Políticamente incorrectas por Emma Mars

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CAPITULO TREINTA Y SIETE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:04 pm

Lara no podía evitar sentirse molesta por el hecho de que un asunto tan personal estuviera arruinando meses de trabajo. Se habían dejado la piel montando aquella campaña, y ahora una maldita fotografía, una, además mal hecha, amenazaba con arruinarlo todo. Simplemente, no era justo. Le costaba asumir que en pleno siglo veintiuno todavía hubiera gente tan cerrada de mente como para no votar a un político en base a su orientación sexual. Menos aun tratándose de un miembro del Partido Liberal. Pero las encuestas no mentían, y empezaban a ofrecer datos muy duros. Lo quisieran o no, la intención de voto parecía estar bajando, y no podía deberse a nada más que a la publicación de esas fotos.
Ballesteros y Cortés habían celebrado la noticia como si hubiera llegado la Navidad. Este asunto protagonizaba ahora casi todas sus intervenciones públicas, aunque cada uno lo hiciera a su estilo. El líder de la oposición, un hombre tradicional hasta la médula, habló en términos muy duros sobre lo que definió como la <<amoralidad y libertinaje de la señora Morales>>. En una intervención de la televisión local, se puso tan furioso que Lara tuvo esa noche pesadillas en las que aparecía empuñando un crucifijo y repartiendo agua bendita para ahuyentar a los demonios que, según él, Esther estaba llevando al Consistorio.
Cortés también aprovechó esta oportunidad para desprestigiar a Esther. No obstante, sus intervenciones eran distintas a las del líder de la oposición. El exconcejal siguió fiel a la idea de vender su formación política como el verdadero Partido Liberal, y por ello no cometió el error de descalificar a la alcaldesa por su orientación sexual. Esto podría haber herido la sensibilidad de algunos de sus potenciales votantes, así que optó por otra estrategia. Lo que Cortés criticaba era la indecisión de Esther. El altercado de las fotos le dio pie para tacharla prácticamente de veleta. <<Les aseguro que la señora Morales es así para todo>>, dijo en una ocasión. <<Un día es heterosexual, tiene marido y dos hijos. Al día siguiente decide que es lesbiana. Ahora quiere hacer un proyecto, ahora lo cancela>>, insistió. Este era el argumento de Cortés y le estaba funcionando bastante bien entre el sector más conservador de la izquierda.
A Lara no le sorprendió en absoluto que los políticos utilizaran el asunto de las fotografías como artillería política. Las campañas eran como las guerras, y bien sabía ella que en la guerra, como en el amor, todo vale. Pero empezaban a ser tantas las opiniones de la gente, tan numerosas las personas que tenían algo que decir al respecto, que estaba cansada de que su vida estuviera en boca de todos.
Para su sorpresa, el único que se cuidó mucho de dar una opinión al respecto fue Diego Marín. Cuando los periodistas buscaban su parecer sobre este asunto, el presidente les daba largas. Incluso se negó en rotundo a contestar una periodista descarada, que le preguntó si Esther era la razón por la cual Lara se había ido de su gabinete. <<No voy a entrar nunca en cuestiones que atañen a la vida personal de la señora Morales y la señorita Badía>>, replicó el presidente, tajante.
Lara no sabía qué pensar. Le hubiese gustado saber qué se pasaba por la cabeza de Diego en ese momento. Se sentiría traicionado, sin lugar a dudas, o a lo mejor ya tenía sus sospechas. Él era una persona muy astuta y la conocía muy bien, al menos lo suficiente para saber que Esther Morales era su tipo de mujer. Sea como fuere, Lara le agradecía esta reserva y que no hubiese aprovechado la oportunidad para descalificarlas públicamente. Acostumbrada como estaba a ser una persona muy celosa de su intimidad, no llevaba nada bien estas intromisiones en su vida personal. Conseguían irritarla de tal manera que esa tarde incluso contestó mal a Carmen sin necesidad.
—Si me vas a decir que estuvo mal, no quiero escucharlo —le dijo, cuando la secretaria se acercó a ella con toda la dulzura del mundo—. Te aseguro que no pasó nada mientras estaba con tu sobrina —se apresuró a añadir, aunque supiera que estaba mintiendo. Técnicamente sí que había ocurrido algo entre Esther y ella cuando ya estaba con María.
Carmen parpadeó varias veces, como si no comprendiera esta hostilidad por parte de Lara. —En realidad solo quería decirte que me parecéis una pareja maravillosa —le aseguró tímidamente, algo asustada por su agresividad.
Lara sujetó la frente con la mano. — mierda, Carmen, perdóname. Estoy muy nerviosa con este tema, pensé que tú también me ibas a decir algo —se disculpó, avergonzada.
—No pasa nada, es comprensible. Hasta mis vecinos están hablando de esto —le aseguró la secretaria, suspirando con alivio.
—María… ¿te ha dicho algo?
Carmen sonrió y le agarró con dulzura el antebrazo. —María ya no es asunto tuyo, Lara. Ni tú lo eres de ella. Como te dije en su día, espero que las dos sepáis ser lo suficientemente adultas para empezar a hacer vuestras vidas. Y lo mismo le he dicho a mi sobrina.
Lara asintió con la cabeza. María le preocupaba lo suficiente para no querer hacerle daño, pero las palabras de Carmen encerraban mucha sabiduría. Por mucho que la apreciara, ya no eran una pareja; ambas tenían que centrarse en rehacer sus vidas, y tomar decisiones por separado. La suya había sido estar con Esther, y esperaba que María pudiera encontrar muy pronto a una persona que le llenara de igual forma, pensó mientras se despedía de Carmen y se dirigía a la puerta de entrada del anfiteatro.
El lugar estaba empezando a llenarse, pero Lara seguía preocupada. En menos de media hora iba a dar comienzo el mitin de cierre de campaña y seguía sin tener noticias del Gabinete de Presidencia. Ni Juan ni Regina ni Tomás se habían puesto en contacto con ellas en toda la semana. Nada, ni una sola llamada. Y estaba empezando a pensar que Diego Marín había decidido no presentarse al mitin conjunto que en teoría tenía que dar con Esther.
Lara se ofreció a llamar al gabinete en varias ocasiones, pero la alcaldesa se lo prohibió tajantemente. Esther se negaba a rebajarse de ese modo y estaba dispuesta a seguir adelante, tanto si Diego aparecía como si no. Como consecuencia, ahora tenían un auditorio lleno hasta la bandera de simpatizantes y afiliados que esperaban ver al presidente, y ellas seguían sin saber si Marín acudiría a la cita.
Existía mucha expectación en torno a este mitin. Esther se había negado a comentar nada acerca de las fotografías publicadas por aquel periódico amarillista, y los periodistas andaban a la caza y captura de cualquier declaración al respecto. Confiaban en que la alcaldesa utilizara el mitin de cierre para hacer alguna referencia al tema. Esta expectación les favorecía, porque era de esperar que no cupiera ni un alfiler en el patio de butacas. No obstante, lo que a ella le preocupaba de verdad era que Marín no asistiera.
Lara se lamentaba de que todavía no hubiera conseguido descubrir hasta qué punto era cierta la información que Francisco Carreño les había desvelado durante su breve encuentro en “La Traidora”. Lo había intentado, pero no encontraba la manera de tocar la tecla correcta. Por más vueltas que le diera, no sabía en quién podía confiar para tratar un tema tan escabroso. Su última esperanza, por tanto, recaía, como siempre, sobre Juan Devesa, y si Diego Marín les daba plantón esa tarde, iba a ser muy complicado hablar con él.
Quedaban diez minutos para que el mitin diera comienzo y tanto Lara como Esther estaban empezando a perder la esperanza de que esto ocurriera. Parecía bastante claro que el presidente no iba a aparecer, así que Lara le pidió a la alcaldesa que fuera ocupando su puesto, mientras ella esperaba fuera hasta el último momento.
Una tardía lluvia de mayo empezó a caer sobre la cabeza de Lara. La periodista miró hacia las nubes justo en el momento en el que un coche negro, de lunas tintadas, frenó bruscamente frente al teatro. Su corazón comenzó a palpitar con fuerza cuando vio que de él se bajaban Tomás, Diego y sí… Juan Devesa. La suerte volvía a sonreírle.
Se apresuró en acercarse para recibirles. Como no tenía intención de ser amable con Tomás o Diego, prefirió dirigirse directamente a Devesa. —Estaba segura de que no vendríais —le confesó, encogiéndose para evitar la lluvia.
—Venimos de la otra punta, de Somosierra, cagando leches. Casi nos la pegamos en el camino.
—Venga, entrad, no queda mucho tiempo.
Lara condujo a la comitiva por los pasillos interiores del anfiteatro. Como el mitin estaba a punto de empezar tuvieron la suerte de que la mayoría de los asistentes ya se encontraban esperando en sus butacas, así que nadie les entorpeció para saludar al presidente. Podía sentir la vibración de los pasos de los tres hombres que la seguían. Retumbaban contra el suelo de madera con la misma intensidad de los tambores anunciando la Semana Santa. Su corazón palpitó con fuerza, movida por la emoción del momento. Ella y Diego todavía no se habían mirado a los ojos, pero lo harían en algún momento, y entonces no tenía ni idea de qué iba a ocurrir. Cuando por fin llegaron al filo del telón, sonrió al ver que allí los estaba esperando Esther. Ella fue la primera en saludarle.
