como un espeso manto silencioso, alterado solamente por el paso ocasional de un coche, las luces de los faros desparramándose sobre el parqué del vestíbulo.
Esther dio una profunda calada a su cigarrillo. Ni siquiera recordaba la última vez que había fumado, pero esa noche necesitaba sentir la decadencia de la nicotina ahogando sus pulmones, proporcionándole una agradable sensación de mareo que conseguía arrancarla de su propio cuerpo. Había vaciado ya una copa de vino, pero en ningún momento se había molestado en encender las luces de la casa. Ella, sentada en su butaca favorita, tenía las piernas cruzadas, la copa de vino sobre la mesa auxiliar, a escasos centímetros, todo su cuerpo orientado hacia la puerta de entrada, como si esperara que de un momento a otro un ladrón fuera a cruzarla y estuviera montando guardia en su fortín. Si hubiera tenido un rifle, seguramente ahora yacería a sus pies, tirado en la alfombra, la culata dispuesta en la dirección correcta para poder cogerlo y disparar cuando se abriera la puerta. Pero aquello, aunque lo pareciera, no era una guerra, ni siquiera un asalto, se recordó. Tan solo era su vida, a punto de dar un giro de ciento ochenta grados porque así lo había decidido.
Volvió a recordar la visita que le había hecho a Lara cuando dio una última calada a su cigarrillo y una redonda voluta de humo ascendió sobre su cabeza, antes de hundir la colilla en el único cenicero que había en la casa, el que usaban para las visitas a las que les permitían fumar en el patio trasero. Si Luis, su hijo, hubiera estado allí habría puesto una mueca de asco al percibir el olor a cigarrillo y a vino, una pestilencia que a Esther se le antojaba como la mejor fragancia para acompañarla en ese momento.
Lara todavía no la había llamado, pero lo haría. Tenía el teléfono preparado en la mesita auxiliar, estaba esperando que su pantalla se iluminara de un momento a otro y que esa luz arrojara también una brizna de esperanza que ahora no existía, en aquella casa oscura y habitada por los dos fantasmas en los que se habían transformado ella y Quique. En el exterior, el ruido de la herrumbre de la cancela chirrió rompiendo el silencio de la noche. Después, el motor, rugiendo con todo su poder. Conocía de sobra aquellos sonidos, eran los que hacían de su casa la suya, no la de otras personas. Conocía el sonido de las persianas al bajarse, del extractor de la cocina en sus diferentes intensidades, de las puertas al cerrarse y al abrirse, al igual que estaba familiarizada con el ruido que hacía la verja del garaje al subir, y los segundos que Quique siempre empleaba antes de pisar el acelerador para meter el coche en su interior. Esther aguardó en calma. Le sorprendía su propia templanza y el hecho de que su corazón no se hubiera acelerado en ningún momento al oírle llegar, sino más bien al contrario, llevaba dos horas allí sentada, esperando al filo de la madrugada a que su marido llegara a casa.
Oyó la puerta del coche cerrándose, y en ese momento se iluminó el teléfono, casi en una poética alineación de los elementos. Esther lo cogió entre sus manos y leyó el mensaje que acababa de llegarle. Era Lara. Sonrió y lo dejó a un lado, posponiendo el sabor de la victoria para unos segundos después, porque Quique acababa de entrar en la cocina, estirándose con cansancio, la corbata ligeramente desanudada, la falda de la camisa asomándole fuera de los pantalones con despreocupación. Su marido no había notado todavía su presencia. Estaba a punto de encender el interruptor cuando Esther le saludó con parsimonia, todavía sentada en la silla orientada hacia la puerta que conducía al garaje.
—Buenas noches —le dijo.
Quique se llevó una mano al pecho, sobresaltado.
—Joder, Esther, qué susto me has dado. ¿Qué haces aquí, a oscuras?
—Estoy fumando —le informó ella, como si fuera lo más normal del mundo, como si todas las noches le recibiera de esta manera, las piernas cruzadas, la sonrisa misteriosa, un nuevo cigarrillo en los labios y el chasquido del mechero, iluminando durante unos segundos su cara con siniestros claroscuros.
Quique seguramente rodó los ojos, aunque no fue capaz de advertirlo en la oscuridad. Escuchó, no obstante, el sonido de las llaves posándose sobre la encimera de la cocina.
—Como quieras —masculló él—. Me voy a la cama, estoy cansado —dijo, quitándose los zapatos y dejándolos allí mismo.
Quique solo consiguió caminar unos pasos antes de que Esther sacara su rifle imaginario y efectuara un tiro, solo uno, destinado a hacer diana en aquella noche oscura. Dio una calada a su cigarrillo, expulsó el humo por encima de su cabeza y dijo:
—Quiero el divorcio. Te he dejado los papeles en la mesita de noche—. Se levantó, se colocó el bolso bajo el brazo y sacó las llaves de su interior, haciéndolas tintinear con alegría—. Por favor, fírmalos cuanto antes. Mañana pasaré a recogerlos —le sugirió, dirigiéndose hacia el garaje—. Que descanses.
Esther cerró la puerta a sus espaldas, sin darle opción a que replicara. La única parte de su plan de aquella noche que no estaba del todo trazada era dónde iba a dormir, pero cuando se metió en el coche, encendió el contacto y en la radio empezó a sonar una de sus canciones favoritas, realmente no le pareció un detalle importante. Dormiría donde pudiera hasta que consiguiera reconstruir su vida y esa noche acababa de colocar la primera piedra, tal vez la más importante de todas. Esther sonrió aliviada. Cogió el teléfono móvil de su bolso y antes de arrancar el coche escribió un mensaje:
“Bienvenida a bordo”.
Era para Lara. Siempre Lara.

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Re: Políticamente incorrectas por Emma Mars

Mensaje por Admin el Sáb Dic 31, 2016 3:26 pm


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Re: Políticamente incorrectas por Emma Mars

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 3:49 pm


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Políticamente incorrectas 2 por Emma Mars

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 3:50 pm

por Emma Mars



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CAPITULO UNO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 3:51 pm

De un momento a otro puede cambiarle a uno la vida. Es algo que preferimos ignorar, esa idea de que todo lo que nos parece seguro y estable se puede evaporar en un segundo. Uno prefiere creer que la vida es un camino de único sentido, dócil y de trazado amable, que nada ni nadie puede alterar. Pero a veces resulta imposible seguir dando la espalda a la realidad, especialmente cuando tienes un municipio entero que depende de ti.
La alcaldesa Esther Morales entró aquella mañana en el Ayuntamiento de Móstoles con las pestañas pegadas y los ojos ligeramente hinchados. Había puesto mucho afán en maquillarse, y su cara no traslucía mayores signos de somnolencia, pero últimamente todas sus noches eran así, plagadas de sueños y pesadillas imalacenas de descifrar, como si cada vez que cerrara los ojos se precipitara por un profundo acantilado del que le costaba salir cuando empezaba un nuevo día. Al pasar de largo la Concejalía de Medio Ambiente, pensó si sería posible cambiar la chillona melodía de su despertador por otra un poco más agradable que no le provocara una arritmia cada vez que se despertaba. Tendría que indagar sobre ese asunto más tarde.
El interior del Ayuntamiento de Móstoles estaba despertando a su trajín diario. Esther solía ser una de las primeras en llegar y de las últimas en salir. Tenía tanto trabajo pendiente que a veces incluso olvidaba saludar a los funcionarios a su entrada, concentrada como estaba en recitar mentalmente su agenda diaria. Este hecho inexcusable le estaba granjeando enemigos sin proponérselo, pero esa mañana recordó que debía ser más empática con sus compañeros de trabajo y despachó un par de sonrisas y saludos mientras se dirigía a las dependencias de Alcaldía.
Carmen, la secretaria, ya estaba en su puesto de trabajo cuando abrió la puerta. Intercambiaron un buenos días de lo más rutinario y Esther advirtió complacida que Carmen ya tenía un café humeante en la mano, negro, como a ella le gustaba, dos terrones de azúcar disolviéndose en su interior. La secretaria le tendió la taza y la alcaldesa la recogió casi al vuelo, taconeando hacia el interior de su despacho.
—¿Qué tenemos para hoy? —le preguntó despistada, mientras metía la mano en el interior de su cartera de documentos y sacaba un grueso fajo que cayó sobre la mesa con un ruido seco.
Esther suspiró con cansancio. La montaña de papeles no disminuía aunque pasaran los días. Esa mañana, si no recordaba mal, tenía una reunión con unos empresarios y una Junta de Gobierno.
—Los de la Asociación de Hosteleros llegarán a las nueve —recitó Carmen casi de memoria, la mirada fija en la agenda que rellenaba meticulosamente con el devenir de los días—. Tu abogado llamó ayer, te habías ido.
—Lo sé, me llamó después al móvil. ¿Algo más?
—Y acaban de llamar del Gabinete de Presidencia.
Esther arqueó una ceja en señal inequívoca de peligro.
—¿De Presidencia? —preguntó, incrédula. Carmen solo asintió, comprendiendo la sorpresa de la alcaldesa—. ¿Y qué querían?
—Invitarte de manera personal a la próxima reunión que hay en la sede provincial del partido. Es por las elecciones municipales. Dicen que como no has ido a las anteriores…
El silencio quedó suspendido en el aire como un incómodo visitante. Esther se mordió el labio inferior inconscientemente. Por supuesto, tras su última reunión con Diego Marín, el presidente del partido y ahora ya de la Comunidad de Madrid, invitación no debía ser tomada como tal, sino más bien como orden. Pero era cierto que no había acudido a ninguna de las reuniones en la sede provincial para tratar sobre las inminentes elecciones municipales. Eso ya de por sí resultaba inexcusable. Esther sabía que no podía dilatarlo. Tendría que acudir a esta reunión, aunque la idea de hacerlo le provocaba una incómoda sensación de vacío en la boca del estómago.
—¿Era Juan Devesa quien llamó?
—Sí, es un muchacho muy amable.
—Sí que lo es —replicó Esther de manera ausente. Había tratado poco con él, pero era el único del Gabinete de Presidencia con quien no le importaba hablar. Si hubiera estado en el despacho, habría atendido la llamada personalmente—. ¿Y cuándo es la reunión?
—La próxima semana, el jueves. Dicen que es importante que vayas.
—Comprendo. Anótalo en la agenda, Carmen, hazme el favor.
Carmen asintió en silencio. Se dio media vuelta comprendiendo que su primera visita del día concluía ahí y ya se estaba dirigiendo a la puerta cuando pareció recordar algo que le hizo girarse de nuevo.
—¿Debería llamar a Lara? —le preguntó entonces, la expectación reflejada en su cara.
Esther no pudo reprimir la tímida sonrisa que empezó a dibujarse en sus labios. Lara… el simple recuerdo de la experiodista de Diego Marín conseguía sonrojarla como una colegiala. No obstante, guardó las formas lo mejor que pudo, carraspeó imperceptiblemente y se plisó la falda que llevaba puesta aquella mañana.
—No te preocupes, de eso me ocupo yo. Gracias —contestó con fingida tranquilidad, sentándose con manifiesto cansancio en el sillón.
Había sabido poco o nada de la periodista en los últimos meses. La relación entre Lara y ella había subsistido a base de un par de llamadas rápidas para cerciorarse de que su acuerdo seguía en pie, de que trabajarían de nuevo juntas llegadas las elecciones municipales, y otros tantos mensajes en los que debatieron algunas cuestiones espinosas sobre la rutina municipal en Móstoles. Pero eso era todo. Esther tenía la certeza de que Lara la evitaba, como si no deseara ahondar en la relación que mantenían, y no la culpaba por ello. Cada vez que recordaba la última noche que estuvieron juntas en su casa, sentía que se ruborizaba, y rápidamente se obligaba a apartar de su mente los recuerdos de aquellos besos urgentes.
Suponía que a Lara le sucedía exactamente lo mismo. Tal vez por ello, solo sabía de la periodista a través de Carmen, que sin proponérselo se había convertido en una suerte de correveidile que la informaba puntualmente de la relación que Lara mantenía con su sobrina María. Cuando le contaba historias banales como la vez que habían ido al cine las tres juntas, o esa otra en la que la pareja cenó en su casa, Esther se limitaba a escucharla atentamente, fingiendo una calma que no sentía, cuidándose de emitir cualquier juicio de valor al respecto. Asentía, sonreía y hacía comentarios superfluos pero positivos, nada más. Lo último que deseaba era que Carmen empezara a dudar sobre la naturaleza y motivación de su relación con la periodista.
Mentiría si dijera que no ardía en deseos de saber más de Lara, pero, por el momento, esta era la realidad que ambas se habían impuesto, una relación que se ceñía a lo estrictamente profesional. Tenía pocas noticias sobre a qué se dedicaba Lara esos días, si estaba bien con María o si afrontaba problemas para pagar su abultada hipoteca. En una ocasión se sintió tentada de llamarla para ofrecerle un puesto temporal en el Ayuntamiento, tal vez como jefa de prensa, para ir preparando el terreno de cara a las elecciones, pero incluso entonces comprendió que eso habría sido tensar demasiado la cuerda. Tal vez Lara ya tenía un trabajo que la mantuviera ocupada y un sueldo decente. Quizá si la llamaba lo interpretaría como limosna por su parte, una suerte de pago en compensación por los problemas que le había causado durante su periplo en Móstoles, cuando perdió su empleo como jefa del gabinete de prensa de Diego Marín prácticamente por su culpa. Así que Esther tomó la determinación de dejar que fuera Lara quien la contactara cuando estuviera preparada, algo que, para su decepción, no había sucedido realmente, al menos no como le hubiera gustado.
Había intentado posponer el momento de contactar con ella tanto como le había sido posible. No obstante, aquella mañana comprendió que ya no podía dilatarlo más. Se sintió repentinamente nerviosa ante la perspectiva de llamarla. Tendría que decirle que el partido requería su presencia. Tendría que recordarle que su acuerdo seguía en pie, que las elecciones municipales estaban a la vuelta de la esquina y necesitaba su ayuda.
Esther se revolvió con inquietud en su sillón de la Alcaldía. Se trataba de un asiento cómodo, un poco gastado en los bordes, seguramente por la cantidad de traseros municipales que previamente lo habían ocupado, y aunque al principio se sintió absurda allí sentada, como si aquel lugar no le correspondiera realmente, estaba empezando a acostumbrarse. Tamborileó los dedos de uñas perfectamente pintadas contra la mesa de madera, dejándose llevar por su corriente de pensamientos.
Cuánto habían cambiado las cosas en los últimos meses. Cada vez que recapacitaba sobre ello, tenía problemas para creer los giros que había dado su propia vida. La última noche, aquella en la que decidió dejar para siempre a su marido y pedirle el divorcio, Esther salió de su casa como un ladrón, en silencio y arropada por la oscuridad de la noche. Se llevó solo lo imprescindible. Un par de maletas que ya tenía metidas en el coche cuando Quique llegó a casa, maquillaje, el secador y poco más. Cuanto más ligero fuera el equipaje, antes conseguiría dejar atrás todos los pesos que lastraban su vida. O, al menos, así es como lo percibió Esther en aquel momento.
Llevaba unos meses residiendo en un coqueto aunque pequeño apartamento que había alquilado en el centro de Móstoles. Era más que suficiente para una sola persona. Tenía una habitación de invitados, por aquella absurda pero previsora idea de que a lo mejor algún día sus hijos se quedarían en ella. No se trataba de gran cosa, pero estaba limpio y los muebles eran nuevos, a Esther le bastaba con eso.
No obstante, por razones que no acababa de comprender, todavía le costaba hacerse a la idea de que aquella era ahora su casa. A veces incluso se encontraba a sí misma con la mirada perdida en ningún punto concreto como haría quien cree haber percibido una presencia extraña. Miraba a su alrededor y lo veía entonces todo ordenado. No había cajas ni maletas, nada que le pudiera sugerir la engañosa certidumbre de que se trataba de un arreglo temporal. Cierto era que había dejado a Quique sin vuelta atrás. Sin ningún atisbo de remordimiento. Y por supuesto, sin ceder un solo milímetro a las protestas de aquellos que no estaban de acuerdo con su decisión.
Pero estaba demasiado acostumbrada a los lujos de su chalet de urbanización privada. A despertarse con el canto de los vencejos que revoloteaban en torno a los árboles del jardín. A la voz en grito de sus hijos, Patricia y Luis, las veces que regresaban a casa de su estadía en universidades extranjeras, e incluso al sonido de la aspiradora cuando la muchacha la pasaba con brío por encima de alfombras, escaleras y tarima flotante.
En esas ocasiones en las que la inquietud la embargaba se repetía a sí misma, como un mantra, mensajes del tipo: <<Fueron doce años residiendo en esa casa, ¿qué esperabas?>> o <<Y casi veinte de matrimonio>>, y de este modo lograba calmarse, razonar, volver a centrarse en lo verdaderamente importante. Pero habían pasado ya varios meses y todavía le costaba creer que esa mujer a la que veía todas las mañanas frente al espejo fuera la misma que había tomado la decisión de trastocar su vida por completo.
Esther había pasado de tener una existencia cómoda, casi perenne, en un chalet de los aledaños de Móstoles, a verse a sí misma en un pequeño apartamento de soltero, sin compañía ni ayuda de nadie. A menudo se olvidaba de ir al supermercado y sobrevivía con los pocos víveres que conseguía encontrar en las desnudas alacenas de su cocina. También había perdido bastante peso en los últimos meses, al menos el suficiente para lucir ahora una cara más afilada, carente de la lozanía que la caracterizaba, y verse además en la obligación de ir de tiendas para no dar una imagen pésima en el Ayuntamiento. A las faldas empezaban a sobrarle dedos y los pantalones ya no los llevaba tan ceñidos como solía. Hasta los zapatos parecían quedarle más anchos de un tiempo a esta parte. Un cambio de vestuario resultaba imperativo y, sin embargo, las horas del día parecían encogerse de manera irremediable. Ahora Esther fregaba, cocinaba y ordenaba su casa sola. Ni siquiera había tenido tiempo de contratar a una muchacha que la ayudara con las tareas domésticas. Tareas que, además, compaginaba con sus múltiples obligaciones y quehaceres.
Por un lado, tenía a su abogado, un profesional de gran reputación que la llamaba de manera continuada para comunicarle los pasos a seguir durante la demanda de divorcio. Quique y ella nunca habían hecho separación de bienes y esto resultaba un problema añadido. Como si se tratara de una calculada represalia, su exmarido no parecía dispuesto a ceder ni un ápice del patrimonio acumulado mano a mano durante veinte años. Le reclamaba la casa, los terrenos, las tarjetas de crédito, los ahorros, los coches y, a poco que se despistara, en su demencia particular llegaría a reclamar la custodia de unos hijos ya mayores de edad.
Había, además, otros asuntos personales que la inquietaban y demandaban su permanente atención. Sin ir más lejos, la insistencia de su madre, que se empeñaba en hacerle la vida un poco más difícil si acaso. Tenía dos llamadas perdidas suyas. La noche anterior se había negado a atenderlas. Su madre, la misma que durante más de cuarenta años apenas se preocupó de escuchar los deseos reales de su hija, ahora se había autoproclamado como mentora y psicóloga, un papel que Esther se negaba a darle. Llamaba con insistencia para recordarle que estaba cometiendo un tremendo error, que Quique era un buen partido, que todos los matrimonios atravesaban malos momentos. Ella, sin ir más lejos, había tenido sus rifirrafes con su padre cuando él se “confundió” (así lo dijo) con una de sus compañeras de trabajo. A Esther nada de esto le importaba realmente. Prefería pasar por alto sus llamadas y derretirse el cerebro con cualquier reality show que pusieran en la televisión. Estaba cansada de escuchar la misma cantinela. Su madre no quería entender que la decisión estaba tomada. No se trataba de un capricho ni de una ocurrencia, y le importaba bien poco la opinión que tuvieran compañeros de partido o vecinos acerca de su divorcio.
En lo relativo a este tema, lo único que realmente le preocupaba era la opinión de sus hijos. Había intentado posponer la charla con ellos tanto como le había sido posible. Luis y Patricia estaban en la universidad, y le resultaba descorazonador, falto de tacto incluso, llamarles por teléfono para decirles que su padre y ella habían decidido tomar caminos separados. Pero al final no fue posible mantener un encuentro cara a cara.
—¿Qué está pasando, mamá? Llamo a casa y nadie responde. O solo responde papá. ¿Va todo bien? —le dijo Luis a los pocos días de su separación. Esther se había ido de casa y su hijo insistía en llamar al teléfono fijo, algo que ella, por las prisas, no había previsto.
La alcaldesa atendió la llamada a su móvil desde la habitación de hotel en el que residía entonces. Bajó el volumen del televisor y suspiró imperceptiblemente, con el fatigoso convencimiento de que había llegado la hora de sincerarse con su primogénito. Qué difícil le resultaba.
—No ocurre nada, cariño —le mintió, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo, aferrada a la esperanza de que Luis no percibiera el leve temblor de su voz. Pero su hijo resultó ser un muchacho muy perspicaz.
—Mamá, por favor. Sé que está ocurriendo algo. Lo sé, no me mientas.
Esther cerró los ojos con fuerza y apretó el auricular de su móvil contra la oreja. Desde hacía algunos días sentía una especie de peso que comprimía su pecho cada vez que hablaba con sus hijos. ¿Culpa, tal vez? No, más bien se trataba de puro miedo, un terror que la desnudaba metafóricamente cada vez que contestaba a sus llamadas e intentaba fingir una normalidad inexistente.
—De acuerdo, tienes razón —afirmó rindiéndose. Abrió los ojos y perdió la mirada en la pantalla del televisor en donde un famoso de medio pelo estaba explicando las maravillas de un producto publicitario—. Sí que está ocurriendo algo. Tu padre y yo vamos a divorciarnos, pero no quería decírtelo por teléfono. Lo entiendes, ¿verdad?
Luis guardó silencio al otro lado de la línea. Casi pudo imaginárselo. Su pelo, un poco largo, cubriéndole parte de los ojos. Luis siempre lo llevaba despeinado, hecho que le daba un aire de rebeldía universitaria que probablemente perdería al cabo de los años. No era ya un niño, pero tampoco un hombre y, sin embargo, tenía ya la mesura necesaria para tratar temas delicados. Tal vez a esto atendiera su repentino silencio.
—Comprendo —dijo entonces su primogénito, sin rodeos o protestas. Con toda probabilidad, Luis ya había advertido la tensión que existía entre sus padres—. ¿Estás bien? ¿Quieres que vaya?
—Estoy bien. —Esther suspiró con alivio. No había sido tan difícil, después de todo, aunque la buena reacción de su hijo no consiguió acabar con su desazón—. Tu padre se va a quedar en casa por el momento, por eso no has podido encontrarme allí.
—¿Y tú dónde vas a vivir?
—Ando buscando algo para alquilar. Por ahora estoy en un hotel.
—Joder, vaya mierda —exclamó Luis—. Puedo ir la semana que viene, si quieres. No me importa perder clases.
—No —replicó Esther, tajante. Lo primero eran los estudios de sus hijos y una visita no iba a cambiar la situación entre Quique y ella—. Tú tienes que estar centrado ahora en tu carrera. Ya hablaremos más adelante, cuando tengas vacaciones, a ver cómo lo hacemos.
—Como quieras, aunque yo creo que debería ir. Me quedo preocupado.
—Pues no lo estés, no hay ningún motivo. Es una decisión meditada, y tu padre y yo estamos bien —afirmó, aun a sabiendas de que no tenía ni idea de cómo se encontraba Quique. En aquel momento charlaban por mediación de sus abogados y de notas que se dejaban sobre la encimera de la cocina siempre que Esther iba a recoger algo a la casa.
—¿Lo sabe ya Patri?
—Tu hermana todavía no sabe nada. Supongo que se lo diré ahora que lo he hablado contigo.
—Déjame que se lo cuente yo primero —propuso Luis con afán conciliador. Ambos sabían que Patricia era quien peor encajaría la noticia. Siempre había tenido una imagen excesivamente romántica de las relaciones maritales y tal vez ayudaría que su hermano fuera preparando el terreno—. Yo sé cómo hablarle.
—Vale, como quieras. Pero no olvides avisarme cuando se lo cuentes.
Ni siquiera hizo falta que Luis la llamara para anunciárselo. Patricia no tardó en ponerse en contacto con ella inmediatamente después. Su hija estaba afectada. Le notó la voz temblorosa, como si hubiese estado llorando minutos antes o tuviera unas ganas irrefrenables de hacerlo. No obstante, su reacción no fue tan deprimente como Esther previó. Patricia se limitó a decirle que estaba consternada, triste, decepcionada, pero que podía entender sus motivos. Ella también los había visto mal las últimas veces que había estado en casa.
—Quiero que estés bien y te voy a apoyar en todo lo que necesites. Te quiero, mamá —le dijo con tal ternura que Esther no pudo contener las lágrimas agolpándose contra sus párpados.
Anheló en su fuero interno que esa frase fuera cierta, que la afirmación se aplicara a todos los ámbitos, incluso al más espinoso de todos, cuando sus hijos descubrieran que a partir de entonces, si su madre volvía a compartir su vida con alguien, sería irremediablemente con una mujer.
Pero ese sobresalto podía esperar. Allí y ahora a Esther solo le preocupaba que los cereales que masticaba con hastío cada mañana no estaban en su mejor estado. Y que sus obligaciones como alcaldesa del Ayuntamiento de Móstoles se amontonaran día tras día en forma de papeleo sobre la mesa en la que tenía apoyados los codos.
Dio un sorbo despistado a su café recordando todos los plenos a los que debía asistir, las actas por firmar, los acuerdos por sellar y las calles por inaugurar. Por supuesto, a todo esto había que sumarle el manifiesto nerviosismo que flotaba en su entorno de trabajo y que le resultaba imposible ignorar. Sus concejales estaban inquietos, preocupados por los datos que arrojaban las encuestas de intención de voto. Las elecciones municipales cada vez estaban más cerca. Esther sentía escalofríos al ver los días pasar, acercándose con temeraria celeridad a la fecha señalada.
Tras su enfrentamiento con Diego Marín, eran muy pocos los que apostaban por ella para revalidar su cargo de alcaldesa en los comicios venideros. Ahora Esther Morales era una suerte de proscrita, alguien indeseable para el Partido Liberal por haberle echado un pulso a su presidente. Todos esperaban verla caer de manera estrepitosa y tal vez obtendrían su deseo, ya que el electorado no parecía haber olvidado los desmanes de su antecesor, Francisco Carreño, y la intención de voto fluctuaba peligrosamente hacia otras opciones políticas.
Pensar en todo ello resultaba agotador y estaba agotada, pero por alguna razón Esther se sentía más viva que nunca. Libre. Suya como nunca lo había sido. A veces se descubría a sí misma tarareando alegremente alguna vieja melodía mientras removía los espaguetis de la cena. O sonriendo sin motivo alguno, incluso cuando se quedaba varada en un atasco a la entrada de Móstoles. Ni las preocupaciones ni el cansancio habían conseguido mermar sus ansias de libertad, ese momento perfecto en el que se descubría con todo el tiempo del mundo para ella, con la potestad de tomar las decisiones que quisiera, fueran correctas o erróneas. Se sentía libre por primera vez en la vida y era un sentimiento verdaderamente maravilloso, suficiente para lidiar con las pesadillas nocturnas, la delgadez y las preocupaciones anexas a la situación inestable por la que atravesaba.
Hoy sin falta llamaría a un servicio de limpiadoras para que le enviaran a alguien, decidió mientras daba el último sorbo a su café. Y después llamaría a Lara, porque ya no podía posponerlo más, porque no quería posponerlo más. Posó la taza sobre el escritorio y extendió el brazo para pulsar el botón del intercomunicador.
—Carmen.
—Sí —respondió solícita la secretaria.
—Búscame el número de un servicio de limpiezas, por favor. Necesito ayuda en mi casa.
—Claro, ahora mismo te lo paso. Tengo una amiga que gestiona uno en el centro. ¿Te vale con ese?
—Alguien de confianza sería perfecto —replicó Esther, mordiendo con nerviosismo el final del bolígrafo que sostenía.
—No hay problema. Me pongo enseguida a ello.
—No, espera. —Esther sonrió. Acababa de cambiar de idea. O al menos, del orden de las tareas que se había propuesto acometer ese día—. Pásame con el servicio de limpieza después. Ponme antes con Lara Badía, por favor.
—Claro. Ahora mismo.
La voz de la secretaria se evaporó del intercomunicador. Esther se reclinó sobre el respaldo del sillón, concediéndose el primer momento de paz del día. Esperó unos segundos con una sonrisa pintada en los labios, tranquila, relajada, deseando tener otro café bien cargado entre las manos. Casi estuvo tentada de levantarse y servirse otro, pero no lo hizo. Esperó pacientemente hasta que la luz del intercomunicador se encendió de nuevo para comunicarle que tenía una llamada. Con una sonrisa todavía más amplia que la anterior, descolgó el teléfono y escuchó la voz que tanto había anhelado oír:
—Lara Badía, ¿dígame?

