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Mensaje por Admin el Vie Mar 03, 2017 6:18 am

Autor: Inmaculada Pertusa y Nancy Vosburg


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Re: Vecinas...

Mensaje por Admin el Vie Mar 03, 2017 6:18 am

(*) Este texto fue publicado dentro del libro Un deseo propio, antología de escritoras españolas contemporáneas, de Inmaculada Pertusa y Nancy Vosburg, Editorial Bruguera, Barcelona, marzo 2009.

Madrid, primeros años del 2000

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Mensaje por Admin el Vie Mar 03, 2017 6:19 am

La primera vez que coincidimos fue por casualidad, por la tarde, al llegar yo a casa después de trabajar, en el ascensor. Y la segunda también. Pero la tercera ya no. Porque hasta la casualidad es una franquicia del deseo.
Ella acababa de entrar en el ascensor del garaje y había marcado el botón de su piso, pero, cuando me vio salir del coche (qué coche tan bonito tengo, qué poderío llevarlo, qué caro me costó, qué superficial me estoy volviendo), para evitar que la puerta se cerrara, le puso la mano y adelantó una pierna, en esa postura tan graciosa a la que obligan las células fotoeléctricas y que parece una posición de baile. Así me dio tiempo a mí a llegar. Gracias. No hay de qué, voy al sexto, dice. Yo, al octavo. Un segundo de silencio, la miro, me mira, el ascensor empieza a subir y nosotras a bajar la vista. (Superficial no, mi coche es caro, pero original, diferente, ni siquiera es llamativo como los deportivos de los traficantes o como los armarios filobélicos, llenos de guardabarros, que se compran los promotores inmobiliarios y que pi-pi-pi-piii tienen sensores traseros para aparcar sin que sufran las cervicales).
Normalmente soy yo la que habla primero en cualquier circunstancia porque soy esa mezcla (nada extraña, pero siempre difícil de definir) de persona sin timidez para hablar en público, pero tímida hasta el problema en la soledad vigilada de un ascensor, por ejemplo. Y hablo porque la timidez me hace insoportables los silencios urbanos. La ciudad está llena de soledades vigiladas, apenas existe la soledad real (sin presencia física de los demás). Y por eso, porque siempre se está en compañía, hay un protocolo de comportamiento que dicta cuándo se ha de hablar y cuándo no, según sea la distancia que nos separa de los prójimos y el sitio en el que nos encontremos. En metros y autobuses, pongamos por caso, no hace falta hablar ni cuando la respiración, el alma del ser vecino, se confunde con la nuestra en una proximidad corporal tal, que sólo es superada por quienes se están amando. Tampoco en los ascensores de empresa u organismo. Pero la norma obliga a decir algo en el ascensor de la comunidad; y más cuando una vecina ha detenido el curso programado de las cosas para favorecerte. Así que, después de dar las gracias, en el segundo mudo en que bajamos los ojos, procuré encontrar rápidamente algo ni tonto ni rebuscado que decir. Como no lo encontré, terminé diciendo: Vaya día de tráfico, está imposible. Sí, se acerca la Navidad y son unas fechas espantosas, dijo ella. Pero no sólo por el tráfico, añadí yo. Y en seguida me dio ese pequeño escalofrío que nos avisa de que podemos haber metido la pata. Me reñí: hay gente a la que le gusta la Navidad. Pero ella no parece de ésas, me dije. ¿Que no parece de ésas?
Pues peor todavía si no es de ésas, porque entonces es de éstas, de las tuyas, de las nuestras, y sabrá, por tanto, igual que lo sabes tú, que ya es un tópico meterse con la Navidad. Meterse con la Navidad es un tópico tan insufrible en una conversación, en un educado intercambio de pareceres en el ascensor, como haber dicho, con cara de frío y de amor incondicional (y frotándote una mano contra otra, además, frotándotelas sin parar, en redondo continuo, como hacían las monjas, que parecía que se estuvieran poniendo eternamente crema hidratante de las nubes del cielo; ese frotar fruicioso, lascivo, del dorso de una mano contra la palma de la otra, que también tienen por costumbre los curas que tratan con niños y que debería de ser estudiado como manifestación externa de alguna clase de oculta manipulación o de deseo lujurioso amasado detrás de mil palabras célibes) igual de tópico y un tópico igual de insufrible, sí, efectivamente, que haber dicho, por ejemplo: son días de pasarle la bandeja de mantecados y turroncillos a los vecinos y vecinas de tu bloque, a los amables y a los no tan amables también, tanto a los simpáticos y bienencarados como a los siempre malhumorados y huraños, porque son días para compartir la paz, el amor y los buenos deseos; días en los que el alma se esponja de ternura, henchida de felicidad, y chorrea belleza solidaria en cuanto la exprimes un poco... Si es de las nuestras, estará igual de cansada que tú de que traten de buscar su aprobación denostando las vulgaridades de la gente sencilla o de la gente crédula o de la gente, simplemente; de los demás. Primero me reñí, pero al instante me eché un cable a mí misma porque venía demasiado cansada para estar amable sin recovecos. Traía el cerebro intoxicado de palabrería. Había pasado todo el día fuera de la agencia, grabando las últimas cuñas de felicitación de año y las primeras de las siguientes rebajas del equis por ciento (o de ahora sólo veinticinco euros, sí, sólo veinticinco euros, pero, además, si te llevas dos, pagas sólo cuarenta); y cuñas que ofrecerán revisiones gratuitas a los niños en cuanto se reanude en enero el curso escolar (de clínicas franquiciadas para captar ojos defectuosos o dientes irregulares ¿Y no sería un éxito también para las franquicias de clínicas de cirugía estética una campaña de revisión gratuita de orejas de soplillo?; porque los recreos están llenos y no conviene llegar con ellas desabrochadas a los cástines de las operaciones triunfo del mañana adolescente, y la adolescencia está ahí mismo ya: crecen tan de prisa y tan sin miras propias ).
