Políticamente incorrectas por Emma Mars

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CAPITULO DOCE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:46 pm

Lara llegó antes de lo previsto al recinto en el que iba a tener lugar la presentación de los candidatos del Partido Liberal a la alcaldía de la Comunidad de Madrid. La foto de familia se tomaría en las inmediaciones del castillo de Manzanares el Real, un lugar emblemático a pies de la Sierra de Guadarrama, con sus banderas rasgando el cielo azul madrileño.
La periodista ya había estado allí en otras ocasiones, pero nunca dejaba de sorprenderle el ambiente festivalero que se respiraba en estos eventos políticos. Miles de coches estaban llegando como pequeñas hormiguitas en fila siguiendo ciegamente a su reina. Los voluntarios, personas del ala juvenil del partido, se esmeraban en indicarles dónde debían estacionar sus vehículos. Lara siempre era amable con los más jóvenes del partido, le parecía que hacían una labor gratuita y de inestimable valor que casi nunca se veía recompensada por los sénior. Apagó el motor del vehículo y comprobó la hora en el salpicadero. Tenía por costumbre llegar demasiado pronto a sus citas, y esta vez no había sido diferente. Todavía quedaba una larga hora que matar antes de que diera comienzo la presentación. Esther ni siquiera se encontraría todavía por allí, estaba segura de ello.
Había hablado brevemente con la alcaldesa la noche anterior para comentarle su decisión acerca de ser incluida en la lista. Lo hizo tarde, pasaban las once de la noche cuando tomó su teléfono para marcar su número. Afortunadamente, Esther estaba igual que despierta de ella. Las dos se habían quedado embobadas frente al televisor, viendo una película pasada de moda, cansadas de una semana dura de trabajo.
Esther se opuso inicialmente a su negativa, pero acabó comprendiendo sus razones. Lara le dijo que, simplemente, no quería armar más ruido del necesario. Si Esther estaba dispuesta a dejar de lado a Cortés, a pesar de la “sugerencia” de Tomás, harían bien si no le daban a Diego Marín otro motivo de enfado.
—Te agradezco mucho que hayas pensado en mí, y aunque comprendo que quieras libertad para elegir a tu equipo, pienso que es mejor así —le dijo, intentando hacerle comprender.
La alcaldesa arguyó que no era justo y, efectivamente, no lo era, pero en el fondo sabía que tenía razón. Sería muy temerario enfadar más a la cúpula del partido y por ningún motivo del mundo Diego Marín aceptaría que su exjefa de prensa formara parte de una candidatura que él mismo detestaba. Las líneas rojas existían y Lara se negaba a cruzarlas.
—Si lo tienes tan claro, no voy a insistir más —acabó claudicando Esther a regañadientes—. Pero me da pena que las cosas sean así.
—Te entiendo, sé que no es justo, pero sigo pensando lo mismo: es mejor así. Si te parece bien, mandaré la lista esta misma noche. Salvo por Cortés, no veo ningún motivo para que Diego se oponga al resto de los elegidos. Son gente del partido.
—De acuerdo. Haz lo que consideres oportuno, confío en tu criterio.
Lara ya estaba abriendo su correo electrónico cuando la alcaldesa le propuso que fueran juntas en su coche a la presentación de candidatos, pero declinó con elegancia el ofrecimiento. Tras el encuentro en su casa, le parecía que necesitaba espacio para ordenar sus pensamientos y sentimientos, y no lo iba a tener si aceptaba viajar en coche con ella aquella mañana.
Todo estaba sucediendo demasiado rápido para el gusto de Lara. Aunque a regañadientes, entendía que no pudiera controlar todos los acontecimientos de su vida. Las cosas sucedían, sin motivo aparente. Perdías a seres queridos, te despedían, te enfadabas con tu mejor amigo, nadie estaba libre de estas pequeñas miserias. Sin embargo, empezaba a sentir que la suya discurría a velocidades tan rápidas que, cuando se daba cuenta de lo ocurrido, era demasiado tarde incluso para asimilarlo. Unas semanas antes su relación con María se encontraba fuerte y sana. Hacían la vida de una pareja normal en sus comienzos. Iban al cine, se gastaban bromas, quedaban cada vez más a menudo, el sexo entre ellas era satisfactorio. Pero, ahora, en apenas cuestión de semanas, se había transformado en una relación incómoda, suspendida de un frágil hilo, que se limitaba a un par de mensajes diarios para constatar que seguía viva. Desconocía en qué punto se encontraba con María. Ella insistía en que tuviera las cosas muy claras antes de asegurarle que deseaba mantener una relación con ella, pero Lara distaba mucho de tener algo claro ahora que su existencia se tambaleaba como una cabaña de paja en mitad de una tormenta.
Unas semanas antes también tenía muy claro cómo deseaba relacionarse con Esther Morales. Había dispuesto de muchos meses para mentalizarse. Deseaba una relación fría y profesional, cercana pero distante, un trato en el que tocaran solamente los temas personales cuando su trabajo lo demandara. Pero nada estaba surgiendo como lo planeado. Pareciera que cuanto más huía de Esther Morales, más atrapada se sentía en la telaraña invisible de su relación. Había intentado distanciarse de ella después de que María apareciera por sorpresa en el Ayuntamiento, pero el día anterior, durante la visita a su casa, había vuelto a ruborizarse por una auténtica tontería.
El resultado era que ya ni siquiera sabía cómo tratarla. Estaba desorientada, y comprendía que hacía mucho tiempo que había perdido el control de la situación. ¿En qué momento había ocurrido?
Lara encendió la radio por puro aburrimiento. Hacía calor en el interior de su coche, pero no deseaba salir y tener que relacionarse con los afiliados y políticos que ya iban llegando al encuentro. Conocía a muchos de ellos y, si no lo hacía, eran ellos quienes la conocían a ella. Lara sabía que en cuanto saliera de su coche tendría que hacer acopio de la mejor versión de sí misma, repartir saludos y sonrisas, y evitar las preguntas de quienes intentaran sonsacarle los detalles macabros sobre su separación del presidente. No estaba de humor para ninguno de estos encuentros, todavía no, así que simplemente subió el volumen de la radio, confiando en que esos minutos de calma le dieran fuerzas para decidirse a bajar del vehículo.
En la radio estaba sonando uno de los éxitos del verano pasado, un single infernal, lleno de referencias machistas, con ritmos electro latinos que a Lara tanto le desagradaban. Mientras cambiaba la frecuencia para encontrar algo que no destrozara sus oídos, empezó a sonar la sintonía de su teléfono móvil. Lara lo sacó del bolso pensando que sería Esther. Se sorprendió al ver que se trataba de Fernando; su mejor amigo no solía llamarle los sábados por la mañana.
—¿Qué milagro tú llamándome un sábado a estas horas?
—¿Qué pasa? ¿Acaso pensabas que solo tú eras una trabajadora incansable?
—No, solo una pringada incansable. Estoy en un acto del partido.
—Entonces he elegido el momento perfecto para llamarte —replicó Fernando—. Ahora en serio, ¿te llamo más tarde? Seguro que estás ocupada.
—Qué va, todavía no ha empezado —dijo Lara, apagando por completo la radio—. De hecho, me viene genial que me llames, así me entretienes mientras llega Esther.
—Bien, porque así no tendré que esperar para darte las buenas noticias: me trasladan a Madrid. Me lo dijeron ayer por la tarde.
Lara se incorporó de golpe en el asiento. Aquellas eran unas noticias excelentes, Fernando llevaba años intentando que su empresa le permitiera volver a casa.
—¿Va en serio? ¿Vuelves? —preguntó, todavía sin creérselo.
—Va muy en serio. En mayo me vas a tener allí con todas las cajas y espero, señorita, que me ayudes con la mudanza.
—Mierda, no puedo, voy a estar en plena campaña. Hasta finales de mayo no vas a verme la cara.
Fernando guardó unos momentos de silencio, como si la noticia le hubiera decepcionado, pero se recompuso de inmediato:
—Bueno, da igual, creo que podré esperar si eso significa que después les mandarás a tomar por culo a todos.
Lara no pudo reprimir una carcajada. Sabía lo mucho que sufría Fernando por el trabajo que ella desempeñaba en el partido. Su mejor amigo consideraba que la estaban explotando, que no reconocían su dedicación, aunque ella nunca había dado motivos de queja hasta que Diego Marín la apartó de su lado.
—¿Cómo te van las cosas con la alcaldesa? —se interesó él—. ¿Mejor?
Fernando, como siempre, iba directamente al epicentro del problema. A veces sentía que aunque no hablaran durante semanas estaban conectados de tal manera que podían intuir lo que le afligía al otro. Lara le explicó cómo se habían precipitado las cosas desde la última vez que hablaron. Los miedos de María, su incapacidad para tratar a Esther desde la normalidad, sus propios miedos. Fernando la escuchó con atención, sin juicios precipitados, escuchando cada palabra como siempre hacía antes de darle su parecer.
—Y eso nos lleva a hoy —resumió Lara—, que estoy encerrada en el coche, esperando a que aparezca, y sin tener ni idea de cómo debo tratarla. ¿Qué te parece?
Fernando sonrió, sabía que lo estaba haciendo aunque no fuera capaz de verle, tal era su conocimiento de las reacciones de su mejor amigo.
—Me parece que estás hecha un lío —se mofó él—, y que no eres la única. Ella también parece hecha un lío.
—¿Quién, María?
—No, Esther. Tengo la sensación de que las dos estáis igual, que no sabéis cómo trataros, y me parece absurdo.
—¿Qué tiene de absurdo?
—Lara, sois dos mujeres adultas y solteras. Vale, ella se está divorciando, pero ya no tiene a nadie que le impida ser lo que es. ¿Qué te detiene? Si está claro que las dos sentís lo mismo.
Fue involuntario que su corazón empezara a latir de forma descontrolada. Tal vez porque nunca había escuchado antes en voz alta lo que su subconsciente le susurraba: ¿Qué te detiene? ¿Por qué no? Parecía empeñada en negarse unos sentimientos que estaban ahí, enquistados, que no se iban a ir por mucho que lo deseara, y menos ahora que Esther estaba libre y ya no mostraba tantos reparos como antes en admitir su orientación sexual. No obstante, seguía habiendo algo que se lo impedía.
Lara no sabía qué nombre darle. Orgullo, miedo, tozudez, cansancio, el qué dirán, que Esther fuera su jefa y si ganaban las elecciones quizá seguiría siéndolo, podía ser cualquiera de estos motivos, todos juntos, combinados o por separado. Daba igual. El resultado seguía siendo el mismo, la negación de sus propios sentimientos, la lucha encarnecida consigo misma en una batalla que, objetivamente, estaba perdiendo. Su cerebro tenía que empezar a replegar sus tropas para dejar paso a la invasión de los sentimientos o acabaría enfermando.
—Eo, ¿sigues ahí?
—Sí, estoy aquí, o eso creo —afirmó Lara, agarrada al volante. Desconocía cuánto tiempo llevaba hablando con Fernando, pero el suficiente para que el aparcamiento se encontrara prácticamente lleno. Si se descuidaba, iba a llegar tarde. Seguramente Esther la estaría buscando.
—¿Y bien? ¿Qué opinas?
—Que no sé lo que me detiene, Fer, solo sé que cada vez que lo pienso me siento paralizada. Me da pánico dejarme llevar. Estamos hablando de una mujer que hasta hace poco estaba casada, tiene dos hijos, ni sus padres saben que es lesbiana… Son muchas cosas. No sé si quiero pasar por eso ahora. Además, tampoco sé lo que siente Esther. A lo mejor ya ha pasado página, ¿comprendes?
—Creo que te estás dejando llevar por tus propios miedos, Lara, y que así nunca conseguirás ser feliz. Ni con María ni con nadie. No sé, para mí las cosas son más fáciles: ella te gusta, por lo que me cuentas creo que tú también le gustas y da la casualidad de que ahora las dos sois libres para hacer lo que queráis —razonó su mejor amigo—. En realidad, deberías sentirte afortunada. No todo el mundo tiene en su mano la decisión de ser feliz.
Lara quiso disponer de tiempo para seguir con aquella conversación. Fernando tenía la capacidad de calmarla y abrirle los ojos al mismo tiempo. En ese momento no estaba segura de que su mejor amigo estuviera en lo cierto, pero se prometió seguir meditando al respecto cuando acabara su jornada laboral.
—Ya veremos —le dijo de manera precipitada—, ahora, lo siento, Fer, pero tengo que irme. Se ha hecho tardísimo. ¿Te llamo luego?
—Cuando quieras, ya lo sabes.
—Que conste que aunque no hayamos hablado mucho del tema, estoy feliz de que te vuelvas.
—Ya, claro, ahora disimula.
—¡Lo digo en serio!
Fernando se rio. —Ve a por ellos, tigre. Y no trabajes demasiado. Después hablamos.
—Hasta luego. Un beso.
—Otro para ti.
Nada más colgar, Lara comprobó que tenía dos llamadas perdidas de Esther. La alcaldesa la había llamado mientras estaba ocupada hablando con Fernando. Se llevó una mano a la cara para secarse el sudor que perlaba su frente. Abrió la puerta del coche, sintiendo el asfalto bajo la suela de su zapato. Había llegado el momento de mezclarse con la gente y se alegró de poder hacerlo a última hora, cuando todos estarían demasiado nerviosos por el comienzo del acto que no repararían tanto en su presencia.
—¿Dónde estás? —le preguntó a Esther, tan pronto ella respondió su llamada.
—Eso mismo te iba a preguntar yo a ti. ¡Faltan diez minutos para que empiece el acto! ¿Dónde te habías metido?
—Estoy en el aparcamiento. Dime dónde estás y voy para allí.
Aceleró el paso para llegar cuanto antes a las inmediaciones del castillo. Había calculado mal la distancia. El aparcamiento estaba en un lugar retirado y le iba a llevar tiempo llegar hasta donde estaba Esther. Caminó todavía más deprisa, evitando mirar a las personas que iba dejando atrás. Una señora intentó pararla, Lara pudo reconocer su cara. Se le hacía familiar, aunque en ese momento no supo de qué. La señora agitó los brazos, pero ella se excusó en un murmullo ininteligible y siguió andando. Le quedaban ya pocos metros para llegar a donde estaban los candidatos. Desde aquella distancia parecían un pequeño grupo de insectos hacinados a los pies de un castillo. Intentó distinguir a Esther entre la multitud, pero se le hizo imposible entre tanta chaqueta negra y traje pantalón.
El cerebro de Lara iba registrando caras conocidas. Con algunos de aquellos candidatos había hablado infinidad de veces en el pasado. Otros eran caras completamente nuevas, alcaldables novatos que vivían por primera vez un acto de aquellas características. Sus rostros tenían un gesto muy diferente, no mostraban el cansancio de quienes repiten experiencia por enésimo año consecutivo; al contrario, parecían orgullosos de estar allí, casi como si hubieran sido designados por la voluntad del pueblo para representar a sus vecinos, cuando lo cierto era que el partido les había puesto allí a dedo.
Lara se puso de puntillas para ver si conseguía ver a Esther. Por fin la encontró. Charlaba despreocupadamente con el candidato de La Acebeda, un municipio perdido en la Sierra de Guadarrama, que no llegaba a los cien habitantes, tan pequeño que nadie en el Partido Liberal se preocupaba de él. La Acebeda representaba para el partido una raya en el agua, una nimiedad, y a menudo se veía al candidato deambulando por los actos como un alma perdida. Adolfo Hevia, su alcalde, había conseguido siete mayorías absolutas en los treinta años que llevaba al frente del Consistorio, pero representaba a un municipio tan pequeño que a nadie parecía imporLarasiempre siempre había sentido simpatía por aquel hombre bajito y de ojos limpios, y se alegró al ver que Esther empleaba su tiempo en entablar una buena relación con él. Ahora los dos eran unos parias y se hacían compañía.
—¡Esther! —le gritó haciendo aspavientos para indicarle dónde se encontrara. La alcaldesa se giró en su dirección y le sonrió.
—Creía que no ibas a llegar a tiempo. ¿Qué te ha pasado? —le preguntó cuando por fin consiguió acercarse a ellos.
—He tenido un contratiempo en el coche, pero ya está resuelto. Adolfo, hola, cuánto tiempo. —Lara estrechó la mano del veterano regidor, el cual le correspondió con un gesto afable.
—¿Os conocéis? —preguntó Esther.
—Mucho, Lara me ha dado muy buenos consejos a lo largo de estos años —aclaró Hevia con una sonrisa—. Me alegro de que estés bien, hija, por un momento me tenías preocupado —afirmó, esta vez dirigiéndose a Lara.
—Estoy mejor que nunca, ya ves que estoy bien acompañada —replicó la periodista.
Hevia se inclinó entonces un poco, lo suficiente para que nadie más le oyese, y le susurró al oído: —Sin duda, mucho mejor acompañada que antes.
Inmediatamente después se despidió cordialmente de ellas y se fue a ocupar su sitio para la fotografía. Lara no pudo evitar sonreír con complicidad. Le sorprendía cómo algunos eran capaces de ver en la distancia lo que otros no consiguen ver ni cuando lo tienen delante de los ojos. Su respeto por el veterano regidor acababa de multiplicarse exponencialmente.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Esther con curiosidad, su mirada puesta en las espaldas del alcalde.
—Nada importante. ¿Qué? ¿Preparada? ¿Te has encontrado con algún indeseable?
—Hasta el momento, no. —Esther se encogió de hombros—. Solo Martín, que anda pegando voces a todos.
—Muy en su estilo —afirmó Lara, observando al gerente del partido, que en ese momento le estaba haciendo la vida imposible a una de las secretarias de la sede. A saber qué había hecho mal la pobre mujer, pero tenía el gesto descompuesto. Era una mujer de al menos cincuenta años, pero estaba a punto de echarse a llorar como una colegiala—. Creo que es hora de que ocupes tu puesto, yo voy a estar allí. —Lara señaló la zona en la que se encontraban Tomás y compañía, atendiendo a los periodistas—. Te espero a que acabes, y si no tienes planes, luego a lo mejor podemos comer juntas.
La alcaldesa no disimuló su sorpresa. Si alguien le hubiera dicho que una avioneta estaba escribiendo un insulto en el cielo en ese preciso momento, Esther se habría mostrado menos desconcertada. No obstante, se recompuso en seguida y aceptó encantada la propuesta.
—Ya iba siendo hora de que me lo propusieras —murmuró.
—¿Qué? —Lara fingió no haberla escuchado.
—Nada. Me voy. Pásatelo bien con los periodistas. Luego nos vemos.
—Perfecto, luego nos vemos. Buena suerte.
Tenía todavía una sonrisa dibujada en los labios cuando se acercó al lugar en donde estaban los profesionales de los medios. Decenas de cámaras de televisión y fotográficas se peleaban por tener el mejor de los ángulos. Los plumillas habían optado por sentarse en el suelo para sostener las libretas en su regazo. La convocatoria del partido había tenido éxito, todos los medios querían estar allí para saber qué mensajes mandaría el presidente en contra de los nuevos partidos populistas que se presentaban a las elecciones municipales. Se trataba de una lucha sin cuartel. David contra Golliat, una batalla encarnizada, y los periodistas querían sangre, estaban deseosos de asistir a un nuevo asalto.
Lara advirtió la presencia de Tomás casi de inmediato. El joven estaba intentando poner orden. Se le notaba nervioso, igual que lo había estado ella en este tipo de eventos, cuando la adrenalina se desbordaba en su interior y le obligaba a hacer movimientos amplios y agresivos, siempre alerta, siempre pendiente. Tenía que reconocer que Tomás había crecido mucho en los últimos años. De novato desorientado había pasado a tener una presencia rotunda. Se notaba que los periodistas le respetaban; tal vez no lo hicieran por su labor, sino por puro miedo, pero resultaba igual de efectivo. La imagen de Diego Marín seguía siendo excelente, era el político amado por todos, a pesar de los casos de corrupción que brotaban a diario en el seno de su partido, y eso se debía en parte al buen trabajo de Tomás. Estaba pensando en ello cuando advirtió que alguien le tapaba los ojos por detrás. Cuando se giró, vio a Juan Devesa; le sonreía.
—Hola, extraña.
Lara se alegró inmensamente de verle. Hasta ese momento no había comprendido lo mucho que había echado de menos a su excompañero de trabajo. Habían intercambiado un par de emails esos meses, pero nada destacable, solo unos cuantos mensajes en los que se ponían al día de nimiedades o cotilleos del partido. Si podía, Juan evitaba hablar con ella de temas políticos, porque ambos sabían que se jugaba su puesto si revelaba algo estrictamente secreto, y ella comprendía que no podía ponerle en ese aprieto, así que aceptaba de buen grado seguir en contacto, aunque fuera de un modo que no les comprometiera. Sabía, en cualquier caso, que podía contar con Juan para lo que necesitara y que si se veía en un aprieto, tendría línea directa con él.
—¿Qué haces tú por aquí? —inquirió, sorprendida de su presencia. Juan y Regina apenas asistían a los actos de partido. Su trabajo era estar en el despacho, atendiendo a los medios de comunicación.
—Voy a acompañar a Tomás durante la campaña. Él solo no puede hacerlo todo.
—Claro, lo comprendo —dijo Lara, observando el gentío con fascinación. En lugar de una presentación de candidatos, aquello parecía un concierto de rock. Entre afiliados, militantes, periodistas, políticos y asesores, podía haber unas mil personas al pie del castillo.
El acto estaba a punto de comenzar. El primero de los ponentes se estaba acercando al micrófono. Las voces de los asistentes empezaron a suavizarse poco a poco hasta que solo quedó un leve murmullo de bisbiseos y toses.
Devesa echó una mirada disimulada hacia ambos lados, como si quisiera asegurarse de que nadie los estaba escuchando. Después se acercó a ella y le susurró:
—¿Cómo van las cosas por Móstoles?
—Bueno, todo está muy revuelto por allí, tú lo sabes mejor que nadie. Ayer te mandé la lista, por cierto, espero que la hayas recibido.
—De eso quería hablarte, pero no sé si es un buen momento. —Devesa parecía inquieto, como un chiquillo a punto de confesar su más oscuro secreto. Buscó a Tomás con la mirada y vio, complacido que estaba lo suficientemente lejos como para no escuchar nada de lo que pudieran hablar.
—Es un buen momento. Si lo hacemos por teléfono, podría ser mucho peor. Ya sabes que siempre hay alguna línea pinchada, así que cuéntame.
Devesa dudó un instante, pero el miedo no le detuvo:
—Hay problemas con la lista. Rodrigo Cortés ya sabe que lo habéis dejado fuera. Llamó a Diego esta mañana. Iba hablando con él cuando veníamos en el coche.
—Qué hijo de puta. ¿Cómo se ha enterado?
—Ni idea. Supongo que Diego se lo habrá dicho a su padre —aventuró Devesa—. Teníamos órdenes de entregarle la lista a Diego tan pronto la mandarais, así que se la envié yo mismo anoche. Imagino que hablaría con él para disculparse de que su hijo no esté en la lista, porque está dispuesto a ratificarla tal cual la ha hecho Esther.
—Entonces, ¿cuál es el problema? Si el presidente le ha dicho que se queda fuera, se queda fuera —razonó Lara.
—No pude escuchar lo que le decía Cortés, pero Diego estaba intentando calmarle. Le prometió compensarle con algo. Dijo que hablarían después del acto.
—¿Compensarle con algo? —se extrañó Lara, alzando demasiado la voz.
—Ssssh, Lara, por favor. Que me estoy jugando el cuello. —Devesa miró por encima de su hombro. Por fortuna, Tomás seguía demasiado lejos para escucharles.
—Perdona. Sigue.
—Eso es todo. No he podido enterarme de más. Pero, por el tono de Diego, creo que no se van a quedar ahí las cosas. Odia a Esther, Lara. Nunca le he visto odiar tanto a nadie. Creo que hará lo que esté en su mano para quitársela de en medio.
A Lara se le erizaron los pelos de la nuca cuando escuchó estas palabras. Conocía el alcance del odio del presidente, sabía que no tenía límites. Cuando alguien se le cruzaba, era capaz de hacer lo que fuera con tal de quitárselo de en medio. En el pasado Lara nunca le había dado importancia a este afán vengativo de Diego. A fin de cuentas, tampoco antes había tenido que enfrentarse a él o padecerlo. Ella siempre había estado de su lado, pero ahora las cosas eran muy diferentes, se encontraban en el otro extremo del ring, librando un asalto contra uno de los pesos pesados de la política. Si salían indemnes de ese encuentro, podían darse por satisfechas. Tendrían suerte de conservar las cabezas sobre los hombros.
—No sabes cómo te agradezco que hagas esto, Juan. Por favor, si te enteras de algo más, dímelo. Cualquier cosa será de ayuda en este momento.
—Descuida, cuenta conmigo. Esther y tú me caéis bien.
—No quiero darte ningún problema…
—No lo harás, sé guardarme las espaldas. Y ahora mejor me voy o empezaremos a levantar sospechas. Cuídate, Lara. Estamos en contacto.
Juan Devesa se fue entonces entre aplausos, los primeros de la jornada política. El ponente había acabado de dar su discurso, aunque Lara no se enteró de una sola palabra. Estaba demasiado preocupada por lo que acababa de oír. ¿Qué tramaba Rodrigo Cortés? Y lo peor de todo: ¿Qué tramaba Diego Marín? En ese momento no tenía ni idea, pero tampoco sintió ganas de descubrirlo. Fuera lo que fuera, estaba convencida de que no le iba a gustar.


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CAPITULO TRECE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:47 pm

Por más veces que mirara el espejo retrovisor, Esther todavía no se creía lo que estaba sucediendo. El coche de Lara la seguía de cerca, siempre pegado al suyo, por las sinuosas carreteras que descendían de Manzanares el Real. Terminado el evento, decidieron poner tierra de por medio cuanto antes. Lara tenía el rostro desencajado cuando se reunió con ella, pero no fue capaz de sonsacarle ni una sola palabra del motivo de su preocupación. <<Más tarde, primero salgamos de aquí>>, le pidió, y así lo hicieron. Decidieron poner rumbo a otra localidad para no tener que encontrarse con nadie del partido. Así que ahora se dirigían hacia San Lorenzo del Escorial, en donde estaban convencidas de que gozarían del anonimato que necesitaban para charlar tranquilamente.
Quedaba ya poca distancia para llegar al centro del pueblo, pero Esther seguía mirando el espejo retrovisor para asegurarse de que el coche de Lara le iba a la zaga, como si todavía no se creyera que estuviera allí. Resultaba estúpido, pero después de lo ocurrido el día anterior, lo último que esperaba era que Lara le propusiera que almorzaran juntas. Intentaba no hacerse ilusiones, podía ser que la periodista planteara este almuerzo como un encuentro de trabajo, aunque el tono que había empleado para proponérselo había sido muy diferente al de las semanas previas.
Esther tomaba las curvas con el desparpajo de una chiquilla que acabara de sacarse el carnet de conducir. Se sentía tan pletórica con este cambio de actitud que estaba segura de que Lara haría algún comentario jocoso sobre su despistada manera de manejar el vehículo, pero aun así era incapaz de evitarlo. Cuando llegaron a El Escorial estuvo a punto de tener una colisión en la incorporación a una glorieta. Esther frenó con tal intensidad que el coche de Lara casi se estrella contra el suyo. Miró de nuevo por el espejo retrovisor y le sonrió a modo de disculpa.
—¿Siempre conduces así? —le preguntó con sorna la periodista cuando estacionaron sus coches, a la puerta del restaurante. Esther había estado allí en otras ocasiones, se trataba de un discreto mesón con una terraza muy agradable.
—Solo los días en los que estoy excitada por algo. Normalmente, soy menos temeraria. ¿Te parece que nos quedemos en esa? —dijo, señalando una de las mesas de la esquina, situada bajo el árbol que había frente a la entrada—. Hace un poco de frío, pero creo que con la estufa estaremos bien.
Lara asintió con la cabeza. Tomaron asiento y el camarero se personó a los pocos segundos. Cerveza para la periodista, vino para ella. El menú se lo traerían enseguida.
—Bueno, ¿vas a contarme ahora por qué tienes esa cara? —Esther metió la mano en su bolso y extrajo un paquete de cigarrillos. Fumaba poco, solamente en situaciones sociales como aquella, pero le había tomado gusto desde la noche en la que le pidió el divorcio a Quique. Aquel cigarrillo le había dejado un regusto a victoria que Esther evocaba cada vez que le daba una calada a uno nuevo. Lara la miró con extrañeza.
—¿Ahora fumas? —le espetó sin ocultar su repugnancia.
—Solo de vez en cuando. Tranquila, no me voy a enganchar.
—Eso espero, porque es un hábito asqueroso.
Esther puso los ojos en blanco. —Conduzco fatal, te doy asco porque fumo. ¿Qué más? Hoy estás de lo más agradable. —Dio una calada al cigarrillo y expulsó el humo por encima de su cabeza—. Lo que ha pasado tiene que ser muy grave.
Lara sonrió con cinismo, como si comprendiera que no estaba siendo la mejor de las compañías. —Perdona, no he tenido el mejor día de mi vida. He estado hablando con Juan Devesa, me lo encontré en la zona de periodistas.
Devesa. Sentía aprecio por ese periodista. Había algo en él, no sabía qué, que le resultaba familiar y acogedor. Si Lara había hablado con él y estaba preocupada, tenía que ser porque había ocurrido alguna catástrofe. Esther estiró la espalda en su asiento. De pronto se sintió rígida y a la defensiva, como si su cuerpo se estuviera preparando para recibir las malas noticias.
—Me ha dicho que Cortés ya sabe que no está incluido en la lista.
—¿Cómo? ¿Cómo se ha enterado?
—Tenían órdenes de entregarle la lista a Diego tan pronto la tuvieran. Juan se la envió anoche, en cuanto la recibió, y cree que al ver que Cortés no estaba en la lista, el presidente llamó al padre del concejal. Son todo suposiciones, por supuesto.
En ese momento llegó el camarero con sus consumiciones. El menú se quedó sobre la mesa, ni siquiera lo habían abierto.
—¿Ya saben lo que van a pedir?
Esther lo miró con desconcierto, como si por unos segundos no comprendiera por qué aquel desconocido acabara de interrumpir su charla. Cuando cayó en la cuenta, su gesto torcido mutó en una sonrisa:
—Denos cinco minutos más, por favor. En cuanto lo tengamos, le llamaremos. —El camarero se fue a regañadientes—. Sigue.
—No hay mucho más que contar —se lamentó Lara—. Devesa cree que Diego llamó ayer al padre de Cortés y esta mañana, mientras iban hacia el evento, fue Cortésnhijo el que llamó a Diego. Al parecer, estaba muy enfadado.
—¿Cómo puede estar enfadado después de todo lo que ha hecho? ¡Será cabrón! —masculló Esther.
—Alcaldesa, esa boca, se la voy a tener que lavar con jabón.
—Lo siento, pero es que no doy crédito. ¿Qué más? ¿Qué dijo?
—No se sabe. Dice que estuvieron hablando por teléfono y que Diego prometió compensarle con algo. Devesa dice que el presidente está dispuesto a ratificar tu lista, pero que se lo compensará a Cortés con otra cosa. Lo que no sabemos es con qué.
Los dedos de Esther juguetearon con el paquete de cigarrillos. Casi no se había acabado el primero y de pronto estaba tan nerviosa que sintió ganas de encender el segundo. Se contuvo al recordar las palabras de Lara. Además, no quería convertirse en una fumadora activa, así que apagó el que tenía entre manos y dio el primer sorbo a su copa de vino.
Para ser francos, estas noticias no le sorprendían. Por supuesto que Cortés tramaba algo, eso lo sabían todos, hasta Belén, la responsable del partido local, estaba al tanto. Pero Esther seguía sintiendo cierta inquietud al desconocer los detalles. A partir de ahora tendrían que estar con los ojos muy abiertos si no querían tener problemas.
—¿Crees que si Devesa se entera de algo más, te lo dirá?
—Eso me dijo, antes de despedirse. Ahora el caso es que consiga hacerlo a tiempo.
—Bueno, pues mañana sin falta manda la lista a los medios —le pidió Esther—. Hoy por la tarde me dedicaré a llamar a los integrantes para comunicarles su puesto, antes de que se haga pública.
—De acuerdo.
—¿Ya saben lo que van a pedir? —Las dos mujeres levantaron la vista y vieron al camarero, plantado otra vez allí como una estaca, libreta en mano, esperando para tomar la comanda.
—Pidamos y seguimos charlando, ¿te parece? —propuso Esther, incómoda por la insistencia del mesero.
Se decantaron finalmente por un almuerzo ligero consistente en ensaladas y algo de picar para acompañarlas. Esther estaba tan nerviosa que, aunque lo intentara, no habría sido capaz de comer nada más consistente.
—Estás demasiado delgada, deberías comer más —le regañó Lara.
—O trabajar menos. Eso también ayudaría. Tú, en cambio, has ganado peso.
—¿Es tu manera de llamarme gorda?
Esther soltó una risotada. —No, idiota, de hecho, creo que así estás mucho más guapa. Cuando te conocí, estabas en los huesos. Tienes mejor cara ahora.
—Vaya, pues muchas gracias.
El tono distendido que había tomado el almuerzo la complacía sumamente. De los asuntos políticos habían pasado a la charla personal, y estaba deseosa de saber más sobre la vida de Lara. Todavía existía esa incomodidad de no saber qué temas estaban vedados y cuáles eran de libre acceso, pero se alegraba de poder hablar con ella de otros asuntos no vinculados a la política. Dio un sorbo a su copa de vino para permitir que fuera Lara quien sacara el siguiente tema de conversación.
—¿Te he contado que hace un tiempo me encontré con Claudia? ¿Te acuerdas de ella?
Esther frunció el ceño, intentando recordar. Enseguida la imagen de una preciosa mujer de ojos negros se materializó en su mente. —¿La editora? —preguntó—. ¿La de la cena con Marisa?
Lara asintió con la cabeza. —Fui a la presentación de un libro y era ella quien estaba a cargo del autor. Fue muy amable conmigo, a pesar del plantón que le dimos.
Esther se rio. Le parecía muy cómica la manera en la que las dos habían salido a la carrera de aquel restaurante. Estaba segura de que las comensales creyeron que habían enloquecido, pero no dejaba de parecerle gracioso que se hubieran ido así.
—¿Y qué te dijo? Seguro que nos odia.
—Para nada. Insistió mucho en que… —Lara dejó la frase a medias—. Nada, es una tontería, no tiene importancia.
—¡No! Dímelo, ¿qué te dijo? Me muero de curiosidad.
—Bueno… —Lara se acomodó la servilleta en su regazo. ¿Podía ser que se hubiera ruborizado? —. Ella y su pareja, Olivia, pensaron que se trató de una pelea de enamoradas. Me dijo que ellas dos solían discutir mucho antes de estar juntas y que les resultó una situación muy cómica.
Esther se quedó pálida durante unos segundos. Entre todas las cosas que Claudia podía haber dicho, esta era la última que se esperaba. Hundió la nariz en su copa de vino para no tener que contestar de inmediato. ¿Qué podía decir, en cualquier caso?
—Qué gracia —comentó finalmente—. Supongo que le aclararías que no somos pareja.
—Lo hice, pero no fui capaz de convencerla. Insistió en que un día teníamos que cenar en su casa. Incluso me dio su teléfono para que lo organizáramos. Me pareció divertido.
En ese momento se hizo un silencio extraño entre las dos mujeres. A Esther le pareció que había tantas cosas por decir que ninguna tenía el coraje necesario para empezar a ponerlas sobre la mesa. Cruzó los cubiertos sobre su plato y optó por la salida más sencilla:
—A Marisa le daría un infarto si nos fuéramos de cena sin ella. Ya sabes que le encanta ser el centro de atención.
—Sí, ya sé —replicó Lara, divertida—. Marisa es casi la madre de todas las lesbianas.
—Mentira. Es la madre de todas las lesbianas poderosas. O, al menos, las que ella considera que son poderosas.
—Me dijiste que no habías vuelto a hablar con ella —se interesó Lara.
—Así es. Cuando pasó todo aquello, lo del divorcio y demás, no me quedaron muchas ganas de socializar. Me encerré un poco en mí misma, supongo que necesitaba poner antes un poco de orden. Ella tampoco me ha llamado en todo este tiempo. Deduzco que está enfadada. Me da igual. —Esther hizo un gesto de desdén con la mano. Realmente le importaba bien poco lo que pensara Marisa. Sabía que le debía una disculpa, pero tenía otros asuntos más importantes entre manos.
—Bueno, si ves que un día te apetece, podemos aceptar la invitación de Claudia. Un poco de vida social no nos vendría mal —terció entonces Lara.
Esta proposición la dejó anonadada. Lara estaba allí, y no la Lara periodista, fría y meticulosa, qué va. Esta era la otra Lara, la que había conocido en la fiesta de Marisa, la persona que le hizo reír y gemir de placer aquella noche. La miró y pestañeó con fuerza, como si no diera crédito. ¿Qué le había hecho cambiar súbitamente de opinión? ¿Por qué ahora se comportaba de una manera tan diferente?
—Dudo mucho que María esté de acuerdo con esa cena, ¿no crees? —le dijo entonces, mientras el camarero se afanaba en recoger los platos. La comida estaba llegando a su fin, pero Esther ya sabía que deseaba postre y café, tal vez incluso un chupito, cualquier cosa con tal de estirar aquel momento todo lo que pudiera—. ¿Cómo te va con ella? Ayer me dejaste preocupada con lo que me dijiste.
Lara se revolvió en su silla. Estaba claro que el tema la incomodaba, pero Esther se había pasado parte de la noche en vela, dándole vueltas a sus palabras. Quería saber en qué estado se encontraba su relación, lo deseaba con todas sus fuerzas, y Lara estaba ahora tan receptiva que no iba a dejar escapar la oportunidad de indagar.
—Es complicado —replicó—. María… ella quiere que esté completamente segura de que deseo una relación con ella. Y la entiendo, tiene sentido lo que me pide, es justo, pero estoy en un momento de mi vida en el que no puedo ofrecerle mucho más.
—Entonces, ¿se ha acabado?
—Supongo que sí, aunque todavía no lo hemos hablado con claridad. Está esperando mi respuesta.
Esther hizo un mohín con los labios. ¿Qué se decía en una situación así? La alcaldesa se debatió entre dar aplausos de alegría u ofrecerle su apoyo. Tal vez podría haber hecho las dos cosas, pero hubiese sido raro, así que se decantó por interpretar el papel de confidente. Extendió una mano por encima de la mesa y tomó la de Lara con ternura. La miró a los ojos y le dijo:
—No seas tan cruel contigo misma, estas cosas pasan.
Lara miró su mano, posada sobre la suya, pero no hizo ningún gesto de desagrado. Solo permaneció con la mirada fija en ellas, aunque parecía cómoda con el contacto.
—Me refiero a que a veces conocemos a personas maravillosas, pero, simplemente, no en el momento adecuado y eso acaba lastrando la relación. María será mucho más feliz si eres sincera con ella. Creo que estás a tiempo.
Lara asintió en silencio. El camarero regresó en ese momento. —¿Postres? —preguntó.
Esther levantó la cabeza y le odió por interrumpirlas de nuevo, pero supo también que el almuerzo acababa de tocar a su fin. Ya tendrían tiempo más adelante de disfrutar de otros encuentros similares.
—No, cuando pueda traiga la cuenta, por favor.