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CAPITULO DOS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 3:52 pm

—¿La has encontrado? Venga, date prisa, vamos a llegar tarde.
—Ya voy, espera, tiene que estar por aquí.
Lara Badía había ocupado la última media hora en intentar encontrar la tarjeta gráfica de su cámara de fotos. Hacía tanto tiempo que no la usaba que ya no recordaba dónde la había dejado. Si su memoria no le fallaba, la última vez que sacó una fotografía había sido durante la campaña de Diego Marín, cuando juntos recorrieron la Comunidad de Madrid buscando arañar votos para las elecciones autonómicas. De eso hacía menos de un año, pero cuando estos recuerdos se colaban en su mente, le parecía una etapa lejana, casi como esas estampas de la infancia que el tiempo acaba desdibujando.
Lara apenas se permitía pensar en ello. En cierta manera, se negaba a hacerlo. Consideraba importante enterrar cuanto antes este tramo de su pasado, imponiéndose una especie de terapia de choque que le impidiera quedarse anclada, aunque en determinados momentos le resultara imposible. Allá donde mirara, siempre había retazos de su etapa junto a Diego Marín. A veces eran pequeños objetos como mecheros con el logotipo del partido que encontraba en el cajón de la cubertería, mezclados sin lógica entre cucharas y cuchillos. En otras ocasiones se topaba con fotografías que debería haber guardado en algún altillo, pero que seguían en el fondo de los cajones de su escritorio. Rebuscó entre las estanterías, pero solo consiguió que de las páginas de un libro cayeran un par de papeletas de la última campaña.
Lara suspiró con cansancio. Si la búsqueda de la tarjeta gráfica iba a implicar encontrar indiscriminados despojos de su pasado, prefería comprar una nueva. Le diría a María que se adelantara mientras ella iba a cualquier tienda.
—¡Lara! ¡Que vamos a llegar tarde! —insistió María desde el otro extremo de su apartamento. Joder, qué impaciencia.
—¡Que ya voy! ¡Espera un momento! —contestó de malas maneras.
Probó por última vez en el bolsillo de la funda de la cámara, pero tal y como había ocurrido antes, la tarjeta no estaba. Lo único que encontró fue un banderín con el emblema del partido, de los que se repartían en los mítines para que simpatizantes y afiliados agitaran con entusiasmo. Lara lo estrujó y lo arrojó al suelo con enfado.
Le irritaba comprobar esta omnipresencia de Diego en todos los rincones de su vida. El presidente parecía haberlo inundado todo. Estaba en su pasado y en su presente, oculto en los cajones de su casa, inevitable en las noticias y los periódicos. Bastaba con que removiera un pequeño espacio para que siempre reapareciera, pero Lara no conseguía ubicar el momento exacto en el que permitió que él ocupara un lugar tan determinante. Cuándo, exactamente, consintió que Diego, su candidatura, su futuro, lo inundaran absolutamente todo como una gigantesca ola que se hubiera llevado por delante sus propios deseos y necesidades.
Cada vez que meditaba sobre ello la rabia hacía que le temblaran imperceptiblemente las manos. Todos los políticos son iguales , se dijo a sí misma enfadada, consciente de que se había sumado a la opinión general, algo que en otro momento creyó imposible que le ocurriera. Se consoló pensando que todavía estaba a tiempo de reconducir su vida. María la estaba esperando. Iban a llegar tarde. Así que se puso en pie, dispuesta a seguir con el día como si no hubiera tropezado con sus recuerdos más dolorosos. Aquella mañana tenía previsto asistir a la presentación del último libro del autor favorito de su novia. Ella estaba tan ilusionada con la invitación que solo quería llegar con tiempo suficiente para conseguir buenos asientos.
—¿Estás?
Lara miró por encima de su hombro y vio a María. La esperaba con impaciencia bajo el dintel.
—No soy capaz de encontrarla. Lo siento.
—Vale, no pasa nada, podemos sacar un par de fotografías con el móvil. Pero mejor vámonos o llegaremos tarde.
María tenía puesto ya el abrigo, una prenda gruesa. Faltaban todavía varias semanas para que la primavera enviara los primeros rayos a combatir el invierno madrileño.
—Puedo ir un momento a comprar una, de camino hacia allí —propuso en un último intento por llevar la cámara.
—Ni hablar, tardaríamos demasiado —repuso María—. Venga, déjalo estar. Nos vamos.
Lara obedeció sus órdenes sin rechistar. Fue hasta el ropero que tenía en el vestíbulo de entrada para ponerse el abrigo, pero al abrir las puertas del pequeño armario advirtió con sorpresa que María había dejado allí un par de prendas de su propiedad. Lara no supo si alegrarse o preocuparse por ello. Se quedó mirando las chaquetas unos segundos y recordó las otras veces que había ocurrido algo similar.
En los últimos meses María había iniciado su particular conquista de su apartamento con un sigilo típico en ella. Su novia empezó llevándose un cepillo de dientes, <<uno de sobra>>, le explicó, <<para las noches que me quede aquí contigo>>. El número de veladas en las que María se quedaba a dormir se habían incrementado con el paso del tiempo y del cepillo transitaron hacia la ropa interior en el primer cajón de la cómoda, porque <<siempre es bueno tener una muda>>. También a los calcetines <<por si acaso>>, y al pijama que se encontró un buen día debajo de la almohada <<porque a veces se me olvida>>.
María justificaba estos hallazgos sin que Lara le pidiera justificación alguna, si bien es cierto que la aparición de estos objetos en su entorno personal avivó en su interior una sensación familiar. De un tiempo a esta parte tenía la impresión de que todo lo que acontecía en su vida sucedía por expreso deseo de otras personas. Diego, Esther, María, Tomás… todos ellos habían dejado una huella indeleble sin que les hubiera dado permiso para hacerlo, como si tuvieran derecho a tomar decisiones en su nombre.
De todos modos, aquel no era lugar ni momento para detenerse a pensar en ello. Ya tendría tiempo después, cuando consiguiera serenarse. Cerró el armario fingiendo no haber visto las dos chaquetas que María había colocado allí. Cogió las llaves, el Red-Bull que previamente había sacado de la nevera y en menos de cinco minutos se encontraban ya en la entrada de la boca del metro, camino de la presentación.
—¿No estás emocionada? A mí es que me encanta —le confesó María cuando estaban validando sus abonos transporte en los tornos de entrada. Lara se encogió de hombros con indiferencia, antes de dar un sorbo a su bebida. Por fin estaba empezando a espabilarse.
—Escribe bien —respondió de manera desapasionada—, pero no sé, a mí no me dice mucho.
El autor en cuestión dominaba la lengua española, pero los libros que escribía no eran de su agrado. Lara acostumbraba a leer novela negra o de tinte político, y las obras románticas que escribía aquel autor le resultaban indiferentes; este género ocupaba un puesto muy bajo en su lista.
—Si te leyeras su último libro, no dirías eso. Es maravilloso —afirmó María con los ojos llenos de ilusión, como los de una niña a punto de cruzar las puertas de un parque temático.
Lara le sonrió con simpatía, enternecida por su entusiasmo. Esta era una de sus cualidades que más le gustaba, esa capacidad suya para convertir lo cotidiano en algo extraordinario. En cierta manera, alguien como Lara estaba necesitado de tal ilusión, aunque, a veces, le resultara agotador vivir permanentemente inmersa en un parque de atracciones.
El viaje en metro se hizo corto, unas pocas paradas las separaban de su destino y no tenían que hacer trasbordo alguno. Para su tranquilidad, el local en donde iba a tener lugar la presentación estaba prácticamente vacío cuando llegaron. Aun así, Lara advirtió que ya había un par de periodistas en la sala. Estaban acompañados de sus fotógrafos, los cuales esperaban pacientemente con la cámara colgada del hombro, observando el salón para medir la luz y buscar los ángulos. También había un pequeño grupo de fans, casi todas mujeres. Se habían arremolinado en torno a las primeras filas para no perder detalle de la presentación.
A Lara le pareció increíble que alguien tuviera ánimo y espíritu para despertarse tan temprano con el objeto de asistir a la presentación de una novela. Este tipo de actos solía celebrarse a última hora de la tarde para garantizar la presencia de un nutrido grupo de asistentes. Pero si por la razón que fuera los medios de comunicación tenían que cubrir demasiados actos ese día, los organizadores preferían sacrificar la presencia de público con tal de que los medios pudieran asistir. Con toda seguridad eso era lo que había ocurrido, pensó la periodista.
—¿Dónde quieres sentarte?
—¡Cerca! Cuanto más cerca, mejor.
Lara echó un vistazo a la sala y sugirió un par de asientos en la segunda fila. —¿Qué te parecen esos? —dijo, señalándolos.
—¿Veremos bien desde allí?
—Perfectamente, solo una de esas señoras es cabezona —bromeó, ganándose un golpe en su brazo a modo de regañina.
—Eres incorregible —protestó María.
Lara le dedicó una sonrisa. —Escucha, ve yendo hacia allí para que nadie nos los quite. Yo voy a saludar a alguien.
—Vale. No tardes.
Se dirigió entonces a uno de los periodistas que estaban rondando con aburrimiento el salón de presentaciones. Se trataba de un chico más joven que ella, de corta estatura y gafas de pasta negra que le daban un estudiado aire de intelectual torturado. Tenía la mirada perdida en una de las lámparas de araña que colgaban del techo. Lara hundió dos dedos en su hombro para que advirtiera su presencia.
Héctor se colocó las gafas sobre el puente de la nariz y frunció el ceño con preocupación.
—Lara, ¿has venido a cubrir el acto? Porque ayer me dijeron que viniera yo.
—No, hoy estoy aquí de público.
—Ah, vale, por un momento pensé que…
—Pensaste que me había mandado Tino —concluyó la frase por él.
Tino, su exjefe de uno de los periódicos más reputados de Madrid, le había hecho el gran favor de darle un trabajo en calidad de freelance mientras Lara se encontraba en tierra de nadie, tratando de decidir qué rumbo darle a su carrera profesional.
A Lara le sorprendió que Tino le hubiese hecho esta propuesta laboral después del encontronazo que había tenido con él cuando trabajaba para Esther Morales. Pensó, de veras, que aquella discusión había supuesto un punto y final a su buena relación, pero descubrió muy pronto que los mentideros de los periodistas gozaban de buena salud. Tino la llamó tan pronto escuchó los rumores sobre el desplante que le había hecho al presidente. Quería ofrecerle un empleo.
—¿Por qué haces esto? —le preguntó al recibir esa llamada—. Me paso meses sin saber nada de ti y ahora me llamas para ofrecerme trabajo. No necesito limosna, Tino, sé arreglármelas sola, y si lo haces para que te cuente trapos sucios del partido, deberías recordar con quién estás hablando.
—Qué jodida eres, Lara —replicó Tino, riéndose—. Siempre lo has sido. Pero no te pases de lista, no lo hago por pena ni para obtener información. Lo hago porque me caes bastante mejor que el capullo de tu exjefe.
Lara sonrió. De todas las respuestas posibles, Tino había sabido dar con la correcta y acabó aceptando el empleo. No obstante, ese día no estaba allí para trabajar, y así se lo hizo saber a Héctor, el joven periodista enviado para cubrir el acto:
—No te preocupes, es todo tuyo. En realidad solo quería pedirte si podías hacerme un favor.
—Tú dirás.
—¿Va a venir el fotógrafo? Porque me gustaría que me enviaras después un par de fotos de la presentación. A mi novia le encanta este escritor y quiero que tenga unas cuantas de recuerdo.
Héctor sonrió afablemente. —Eso está hecho. ¿Te las envío a la cuenta que usas para el periódico?
—A esa misma me vale. Gracias, Héctor.
—A mandar.
Lara se dirigió entonces hacia los asientos que estaba reservando María. El acto estaba a punto de empezar. Una señora de grandes gafas estaba comprobando el funcionamiento del micrófono. Lara la observó con tanta atención que acabó topándose de bruces con alguien.
—Lo siento muchísimo —se disculpó al ver que acababa de chocarse con una mujer.
La susodicha miró el suelo y luego revisó su cuerpo como si quisiera asegurarse de que todos sus miembros estaban en su sitio. Cuando levantó la cabeza y sus ojos se encontraron, su cara le resultó familiar. Se conocían de algo. ¿Pero de qué?
—¿Estás bien?
—Sí, ha sido un golpe muy tonto. Estaba distraída y no me he dado cuenta —replicó la mujer.
—Yo también, perdóname. Casi te tiro todo el café encima.
La mujer miró su taza de papel. Por fortuna, estaba intacta. El choque había llamado la atención de varios de los asistentes, entre los que se encontraba María, que las observó atentamente, aunque Lara prefirió ignorarla.
—¿Nos conocemos de algo? —le preguntó entonces a la extraña con la que se acababa de tropezar—. Perdona, es que tu cara me resulta familiar, pero no soy capaz de recordar de qué.
—Tú eres Lara —le dijo la mujer dedicándole otra sonrisa. Extendió la mano para estrechársela—. Soy Claudia. Nos conocimos en una cena que organizó Marisa, no sé si lo recuerdas.
—¡Claudia! ¡Pues claro! —Apenas podía creer que no la hubiera reconocido. Una cara como la suya no se olvidaba de la noche a la mañana—. Perdóname, a veces soy un desastre para las caras.
—No pasa nada —replicó la agente literaria—, a mí también me ocurre. Además, creo que esa noche ni tú ni Esther estabais en vuestra mejor versión, ¿me equivoco? Desaparecisteis de repente.
Lara no reparó en este detalle hasta ese momento, pero las palabras de Claudia le hicieron recordar los acontecimientos de aquella noche. Su salida precipitada del restaurante, su rápido caminar para tratar de dar alcance a Esther, la conducción furiosa de la alcaldesa hasta que llegaron a su casa y todo lo que ocurrió después. Por supuesto, Claudia desconocía todos estos hechos, pero lo cierto es que ambas habían desaparecido del restaurante y nunca se habían molestado en llamar para excusarse. Marisa había tratado de dar con Lara en un par de ocasiones, pero nunca le devolvió la llamada; simplemente no estaba de humor para bailarle el agua o siquiera para disculparse. Ahora se arrepintió de no haberlo hecho. Podía imaginar la pésima opinión que tendrían de ella Claudia y su pareja. ¿Olivia, se llamaba?
—Sobre esa noche… —carraspeó Lara con incomodidad—, creo que te debo una disculpa. A ti y a Olivia. Tu pareja se llama así, ¿verdad?
—Sí, se llama Olivia —le confirmó Claudia—. Y no tienes que disculparte. A Oli y a mí nos hacen mucha gracia este tipo de situaciones. Ella y yo también solíamos discutir mucho antes de ser pareja. Solo espero que hayáis podido superar vuestras diferencias. ¿Esther y tú estáis mejor?
Lara notó que la sangre abandonaba sus mejillas con rapidez. No estaría pensando que… seguro no creía que…
—Creo que te has confundido: Esther y yo no somos pareja —se apresuró a explicarle—. Mi novia está ahí, ¿ves? —Señaló el punto en el que se encontraba María, que le hizo gestos desesperados para que se acercara. La señora que antes había estado revisando el micrófono acababa de empezar a hablar. Lara ignoró sus súplicas, aunque bajó la voz para retomar su conversación con Claudia—. Esther y yo solo trabajamos juntas durante un tiempo.
Para Lara esta puntualización dejaba clara la naturaleza de su relación con la alcaldesa, no obstante, Claudia no pareció considerarlo así. La agente literaria la miró durante unos segundos con expresión divertida, pero en ningún momento la hizo partícipe de lo que estaba pensando. Solo le dedicó una sonrisa misteriosa. Después le informó de que estaba allí porque recientemente ella y su pareja se habían convertido en agentes del escritor.
—¿Y Olivia no ha venido?
Claudia negó con la cabeza. —Tenía asuntos que resolver en la oficina. Cuando hay este tipo de presentaciones, solemos turnarnos.
—Comprendo. —María la miró entonces con genuino enfado—. Bueno, Claudia, ha sido un verdadero placer encontrarme de nuevo contigo. A ver si tomamos un café algún día o vamos de cena. Esta vez prometo quedarme a los postres.
—Pues ahora que lo dices, me parece muy buena idea lo de quedar. Podíamos organizar una cena, esta vez de verdad —bromeó—. Esther y tú estáis invitadas a nuestra casa cuando queráis.
—En realidad estoy con Marí…
—Toma nota de mi número —le indicó Claudia.
—Sí, dime. Te hago una llamada perdida para que te quedes con el mío —replicó Lara, dándose por vencida. Si Claudia quería pensar que Esther y ella eran pareja, que así fuera. De todos modos, no acostumbraba a dar explicaciones sobre su vida privada y esta no iba a ser la primera vez. Así que intercambiaron teléfonos y acordaron verse en otro momento.
Lara siguió caminando por el salón de presentaciones, pero la mención de Esther le había provocado cierta inquietud. Hacía tiempo que sus caminos se habían separado, pero, por supuesto, seguía acordándose de la alcaldesa más a menudo de lo que deseaba. A veces se colaban en su mente recuerdos como la noche que habían pasado juntas en su casa, los nervios que sintió en su pleno de investidura, o el orgullo que la invadió cuando Esther tomó por fin las riendas de su vida para acabar con un matrimonio estéril, y para ponerle, también, vallas a su relación con Diego Marín.
Lara recordaba con claridad los buenos ratos al lado de la alcaldesa, porque habían sido muchos, a pesar de su breve periplo en Móstoles. Sin embargo, estos gratos recuerdos casi siempre quedaban empañados por una nueva sensación que había germinado recientemente en su interior. Y es que Esther Morales no dejaba de ser una política, una de ellos, una de tantos, y a Lara le resultaba difícil compaginar los buenos momentos con la impresión que ahora tenía sobre los políticos. Lo último que deseaba era volver a cegarse como lo había hecho con Diego Marín. Él había conseguido engañarla, le había hecho creer en su lealtad, y finalmente todo había resultado ser una gran mentira. ¿Podía decir lo mismo de Esther Morales? ¿La usaría también como la había usado Diego? Por más que lo meditaba, era incapaz de responder a esta compleja pregunta.
Las elecciones municipales estaban cada vez más cerca. Lara era muy consciente de ello, pero unos pocos meses le habían bastado para acostumbrarse a su nuevo estilo de vida. Ahora disfrutaba de nimiedades como qué película iba a ver esa noche con María, o qué comida se le antojaba preparar para la cena. Incluso había reanudado aficiones que en el pasado le había sido imposible realizar por falta de tiempo. Se trataba de pequeñas cosas, menudencias, incluso miserias cotidianas que cualquier humano ejecuta sin prestarles demasiada atención, pero Lara estaba disfrutando de esta nueva existencia sencilla. Quizá no estuviera cambiando el mundo con ella, tal vez no realizara ya sugerencias que podían trastocar el futuro de la ciudadanía, pero se trataba de un ejercicio sano y terapéutico que le permitía reconectar con la verdadera Lara Badía, aquella que algún día llegó a sepultar bajo una gran sobrecarga de trabajo.
Eso no significaba que a veces no se acordara de Esther. En varias ocasiones incluso barajó la posibilidad de llamarla o mandarle un mensaje. Las nuevas tecnologías resultaban una gran tentación, y en infinidad de ocasiones estuvo a punto de contactarla cuando veía que estaba conectada a una de las redes de mensajería instantánea.
Esther le importaba lo suficiente para desear saber cómo se encontraba, si se sentía sola o liberada, si necesitaba apoyo ahora que por fin había conseguido reconocer en voz alta su verdadera naturaleza. Lara podía intuirlo sola que debía de sentirse en el proceso de reconstruir su vida. Esther Morales lo había perdido prácticamente todo en poco tiempo. Su matrimonio estaba roto, sus hijos fuera del país y el partido por el que se había desvivido le había dado la espalda.
Juan Devesa, su antiguo compañero del Gabinete de Prensa del presidente, la informaba puntualmente de los rumores que circulaban en el partido. Aunque poca gente conocía los detalles reales del enfrentamiento entre Esther y el presidente, ya era un secreto a voces que Diego Marín había puesto una cruz sobre el nombre de la alcaldesa, y Lara estaba preocupada. No obstante, creyó más oportuno mantenerse al margen. Le daba miedo implicarse demasiado, y en cualquier caso, las elecciones municipales volverían a reunirlas. Cuando menos se lo esperara, recibiría una llamada de Esther. Tenían un trato, y pretendía cumplir con su palabra.
Seguía con estas ideas danzando en círculos en su cabeza cuando por fin llegó al asiento que María tenía reservado para ella. La presentadora del evento estaba concluyendo la introducción del mismo. El escritor tomaría la palabra ahora.
—¿Quién era la mujer con la que estabas hablando? —le preguntó María queriendo disfrazar los celos de genuino interés. Lara sonrió. Claudia era una mujer muy atractiva.
—Una agente literaria a la que conocí a través de Marisa. Tiene una pequeña agencia con su novia y ahora están representando a tu chico.
—Vaya, qué interesante. Jamás hubiera imaginado que se dedicara a eso.
—¿Por qué no?
María hizo un mohín con la boca. —No lo sé, no lo parece.
—¿Porque es guapa? —inquirió Lara sin rodeos.
—Sí, a lo mejor es por eso.
—Mira, ya va a hablar. —Lara señaló al escritor, feliz de poder dar esta conversación por zanjada. Las inseguridades de María a veces eran un foco de discusión entre ellas y no tenía ánimo para lidiar con nimiedades en ese momento.
María se olvidó entonces de Claudia y de sus tribulaciones de novia insegura. Se centró de nuevo en lo que las ocupaba y tenía ya el gesto perfectamente relajado cuando el teléfono de Lara empezó a sonar con estrépito en medio de la presentación.
—Por favor, tengan la amabilidad de apagar sus móviles —rogó malhumorada la mujer que había hecho la introducción.
Lara sacó apresuradamente el aparato de su bolsillo, le hizo un gesto rápido a María y salió disparada de la sala, tal y como había hecho antaño, cuando Diego esperaba de ella que respondiera ipso facto. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la posibilidad de devolver la llamada en otro momento. Comprobó enseguida que la llamada procedía del Ayuntamiento de Móstoles. Pensó que se trataría de Carmen. La secretaria a veces la contactaba cuando María no respondía al teléfono.
—¿Sí? ¿Carmen? —contestó en un susurro. Las puertas del salón donde tenía lugar la presentación todavía se encontraban abiertas.
—Lara, hija, menos mal que tú siempre contestas al teléfono, no como mi sobrina.
Lara sonrió, aunque la idea de que otros la percibieran como alguien drogodependiente de su móvil no le hiciera demasiada gracia.
—¿Quieres hablar con ella? Estamos en la presentación de un libro.
—No, no. Esta vez no tiene nada que ver con eso —especificó Carmen—. En realidad te llamo porque Esther quiere hablar contigo.
Lara palideció al escuchar estas palabras. Su cuerpo se tensó de inmediato. Después de todo, el momento había llegado. La campaña llamaba a su puerta. Bajó la mirada, sin saber cómo sentirse al respecto. Lo único que supo fue que no estaba preparada; todavía no.
—De acuerdo —dijo, no obstante—, pásamela.
—¿Es un buen momento? ¿Quieres que le diga que te llame más tarde? —sugirió Carmen, preocupada de haber interrumpido.
—Ahora está bien, Carmen, no te preocupes. Pásamela.
—De acuerdo.
Lara cerró los ojos y de manera involuntaria empezó a imaginarse a Esther. La alcaldesa se encontraría en su despacho, sentada en la gran butaca que presidía su escritorio. Estaría vestida con un traje de chaqueta oscuro, perfectamente planchado. Maquillaje. Uñas. Melena. Todo perfecto, estudiado. Sonreiría ligeramente antes de empezar a hablar, de lado, una media sonrisa complacida, y cuando por fin dijera algo lo haría con la seguridad que la caracterizaba, y esa actitud suya de tenerlo absolutamente todo bajo control. Estaría medio adormilada porque todavía era temprano y tendía a tener la tensión baja, pero lo contrarrestaría con un café bien cargado, el segundo de la mañana. Y sí, se sentiría un poco nerviosa, tal vez incluso tímida, porque a ella no podía engañarla: Esther Morales era una mujer de carácter, con una seguridad en sí misma apabullante, pero con Lara podía tornarse insegura y vulnerable, sobre todo cuando algo la acongojaba, como seguramente sería el caso.
—Lara Badía, ¿dígame? —contestó utilizando una formalidad que solo usaba en las ocasiones importantes. Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea hasta que Esther por fin se decidió a hablar:
—Lara, ¿cómo has estado?
—Hola, Esther. Bien, no me puedo quejar —dijo, escuchando los muelles del sillón de la Alcaldía. Había pasado tantas horas allí que sabía incluso el ruido que hacía el sillón cuando la alcaldesa se recostaba—. Supongo que no tengo que preguntarte para qué me llamas. Sería estúpido por mi parte.
—Bueno, ya sabes que no me ando con rodeos —replicó la alcaldesa.
—Me hago cargo. Nunca te he tenido por el tipo de mujer que llama para hablar de pequeñeces.
Esther rio con franqueza, contagiándole una sonrisa. —Has acertado. No lo soy.
—Me llamas por lo de las elecciones —afirmó Lara, dispuesta a ponerle las cosas fáciles. No le encontraba ningún sentido a dar rodeos estériles para alargar la conversación.
—Vuelves a acertar. He intentado posponerlo todo lo que he podido, no quería molestarte y no sabía si estarías ocupada en otras cosas, pero hoy he recibido una llamada del Gabinete de Presidencia. Querían recordarme que hay reunión la semana que viene en la sede del partido.
Lara silbó con sorpresa. Si el gabinete había llamado, la situación era seria.
—¿Te ha llamado Tomás? —preguntó, sintiendo un inmediato rechazo al pronunciar el nombre de quien ahora ocupaba su puesto.
—No, Juan Devesa. Carmen atendió la llamada, pero al parecer le han dicho que es importante que vaya. No he ido a ninguna de las reuniones anteriores y esperaba que a esta pudieras acompañarme.
Lara recapacitó unos segundos. En realidad no era necesario que acompañara a Esther. Por experiencia sabía que a este tipo de reuniones solían asistir única y exclusivamente los candidatos a las alcaldías. Muy pocos concurrían con sus jefes de prensa, pero podía entender por qué Esther no deseaba ir sola. Haría bien en rodearse de personas que la apreciaban, ahora que las cosas se le complicaban con sus compañeros de partido.
—¿Qué día es?
—El jueves, en la sede provincial. Todavía no sé la hora.
—Bien, no hay ningún problema. Allí estaré.
—¿Seguro que no te pongo en un aprieto? —se interesó Esther, con genuina preocupación—. Sé que es un poco precipitado, pero te he llamado tan pronto me he enterado. De todos modos, si tienes algo importante que hacer u otras cosas que atender, yo…
—El jueves está bien, Esther. Dile a Carmen que me informe de la hora de la reunión o llámame tú cuando la sepas y nos vemos allí. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Así lo haré.
—Perfecto. Quedamos así, entonces.
—Sí.
Lara estaba ya a punto de despedirse y colgar el teléfono, pero cuando casi lo había hecho, Esther reclamó de nuevo su atención:
—¿Lara?
—¿Sí?
—Me alegra mucho escucharte. Saber de ti, vaya.
La periodista contuvo la respiración. No sabía cómo lo hacía, pero aquella mujer tenía la capacidad de encender luciérnagas en su interior con algo tan simple como pronunciar su nombre. Sintió un nudo que se tensaba en su garganta y por un momento no supo qué responder, así que simplemente optó por decir la verdad. Desnuda, absurda y peligrosa verdad:
—Sí, a mí también me ha gustado saber de ti. Nos vemos el jueves, ¿de acuerdo?
—De acuerdo. Hasta el jueves.
—Hasta el jueves.