Diciembre es un mes muy duro para ciertos trabajos como el mío. La mente se acelera y se dispara y rebosa sus contenedores y chorrea, vaya si chorrea, va por ahí chorreando su pringosa gelatina gris. Será muy valiosa, la gelatina de la sesera, pero lo cierto es que la desperdiciamos; y parecerá imposible sobrevivir a su derramamiento, pero sobrevivimos.
Lo que más gracia me hace de que un día reviente el mundo, es pensar en la cantidad de cuñas y originales de prensa y vallas de exterior y de espotes que se quedarán sin emitir habiendo sido ya previamente realizados y pagados. Si yo fuese un cometa inteligente y vengativo, procuraría volatilizar este planeta en un mediados de diciembre, hacia media tarde, para que el destrozo publicitario fuese el mayor imaginable.
Sin embargo, ella dijo, a continuación, dándome la razón muy amablemente, que sí, que son fechas espantosas no sólo por el tráfico, efectivamente, sino por todo lo que acarrean. Acarrean, dijo, y eso me gustó. Un verbo poderoso, con enjundia, que, salido, además, de su perfecto aspecto (blusa blanca de seda, pero chaqueta americana arrugable y caprichosa, de un nítido color azul mecánico de coches, precioso azul; bufanda de algo suavísimo, de las que abrigan tanto que, al menos en París, a menudo hacen prescindible ese abriguillo chupao que se lleva ahora, de talla tan relamida que se antoja imposible de abrochar; pantalón vaquero de corte ajeno a los mercadillos con pespuntes de ilusionista caro, que dibujaban por eso el leve ensanchamiento de sus caderas con la exactitud de un fluido; cinturón de colorines andinos y zapatos cómodos, que respiran y soportan chaparrones a pesar de no haber nacido para excursiones de montaña; bolso grande, superviviente a la moda, de batalla cosmopolita, propio de quien sale a la calle con las primeras luces y sabe que no volverá a casa hasta que anochezca un verbo que, con su aspecto, digo), sonaba mejor aún, más rotundo y más delator de la personalidad de quien lo había elegido. Sonaba a mujer que lee libros y se le quedan; y sonaba también a sus antecedentes como jovencita consciente de su infancia y merecedora, por eso, de una madurez sin sometimiento a obligaciones radicales de olvido. Esto no se entiende: quiero decir que la gente que no tiene, que no quiere tener historia; huye de palabras como ésa, que sí la tienen, huye de modo inconsciente, como mecanismo de defensa; y tampoco las personas inseguras de su formación cultural se atreven, así como así con palabras de tanto brillo propio.
Poco después llegamos al sexto, adiós, adiós, la puerta se abrió y ella salió y la puerta se cerró. Ésa fue la primera vez que nos vimos y ésa fue toda la conversación. Pero, dicho así, parece que no pasara nada y sí que pasó. Acarrean fue el único acontecimiento destacable. Puede que aquel verbo se hiciera carne y habitara en mí. O sería más bien, ya que yo nunca he sido virgen, una semilla sideral. El germen de alguno de esos monstruos cinematográficos se me instaló en el estómago procedente de ella. Un bicho muy activo y de rápido desarrollo que seguro que, tras su propia navidad, acabaría pidiéndome, como a Sigourney Weber, alguna clase de amor y un beso venido a sus babas desde mi cuadrada mandíbula. Pero mi mandíbula no es cuadrada, como la de la Weber, sino femenina y triangular (anodina, pues, según se mire), ni yo dispongo tampoco de la presencia de ánimo necesaria para llevar el embarazo a término y la nave de vuelta a la tranquilidad. El ascensor, tan metálico y programado, parece una cápsula espacial. Si la pudieran llenar de líquidos riquísimos en lo que haga falta, yo no envejecería. Flotaría encerrada, sin embargo, sin disfrutar tampoco de la vida.
No soy valiente, ni sé defenderme tan bien como otras, así que mejor no dejarme habitar por nada ni por nadie. Las sargentas o comandantas que trabajan en las galaxias, aprenden sobre la marcha a enfrentarse, no ya a fenómenos inesperados, sino jamás imaginados hasta ese momento, tan nuevos, que tienen que volver a usar el viejo latín para nombrarlos por primera vez y darles así carta de realidad. Pero yo, a lo que me dedico es a inventar anuncios. En lo mío no hace falta ninguna valentía especial para afrontar invasiones brutales; yo lo único que ejercito, trabajando, es esta habilidad para asociar ideas repentinas y dislocadas hasta encontrar una, una ocurrencia, que pueda servirme de base para enhebrar una campaña. Ni siquiera hace falta que sean ideas nuevas, nunca antes pensadas; la originalidad, en mi oficio, no consiste en crear imágenes nunca vistas (empresa, por todas partes, casi imposible), sino en mezclarlas de modo que lo nuevo sea el punto de vista que nos propongan: el enfoque: la nueva capacidad narrativa que un enfoque nuevo pueda dar a imágenes no necesariamente nuevas ellas mismas. Puedo recurrir a imágenes ya rodadas y, sobre todo, ya entrañadas en el acervo común. Y lo hago a menudo, tal vez por eso se me quedó de ella, en el ascensor, una vaga sensación, más cinematográfica que real, de peligro para mí.
Pero correré peligro del verdadero si dejo que me invada su presencia, la presencia de una desconocida, por muy atractiva que me parezca, porque soy menos capaz de defenderme que cualquier persona cuerda.
