7 Noches de Pecado

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7 Noches de Pecado

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:30 am


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Sinopsis

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:30 am

Camila Cabello no necesita un hombre. Al menos, eso es lo que sigue diciéndose a sí misma. ¿Podría cambiar su perspectiva, si se trata de una mujer? Pero no cualquier mujer, su jefe la manda a un viaje a Las Vegas para asegurarse de que Lauren Jauregui -la mujer más sexy de toda la industria de la música- satisface su imagen de chica mala.
Pero antes de que se dé cuenta, el negocio se convierte en un placer extremo, cuando Lauren saca a la luz su lado más travieso, y hace realidad cada una de sus fantasías más salvajes. Ahora solo tiene siete sensuales noches para cometer cada pecado que se le presente.
Porque puede que una vez que Lauren descubra su sucio secretito, no esté dispuesta a volver a satisfacer su lujuria...

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Capitulo 01

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:31 am

—No necesito un hombre. No necesito un hombre. No necesito un hombre.78
Normalmente, Camila hacía sus afirmaciones matinales en casa, pero aquel día se le habían pegado las sábanas, y sus afirmaciones, así como su desayuno, se habían visto obligadas a esperar hasta que saliera de la oficina. Por suerte, estaba aprovechando unos pocos minutos sola en la sala de descanso, con un donut y el libro de autoayuda que estaba leyendo, un manual adecuadamente titulado No necesitas un hombre para ser feliz.24
Bajó el tono de voz incluso más al pronunciar la siguiente serie de frases.
—No necesito un pene que me dé placer. No necesito un pene que me dé placer.79
Aunque quizás, no fuera mala idea descartar esa serie de su repertorio. Pronunciar aquellas palabras solo la hacía pensar en penes. En el pasado de Camila también había salido con mujeres, pueda que haya tenido algún amorío sexual solo por experimentar, pero ninguna le había hecho cambiar su orientación sexual por completo, solo eran relaciones pasajeras según ella.21
—Soy responsable de mi propio placer. Soy responsable de mi propio placer. Soy responsable de mi propio placer —desde luego, aquella frase aludía a la masturbación. Y ella no tenía nada en contra de ello. En realidad, estaba segura de que a cualquier chica podría parecerle una manera útil de superar una noche larga y solitaria. Pero decírselo a sí misma era como aceptar que la masturbación sería suficiente, para siempre... y bueno, eso era todo un reto. Tendría que esforzarse más en sentirlo cuando dijera la frase.17 Sin embargo, aún se sentía decidida y retomó la primera serie de repeticiones.
—No necesito un hombre. No necesito una mujer...
—Hablas precisamente como alguien que necesita ambos.21
Camila dio un respingo en su asiento. Levantó la cabeza para encontrarse con Dinah Jane, su amiga y colaboradora, una mujer rubia, morena, bastante atractiva, alguien con montones de hombres en su vida. Dinah se encargaba de las relaciones públicas de Blue Night Records, la casa discográfica independiente que les daba un puesto a las dos, y además, estaba licenciada en psicología, algo que ella afirmaba necesitar en su línea de trabajo.20
—No es verdad —le contestó Camila, al mismo tiempo que se reafirmaba en su idea de no necesitar un hombre. A pesar de lo poco que tenían en común, las dos se habían convertido en grandes amigas desde el día en el que Camila se mudó a Los Ángeles, hacía ya tres años. Así que se alegraba de que fuera Dinah la persona que había tenido la osadía de interrumpirla cuando hacía sus afirmaciones.1
Dinah ladeó un poco la cabeza, con una expresión de reproche en los ojos.
—Alguien que normalmente tiene que decírselo a sí mismo.
—¿Qué?
Dinah cruzó los brazos bajo sus amplios pechos.22
—Fíjate en mi vecina, la señora Freeland, por ejemplo. Tiene setenta y cinco años y no ha estado casada nunca. Es pintora, recorrió el mundo cuando era joven, adora a Fiona, su scottish terrier, y nunca ha necesitado un hombre. Nunca me ha dicho nada, pero ni falta que hace, se refleja en todo lo que hace. Simplemente es parte de ella. No siente la necesidad de ir por ahí dando explicaciones a la gente acerca de por qué no se ha casado o por qué no necesita un hombre, y la razón es porque está verdaderamente a gusto sin uno de ellos. Por otro lado está la señora Nelson, la mujer que vive tres pisos más abajo —Dinah dejó caer la barbilla en un gesto irónico y alternó su peso de una Sabrina de color rojo a otra. —Tiene cuarenta y cinco años y obviamente se siente sola. Siempre me está diciendo que no necesita un hombre que la haga sentirse completa, pero lo que le da poca credibilidad es lo condenadamente amargada y enfadada que parece cada vez que lo dice. Es posible que no quiera necesitar a un hombre. Pero está claro que necesita uno.9
—¿Puedes repetirme otra vez qué es lo que quieres decir? —le preguntó Camila, con ambas cejas enarcadas.
—Decir que no necesitas un hombre, una mujer y otra vez indica que, te guste o no, sí los necesitas. Y no es que eso sea un crimen, desde luego. Hay muchas mujeres que sienten verdadera emoción por el amor y el compromiso.3
Camila se limitó a poner los ojos en blanco.
—¿Amor y compromiso? Por favor —no tuvo que decir más, ya que Dinah estaba al día de todos los desagradables detalles acerca de los engaños de su marido y de su reciente divorcio. —Lo último en lo que estoy interesada es en el compromiso. Y esa sí es la verdad.
Dinah asintió.
—Te creo. Después de lo que ha pasado, es normal que te resulte difícil confiar en un hombre. Pero yo te diré qué es lo que necesitas.
—¿Qué es?3
—Parafraseando las palabras inmortales de John Mellencamp, necesitas un amante, alguien que no te haga perder la cabeza.
¿Un amante? Camila había tenido relaciones, había salido un par de veces con algunos hombres y con mujeres pero nada serio y, por supuesto, había tenido un marido, pero nunca había sido el tipo de mujer segura y despreocupada que puede tener a alguien al que considere como un amante. Así que, se remitió a su libro.2
—Según esto, un buen consolador puede proporcionar el mismo tipo de satisfacción.13
Dinah enarcó las cejas y habló con sinceridad.
—¿Tú tienes uno?
—No.
—¿Y por qué no?
Camila hizo una mueca con los labios.
—¿Aparte del hecho de que soy demasiado tímida como para ir a una de esas tiendas donde los venden? Bueno, quizás porque, de alguna manera, pasar una noche con un vibrador suena un poco... vacío, y también aburrido. Sé que algunas mujeres dicen que se pasa un buen rato jugando con ellos, pero... - Dinah levantó las manos para silenciar a su amiga.12
—No digas nada más. Y escúchame. Tú necesitas un amante. Y ya que hablamos del tema, ¿cuánto tiempo hace que no tienes uno?
—¿Cuenta Mahone? —era su hipócrita ex marido.35
Dinah sonrió.1
—No me digas que es el último que has tenido. Quiero decir, llevas divorciada, ¿cuánto tiempo? ¿Unos seis meses?
Camila suspiró.1
—Y separada durante un año antes de que ocurriera eso.4
Dinah reaccionó como si Camila le acabara de anunciar la muerte de alguien querido.2
—Por el amor de Dios, pobre chica. Levántate.1
Camila parpadeó, sorprendida por la orden de Dinah, pero la imponente mirada que vio reflejada en sus ojos la obligó a ponerse de pie. Su amiga le puso las manos en la cintura y la llevó hacia el pequeño espejo que colgaba sobre el fregadero, en un rincón de la sala de descanso. La rodeó con sus brazos desde atrás y con destreza, desabrochó los dos botones superiores de la blusa de Camila; después, cubrió firmemente la parte inferior de sus pechos para levantarlos.22
—Vamos a conseguirte un amante, y tenemos que empezar por exhibir tus cualidades un poco más.31
Era patético, pero había pasado tanto tiempo desde la última vez que alguien había tocado a Camila tan íntimamente, que incluso el inesperado agarrón de Dinah la había excitado un poco, provocando una sensación de hormigueo que se extendía directamente hacia la zona que cubría su ropa interior.64
Pero todavía no se sentía preparada para tener una aventura sin sentido. O una que lo tuviera. Aquello la hacía descartar las aventuras. Y le hacía tener que volver a su libro.
—No lo sé, Cheechee. Simplemente no creo que los hombres, mujeres o el sexo estén ya en mi lista de prioridades. Es esa la razón por la que hago estas afirmaciones. Quiero sacar esas tres cosas de mi sistema.2
Dinah caminó de vuelta hacia la mesa, y bajó la cabeza para observar el libro que todavía estaba abierto. Después, dejó escapar un exagerado carraspeo de desaprobación.
—¡Oh, Dios mío! Confía en mí, cariño, necesitas un pene. Todas necesitamos un pene. El pene es uno de los regalos que Dios le hizo a la mujer. Está claro que también nos otorgó los dolores del parto, y los periodos. Y nos ha mantenido oprimidas durante siglos enteros. Pero nos dio el pene, y eso compensa mucho, créeme. Pero contigo nunca se sabe con eso de que también te atraen las mujeres quien te entiende.105
Camila se limitó a suspirar. Después, volvió a abrocharse los botones de su blusa, escondiendo el escote que Dinah acababa de descubrir. Aquello no tenía sentido, ni el escote ni la conversación.1
—¿Has venido aquí para hostigarme o tenías algún propósito en mente?
—Ay, lo siento, casi se me olvida. Tu moratoria acerca de los hombres y mujeres me ha distraído totalmente. Jenkins quiere verte en su oficina —aquel era su jefe y el presidente de Blue Night. —En los pasillos se rumorea que tiene algún anuncio importante que hacer, pero nadie sabe de qué se trata. Así que será mejor que vayas a comprobarlo y así acabas con el suspenso por nosotros.
¿Así que un anuncio importante, eh? Era la primera noticia que Camila tenía, y siendo la mano derecha de Jenkins, solía saber qué era lo que estaba ocurriendo por allí. Así que, después de sacudirse las migajas de donut con una servilleta, metió su libro en el cajón de su mesa de despacho, volvió a mirarse el escote para asegurarse de que se había abrochado la blusa correctamente, cogió una libreta y un bolígrafo y se dirigió hacia la oficina de Jenkins. Golpeó suavemente la puerta abierta, al mismo tiempo que echaba un vistazo dentro.
—Camila, entra —le dijo él, con lo que ella pensó que era una sonrisa más que retorcida. —Y cierra la puerta.
Cari Jenkins era exactamente el tipo de hombre al que la gente solía llamar por su apellido. Elegante y calculador, un hombre serio que no se andaba con tonterías, el tipo de persona que se esperaría encontrar en una empresa importante y no en una pequeña discográfica independiente. Dicho aquello, Blue Night había crecido con rapidez en los últimos años, y no había que restarle mérito alguno. Con su pelo peinado hacia atrás y unos ojos igual de brillantes, también era el tipo de hombre con el que una no se siente nunca completamente cómoda, y Camila no había logrado superar aquello, incluso después de tres años como su asistente adjunta.1
Después de cerrar la puerta, se acomodó en la silla que él tenía delante, y se preguntó cuáles serían exactamente las importantes noticias que tenía que darle.
—Dinah me ha dicho que querías verme. ¿Hay algún tipo de anuncio importante en marcha?
La mirada de su jefe se intensificó cuando se le escapó una risa. Obviamente, se sentía sorprendido, aunque no asustado de escuchar que sus empleados sospechaban que se estaba tramando algo.
—¿Un anuncio? Bueno, algo así, pero dependerá de la conversación que vamos a mantener. Pero primero, tengo que contarte un secreto. Y sé perfectamente que puedo confiar en que lo guardes, ¿no es así, Camila? Sobretodo, cuando se trata de algo que puede ser de interés para tu carrera.
—Por supuesto —dijo ella, esperando que él no pudiera ver cómo su estado nervioso la hacía tragar saliva sin parar. Camila odiaba los secretos. Profesionales, personales, no le gustaban fuera cual fuera su naturaleza. Después de todo, se había divorciado a causa de un secreto, una aventura secreta para ser más concretos. Pero aquello sonaba como si de todas formas estuviera a punto de saber otro.
—He observado cómo has ido evolucionando en este negocio durante los últimos años, Camila. Aprendes con rapidez, eres inteligente, responsable y le gustas a la gente. Además, eres una persona agradable. En una ciudad como Los Ángeles no siempre encuentras mucha gente que lo sea, y eso hace que seas un buen producto.1
¿Era un buen producto? ¿Cuándo había ocurrido eso? Bueno, no importaba, quizás aquello significara que fuera a recibir un aumento. ¿Quizás un aumento secreto que solo iba a recibir ella? Estaba claro que podría guardar un secreto como aquel.
—Gracias, señor Jenkins. He disfrutado mucho aprendiendo tanto acerca del negocio musical desde que comencé a trabajar aquí.
—Puede que no te des cuenta de ello, Camila, pero es probable que conozcas los pormenores de esta compañía mejor que la mayoría de las personas que trabajan en esta oficina. Te he escuchado hablar por teléfono con la gente, desde artistas a distribuidores, y sabes lo que haces. Hasta cierto punto, creo que es un pecado dejar que sigas en el puesto que tienes ahora.
Ante aquellas palabras, Camila se sorprendió. Aquello no parecía tratarse solamente de un aumento.
—Quiero prepararte para que seas la próxima representante de A&R de Blue Night —dijo Jenkins, y ella se esforzó por evitar que se le abriera la boca de asombro.
¿Pretendía ofrecerle a ella, la pequeña Camila Cabello de Miami, Florida, el puesto más codiciado de la discográfica? La mayoría de la gente que trabajaba allí, empezando por el chico que traía el correo, y que había aceptado el trabajo en Blue Night, aspiraban a avanzar algún día hasta llegar al atractivo puesto de representante de artistas y repertorios, que se encargaba de buscar y contratar a nuevos talentos. Ella, por el contrario, no había barajado aquella posibilidad. Simplemente necesitaba un trabajo, una entrevista. Trabajar en una buena compañía discográfica le había parecido más que satisfactorio. Pero ser la representante de aquella firma... vaya, aquello era demasiado. Entonces, cayó en la cuenta.
—¿Lauren abandona? ¿Se va a alguna de las grandes discográficas?
Lauren Jauregui era Blue Night Records para la industria y los paparazzi. Tenía un atractivo que podía dejar a cualquiera sin respiración, y aquello, combinado con su imagen de estrella del rock, la hacía deliciosamente fotogénica, sobre todo cuando salía de fiesta con bandas de rock o iba del brazo de la última sensación femenina del pop. También era la única representante de A&R de Blue Night y era tan conocida y tenía tanto éxito en los negocios que no había necesidad de contar con alguien más. Camila atribuía a Lauren los logros de la empresa, tanto como a Jenkins.7
Su jefe seguía sonriendo, todavía estaba en el mismo lugar pero tenía una postura rígida.
—Es aquí cuando viene el secreto.
—Ah —Camila contenía la respiración, a la espera.
—Esto es lo que pasa —le dijo su jefe, que había ladeado la cabeza. — A pesar del obvio éxito que Lauren ha tenido, con el paso del tiempo ha empezado a... se ha convertido en un estorbo. Si no me crees, pregúntale a Dinah, es ella quien atiende las llamadas de los reporteros, quien responde a los rumores. Pero estoy seguro que no hará falta que le preguntes, porque todo el mundo lo sabe ya.
Camila asintió brevemente y suspiró. Había rumores. Rumores que decían que Lauren Jauregui realizaba un proceso moderno de selección entre los artistas, y contrataba a mujeres solo después de acostarse con ellas. Rumores que decían que se lo pasaba en grande con los músicos con los que pasaba el rato. Dejando aparte su declaración acerca de su bisexualidad. Era la chica mala oficial de la escena musical de Los Ángeles.4
—Solo que no me daba cuenta de que el comportamiento de Lauren tuviera un impacto tan importante en el negocio de Blue Night —después de todo, aquello era Hollywood, allí se llevaba el estilo de vida rock 'n' roll. —Afortunadamente, ha sido algo que hemos visto venir lentamente. Pero ahora, tengo a Claire Starr amenazando con demandarnos, afirmando que Lauren no iba a darle un contrato a no ser que se fuera a la cama con élla —Starr iba a ser una nueva maravilla de Blue Night, una cantante que había causado sensación con su primer hit y cuya mala actitud la había sacado a patadas de una buena discográfica que además de cultivar artistas, sigue con ellos pese a sus altibajos. —Podría ser algo sin importancia ya que somos nosotros quienes no la seleccionamos, pero por otro lado, es el tipo de publicidad que puede acabar con nosotros y, sea o no cierto lo que ella dice, el comportamiento general de Lauren lo hace plausible —una sonrisa esperanzadora volvió a aparecer en el rostro de Jenkins. —Entonces, ¿quieres escuchar mi propuesta?
Era triste, pero a pesar de lo excitante de la situación, todo aquello había hecho que a Camila le entraran sudores. Aparentando tranquilidad, dijo:
—Por supuesto.2
—Quiero anunciar que vamos a añadirte como agente representante debido a tu evolución en la empresa durante los últimos dos años, y expresaré mi deseo de que Lauren te forme como tal, empezando con su viaje de exploración a Las Vegas la semana que viene. Quiero que vigiles todos sus movimientos. Ella te pondrá al tanto de todo, te presentará a gente, te enseñará cómo distinguir a una estrella de un éxito pasajero. En cuanto al futuro de Lauren, me mantendré prudente hasta que veamos qué es lo que ocurre con Claire. Pero en el momento en el que ella decida demandar, estará fuera. Eso puede ocurrir la semana que viene, el mes que viene, o nunca, tendremos que dejar que las cosas sigan su curso. De una manera u otra, te quiero preparada para encargarte de todo. Y... si resulta que Lauren puede limpiar su imagen y cambiarla por una más profesional para Blue Night, no te dejaré en la estacada. Si acabo manteniendo a Lauren en nómina, puedo afirmar con total seguridad que seguiremos haciendo mucho dinero, y los necesitaré a ambos ahí afuera, buscando talentos nuevos. Mientras tanto, todo lo que te he contado acerca de Lauren debe quedar entre tú y yo. Para el resto del mundo estás formándote para un nuevo puesto, no para el de Lauren. ¿Está claro?2
Ella tensó los labios, estaba intentando ocultar de nuevo cómo los nervios le hacían tragar saliva compulsivamente.
—¿Y eso incluye a Lauren? ¿Ella no tiene ni idea de que va a estar preparándome para ocupar su puesto cuando tú la despidas?
Jenkins respondió con una inclinación de cabeza breve pero concluyente.
«De acuerdo, resumamos lo que acaba de pasar. Tu jefe te acaba de ofrecer la oportunidad de tu vida. Y para conseguirla, todo lo que tienes que hacer es mentirle a la mujer más sexy que has conocido nunca. Durante una semana. Quizás algo más. Ah, y también tienes que mentir a todos los demás, claro».3
Sintió cómo se le revolvía el estómago.1
—¿Puedo contar contigo, Camila? ¿Estás conmigo en esto? ¿Por un trabajo de ensueño?
—Desde luego —¿Qué otra cosa podría decir?

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Capitulo 02

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:32 am

Sabía que acababa de prometer guardar un secreto importante y bastante desagradable, pero en el momento en el que Camila se levantó de su silla, decidió irse derechita a la oficina de Dinah. Podía confiar en Dinah. Y tenía que contárselo a alguien o no podría sobrevivir a todo aquello.6
Cuando salió del despacho de Jenkins, con los ojos puestos en el suelo, su mirada recayó en un par de botas negras Femeninas, con pequeñas hebillas plateadas a cada lado. Se detuvo, y lentamente subió la cabeza y se encontró con la mismísima Lauren Jauregui delante de ella. Sintió cómo se le helaba la sangre de las venas, al mismo tiempo que le temblaba el cuerpo con una sensación de lujuria absoluta. Aparte de lo de las venas, que se debía a la inminente mentira, aquella era la reacción que normalmente tenía cuando se encontraba con ella.3
Por supuesto, había aprendido a disimularla muy bien. Solo era cuestión de sentido común. Todas las mujeres de la oficina -o del planeta, en realidad- se volvían locas cuando Lauren Jauregui entraba en una habitación, con sus atractivos vaqueros desgarrados y sus camisetas vintage, con su pelo negro largo y ondulado llegándole a las caderas, y un par de ojos verdes que parecían un lugar fácil en el cual ahogarse. No tenía sentido disfrutar de ello, así que simplemente había aprendido a mirar a otro sitio, de esta forma evitaba perderse en aquella mirada intensa e imaginar cómo sería la sensación de notar la presión de sus manos recorrer su cuerpo.13
E incluso después de esos tres años, apenas la conocía. Ella trabajaba desde casa -o desde discotecas, o lugares de exploración varios; -solo paraba una vez a la semana para encontrarse con Jenkins detrás de una puerta cerrada. No asistía a las horas felices de la oficina, ni a las comidas, ni a las fiestas de Navidad, simplemente se pasaba por allí, como una estrella de rock segura y atractiva, sin apenas mirarla cuando pasaba por su lado. Claro que normalmente, Camila le dedicaba un corto y simpático «Eh». Justo lo que Lauren le decía ahora, en el momento en el que Mila se encontraba con sus ojos y se le humedecían las bragas.18
-Eh -dijo ella como respuesta, intentando ocultar su reacción.
-¿Está dentro? -pasó por delante de ella, y se dirigió a la oficina de Jenkins.
-Sí-fue la contestación más compleja que pudo articular.
Lauren hizo una leve inclinación de cabeza como respuesta y se coló dentro, cerrando la puerta tras ella.
Y ella se quedó allí parada, observando el trozo de madera que acababa de separarlas; el corazón le latía todavía con demasiada rapidez.
Pronto, habría muy poco que las mantuviera separadas. Iba a pasar una semana entera muy cerca de aquella mujer -Lauren Jauregui, diosa griega-, empapándose de su conocimiento, respirando prácticamente el mismo aire que ella.2Y probablemente su lujuria. Mucho de ella.2
Porque le iba a resultar muy difícil disimularla cuando estuviera con Lauren todo el tiempo, y mirara esa magnífica cara, y quisiera recorrer con sus dedos aquella suave melena suya. ¿Por que cuando la veía se le olvidaba por completo los hombres?51
Pero tenía que ser una profesional con todo aquello. Y a veces, cuando sabes que alguien está completamente fuera de tu alcance, es simplemente más fácil -más saludable- no pensar en ella sexualmente y concentrarse en el asunto que tienes entre manos. En aquel caso, robarle su trabajo sin que ella se diera cuenta.2
Sintió vergüenza, al acordarse del pacto que acababa de hacer con el mismo demonio, y se dio cuenta de lo sorprendentemente fácil que le resultaba pensar en su jefe de aquella manera. Después, hizo lo que había planeado y se dirigió hacia la oficina de Dinah por el pasillo; ahora era Camila la persona que cerraba la puerta.
-¿Te has hecho con la exclusiva? -Dinah la miraba desde la pantalla de su ordenador; todavía parecía perfecta con su traje ajustado de color rojo, y el pelo rubio recogido hacia arriba.
Camila parpadeó nerviosamente como respuesta.
-Oh, sí, la he conseguido.
-Entonces, suéltala.
-Es un secreto.1
-Pero vas a contármelo de todas maneras, ¿verdad?
Camila se inclinó hacia delante.
-Solo prométeme que no vas a decírselo a nadie, Cheechee. Es muy probable que Jenkins me despida si esto sale a la luz, de ambos trabajos -puso los ojos en blanco al darse cuenta de la locura que suponía todo aquello.
Dinah enarcó las cejas.
-¿Que te despida de ambos trabajos?
Camila dejó escapar un suspiro, después se sentó en una esquina de la ordenada mesa de despacho de Dinah y se lo contó todo, terminando con su inminente viaje a Las Vegas, en el que se embarcaría en tan solo cuatro días ridículamente cortos.
Se dio cuenta con sorpresa que cuando acabó Dinah estaba sonriendo.
-Problema resuelto -dijo su amiga. -Una amante instantánea. Solo lujuria y excitación. Ya no necesitas esperar a un hombre.- A Camila se le abrió la boca.1-Ya me has oído. Lauren es la amante perfecta para ti. Sin jaleos, sin preocupaciones, nada que implique la complicación del afecto. Lo que pase en Las Vegas se queda en Las Vegas. Es el polvo perfecto.8
Camila volvió a parpadear, apenas sabía qué aspecto de todo aquello debía abordar primero.
-De acuerdo, para empezar, Lauren Jauregui ni siquiera me ha mirado a los ojos, así que estoy bastante segura de que no se muere por irse conmigo a la cama. Y para terminar, ¿estás escuchando lo que te digo? ¡Jenkins pretende que mienta de mala manera a Lauren durante toda una semana durante la cual estaré con ella cada segundo! Eso hace siete días y noches repletos de mentiras.13
Dinah parecía como si tal cosa.
-Concentrémonos en las noches. Y en el polvo, no en la mentira. Porque confía en mí, con unos cuantas modificaciones, estará muñéndose por irse contigo a la cama. Eres una chica muy afortunada, Camila -le dijo su amiga con una sonrisa reconfortante, como si aquello fuera dado por hecho. -Vas a tener sexo puro y duro con Lauren Jauregui, algo con lo que la mayoría de las mujeres tan solo sueñan. Quiero decir, ¿acaso esa mujer no hace simplemente que te tiemble el coño?46
Camila se limitó darse un manotazo en la frente.
-Estás loca. No, espera, me estás volviendo loca a mí. Necesito que me ayudes con un dilema moral y todo lo que haces es hablarme de sexo. Hace tiempo que deje a lado las mujeres.
Pero era como si Dinah estuviera en su propio y diminuto mundo en aquel momento.
-Te voy a llevar de compras esta semana. Cancela todo lo que hayas planeado para el sábado y organízate para salir temprano por la Third Street Promenade. Lleva el sujetador más alentador que tengas. En realidad no importa. Compraremos sujetadores nuevos, vas a necesitar un montón de lencería sexy. Y concertaré una cita para ti con mi peluquero. Tiene siempre la agenda apretada, pero por mí, la estrujará aún más.
Camila solo suspiró. Se sentía agotada a pesar de que ni siquiera habían dado las nueve de la mañana.1
-Yo no puedo permitirme ir a tu peluquero. ¿Y qué tiene de malo mi ropa?
-Nada. Es perfecta para difundir el mensaje «Estoy atravesando un mal divorcio, déjame tranquila». Aunque no es que sea muy útil para el mensaje de «Háztelo conmigo».5
Camila contuvo la respiración.
-Yo no quiero que se lo hagan conmigo. E incluso si lo hiciera, Lauren no sería la mujer -ella era completamente excitante, pero Mila no estaba a la altura. No estaba a la altura de todo su universo. Hasta el punto de sentirse intimidada. Le avergonzaba incluso la idea de expresar algo de interés en ella, ya que seguramente se lo tomaría a risa. O quizás lo encontrara patético.6 Entonces, negó con la cabeza; se sentía completamente enfadada.
-Pero volviendo al punto que tenemos entre manos, no estoy preocupada por el sexo. No necesito un hombre o una mujer, ¿recuerdas? Y se supone que soy hetero. Lo que me preocupa es... es lo de estar robándole el trabajo y mintiéndole mientras lo hago, haciendo que me ayude a robarle su trabajo. Es despreciable.20
Dinah se encogió de hombros, y finalmente desvió su atención al problema que tenía Camila.
-Quizás sí, quizás no. Todo depende de cómo se mire. Por un lado, es Lauren quien se lo ha buscado. No es que realmente esté haciendo algo que no hagan otras, pero ni siquiera se ha molestado en tener un mínimo de discreción y ahora le está trayendo problemas. Por otro lado, tú vas a participar en una gran mentira que te beneficia, lo que te hace culpable -entonces, se inclinó hacia delante ligeramente, mirando a Camila con los ojos entrecerrados. -Dicho esto, estamos hablando acerca de un trabajo de ensueño y Jenkins quiere que seas tú quien lo haga. Es una oportunidad enorme, y serías una estúpida si la dejaras pasar. Por eso necesitas mantener la cabeza fría con todo esto. Tienes que comprometerte con la mentira, comprometerte con el pecado.
Camila aspiró el aire, sentía el pecho oprimido.
-Odio las mentiras -ahora que lo pensaba, había sido mucho más fácil escuchar los planes de Dinah para llevar a cabo una seducción imaginaria que recordar que iba a tener que mentirle a una mujer que no le había hecho daño alguno.2
-A ver qué te parece esto -sugirió Dinah. -¿Qué te parece si no lo vemos como una mentira? En lugar de eso, podemos verlo como... ambición. Ir detrás de una buena oportunidad. Conseguir algo que realmente deseas. Porque por muy apacible que seas, mi querida Mila, puedo verlo en tus ojos. Quieres este trabajo... más que nada en el mundo.1
Que Dios la ayudara, Dinah tenía razón. Le encantaba la música. Había llegado incluso a adorarla más desde que había aterrizado en Blue Night. Sería genial ayudar a decidir qué personas merecían la pena ser escuchadas, y tener el poder de darles a los músicos una oportunidad real de alcanzar el estrellato, hacer que sus sueños se convirtieran en realidad. Y ya podía incluso saborear la emoción, y la satisfacción, que aquello le traería.
-Ojalá no me sintiera tan culpable acerca de cómo voy a conseguirlo.+
Una vez más, Dinah se encogió de hombros.
-Míralo de esta manera. ¿Dónde mejor que la Ciudad del Pecado para hacer algo que está mal?

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Capitulo 03

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:32 am

LA PRIMERA NOCHE33
El pecado depende de la geografía.9
Bertrand Russell2
Camila llegó a Las Vegas con un vestuario renovado, un nuevo color de pelo y una nueva actitud, no ante el sexo con Lauren Jauregui, sino ante el trabajo. Se había convencido a sí misma de que Dinah tenía razón, que aquella era solo la manera en la que se hacían negocios en la industria del espectáculo. No le vendría nada mal involucrarse con una mujer después de todo. No era una cuestión de ética, simplemente de reglas del juego. Estaba claro que Lauren Jauregui lo vería de ese modo, si la situación hubiera sido al revés.1
Lauren había volado desde Los Ángeles hasta Las Vegas el mismo día que Camila había hecho su viaje de cinco horas en coche a través del desierto de Mojave. El bueno y viejo Jenkins había aceptado con gusto que ella mintiera, pero no le había ofrecido un billete de avión, explicándole que después de todo, todavía eran una firma independiente, y que el dinero no crecía en los árboles.5
-Aunque, una vez que estés en el puesto de representante de A&R -le había prometido él- desplegarán la alfombra roja para ti.1
Solo Dios sabía que no era allí donde ella esperaba verse cuando cumpliera treinta años, empezando toda una nueva carrera y cruzando el desierto para conseguirlo. Pero quizás un trabajo importante y tan codiciado la hiciera recuperar de alguna manera la sensación de seguridad que le había robado su divorcio.
Había intentado concentrarse en ello mientras rezaba para que su coche no se sobrecalentara con las altas temperaturas de mayo, y a medida que avanzaba en el camino, pudo divisar más de un espejismo, imágenes que provocaba el sol, y que la convencían de que lo que estaba viendo era un enorme y suave charco de agua, pero que cuanto más se acercaba se daba cuenta de que simplemente era más tierra plana y marrón.
Así que fue un alivio, incluso aunque fuera un poco abrumador, llegar finalmente a Las Vegas Strip. Nunca antes había visto la Ciudad del Pecado, pero un paseo en coche por la carretera de diez carriles le decía que era justo lo que había imaginado. Incluso durante las horas del día, había millones de luces que parpadeaban y danzaban a cada lado de la famosa avenida. Pasó por fuentes enormes, montañas rusas que se movían a toda velocidad sobre su coche, e incluso edificios enteros que cambiaban de color a voluntad. Pudo divisar el puente de Brooklyn, una pirámide egipcia, la Torre Eiffel, el Coliseo romano y un volcán en erupción, y aunque le daba la sensación de que los monumentos de todo el mundo entraban en conflicto en aquel lugar, todo se reestructuraba en un espectáculo puro.
Aminoró la marcha delante del hotel Venecia, donde se habían reservado dos habitaciones juntas para Lauren y ella, y siguió después por un carril en zigzag, que llevaba a las puertas delanteras. Se sintió asombrada por la extensión del lugar incluso antes de llegar bajo el toldo que cubría al menos una docena de carriles de una sola dirección: un zoológico atestado pero eficiente de coches y carritos para llevar el equipaje y maletas que llevaban unos hombres vestidos con uniforme a rayas y pañuelos al cuello que recordaban a los gondoleros italianos.2 Uno de ellos corrió a toda prisa para abrirle la puerta del coche.
-Bienvenida al hotel Venecia. ¿Desea registrarse?
-Sí.
Estaba registrándose en el hotel Venecia. Y estaba registrándose en Las Vegas, el lugar adonde va la gente que desea pecar. Y ya en aquel momento, mientras atravesaba las puertas y llegaba al extravagante y enorme vestíbulo con un techo en forma de arco y decorado con frescos, sintió cómo, de alguna manera, la invadía un cambio. Empezaba lentamente, aunque era fácil de reconocerlo, y... asombrosamente fácil de abrazar.
No tenía nada que ver con su ropa nueva. Ni con su nuevo pelo. Y ni siquiera estaba segura de que se tratara del puesto de trabajo que iba a robar y que era la razón por la que estaba allí. Porque parecía crecer desde su interior, y hacerse eco hacia el exterior desde lo más profundo de su ser. Apenas podía encontrar explicación alguna, pero... simplemente se sentía diferente en aquel lugar. Una extraña y nueva energía la invadía. Estaba preparada para hacer cambios en su vida.
Quizás sí tenía que ver con la ropa nueva y el pelo. Quizás se tratara del trabajo. La verdad era que se había dicho a sí misma que aquello tenía que ocurrir, que tenía que convertirse en el tipo de persona que pudiera meterse en un juego de tales características. Aun así, había algo en el aura de aquel lugar que rápidamente ayudaba a que el proceso fuera más fácil, y aquello le daba la sensación de que todo iba como la seda, y al mismo tiempo era excitante como... el pecado.
Mientras había llegado a la suntuosa mesa de registro, y le daba su nombre al dependiente, una firme sensación de libertad la invadió. Una sensación de novedad. E incluso si era verdad que debía haber un momento en su vida en el que ser alguien nuevo le traería muchos beneficios, estaba segura de que aquel era el momento.
Porque, nena, estaba en Las Vegas. Una ciudad enorme y abrumadora, un oasis increíblemente brillante construido en el desierto solo y exclusivamente para aquellos que buscan el placer y, le gustara o no, estaba a punto de sumergirse en el.

