Veinticuatro Veces

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Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:17 pm

Autor: Pilar Bellver



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PRIMERA PARTE

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:25 pm

Verás... En el principio no fue más que la inscripción de una lápida: "veinticuatro veces". El texto estaba escrito con letras, no con números. En el renglón de arriba, el nombre de una mujer: María Bielsa. Y, en el de abajo, el R. I. P. Así: María Bielsa veinticuatro veces
R. I. P. Sin fechas, sin nada más. Era una lápida de piedra, no de mármol. Completamente plana sobre la tierra, y sin cruz.
Pero yo tenía entonces diecisiete años y, a esa edad, el descubrimiento de una lápida tan extraña da mucho de sí. O yo lo estiré tanto, que llegué a creer que se trataba poco menos que del hallazgo más importante de mi vida. Tal vez lo fue, una especie de oráculo sobre mi destino.
No está en el cementerio de mi pueblo, sino en el de un pueblo cercano, al que fui con mis padres para el entierro de un pariente. Me empeñé en acompañarlos. Insistí mucho: iban a enterrar a un hombre, el chache Alfonso, al que llevaba tres años deseando ver muerto, desde los catorce.
Con lo arisca que has sido siempre con él y ¿ahora resulta que quieres acudir a su entierro? Algo te traes tú entre manos dijo mi padre cuando estábamos a punto de salir. El mero hecho de que mi padre expresara en voz alta una sospecha la convertía inmediatamente en advertencia: "Más vale que se quede en eso, en sospecha". Pero la frase que yo oía latir dentro de él no era en realidad ésa, tan escueta; a mí me divertía imaginarla con más vuelo: "Espero por tu bien que abras las manos en un descuido mío y dejes caer el puñado de intenciones que hayas reunido en ellas, de manera que yo, al ver que las mueves vacías delante de mí cinco lobitos, como cuando eras pequeña, nunca debiste crecer, puñetera , piense que he pensado mal".
Había tenido que ver a ese hombre una vez al año, todos los años, para la feria, cuando la corrida. Venía siempre la víspera para sacar su entrada, y se quedaba a dormir ese día y al siguiente. Olía a carrasco porque no todos los pinos huelen igual , a pino carrasco aserrándose. Así huele la virilidad cuando no se lava, cuando se retestina y repercute.
Suda uno en las olivas todo lo que hace falta y un poco más, sobrino le decía a mi padre, todos los años lo mismo , ¿y para qué?, dime tú para qué, para mal comer y para el único lujo que se da uno en la vida, venir a los toros, ya ves tú.
Tenía la mano temblorosa y caliente. Pero sólo sesenta años: no la edad bastante para ser declarado inocente de ese pulso ansioso y esa temperatura pegajosa. Y pespunteado de negro el final de todas las uñas. Tenía pajizas las del índice y del corazón, por apurar las colillas.
Y, como la gota de caldo del cocido, grasa y calentuza, que rebosa el labio y escurre por la barbilla de un viejo con Parkinson en el asilo de las monjas, así tomaba él mi barbilla y escurría por toda ella, desde el borde de mi labio, su dedo gordo.
Tu hija, sobrina le decía a mi madre, todos los años lo mismo , se parece a mí, no digas que no; ha salido a nuestra cepa. ¡Y hay que ver lo mujerona que está ya la chiquilla, eh! Me miraba igual que olía, con la misma intensidad. ¿Qué tiempo tiene?
El suficiente ya, pensé yo aquella vez... ( Trece, metida en los catorce dijo mi madre.) ...para volver con fuerza la cabeza y zafarme de su espolón.
¡Y qué humos de brava ha sacado la zagala! dijo, y soltó una carcajada, y mi madre dejó por un momento de quitarle las hebras a los habicholones para llamarme la atención.
Una de esas carcajadas que son desmesuradamente sonoras al principio y completamente mudas al final. El final de sus carcajadas era un tener la boca abierta y encanada hasta que se le terminaba el fuelle y tenía que resollar.
No le rencilles, mujer, déjala, si no me ha hecho ningún feo; lo que pasa es que se conoce que me extraña y, ea, a ver, ya se sabe que sin roce no hay cariño.
Me miró otra vez tan fijamente, que sentí que lo que acababa de decir iba más allá de lo que había dicho. Bebió y cenó y, después del postre, como todos los años, se repanchingó en la silla, sobre las dos patas de atrás, balanceándose. A nosotros nos tenía dicho mi madre que no hiciéramos eso con la silla, porque podíamos caernos de espalda y desnucarnos con el aparador y porque, con hacer eso, sólo se consigue que las sillas se resientan, cojan holgura y se desencajen. Con una mano se sujetaba al filo de la mesa pinzando el mantel con el pulgar por encima, como se pinzan los manteles de las mesas al aire libre para que no se los lleve el viento racheado de la primavera. Con la palma de la otra mano abierta, se frotaba la panza en señal de estar ahíto: y es que él, como los malos actores, no podía evitar llenar de evidencias sus gestos.
Ahora, sobrino, un puro, que te convido yo. Aunque tú te los fumarás mejores, que no hay más que ver lo bien que te va.
Mi padre no ha fumado nunca. Sucedió cuando me levanté a beber agua. Ya hacía un buen rato que nos habíamos acostado todos y me dio sed. Dejé el libro para ir a la cocina. No me gusta doblar las páginas de los libros y estuve palpando minuciosamente los pliegues de mi colcha, porque no encontraba el separador ni entre las hojas ni sobre el embozo. Acabé entreverando el cable de la lámpara de mi mesilla para no perder la página. Fui a la cocina descalza, así que fui pensando que, al volver, me sentaría en el borde del colchón para pasarme la mano por la planta de los pies y que no entrara en las sábanas conmigo ninguna miguita torturante.
Me puse en un vaso agua fría de la nevera y la mezclé con agua del grifo. Y, a bocajarro, al salir al pasillo para volver a la cama, me encontré a ese hombre cerrándome el paso como un tabique fácil para un corredor estrecho.
He oído el trajín que te traías en la cama. Menuda zorrilla estás tú hecha. No puedes dormir, ¿eh? Estás calentona, ¿eh? Pero yo sé cómo se quita eso. Tengo una cosita para ti que te va a dar mucho gustito, ya lo verás...
Me empujó contra la pared, respirando como si hubiera corrido, y un cepo cayó sobre uno de mis pechos y lo aferró para arrancármelo. Me encerró contra la pared con todo su cuerpo y topó contra mi estómago como si embistiera. Y volvió a embestirme varias veces con el bulto de asta crecido en sus ingles, encorvándose un poco más a cada una, para procurar que aquella masa dura no fuera a caer ya sobre mi estómago, sino más abajo, sobre mi vientre. Él respiraba con verdadera avaricia de aire y yo no podía respirar. Agarró mi pecho hasta la náusea. Lijó mis mejillas con su barba y me hizo comulgar su aliento de poza negra.
Y si yo, desarmada de mi propio cuerpo, me encogía como una oruga por mis articulaciones, disueltos los huesos, él me enderezaba por un hombro para que me sostuviera a la altura de sus babas. Si volvía la cara todo lo que me permitía el cuello para darle sólo pelo a sus dientes, él, con la fuerza de un loco, me agarraba la barbilla y la hacía girar otra vez a su sitio.
Pero conseguí escurrirme. No terminó de poderme. Aproveché el reflujo de una de sus sacudidas, cuando se retiró de mí un poco para, con la mano libre, buscarse dentro del pantalón la conclusión de su ansiedad, y me fui de él. Me fui ahogándome y vaciada, con el frío seco que es lo único que se queda metido dentro del cuerpo cuando la sangre y los huesos lo abandonan, muertos de miedo y de asco.
Yo no había gritado para llamar a mis padres y él ni siquiera se molestó en amenazarme para que no dijera nada después. De sobra debía de saber que de estas cosas nunca se dice nada.
* * *
En el coche, durante los treinta kilómetros de viaje camino del entierro, mis padres siguieron dándole vueltas a la manera tan tonta que había tenido el chache Alfonso de morirse.
Y, lo que son las casualidades, decían, a su hijo, el primo Alfonsito, que estaba haciendo la mili, no hubo que avisarle de que se había muerto su padre. No hubo que avisarle porque, por lo visto, había salido con permiso del cuartel el día de antes, se había pasado la tarde y la noche buscando combinación a dedo para llegar al pueblo y fue a aparecer por su casa a primera hora de la mañana, casi al mismo tiempo que le traían al padre muerto.
Llegamos a la casa del chache Alfonso, desalojada de muebles la planta baja, llena de sillas y todavía seguían trayendo más las vecinas y de gente. Tres años después de aquello, lo vi allí, al fin, de la más satisfactoria manera: muerto. Y había decidido estar presente también cuando lo enterraran, porque quería ver, además, cómo sellaban su podredumbre.
Sabía que no es costumbre que las mujeres suban al cementerio. Las mujeres se quedan a consolar a las mujeres; sólo los hombres asisten al acto físico del entierro. Pero ya me las arreglaría yo para estar allí. Tenía pensado irme de la iglesia, sin que lo notaran mis padres, antes de que terminara el funeral. Y así llegaría al cementerio antes que el cortejo y me escondería en cualquier rincón con tal de ver, aunque fuera de lejos, el descenso de aquel despojo al mar de los gusanos.
Por lo pronto, ya lo estaba viendo en medio de la salita, tendido en el raso morado. Yo al menos pude escapar, eso sí, antes de que él me tendiera a mí sobre las baldosas jaspeadas del pasillo. Boca arriba.
Pero contaban las viejas allí mismo conversación de velatorio que se habían dado casos al abrir la tumba de un padre, por ejemplo, para meter al hijo dentro, que es la única manera de que quepan juntos en el mismo nicho de encontrar al muerto boca abajo, con las uñas rotas y el raso hecho trizas. Las viejas no saben pronunciar las palabras difíciles: catalepsia.
Decían que, para asegurarse de que un muerto es un muerto cierto, y no que sólo lo parezca, hay que darle un mordisco en el dedo meñique. Aseguraban, además, que a los muertos les crecen las uñas y el pelo, y que se diría que los dientes también porque, como se les descarnan las encías, pues...
Sobre el cuerpo presente, lo que decían ahora es que el Alfonso había muerto de la manera más tonta y más desgraciada y que ya iba siendo hora de que alguien tomara medidas contra la canalla que eran los niños.
Decían que la guardia civil estaba haciendo averiguaciones sobre quién podía haber abierto un hoyo tan grande en medio del Camino de la Fuente del Berro, con la mala leche de taparlo con tablas y ramas para que cayera dentro el primero que pasara por allí, que fue el Alfonso. Cayó él y, detrás de él, encima, le cayó su mulo, que lo aplastó y lo coceó pobre animal, con los nervios, claro y lo mató.
Decían que fue la guardia civil quien dijo que lo más seguro era que el hoyo hubiera sido cosa de los zagales, que hacía años que habían tomado la costumbre de abrir hoyos para entretenerse con que la gente tropezara. Pero que ahora había que averiguar qué zagal pudo salir de noche de su casa para maquinar una diablura tan peligrosa, con resultado de muerte, decían. Porque el hecho es que un hoyo tan grande, de casi metro y medio de lado por otro tanto de hondo, se tarda horas en cavarlo, y tuvo que ser de noche o de madrugada, porque no estaba cuando pasaron por allí los últimos que volvieron al pueblo desde sus olivas, el Alfonso mismo entre ellos.
Menos cosas pasan de las que tendrían que pasar con lo que los zangalitrones discurren para hacer la gracia, que no discurren más que desgracias... Esto lo decía, con el tono solemne que ponen los retrasados para disimular su merma y estar a la altura de los demás, el primo Alfonsito, el hijo bobo del chache Alfonso.
Era un poco retrasado, pero no lo bastante para librarse del servicio militar. Fue su propio padre el que hizo en mi casa aquel viejo chiste: "Fíjate si será tonto, que no ha valido ni para librarse, por tonto, de la mili. Le salió a su madre, que en paz descanse, que tampoco daba mucho de sí la pobre... Va y se me muere de parto, por primeriza, y mira tú para qué fruto, para dejarme a mí un cargo para toda la vida, que sé yo que va a ser para toda la vida, porque ése se me queda mocico viejo; ea, ya me dirás tú, si no, quién va a querer casarse con un cipote..." (la mayoría de las mujeres, dirían algunos, pero la cosa es que "cipote", en mi tierra, significa sólo tonto).
No hable usted así, chache, que el Alfonsito es muy buena persona y va a ser la alegría de su vejez, ya lo verá. Y si no se casa, mejor: tendrá usted quien lo cuide cuando le haga falta.
Era mi madre, que no puede evitar corregir toda crueldad que oye. A mí me corregía también cuando decía que no podía aguantar al chache Alfonso ni que se metiera así con el muchacho, que estaba mucho más acomplejado por su culpa, porque él se encargaba de recordarle continuamente que era tonto. Y mira tú quién fue a hablar, ya ves, ¡menuda lumbrera! decía yo.
Él no tiene la culpa de no saber cómo hay que tratar a los retrasados. Ahora os enseñan muchas cosas en el colegio, pero, antes, ni íbamos a la escuela ni nos enseñaban nada. ¿Y no traerlo nunca a los toros? Porque eso no me dirás que hay que aprenderlo en una escuela... Viene siempre él solo. Y no será porque el primo no se lo gana, que trabaja el muchacho en las olivas como un esclavo; más que él, seguramente. Pensará que no le aprovecha, y que es mucho dinero para que no le aproveche. Que sí, que ya, que no me digas más. Lo que pasa es que para terminar de tenerlo todo bonito es también agarrado el hombre... Mira, mamá, que no, que hay mala gente y hay mala gente y ya está. Con malas entrañas. Aunque tú no lo quieras ver. Y el chache Alfonso es uno.
* * *
En los velatorios hay que sentarse. Y yo fui a sentarme al lado de mi primo Alfonsito y procuré hablar con él porque, aunque era el único hijo del muerto, nadie le daba conversación más allá del pésame y cuatro palabras sobre ofrecimientos vagos de lo que le hiciera falta.
¿Qué piensas hacer? le pregunté al poco, aunque sin querer saber nada concreto en realidad.
Y me sorprendió que me diera una respuesta tan larga y tan completa, que parecía una redacción de colegio.
Lo primero, enterrar a mi padre. Lo segundo, terminar la mili. Después, cuando me suelten, venirme a mi casa de mi padre, que ya es mía, y no descuidar las olivas, que hay que estar muy sobre ellas para que den. Y luego, cuando se pase bien el luto, casarme y tener hijos.
Vaya, lo tienes todo muy bien pensado, primo.
¡No lo tengo todo pensado, no lo tengo todo pensado! Yo no he pensado nada, se me ha ocurrido todo sin pensarlo.
No me entiendas mal, Alfonso, que tú sabes que yo no te lo digo porque me parezca mal. Al contrario, me parece muy bien, pero que muy bien, que sepas lo que quieres hacer. Mucha gente se queda parada cuando le pasa algo gordo en la vida y se pasa mucho tiempo sin dar pie con bola. Además, tú sabes que a mí sí puedes decirme las cosas como las piensas, a mí sí, ¿a que sí?
Sí, a ti sí, prima, a ti sí... porque tú no eres como... porque tú no te bur... tú de nunca... tú por lo menos me...
Venga, Alfonso, hombre... se estaba emocionando ¿Así que piensas casarte? La mili no va ser tan larga, ya lo verás. Y es verdad que a todos, en cuanto termináis la mili, os entran las prisas por casaros. Mi manera de hablar era una interpretación teatral y yo la disfrutaba secretamente. Me burlaba de mis paisanos, como si no fuera una de ellos, imitando su manera de expresarse y sus comentarios más típicos; esa intensidad que ponen para nada que dicen... Hasta cruzaba los brazos por debajo del pecho, como las mujeres gordas, empujando hacia arriba mis tetas, y movía no menos de tres veces la cabeza con todo el tronco, afirmando mis propias palabras en suave balanceo, afirmando, afirmando... Sí, sí, os entra mucha prisa, sí, vaya si sí. ¿Y tienes novia?
Ahí ando, rondando a una... Pero que no tengo yo capricho de ésa mismamente; puede ser otra. La cosa, prima, es que ahora tengo casa y olivas para casarme con una buena muchacha. Muerto mi padre, todo es para mí. A ti nada más te lo digo: muerto mi padre, todo es para mí y, aunque sea un poco tonto, digo yo que ahora ya no me van a hacer tantos ascos como antes.
Tú no eres tonto.
No, si me da lo mismo, prima. Si yo sé que no valgo más que para el campo. Pero ahora voy a trabajar en lo mío y que digan lo que quieran, que otros más listos que yo no desarrollan sentido para lo que hace falta. Y mira yo, tonto y todo, cómo me veo de bien ahora... Pero esto te lo digo a ti nada más, a ti nada más te lo digo.
Se había asustado de sus propias palabras. Y ya era la segunda vez.
Yo no quería mucho a tu padre, Alfonso. Ni mucho ni poco, ésa es la verdad, porque no era bueno. A ti no hizo nada más que mortificarte toda la vida.
Pues sí, pero, ¿sabes lo que te digo?, que pelillos a la mar. Que todo lo malo se termina.
Que el vivo al bollo y el muerto...
Aquí se paró como si su lengua...
( Al hoyo.)
...hubiera recibido una orden urgente. Y fui yo la que terminó la frase.
* * *
La gente, en mi pueblo, no dice: "fuimos al cementerio", dice siempre: "subimos al cementerio". Porque el cementerio de mi pueblo está en lo alto de una loma, coronando la pequeña explanada que se forma arriba.
Yo soñé una vez, cuando era pequeña, que vivíamos en la última casa de la Cuesta del Cementerio, la última antes de llegar al cementerio, y que una noche veía a los muertos levantarse en blanco y negro y bajar a cámara lenta, viniendo. "Alguna tiene que ser la última", había dicho mi padre de la casa, en el sueño, porque la compró y nos obligó a mudarnos. Cuando vi venir a los muertos en manada, con los ojos saltones y los dientes crecidos, bajando la calle, me di cuenta de que no era la última, sino la primera, y corrí a despertar a mis hermanos, que eran los que son, cuatro, y todos más pequeños que yo. Fui desesperadamente de uno a otro, de cama a cama, pero ellos remoloneaban haciendo pucheros mimosos de protestones. Los muertos, mientras, avanzaban y avanzaban bajando la calle, viniendo, llegando casi, y alargaban los brazos hechos trizas hacia delante, adelantando el momento, aunque les faltaba un trecho, en que podrían atrapar a alguien con ellos. Mis hermanos se negaban, inconscientes, a deshacer la flacidez de sus músculos dormidos, y yo no conseguía, por más que los abrazaba en vilo, incorporarlos y devolver a sus huesos la consistencia sólida que necesitábamos de inmediato para salir corriendo. Sólo después de intentarlo y fracasar varias veces, gritándoles y zarandeándolos, y como no podía llevarme a los cuatro a cuestas y los muertos viniendo, llegando casi , se me ocurrió acudir al dormitorio de mis padres, a despertarlos y pedirles que me ayudaran. Pero, cuando abrí la puerta del dormitorio de mis hermanos para ir al de mis padres, mi padre venía ya por el pasillo. Venía con los ojos extasiados y fijos en mí, demasiado fijos, andando lentamente, muy lentamente, demasiado lentamente... y con los brazos por delante.
* * *
No había calculado que mis padres y yo nos pondríamos juntos, como es lógico, durante el funeral, así que no pude despistarme de ellos hasta que no terminó. Entonces sí, aproveché para escabullirme el revuelo de la salida y de la formación de la fila para dar el pésame.
Con tal de perderme de vista cuanto antes, dejé la plaza de la iglesia y tiré por la calle que tenía más a mano, sin saber adónde me llevaría. La calle subía y yo anduve un buen trecho antes de preguntar el camino del cementerio.
Casi no me hubiera hecho falta preguntar: ese pueblo igual que el mío y que todos los de por allí. La calle que subía al cementerio era la misma. Las mismas puertas de aluminio brillante, con cristales biselados de caramelo, estaban sustituyendo, sacrílegas, a las puertas de madera recia de toda la vida: puertas con tronera para el gato, con llamador, que era una mano empuñando una bola, y con tachuelas de metal; puertas que tenían llaves tan grandes como llaves inglesas y, por dentro, un cerrojo de manivela tan largo y protector como el cañón de una escopeta; y, así como el cañón de la escopeta acaba en la mirilla, así acababan aquellos grandes cerrojos en ele, como una alcayata. El próspero panillero que hacía obra en su casa ponía en la fachada el mismo ladrillo visto en las fachadas reformadas de los panilleros de mi pueblo. Ladrillo visto, y se terminó lo de tener que encalar todos los años. Yo comprendo la preferencia por los ladrillos de nuestras madres, porque era a ellas a quienes les tocaba hacerlo. Pero la casa ya no es blanca: ya no podrá contársele la edad en los desconchones, como se cuenta la de un árbol, por las sucesivas costras de cal que la fueron sacando hacia la acera unos milímetros más cada año. Y las mismas persianas de plástico rígido en lugar de los postigos de madera, que, con la humedad, se bufan y no encajan; esas encarriladas persianas de color crema que martillean como metralletas, ta ta ta tá, y se esconden de la luz para enrollarse consigo mismas, a oscuras dentro de un cajón. Y los mismos zócalos flanqueándome; también allí quedaban todavía algunos, a la altura de la cintura, pintados grises sobre el blanqueo con un agualiche ceniciento de cemento; los que antes fueran azul azulete, como el filillo de las palanganas. Pero la reforma de los panilleros avanzaba rompiendo las líneas de la calle, recorriéndolas de zócalos de azulejo de cuarto de baño, con cenefas de flores de colores, hasta por encima de la cabeza. La misma abundancia de geranios.
* * *
Cuando el coche negro coronó la cuesta y entró en el cementerio, yo llevaba un buen rato esperando dentro. Me había escondido detrás de una especie de mostrador de tumbas, un panteón sin techo, desde donde podía verlo todo sin que me vieran y sin agacharme siquiera.
El coche traía sólo las flores carnosas, especiales, de los muertos (esas flores, en verano, desprenden un tufo untuoso y desvanecedor y, en invierno, huelen a leche agria y a moho), porque los muertos de pueblo van todavía a hombros el trayecto completo. Detrás entraron los hombres cargados y, después, los otros hombres, mi padre entre ellos. Formaron un corro alrededor del ataúd, y allí estaba el primo Alfonso, Alfonsito, en diminutivo eterno, a la derecha del cura, destacando. Seguramente por primera vez en su vida.
Se me ocurrió pensar que tal vez él se alegraba más que yo de ver enterrar a su padre. Porque de una cosa me di cuenta allí: yo no estaba tan pendiente del muerto como pensé que estaría. De hecho, al cabo de un rato, y contra toda predicción, me aburría. Quise obligarme a sentir, o bien satisfacción por ver cumplido, al fin, mi deseo de venganza, o bien alguna reedición, aunque fuera un poco mustia, de la ira que me produjo en su día la agresión. Pero no lo conseguí ni imponiéndome la disciplina.
Y es que los golpes del ser mermante y repulsivo al que estaban enterrando le habían hecho más daño, casi seguro, al ser mermado y cándido de su hijo, que a mí. En mí, a fin de cuentas, ahora lo veía así, fue a golpear sobre una criatura fuerte, creciente y segura de sí misma, protegida y sana. Mis deseos de venganza habían sido probablemente menos tenaces que los de su hijo; tal vez más nítidos durante algún tiempo, sí, pero más fugaces también. Tan fugaces, como pasajera estaba destinada a ser, en comparación con la suya, me imagino, mi necesidad de avales externos para saberme vencedora. Porque la venganza, en un contexto así, digo yo que quizá no sea otra cosa que el aval (y tal como lo necesitamos: objetivo) que demuestre, desde fuera, que hemos conseguido vencer a quien nos venció. Una forma de argumentar eso.
Fue allí mismo, en todo caso, en el cementerio, donde me di cuenta de que, en contra de lo que yo creía, cualquiera que fuese la herida que ese hombre me hizo, se había curado. Y sabía por qué. Primero, por algo de verdad diferenciador: porque no me violó. Y, luego, porque yo nunca me sentí insegura, ni antes ni después, frente a él.
Creo que es cierto que no duele tanto la agresión en sí misma como la impotencia en la que te asienta como víctima; y que es así como se explica que no duela lo mismo la misma brutalidad a unas mujeres que a otras. Porque no duele tanto lo que algo sea, como lo que significa para cada una íntimamente. Y aquello no significó nunca para mí un sometimiento.
Tal vez otros episodios, aparentemente menos violentos, me dejaron más huella. Mientras esperaba que lo enterrasen, tuve la certeza de haber descubierto lo que le pasó al chache Alfonso. Reconstruí los detalles de la escena de su muerte y no puede decirse que fuera sólo con la imaginación. Estaba segura de saber lo que había sucedido, sólo que mi sentimiento de certeza no nacía de los hechos, de saber que los datos que tenía eran correctos y la manera de colocarlos bastante probable, sino de los sentimientos y la intuición convertidos en pensamiento lógico y en la única solución posible para conectar aquellas proposiciones de la realidad.
Y yo digo que:
Tardó más de tres horas en cavar el hoyo porque tenía que ser grande y profundo. Eligió el mejor de entre todos los sitios donde solía cavarlos de niño: el Camino de la Fuente del Berro, en el punto donde más se estrecha, donde no alcanza a medir los dos metros de ancho porque queda enmarcado entre, por un lado, un enorme álamo inmortal y, por otro, una persistente colonia de zarzas y matojos indefinibles que nada ni nadie había logrado erradicar para darle a la vereda la holgura de cañada real que le correspondía. Ni siquiera la aplastante frecuencia con que lo castigaban antaño las ruedas de los carros había conseguido desertizar el asentamiento de esas modestas especies vegetales que se agarran a la vida con la avaricia propia de los seres insignificantes. Él no hubiera sabido explicarlo, pero era ésa la razón de que le gustaran las zarzas y cualquier clase de matorral más que las flores y que todos los árboles.
Cuando le pareció que el hoyo alcanzaba la medida que lo convertía en inevitable, se dedicó a taparlo, disimulándolo cuidadosamente. Utilizó tablillas de contrachapado de las cajas de fruta que sacan a la basura, por la noche, los de los puestos fijos de la plaza de abastos.
Nadie lo vio, tan de madrugada, llegarse a buscarlas. Las encajó primero entre sí y luego las colocó de lado a lado de la boca del hoyo, formando una tapa. Era un tupido enrejado a tres dedos por debajo del borde que le sirvió de base para, después, con parte de la tierra que había desentrañado, cubrir esos tres dedos hasta casi dejarlos a ras. Para extender la última capa niveladora, la que emboscaría completamente el socavón, puso polvo del camino, seco y del mismo color que el resto. No se notaba nada. Aunque todavía era de noche. Pero tampoco se notaría con las primeras luces del alba; quizás no se notase ni a plena luz del sol. Ahora no le quedaba más que esconderse y esperar.
Pasaría de un momento a otro y no podía calmar su impaciencia ni con el escaso consuelo de fumarse un cigarrillo, no fuera que la brisa de la mañana, que corría en dirección al pueblo, le llevase el olor a tabaco envuelto en el olor general a dentífrico que tiene el amanecer en el campo. Pasaría de un momento a otro y ya no era prudente ni mover los pies siquiera de donde los tenía; seguiría agachado y completamente quieto para no rozar ni una rama y, cuando se acercase, dejaría de respirar incluso.
De chiquillo, se había escondido allí muchas veces, en aquel mismo sitio, a esperar lo mismo de la misma trampa. Pero el hoyo de hoy era más hondo y tenía la boca mucho más grande que cualquiera de los que había abierto en la época en que sus botas de lona granate se tragaban poco a poco los calcetines. Los de antes no estaban bien pensados, y más de uno se salvó de caer en ellos, porque ni tenía la paciencia de cavarlos más grandes ni los calculaba de manera que el pie no tuviera más remedio que ir a dar el mal paso donde él lo había preparado. Otras veces, se los descubrían antes de pisarlos, porque los tapaba con mucha torpeza y unas cuantas ramitas mutiladas que a la vista saltaba que no podían tener raíces ciertas en el erial del camino.
Sin embargo, más que en la calidad del hoyo, donde mejor podía advertirse que había dejado de ser un niño era en la madurez serena de su odio y en la discriminación precisa de lo que odiaba. El de antes era un odio denso y, a la vez, no obstante, deshilado, como de mayonesa cortada. Y un odio, por otro lado, tan dependiente de los arrebatos, que, a menudo, después de haberlo cansado mucho en alguno de ellos, parecía desaparecer una temporada, como si tuviera que recuperarse fuera de su casa un caserón grandísimo, rodeado de una apretada maleza, en el centro mismo de la espesura de su corazón , dejándole una sensación de vacío. El que sentía de crío era, sobre todo, a diferencia de éste, un odio universal:
a la humanidad entera (lo de menos era quién tropezara ni en qué hoyo, con tal de que alguno cayera), a los animales (gatos y perros ahorcados, ranas quemadas, lagartijas descoladas, guacherillos desnudados, lombrices en cuadraditos, saltamontes crujidos, mariposas asfixiadas...) y a las cosas (cegar farolas, interrumpir canalones, amordazar caños, rayar cromados, desinflar recámaras, tumbar pinotes, fraguar huellas...).
Nadie vendría antes que él. Él sería, como siempre, el primero del pueblo en pasar por allí: tenía muy a gala, y no había vecino que no se lo reconociera ni vez que no aprovechara él para decirlo, llevar cuarenta años siendo el primero del pueblo en abrir su tajo cada mañana.
No se puede sacarle a un crío la piel a tiras y llamarle retrasado y el tonto del pueblo cada dos por tres, durante toda la vida, hasta dos días antes, incluso, de coger el petate para la mili (que llegó marcado de verdugones a la primera ducha de todos desnudos y todos se rieron de él por si, además de apaleado, era cornudo, y por bobón y retrasado), sin que el nene aproveche que le han dado un permiso para volver a su pueblo y matar a su padre (porque, con suerte y una coz certera de la mula, se quedaría allí mismo), según un plan que había estado discurriendo todos aquellos meses para que nadie supiera que había sido él. Y su plan era tan bueno, tan bueno, que no hubiera podido ocurrírsele nunca a nadie que fuera de verdad idiota y retrasado.
Aparecería de un momento a otro, él delante, tirando del cordel, y la mula detrás. Siempre andan así un panillero y su mula camino de las olivas. Pisara donde pisara, caería de bruces en el hoyo, y la mula detrás, encima de él, machacándole la cabeza, o la espalda por la espina dorsal, o el pecho por las costillas.
Pero, aunque sólo se rompiera una pierna en la caída y aunque ni siquiera fuese por la cadera, todo el mundo sabe lo malas que son las caídas a esa edad. Caería en cama, por lo menos. Y que fuesen entonces a llamar a su hijo para que lo cuidara, que enseguida iba a ir él, sí, que no le dijeran más, corriendo y todo, vaya, no tenían más que avisarle... Caería en cama y se moriría viejo y solo, lleno de costras y con las sábanas renegridas, como se mueren los viejos a los que no quiere nadie. Más le valdría que la mula lo matase ya. Pero lo mejor de su plan era que, pasara lo que pasara dentro de un momento, dependería sólo de la buena o mala pata que tuviera su padre... A fin de cuentas, él sólo había cavado el hoyo.
* * *
Mientras estuve ida pensando en la que muy bien podría ser la verdad de mi primo, había mantenido los ojos saturados, pero ciegos, con la mirada fija, pero perdida, en el círculo que formaban los hombres en torno a la fosa. Y vino a ser una golondrina, que entonces voló rasante por encima de las tumbas de aquel lado del cementerio, la que logró que dejara de mirar el cuadro para seguirle el vuelo.
Seguía sus pasadas fulgurantes y los brevísimos respiros que se tomaba en los brazos de las cruces, y pensé en su frío y en que sería mortal para ella si no emigraba pronto, como lo fue para la golondrina del Príncipe Feliz.
Me aburría, sí. Pero me asombraba constatarlo, no me parecía coherente después de haber deseado tanto aquel entierro. Hasta que recordé que también la primera vez que estuve en un cementerio acabé aburriéndome, a pesar de lo trascendental que tenía yo pensado, soñado y copiado del cine que tenía que ser el momento. Y a pesar de lo mucho que me costó conseguir aquella primera visita.
Porque nosotros no teníamos enterrado a nadie, así que yo, de pequeña, no tenía excusa para subir al cementerio. Un año, aproveché que mi vecina iba a subir a arreglar el nicho de su padre la víspera de los Santos para pedirle a mi madre que me dejara ir con ella. Mi madre estaba tendiendo una lavadora de color y, al principio, me dijo, con una pinza en la boca, que no, que qué necesidad, que vaya un capricho. Yo hablaba y hablaba y le iba detrás, de la cocina a la terraza, de la terraza a la cocina. Pero ella seguía diciendo que no. Hasta que, en un momento, se quedó quieta, inclinada frente a la boca abierta de la lavadora, como sorprendida en una fotografía. Y luego, en lugar de terminar de meter la mano para sacar el mazo de tela retorcida, me acarició la cabeza y me dijo que bueno, que sí, que podía ir.
Fue así como, incluso para mis cortas luces, tenía once años, quedó claro que si me dejaba no era, desde luego, por la retahíla de argumentos que había estado reuniéndole yo, sino por alguna razón sólo suya que se le debió de venir a la cabeza en ese instante en que estuvo pensativa.
El caso es que al fin pude entrar en el cementerio de mi pueblo, igual que las niñas que tenían la suerte de disponer allí de alguien a quien ir a visitar. Al principio me causó mucha impresión ver las tumbas y, sobre todo, imaginarme que dentro había cadáveres que alguna vez comieron castañas como las que estaba sacando yo de un cucurucho de papel de estraza. Pero al poco rato, y a pesar de la novedad, me aburría, porque la tarea de mi vecina era larga y requería ser hecha en silencio.
Tanto me aburría, que se me ocurrió un juego: fijarme en las fechas de las lápidas y echar cuentas hasta encontrar a una niña que hubiera muerto a la misma edad que yo tenía entonces. No tardé en encontrar a un niño; pero me dije, con aquel rigor de autodisciplina que nos imponíamos en nuestros juegos solitarios, que no valía que fuera niño, que no valía hacer trampas, que había dicho para mí que niña y niña tenía que ser. Y seguí buscando. Y la encontré. Todavía hoy siento un escalofrío al recordar que se llamaba, además, igual que yo.
El rito del entierro continuaba y yo me dediqué a observar a mi golondrina, que, a saltitos, recorría ahora las letras de una lápida, como buscando algo de comer entre las fechas: "gusanos rezumados", pensé, con el mismo mal gusto por lo escatológico de cuando tenía once años; "y estará mirando el año, a ver de dónde toca que salgan los más gorditos". Pero no me pareció suficientemente graciosa mi ocurrencia, no le hacía justicia a la gracia que sí que tenía ver las patitas, tan cortas y tan finas, de un pajarillo andar sorteando los unos, los nueves, las pes o las bes de un muerto.
Después de un rato, tal vez cansada de aquel sembrado sin cosecha, mi golondrina se posó en uno de los cascotes verdes de la tapia del cementerio para enseguida volar, al fin, fuera de allí.
Había cascotes de cristal escarpando la tapia del cementerio, pero yo sabía que no era, desde luego, para que ningún necrófilo las saltara. Necrófilo es una palabra demasiado rara, que no creo que haya sido necesaria nunca por aquellos cerrros. No, si había cristales verdes de las botellas de vino Savin y cristales marrones de la cerveza El Alcázar dentando las tapias del cementerio, era más bien para que no las saltaran los niños en busca de huesos del osario con los que demostrar sus viriles victorias sobre los muertos.
A partir de los diez u once años, ellos, los niños, coleccionan vértebras descarnadas y nocturnas. Y las coleccionan por el mismo motivo que les lleva a pintar penes encendidos en las puertas de los retretes de las niñas en la escuela. El primer pene que yo vi en mi vida tenía ojos en el glande y era él quien me miraba a mí.
Se citan cinco o seis zagales en la Cuesta del Cementerio, cuando ya la noche no deja lugar a dudas, y uno de ellos va, solo, hacia las tapias imponentes que separan su vida de la de los muertos. Los otros, a una prudente cercanía, vigilan que sea cierto que el novicio entra en el oscurísimo sembrado de los esqueletos. Al día siguiente, en el recreo, nos reunirán a nosotras, las niñas, para enseñarnos los huesos robados en la zanja donde los tiran una cuneta que recorre por dentro los contornos del cementerio y darnos testimonio de la veracidad de la hazaña: haber entrado su dueño, solo y de noche, a cogerlos. Dirán que éste ha demostrado así no ser un mariconazo, como el Josemari, el hijo del cabo de la guardia civil, que le compró sus huesos al Paco Chico por diez duros para no tener que saltar la tapia, para poder quedarse, muerto de miedo, a la vuelta de la esquina, por fuera del camposanto.
Y es que, cuando le tocó ir al Josemari, todos vieron cómo se alejaba en la oscuridad y se perdía en ella. Pero lo que en verdad hizo fue quedarse de este lado de las tapias, donde los otros no podían verlo y, al rato que le pareció prudente, volvió contando los mismos sustos que había oído contar a los demás y enseñando los huesos que dijo haber encontrado. Y todos se lo creyeron, claro que sí. Hasta que el Paco Chico vino a descubrir que los huesos eran suyos, que el Josemari no había tenido huevos para entrar a buscar huesos propios y que le había cobrado nada menos que diez duros por prestárselos unos días.
Cuando el padre del Josemari se enteró, porque el escándalo estaba ya en boca de todos los críos del pueblo, y de los mayores también, lo agarró de una oreja y, a pescozones, lo subió una noche toda la Cuesta chillándole que él no criaba maricones, y lo obligó a saltar la tapia y a quedarse solo en el cementerio hasta que él lo llamara, y allí lo tuvo sus buenas dos horas...
Pero no terminó ahí la cosa, porque todo el pueblo se enteró también de lo que había hecho el padre, que lo hizo precisamente para que todo el pueblo se enterara, y el maestro de Lengua dijo que todo eso era sacar las cosas de quicio y que harto mejor haría la guardia civil vigilando que nadie entrara en el cementerio, en vez de incitar a que lo hicieran sus propios hijos. Entonces, el comandante del puesto sancionó al cabo y el cabo castigó a su hijo a que no fuera ese año a las colonias de verano y Don Emilio, el director de la escuela, le llamó la atención al de Lengua por criticar, delante de los alumnos, a la Benemérita.
El caso es que, desde lo del truco del Josemari, los cinco o seis que se citan en la Cuesta del Cementerio, además de dar fe cierta de que el nuevo entra, lo registran primero para darla también de que no lleva en los bolsillos huesos previos. Cuando años después le tocó ir a mi hermano, me dijo que, a parte del registro, les hacían repetir el siguiente juramento:
"Juro que no haré trampas como el hijo del cabo. Y si las hago, que me muera como él, ahogado, que me coman los peces y que no me encuentren como a él no lo encontraron, y donde quiera que esté el muerto, si ahora miento, que venga y se me presente esta noche su esqueleto, cuando esté robando huesos. Amén".
Conocí al Josemari. Era un poco mayor que yo. Y lo recuerdo todo y que se ahogó en el río ese mismo verano que no fue a las colonias. Pero mis hermanos ya no lo conocieron y, como ha pasado siempre, llegará un momento en que nadie podrá explicar, aunque lo sepa de memoria, el origen de ese juramento.
* * *
No quiero ni pensar lo que sería para mí formar parte vertebral de la colección de huesos para el recreo de un machito en ciernes. Prefiero que me quemen, ser ceniza rápida. Aunque, a mí, lo que de verdad me gusta pensar es que desapareceré en "el corazón de las tinieblas"...
Cuando era pequeña, imaginaba a mi parecer, con todo lujo de detalles las selvas tupidas y oscuras del Amazonas de Colombia y las aventuras exóticas que debió de vivir mi padre mientras les sacaba madera para el aserradero de los asturianos a orillas del río Magdalena.
(El río hacía gratis el porte de los troncos de dimensiones mitológicas. De haber querido, el río habría conseguido cobrar por el trabajo de su corriente lo que le apeteciera, porque no había en el mundo camión tan grande que fuera capaz de llevar uno solo de aquellos árboles.) Las imaginaba, pero no se las contaba a mis amigas ni a nadie, como no me las contaba a mí mi padre, ni a nadie, por no parecer tontos y creídos y dar la impresión de querer impresionar, que en los pueblos es muy peligroso cualquier exceso. Pero yo no las contaba, además, por todo lo contrario de la humildad: no me parecía a mí que fuera yo tan pobre de espíritu que necesitara contar los alardes de otros para lucimiento propio. En aquel entonces, había crías que hablaban del viaje que había hecho su padre a Madrid, sin que ellas hubieran ido siquiera, como quien cuenta, sin embargo, su participación en un hecho histórico. A todas nos gustaba presumir; lo que no entendía era cómo ellas no se daban cuenta de que era precisamente así, conformándose con el material ajeno, como se condenaban solas a vivir de prestado.
Tú, si tuvieras que suicidarte, ¿cómo te suicidarías? Eso me preguntaba Tere de pronto, a cuento de nada, entre chupetón y chupetón de piruleta roja con la que nos pintábamos los labios. O se lo preguntaba yo, lo mismo o algo por el estilo, frenando en seco una carrera que tampoco tenía ni pie ni motivo. Porque eran años, sobre los once o doce, en que toda posibilidad, toda alternativa, toda encrucijada de caminos, se convertía para nosotras en una pregunta íntima, que era imprescindible responder. Se convertían en preguntas tan importantes para nosotras, como intrasladables a las personas mayores, que decían siempre:
¡Qué tonterías se te ocurren! Yo no pienso suicidarme.
Bueno, ya, pero si lo pensaras alguna vez, ¿cómo te suicidarías?
Es que no lo voy a pensar nunca seguían ellos.
¿Pero qué te cuesta pensarlo ahora en un momento?
Era como si no supiesen que se podía pensar cualquier cosa sin ningún compromiso de hacerla luego.
Que me dejes, que no tengo tiempo de tonterías.