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CAPITULO TRES

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 3:52 pm

A las seis en punto estaba de camino a la sede. A las seis y veinte, se encontró con el atasco típico de la entrada de Madrid. Y eran ya las siete cuando Esther estaba intentando dar con un sitio donde aparcar. Normalmente lo hacía en el aparcamiento situado en la misma manzana que la sede provincial, pero esa tarde no quedaba ni un sitio vacío.
La alcaldesa odiaba con toda su alma llegar tarde a una cita. Le parecía que una impecable carta de presentación era no tener esperando a nadie con quien hubiera quedado. Y hoy había quedado con Lara. Casi seguro la periodista estaría en la entrada, tal y como habían planeado, mirando su reloj con inquietud y preguntándose si había ocurrido algo. Marcó su número de teléfono en el manos libres.
—Esther, ¿va todo bien? La reunión está a punto de empezar.
—Estoy metida en el infierno de Madrid. No encuentro sitio donde aparcar.
—¿Has probado en el aparcamiento?
—Completo. Estoy mirando en la calle de atrás. Tan pronto lo aparque, salgo corriendo para allá. ¡Espera! Parece que sale un coche —dijo, estirando la cabeza. Sí, quedaba una plaza libre—. Ahora te veo.
—Vale, te espero fuera.
Esther se impacientó mientras el conductor del vehículo hacía maniobras para desaparcarlo. Estaba tan inquieta que casi no le dejó espacio para maniobrar, con el consecuente enfado del conductor, que le dedicó una mirada furiosa a través del espejo retrovisor. Cuando por fin estacionó su coche, en lugar de sentirse más calmada, notó que los nervios que había sido capaz de controlar yendo hacia allí, volvían a hacer acto de presencia, esta vez con mayor virulencia. Respiró hondo y empezó a transitar con brío por la calle que la separaba de la sede.
Tenía el pelo perfectamente peinado, se había comprado un traje nuevo para la ocasión. ¿Los zapatos? De salón, serios pero exquisitos, como siempre. Y se había preocupado de retocarse el maquillaje antes de salir del Ayuntamiento. No obstante, a pesar de estar aparentemente preparada, la procesión de Esther Morales iba por dentro. La seguridad en una misma no residía en unos zapatos caros o en el atuendo perfecto, y la regidora apenas podía controlar los nervios arremolinándose en la boca de su estómago. Su estresante boda de trescientos invitados había sido fácil en comparación. El pleno que la invistió como alcaldesa de Móstoles, también. Incluso la noche de fin de año en la que se adentró en las profundidades de Chueca sin más compañía que aquel oscuro sentimiento de vacío y pérdida, había sido más fácil que plantarse aquel día en la sede de su partido. Después de una década entregada por completo a la política, la alcaldesa se sintió por primera vez ajena, extraña. Sabía que no iba a ser bien recibida por sus compañeros de partido y, a la postre, iba a encontrarse de nuevo con Lara.
Los días previos habían transcurrido teñidos de una engañosa normalidad. Esther acudió al Ayuntamiento, despachó asuntos con sus concejales, llamó a sus hijos, discutió con su abogado, se exasperó con las llamadas de su madre y recibió a la amable joven que a partir de entonces iba a facilitarle la vida encargándose de las tareas domésticas. Nada fuera de lo normal. Había estado tan ocupada sobreviviendo a su propio caos que, antes de que pudiera darse cuenta, el día de la reunión había llegado.
Mientras recorría los últimos metros que la separaban de la sede tuvo la impresión de que no estaba preparada para afrontar todo aquello. Y no se equivocaba demasiado. Lo supo al distinguir la figura de Lara, apostada en la puerta, mirando su teléfono móvil con inquietud, ajena al hecho de que la estaba observando. A pesar de la distancia que las separaba, no le costó advertir que Lara estaba fantástica. A diferencia de ella, la periodista había ganado un par de kilos, lo que le daba una apariencia más sana, relajada, como si hubiera estado de vacaciones todo ese tiempo. Su rostro también parecía más relajado, sin rastro de las ojeras y signos de preocupación que lo caracterizaban los días que trabajaron juntas. Casi sintió vergüenza de acercarse a ella, desfavorecida como se veía. Le hubiese gustado estar radiante para el reencuentro, pero ahora ya era demasiado tarde para lamentarse; Lara acababa de verla.
La periodista sonrió. Se trataba de una sonrisa sincera, como si de veras la hubiera echado de menos los meses que habían estado separadas. Se encontraron en un punto medio e intercambiaron dos besos, breves pero intensos. A Esther no le hubiese importado dejar sus labios anclados a aquellas mejillas, pero no disponían de tiempo.
—¿Estás lista? Ya han empezado —le informó la periodista sin más preámbulos, los ojos teñidos de excitación.
—Hazme esa pregunta más tarde. Ahora estoy tan nerviosa que no creo que pueda contestarla. ¿Te has encontrado con alguien?
—Solo con Martín, el gerente.
—Eso es que no. Mejor. Así haremos una aparición estelar.
—¿Vamos?
—Vamos —dijo Esther, empujando la puerta.
Unos segundos fueron suficientes para sacudirse los nervios provocados por su encuentro con Lara. Tendría que haberlo imaginado, haber previsto que así era su relación con la periodista, sencilla, cálida, fácil, de manera natural. Entre ellas no había espacio para las tonterías. Eran dos mujeres adultas y de carácter, por lo que no necesitaban grandes preámbulos ni introducciones para centrarse en sus objetivos. Y su objetivo ahora era aparentar serenidad cuando entraran. Querían fingir que ambas seguían en buenos términos con el presidente, aunque nada de esto les impidió enzarzarse en una charla banal:
—Estás fantástica —le dijo Esther mientras llamaban el ascensor—. La vida fuera de la política te sienta bien.
—Gracias. Estaba a punto de decirte lo mismo —apreció Lara. El ascensor ya había llegado—. Aunque te veo más delgada.
—Es por la mala vida que llevo. Pulsa el cuatro, anda.
Lara pulsó el botón del cuarto piso. —¿Va todo bien? —se interesó de manera general, sin entrar en detalles. Todavía era muy pronto para eso. Esther se encogió de hombros.
—Va. Y eso es bastante, teniendo en cuenta la situación. Pero ya lo iremos hablando. Tampoco es cuestión de contarte toda mi vida en la primera cita. Al menos tendrás que invitarme a cenar antes, ¿no crees?
Lara sonrió con esta pequeña broma, y Esther se relajó por completo. Las cosas iban bien, demasiado bien. Tendría que haber sospechado que en algún momento se torcerían.
Saludaron a las tres secretarias que custodiaban la entrada de la sede. Una de ellas les hizo señas para que se dirigieran al salón principal, donde tenían lugar las grandes reuniones del partido. Martín, el gerente, estaba apostado en la puerta. Tenía el mismo gesto de un gorila que vigilara la entrada de un garito de moda. Llegaban tarde y la reunión ya había comenzado, así que ambas se ganaron una mirada de reproche del gerente cuando, alertado por los tacones de Esther, se giró para saber quién venía.
—Llegáis tarde —les reprochó con las mejillas sonrosadas y los ojos brillantes, como si acabara de llegar de una copiosa comida. Acto seguido hizo una seña a alguien que se encontraba en el interior del salón.
Tomás Díez apareció entonces de la nada. Se dirigió a ellas en una exhalación. Tras intercambiar un saludo rápido, tomó a Esther del brazo y les hizo una seña para que lo siguieran.
—Venid por aquí —les ordenó.
Sucedió todo tan rápido que Esther no pudo procesar lo que estaba ocurriendo hasta que fue muy tarde. En cuanto se dieron cuenta, ya estaban sentadas en primera fila, a la vista de todos sus compañeros de partido. Diego Marín se encontraba justo enfrente, presidía una mesa en la que lo acompañaban el presidente de la Diputación de Madrid y el secretario general del Partido Liberal de la Comunidad.
—¿Qué está pasando? ¿Por qué nos han sentado aquí? —inquirió Esther en un susurro.
—Te lo explico después —replicó Lara mientras le apretaba el brazo con cariño para que bajara la voz. Aquel no era un buen momento, las estaban observando detenidamente.
A Esther le costó comprender que Tomás las hubiera sentado en primera fila, pero respiró hondo y consiguió calmarse. El presidente estaba hablando y sentía curiosidad por saber qué decía, aunque la enervara tenerlo justo enfrente, de manera que le resultaba imposible mirar hacia otro lado. Aquel hombre le causaba ahora tanto rechazo que a veces le daba un vuelco el estómago cuando recordaba los besos que habían intercambiado en aquel ascensor. Diego Marín estaba especialmente inspirado aquel día. Hablaba sin echar mano de discurso alguno, pero las palabras le salían de manera fluida. Les recordó a los presentes lo importantes que eran aquellas elecciones para el futuro del partido. Según el presidente, debían hacer un esfuerzo colectivo porque la consecuencia de perder las elecciones era quedarse sin la Diputación de Madrid, y la Diputación era la vaca que más leche daba. Tal y como les recordó, conservarla significaba seguir teniendo dinero a espuertas, fácil de desviar a cualquier causa que beneficiara al partido. Si la perdían, ese grifo se cerraría.
Marín también les informó de las citas importantes que tendrían lugar las siguientes semanas. La primera sería la foto de posado y presentación de los candidatos a alcaldes. Los representantes de los ciento setenta y nueve municipios de la Comunidad de Madrid se reunirían con el presidente para sacarse una bonita foto de grupo que convenciera a la opinión pública de que los miembros del Partido Liberal eran una piña, un equipo. Después, el propio Marín haría una especie de tournée por los municipios para presentar a los nuevos candidatos a los medios de comunicación. A partir de ahí, todo quedaría en manos de cada localidad. De sus equipos dependía que las elecciones fueran un éxito o un fracaso.
—Está mal que yo lo diga —terció Marín cuando llegó a este punto— y esto no puede salir de aquí porque ya sabéis que es ilegal, pero, coño, vosotros sois los que mejor conocéis a vuestros vecinos. Si uno de ellos os dice que tiene una madre enferma, que quiere votar pero no puede asistir al colegio electoral, llevad vosotros a la madre a votar. ¿Entendéis? Un voto puede marcar la diferencia entre obtener la Alcaldía o quedarse sin ella.
—¿Y qué pasa si alguno está cabreado? —Esther y Lara se giraron. Quien hablaba era Demetrio Molina, el alcalde de Alcobendas. Solía hacerlo cada vez que había una reunión. De sobra eran conocidas sus intervenciones, que a menudo no solían tener nada que ver con el tema que se estaba tratando—. Este año se ha destinado muy poco dinero a nuestro municipio. Los vecinos están cabreados.
—Pues si tienes que charlar con ellos personalmente, lo haces, Demetrio, coño. No cuesta nada acercarte a su casa para explicarles lo que hay, yo mismo tuve que hacerlo en varias ocasiones. La crisis nos ha afectado a todos, no solo a Alcobendas, pero no podemos dejar que eso nos hunda —le animó el presidente, zanjando la cuestión con enfado.
Eran muchos los que se quejaban de no haber recibido suficientes fondos para contentar a sus votantes. Marín parecía cansado de escuchar una y otra vez las mismas protestas.
—Y si no, siempre puedes llamarnos, para ver qué se puede hacer desde el partido —intervino el gerente.
Diego Marín asintió con la cabeza, en claro signo de apoyo.
—Exacto —dijo—, si ves que las cosas se complican, llamas aquí y Martín se puede ocupar de enviarte dinero para algo que hayas prometido. Con moderación, claro. No vayáis a llamar todos de golpe, que no hay dinero para tanto.
La audiencia festejó con sonrisas esta broma del presidente. Los allí reunidos, casi todo hombres a excepción de las candidatas de Brea del Tajo, La Hiruela y Esther, que era la única alcaldesa, parecían considerarlo muy divertido. Los murmullos cesaron cuando el presidente habló de nuevo:
—Nadie está diciendo que sea fácil, pero vedlo de esta manera: si no echamos el resto ahora, algunos de vosotros os quedaréis en la calle —les recordó—, y os advierto que estar en la oposición es muy duro. Y si no, que os lo cuente Esther Morales, que tuvo que vivir en la oposición varios años, ¿verdad, Morales?
Esther se quedó horrorizada al escuchar su nombre en boca del presidente. El silencio que siguió a sus palabras fue todavía más difícil de sobrellevar. No solo la habían sentado en primera fila, donde todos podían verla, sino que ahora Diego se dirigía a ella como si fueran amigos y, a la postre, la ponía de ejemplo ante todos. ¿Qué estaba ocurriendo?
La alcaldesa se removió en su silla y sonrió con nerviosismo. Sabía que todos estaban esperando que interviniera, así que optó por dar una respuesta poco comprometida.
—Así es, la oposición es muy dura —comentó sin titubeos. No sabía cómo lo lograba, pero cada vez que los nervios estaban a punto de envenenarla, conseguía calmarse justo a tiempo para dar una imagen de seguridad que no se correspondía con su inquietud interior.
—¿Cómo van las cosas por Móstoles? —se interesó el presidente entonces. Se diría que Diego estaba disfrutando de poner a Esther en el ojo del huracán.
—Estamos en ello —replicó ella, sin apartar los ojos él—. Estoy segura de que con un poco de trabajo conseguiremos sacar unos buenos resultados.
Mentira. Esther lo sabía mejor que nadie. Diego Marín, también. La intención de voto caía en picado, y tendrían que dejarse la piel si querían remontar. Pero para eso estaban allí, Lara y ella, un equipo. Lo que pensaran sus compañeros de partido, le daba exactamente igual. Lara hizo un leve gesto de asentimiento con la cabeza. Eso le dio ánimos.
—Estoy segura de que renovaré como alcaldesa después de mayo —puntualizó, y con ello provocó una sonrisa de suficiencia en el presidente. Cuando sus ojos se cruzaron de nuevo, Esther sintió que le ardían las pupilas. Su mirada encerraba tanto odio que supo que esa imagen se le quedaría grabada para siempre.
—Esa es la actitud, Morales. Espero que tus compañeros de partido tomen buena nota —afirmó Marín, antes de pasar a otros temas.
La reunión terminó cinco minutos después, con la promesa de que se les mantendría informados de las fechas de los eventos que estaban por llegar. Muchos de sus compañeros de partido se acercaron para charlar con Marín. Todos querían saludar de manera personal al presidente, seguir cultivando su relación con él para obtener favores. Esther y Lara, en cambio, se retiraron con discreción.
—Nos vamos —le susurró Esther.
—Deberías quedarte y saludar —protestó Lara.
—¿Después de lo que ha ocurrido? Ni hablar. Nos vamos —insistió la alcaldesa, tirando de la manga de su chaqueta para obligarle a que caminara.
Esther sabía que lo inteligente habría sido quedarse, participar en aquella extraña representación teatral, y saludar a algunos compañeros. El networking en el corazón del partido resultaba casi tan importante como el apoyo de los ciudadanos. Pero Esther no se encontraba de humor. Quería salir cuanto antes de la sede. Estaban ya casi a las puertas del salón cuando Tomás salió a su encuentro.
—Lara, Esther —las saludó con desparpajo el jefe del Gabinete de Presidencia—. Perdonad si antes no he podido saludaros, pero la reunión ya había empezado.
Lara se tensó al verse obligada a hablar con la persona que había ocupado su antiguo puesto. No obstante, la periodista se repuso con una rapidez que la dejó pasmada:
—Tomás, ¿cómo has estado? ¿Cómo van las cosas por Presidencia?
—Bien, bien —replicó él con una sonrisa—. Aunque tenemos mucho trabajo, como siempre. ¿Qué tal por Móstoles? El otro día Juan y yo estábamos hablando de que no estaría mal organizar algún acto de campaña con el presidente. Ya sabes, un mitin de cierre o algo así.
—Claro, eso sería genial —afirmó Lara—. Te llamaré para cerrar una fecha. Habrá que buscar un local donde hacerlo y todo lo demás.
—Perfecto, así lo espero. Estamos en contacto —se despidió Tomás, antes de salir disparado hacia el presidente para poner un poco de orden entre la gente que esperaba su turno para saludarle.
Esther no dijo nada de inmediato. Tan solo miró a Lara de reojo para asegurarse de que se encontraba bien. Como la vio tranquila, relajada, prefirió seguirla en silencio hasta la salida. Se despidieron de las secretarias y salieron al rellano del ascensor. Solo cuando pulsó el botón de llamada, Lara dejó salir la rabia que la consumía:
—Le odio. A él y a Marín.
Esther sonrió. —Pues ya somos dos. ¿Qué opinas del circo que han montado? —le preguntó. La periodista no parecía sorprendida.
—Que si yo fuera Tomás, habría hecho lo mismo.
Esther frunció el ceño. —¿Lo mismo? ¿A qué te refieres?
—A ver, Esther, tienes que comprender que si te enfrentas al presidente del partido te pueden pasar dos cosas: que nadie se entere de ello o que todo el partido acabe enterándose. Y yo veo muy claro lo que ha ocurrido.
—Y eso, ¿qué es? —preguntó. Tenía su propia teoría sobre lo acontecido, pero quería saber si Lara pensaba lo mismo.
—Pues que, probablemente, todos los que estaban allí habrán oído por un canal u otro que le echaste un pulso a Diego, y que al final te saliste con la tuya —empezó a explicarle—. Da igual si saben la historia completa o solo detalles, para ellos eres una rebelde que consiguió lo que quería, y eso es terrible para la imagen del presidente. Lo que han hecho hoy es exactamente lo que yo le habría sugerido a Diego si hubiese dependido de mí: colocarte en un lugar especial, es decir, en primera fila, donde están los primeros espadas del partido. Y después, ponerte de ejemplo para que todos vean que el presidente es quien tiene el poder. Que todo está bien. Sencillo, pero muy efectivo.
—Ya. Hemos estado lentas por no haberlo previsto —replicó Esther, cabeceando con tristeza.
—Yo sí lo preví.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué no me lo dijiste? —protestó la alcaldesa, que se detuvo en medio de la calle.
—Por esto mismo. —Lara la señaló de arriba abajo—. Te conozco. Si te lo hubiese dicho, probablemente habrías mandado a Tomás a la mierda delante de todos. ¿Me equivoco?
Esther se ruborizó. —No, no te equivocas. Es muy posible que lo hubiese hecho.
—Lo sé, y por eso no te lo he dicho, porque tenemos ya suficientes problemas. Te guste o no, en el futuro vamos a necesitar ayuda de la gente del partido. Así que cuanto menos ruido hagamos, mejor. Ya tendremos nuestra oportunidad de dar un golpe en la mesa, no te preocupes.
Esther se tranquilizó al escuchar estas palabras. La periodista nunca dejaba de sorprenderla, por eso se alegraba tanto de tenerla a su lado. Lara era su freno, su brújula cuando perdía el norte. Ella sabía mejor que nadie cómo manejar los tira y aflojas del poder que tanto la ofuscaban. Quiso darle las gracias, pero ya lo había hecho muchas veces antes, y se entendían con una sola mirada. No hizo falta nada más.
Acababan de doblar la esquina y Esther se detuvo en seco, sin saber cómo proceder. El metro estaba a la derecha, pero ella tenía que tomar la dirección opuesta. La regidora sintió tentaciones de vocalizar lo que estaba pensando (“¿Te apetece que nos tomemos algo?”), pero se contuvo por temor a poner a Lara en un aprieto. Entonces Lara consultó su reloj.
—Tengo que irme, he quedado —le informó, señalando la dirección en la que se encontraba el metro. Había algo en su voz, una tristeza, una manera de arrastrar las vocales al final de cada palabra, que le hizo pensar que tenía que irse, pero que no quería hacerlo. Aun así, prefirió no insistir—. Te llamaré esta semana para organizarlo todo.
—Claro, cuando quieras —dijo Esther, intentando ocultar su decepción.
—Y voy a necesitar un despacho.
—Por supuesto. El cuarto de la limpieza estará listo para cuando vengas —bromeó.
Lara sonrió.
—Más te vale que esta vez me des algo en condiciones o me enfadaré.
—Veré lo que puedo hacer. Creo que estarás muy cómoda en el despacho de Hugo.
—¿Se ha ido? —preguntó Lara con interés. Hasta entonces no habían tocado el tema del jefe de prensa del exalcalde, un chico del que Esther nunca se había fiado.
La alcaldesa asintió con la cabeza. —Pasé tanto de él que al final acabó yéndose por su propio pie. Ni siquiera tuve que echarle —le informó—. Así que, cuando quieras, puedes instalarte en su despacho. Lo mandé limpiar la semana pasada. Carmen te dará las llaves cuando vayas.
—De acuerdo —replicó Lara, complacida con las noticias—, pues me dejaré caer por ahí esta semana. Te llamo, ¿vale?
—Perfecto. Así quedamos.
Esther hizo ademán de inclinarse para darle dos besos de despedida, pero el contacto físico con Lara, aunque placentero, le pareció inconveniente, como si estuviera pisando territorio prohibido o profanando un templo sagrado. Así que corrigió enseguida su postura y optó, en su lugar, por un gesto de despedida con la mano. Lara se despidió de igual manera antes de poner rumbo hacia la boca del metro. Esther permaneció unos segundos con la mirada fija en su espalda, consciente de que aquello no era el final de nada. Sin duda acababan de despedirse, pero en realidad solo era el comienzo de todo.