En mi trabajo también entra la labor de seleccionar a mujeres y hombres atractivos, sí, guapos de verdad, bien hechos donde los haya; elegirlos, además, de entre un manojo previamente escogido ya por las propias agencias de modelos. Y así jugamos a que parezca que soy yo la que se deja seducir por sus encantos, que ellos y ellas despliegan ante mí, en el DVD del cásting, con tal de impresionarme y que los escoja. Sin embargo, no es más que un juego. Un juego que me resulta, que sigue resultándome, tan ajeno después de tantos años como la primera vez. Pero una cosa es innegable: mi trabajo me permite decir que la mujer que paró la puerta cortinilla del ascensor adelantando su cuerpo, la que detuvo un instante su tiempo para que yo no perdiera el mío, era guapa. Me permite decirlo sin necesidad de buscar otros envoltorios cursis: atractiva, interesante, de poderosa presencia, de bien proporcionadas formas, con un rostro armonioso de encantadora sonrisa Guapa. De mi edad más o menos, treinta y muchos, pero guapa: un poco más alta, un poco más delgada, un poco más fina de cara, con ojos un poco más grandes, un poco más almendrados, pestañas un poco más abundantes, dientes un poco más blancos, boca mejor dibujada y sonrisa bastante más diestra que la mía, pero más o menos de mi edad. Y también me permite decir (sin el riesgo de equivocarme como se equivocan a su favor algunos compañeros novatos creo que le gusto, dicen porque yo, insisto, nunca me he creído el juego y he aprendido a distinguir), que ella me sonrió para gustarme. Para gustarme personalmente, más allá de esa naturalidad constante en el despertar agrados que han desarrollado los guapos y las guapas desde pequeños. Es más, si no me hubiera dado miedo (miedo y una dosis de pereza también) asumir sus consecuencias, tal vez me hubiera atrevido a reconocer que ella parecía saber más de mí que yo de ella y que ese conocimiento la conducía directamente a la actitud positiva de querer caerme bien. Me pareció que se alegraba de la coincidencia y que no sabía, ella tampoco, cómo hacer de un mínimo viaje en ascensor al menos el inicio de una conversación. Creo que le habría gustado poder decir, por ejemplo: Me llamo Isabel (no, Isabel no le pegaba, más bien Paula u otro nombre así, entre modernidad todavía sobria y telenovela desatada, o sea, entre Paloma o Nuria y los actuales excesos ultramarinos de nombres como Arrayana-del-Mar o Tania-Yasmina). Soy nueva en el bloque. Mi novio y yo (bueno, mi marido, es que hace poco que nos hemos casado) acabamos de comprar el piso y todavía no conocemos a nadie. Tú vives aquí, ¿no?
Sí.
Y continué por mi cuenta la conversación inventada para acabar yendo mucho más allá de lo razonable. Lo hago a veces. Y en el trabajo, con los clientes, muy a menudo. Es un arma secreta, con poderes de destrucción masiva: me imagino a la persona de la que quiero defenderme o mantenerme a distancia y le hago hablar en mi cabeza de modo que la distancia entre las dos se hace insalvable: Y vives en el octavo, por lo que veo.
Sí digo.
Entonces ¿no serás tú la lesbiana que me han contado que bueno, que eso, que vivía en el octavo y que estaba un poco afectada todavía por la terrible desgracia que le sucedió hará un par de años o tres?
Seguramente sí: ¿lesbiana, en el octavo, no habiendo más que dos pisos por rellano, y terrible desgracia hace tres años? Pues sí, casi seguro que no puedo ser más que yo.
Perdona, pero debe de ser espantoso que se te suicide la persona a la que amas, así, sin más, y tirándose, además, por el balcón de la propia casa donde vivís
Lo es Y ya veo que te haces cargo. ¡Qué horror! La vecina que me lo contó dijo que no sabía cómo podías seguir viviendo en la misma casa. Pero yo le contesté. Le dije que sólo la gente supersticiosa les atribuye mal fario a las cosas, a los objetos y seguro que tú no eres supersticiosa.
La puse en venta inmediatamente. Me fui a vivir a casa de unas amigas y la puse en venta. Pero no me la compraban. Nadie quería pagar tantos millones por un piso que no tiene tabiques, ni siquiera tiene un dormitorio independiente; sólo tiene cerrados el cuarto de baño y la cocina; el resto es un espacio abierto, lleno de luz (y parece ser que también lleno de abismos). Una cocina muy grande, quince metros cuadrados, y un solo baño más grande aún, veinte metros, el resto, hasta completar los ciento treinta metros que tiene el tuyo y todos los demás pisos, es un solo espacio diáfano. La gente quiere tres dormitorios, o dos, como mínimo, cuando se compra algo de estas dimensiones.
Sí, claro, nosotros lo hemos comprado, el piso, pensando en tener hijos; tendremos dos si me da tiempo todavía: o sea, tres dormitorios; sobre todo si tenemos la suerte de que nos salga la parejita. Pero, bueno, seguro que tu casa es preciosa, original y preciosa, así que me imagino que ahora te alegras de que no surgiera el caprichoso que la comprara, En fin, me bajo aquí; a ver si un día quedamos y charlamos un poco y nos vamos conociendo. Si te apetece, un día de éstos te doy un toque y te bajas a tomar café y así ves mi casa.
Sí, cualquier día de éstos. Adiós.
Encantada de conocerte.
Igualmente.
Y quiero que sepas que tanto mi marido como yo somos gente abierta. Más que abierta. Ya nos conocerás.
Ni loca tendría yo trato con una acelerada perdonavidas como tú o tu maridito, tan apropiado para ti. ¿Pensando todavía en la parejita, a tus treinta y tantos? Pues te deseo que te dé tiempo, fíjate. Te mereces que te dé tiempo. Sin embargo, no me sirvió de mucho este escapulario de palabras antídoto que me colgué. Ella me causó tan buena impresión, que no tenía respaldo real para pensar así de ella. Tan buena impresión y tan poderosa, que tampoco tenía respaldo real para encontrarle explicación a esa fuerza tan inmediata.