—Presidente —dijo a secas.
—Morales —la saludó él con igual antipatía. No hubo ni besos ni abrazos, solo golpes de cabeza a modo de saludo—. Veo que Lara y tú habéis estado muy —Diego carraspeó—… ocupadas. —Tenía la mirada fija en la cortina del telón.
—Bueno, tengo entendido que tú también has estado muy ocupado —replicó Esther, igualmente con la mirada fija en la cortina roja—. Rodrigo puede ser muy absorbente a veces, lo sé por experiencia.
Lara prestó atención a la reacción del presidente. Quería ver si había un atisbo de duda en él, cualquier gesto que lo delatara. No obstante, Diego solo sonrió con suficiencia, como si no concediera ninguna importancia a la insinuación que acababa de hacerle Esther. En lugar de contestar, se giró hacia Lara y le guiñó un ojo como lo hacía en los viejos tiempos.
—Espero que al menos sea buena en la cama —le espetó entonces con todo su desparpajo—. Yo no llegué a comprobarlo. En eso tuve más suerte que tú, Lara. Te la puedes quedar entera para ti, nunca me han gustado los objetos de segunda mano —se mofó.
La periodista sintió ganas de partirle la cara. Pero Esther la detuvo en el último momento. Le agarró la muñeca con fuerza e impidió que se abalanzara sobre él. En ese instante escucharon hablar a Belén. La secretaria del partido local era la encargada de hacer una breve introducción al mitin. Cuando llamó a Diego y Esther para que salieran al escenario, el público estalló en aplausos.
—Dame la mano —le ordenó Diego. Esther se negó a tocarle y le dedicó una mirada de asco—. He dicho que me des la mano, cojones, ¿no ves que vamos a salir ya? —Diego miró con ira a Tomás, como si esperara de él que obligara a la alcaldesa a tomarle la mano.
La situación era tan tensa que Lara no supo qué iba a pasar. Tuvo miedo de que el asunto se les fuera de las manos. Pero entonces Esther hizo lo que nadie se había atrevido a hacer jamás: ignoró por completo las órdenes del presidente y abrió el telón con un amplio movimiento de manos para salir ella antes al escenario. Atónito por lo que estaba ocurriendo, Marín no supo cómo reaccionar. Inicialmente se quedó estupefacto, hasta que Tomás lo sacó de su ensimismamiento:
—Presidente, tienes que salir —le sugirió el periodista. Diego pareció despertar del shock. Miró con verdadero odio a su jefe de prensa y empezó a andar.
—Joder, qué situación —se lamentó Tomás, dando un puñetazo a una de las columnas que había entre bambalinas.
Lara se fijó en que el periodista parecía desesperado, como si aquella estuviera siendo la peor campaña que había experimentado en su vida. Parecía devastado. Ella nunca le había visto tan hundido, y esto le sorprendía porque la última vez que había visto a Tomás y Diego juntos, le pareció que estaban hechos el uno para el otro. Claramente, las cosas habían cambiado mucho desde que ella no estaba en el Gabinete de Presidencia. Tal vez Diego se había vuelto incluso más presuntuoso, pues ahora trataba con desdén a quien se suponía que era su mano derecha. Movida por su sentimiento de compañerismo, estuvo tentada de estirar la mano y reconfortar a Tomás, pero se detuvo en el último momento.
—Será mejor que nos movamos a la primera fila para verlo desde allí —sugirió entonces. Tomás asintió en silencio.
La escena que los espectadores estaban viendo sobre el escenario era muy diferente a la que ellos tres acababan de vivir entre bambalinas. Tanto Esther como Diego parecían encantados de estar allí. Sonreían al público, totalmente metidos en su papel. Recibieron los aplausos y, a la vez, aplaudieron al patio de butacas. A Lara nunca dejaban de sorprenderle estas rápidas mutaciones de la casta política. Se trataba de seres con una desconcertante capacidad para odiarse en privado y adorarse en público, algo que ella se consideraba incapaz de hacer, por muchos años que llevara desempeñando aquel trabajo.
Decidió quedarse de pie, apoyada en una de las paredes del anfiteatro, justo al lado de Juan, preparada para escuchar la intervención de Esther, que sería la primera en dar su discurso, pero con su atención puesta en Devesa, que era con quien realmente deseaba charlar. Esta podía ser la última vez que Esther se dirigiera a sus vecinos ocupando un cargo político. El futuro de la alcaldesa sería incierto si no ganaban las elecciones ese domingo. Por supuesto, podía quedarse durante un tiempo como líder de la oposición, pero Lara no estaba muy segura de que Esther quisiera aceptar esta tarea, dadas las circunstancias. Si algo estaba claro era que Diego Marín no la iba a revalidar como candidata del Partido Liberal, y no tenía sentido permanecer dentro de un partido que renegaba de ella.
Esther era muy consciente de que esto podía ocurrir, y a lo mejor ese fue el motivo de que aquella tarde diera uno de los mejores discursos de su vida o, al menos, el más sincero de todos. La alcaldesa abrió tanto su corazón a los presentes que acabó hablando de su familia, su infancia e incluso los sueños que tenía para su ciudad natal. Se refirió, además, a las odiosas fotografías, aunque lo hizo de un modo sutil, sin mentarlas de manera directa, tan solo afirmando que <<el rendimiento de un trabajador no debe ser juzgado en base a su vida personal, sino a sus resultados laborales>> y que ella, como trabajadora pública, esperaba recibir el mismo tratamiento por parte de sus jefes, los ciudadanos.
Su intervención recibió una amplia ovación cuando Esther se despidió y dio paso al presidente. A diferencia de ella, que habló desde el corazón, Diego sí que tenía un guion escrito. Se acercó al atril con una carpeta en la mano, que posó sobre él mientras daba el primer sorbo a su botella de agua. Las intervenciones del presidente solían ser largas, en torno a los treinta minutos, y Lara juzgó que este era un buen momento para abordar a Juan, ahora que Tomás había preferido apartarse de ellos y que Diego estaría centrado en dar su discurso.
—Juan, tengo que hablar contigo —le dijo sin rodeos. No había tiempo para introducciones.
—Si es por lo de las fotografías, olvídate, el presidente no ha dicho nada respecto a ellas. Al menos, no en mi presencia.
—Las fotografías me dan igual, Marín es libre de pensar lo que le dé la gana. Es por otro asunto más importante —le informó Lara.
—Bueno, pues tú dirás.
Lara dudó un instante. No encontraba la manera de decir algo así de un modo sutil, al menos no con Juan. Entre ellos la comunicación siempre había fluido de una manera directa, sencilla, sin rodeos, así que optó por ser fiel a su estilo y le dijo:
—¿Tú sabes algo de un posible desvío de fondos al partido que ha creado Rodrigo Cortés?
Juan Devesa abrió los ojos escandalizado. Lara pudo advertir enseguida que este tema le incomodaba.
—No sé de qué me hablas.
Claro que lo sabes.
—Juan, por favor.
—Lara, no me jodas, eh —protestó Devesa con enfado—. Sabes que estoy en deuda contigo y que te aprecio, pero no puedes pedirme algo así. Me juego el cuello, joder.
—Vale, pero algo tienes que haber escuchado. Lo que sea, me da igual. Solo necesito saber si mi fuente me está mintiendo.
—Aunque supiera algo relacionado con este tema, lo siento, pero no podría decírtelo. Estamos hablando de prevaricación, Lara —intentó razonar él—, no es lo mismo que contarte algo puntual sobre cotilleos del partido. No me obligues a hablar.
—O sea, que es verdad.
—Yo no he dicho eso —se defendió Devesa.
—Pero es como si lo hubieras dicho.
—Mira, Lara, me parece de puta madre que ahora que te estás follando a la alcaldesa quieras ayudarla, pero no me pidas que me juegue el cuello para salvarle el culo a tu amante.
Lara se apartó involuntariamente de Juan, dolida. No podía creer que su viejo amigo estuviera siendo tan insultante con ella. Levantó los brazos en señal de rendición y dijo:
—Vale, perdona, como quieras, pero no hace falta que seas ofensivo.
—Vale —replicó Devesa a la defensiva, cruzando los brazos sobre el pecho. Parecía muy enfadado—. Y ahora, por favor, aléjate un poco. Tomás va a empezar a sospechar y tengo una familia que alimentar.
Lara no pudo evitar que la decepción empañara su mirada. Quizá había ido demasiado lejos poniéndolo en esta tesitura en medio de un mitin, pero eso no excusaba el comportamiento agresivo de su amigo. Pero entonces recordó una regla fundamental de la que no debería haberse olvidado: en la política solo existían las alianzas, no los amigos. Y si alguna vez había construido una amistad con Juan Devesa, esta acababa de romperse.
Con este triste pensamiento en mente, se apartó unos metros y centró toda su atención en el discurso de Diego.