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CAPITULO CUATRO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 3:53 pm

María la estaba esperando cuando subió las escaleras de la boca del metro. Por su gesto de fastidio cualquiera habría dicho que llevaba mucho tiempo allí, pero Lara no se estaba retrasando. Lo comprobó al mirar la hora en su reloj de pulsera. El cine no empezaría hasta media hora más tarde. Tenían tiempo de sobra para comprar las entradas y elegir los asientos que a María le gustaran. ¿A qué venía esa cara?, se preguntó al pasar bajo el cartel del metro de Callao, antes de llegar a su lado y saludarla con un beso.
—Llego a tiempo, ¿no? —le dijo, solo por asegurarse—. Habíamos quedado a las nueve.
—Sí, llegas bien.
—Ah, vale, por si acaso.
Lara suspiró con alivio, pero de igual manera tuvo la impresión de que estas escenas de pura incertidumbre se producían demasiado a menudo entre ellas. Le resultaban molestas, aunque en su interior supiera que eran normales, algo típico de los primeros compases de cualquier relación; en esos primeros meses, le parecía lógico dudar sobre sus propios actos, titubear ante nimiedades, preguntarse insignificancias como <<¿Habré hecho algo mal?>> o <<¿Le habrá molestado esto que he dicho?>>. Lara conseguía apartarlas momentáneamente de su mente, pero la duda no se evaporaba del todo hasta que María la despejaba con una sonrisa, un comentario o una caricia, y por eso preguntó:
—¿Estás preocupada por algo? Pareces molesta.
Cruzaron al otro extremo de la calle para dirigirse al cine. Callao, a las nueve de la noche, era un tumulto de personas que entraban y salían de sus portales como hormiguitas transitando hacia su colonia. Lara tuvo que esquivar a un par de transeúntes antes de encontrar una respuesta en los ojos de María.
—Estoy perfectamente. ¿Por qué lo dices?
—No lo sé, me pareció que estabas molesta.
—Para nada, estoy muy bien —insistió María.
El cine estaba a escasos metros de donde se encontraban. María había sugerido una película que no tenía ganas de ver. Se trataba de unos de esos filmes melindrosos, y una simple búsqueda en una web filmográfica le bastó para saber que no sería de su agrado. Pero los gustos de su novia eran muy diferentes a los suyos, y a veces tenía que dar su brazo a torcer para complacerla. De todos modos, el guion de la película parecía tan predecible que se alegró de poder disponer de dos horas de absoluta paz y desconexión. Dos horas en las que no tendría que pensar en Esther Morales o el ambiente hostil que se respiraba en el partido.
Lara se cuidó mucho de comentarlo con la alcaldesa, pero sintió escalofríos al percatarse de la mirada de Diego durante la reunión en la sede. El odio estaba agazapado en sus pupilas, como un animal esperando su oportunidad para abalanzarse sobre su presa. Conocía demasiado bien esa mirada, la había visto muchas veces, durante los años que pasó a la sombra del presidente. Esa mirada significaba peligro. Diego solo se la dedicaba a las personas que, según él, no merecían una segunda oportunidad, a aquellos para quienes tramaba el peor de los desenlaces. Y estaba segura de que el presidente les tenía preparado un final especial, hecho a medida, reservado exclusivamente para ellas.
Un escalofrío recorrió su espina dorsal al recordarlo. Pero no era momento para darle más vueltas. Esa noche solo deseaba ir al cine y dejar que sus neuronas se derritieran con la película elegida por María. Se acercó a la ventanilla para comprar las entradas. Había sitio suficiente para ponerse exquisitas, y le pidió a la vendedora que les diera los mejores asientos que tuviera. María se empeñó en comprar palomitas. Lara no aprobaba esta costumbre. Le parecía que quienes consumían palomitas o cualquier otro producto en el cine estorbaban a los demás con el ruido de los envoltorios. Ella se decantó por un Red-Bull. Esa noche había descansado poco y se había despertado temprano. Necesitaba una buena dosis de cafeína si no quería dormirse durante la película.
—¿Tienes que pedir eso ahora? —María señaló la lata con desaprobación.
Lara arqueó las cejas en gesto de sorpresa.
—¿Qué tiene de malo?
—Pues que son las nueve de la noche y luego no vas a poder dormir.
—¿Me has visto alguna vez trasnochar por tomarme un Red-Bull? —preguntó sin comprender la hostilidad de su novia—. Estoy acostumbrada, puedo tomármelo incluso dormida.
María puso los ojos en blanco. —Solo digo que no es sano —insistió antes de dirigirse hacia el interior del teatro, palomitas, Coca-Cola y una chocolatina en la mano.
Esa sería su cena, pensó Lara, el más insalubre de los menús. En cambio, ella tenía que soportar reproches por culpa de una bebida energética. Este roce les provocó una ligera incomodidad y cuando llegaron a sus asientos parecían dos desconocidas. María sorbió su refresco sin molestarse en mirarla y Lara la imitó, preguntándose, una vez más, a qué respondía su hostilidad. Entonces, una idea cruzó su mente:
—No estarás así porque he quedado con Esther, ¿verdad? —se le ocurrió preguntar—. Porque ya hemos hablado de esto.
—Ya sabes que no. Es tu trabajo.
—Entonces, ¿por qué estás así? Esta mañana estabas tan feliz, y ahora pareces otra. Si me dices que no te ha ocurrido nada, ¿qué puedo pensar?
—Bueno, ya que sacas el tema, te confieso que no me hace mucha gracia que vayas a pasar todas esas horas con otra mujer a partir de ahora. Me da igual si es hetero.
Lara se tensó al escuchar su propia mentira en boca de María, si bien tenía un buen motivo para ocultarle la orientación sexual de Esther Morales. Al principio, su novia se había mostrado encantada de que tuviera previsto trabajar a las órdenes de la jefa de su tía. Carmen siempre hablaba maravillas de la alcaldesa. Pero a medida que su relación se fue afianzando, María tomó una postura radicalmente y Lara estaba cansada de intentar razonar con ella. Le hartaba enredarse siempre en las mismas discusiones, los mismos reproches, preguntas en círculo como <<¿y qué se supone que tengo que hacer durante los meses que dure la campaña y tú estés por ahí con ella?>>. Comprendía su preocupación, y tampoco le agradaba la perspectiva de pasar meses enteros alejada de ella, llegando tarde a casa, exhausta, con ganas solo de agarrar la almohada y descansar. Pero ese era su trabajo, a eso se dedicaba, y su novia ya lo sabía cuando se conocieron. Las campañas eran así de absorbentes, cercenaban tu vida personal, la propia María las había vivido de refilón con su tía. ¿A qué se debía, entonces, tanta sorpresa?
—Por no olvidarnos de que es una mujer —le espetó María entonces, furiosa, buscando nuevas formas de oposición a su trabajo.
—¿Y qué?
—Que se está divorciando y está en esa edad en la que todo puede pasar. No me extrañaría que se fijase en ti, aunque solo fuera para explorar nuevas emociones. Muchas mujeres de su edad lo hacen.
—Es mi jefa —puntualizó Lara, removiéndose con incomodidad en la butaca del cine—, y es mi trabajo —repitió con cansancio.
—Ya, bueno, lo único que digo es que no esperes que yo esté feliz con ello. Estoy deseando que acaben ya las elecciones y ni siquiera han empezado.
—En eso ya somos dos.
—Bien. Pues ya está. No se hable más. Ahora quiero ver la película, ya se me pasará.
Lara hundió con cansancio la mejilla en la mano, consciente de que la noche acababa de arruinarse. Ni una película excelente sería capaz de mejorar su mal humor. Dio el último sorbo a su Red-Bull y dejó que sus pensamientos la llevaran muy lejos de allí, a algún lugar en el que no tuviera que soportar los reproches de su novia ni la proyección de una película cursi.
***
Lara tardó menos de lo esperado en personarse en el Ayuntamiento de Móstoles. Tenía un par de asuntos que resolver, todos relacionados con su actual situación laboral, pero los liquidó rápidamente. Llamó a Tino para decirle que a partir de esa semana ya no podría cubrir más actos porque dedicaría su tiempo completo a la campaña de Esther Morales. Su jefe no le puso obstáculo alguno, solo le deseó suerte. <<Vas a necesitarla>>, le dijo con sorna, en alusión a las encuestas de intención de voto. También le informó de que su puesto como freelance seguiría esperándola si su futuro profesional no se concretaba después de las elecciones. Lara se mostró agradecida por ello, y colgó el teléfono con alivio, consciente de que podía contar con Tino de manera incondicional. Si necesitaba algún favor, no dudaría en llamarle.
El Ayuntamiento de Móstoles estaba tal y como lo recordaba, porque ningún cambio significativo podía suceder en el transcurso de unos meses. El edificio se alzaba en el mismo lugar de siempre, en la Plaza de España, muy cerca de la salida del metro de Pradillo. Lara atravesó el bulevar de la Avenida del Dos de Mayo y subió la escalinata que llevaba hasta el Consistorio. Algunas personas ya estaban desayunando en la terraza de la única cafetería que había en la plaza. Los vecinos la cruzaban distraídos, centrados en sus próximos destinos, un recado, la llegada al trabajo, o sacar a pasear al perro. La vida en Móstoles seguía igual. Fue ingenuo por su parte esperar que algo hubiera cambiado, como si su repentina ausencia pudiera trastocar la vida de un lugar. Por supuesto que no había sido así, la vida seguía su curso, y no eran los lugares los que cambiaban, sino las personas que los habitaban.
En este sentido, se sintió muy diferente al día en el que entró en aquel edificio por primera vez. Entonces su autoestima se encontraba por las nubes. Lara había llegado al Ayuntamiento resignada, convencida de que estaba allí para hacerle un favor al presidente. Pero ahora la situación era muy distinta. Ella, sus circunstancias, todo había cambiado.
Suspiró hondo cuando por fin se decidió a entrar en el Consistorio. Le había mandado un escueto mensaje a Esther para anunciarle que al día siguiente visitaría a Carmen para recoger las llaves de su despacho. Cuando escribió este mensaje se sintió segura y decidida, pero ahora la embargó un tedio muy parecido al de los soldados que son llamados a filas pocos meses después de haber completado una misión. Lara no tenía ninguna motivación para estar allí. Se encontraba muy cómoda con su nueva existencia carente de problemas, de quebraderos de cabeza inherentes a la profesión política. Mentiría si dijera que a veces no lo echaba de menos, pero cuando lo hacía, era siempre de una manera distante, casi por puro aburrimiento.
Regresar a su pasado como articulista le resultaba poco excitante en comparación con la labor que había desempeñado antes. Con el presidente todo era para ayer, los días se convertían en una carrera contrarreloj, su misión consistía en apagar fuegos, organizar actos, silenciar a periodistas y mantener la imagen intachable que habían construido para Diego. El trabajo que desempeñaba para Tino le resultaba sencillo en comparación. En él no tenía mas que ocuparse de que los textos que escribía fueran amenos, publicables y legibles. Debía llegar a tiempo a las convocatorias, documentarse en determinados casos y entregar sus artículos a la hora prevista, pero eso era todo.
Ahora estaba a un paso de regresar a la primera línea de la política. Al epicentro, la génesis de todas las cosas, el lugar en donde se tomaban las decisiones importantes, y Lara se sintió inquieta, llena de dudas. Se preguntó si aquellos últimos meses habían bastado para crear una fina pátina de óxido en su hasta entonces reluciente armadura. Sin duda, tenía mucho trabajo por delante. Debía empaparse cuanto antes de la vida política en Móstoles, porque si bien la había seguido de cerca durante ese tiempo, lo había hecho de una manera distante, carente de la profundidad y el análisis que su puesto requerían, y no deseaba que esto le pasara factura.
Dio un lento sorbo a su Red-Bull y depositó la lata en una papelera antes de acercarse a la pecera custodiada por un Policía.
—Soy Lara Badía, vengo a ver a Esther Morales —se presentó, posando su documento de identidad sobre la repisa.
El policía revisó la agenda de ese día, una hoja con la lista de las personas que tenían cita en el Ayuntamiento. Sacó un pequeño sobre de una pila y se lo entregó.
—Su tarjeta —le dijo—. Ya ha sido activada. —Lara asintió y se dirigió hacia los tornos de entrada.
Se sabía el camino de memoria. Lo había recorrido muchas veces antes, sola o en compañía de Esther. Podría haber llegado a su despacho con los ojos cerrados. No obstante, advirtió enseguida que algo había cambiado en las entrañas del Ayuntamiento de Móstoles. Lara recodaba aquel lugar como un avispero de incesante actividad, pero aquel día el Ayuntamiento parecía un lúgubre cementerio. Los pasillos se encontraban vacíos.
Había cuchicheos en los despachos, y los empleados, que en otro tiempo hablaban a voz en grito, lo hacían ahora en susurros, como quien intercambia secretos o planea algo maquiavélico. Las pocas personas con las que se cruzó de camino a su despacho, la miraron con desconfianza. Lara intentó ignorarlos, pero no fue capaz. Una energía nueva, tóxica, circulaba en el interior del Ayuntamiento y la periodista lo atribuyó al nerviosismo generalizado por la llegada de las elecciones. Tal vez incluso habían escuchado rumores sobre el enfrentamiento entre Esther y Diego Marín. ¿Cuánto sabía esa gente?, se preguntó. ¿Y por qué? Meneó la cabeza, y siguió andando, en dirección a la Alcaldía.
Al pasar junto a la Concejalía de Juventud y Deportes, advirtió que la puerta estaba abierta, aunque no había nadie en su interior. Casi mejor así, pensó, recordando la primera vez que vio su nombre en la placa. “Rodrigo Cortés”, rezaba. Ese día el nombre del concejal de Juventud le pareció pretencioso, pero le resultó indiferente.
Ahora, en cambio, se había convertido en uno de sus primeros escollos a solventar. Debía hablar de este tema con Esther cuanto antes. Carmen advirtió su presencia tan pronto se acercó a su mesa. La secretaria se levantó y salió a su encuentro.
—¡Qué ganas tenía de que volvieras! —le dijo, estrechándola en un fuerte abrazo—. Ahora sí que empiezo a ver la luz al final del túnel.
—Muchas gracias, Carmen. Yo también tenía ganas de volver —mintió por complacerla—. Venía a ver si podía trabajar un poco.
—Claro que sí. —Carmen fue hasta su escritorio, abrió el primer cajón y extrajo unas llaves—. Aquí tienes. ¿Sabes dónde está la oficina de prensa o quieres que te acompañe?
—Sé dónde está, no te preocupes. ¿Y Esther? ¿Está por aquí? —preguntó, señalando la puerta que daba acceso al despacho del alcalde.
—Está reunida. Pero si quieres la aviso de que estás aquí.
—No es necesario, solo dile que he llegado. Luego me paso, cuando esté libre.
—Como quieras, yo se lo digo. Te iba a proponer que comiéramos juntas, pero seguramente tienes planes.
—Si no te importa, pensaba comer algo rápido. El tiempo apremia.
—Claro, no te preocupes, ya comeremos otro día. ¡Ahora nos vamos a ver mucho! —exclamó la secretaria con entusiasmo.
Así es, pensó Lara mientras se dirigía a la oficina de prensa. A partir de entonces vería a Carmen casi más que a su propia novia, se dijo a sí misma con pesadumbre, recordando su accidentada noche de cine. De eso hacía ya tres días, pero ninguna de las dos se había recuperado de la última discusión. María no volvió a pisar su casa, y Lara tenía la sensación de haberle fallado. No conseguía sacudirse la impresión de que aquella noche, cuando se despidieron en la boca del metro tras la película, no solo sus trenes partieron en direcciones diferentes, sino que a lo mejor incluso su vida lo haría a partir de entonces.
Pero ahora tenía otras cuestiones que atender. Entró por fin en su despacho, se quitó la mochila que siempre llevaba al hombro y giró en redondo para inspeccionar el lugar. Desde luego, era mucho mejor que el cuartucho que le habían asignado antes. La oficina de prensa no tenía nada especial, pero al menos disponía de ventanas. Se trataba de un despacho como otro cualquiera, en el que predominaba el color blanco y un anodino pero funcional mobiliario de oficina. A diferencia del cuarto de la limpieza, olía bien, y la luz entraba a raudales por la ventana.
Gruesas carpetas cuyo contenido desconocía se apilaban en una enorme estantería. Lara se acercó y leyó las etiquetas. Basura, pensó, basura del pasado de Francisco Carreño que no tendría ninguna utilidad para ella. Pero eran desechos a conservar. Le servirían de documentación en caso de necesitarla. El hecho de que Esther fuera ahora alcaldesa no la desvinculaba de lo que ocurrido en Móstoles bajo los designios del exalcalde.
Había dos ordenadores, uno más separado del otro, cerca de la ventana. Lara decidió que ese sería el suyo. Dejó la mochila sobre el escritorio y se sentó, complacida al comprobar la comodidad de la silla. Cuando extendió la mano para sacar su ordenador del interior de la mochila, notó que una de las ruedas de la silla había topado con algo. Lara se agachó y vio con sorpresa que alguien había dejado una nevera pequeña a los pies de su escritorio. Tenía una nota atrapada en la puerta. “Ábreme”, decía.
Lara acató la orden y abrió la neverita. En su interior se encontró con varias latas de su bebida favorita y otra nota en la que reconoció enseguida la caligrafía de Esther Morales: He pensado que te gustaría tener la nevera que pusimos en su día en tu “despacho”. Ya ves que está bien aprovisionada. Espero que te encuentres a gusto en esta nueva ubicación. Siéntete como en casa. ESTÁS en tu casa. Nos vemos en un rato, Esther
Lara sonrió. Aquella mujer era imprevisible. Tozuda, impaciente, de mal carácter a veces, autoritaria y pertinaz. A Esther se le podían atribuir muchos adjetivos peyorativos, pero también infinidad de calificativos positivos. <<Maravillosa>> fue el primero que le vino a la cabeza. Porque lo era. Esther Morales, a veces, podía ser simplemente maravillosa.

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CAPITULO CINCO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:32 pm