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Capitulo 04

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:33 am

La habitación era lujosa, sin mencionar lo enorme que parecía, y aquello hizo que se despejaran sus dudas acerca de si iba a gustarle aquello de ser una representante de A&R, incluso aunque todavía no existiera el beneficio de viajar en avión.
Estaba ocupada mirando boquiabierta el enorme cuarto de baño alicatado cuando vio, por el rabillo del ojo, una luz que parpadeaba en el teléfono de la habitación, lo que le informaba que ya tenía un mensaje. Se sentó en el borde de la cama y presionó el botón de recuperación de mensaje, y se encontró completamente deleitada ante el simple sonido de la sensual voz de Lauren.1
—Camila. Has hecho un largo viaje en coche, así que tómate toda la tarde para descansar. Luego, reúnete conmigo en el Mon Ami Gabi delante del hotel París, a las siete. Estoy deseando trabajar contigo.26
No se identificó. Porque no hacía falta que lo hiciera. «Qué arrogante», pensó ella, con los ojos en blanco. Pero también sexy. Y alguien sexy podría compensar su arrogancia de muchas maneras. Ella pensó que en realidad, nunca le había escuchado encadenar tantas palabras antes, y solo su voz, incluso sin una cara que la acompañara, la había hecho sentirse excitada.3
No es que ella pudiera permitirse pensar en Lauren como alguien sexy. O como alguien que la excitaba. No, para Camila, Lauren Jauregui era ahora simplemente el medio para conseguir una meta, un trampolín hacia una nueva y excitante carrera. Y Dinah lo había dejado claro: ella misma se lo había buscado. En cuestión de tiempo, aquella semana de subterfugio sería historia, y ella tendría un nuevo y brillante puesto de trabajo que enseñarle al mundo.1
Por supuesto, cuando empezó a prepararse para la cena unas horas más tarde, se fue poniendo cada vez más nerviosa. Como su viejo yo, su yo real, la pequeña y nerviosa Camila que respondía a los teléfonos y tramitaba contratos y que generalmente se quedaba en segundo plano, la pequeña y nerviosa Camila que sentía pánico ante la idea de estar cerca de una mujer ultramoderna como Lauren durante más de un minuto o dos.
Pero una mirada al espejo le recordó que había decidido no ser nunca más la pequeña y nerviosa Camila. Su pelo, que hacía unos días había sido de un soso castaño claro, era ahora de un tono cálido y sexy de castaño rojizo, con un corte elegante que caía recto hasta los hombros, pero que le enmarcaba la cara. Y su cuerpo, que generalmente escondía con ropa bastante conservadora, ahora le parecía tener muchas más curvas con unos vaqueros bien ajustados, botines de punta y una blusa ajustada de color blanco que dejaba entrever su sujetador bordado con cuentas, y que enseñaba algo de su escote. Dinah había declarado oficialmente aquel aspecto como el de una chica segura y cosmopolita, y ella no había podido negar que, en realidad, la hacía sentir precisamente de esa manera. Un par de gafas de sol nuevas completaban la imagen.9
Ella sabía que el hotel París estaba lo suficientemente lejos como para garantizar tener que coger el coche o pedir un taxi, pero había decidido caminar un poco. Por muy fabulosamente lujoso que le hubiera resultado el Venecia, se sentía con ganas de devorar más escenas de Las Vegas y pensó que hacerlo a pie era la mejor manera de quedarse con los detalles.1
Lo que descubrió a medida que avanzaba fue una ciudad extraña llena de pasajes peatonales y ascensores y puentes que parecían llevar a cualquier dirección sin dejar necesariamente claro hacia dónde dirigían. Así que siguió sus instintos y a las multitudes, sintiéndose minúscula en comparación con todo aquello. Nunca había estado en el Gran Cañón, pero había escuchado a la gente hablar sobre sentirse pequeño allí, como una mancha accidental. Pensó que acababa de descubrir el Gran Cañón urbano, un lugar al mismo tiempo grandioso y opulento aunque también llamativo, un lugar que emitía una sensación subyacente de desastre, que de alguna manera flotaba en el ambiente.3
Se detuvo en uno de los pasadizos y se encontró a sí misma observando el ancho y bullicioso Las Vegas Boulevard hacia la grandeza del Caesars Palace, con su césped arreglado y sus estructuras de estilo romano y de color blanco prístino. Pero de repente, su visión se vio oscurecida por una valla publicitaria en movimiento que se paseaba por el Strip en un pequeño camión, y que exhibía a una mujer con pechos enormes y una lencería escasa, y con las palabras «¿QUIERES JUGAR CONMIGO?» junto a un número de teléfono. Camila sintió cómo se le contraía el pecho, y en realidad, comprendió algo: que había parado en un lugar de verdaderas contradicciones, más específicamente, un lugar en donde el césped arreglado y las prostitutas coexistían en paz.2
Mientras continuaba con su paseo, se cruzó con familias enteras que llevaban sus cochecitos de bebé, seguidas por grupos de mujeres jóvenes con vestidos bien ceñidos y que iban de camino a las discotecas del lugar. Las limusinas viajaban elegantemente por las mismas carreteras en las que circulaban los autobuses abarrotados de gente. Vio uno cuantos hombres mejicanos de pie en las esquinas, que endosaban tarjetas con fotos de chicas desnudas y sus números de teléfono a cada persona que pasaba a su lado, sin importar la edad o el género. Cuando Camila aceptó inconscientemente una y en ella encontró Bambi, 21 años, se sobresaltó y la dejó caer al suelo, dándose cuenta entonces de que el paseo estaba lleno de papeles parecidos. El pecado cubría literalmente la tierra de aquel lugar.22
A medida que se acercaba al hotel París, Camila divisó la cafetería que había en el edificio, y que tenía el aspecto de lo que ella había imaginado que fueran las cafeterías que alineaban los Campos Elíseos en el París real, donde ella esperaba ir algún día. La versión de Las Vegas de lo que era la Torre Eiffel ensombrecía los restaurantes de la calle, y ella no pudo evitar sentirse deleitada con la elección que Lauren había hecho del restaurante. Ella sabía que no era París realmente, pero estaba deseando disfrutar de la imitación y se sentía contenta de sumergirse de nuevo en los aspectos más opulentos de la Ciudad del Pecado.
Fue entonces cuando la divisó, sentada ya y estudiando atentamente el menú. Llevaba dos grandes aros en ambos lóbulos de las orejas, e incluso así sentada, su sexy cuerpo hacía que su simple camiseta vintage de Bob Marley y sus vaqueros desgarrados y descoloridos parecieran lo último en moda. Aquella simple imagen hizo que sus pechos se abultaran entre los confines de su sujetador, y que sintiera los vaqueros bien ajustados en el punto donde se encontraban sus muslos, haciéndola temblar.1
Lauren no la había visto, por supuesto —porque ella tenía un aspecto completamente diferente desde la última vez que se habían encontrado— pero aquello le daba la oportunidad de detenerse y estudiarla en privado, desde la distancia, durante más tiempo de lo que lo había hecho antes.
Cuando ella levantó los ojos hacia la camarera, señalando su selección de la lista de vinos, su mirada verde brilló tan intensamente que a Camila le dio un vuelco el corazón. Por la manera en que camarera bajaba la cabeza para sonreírle, Camila supo que ella también se había fijado en aquel brillo excitante. Lauren le devolvió la sonrisa a la chica, otra cosa de la que Camila no había sido testigo antes, al menos no a distancia, y —oh, Dios mío— era tan bellísima que casi se derrite en aquel mismo pasaje.31
¿Y tenía que pasar una semana con Lauren? ¿Concentrándose solo en el trabajo? ¿Intentar esconder su lascivia? ¿Intentar luchar contra ella? Dejó escapar un suspiro, justo en el momento en el que la mirada de Lauren recaía en ella.
«Ha debido sentir cómo la miraba».
Aunque claramente no la había reconocido. Lo que le parecía al mismo tiempo vergonzoso... y excitante. Porque su expresión era descaradamente sensual, sexual, la mirada de Lauren que silenciosamente recorre el cuerpo de una mujer utilizando tan solo los ojos. Y también muy efectiva.
Oh, Dios, Dinah tenía razón, ¡Lauren Jauregui pensaba realmente que era una mujer excitante!
Hizo todo lo posible para ser la «nueva Camila» y se aprovechó de aquella oportunidad para dedicarle una sonrisa fácil, después se abrió camino hacia el interior del hotel hasta llegar al patio en donde se encontraba la cafetería. A medida que avanzaba, se daba a sí misma toda una clase, pero no con su corriente mantra No necesito un hombre o una mujer. Ahora dirigía toda su atención hacia lo siguiente: «Puedes hacer esto. Puedes ser una mujer moderna, segura y sexy. Puedes ser la nueva Camila».
No es que aquello fuera a llevar a algún lugar en particular, por supuesto. Una vez que se diera cuenta de quién era ella, su relación se limitaría estrictamente a los negocios.
Y aquello estaba bien. Porque puede que no estuviera haciendo sus afirmaciones en aquel preciso momento, pero a pesar de todo, seguía resuelta en su idea de no necesitar un hombre, y menos una mujer que no pudiera tener realmente. Solo quería que Lauren la respetara, la viera como una igual, como alguien que podía hacer bien su trabajo. Y si de repente se le ocurría que también le parecía atractiva... bueno, aquello era solo un extra que añadiría a su seguridad en sí misma.
Después de atravesar el hotel, salió de nuevo hacia el calor de la noche que inundaba la zona de la cafetería, y se hizo camino a través de las parejas que había en las pequeñas mesas redondas hasta que llegó a donde estaba Lauren y se sentó delante de ella, levantándose ligeramente las gafas de sol hasta dejarlas sobre la cabeza.
Después, Lauren la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Camila? —tenía ambas cejas ligeramente enarcadas. Dios, era hermosa.5
—Sorpresa —dijo ella, se sentía contenta por cómo de segura y cómoda sonaba ahora su voz. —Ahora soy pelirroja. Supuse que un nuevo trabajo requería un nuevo aspecto. ¿Qué piensas tú?13
—Estás genial —le dijo Lauren, y sus ojos volvieron a encontrarse, y esta vez fue casi fatal.
Porque ahora ella estaba muy cerca de Lauren. Y aquella mirada, aquella mirada intensa y increíblemente sexy, la estaba dejando clavada en el sitio, casi dominándola, tomando el control sobre ella. Si había sufrido los primeros hormigueos de excitación unos segundos antes cuando había estado observándola... bueno, aquello no era comparable a lo que estaba sintiendo en aquel momento. El lugar en el que se unían sus muslos le daba espasmos, y casi involuntariamente, empujó sus pechos hacia delante y le hizo recorrer el labio superior con la lengua. Le dedicó su mirada más provocativa antes de decirle en un tono de voz bajo y frío «gracias».1
A pesar de todas las veces que la había visto en la oficina, aquella era la primera vez que realmente estaban cara a cara, el único enfoque de la atención de cada una, y también era la primera vez en su vida que había sentido una reacción tan física y visceral hacia una mujer. Uno de los muchos comentarios poco convencionales y brutos de su amiga Dinah le vino repentinamente a la mente: «¿Acaso esa mujer no hace simplemente que te tiemble el coño?». Camila pensaba raras veces sobre su cuerpo en aquellos términos, pero... quizás la nueva Camila sí lo hiciera. Porque, definitivamente, su vulva estaba ahora temblando, de eso no tenía duda alguna.5
La pequeña sonrisa de Lauren parecía ligeramente depredadora, pero a ella no le importaba en absoluto.
—Me sorprendió mucho que Jenkins me informara que te embarcabas en el puesto de representante de A&R —le dijo. Estaba hablando de negocios, y aun así, sus ojos seguían diciendo sexo, sexo, sexo.4
Había algo en todo aquello que le inspiraba a ser descarada y eso, al parecer, había pasado a formar parte de la nueva ella. Enarcó las cejas y le dedicó una sonrisa juguetona.
—¿Te asusta algo de competencia?
Ella soltó una carcajada, un sonido profundo y gutural que seguía haciendo que el punto entre sus piernas temblara.
—No, en absoluto, guapa. Solo es que no sabía que tenías tales aspiraciones.
Normalmente, ella odiaba que una mujer la llamara guapa o cariño sin conocerla realmente. Pero como cualquier otra cosa en aquella mujer, cuando Lauren lo hacía, le resultaba condenadamente excitante. Incluso el atisbo de acento neoyorkino sonaba seductor viniendo de aquella boca.2
—No las tenía —le respondió ella. —Y francamente, estuve tan sorprendida como tú cuando Jenkins me ofreció el puesto. Pero adoro a Blue Night, y tengo pasión por la música, así que me pareció la oportunidad de mi vida.
Lauren asintió lentamente, y la miró con sus ojos cálidos de color verde esmeralda.
—Lo es. Y aunque tenía dudas acerca de cómo ibas a encajar en el papel, debo confesar que ya no me preocupa.
Ella ladeó la cabeza, y se sintió casi cómoda con su nuevo yo.
—¿Un nuevo color de pelo y algo de ropa nueva marca una diferencia tan grande?
—No es la ropa —dijo Lauren, negando suavemente con la cabeza. —Es la actitud. La tienes. Te lo aseguro. Has abrazado esto con entusiasmo.9
—Completamente —le dijo ella. «He abrazado con entusiasmo el deseo de este trabajo. Y voy a mentir para conseguirlo».
Y había algo más a lo que Camila también deseaba abrazar. La lujuria que sentía por Lauren. Sus planes no habían incluido pasar tiempo comiéndosela con los ojos, ni deseando hacerse con lo que había debajo de sus pantalones. Pero estaba claro que eso era lo que quería en aquel momento, con una fuerza incomparable.4
Aun así, aquello no significaba que hubiera planeado hacer cualquier cosa para conseguirlo. Una cosa era ser una nueva Camila en apariencia, en su trabajo, pero otra completamente diferente era cuando se trataba de las mujeres, y del sexo. Así que tendría que sentir deseos tranquilamente, aunque sus pezones le sobresalieran a través del sujetador y le vibrara la vulva contra los vaqueros. Y, vaya, parecía incluso que la nueva Camila utilizaba palabras más directas y atrevidas. Estaba claro que había pasado demasiado tiempo con Dinah aquella semana.
Justo en aquel momento llegaba el vino, un buen Pinot Grigió, y pidieron la cena; ambas empezarían con una sopa de cebolla. La conversación tomó la dirección que ella esperaba, el negocio de la música, y Lauren le explicó en qué se diferenciaban las discográficas independientes de las grandes firmas, qué tipo de talentos buscaba ella para Blue Night, y las tareas que podían incluir una semana normal de trabajo.
—Los viajes de exploración son divertidos, pero una vez que se contrata a un artista, el trabajo incluye un montón de atención. Responderás sus preguntas, los animarás cuando estén preocupados, harás todo lo que puedas para asegurarte de que su trabajo siga siendo fiel a sus visiones y a las nuestras, los acompañarás a las actuaciones para los medios de comunicación, celebrarás con ellos el día en el que sus CD se abarroten en los estantes, y estarás disponible para recibir llamadas a las dos de la mañana cuando simplemente no se sientan queridos. Eres básicamente la conexión del artista con Blue Night. Profesionalmente. Artísticamente. Emocionalmente. Y mientras vas de la mano con cada uno de ellos, debes estar ahí fuera escuchando el siguiente y nuevo sonido que pueda llegar a estar un poco demasiado fuera de lo común para BMC o Sony. ¿Crees que podrás encargarte de todo?1
La verdad era que Camila no se había dado cuenta de los aspectos de amplio alcance que abarcaba el trabajo. Pero podría encargarse de todo. De hecho, la vieja Camila siempre había sido por naturaleza un apoyo muy bueno para la gente. Así que le respondió: —Por supuesto —y Lauren le concedió una sonrisa excitante como respuesta, e hizo que su vulva volviera a excitarse de nuevo.4
—Buena respuesta —dijo ella. —Porque todo esto ha sido diseñado para ponerte obstáculos, y será así... pero has pasado la prueba.
Mila enarcó ambas cejas, todavía se sentía segura, incluso casi coqueta.
—¿Habrá muchas así? Pruebas, quiero decir.1
Ella se hizo hacia atrás ligeramente; sus ojos verdes parecían estar estudiándola. Pero había algo más en aquella mirada que un atractivo sexual: estaba intentando saber si ella sería capaz de hacer el trabajo. Al final le respondió con una leve sacudida de cabeza.
—Ya puedo decirte que eres una profesional. De aquí en adelante, todo lo que haré será enseñarte cómo funciona el negocio.1
A Camila se le contrajo el pecho ante el placer que le daba la idea de haberse ganado el respeto de Lauren. Sin mencionar el placer de ser capaz de mirarla a los ojos y empaparse de toda su belleza femenina.5
Después de que llegaran los entrantes, Lauren la entretuvo con las historias que había detrás de sus grandes éxitos, dónde había encontrado a esas personas y qué había hecho que ella quisiera contratarlas.
—No puedo enseñar ese tipo de instinto —le dijo, mientras cortaba su solomillo de ternera. —Pero puedo decirte lo que estaba pensando entonces, lo que estaba sintiendo, y espero que puedas extraer algo de eso.
La oscuridad estaba cayendo sobre ellas, las brillantes luces de colores de Las Vegas empezaban a simular el brillo de la noche, y el tráfico en la avenida se volvía más denso a medida que la gente salía para disfrutar de la noche. Cuando otra de aquellas vallas publicitarias en movimiento se detuvo justo delante de ellos en la acera, Camila no pudo evitar levantar la cabeza para encontrar a una mujer morena de mirada inocente, en topless, apenas cubriendo sus enormes pechos con las manos. «¿TE ENCUENTRAS SOLO? LLÁMAME», decía el anuncio.1
Como le había sucedido antes, aquello le puso los nervios de punta. No era una sorpresa que Las Vegas estuviera llena de «acompañantes», pero de alguna manera era sorprendente ver la prueba de ello tan de cerca, un recuerdo constante de que la gente iba allí a pecar entre las luces de neón.
—¿Va todo bien? —le preguntó Lauren, y aquello hizo que ella le devolviera la mirada.
Fenomenal, la había pillado mirando boquiabierta un anuncio publicitario de prostitución.3
—Solo un poco desconcertada —admitió ella. —Nunca antes había estado en un lugar como este.
—¿Nunca has estado en Las Vegas? —parecía sorprendida.
—No. Soy una virgen en la Ciudad del Pecado. O así era hasta hoy.
—¿Y qué te parece? —ladeó la cabeza; parecía sentir verdadera curiosidad.
Camila levantó la cabeza y observó los colores. Pudo distinguir el hotel New York, New York y el Excalibur, las espirales y torres que resplandecían bajo la noche. Sentía como si de alguna manera toda aquella luz pareciera llamarla con señas, y le dijo:1
—Es lustroso en la parte de arriba, pero sucio en la de abajo. Es... sórdido, aunque atractivo, de alguna manera.
Lauren presionó los labios y asintió, era obvio que estaba asimilando su respuesta.3
—Hay muchas cosas que me hacen pensar en los accidentes de tránsito —continuó ella. —Cuando se trata de un accidente, sabes que no te gustará lo que puedas ver, pero aun así miras. Aquí, sabes que lo que encuentres puede que no sea bonito, pero te sumerges en la ciudad de todas maneras.
Lauren vació su segundo vaso de vino y le preguntó:
—¿Y cómo es que una chica de Los Ángeles no ha estado nunca en Las Vegas?
En realidad, Las Vegas era una rápida huida de fin de semana desde la costa para montones de gente, y una especie de una segunda casa para la industria del espectáculo.
—En realidad, no soy una chica de Los Ángeles —le explicó ella. —Hace tres años vine desde Miami y me instalé en el oeste, por el trabajo de mi marido.
—No sabía que estabas casada —¿había ella imaginado un atisbo de decepción en el tono de su voz? Al decir aquello, bajó la mirada hacia su mano izquierda, que casualmente estaba curvada alrededor del pie de su copa de vino.
A pesar de disfrutar con su interés, sentía la mano desnuda, y todavía detestaba tener que hablar de aquello.
—Hace poco que me he divorciado.
«Sigue siendo la nueva Camila», se dijo a sí misma. Pero la disolución de su matrimonio había hecho una devastación enorme en su vida. Si no hubiera estado oscureciendo, se hubiera puesto de nuevo las gafas de sol para poder esconder sus ojos.
—Lo siento —dijo Lauren.
—No lo hagas —dio un trago al vino para armarse de valor. —Era un idiota. El tipo de idiota al que le gusta engañar a las mujeres, para ser más exactos.
—Joder —dijo Lauren. —Vaya una mierda.13
Ella levantó ambas cejas, intentó esbozar una sonrisa y se preguntó si alguna vez Lauren habría engañado a alguien.
—Sí, lo es. Bueno, lo era. Pero hace mucho que se ha acabado y yo estoy preparada para seguir adelante.
Joder, ¿qué era lo que acababa de decir? ¿Habrían sonado sus palabras como una invitación? «Por favor, Dios, no permitas que piense que eso ha sonado como una invitación». ¿Y qué había pasado con eso de no necesito un hombre o una mujer! Tomó otro sorbo de vino; todavía le temblaba todo el cuerpo con la potente excitación que Lauren había despertado.3
—Bueno, Las Vegas es un lugar genial para seguir adelante —le dijo Lo.2
Oh, Dios, Lauren pensaba que ella quería divertirse de aquella manera. Quizás no necesariamente con ella, pero solo en general, y aquello era lo suficientemente malo. Incluso aunque a Lo definitivamente le gustara divertirse así, ella quería que la viera como una Camila tranquila, segura de sí misma y profesional, no como una chica con la que divertirse de rebote.
«De acuerdo, pensemos. Vuelve a recuperar tu cara de cosmopolita. Finge que el alcohol está empezando a hacer efecto».
Se dio cuenta con sorpresa que aquello había funcionado realmente. Sonó completamente calmada cuando le dijo:
—Estoy aquí para trabajar. El juego tendrá que esperar a otro momento.
—Otra buena respuesta —le dijo Lo. —Pero yo no me quejaría si deseas jugar solo un poco —sus ojos volvieron a brillar, y ella temió correrse allí mismo.15
Permanecer como alguien tranquila estaba volviéndose un reto con cada segundo que pasaba, y había poco que pudiera hacer para no atragantase en su respuesta, aunque se las arregló para dejar salir una.
—Si te digo la verdad, yo... no estoy segura de que Las Vegas ofrezca el tipo de juego en el que yo estoy interesada.
Lauren le dedicó una mirada escéptica.
—Aquí puedes conseguir cualquier cosa que tu corazón desee.
«Eso no es verdad —quiso decirle ella—.No puedes conseguir el amor. No puedes conseguir un marido que no vaya a ponerte los cuernos».
Oh, mierda, estaba bebida. Aquello no era nada bueno.
«Sea lo que sea lo que hagas, no te pongas sensiblera con ella». Con cautela, se las ingenió para responderle.
—Solamente digamos que... que el sexo parece un poco demasiado... público aquí fuera. Para mi gusto, de todas maneras.
—Ah. Y a ti te gusta que sea en privado.
De acuerdo, debería haber tenido más cautela aún. ¿Por qué demonios había mencionado el sexo, de todas las cosas que podía haber dicho? Pero tenía que seguir adelante ahora, así que le respondió con franqueza.
—Eso me temo.
Y entonces, ocurrió... una visión impactó en su cabeza. Ella teniendo relaciones sexuales, con Lauren. Su cuerpo desnudo encima de ella, moviéndose, agitándose, y sus manos llenándola con cada una de las profundas embestidas.1
Oh, vaya ¿cuándo diablos había empezado a utilizar palabras como «manos»? No estaba segura de si podría culpar a Dinah de aquello. Llegó a la conclusión de que el vino era el culpable, incluso mientras Lauren le llenaba de nuevo la copa.3
—Solo a la mitad —le dijo ella rápidamente, y Lo se detuvo pero vació lo que quedaba en la botella en su propio vaso. —Este es un lugar muy centrado en la mujer, ¿verdad? —se escuchó a sí misma haciendo aquella pregunta, sin ni siquiera haberla pensado antes. Maldito vino.
Lauren ladeó la cabeza, con una expresión de indulgencia en la cara. Ella esperaba que aquello significara que a Lo le gustaba su franqueza, en lugar de pensar que era una especie de majara.1
—Supongo que es una valoración justa.1
—Me refiero a que simplemente no creo que este tipo de cosas atraigan a las mujeres, lo de vender sexo a través de una valla publicitaria.
A Laur le brillaban los ojos; estaba claro que se estaba divirtiendo.
—Eh, si vas a vender sexo, ¿no es este el mejor lugar?
—Sí, lo entiendo, pero quizás sea toda la idea de vender sexo lo que me desconcierta. Supongo que los hombres y mujeres no se sienten tan ofendidos por algo así.
Ella se encogió de hombros y sonrió.
—He de admitir que hace falta mucho para que yo me sienta ofendida. Pero para que lo sepas, también hay vallas publicitarias con hombres en lugar de mujeres. Artistas de striptease masculinos, ese tipo de cosas. Quizás te guste más eso.2
Ella negó con la cabeza casi de inmediato. Le gustara o no, era casi inevitable hablar con honestidad en aquel momento.
—Solo creo que es extraño cuando el sexo está tan... expuesto, como cualquier otro anuncio —dejó que el tono de su voz se volviera más como el de un vendedor de televisión. —Pruebe nuestro nuevo plan inalámbrico. Vea a Celine Dion en concierto en el Mirage. Compre una hora de sexo con un extraño.
Laur le ofreció una sonrisa de complicidad.
—Míralo de esta manera. Las Vegas es... como el Disney World para adultos.
—Pero en lugar de Mickey y Minnie, aquí tenemos... ¿artistas de striptease y prostitución?1
Laur rió ligeramente.
—Algo parecido. Aquí puedes encontrar cualquier cosa —bajó el tono de su voz, y la miró directamente a los ojos. —Cualquier cosa.5
Y hubo algo en la manera en la que ella pronunció la última palabra que la hizo sentirse húmeda otra vez. Húmeda y hambrienta.1 Sufría la loca necesidad de abalanzarse sobre la mesa, agarrarle y decirle que la deseaba, en privado o incluso en público, decirle que a pesar de todas sus afirmaciones, esa parte ni siquiera le importaba en aquel momento.
«¡Joder, es tu reacción física y visceral hacia una mujer la que está hablando!».
«Nueva regla: no bebas en su presencia, eso hace surgir la chica mala que hay en ti».8
Aquello era muy interesante, porque ella nunca había sabido que había una chica mala en ella.
—¿Más vino? —le preguntó Lo. —Puedo pedir otra botella.
Ella levantó la mano.1
—Gracias, pero no.
—¿Estás segura?
—Muy segura —«segura de que voy a entrar en combustión antes de que acabe la noche».7
Porque la chica mala que acababa de descubrir que había en ella apenas podía contenerse bajo control. Todo el cuerpo le palpitaba con deseo, y una extraña sensación de impulsividad. Quizás fuera el vino. Y quizás fuera Lauren. Y quizás fuera aquel lugar, aquel lujurioso, lujoso y pecaminoso lugar.
O peor, quizás fuera todo ello, una mezcla que provocaba una respuesta sexual que ella no había experimentado antes de aquello.+
Y si ese era el caso, iba a ser una semana muy larga.

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Capitulo 05

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:33 am

Hacía demasiado calor en el taxi que los llevaba de vuelta al hotel, las ventanas estaban bajadas y el aire acondicionado no estaba puesto, aunque Camila acabó por dirigir toda su atención al hecho de que Lauren estuviera sentada muy cerca de ella rozando su pierna.
Era una locura pensar cómo una caricia tan ínfima como aquella la hacía sentirse tan excitada también.6
No hablaron en todo el trayecto. El taxista llevaba puesto algo de música tecno y aquello hacía que el asiento del coche palpitara justo debajo de ella. Pero cuando atravesaron el enorme vestíbulo con olor a flores del hotel Venecia unos minutos más tarde, Lauren le dijo que fuera a su habitación al día siguiente por la mañana. Pedirían el desayuno allí en el cuarto, le había dicho, y después pasarían el día estudiando varios de los contratos de Blue Night. Así, ella aprendería las cosas que podía ofrecer, o los términos en los que se podía ser flexible y en los que no.
Mientras iban de camino en el ascensor junto con tres chicos guapos, jóvenes y con aspecto de deportistas, intentó concentrarse en la conversación, pero le resultó muy difícil. A medida que el ascensor se elevaba hacia arriba, se encontró a sí misma sintiendo toda la masculinidad que la rodeaba, y al mismo tiempo una sensación tan completamente femenina que apenas podía comprender la situación.2
A ella le gustaba el sexo, desde luego, pero nunca había sido una mujer de las que sienten hambre de sexo. Hambre sin ton ni son, como si simplemente tuviera que hacerlo y se viera dispuesta a aceptarlo viniera como viniera. Pero era así como se sentía repentinamente en los confines del ascensor, en donde la testosterona y progesterona del ambiente parecía ascender en forma de remolino. Era así como se percibía después de haber pasado solo un par de horas con Lauren Jauregui. Ella sabía que Laur era una mujer atractiva, ¡pero no podía creer estar sufriendo una reacción tan alocada por ella!
Cuando la puerta del ascensor se abrió en su planta, ella salió, y sintió cómo su cuerpo se movía con la fluida sensación de tranquilidad que viene justo después de una pequeña intoxicación etílica. Solo que en aquel momento no sabía si aquella sensación de embriaguez se debía al alcohol o a Lauren.
Cuando Laur la acompañó hasta la puerta, ella se dio la vuelta para mirarla y la encontró muy cerca de ella, con la mirada en su boca. Aquello hacía que ella deseara besarla. Que la deseara de verdad.
Deseaba besarla, presionarse contra ella, frotar el cuerpo contra el suyo, y todo aquello le parecía lo más natural y sensato que hacer.
Y cuando Laur levantó los ojos hacia los de ella, las cosas solo fueron a peor. Porque la expresión de su cara le decía que si ella decidía besarla en aquel momento, Laur iba a corresponderle. Estaba tan cerca que ella casi podía sentirla sin tocarla, y su almizclada fragancia femenina le invadía todos los sentidos.2
«Pero besarla sería una estupidez, una estupidez, una estupidez. Tienes que trabajar con ella día y noche durante toda una semana, puede incluso que más. Y estás robándole su trabajo. No puedes besarla».
—¿Estás preparada para esto? —le preguntó Laur. Notó cómo se inundaba su vulva ante la posibilidad.
—¿Para qué?
—Preparada para entrar al en el mundo de un representante de A&R —le dijo ella suavemente.
—Oh, por supuesto que sí —le contestó con una airosa rapidez, y se sintió al mismo tiempo aliviada y decepcionada, como si la hubieran apartado de un empujón del precipicio sexual en el que había estado asomándose.
—Que descanses bien.
«No existe probabilidad de que así sea».
—De acuerdo.
El tono de su voz se volvió más bajo.
—Y nos vemos por la mañana.
—Sí, claro —le murmuró ella mientras Lauren le cogía la tarjeta llave de su mano, un momento en el que sus dedos se rozaron, y le abrió la puerta.1
—Buenas noches —le dijo con suavidad.
Ella seguía con los ojos pegados a los suyos.
—Buenas noches.
Y entonces, ella se encontró colándose dentro de la habitación cerrando la puerta, y Laur ya se había marchado, y ella tenía la clara sensación de que había acabado en la habitación equivocada. O que Laur lo había hecho. En cualquier caso, deberían haber ido juntas a una de las dos habitaciones y haber follado como animales.6
Dejó escapar un intenso suspiro y se recordó a sí misma una vez más por qué no podía ocurrir aquello.
El sexo mezclado con el trabajo ya era suficientemente malo. El sexo mezclado con el trabajo y con alguien al que estás mintiendo era... jodidamente atroz.4
Y aun así, mientras se quitaba la ropa y se deslizaba dentro de un camisón de algodón blanco y unas braguitas nuevas —porque las otras estaban empapadas— deseó quedarse rezagada en su imagen. Y cuando estaba de pie ante el enorme espejo del cuarto de baño, lavándose la cara y cepillándose los dientes, fue atentamente consciente de que sus pezones, duros y sensibles, sobresalían a través de la tela de su camisón, y que su vulva, dilatada por la necesidad, volvía a humedecer sus braguitas. Y mientras se metía bajo las lujosas sábanas, se encontró a sí misma perdida en una confusión de imágenes: visiones de Lauren Jauregui y ella, con los cuerpos desnudos y entrelazados.14
Aquello era horrible. Ninguna respuesta le parecía lo suficientemente buena. Tener relaciones sexuales con Lauren era una imposibilidad moral. Pero no tenerlas, sobre todo ahora que a ella le había dado la sensación de que Laur era receptiva a la idea, le pareció una locura, sin mencionar una tortura. ¿Cómo había pasado siquiera? Estaba claro que ella había querido ser alguien nuevo y diferente allí, pero no diferente de aquella manera. Apenas podía comprender el efecto que una sola noche en presencia de aquella mujer había tenido en ella.
Pero entonces, Camila se acordó de cómo debía afrontar las situaciones difíciles. No debía dejar que la obsesión de todo la abrumara, debía ocuparse de un problema cada vez. Y el problema que tenía en aquel preciso instante era el de dormir, tener una perfecta noche de descanso.1
Así que se mordió el labio y dejó que su mano se deslizara bajo las sábanas y le cubriera su monte. Lo cubrió, y se sintió aliviada por tener alguna sensación ahí abajo, finalmente. Deseó, de repente, que hubiera sido lo suficientemente valiente como para comprarse un vibrador, y lo bastante inteligente como para viajar con Lauren. Deseaba tener algo dentro de ella, en lo más profundo de su interior.11
Dio vueltas a su dilatado clítoris con dos de sus dedos, delante de su vulva, y dejó que el placer la invadiera. Cielos, era como haber caminado a través del cálido y árido desierto y encontrar al fin algo de agua dulce. Ahora deseaba tragarla, así que presionó los dedos con más intensidad, y levantó la pelvis contra ellos.5
Suspiró y se lamió el labio superior, necesitaba más. Aun así, no lo lograba, por lo que volvió a recurrir a sus fantasías. Imaginó cómo sería si Lauren pudiera observarla en aquel momento. Imaginó que Laur fuera consciente de ser la culpable de todo aquello, de haber sido la persona que la había excitado tanto. Se preguntó si habría alguna manera de que Lauren pudiera saber exactamente cómo de excitada estaba en aquel instante, y se imaginó a sí misma tumbada con Laur en la cama, al otro lado de la pared que los separaba, viéndola de aquella manera.8
Pero, joder, todavía necesitaba más, algún otro tipo de estimulación. Todas Las Vegas estaba fuera de su habitación, y un pecado tras otro estaba cometiéndose en aquel momento. ¿Cuántas personas estarían en aquel instante haciendo algo travieso a menos de un kilómetro de ella? Ella apostaba a que serían miles. Por lo que estar tumbada en su cama, frotándose a sí misma, le parecía de alguna manera... demasiado simple, demasiado soso, sin que encajara en absoluto con el ambiente del lugar.2
Se sintió extrañamente impaciente, así que se levantó de la cama sin ningún plan en mente. Caminó por la enorme habitación y de repente, se encontró a sí misma de pie ante el mini-bar. Ella no solía siquiera abrir la puerta del mini-bar, le indignaba que le sacaran a uno un riñón con el precio, pero eso era irrelevante en aquel momento. Echó un vistazo dentro, y divisó una hilera de botellas de bebida de vino con sabor tropical. Sacó una y le quitó el tapón, después, dio un largo sorbo, dejando que el alcohol le calentara el pecho. Casi cualquier sensación física la hacía sentir bien en aquel momento, como si fuera un paso más hacia el alivio.4
Después, caminó hacia las cortinas que revestían la pared de la habitación y al localizar el centro, las abrió. ¡Vaya! El movimiento había revelado un muro acristalado que daba sobre Las Vegas Strip y su espectáculo nocturno de luces. Dios bendito, ¿cómo no se había dado cuenta de aquello antes? Volvió a experimentarlo otra vez, aquella sensación de que alguien había construido esa ciudad únicamente para que la gente pudiera sacar su lado más perverso. Y ella también deseaba poder sacar su chica mala en aquel momento, comulgar de alguna manera con aquel lugar.
Dejó la botella de vino en la mesa, se bajó las braguitas y las dejó caer al suelo, sacando los pies después. Se sentó en la moqueta, de cara a la ventana, con las piernas completamente extendidas. Todavía anhelaba que Lauren estuviera allí con ella, acariciándola, follándosela, pero intentó convencerse a sí misma de la verdad de las palabras de su mantras. Ella no necesitaba un hombre o mujer, podía encargarse por sí misma de sus propias necesidades.3
Observó atentamente las luces y acarició con sus dedos la separada abertura. Húmeda. Suave. Le dio un escalofrío, y después extendió la mano para agarrar la botella de vino. Seguía tocándose con una de sus manos, haciendo círculos con los dedos sobre su clítoris. Utilizó la otra mano para levantar la botella hacia sus pechos, y la sintió dura, fría y húmeda contra sus pezones. La escarcha que cubría la botella dejó su pecho húmedo, y su pezón empezó visiblemente a oscurecerse a través de la tela de color blanca; pudo verlo incluso con las luces apagadas. Las Vegas Strip proporcionaba la luz suficiente como para iluminar la habitación.1
Los dedos de Camila se deslizaron dentro de los pliegues de su vulva, y la acariciaron más profundamente, y ella deseó poder sentirse a sí misma verdaderamente, toda ella, de la manera en la que cualquiera podía explorarla. De la manera en la que Lauren seguramente la exploraría.1
Primero introdujo un dedo, después dos dentro de ella, y luego los movió dentro y fuera del cálido túnel. Oh, vaya, hubiera querido que fueran las manos de Lauren, más largas, más firme y más poderosa que cualquier otra cosa que ella utilizara para darse placer a sí misma, incluso si hubiera traído un vibrador.
Un momento más tarde retiró los dedos, y los llevó de nuevo a su dilatado clítoris para dar vueltas sobre él, después se metió la mano dentro del camisón para tomar uno de sus pechos llenos en la mano. Después, bajó la pequeña botella entre sus muslos, presionando con fuerza.
Sí, Dios. Estaba tan fría, y era tan maravillosamente dura... Un poco demasiado grande y ancha, pero aun así le hacía sentir condenadamente bien mientras empezaba a moverse contra ella. En aquel momento se sentía sucia. Sucia de una manera que quería compartir con alguien. Porque ella temía que ser sucia consigo misma le podría hacer sentir bien sola, si lo permitía.23
Pero no podía permitirlo. Así que volvió a concentrarse en las luces de Las Vegas y se imaginó de nuevo que Lauren estaba con ella. No solo que estaba con ella, sino que estaba diciéndole qué debía hacer. «Mueve la botella arriba y abajo sobre tu vulva. Así es. Más rápido. Más rápido. Sí».
«Ahora, retírala a un lado. Retírala y derrama un poco de vino sobre tu vulva. Para hacer que te sientas incluso más mojada».
Se mordió el labio, y desvió la mirada del espectáculo de luces de neón que había más allá de la ventana para bajar la cabeza y observarse, mientras derramaba un poco del vino frío sobre su hendidura. Jadeó ante la fría sensación de chapoteo, después volvió a imaginar la voz profunda y autoritaria de Lauren.
«Tócate, Camila. Acaricia tu vulva con tus dedos».
Lo hizo. Ahora estaba muy mojada. Como Laur quería.
«Sí, así es. Desde el fondo, recorre todo el camino hasta arriba. Presiona tus dedos contra tus pliegues húmedos. Siéntete. Siéntete».
«Ahora frótate el clítoris para mí».
También hizo aquello, trazando con sus dedos círculos cerrados y calientes sobre la superficie de la pequeña protuberancia.
«Empuja contra el». Obedeció.
«Frótate con más fuerza, con más fuerza. Hazte alcanzar el éxtasis. Mira aquellas luces, imagina todas las cosas sucias que está haciendo la gente ahí fuera, y alcanza el éxtasis con más intensidad que nunca».
—¡Oh! —el orgasmo fue brutal, hizo que su cuerpo se doblara, la cabeza le cayera hacia delante mientras su pelvis se convulsionaba en una dura respuesta. Cada sensación se repetía dentro de ella como una pequeña explosión, desgarrándola, robándole la respiración, la razón. Todo lo que le importaba en aquel momento era el placer, intenso y agotador... hasta que se desvaneció. Y entonces, se dio cuenta de que estaba sentada medio desnuda delante de una ventana enorme y acababa de correrse con la ayuda de una botella de cristal.19
Dios bendito.
Aquella ciudad estaba robándole algo más que sus sentidos. Ya temía que estuviera al borde de robarle... el alma.
Que estuviera haciendo algo de ella que en realidad no era.
O... ¿era quizás que estaba redefiniéndola, más específicamente?
¿Qué le estaba mostrando partes de ella que nunca antes había conocido?
Fuera cual fuera el caso, lo más escalofriante de todo aquello era... que casi no le importaban todas las razones que le hacían pensar en no poder tener relaciones sexuales con Lauren. Casi sintió deseos de llamarla, escuchar su profunda voz, y decirle, simplemente. «Fóllame».
Dejó la botella de vino a un lado y, sin ni siquiera pensar en sus bragas, se puso de pie y se fue a la cama. Se sentó y cogió el auricular del teléfono. Miró las instrucciones para marcar el número de otra habitación y tecleó los números.
Después, colgó de un golpe el teléfono antes de que la llamada se estableciera, con el corazón aporreándole con fuerza el pecho.
¿En qué estaba pensando?
¿Realmente había intentando llamarla? ¿Para rogarle que se acostara con ella?
Gracias a Dios que había recuperado la sensatez.
Al aparecer, el alivio que le había provocado el orgasmo había desaparecido finalmente.
El alivio, y el poco de vergüenza por haber tenido que sentirse tan sucia sola. ¡Vaya comportamiento más alocado!
De repente, se sintió contenta de haber estado sola.1
«Simplemente vete a dormir. No pienses en esto ni un minuto más. Nunca ha tenido lugar».
«Necesitas un trabajo fabuloso».
«Mañana, te encontrarás con Lauren y pensarás exclusivamente en el puesto, no en el sexo. Harás el trabajo, sin sexo. El trabajo es lo que verdaderamente importa aquí, lo que tú quieres en realidad».
«No necesito sexo con Lauren, No necesito sexo con Lauren, No necesito sexo con Lauren».42

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Capitulo 06

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:34 am

LA SEGUNDA NOCHE13
Si fuera posible vivir una vida completamente libre de
cualquier sensación de pecado,
¡Vaya un terrible vacío en el que se convertiría!
Cesar Pavese
La buena noticia era que Camila, sorprendentemente, había conseguido pasar una buena noche de descanso, después de todo lo ocurrido. Un orgasmo podía ayudarte a conseguir algo así.
La mala noticia era que se despertó horrorizada pensando en lo que había pasado la noche anterior. Una vez más, se sintió aliviada de haber estado ella sola. Aunque aquello no ayudó a despejar su sensación de horror. Se escurrió hacia la ventana para coger rápidamente sus braguitas y se las puso, y después se dirigió hacia el cuarto de baño, pensando en sus necesidades primarias. Y finalmente comprendió que el sexo podía hacer que alguien se comportara de una manera alocada y desesperada en ciertas ocasiones. Nunca había pensado en eso hasta aquel momento. Sin embargo, la pasada noche, el sexo la había hecho hacer algo que le hubiera parecido inconcebible un día antes.
«Pero es tu pequeño secreto. Tu pecado secreto».
«Nadie lo sabrá nunca». ¡Gracias a Dios!4
No estaba muy segura de si debía culpar a Lauren Jauregui o aquel lugar. En un momento, se había sentido conmocionada y horrorizada por la sordidez de aquella ciudad, pero justo después había deseado formar parte de ella, disfrutar de ella de alguna manera. Unas emociones tan opuestas no le parecían sensatas en absoluto.
A pesar de todo, tenía que vencer aquella sensación y estudiar el problema que le ocupaba en aquel instante. Que era el hecho de tener que pasar una semana entera por delante con Lauren y aquella ciudad, por lo que no importaba cuál de ellas fuera el culpable de sus erráticas reacciones. Debía dejar detrás de ella lo que había ocurrido la noche anterior y concentrar toda su atención en el trabajo, y en nada más.
Por supuesto, cuando se metió en la ducha, se dio cuenta de que su cuerpo estaba todavía... demasiado sensible. A medida que se pasaba el jabón sobre la piel del pecho, del vientre, de los muslos, notó que también deseaba frotárselo entre las piernas. El agua caliente cayendo sobre ella la hacía sentirse demasiado bien. Mientras se bañaba, sentía sus propias curvas demasiado exuberantes.3
Mierda. Aquello no era nada bueno. Pero todavía tenía que tratar con ello, tenía que tratar seriamente con ello.
Así que lo tuvo en mente, y cuando salió de la ducha no se puso ninguna de la ropa nueva que había traído con ella. De hecho, se vistió todo lo sencilla que pudo, con un par de pantalones vaqueros y una camiseta rosa que había guardado en la maleta para utilizarla más para dormir que para salir. Y después, se secó su pelo rojizo nuevo, en lugar de pasarse la plancha, y se lo recogió hacia atrás en una cola de caballo.1
Consideró la idea de no ponerse maquillaje, pero luego pensó que eso sería llegar demasiado lejos. Quería ir sencilla, pero tampoco quería no sentirse atractiva en absoluto, aunque se limitó a pintarse lo mínimo: se aplicó solo un poco de maquillaje, algo de colorete y pintalabios.
Salió del cuarto de baño y se encogió de vergüenza ante la vista de la botella de vino abierta, que todavía estaba en la mesa al otro lado de la habitación. Corriendo a toda prisa hacia ella, agarró la parte más estrecha de la botella, volvió a ponerle el tapón y la dejó en la papelera que vio más cerca. ¡Puaj!20
Luego, miró hacia la puerta y tomó una gran bocanada de aire. «La estupidez de anoche se acabó. Ya está hecho. Es parte del pasado. Hoy tienes que concentrarte en la cuestión de aprender tu nuevo trabajo. Así que ve a la habitación de Lauren, pero no pienses más en ella en términos sexuales». Con suerte, puede que no estuviera tan guapa recién levantada.+
Cogió el portafolio de cuero que había traído para apuntar notas, y la tarjeta de la habitación. Después se dirigió hacia la puerta, mientras empezaba a murmurar:
—No necesito sexo. No necesito sexo. No necesito sexo.