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CAPITULO TREINTA Y OCHO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:05 pm

—¿Nerviosa? —Esther se acercó a la silla en la que Lara estaba sentada. Escurrió sus brazos por los hombros de la periodista y depositó un beso en su mejilla. Lara suspiró.
—Mucho —le confesó.
—Pues no deberías estarlo —le susurró Esther—. Yo te aseguro que ya no lo estoy. Será lo que tenga que ser. —Su aliento, cálido, acarició el lóbulo de la oreja de
Lara, pero en aquel momento estaba demasiado preocupada para que su cuerpo respondiera a sus atenciones. En un abrir y cerrar de ojos, la jornada de reflexión había llegado. Era el día antes de las elecciones, veinticuatro horas en las que los partidos tenían una expresa orden de alto el fuego. La ley marcaba que la campaña debía detenerse en esa jornada para permitir a los ciudadanos tener un día de reflexión, antes de acudir a las urnas. Hacía más de dos horas que estaban despiertas, pero a Lara tanto tiempo libre se le estaba haciendo cuesta arriba.
Tenía el portátil abierto, y en su pantalla estaba aquel artículo que Tino había escrito el día antes. Se titulaba “¿Y qué si es lesbiana?” y había tenido tantos compartidos que Lara no podía dar crédito. Se trataba de un artículo de opinión en el que su exjefe arremetía contra las críticas que Ballesteros y Cortés habían hecho sobre la orientación sexual de la alcaldesa.
—¿Por qué sigues mirándolo? —inquirió Esther, señalando la pantalla.
—Quería ver los comentarios que ha dejado la gente.
Esther inclinó ligeramente el torso para leerlos por encima de su hombro, y sonrió complacida. —Son buenos, ¿no? —comentó.
—Sí, lo son. Tino ha hecho un gran trabajo. Le llamé ayer para agradecérselo.
—Eso está muy bien, Lara —la animó Esther—, pero ahora —dijo, bajando la tapa de su portátil— lo que tendrías que estar haciendo es desconectar. No vamos a ganar más votos porque te quedes pegada a tu ordenador todo el día —razonó la alcaldesa.
Lara se frotó la cara con las manos, en signo de desesperación. Esther estaba en lo cierto. Debería estar aprovechando la jornada de reflexión para descansar, dar un paseo, disfrutar del radiante sol de la primavera o en actividades que nada tuvieran que ver con una campaña política. Pero se encontraba nerviosa e inquieta. Le pasaba lo mismo en todas las elecciones a las que se había enfrentado. Durante la jornada de reflexión nunca era capaz de desconectar del todo y la espera se le hacía demasiado larga. Lara deseó que ya fuera mañana, estar a pie de urna junto a Esther, esperando al recuento de votos. Pero todavía faltaba tiempo para eso y no sabía de qué modo rellenar las horas que faltaban hasta que llegara el momento.
—Está bien, tienes razón —le dijo, sorprendida de que Esther acabara de sentarse en su regazo. La alcaldesa le dio un suave beso con intención de calmarla—. ¿Qué sugieres que hagamos? —le preguntó cuando sus labios se despegaron, un poco más tranquila.
Le gustaba la intimidad que estaba construyendo con Esther. A veces todavía le asustaba un poco lo rápido que se había precipitado todo. La semana antes ellas dos no eran más que un proyecto, un anhelo, si acaso. Vivían escondidas y ni siquiera tenían la certeza de que lo suyo fuera a funcionar. Ahora, en cambio, el mundo entero sabía que estaban juntas, convivían en la casa de Esther y se comportaban como una pareja consolidada. Pero Lara se encontraba tan a gusto que no estaba dispuesta a dejarse llevar por sus miedos.
—Bueno, tengo en mente varias cosas —dijo Esther, en tono sugerente, colando la mano en el interior de su camiseta—, pero creo que te vendría bien pasar unas horas haciendo algo que no tenga nada que ver conmigo ni con las elecciones.
Lara enarcó las cejas, sin comprender.
—¿Por qué no aprovechas para quedar con tu amigo? —propuso la alcaldesa.
—¿Con quién? ¿Con Fernando?
—Sí, ¿no me dijiste que ya estaba por aquí?
Fernando acababa de mudarse a Madrid. Y Lara ni siquiera había tenido tiempo de ayudarle con la mudanza o de pasarse por su nuevo apartamento. Su intención era dejar que pasaran las elecciones para hacerlo, pero la idea no le resultó del todo descabellada. Le vendría bien alejarse de Móstoles aunque solo fuera por unas horas. Esas calles empapeladas con los carteles electorales de Ballesteros y Cortés solo conseguirían ponerle más nerviosa. Lara sabía que si se quedaba en Móstoles no sería capaz de tranquilizarse. No obstante, no quería dejar a Esther sola.
—No sé, Esther —objetó, con las manos rodeando su cintura—. ¿Y dejarte aquí sola?
—Pues claro, ¿qué problema hay? No soy yo la que está hecha un flan. Además, no me va a pasar nada por quedarme sola unas horas. Puedo darme un baño, ver una película, no sé, lo que me apetezca.
—Ya, pero me sabe mal dejarte el día de la jornada de reflexión.
Esther sujetó su cara con las dos manos, obligándole a que la mirara. —Lara, en serio, te va a venir bien. Aquí no hay nada más que hacer, y hace tiempo que quieres ver a tu amigo. Ve, queda con él, te distraes un poco y por la noche ya tendrás tiempo de hacerme compañía —razonó—. Yo voy a estar bien, ¿de acuerdo?
Lara llegó a la dirección que Fernando le indicó en torno a las dos de la tarde. La puerta del portal se encontraba abierta, así que no se molestó en llamar. Subió hasta el quinto piso, y se lo encontró en el umbral de su apartamento, metiendo cajas en el vestíbulo de la casa. Su amigo estaba sudando. Llevaba puesta ropa deportiva y gruesas gotas de sudor perlaban su frente. Lara carraspeó para hacerle saber que tenía compañía.
Fernando abrió los ojos con sorpresa cuando la vio allí, con las manos metidas tímidamente en los bolsillos y una sonrisa de felicidad plasmada en su cara. Su mejor amigo dejó rápidamente una de las cajas que estaba cargando y fue hasta ella para estrujarla en un abrazo que casi la deja sin aliento. Fernando era un grandullón de metro noventa, y Lara no estaba acostumbrada a que la abrazaran personas de su corpulencia.
—¡Joder, qué ganas tenía de darte un abrazo! —le dijo, estrujándola todavía más.
—Vale, pero por tu vida, para ya, que no puedo respirar.
Fernando se rio y la dejó ir. —¿Y qué? ¿Vienes a ayudarme o a llorarme? —dijo, señalando las cajas que todavía le quedaban por meter en la casa.
—A ayudarte. Ya no tengo motivos para llorar. Pero pensaba que ya habías acabado con la mudanza.
—Estas son las últimas cajas —le informó—, acaban de llegar, pero el resto está listo. —Fernando miró entonces su reloj—. Hagamos algo. Me ayudas a meterlas y comemos en cualquier parte. Tengo ganas de que me cuentes por qué tienes esa cara. —Lara abrió la boca para responder—. No, no me lo digas. Tienes cara de habértelo pasado muy bien, eso ya lo sé, pero quiero detalles.
Ella sonrió de oreja a oreja, pero no confirmó ni negó. ¿Para qué iba a hacerlo si a Fernando le había bastado un minuto para notarlo? Estaba enamorada, era evidente, bastaba con conocerla solo un poco para saberlo, pensó. Entonces se detuvo un momento, pasmada. ¿Enamorada? Lara sacudió la cabeza, como si no acabara de creer que esta idea acabara de procesarla su cerebro. Y sin embargo, sí, tal vez enamorada fuera la palabra correcta, aunque hasta ese momento ni siquiera se lo hubiera planteado porque el amor siempre se le antojaba como un sentimiento peligroso, un material frágil, capaz de sacar lo mejor y peor de uno mismo. Meneó la cabeza de nuevo, sonrió como una idiota y se inclinó para coger una de las cajas.