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CAPITULO CATORCE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:51 pm

Lara se sintió repleta de energía aquella mañana. Ahora que acababa de mandar a los medios de comunicación la lista con los integrantes que componían la candidatura, tenía todo el fin de semana por delante, y planeaba utilizarlo bien porque esos serían sus últimos días libres antes de meterse de lleno en las elecciones. A partir del lunes, su jornada laboral sería ininterrumpida, las veinticuatro horas del día, y solo podría detenerla para descansar, seis horas a lo sumo, antes de volver a empezar.
La noche anterior no había podido dormir hasta bien entrada la madrugada. Su cabeza no dejaba de darle vueltas a la conversación que había mantenido con Fernando. Y tampoco podía dejar de pensar en lo a gusto que se había sentido en compañía de Esther, durante la comida que mantuvieron tras la fotografía de los candidatos.
Estaba empezando a creer que tal vez Fernando tenía razón. A lo mejor estaba demasiado empeñada en buscar impedimentos para que ella y Esther dieran un paso más en su relación, y aunque todavía no tenía muy claro lo que deseaba hacer al respecto, o siquiera si la alcaldesa estaría de acuerdo con lo que decidiera, sabía que antes de tomar una decisión tenía otro asunto que resolver.
Cogió su teléfono móvil y llamó a María, que le contestó casi al momento. Sonaba triste, como si ya se esperara lo que tenía que decirle. Lara hizo acopio de una valentía que no sentía para proponerle que quedaran a última hora. Le llenaba de tristeza tener que despedirse de ella, pero de camino a la cafetería en donde habían quedado, se repitió varias veces a sí misma que era mejor así. No podía prologar más la situación por mucho que lo quisiera. Era injusto para ella y para María, que siempre había sido amable, y se merecía a una persona a su lado que pudiera entregarse por completo a la relación.
Lara se arrebujó en su abrigo cuando salió de la boca del metro. El tiempo estaba mejorando, pero el invierno seguía repartiendo rachas de aire helado que consiguieron que se estremeciera de frío. El café Bilbao estaba lleno a aquellas horas. A María le encantaba ir a este sitio tan emblemático del centro de Madrid. Durante la universidad se había aficionado a las partidas de ajedrez que se jugaban en el primer piso y como adulta seguía yendo cada vez que la ocasión se lo permitía. Lara entró en el local con la sensación de que estaba a punto de crear un recuerdo imborrable. A pesar de la brevedad, a partir de entonces el café Bilbao se convertiría para ella en el lugar en el que había terminado una de las relaciones más significativas de su vida, y dudaba mucho que ese recuerdo se convirtiera en un acicate para regresar en el futuro.
Se sentó en una de las mesas de superficie de mármol a esperar que María apareciera. Quedaban diez minutos para la hora acordada, por lo que estaría a punto de entrar. Atisbó su melena dorada tan pronto el camarero le trajo su consumición. Lara se levantó para saludarla.
—Cuánto tiempo —le dijo mientras ella se quitaba el abrigo y el pañuelo que rodeaba su cuello.
—Sí, la verdad es que con la tontería hace varias semanas que no nos vemos —replicó María—. ¿Cómo has estado?
—Bien, con mucho trabajo, pero eso ya lo sabes. ¿Tomas algo? —Señaló al camarero, que estaba esperando para anotar la comanda.
—Un té con leche, por favor.
Lara no sabía cómo romper el hielo. De camino hacia allí intentó planear la mejor manera de encauzar la conversación, pero no encontró la fórmula de hacerla menos dolorosa. Si sacaba el tema de manera muy directa, pecaría de brusca e insensible. Si dilatarlo sería absurdo; ambas sabían para qué estaban allí. Así que cuando llegó el momento solo entrelazó los dedos de las manos y se quedó observándola, sin saber muy bien qué decir.
—Y bueno, ¿no vas a decirme nada? —le preguntó María de manera directa—. Por teléfono parecías muy interesada en que quedáramos.
—Sí, bueno, yo… Habíamos quedado en hablar del tema, ¿no? Me refiero a nosotras.
—Sí —le confirmó ella.
—Y me parecía un poco frío hacerlo por teléfono, la verdad —admitió Lara.
—¿El qué? ¿Cortar conmigo o decirme que quieres que sigamos? —El camarero llegó en ese momento con el té. Depositó una inmaculada taza blanca y una pequeña jarra de leche enfrente de ella. Lara se frotó las manos con nerviosismo—. ¿Y bien?
—Supongo que solo pretendía hablar las cosas contigo cara a cara.
—Muy bien, pues aquí estoy —replicó María, vertiendo la leche en su té.
Qué difícil le estaba poniendo las cosas. Lara deseaba que la propia María le allanara el camino para decir lo que tenía en mente, pero no estaba siendo así. Empezó a pensar que aquel encuentro no había sido buena idea, después de todo, porque al parecer ella no estaba dispuesta a facilitarle la tarea, y Lara comprendió que debía hacerlo del mismo modo que se arranca una tirita. Como un tirón fácil y rápido, para que doliera lo menos posible.
—Bien, pues he estado pensando las cosas, tal y como me pediste —empezó a decirle, intentando encontrar las palabras adecuadas—, y la verdad es que creo que tenías razón. De alguna manera, me he dado cuenta de que ahora mismo, con todo lo de las elecciones, no es el mejor momento para establecer una relación.
—De modo que quieres cortar de manera definitiva —la interrumpió María.
—Bueno, creo que es lo mejor para las dos. Tú quieres un tipo de relación que ahora mismo yo no puedo ofrecerte, y no pretendo tenerte esperando.
—Es por ella, ¿verdad? —María la miró fijamente al hacerle esta pregunta. Lara abrió los ojos con sorpresa—. Por Esther.
—¡No! ¡No tiene nada que ver con ella! —mintió Lara.
—Vamos, Lara, se os nota a la legua —protestó María—. ¿Te crees que los demás somos tontos? Hasta mi tía me ha insinuado alguna vez que os lleváis demasiado bien.
—¿Demasiado bien? ¿Qué significa eso? —se preocupó Lara, que sintió una punzada de miedo al imaginar que Carmen sospechaba algo.
—Da igual, no es importante. Lo que digo es que te dejes de tonterías y por lo menos tengas la decencia de admitir que es por ella. Creo que es lo mínimo. Me merezco que seas sincera.
Lara dio un largo sorbo a su bebida. La conversación no estaba saliendo en absoluto como ella había planeado. Su intención había sido mantener un encuentro lo más agradable posible, dentro de las circunstancias, y quedar como amigas, pero si seguían por aquellos derroteros no estaba muy segura de que pudieran conseguirlo.
—Siempre le has tenido manía a Esther.
—Porque no estoy ciega —protestó María—. Tú no lo ves, pero desde que empezamos a salir te comportas de una manera diferente cuando ella está presente. Es como si el resto del mundo se desvaneciera. Solo vives para Esther.
—Eso no es verdad —se defendió Lara—, lo que pasa es que tenemos una relación… especial, y entiendo que el resto de la gente no pueda comprenderlo.
—Vale, hagámoslo de otra manera —propuso María—. Mírame a los ojos y dime que no hay nada entre Esther Morales y tú. Hazlo y me lo creeré. Vamos.
Lara sonrió con suficiencia. Sabía de sobra que, aunque lo intentara, no podría salir airosa de una prueba así. Y además, tampoco deseaba mentirle de un modo tan flagrante. Una cosa era ocultarle ciertos detalles para no hacer leña del árbol caído, y otra muy diferente mentirle a la cara.
—¿Te acostaste con ella? —le preguntó entonces María dándole un sorbo distraído a su taza de té—. Puedes contármelo, en realidad ya nada me sorprende.
—¿Por qué lo haces todo tan difícil? —se quejó Lara—. ¿Por qué no podemos dejarlo correr y ya está?
—No te confundas, Lara. No soy yo quien hace las cosas difíciles. —El tono de voz de María empezó a cambiar peligrosamente—. Para empezar, no sé por qué empezaste a salir conmigo si es obvio que sentías algo por otra persona. Y para seguir, me parece muy cobarde por tu parte que ahora intentes echarme a mí toda la mierda encima.
—No estoy intentando echarte mierda encima…
—Porque me gustabas, ¿sabes, Lara? Me gustabas de verdad. Y estaba dispuesta a dejarte espacio para que te pensaras si realmente es eso lo que quieres: una vida plagada de mentiras al lado de Esther. Porque, ¿qué te crees? ¿Que si acabas con ella vas a poder llevar una relación normal? Es una figura pública, Lara. Tendríais que esconderos toda la vida. En realidad, lo único que me das es pena, te lo juro. —María cogió su abrigo del respaldo de la silla y se puso en pie—. Será mejor que me vaya, no me apetece seguir manteniendo esta conversación.
—María, no. No te vayas así.
—Es lo mejor, Lara. Te deseo toda la suerte del mundo con Esther, de verdad. Creo que la vas a necesitar. Y no te preocupes por mí, no se lo voy a contar a nadie — delantea, antes de inclinarse para darle un beso en la mejilla y caminar hacia la salida del café Bilbao.
Tal y como había supuesto, Lara acababa de crear uno de los recuerdos más tristes de su vida. Se quedó un buen rato con la mirada perdida en el ventanal de la cafetería, viendo a los transeúntes entrar y salir de la boca de metro. Estaba empezando a llover y algunos escapaban corriendo de las gotas de agua, con los abrigos puestos sobre la cabeza. A Lara se le estaba quedando la mano helada de sujetar el vaso de su refresco, pero ya ni siquiera era capaz de sentir dolor alguno. Las palabras de María habían creado una duda en ella, en especial su referencia al tipo de vida que tendría que llevar si su relación con Esther llegaba a fructificar.
Lara nunca antes había tenido que plantearse tener una relación así. Su experiencia no era demasiado amplia, pero eso no le impedía saber que no le agradaba la idea de tener que esconderse. Le gustaba vivir su orientación sexual sin dar explicaciones a nadie. Llevaba haciéndolo desde su adolescencia, cuando se vio obligada a irse de casa de sus padres de malas maneras. Y ahora no estaba dispuesta a dar pasos atrás. Le había costado demasiados disgustos asumir quién era y se negaba a tener que esconderse en su treintena por miedo al qué dirán.
Puede que Esther Morales estuviera en pleno proceso de divorcio, pero lo cierto era que todavía le quedaban muchos pasos que dar en este sentido. Nadie de su entorno conocía la verdadera razón de que hubiera dejado a Quique, y dudaba mucho de que estuviera preparada para que la gente del partido lo supiera. A lo mejor se equivocaba, de eso no estaba segura, ya que Esther podía ser impredecible, pero le costaba imaginarse caminando con ella de la mano por Móstoles o por las calles de Madrid. Para Lara era impensable que la alcaldesa se dejara dar un beso en público o que presentara a una mujer como su pareja. Aunque a lo mejor las cosas habían cambiado tanto en aquellos últimos meses que Esther volvía a sorprenderla.
Llamó al camarero para pagar las consumiciones y se dirigió a la salida. La lluvia era ahora un poco más intensa, pero no tanto como para que resultara incómoda. Lara tomó la decisión de volver a su casa caminando. A veces le gustaba perderse por las calles sin rumbo fijo, solo observando de manera pausada la vida que se desplegaba ante sus ojos. Tenía tan pocas ocasiones de tomarse momentos como aquel que, cuando lo hacía, los disfrutaba con mayor intensidad.
Su abrigo estaba empapado cuando llegó a su casa. Se lo quitó rápido para evitar mojar el suelo. Tenía los huesos tan entumecidos que pensó en darse una ducha para entrar en calor. Estaba ya quitándose el jersey cuando la melodía de su teléfono móvil empezó a sonar. Odiaba tanto ese cacharro que sintió tentaciones de estamparlo contra la pared, pero, en su lugar, contestó la llamada como siempre hacía. Era Esther.
—¿Te pillo en buen momento?
—Más o menos. Acabo de llegar a casa. Estoy empapada.
—¿Está lloviendo? —se extrañó Esther.
—En Madrid, sí. En Móstoles, no sé.
—Espera, voy a mirar. Sí, aquí también. ¿Te puedes creer que ni siquiera me había dado cuenta?
Lara se rio. Si Esther estaba tan relajada como ella ese fin de semana, sí se lo podía creer. Casi se arrepentía de haber tenido que utilizar sus últimos días libres para zanjar aquella espinosa cuestión con María.
—Bueno, ¿y qué me cuentas? ¿Me llamabas por algo?
—En realidad, no, estaba aburrida de leer, y me dije <<vamos a molestarla un rato>> —se burló Esther.
—Pues lo haces muy bien. Te felicito.
—Sabía que te gustarían mis dotes para incordiar. ¿Has mandado la lista?
—Esta mañana —afirmó Lara—. Algunos periódicos ya la han colgado en Internet.
—Eso explica por qué tengo varias llamadas de los que se han quedado fuera.
—¿Has hablado con ellos?
—No, me niego a cogerles el teléfono. Algunos me han mandado mensajes, pero por su tono furioso no creo que me vayan a decir nada bonito —le informó Esther apesadumbrada. La alcaldesa iba a pagar un caro peaje por dejar fuera de la candidatura a muchos de los antiguos concejales de Francisco Carreño. Ninguna de las dos estaba muy segura de qué consecuencias acarrearía esto en los próximos días, pero Lara se sentía orgullosa de Esther. Había hecho el equipo que ella deseaba, aunque eso le reportara dificultades añadidas. Se requería mucho valor no ceder a las presiones impuestas por el partido—. ¿Y tú qué me cuentas? Háblame de algo que no sea política, para que no acabe volviéndome loca —le rogó Esther.
Lara se dejó caer sobre el sillón. Tenía la melena empapada, pero estaba tan agotada que no le importó mojar el cojín que se puso tras la cabeza. —Esther, nos vimos ayer. Nos vemos todos los días. Como comprenderás, no tengo nada nuevo que contar.
—Pues es verdad, y no me extraña. —Esther se rio. Le encantaba escuchar su risa. Era melódica y estruendosa al mismo tiempo, y casi siempre conseguía contagiársela.
Lara subió las rodillas para quitarse los zapatos y se quedó mirando el techo.
—Estaba a punto de ducharme. ¿Tú?
—Iba a llamar a mis hijos, pero poco más —le informó la alcaldesa.
—Estoy empezando a pensar que no se nos da bien tener días libres —bromeó Lara.
—Es cierto. Cualquier otro estaría por ahí, corriendo en pelotas por el Manzanares.
—¿En pelotas? —se extrañó Lara.
—Sí, yo qué sé, haciendo algo extravagante para celebrarlo —se explicó Esther—. ¿Haces algo mañana? Porque mi único plan es seguir aburriéndome.
—Mi hermana insiste en que vaya a comer a casa de mis padres, pero no creo que lo haga. No me apetece nada. ¿Qué habías pensado?
—¿Te apetece ir al cine? Hace mil años que no voy a ver una película —sugirió Esther.
Lara abrió los ojos con entusiasmo. El plan le resultó tentador, aunque entonces recordó la última película que había visto con María, y decidió ser más cauta. — Depende, ¿qué tipo de cine te gusta?
—Cualquier cosa que no sea un bodrio romántico. Si es en versión original, mejor —le informó Esther.
—Entonces tenemos un trato. Con una condición.
—¿Qué?
—Esta vez quedamos en Madrid. Estoy cansada de ir todos los días a Móstoles.
—Trato hecho. Voy a ver la cartelera y te mando un mensaje con las películas.
—Perfecto. Luego lo leo, me voy a la ducha, que me muero de frío.
Lara puso los brazos detrás de la cabeza cuando colgaron. Estaba sonriendo, pero no tenía muy claro por qué. Solo sabía que de pronto la perspectiva de pasar el domingo con Esther, haciendo algo que no tuviera nada que ver con la política, había borrado toda la tristeza que le produjo su conversación con María. Nunca antes había quedado a solas con ella para disfrutar de un momento de ocio, y aunque la idea conseguía inquietarla, prefirió no darle vueltas. Tenía que pensar menos y sentir más, tal y como le recomendaba siempre Fernando. Con este objetivo en mente, se levantó y fue hasta la ducha. Estaba tiritando.

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CAPITULO QUINCE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:52 pm

Esther Morales no recordaba la última vez que había estado en un cine. Durante su juventud había sido muy aficionada al séptimo arte. Le encantaba ver películas de todo tipo, y siempre que tenía oportunidad empleaba parte del dinero que le daban sus padres para escaparse al cine sola o en compañía de sus amigas. Pero su matrimonio y maternidad había supuesto tener que renunciar a muchos placeres de este estilo, y después, cuando sus hijos crecieron, invirtió la mayoría del tiempo en su carrera política, por lo que la última vez que recordaba haber pisado una sala de proyección, estaba casi segura de que todavía se llevaban los cardados en el pelo.
Así que un hecho tan sencillo como atravesar el vestíbulo de aquel cine antiguo le resultaba excitante. Esther miró con fascinación la lámpara de araña que colgaba del techo y se imaginó tiempos mejores, cuando las salas estaban abarrotadas de gente porque todavía no había Internet, y la piratería era un concepto que solo hacía referencia a rufianes en alta mar.
—En serio no puedo creer que haga tanto tiempo que no vas al cine —se burló de ella Lara, mientras hacían cola para validar sus entradas.
—Pues va totalmente en serio. Creo que la última vez fue a finales de los noventa.
—Eso es imposible. ¿Quién no tiene tiempo para ir un fin de semana al cine?
Esther se encogió de hombros. —A Quique le aburría. Se quedaba siempre dormido, daba igual la película, así que supongo que me cansé de ir yo sola.
El revisor rompió en ese momento sus entradas, y se dirigieron hacia el interior de la sala. La película que habían escogido tenía muy buenas críticas, y a Esther le encantaban los protagonistas, por lo que su disfrute estaba casi asegurado. Eso, si conseguía calmar los nervios que llevaban todo el día atenazándole la boca del estómago. La alcaldesa no había sido capaz de probar bocado, inquieta como estaba ante la perspectiva de haber quedado con Lara. Se le hacía extraño encontrarse con la periodista en un ambiente de ocio, alejadas del ruedo político, sin ninguna excusa para quedar, más que el placer de disfrutar de su compañía. Todavía estaba asombrada de que Lara hubiera aceptado su invitación. Desconocía qué le había hecho cambiar de opinión de una manera tan drástica, pero deseaba que no fuera un espejismo como tantos otros que habían experimentado desde que se conocieron en la fiesta de Marisa.
Con Lara las cosas eran impredecibles. Tenían la capacidad de congeniar a las mil maravillas un día, y estar a la gresca al siguiente. Esther nunca se había sentido en una cuerda así de floja con nadie, y a veces le parecía que tenía que andar con cuidado si no quería despeñarse desde grandes alturas. Pero en ese momento estaba tan encantada con su compañía, que decidió centrarse en el momento presente y olvidarse del futuro.
Las luces se apagaron a los pocos minutos. Esther se sintió momentáneamente incómoda en medio de tanta oscuridad. Podía sentir la presencia del cuerpo de Lara y esto conseguía ponerle nerviosa. Ella estaba distraída mirando la pantalla, pero Esther no podía dejar de pensar que sus antebrazos se tocaban en el reposabrazos. Se trataba de una sensación tan placentera que no quiso moverse demasiado durante la proyección de la película para no perder ese maravilloso contacto.
Durante el transcurso de la misma, apenas hablaron, pero la alcaldesa estaba pendiente de todos los movimientos de Lara. Se reía si la veía reír. Y se preocupaba si la notaba afligida durante los pasajes más tensos de la película. Su mano estaba tan cerca que en varias ocasiones sintió tentaciones de extender el brazo y entrelazar sus dedos con los suyos, pero se contuvo por miedo a que Lara la rechazara. Toda su atención estaba centrada en su acompañante, por lo que apenas prestó atención a la película, pero no le importó en absoluto. Se encontraba feliz y nada de lo que ocurriera en aquella pantalla podía ser más interesante que Lara.
—¿Te está gustando? —le susurró entonces la periodista. Esther pudo sentir su aliento cálido rozando su oreja y no pudo evitar estremecerse.
—Sí —replicó en voz baja—, aunque disfruto más de la compañía —le dijo, aunque no tuvo claro que Lara hubiera escuchado esta última frase porque en ese momento un camión se estrelló en la pantalla, y el sonido fue tan estremecedor que sus palabras apenas fueron audibles.
Ya era tarde cuando terminó la película. Había sido un fin de semana lluvioso, pero la noche estaba despejada. Esther y Lara salieron del cine en silencio, siguiendo la fila de personas que lo abandonaban. Se miraron una a la otra sin saber qué decir, sin saber si allí se acababa el día o preferían alargarlo un poco más.
—¿Te apetece dar un paseo? Se ha quedado buena noche —propuso Esther, en un intento casi desesperado por que la velada no terminara allí.
—Sí, me parece buena idea.
Comenzaron a caminar sin rumbo fijo. Esther había dejado el coche muy cerca de allí, pero no le importaba dejarlo atrás para seguir andando con Lara. Estaba tan contenta que por un momento se olvidó de que al día siguiente tenían que retomar su vida normal, regresar al trabajo, al horror de la campaña, y ahora con mayor intensidad.
—Me acabo de acordar de que mañana tenemos la reunión con el comité local del partido —le recordó Lara, tal vez en un intento de acabar con el silencio que secuestró su conversación desde la salida del cine.
—No hablemos de trabajo hoy, por favor. Estoy saturada. Cuéntame cualquier otra cosa —le pidió Esther, decidida a seguir disfrutando de su día de ocio.
—Muy bien, ¿qué quieres que te cuente? —aceptó la periodista.
Esther la miró con diversión. Una pregunta había estado rondando su mente desde el día anterior, pero no se había atrevido a hacérsela. A lo mejor este era un buen momento:
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Sí, supongo que sí —dijo Lara, encogiéndose de hombros, aunque frunció la frente con preocupación.
—¿Por qué aceptaste venir hoy al cine conmigo? Estas semanas has estado muy distante. Me has dejado sorprendida.
Lara se colocó el pañuelo que llevaba. Un golpe de aire frío acababa de colarse por una bocacalle y revolvió su melena. —Si te digo la verdad, no tengo ni idea. Supongo que la conversación del otro día con Fernando me está afectando.
—¿Quién es Fernando?
—Mi mejor amigo. Vive en Zaragoza, pero se muda a Madrid en mayo.
—¿Y por qué te afectó?
—Me dijo que dejara de pensar tanto las cosas, y me dedicara a vivirlas.
Esther sonrió, sintiéndose súbitamente reflejada en esas palabras. —Es un buen consejo —le dijo.
—Sí, sí que lo es. Fernando siempre da buenos consejos. Además, ayer rompí con María —le informó Lara con timidez, incapaz de mirarle a los ojos.
Esther se detuvo un instante y la observó con fascinación. ¿Por qué no se lo había dicho antes? —Siento que todo haya acabado entre vosotras —le dijo con sinceridad—. ¿Estás bien?
—Estoy bien, aunque ella no se lo tomó con deportividad. Está enfadada conmigo y la entiendo. Me siento un poco culpable. No debería haber empezado algo si no lo podía continuar —se lamentó.
Esther meditó acerca de lo que Lara acababa de decir. Ardía en deseos de preguntarle si esa falta de continuidad tenía relación con el extraño tira y afloja que había entre ellas, pero al mismo tiempo le pareció que no hacían falta explicaciones. Lara estaba allí, después de todo, y aunque ir al cine no se podía considerar exactamente una cita, la alcaldesa supo interpretar el significado velado de sus palabras.
—Lara, sabes que no se me da muy bien andarme por las ramas —admitió Esther, suspirando. Se trataba de uno de esos momentos en los que le habría gustado ser una persona un poco más sutil, aunque sabía que no lo conseguiría por mucho que lo intentara. Se detuvo y le obligó a mirarla a los ojos—. Y además, las dos somos personas adultas, así que, dime, ¿quieres que hablemos o…?
—Quiero estar bien —respondió con simpleza Lara—. Y quiero que estemos bien. Esther, no tengo ni idea de lo que va a pasar en el futuro, pero me gustaría, no sé —titubeó—, ¿tal vez que nos dejásemos llevar?
Esther sonrió. —Me parece bien.
—Genial.
—Pero, ¿y si te digo ahora mismo que me muero por darte un beso?
Lara abrió los ojos con sorpresa. —¿Aquí? —dijo, mirando a su alrededor. Estaban en plena calle.
—Sí, aquí —se rio Esther.
—¿Sabes que estamos en un lugar público, no? Y en plena campaña.
—Lo sé, y no me importa. Quiero que me des un beso.
Lara dudó unos instantes. iró de nuevo a ambos lados de la calle, pero no había nadie, absolutamente nadie. Era como si Madrid se hubiera tragado de repente a todos sus habitantes, y Esther se sintió morir ante la expectativa de que dijera que sí. Tenía tantas ganas de besarla que en ese momento le hubiese importado bien poco si miles de cámaras las apuntaban con sus objetivos. Aunque solo fuera por una vez en su vida, quería experimentar la sensación de besar a alguien que verdaderamente le gustara sin importarle el qué dirán, y estaba decidida a que esa primera vez fuera con Lara Badía.
Lara se inclinó por fin para robarle ese beso que tanto deseaba. Fue un beso tímido, casi de novata, pero a Esther le pareció el más perfecto del mundo. Dejó que sus manos se perdieran en la nuca de la periodista mientras sus lenguas se acariciaban levemente, y notó la reacción inmediata de su cuerpo al contacto de Lara. La periodista atrapó su labio inferior con los dientes antes de separarse y Esther se quedó unos segundos con los ojos cerrados, disfrutando del sabor que le había dejado en los labios.
—Sabes a Red-Bull —le dijo con diversión tan pronto abrió los ojos—, pero no tengo queja. —Lara pareció respirar aliviada—. ¿Me acompañas al coche?
—Por supuesto —accedió Lara, haciéndole un gesto con la mano para que guiara el camino.

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CAPITULO DIECISEIS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:52 pm

El lunes a primera hora Lara se dirigió al Ayuntamiento de Móstoles sin saber cómo interpretar lo que había sucedido con Esther el día anterior. Se habían besado, eso estaba claro, y además en un lugar público, un hecho inexcusable ahora que estaban en campaña. No obstante, cuando llegaron al coche y la alcaldesa se despidió de ella para regresar a su casa, la embargó la extraña sensación de que no tenía ni idea de cómo debía comportarse a partir de ese momento. ¿Se suponía que eran pareja? ¿Iban a dejarse llevar, tal y como habían dicho?
Estas preguntas no le habían permitido descansar la noche anterior, y seguía haciéndoselas ahora, mientras encendía el ordenador. Por desgracia, Lara sabía que tendría que esperar para dar con la respuesta. Esther tenía varios actos ese día, y no volvería a verla hasta la tarde, cuando tuvieran la reunión con el comité local en la sede del partido. En última instancia, pensó que esto les beneficiaba. Deseaba ir despacio. No quería precipitar demasiado las cosas, y todavía quedaba mucha campaña por delante. Un paso en falso podía hacer que todo se tambaleara, y de todos modos, no estaba segura de que Esther estuviera realmente preparada. Un beso en una calle desierta de Madrid no era equiparable a mantener una relación con una mujer.
Lara se concentró, entonces, en ocupar el resto de su día en cerrar asuntos que tenía pendientes. Comió algo rápido frente a su ordenador, atendió varias llamadas de los medios de comunicación, y escribió una nota de prensa para seguir teniendo presencia en los periódicos del día siguiente. Empezó a sentirse nerviosa en torno a las seis de la tarde. La reunión con el comité local estaba fijada para las siete, pero ella había quedado con Esther un poco antes. Se sentía inquieta ante la perspectiva de volver a verla, pero también por la importancia que entrañaba aquella reunión.
La alcaldesa había dado orden a la secretaria del partido de que la convocara para saber quiénes estaban dispuestos a apoyarla ahora que la lista ya era pública y que muchos se habían quedado fuera de la candidatura. Belén había corrido la voz entre los afiliados, pero nadie sabía a ciencia cierta cuántos se personarían en la sede esa tarde. Si eran tan pocos como Belén decía, estaban totalmente perdidas. Tendrían que hacer solas la campaña, y a Lara le entraban escalofríos solo de pensarlo.
Estaba tan concentrada dándole vueltas al asunto que no vio a Carmen cuando salió de su despacho. La secretaria de Alcaldía le sonrió de manera melancólica, y Lara comprendió enseguida que había estado hablando con María. Se acercó a ella mientras se ponía el abrigo.
—¿Vas a la reunión de la sede? —le preguntó.
—Sí, ¿tú también? —Lara asintió—. Pues voy contigo.
Carmen tuvo la delicadeza de no sacarle el tema hasta que salieron del Ayuntamiento, pero cuando ya se encontraban en la calle no pudo controlar más su impaciencia.
—Ayer me llamó María. Estaba muy afectada.
—Carmen, créeme que lo siento —se disculpó Lara, apesadumbrada y un poco atemorizada de que María no hubiera cumplido su palabra. ¿Sabía Carmen el motivo de su ruptura?—. Me hubiese gustado que las cosas acabaran de otra manera.
La secretaria le acarició el hombro de forma maternal. —A mí también me habría gustado que lo vuestro funcionara, ya sabes que erais una de mis parejas favoritas.
—Sí, lo sé —sonrió Lara.
—Pero a veces las cosas no están para uno, y así es la vida. Os irá bien, Lara, las dos sois unas chicas estupendas.
—Eso espero, Carmen. Yo solo deseo que María esté bien, de verdad.
La secretaria asintió, y cambiaron de tema. Lara se alegró de que la tía de su ex fuera una persona respetuosa y discreta. Todavía estaba un poco afectada por el malestar de María, aunque sabía que había tomado la decisión correcta. Ella no se merecía una relación a media asta, y esperaba que con el tiempo pudiera llegar a perdonar el daño que pudiera haberle hecho.
Esther ya se encontraba en la sede cuando las dos llegaron. Estaba charlando con la mujer que se encargaba de abrirla todas las mañanas, de manera que no las vio llegar de inmediato. Cuando por fin lo hizo, le dedicó una sonrisa tan radiante que Lara sintió que todas las preocupaciones que había tenido eso día se desvanecieron con este simple gesto.
—Has llegado pronto —le dijo, acercándose a ella.
—Quería estar aquí antes de que llegue la gente, si es que viene alguien —dudó Esther.
Lara cabeceó con preocupación. Lo que pudiera ocurrir a partir de las siete de la tarde, era un misterio. Por momentos estaba convencida de que nadie asistiría a la reunión. Luego rectificaba y pensaba que no era posible que dejaran completamente sola a Esther. El resultado lo sabrían en breve. Quedaban quince minutos para que dieran las siete, pero, por el momento, allí solo estaban ellas tres.
La mujer encargada de la sede se ofreció a hacerles un café. Lara lo declinó cortésmente, pero Esther aceptó la propuesta.
—¿A las siete de la tarde?
—Esta noche no pegaré ojo, pase lo que pase —le aclaró la alcaldesa.
Cuando dieron las siete menos cinco, Tejero hizo acto de presencia. El concejal las saludó con la amabilidad que lo caracterizaba e intentó animar aquel funeral político charlando de banalidades como la cercanía de la primavera. Para su decepción, solo Carmen le siguió la corriente, ellas dos estaban demasiado preocupadas para charlar de menudencias en ese momento.
Lara empezó a deambular por la sede con nerviosismo, sin despegar los ojos del reloj que pendía de la pared. De vez en cuando intercambiaba miradas con Esther, las cuales solo conseguían avivar su preocupación. La alcaldesa se encontraba pálida. Tenía las manos aferradas a un escritorio como si fuera a desmayarse de un momento a otro. Sintió tentaciones de acercarse para ofrecerle consuelo, pero temía que Carmen y Tejero lo interpretaran como un gesto muy íntimo, por lo que prefirió mantenerse a distancia, aunque se muriera de ganas de tenerla entre sus brazos.
Al cabo de unos minutos, entró por la puerta otro de los concejales, Pablo López, el último que había entrado en la corporación; iba acompañado de Julia Rojas, otra de las concejalas. Lara se alegró de verlos, al menos así ya no se encontraban tan solas.
El siguiente en llegar fue Ramón, un chaval de veinticuatro años que llevaba afiliado al Partido Liberal desde los dieciséis. Tenía los ojos de un azul cristalino, era guapo, y su sonrisa desvelaba inmediatamente una bondad innata que no le haría grandes favores en el futuro. Corría el riesgo de que le tomaran por ingenuo, especialmente si deseaba dedicarse a la política. A Lara le bastó un vistazo para saber que no llegaría muy lejos nadando entre tiburones, pero tal vez por ello el muchacho despertó su simpatía. Ramón iba acompañado de otros dos chicos más de la facción joven del partido. Los tres se sentaron al fondo de la sede, como si estuvieran en el autobús del instituto, y empezaron a cuchichear al ver el resto de las sillas vacías. Lara agradeció su presencia, pero suspiró con cansancio. Sabía que los jóvenes podían ser entusiastas y le encantaba contar con ellos, pero no irían demasiado lejos si solo tenían su apoyo. Cuando ya estaba a punto de tirar la toalla, Belén, la secretaria del partido, entró en la sede como un torbellino.
—¡Pon la radio! ¡Pon la radio! —le gritó a Esther.
Esther miró a Lara sin comprender. Nadie entendía qué era lo que tanto sobresaltaba a Belén. Cuando la secretaria encendió la radio, distinguieron enseguida la voz nasal de Rodrigo Cortés. El exconcejal estaba interviniendo en un programa político de una de las radios locales. Todos escucharon con atención.
—[…] entonces ya es seguro que podemos dar la noticia a todos nuestros oyentes —afirmó en ese momento la periodista.
—Efectivamente, ya es seguro —respondió Cortés.
—Bueno, pues le dejo que se dirija usted a ellos para que lo diga con sus propias palabras.
El aire en la sede estaba tan tenso que podía cortarse con un cuchillo. Rodrigo Cortés carraspeó antes de empezar a hablar. Lara casi se pudo imaginar su cara abotargada, roja, producto sin duda de su ingesta de alcohol. Podría haber sido un hombre apuesto de no ser por su peinado de banquero anclado en la década de los ochenta y sus ademanes soberbios, siempre mirando a la gente por encima de la nariz. Se creía muy listo e importante Rodrigo Cortés, y no era ni lo uno ni lo otro, pues en el fondo no dejaba de ser un gusano endeble, un parásito dispuesto a alimentarse de cualquier ser vivo que le condujera hasta donde él deseaba llegar. Y Cortés deseaba llegar a la Alcaldía. Eso lo descubrieron de modo inmediato, tan pronto dijo sus siguientes palabras:
—Me complace anunciar que recientemente hemos creado el partido Libertad por Móstoles, que concurrirá a las elecciones municipales el próximo diecisiete de mayo.
El estupor se reflejó en la cara de todos los presentes. ¿Un nuevo partido político? Esther abrió los ojos con sorpresa y miró a Lara. Su mirada decía <<¿Qué está ocurriendo? ¿Esto es en serio?>>, al igual que la de todos los demás. Lara estaba segura de que la sorpresa también estaba plasmada en su rostro. Solo Tejero parecía impasible. El concejal sonrió con sorna y se mesó la barba, como si esto no le sorprendiera en absoluto. Uno de los chavales de la agrupación juvenil fue más explícito y entonó un <<¡Hay que joderse!>> que le salió de las profundidades de su alma.
—Una gran sorpresa para todos los ciudadanos, no me cabe duda de ello —dijo la periodista—. ¿Y cómo es que ha surgido la idea de crear un partido nuevo? ¿Qué ideología tendrán? ¿Significa esto que está en malos términos con la alcaldesa Morales?
—Esto solo significa que la alcaldesa Morales ha decidido prescindir de los servicios de algunos de los concejales que más hemos trabajado por Móstoles, y que no estamos de acuerdo con la política destructiva que está llevando a cabo —replicó Cortés.
—¿Está diciendo que la alcaldesa ha dado la espalda a su equipo?
—Así es, y nosotros consideramos que con ello ha dado la espalda a todos los mostoleños —contraatacó Cortés—. La alcaldesa Morales pretende poner a auténticos novatos al frente del Ayuntamiento y esto es muy peligroso, son gente en la que no se puede confiar, la mayoría de ellos no tiene ninguna experiencia de gestión, por lo que será muy difícil que puedan hacer frente a las responsabilidades que exige la vida municipal.
—¿Y qué ideología política tendrá su partido? —se interesó la periodista.
—De izquierdas, por supuesto. Aunque no formemos parte del Partido Liberal, representamos la ideología del verdadero Partido Liberal. No sé lo que representa el equipo con el que Morales concurrirá a las elecciones, pero sí sé que ellos no son el espíritu de los fundadores del partido.
—Esas son unas acusaciones muy duras por su parte. ¿Cómo cree que Diego Marín, el presidente, recibirá estas declaraciones suyas?
—Creo que el presidente sabe con quién puede contar y con quién no. Es un hombre inteligente y sabrá distinguir la paja del heno cuando llegue el momento.
—Dice que ustedes son el verdadero Partido Liberal, ¿significa eso que concurrirán en su lista algunos de los exconcejales de Móstoles?
—Muchos de ellos, sí. La mayoría no está de acuerdo con los cambios introducidos por la alcaldesa y ha preferido sumarse al proyecto de Libertad por Móstoles.
—¿Ha mantenido ya una conversación al respecto con Esther Morales? ¿Sabe la alcaldesa que ahora tendrá que enfrentarse a un nuevo partido en las próximas elecciones?
—No he tenido todavía ocasión de hablar con ella, pero espero hacerlo en los próximos días para comunicárselo.
—Me parece, señor Cortés, que es muy probable que para entonces ya se haya enterado.
—Es muy posible —afirmó Cortés, riéndose.
—¿Y cómo deja esto el voto de izquierdas? Por un lado, tenemos a los partidos emergentes, y ahora también una nueva opción política con Libertad por Móstoles. ¿No cree que se fragmentará demasiado el voto del electorado de izquierdas?
—Yo creo que nuestro electorado está muy claro —replicó Cortés— y que cuando llegue el momento de ir a las urnas, sabrán que la única opción de tener un gobierno estable es votando a Libertad por Móstoles. Confío en la inteligencia y el buen hacer de los votantes.
—Bueno, pues ahí lo tienen, Rodrigo Cortés, nuevo candidato a la alcaldía por Libertad por Móstoles. Le deseo toda la suerte del mundo en las próximas elecciones.
—Muchas gracias.
—Pasamos ahora al bloque de noticias políticas que nos han dejado los titulares del día de […]
La secretaria apagó en ese momento la radio. Lo hizo con un leve giro de muñeca del que todos estuvieron pendientes. Por un momento el silencio fue lo único que los acompañó, anonadados como estaban con las noticias que acababan de escuchar.
Rodrigo Cortés y parte de los concejales todavía en activo se presentaban a las elecciones formando un nuevo partido. Eso restaría muchísimos votos a Esther. Si el voto ya estaba fragmentado debido a los partidos emergentes, ahora tendrían que recoger pedacitos aquí y allá para conseguir que Esther obtuviera una representación decente en el Consistorio.
Los allí presentes miraron a la alcaldesa en busca de las respuestas que no encontraban en su interior. Esther se mesó el pelo con una mano, sin ocultar su ofuscación. Estaba a punto de decir algo cuando otras cuatro personas entraron en la sede. Eran integrantes de la lista.
—Llegamos tarde, ¿nos hemos perdido algo? —dijo uno de ellos.
Nadie supo qué responder.