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:29 pm

¿Y cómo podía ser la necesidad trascendental de tener prevista una respuesta propia para cada cosa una tontería?
Si se estuvieran ahogando al mismo tiempo tu hermano y tu hermana y sólo te diera tiempo a salvar a uno de los dos, ¿a quién salvarías?
¡Vaya una ocurrencia! Esas cosas no pasan
Decían ellos y se quedaban tan panchos, como si pensaran que nosotras éramos tontas y que no sabíamos que esas cosas no pasan.
¡Ya sé yo que no pasan, qué tendrá que ver! No te lo pregunto porque vaya a pasar, yo te lo pregunto para saber qué harías tú, suponiendo, es un "suponer".
Aunque a veces, de buenas a primeras, sorprendentemente, una de nuestras preguntas de tener que elegir, tan igual a cualquier otra, provocaba en ellos, sin embargo, la misma necesidad de ser respondida que en nosotras:
Si tuvieras que irte fuera de España a la fuerza, ¿qué país elegirías?
¿Si tuviera que irme, dices?, ¿a la fuerza?
Sí, eso, ¿qué país elegirías?
Pues... no sé... si no tuviera más remedio... no sé, pero adonde no me iría, seguro, es a Francia o a Alemania.
¡Oh, no! Y es que, no obstante el buen comienzo, seguramente era mucho pedir que lo hicieran todo bien.
Sí, vale, a lo mejor no te irías ahí, pero lo que yo te pregunto es "adónde" te irías, a qué país, tienes que elegir uno.
No sé, a cualquier país de Sudamérica: es mejor ser cabeza de ratón que cola de león. Además, allí se habla lo mismo que aquí y eso cuenta mucho.
Que sí, que bueno, pero que tienes que decir uno, ¡no puedes irte a todos a la vez!
Venga, di, ¿cuál elegirías?
¡Ay, nena, yo qué sé, pues uno! Qué más da eso ahora, ya lo pensaría...
¿Es que no puedes pensarlo ahora, eh, no puedes? Imagínate que tienes que irte mañana mismo, que no te queda más remedio y que tienes que irte mañana mismo... ¿Adónde te irías?
¡A Méjico, mira, ¿te parece bien a Méjico?! ¿O no te parece bien?
* * *
Cuando se lo pregunté a la Vázquez siguió Tere con lo del suicidio , ¿sabes lo que me dijo? Me dijo que, ella, cortándose las venas, como en las películas. Pero yo no me creo que se atreviera. Lo que le pasa a la Vázquez es que se cree muy valiente.
Seguramente ella se ahorcaría, como todos en este pueblo dije yo con desprecio. Aquí todo el mundo se ahorca en una oliva, no tienen cabeza ni para eso. Se le ocurriría a uno la idea, al primero, y luego ya todos igual, hala, como borregos. Ea, pues lo que tienen más a mano: un ramal y una oliva. A mano tienen también una escopeta, veneno de curar las olivas, un pozo, los cables de la luz... Que no, Tere, que no es por eso.
Pues yo, desde luego, así no; ahorcándome, no. Dicen que se tarda mucho y que pegas estirones con los pies, como un conejo antes de entrar en el arroz...
...y se te sale medio metro de lenguaaa...
Nos reíamos mucho con cualquier clase de deformación de la cara.
Yo no, yo ya me he pensado cómo. ¿Y tú? me preguntó
Yo también. ¿Y cuál es tu manera?
No vale, te lo he preguntado yo primero se quejó.
Da lo mismo, Tere, si te lo voy a decir igual...
Pues por eso: como da lo mismo, empieza tú.
Por mí... Si quieres empiezo yo, pero te va a parecer una manera muy rara y vas a querer que te la explique, ya lo verás.
¿Seguro?
Seguro seguro, palabra.
¿Y no va a ser una explicación tonta? ¿No me engañas?
Que no, Tere, que no ¿Cuándo te he engañado yo en eso?
Lo generalmente establecido era que quien hacía primero la pregunta tenía derecho a recibir la respuesta en primer lugar; pero como no siempre era yo quien hacía la pregunta en primer lugar, no me quedó más remedio que idear algo para esos casos. Y lo que inventé fue una especie de oferta especial que consistía en que el precio de una explicación era ceder el orden. Si alguna vez, sobre todo al principio de la entrada en vigor del trato, Tere no había aceptado de antemano la cesión, simplemente se había quedado sin que le explicara el porqué de alguna rara respuesta mía. De manera que ahora ya, a estas alturas, ella sabía muy bien que cuando yo decía que iba a querer explicaciones era verdad que las iba a querer.
Vale. Pues yo, si tuviera que suicidarme empezó a decir, sonriente y con un poquito de avidez, que se le notaba sobre todo en las comas: las hacía breves, pero tragando mucho aire, lo que significaba que estaba muy orgullosa de la idea que se le hubiera ocurrido , elegiría una manera facilísima y que no te enteras: me tiraría desde el sitio más alto que encontrara. Así por lo menos me daría el gustazo de sentir el gustirrinín ese que te da con el vértigo, como en la noria de la feria, pero mucho más fuerte. Dicen que la montaña rusa es más fuerte que la noria... ¡Pues imagínate un precipicio!
Nuestras preguntas eran tan "un suponer", por el mero ejercicio de suponer o más bien por lo dicho antes, por la necesidad de abarcar todas las vidas posibles y todas las muertes posibles como nuestras vidas posibles y nuestras posibles muertes que no resultaba en absoluto contradictorio que Tere, lejos de querer suicidarse, pensara en hacerlo de la forma que más placer le produjera.
Bueno; todo es mejor que echarse un ramal al cuello...
¡Pero por qué tienes tanta manía con eso! saltó ella, creo que dolida por la cicatería de mi comentario . No se te va de la cabeza; el otro día lo sacaste también para no sé qué que no me acuerdo...
No se me va de la cabeza, porque aquí todo el mundo hace las mismas cosas de la misma manera. Hasta eso, hasta matarse. Y resulta que la única ventaja de suicidarte es que eliges tú la manera de morirte, ¿o no? Digo yo.
Vale, pero no empieces ahora con tus reconcomes y venga, di, que te toca.
Yo, para suicidarme a mi manera, tendría que irme muy lejos de aquí. Porque yo me suicidaría adentrándome en el corazón de la selva.
¿Cómo en el corazón de la selva? Y después de pensarlo medio segundo, siguió
¿Y qué, a esperar que te coma un león? ¡Eso no vale!
¡Que no es esa clase de selva! Que es la otra, la del Amazonas. La que yo digo se llama "selva virgen" y en ella no puede sobrevivir nadie que no sea de allí. Si te metes en la selva bien adentro, tienes la muerte segura. Pero segura segura, eh.
¡Pues vaya una manera! ¡Eso no es suicidarse!
¿Cómo que no? Claro que es un suicidio. Desde el momento y hora en que te metes porque quieres y sabiendo que, si te metes, te mueres. No sabes cómo, no, eso no; pero como sabes seguro que te mueres... pues por eso es un suicidio.
¿Te digo una cosa? Que son ganas de hacerte la interesante.
Mira, Tere, no me apetece discutir. Si quieres, te digo por qué; pero si no vas a hacer caso de lo que te diga... pues prefiero callarme y punto.
¡Ah, no, hija mía, no, es que ahora no tienes más remedio que decírmelo!
Bueno. Pues eso. Que yo me suicidaría así porque, si me suicidara, seguro que no sería por culpa mía, sino por culpa del mundo. Y no pensarás que yo le haga el favor al mundo, encima, de elegirle la manera... De eso nada. Soy yo la que decido que quiero morirme, vale, eso sí. Pero digo yo que será por culpa del mundo, me imagino, que me habrá amargado la vida, ¿o no? Pues entonces, si es por culpa del mundo, si en el fondo es el mundo el que me mata, tiene que ser el mundo el que me mate, aunque sea un suicidio. Y, yo, a esperar a ver de qué manera se le ocurre a él.
¡Jo, eso que dices es precioso, precioso de verdad! A Tere, de vez en cuando, se le iluminaba la cara y se emocionaba de repente, ante mi sorpresa, con una intensidad de la que yo no era capaz . Y me recuerda otra forma muy bonita de suicidarse que se parece mucho, que consiste en que te metes maradentro, maradentro, maradentro, hasta que te ahogas.
Sí, se parece. Pero en el mar... se lo dije suavemente porque, después de su generoso entusiasmo con lo mío, me daba pena quitarle la razón , aunque se parece, en el mar sabes que te vas a ahogar, no te queda el misterio de no saber cómo te mueres. Además, el mar devuelve a los muertos. Y yo digo lo que digo porque, de mi manera, adentrándome en el corazón de la selva, nadie nunca jamás encontraría mi cuerpo, desaparecería de verdad y para siempre, no me pondrían una lápida.
Más que el suicidio, lo que tenía realmente muy pensado era la muerte dentro del misterio de la selva. Las ganas de adentrarme y comprenderlo seguramente se me contagiaron en Colombia, viviendo allí, tan cerca de él.
Hay un sitio, efectivamente, donde la vegetación es el Todo (Todo Materia, como dicen de los puntos negros, pero en color verde), donde un ser verde es indistinguible como unidad porque es parte, nacimiento y muerte, simultáneo y yuxtapuesto, de otro ser verde y miles más, en la selva ardorosamente poblada y tanto, que la tierra (un asunto mineral e inorgánico, a fin de cuentas) hace ya varias noches de los tiempos que no existe allí. No hay tierra y, como no hay tierra ya, lo verde arraiga sobre sí mismo en estratos incontables y los troncos de los árboles hacen las veces, por el parecido que les concede su marrón solidez, de suelo. Aunque de suelo vertical y cilíndrico, imposible de parcelar en medidas cuadradas (un especulador urbanístico tendría que especular en metros cúbicos con ese suelo tridimen- sional que es el único que allí quedaría, previamente desalojadas, se entiende, de sus chabolas, las que tienen en los surcos de los trancos, las poblaciones autóctonas de muchas otras razas que las orquídeas). Bien, pues en lugar de suicidarme con pastillas, disparos o alguna espantosa caída, optaría por suicidarme penetrando en "el corazón de las tinieblas".
Una vez adentrada en "el corazón de las tinieblas", una de sus diminutas venas venenosas me mataría. No tendría que andar mucho a machetazos para que una de esas abundantísimas serpientes, infaliblemente venenosas, diminuta, sí cuanto más pequeña, más matona, me inoculara sustancia bastante, con ser apenas una gota, para matarme, no ya a mí, sino a alguien dos veces más grande que yo. Y no siendo mi ánimo el de sobrevivir, sino el contrario, no llevaría botas altas de cuero que me protegieran los lugares habituales del mordisco.
Llevaría, como se llevan ahora, unas zapatillas blancas de lona, desnudado de cordones el empeine, además. No llevaría tampoco una chupa de cuero que pudiera evitar los también envenenados arañazos de ciertos espinos; llevaría una camiseta de algodón y de manga corta... En fin, de veranillo, me vestiría de veranillo para la ocasión.
* * *
Yo tenía ocho años y aquel era un cristal mágico, de los que en el cine producen espadas de luz que ciega a los malos y salva a los buenos. Del tamaño de un chicle Bazoca de tres ruedas. Transparente y con aristas, como los diamantes. Por una de sus caras, parecía estar roto. Parecía, por esa cara, que alguna vez hubiera sido un cristal mágico entero, del tamaño de un huevo, que perteneció a una señora muy vieja, muy sencilla y muy buena, de ojos azules y muy sabia, con un moño de pelo blanco y muchas horquillas sujetándolo, que tuvo que partirlo por la mitad para darle un trozo a cada una de sus dos nietas gemelas el día que las dos, cada una por un lado, salieron a recorrer el mundo. Tuvo que partirlo porque quería protegerlas a las dos por igual y sólo tenía un cristal mágico. La magia del cristal se dividió así por la mitad y, de seis deseos que podía conceder el cristal entero, ahora podía conceder tres cada mitad.
Cuando la gemela presumida y caprichosa gastó sus tres deseos y exigió el cuarto y el cristal no pudo concedérselo, se enfadó mucho y lo tiró al río para que se perdiera entre los guijarros, gruñendo con su voz de pito: "¡Ya no eras más que un pedrusco, ya no me sirves para nada, ya no te quiero!".
En el río, donde bajábamos a bañarnos mis padres y nosotros y mis tíos y mis primos, y comíamos paella y mi padre tendía, de chopo a chopo, una hamaca de los indios de Colombia con los que había vivido mientras estuvo cortando madera en la selva, encontré yo el despreciado cristal mágico de la gemela tonta. No es que la gemela tonta hubiera estado precisamente allí, en el Charco de la Pringue, es que los ríos van cruzando países enteros, desde lo más remoto, hasta que llegan al mar, y el río lo había arrastrado hasta allí y yo lo había encontrado, por el brillo, cuando me mandaron traer la sandía que se estaba enfriando en el agua, dentro de una malla de plástico rojo que estaba atada a los juncos para que no se llevara la corriente el postre.
Nena, hija, tira eso, que te vas a cortar eso fue mi madre.
Y mi primo, el mayor:
¡Vay' un tesoro! ¡Ya ves tú, un culo de botella!
¡Que ya, que sí hombre, un culo de botella! No se parez' an culo de botella ni en lo blanco loh ojoh. Le pinta sé un culo de botella lo migmo q' a un santo dog pigtolah, que t' entereh ésa era yo, sí, con ocho años.
En aquella época me dediqué a adoptar como mío el acento andaluz de los demás niños porque todos se reían del colombiano que traje. Y no sólo el acento, también las frases hechas. Sin embargo, tanto esfuerzo no me servía de mucho, porque parece que no era sólo el acento o los modismos.
Oye, prima, tú ereh mu rara, hablah raro pa la edá que tieneh... Siempre diceh cosah largah y con ejemploh...
Deja a la chiquilla, Pepe eso fue mi tía.
... pero no te log sabeh bien, tú no sabeh poner bien log dichoh. Mira, se diz' asín, por ejemplo: "Ereh má rara q' un piojo verde" Y se rió.
Y tú ereh tonto, mág tonto qu' el qu' asó la manteca. le dije.
Y entonces se rieron todos. Y mi tío:
¡Anda, toma ésa, Tomás! aunque dijera "Tomás", le estaba hablando a mi primo Pepe. ¡No dirás que eso está mal dicho! Y déjala, que ya aprenderá ella a ponerlos en su sitio, que tu prima es muy lista. Ya quisieras tú, gañán, sacar las notas que saca ella.
¡Eg que tercero eg mu fácil, tercero lo sacah con la gorra! empezó a explicar él. Pero los mayores ya no hacían caso. Se estaban riendo de otra cosa que había dicho mi tío y que no tenía nada que ver con nosotros, así que mi primo me miró para seguir hablándome sólo a mí:
Pero ya veráh tú, so lista, cuando llegueh a quinto, con loh conjuntoh y con tog loh rioh y tog loh sistemah montañosoh.
Yo no he dicho ná, primo.
Sí, tú m' hag llamao tonto.
Y tú a mí piojo.
Porqu' ereh mu rara, deverdá deverdá qu' ereh mu rara.
No soy rara.
¡Ay que no! ¡No poco!
Eg porque soy mág chica que tú y no m' entiendeh.
D' eso nada. La Marisa y tú tenéih la migma edá y no sos parecéis en ná, pero en ná, vaya. Mi hermana eg normal, mientras que tú... Bueno, pog qu'ereh mág bien rara, qué quiereh que te diga...
Eso eg porque t'he dicho que égte eg el cristal mágico que tiró la gemela tonta... Pero yo lo digo pero no me lo creo.
No eg por eso. Yo también m' iganino cosah, tol mundo s' imagina cosah, yo lo digo por tó... Que ereh mu rara y ereh mu rara y y' astá, ea, no le deh mág vuertah.
No soy rara... Yo sé que egte cristal no eg mágico... ¡Pero un culo de botella no eg!
Eso sí que no eg. Y yo sí sé lo que eg; tú no lo sabeh, pero yo sí lo sé lo que eg ¿Quiereh que te diga lo que eg de verdá? Mira, ¿veh? Eg un trozo d' un cenicero d' esos qu' hay en el egcaparate de lo de Muebleh Arpi, que brillan mucho y son mu caroh porque son p' hacer un regalo d' una boda. Por eso tiene egtoh picoh, porque eg un cenicero egpecial. Si egte trozo fuera de la parte que tiene la cata donde se pone el cigarro, entoceh sí que te daríah cuenta de qu' eg un cenicero y no vendríag con qu' eg un culo de botella, porque un culo de botella eg imposible que sea, ¿no veg que no pue ser?... Yo digo qu' eg mágico, vale, sí, pero yo lo digo pero no me lo creo ¿Lo veg que no me lo creo que sé qu' eg un cenicero? ¡¿Pero eg que no te dah cuenta?! ¡¡Lavirgen!! ¡Pog precisamente por eso digo qu' ereh mu rara! Que si el egcaparate, que si la boda, que si la cata del cigarro... ¡Y to pa decí qu' eg un cenicero!
¡Claro! Pog porque no eg un cenicero normal, como loh cuadraoh de loh bareh, que son lisoh y no tienen picoh y por eso a lo mejor un trozo d esoh sí se puede confundir con un culo de botella. Mientrag qu egte no. Y yo no digo qu' egte trozo sea jugto d' un regalo d' una boda, no digo eso, te lo digo como si dijéramos pa que veah que no eg un cenicero normal...
¡O si no, ¿cómo lo digo?!
Bueno, ala, ya, ea, no me calienteh mág la cabeza, que yo sé mu bien lo que me digo. Lo que pasa eg que tú no lo veh porque te sale asín, sin date cuenta.
¿Qu' ég lo que me sal' así?
Pog lah egplicacioneh, que t' egplicah mág qu' un minigtro, que t' enrollah mág que... que bueno, ¡Que me dejeh ya en paz que me voy a bañame! Y se fue.
Tenía que haberle dicho desde el principio que sí, que era un culo de botella, aunque no fuera un culo de botella, porque lo que mi primo había querido decir es que no era un cristal mágico, sino un cristal cualquiera y que no importaba de dónde fuese. A mi primo no le importaba de dónde fuese, y a mí tampoco, pero yo, aunque no me importara y aunque apenas me fijase, no podía evitar caer en la cuenta de lo que podía y lo que no podía ser una cosa. Cualquier cosa.
Tenía que aprender a no dar explicaciones, a no pasar nunca del principio, a parar a tiempo, a no desarrollar, a quedarme donde se quedaban todos, a no ver más allá, ni siquiera las evidencias más evidentes. Tenía que aprender a no hacer frases largas y un montón de cosas más.
Cuando mi primo fue a bañarse y me quedé sola con mi cristal mágico, se me saltaron las lágrimas. Y es que no era sólo mi primo...
Salgo un momento dijo Sor Josefina , cuando vuelva, tenéis que tener terminados los dos ejercicios de multiplicación de decimales de la página cuarenta. En silencio. María Dolores Torres, te quedas de encargada, y apunta en la pizarra a las que hablen. La Torres disfrutaba mucho cuando Sor Josefina la dejaba de encargada. Salió a la pizarra estirando el cuello, como las gallinas, se colocó en medio y cogió una tiza sin partir, nueva y larga, para tenerla amenazante frente a todas. Sor Josefina no elegía a la Torres porque fuera la que mejores notas sacaba, sino porque era la que más mala leche tenía.
¿Vas a apuntar? se le preguntaba a la encargada en cuanto Sor Josefina salía, con un tono a mitad de camino entre el desafío y la sincera curiosidad.
Si la encargada era la Torres, la respuesta era siempre la misma: Ya veremos, según me dé.
Sin embargo, su tono no permitía concebir esperanzas de impunidad. Lo que de él se desprendía era más bien una decantada vocación sádica que utilizaba la incertidumbre como un instrumento más de tortura.
Con dejar a una encargada, no se conseguía que no habláramos, aunque sí fastidiarnos lo bastante para que tuviéramos que hacerlo en voz baja y sin levantarnos de un pupitre a otro. Pero, bueno, a cambio de eso, sabíamos también que dejar a una encargada significaba que Sor Josefina tardaría en volver más que si no la hubiera dejado.
Yo procuraba hacer los ejercicios enseguida para quedar libre cuanto antes, pero Tere tardaba más en terminarlos. Tere Mora no era sólo mi compañera de pupitre, era mi mejor amiga.
¿Has terminado, Tere? le urgía yo.
Todavía no, me queda la multi del segundo.
Venga, apunta lo que sale y ya está.
¿Y si me dice que lo explique?
¡Hija, pues lo explicas, ya ves tú, son todos iguales! Oye, Tere, ¿cuál es tu color preferido, el que más te gusta?
¿Mi color preferido?
Sí.
¿El que más me gusta?
Sí.
Pues... no sé... me gustan todos, todos son muy bonitos.
"Me gustan todos, me gustan todos..."
¿Cómo te van a gustar todos? ¡Habrá uno que te guste más!
Bueno, sí, a lo mejor, ¿y a ti?
No vale. Te he preguntado yo primero. Venga, di, ¿cuál es el que más te gusta de todos, el que más más?
¿El que más me gusta de todos, el que más más...?
¡Jo, Tere, me pones nerviosa, siempre repites lo que yo digo! ¡Hija, por dios, que no es tan difícil!
No es que sea difícil, es que me lo estoy pensando.
Bueno, pues, mira, déjalo, porque si te lo estás pensando, es que no tienes color preferido.
Aquello era, yo lo sabía, acusarla de padecer la peor de las pobrezas. Hubiéramos soportado bien ser niñas sincamisa, pero era una vergüenza insoportable no tener color preferido, o monja que mejor te cayera, o niño de las Graduadas al que odiaras más con todas tus fuerzas.
Sí tengo. Lo que pasa es que me gusta uno que no sirve para la ropa ni para nada.
¡Y qué! Yo digo tu color preferido, el que más te gusta, sin pensar que sea para esto ni para lo otro.
Bueno, pues... el que más, el amarillo.
¿El amarillo? ¡Cucha, oye!
Sí, el amarillo, qué pasa.
Nada, que vaya un color preferido... ¡el amarillo!
¿Qué le pasa al amarillo? ¡Bien bonito que es!
Si yo no digo que sea feo, pero que es un color que no... que... Bueno, que es un color muy tonto, vaya. O si no, di ¿por qué te gusta el amarillo?
¿Que por qué? Pues porque me gusta y me gusta y ya está, por eso.
Sí, pero te gustará por algo, ¿o es que te gusta porque sí, a tontas y a locas?
Sé per fectamente por qué me gusta. Me gusta porque... es el color del sol y el color del trigo maduro...
"El color del sol, el color del trigo". ¡Menuda tontería! También es el color de los canarios.
¡Vaya un motivo para elegir el color preferido!
¿Por qué va a ser una tontería? ¿Porque lo digas tú? ¿Y el tuyo cuál es, so lista? Venga, dilo si te atreves...
Pues claro que me atrevo. Mi color preferido es... el azul.
¡El azul! ¡Vaya un color preferido, el azul! "El azul del cielo, el azul del mar..." ¡Eso sí que es una tontería!
Pero es que yo no he dicho que me guste por eso, Tere.
Da igual por lo que sea. El caso es que el azul es un color tan tonto como el amarillo, o más tonto todavía.
¡Que ya! ¿Cómo va a dar igual? El amarillo no tiene nada; da lo mismo que te guste el amarillo, que que te guste el naranja o el rosa o el verde...
¡Sí, y el azul tiene mucho, ya ves tú!
Claro, como que es un color especial.
Lo que tiene de especial es que es el tuyo, eso es lo que tiene. Y por eso es el mejor. Si te gustara el amarillo, dirías que el amarillo es el mejor.
No, porque yo sé muy bien por qué me gusta. Me gusta el azul porque es mágico, para que te enteres. Da la casualidad de que es el único color mágico que existe en el mundo, para que te enteres y te empapes. Porque tú lo digas. Yo no le veo la magia por ningún sitio.
No se la ves porque no es que tenga magia así como si dijéramos que hace milagros, no. El azul es el color de la magia igual que el blanco es el color de la pureza, y por eso vamos a hacer la Comunión de blanco. Igual que el negro es el color del luto y de hacerse vieja...
Pero no es que si te vistes de blanco te vuelvas pura, claro que no; o que te hagas vieja de repente si te vistes de negro... Es como si dijéramos que lo representan, ¿lo entiendes o no lo entiendes?
¡Cómo no lo voy a entender! ¡Eso lo entiende cualquiera! Pero que no le veo yo la magia al azul. Que no se la veo por ninguna parte, vaya.
¡Hija, Tere, está muy claro! ¿Tú por qué crees que se dice lo del Príncipe Azul? Todo el mundo sabe que eso no quiere decir que el príncipe sea azul de verdad. Lo que quiere decir es que es el príncipe encantado de los cuentos y, como está encantado y como ya se sabe que el encantamiento es una cosa mágica, y como resulta que el azul es el color de la magia, pues por eso se dice que es el "Príncipe Azul". No se dice el príncipe amarillo, ni el príncipe blanco, ni el príncipe verde...
Ya, bueno. Pero eso fue porque se le ocurrió a uno el azul, igual que a otro se le ocurrió el negro para el luto. No tiene nada que ver con el color, es un capricho. Como el blanco para la pureza.
No es un capricho. Yo sé lo que quieres decir, pero un capricho no es. Porque las cosas de la vida no son nunca un capricho, Tere, parece mentira que no lo sepas.
¡Ya estás hablando como una maestra!
No te metas conmigo que no te va a valer de nada. El blanco es el color de la pureza porque en el blanco se ven todas las manchas, por eso, porque no se puede disimular ninguna. En el blanco se ven hasta los roces. Y por eso es el color que representa lo más limpio; no es un capricho, ¡cómo va a ser un capricho! Igual que el azul es el color de la magia, porque no puede ser otro, te pongas como te pongas.
¡Bueno, para! ¡Para ya! ¡Que tú coges carrerilla y no hay quien te pare! A lo mejor es por eso lo del blanco, a lo mejor, pero lo del azul te lo has inventado, porque para el blanco hay muchos ejemplos, pero para el azul nada más que hay uno, el del príncipe, uno nada más y por casualidad ¡Uno!
Que no, Tere, que lo del azul está todavía más claro que lo del blanco. Mira... ¿Qué pasa si metes una cosa blanca en un tinte amarillo, un suponer? Pues que sale amarilla, ¿no? Y si la metes en un tinte rojo, sale roja, ¿no? Pues tú fíjate si será mágico el azul, que es el único color que has visto en tu vida que metes una cosa blanca en él y sale más blanca todavía. Metes una sábana en el azul más azul que existe, que es tan azul tan azul que por eso se llama azul azulete, y sale más blanca que estaba. Es el único color que deja las cosas más blancas que el blanco, por eso es mágico. Y también más negras que el negro. Porque en Colombia había algunos negros tan negros tan negros, que mi padre decía que, de puro negros, eran ya azul marino... Y eso lo hace el azul con el blanco y el negro, porque el blanco y el negro son como si dijéramos los representantes de todos los colores, que bien claro que lo pone el libro de Naturales... Por eso, la magia que hace el azul con ellos es como un ejemplo de la magia que tiene con todo en la vida.
¡Qué barbaridad! ¡Vaya zurriburri que lías! ¿Qué pasa? ¿Es que no puedes decir que te gusta el azul porque es muy bonito, como todo el mundo?
Y cuando salimos al recreo, Tere volvió a decirme que hay que ver la que armo sólo para decir que mi color preferido es el azul. Y luego, por la tarde, en la Catequesis de Preparación de la Primera Comunión, cuando Sor Rosario explicó lo que era el Pecado de Soberbia y le pidió a Tere que pusiera "un ejemplo de su cosecha", ella dijo que era como cuando alguien se prepara mucho una cosa y se la piensa muy bien para que le salga muy bien dicha y todo nada más que para hacerse la interesante y para poner en ridículo lo que piensa otra persona y que esa otra persona parezca tonta. Sor Rosario le dijo que lo explicara mejor, que no se entendía muy bien. Pero yo sí lo entendí a la primera. Ésa era, efectivamente, la teoría de Tere sobre mí: que yo fingía sentir o pensar de manera distinta sólo con tal de hacerme la interesante. Y lo cierto es que durante años me costó mucho saber si sentía o no realmente las cosas que decía sentir. Cuándo tenía razón ella y cuándo no.
Quizá ahora, después de tanto tiempo, tenga al fin un criterio y una sonrisa de distancia para dilucidar aquella cuestión. Y es que, mientras que Tere me acusaba sistemáticamente de lo mismo, y no sólo Tere, a mí no todas las incomprensiones me dolían por igual, no todas las veces que se me negó la sinceridad de lo que sentía me revolví. Recuerdo especialmente una vez en que se mezclaron ambas verdades. Se mezcló que Tere tenía razón sobre mí en la anécdota y que yo la tenía, sin embargo, en la conclusión. Éramos muy pequeñas, pero, en aquella ocasión más nítidamente que nunca después, tuve la extraña sensación de saber con certeza cuál sería la conclusión del proceso, adónde conducía, a qué clase de futuro, el camino de pensamiento que ella llevaba y el que pretendía seguir yo.
La cosa empezó por querer, sí, hacerme la misteriosa y la importante después de una visita al médico. Todas hacíamos lo mismo cuando nos llevaban al médico, pero se ve que para Tere, ese día, no tocaba pasarme por alto el pecadillo.
¿Y qué te han hecho? me preguntó.
Tere todavía no había conseguido que su madre le quitara las trenzas. Parece que la estoy viendo allí, en la Plaza de los Caños, jugueteando con la escobilla final de una de ellas, la de la derecha, probablemente.
Cosas. Estoy muy mala, Tere: tengo una enfermedad muy malísima y lo más seguro es que me muera.
Sí, ya, bueno, pero qué te han hecho, ¿te han puesto una inyección?
En el médico no te ponen inyecciones, Tere, no seas tonta. Para eso tiene que venir el practicante, con el ataúd pequeño de plata donde cuecen las agujas.
¡Ataúd de plata! No empieces a hablar raro, eh, y cuéntame qué te han hecho.
Sin duda a ella le importaban más los detalles técnicos que mi estado terminal.
Me dijo que me subiera la camiseta y, cuando me la subí, vi que tenía en la punta de una tetilla, de ésta, una borra de pelusa, de la pelusa que hace por dentro calentitas a las camisetas nuevas. También las bragas eran nuevas, mi madre me puso de estrena, "no vaya a pensar el médico...", ya sabes. Y a mí me daba tanta vergüenza quitarme la borra delante del médico, que no me la quité; pero también me daba vergüenza tenerla allí, justo justo en la punta...
¿Y qué?
¿Y qué, qué?
¡Que qué más! Tere se impacientaba.
Pues que el médico se puso a oír con esa cosa fría y dura; dolía mucho de fría que estaba; y se le puso cara de estar oyendo los silbidos de las serpientes de cuando te vas a morir en el catecismo.
¡Anda ya, te vas a morir!
Lo más seguro, Tere, lo más seguro...
¡Que sí, que ya, que te vas a morir por un resfriao!
No era un resfriao. Era la bicha negra que te va comiendo por dentro mi interpretación empezaba a ser ya lo suficientemente exagerada y dramática como para que Tere se diera cuenta de que tendría que reírse cuando yo acabara porque era una broma , que se te enrosca por los huesos buscando uno que esté abierto. Y, cuando encuentra uno abierto, se te mete por dentro de los huesos. Y para ir cabiendo por dentro de los huesos, porque, si no, no cabe, te chupa el tuétano, el puré ése, blandurrio, que llevan los huesos del cocido por dentro. Y se te va metiendo y metiendo y, a medida que se te mete, cada vez puedes moverte menos y menos, hasta que te quedas tiesa... y, bueno, ya sabes que, si te quedas tiesa, es que la has palmao. Aquí me eché a reír por fin. Pero yo sola. Ella no se reía Y eso es cáncer, Tere. Eso es tener un cáncer, no un resfriao. No sonreía siquiera. Tenía la cara muy seria, aunque yo sabía que no era, desde luego, porque se estuviera creyendo que me moría. Me miró muy fijamente antes de hablarme:
Ya te he dicho muchas veces que no me hace gracia que digas esas cosas; yo no pienso oírte más si hablas así. No es bueno. Te estás volviendo mala...
¡¿Qué?!
O... yo qué sé, es que parece que disfrutas con lo malo. No es que tú seas mala, no digo eso, pero es como si disfrutaras con las cosas malas de la vida, con las desgracias y con las cosas feas, y eso no es bueno. Tú te ríes porque te parece que es como un teatro, pero esas ideas se te van metiendo y metiendo, lo mismo que dices tú de la bicha, pero como si la serpiente fuera un demonio que se te mete en la cabeza y te va volviendo loca.
Ala, Tere, qué exageración, no digas tonterías.
Pero no pensaba que estuviera diciendo tonterías. Yo a Tere siempre le hice mucho más caso de lo que pudiera parecer. Porque, aunque las dos tuviéramos la misma edad, yo sabía que ella era, en la parte terrestre y ancestral del pensamiento, mucho más vieja y sabia que yo. Ella tenía una relación muy estrecha con una clase de ciencia tribal y primitiva, misteriosa para mí, que utilizaba de vez en cuando para sorprenderme y para recordarme que yo no tenía tierra, que no era del pueblo aunque hubiera nacido en él igual que ella, ni era tampoco de aquel país tropical en el que pasé mi primera infancia. Utilizaba su sabiduría, por más que no lo hiciera a propósito, para recordarme que yo había venido como un vilano, por el aire y sin raíces, y que me iría de la misma forma. Mientras que ella ahora sólo una estaca, pero luego oliva crecida , se quedaría, a pie quieto, a decirme adiós a mí y a seguir cumpliendo atentamente con su destino secular de dar cosecha allí.
A veces hasta me das miedo. Sobre todo cuando te ríes.
¡Cómo te voy a dar miedo yo, Tere!
Bueno, miedo miedo, lo que se dice miedo, no. Pero mira, por ejemplo, ahora que te estabas riendo con lo de esa enfermedad: tú lo dices con su nombre y con todas sus letras, tan tranquilamente, y una vez que yo dije el nombre de esa enfermedad, mi madre por poco me arrea un bofetón. Porque no se dice. Porque trae mala suerte.
¿Y tú haces caso de lo que dice tu madre? ¿Te crees que si dices cáncer, con que lo digas nada más, cáncer cáncer cáncer, te entra? ¡Venga ya, tú te lo crees todo!
Yo no me creo nada, no soy imbécil. Lo que digo es que hay cosas que tienen gracia y cosas que no tienen gracia, pero, aunque no tengan gracia, tú se la buscas siempre, y parece que disfrutas y disfrutas y no paras y sigues y sigues y te estás volviendo cada vez más rara.
Yo no me estoy volviendo rara. Yo siempre he sido así, que lo sepas. La que se está volviendo de otra manera eres tú.
¿De qué manera me estoy volviendo, vamos a ver? Ya estamos como siempre: tú, con tal de librarte, le das la vuelta a todo y ahora resulta que soy yo la que se está volviendo rara.
Sí, eres tú, y me da igual que te lo creas que no. Tú antes pensabas como yo y ahora te estás volviendo... yo qué sé... ¡como ellos, como todo mundo! Le haces caso a las monjas y a tu madre; y te crees sus cosas, que ya es el colmo.
¡No me las creo!
¡Sí te las crees! Aunque después, cuando las piensas bien, no te las creas, porque sabes que son tonterías, lo primero que te viene a la cabeza es creértelas. Lo primero que se te ocurre es creerte lo que ellos te dicen.
No. Pero, bueno, ¿y qué? Lo normal. Lo que no es normal es pasarse la vida como tú, buscándole siempre tres pies al gato, y sólo para hacerte la diferente. Tú mucho decir que te molesta que te digan que eres rara, cuando la verdad es que te encanta y eres tú misma la que se lo hace a propósito.
¡Yo no me hago nada! Y lo único raro que tengo es que no pienso ser nunca como la gente de aquí. Y si eso es ser rara, pues lo seré, me importa un comino. No pienso quedarme aquí. Yo me iré de aquí en cuanto sea mayor. Me iré a un montón de sitios y a un montón de países, y haré siempre lo que me dé la gana, y no tendré un marido que me mande y no tendré hijos que no te dejan moverte, y mi vida será como las que se cuentan en los libros y en las películas, y no como la tuya, que lo sepas. Yo antes creía que tú tampoco te quedarías aquí. Pero ahora me estoy dando cuenta de que no. Tú, cuando seas mayor, serás como todos los de aquí. Se te nota.
¡Y una mierda! ¿Pero tú quién te has creído que eres? Yo haré lo que me dé la gana, igual que tú. O más ¿O es que te crees que tú vas a poder hacer lo que quieras y las demás no? ¿Por qué, por tu cara bonita?
Por mi cara bonita no, porque yo sí voy a poder, por eso. Porque con querer de boquilla sólo no vale, hay que querer de verdad de verdad. Y hay que saber, además.
¡Claro, y tú sí sabes y las demás no sabemos! Me tienes harta. Te crees la Reina del Universo y los demás somos una mierda camparados contigo, que eres divina.
Mira, Tere, no quiero enfadarme contigo, me da igual, no me importa... Puedes pensar lo que te dé la gana.
¡Y ahora encima se hace la buena: "Mira, Tere, no quiero enfadarme contigo"! ¡Enfádate o haz lo que te dé la gana! ¡No sé cómo te aguanto!
¡Pues no me aguantes! ¡Cualquiera diría que me estás haciendo un favor! Por mí, vete a la mierda, si quieres.
Vete tú, que te sabes mejor el camino ¡con el montón de veces que has estado allí!
Pero nunca he podido entrar porque siempre habías llegado tú primero y me tapabas la puerta con tu culo como una plaza de toros.
A lo mejor tú no te tienes que ir a la mierda, te puedes ahorrar el viaje, con que te quedes donde estás, ya vale.
¿Sabes lo que te digo, Tere?: que aquí te quedas, que no tengo ganas de calentarme la cabeza discutiendo con una cebollona arrabalera como tú.
¡Mira quién fue a hablar, que cuando abre la boca se le oyen los gritos en La Redonda! La que se va soy yo porque ya no aguanto más el pestazo a zurullo.
Con una retahíla de réplicas y contrarréplicas tan larga como la que nos sabíamos de memoria a esa edad, parecía imposible que una pelea nuestra alcanzara alguna vez el punto final. Quién nos iba a decir, sin embargo, que, de todas las peleas de la vida, aquéllas estaban destinadas a ser, para siempre, las más breves.
* * *
Allí estaba yo, con mi cristal mágico en la mano, pero sola y medio llorando, mientras mi primo se bañaba tan tranquilo porque le importaba un pito la angustia que pudiera haber provocado en mí su juicio.
Aunque, bueno, a mí qué mi primo y Tere y el mundo entero... si yo sabía que un día aparecería por la Plaza de los Caños, cuando estuviéramos todas, una niña mayor, como del instituto por lo menos, y me llamaría a mí, y yo saldría de la fila de saltar a la comba y acudiría, habiendo adivinado ya, cinco o seis baldosas antes de llegar a su lado, quién era. Acercaríamos las cabezas para proteger nuestro secreto, y yo sacaría entonces del bolsillo de mi mandilón mi trozo de cristal mágico, y ella sacaría el suyo, y juntaríamos las dos partes y, en ese momento, a las dos nos envolvería una nube de luz, que luego explotaría en las narices de toda la plaza, como explota un globo, dejando el vacío y la desaparición donde hubiéramos estado.
Y, cuando fuésemos por al aire sobrevolando un campo nuevo y unas montañas más altas que la sierra, ella me diría:
Vamos a mi palacio, que fue mi segundo deseo, a que vivas conmigo, que fue mi primer deseo. Porque tú fuiste mi primer deseo. Yo tengo una hermana gemela que ahora no sé ni dónde está. Nos parecemos como dos gotas de agua, pero sólo delante del espejo. Y lo primero que le pedí a mi cristal mágico fue una verdadera hermana gemela que viniera a vivir conmigo en un palacio encantado, una mente gemela que pensara y sintiera como yo. Y mi cristal mágico me dijo, con su cristalina voz, que la persona que yo buscaba sería la misma que, habiendo encontrado su otra mitad, reconocería que era un trozo de cristal mágico y lo guardaría aunque ya no tuviera poderes. Pero me advirtió que tendría que esperar mucho tiempo, hasta que mi hermana gastase sus tres deseos y tirara su cristal al río y el río lo arrastrara adonde tú pudieras cogerlo. Para lo primero, para que mi hermana gastara sus tres deseos, casi no hubo que esperar: no hacía ni tres días que nos habíamos separado y ya no le quedaba ninguno. Pero estaba muy lejos de tu tierra cuando tiró el cristal. Y tardabas tanto y tanto en aparecer, que muchas veces estuve a punto de gastar el deseo que me quedaba en pedirle a mi cristal que tú encontraras inmediatamente su mitad... Pero me aguanté.
Y, entonces, ¿en qué gastaste tu tercer deseo?
No lo he gastado. Lo he guardado para regalártelo a ti.
* * *
El domingo que encontré mi cristal mágico fue el último de aquel verano que bajamos a bañarnos al río. Por culpa del río. Porque el río se traga a la gente, sobre todo a los niños. Se los traga hacia el fondo verde oscuro, lleno de piedras limosas y de madejas de ramas enmarañadas.
Como se traga el remolino del váter el papel higiénico. Y los cuerpos que se enganchan sumergidos, que no afloran y no encuentran los buzos de la guardia civil que vienen de la capital a buscarlos, se deshacen como si fueran de celulosa. Con los buzos, vienen las cámaras de la televisión y, con las cámaras, un hombre de traje y corbata que habla de espaldas al remanso, de pie en los chinorros blancos de la orilla. Nadie que no sea él se pasea, en pleno campo y con las calores de agosto, vestido de traje entero, de camisa de manga larga y chaqueta, todo muy abrochado, y una corbata bien ceñida.
La mujer de la bata de villela estampada de florecillas silvestres sobre un fondo azul turquesa muy lavado lloraba a voces desesperadas un rato, o ahogándose, tragando llanto, al rato siguiente. Una vieja de negro, junto a una gorda de su misma edad y un adolescente alelado, la consolaban y procuraban sentarla en una silla plegable, hecha del tendido de unas tiras de plástico de colorines ordenados en una secuencia de franjas de dos dedos de ancho cada una: amarillo rojo verde azul, amarillo rojo verde azul, amarillo rojo verde azul... "¡Ay, mi hijo! ¡Ay, mi Josemari mío! ¡Ay, dios mío, qué desgracia más grande!"