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CAPITULO TREINTA Y NUEVE

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:06 pm

Los primeros rayos de sol del domingo las encontraron con las piernas enredadas a la altura de la pantorrilla. Esther se despertó primero. Echó la ligera colcha hacia un lado y fue hasta la ventana, solo para comprobar que otro día de sol radiante las estaba esperando. No obstante, este no era un día cualquiera, sino el diecisiete de mayo, el domingo en torno al cual había orbitado su existencia durante los últimos meses.
A excepción del nacimiento de Patricia y Luis, nunca un día había sido más relevante para ella. Ni siquiera su boda le pareció importante en ese momento, en especial tras haber sufrido los últimos desquites de su exmarido, el cual confiaba que a partir de entonces se mantuviera alejado, al menos hasta que cambiara de actitud. Esther notó la ansiedad creciendo en su interior a gran velocidad. Le comprimía el pecho como una culebra que se hubiera enredado ahí, al final de su diafragma.
Estaba nerviosa por conocer el resultado de las votaciones, pero, al mismo tiempo, le resultaba difícil cerrar aquella etapa. Echó un vistazo cargado de melancolía en dirección a la cama, en donde Lara dormía ajena a sus tribulaciones, y se preguntó qué pasaría con ellas a partir de esa noche. Si ganaban las elecciones, estaba la posibilidad de que se quedara a su lado como jefa de prensa. Si las perdían, las dos tendrían que tomar rumbos profesionales separados y a Esther se le hacía cuesta arriba imaginarse un futuro laboral sin la ayuda de Lara. Pero, además, estaba ese otro sentimiento, el de encontrarse a punto de cerrar un capítulo de su vida. Fuese cual fuese el resultado que arrojara la votación, sabía que estaba a punto de finiquitar una etapa, de poner un punto y final, y le asustaba la perspectiva de no saber qué vendría después, a qué se tendría que enfrentar, con quién.
Respiró hondo, intentando aliviar la presión que sentía en el pecho. Resultaba absurdo, porque estaba agotada de tanto trabajo, pero acababa de convertirse en una especie de rehén de la campaña con síndrome de Estocolmo. Le hizo tanta gracia pensarlo, que no pudo evitar sonreír de lo absurda que le pareció esta idea.
—¿De qué te ríes?
Esther se giró, y vio que Lara ya estaba despierta. La periodista se frotó un ojo con confusión.
—De nada, una tontería que he pensado. —Se acercó al borde de la cama y le dio el primer beso de la mañana—. Estás preciosa recién levantada.
—Sí, los ojos hinchados y la boca pastosa son mi mayor atractivo —bromeó Lara, ganándose un cariñoso empujón de la alcaldesa—. ¿Estás preparada?
Esther asintió. Sí que lo estaba, a pesar de sus pensamientos previos. Como un atleta a punto de disputar una prueba, se había estado preparando para este día durante muchos meses. Y se encontraba lista para salir a la calle y recorrer las mesas electorales. Iba a ser una larga y pesada jornada, pero se acabaría rápido. Cuando se dieran cuenta, la noche habría caído, los colegios electorales habrían cerrado y se encontrarían esperando el veredicto del resultado.
Esther no erró en sus cálculos. Antes de que pudiera percatarse, se encontraba sentada en una silla de la sede del partido, agarrando con fuerza la mano de Lara. Estaba tan nerviosa que ni siquiera había sido capaz de leer las decenas de mensajes que personas de toda índole le enviaron a su móvil para desearle suerte. La sede nunca había estado más llena durante la campaña. Todos los miembros de la candidatura se encontraban allí, así como Belén, Carmen, Ramón y el resto de chavales que les habían ayudado con las redes sociales. Pero Esther ya ni siquiera era consciente de quiénes la rodeaban. De lo único que estaba pendiente era de no soltar ni un segundo la mano de Lara, y del presentador de la televisión, que les iba informando puntualmente de los resultados provisionales. En aquel momento llevaban un cincuenta por ciento del voto escrutado, y parecía haber un empate técnico entre el Partido Liberal y Libertad por Móstoles, la nueva formación liderada por Rodrigo Cortés.
Esther se encontraba sumida en la peor de sus pesadillas. Si los resultados no variaban pronto, se vería obligada a pactar con Rodrigo Cortés para garantizar la viabilidad de un gobierno de izquierdas. ¿Y qué harían entonces? ¿Sería ella la alcaldesa? ¿Lo sería él? ¿Qué haría Diego Marín si sucedía esto? Se trataba del peor escenario que pudieran tener y cerró un momento los ojos con fuerza, como si la simple idea le provocara un dolor insoportable. Lara apretó todavía más su mano para consolarla.
—¿Quieres algo? —le preguntó—. ¿Un poco de agua?
Esther negó con la cabeza. No había probado apenas bocado desde la noche anterior, y no planeaba hacerlo ahora. Sentía el estómago tan revuelto que cualquier alimento habría salido de él con la misma velocidad con la que habría entrado. Lo que necesitaba era calmarse, empezar a aceptar que tal vez el resultado no arrojaría el mejor de los escenarios. Quedaban todavía muchas mesas electorales por escrutar, y algunas de ellas estaban en barrios en donde el Partido Liberal solía arrasar, pero empezaba a estar claro que la Alcaldía iba a recaer en ella o el exconcejal. El resto de los partidos estaban quedándose atrás. Ballesteros se mantenía en su número de votantes, pero no podría gobernar en solitario, y Ahora Móstoles iba a tener una honrosa representación, pero no sería determinante en estas elecciones.
—¿Crees que Cortés pactaría con Ballesteros? —le preguntó Esther a Lara, meditando todas las posibilidades. Sería la primera vez que el Partido Liberal pactara en Móstoles con el Conservador, pero el experimento se había visto en otras localidades.
—Creo que Cortés sería capaz de pactar con el diablo con tal de ser alcalde —replicó Lara—. Además, a lo mejor no depende de él —dijo, en clara referencia a la mano negra de Diego Marín.
Si el presidente le exigía llegar a un acuerdo con Ballesteros, ambas sabían que a Cortés no le quedaría más remedio que hacerlo. Sería un movimiento raro de cara a los votantes, pero a aquellas alturas de la campaña, ya nada podía sorprenderles.
Esther empezó a sentir un leve mareo cuando dieron las ocho de la noche y el presentador anunció que ya estaba escrutado el setenta por ciento de los votos. La expectación de los presentes era tan grande que pensó que se habían olvidado de respirar. Podía escuchar la voz del presentador, pero de un modo cavernoso, como si la pantalla de televisión fuera una cueva muy profunda. El silencio lo invadió todo. Estaban a punto de dar los últimos resultados. Quedaban todavía varias mesas por escrutar, pero no demasiadas. Esther agarró todavía más fuerte la mano de Lara. La tarta de resultados apareció en esos momentos en la pantalla y, para asombro de todos, se tiñó prácticamente toda de verde.
—Pues ya lo ven, amigos, contra todo pronóstico, el Partido Liberal se ha colocado en cabeza, muy por delante de los otros partidos —informó entonces el presentador.
Esther pestañeó con asombro. ¿Estaban ganando? La sede estalló entonces en vítores y aplausos. Ramón empezó a agitar una botella de champán, pero Tejero le puso una mano en el hombro, para que esperara hasta el final.
—¿Estamos ganando? ¿De verdad? —preguntó, todavía sin creerlo.
Lara, poco dada a adelantar acontecimientos, le sonrió con ternura. —Vas a ganar, Esther —le dijo, abrazándola.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—¿Tú no lo sientes? ¿Aquí? —Lara señaló un lugar inconcreto de sus entrañas.
—Sí —admitió, empezando a creer que aquello era posible.
No sabía cómo estaba sucediendo, pero los resultados no mentían. El color verde del Partido Liberal ocupaba gran parte de la tarta, estaban incluso aspirando a la mayoría absoluta, y Esther no pudo evitar plantearse qué estaría pensando Diego Marín en ese momento. Habría pagado una fortuna por ver la cara del presidente cuando viera los resultados en Móstoles.
Esther no fue demasiado consciente de lo que sucedió durante los siguientes minutos. Su mundo se tornó muy confuso cuando, en un momento dado, decidió levantarse para ir a por un vaso de agua. Necesitaba un instante a solas, porque el ruido que hacía la televisión, combinado con los cuchicheos de la gente del partido, y sus vítores ocasionales, estaban consiguiendo levantarle dolor de cabeza, y la verdad es que deseaba estar sola aunque solo fuera un minuto, alejarse de aquella jauría que se había montado. Casi se arrepintió de no haber tomado la decisión de seguir el recuento desde su casa y aparecer después en la sede. Lara se lo aconsejó para que los nervios no se la comieran viva, pero Esther había querido estar compartiendo este momento con todas esas personas que se habían mantenido a su lado durante la campaña.
Se estaba bebiendo el vaso de agua con parsimonia, cuando estalló aquel repentino estruendo. No fue capaz de procesarlo de forma correcta. Cuando se dio cuenta, alguien estaba gritando su nombre, <<¡Esther, Esther! ¿Dónde está? ¡Esther!>>, y lo que sintió después fue que un número indeterminado de gente la acorraló hasta dejarla casi sin aliento.
—¡Joder, hemos ganado! —dijo la voz de Ramón.
Sus ojos se abrieron como platos. ¿Habían ganado? ¿En qué momento? Cuando consiguió salir de la confundida masa de cuerpos, y respirar con normalidad, buscó a Lara con desesperación. Quería verla. Necesitaba verla. ¿Dónde estaba Lara? Se la encontró entonces, justo enfrente de ella. Lara la miró como si estuviera a punto de echarse a llorar, tal vez eso haría, después de todo, aunque no le gustara hacerlo en público. Esther se quedó un buen rato mirándola fijamente, las separaba menos de un metro de distancia. Sentía la respiración entrecortada, el pecho le subía y bajaba al compás, y su corazón latía con fuerza. Lara se había convertido en tal centro de su universo que ni siquiera se dio cuenta de que sus compañeros del partido no estaban perdiendo detalle de la escena.
—¡Bésala, mujer, que lo estás deseando! —La animó Belén. Los demás se rieron.
Esther no necesitó pensárselo dos veces. Cruzó el escaso espacio que la separaba de Lara, dejó que su mano se escurriera detrás de su nuca y la atrajo hacia sí para darle un apasionado beso que despertó los aplausos de todos. Después deslizó la mano hasta dejarla posada sobre la mejilla de la periodista, y le susurró con los ojos brillantes:
—Te quiero.