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CAPITULO DIECISIETE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:53 pm

La noticia había dejado hundida a Esther. El hecho de que Cortés hubiera formado ahora su propio partido integrado por muchos de los concejales que no iban en su candidatura eran unas noticias pésimas. Ya no se trataba solo de la fragmentación del voto de izquierdas, sino que ahora tenían que enfrentarse al inconveniente de que al integrar en su partido a los concejales que Esther había dejado fuera, Cortés podía contar con que esos votos fueran a parar a su formación política. Esther se sentía devastada, pero no estaba dispuesta a dejarse intimidar. Era consciente de que tenía que dar una imagen de fortaleza, al menos frente a las personas que había ahora en la sede, los que estaban dispuestos a trabajar por ella en la campaña. Sacó fuerzas de flaqueza y tomó la decisión de dar un pequeño discurso para motivar a los presentes:
—Bueno, ahora que sabemos que tenemos todo en contra, creo que es el momento de hacer la mejor campaña que se haya diseñado jamás —les alentó—. Sé que estáis desanimados, yo misma estoy desanimada —siguió diciendo—, pero si tiramos la toalla será como darles la razón. No podemos permitir que nos empequeñezcan. Existe una manera mejor de hacer las cosas, existe una manera sana y decente de ejercer la política, y eso es lo que quiero que tengáis presente cada vez que nos ataquen.
Este momento del discurso consiguió arrancar unos aplausos en la última fila, donde se encontraban sentados los jóvenes, que vitorearon con entusiasmo sus palabras. Pero ni siquiera esto consiguió trastocar el ambiente de funeral que se respiraba en la sede.
Lara le hizo una seña mientras se dirigía a ellos. Tenía el teléfono en la mano y Esther estaba segura de que su intención era llamar a Juan Devesa para recabar información. Le hizo un gesto con la cabeza para darle a entender que estaría con ella tan pronto finalizara su intervención.
Esther se mostró conmovida cuando los asistentes se despidieron de ella ofreciéndole todo su apoyo. Le quedó claro que quienes habían asistido a aquella reunión lo habían hecho por voluntad propia, y solo por eso tenía que sentirse satisfecha. Se encontró con Lara a la salida de la sede y comenzaron a caminar juntas. Se notaba tan nerviosa que tenía ganas de salir de allí cuanto antes, y dejar de fingir que todo estaba bien.
—¿Te apetece una cerveza? —le propuso.
—Hoy más que nunca —replicó Lara en un tono ligeramente derrotista—. Acabo de hablar con Juan Devesa.
—Me lo imaginé cuando te vi salir. ¿Qué te ha dicho?
—Nada de verdadero valor. Por desgracia, Juan no es Tomás y la información le llega siempre tarde, cuando las decisiones ya están tomadas.
—Ya…
—Pero estaba al corriente de lo ocurrido. Me ha dicho que pretendía llamarme esta noche, cuando saliera de trabajar. El pobre ha corrido un riesgo enorme por cogerme el teléfono mientras estaba en el gabinete.
—¿Qué te ha contado? —se interesó la alcaldesa, dirigiéndose de manera inconsciente hacia una de las cafeterías cercanas a la sede. Tenía un ambiente que le agradaba.
Se trataba de un lugar tranquilo en donde podrían mantener una charla mientras tomaban un aperitivo.
—Me ha dicho que, al parecer, esa era la compensación que Diego le prometió a Cortés por no ir en la lista.
—Lo siento, Lara, pero creo que no te entiendo.
—Pues que Diego está detrás de todo esto, Esther —se desesperó la periodista—. Lo que ha hecho es animar a Cortés a que monte su propio partido político con los concejales que tú has dejado fuera y le ha prometido que, en el futuro, los reintegrarán en el partido. Es una trampa. De cara a la galería, Diego te apoyará a ti, pero en verdad va a estar apoyando a Cortés para que gane las elecciones. Así te quita de en medio y después puede meterlos en el partido.
—¡Pero no puede hacer eso! —protestó Esther—. ¡La candidata soy yo!
—Puede hacer lo que le venga en gana, Esther. Nadie se va a enterar de esto. ¿Quién se lo va a decir a los ciudadanos? ¿Tú? ¿Yo? ¿Cómo les vas a explicar que te presentas con las siglas de un partido, pero que ese partido no te apoya a ti sino a otro? Es de locos…
Esther acababa de comprenderlo todo. Por supuesto que aquello era una trampa y Diego la había planeado con sumo cuidado. Por fin empezaban a encajarle las piezas de aquel complicado puzle. Comprendió en ese momento por qué Diego Marín había ratificado su lista sin poner pega alguna. El presidente sabía que los concejales que estaba dejando fuera de su candidatura irían a parar al partido de Rodrigo Cortés y con ellos se irían todos los votos que arrastraran.
Tal vez, incluso, Diego Marín ya hubiera trazado un plan mucho antes de que tuviera la lista definitiva en su mano. Esther vio claro que la llamada de Tomás para “sugerirle” que incluyera a Rodrigo Cortés en la lista no se trataba de una casualidad. Todo estaba perfectamente planeado. Diego la conocía lo suficiente para saber que, si le daba una orden, ella haría exactamente lo contrario. Estaba segura de que el presidente le había ordenado a Tomás que hiciera esa llamada para asegurarse de que recibía una orden directa y, en consecuencia, se rebelara en su contra. Diego había querido asegurarse que no existía ninguna posibilidad de que Esther incluyera a Rodrigo Cortés en la lista.
—Pedazo hijo de puta.
—Esther…
—No, no me digas ahora que no puedo blasfemar, porque estoy furiosa, Lara. Es un gran hijo de puta. Reconócelo y ya está.
—Sí que lo es, pero un hijo de puta muy listo. Nos acaba de marcar un gol por toda la escuadra. Y lo peor es que Juan Devesa me ha dicho que no contemos con ningún fondo para la campaña. Diego ha dado orden al gerente provincial de que no nos envíe ni un céntimo.
—¿Qué? ¿Y cómo pretende que la hagamos?
—Ahí está el tema: no quiere que hagamos campaña. Nos ha cerrado el grifo para que no tengamos recursos.
—¿Y puede hacer eso?
—Esto es política. Así funcionan las cosas.
Esther se desesperó. Sintió la rabia creciendo en su interior. El corazón le latía muy rápido, tenía ganas de golpear algo y nunca en su vida había sido una persona agresiva. Se trataba de una injusticia, pero Lara tenía razón: Diego Marín podía hacer lo que le viniera en gana. El dinero era del partido y si el presidente daba orden de que no se enviara ni un céntimo a Móstoles, nadie podía pararle los pies. Estaban totalmente solas.
—Bueno, ¿y cómo se supone que vamos a hacer la campaña si no tenemos dinero para hacerla?
—No lo sé. —Lara se encogió de hombros—. Pero sin dinero no vamos a poder darte mucha visibilidad. En los periódicos se paga por meter publicidad. Y en las televisiones ya ni te cuento.
Habían llegado a la cafetería. Lara le sujetó la puerta para que Esther pasara primero. Se dirigió hacia la mesa más alejada de todas y se dejó caer, derrotada, sobre una silla.
—Pónganos dos cañas, por favor —le pidió Lara al camarero.
El empleado regresó con sus consumiciones, pero ellas permanecieron un buen rato bebiendo en silencio, con la mente en su particular rompecabezas. Esther no tenía ni idea de qué estaba pensando Lara, pero ella aprovechó este momento de paz para tranquilizarse. Necesitaba encontrar una solución, pero para ello debía estar serena y calmada, pensar con claridad. Sus pensamientos eran ahora como gruesas nubes negras cargadas de agua, tenían tantos problemas encima que le estaba costando sintonizar con su positivismo habitual. Entonces cayó en la cuenta de otro problema mucho más grave, y cuando lo hizo su gesto se desencajó. Esther dejó de beber su cerveza, aunque tenía el borde del vaso apoyado en los labios.
—¿Qué? ¿Qué estás pensando? —le preguntó Lara al advertir su súbito cambio—. ¿Qué ha pasado, Esther?
—Lara, Cortés… él… él sabe lo del concurso amañado por Carreño, el de los papeles que yo firmé sin saberlo. Lo va a utilizar en la campaña. Intentará hundirme con eso.
—No. No lo hará —replicó Lara con seguridad.
—Ya me hizo chantaje antes —le recordó. Rodrigo Cortés la había amenazado con sacar a la luz aquel asunto si no le ponía al frente de la Concejalía de Urbanismo.
—Eso nunca ocurrirá —insistió Lara.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque Diego sabe que si Cortés abre la boca, inmediatamente después lo haré yo. Y en ese momento se acaba la campaña, para ti, pero también para ellos.
—Como si eso le importara… Lo que quiere es que me metan en un juicio, que me acusen de corrupción por un documento que Carreño me hizo firmar.
—Créeme, eso no es nada comparado con el infierno por el que pasaría Diego si yo abro la boca —replicó Lara con una calma pasmosa—. Por su propio bien, no dejará que Cortés utilice algo así en tu contra. Recuerda que a Diego Marín solo le importa Diego Marín. Puede que tenga mucho interés en despellejarte viva, pero antes de todo está él, su supervivencia, así que por eso ni te preocupes.
Esther meneó un pie con nerviosismo. No estaba del todo convencida, pero una vez más decidió confiar en la palabra de Lara. A fin de cuentas, solo ella sabía cuán turbios eran esos asuntos de Diego Marín como para que les sirvieran de escudo protector.
—Esther, cálmate. Si Diego hubiese querido utilizar esa carta para quitarte de en medio, ya lo habría hecho. Créeme, su plan es otro. Puede que de este modo tarde más en acabar contigo, pero al menos así se guarda las espaldas.
—Tienes razón, por un momento me ha entrado el pánico —reconoció Esther—. Sería muy difícil explicar a las autoridades que di el visto bueno a aquel documento porque Carreño me engañó. Ningún juez entendería eso, porque la responsable última, la que tendría que haberlo revisado, era yo.
Lara tomó entonces la mano de la alcaldesa. Fue un gesto cálido, amable, que no se esperaba. Esther se estremeció con el contacto, aunque ahora más que nunca necesitaba sentirla cerca, a su lado, y Lara sabía cómo hacerlo. Sus caricias consiguieron calmarla de tal modo que en pocos segundos notó que sus tensos músculos se relajaban.
—Gracias, no sabes cuánto necesitaba esto —dijo, señalando su mano.
—Es normal que estés preocupada —la animó Lara—, pero ahora necesito que te centres en la campaña, que encontremos una solución para hacerla sin dinero.
—Yo tengo algún dinero en el banco —ofreció Esther—. No es mucho, y lo tenía ahorrado para los próximos años de universidad de mis hijos, pero si puedo aportar algo, no me importa echar mano de mis ahorros.
—No será necesario —dijo Lara.
Esther abrió los ojos con esperanza. —¿Ah, no? ¿Y entonces cómo piensas hacer la campaña? Ningún banco nos va a conceder un crédito, y menos ahora, con la crisis.
—Tampoco será necesario eso. —Lara dio un sorbo a su cerveza; sonrió, como si estuviera disfrutando con el desconcierto de la alcaldesa. ¿Qué as se guardaba en la manga?
—Pues, cuéntame, ¿cómo pretendes hacerlo?
—Con las herramientas más poderosas de todas: tu carisma y las redes sociales.
Esther soltó una risotada al escuchar esto. ¿Había perdido el juicio? Las redes sociales eran una ayuda, claro, pero nadie ganaba las elecciones a través de ellas, no existían datos contrastados sobre su verdadera influencia entre los electores. Además, les quedaba poco tiempo para poner en marcha una estrategia así. ¿Y quién se ocuparía de ello? Esther no tenía ni idea de cómo funcionaban. En una ocasión había intentado abrirse un perfil en una y vio tantas arrobas y almohadillas que acabó confundida, y la abandonó. Además, ¿qué sería lo siguiente? ¿El cajón de madera para dar un discurso en la plaza del pueblo?
—Has perdido el juicio —dijo, meneando la cabeza.
—Piénsalo, ¿por qué no? —intentó convencerla Lara—. Tienes a toda la agrupación juvenil de tu lado. No sé cuántos son, pero me juego la cabeza a que medio centenar casi seguro. Algunos estarán ocupados preparando exámenes, pero si les das un pequeño incentivo y les pones delante de un ordenador, son tu arma más poderosa —le explicó.
—No lo veo claro, Lara. ¿Dejar la campaña en manos de unos adolescentes? No sé yo…
—Esther, tú misma dijiste que querías hacer una campaña diferente —insistió la periodista—. Pues, bien, ahora puedes. El partido te ha dejado de lado, no te va a exigir que hagas las cosas a su manera y la oposición va a seguir haciendo campañas tradicionales. Ahora puedes hacer algo más original, más cercano a los ciudadanos.
Esther valoró la posibilidad un instante. Todavía no lo veía claro, pero empezaba a cobrar sentido lo que proponía Lara. Usar a los jóvenes del partido. Pedirles ayuda. No estaba mal, pensó, al menos le daría a su campaña un aire juvenil que, desde luego, candidatos como Cortés o Ballesteros, el líder conservador de la oposición, no tenían en absoluto. Siempre corrían el riesgo de que alguno de esos jóvenes dijera algo fuera de lugar, se trataba de un riesgo que tendrían que correr.
—Además, es lo que están haciendo los partidos emergentes y no les va nada mal —le explicó Lara—. Carecen de dinero para hacer una campaña tradicional y tampoco desean plantearla de esa manera. Se dedican a dar mítines en plazas y barrios, cerca de los ciudadanos, y transmiten sus mensajes a través de Internet. Hasta el momento les ha ido bien e incluso puede que den el campanazo en las municipales. ¿Por qué no intentar el mismo acercamiento que ellos? Si transmites un mensaje más moderado, podrías obtener lo mejor de ambos modelos, el espíritu de un partido clásico y el de un partido nuevo.
—¿Y qué pasa con los votantes mayores? Yo no hago uso de las redes sociales y ellos tampoco —objetó Esther—. Pídele tú a un señor de setenta años que se meta en Internet, ya verás lo que te dice.
—A ellos llegaremos en la calle. Podemos organizar mítines de barrio. Podemos ir a buscarlos a sus casas y hacer que salgan para escucharte. Si te escuchan, estoy convencida de que te votarán.
—Pero sigo representando al Partido Liberal. Sigo representando lo que ellos creen que son los corruptos, el enemigo.
Lara hizo un gesto de desdén con la mano. —Eso se les olvidará si logras conquistarles. Háblales con el corazón, cuéntales tu proyecto, lo que has hecho con la lista, cómo has limpiado el partido, diles cómo quieres que sea Móstoles en el futuro. Te escucharán, Esther, creerán en ti. Y el resto, lo haré yo con los jóvenes.
Esther se acabó su cerveza en silencio, con miles de interrogantes revoloteando en su interior. Tenía jaqueca. Había sido un día muy largo, y se sentía agotada. Estaba a punto de enfrentarse al reto más duro de su carrera y no estaba muy segura de que el plan de Lara pudiera funcionar, pero ¿qué otra opción tenía? No tardó en encontrar la respuesta: ninguna.

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CAPITULO DIECIOCHO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:53 pm

Lara Badía casi podía sentir que volvía a ser ella misma. No del todo, aun no. le faltaba un buen trecho para volver a ser la jefa de prensa que había sido. Pero la evolución no iba por mal camino. Poco a poco, volvía a sentirse útil, tenía más confianza en sí misma, y aunque el nuevo plan de campaña era muy diferente al trabajo que acostumbraba a hacer, su seguridad permanecía intacta. Las ganas de derrotar a Diego Marín en su propio terreno alejaban cualquier pensamiento derrotista. Tenía que salir bien, no podía ser de otro modo, y por ello llevaba trabajando de manera incansable desde que el plan se había puesto en marcha.
Lara apenas podía sentir el cansancio ni los aguijonazos de su estómago en reclamo de comida. Daba órdenes a los más jóvenes del partido para que se organizaran, hablaba con el técnico contratado para ampliar la banda ancha en la sede, e incluso se había traído dos ordenadores de su propia mano, el de su despacho y su portátil. Los demás la observaban como si estuviera poseída, y no les culpaba de ello, tal vez estaba la cordura, pero ahora no era momento de detenerse a hacer valoraciones sobre su estado mental. Carecían de tiempo para orquestar este nuevo plan, y cualquier minuto le parecía crucial.
—¿Todavía sigues aquí?
Lara miró hacia el lugar del que procedía la voz. Una dulce sonrisa cruzó sus labios al ver que se trataba de Esther.
—Estaba a punto de irme. —Cerró la tapa del ordenador—. Ya he acabado.
—Lara, son las diez de la noche. Vete a casa, te va a dar algo.
Esther se acercó y le puso una mano sobre el hombro, y Lara pegó a ella su mejilla para sentir el contacto de su piel. El único que estaba en la sede era Ramón, pero no podía verlas, y Lara necesitaba más que nunca sentir a la alcaldesa lo más cerca posible. Sintió tentaciones de girarse para darle un beso, pero en el último momento consiguió mantener la cabeza fría. Eso habría sido demasiado temerario con Ramón rondando por allí, pero, aunque sabía que no podían, la frustración estaba empezando a arraigar en su interior.
Desde su cita en el cine, no había tenido ni un solo momento para charlar con Esther acerca de su situación actual. Las noticias sobre el nuevo partido de Cortés habían precipitado las cosas, y si bien se llamaban todas las noches, a Lara le daba la sensación de que Esther evitaba el tema. Había intentado sacarlo en un par de ocasiones, pero siempre era demasiado tarde, o estaban rodeadas de personas, o tenían cosas que hacer de la campaña. Y aunque comprendía que las elecciones eran su prioridad, empezaba a estar cansada de esta situación límbica en la que se habían sumido. Lara deseaba respuestas y las deseaba pronto, de modo que su paciencia estaba empezando a desvanecerse.
—¿Estás bien? —le preguntó Esther al advertir su gesto de hastío. La alcaldesa miró por encima de su hombro, sin duda para asegurarse de que Ramón no estaba cerca.
—Sí, solo cansada —mintió Lara, consciente de que tampoco entonces era el mejor momento para conversar—. Me he pasado tres días aquí metida.
Esther se giró en redondo como si quisiera comprobar el trabajo realizado. La sede del Partido Liberal de Móstoles estaba tan cambiada que costaba reconocerla. Lara se había preocupado de que liberaran el espacio que antes ocupaban las sillas. Un gran escritorio no más ancho que la barra de un bar recorría las paredes de extremo a extremo. Sobre él, descansaban las tomas de Internet de decenas de ordenadores. Algunos de ellos seguían conectados, aunque la mayoría ya habían sido retirados por sus propietarios, ahora que la jornada había concluido. Esos días era habitual ver entrar y salir de la sede a múltiples chavales, no mayores de treinta, que acudían en masa a apoyar la campaña de la candidata liberal de Móstoles. Esther desconocía cómo lo había hecho Lara, qué consignas les había dado o qué palabras estaba empleando para motivarles, lo único que sabía era que funcionaba, que mucha gente del Ayuntamiento ya estaba comentando su reciente impacto en las redes sociales.
—Es sorprendente —dijo al fin, sonriendo—. Te juro que no sé cómo lo haces, pero siempre acabas dejándome con la boca abierta.
Lara hizo un gesto con la mano para restarle importancia. —He tenido mucha ayuda. Los chavales están llenos de energía.
—Aun así, creo que no deberías restarte méritos. —Esther le tomó la mano con afecto—. Escucha, ¿por qué no te vas a casa y duermes un poco? Mañana puedo ocuparme yo de esto. He liberado mi agenda y no creo que haya problema en pasarme por aquí unas horas.
—No te preocupes, Esther, no estoy cansada.
—Tus ojos dicen lo contrario: estás hecha polvo, Lara.
Cierto. Estaba tan agotada que incluso su voz sonaba un tono más grave, como si le costara contraer el diafragma para pronunciar las palabras. Un descanso no le vendría mal, pero en realidad la parte más dura ya había pasado. Ahora solo tenían que rodar, y eso sabía cómo hacerlo.
—Quiero que te tomes un día de descanso —insistió Esther.
—No es necesario, yo…
—Es una orden, no te lo estoy pidiendo —la interrumpió la alcaldesa—. Es mi culpa no haber podido estar aquí para ayudarte a montar todo esto. Me habría encantado poder hacerlo, pero como no ha sido así, creo que lo mínimo es que te cojas un día para descansar.
Lara intentó protestar, pero su discurso se quedó vacío, como un globo que acabara de pincharse cuando está a punto de tomar el vuelo. Agachó la cabeza y permitió que la lógica volviera a ella. Se había comportado como una lunática los últimos tres días. Dormir, comer o descansar, habían sido verbos vetados, lujos para unos afortunados entre los que no se encontraba. Pero incluso ella podía ver que Esther estaba razonando mejor que ella. La campaña electoral no era una carrera de velocidad, sino una de fondo. Si gastaba ahora todas sus energías, llegaría agotada al tramo final y todos pagarían las consecuencias. En otra época, tal vez diez años atrás, este esfuerzo inicial no habría supuesto ningún impedimento para ella, pero ya no era una niña, las cifras de su partida de nacimiento empezaban a pesar. Del mismo modo que ahora no aguantaba una noche entera de copas sin granjearse una resaca descomunal a la mañana siguiente, tampoco podía afrontar una campaña electoral con el depósito medio lleno. Tenía que descansar y cuidarse, aunque claudicar no era una palabra que formara parte de su vocabulario.
—¿Crees que estarás bien tú sola?
—Claro que sí. Y si tengo dudas, siempre se las puedo preguntar a…
—A Ramón, el líder de los chavales. Resulta que ha trabajado de community manager para varias empresas —le explicó Lara—. Si tienes cualquier duda, díselo a él. Además, controla muy bien a sus chicos.
—Perfecto, lo tendré en cuenta. Ahora, vete a casa y descansa. Yo me ocupo de apagar todo esto. —Esther señaló los fluorescentes del techo. Al mirarlos, Lara sintió la imperiosa necesidad de salir de allí cuanto antes. Necesitaba sentir la inmensidad del cielo sobre su cabeza, el aire fresco de la noche acariciando su cara.
—Pero recuerda que mañana tenemos entrevista en la radio —le informó Lara.
—Sí, no me olvido, tranquila. Te llamaré antes para quedar.
—Gracias, Esther. Llámame si necesitas algo.
—Descuida. Prometo mantener el barco a flote. Descansa.
Lara salió de la sede del partido con pasos lentos y cansados. Había dejado el coche muy cerca de allí, a cien metros a lo sumo, pero incluso una distancia tan corta le pareció inabordable. La adrenalina estaba abandonando su cuerpo a gran velocidad y el cansancio empezaba a tomar el relevo.
Para una persona como ella iba a ser difícil tomarse un día entero libre. Cierto que la precampaña no había hecho más que empezar. El resto de los grupos políticos se la estaban tomando con calma, mientras que ella ya tenía cerrada prácticamente toda la agenda de apariciones mediáticas de Esther. La de la radio era solo la primera de muchas, que se irían intensificando a medida que avanzara el tiempo. Tal vez Diego Marín podía dejarles sin recursos económicos, pero, hasta donde ella sabía, ni siquiera el presidente era capaz de cerrarles el acceso a todos los medios de comunicación. Lo intentaría, eso seguro, y lo conseguiría con aquellos que dependieran de la financiación autonómica, pero siempre habría otros dispuestos a recibirlas, y Lara estaba centrando sus esfuerzos en ellos. Confiaba en que estas apariciones mediáticas, combinadas con el impacto que pretendían tener en las redes sociales y las acciones en la calle, fuesen suficientes para convencer al electorado de que solo había una candidata de futuro para Móstoles, solo había un nombre al que no se arrepentirían votar: Esther Morales.
Como si la evocación de la alcaldesa hubiese actuado como una especie de invocación, Lara escuchó unos pasos acercándose a ella. Se giró y se sorprendió al ver a Esther, que la agarró por una muñeca, le hizo un gesto para que guardara silencio y llamó al timbre del portal más cercano.
—¿Sí? —contestó un vecino.
—Correo comercial. ¿Me abre, por favor? —dijo Esther para su sorpresa. Lara pestañeó sin comprender. La puerta se abrió y la alcaldesa la arrastró hasta las entrañas del edificio—. No podía dejar que te fueras sin esto —le aseguró entonces, antes de darle un arrebatado beso.
Lara no tuvo más remedio que dejarse llevar. Se besaron sin aliento durante al menos un minuto. Su cuerpo respondió de inmediato. No sabía cómo lo hacía Esther, pero le bastaba con un simple beso para hacerle perder la cabeza. Estaban en un portal, cualquiera podía verlas. Si un vecino bajaba por las escaleras, se encontraría a la alcaldesa de Móstoles labio a labio con su periodista. Y sin embargo, ninguna de las dos parecía capaz de detenerse. Lara deseó residir en aquel edificio. Sacar las llaves del bolsillo, tomar su mano y arrastrarla hacia el interior de su habitación. Tenía tantas ganas de hacer el amor con Esther que le costó advertir el ruido del ascensor.
—Alguien viene —dijo entonces la alcaldesa.
Lara cerró los ojos con fuerza, se mordió los labios para mantener el deseo a raya. —Será mejor que nos vayamos.
—Sal tú primero, ahora lo haré yo —propuso Esther, colocándose la melena.
La alcaldesa le sonrió de manera radiante, como si le excitara este secretismo con el que llevaban su relación. Pero Lara no pudo evitar bajar la mirada, entristecida. Aquellos días recordaba a menudo la advertencia de María, sus palabras cuando le dijo que nunca sería capaz de llevar una existencia normal con la alcaldesa. Quiso deshacerse de ellas, estaba cansada del pesimismo que empezaba a germinar en su interior, pero la acompañaron en el camino hasta el coche y no consiguió librarse de su influencia hasta que arrancó el motor.
Tenía por delante la tarea de llegar al centro de Madrid sin dormirse, así que subió el volumen de la radio, y dedicó el resto del trayecto en planear lo que haría al día siguiente. Al principio pensó en dormir y llamar a su hermana. Le apetecía verla, y pasar el día en su compañía y la de su sobrina. Ese habría sido el plan más relajante de cuantos se le pudieran ocurrir, pero no el que más le apetecía, que era pasar el día con Esther. Como eso resultaba imposible, ya vería cómo se encontraba de ánimo cuando se despertara. Tamborileó los dedos en la rueda del volante mientras esperaba a que cambiara el último semáforo antes de la autopista. Verde. Lara pisó el acelerador.

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CAPITULO DIECINUEVE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:54 pm

A Esther Morales había cosas que se le quedaban grandes. No porque fuera menos inteligente o hábil que los demás. Tampoco debido a su edad o a una demencia senil prematura. Y ni siquiera se trataba de los años vividos bajo el ala de Quique, esas épocas oscuras de mujer recién salida de casa de sus padres, displicente con todos los deseos de su marido, que acabó sacudiéndose al cabo de los años para convertirse en la mujer fuerte e independiente que era ahora.
Así que no, nada de esto representaba una empinada cuesta para la alcaldesa. Se trataba más bien del sentimiento de haberse quedado varada en el capítulo de las nuevas tecnologías. A saber, Esther nunca había necesitado echar mano de una cuenta de Facebook y tampoco le encontraba demasiado atractivo a hacer públicas ciertas fotografías personales o estados vitales que no deseaba compartir ni siquiera con miembros de su propia familia. La gente del partido hablaba a menudo de lo primordiales que eran estas herramientas si uno quería hacer carrera política en el mundo moderno, pero, a decir verdad, Esther nunca había necesitado aprender el funcionamiento de las redes para llegar a los ciudadanos. Y por este motivo, ahora se sentía una auténtica inútil en la materia. Desconocía el significado de palabras como hashtag o tuit, que en su mente se representaban como vocablos anglosajones que bien podrían haberse referido a la etiqueta de un bolso o al sonido emitido por un animal exótico. Y por eso aquel día, cuando Ramón y sus compañeros buscaban su aprobación en estas cuitas que para ella eran de lo más ajenas, se les quedaba mirando boquiabierta, sin saber qué decir.
—Lo que tú consideres oportuno, Ramón, tienes mi total confianza —le dijo por enésima vez, esperando no haber metido la pata cuando el muchacho se le acercó a consultarle acerca de uno de esos famosos hashtag que pretendía utilizar.
Bien es cierto que el mensaje #MoralesLoVale le pareció un poco forzado, tal vez incluso de patio de colegio; ella nunca lo hubiera utilizado como lema de una campaña, pero antes se hubiera tragado su propio zapato que tener que reconocer a esa pandilla de universitarios que no tenía ni idea de qué le estaban hablando.
Así y todo, el día pasó más rápido de lo que esperaba. Por fortuna, Ramón acabó cansándose de contar con su desapasionada aprobación y empezó a tomar decisiones sin consultárselo. Esther desconocía el alcance de sus repercusiones, pero se sintió muy aliviada cuando llegó el final de su día y por fin pudo quitarse los zapatos, encender la televisión y dejarse caer en el sofá. La experiencia había estado bien, pero no la repetiría por nada del mundo.
La asistenta le había dejado preparada una cena exquisita. El estómago de Esther se despertó cuando abrió la olla que había en la cocina y el aroma del guiso se extendió por toda la estancia. Se sirvió una ración para calentarla en el microondas y el teléfono fijo empezó a sonar. Esther estaba convencida de que sería alguno de sus hijos y se sorprendió al ver que se trataba de un número local. Respondió de inmediato, sin saber quién respondería al otro lado.
—¿Dígame?
—Esther, soy yo.
—Quique… —El estómago de Esther dio un vuelco. Había tenido un día muy largo y lo último que le apetecía era tener una conversación con su ex. Además, ni siquiera habían hablado desde la última vez que se vieron. ¿Por qué la llamaba ahora?
—Te llamo porque esta tarde he hablado con mi abogado.
—No tengo nada que discutir contigo, Quique. Si tienes algo que comentarme, puedes decírselo a él.
—Venga ya, Esther, no me jodas. ¿Dos mil euros de pensión? ¿Es que te has vuelto jodidamente loca? ¡Fuiste tú la que te largaste de casa!
—Quique, no voy a consentir que me hables así. Me estás llamando a mi casa, ni siquiera sé dónde has conseguido el número, pero esta conversación se acaba aquí.
—No voy a dejar que te quedes con todo, ¿me has escuchado bien? Me importa un huevo que ahora te vayas de mujer independiente o toda esa mierda que os meten en la cabeza a las mujeres —replicó él de malas maneras—. Yo también sé cosas, ¿o es que te crees que soy gilipollas?
—¿De qué me estás hablando?
—Ándate con cuidado, Esther, porque te juro que como me toques más los cojones soy capaz de llamar a la prensa y hundirte la carrera.
Sus dedos se crisparon en torno al teléfono. Esther sintió la rabia bullendo en su interior. No podía creer que su exmarido, la persona con la que había compartido veinte años de su vida, la estuviera amenazando con algo tan sucio. ¿De qué estaría hablando? Del concurso amañado no podía ser, porque Esther no se lo había comentado a nadie, ni siquiera a Quique, así que necesariamente tenía que tratarse de algo relacionado con las fiestas de Marisa. ¿Pero cómo se había enterado?
Su respiración se hizo entonces más pesada y Esther tuvo que hacer un gran esfuerzo para no colgarle el teléfono. Respiró profundamente, y contó hasta diez antes de responder.
—Como te he dicho, no vuelvas a llamarme jamás. Todo lo que tengas que decirme, puedes decírselo a mi abogado. Buenas noches, Quique —le dijo antes de colgar.
Cuando acabó la llamada, Esther estaba tan furiosa que cerró la puerta del microondas con un sonoro golpe. Se sintió como un animal enjaulado. Agarró el abrigo, las llaves y el móvil, y salió a la calle con intención de dar un largo paseo que consiguiera calmarla. Había caminado apenas unos metros cuando su teléfono empezó a sonar de nuevo y vio que era Lara. Pero no se encontraba de humor para atender la llamada. Sabía que la periodista querría hablar de la entrevista que tenían al día siguiente, pero su cabeza no estaba en ese momento para debatir asuntos de trabajo y, además, tampoco deseaba preocuparla con sus problemas personales. Así que cortó la llamada y decidió mandarle un mensaje para decirle la hora exacta en la que se verían al día siguiente en el estudio de radio. Siguió andando con las mejillas arreboladas, aliviada al sentir que el frío de la noche estaba consiguiendo borrar el asco que le había producido la llamada de Quique.

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CAPITULO VEINTE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:54 pm

Lara se quedó de piedra al ver que Esther le había cortado la llamada. Miró su móvil anonadada, porque era la primera vez que la alcaldesa hacía algo similar. Supo casi de inmediato que algo muy grave tenía que haber sucedido para que ella hiciera algo así, y lo confirmó al recibir el mensaje que le envió a continuación. Esther se mostró seca y distante. Apenas usó una frase corta para decirle que esperaba encontrarse con ella en la radio a las diez de la mañana. Sintió tentaciones de llamarla de nuevo para saber qué había ocurrido, pero estaba enfadada con Esther, y además, no tenía muy claro que esta vez fuera a cogerle el teléfono. La alcaldesa se había pasado todo el día sin dar señales de vida, y esto había producido un acceso de ira en Lara, que no entendía cómo podían pasar del todo al nada con esa celeridad. Un día eran capaces de devorarse en un portal, al siguiente apenas se hablaban.
A Lara le costaba comprender que, a pesar de lo ocurrido entre ellas, Esther no le dedicara ni un solo momento en toda una jornada. Lo peor de todo era que, además, no estaba muy segura acerca de quién estaba enfadada con Esther, si la Lara jefa de prensa o la Lara… ¿la Lara qué?, se preguntó. ¿La aspirante a pareja?, se dijo con acritud. El beso tras el cine había sido un primer y maravilloso paso, y su encuentro clandestino en el portal parecía confirmar que, aunque no hablasen explícitamente de ello, ambas caminaban en la misma dirección en lo tocante a una hipotética relación. Sin embargo, seguía tratándose de algo clandestino, y Lara no estaba muy segura de que eso fuera a cambiar. Veía a Esther demasiado cómoda en su papel de ladrona de besos, demasiado política, capaz de convencerla con sus artimañas de que le siguiera el juego. Empezaba a plantearse que la alcaldesa no estaba todavía preparada para dar el siguiente paso y la advertencia de María volvió a retumbar en su interior como un gran tambor que anunciara la llegada de una tormenta.
Trató de serenarse. Sabía que se estaba comportando de una manera infantil. Podían existir mil razones por las cuales le había sido imposible llamarla. Esther era una persona ocupada, una alcaldesa, y no estaba familiarizada con las redes sociales. Con toda seguridad aquel día al frente de la sede se le había hecho cuesta arriba.
Sin embargo, no pudo evitar sentir un repunte de irritación. Nada de eso justificaba que no hubiera tenido ni tan solo un minuto para llamarla. Ella también era una mujer muy ocupada, y, sin embargo, había tratado de hablarlo con Esther, de encontrar un hueco para intentar ir un poco más allá, para avanzar, aclarar lo que sea que hubiera entre ellas. A su renovada irritación se sumó la impaciencia que había sentido días atrás, y de nuevo tuvo la incómoda sensación de que se encontraban en una especie de limbo, donde nada ocurría. Sí, estaba el beso a la salida del cine y las caricias en el portal, pero en esos momentos empezaba a pensar que todo había sido un grave error. Esther no solo evitaba hablar con claridad del tema cada vez que Lara se lo sacaba, sino que además tampoco hacía esfuerzo alguno por acercarse a ella. El orgullo de la periodista estaba herido. Comenzaba a sentirse como un perro persiguiendo a una rápida liebre, y Lara Badía no era así. Ella nunca había agachado la cabeza para rogarle a nadie. Ella nunca iba en pos de alguien. Si acaso, los demás eran quienes la buscaban para pedirle favores.
Enfadada, arrojó el teléfono móvil al otro lado de la cama. Detuvo la serie que estaba viendo y cerró la tapa de su ordenador. Estaba ya cansada del juego que se llevaba Esther entre manos. O la alcaldesa reaccionaba pronto, o ella estaba dispuesta a seguir con su vida sin echar la vista atrás.