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:29 pm

A través de las rendijas amorcilladas de los botones de la bata, se le veía a la mujer el bañador marrón. Sobre la mesa plegable que acompaña siempre a esas sillas plegables, había todavía una fiambrera y un plato con restos de arroz.
Fue por la tarde. Cuando subíamos de vuelta al pueblo, con las toallas extendidas en los asientos para no mojarlos, vimos mucho ajetreo en la carretera, en otro sitio al que también suele ir la gente a bañarse.
¡Qué gentío! ¿Qué pasa aquí? Algo ha pasado, porque hay furgones de la guardia civil... ¡Uy, y algo gordo, además, porque está también la televisión!
Mi padre y mi tío aparcaron los coches y mi tío le preguntó a alguien:
¿Qué ha pasado?
Esta mañana... que se ahogó un chiquillo, por lo visto. El hijo de un guardia civil.
Ni a mi padre ni a mi madre les ha gustado nunca meterse en esas cosas y, desde que llegamos, estuvieron diciendo: "Vámonos vámonos, que aquí no hacemos nada, vámonos".
Pero mi tío: "Esperaos un poco, hombre, a ver si lo encuentran o a ver qué pasa". Mi tío sí que iba y venía y averiguaba y por eso todos los chiquillos estábamos de su parte y pendientes de los trajes de bucear, de las bombonas, de los focos que habían empezado a alargar el día y del resto de los materiales
* * *
Allí seguían plantados los del corro funerario mientras yo pensaba en todo y en nada. El protocolo de la muerte se me estaba haciendo, efectivamente, demasiado largo. Creo que hasta me hubiese ido y todo sin esperar al final, de no ser porque no podía salir de mi parapeto sin que me vieran.
Volví a acordarme de mi juego de niña. Pensé que también ahora hubiera sido divertido salir a buscar a otra coetánea muerta, la que me tocara por edad esta vez, y tomar su nombre como pseudónimo para, por ejemplo, escribirle cartas pornográficas a un profesor del instituto, el más mediocre de todos, cuyo miembro viril solía sublevarse en clase. Pero no me quedaba más remedio que seguir parapetada, así que limité la búsqueda en realidad no fue más que un vagar distraído de los ojos a las lápidas que tenía a mi alrededor, las que podía leer sin moverme de donde estaba. Y fue entonces cuando la vi:
María Bielsa
veinticuatro veces
R. I. P.
La lápida estaba allí, a unos pasos de mí, y yo leyéndola, y no podía creerlo. No podía creer que hubiera encontrado algo tan extraordinario. En cuanto mi padre y los demás hombres se fueran, me acercaría para tocarla, necesitaba hacerlo ¿De verdad estaba ante un misterio?
A partir de ese momento, el mundo entero se aceleró conmigo. Mi mente fue una verbena y se llenó de timbres de ganar premios. Los saltos de alegría que no podía dar con las piernas, los di con la cabeza, volteretas de euforia con el cerebro.
Ya ni siquiera vi lo que había ido a ver: cómo bajaban con las cuerdas el ataúd del muerto.
"Veinticuatro veces" y el nombre de una mujer: era lo único que les cabía registrar a mis cinco sentidos. Allí estaban de pronto, descendidos y encarnados en piedra, mi cristal mágico, la bruja de mi bicicleta o mi ansiedad de azul. Reales, visibles para cualquiera, pero míos, míos como las cuentas de un rosario. Ahora mis inventos mágicos parecían las cuentas encadenadas y sucesivas de un rosario que tenía en aquella lápida su misterio final. Una larga letanía hasta llegar a aquella sola cuenta solitaria; un marcador de cambio, un hito.
Y con las ganas de hitos que tenía yo, no es de extrañar que me sintiera reclamada por aquel acertijo de la misma manera trascendental que Edipo por el de la esfinge. Me sentí protagonista de un mito tan predestinado a mí y tan nuevo, que, en mi borrachera de máximos, llegué incluso a concebir la necesidad paralela de una nueva teogonía. Me sentí elegida, y más aún, esperada.
Quise empezar a resolver el misterio inmediatamente. Y recuerdo bien las deducciones que hice allí mismo, a pie de lápida. De lo primero que me di cuenta es de que estaba, efectivamente, frente a un misterio, frente a un auténtico misterio. Es decir, no frente a un texto incomprensible para mí, sino frente a un texto que, como el de la Santísima Trinidad, había sido concebido desde el enunciado, voluntaria e intencionadamente, para ser lo que era, un misterio.
Y disfruté mucho con la idea que se me ocurrió: en el principio, pues, no fue el Verbo. En el principio, no sólo no fue el verbo, sino que más bien fue la ausencia del verbo, precisamente, lo que constituyó el misterio: María Bielsa ¿qué? veinticuatro veces.
¿Qué?, me preguntaba y trataba de imaginar algo. Pero ¿qué?, ¿qué clase de qué tenía que encontrar? De pronto pensé que el qué tal vez no era, podría no ser, nada raro o extraordinario.
Porque nada raro o extraordinario puede repetirse tantas veces como veinticuatro sin dejar de serlo. Y, aunque así fuera aunque algo extraordinario se repitiera un extraordinario número de veces , lo extraordinario requiere ser narrado, no contado; es decir, descrito, antes que cuantificado. Si a María Bielsa le hubiera ocurrido algo extraordinario, como que se le apareciera la Virgen, y no una vez ni dos, sino veinticuatro aunque tantas veces ya no sería un caso de aparición, sino de inicio de convivencia , en su lápida diría: "Vio (vi) a la Virgen veinticuatro veces". Lo que no tendría sentido, sin perder el rigor del enigma, es que dijera sólo "veinticuatro veces". Así que, quizá, y tal como parecía indicar el propio texto, no era el qué lo que importaba, sino el número de veces que se repitió.
Y en tal caso, muy intenso tuvo que ser lo que llevó a alguien a contarlo en veces. Intenso, quizá, más bien que raro. Eso deduje yo en un primer momento, pero luego, con los años, contándome a mí misma lo que decía la lápida en momentos de ánimo diferentes, fui formándome otras opiniones sobre lo que podía o no deducirse a partir de la simple lectura del texto. O mejor dicho, llegué a formarme otras opiniones acerca de cuan de sostenibles eran las primeras. Porque, salvo pensar que las veinticuatro veces son un récord y que lo único que la gente cuenta en veces sin necesidad de especificar el qué, y sólo para establecer récords, es las veces que folla una noche, salvo eso, digo, nada vino a ser propiamente una hipótesis distinta; sólo comentarios que hacerle a la del principio
Sólo críticas. Por ejemplo, hace años empecé a admitir que tal vez era ir muy allá dar por hecho que María Bielsa, quien quiera que fuese, no escribió en su lápida una estupidez. Que era mucho suponer que, si puso sólo veinticuatro veces, fue porque se paró a considerar que no era necesario decir más. Lo que estaba por ver era que el misterio, así formulado, tuviera sentido, pudiera tenerlo, para el resto de la humanidad. En realidad, lo que llegué a pensar es que estaba por ver que a María Bielsa le importáramos algo los demás o la posteridad.
* * *
El entierro terminó por fin y la congregación empezó a deshacerse. Los que llevaban boina se la calaban con dos o tres tironcitos simultáneos y todos, sin faltar uno, se remetían las camisas por dentro del pantalón, como por instinto, porque a ninguno se le habían salido los aldones; se recalcaban después las chaquetas forcejando con las solapas a la altura de donde se pone el clavel y haciendo con el cuello un movimiento sincopado de acomodo, como el que hacen los pavos al andar, y se iban hacia la puerta atajando por entre los estrechos caminillos del laberinto de tumbas.
Los hombres regresarían ahora a la casa del muerto para recoger a sus mujeres. Mi padre recogería a mi madre y los dos se despedirían de todos y los tres subiríamos al coche para irnos de vuelta a nuestro pueblo. Pero yo también tendría primero que despedirme de aquella gente...
Y me dirían otra vez que hay que ver lo mujerona que estaba ya, mirándonos alternativamente a mi madre y a mí. Mi madre nos miraría alternativamente a mí y a quien lo dijera, haciendo con la cabeza un gesto que sería a la vez de aprobación y de inicio del abrazo para irnos por fin. Un abrazo silencioso, de mujer a mujer, que no se parecería en nada a los ahuecados y sonoros en zarandeo que se asestarían los hombres unos a otros. Pero me abrazarían y me besarían a mí también, y no todos los besos irían a caerme exactamente donde debían, en las mejillas. Los de las viejas, que son chillados y llegan en cascadas de cuatro o cinco por carrillo, era previsible que desatinaran y fueran a caer más allá, casi encima de la oreja, para quedárseme resonando en los tímpanos un buen rato. Todas las viejas, cuando se acercan a besar, huelen a orina porque, en los cambios de estación, agarran una tosecilla y, cuando tosen, se les escapa el punto. Y justo por ahí no se lavan en todo el invierno, porque sabido es que por ahí es por donde más frío se coge. Los viejos tosen también, pero lo suyo es peor, porque no se les escapa, sino que escupen a conciencia un gargajo verde que se queda en la acera, esperando que alguien lo pise para luego secarse y formar parte eterna de ella.
* * *
Hasta que no se marchó el último de los asistentes, no salí yo de detrás del panteón para acercarme a la lápida. Tenía que andar a su alrededor y rondarle los detalles y guardármela exacta en la memoria, porque sabía que no podría volver allí si luego me asaltaba una duda. Tenía que observarla minuciosamente y retener de ella todo lo que pudiera porque a mí todavía no me estaba permitido viajar por mi cuenta, ni siquiera entre mi pueblo y ese pueblo.
Y lo hice, me concentré en estudiar la lápida. Pero con tanta atención y tan ceremoniosamente, que acabé sufriendo un ataque de solemnidad. Creí riguroso y necesario elaborar una frase adecuada que pudiera luego recordar toda la vida, una que recogiera la importancia del momento, que reflejara su trascendencia. Y fue ésta: que así como, de las estrellas, nos sobrecogen el ánimo sus infinitas magnitudes, pues nada pudo Einstein contra el poder de imaginar que eternamente haya algo más grande o más allá que lo anterior; y así como, de los átomos, desde Lucrecio, nos aturden sus infinitas pequeñeces, pues nada se puede contra el poder de imaginar que eternamente sea divisible por la mitad lo más pequeño, así nos aturde y nos sobrecoge el ánimo nuestra incapacidad, tanto para entender lo más complicado ("una canción cultísima, tan atestada de latines y tapiada de jerigonzas, tan zabucada de cláusulas, tan cortada de paréntesis...") como aquella extrema manera de lo escueto:
María Bielsa
veinticuatro veces
R. I. P.
En fin. No obstante, entre tanto ardor, hubo al menos algo provechoso. Allí tan cerca, me di cuenta de otro detalle: la mano que grabó el R. I. P. no fue la misma que grabó el resto.
Esas tres letras parecían haber sido grabadas por una mano experta; estaban talladas con la misma pulcritud que las que vi en las losas de las tumbas vecinas. Mientras que "María Bielsa veinticuatro veces" parecía más bien una obra primeriza. Las letras de esos dos renglones eran muy desiguales, de altura y de grosor, y ni siquiera guardaban bien la línea recta.
Habían sido abiertas en la piedra hondas, sí, pero con torpeza, y nadie que sepa su oficio pone torpeza a propósito en una obra. (Bueno, salvo los artistas, quizá. Pero ni mi pueblo ni aquel tenían, seguramente, artistas lapidarios. Y aunque los tuvieran, de ésa o de cualquier rama, mi tierra ha estado siempre demasiado sometida a la necesidad como para dar artistas que gusten de la torpeza como despilfarro estético).
Por otra parte, la lápida de María Bielsa era de piedra. Y de piedra muy rústica, que apenas fue trabajada lo bastante, si acaso lo fue, para que tuviera forma de lápida. Las que la rodeaban eran lápidas normales, la mayoría de mármol pulido y bien recortado; además de estar escritas con una perfecta caligrafía profesional, ya digo, sin lascas que saltaran para deslucir los perfiles de las letras. O con letras metálicas, atornilladas a la lisura. En ninguna funeraria venderían un material tan salvaje como el que cubría a María Bielsa. Y en mitad del ajetreo que es una muerte en una casa, ningún pariente ni amigo se preocuparía de andar buscando, vaya usted a saber dónde, una plancha de piedra semejante. Pero es más, aunque alguien la hubiera buscado después del entierro, tomándose más tiempo tal vez por cumplir la voluntad expresa de María Bielsa , sin duda habría encargado escribir el texto para que quedara bien.
En definitiva, que la hipótesis que a mí me pareció más correcta porque reunía y explicaba juntos esos datos, fue la siguiente: que, tanto la rareza de la inscripción como la piedra de la lápida, fueron voluntad de María Bielsa, y no una espontánea voluntad a última hora, sino un deseo meditado; y que, si así fue, entonces, probablemente, tanto el texto como la lápida fueron preparados en vida de María Bielsa. Excepto el R. I. P., que seguramente no era otra cosa que lo que parecía a primera vista: una interpolación; y que, como casi todas las interpolaciones, debió ser póstuma a la autora.
Un añadido sin su consentimiento. Pues era ridículo creer que alguien que había pensado tanto su epitafio olvidara un sólo detalle... ése menos que ninguno. Impuesto por el cura, lo más seguro. El cura pensaría que ya era bastante escándalo isopar un enigma y aceptar que la lápida, encima, no tuviera cruz. Y es que el enigma, lo pienso ahora, debe resultar un fenómeno pagano, y quién sabe si no diabólico, incluso, frente al misterio, que es santo. Tal vez por eso la Iglesia no los confunde nunca, ni admite su cierta sinonimia, como hacemos nosotros, para decir, por ejemplo, "los Santos Enigmas". Por otra parte, nadie tan dispuesto a condenar una formulación misteriosa, si es ajena, como quien ha necesitado la fe para formular y mantener las propias. Además, qué caramba, para qué darle tantas vueltas: seguro que fue cosa del cura. Les viene de familia: ¿acaso no han sido los curas, desde siempre, los más hábiles interpoladores de sus textos misioneros en mitad de los textos clásicos, Aburbe condita?
La conclusión que saqué, lo que me apeteció pensar que sabía con certeza, es que esa mano sin oficio que talló el enigma fue la propia mano de María Bielsa. Era casi natural pensar que algo tan intenso fuera, además, autógrafo.
Por eso quise tocar con mis manos y ahondar yo, con mis yemas, la obra de sus manos. Y esta vez mi emoción no fue un arrebato místico. Cuando acaricié los surcos que ella había arado para escribir su mensaje, un placer eléctrico, radicalmente físico y primario, me recorrió el cuerpo desde los dedos hasta los hombros. Me atravesó zigzagueando por la espalda, por el pecho y la cintura. Y volvió a la tierra por mis piernas.
Para cuando me di cuenta de que los dos hombres que trabajaban en la fosa del chache Alfonso me estaban mirando asombrados, ya llevaba un rato prácticamente abrazada a la lápida, de rodillas. Me avergoncé mucho de mi postura tan entregada y quise irme enseguida de allí, pero no me dio tiempo a incorporarme del todo y ya tenía encima a los dos sepultureros.
Uno de ellos, el más viejo, venía hablándome desde muy atrás:
Señorita... Señorita, oiga, perdone, ¿es que es usted familia, es usted familia?
Esta manera de preguntar, repitiendo dos veces la misma pregunta, la segunda en su expresión más apocopada y entonándola como una cola musical, creí yo, durante mucho tiempo, que era característica exclusiva de mi tierra. Pero ya tengo observado que los niños hacen lo mismo, sean de donde sean: "Mamá, se va a venir la abuela a vivir aquí con nosotros, se va a venir?"
Sí respondí.
¡Vaya! ¿Lo ves? exclamó el viejo buscando con los ojos la complicidad de su compañero.
Y luego volvió enseguida a mí, con la cara iluminada, casi emocionado : Le decía yo a éste que no me sonaba usted de ser de por aquí... ¡Quién lo iba a pensar, qué sorpresa! ¡Veinte años trabajando en esto y es la primera vez que viene al pueblo alguien que tuviera que ver con esta señora! ¿Y dice usted que es familia?
¡Ah, no, no no, qué va! Yo soy familia de aquel de allí. Creía que se refería al que están ustedes enterrando.
¿Cómo? ¿Del pobre Alfonso? y, con éstas, se le apagó la cara y miró al otro, desilusionado, y toda la emoción de antes se les volvió a los dos recelo en un segundo, y el que hablaba tardó un poco en recuperarse : Bueno, usted perdone, pero, claro, como la veíamos que estaba usted en esta sepultura, pues... Aquí hizo una pausa larga, y muy voluntaria, para que yo interviniera y me explicase, pero yo no dije nada, así que no le quedó otra que seguir hablando : No, si ya le decía yo a éste que era muy raro que alguien, después de tantos años, viniera a interesarse por esta señora. Pero, claro, como estaba usted así como estaba, cualquiera diría que... Segunda pausa, y más larga aun y dura de pasar, por tanto, que la anterior. Pero tampoco esta vez dije nada : En fin, bueno, ¿y usted es familia del Alfonso, entonces? Pues la acompaño en el sentimiento. Yo conocía mucho al pobre Alfonso ¿Y no será usted, por casualidad, sobrina suya, hija del Julián?
Se había dado muchos respiros detrás de cada frase, convencido de que me sentiría obligada a responderle después de alguno sin tener que preguntarme él directamente qué hacía yo allí poco menos que echada en esa tumba. La técnica de las pausas, si éstas se hacen suficientemente prolongadas, casi tensas, rara vez falla. Pero yo la conocía de sobra y siempre he utilizado bien el antídoto, que, sobre la base de fingir una extrema timidez y apocamiento, permite aguantar en silencio con los ojos bajos. En este caso, además, era también mi único recurso mientras no se me ocurriera qué decir para justificar el desparramamiento en que me habían sorprendido. Y el hombre, por su parte, debió de pensar que era mejor ir más despacio para que yo fuera tomando confianza poco a poco.
No. El chache Alfonso era tío, pero de mi madre: Julián es mi abuelo le aclaré.
¡Ea, claro, sí, sí; si es que eres muy joven, claro! Tú debes de ser de la Paca... Y perdona que te tutee, pero, como podrías ser mi nieta...
No, mire usted, Paca es mi tía. Mi madre es la Vicenta.
Bueno, sí, eso, de la otra hija, de la chica, de la Vicenta. Sí, si ahora ya sí caigo. Pues yo te había tomado al principio por hija del Julián, fíjate, por tu madre.. ¡Ay que ver, cómo pasa el tiempo! Te tomaba yo por hija del Julián, no por nieta...
Siguió hablándome de la familia para dar tiempo, para que no pareciera tampoco que tenía prisa por averiguar lo que quería averiguar. Pero se le notaba la curiosidad en las continuas miradas de transición que le echaba a su compañero, así que, más tarde o más temprano, volvería al asunto. Yo lo sabía y, de haber querido, a mí no me faltaba habilidad para cortar por lo sano e irme y dejarlos allí, con tres cuartos de narices, antes de que tuvieran oportunidad de preguntarme directamente; no era falta de habilidad... (Un momento: me estoy dando cuenta de que debería explicarte con más detalle estas cosas de entrelíneas, o no entenderás del todo el trasfondo de la conversación).
Tendrías que tener presente que la maña que se dan en los pueblos para conseguir saberlo todo de todo el mundo corre pareja a la habilidad, una pericia ancestral, que desarrollan las gentes para acorazar sus secretos. Se trata, pues, por decirlo así, de una habilidad dialéctica, tanto más desarrollada, cuanto más amenaza la fuerza contraria. Y, por lo mismo, capaz también de atrofiarse.
De que se atrofia por la falta de uso, fui yo testigo en cuanto llegué a Madrid. Recién venida, lo que me sorprendía no era tanto el radical desinterés de los unos por los otros, cuanto su consecuencia: la enorme facilidad que tenía yo para sacarles a los capitalinos, como a niños, sus secretos.
La gente mayor de mi pueblo, cuando quiere enterarse de algo, no tiene reparos en ir a colectar los datos a los terrenos llanos, todavía incultos, de los niños. Y los críos, a fuerza de habernos dejado tirar de la lengua muchas veces con la consiguiente regañina de nuestra madre, acabamos aprendiendo, y muy pronto, a construir parapetos.
La primera defensa es muy simple y nos la dan hecha cuando todavía somos muy pequeñas:
"Tú, hija mía, di que no sabes nada. Te pregunten lo que te pregunten, tú: 'no sé, no sé'. Ten mucho cuidado y no digas nunca ni sí ni no.Y si no te preguntan, ten más cuidado todavía. Si, en vez de preguntarte, lo que hacen es que te comentan que si esto que si lo otro, aunque sea mentira, aunque te hierva la sangre porque tú sepas que es mentira, tú no saltes, tú no digas ni que llevan razón ni que no la llevan. Pones cara de nuevas y dices:
'¿Ah, sí?, pues no sabía'. Tú, hija mía, como si fueras tonta, lo mismo lo mismo que si fueras tonta".
Además de sencilla y la más apropiada para los niños, es una defensa impenetrable, incluso para las más retorcidas astucias de asalto. Su único fallo es que se mantiene inexpugnable sólo mientras dura fresco el recuerdo de la última bronca por haberla olvidado.
En cualquier caso, puede que no hayamos cumplido ni los diez años, cuando ya sea prácticamente imposible pillarnos con una pregunta directa, ni siquiera con una de tan peligrosa factura como ésta:
Nena, ¿se ha venido ya tu abuela a vivir con vosotros?
No sé.
¡Cucha qué pava, oye! ¿Cómo que no sabes? ¡Sabrás si está en tu casa o no está, digo: tendrás ojos!
Aprendemos a no poner el orgullo a merced de que nos crean o no tontas; y por eso no nos duele volver a decir como si fuéramos tontas perdidas:
No sé.
El enemigo, vencido, abandona. Y, al contrario de lo que pudo parecernos al principio del adiestramiento, lo cierto es que abandona concediéndonos el triunfo por muy listas precisamente:
"No sé, no sé".... ¡Menuda es la niña! ¡Y bien advertida que la tiene su madre! Con el ir creciendo, se le coge gusto al juego y va una perfeccionando sola sus propios mecanismos, hasta que ya no nos atrapan ni con las peores argucias:
Nena, ahora que tu abuela se viene ya a vivir con vosotros, vais a estar muy estrechos en la casa, ¿no? ¿O es que pensáis mudaros?
Buen filo, hay que reconocerlo. Porque es fácil caer en el error de responder a renglón seguido, aunque sea con un "no sé", a la que parece la única pregunta, creyendo que el otro sabe, efectivamente, la verdad de la primera parte, aquella sobre la que ha pasado casi de puntillas, dándola por hecho, cuando en realidad sigue siendo el auténtico objetivo de sus averiguaciones. Una vez detectada la trampa, el modo de neutralizarla es exagerar aún más el tono de sincera curiosidad:
¿Es que mi abuela se va a venir a vivir a mi casa?
¡Ah! ¿Es que, entonces, no se viene?
Pero, ¿no dice usted que sí se va a venir?
Bueno, eso es lo que dicen, pero tú lo sabrás mejor...
¿Yo? No, yo no sé nada.
Pues, mira, si no lo sabes, es que no se viene. Porque digo yo que algo te habría comentado tu madre si se viniera, teniendo en cuenta que va a tener que dormir en tu dormitorio.
Porque, claro, vamos a ver: en tu casa, tenéis el dormitorio de tus padres, el dormitorio de tus hermanos y el tuyo, ¿o estoy yo equivocada? ¡Y no va a dormir en el de tus hermanos!
No sé. A mí mi madre no me ha dicho nada, pero que a lo mejor tiene usted razón y es que sí... Ahora en cuanto suba, se lo pregunto y aquí apetecía añadir, porque también crecemos en maldad de su parte.
Es un arte difícil, pero hay quien llega a ser una verdadera maestra. Lo que quiero decir con esto es que yo entonces tenía ya nada menos que diecisiete años y que ésos, en mi pueblo, a poco que se sea medianamente espabilada, bastan para batirse con dignidad en cualquier conversación. Me sobraba oficio, si hubiera querido, para cortar por mitad de cualquiera de los rodeos que estaba dando el enterrador y evitar así que llegara a hacerme, al cabo, la pregunta específica. Pero, si él tenía tanto interés por saber qué hacía yo en la lápida de María Bielsa, yo no lo tenía menor por averiguar lo que ellos supieran de ella.
Así que le dejé continuar, y el enterrador, después de un largo circunloquio sobre mi familia, volvía ahora ya al hilo del principio, el chache Alfonso: señal de que se acercaba el desenlace.
... o sea, una lástima, tan de repente y de esa forma tan... Que hay que ver qué mala pata. Lo que brega uno y para nada. Pues el jueves, mismamente, me lo tropecé yo, que venía él de las olivas, y, lo que son las cosas, quién lo iba a pensar, pues va y me dice lo que me decía siempre, decía: "Tú, Paco (porque yo me llamo Francisco, ¿sabes?), tú, Paco, decía, no tengas prisa en enterrarme, que en tu oficio los clientes no dan propina"... Ea, con tener uno el oficio que tiene, que se presta tanto a la guasa... Bueno, y que tu chache era muy gracioso No le veía yo la gracia a repetir chistes tan viejos , siempre salía con algo... En fin. Pues, fíjate ¡Aquí estaba ya, atención! , yo te habría hecho pariente de esta señora antes que del Alfonso. Como estabas aquí, así como estabas, pensaba yo: nieta, a lo mejor ¿Y no será que tu familia, por parte de tu padre, que yo no lo conozco, tiene algo que ver con la familia de esta señora?
No, no; nada que ver, no. Podía haber tomado el camino de explicarle quién era mi padre, y esquivar de nuevo el tener que darle razones sobre la extraña postura en que me había descubierto. Pero, una vez roto el hielo, si no quería ponerme al hombre del todo en contra, y por mi propio interés, tenía que hacerle alguna concesión. Además, no necesitaba otro aplazamiento, porque ya había encontrado algo relativamente digno y creíble que decir: Usted lo dice porque me ha visto aquí, de rodillas, rezándole a esta pobre mujer, y resulta que yo me he puesto a rezarle sin conocerla de nada, por lo que nos decían las monjas, que hay que rezar por los difuntos y que hay difuntos de los que no se acuerda nadie... Y yo no soy mucho de rezar, pero me ha venido la idea así, de pronto, cuando he visto lo rarísimo que es lo que pone aquí. Se me ha ocurrido que a esta mujer no debe de rezarle nadie... ¡porque hay que ver lo rara que es la lápida, ¿a que sí?! Digo yo que aquí no habrá dos como ésta...
Ya lo creo que sí, que es rara. A todo el mundo le llama la atención. Sí, a todo el mundo. Se le notaba de nuevo la desilusión y que no estaba muy satisfecho con mi explicación. Pues le decía yo a éste que me extrañaba ver aquí a una señorita, y me decía él "será familia del Alfonso", y le decía yo "qué va a ser", ea, claro, como no es costumbre que las mujeres vengan a los entierros... No era nada torpe el viejo. En efecto, suponiendo que él diera por válida mi explicación para el hecho de encontrarme así ante la lápida, todavía quedaba sin ella el de mi mera presencia en el cementerio. Y de ésta no era fácil salir. En tales casos, hay que dejar al retador solo con su propio reto y esperar que no tenga el tesón de repetir el desafío. Más o menos así:
Ya, ya lo sé, ya; si por eso precisamente me he quedado yo apartada por aquí, para que no me vieran...
De los dos enterradores, el otro, el silencioso, que era bastante más joven, había estado callado. No por timidez, me pareció, sino para poder observarme mejor, porque no había dejado de mirarme con una fijeza intencionada que se me hizo incómoda, al principio, y claramente agresiva al cabo de un rato. Parecía que se hubiera autonombrado juez de aquella que fuera la causa que estábamos viendo. Por eso, cuando al fin habló, lo que le dijo al viejo vino a sonar como el resultado de sus conclusiones:
Vamos, tú, que se va a hacer noche y hay que acabar.
Seguro que a éste le interesó tanto o más que al locuaz saber si yo tenía algo que ver con la tumba misteriosa, pero era de los que aprovechan el ímpetu ajeno para conseguir lo que quieren sin rebajarse a pedirlo y gastar energía propia. Y a mí esa clase de gente no me cae bien. "Vamos que hay que acabar" era para él el reconocimiento de que acabarían yéndose de vacío y el ergo de que no merecía la pena, por tanto, alargarse más. Pero, para mí, que se fueran era también perder y sospecho que él lo intuía la única oportunidad de saber algo de María Bielsa. Con el que tenía que lidiar era, pues, con el enterrador taciturno; el más duro de pelar, sin duda.
Ya ves que digo "el más duro de pelar", hablo de retos y batallas, porque los secretos, "saber cosas", tienen allí un valor casi económico. No hay más que ver lo bien que los guardan, insisto. Son moneda de cambio y sirven para comprar con ellos otros secretos y, salvo que sean útiles para cundir escándalos del presente, nadie los regala. Se ha extendido la creencia de que la gente de los pueblos está deseando encontrar a alguien que quiera escuchar sus viejas historias, y eso no es verdad. Aciertan más quienes, mejor observadores, saben que, al contrario, hay que sacarles las cosas con sacacorchos y que no es ni mucho menos tarea fácil vencer la enorme colección de recelos irracionales que puede haber llegado a reunir un campesino frente a cualquiera que dé muestras de querer algo suyo.
Ahora comprenderás mejor por qué (un poco a la desesperada y un mucho confiando en la efectividad probada de ciertos trucos del ingenio frente a los muy poseídos de sí mismos, como el sepulturero callandón, sin olvidar tampoco que es preciso dar mucho primero para recibir acaso algo después) me atreví a decir:
Oigan, perdonen que les diga, pero me preguntaba yo si no será esta mujer una de la que hablan hasta en mi pueblo, una que dicen que era de aquí y que tenía más dinero que pesaba lo de que tenía mucho dinero lo había deducido desde el principio, desde que el enterrador parlanchín se había estado refiriendo a ella llamándola "señora", que no la llamó ni "esta mujer", ni "esta buena señora" pero que el marido era un vividor, por lo visto, y que se gastó toda la fortuna de ella en vicios. Dicen seguía yo, disparada y muy segura que el cortijo de la Herradura era antes un solo cortijo, y que era de ella, pero que tuvieron que ir haciendo partes para venderlas, una detrás de otra, por culpa de la mala vida del marido. Y pienso yo que será esta señora, porque decían eso justamente, que tenía una lápida muy rara...
Ni qué decir tiene que me repuganaba que pudiera ser cierta una versión como ésa de la historia de María Bielsa; me parecía ofensivo pensarle un espíritu tan pusilánime a una mujer capaz de tallar su propia lápida. Pero la trampa funcionó y el enterrador mohíno cayó en ella como un conejo.
La verdad es que para ser una trampa construida tan sobre la marcha, no le faltaba detalle. Concretar tanto lo del cortijo, por ejemplo, que de sobra sabía yo de quién había sido y era de esperar que ellos lo supieran aun mejor que yo, fue como ponerle punta de oro al anzuelo:
el toque que convierte un error vulgar en un craso error que clame ser corregido. ¿Y quién puede resistir la tentación de corregir y hacer morder el polvo a alguien que, como yo, había soltado tamaño disparate con un insufrible tonillo de suficiencia?
Tú has oído campanas, criatura saltó el callandón , pero no sabes dónde. Esa señora tenía dinero, sí, pero ni era de por aquí ni se le conoció marido ni tenía olivas ni nada que se le pareciera. Además, que aquí vivió sólo los cuatro o cinco últimos años antes de morirse, y se murió vieja y antes de la guerra, conque fíjate tú qué tendrá que ver la Herradura con todo esto... La Herradura, para que lo sepas, era de los Bardazoso, y lo que te puede sonar a ti de esa señora y de los Bardazoso es que ella compró la casa que los Bardazoso tenían aquí. Pero la casa, no el cortijo. Ni cortijo ni marido ni leches...
Y hasta hubiera seguido hablando, pero descubrió en mis ojos, muy a mi pesar, la alegría que me produjo ver que, con lo del cortijo de la Herradura, además de poner buen anzuelo, había dado un inesperado y certero palo de ciega. Acababa de percatarse del embuste, de la emboscada bandolera en la que había caído, y dijo:
Tú no sabes nada pero con tanto desprecio, que me sobrecogió un poco. Vi cómo un sapo marrón, salpicando, le cruzó del charco de una pupila al de la otra . Vamos, te digo le insistió al otro , que hay faena.
Es verdad que no sé nada cambié de tono porque decidí cambiar de toro y, por tanto, de modo de lidiar: me puse en actitud de humilde y hablé para el viejo , pero me gustaría saber; porque yo, oír, sí que he oído algo mentira, pero ya sabe usted que la gente comenta, sin saber nada la mayoría de las veces, y a mí me intriga mucho lo de esta señora.
¡Ay, que te conozco, bacalao! Seguro que has subido al cementerio nada más que para ver esto, ¿a que sí? el enterrador mayor me trataba ahora con más cariño, como una niña a la que ya han pegado lo bastante. Seguro, si lo sabré yo: no has venido por tu chache Alfonso, ¿a que no?
No... tímida y con los ojos en mis zapatos, sólo me faltó hacer un puchero.
¡Claro! Y por eso te escondías, para que no te vieran tus familiares, ¿eh? Claro que sí, mujer, ¿no ves que el diablo sabe más por viejo...? ¿Y cómo no lo has dicho desde el principio, chiquilla?
Yo pensaba ir a preguntarles a ustedes por esta señora cuando se fueran todos, pero es que me daba cosa...
¡Ya ves tú! De todas formas, no hay nada que saber. Tú, porque eres forastera, pero aquí ya nadie se preocupa por saber qué quiere decir esto de las veinticuatro veces. Lo más seguro es que ella fuese la única que lo supiera, y bien claro está que no quiso que lo supiera nadie más o lo habría puesto todo aquí.
Bueno le interrumpió el otro , tú haz lo que quieras, yo me voy a seguir.
¡Espera, hombre! ¿Qué prisa tienes, vamos a ver? A aquél le va a dar lo mismo que tardemos un poco más con tal de que le demos gusto a la zagala, que a fin de cuentas es su sobrina... El otro se fue de todas formas, y él me dijo, cuando estuvo seguro de que ya no nos oía su compañero : Mira, déjalo, no se lo tomes a mal; es que éste ha estado muchos años trabajando por ahí fuera y se conoce que se le han pegado todas las malas pulgas de los alemanes. Entre eso, y que es muy joven todavía y que no se imaginaba él que iba a tener que venirse para acabar haciendo este trabajo que no quiere nadie, pues... ahí lo tienes: que está amargado el muchacho, vaya. Que está amargado y que se le nota. Además, te voy a decir una cosa: le has dado donde más le duele con estar aquí y tomarte interés por esta señora. Se pica, ¿sabes?, y no poco; le da pelusa de cualquiera; se cree que es el único que tiene derecho a decir o dejar de decir sobre la cuestión. Y, bueno, ahora lleva ya unos años que está más tranquilo, pero al principio, de recién llegado al cementerio, le entró como una obsesión por averiguar, que no quieras tú saber lo encelado que estaba...
Entonces, sabrá más que nadie...
¿Qué va a saber, qué va a saber? Sabe lo que todo el mundo: nada. Lo que te ha dicho, nada más. Que esta señora dicen que era muy rara, pero eso, con mirar la losa nada más, se sabía. Que se vino aquí ya de mayor y que no hay manera de enterarse siquiera de dónde vino. No era de ninguna parte de por aquí, eso seguro. Que vino y que se compró la casa de los Bardazoso, que para entonces ellos ya no vivían aquí, se habían mudado de antes, de mucho antes, a tu pueblo precisamente, y que por eso la casa ya estaba vieja, de no vivirla nadie, y hubiera necesitado un buen arreglo, pero ella no la arregló, dicen que no la tocó siquiera, y no sería por falta de dinero, no. Más bien es que debió de darse cuenta de que era muy vieja ya (ella, no la casa) y que le hubiera quedado poco tiempo para disfrutar del arreglo si se metía en obras, y como no tenía a quién dejársela tampoco, pues debió de pensar que no le compensaba, claro. No parece que tuviera familia y, cuando se murió, dicen que le dejó todo el dinero a la criada, pero eso tampoco se sabe cierto, porque la criada se fue enseguida, al día siguiente mismo del entierro, dicen, y nunca más volvió ni se supo de ella... ¡Luego era verdad!, pensé yo. Si al día siguiente del entierro no quedó nadie en el pueblo relacionado con ella, era verdad que la lápida de María Bielsa tuvo que prepararse en vida de María Bielsa. Y entre que fuera la criada o ella misma, era más lógico pensar que fuera ella personalmente quien la tallara. Por lo mismo también, no quedando allí quien se le opusiera, el cura no debió de tardar mucho en mandar que añadiesen un R.I.P. que cristianara algo tanta extravagancia ¡Estaba encantada conmigo misma!. La casa está cerrada desde entonces y, poco a poco, han ido robando de dentro lo que tuviera; fuera mucho o fuera poco, no queda nada. A ver, con el abandono... Y si la casa no se hunde es sólo porque esos caserones de señorito duran toda la vida. Y no se sabe más. La criada llevará ya años y años muerta, porque dicen que la señora y ella eran más o menos parejas de edad... Y ya está. Ya no se sabe más. Es tontería empeñarse: tú piensa que lo que no se cundió en vida de ella no se va a saber ahora, después de tantísimo tiempo...
Dejó de hablar y se sacó el paquete de tabaco del bolsillo de arriba del mono azul. ¿Y no hay nadie en el pueblo que llegara a conocerla?
¡Ay, hija! Primero que dicen que no se trataba con nadie, que no salía apenas, ni a misa siquiera, que se ve que no era ella de ir mucho a misa... Y, segundo, que los que la hubieran podido conocer en su tiempo estarán ya todos aquí, igual que ella, y los que entonces eran unos chiquillos, y ahora son viejos, ni se acuerdan ni pudieron rozarse con ella si eran unos críos...
Encendió el cigarrillo y le dio una calada larguísima, sujetándolo con tres dedos, como se sujetan los dardos. (Yo he visto siempre a los que fuman así, con esa concentración y esa intensidad, en blanco y negro. Y no sólo en blanco y negro, sino dentro de una escena completa, siempre la misma: llevan uniforme y apoyan en el suelo un fusil; están llovidos y enlodados y, sin embargo, sudorosos; están recostados en la pared rezumante de una trinchera, pasándose el mismo cigarrillo de unos a otros, la misma escasa, pero incombustible, colilla que ansiosamente aspiran todos, como si así se alimentaran de su espíritu. Hasta que va a parar a los labios de uno de donde ya no se moverá, no porque la colilla se termine, que esas colillas no se terminan nunca, sino porque se apaga el soldado de una herida que ya tenía o de un disparo nuevo y certero que acaban de mandarle). Después, el hombre me miró con un aflojar los músculos de debajo de la nariz que es, en muchos hombres de allí, lo más parecido que tienen a una sonrisa. Por encima de eso, hay que saltar ya directamente a la carcajada.
Y me dijo:
No te quede a ti amargor de pensar que haya más que saber, que no hay. Tú di conmigo que no. Lo demás son cuentos que se hace la gente. Como decir que esa señora tenía el mal de ojo y el demonio dentro y que esto de las veinticuatro veces son no sé qué cuentas del año en que acabará el mundo o le vendrá al pueblo una desgracia muy grande... ¡Como si fueran chicas las que tiene ya, sin salir de cuentas! O dicen, como la casa se presta porque está a las afueras y deshabitada, que los veinticuatro de cada mes se levanta y va allí y que se oyen quejidos y que llora... Pero son ganas de buscar ruidos donde no hay explicaciones. Sé yo mucho de muertos y te digo que los muertos no se levantan. Solos no, desde luego. Pero ustedes sí que tienen que levantar a los muertos de sus cajas, que lo sé yo, y tiran el ataúd viejo para meter al muerto antiguo con el que viene nuevo, en la misma caja, apretujados, porque sólo cabe una caja en cada nicho. El padre con el hijo, cuando a lo mejor en vida se tiraban a matar, que a mí me da que más de un hijo asesino debe estar ahora aquí, abrazado al padre que mató para heredar las olivas sin que llegara a enterarse nadie; o la mujer con el marido, cuando a lo mejor la pobre no tuvo descanso más que el rato de quedarse viuda...
Sí, hija, sí, y bien que lo dices, qué gracia tienes, así es.
¿Y esta tumba? ¿Ésta no se ha abierto nunca?
Entonces, una luz feroz se encendió en los ojos marrón oscuro del enterrador, y de ella surgió un monstruoso bicho naranja ardiendo vivo, cabeza de macho cabrío, fauces de lobo y cuerpo de gato gordo, los dientes al aire, las uñas silbando al rajar el aire , que me saltó encima. Él lo soltó de dentro de sus ojos el sapo del otro enterrador no era nada comparado con esta alimaña y lo azuzó para que me devorara. Entre eso, y el lugar en que estábamos, y que estaba oscureciendo, yo creo que llegué a sentir miedo, pero miedo del clásico, del de verdad. Y al fin dijo, con una voz tan áspera que parecía ya la de otra persona:
¿Ésta? ¿Ésta para qué? Claro que no. No se puede abrir ninguna sin permiso de la familia y sin papeles tiró el cigarrillo . Pero, bueno... y lo pisó como si quisiera ala, que tengo que ir a lo mío apagar otro fuego mucho más peligroso . Gusto en conocerte y dale recuerdos a la familia.
Y se fue a buen paso.
* * *
Se me había hecho muy tarde, mucho. Lo que no quita que saliera del cementerio andando lentamente, por dignidad mía frente al sepulturero emigrante. Ahora, eso sí, en cuanto crucé la puerta, eché a correr toda la cuesta abajo y seguí corriendo, y hasta que no llegué a un parque por el que estaba segura de no haber pasado al venir, no me di cuenta de que me había perdido. No recordaba bien dónde estaba la casa del muerto. De las afueras del pueblo venía, a las afueras del pueblo había ido a parar y a las afueras del pueblo tenía que ir, pero no por aquel lado. Por allí seguía, al costado del parque, un carril de tierra, y adonde yo debía volver era al costado de la carretera general. Y es que no era un pueblo pequeño; mantenía con el mío la rivalidad de ser más o menos igual de grande, lo que significaba que debía tener al menos doce o trece mil habitantes, tres escuelas, un instituto, tres conventos, cuatro iglesias... y una parroquia con dimensiones de catedral.
Estaba segura de no haber pasado antes por ese sitio, porque era un lugar extraño, extrañamente frondoso para nuestro clima, y el juego de luz y sombra que lo envolvía era de una tristeza inquietante. No habría podido olvidarlo. Miré a mi alrededor, porque sentí que algo muy frío, muy verde y muy espeso se había fijado en mí. Sin embargo, nada en el parquecillo se movió y sólo oía los jadeos de mi respiración de corredora.
De pronto entendí que no eran las sombras del anochecer las torturadas umbrías que brotaban de aquellos árboles, ni su consistencia de vegetales , las que daban al parque un aire respirable de terror y de llanto. Era el columpio. En un claro, había un columpio vacío y yo me sentí sobrecogida por él, amenazada, como por un ser vivo. Sin saber por qué. Todavía hoy no acierto bien a saber por qué aquel columpio tuvo para mí un mensaje tan espantoso, capaz de provocar la tensión instintiva de mis músculos. El caso es que cada vez que veo un columpio solitario me da un vahído el corazón.
¿Quizá es su imagen esquelética? Los columpios, con su forma de andamio de hierros, parecen en realidad el esqueleto de otra cosa... ¿Tal vez porque son esencia solamente, un esquema, una estructura condenada a no ser rellenada jamás, a estar siempre pavorosamente vacía? Pues tal vez sí, porque la misma injustificada prevención, el mismo desasosiego me producen los esqueletos descarnados de los edificios en ruinas; o los que están todavía sin encarnar, en construcción.
O quizá, aquella tarde en especial, por los ojos del columpio. Porque me daban miedo y vértigo sus dos ojos de agua, desorbitados, excavados en la tierra por la frenada urgente de multitud de pies diminutos. Dos charcos rebosantes de agua bajo los neumáticos. Y engañosamente brillantes con el último sol de la tarde reflejado, pues lo único cierto es que escondían vientres lodosos y oscuros a una profundidad que la luz del sol cuando se refleja en el agua hacía imposible adivinar. Pudiera ser que una niña de calcetines blancos, de hilo, primorosamente calados, pisara uno de aquellos dos terribles pozos insondables y desapareciera tragada por él. Y es que yo nunca he podido asomarme a un pozo ni siquiera a los domésticos, que fingen estar dormidos en los patios de las casas sin hacer primero una racional reflexión para dominar un terror íntimo, tan hondo como ellos. Pero tampoco nunca, cuando he estado ante un pozo, he logrado resistir el acuciante deseo de inclinarle mi cuerpo y abandonarlo un instante al vértigo de su boca y a la posibilidad de caer en una caída que se abismará infinitamente, porque aquel tal vez sea el que llaman Pozo Sin Fondo. Cuando consigo convencerme de que no es verdad que me haya caído dentro, todavía me queda la aprensión de pensar que, si no yo, van a precipitarse en él mis gafas, ellas sí, con toda seguridad, si no las sostengo a tiempo.
No podrán evitarlo: forzosamente, cada pozo, por su hambre eterna, acabará tragándose forzosamente, cada uno a su tiempo a alguien. A una niña, con calcetines blancos y un mandilón a rayas de la escuela, que no habrá crecido lo suficiente para saber que son bocas del infierno. Tumbas. El agua, allí, en lo hondo, es un caldo espeso en el que pululan masas de insectos negros y crujientes, junto a puñados de gusanos blancuzcos y gelatinosos. Y el ahogo llega lento, en tragos de sustancias sólidas, cuando se anegan de larvas los pulmones.
De entrañas mortales, las entrañas de los pozos exhalan, sin embargo, un aliento fresco. Envuelven con su aliento fresco y acariciante y seducen hacia el fondo. En los labios del pozo, las telas de araña brillan, iluminadas por el sol. Se dirían sedales irrompibles, tejidos como una red protectora, para parar nuestros cuerpos ingenuos cuando resbalemos y caigamos dentro, hasta el fondo. O más dentro aún. Porque todos los pozos, cada uno, sí, ha de ser, tarde o temprano, la tumba de alguien.
Dos niños salieron de entre los árboles con los zapatos llenos de barro y se fueron derechos al columpio. Me quedé quieta y pendiente de si lograban o no subirse a él sorteando los dos charcos, las simas de la muerte. Y si me quedé allí quieta, si no fui corriendo a avisarles del peligro al que se exponían, no creas que fue porque, volviendo a la realidad, advirtiera de pronto el carácter fantástico de mis temores, no, sino porque, presa de una gélida ambición de observadora, quise saber si efectivamente conseguían salvarse del abismo.
O puede que no. Puede que lo que me paralizara no fuera una aberración tan grande, sino el miedo solamente, más disculpable tal vez: el miedo, que es capaz de hacer que enviemos a alguien por delante de nosotros para anticipar su muerte a la nuestra o para, en el mejor de los casos, averiguar que no había muerte por ese camino.
Iba, por eso, un poco avergonzada cuando al fin reaccioné y me acerqué para preguntarles si sabían cómo se llegaba a la gasolinera que hay en el cruce de la carretera general. Y ellos me avergonzaron más todavía porque los dos, atropellándose la palabra el uno al otro, se deshicieron en explicaciones y, a poco que yo hubiera dudado aún, se habrían prestado, incluso, a acompañarme ¡Los niños se sienten tan honrados cuando una persona mayor y yo entonces lo era ya para ellos les pide ayuda y se pone en sus manos! Y es tan tierno verlos crecerse así, con tan poco, y ganar en seguridad y estima de sí mismos, que yo siempre procuro preguntar las direcciones y todas las cosas posibles, antes a los niños que a las personas mayores, y antes a las niñas que a los niños.