Hacía ya un buen rato que Esther se encontraba a muchos kilómetros imaginarios de su despacho. Seguía allí, al menos en presencia física, pero su cerebro no estaba prestando atención a las palabras de aquel empresario de la construcción. En algún momento, cuando él repitió por enésima vez las palabras dinero, acuerdo y concurso público, su mente se desconectó y viajó a algún lugar remoto, aunque esperaba que él no lo notara.
Esther estaba acostumbrada a aparentar que prestaba atención cuando en realidad no lo hacía. Tenía muy estudiado un gesto de concentración que le permitía quedar bien con su interlocutor, mientras ella se sumergía en sus propios pensamientos. ¿Dónde estaría Lara? ¿Habría llegado ya? Unos minutos antes le pareció escuchar su voz al otro lado de la puerta. Tal vez estaba tan deseosa de verla que su mente lo imaginó.
El empresario siguió hablando de un concurso público que estaba a punto de publicarse. Esta vez sí lo escucho. Le pedía <<colaboración>>, que, traducido, significaba amañar el concurso para beneficiar a su empresa.
—Son tiempos duros para todos —le dijo, ajustándose el cinturón. Su prominente barriga sobresalía de los pantalones—, y tú, que has sido concejala de Urbanismo, lo sabes mejor que nadie.
—Así es —replicó Esther, esta vez centrada en la conversación—, y mientras yo era concejala, las normas estaban claras.
Al empresario no pareció gustarle su respuesta. Le dio igual. Si pretendía que ella cediera a un amaño, se estaba equivocando de persona. Eso lo hacía Carreño a espaldas de todos, pero Esther se negaba a mancharse las manos. Si su empresa quería ganar el concurso, tendría que hacerlo de manera limpia.
El hombre se ajustó el nudo de la corbata. Se le notaba incómodo con la reunión. Esther creyó que había dejado clara su postura, pero él insistió:
—Las elecciones están a la vuelta de la esquina —le recordó entonces— y mi empresa ha invertido mucho dinero para apoyar a tu partido.
Esther frunció el ceño. —¿Debo interpretar esto como una amenaza? —le preguntó sin rodeos.
—No, Morales, deberías interpretarlo como una advertencia —puntualizó él—. ¿Sabes? Paco era mucho más hábil que tú. Sabía perfectamente con quién no podía ponerse a malas y nunca tuve que explicarle las cosas.
Esther posó las manos en su escritorio y se levantó, dando así la reunión por finalizada. —Paco está metido en un grave proceso judicial —le recordó de mal humor —, y tendrá suerte si no acaba entre rejas para lo que le resta de vida.
—Como quieras —dijo el empresario con una sonrisa. Metió sus documentos en el maletín que llevaba—. Pero sé que necesitas el dinero para la campaña. Veremos cómo te las apañas sin él.
—Sabré arreglármelas —afirmó Esther—. Ha sido un placer charlar contigo, Jiménez. —Extendió la mano para despedirse—. Si tienes dudas sobre los términos legales del concurso, no dudes en contactar conmigo. Que pases un buen día.
Increíble, pensó la alcaldesa cuando el empresario cerró la puerta a sus espaldas y salió de su despacho. Aquel hombre tenía la desfachatez de sugerirle que amañara un concurso público y después la amenazaba por negarse a hacerlo. Para su desgracia, Esther estaba acostumbrada a este tipo de encuentros. Los había sufrido antes, en su etapa de concejala de Urbanismo, y ahora, como alcaldesa, no iba a ser menos. Las presiones y amenazas se habían multiplicado desde que ocupaba el sillón de la Alcaldía.
En el pasado sus decisiones debían ser ratificadas por el alcalde, y a veces ni siquiera ella se enteraba de cuál había sido la resolución final. Pero ahora Esther era la única responsable, y en más de una ocasión había recibido una llamada nada amigable del tesorero del partido para pedirle explicaciones.
—¿Por qué coño me dice Ernesto que nos va a cortar los fondos el próximo mes? —le gritó un día en el que Esther no estaba de humor para explicarle lo sucedido.
El tal Ernesto le había pedido sin ambages que enchufara a su hija en el Ayuntamiento. Esther no tenía ningún puesto vacante, y aunque lo hubiese tenido, se habría negado en rotundo.
—Pepe, no me grites, no estoy sorda —le dijo.
—¡Cojones, Esther! Te grito porque ya van tres empresarios que nos retiran la subvención este mes. Y los tres de Móstoles. Quiero una explicación, quiero saber por qué con Carreño recibíamos más aportaciones que nunca y contigo las estamos perdiendo.
¿Una explicación? La sabía de sobra, no hacía falta que Esther se lo contara. Aun así, lo hizo. José Mata, el tesorero, la había encontrado ese día con las defensas bajadas.
—Vamos a ver, Morales, a ver si nos entendemos tú y yo —le dijo él, moderando el volumen de su voz—. Entiendo lo que quieres hacer para limpiar la imagen del Ayuntamiento. Y entiendo que Carreño la cagó a lo grande. Pero una cosa es que des imagen de seriedad a los ciudadanos, y otra muy diferente que cabrees a todos nuestros colaboradores. Los ciudadanos no se van a enterar si contratas a la hija de uno o despides a la de otro. ¿Me entiendes?
—Sí, entiendo —replicó, tratando de controlar su mal humor.
—Bien, entonces, dale un jodido trabajo a la niña esa. Dáselo o perderemos trescientos mil euros anuales, Morales. Y no están las cosas para perder ese dinero.
Esther apretó los dientes con fuerza. Colgó el teléfono de un golpe seco y miró por la ventana, intentando reprimir las ganas que sintió de dejarlo todo. A veces odiaba su trabajo, lo hacía con toda su alma, sobre todo en estas ocasiones en las que el partido, su propio partido, le pedía que hiciera algo ilegal. Pero no le quedaba más remedio que hacerlo. Así que se recompuso lo mejor que pudo y pulsó el botón del intercomunicador para pedirle a Carmen que llamara al banquero. La niña tendría un puesto, aunque tuvieran que inventárselo.
La sensación de impotencia que sintió tras esta llamada del tesorero se parecía mucho a la que sintió en esos momentos. De nuevo aquel nudo en el estómago, la certeza de que el constructor acabaría llamando al tesorero y esto desembocaría en una discusión similar. Las presiones eran constantes, y empezaba a estar harta de que otros tomaran decisiones por ella. Se suponía que era la alcaldesa. Ella, no el Partido Liberal. Ella, no el tesorero. Y sin embargo, el partido tomaba infinidad de decisiones en su nombre, bajo pena de defenestrarla por completo o crearle un verdadero problema. Pero no más, se dijo a sí misma. A partir de ahora podían llamarla todas las veces que quisieran, pero Esther Morales no iba a dar de nuevo su brazo a torcer. Se negaba a seguir los pasos de su antecesor o a acatar las órdenes del partido. Si querían dinero, que lo consiguieran de otro modo, que no contaran con ella para amañar concursos o hacer favores. Más calmada y resuelta, salió de su despacho con una sonrisa en los labios que Carmen advirtió de inmediato.
—¿Ha ido bien la reunión? —le preguntó la secretaria.
—Estupendamente —dijo, tamborileando los dedos contra la mesa de Carmen—. ¿Ha venido ya Lara?
—Hace un rato, le he dado las llaves del despacho.
—Bien, me voy a acercar un momento a saludarla. Si llaman, di que he salido.
—Así será.
Esther cruzó con prisas los pocos metros que separaban la Alcaldía de la oficina de prensa. En el pasado no le gustaba toparse a menudo con Hugo. Sus despachos estaban tan cerca que tenía que soportar los continuos asedios del periodista de Carreño, el cual solía hacerse el encontradizo en el pasillo para recordarle que no le estaba dando trabajo, para pedirle que colaborara con él. A Esther estos encuentros casuales o premeditados le resultaban incómodos, pero ahora anhelaba que se produjeran. A Lara siempre tenía ganas de verla.
La puerta de la oficina de prensa se encontraba abierta cuando se asomó. Lara estaba tan concentrada leyendo los periódicos que no advirtió su presencia. Al observarla, la alcaldesa se sintió reconfortada por la seguridad que Lara le transmitía cuando estaba cerca, como si su presencia pudiera evitarle cualquier mal. Llamó con los nudillos a la puerta para sacarla de su ensimismamiento.
—Toc, toc —dijo Esther.
Lara levantó la cabeza en su dirección. Sonrió. —¿Ya has acabado la reunión? —preguntó, cerrando el periódico. Le señaló la silla que había frente a su escritorio—: Ven, charlemos un rato.
Esther se dejó caer sobre la silla y suspiró. Por fin paz, pensó, que no acabe nunca.
—¿Con quién era la reunión?
—¿Con quién? —preguntó retóricamente Esther, jugando ahora con uno de los bolígrafos que había sobre la mesa—. Pues ya que quieres saberlo, con un hijo de la gran puta. Un constructor. Quería que amañara un concurso para que su empresa haga la remodelación de los bulevares de la calle Perseo. Un infierno. Se ha ido hecho una furia cuando me he negado.
—Y te habrá amenazado con algo, seguro.
Esther se encogió de hombros. —Todos lo hacen, ¿no? Cuando no consiguen lo que quieren, enseguida se les llena la boca de amenazas e insultos.
—Lo sé. Con Diego era terrible. Le pedían de todo. Es lo de siempre. Corren malos tiempos para ser honesto en la política —se lamentó Lara—. Demasiadas presiones.
Lara tenía razón. Las dos sabían que, aunque quisiera, aunque lo intentara con toda su alma, le resultaría imposible hacer una gestión cien por cien limpia. El partido tenía tentáculos e intereses por todas partes.
—Bueno, eso ya lo debatiremos en otro momento —dijo Esther, resuelta a cambiar de tema de conversación. Estaba deseando ponerse manos a la obra—. Ahora quiero saber cómo vamos a abordar el tema de la campaña. Tenemos que ponernos las pilas, no queda nada.
Lara sonrió como si le enterneciera su entusiasmo. O a lo mejor era solo una sonrisa tibia, de transición, para rebajar la tensión del momento. Tenían que ponerse a ello; cuanto antes, mejor. No obstante, la periodista no parecía pensar lo mismo. Acto seguido le preguntó:
—Antes de nada, quiero saber cómo estás. La verdad, no lo que me cuenta Carmen.
Esther no se esperaba esta pregunta. Se tensó sin proponérselo. —¿Carmen te ha contado algo?
—No mucho, pero estos meses he sabido de ti por ella. Y ahora quiero saber de ti por ti. ¿Cómo van las cosas? Creo que si vamos a trabajar juntas, debería estar informada.
Esther no tenía mayores problemas en sincerarse con Lara. Contarle que su vida estaba vuelta del revés, que a veces se sentía sola y desearía poder coger un avión para ir a ver a sus hijos, que las llamadas de su abogado siempre traían malas noticias, que su madre no le dejaba ni a sol ni a sombra, que se había volcado en su trabajo porque no le quedaba más remedio, aunque le hubiese encantado poder equilibrarlo con una vida personal rica y excitante, y que a veces le parecía que todo había sido un error, un gran error que ya no podía deshacer aunque quisiera. Quería decírselo, pero consideró que era demasiado pronto, y que aquellos asuntos tan personales no se debatían en un frío despacho del Ayuntamiento. Al menos, con Lara preferiría no tener que hacerlo así.
—¿No podemos hablar de esto más adelante? Acabas de llegar, y ya me estás haciendo preguntas personales. Tengo un raro sentimiento de déjà vu.
Lara intentó defenderse. No le gustaba que la acusaran injustamente. —Sabes que necesito estos datos para hacer bien mi trabajo —le recordó—. No tengo ninguna intención de inmiscuirme en tu vida personal. De hecho, preferiría evitarlo si fuera posible. Así que, por favor, no me lo pongas difícil. Dime, ¿cómo van las cosas? ¿Tu divorcio?
—Mi divorcio es un infierno —accedió a hablar Esther—. Quique está decidido a quitármelo todo y creo que no parará hasta conseguirlo. ¿Por qué lo preguntas? ¿Crees que van a dejar de votarme por estar divorciada?
—No debería ser así —le explicó Lara—, eres un miembro del Partido Liberal y la gente se divorcia a todas horas. Pero si las cosas se ponen feas con Quique, no quiero que la oposición lo utilice como arma arrojadiza. Te pueden acusar de no estar centrada en lo que tienes que estar.
—Bueno, no estarían muy desencaminados. A veces me cuesta concentrarme.
—Ya, pero de cara a la opinión pública tenemos que dar otra imagen —apreció Lara—. ¿Dónde te estás quedando? Carmen me dijo que tienes alquilado un apartamento.
—Sí, está muy cerca de aquí, a dos manzanas, pero casi ni lo piso. No tengo tiempo para nada.
—¿Tiene habitaciones para tus hijos?
—¡Pues claro! ¿Por quién me has tomado? Mis hijos son lo primero —se ofendió Esther, malinterpretando por completo el objetivo de la pregunta.
—Solo lo pregunto como dato adicional. Tampoco queremos que te vean como una mujer soltera y emancipada. Tu imagen tirando a tradicional es uno de tus puntos fuertes. Te hace parecer neutral, atrae al electorado liberal pero conservador.
—De acuerdo. Entiendo. ¿Qué más?
En este punto Lara hizo una pausa y Esther comprendió de inmediato el motivo de la misma. Ni siquiera necesitó escuchar la pregunta que ya se estaba formando en sus labios para saber que había llegado el momento más incómodo.
—¿Y Marisa? —le preguntó finalmente, constatando sus peores sospechas—. ¿Has vuelto a ponerte en contacto con ella?
—No he visto a Marisa ni a nadie de ese círculo —replicó Esther de manera tajante.
—¿Nada? ¿Ni una fiesta? ¿Alguien nuevo en tu vida?
—Ya te lo he dicho: no tengo tiempo ni para ir de compras. ¿Cómo iba a haber alguien nuevo en mi vida? —y por “alguien nuevo”, Esther sabía a lo que se referían; hablaban de una compañera sentimental, no de una amiga—. Además, si alguna vez decido compartir de nuevo mi vida con alguien, te aseguro que no será con la primera que pase.
—Entonces, ¿ya has decidido que será con una mujer?
Esther no pudo evitar ruborizarse. Había dicho de más, se sentía a veces tan cómoda con Lara que ella sola se metía en atolladeros de los que luego no sabía salir.
—Lo pregunto porque la última vez que hablamos, me dijiste, ya sabes, que habías comprendido que eres lesbiana —le explicó Lara.
La palabra “lesbiana” seguía provocándole tal inquietud que Esther se tensó. No deseaba escucharla. No quería invertir ahora su tiempo en debatir si le gustaban las mujeres o los orangutanes de los documentales de La 2. Lo había dicho, eso era cierto, pero después no había tenido ni un solo minuto para meditar las consecuencias que esta confesión suscitaba. Y no iba a ser ahora cuando lo hiciera.
—Bueno, eso ya se verá —contestó, dándole largas—. Estoy tan ocupada en este momento que la posibilidad de tener un romance queda totalmente descartada. Así que por eso no debes preocuparte. Para ti y para los medios de comunicación, será como si fuera una viuda llorando la ausencia de su marido.
—De acuerdo —asintió Lara, entrelazando los dedos—, pero avísame si hay cualquier cambio al respecto. Me interesa saberlo.
Esther no supo muy bien cómo interpretar estas palabras. ¿Le interesaba como profesional de la información o a título personal? Quiso preguntárselo, pero no encontró el modo de hacerlo sin que sonara desesperado. Así que volvió a incidir en que ese no era un tema que debiera preocuparle en esos momentos, y pasaron a debatir sobre la organización de la campaña.
La campaña electoral, la oficial, no empezaría hasta dos semanas antes de las elecciones. Estaba estrictamente prohibido utilizar cualquier tipo de propaganda hasta los plazos que marcaba la ley. Pero eso no impedía que pudieran hacer otra serie de actividades, como planificar reuniones con las asociaciones de vecinos, mantener encuentros con los colectivos de Móstoles, visitar asilos, comedores sociales, reunirse con empresarios y profesionales de otros gremios, y después vender todas estas apariciones públicas a los medios de comunicación. Solo de pensarlo, Esther se sentía agotada. Había hecho muchas campañas antes, sabía lo cansadas que eran, el tiempo y esfuerzo que implicaban, y tenía dudas de que sirvieran realmente de algo. Su experiencia era que la vida seguía su curso y que la mayoría de los ciudadanos, a quienes tendrían que estar dirigidos sus mensajes, vivían ajenos a ellos.
La campaña consistía, entonces, en ponerse en contacto con los poderes fácticos del municipio, visitar la Asociación de Hosteleros para prometerles que si la votaban tendrían más ayudas públicas. Convencer a los taxistas de que el Ayuntamiento no les subiría los impuestos. Decirle a los constructores que iban a poder concursar a muchos proyectos públicos. E interesarse, en general, por las penurias y dificultades por las que atravesaba cada gremio.
Para una mujer como Esther, poco dada a las promesas vacías, a regalar los oídos de su interlocutor con programas que luego no podría cumplir, la perspectiva de sentarse con esta gente solo para decirles lo que deseaban escuchar, le resultaba engorrosa y artificial. Ella era más dada a charlar de tú a tú con quien deseara escucharla.
Los derroteros que habían tomado las campañas modernas, enfocadas a reunirse con los poderosos, le hacían sentir vacía. Pero tenía que hacerlo, no le quedaba más remedio, aunque deseó que Lara tuviera una propuesta intermedia cuyo objetivo fuera acercarla a los ciudadanos.
—Siempre puedes contratar unas carpas e instalarlas en plazas públicas —le sugirió—. Así los vecinos podrán acercarse a ti en la calle.
—Eso ya lo hicimos en la última campaña —le informó Esther—, y a mí me pareció una pérdida de tiempo. Los ciudadanos nos miraban con odio.
—Bueno, es lógico. Ya sabes la opinión que suscitan los políticos —intentó hacerle comprender Lara—. En general, no sois muy bien queridos. Nosotros, los periodistas, tampoco.
—Ya, pero yo quería hacer algo diferente, algo que me permita acercarme más a ellos. Odio que todo esté dirigido a banqueros y empresarios.
—¿Y qué tal las redes sociales? Están muy de moda ahora.
—Tonterías. Tú y yo sabemos que unas elecciones no se ganan en las redes sociales —repuso la alcaldesa.
—Depende. Mira lo que hizo Obama.
—Ya, pero yo no soy Obama, y Móstoles no es Estados Unidos. A ver cómo le dices tú a los viejos que se metan a ver un vídeo en YouTube—. Lara rio ante este comentario de Esther—. No, quiero algo distinto, algo más cercano.
—Pues como no cojas un cajón y te subas a dar un discurso en medio de una plaza… no veo qué más podemos hacer.
—Pues a lo mejor lo hago —la retó Esther, cruzando las piernas con determinación. Ni siquiera ella misma se creía que fuera a hacer algo así, pero le pareció mucho más honesta la idea del cajón que las reuniones con los gremios de Móstoles.
Lara siguió hablando, sin tomarse en serio sus palabras:
—Antes de que vayas a por el cajón al supermercado, voy a necesitar un par de datos importantes o no podré trabajar. Lo primero es que me des una lista de las asociaciones y colectivos que soléis visitar en precampaña. Quiero hacerte un calendario de visitas. Habrá que empezar a llamarles.
—De eso se ocupa normalmente el comité local del partido. Te puedo poner en contacto con la secretaria. Está un poco loca, pero colaborará.
—Vale, hazlo. Y también necesito tu programa electoral. ¿Has pensado en él?
Esther negó con la cabeza. —De nuevo: no he tenido tiempo. Pensé que podríamos sentarnos tú y yo a hacerlo.
—Claro, eso haremos. Intenta liberar un poco tu agenda como alcaldesa y nos ponemos a ello cuando quieras —replicó Lara—. Y también voy a necesitar saber la lista cuanto antes. ¿La tienes ya?
La lista de las personas que la acompañarían en su candidatura a la Alcaldía era el mayor de sus quebraderos de cabeza. A su elaboración le había concedido más tiempo, porque Esther sabía que necesitaba empezar a hablar con sus compañeros de partido. A algunos debía comunicarles que no seguirían con ella, porque eran un legado de Carreño, y no gozaban de su confianza. A otros debía llamarles para pedirles que se quedaran a su lado. Se trataba de una decisión complicada, que no le dejaba dormir por las noches, los nombres bailando en su cabeza. Apuntaba uno en un puesto, e inmediatamente después lo cambiaba al recordar su lealtad en algún asunto o su oposición en otro. Sabía que la lista iba a darle problemas, que muchos no se lo tomarían bien al encontrarse fuera, y por un instante deseó que las listas fueran abiertas para no tener que tomar aquella decisión.
—Si te soy sincera, me está dando muchos problemas. He intentado hacerla, pero todavía no tengo las cosas claras.
—Eso me recuerda algo —dijo Lara con cara de expectación, como si acabara de reparar en un dato importante—: ¿Qué ha pasado con Cortés? No me has contado nada de él.
El concejal de Juventud, su bestia negra, era el más peligroso de sus colaboradores. Rodrigo Cortés había estado extrañamente callado todos esos meses. Asistía a las Juntas de Gobierno con una actitud muy diferente a la que acostumbraba. Se sentaba en un extremo de la mesa, no hablaba, no preguntaba, no ponía ningún reparo a las decisiones que se tomaban, y Esther sabía que tramaba algo. ¿El qué? Lo desconocía. Si hubiera tenido manera de descubrirlo, lo habría hecho, pero Cortés se había guardado bien las espaldas esta vez, y nadie sabía qué estaba tramando. Esther no lo quería en su equipo. Deseaba sacarle de la lista y dejarle en la estacada. Ya se ocuparía el partido de él, si así lo decidían, si volvía a amenazarles con destapar algún trapo sucio, pero ella no deseaba tener en su equipo a gente insidiosa como Cortés.
El problema era que temía su reacción. Sabía que la oveja que era ahora acabaría mutando y se convertiría en lobo, y Esther ya tenía demasiados lobos a su alrededor para enfrentarse a otro más. Así se lo explicó a Lara, que la escuchó con atención, mientras dibujaba cuadrados superpuestos en los márgenes del folio que tenía delante.
—Mucho cuidado con Cortés, no me fío un pelo —replicó la periodista cuando Esther terminó de contarle su actitud de esos meses.
—Lo sé, se dedica a intoxicar a la gente y sé que está tramando algo, pero no tengo ni idea de qué. Lo quiero fuera. Muy lejos.
—Y harás bien en apartarlo —la apoyó Lara—, pero ya estudiaremos la manera de hacerlo. Por ahora, no le digas nada, deja que siga pensando que cuentas con él.
Esther asintió, intentando convencerse a sí misma de que el tema estaba bajo control. Cortés no era tonto, podía imaginar que no le incluiría en la lista, pero a pesar de las palabras de tranquilidad de Lara, no fue capaz de quitarse la idea de la cabeza. Rodrigo Cortés tramaba algo y tenía la sensación de que no tardarían demasiado en descubrir de qué se trataba.

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CAPITULO SEIS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:33 pm