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CAPITULO CUARENTA

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:06 pm

Lara todavía no se podía creer el resultado. Estaba segura de que habían ganado, porque no era posible aquella algarabía de no haber sido así. Mirara a donde mirara, había gente celebrándolo. Alguien acababa de abrir varias botellas de champán que corrían de mano en mano por la sede. En apenas un par de horas el número de personas se había incrementado considerablemente y advirtió que, además de familiares y amigos, se estaban sumando caras que no reconocía. Sonrió con los ojos al comprender lo que estaba ocurriendo. Era la llamada del vencedor. La gente huía de la tristeza y el fracaso como si se tratara de una enfermedad contagiosa, pero se aseguraban de estar muy cerca de aquellos que triunfaban, tal vez con el objeto de que se les contagiara su suerte. Esa noche Esther Morales era una triunfadora, y todos querían estar a su lado. Incluso aquellos que le dieron la espalda durante la campaña, estaban ahora allí presentes, muy cerca, tan lejos. Lara estaba tan anonadada que no empezó a creérselo del todo hasta que recibió la llamada de su hermana. Su familia había estado siguiendo el resultado de las elecciones por la televisión; Mabel le dio la enhorabuena, su madre decía estar orgullosa de ella.
—Has hecho un gran trabajo, hija —le dijo su madre con la voz tomada por la emoción. Lara se turbó. Era la primera vez que participaban activamente en uno de sus éxitos profesionales—. Tu padre está aquí a mi lado, lo estamos celebrando. Te manda un abrazo. —Se imaginó en qué consistía la celebración. Su padre tendría ahora una botella de cerveza en la mano.
—Dale las gracias de mi parte.
—¿Vendrás la semana que viene a comer? Puedo hacer estofado.
Lara sonrió. Su madre, experta en conquistar corazones a través del estómago. —Lo vamos viendo, ¿te parece? No sé qué va a ocurrir ahora que hemos ganado.
Y en verdad no lo sabía. A partir de ese momento quedarían abiertas varias puertas. Esther había ganado con suficiente holgura para poder gobernar en solitario. Lara no sabía cómo se había operado el milagro, pero su campaña había funcionado, con la ayuda inesperada de la publicación de aquellas fotografías. Al final, la oposición se había cavado su propia tumba al criticar de manera despiadada la orientación sexual de Esther. Los votantes no recibieron de forma positiva estos mensajes de odio, y a Lara le pareció el indicativo de una sociedad que había madurado mucho en los últimos veinte años.
Aunque le agradaba el ambiente de festejo que había en la sede, estaba deseando irse a casa. Lara estaba empezando a acusar el cansancio de la campaña. Habían pasado solo un par de horas, pero su cuerpo se relajó de manera inmediata al conocer la noticia. Ya no existía rigidez en sus músculos, los notaba relajados y cansados.
Ya no había una línea de tensión en su frente. Se acercaba la madrugada y sus párpados empezaban a cerrarse. La adrenalina que la mantuvo alerta durante la campaña estaba abandonando paulatinamente su cuerpo, y se sintió de pronto agotada, con ganas de meterse en la cama y posponer sus tribulaciones para otro momento.
Buscó a Esther con la mirada. La alcaldesa estaba rodeada de gente, no la dejaban ni a sol ni a sombra, tenía un círculo de cuerpos a su alrededor en el cual le pareció imposible entrar. Aun así, lo intentó. Se acercó a ella con intención de decirle que estaba valorando la idea de volver a casa, que no se apresurara si deseaba permanecer un poco más festejando la victoria.
—¿Te vas? —le preguntó la alcaldesa con una nota de decepción en la voz. Miró su reloj—. Sí, vale, es tarde. ¿Quieres que vaya contigo?
—No, pareces feliz de estar aquí. Quédate un rato más si quieres.
Esther pareció dudar.
—Lo digo en serio —insistió Lara—. No es necesario que me acompañes. Y además —señaló a la gente que había alrededor—, están aquí para celebrarlo. Si tú te vas, se acaba la fiesta.
—Y si tú te vas, para mí se acaba también.
—No digas tonterías —replicó Lara, inclinándose para darle un beso en la mejilla que Esther recibió con una sonrisa—. Esta es tu noche, tuya. Disfrútala.
—Vale.
—Y ya hablaremos después de lo que me has dicho antes.
Inicialmente, Esther puso cara de no comprender, pero el gesto de incomprensión desapareció a los pocos segundos y fue sustituido por una sonrisa pilla.
—Me ha salido sin querer —le confesó, visiblemente nerviosa—, pero es la pura realidad. Y no tienes que decir nada porque lo comprendería si tú no…
—Yo también te quiero, Esther —le dijo en un susurro. Los festejantes estaban ocupados bebiendo, pero no quería exponerse a que escucharan una conversación tan personal. Quizá no fuera el momento más romántico de todos, no había velas ni violines ni una atmósfera que invitara al romance, solo el griterío de los integrantes del partido; pero fue el momento en el que surgió de manera natural y esto lo hizo más real, sin adornos ni aderezos, puro sentimiento.
Esther le dio un beso rápido y la envolvió en un abrazo. —Vete a casa —le susurró al oído—, yo me escaparé tan pronto pueda.
Lara asintió y empezó a hacerse paso entre el gentío. Entre saludos y felicitaciones, le costó al menos cinco minutos llegar a la puerta de la sede. El alcohol se estaba empezando a notar en la manera de conducirse de los compañeros de partido. Ramón se había desabotonado la camisa y enseñaba su camiseta interior, y alguien le había puesto una corbata alrededor de la cabeza al serio concejal Tejero. Meneó la cabeza, sonriendo. Si no estuviera tan cansada, a lo mejor incluso ella se habría tomado alguna copa de más, pero su estómago no le permitió injerir ni una gota de alcohol esa noche.
Hacía una noche estupenda cuando por fin consiguió salir de la sede. El camino hasta el apartamento de Esther era corto, pero le agradó la perspectiva de tener un rato a solas. Lara era una persona moderadamente sociable. Le agradaba estar en compañía, pero las multitudes llegaban a malhumorarla, y había tenido bastante por hoy.
La calle se encontraba prácticamente vacía, a excepción de una sombra que estaba apoyada en los restos de una cabina telefónica. Alguien había arrancado el auricular de aquel aparato que en el pasado tanto servicio habría dado al barrio, y que ahora no era más que un vestigio de museo. Había una persona apoyada en la cabina, pero desde donde estaba no podía distinguir sus rasgos. Como en una película de cine negro, la farola sobre la cabeza del extraño proyectaba sombras esperpénticas que le impedía apreciar sus facciones. Lara confió en que se tratara de un vecino cualquiera, incapaz de conciliar el sueño, aunque le pareció que la persona la estaba observando con atención. Tal vez se tratara solo de una coincidencia. Metió las manos en los bolsillos y comenzó a andar, con los sentidos muy alerta.
No tardó en escuchar los pasos detrás de ella. Lara sintió tentaciones de girarse, pero no deseaba ser presa de la paranoia. Móstoles era una ciudad tristemente famosa por su alta tasa de delincuencia. Las mafias de la droga operaban en sus alrededores, pero se recordó que el centro urbano solía ser tranquilo. Así que podía tratarse de cualquiera, un vecino, un transeúnte, un sonámbulo, en realidad no tenía por qué ser el hombre que vio antes apoyado contra la cabina. Pero entonces los pasos se aligeraron, como si tuvieran prisa por alcanzarla, y el corazón de Lara empezó a latir con la misma celeridad. La calle estaba demasiado oscura, tendría que haber elegido un camino mejor iluminado, pensó al detenerse en seco, pensando qué haría si aquel extraño la asaltaba, recordando el número de la Policía local, incluso el de emergencias. Pero nada de eso le valió cuando se dio la vuelta y casi se topó de bruces con…
—¿Pero qué…? —Lara abrió la boca y arqueó las cejas sin comprender—. ¿Qué haces tú aquí? —Podía sentir el corazón instalado en su yugular, le temblaban las manos.
El extraño miró hacia ambos lados de la calle para asegurarse de que estaban solos. Después tomó su antebrazo y tiró de ella para invitarle a caminar.
—Vamos a dar un paseo, tú y yo solos —le dijo—. Hace una noche preciosa, ¿verdad?