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:35 pm

Cuando al fin llegué, ya no quedaba casi nadie en casa del chache Alfonso y la cara de mis padres no dejaba lugar a dudas sobre la que me esperaba.
Tan gorda fue que, en el coche, el que me habló fue mi padre: que tenía que haber estado allí, que qué era eso de desaparecer sin que nadie supiera dónde estaba, que a dónde podía haber ido en un pueblo en el que no conocía a nadie, ¿o sí?; que ahora se explicaba él tanta insistencia en venir al entierro, que dónde había querido yo ir, que dónde había estado y con quién en lugar de estar con mi madre, en el rezo... Que ya estaba diciendo dónde ahora mismo.
Estuve en el cementerio.
¡Te voy a...! ¡Con que en el cementerio, eh! Las mentiras tienen las patas muy cortas, ¿sabes? Hablaba peor que a voces, enclavijando los dientes. Las palabras se le salían fuera sin esperar a estar del todo fluidas; le salían con grumos y a borbotones . ¡Una zanguanga como tú no se ríe de mí! Y me vas a decir ahora mismo ¡dónde, has, estado!
Las tres últimas, sin embargo, las pronunció perfectamente y las remarcó con pausas entre ellas de una coma por lo menos. Así que yo hice lo mismo con las primeras de mi respuesta:
Fui, a dar, un, paseo, porque me dolía la cabeza... del olor de las velas seguramente.
¿Qué velas? ¡¿Qué velas?! ¡¡¿Qué velas?!! ¡Si allí no había velas!
¿Pues no era eso un velatorio?...
Y me entró la risa por mi propio chiste. Pero fue una media risa, mezclada de nervios, que, por media, suena más cerca de la ironía y del desafío que de la espontaneidad de la risa completa.
¡Me cago en...!
Mi padre sólo me ha pegado tres o cuatro veces. Y aquélla fue una. Volvió un brazo con todo el cuerpo volcado hacia el asiento de atrás y me dio un guantazo. Uno solamente, pero, azuzado por sus propias palabras, se revolvía en el asiento, como se revuelve de rabia sobre sí mismo quien no está teniendo éxito en vencer una impotencia, de forma que no me quedara duda de que era sólo por la esclavitud del volante por lo que me libraba de la paliza. Es más, lo dijo textualmente: "Te libra que no quiero que tengamos un accidente".
Hablaba y hablaba: sin oler la calle hasta que se le olvidara aquella sinvergonzonería mía. Por lo que pude entender, es que llovía sobre mojado conmigo últimamente. Un "últimamente" que luego desarrolló un poco más hasta centrar el hito en "desde hace dos años, desde que entraste en el instituto". Que allí me estaban envenenando la cabeza con malas ideas, que yo me había creído que era muy lista y que podía hacer lo que quisiera, pero que estaba muy equivocada.
Mientras, yo, fingiendo una indiferencia imposible ante lo que oía, me concentraba en reprocharme que el doble sentido de mi chiste sobre las velas tal vez no fuera perfecto porque "velatorio" podía venir lo mismo de estar en vela que de algún cirio. Aunque, al fin, "estar en vela" venía, de todas formas, de pasar la noche con luz, es decir, despierta, despabilada; y "despabilada", a su vez y para cerrar el círculo, de pábilo, de llama. De la llama que lame, de la mecha, la noche y la cera de la vela... "Bonita reflexión", me concedí, para no sucumbir a la autocompasión de verme tan sometida.
Pero él seguía y mi madre, que había estado callada hasta entonces, viendo que mi padre no cejaba, que se alentaba solo cada vez más, intervino para decir, muy suavemente y muy bajito: "Ya, hombre, ya, venga, déjalo..." Pero fue peor: "¿Que lo deje, que lo deje, dices? ¡Cómo lo voy a dejar! ¡Claro, así no me extraña que esta niñata te tome a ti por el pito de un sereno! Ya ves tú ¿Ésta? ¡No me extraña que se burle de ti en tus narices! Hace siempre lo que le da la real de la gana, ¡y la culpa la tienes tú por no pararle los pies! ¡Que lo deje, dice, que lo deje!" En vista de lo cual, mi madre no volvió a abrir la boca en todo el viaje. Pero no era verdad que yo me burlara de mi madre. Yo a mi madre la respetaba, aunque no lo pareciese. Yo a mi madre la he querido siempre. Aunque no era fácil que se notara. En ese momento sí que me dieron ganas de llorar.
Desde el asiento de atrás, veía su nuca y la de mi padre, y el perfil de los dos. Y todavía hoy la memoria me devuelve esta imagen, con tanta viveza, que viene envuelta en el mismo escalofrío de entonces. Un escalofrío que me llegó al corazón desde la nuca de mi madre. Desde un nuevo cordón umbilical que había crecido solidario, que no biológico ni necesario como el primero que me unió a ella y por el que yo había empezado a recibir el jugo de la vida de mi madre y a transformarlo, dentro de mis alambiques, en la más destilada sustancia de la ternura: el dolor. Me dolía mi madre. Ningún dolor tan hondo. Pero ha resultado después que ninguno tan beneficioso.
Una mujer trabaja siempre. Y una mujer con cinco hijos trabaja siempre demasiado. Siempre, que yo no sé de mi madre que haya tenido un solo día de descanso. Ni siquiera cuando ha estado enferma. Mi madre, y tantas, ha retrasado hasta la imprudencia el momento de guardar cama porque sabía que estar enferma no es licencia más que para aplazar el trabajo, y se acumula. Nunca, que yo recuerde, más de un día. Menos aquella vez, estando embarazada de mi hermana, la chica, que casi se nos muere y tuvo que venir a cuidarnos mi tía, su cuñada... (¡Aquel médico, ahíto del poder de su casta y tan impunemente inepto! Mi tía, no mi tío, le agarró la camisa por la pechera en pleno bar y, según le dijo, si él está vivo hoy es sólo gracias a dios, como mi madre.)
Las hijas deben ayudar a su madre y el padre debe estar atento a la tendencia a la vaguería de una hija que no mira por su madre. La hija debe aplicarse a la casa y cuidar a sus hermanos en el tiempo libre de sus estudios para aliviar en lo posible a su madre. Los sábados por la mañana, que no hay clase, la hija debe arreglar toda la casa mientras la madre está en la plaza de abastos. Los domingos por la mañana la hija debe, por lo menos, limpiar los baños y hacer las camas antes de salir con sus amigas a misa de doce.
Tenía yo quince años y trece mi hermano Pablo y once mi hermano Ándrés y nueve mi hermano Julián y tres Asun, mi hermana, y había ido mi madre a la plaza, como todos los sábados, para hacer la compra de la semana. Los sábados está el mercado lleno y se tarda mucho, pero, teniendo a mi hermana pequeña en casa, era el único día que ella podía ir, dejándola conmigo. Además, los sábados es el día que vienen los hortelanos de alrededor con su verdura y es cuando matan más y mejor carne se compra. Mi madre tendría que perder allí toda la mañana y yo debía arreglar la casa mientras tanto: fregar los platos del desayuno y recoger la cocina; poner una lavadora de blanco, tempranito, para que diera tiempo a poner luego otra de color, y tenderla; guardar en los armarios o poner a lavar la ropa de mis hermanos, que estaría hecha un buruño en la silla o perdida entre los dobleces de la colcha, a los pies de la cama; barrer toda la casa y fregarla, que, siendo tantos, es cosa que hay que hacer todos los días; coger el pan cuando pitara la camioneta del panadero; coger la leche cuando pitara la camioneta del lechero; arreglar la terraza... Pero no lo hice. Aquel día volvió a darme la vena estricta: hice MI cama, fregué MI taza y MI plato, recogí MI ropa, barrí y fregué MI habitación y me puse a leer en la terraza al solecito de mayo.
Enfrente, en una explanada que hay frente a mi casa, al lado del ambulatorio, veía, desde la terraza, jugar al fútbol a mis tres hermanos con el medio equipo que habían juntado para los sábados. Mi hermana interrumpía mi lectura cada dos por tres para que admirase la barroquísima trabazón de los muros que levantaba con el Exin Castillos. Y, en mi libro, estaba Orlando a punto de volverse furioso perdido, al descubrir en los árboles, grabados y entrelazados, los nombre de Medoro y su amada Angélica. Sin embargo, a pesar de lo que me interesaba el libro, no conseguía dejar de pensar en la carga bruta que mi amada madre traería, además del carrito lleno hasta los topes, colgando en bolsas de plástico de sus amados brazos. Pensaba en la crueldad de mi gesto de no ayudarla el sábado, que yo no tenía instituto y era el día más duro para ella. Pensaba en su rural y bondadosa gordura y en lo sofocada que vendría, la pobre mía, con tanto peso y con los pies un poco hinchados, como siempre que pasaba tantas horas de pie (cuando llegase a casa y se quitara por fin los zapatos de salir, yo vería las marcas rojas y las hondonadas blancas en sus empeines). Pensaba en lo que le dolería mi desplante cuando viera que estaba todo sin hacer, todo por medio, y a media hora de la comida, teniendo ella que hacerla y teniendo, primero, que guardar la compra entera. Su inmenso dolor... que no sería ni un poco por tener que ponerse a hacer el trabajo ella, sino por la dureza diamantina que demostraba yo con tener el cuajo de sentarme a leer sin que me moviera a nada su desamparo. Y su disgusto... cuando calculara que a ella, por más que corriese ya, no le daría tiempo a hacerlo todo y salvarme así de mi padre, antes de que viniera, a las dos y cuarto, como de costumbre.
Querría protegerme, haciéndolo ella como tantas veces, de la justificada furia de mi padre, que ahora amenazaba ya catástrofe, porque él llevaba mucho tiempo percatándose de mi insensibilidad y mi perrería, y advirtiéndome, y aguantando, con paciencia, por ver si yo cambiaba. Yo, sin embargo, me torcía cada vez más, según él; y de todos lados, no sólo de ése; lados decisivos, por los que me escoraba, al parecer, hacia los rumbos menos deseables.
Pero tampoco podía evitar que me hirviera la sangre viendo a mis hermanos jugar y, a mí, con aquel cargo genético de hacerles sus cosas. A la edad que ellos tenían ahora, yo ya llevaba años haciéndoselas. Y todo estaba preparado para que siguiera haciéndoselas cuando ellos tuvieran la mía.
De verdad que a mí se me partía el corazón oyéndole decir a mi madre que yo no lo tenía. Que, si no salía de mí ayudarla, que viviera tranquila, que ella podría con todo. Que ya no tenía fuerzas para contender conmigo. Y era lo peor que nunca lo decía rabiosa, sino triste. Vencida y abandonada a mi capricho. Yo me desgañitaba gritando que eran mis hermanos y no ella ni yo quienes tenían que hacer sus cosas. Mi madre, entonces, callaba. Y su silencio me dolía aún más, porque era señal de que había empezado a comprender lo irremisiblemente que íbamos mi padre y yo al desastre.
Había empezado a comprender que a mí no me movían al combate las ganas de escaquearme del trabajo, sino algo de mucho peores consecuencias, literalmente trágicas: el empeño en defender una ley que, cualquiera que fuese, no era la que Creonte debía guardar. Por eso procuraba, haciéndolo ella, que mi padre no supiera lo que yo dejaba de hacer. Por eso, porque sabía que el nuestro no sería el enfrentamiento entre la dejadez y la autoridad, sino el de una ley contra otra ley: fatídico, pues, como todos los enfrentamientos que dirimen el orden del mundo. Y mi madre se sabía demasiado confusa y demasiado débil para, llegado ese momento, pararnos a ninguno de los dos.
Como en las tragedias clásicas cuando se acercan a su final, también en la nuestra, pequeña y cotidiana, habían sido dispuestos ya todos los elementos de tal forma que, ahora, sólo con dejarlos rodar por sí mismos, asistiríamos al cumplimiento del oráculo, a ese desenlace esperado y casi hecho desear por el autor a los espectadores.
Ya Orlando abandonaba su Durindana y a Bigliadoro, arrebatado por amor su juicio, ido a la luna a ser contenido en una redoma de cristal... Era la una menos cuarto y podía ser que mi padre pasara por la casa a recoger los papeles del banco antes de que llegara mi madre de la plaza. En cualquier momento, pues. Leía deprisa para que no me atrapara, entre líneas, la gravedad de mis presentimientos, y para que volviera a aparecer cuanto antes mi admirada Bradamante de Claromonte. Di con ella a las pocas páginas, viviendo la extraordinaria ironía de los amores de Fiordispina, la bellísima princesa sarracena, hija del rey Marsilio de España, que la había confundido por su armadura, viéndola sobre el lecho de musgo y profundamente dormida, con el más apuesto caballero que jamás soñara. Íbanse, amigas, a compartir el mismo alojamiento, cuando, sí, apareció mi padre, a la una y diez, y me encontró de asueto y sin disimulo por mi parte. Vio la casa revuelta y a mí en la más haragana de las actitudes, y fue entonces cuando me dijo las cosas más duras que recuerde que me haya dicho nadie. Yo lo escuché en silencio y acuñando rabia.
Hace falta ser mujer y tal vez ser también la mayor de cinco hermanos, para desarrollar un precoz sentido de las responsabilidades y, al tiempo, por lo menos en mi caso, una sabia aversión a contraerlas semejantes en el futuro. Aquella mañana, ante la zanja que se abrió entre mi padre y yo y que nos separaría para siempre, tomé dos decisiones: no casarme y no tener hijos. Ninguna tentación ha venido luego a hacerme difícil, ni mucho menos, mantenerlas.
Que hoy, mis hermanos, al cabo de tanto penar, hagan, a veces, sus camas, cuando nos reunimos en las vacaciones de Navidad, es tan insatisfactorio y tan grotesco final para esta historia como el que buscó Ariosto dando a Fiordispina un gemelo varón de la simpar Bradamante.
Pero estaba hablando de mi madre. Mi madre me fue doliendo cada vez más, con cada nuevo descubrimiento del alcance de su bondad. Ella no tenía estudios y estaba sacrificándose para que los tuviera yo. Y su sacrificio no era superficial y llevadero, como el de mi padre, porque no se cifraba en el dinero ni en el trabajo diario. Su sacrificio estaba en amordazarse el corazón: yo sabía que se comparaba siempre en el más profundo secreto suyo con las profesoras del instituto que tanto me apreciaban y a las que yo admiraba tanto, y se descubría cada vez más pequeña, más torpe y más ridícula, menos capacitada para entenderme; a mí, a su primer parto, al que sería para siempre el fruto de su virginidad y de su infancia. Su más hondo y bien escondido dolor era para mí mi más hondo dolor a gritos: temía que yo me avergonzara de ella. De su no saber nada y de su cuerpo tan grande.
Sabiendo apenas sumar y pudiendo apenas leer de corrido, lo único que ella podía enseñarme eran su vida y su ejemplo, las cosas por las que ella sufría y por las que era feliz... ¿Cómo hacerle ver, entonces, que la respetaba, si no hacía más que desautorizar sus órdenes y huir de sus consejos y destruir la moraleja de sus parábolas con mil sesudos análisis? Discutiendo yo siempre por todo...
¿Sabía ella que yo la quería? Si lo sabía, no es verdad que el amor sea bastante. Haber descubierto que la culpa no era nuestra, ni suya ni mía, sino de la abominable bestia histórica, tampoco es un final satisfactorio. Porque no hay perdón. Yo nunca le perdonaré a la Historia el dolor mío de mi madre.
* * *
Me pareció que el viaje de vuelta no iba a terminar nunca. Pero allí estaba ya, por fin, la venta, con su hilera de fluorescentes forrados de celofán de colores verde y rojo, verde y rojo, verde y rojo y estábamos llegando a los álamos de la Carretera Muerta.
Esa venta y álamos abren la entrada, por abajo, a mi pueblo, y una fábrica de vigas y viguetas. La fábrica, a la izquierda; a la derecha, la Carretera Muerta, que así llaman, con tanta precisión, no a toda, sino a un trozo de la antigua carretera: un ramal que ya no era carretera, porque quedó cegado y terminó su tránsito enterrado en un enorme badén de escombros cuando hicieron la de Circunvalación, y que no llegó tampoco a ser calle porque murió antes de que le nacieran casas. En la Carretera Muerta jugué, de chica, a las guerras y a soltarme de manos del manillar de la bicicleta.
A montar en bicicleta se aprendía en bicicleta ajena. Cuando llegaba la propia, si llegaba, ya se sabía montar. (A ningún padre de mi pueblo, aunque pudiera, se le ocurrió jamás por aquellas fechas comprarle a su hija algo tan caro que ni siquiera supiera utilizar. Los disparates de ese tipo empezaron a cometerse muchos años después.) De manera que una podía llegar a imaginarse el mundo como un encadenamiento infinito de seres humanos que habían aprendido a montar en bicicleta siempre en la bicicleta de otro... hasta llegar al primero que aprendió a montar y que, evidentemente, no pudo ser más que quien inventara y construyera la primera bicicleta. Del segundo montador podía afirmarse, con rotundidad, que fue ya el primero de nuestra especie porque, como nosotros, necesitó conquistarse la simpatía del uno para aprender.
Y aprender costaba, efectivamente, muchas horas de rondar y camelar al dueño porque nadie quería que, al caerte, le abollaras un guardabarros o le rayaras el cartucho metálico, decorado con mil colores, en que iba protegida la cadena. Sacar apenas una vuelta de práctica requería, además de una paciencia muy melosa, una gran habilidad para hacer creíble la mentira generalizada de que ya sabías llevarla. Y más, como era cosa sabida que todos mentíamos, había que dar la palabra de honor, admitir la maldición de caernos muertos allí mismo, jurar sobre la misa y llegar a arriesgar en el mismo juramento, si era preciso, la salud de nuestros padres... y todo con las manos por delante, a la vista, y los dedos claramente estirados y separados de uno en uno.
Tienes que decir que has montado un montón de veces porque fulanito, que no es tan roñoso como él, te la deja siempre. Y si objetan saber que fulanito no deja nunca su bici, admites que es verdad y que tú lo sabes mejor que nadie, para añadir a continuación que eso es, precisamente, lo que demuestra que, si te la deja a ti, es porque sabes montar más que de sobra. A veces conviene cerrar el bloque con un "lo que pasa es que yo no tengo bici, pero sé llevarla mejor que tú", dicho con suavidad, pero dicho, para que ni pueda dejar de oírse ni suene tan orgulloso que te despidan con una de esas enervantes ironías que consisten en recoger el guante del suelo diciendo simplemente que se te ha caído.
Si luego resulta que, por no saber, acabas cayéndote y te vienen chillando con que era mentira y con que ya te puedes ir despidiendo porque no la catas nunca más en la vida, siempre te queda antes que admitir nada que cierre definitivamente toda posibilidad de conseguir una vuelta algún tiempo después, cuando logres ablandarle de nuevo el corazón salir con lo de la mala suerte de la piedra que pillaste con la rueda y que te encabritó la bici ¿Que qué piedra te preguntan , que dónde está la piedra que no se ve? Pues que cómo va a estar ahí ya la piedra si acabas de decir que la has pillado y que ha salido disparada...
Y al fin me la compraron: una bicicleta nueva, azul, como yo la pedí. Tanto la quería azul que, habiendo una roja en el escaparate, palpable e inmediata, tuve la fortaleza de espíritu de esperar todavía un poco más eso dijeron, que tardaría poco, pero me pasé un mes yendo todos los días a preguntar a que me la trajeran azul en otro pedido. Una bicicleta azul tan grande, que apenas me dejaba habitarla con el sillín puesto todo lo bajo que era posible. Cuando estaba sobre sus flamantes cromados azul brillante, me sentía la reina de un palacio flotante y hasta hablaba en voz alta (y así, con rima) como los reyes del teatro, porque yendo allí arriba, de acá para allá, corriendo o despacio, a nadie le daba tiempo de oír lo que decía. Sabiendo que la gente tomaría por excusa la velocidad, me permitía, incluso, bajar gritando por toda la calle. Y sabiendo, además, que todos mis gritos se tomarían por gritos de vértigo, podía permitirme ensayar toda clase de ellos: grito de miedo, grito de desesperación, grito de guerra, grito de hacer fuerza, grito de desgarro, grito de alegría...
Al principio de tenerla, mi placer estaba en el puro riesgo de saberme todavía incapaz de dominar del todo mi propia bicicleta; antes que su dueña por derecho de dominio, fui tan visitadora suya como lo había sido de las bicicletas ajenas.
Mi bicicleta era un palacio alado, varado en lo alto de una montaña, que todavía no me pertenecía. El suelo del palacio estaba lleno de trampillas imprevisibles, que se abrian bajo mis plantas de pronto, rompiendo el camuflante dibujo geométrico de sus mármoles, y vaciándome.
La bruja, bellísima que había ideado, perversa, con una inteligencia desconcertarte, el Gran Misterio del Palacio del Reino del Equilibrio Encantado y que vivía en él como en una carcajada porque era suyo , me odiaba, por intrusa, tanto como me respetaba, por irreverente. Todas sus artimañas se encaminarían, en adelante, a provocar que yo me precipitara desde lo alto de sus posesiones. Y sus ojos, que eran los ojos que podían adivinarse detrás de todas las persianas de mi calle, estaban pendientes de que me cayera para reírse. Sus ojos, grandes y tiernos como los ojos azules, pero, a veces, fogosos e implacables como los ojos negros, me vigilaban a través de las paredes, en las cuencas vacías de sucesivas máscaras, colgadas a lo largo del pasillo que daba entrada al palacio: un pasillo exactamente igual de largo que mi calle. Y las máscaras por las que asomaba los ojos para vigilarme eran máscaras cabalísticas, de oscuros significados, parecidas a esos rostros de demonios crispados que ponen, de piedra, en las fuentes, para que escupan caños, con la boca desencajada, de tan abierta, y el pelo agitado por un nido de serpientes.
Así espiaba ella mi deambular por su palacio, mientras yo, para ganármelo, debía encontrar sus habitaciones y entrar en ellas y, para eso, tenía primero que vencer todas sus trampas.
Lo habría logrado en el momento en que abriese la enorme puerta gótica que daba acceso a sus aposentos privados, y cuya llave no era otra que descifrar las escenas talladas en ella: un enigma que explicaba el Gran Misterio.
Su dueña estaría allí, esperándome, vestida con una túnica blanca de luna y de raso, y, sobre la túnica, una larga capa negra de noche y de terciopelo. De espaldas, sin volverse siquiera para mirarme, preguntaría:
¿Cuántos años tienes?
Casi trece.
Doce, entonces.
Sí, bueno.
Su voz estaría siendo, en ese momento, poderosa y un poco triste, como la del violonchelo, y estaría a punto de decir con ella las halagadoras palabras que yo, que para eso la había inventado, quería oír:
Eres impaciente... Pero eso no siempre es malo. Mírate, has tardado menos de lo que yo esperaba en conquistar mi palacio.
Ella seguiría dándome la espalda, y yo vería el increíble lujo de su capa negra derrocharse de belleza desde sus hombros hasta abrazar el suelo. Para abrir la gran puerta, había tenido, en efecto, que resolver el enigma que planteaban sus relieves y lo que allí fue escrito es que yo ganaba así el Palacio del Reino del Equilibrio Encantado y que ella, su creadora, debería abandonarlo para siempre, siete minutos después de media noche.
Sin embargo, señora, mi premio es también mi peor castigo y mi más ensañado dolor desde ahora mismo. Acabo de saber que mi victoria, en realidad, me pierde, y que no he ganado otra cosa que la razón para llorar vuestra ausencia en adelante...
Sic voluere Parcas...
¡¿Por qué?! Tantaene animis caelestibus irae? ¡No lo quiero! La fuerza de mi negativa, y la sorpresa de verse respondida por mí, tan brillantemente, habría que reconocerlo, con un latín de la misma factura que el suyo y cogido, además, del mismo sitio, obrarían la gracia de hacer que se volviese, al fin... ¡No, no lo quiero! ¡No quiero este palacio! ... para mirarme . No hallaré ya ningún placer en él. ¡Tú qué sabes! me regañaría de frente.
Sé que mi único disfrute ha sido ir conociéndoos a vos a través de la genialidad con que habéis urdido las trampas, mientras intentaba vencer la prodigiosa inteligencia de vuestros abismos. Y si, con ganarlo, os pierdo, vos me diréis qué gano que no sea el desesperado dolor de no teneros... ¡No lo quiero, pues!
¡Cállate, niña estúpida y caprichosa! ¡No sabes nada! ¡Eres una niña estúpida y caprichosa y te estás mostrando indigna de tu premio! ¿Acaso no has venido a buscar el Gran Misterio, el Equilibrio del Universo?
Quiero el Palacio si os quedáis vos en él conmigo, eso es lo que quiero.
Y eso es imposible.
¿Por qué?
Ya te lo he dicho: "sic voluere Parcas".
¡Pero eso es no decir nada! Decidme por qué lo quieren así las Parcas. Decidme por "qué ofensa a qué rigurosa divinidad", por qué pecado y quién lo cometió, cuál fue, tan grande, el agravio que no otro pueda ser el castigo de los dioses que el más riguroso: condenarme a ganaros y, en tanto que os gano, a perderos de inmediato. Ha sido hermosa esta batalla en la que, para vencer, he tenido que aprender a conoceros, pero ¿qué clase de victoria es haberla ganado si ahora, cuando más quiero saber de vos y más deseo estar a vuestro lado, he de veros desaparecer? ¿Qué monstruoso dios inexorable, pues sólo a un dios le cabe ser tan inhumano, ha podido concebir una crueldad semejante? ¿No son los cristianos esa secta de éxito capaz de idear los más salvajes y extremosos padecimientos para convertirlos, por inri, en interminables quienes representan su Infierno así, como vos pretendéis el mío:
llegaréis al final a presencia del Bien Máximo, el Gozo Perfecto y la Belleza Absoluta, lo veréis y conoceréis su disfrute y, sólo después, seréis devueltos al Hades para padecer eternamente su ausencia? ¿Puede imaginarse peor tortura? Es la que vos me reserváis.
Dicho lo cual por mí con tanta elocuencia y tan ensayada, porque inventar diálogos como éste, en los que creía lucirme yo más que cualquier protagonista del Estudio 1, era uno de mis juegos favoritos y con lágrimas en los ojos, no obstante, no conseguiría ablandarla.
Antes al contrario, aún se enfurecería más, y daría un paso hacia a mí con todo su cuerpo, reprimiendo el deseo de abofetearme: ¡Niña estúpida y caprichosa! sólo una urgente ráfaga de sensatez la detendría, o tal vez, mejor, la detendría descubrir que eran más urgentes, y más fáciles, sus ganas de abrazarme y consolarme : ¡Y engreída! Pero no haría ni lo uno ni lo otro, pues entre dos impulsos tan contrarios, sabido es que no puede vencer ninguno . ¿Cuántos años crees que son los que tienes? ¿Muchos? ¿Los suficientes? Son apenas una docena, menos que el instante de un parpadeo en el tiempo completo que han de estar vivos tus ojos ¿Qué sabes tú todavía del dolor? ¿Cómo te atreves a hablar de la ausencia sin haberla padecido? En ese momento, las dos oiríamos dar las doce campanadas. ¡Acabemos con esto! Nada puedes contra lo que ha de ser. Renuncia, si quieres, a tu premio, pero sabiendo que ello no impedirá que suceda lo que ha de suceder. Así que piénsalo bien antes porque, si renuncias a él, este Palacio se romperá en mil pedazos y será como si nunca hubiera existido. Toma tu ganancia y aprende a disfrutarla, yo desapareceré de todas formas...
Apenas se me podría oír decir:
No disfrutaré si vos no estáis... porque mi voz, con las campanadas, habría desfallecido hasta ser sólo el último hálito, ése que es ya incapaz de empañar un espejillo.
Escúchame: todavía te queda mucho que descubrir aquí y especialmente algo maravilloso, créeme, más grato y espléndido que todos los gozos que hayas conocido. Y ocurrirá cuando estés sentada en mi trono, que es ahora el tuyo. Te sentarás en mi trono y, sentada en él, com...
No disfrutaré si vos no estáis...
Te sentarás en mi trono seguiría diciendo ella, y procuraría que con la misma contundencia y, sentada en él, como si manara de su cetro, descubrirás un río luminoso que arrastrará para siempre la oscuridad de tu cuerpo. Sobre tu vientre, escanciará vértigos mucho más abismales que los que has estado sintiendo mientras venías hacia aquí, y se despeñará, torrencial y abundante, para caer en el centro mismo de todas tus ansiedades, y será allí donde luego se remanse, plácido, en el centro mismo de ti misma.
Si eso que he de descubrir no sois de nuevo vos misma, mismamente tampoco lo quiero.
¡Eres cabezota! Mi querida niña tozuda: sabes bien que no es una actitud muy inteligente despreciar lo que aún no conoces... ¿Lo sabes, verdad?
Sí, pero no pretendáis vos que lo aprecie tanto, sin conocerlo, que me consuele de perder lo que ya conozco y ya amo. Os quiero a vos ¡Qué buenas réplicas nos concedemos cuando hablamos a solas, ¿verdad?! ¿Seréis vos parte, por lo menos parte, de eso otro que he de descubrir?
En cierto modo; pero ya no puedo decirte más, tengo que irme.
¡No os vayáis!
Ya no queda tiempo...
¡Os estáis desvaneciendo! ¿Os vais para siempre? ¿Volveré a veros?
Y todo su cuerpo se iluminaría en ese momento con la sonrisa más grata que pueda ofrecerse a alguien, la de seducir:
Tal vez sí... cuando seas capaz de encontrarme de nuevo. Pero fuera de ti misma.
Dicho esto, se convertiría en la noche de su capa.
* * *
Ella tenía razón, y fue así, montando aquella bicicleta, sentada en su trono de cuero duro, como descubrí, en mi cuerpo, lo que me había descrito: una mágica dimensión de abismos que se abría, desconocida, en el corazón de un laberinto de vértigos. Fue en la Carretera Muerta, cuando tuve que amortiguar, con el sillín de la bicicleta entre las piernas, el eco tembloroso de haber cruzado demasiado deprisa un bache del asfalto abandonado. Allí sentí, por primera vez, lo que luego aprendería a llamar orgasmo.
Pero tampoco a mí me faltó razón: al poco tiempo, cuando ya era yo la única que habitaba mi bicicleta, sin ningún riesgo ni prueba que vencer, sola y convertida en su dueña, dominadora del Gran Misterio del Equilibrio, y, una vez que aprendí, también, a no necesitar ni la velocidad ni el bache para precipitarme a capricho por mis propios precipicios, dejó de interesarme.
Pasó por grandioso gesto de generosidad de los que todavía se traían a colación en mi casa, muchos años después, para referirse al buen y gran corazón que por lo visto había tenido antes y que se conoce que debí perder después el hecho de que un día decidiera regalarle a mi hermano mi bicicleta.
Y el reino encantado se rompió, sí, en mil pedazos en cuanto yo lo abandoné. Mi hermano, desde que la recibió, hablaba de la bicicleta, no como lo que fue, un palacio alado con una bruja majestuosa y encantadora dentro, sino como lo que habría de ser realmente para él: la primera etapa de una carrera que le llevaría a la meta, un coche. La segunda fue una moto, claro está.
* * *
Por la Carretera Muerta, antes de montar en bicicleta, varios años antes, jugué a los bandidos que se echaron al monte por Sierra Morena, o a Robin Hood, que era el mismo juego.
De las recámaras viejas de las ruedas de las bicicletas, sacábamos las gomas para hacer los tirachinas. Eran rojizas. De los zapatos que tiraban en el estercolero, sacábamos la badana.
Y, en la badana, poníamos la piedra sin ninguna inocencia. (Los nuestros no eran como los tirachinas de los niños de la ciudad, de alambrillo y gomas de caja de zapatos, que no servían más que para tirar taruguitos de papel ensalivado. Eran de horquilla de árbol.) Una vez, por ejemplo, un acierto del enemigo le abrió un siete a mi hermano por encima de la ceja. Porque fue por encima de la ceja, conserva aún su ojo.
Como lo mío era atinar siempre con diabólica puntería, gané fama. A lo que quisieran y a la distancia que quisieran. Y cuantos advenedizos zagales vinieron a disputarme el liderazgo hubieron de irse con el rabo entre las piernas, humillados, entre los aplausos de los de mi banda y la rechifla de los de la suya por haberse dejado ganar por una mujer. Yo, por entonces, no entendía la expresión "dejarse ganar", porque a mí me parecía que les ganaba claramente contra su voluntad.
Pero luego, de mayor, observando los contextos en que se utiliza, entendí ésa y otras fórmulas parecidas. Y es que "dejarse ganar" significa perder menos, y eso sí que tenía sentido. "Dejarse" es no haberse empeñado lo bastante o haberse descuidado demasiado, y permite deducir que, de haber puesto el afán necesario y la atención debida, no hubiera habido derrota. Entendí también por qué nunca utilizaban esa expresión entre ellos: entre ellos, las victorias eran indiscutibles y absolutas. La reservaban exclusivamente para cuando ganábamos una de nosotras. Si a eso le añades que el vencido era desposeído inmediatamente de su condición de hombre, y le llamaban marica y sarasa por haberse dejado ganar por una mujer, el resultado es que yo, por unas cosas o por otras, nunca pude ganarle a un hombre en ninguna de aquellas competiciones.
En cierta ocasión, por la tarde, en la Carretera Muerta, dos de los de Las Casas Baratas de la Redonda, mayores que yo, cuando estaba yo tan tranquila jugando sola a la pelota (bote y me la paso por debajo la pierna derecha, bote y paso, bote y me la paso por debajo la pierna izquierda), me la quitaron, y el larguirucho dijo que no me la daba hasta que no le diera yo un beso en la boca. No había nadie más en la Carretera Muerta. Los amenacé con que iba a ir a mi casa a decírselo a mi madre. Pero de sobra sabían ellos que eso no se le dice a una madre. "Bueno, pero le voy a decir que me habéis quitado la pelota y que no me la queréis devolver". Y me fui como si me fuera hacia mi casa. Pero no era verdad. A mi madre, aunque me callara lo del beso, no podía irle tampoco con el cuento de lo de la pelota, porque ella nunca nos defendía; decía que era cosa nuestra apañárnoslas solos. Mi madre no era como otras. Nunca peleó con otras mujeres, ni siquiera por nuestras heridas. Decía que nosotros tampoco éramos angelitos, precisamente; y yo, lejos de sentirme desprotegida, me sentía orgullosa de ella porque, eso sí, lo mismo decía cuando una madre soliviantada venía a llamar a nuestra puerta y a traerle quejas de un chinazo mío a la cabeza de su nene. No se impresionaba con el golpe de efecto que buscaban ellas acudiendo a llamar a mi casa con el chiquillo de la mano, descalabrado y lloriqueando, chorreando sangre caliente, o pegada ya y seca, pero sin limpiársela todavía, con tal de que se vieran mejor las pruebas de mi delito y fuera mayor la paliza que suponían que iba a darme mi madre allí mismo, delante de las víctimas, como era costumbre para que no se fueran con el recelo de que luego la sentencia, si se aplazaba, no se cumpliera. Pero mi madre: "Mejor haría usted en curar al chiquillo primero..."
Mi madre sufría, sin embargo, tanto como ellas, porque en verdad era un milagro que no muriera nadie en aquellas reyertas inconscientes en las que, al grito de "guirri guirri" (que es guerra guerra, pero dicho sólo con la i), nos enfrentábamos, más a muerte de lo que parecía, los de una banda contra los de otra.
Digo que no fui, en realidad, a acusarme, como las acusicas, sino a alejarme lo suficiente para que me perdieran de vista y no me viesen volver, enseguida, por detrás de los álamos, con los bolsillos del mandilón llenos de piedras escogidas.
Ellos, riendo y pasándose mi pelota al fútbol (a pesar de que sabían perfectamente, y no les importaba, que así, al fútbol, dándole tan fuerte y sin ver dónde bota sin ver si hay chinillas o no debajo, o cristalillos, o astillas o lo que sea se pinchan todas las pelotas... ¡Y tanto que lo sabían! Como que se pasaban la vida todos ellos pidiendo para reyes un balón de reglamento y, cuando sus padres les decían que eran muy caros y que se arreglaran con alguna pelota más barata, ellos contestaban siempre que era imposible, porque todas las pelotas se pinchan en cuanto juegas al fútbol un poco: fíjate tú si lo sabían bien...), y yo, escondida, acercándome más y más a ellos, silenciosa y ocultándome detrás de los troncos, hasta que me quedé detrás de uno que estaba ya lo bastante cerca. Apunté. Pero, con todo y mi rabia, a última hora, me dio miedo darle al larguirucho en plena cabeza, que el tirachinas, así de cerca, dispara con mucho brío. Le di de lleno en algún lugar del pecho y él soltó la pelota para autoabrazarse, y un grito horroroso. Tuve tiempo de apuntarle de nuevo porque, el idiota de él, en lugar de reaccionar e ir enseguida a parapetarse, como había que hacer, se quedó allí, condoliéndose y dando vueltas sobre sí mismo, encorvado, pero al descubierto. A la segunda le acerté en un muslo y esta vez ya sí salió corriendo, cojeando y diciendo tacos. El otro decidió huir con él, pero primero recogió mi pelota y se la llevó. La perdí para siempre. Me sentía orgullosa de mi hazaña y de no haber pensado ni por un momento en doblegarme a ellos. Pero perdí mi pelota. Y eso era, entonces, mucho perder.
* * *
Cuando llegamos a casa después del entierro, me fui derecha a mi dormitorio, aunque nadie me dijo aquello de "vete inmediatamente a tu habitación". Era yo sola la que estaba copiando la escena mil veces emitida en las películas de Estrenos Teuve; y sé que la estaba copiando porque de otra manera no se explica que hiciera eso si tienes en cuenta que los dormitorios, en mi pueblo, se usan exclusivamente para dormir. No sólo no se usan para que todo el mundo sepa que tienes la puerta cerrada porque consideras que te han tratado injustamente, sino que ni siquiera se juega en ellos ni se estudia ni están preparados para otra cosa que su función específica: no tienen brasero ni mesa de escritorio ni anchura ni más silla que una banqueta para dejar la ropa por la noche.
Me retiré con un aire de herida dignidad (que no iba a servirme para nada y que debí tomar prestado del mismo sitio porque mi padre como mi dormitorio es de pueblo y resultaba impensable verlo reaccionar viniendo a sentarse a los pies de mi cama para decir, con el insufrible tonillo de impostor pedagógico que ha inventado la televisión, eso tan embarazoso que manda el manual y que empieza: "Cariño, discúlpame si he sido un poco brusco contigo, ¿quieres que hablemos?" Horror. Así que ¡menos mal!, porque no creo que ninguno de los dos pudiéramos soportar la denterosa cursilería de una situación semejante); y no salí ni para cenar.
Allí sola, decidí dedicarme a pensar intensamente. Como si pensar fuera lo fue a los diecisiete años una venganza terrible contra el mundo entero. Y exclusivamente en María Bielsa, como si pensar intensamente en una distorsión del mundo fuera la más terrible venganza contra el mundo conforme.
Me habían castigado a no salir más que para ir al instituto. Pero qué me importaba a mí. Yo lo único que quería era poder investigar sobre María Bielsa y eso, aunque no me hubieran castigado, me era imposible. No podía salir de viaje por mi cuenta para ir al pueblo de María Bielsa. No podía hacer nada por mi cuenta y ahí estaba la verdadera y la peremne tortura.
Pero supongamos que pudiera viajar pensé , ¿qué iba yo a hacer allí de todas formas? Pues, por ejemplo me contestaba a mí misma , consultar los Registros, o ir casa por casa hasta encontrar a alguien que hubiera conocido a María Bielsa, que la hubiera visto, al menos ¿Y acaso serviría de algo, para resolver el enigma, saber lo que estaba al alcance de cualquiera saber? Pues primero pensé que no. Pero luego pensé que tal vez sí me sirviera. Sí, si yo era capaz de sacar otras deducciones a partir de los mismos datos, como ocurre en las novelas policíacas, donde aparecen ensoberbecidos investigadores que se empeñan en volver a lugares ya rastreados, a testigos ya preguntados y a reconstrucciones de hechos ya analizadas... pero por otros.
En aquella época, rara vez me doblegaba, ni siquiera ante la imposibilidad. Porque ya había aprendido que, a menudo, lo imposible no es tanto lo que se persigue, sino el resultado de no saber separar lo perseguido de la persecución misma. 0 sea: aparentemente, me resultaba imposible ir casa por casa preguntando a todo el mundo; pero yo no quería ir casa por casa preguntando a todo el mundo; no era exactamente ese largo enunciado lo que yo quería, sino sólo una parte de él: preguntar a todo el mundo. Y así, una cosa es que no pudiera moverme de donde estaba y otra que no pudiera preguntar a todo el mundo en ese pueblo. Lo que se me ocurrió no sólo sustituía al viaje, sino que era mucho mejor, más eficaz y más rápido: el teléfono.
Repasar mi situación de castigada, con mi gran idea presidiendo el análisis, me dio ahora unos resultados muy distintos. ¡Y tan distintos!, como que estar castigada era más favorable para mis planes de averiguación telefónica sobre María Bielsa que no estarlo.
Tenía que hacer muchas llamadas sin que nadie oyera las extrañas cosas que iba a decir. Para que nadie me oyera, era mejor hacerlas desde una cabina. Pero el dinero de mi paga, en una cabina, no hubiera dado ni para tres conferencias. Por tanto, con castigo o sin él, tendría que aprovechar para hacer las llamadas desde nuestro teléfono en los ratos en que me quedara sola en casa. Pero, sin castigo, yo, que pasaba fuera de mi casa todo el tiempo que me dejaban y un poco más, hubiera levantado toda suerte de sospechas si de pronto, con tal de quedarme a esperar la oportunidad de estar sola, me diera por no salir. Por otro lado, sin castigo, es decir, en condiciones normales, mi madre salía muy poco a la calle durante la semana y era yo, la mayor, la que tenía que hacer los mandados. Con castigo, sin embargo, a mi madre no le quedaba otra que salir ella. Conclusión evidente: con castigo, mucho mejor que sin él. Infinitamente mejor. Ni pidiéndolo a propósito, vaya. Por mí, hubiera empezado a hacer las llamadas inmediatamente, porque el entusiasmo produce insomnio. En ese momento, toda mi familia estaría dormida por sillones y sofá al arrullo de la tele, pero era muy tarde ya para llamar. El sucedáneo de la actividad que necesitaba fue, entonces, coger papel y lápiz y hacer una lista con todos los datos que tenía de María Bielsa. Era agradable parecer rigurosa, casi científica en el método. Y había visto, cualquiera sabe en qué película, que hacer listas y repasarlas muchas veces puede dar como resultado un alumbramiento definitivo.
Sola. Ése era un dato. Los enterradores me habían dicho que María Bielsa vivió sola, con la criada, el tiempo que allí vivió. De todas formas, aunque no me lo hubieran dicho, yo no habría podido imaginármela, después de ver su lápida, rodeada de hijos o de nietos, ni con marido. Y a partir de ahí, mi cerebro empezó a razonar al revés, por así decirlo: puesto que el dato de los enterradores respaldaba una de mis certezas intuidas, los enterradores no estaban equivocados.
Naturalmente, comprendí que era peligroso razonar de esta forma, porque corría el riesgo de inventar a María Bielsa, primero, y desechar después, sin darme cuenta, toda información que contradijera mi invención. Pero pensé también que no de otra podría llegar a entender el misterio de las "veinticuatro veces" si, como había deducido, se trataba de un misterio concebido como tal, cuya luz había sido voluntariamente preservada de las evidencias.
Con éstas, y después de darle muchas vueltas a la cabeza sobre qué criterio tomar, decidí que les concedería la misma validez de partida a mis "certezas intuidas" que a los datos que pudieran darme de ella; de manera que, si alguna vez tropezaba en una contradicción, revisaría con igual ahínco la veracidad de mis supuestos y la del dato mismo. A continuación, si había empate, si, en el peor de los casos, el dato resultara ser tan susceptible de duda en sí mismo como mi corazonada, optaría, eso sí, por la certeza de mi corazón. Entiéndase, es que algún criterio tenía que seguir. Y veamos: ¿quién, con todo su rigor científico, podría reprocharme haber elegido éste? Es más: ¿habría existido alguna clase de ciencia sin acudir precisamente a éste como al último?
Ahí tienes por qué en la lista que hice de lo que sabía hasta el momento, puse, no sólo los datos, más o menos ciertos, que había recibido de fuera, sino también las intuiciones, más o menos arriesgadas, que yo tenía desde dentro. Señalé con cruces mis intuiciones y con asteriscos los datos.
El resultado, muy esperanzador para mi método, fue que las unas y los otros venían, por parejas, a coincidir casi exactamente: no había ninguna contradicción notable entre lo que yo había imaginado a partir de la lápida y lo que los enterradores me dijeron. En cuanto empezara las llamadas, al día siguiente, podría ir añadiendo asteriscos, datos, a mi lista. Y me entusiasmé prediciendo que cada una de mis cruces tendría muy pronto, avalándola, un abanico abierto y lleno de barillas que conducirían, del otro lado, a un manojo de objetivísimos y relucientes asteriscos.
El tercer símbolo que puse en mi lista fue un círculo blanco junto a algunas circunstancias que, como la edad, por ejemplo, la simple consulta del Registro hubiera convertido en asterisco.
Edad. Círculo blanco. Pero, si la consulta al Registro (que a mí me era imposible) podía convertirlo en un asterisco, ¿no podría también, a través de deducciones, convertirse en una cruz? Me dediqué a pensar en el círculo blanco de la edad de María Bielsa con toda mi capacidad. En la lápida no había fechas ni otro número que "veinticuatro veces". Cuando llegó al pueblo, María Bielsa "era ya mayor", eso me dijeron. Pero ¿cuánto de mayor? ¿Cuánto es mayor para un sepulturero? Ellos, sin embargo, no la conocieron; por tanto, "mayor" era un dato heredado de quienes sí llegaran a verla en los tiempos de antes de la guerra. ¿Y cuánto era mayor para la gente de hace más de medio siglo? Mayor es cuarenta años para las mujeres de aquella época. Y sesenta también. Pero entre cuarenta y sesenta hay veinte años de diferencia: toda una vida ciertamente; más vida, incluso, y más memoria de la que yo tenía yo entonces.
Tuviera la edad que tuviese, una mujer como María Bielsa, capaz de cincelar con sus propias manos su propia lápida, debió de ser, pensaba yo, de las que aparentan otra. O más joven, mucho más joven; o más vieja, mucho más vieja. El caso es que María Bielsa, probablemente, no tuvo nunca la edad que pareció a la gente del pueblo que la viera. Yo lo "sabía". Pero ¿qué explicación podía dar para sustentar una afirmación así? Si María Bielsa hubiera sido sólo un personaje más de mis fantasías, no necesitaría explicar nada, a poco que mantuviera una mínima coherencia entre sus actos y la edad que decidiese yo ponerle. Pero María Bielsa existió y, si bien yo no podía atribuirle la edad que quisiera, "sentía" que no tuvo tampoco la edad que le atribuyeron quienes la vieron. Apasionadamente les negaba a los demás todos eran para mí unos profanadores como el sepulturero callandón cualquier capacidad de observación acertada sobre María Bielsa. Mis argumentos eran soflamas:
¡Qué entendían ellos de espíritus libres para atreverse a datarlos! Porque las mujeres que han hecho de su vida un misterio para sus contemporáneos la rebeldía y el coraje de ciertas mujeres han sido siempre un misterio para sus contemporáneos , las que han tenido que pelearle a la realidad cada una de las baldosas bajo sus pies, se han vengado de la realidad mosaica y limitadora tergiversando hasta el disparate uno de sus principios más académicos: el tiempo. Había visto retratos de mujeres con treinta años de partida de nacimiento que tenían arrugas y esplendores en la mirada por valor de sesenta. O que tenían sesenta y una barbilla alzada con la desfachatez y el despilfarro de los veinticinco. Esas mujeres misteriosas, es decir, inexplicables para el Manual de Vidas Posibles, han retorcido el tiempo hasta desquiciarle la espina dorsal, para atrás o para delante. Y que haya sido para atrás o para delante, que parezcan, a la luz del Manual, más viejas o más jóvenes de lo que son, es, al fin, lo de menos. Importa sólo la burla y la rebeldía que demuestran así.
Cuando terminé mi lista, era ya muy de madrugada, pero estaba embalada, me sentía imparable y seguía sin tener sueño. Apagué la luz para poner la vela. La encendí y me quedé mirando la llamita. Pero me quedé mirando la llamita consciente de que me quedaba mirando la llamita, con una intensidad de reflexión sobre la llamita tan impostada, tan grandilucuente, que a María Bielsa, tan madura, le hubiera dado risa verme en una actitud tan trascendental, a punto de parir un poema o uno de esos modernos encadenados de metáforas sin sustancia. Y como si de verdad me estuviera apuntando con la irónica puntería que yo le otorgaba a sus años, inmediatamente quité las palmas de las manos de tenerlas cruzadas detrás de la nuca porque, en el colmo del falsete, ésa era la postura física de tópico cinematográfico que había adoptado yo, tumbada en mi cama, para "ponerme a pensar" en lo que podía dar de sí una vela.