No sabía nada de ella, ni si estaba casada ni si tenía niños, ni si había contraído alguna clase de fiebres altísimas, periódicas molestas, pero controlables, de resultas de su última estancia en cierto país de África como agregada cultural de nuestra embajada (Espera: ¿agregada cultural, dices, en un país de África?
¡Ésta, lo que es, es espía! Probablemente trabaja fichando fundamentalistas en origen). Por no saber, ni siquiera sabía si era vecina o venía de visita. Cierto que había aparcado en el garaje y que no hay más que una plaza por piso, pero podía venir a casa de un novio, por ejemplo, podía ser una visita más o menos habituada a usar la plaza con propiedad, una visita con llaves propias. No la había visto antes y ahora creía recordar que uno de los sextos estuvo en venta. Tendría que haberle preguntado, al menos, como un simple detalle de buena educación, si era nueva en el bloque
¿Nueva yo? Tú, además de lesbiana, debes de ser muy, pero que muy despistada. Llevo casi dos años viviendo aquí. Desde lo de tu desgracia, muy poco después. Lo que pasa es que no hemos coincidido. Porque es mi marido el que lleva el coche y yo casi nunca aparco, hoy es una excepción, y, claro, como aquí llegas, aparcas, y subes desde el garaje directamente, pues no Yo entro siempre por el portal, mientras que tú seguro que el portal lo usas poco para entrar y salir, irás casi siempre en coche, Además, pasas casi sin mirar a nadie nunca. No te lo critico, que conste, no me entiendas mal, no es eso, nada más lejos de mi intención que criticarte después de lo que tienes que haber estado pasando; es más que normal que no te apetezca saludar a nadie. Pero mi marido y yo hemos comentado más de una vez que se te ve una mujer muy entera y muy maja y nos hemos dicho a menudo que nos gustaría tener más trato contigo para una vecina maja que tenemos, dice él y es que tanto él como yo somos gente abierta y no creas que en este bloque abunda la gente como nosotros. La mayoría son ya me entiendes. Yo se lo achaco al precio de los pisos: esta zona se ha disparado tanto, que ahora ya, el que tiene los millones que hacen falta para comprarse aquí tantos metros, te puedes imaginar lo que piensa y a quién vota. Espero que el constitucional no tumbe la ley que os permite casaros, sería un retroceso intolerable
Y así seguí un rato, diciéndome que había muchas maneras de explicar su mirada de simpatía en el ascensor y que una podía ser ésta, que estuviera fabricándose la base para entrar a satisfacer su curiosidad sobre lo que le hubieran contado de mí las vecinas. Por otra parte, la gente abierta no para de hacer cucamonas a los inmigrantes negros milagrosamente salvados de ahogarse y a las lesbianas desgraciadas como yo, atravesadas por tragedias personales de una profundidad insondable. Y es que la pobre gente abierta no sabe cómo demostrar lo abierta que es en un mundo que no da apenas oportunidades de expresión de las ideas Hay que comprender que son muy escasas las probabilidades de que le toque ser a ella, tan abierta, o a su aperturista marido, la persona elegida uno de esos días en que una unidad móvil sale con el micrófono a la calle a testar la opinión pública. Y hasta puede que ese remoto día en que dé la casualidad de que te pongan la alcachofa a ti, la pregunta sobre qué opina la gente de a pie no sea ni sobre los inmigrantes ni sobre los homosexuales, sino, sencillamente, sobre quién cree usted que ganará la liga, en cuyo caso, tu preparación de años de telediarios para poder demostrar una sola vez en la vida ante los micrófonos lo abierta que eres, se va a la mierda sin más.
Mientras tanto, había llegado a mi casa, había dejado la cartera y el abrigo, había comprobado a qué temperatura estaba el termostato porque sentía frío, había dudado entre hacerme un té o empezar ya a prepararme la cena, mientras veía un telediario tempranero Opté por sentarme en el sofá y no encendí nada, ni el equipo de música siquiera. Era como si pensar en la aparición de aquella mujer requiriera por su cuenta, sin darme cuenta yo, alguna forma de preparación, de liturgia, en la que silencio e inmovilidad fueran imprescindibles. Porque eso era lo único cierto, que seguía pensando en ella, sin poder atribuirle del todo los inventados rasgos de carácter que hubieran podido alejarme de su influjo. Seguía pensando en la rara ternura que se desprendió de su primera sonrisa cuando llegué hasta la puerta del ascensor andando mucho más de prisa y le di las gracias por esperarme; y en el último destello de sus ojos antes de que, más mi timidez que la suya, la obligara a fijarlos en el suelo del ascensor, primero, y, después, en los altos números rojos de cada estación que íbamos dejando atrás.
Lo mismo me repetía a mí misma que yo era y debía seguir siendo inmune a las miradas de seducción de las especialmente guapas, porque suelen ser intrínsecas a su condición de admiradas y no son dardos lanzados a dianas personales, sino balacera indiscriminada, derrochada en cascadas de metralleta, que acierta en cualquiera que se ponga a tiro lo mismo me repetía esto que la réplica a esto: que precisamente por estar acostumbrada a esas miradas yo mejor que nadie podía discernir cuándo una de simpatía profunda es enviada a un destino concreto, con la consciente intención de agradar. Pero no hacía más que repetirme, efectivamente, como el ajo o como una jugada de fútbol dudosa. No avanzaba en mis cavilaciones.