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CAPITULO CUARENTA Y UNO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:06 pm

—¿Estás segura de lo que vas a hacer?
—En la vida nunca se puede estar segura del todo, pero sí, estoy decidida —replicó Esther, sin ningún atisbo de duda.
Le observó por el rabillo del ojo y vio a Pablo López, su segundo, asintiendo con cierta tristeza. Todavía era un hombre joven, y tal vez necesitara un poco de experiencia a sus espaldas, pero se trataba de alguien responsable, honesto y leal, y aunque solo fuera por estos atributos, Esther estaba segura de que iba a hacer un buen papel.
Los dos caminaron juntos hasta el salón de plenos en donde iba a tener lugar el acto. Una atmósfera de inquietud y preocupación les impedía caminar con normalidad. Esther no estaba segura de cuáles serían las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, pero confiaba en haber tomado la decisión correcta, o al menos, la que pusiera en orden las cosas.
El salón de plenos ya estaba lleno cuando ambos hicieron su aparición. Vio a Ballesteros y a Cortés, ocupando sus respectivos escaños, y también al representante de Ahora Móstoles, que había logrado votos suficientes para tener representación en el Ayuntamiento. Ninguno de ellos consiguió ponerla nerviosa. Tenía un objetivo muy claro, y su determinación se encontraba en marcha, no había ninguna parada en ese tren hasta llegar a su destino.
Esther le guiñó un ojo a Pablo, y ambos tomaron asiento en el lugar que les correspondía. El pleno que tenía por objeto investirla como alcaldesa estaba a punto de empezar, y deseaba que los presentes se empaparan de una engañosa normalidad, como si no estuviera a punto de ocurrir lo que tenían planeado. Sacó con disimulo su teléfono móvil y escribió un simple mensaje:
<<¿Todo listo?>>, preguntó.
<<Todo listo. En cuanto empieces a hablar, lo subo>>, obtuvo inmediatamente por respuesta.
Respiró hondo intentando calmar los nervios. Todavía quedaba un buen rato hasta que el espectáculo diera comienzo, pues antes tendría que escuchar las intervenciones de los miembros de la oposición, así que lo mejor sería calmarse y ofrecer su mejor sonrisa a los fotógrafos, que ya estaban con sus cámaras preparadas en la mano.
Todos los miembros del Partido Liberal escucharon con atención las intervenciones de la oposición, si bien había dos personas que estaban más pendientes de sus propios pensamientos. Esther y Pablo López intercambiaban miradas cómplices de vez en cuando, y el joven le hizo una señal de ánimo con el dedo pulgar cuando por fin le tocó el turno de intervenir. El presidente de la mesa leyó entonces su proclamación como alcaldesa:
—Según lo dispuesto en la ley, queda proclamada como alcaldesa de Móstoles la lista encabezada por la representante del Partido Liberal, Esther Morales Fantova.
Esther se levantó para recibir con humildad los aplausos de los asistentes al pleno. Los jóvenes de su partido empezaron a vitorearla y no pudo evitar sonreír, complacida con su entusiasmo. Los simpatizantes de la oposición, en cambio, la abuchearon en su camino al centro del salón. Le temblaban imperceptiblemente las rodillas, pero consiguió tomar el control de su cuerpo a los pocos pasos. Había llegado el momento de saltarse el protocolo, y tenía que contar con toda su seguridad para hacerlo.
El presidente de mesa intentó impedírselo, porque el formulismo indicaba que tendría que haber jurado sobre la Biblia para aceptar el cargo y entonces tomar el bastón de mando con sus propias manos. Pero Esther se acercó a él para indicarle que deseaba pronunciar unas palabras antes, y el presidente de la mesa, desconcertado, no intentó impedírselo.
Se colocó entonces frente al atril. No llevaba ningún discurso escrito, ningún papel, todo lo que tenía que decir estaba en su cabeza, y en la carpeta que sujetaba con fuerza bajo su brazo. Respiró hondo, haciendo acopio de una valentía que no sentía. Saludó primero a los presentes y dio las gracias al presidente por permitirle hablar antes de aceptar su cargo.
—Tengo que decirles que, lamentablemente, me temo que hoy no cruzaré esas puertas como alcaldesa de Móstoles, sino como una simple ciudadana de esta ciudad —comentó entonces, señalando la entrada del salón de plenos. Un murmullo de asombro recorrió el patio de butacas. Los miembros de la oposición se miraron unos a otros sin comprender; los del Partido Liberal, también. Nadie parecía enterado de lo que estaba a punto de suceder, salvo Pablo López, que tenía los dedos entrelazados y la frente ligeramente apoyada en ellos, casi como si estuviera rezando.
>>Estos últimos días he tenido conocimiento de hechos muy graves acaecidos en el seno de mi propio partido. Hechos que ninguna sociedad democrática debería ocultar a sus ciudadanos, en especial nosotros, los políticos, que a fin de cuentas somos los guardianes de la Democracia. Y yo, como política y como persona, no puedo mas que denunciarlos. —Esther detuvo un momento su intervención para tomar aire. La emoción estaba empezando a teñir sus palabras. Separó la mirada de sus papeles y la centró en la luz roja de una cámara de televisión. Levantó entonces la carpeta que sostenía—. Tengo hoy en mi poder unos documentos que prueban que el presidente de la Comunidad de Madrid y el Partido Liberal, Diego Marín, ha cometido un grave delito desviando fondos públicos para apoyar la campaña del nuevo partido constituido por un miembro de esta corporación, Rodrigo Cortés.
El salón de plenos, hasta entonces en silencio, se convirtió en un avispero de murmullos. Todos los presentes posaron sus miradas en el antiguo concejal de Juventud, que acababa de quedarse pálido como una hoja en blanco.
—Estos documentos se están haciendo públicos en este mismo momento, mientras me dirijo a todos ustedes, mis conciudadanos —les explicó Esther, confiando en que Lara la estuviera escuchando y hubiera publicado ya los papeles incriminatorios en la página web del partido—. Y yo, como política, pero especialmente como persona, no puedo sino denunciarlos. Vivimos en una sociedad en la que la labor política se ve constantemente amenazada por estas maniobras de las cuales no son conscientes nuestros ciudadanos.
>>La ética y el interés común han sido tristemente sustituidos por los intereses particulares de unos cuantos poderosos, que no encuentran en nuestro sistema ninguna herramienta que los detenga. El silencio, la extorsión y la complicidad de nosotros, sus compañeros, son sus armas, armas que es nuestra obligación detener si queremos construir una sociedad verdaderamente democrática, en la que todos estemos representados.
>>Es por ello que hoy me veo en la obligación de renunciar a mi cargo como alcaldesa de Móstoles, en protesta por el grave delito de prevaricación que ha tenido lugar en el seno de mi partido, pero también y quizá más importante, por mi implicación indirecta en un concurso amañado que involucró terrenos públicos de este municipio. Era mi responsabilidad como concejala de Urbanismo revisar la adjudicación de ese concurso, pero lamentablemente no cumplí con mi trabajo y le debo una disculpa por ello a todos mis conciudadanos. —Esther suspiró, aliviada de haberse librado de esta carga. Contenta, también, porque al confesar su propia ilegalidad Diego Marín no tendría ya ninguna manera de hundirla—. Por todo esto hoy me es imposible aceptar el cargo de alcaldesa y me siento en la obligación de delegar este honor en alguien que sí merece la confianza de los mostoleños.
>>Pido, por tanto, a mis compañeros que le entreguen su voto a Pablo López, la siguiente persona electa por el Partido Liberal. —Esther miró hacia la bancada en donde estaban sentados los concejales de su partido. Pablo tenía el gesto desencajado, pero le dedicó una mirada agradecida por la confianza que acababa de depositar en él—. Confío en que las personas que votaron al Partido Liberal en estas elecciones sepan comprender los motivos que me han impulsado a tomar esta decisión, la apoyen, y depositen su confianza en Pablo, de quien estoy segura que hará un papel igual o mejor del que yo podría haber hecho al frente de este Ayuntamiento.
>>Doy las gracias a todas aquellas personas que han apoyado el proyecto del Partido Liberal, el verdadero, no el que unos pocos han intentado vender apoyándose en maniobras oscuras e ilegales. —En este punto su mirada se centró en Cortés. El concejal estaba tan sulfurado que parecía que la cabeza le iba a explotar de un momento a otro—. A la conclusión de este pleno, me pondré a disposición de la Justicia para ofrecerles mi plena colaboración y abandonaré mi carrera como política. No así mi cargo como ciudadana, que será igual de determinante a la hora de exigir a nuestros políticos transparencia, igualdad y responsabilidad. Gracias, muchas gracias a todos.
Esther acabó su discurso en ese momento. Volvió a poner la carpeta debajo del brazo, en espera de la respuesta del público, que tardó un buen rato en reaccionar. Durante un instante fue como si una desconcertada audiencia no supiera si aplaudirle o abuchearle, pero entonces se escuchó la voz en grito de Ramón:
—¡QUE VIVA NUESTRA ALCALDESA! —dijo el líder de la formación juvenil del partido, provocando que el salón de plenos estallara en aplausos.
Esther se ruborizó visiblemente. Agachó la cabeza con zozobra, confiando en que sabría cómo regresar a su escaño sin que le temblaran las piernas. Cuando por fin bajó del estrado, su mirada recayó en una persona en la que no había reparado antes. Al fondo del salón, con gafas de sol y un pañuelo que le rodeaba el cuello, estaba Francisco Carreño, sonriéndole y dedicándole un gran aplauso. Carreño le hizo un gesto con la mano, como el de un capitán que saludara con orgullo a su grumete, y Esther comprendió que estaba ante un hombre arrepentido, necesitado de una expiación, que no dudaría en ayudarla si su confesión llegaba a acarrearle problemas.
Todos tenemos un pasado, no podemos cambiarlo, pero sí podemos arrepentirnos, aunque debamos necesariamente acatar las consecuencias de aquello en lo que nos hemos equivocado.