La secretaria general, persona al mando del Partido Liberal en Móstoles, era una persona difícil de localizar. Tenía tantos eventos en su agenda que Lara tuvo que llamarla varias veces para fijar una cita con ella. Por fortuna, Belén le puso las cosas fáciles y al día siguiente estaba sentada en su deportivo, camino de uno de los cafés favoritos de Belén, en donde, según ella, podrían charlar sin que nadie las interrumpiera.
Hacía frío ese día, pero Belén decidió bajar la capota del coche, confirmándole que la secretaria del Partido Liberal en Móstoles era una de esas personas snobs, extravagante, capaz de conducir descapotada bajo los endebles rayos de sol de enero. Por algún motivo, cuando Esther le advirtió de que estaba “loca”, se la imaginó como una mujer de mediana edad, curvilínea, tinte dorado de peluquería. El tipo de señoras obsesionadas con ponerse pesados pendientes que penden de los castigados lóbulos de sus orejas. A su parecer, Belén llevaría inmensas gafas de sol, y desconocería los límites en la aplicación de penetrantes perfumes con olores madera. Cuando hablara, se esperaba que utilizara exceso de adjetivos como cariño, preciosa, reina y querida, al igual que hacía Marisa, y también adornaría todas estas palabras con un molesto y agudo timbre de voz.
No obstante, Belén no resultó ser así en absoluto.
La secretaria del partido era una persona relativamente joven, apenas sobrepasaba los cuarenta y pocos años, de rostro dulce y sonriente. Tenía un impecable sentido de la moda, y Lara, vestida con sus sempiternos pantalones de pinza y camisa, se sintió fuera de lugar sentada a su lado en aquel descapotable. Belén era también una amante de la velocidad. Conducía tan rápido que tenía que hablar a voz en grito para que la escuchara mientras quemaba rueda al tomar las curvas de los interminables caminos del municipio.
—¿Y cómo es que te han liado para hacer esto? —le preguntó, gritando.
La música que despedía el altavoz situado al lado del asiento del copiloto hacía todavía más difícil escucharla.
—¿Qué dices?
—¿Que quién te engañó para que te dedicaras a esto? ¡Nena, te van a exprimir hasta que no quede nada de ti! Lo sabes, ¿no?
Lara sonrió para sus adentros. “Exprimir” era una buena manera de resumir lo que le había ocurrido durante sus andanzas en la política. Le extrañó, no obstante, que Belén se dirigiera a ella como si fuera una novata recién llegada. Tal vez desconociera su pasado junto a Diego.
—Estuve muchos años trabajando para Diego Marín, el presidente.
—¡Eso ya lo sé! —puntualizó Belén a voz en grito—. ¡Eso lo sabe todo el mundo! ¡Pero alguien tuvo que engañarte antes para que te metieras en esto!
Lara se remontó en el tiempo. Nunca se había detenido a pensarlo. ¿La habían engañado? No, la verdad es que no. Cuando decidió meterse en política, tenía muy claro que eso era lo que deseaba hacer. Y la ocasión le surgió de forma inesperada, durante una entrevista que le hizo al entonces presidente del partido. Congeniaron casi de manera inmediata. A él Lara le pareció una periodista lúcida, incisiva y con claras inclinaciones políticas. A ella le dio la sensación de que se trataba de un hombre carismático, junto al cual podría hacer grandes cosas. A los pocos días contactó con ella por si quería sumarse a su equipo de prensa. El sueldo era bueno, y el tema le interesaba, así que Lara no se lo pensó dos veces. Al cabo de unos meses, le presentaron a Diego, el nuevo candidato y futuro presidente del partido, que necesitaba una jefa de prensa para gestionar su imagen en los medios de comunicación. Así empezó todo, de una manera natural y sencilla, sin engaños de por medio. Si ella se había metido en la cueva del lobo, fue en plena posesión de sus facultades. Pero Belén no tenía por qué saberlo. Se trataba de una parte de su vida que no le apetecía compartir en ese momento.
Belén detuvo entonces el coche en seco, librándole de tener que dar una respuesta. Lara sintió el tirón del cinturón tras el frenazo. Al despegar los ojos del salpicadero, advirtió que se habían detenido a escasos metros de un complejo hostelero.
—Venga, ya hemos llegado —le anunció la secretaria.
Belén saludó a los camareros tan pronto entraron en el restaurante. Era temprano y apenas había clientes. Tan solo un par de lugareños que leían el periódico en la barra. La secretaria escogió una mesa apartada, cerca de la terraza, que se encontraba todavía cerrada.
—¿Fumas? —le preguntó, sacando el paquete de cigarrillos de su bolso.
—No.
—¿Y te importa si lo hago?
Lara echó un vistazo alrededor, preguntándose si allí estaría permitido. La ley prohibía fumar en espacios cerrados.
—Oh, no te preocupes por ellos. Son amigos —afirmó Belén, restándole importancia con un gesto de la mano. Encendió el cigarrillo y siguió hablando, sin reparar en lo que pudieran opinar los otros clientes—. Esther me ha dicho que te ayude con la agenda de visitas de cara a la campaña.
—Eso esperaba, que me pudieras echar una mano —respondió Lara de manera lacónica. Belén tenía algo que le hacía sentir inquieta, pero no sabía si era por su arrolladora personalidad o por su comportamiento, como si todo le diera igual.
La secretaria hizo una redonda voluta de humo que ascendió por encima de su cabeza.
—Bien, porque me vendrá genial un poco de ayuda. El comité local —hizo una pausa—, no está estos días muy dispuesto a colaborar. Digamos que el partido se encuentra un poco desmembrado desde que Carreño se fue.
—Eso me temía —le confirmó Lara, a quien estas noticias no le cogían en absoluto por sorpresa. Siempre que un líder se iba, las facciones se dividían en dos: los dispuestos a apoyar al nuevo, y quienes se negaban. Era ley de vida—. Ya que estamos hablando de eso, cuéntame, ¿cómo están las cosas?
—Pues mal, fatal. —El camarero se acercó en ese momento para tomar nota de su pedido—. Juan, a mí ponme un Pacharán. ¿Qué tomas?
—Un Red-Bull, por favor.
—Red-Bull no tenemos. ¿Le vale con Burn?
Lara meneó la cabeza. Se negaba a beber otro tipo de bebida energética. —Entonces una Coca-Cola. —El camarero se fue y la periodista tenía prisa por reanudar la conversación—: Me estabas contando cómo están las cosas en el comité local.
—Ah, sí, pues eso, que están muy mal —dijo Belén, dando otra calada a su cigarrillo, de nuevo la voluta de humo ascendiendo en espiral hacia el techo—. Yo estoy intentando que colaboren, porque Esther me cae bien, la aprecio, llevamos muchos años juntas en esto. Pero, como te he dicho, el partido está dividido. Actualmente no tengo ni idea de quiénes van a colaborar en la campaña de Esther, pero sé que serán pocos, muy pocos. Rodrigo Cortés ha sembrado mucho odio.
Cortés… ¿Por qué no le sorprendía tampoco este dato?
—Le sentó muy mal lo que ocurrió hace unos meses, ¿sabes? —siguió diciéndole Belén—. Bueno, esto no te puede pillar de nuevas, tú mejor que nadie sabe lo mal que le sentó.
—Sí, estoy informada de que no encajó bien que Esther no le pusiera al frente de la Concejalía de Urbanismo. Lo que no sé es qué ha estado haciendo estos meses — le confesó Lara.
—¿Pues qué va a hacee? —replicó retóricamente Belén—. El tío llevaba meses sin dejarse caer por la sede del partido, pero ahora le tenemos allí casi a diario, y te aseguro que lo que va contando no tiene demasiado que ver con la realidad.
—¿Qué es? —quiso saber Lara.
—¡Sandeces! ¡Basura! —exclamó Belén—. Básicamente, les ha dicho a todos que Esther es peligrosa, les ha hecho creer que el partido no la apoya y que harán bien si le hacen boicot porque Marín no la va a apoyar. Dice que están buscando otro candidato para sustituirla.
—¿Y tú crees que es verdad? —En ese momento Lara se sintió muy frustrada de no poder contar con sus antiguos contactos. En el pasado, una sola llamada le habría bastado para descubrir la verdad, para saber exactamente si el partido estaba haciendo maniobras para sustituir a Esther como candidata en el último momento. Dudaba mucho de que así fuera, seguía teniendo en su posesión documentos que comprometerían demasiado a Diego Marín, y el presidente lo sabía, pero la duda estaba ahí, palpitando con fuerza.
Lara se frotó las manos para quitarse el sudor que empezaba a perlar su palma. Belén le respondió con la misma franqueza con la que lo había hecho hasta entonces:
—No, creo que se lo está inventando para dejar a Esther sola, sin apoyos —le informó—. Pero se olvida de que todavía hay gente que cree en ella, gente como yo.
—¿Cuántos son? ¿Podemos contar con ellos para la campaña?
—Pues, veamos, ahora mismo tenemos el apoyo de cuatro, que yo sepa. Pero hay unos cuantos indecisos.
—Son muy pocos —se lamentó Lara. La campaña se vería muy deslucida si solo cuatro personas las acompañaban a todos los actos. Por mucho que invitaran a sus allegados, no serían suficientes para dar la imagen de fortaleza que Esther Morales necesitaba.
El camarero llegó entonces con sus bebidas.
—Gracias, Juan —dijo Belén—. Ya, pero no te olvides de los jóvenes —le recordó, dando el primer sorbo a su pacharán—. Esos son más y son muy fans de Esther. Odiaban a Carreño, de todos modos. Los jóvenes siempre valoran que haya candidatos jóvenes y dinámicos como Esther.
Bueno, al menos no eran malas noticias. Las facciones jóvenes de los partidos eran las que hacían el trabajo pesado de la campaña. Repartían papeletas, colgaban carteles, aparecían sonrientes y entusiasmados en las fotografías aunque solo estuvieran allí como decorado, y se podía contar con ellos para lo que fuese. Si estaban de su parte, tenían mucho ganado.
—Bueno, yo te he traído esto —le dijo Belén, extrayendo unos folios de una carpeta—. Por si te sirve de ayuda.
—¿Qué es?
—Son los actos que organizamos en la campaña anterior. Claro, habrá que hacer algunos cambios, pero te he puesto el teléfono de las asociaciones y demás en los márgenes, por si quieres empezar a llamarlas.
—Gracias, esto me va a ser de mucha ayuda —replicó Lara, revisando la documentación. Había tanto por hacer, tantos sitios a los que llamar, que se sintió cansada solo al tomar aquellos folios en su mano.
—Y si necesitas ayuda, puedes contar conmigo. Soy difícil de localizar, pero siempre estoy disponible para el partido.
—Lo tendré en cuenta —dijo Lara, aunque en el fondo supiera lo que esas palabras significaban. Belén le estaba ofreciendo su apoyo, pero al mismo tiempo acababa de desentenderse de toda responsabilidad.
El comité local se encargaba de organizar estas visitas a los diferentes colectivos. Después elaboraba un calendario con las mismas, que en última instancia era aprobada por la candidata. Pero esta vez no sería así. Ante la escasez de apoyo, Belén acababa de pasarle a Lara todo el trabajo, aunque se ofreciera para colaborar puntualmente. Las tareas de la periodista se acababan de triplicar y en ese momento pensó que no tenía ni idea de cómo iba a poder abarcar todo ella sola. Sintió deseos de tomar el teléfono, llamar a Esther y decirle <<ahí te quedas, esto es demasiado>>, pero lo que hizo, en cambio, fue llamar a su hermana. Necesitaba un hombro sobre el que llorar. O al menos, un lugar en el que recuperar las fuerzas que el pesimismo le estaba robando.
Mabel ya tenía la mesa preparada cuando llegó a su casa. Su marido no estaba, ese día comía fuera, pero su sobrina sí que se encontraba allí y lo primero que hizo Mabel fue ponerla en su regazo nada más abrió la puerta.
—Sosténmela mientras yo acabo el refrito —le dijo, antes de adentrarse de nuevo en la cocina.
Lara fue hasta allí con la niña en brazos. Había crecido tanto en los últimos meses que tuvo que reajustarla para que no le doliera la espalda.
—Entonces, me estabas contando —dijo Mabel, reanudando la conversación que habían mantenido por teléfono.
—No hay mucho más que contar. Es lo que te he dicho: las cosas están muy duras en Móstoles. Creo que necesitaremos un milagro para ganar.
—¿Pero por qué? ¿La candidata esa no era buena? —preguntó Mabel, sin comprender. Casi se le había quemado el refrito, así que bajó el fuego al mínimo.
—Y es buena. Yo creo que es lo mejor que le ha pasado a Móstoles en años —replicó Lara, sorprendida de sus propias palabras. A veces le ocurría esto, que se veía hablando de Esther sin guardarle absolutamente ningún rencor por lo ocurrido. En esos momentos olvidaba que la alcaldesa formaba parte del gremio de la política y que, como tal, debería haberle tenido inquina—. Ella está haciendo las cosas bien, de manera limpia, eso me consta, pero ya sabes cómo funciona esto de la política.
—Ya… Es que yo no sé cómo lo aguantas. Si yo fuera tú, no pegaría ojo por las noches.
Esa fase de sentirse culpable cada vez que mentía por Diego, o cuando tenía que amenazar a un periodista por lo que había publicado, la había superado hace años. En algún momento, Lara no recordaba cuándo, todas aquellas tropelías habían empezado a formar parte de su rutina diaria, como si fuera una mercenaria, insensible ya ante los cadáveres que iba añadiendo a su listado. Pero era difícil de explicar para alguien que nunca había estado en contacto con su profesión. Mabel no lo entendería, al igual que no lo hacían buena parte de sus conocidos y amigos.
—El problema es que está muy sola. Se ha quedado sin apoyos. Hoy me ha dicho la secretaria del partido local que, a ojo de buen cubero, son cuatro o cinco las personas dispuestas a hacer campaña con ella. Así es imposible.
—¿A qué te refieres, exactamente? ¿En qué tienen que apoyarla? —dudó su hermana, para quien la política era tan familiar como un manual de física cuántica.
—Pues es muy fácil. Cuando haces campaña, tienes que visitar asociaciones, hacer fotos de la candidata, dar mítines, etcétera. Y si nadie va a esos actos, si Esther y yo nos quedamos solas con cuatro personas más, ¿qué imagen crees que vamos a dar? Casi es mejor ni avisar a los periodistas, si eso va a ser así —se lamentó Lara, mientras acunaba a su sobrina, que acababa de quedarse dormida en su regazo.
—La peque te quiere —le dijo Mabel, sirviendo el guiso que acababa de hacer en una bandeja—. Esto ya está listo. ¿Te parece si comemos?
Las dos hermanas dejaron a la niña durmiendo apaciblemente y se sentaron a la mesa a disfrutar de la buena cocina de Mabel. Su hermana tenía turno de tarde ese día, y Lara se alegraba de poder pasar un buen rato con ella, alejada de Móstoles, María, y de cualquier asunto que le levantara dolor de cabeza. Estaban ya a medio almuerzo, cuando consideró conveniente interesarse por el estado de sus progenitores. Llevaba semanas sin verlos.
—¿Qué tal están papá y mamá?
Mabel se encogió de hombros. —Como siempre. Papá anda liado pintando las paredes de la casa, se ha vuelto loco. Y mamá dice que prefiere irse cuando se pone a hacer esas cosas, así que se pasa la vida tomando café con sus amigas. Son un show.
—Bueno, me alegro de que estén bien.
—¿Sabes? No te mataría hacerles una visita de vez en cuando. Te echan de menos. Mamá siempre me pregunta por ti.
Lara no quería entrar en ese tema. No le molestaba interesarse por su bienestar y tener noticias de ellos, aunque fuera por terceros, pero se negaba a debatir de nuevo sus motivos para permanecer alejada o llamarles solo de vez en cuando.
—Prefiero no hablar de eso, si no te importa —replicó de malas maneras.
—Vale, pero solo digo que te lo pienses. Aunque sea después de las elecciones, tienes tiempo para hacerlo —dijo Mabel, rebañando la salsa del plato con un trozo de pan—. ¿Quieres postre?
—No, estoy llena. Gracias.
Mabel se levantó para recoger los platos y Lara la imitó. Empezaron a limpiar los restos de comida y a meterlos en el lavavajillas, cuando su hermana se interesó por su situación sentimental:
—¿Y las cosas con María? ¿Cómo van? Ya sabes que, cuando quieras, podemos tomar un café y me la presentas.
—Bien —respondió escuetamente Lara—. A veces tenemos nuestros desencuentros, pero por el momento van bien.
—¿Desencuentros? ¿En qué sentido? —se interesó M abel, apretando el botón del lavavajillas.
—No lo sé. A ella no le hace mucha gracia que trabaje de nuevo para Esther. Dice que no va a poder verme y que, bueno, que Esther podría confundirse conmigo. Chorradas.
—Ah, qué tontería —replicó Mabel de forma distraída—, vale que tú te hayas podido sentir atraída por ella en algún momento, la alcaldesa es guapa, eso está claro, pero Esther es hetero, ¿no?
Lara quiso responder. Quiso hacerlo rápido, para que su hermana no advirtiera sus dudas, pero la lengua se le enredó, tal vez porque no deseaba mentirle, a su hermana no.
—¿No es hetero? —preguntó entonces desconcertada ante el silencio de Lara.
—No, exactamente. Ha estado casada, pero con el género incorrecto.
—Oh, Dios, esto sí que no me lo esperaba. ¿Y a ti te gusta?
Lara no supo qué responder. ¿Le gustaba Esther?
—Joder… —volvió a repetir Mabel. Su hermana no era dada a las palabras malsonantes, solo cuando algo le impactaba—. Lara…
—No es que me guste, ¿vale? No es eso —intentó defenderse ella sin levantar demasiado la voz. La niña estaba durmiendo—. Lo que pasa es que tenemos una atracción extraña, eso no voy a negártelo, y así es difícil trabajar con ella.
—Lara, yo no me quiero meter en donde no me llaman, pero tienes que andar con mucho cuidado. Por lo que me has contado, esa gente del partido está muy cabreada contigo —le recordó su hermana, aunque a Lara no le hiciera falta que nadie se lo recordara—, y no sé, pero me parece que serían capaces de utilizar cualquier cosa para machacarte.
—No ha pasado nada, Mabe, en serio, tampoco es cuestión de dramatizar —protestó Lara, que intentaba creerse sus propias palabras—. Te lo aseguro, no va a pasar nada con Esther, entre otras cosas porque yo estoy con María y no me gusta.
—Vale, te creo, pero ándate con cuidado, ¿me harás ese favor?
—Sí, descuida.
—Perfecto. A mi hermanita no la toca ni Dios —le dijo, dándole un beso en la frente y revolviendo su pelo con cariño—. ¿Me oyes? Ni Dios.
Lara bajó la cabeza y enmudeció. Tal vez Diego Marín no fuera Dios, pero estaba empezando a pensar que era lo que más se le parecía.

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CAPITULO SIETE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:33 pm

Esther se encontraba calentando una lasaña descongelada cuando su teléfono empezó a sonar al otro lado de la casa. Sus dotes culinarias estaban tan oxidadas que le dio igual si su cena de esa noche se quemaba. La chica que le limpiaba la casa solía dejarle algo preparado, pero ese día había tenido que acabar su jornada de trabajo antes de lo previsto por una cita médica, y Esther ni tenía apetito ni ganas de preparar nada que no estuviera ya precocinado.
Se limpió las manos en el pantalón del pijama que llevaba puesto. Apretó el botón verde y contestó en una exhalación, agitada por la carrera que se había dado.
—¿Te pasa algo? Suenas muy agitada.
—¡Lara! Eres tú.
—¿Estás bien? ¿Te pillo ocupada?
—No, solo estaba quemando mi cena, pero no es una pérdida muy grave. Lasaña congelada.
—Bien, a mí hoy me toca pizza congelada.
—¿No está María contigo? —preguntó Esther sin meditarlo previamente. Si lo hubiera hecho, tal vez se hubiera ahorrado esta pregunta personal. Se arrepintió de inmediato—. Tengo entendido que es buena cocinera, por eso lo digo —se apresuró a añadir.
—María tenía hoy una cena. Imagino que vendrá después —le informó Lara, sin aportar más detalles que un incómodo carraspeo.
—Bueno, ¿y qué me cuentas? Ya sé que hoy has estado con Belén. Me ha mandado antes un mensaje para decírmelo, pero no sé más.
Esther había estado parte del día preguntándose dónde estaría Lara. Sabía que la periodista había quedado con Belén por la mañana, pero esperaba verla por la tarde, y asistió decepcionada al paso de las horas sin noticias de Lara. Esperaba que todo hubiera ido bien.
—Es una mujer un poco peculiar, pero bien. Me ha dicho que Cortés ha estado metiendo miedo a los miembros del partido.
—Eso me dijo a mí también —replicó Esther, que recordó entonces que tenía la lasaña en el horno. Caminó con el móvil hasta la cocina para comprobar si se había quemado. Estaba todavía poco hecha—. Belén ha sido de mucha ayuda. Ha intentado hablar con varios miembros del partido, pero sin demasiado éxito.
—De todos modos, si no contamos con ellos, ya se nos ocurrirá algo —intentó calmarla Lara, siempre positiva, siempre dispuesta—. Por el momento ya he llamado a varias asociaciones y he contactado con los medios. Mañana saldrá publicada tu primera nota de prensa.
Esther frunció el ceño, sin comprender. —¿Nota de prensa?
—Sí, he escrito una para anunciar oficialmente tu candidatura. No quería arriesgarme a que Diego cambie de opinión.
—Ah, bien. —Esther sonrió divertida—. ¿Y qué digo en ella? Al menos debería saberlo, ¿no?
—Te he mandado una copia por correo —le informó Lara—. Dices generalidades, es solo un comunicado para que empiece a rodar la cosa, para que sepan que estamos aquí. Y le he dicho a Belén que reúna a los miembros del partido local. Quiero que mantengas una reunión con ellos.
—Bueno, como veo que lo tienes todo controlado, mejor ni me preocupo. Además, te comunico que mi cena ya está lista —dijo Esther, pinchando la lasaña con un tenedor. Olía bien, pero nada que ver con la que ella hacía.
—Sí, la mía también. M i pizza ultracongelada ya es solo congelada. Tendré suerte si no me rompo un diente con esto.
Esther se rio. Tenía ganas de seguir charlando con ella, como siempre. Era un sentimiento que la acompañaba a menudo, cada vez que hablaba con Lara y deseaba que el tiempo no pasara. Le hubiese gustado preguntarle por María, qué era aquello de que tenía una cena, por qué la había dejado sola un miércoles cualquiera por la noche.
Pero en lugar de hacerlo, se le ocurrió abordar el tema con una pregunta menos comprometida:
—Oye, ¿estás bien? Quiero decir, suenas un poco decaída.
—Estoy… bien. Las cosas con María no van como yo quisiera, pero eso es cosa mía, Esther, no te preocupes.
—Como quieras, pero que sepas que me tienes aquí si me necesitas.
—Lo tengo presente —terció Lara, en lo que le pareció que era un suspiro—. ¿Tú estás bien?
—Bueno, tengo una casa minúscula que me parece un castillo, pero creo que es por culpa de las noches. Odio cuando llegan —confesó Esther—. Pero sí, estoy bien. maneramejor de lo que estaba hace meses, si es lo que quieres saber.
—Me alegro. Y, oye.
—Dime.
—No te preocupes por la campaña. Estemos solas o acompañadas, te prometo que saldrá bien.
Esther suspiró. Eso esperaba. —Eso espero, Lara.
—Te lo prometo —le dijo la periodista, antes de despedirse, desearle buenas noches y colgar.
Tal y como lo veía Esther, tanto Lara como ella eran dos mujeres solas, sentadas frente a su cena congelada, repletas de una soledad que despreciaban. Pensó esto al encender la tele y darse cuenta de que ni todos los reality show del mundo podían sustituir la calidez y presencia de otra persona. Pero no era Quique a quien extrañaba, al menos, no al Quique que la acompañó los últimos diez años, esa persona hostil y huraña, que prefería cualquier partido de fútbol a su compañía, que casi ni le hablaba, con quien había perdido la química y la confianza en algún lugar del largo recorrido que fue su matrimonio. Lo que echaba de menos Esther era la compañía de alguien que le llenara la casa de sonrisas, bromas, voces altas desde el otro extremo del pasillo para pedirle que le pasara la toalla, el olor de una cena caliente que se está preparando, el volumen del televisor que se bajaba para recibirla cuando llegara a casa por las noches. Para Esther eso era la felicidad. Sus hijos conseguían dársela, llenaban la casa siempre que estaban de visita, pero incluso ellos estaban lejos, y no regresarían hasta que acabaran los exámenes. Para entonces a saber en qué estado se encontraría ella. Tal vez se hubiera convertido ya en una suerte de ermitaña que no necesitaba a nadie, o en una mujer con múltiples gatos que sustituyeran el cariño y la presencia de un humano. A saber. Dado su estado actual, todo podía pasar, pero allí y ahora, la única persona con la que deseó estar fue Lara, y no de un modo sentimental o pasional, nada más alejado de la realidad. Esther quería estar con la Lara compañera, con la mujer que esa noche se comería su cena en igual soledad que la suya. Dio su primer mordisco a la lasaña que acababa de cocinarse y se sintió indispuesta. Qué cosa más mala, pensó, dejándola casi intacta sobre el plato. Leche, galletas y cama. Mucho mejor.

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CAPITULO OCHO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:33 pm

Lara quiso aprovechar que la precampaña estaba solo empezando a andar para invitar a María a cenar. Era su manera de congraciarse con su novia, un modo fácil de pedirle disculpas por sus largas ausencias y su escasa disponibilidad. El restaurante elegido fue uno de los favoritos de María, un italiano sin pretensiones, no demasiado caro, pero en el que se comía de maravilla.
María acudió, como siempre, puntual a la cita. Había escogido un vestido de color azul eléctrico que resaltaba sus facciones e iluminaba sus ojos de color miel. Lara, por su parte, también se vistió para la ocasión. Estaba demasiado cansada para poner mucho empeño en su atuendo, pero hizo el esfuerzo que la cita requería. No deseaba que María tuviera nada más que echarle en cara y deseaba enterrar el hacha de guerra en esa cena.
La conversación entre ellas fue fluida al principio. Lara estaba encantada de haber reconectado de nuevo con su novia, llegó a pensar incluso que nada las devolvería a las peleas del pasado. Aquella era una hoja nueva, en blanco, todavía por escribir, y deseaba que a partir de esa noche formaran un equipo indestructible que nada ni nadie, tampoco las elecciones o la campaña, pudiera destruir.
Se encontraban ya a mitad del primer plato cuando María empezó a quejarse del ambiente y de la gente que lo conformaba. Según ella, los homosexuales tenían poco o nada de respeto por las parejas consolidadas. María era una persona de la vieja escuela. Huía como alma que lleva el diablo de las aplicaciones móviles para citas, los bares de ambiente de Chueca le interesaban solo en ocasiones puntuales, y la mayoría de sus amigas estaban muy escogidas. No era, desde luego, gente que pudiera interferir en su relación con Lara, y se mostraba muy orgullosa de ello. Si algo odiaba con toda su alma era la falta de seriedad que, según ella, demostraban tener algunas mujeres.
—No estoy diciendo que todas sean malas —se explicó, en medio de un sorbo a su copa de vino. María se limpió la boca con una servilleta antes de seguir hablando —. Lo que quiero decir es que hay demasiado… ¿Cómo decirlo? Cachondeo, supongo que es la palabra. No va para nada conmigo eso de tener una colección de exes que de pronto se convierten en tus mejores amigas. Mi experiencia es que, al final, alguna de ellas siempre acaba haciendo un comentario inapropiado, ¿no crees?
Lara se encogió de hombros. No tenía experiencia suficiente para opinar sobre estos temas. Desde muy joven había estado demasiado ocupada para plantearse una relación estable con alguien. Su trabajo había sido su prioridad absoluta y desconocía la dinámica que existía en las relaciones entre mujeres.
—No podría decirte —aseguró entonces—, no tengo demasiada experiencia.
—Ya, pero, por ejemplo, tú has estado en esas fiestas de la tal Marisa. ¿Así se llamaba?
Lara asintió con la cabeza. María siguió hablando:
—¿Y qué es lo que viste allí? Me apuesto lo que quieras a que muchas de las chicas de esas fiestas tenían pareja, y que, aun así, estaban flirteando allí con cualquiera.
Lara se tomó su tiempo para meditar acerca de esta cuestión. María tenía parte de razón. La propia Marisa le había confesado en la última fiesta que, aunque llevaba años con su pareja, ella no le hacía ningún asco a la posibilidad de tener una aventura extramarital. No obstante, Lara se negaba a pensar que todo el mundo fuera así. Su manera de verlo no se centraba tanto en etiquetas generalistas sino en maneras de ser. Incluso en el mundo heterosexual la promiscuidad e infidelidad eran asuntos a la orden del día. Para Lara se trataba de un problema generacional, no del colectivo.
—Entiendo lo que quieres decir, ¿pero no crees que eso es algo que va con la persona? Es decir, el que quiere ser infiel, será infiel, da igual si es hetero o no.
María arrugó el ceño. —Ya, pero no estoy hablando tanto de infidelidad como del flirteo constante que hay en el ambiente. Tú por ejemplo, ¿qué hacías en esas fiestas?
—Beber, básicamente —replicó con una sonrisa—. No solía interactuar con la gente.
—Eso no es posible —negó María con la cabeza—. Hablarías con alguien, digo yo.
Lara no fue consciente de lo que estaba a punto de decir. Visto en retrospectiva, culpaba a la peleona botella de vino que les habían servido en el italiano, porque ella nunca, jamás, había tenido un resbalón como el de esa noche. Guardaba con celo asuntos políticos muy peliagudos, y siempre tenía los reflejos bien engrasados para no decir algo de lo que llegara a arrepentirse. No obstante, cuando María hizo esta apreciación, lo que salió de sus labios fue:
—Bueno, si había alguien conocido, pues sí que hablaba con ella —le explicó—, como la noche que fuimos de cena con Esther.
El horror se plasmó en su cara tan pronto estas palabras salieron de sus labios. Lara quiso extender los brazos y atraparlas, devolverlas de nuevo al gran agujero negro en el que se acababa de convertir su boca. Pero no pudo. Por mucho que deseara retirar esas palabras, ya no podía hacerlo. Una gota de sudor empezó a perlar el comienzo de su frente. Observó a María, que al principio la miró sin comprender, hasta que la realización empezó a posarse en su interior. María abrió entonces los ojos con auténtica sorpresa, su tenedor se detuvo a medio camino de su boca, un espagueti colgando indolente de él.
—¿Esther?
—Bueno, sí, ella… —Lara trató de buscar una explicación con rapidez, pero se sintió bloqueada. Acababa de meterse en un embrollo y no había manera posible de salir de allí—. María, por favor, no puedes comentar a nadie que te he dicho esto.
—Vamos a ver, que yo lo entienda, ¿me estás diciendo que Esther Morales es lesbiana?
Lara miró a ambos lados, aterrorizada. —Baja la voz, por favor.
—No voy a bajar la voz —se exasperó María—, me da igual lo que piensen. ¡Me has mentido!
—¿Yo? ¿En qué te he mentido?
—¡En todo! Me hiciste creer que Esther era hetero.
—Y así es. Era —se corrigió Lara de inmediato. Extendió las manos para coger las de María entre las suyas, pero ella no se lo permitió—. Escucha —dijo, inclinando su torso hacia el centro de la mesa—, tienes que entender que hay partes de mi trabajo que no puedo contar, ni siquiera a ti.
—¿Y esta es una de ellas?
—¡Sí! —replicó Lara—. Esta es una de ellas. No lo sabe nadie, María, ni siquiera sus hijos. ¿Tú sabes lo que podría pasar si la gente se entera?
—¡Lara, que estamos en el siglo veintiuno! —protestó María con furia, poniéndose la servilleta sobre el regazo. Sus mejillas estaban coloradas por culpa del enfado.
Lara habría pagado por saber lo que pensaba en ese momento, pero podía imaginárselo. Para ella, Esther Morales siempre había sido una amenaza, incluso cuando pensaba que solo le interesaban los hombres. Ahora que sabía la verdad, la amenaza era doble.
—Esto es política, María —intentó hacerle razonar—, y en política todo vale para desacreditar a un contrario.
—Oh, por favor, déjate de discursos baratos de asesora política —protestó su novia—. No me lo has contado antes porque tenías miedo de lo que yo pensaría si pasabas tanto tiempo a solas con ella. ¿Te gusta? ¿Es eso?
Lara tuvo problemas para tragar saliva. Entre todas las personas del mundo, María era la última que se esperaba que le hiciera esta pregunta.
—No —le respondió sin convencimiento—. No me gusta Esther.
—Pues es una mujer muy atractiva, ¿no crees?
—Sí, es una mujer atractiva —admitió Lara, que se agarró a este resquicio de franqueza como a un clavo ardiendo.
María parecía haberse calmado. Dio un sorbo a su copa de vino, y lo hizo de manera lenta, pausada, como si estuviera procesando los pensamientos que asolaban su mente. Lara tenía claro que María no la creía, pero prefirió no insistir. Era momento de callar y escuchar, dejar que su novia se desahogara.
—Por mí no tienes que preocuparte —le dijo entonces, posando con tranquilidad su copa sobre el mantel—. No pienso decirle nada a nadie, ni siquiera a mi tía.
—Bien.
—Pero tampoco esperes que acepte tu relación con esa mujer. Y menos ahora que sé lo que le interesa.
—Bien, no tienes por qué aceptarla —intervino Lara—. Con que la veas como mi jefa, me vale. Porque eso es lo que es, mi jefa.
—Sí, vale. Eso ya lo veremos —afirmó María con recelo—. El tiempo dirá —replicó sin convencimiento alguno.
Lara acató esta sentencia con aparente serenidad, aunque en su interior sabía que su novia no se encontraba muy desencaminada. Por mucho que se negara a aceptarlo, la realidad era que a su historia con Esther Morales le faltaba un final, y no estaba segura de querer seguir leyendo las páginas de aquel libro para descubrir su desenlace.
Apartó la botella de vino de manera disimulada, enfadada consigo misma. Ya había bebido suficiente por lo que le restaba de vida.