Hasta el día siguiente no me di cuenta de que aquélla había sido la primera vez desde que volví a vivir en mi casa que entraba y no iba directamente al gran ventanal de la terraza acristalada para mirar hacia abajo, a la acera, a un punto exacto, marcado en granate espeso en mi cabeza. También era la primera vez en un mes que lo primero que hacía no era ir al ordenador a ver si mi amante epistolar me había escrito un correo. Nuestras cartas habían alcanzado tal grado de incitación a la excitación, que se estaba haciendo casi imposible seguir aplazando el momento de vernos, de conocernos, de acostarnos juntas. Ella había elegido en su día el alias de Attis para escribirme, pero yo me negué a tomar en consecuencia el de Safo. ¡Hasta ahí pudiéramos llegar! Elegí llamarme Daipé, como si fuera una diosa nueva, recién inventada, más telúrica que lírica. (Pero no sé si fue peor para el buen gusto).
También me negué a chatear en directo: odio esa adicción y esa dictadura del horario a la que se someten los adolescentes: ¿Ayer te esperé toda la tarde en el ordenador y no vinistes(sic) dónde estabas????... es que ya no te intereso???? Yo sin embargo te esperé ansiosamente, dolorosamente. No podía despegarme de la pantalla y gritaba en silencio por tu ausencia, gritaba por dentro conteniendo el grito porque no puedo gritar sin que me oiga... esperándote, anhelándote... Pero no era sólo yo quien te anhelaba, te anhelaban también mis pezones, que se pusieron de punta, erectos como soldados en formación esperando tu voz de mando, tus palabras, aunque fueran por escrito. Ellos permanecieron sin romper filas toda la tarde, en posición de alerta, esperando verte aparecer en el horizonte del recuadro de nuestros diálogos de amor. Y aunque no apareciste (sic) quiero que sepas que no me importa esperarte te esperaría una vida entera o la eternidad entera si pudiera creer en ella porque imagino que la razón para que no acudieras a nuestra cita no fue otra que la de verte de pronto frente a la imposibilidad de acudir sin poder avisarme y sin poder remediarlo. No te preocupes, cariño, me quejo porque te echo de menos, pero sé esperar. ¡Porque te quiero, porque quiero quererte, aunque todavía esté aprendiendo a hacerlo Tienes que perdonar a esta pobre alumna de tus ritmos que no soporta estar toda una tarde sin saber de ti Horror de texto!!!! ¿Lleno de signos de interrogación clonados a pares, pero sólo de cierre, eso sí, para qué abrir previamente una duda que sólo pretendemos cerrar???? Y lleno de puntos suspensivos que te mantienen en vilo la respiración porque un simple punto ya no es nada Y, además, me llamaba cariño. A mí no hace falta más que llamarme cariño o tratar de conjugar delante de mis ojos alguna de las formas del verbo anhelar, con hache intercalada, para que ni el Omeprazol me sirva de protector de estómago. ¿Y lo de comparar a los pezones con soldados en erección? A ésta la despedí casi enseguida, no me duró ni un mes. Fue una de las primeras.
En este último medio año he aprendido que no hay amante de Internet que no sufra ataques de poesía, de pornografía poética y de poética disposición a respetar la libertad ajena. Todas son cuasi escritoras y todas le confían a la redacción de sus mensajes los poderes engatusadores que en otros tiempos recaían más bien sobre los abre-y-cierra picarescos de un abanico. Hoy, quien no sepa redactar un mensaje con ínfulas literarias y apaños de sonrisa vertical, no se come un rosco en la red.
Asuntos virtuales; los de la realidad tienen otras reglas. Me pregunto si hubiera podido enamorarme de quienes me he enamorado si, en vez de conocernos del modo tradicional, nos hubiéramos conocido primero a través de cartas y mensajillos breves. Supongo que no. Soy yo muy delicada para los renglones. De todas formas, sé que pronto abandonaré este camino de búsqueda de pareja. No funciona. Me lo recomendaron, insistieron en que lo emprendiera, pero no funciona conmigo. Y estoy dispuesta a admitir que influye el hecho de que no quiero encontrar nada, pero el caso es que no funciona. Inténtalo, me dicen mis amigas, ya que no quieres salir, eso por lo menos puedes hacerlo sin salir de casa, así te dará menos pereza... (y menos reparo pensar en que puedes destrozarle la vida a alguien, pero esto último se lo callan). ¿Por qué me daría menos reparo? ¿Porque sin presencia física real no hay culpa real? ¿Porque sin nombre y apellido no hay víctima? ¿Porque Internet es redentora? No sé. En general (con la única excepción de esta Attis, a la que no conozco y sobre la que, de todas formas, aún tengo mis reservas porque a veces juega a hacerse la dura y a mí eso me da mucha risa) he dado con mujeres tan cursis, tan pagadas de sus tesoros de espíritu, que no creo que sus cuerpos puedan hacer luego frente al lastre de sus palabras. Ninguna confiesa que no sabe escribir y que preferiría, de inmediato, cualquier otro modo de comunicación. Yo lo digo enseguida, que ni sé expresarme por escrito ni quiero, y escribo poco, contesto lacónicamente y con más ironía que interés. Sin embargo, no ha aparecido todavía quien lea, en esas características, mi actitud de desidia, de desesperanza, no leen el mal humor con el que me enfrento a la vida, a la madurez. Al contrario, me consuelan de mi falta de aptitudes para la redacción y me animan a intentar expresarme de todos modos, como buenamente sepa y pueda. Ellas no leen nada que no sea continuidad en sus expectativas; así que yo no escribo tampoco nada que no sea calentamiento inofensivo.