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EPÍLOGO

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:07 pm

Esther M orales arrancó su coche con prisas. Iba retrasada y no quería tener a Lara esperando. La periodista la esperaba en casa, y todavía quedaba un buen trecho para llegar hasta allí desde el Club de Campo. Metió la primera marcha con fuerza y el coche salió ligeramente despedido hacia delante. Esther se encontraba un poco inquieta, pero intentaba mantener sus nervios a raya. En apenas dos horas sus hijos aterrizarían en la terminal de Barajas, y quería asegurarse de que llegaban a tiempo para recogerles.
La perspectiva de volver a ver a Luis y Patricia después de lo ocurrido, le provocaba sentimientos encontrados. Por un lado, se sentía feliz de poder ver a sus hijos, que regresaban a casa después de los exámenes, pero al mismo tiempo se preguntaba si sería demasiado precipitado presentarles a la periodista. Luis había insistido en que lo hiciera, hasta Patricia se mostró contenta de volver a verla, ambos estaban muy volcados en su felicidad, pero esta situación era nueva para Esther, que se ruborizaba con tan solo imaginar la escena en el aeropuerto. Sus hijos iban a pasar una temporada con ella, también con su padre, que requería su presencia, y todos tendrían que acostumbrarse a una nueva forma de vida en la que ahora estaban implicadas dos casas y nuevas personas, pues estaba segura de que Quique también querría presentarles a su nueva novia. Pero a lo mejor estaba poniendo el carro delante de los bueyes, precipitando los acontecimientos sin motivo alguno, e intentó tranquilizarse diciéndose a sí misma que los nuevos comienzos que había introducido en su vida habían sido todos positivos. No veía ninguna razón para que este no lo fuera también.
Lara ya la estaba esperando en el portal cuando llegó a la calle donde se encontraba el apartamento. Le hizo una seña para que entrara en el coche.
—¿Qué tal te ha ido? —le preguntó, antes de saludarla con un beso.
Esther se encogió de hombros. —Bien, considerando cómo es mi madre. Ya la conoces. —Lara se rio. Esther puso de nuevo el coche en marcha, camino del aeropuerto—. Todavía le cuesta asumir que estamos juntas, pero al menos ya no está rígida como una estaca cuando está en público conmigo. Algo es algo —bromeó.
—Dale tiempo, que vaya poco a poco.
—Eso hago, ya sabes que no tengo prisa. Roma no se construyó en un día y mi madre es más antigua que el Imperio Carolingio. —Esther torció a la derecha en una bocacalle para salir a una de las avenidas principales de Móstoles—. Dice que quiere conocerte, por cierto.
—¿A mí?
Asintió divertida. —No aprueba que vivamos en pecado, pero cree que debería ponerle cara a la persona que duerme conmigo todas las noches.
—Supongo que en eso tiene razón —admitió Lara, perdiendo la vista más allá de la ventanilla.
—Y he hablado con Ricardo, por cierto —dijo Esther, en referencia al arquitecto con quien estaba en contacto para abrir un nuevo estudio de arquitectura—. Dice que está interesado.
—¡Buenas noticias! —se alegró Lara, consciente de que a Esther le vendría bien contar con la ayuda de este antiguo compañero suyo. Ahora que su vida iba a transcurrir alejada de la política, había decidido ejercer su antigua profesión, y estaba segura de que con su experiencia y contactos el proyecto sería exitoso.
—Sí, estoy contenta —admitió Esther, pendiente de la carretera—. ¿Y tú? ¿Has vuelto a saber algo de Tomás?
—¿Después de la noche de las elecciones? —preguntó, a su vez Lara—. No, no le perdono el susto que me dio —se rio.
—¿Por qué crees que lo hizo?
Lara se encogió de hombros. —Eso solo lo puede saber él, pero creo que acabó harto de Diego. Le vi mal en el mitin de cierre. A saber cómo le trató —aventuró—, aunque no me extrañaría nada que le hubiera tratado como un perro, en vista de lo que me hizo a mí. De todos modos, sé que estará bien. Ha dimitido como jefe de prensa del gabinete, pero le han dado un puestazo en el Consejo de RTVE.
—No está mal para haber traicionado al presidente de esa manera.
—Ya no es el presidente, ¿recuerdas? Además, nadie sabe que fue Tomás quien nos dio los documentos. Supongo que conoce tantos secretos que no les ha quedado más remedio que recolocarlo en algún sitio para que mantenga la boca cerrada. —Lara se encogió de hombros.
—¿Y por qué no lo hicieron contigo?
—Porque no lo pedí —puntualizó Lara—. Si lo pidiera, supongo que yo también estaría cobrando ahora tres mil euros por no hacer nada. Pero no sé, creo que me gusta trabajar al lado de Tino. Con un poco de suerte, a mediados de año volveré a estar en plantilla.
Esther asintió complacida. Si eso era lo que hacía feliz a Lara, ella iba a apoyarla en todo proyecto que emprendiera. La miró por el rabillo del ojo, sorprendida de cómo habían cambiado las cosas para ellas en el último año, pero feliz de que las aguas por fin hubieran cogido un cauce que les hacía sentir cómodas y estables. Por supuesto, Esther todavía tenía que permanecer con los ojos bien abiertos. Diego Marín estaba inmerso en un penoso proceso judicial, pero el partido tenía tentáculos por todas partes, y aunque la información que tuviera Lara, e incluso la que tenía Tomás, servía como escudo protector, la alcaldesa no debía bajar la guardia bajo ninguna circunstancia.
De todos modos, la vida transcurría de una manera tranquila y placentera. Se le hacía todavía extraño estar alejada de la política, pero al mirar a Lara de reojo comprendió que no cambiaría su actual situación por nada del mundo.
—¿Estás nerviosa? —le preguntó, en relación a la visita al aeropuerto.
Esther sabía lo mucho que a Lara le preocupaba la opinión de sus hijos. Quería ser de su agrado, pero a menudo olvidaba que ya lo era. Patricia y Luis estaban tratando el tema con tanta naturalidad que Esther era la primera sorprendida. Si lo hubiese sabido, tal vez no habría tardado tanto tiempo en dar aquel paso.
—Un poco. —Lara se frotó las manos contra los pantalones—. Supongo que estos días lo mejor será que os deje solos. Me volveré al piso de Madrid y ya está.
Esther frunció el ceño. No estaba en absoluto de acuerdo con esa decisión. —Y mientras tanto, ¿yo qué?
—Bueno, también puedes venir tú a Madrid a verme. Los de la capital no comemos a nadie, eh.