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:36 pm

Había elegido "para ser la mía" una vela regordeta y bajita, de las que van metidas, como los quesos de bola, en una funda roja de material plástico; una vela de iglesia, de virgen milagrosa; una vela de las que se plantan, en el momento de hacer el pedido, delante de la Madre de Dios, en concepto de adelanto de la caminata a pie descalzo que se promete si hay concesión. O "una vela de muerto, ay, hija, qué ganas de tentar al diablo", como decía mi madre, que nunca ha sido supersticiosa, pero que, como cualquiera, tenía sus limites para la aprensión; sus colmos, como cualquiera, ante los símbolos demasiado simbólicos.
Me daba cuenta de que tener una vela así ante mi balda de libros como si fuera un altar y encenderla a menudo en lugar de la luz eléctrica era una pequeña extravagancia. Pero saber hoy por qué hacía eso y cosas como ésa, no tiene ningún mérito. El mérito es que también lo sabía entonces.
Era consciente de que lo hacía para dotarme de extravagancias y para poder contarlas a los demás por lo menos con la honestidad de estar viviéndolas realmente: "Yo suelo encender una vela en mi dormitorio, cuando me encierro allí para estar sola y pensar. Es una vela de iglesia, porque para mí, que soy atea, no hay más Dios que el pensamiento". Seguro que se me ocurrió primero la frase y después comprar la vela.
Pero es que ése, hay que recordarlo, era el tiempo en que necesitábamos las cosas como símbolos; y, los símbolos, como síntomas del ser que nos estábamos fabricando como propio. Era el tiempo en que somos tan ingenuas todavía, por un lado, y tan incipientemente ególatras ya, sin embargo, por otro, que aún mantenemos el mito de que está en nuestra mano hacernos, construirnos. O lo que tal vez sea lo mismo: lejos aún de tener nada esencialmente nuestro que nos defina, pero incapaces, a la vez, para desconocernos tranquilamente y vivir sosegadas dentro de nosotras mismas como en un misterio, necesitamos fabricar datos externos que demuestren a nuestros propios ojos que somos ya realmente como estamos queriendo ser.
Yo quería ser una persona original. Pero no creo que por coquetería y para presumir, o no sólo, sino para que mi vida no corriera nunca el riesgo de parecerse a la vida de las mujeres de mi pueblo. Y tenía que reunir pruebas que demostrasen que yo era, irreversiblemente ya, una persona diferente y que estaba, por eso, objetivamente a salvo. Obligatoriamente avocada a no encajar allí. Necesitaba, con una desesperación que en la distancia de los años se minusvalora, garantías de que escaparía a ese destino marrón de resignaciones en cadena.
Pero garantías mayores que las de mi sola voluntad, que podía quebrarse en un momento de debilidad; mayores que las que me ofrecían el dinero de mis padres o el adelanto de los tiempos en lo de poder estudiar una carrera y trabajar. Necesitaba certezas absolutas y garantías de principio y de carácter, no sólo circunstanciales, que significaran la imposibilidad radical de que yo, siendo como era, pudiera caer ni empeñándome yo misma en casarme, en obedecer y en tener hijos.
Tenía una vela enfundada en rojo; manoseaba en cualquier momento un naturalmente exacto dado de pirita; llevaba el reloj en la mano derecha; leía libros continuamente; inventaba palabras o unía las conocidas tan inesperadamente que parecieran nuevas... Y todo por miedo. Desde lo que más apasionadamente me gustaba hasta las pequeñas sensaciones de las que disfrutaba suavemente, todo, estaba espesado por el miedo.
El miedo es verde y denso, como las pozas de las almazaras. Si te cayeras en la densidad verdosa de una poza de aceite, te ahogarías sin remedio porque no podrías nadar. Igual que en las arenas movedizas de las selvas de la tele. Ni siquiera el río es tan peligroso. Cuando la maestra forastera (las monjas no tenían la segunda etapa de la EGB y tuvieron que apuntarnos a la escuela nacional), la que vino de la capital para sustituir a doña Inés la vez que se puso mala y tuvieron que operarla, nos llevó a ver por dentro la cooperativa del aceite (porque las maestras de la capital son muy partidarias de las actividades extraescolares y de lo que se llama en general "in situ" y "propias raíces"; y nos llevó a pesar de que muchas madres dijeran: "pues no van a tener tiempo ni nada los zagales, ya ves tú, de saber todo lo que hay que saber del aceite y de la aceituna, pobrecicos, otra cosa no sabrán, pero eso..."), yo, esa vez, cuando ella nos explicó, en el curso de la visita, lo de la densidad y que no era la misma la del aceite que la del agua y que, por eso, si te caías dentro de una de esas pozas, te ahogabas sin remedio... cuando eso, yo interrumpí para decir que sí que había una manera de salvarte aunque no acudiera nadie en tu ayuda, y entonces ella me preguntó que cómo y yo dije que muy fácil, que tirándote del pelo para arriba hasta que te sacaras. Pero la única que se rió del chiste fue ella, la señorita Celi, que así se llamaba (a un paso por mi vida tan fugaz como el suyo no debería corresponder un recuerdo tan profundo como el que me dejó), porque los demás críos y crías de la clase dijeron desilusionados y otra vez moviéndose, después de ese segundo de inmovilidad que a veces exige el pensamiento, que vaya una tontería.
* * *
Me gustaba mucho el trayecto que hacía desde la Plaza de los Caños hasta mi casa, al empezar a anochecer, justo al caer de la tarde, antes de que las madres echaran las persianas y encendieran la luz. Si alguna ya la tenía encendida a esa hora malva, yo veía cómo miraba la mujer la bombilla desnuda (o la bombilla para la que ya había habido el dinero de embutirla en una caperuza de plástico rojo, un sombrero chino, que se compraba bajo el nombre de "lámpara de estar") y suspiraba como si en los párpados tuviera un segundo interruptor y lo accionara ahora en la posición de lucir definitivamente.
Las ventanas hasta casi el suelo de toda la calle, con sus rejas salientes, dejaban ver salitas parecidas a la nuestra: con su mesa camilla, su sofá de escay marrón y el que llamaban mueble bar, en vez de mueble librería; aunque, si no había libros, las bebidas no ocupaban tampoco más que un pequeño receptáculo (de medio metro por medio metro, cerrado, con puertecilla abatible, al fondo de la cual había a veces, en los más lujosos, un espejo y una luz que se encendía al abrirlo, como la nevera) que no ofrecía más que una botella de anís, otra de Ponche Caballero, y alguna indefinible desde la calle, tres a lo sumo, para justificar escuetamente su nombre.
Pararse estaba feo, pero yo al menos pasaba despacio, y miraba atentamente, porque, siendo salitas tan parecidas a la nuestra y los gestos de la gente que había dentro tan aparentamente iguales, me tranquilizaba comprobar que, sin embargo, ninguna de aquellas mujeres malhumoradas eran mi madre, ninguno de aquellos hombres sin afeitar que no hablaban nunca (como si estuvieran ellos mismos tan seguros como yo de que sólo podían abrir la boca para escupir o dejar de tener la fiesta en paz) eran mi padre y ninguno de aquellos zagales mohínos y reservones eran mis hermanos. Así me sentía protegida, segura y dichosa y llegaba a mi casa arrepentida de haberle desobedecido a mi madre, de haberla ayudado poco o de haber mirado a mi padre de lado y con desafío. Me arrepentía, incluso, de haberle pegado a alguno de mis hermanos una patada en la espinilla.
Me gustaba porque (en el segundo que tardaba en pasar a lo ancho de cada reja, en lo que duraba una escena de segundo y medio: el carraspeo gargajoso de un abuelo inerte) veía la vida entera de todos los personajes, o eso me parecía a mí; y en el continuarse y sucederse una reja con otra, sus futuros perfectamente predecibles. Y me tranquilizaba saber que no serían el nuestro, el de mi familia. Me tranquilizaba porque yo misma me dedicaba a apuntalar ese saber, sosteniéndolo con datos como certezas, todos los que era capaz de reunir: mi casa no tenía cuadra, mi padre no era agricultor; mis hermanos habían nacido en Colombia; mis abuelos vivían en Monrovia, la capital de Liberia, un país que ni los profesores eran capaces de localizar en el mapa; mi tío Ángel acababa de naufragar en un carguero frente a las costas de Brasil y había salido a nado a una playa sin hamburgueserías; teníamos un apellido que casi nadie sabía escribir a la primera y un loro que andaba suelto por la cocina diciendo "Pepito que te caes" o cantando "yo sé que este verano te vas a enamorar", con todas su notas y todas sus sílabas... Nos parecíamos mucho, pero no éramos iguales.
Me gustaba ese paseo entre ventanas, en el escaso tiempo que media entre encender la luz y bajar las persianas, como nos gusta colocarnos al borde de un precipicio: sólo para comprobar qué abismo sería caer en él. Y llegaba a mi casa con la misma sensación de salvamento que nos produce retroceder, primero de espaldas, para no perderle la cara al borde, y luego por fin girando y yéndonos para siempre de allí.
* * *
Otra ventaja de estar castigada es que no había mandados: lo que más odiaba desde siempre, desde que era muy pequeña. Porque no me gustaba la gente de los sitios a los que se va a comprar o recoger algo. Era aquel el tiempo en que todavía se cogían los puntos de las medias, pero hacia su final.
Tendría yo nueve años. La tarde en que me enteré del Gran Misterio de la Esencia de
Todos los Pecados, mi madre me mandó al mandado que más rabia me daba hacer: Vete a lo de Marín y que te dé los dos pares de medias que le dejé. Le dices que yo le pago mañana cuando vaya a la plaza que tengo que ir. Pues ya las recoges tú mañana...
"Pues ya las recoges tú mañana" no, que las necesito para esta tarde, que tengo que llegarme a lo de la modista.
¡Jo, mamá!
Ni "jo mamá" ni nada. Y que no te oiga yo decir eso de "jo", que está muy feo. Anda vete.
¿Es que siempre me tienes que mandar a mí? ¿No puede ir mi hermano?
Tu hermano va a otras cosas que yo le mando. ¿Y cómo va a ir un chiquillo a recoger unas medias?
También era todavía el tiempo en que un niño, por el hecho de ser hombre, no podía de ninguna manera hacer encargos relacionados con las cosas íntimas de las mujeres.
¡Ya ves tú, le van a morder!
Bueno, que he dicho que vayas tú y ya está, que me tienes harta su tono no era, sin embargo, el tono cruel de estar harta de verdad . Que es que no te mando una cosa que me digas que sí, siempre con razones por aquí y razones por allá...
En lo de Marín estaba el Tonto Marín, sentado a perpetuidad en el mismo sitio, a la derecha, nada más cruzar el escalón de la puerta. Era un monstruo de gelatina que se derramaba, untuoso, por los bordes de la silla de ruedas; llevaba babero de niño y zapatillas de viejo, de paño a cuadros, grandísimas. Tenía las manos encogidas, retorcidas, con las palmas abiertas y vueltas hacia arriba, como si pidiera limosna desde su regazo. También la cabeza se le derramaba sobre el cuello y, la lengua, sobre la barbilla. Tenía la cara roja y llena de puntos más rojos todavía, y la tenía incrustada en una rodaja de carne fofa que se inflaba y se desinflaba con la respiración como un fuelle.
Fui hacia la Plaza de los Caños con el bocadillo de jamón de york. No entendía que a las personas mayores les diera vergüenza ir comiendo por la calle; se ahorraba mucho tiempo y no había nada feo en darle bocados a media barra de pan mientras se caminaba, en equilibrio, por el borde exterior, el de piedra, de las aceras: pierdes si te caes a la calle y no vale tampoco pisar las baldosas ni con el filillo del zapato.
El olor de la cooperativa del aceite llegaba casi hasta el estanco de la coja y, luego, en lugar de seguir recto, en la esquina, tiraba a la derecha para entrar por la calle de las monjas donde estaba el colegio (los olores tienen sus caprichos también y, cuando una calle, por muy recta que siga, ya no les gusta, tuercen por otra). En el estanco, vendían sobres de estampas.
Yo siempre llevaba encima mi taco de estampas repes, por si se presentaba la oportunidad de cambiar alguna o para jugármelas a levantar o apostando a par impar. La más difícil de todo el álbum era el guepardo: la tercera, por arriba, de la segunda hoja de los felinos. Número cincuenta y siete: "Guepardo. Mamífero. Felino. El animal más rápido del mundo sobre tierra. Es capaz de alcanzar los 120 km/h en pleno desarrollo de carrera." Recuerda que, por entonces, un coche que pasara de esa velocidad era un bólido. Las difíciles valían diez, quince y hasta veinte repes; pero el guepardo no tenía precio porque no salía nunca. La Toñi Marín había dicho que la tenía, pero ésa mentía más que veía. Una vez dijo que se le había presentado Nuestra Señora del Rosario, la Patrona, la que está en la Parroquia, y que le había dicho, con voz de eco:
Tooooñiiiii, Tooooñiiii... tú, cuando seas mayooorrr, serás mooonjaaa...
Era una pelotillera de las monjas porque decía que tenía vocación; pero no le servía de nada porque, con lo tonta que era, nadie la salvaba de ser repetidora. También dijo una vez que se le había aparecido su abuela muerta; a muchas niñas se les aparecía su abuela muerta. Yo tenía a la mía muy lejos, y pronto se me iba a aparecer también, en carne y hueso, pero más espectral e inesperada que cualquier fantasma. Pues ahora mismo íbamos a ver si tenía la cincuenta y siete o no. Preguntaría por ella y allí mismo, delante de su madre y de su tía, le diría que hiciera el favor de enseñarme el álbum.
Si me decía que no, su madre o su tía le dirían: "Anda, hija, enséñaselo, ¿por qué no se lo vas a enseñar, mujer?" Eso: por qué no. Y si me venía con que no las tenía pegadas todas, yo le diría que me enseñara también las que tenía sueltas ¿No nos había dicho tantas veces en el colegio que no nos podía enseñar la del guepardo porque la tenía en su casa? Bueno, pues ahora estábamos en su casa, a ver qué iba a decir ahora...
No obstante, no era por el Tonto Marín ni por la Toñi Marín por lo que no me gustaba ir allí. Era por la tía de ella, la Agustinita Marín, que era mocica vieja y la que cogía los puntos.
"¡Tiene una lengua...! Más mala es que la serpiente cascabel". Eso había dicho, de la Agustinita, la Paqui, la vecina del patio nuestro por la tapia de la izquierda. Y mi madre, luego, dentro, en la cocina: "Mira quién fue a hablar".
No me gustaba ir porque esa mujer me miraba más de la cuenta, como buscando siempre algo en mí que no fuera bueno, o que no estuviera bien, que le diera la razón sobre algo muy malo que supiera de mí.
Que vengo que me dé usted las medias que le dejó mi madre y que luego mañana cuando suba a la plaza se lo paga ella que tiene que subir.
Bueno, hija, bueno, pasa, que voy a ver si están... y no había terminado de hablar del todo ni se había apartado siquiera de la puerta, cuando ya estaba diciendo : ¡Pero, pasa, hija, pasa, no te quedes ahí, que cualquiera diría que te vamos a comer! Te pasa lo mismo que a mi sobrina, que tenéis vergüenza para lo que no hace falta, la gastáis toda en lo que menos falta hace.
¿Está su sobrina de usted? Me salió un gallo en mitad de la pregunta y no se me ocurrió otra manera de encerrarlo que repetirla : ¿Está su sobrina?
Sí que está, sí, pero está merendando ahí dentro. En la cocina, claro, no va a ir comiendo por la calle, como una gitana... yo no era gitana, pero se decía así, y la Agustinita Marín se quedó mirando mi bocadillo el tiempo que tardé en cruzar con él las manos por detrás de la espalda, que fue un segundo, y luego la llamó : ¡Toooñii, Toñi! El segundo golpe de nombre fue alto y seco y vino antes de que se hubiera consumido del todo el primero.
Desde dentro salió un "¿Qué?" suyo, de la Toñi, chillón y desafiante, y allí dentro se quedó la voz de su madre diciéndole que ésa no era manera de contestarle a su tía. Por eso repitió, igual de chillona, pero sustituyendo ahora el tono de desafío por uno de derroche de paciencia que sonaba todavía peor: "¿Que; qué; quieres; tita?"
Yo no quiero nada; que salgas que está aquí la nena de la Vicenta y pregunta por ti Hablaba con los ojos perdidos en el hueco de la puerta de la que venían las otras voces, pero enseguida los recuperó para clavármelos a mí : ¿Lo ves lo que te decía de no tener vergüenza para lo que es menester que la tuvierais? Y por fin volvió la vista a la caja de los pares terminados : ¿La tendré por "Vicenta" a tu madre o la tendré por...?
El Tonto Marín levantó en ese momento la cabeza y le salió de la garganta un carraspeo, como de perro azuzado, y, enseguida, un golpe de tos como un ladrido. Luego masticó en el vacío tres veces y devolvió la cabeza a tenerla caída en su sitio.
Hola, ¿qué quieres?
La Toñi había llegado a estar frente a mí sin que me diera cuenta.
Quería que a ver si me enseñas el álbum para ver la cincuenta y siete, por verla nada más, como yo no la tengo...
Me quedan muchas por pegar... no sé si la tendré pegada o la tendré suelta.
Eso da igual, porque yo nada más que quería verla.
Es que ahora estoy merendando. Mejor me la llevo al colegio mañana y te la enseño.
Es que luego siempre se te olvida. Además, ¿y si resulta que la tienes pegada en el álbum? como luego dices que tu madre no te deja llevártelo al colegio... Yo creo que lo mejor es que me la enseñes ahora, ya que estoy aquí.
Que te digo que a lo mejor la tengo suelta, que no lo sé.
¡Ay, hija, por dios, pues anda y mira y ya está, ¿qué trabajo te cuesta?! Era su tía Agustinita la que se ponía de mi parte; aunque yo sabía que no es que se pusiera de mi parte, sino en contra de su sobrina, más bien ¡Sácate el álbum y acabamos!
Yo voy y miro Me lo decía a mí, no a su tía, a la que no había mirado en ningún momento ; pero si no está pegada y resulta que la tengo suelta, entonces es que no la tengo aquí, la tengo en el colegio, porque me llevé el taco entero para cambiar y me lo he dejado en el cajoncillo del pupitre.
Aunque un robo, en el colegio de las monjas, era un delito supremo y podía costarnos un recreo, no comer a medio día o salir noche cerrada, a saber (hasta que la monja abandonaba sus sádicas pretensiones para la liberación de las rehenes: presentación voluntaria de la ladrona y devolución inmediata del objeto), a nadie se le ocurriría dejar su tesoro en el cajoncillo del pupitre expuesto a que cualquiera le echara mano.
También podía haberle dicho que nadie que tuviera la cincuenta y siete dudaría un segundo de dónde la tenía, tan importante era. Pero no se trataba de confirmar ahora lo que ya sabía de sobra: que era una gordísima mentira que la tuviese. Se trataba de pillarla y, por eso, lo que le contesté fue:
Bueno, vale, si la tienes aquí, pegada o suelta, me la enseñas ahora y, si no, es que la tienes en el colegio y, entonces, mejor que mejor porque, en cuanto lleguemos mañana por la mañana, se lo digo a las demás y nos la enseñas a todas, que todas estamos deseando ver la del guepardo, como no le sale a nadie...
Así ya, de ésta me pareció a mí , no había escapatoria. Pero...
¿La cuál, dices? ... pero me di cuenta, incluso antes de que terminara de hacer su pregunta, tan breve, de todo lo que venía a continuación y de que yo acababa de perder la guerra.
¡La del guepardo! dije ¿Cuál va a ser?
No, no, pero ésa yo no la tengo.
¿Cómo que no? Seguí, aunque ya sabía que iba a ser en vano : ¡Tú me dijiste que sí la tenías!
¿Cómo te voy a decir que la tenía si no la tengo, si ésa es de las que no salen?
¡Pues lo dijiste! ¡Dijiste que tú sí tenías la cincuenta y siete que no le sale a nadie!
¿Y cuál es la cincuentisiete?
¡El guepardo! ¡No te hagas la tonta, que todo el mundo sabe que la cincuenta y siete es el guepardo, todo el mundo!
¡Si ya lo sé yo! Por eso te digo que no puede ser que te dijera la cincuentisiete; te diría la sesentisiete, o la noventisiete, yo qué sé, alguna; pero ésa no puede ser que te dijera, porque ésa sé yo que no la tengo.
¿Que no la tienes? ¡¿Ahora resulta que no la tienes?!
No la tengo, no; pero es que yo no he dicho que la tuviera. Además, es que ésa no la tiene nadie; nadie que yo sepa, vamos.
Me lo dijiste a mí, que me acuerdo muy bien; y estaba delante Tere Mora, que lo sepas, y la Vázquez. Te vas a enterar cuando se lo diga a las demás...
Yo no dije ésa.
Sí lo dijiste.
No lo dije.
Sí, hija, sí, seguro que lo diría esto era su tía, dándome las medias ; diría que tiene un leopardo y un cortijo con un millón de olivas y lo que sea, ¿no ves que ésta no tiene tino para decir? ¿Y para qué lo va a tener si decir decir no cuesta nada?
Yo no te dije que tuvie...
¡Uy, y te lo negará en la cara mil veces... y le pones un magnetofón y todavía te dice que no! ¡Si la conoceré yo!
Me metí las medias en el bolsillo y salí de allí con la estomacal sensación de la derrota. Todavía hoy recuerdo aquel malestar ¿Qué ganaba yo con que reconociera que no la tenía si eso, que no la tenía, ya lo sabíamos todas? Con haberla acorralado tanto, lo único que conseguí fue hacer que cambiara una mentira por otra, y con la diferencia, a su favor, de que en esta nueva mentira "yo no dije eso" era imposible pillarla.
Seguí subiendo la calle porque tenía que ir a la Plaza de los Caños antes de volver a mi casa. Había quedado allí con Tere para un asunto muy importante. Cuatro puertas más arriba de lo de Marín, estaba la puerta de la casa ante la que había que persignarse cada vez que se pasaba. Yo recordaba al hombre sentado allí, por las tardes, en su silla de anea sacada a la acera, de lado, como se sientan los hombres, metiéndose el espaldar de la silla debajo de uno de los sobacos... Ese hombre se ahorcó y, desde entonces, había que hacer la señal de la cruz cada vez que se pasaba por su puerta. Y cuando en nuestra acera nos enteramos de que ese hombre se ahorcó, alguien dijo: "Buenó... para qué queremos más; ya tenemos la de siempre: ahora, detrás de éste, se ahorcan, seguro, tres o cuatro más".
Tere me había dicho por la mañana que me contaría "aquello" si iba esa tarde a la Plaza de los Caños entre las seis y las seis y cuarto. "¿Y si no puedo ir porque mi madre no me deje?", me quejé. Pero no, tenía que ser a la hora dicha por ella, en el sitio dicho por ella y pasara lo que pasara, si no, ya sabía que me tocaba quedarme sin saberlo. No lo hacía sólo Tere, lo hacíamos todas: aprovechar para poner condiciones estrictas algunos contratos llegaban a ser verdaderamente morbosos en cuanto descubríamos tener el poder sobre algo.
Después de pasar por delante de la casa del ahorcado y de persignarse, se pasaba por delante de la relojería. Y yo, siempre que pasaba, me fijaba en la hora que marcaba el único reloj que tenía cuerda dada. Era de pared y estaba dentro, así que tenía que hacer sombra con las manos en el cristal del escaparate para poder verlo. Con el bocadillo, no tenía libre más que una mano y la sombra de una mano no es sombra bastante. Pero me daba igual: no me había parado más que a lo de las medias, así que llegaría con hora de sobra, seguro. De la puerta de la peluquería de Siles, salía una bocanada de olor como el de cinco veces mi madre viniendo de hacerse la permanente. Y allí estaba el hijo de Siles, sentado en el escalón, con un puñado de galletas y media tableta de chocolate. Porque fuera dos años mayor que nosotras, se creía el Rey del Mundo Entero. Un creído. Pero tenía que decirle adiós al pasar. Adiós, Siles. Para que no se creyera que. Casi no lo había mirado. Para que tampoco se creyera que. Había oído decir que no hay mejor bofetada que la indiferencia; ni frío ni caliente; ni chicha ni limoná; ni me molesta ni me importa.
Tere ya estaba allí, sentada en nuestro banco. El reloj grande del Ayuntamiento marcaba las seis y cinco. ¿Quieres bocadillo, Tere? Es que yo ya no tengo más hambre.
¿De qué es?
De jamón york.
Bueno.
Ala, venga, dímelo, no vale que me tengas engatusada como a una tonta, que me tienes así desde el recreo.
Bueno, qué prisa... Te crees tú que eso es tan fácil de contar...
Pues cuanto antes empieces, mejor. Venga.
Me enteré ayer por la tarde por casualidad. Porque mi hermana creía que yo estaba en la calle jugando. Se lo estaba contando a su amiga Mariluz y yo lo oí todito, de pe a pa.
¿Y qué decía?
Es que me da mucha vergüenza... ¡No te puedes imaginar lo asqueroso que es! Lo pienso y me pongo mala. Me dan ganas de devolver.
¡Eso ya me lo has dicho en el recreo, Tere! ¡Dijiste que me lo ibas a decir!
Sí, lo que pasa es que no sé cómo empezar, de verdad... ¡Calla que vienen la Vázquez y la otra!
Vaya, lo que faltaba. Pero ni sueñes que te escapas. Me lo dices luego, ¿eh?
¿Qué hacéis? era la Vázquez.
Pues aquí dije yo.
Ea dijo Tere.
Nosotras veníamos a ver si se juntaba gente para jugar a los Castros era la Vázquez, siempre ella; la otra, cuando estaban las dos, no hablaba nunca . ¿Vosotras sabéis si van a venir Siles, Quinín, Seba y los otros?
A lo mejor, pero no sabemos dijo Tere.
Pues nosotras nos íbamos ya porque mi madre me ha mandado a recoger unas medias y se las tengo que llevar y Tere se venía conmigo dije yo.
¿Y entonces no os vais a quedar? dijo la Vázquez.
No podemos yo contestaba deprisa por las dos y luego miraba a Tere para que ella lo confirmase todo.
No, no podemos dijo Tere, pero lo decía con menos convicción que yo y eso me fastidiaba.
Pues no parecía que tuvierais mucha prisa... dijo la Vázquez, con tonillo.
No tenemos prisa, pero tenemos que irnos ahora mismo dije yo.
Quedaos a ver si vienen, aunque no os quedéis a jugar dijo la Vázquez.
¿Y para qué nos vamos a quedar, entonces? dije yo, queriendo aplastar con una lógica que un segundo antes me había faltado.
¡Ay, hija! ¡Pues a ver si vienen o no! dijo la Vázquez.
Ya ves tú qué tontería. Y es que, además, no podemos dije yo.
¡Ya! Lo que pasa es que no queréis quedaros dijo la Vázquez.
¡Anda ésta! dije yo.
Sí, sí, eso es lo que pasa. Porque a vosotras os cae muy mal el Siles, sobre todo a ti dijo la Vázquez.
¿A mí? A mí ése me da igual. Ni me molesta ni me importa dije yo.
¡No lo puedes ni ver! dijo la Vázquez.
Di lo que quieras, Vázquez. Nosotras nos tenemos que ir dije yo.
Pues vete tú a llevar las medias. Tere se queda con nosotras dijo la Vázquez.
Tere se viene conmigo dije yo.
¡Déjala que lo diga ella, oye! dijo la Vázquez.
Bueno, pues que lo diga. Oye, Tere, tú te v... empecé a decir.
¡No, pero se lo pregunto yo!: Venga, di, Tere, ¿te quedas con nosotras y así luego jugamos a algo? dijo la Vázquez.
... Ea, bueno... es que... me tengo que ir con ella... se lo había dicho dijo Tere.
¿Lo ves? dije yo, aliviada, porque estuvo a un tris de quedarse con tal de escurrir el bulto.
Claro que ése hubiera sido también el final de nuestra profunda amistad.
A pesar de que Tere Mora me contó, al fin, después de mil insistencias mías, en el trayecto de la Plaza de los Caños a mi casa, algunos detalles del Gran Cómo, cuando le di las medias a mi madre aquella tarde, no la miré con asco. Probablemente porque mi conclusión había sido absolutamente rotunda:
Eso es mentira, Tere, eso es imposible que sea así. Pero, ¿tú no te das cuenta de que eso no tiene ni pies ni cabeza?
Una conclusión tan rotunda como poco original, ya ves.
* * *
El pueblo de María Bielsa tenía pocos menos teléfonos que el mío: página y media en la guía de entonces. Llamé primero a los números que aparecían en el listín con asterisco; el asterisco significa establecimiento público y establecimiento público, en un pueblo, significa mentidero, en sus diversas formas de bar, ultramarinos, mercería, taller... es decir, un lugar donde todo se cuenta y cuyos dueños, de un paño especial, todo lo saben. Me presentaba como periodista de una revista de la capital y decía estar preparando un reportaje sobre la vida de Doña María Bielsa, una mujer que murió antes de la guerra, prácticamente en el olvido, a pesar de haber sido una extraordinaria pintora; ahora se preparaba la primera gran exposición antológica de su obra, que estaba repartida por colecciones privadas de Francia, Alemania y Estados Unidos. Les pedía que me contaran todo lo que supieran de ella, por poco que fuera o poco importante que les pareciese, porque de ella, de ella misma, de su biografía, no se sabía casi nada.
No me preocupó en absoluto haber inventado, con el dato de hacerla pintora, un disparate y que alguien me contradijera porque, como en el caso de los enterradores, el mero hecho de rebatirme ya hubiera sido una gran información para mí. Y, bueno, si se complicaba la cosa, podía colgar en cualquier momento; nadie me conocía allí y el teléfono permite la impunidad.
Sin embargo, nadie dudó de lo que decía. Al contrario, parecían agradecerme que les sacara yo de dudas, porque casi todos conocían la lápida y sólo ahora se explicaban al fin, sabiendo que era artista, que fuera tan original la inscripción y ella misma tan rara. Pero aquí nadie sabe nada, como le digo; son ganas que tiene la gente de hablar. Como eso que dicen de que la casa está embrujada, que la señora se presenta los veinticuatro de cada mes y que se pasa la noche llorando... Habladurías de pueblo. En los pueblos se mueven esas cosas y la gente, a fuerza de oírlas, acaba creyéndoselas, porque todavía hay mucha incultura. Mire usted lo que le digo: lo del embrujo debieron correrlo los gitanos de aquí, casi seguro, hace ya mucho tiempo, que aquí tenemos un barrio entero de gitanos, con el fin de poder entrar en la casa y robar a sus anchas y que nadie se atreviera, con lo de presentarse la muerta a llorar, a acercarse por allí de noche; y como, además, la casa está solitaria, un poco retirada del pueblo, pues todo ayuda. Fíjese usted, no le diré más que, hará once o doce años, va y desaparece un chiquillo de aquí del pueblo; y que dónde estará, y que dónde estará, siete u ocho años tendría el nene, y que dónde estará, y que pasa un día, y que pasa otro, y que no aparece... Hasta que a la guardia civil se le ocurre apretarles las clavijas a sus amiguillos, por si se hubiera escapado de su casa y ellos estuvieran protegiéndolo, aunque ni se había llevado ropa ni dinero ni nada... Total que, al final, los zagales lo cascan todo: resulta que se habían ido, ya de noche, a jugar cerca de la casa y al chiquillo en cuestión le había tocado colarse dentro, cosas de críos, ya sabe usted, que se crecen entre ellos y se envalentonan y acuden a donde hay miedo y se pican con el si te atreves tú o me atrevo yo, y el chiquillo entró y ésa fue la última vez que lo vieron; lo estuvieron esperando fuera y que no salía, no salía, y que se les hizo muy tarde y que se fueron cada uno a su casa... y muertos de miedo, los angelicos, y sin decir ni pío... ea, a ver, claro, se creían que iba a venir luego la señora, si decían algo, a llevárselos también a ellos, uno por uno... Bueno, pues al zagal lo encontraron muerto en el fondo del pozo de esa casa. Y el caso es como yo se lo voy a explicar a usted: resulta que aquí, en el pueblo, rara es la casa que no tenga patio y, en el patio, un pozo, de esos de carrucha y barbacana de obra, porque aquí no trajeron el agua hasta el diecinueve de abril de mil novecientos sesenta y uno, que dirá usted que cómo me acuerdo tan bien de la fecha, pero es que fue justo el día que nació mi hija mayor, y vino Franco en persona a inaugurar, y, para una vez que pude verlo en vida, no lo vi, porque mi mujer se puso de parto, luego lo vi, pero cuando se murió, hace cinco años, que fuimos en el autobús organizado... Bueno, pues lo que le decía, que aquí casi todas las casas tienen pozo y los chiquillos crecen sabiendo muy bien que un pozo es un pozo, y es lo que decimos todos, que un chiquillo del pueblo no se cae a un pozo por accidente, eso lo puede usted dar por seguro; que no, que es imposible, vaya, y menos a esa edad, ya mayorcito; y que son pozos con barbacana, como le explicaba, que no están a ras de suelo... En fin, que aquí sabemos todos que a ese zagal lo mataron los gitanos. Y es que, claro, entraría, los pillaría robando en plena faena, que antes robar estaba mucho más castigado que ahora, y dirían: nada, éste no habla. Como así fue, pobrecito. Y tuvieron que ser los gitanos de aquí, los que viven en el barrio del Carmen, porque sabían que el chiquillo podía reconocerlos. Pero nada se pudo; por el cuartelillo pasaron, uno por uno, la caterva entera, y nada, no se pudo sacar nada en claro. Ea, a ver, como son todos una piña, que todos son primos, y sin testigos y sin pruebas, que anda que no tuvieron tiempo, con una semana que se tardó en encontrar a la criatura, de deshacerse de todo lo que cogieran de la casa... Una vergüenza que eso haya quedado así, mire usted, y cosas como ésta es lo que tendrían que decir ustedes en los periódicos, y no que ahora los ponen de santos y de mártires, y es que, claro, donde no los tienen viviendo, ni los conocen ni los padecen. Y que es una vergüenza también que hayan desmantelado así la casa, porque la han desmantelado ellos. Si esa señora era tan buena pintora, sus cuadros deben valer ahora una fortuna, ¿no?, bueno, pues no le extrañe a usted que, si había cuadros en la casa, ahora estén en la pared de algún gitano de Reus o de por ahí, porque allí en esa casa no quedan ni las baldosas del suelo, que es que arramblan con todo, oiga usted. O peor, no le extrañe que tiraran los cuadros a un estercolero con tal de vender los marcos en los mercadillos...
Una intuición repentina, nacida seguramente gracias al ocio que produce en el cerebro una perorata tan larga, me llevó a preguntar (aunque dije que de parte de un compañero de la redacción que había estado en ese pueblo, pero hacía tanto tiempo, que no se acordaba bien) si la casa de María Bielsa, la que fue de los Bardazoso, no sería una que estaba a las afueras del pueblo, saliendo por un carril, después de pasar un pequeño parque que tenía un columpio hecho con neumáticos. Me dijo que sí, que la casa estaba justo detrás del parque.
Me atreví, por eso, a relacionar las visiones que tuve en el columpio con el relato del niño caído en el pozo de María Bielsa. Yo no he sido nunca aprensiva, pero no dejé de admirarme ante el hecho de que fuera la intuición, y nada más que la pura intuición, la que me inspirase, lo mismo las escenas que sentí vivas en el columpio, que la pregunta. Y me permití la pedantería de atribuirme que tal vez, como tantas veces en la ciencia, la intuición venía a aliarse conmigo y a darme ánimos en el método de fiar, a falta de algo mejor, en mis propios sentimientos de certeza.
* * *
Hay objetos fenomenales que son como comodines para el pensamiento colectivo y la Casa Misteriosa es uno. Suele ser grande y llevar cerrada muchos años y es misteriosa porque en ella han ocurrido cosas y vivido personas que han roto el discurso cotidiano de su colectividad de una manera rotunda, tortuosa y, a veces, violenta, y que, al hacerlo, han convertido la casa, y a ellas mismas que la habitaron, en mágicas, en poseedoras de poderes mágicos de lo más variado. Entre ellos el poder y al menos ése no se puede dudar que lo tengan de convertirse en el escenario que utilizan los del pueblo para representar sus temores, sus maldades y sus pasiones menos permitidas. En los habitantes de la casa encuentran a los actores perfectos para darse el placer de recrear sus fantasías sin tener que reconocerse a sí mismos como los deseosos protagonistas. Se trata, pues, de una casa de servicio público tan útil para todos como la de socorro.
Otro comodín es el Hombre o la Mujer Misteriosa. Tiene un pasado imposible de descifrar y sus costumbres son incomprensibles para los vecinos. Aparece en el pueblo acarreando precisamente ese Misterio, el más grande para una comunidad: no tener historia. Si María Bielsa lo fue, fue un comodín ella misma, además de su casa, entonces la estoy viendo caminar por el pueblo, de viñeta en viñeta, con la nitidez de situaciones de un story, como si ocurriera ahora mismo: Veinte pasos después de pasar María Bielsa por delante de la casa de una mujer que estuviera hablando en la puerta con una vecina, ya se ha formado detrás de ella un corro de cuatro o cinco mujeres más; el tiempo de veinte pasos ha sido bastante para que las demás oyeran el aviso de las dos primeras mujeres, cerraran el grifo de la pila o del fregadero, se secaran de dos manotadas las manos en el mandil, salieran de sus casas y llegaran a la de la cita.
Puedo verla entrar en una tienda y ser recibida con un silencio religioso y extasiado, como una aparición; se hace el silencio donde antes hubiera una animada cháchara de mostrador de mercería, que es, para las mujeres, el equivalente a la barra del bar.
Entra María Bielsa en la plaza para cruzarla y, veinte pasos antes de llegar a la fuente, ya ha vaciado de hombres la barra del bar de la esquina y llenado de narices sus cristaleras; todas las narices a un centímetro maduro del vidrio, ese centímetro que diferencia la curiosidad de las personas mayores de la de los niños, que sí que las aplastan físicamente contra él porque todavía no están preparados para admitir que incluso la transparencia tiene barreras infranqueables...
* * *
No había conseguido prácticamente nada, cuando se me acabaron los asteriscos de la guía. Pero continué. Me dediqué a llamar, uno por uno, incansablemente, a los teléfonos particulares.
Decía mi parte, que ya se había convertido, a mis oídos, en cantinela, y pedía directamente que se pusieran al teléfono los abuelos y las abuelas de la casa. Sólo ellos, los más viejos, pudieron haberla visto. Lo demás ya había comprobado que era perder el tiempo, consolar con mis oídos nuevos las viejas ganas de plática.
¡Ah, es usted, la periodista! Por lo de la pintora, ¿no? Es que ya me habían comentado que estaban ustedes en eso (...) ¿La abuela? Uy, no, señorita, mi suegra no sabe nada, pero si quiere usted, yo misma puedo decirle (...) No, no, ya le digo que ella no sabe nada, ya no se aclara, es que es muy mayor, ¿sabe usted?, y, además, le tiene cosa cogida al teléfono; pero lo que yo sí puedo decirle, por lo que sé de esa señora (...) Que no, que le digo yo a usted que no, pero si ya ni conoce, mire usted, si no le digo más que estuvo aquí el otro día su hijo el pequeño, de Tarragona que vino el pobre a caso hecho a verla, que no hace ni tres meses que vive allí, y ni lo conoció siquiera; él: "Madre, madre, que soy el Tomás, que soy el Tomás, ¿es que no me conoce?", y ella que se echa a llorar y que "quién es, hija mía, quién es"... Ya ve usted, su hijo de ella, el Tomás, que no llega a tres meses, ya le digo, que falta de su lado... y es que está ya que no rige; pero si ni se levanta del sillón ni nada: de la cama, al sillón, del sillón, a la cama, y un día de éstos le dará por no levantarse de la cama tampoco y aquí me las traigan todas, y yo, con cuatro que tengo, ya me dirá usted...
Hacía sólo una semana que había empezado mis pesquisas, apenas una columna de teléfonos particulares de las cuatro que tiene la página, y ya no era necesario ni que me presentase...
¡Ay, qué alegría que me llame, y mucho gusto que tendré en ayudarla en lo que pueda! Sabía yo que tenía que estar a punto de tocarme a mí, esta tarde, o mañana, lo más tardar; como dicen que están ustedes llamando a todo el mundo por el orden que venimos en la guía... Y es que así se entiende que luego lo saquen todo, que dice una "pero de dónde sacarán tanta cosa como saben" y ea, claro, es que van juntando lo que sabe uno con lo que sabe otro, y así, poco a poco... Pues dése cuenta que tenía yo que salir esta tarde, que tengo que bajar a hacer un recado, y me he quedado a posta porque me he dicho: "Te va a tocar, seguro que te toca, si ayer le tocó a..." Pero, cucha, ea, que no la dejo hablar, usted perdone, como estoy tan emocionada... Pregunte, pregunte usted lo que tenga que preguntar...
Y la puntilla fue ya que uno de COU, en mi pueblo, en mi propio pueblo, en los pasillos de mi propio instituto, había conseguido un corrillo a su alrededor y decía:... Por lo visto era una pintora genial, una de las más grandes del siglo, y ahora van a hacerle un homenaje, ¡ahora, a buenas horas!, ahora dice el alcalde, yo lo sé porque mi tío es el practicante de allí, que le van a poner su nombre a una calle... Por lo visto, no tenía familia y todo el dineral que valen ahora sus cuadros, que, el que menos, vale cien o doscientos millones, dicen que se lo ha dejado al municipio, bueno, a la primera corporación municipal democráticamente elegida, así lo dejó dicho. Pero eso no se sabe bien, porque ahora hay un follón legal de mil pares; lo que pasa es que nadie daba por ellos un duro hasta que, al cabo de los años, unos entendidos americanos han empezado a levantar la liebre. Decían que querían llevarse los cuadros que hay en España a Nueva York, y que por eso se han dado cuenta aquí de lo que valían; pero está todo pendiente de que se resuelva el asunto legal... ¡Si es que no tenemos arreglo; tienen que venir de fuera a decirnos lo que vale y lo que no! Dice mi tito que ahora está todo el mundo en el pueblo como loco buscando cuadros que puedan ser de ella... ¡Imaginaros: puede haber millonarios que ni sepan que lo son!
Oye, ¿y se sabe era yo la que preguntaba de alguien que la conociera? Pues el padre de mi tío, sin ir más lejos, que era practicante también, pero ya hace años que se murió. Dice mi tito que él se acuerda de haberle oído decir a su padre que la visitaba como practicante. Por lo visto se fue a vivir al pueblo ya de mayor y tenía el Parkinson y no podía pintar y eso la amargó, por lo que dicen, y por eso se volvió una mujer solitaria, que no hablaba con nadie...
El padre de tu tío, entonces, a lo mejor pudo ver cuadros de ella, ¿no?, si dices que la visitaba...
Esta vez, obviamente, no era yo.
¡Pues claro que los vio! Y seguro, además, que fue el único del pueblo que los vio porque la vieja no dejaba entrar a nadie en su casa, al practicante, solamente, y porque era el practicante... Dice mi tito que se acuerda de haberle oído comentar a su padre que tenía un montón de cuadros por todas partes, colgados o sin colgar, pero que estaban todos de cara a la pared. Sí, sí, de cara a la pared todos, los colgados también. Todos del revés. Porque ella no soportaba ver sus cuadros y al mismo tiempo verse inútil ya para pintar. Se desesperaba, y lloraba, y gritaba. Se despertaba de noche y se ponía a gritar de pura desesperación; y de ahí salió luego lo que os decía de que se oían llantos y voces en la casa, lo de que estaba embrujada y las demás supercherías... Y todo porque no les vayas tú a explicar a estos catetos que tenemos por aquí que los genios son genios precisamente porque son diferentes, y tienen manías que a la gente le parecen locuras... A mí me pasaría igual si supiera que tengo Parkinson y que ya no puedo hacer lo que más me gusta en la vida...
¿El qué, meneártela? saltó uno Pero si para eso el Parkinson te viene de bien... que no veas lo bien que te viene...
Y, durante la risa general, fingió, con la mano ahuecada a la altura de la bragueta, el síntoma de la enfermedad.
Ya se sabe que a esa edad nuestra todos los chistes son sobre el mismo tema, y pretenden una soltura sobre él que no tenemos en realidad. De lo que no nos acordamos tanto es de que los chistes fueron también la fuente de información más abundante que tuvimos no había películas porno para aprender los buscadísimos "cómos" inencontrables en los diccionarios e invisibles en los dibujos. De los chistes, y por deducción, aprendí yo el cómo de los misioneros, el de los maricas, el de las lesbianas, el de los pastores con las cabras, el de las mujeres con los pepinos, el de los hombres presos con las rendijas de la pared...
Cuando el chiste envejeció, alguien preguntó de nuevo: Pero, bueno, al final, el padre de tu tío, ¿vio algún cuadro o no lo vio?
Alguno vería, digo yo, porque dice mi tío que su padre dijo que esa mujer pintaba figuras muy retorcidas, como troncos de olivo; vete tú a saber si no vendría a vivir a esta zona precisamente para inspirarse en las olivas... como Van Gogh, porque Van Gogh también pintó olivas, por si no lo sabíais... De todas formas, no van a tardar en sacar fotografías de ellos en las revistas, porque ya hay periodistas haciendo reportajes...
Yo misma había empezado a creer lo que oía. Lejos de poner en duda el relato mismo absorta como estaba en el flujo rápido de la narración, pero incapaz, al mismo tiempo, de alejar del todo el aviso de que no podía tampoco darle crédito , lo que ocurrió fue que la sospecha, por una traviesa propiedad transitiva, se trasladó y fue a recaer, curiosamente, sobre el narrador mismo. Por eso le pregunté, con el tono de quien espera con su pregunta poner en evidencia a un mentiroso:
Pero, oye, vamos a ver, el padre de tu tío, ¿no tendría que ser tu abuelo?
Los demás me miraron asombrados por mi pregunta, sobre todo por su absurdo soniquete de inquisición, y yo me miré también en los ojos de los demás, desde fuera de mí, y me vi como una imbécil.
¡Anda ésta por dónde salta! ¡Qué tendrá eso que ver! Resulta que mi tío es mi tío por parte de su mujer, mi tía, que es hermana de mi madre ¿te enteras? o sea, que el padre de mi tío, a mí, no me toca nada.
Sí, claro, ¡qué tontería! Sigue, anda, sigue; si es que no era eso lo que no me cuadraba...
Y qué es lo que no te cuadraba a ti, vamos a ver...
Que lo dejes, que sigas te digo.
Bueno, nada, pues eso, ¿os imagináis que la mujer no tuviera una gorda para pagarle al practicante la visita y le pagara en especie, con un cuadro? Ahora mi tío sería rico; pero guita de verdad, porque ahora un cuadro de esa pintora vale más que un cortijo. Pero nada, qué va, qué más quisiéramos... Lo primero que hizo mi primo Paco fue subir a las cámaras para hurgar en los trastos del abuelo (que de mi primo Paco sí que era abuelo, ¿sabes?) Y me dio en el hombro un empujoncito simbólico de atención, como si me hubiera distraído
Mi primo Paco subió a ver si había suerte y encontraba alguno porque, de haberle regalado algún cuadro esa señora, estaría allí, en las cámaras, seguramente, porque sería un cuadro de esos de las vanguardias, y los abuelos pensarían que no eran más que manchorrones y lo habrían arrinconado allí... Pero nada. Las ganas. Dice mi primo Paco que, después de revolverlo todo, no encontró más cuadro que una lámina del Sagrado Corazón con dedicatoria para la abuela de las Hermanas Mercedarias de la Caridad...

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:36 pm

No debería haberme extrañado la rapidez con que se extienden por esas tierras las redes de rumores. Como en ese inteligente juego, paradigma perfecto de la historia literaria, en el que una empieza un cuento con unos pocos datos y, en un punto, se interrumpe y la siguiente aporta algunos datos más y la tercera continúa hasta que a la última le toca ponerle fin, así, yo no inventé a María Bielsa, sino sólo que fue pintora; otros no inventaron a María Bielsa, ni que fue pintora, sino que tenía Parkinson y vivía amargada por no poder pintar; alguno no inventó a María Bielsa ni que fue pintora ni que el Parkinson la amargó, sino que, por eso, colgaba sus cuadros de cara a la pared...
En todo caso, ya no podía fiarme de lo que me contaran por teléfono. Ahora, cualquiera tendría algo que decir de María Bielsa a una periodista para no ser menos que los demás. Me intoxicarían. ¡A mí, a la mismísima autora de la obra! Mi propio personaje se me escapaba; se lo apropiaban los demás sin ningún esfuerzo y ni siquiera había hecho falta que yo terminara de construirlo.
* * *
No me quedó otra que abandonar el plan del teléfono antes de que se me hubiera ocurrido otro viable para seguir investigando. Si pudiera viajar, me decía, si mi tiempo fuese mío, si pudiera ir a mirar los libros de registros de nacimientos, de muertes, de propiedades... Pero no podía hacer nada.
Y, claro, pensando así, otra vez caí en darme pena a mí misma. Me daba lástima verme tan limitada, tan sometida a la arbitrariedad de haber sido encerrada en una edad que hacía mucho que se me había quedado pequeña. Durante años, padecí de un nudo en el estómago, continuo, que empeoraba de noche, de impotencia y de merma, y que no se me quitó hasta que entregué los papeles de la matrícula de primero en la Facultad. En Madrid. A 375 kilómetros de los ojos de la Agustinita Marín.
Los días que siguieron a los de las llamadas fueron difíciles. No se me ocurría nada que pudiera ayudarme a resolver el enigma de María Bielsa. Me acuerdo de que recurrí, incluso, al método de inspiración que usara un colono, aniquilador de indios y fanático religioso, que vi en una película: abrir la Biblia al azar, poner el dedo de la misma suerte sobre un renglón y leer el versículo. Me permití la heterodoxia de hacerlo, en lugar de con la Biblia, con La Regenta, que era el libro que estaba leyendo en ese momento. Pero, a pesar de lo ventajosa que me parecía a mí para la búsqueda de inspiración sobre una mujer, la licencia que me había tomado, el método no funcionó. Leía las frases de la diana que hacía mi dedo y no me inspiraban nada.
Me aburría y me desesperaba. Y, así, poco a poco, la orden de no salir, fuera de ir estrictamente al instituto, fue adquiriendo al fin su verdadera dimensión de castigo.
No salir... ¡Pero si las únicas salidas que tenía mi pueblo eran, por el norte, las películas y, por el sur, los libros!
En las películas aprendí a admirar a esos personajes, mayoritariamente americanos, que deambulan por las calles (calles humeantes de vapores mucho más espesos que el de la olla exprés, si eran películas modernas; o calles grises y mates, como de cartulina gris, con todas las esquinas pobladas de niños negros con zapatos de ruidos metálicos, si eran más antiguas), sin rumbo, encogiéndose hasta caber dentro de las solapas de abrigos sucios, sucios ellos mismos más que sus abrigos, pateadores de latas, silenciosos bebedores de güisqui a la trágala... (bajan primero mucho la cabeza y la suben de golpe después, como hacen los pavos para beber, como si en lugar de garganta con músculos tuvieran precipicios sin vallar...) extraordinariamente inteligentes, sin embargo, que se habían dejado caer tobogán abajo a partir de un cúmulo minucioso de pequeñas desgracias en torno a una gran desgracia central.
Sus casas, como ellos, se habían convertido en la resaca permanente de una fiesta de noche anterior; no había vasos limpios y el televisor hacía rayas y grumos, incapaz, hasta él, de ofrecer ningún programa.
Pues a veces, teniendo yo ya reunida, como me parecía tener, una cantidad insoportable de pequeños padecimientos, sentía la tentación de escapar de mi casa y hacerme cincuentona, desgraciada y vagabunda como ellos, pero de inmediato, sin tener que esperar un mero trámite a la que fuese la gran desgracia capital de mi vida. Quiero decir que a veces sentía que la tentación iba más allá del simple arrebato estético de verme a mí misma en todos los papeles protagonistas de las escapadas.
Pero, con tal de no darle triunfos a mi padre, a ratos seguía todavía esforzándome en buscar razones para el consuelo. Me decía y me repetía que, si bien era cierto que no podía volver al pueblo de María Bielsa, ni preguntar ya por teléfono, también lo era que sabía, desde el primer momento, desde que vi su lápida, que nada podría decirme nadie de lo que realmente me interesaba a mí de ella. Porque no se graba con las propias manos "veinticuatro veces" sobre una piedra mortal y dura para que al cabo resulte que alguien, sin mayor dedicación que preguntarlo, descubra la íntima verdad del porqué.
Otros ratos me consolaba diciéndome que al fin podía leer La Regenta y que debía estar agradecida de poder entregarme a hacerlo en las muchas horas que todavía debían quedarme de castigo. Acababa de comprármela. Y es que llevaba queriendo leerla desde los doce años.
A la primera que se la pedí fue a mi profesora de Lengua en sexto de Básica, cuando nos cambiamos a las Graduadas desde las monjas, pero no la tenía, y sospecho que no la había leído. Luego descubrí que había una Regenta en la mismísima Biblioteca Municipal. El problema era que la Biblioteca la llevaba la jefa de la Sección Femenina del pueblo.
Físicamente, la mujer respondía, con mucha adecuación, a sus dos cargos: como Jefa, era bajita, nerviosa, movía mucho las manos y andaba dando menos pasos que cualquiera que se hubiera puesto a recorrer el mismo trecho; como bibliotecaria, era flaca y malaleche, llevaba gafas de montura muy oscura y miraba el mismo suceso alternativamente por ellas y por encima de ellas, de manos lechosas y cuerpo enteramente negro, entre el luto de ser huérfana reciente y su tendencia natural a ese color, ausencia de todos.
Ambas, la jefa y la bibliotecaria, me prohibieron al unísono llevarme ese libro: la jefa de la Sección Femenina me habló un poco de lo mucho que podía perjudicarme su lectura, especialmente a mi edad; y la bibliotecaria, por su parte, hizo a conciencia una señal imborrable, con rotulador, en la esquinita de mi carnet de lectora.
Muchas veces, y con más ganas cada vez, intenté llevarme La Regenta. La metía entre otros libros, por si colaba, pero ella los apuntaba todos, uno por uno, y cuando llegaba a ése, lo apartaba. O aprovechaba que algunas tardes venía a ayudarla su sobrina para procurar que fuera a su sobrina a la que le tocase atenderme, mientras ella buscaba o colocaba libros en la parte de atrás de la biblioteca, por si la sobrina no tuviera noticia de la peligrosidad del libro.
Pero la señal que había en mi carnet significaba precisamente: "Espera, que a ti te tiene que atender mi tita". En la Biblioteca Municipal estaba también la Alma Mater, toda esa maravillosa colección bilingüe. Un día, voy a devolver a Suetonio, su Vida de los doce Césares, después de haberlo leído con mucha atención, y a intentar llevarme a cambio, por enésima vez, mi Regenta. La bibliotecaria ojea, buscando la ficha, el libro de Suetonio que quiero devolver, en riguroso latín por una cara, y el que siempre pretendía sacar, y me dice, cogiéndolos los dos y abanderándolos como ejemplares, uno en cada mano: "¡Mira, ¿lo ves?, esto es lo que tienes que leer, sí, esto! Libros que de verdad te formen, libros de historia y de los clásicos, y no estas novelonas que tanto os llaman la atención... Anda y pon ésta en su sitio que ya te he dicho mil veces que no te la puedes llevar".
Y lo que son las cosas... Suetonio, por muy en latín que fuera por una cara, era en castellano por la otra, y toda la semana anterior se había estado dedicando a contarme, entre otras muchas delicias, cómo Tiberio se hacía traer al baño a los bebés lactantes de sus esclavas, antes de haber sido amamantados, cuando más hambre tenían, y, aprovechando su indiscriminado instinto de succión, se los aplicaba a su imperial polla y disfrutaba de que se la mamasen con verdadera ansiedad; es de suponer que las criaturas acabarían sacando de allí una suerte de leche muy distinta de la de sus madres, sin calostros.
Pero no podía tampoco leer mucho rato, no podía nada mucho rato sin que viniera María Bielsa a interrumpirme. Se apoderaba de mí. Y yo seguía sin saber qué camino tomar para resolverla. Por un lado, veía cómo se adueñaba, poco a poco, de mis fantasías hasta protagonizarlas todas. Ocupaba el lugar de otras presencias mágicas que había inventado desde muy pequeña para que me hicieran compañía y menos dura la espera. Y comparar a María Bielsa con los personajes habituales de mis fantasías era tanto como tener que admitir que había crecido en mí hasta hacerse un personaje ya descifrado. Tenía las debilidades y los miedos que yo quería que tuviera cada vez y las grandezas que me apetecían; se comportaba según era en mí y con el espíritu que yo le insuflaba. A fin de cuentas, María Bielsa estaba muerta y su única posibilidad de vivir era ésa: en mí. María Bielsa tuvo que ser según la hicieron su voluntad y sus circunstancias; pero las tres, tanto ella como su voluntad y sus circunstancias, habían desaparecido. Ahora, María Bielsa era según la hacían mi voluntad y mis circunstancias. En ambos casos, en ambos modos de existir, por ella o en mí, lo esencial era que una sola voluntad y sólo unas circunstancias intervenían ¿A qué empeñarse tanto, pues, me preguntaba a veces, en distinguir una voluntad de la otra, una historia concreta de otra historia, no menos definida, que estaba viviendo en mí? Si al fin y al cabo yo no pretendía otra cosa queriendo averiguarla que mi propia satisfacción, ¿acaso no era ya una profunda satisfacción, la más grande tal vez, contar con ella "viva" en mis fantasías?
Y no obstante, por otro lado, seguía mandándome la tarea de desechar de mí toda posibilidad de María Bielsa que no fuera estrictamente dibujable a partir, sólo, de los datos que poseyera, reales, sobre ella. Le imponía rigores a mi conocimiento como si tuviera que dar cuenta de mis hallazgos a los extraños. Me reñía a mí misma por el abandono de la investigación y me exigía pruebas de cada afirmación sobre ella, como si, no ya los extraños, sino ella misma tuviera luego que verificar la seriedad de mi trabajo. Me decía que ya era bastante licencia aceptar el muy heterodoxo origen que tenían muchas de mis llamadas sólo por mí certezas, como para permitirme dejar de lado completamente la tensión de la búsqueda fuera de mí.
Cuando tomaba el camino de la investigación, me sujetaba a repasar los pocos datos que tenía incansablemente, ahora del derecho y después del revés, por ver si encontraba nuevas relaciones entre ellos. Y fue así, exprimiéndolos tanto, como a veces logré sacarles alguna gota más. Dijeron que María Bielsa no era de por allí. Es verdad que yo no podía ir al Registro a confirmarlo, pero trataba de compensar la incapacidad razonando que, en realidad, no haría falta si era capaz de extraer ciertas raíces de la información que a veces se quedan ocultas dentro del propio dato: que María Bielsa no pertenecía al pueblo al que fue a vivir podía deducirse que era, sin duda alguna, cierto, porque, de lo contrario de haber nacido allí ella o su familia , por mucho tiempo que hiciera que se fue, se sabría. Sencillamente y con toda seguridad, se sabría.
Y es que es verdad que, cuando investigamos con todos los medios a nuestro alcance, a menudo perdemos mucho tiempo simplemente confirmando lo que ya sabemos. Que era forastera no necesitaba verificación. En los pueblos, la genealogía es una ciencia. Más aún, puede que sea el árbol de todas las ciencias autóctonas, porque de él penden y a él se remiten todos los saberes. Cada nueva rama y cada brote nuevo es minuciosamente dibujado en su sitio y guardado, luego, en la memoria eterna, para prólogo y hasta para explicación de todo acontecimiento posterior.
Aunque si María Bielsa no era de por allí, de alguna manera tuvo que tener noticia de ese pueblo. Y empecé a darle vueltas a esto. Prácticamente seguro que no fue a través de un libro, porque yo no sé de ninguno fuera de ser una enciclopedia, y muy voluminosa , que lo mencione siquiera. Ni a través de un cuadro tampoco, que es siempre una referencia demasiado lejana para impresionar a alguien hasta el punto de hacerle venir a vivir al sitio. Eso sin contar que, aun para que se diera este remoto caso, primero habría hecho falta un cuadro capaz de traspasar las fronteras de su propio marco paisajístico, y ni en su pueblo ni en el mío ni en ninguno de los alrededores se ha alumbrado nunca un cuadro que haya llegado a más que a ser espejo de sí mismo, in situ. Antes de la guerra, no había televisión y las fotografías eran aún un lujo; a todo lo cual habría que añadir que ninguna imagen fotográfica, por bien realizada que fuese, podría mostrar algo especialmente bello donde no lo hay...
Así, pues, ¿de qué otra manera que de viva voz pudo María Bielsa conocer la existencia de un rincón como aquél? Tampoco era muy verosímil que hubiera venido por casualidad y que fuera luego cuando decidiera quedarse; por lo dicho, porque el lugar no es de los que encandilan y atrapan por sí solos. O se nace en él, o se llega ya encandilada, o lo que la atrapa a una es otra cosa que el pueblo mismo; tal vez una persona del lugar junto a la que apetece quedarse a vivir... Posibilidad esta última que había que descartar también porque María Bielsa no se trató con nadie.
Al final, y como un resumen de lo anterior, concluí que la hipótesis más fiable que tenía para este asunto era la siguiente: que tal vez cuando María Bielsa vino al pueblo, vino previamente decidida a vivir en él; que, para eso, tuvo que tener referencias anteriores, y que tales referencias no pudieron ser más que personales, a través de alguien, no de algo.
Y luego estaba aquello otro: ¿por qué compró un caserón tan viejo, que ya estaba muy deteriorado cuando lo compró? Tan vieja y maltrecha debía de estar la casa, que la gente contemporánea suya enseguida hizo comentario del hecho especifico de que no la arreglara teniendo, como suponían por la compra misma, tanto dinero. Aquí fue donde decidí relacionar hasta donde me fuera posible ambas circunstancias.
Supongamos que alguien le había hablado a María Bielsa de ese pueblo. Eso explicaría cómo supo de él. Quizá, más que del pueblo como tal, le hablara de la casa. Y, con más rigor aún, de lo que alguien le hablaría sería de los asuntos y gentes de la casa. Cuando di con este razonamiento, que tenía para mí todas las trazas de ser el cabo de una madeja, las neuronas de mi cerebro recuperaron, junto a la alegría de serme útiles de nuevo en el asunto que más me interesaba, la velocidad radiante que sólo a la luz las asemeja y las hace más inmateriales y ágiles que la luz misma. Aleluya.
¿Qué le contó alguien y por qué poderosa fuerza movida vino María Bielsa a vivir en esa casa? Quizá estaba en condiciones de cerrar un pequeño círculo de certezas intuidas: a María Bielsa sólo pudo hablarle de ese pueblo y de esa casa alguien que viviera en ese pueblo y en esa casa. Y, puesto que María Bielsa vino a propósito a ese pueblo y a esa casa desde la primera vez que vino, ese alguien debió coincidir con María Bielsa antes y en otro lugar, fuera de allí.
Por muy obligada que me sintiera a confirmar lo que se me había ocurrido, no era poco que se me hubiera ocurrido algo más que confirmar. Mi atención, a partir de entonces, se centró en la casa de María Bielsa y en los que fueron sus habitantes. Los enterradores, y mucha de la gente con la que hablé por teléfono, dijeron que la casa había sido de los Bardazoso. Y los Bardazoso, ahora por lo menos, vivían en mi pueblo.
* * *
Yo sabía que la madre de una compañera mía de clase, que se quedó viuda muy joven, llevaba sirviendo en la casa de los Bardazoso toda la vida. No era amiga mía, lo que se dice amiga, sólo compañera de clase, pero el curso era duro y a ella no se le daba bien ni la lengua porque lo que estudiábamos de lengua se parecía mucho ya a las matemáticas ni las matemáticas porque lo que estudiábamos de matemáticas se parecía mucho ya a la lengua ni la Filosofía porque lo que estudiábamos de Filosofía empezaba a parecerse mucho a la lengua y a las matemáticas , así que me ofrecí para que estudiásemos juntas. Primero en mi casa, mientras me duró el castigo, y luego, cuando me fue posible salir, en la suya por fin. Sistemáticamente en la suya después, porque allí estaba su madre, la criada de los Bardazoso.
La casa era mucho más modesta que la mía. La salita en la que estudiábamos, con sólo el brasero de carbonilla en los pies, era tan fría, que dejaba helados los riñones y las orejas; y tenía las paredes pintadas de ese azul especial tan mortecino, que contagia su agonía también a la luz de la bombilla; la bombilla, desprotegida, sin lámpara, pendiente de un casquillo de los que, para aprovechar el único punto de electricidad de la habitación, llevaba incrustado un enchufe.
La decoración de una de las paredes había sido del todo confiada a lo que pudieran hacer cuatro cuadros pequeños, con un filillo estrecho de color madera, pero de plástico en realidad. Y tampoco eran cuadros, sino la solitaria hoja de arriba de cuatro almanaques con motivos chinos o japoneses: pájaros enredados en filigranas de árboles imposibles y mujeres como muñecas, geisas probablemente, que el alejamiento de las culturas podía hacer pasar, en la salita de estar de un pueblo de la campiña de olivares, por damas de una cierta distinción floreada. Cuatro almanaques gastados en la misma cotidianidad de los años que contaron en filas de semanas, y en meses que se perdían rasgados por su línea de puntos; la línea de puntos era la profecía troquelada de la imprenta, una línea inexorable que marcaba el mandato de tener que separarlos del presente un día, de un tirón y para siempre. Antes no podía desperdiciarse una ilustración tan bonita y, terminado el año, la única hoja no perecedera del almanaque se enmarcaba en la casa pobre como se enmarcan óleos en la casa rica.
Las aves japonesas, con la casa de tejado amanerado al fondo, eran muy apropiadas, con sus alas de colores extendidas, para angelar un poco cualquier pared. En la de enfrente había fotografías con marco, colgadas de una alcayata que les servía de vértice superior para trazar el triángulo, muy a la vista, que formaba el hilo bramante del que pendían. Así colgadas, a la manera de antes, ofrecían el mismo dibujo, en silueta, que un sobre abierto. Fotografías en la pared, y fotografías más pequeñas en una repisa de madera, con marquitos provistos de pies en cuña, que las mantenían algo recostadas, pero erguidas lo suficiente para ser vistas. Fotografías: el otro gran lujo de imágenes en la casa sin ningún lujo. Aunque las hubieran colocado de espaldas, habría adivinado las trazas de todas: muchacho de milicias, señor de bigote estricto, tirabuzones de comunión y pareja de recién casados rodeados por un halo que difumina en una nube blanca los contornos. Y todos los personajes vestidos para la única ocasión.
Eran imágenes sin ningún contenido para las visitas y probablemente sin ninguno ya tampoco para los inquilinos de los marcos , tan vacías e inútiles como los jarroncitos diminutos que compartían con ellas la repisa. Jarroncitos tan pequeños que no cabía en ellos ni el tallo solitario de un clavel de solapa, por más que alguien, en el afán tozudo de llenarlos, se hubiera empeñado en meter, dentro de la boca sin tragaderas de uno de ellos, el tallo de alambre de una florecilla de tela sucia, perteneciente a una especie inventada exclusivamente para algún vestido.
Me doy cuenta ahora, al recordar aquí estas imágenes con tanto detalle, que fue así, con semejante exceso de pormenores, como se me quedaron guardadas en la memoria. Porque me dio miedo de verme allí, convertida en parte de todo aquello. Y el miedo es atento y un observador obligatoriamente exacto. En el momento puede que no con claridad, pero hoy sí sé por qué ese decorado de tragedia cotidiana me asustaba. Hoy sé que la pobreza... pero no la pobreza, porque en mi pueblo no la hay... más exactamente la vida modesta, que es más insufrible y difícil de vencer que la pobreza, me daba miedo. La pobreza no tanto, pero la vida modesta sí; la vida modesta requiere una inquietante parte de voluntad propia para ser llevada. Yo ya era consciente de la injusticia y era rebelde y solidaria y hasta un poco militante, pero no podía evitar sentir un miedo físico, no ante la escasez que, insistiré cuanto haga falta, no requiere consentimiento , sino ante todo lo que representara sacrificio, austeridad y apretarse para salir adelante. Eso es la vida modesta frente a la pobreza. La pobreza es claramente forzosa, a veces no pasa de ser una circunstancia y no siempre se convierte en una moral; mientras que la vida modesta es una mezcla enrarecida de esa necesidad circunstancial y de una particular, propia quiero decir, personal, y elaborada profesión de fe en los poderes virtuosos de la privación y la renuncia. Es, pues, casi por definición, la negación de la estética. Porque la belleza es siempre una forma de abundancia, de escandaloso gasto gratuito.
La modestia, la vida modesta con estrecheces que llevaban los campesinos jornaleros o panilleros, qué más da en este caso su realidad de costra dura, su vocación de galápagos que se guardan a sí mismos por ahorrarse, era para mí un compendio de todo lo rancio que puede llegar a ser un carácter y todo lo mezquino que un espíritu puede llegar a ser. Y una cosa era que supiese analizar de qué tristes privaciones procedían esas actitudes, y otra muy distinta que fuera capaz de soportarlas. Perdona la parrafada. Sigo.
Que la mujer era, la madre, a pesar de su analfabetismo, más inteligente que la hija saltaba a la vista. Y también se hacía evidente que había sufrido más. Tal vez por eso estaba, por un lado, mucho más agradecida por mi ayuda a su hija que su hija misma y, por otro, mucho más recelosa conmigo. Así que yo, cuanto mejor ocultaba la falta de gratuidad de mi gesto, y más me ganaba su confianza, peor me sentía.
Por miedo a ser descubierta, tardé bastante en demostrar algún interés por la familia para la que trabajaba. Sólo de vez en cuando hacía una pregunta suelta y, como, a fin de cuentas, la curiosidad que yo dejaba traslucir como si fuera espontánea se refería con toda sinceridad sólo a historias antiguas, la mujer tuvo cada vez menos reparos en contármelas. Hablar del presente de esa gente, ella lo sabía, hubiera sido una indiscreción, y, tratándose de señoritos, una temeridad, además, si se quería conservar el trabajo.
Poco a poco, se le iba soltando la lengua y, poco a poco, fue llegando incluso a disfrutar de sentirse importante al ver lo mucho que a mí me interesaban sus narraciones. Para esa mujer, el mero hecho de que yo la escuchara y la respetase era ya una alegría, y muy nueva. Porque su hija, con una crueldad que se crecía más cuanto más involuntaria era y más trataba ella de esconderla, se avergonzaba de su madre delante de mí. Todavía me sobrecoge recordar este episodio. Añádele que un día creí descubrir en los ojos de la mujer, mirando a su hija, el mismo pozo hondo en el que a veces, mirándome a mí, caía mi madre.
El caso es que fue así, entre sintagmas, meriendas y tendencias al infinito que mostraban los números, como supe, por la madre de mi compañera, que la casa de María Bielsa había sido siempre de los Bardazoso y que hubiera seguido siéndolo (porque ésos tienen dinero a espuertas todavía como para no vender nada, me explicó, y porque son señoritos y lo último de lo que se desprendería un señorito, aunque se arruinase, es de su casa; "como cualquiera, al fin y al cabo", dije yo; pero no, porque cualquiera sin dinero vendería su casa grandísima para mudarse a otra más pequeña y sacar así algo de dinero en el cambio, mientras que un señorito arruinado, me hizo ver ella, prefiere pasar hambre física antes que desprenderse del símbolo principal de su casta), que no la habrían vendido nunca ni se hubieran cambiado de pueblo tampoco, si no llega a ser por lo que les pasó a los bisabuelos de estos Bardazoso que viven ahora... ¡que menuda historia fue ésa!, añadió.
Si no tuvo nunca otros dueños, ¿quién, si no un Bardazoso, pudo hablarle a María Bielsa de la casa y de lo que en ella se viviera? Pregunté si los Bardazoso tenían familia fuera o la habían tenido y la mujer me dijo que no, que todos habían vivido siempre en aquel pueblo y luego en el nuestro; que eran, como la mayoría de los señoritos de toda la vida, gente poco viajera. Pero yo necesitaba tanto que apareciera, para confirmar mi hipótesis, un Bardazoso (uno, al menos, que hubiera vivido primero en la casa y, luego, fuera de la casa y del pueblo el tiempo suficiente como para intimar con alguien y todo eso entre finales del siglo pasado y principios de éste, es decir, en tiempos de María Bielsa), lo necesitaba tanto, que terminé preguntando directamente por él, dando por supuesta su existencia:
Pero ¿no dicen que hubo un Bardazoso, hace mucho tiempo de eso, alguien de la familia, yo qué sé, eso dicen, que vivió fuera...?
¡Y apareció, vaya si apareció!, a la voz de "bueno, sí, claro que hubo quien vivió fuera, sí, las dos hermanas Bardazoso... Aunque a saber qué habrás oído tú de esos chismes viejos..."
¡Y no uno apareció, por la magia y para mi suerte, sino dos! Fueron ciertas dos hermanas Bardazoso cuya oscura historia que la mujer acabó por contarme entera se tejió de forma que fue, precisamente, la que dio como resultado que los Bardazoso dejaran el pueblo de María Bielsa, y la casa, y se vinieran a vivir a la que tenían en el mío, tan señorial o más que la primera.
* * *
¿Quién compra una casa vieja y viene a esperar la muerte a un pueblo sin magia, que no es el suyo? ¿Quién, si no quien tiene ya mucho mundo, todo el mundo visto tal vez? María Bielsa fue joven en la época en que muchos quisieron hacer del arte una arrogante manera de vivir. Finiseculares, decadentes, esnobistas, art nouveau... (fauna ésta, de todos modos, si se pretende admirarla, a la que no es lo mismo conocer realmente, como la conocí luego, en Madrid, que conocer sólo a través de los libros, como la conocía yo entonces). Y María Bielsa fue rica. Tal vez viajó hasta agotar los mapas. Itinerante por las selvas cosmopolitas, húmedas de sofoco humano, exuberantes de esa vegetación parásita, sin raíces, que es el género de los muy ricos y también el de los muy pobres.
Tal vez tuvo su ático en París y su esquinada ventana en Florencia. Tal vez pasó una primavera y un verano completos en el remoto Petersburgo imperial, nocturno ya, a esas horas del siglo, y estertóreo; y fue consciente de la inmediatez de su transformación. Tal vez vivió en Viena un año entero, porque se dio cuenta de que su belleza era tan evidente, que exigía, para no abrumar, una larga estancia de al menos las cuatro estaciones. Tal vez, incluso, fue a Londres, llevada, seguro, por alguna involuntaria circunstancia.
Tal vez María Bielsa vistió aquellos espléndidos y escotados trajes de seda, fragosos como riachuelos, de tonos pastel, y cubrió sus hombros con negras y brillantes capas de terciopelo, o capas de terciopelo granate y sanguíneo, como el caldo espeso de las pasiones, o verdes capas de terciopelo como esmeraldas talares, o capas de terciopelo tan azul, que se poblarían de reflejos malva por la tarde.
Tal vez María Bielsa asistió a las fiestas de París bajando de un carruaje y del brazo de un dandy de cartón piedra mera excusa para acudir acompañada , quien llevaría, a su vez, esclavina y cuello a lo Byron y bastón Luis XV, y que le citaría, al oído, el último epigrama malicioso sobre el conde de B..., que acababa de hacer lo mismo del brazo de una mozalbeta agraciadísima y heredera de un imperio de especias y barcos en la India de los ingleses, pero sin título que llevarse a la tarjeta.
Tal vez María Bielsa paseó sus ojos, con la minuciosidad de quien se aburre, por la pared entelada de fondo rosa y flores y pájaros plateados del Japón, mientras los corrillos del salón del anfitrión coreaban las arias bufas más lucidas. Tal vez se sentara rodeada de muebles imperio y góticos y de poetas oradores y "Profesores de Belleza", jóvenes idólatras de buen gusto, enfrascados en aparatosas batallas estéticas; vocacionales decoradores de los espacios vacíos donde se libaban las esencias del arte nuevo. Jóvenes sensibles, entusiastas del refinamiento y melancólicos y ricos, que emergían allí con el tacto y la gracia de un bordado oriental.
Tal vez María Bielsa fue, como tantas, una musa de porcelana para la inspiración de un poeta de cristal, enamorado de su divina palidez romántica, asombrosa en una joven tan latina. Y las delgadas y bellísimas manos del poeta fueron, a su vez, inspiración para un pintor cantor de la elegancia cadenciosa de los hombres sujetando guantes amarillos de cabritilla a la altura de la pernera. Y el alborotado pelo del pintor fue inspiración simultánea para un compositor de susurros de brisa entre el dorado trigo. Tal vez María Bielsa, unos cuantos años después, llegó sola, al volante de uno de los primeros automóviles, a la puerta entornada de un local perverso, en Berlín (antro subterráneo, cargado de humo y de otras nieblas y regado de mujeres que se daban a abrazos sudorosos y besos de baba de cerveza, vociferantes y negadoras de la gratuidad del amor), para encontrarse allí, pero en un reservado muy amplio y muy reservado, con un manojo de incipientes urbanos internacionales recién bañados, vestida con una blanca túnica griega de lino, que el mejor modisto copiara por encargo suyo del cascote de una crátera, y con un dominó rojo de generosos pliegues clásicos. Tal vez María Bielsa llevara también, para completar el disfraz, el antifaz negro que le recomendaran los organizadores de la velada para pasar la noche en un magnífico despliegue de sensualidad, de champán y de aspiraciones de un talco frenético y transgresor; rodeada por la más alada bailarina, la más renovadora poetisa, el más cotizado pintor de brumas y claroscuros, el más adinerado y mecenante editor de versos incomprensibles, el más enriquecido marchante y la más sombría y bella de las adolescentes que el pintor rescatara de un suicidio al borde de un río aquietado y sólido por el frío una madrugada de lilas de hielo.
No fue en mi pueblo, claro, sino cuando salí de él, aquí, en Madrid, al principio de los ochenta, cuando me tocó tropezar con personajes muy parecidos a los que debió encontra ella: rezagados añorantes de las tertulias de su época, que se daban con el mismo ahínco a hilar ingeniosos comentarios, que no tenían tampoco otra trastienda que la de ponerle reto al ingenio de sus adláteres en las tardes del café y del chinchón, que era ya güisqui en mi época.
Nenes literatos, ahuecados y pedantes, que por entonces empezaban a mostrar su incapacidad de compromiso con otra cosa que sí mismos. Jóvenes, demasiado jóvenes promesas narradoras de párrafos tanto más logrados cuanto más venecianos e ininteligibles. Lanzacitas de autores tanto más valiosos, geniales, cuanto más desconocidos. Aquélla era una guerra de citas, con infantería de guiños, grotesca. Y cruel con los vencidos, como todas las guerras. Vanguardia azuzadora de un individualismo sentencioso que sentenciaba la muerte de toda esperanza y se alejaba de todo esfuerzo extraliterario como de la corrupción de sus estéticos espíritus. Antecedentes inmediatos de esta situación de ahora en la que tantos han alcanzado ya el delírium tremens de imágenes insustanciales, perdidos en la salvación individual sus referentes, como si la salvación individual fuera posible. Como si el sueño de la salvación individual fuera, no sólo posible, sino el único posible y, por ende, más deseable que la vieja lucidez del enfrentamiento y de la ética. Peor aún, borrachos de cierta literatura, validan con sus aparatos verbales el gran embuste y su ordenamiento formal: la filigrana; como si de él pudiera surgir otra palabra dicha que no sea la de la verborrea sin referentes, institucional, eterna metáfora de sí misma.
A mí me apetecía soñar a María Bielsa contraria a todo eso también y descreída; radicalmente descreída de los criterios de su flora coetánea; deambulante entre ellos sólo por hastío. Con el alma siempre dispuesta a emprender desenvoltorios; luchadora y más inteligente que ellos. Viva entre los enterrados por el acomodo, capaces sólo de florecer por margaritas.
brazo, sencilla y verdadera con los buenos.
Pero arisca y salvaje, como todas las esperanzas lo son, al cabo, para quienes las abandonan en favor de ingeniosidades de calabaza y estéticas de corrillo. Y así, tal vez María Bielsa no pudiera evitar tampoco burlarse continuamente de ellos, haciendose espejo de sus superficies y desenmascarando, con el manotazo de su lengua, la nada de sus fondos.
Tal vez María Bielsa esa noche tan buena conocedora como debió de ser de los motores que hacen funcionar un mundo tan pequeño quiso aliviar su aburrimiento poniendo en marcha uno de los que más le divertían: inventaría un relato plagado de símbolos y se lo contaría, por ejemplo, al marchante; el marchante, sin duda, con tal de lucir originalidad, se lo plagiaría y lo contaría como propio en otro círculo de amistades. El mecanismo funcionaría con su precisión habitual y ella podría, unas semanas más tarde las necesarias para que el fluir circular de los plagios sucesivos recorriera los corros habituales recuperar su propio relato y disfrutar de él en labios de cualquiera, autoatribuido también. "Yo tengo por costumbre diría para empezar su juego torcer los cuadros; pero mi doncella, en cuanto salgo de casa, se dedica a enderezarlos. Dice que se marea viéndolos bailados en las paredes y que no soporta la sensación de vivir en un barco. Yo los escoro y ella los endereza, y así nos pasamos la vida, créame. Pero si yo los tuerzo es porque trae mala suerte tenerlos derechos, no es un capricho, es una cábala que aprendí de una vieja institutriz que tuve, una mujer de un talento extraordinario, que lo hacía siempre con los que tenía en su habitación. Y no se confunda, amigo mío, no piense que era una mujer supersticiosa como hay tantas, en absoluto. Ya le digo que era una mente preclara como no he conocido otra. Ninguna de sus supersticiones respondía al temor a los infortunios populares, no, no. Las suyas tenían todas una única y profunda raíz estética. Decía: "Es la vulgaridad, querida, la que trae siempre mala suerte". Y en lo que se refiere a los cuadros, recuerdo muy bien lo que me decía si intentaba ponérselos derechos: "No lo hagas, querida. Algún día comprenderás la rotunda admiración que debemos tenerle al rombo sublime frente a la mediocridad del cuadrado".
El marchante exclamaría: "Asombroso, querida, realmente asombroso" (que era el halago muletilla de la época, lo más parecido a nuestro actual: "Qué divertido, tú, en serio, divertidísimo").
Desde la primera vez que a María Bielsa se le ocurrió jugar a lo que luego llamó, harta de títulos originales, "el Juego del Plagio Replagio", había ido sofisticando sus propias reglas secretas, de manera que ahora, al cuento que inventaba, le exigía, no sólo ser una tentación irresistible para los sucesivos plagiadores, sino, más allá, ser tan perfecto en la satisfacción de sus vanidades, que nadie sintiera la necesidad de ampliarlo con alguna y todos se lo fueran ajenando idéntico a como ella lo había inventado.
Había ido desplazando el reto, pues, desde conseguir la mera recuperación de su cuento hasta conseguir recuperarlo sin añadido ninguno. Y en este que acababa de construir, creía haber reunido ya todos los elementos. Porque este relato ofrecía al plagiador la posibilidad de hacerse protagonista, no de una excentricidad más, sino de la metáfora más lograda de todas ellas, el rombo. Porque en él se confesaba una manía, y ningún síntoma tan claro de genialidad como padecer manías. Por otro lado, el relato no sólo mostraba la vulgaridad en su único aspecto útil: como contraste resaltador de la elegancia del protagonista, sino que hacía intervenir a su máxima representante, la criada, y así, al tiempo que se dejaba que aparecieran los esperados criterios ramplones de la criada, se buscaba de los demás el compadecimiento solidario por tener que padecerlos.
Y todo eso sin olvidar que el relato permitía también la utilización de la figura de la institutriz para cumplir su doble función: la de respaldar así que se ha tenido una tupida, exquisita y privilegiada educación y la de permitir datar su origen en la más tierna infancia, con lo que se logra alejar toda sospecha de haberla adquirido con el apresuramiento, inevitablemente poroso, de los advenedizos a la cultura y al dinero.
Y tal vez esa misma noche, entrada ya la madrugada, la renovadora poetisa comentara a María Bielsa, despegando momentáneamente sus labios del bien recortado bigote del editor con estas mismas hiladísimas y escogidas palabras que te pongo aquí, y con esta misma amplitud de párrafo, que había decidido dedicar su último libro al bellísimo suicidio de una colega alemana, una colega desengañada de amor y deseosa de un gesto espontáneo y crudo que devolviera a su vida al precio de su contraria, la muerte el esplendor estético de la inocencia, y perpetuara en la tierra, regado con su propia sangre, el imperio de la pasión; todo un símbolo que ella, María Bielsa, por ser latina, entendería mejor que la mayoría de los presentes.
Y tal vez María Bielsa le contestara con sinceridad, pero procurando enredar sus palabras de la misma manera innecesaria que lo había hecho ella: "Hace mucho que falto de mi tierra, es cierto; no obstante, la última vez que estuve, todavía no habían conseguido, ni siquiera allí, una sola muerte simbólica; yo he llegado a sospechar, incluso, si no será imposible... De manera que, si esa pobre chica, en lugar de simplemente morir, pretendía, como dices, alcanzar el esplendor estético relacionando la muerte con el amor, debió escribir, como poeta que era, una elegía en lugar de clavarse un cuchillo".
Todos reirían y todos lo harían en exceso, como en exceso repercute y es devuelto todo ruido que se produce en un recinto vacío. Y cuando todos terminaran su carcajada, iniciaría la suya la renovadora poetisa, nueva y en solitario, a manera de aviso de que esta que iba a ser su réplica inmediata debería ser juzgada muy aguda con la misma unanimidad: "Entonces, querida, yo jamás le habría dedicado un libro mío porque el suicidio es, sin duda, el único valor poético de su obra".
Pero mi amada heroína, María Bielsa, más rápida que el rayo, implacable con la gente ansiosa y fantoche, no la dejaría, seguro que no, salir airosa: "Lo que espero, por tu bien, es que no pretendas tú también un día darle algún valor poético a la tuya". Los demás, pero por su habitual avidez de sangre ajena más que por celebrar abiertamente el triunfo de nadie, corearían con sus risas definitivas la estocada de María Bielsa.
Tal vez, después de esto, la sombría y bella adolescente, disfrazada de víctima de un fauno, se atreviera a salir del silencio apartado en el que había estado toda la noche para dirigirse a María Bielsa en su lengua materna: "Habla usted muy bien la lengua de los bárbaros, pero por su acento, señora, creo que somos compatriotas, y no sabe usted qué inmensa alegría es para mí poder hablar con alguien en nuestra lengua en un lugar tan helado y tan remoto".
María Bielsa le respondería, sonriendo, que compartían la misma alegría y, a renglón seguido, pediría responsabilidades al pintor por haberle presentado a la muchacha simplemente como "mi nueva modelo", sin patria, sin nombre y sin lengua. "No se canse, señora", le explicaría ella, "él nunca hace nada para evitar que yo me sienta sola y aislada, como no lo ha hecho y no lo hará para ayudarme en lo único que me importa".
La joven recuperaría de inmediato su profunda tristeza y callaría para dedicar todas sus fuerzas a la tarea de no derramar las lágrimas que ya inundaban, sin embargo, sus ojos. María Bielsa, conmovida, procuraría llevarla a un rincón donde su llanto pudiera, primero, aflorar y, luego, explicarse.
"¡Ayúdeme usted, señora, ayúdeme, por favor! Líbreme de este hombre que no cumplirá jamás su palabra y ayúdeme usted a encontrarla. Trabajaré para usted, seré su criada, no enderezaré sus cuadros, haré todo lo que me pida... Este infame pintor de bodegones, al que todos estos infames llaman mi protector, me tiene sujeta con la palabra de ayudarme, pero yo sé que no lo hará. Sólo pretende olvidarse, pintándome, de lo que es: un vulgar ilustrador de comedores opulentos con estampas de mendrugos y sandías ¡Si viera usted qué feo es el cuadro que está haciendo conmigo! Usted es distinta de todos éstos; lo sé, la he visto y la he oído, llevo pendiente de usted toda la noche...: usted no siente como ellos. Ayúdeme a encontrar a mi hermana, se lo ruego. He venido a este país y a esta ciudad sólo a buscarla; ayúdeme. Si su corazón es tan noble y tierno como intuye el mío, se compadecerá, sin duda, cuando oiga el terrible relato de mis desgracias..."
Y María Bielsa, calmándola y aplazando para después toda otra explicación, y no sin antes discutir con el pintor como quien pretende el precio justo de algo, se llevaría a su casa, esa misma noche, a la muchacha, con la excusa, ante los demás, de tranquilizarla en su misma lengua y hacer que durmiera, como una niña, evocando juntas sus paisajes comunes.
Tal vez María Bielsa ahora, madura junto a la frágil doncella, protegiéndola, llevándosela en su coche de allí como de entre los lobos, se pareciera más que nunca a la magnífica Bradamante de Claromonte, caballera andante de brillante armadura cuya valentía hizo ensombrecer la gloria de todas las coquillas. "Soy la hija de un monstruo y la hermana del ser más delicioso que haya vivido nunca sobre la tierra..."
Así iniciaría la muchacha su relato, poco antes de amanecer, ya en casa de María Bielsa, una vez reconfortada por el baño y envuelta, frente al fuego, en una enorme toalla muy esponjosa y muy blanca que seguiría dándole un aire de disfraz, pero esta vez de héroe épico recién rescatado del Ponto y dispuesto, esta noche larga, a conmover a todos los marinos con su historia:
"Nací en su país, señora, en un pueblo abierto en mitad de las venas de los olivos. Crecí junto a mi hermana, muy junto a ella. Juntas descubrimos el mundo y qué hermosa parte de él corresponde disfrutar a cada sentido: descubrimos, para los ojos, el atardecer granate de la sierra de Cazorla; para el paladar, la frescura de las cerezas; para el oído, el placer a borbotones de la guitarra; para la nariz, la intensa penetración de la albahaca; para el tacto... la abundancia generosa de lecturas en la piel... Descubrimos, sobre todo, y por eso le hablo eligiéndolas como mejor sé, la sensualidad de las palabras y que, en el principio, no pudo ser el Verbo. Mi hermana decía que, en el principio, debió ser el acertijo. Decía que los acertijos son más poderosos que los verbos, y anteriores a ellos, porque son la primera y la forma más absoluta de la irreverencia. Decía que inventarlos es una muestra de soberbia intelectual radicalmente descreída y, querer resolverlos, un pecado mucho más original que desear la manzana pues el pecado de desear la manzana fue precedido, en su origen, por un acertijo, el del Árbol del Bien y del Mal, y mucho más atentatorio contra las leyes divinas, pues no otra cosa son las leyes divinas que acertijos y decía mi hermana no muy logrados. "Disfrutando con hallazgos de esta naturaleza y razonando de esta manera desde nuestra más temprana infancia, ya podrá usted imaginar, señora, a qué grado extremo de soledad e incomprensión nos condenábamos. No ya ninguna niña de nuestra edad, tampoco ninguna persona mayor, ni pariente ni maestra, pudo acompañarnos nunca en nuestra aventura, ni seguirnos siquiera a distancia. Antes, al contrario, detenían el curso natural de nuestros pasos entre los acertijos y entre los libros para rencillarnos por la velocidad de nuestra carrera, que a ellos les parecía excesiva; o para demandarnos el porqué de la elección de aquel rumbo, que a ellos les parecía desorientado; o para advertirnos sobre la meta, que, a ellos, que ni sabían dónde estaba ni hubieran podido jamás alcanzarla, aunque lo supieran, se les hacía indeseable.
"De esta forma, pronto aprendimos que avanzaríamos más deprisa solas y que sólo el secreto y el silencio podrían librarnos de las continuas interrupciones de los demás. Y, así las cosas, solas las dos, no nos quedó otra, para crecer, que apoyarnos únicamente en nuestros criterios. Poco a poco, aprendimos también a prescindir de las realidades que nos rodeaban.
Y aún fuimos más allá, hasta prescindir, incluso, de las fantasías que nos habían sido dadas, pues estaban construidas, al cabo, con los mismos inservibles materiales. "Poco remedio tenía el desinterés que nos producían, tanto los niños como los mayores de nuestro pueblo, así que, en lugar de jugar con los unos o ponerle oreja a lo que hablaban los otros, preferíamos subirnos a las cámaras de nuestra casa allí llamamos cámaras a lo que en otros sitios desvanes, para simplemente leer tranquilas, al principio, y luego, con el tiempo y yendo más allá, como le explicaba, para jugar a inventar nuestros propios libros. "Sí, señora, pasábamos horas jugando a la literatura, allí arriba, en las cámaras, solas las dos, estornudando de polvo y revolviendo entre sillas huérfanas y marcos desquiciados y galerías torcidas que sirvieron para tapar rieles de cortinones, y retales de cortinones, y cajones sin guarida, y somieres vencidos por el peso de tantas pesadillas y abandonados al óxido de su propio sueño deshabitado... Entre cosas pequeñas, como bolsos de mano incrustados de diamantes falsos; o medianas, como azafates que fueron más blancos que nunca cuando chorreaba en ellos la sangre del cuello de las gallinas del caldo; y entre cosas grandes y aparatosas, como aparadores cojos y armarios feos... que habían ido apilándose las unas sobre las otras y eran ya casi sillares formando un muro de extraordinario barroco que hubiera pasado muy bien, de lejos, por retablo de iglesia.
"Y en este mismo recuento que acabo de hacerle, señora, tiene usted, sin ir más lejos, un ejemplo de cómo jugábamos. De haberlo establecido así previamente, se hubiera tratado en este caso de apuntar en un cuaderno cada mueble y cada trasto de los que allí había porque, según mi hermana, antes de poder descubrir cuáles eran las realmente nuestras, teníamos que caer primero en todas y cada una de las tentaciones en las que habían caído los anteriores escritores, y nadie que haya jugado a la literatura ha resistido jamás la tentación de enumerar una abigarrada sucesión de objetos, con el sólo propósito de hacer aparecer al menos una o dos cosas sorprendentes. Tan grande es la tentación, que sólo así se explicaría el absurdo de que los autores hayan obligado siempre a alguno de sus personajes a subir a los desvanes, tuvieran ellos o no necesidad de hacerlo, simplemente porque es lugar que se presta como pocos a este alarde. "Mientras mi hermana y yo vivimos juntas en Noviembre... (debe usted saber que "Noviembre" es el nombre secreto que le pusimos a nuestra casa secreta, que estaba dentro de la casa de mi padre, pero que no era la casa de mi padre, a la que todo el mundo llamaba la casa del señorito Bardazoso, sino un espacio sólo nuestro, liberado de su dominación gracias a la cualidad de ser invisible para él), mientras vivimos juntas, nos dedicamos muchas veces a hacer el ejercicio de emocionarnos con las cosas, con sus formas, sus sonidos y sus olores, como se emocionan los artistas. Porque durante mucho tiempo estuvimos investigando si aparecían o no en nosotras ésos y otros síntomas de emoción poética, y con qué fuerza, por ver de averiguar si podíamos considerarnos o no futuras escritoras. "Si decidimos, por ejemplo, asistir al velatorio de una niña de nuestro pueblo que murió cuando tenía sólo nueve años mi hermana tenía entonces trece y yo doce, no fue porque la conociéramos, sino por observar si nuestro desgarro ante una muerte tan temprana era suficientemente desgarrador y por valorar si las imágenes de ese momento que nuestros ojos discriminaban producían luego metáforas de desesperada hermosura.
"En otra ocasión, salimos a campo abierto, a empaparnos en mitad de una tormenta, con tal de saber si el desencadenamiento de fuerzas tan salvajes desencadenaba también en nosotras una tormenta de sensualidad y salvajismo.
"Una vez vimos, en el camino que va de nuestra casa al pueblo, cómo un zagal le pegaba una paliza a un chiquillo mucho más pequeño que él, y no intervinimos, sólo para probar si nuestra sensibilidad había logrado esa cierta clase de refinamiento que al parecer es necesario para alejarse del ripio de la compasión y la esperanza de justicia... (de lo cual puede usted deducir, señora, que, en aquel momento, andaríamos leyendo, no le quepa duda, la obra de algún desaprensivo). "Pero la mayoría de nuestros juegos, dado que no podíamos compartirlos con nadie, tenían lugar en noviembre, como le digo, en las cámaras, donde ni molestábamos ni nos molestaban. Allí teníamos el mundo todo contenido, aunque reducido a sus esencias, claro, para que cupiese entero.
"Allí estaba el trozo de un capote de torero que una morena pisara con su lindo pie y que pudo ir a parar a las cámaras de Noviembre tanto por parte de ella, como de él, porque en la familia habíamos tenido, lo mismo varias morenas muy lustrosas, que un torero de mucho garbo y tronío, tío abuelo, que, en las mejores crónicas del arte, aparece encabezando capítulo y que, según decían, tuvo querencia, como muchos, a rodearse de faldas, ciñéndose a ellas en antológicas chicuelinas. Y allí estaba, con igual rango de esencia, el crucifijo del hábito y el libro de vísperas de una monja que también tuvimos. Allí estaban, compartiendo abandono, el libro contable, con todos los asientos diarios de un año de administración de fincas, y el diario adolescente, repleto de onanismos, de cierto macho severo, de ridículo bigote, que llevaba un siglo colgado a la altura del quinto o sexto peldaño de la escalera principal de la casa de los Bardazoso; junto a fajos de cartas, intencionadamente honestas, que algún otro de los colgados en la escalera escribiera, durante aquellos largos noviazgos, a alguna de las enmarcadas en el pasillo, antes de que consumaran los actos que los convirtieron en nuestros antepasados. "Con todo aquello, nos divertíamos imaginando los más enrevesados y pecaminosos dramas a partir de los más inocentes indicios. De un baúl de la abuela, de preciosos herrajes, salieron una vez unas enaguas pajizas con una mancha marrón, grande como un puño, que a mí se me antojó la sangre de un crimen pasional que llegué a inventar completo para mi hermana, y a contárselo, una tarde en que la lluvia arreciaba sobre los olivos y encharcaba de brillos los barbechos. Le puse escenario de setos de ajalbea, rejas de lanza y citas nocturnas y trepadoras de tapias... Le puse dagas de infantería y desgarro de corpiños; descubrimiento de los amores y tragedia, con su poquito de escándalo en las Cortes, porque tuvo parte en ellos un teniente liberal de perilla recortada en barbería de reuniones clandestinas en la capital... "Ya no sabría reproducirlo como lo inventé entonces para ella; y me temo que, con los ingredientes que ahora recuerdo de aquel relato (idos a buscar todos, a caso hecho, a los lugares comunes de esa clase de historias, porque tal fue la condición que me puso mi hermana para el ejercicio), no podrá usted hacerse una idea de lo bien que me quedó en los detalles, que era donde habíamos convenido mi hermana y yo que debía alcanzar el mérito. "Lo cierto es que a mi hermana le encantó; le gustó tanto, que me cubrió de besos... primero fueron los acostumbrados, los alegres y precipitados besos de la enhorabuena. Pero luego no... "...luego fueron haciéndose pausados y desconocidos, tan pausados como urgentes, tan nuevos como esperados, y buscaron mis labios... y, por ellos abiertos, pudieron... tuvieron el poder de ahuecarme el cuerpo y vaciármelo de temores para que, al cabo, tendido y sin obstáculos, vinieran a recorrerlo, por dentro y por primera vez, los cascos al galope y el brío desbocado de cien caballos lunáticos...