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CAPITULO VEINTIUNO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:55 pm

Esther Morales tenía la capacidad de reponerse rápido de las adversidades. La noche anterior, cuando regresó a su piso, sintió que soportaba el peso del mundo sobre sus hombros, pero la sensación se había evaporado al despertarse. Era un día nuevo, una nueva página por escribir, y no estaba dispuesta a permitir que Quique le arruinara la existencia. Si su exmarido quería acudir a la prensa con tonterías y cotilleos, podía hacerlo, pero ella no se iba a detener por mucho que la amenazara, y cuando llegó al estudio de radio, se sintió más batalladora que nunca, dispuesta a luchar contra todas las adversidades.
Esther había hecho varias intervenciones en radio durante su carrera política, tanto en calidad de concejala de Urbanismo como ahora, en su papel de regidora. En general, podía decir sin miedo a equivocarse que dominaba el arte de hacer intervenciones públicas. Algunos candidatos, entre los que se encontraban políticos reputados, necesitaban una especie de refuerzo para hablar en los medios de comunicación, tal era su pánico de enfrentarse a micrófonos, cámaras y entrevistadores. En estos casos el propio partido elegía a unos cuantos afortunados para que asistieran a cursillos de preparación, los cuales costaban una pequeña fortuna y nadie sabía cómo eran financiados. Pero a Esther nunca le había hecho falta asistir a uno. Ella sabía exactamente lo que quería decir, y, todavía más importante, cómo y cuándo decirlo.
Aquella mañana, aunque se encontraba algo nerviosa porque el entrevistador era un hueso duro de roer, sabía positivamente que el resultado sería satisfactorio. A pesar de su encontronazo con Quique, había conseguido dormir bien esa noche, tal vez por el cansancio que le habían provocado los chicos que trabajaban en la sede. Empezaba a pensar que debía pasar más tiempo rodeada de la chavalería del partido porque la dejaban tan agotada que resultaban el mejor de los somníferos.
Lara, no obstante, tenía una cara espantosa, se preocupó nada más verla. La periodista tenía una expresión taciturna y triste, y los hombros ligeramente hundidos, una postura que no casaba con su habitual compostura.
—¿Te ha ocurrido algo? Parece que te ha atropellado un camión —le dijo nada más saludarla.
—Nada importante —replicó Lara de manera distante—. Ven, es por aquí.
Esther advirtió enseguida que algo estaba ocurriendo. La periodista se había despedido de ella en el portal con normalidad y, sin embargo, ahora era incapaz de mirarla a los ojos.
—¿Es porque ayer te corté la llamada? ¿Por eso estás así?
—No —replicó Lara con sequedad—. Es la primera vez que lo haces, pero no estoy así por eso.
—Entonces, ¿por qué es?
Lara desvió la mirada como si estuviera incómoda con su interrogatorio. No contestó a su pregunta.
—Ahora nos pasarán al estudio —dijo.
Esther no daba crédito a su comportamiento. Era cierto que Lara no estaba enterada del bochornoso espectáculo que le había dado Quique el día anterior, pero no tenía ningún derecho a ignorarla de aquella manera. Estaba siendo incluso maleducada.
—Bien, al menos allí me hablará alguien —barruntó. A veces Lara conseguía sacarla de quicio.
Si acaso, ella debería haber sido la ofendida en ese caso. El día anterior no había querido llamarla para no interrumpir su día de descanso. Lara estaba al límite, deseaba que desconectara absolutamente de todo, pero al menos podía haber mostrado algún interés por la entrevista. Esther había estado esperando su llamada todo el día para prepararla, pero lo único que había recibido fue un absoluto mutismo por su parte.
Lara, a pesar de notar su enfado, no le contestó. Se limitó a seguir las instrucciones de la recepcionista del estudio, que las condujo por el estrecho pasillo que llevaba hasta el estudio de grabación.
—Pueden esperar aquí. Carlos saldrá enseguida —les indicó.
Esther se sentó con enfado en una silla, y Lara lo hizo en la de enfrente. A veces, cuando la periodista ponía esa distancia entre ellas, casi podía palpar con sus manos el espacio que las separaba. No era que pudiera verlo o que tomara forma sólida; se trataba más bien de una distancia emocional tan evidente que podía sentirla con la firmeza de un muro de cemento. Por mucho que lo intentara, no sería capaz de avanzar. Era consciente de ello, pero aun así se aventuró a preguntar:
—En serio, ¿qué mosca te ha picado? ¿Qué es lo que he hecho mal ahora?
—Nada —replicó Lara, esta vez mirándola a los ojos—. ¿Por qué piensas que me ocurre algo?
—Pues no lo sé, esperaba que tú pudieras explicármelo, la verdad. Te tomas un día libre, vuelves y casi ni me diriges la palabra. Unos días estás distante, y otros parece que nos conocemos de toda la vida. Me desconciertas, Lara, ya no sé cómo tratarte.
La periodista se mesó el pelo con desesperación, como si hubiera ocurrido algo muy grave, pero a Esther no se le ocurrió nada en ese momento. ¿De veras estaba así solo porque no le había cogido el teléfono? ¿O se trataba de algo más?
—No es lugar ni momento para hablar de esto, ¿no crees? —le dijo entonces, señalando la cabina insonorizada en la que estaba metido el presentador.
Esther hizo un mohín con los labios. Estaba claro que aquel no era el momento indicado, pero tal y como ella lo veía, Lara no tenía derecho a estar enfadada. Ella sí. Pero entonces el presentador salió de la cabina de grabación y se acercó a ellas para darles la bienvenida.
—Hola, Carlos —le saludó Lara, incorporándose—. Esta es Esther Morales, la alcaldesa de Móstoles, creo que no os conocíais.
—En persona no, pero he visto fotos —aseguró el periodista con desparpajo—. Un placer tenerla por aquí, alcaldesa.
—Tutéame, por favor. Los formalismos me hacen sentir mayor.
Carlos Asenjo era un periodista de mediana edad aficionado a flirtear con sus entrevistadas bien parecidas. Esther se arrepintió enseguida de haberle dado pie a prescindir de los formalismos, porque a partir de ese momento no solo los dejó de lado, sino que los dinamitó por completo.
Esther no estaba por la labor de aguantar los flirteos ocasionales de Asenjo. Todo su buen humor de aquella mañana se había esfumado, y ella no estaba allí para inflarle el ego a un donjuán entrado en años. Pero consiguió morderse la lengua en varias ocasiones y le bailó el agua todas las veces que su orgullo se lo permitió.
A pesar de lo incómoda que se sentía, la primera parte de la entrevista fue todo un éxito. Aunque Esther acabó por no mirar a Lara, porque las dos veces que lo había hecho la periodista estaba más pendiente de su móvil que de escuchar lo que ella estaba diciendo, y esto la enfurecía.
Su intervención empezó a complicarse cuando Asenjo se metió de lleno en el tema de Rodrigo Cortés. Esther, por supuesto, se esperaba una batería de preguntas relacionadas con este tema, pero a medida que pasaban los segundos se arrepintió de no haber ensayado las respuestas previamente con Lara.
—Y ahora en Móstoles tenemos, además, un nuevo partido, ¿no? Libertad por Móstoles, un nombre muy curioso —comentó Asenjo—. En caso de que nuestros radioyentes no lo sepan, comentar que este nuevo partido está liderado por uno de sus exconcejales, Rodrigo Cortés.
—Bueno, en realidad, Rodrigo Cortés era un concejal de mi antecesor, Francisco Carreño.
—¿Pero acaso no formaban parte del mismo partido? —preguntó Asenjo con asombro—. No sé dónde está la diferencia.
—Sí, claro que era un concejal de mi partido, pero no alguien de mi entera confianza y de ahí que se haya quedado fuera de la lista que he propuesto para estas elecciones —matizó Esther.
—Entonces, para dejarlo claro, lo que está queriendo decir es que Cortés se sintió ofendido porque usted no lo incluyó en la lista y por eso fundó su propio partido.
—Yo no he dicho eso.
—Bueno, se sobreentiende.
—No del todo.
—De hecho, creo que es lo que ha dicho el propio Cortés en algunas de sus declaraciones —contraatacó el periodista.
—Señor Asenjo, estoy segura de que usted y sus radioyentes son personas inteligentes a las que no hace falta que se lo expliquen todo. Les invito a que saquen, por tanto, sus propias conclusiones.
El periodista se rio con sinceridad y decidió cambiar de tema: —¿Y en lo referente a Diego Marín, el presidente?
—Sí, ¿qué ocurre con él?
—Bueno, Marín tendrá algo que decir acerca de este nuevo partido que le ha brotado así de pronto, en el propio seno del suyo. ¿Cómo lo ve el presidente? ¿A cuál de los dos apoya?
Esther se removió incómoda en su asiento. Esta pregunta sí que no se la esperaba. Miró a Lara en busca de apoyo, pero seguía distraída con su móvil.
—Está claro que el presidente siempre apoyará a los candidatos que se encuentren bajo las siglas del Partido Liberal. No veo de qué otro modo podría hacerlo —dijo, consciente de que se trataba de una mentira, pero también de que no tenía pruebas para probar lo contrario. Ningún radioyente podría entender que un presidente quisiera hundir a su propia candidata. Ni siquiera Esther lo comprendía. Y en cualquier caso, aunque pudiera probarlo, se trataba de unas acusaciones muy graves.
—Y sin embargo, corren rumores de que ustedes dos no sintonizan del todo.
—¿Quiénes? ¿Rodrigo Cortés y yo? —preguntó Esther, en un intento desesperado de cambiar el tema de conversación.
—No, el presidente y usted. Es algo sabido en el seno del Partido Liberal. Se dice que el presidente quería poner a otro candidato en Móstoles. ¿Es así?
Esther notó una película de sudor frío formándose en sus sienes. Carraspeó para aclararse la voz. Le desagradaba el rumbo que estaba tomando la entrevista.
—Señor Asenjo, como comprenderá, no suelo entrar a valorar cotilleos y rumores, sino hechos probados —replicó.
—Bueno, por eso mismo se lo estoy preguntando, para que nos lo aclare: ¿En qué términos se encuentran usted y el presidente?
—En buenos términos. Somos compañeros de partido, luchamos por los mismos ideales. Y además, él es mi presidente.
—Pero, como le digo, no es eso lo que dicen otros miembros del Partido Liberal —insistió el periodista. ¿Es que no pensaba rendirse nunca?
—Como le acabo de decir, no es mi papel entrar a valorar lo que dicen los demás. A mí lo que me interesa es la realidad y la realidad es que yo soy la candidata del Partido Liberal y, por tanto, cuento con el apoyo de mi presidente —insistió, dando por zanjada la conversación.
Asenjo no se quedó muy satisfecho con la respuesta de Esther, seguro como estaba de que sus fuentes eran fiables. Pero la alcaldesa se negó a seguir contestando preguntas acerca de este tema, y la entrevista concluyó poco después, con un par de preguntas insustanciales que consiguieron disolver la tensión del encuentro. Esther lo había pasado tan mal dentro de la cabina de grabación, se había sentido tan sola, que salió hecha una furia de su interior. Se despidió amablemente del periodista, y enfadada con Lara, tomó la decisión de irse sin esperarla. Cuando estaba a punto de cruzar el semáforo de la esquina de la calle, Lara se acercó corriendo a ella y la obligó a detenerse.
—¿Se puede saber qué te pasa? —la increpó—. ¿Es que te has vuelto loca?
—¿A mí? ¿Qué me pasa a mí?
—Sí, a ti. ¿Qué te pasa, a ver? ¿A qué ha venido eso? ¡Me has dejado tirada en el estudio!
—Mira, Lara, eres tú la que tiene cambios de humor constantes. He intentado entenderlo, he intentado excusarte, pero simplemente no puedo trabajar con una persona que hoy está bien, pero que mañana a lo mejor no me mira o no me habla. Hoy necesitaba que estuvieras a mi lado, que me guiaras un poco, y no has estado en ningún momento. Y ayer lo necesitaba también, pero me llamaste a las once de la noche. ¡A las once de la noche, Lara! ¿Es que pretendías preparar la entrevista a aquellas horas?
—¿Y por qué no me llamaste tú? —protestó la periodista, con cara de enfado—. Sabías que tenía el día libre, podías haberme llamado. De hecho, estuve esperando tu llamada todo el día.
—¡Porque no quería molestarte! ¡Quería que descansaras!
Esther miró hacia ambos extremos de la calle. Estaban dando un espectáculo, algunas personas las miraron con extrañeza.
—¿Que descansara? Mira, Esther, a mí lo que me parece es que te ha entrado miedo y no quieres decírmelo. Llevo cuatro días intentando hablar contigo de lo que ocurrió el domingo, y no he sido capaz. ¡Cuatro días! Y siempre me cambias de tema.
—Porque no hemos tenido oportunidad de hablarlo.
—No, porque estás muerta de miedo —puntualizó Lara—. ¡Admítelo! Te da miedo que los demás se enteren, y por eso me apartas de tu lado. Y yo ya me he cansado.
—¿De qué te has cansado, Lara? ¿De trabajar? —contraatacó Esther—. Porque te has pasado toda la entrevista mirando tu móvil como si te importara un cuerno lo mal que yo lo estaba pasando allí dentro. Y si algo está afectando a tu rendimiento laboral, lo normal es que yo lo sepa, ¿no crees? Trabajas para mí. Eres mi empleada, ¿comprendes?
Esther se arrepintió enseguida de haberle dicho esto. Estaba furiosa, pero eso no le daba óbice a comportarse así con Lara, que ahora tenía el gesto desencajado. Estaba dolida.
—Bien —comenzó a decir la periodista—, pues si solamente soy tu empleada, entonces tendré que empezar a comportarme como tal.
—Lara, no quise decir…
—Y te prometo que a partir de hoy vas a tener a la mejor empleada que hayas tenido jamás.
—Lara, no... Yo no pretendía…
—Pero te diré una cosa, Esther —siguió hablando la periodista. Estaba embalada—. Yo también tengo derecho a tener días malos, tú ni eres el centro del universo ni eres la única que tiene problemas.
Lara no le dio pie a explicarse. Le hizo un gesto de despedida con la mano y le gritó por encima de su hombro: —Nos vemos después, en la sede.
La alcaldesa se quedó petrificada en la minúscula porción de acera que ocupaban sus pies. Sintió, en cierta manera, vergüenza de sí misma por haber sido tan egoísta, tan egocéntrica, tan colérica y absurda en un momento así de delicado. Había tratado a Lara como si fuera una subordinada, y no tenía excusa. Ni con empleados de quienes desconocía el nombre se comportaba de una manera tan vil. Quiso salir detrás de ella para pedirle que la escuchara, para disculparse. Quiso decirle que era un ser despreciable por haber dicho aquello, y no ser capaz de ver más allá de su ombligo. Pero no hizo ni lo uno ni lo otro. Tan solo la observó caminar hasta que la perdió de vista, y entonces supo que su disculpa tendría que esperar y que iba a ser muy difícil que Lara llegara a perdonarla.

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CAPITULO VEINTIDOS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:55 pm

Daba igual las veces que se repitiera aquella escena, siempre que regresaba a su casa paterna, Lara se sentía minúscula, pequeñita, una muesca más de la encimera de la cocina sobre la que tantos alimentos preparaba su madre.
Respiró profundamente, contrariada por haber cedido a las presiones de su hermana, pero consciente de que, en el fondo, esto la distraería de su reciente enfado con Esther. Ahora que Lara no compartía la mayor parte de sus almuerzos con la alcaldesa, prefería no tener que pasar las horas de la comida lamiendo sus heridas. Un poco de compañía no le venía nada mal, y Mabel había sido tan insistente que acabó accediendo a la invitación de sus padres.
No obstante, esto no impedía que tuviera malestar de estómago, un humor pésimo y que le sudaran las manos por el mero hecho de estar a punto de llamar al telefonillo. Hacía años que no tenía llaves de la casa de sus padres y tampoco las necesitaba. Ella iba de visita como cualquier extraño. Llamaba a la puerta y esperaba a que le abrieran. Y si no estaban, tampoco le importaba. Tenía la misma actitud al respecto que el repartidor del supermercado del barrio.
—¡Ya está aquí! —oyó que decía Mabel con entusiasmo cuando contestaron al telefonillo. La puerta se abrió y allí empezaba su calvario personal.
Lara cerró el portal a sus espaldas sintiendo tentaciones de volver por donde había venido. Pero ahora ya se encontraba allí, había aceptado, la esperaban, así que hizo acopio de fuerzas y tomó el ascensor hasta el primero. Olía a la maravillosa comida de su madre por todo el rellano y las tripas de Lara crujieron de entusiasmo. Hacía tantos días que no disfrutaba de un almuerzo casero, sano, que incluso su estómago se rebeló en su contra.
Fue su madre quien abrió la puerta de la casa. Ni siquiera se molestó en saludarla. Solo la abrazó con fuerza y le hizo un gesto cariñoso en la mejilla, que Lara recibió con tibieza. Después llegó la confusión. Se acercó su cuñado, con una cerveza fría en la mano, era habitual encontrarlo en esta posición, y su hermana, cargada con su sobrina, que acabó en los brazos de Lara a los pocos segundos. Su padre fue el último en acercarse a saludarla. Lo hizo con una palmada en la espalda que casi le corta la respiración. El señor Badía siempre había querido tener hijos a los que enseñar a dar patadas y puñetazos, con los que ir a los partidos de su adorado Real Madrid. Para su desgracia, había engendrado dos hijas, una de ellas lesbiana, pero que, aunque deportista en su época escolar y habitual de los juegos de chicos, nunca había demostrado demasiado interés por el fútbol. Lara estaba convencida de que su progenitor todavía se hacía cruces por ello.
—¿Cerveza? —le ofreció su cuñado, metiendo la mano en la nevera. Ni siquiera esperó a que Lara asintiera. En pocos segundos tenía a su sobrina en un brazo y una cerveza fresquita en el otro.
La familia estaba reunida en la cocina, a excepción de su padre, que hizo los saludos pertinentes y regresó a su sofá favorito, el más gastado de todos, plagado de toda suerte de manchurrones de diversos líquidos y texturas. Su madre se esmeraba en limpiarlo sin éxito alguno. Eran tantas las horas que su marido pasaba frente al televisor, comiendo cualquier paté untado en una tostada o patatas de bolsa, que sus esfuerzos por combatir la suciedad de esa butaca vieja eran en vano. Echaban fútbol hoy también en la televisión, siempre lo había, para gusto de su progenitor, cuyas exclamaciones se escuchaban claramente desde la cocina. <<Ese cabrón es un genio>>, le oyeron decir, y Lara se imaginó a un Messi o un Ronaldo haciendo una de sus florituras con el balón. Meneó la cabeza con desconcierto. De nuevo aquella sensación inmutable, de nuevo aquel sentimiento de que nada cambiaba, nunca, en casa de sus padres. Estaba segura de que si hubiese regresado en un espacio de veinte años, la recibirían de igual manera, la única diferencia serían las marcas que el tiempo hubiera dejado en los rostros de sus padres. Miró a su madre y la notó cansada. Tenía ojeras y estaba muy pálida. Quiso preguntarle si se encontraba bien, pero el rencor se lo impidió. Ella la miró con orgullo indisimulado, algo que conseguía ponerle nerviosa, y le sonrió como queriendo decirle <<no pasa nada, cariño, estoy bien>>. A Lara le bastó con esto, dejó que siguiera removiendo el exquisito asado que estaba cocinando.
—¿Y qué? ¿Cómo van las cosas en el partido? —le preguntó su cuñado, que se había colocado a su lado. Él y Mabel siempre se esforzaban en integrarla. Jorge era un hombre risueño y sociable, con quien nunca había tenido problema para relacionarse. Los asuntos del partido le interesaban de un modo superficial, se conformaba con titulares, nada de un análisis concienzudo, así que Lara sació su curiosidad.
—Fatal. Los partidos emergentes van a dar la campanada estas elecciones.
—¿Tú crees? —preguntó Mabel con preocupación. Lara solía recibir esta respuesta cada vez que hacía una aseveración similar. Los votantes de toda la vida tenían miedo a los cambios y se aferraban a lo malo ya conocido. Su familia no iba a ser diferente.
Asintió en silencio, sin entrar en más detalles. ¿Para qué? Hacerlo solo significaba gastar saliva. Su familia solía hacerle preguntas vagas, pero en realidad no estaban interesados en su trabajo, así se lo habían demostrado en numerosas ocasiones, cuando una conversación sobre la última serie que acababan de estrenar en la televisión parecía importarles más que el hecho de que la hubieran ascendido. Decidió entonces jugar un rato con su sobrina. Esa criatura inocente era su fortaleza cada vez que hacía una visita a sus padres, un castillo en miniatura entre cuyas murallas Lara podía guarecerse. A menudo prefería centrarse en ella y dejar que los adultos se enzarzaran en conversaciones que carecían de todo su interés.
La comida se sirvió de manera inmediata. Su padre consiguió moverse del sofá a la cabecera de la mesa. No estaba gordo, los años de andamio habían trastocado su metabolismo de modo que nada de lo que ingiriera le afectaba realmente, pero Lara lo encontró más torpe que de costumbre.
—¡Raúl, que te vas a caer! ¡Coge la muleta! —le reprendió su madre. Después se dirigió a Lara: —Se hizo un esguince arreglando una lámpara. Mira que se lo dije, que a su edad ya no puede hacer esos esfuerzos.
—¡Tonterías! Estoy hecho un chaval —replicó él, ufano, como si realmente fuera el único incapaz de advertir las huellas que su esforzado trabajo había dejado en él.
Su padre tenía dolores en las articulaciones y problemas de cadera, fruto de las décadas que pasó poniendo ladrillos desde sus dieciséis años.
—Un chaval de casi setenta años —refunfuñó su madre, meneando la cabeza, asiendo un inmenso cucharón que insertó con enfado en el fondo del asado.
Lara asistía a estas batallas dialécticas de sus padres con el menor de los intereses. Hasta donde ella recordaba, eran parte del devenir de sus días. No habrían sido sus padres sin tanta cabezonería.
—Mamá, ¿sabes que Lara es ahora directora de la campaña de la alcaldesa de Móstoles? —les informó Mabel, centrando la atención en ella. Lara le lanzó una mirada de reproche. No deseaba, por nada del mundo, que aquel almuerzo girara en torno a ella.
—Lo sé, me lo dijiste en su día —dijo su madre, y después se dirigió a ella: —Estamos muy orgullosos, hija. ¿Cómo te va en ese nuevo trabajo?
—Me va bien —replicó Lara con sequedad, tenía la boca llena. El asado estaba exquisito y quería más. Estaba a punto de pinchar otra patata cuando observó, por el rabillo del ojo, que su hermana le hacía una seña con la cabeza a su progenitora.
—Mabel nos ha dicho que a lo mejor necesitas ayuda para la campaña —le dijo entonces su madre—. Nosotros —titubeó—, bueno, ya sabes que nosotros estamos libres. ¡Será por tiempo!
—Mamá y papá quieren ayudarte —le aclaró Mabel, para asombro de Lara, que detuvo su tenedor a medio camino de su boca. ¿Aquello iba en serio?
—No sé… no sé de qué manera podrían ayudar —replicó, sin saber qué decir. Aquello no se lo esperaba.
—Tu padre y yo no sabemos mucho de política, hija, pero a lo mejor hay algo que podamos hacer.
—Sí, ya sabes, colgar carteles o cosas así —dijo Mabel.
—Yo soy bueno con la escalera —se sumó su padre.
—Y Jorge y yo también podemos ayudar cuando no estemos trabajando o cuidando a la niña. Incluso podríamos hacer turnos, si es necesario —sugirió de nuevo su hermana.
Lara se encontró de pronto con varios pares de ojos observándola. Parecía que todos estaban esperando a que les diera una señal para empezar a hablar de nuevo. Se quedó embobada, mirándolos sin comprender. Era la primera vez que su familia le ofrecía ayuda. Se sintió tan desarmada que solo consiguió encogerse de hombros y murmurar un <<vale>> apenas audible.
—¡Genial! —exclamó Mabel, siempre entusiasta—. Entonces avísanos cuando llegue el momento y allá nos vamos.
De regreso a su apartamento, Lara todavía no daba crédito a lo que acababa de suceder en casa de sus padres. En cierto modo se había sentido abrumada ante tanto entusiasmo por la campaña. Sus padres eran votantes del Partido Liberal, sí, al igual que su hermana, pero acudían a las urnas de manera mecánica, casi por obligación moral. Ni siquiera se molestaban en descubrir quién era el candidato al que votaban o si existían otras opciones políticas que los convencieran más. Ahora, en cambio, se mostraban entusiasmados por acudir a Móstoles, un Ayuntamiento en el que ni siquiera les correspondía votar, para ayudar con la campaña de Esther Morales.
Lara sabía que este súbito interés no respondía a su pasión por la política y se sintió abrumada al comprender que sus padres solo estaban intentando acercarse a ella, formar, por primera vez, parte de su vida. El nudo que se le formó en la garganta la acompañó hasta la puerta de su casa. Estaba demasiado sensible esos días, pero se negaba a llorar, se lo había prometido a sí misma en el trayecto en metro. No, no lloraría, estaba cansada de hacerlo en lo referente a su familia. Pero cuando cerró la puerta a sus espaldas no pudo evitar que una lágrima rebelde se escurriera por su mejilla. Lara se la limpió con rabia. Maldita Mabel. No sabía cómo lo hacía, pero siempre conseguía ablandarla.

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CAPITULO VEINTITRES

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:56 pm

Esther condujo de manera despistada hasta la Casa de Campo. Tal vez había perdido el juicio ya de modo definitivo, porque había quedado allí con su madre para hacer un alto en la campaña y almorzar con ella. Hacía por lo menos un mes que no se veían, y sabía que su progenitora no iba a dejar de quejarse hasta que no le concediera al menos unos minutos de su tiempo.
Durante el trayecto hacia allí, recibió una llamada de Tomás Díez, el jefe del gabinete de Diego Marín, y aunque la atendió enseguida, odiaba cada vez más tener que poner buena cara y fingir que desconocía los tejemanejes del presidente. Tomás le informó de que ya estaba fijada la fecha en la que Diego pensaba hacer un mitin conjunto con ella en Móstoles, y a Esther le habría encantado poder decirle que no hacía falta, que vivían mejor sin estas farsas. Pero eso habría tensado todavía más la cuerda, y no deseaba despertar más rumores sobre su mala relación con Diego. De cara a los votantes, eso no les beneficiaba.
La llamada de Tomás consiguió ponerle de mal humor. Ahora tenía que decirle a Lara que anotara esa fecha en la agenda, y su relación con la periodista estaba tan tensa desde el encuentro en la radio que solo hablaba con Lara de lo estrictamente necesario. Todavía no había encontrado una ocasión para disculparse, y hasta que no lo hiciera, trabajar con ella era un verdadero infierno.
Esther esperaba que su encuentro con su madre le permitiera tener un momento de asueto. Almorzarían algo rico en la cafetería de la Casa de Campo, y después regresaría a Móstoles con nuevas energías. Pero debió haber previsto que su madre todavía no estaba preparada para cejar en su campaña anti divorcio de Quique, la cual, meses después, seguía más viva que nunca, de modo que empezaba a creer que su madre nunca se rendiría.
—Yo solo digo que no le has dado a tu matrimonio una segunda oportunidad —insistió la señora Fantova.
—Mamá, hoy no tengo el día. Si vas a seguir repitiéndome lo mismo, una y otra vez, te juro que me voy —replicó de malas maneras.
Esther perdió la vista en los jardines de la Casa de Campo. Estaban sentadas en la terraza de la cafetería, disfrutando del buen tiempo de los comienzos de la primavera. Un conocido pasó por delante y las saludó con cortesía. Le devolvió el saludo de manera desapasionada. Hoy no estaba haciendo campaña, hoy era simplemente Esther, la mujer cansada de su existencia, con demasiados problemas encima para dedicarle una sonrisa a un mero conocido.
—¿Ves? Ya lo estás haciendo otra vez, hija. ¿Qué te digo siempre? Actitud positiva. Estás cerrada en banda y no escuchas.
—Es que no tengo nada que escuchar. Por más que te lo explico, no entiendes que ya no hay nada entre Quique y yo. No quiero volver con él, y aunque lo deseara, te aseguro que él se encuentra muy a gusto con su vida de soltero.
—¿Qué quieres decir con eso? —se escandalizó la señora Fantova, llevándose una mano al pecho.
—Eso deberías preguntárselo a él o a la joven secretaria con la que se ha estado acostando todos estos meses.
La señora Fantova abrió los ojos como si acabara de tener una revelación. —¿Así que es por eso? ¿Has roto tu matrimonio solo porque él se ha echado una canita al aire? Hija… que eso pasa en las mejores familias, no seas ingenua.
Esther no daba crédito a lo que acababa de escuchar. No, por supuesto que esa no había sido la razón por la que había roto su matrimonio, pero le enervaba escuchar esta complacencia en boca de su propia madre, como si todas las esposas del mundo tuvieran que acatar que sus maridos, llegada una edad, iban a tener un affaire con cualquier mujer más joven que se les cruzara por delante. Era inadmisible. Le pareció un pensamiento tan caduco, un atentado tan grave contra la integridad femenina, que Esther sintió que le temblaban las manos.
—¿Qué? ¿Por qué me miras de esa manera? —inquirió su madre, sin comprender la mirada de absoluto odio que le estaba dedicando—. No eres la primera ni la última que ha pasado por algo así, pero la clave está en no darle importancia. Los hombres son así, esa es su naturaleza. Si todas rompiéramos nuestros matrimonios por una infidelidad, te aseguro que no quedaría ninguno sobre la faz de la tierra.
Esther sintió tentaciones de irse. Levantarse y dejar a su madre allí sola, en compañía de su vermut y de sus ideas de la Edad Media, pero en lugar de eso solo se acomodó en su asiento, inclinó un poco el torso para que su madre pudiera escucharla bien y sin proponérselo, sin medir siquiera el alcance o las consecuencias de lo que estaba a punto de decir, le espetó:
—No, madre, no he dejado a Quique porque tenga una aventura con su secretaria. O siquiera porque nunca en mi vida llegué a quererle como se debe querer a una pareja. ¿Sabes por qué lo dejé?
—No, pero me encantaría saberlo —afirmó la señora Fantova.
Bien, había llegado el momento. El corazón de Esther latió con fuerza. Pensó que se le iba a salir del pecho. Creyó que no sobreviviría aquella subida de adrenalina que se operó en su cuerpo. Caería fulminada allí mismo, no viviría para contarlo, pero le daba igual. Le importaba bien poco que estuvieran en la Casa de Campo, rodeadas de mujeres aburridas con sus vidas, que dedicaban su tiempo a espiar y escuchar a escondidas conversaciones ajenas; le daba igual que su madre en su vida llegara a entenderlo o a apoyarlo, o que acabara en el hospital por culpa del infarto de miocardio que le provocaría lo que estaba a punto de decir. Le daba igual todo. Había pasado muchos meses aguantando este tipo de comentarios. No, había pasado toda su vida soportándolos y ya era hora de aplicarle un correctivo a su madre, de ser franca consigo misma, de imponer sus propios deseos. Estaba decidida. Ya no había vuelta atrás.
—Pues lo dejé porque me gustan las mujeres —le confesó, sin arrepentirse ni por un momento. Si había cometido el mayor error de su vida, lo sabría después, pero en ese instante no le importó—. Ea, ya lo sabes. ¿Estás contenta? ¿Te parece esa una buena razón para dejar a mi marido?
La señora Fantova no reaccionó de inmediato. Se quedó pálida como una larga vela de iglesia, y pestañeó dos veces, dos, las únicas que le concedió su cerebro después de haber escuchado una afirmación tan descabellada. Después dijo:
—Esther, no bromees con eso. No me hace gracia.
—No bromeo. Es la pura verdad. Pienso pasar el resto de mis días con una mujer, tanto si me apoyas como si no.
—Vale ya con la broma.
—No es una broma, mamá, y yo de ti me iría haciendo a la idea.
Su madre le cogió entonces el antebrazo. Se lo apretó con tanta fuerza que Esther no vio una mano sino la garra de un halcón que acababa de pillar a su presa. Entonces bajó la voz:
—Esther, esto no se lo puedes contar a nadie. Tienes que… tienes que pensarlo. Tienes que darte cuenta de que…
—No hay nada que pensar. Es lo que quiero y lo que debería haber hecho hace muchos años. Por supuesto, no me arrepiento de nada. Gracias a mi matrimonio con Quique tengo dos hijos maravillosos, pero no puedo vivir eternamente en una farsa. En algún momento debo empezar a vivir mi vida como deseo vivirla y esto es lo que quiero.
La señora Fantova estaba sudando. Miró hacia ambos lados para asegurarse de que nadie podía escucharlas. Esther hablaba muy alto, era consciente de ello, pero ya le daba igual si algún insidioso podía oírla. Estaba poniendo la primera piedra del edificio de su vida y quería que fuera sólida para que aguantara todas las que vendrían a continuación.
—Esther, sé razonable —insistió su madre—. Muchas mujeres pueden llegar a fantasear con algo así cuando se sienten solas, pero la homosexualidad no es el camino. ¡Las mujeres no somos así!
Esther abrió los ojos con sorpresa. —¿Qué dices?
—Que las mujeres no tenemos esa… naturaleza. Está comprobado que la sodomía da placer y muchos varones nacen con esas inclinaciones, pero las mujeres… Dos mujeres juntas no tienen nada que hacer, salvo que ninguna de ellas haya encontrado un buen partido y no les quede más remedio que conformarse con eso.
—Madre, esta conversación acaba aquí. —Esther se levantó en ese instante. Era preferible irse a sincerarse acerca de lo que sus teorías le sugerían.
De todos modos, por más que lo intentara, ella no iba a comprenderlo. Tenía su mentalidad, completamente errónea, totalmente trasnochada, y era como una piedra inamovible, Esther lo sabía. Daba igual cuántas veces lo intentara o qué argumentos empleara para hacerle cambiar de opinión. Su madre nunca la entendería, así que le bastaba con que estuviera al corriente de cómo iba a ser su vida a partir de entonces. Si quería aceptarlo, sería maravilloso; si no era así, mala suerte.
—¡Esther Morales, siéntate inmediatamente! —le ordenó su madre. Estaba fuera de sí, lo supo cuando empleó el tono que solía usar cuando era pequeña y pretendía disciplinarla.
—No, mamá, no voy a sentarme para escuchar más tonterías. Te agradezco infinitamente que me des tu punto de vista, pero mi manera de sentir no va a cambiar. A partir de ahora vas a tener que aceptar que yo soy la dueña de mi vida, tanto si te gusta como si no. —Se inclinó para darle un beso en la frente—. Aun así, quiero que sepas que te quiero. Espero que disfrutes del resto de tu día. Hablamos pronto.
Dicho esto, se alejó de la mesa en la que la señora Fantova lucía la cara de mayor desconcierto que había experimentado en su vida. Esther en ningún momento se giró o arrepintió de lo que había sucedido. Ya estaba hecho, y cuando llegó al aparcamiento en donde estaba su coche comprendió que había tomado la decisión correcta. Nunca antes se había sentido tan ligera, tan libre e inmensa.
Allí empezaba una nueva vida para ella. La primera piedra ya estaba puesta y aunque se sentía feliz por ello, por un momento deseó que Lara estuviera allí para verlo

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CAPITULO VEINTICUATRO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:56 pm

La precampaña electoral iba según lo previsto. Lara estaba contenta con los resultados que estaban obteniendo en las redes sociales, y con el hecho de que, cada día más, los vecinos de Móstoles hablaban de Esther Morales.
Como no existían las encuestas que midieran estas conversaciones a pie de calle, la periodista utilizaba técnicas rudimentarias de medición como, por ejemplo, mantenerse siempre alerta. Cuando iba a una cafetería, escuchaba con atención las conversaciones que establecían los mostoleños. España era un país donde los problemas se arreglaban a pie de barra de bar, así que Lara solo tenía que estar atenta para recibir toda una suerte de opiniones muy valiosas que luego le servían para orientar la campaña.
Por lo general, se pedía un Red-Bull, se quedaba un buen rato en la barra, y esperaba a que empezara la fiesta. Siempre había algún cliente que sacaba el tema de la política, y por lo general el nombre de Esther, que al ser la alcaldesa, solía salir a colación con rapidez. Lara escuchaba con atención estos debates espontáneos que entablaban los vecinos y, aunque las opiniones eran muchas y de diversos colores, tantos como partidos, le quedaba clara una cosa: su mensaje estaba calando.
Los muchachos y ella se estaban esforzando mucho para dejar claro que una cosa era Francisco Carreño y otra muy diferente Esther Morales. Querían desvincularla de todo lo que tuviera que ver con la legislatura del previo alcalde, y poco a poco lo estaban consiguiendo, lo sabía porque en estas conversaciones callejeras siempre había alguien que decía <<Ya, pero la Morales no es Carreño>> o <<a mí Carreño nunca me cayó bien, pero Morales parece diferente>>. Cuando escuchaba estas aseveraciones, Lara sabía que estaban yendo por el buen camino. Las encuestan de intención de voto habían cambiado ligeramente en las últimas semanas, estaban en ascenso a favor de Esther, y ahora que habían asentado las bases, tocaba sacar a la candidata a la calle, a lidiar con los vecinos.
Lara no tenía muy claro cómo iban a hacer esto. Por experiencia sabía que los mítines que daban los partidos en los diferentes barrios de las localidades eran avisperos de gente del propio partido. Servían para poco más que para mantener vivo el espíritu de los afiliados, porque ningún ciudadano de a pie se acercaba a estos mítines.
Ellas querían ir un poco más allá, hacer que los vecinos no tuvieran miedo de acercarse a Esther, de increparla, incluso, si era necesario, pero el sistema para hacerlo no les quedaba demasiado claro.
Estaban debatiendo sobre ello de camino al gremio de taxistas de Móstoles. Estas visitas a las asociaciones y colectivos de la localidad eran tediosas y una trampa para ratones. A menudo los diferentes representantes las utilizaban para dar rienda suelta a sus frustraciones. Las amas de casa se quejaban de no recibir ayudas suficientes; los constructores, de las burocracias de las administraciones y de la crisis que reinaba en el país, y los taxistas se quejarían con toda seguridad de la subida de tasas, la cual beneficiaba al consistorio, pero a ellos les perjudicaba porque el taxi se estaba convirtiendo en un bien de lujo, que pocos ciudadanos utilizaban ya.
Todos los candidatos de los partidos se mostraban reacios a reunirse con estos colectivos. Era un trance por el que no les apetecía pasar, pues en el fondo debían mentirles y asegurarles que les iban a beneficiar si llegaban a la Alcaldía, cuando la realidad era bien distinta. Pero había que hacerlas, era un imperativo de cada campaña para no ofender a estos grupos de poder, y aunque tanto Esther como Lara lo sabían, la perspectiva de pasar otra tarde escuchando demandas y reproches, prometiendo lo imposible y dialogando con quien no deseaba dialogar sino ser beneficiado, les resultaba agotadora.
—¿Y qué les digo si me preguntan por el precio de la bajada de bandera?
—Que te reunirás con ellos para debatirlo —replicó Lara. La periodista siempre prefería una respuesta políticamente correcta como esta, que prometer lo imposible.
—Ya, pero lo que no quiero es mentirles.
—No tienes por qué hacerlo, Esther. Solo tienes que ser razonable con ellos y esquivar posibles respuestas que te puedan perjudicar. No prometas nunca aquello que no puedes cumplir.
—Eso no lo he hecho jamás ni pienso hacerlo.
—Bien, porque otros lo hacen, y puede que les beneficie momentáneamente, pero a la larga les acaba perjudicando —replicó Lara.
—No tengo nada en el programa para los taxistas, ¿verdad? —se preocupó Esther. Llevaba su programa electoral en la mano. Lo habían redactado e impreso semanas antes de esta visita, pero seguía dándole vueltas al asunto, poco convencida como estaba de su contenido.
Lara había tratado de explicarle algo que la mayoría de los ciudadanos pasaba por alto, y es que los programas electorales de los partidos solían ser un compendio de vaguedades. No es que tuviera nada en contra de esto, pero su sugerencia con Esther fue que incluyera en él no solo cosas que pudiera conseguir, sino muy especialmente objetivos que supiera cómo conseguir. <<Es decir, yo puedo poner que me planteo establecer la paz mundial —le explicó—, pero obviamente no sé cómo conseguirla, así que directamente la omitiría>>. Esther hizo caso a sus sugerencias, pero cada vez que hacían una de estas visitas se arrepentía de no haber incluido algo que beneficiara a estos colectivos.
—Esther, no te lo tomes a mal, pero no eres una ONG. Está bien que quieras beneficiar a todo el mundo como alcaldesa, y debes aspirar a ello, pero no es necesario que incluyas en el programa punto por punto lo que quieres hacer. Recuerda que es importante el factor sorpresa —afirmó—. Si lo cuentas todo ahora, ¿qué vas a guardar para cuando seas alcaldesa?
—Si llego a ser alcaldesa —puntualizó Esther.
—Cuando seas alcaldesa —insistió Lara.
Esther puso los ojos en blanco. No la culpó. Ella también estaba un poco cansada de esta nueva tensión que existía ahora entre ellas.
—Llegamos pronto —dijo, consultando su reloj de pulsera.
Estaban ya a la entrada del gremio de taxistas y no parecía haber ningún movimiento alrededor. La puerta se encontraba cerrada, quedaba media hora para el encuentro.
—¿Te apetece tomar un café? —propuso Esther, señalando la cafetería de al lado.
Lara dudó unos segundos, decidida como estaba a no tener ni un solo momento de asueto con la alcaldesa, aunque en esta ocasión supuso que un café no era terreno resbaladizo. A fin de cuentas, estaban esperando para mantener una reunión, y si la conversación se desviaba, estaba en sus manos reconducirla a temas profesionales.
—De acuerdo.
Advirtió el gesto de sorpresa de Esther, pero no hizo ningún comentario. Era la primera vez desde la entrevista de la radio que aceptaba tomarse un café con ella. Entraron en la cafetería, y se sintieron felices de ver que solo había un cliente apostado en la barra. Resultaba agotador entrar en cualquier local de Móstoles, porque la gente de inmediato reconocía a la alcaldesa, y aunque ella se desenvolvía bien rodeada de vecinos e incluso era deseable que interactuara con ellos, a Lara estos encuentros le causaban cierta tensión. Siempre había alguien que le hacía una pregunta incómoda, y le daba la impresión de que estas apariciones públicas eran similares a lanzar un toro a la arena. El público nunca aplaudía al toro, sino al torero que lo torturaba.
—¿Qué tomas? ¿Un Red-Bull? —le preguntó Esther.
—No, pide tú, yo no tengo ganas de nada —dijo Lara de forma distraída, consultando los periódicos del día. Se los sabía casi de memoria, pero para ella eran una forma de escudarse detrás de algo para entablar el mínimo de conversación.
La alcaldesa pidió su consumición, un café bien cargado, y tomaron asiento en una de las mesas más apartadas de la barra. Fue Lara quien decidió abrir un tema de conversación para asegurarse de que mantenía el control:
—Todavía no me has dicho cómo quieres que hagamos lo de acercarte a los vecinos. Hay que tomar una decisión cuanto antes —le dijo.
—Ah, ya —dudó Esther—. He estado pensando sobre las diferentes posibilidades, pero todavía no lo tengo claro.
—Supongo que la única manera es hacer una especie de mítines callejeros. Está muy de moda eso.
—Ya, pero no sé, me parecen un poco invasivos. ¿Qué se supone que debo hacer? ¿Plantar un micro enfrente de un supermercado y ponerme a hablar?
—Sí, algo así. La gente se parará a escucharte, y si te escuchan ya tenemos medio camino recorrido.
—No sé, nunca he hecho algo así.
—Bueno, plantéatelo como una nueva experiencia. —Lara dejó el periódico a un lado y entrelazó los dedos—. Los de los partidos emergentes lo están haciendo y les está dando buenos resultados. No veo por qué a ti no debería de dártelos.
—Porque soy del Partido Liberal.
—¿Y qué?
—Que para ellos no es lo mismo —protestó Esther—. No me perciben como uno de los suyos, sino como el enemigo, como una mujer de clase social alta que está intentando venderles la moto de que entiende sus problemas.
—Pero tú sí entiendes sus problemas. Esa es la diferencia. Ballesteros puede decir lo que quiera, pero tiene esa pinta de banquero que genera rechazo. Si se pusiera a dar un mitin en la calle, es muy probable que acabaran abucheándole. Pero tú no eres como él, la gente lo ve, se acercan a ti cuando vas a los sitios. Es buena señal.
Lara se encogió de hombros. Le parecía evidente la diferencia entre uno y otro candidato de los partidos mayoritarios. Esther no era como Ballesteros. Aunque tenía carácter y cualquiera podía verlo, se trataba también de una mujer cercana, a quien sus propios vecinos no percibían como una estrella de la política, alejada de las vicisitudes y problemas que condicionaban sus vidas. La periodista quería sacar partido de esto, y aunque entendía los miedos de Esther, estaba convencida de que no había motivo para tenerlos.
—Bueno, supongo que no me queda otra alternativa, así que adelante con ello —se conformó Esther—. Veremos cómo va el primero de los mítines y, según eso, hacemos.
—Perfecto, empezaré a organizar un calendario mañana mismo.
En ese momento quedaban todavía quince minutos para que diera comienzo la reunión. A Lara le parecía que ya era tiempo prudencial para personarse en la sede de la Asociación de Taxistas. Se lo propuso, pero Esther le dijo que prefería esperar un poco más.
—Quería hablar contigo de una cosa, aprovechando que nos estamos tomando un café —le comentó, activando todas sus alarmas. Lara no necesitó que le dijera lo que estaba a punto de hacer, lo tenía claro.
—Espero que sea algo de la campaña.
—No es sobre la campaña de lo que quiero hablarte, Lara —puntualizó la alcaldesa—. Y lo sabes.
Lara giró la cabeza hacia otro lado. Se sentía incómoda y quería irse. Le daba igual lo que Esther le dijera, su actitud no iba a cambiar. Ella era su jefa, su jefa y nada más.
—Solo quería pedirte disculpas por mi comportamiento —siguió hablando Esther—. Lo hice mal aquel día en la radio. Tenías razón, debería haberme dado cuenta de que tú también puedes tener días malos. No lo hice, y no sabes cuánto lo siento. Estaba tan enfadada... no debería haberte tratado así.
—No tienes nada que sentir. Estoy aquí para trabajar y ese día no cumplí con mis obligaciones. La culpa es solo mía.
—Lara, por favor…
La periodista se mordió el labio inferior. Le costaba un mundo tener que mostrarse así de firme. Había demasiada historia entre ellas, una historia, a la postre, inacabada, o al menos, con un final demasiado incierto. En aquel momento hubiese dado cualquier cosa por odiarla. Así le sería más fácil tener que mantener el tipo cuando estaba recibiendo una disculpa que parecía sincera. Pero ella no odiaba a Esther Morales. Lo había intentado, pero no lo conseguía. Lo único que le ocurría es que ya no deseaba sufrir más, y para ello necesitaba protegerse de la Esther política. La Esther persona ya era harina de otro costal.
Estaba a punto de insistir en que no había nada de lo que hablar, ni motivos para disculparse, cuando el móvil de Esther empezó a sonar. La alcaldesa le hizo un gesto con el dedo para atender a la llamada. Quedaban diez minutos para la reunión, y Lara empezaba a ponerse nerviosa ante la perspectiva de llegar tarde.
Advirtió que Esther ponía cara extraña a los pocos segundos de mantener esa conversación. La alcaldesa se levantó y empezó a mirar en redondo, como si buscara algo. La propia Lara la imitó, pensando que se trataba de alguien del partido que se iba a sumar a ellas. Pero no fue capaz de ver a nadie, y se preocupó al ver su cara desencajada. Esther se había quedado muy pálida, fantasmagórica, y sus labios se convirtieron una fina línea que hacía imposible distinguir el superior del inferior.
—De acuerdo, sí, sí, lo entiendo, no te preocupes —dijo entonces Esther.
Lara frunció el ceño. ¿Qué estaba ocurriendo? Lo supo casi enseguida. La alcaldesa colgó en ese instante el teléfono. La miró con aprensión.
—¿Qué ha pasado? ¿Quién era?
Esther suspiró con fuerza. —Carreño.
—¿El exalcalde? —se extrañó Lara.
Esther asintió. —Quiere verme. Cuanto antes. Dice que es urgente.
—¿Y qué le has dicho?
—He quedado con él después de la reunión.
—Esther, podría ser una trampa.
—Lo sé.
—¿Y entonces?
—Pues tendremos que averiguarlo. Sonaba importante.
Lara no supo qué decir. Esther tenía razón, tendría que averiguarlo, pero le dio la sensación de que nada de lo que Francisco Carreño pudiera ofrecerles podía ser bueno. Solo tuvo la certeza de que aquel encuentro traería problemas, muchos problemas.