Pero, sí, la realidad tiene otras reglas. Y mi vecina del ascensor se convirtió en real desde el primer instante. Un detalle de expresividad en su rostro desconocido estuvo más lleno de significado que cualquier cadena de peroratas por correo. Durante los días que siguieron, o no pensaba en ella en absoluto porque el trabajo y los mensajes de mi amiga de correo me entretenían de más, o la recordaba de pronto, aguda como un guinchones, y entonces su presencia repentina me provocaba el mismo desasosiego incómodo que nos produce el recuerdo de algo pendiente, una tarea sin terminar; otras veces sentía la misma vergüenza que nos produce recordar una mala intervención en público, en una reunión de trabajo, una falta de agudeza, una torpe respuesta; sentía el escozor de haber quedado, delante de ella, por debajo de mis méritos (Qué crías seguimos siendo, qué poquita cosa maduramos)

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Mensaje por Admin el Vie Mar 03, 2017 6:20 am

Venía un poco mosqueada, por el atasco de los días previos a la Navidad y porque Javier, mi marido, me había llamado para decirme que no acudiría hasta la hora de cenar. Otra vez escaqueándose de colocar algo en la casa, abrir alguna caja de las que todavía están sin abrir de la mudanza, ordenar algún armario. Me propuse sentarme a ver la tele tranquilamente, dispuesta a que el dormitorio que habíamos dejado de trastero, se quedara de trastero, por mí, el resto de la vida. Cerraría la puerta y no la abriría nunca más.
Aparqué el coche sin saber que el coche que había entrado detrás, aprovechando la misma apertura de la puerta automática, era el suyo. Con las luces encendidas, mirando por el retrovisor, es difícil saber de qué modelo se trata. Llamé al ascensor, vino, entré y me volví de frente a la puerta para apoyar la espalda en el manillar y entonces la vi. Vi que era ella la que cerraba la puerta de su coche. La espalda se me enderezó sola. Por fin coincidíamos. Me dio un vuelco el corazón. Pero, si no hubiera atajado la puerta, se habría cerrado y no nos habríamos encontrado. Así que la paré para esperarla. Y no sé de dónde saqué valor porque me notaba nerviosa y casi temblando como una cría ante un momento especial.
Hay gente que se retrasa a propósito con tal de no entrar con nadie en el ascensor. Pensé que me había pasado deteniendo la puerta porque ella no estaba tan cerca como para justificar mi detalle de urbanidad. Me avergonzó ver que la estaba obligando a acelerar el paso. Me avergonzó la posibilidad de que se diera cuenta de que me estaba pasando de amable. Pero, mientras la veía venir, rezaba al mismo tiempo para que no hubiera nadie arriba, en el portal, que hubiera pulsado el botón y nos obligara a pararnos en el cero para entrar con nosotras en el ascensor. Quería estar a solas con ella. Me arrepentí de no haberme puesto mi traje de A., como pensé en un primer momento por la mañana; chaqueta y pantalón; me sienta bien, me hace más alta y, sobre todo, me da un aire de mujer independiente, inteligente, muy cualificada, muy profesional de algo. Hasta temí haber sudado y oler si se acercaba mucho a mí. Me avergoncé, pero fue bonito verla acelerar con tal de no hacerme esperar a mí. Era la primera vez que la veía de cerca.
Sin embargo, apenas cruzamos unas palabras de esas de salir del paso. Cuando dijo que iba al octavo, cuando oí de sus propios labios la confirmación de que ella era efectivamente ella, se me aceleró el pulso de una forma brutal y absurda, y me quedé medio paralizada y más bien muda. No creí que volvieran los tiempos en mi vida en que la sola presencia de alguien me impusiera de aquel modo.
Fue mi cuñada, que vive en el bloque y se lo sabe entero, la que nos habló de ella. De ellas. Le insistió mucho a su hermano para que compráramos el piso cuando lo puso a la venta hace dos años y pico: Es una oportunidad, Javier, y seguro que podéis negociar el precio porque lo lógico es que la pobre chica esté deseando venderlo. Ya os conté lo del suicidio de su compañera. Seguro que está deseando desprenderse de él. No podemos pagar semejante hipotecario le decía él a su hermana una y otra vez. Claro que podéis si os estrecháis un poco. Tú vete a verlo y luego aprieta con el precio; verás cómo te lo baja si os ve de verdad interesados. Desde que pasó lo que pasó, no ha vuelto al piso; por lo visto vive con unas amigas. Hazme caso: un apretoncito y te lo baja, ya verás. Además, es un piso difícil de vender y ella tiene que saberlo, porque tiene una distribución muy extraña, de capricho. Pero vosotros, ahora, mientras no tengáis hijos, seguro que os vale como está; y, luego, con hacerle un tabique o dos, todo arreglado. Y los tabiques se pueden hacer de Pladur, sin apenas obra Merece la pena que os paséis a verlo. Lo tiene una agencia, pero, si os interesa, yo podría pedirle el teléfono de ella al presidente de la comunidad para hablar con ella personalmente a ver qué tipo de contrato tiene firmado con la agencia, si es en exclusiva o no. Aunque, bueno, en todo caso, aunque sea en exclusiva, podríamos ahorrarnos la comisión siempre y cuando tengáis la picardía de hacer que la hoja de visita la firme cualquiera menos vosotros o yo que soy de la familia; podría firmarla cualquier amiga o compañera de Adela, por ejemplo, y hacer como si la visita fuera para ella y no para vosotros.
Adela soy yo, y estaba presente, pero mi cuñada me incluye en la conversación sólo una vez de cada cuatro, la imprescindible para mantener las formas y que no me dé por excluida.
Que no podemos pagar tanto insistía él, pero en ese tono suave, paciente y comprensivo que usa habitualmente con su hermana, de modo que da pie a que ella continúe el debate, cualquier debate.