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:38 pm

Aquella tarde, y muchas tardes después, en adelante, las pasamos inventando otros sentidos para nuestros sentidos. "Nunca nos habían dejado dormir juntas, cada una teníamos nuestro dormitorio, ni siquiera cuando éramos pequeñas, que las niñas de casa grande no hemos tenido la suerte de poder estrecharnos cuando hace frío como las otras niñas. No obstante, desde que éramos muy pequeñas, casi desde que yo me acuerdo, como su habitación estuvo siempre al lado de la mía, mi hermana salía a su balcón, apartaba una maceta de geranios, subía su pie descalzo a la barandilla y, agarrándose al pezón desnudo de una de las enormes mujeres de piedra que adornan la fachada, cruzaba a mi balcón. No salía al pasillo y así no la veían venir a mi habitación ni oía nadie el chirriar de las viejas y grandísimas puertas de nuestros dormitorios.
Otras veces era yo la que saltaba de mi balcón al suyo y llamaba a sus cristales para que me abriera. "Hace dos años, cuando llegó el verano, mi padre, sin darnos ninguna explicación, nos separó y dijo, sobre todo dijo, que sería para siempre; que mi hermana y yo no volveríamos a vernos nunca más. Mi madre lloraba. Mandó a mi hermana, por ser la mayor, aunque sólo nos llevamos un año, al extranjero y no dijo a nadie adónde, ni siquiera a mi madre le dijo adónde; y a mí, advirtió, menos que a nadie. Ni mi propia hermana supo adónde iba. La llevó mi padre, personalmente, adonde quiera que la llevarse y nadie lo supo. "Desde entonces, señora, es tanto mi dolor que, si ahora quisiera darle cuenta de él con palabras, antes provocaría en usted mi relato la burla, por desmedido, que la compasión. Yo misma no puedo evitar mirarlo a menudo con ironía, como si no fuera un dolor mío; como si, ¡tan grande es!, no habiendo podido yo sola contenerlo entero, se hubiese desbordado fuera de mí.
"No tema: no es mi intención, señora, violentarla ahora con el recuento desgarrado de mi sufrimiento en estos dos últimos años, que pesan sobre mí como la antigüedad completa de la tierra. Feo pago sería el mío a su generosa hospitalidad. Se lo contaré como le decía, con ironía, como si, en lugar de ser sólo el mío, fuera uno de tantos que hemos leído en algún viejo libro, de manera que no sólo usted, sino yo con usted, porque necesito sobrevivir para encontrarla, riamos juntas de tanta desgracia. "Así, pues, buscaré palabras aún más añejas y pretenciosas que las que he usado hasta aquí, con tal de que usted se divierta con las exageraciones y se entretenga con los episodios, tanto como yo me sentí morir en ellos... Veamos... "Irse mi hermana y entrarme a mí una pena grandísima, con debilidad de cuerpo y flaqueza de espíritu desnutrido, con devastadora abulia y un silencio perpetuo, fue todo una. Y, aunque llegó a temerse por mi vida, por más que yo suplicara como único remedio la vuelta de mi hermana, no se ablandó el corazón de mi padre. "Se me agarró una enfermedad de mucho misterio para el viejo médico de la familia, que no acertaba a encontrar en mi hígado la razón de los canarios que tenía los ojos. Aburrido ya de mirarme los recovecos, y antes de que le imputaran a él mi baja definitiva, recomendó a mi padre que me examinara un médico joven, de notable talento, que había llegado al pueblo hacía unos meses. Clamó mi padre que no iba a consentir que un liberal advenedizo (pues ya se comentaba en el Casino que era un liberal y un advenedizo) pisara su casa y, menos aún, que viera, con regodeo de amoral, los que eran ya prietos y bien torneados pechos de su hija, con la picaresca de auscultarla; que bien sabía él de la impresión que causan, a las muchachas en flor, los doctores recién florecidos. Sin embargo, diga usted conmigo, señora, que, llegado a este punto, en mitad del párrafo, no obstante, su rabia y como sorprendido por sus propias palabras, pareció, de pronto, que la luz de una esperanza le alumbrase toda la cara. "Fuera o no así, el caso es que mi padre consintió al cabo en que me visitara y, al cabo, concluyó el nuevo que no se hallaba en mí otro mal que el de la melancolía, que, a su vez, no era otro que el de venir saliendo yo así, a mi manera, de otro más vulgar que llaman la edad del pavo. Le cobró un disparate por sus visitas y a mi padre no le quedó otro remedio que respetarlo. "Entre eso, y entre que su ser liberal, una vez se le conocía mejor, no iba más allá de cuatro licencias de juventud no muy licenciosas, al año estaban queriendo casarme con él, como él quería. "Todo un año había pasado, pues, desde que mi amada hermana, y con ella la alegría de mi vida, se había ido, y ni un solo día había dejado de pensar en ella. Al dolor de no tenerla se unía el de no recibir noticias suyas, que hasta eso le prohibieron cuando se marchó. Por más que ella hubiera escrito, jamás me habrían dado una carta suya. A mi madre tampoco, que mi padre decía que era demasiado blanda para darle conocimientos y correr el riesgo de que cayera en la tentación de usarlos; pero, a mí, menos que a nadie.
"Un año es mucho tiempo y me dio por pensar que mi hermana, tan maravillosa criatura ida del claustro de nuestra casa al esplendor del mundo de fuera, donde todos los presentes que reciben generosamente los sentidos del cuerpo son apenas el pálido reflejo de los presentes con que el espíritu se crece en la sabiduría del vivir otras circunstancias, podría muy bien haber encontrado ya un corazón parejo en el que dar cumplimiento a las pasiones del suyo. ¡Qué tormento sin medida me producían tales sensatos presentimientos! "Más aún, cuando ya calculaba que no podría haber en el mundo un padecimiento comparable al de mis sospechas, me asaltaron otras, aún más tortuosas y mortificantes: que el dolor que bebe de la ausencia del ser amado es insaciable de sí mismo y se ensaña con redoblada crueldad a cada envite. Y fue que me di a suponer que quizá mi amada hermana hubiera llegado ahora, incluso, a avergonzarse de ella misma y de mí, de modo que, a mí, no sólo ya no me amase, sino que me aborreciera y hasta abominase de mi recuerdo. Pues bien se me alcanza los malvados que son los duendes amarillos y las hadas negras y acicatadas que llevamos emboscados en la conciencia; ellos juntos nos asaltan con felonía, en cuanto bajamos la guardia, para desposeernos, vengativos, de lo que más placer nos dio mientras tuvimos la lucidez de mantenerlos desterrados; y nos atan, a poco que puedan, con maldiciones y condenas, amordazándonos la añoranza del goce y cubriéndonos por entero la cabeza con el manto de la vergüenza, que es amarillo, y con el negro manto de la culpa...
"Entretanto, mi padre, como le decía, viendo llegada la edad de desposarme con un príncipe honorable que diera a mi virginal juventud el fértil destino de procurarle a él un retoño para su apellido, me habló con paternal severidad y me comunicó que era ya el momento de que sentara la cabeza. Le respondí que, si sentar cabeza era formar una familia y en la familia no hay más cabeza que la del padre, ¿dónde había ido a parar la de mi madre y dónde iría a parar la mía? Le dije que no la tenía cansada y que prefería, para no perderla, mantenerla de pie en el mismo sitio donde había estado siempre. Que no me caso, le dije. "Pero mi padre, lejos de mostrarse emocionado por la inteligencia de mi razonamiento, se mostró colérico: trajo a colación a mi hermana para atribuirle cierto irreparable daño que me había hecho, y me recluyó en la torre del castillo, en encierro que sentenció tan perpetuo como lo fuera mi desatino. "Y allí, en mi claustro de doncella, apenas dormía de día, y pasaba las noches en vela, hermanando, con las sombras pálidas que cierne la luna, la soledad de mi pecho, y, los temblores de mis muslos deshabitados, con el tiritar de las estrellas... Tanto era mi llanto y tan zahareña mi pena, que se compadeció de mí una paloma blanca y vino a posarse al quicio de mi ventana para ofrecerme su ayuda y su consuelo. Me dijo la paloma que era mensajera y que jamás, en todo su largo peregrinar, había escuchado lamento tan lastimero ni había sentido nunca mayor necesidad y complacencia en socorrer a nadie con sus servicios como a mí. Me dijo que ella llevaría las palabras que yo quisiera a quien tanto amor y dolor me causaba.
"Y así como, en mitad de la más rabiosa tormenta, cuando ya es cantada la zozobra, el marino ve, al fin, a lo lejos, un claro y, a duras penas, sin más fuerza en sus brazos que la esperanza de alcanzarlo, encamina a él su barco, así tomé yo papel y pluma y escribí a mi amada hermana:
¡Ay, ingrata de ti, que viniste, como el fuego, a arderme toda, y te has ido luego sin atender que, yéndote, no quedaría de mí más que ceniza! ¡Ay, ingrata de ti que, como el fuego, te has alimentado de mi sustancia y te has llevado mi calor para hacerlo luz en hogares oscuros y remotos!... ¡Pero no, ay de mí, que soy yo la ingrata por volverme contra ti a sabiendas de que es nuestro padre, y sólo él, el autor de nuestra desdicha! No tienes tú culpa tampoco de ser la vida de mi vida ni es tu voluntad quitármela para darme esta muerte tan lenta.
Que nuestro padre quiere casarme y que yo no quiero señor que ponga linde a mis campos, sino hermana que los ensanche conmigo y conmigo los explore, infinitos y deliciosos. Que recluida me tiene por eso, pero que no acataré yo salir de un encierro para entrar esposada en otro, que sería aún más triste, pues habría de parecer consentido y le daría una avergonzante dimensión de voluntaria a mi derrota. Que estoy enamorada de ti, que te amo, hermana, con toda mi alma, como Dios manda, y con todo mi cuerpo, como Dios condena. Te amo, hermana, aunque no debería; y mucho más de lo que debiera, aunque no fueras mi hermana. "Doblado en mil dobleces mi mensaje para que le cupiera en la palma que no tiene su pata, se lo di a la paloma y ella me preguntó, solícita, dónde debía entregarlo y a qué apuesto muchacho. De lo primero, no pude darle razón, pues me la seguían ocultando con un celo inquebrantable; y, de lo segundo, en cuanto yo se la di, dio la paloma un respingo y, tras quedarse un instante transida y como demudada, aleteó con la furia de un águila y me espetó cosas terribles que no pude desmentir y picoteó, hasta dejar en piltrafas, mi carta y se alejó zureando que no iba ella a ser parte en tan viciosos regodeos ni portadora de tan pervertidas instancias contra natura.
"Y así como, en mitad de la más rabiosa tormenta, habiendo visto el marino a lo lejos un claro y encaminado su barco a él como a su sola esperanza, antes de alcanzarlo, una ola por estribor lo vence, así yo... Etcétera. "Pero entonces, cuando no me quedaba ya más bálsamo que el de pedir, aunque sin fuerzas para gritar siquiera, la muerte a voces, un coraje divino se apoderó de mí de pronto, y me vi determinada por él a no sucumbir a la negrura del Ponto, como si de mi vida tuviera aún que hacerse algún designio de los dioses que yo desconociera, pues ya sabe usted, señora, que los dioses no han donado jamás a nadie graciosamente su insufle de ánimo, que, si soplan refuerzos en el último momento, es sólo porque todavía les resta a ellos alguna necesidad de nosotros. Así, al menos, lo he leído yo siempre, sin excepción, en todas las épicas de inspiración divina. "A tal magia del empeño, en todo caso, le debí la idea de sisar a mi padre cuantos cuartos pudiera para ir a buscar a mi hermana, aunque no supiera dónde, y huir, al fin, de tanto desespero. "En adelante, salía de mi celda cada noche para vigilar la caja de sus caudales, pero no cogía nada, esperando la vez que más dineros se juntaran en ella, pues, para no levantar sospechas, disponía de una sola ocasión para cogerlos y escapar de allí la misma noche que lo hiciera. Escrutaba también, uno por uno, todos sus papeles, por ver de encontrar entre ellos una carta de mi hermana o alguna noticia de su paradero. "Una noche de septiembre encontré algo al fin: el asiento de un dinero mandado a Berlín, sin dirección ninguna ni más dato. Pero ningún asunto tenía mi padre en Berlín y era una cantidad suficiente para ser la pensión de un año y un año hacía que mi padre se había llevado a mi hermana al destierro. Con todo esto concluí que tal vez eran para ella y que ella estaba en Berlín. Tan feliz y esperanzador fue el descubrimiento, que aquella misma noche, sin esperar a otra en que hubiera más dinero, vacié la caja y mi joyero y me marché. "El resto de mi triste historia ya lo conoce usted. Muy poco después de llegar aquí, se me acabó cuanto lo que tenía y, al desprenderme de la última sortija, me desprendía también de la última posibilidad de encontrar a mi hermana. "Dispuesta a darle al dolor que me estaba matando la ayuda mía definitiva para que termináramos, entre los dos, de matarme, lo habríamos conseguido si ese pintor de naturalezas muertas no llega a intervenir, no para convencerme de lo mucho que vale la vida, que la más brillante argumentación sobre ese punto habría caído en el saco roto de mi alma devastada, sino para prometerme su ayuda incondicional en cualquiera que fuese el anhelo que me había llevado a abandonar toda esperanza. Le dije que quería encontrar a mi hermana. "Él dedujo enseguida de mi inquebrantable frialdad ante sus mimos que, en cuanto la encontrase, me marcharía, así que ha estado dilatando el momento de iniciar la búsqueda y renovando cada vez más continuamente sus promesas de emprenderla.
"A usted apelo ahora, señora, en la confianza de que su tolerancia no habrá condenado la particularidad de mis amores y en la confianza de que su corazón, si alguna vez recibió la visita de Amor con sus más crueles galas, recuerde el padecimiento y sea solidario del mío..."
Tal vez fuera así y, si así fue, no puede cabernos duda de que María Bielsa la ayudó ofreciéndole su casa y su interés desde aquella misma noche. Vivirían juntas una temporada y tal vez María Bielsa no olvidara luego nunca a la muchacha ni su triste historia.
* * *
Es verdad que esa historia la inventé yo en su día. Pero eso no importa ahora. En todo caso, lo cierto es que alguien tuvo que hablarle a María Bielsa de la casa de los Bardazoso, y lo más probable lo casi seguro si el razonamiento general fue correcto es que ese alguien fuera alguna de las dos hermanas Bardazoso: las únicas que primero vivieron en la casa y después vivieron fuera del pueblo durante un tiempo significativo. Además, por mucho que esa historia la inventara yo, que no lo niego, no inventé de ella tanto como parece. Porque la construí después y a partir de lo que me contó de las hermanas Bardazoso la madre de mi compañera y después también de confirmar, con otra gente del pueblo, los episodios centrales del relato. De hecho, ahora mismo vas a ver que yo apenas hice otra cosa que rellenar sus huecos:
Lo que me contaron fue que los bisabuelos de los actuales Bardazoso, y antes que ellos toda la familia, habían vivido siempre en el pueblo de María Bielsa. Tuvieron dos hijas; a la mayor de las cuales, aunque se llevaban poco, un año apenas mandó al extranjero el bisabuelo Bardazoso, cuando todavía era muy joven, con la idea que pronto se cundió que era un severo castigo de que no volviera nunca más, por algo que dicen que hizo, pero que no llegó a saberse. Al principio se pensó, como se suele en estos casos, que el asunto era un embarazo, pero, con el tiempo, no apareció criatura ninguna.
Contaban que las dos hermanas estaban muy unidas y que la pequeña enfermó nada más irse la otra, dicen que, de añoranza, y que se tiró enferma, sin salir de su casa, mucho tiempo. Contaban que, en éstas, la prometieron con el médico que la trataba, que era joven y muy guapo, pero que la muchacha se escapó de su casa tres días antes de la boda, nadie supo dónde ni con quién; pero sola, al parecer. Lo más seguro es que sola, porque vivía encerrada en su casa y no se le conocían novios y sobre todo porque, esto es lo más significativo, nadie más faltó del pueblo ni de los alrededores al mismo tiempo que ella.
Contaban que la madre, después del escándalo de haberle quitado de su lado a la mayor y habérsele escapado la pequeña, vivió como alma en pena y que no pisaba la calle de vergüenza que le daba que todo el pueblo la señalase más que para ir a misa, y siempre a la primera; que se puso de negro, joven como era y sin ningún muerto todavía en la familia. Los muertos se los fueron trayendo luego. A la que se escapó, a su hija pequeña, la primera; que la trajeron ya en la caja, muerta nadie sabe dónde ni de qué; y no tenía ni veinte años. A los dos meses de haber enterrado a la chica, se presentó en el pueblo la mayor; dicen que, sin consentimiento de la familia, porque la hija mayor de los Bardazoso, lo mismo que si fuera una forastera, se hospedó en la fonda y no en su casa. Lo que dicen es que su familia ni siquiera le avisó de que había muerto su hermana, que ella se enteró nadie sabe por quién y que por eso tardó casi dos meses en venir.
Cuentan que subió al cementerio, como una fiera, en busca de la tumba de su hermana. Y cuentan que bajó del cementerio gritando como una fiera toda la calle abajo que mataría a su padre. Sus razones, tendría... Y casi lo consigue.
Cuentan que esa misma noche le descerrajó un tiro a la voz de "¡Asesino!" en la mismísima puerta de su casa y que el tiro fue a darle en el hombro y que el señorito Bardazoso se empeñó luego en decir, y en que se dijera, que la herida fue de posta y de resultas de un mal tino en una montería. Pero se sabe que fue de pistolón y con la intención de matarlo. Cuentan que la muchacha tenía preparado un coche con dos caballos y que, nada más dispararle a su padre, subió al pescante y, haciéndose de cochero ella misma, se fue del pueblo.
Así que no tuvo tiempo, que es lo interesante, de saber que su padre no tenía nada grave, o seguramente, eso es lo que dicen las malas lenguas, se habría quedado para apuntar más abajo la segunda vez. A eso solía añadirse el comentario de que todo el pueblo se lo hubiera agradecido. De todas formas, tampoco la mayor vivió mucho, sólo dos o tres años más, hasta que también se la trajeron muerta a su madre, nadie sabe de dónde ni de qué; y no tenía ni veinticinco años.
Cuentan que la madre, después de perder definitivamente a la pequeña de la casa y después de lo del disparo de la mayor, se fue quedando en el espíritu nada más, que tenía los ojos hundidos, como lastre, de tanto que le pesaba ver el mundo, y que apenas aguantó a vivir ese par o tres de años más para recibir, de la misma manera que a la otra, muerta, a la única hija que le quedaba, como si supiera que, antes de poder descansar, tenía todavía que esperar para enterrarla a ella también. Como así fue: la madre, al poco de dejar enterrada a su hija mayor al lado de su hija pequeña, se murió. Dicen que, de tristeza, como se dirá siempre que sea verdad, digan lo que digan los médicos.
Ésta fue la madre de las dos, la primera bisabuela de los Bardazoso, una bellísima persona, por lo visto. Pero hubo otra después, o se habría perdido el apellido. El padre, el bisabuelo Bardazoso, no tardó en volver a casarse, ya cincuentón, con una zagala casi, mucho más joven que él, hija de uno de sus guardeses. Dicen que el viejo se encaprichó con ella, cosas de viejo, y que se lo consintió todo; hasta consintió en mudarse de su pueblo al nuestro, a la casa donde ahora viven, que también había sido de ellos toda la vida.
Y es que la muchacha con la que se casó, que no dejaba de ser en el fondo una chiquilla, decía pasar mucho miedo en el caserón aquel, con tantos fantasmas de muertas rondando por las mismas habitaciones que ella. Cuentan que se oían risas de niñas en las cámaras y que los balcones de las dos habitaciones que habían sido de las hermanas, se habrían y se cerraban solos en las noches ventosas y en las que no había ni soplo de brisa, por más que el viejo Bardazoso atrancara a cal y canto los postigos. (Ya ves que, por lo que parece, la casa lloraba de noche y gemía ya mucho antes de que llegara María Bielsa.)
Para colmo de maldiciones, esta segunda bisabuela Bardazoso dio a luz allí a su primer hijo, que murió con días. De manera que acabaron por dejar la casa con la sospecha de que ningún Bardazoso llegaría a viejo en ella. La cerraron y se trasladaron a mi pueblo.
Por eso, aunque es verdad que lo último que venden los señoritos son sus caserones de piedra antigua, ésta, quisieron venderla enseguida. Y si tardaron mucho fue porque en el pueblo nadie tenía dinero para comprar una casa así; ni ganas, dicen.
Un buen día apareció una señora forastera, con mucho dinero, y la compró. Y eso a pesar de que estaba ya muy deteriorada, porque allí no pisó nadie desde que los Bardazoso se fueron. Y que no fue barata, tampoco, por lo que se comentaba.
Todo esto lo sabía de buena tinta la madre de mi compañera, por boca de la mismísima bisabuela, la segunda, a la que llegó a conocer, aunque ya muy vieja, cuando ella, jovencísima entonces, entró a servir en su casa.