—Yo estaba pensando en pedirte que vivieras conmigo —replicó con una sonrisa. Sabía que Lara bajo ninguna circunstancia aceptaría mudarse a Móstoles.
—O tú conmigo. El piso de alquiler lo tienes tú. Y Madrid es mucho mejor.
—Siempre puedes vender el apartamento.
—¿Te has vuelto loca? —se escandalizó Lara. Su piso en el centro de la capital no se tocaba.
—Bueno, ya lo hablaremos cuando llegue el momento —le aseguró Esther, que seguía sonriendo. Ya buscaría la manera de convencerla. Madrid estaba bien, pero Mostoles era su ciudad—. Lo que sí haremos será una fiesta de celebración. ¿Te parece?
—¿Y a quién piensas invitar?
Los ojos de Esther Morales brillaron en ese momento. —A quien me dé la real gana —replicó, gozando de su nueva libertad.
—Bien, entonces voy marcando el número de Marisa —dijo Lara en medio de una carcajada.
Es difícil amar a alguien a través del tiempo, construir una convivencia que no termine siendo tóxica ni destructiva. Amar sin caer en la rutina, sin reclamar, sin tiranizar, sin aburrirse o achacar al otro nuestras frustraciones. No existen reglas para tener éxito en un apartado tan difícil como las relaciones. Nadie tiene la fórmula.
Pero Esther y Lara se miraron en ese momento y fue una mirada, esa, la que les dijo que se encontraban en el buen camino para conseguirlo.
FIN
Carta de Emma
Políticamente Incorrectas es una historia de ficción con contenidos muy realistas. Su argumento prendió en mi cabeza en una época en la que mantuve un contacto
muy estrecho con los políticos de mi país y su entorno. Mi intención al escribirla fue siempre acercar a los lectores a la actualidad política, mostrarles lo que los
ciudadanos no vemos cuando nos encontramos al otro lado de las bambalinas. Quería hacerlo, en la medida de lo posible, del modo más realista, pero también del más
sencillo, para que aquellos que nunca han mostrado interés por la política entendieran su funcionamiento y qué hay detrás de las noticias que nos llegan. Pero, además,
Políticamente Incorrectas es para mí una historia sobre la familia, la superación personal, la integridad y los valores que tan poco de moda están estos días. Algunos
seguimos soñando con un país en el que sean posibles.
Espero que como lector hayas disfrutado de las aventuras de Lara y Esther tanto como yo lo he hecho escribiéndolas. Han sido más de dos años teniéndolas a mi
lado y me llena de tristeza decirles adiós, porque acabar una historia siempre tiene un inexplicable componente de melancolía. No obstante, ahora que las he dejado en
vuestras manos, sé que estarán bien y, sobre todo, felices con la decisión que han tomado.
Esta es su historia, la de Lara y Esther, pero confío en que habrá muchas otras. Así que permitidme que me tome la libertad de invitaros a que me acompañéis en las
que el futuro nos brinde.
Muchas gracias por leer. Ha sido un PLACER. Así, con mayúsculas.
Emma
Otras obras de la autora
(por orden de publicación)
101 razones para odiarla. Novela romántica. Claudia Martell y Olivia Simón nacieron el mismo día, en el mismo hospital, separadas únicamente por el espacio que
hay entre la alcoba 311 y la 312 del Hospital Gregorio M arañón de Madrid. Son tantas las cosas que las unes y sus familias tan cercanas, que deberían ser amigas. Pero
esa es solo la teoría. En la práctica, el cariño que se profesan sus madres es proporcional al odio que se profesan las hijas.
Por lo demás, lo único que tienen en común estas dos mujeres es un cumpleaños que nunca tienen ganas de celebrar y una desmedida entrega a su trabajo en García
& Morán Ediciones, en donde el destino les jugó la mala pasada de volverlas a juntar.
Ahora, si quieren conservar su trabajo como editoras, Claudia y Olivia tendrán que olvidar el pasado, demostrar que son un equipo y conseguir que un famoso pero
escurridizo escritor firme con García & morán un contrato capaz de subsanar los apuros económicos de la editorial. ¿Y quién sabe? A lo mejor durante su aventura son
capaces de descubrir lo que sus madres saben desde hace años: que del amor al odio hay solo un paso.
Políticamente Incorrectas. Lara Badía, una periodista volcada en su trabajo y jefa de prensa del recién elegido presidente de la Comunidad de M adrid, ve cómo sus
aspiraciones profesionales están a punto de cumplirse tras años trabajando codo con codo con el recién electo candidato. Sin embargo, el estallido de un escándalo de
corrupción en uno de los ayuntamientos clave de la Comunidad hará que su inminente nombramiento se vea temporalmente aplazado. Por expreso deseo del presidente,
Lara es asignada al equipo de la nueva alcaldesa, Esther Morales, que ocupará el cargo tras la renuncia de su antecesor, implicado en la trama corrupta. La periodista se
convertirá entonces en su nueva jefa de prensa, con la tarea de ayudarla a lidiar tanto con la transición como con el escándalo.
Pese a la contrariedad, Lara acepta, pensando que solo se tratará de un paréntesis y que muy pronto estará de regreso en su flamante despacho del centro de
M adrid. No podía estar más equivocada. Su nuevo destino no solo significará una interrupción en su brillante carrera, sino que tendrá otras consecuencias inesperadas
en alguien que siempre ha antepuesto su trabajo a su vida personal.
Con nocturnidad y alevosía. Relato corto. Lorena se ha levantado con el pie izquierdo. Le duele la cabeza, apenas recuerda nada de lo que ocurrió anoche y un
rápido vistazo a su apartamento le basta para darse cuenta de dos hechos incontestables: sus pertenencias más preciadas ya no están y su acompañante de la noche
anterior tampoco. ¿Ha sido víctima de un robo mientras dormía?
A través del humor y la intriga, y gracias a una curiosa visita de Lorena a comisaría, en este relato corto acabaremos descubriendo los acontecimientos que
precipitaron una velada llena de sorpresas.

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Re: Políticamente incorrectas por Emma Mars

Mensaje por Admin el Miér Ene 04, 2017 5:11 pm

envia tu historia en formato word a wnlesb@gmail.com

descarga el PDF gratis en
https://ditusepilo.jimdo.com/app/download/6452514364/Politicamente+incorectas+por+Emma+Mars+2+Temporada.pdf?t=1483546247

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Re: Políticamente incorrectas por Emma Mars

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