Yo habría dicho algo mucho más eficaz, pero no me atreví. Algo como esto: Nos encantaría tener ese dinero, aunque fuera para gastarlo en otra cosa. Pero no lo tenemos. Y no es que tú hagas mal las cuentas de lo que ganamos nosotros, no, las haces muy bien; es que a tu hermano se le olvida siempre aclararte que la cifra que te da de lo que gana él es en bruto. Cuando te dice lo que gano yo, sí te lo dice en neto. Pero lo que gana él te lo dice en bruto y ahí está tu error, claro, porque no es poca la diferencia, estamos hablando de setecientos y pico euros, casi ochocientos menos al mes de lo que tú crees. Sí que podéis sigue ella, pues, muy segura de sus cálculos. No tenéis más que restringir un poco los viajes y las tonterías Mira, tú vete al banco a preguntar qué tendríais que pagar al mes y luego os venís a verlo. Yo lo vi, en su día, cuando le estaban haciendo la reforma, y la verdad es que es una casa muy especial. De superdiseño. Pero nada fría. Merece la pena que, por lo menos, la veáis.
Su hermana mayor, que ejerce de mayor, con tal de que nos fuéramos a vivir, no ya cerca de ellos, sino en su mismo edificio, insistió hasta la saciedad. A mí me cansó. Terminé por decirle a Javier que le dijera a su hermana que el problema no era ella, como empezó a barruntarse, ni que yo no quisiera vivir a su lado, ni el barrio, ni el edificio, ni siquiera el dinero, sino el piso mismo. Era el único que estaba en venta y yo me inventé una aprehensión, que no tengo, a vivir donde había vivido y muerto una suicida. Javier se apuntó de buena gana a defender mi derecho a tener reparos porque él mismo no estaba nada convencido de condenarse a pagar, sin ninguna necesidad, casi más dinero del que podíamos; de haberlo comprado, hubiéramos ido al límite, peor que al límite.
Ahora que todavía somos jóvenes, que no tenemos hijos, que podemos viajar y disfrutar un poco, no nos vamos a echar encima la losa de un hipotecario monstruoso decía él mismo, cuando razonaba. Y, además, sólo para complacer a tu hermana añadía yo, porque, de acuerdo, sí, es una buena zona y un buen edificio, pero hay otros pisos más baratos por allí mismo. No te creas, están todos más o menos. Y tampoco podemos esperar una ganga, porque no hay gangas. Pero hay pisos más pequeños, me refería a eso. Sí, vale, sí, si estamos de acuerdo. Yo tampoco veo que nos metamos en tantísimo dinero. La única ventaja que tendría vivir ahí sería que luego, cuando tengamos niños, mi hermana, como no trabaja y ya los tiene criados, a los suyos, podría echarnos una mano. Siempre es de agradecer una ayuda Lo de los niños es lo que menos me preocupa ahora. Aparte que, si nos metiéramos en el piso, no tendríamos ni para los pañales. Yo prefiero seguir comprando compresas, salen más baratas.
Mala cara de Javier. Hacía meses que no me reía ningún chiste relacionado con lo de tener o no tener críos. Y lo gracioso del caso es que ya desde que nos conocimos y decidimos vivir juntos le advertí que yo no tenía nada claro lo de tenerlos. Creo que no me escuchó, que no me prestó atención, o que dio por hecho que se me pasaría. O peor, que ya me convencería él cuando considerara llegado el momento.
Ni que decir tiene que acabamos yendo a ver el famoso piso que se vendía. Su hermana insistió en que, si yo iba y lo veía, como era una preciosidad, seguro que se me quitaban de golpe todas las supersticiones. Y fuimos, digo, vaya si fuimos; y cumpliendo, además, las indicaciones de su hermana para prevenirnos contra la hipotética comisión de la agencia. Una compañera mía de trabajo se hizo pasar por la interesada, y Javier y yo la acompañamos; Javier como su hermano y yo como la novia de su hermano. Hasta nos presentamos en el piso por separado, diez minutos después de que mi compañera empezara la visita con la chica de la agencia, para evitar toda tentación de que nos hicieran firmar a nosotros también la hoja de visita. La chica de la agencia no hacía más que cantar las alabanzas de su belleza única (utilizaba esa palabra, belleza, y esa expresión exactamente: es de una belleza única). Es un piso muy exclusivo, le decía también a mi compañera, ideal para una sola persona, como tú; también la dueña es una chica que vive sola; lo que no quita que quepa hacerle cualquier reforma, añadir tabiques no es nada complicado, ni muy caro, la verdad. La dueña está dispuesta, incluso, a negociar sobre los muebles; o sea, hablando en plata, que podría ser tuyo, si te gusta, tal como lo ves. Exceptuando, claro está, los muebles antiguos y los cuadros, que por lo visto son muy valiosos; a nosotros, el abogado de ella nos ha hecho firmar un seguro especial, como agencia, para cubrir los riesgos de robo o de que algo se rompa durante alguna visita pues exceptuando los cuadros, te decía, y los libros, como es lógico, y los muebles antiguos que veis: el vargueño, el cabecero de la cama, ese secreter por lo demás, se podría quedar tal cual. Y hay que reconocer que todo es de un gusto exquisito. Bueno, ya se ve, salta a la vista. Yo enseño muchas casas al cabo del día y llevo nada menos que diez años enseñando casas, y yo, la verdad, de la categoría de ésta he visto poquísimas. Como ésta, desde luego, ninguna. Las he visto más lujosas, más aparatosas, de más alto estando, con más, pero ninguna como ésta de especial, es de una belleza única. Para mí, claro; es mi opinión personal, no cabe duda. Yo respeto que haya alguien a quien no le guste, desde luego, eso siempre, pero, para mí, para mi gusto, no creo que encuentres nada semejante por este precio, y menos en este barrio.