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SEGUNDA PARTE

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:52 pm

Durante aquel último año que pasé en mi pueblo el último año de una condena es siempre el más largo, María Bielsa fue mi mejor fantasía de fuga, el enigma para salir de la pirámide, el plano de los subterráneos de la cárcel.
Pero reconozco que luego, una vez en Madrid, libre ya de las cuencas llenas de ojos de las máscaras que me vigilaban, poco a poco, otros misterios más reales, o quizá sólo encarnados, fueron relegando el de María Bielsa hasta un lugar de penumbra en la divisoria entre lo que una inventa para sobrevivir y lo que la propia vida concede hacer real con tal de que no muramos de desesperanza. Y allí, en la penumbra, quedó agazapado el enigma durante mucho tiempo, más de diez años, hasta hace apenas dos. Hace dos años me tocó vivir una tragedia. Mi papel en ella fue sólo el de testigo, el menos malo y, aun así, fue horrible.
La mañana de aquel martes de junio fui a trabajar con el cansancio de haber pasado la noche del lunes por ahí, rondando sombras despiertas por los bares... terrazas de verano, escotes del Paseo de la Castellana, tirantitos heroicos y carcajadas increíbles al vuelo de melenas vigorosamente manipuladas. O corbatas de seda para los nenes sobre camisas de manga corta, como los sobrecargos, y pantalones de lino arrugadísimos y una posición de los labios al mirar los alrededores de la barra como la que adoptan los pececitos brillantes de color naranja para balbucear cuando tienen un poquito de hambre... Qué pereza alargar la mano. Pensé que ya no tenía edad de andar pescando en peceras. Sabía, desde que salí, que volvería a casa sola.
Y volviendo sola a casa a las cuatro y media de la madrugada, por otra clase de calles más estrechas, otra clase de joven un muchacho ensuciado y envejecido se venció sobre el capó del taxi en un semáforo. Llevaba saliva seca en las boqueras, y pidió dinero, con el mismo automatismo que otros pedimos disculpas, al conductor amargado y a la pasajera ilusa.
Lo peor no es que estén, así como están decía el taxista, lo peor es lo que duran ¡Y que todavía tengamos que pagarles entre todos los centros ésos...! ¿Sabe usted lo que cuesta una plaza en un centro de ésos? A éstos los rehabilitaba yo rápido, mire usted... Y siguió, qué más da cómo, me lo sé, nos lo sabemos. Pero no tuve ánimo para decirle nada. Siempre peleando, siempre con la bandera en alto... y esto retrocede cada vez más y una se cansa.
Me pasé la mañana de resaca pensando en lo maravilloso que iba a ser por la tarde, porque teníamos jornada intensiva, quedarme en casa sin hacer nada, esperando que cayera el sol para irme después a cenar, había quedado a última hora. Me pasé la mañana adelantándome el placer de disfrutar de la tele, los pies por alto, con las pantorrillas sobre un cojín de miraguano para que no se me clavase el filo metálico en el que se engarza el cristal de la mesita del salón; el placer de verme cayendo, poco a poco, en el sopor de las películas de sobremesa.
Cuando llegué a casa, tenía tantas ganas de sentarme, que tiré la ropa sobre una silla del salón, los zapatos en el cuarto de baño y a mí misma en el sofá; no me preparé nada de comida, ni fruta siquiera con tal de no pelarla... Me quedé dormida enseguida. Y durante dos o tres horas. Luego, sin levantarme todavía, terminé de leer el periódico. El caso es que no entré en mi dormitorio hasta casi las ocho y media de la tarde. Fui para coger la ropa interior que me llevaría a la ducha. Y al abrir el armario, arriba, en el techo, descubrí una enorme gotera.
Una gotera tan grande, que había empezado ya a extender su fatal circunferencia por fuera, incluso, de los límites donde está empotrado. Una nube del gris oscuro de las tormentas de verano descargaba por su centro un hilo continuo de agua sobre mi ropa, especialmente sobre mi maravilloso traje de ante marrón: chaqueta amplia y falda abundante, piel de primera y corte de talento: mi mejor equipo. El traje había estado asumiendo una mezcla tal de temple, escayola y otras sustancias de albañilería, que ni con el mayor optimismo podía pensar que se recuperara.
Desalojé el armario, puse toda la ropa sobre la cama, sequé algo, con la fregona, el agua y puse una cubeta debajo del canalillo. Inmediatamente después, subí a avisar a la vecina. Llamé, pero no contestó nadie; así que bajé a hablar con el portero en la esperanza de que él tuviera las llaves.
Pero no, no las tenía. De ese piso no las había tenido nunca. Mientras subíamos en el ascensor, dijo que era de los pocos pisos, junto con el mío mismo, de los que no tenía llaves, a pesar de que ya veía yo ahora, en casos así, lo útil que era que él tuviese las llaves de todos; que era más, que casi habría que dejarlas por obligación, por alguna norma legal de alguna ley del funcionamiento de las comunidades, porque él no era nadie para obligar a nadie; cualquiera diría que él tenía algún interés; al contrario, una responsabilidad más, y qué necesidad tenía él de nada; con cumplir estrictamente sus obligaciones, tenía bastante... Pero, en fin, que subía conmigo a mi casa a ver la gotera por si fuera cosa de la tubería general y cerrar, entonces, la llave de paso de toda la escalera.
Lo raro de la gotera, dijo al verla, es que estaba en un sitio por donde no pasaba ninguna tubería, ni general ni del piso. Pues será que la de arriba tiene toda la casa inundada dije yo , y el agua habrá empezado a rezumar por ahí como podía haber empezado por cualquier otro sitio.
No, no; él había visto muchas goteras a lo largo de su vida profesional (porque yo debía tener en cuenta que ser portero es una profesión y, como en todas las profesiones, los hay buenos profesionales y los hay malos, y a los buenos profesionales se los distingue el agua seguía cayendo , no por el sueldo, porque cobran lo mismo que los malos, sino porque tienen que saber un poco de todo: desde su poquito de jardinería para regar adecuadamente las macetas de todos los que se las dejan a él en verano, hasta cerrajería y electricidad básica y fontanería en general...) y si algo sabía él era que aquello no podía ser tampoco una inundación general ¿Por qué? Pues que se iba a explicar. Que no podía ser una inundación general porque, si lo fuera, habría una o dos goteras más, por chicas o grandes que fuesen, pero alguna más habría a estas alturas, estando como estaba aquélla ya chorreando agua. Subimos los dos juntos a llamar de nuevo al timbre de arriba y esta vez aporreamos, además, la puerta con la palma de la mano porque era un timbre con defecto: empezar, empezaba como todos, chicharrero y con bríos de moscardón desesperado, pero se reducía enseguida hasta quedarse en mosquito oteador... "Que ha cogido un poco de ronquera, por viejo, y ya suena, por eso, con poco espíritu, como si estuviera cansado de anunciar visitas", dijo el portero (a él le gustaba hablar cuidando el lenguaje y dándoles algo de vuelo a las palabras esto también lo dijo porque tenemos un idioma que es una maravilla; y hasta escribía poesías de vez en cuando; por entretenerse nada más, sin ninguna pretensión, sólo por entretenerse; porque él tenía inquietudes, no como otros, que se pasan las horas muertas el portero del bloque de al lado, sin ir más lejos haciendo sopas de letras, de esas que vienen en cuadernillos que venden en el metro a cuatro veinte duros... Bien pudiera ser que luego hiciera una que se titulase "A un timbre viejo").
A las palmadas contra la puerta hueca, de tablerillo de contrachapado, y al retumbe metálico en ella del FAC, que retumba en todas las puertas del bloque porque en todas tiene ganada holgura, salió, no la dueña que buscábamos, sino la vecina del rellano y lo intentó también su perro, una bola de lana negra que se llamaba, cómo no, "Coco", y que ladraba con el chifle torturante de los caniches viejos. Que no nos cansáramos, que era tontería, que ahí no habría nadie hasta las once y media de la noche, lo menos, y que qué pasaba. Después de saberlo, la señora nos explicó que esa mujer estaba separada del marido, que no le pasaba pensión, y que por eso trabajaba la pobre de telefonista en un hotel, que era de lo que había trabajado de joven, antes de casarse; que había conseguido tener por fin turno fijo de tarde, para poder, por las mañanas, atender la casa, que entraba a las tres y que salía a las once, y que, por mucha prisa que quisiera darse, antes de las once y media de la noche no podía llegar ningún día a su casa; que los hijos tampoco estarían hasta tarde; que tenía dos, uno de quince y otro de diecisiete, y los dos iban al instituto, al turno de noche, de manera que llegaban a su casa, pizca más o menos, a la hora que la madre; bueno, eso el chico, el pequeño, porque... lo que era el mayor... ése sí que no podía saberse a qué hora vendría, porque ése no tenía hora de recogerse, lo mismo las cuatro de la madrugada que las ocho de la mañana, que no sería la primera vez que sacaba ella a Coco por la mañana y se lo encontraba llegando. Y no, ella tampoco tenía las llaves.
Yo no podía esperar hasta las once y media de la noche con el agua cayéndome a chorro dentro del armario. A malas, que el portero cerrase la llave de paso general. Pero no, porque esa que se me había ocurrido a mí era una medida de urgencia y él no podía dejar sin agua a toda la escalera, así como así; primero había que intentar localizar a la mujer y que viniera. La señora del perro no sabía en qué hotel trabajaba, sólo que estaba cerca del Palacio de la Moneda; lo que, no obstante, no le impidió estar de acuerdo con el portero.
Mejor me las arreglaba sola. Los dejé a los dos hablando, bajé a mi casa y me puse delante, por un lado, el callejero de Madrid, y, por otro, las páginas amarillas, hoteles, para ir llamando a todos los que pudieran considerarse cercanos al Palacio de la Moneda. No podían ser tantos. Yo recordaba, sin necesidad del callejero, el nombre de uno, que estaba al lado, el Hotel Convención, y empecé por ése.
Hotel Convención digameeé. Paquita me había dicho la señora que se llamaba esa mujer y, por lo menos eso, no me salió mal porque acerté a la primera.
Sí, soy yo, y vivo ahí, sí... ¿Qué pasa, ha pasado algo? su instinto se disparó. Pues sí, verá usted, yo soy su vecina de abajo, y era urgente localizarla porque... ¡¿Ha pasado algo, les ha pasado algo a mis hijos?! Oí un estallido de cristales rompiéndose en su garganta.
¡No, no, por favor no, no se preocupe, no le ha pasado nada a nadie...!
La mujer me explicó que no podía dejar sola la centralita y que no podía salir tampoco hasta que viniera su compañera del turno de noche a relevarla. Pero parecía sinceramente preocupada por el daño ajeno. Y se le ocurrió que, en vez de pedirle a su compañera que viniera antes, que para eso tenía primero que encontrarla y esperar de todos modos a que llegase, era mejor que yo misma me acercara en un taxi a buscar las llaves, si no me importaba. Que me pagaría el taxi de ida y de vuelta. Que no hacía falta, que lo pagaría yo. Que ni hablar, que lo pagaría ella, que era culpa suya la gotera y culpa suya no poder tampoco acudir enseguida.
Pero la culpa la tenía seguramente su hijo mayor, me comentó al llegar al hotel, por el sitio donde le decía yo que tenía la gotera. Porque su último invento había sido instalar un laboratorio de fotografía era muy mal estudiante, pero muy habilidoso en el armario empotrado del dormitorio de matrimonio, que ahora le servía de cuarto oscuro. Y, para no tener que andar acarreando agua, lo que hacía era enchufar en el grifo del lavabo una manguera que cruzaba el pasillo hasta las cubetas esas que usan para revelar; debajo tenía un bidón en el que desaguaban las cubetas... o sea, toda una instalación. Abría muy poco el grifo, necesitaba apenas un chorrito, pero era un chorrito continuo, eso sí, y lo suficiente, claro, para que, si se había ido y se lo había dejado abierto, rebosase de la cubeta al bidón y del bidón abajo.
Ella no quería entretenerme; cuanto antes volviera, mejor. Si me contaba todo esto, era, más que nada, para que estuviese tranquila y no pensara que tenía que buscar también a un fontanero de urgencias (pero yo no había caído en lo del fontanero, no lo había pensado), porque lo más seguro es que fuera eso, ni rotura ni nada, que no tenía más que subir y cerrar el grifo y listo... y que luego, cuando ella llegase, esta misma noche o mañana, hablaríamos de cómo arreglar el techo y la pintura. Que sabía que, de ser así, le tocaba pagar y que yo no iba a tener problemas con ella en ese aspecto. Que lo sentía mucho, que muchísimas gracias por haber ido, encima, a buscar las llaves y que, por favor, aceptara que me pagase el taxi, por lo menos. No. Mientras insistía, me mantuvo cogidas las manos entre las suyas y no había nada empalagoso en ese gesto ni nada pretencioso en su amabilidad.
Mi vecina estaba demostrando ser muy agradable, y yo no la había conocido antes. Más que eso, a mí me resultó casi entrañable. Era más bien gordita, como mi madre; y me la recordó nada más verla. Pero no fue sólo por eso. Intuí que el parecido, la manera de hablarme de su hijo, nacía de una semejanza más honda: aquella mujer disponía, y lo desplegaba, del mismo manto tibio de bondad incondicional que me había arropado a mí toda mi infancia. Y, como cada vez que algo o alguien me recuerda con su ternura a mi madre, allí en el pueblo, envejeciendo, no pude evitar que la tristeza me arañara un poco de más las paredes por dentro.
Subí directamente al piso de arriba. Por suerte, el portero poeta no estaba en su garita, y procuré hacer el menor ruido posible al girar las llaves para que tampoco la dueña del perro volviera a aparecer. Ya había oscurecido bastante y fue un reflejo automático poner la mano sobre el interruptor de la luz del pasillo. Todos los pisos son iguales y estaba, por eso, en el mismo punto exacto que el mío. Y el del salón también.
Aquella mujer no había tenido del todo mal gusto para decorar su casa. Es verdad que había algunas cosas que delataban su pertenencia real a nuestro barrio modesto, pero ¡menuda diferencia con la perfecta armonía que podía deducirse a partir del taquillón de oro y nácares, propiamente palaciego, con espejo de orla primaveral, de una primavera enfurecida, que había plantado en la entrada de su piso, para que se viera nada más abrir la puerta, la dueña del caniche!
También el interruptor del dormitorio estaba en su sitio gemelo. Y por allí iba, sí, la manguera, hasta entrar en el armario por una rendija cubierta, de arriba a abajo, por una tira larga y estrecha de tela negra. Fui al cuarto de baño y cerré el grifo, que, efectivamente, estaba abierto.
Mi vecina me había explicado dónde tenía la fregona, por si quería recoger un poco el agua y que dejara antes de caerme, aunque la tenía donde la tenemos todas, en la terracilla de la cocina. Volví con ella al dormitorio. Olía bien, a pinos del campo, como dice la publicidad, y no como la mía, que, de usarla poco (en favor de la aspiradora) y a menudo en seco y sin aclararla luego, más de una vez ha olido a cerumen, lo reconozco, a amarillenta secreción de oreja.
Segundos después, al abrir la puerta de aquel otro armario empotrado idéntico al mío, toda la negrura de la noche, toda la desesperación de las madres y toda la miseria de Madrid se me vinieron encima. Un muchacho, que parecía estar muerto, y lo estaba, acurrucado sobre sí mismo, como una oruga, se derramó a mis pies.
Que tuviera los ojos fuera de su quicio, muy abiertos, muy redondos y de cristal; que tuviera remangada la camisa y un trozo de goma de quirófano anudado por encima del codo y una jeringuilla pendiente, con la aguja haciéndole relieve bajo la piel, por donde más suave, más blanca, más infantil y despoblada es la piel del brazo, no fue, sin embargo, lo que más me espantó: lo insufrible fue descubrir que tenía una foto de su madre grande, muy grande, un espléndido primer plano en blanco y negro, verdaderamente hermoso y lleno de luz flotando todavía, y sosteniéndose apenas, en la superficie exacta del agua que había estado rebosando de la cubeta, despacito, despacito, toda la tarde... Había conseguido llenar de luz y hacer que brillaran todos y cada uno de los ajados rizos de la permanente de su madre.
Me senté en la cama desconocida, sobre una colcha de color crudo, con el muchacho caído delante de mí. El extravío de sus ojos no dejaba lugar a dudas sobre que podía tomarme uno o dos minutos, qué nudo en la garganta, para respirar y para pensar a quién llamaría primero. Ni a su madre, ni a la vecina del perro, ni a una ambulancia que podría perfectamente venir apagada y muda, sino a alguien que me consolara a mí. Y es que, como si aquella desolación y la muerte fueran mías (y lo fueron simplemente porque yo estaba allí y la ciudad es demasiado grande para no ser un desierto y a veces no hay nadie más a quien acudir), era yo la que necesitaba a alguien con mucha prisa.
Luego vino lo demás. Todo y tanto. La muerte es más dura en Madrid para sus testigos que en mi pueblo. He comprendido que en los velatorios de pueblo hay más brazos en los que afianzar cada paso y más cabezas para resolver y menos papeles que resolver. Durante las primeras horas de forense y tanatorio, mi trabajo consistió, no sólo en resolver lo que hacía falta resolver y lo que era obligatorio resolver, aunque no hiciera ninguna falta, sino también en vigilar la espontaneidad desaprensiva de los portadores de problemas cuando, después de preguntar eso sí por algún familiar, pero no habiendo allí otro autorizado, pretendían dirigirse a la madre misma, a Paquita Agonizante, para que firmara.
Firmo yo. Traiga. Yo soy la hija mayor. Gracias.
Los últimos que vinieron pidiendo algo, vinieron ya bien informados y preguntando directamente por mí, por la hija, por la hermana mayor. Sólo la vecina del caniche se dio cuenta de la tabla de salvación burocrática en la que nos había subido yo a todos y no sólo no puso inconveniente, sino que se vino a mi lado y me dijo:
Buena idea que has tenido, chica. Anda y que se jodan con tanto papeleo...
* * *
Fui al entierro. No había vuelto a estar en un cementerio desde que descubrí la lápida. Me impresionó lo grande que es el de la Almudena: un charquito, el de mi pueblo o el de María Bielsa, comparado con ese océano de sepulturas.
Y en una inmensidad así, resulta aún más patético leer las inscripciones de las lápidas, todas iguales. Todas con los mismos datos fantásticos cara al público. Dos fechas que establecen un récord; pero un récord absurdo, porque no está al alcance de nadie batirlo, ni por arriba ni por debajo. Y en cuanto a los nombres... Los que se escriben en una lápida para ser leídos son nombres, ni siquiera simplemente de desconocidos, sino peor, de gente a la que ya nunca podremos conocer. O se deja tallado un misterio en condiciones, pensé, como el de María Bielsa, o para escribir, como lo harían bajo el nombre de ese chico, una fecha que él no eligió, que ni siquiera eligió su madre, y otra fecha, la de aquel martes, aún más involuntaria, contra la que nos rebelamos todos desde el principio... para eso, es mejor ser ceniza rápida, efectivamente, que no quede rastro.
De nuevo el rito de la muerte y la expectación devota, sin palabras, con la que estamos obligados a presenciarlo. De nuevo, pues, la mente concentrada y trascendental, a la que van acudiendo las comparaciones y los balances como si el momento lo exigiera.
Yo tenía, cuando encontré la tumba de María Bielsa, la misma edad que el muchacho al que enterrábamos. Podía adivinar, con sólo recordarme, una buena parte de las puertas que él había querido abrir con tanta urgencia de sangre. Su fracaso no era más que una anécdota, un mero accidente físico. Yo no había tenido accidentes de ese tipo, pero la pregunta era si, a cambio, me había ocurrido algo verdaderamente significativo desde entonces. Habían pasado diez años ya, casi once.
Al principio, me respondí con una larga lista de cosas. Al cabo de poco, era una lista de sólo tres: tengo dinero propio, la casa entera para mí y nadie me manda. Pero aquello, que había sido todo mientras lo esperaba, ahora, sin un para qué, no era mucho. En el fondo, sabía que una extraña y perturbadora cuestión sobre mí misma seguía pendiente, no ya de ser descifrada, como el misterio de las veinticuatro veces, sino en un estadío anterior, primitivo y cenagoso de ser planteada incluso.
Tal vez hubiera llegado el momento de enfrentarme a mí misma, al resultado que era yo, al cuadro definitivo que habían hecho de mí María Bielsa y el espíritu de mi bicicleta, mi infancia azul y el corazón de las tinieblas, mi pueblo marrón y Tere Mora, mi padre verde y mi madre blanca, todas las Agustinitas Marín y mi encierro de adolescencia granate, el cromo del guepardo y mi cristal mágico. Había llegado el momento de atreverme a mirarlo ahora que, cerca de cumplir los treinta, tenía ya forzosamente que ser la versión definitiva de mí.
Porque estoy segura de que fue en aquella primera época cuando se decidió quién soy; por eso te la he contado aquí con tanto detalle. De esta otra, sin embargo, la que va de mis dieciocho a mis veintiocho, no tengo mucho que decirte. Para alguna gente es la década más importante, pero para mí, sinceramente, no creo que lo haya sido.
Podría hablarte de la universidad, de las fiestas en las que se bailaba, del colegio mayor, de las salas de exposición y de los coloquios de cine, del cubo y la cola de pegar carteles, de mi primer trabajo... Pero no creo que pueda decirte de eso nada distinto de lo que sepas y hayas sentido tú.
Podría hablarte de mi primer "novio", Juan, o del segundo o del tercero o del cuarto... y aún faltarían un par o tres hasta llegar al último, Fernando, que no me duró tampoco más de seis meses. Pero serían historias de despedidas más que de encuentro. Y sus moralejas serían todas de búsqueda más que de hallazgo. Así que, si quieres, si te apetece un botón, puedo contarte aquella primera historia con Juan como si fuera la más reciente, la de Fernando. Da lo mismo. Y puedo contarte el principio como si fuera el final...
A Juan lo conocí lloviendo. Fue nada más llegar a Madrid; yo tenía dieciocho y él treinta y nueve. Y recuerdo que el día que lo dejé, un año y medio más tarde, nevaba. (No te rías) Habíamos quedado en la anodina cafetería del centro en la que quedábamos siempre ("por lo menos está limpia", decía él a modo de argumento definitivo en favor del lugar) y nevaba, efectivamente, mientras bajaba andando, desde el colegio mayor, a coger el metro en Moncloa.
Pero la nieve ya no era blanca entonces y no volverá a serlo nunca. La nieve ya no es blanca en Madrid porque se llena enseguida de las sustancias de la ciudad y es grisácea y gelatinosa, como la masa cerebral, en las aceras demasiado transitadas y en las calzadas donde ya es para siempre imposible que cuaje otra cosa que no sea un atasco. Ni siquiera en las montañas nieva lo bastante. Tienen que ser altas, pero que muy altas, para que los copos quieran acercarse a acariciarlas, y más altas todavía para que quieran, además, quedarse a ser hielo endurecido. La tierra se calienta, se aja y se cansa. En aquellos años empezaba apenas a hablarse de esto y en esto iba pensando yo por el camino, presa de un pequeño ataque poético que me entró por culpa del frío.
Subí al metro en Moncloa. El metro es calentito en los días crudos. Iba más lleno que de costumbre porque mucha gente con coche no se había atrevido a sacarlo por si patinaba las ganas, ya ves en el gachulete gris y negro (agua sucia, solamente, al cabo de unas horas), que es la nieve en la ciudad. De hecho, cuando llegué a la cafetería, ya no nevaba. Entré y Juan estaba allí, esperándame. Miré el reloj, pero yo llegaba en punto. Se había adelantado él. Un perro lanudo, blanco, caniche, muy cuidadosamente esquilado para formar morcillones barrocos en su rizosa pelambrera, con abrigo de cuadros escoceses y tan bien cuidado, en definitiva, que la mujer que lo pasea no puede ser su dueña: deduzco. Es una deducción de cafetería, a través de cristalera, mientras se espera que la tarde termine de desaparecer sin entretenerse demasiado, hoy, que no hace ninguna falta, en la tarea de dibujarle a la ciudad antes de que la noche la encierre entre barrotes eléctricos su habitual escapatoria sublime hacia lo alto, una ilusión celestial de color de rosa en la que ya, de todas formas, no cree nadie. Una de esas deducciones, viciosas del pormenor, a las que el cerebro recurre antes de sucumbir del todo al aburrimiento. Juan suele decir que yo nunca me aburro y suele decirlo con el añadido de la frase más hecha para este caso, así: "Tú nunca te aburres porque eres capaz de jugar con tu propia sombra si es preciso". Juan dice ahora, mirando al perro: Buen razonamiento.
Bebe un sorbito ritual, como de cura al final de la misa, de su gin tónic, y añade: Pero nunca sabremos si es correcto.
Cuando lo conocí, me dijo que jugaba en la liga de ajedrez, con un equipo que acababa de pasar a primera división, y di por hecho que era muy inteligente. Luego supe que hay un camino del ajedrez que puede recorrerse con un equipaje mínimo: sólo con no ser torpe y tener el tesón y los libros que tiene él.
Inmediatamente hará eso pensé tan inútil que hace siempre después de beber un traguito durante el cual el hielo del vaso, completamente lleno, le ha estorbado haciéndose aduana entre el líquido y sus labios: encogerá todos los dedos de la mano derecha, menos el meñique como si el dedo más delgado fuera también, sin duda, el más elegante, para, con la punta de él, empujar hacia dentro, varias veces, en ahogadillas sucesivas, los cubitos.
Estoy segura de que lo hace, por muy mecánico que sea el gesto y por muy entrañadamente escondida que esté su simbología, para castigarlos. Es evidente que los cubitos volverán a salir a flote, hasta el borde del vaso, una y otra vez, irreductibles al fondo, tozudos, como siempre que lo hace; o simplemente tenaces y orgullosos defensores de la vieja ley física que un sabio griego les otorgara para que pudieran con ella imponer su voluntad de no ahogarse.
Cuando desista, se chupará la primera falange del meñique. Y sé que no tardará en volver a comentarme, esta tarde también, lo del estudio en la calle Infantas y lo de lo poco que nos vemos; así que me apresuro a dejar estos pensamientos, que no pueden ser pasados a voz alta, para llenar el silencio que está pasando de ser simplemente largo a peligroso con otros sacados del perro y de la criada que lo pasea.
Visto en acera de barrio rico de toda la vida, no puede ser de la mujer que lo pasea. Juan dice:
Sí, seguramente es la criada, que lo saca aprovechando que ha parado de nevar.
Pues claro que es la criada, aunque no lleve uniforme (que podría llevarlo, porque, en un barrio así, todavía obligan). Y más, por las características del perro, es la criada de una mujer de por lo menos cincuenta años, que vive sola. Juan dice: Eso ya es mucho suponer.
O es la criada de un marica de uñas lechosas que lleva la cintura del pantalón cuatro dedos por encima de la cintura física, tan solitario y cincuentón como la posibilidad de señora, y que tiene en un cajón de su casa un talonario de recibos de alquiler que saca puntualmente una vez al mes para escribir cantidades sobre barras impresas, formadas por muchas rayitas onduladas y azules, que luego reciben el resto de los habitantes de su edificio. Pero me inclino por la señora, que viste trajes en tonos marrones preferiblemente. Juan ya no dice ahora, otra vez, que es mucho suponer; lo que dice es: ¿Por qué te inclinas por la señora?
Y es que ha perdido la voluntad de rebelarse contra lo predecible o puede que no la tuviera nunca y a mí me pareciese que sí, por eso es un muerto y ya no puede evitar que su garganta emita una pregunta tan esperable, que él, en otro tiempo, se hubiera negado a hacer en la época en que estaba vivo, o en que a mí me lo parecía porque no lo observaba lo bastante. Hace algún tiempo, hubiera jugado a respondérsela él solo. Ahora se había acostumbrado a recurrir a mí por sistema. Pobre Juan. Estaba agarrándose al último fleco de la existencia. Sus preguntas como ésa demostraban que había entrado en la última y más precaria forma de existir: aquella en que uno se convierte en el personaje que el autor incluye en la obra sólo para que dé los pies al protagonista; y si el autor lo incluye aún, es únicamente porque teme que los críticos escriban luego en los periódicos, de su obra, que la magnífica interpretación del actor principal no pudo hacer nada por aligerarle a la sala la digestión de los largos y tediosos monólogos que la ambición del dramaturgo, notablemente más grande que su talento, no quiso evitarnos.
Me inclino por la señora porque un marica como el que correspondería a ese perro no mandaría a la criada, aprovecharía la necesidad de hacer caca del chucho como excusa ante sí mismo para salir él a darle una vuelta a la manzana, secretamente convencido de que aún puede aparecer Ganímedes, huido de su casa, harto de cuidar el ganado de su padre, perdido en la gran ciudad, joven, desvalido y dispuesto a ser llevado al Olimpo por un Zeus ya maduro, es cierto, pero si bien menos divino ya, también más serio y menos veleidoso, de desahogada posición económica... como él, por ejemplo. Y porque, y esto es lo que cuenta, marica y todo, sería hombre, al fin y al cabo, y los hombres no perdéis nunca el empeño cazador: sois los cazadores, los acechantes, los electores de la pieza, los que lleváis la escopeta.
Por eso salís más, porque no perdéis nunca la esperanza de acertar el disparo. La señora, sin embargo, no sale. A ella le toca ser seducida y nadie quiere seducir a una vieja; nadie que no venga sólo por su dinero suave... y ella no puede consentir eso. Ella, a diferencia del marica viejo, que no ha dejado nunca de ser hombre, no ha aprendido a no molestarse cuando se aprovechan de ella, y mucho menos ha aprendido a ponerse del otro lado de las cosas, de manera que pueda pensar que es ella la que se aprovecha del cuerpo joven y mantenido. Ella sabe que no puede cazar, que su único papel activo sería, apoyándose en la correa del perro, ponerse a tiro, y está convencida de que sólo las putas y los maricas salen a dar la vuelta a la manzana para ponerse a tiro.
Juan apura, del platillo blanco, las miguitas de patatas fritas, barriéndolas meticulosamente con la yema de los dedos, como un cura barre y junta, en el borde de la patena, meticulosamente, las miguitas de Cordero de Dios. Juan dice:
Mucho tópico eso de los cazadores hombres y las piezas mujeres. El cura cree, por eso es tan meticuloso, que cada una de las miguitas es el Cuerpo de Cristo completo, por pequeña que sea la partícula de Sagrada Forma.
En cualquier caso, el amago de conversación sobre el caniche, la criada, el marica y la señora ya no dará más de sí, ni siquiera para seguir retrasando la aparición del estudio de la calle Infantas, a pesar de que estoy asistiendo a la confirmación indiscutible de mi hipótesis sobre la criada y la señora: la mujer que pasea al perro vuelve del quiosco de la esquina habiendo comprado un Telva y un Diez Minutos. La señora hubiera comprado sólo la suya. Me acuden a cabeza otras imágenes por parejas, paralelas a la pareja de revistas: unas tortitas con nata para la señora y un cruasán plancha para la criada; una Visa en el Santander y una cartilla de ahorros en la Caja Postal; un taxi y el Circular; el Talgo y la Sepulvedana...
Sin embargo, es verdad que es un motivo agotado; o, mejor dicho, sería muy arriesgado intentar unilateralmente sacarle un poco más de partido. No obstante, como tampoco se me ocurre otro enseguida, no me queda más remedio, para seguir hablando, que ampararme, antes de que la pausa se alargue irreversiblemente hasta justificar un cambio de tercio, en lo que acaba de decir él.
Será un tópico, pero si un tópico sigue vivo, es precisamente porque sigue siendo verdad. Además, los tópicos han sido siempre el mejor material estético, porque encierran más verdad que cualquier invento. Debidamente trabajados, es decir, recreados con hondura y con humor, alumbran transformaciones verdaderamente bellas, y novedades verdaderas. Lo que no ocurre nunca con ese esteticismo de superficie que se propone también una belleza duradera, pero buscando la originalidad en lo puramente nuevo que es, contrariamente y por definición, siempre efímero. Si se pretende una belleza duradera, hay que rastrear en el conocimiento profundo de las evidencias del mundo y del ser humano, hay que acudir a lo verdaderamente original, es decir, a recrear los orígenes, porque sólo permanece lo que tuvo raíz, lo previamente enraizado, lo nacido en el lugar común de mucha gente: los tópicos, en una palabra, sí. Juan dice:
No tengo la cabeza para aguantar ensayos.
Y yo digo: "Ni yo la tengo hoy para aguantar a lacónicos como tú". Juan dice Hace un mes, casi, que tenemos alquilado el estudio y no hemos ido más que una vez. Y yo digo: " 'Tenemos' es mucha gente; lo pagas tú y es tuyo". Juan dice: Lo pago yo porque tú no tienes la culpa de ser más joven y depender de tus padres y vivir en un colegio mayor, en lugar de en un piso de estudiantes, como todo el mundo. Y tampoco tienes la culpa de que yo siga casado y no tenga casa propia. Y yo digo: "Ya te dije que por mí no lo alquilaras; que si decidías alquilarlo, que fuera de verdad por eso que decías de que necesitabas tener un sitio para ti solo". Juan dice: Quería tener un sitio para mí y para que pudiéramos acostarnos juntos sin tener que pedirle la llave a nadie. Y yo digo: "Ya lo sé. Pero es que yo sí que lo sabía. Eras tú el que decía que no era sólo por eso." Juan dice: Bueno, y qué más da, supón que ésa es mi casa, la mía: ¿Cómo se entiende que no hayas querido venir a mi casa más que una sola vez? Y yo digo: "Menos como lo estás entendiendo tú, se puede entender de cualquier manera; menos como que yo estoy faltando a una especie de obligación que tengo, de cualquier manera, desde luego". Juan dice: Yo lo entiendo perfectamente; entiendo que lo que pasa es que tú estabas muy cómoda con que nos acostándonos sólo de higos a brevas, una vez cada quince o veinte días, todo lo más. Y yo digo: "No soporto esto que haces de caer de pronto en la cuenta de algo, como si yo te lo hubiera ocultado o como si fuera un gran descubrimiento tuyo... 'lo que pasa es que tú estabas muy cómoda'... ¿a qué viene el tonillo si fui yo la que te lo dije y te lo dije exactamente con esas palabras, que estaba muy a gusto así y que quería seguir así?". Juan dice: Puede que no pudiera creer lo que oía, puede que pensara que lo que te pasaba era que no sabías bien lo que querías, y sigo pensándolo. Y yo digo: "Mira, lo que tú pienses, después de decirte yo las cosas tan claramente como te las digo, es ya un problema tuyo". Juan dice: Lo que está claro es que esto se terminó hace mucho tiempo. Y yo digo: "Puede que ahora ya sí, pero hace mucho tiempo no; porque era verdad que yo estaba bien como estaba. Has sido tú el que no ha querido ver que esto no daba para más. Y te has ido volviendo cada vez más agobiante." Juan dice: ¿Agobiante? Y yo digo: "El otro día hablabas de divorciarte, incluso, ¡pero como preguntándomelo a mí, que es lo que me hizo gracia! De haber ido más al estudio, habrías acabado queriendo que viviéramos juntos". Juan dice: Joder... que me pase esto a mí, a mis años...
Pero por la cara que estaba poniendo mientras levantaba el brazo para pedirle la cuenta al camarero y marcharse, por esa manera de hacer sonoro un paladeo mientras se giran los ojos en redondo, perdiéndolos ostensiblemente por la inmensidad de la esfera, me di cuenta de que estaba buscando otra frase más fuerte para poder cerrar él, por encima, el párrafo. Encontró ésta: Amanezco meado, está claro; pero no sé de qué me quejo, porque no puedo decir que no conociera el refrán.
Y es que a Juan le encantaba escribir y por eso procuraba siempre, en nuestras conversaciones, incluir muchos golpes de efecto literario, frases elaboradas, o bien de sofisticada construcción o bien, como en este caso, de vigorosa encarnadura popular. Lo hacía como si presintiera que alguien estaba anotando cada palabra que decía para hacerla aparecer en un cuento, una novela o una obra de teatro (Es un fenómeno muy común entre cierto tipo de intelectuales: la fe en un omnipresente tomador de apuntes de cuanto dicen; una especie de biógrafo de ellos, que viene a sustituir, con los mismos atributos de entusiasmo, invisibilidad y dulce compañía, al anticuado ángel de la guarda). Y era como si se sintiese responsable de la mayor o menor calidad que alcanzara luego la obra. Por eso, y dado que pensaba que lo más difícil de lograr es el párrafo final, la última frase, es por lo que puso un interés especial en encontrar el mejor cierre posible, que a él le pareció que era, para esta ocasión, el de "Amanezco meado...".
Pero Juan también solía decir, y yo estaba de acuerdo, que no es fácil, que sólo los genios consiguen ese último coletazo final de brillantez. Y se lo dije. Esa tarde había acudido a la cita convencida de que debía decirle que se acabó. El problema pensaba yo, y por eso había ido retrasando el momento estaba en que no sabría responderle cuando me preguntara por qué. Tampoco yo quería ahondar en las razones. ¿Cómo explicárselo?: llevábamos tiempo saliendo juntos; nos habíamos acostado juntos, él fue, además, el primero (bueno, más exactamente, el primero al que le permití que me penetrara); podíamos considerarnos amigos y, sin embargo, no le había contado, y sabía que no le contaría nunca, la historia de María Bielsa. Estaba segura de que no la entendería. Peor que no etenderla: se fijaría sólo en la literalidad del misterio y puede que hasta se otorgase el derecho de intervenir formulando hipótesis... Quién sabe si no llegaría, incluso, con el tiempo, a plantearse la profanación, utilizando su coche y sus medios para ir a investigar... ¿Cómo decirle que antes muerta que consentir que él participara en eso?
Pero no hizo falta. Dos horas después de haber salido, volvía al colegio con la decisión tomada de aprovechar aquella pequeña pelea, no muy distinta de otras que estaban haciéndose habituales, para convertirla en la última entre los dos. La importancia que no había tenido se la pondría yo.
* * *
Y como si la tumba de María Bielsa hubiera sido, efectivamente, un hito en mi camino, salí del cementerio de la Almudena con unas ganas urgentes, incontenibles, casi dolorosas, de volver a verla.
Seguramente llevaba meses recuperando sin darme cuenta la necesidad de resolver el enigma. Pero una vez que decidí ponerme de nuevo a ello, ya no me cupo en la cabeza, igual que cuando era una cría, pensar en otra cosa. Y mi trabajo es pensar, precisamente. Pero no podía. Sé que llegaré a vieja con la misma poca paciencia que he tenido siempre. No hacía más que vagar por dentro de mí misma y me desesperaba pensar que estábamos en junio y que ese año no tendría mis vacaciones hasta septiembre. Para mí era imposible esperar tanto y, además, no podría trabajar bien, así que sabía que iba a ser un desperdicio todo el tiempo que tardara en hacer lo que tenía que hacer.
De manera que, unos cuantos días después del entierro del muchacho, y justo a renglón seguido de que me aprobaran la campaña de "Mi primo, el de Zumosol", dije que necesitaba irme fuera de Madrid unos días para recuperarme del golpe. A todos en la agencia les había impresionado mucho el episodio del muchacho y se hacían cargo de lo duro que debió ser para mí encontrarlo. Sin embargo, mientras que a un albañil, cuando tiene un esguince de muñeca, le dan de baja sin más trámite, a una creata de publicidad no; esta clase de permiso pasa por ser generosidad del jefe. Y yo, conociendo al mío, consideré oportuno añadir: "Es que si no, no sé cómo voy a poder enfrentarme a la campaña de Cohiba..." Mi jefe, entonces, dijo que podía tomarme la semana entera si quería. Y aquella misma tarde salí de viaje hacia el pueblo de María Bielsa.
* * *
Se circulaba bien, pero la carretera iba bastante llena, así que, entre que no me apetecía tanta vecindad para mis pensamientos y entre que yo me sé otro camino más solitario para ir a mi tierra, en Manzanares me desvié de la Nacional. Seguramente me habría desviado de todas formas, aunque no hubiera habido tanta circulación. Porque a mí me encanta conducir sola por las carreteras comarcales...
A veces cojo el coche y me voy a hacer kilómetros sin rumbo por esas carreteras. Me llevo puesta La Traviata de la Callas, por ejemplo (últimamente es siempre ésa) y, cuando termina, simplemente doy la vuelta a la última casete y al coche y regreso a Madrid oyéndola otra vez. Si mientras tanto se presenta la hora de comer o de cenar, aprovecho el final de uno de los actos para, como si estuviera en La Fenice, salir del coche a comerme un bocadillo.
Un bocadillo y un vino tinto, en lugar de un canapé espiritual y una copa de champán, pero a cambio tampoco tengo que soportar la amalgama mareante de todos los perfumes franceses juntos ni el sobeteo de los visones que se despeluchan se despeluchan, digan lo que digan de su calidad las dueñas al pasar rozando mi abrigo de paño.
Puede que alguna vez te haya comentado lo que me gustan, pero no creo haberle dicho a nadie por qué me gustan tanto las carreteras comarcales y recorrerlas sola. Quiero decir que, de dar alguna, habré dado cualquier explicación creíble, pero tan frívola y pretendidamente pragmática como falsa, seguro, por vergüenza de lo ridícula que pueda sonar la verdad. Puedo haber dicho que lo hago porque me relaja o porque aprovecho para trabajar y traerme inventada una campaña. Pero la verdadera razón está más cerca de los poderes líricos que tienen los viajes sin rumbo por las carreteras secundarias, que de los laborales o terapéuticos; y más cerca del derroche de los sentidos, que del utilitarismo con el que últimamente nos empeñamos en envolver todas nuestras manías, especialmente si esas manías son en realidad arrebatos poéticos o el doloroso reclamo de una mínima dosis de belleza.
Me gusta adentrarme por las carreteras comarcales porque son mágicas. Tanto, que podría ser, incluso, que no existieran. La única prueba de realidad, de existencia real, es su trazado en el mapa de la guía de CAMPSA que llevo en la guantera. Y si vamos solos mi coche y yo, ni siquiera puedo considerar el momento en que las transito una prueba fehaciente de su existencia. Hasta que no me cruzo con la moto achacosa y petardera que lleva al campesino lento y a su cesta de caucho negro (o algo parecido al caucho negro, ese material que no sé cómo se llama del que antes, cuando se hacían espuertas, se hacían las espuertas), sujeta a espaldas del sillín con un extensor de los que llaman "pulpo", no puedo dar por cierto que tal reguero de alquitrán sea un camino objetivo que va de un sitio a alguna parte. Porque me gustan tanto esas carreteras curvosas, estrechas y desiertas, que muy bien pudiera habérmelas inventado para circuito interior de mis fantasías. Incluso el campesino, y esa moto suya que tiene voz de mosquito, como se parece tanto al que viera por primera vez desde mi coche cruzándose conmigo o adelantándolo yo, podría no ser una prueba rotunda. Ni el tractor con las uñas de arañar la tierra levantadas. Tampoco la aparición de las dos mujeres que interrumpen su andar cadencioso de gordas con la mano puesta en la cadera mientras me ven venir y hasta que paso (señal de que me acerco a un pueblo), es del todo una confirmación de la existencia, fuera de mí, de la carretera. Porque, como son siempre las mismas imágenes, como no podría imaginar una carretera comarcal sin ellas, como son imprescindibles, pudieran no existir más allá de ser parte indisoluble de mi fantasía, que elige siempre los caminos más deseables para mí y me los adorna, generosa, con toda profusión de detalles. Y es esa posibilidad de irrealidad, de desubicación radical, lo que las convierte, a ellas, a las secundarias, en mágicas. Son carreteras mágicas, donde es posible conjurar contra todas las evidencias y tener éxito casi siempre.