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CAPITULO VEINTICINCO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:57 pm

La reunión con los taxistas terminó antes de lo esperado. Sus representantes intentaron alargarla, pero Esther hacía rato que no les prestaba atención. Su mente seguía fija en la idea de encontrarse con Carreño y nada de lo que le estaban diciendo conseguía apartarla de ella. Se sintió mal cuando se despidió de ellos, deprisa y corriendo, con el pretexto de que tenían una cita importante a continuación, porque de veras quería escuchar las demandas de los vecinos, por muy descabelladas o absurdas que fueran. Deseaba estar allí para ellos, y que la vieran como una aliada, no como el enemigo, pero a veces debía simplemente asumir el hecho de que solo era humana y, como tal, el encuentro con Francisco Carreño la había puesto tan nerviosa que al final no fue capaz de estar a la altura con el gremio de los taxistas.
—Después de esta reunión, no me extrañaría que me odiasen —le comentó a Lara mientras ambas aceleraban el paso. La reunión con Carreño se iba a mantener muy cerca de allí, ni siquiera necesitaban el coche para ir a su encuentro.
—No es para tanto. Has estado peor que en otras ocasiones, pero creo que les has gustado —replicó Lara, con su positivismo innato.
Esther no estaba segura de que se estuvieran dirigiendo al sitio correcto. Carreño la había citado en una tasca cerca de allí en la que no había estado antes. El nombre del local ni siquiera le sonaba, debía de tratarse de una especie de tugurio al que los concejales no iban nunca, porque conociendo a Carreño no se iba a exponer a quedar con ella en una cafetería del centro. Al llegar a la siguiente calle, Esther vio el letrero del establecimiento. “La Traidora”, se llamaba, y pensó que se trataba de un nombre muy apropiado, dadas las circunstancias.
Llevaba casi un año sin ver a Francisco Carreño. Si no recordaba mal, el último día había sido en el pleno de abdicación del exalcalde. Después de eso, no volvió a haber ningún contacto entre ellos, ninguna llamada. Y Esther no podía evitar sentirse culpable por haberle dado completamente la espalda a su amistad.
Francisco Carreño era una persona caída en desgracia política. El partido se lo había quitado de en medio tan aprisa como había sido posible, y su nombre solo se pronunciaba ahora en contextos negativos, para resaltar el daño que había hecho al municipio, pero nunca los beneficios que había traído a Móstoles, los cuales también existían. Esther se sentía mortificada por ello. Si algo la caracterizaba, era que siempre había sido amiga de sus amigos, una persona fiel, que estaba disponible para los tiempos de cosecha, pero también para los de escasez. Pero con Carreño no le había sido posible. Una de las primeras exigencias tanto de Lara como del partido había sido que cortara toda la comunicación con él y su esposa, algo que le resultó duro de llevar a cabo, pues a Paco y Melita, hasta el momento los contaba en su lista de amigos íntimos. Sabía que Melita no había encajado bien su decisión de alejarse, porque un día que se encontraron en la calle, no fue capaz ni de saludarla. Esther hizo el ademán de acercarse a ella, pero la esposa de Carreño le giró la cara con desdén y siguió andando. No obstante, la alcaldesa no la culpaba por ello, con toda probabilidad ella habría hecho lo mismo en una situación parecida.
Ahora, varios meses después, iba a tener que enfrentarse a su padrino político cara a cara, y se sentía nerviosa, fuera de su elemento, con dudas de si debía pedirle disculpas o mostrarse a la defensiva. Los rumores decían que Francisco Carreño estaba ahora apoyando a su delfín, Rodrigo Cortés, y Esther quería ser cautelosa. Por muchos lazos que hubiesen tenido en el pasado, por muchas cenas compartidas con sus respectivas parejas, lo cierto era que desconfiaba de Carreño. Lo hacía por el simple hecho de que nunca habría esperado de él que estafara tantísimo dinero público para beneficiarse a sí mismo y, sin embargo, eso había ocurrido, delante de ella, delante de todos. Si había podido hacerlo y engañar hasta a sus amigos más cercanos, lo consideraba capaz de cualquier cosa y quería estar alerta para cualquier eventualidad.
Carreño ya se encontraba en “La Traidora” cuando ellas llegaron. Esther le reconoció enseguida, aunque estuviera de espaldas a la entrada, sentado en un taburete de la barra. Se acercó a él y hundió dos dedos en su hombro para que se girara.
—Morales —dijo el exalcalde tan pronto la vio. Se inclinó para darle los besos—. Te agradezco que hayas venido. Sé que estos días andas muy ocupada. —Carreño señaló una página del periódico que tenía abierto sobre la mesa. En ella aparecía una foto de ella durante su visita a la Asociación de Empresarios.
—Hola, Paco. ¿Te acuerdas de Lara? —Esther se echó a un lado para permitir que Lara y el exalcalde se estrecharan la mano—. Está haciendo la campaña conmigo.
—Sí, la recuerdo. Mantuvimos una charla un día en mi despacho, ¿no es así?
—Así es —terció Lara.
—Lara, no te ofendas por lo que voy a decir, pero lo que tengo que hablar con Esther es de suma importancia. Si pudieras darnos unos minutos…
Lara asintió con la cabeza e intentó echarse a un lado para dejarlos a solas, pero Esther la detuvo agarrando su antebrazo. —Paco, cualquier cosa que me tengas que decir, puede escucharla Lara también. Ella es de mi entera confianza —arguyó.
Francisco Carreño torció el gesto en signo de desacuerdo, pero comprendió que no le iba a dar otra opción. Si quería hablar con ella, tendría que hacerlo en presencia de Lara, eso era todo.
—Bien, si lo tienes tan claro, por mí no hay ningún problema. ¿Nos sentamos? —sugirió él, indicándoles una mesa. Esther la miró con suspicacia—. No te preocupes, el dueño también es de mi entera confianza, por eso te he citado aquí.
Los tres tomaron asiento entonces en una de las mesas. “La Traidora” era, como Esther suponía, un café residual, de baldosas amarillentas, escasa ventilación y peor luminosidad. Se preguntó qué habrían dicho los periodistas si hubieran sabido de esa reunión en un lugar semejante; parecían tres esbirros a punto de cerrar un trato de dudosa legalidad.
—Y bien, querías verme —dijo, directa como siempre.
—No tan deprisa, Morales. ¿Qué os apetece tomar? — Carreño le hizo un gesto al camarero para que se acercase.
—Un café, solo. Gracias.
—Yo tomaré un Red-Bull.
—A mí ponme un gin-tonic —pidió Carreño. El camarero se fue detrás de la barra para servirles lo que habían pedido—. Dime, Esther, ¿cómo te van las cosas? Veo por los periódicos que no pintan nada mal. Desde luego, has estado peor que ahora.
—No me puedo quejar. Lara ha diseñado una buena campaña y estamos esperando recoger algunos frutos, aunque la cosa está complicada.
—Las cosas siempre han estado complicadas en Móstoles. —Carreño cabeceó con tristeza—. Todavía me acuerdo de esas durísimas campañas que hicimos antes de que me eligieran alcalde. ¿Las recuerdas?
Esther no quería ser maleducada o descortés, pero no estaba allí para tomar la carretera de los recuerdos. Estaba allí porque él le había citado para decirle que tenían que tratar un asunto de suma importancia, y la ansiedad estaba empezando a consumirla. Lo último que deseaba era empezar a recordar batallas pasadas que ahora mismo le eran indiferentes. Estaba arriesgando mucho al acceder tener ese encuentro con Carreño. Tal vez el dueño de “La Traidora” era de su entera confianza, pero cualquiera podía haberles visto entrar, cualquiera podía llamar a la prensa para filtrar este encuentro, y si eso ocurría a Carreño le daba exactamente igual, él estaba fuera de la política, pero Esther iba a tener que dar muchas explicaciones. Demasiadas. No estaba dispuesta a arriesgarse de ese modo por su culpa.
—Paco, todo eso que me cuentas está muy bien y lo recuerdo con muchísimo cariño. Pero, entiéndeme, no tengo ahora tiempo para ponerme a recordar viejas campañas. Me estoy jugando el pellejo por venir aquí a verte. Lo comprendes, ¿verdad? —le explicó Esther.
—No, Esther, créeme: el que se está jugando el pellejo por citarte hoy aquí soy yo.
Lara y ella intercambiaron miradas de incomprensión.
—¿Qué quieres decir? —inquirió Esther.
—Que si vuestro amigo Diego Marín —Carreño las señaló a las dos— se entera de este encuentro, tú tendrás problemas políticos, pero yo acabaré con los huesos en la cárcel. ¿Comprendes? De sus influencias depende que mi juicio sea favorable o que me metan en chirona.
Esther pestañeó con sorpresa. Todo el partido presuponía que Marín estaba moviendo hilos para que la sentencia de Carreño no fuera tan dura como la ley marcaba. Lo que no sabía era la gravedad de lo que el exalcalde tenía que decirle, si contarlo podía provocar que el presidente le retirara su apoyo.
—Bueno, pues tú dirás —se suavizó Esther—. Los dos tenemos mucho que perder, así que lo mejor será ir al grano. Cuéntame.
En ese momento llegó el camarero con sus consumiciones. Carreño sacó dinero del bolsillo para pagarle y esperó a que se fuera para retomar la conversación. Esther siguió con avidez toda la escena. Se le estaba agotando la paciencia, quería saber cuanto antes el motivo de aquella improvisada reunión.
—El asunto es más sencillo de lo que parece. Sabes que Rodrigo Cortés acaba de crear un partido político.
—Sí, todo el mundo está al corriente.
—Cierto —siguió hablando Carreño—, lo han divulgado a los cuatro vientos. El caso es que te preguntarás cómo un tipo como Cortés puede financiarse una campaña como la que está haciendo. Verás, su sueldo como concejal no era malo, pero todos esos carteles, esas cuñas en la radio que va a contratar… —Carreño suspiró—. Demasiado dinero para un simple concejal, ¿no crees?
Esther y Lara intercambiaron una mirada sin comprender a dónde pretendía llegar el exalcalde con estas afirmaciones. Sí, era cierto que Cortés estaba invirtiendo muchísimo dinero para dar a conocer al nuevo partido. Lara se había enterado de que tenía contratadas decenas de anuncios en radio y televisión, así como vallas publicitarias para cuando diera comienzo oficialmente la campaña. Y Cortés no estaba escatimando recursos. Allá donde miraras, estaba algo relacionado con su nuevo partido, pero, a decir verdad, Esther nunca se había preguntado de qué manera financiaba el exconcejal toda esta artillería propagandística. ¿Amigos constructores, quizá? ¿Algún banquero con quien había hecho un pacto? Carreño tendría que ser un poco más explícito para que lo comprendieran.
—Es mucho dinero, claro. ¿Pero qué tiene que ver esto con…?
Carreño le hizo un gesto con el dedo para que se detuviera. —Esther, eres una gran política, pero tienes un gran fallo. Si me permites un consejo, te sobra pasión y te falta paciencia. Déjame que acabe de contarte.
Esther se removió incómoda en su asiento. No le gustaba que le dieran consejos que no había pedido ni lecciones de vida, aunque Carreño tuviera razón. Su gran fallo siempre había sido la impaciencia, incluso de pequeña, cuando se cogía rabietas por el simple hecho de que sus padres no se apuraban para abrir los regalos de Navidad.
Suspiró hondo y dejó que Carreño continuara hablando:
—Cortés no tiene ningún amigo con ese dinero, ni lo tendrá nunca como siga así —les explicó—. Ese hombre no tiene mesura y ningún hombre de negocios con dos dedos de frente se fiaría de él. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
No, Esther no entendía absolutamente nada. Cuanto más hablaba Carreño, más confundida estaba. Pensó en hacerle preguntas, pero había otra cuestión que la torturaba y tenía que saberlo cuanto antes.
—Pero yo pensaba que tú estabas tras la candidatura de Cortés, que le estabas apoyando —le confesó, sin comprender.
—No, Esther, te habrán dicho muchas cosas para despistarte, pero hace tiempo que yo aparté a Cortés de mi lado. Al principio reconozco que me dejé engatusar. Parecía un muchacho prometedor. Pero con el tiempo se acaba conociendo a la gente y Cortés es un lobo con piel de cordero. Creía que ya lo sabías.
—Sí, pero…
—Veo que no estás entendiendo nada de lo que intento explicarte —se lamentó Carreño, dando un sorbo a su gin-tonic.
—Si pudiera ser más específico, se lo agradeceríamos —intervino Lara por primera vez. Hasta ese momento la periodista había preferido mantenerse al margen. Escuchó con atención, pero nada más.
Carreño suspiró con cansancio. Posó su vaso sobre la mesa y se relamió los labios. —Lo que intento decir es que la campaña de Cortés está siendo financiada por el Partido Liberal. Diego Marín es quien le está dando el dinero.
Esther abrió los ojos con sorpresa. Aquello no podía creerlo. Es decir, todos sabían que Diego deseaba acabar con ella, y que esa era la razón por la que había dado orden al gerente provincial de no dedicar ni un solo euro a su campaña. Pero una cosa era cerrar el grifo de Móstoles, y otra muy diferente abrirlo para financiar la campaña de otro partido. Lo miraras por donde lo miraras, eso era algo ilegal.
—¡Pero eso es ilegal! ¡No puede hacerlo!
—Esther, querida, estamos hablando del presidente de la Comunidad de Madrid. Puede hacer lo que le venga en gana —replicó Carreño, sonriendo con cinismo.
Cuando la miró, Esther advirtió que Lara estaba igual de estupefacta que ella. La periodista se había quedado con la boca entreabierta y la mirada perdida, como si de pronto estuviera encajando todas las piezas.
—Entonces, quieres decir que…
—Quiero decir que Marín no está escatimando dinero en pagarle la campaña a Cortés, todo con tal de quitarte de en medio.
—¿Y tú cómo lo sabes? ¿Cómo puedo fiarme de que lo que dices es cierto?
Francisco Carreño se encogió de hombros. —Tengo mis fuentes, y te aseguro que son buenas, pero si no quieres creer ni una palabra de lo que te estoy contando, adelante, estás en tu derecho a hacerlo.
Esther entornó los ojos con suspicacia. Una parte de ella quería creer lo que el exalcalde le estaba contando, pero su lado más racional le advertía de los peligros que eso entrañaba. Carreño podía estar allí por cualquier motivo. Podía ser incluso un enviado del propio Marín, para tenderle una trampa. ¿Qué ganaba él contándoselo?
Nada. Absolutamente nada.
—¿Qué ganas tú contándome todo esto, Paco? ¿Por qué me lo cuentas si corres tantos riesgos?
—Pues por el simple hecho de que, aunque no te lo creas, Esther, te aprecio, y no me gusta un pelo lo que están tratando de hacer con mi municipio. Puede que yo hiciera las cosas mal en el pasado y tendré que arrepentirme de ello para siempre. Pero todavía estoy a tiempo de hacer algo bien, eso es algo de lo que he sido consciente recientemente. Si de mí depende que una víbora como Cortés no se convierta en el alcalde de Móstoles, haré todo lo que esté en mi mano para impedírselo. —Carreño consultó entonces su reloj de pulsera—. Y ahora creo que ya es hora de dar esta reunión por concluida. Vienen mis hijos con los nietos para cenar y no quisiera tenerles esperando. Ha sido un placer veros de nuevo, especialmente a ti, Esther. Le daré saludos a Melita de tu parte. Mucha suerte en la campaña.
Dicho esto, Francisco Carreño se despidió afectuosamente y salió a la calle con sombrero y gafas de sol, para no ser reconocido. Esther pensó que debía de ser un infierno para él soportar todos los insultos de sus vecinos, aunque se los tuviera bien merecidos.
Ella y Lara no salieron de su asombro hasta un minuto después, cuando se dieron cuenta de que la reunión había concluido. Esther miró a la periodista en busca de respuestas, pero no las encontró.
—¿Qué opinas sobre lo que nos ha dicho? —inquirió.
—Que es muy posible que esté mintiendo, pero también es muy posible que todo lo que dice sea verdad.
—¿Prevaricación, Lara? ¿Un tipo como Marín? Yo no le conozco tan bien como tú, pero no le veo arriesgando tanto el cuello solo por deshacerse de alguien insignificante como yo.
Lara se encogió de hombros. —Aunque no te lo creas, eso de financiar a otros partidos, aunque esté terminantemente prohibido, es algo muy común. No es la primera vez que lo veo. Aunque te concedo que Diego tiene que estar muy desesperado para hacer algo así. Te tiene miedo, Esther. Él solo se quita de en medio a quienes pueden hacerle sombra.
—Lara, seamos francas: el único motivo de que quiera deshacerse de mí es porque no consiguió llevarme a la cama y eso le fastidia.
—No, y porque le retaste y plantaste cara —puntualizó Lara—. Nadie le hace eso a Diego Marín, nadie se atreve, ¿es que no lo ves?
Esther tenía dudas de que eso fuera así, pero el motivo, ahora, en realidad era lo menos importante. A la alcaldesa lo único que le preocupaba era descubrir hasta qué punto Francisco Carreño les había dicho la verdad.
—¿Tienes manera de averiguar si lo que ha dicho Carreño es cierto?
Lara tamborileó los dedos contra la mesa. —Puedo intentarlo —afirmó—, pero no te prometo nada. Va a ser complicadísimo conseguir que alguien hable.
—Bien, pues inténtalo, por favor. Quizá podamos hacer algo con esa información.
Lara sacudió la cabeza, pensativa. La inquina de Marín hacia Esther estaba tomando visos peligrosos. Si era verdad que el presidente estaba dispuesto a correr estos riesgos solo para quitarla de en medio, ¿dónde estaba el límite? ¿Hasta dónde pretendía llegar Diego? Esther miró a Lara en busca de respuestas, pero su mirada atemorizada solo le dejó clara una cosa: estaba tan asustada como ella.

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CAPITULO VEINTISEIS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:57 pm

El encuentro con Francisco Carreño, si bien consiguió generarles una nueva inquietud, no fue óbice para que la precampaña se detuviera. Lara tenía la esperanza de poder hallar la manera de descubrir algo más en relación con el tema. Conocía a varias personas del entorno del presidente, aunque sabía que ninguna se jugaría su puesto de trabajo desvelando una información tan delicada como esta. Por supuesto, estaba la baza de Juan Devesa, aunque Lara no deseaba ponerle en esa tesitura. Juan tenía dos hijos que alimentar y una mujer desempleada. Pedirle un favor así era como invitarle a que firmara gustoso la cartilla del paro. Los riesgos que correría la persona que desvelara cualquier tipo de información al respecto eran altos, y al tratarse de algo tan peliagudo, no estaba segura de que Juan estuviera informado. Casi con toda seguridad el presidente se habría guardado las espaldas. A lo mejor ni siquiera Tomás lo sabía. No obstante, no descartaba la baza de Juan Devesa si las otras vías se le cerraban. Si al final se decidía, tendría que llevarlo a cabo con la máxima discreción, en un entorno en el que nadie imaginara una conversación semejante entre ellos y, por supuesto, sin hacer uso de los teléfonos móviles. Así que Lara apartó por el momento esta cuestión de su lista de quehaceres y se centró en los actos de precampaña.
Dispuesta a aprovechar la situación privilegiada de Esther, la periodista organizó varias ruedas de prensa de última hora en las que la alcaldesa podía vender su gestión al frente del Ayuntamiento de Móstoles. La ley impedía a los partidos políticos hacer cualquier tipo de publicidad electoral hasta dos semanas antes de la votación, pero como alcaldesa, Esther podía hacer todas las ruedas de prensa que quisiera siempre y cuando se tratara de un asunto de interés público.
Todo ciudadano sabía que tras este tipo de presentaciones había un claro mensaje político, y Esther no estaba demasiado de acuerdo con esta estrategia, lo cual provocó nuevos roces entre las dos mujeres.
—¿Otra rueda de prensa? —protestó la alcaldesa al salir de la última en la que informó sobre la disminución de la delincuencia en Móstoles durante su mandato—. Esto es ridículo.
—¿Por qué ridículo? —preguntó Lara con cansancio.
—Porque esto deberíamos haberlo hecho antes, no ahora que están cerca las elecciones —protestó Esther, mientras se dirigían hacia las dependencias de Alcaldía—. Es decir, estamos haciendo lo mismo que el resto de los partidos: se avecinan las elecciones y nos dedicamos a repartir promesas o alardear de lo que hemos hecho por la ciudad. Pero no es correcto.
—¿Por qué no?
—Bueno, ¿no es esa la labor de un alcalde? —insistió Esther con ahínco—. Se supone que para eso te han contratado, para hacer bien tu trabajo, ¿no crees? No hay por qué ir proclamándolo a los cuatro vientos.
—Entiendo lo que quieres decir —comentó Lara, tratando de seguirle el paso. Esther caminaba tan rápido que le estaba costando—, pero así son las cosas. Los ciudadanos no tienen memoria, necesita que le recuerden lo que has hecho por ellos.
—No estoy tan segura de que eso sea cierto —replicó Esther con tozudez—. Si un alcalde ha hecho bien su trabajo, estará a la vista, cualquier ciudadano podrá verlo. No creo que sean tan tontos o desmemoriados como pensamos.
—¿Y qué propones hacer? —inquirió Lara con enfado—. ¿Cruzarte de brazos y desaprovechar el hecho de que eres alcaldesa? La campaña va bien, Esther, pero no estamos para tirar cohetes.
Esther hizo un gesto de hastío, pero Lara advirtió que empezaba a comprender. A veces podía ser tan testaruda que sentía ganas de tirar la toalla. La periodista consultó su reloj.
—Yo me voy a la sede —le informó—, han llegado las papeletas y quiero revisarlas.
—En ese caso, creo que yo me quedaré aquí —replicó Esther, igual de cortante que ella—. Ve tú a lo de las papeletas y después ya hablamos.
Lara arqueó las cejas con desconcierto. Era la primera vez que la alcaldesa se desentendía de la campaña, aunque en el fondo no debería haberle sorprendido tanto. La tensión entre ellas estaba empezando a ser insoportable, y el sentimiento era mutuo: Lara tampoco deseaba su compañía. Además, les podía venir bien darse un respiro. Pasaban tantas horas juntas que lo único que conseguían era empeorar las cosas.
—De acuerdo, como quieras. Entonces nos vemos luego —se despidió Lara.
La actitud de la alcaldesa había cambiado desde el día en el que intentó disculparse con ella, Lara podía notarlo. Esther había pasado del arrepentimiento a la culpa, y ahora al enfado. Se comportaba como si estuviera sumida en un accidentado viaje de montaña rusa, y a Lara le incomodaba tener que aguantar estos repentinos cambios de humor.
Entendía que Esther estuviera decepcionada, pero ella no podía esperar que todo cambiara solo con pedirle perdón. Lara estaba dolida, y aunque aceptaba sus disculpas, no deseaba que las cosas volvieran a ser como antes. Ahora más que nunca tenía claro que Esther no estaba preparada para tener una relación con una mujer, y se negaba a exponer su corazón como lo había hecho durante el fin de semana que fueron al cine. Ellas dos nunca habían sido amigas, en eso Esther tenía razón.
Tampoco amantes, porque pasar una sola noche con ella no podía calificarse como tal. Solo eran jefa y empleada, y Lara pretendía seguir comportándose como tal. Además, tenía cosas más importantes que hacer que atender las rabietas de Esther Morales. La sede provincial había mandado las papeletas de la votación el día anterior. Lara tenía que coordinar un equipo que las meterlas en sus respectivos sobres, para tenerlas preparadas el día de la elección. Por lo general, eran los afiliados quienes solían ocuparse de esta tarea, pero la falta de ayuda y la estampida que provocó la creación del partido de Rodrigo Cortés, les obligaba a hacerlo ellos mismos.
Belén, la secretaria del partido local, ya estaba en la sede cuando ella llegó. A Lara le sorprendía que Belén siempre estuviera disponible. La secretaria no parecía dedicarse a otros menesteres que no fueran el Partido Liberal, y a menudo se preguntaba de dónde sacaba el dinero para costearse su cara vestimenta o el mantenimiento del descapotable en el que la había recogido cuando se conocieron. Lara la saludó de manera fría, todavía contrariada por su última conversación con Esther.
—Ya han llegado las papeletas —le informó Belén, nada más verla.
—Lo sé. Ramón me llamó para comentármelo. ¿Habéis organizado a la gente para empezar a embucharlas? —Miró alrededor. La sede estaba desolada. Solo había un par de chiquillos sentados frente a sus ordenadores.
—Te estaba esperando.
Lara sintió deseos de gritar para desahogarse. Estaba teniendo una mala semana, y le desesperaba la falta de iniciativa de los colaboradores del partido, los cuales siempre necesitaban de su aquiescencia incluso para hacer algo tan simple como meter una papeleta en un sobre.
A Lara no dejaban de acumulársele las tareas. Al haber asumido el papel de jefa de prensa, así como el de directora de campaña, tenía tantas tareas pendientes que su agenda empezaba a parecerse al diario de un lunático. Le costaba conciliar el sueño por las noches, ocupada como estaba en repasar sus quehaceres para el día siguiente, y el cansancio le estaba convirtiendo en un ser taciturno e irascible. Lara no era una persona colérica, pero en aquel momento sintió ganas de zarandear a Belén y gritarle para que se espabilara.
Resignada, se acercó a las cajas que el mensajero había apilado contra una de las paredes de la sede. Eran decenas. Solo por lo abultado del envío, supo que tardarían días en acabar de meter todas las papeletas en sus respectivos sobres. Abrió la caja más cercana y extrajo una para comprobar que los nombres de la candidatura estaban bien impresos. No había ningún error, para su alivio. De lo contrario, tendrían que haberlas devuelto a la sede porque cualquier voto con una errata podía ser considerado nulo, y no quería saber lo que le diría el gerente si lo hacía. La sede provincial era quien costeaba la impresión de las papeletas. Lara imaginaba que Diego no había querido exponerse a levantar sospechas entre los empleados de la imprenta o de la sede provincial.
—Son cientos —se lamentó sin dirigirse a nadie en concreto. Belén se dio por aludida.
—Lo sé, en las elecciones anteriores tardamos una barbaridad en tenerlas listas.
Lara inspiró hondo de pura frustración. Las papeletas representaban un grave problema de organización. Si les pedía a los chavales que se ocuparan de esto, entonces no tendría a nadie al frente de las redes sociales. Y si no lo hacía, tendría que buscar a gente que se prestara a ayudarles, ¿pero quién? Los integrantes de la lista no eran una opción; la mayoría de ellos trabajaban. Y ella no podía detener los actos de la campaña para ponerse a embuchar papeletas. Barajó la posibilidad de llevárselas todas a casa y hacerlo por las noches, pero se trataba de una idea descabellada. Si se privaba de más horas de sueño, acabaría teniendo serios problemas para acabar esa campaña.
Seguía dándole vueltas a las diferentes posibilidades cuando Belén interrumpió sus pensamientos.
—¿Lara? —la llamó con cierto temor.
La periodista se dio la vuelta, contrariada. Por toda respuesta se limitó a alzar las cejas.
—Hay unas personas en la puerta que preguntan por ti —le informó.
—¿Por mí?
—Sí.
—Pregúntales qué quieren, hazme el favor.
—Yo creo que es mejor que salgas tú a recibirles.
Lara puso los ojos en blanco. De veras no podía creer que nadie fuera capaz de hacer su trabajo. Si no podía recibir un recado, ¿para qué estaba ella allí? Enfadada, dejó la papeleta de cualquier manera sobre una caja y se encaminó a la puerta de entrada. Cuál sería su sorpresa cuando, al estar a escasos metros, advirtió la presencia de tres personas que no se esperaba.
—¡Sorpresa!
Lara pestañeó varias veces para constatar que no estaba teniendo una alucinación.
—Mabel, ¿qué haces tú…?
Su hermana extendió los brazos para darle un abrazo. —¿Venimos en un mal momento? Podemos volver más tarde —le dijo, envolviéndola en sus brazos.
Lara vio por encima de su hombro que sus padres también estaban allí. Frunció el ceño sin comprender
—¿Qué estáis haciendo aquí?
—Hemos venido a ver si podíamos ayudar. Jorge quería venir también, pero tiene turno de mañana. Si puede, se pasará más tarde.
—No hacía falta. Es decir, yo…
—Seguro que podemos ayudarte con algo —insistió su madre—. Mabel nos ha dicho que estáis muy solos con la campaña.
Lara miró a su madre. Ella parecía decidida a quedarse. Pero después observó a su padre, convencida de que encontraría algún gesto de fastidio en él. Le sorprendió verle charlando animadamente con Belén.
—Tu padre seguro que también puede hacer algo —comentó su madre, como si acabara de leer sus pensamientos.
—¿Y bien? —intervino Mabel—. Danos algo que hacer, ¿no? ¿O nos vas a tener esperando todo el día?
Lara sonrió. Nunca había sido una persona religiosa, pero si Dios existía, acababa de escuchar sus plegarias. Se remangó la camisa y les hizo una seña para que la siguieran hacia las cajas de papeletas. Apenas podía creer su propia suerte.

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CAPITULO VEINTISIETE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:57 pm

Esther se emocionó al recibir una llamada de su hijo. Luis quería desearle suerte porque estaba enterado de que esa noche empezaba oficialmente la campaña. Era la noche de la pegada de carteles, y Esther tenía muchos flecos que atender antes de salir a la calle.
—¿Nerviosa? —se interesó Luis.
—Mucho, no te voy a mentir —replicó Esther, que en ese momento se estaba poniendo la chaqueta para ir a la sede. Los carteles acababan de llegar. El gerente los había enviado a última hora y Esther estaba segura de que no se trataba de una casualidad—. No tiene nada de especial, pero ya sabes que siempre me pongo un poco nerviosa cuando hay algo así.
—No te preocupes, ya verás como todo sale bien.
—Claro que sí, gracias, hijo.
—Oye, el otro día me llamó la abuela. La noté preocupada. Dice que estás muy cambiada.
Esther fue presa de un escalofrío involuntario al oír estas palabras. Había estado tan ocupada lidiando con sus propios problemas, que casi había olvidado la tensa conversación que mantuvo con su madre. La señora Fantova no había vuelto a llamarla desde su almuerzo en la Casa de Campo, y Esther no sabía cómo tratar este tema.
Conociendo a su madre, estaba segura de que ella tendría que dar el primer paso. La señora Fantova era demasiado orgullosa, terca y retrógrada para comprender que su decisión no obedecía a un capricho puntual. Seguramente, se pensaba que Esther lo hacía para molestarla, o para hacerle pagar por obligarle a casarse con Quique. Ahora estaría conciliando el sueño a base de pastillas. Le llenaba de tristeza imaginársela en este estado, pero al mismo tiempo le irritaba que empleara su tiempo libre en llamadas que solo conseguirían inquietar a sus hijos.
—Luis, ya sabes cómo es tu abuela. No hace falta que te lo diga.
—Ya, pero…
—¿Te ha dicho por qué piensa que estoy muy cambiada? —preguntó Esther con el corazón en un puño. Cabía la posibilidad de que su madre se lo hubiese contado, aunque eso habría sido impropio de ella. La vergüenza le impedía hablar de según qué temas. La señora Fantova acostumbraba a tapar y ocultar lo que ella consideraba una vergüenza para la familia.
—No, lo único que me ha dicho es que estás muy rara. ¿Seguro que te encuentras bien?
—Me encuentro perfectamente, cariño. Solo un poco cansada por culpa de las elecciones. En cuanto llegue el día de la votación, estaré como nueva.
—Vale, me quedo más tranquilo. Pero, mamá, si hubiera algo de lo que quisieras hablarme, me lo dirías, ¿verdad?
—Sí, Luis. No te preocupes por nada.
—Bueno, pues mucho ánimo con la presentación. Vas a estar genial, ya lo verás.
Esther sonrió enternecida por las palabras de su hijo. Luis demostraba tener una confianza ciega en ella, la cual no estaba segura de merecer, aunque siempre la recibía con alegría. Se despidieron en ese momento, porque debía estar lista para la presentación y cada segundo que pasaba conseguía ponerla más nerviosa. Se miró por última vez en el espejo del baño para aplicar un poco de colorete a sus mejillas, pero se quedó con la brocha de maquillaje suspendida en el aire como si acabara de ver un fantasma. Esther contempló el espejo de manera ausente, hasta que las líneas de su reflejo quedaron difuminadas, borrosas, mientras pensaba en la conversación con su hijo. En lo que su abuela le había insinuado porque Esther no tenía el coraje para decírselo.
En breves momentos volvería a ver a Lara, y sin embargo, el encuentro no le producía ninguna dicha. Unas semanas atrás se sentía feliz cada vez que veía a la periodista, pero su relación había cambiado tanto, estaban tan distanciadas, que ya ni siquiera tenía coraje para pedirle que le ayudara a redactar un simple discurso.
Esther echaba de menos las épocas en las que se sentaban juntas a redactar sus intervenciones, cuando podía contar con ella de manera incondicional y no restrictiva como sucedía ahora.
Lara había cumplido con su palabra. Se comportaba como la perfecta empleada, pero una empleada, a fin de cuentas. Si la llamaba por la noche, nunca le cogía el teléfono. Tan solo le enviaba un mensaje para asegurarse que todo estaba en orden. Los almuerzos con ella ya no existían, y ni hablar de proponerle que se tomaran algo tras una dura jornada de trabajo. Esther estaba pagando caro su error; la echaba de menos, porque Lara era mucho más que una amiga o su jefa de prensa. Lara era una compañera de vida, y con su comportamiento lo había estropeado todo.
La periodista tenía razón cuando la acusó de estar huyendo. En realidad, se había vuelto toda una experta en el arte de huir. Ni siquiera era capaz de contarle la verdad a su hijo Luis, quien seguramente sería el más comprensivo de todos. Y en el fondo sabía que si se lo había contado a su madre fue solo para fastidiarla. Esther había perdido demasiadas cosas ese último año. Su matrimonio, estabilidad, su casa, su papel en el partido… todo había cambiado. Y tenía tanto miedo a perder su carrera política que estaba consintiendo que la opinión de los demás le dijera cómo vivir. A quién querer. Cuándo querer. Y por culpa de esto, estaba perdiendo a Lara.
Se preguntó si de veras sería demasiado tarde para disculparse, para demostrarle que le importaba más que cualquiera otra cosa, porque en ese momento sintió que ya le daba igual todo. Si los ciudadanos la votaban o no. Si Diego ganaba su batalla contra ella o la perdía. Le dio igual que su madre la ignorara desde su almuerzo en la Casa de Campo, o incluso que acabara de mentir a su hijo, disfrazándolo todo de perfecta normalidad. A Esther Morales lo único que le preocupó en ese momento era que tenía que ir a la sede y que sabía que allí se encontraría a una Lara fría, huraña, a una Lara que solo era su empleada.
Su relación había experimentado tantos vaivenes que a veces era como caminar sobre cristales rotos. Se había convertido en un largo camino plagado de cristales rotos que solo un avezado faquir sería capaz de cruzarlo con éxito. Las dos lo habían intentado en numerosas ocasiones, pero nunca conseguían llegar al otro lado sin sufrir heridas. Posó las manos en el lavabo con cansancio. Si hubiese sido por ella, habría cancelado todos los actos previstos para esas dos últimas semanas. Pero sabía que les debía un respeto a las personas que la estaban apoyando, a sus compañeros de candidatura, así que sacó fuerzas de flaqueza, acabó de aplicarse el colorete y se fue directa a la sede.