Los tres asentíamos a las loas que iba haciendo la vendedora. Pero yo fue verdad que me quedé completamente impresionada. Lo que yo sentí allí dentro es difícil de explicar y no ha vuelto a repetirse. Tal vez volví a notar un reflejo pálido de aquella fuerte impresión cuando hace poco la tuve a ella misma, a su dueña, a mi lado, en el ascensor, casi tres años después. Aunque el encuentro en el ascensor no me produjo placer exactamente; fue tan breve y me salió tan mal después de haberlo esperado tanto, que, lejos de disfrutarlo, todavía lo estoy padeciendo con una sensación de pérdida, de desperdicio.
Bueno, pero aquí hay mucho dinero metido; y con dinero ya se puede tener buen gusto; o comprarlo contratando decoradores Porque lo que está claro es que esta casa es obra de un profesional, eso seguro yo no me podía creer que fuera Javier, mi Javier, el que dijera esto. Por eso le contesté medio asombrada medio incómoda ante semejante vulgaridad de criterio: No creo que esto sea obra de un decorador. Demasiado personal. Y, bueno, dinero, lo que se dice dinero yo he visto casas como ésta, con los mismos metros y con mucho más dinero metido dentro que son bastante más feas. No es sólo el dinero. Eso quisieran algunos, que el dinero lo pueda todo. Los dos sabíamos que me refería a la casa de su hermana y mi cuñado, con los mismos metros exactamente, con mucha pasta en decoración y con un resultado incalculablemente más pobre. Ni siquiera más pobre. De otra naturaleza incluso, el resultado, diría yo. Por eso él tampoco pudo evitar contestarme con intención: También es más fácil que todo te quede chulo cuando tienes un montón de metros para ti sola, o para una pareja sin hijos. Si a este piso le devuelves sus tres dormitorios originales, ya me contarás en qué se queda su originalidad
Sí, claro, todo es por algo. Y si, en lugar de tres dormitorios, le metes cinco, pues peor...
Los dos decidimos dejar a la vez aquella tonta discusión soterrada que podía empezar a delatarnos o que podría habernos delatado ya si la chica de la agencia no fuera tan corta como parecía.
Uno de los cuadros representaba la sombra, una bruma casi palpable las envolvía, la sombra de dos mujeres abrazadas, tumbadas, follando habría que decir si ese verbo tan áspero no destruyera la veladura sutilísima en la que el pintor, o pintora más probablemente, había envuelto, como si los hubiera vestido de algo que no fuera tela, los dos cuerpos. Si alguien dijera follando cerca del cuadro, si alguien emitiera cerca y de frente el aire violento de esa palabra tan fricativa, seguro que la niebla se disiparía y, entonces sí, veríamos, no el sueño de dos mujeres amándose, sino la realidad rotunda de dos señoras jodiendo.
Javier me señaló el mismo cuadro y me comentó por lo bajo: Para una pareja sin hijos que, además, no piensa tenerlos. O sea, para nosotros mismos también, sin ir más lejos, porque yo sigo sin tener claro que quiera. Frasecita mía y cambio de humor suyo, inmediato: Esta casa no es para nosotros, y lo sabes la advertencia. Aquí estaba ya su tono de advertencia. Venía a decir. No te entocines, porque no, pero se refería a los niños.
Lo que tú digas, cariño le respondí yo, pues, con musiquilla. No, te recuerdo que eras tú la que lo decía, que esta casa no es para nosotros la manipulación. Aquí estaba ya la manipulación. Ahora volvíamos a referirnos a la casa y venía a decir: Eres voluble. Sólo yo mantengo criterios sólidos. Pues lo decimos los dos, mi amor otra vez mi musiquilla. No me tomes el pelo otra vez la amenaza. Vámonos, no quiero quedarme más aquí la paz. Últimamente era yo siempre la que buscaba refugio y poner fin a las escaramuzas. Las telas, las tapicerías de los sillones, la armonía de los colores (que no era una armonía insulsa, llena de concesiones a un solo tono dominante, ni tampoco una armonía que trata de hacer de casamentera entre estridencias hirientes, imposibles de congraciar, de esas de decorado de serie de televisión) cada detalle de la decoración era como una invitación a quedarte allí dentro a disfrutar, a pensar, a vivir.
Tal era la fuerza que envolvía el ambiente de aquella casa, tan física, que durante mucho tiempo fantaseé con la idea de conocer a la dueña. No vi ninguna foto por ninguna parte. Y consté que me fijé. Así que no podía saber cómo era, qué aspecto tenía, qué edad... Mejor, así pude imaginarla. Y me apeteció imaginarla algo mayor que yo, más sólida. Sabía que era lesbiana, que le gustaban las mujeres, eso sí lo sabía; y ese dato fundamental daba vueltas sin parar por mi cabeza, así que, para ser sincera, para ser más exacta, con lo que fantaseé fue con la idea de que yo pudiera gustarle. Supongo que no soy la única mujer heterosexual que tiene fantasías eróticas con otras mujeres. Empecé a tener fantasías sexuales con mujeres (voluntariamente, quiero decir), desde que visité aquella casa. Pronto hará tres años.
Y hasta he llegado a sospechar que si hemos acabado comprando este otro piso que quedó libre después en el mismo edificio (casi no me atrevo a confesármelo a mí misma de lo disparate que es) ha sido en parte por algo que dijo mi cuñada en su día: La chica del octavo, la del piso que visteis, ha vuelto a vivir a su casa. Ya no está a la venta. Para que veas que las oportunidades pasan por tu puerta una sola vez, Javier, te lo dije, y ésta se os ha escapado. La chica ha vuelto a su casa, sí. Claro que sí: ha pasado tiempo desde la desgracia y ya se sabe el tiempo todo lo cura.
Me acuerdo que pensé, como si la conociera: No ha vuelto por eso. Yo creo que si ha vuelto habrá sido, más bien por lo contrario, porque se habrá dado cuenta de que ni el tiempo ni la distancia curan nada.

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Re: Vecinas...

Mensaje por Admin el Vie Mar 03, 2017 6:20 am

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