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Capitulo 07

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:34 am

Lauren abrió las puertas dobles de su habitación de lujo y se encontró con Camila al otro lado. No tenía el aspecto de la noche pasada, pero todavía estaba condenadamente preciosa con aquella pequeña y ajustada camiseta que se adhería a sus pechos lo suficiente como para que Laur pudiera ver los pezones sobresaliendo hacia fuera. Por supuesto, aquello le hacía preguntarse acerca de su sujetador. ¿Qué tipo de sujetador llevaría exactamente Camila Cabello? Dado que cada vez que la veía tenía un aspecto completamente diferente, era imposible de adivinar, lo que hacía que la pregunta fuera incluso más intrigante aún.
—Eh —dijo ella, dedicándole una breve sonrisa, y con una expresión avergonzada. Laur no tenía ni idea de a qué se debía aquello. ¿Tan solo porque había existido algo de química entre ellas la pasada noche? Aquello era innegable, pero ninguna de las dos había hecho nada al respecto, por lo que no veía nada de qué avergonzarse.
—Eh —le dijo Laur relajadamente. —Entra.
Al poner el pie en el recibidor embaldosado, ella abrió los ojos de par en par, y estudió detenidamente el lugar.
—Oh, Dios mío.
—¿Qué? —le preguntó Laur, con una ligera risita. Ella se dio la vuelta para mirarla, un mechón de pelo rojizo cayó libre de su cola de caballo para enmarcarle la cara.
—Pensaba que mi habitación era genial, pero la tuya es... condenadamente fabulosa.
Ella tenía razón, pero Laur se alojaba allí tan a menudo que a veces olvidaba que la habitación de ciento cincuenta metros cuadrados, que poseía una mesa de comedor y un enorme salón, además de una habitación y un cuarto de baño de lujo, no se parecía a la habitación de cualquier hotel normal.8
—Lo creas o no, necesito el espacio. Si encontramos algún artista que queramos estudiar o contratar, necesito un buen lugar en el que hablar de negocios con él. Y además, antes de que acabe el día, vamos a tener todo el suelo cubierto de contratos —había traído una carpeta que contenía cada variedad de contrato posible y que Laur pensaba que sería útil enseñarle.3
—Aun así... vaya —dijo ella, y Laur no pudo evitar deleitarse con su inocente exuberancia. Aquel atisbo de inocencia se había revelado brevemente la pasada noche, también, cuando habían estado hablando acerca de Las Vegas, del sexo, incluso aunque ella hubiera intentado esconderla bajo la frialdad profesional. Quizás fuera eso lo que le había gustado tanto de ella la noche anterior: que pudiera ser tan profesional al mismo tiempo que se comportaba de una manera verdaderamente genuina.
—Encima de la mesa está el menú del servicio de habitaciones —señaló a la zona del salón. —Dime qué te apetece tomar y llamaré para pedir. Después, nos pondremos a trabajar.
—Suena divertido —dijo ella, con una expresión llena únicamente de sinceridad.
—¿Estudiar contratos... divertido? —enarcó una de sus cejas y negó con la cabeza. —No es que lo sea precisamente. Esta es la parte tediosa y aburrida. Pero te prometo que es el peor aspecto del trabajo. Esa es la razón por la que pensé que deberíamos empezar primero con ello, para que después, todo te pareciera mucho mejor en comparación.
Ella ladeó la cabeza, con una expresión juguetona en la cara, y escondió el mechón de pelo detrás de una oreja.
—Tengo que decirte que he leído la mayoría de los contratos, solamente por diversión, cuando los procesaba, así que no va a ser algo completamente nuevo para mí. Aunque no sé a qué se refieren todas las partes, en realidad estoy bastante interesada en ellos, lo que significa... que si el resto es incluso mejor que esto, estoy en perfecta forma.
Laur la miró boquiabierta.
—¿Lees contratos por diversión?
Ella asintió con entusiasmo, y Laur pensó que estaba condenadamente guapa.
—No me extraña que Jenkins quiera promocionarte.
A Lauren le apetecía besarla. Como lo había deseado la noche pasada, cuando había estado con ella en la puerta de su habitación, y había mirado a sus preciosos ojos chocolate, sintiendo cómo el calor fluía entre ellos. Sin pretenderlo, dejó que su mirada bajara otra vez hacia sus pechos, hacia la apetecible visión de sus pezones que presionaban contra aquella tela rosa, y sintió cómo se le mojaban sus panties.5
Pero entonces, volvió a señalar al menú.
—Elige algo para desayunar —le dijo otra vez para romper la tensión que acababa de crecer tan rápidamente e invisible entre ellas. Porque follarte a alguien con el que trabajas de cerca nunca es una buena idea. Aquella era la única razón que le había impedido invitarla a su habitación la noche anterior, y también le parecía una razón suficientemente buena aquella mañana. Mierda, ¿cuándo se había convertido Camila, la chica de la oficina, en Camila la excitante nena? ¿Cómo demonios no se había dado cuenta antes?3
Dio una ligera sacudida a su cabeza, intentando deshacerse de la lujuria que la invadía, y se alejó de ella para coger algunos archivos.
La verdad era que no tenía mucha práctica a la hora de reprimir sus deseos. Era soltera, le gustaba pasárselo bien, y nunca había visto ninguna razón por la que no permitirse el lujo de disfrutar de una buena relación sexual cuando se le presentaba la oportunidad —lo cual, en el mundo en el que se movía, ocurría a menudo. —Lo que nunca había comprendido era por qué esas cosas tenían que salir en la prensa. ¿Cuándo se había convertido en toda una celebridad? ¿Por qué le importaba a nadie con quién se acostaba ella o con quién se lo pasaba bien?
Aunque, fuera cual fuera la razón, parecía que su vida social reunía las condiciones necesarias para el entretenimiento de masas por aquellos días, así como un buen material para alimentar los rumores, y sabía que su imagen necesitaba un repaso. A Lauren no le importaba lo que la gente pensara de ella, pero sentía que Jenkins temía que estuviera empezando a darle a la firma una mala reputación, y si había algo que no quería poner en riesgo, eso era su puesto de trabajo.19
Y follarse a la chica a la que estaba formando probablemente no ayudaría mucho para convencer a la gente de que era una mujer decente que no exigía el sexo de las artistas femeninas antes de contratarlas.
No es que Camila le pareciera el tipo de persona que echa un polvo y se lo cuenta a todo el mundo. Ella supo eso instintivamente. Volvió a concentrarse acerca de lo que había sentido por ella la pasada noche, una madurez profesional mezclada con una subyacente... autenticidad que era casi dulce.
Pero aun así no podía hacer nada. Y pasar esa semana con ella sin hacer nada sería una buena práctica para Laur.
—¿Sabes ya lo que quieres? —le preguntó Laur, dándose la vuelta para mirarla.1
—Tortitas con arándanos —le dijo.19
Y sus ojos se encontraron. Y Loren volvió a experimentarlo otra vez, aquella necesidad de acercarse a ella, inclinarse y presionar la boca contra la suya, presionar su cadera sobre el lugar en el que se encontraban sus muslos. Todavía no podía creer que aquella fuera la misma chica que había estado sentada fuera del despacho de Jenkins durante todos esos años.
—Suena bien —dijo Lo, mientras intentaba que su voz no sonara ronca. —Creo que voy a pedir lo mismo.
Caminó a grandes zancadas hacia el teléfono, y pensó que lo que realmente deseaba en aquel momento no estaba en el menú del servicio de habitaciones.


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Capitulo 08

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:35 am

También pidieron la comida. Registraron todos los contratos, Lauren los comentó, Camila hizo preguntas, y a veces Laur le hacía un pequeño examen para repasar lo que había aprendido. Y para cuando terminaron de trabajar, ya a altas horas de la tarde, Camila tenía muchas cosas claras: comprendía los contratos de Blue Night mejor de lo que pensó, estaba poniéndose al día rápido, se divertía trabajando con Lauren y pensó que era una mujer mucho más agradable de lo que había esperado, «y que era imposible no pensar en Lauren en términos sexuales».
Después de todo, aquella mujer desprendía sexo por todos los poros de su piel. Desde su belleza misteriosa y sus ojos seductores hasta un cuerpo perfectamente cincelado que su ropa no podía ni empezar a ocultar. Desde el momento en el que había ido a abrirle la puerta aquella misma mañana, había estado impregnada de una bruta lujuria que sobrepasaba cualquier cosa que ella hubiera experimentado nunca. Y esta vez no podía echarle la culpa al vino. O al ambiente. O cualquier cosa que no fuera el puro y animal magnetismo.
Cada vez que Laur le sonreía, le llegaba directamente al alma. Cada vez que sus ojos brillaban al mirarla, podía sentirla entre sus piernas. Y la manera en la que sus pechos voluntuosos llenaban una camiseta en la que aparecía el grupo de las Violent Femmes y su «Gone Daddy Gone» la había hecho entrar en calor. Se había sentido excitada por su mera presencia todo el maldito día. Y se daba cuenta, más de lo que lo había hecho la noche pasada, de que en realidad le gustaba mucho —creía que era inteligente, astuta y amable—, y todo aquello no ayudaba a mejorar la situación. Hubiera sido mucho más fácil ignorar el magnetismo animal si Laur hubiera sido la imbécil engreída que ella había imaginado que era.
«Pero has conseguido superar el día sin problemas», se recordó a sí misma, mientras se cambiaba de ropa y se preparaba para la noche. Iban a ir a un club llamado Fetiche, que según le había prometido Lauren con un guiño no era tan espeluznante como su nombre indicaba.
—Entonces, no hace falta que vaya de cuero negro de los pies a la cabeza para encajar bien, ¿verdad? —le había preguntado.2
Se acordaba de cómo Lauren había ladeado su preciosa cabeza, mirándola con una expresión coqueta en los ojos.
—No, aunque... a mí no me importaría verte alguna vez vestida de cuero negro.
No hace falta decir que en cuestión de segundos se había excitado por completo, incluso aunque un cálido rubor le coloreara las mejillas cuando había intentado quitarle importancia con una carcajada.
«Has conseguido superar el día sin problemas, y también superarás la noche. Y después, superarás sin problemas todos los días que están por llegar». Y creía realmente poder hacerlo. Porque, por muy excitada y molesta que se hubiera sentido durante aquel mismo día, se las había arreglado para concentrar su atención —casi toda su atención— en el trabajo, y además, había aprendido un montón de cosas.
Aparte de explicarle qué suponían todos aquellos contratos, Lauren también le había enseñado cuándo se debía y cuándo no proponer ciertas cosas, cuáles de esas cosas eran las últimas que debería prometer a un artista, y cómo de entusiasmada debería estar con ellos antes de ceder a unas exigencias en particular.
—Pero —también le había dicho la oji verde— lo más bello de trabajar con una casa discográfica independiente reside en el hecho de que la mayoría de nuestros artistas son primerizos, están abiertos a cualquier propuesta, y se mueren por devorar lo que podamos ofrecerles. No tendrás que tratar con muchos artistas que pongan sobre la mesa sus exigencias en el contrato, y en el caso contrario, tienes que fijarte si realmente merecen la pena.
Por lo que en aquel momento, estaba doblemente entusiasmada por ver cómo empezaba realmente todo aquel proceso, y sería testigo de ello aquella misma noche. Había una banda alternativa compuesta por chicas llamada Blush que actuaba en el Fetiche —el grupo le había enviado un CD a Lauren, quien por casualidad lo había elegido de los montones que recibía regularmente quedando impresionado. —La banda no tenía ni idea de que Lauren iba a estar presente por la noche, ella simplemente le había echado un vistazo a su página web, donde se detallaban las fechas de las apariciones en los clubs. Le había explicado a Camila que normalmente le gustaba acercarse sigilosamente a una actuación y observarla tranquilamente, sin ser observada, por si se daba el caso de que no le gustara lo que estaba viendo.
—Lo hace más fácil para todo el mundo —dijo la oji verde. —No hay ni expectativas frustradas ni cantantes con el corazón destrozado. Además, puedo ver cómo actúan en una noche normal.
Daba la casualidad de que Camila llevaba cuero negro para salir aquella noche, al menos un poco. Una minifalda negra de cuero, unas botas de tacón de aguja y, sobre la camiseta, una blusa de leopardo, ligeramente transparente y que dejaba entrever un sujetador negro. Todo era nuevo, lo había comprado en su excursión de tiendas con Dinah, incluyendo el sujetador y el tanga negro de seda que llevaba bajo la falda. No había elegido su conjunto por el sitio al que iban a ir, y tampoco lo había elegido para parecerle a Lauren más sexy, lo había elegido por la misma razón por la que había seleccionado su ropa la noche anterior: porque tenía que tener el aspecto de una representante de A&R moderna y tranquila si pretendía representar a Blue Night Records.3
E incluso aunque la idea de tener un aspecto atractivo mientras estaba con Lauren le llamaba la atención y la hacía sentirse animada, tenía que ignorarla. Tendrían que recorrer montones de discotecas aquella semana, esa era la razón por la que estaban en Las Vegas, y ella no podía simplemente llevar una sencilla camiseta cada vez que se encontraba con la oji verde.
Su miedo más grande era que una noche sintiéndose sexy con Lauren y deseando a Lauren la llevara derechita adonde la había llevado la pasada noche: a una sesión desesperada de masturbación, sola y en su habitación. Y francamente, ahora que el día había acabado y que su cuerpo llevaba descansado durante horas, aparte de la excitación por encontrarse junto a Lauren, estaba empezando a recordar exactamente lo que había hecho permitirse una forma tan extrema de auto-placer.
Oh, bueno, si era ahí adonde conducía la noche, ahí sería adonde conduciría. Pero mientras terminaba de aplicarse el maquillaje, y se atrevía a ponerse algo de lápiz de ojos, decidió dejar de preocuparse y en lugar de eso, volvió a concentrarse en esperar con emoción lo que fuera a suceder.
Justo entonces, un golpecito sonó en la puerta. Lauren.
Sintió cómo se le humedecía la vulva tan solo con la idea de volver a verla. Lo que estaba mal. Muy mal.8
Pero tomó una gran bocanada de aire y se apresuró para abrir la puerta. Laur se levantaba delante de ella, con un aspecto... femeninamente hermoso. No había otra manera posible de describirlo. Su pelo negro azabache caía en preciosas ondas sobre sus caderas. Sus bellos ojos verdes la cautivaban con su mirada. Y su cuerpo divinamente curvilineo hizo que una simple camisa negra sobre unos pantalones vaqueros negros ajustados pareciera un traje de alta costura. Una pequeña cruz de plata colgaba de una cadena de su garganta.3
Ella se mordió el labio y bajó la mirada, intentando ocultar así la reacción física que se extendía por su cuerpo en una corriente de calor.
—Nada de camisetas vintage esta noche, ¿eh? —le preguntó ella, esforzándose por levantar los ojos hacia su cara.
Laur sonrió como respuesta, después le echó un vistazo no demasiado sutil.
—Menos mal que me he puesto una camisa real, si no hubiera parecido una auténtica dejada a tu lado.
Su mirada se rezagó en la falda de Camila, que acaba a medio camino de sus muslos, y aquel contacto hizo que a ella le temblara todo el cuerpo.
—Genial —dijo la oji verde.
—He decidido llevar... algo de cuero —le explicó ella.
—Me gusta —después su mirada volvió a centrarse en sus ojos. —¿Estás preparada?
—Mucho —oh, mierda, ¿realmente acababa de decir eso? —Estoy muy emocionada por hacer una exploración oficial —añadió, intentando ocultar su lascivia.
—Dijiste que te gustaba la comida mejicana, así que he hecho reserva en Taquería Cañonita, abajo, con vistas al Gran Canal. Se puede observar a la gente desde allí —añadió Laur con un guiño de ojos.25
Pero mientras se dirigían por el pasillo, Camila no pudo evitar pensar que quizás fueran ellas las personas a las que estarían observando. Se había sentido tranquila y segura de sí misma en Las Vegas mientras estuvo vistiéndose, pero la verdad era que nunca había llevado puesto nada tan picante en su vida. Y no podía negar que algo acerca de aquel atrevimiento la hacía sentirse más segura con la mujer que iba a su lado, porque quizás, solo quizás, la pequeña Camila Cabello de Miami fuera realmente una acompañante perfecta para Lauren.
Diez minutos más tarde, estaban sentadas en una mesa para dos al borde del canal, que se veía a través de las ventanas de la zona de comercios interior del hotel Venecia. Pero la luz y el techo cubierto de nubes blancas y cielo azul que tenían sobre las cabezas hicieron que Camila se sintiera como si estuvieran sentadas en cualquier otra terraza de un restaurante.
—Esto es una locura —dijo ella, echándose hacia atrás para mirar al «cielo».
—Es Las Vegas —dijo ojitos verdes, y le dio un sorbo al vino que acababan de servirles en las copas.
Justo entonces, escucharon un chasquido y se sobresaltaron ante el brillante flash de una cámara de fotos. Camila giró la cara para mirar.
—No lo hagas —le avisó Lauren antes de que ella pudiera divisar al fotógrafo, y se inclinó para tocarle la mano que descansaba encima de la mesa. Ella sintió un escalofrío ante el contacto. —Si los ignoras, se irán.
Fue entonces cuando ella se dio cuenta, Dios mío, algunos miembros de los paparazzi de Las Vegas acababan de hacer una foto de ella porque estaba con Jauregui. Qué completamente extraño era todo aquello.
—No te sorprendas si te encuentras mañana en Internet sobre algún encabezamiento como «La misteriosa mujer que acompaña a Lauren Jauregui». Lo siento.
La verdad era que a ella no le importaba. En realidad, encontró la idea algo excitante. Pero no se lo dijo, claro, se limitó a negar con la cabeza.
—Está bien. No es nada grave —después bajó la barbilla. —¿Pero a ti no te resulta raro? ¿Tener extraños que hacen fotos de ti todo el tiempo? ¿O ya te has acostumbrado a ello?
—Si te digo la verdad, es todavía jodidamente extraño —le contestó la ojiverde, con una expresión irónica. —Y todavía no lo pillo. Este tipo de mierda no parece pasarle a otro tipo de representantes, ¿por qué tengo yo tanta suerte?
«Porque eres hermosa». Todo se remitía a eso. Seguramente Lauren era consciente de cuan agradable era de mirar. Pero gracias a Dios, no se le había escapado, y estaba claro que no iba a plantear la cuestión.
—Te codeas con muchas estrellas de rock y aspirantes a estrella —le recordó ella con una sonrisa. —Quizás eso te haga una celebridad por asociación.
Lauren se encogió de hombros.
—Aun así, es extraño cuando la gente que no conoces piensa que sabe algo acerca de ti —después, ladeó la cabeza y la miró intensamente con sus ojos verdes. —Supongo que has oído los rumores.2
—¿Acerca de que eres una ligona? ¿O lo del sexo a cambio de un contrato? —hizo una mueca con los labios y respondió con determinación. —Sí —no veía la razón por la que mentir sobre eso.
Laur asintió, después le concedió una sonrisa relajada.
—Lo positivo de todo esto es que estoy ahorrando un montón de dinero en camisetas. La gente que no conozco sigue mandándome camisetas con logos de bandas de rock en ellas. Supongo que me ven llevándolas en las fotos. Ahora tengo una camiseta en el correo cada pocos días.
Ella sonrió.
—¿De admiradoras? ¿O de bandas de rock que quieren que vayas por ahí llevando sus camisetas?
—Ambas cosas, vienen de cualquier parte. Joder, la gente de Hugh Hefner me envió una camiseta de Playboy la semana pasada con una nota en la que me daban las gracias por haber pasado por la mansión.
Camila parpadeó y se sentó erguida.
—¿Has estado en la mansión de Playboy?
Laur se encogió de hombros otra vez.
—Sí.
—¿Y qué aspecto tiene?
Lauren tomó otro sorbo de su vino y Camila decidió que podría aguantar un poco de alcohol en su sistema también, así que extendió la mano hacia el pie de su propia copa. Porque la nueva y moderna Camila no debería sentirse intimidada o alucinada por la idea de lo que probablemente le aguardaría detrás de esas puertas en particular, pero la vieja Camila sí, y a ella se le había olvidado ocultarla.1
—Parece que hay bastante diversión —dijo Laur, y sus ojos brillaron de nuevo, un poco lascivos esta vez.
A ella se le revolvieron las entrañas en una mezcla confusa de repulsión y excitación al imaginarse qué tipo de diversión habría experimentado Laur en aquella casa. En realidad, parecía que Lauren Jauregui tenía el mismo efecto en ella que la ciudad de Las Vegas.
—Yo no tendré... eh, no me pedirán que vaya a lugares como ese, ¿verdad? —preguntó ella.
Laur bajó la barbilla.
—No van a pedirte que lo hagas, pero es el tipo de lugar en el que se reúne la gente del espectáculo, así que... si recibes una invitación, sería muy inteligente de tu parte que la aceptaras.
—Ah —dijo ella, todavía encerrada en el mundo de la vieja Camila. Después, empezó a tragar nerviosamente. Una cosa era ponerse una falda de cuero y una blusa transparente. Pero cuando llegara eso de predicar con el ejemplo, ¿sería capaz de hacerlo? Ella nunca había pensado tener que asistir a sitios donde puede que estuviera incómoda. Incluso aquel bar aquella noche, ¿se sentiría cómoda yendo a un lugar llamado Fetiche, sin Lauren como acompañante?
—¿Va algo mal? —le preguntó la oji verde; claramente estaba leyendo la preocupación que se le reflejaba en la cara.
Ella pensó en fingir, afirmar que nada iba mal, disfrazarse como alguien tranquila y segura, como la nueva Camila otra vez. Pero había pasado todo el día con Lauren, y le gustaba realmente, así que no pudo evitar hablar con sinceridad.
—Quizás no debería contarte esto, pero... no estoy segura de que pueda encargarme de bien todo esto.
Lauren le contestó poniendo el codo en la mesa y apoyando la barbilla en su puño y después, clavándola en el sitio con una de sus miradas.
—Oh, apuesto a que puedes encargarte de las cosas mucho mejor de lo que crees, nena.