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CAPITULO NUEVE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:42 pm

Esther recibió a los pocos días noticias de la sede provincial del partido. Martín, el gerente, la llamó de manera personal para comentarle que la fotografía de grupo con los candidatos tendría lugar a la semana siguiente, que por favor fuera puntual. <<Allí estaré>>, le aseguró de manera apresurada. Tenía una reunión con sus concejales, y eso era todo lo que le preocupaba en aquellos momentos.
La alcaldesa era consciente de que su mandato había sido breve, demasiado fugaz. Tenía muchos proyectos en mente, pero casi ninguno de ellos se había llevado a cabo porque había tenido que lidiar con el legado de su antecesor. Así pues, su mandado al frente de Móstoles se resumía a un lavado de cara de la corporación municipal, y a un par de proyectos menores que sí había podido realizar, pero que no lucirían mucho de cara a los electores. La oposición le recriminaba a menudo <<falta de talante>>. Se escudaban en el argumento de que su Alcaldía era solamente una continuidad de la de Carreño, <<un tipo con las manos manchadas, un imputado>>, y por tanto, Móstoles debía optar por el cambio.
No es que les faltara razón, la propia Esther estaba de acuerdo con ellos en cuanto a que no había hecho demasiados proyectos. Pero había carecido de tiempo o dinero para hacer algo más que parchear el agujero dejado por Carreño. Esto, por supuesto, la oposición lo sabía de sobra, pero lo utilizaban como arma arrojadiza para desacreditarla frente a sus conciudadanos. Tristemente, su estrategia estaba funcionando, y los concejales se habían contagiado de un pesimismo crónico, que empezaba a mermar las fuerzas de la alcaldesa.
—Tú no te preocupes ahora por eso —le dijo Lara. Esther tenía una taza de café negro en sus manos—. Cambiaremos esa percepción a medida que vaya pasando el tiempo.
—Supongo que tienes razón, debería centrarme ahora en otros asuntos.
—Exactamente.
—Bueno, ¿nos vamos? —Esther consultó su reloj. La reunión estaba a punto de empezar. Posó la taza de café en su escritorio y recogió la carpeta de documentos que había dejado sobre ella.
Caminaron juntas hacia la reunión con los concejales. Esther era consciente de que Lara había adoptado una actitud mucho más optimista desde la publicación de su nota de prensa. Gracias a ella Esther era ya la candidata oficial, al menos de cara a la galería. Si Marín y el partido habían barajado la posibilidad de reemplazarla, lo tendrían difícil ahora que todos los medios de comunicación habían divulgado la noticia.
—No te voy a negar que estoy preocupada —le comentó Esther, de camino a la reunión. Aquel día estaba de muy mal humor. Ni ella misma se aguantaba. La culpa, en parte, la tenían los pantalones que acababa de comprarse. Ahora que estaba en plena fluctuación de peso, no acertaba con las tallas, y aquella prenda llevaba todo el día incomodándola—. Si mis concejales no están centrados, si no se convencen de que podemos ganar, no veo de qué manera vamos a poder plantar cara a Ballesteros. Ellos son una piña —comentó, en alusión al líder de la oposición, el cual no parecía tener demasiados problemas internos en su partido.
—Vale —admitió Lara—, pero son la piña de la oposición, y tú eres la alcaldesa. Ser alcaldesa siempre da cierta ventaja. —Se detuvieron a la entrada del salón en el que solía reunirse la corporación local—. ¿Qué cenaste ayer?
—Pizza, ¿por qué? —Esther frunció el ceño, sorprendida por la extraña pregunta.
—Yo también —le informó Lara—. Y la pregunta es porque o empezamos a alimentarnos bien, o seguiremos teniendo este humor de perros.
—Te aseguro que el humor de perros no se debe a la dieta que llevo —le rebatió Esther—. ¿Cómo estoy? ¿Estoy bien? —Esther se miró las piernas. No estaba contenta con el atuendo que había elegido. Supo que se trataba de un arranque de vanidad, pero la apariencia era importante en ocasiones como aquella. Lo último que deseaba era dar una imagen desaliñada o derrotista.
—Guapa y arrebatadora, como siempre —bromeó Lara.
—Lo pregunto en serio. Estos pantalones me están matando.
—Esther, puedes creerme: no vas a ganar las elecciones por llevar unos pantalones u otros —le aseguró Lara, haciéndole entrar en razón—. Y te lo he dicho en serio: estás muy guapa. Ahora, ¿me puedes hacer un favor?
—Sí, ¿cuál?
—Respira. Respira hondo.
La alcaldesa sonrió, y tomó buena nota del consejo. Dio una gran bocanada de aire antes de abrir las puertas del salón y hacer su entrada. Se alegró al comprobar que todos los concejales ya estaban allí, esperándola. Nunca le gustaba ser la primera en llegar. Tejero, el de Hacienda, la saludó risueño. Rojas, la concejala de Familia y Bienestar, la observó con preocupación, como tenía por costumbre. A Pablo López, el nuevo miembro del equipo, que entró en la corporación local a la salida de Carreño, siempre se le iluminaban los ojos al verla. Y Cortés estaba al fondo, taciturno y con la vista fija en sus papeles; hacía cualquier cosa con tal de que sus miradas no se cruzaran. Todo seguía, por tanto, igual que siempre, y Esther se alegró en cierta manera de que así fuera. Tomó asiento para que diera comienzo la reunión.
—Gracias a todos por haber asistido. Bueno, creo que todos conocéis ya a Lara y que no hacen falta las presentaciones —dijo Esther, señalándola. Se había sentado en un lugar apartado, su cuaderno sobre las rodillas—. La periodista ha tenido la amabilidad de volver a Móstoles para ayudarnos con las elecciones, así que si tenéis alguna duda en temas de prensa, a partir de hoy podéis dirigiros a ella.
Los concejales asintieron. Rodrigo Cortés seguía con la mirada fija en sus papeles, aunque Esther advirtió que una sonrisa socarrona empezaba a dibujarse en sus labios. Decidió ignorarla.
—Hoy voy a ser muy breve, aunque me gustaría dejar las próximas fechas bien atadas. Ya sabéis todos que tenemos un pleno pendiente antes de las elecciones, y mi intención era dejarlo más o menos perfilado hoy, para que luego no haya sorpresas —les explicó, con la punta del bolígrafo señalando el calendario de su agenda—. Bueno, en realidad tenemos dos plenos, pero el último de ellos se limita a la celebración del sorteo para la formación de las mesas electorales y a la aprobación de la cuenta ordinaria de gestión recaudatoria correspondiente a este ejercicio, así que no me preocupa.
Este último se trataba de un pleno repleto de temas aburridos, pero formaba parte de su responsabilidad, y Esther no quería pasarlo por alto. El otro, en cambio, resultaba mucho más interesante. Les daba la oportunidad de presentar y aprobar mociones de última hora que se habían quedado en el tintero, de modo que los concejales empezaron una especie de guerra para que los proyectos de sus concejalías fueran los elegidos. Todos hicieron propuestas; todos, menos Cortés.
—¿Qué me dices tú, Cortés? ¿No tienes ninguna moción de última hora que quieras presentar? —se interesó Esther al cabo de un rato, dirigiéndose directamente a él. Rodrigo Cortés la miró por primera vez. Esther no advirtió ningún gesto de inquietud en el concejal. Solo se percató del incómodo silencio que reinó en la sala cuando se dirigió a él.
—Ninguna de ellas es de extremada urgencia —replicó Cortés encogiéndose de hombros—. Podemos dejarlas estar.
—Bien —afirmó Esther, sin atisbo de culpa. Le había dado su oportunidad. Al menos ahora no podría echarle en cara falta de interés. O quizá sí, en realidad a Esther ya le daba igual—. Pasemos entonces a otros temas. Antes de la próxima semana necesitaría que todos hicierais un balance de lo que habéis hecho en vuestras concejalías y se lo entregarais a Lara. A lo mejor damos una rueda de prensa para exponer lo que hemos hecho estos cuatro años. ¿Alguna aportación sobre este tema? O, bueno, de cualquier otro tema.
Tejero, el de Hacienda, levantó entonces la mano. Esther le hizo un gesto para que tomara la palabra.
—Yo lo siento si me tomo la libertad de cambiar de tercio, pero me interesaría saber cuándo vas a comunicarnos la lista —le pidió el viejo concejal, ajustándose las gafas de culo de vaso—. A mí personalmente no me corre prisa, pero algunos aquí —afirmó, señalando el lugar donde se sentaba Cortés—, parecen… inquietos y cuanto antes lo sepamos, antes tendremos claro el lugar que nos corresponde, ¿no te parece?
Tejero no solía ser así. No acostumbraba en ponerla en estos aprietos, de los que a Esther le resultaba difícil salir. Y sin embargo, entendió por qué lo había hecho. Era su manera de advertirle sobre los movimientos que estaba haciendo Cortés, que se tensó visiblemente, molesto por las acusaciones veladas de su compañero. Esther no supo qué decir. La lista era uno de sus caballos de batalla. La estaba elaborando, pero quedaban algunos cabos sueltos, y se negaba a tomar una decisión precipitada en una cuestión tan importante. A fin de cuentas, si conseguía ganar las elecciones, de esa lista dependía quién gobernaría a su lado, quiénes serían sus concejales, no los de Carreño.
—El resultado de la lista se os comunicará tan pronto esté elaborada —replicó de manera vaga. La alcaldesa se había convertido en el foco de atención. Incluso Lara la miró con interés—. Pero os prometo que seréis los primeros en saberla. Me encargaré de comunicárosla de manera personal.
Tejero le guiñó entonces un ojo con complicidad. —Bien, pues ya lo sabéis: aquí la que manda es ella —dijo el viejo concejal—. Ajo y agua.
Esta tensa cuestión dio la sesión por finalizada. Esther empezaba a tener claro con quién podía contar y a quién debía descartar de plano. Tejero y Pablo López parecían, por lo pronto, apuestas seguras, personas con las que podía contar de cara al futuro. Se lo estaba comentando a Lara cuando entraron en las dependencias de Alcaldía y se toparon de bruces con una visita inesperada.
Esther frunció el ceño nada más verla. Miró a la periodista, en busca de una explicación, pero al advertir su súbita palidez comprendió que Lara estaba igual de sorprendida con la visita. En ese momento Carmen, la secretaria, se levantó y fue a su encuentro.
—Oh, qué bien, llegáis justo a tiempo —afirmó entusiasmada, señalando a la persona que estaba a su lado—. María ha venido a recogerme y estábamos a punto de ir a tomar algo. Os apuntáis, ¿no?
Lara se quedó paralizada. Incluso cuando María se acercó para darle un suave beso en los labios, no fue capaz de reaccionar.
—No me habías dicho que ibas a venir —le dijo a María en un aparte que fue audible para todas.
—Quería darte una sorpresa. Trabajas tanto que pensé que te alegrarías de verme.
—Y me alegro, claro —replicó Lara sin demasiado convencimiento.
—Entonces, está hecho —intervino Carmen—. Cerramos el chiringuito, que ya vale de trabajo por hoy, y nos vamos a tomar algo.
Esta era la segunda vez que Esther se veía en una situación parecida por intermediación de Carmen. La adorable secretaria tenía un don para elegir el momento menos adecuado, pero sería injusto reprochárselo. A fin de cuentas, ella solo pretendía ser amable e incluirla en los pocos eventos sociales que planeaba. Carmen no era consciente de que lo último que deseaba era expandir sus relaciones con Lara y su pareja. Así que, resignada, cogió el bolso y la chaqueta y se fue en pos de ellas, sin excusas para negarse, y con la horrible sensación de que aquella velada iba a dejarle el mismo poso agridulce que la anterior.

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CAPITULO DIEZ

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:44 pm

El local escogido para tomar un aperitivo se encontraba muy cerca del apartamento de Esther. Algunos políticos del Ayuntamiento solían ir a un bar cercano cuando acababan su jornada laboral, pero como ninguna quería encontrarse con ellos, eligieron otro lugar para evitar encuentros no deseados.
Lara y María se adelantaron, seguidas a escasos metros de Carmen y Esther. La periodista podía escuchar palabras sueltas de la conversación entre la secretaria y la alcaldesa, pero nunca frases enteras. Todavía no había sido capaz de reponerse de la sorpresa y, en consecuencia, se encontraba ajena a la compañía de María, pendiente de la conversación que mantenían las otras dos mujeres.
Miró entonces a su novia y le dedicó una sonrisa tibia en un intento desesperado de alejar sus propios fantasmas. Lara sabía que no tenía derecho a estar enfadada. María era su pareja, después de todo, no tenían nada que esconder ni se escondían, pero le desagradaba pensar que su visita llevaba implícitos motivos muy diferentes al mero placer de disfrutar de su compañía.
María estaba allí para controlar. María estaba allí para asegurarse de que no le había mentido. María estaba allí porque no confiaba en ella.
—Estás muy callada, ¿te pasa algo?
Lara perdió la mirada en el otro extremo de la calle. Algunos vecinos estaban paseando a sus perros. Nunca había barajado la posibilidad de tener un compañero canino, pero tampoco le desagradaba. Si tras las elecciones conseguía reducir la velocidad de sus días, tal vez se planteara adoptar uno.
—No, va todo bien, ¿por qué lo preguntas? —contestó, con la mirada todavía perdida en dos perros que jugaban en una zona ajardinada.
—Estás enfadada porque he venido sin avisar, ¿es eso?
Lara inspiró aire profundamente. La franqueza siempre había sido uno de sus mayores defectos. Incluso de niña tenía problemas para esquivar o posponer una pregunta comprometida. Fernando, su mejor amigo, siempre le decía que era una suicida de los sentimientos, que haría bien en contar hasta diez antes de pronunciarlos en voz alta. Porque Lara era demasiado sincera, peligrosamente directa. Si alguien le hacía una pregunta, evitaba andarse por las ramas. La verdad quemaba en su interior como agua caliente a punto de alcanzar su punto de ebullición. Aquella era una de esas situaciones en las que habría preferido callarse y dejar la conversación para más adelante, pero, una vez más, no fue capaz de controlarse:
—Creo que no deberías haberte presentado así en mi lugar de trabajo, y menos después de la conversación que mantuvimos el otro día —afirmó.
—¿Lo dices por mi tía? No le he dicho nada, si es eso lo que te preocupa —se defendió María.
—Lo digo por mí. Las dos sabemos por qué estás aquí, ¿me equivoco? No me gustan los perros policía, María.
Lara se arrepintió enseguida de haber sido tan cruda. Acababa de ofenderla de manera gratuita. Su novia se detuvo en seco en medio de la acera.
—Te has pasado.
—Sí, es verdad, me he pasado. Lo siento. —Miró por encima de su hombro y vio que Esther las estaba observando—. ¿Pero podemos hablar de esto más tarde, por favor? No quiero armar una escena en medio de la calle.
María, que tampoco era dada a discutir en público, siguió andando, pero no le dirigió la palabra el resto del trayecto. Lara habría dado cualquier cosa por que este fuera el punto y final de su desencuentro, pero sabía que se trataba de una tregua momentánea. Cuando la velada acabara, tendrían que hablar del tema, y más le valía tener preparada su disculpa, aunque en ese momento no podía pensar en ninguna.
Incluso si María estaba allí para vigilarla, tenía que reconocer que no le faltaban motivos para desconfiar. Su novia era una mujer muy intuitiva. Con toda seguridad se había percatado de la química que existía entre ella y Esther. Estaba allí, a la vista de todos. Flotaba en el aire cuando intercambiaban una mirada, una sonrisa cómplice, una caricia inocente en un brazo. Se agazapaba en sus conversaciones e incluso en las palabras que empleaban. La química lo inundaba todo, y Lara no podía esconderla, ni meterla debajo de una alfombra o en un jarrón. Tarde o temprano su novia comprendería que su relación con la alcaldesa traspasaba las líneas de lo profesional, y cuando lo hiciera, no estaba segura de cuál iba a ser su reacción. ¿Qué haría ella? ¿Qué le diría María?
Lara sintió el pánico girando en círculos en su interior al comprender que, si ese momento llegaba, sería como llevar orejeras y tener un espejo enfrente. Ya no podría apartar la mirada. Ya no podría esquivar su propio reflejo. Se vería obligada a mirar a los ojos a esa mujer, la que seguía albergando sentimientos por Esther Morales, sin escapatoria posible, sin excusas esta vez.
Solo de pensarlo, sintió que le flaqueaban las piernas. Deseó poder ingeniar una excusa para salir huyendo, pero lo único que consiguió fue quedarse embobada, con la mirada perdida en el ventanal de la cafetería. Reconoció la voz de Esther a sus espaldas.
—¿Te encuentras bien? Te has puesto muy pálida.
La alcaldesa le puso una mano en el hombro. Estaba tan cerca que Lara dio un paso inseguro hacia atrás. María estaba dentro, pero tuvo miedo de que las viera. Afortunadamente, su novia estaba eligiendo una mesa para cuatro.
—¿Todo bien, querida? —se interesó Carmen.
—Sí, perdonad. Solo he tenido un bajón de azúcar.
—Mejor vamos dentro. —Carmen la sujetó por el brazo—. Necesitas tomar algo con azúcar.
Consiguió calmarse al poco tiempo. El tono animado en el que charlaban sus tres acompañantes le sirvió para dejar a un lado sus miedos y centrarse en el momento presente. En última instancia, ya vería lo que haría si María le sacaba el tema, pero carecía de sentido preocuparse por algo que todavía no había ocurrido. Se concentró, así, en escuchar lo que estaban diciendo.
María parecía muy interesada en la opinión de Esther sobre los grupos de la oposición, en especial sobre una formación política en concreto, bastante anárquica y surgida de los movimientos sociales que había despertado la crisis, la cual estaba calando con fuerza en el corazón de todos los ciudadanos.
—¿Crees que tienen posibilidades de ganar? —le preguntó su novia. Lara escuchó con atención las valoraciones de la alcaldesa.
—Creo que ahora mismo cualquiera tiene posibilidades de ganar. Los ciudadanos están muy cansados —le respondió—, ven que los políticos nos hemos alejado por completo de ellos y la corrupción ha hecho muchísimo daño. Ya nadie se fía de nosotros, así que cualquier alternativa nueva, especialmente si está fuera del sistema hasta ahora conocido, se percibe de un modo más limpio.
—¿Y eso te sorprende? —preguntó Lara con sorna.
Ella había sido una convencida del partido, dispuesta a lo que fuera con tal de que ganaran los suyos, pero los acontecimientos acaecidos en el seno del Partido Liberal y los últimos meses alejada de la política, le habían servido para abrir los ojos. Ahora mantenía una actitud crítica. Ya ni siquiera estaba segura de querer oponerse a la labor que esos grupos querían acometer. Un cambio, después de todo, no les vendría nada mal.
—No, claro que no me sorprende —afirmó Esther—. No estoy ciega. Comprendo muy bien el hartazgo de los ciudadanos, pero me fastidia que se nos meta a todos en el mismo saco. Todavía existimos los políticos que deseamos hacer un servicio público, que estamos aquí para hacer nuestro trabajo.
Lara sonrió con cinismo y dio un sorbo a su cerveza. Estaba claro que Esther tenía muy bien aprendido el discurso, pero se olvidaba de un dato fundamental, o tal vez solo deseaba pasarlo por alto porque lo desdeñaba tanto como ella.
—¿Por qué te ríes? —la increpó Esther, visiblemente molesta—. Estoy hablando en serio.
—Lo sé, y te entiendo —replicó Lara tras posar su cerveza sobre la mesa. Carmen y María asistían a este intercambio dialéctico con atención—, pero las dos sabemos que por mucho que gente como tú quiera jugar limpio, hay una cosa que se llama partido. Y cuando el partido exige algo, sea justo o no, hay que acatarlo, da igual lo que tú desees. ¿O no es así?
Esther se ruborizó de inmediato. Tal vez no esperaba que fuera tan dura con ella, pero estaba cansada de escuchar discursos parecidos, bienintencionados pero poco prácticos. Incluso Carmen sabía que los políticos eran meras marionetas del partido, que cuando el partido, ese ente desconocido sin rostro ni culpables específicos, demandaba algo, el político de turno tenía que agachar la cabeza y someterse a sus requerimientos.
—Bueno, no tiene por qué ser así —contraatacó Esther, que ya se había repuesto del golpe—. Hay maneras de combatir al partido.
—¿Tú crees? —dijo Lara.
—Sí, por supuesto que las hay.
—Claro, te puedes oponer a lo que te manden, sin duda, pero entonces te expones a que te corten la cabeza. ¿O no? —Esther no respondió, solo bajó los ojos en señal de preocupación—. He visto ya demasiados casos en los que un político se enfrenta al partido y le acaban quitando de en medio, Esther. Esa es la política española, así funciona, y el que diga lo contrario, miente.
—Bueno, y si piensas así, si de veras crees que ya está todo perdido, ¿qué haces aquí? —le preguntó sin disimular su malestar.
—Pues, obviamente, estoy aquí por ti. Solo por ti.
Durante unos segundos, la mesa se quedó completamente en silencio, nadie se atrevió a pronunciar palabra. María abrió un momento la boca, tentada a decir algo, pero inmediatamente la cerró, como si fuera imposible introducir cualquier comentario o como si ya hubiera tenido suficiente. Lara se arrepintió de inmediato de haber dicho eso, pero una vez más no pudo retirar sus palabras. Estaban ahí, flotando en el aire, enrareciéndolo.
Al final fue Carmen la que tomó la palabra para acabar con el incómodo silencio:
—Bueno, bueno, dejemos ahora de hablar tanto de política y hablemos de algo más animado. Esther, ¿qué tal están tus hijos? Hace mucho que no sé nada de ellos.
Esther empezó entonces a contarles acerca de sus hijos, a los cuales esperaba ver cuando acabara la campaña. Decía estar deseosa de que regresaran para poder enseñarles el dormitorio que les había acondicionado. Según les explicó, había conseguido que la de sus hijos fuera la habitación más acogedora de toda la casa, y Lara comprendió lo orgullosa que se sentía de ello. A Esther le brillaban los ojos siempre que hablaba de sus hijos.
Para alivio de Lara, el encuentro se zanjó media hora después sin mayores incomodidades. Esther se despidió de ellas con mucho cariño. Abrazó a María y le dio un sonoro beso en la mejilla. <<Me ha encantado volver a verte>>, le aseguró con una sonrisa sincera, y acto seguido se despidió de todas con la promesa de que el próximo encuentro sería en su casa. <<Haremos una cena cuando acaben las elecciones, sean cuales sean los resultados>>, les prometió.
Estaban ya casi en la boca del metro cuando Lara comprendió que había llegado el momento. Carmen se despidió de ellas como acostumbraba, de manera afectuosa y maternal; la secretaria siempre aseguraba que eran su pareja favorita de todos los tiempos, por encima de sus amados Brad Pitt y Angelina Jolie. A Lara solían divertirle estas tonterías de la secretaria, pero en aquel momento no fue capaz de sonreír. Estaba demasiado centrada en lo que vendría a continuación, cuando irremediablemente, María y ella volverían a hablar del tema que habían estado posponiendo todo ese tiempo. Le debía una disculpa por haber sido tan brusca, y tal vez otra por haberse mostrado tan entusiasta con la campaña de Esther, así que decidió abordarlo cuando se estaban adentrando en las fauces del metro.
—Perdona por lo de antes, he sido un poco grosera —le dijo con todo el cariño del mundo—. Es que no estoy acostumbrada a que mi vida personal se mezcle con mi vida laboral. Me resulta incómodo, pero sé que tú no tienes la culpa.
María la miró con ternura. Se encogió de hombros y apretó su mano con cariño. —Lo entiendo, no pasa nada —le dijo en su tono más dulce.
—Te lo agradezco, pero aun así, lo siento mucho.
Lara trató de darle un beso de reconciliación, pero ella torció en el último momento la cabeza, de manera que sus labios acabaron aterrizando en su mejilla. El gesto le dolió, pero no la culpaba por ello. Estaba molesta y lo comprendía. En el futuro tendría que aprender a ser menos controladora, a dejarse llevar y aceptar las cosas como vinieran, pero eso no iba a cambiar de la noche a la mañana.
—¿Te apetece dormir hoy en mi casa? —le propuso en un último intento por normalizar la situación.
—Mejor otro día —le dijo María—. Creo que antes te voy a dejar tiempo para que te pienses mejor las cosas.
Lara frunció el ceño. ¿Qué cosas? se preguntó en silencio, aunque algo dentro de ella sabía perfectamente a qué se refería.
—¿Qué cosas? ¿De qué hablas? —preguntó aun así.
—Yo me entiendo —replicó María, dándole un beso en la mejilla—. Lara, quiero que tengas algo muy claro: yo quiero estar contigo, lo deseo muchísimo, pero si vamos a estar juntas tengo que asegurarme de que las dos partimos del mismo punto y de que tú también quieres estar conmigo. Para eso he venido hoy, te lo confieso, para verlo con mis propios ojos, y creo que he hecho bien, creo que nos va a beneficiar a las dos. Así que piénsatelo, ¿vale? Estaré aquí para lo que decidas.
María se fue entonces sin darle opción a réplica. Lara la vio caminar en sentido contrario. Se giró y le dijo adiós con la mano. Lo hizo con tanto cariño que la periodista no fue capaz de mover ni un solo músculo, anonadada como estaba, comprendiendo que a la única que estaba engañando era a sí misma.
María había ido al Ayuntamiento en busca de respuestas y las había encontrado, sin importar los esfuerzos que había hecho para mostrarse distante con la alcaldesa, para no mirarla de una manera especial, no sonreírle ni dirigirse a Esther con el cariño con que solía hacerlo. Había sido incluso ruda con la alcaldesa, pero sus esfuerzos habían sido en vano porque había algo, una fuerza superior, una conexión entre ellas, que por mucho que se empeñaran, eran incapaces de ocultar. Cuando por fin comprendió lo ocurrido, solo pudo murmurar un <<mierda>> que ninguno de los viajeros de metro fue capaz de escuchar, y echó a andar camino de su tren, sintiéndose más perdida de lo que jamás había estado en su vida.
Daba igual lo que hiciera por quitarse de encima sus sentimientos hacia Esther Morales. Cuanto más los alejaba, más evidentes le parecían, regresaban con mayor virulencia; si se descuidaba, estaba segura de que serían capaces de arramplar con aquel muro invisible que tanto se había esforzado en levantar.