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CAPITULO VEINTIOCHO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:59 pm

—Esto es todo lo que tenemos.
Lara sujetó uno de los carteles en el aire y se lo enseñó a Esther, entre divertida y preocupada por lo que acababa de suceder. La sede provincial les había enviado los carteles tarde, a última hora, y ahora sabían por qué. Eran tres, literalmente, ni uno más. Tres carteles en los que, además, Esther salía tan desfavorecida que parecía una persona completamente diferente. Ni rastro de sus preciosas facciones o de su sonrisa confiada. Era como si el gerente provincial, o tal vez el propio Diego, se hubieran asegurado de escoger la peor de sus fotografías para perjudicarlas todavía más.
—¿Tú crees que importa tanto si salgo mal? —le preguntó Esther, inspeccionando el póster con la cabeza ladeada—. Porque podíamos utilizar al menos uno de ellos esta noche. Es que no sé qué sentido tiene ir a una pegada de carteles sin carteles.
Lara se encogió de hombros. Ella no era analista política, pero imaginaba que si los asesores de campaña insistían tanto en que los candidatos salieran favorecidos en las fotografías, tenían buenos motivos para hacerlo.
—Más que valorar si sales mal o bien, lo que me preocupa es que vas a ser la única candidata con tres carteles —replicó Lara con desfallecimiento—. Podríamos imprimir algo más decente, porque los chicos han hecho unos montajes muy bonitos con tus fotos, pero no creo que nos dé tiempo.
Esther se dirigió hacia uno de los ordenadores con prisa. —Enséñamelos.
—¿El qué?
—Los montajes esos, enséñamelos. Creo que he tenido una idea.
Lara no estaba muy convencida, pero le enseñó los montajes diseñados por los jóvenes del partido. Los había muy arriesgados, pero algunos eran realmente buenos, si querían, podían usarlos como carteles electorales.
—¿En qué estabas pensando? Porque ninguna imprenta nos va a imprimir ese volumen de carteles antes de media noche. Y además, tampoco tenemos dinero.
—No hará falta. ¿Qué te parece si vamos a la pegada, pero le decimos a los periodistas que nuestra campaña va a seguir siendo virtual?
—¿Qué quieres decir? —se interesó Lara.
—Pues que podemos asistir a la pegada de carteles tradicional, a lo mejor pegar una de estas atrocidades —Esther señaló el cartel que les había enviado la sede— y decirles que ese va a ser el único póster de mi campaña, que el resto seguirá haciéndose todo por Internet. ¿Te parece una idea horrible?
Lara barajó las posibilidades durante un segundo, no le hizo falta más para convencerse de que la alcaldesa acababa de tener una gran idea. —Es una buenísima idea, Esther. Avisaré a los chicos para que a partir de las doce se pongan a compartir estos diseños por las redes sociales.
—Bien, y yo me llevo uno de estos. —Esther cogió uno de los carteles que había enviado la sede provincial—. ¿Te importa si ahora me voy a casa y nos vemos después? Estoy realmente cansada y quería aprovechar que hoy no tenemos más actos para tumbarme un poco.
—Sin problemas, yo también descansaré un rato. A las once estaré por aquí. Nos vemos entonces.
—De acuerdo, hasta luego.
Lara se quedó un rato más en la sede, revisando el trabajo que estaban haciendo los muchachos en las redes sociales. En pocas semanas habían conseguido triplicar el número de seguidores, aunque esperaban tener muchos más cuando diera comienzo la campaña. Se acercó a Ramón y le explicó la estrategia a seguir esa noche.
—Cuando den las doce, os ponéis a compartir estos diseños. —Lara le señaló una carpeta que había dejado en el escritorio de su ordenador—. No hace falta que estéis todos aquí, pero lo que sí sería importante es que organizaras un grupo para que ellos lancen los primeros montajes —le aconsejó—. Yo vendré después, cuando acabe el acto de la pegada de carteles.
—Sin problemas —replicó Ramón—, tengo a un par de trasnochadores a los que no les importará quedarse.
—Toma. —Lara extrajo unas llaves de su bolsillo—. Quédate con mis llaves de la sede por si os vais antes de que yo llegue. Yo le pediré las suyas a Esther. Y ahora, deberíais descansar un poco vosotros también.
Lara se despidió de ellos y puso rumbo a su casa, deseando poder prescindir del coche. Estaba cansada de tener que aguantar los atascos de entrada y salida de Madrid, los cuales se hacían menos llevaderos a medida que pasaban los días. La falta de descanso provocaba que condujera distraída, y en un par de ocasiones había estado a punto de tener un susto al volante. Pero ahora su mente estaba centrada en su sofá. Aprovecharía las horas que restaban hasta las once para relajarse y hacer un par de llamadas. Tenía pendiente contactar con Fernando, pues su mejor amigo estaba a punto de mudarse a Madrid, y ella ni siquiera había tenido tiempo para interesarse por su regreso.
Lara no veía el día en el que todo acabara por fin. Las elecciones. Su vínculo con el partido. Incluso su relación con Esther. Despedirse de ella le iba a provocar una gran tristeza, pero estaba convencida de que se trataba de lo correcto. Cada vez tenía más claro que su futuro se encontraba muy alejado del Partido Liberal, y no podía esperar a que llegara el día en el que pudiera, por fin, poner tierra de por medio. Quince días, se dijo a sí misma. Quince días más y sería libre como el viento.

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CAPITULO VEINTINUEVE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 4:59 pm

Esther aprovechó su tarde para ponerse en contacto con su abogado. Quique seguía reclamándole la parte proporcional que le correspondía de la casa, y esto agotó su paciencia. <<Dile que los dos estamos en la puñetera escritura, y que eso es lo que al juez le vale. Que deje de molestar y firme de una vez el acuerdo, por Dios santo>>, le ordenó a su abogado, cansada de las tonterías de su marido, que esos días no parecía tener más ocupación que la de hacerle la vida imposible.
Estaba por ver si Quique se atrevía a cumplir su amenaza, pero Esther no tenía ahora tiempo para detenerse a pensar en las conspiraciones de su ex. Faltaban solo dos semanas para que acabara la campaña, así que ya lo pensaría después, si para entonces todavía no habían llegado a un acuerdo al respecto.
A quince días de las elecciones, Esther se encontraba orgullosa de la campaña que habían hecho. A pesar de los pocos medios económicos de los que disponían, sus mensajes estaban calando, aunque a menudo se preguntaba si sería suficiente con esto. A fin de cuentas, no se estaban enfrentando solamente a la oposición, sino a un legendario partido capitaneado por el poderoso Diego Marín, y la alcaldesa no conocía ningún experimento de esta índole que hubiera salido victorioso en el pasado.
De todos modos, ahora la suerte ya estaba echada. Tan solo podía confiar en su don para acercarse a la gente y en el buen hacer de su equipo, que trabajaban con ahínco, a pesar de no recibir nada a cambio. Aunque solo fuera por ellos, quería estar centrada y dejarse la piel esos últimos quince días.
Todavía era temprano cuando salió de su casa con su único cartel electoral enrollado debajo del brazo. No necesitaba el coche para ir adonde se dirigía y pensó que le vendría bien dar un paseo nocturno que le permitiera despejarse. Cruzó la Calle Cristo y saludó a un par de personas que la reconocieron. Hacía una noche espléndida, y a pesar de la polución, se podían ver algunas estrellas en lo alto del firmamento.
Esther sintió tentaciones de pedirles un deseo como hacía cuando era niña y se quedaba mirando embobada la luna llena, prendida por su hechizo, preguntándose quién viviría en ella, si sus habitantes serían azules como el oscuro cielo nocturno, o plateados como la luz que emitía el astro. Pero al final tan solo sonrió ante un pensamiento tan infantil como el que acababa de tener. Los milagros no existían. Eran las personas quienes los hacían posibles con su esfuerzo y su trabajo.
La legendaria Plaza del Pradillo se encontraba a apenas unas manzanas de su casa. En ella solía tener lugar la tradicional pegada de carteles a medianoche, el día en el que daba comienzo oficial la campaña. Esa madrugada los representantes de todos los partidos, liberales y conservadores, consolidados o emergentes, se daban cita en un mismo lugar para que fotógrafos y cámaras pudieran captar la imagen de sus líderes fingiendo pegar un cartel en el que aparecía su propia cara.
A Esther le resultaba una tradición de lo más extraña, y se preguntaba qué pensarían los ciudadanos que pasaban por allí y veían a decenas de personas de todos los colores políticos, cargados con cepillos, carteles y cubos rebosantes de pegamento líquido. Seguramente, creerían que habían perdido el juicio, y en cierta manera era así, porque la mayoría estaba esperando para empapelar la ciudad con la cara del candidato de su partido. A Esther le parecía ridículo ver a adultos de todas las edades, corriendo por el municipio para llegar los primeros a paredes y marquesinas, con el objetivo de estampar en ellos gigantescos carteles con la cara de sus líderes.
Pero esa era la tradición, y la triste locura en la que se veían sumidos los integrantes de los partidos. Nadie parecía entender que los ciudadanos no iban a votar a uno u otro candidato solo por la frecuencia con la que vieran su cara de camino a casa. Votarían, en cambio, a la persona cuyo mensaje les tocara el corazón, la más cercana, la más sensata e igualitaria. Tal vez pecara de ilusa, pero Esther estaba convencida de ello cuando torció por la calle Antonio Hernández y comprobó a lo lejos que ya había gente en la plaza.
Al verles se alegró más que nunca de contar con un cartel, uno solo, que pegaría como símbolo de rebeldía hacia esas campañas tradicionales diseñadas única y exclusivamente para los ya convencidos. Esther buscó entre la multitud, pero no fue capaz de encontrar a Lara. En otra época la habría llamado para pedirle que se apresurara, pero ahora simplemente se sumó a los miembros de su candidatura, que ya se estaban reuniendo en torno a la Fuente de los Peces, uno de los monumentos más emblemáticos de la localidad.
—¿Preparada para dar batalla? —le preguntó Lucía Santos, una de las caras nuevas que componían su candidatura.
—Eso siempre. Ahora, cuando venga Lara, ella os explicará el planteamiento de esta noche, pero quiero que vayáis sacando vuestros teléfonos móviles, por si acaso.
Los integrantes de la candidatura siguieron sus instrucciones, aunque no entendieran por qué era necesario tener sus móviles en la mano. Lara apareció entonces, casi sin resuello, como si hubiera corrido para llegar hasta allí. Esther la miró sin disimulo alguno. Le gustaba cuando sus mejillas se encendían de aquella manera y le hacían parecer más niña. Sintió ganas de tomarla entre sus brazos, acariciarle el pelo y abrazarla muy fuerte hasta que su respiración se normalizara de nuevo. Sintió su ausencia de una manera tan honda que se asustó de sus propios sentimientos.
—¿Todo bien? —le preguntó Pablo López, que la miraba fijamente—. Se te ha cambiado la cara.
Esther pestañeó con fuerza. —Perdona, Pablo, ha sido solo un mareo, pero ya estoy bien. Solo estoy cansada.
Pablo asintió y miró su reloj. Quedaban tan solo quince minutos para la medianoche y la plaza se encontraba tan abarrotada de gente que Esther no era capaz de saber si los periodistas ya estaban allí.
Echó una ojeada en derredor, y vio entonces a Ballesteros, rodeado de los suyos. El candidato de la oposición tenía un cepillo en la mano y le estaba riendo las gracias a uno de sus concejales. Una pila inmensa de carteles esperaba ser pegado a su lado.
También estaba allí Rodrigo Cortés, y Esther sintió un escalofrío al verlo. Era la primera vez que se encontraban en un mismo espacio desde que ella le apartó, y aunque no hacía demasiado, la alcaldesa tuvo la sensación de que había pasado mucho tiempo, casi como si esos recuerdos pertenecieran a otra persona o incluso a otra existencia.
Los acompañantes de Cortés también contaban con una buena pila de carteles electorales y durante unos segundos dudó al advertir este despliegue publicitario de los otros partidos. Ellos cargaban con cientos de carteles. Esther solo tenía uno. Estaba bien enrollado bajo su brazo, y era tan ligero que casi se había olvidado de su existencia. En ese instante de duda se preguntó si había tomado la decisión correcta. A lo mejor tendrían que haber impreso varios, de la manera que fuera… A lo mejor todos se burlarían de que estuvieran allí con las manos vacías…
Pero su momento de vacilación se evaporó enseguida, tan pronto vio a Lara, seguida de un nutrido grupo de periodistas. A Esther no le dio tiempo de avisar a sus demás compañeros. Al cabo de unos instantes estaba rodeada de cámaras y de plumillas que le lanzaban preguntas de todo tipo:
—Morales, ¿qué le ha llevado a tomar una decisión así de arriesgada?
—¿Es consciente de que se trata de la primera vez que alguien del Partido Liberal hace esto? —le espetó otro.
—¿Qué le ha dicho el presidente? ¿Apoya su decisión?
Esther no daba abasto con las preguntas. Los componentes de los otros partidos se giraron en su dirección para saber qué estaba pasando. Lara tuvo que poner orden entre los periodistas para que ella pudiera contestar a todas las preguntas. Estaban realmente intrigados en el giro que el Partido Liberal de Móstoles le estaba dando a su campaña, pues se estaban saltando todas las pautas establecidas por los partidos tradicionales. Ballesteros y Cortés empezaron a ponerse nerviosos con la atención que estaban recibiendo.
—¡Son las doce! —bramó el líder de la oposición en un intento desesperado de llamar la atención de los periodistas.
Nadie le prestó atención. Los periodistas estaban solo centrados en la candidatura del Partido Liberal, cuyos miembros estaban ahora posando para las cámaras con sus teléfonos en la mano como símbolo de su campaña viral, tal y como les había indicado Lara previamente.
Sucedió todo tan rápido que Esther no fue capaz de controlar sus impulsos. Acababa de tener una idea y era muy arriesgada, como todas las que ingeniaba últimamente, pero en ese momento creyó que podía funcionar. Así, en un acto más impulsivo que racional, desenrolló el único cartel electoral que se había llevado y lo rasgó delante de las cámaras. Los fotógrafos enloquecieron.
—Nuestra campaña es diferente —anunció la alcaldesa—, y no necesitamos propaganda para convencer a los ciudadanos de que nos apoyen.
Los integrantes de la candidatura de Esther comenzaron a aplaudir. Lara puso un gesto de sorpresa, pero sonrió con timidez. Los otros partidos comenzaron a perder la paciencia. Furioso, Cortés increpó directamente a Esther:
—¡Estúpida palabrería de alguien que trabaja a la sombra de Carreño! —le gritó.
Pero la alcaldesa no se molestó en responderle. Sabía que el exconcejal solo estaba interpretando su papel. Quería llamar la atención de los periodistas a toda costa, y de paso, descalificarla si tenía ocasión. Pero su trabajo allí estaba hecho. Cortés podía decir lo que le viniera en gana. Dio las gracias a la prensa y dio orden a los demás para que abandonaran la plaza de manera pacífica.
—¿Te fijaste en la cara que puso Cortés? ¡Estaba enfadadísimo! —le dijo a Lara cuando la multitud se dispersó, y los demás se fueron a sus casas. Se habían quedado solas y estaba tan pletórica que por un momento se olvidó de que apenas se hablaban.
—Ha sido muy arriesgado hacer eso, Esther —respondió Lara—. Ya veremos lo que dicen los periódicos mañana. Por no hablar de lo que dirá el presidente cuando se entere.
—Me da igual lo que opine Marín. Si quería una campaña tradicional, que nos hubiera enviado más carteles —razonó la alcaldesa, aunque consciente de que había sido un acto bastante temerario por su parte.
—Bueno, yo me voy a la sede, a ver si Ramón y los demás siguen por allí.
—Te acompaño.
—No es necesario, Esther.
—Ya lo sé, pero quiero acompañarte —insistió. No estaba dispuesta a dejar a la periodista con toda la responsabilidad. Ella también quería implicarse.
Mientras caminaban hacia la sede, Esther no pudo evitar tener la sensación de que algo pesado flotaba en el aire. Esos días le pasaba a menudo, siempre que se quedaba a solas con Lara. Era como si sobre sus cabezas pendiese el peso de una charla nunca mantenida. Quiso tener la valentía suficiente para sacarle de nuevo el tema, para pedirle disculpas y confesarle que no quería perderla. Pero estaban a pocos metros de la sede, y vio que las luces se encontraban encendidas. Los muchachos seguirían allí, y no tendrían intimidad.
Lara entró en la sede seguida de la alcaldesa. Cinco integrantes del ala juvenil del partido se encontraban allí, gestionando las redes sociales. Cuando Ramón las vio, corrió hacia ellas con entusiasmo.
—¡Está en todas partes! —les anunció con emoción—. ¡Todo el mundo habla de lo que has hecho esta noche! ¡Ha sido increíble!
Esther y Lara intercambiaron una mirada de preocupación. Se acercaron al ordenador de Ramón para comprobarlo con sus propios ojos. La noticia había estallado como la pólvora. Miles de usuarios estaban comentando en las redes sociales que la alcaldesa de Móstoles había rasgado su propio cartel electoral.
—¿Esto es bueno? —preguntó Esther en un titubeo. Ella no podía entender la magnitud de aquel asunto—. ¿Nos beneficia?
—¡Claro que lo es! —afirmó Ramón con entusiasmo—. ¡Es la hostia!
—Bueno, tenemos que dejar que ruede un poco más —trató de razonar Lara—. Ahora mismo está en un estado embrionario y puede pasar cualquier cosa. Ramón, habéis hecho un gran trabajo esta noche, pero ya es tarde. Dile a tus chicos que vayan acabando.
—Claro, nos vemos mañana —dijo el muchacho.
Lara se dirigió entonces a ella: —Si no te importa, me gustaría analizar lo que están diciendo con más detalle. Si quieres, tú también puedes irte.
—No, prefiero quedarme.
—Esther, es tarde, y mañana empiezan los mítines callejeros.
—Me da igual, esto parece importante y quiero quedarme.
—De acuerdo, como quieras —claudicó Lara, alzando las manos en señal de redención.
Se acomodaron entonces en el escritorio de Lara. La periodista empezó a pasar mensajes con el cursor de su ratón. La lista parecía interminable. Aunque ya era tarde, el asunto se había convertido en trending topic, y todas las personas conectadas a aquellas horas a las redes sociales ya sabían lo que acababa de suceder en Móstoles. Esther los leyó con atención. Su impresión general fue que la gente estaba recibiendo la noticia de forma positiva, aunque de vez en cuando surgiera entre la masa alguien que ponía el grito en el cielo, en especial los militantes de otros partidos.
Las dos mujeres se encontraban tan absortas en la lectura que no se dieron cuenta de que se habían quedado solas en la sede. En un momento dado, Esther retiró la mirada del ordenador. Le picaban los ojos de mirar fijamente la pantalla. Entonces se percató de que la sede se había quedado vacía.
—¿Tú te has enterado cuando se han ido?
—¿Se han ido? —replicó Lara distraída.
—Sí.
La periodista echó un vistazo por encima de la pantalla. Las sillas estaban vacías, los ordenadores apagados. Lo único que revelaba vida en el interior de la sede eran las luces.
—¿Ramón? —trató de llamarlo Esther, por si estaba en el baño. El chico no contestó.
—No insistas, se han ido. —Lara se levantó y estiró los brazos con cansancio—. Y nosotras deberíamos irnos también. Es tarde.
—No —se opuso Esther, consciente de que si no aprovechaba esta oportunidad para hablar con Lara, quizá ya no tuviera otra en el futuro. Se habían quedado solas y era necesario que charlaran de una vez por todas. O al menos, así lo deseaba Esther.
—¿Cómo que no? —objetó Lara—. No tiene sentido que nos quedemos más tiempo. Hasta que no salgan los periódicos de mañana, no podremos saber cómo han recibido la noticia los medios.
—Los periódicos me dan igual, lo que quiero es hablar contigo y resolver esto de una vez.
Esther se mordió el labio con nerviosismo. Confiaba en que Lara atendiera a razones. Que aunque solo fuera durante un instante, volviera a ser la mujer paciente y comprensiva que un día conoció. Que hablaran y resolvieran sus tiranteces. Pero, en lugar de eso, Lara solo puso los ojos en blanco y le respondió sin disimular el cansancio que este tema le producía:
—Esther, no hay nada de qué hablar, de verdad. ¿Por qué no lo dejas estar?
—Porque ni siquiera me has dado opción a explicarme. O a disculparme.
—Ya te disculpaste el día que vimos a Carreño. Y ya te lo he dicho: acepto tus disculpas, pero no creo que haya nada más de lo que hablar. Las cosas están bien como están y no deseo que cambien.
La tozudez de Lara conseguía exasperarla. Darse de cabezazos contra un muro era una actividad mucho más placentera que intentar convencerla de que existía otra manera de hacer las cosas. De todos modos, Esther estaba dispuesta a insistir todo lo que hiciera falta. Incluso pensó en sincerarse allí mismo, abrirle su corazón en ese momento y contarle todo lo que sentía por ella. Ya le daba igual si esto conseguía asustarla. Pero entonces Lara se dirigió al cuadro de luces y bajó los plomos de la sede.
—¿Qué haces? —inquirió Esther, momentáneamente cegada por la súbita oscuridad.
—Irme a casa. Ha sido un día muy largo y las dos necesitamos descansar.
En este punto exacto Esther perdió la poca paciencia que le quedaba. Cuando sus pupilas se acostumbraron a la oscuridad, cogió el bolso de la mesa y se dirigió con enfado a la puerta:
—Perfecto —le dijo—, una actitud muy madura por tu parte. Yo intento arreglar las cosas, y tú te empeñas en empeorarlas.
—No hay nada que arreglar, Esther.
—Porque tú lo dices.
—No, porque es la verdad —replicó Lara.
Esther se sintió tan frustrada, tenía tantas ganas de llorar, que estaba deseando irse de allí. Deseaba encerrarse en su casa, meterse en la cama y olvidar cuanto antes el bochorno que sentía. Pero al llegar a la puerta vio que Lara no se movía. La periodista extendió la mano como si esperara recibir algo.
—¿Qué? ¿Qué quieres?
—Las llaves.
—No he traído llaves, las dejé en el otro bolso. —Lara se llevó las manos a la cabeza, como si hubiera ocurrido algo realmente grave. Esther no comprendió su reacción—. ¿Qué? ¿Por qué te pones así? ¡Usa las tuyas!
—No puedo, se las di a Ramón y ha cerrado por fuera.
Una línea de preocupación cruzó la frente de Esther. No podía ser verdad. Tiró del pomo de la puerta para comprobarlo con sus propios ojos, pero no consiguió que se moviera. Nada. Ramón había cerrado con llave por fuera.
—Bueno, pues no pasa nada —dijo en voz alta, más por intentar calmarse a sí misma que porque de veras lo creyera—. Llamamos a Ramón y que venga a abrirnos, no puede estar muy lejos.
—Eso intento —replicó Lara, ya con el teléfono pegado a la oreja—. Mierda, me salta el buzón.
—Espera, llamo yo a Belén. —Era tarde, por lo menos la una de la madrugada, pero la secretaria del partido solía estar despierta a horas intempestivas. Esa noche, sin embargo, su móvil no dio tono. Esther probó hasta tres veces, y las tres obtuvo el mismo mensaje de la operadora informándole de que el aparato estaba apagado o fuera de cobertura—. Apagado —comentó—. ¿Y ahora qué?
—¿Alguien más tiene copia de la llave?
Esther negó con la cabeza.
—Pues estamos jodidas. Vamos a tener que pasar la noche aquí.
—Podemos llamar a la Policía —propuso.
—Eso acabaría filtrándose a la prensa, es mejor que no nos expongamos. —Lara se levantó y empezó a analizar el espacio, como si buscara un lugar donde pasar la noche.
El único espacio medianamente cómodo era un viejo sofá que alguien había colocado al lado de los baños. Esther ni siquiera sabía cómo había llegado hasta allí, pero se trataba de un mueble pequeño, de apenas dos plazas, en el que era imposible que cupieran dos personas adultas.
—Quédate tú con el sofá, yo me apaño en el suelo —le propuso Lara—. Y no protestes. Tú tienes que tener buena cara mañana, yo ya me las arreglaré.
Ante su tono imperativo, Esther no se atrevió a rechistar. Lara estaba de tan mal humor que temía que estallara de un momento a otro. Así que decidió acatar su orden en silencio, mientras la periodista se sentaba sobre el duro suelo de baldosas. Esther se recostó y miró el techo, con la extraña sensación de no saber si en aquella ocasión estaba teniendo buena o mala suerte. Supuso que no tardaría demasiado en descubrirlo.

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CAPITULO TREINTA

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:01 pm

Quizá más que nadie, Lara era consciente de un hecho incontestable: cuando Esther Morales deseaba algo, no había nada ni nadie que pudiera detenerla. Y no es que su determinación le incomodara. Podía admitir que en ocasiones resultaba muy útil trabajar junto a una persona imparable, intrépida, que siempre tenía claras sus prioridades y aquello que deseaba. No obstante, aquella noche, encerradas de modo irremediable en la sede, estaba segura de que Esther no tardaría en romper el silencio que las envolvía. Y esto la inquietaba. Sabía que la alcaldesa atacaría de nuevo, tan pronto pusiera orden a sus pensamientos; insistiría en que hablaran, y Lara no tenía ninguna gana de incidir en el tema. Tal y como le había dicho, consideraba que no existía ningún motivo para seguir dándole vueltas. Se trataba de una causa enterrada y quería que permaneciera siéndolo, a pesar de sus insistencias.
Lo mejor que podía hacer era intentar dormir y, con un poco de suerte, Esther no interrumpiría su sueño, cansadas como las dos estaban. Lo intentó en varias ocasiones, cerró los ojos y se relajó, pero el suelo estaba frío y aquellas baldosas le resultaban demasiado incómodas. Acurrucada, se giró para cambiar el peso de su cuerpo. Le dolía el hombro de la presión que estaba soportando. Cuando Esther escuchó que se movía, por fin habló:
—¿Puedes dormir?
—No —replicó Lara de mal humor.
—Ya, yo tampoco. Este sofá es muy incómodo.
—Te aseguro que el suelo lo es más.
Esther volvió a guardar silencio, y casi estuvo a punto de creerse que, por una vez, dejaría las cosas como estaban. Se equivocó.
—López me dijo que tus padres estuvieron aquí el otro día —le comentó la alcaldesa—. Podías habérmelo dicho, me habría encantado conocerlos.
—¿Cuándo te lo dijo?
—Ya no me acuerdo —replicó Esther—. Hace unos días. ¿Por qué no me dijiste nada? Ahora he quedado de maleducada.
—Estabas demasiado ocupada ese día, no quería interrumpirte —se excusó.
El pensamiento sí había cruzado su mente, pero las cosas entre ellas no estaban para hacer una presentación formal, a pesar de que su hermana le transmitió su interés por conocer a la alcaldesa. Lara les puso una excusa, en ese momento no recordaba cuál, y el tema quedó zanjado. Por fortuna, Esther no se pasó por la sede en toda la semana, y ella respiró tranquila de que no se hubiera producido un incómodo encuentro con su familia. Si tenían que conocerse algún día, deseaba que fuera en un entorno tranquilo, no en plena guerra de egos.
—Bueno, aun así. Me gustaría agradecerles el trabajo que han hecho, es lo mínimo.
—Les transmitiré tu gratitud —replicó Lara—, les gustará.
Esther se incorporó de repente. Estaban a escasos metros de distancia una de la otra y desde allí Lara podía escuchar todos sus movimientos. Se sobresaltó un poco cuando la alcaldesa adoptó esa postura rígida tan repentina y se sentó en el sofá.
—Pero, vamos a ver, Lara, ¿se puede saber qué demonios te he hecho para que me hables así? Me parece un poco exagerado.
—No te estoy hablando de ninguna manera, Esther. Duérmete, por favor. Es tardísimo.
—Solo quiero saber si esto va a ser así eternamente —le preguntó—. ¿No hay modo de que entres en razón? Porque, no sé, tiene que haber alguna manera de arreglarlo. Es cierto que me porté fatal el día de la radio, sí, no tengo ningún problema en reconocerlo, pero supongo que yo también tengo derecho a equivocarme. No puede ser que me crucifiques para siempre por un error.
Por pura tozudez, Lara intentó no escuchar su razonamiento, pero le resultó imposible. Esther estaba demasiado cerca y se encontraba demasiado alterada para no hacerlo. Y además, no podía negarle que su actitud estaba siendo, tal vez, desproporcionada, pero, por mucho que Esther le importara como persona, no veía otra manera de protegerse de la Esther política. Y ambas eran indivisibles, formaban parte del mismo ser.
—¿Me estás escuchando o directamente te da igual lo que diga? —se exasperó la alcaldesa al ver que no le contestaba.
Lara no supo qué decir. Quedarse callada, dado que estaba atrapada, le parecía lo sensato, pero sabía que Esther no se conformaría con su silencio. Ella quería más, siempre quería más, y no supo cómo dárselo.
—Ya veo —siguió diciendo Esther—. Yo pensaba que te importaba un poco más, la verdad, pero creo que por fin he abierto los ojos. Para ti todo esto ha sido solo un trabajo, ¿verdad? Un medio para ganarte la vida. En realidad, te importo un bledo.
Lara se sintió muy dolida al escuchar estas palabras. No podía creer que después de todos sus esfuerzos para mantener una relación sana con Esther, después de todo lo que había hecho por ella, ahora le espetara algo tan hiriente. No obstante, prefirió seguir callada. Si continuaban así, acabarían haciéndose más daño.
—He sido una auténtica imbécil, eso es lo que he sido —prosiguió Esther, incansable—. Yo pensaba que tú y yo teníamos una química especial, que funcionábamos, ¿sabes? Ahora veo claro que solo me has usado para regresar a la política.
—¿Cómo puedes siquiera decir eso? —tronó entonces Lara. Había ido demasiado lejos acusándola de algo semejante—. ¿Acaso tienes alguna idea de a todo lo que he renunciado por ti?
—¿Por mí? —se mofó Esther—. Dirás acaso por tu carrera.
—No, Esther, por ti. Porque creí en ti, porque sentía algo por ti. Y tú lo sabías de sobra, pero decidiste ignorarlo.
Ahí estaba, lo había dicho. En pasado y no en presente, pero Esther no tenía por qué saber qué tiempo verbal era el correcto. Estaba tan enfadada y dolida que se puso en pie y empezó a deambular por la sede como un animal enjaulado. Se sentía atrapada en aquel maldito local, sin posibilidad de salir o escapar. Estaba encerrada y no había manera de zafarse de los ojos de Esther, que la miraron sin comprender.
—Y entonces, ¿por qué, Lara? ¿Por qué te alejas de mí? —dijo Esther, que se levantó y caminó hacia ella de forma inconsciente. Lara hizo ademán de separarse, pero no encontró las fuerzas—. ¿Qué he hecho tan horrible para perderte?
Lara apretó las mandíbulas con fuerza y giró la cabeza con la esperanza de que, así, no tuviera que aguantar la mirada inquisitoria de la alcaldesa. ¿Qué podía decirle? La verdad resultaba demasiado arriesgada y, sin embargo, en ese momento le pareció la única escapatoria posible. Quizá si se lo decía, cejaría en su empeño. Tal vez si le hacía daño, Esther recularía y volvería a tumbarse en aquel maldito sofá para dormirse de una vez por todas.
—Porque te importa mucho el qué dirán —dijo por fin—, porque no estás preparada para estar conmigo ni con ninguna otra mujer.
—Eso no es verdad —repuso Esther.
—Sí que lo es. Tienes tanto miedo a que esto acabe con tu carrera, que nunca te vas a permitir ser feliz. Pues ya está, ya has elegido, Esther. Tenías que elegir entre la política o yo, y te has quedado con la política.
Esther meneó la cabeza como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Estaba oscuro, lo suficiente para no saber si había lágrimas en sus ojos, pero a Lara no le habría sorprendido si así fuera.
—El otro día —comenzó a decir Esther—, se lo dije a mi madre. Y hoy he estado a punto de contárselo a Luis. ¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¿Así es como me ves después de lo que hemos pasado juntas? ¿Después de que el otro día te besara en plena calle? ¿O incluso en un portal?
Lara bajó la cabeza con tristeza.
—Contéstame, por favor —le rogó.
Había tanta electricidad en el aire, tanta rabia contenida, que no consiguió articular ni una sola palabra. Una parte de ella no se creía que Esther se lo hubiera contado a su madre, pero la otra estaba deseando hacerlo. Se quedó paralizada, intentando ocultar las lágrimas que descendían por sus mejillas. Pero ni siquiera la escasa iluminación impidió que Esther se diera cuenta. Lara se estremeció al sentir su contacto.
—Lara, no llores, por favor —le pidió la alcaldesa con ternura. Su mano empezó a acariciarle la mejilla, y Lara hundió sin querer la mano en su cuenca. —Siento haberte hecho tanto daño. Siento no haber sabido hacerlo mejor. Han cambiado muchas cosas en mi vida —le susurró entonces, regalándole suaves caricias—. A veces ni yo misma me reconozco. Pero te aseguro que ya no tengo miedo, sé lo que soy y lo que quiero. Y lo que quiero eres tú. El resto me da exactamente igual.
Lara sintió que su cuerpo se tensaba, como si sus palabras fueran el preámbulo de algo horrible que estaba a punto de suceder. Lo que nunca esperó fue lo que pasó a continuación, cuando Esther la atrajo con suavidad y posó sus labios en los suyos. Fue un beso dulce y lento, tan inesperado como sorprendente, cargado de la emoción contenida que ambas habían sentido.
Una extraña pero familiar sensación recorrió de inmediato sus extremidades, y Lara partió tímidamente los labios para sentir el roce de su aliento. Su perfume embriagador enturbiaba sus sentidos. Quiso dejarse llevar por aquella cálida sensación que siempre encontraba en los labios de Esther. Cada vez que la alcaldesa y ella se acercaban, algo tan simple como un simple roce, conseguía sentirse en casa, la invadía una placentera sensación de hogar que no deseaba acabar nunca. Y sin embargo, la sensación le supo a poco. El corazón de Lara protestó en su pecho cuando Esther se apartó, al inicio del segundo baile de sus lenguas, y la miró a los ojos.
—No quiero precipitarme como lo he hecho antes —le dijo la alcaldesa—. Quiero que te tomes tu tiempo y lo pienses. Y si es esto lo que quieres, debes saber que ahora sí estoy preparada para ti, pero no deseo que ocurra aquí, no así —le confesó—. ¿Te parece bien?
Lara no supo qué decir. Sus propias reacciones la habían dejado tan perpleja que solo consiguió asentir con torpeza. Esther entonces le cogió la mano y tiró de ella hacia el sofá.
—Ven. Duerme conmigo esta noche —le pidió—. Es pequeño, pero si te dejas abrazar, nos las arreglaremos.
Lara se dejó llevar como un ser privado de voluntad. Su cuerpo no respondió, aunque su mente funcionaba a toda velocidad. Y entonces comprendió de lleno que no había manera de detener aquello. Que por mucho que lo intentara, su corazón tenía razones que su cabeza no podía entender, y que sería estúpido seguir luchando contra sus sentimientos.
Cuando Esther Morales deseaba algo, no había nada ni nadie que pudiera detenerla. Esther quería dormir con ella esa noche, y así iba a ocurrir. Del mismo modo que Esther había querido que se enamorara sin remedio de ella, y Lara no había podido evitarlo.