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Capitulo 09

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:36 am

El Fetiche era un edificio oscuro aunque no muy grande que había a las afueras de la ciudad. Habían tomado un taxi para ir hacia allí y en aquel momento, entraban en un aparcamiento iluminado por la luz tenue de las farolas. Un rótulo de neón de un color rojo gótico anunciaba el nombre del bar sobre la puerta, bajo la cual colgaba una señal con letras de plástico negro que decía simplemente: «BLUSH».
A pesar de la nueva y atrevida Camila que había estado intentando en convertirse, los nervios le revolvían el estómago. Había ido a un montón de garitos en su día, pero nunca a uno como aquel. Podía ver que Lauren había acertado al hablarle de aquel lugar -mucha gente que entraba y salía, gente con una increíble variedad de estilo- al menos la mitad de los clientes lucían un aspecto gótico y aquello hizo que se sintiera contenta de haber elegido la falda de cuero. Solo esperaba que el terror de sus ojos no la delatara.
Cuando Lauren pagó el precio de la entrada a un hombre grande y calvo que había en la puerta y que llevaba una araña tatuada en el cuello, este último lo miró con los ojos entrecerrados y le dijo:
-Eh, ¿no eres tú... esa tipa?
Lauren simplemente le sonrió un poco y le contestó: -No, no soy ella -y colocó la mano en la espalda de Camila para conducirla hacia dentro.
El interior del Fetiche era incluso más oscuro, apenas podía ver a la gente que se agolpaba en el lugar mientras Lauren y ella pasaban tras esta, bajo una música ensordecedora que impedía cualquier posibilidad de mantener una conversación. Y fue entonces cuando se dio cuenta: ahora aquella era su vida, aquel era su nuevo puesto de trabajo. Ir a discotecas. Escuchar música alta. Y se sorprendió ante la sensación de sentirse repentinamente más que a la deriva, sin estar segura de hacia dónde dirigirse o qué hacer.
Fue entonces cuando la palma de la mano de Lauren se cerró cálida sobre uno de sus hombros.
-Escucha -le dijo al oído.
Y una vez más, le recordaba por qué razón estaban allí. La música. Blush. Miró por encima del hombro a Lauren. -¿Son ellos los que están tocando ahora? - Lauren asintió.
El sonido era rápido, intenso, funky y -cuando se olvidó del hecho de que estaba sonando con fuerza- indiscutiblemente atractivo.
-¿Cuál es tu primera impresión? -otra vez, Laur se inclinaba hacia ella para que pudiera escucharlo, y el calor de su aliento le golpeaba la nuca.
-Son buenos -contestó ella. -Tienen un sonido que de alguna manera es a la vez moderno y... un poco new wave retro.
Su inclinación de cabeza, junto con el brillo de sus ojos, le hizo pensar que le había gustado su respuesta.
-Vayamos a pedir una copa -dijo Lauren.8
Mientras se hacían camino a través de la multitud, ella pudo echar un vistazo a la banda que había en el pequeño escenario que quedaba a su derecha.
-No los mires todavía -le aconsejó, gritando para que pudiera escucharla por encima de la música. La otra noche le había explicado que en el mundo de las discográficas independientes, el sonido lo era todo. -No estamos buscando a una Britney Spears o a una Jessica Simpson, gente que se convierten en estrella de pop principalmente debido a su aspecto -le dijo. -Si tienen ese tipo de atractivo, perfecto. Pero nos preocupa más lo que puedan hacer -había continuado diciéndole que a Laur le gustaba a veces escuchar un rato a alguien antes de echarle un vistazo, no le gustaba dejar que las apariencias lo influyeran demasiado pronto. Ella creía que aquellos sonaban bien, y decidió respetar la música, así que la siguió hacia la barra, sin ni siquiera molestarse en mirar hacia el escenario.2
Cuanto más los escuchaba -mientras pedían dos tés helados Long Island- más les gustaba. El sonido de Blush llegaba hacia ella como algo moderno, seguro, divertido y muy sexy.
De hecho, había ciertas palabras en la letra que empezaban a quedarse en su memoria. «Cremoso». «Suave». «Sucio». «Noche». Palabras que quizás significaran poco por sí solas, pero que de alguna manera aquella voz femenina y autoritaria las convertía en algo sexual, y Camila empezó a ser consciente de una humedad entre sus muslos que no había sentido antes.10
Por supuesto, quizás se debiera también a que la sala estaba tan abarrotada que Lauren y ella debían avanzar en el bar muy cerca una de la otra, y sus brazos se rozaban, y también sus caderas. Laur olía muy bien, una mezcla de jabón y almizcle y una pizca justa de sudor.
Y aunque todavía podía escuchar la música, de alguna manera, había dejado de escucharla muy atentamente, dejando que la siguiente canción con un sonido algo más lento y sensual le infundiera una especie de sensación de cosquilleo cálido y tranquilo. El alcohol que contenía la bebida contribuyó rápidamente a una sensación que ella solo pudo describir como una... lujuria relajada. Ella no estaba muy segura de si aquello tenía sentido alguno siquiera, pero se volvía extrañamente tranquila con sus deseos, y dejó que afloraran hacia la superficie, sin intentar ya ocultarlos.
Todavía estaba apretujada contra su mentora cuando una especie de enorme motorista pasó a su lado y ella se inclinó un poco más hacia Lauren, absorbiendo el puro placer cuando uno de sus pechos presionó contra su brazo. Al mismo tiempo, deslizó la mano hasta colocarla encima de su hombro, para ayudarse a mantener el equilibrio sobre sus tacones. Pero también para poder tocarla. Tan caliente, tan sólida.
Y cuando el motorista pasó y liberó algo más de espacio, ella no se alejó, y no retiró la mano hacia atrás. Lauren le hacía sentirse bien. Aquello era demasiado agradable.
Laur giró la cabeza para mirarla, sus ojos solo estaban a unos centímetros de distancia y tan cautivadores como nunca. Su mirada decía que Lauren era consciente de ello. De lo que ella sentía. De lo que ella quería. Fue entonces cuando ella se retiró. De repente todo le pareció un poco demasiado inmediato, íntimo.
E incluso con todo lo guapa que estaba LJ, con lo cálida que era la expresión de su cara, ella no podía hacerlo. Por muchísimas razones. Tenía que trabajar con Ella de cerca en aquel momento, tenía que aprender un puesto de trabajo. Y estaba robándole su trabajo, más o menos a base de mentiras. Y dejando a un lado la blusa transparente y la nueva seguridad en sí misma, en lo más profundo de su ser estaba todavía la vieja Camila, y era triste, pero quizás simplemente no se creyera realmente que estaba a la altura de Lauren Jauregui.1
Ella parpadeó y desvió su mirada, después tomó un largo sorbo de su bebida.
-Esto está fuerte -dijo ella sin pensar, mientras el líquido caliente se hacía camino a través de su pecho.
-Es difícil pedir un Long Island que no lo sea -le record la ojiverde con una sonrisa juguetona.
Por supuesto que era fuerte, ella lo sabía. ¿Por qué demonios había pedido algo con cuatro o cinco tipos diferentes de alcohol en la mezcla? Porque LJ lo había hecho y a ella le había parecido fácil decir «Lo mismo», pero estaba empezando a arrepentirse de su elección si aquello la hacía emborracharse con esa rapidez. Y por supuesto, había tomado vino en la cena, también.
-Vayamos ahora a ver al grupo -sugirió L, y mientras ella lo seguía, dejando que la guiara a través de la multitud enloquecida, se dio cuenta de que tenía ganas de tocarla otra vez, deseaba curvar las manos sobre sus hombros, presionar el cuerpo contra su sólida espalda.
Entonces, pensó: «Dios bendito, ¿desde cuándo te excita la espalda de una mujer?». Demasiado té helado, de eso no le cabía duda, los nervios la habían hecho tragar demasiado en poquísimo tiempo. Dejó la bebida encima de una mesa cubierta por vasos vacíos.3
Justo entonces, Blush salió a la vista y Lauren tiró de su mano hasta meterla en la masa que se concentraba delante del escenario. Al instante, estudió a la banda con una sola mirada: eran magníficas, incluso convencionalmente vistosas, eran sexys y lo sabían. Estaban sumergidos en un ambiente seguro, en su música.
Las cuatro mujeres jóvenes variaban en aspecto, pero todas ellas rondaban los veintitantos y llevaban unas camisetas escasas que revelaban un amplio escote. La cantante líder tenía el pelo rubio, largo y liso, con un flequillo dramáticamente chillón que encajaba a la perfección también con su maquillaje dramáticamente chillón. Cantaba a voz en grito una vieja canción de Joan Jett, «Do You Wanna Touch Me (Oh, Yeah)» mientras se movía de manera provocativa con el erguido micrófono. Llevaba un top sin manga y de cuero negro y una minifalda vaquera desgarrada que empezaba en la parte más baja de sus caderas y se detenía en la parte más alta de sus muslos.3
-¿Qué te parece? -le preguntó Lauren a Camila al oído, ahora estaba de pie justo detrás de ella.
Ella mantenía los ojos puestos en la cantante, le daba miedo mirar a Lauren, en caso de que la besara accidentalmente o algo parecido. Todo el cuerpo le hervía de deseo.
-Un poco duras de tono, pero seguras y condenadamente sexys. Tienen el control del público y saben cómo surtir efecto en ellos -a pesar de la intoxicación que corría por sus venas, su cerebro continuaba trabajando. -Podríamos sacarlos al mercado como una Courtney Love más elegante, más marchosa y más moderna.
Pero entonces, giró la cabeza para mirarla, porque no tenía ni idea de si estaba hablando en la dirección correcta o si, por el contrario, parecía una auténtica novata, y quería saber cuál era su honesta reacción. Sus ojos brillaban cálidos sobre ella.
-Muy bien.
Pero entonces, Laur llevó la mirada hacia su boca. Y ella sintió cómo su vulva sufría espasmos. Así que se mordió el labio y movió la cabeza de nuevo hacia delante, para observar a la banda.
-Aunque -dijo ella, todavía dándole voz a sus pensamientos. -¿No es Blush un nombre demasiado suave para ellas?
Miró por encima del hombro para ver cómo Lauren sacudía rápidamente la cabeza, expresando la negación.
-Es irónico -le dijo. -O quizás sea porque quieren hacer que te ruborices. Pero de una manera u otra, dice algo acerca de ellas. La mayoría de los nombres de las bandas de estos días son solo palabras que alguien pensó que quedaban bien juntas, pero que no dicen absolutamente nada ni acerca de la banda ni acerca de su música. Su nombre dice algo acerca de su imagen y eso hace que sea una herramienta de marketing incorporada.
-Ah -dijo ella, comprendía lo que decía. -Genial.
Todo lo que los rodeaba era la mezcla de gente corriente y gótica que se movía al ritmo de la música, y sin pensarlo ni decidirlo, Camila se dio cuenta de que sus caderas empezaban a balancearse de un lado a otro, también. Mantuvo la mirada fija en la cantante rubia, y observó cómo empujaba hacia delante el pecho o cómo balanceaba el pelo dramáticamente sobre uno de sus hombros.
-¿Qué te dice la multitud acerca de la banda? -le preguntó Lauren cerca del oído. Pero su voz se había vuelto un poco más baja ahora, algo más ronca. La sensación de su respiración sobre la piel le daba escalofríos más abajo.
Ella desvió su atención de la cantante líder hasta la gente que la rodeaba, e intentó pensar. Pero era difícil, porque la sala estaba todavía repleta de gente y aquello la mantenía muy cerca de Lauren, y ahora que había empezado a moverse con el ritmo de la música, también estaba moviéndose ligeramente contra la oji verde.2
A un lado de ella había una pareja joven que hubieran podido vivir perfectamente en la puerta de al lado de su casa -una pareja normal, de clase media- y que bailaban salvajemente. Al otro lado encontró una chica que llevaba el pelo rosa, y estaba envuelta de negro de la cabeza a los pies. Y ella supo enseguida la respuesta.
Solo que esta vez, en lugar de girar la cabeza hacia Lauren, simplemente la echó hacia atrás y la apoyó sobre su hombro para hablarle al oído.
-Fanáticos que rinden culto a un tipo de música que convertirán en comercial, una música que llama la atención de diferentes grupos de personas.
Una vez más Laur le dijo:
-Muy bien -pero también otra vez, su voz se hizo más baja y sus ojos se oscurecieron cuando bajó la mirada hacia ella, y hubiera sido condenadamente fácil besarla en aquel momento porque sus caras, sus bocas, estaban peligrosamente cerca.
Así que Camila volvió a levantar la cabeza rápidamente, y observó al grupo. No quería hablar más. Hablar, aunque fuera de negocios, le parecía peligroso en aquel momento. Solo quería quedarse quieta, escuchar la música, absorber el ambiente. Y quizás sacar el alcohol fuera de su sistema a base de bailes antes de que hiciera algo estúpido.2
Aunque todavía observaba la multitud, su mirada se quedó rezagada en dos chicas que estaban besándose apasionadamente, dándose el lote muy cerca del escenario. Ambas eran jóvenes y guapas, no particularmente góticas y, si ella tenía que suponer, no eran realmente lesbianas. De hecho, sospechaba que los dos chicos guapos que había a su lado y que estaban mirándolas con lujuria eran sus respectivos novios.
Tenían los ojos cerrados, y sus lenguas se encontraban en un abandono lánguido mientras sus manos recorrían acariciadoras el cuerpo de la otra. Camila no quería seguir mirando, pero había algo en aquella escena que la hipnotizaba. Y a pesar de su conmoción, no podía evitar sentirse un poco excitada por la descarada sexualidad del acto. Justo como aquellas estúpidas vallas publicitarias en movimiento, no quería sentirse excitada por ello, pero para asombro suyo, realmente lo estaba. Demasiada suavidad. Demasiado sexo. Justo ahí fuera. Y de alguna manera, aquel era el momento.
¿Se deleitarían aquellas dos jóvenes mujeres con ellas si hubieran estado solas? ¿O dependía del hecho de hacerlo delante de sus novios y en público? Camila no sabía con seguridad las respuestas, pero sentía -hasta la médula- que comportarse tan escandalosamente sin ir a un sitio privado era un importante ingrediente en su deseo.
Un rápido vistazo por encima del hombro revelaba que Lauren había seguido sus ojos y también había visto a las dos chicas.
La vieja Camila se sentía totalmente avergonzada. La habían pillado observando algo como aquello. Y fue Lauren entre toda aquella gente. Al instante, se preguntó si Laur podría notar cuánto la excitaba todo aquello, y sintió la vulva realmente enorme bajo la falda, como si, en aquel momento, fuera la parte más grande de ella. Pero la nueva Camila se limitó a preguntarle:
-¿Te excita eso?20
Dios, ¿qué estaba haciendo? Después de todo, había decidido que era más seguro no volver a hablar más. Aun así no podía evitar sentir algo de curiosidad. Quería saber lo que ella sentía, anhelaba comprender la manera en la que Lauren veía las cosas. Las cosas sexuales.
-Sí -dijo simplemente. Directo, como lo había hecho durante su conversación la noche anterior.
Ella se mordió el labio, sus pechos parecían abultarse dentro de las copas de su sujetador. Laur también estaba excitada, en aquel momento, en aquel lugar, cerca de ella.
¿Significaba eso que estaba empalmada? Ella sufrió la necesidad de comprobarlo por sí misma, alargar la mano y presionarla delante de sus pantalones vaqueros.4
-Dime por qué -le murmuró en lugar de eso.2
Laur observó a las chicas durante un momento más, lo que hizo que Camila volviera también a dirigir su mirada hacia ellas, y finalmente giró la cabeza para mirarla directamente a los ojos.
-Hay dos pares de todo. Dos pares de labios suaves y femeninos. Dos pares de pechos redondos. Todas esas curvas... moviéndose al unísono.
Oh. Quizás aquello tuviera sentido. Y quizás explicaba la razón por la que ella también se sentía excitada. Su mirada se quedó rezagada en los ojos de Lauren, pero no pudo encontrar respuesta a eso, así que Laur continuó hablando.
-Me gustan las mujeres que son lo suficientemente libres como para seguir sus necesidades, perder sus inhibiciones.1
Ahora ella encontraba la voz para responderle:
-No estoy segura de que tengan inhibiciones -y ambas rieron a carcajadas, pero se desvanecieron pronto porque el ambiente en el bar estaba volviéndose dominante.
A la izquierda de Camila, la pareja que había visto bailando antes estaba ahora también besándose. Sus cuerpos se movían rítmicamente con la música, sus bocas se encontraban tan sensualmente como lo hacían sus pelvis. Y un chico gótico le mordisqueaba ahora el cuello a la chica del pelo rosa que había a la derecha de Camila. La chica sonreía, y dejaba que su lengua se deslizara lentamente a través de su labio superior. Era como si el sexo estuviera llenando la sala, flotando en el ambiente, casi como si de alguna manera, estuviera entrando en el edificio de la misma manera que en los casinos, donde se rumoreaba que se añadía oxígeno extra en las áreas de juego. A Camila le picaba la piel, unas sensaciones suaves pero poderosas le recorrían el cuerpo, y la hacían desear poder perderse en todo aquello.
Volvió a dirigir su atención hacia el escenario cuando Blush comenzaba una nueva canción con un ritmo erótico y sexy. No la conocía, así que supuso que era original. Y como la última canción, al parecer como la mayoría de sus canciones, hablaba de sexo.
Junto con el bombeo de un coro, la banda repetía las palabras «las mejores manos» una y otra vez, dejando que Camila concluyera lo que debería ser el título. La rubia cantaba acerca de las manos haciéndose camino a través de su piel, sobre dedos que se sumergían en lugares privados y finalmente sobre unas manos que provocaban y provocaban el éxtasis. Toda la multitud pronto se concentró en la joven mujer, que había empezado a moverse contra el micrófono, como había hecho antes.16
Camila se dio cuenta de que no solo estaba observando a la cantante, que deslizaba el micrófono bajo sus piernas, empujando suavemente al ritmo de la canción, sino que también estaba observando la escena junto con Lauren. Estaban siendo testigos de ello, juntas, estaban experimentándolo juntas. De hecho, estaban experimentando aquello con todas las personas que había en la sala. «Más sexo descarado y expuesto».
Y mientras pasaba el tiempo, se sentía menos asqueada de lo que se había sentido la noche anterior, y más fascinada.
Todo el bar parecía palpitar con el ritmo ahora, y Camila seguía moviendo las caderas hacia delante y hacia atrás, rodeándose de los embriagadores acordes.
Debería haberse sentido alarmada cuando sintió las manos de Lauren sobre sus caderas, pero no lo hizo.18
Era demasiado increíble sentirse acariciada por LJ, incluso justo de aquella pequeña manera, el placer la invadió con rapidez.1
Y entonces, entonces, «oh, sí», estaba presionándola desde detrás, lo suficiente como para que ella se diera cuenta de que estaba excitándose contra su trasero. Aquello le parecía un sueño, una fantasía, pero era escandalosamente real.7
En el oído, Laur le habló con un tono de voz áspero:
-Baila conmigo, Camila. Muévete conmigo.19
Hubiera sido más inteligente apartarse, o decirle que estaban en aquel lugar por cuestiones profesionales, haciendo un trabajo. Que todo aquello era un error.
Pero simplemente no podía hacerlo. El sonido de la canción la embriagaba cada vez más. El alcohol que consumió le hacía cada vez más efecto. Estaba embriagada de Lauren Jauregui, y lo estuvo durante las últimas veinticuatro horas. Y había intentando comportarse con inteligencia, ser más fuerte que la lujuria, pero todo aquello la estaba consumiendo.
Así que se movió con Laur, bebió del calor de su cuerpo mientras LJ se inclinaba más cerca de ella, y sintió el poder de su vulva contra su trasero.
¿Le había hecho sentirse tan bien algo en toda su vida?
No lo creía.
No creía que ninguna sensación física la hubiera llevado a un estado tan rápido y profundo, dejándola sin fuerzas para luchar contra la situación.1
Se balancearon juntas, mientras la rubia que había en el escenario ronroneaba las provocativas letras que añadían más combustible al fuego que las invadía. Camila no la miró después de aquello, se limitó a mantener sus ojos justo hacia delante, y sentir todo lo que la rodeaba, intentando sobrevivir a ello, intentado creérselo, y preguntándose qué era lo próximo que iba a ocurrir.
Pero ella sabía lo que iba a ocurrir, desde luego que sí. La canción terminaría. La canción terminaría y entonces, dejarían de moverse al unísono, y fingirían que las cosas volvían otra vez a la normalidad, que LJ no la había tocado, que ella no había experimentado el profundo y crudo placer de su vulva presionando contra su trasero.
Y fue justo cuando ella estaba llegando a aquella conclusión... cuando algo más sucedió.
La mano cálida y femenina que se había curvado a la derecha de su cadera, comenzaba avanzar hacia arriba, sobre la tela diáfana que le cubría el vientre y más y más alto, hasta detenerse a descansar bajo su pecho, y después, su pulgar se curvó sobre la redonda piel mientras sus otros dedos jugaban con la parte de abajo de su sujetador. El intenso deleite junto con la intensa necesidad de hacer que el contoneo de sus caderas fuera aún más sensual, hizo que su respiración comenzara a dificultarse y le temblara la vulva frenéticamente.
Fue entonces cuando su otra mano se deslizó hacia abajo sobre su muslo y acabó colándose debajo de su falda. Tan rápido, tan suave. Sus dedos se abrieron camino entre sus piernas, y acariciaron la sedosa piel que había allí.6
Ella comenzó a respirar con más rapidez e involuntariamente se movió de una manera completamente nueva, haciendo ondas, como si estuviera manteniendo una relación sexual en aquel mismo momento. Recibió su caricia delante y presionó su trasero contra la excitada Laur que la empujaba desde atrás. Entonces, LJ le rodeó la cintura con el brazo derecho para mantenerla estable, debía haberse dado cuenta de que estaba debilitándola, de que todo su cuerpo empezaba a convulsionarse a causa de las cálidas caricias que le proporcionaban sus dedos.
¿Vería alguien de los que estaban allí lo que estaba sucediendo en aquel instante, la manera en la que Lauren estaba tocándola? Seguramente no, la multitud seguía apretujada, el espacio que había entre los cuerpos era casi oscuro, privado incluso dentro de lo público.
Había pasado ya un rato desde que había dejado de prestarle atención a la canción, pero levantó la cabeza hacia el escenario justo en el momento para captar la última línea: mis manos son las mejores. Era el giro imprevisto del final de la canción, la letrista no tenía amante alguno, se estaba tocando a sí misma.
Entonces, Lauren le besó el cuello a Camila, lo que hizo que nuevas espirales de placer invadieran su ser. Oh, Dios. Oh, Dios.18
Y cuando la canción terminó, la multitud estalló en vítores, y Lauren se inclinó hacia ella para hablarle con un tono de voz ronca:
-Ven conmigo.2
Ella se dio la vuelta y vio que su mirada era ahora diferente, más paralizante aún. Porque tenía las manos en ella. Porque la deseaba tanto como ella la deseaba a la ojiverde. Y las palabras de Dinah resonaron de nuevo en su cabeza. «Una amante instantánea. Solo lujuria y excitación». Nunca había soñado que algo así pudiera suceder realmente.
La mano de Lauren se cerraba con firmeza sobre su espalda, mientras tiraba de ella a través de la multitud. No podía ver a la gente a medida que la pasaba, no podía escuchar el principio de la siguiente canción, no podía concentrar su atención en otra cosa que no fuera LJ, y la necesidad que había crecido dentro de ella y que la estaba abrasando.2
Salieron de la masa de gente casi al llegar a la parte trasera de la discoteca, y Laur la condujo rápidamente lejos de allí, hacia un pasillo iluminado con una luz tenue. Giró el pomo de una puerta sin letrero, pero estaba cerrada con llave.
-Mierda -murmuró en voz baja, y después intentó abrir otra de las puertas que había en el pasillo. Aquella sí se abrió y Lauren tiró de ella hasta colarse dentro. Cerró la puerta detrás de ellas. Encendió el interruptor de la luz que salía de una tenue bombilla que había sobre sus cabezas.
Estaban en un pequeño almacén, entre cubos, un viejo escritorio y escobas y estanterías llenas de productos de limpieza. A ella le latió el corazón con fuerza cuando se encontraron sus miradas. Ambas estaban excitadas y preparadas.
Lauren levantó las manos hacia su cara y la besó, dirigiendo su cálida y húmeda lengua hacia el interior de sus labios. La boca de Camila, todo su cuerpo, respondió ante aquella caricia, ya no era consciente de lo que hacía, seguía sus necesidades, apenas se acordaba de cómo le había dicho Lauren que estaba excitada. Presionó las palmas de las manos contra su pecho, haciendo gemir a Laur y clavó las uñas en su camisa cuando uno de aquellos cálidos besos dio paso a muchos más.4
Entonces, Laur bajó la boca hacia su cuello y llevó las manos hacia su falda. La música de Blush hacía que todo el cuarto vibrara, pero el sonido que Camila podía distinguir con claridad era el de su propia respiración irregular a medida que Lauren se abría camino con sus dedos bajo el cuero, en busca de sus braguitas. Con un solo tirón su tanga cayó al suelo y una ráfaga de aire frío impactó contra su vulva.
LJ respiraba también con dificultad, las dos estaban ocupadas intentando deshacerse apresuradamente del la faja y los pantalones de Lauren. Parte de ella no podía creer que estuviera permitiendo que aquello ocurriera, aunque no podía hacer nada para detenerlo.
Y cuando se abrió la cremallera de sus pantalones y Lauren también se bajó sus bragas, Camila se sintió más débil aún ante la vista de su vulva. ¡Oh, cielos! Ella la toco con la mano haciendo que Lauren soltara un gemido. No solía comportarse de forma agresiva cuando mantenía una relación sexual, pero también era cierto que no solía estar en un almacén dándose el lote con Lauren Jauregui. Miró hacia abajo, a su vulva y aquello la hizo sentirse más fuerte, y la manera en la que la sentía entre su mano, hacía que sintiera ganas de acercarla hacia su cuerpo, más y más cerca, hacía que necesitara chuparla con más ansia de la que ella podía comprender.
La siguiente cosa de la que fue consciente fue de sus manos cerrándose sobre su trasero desnudo, y ella rodeándole la cintura con sus piernas, y Lauren acercándola a un escritorio cerca de ellas botando cualquier artefacto que hubiese, la beso con desesperación y sin pensarlo dos veces Lauren la envistió introduciendo dos dedos de golpe.32
-¡Oh! -gritó ella ante el impacto, y sus ojos se encontraron a medida que Laur le daba sus envestidas salvajes empezaba a moverse en su interior.1
Ella nunca había hecho algo tan animal en toda su vida, pero aquello era precisamente lo que le apetecía en aquel momento: un polvo animal, fuera de control y temerario. Tampoco había estado nunca con una mujer que la llenara con solo sus sensuales dedos y la sensación de plenitud era casi abrumadora, especialmente estando en aquel escritorio viejo.
-Estás tan húmeda -le gruñó la ojiverde, y ella le rodeó el cuello con los brazos y se sujetó con fuerza, mientras Laur embestía dentro de ella, y su piel lo recibía.1
-Todo el día -admitió ella entre jadeos. -Y la pasada noche. ¡Oh, Dios! -gritó mientras Laur la llenaba una y otra vez. -Fóllame -le susurró ella al oído.6
Era la primera vez que decía aquel tipo de cosas durante una relación sexual, pero como había pensado antes, era la primera vez que estaba con Lauren Jauregui. Estaba claro que la llevaba a nuevas alturas, o quizás a nuevas profundidades.
-Fóllame -le dijo otra vez. -Fóllame.
-Estoy follándote, nena -le aseguró la ojiverde. -Estoy dándote duro.32
Se movieron al unísono, Laur callando los gemidos de camila con un beso y los golpes firmes que resonaban en cada centímetro del cuerpo de Camila y ella las recibía, presionando hacia abajo, haciendo que sus movimientos frotaran su clítoris contra Laur. Y entonces, Laur introdujo el tercer dedo más profundamente, y ella supo que Laur quería sentir cada centímetro de su cuerpo, quería que ella supiera con exactitud cómo follaba una Jauregui. Lauren la besó con fuerza y sus respiraciones irregulares casi apagan el eco de la música que se filtraba a través de la puerta.
-Déjame ver tus tetas -le pidió Laur, en unas palabras que atravesaron su ser. Camila nunca había pensado poder sentir una orden tan excitante, pero así era. Se apresuró a tirar de los botones de su blusa, después levantó las manos para bajar los tirantes de su sujetador. Las copas cayeron hacia abajo y sus pechos saltaron libres, y al instante se deleitó con el hecho de haberlos revelado para Lauren.17
Lauren dejó escapar un gemido cuando sus ojos cayeron hacia sus senos, y ella notó que involuntariamente, su cuerpo se arqueaba hacia delante.
-Chúpalos -le dijo.
Otro gruñido salió de su boca cuando se inclinó para tomar uno de los turgentes pezones entre sus labios, tirando con fuerza de Laur.
-Oh, Dios -murmuró ella. -Oh, Dios, sí.
Ella estaba acercándose al límite, más y más, iba a alcanzar el éxtasis.
-Fóllame -le rogó otra vez. -Fóllame.
Laur siguió envistiéndola con más profundidad y lamiendo su pecho a medida que ella se movía contra ojitos verdes, y hacía cálidos y cerrados círculos con su cuerpo para obtener más placer aún.3
-Oh... -gimió ella, perdida ya en las sensaciones, con los ojos cerrados. Se olvidó de que las dos estaban medio desnudas dentro de un pequeño almacén, se olvidó de que apenas la conocía, se olvidó de que aquella era la relación sexual más ilícita que nunca antes había tenido, y explotó en un orgasmo. Gritó cuando llego al la cima saliendo directamente de su vulva y extendiéndose hacia los dedos de sus manos y sus pies. -Sí, sí, sí-dijo ella entre sollozos, hasta que finalmente las olas de placer empezaron a calmarse y una debilidad total se apoderó de su cuerpo.
Abrió los ojos y pudo atisbar un vistazo de la bombilla que había sobre ellas, y luego vio otro de sus puntiagudos pezones abajo, brillando por la saliva que Laur había dejado y se sintió como alguien diferente. Hasta que la miró a los ojos, y vio que sus brazos le rodeaban el cuello, fue entonces cuando se sintió como ella misma, viviendo una de sus fantasías más atrevidas, más atrevida en realidad de lo que nunca antes había escenificado.
-Oh, Dios -dijo.
-¿Te ha gustado? -le preguntó Laur, con aquellos ojos mas verdes y excitantes que todavía estaban llenos de sofocante calor.1
-Sí -suspiró ella, con una inclinación de cabeza lenta y agradecida. -Ahora... Fóllame más. Fóllame hasta que me tiemblen las piernas -Camila no había sido ella misma desde que había llegado a la Ciudad del Pecado y no veía razón alguna por la que debía cambiar en aquel momento.34
Todavía mirándose a los ojos, Laur la agarró con más fuerza del trasero y hundió los dedos ligeramente en su interior. Entonces, con los dientes apretados, comenzó a moverse, una vez, dos veces, una y otra vez, con embestidas lentas pero intensas que llegaron a lo más profundo de su interior. El cuerpo de Camila se sacudía con cada una de aquellas embestidas y sus pechos se mecían de un lado a otro. Por momentos, retiraba la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados, pero cuando los abría de nuevo, siempre encontraba la mirada de Lauren y un acto tan íntimo hacía más poderosa cada sensación. Y fue entonces cuando Laur dijo:
-Dios, Dios, ahora -cuando cerró sus propios ojos en éxtasis.
Camila observó cómo la inundaba el clímax, la transformaba, observó cómo el placer y el dolor se reflejaba en la expresión de su cara, y casi vuelve a alcanzar el éxtasis solo de la pura alegría que sentía por haber hecho que Laur se sintiera de aquella manera.
Pero en el momento en el que Laur abrió los ojos y ella fue consciente de que se había acabado el sexo, empezó a sentirse de la misma manera en la que se había sentido al llegar al club aquella noche: un poco a la deriva, un poco insegura.
-¿Te ha gustado? -le preguntó ella, tal y como la ojiverde lo había hecho.2
-Ha sido perfecto.
Y entonces... nada. Ella no tenía ni idea de qué debía decir, cómo iban a ir las cosas a partir de aquel momento.
Suavemente, Laur salió de ella, dejando que se pusiera de pie. Dios, le temblaban las piernas. Y de repente, sintió el cuerpo completamente vacío. Luchó por mantener el equilibrio sobre sus pies, y recogió el sujetador para ponérselo de nuevo.
-Mierda -dijo Laur y luego añadió: -Lo siento.
Ella dudó un momento.
-¿Lo sientes?
-Es una mala idea follarse a alguien con el que trabajas.
-Oh. Sí. Yo pensaba lo mismo -se abotonó la blusa. - Aquello estaba empezando a parecerle un poco surrealista. Acababa de hacerlo con Lauren Jauregui.
Pero no, espera... antes ya le había parecido surrealista. Aquello era mucho más que eso. Irreal. Inimaginable.
-Aunque -añadió ella, pensando en voz alta-, no es que sea la primera vez que tienes relaciones sexuales con alguien con el que trabajas, ¿no? -se refería a las cantantes.
Una pequeña y cínica sonrisa se le dibujó en la cara.
-Todo completamente consensual y sin promesas de contrato, por cierto.1
-Te creo -le dijo ella suavemente. Y era verdad que lo hacía. No podía imaginar que Lauren tuviera que hacer promesa alguna para llevarse a cualquier mujer a la cama.
-Y... era una costumbre que estaba intentando romper.
Ella se mordió el labio.
-Entonces, ¿qué te ha hecho cambiar de idea? - Laur se subió la cremallera de los pantalones y la miró a los ojos.
-Eres condenadamente sexy.
Se sentía completamente absorbida por aquella mujer y por lo que acababa de hacer con Lauren, y puede que aquello demostrara que tenía un importante problema con su personalidad, pero no podía evitar sentirse deleitada con la idea de que Lauren Jauregui realmente la viera como una mujer condenadamente sexy. Camila se consideraba una chica normal, bonita cuando tenía uno de esos días buenos, por lo que las palabras de Lauren la hicieron temblar de los pies a la cabeza, la hicieron sentir por primera vez en su vida como si verdaderamente fuera una mujer atractiva y excitante.
-Quizás deberíamos dar la noche por acabada -le sugirió la ojiverde.
-¿Qué pasa con el grupo?
-¿Tú qué dices? Si estuvieras aquí sin mí, ¿estarías preparada para ofrecer un contrato?
Ella no dudó y asintió con la cabeza.
-Sí.
-Bien. Porque eso es exactamente lo que voy a hacer. A la salida, nos presentaremos y acordaremos una reunión -agarró el pomo de la puerta, pero se detuvo para mirar hacia atrás. -¿Estás preparada?
Ella se miró de arriba abajo y se dio cuenta de que tenía las bragas alrededor de uno de sus botines.
-Sí, excepto por esto. - Vio cómo a Lauren la invadía un nuevo calor en su mirada, mientras se agachaba para quitárselas, y las dejaba caer en la papelera. Antes de levantarse, miró su falda y murmuró:
-Sí, genial, nena.
Aquello fue suficiente para que ella se sintiera de nuevo completamente excitada, y rápido.
Así que cuando Lauren volvió a agarrarse al pomo de la puerta unos segundos más tarde, ella cerró la mano sobre su muñeca y le preguntó:
-Lauren, acerca de lo que acaba de ocurrir...
-¿Sí?
-Ya que las dos estamos de acuerdo en que esto ha sido un error, será mejor que...
-¿Que no lo hagamos otra vez? -le dijo y ladeó su cabeza en un gesto sexy y la destelló con aquellos ojos seductores. -Mira, nena, no podemos decir que no volveremos a hacerlo y torturarnos durante los próximos días. Pero ya sabes lo que se suele decir.
-¿Qué se dice?
-Se dice que lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas -y terminó con un seductor guiño.
-Oh -dijo ella, en un tono de voz demasiado suave.
Dinah había dicho las mismas palabras cuando habían estado discutiendo la idea de que Camila se acostara con Lauren, una idea que entonces le parecía imposible. Y lo que Laur estaba diciéndole ahora era que quería pasárselo bien con ella mientras estuvieran en aquel lugar, pero olvidarse de todo lo que había ocurrido una vez que llegaran a Los Ángeles. Y quizás había algo en todo aquello que ofendiera a la vieja Camila, pero que en el mundo de la nueva Camila, parecía una idea perfectamente aceptable. Y entonces, más palabras de Dinah llegaron a su mente. «Sin jaleos, sin preocupaciones, nada que implique la complicación del afecto».
Por supuesto, la verdad era que después de aquello era muy probable que trabajar con LJ a largo plazo le pareciera algo imposible. Porque cada vez que la mirara, recordaría que se la había tirado. Y que quería volver a hacerlo.
Pero también era muy probable que no tuviera que preocuparse por eso. Porque era muy factible que Laur perdiera su puesto de trabajo.
Una idea que hacía que el estómago le diera vueltas y por una razón completamente diferente: el engaño.
Pero simplemente no podía pensar sobre aquello en ese instante. No había respuesta ni solución acertada, así que ¿para qué molestarse? No tenía intención alguna de dejar que el comportamiento poco limpio de Jenkins arruinara el mejor sexo que había tenido en su vida con la mujer más excitante que nunca antes había conocido.
Y dada su precaria situación, disfrutar de ello en aquel momento y cortarlo al final de la semana le sonaba... bueno, como el plan perfecto.

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Capitulo 10

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:36 am

Lauren guió a Camila por el pasillo, y avanzaban cogidas de la mano, cuando la voz ahumada de la cantante líder de Blush resonó en los altavoces que había en la discoteca, diciendo «Vamos a tomarnos un pequeño descanso, pero no se vayan a ningún sitio porque esto acaba de empezar». Se dirigieron hacia el escenario, lo único que Lauren anhelaba era interceptar al grupo y salir de allí.
Mierda, Camila la había excitado mucho, y rápido. Demasiado para no follarse a la chica a la que estaba formando. Joder, suponía que ese era el tipo de mujer que era, pensaba que la vida era demasiado corta como para no ceder al placer, siempre y cuando aquello no le hiciera mal a nadie. E incluso si aquello le parecía una mala idea, quizás no lo fuera después de todo. Ya que ella no era una artista en potencia de Blue Night, estaba claro que aquello de pasar un buen rato juntas no le causaría a ella ningún daño, ni a cualquier otra persona.
Por fortuna, se encontró cara a cara con la cantante de Blush cuando ésta bajaba los pocos escalones que había a un lado del escenario. Laur le tendió la mano.
-Hola. Soy Lauren Jauregui, de Blue Night Records.2
La descarada rubia, tan brillante y moderna en el escenario, parecía de repente desfallecer, abrió los ojos de par en par y lo miró boquiabierta.
-Oh, Dios. Eres tú.
-Esta es mi socia, Camila Cabello, y hemos estado disfrutando del espectáculo de esta noche -«tanto que hemos acabado haciéndolo en un almacén».18
Lauren sabía que el ambiente que había creado el grupo con su música era solo parte de lo que lo había arrastrado a Camila aquella noche, pero no podía negar que el estilo particular del espectáculo de Blush también había incitado a Camila, creando una atracción mutua a velocidad de vértigo.
Cuando la cantante, Candy Lark, se presentó a sí misma y al resto del grupo, Lauren vio cómo se encendían los ojos de todas las chicas, y después fue directamente al grano y les dijo que quería contratarlas. Unos pocos miembros del grupo se pusieron a dar saltos, gritando por la emoción que le producía aquello, mientras que Candy Lark hizo lo que pudo para comportarse de manera profesional y le dio las gracias por haber ido al club para verlas. Ella le pasó una tarjeta en la que ya había escrito el número de la habitación en el hotel Venecia, y después, acordó una reunión para el desayuno de la siguiente mañana en su suite.
A Lauren todavía le encantaba aquella parte de su trabajo, darle a alguien la oportunidad de hacer que sus sueños se volvieran realidad. Había sido formado -y debía formar también a Camila- para recordar que aquello eran negocios, que se hablaba de beneficios y dinero, pero también le parecía importante actuar con el corazón en el trabajo.1
Cinco minutos más tarde, se deslizaba dentro del taxi junto a Camila, contenta por volver a estar sola con ella, aunque no estaba muy segura de a qué se debía aquello. De acuerdo, no habían tenido tiempo para mantener una conversación agradable después de copular frenéticamente, pero no era especialmente el tipo de persona a la que le gusta hablar mucho después de tener relaciones sexuales. Quizás era la pequeña y sexy sonrisa que resplandecía en los oscuros confines de aquel taxi lo que le hacía disfrutar tan solo de su presencia.
-¿Por qué la sonrisa? -le preguntó, mientras el taxi se alejaba del Fetiche. -¿Estás emocionada por la oferta del contrato?
Ella se mordió el labio y a Laur le pareció que estaba condenadamente atractiva, incluso bajo aquella tenue luz, y le respondió con un tono de voz bajo para que solo ellos pudieran escucharla.
-Oh, eso ha sido emocionante, pero la verdad es... que estaba pensando en el hecho de que no llevo bragas.16
Notó cómo se le tensaba la ingle y no pudo evitar concederle una pequeña sonrisa.
-¿Sueles sonreír cuando no llevas bragas?
-Nunca he ido sin ellas hasta ahora -le confió ella.
Aquello la sorprendió un poco. Porque ella parecía completamente despreocupada. Y a pesar de la conversación que habían tenido la noche anterior acerca de tener relaciones sexuales en un lugar privado, aquella noche parecía una chica que... bueno, que ya hubiera tenido relaciones en un almacén una o dos veces antes de aquello.
-¿Nunca? -le preguntó.
-Jamás.
Laur ladeó la cabeza, todavía estaba intentando llegar al fondo de lo que ella sabía que era una sonrisa atrevida. ¿Y...? Ella sopesó su respuesta, parecía extrañamente joven e inocente y contenta consigo misma.
-Me hace sentir... salvaje. Sexy. Libre.
Mierda, ahí estaba otra vez, aquella parte genuina de ella. La parte de ella que era tan real que Lauren casi podía saborear. Y le gustaba. Un montón. En sus veinte y cinco años de vida, había pasado el mayor parte del tiempo disfrutando con las mujeres, y no estaba muy segura de que alguna vez hubiera conocido a alguien como ella.
Sin planearlo, se inclinó hacia delante en el taxi y la besó.
-Quédate en mi habitación esta noche -le dijo al oído en voz baja.23
Ella se hizo hacia atrás para poder mirarla y le ofreció una sonrisa juguetona.
-Tengo que advertírtelo, esa bebida, después del vino que he tomado en la cena, me ha dejado algo atontada. Puede que me quede dormida pronto.
-No me importa, siempre y cuando lo hagas desnuda.

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Capitulo 11

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:37 am

Camila estaba tumbada en su cama y se le cerraban los ojos. Laur se levantó sobre ella, sonriéndole. Al parecer, habló en serio acerca de que la bebida la había dejado algo atontada.
-¿Estás despierta?
-Mmm -murmuró ella.
-¿Quieres dormir con la ropa puesta? -al ver que no le respondía, añadió-, ¿o quieres que te desnude yo? -Mmm, sí eso.5
Lauren prefería como mucho desnudar a las mujeres cuando estaban despiertas y podían disfrutar de ello, pero tenerla dormida y desnuda a su lado le parecía todavía una buena idea y había desnudado ya a suficientes mujeres para que aquello le supusiera reto alguno.
Empezó con sus botas. Les bajó la cremallera y se las quitó, revelando unas finas medias de color negro que le llegaban a las rodillas, las mismas que hubiera llevado una colegiala católica. El contraste entre las medias y el resto del conjunto le hizo esbozar una sonrisa. Ella no era ninguna colegiala, pero incluso después de lo que habían compartido en el almacén, sentía una cierta inocencia en ella que la atraía.
Dejó caer con suavidad las botas a la moqueta, a los pies de la cama gigante, y después fue hasta su blusa, y empezó a desabrocharle los botones del pecho, hacia abajo. Apenas había tenido la oportunidad de ver el sexy sujetador que llevaba; lo había visto a través de la tela de leopardo y echado un vistazo cuando estaba dentro de ella, pero en aquel momento se fijó en los bordes afestonados de las copas de corte bajo y la manera en la que elevaban sus pechos hacia arriba, creando unos montes redondos y firmes.
Mierda. Deseaba besarlos, masajearlos.
Pero ella estaba dormida, o lo suficientemente cerca de estarlo, así que todo lo que podía hacer era mirar, y sufrir de excitación.
Necesitaba algo de ayuda para quitarle la blusa.
-Vamos, levántate para mí -le susurró, mientras deslizaba uno de los brazos bajo su espalda. Ella cooperó, dejando escapar un gemido ligeramente gruñón, y Laur pudo quitarle la blusa pronto. Y, dejando ahora las dos manos bajo su espalda, desabrochó a ciegas el sujetador y también se lo quitó.
Por supuesto, le miró los pechos, porque no podía desvestir a una mujer y no mirarle los pechos.
No tenían un aspecto tan firme como cuando llevaba puesto el sujetador, pero todavía eran preciosos, amplios, con unos pezones rosas, tensos y alargados. Mierda, deseaba chupárselos, como lo había hecho en el almacén. Pero aquella vez quería que todo fuera mucho más lento, para poder explorar cada una de sus delicadas curvas, su vientre suave y plano, sus sedosos hombros, toda la longitud de su cuello. Sintió cómo se endurecía el clítoris solo pensando en aquello, y aún más cuando su mirada volvió a recaer en su pecho. Copas C, supuso Laur, y después recordó que tenía el sujetador en la mano. Observó la etiqueta y, como había pensado, encontró marcado 90C.25
Llevaba un collar muy sexy, de color negro y decorado con abalorios, como sus pendientes, pero decidió que iba a dejarlo todo donde estaba, por puro interés personal. Le gustaba el aspecto que tenía con ella, casi desvestida por completo pero todavía llevando joyas. Dejó su blusa y su sujetador sobre el banco tapizado que había al final de la cama, y después regresó para deshacerse de la última pieza de ropa que le quedaba. Era un ensueño de belleza erótica, tumbada desnuda excepto por su falda, con los brazos colgando ahora sensualmente sobre la cabeza, y aquel collar rodeándole su esbelto cuello, pero él sintió que había estado engañándose a sí mismo si negaba no querer verla completamente desnuda, incluso aunque estuviera dormida. Con suavidad, le bajó la cremallera de la falda, y deslizó el cuero alrededor de sus caderas.5
-Levanta las caderas, cariño -insistió la ojiverde, tirando suavemente hacia debajo de la tela hasta que su trasero se levantó ligeramente.
Llevó la falda hacia las rodillas y más abajo, pronto la dejó también sobre el banco, al mismo tiempo que estudiaba su bonita vulva. Cubierta con oscuros rizos, todavía podía ver la abertura que marcaba una línea hacia abajo por el centro.21
La bestia que había en Lauren quería extenderle las piernas, observarla abierta, ver la piel de color rosa en donde había estado no hacía tanto tiempo.
Aun así ella tenía sus límites. No sobornaba a las cantantes para que mantuvieran relaciones sexuales con ella y tampoco manipulaba a una mujer que estaba dormida.
Pero todavía pensaba en ello, en abrirle los muslos, en estudiar su vulva, en lamerla, en saborear sus dulces jugos.
¿Por qué demonios estaba tan excitada? Hacía menos de una hora que había tenido un orgasmo. Y la escena de una mujer desnuda en su cama no era exactamente algo extraño.
«Ella confía en ti».
Aquellas palabras vinieron inesperadamente, como si fueran una respuesta a todas sus preguntas. Apenas conocía a Camila, y junto con su autenticidad sentía una cierta confianza en su sinceridad. Una sensación que le decía ahora que quizás fuera verdad que nunca antes se hubiera follado a una mujer en un almacén. Después de todo, incluso las sugerentes vallas publicitarias la hacían sentirse incómoda. Por lo que puede que la persona que hubiera sido aquella noche, con Laur, no hubiera existido antes.
Y en aquel momento, había confiado en ella lo suficiente como para que le quitara la ropa y la metiera en la cama. Por supuesto, estaba borracha, pero aun así, cuando Loren se ofreció para desvestirla y ella había aceptado, advirtió una pequeña sonrisa de alegría en sus labios, casi como si hiciera muchos años que las dos se conocían.
Lauren nunca había estado con una mujer durante meses, por lo que no solía sentir aquella especie de confianza ciega y sincera.
Pero espera, aquello no era verdad. Hubo una vez que estuvo con una chica durante bastante tiempo, cuando era joven y vivía todavía en Nueva York e intentaba hacerse camino en la vida. Y ella había sido una mujer dulce y bonita, y alguien en la que también se podía confiar, y Lauren acabó rompiéndole el corazón.
Ella venía de una familia de gente que se sentía satisfecha llevando una vida corriente. Su padre acababa de retirarse después de cuarenta años como vendedor de seguros en Brooklyn. Su madre había sido ama de casa, el tipo de mujer de los anuncios antiguos con joyas y vestidos nuevos cada día, un vestigio de una época completamente diferente. Su hermano mayor daba clases en el colegio, una hermana que llevaba una tienda de animales en Manhattan. No es que hubiera nada de malo en todo aquello, pero Laur se había dado cuenta pronto de que una vida tan simple y establecida tenía poco atractivo para ella. Y dos semanas antes de su boda con Angie, una buena chica griega del vecindario con la que estuvo saliendo desde el colegio, recibió una oferta de trabajo en Los Ángeles y se fue de casa.
Su sentimiento de culpabilidad no había podido más que la sensación de libertad que había experimentado al subir al avión y al haber dejado su existencia en Brooklyn detrás. Y desde aquel momento, fue consciente de que ella no era el tipo de mujer que se establece en un lugar determinado. No tendría una mujer, ni hijos, ni un perro, ni siquiera una mini-caravana o una valla. A sus padres les había costado mucho aceptar aquello, pero a medida que el tiempo fue pasando, dejaron de luchar contra ello, llegando a comprender que Lauren era distinta del resto de la familia Jauregui, que quería una vida completamente diferente.2
Y siempre le había gustado llevar la vida que llevaba, donde todos los elementos claves encajaban bien. Trabajo y fiestas. Música y sexo. Vivía y respiraba con ellos.
Y era feliz. Estaba satisfecha. Una satisfacción que le llegaba al alma y que no podía haber encontrado en casa, casada con Angie.
Pero había pasado un buen tiempo desde la última vez que había estado cerca de una mujer que aparentara ser tan inocente y real como Camila. Parecía toda una contradicción. Podía rogarle que la follara en un momento y confesarle después que nunca antes había ido sin bragas.1
Y entonces, aparecía esa confianza que ella parecía sentir con laur, algo tan tangible como la ropa que le acababa de quitar del cuerpo.
Era extraño, era la primera vez que sentía algo así luego de haberse metido en la escena musical de Los Ángeles y después de haber llegado a comprender cómo de despiadado podía ser el negocio del espectáculo. Y quizás aquello le hiciera sentir la necesidad de confiar en ella también.