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CAPITULO ONCE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:45 pm

La foto de familia con los candidatos llegó antes de lo previsto. Esther había estado tan ocupada devanándose los sesos con la lista, poniendo nombres, tachándolos, estableciendo contacto con potenciales candidatos, que el tiempo se le había echado encima.
Ni siquiera sabía si la periodista estaba dispuesta a acompañarla. Quería pensar que lo haría de buen grado, pero Lara se había pasado los últimos días tan ocupada que apenas se veían. La ausencia de apoyo por parte del partido local había redoblado su trabajo. Lara ejercía de periodista del Partido Liberal de Móstoles, pero también de directora de campaña, y esta sobrecarga de trabajo las estaba distanciando.
Siempre que le hacía visitas a su despacho, se la encontraba colgada al teléfono. Lara le hacía señas para hacerle saber que estaba ocupada. Solía tener el ceño fruncido y las ojeras habían regresado a sus ojos. A veces Esther esperaba a que la llamada finalizara, pero en cuanto abría la boca, el teléfono volvía a sonar y al cabo de unos pocos días se dio por rendida. Resignada, acabó comunicándose con ella por email o mensajes.
Esther era consciente de la carga de trabajo que soportaba la periodista, pero al mismo tiempo no podía evitar preguntarse si su cambio de actitud tenía algo que ver con la tarde en la que María apareció en el Ayuntamiento. Quería pensar que se trataba de una mera casualidad, sin embargo, algo le decía que Lara la estaba evitando.
Había analizado aquel encuentro varias veces en busca de una respuesta. A menudo lo hacía por las noches, cuando ya estaba metida en la cama, intentando leer la última novela que compró en la librería del barrio. En esos momentos su mirada se quedaba perdida en cualquier párrafo del libro, incapaz de comprender ni una sola línea de lo que estaba leyendo. Pero nunca encontraba una respuesta a sus pensamientos. Aquella noche Lara y ella se habían comportado de manera normal, y sin embargo, a partir de ahí su relación había cambiado.
De todos modos, Esther quería preguntarle personalmente si quería acompañarla a la fotografía de los candidatos, así que llamó con los nudillos a la puerta de la oficina de prensa. <<Pase>>, escuchó su voz al otro lado. La alcaldesa abrió convencida de que otra vez se la encontraría ocupada al teléfono, pero se sorprendió al ver que Lara estaba de pie, colgando algo en el corcho que había al lado de su escritorio. La periodista sonrió de oreja a oreja.
—¡Por fin, he acabado! —le dijo con entusiasmo.
Esther frunció el ceño, tardó unos segundos en comprender de qué se trataba. Luego dijo:
—¿Has acabado el calendario de visitas?
—Sí, ya tienes toda la campaña concertada. Incluso he cerrado las entrevistas con los medios de comunicación. Estoy segura de que al final habrá cambios, pero, por ahora, podemos respirar tranquilas.
—Bien, no sabes cuánto me alegro. Empezaba a pensar que te había perdido para siempre.
Lara le hizo un gesto para que tomara asiento. —Querías verme —le dijo.
Esther asintió. —No sé si recuerdas que tenemos la foto con el presidente mañana, a las doce. Me preguntaba si querrías acompañarme.
—Claro, lo tenía anotado en la agenda. No me lo perdería por nada del mundo —replicó la periodista con indisimulado sarcasmo. Resultaba incómodo para ambas reunirse con sus compañeros de partido. Las dos tenían una larga lista de personas a las que no les apetecía ver, empezando por Diego Marín, y continuando con un largo etcétera—. Allí estaré.
—Estupendo. Ahora solo queda un pequeño detalle por decidir y esperaba que pudieras ayudarme.
—¿Qué es?
—No tengo ni idea de qué voy a ponerme. Confiaba en que pudieras recomendarme algo.
—Bueno, tú tienes buen gusto. Seguro que habrás pensado algo.
—Tengo dos o tres modelos en mente, pero me gustaría que los vieras y me dieras el visto bueno. Si no te importa, he pensado que podrías acompañarme a mi casa y echarles un vistazo.
La petición cogió a Lara con las defensas bajadas, Esther lo supo tan pronto vio su gesto de sorpresa. En realidad no lo había planeado. En un principio solo quería recordarle la cita y pedirle que la acompañara. No obstante, ambas sabían lo importante que era la foto con los candidatos. Los ciudadanos verían esa foto, que se publicaría al día siguiente en todos los periódicos, y Esther quería estar a la altura.
Sabía que resultaba extraño pedirle que la acompañara a su casa y se quedara sentada mientras ella le enseñaba los diferentes atuendos que podía ponerse, pero necesitaba contar con su opinión antes de decantarse por una vestimenta.
—Venga, mujer, serán solo unos minutos. Si te hace sentir más cómoda, prometo cambiarme en otro cuarto. Ni siquiera tendrás que verme desnuda, aunque no es como si fuera algo nuevo para ti —bromeó Esther para restarle importancia al asunto.
Lara se ruborizó involuntariamente, y Esther sintió un cosquilleo ante la idea de estar a solas con ella lejos del escrutinio al que se veían sometidas en el Ayuntamiento. Lara empezó a recoger sus cosas, y Esther pestañeó con sorpresa.
—¿Quieres que vayamos ahora? —preguntó confundida.
—¿Tienes algo mejor que hacer?
—Dirigir un Ayuntamiento, por ejemplo —bromeó Esther.
Lara sonrió. —Creo que Móstoles podrá soportar tu ausencia unos minutos. Venga, vamos, después no sé si estaré libre.
Esther dejó recado a Carmen de que iban a ausentarse un rato. Si había llamadas, prefería que no se las pasaran salvo que fuera urgente. La secretaria tomó nota del recado y las dos mujeres se encaminaron a la salida del Ayuntamiento.
Hacía un día radiante, lleno de un sol casi primaveral que animaba sus espíritus. Esther ni siquiera se molestó en abotonarse el abrigo, se trataba de un corto trayecto hasta su casa y no hacía tanto frío como las semanas anteriores.
Se alegró al ver que el apartamento estaba ordenado. Le había pedido a la empleada doméstica que lo limpiara a fondo, y se sintió aliviada de que ya no estuvieran allí ninguno de los platos que la noche anterior había dejado sobre la mesa del salón. Lara entró primero en el coqueto apartamento y Esther cerró la puerta a sus espaldas, sintiendo un sudor frío ante la proximidad de la periodista.
De alguna manera, una acción tan sencilla como cerrar la puerta las dejaba al margen del mundo exterior y Esther tuvo que controlarse para sacudirse las ideas totalmente bizarras que la asaltaron cuando se quedaron solas. Sin querer, vinieron a su mente los recuerdos de aquella noche que habían pasado en su antigua casa, la noche en la que no habían sabido controlarse y acabaron besándose apasionadamente en el sillón. Se le erizó la piel al recordar las manos de Lara recorriendo su cuerpo, sus suaves labios descendiendo con hambre por su cuello, los gemidos que no pudo controlar cuando sintió su cuerpo cerca del suyo, pieles en contacto, rozándose, llamándose. Esther cerró los ojos con fuerza sin que Lara lo advirtiera, suspiró para sus adentros, y apartó de golpe todo aquel batiburrillo de recuerdos y sentimientos.
—Ya ves que no es gran cosa, pero resulta acogedor —dijo al advertir que Lara estaba contemplando la casa con curiosidad.
—Es muy bonito, Esther. Has hecho una buena elección. Seguro que cuando tus hijos vuelvan, se sentirán muy a gusto aquí.
—¿Quieres que te enseñe su habitación? Te aseguro que es lo mejor de la casa. Ven, es por aquí.
Esther fue abriendo puertas. La cocina, el pequeño baño, funcional pero escaso, que esperaba que fuera suficiente para sus hijos aunque sabía que Patricia necesitaba un campo de fútbol para meter todos sus enseres de aseo personal, el pasillo, y finalmente la habitación de invitados.
Se sintió feliz al ver la sorpresa de Lara cuando abrió la puerta. Esther se había esmerado en elegir el mobiliario perfecto para sus hijos. Deseaba que se sintieran en casa cuando la visitaran y no escatimó en detalles a la hora de decorar aquella habitación. Había ordenado enmarcar posters de los grupos musicales favoritos de su hijo, para ponerlos sobre su cama, y láminas vintage que tanto adoraba Patricia, para ponerlas sobre la suya. Había un escritorio en el que no faltaba un gran ordenador, un reproductor de música, y la habitación también contaba con una televisión, <<para que tengan su intimidad, qué sé yo, si no quieren estar una noche en el salón conmigo>>, le explicó. Había sacado tiempo de debajo de las piedras para dejar aquella acogedora habitación lista. Todo estaba listo para recibirlos, y ella no podía esperar a que regresaran.
—Me has dejado de piedra —dijo Lara, girando en círculos en el centro de la habitación—. Si ellos no quieren venir, dímelo y vengo yo —bromeó.
Esther se echó a reír. —Me alegro de que te guste. Creo que es importante que se sientan bien cuando regresen, dadas las circunstancias. Ojalá sea así.
—Claro que será así, Esther, estoy convencida de ello. —Lara acarició su antebrazo con dulzura y la alcaldesa se estremeció con el contacto. Retiró el brazo con disimulo, intentando que ella no lo percibiera.
—Bueno, pues esto es todo. Ahora, si quieres, te enseño mi habitación y vemos los modelos que he pensado. Ven, es por aquí.
Hasta ese momento se había sentido un poco incómoda con la presencia de Lara en su nuevo hogar, pero la sensación se multiplicó por cuatro cuando cruzaron el umbral de su dormitorio. Si esas paredes pudieran hablar, le contarían a Lara las veces que Esther había pasado la noche en vela, pensando en ella, en cómo estaría, dónde y con quién, en los momentos que habían pasado juntas, en aquella noche en la que se conocieron de una manera más íntima y en la que estuvieron a punto de repetir la experiencia.
Le contarían, también, las veces que Esther había sentido tentaciones de escurrir su mano entre la calidez de sus muslos mientras imágenes de ellas dos explotaban en su mente como coloridos fuegos artificiales. Sus caricias, anhelo, los ojos de Lara llenos de deseo, pidiéndole que no parara, los suyos ardiendo en sus cuencas, las yemas de los dedos incendiadas por el contacto con su piel. Esther había fantaseado muchas veces con ello, aunque todas ellas se había detenido, llamándose estúpida, sintiéndose absurda. Lara tenía novia y estaba feliz, debía pasar página, centrarse en lo que eran ahora, compañeras de trabajo y nada más. Entonces detenía el movimiento de su mano, respiraba hondo, fijaba la mirada en el techo, apagaba la luz y conseguía calmar el desbocado latido de su corazón.
Sí, estaba segura de que si las paredes pudieran hablar le contarían a Lara todos estos episodios en los que la rabia formó un nudo en su garganta, pero afortunadamente no podían comunicarse con ella y esperaba, de corazón, que su cara tampoco lo reflejara.
—Muy acogedor —le dijo Lara. Parecía impresionada por los cambios que había hecho en la casa—. Tienes muy buen gusto para la decoración.
—Gracias. Pensé que ya que iba a vivir aquí, lo mínimo era darle un toque personal —le explicó, dirigiéndose al armario—. Siéntate en la cama, si quieres, será solo un segundo.
Lara miró la cama con cierta aprensión, como si se sintiera incómoda con la idea de quedarse allí sentada mientras Esther se esmeraba en encontrar las prendas de las que le había hablado.
—O espérame en el salón, si prefieres.
—Si no te importa, creo que mejor te espero allí. —La periodista hundió las manos en los bolsillos de su pantalón. Siempre hacía este gesto cuando se sentía incómoda—. Así te dejo intimidad por si quieres cambiarte.
—Claro, en un segundo estoy contigo.
Esther escuchó entonces el “clic” de la cerradura a sus espaldas. Tenía la nariz hundida en el interior del armario, y suspiró con fuerza.
—¿Qué coño estás haciendo, Esther? —se reprochó a sí misma en voz alta, enfadada consigo misma.
Estaba tan nerviosa que le temblaron las manos al separar las perchas y abrir cajones. Tenía que calmarse. Tenía que volver a ser la alcaldesa de Móstoles, esa mujer fría, dura e implacable, que no sentía miedo ante nada. Esther era otra cosa. Esther, la persona, se volvía un ser tembloroso cuando Lara estaba en su habitación, cerca de su cama, envuelta en el silencio reinante de aquella casa, donde solo se escuchaba a los vecinos si dejaban una ventana abierta.
A duras penas consiguió serenarse. Puso sobre la cama los tres modelos elegidos y después se los colocó en el regazo para dirigirse al salón. Lara la estaba esperando de pie. Ni siquiera se había atrevido a sentarse en el sofá. Parecía igual de nerviosa que ella.
—Bueno, pues aquí están —comentó Esther, dejándolos sobre la mesa del comedor—. Y me acabo de dar cuenta de que soy una maleducada. No te he ofrecido nada de beber. ¿Quieres algo? Tengo Coca-Cola y agua. Lamentablemente, no tengo Red-Bull.
—Coca-Cola está bien, gracias.
Lara se acercó a las prendas, las tomó entre sus manos, mientras Esther se dirigía a la cocina y vertía un poco de refresco en un vaso.
—Los tres están muy bien —escuchó que le decía desde el salón—, aunque creo que la chaqueta azul con la camisa blanca es el que más me gusta.
Esther salió de la cocina con el vaso en la mano. Se lo tendió, pero Lara tenía las manos ocupadas. —¿Ese es el que más te gusta?
—Creo que sí.
—Espera, me lo pruebo aquí para que lo veas.
Esther se avergonzó enseguida de haber dicho eso. Sintió que se le incendiaban las mejillas. Lara carraspeó y miró hacia otro lado.
—Perdona, no sé por qué he dicho eso. Todo esto ha sido mala idea —comentó antes de beberse con nerviosismo la bebida de la periodista de golpe—. Yo… Lara…
—No digas nada. No es necesario —le advirtió ella con el dedo en alto.
—Pero es que ya no sé cómo tratarte. Me refiero a que… no sé, es todo muy complicado. Me gustaría que las cosas fueran más naturales entre nosotras.
—Ya, a mí también. Venga, ve a cambiarte, olvida lo que ha pasado.
—¿Estás segura? No tienes por qué hacerlo si te resulta incómodo. No me gustaría que tuvieras problemas por mi culpa.
Lara pestañeó sin comprender.
—Me refiero a que no sé cómo están las cosas entre tú y María.
—Las cosas entre María y yo no están —le informó Lara—. Nos hemos dado un tiempo, pero eso no tiene por qué preocuparte. Esther, es solo una chaqueta. Tampoco es como si me fueras a hacer un strip-tease aquí mismo. Venga, cámbiate y veamos cómo te queda.
Tomó las prendas entre sus manos y salió disparada hacia su habitación para cambiarse. Las palabras de Lara seguían dando vueltas en su cabeza cuando cerró la puerta a sus espaldas, y agradeció este momento para meditar sobre ellas. ¿Ya no estaban juntas? se preguntó, sorprendida, mientras con dedos temblorosos se quedaba en ropa interior.
A Esther último que le apeteció en ese momento era probarse ropa y seguir jugando a los políticos. Lo que deseaba era regresar al salón y mantener una charla con Lara sobre su relación con María. Habría sido demasiado pretencioso por su parte pensar que ella tenía algo que ver con la ruptura, pero de igual modo no pudo evitar sentirse feliz. Lara volvía a estar soltera.
Regresó al salón con el primero de los atuendos, y Esther repitió la operación con los otros dos modelos. Al final llegaron a la conclusión de que el que mejor se ajustaba a la ocasión era el favorito de Lara.
—Bien, pues una cosa menos. Y aprovechando que estás aquí, si quieres te enseño la lista para que me des tu opinión sobre ella.
—Claro.
Esther fue hacia la cómoda del salón y extrajo una carpeta del primer cajón.
—¿La tienes en casa?
—Prefiero no llevarla encima, no vaya a ser que la pierda y se filtre a la prensa —le informó, mientras le tendía la hoja que contenía la lista definitiva de personas que la acompañarían en su candidatura.
La periodista empezó a analizarla con atención. Sus ojos fueron bajando por los nombres que contenía hasta que llegó a la quinta posición. Lara levantó la cabeza y la miró asustada:
—¿Me has puesto en la lista?
Esther asintió. —Pretendía tener un momento para hablarlo contigo. Quiero que estés en la candidatura.
—No —replicó Lara, tajante.
—Sabía que dirías que no, pero quiero que te lo pienses. Ni siquiera te he puesto en los primeros puestos.
—Ya lo veo, pero me has colocado muy arriba en la tabla. Solo por el partido con el que te presentas, sabes que vas a sacar más de cinco concejales, y yo no soy política, soy periodista.
—Lo sé, y lo entiendo, pero no sería la primera vez que un periodista del partido está en una candidatura. ¿Qué tiene de malo?
—Supongo que nada, pero como te he dicho, no es mi intención dedicarme a la política —insistió Lara—. Soy feliz estando entre bambalinas.
Esther puso los ojos en blanco. Se esperaba esta respuesta, pero tenía esperanza de que al menos valorara la posibilidad de aceptar su propuesta. —Dime que al menos te lo pensarás.
—No, Esther, no hay nada que pensar. Tienes, perdón, tenemos, suficientes problemas sin que ahora me incluyas en la lista para las elecciones. ¿Sabes lo que pasaría si lo hicieras? ¿Sabes la cara que pondría Diego Marín?
—¡Precisamente! —le rebatió, gesticulando con vehemencia—. De todos modos, no vamos a ganar las elecciones, y tanto tú como yo lo sabemos. ¿No te apetece al menos ver la cara que pone cuando vea que te incluyo en mi equipo de gobierno?
Lara se detuvo un momento, como si estuviera valorando la idea. Ninguna de las dos eran mujeres vengativas, pero sí compartían un espíritu de rebeldía que se negaba a hacer siempre lo que el partido consideraba conveniente.
—Sigo pensando que es una mala idea. Además, podrías ganar las elecciones. Eso no se sabe hasta el último día. Las encuestas no siempre aciertan.
—De acuerdo, pero dime que al menos te lo pensarás antes de darme un no definitivo.
—Diego nunca dará su visto bueno a esa lista y lo sabes.
—Tendrá que hacerlo —dijo Esther a modo de desafío—. No es su lista, sino la mía. Pueden llamarme todo lo que quieran, pero no pienso incluir a nadie que me venga impuesto.
—¿Te han llamado? —se sorprendió Lara.
—El otro día me llamó Tomás para “sugerirme” unos cuantos nombres, entre ellos el de Rodrigo Cortés.
Lara bufó con incredulidad.
—¿Y qué te dijo?
—<<Es solo una sugerencia, aunque el presidente apreciaría que la tomaras en consideración>> —recitó Esther de carrerilla, todavía sin creer que, después de todo lo ocurrido, tuvieran la desfachatez de recomendarle que incluyera en su lista al concejal de Juventud—. Ahora que sabes esto, ¿al menos te lo pensarás?
Lara la miró dubitativa.
—Está bien, me lo pensaré —dijo por fin—, pero no esperes que te diga que sí. Me sigue pareciendo una pésima idea.
—No pasa nada, me vale con que te lo pienses.
Las dos mujeres dieron entonces el encuentro por zanjado. Lara se quedó con la lista para estudiarla en profundidad, y acordaron dejarla preparada al día siguiente para mandarla cuanto antes al partido. Una vez entregada, tenían que esperar el visto bueno de Diego, que era quien debía ratificarla. Si todo iba bien, en unos días tendrían la lista completa y podrían hacerla pública.
—Y Lara…
—Dime.
—Sé que soy la última persona con la que quieres hablar de ello, pero sigo estando aquí para lo que necesites. Incluso si lo que necesitas es hablar de María. ¿De acuerdo?
Lara sonrió con afecto. —Vale, lo tendré en cuenta.
—Bien. Te veo mañana, en la presentación. No llegues tarde.
—Nunca lo hago. Hasta mañana, Esther.
—Hasta mañana, Lara.

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