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CAPITULO TREINTA Y UNO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:01 pm

La despertó la súbita algarabía de unos niños cargados con sus mochilas. La tímida luz de la mañana empezaba a colarse por el amplio ventanal de la sede del Partido Liberal. Cuando abrió los ojos, Esther comprobó con fastidio que le dolía la cabeza. Creyó haber caído en un profundo sueño minado de pesadillas en los que ella corría con un sobre electoral tras una urna que no podía alcanzar, mientras Ballesteros y Cortés se reían de ella. Fue Lara quien, en medio del sueño, cogió su mano y tiró de ella hasta que juntas lograron alcanzar la escurridiza urna.
Esther no tenía ni idea del significado de esta pesadilla. Le parecía que seguía soñando porque sus manos estaban enredadas en la cintura de Lara, y su pelo le hacía cosquillas en la punta de la nariz. Cerró los ojos un instante, con fuerza, pidiendo que aquello no acabara. Por un momento, pensó que el beso de la noche anterior había sido un producto de su imaginación. Pero entonces sus sentidos empezaron a desperezarse y el recuerdo se volvió tan real como la luz primaveral de aquella mañana. Había besado a la periodista cuando ya no pudo resistirlo más. Y había sido un beso de los que dejan una huella indeleble, como si una parte de su alma se hubiera quedado prendida a esos labios.
Lara seguía dormida, su pecho se movía acompasado al ritmo de su profunda respiración. Tenía los labios ligeramente partidos, eran de un color rojizo como las fresas maduras, y Esther sintió ganas de volver a besarlos. Pero eso la habría despertado y deseaba seguir contemplándola un rato más. Al hacerlo fue capaz de adivinar los rasgos de la niña Lara, la misma que algún día se convertiría en la maravillosa mujer que ahora descansaba entre sus brazos.
Lara se movió entonces de manera inconsciente, abrió los ojos y la miró desconcertada, como si estuviera tratando de ubicarse. Esther habría dado cualquier cosa por saber lo que estaba pensando. Tal vez se preguntara qué hacían tendidas en el sofá, y por qué sus manos estaban enredadas en su cintura. ¿Acaso se arrepentía? La línea de desconcierto que partió su frente en dos no era buena señal, pero Esther no tenía manera de saberlo.
—¿Qué hora es? —preguntó Lara, incorporándose.
—Las ocho y media.
—Bien. ¿Has dormido algo?
—No demasiado. ¿Tú?
—Apenas.
Se trataba de una conversación tímida pero segura. Ninguna sensibilidad podía resultar herida hablando de descanso. Esther agradeció que la periodista se hubiera tomado su despertar con naturalidad, ya tendrían tiempo después para debatir lo ocurrido o tomar decisiones, si es que había alguna que tomar. Allí y ahora solo podía pensar en el desayuno. Necesitaba ingerir algo ya.
—Me muero por un café.
—¿A qué hora abren la sede?
—Normalmente, a las diez —le informó Esther.
Lara puso un gesto de desesperación. Eso significaba tener que estar una hora y media más allí encerradas, demasiado tiempo perdido para el primer día de campaña. La periodista fue hasta su mochila, sacó el móvil y le hizo una seña para que esperara. A los pocos segundos estaba hablando con Ramón.
—Dice que viene para aquí —le informó—. Estaba despierto, así que no creo que tarde.
—Bien, porque estoy deseando darme una ducha. ¿Tú qué vas a hacer? —le dijo. Llevaban la misma ropa desde el día anterior. Imaginó que Lara querría irse a casa.
—Supongo que iré a casa.
—Puedes ducharte en la mía, si quieres. Está aquí al lado.
Esther se encontraba en ese momento de espaldas a ella. Apretó los párpados con fuerza mientras esperaba la contestación de Lara. A través de su respuesta sabría si la periodista seguía a la defensiva o si, por el contrario, nada había cambiado. Confiaba en que Lara comprendiera que no había doblez en su propuesta. Invitándola a su casa no pretendía tenderle una trampa ni forzar la situación, sino solamente ofrecerle la opción de no tener que hacer un pesado viaje de ida y vuelta a Madrid.
—De acuerdo, iré. Supongo que es la mejor solución —aceptó finalmente Lara—. Pero propongo que desayunemos antes.
Esther le sonrió por encima de su hombro. —Eso por descontado —le dijo.
Ramón no tardó demasiado en llegar. El joven vivía cerca de la sede y al poco tiempo apareció con la respiración entrecortada y excusándose por lo ocurrido. Ni Lara ni Esther tenían fuerzas para explayarse en detalles. Lo único que deseaban era una buena dosis de cafeína, ducharse y ropa limpia.
Propuso desayunar en la cafetería debajo de su casa. Esther solía desayunar allí muchos domingos vagos, cuando disponía de tiempo para leer la prensa con tranquilidad. Tenían un café exquisito, y también una nevera entera de Red-Bull. Aspiró con placer el aroma del cruasán que acababan de servirle. Lara se sumió en una lectura rápida de los periódicos. Para su fortuna, la mayoría había recibido de manera positiva que hubiese rasgado su
cartel electoral. Los diarios más conservadores la tachaban de radical, pero su opinión no contaba. Esther sabía que hiciera lo que hiciese, siempre iba a recibir una crítica destructiva de esas cabeceras.
—Estoy hambrienta —comentó, escuchando las protestas de sus tripas—, y aun no me cabe en la cabeza cómo puedes tomar ese veneno recién levantada. —Señaló la lata de bebida energética.
—Costumbre —le explicó Lara—. Al principio también a mí se me hacía raro, pero ahora no podría vivir sin él.
—Sigo diciendo que sabe a jarabe.
Lara sonrió con picardía. —No recuerdo que te quejaras.
—Y no lo hago. No me importa saborearlo en tu boca.
Lara sonrió complacida. —Bueno, ¿y ahora qué? —le preguntó entonces, sujetando la lata de su bebida, los ojos fijos en Esther—. ¿Quieres hablar de lo de ayer o lo dejamos pasar?
—Eso va a depender de ti —replicó Esther. Hablar de sentimientos conseguía ponerle nerviosa, pero las cartas esta vez estaban sobre la mesa y ya no quedaban manos que jugar. Solo se podía empezar una nueva partida si es que las jugadoras deseaban seguir jugando—. Ayer fui muy franca contigo. Sabes cómo me siento, y puedo esperar, no tengo prisa. Llevo tantos años esperando que un poco más no me va a matar.
—Bueno, pero eso no cambia nada —objetó Lara jugando con la lata de su bebida—. Tú sigues siendo la candidata a la Alcaldía y yo su jefa de prensa.
—¿Y qué? —respondió Esther—. No veo por qué eso debería ser un problema.
—Todavía estás casada.
—Estaré divorciada en un par de meses.
—Eres una figura pública.
—Sí, y en algún momento tendré que empezar a hacer una vida privada. Aunque solo sea por salud mental. Lara... deja de poner pegas donde no las hay.
—¿Es cierto lo que me dijiste ayer? Que se lo contaste a tu madre.
Esther bajó la mirada y empezó a jugar con el borde de una servilleta de papel. Hablar de esto todavía le costaba. Aunque quisiera fingir que no le afectaba, el hecho de no saber nada de su madre la entristecía profundamente.
—Mi madre ya lo sabe, se lo dije hace poco y no puedo decir que se lo haya tomado con demasiada deportividad —dijo, haciendo un inciso para suspirar con pesadumbre—. A mis hijos planeo contárselo cuando los vea en persona, no por teléfono, y el resto no tiene por qué meterse en mi vida personal. Me refiero a que no voy a ocultarla ni deseo esconderme, pero tampoco pretendo ser una abanderada de la causa. Solo quiero llevarlo con naturalidad.
Esther posó su taza en el platillo con parsimonia, se limpió la comisura de los labios e introdujo la mano en el bolso para sacar su monedero. Hasta ella misma estaba sorprendida del aplomo con el que estaba llevando esta conversación. Miró a Lara por si quería añadir algo a sus comentarios, pero la periodista guardó silencio como si estuviera meditando acerca de lo que acababa de contarle.
—Así que, como te he dicho antes, no soy yo quien tiene que aclararse —afirmó, dando el tema por zanjado. Agitó entonces la muñeca en el aire—. La cuenta, por favor. Venga, vamos. Necesito ducharme y tú también. Se nos hace tarde.

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CAPITULO TREINTA Y DOS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:02 pm

Lara trató de estar lo más cómoda posible en casa de Esther. Se le hacía extraña la situación en la que estaban sumidas ahora, por no decir que las palabras de la alcaldesa en la cafetería daban vueltas en su cabeza como una gigantesca noria que nunca se detuviera.
Seguía pensando en ello cuando salieron del apartamento, camino del primer lugar en el que Esther daría un mitin callejero. La miró de reojo, todavía sin dar crédito. ¿De veras se lo había contado a su madre y planeaba hacerlo con sus hijos? Se estremeció al imaginarse la escena. Desconocía los rasgos de la señora Fantova, nunca la había visto, ni en fotografía ni en persona, pero se la imaginó como una de tantas mujeres entradas en edad, con el pelo dorado de peluquería, el cuello largo y estirado, la pose altiva de las personas de su posición social. No debía de haber sido fácil para Esther enfrentarse a la situación. Tampoco había sido sencillo para ella, aunque su familia fuera de otra condición. En realidad, daba igual la edad o la posición social, dar un paso así siempre resultaba complicado.
Lara todavía recordaba cómo le sudaban las manos el día en que sus padres supieron la vedad. El corazón le palpitaba con fuerza en el pecho, sentía un nudo en la garganta y las palabras no le salieron con la fluidez habitual, incluso llegó a tartamudear. Esa joven Lara confió en que sus padres fuesen comprensivos, y acabó topando contra un sólido muro, de la misma consistencia que los que su padre construía. Por supuesto, Esther no era ya una adolescente, contaba con la ventaja de poder valerse por sí misma, y varias décadas encima de reflexión. Pero seguía siendo un mal trago saber que, hicieras lo que hicieses, cabía la posibilidad de decepcionar a los tuyos.
Esther tenía razón en una cosa: las cosas habían cambiado mucho desde la última vez. Ella lo había hecho, Lara también. Aunque ni siquiera había pasado un año desde el día en el que se conocieron en la fiesta de Marisa, estaba claro que ambas eran dos personas completamente diferentes. Esther había conseguido sacudirse los miedos, dejar de lado sus propios fantasmas, y ella ahora concedía menos valor a su carrera profesional, y más a sus relaciones interpersonales. Sus respectivas situaciones parecían haberse ordenado para propiciar que estuvieran juntas, y Lara era consciente de que la decisión dependía exclusivamente de ella. Pero esto le hacía sentir perdida, temblorosa, insegura como nunca lo antes lo había estado. Con las cuestiones laborales todo era más fácil: tomaba decisiones en milésimas de segundo y jamás se arrepentía. Pero los asuntos del corazón le resultaban un terreno resbaladizo e inexplorado, en el que se sentía como una adolescente nerviosa ante la expectación de un primer beso. Lara no deseaba tomar una decisión errónea. No con Esther. Aquello no era un juego, y debía de estar muy segura antes de dar pasos que no podría desandar.
En ello estaba pensando cuando llegaron por fin a las puertas del supermercado en el que iba a tener lugar el primer mitin callejero. Algunos de los miembros de la candidatura ya estaban allí esperando. Lara advirtió la presencia de un par de periodistas. Lo más probable era que asistieran al primero de los mítines, pero después, cuando el segundo ya no fuera novedad, podrían relajarse.
Para Lara esta era una experiencia completamente nueva. Nunca antes había realizado una campaña tan atípica, y los resultados, por tanto, eran inciertos. Ninguno de ellos sabía cómo iban a recibir estas acciones los votantes. De todos modos, confiaba en la labia de Esther, en su cercanía y buen hacer, para llevar esta iniciativa a buen puerto. Nadie como ella para acercarse a esas abnegadas amas de casa, madres, jubiladas, y viandantes en general, que pasaban sus mañanas entre los pasillos de los supermercados.
Esther se había negado a utilizar micrófono, así que simplemente se arremangó las mangas de su chaqueta, y empezó a saludar a varias señoras que charlaban a la entrada del supermercado. Lara la escuchó con atención, y sonrió ante la reacción de las mujeres. Alguna no se creía que fuera la alcaldesa en persona.
—Es una broma, ¿no? —dijo una señora—. ¿Algo de la televisión?
—No, de veras, soy la alcaldesa de Móstoles —se sonrió Esther.
—¿Y cómo tú por aquí? —inquirió otra—. ¿Vienes a pedirnos el voto, no?
Lara sonrió. Le encantaban estas mujeres sin miedo a nada, políticamente incorrectas, capaces de decir verdades como puños y quedarse impasibles. A fin de cuentas, ¿en qué podía afectarles a ellas?
—He venido a charlar con ustedes, si es que tienen un minuto. Me gustaría que me hablaran de sus problemas para que, si gano las elecciones, pueda tenerlos en cuenta en el futuro.
Las mujeres la miraron con suspicacia, como si no estuvieran muy seguras de si confiar en sus palabras o recelar. Al principio solo rieron, una de ellas se excusó, tenía el asado al fuego, debía irse. El resto permaneció allí, estupefactas, viendo cómo Esther cogía el taburete que le brindó Pablo López para sentarse a charlar a las puertas del supermercado. En menos de un minuto, el público empezó a animarse, a contarle sus problemáticas. Tenían una pensión muy baja con la que apenas podía sobrevivir. Necesitaban además ayuda doméstica. Esther escuchó con atención y paciencia, incluso con ternura, registrando toda la información. Estaba indefensa ante la muchedumbre, que cada vez era más numerosa, pero sabía manejarla. Decenas de curiosos se iban arremolinando en torno al pequeño grupo que se había formado.
<<¡Es la alcaldesa!>>, se sorprendieron algunos, al ver allí, arremangada y tranquila, como una más, a una política.
Lara se sonrió al recordar la actitud crítica de algunos periódicos de derechas, que definieron a Esther como una “talibán de la izquierda” por haber rasgado su pancarta electoral. Para ellos la alcaldesa era ya una persona peligrosa, alguien fuera del sistema, carente de mesura. Pero no podían distar más de la realidad. Cualquiera que estuviera viendo aquella escena, podía constatarlo. Esther no solo no carecía de mesura, sino que podía alardear de una paciencia infinita, como demostraba la manera en la que estaba tratando a las personas que se acercaron a charlar con ella. La regidora irradiaba calma y entereza, e intentó escuchar todos los requerimientos, por más descabellados que fueran. El sentimiento de orgullo que Lara sintió en otras épocas, regresó en aquellos instantes, como si siempre hubiera estado ahí, agazapado y esperando su oportunidad de volver a florecer; tal vez nunca se había ido, sino que ella había estado demasiado dolida para sentirlo.
Mañana y tarde las emplearon en estos mítines callejeros, o mejor dicho, encuentros con los ciudadanos, en diferentes puntos de la ciudad. Los integrantes de la candidatura iban cambiando, unos se iban y aparecían otros para arropar a Esther con su presencia; las únicas personas que seguían invariablemente allí eran ellas, y cuando el reloj estaba a punto de dar las nueve de la noche, empezaron a acusar el cansancio de toda la jornada.
La última charla tuvo lugar en el Centro Comercial Dos de Mayo, situado en el centro de la localidad, por ser un sitio de gran tráfico de personas, aunque a aquellas horas el número se hubiera reducido considerablemente, y quedaran sobre todo parejas con intención de ver una película en los multicines, trabajadores que hacían la compra a última hora y adolescentes que postergaban su regreso a casa.
Lara y Esther se despidieron de todos, y dieron la jornada por concluida. Las dos últimas semanas de campaña eran las más agotadoras, pues la meta se encontraba cerca, pero no lo suficiente, y el tiempo transcurría con irritante parsimonia. Pretendían hacer estos encuentros todos los días que restaban antes de la votación, y combinarlos con las demandas de los medios de comunicación, como entrevistas de última hora o el tradicional debate radiofónico que tenía lugar entre todos los candidatos a la Alcaldía. El truco de Lara era no pensar en ello, o hacerlo lo menos posible para no volverse loca. Prefería dejarse llevar y que los días transcurrieran de manera natural, pero notaba que le estaba costando más que en otras campañas, porque, a diferencia de las anteriores, su existencia ya no giraba en torno al trabajo; también deseaba hacer otras muchas actividades, y actualmente se encontraba en pausa, una vida detenida por los acontecimientos. Lara estaba deseando que todo pasara para poder retomarla.
—¿Sabes algo de la sede o del Gabinete de Presidencia? —se interesó Esther cuando empezaron a caminar, dando la jornada por concluida.
Hacía una noche preciosa, de esas que invitaban a cogerse de la mano y perderse por las calles tibiamente iluminadas por las farolas. La primavera había hecho que las temperaturas subieran y a Lara empezaba a sobrarle la ligera chaqueta que llevaba puesta. En un mundo perfecto, se la hubiera quitado, y después hubiera rodeado a Esther por los hombros para caminar así, en silencio, acompasando sus pasos. Pero en el mundo de Lara, y en el de Esther, estos deseos tenían que ser contenidos por la realidad del momento, y su realidad era que se encontraban en plena campaña electoral, de modo que cualquier gesto, cualquier aparición pública, cualquier acto que para otros era cotidiano, podía ser objeto de habladurías o, peor, de la atención de la prensa. Lara mejor que nadie lo sabía, de manera que, una vez más, ahogó sus deseos en virtud de su practicismo.
—No —replicó—. Y me preocupa la falta de noticias.
—A mí también, sobre todo porque el mitin de cierre está cerca —admitió Esther—. ¿Crees que vendrán?
—Sí, a Diego le interesa —le explicó Lara—. Piensa que él no tiene ni idea de que sabemos lo que está tramando, y tiene que fingir normalidad. Nadie entendería que no apoyara la candidatura de Móstoles, es una de las más importantes de la Comunidad.
Lara estaba convencida de lo que acababa de decirle. Por mucho que le repateara, Diego Marín no podía permitirse el lujo de no acudir a Móstoles en toda la campaña. Lo contrario habría levantado demasiadas sospechas, la gente del partido no lo entendería, pensaría, con acierto, que estaba tramando algo. Y al presidente no le convenía levantar sospechas. La opinión pública no debía saber en ningún momento que apoyaba en la sombra el partido de Rodrigo Cortés, y por ello estaba convencida de que acudiría a Móstoles para dar un mitin de cierre de campaña. En opinión de Lara no tenía otra opción.
—Espero que tengas razón, pero sobre todo espero que no haya más sorpresas —le confesó Esther, consumida por la incertidumbre—. Ya hemos tenido bastantes sobresaltos.
Caminaron unos metros más en silencio, disfrutando de la agradable brisa de la noche y del ambiente de terraza que empezaba a haber en las calles. Lara habría dado cualquier cosa por poder intercambiar su puesto con alguna de aquellas parejas que se miraban con ojos tiernos, cogían de las manos y susurraban promesas, disfrutando en las terrazas de las cafeterías que habían dejado atrás, pero tenían todavía muchos días por delante y debía hacer un último esfuerzo para estar centrada.
Atravesaron la Plaza de España, y las dos fijaron involuntariamente la vista en el Consistorio, ese edificio que se llenaba de vida por el día y moría cuando caía la noche. Con la mirada perdida en una de sus ventanas, Lara se preguntó qué haría si Esther llegaba a ganar las elecciones y le proponía seguir siendo su jefa de prensa.
¿Aceptaría? ¿Se negaría? Y si lo suyo llegaba a transformarse en algo más que una mera relación profesional, ¿qué haría entonces?
—Pagaría por saber qué estás pensando ahora, pero creo que no aceptarías mi dinero —bromeó Esther, sonriendo.
—Nada, tonterías sin importancia. ¿Y tú?
—¿Yo? Estaba pensando en mi cama. —Esther se rio—. Hoy estoy realmente agotada. Después de haber pasado la noche en ese horrible sofá, creo que necesito un colchón.
—Ya, yo también.
—¿Te vuelves ya? —le preguntó entonces Esther, disminuyendo la velocidad de sus pasos—. Si quieres, puedes pasar la noche aquí, para que no tengas que conducir hasta Madrid.
La idea era tentadora, desde luego, y no tenía por qué involucrar nada romántico si ella no lo deseaba así. Aunque estaban tan agotadas que a Lara le costaba imaginar que esa noche pudieran hacer algo más que dormir. Si se quedaba, evitaría tener que conducir los kilómetros que la separaban de su cama, ese objeto que le llamaba a gritos tras una noche en la que apenas había pegado ojo. Pero Lara no estaba segura de que el cansancio fuera un freno efectivo para no complicar las cosas. Ya se habían demostrado en otras ocasiones que su atracción era más fuerte que cualquier tipo de agotamiento.
—Creo que esta noche prefiero declinar la oferta —razonó entonces—. Además, ni siquiera tengo ropa y la que llevo puesta desde ayer está empezando a darme asco.
—Bueno, eso no sería problema, puedo prestarte algo —le informó Esther.
—Ya, pero prefiero no complicarlo más por ahora. ¿Te importa si hoy digo que no?
Deseó que Esther entendiera sus palabras como lo que eran, no una negativa, sino un aplazamiento cabal y razonable. Lara no se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración y de que solo respiró tranquila cuando la alcaldesa le sonrió.
—Claro, no hay ningún problema. Otro día te quedas —afirmó Esther—. Bueno, pues que pases buena noche, yo me voy por ahí —dijo, señalando una de las bocacalles que conducía a su apartamento.
Lara asintió complacida. Estaba a punto de dejarla ir sin más, pero un impulso involuntario hizo que estirara la mano y agarrara la de Esther para impedirle que se fuera. Entonces se acercó y le dio un casto beso en la mejilla. Por el momento, serviría como declaración de intenciones. Después se despidió y comenzó a andar en sentido contrario, hasta quedar engullida por las sombras de la noche.

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CAPITULO TREINTA Y TRES

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:02 pm

El debate de candidatos siempre era un mal trago para los políticos. Aunque se trataba de una cita tradicional, ninguno se sentía cómodo en él, en especial quienes solían ser el blanco. El Partido Conservador se quejaba de que nunca contaban con aliados entre los otros candidatos invitados, y los de izquierdas sentían que debían hacer un esfuerzo añadido por destacar entre las demás opciones de su movimiento político. El resumen de todo ello era una situación forzada, una especie de folklore ideológico diseñado para el insulto, los desprecios y ofensas que los políticos vertían unos sobre otros con el objetivo de arañar votos.
Por experiencia, Esther sabía que estas tertulias radiofónicas no inclinaban la balanza hacia uno u otro lado. Para empezar, porque la cadena radiofónica que ejercía de anfitriona tenía una clara tendencia política y, para seguir, porque los propios radioyentes eran votantes convencidos, que escuchaban esa cadena por pura afinidad.
Pero nadie se negaba a colaborar con los medios de comunicación en tiempos de campaña, por aquella premisa de que resulta preferible que hablen mal de uno a que le ignoren.
A la tertulia de Móstoles habían sido invitados el representante del Partido Conservador José Antonio Ballesteros, el de Libertad por Móstoles Rodrigo Cortés, el candidato del partido emergente Ahora Móstoles, y la propia Esther.
Inicialmente, Lara se mostró reacia a colaborar en este circo montado por la radio local. Decía no estar segura de qué manera les podía beneficiar. Ambas tenían claro que Ballesteros y Cortés se iban a aliar para atacar a Esther, y el representante de Ahora Móstoles se posicionaría contra todos. Ella iba a convertirse en la presa a devorar por los allí presentes, y Lara se negaba a participar en semejante cacería.
A pesar de todo, Esther rehusó declinar la invitación. En su opinión, no podía esconderse eternamente de Rodrigo Cortés. Si evitaba enfrentarse a él cara a cara, le daría pie para decir que estaba intentando ocultar algo, y Esther no tenía nada que esconder. Se sentía muy orgullosa de su candidatura y de su etapa al frente del Ayuntamiento, y así quería demostrarlo, aunque solo fuera para dejar sin argumentos al exconcejal.
—No sabes las ganas que tengo de aplicarle un correctivo —le dijo en un susurro a Lara, cuando lo vio entrar en el salón del hotel en donde estaba a punto de celebrarse el debate.
A Cortés lo acompañaba otro de sus exconcejales. Esther nunca había tenido buena sintonía con ninguno de los dos, así que no le sorprendió en absoluto que ahora se hubieran aliado. Les dedicó un frío saludo y esperó instrucciones junto a la mesa en donde tomarían asiento los candidatos.
El líder de la oposición hacía tiempo que había ocupado su puesto. Se estaba sirviendo un café con leche mientras charlaba con la moderadora de la tertulia, una mujer que llevaba más de veinte años conduciendo este tipo de encuentros. Por sus manos habían pasado toda suerte de políticos y Esther sabía que era perro viejo, pero no le tenía miedo. Si acaso, estaba convencida de que la miraba con candidez, y que en un momento dado simpatizaría con ella si se veía en un apuro.
El único que faltaba a la cita era el representante de Ahora Móstoles, un joven barbilampiño, de ojos despiertos y aspecto desaliñado, que llegó minutos más tarde de lo acordado. Mientras que todos los presentes vestían ropa tradicional, sobre todo trajes de chaqueta, él se personó en el hotel ataviado con una gastada sudadera y pantalones vaqueros.
Esther no tenía nada en contra de esta imagen desaliñada en ciertos entornos, y consideraba positivo que otros partidos y propuestas democráticas enriquecieran con su presencia la política nacional. No obstante, su lado más conservador, ese que había sido convenientemente moldeado por la señora Fantova, despertó su rechazo por el atuendo elegido por el joven. De todos modos, ella evitó mirarle de modo despreciativo. Los que sí lo hicieron fueron Ballesteros y Cortés, que no se molestaron en disfrazar el rechazo que el joven les provocaba.
—Ahora que estamos todos, podemos ir ocupando nuestros asientos —les pidió la conductora del espacio—. Entraremos en directo en menos de diez minutos.
Esther respiró hondoalejadoiñó un ojo a Lara y ocupó el asiento que le habían asignado. Todo estaba preparado para que el encuentro diera comienzo. Consistía, como todos los debates electorales, en diferentes bloques de preguntas en los que se abordarían cuestiones de interés general como economía, empleo, educación, sanidad, transparencia o servicios públicos. Esther no deseaba ser la que rompiera el hielo. En esta ocasión prefería adoptar una actitud conservadora y dejar que fueran otros los que marcaran las pautas del debate, así dispondría de tiempo para meditar sus respuestas. Se alegró al ver que la conductora del programa decidió empezar el debate dirigiéndose al líder de la oposición. Ballesteros era más predecible que Cortés o el joven de Ahora Móstoles. Tenía tan estudiado su mensaje que se alegró al ver que su discurso fue de lo más previsible. Lo centró, básicamente, en hacer lo mismo que había estado haciendo los últimos meses. Atacó a Esther. Menospreció su gestión al frente del Ayuntamiento. La definió de "inexistente" y "pésima", y finalmente la acusó de llevar a cabo una política continuista de su antecesor, Francisco Carreño. Nada nuevo bajo el sol.
—La señora Morales está muy ocupada estos días en hacernos creer que su política no tiene nada que ver con la del exalcalde, y no sé a quién pretende engañar — conjeturó Ballesteros—. Ella era y sigue siendo una de las protegidas de Francisco Carreño, y su manera de gestionar el Ayuntamiento de Móstoles responde a los mismos intereses que el depuesto regidor.
—Este apartado me parece muy interesante —intervino la locutora—, porque tenemos aquí a otro candidato que formaba parte del gabinete del señor Carreño —dijo, dirigiéndose de inmediato hacia Rodrigo Cortés—. Señor Cortés, ¿qué puede decirnos acerca de esto? ¿Qué les diría a los votantes que sí ven en su nuevo partido una clara intención de continuar con las políticas de Carreño?
Cortés tiró de los puños de su camisa perfectamente planchada y se acercó al micrófono. —Pues les diría que Libertad por Móstoles nació con vocación rupturista, y que nuestro partido se creó para alejarse de los desmanes que tanto Carreño como Esther Morales han hecho al frente del Ayuntamiento de Móstoles.
Esther sonrió con suficiencia. Tanto Ballesteros como Cortés le resultaron tan predecibles que sintió ganas de bostezar de aburrimiento. Le parecía absurdo que estuvieran centrando el debate electoral en mensajes tan irrisorios.
—¿Señora Morales? ¿Quiere decir algo al respecto? —la interpeló la periodista.
La alcaldesa dio un sorbo a su vaso de agua para crear expectación entre los contertulios. —Bueno —comenzó a hablar de manera muy serena—, a mí me parece que está muy claro lo que ocurre aquí. Tanto el señor Ballesteros como el señor Cortés están muy nerviosos, y es normal, muy normal, dada su situación. El señor Ballesteros tiene que responder ante su propio partido de su clara pérdida de apoyos en las ya tres elecciones a las que se ha presentado sin éxito alguno. Sabe que si no gana en esta vez, acabará yéndose a su casa y es lógico que eso le ponga nervioso. —Ese fue el primer disparo, ahora cargó su escopeta para lanzar el segundo—. Y en el caso del señor Cortés, creo que no hace falta explicar por qué y quiénes forman su partido y el verdadero objetivo de Libertad por Móstoles. Está claro que aquellos que han vivido siempre de rentas de la política, al amparo de sueldos públicos, les cuesta asumir que no hayan sido incluidos en una lista. Cuando eso ocurre, las personas como el señor Cortés y los integrantes de su candidatura se niegan a renunciar a su situación privilegiada y buscan soluciones creando partidos nuevos o lo que sea.
—¿Considera que los políticos están en una situación privilegiada? —le preguntó la periodista.
—Absolutamente. Los políticos percibimos un sueldo a fin de mes gracias a la confianza que los ciudadanos han depositado en nosotros. Y ese sueldo no se ve amenazado por una crisis o la mala trayectoria de una empresa —explicó Esther—. Lo cual, en los tiempos que corren, ya es de por sí un privilegio. Pero además yo creo que estos privilegios vienen necesariamente acompañados de responsabilidades, que en el caso de los políticos son muy altas y deben ser satisfechas.
Ballesteros se carcajeó en ese momento.
—¿Tiene algo que añadir, señor Ballesteros?
—Sí, a mí me gustaría que la señora Morales nos explicara, entonces, por qué su mentor Francisco Carreño se olvidó por completo de esas responsabilidades de las que habla.
Ballesteros solo quería provocar. Su guion era simple, y Esther lo sabía. Quería insistir una y otra vez en la estrecha relación que ella tenía con el exalcalde. Pero se olvidaba de que Esther no pensaba caer en su trampa. Paco había sido su mentor, la persona que se lo enseñó todo en política, y por eso le estaba agradecida, pero su cariño hacia su figura no conseguía nublar su parecer. Lo que hizo estuvo mal, no tenía excusa posible.
—Estoy segura de que muchos radioyentes se preguntan lo mismo que el señor Ballesteros —intervino la presentadora—. ¿Qué opinión le merecen los cargos a los que se enfrenta su antecesor, señora Morales?
—La Justicia está investigando en estos momentos los hechos —comenzó a decir—. En caso de que se llegaran a demostrar, y el señor Carreño fuese culpable del delito del que se le acusa, tendrá que someterse a los preceptos que marca la ley, igual que cualquier otro ciudadano. Y a mí me parecerá correcto si así sucede, por supuesto.
La corrupción y la transparencia marcaron el eje central del debate. Esther echó de menos las propuestas constructivas, los proyectos de futuro, y un análisis concienzudo sobre los problemas reales de Móstoles, tales como la delincuencia o el desempleo. Pero sus compañeros de tertulia parecían encantados de seguir guerreando sobre quién era peor o quién tenía las manos más manchadas de barro. Incluso el candidato de Ahora Móstoles centró su intervención en la necesidad de <<sanear el sistema corrupto de la democracia española>>, y a Esther le dio la sensación de encontrarse metida en la rueda de un hámster, dando vueltas sin remedio ni esperanza de encontrar la salida.
—Verá, la señora Morales es una loba. Y lo digo en toda la extensión de la palabra —dijo entonces Cortés, sacándola de su ensimismamiento—, eso se lo puedo asegurar. Ella se dedica ahora a charlar con los ciudadanos, y monta el show rasgando pancartas electorales con el logotipo de su propio partido, pero en realidad todos sabemos qué tipo de favores tuvo que hacer para llegar adonde está.
Esther no daba crédito a lo que acababa de escuchar. Involuntariamente miró a Lara, en busca de una explicación, pero la periodista estaba anonadada. ¿Podía ser verdad? ¿Cortés acababa de insinuar lo que ella creía?
—Señor Cortés, no le consiento que se refiera a mí en esos términos.
—Yo solo digo que usted no tiene experiencia como gestora. Habría que preguntarle al señor Marín por qué la eligió como candidata para la Alcaldía de Móstoles si su gestión al frente del Ayuntamiento ha sido tan mala.
—Le pido que se disculpe ahora mismo.
—No tengo por qué disculparme con una ramera política —replicó Cortés con soberbia.
Lara se levantó en ese momento de su asiento. Esther vio tanto odio en sus ojos que creyó que le saltaría encima, directa a la yugular. Le hizo un gesto disimulado con la mano para que se calmara, y al final consiguió que se sentara.
—Señores, por favor… —intentó apaciguarles la presentadora—. Intenten no caer en la descalificación personal.
—Señor Cortés —contraatacó Esther—, habla usted de experiencia gestora. Entonces yo invito a sus votantes a que revisen su extensísimo currículo profesional y académico para que comprueben por sí mismos hasta qué punto carece usted de dicha experiencia. —Esther estaba furiosa—. Aunque solo fuera por dignidad y vergüenza, debería pensar dos veces sus acusaciones. Y ahora, si a los representantes del resto de partidos no les importa, creo que hay otros asuntos mucho más importantes que tratar y de los que todavía no hemos hablado.
La periodista estuvo de acuerdo con Esther y recondujo el debate hacia el bloque de educación. El resto del encuentro transcurrió en términos similares. La alcaldesa no escuchó ni una sola propuesta de Ballesteros o de Cortés, empeñados como estaban en usar su turno de palabra para menospreciar su gestión o resaltar los fallos de su partido. Esther trató de ser constructiva, pero cada vez que lo intentaba, se encontraba con algún comentario hiriente y descabellado por parte de sus compañeros, por lo que llegó un momento en el que sintió tentaciones de levantarse e irse. No podía hacer razonar a las fieras, del mismo modo que no podía hacer razonable a un político cuyo único objetivo era descalificarla. En cualquier caso, apretó las mandíbulas y aguantó sus embestidas hasta el final del debate, y solo respiró tranquila cuando la periodista dio el encuentro por concluido.
Al finalizar el debate, se despidió de los presentes con cordialidad, mediante un apretón de manos de lo más forzado. No obstante, se negaba a concederle este gusto a Rodrigo Cortés después de haberla calificado de “ramera política”. Estaba ya casi en la puerta cuando escuchó su voz a sus espaldas.
—¿No se despide de mí, alcaldesa?
Esther se giró y observó que todos los estaban mirando, incluidos la periodista y los camareros que ya estaban recogiendo la mesa del desayuno. Cortés le sonrió con maldad.
—La alcaldesa no trata con gusanos, Cortés. —Fue Lara quien le contestó. Después se acercó sigilosamente a él y le dijo al oído—: Yo de ti me andaría con mucho ojo con lo que vas diciendo por ahí, Rodrigo. Papá Marín no siempre va a estar ahí para protegerte y tienes mucha mierda guardada debajo de la alfombra. Ten cuidado, no vaya a ser que un día de estos empiece a oler.
Esther era pura rabia cuando salieron del hotel. Cortés había ido demasiado lejos atacándola en el terreno personal. El encuentro la había dejado tan tensa que intentó encenderse un cigarrillo para calmar los nervios, pero Lara se lo quitó y lo arrojó lejos.
—¡Eh! ¿Por qué has hecho eso?
—Porque no quiero que fumes.
—Vale, de acuerdo. Si no fumo, ¿me contarás qué le has dicho a Cortés?
Lara se encogió de hombros. —Simplemente le he recomendado que se ande con cuidado, porque tiene mucho que esconder.
Esther la miró de reojo y sonrió complacida. —Parecías muy enfadada.
—Lo estaba.
—¿Por mí?
Lara se ruborizó. —Sí, ¿por qué, sino? —admitió.
No era la declaración más romántica del mundo, ni había velas o una luna que las acariciara con su luz azulada, pero a Esther le bastó. Que una mujer como Lara hubiera estado a punto de perder los estribos porque alguien la definiera como “ramera política” era casi el mayor de los halagos.
Hacía un día estupendo, lleno de sol, y aunque cansada, Esther sintió ganas de dar un largo paseo. Estaba a punto de proponerle que fueran caminando hacia la zona de uno de sus restaurantes favoritos, un italiano que se encontraba a varias manzanas de allí, cuando el teléfono de la periodista empezó a sonar. Al no saber de quién procedía la llamada, se apartó unos metros para darle privacidad, y se distrajo observando a una madre que estaba enseñando a su hijo a caminar.
Fue una escena preciosa que a Esther le trajo recuerdos de la infancia de Luis y Patricia, cuando ella los esperaba en el extremo opuesto del pasillo con los brazos abiertos. De aquello hacía ya tanto tiempo que a veces no podía creer lo rápido que habían pasado los años. Ahora Luis y Patricia eran dos seres casi autónomos, que no necesitaban ya de los brazos de su madre para dar sus propios pasos, dos seres a cuyas opiniones tendría que enfrentarse cuando les contara la verdad sobre ella misma.
Qué fácil le resultaba ahora la infancia de sus hijos en comparación. Un niño no entendía de minorías ni de orientaciones sexuales, un niño no tenía prejuicios ni expectativas; ellos trataban a todos con la misma inocencia y Esther deseó poder hallarla en sus hijos cuando por fin abordara con ellos este tema. Lara reapareció a los pocos minutos. Parecía desconcertada, pero sonreía al mismo tiempo, así que no supo cómo interpretarlo.
—¿Ha ocurrido algo malo?
—¿Aparte de que mañana todos los periódicos te llamarán ramera política?
—Hablo en serio.
—No, bueno, la verdad es que no sé cómo definirlo. Ni bueno ni malo —respondió la periodista—. ¿Te acuerdas de Claudia y Olivia?
Esther frunció el ceño un segundo.
—La pareja que estaba en el restaurante el día que Marisa organizó aquella cena —precisó Lara—. Te hablé de ellas el día de la fotografía con los candidatos.
—¡Ah! Sí, claro. ¿Qué pasa con ellas?
—Pues me ha llamado Claudia, la morena, e insiste en invitarnos a cenar a su casa.
Esther abrió los ojos con sorpresa. —¿Y? ¿Qué le has dicho?
—Que nos lo pensaremos.
Esther no supo qué le sorprendió más, si el hecho de que Claudia hubiera cumplido su palabra de llamarla a pesar de que las hubieran dejado plantadas en aquella cena o que Lara pareciera dispuesta a replantearse su regla número uno: permanecer alejada de toda mujer que estuviera relacionada con el entorno de Marisa.
—¿Le has dicho eso? —le preguntó, todavía asombrada.
—Sí, bueno, si tú quieres. He pensado que no nos mataría cenar una noche con ellas. Estamos todo el día metidas en la campaña, y las cosas están saliendo bien, pero en algún momento también nos merecemos descansar, ¿no?
—¿Y qué fue de la regla de alejarse de toda lesbiana?
—Estás aquí conmigo, ¿no? —replicó Lara en broma.
—Ya, pero…
—Esther, queda solo una semana para la votación, y el pescado está casi todo vendido. ¿De veras no te apetece tomarte una noche libre?
Sí, claro que le apetecía, y si era en un entorno distendido en compañía de Lara, le apetecía muchísimo más.