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Capitulo 12

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:38 am

LA TERCERA NOCHE3
Pecar en secreto no es en absoluto un pecado.
Moliere
La primera cosa de la que se dio cuenta Camila al despertar fue que estaba tumbada desnuda, con una sábana tapándola hasta la cintura. Nunca había dormido desnuda, así que aquello era un poco impactante. Y además, no recordaba exactamente cómo había llegado a estar desnuda. Maldita bebida.8
Pero entonces, giró la cabeza, vio a la magnifica mujer cuya cabeza descansaba en la almohada justo al lado de la suya y lo recordó todo. No había sido un sueño. Y la segunda cosa de la que se dio cuenta era que realmente había mantenido relaciones sexuales con Lauren Jauregui en un almacén.
Sin la sensación de atontamiento que había provocado el alcohol y que le nublaba la cabeza, todo le parecía más increíble aún. ¿Quién había sido la noche anterior? La nueva Camila, definitivamente. Pero al parecer, la nueva ella estaba deseando llegar a extremos que nunca antes había imaginado.7
No sufría remordimiento alguno. Solo un atisbo de tristeza cuando la miró.
Porque Lauren era como el juguete con el que no podía quedarse. Así que jugaría con ella tanto como le fuera posible mientras la tuviera, pero sabía que cada segundo del juego se estropearía ante el conocimiento de que pronto tendría que renunciar a ella.
«Tonta», se reprendió a sí misma. Estaba actuando como si realmente la conociera, como si todo aquello se tratara de emociones.
Pero no era así, no podía ser así, porque ella no la conocía. No la conocía en absoluto. Y porque ella sí pensaba en las relaciones, y Lauren Jauregui no. Y en el caso de que sí lo hiciera, aquello no importaría cuando Laur descubriera que ella había estado mintiéndole todo el tiempo.
«Dios, no puedo permitir que se entere de eso». Fuera lo que fuera lo que pasara, todo aquello se vendría abajo, debía guardar silencio acerca de su implicación. Porque quizás no la conociera realmente, pero la conocía lo suficiente como para morirse si Lauren se enteraba de la persona ruin, conspiradora y poco limpia que había sido, todo para conseguir un puesto de trabajo atractivo.
Por lo que ella podía ver, Lauren también estaba desnuda, no llevaba otra cosa que la pequeña cruz que ella vio en la cadena que había llevado al cuello la pasada noche. Mmm, estaba muy guapa.
Incluso mejor cuando se dio la vuelta para mirarla, con el pelo revuelto y los ojos ligeramente abiertos.
—Eh —dijo la ojiverde, con una somnolienta sonrisa que le agraciaba la cara.
Ella le devolvió la sonrisa.
—Eh.
—Ven aquí —dijo Laur, con un tono de voz bajo y persuasivo. Ella no dudó ni un momento en lanzarse hacia su acogedor abrazo. Era extraño lo fácil que le parecía, lo normal que se sentía, presionando su cuerpo desnudo contra el de la ojitos verdes, incluso aunque no lo hubiera hecho antes. Su calor despertó en ella un nuevo deseo cuando le dio su beso de buenos días.1
Dios, era perfecta, ni siquiera tenía el aliento típico de recién levantada.
Lo que le hacía temer que ella sí lo tuviera. Se retiró ligeramente, esperando estar equivocada, y deseando que Laur no pudiera notar su angustia. Ella no estaba acostumbrada en absoluto a tener sexo esporádico ni a despertarse con alguien al que apenas conocía.
—Tengo que hacerte una confesión —le anunció ella.
Lauren enarcó una de sus somnolientas cejas.
—¿De verdad?
—Yo, eh... no recuerdo exactamente qué ocurrió después de que regresáramos aquí la pasada noche. No... no me sienta muy bien el alcohol fuerte.
Lauren le lanzó una mirada atrevida.
—Te equivocas, te sentó muy bien —después, le guiñó el ojo. —Pero no ocurrió nada después de que llegáramos, por desgracia. Solo nos metimos en la cama y nos dormimos.
Ella bajó la barbilla ligeramente, mirándola desde la almohada.
—Lo siento.
Sus ojos brillaron tan cálidos y sexuales como siempre lo hacían, pero ella ni siquiera había empezado a acostumbrarse a ello.
—Quizás puedas compensármelo.6
De repente, se acordó del almacén, de sus manos, de la dura entrada de sus dedos y de su entre pierna temblando ante el impacto.
—Haré lo que pueda.
En respuesta, Laur le puso la mano en la cadera, excitándola aún más, y se olvidó de la posibilidad de que le oliera el aliento mientras instintivamente se acercaba más y más a ella, hasta que sus bocas se encontraron.
El beso aumentó tanto su deseo que se encontró a sí misma deseando tocarle la entre pierna, introducir sus dedos, hacerla enloquecer. Pero se sentía un poco más tímida que la pasada noche, así que se limitó a desplegar la mano sobre su estomago, deleitándose con lo suave que también estaba allí. Se sucedió un cálido beso tras otro hasta que Lauren comenzó a deslizarse hacia abajo, con su boca recorriéndole el cuello. Y justo como había ocurrido la noche anterior, aquel simple gesto de cariño provocó una sensación de placer que se extendió por todo su interior. Pronto, su lengua pasaba por su pezón, mientras una de sus manos se cerraba sobre el otro pecho. Ella comenzó a jadear e instintivamente, empujó el pecho hacia arriba, contra su mano y su boca. Los círculos que hacía Lauren con la lengua alrededor de la húmeda punta de su seno la hicieron sentirse loca de lujuria y se encontró a sí misma balanceando una de sus piernas sobre la de Laur para arrastrarla más cerca. Lo que unos segundos antes habían sido unos lametones se convertían ahora en succiones y Laur absorbió más profundamente su pezón, dentro de su boca, un gesto que hizo que una sensación de cálido deleite estallara en su vulva.
Fue entonces cuando la mirada de Camila recayó en el reloj digital que había a un lado de la cama.
—Lauren —le dijo entre jadeos, mientras enredaba su denso pelo con los dedos. —Lauren, ¿a qué hora tenemos la reunión con las de Blush?
El liberó el pezón de su boca, calentando el brote rosa con su aliento, cuando le dijo:4
—A las ocho, ¿por qué?
Su deseo sexual se desinfló por completo.
—Son menos veinte.
—Mierda —susurró Lauren y ambas se quedaron quietas, hasta que Lauren dio un suave y tierno beso en la piel que había cerca del pezón y le dijo: —Continuará.3
Con rapidez, la hizo sentirse tan fiera y salvaje como se había sentido la noche anterior.
—Definitivamente. Tengo todavía un montón que compensarte y espero que cuentes conmigo para hacerlo. —le dijo la morena.
—Puedes estar bien segura de eso —le gruñó.
Cuando se dio la vuelta para salir de la cama, Camila sintió la necesidad de apagar su frustración a gritos, pero se contuvo. Oh, Dios, cómo la deseaba. Solo que es vez deseaba que todo fuera más lento. Quería explorar su cuerpo, desde la cabeza a los pies, quería besarla más. Tocarla. Dejar que Lauren la tocara. Deseaba experimentar más de aquellos placeres suntuosos que Lauren le provocaba cuando le besaba los senos. La deseaba entre las piernas. Lo deseaba todo. Pero aun así, el deber llamaba y ambas eran conscientes de ello. Así, momentos más tarde, se encontraba de vuelta en su propia habitación, y se deshacía del albornoz blanco que había cogido del enorme cuarto de baño de Lauren, preparada para darse una ducha. Lauren le había ofrecido su cuarto de baño, pero ya que se les iba a hacer tarde y ella tenía todas sus cosas allí, había rechazado la oferta.
Solo cuando pasó por el amplio espejo del cuarto de baño se dio cuenta de que todavía llevaba las joyas de la noche pasada. Aquello la hizo detenerse en el lugar. Desnuda, con el pelo revuelto, pensó que tenía un aspecto... increíblemente excitante. Dado que aquello era una sensación completamente nueva para ella, disfrutó del momento, tanto que casi deseaba quedarse allí de pie, estudiarse durante un rato y olvidarse de la ducha.
Pero el sentido común prevaleció, junto con la idea de que cuanto antes se duchara, antes podría volver a ver a Lauren. Después de haberse enjabonado y enjuagado con rapidez, se vistió con sencillez, unos pantalones vaqueros y una blusa ajustada, aunque todavía esperaba poder encajar con el papel de representante de A&R.
Cuando golpeó la puerta de la lujosa habitación de Lauren unos minutos más tarde, Laur la recibió con un beso de bienvenida. Podría acostumbrarse perfectamente a trabajar de aquella manera. Pero se alegraba de no haberlo dicho.
Porque se recordó a sí misma que lo que ocurriera en Las Vegas debía quedarse en Las Vegas.
Y aquello le parecía realmente bien sobre todo por el pequeño y desagradable engaño que se cernía sobre ella y el objeto de su afecto.
Cuando el grupo apareció en la habitación de Lauren a las ocho en punto, Camila comprendió finalmente por qué necesitaba tanto espacio. A pesar del número de personas que allí se reunían, la suite todavía parecía grande y cómoda y fue fácil ver cómo las jóvenes mujeres quedaban impresionadas por la habitación y por Blue Night Records.
Durante un enorme desayuno del servicio de habitaciones a base de huevos, beicon, magdalenas y muchas cosas más, Camila escuchó cómo Lauren trataba los términos que estaban ofreciendo. Hasta que se estableciera bien en el trabajo, ella tendría que hablar con Lauren o con Jenkins acerca de los acuerdos antes de llevarlos a cabo, pero Jenkins había confiado esa tarea a Lauren desde hacía años.
Escuchó atentamente los acuerdos, y se dio cuenta de que, como Lauren le había dicho que aquello era lo que solía suceder, el grupo pareció contento por la sola idea de que le pagaran para grabar un CD, y aunque las chicas tenían un montón de preguntas que hacer, fueron agradables y fáciles de resolver, al menos por el momento.
Por supuesto, de vez en cuando, la mente de Camila divagaba, y se perdía en los recuerdos de la pasada noche: La boca de Lauren succionando con tanta fuerza e intensidad su seno, la poderosa manera en la que embestía dentro de ella. Todavía le parecía difícil de creer. No solo que Lauren Jauregui la deseara, sino que también se la hubiera follado en un almacén. ¡En una discoteca!
Y mientras intentaba volver a concentrar la atención en el negocio que tenían entre manos, mantenía la sonrisa en su interior, pensando que Dinah se sentiría muy orgullosa de ella.


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Capitulo 13

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:39 am

Camila aprendió que los contratos de grabación contenían un montón de detalles y requerían mucha explicación, al menos con chicas tan inteligentes como las que componían el grupo de Blush, que le hicieron a Lauren probablemente cientos de preguntas antes de que se llegara a un trato y acabara la reunión, justo antes del mediodía.
Cuando el grupo se fue, Camila admitió que le podrían ser de ayuda algunas explicaciones adicionales sobre algunas cláusulas en particular, por lo que Lauren sugirió que podían hablar de ellas en la zona de la piscina, ya que no había más trabajo apremiante hasta la noche, cuando deberían pasarse por unas cuantas discotecas más. Como un golpe de suerte, Dinah había insistido en que Camila llevara un bikini sexy en su nuevo vestuario, lo cual Camila pensó que era algo estúpido y frívolo, pero acabó cediendo y ahora tenía un bikini atrevido de color rosa con un pequeño pareo a juego.1
Regresó a su habitación para cambiarse, y también se sintió agradecida de haber ido a gastar dinero a la cama de bronceado un par de veces a la semana. No era devota del sol, pero un poco de color la hacía parecer y sentirse más saludable, especialmente cuando se vio con su nuevo traje de baño.
Se echó un vistazo en el espejo del cuarto de baño, no podía negar que estaba muy sexy. Como el nuevo sujetador que se había comprado, los triángulos de copa rosas alzaban su pecho y les daba un aspecto más bonito y regordete, y la escasa tela de la parte de abajo dejaba también al descubierto su bronceado vientre. Miró su reflejo, e hizo una nota mental para ponerse de rodillas ante Dinah y darle las gracias la próxima vez que la viera. Al parecer, si necesitaba sexo, un bikini fucsia, y a partir de aquel momento, había planeado seguir todos los consejos que Dinah le había dado.2
Se puso las sandalias brillantes de cuña que Dinah había sugerido para completar el conjunto de baño, salió de su habitación, y encontró a Lauren acercándose a ella. Laur llevaba un bikini negro de dos piezas, junto con la cruz de plata que había visto la primera noche. Demonios Jauregui lucia fabulosa.
—Joder, Camila —le dijo la oji verde con apreciación, dejando que su mirada recorriera su cuerpo desde la cabeza hasta los dedos de los pies. Un rubor intenso le coloreó las mejillas, pero solo porque no estaba acostumbrada a recibir un elogio tan abierto de su cuerpo, sin mencionar el hecho de que aquello le gustara.
Cuando atravesaron la piscina cubierta y salieron al calor del desierto, Camila se sintió abrumada por la lujuria. La piscina era enorme pero simple, y por el contrario, los alrededores eran magnificentes. Cientos de sillones elegantes se colocaban entre enormes tiestos de piedra que acunaban árboles perfectamente podados y unas columnas inmensas de piedra sostenían arcos forjados en hierro y cubiertos por enredaderas. Más allá de la zona de la piscina, se veía la torre de reloj del Venecia que se elevaba hacia arriba entre el Mirage y el Caesars Palace, en la distancia.1
Mientras se acomodaban en dos sillas al borde de la piscina, Camila empezaba a recaer en toda la «gente guapa» que allí se encontraba. Oh, estaba claro que había gente de todo tipo —ancianos de vacaciones, unas cuantas familias jóvenes— pero inmediatamente se sintió superada en número e intimidada por todas las chicas elegantes con escasos bikinis y por los chicos modernos que escondían su mirada tras gafas de sol de Versace y de Prada. Se podría pensar que después de haber vivido en Los Ángeles y haber trabajado en el negocio de la música durante tres años, ella ya se habría acostumbrado a ese tipo de gente, pero aquello era diferente, porque de repente, estaba entre ellas, con la mujer más hermosa.
No muy lejos de donde se habían acostado sobre las toallas desplegadas encima de sus tumbonas, había una morena que llevaba un estrecho sombrero negro de cowboy y un tanga negro que estaba tumbada boca abajo sobre un enorme pilar de hormigón que había dentro de la piscina y que se elevaba justo por encima de la superficie. Llevaba un sol tatuado en la región lumbar y se apoyaba sobre los codos, enseñando tanto escote que a Camila le sorprendió no poder verle los pezones. Otra chica ligera de ropa, una rubia con un bikini de lame dorado y con unos pechos firmes que sobresalían de unos triángulos demasiado pequeños, se levantaba sobre el agua cerca de ella, poniéndose algo de bronceador en la espalda.
La chica de negro que estaba bebiendo un brebaje con aspecto afrutado de una copa de plástico, subió la cabeza de repente hacia ellos, con unas gafas de sol carísimas que le ensombrecían los ojos.
—Vaya, ¿no es esa Lauren Jauregui? ¿Ni siquiera vas a decir hola, cariño?
«Oh, mierda». No le extrañaba que se hubiera sentido intimidada. Ya que Lauren era una de la gente guapa y eso significaba que también conocía a la gente guapa y al parecer, conocía a aquella chica en particular, cuyo trasero perfectamente redondo y moreno hacía que Camila no pudiera evitar sentir envidia.8
Lauren se dio la vuelta hacia donde venía la voz.
—Tawny. ¿Qué estás haciendo aquí?2
La morena le sonrió.
—Solo cogiendo unos rayos de sol, cariño. ¿Y tú?9
Oh, Dios, se llamaba Tawny. Y ahora estaba presentando a su amiga, cuyo nombre era Honey, y cuando Lauren le preguntó a Tawny cómo iban las cosas en la discoteca y ella le contestó que debería pasarse por allí, tuvo la inconfundible sensación de que ambas chicas eran bailarinas de striptease. Y que Lauren conocía a Tawny por su trabajo, lo que significaba, desde luego, que la había visto desnuda. Y que probablemente ella le hubiera dedicado un baile. O veinte. Y que muy probablemente hubieran mantenido relaciones sexuales, ya que cualquier mujer en su sano juicio lo haría con Lauren si se le presentaba la oportunidad.37
Estupendo.
«Pero no puedes dejar que esto te afecte. Después de todo, sabes perfectamente bien que ella sí que tiene sexo esporádico». Todo el mundo sabía eso de Lauren, e incluso si no se sabía con certeza, un solo vistazo de ella te lo confirmaba. Y de todas maneras, aquello no iba a tener importancia al final de la semana, porque lo que ocurriera allí iba a quedarse allí.1
Aunque si lo que ocurría en Las Vegas tenía que quedarse en Las Vegas... bueno, Camila iba a aprovechar de todo el placer que pudiera antes de largarse de allí.
Fue entonces cuando escuchó que Lauren estaba presentándosela y se aseguró de esbozar una sonrisa tan engreída como la que Tawny le estaba concediendo a ella. Tawny le dijo hola con la boca pequeña, y Camila le respondió de la misma manera.
No era que deseara rebajarse y comportarse como una zorra solo porque Tawny y Honey lo estuvieran haciendo, pero tampoco quería comportarse como una ingenua total y dejar que ellas pensaran que podían robarle a su mujer. De hecho, iba a ir un paso más allá.9
Se levantó de su tumbona y se acercó a Lauren, poniendo el trasero a su lado y bloqueándole eficazmente la vista de las dos buitres con bikini, y le pasó la botella de bronceador que había metido en la maleta junto a su traje de baño.
—¿Me echas bronceador en la espalda, Lauren? —le preguntó ella, con la más coqueta de sus miradas. Aunque, si era realista, no estaba muy segura de tener una mirada coqueta, pero al menos lo estaba intentando y Lauren la excitaba tanto con una sola mirada que aquello la inspiró.
—Por supuesto —dijo Laur, y cogió la botella, haciéndola sentir sumamente victoriosa.
Mientras pasaba la tarde, pidieron carne a la parrilla para comer —y que acompañaron con un par de aquellos brebajes afrutados— y estudiaron el contrato que Blush acababa de firmar, deteniéndose en los detalles.
De vez en cuando, se acercaban otras mujeres que conocían a Lauren, y Camila se esforzaba por evitar que le hirviera la sangre, y en su lugar se limitaba a sacar pecho hacia fuera, inclinarse sobre una de sus rodillas e intentar parecer tan sexy y sofisticada como sus competidoras. Aun así, con cada atractiva chica que hablaba con Lauren, Camila no podía evitar ponerse más y más celosa, y sentirse excesivamente posesiva con su nueva chica.9
Ella sabía que aquello estaba muy mal. Puede que todo ello no condujera a nada e incluso si lo hacía, tenía la sensación de que nadie podría jamás poseer a Lauren Jauregui. El hecho era que había tenido suerte de estar con ella durante aquel corto espacio de tiempo. Pensó que era como un regalo. Un regalo del destino. La excitante manera que tenía el universo de compensar los engaños de su marido.2
Pero cuantos más cócteles de pera bebía, menos capaz era de razonar y más estúpidos celos la invadían. Hasta que finalmente, justo después de que una rubia explosiva con un provocativo bañador se fuera, Camila hizo lo que estaba empezando a acostumbrarse a hacer últimamente: seguir sus necesidades.
Consciente de que Tawny y Honey todavía estaban observándolos desde sus tumbonas, no muy lejos de ellos, Camila dejó la copa de su cóctel en el suelo, se puso de pie y se dirigió hacia la tumbona de Lauren. Ella estaba todavía hablando de ventas y distribución cuando Camila se estiró a su lado.
Laur le ofreció una sonrisa suave pero erótica, sus caras estaban ahora muy cerca.
—¿Qué es esto?
—Soy yo pensando que tanto trabajo y nada de diversión hace que Lauren sea una chica aburrida.
Laur enarcó una de sus cejas, con una expresión escéptica.
—¿Aburrida? ¿Yo? Venga ya, nena.2
Laur tenía razón. Así que ella dejó que sus labios hicieran un gesto provocador, como un puchero.
—De acuerdo. Quizás no sea así. Pero tanto trabajo y tan poca diversión hace que Camila sienta ganas de divertirse —y con aquello le pasó un brazo por el cuello y comenzó a tocar sus abs que se contrajeron con el tacto.
¿Era malo saber que Tawny y Honey y muy probablemente la mitad de las mujeres que había en la piscina y que las observaba le hacía incluso sentirse más sexy aún? En aquel momento, no le importaba en absoluto. Y a Lauren no parecía importarle su gesto de cariño, ya que le estaba devolviendo el beso, y movía su exuberante boca sobre la de ella, derritiendo la parte que se escondía tras la parte de debajo de su bikini.
—Metámonos en el agua —le sugirió Laur, en voz baja y cerca del oído.4
Ella hubiera preferido extenderse un poco más, pero si Laur estaba con ella y le prestaba atención a ella y solamente a ella, aceptaría cualquier cosa que le pidiera.
Descendieron las escaleras que había cerca de ellas y que llevaban al interior de la piscina, con paso lento, y Camila se quedó sin aliento cuando entró en contacto el agua fría.
—Vamos, nena, métete —le dijo Laur, y su mirada fue hacia abajo, con una expresión traviesa. —¿No quieres mojarte conmigo?15
Aquellas palabras tiraron de ella directamente hacia la piscina con solo un jadeo en respuesta al frío, después su cuerpo se ajustó rápidamente con el calor que le producía la expectación del encuentro con su chica.
Lauren la tomó de las manos para tirar de ella más hacia dentro, hasta que el agua le llegó al nivel del pecho. Después, se inclinó hacia delante para cubrirle la boca con sus labios, con unos besos lentos y largos que la hacían sentir escalofríos por todo el cuerpo, y las palmas de sus manos se moldearon cálidamente a sus caderas bajo el agua. Cuando sus pechos se juntaron y la caricia provocó una nueva chispa de excitación en su interior, Laur miró hacia abajo, y así lo hizo ella, para ver los pezones erectos y sobresaliendo de la licra de color rosa oscuro.
Su voz se volvió ronca y ahumada.
—¿Sabes lo que quiero hacerte en este preciso momento?5
Ella se esforzó por no temblar con los escalofríos que le daba su sensación de lascivia.
—Dímelo —era la primera vez que compartía una charla sexual con una chica. Bueno, estaba la noche anterior. Y ahora quería hacerlo otra vez. —Dímelo —dijo ella de nuevo, con una voz más ronca esta vez.
—Quiero apartar ese sexy bikini de tus tetas y lamer esos pezones duros y rosados.
Ella tragó saliva, y sintió cómo aquellas palabras le llegaban directamente a su vulva, y cuando Laur sacó la mano del agua solo lo suficiente como para poder acariciarle el pezón con el pulgar, sintió un placer tan intenso que pensó que iba a tener un orgasmo allí mismo.
Oh, Dios, ¿acababa de hacer Laur eso, allí? Lo había hecho, y a ella le había encantado.
—¿Qué más? —le preguntó ella, se sentía ansiosa por oír más.
El tono ronco de su voz era totalmente embriagador.
—Quiero también deshacerme de esa escasa parte de abajo, abrirte bien las piernas, y saborear tu dulce vulva.
Como por instinto, dejó que sus brazos colgaran de su cuello y movió el pecho contra el de la oji verde una vez más, hambrienta por más sensaciones como las que provocaban sus palabras. A pesar de la gente que había en la piscina, no había nadie que estuviera lo suficientemente cerca de ellas en el agua, y cuando ella echó un vistazo a su alrededor se sintió sola a pesar de la multitud.
—Ojalá pudieras hacerlo justo aquí y ahora —le dijo con suavidad. Sus ojos recayeron en otro punto espléndido de la piscina, una de las varias camas que se situaban a lo largo del perímetro, flanqueadas por columnas, cubiertas por un dosel de enredaderas de hierro forjado. Aunque estaban todas vacías, ya que debían ser alquiladas, las camas le parecieron un artículo de decoración más que erótico y hedonista. —Ojalá pudieras tumbarme sobre la cama y lamerme hasta que me corriera.
El escalofrío que pareció recorrer el cuerpo de Lauren fue para ella más satisfactorio que cualquier reacción que hubiera imaginado.
—¿Tienes idea de lo excitada que me estas poniendo?
Ella tenía los ojos fijos en Laur.
—Déjame tocarte. - Y Camila llevo una mano por la parte baja de Lauren frotando su vulva por encima de la tela negra.
—Todas tus novias van a ponerse celosas —le dijo ella con un tono de voz descarado—, si se enteran de lo que está ocurriendo ahora mismo debajo del agua.
A Laur no le molestó que ella las llamara novias.
—Creo que ya están celosas —le dijo Laur en lugar de eso, con una voz juguetona mientras empezaba a moverse suavemente contra la mano de ella, y creaba solo un poco de gloriosa fricción.
—Tienes razón —le ronroneó ella prácticamente, mientras seguía frotando sus pechos contra los de ella. —Quieren hacer lo que estoy haciendo yo ahora mismo, pero no pueden.
Laur hizo una inclinación de cabeza, en un gesto sexy y juguetón.
—¿No te gustaría compartirme?
Ella le concedió una sonrisa desdeñosa.
—De ninguna manera.
—Oh, lo olvidaba —echó la cabeza hacia atrás. —Te gusta hacerlo en privado, también. La pequeña Camila correcta y remilgada.
Ella soltó una carcajada, después un suave gemido cuando sintió cómo Laur también comenzaba a descender su mano por su entre pierna y tocarla suavemente.
—¿Todavía piensas que soy correcta y remilgada? —¿estaba diciéndolo en serio?
—Solo es la primera impresión que das —reconoció Laur. Después, estudió la zona de la piscina. —Pero para tu información, este no es que sea un lugar muy privado.
Ella tragó saliva, se sentía un poco nerviosa, porque tenía razón. Puede que, de alguna manera, le diera la sensación de que estaban solas, pero en realidad estaban rodeadas por montones de gente, algunos de los cuales seguramente estarían observando su pequeño baile acuático, sobre todo las mujeres que deseaban a Lauren tan desesperadamente. Incluso si no podían verlas moviéndose juntas bajo el agua, seguro que sabían lo que estaba sucediendo.
—Quizás entonces sea que me vuelvo menos correcta y remilgada cuando estoy contigo —se jactó ella.
Laur presionó con más fuerza su vulva debajo de la superficie de la piscina y empezaba a acariciarla entre las piernas haciendo un lado la tela y tener mas contacto directo a su feminidad y acariciándole su clítoris.
—Oh... —se escuchó a sí misma gemir.
—Si de mí dependiera —le dijo Lauren voz baja—, y si no me fueran a arrestar por ello... te llevaría sobre aquella cama ahora mismo y te follaría hasta hacerte gritar, te guste o no hacerlo en privado.
Su respiración se volvió superficial y todo el cuerpo empezaba a sentirse debilitado.
—Lo creas o no —dijo ella, con la voz desigual—, si de mí dependiera y no me arrestaran por ello... simplemente dejaría que lo hicieras.
Una sonrisa lasciva se desplegó en la cara de Lauren.+
—¿Quién sabe? —le susurró cerca del oído. —Quizás antes de que acabe este viaje me convenzas de que no eres en absoluto una mujer correcta y remilgada.

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Capitulo 14

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:39 am

Aquella noche, Lauren llevó a Camila a tres pequeñas discotecas, todas ellas situadas al sur, en las afueras de la ciudad. En las dos primeras habían visto a dos tipos que tocaban la guitarra y cantaban, y en la tercera a un dúo, un hombre que tocaba el piano y su mujer, que cantaba a voz en grito canciones pop. Ninguno de los conciertos le transmitió nada a Lauren, pero todos ellos le habían sido recomendados.
—Conozco a gente, les pido que echen un vistazo por los bares y me lo hagan saber cuando escuchan algo que les gusta —le explicó en el taxi que las había llevado a la primera discoteca. Le había dicho también que sabía de las figuras más destacadas de la música a través de muchas personas, desde propietarios de discotecas hasta camareros y porteros.
Aunque ella no se lo había dicho, se había sorprendido de lo socialmente intenso que era aquel trabajo. Ya le habían comentado que Lauren se movía entre gente del jet set, pero ahora estaba dándose cuenta de que también tenía que tener buenas relaciones con los propietarios de las discotecas y sus camareros. A ella le gustaba mucho conocer gente, pero nunca había sido muy extrovertida, por lo que temía que aquella parte del trabajo pudiera suponer todo un reto. Se le revolvía un poco el estómago ante la idea aunque, al igual que un montón de cosas que habían sucedido los últimos dos días, procuró olvidarse de ello por el momento.1
A medida que recorrían las discotecas, ninguno de los artistas a los que iban a ver aquella noche captaba particularmente su atención o tenían un sonido que ellas pensaran que mereciera la pena estudiar. Y en realidad, ella no tenía muchas ganas de escuchar música aquella noche. Oh, todavía podía ser capaz de reconocer algo fabuloso si lo escuchaba, pero pasó la mayoría de la noche deseando regresar al hotel con Lauren.
Después de haber estado pasándoselo en grande en la piscina aquella misma tarde, habían estado a punto de ir a la habitación de Lauren y apagar su lujuria, pero entonces sonó el teléfono móvil de Lauren y este había pasado bastante tiempo hablando con una artista de Blue Night, Jane Wyndham, una cantante de folk prometedora. Y así se les había escapado la tarde.
Y en aquel momento, justo como en la piscina, Laur seguía haciéndole promesas. Unas promesas realmente tentadoras. Dónde iba acariciarla. Cómo exactamente. Le prometió que iba a hacerlo con suavidad e iba a ser minucioso.
—La pasada noche fue muy excitante —le había dicho cuando se habían sentado en una de las mesas de la última discoteca. —Pero fue como una comida que se come con prisa, solo hace que sientas más apetito. Y hoy en la piscina, ha sido un juego, un aperitivo. Y eso me hace estar condenadamente hambrienta, Camila.2
Y entonces, cambiaba la conversación a un tono más profesional, y le decía qué tipo de carencias tenían los artistas que habían visto durante la noche.
Al principio, a ella le pareció divertida la manera en la que Laur era capaz de hablar de sexo y justo después de trabajo; le gustaban las dos charlas con la misma pasión. Pero a medida que avanzaba la noche, descubrió que, en realidad, aquello la excitaba. Parecía dejarle claro que la vida de Lauren era una mezcla de música, sexo y pecado. Ella no se guardaba nada, no mantenía nada en secreto, ponía sus ideas y sus deseos sobre la mesa, y a Mila le parecía una sinceridad completamente excitante.
Aunque había algo en todo aquello que la hacía preguntarse... Si Laur podía discutir acerca de la música y el sexo casi simultáneamente, ¿podría eso crear confusión de alguna manera y contribuir a que las mujeres lo acusaran de hacerles soborno sexual?
—¿Puedo preguntarte algo? —le dijo ella, cuando se subieron a otro taxi y se dirigieron de vuelta al Venecia.
—Claro —hizo una pausa para decirle al taxista su destino, y después se dio la vuelta para mirarla. —¿Qué pasa?
Ella esperó que no la odiara por la pregunta que estaba a punto de hacerle, pero de repente sintió deseos de conocer la respuesta.
—¿Qué pasó con Claire Starr?
Lauren no pareció sorprendida por la pregunta, pero su respuesta sonó un poco intensa de más.
—¿Te refieres a si me la follé? Sí.
—¿Y quería ella?
—Sí.
—¿Y tenía algo que ver con firmar un contrato?
—No.
—¿Te has enfadado conmigo por preguntártelo?
Ella negó con la cabeza.
—Después de todo, supongo que es obvio que pasó algo con ella —las acusaciones de Claire habían sido exhibidas en programas de entretenimiento como el Entertainmet Tonight y el Access Hollywood, sin mencionar el artículo en la revista People.
—Te creo cuando dices que sus acusaciones son falsas —Camila sintió la necesidad de asegurárselo. —Pero supongo que simplemente sentía curiosidad... si había inventado esa historia para conseguir dinero de Blue Night, o había algo más. Como si fuera posible que ella, de alguna manera, simplemente Malentendiera lo que ocurrió entre tú y ella.
Laur suspiró.
—Puede que haya habido un malentendido, pero no tiene nada que ver con un contrato de grabación. Pasamos juntas una semana en Seattle, la descubrí en un viaje de exploración como este, y nos acostamos. Nos lo pasamos bien, pero yo lo consideré acabado una vez que culminó la semana, solo que ella se sintió un poco como la de Atracción Fatal. No reaccionó asesinando a ningún conejo, pero no le gustó recibir un no como respuesta. Creo que eso, combinado con el hecho de que la discográfica no quisiera contar con ella, la volvió más fiera de lo normal. No es una buena persona, Camila. Debería haberme dado cuenta de eso antes.
Camila asintió en los oscuros confines del taxi. La voz de Lauren había sido más calmada ahora, y ella le respondió con suavidad.
—Gracias. Por contármelo.
Laur le apretujó el muslo, desnudo bajo su minifalda vaquera, después le habló con un tono de voz más juguetón.
—Deja que eso sea una lección para ti, querida Camila. No te tires a los artistas. Puede volverse contra ti.2
—No pretendo hacerlo. Pero también... bueno, no es que pretendiera exactamente irme a la cama contigo —incluso si Dinah le hubiera asegurado que aquel era su destino. —Así que supongo que nunca sabes cómo van a acabar las cosas.
Su mirada reflejaba algo entre la coquetería y la arrogancia.
—La diferencia entre todos los otros chicos y chicas con los que puedas acostarte en el negocio y yo... es que yo soy la buena. Ella ladeó la cabeza.
—Entonces, ¿cualquier otro ser humano en la industria musical es el demonio y va detrás de mí?
Su mirada cayó hacia sus pechos, ocultos en su camiseta ajustada.
—¿El demonio? Probablemente. ¿Detrás de ti? Definitivamente.

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Capitulo 15

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:41 am

Mientras paseaba por el lujoso vestíbulo del hotel Venecia con la mano de Lauren cálidamente agarrada a la de Camila, uno de los porteros, en su uniforme de gondolero, le dijo educadamente:
—Buenas noches, señorita Jauregui —y después, le hizo a Camila una leve inclinación de cabeza.
Cuando atravesaron el suelo embaldosado que había bajo el enorme techo decorado divinamente por frescos, la gente se las quedó mirando, bien porque sabían quién era Lauren Jauregui o bien porque era una auténtica belleza, ella no estaba segura de cuál era la razón.
Por una razón u otra, ella no podía evitar preguntarse qué es lo que pensaba la gente cuando las veían juntas, ella del brazo de una mujer devastadoramente atractiva. Incluso si no conocían su reputación, todavía seguía emanando sexo por los poros. ¿Se daban cuenta ellos de que ella estaba a punto de echar un polvo con Laur? ¿Sentirían de alguna manera desprecio hacia ella? ¿Tendrían celos?
Aunque la parte más hermosa de sus meditaciones era que honestamente a ella no le importaba mucho. Estaban en Las Vegas, después de todo. Y estar con Lauren la hacía sentir casi como si, de repente, la hubieran ascendido de una oficinista educada a una novia de una famosa de la jet set. También se sentía completamente diferente en su interior. Más libre. Más segura. Como si estuviera viviendo, como si estuviera viviendo realmente, quizás por primera vez en su vida.
Cuando entraron en la gigantesca habitación de Lauren, ella le soltó la mano y se dirigió al fax que estaba en la amplia repisa que descansaba entre la zona del comedor y el salón.
—Mierda —dijo la ojiverde con suavidad.
—¿Qué?
—Nada importante. Solo es que antes intenté mandar a Jenkins el contrato de Blush por fax, pero no ha funcionado correctamente. Aunque me gustaría que lo tuviera sobre la mesa de su despacho mañana por la mañana, así que voy a intentarlo de nuevo.
—Déjame a mí —se ofreció ella. —Tengo mucha mano con los faxes.
—Si insistes —le contestó Laur, con una mirada que decía que no le importaba deshacerse de aquella rutinaria tarea. Después, fue hacia el equipo de música y puso algo de Lana del Rey.
—Una vez que eres oficinista, lo eres para toda la vida —le dijo ella cortésmente por encima del hombro, mientras Lauren desaparecía en la habitación. Fue entonces cuando se le ocurrió la idea. —Me pregunto si ya está entrevistando a gente para que ocupe mi puesto —había estado tan atrapada por su nuevo mundo que ni siquiera había pensado en qué sería de su viejo trabajo.
—Sí, lo está haciendo —la voz de Lauren resonaba a través de la entrada. —Me dijo en un correo que tiene a tres personas para entrevistar mañana.
—Oh. Bien —aunque no estaba muy segura de por qué aquellas noticias la hacían sentir un poco propietaria de su viejo trabajo. Después de todo, alguien debería hacer las tareas de las que se solía encargar ella.
Fue cuando las páginas entraban por el fax, una por una, cuando escuchó el sonido del agua cayendo junto con la música que había invadido el ambiente, y que ahora era la seductora canción de Lana «Brooklyn baby ».3
—¿Qué estás haciendo ahí? —gritó ella.
—Preparando un baño.
Oh. Le dolió la región lumbar ante la posibilidad que abría aquello. ¿Qué tipo de baño sería? ¿Para uno o para dos?
—Ven aquí cuando hayas terminado con lo del fax.
De acuerdo, era ese tipo de baño. Su cuerpo comenzó de nuevo a sentir calor y a prepararse, y ella deseó que el contrato pudiera pasar con más rapidez por el fax. Una vez que terminó de hacerlo, caminó con soltura por la habitación y entró en el cuarto de baño, aun así no se había preparado ni remotamente para lo que vio.
Los espejos cubrían el espacio embaldosado y descomunal, se extendían a lo largo del tocador doble y abarcaban las paredes que rodeaban la enorme bañera, donde Lauren estaba sentada, entre una magnificencia de burbujas blancas y espumosas, con un vaso de vino blanco en la mano, y con una expresión coqueta en la cara que le daba un aspecto delicioso, lo suficiente como para darle ganas de comérsela. Se quedó sin respiración ante aquella escena.
—Quítate la ropa —le dijo, con un tono de voz profundo y repentinamente autoritario.
Ella dejó escapar una bocanada de aire, pero todavía le faltaba mucho para sentirse relajada.
Porque nunca había estado de pie y desnuda delante de alguien. Y aquello era muy diferente al apareamiento frenético del almacén, o incluso a los juegos de la piscina. Pensó que aquellos actos eran algo salvaje, decadente, por el lugar en donde estaban sucediendo. Pero de alguna manera, aquello, estar de pie delante de Laur, en una habitación bien iluminada, mientras empezaba a desvestirse y Laur vigilaba cada uno de sus movimientos, aquello le parecía decadente. Extremo. Íntimo.
Llevó la mano hacia su cuello, y lentamente desató el lazo negro que ceñía su camiseta y se dio cuenta de que dejarlo caer hasta su cintura no era algo tan difícil, porque llevaba un sujetador negro sin tirantes bajo ella.
—Precioso —dijo la oji verde, con una expresión completamente sexual, desprovista ya de cualquier tono juguetón. —Ahora más.
Camila empujó la camiseta por el tirante sobre la minifalda vaquera y lo dejó caer alrededor de sus sandalias rojas de tiras. Después, se pasó la mano por la espalda y con suavidad, se desabrochó el sujetador de encaje, dejándolo caer también.
Los ojos de Lauren se cerraron en su pecho, y ella sintió cómo sus pezones, que ya estaban tensos, se estremecían bajo su lectura. Laur ya los había visto antes —en el almacén, claro— y después, cuando habían dormido juntas y desnudas la noche anterior, pero otra vez, aquello era más intenso, desnudarse para ella, desvestirse ella misma. Era como si estuviera dejando al desnudo su propia alma.
—Jodidamente hermosa —le dijo.
Y mientras un lento calor comenzaba a extenderse en su interior, a medida que los nervios dejaban lugar a una pura lujuria, Camila se encontró a sí misma rozando con las palmas de las manos su vientre desnudo y sus dos montes de piel. Ella nunca se había tocado antes de aquella manera, delante de alguien, pero el instinto la había empujado a hacerlo. Hacer lo que le hacía sentir bien. Hacer lo que ella sabía que a Laur le gustaría.
Primero se cubrió la parte de abajo de sus senos, dejando que su peso se estableciera sobre sus manos. Después dejó que las palmas se cerraran completamente sobre ellos, y los estrujó sensualmente mientras recibía la mirada de Lauren, y ella veía el fuego que desprendía y sentía el resultado en sus braguitas que ya se habían humedecido para ella.
—Es tan bonito lo que haces, nena —le dijo Laur, en una voz que era más un gruñido.1
Ella se lamió el labio superior y se sintió poderosa, el deseo estaba apoderándose de ella. Todavía estaba masajeando con suavidad sus senos, cuando se pellizcó los pezones con los dedos pulgar e índice, y sintió su dureza y cómo se alargaban incluso más con su caricia.
—Sigue —le ordenó Jauregui.
Y ella se dio cuenta de que sus deseos eran órdenes, y se sorprendió al saber que realmente le gustaba que Jauregui la mandara, que le dijera qué hacer. Le gustaba la idea de ser su juguete, su juguete sexual, la mujer a la que quería follarse.9
Levantó un pie hacia el escalón enlosado que llevaba al interior de la bañera, y se inclinó para desabrocharse la pequeña hebilla de su zapato.
—Todavía no —le dijo Lauren.
Ella levantó la cabeza para mirarla.
—Déjatelos puestos hasta el final.
Una nueva ráfaga de sucio placer se apresuró por sus muslos y golpeó su región más baja. Laur deseaba verla desnuda pero con los zapatos puestos. Era su juguete sexual. Y a ella le gustaba más de lo que podía comprender.
Puso el pie de nuevo en el suelo y se desabrochó el botón de la falda, que descansaba justo bajo el ombligo. Después, se bajó la cremallera y deslizó la minifalda vaquera por sus caderas hasta que cayó al suelo, dejándola solo con un tanga negro de encaje y con bordados. Levantó los pies para salir de la falda y se quedó allí de pie, delante de Laur, empapándose de su mirada depredadora.
Había tenido cuidado de no beber demasiado aquella noche —en total dos vinos con gaseosa en toda la noche— pero de todas maneras se sentía mareada, embriagada por lo que solo pudo describir como un deseo animal. Crecía desde su interior, una fuerza terrible que desafiaba la lógica y la emoción.
Recorrió sus muslos con las palmas de las manos y después, las dejó pasearse por sus caderas y dirigirse hacia su trasero, que empujó hacia atrás contra las manos mientras sacaba el pecho hacia fuera. Los pocos nervios que había tenido hasta entonces parecieron desvanecerse: estaba completamente metida en aquello, con Laur.
Volvió a dirigir las manos hacia delante e introdujo juguetonamente el dedo corazón en la parte delantera de sus braguitas y entonces, dejó que se colara dentro. La yema de su dedo frotó ligeramente su clítoris húmedo y dilatado antes de que lo sacara.5
—Dios santo —articuló Lauren, con los ojos vidriosos por el deseo.
Ella se mordió el labio; de repente se sentía completamente seductora, como alguien que nunca había sido antes, alguien totalmente nueva.
—¿Quién es correcta y remilgada ahora? —le preguntó. No se había dado cuenta de que la conversación en la piscina le había dado ganas de demostrarle que estaba equivocada, pero quizás era así.
Lauren negó brevemente con la cabeza.
—No tú, cariño. Ya no.
Ella dejó que una sonrisa coqueta se extendiera por su cara.
Y Laur le concedió también una pequeña y juguetona sonrisa en respuesta —Eres una chica sucia, ¿verdad?
¿Lo era? ¿O era aquello simplemente parte del juego?
—Cuando quiero serlo —le contestó. Pero al final, decidió que la verdadera respuesta era: «Cuando estoy contigo».
—¿Está mojada tu vulva?6
Ella asintió.
—¿Se ha humedecido tu dedo?
Ella volvió a asentir, después dio unos pasos hacia delante, sus tacones provocaban chasquidos sobre la losa, y se inclinó hacia abajo para meterle a Lauren la yema de su dedo en la boca.
Ambas gimieron cuando Jauregui cerró los labios alrededor del dedo y ella sintió su lengua, y después la ligera y suave succión, que Jauregui estuviera saboreándola realmente. La sensación descendió en espirales directamente hasta el punto en donde se estaba empapando más a cada segundo que pasaba.
Cuando finalmente le soltó el dedo, le dijo:
—Ahora quítate las bragas. Enséñame esa bonita y pequeña vulva tuya.2
Ya no se sentía tímida por estar en cueros delante de Jauregui y bajo aquel brillante resplandor de las luces del cuarto de baño, por lo que se dio la vuelta, metió los pulgares en el elástico que rodeaba su cintura y suavemente tiró del tanga hacia abajo hasta que se le cayó a los tobillos. Sacó los pies de Laur y volvió a girarse hacia ella, completamente desnuda.4
Justo como había pasado al principio de aquel striptease, Lauren no dudó ni un instante en llevar la mirada exactamente adonde a ella le interesaba, y en aquel momento, se quedó estudiando su entrepierna. Ella sintió como si sus ojos le estuvieran quemando realmente la piel y, como cada vez que la había visto desde que había llegado a Las Vegas, Jauregui tenía una manera de hacer que su vulva fuera la parte más importante de ella, la parte que dominaba cada una de sus acciones, cada uno de sus pensamientos. Y por mucho que le gustara tenerlo observándola, también deseaba sentirlo dentro.
—¿Y ahora los zapatos? —le preguntó. Quería meterse en la bañera con ella. Quería cabalgarle, con fuerza.
Ella asintió ligeramente con la cabeza, y cuando Mila se inclinó para quitarse uno de los zapatos, Laur le dijo:
—Pero no de esa manera.
Ella lo miró, confusa.
—Siéntate al borde de la bañera —señaló hacia el extremo opuesto, al lado del grifo.
Cuando ella siguió la instrucción, sin estar muy segura de lo que Laur pretendía, le dijo:
—Dame tu pie derecho.
Mmm. Era Laur quien iba a quitarle los zapatos. ¿Por qué le resultaba eso tan condenadamente excitante?
Prestando atención para no perder el equilibrio, extendió su pie hacia ella. Lauren dejó a un lado su copa de vino, y por primera vez, Camila vio que había otra copa para ella en el suelo. Con una de sus manos, le cubrió la parte de atrás del tobillo, con la otra, acarició con los nudillos el interior de sus pantorrillas. Ella se estremeció ante el placer que se extendía hacia arriba, pero siguió mirándola, no quería perderse ninguna de las expresiones de su cara.
Jauregui estudió su pie y recorrió con las frías yemas de sus dedos la correa de cuero rojo que sujetaba el zapato al tobillo, después recorrió más tiras de cuero que se cruzaban sobre su pie antes de acariciarle la piel más abajo, al lado de las uñas, que ella se había pintado de rojo para que hicieran juego con sus zapatos.
Después, con una excitante lentitud, desató la correa del tobillo y suavemente le quitó el zapato. Ella dejó el pie en el suelo, mientras Jauregui dejaba la sandalia cerca de las copas de vino y se preparó para ofrecerle el otro pie, pero desde aquel ángulo le resultaba más difícil mantener el equilibrio.
Lauren despejó su dilema.
—Dobla la pierna derecha y descansa el pie en el borde trasero de la bañera.
Ella hizo lo que le pidió. Y se dio cuenta de que aquel movimiento le extendía las piernas y dejaba su vulva completamente expuesta. Sus ojos se encontraron, conscientes de ello, justo antes de que Lauren bajara la mirada.
—¿Sabes cuál es mi color favorito? —le preguntó.
¿Qué? ¿Iban a ponerse ahora hablar de sus gustos?2
—Eh, no. ¿Cuál?1
Laur estudió la piel que había entre sus piernas, desvergonzadamente.
—El rosa.6
Ella bajó la cabeza para mirarla por sí misma. En aquella posición, su hendidura se había abierto y dejaba al descubierto los pliegues rosas de su vulva. Un calor sofocante la consumía.
—Oh.
—El otro zapato —le dijo, y cuando ella volvió a mirarla, vio que tenía una pequeña y traviesa sonrisa en el rostro, por haberla pillado mirándose de aquella manera.
Con cuidado, ella le ofreció el pie izquierdo y se embriagó del placer mientras Lauren repetía los mismos movimientos que había hecho previamente, acariciándole la piel, y deslizando la yema de sus dedos sobre el zapato y la carne, antes de quitarle finalmente la sandalia de tiras y tacón alto. Aquella vez, cuando se deshizo del zapato, no dejó su pie hasta que le dio un beso en la parte de arriba, haciendo que una sensación de hormigueo se abriera paso por todo su cuerpo.
—¿Puedo entrar ya en la bañera? —le preguntó ella.
Laur enarcó una ceja, con un gesto arrogante.
—¿Por qué tienes tantas ganas de entrar en la bañera?
Aquella pregunta juguetona, había sido claramente diseñada para que ella declarara su lujuria, pero en lugar de eso le ofreció una respuesta coqueta.
—Quizás simplemente necesite un baño. Después de todo, dijiste que era una chica sucia.
Laur la miró con los ojos entrecerrados, excitante.
—Muy sucia —después, fue hacia ella en la bañera. —Quédate dónde estás. Haber degustado tu pequeña vulva me ha hecho desear más.
—Oh —murmuró ella, justo cuando Jauregui se inclinaba hacia delante para pasar la lengua firmemente sobre el centro de sus pliegues abiertos. Después: —Oooh... - El placer fue casi abrumador cuando Laur la lamió una y otra vez, desde abajo hacia arriba, como si su vulva fuera un cono de helado.
—Dios, oh Dios —se escuchó a sí misma jadear mientras empezaba a moverse involuntariamente contra su boca. —Dios, sí.3
En cuestión de segundos, Lauren levantó la mano del agua e introdujo dos de sus dedos en la abertura que ya estaba empapada, y aquello la hizo sentir en la gloria. Sus dedos lo hacían bien, demasiado bien, especialmente cuando Laur empezó a desrizarlos dentro y fuera al mismo tiempo que ella marcaba el ritmo.
Ella la observó. Estaba sorprendida por la crudeza de lo que estaba viendo, otra vez. Solía hacer ese tipo de cosas en la oscuridad, y no estaba acostumbrada a mirar mientras sucedía, mirar a la chica que estaba comiéndole la vulva. No estaba segura de si alguna vez había sido testigo de una escena tan erótica.
Fue entonces cuando la vista de Lauren, con la cara enterrada tan sensualmente entre sus piernas, le recordó los espejos que había rodeando las paredes a dos lados de la bañera. Le ofrecían una visión no solo de su amante, sino también de ella misma, con la cabeza de una mujer moviéndose entre sus muslos abiertos, y sus caderas levantándose ligeramente para recibirla. Al observar la pasión que se grababa en su propia cara, se sintió como si estuviera metida en una película porno.1
Lo próximo que hizo fue mirar al otro lado de la habitación, hacia el espejo más grande que había sobre el tocador. Y entonces, vio algo diferente. El denso y negro cabello de Lauren. Sus piernas completamente extendidas. Sus pechos balanceándose ligeramente con sus movimientos.
Cuando la atención de Lauren se concentró más específicamente en su clítoris, la respiración de Camila se volvió más pesada, mientras el placer crecía en su interior. Su hábil lengua daba vueltas sobre la dilatada protuberancia, cada uno de los movimientos le provocaba una nueva explosión de calor que le recorría todo el cuerpo. Aquello hizo que apartara la mirada del espejo y bajara la cabeza hacia Lauren, cuyos ojos estaban en ella. La había estado mirando mientras ella se veía en el espejo.3
Entonces, su boca se pegó a su clítoris y colándose dentro, empujó su lengua con más fuerza. Oh, Dios, aquel brusco movimiento la hizo apretar los dientes, y sintió cómo le flaqueaban las piernas y los brazos. Ahora estaba mirándola a Laur, y sin dudarlo, sin ni siquiera planearlo, empezó a mostrarle exactamente cómo de sucia era.
—Chúpame, cariño —le susurró apasionadamente. —Chúpame el clítoris. Hazlo con fuerza. Chúpalo. Chúpalo.32
Sus descaradas peticiones fueron lo último de lo que se acordó antes de que la golpeara el orgasmo, duro y rápido, que apareció antes de que ni siquiera lo hubiera visto acercarse. Arqueó el cuello en respuesta a las intensas olas de sensación, gritó suavemente mientras conducía su vulva contra su boca —sí, sí, sí—, impregnándose con cada palpitación de placer que ella le daba.
Cuando finalmente disminuyó, todavía siguió moviéndose y Laur se hizo hacia atrás.
—Estás jodidamente guapa cuando te corres —le dijo Laur, entre las burbujas, con un brillo oscuro en los ojos.
Todavía respiraba con dificultad, pero se las arregló para esbozar una sonrisa.
—Entonces, deberías hacer que ocurriera a menudo.2
—Eso es lo que pretendo.
En aquel momento, le impactó la idea de que aquellas palabras eran las típicas que se podían intercambiar cuando la gente mantenía una verdadera relación, una que fuera a durar, pero ella sabía que aquello solo significaba que Lauren pretendía hacerlo mientras estuvieran en Las Vegas, y dejó a un lado la pizca de decepción que le había producido aquello y volvió a concentrarse en la mujer sexy y desnuda que tenía delante de ella.
—¿Puedo ahora entrar en la bañera? —le preguntó, y permitió que una nota juguetona de sarcasmo coloreara su voz.
Laur le concedió una sonrisa lenta y sexy, y después le tendió la mano.
—Entra, chica sucia, y déjame que te limpie.
Una vez estuvo en la bañera, delante de Lau, le rodeó el cuerpo con las piernas. Lauren cogió las dos copas de vino que había al lado de los zapatos y le pasó una.
—¿De dónde lo has sacado? —le preguntó ella.
—Del mini-bar —le contestó Jauregui, y después levantó la copa para hacer un brindis. —Por mi pequeña y sucia Camila, que me sorprende cada día más.
Ella pensó que le gustaba aquello, al brindar con su copa. Le gustaba sorprenderla. Y deseaba seguir haciéndolo. Así que, sin tomarse un momento para pensarlo, hizo la pregunta que había estado dándole vueltas a la cabeza hacía unos minutos, cuando la había observado mientras la comía.
—¿A qué sabe?3
Jauregui pareció confusa y al parecer pensó que estaba hablando del vino.
—Toma un trago y verás.
Pero ella negó con la cabeza.
—No. Mi vulva. ¿A qué sabe?15
Una vez más, se le oscureció la mirada, y ella supo que había tenido éxito al intentar sorprenderla, y excitarla, otra vez más.
En respuesta, simplemente tendió la mano que le quedaba libre, hacia su boca.
—Así —llevó dos dedos hacia sus labios, y empujó, y después de solo un segundo de duda, ella los abrió y dejó que Laur los metiera dentro.
El sabor que notó en la lengua le pareció extraño, un poco salado, un poco dulce, de alguna manera algo agrio, y muy persuasivo. No le gustó, pero aun así la excitó compartir algo tan sumamente íntimo con Laur.
—¿Y bien? —preguntó la ojiverde.
—Francamente... puaj —hizo una mueca de repugnancia y después tomó un gran sorbo de vino.16
Laur rió tranquilamente achinándole sus ojos.
—Supongo que se parece un poco a la cerveza. Un gusto adquirido.
—¿Pero sinceramente te gusta? —ella sentía curiosidad, y un poco de fascinación.1
Sus ojos le dijeron que aquella pregunta estaba haciéndola pensar de una manera que nunca antes había hecho.
—Definitivamente me excita —dijo Laur—, así que, sí, sinceramente me gusta. Pero... si igualo el sabor con el sexo... bueno, digamos que probablemente no lo utilizaría como una salsa para mi hamburguesa.1
Ella soltó una carcajada rápida y fuerte, después le informó:
—Te estás poniendo un poco vulgar.
Laur se inclinó hacia delante, todavía con aquella sonrisa sexy en los labios.
—Has sido tú quien ha empezado la conversación.
Ella dejó a un lado el vino, le pasó los brazos por el cuello y le dijo:
—Bueno, ahora voy a terminarla —y la besó.
Por supuesto, ella también pudo saborearse en su boca, pero una vez más, la crudeza de todo aquello solo hacía añadir más a su deseo. Acababa de tener un orgasmo y sin embargo, todavía deseaba mucho más de Lauren, particularmente la parte que había debajo de las burbujas. Y ya hacía mucho que había dejado de sentirse tímida.
Sumergió las manos en la espuma tocando su feminidad y entonces, la escuchó gemir y vio cómo cerraba con fuerza los ojos. Ella había hecho lo mismo cuando habían estado en el almacén, pero una vez más, aquello era diferente.
Ahora tenía el tiempo de explorar su entre pierna apretujarla, acariciarla, explorarla. Mmm, vaya, que se sentía bien.
—Esto es tan diferente de la última vez —dijo ella, dándole voz a sus pensamientos. —Aquello fue tan precipitado, tan apasionado. Y esto es tan... lento. Mejor.
Una expresión lasciva se dibujó en su cara.
—Esto es todavía apasionado, nena. Mucho.
Era verdad, por lo que se limitó a asentir, pero aun así seguía pensando que aquello era... mucho más fácil. Le daba la impresión de que todo era menos pecaminoso. Solo porque estaban en su habitación, en algún lugar en el que no había riesgo de que la descubrieran.
Por supuesto, estaba pensando demasiado acerca de ello, era consciente. No es que fuera mejor o peor que habérsela follado en el almacén. Era simplemente igual de sucio, simplemente igual de descarado; mucho más, en cierto modo. Pero le parecía mejor. Solo poder disfrutar de aquel momento en privado con Laur. Tener tiempo para jugar. Tener tiempo para ser sexy.
Y en aquel momento, supo que era hora de frotar feminidad con feminidad, de cabalgar sobre ella, demostrarle todo el deseo libertino que había estado creciendo dentro de ella.8
Dejó que su lengua se deslizara con sensualidad a lo largo de su labio superior, encontró su mirada, y se dirigió hacia Laur para sentarse a horcajadas.
—¿Has encontrado algo que te guste ahí abajo, mi chica sucia?
—Mmm —ronroneó ella.
—Entonces, voy a dejar que juegues con ella —tras aquello, Laur le puso las manos en las caderas y empujó hacia abajo para tenerla aun mas cerca.
Ambas gimieron ante el impacto y Camila supo que nunca antes se había sentido tan llena satisfactoria.
—Dime que te gusta.
—Me encanta —le dijo ella entre suspiros, y empezó a moverse sobre ella.1
Lauren dejó que las palmas de sus manos se cerraran alrededor de su trasero y bajo las burbujas, y después, se inclinó para darle un sensual beso con lengua que casi la derrite. Un beso que dio lugar a un segundo y luego a más y más, mientras Camila seguía el instinto de su cuerpo, moviéndose sobre ella en círculos rítmicos que estimulaban su clítoris con cada excitante giro.
Pronto, comenzó a moverse más y más rápido cuando Lauren metió dos dedos dentro de ella.
Laur la miró directamente a los ojos, y le susurró las mismas palabras que ella le había dicho la noche anterior.
—Fóllame, nena. Oh, sí. Fóllame. Justo así.4
Aquello sobrealimentó cada sensación que ya palpitaba en su cuerpo, volviéndola incluso más hambrienta y salvaje aún. Cuando la boca de Lauren se cerró sobre uno de sus sensibles pezones, ella se encorvó contra Laur y gritó. Lauren le succionó con más fuerza, con más intensidad, y ella empujó el pecho hacia su boca, de alguna manera deseando tener parte de ella en el interior de Lauren, como ella lo tenía de Lauren.
Mientras se movía sobre su cuerpo, se dio cuenta de que el agua que había en la bañera estaba siguiéndoles el ritmo, que ella estaba provocando olas enfurecidas, algunas chapoteaban contra las paredes de la bañera y las burbujas se derramaban por los bordes. Pero estaba demasiado perdida en el placer como para que aquello le importara o le hiciera detenerse, o ni siquiera aminorar la marcha.
Clavó ligeramente las uñas en su espalda, mientras gemía su placer, y se deleitaba con la decadencia de aquel momento y con la sensación de libertad que todo aquello le daba, hasta que escuchó a Lauren decir:
—Camila. Para.
Asombrada —y ligeramente devastada— se quedó quieta.
—¿Estás a punto de correrte? Porque si lo estás no pasa nada. Yo ya...
—No, nena. Es que estás ahogándome.25
Oh, Dios. Se había olvidado completamente del hecho de que Laur se había ido hundiendo poco a poco en la bañera mientras ella le cabalgaba con tanto vigor, que ahora la cara le asomaba ligeramente sobre la superficie del agua, enmarcada por las burbujas. Ella ahogó un grito.16
—Lo siento. Ni siquiera me he dado cuenta... —entonces, salió de los dedos de Laur, ya que le pareció la única manera para que ella pudiera sentarse.
Después de hacerlo, Laur le sonrió indulgentemente, con el agua cayéndole de las puntas de su largo pelo.
—No quería interrumpirte, pero temía que me empujaras completamente hacia abajo y que no te dieras cuenta.
El calor le coloreó las mejillas.
—Soy una idiota.
Levantó una húmeda mano hacia la cara.
—No, eres una mujer salvaje. Lo cual me gusta mucho. Pero... quizás esta bañera en particular no sea el mejor lugar para esta posición.
Ella lo consideró y no pudo evitar sentirse un poco desanimada, y completamente frustrada.5
—Estaba... acercándome mucho.
La mirada de Lauren se volvió más sexy aún, decidida.
—No te preocupes, nena, te llevaré de vuelta a ese preciso punto.
Ella se mordió el labio cuando Jauregui subió las manos por sus caderas y las llevó hacia arriba, hasta cubrirle los laterales de los senos, y acariciarle los húmedos pezones con los pulgares, una y otra vez.
—Oh... Dios... qué bueno.
Jauregui dejó que se le cerraran los ojos, y luego, se inclinó para recorrer uno de sus turgentes pezones con la lengua. Después, sopló ligeramente sobre ella —y aquello mandó otra ligera ráfaga de placer a su vulva— y se inclinó hacia delante para hablar en voz baja y profunda en su oído.
—¿Quieres que te vuelva a envestir?
—Oh, Dios, sí.
Todavía seguía jugueteando con sus pezones, y sentía su aliento cálido en el cuello.
—¿La quieres con todas tus ganas? ¿Con fuerza? ¿En lo más profundo?
Oh, Dios, había estado en lo cierto, aquel sexo más lento y exploratorio era extremadamente agradable, pero las palabras dentro y profundo le parecían ahora atraerla aún más. Quería sentirla dentro de ella, como lo había hecho en el almacén, impactando contra ella, haciendo que cada embestida resonara por cada centímetro de su cuerpo. Y no estaba exactamente segura de cómo iban a hacer aquello en la bañera, pero estaba deseando averiguarlo.
—Sí, cariño, sí.
Lauren bajó las manos hacia su cintura y le dijo:
—Date la vuelta.
Con cuidado de no resbalarse, Camila dejó que la guiara hasta que le dio la espalda, y se apoyó sobre las rodillas. Como antes, pudo captar un atisbo de ellos en el espejo de la pared que había justo delante de ella, un atisbo de sus pechos desnudos, de sus firmes manos en ella desde detrás, de sus ojos llenos con una oscura intención.
—Inclínate sobre el borde de la bañera. Levanta el trasero.
Camila lo hizo y se observó en el espejo para ver cómo Lauren estudiaba su trasero, o más probablemente, lo que había entre sus muslos. A pesar de que estaba dentro de una bañera, sintió cómo su vulva se humedecía todavía más, y se preguntó qué aspecto tendría desde aquel ángulo. Instintivamente, hizo un contoneo juguetón con las caderas, lo que provocó que Lauren le diera un suave beso sobre la nalga.
—Mmm —dijo ella, aquel diminuto gesto de cariño recorrió su cuerpo con una onda de placer.
—¿Te gusta eso? —le susurró.
—Sí.
Pudo escuchar, más que ver, su traviesa sonrisa.
—No entraba en mis planes, pero seré buena contigo y te daré algunos más.
—De acuerdo —su tono de voz se volvió suave, casi infantil, estaba conmovida por unas caricias tan tiernas de su boca.
Sus besos sobre su trasero que ya de por sí estaba mojado le hicieron sentir el placer más tierno que nunca antes había experimentado y que resonó con dulzura a través de cada una de sus extremidades. Y entonces, ¡oh!, vinieron los dedos, que le daban golpecitos desde abajo, donde estaba más que preparada para Laur. Un grito se escapó de su boca cuando Laur le introdujo dos dedos y ella se movió por instinto contra ellas. Había dejado de observar su reflejo en el espejo y ahora tenía los ojos cerrados y se limitaba a sentir, a absorber, a experimentar.
—Más —se escuchó a sí misma. —Fóllame.
Un suave gruñido salió de la garganta de Lauren, el calor de su aliento flotaba sobre su trasero mientras le daba el último de sus suaves besos, antes de que el agua comenzara a girar con violencia.
—¿Qué es...? —le preguntó ella, y abrió los ojos.
Se encontró con la mirada profunda de Lauren en el espejo.
—He encendido el jacuzzi —le dijo.
—Oh —suspiró ella en respuesta, y notó el fuerte chorro de agua que se arremolinaba alrededor de sus muslos; parte de ella chapoteaba sobre su vulva, lo que le daba la impresión de que lo iba a hacer todo incluso mejor aún.
La siguiente cosa que supo, fue que los dedos de Lauren volvieran a entrar en su ya preparada vulva simplemente con la necesidad de sentir aquel cálido roce en cualquier lugar, en todo lugar. Entonces, finalmente, hundió con toda firmeza dentro de ella. Justo como había pasado antes, ambas gritaron ante la entrada inicial, pero no había descanso, antes de que empezara a moverse dentro de ella, fuerte, fuerte, fuerte, exactamente como le había prometido.3
Ella escuchó sus propios gritos, sintió el duro placer estallar como cohetes en su interior, escalofríos que se abrían camino hacia los dedos de sus manos y pies con cada una de las poderosas embestidas. Más abajo, el agua le empujaba en tumultuosas olas y las burbujas empezaban a subir, crecían como montañas blancas y espumosas alrededor de ellas.
—¡Sí! ¡Sí! —gritó ella, apenas era incapaz de formar palabras, solo quería con todas sus ganas que ella supiera cuánto adoraba que sus dedos entraran dentro de ella, cuánto adoraba lo duro y salvaje que era el sexo con Lauren, lo dura y salvaje que la hacía sentirse a ella.
Las burbujas de la bañera seguían volviéndola loca, ascendían en ondas hasta ser todo lo que Camila podía ver. Era como follar dentro de una nube blanca y brillante, y sintió que las burbujas se derramaban por todos los bordes de la bañera.
—¿Eres una chica mala? —le preguntó Lauren, que todavía la embestía, resbaladizo y profundo.
—¡Sí! —gritó ella.
—¿Necesitas que te den un castigo?
—¡Sí! ¡Oh, sí!
Con aquello, él llevó la palma de la mano hacia abajo para darle una palmada en el trasero mientras seguía embistiéndola.3
— ¡Oh! —chilló ella, aquella sensación superaba a las otras.
Su mano regresó una y otra vez, azotándola mientras seguía follándosela, toda aquella escena la debilitó por completo, incluso aunque se empapara de cada segundo de deleite. Nunca en su vida había experimentado una reacción física tan abrumadora que bloqueaba cada movimiento, cada pensamiento, y dejaba que su cuerpo solo se revelara en la alegría pura y carnal de ello.
Ningún hombre o mujer la había acariciado nunca con tanta destreza, tanto como ella se podía tocar a sí misma, en cálidos y pequeños círculos, provocando el placer perfecto cada vez que las yemas de sus dedos pasaban sobre su clítoris.
La música todavía resonaba en la sala de fuera, pero todo lo que escuchaba Camila en aquel momento eran los gemidos de Lauren mientras se la follaba y el sonido de su propia respiración, más pesada, más intensa, y se perdió a sí misma en las sensaciones.
—Oh, Dios —se escuchó a sí misma murmurar. —Estoy cerca, cariño. Estoy cerca.
Estaba a punto de alcanzar el orgasmo. Estaba muy, muy cerca.
Sus dedos, trabajando al unísono, casi como uno, empujando con más y más fuerza.
—¡Oh! —gritó ella cuando la golpeó el clímax, haciéndola rodar en cálidas y envolventes olas que la impactaron y le hicieron desear desplomarse allí mismo. Lauren tuvo que ser consciente de ello, porque mientras una de sus manos todavía la follaba, su otro brazo la rodeaba por la cintura, sujetándola. Y rozando con su pulgar los duros pezones de Mila.
Y fue justo cuando las dulces palpitaciones empezaban a decrecer cuando Lauren —que todavía la embestía profundamente— también alcanzó el orgasmo. Sintió el cálido estremecimiento de su cuerpo contra el suyo, el intenso gemido de la satisfacción última, el placer susurrado:10
—Ah... ah, joder sí... sí.
Se quedaron inmóviles unos segundos después de aquello, y solo entonces le golpeó a Camila el hecho de lo extrañas y pervertidas que se habían vuelto las cosas con lo del azote. Después esbozó una amplia sonrisa en su cara al darse cuenta de que lo extraño y pervertido podía ser divertido.
Y aquello ni siquiera le parecía tan extraño ni pervertido... con Lauren.
Vaya una semana de formación. Estaba segura de que cuando Jenkins la había enviado a aquel viaje no tenía ni idea de que además de recibir una educación profesional iba a recibirla también sexual.2
Cuando finalmente, después de su orgasmo, puso los pies lo suficiente sobre la tierra como para mirar a su alrededor, se sintió horrorizada por el lío que habían armado. «Oh, Dios mío».
—¡Mira este sitio!
Montañas de burbujas blancas se habían caído al suelo, algunas se abrían camino hacia el tocador. Al otro lado de la bañera, en los rincones enlosados, el mal había ascendido varios centímetros.
Detrás de ella, Lauren solo reía a carcajadas a medida que salía suavemente de su cuerpo y apagaba el jacuzzi.
—No te preocupes, nena —dijo Lauren. —Las burbujas acabarán derritiéndose. Y estoy segura de que las mujeres de la limpieza habrán visto cosas peores. —sonrió y la atrajo para darle un suave beso.

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Capitulo 16

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:42 am

Mientras Camila sacaba el cuerpo de las burbujas, Lauren rescataba sus zapatos, los cuales, le anunció Laur, estaban empapados pero no parecían estar estropeados. Ella encontró su ropa bajo una pila de espuma que había en el suelo, y también estaba húmeda, lo que era previsible. Después de que se secaran con las toallas, ella miró hacia atrás, al recinto enlosado que todavía estaba cubierto de blanco:
—¿Qué hay del vino?
—Olvídate del vino, quiero que nos acostemos en la cama.
Ella no podía discutirle algo así, especialmente cuando se metieron en la enorme y lujosa cama y Lauren tiró de su cuerpo desnudo más hacia ella y le dio un beso en la frente.
Después, Laur se quedó dormida, pero a ella no le importaba, en realidad, casi pensó que era muy mona que incluso Lauren Jauregui, la diosa del sexo, cayera presa del sueño después de un orgasmo.23
La observó dormir, respiró la fragancia fresca pero todavía femenina de su cuerpo, observó la manera en la que sus largos mechones empezaban a secarse y a hacerse pequeños rizos, un pelo que ella misma había mojado cuando casi la ahoga en la bañera con su entusiasmo... no podía evitar reflexionar sobre la miríada de experiencias que aquella mujer le provocaba. Y la miríada de emociones que la hacía sentir. Se había dado cuenta en la bañera de que el sexo era tan abrumador como las emociones más oscuras, pero incluso que aquello en sí mismo, la idea de que todo lo que deseabas o por lo que te preocupabas que te cogieran... ¿no era acaso una emoción en sí misma?
Ella se encontró acordándose también de los otros encuentros. El deseo que sintió aquel día en la piscina había sido completamente intenso. Tan intenso como en el Fetiche, pero incluso más extremo de alguna manera. En la discoteca, se había comportado como una descarada, pero había necesitado un lugar privado para dar rienda suelta a su descaro. Mientras que en la piscina, había hablado en serio cuando le había dicho aquello a Lauren: la deseaba con tanta fuerza que había dejado de preocuparse por los espectadores.
Y quizás, y solo quizás, una parte de ella realmente pervertida se había sentido excitada con la idea de ser observada por las mujeres que deseaban hacer lo que ella estaba haciendo. Había admitido eso en la piscina, pero la verdad era que había seguido pensando acerca de que le gustaría que la hubieran visto hacer algo más que besarla. Hubiera sido consciente del deseo fugaz de tenerlas mirándola mientras se la follaba.
Nunca antes había sabido mucho de la intimidad real y verdadera. Suponía que ni Mahone, ni los otros pocos hombres con los que había estado, le habían inspirado nunca unos sentimientos como aquellos. Aun así, sabía que aquella noche lo había experimentado con Lauren.
Camila todavía estaba observándola cuando, unos segundos más tarde, su mano se movió sobre su cadera bajo las sábanas y sus ojos se abrieron.
—Eh —dijo la ojiverde, con una somnolienta sonrisa.
—Eh.
—Siento haberme quedado dormida.
Ella le concedió una sonrisa paciente.
—El orgasmo puede ser el causante.
—Follarte con tanta intensidad me ha dejado agotada —admitió con una pequeña sonrisa lasciva. Después, meditó: —Las luces están todavía encendidas. La música también.
Era verdad, no se había dado cuenta, tan ensimismada había estado con Lauren y con la sensación sexual y abrumadora que le había dado en las últimas veinticuatro horas.
—Me siento demasiado cómoda como para levantarme ahora mismo —y además, las luces de la habitación estaban apagadas, solo la luz del cuarto de baño y las del salón se filtraban a través de las puertas, dándole una luz tenue y romántica al ambiente.
Laur se acurrucó más cerca de ella.
—Yo también.
Cuando su mirada recayó en la cruz que llevaba en la garganta, tendió la mano suavemente y deslizó la yema del dedo sobre la suave superficie de plata.
—¿Es especial para ti? Nunca me había dado cuenta de que la llevabas hasta la pasada noche, pero la llevas puesta desde entonces.
—La llevo todo el tiempo. Simplemente acaba bajo mi ropa la mayoría de los días.
—Entonces, sí es especial.
Ella asintió ligeramente contra la almohada.
—Mi abuela me la regaló en mi confirmación, cuando tenía doce años. La trajo con ella desde Grecia y la tenía desde que era pequeña.
—Vaya —su respuesta la había sorprendido a muchos niveles. Le sorprendió darse cuenta de que la cruz fuera tan antigua. Y que Lauren Jauregui fuera el tipo de chica que apreciara tanto a su abuela. Y que Lauren Jauregui tuviera un lado religioso. —No suponía que fueras una buena chica católica.
La miró de reojo.
—Católica, sí. No necesariamente buena.3
Ella le sonrió en respuesta.
—¿Está tu abuela... todavía viva?
Su expresión se convirtió en una acalorada, quizás algo de alivio, que ella no había visto nunca.
—Tiene ochenta y cinco años y todavía está fuerte. Está de vuelta en Brooklyn con el resto de mi familia.8
—Vaya —le dijo ella otra vez. Nunca había pensado en la familia de Lauren. —Apuesto a que están muy orgullosos de ti.
Dejó escapar una carcajada corta y cínica.
—Sí, es el sueño de todo padre tener una hija al que la acusan por su orientación sexual en un canal nacional de televisión.
Ella parpadeó.
—Lo siento... no estaba pensando en ello. Estaba pensando en tu trabajo.
—Me quieren y aceptan lo que hago, pero esa no fue exactamente su primera opción.
—¿Y cuál era?
Ella suspiró —Hasta su jubilación hace unos pocos meses, mi padre vendía seguros en la misma pequeña oficina y en la misma calle de Brooklyn desde antes de que él naciera. Tengo dos hermanos, pero ellos decidieron ponerme a mí en el negocio familiar.
—Oh —no podía imaginar la presión que aquello podría suponer para una chica. —¿Y ninguno de tus hermanos podía hacerlo?
Ella sonrió.
—Son muy tradicionales. Y también muy orgullosos, condenadamente orgullosos de que mi abuelo emprendiera el negocio siendo un inmigrante y que mi padre hubiera podido seguir con él. Así que desde pequeña me prepararon para ser la siguiente mujer de la Aseguradora Jauregui. El problema era que a mí me gustaba mucho la música, mucho más que vender seguros. Me metí en un grupo cuando iba al instituto, pero cuando me di cuenta de que no tenía mucha madera de cantante, conseguí un trabajo en CBGB. Así que para cuando cumplí los dieciocho años, me encontré trabajando en la oficina de seguros de día y en el bar por la noche.
Camila estaba impresionada, como era de esperar, porque el CBGB, un pequeño club de música underground de Manhattan, había sido el lugar del lanzamiento del punk y de los grupos alternativos de los setenta. Grupos como los Blondie, los Ramones, y los Talking Heads se habían abierto camino a la fama desde el escenario del CBGB.
—Debió de ser fabuloso.
—Fue jodidamente increíble —dijo Laur. —Estuve allí a finales de los noventa y trabajé duro para pasar de ayudante de camarera a encargada de sonido y a coordinadora de eventos. Vi a grupos como Soundgarden, Pearl Jam, y Smashing Pumpkins antes de que ni siquiera fueran conocidos por nadie. De hecho —le dijo ella, lanzándole una mirada que le decía que sabía que aquello iba a sorprenderla— fue allí donde conocí a Jenkins.1
Ella echó la barbilla hacia atrás.
—No es posible.
—Sí. Blue Night era entonces una discográfica nueva y era él quien estaba haciendo su propia exploración aquel día. Empezamos a hablar de música, y él pensó que yo tenía un buen dominio del campo. Llegamos a conocernos bien y me ofreció un puesto de trabajo.
—¿Te resultó difícil hacer las maletas y mudarte a Los Ángeles? ¿Decirle a tu padre que abandonabas el negocio de los seguros? —antes, hacía unos minutos, ella no podía haber imaginado que hubiera algo difícil para Lauren Jauregui, pero escuchar todo aquello de su familia, imaginarla como un chica joven de Brooklyn, lo cambiaba todo.
—Sí y no —le dijo la oji verde, suavizando el tono de voz. —No me gustaba la idea de decepcionarlos, pero me sentía asfixiada allí. Dejarlo todo para perseguir lo que realmente quería hacer en la vida era muy... liberador. En más de un sentido.
—¿Qué quieres decir?
Su mirada se alejó del techo para centrarse en ella, y después volvió a mirar hacia arriba. —Estaba comprometida.
Se esforzó todo lo que pudo para no quedarse mirándolo boquiabierta. —¿En serio? - Ella asintió ligeramente.
—Su nombre era Angie, era una buena chica griega del barrio. Llevábamos saliendo juntas desde los dieciséis años y...
—¿Y qué? —le preguntó ella cuando Laur se detuvo. —Era como lo de estar en el negocio de los seguros. No quería estar en esa situación, pero me sentía obligada. —Oh.
Laur volvió a mirarla.
—Una vez la amé, pero tenía que irme. Fue la cosa más inteligente que he hecho nunca. Y una lección aprendida.- Camila se mordió el labio.
—¿Y cuál era la lección?
—Que sentirme atada me hace sentir de alguna manera... en fin, atada. Así que desde entonces, simplemente me limito a no hacerlo. Me siento más feliz así. Y no me arriesgo a hacerle daño a nadie.
—Suena inteligente —le dijo ella, intentando ignorar el leve retortijón en su estómago. Y en realidad, sonaba inteligente, entonces, ¿por qué se sentía tan nerviosa? No era exactamente algo nuevo que Lauren no se comprometiera ni tuviera relaciones serias con alguien. Básicamente le estaba contando lo que ella ya sabía.
Solo que quizás escucharlo de su propia voz le parecía un poco diferente. Porque quizás a ella le gustara realmente. No es que solo le gustara el sexo con ella, sino que le gustaba ella. Estar con ella, hablar con ella, aprender con ella, reír con ella.2
—Háblame de tu ex marido —le dijo Lauren, y ella se sorprendió ante aquella petición. Cuando no le respondió enseguida, añadió: —A no ser que prefieras no hacerlo.
Ella negó con la cabeza.
—No, no me importa. Yo... conocí a Mahone hace cinco años, y me pareció que había encontrado al hombre de mis sueños. Nos casamos después de un año saliendo juntos (una boda grande y tradicional, con todos los detalles) y un año después, su compañía lo trasladó desde Ohio a Los Ángeles. Así que nos mudamos y todo nos pareció genial. Supongo que a medida que pasaba el tiempo, nos separamos un poco, pero yo lo achaqué a lo ocupados que nos mantenían nuestros trabajos, yo con el puesto en Blue Night y él con su trabajo de desarrollo de sistemas, y además se había apuntado al gimnasio y pasaba mucho tiempo fuera de casa. Entonces, una noche se fue al gimnasio pero se olvidó el teléfono móvil. Me di cuenta de que había una llamada perdida y pensando que quizás fuera algo importante, escuché el mensaje que le habían dejado. Escuché a una mujer diciendo que llegaba tarde, pero que estaría allí pronto y que llevaba un nuevo conjunto de ropa interior bajo el chándal.
—Mierda.
Ella asintió con un gesto indiferente, perdida en aquel ensueño.
—Sí, mierda.
—¿Y qué hiciste entonces?
—Me fui al gimnasio. Y los encontré trabajando juntos y me enfrenté a él. Me lo contó todo, que la había conocido allí, que se habían caído bien, que una cosa había llevado a la otra. Que ella estaba casada también y que era madre de tres hijos.
Camila agradeció la sonrisa de Lauren. Le animaba a compartir sus sentimientos en aquel tema en particular.
—Creo que el sexo es genial y todo eso, pero para mí hay un par de cosas que son sagradas: el matrimonio y la familia. Quiero decir, ¿por qué molestarse con esas cosas si uno no las desea realmente?- Laur asintió.
—Exactamente. Esa es la razón por la que yo no las tengo.
—Entonces, entiendes por qué no pude perdonarlo.
Laur la miró, sorprendida.
—¿Pretendía que lo hicieras?
—Eso es lo que quería él. Pero... una vez que la confianza estuvo tan completamente destrozada, supe que nunca volvería a sentir por él lo de antes.
—No te culpo, nena —le dijo Laur; después se inclinó para darle un pequeño beso, lo que ella necesitaba realmente en aquel preciso momento. —Pero te contaré un secreto.
Ella se acercó más, contenta de que estuvieran dejando atrás la historia de su ex marido. Su ruptura no podía haber contrastado más con la nueva Camila.
—¿Qué es?
—Su pérdida me ha venido definitivamente bien.
Se besaron otra vez, y Lauren cerró los ojos, dejando que Camila volviera de nuevo a sus propios pensamientos, y a sus propias palabras: «una vez que la confianza estuvo tan completamente destrozada, supe que nunca volvería a sentir por él lo de antes». ¿No sería así como se sentiría Lauren si se enteraba de su engaño, de que estaba robándole un puesto de trabajo que adoraba y que había hecho tan bien durante tanto tiempo? De alguna manera, casi se había olvidado de ello aquel día: había existido tanta excitación entre ellas que le resultó muy fácil dejar apartado cualquier pensamiento negativo.
Ella sabía que estaba cometiendo muchos pecados con Lauren, pero aquella mentira era mucho peor que todo lo demás y ella se apartó de Jauregui y se bajó de la cama, caminó desnuda para apagar las luces y el equipo de música, y sufrió un sincero sentimiento de culpa que no había sentido hasta aquel momento. Porque ahora la conocía. Y porque ahora todo aquello le parecía más que una simple cuestión de sexo. Como mínimo, se habían hecho amigas. Bueno, amigas con derecho a roce.
Cuando se dirigió hacia la amplia pared de ventanas que había en la espaciosa zona de la salita, miró las luces de la ciudad, y se obligó una vez más a dejar a un lado el sentimiento de culpabilidad. Después de todo, ¿no le había dicho ella que lo que pasara en Las Vegas se quedaba en Las Vegas?
Así que el sexo se quedaría en Las Vegas. Y con algo de suerte, también lo haría el sentimiento de culpa.