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CAPITULO TREINTA Y CUATRO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:03 pm

Lo que cualquiera habría considerado una temeridad, a Esther le resultó un plan absolutamente delicioso. Llevaba muchas campañas electorales a sus espaldas, pero en ninguna se había permitido el lujo de hacer un parón para disfrutar de una cena entre amigos.
Las campañas se caracterizaban por ser absorbentes, un período de tiempo en el que la vida cotidiana quedaba relegada, a un lado, suspendida hasta el día en el que los ciudadanos eran llamados a las urnas. Políticos y personal de confianza empezaban a trabajar muchos meses antes de la cita electoral, de manera ininterrumpida, para desesperación de familiares y amigos, que tenían que resignarse a llevar una existencia paralela a la de quienes trabajaban para las elecciones. Esther había experimentado problemas al principio para que Quique lo comprendiera.
Su exmarido, aunque apoyaba sus aspiraciones políticas, no estaba dispuesto a pasarse meses encerrado en casa, esperando a que Esther tuviera tiempo para salir a cenar o, simplemente, a tomar un aperitivo. Esta situación les pasó factura más pronto que tarde. A la segunda campaña Quique dejó de protestar, y en su lugar tomó la decisión unilateral de continuar con su vida como si Esther no existiera. Mientras para ella todos los días se sucedían inmutables, iguales unos a otros, los fines de semana, Quique aprovechaba para irse con sus amigos de cena o copas, y la dejaba en la cama descansando, sola, aunque ahora sabía que siempre había estado sola.
Conque la perspectiva de hacer una parada en el camino a las elecciones, e ir de cena a casa de aquellas conocidas, era totalmente nueva para la regidora, a la par que excitante, porque Lara era su acompañante y aunque no sabía en qué términos iban a la cena (¿Cómo pareja? ¿Compañeras de trabajo?), para ella lo importante estribaba en que se habían concedido una noche para disfrutar y olvidarse de todo.
De camino a Madrid, Esther iba en su coche, pensando en las motivaciones de la periodista para aceptar la propuesta de Claudia y Olivia. Le resultaba extraño, dadas las reticencias previas de Lara con este tema y su exacerbado sentido de la responsabilidad. La Lara que ella conocía jamás habría accedido a una propuesta semejante a pocos días de la votación, por lo que estaba segura de que no se equivocaría al afirmar que la periodista había cambiado tanto como ella en los últimos meses. Esther confiaba en que este cambio se debiera en parte a lo que ambas sentían, pero no deseaba ponerse nerviosa ni aventurar nada. Prefería acudir a la cena con la mente abierta, sin presiones ni expectativas, y una vez allí ver cómo evolucionaban las cosas.
Aparcó el coche muy cerca de la casa de sus anfitrionas. Lara le había dado la dirección y habían quedado en verse en el VIPS de la calle Fuencarral, muy cerca de la glorieta de Bilbao, en donde residían. Este barrio era uno de los favoritos de la alcaldesa, se encontraba lo suficientemente cerca de Chueca, pero convenientemente alejado. Se trataba de un barrio vibrante, multicolor, en el que lo mismo podías encontrarte con pijos alternativos que acudían allí para darse un respiro de su Madrid más recalcitrante, así como parejas homosexuales cogidas de la mano, turistas, activistas de todo tipo que intentaban sumarte a su causa, miembros del casi extinto punk de la zona de Tribunal, y, por supuesto, ciudadanos del Madrid de otros tiempos que todavía residían en viejos inmuebles de renta baja. Para Esther aquel era un sitio en el que se podía ser uno mismo, sin miedo a que te señalaran con el dedo o a llamar la atención. Tenía claro que si no hubiera residido en Móstoles, habría hecho como Claudia y Olivia y se habría alquilado un pequeño apartamento en alguna calle del triángulo que formaban las paradas de metro de Chueca, Bilbao y Tribunal.
Lara ya estaba en la puerta del restaurante cuando ella llegó. Esther tuvo que disimular la euforia que le causó su visión. Estaba guapísima. La periodista se había arreglado para la cena. Seguía fiel a las prendas casual que siempre utilizaba, pero estaba maquillada, y había escogido unos zapatos con un poco de tacón que la hacían todavía más alta. Su corazón se aceleró cuando se acercó a ella y se dieron dos besos, y tuvo que recordarse de nuevo a sí misma que aquella cena tal vez no significara nada, que ninguna la había definido como cita, y no debía, por tanto, hacerse ilusiones.
—Qué guapa estás —le dijo cuando acabó el saludo de cortesía.
—Estaba a punto de decirte lo mismo —apreció Lara—. ¿Has llegado bien?
—Había un poco de atasco a la entrada, pero el resto todo perfecto.
—Gracias por venir, me hace mucha ilusión que estés aquí —le comentó.
Esther estuvo a punto de ruborizarse, poco acostumbrada como estaba a estas muestras de afecto por parte de Lara, pero en realidad no había nada que agradecer. Si acaso, la que tenía que darle las gracias era ella por sacarla de su aburrida rutina de comida congelada y programas basura de televisión.
—¿Crees que Marisa sabrá que hemos quedado? —le preguntó Lara, mientras esperaban a que un semáforo cambiara.
Esther se rio, no se esperaba esta pregunta. Marisa era la última persona en la que habría pensado en aquel momento. No había sabido nada de ella, y tampoco lo deseaba, para ser francos.
—No tengo ni la más remota idea —dijo, mientras el semáforo cambiaba, y cruzaban hacia el otro lado—, pero si te digo la verdad no me importa. Si Claudia u Olivia se lo han dicho, me parece bien.
—Eso significará que mañana recibirás una llamada suya.
Era verdad. Marisa no podría soportar que sus chicas quedaran a sus espaldas. Querría saber todos los pormenores acerca del encuentro para lamer sus heridas de anfitriona traicionada.
—Pues que llame, si tengo ganas le cogeré el teléfono. Si no, no —afirmó, provocando la sonrisa de Lara. Le encantaba esa sonrisa, casi tanto como su perfecta nariz, era una sonrisa de dientes blancos, cálida y jovial, en la que Esther siempre atisbaba a una Lara con coletas y falda de tablas.
La periodista se detuvo en un portal, echó un último vistazo al número del inmueble, y le anunció que ya habían llegado. Pulsó el botón del quinto piso e inmediatamente alguien contestó.
—Somos nosotras —anunció Lara.
—Subid. —La puerta se abrió.
Esther no pudo evitar ponerse nerviosa en el trayecto del ascensor. De alguna manera, aquello marcaba el inicio de una nueva existencia. A diferencia de los meses previos, en los que se había dedicado a subsistir en una avalancha de problemas, ahora empezaba a ver la luz al otro lado del túnel. Todavía era chiquitita, apenas un punto de luz exangüe, que se percibía en la lontananza. Quedaba mucho por hacer para amueblar su vida, pero sentía que todo iba cobrando sentido si estaba allí, en una cena acompañada de Lara, con nuevas amistades ajenas al Partido Liberal o al banco en el que trabajaba Quique, y sintió que en cualquier momento sus pies se despegarían del suelo y empezaría a levitar. Tal vez solo estaba soñando.
Fue Claudia quien abrió la puerta con una sonrisa de oreja a oreja. Hacía tiempo que no veía a la editora, pero estaba tan estupenda como la recordaba. Sus ojos negros y profundos, llenos de significado, les sonrieron de igual manera.
—Pasad, pasad, estamos en medio de una crisis culinaria —les dijo.
Esther y Lara se miraron sin comprender.
—Ah, nada grave, Olivia siempre se pone nerviosa cuando tenemos invitados y es mejor no acercarse a la cocina si no queréis que os ladre —bromeó—. Por aquí — les indicó, conduciéndolas hacia el salón.
La casa de Claudia y Olivia era una de las más bonitas en las que Esther hubiera estado. Se trataba de un sitio sin pretensiones, pero muy bien decorado, de esos en los que cualquier invitado se siente a gusto nada más cruzar el umbral de la puerta. El salón era una especie de santuario a la literatura, con toda una estantería de color blanco preñada de libros de todo tipo. Esther sintió ganas de perderse por los títulos, pero no eran ni el lugar ni el momento, y acabó sentada en un sillón al lado de su acompañante. Claudia ya estaba sirviendo el vino, y una preciosa mesa de café tenía una bandeja llena de aperitivos.
—¿Habéis tardado mucho en encontrar la casa? —se interesó Claudia.
—¿Bromeas? Está perfectamente ubicado. Me encanta este barrio, yo vivo muy cerca —replicó Lara.
—¿Sí? No sabía que éramos casi vecinas. Lo tendré en cuenta y te liaremos para más cenas —bromeó Claudia.
Esther se sorprendió del poco tiempo que necesitó para aclimatarse. Por lo general, cuando tenía un evento de este tipo, con gente a la que apenas conocía, necesitaba al menos dos copas de vino para empezar a sentirse cómoda, y desprenderse de la tensión de sus hombros y espalda. Pero Claudia era una gran anfitriona, cálida y dicharachera, y la compañía de Lara era una de las que más disfrutaba en este mundo, así que a los cinco minutos ya estaba haciendo bromas y plenamente involucrada en la conversación que las otras dos habían entablado. En ese momento escucharon un fuerte ruido en el otro extremo de la casa. Claudia abrió los ojos con sorpresa y después sonrió.
—Voy a ir un momento a la cocina —se disculpó—, tengo miedo de quedarme sin esposa. ¿Me perdonáis un momento?
—Por supuesto —dijo Esther, que se dirigió a Lara cuando Claudia abandonó el salón—: Es un encanto, ¿no? Ahora me siento culpable de haberlas dejado tiradas en aquella cena.
—Sí, la verdad es que las dos me cayeron bastante bien ese día, aunque apenas habláramos con ellas.
—Bueno, teníamos prisa —bromeó Esther, que en ese momento recordó lo que sucedió después, esa misma noche, cuando llegaron a su casa de Móstoles y no fueron capaces de contener más la atracción que sentían.
A veces parecía que había pasado mucho tiempo desde entonces y, otras, como aquella, Esther lo sentía como un recuerdo muy cercano, como si el día anterior hubiese recorrido el cuerpo de Lara con sus propias manos. Dio un sorbo a su copa de vino. Llevaba ya media, pero estaba bebiendo tan rápido que se sentía achispada. Claudia apareció entonces en compañía de Olivia. La pelirroja tenía las mejillas sonrosadas del calor que desprendía la cocina. Se la veía tan ofuscada que incluso se olvidó de sacarse el blanco delantal que rodeaba su cintura.
—He conseguido frenar la crisis para que venga a saludaros —bromeó Claudia, que tenía sus manos sobre los hombros de Olivia. La pelirroja entonces protestó, dándole un golpe con el paño que llevaba en la mano.
—Nada de eso, está todo controlado —dijo—. Hola, soy una maleducada y ni siquiera he salido a saludaros —se disculpó Olivia.
—En su defensa hay que decir que le está saliendo una cena riquísima —apuntó Claudia.
Formaban una pareja curiosa esas dos, pensó Esther, que las miró fascinada. Había entre ellas una energía especial, la de dos personas que se adoraban, pero que al mismo tiempo empleaban gran parte de su tiempo en meterse la una con la otra. Esther se preguntó a qué atendía este tira y afloja entre ellas, pero no se atrevió a preguntar entonces. Lo descubrió después, ya avanzada la cena, y a punto de que se sirviera el segundo plato. Fue Claudia quien se explayó a raíz de un comentario inocente de Lara, que con toda seguridad había notado lo mismo que ella.
—Ahora que lo dices, es verdad que nuestra historia es bastante atípica, ¿verdad, Oli?
—Bueno, eso según quién la mire —respondió la pelirroja—, habrá gente que te diga que es de lo más normal. Muchas parejas se odiaban antes de acabar juntas.
—¿Vosotras dos os odiabais? —preguntó Esther con curiosidad, señalándolas a ambas con el extremo de su tenedor.
—A muerte —replicó Claudia.
—Yo la detestaba con toda mi alma —dijo Olivia.
Y las dos se rieron.
—Crecimos juntas, ¿sabéis? —empezó a narrarles Claudia—. Nuestras familias eran muy amigas, pero nosotras no podíamos soportarnos.
—¿Y cómo fue que acabasteis juntas? —se interesó Lara.
—Pues porque al final terminamos trabajando para la misma empresa —terció Olivia.
—Y nuestro jefe nos asignó un trabajo conjunto para fichar a un autor un poco especial —continuó diciendo Claudia. Saltaba la vista que, tan diferentes como eran, se completaban una a la otra, incluso en las frases que decían—, y no nos quedó más remedio que vernos todos los días. Ahí fue cuando Olivia se dio cuenta de lo maravillosa que yo era, ¿verdad, Oli?
Olivia puso los ojos en blanco. —O tú de lo maravillosa que soy yo —replicó. Aquella era una guerra, pero una guerra en la que siempre acababa ondeando la bandera blanca.
—¿Y vosotras dos? ¿Cómo acabasteis saliendo? —les preguntó abiertamente Claudia—. He de reconocer que siempre me ha intrigado vuestra historia, en especial después de aquella cena tan acalorada.
La morena no tenía la culpa de haber dado, justamente, con el talón de Aquiles de Esther y Lara. Su pregunta había sido inocente y estaba en contexto, pues ahora les tocaba a ellas narrarles su pasado, pero Esther sintió un súbito cambio de temperatura en su cuerpo, y al mirar a Lara vio que ella también se había ruborizado. La periodista abrió la boca para contestar, pero al mirarla volvió a cerrarla, como si prefiriera que ella tomara la palabra.
—Nos conocimos en una fiesta de Marisa, lo creáis o no —explicó entonces Esther, para asombro de Lara, que con toda certeza no se esperaba que les diera a entender que eran pareja.
—¡Oh! —exclamó Olivia.
—La sombra de Marisa es alargada, sí señor —afirmó Claudia con una sonrisa—. Si supiera que hoy estamos aquí juntas, se haría el harakiri.
Las demás rieron, incluso Lara, a pesar de su asombro.
—Y nada, simplemente después a Lara la enviaron a Móstoles para ayudarme con una transición un poco difícil y… surgió.
—Brindo por el amor y por todo lo que surja —afirmó Claudia alzando su copa.
Olivia la imitó y después lo hicieron ellas dos. Los ojos de Esther y Lara se encontraron en ese momento y la alcaldesa estaba segura de que había visto en ellos la misma mirada que le dedicó en aquella remota fiesta de Marisa. Una mirada que no dejaba lugar a dudas, y que abría la puerta a explorar todo lo que ambas estaban sintiendo.
La cena terminó más tarde de lo que habían previsto. Era casi la una de la madrugada cuando Esther y Lara se disculparon, tenían que irse, al día siguiente les esperaba otra tournée por plazas, mercados y bocas de metro. Los mítines callejeros tenían que seguir su curso. La encantadora pareja les deseó mucha suerte y prometieron estar atentas a las elecciones. Ellas aseguraron que esa cena se repetiría, esta vez en casa de una de ellas.
Fue una velada tan encantadora que, a pesar del cansancio, Esther no se arrepintió ni un instante de haber accedido a la propuesta de Lara. Pero ya era hora de volver a casa, y para ser francos, no deseaba irse sola. Habría dado cualquier cosa por tener los arrestos para decirle a Lara que la acompañara, pero no quería presionarla; tenía que ser paciente, esa ciencia que tanto aborrecía, y dejar que tomara una decisión al respecto. Por eso cuando se abrieron las puertas del ascensor, Esther seguía charlando de banalidades como lo rica que estaba la cena o la buena pareja que hacían sus anfitrionas, y en ningún momento sospechó que Lara no la estaba escuchando, o que pensamientos de índole muy distinta recorrían la mente de la periodista.
Al extender la mano para abrir la puerta, notó un tirón en la mano que la empujó hacia atrás. No tuvo apenas tiempo de reaccionar. En cuanto se dio cuenta estaba con la espalda pegada a la pared del portal, el cuerpo de Lara pegado al suyo, sus labios recorriendo con hambre su cuello. Se quedó sin aliento. Cada bocanada de aire que daba le sabía a Lara, a sus labios, a su piel, al perfume con el que había rociado su suave cuello. Las manos de Lara empezaron a descender por su espalda y se introdujeron por el interior de la camisa de Esther, hasta tocar piel, lo que acabó provocándole un escalofrío.
—¿Estás segura de esto? —le preguntó en medio de un beso, casi sin resuello, esperando que la respuesta fuera <<sí>> y solo <<sí>>.
—Totalmente —dijo Lara, sin dejar de besarla.
Esther creyó estallar de alegría. Profundizó los besos, sus manos también exploraron hasta dar con la cintura de los pantalones de Lara. Sintió que podía arrancárselos allí mismo, dejar que le hiciera el amor contra la fría pared de un portal, gritar de placer hasta conseguir que su voz se colara por el hueco de la escalera y los vecinos se asomaran para ver qué estaba ocurriendo. En ese momento se creyó capaz de todo, y fantaseó con esa idea, porque pensó que no iba a ser capaz de detenerse. Los besos de Lara eran demasiado adictivos para frenar ahora. Sus caricias demasiado placenteras para negárselas. Estaban al borde del precipicio, las melenas despeinadas, pupilas enfebrecidas, las manos temblorosas e insaciables, queriendo tocar más, acariciar más, besar más.
—No puedo, o me haces el amor ya o me volveré loca —protestó Esther, cuando Lara mordió uno de sus pezones por encima de la camisa.
—Mi casa está aquí al lado.
—Vamos.
Fue la locura la que tomó el control de sus actos, Esther estaba segura de ello. Habían perdido la poca cordura que les quedaba en ese portal oscuro, y ahora eran dos lunáticas enamoradas y consumidas por el deseo caminando por las calles de Madrid. Esther no pensó en ningún momento en el peligro que eso comportaba. Caminaban a la carrera, con las manos entrelazadas, riéndose como dos adolescentes. Esther nunca se había sentido tan viva ni tampoco tan plena, y en ese momento le dio igual si estaban a plena luz del día o en un cuarto oscuro, escondidas. Deseaba a aquella mujer con la última fibra de su ser y en unos minutos pensaba hacerla suya, pasar la noche entera recorriendo su cuerpo, saciándose de él, recuperando el tiempo perdido en aquella larga espera autoimpuesta por culpa de un miedo absurdo. Esther era ahora la mujer más feliz del mundo, y cuando Lara gritó <<¡Taxi!>> y el conductor pisó el freno para detenerse, siguió sus impulsos y le robó un beso en medio de la acera, antes de meterse en el coche.
—Me vuelves loca. Esta noche pienso hacerte el amor hasta que chilles de placer.
Lara sonrió, y le correspondió con un beso todavía más feroz que el anterior. Abrió la puerta del coche y apresuró al taxista. Su corazón empezó a latir con fuerza cuando las manos de Esther se perdieron en su entrepierna, en una especie de repetición de la primera noche que pasaron juntas. En aquella ocasión la urgencia por tocarse era tal que a ninguna le importó la presencia del taxista. Ahora le pareció que aquel vehículo rodaba solo, casi como un coche fantasma, sin un conductor que lo manejara. Se deseaban allí y ahora, y ese deseo parecía no poder esperar a estar a solas.
Lara le lanzó un billete al taxista sin molestarse en mirar a cuánto ascendía la carrera. No dejaron de besarse el trayecto que las separó del portal hasta la entrada a su habitación. Eran besos carnívoros, hijos del derroche, que se desparramaron por sus cuerpos arrasando sus pieles. Se aferró a Esther como si deseara convertirla en su rehén, para que no saliera nunca por la puerta de su habitación. Comprendió lo equivocada que estaba al pensar que solo deseaba a aquella mujer. Lo que de verdad quería era fundirse con ella en un solo ser, devorarla como un caníbal hasta llegar al epicentro de su alma. Pero se sentía torpe, imprecisa, incluso temerosa de no atinar con las caricias o las palabras.
—No sabes cuánto te he deseado —le confesó Esther al interrumpir un beso para tomar una bocanada de aire.
—Créeme, sí que lo sé —afirmó, hundiendo los dedos en su espalda.
—Por favor, no pares —le suplicó Esther—. Me muero por sentirte.
Lara se mordió el labio inferior con tanta fuerza que un pellizco de dolor recorrió su espina dorsal. La cercanía de Esther le producía un placer exquisito e insoportable a la vez. Tenía tantas prisas por sentirla que le temblaron las manos al entrar en contacto con su piel. Esther gimió de placer al notar el comienzo de sus caricias. Y Lara sintió el familiar nudo creciendo en su garganta mientras la invadía una sensación de familiaridad.
En la oscuridad de su habitación, a salvo de miradas ajenas, nada ni nadie podía interrumpirlas. El mundo se quedaba fuera, al otro lado de la ventana, con sus ruidos, cotilleos, envidias, gente buena, gente mala, gente de toda calaña. Allí estaban a salvo, nada podía hacerles daño. Eran solo ellas, dos cuerpos enredados, dos corazones que latían al son de la misma sintonía. Lara sonrió al borde de la absoluta dicha. Estaba en casa, y no a causa de un domicilio postal, sino porque comprendió que Esther era su hogar.

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CAPITULO TREINTA Y CINCO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:03 pm

La cena en casa de Claudia y Olivia supuso un antes y un después en la vida de Lara. De eso hacía ahora tres días, pero seguía recordando con una sonrisa pintada en los labios las prisas que sintieron esa noche, los gemidos de Esther confundidos con los suyos, su inquietud por que el taxista pisara a fondo el acelerador, o incluso se saltara todos los semáforos en rojo.
Sonrió como si esto fuera una metáfora de su propia vida. Porque ella se había saltado todos los semáforos de la política al haber empezado una relación con una alcaldesa en plena campaña. Sin embargo, no se arrepentía, y al final hasta resultó útil que hubieran pasado aquella noche en su casa. Así Lara aprovechó para recoger un par de cosas por orden expresa de Esther.
—Nada de largos viajes en coche —le dijo, mientras estaban desayunando. Lara la miró, y un pensamiento cruzó su mente. No estaba incómoda con la presencia de Esther. Se habían despertado del mismo modo que haría una pareja que llevara años junta, como si aquella mañana fuera una de tantas. La cotidianeidad de la escena consiguió desconcertarla—. A partir de ahora, te quedas en mi casa. Por lo menos hasta el domingo, cuando sean las elecciones —le ordenó la alcaldesa, por completo ajena a sus pensamientos.
Lara ni siquiera sintió tentaciones de oponerse. La idea era arriesgada, eso no podía negarlo. Una noche juntas y ya estaba haciendo las maletas para vivir con Esther, aunque fuera de manera temporal, aunque la situación lo justificara. Los diecisiete kilómetros que separaban Madrid de Móstoles, no eran nada, pero podían ser mucho, según el contexto. Y el de Lara era que arrastraba ya varios meses de trabajo ininterrumpido, de puro agotamiento, por lo que aquellos kilómetros se presentaban como una alta montaña que escalar cada vez que acababa una nueva jornada de trabajo. Se sentía exhausta, y tenía que reconocer la conveniencia de quedarse en el piso de Esther.
Afortunadamente, todavía no había tenido ocasión de arrepentirse de haber tomado esta decisión. De eso hacía ya tres días, pero no podía sentirse más feliz compartiendo techo y cama con Esther. La campaña, que en principio imaginó como un camino largo y pedregoso, estaba siendo sin duda alguna su parte favorita del tiempo que llevaba en Móstoles. A pesar de las obligaciones que ambas tenían para seguir con las apariciones en los medios de comunicación, el control de la campaña en las redes sociales, y los improvisados mítines callejeros con los ciudadanos, ninguna se sentía cansada. Acumulaban tanta tensión durante el día, rodeadas como estaban a todas horas, que pasaban noches enteras casi en vela, haciendo el amor enfebrecidas. Lara no creyó que tanta pasión fuera posible. Se sentía en poder de una fuerza inusitada que manaba de su interior, como si las atenciones que Esther le prodigaba la convirtieran en un ser invencible, todopoderoso, el cual no necesitaba dormir o comer para estar repleta de energía. Estar cerca de Esther le bastaba, conseguía saciar todas sus necesidades; Lara se alimentaba de su ser como un vampiro se alimenta de la sangre de sus víctimas.
De eso se trataba el amor, supuso, con una sonrisa aun mayor, colocando sus brazos detrás de la cabeza, tendida en la cama. Lara creyó que podría explotar. Se sentía ligera como una pluma y sonrió al escuchar con atención el canturreo de Esther en la ducha. Asuntos que antes le hubiesen preocupado, como la aparición en todos los titulares de la prensa local del calificativo de “ramera política” con el que Cortés había tildado a Esther, le resultaban ahora insignificantes. De todos modos, se trataba de reyertas políticas que tal vez despertaran una sonrisa en los lectores, pero que no solían condicionar la intención de voto, y no debían preocuparse demasiado por ello.
La periodista podía notar, en cualquier caso, que su afán de control estaba perdiendo la batalla contra su necesidad de disfrutar del momento. Esos días le costaba centrarse en la política. Solo podía pensar en el cuerpo desnudo de Esther, en la suavidad de su piel, en el dulce beso con la que la había despertado, y en la ternura que representaba la bandeja de desayuno que la alcaldesa había dejado en su lado de la cama.
Eran las ocho de la mañana y tocaba ponerse en marcha, pero la tentación de meterse en la ducha con Esther estaba imponiéndose a la responsabilidad. Lara se incorporó, apartó las sábanas y estaba a punto de entrar sigilosamente en el baño para darle una sorpresa, cuando la melodía de su móvil la interrumpió. Frunció el ceño con desconcierto. Era demasiado temprano para que no se tratara de algo importante. Quien se encontrara al otro lado de esa llamada, tenía prisa por localizarla. Se dirigió hacia la mesita de noche, pensando que podía tratarse de cualquiera. En campaña uno nunca sabía lo que podía ocurrir. Su incertidumbre se despejó al ver de quién se trataba: Tino.
Mala señal. Era demasiado temprano para que el jefe de El Globo intentara contactar con ella, y Lara no pudo evitar estremecerse. Respiró hondo y deslizó el dedo por la pantalla del aparato.
—Hola, Tino —le saludó, mordiéndose el labio inferior con temor.
—Buenos días, Lara. Imagino que ya sabes para qué te llamo. Lo intenté anoche, pero no pude dar contigo.
Lara recordó remotamente haber visto una llamada perdida de Tino a última hora, pero la noche anterior se había desentendido de su teléfono, ocupada como estaba en saciarse del cuerpo de Esther.
—Lo siento, se me hizo muy tarde para devolverte la llamada. ¿Ha pasado algo? Es raro que me llames a estas horas. —Tomó asiento al borde de la cama, preparada para encajar el golpe que vendría a continuación.
—Solo quiero que sepas que a nosotros también nos las ofrecieron, pero me negué a aceptarlas. Casi me cuesta mi puesto, dicho sea de paso.
—No entiendo ni una palabra, Tino. ¿De qué me hablas? —respondió esta vez, poniéndose en pie. Esther seguía ajena a todo lo que ocurría en la habitación. Una nube de vapor salía del interior del cuarto de baño, y Lara se alegró de que la alcaldesa no estuviera presente mientras mantenía esa conversación.
—¿No has visto los periódicos de hoy?
—Todavía no, acabo de salir de la cama.
Tino suspiró al otro lado de la línea. —Lara, tienes que verlos cuanto antes. Yo solo quería que supieras que no he tenido nada que ver con eso, ¿de acuerdo? Incluso intenté llamar a Pedro, para hacerle entrar en razón, pero no me hizo ni puto caso.
—De acuerdo —replicó ella. Sintió su corazón latir con furia. Todavía no había colgado, pero ya estaba camino de la puerta, en donde el repartidor solía dejar un ejemplar de todos los periódicos sobre el felpudo.
—Cuídate, por favor. Estamos en contacto.
—Gracias, Tino. Un abrazo —se despidió, con la respiración entrecortada.
Le temblaron las manos cuando empujó la manilla hacia abajo. Lara tomó todos los periódicos entre sus manos y los dejó caer en el suelo del vestíbulo. Después se arrodilló y empezó a recorrer sus portadas. Respiró aliviada al ver que en los tres primeros no había nada destacable. Pero cuando llegó al cuarto la expresión de su cara cambió. Lara sintió que la sangre abandonaba su rostro. Con dedos temblorosos tomó aquel periódico con la mano, una cabecera bastante amarillista, que dirigía Pedro Muñoz, el hombre al que había hecho alusión Tino.
No le hizo falta siquiera leer el titular, le basó con ver la foto. Tenía muy mala calidad, como si alguien la hubiera sacado con un móvil, pero incluso pixelada se apreciaba perfectamente a sus protagonistas. Su estómago dio un vuelco cuando vio esa instantánea de ella y Esther, besándose en medio de Fuencarral, al lado de un taxi.
La rabia empezó a crecer con virulencia en su interior. No podía creer que un asunto tan personal hubiera saltado a la prensa. A nadie debía interesarle la orientación sexual de una política y, sin embargo, se estaba tratando como un tema de interés público. Lara no quiso ni imaginar lo que la gente estaría diciendo en las redes sociales.
El insulto de Cortés, al lado de esto, era una nimiedad. Se encontraban ante un verdadero incendio, imposible de controlar, y desconocía de qué modo podía afectarles de cara a las elecciones del próximo domingo. Sus pensamientos empezaron a girar en círculos con velocidad. Estaba tan inmersa en sus preocupaciones que ni siquiera se percató de que Esther le estaba hablando. Solo fue consciente cuando la vio parada bajo el dintel de la puerta.
—¿Lara? ¿No escuchas? Llevo un buen rato llamándote.
Elevó la vista y sus ojos se clavaron en los suyos. La alcaldesa fue entonces consciente de la rareza de la situación. Lara se encontraba tirada en el suelo, rodeada de periódicos, el gesto descompuesto, los ojos llenos de desesperación. Consciente de que algo muy grave había ocurrido, Esther se abalanzó sobre ella y le quitó el periódico que tenía entre manos.
—¡Joder! —exclamó la alcaldesa cuando vio la portada.
—Esther, no…
—¡Joder, no me lo puedo creer! ¡A cuatro días de las elecciones!
—Esther, cálmate, lo arreglaremos, intenta mantener la calma.
—¿Cómo? —la increpó. Estaba tan nerviosa que, envuelta en una toalla, empezó a merodear por el vestíbulo, tocándose el pelo. Lara nunca la había visto así—. ¿Cómo?
—No lo sé, pero lo arreglaremos. Te tiene que dar igual esto, nos tiene que dar igual. Eso sí lo sé. Eres un miembro del Partido Liberal y tus votantes son…
—Lara… Me importan una mierda los votantes ahora mismo —la interrumpió Esther—. Lo que me preocupa no es eso. Por mí el partido y las elecciones se pueden ir a la mierda.
Lara arrugó la frente, sin comprender. —Entonces, ¿qué es? ¿Por qué estás así?
—Por mis hijos, joder… por mis hijos —le dijo. Lara abrió los ojos, asombrada. Comprendió que ni siquiera se había acordado de los hijos de Esther—. No quiero saber la cara que pondrán cuando vean estas fotos de su madre. Tendría que habérselo contado antes, tendría que…
—Ssssh, cálmate. —Se levantó y la tomó entre sus brazos. Esther hundió la cabeza en su hombro. Estaba tan nerviosa que la notaba tiritar contra su cuerpo—. Te prometo que lo vamos a arreglar. Confías en mí, ¿verdad?
—Sí, mucho.
—Yo también en ti. Lo solucionaremos juntas. Ya lo verás.
Esta promesa se quedó flotando en el aire, mientras Lara intentaba consolarla. Estaba tan acostumbrada a que le preocupara el qué dirán y su reputación en el partido, que su reacción la había tomado por sorpresa. En ningún momento imaginó que su nerviosismo se debía a la preocupación de que sus hijos vieran aquellas inmundas fotografías. Abrazó a Esther todavía más fuerte y se juró a sí misma que la tempestad pasaría. Daba igual lo que le costara, estaba dispuesta a todo con tal de proteger a Esther. Si ella caía, lo harían todos, desde el primero al último.

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CAPITULO TREINTA Y SEIS

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:04 pm

No hacía falta ser un estadista ni un visionario para saber que la noticia correría como la pólvora desde primera hora de la mañana. Esther no se encontraba preparada para afrontar esta nueva crisis ya no política, sino personal, pero se dejó convencer por Lara para encarar el día con naturalidad, como si nada hubiera pasado.
Le prometió al menos intentarlo, pero antes de salir por la puerta de su casa, y exponerse al escrutinio de todos, tenía que hacer algo importante: llamar a sus hijos. Quería aprovechar que todavía era temprano. Con un poco de suerte ni Patricia ni Luis habrían visto las fotografías.
Lara le dio un beso en los labios y salió de la habitación para dejarle privacidad. Cuando la puerta se cerró y se quedó sola en su cuarto, sentada al borde de la cama, no pudo evitar volver a sentir la conocida soledad que tanto la había acompañado en el pasado. Aquella llamada tenía que hacerla sola, nadie más podía hacerla por ella, y la simple perspectiva de marcar el número de sus hijos para contarles la verdad, conseguía ponerle la piel de gallina. Resignada, probó suerte primero con Patricia, pero su hija no contestó la llamada. Entonces llegó el turno de Luis, que respondió de inmediato. Por la hora que era, su hijo debería haber estado en clase. A Esther le sorprendió que no fuera así.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá.
—¿Cómo es que no estás en clase? —se interesó, consciente de que estaba dilatando el momento. Tenía que decírselo, pero todavía no estaba preparada, tal vez unos minutos de charla intrascendental le otorgarían la fuerza extra que necesitaba.
—No estaba de humor para ir hoy —replicó Luis.
Aunque no hubiera sido su madre, Esther habría notado el tono taciturno en su voz. Luis ya lo sabía, pensó, segura de que estaba en lo cierto.
—Has visto las fotografías.
—Están en todo Internet, mamá, claro que las hemos visto.
—Claro, Patricia también… Por eso no me ha cogido el teléfono. ¿Estás enfadado? ¿Y ella?
—Ella está… —Luis vaciló, como si estuviera meditando qué palabras quería usar—. Ya sabes cómo es Patri, se lo toma todo a la tremenda. Dale un tiempo.
—¿Y tú?
—Yo estoy bien. Jodido, pero no por una mierda de fotografías, sino porque no me lo hayas contado antes. Me cabrea lo que están diciendo de ti. ¿Por qué no me lo contaste?
Exacto. ¿Por qué no se lo había contado antes? Esther ponía de excusa la distancia, y el hecho de que quería decírselo en persona, no por teléfono. Para ella era importante mirarles a los ojos a la hora de hacerles una confesión así, y las nuevas tecnologías no permitían este contacto íntimo. Pero sabía que en realidad podría haberlo hecho de otro modo, y no haber esperado hasta el último momento, hasta que ya era demasiado tarde.
—No lo sé, Luis. Pensé mil veces en ir a veros, coger un avión y pasar allí unos días con vosotros. Pero supongo que me entró miedo —le confesó, con un nudo en la garganta que le impidió tragar con facilidad—. Tenía mucho miedo a vuestra reacción. ¿Puedes llegar a entender eso?
—Sí, claro que lo entiendo. Y aunque me cuesta encajar que mi madre sea lesbiana, te aseguro que no soy ningún cafre. Tengo varios amigos gays, no es nada del otro mundo.
—Bien, me alegro de que te lo estés tomando así.
—Ya, coño, pero si me lo hubieras dicho antes, ahora podría defenderte. ¿Tú sabes lo que es despertarte con cientos de mensajes de tus amigos gastándote bromas sobre tu madre?
—No, no lo sé. Pero me lo puedo imaginar —respondió Esther con toda la calma que supo.
Las nuevas tecnologías le parecían una herramienta tan maravillosa como atroz. Ella era de otra generación, pero Internet había contribuido a que noticias de todo tipo se extendieran con demasiada rapidez y ligereza, y no estaba segura de que fuera algo saludable.
—¿Es por esto por lo que la abuela decía que estás tan rara?
—Sí.
—Ya… Imagino la cara que puso.
—No fue su mejor día, eso te lo puedo asegurar. —Luis se rio ante esta respuesta y esto rebajó la tensión que sentía Esther, que volvió a respirar con normalidad—. Luis, siento muchísimo no habéroslo dicho antes. Te prometo que estaba esperando a que volvierais a casa.
—No pasa nada, lo entiendo. ¿Es buena tía esa Lara?
—Sí que lo es, muy buena.
—Vale, entonces me quedo tranquilo. Una menos a la que partirle las piernas —bromeó su hijo.
—Gracias por hacer que esto sea más fácil. Ojalá tu hermana llegue a tomárselo así algún día.
—Déjala tranquila un tiempo —le sugirió Luis—. Patri es buena gente, pero tiene demasiados pájaros en la cabeza. Yo creo que en un par de días habrá entrado en razón. No la agobies y espera a que te llame. Estoy seguro de que lo hará.
—Está bien, no lo haré.
—Vale, mamá, cuídate y ya seguiremos hablando. Dale un saludo a la de prensa, y pasa de todo lo que te diga la peña.
—De tu parte. Te quiero, cariño. Que pases un buen día.
—Yo también. ¡Chao!
Cuando Esther colgó el teléfono se dio cuenta de que ya no sentía miedo alguno, sino un orgullo inmenso de tener unos hijos como los que tenía. Puede que Patricia no se lo estuviera tomando con tanta deportividad como Luis, pero en el fondo de su corazón sabía que solo era cuestión de tiempo que acabara llamándola para charlarmdel tema, y con eso le bastaba. Si tiempo era lo único que Patricia necesitaba, podía darle todo el del mundo. Todo, con tal de no tener que agachar las orejas delante de ellos o alejarse de lo que más adoraba, sus hijos, solo por intentar buscar su propia felicidad.
La llamada le había sentado tan bien que Esther se sintió preparada para enfrentarse a lo que fuera. Gracias a la actitud comprensiva y positiva de Luis, le dio exactamente igual que su teléfono estuviera ardiendo aquella mañana. La mayoría de los mensajes los pasó por alto, eran de personas con las que hacía tiempo que no tenía contacto o cuyas opiniones le daban exactamente igual. Abrió por pura curiosidad uno de Marisa, en el que le ponía <<¡Reina! ¡Pero qué alegría que tengamos una alcaldesa bollera y visible! ¡Espero que ganes las elecciones!>> y también otro de Quique, su ex y padre de sus hijos, el hombre con el que había compartido la mitad de su vida, el mismo al que solo le salió mandar un mensaje con una sola palabra cuando salió la noticia: <<Zorra>>.
Y después, otro más: <<No sabes el asco que me das>>.
Bueno, al menos ya podía respirar tranquila. Después de todo, no había sido Quique quien había filtrado la fotografía a la prensa, pensó Esther con cierto alivio. Después de haber leído el elegante mensaje de su exmarido, lo cierto es que se sintió con más energías que nunca. Ahora ya no tendría que esconderse, simplemente porque no había escondrijo posible. Abrió la puerta del dormitorio y fue al encuentro de Lara, que estaba sentada en el sillón del salón, consultando su móvil.
—Está por todas partes —le informó—. En Facebook, en Twitter, eres trending topic en todo Internet. Incluso los periódicos nacionales están empezando a hacerse eco del tema.
—Me parece bien —replicó Esther, encogiéndose de hombros. Que fuera lo que tuviera que ser.
—Todo… ¿Ha ido todo bien? —le preguntó Lara con los ojos cargados de miedo.
—Bueno, depende de por quién me preguntes. Mi hijo Luis te envía un saludo, por ese lado bien. Mi hija Patricia no me coge el teléfono, pero se le pasará. Mi madre sigue inmersa en su mutismo, empiezo a sospechar que me ha desheredado. Y mi ex me ha mandado un mensaje muy inspirador.
—¿Qué te ha dicho? —Lara arrugó la frente.
—Zorra. Eso me ha dicho.
—Oh, se parece a Cortés.
—Sí, diría incluso que son el mismo tipo de hombre —concedió Esther—. ¿Pero sabes qué? No podría resbalarme más. ¿Nos vamos? Creo que ya va siendo hora de que salgamos de aquí, son casi las diez de la mañana.
Lara se levantó y fue hacia ella. Estaba sonriendo. Le dio un suave beso en los labios y comentó: —¿Te he dicho ya que estoy muy orgullosa de ti?
—La verdad es que no, pero te animo a que lo hagas más a menudo —replicó, cerrando con decisión la cremallera de su bolso.
La guerra no había hecho más que empezar.

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