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Capitulo 17

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:43 am

LA CUARTA NOCHE
Un pecado puede convertirse en una pesadilla nueva y real cuando existe la posibilidad de que vaya a salir a la luz.
Mark Twain

Camila no tenía ni idea de lo bien que se había sentido ella la noche anterior.
Lauren estaba acostumbrada a despertarse con una mujer a su lado, pero cuando se dio la vuelta en su almohada y encontró a Camila, su polvo apasionado en la bañera le vino de nuevo a la mente. Y estaba condenadamente segura que era la primera mujer a la que se follaba después de haber dejado al cabrón de su marido. Justo en el momento en el que pensaba aquellas cosas, ella abrió los ojos.
Y Laur miró hacia otro lado. No estaba segura de cuál era la razón, pero supuso que no quería que la pillara mirando mientras ella dormía. Había algo en ello que le parecía... bueno, como si fuera otra persona, como si no fuera propio de ella.
Solo cuando ella se estiró y bostezó, Jauregui se dio la vuelta para decirle:
—Eh, nena.
Su sonrisa somnolienta iluminó la habitación.
—Eh —definitivamente, tenía el aspecto de una mujer que había recibido mucho placer la noche anterior, y aquella idea hizo que se tensara más.
—De lo que nos ahorramos en condones y pastillas
Ella gimió con suavidad.
—Oh, vaya, tienes razón. - Cuando echó un vistazo al reloj, Laur también lo hizo y joder, ¡era casi mediodía!
—Mierda —dijo la ojiverde. —Menos mal que no tenemos nada planeado para hoy.
Ella se levanto y se sentó al borde de la cama.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer?
Lauren reflexionó sobre aquella pregunta.
—Esta noche, tenemos que hacer algunas paradas en unas cuantas discotecas más, pero podemos aprovechar la tarde para hacerles una visita a algunos de mis contactos en el Strip. Y quizás podamos hacer algo más mientras tanto.
—Suena bien —le dijo ella y a Jauregui le pareció adorable la manera libre y fácil con la que se repantigaba completamente desnuda. Aquella no era en absoluto la manera en la que había imaginado a Camila antes de aquel viaje, o incluso después de la primera noche que habían pasado en la cafetería francesa.
—Y tú eres una pequeña y buena chica —añadió Laur. —Quizás podamos ir a ver algunos monumentos. Lo que aquí significa hacer turismo por los hoteles. No es que suene tan excitante, ya lo sé, pero algunos de esos lugares son bastante espectaculares.
Ella ladeó la cabeza, en un gesto coqueto.
—Solo hay un problema con ese plan.
—¿Cuál es?
Ella negó con la cabeza, y su pelo revuelto por la cama cayó enmarcándole la cara.
—No soy una pequeña y buena chica.


Última edición por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:44 am, editado 2 veces

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Capitulo 18

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:43 am

Mientras recorrían el tramo que llevaba al extremo sur del Strip, Lauren llevó primero a Camila de vuelta al hotel París. Laur se acordó de que a ella pareció gustarle el ambiente de Mon Ami Gabi, y había muchas más cosas que ver allí.
La llevó por el casino, que estaba situado bajo la base de una imitación de la Torre Eiffel y flanqueada por falsas calles parisinas repletas de cafeterías y pastelerías. Ya que se habían perdido el desayuno, se detuvieron en una de las panaderías francesas y compraron unos cruasanes hojaldrados y recién hechos.
—Mmm —ronroneó ella, al dar el primer bocado en la pequeña mesa de la cafetería en donde se habían sentado. —Está divino.
Laur no pudo evitar esbozar una sonrisa, porque su suave y pequeño gemido le recordó el momento en el que la acariciaba, justo cuando empezaba a excitarse.
Desde el París, se aventuraron a través de la carretera que llevaba a la grandeza del Bellagio, otro hotel de temática italiana, famoso por sus «fuentes danzantes» que se alineaban en Las Vegas Boulevard. Aunque todo aquel lugar era muy lujoso —y dio por hecho que a Camila le gustaba lo lujoso— la había llevado allí principalmente para que viera el techo de cristal del escultor estadounidense Dale Chihuly, una obra compuesta por cientos de piezas de vidrio soplado, con discos de cristal de colores alegres que se suspendían sobre el vestíbulo.
—Oh, Dios mío —dijo ella, y echó la cabeza hacia atrás para poder mirar hacia arriba. —Podrías quedarte todo el día mirando esto y aún así descubrir cosas que no habías visto antes. Es increíble. Ojalá pudiera tumbarme en el suelo y quedarme un rato observándolo.
Lauren sonrió ante su entusiasmo infantil y después echó un vistazo a su alrededor.
—Tengo una idea mejor —la cogió de la mano y la llevó hacia uno de los lujosos sofás que había bajo la escultura colgante y se sentaron allí. —Túmbate aquí, a mi lado, y descansa la cabeza en mi regazo. Así, no tendrás que preocuparte de que te pise nadie.
A ella le entró la risa, y después hizo lo que Lauren le había sugerido. Se tumbó allí y dejó que sus mechones rojizos cayeran sobre su muslo. Laur observó sus ojos chocolate brillantes, mientras ella exploraba los colores y las formas que se veían arriba, hasta que finalmente concluyó:
—Podría perderme en todo esto. Es como... como algo que solo verías en un sueño.
Después de aquello, Laur la llevó un poco más lejos hacia arriba del Strip, cruzaron la Tropicana Avenue hasta llegar al Excalibur, donde ella pareció disfrutar mucho del tema medieval; y luego pasaron por el Luxor, el hotel con forma de pirámide; y por el elegante Mandalay Bay, donde visitaron el tanque de tiburones y se detuvieron para jugar un poco a la ruleta. Jauregui nunca había visto a nadie divertirse tanto al ganar diez dólares en aquel juego como lo hacía Camila.
Por supuesto, en cada parada, aprovechó la oportunidad de colarse en un bar o en algún salón en donde conocía a alguien —para preguntar si habían visto últimamente a un grupo que mereciera la pena escuchar— y conseguir un par de pistas. También presentó a Camila, y explicó que estaba uniéndose a ella en los deberes como representante de A&R de Blue Night. Siempre ahorraba una noche o dos en viajes como aquel para hacer averiguaciones sobre los artistas que conocía, y empezó a tomar notas mientras iban del tramo del Mandalay de vuelta al Excalibur; después cogieron el paseo elevado que llevaba del Tropicana Avenue hacia el New York, New York.
Cuando vagaban por las calles sinuosas que había dentro del centro turístico, Camila le preguntó:
—Entonces, ¿está este lugar a la altura de Nueva York?
Ella se encogió de hombros.
—Es... un facsímil divertido. No te hace sentir exactamente como en casa, pero supongo que es lo más parecido que puedes encontrar en este lugar del país.
Después de pasar unas pocas horas recorriendo hoteles y estableciendo contactos, Camila anunció que estaba hambrienta, por lo que se detuvieron en una charcutería de una de las falsas avenidas del New York donde se vendían bocadillos, y se sentaron por allí para comérselos. A Lauren le chocó la idea de lo mucho que se estaba divirtiendo. Solo comiéndose un bocadillo improvisado con ella. Dando una vuelta con ella y enseñándole cosas que nunca antes había visto. Observando la manera en la que se encendían sus ojos con asombro a cada punto en el que se detenían.
Supuso que ya estaba tan acostumbrada a las mujeres de plástico que Camila le parecía una agradable innovación. De hecho, nunca había pensado en esas mujeres de aquella manera —como plástico— pero parecía describir muy bien a las mujeres con las que solía acostarse. No es que hubiera nada de malo en ellas, pero Camila era tan diferente, tan abierta, estaba tan deseosa por dejar revelar sus inseguridades. Y la manera en la que su comportamiento recorría toda la gama, desde una ninfa del sexo sucia y ansiosa hasta una inocente con los ojos abiertos de par en par; joder, aquello solamente los hacía parecer a los dos tan... bidimensionales. Únicos. Irreales.
En realidad, ¿cuándo había sido la última vez que había disfrutado verdaderamente con una chica sin que hubiera una relación sexual de por medio?
Mierda, aquella era una pregunta seria.
Porque no estaba muy segura de que... lo hubiera hecho alguna vez.
A no ser que pensara en Angie. Pero otra vez, aquello había pasado hacía una eternidad. En otro mundo. Era una persona completamente diferente de la que había sido entonces.
— ¿Ocurre algo? —le preguntó Camila.
Laur se sobresaltó.
— ¿Qué? Nada. ¿Por qué?
—Solo es que tienes una expresión extraña en la cara.
Mierda. La gente no solía acusarla de tener expresiones extrañas, así que no sabía qué contestar.
Consideró la idea de ser sincera —tan sincera, abierta y directa como lo hubiera sido ella si la situación hubiera sido al revés— y decirle: «Solo es que me gustas, eso es todo. Me gustas, y realmente no recuerdo la última vez que real y honestamente me gustó alguien al que me estaba tirando». Pero en lugar de eso, se limitó a sonreír con desdén y le dijo:2
—Gracias —y como un impulso, le lanzó una patata frita.4
Ella rió a carcajadas ante ello, y después le contestó devolviéndole un puñado de ellas.
Lo que, por alguna razón, a Laur le hizo que le gustara incluso más. La señaló con el dedo, en un gesto de reprimenda, y le dijo: —Para —incapaz de disimular una ligera sonrisa. —Se supone que has de comportarte como una representante de A&R tranquila y moderna. Deja de lanzarme comida.
La expresión de Camila cambió de divertida a confusa.
—¿No has sido tú quien ha tirado la primera patata frita? ¿Hace diez segundos? Pensaba que quizás fuera parte de mi formación.
Laur ladeó la cabeza, cruzó los brazos y al final, intentó ser honesta.
—Solo digamos que... hay momentos en los que me haces olvidar que estoy aquí por trabajo.
Al otro lado de la mesa, ella bajó la barbilla.
—Si eso ocurre, eres la mujer más capaz que hay para combinar el trabajo y el juego, como nadie que haya conocido nunca.
Laur se encogió de hombros.
—Es un don —y se preguntó qué como hacía diciéndole gilipolleces como aquellas, eso de que le hacía olvidarse de sus deberes. Vaya una estupidez. Era hora de cambiar de tema. —¿Vas a comerte esas patatas fritas o vas a lanzármelas? Deberíamos irnos, tenemos una gran noche por delante.

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Capitulo 19

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:46 am

Después de regresar al hotel Venecia, Camila y Lauren se fueron por caminos separados, hacia sus respectivas habitaciones, para prepararse para la noche. Ella había pasado una tarde maravillosa con la ojiverde, pero dado que hacía unos cien grados en el exterior, definitivamente necesitaba una ducha antes de que salieran en busca de un nuevo talento.
Desde luego, cuando recorrió su cuerpo con la pastilla de jabón y dejó que el agua caliente cayera sobre ella, se acordó de cuan húmeda y enjabonada había estado con Laur la noche anterior. Se acordó de que aquel había sido el mejor y el más poderoso sexo de toda su vida.
Y pensó en el rato tan divertido que había pasado con ella aquel día y cómo, en algún momento durante el paseo, le había ocurrido algo más sorprendente aún: la nueva Camila había parecido desaparecer. Pensó que había sido como una combinación entre la nueva y la vieja Camila, y que aquella igualdad solo la hacía pensar que se había comportado como la auténtica Camila. Porque nada de lo que había dicho ni hecho con Laur había sido fingido. Había dejado de ser todo calculado, planeado, practicado; de alguna manera, acababa de empezar a sentirse ella misma cuando estaba con Jauregui, una persona que a veces era estúpida, otras sensual, y todo lo que quedaba entre las dos cosas.
No podía evitar pensar en que Lauren había descubierto aquella nueva y auténtica Camila. Y que en los pocos días que habían pasado, nunca se había dado cuenta, nunca se había sentido tan... completamente consciente de quién era, como lo hacía ahora repentinamente.
«Deja de pensar de esa manera», se regañó a sí misma, mientras se ponía una camiseta de lentejuelas sin mangas y una minifalda. Porque pensar de aquella manera solo la hacía sentirse conectada a Laur. No solo físicamente, sino también emocionalmente. Y allí no había sitio para ninguna emoción, ¿o sí lo había?
«Mierda. Déjalo ya».
Estaba de pie delante del tocador, maquillándose, y fue entonces cuando decidió que debía seguir unas cuantas reglas durante el resto de la semana:
1. Aprende tu trabajo nuevo.
2. Concéntrate en los aspectos físicos de la relación.
3. Evita cualquier otra emoción que suponga un romance o compromiso.
4. Haz a un lado cualquier pensamiento que te recuerde cómo estás engañándole.
5. Y fóllatela a la primera oportunidad que se te presente.17
Decidió concentrarse especialmente en el número cinco, y dado que la noche estaba empezando y las luces de la Ciudad del Pecado empezaban a brillar ya en el anochecer que se exhibía en las ventanas de su pared, supuso que no tendría que esperar mucho tiempo para hacerlo.

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Capitulo 20

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:47 am

Decidieron regresar al Mon Ami Gabi para cenar, y durante toda la comida, Camila intentó no dejar que Laur la afectara lo más mínimo. Intentó ignorar la manera en la que sus ojos brillaban cuando le sonreía, intentó no sentir la manera en la que Jauregui se comportaba cada vez más sincera y juguetona con ella a medida que pasaban los días.
Por supuesto, bajo su falda, su vulva se humedecía con el deseo, así que la parte física de su tarea cumplía perfectamente con los objetivos. Pero joder, Laur simplemente seguía haciéndola sentir tan... tan niña, casi incluso romántica. Por lo que le pareció casi imposible seguir con algunas de sus reglas.
«El corazón no atiende a razones». Su madre solía decirle aquello. No era la primera vez en la vida que se sentía atraída por alguien que no debía, empezando con el novio de su amiga Lara en el instituto. Fue entonces cuando su madre le dijo aquello, y ahora sus palabras resonaban en su mente.2
La verdad era que ella sabía lo que sentía su corazón.
Pero aquello seguía sin significar que pudiera hacerle caso. De la misma forma que no pudo tener al novio de su amiga Lara, nunca había estado con él, ni siquiera lo había intentando, y Lara nunca se había enterado de lo que ella sentía. Había hecho lo correcto entonces, y nadie había salido herido. Solo esperaba que pudiera ser tan inteligente en aquella ocasión y poder mantener el control de la situación.
—La cena ha sido rápida —dijo Lauren, y echó un vistazo al reloj después de dejar la tarjeta de crédito en la pequeña carpeta de cuero que acababa de traer la camarera. —Es demasiado temprano para ir a las discotecas, tenemos más o menos una hora por delante.
—Se me ocurre una buena manera de aprovechar una hora —le contestó ella, en un gesto coqueto, incapaz de resistirse y pasear el zapato por su pierna, debajo de la mesa.
Como solían hacer, sus preciosos ojos verdes brillaron mientras Laur ladeaba la cabeza y le concedía una pequeña y traviesa sonrisa.
—Es una pena que te guste tanto hacerlo en privado, porque no tenemos mucho tiempo de regresar al hotel. Tendremos que hacer algo que sea más aburrido.
Después de esbozar una sonrisa guasona, echó un vistazo a su alrededor —a los coches y limusinas que se precipitaban arriba y abajo por el Strip, a las fuentes del Bellagio que atravesaban la avenida, a la noche de Las Vegas que empezaba ya a alimentar su excitación— y sus ojos recayeron en la Torre Eiffel que estaba a un tiro de piedra de ellas.
—Vayamos a la parte de arriba —dijo ella, señalando.
—Nunca he ido hasta allí.
—Oooh, así que por fin seré yo la que tenga que enseñarte algo a ti.
Diez minutos más tarde, Lauren había comprado los pases y estaban subiendo en el ascensor con una pareja mayor y una joven familia, hacia los ciento cuarenta metros de la cima, según decía la guía, donde además también podían divisarse algunos edificios muy conocidos como el Caesars Palace y el Mirage, visibles desde la ventana del ascensor.
Unos minutos después, estaban en la plataforma de observación, y el aire de la cálida noche golpeaba a Camila como una piedra, pero de alguna manera le pareció más estimulante que opresivo, lo que, combinado con la vista, le recordaba que probablemente había vivido más en los pasados días que en toda su vida.
—Vaya —dijo ella, acercándose a la barandilla. Como muchas estructuras con aquella altura, la plataforma estaba rodeada de pequeños barrotes de acero cruzado, una especie de red para evitar que nadie cayera hacia abajo, pero como era de esperar, había una pequeña abertura que permitía a los visitantes tener una clara vista. Además de los hoteles y los casinos que recorrían Las Vegas Boulevard, la vista panorámica que ofrecía la torre incluía una mirada al desértico valle, y hacia el oeste se atisbaban los restos de puesta de sol que brillaba tras una silueta de montañas.
Lauren caminó hacia ella.
—La vista no es ni de cerca tan buena como la que se tiene desde la verdadera Torre Eiffel en París, pero tengo que admitir que no está nada mal.
Ella se dio la vuelta para mirarla.
—¿Has estado en París?
Laur asintió con rapidez.
—Unas pocas veces.
¿En qué estaba pensando ella? Por supuesto que había estado en París. Era la alucinante Lauren Jauregui, después de todo. Por momentos, se olvidaba de aquello, finalmente había logrado no pensar en que estaba con una estrella como había pasado al principio. Pero entonces, en otros momentos, aquello venía a ella con una asombrosa claridad.
—¿Por qué pareces tan triste de repente? —le preguntó Laur.
Se sintió como una completa cría, pero le contestó con sinceridad.
—Envidia, supongo. Siempre he soñado con ir a París. Aparte de unos cuantos viajes a la playa en el instituto y después, de haberme mudado a Los Ángeles, apenas he estado en ningún sitio. Supongo que ver hoy el hotel y ahora esto (incluso aunque solo sea una reproducción, un tipo de parque de atracciones) ha hecho que vuelva a desear ir allí.
Lauren le cubrió la mano con la suya.
—Irás allí.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Vas a lugares nuevos ahora mismo, Camila, figurativa y literalmente. Hay un mundo completamente nuevo que se abre para ti. Podrás ir adonde quieras ir.
Lauren habló con tanta confianza que ella sintió cómo se renovaba la suya propia. Haber reflexionado antes —aunque solo hubiera sido un momento— acerca de su engaño, había empezado a sembrar dudas de si estaba haciendo lo correcto, solo un poco. Ahora que la conocía. Ahora que le gustaba tanto. Y la verdad era que verla caminar con tanta seguridad hacia los camareros y encargados de las discotecas para hablar de música y negocios la hacía sentir un poco... intimidada. Como si no importara el buen oído que tuviera ella para la música, nunca sería capaz de hacer bien ciertas partes de aquel trabajo, o al menos no con comodidad. Pero ahora, con Lauren recordándole las recompensas de gran alcance que daban aquel puesto —viaje, lujo— sintió una energía renovada y bastante determinación.
—Supongo que también has estado en Venecia —le preguntó ella, mirándola de reojo.
Laur asintió. —Solo una vez.
—Solo una vez —repitió ella, excesivamente contenta cuando LJ soltó una carcajada, mientras la rodeaba con uno de sus cálidos brazos. —Supongo que también habrás ido en góndola.
Laur se encogió de hombros.
—No hay otro modo real de apreciar la vista del lugar.
Ella puso los ojos en blanco y la besó, lo que acabó completamente con su sensación de envidia y reavivó la lujuria que había estado sintiendo en la cena.
—¿Me perdonas? —le preguntó Laur con suavidad, e inclinó la frente hasta tocar la suya.8
—¿Por?
—Por haber ido a todos esos lugares a los que tú deseas ir.1
Ella decidió jugar y flirtear un poco.
—Puede que otro beso pueda ayudar.6
Aunque esta vez, el beso no fue corto ni rápido, su cálida boca presionó con firmeza contra la suya, y su lengua serpenteó húmedamente entre sus labios. Cuando ella la recibió con su propia lengua, sintió cómo se le humedecían las braguitas y, le gustara o no, el romance del momento, la noche, la cálida brisa, se apoderaron de ella, y no pudo hacer otra cosa que rendirse ante aquella sensación.
Fue entonces cuando Laur se puso detrás de ella, la abrazó y le rodeó la cintura con sus brazos, por lo que su cuerpo presionaba contra su espalda, su trasero y sus muslos. Tener relaciones sexuales con Lauren Jauregui era una experiencia que estaba más allá de sus sueños más salvajes, pero aquello —sentirse abrazada por ella en la oscuridad, observando Las Vegas Strip, sintiéndose como si las dos fueran el centro del universo y al mismo tiempo felizmente solas—, aquello era innegablemente mágico por sí solo.
—Esto es bonito —le susurró sobre el hombro.
—Tú sí que eres rematadamente bonita —ella sintió cálida su respiración en el oído.
Después, Laur levantó una de sus manos para acariciarle la parte de abajo del pecho, mientras su otra palma se deslizaba hacia abajo por su vientre, y descansaba sobre su estómago plano, justo por encima de su vulva, y «bonito» ya no era la palabra adecuada para describir lo que estaba pasando. Se mordió el labio, y echó la cabeza hacia atrás contra Laur.
Fue entonces cuando la mano que había descansado en su estómago se deslizó más y más abajo, y la cubrió a través de la falda, y su vulva palpitó literalmente ante aquella caricia posesiva.
—Lauren —susurró ella.
—¿Sí? —su voz se había vuelto de un tono misterioso y sexy.
—¿Qué estás haciendo?
—Acariciarte.
—Pero... —estaban situados en la esquina de la barandilla de la torre, y ella miró hacia el otro lado. No había nadie observándolas, y había unas cuantas personas en la cima de la torre, por lo que a pesar de la sensación de soledad, no estaban solas. —Hay gente aquí.
—No pueden ver dónde tengo las manos —le aseguró la ojiverde, en una voz baja y persuasiva. —Nadie está prestándonos atención.
—Bueno, puede que nos presten atención si empiezo a moverme contra tu mano —también había bajado el tono de voz, casi en gemidos por la pasión que la invadía. Lauren le cubrió ahora los pechos completamente, y se apretujo más contra su trasero. Ella deseaba empujar el cuerpo contra sus dedos.
Podía sentir más que ver la expresión acalorada que se dibujaba en su cara bajo aquel manto de oscuridad.
—Eso es lo que quiero, Camila. Quiero que te folles mi mano.6
Dios, ¿estaba hablando en serio?
—¿Justo aquí? ¿Con toda la gente?
—Mmmhmm.
Ella no declaró lo que era obvio. Que le gustaba hacerlo en privado. Sabía que ambas estaban pensando en ello. Y aquello era Lauren, que la incitaba a dar un paso más allá de la zona segura, un poco más allá de lo que ya había ido. Era Laur incitándola a aprovecharse de aquella posibilidad, la posibilidad de que alguien los pillara.
Ella había escuchado que ese tipo de cosas podía excitar a la gente, el miedo de que te pillaran haciendo algo malo, pero a ella no la excitaba precisamente. Es más, la hacía sentirse nerviosa. Volvía a hacerle pensar en el pecado de una manera completamente nueva. Había sido una buena chica durante toda su vida, no había hecho nada que fuera demasiado salvaje, que se saliera tanto de lo común, y la idea de que alguien los pillara pasándoselo en grande, incluso aunque fueran extraños, la mortificaba.
Pero sentir la pelvis de Loren contra su trasero y la hacía sentir demasiado bien como para ignorarla. Y ahora Laur tenía la mano bajo su falda, y le acariciaba las braguitas, y le frotaba el clítoris justo de la manera precisa que a ella le hacía recordar que Laur era una experta en las caricias. El placer resonó en su interior, pero al mismo tiempo, algo más atrayente, una necesidad abrumadora de agitarse sobre sus dedos, de echar el trasero hacia atrás y presionarle la pelvis.
Volvió a mirar a su derecha, y a su izquierda. Vio a gente en la sombra, pero no estaban cerca de ellas. Y estaba muy oscuro, e iba oscureciendo cada vez más mientras el último resplandor de luz al oeste del cielo se desvanecía hasta adoptar un tono púrpura fuerte y luego negro.
Y cuando Lauren retiró a un lado el trozo de seda que le cubría la vulva y hundió los dedos en sus húmedos pliegues, su lujuria pudo más que su miedo. Se dejó llevar y empezó a dar vueltas contra su caricia.
Oh, cielos, sí. Sí. El alivio la inundaba incluso con aquella simple respuesta, recibir sus cálidos dedos desde delante, y su pelvis desde detrás. Y desde arriba, Laur le pellizcaba suave y rítmicamente el pezón, a través de la camiseta y el sujetador con cada cálido giro.
—Eso es, nena —le susurró al oído. —Fóllate mis dedos. Fóllate mis dedos con esa vulva dulce y cálida que tienes.
Las palabras llegaron a ella como un ronroneo, y suplicó que ella tuviera razón, que nadie se iba a dar cuenta de nada, que a nadie le iba a importar, porque ahora estaba demasiado metida en ello como para detenerse, moviéndose contra su mano, sintiendo lo mojada que estaba por Laur y sabiendo que Lau también asentía.
Se mordió el labio e hizo lo que Laur le había pedido, incluso con más vigor aún, deseando sentir todo lo que pudiera sentir, deseando empaparse de Lauren, y de la noche, y de toda la Ciudad del Pecado. Echó la cabeza hacia atrás, la descansó sobre su hombro, y arqueó los pechos más hacia su mano, deleitándose con todo el placer que Lauren le daba. Lo único que impedía el lugar en el que se encontraban era dejar escapar los gemidos y el «¡ Sí, sí, sí!» que deseaba gritar cuando la golpeó el orgasmo.
Se dejó invadir por las deliciosas olas de calor, su respiración se volvió más intensa, el brazo de Lauren la sujetaba para evitar que se cayera al suelo, y solo cuando se apagó el placer, se acordó otra vez de que estaban en lo alto de la Torre Eiffel de Las Vegas, ¡rodeados de gente!
Dejó escapar el último de los desiguales jadeos, y descansando el cuerpo sobre Laur, le dijo:
—Por favor, dime que no hay nadie que esté observándonos.
Ella sintió que Lauren giraba la cabeza para comprobarlo.
—No, estamos bien. Y tú estás condenadamente hermosa.
Le dio un beso en la parte de arriba de la cabeza, y el indulto de saber que nadie las había visto la hizo darse la vuelta para recibir su abrazo, para rodearle el cuello con los brazos y para besarla apasionadamente.
—Mmm, tus manos —suspiró ella, todavía le costaba respirar con normalidad.
—¿Qué les pasa? —le preguntó.
Ella sonrió con una mirada acusadora.
—Ya lo sabes. Sé que lo sabes. Son... increíbles.
Laur se encogió de hombros.
—De acuerdo, quizás, haya escuchado eso antes. - Ella bajó la barbilla y le dedicó su mirada más sexy.
—Bueno, ahora lo estás escuchando otra vez y... voy a recompensarte.
Lauren enarcó una de sus cejas, parecía casi como si estuviera desafiándola.
—¿Cómo?
Camila apenas podía entender lo que acababa de poseerla. Pero el hecho era que se las había arreglado para alcanzar el éxtasis sin que nadie se diera cuenta, y la noche parecía volverse incluso más oscura, y el ascensor acababa de bajar, llevándose a algunas personas. A pesar de la tranquilidad que las rodeaba, no parecían sentirse tranquilos, y todo aquello la hacía sentir más atrevida de lo que se había sentido en la vida.
Estaban completamente solas, podía escuchar el suave eco de las voces de dos personas que venían del otro lado de la torre. Pero decidió que estaban lo suficientemente solas. Y como había sentido antes con Lauren, se encontró a sí misma deseando ser salvaje para ella, atrevida para ella, deseó ser lo que ella quisiera que fuera, aquella chica tan, tan sucia que había despertado en ella.
El ascensor subió hasta detenerse al otro lado de la torre y ella deseó que las personas que quedaban se fueran, y que todavía faltara un rato para que el ascensor subiera de nuevo.
La empujó contra una de las paredes internas de la torre y después, cayó de rodillas.
Cuando acerco sus manos por los muslos de Laur, agradeciendo que ella llevaba un lindo vestido rojo, Lauren gimió:
—Oh, Dios mío.
El estremecimiento de su voz fue todo el incentivo que ella necesitó subir mas sus manos hasta llegar a su entre pierna. Mmm, sí, no había sentido nunca nada mejor en su mano. Después, le bajo sus braguitas color blanco de algodón hasta sus rodillas. Vaya, parecía tener un buen ángulo desde esa posición, de repente, la hizo sentir querer más.
Nunca había estado tan cerca de su vagina, y a pesar de la oscuridad que las rodeaba, pudo ver lo rosada y preparada que estaba para ella. Como por un impulso, se inclinó para besar los labios mayores. Un gemido tembloroso se le escapó de la boca, y, oh, Dios, estaba tan húmeda... y aun así la sentía increíblemente sedosa contra sus labios.
Pero no tenía tiempo para deleitarse observándola, así que comenzó a lamer sus jugos y sintiendo como se llenaba de su sexo la éxito aun más.10
Arriba, Lauren dejó escapar un tembloroso suspiro que le dijo que estaba haciendo todo lo que podía para quedarse quieta mientras ella se ajustaba a la plenitud, y luego, empezó a mover la lengua arriba y abajo. Nunca le había provocado mucho la idea de hacerle una lamida a una mujer, siempre había considerado de alguna manera que aquello era un deber, una obligación, cuando había estado en una relación con alguien, y a veces le resultaba como una intrusión de la que no disfrutaba particularmente.
Pero de alguna manera, después de que Lauren le hubiera hecho alcanzar el orgasmo, necesitaba aquello, necesitaba saborearla con su boca de la manera que fuese, justo en aquel lugar, justo en aquel instante. Se moría por darle placer, mucho placer.4
Aceptando tanto como podía de su majestuosa feminidad, se deleitó con cada movimiento, con cada sensación que aquello le producía. Levantó la cabeza para mirarla y esperó que Laur pudiera verla lo suficientemente bien en aquella penumbra; incluso aunque ella tuviera un aspecto obsceno en aquel momento, quería hacerlo, por ella. Después de varias lamidas, Camila quería recompensarla aun mas y metió dos dedos dentro mientras seguía comiéndole la entre pierna, observo su clítoris y lo chupo lentamente para luego ir mas profundo y mordisquearlo. —Oh, sii Cam, Jo... der oooh, sigue así lo ha... ces bien. —dijo la ojierde entre cortada.
Y sí, la pasada noche en la bañera había sido maravillosa: un placer expansivo y lento, sin presiones ni preocupaciones, le había dicho que le gustaba hacerlo en privado y se lo había dicho en serio. Pero estaba claro que Laur le había despertado aquel tipo nuevo y prohibido de emoción, aquel cálido entusiasmo de tener relaciones sexuales fuera de una habitación, fuera de cualquier tipo de habitación en aquel momento. Deseaba más hacer aquello en aquel momento que existir. No le importaba si alguien las pillaba, si alguien las observaba.
Deseaba lo que deseaba, y no importaba nada más.
El corazón no atiende a razones, pero lo mismo podía aplicarse a su cuerpo; y en aquel momento su cuerpo quería lamerle el coño a Laur, follarla de una manera intensa, profunda y minuciosa, hasta que alcanzara el éxtasis.
Fue entonces cuando escuchó cómo se abrían las puertas del ascensor, al otro lado de la torre. Y después ligeras carcajadas, voces, de más gente.
Ella la succionó, sintió su empuje, y silenciosamente deseó: «córrete, córrete».
Por los desiguales suspiros que emitía, Camila pudo sentir que estaba muy cerca y empujaba con más fuerza sus dedos, pero ella también pudo sentir que los nuevos visitantes se estaban abriendo camino hacia ellas.
Así que saco sus manos de su hambrienta vagina, le acomodo sus braguitas, se levantó y la abrazo pasando sus brazos por su cuello con todas sus fuerzas—Si alguien viene —le jadeó, con la boca dilatada, cerca de la suya—, podemos quedarnos quietas. Pero así parecerá que solo estamos besándonos, no follando como hace rato.
Laur simplemente asintió, pero le brillaban los ojos con lujuria mientras empezaba a mojarse mucho más.
—Cielos, como nos han interrumpido —le murmuró contra sus labios. Justo cuando una joven pareja cogida de la mano apareció por el rincón más cercano.
Camila y Lauren se quedaron instintivamente quietas.
—Oh, Dios —susurró ella, con la cara todavía cerca de la de Laur.
Laur no dijo nada, solo le cubrió la boca con la suya y la besó con intensidad.
Había pensado que la noche anterior había sido algo íntimo. Joder, pensaba que todo lo que habían hecho juntas era algo íntimo. Pero nada comparado con aquello, mirar a sus ojos en la oscuridad. —Nunca dejas de asombrarme —le dijo la ojiverde con suavidad.
—Supongo que simplemente tú... me has inspirado.
Lauren la besó de nuevo, y ella se recordó a sí misma que se suponía que no debía estar sintiendo nada emocional en todo aquello, así que se obligó a cambiar a un tema más práctico.
—Me temo que... tenemos un problema. Ah, eh... un problema de humedad.
Lauren, sin embargo, no parecía preocupada lo más mínimo.
—No es un problema —la corrigió Laur.
Ella arrugó la nariz.
— ¿Y por qué piensas eso?
Su voz bajó incluso más de tono.
—Cuando esos dos se vayan, voy a tocar mis jugos, que gracias a ti estoy bien mojada. Después, voy a frotarlos en tu vulva y tus muslos y tú vas a sentirte un poco pegajosa durante toda la noche, lo que va a hacer que te sientas excitada y preparada para follarme otra vez más tarde.1
—Oh —sintió cómo se quedaba sin respiración. Y sintió cómo estaba convirtiéndose en una chica sucia porque su plan le sonaba descaradamente bien. —Oh, Dios.
Cuando finalmente la pareja desapareció de su vista, Lauren le dio rápidamente la vuelta, para que ella pudiera echarse hacia atrás contra la pared, y Laur se arrodilló ante ella.
Como le había prometido, utilizó las manos para extender sus jugos por toda su piel, y masajeó la humedad por la parte interior de sus muslos, y sobre la piel y los rizos de su vulva que ya estaban empapados. A pesar del orgasmo que acababa de experimentar, le parecía imposible que sus caricias provocaran sus suspiros de placer mientras empujaba suavemente su pelvis contra la palma de su mano, escalofríos de nuevo deseo recorrían su cuerpo.4
Concluyó aquella tarea al darle un suave beso en el clítoris, y aquello hizo que ella soltara un cálido jadeo de su boca.
Y cuando volvió a poner en su sitio la tela de su falda y se levantó para darle un beso en la boca, Mila ya no estaba segura de si lo que saboreaba era su vulva o sus jugos mezclados, o simplemente el sexo —un sexo caliente y loco—, pero ni siquiera le importaba. Todo la hacía sentirse bien, sabía bien, la mezcla de ellas dos.
—Por cierto —le susurró la ojiverde. —Puede que quizás quieras deshacerte de las bragas, están hechas un desastre.
Dios, se había olvidado que también estaba excitada por envestir a Laur. —Pero yo no soy la única que necesita deshacerme de ellas. —Le dijo con una sonrisa picara pero luego se le vino algo a la mente.
Le puso las manos en los hombros y empujó hacia abajo.
— ¿Y si me las quitas tú?- Le dijo Cami dado que nadie más se había aventurado a acercarse a aquel lado de la torre, se sentía más atrevida ahora de lo que pensaba que era saludable sentirse.
Pero Lauren no dudó ni un momento, se dejó caer sobre las rodillas y subió la mano suavemente bajo a su minifalda para atrapar el elástico que había a ambos lados de sus caderas. Lenta y sensualmente, le bajó las bragas hasta los tobillos. Levantó un zapato para que se las quitara, después el otro, lo observó hasta que se las quitó completamente, y se sintió más excitada aún cuando la cálida brisa de la noche sopló sobre su vulva, haciéndola sentir sofocada y preparada para más diversión.
Cuando Laur volvió a ponerse de pie, ella le puso las palmas de las manos sus caderas y habló en un tono de voz bajo y jadeante.
—Ahora es mi turno. —se dejo caer bajo sus rodillas como lo hizo la ojiverde y subió su mano bajo el vestido de Laur, oh por dios, como no se dio cuenta de su hilo blanco, debió haber sido su excitación que la había cegado por completo, luego se los quitó con dulzura.
—No puedo creerme que vaya a andar por ahí toda la noche con una falda tan corta, sin llevar ropa interior y con los muslos pegajosos.
Su traviesa sonrisa despertaba incluso más lascivia en su alma.
—Es tu segundo paseo sin bragas, y es mi primer paseo sin ellas, esta vez incluso empiezas así la noche. Me estoy corriendo de solo pensarlo.
Su mirada recayó en el tanga rojo que llevaba colgando de las yemas de los dedos.
—¿Qué vamos a hacer con esto? ¿Te costó caro?
—En realidad, sí —Dinah había insistido en que lo comprara en su tienda de lencería favorita, que era bastante cara.
—Bueno, entonces, yo te compraré uno nuevo, y de paso me compro uno a mí porque creo que será mejor que nos deshagamos de estos.
En realidad, parecían completamente destrozados. Pero...
—¿Vamos a dejarlos aquí arriba?
—Claro —dijo Laur, y ella solo pudo describir la expresión de su cara como una versión tranquila pero malvada. —Piensa en cómo excitará a la gente cuando se den cuenta de que un par de chicas han follado aquí arriba. Joder, quizás inspire a alguien más para que lo haga también —solo entonces recorrió con la mirada la barandilla que había tras ellas. —O mejor, podemos...
Le cogió la mano a Camila y la llevó hacia el borde de la Torre Eiffel donde había un pequeño agujero en la red de acero y entonces, sin dudarlo ni un segundo, dejó caer los pedazos de tela roja y blanca, que se fueron volando hacia abajo sobre Las Vegas Boulevard.41
Asombrada, Camila gimió y le dio una palmada en el brazo.
—¡Qué mala eres!
A lo que Laur respondió tirando de su cuerpo hacia sus brazos, e inclinando la frente hacia la de ella.+
—Quizás seas tú quien me haya inspirado a serlo.

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Capitulo 21

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:48 am

La noche transcurrió de la misma manera que las otras noches que había pasado con Lauren aquella semana: una mezcla inexorable de trabajo y juego, música y sexo. Se dirigieron en taxi al primero de los bares aislados que había en la lista de Lauren para aquella velada. Pero, una vez en el bar, incluso mientras discutían acerca del primer grupo, Playground Bully, Lauren deslizó la mano hacia arriba, bajo la mesa en la que estaban sentadas y se inclinó hacia delante para susurrarle al oído:
— ¿Estás mojada?
Su corazón latió con más fuerza ante aquella pregunta.
—Muy mojada —le dijo. Y era verdad. Incluso aunque siguiera concentrándose en la banda de rock, era consciente de aquella pegajosidad que tenía entre las piernas, justo como Laur le había dicho que iba a sentirse. Se sentía preparada para la acción, sentía los pechos pesados y sensibles bajo el sujetador, y escalofríos en la vulva.
—Bien —dijo Laur con una sonrisa dominante que a ella le hizo saber que le pertenecía, al menos durante aquella noche, durante aquella semana; y aunque nunca antes le había gustado la idea, la de ser la posesión de una mujer, con Lauren era solo un matiz sexual más que añadir al resto.
—¿Y tú? —le preguntó entonces; deseaba tomar parte en aquel juego atrevido y guasón.
Laur le concedió una mirada traviesa.
—Compruébalo tú misma.
Ella aspiró con fuerza. La sala estaba oscura, y estaban sentadas alrededor de una pequeña mesa redonda, una al lado de la otra, por lo que acariciarle sin ser vistas no sería algo difícil.
Se mordió el labio, tendió la mano, y deslizó la palma directamente sobre el muslo de la ojiverde. Subió a su entre pierna, presionó hacia abajo, y el placer de aquella caricia se extendió a lo largo de su cuerpo, y le oprimió el pecho con deseo y seguramente la hizo humedecerse más donde se suponía que tenían que estar sus braguitas.
— ¿Cómo puedes soportarlo? —le susurró ella. Se refería al hecho de que estuviera tan empalmada. Y además todavía era muy temprano.2
Su respuesta vino acompañada de una sexy sonrisa.
—Es el precio de mezclar el trabajo con la diversión.
—Te las arreglas mejor que nadie al que haya conocido.
Sus ojos verdes brillaron con pura lascivia.
—Tú lo has dicho. Supongo que eso significa que una cosa es tan importante para mí como la otra.
Le costó mucho no lanzarse hacia Laur y olvidarse completamente de los Playground Bully, pero justo entonces llegó la camarera, llevando dos bebidas frías. Vino para ella, Lauren iba a tomar ron con cola aquella noche.
Así que bebieron y flirtearon incluso mientras hablaban de negocios, y al final, llegaron a la conclusión de que Playground Bully no tenían un sonido lo suficientemente único como para aprovecharlo y dar el siguiente paso.
El bar al que fueron después era un poco más selecto, lo que no desentonaba mucho con el Strip, con un patio exterior en el que había una joven mujer que tocaba la guitarra y cantaba. Mientras se quedaban allí observándola, hubo una camarera que reconoció a Lauren y le preguntó si podía echarse una foto con ella con la cámara de su teléfono móvil. Camila pensó que parecía avergonzada —y fue como acordarse exactamente de por qué su cara se estaba haciendo famosa fuera de Los Ángeles, debido a la mala prensa y las hirientes acusaciones— pero Jauregui estuvo de acuerdo, por lo que después la gente empezó a mirarlas; era obvio que estaban intentando adivinar quién era Laur, y Camila se sintió una vez más como la novia de una famosa.
—¿Qué te parece? —le preguntó acerca de la cantante.
Ella reflexionó un momento y le dijo:
—Me gusta. Es como... una Lorde de otra época.
A su lado, Lauren parecía impresionada, entonces le dijo:
—Es una buena comparación. Pero quizás sea ese el problema, la otra época. Incluso cuando canta canciones más actuales, hay un tono demasiado nostálgico en su voz. Nada en ella dice ahora o innovación.
Su respuesta sorprendió a Camila, ya que hasta aquel momento, habían estado completamente de acuerdo en cada cosa que habían escuchado juntas.
—Pero es muy buena, Lauren. ¿No te parece?
En lugar de responder a su pregunta, le dijo:
— ¿Quién es su público? ¿A qué tipo de gente la venderías?
La multitud que había alrededor de ellas estaba formada estrictamente por adultos maduros con un aspecto más formal y distinguido, que iban desde los treinta hacia delante; en realidad Camila se sentía un poco joven entre ellas llevando aquella minifalda.
—La misma gente que escucha a Michael Bublé y a Jason Mraz —dijo ella.
Lauren negó lentamente con la cabeza.
—Bublé y Mraz dicen ahora e innovación. Dan un giro fresco a su música, lo que la hace actual, incluso aunque no haya mucho sonido de pop moderno. No creo que esa chica esté a su altura.
Camila no pudo evitar sentirse algo decepcionada, como si quizás no tuviese realmente buen ojo para ver las personas que podían vender.
Vio que Lauren tenía una expresión ligeramente refunfuñona.
—No parezcas tan deprimida. La música es subjetiva. Incluso la gente del negocio no está siempre de acuerdo en todo.
Ella escuchó cómo la honestidad hacía acto de presencia antes de que ni siquiera pudiera pensarlo.
—Hasta ahora, he sentido que realmente estoy pillándolo todo. Pero si tú no estuvieras aquí, si solo estuviera yo, probablemente me acercaría a esa chica y le diría que estoy muy interesada. Y si tú tuvieras razón, si no tiene lo que hay que tener, entonces significaría que estoy cometiendo un grave error.
Lauren ladeó la cabeza.
—Todo el mundo toma una decisión errónea en algún momento. No sería el fin del mundo, ni siquiera el fin de tu trabajo.
—¿Has cometido tú alguna vez un error así?
—Claire Starr —le recordó con sinceridad. —Un error por muchas razones. Resultó ser alguien exigente e irracional con la que trabajar, pero aun así yo lo eché a perder todo. Y ahora estoy pagando por ello.
«Más de lo que te piensas». Camila no pudo evitar pensar en aquello.3
Antes de que abandonaran el bar, Lauren se presentó y también presentó a Camila a la cantante, y le dijo que si deseaba enviarle algo más movido y actual, estaría encantada de escucharlo.
La chica, que no tenía ni idea de que había estado siendo estudiada por las de Blue Night, pareció agradecida, incluso un poco avergonzada ante la crítica silenciosa de Lauren. Y cuando se fueron, Laur le explicó a Camila que cuando alguien demostraba ser una promesa, prefería arriesgarse a herir sus sentimientos que a no darle algún tipo de guía que pudiera ayudarlos a tener éxito.
—Y por mucho que te guste, estoy deseando darle la oportunidad de que me enseñe algo más.
Pero cuando subieron al taxi y se dirigieron hacia el siguiente destino, Camila no estaba muy segura de poder hacer aquello, acercarse sin más a alguien y, efectivamente, decirle que lo que estaban haciendo no era lo suficientemente bueno, incluso aunque ellas no hubieran pedido nunca que ninguna discográfica los solicitara.
Había ciertas partes confusas que le hacían dudar, dudar acerca de cómo podría llevar a cabo exactamente las partes de su trabajo como las de estar cara a cara con los artistas, las partes que no implicaban solamente dar buenas noticias. Camila decidió hacer lo que se le había estado dando tan bien durante aquella semana. Dejó a un lado sus dudas y se concentró en las partes buenas de la noche: caminar del brazo de Lauren, saber que más tarde estaría en su cama.
Su última parada de la noche fue en uno de los hoteles más antiguos del extremo norte del Strip, en un salón bar donde un cantante cantaba canciones pop al piano. Después de unos quince minutos, Lauren se inclinó sobre Camila y le dijo:
—Por favor, dime que no estás considerando a este tío.
Afortunadamente, podía hacerlo.
—Tiene una voz lo suficientemente buena, pero... no. No estoy segura de cuál es la razón. ¿Porque está poniendo demasiado interés? ¿Porque su presencia en el escenario es demasiado violenta? Hay algo en ella que me hace sentir como... algo que ya he visto.
Al ver que Lauren asentía, sintió que su confianza se restauraba.
—Sí, por todo eso. Es un imitador barato de Justin Bieber. Y no se puede imitar a Justin. Tienes razón, este chico tiene una voz decente, pero es el vivo ejemplo del artista de sala de Las Vegas, y estará encerrado en lugares como este durante toda la vida.2
—Eso... es algo triste —no pudo evitar decírselo.
—El negocio es así. —le dijo Laur, después le levantó la barbilla con uno de sus dedos. —Pero tú eres condenadamente dulce, ¿lo sabes?5
Sus ojos estaban brillándole otra vez, derritiéndola como de costumbre, y ella se sorprendió al saber que LJ la encontraba dulce, después de todas las cosas que había hecho con Laur y cómo de sucia se había comportado. Le llegaba directamente al corazón, porque incluso si ella no se hubiera convertido completamente en una nueva Camila, quizás eso significaba que la vieja Camila no se había desvanecido, y que quizás Lauren estuviera puliendo la parte que quedaba de ella. La parte que era sensible, la parte que se preocupaba acerca de herir los sentimientos de los demás, la parte que... odiaba tanto las mentiras.
Aun así, cuando salieron a la noche iluminada por las luces de neón de Las Vegas, recomenzaba un nuevo tipo de pecado.
—Dime algo —le dijo Lauren cuando le abrió la puerta del taxi.
Ella recibió su mirada bajo las brillantes luces. —¿Qué?
—¿Todavía tienes los muslos pegajosos?3
Una nueva ola de lujuria la inundó mientras su cuerpo respondía a la pregunta.
—Mucho. Y espero que pronto hagas que estén incluso aún más pegajosos

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Capitulo 22

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:51 am

Cuando salieron del taxi hacia las puertas principales del hotel Venecia —los numerosos carriles estaban abarrotados de coches, de gente que iba y venía, el mundo entero parecía concentrarse en aquel oasis del desierto— lo único en lo que Camila pudo pensar fue en meterse dentro y volver a los brazos de Lauren.
Así que se sorprendió mucho cuando Jauregui la cogió de la mano y la llevó lejos de la lujosa entrada, lejos de la multitud, y se dirigieron a una ondulada acera.
—Eh, ¿dónde vamos?
Laur le concedió una sonrisa misteriosa.
—Es una sorpresa.
Ella parpadeó.
—¿Qué tipo de sorpresa?
—Ya lo verás. Solo camina conmigo.
Sin pensárselo dos veces, Camila pasó el brazo por el de Lauren y ella subió la mano que le quedaba libre para cubrirle la suya. Y mientras paseaban por el camino hasta alcanzar finalmente una enorme escalera blanca que recibía a los peatones que venían del Strip, Camila se sintió... cerca de Lauren. Románticamente cerca. Lo que ella sabía que era terrible, rozando lo trágico.
Pero el cuerpo de Lauren junto al suyo le daba una sensación tan cómoda y acogedora, y la noche parecía tan bonita, que no pudo hacer otra cosa que disfrutar de la situación. Y averiguar cuál era su sorpresa.
El ambiente que rodeaba la enorme plaza que había al final de las escaleras estaba en silencio, excepto por el eco de la música que venía de una discoteca que había encima. Las ventanas y columnas arqueadas y de aspecto gótico del hotel se levantaban majestuosamente alrededor de ellas, iluminadas desde dentro. Y al igual que en muchos momentos durante los últimos días, ella se sintió sorprendentemente sola con Lauren, a pesar de estar justo en el centro de la Ciudad del Pecado.
Todavía cogidas del brazo, Laur la llevó hacia el embarcadero de góndolas donde reinaba la más absoluta oscuridad y tranquilidad también, excepto por un gondolero que maniobraba una de las barcas grandes y decoradas de adornos.
—Pensé que quizás te gustaría dar un paseo en góndola —le dijo Lauren.2
Ella desvió la mirada de la concentración de estrechos botes hacia su cara. La idea era increíblemente tierna, pero...
—Creo que están cerrados esta noche.
Aun así, Lauren ladeó la cabeza, en un gesto de seguridad.
—Para casi todo el mundo.
Ella enarcó las cejas.
—¿Para casi todo el mundo?
—Hice una llamada temprano, cuando tú estabas en el aseo de señoritas.
—Y...
A Lauren le brillaban los ojos en la oscuridad.
—Me quedo mucho en este sitio y al parecer les gusto, a pesar de la mala publicidad que me dan. Aceptaron abrir el canal para un último paseo esta noche.
Justo entonces, el gondolero se dirigió a ellas.
—¿Señorita Jauregui?
—Sí, soy yo. Gracias por ser tan complaciente.
—Es un placer, señoritas —dijo el joven hombre, haciendo una leve inclinación de cabeza, mientras
Lauren llevaba a Camila hacia el bote donde estaba el gondolero, con un palo en la mano.
Ella se dio cuenta de que aquella góndola en particular era incluso más grande que las demás, resplandecía con los lujosos adornos dorados que enmarcaban los asientos negros de felpa. Con discreción, Lauren puso en el puño del gondolero lo que parecía un fajo considerable de billetes cuando Camila se acomodó en la tapicería de terciopelo.
—Pónganse cómodas y disfruten —les dijo el gondolero, y ella pudo distinguir el acento italiano cuando Laur empezó a entonar una elegante serenata operística que bloqueaba cualquier otro sonido, y al resto del mundo más allá del canal.
Lauren se sentó cerca de ella y, a medida que el barco se alejaba del embarcadero, ella se inclinó para susurrarle al oído.
—Esto es tan maravilloso, Lauren... gracias. Pero... no deberías haberte molestado tanto. Hubiera estado encantada con un paseo normal mañana, uno que apuesto que no te costaría un brazo y una pierna.
—Pero yo no hubiera estado encantada —le dijo Laur con intensidad.
—¿Por qué no?
—Porque a veces, me gusta hacer ciertas cosas en privado. Quería poder enrollarme contigo si me apetecía, y no creo que tú me dejaras hacerlo a plena luz del día.
Camila soltó una carcajada y le recordó:
—Acabo de hacerte una chupada en la cima de la alucinante Torre Eiffel.9
Sus ojos la miraban apasionadamente.
—Sí, está claro que lo has hecho. Pero durante el día, la gente se queda alrededor del canal para ver pasar a las góndolas. No creí que fuera una buena idea, a no ser que quieras que aparezcamos en la prensa sensacionalista, como portada del National Enquirer cerca del último bebé alienígena.
—Oh —dijo ella. —Bueno, supongo que esa es una preocupación válida. Pero solo para que quede claro, si empezaras a besarme mientras nos miran miles de personas, aun así no creo que fuera capaz de resistirme.
Lauren ladeó la cabeza, con una expresión especulativa en la cara.
—No puedo superarte. Eres la última chica con la que hubiera imaginado divertirme tanto.
—¿Y qué es exactamente lo que te hizo pensar que era tan correcta y remilgada al principio?
—Bueno, no te tomes mal lo que voy a decir, pero llevo viéndote en la oficina cada semana durante los últimos años y tenía la impresión de que eras... una mujer buena y dependiente que... probablemente pensaba que yo era alguien con la que había que tener cuidado.
Algo de la Camila nueva y atrevida quería convencerla de que estaba completamente equivocada, que la había etiquetado como algo diferente, pero nunca se le había dado bien mentir, la honestidad aparecía simplemente con mucha más naturalidad.
—Bueno, quizás era un poco más remilgada cuando estaba con Mahone. Pero ahora, no tengo razón por la que deba ser así. Y en cuanto a lo que pensaba de ti...
—¿Sí?
De alguna manera, odiaba tener que decirle lo que Laur ya sabía pero... una vez más, no se le daba bien no ser honesta. En realidad, cuanto más la conocía, más fácil le resultaba hablarle con el corazón.
—Pensaba... pensaba que con aquellos vaqueros rasgados eras la mujer más sexy que había visto nunca.
Laur bajó la barbilla, tenía un aspecto totalmente provocativo.
—¿De verdad?
Ella esperó que la inclinación de su cabeza le pareciera más sexy que tímida.
En cualquier caso, Laur le pasó el brazo alrededor de sus hombros y la acercó a ella, mientras que con su otra mano le levantaba las piernas y las ponía alrededor de su regazo. Y se inclinó un poco más, su susurro resonaba tan sensual como la noche.
—Tú sí que eres condenadamente sexy.
Estar tan cerca de Lauren, pero sin besarla, la hizo excitarse aún más. Solo mirando sus ojos aparecía esa sensación de posesión otra vez, esa sensación de pertenecerle, de querer abandonarse a su merced sexual.
—¿Todavía quieres que nos liemos? —le preguntó ella.
—Oh, sí —le contestó, y después se inclinó para darle un beso largo y suave.
La canción italiana del gondolero impregnaba la brisa de la noche, con su voz fuerte y profunda, a medida que el bote privado se deslizaba por la suave superficie del canal. Estaba de pie detrás de ellas, guiando el bote, pero había un gran toldo que ensombrecía el asiento y lo hacía casi imperceptible, y gracias a Dios, los besos de Lauren se hicieron más y más apasionados. En poco tiempo, su respiración se volvió más forzada mientras un intenso calor se abría camino por sus muslos. No estaba segura de si alguna vez en la vida se había sentido tan excitada por simples besos.
Como de costumbre, cuando su boca descendió por su cuello, ella pensó que iba a estallar. Escalofríos de placer se curvaban alrededor de sus brazos, sus pechos, y la región lumbar le dolió con una necesidad dura y sensual.1
Cuando terminó la canción del gondolero, Camila y Lauren se detuvieron y miraron por encima del hombro, en el caso de que fuera a hablarles, pero cuando simplemente empezó a cantar otra melodía detrás de ellas, volvieron a empezar con los besos. Hasta que Lauren bajó la mano entre sus piernas.
La sensación palpitaba en su interior, creando una necesidad enloquecedora.
—Por favor —se escuchó a sí misma susurrarle con un tono de voz ronca—, más.
Abrió las piernas ligeramente y sintió cómo sus dedos descendían, lentamente, muy lentamente, hasta encontrar su húmeda abertura.
—Mmm —suspiró ella, incapaz de resistirse, y afortunadamente el gondolero cantaba tan felizmente alto, mientras su paseo avanzaba a través de unas aguas prácticamente privadas y oscuras.
—Todavía estás excitada y pegajosa para mí —le jadeó Lauren al oído.
Ella asintió.
—Mmm. Sí.
Laur le invadió la boca con su lengua una vez más, la besó con intensidad, posesivamente, de nuevo tomando posesión de ella, justo como Camila quería, hasta que le dijo:
—Dios, te necesito, cariño.
—Pronto me tendrás, en lo más profundo de tu perfecta y pequeña vulva.
La parte del cuerpo a la que aludió se convulsionó involuntariamente alrededor de las yemas de sus dedos, y ambas dejaron escapar un jadeo pesado.
—Jesús —susurró la ojiverde. —Estás tan preparada, nena —ella nunca la había oído tan intensamente excitada. O sentido de aquella manera, con todo su cuerpo ardiendo por una avidez precipitada y animal.
—Yo... casi no puedo controlarme. Casi quisiera follarte aquí mismo.
Un calor sin precedente invadió sus ojos negros.
—Solo un poco más —le prometió.
—Deberías... deberías dejar de acariciarme ahora. O... o no sé que voy a hacer.
Jauregui retiró su mano a un lado y ambas dejaron escapar gemidos de frustración incluso aunque ella había insistido en que la dejara. Aun así, Laur no pareció poder dejar de tocarla por completo, ya que deslizó la mano hacia arriba y le cubrió un lado del pecho, y le acarició con el pulgar el pezón endurecido casi dolorosamente.
Un gemido de placer incontrolable se escapó de ella cuando Jauregui se inclinó para preguntarle, con el tono de voz más sucio que ella había escuchado antes:
—¿Te excita imaginar lo que pueda pasar? ¿Follarme aquí mismo, en este preciso instante, delante del gondolero, delante de la gente que se arremolina alrededor de nosotras, bajo la oscuridad? ¿No te hace alcanzar el éxtasis imaginarte que todo el canal está alineado con gente, pero que no puedes controlarte, así que te subes la falda y te montas encima de mi y te follo con mis dedos mientras todos nos miran?1
Oh, cielos, las imágenes que habían suscitado sus palabras le daban vueltas a la cabeza y hacían que su vulva palpitase con una necesidad dura y cruda. Laur seguía acariciándole un pecho, enloqueciéndola más con cada una de sus caricias, y ella se escuchó a sí misma hablándole con una sinceridad todavía más desenfrenada.
—Sí. Oh, sí.
—Cuéntame —le pidió Lauren, con una voz baja y exigente. —Cuéntame cómo llegas a mí.
—Es... como en la piscina —intentó explicarle, sin aliento, cada fibra de su ser se volvía más hambrienta con cada segundo que pasaba. —Como ya te dije una vez, lo haría contigo en una cama si pudiera o si no, no me importaría hacerlo delante de toda esa gente. Y ahora mismo, me montaría a horcajadas sobre ti. Te follaría bien, cariño, hasta que me corriera encima de ti.
Lauren estaba besándola de nuevo, con más intensidad esta vez, sus bocas forcejeaban por tener más de cada una de alguna manera.
Y entonces, el gondolero dejó de cantar otra vez.
Y ambas se quedaron quietas, y miraron de nuevo por encima del hombro.
Y esta vez, él volvió la vista atrás.
—Espero que hayan disfrutado de su paseo en góndola, aquí en el Venecia. Que pasen una maravillosa noche.
Dios, ya habían vuelto al embarcadero. Ella ni siquiera se había dado cuenta, había perdido cualquier noción de espacio y tiempo, y de todo lo demás. No podía hablar, la respiración le temblaba demasiado, pero Lauren se las arregló para sentarse recta y decirle al gondolero:
—Ha sido genial. Gracias otra vez por el favor —mientras, Camila se esforzaba por calmarse y actuar normalmente mientras salían de allí.
Después de haber caminado un rato, cogidas de la mano con fuerza, Lauren le dijo:
—¿Estás bien?
—No —le contestó ella. —Me estoy volviendo loca. Creo que podría correrme aquí mismo si vuelves a besarme.
Caminaron rápidamente hacia la línea de puertas que conducían al interior del hotel.
—Solo aguanta, cariño, un poco más, y te prometo que daré lo mejor de mí misma.
Su voz era tranquilizante, pero cuando le apretó la mano, su vulva reaccionó con más humedad todavía, y ella empezó a preocuparse —esperaba que irracionalmente— y se preguntó si podía emitir tanta humedad que, sin bragas, aquello empezara a descenderle por las piernas. ¿Era posible que pasara una cosa así? Temió poder descubrirlo pronto.
—Date prisa —le dijo ella, y después tiró de ella hacia delante, hasta romper en un ligero trote

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Capitulo 23

Mensaje por Admin el Mar Mar 14, 2017 10:52 am

Lauren había estado con mujeres ardientes antes. Ella misma se había sentido así también. Pero no se acordaba de haber tenido que correr nunca para llegar a un lugar en el que tener relaciones sexuales, desde su adolescencia.
Y Camila no era la única ardiente ahí. Ella estaba sencillamente igual de ansiosa que Cam, así que se dejó arrastrar a través de las puertas del hotel Venecia y después por el casino hasta llegar a los ascensores. Se sentía como si fuera a explotar dentro de su vestido si no llegaban pronto a la habitación.1
Joder, la deseaba. Y le gustaba. Le gustaba jodidamente, mucho. Demasiado. Y había pasado los últimos días haciendo exactamente lo que se había dicho que no podía permitirse hacer más, especialmente en aquel momento. Había dado rienda suelta a su lujuria, estaba dejando que la vieran en público con una mujer justo en el momento en el que la acusaban de aprovecharse de las mujeres, y se había lanzado a todas las oportunidades que se le habían presentado con ella. Sin embargo, había algo en Camila que le hacía imposible parar.
Puede que hubiera intentado actuar despreocupada por haber sido «algo más remilgada» antes de aquel momento, pero Lauren todavía sospechaba que había sido mucho más remilgada de lo que confesó y de lo que había demostrado recientemente, y tenía la fuerte sensación de que fue ella quien la había convertido en el animal sexual que era ahora. Ella sabía que aquello la hacía una bastarda arrogante, pero le llegaba al alma. Y que Dios la ayudara, porque la amaba. La hacía sentirse como si fuera... una diosa. Su diosa. Pero también... quería cuidar de ella. Necesitaba hacerlo. Sentía casi como si la estuviera salvando de algo, y tuviera que seguir salvándola.
Normalmente, Laur no disfrutaba sintiendo ningún tipo de responsabilidad hacia una mujer, pero aquello era diferente, ella era diferente. No le exigía, ni siquiera le pedía, simplemente era así de sincera, había una parte genuina en ella que la hacía desear mucho más. Quería seguir salvándola, seguir follándosela, seguir riéndose con ella, solo seguir estando con ella.9
Por supuesto, en aquel momento, mientras entraban por la parte de atrás al ascensor abarrotado, todo lo que quería era echar un polvo. La necesidad era más que palpable.
Estaba de pie detrás de ella, y dejó que sus brazos se plegaran con ternura alrededor de su cintura, tirando de ella hacia atrás, sabiendo cómo de caliente que estaba y que ella podía sentirla presionando con insistencia contra su trasero suave y dulce.
A medida que el ascensor se elevaba, ella se estremeció en sus brazos, alimentando incluso aún más su deseo. Y mierda, aquella maldita cosa se detenía planta por planta. Había gente que salía y más gente que entraba. Lauren se frotó contra ella. No pudo evitarlo. Ella le cubrió los brazos con los suyos, la apretujó, la acarició, y al poco tiempo, le clavó suavemente las uñas.
Cuando el ascensor se detuvo al final en su planta, prácticamente saltaron hacia el vestíbulo y Laur, cogiéndola de la mano, tiró de ella por el silencioso pasillo que llevaba a su habitación.
—Dios mío —dijo ella, desesperada y sin respiración. —No puedo creérmelo.1
—¿Qué?
—De verdad puedo sentirlo... descendiendo por mis piernas.
Ella estaba confusa.
—¿Qué? ¿Qué hay en tus piernas?1
—Mi... Humedad.2
Laur se detuvo, y la paró en seco, después su mirada bajó hacia la minifalda y más abajo aún. Estaba claro que había estado manteniendo cerradas las piernas en el ascensor, pero podía ver perfectamente la humedad a la que se refería, sobre la parte interior de sus muslos y bajo el dobladillo de la falda.
—Cielo santo.4
Incapaz de mantener el control, siguió sus instintos, empujándola hacia una de las paredes lujosamente decoradas, cayó a sus rodillas, le abrió las piernas y con intensidad, le lamió la parte interior de los muslos.
El sabor dulce salado de su orgasmo recibía su lengua e hizo que el corazón le latiera con más rapidez, y que cada músculo de su cuerpo se tensara con un deseo puro e intenso, estaba ahora tan rígida que le dolía.
Le lamió un muslo, después el otro, y escuchó sus gemidos suaves e incontrolables, consciente de que todavía estaba temblando y ahora se aferraba indefensa contra la pared que tenía detrás, extendiendo los dedos sobre el papel y curvándolos hacia dentro como si pudiera agarrarse a alguna parte. Y Laur ni siquiera había llegado a ningún lugar cercano de su vulva.
—Dios, Lauren. Vamos a la habitación. Ahora. Por favor. O voy a morirme.3
Lauren casi le creyó. Tampoco se había sentido nunca tan atormentada por el deseo.
Recorrieron lo que quedaba de pared en el pasillo, pero tuvo que concentrarse para conseguir
Sacar la llave tarjeta que había dentro de su cartera.
Ella atravesó el gran vestíbulo y la zona del salón directamente hacia la habitación, con Lauren pisándole los talones. Y entonces, justo cuando pensaba que ella no podía sorprenderla más de lo que ya lo había hecho, lo hizo. Cuando entró en la habitación, ella se dio la vuelta, le agarró de los antebrazos y la empujó con fuerza hacia la cama. Lauren se dejó caer sin dificultad. No había esperado nada de aquello. Después observó como la pequeña Camila, excitante y hambrienta, se montaba a horcajadas sobre sus muslos y empezaba a descender sus manos para quitarle su vestido, justo como había hecho la noche anterior, sólo que ahora lo hacía con más fervor aún. Camila mirándola con esos ojos lujuriosos la acerco ferozmente hacia ella y la besó con desesperación como si su vida dependiera de aquel beso y en un santiamén ambas estaban desnudas, Camila encima de Laur besándole ahora su cuello y descendiendo hasta llegar a uno de sus pezones y lamio y pellizcó con delicadez.
Unos segundos más tarde, ambas soltaron un grito cuando la pelvis de Camila estaba sobre el estomago de Laur, la ojiverde podía sentir su húmeda entrada sobre ella y se sentía en la cima. Oh, cielos, justo como antes, la sensación de encontrarse piel contra piel casi la abrumaba. Debajo de ella, llevaba un sexy sujetador de color rojo, de corte bajo, las redondas curvas de sus pechos se arqueaban hacia arriba. Un cálido placer la inundó, el puro placer del sexo, pero también el inesperado deleite que le producía ver a Camila conseguir lo que quería de Lauren, tan grosera y sucia.
—Necesito más de esos hermosos pechos tuyos —le dijo a través de la mandíbula apretada, después tendió la mano para bajarle las copas con los bordes de encaje de su sujetador para que solo perfilaran los dos preciosos montes de carne. Ella jadeaba excitada, después gimió cuando Laur los cubrió con sus manos y los estrujó, modelando su exuberante suavidad, sintiendo aquellos pezones duros que señalaban hacia las palmas de sus manos.
Y entonces, los movimientos de Camila se volvieron más lentos contra su entre piernas solo un poco, después más rítmicos, y cerró los ojos, y Laur supo en ese instante y así de rápido que pronto alcanzaría el éxtasis. —Oh, Dios, cariño —le ronroneó ella, después con más suavidad—, sí. Ahora. Sí.1
Echó la cabeza hacia atrás y Lauren sintió cómo la golpeaba el orgasmo y observó sus pechos balancearse de un lado a otro, todo su cuerpo sacudiéndose ligeramente, una y otra vez. Joder, estaba preciosa cuando se corría. Por supuesto, la mayoría de las mujeres lo estaban, pero cuando Camila alcanzaba el clímax, Lauren no podía evitar ver a la formal chica de oficina en su mente, y el contraste entre aquella visión y la otra hacía que todo fuese incluso más increíble aún.1
—Oh, vaya —suspiró ella, mientras su cuerpo se inclinaba ligeramente hacia delante, con una sexy sonrisa de alivio invadiendo su cara cuando se encontró con su mirada.
—Ha sido muy rápido —dijo La ojiverde con una sonrisa, quedándose quieta durante un momento, solo para dejar que ella se recuperara.
—Ya te dije que estaba muy cerca.
—Me encanta que hayas estado excitada toda la maldita noche.
Ella asintió, sonrió y perezosamente se lamió los labios, confirmando, en realidad, que había sido así.
Y por alguna razón, Laur se acordó de que ella había estado intentando aquella postura en la bañera la pasada noche, y casi la ahoga, lo que Laur pensaba que era jodidamente atractivo.
—Este es un lugar mejor para que puedas estar arriba —le dijo, y apretó los dientes de nuevo, mientras empezaba a empujar hacia arriba contra su piel cálida y empapada.
Mientras ella comenzaba a recibir las embestidas de Laur, su respuesta llegó entre jadeos, entre los golpes.
—Esta es... la primera vez... que lo hemos hecho... en una cama.
La respiración de Lauren se volvió igual de irregular.
—No... le cojas tanto cariño... a la cama, nena.
—Es... una sorpresa —a Lauren se le había ocurrido algo en la góndola, cuando habían empezado a hablar sucio, cuando ella la había hecho fantasear con la idea de follársela en el bote.
—¿Otra sorpresa?
—Para mañana por la noche. Y te prometo... que te gustará. Ahora déjame... que te coma las tetas —las necesitaba en su boca más que el aire para respirar.3
Ella se mordió el labio, se inclinó hacia delante, le puso los brazos a ambos lados de la cabeza, y dejó que sus hermosos pechos le colgaran sobre la cara. Lauren capturó uno de los erectos pezones entre sus labios y dejó que la firmeza de su lengua le volviera loco mientras lo lamía, en un beso intenso; después succionó.
Sobre Lauren, los gemidos de Camila inundaban la habitación y ella entendió que sus pechos eran incluso más sensibles de lo que había imaginado. Se dirigió hacia el otro pecho, y tiró de su preciosa bolita con la boca, mientras todavía empujaba sus dedos en la calurosa bienvenida de su vulva.
—Oh, cielo —le dijo ella entre jadeos, mientras Laur le chupaba con más intensidad aún, y cuando ella se arqueó, Laur recibió todo lo que pudo de su suave y femenina piel.
La respiración de Camila se había vuelto otra vez débil, rápida, y sus movimientos eran más sensuales. Lauren la penetraba con la mano mientras cerró la otra mano sobre su trasero, y estiró los dedos para abarcar de sus nalgas tanto como pudiera, y las masajeó, adaptándose al ritmo que ella había establecido en ese momento para follársela. Ella sintió cómo aumentaba el deseo de Camila, cómo se tensaba, y se sintió más que preparada para explotar, pero se contuvo porque supo que ella estaba a punto de alcanzar el orgasmo otra vez.
Sus gemidos se intensificaron, su respiración se volvió superficial.
Ella succionó con más fuerza, e introdujo su pezón todo lo que pudo dentro de su boca, mientras escuchaba sus suaves gritos de placer.1 Embistió su mano hacia arriba en unos golpes duros y lentos.
Y entonces, ella explotó, y LJ pudo escuchar también sus sollozos, sintió una ligera caída en su pelvis, después su vulva hundiéndose y hundiéndose, a medida que la inundaba, y su cuerpo entero se movía y deslizaba contra el suyo, creando una fricción perfecta.
Al final, ella se desplomó sobre su pecho, completamente exhausta.
—Oh, Dios mío —susurró por último. —No puedo creer que haya tenido dos orgasmos, como la pasada noche.
Lauren recorrió su pelo sedoso con una de sus manos y le sonrió.
— ¿Por qué no?
Ella parecía agotada.
—Bueno, he escuchado todo tipo de historias acerca del orgasmo múltiple, pero... realmente nunca lo había experimentado... Hasta que te he conocido.
—¿Y cómo ha sido este? —le preguntó Lauren con suavidad.
—Eh... intenso.
—¿Intenso en el buen sentido?
Mila asintió muy cerca de ella. Laur pensó que quizás era la primera vez que la miraba tan de cerca. Sus ojos achocolatados poseían pequeño brillo intenso, lo que a ella le recordaba a una estrella radiante.
—Bonitos ojos —le susurró sin pensarlo siquiera.
Su sonrisa era sumamente dulce y su voz tierna.
—Gracias.
Y Jauregui sintió cómo se le encogía el pecho. Apenas había tenido relaciones sexuales en la postura del misionero. Principalmente, porque solía encontrarlo algo aburrido, y limitado en cierto sentido, pero... ahora no le parecía aburrido. Ahora era como... demasiado para Lauren, estaba demasiado cerca de ella, cara a cara, mirándose a los ojos.
Y ella supo que se había sentido cerca de Camila antes, durante todas las otras veces que habían estado jugueteando o follando, pero de alguna manera sentía que todo aquello, en aquel preciso instante, era peligroso, como algo de lo que necesitaba alejarse.
Así que Lauren salió de ella, y le dijo:
—Date la vuelta. Ponte de rodillas.
Ella obedeció sin rechistar, y arqueó su precioso trasero en el aire. Y le ofrecía una vista suntuosa de su vulva abierta antes de que Laur moldeara sus manos sobre su trasero y empujara sus dedos de nuevo dentro de ella.
Camila ahogó un grito y ella le dijo:
—Dime que te gusta. Dime que te gusta mucho.
—Oh —gimió ella. Después—, oh, Dios sí, ¡me gusta! Dame más fuerte.7
Aquello era todo lo que ella deseaba, todo lo que necesitaba. Un polvo bueno y salvaje. Se acordó de sus ojos y se concentró en el pasaje de su vulva todavía húmeda, fuerte, fuerte, fuerte, tanto como pudo, acerco su cara y beso sus redondas nalgas, repartiendo pequeños besos hasta llegar a su hinchado clítoris, succionando lamiendo y llenándola de placer, hasta que alcanzó el límite de la gloria y se dejó caer sobre ella, gritándole:
—Cielos, nena, me estoy corriendo Ahora.
«Oh, sí», era tan jodidamente bueno que Laur también se sentía satisfecha.
Y cuando Lauren acabo por completo, aquel familiar cansancio la golpeó y se desplomó sobre ella, haciendo que las dos cayeran sobre la cama, y se quedaron allí, en silencio y de cerca, mientras Laur escuchaba sus gemidos y se deleitaba con la fragancia de su perfume, una mezcla del rico aroma del sexo, y entonces, se dio cuenta de que no había solucionado nada poniéndola en aquella postura. Todavía se sentía peligrosamente cerca de ella y al parecer, no podía hacer nada por evitarlo. Mierda. Así que se limitó a darle un beso en la mejilla y se dejó llevar al sueño que vino después de un orgasmo.

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