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:52 pm

Para llegar a mis cerros por ese otro camino que no cruza Despeñaperros hay que pasar de todas formas, una vez dejas atrás las rectas de La Mancha, por un pequeño puerto. Pero es un puerto que todavía mantiene a salvo su esencia, repleto de curvas estrechas y cerradas, curvas antiguas, de las de antes de verdad, curvas salvajes, auténticas, en las que el peralte se hace notar como las olas y en las que la velocidad puede siempre menos que un buen trazado a tiempo o la agilidad en el cambio de marcha... Estuve un buen rato tomándomelas como ejercicio para mantenerme en forma, y luego aflojé y fui otro buen rato más despacio, porque empezaba a atardecer y allí, en cuanto el sol toca para despedirse las lomas de las dehesas, merece la pena aquietarse y observar la escena de amor con la misma calma que se produce.
Iba también pendiente de no pasarme el que yo sé que es el único sitio donde puede pararse en esas carreteras sin arcén: la entrada a algún carril de tierra. Cuando llegó el carril, lo tapé con el coche, como una barricada, y me bajé. Era un tramo muy poblado, no de árboles, sino de matorrales amarillos y secos, pero lo bastante altos para esconderme detrás de ellos y bajarme las medias con cierta discreción. Estaba anocheciendo ya, pero todavía quedaba por lo menos un cuarto de hora para encender las luces de posición y no menos de media para las de cruce. Terminé y volvía al coche tan relajada, que tal vez fuera esa poderosa laxitud física la que no le permitiera la entrada al miedo en mi cuerpo cuando vi que una mujer, con unos pantalones negro brillante y pegados, de esos que salieron de copiar a los de gimnasia, y una blusa fucsia de tirantes, muy fresquita, estaba apoyada en el maletero de mi coche (lo primero que hice lo confieso, deformación de vivir en Madrid fue fijarme en si el maletero seguía cerrado), fumándose un cigarrillo. O tal vez no dio tiempo a que me entrara miedo porque, cuando la vi, cuando levanté los ojos de llevarlos completamente ocupados en no dar un mal paso con el medio tacón de mis zapatos, ella ya me estaba mirando, estaba claramente esperándome, y la mirada que resulta de esa situación es siempre de acogida, por eso no asusta.
¿Es tuyo el coche? Pensé que sería de un tío. ¿Te importa llevarme al pueblo si vas para allá? Le respondí que no me importaba, pero que no sabía a qué pueblo quería ella ir. Pues al pueblo, mujer, a.. y me dijo el nombre. Al principio me molestó que me hubiera contestado como si yo tuviera la obligación de saber qué pueblo era, pero luego me di cuenta de que sí la tenía; porque nadie dice "al pueblo", sin más, si no se refiere exactamente al pueblo siguiente en la misma dirección en que esté colocado el morro del coche. Reconocí que tenía derecho a exigirme, sí, con su tono de voz, que cayera en una evidencia, "al pueblo", que es todavía más palmaria en una carretera local, por la que se supone que no pasa nadie que no se sepa bien el recorrido. Estábamos, por lo que dijo, a trece kilómetros.
Tendría unos cuarenta años, y calculé por lo bajo a propósito, consciente de que, si me hubiera guiado por las rayas de su cara y los cinco o seis kilos de más esos que van con la edad y ya no se rebajan nunca , le habría puesto, equivocándome, cerca de los cincuenta. Iba muy pintada, mucho, y dejaba la boquilla del cigarrillo de acuerdo con el exceso. Tacones muy altos para sus zapatos de tirillas, pintadas las uñas de los pies una de las cosas que más dentera me dan en el mundo , pelo teñido de rubio, rizado y alborotado para aparentar exuberancia, pajoso ya por los muchos años de potingues. Y un perfume tan floral y tan intenso, que, al minuto, mi coche olía como un furgón de funeraria. Estaba, en fin, tan tópica ella toda, que no cabía duda de que era puta; quizá, si el pueblo no era muy grande, la Puta del Pueblo; y hasta podría llamarse Loli y ser conocida por la Mari Loli y haber dado pie ya a una frase hecha que la sobreviviría: "Más puta que la Mari Loli".
Abrió el cenicero a la primera, sin preguntarme dónde estaba, lo que, teniendo en cuenta que no sabía el modelo de coche que le tocaría en suerte, indicaba un conocimiento variado y fluido de la mayoría de los salpicaderos del mercado. Pensé que estaba allí tirada, sin manera de volver, por algún gaje de su oficio, y por eso, para no ponerla en el aprieto de tener que decirme la verdad o inventarse una mentira, no le pregunté nada, ni siquiera si le había pasado algo, que es lo que hubiera hecho en cualquier otro caso. No había en ella, de todas formas, señal ninguna de desvalimiento.
Nada de lo que hablamos merece especial referencia: que hay que ver el calor que estaba haciendo, que de dónde era yo, que ella era de no sé dónde, pero que llevaba más de veinte años allí, que muchas gracias por llevarla, que cómo es que iba sola, que le parecía muy bien que no estuviera casada, que le parecía todavía mejor que no pensara casarme nunca, que los hombres ya se sabe, que los tiempos han cambiado y que las chicas jóvenes como yo ya no los necesitábamos para nada...
¿Cuántos años tienes, si no te molesta que te lo pregunte? Voy a cumplir treinta le dije, redondeando, aunque tenía veintiocho. Es la mejor edad para las mujeres...
¿Ah, sí?
La conversación fue tan previsible, tan mecánica, que pude permitirme la huida, mientras recitaba mi parte, de seguir pensando en los cables del tendido eléctrico. Venía pensando en mi cabeza como en los cables del tendido eléctrico que acompañan el surco de las carreteras. Pensaba en los alambres que urden las corrientes de mi cabeza, tendidos y tensos, paralelos entre sí durante kilómetros, y en los pájaros que yo noto que vienen a posarse en ellos para deglutir su insecto del desayuno o de la cena. A las horas del hambre de los pájaros, ninguno de los cables del tendido eléctrico de mi cabeza queda vacío. Y yo noto cómo los cables de mi tendido acogen, en su delgadez de alambres lo noto a pesar de la levedad del peso de los pajarillos , el descanso de sus vuelos.
¿A qué te dedicas?
Soy profesora, doy clases le dije, y no era la primera vez que robaba un trabajo con tal de no tener que explicar el mío.
Son pájaros caseros, domésticos pájaros del clima mediterráneo de tierras adentro; no son, pues, exóticos ni de plumaje maravilloso; nunca otros, de hecho, que golondrinas o gorriones agarrándose a la electricidad de mi cerebro. Son tan buenos conductores, ellos, los pájaros, como los hilos de cobre. O como los recuerdos. Por eso no interrumpen nunca el fluido general, ni se abrasan. Terminan de tragarse la mosca o el gusanillo gelatinoso, se atusan las plumas, otean mientras deciden el siguiente recorrido y se abrazan al aire de nuevo para trazarlo.
... O sea, que lo odio. Prefiero cien mil millones de veces el invierno. Porque me encanta la nieve, sabes, me chifla, me vuelve loca. No hay cosa que me guste más en este mundo que ver nevar y por aquí no nieva nunca ¿A ti te gusta la nieve?
Sí me gusta, sí.
¿Y vas muy lejos todavía? me preguntó sin transición ninguna y sin esperar casi a que respondiera.
¿Eh? No. A mi pueblo... me sorprendió, porque me preguntó de verdad tan a renglón seguido, que pensé que si quería saber algo más sería todavía sobre la nieve . Bueno, en realidad voy a un pueblo que está cerca del mío. Me faltarán unos ciento cincuenta kilómetros, calculo...
¿Y a qué vas? Si no es mucho preguntar...
¿Voy? pues... a visitar una tumba.
Vaya, lo siento, ¿algún familiar?
No, no. Es por gusto, por capricho... le dije. Y la miré y por primera vez la vi como una realidad que no dependía ni de mi memoria ni de mi fantasía para existir. Sé que sonreí y eso le dio pie a ella para dibujar completa y con más gracia su mueca de extrañeza . Sí, suena raro admití , pero es verdad. Una mujer que murió hace mucho, antes de la guerra... Voy a ver si averiguo algo sobre ella.
¿Fue famosa?
Fue una pintora buenísima. le dije, por salir del paso . Pero murió en el olvido. Ya sabes. Yo voy ahora al pueblo donde murió para ver lo que consigo saber sobre su vida...
Pero, bueno, oye, ni siquiera te he preguntado cómo te llamas...
Manuela, Manoli... ¿Y tú?
Tendría que haberme llamado como mi madre. Pero mi madre creía que su nombre era feo, así que no me lo puso.
Luego ella me dijo que su madre había muerto hacía poco. Y supongo que no pudo evitar explicarme cómo paso a paso. Pero yo me impuse seguir pensando en la mía viva, como para ahuyentar esta posibilidad que acababa de aparecer de que me doliese aún más de lo que ahora me dolía. Recordé lo que pasó una vez que le dije a mi madre que de mayor quería ser farera, para pasarme el día entero leyendo...
Y estrellando barcos, ¿no? Ea, claro, a ver si no completó ella y se detuvo un momento
para cortar con los dientes la hebra . Tú, hija mía, tienes la cabeza llena de pájaros.
Fue esto de los pájaros, su particular manera de pronunciar esa frase hecha, a mitad de camino entre el diagnóstico riguroso y la satisfacción secreta, lo que no olvido. Porque dijo "tienes la cabeza llena de pájaros", pero no sonó como un reproche, sino como todo lo contrario más bien, sonó como quien dice orgullosamente "Tú sí que tienes lo que hace falta tener para poder hacer lo que quieras".
Así que siempre lo he sabido: todos y cada uno de mis alambres, sin excepción, tienen su pájaro. El tendido todo de mi cerebro es una inmensa pajarera. Una inmensa pajarera, ciertamente. Y, cuando un pájaro de mi cielo gris muere (cuando, muriendo, pierde su naturaleza flotante y se precipita a ser podredumbre al único sitio donde se puede ser podredumbre, al suelo), adonde cae es a mi estómago en una caída perfectamente vertical y recta, como la de una plomada. Tieso y agarrotado por el rictus de la muerte, con las plumas secas, tiene que parecer de cartón, estoy segura, hasta que las sustancias químicas lo hacen desaparecer en el magma común del resto de los alimentos. Allí abajo, el tomate muerto y la golondrina de cartón se mezclan ahora, como antes se mezclara la golondrina, cuando estaba viva, allí arriba, con la añoranza del peine de mi madre; allí arriba... donde también la memoria es parte del circuito cerrado de la inteligencia y de la conciencia de la muerte.
Si no fuera en los cables del tendido eléctrico, ahora que han arrancado todos los álamos, todos los árboles, ¿dónde podrían pararse a descansar los pájaros en, por ejemplo, la vasta ausencia de ramas entre Madrid y Andalucía? Es más, es que tal vez el recorrido de la luz eléctrica no sea otra cosa que un cosquilleo que va desde el pantano que cruzados en el coche por su espina dorsal hasta la bombilla, a través de unos cables que están ahí todavía a pesar de los avances tecnológicos que permiten enviar cualquier cosa casi sin conductor físico precisamente para servir de agarradera a los repugnantes por delgaduchos, alambrosos y fríos dedos de los pajarillos; golondrinas y gorriones, sobre todo. Bueno, si vienes alguna vez por aquí, estás invitada a tomarte una copa... si no te importa el sitio, claro...
Era una venta, un burdel en toda regla, con sus afueras de población y sus bombillas de colores.
No, no me importa el sitio.
Porque se nota que eres cojonuda, tía.
Gracias.
En serio. Y estás invitada a una copa o a lo que tú quieras...
Gracias.
A lo que te apetezca... sea lo que sea, ya me entiendes... ¿o no?
Sí, gracias.
No, no me entiendes.
Yo creo que sí. Me parece que sí. O sea que gracias de verdad, de corazón.
Vale.
¿Y tú sabes, mamá me gustaría poder hablar así con ella por qué nacemos con la cabeza abierta, con el cerebro al aire, como quien dice? Pues para que puedan meterse por ahí todos los pájaros. Luego se cierra el agujero y no hay manera de sacarlos. Los que se mueren van cayendo, fiiiuuuuuu, como te he dicho, al estómago, pero antes han hecho nidos y puesto huevos, y de los huevos salen guacherillos que siempre tienen el pico desencajado de hambre, dan pena, tan despeluchados y flacos, y los guacherillos crecen y se hacen golondrinas o gorriones.
* * *
Después de aplazarlo durante años, o después de haber llegado incluso a pensar que María Bielsa era un episodio terminado de mi vida, allí estaba de nuevo, en el territorio del enigma, a los pies de la esfinge; en el único hostal del pueblo, un hostal de carretera en realidad. La habitación era tan triste, que parecía de novela de hombre solo atormentado, en un extranjero muy remoto, muerto de frío o de calor (según) y algo también muerto de recuerdos agudos, al lado de un teléfono negro que no suena y de una botella de lo que sea, depende del autor. No había flexo. Escribía mis notas a la luz cenital y arenosa de un plafón amarillo. Tampoco había tele.
Llegué por la noche, así que tuve que esperar hasta el día siguiente. Y al día siguiente por la mañana, apenas había amanecido, lo primero que hice fue subir al cementerio. Pero tanta impaciencia (pedir unos días especiales, el viaje tan precipitado que apenas tuve tiempo de coger ropa bastante o madrugar tanto) tenía, además de la de ser mi carácter habitual, otra explicación que no te he dado antes para que no te pareciera un juego efectista: y es que no las tenía yo todas conmigo sobre si esa lápida existió realmente o no.
Pudo ser que yo necesitara tanto darle vida a una mujer como María Bielsa, que me inventara su tumba. Su tumba a falta de saber inventar su vida porque... ¿De dónde de donde no hay no se puede sacar , a los diecisiete años, sin haber vivido ninguna, iba yo a sacar, para inventarla, la vida de una mujer tan distinta y excepcional como yo la necesitaba, libre y capaz de haber escapado a su destino marrón por vías de huida infalibles, por vías de escape mucho más seguras que las que yo tenía estudiadas en aquel momento? Sí, tal vez inventé una tumba excepcional como garantía primera de que luego, poco a poco, sería capaz de inventarle una vida diferente y díscola a la mujer que la ocupaba. Poco a poco, a medida que yo misma la viviese.
Digo que madrugué y llegué al cementerio muy temprano para evitar el calor, pero también para aplacar la ansiedad que apenas me dejó dormir. Una ansiedad de estómago y de insomnio. Y como tenía prisa, no subí andando igual que la primera vez, sino en coche. Sin embargo, cuando llegué, era demasiado pronto y el cementerio estaba cerrado. No había horario de apertura en la puerta (hubiera parecido un chiste). Le pregunté a un hombre que pasó por allí subido en un tractor, "buenosdías buenosdías", y me dijo que abrían a las diez. No eran más que las siete y media de la mañana. No sabía qué hacer. Sólo podía esperar o darme un paseo, porque también era temprano para acudir a los Registros. Y en ésas fue cuando se me ocurrió colarme. Qué idea. Entrar sin permiso. Saltarme la tapia. También la primera vez que estuve, estuve sin que me estuviera permitido en realidad.
Son muy altas las tapias blancas del cementerio y yo no vi boquetes. Tampoco vi ya aquellos cascos de botella, como dientes postizos pegados con cemento. No sé cómo se harán con la virilidad los niños de ahora. Pero qué me importa a mí ya eso. El caso es que sin cristales se puede saltar mejor. No tenía en qué subirme, y acerqué mi coche hasta dejarlo aparcado casi tocando los muros. Yo peso cincuenta y ocho kilos, y desde aquel día, mi coche lleva una pequeña abolladura en el techo: no quiero ni pensar lo que sería caer patas arriba con él en una vuelta de campana. Pero conseguí entrar, y lo hice a hurtadillas. Y fue emocionante a pesar de que no era de noche. El cementerio no es tan pequeño y yo no recordaba por dónde empezar a buscar la lápida. Me puse en la misma tesitura que la primera vez y traté de seguir el mismo criterio: localizar el mejor sitio para esconderme. Eso me llevó automáticamente hacia donde había juntos varios panteones. Me pareció que ahora eran menos que en mi memoria. Busqué la espalda del más alto, el más grande. Y el más grande seguía siendo todavía, creí reconocerlo, el que yo había elegido entonces. Me coloqué detrás y miré a mi alrededor. Y sí. Allí estaba, efectivamente. Pero ¿significaba eso que era real?:
María Bielsa
veinticuatro veces
R.I.P.
No sé muy bien lo que pasó por mi cabeza durante el largo rato que me quedé mirando la losa. Ni sabría explicar lo que sentí cuando volví a acariciar las letras de su leyenda cavadas en la piedra. Sólo distingo con nitidez una sensación: que de pronto me acució la necesidad de tener hacia ella un gesto explícito. Hacer algo que significara un homenaje. Un acto. Simbólico, claro está, pero un acto, como ponerle unas flores que no llevé, por ejemplo. O dejarle un lazo de mi pelo que nunca va sujeto por un lazo; tal vez amarillo, como el de Werther.
Lo que hice fue ir a buscar, adonde lo había allí dentro, un puñado de tierra y llevé el puñado de tierra entre mis manos hasta su tumba y tapé con el puñado de tierra el R.I.P. de su lápida. Aunque hubiera tenido un espray, no me hubiera servido de nada. Tal como fueron escritas esas tres letras esculpidas también, hundidas en surcos como las auténticas, pero como arañazos perversos y exactos , lo único que hubiera conseguido rociándolas con un spray habría sido resaltarlas más aún.
Vi que la tierra de mi puñado estaba tan seca como toda mi tierra está seca. Así que gasté el frasquito de colonia que llevo en el bolso, lo único líquido que tenía a mano en ese momento, para regarla y que no se la llevase tan deprisa cualquier rafaguita de viento. Y más. Porque aquel gesto no era gesto bastante: decidí que antes de irme del pueblo, muy de madrugada para que nadie pudiera verme, volvería a saltar las tapias del cementerio. Muy de madrugada o mejor de noche, si no me daba mucho miedo, porque, para lo que tenía pensado hacer, era preferible asegurarme la hora más propicia.
Después quise localizar las tumbas de las dos hermanas Bardazoso. Pero no las encontré. Le di la vuelta completa al cementerio mirando todas las filas de sepulturas y todos los nichos, pero no las encontré. Y eso me desconcertó. Porque había llegado a dudar de la realidad de la tumba de María Bielsa, pero no se me ocurrió dudar de la realidad de la existencia de las hermanas Bardazoso.
Quizá hubieran trasladado sus restos adonde ahora vivía la familia, es decir, a mi pueblo. O tal vez hacía ya tantos años que murieron se había cumplido el plazo pagado para que descansaran allí y vaya usted a saber el tiempo que haría que sus huesos pasaron a alimentar la zanja y las cajas de zapatos debajo de las camas. Aunque esto último, no tener sepulturas en propiedad, siendo ellas señoritas, era bastante poco probable. En todo caso, pasado el primer momento, acabé por no darle mucha importancia a la contrariedad de no haber visto físicamente sus sepulturas porque, aunque las hubiera encontrado, mi plan era consultar los Registros, donde sin duda estarían, no sólo las fechas, que era la único que podrían decirme sus lápidas, sino el lugar donde murió cada una de ellas: lo que más me interesaba a mí.
* * *
Bajé del cementerio y fui directamente a hacer las gestiones en los Registros. Tenía una lista muy bien ordenadita de lo quería consultar, pero aún así me llevó varios días completarla. Fui al de Propiedad, al ayuntamiento, a la parroquia... El resultado, en fin, de aquellas primeras averiguaciones (en resumen, porque fueron muchos los trámites que tuve que hacer, y no quiero marearte) fue el que sigue, empezando por ella misma, por mi amada María Bielsa:
Se llamó Lara de segundo apellido y María fue su único y completo nombre de pila: María Bielsa Lara. Soltera. Sin hijos. Nació en Madrid el 13 de mayo de 1872 y murió en este pueblo el 12 de noviembre de 1934, a la edad, pues, de sesenta y dos años.
Por el Registro de la Propiedad supe que María Bielsa compró la casa en 1929, siendo entonces ella vecina de Madrid y con domicilio en ¡el Hotel Ritz! Se la compró a doña María Dolores Martínez, viuda heredera de don Fernando Bardazoso (la segunda mujer del padre de las Bardazoso), con domicilio en mi pueblo (para esa fecha, ya hacía años que la familia Bardazoso se había trasladado a vivir a mi pueblo). No consta de quién sea hoy la casa.
De las hermanas Bardazoso averigué que la pequeña, Luisa María Bardazoso Muñoz, nació allí el 30 de abril de 1883 y murió en París el 12 de enero de 1907, antes de cumplir los veinticuatro años. La embajada española en París repatrió el cadáver, que fue recibido y enterrado por sus padres, en el panteón familiar, una semana más tarde.
La mayor de las dos se llamó Carmen, Carmen Francisca Bardazoso Muñoz. Nació allí también un año antes, el 15 de marzo de 1882 y murió en Hamm, en la isla de Senja, territorio de Noruega, el 20 de septiembre de 1909, a los veintisiete años. No he encontrado nada que diga cómo llegó su cadáver desde tan lejos, sólo que allí tan lejos fue donde murió y que fue enterrada en el cementerio de su pueblo dieciséis días después de la fecha que se hace constar como la de su muerte; es decir, el 6 de octubre de 1909.
La historia de los Bardazoso, la parte agitada de sus biografías, llegó a mi pueblo desde el pueblo de María Bielsa acompañando en su traslado a la familia, o quizá más bien como la explicación misma del porqué del traslado. Y es cierto que llegó convertida ya en un relato novelado de escapadas, intrigas de disparos y desgracias de muertes sucesivas, pero, a la luz de aquellos, tenía todos los visos de ser cierta.
Por lo pronto, resultó ser verdad que a las dos hijas se las trajeron muertas a la madre y que se las trajeron muertas "nadie sabe de dónde", de fuera, decían, de muy lejos, "del extranjero se las trajeron a las dos".
Fue verdad, y éste era un pequeño detalle que me interesaba especialmente a mí, que las dos hermanas se llevaban poco, trece meses, lo que hace más creíble la circunstancia de que estuvieran muy unidas; seguramente tanto como llegó a comentarse, aunque no fuera hasta el extremo que imaginé yo.
Y en algún momento entre el año y medio que va de enero de 1907, cuando muere en París la pequeña, Luisa, a septiembre de 1909, cuando muere en el norte de Noruega la mayor, Carmen, debió ocurrir el episodio de la fugaz visita al pueblo de ésta y del disparo que le hizo a su padre. Aunque de eso, como no hubo denuncia, no hay papeles. No hay papeles, pero un episodio así no se lo inventa nadie, y a mí nunca me cupo duda de que era cierto hasta en los pequeños detalles.
Fue verdad que en 1910, el 16 de febrero, cuando no habían pasado ni cuatro meses desde la muerte de la última de sus hijas, muere la madre, Elvira Muñoz Lope de Gállego. Y relativamente joven, a los cuarenta y siete años; había nacido en 1863.
Fue verdad que en 1913, sólo tres años después de la muerte de su primera esposa, el padre, Fernando Bardazoso, vuelve a casarse. Había nacido en 1855, es decir, tenía, al casarse por segunda vez, cincuenta y ocho años y su nueva mujer, Mª Dolores Martínez Sánchez, veintiuno.
Fue verdad que el primer hijo de este segundo matrimonio, un bebé al que llamaron, con todos los honores de varón primogénito y de señorito, Fernando Antonio María Bardazoso Martínez, nació y murió antes de cumplir el año, entre 1914 y 1915. En 1915, los Bardazoso aparecen ya empadronado en mi pueblo.
Parece ser que durante catorce años, de 1915 a 1929, la casa permaneció vacía, hasta que en 1929 la compra María Bielsa y vive en ella hasta su muerte, en 1934, cinco años después.
No hace falta explicar con qué apasionamiento fui dándome cuenta de que las fechas avalaban, no sólo los comentarios del pueblo sobre las Bardazoso, sino también, y sobre todo, porque eran sólo mías, mis supociones sobre María Bielsa. Todas. Sola, rica y viajera: sólo una mujer rica puede comprar un caserón andaluz, casi un palacete, y sólo una mujer rica y viajera se hospeda, y lo pone como domicilio en sus documentos, en el Ritz de su propia ciudad natal.
¿Y mi hipótesis para explicar su presencia en aquel pueblo, el nexo que necesitaba: su relación con alguna de las hermanas Bardazoso?
Las fechas no sólo permitían mantener la idea de que ese encuentro fue posible, sino que, en un derroche de amabilidad, respetaban, incluso, mi capricho de haber pensado a María Bielsa como una mujer madura ya cuando eso ocurre y mayor que cualquiera de las dos hermanas Bardazoso. Diez años mayor. Ésta es una circunstancia que yo, aunque no tenía base, había dado por hecha. Pero podía haber sido al contrario. María Bielsa podía muy bien haber aparecido como una hija que tuviera en secreto alguna de las hermanas Bardazoso.
Cierto que no, pero ¿por qué no? Yo, hasta ese momento, sólo tenía "certezas intuidas", una historia inventada.
Una historia inventada, sí, pero para mí, y durante años, el dibujo estuvo completo así como lo tenía. No necesité de él más comprobación; me bastaba con intuir que, si alguna vez lo cotejaba con la realidad, el resultado sería un parecido bastante aceptable. Poca falta me había hecho a mí la realidad; lo que no quita que le estuviera agradecida por lo generosa que estaba siendo conmigo hasta en los detalles.
En general, digo, estaba contenta y agradecida, pero había ratos en que recelaba de que la realidad viniese a confirmar tan fielmente la historia que yo tenía preescrita. No me fiaba de ella. No podía olvidar que hacía años, al principio, cuando más los hubiera necesitado, me faltaron sus apoyos más elementales. ¿Y ahora, de pronto, aquella abundancia? Era como si ella misma, pero ahora con sus excesos precisamente, con su exquisita manera de respetar los rasgos cruciales de mi versión, me impidiera desprenderme por completo de la sospecha de que todo podía haber sido, y continuar siendo, de cabo a fin, una invención mía. Por otro parte, yo misma me rebatía diciéndome que aquellos datos habían estado allí siempre, y que sólo mi incapacidad para ir a buscarlos me había privado de ellos hasta entonces.
No soy de las que se preguntan si me estaré volviendo loca. Pero creo que debería haber hecho una foto de la lápida. En fin... Continúo. Buscando rastros en el pueblo, di con uno que no esperaba en absoluto y que luego resultó ser muy importante: María Bielsa compró tres tumbas en propiedad durante los escasos cinco años que vivió allí. No las compró a la vez, sino sucesivamente, a lo largo de ese tiempo, y yace en la última de las tres que compró. Me pareció un nuevo misterio. Compró la primera y consta que después la donó al asilo de ancianos de las Hermanas Mercedarias de la Caridad del pueblo. Las fechas demuestran que la donó el mismo día exactamente que compró la segunda. Hizo el papeleo de ambas cosas a la vez. Y al comprar la tercera y definitiva, donó la segunda también al asilo.
Curioso comportamiento, ¿no? Evidentemente, sólo iba a necesitar una y por eso donaba la que tenía cuando compraba la siguiente, pero ¿por qué compró tres? Fuera por lo que fuese, esa manera suya de proceder demostraba un interés muy especial y una voluntariedad innegable, intensa y meticulosa en todo lo relacionado con su tumba. Con lo cual quedaba demostrada otra de mis tesis ¿O acaso se me podría discutir ahora lo que supe desde siempre: que ella eligió y talló su lápida con sus propias manos y que sólo la intervención directa de su voluntad puede explicar tantas originalidades?
Por los mismos registros supe que las tumbas de Luisa y Carmen Bardazoso tenían que seguir estando allí, aunque yo no las hubiera visto, porque no constaba que las hubieran trasladado. Al día siguiente, pues, volví a subir al cementerio con la cabezonería de encontrarlas. Y esta vez sí las encontré.
Lo curioso fue darme cuenta de por qué no las había visto la primera vez. Porque había empezado a buscarlas partiendo de donde yo estaba, la tumba de María Bielsa, y en el único sitio en el que no me fijé fue en ése, precisamente, en el que había estado: detrás del panteón de los Bardazoso. El mismo panteón que me sirvió de parapeto durante el entierro del chache Alfonso; el mismo que había estado dejándome atrás sin reparar en él en aquella ocasión y en ésta.
De hecho, si pude descubrir la tumba de María Bielsa sin moverme de mi escondite, fue sólo porque la tumba de María Bielsa está justo a la espalda del panteón que elegí para esconderme: el que tiene los cuerpos de las hermanas Bardazoso.
Cuando me di cuenta de esto, tuve una corazonada tan fuerte, que creí que iba a estallar de alegría: tal vez María Bielsa quiso estar allí, pero exactamente allí, lo más cerca posible de Carmen Bardazoso o de Luisa Bardazoso.
Según el hilo de lo que yo había estado permitiéndome el lujo de suponer durante años, pensar eso no era ningún disparate. No era más disparatado pensar que tomó la decisión de ser enterrada en ese rincón del cementerio precisamente y no en otro cualquiera, que pensar que tomó la decisión de vivir hasta su muerte en esa casa precisamente y no en otra cualquiera... o pensar que decidió, y de eso sí que no cabía duda, que ése precisamente y no otro fuera el texto de su epitafio.
Del cementerio, volví de nuevo a consultar los Registros: lo que ahora quería saber era dónde habían estado exactamente las tumbas que fue comprando María Bielsa. El panteón de los Bardazoso corresponde a la zona más antigua del cementerio. En él están enterrados no sólo los abuelos de las hermanas Bardazoso, sino sus bisabuelos también...
Lo que significa que María Bielsa debió de tener difícil comprar a la primera "el sitio que quiso", por decirlo así; tuvo que conformarse con comprar, según ese criterio de cercanía al panteón, los lugares que fueron siendo liberados. Comprobé que cada una de las tres tumbas estaba sucesivamente más cerca del panteón que la anterior. Pero hay otra prueba, además, que confirma que ése y no otro fue el motivo de su empeño: las tres tumbas fueron compradas durante los dos primeros años de los cinco que vivió allí. Después de comprar la tercera, que sería la definitiva, en los tres años siguientes no compró ninguna más. Y comprobé que, efectivamente, esa tumba era la más cercana al panteón de las Bardazoso, pero no sólo de las tres que compró ella, sino de cuantas fueron vendidas durante esos cinco años.
Iba de acierto en acierto; efectivamente, pero eso de estar dando tantas veces en el blanco, como te digo, hacía también que por las noches, en el hostal desalentador, me envolviera, junto a la oscuridad y la nada en qué entretenerme, una especie de aprensión cristiana. Temores ante el exceso de felicidad, como si para disfrutar tuviéramos de verdad que merecerlo.
Temores ante el exceso de buena suerte, como si de verdad nos la enviara un ser obseso del ras que pronto volvería a su costumbre de igualar el de la cal con el de la arena. Por la mañana, sin embargo (y gracias a uno de los fenómenos de cambio de ánimo menos originales que tenemos, porque es innegable que lo produce, y para todo el mundo, la simple luz del sol), recuperaba la fe en mi buena estrella y tomaba por naturales mis éxitos.
A fin de cuentas, yo siempre había sabido que me sabía a María Bielsa.
* * *
De vuelta en Madrid, fui a la Embajada Francesa para ver qué información podían darme ellos y cómo podía obtenerla sobre Luisa Bardazoso: "una joven antepasada de mi familia dije de la que apenas sabemos otra cosa que el hecho de que murió en París, en 1907, y que su cadáver fue repatriado desde allí por la Embajada Española". Al cabo, lo que los franceses me ofrecían, y siempre que lo solicitara con los impresos y protocolos debidos, no era más que un certificado de defunción que yo ya había visto en su pueblo.
El otro hilo, el de Carmen Bardazoso, me conducía a Noruega, así que, simultáneamente, hice lo mismo en la Embajada Noruega. Y aquí es donde aparece Christian, mi aliado.
El trato con los funcionarios noruegos fue, desde el principio, muy distinto que con los franceses. Supongo que la suma de francés y diplomático, o simplemente empleado de Embajada, debe dar un resultado tan supremo, que no somos el resto de los humanos capaces de comprenderlo (tendrás que perdonarme el tópico o, si no, explicarme cómo decir de otra forma verdades como ésta).
La entrevista con Christian me la había concertado previamente una chica verdaderamente encantadora y tan dispuesta, que ya empecé diciéndole, con otro criterio, que yo era escritora y que estaba buscando datos sobre una española que vivió en Noruega. Ella fue la que me remitió directamente a él, al agregado cultural. Y me citó con él para el día siguiente mismo, ni siquiera tuve que esperar.
Sé que es usted escritora empezó diciendo, y yo me avergoncé un poco por la mentirijilla.
Bueno, no exactamente. Pero es verdad que estoy escribiendo sobre una mujer, sobre dos, mejor dicho, dos hermanas, una de las cuales murió en Hamm, en la isla de Senja, al norte de su país, en 1909, Carmen Bardazoso, se llama...
Él tomaba nota inmediatamente de los datos que yo le daba.
... Bardazoso, ¿con be...? giró el cuaderno y me pidió que verificara si lo escribía bien, pero yo le dije que no se preocupara, que le dejaría fotocopia de los datos que tenía.
Le expliqué que quería saber de ella más de lo que pudiera obtenerse de los papeles oficiales, pero que no sabía cómo. No sabía siquiera si podía dirigirme por escrito y por mi cuenta a ese ayuntamiento, al de Hamm, o a algún registro o instancia pidiendo referencias de una mujer que ni siquiera era de mi familia y que murió hacía tanto tiempo.
Pero él se interesó tanto por ayudarme y comprendió tan bien, tan de verdad, que yo sola no podría hacer mucho que, poquito a poquito, apuntándole por qué sería magnífico para mi historia saber esto, o cuál era la importancia real de saber aquello otro que parecía lateral, fui abriéndole más y más las claves de la historia. Y tanto, que acabé por contársela entera. Le descubrí que la raíz de mi búsqueda no eran en realidad las hermanas Bardazoso, sino la posible relación de al menos una de ellas con María Bielsa y su extraña lápida.
Llegó la hora de comer y, como seguíamos enfrascados en la historia, se empeñó en que comiéramos juntos para poder seguir hablando. También en el restaurante nos dieron las tantas.
Y, cuando al fin nos despedimos, él se fue con un entusiasmo recién estrenado por la tarea de resolver el enigma y yo con la tranquilidad de saber que haría, efectivamente, más de lo posible. Se podría decir que recé para que me tocara Noruega y no Francia como nexo de unión para mi historia.
Inmediatamente haré gestiones desde aquí me había dicho, con su acento y su particular manera de construir las frasess , pero, además, aprovecharé que voy a Noruega por mis vacaciones de verano dentro de poco. Es posible que allí pueda hacer más por saber de Carmen Bardazoso.
No había pasado ni una semana desde que nos conocimos, cuando me llamó encantado, contentísimo, eufórico, con una emoción que yo creí que sólo a mí me cabía en aquel asunto.
Había pedido que le mandaran por fax y le dio carácter de consulta personal, por eso, sin trámites oficiales, fue todo tan rápido los papeles de la muerte de Carmen Bardazoso.
El informe dice que murió y que mandaron el cuerpo porque su familia lo pidió. Pero dice más que esto. Dice dónde vivía, el domicilio exacto de Carmen en Hamm. Y ahí hay algo especial. Es una noticia estupenda que te alegrará mucho, yo sé, pero te hago chantaje, porque te daré la noticia sólo si comemos juntos para verte.
No hace falta el chantaje, Christian, me apetece que comamos y charlar contigo. ¿Aunque no hubiera noticias? Su voz sonó como la de un niño que se amanera a sabiendas de que le consentirán el mimo.
* * *
Mientras comíamos, me contó que su exmujer y su hija vivían en Oslo y que él llevaba en Madrid muy pocos meses. Creo que se encargó de hacerme fácil intuir que se sentía un poco solo en Madrid, que tal vez el círculo de la Embajada no le bastaba y que contaba conmigo para ampliarlo con otra clase de gente. Se mostró muy extrovertido, o es que no consideraba muy íntimas las cosas que me contó. Habló mucho, en todo caso. Yo también le conté a él una parte algo más íntima de lo que significaba para mí la historia de María Bielsa, cómo era la gente de mi pueblo, cómo llegué a odiar el color marrón...
Yo soy de un pueblo como tú me dijo . Comprendo lo que dices. Yo siempre también quería escapar. Mi trabajo es la gran escapada. Pero bueno, entre unas cosas y otras, y medio en broma, te lo digo ahora te lo digo luego, no me dio la noticia, la que él sabía que tanto me interesaría, hasta los postres. Hasta entonces no sacó una delgada carpeta de su cartera y me tradujo lo que significaba cierto párrafo de un folio. Allí constaba, como domicilio de la fallecida, Carmen Bardazoso Muñoz, la casa propiedad de una tal ¡María Bielsa Lara!, de nacionalidad española, como ella.
¡Lo había encontrado! ¡Vivían juntas! Vivían juntas en un pueblecito diminuto diminuto; según dice Christian, como todos los de Noruega. Vivían juntas. Ahí estaba el nexo real. Real ahora, pero previamente fantástico, destinado, deducido previamente porque así lo necesité. Ahí estaba la bisagra que yo había intuido creado deseado imprescindible para poder abrir a la luz el misterio. Ahí estaba lo que era al mismo tiempo una prueba objetiva del cumplimiento de un deseo y el deseo mismo, que nació, como tantos, mucho antes de tener la más mínima posibilidad de cumplirse.
No es descriptible lo que sentí cuando vi impreso en el mismo papel tan suave del fax, entre palabras de un idioma incomprensible, que se enrollaban como bandos por arriba y por abajo, el nombre nítido de María Bielsa Lara junto al de Carmen Francisca Bardazoso Muñoz.
Y resultó ser ella, además: de las dos hermanas, la mayor, la que disparó contra su padre.
La que bajó y la veo de abrazar la tumba de su hermana en el cementerio no creo que gritando la calle abajo, como dijeron las arrabaleras lenguas de su pueblo , con la cara cristalizada por la rabia y los ojos llenos de volcanes eso sí , con el paso firme por el centro de la calle, con la decisión tomada a todo lo largo de sus piernas... ante la mirada del pueblo entero expectante, qué hará, qué va a hacer... con las trazas, en su ropa, de venir de un sitio muy lejano y ocultando entre ellas un pistolón de su época, como los que usaron los románticos para batirse, para suicidarse o para defender la libertad de los pueblos, de puño cortito y cañón muy largo... Fue Carmen.
Me gustaría mucho ver la tumba de María le oí decir a Christian mientras mareaba
el café con una cucharilla pequeñísima. Hablaba de ella llamándola "María", sólo por el nombre, y me di cuenta de que yo nunca había hecho eso. Para mí, los términos del texto de la lápida eran una unidad indivisible. Para mí, incluso cuando decía sólo María Bielsa, era imposible no completar mentalmente la inscripción, como cuando dices Padre Nuestro... Tuve que anotar, lo anoto ahora, lo confieso, que sentí un más que atisbo de incomodidad. Pensaba viajar para verla con mi coche este próximo fin de semana, porque es el último que podré antes de marchar de vacaciones... si a ti no te molesta...
¿Por qué me iba a molestar, Christian?
Buena, buena pregunta. No sé; pienso que se trata de un asunto que te pertenece mucho a ti; y creo que me siento introvertido si no pido tu permiso. No conozco Andalucía, además, y quiero hacer muchos viajes para conocer bien España. Sólo he visitado Sevilla.
No te va a ser fácil, no creas. Conocer Andalucía, digo. Hay dos como mínimo. Una es la de Sevilla y la otra es... la otra.
¿Sevilla es el tópico? ¿Eso significa lo que dices?
Algo así. Sería largo de explicar y no creo que tenga sentido para alguien que no sea andaluz, o de aquí, por lo menos. Pero sí, abre bien los ojos cuando viajes por la mía, porque mi tierra no es Sevilla, ya te digo. Allí lo único evidente es el sol.
Pero ¿tengo tu permiso para conocer la tumba? preguntó "volviendo al tema", cabría añadir.
Aunque en realidad era de mí, de María Bielsa y de su tumba de lo que yo acababa de hablar también.
No lo necesitas, qué tontería. Pero claro que lo tienes y ahora ya lo dije de corazón y arrepintiéndome del arrebato de celos de un segundo antes. Me avergoncé de no estar siendo generosa con él, que tanto lo era conmigo, y añadí, con una sonrisa lo más grande que pude: Te lo mereces, además.
No me atrevo a pedirte que me acompañes en este viaje, pero es lo que más me gustaría.
Sé que no nos conocemos, pero yo siento que sí nos conocemos y sería estupendo ver la tumba con tu mirada. Yo sólo me meto en tus ojos para ver. Espero no ser maleducado con lo que digo... "maleducado" ¡qué sabor a anís, pensé, tiene ya esa palabra!
Te agradezco la invitación, pero no puedo. Tengo cosas que hacer. De todas formas, ahora que lo dices, no creo que quiera volver al pueblo de María Bielsa. Acabo de venir de allí, pero me parece que no volveré nunca más.
¿Puedo preguntarte por qué?
Es que no lo sé. Pero siento que sería una temeridad exponerme otra vez a no sé qué tentación que hay allí. En su casa, en su tumba... Sería peligroso que la entendiera, la tentación, la llamada... Pero en fin. Ahora lo que de verdad me gustaría sería ir a Hamm y localizar esa otra casa, la casa donde vivieron las dos. Tengo las vacaciones en septiembre y pensaba ir a Colombia. Pero iré a Noruega. Está decidido.
Es un cambio de clima tremendo para tus vacaciones, del Caribe a los fiordos. Septiembre no es todavía muy malo, pero al norte, donde está Senja, ya no hará tan buen tiempo.
Sería mejor que fueras ahora, cuando yo voy. No hablas noruego... ¿Por qué no vienes ahora conmigo? Tengo una pequeña cabaña cerca de Bergen y te acompañaría encantado a Senja. Porque también tengo una caravana que se pone al automóvil, mucha gente en Noruega tiene, porque es la mejor manera de viajar por el país y muchos visitantes vienen así. Sería maravilloso.
Te lo agradezco, pero no puedo adelantar mis vacaciones, es imposible, qué más quisiera yo...
Esta segunda vez que comimos juntos, quedamos en que él pediría ahora información sobre María Bielsa directamente. La habíamos encontrado a ella a través de Carmen Bardazoso, pero tal vez así conseguiríamos más. Al fin y al cabo, fue propietaria de una casa en Hamm.
Entretanto, yo había buscado aquí en Madrid su partida de nacimiento. No había ningún apellido noruego entre los suyos. Sé que su padre fue comerciante, pero no de qué. Cuando nació, sus padres tenían domicilio en el número 23 de la calle Fuencarral, casi esquina a la Gran Vía, y por el registro de esa propiedad, sé también que la casa era de ellos, el inmueble entero, y que la vendieron en 1884, es decir, cuando ella tenía doce años. Pero no hay modo de averiguar dónde fueron a vivir después. El precio de venta del edificio completo fue, en relación con lo que costaba entonces una barra de pan (me he preocupado de averiguar la relación), unas 400.000 veces mayor. Si lo trasladamos a cifras de hoy: una barra de pan cuesta unas 65 pesetas, por tanto, el edificio fue vendido en unos 260 millones de pesetas actuales.
No está nada mal aunque ésa acabara siendo toda su fortuna. Porque fue hija única.

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:55 pm

No pasó tampoco ni una semana desde que nos habíamos visto hasta que Christian volvió a llamar. Dijo que tenía maravillosas noticias. Esta vez quería que cenáramos; quería disponer de más tiempo, sin la prisa de tener que volver luego al trabajo, para charlar y tomar una copa de despedida, porque le faltaban muy pocos días para irse. En su casa. Me haría una comida noruega para que me fuese aclimatando. Ya había hecho la compra. Y me explicaría muchas cosas útiles para la infraestructura de mi viaje.
Me dio tantas razones para que aceptase ir a cenar a su casa como si temiera que iba a decirle que no, que eso me hizo recordar cierto uso establecido en el mundo anglosajón, o quizá sólo en el norteamericano (o puede que ni siquiera, y así me lo dijese a mí cierto neoyorquino llegado el momento), según el cual aceptar una invitación a cenar significa, se da por sobreentenddido, aceptar también el polvo de a continuación. Pero Christian no era americano y, además, creo que la costumbre exigía un restaurante y que pagase él, así que no estaba segura de que fuese aplicable a este caso. Le dije que claro que iría y que muchas gracias.
Subiendo en el ascensor a su casa, pensé que de nuevo me tocaría esperar a los postres para saber lo que quería saber. Pero me equivoqué. Antes, incluso, de ofrecerme nada, me ofreció la carpeta:
El informe estaba en noruego. Pero esta mañana he pedido que lo... tradu... ¿traducieran?... bueno, una traducción para ti. Había estado buscando la forma correcta del verbo y yo no lo ayudé. Lee mientras yo termino cosas de la cena. Verás, es fantástico.
Al cabo de poco, volvió trayendo algo más para la mesa. Levanté la cabeza de los papeles sólo un instante, lo justo para sonreír por cortesía. La segunda vez que levanté la cabeza, me estaba esperando de pie junto a una cubeta de champán.
¡Es genial, Christian! ¡Estos datos son...! ¿Te das cuenta? ¡Qué suerte!
Me gusta que estés contenta.
Le quitó el corcho a una botella de la viuda francesa, bien sujeto el proyectil en su mano para que no rebotara, cateto, en el techo de escayola, falsete, de un apartamento de Arturo Soria, típico. Pero impresiona menos la etiqueta cuando sabes qué clase de economatos tienen los diplomáticos y qué bodegas, incluso, a las que simplemente acordarse de bajar a coger una botella antes de volver a casa. Te lo cuento así, porque así empecé yo de pronto a sentir la escena. Y es que algo en sus gestos me molestó. Cierta minuciosidad empalagosa en toda la secuencia, la misma de la otra vez con la cucharilla del café. Por eso su "me gusta que estés contenta" resonó ahora en mis oídos, unos segundos más tarde, de una manera distinta, demasiado intensa tal vez; y algo se me enfriaron las ganas espontáneas de mostrar entusiasmo.
Gracias. Por cierto, no me has comentado nada de tu viaje a ver la lápida... le pregunté, como si mi lápida fuera cambiar de tema con respecto a su informe sobre María Bielsa.
Porque no fui. Ha sido imposible. Ya no podré hasta después, cuando vuelva de mis vacaciones.
Lo confieso de nuevo: me alivió saber que no había ido. En mi miserable mezquindad, me sacaba de quicio que un desconocido, encantador, pero desconocido, fuese a fisgar a la tumba de mi amada María Bielsa. Egoísta de mí, desagradecida...
Y como suele suceder cuando te das cuenta de que debes dominar las fuerzas subterráneas de tu carácter, me pasé el resto de la noche completamente dedicada a la tarea superficial de hacer que Christian se sintiese tan en la gloria como le fuera posible sin tener un final de cama en la cabeza. Sé que lo tenía, pero estoy segura de que conseguí que no echara de menos nada, aunque al precio, eso sí, de irme de su casa a las tantas, cansada y con un nudo insoportable dentro del cuerpo. Era el nudo de la impaciencia.
Se me había ido formando desde que entré. Prácticamente desde que llegué había estado queriendo irme y quedarme sola cuanto antes para poder repasar a mis anchas todo lo nuevo que sabía de María Bielsa. Era la misma impaciencia por estar a solas que se siente o muy parecida cuando recibes noticias de la persona a quien más deseas, pero quien te las da es alguien que ni sabe ni puede saber lo que esa otra persona significa para ti. A veces es en ese instante precisamente cuando descubrimos tanta ansiedad, tanta prisa invencible por examinar a escondidas cada uno de los detalles que nos han contado, y reproducir con regodeo cada vértigo que hemos ido sintiendo al escucharlos, cada sobresalto cuando nos damos cuenta de que nos hemos enamorado. Y ése es uno de los momentos más gozosos de la vida.
Bien, bueno... sigamos. Lo que cuenta ahora es lo que las averiguaciones de Christian dieron de sí. Ya habíamos sabido, gracias a los papeles de la muerte de Carmen, que María Bielsa tuvo una casa en Hamm. Así que lo siguiente había sido pedir información sobre la propiedad de esa casa.
María Bielsa la compró en Enero de 1907. Curiosamente, en invierno, en pleno invierno, según me hizo notar Christian, mientras me explicaba qué clase de inhóspito invierno de noche perenne hay en Senja, por encima del Círculo Polar Ártico, muy cerca ya del Cabo Norte.
Enero de 1907 era decir para mí dos años y medio antes de la muerte de Carmen allí, en septiembre de 1909. Y se desprendió de la casa no es que la vendiera, te lo explico enseguida casi veintidós años después, a finales de 1928... ¡Atención!: apenas unos meses antes de comprar la casa de los Bardazoso, a mediados del 29.
De modo que, viviera mucho o poco en la casa de la isla de Senja, viajase o no a otros países durante veintidós años, lo cierto es que ésa fue su casa y que no dejó de serlo hasta que vino a vivir a España. O, dicho como más me apetecía a mí pensarlo: si dejó la casa en la que había vivido con Carmen Bardazoso, fue sólo para trasladarse a la casa en la que nació y creció Carmen Bardazoso. O, dicho aún más precisamente según mi deseo: dejó la casa en la que había muerto Carmen Bardazoso, para venir a morir y ser enterrada a su lado.
Pero gracias a la casa supimos más. Te decía que se desprendió de ella, no que la vendió. Consta que la donó al municipio para que, con el producto de su venta, más una fuerte suma de dinero que también donó, se construyese una Biblioteca Pública.
El hilo nos llevó, pues, a esa biblioteca, que no sólo fue construida en su día, efectivamente, sino que aún hoy existe: hay una biblioteca pública en la isla de Senja, en Finnsnes, concretamente, un núcleo de población más grande que Hamm, pero muy cercano en kilómetros, que lleva el nombre de María Bielsa (Sí. Hay una biblioteca pública en Noruega, hoy, ahora mismo, en este instante, que lleva el nombre de María Bielsa).
Cuando supimos que existía la biblioteca, Christian mandó un fax a la atención personal de su director pidiéndole cuanta información pudiera darnos sobre María Bielsa y adelantándole que yo, "una investigadora española", viajaría hasta allí el próximo septiembre. El hombre de inmediato y con una deliciosa amabilidad, dada la urgencia con que se lo solicitamos respondió diciendo que no sabía de ella mucho más de lo que demostrábamos saber nosotros.
En cuanto a la biblioteca, nos escribió que tenía, entre otros muchos más adquiridos con el tiempo, los 5.500 volúmenes que constituyeron la biblioteca personal de la donante; la inmensa mayoría en castellano, lo que hacía de ella una de las mejor dotadas de Noruega en nuestra lengua.
Aunque no disponía, ciertamente, de muchos datos, redactó un pequeño y decoroso informe con los que tenía, y adjuntó incluso los planos del edificio, a falta de otras aportaciones. La biblioteca fue construida en 1930 (es decir, un año y poco después de la venta, en favor de ese proyecto, de la casa de Hamm). Durante el tiempo que transcurrió entre la donación del dinero y de sus libros hasta la construcción de la biblioteca que debería albergarlos, los 5.500 volúmenes fueron guardados en la sacristía de una iglesia. 5.512 libros exactamente.
Su lamento por no poder darnos más información contrastaba con mi indescriptible alegría ante la noticia de que pudiera existir un tesoro semejante.
Unas cuantas semanas antes de salir de viaje, sabía que pronto estaría frente a un edificio de madera de 633 metros cuadrados, repartidos en dos plantas y una buhardilla, en cuya puerta vería una lápida (otra) con el nombre de María Bielsa y un texto que no entendería (tampoco), aunque podía hacerme idea (también) de su contenido: en este caso, la decisión de darle su nombre a la biblioteca y el porqué. Y sabía que podría entrar en él y que allí encontraría sus libros, los suyos, los que ella eligió. Iba a ir a ver sus libros. Iba, pues, a bucear en su alma. Verla a ella viva y desnuda no sería más íntimo.
* * *
Pero aún ocurrió algo más quince días antes de mi viaje. Christian me mandó a la agencia desde Noruega un fax de dos páginas. Me aturdieron tanto, me sentí tan robada, que todavía hoy, cuando lo recuerdo, siento revivir en mí la misma rabia. Todavía me quema la sangre.
Decía que, aprovechando que estaba allí de vacaciones, había decidido coger su caravana y a su hija y viajar hasta Senja para continuar nuestro trabajo de investigación visitando la casa de María Bielsa y la biblioteca. Que en ese momento estaba utilizando precisamente el fax de la biblioteca María Bielsa para comunicarme cuanto antes lo contento que se sentía por el sensacional descubrimiento que acababa de hacer.
¿Y qué había descubierto Christian, el encantador, el servicial Christian, el aliado entusiasta? Pues decía saber exactamente qué significan las 24 (así escrito, con números) veces. Nada menos. No por aproximación o gracias a buenas deducciones, sino exactamente y sin ninguna duda ni esfuerzo. Que la solución estaba allí, escribía entre admiraciones sólo de cierre, esperándome, y que yo la encontraría en cuanto fuera con toda nitidez y con la misma facilidad que él y que cualquiera que conociera los términos de esta historia.
Nada más leer semejante profanación, cerré la puerta de mi despacho y me senté con el desplome y la solemnidad de quien, en la escena siguiente (llanuras de caoba y estiletes de plata recorre la cámara), abrirá el cajón de arriba de su mesa de trabajo y sacará lentamente una pistola.
Christian, el sutil y sensible Christian, no había dejado, sin embargo, de caer en la cuenta de los aspectos intrincados de su acción. Cómo no. Y los detallaba. Por orden, incluso.
Primero: me pedía perdón (en ello debería yo haber reconocido su delicadeza) por lo que él siguía pensando que era una continuada introversión en algo tan mío. Me pedía perdón invocando mi comprensión y decía no merecerlo, pero confiar en mi generosidad para entender la impaciencia y la curiosidad que no había podido evitar que yo le contagiase.
Segundo: decía haber reflexionado mucho antes de ponerse en contacto conmigo, pues no sabía si debía o no comunicarme el resultado de sus pesquisas, sobre todo teniendo en cuenta que yo iría dentro de pocos días a ver con mis propios ojos lo que había descubierto él. Y desarrollaba especialmente este punto explicándome que, por un lado, no se atrevía a estropearme el final adelantándomelo, como el mal vecino de butaca ("como el incauto que no sabe que ha entrado en la Amazonia y pisa la cola de la serpiente Coral", pensaba yo que se aproximaría más). Pero que, por otro lado, sabiendo como sabía que la única razón de mi viaje era descubrir lo que él ya había descubierto, tampoco podía dejar de pensar que tal vez yo quisiera saberlo para, de esta manera, ahorrarme el viaje (entre paréntesis apostilla él que una visita a su país no debería ahorrársela nadie).
Tercero: por tanto, decía haber optado por la solución que a él le había parecido la más prudente, y que era ésta de ponerme así al tanto de lo que sabía y de lo que tenía en sus manos hacerme saber, con el fin de que fuera yo la que, en última instancia, decidiera qué era lo que quería que él hiciese al respecto, decírmelo o no decírmelo. Deseo expreso que yo debía comunicarle entonces mismo, a vuelta de fax. A todo esto, añadía después que si mi decisión era "querer saber inmediatamente", con tal de no tener que hacer el viaje, debía estar segura de que quedaría completamente satisfecha, pues no era necesaria mi presencia física para entender lo que tan claramente estaba allí expuesto.
Por último, decía comprender que tal vez necesitara mi tiempo y afirmaba estar dispuesto a esperar mi respuesta a pie de fax toda la mañana si hacía falta.
Pero yo tardé un segundo en decidir. Mi fax fue tan escueto, tan de puño y letra picuda, que debió resultarle, qué menos, frío: "Querido Christian: No quiero saber absolutamente nada más. Gracias".
Es difícil imaginarme a mí con paciencia para aplazar nada que se me ofrezca tener de inmediato, y menos esto, pero es cierto que la rabia y la indignación no me dejaron tardar más de un segundo en decir que no. Y simplemente NO fue lo menos malo de cuanto se me ocurrió decirle.
Pensé que no había querido ayudarme con sus gestiones, sino que las había hecho por sí y para sí y me las comunicaba sólo para acallar su mala conciencia (conciencia de cartón).
Tan cursi, mirado y remilgado en la tarea de ser un farsante, como todos los diplomáticos (cerebro de celofán). ¿Por qué no me pidió permiso antes de ir en lugar de perdón después de haber ido? ¿A quién creía que podía engañar con un rizo así de los modales del timador? No sólo no era sincero en los reparos (sangre de trapo) a la hora de tomar posesión de lo que no era suyo, sino que lo hacía a lo colonizador, bautizándolo con nombre elegido por él:
"Mauría", decía. Eso pronunciando. Escribiendo, tampoco se tomaba la molestia de poner la tilde, el acento ortográfico. ¿Qué sabía él lo que pudo costarle a María Bielsa labrar con la fuerza de sus muñecas en la piedra el acento que puso sobre la i de la talla de su nombre?
¿Se lo ahorró ella? Muchos hispanohablantes no saben tampoco que María lleva acento y nadie es culpable de su ignorancia, es cierto, salvo que pretenda ser el primero en saber lo que ignora.
Sin embargo, ¿qué queja justificada podía yo tener de un modo tan elegante y considerado de actuar como el suyo? ¿En qué, siquiera mínimamente, me había molestado? Al contrario, había hecho lo indecible por ayudarme sin estorbar ¿De qué otra manera se me ocurre a mí, impecable, que podía haber resuelto él la decisión de darme o no la noticia? ¿En qué cabeza cabe que primero le pida que me ayude a resolver el misterio y después le niegue el derecho a hacerlo? Es más, ¿qué derechos tenía yo adquiridos que no pudiera adquirir él también en un mes de dedicación y sincero entusiasmo?
Que no me diga nadie que el enterrador mohíno sintió ante mí, cuando aparecí aquella tarde, lo mismo que yo sentía ahora frente a aquel atildado ladrón de enigmas. Porque hay una diferencia: si el enterrador y yo tomamos el misterio como algo propio, fue porque lo necesitábamos. Por eso el enterrador y yo, cada uno a nuestra manera, (él, abriendo la tumba de María Bielsa con todo respeto, y yo, inventándole una vida en mí, desahuciado el dios de los cristianos para hacer de mi cuerpo y de mi espíritu un templo para ella viva), hicimos de nuestra obsesión por entender el misterio una forma de escapatoria, de liberación... mientras que él no era más que un ladrón estético. Eso es lo que fue. Robó algo bonito. Y sólo porque le pareció bonito. No porque le hiciera ninguna falta.
* * *
No conoceremos el poder del agua cuando canta a torrentes por todas partes ni su blandura buena y desarmada para hacerse espejo de la coquetería de las montañas, ni su forma glaciar eterna y atronadora cuando cruje y se resquebraja... No descubriremos el secreto de su reino sobre la tierra hasta que no vayamos a aquella esquina del mundo. El verano de Noruega es el fenómeno más hermoso que he visto en mi vida. Me sobrecogió tanto, que necesité varios meses urbanos y esteparios para ganarle distancia a la belleza y poder contársela a alguien.
Y es que tanta belleza resulta insultante para quienes venimos de fuera. Tanta belleza junta es una extraña avaricia difícilmente perdonable. Tanta belleza hace de la belleza un término indiscutible y, por tanto, abrumador, inasequible a las palabras, y provoca una mudez universal y primitiva.
Es como si la bruja de mi bicicleta me hubiera cogido de la mano y me hubiera llevado hasta allí por carretera, atravesando toda Europa, como se coge de la mano y se lleva a una criatura pobre a ver de pronto, y juntos, todos los regalos que ha deseado tener en su vida. Y cuando llegué, me encané y no pude hablar. Dejé caer los brazos a lo largo del cuerpo y me quedé muy firme y cerré con fuerza los puños y la miré a ella y al espectáculo, alternativamente, sin poder fijar los ojos desorbitados de la emoción ni en ella ni en lo increíble.
Aquello es, como suele decirse sin ningún rigor de otros sitios simplemente bonitos, el paraíso. Y ella tuvo que llevarme a que yo lo viera por mí misma porque los paisajes son como los libros: lo único de ellos que puedes comunicarle a otra persona es el estímulo para que quiera verlos. Hay allí muchos... pero hay allí un glaciar, un instantáneo río azul celeste el día que se encabritó, que desemboca en un lago verde esmeralda (los colores no son poéticos, podría darte su número preciso de Pantone) que cuando, temerariamente y con el corazón encogido por la magnificencia de sus lenguas de fuego azul, sus crestas de dragón azul y los socavones azules en su cuerpo... que cuando me acerqué, digo, al borde exacto de sus dominios para tocarlo, estuvo a punto de matarme. Así como lo lees. Fue igual que llegar al pie de un edificio de seis o siete pisos de altura, sabiendo que tenía por costumbre derrumbarse, y ver que se derrumba. Una mole, en realidad uno de sus muchos impulsos pendientes, dio un paso adelante en su camino eterno y oí un trueno como un estallido y venirse al suelo, entonces, desde lo alto, dos peñones de hielo grandes como contenedores de reciclar vidrio. Cayeron ocho o diez metros a mi derecha y se rompieron en trozos y rodaron. No olvidaré nunca el ruido, el crac materno, profundo, desgajado y potentísimo... ni el eco vibrante que produjo en todas las paredes del circo, más terrorífico aún, si cabe.
Pero no me arrepiento de haber desobedecido las instrucciones que me dieron no acercarme a menos de cien metros junto al mapa de la zona para llegar al lago y a los pies del glaciar a través de un sendero que tardaría en recorrer, precisaron, entre una hora y una hora y media. Hay menos noruegos que madrileños: yo estaba completamente sola frente a la bestia monumental, y la bestia monumental sabe que, para matar a alguien y cumplir así los folletos que dan trabajo a los guías y a los rotuladores de advertencias, debe aprovechar las pocas visitas desobedientes que recibe. Y debe hacerlo, además, porque no siempre acierta: en mi caso apuntó mal.
Poder vivir la sensación de peligro y, sobre todo, la de haber sido seducida por él, merece el riesgo. La única cicatriz que tengo en mi cuerpo es una raya de dos centímetros sobre la ceja derecha. Muchas veces me han preguntado el origen, las mismas que yo me lo he callado, porque tener una cicatriz en la cara da derecho a hacerse una la interesante, mostrando renuencia coqueta a contestar a la pregunta y fingiendo que la reserva se debe a cierto, bien interpretado en el gesto, sabor agridulce que produce el recuerdo de vaya usted a saber qué terrible episodio... Pero no fue sino que a los dieciséis años di con mi cabeza en el filo de una acera de mi pueblo gracias a la ayuda de la testuz de un toro que, con cuatro patas, corrió más que yo durante su encierro. Al toro lo mató al día siguiente, en la plaza, sin instrucciones de venganza por mi parte, Paco Camino. Bien, pues has de saber que es mucho más emocionante ponerse a los pies de un glaciar. Y que el miedo y la necesidad de vencerlo lo provocan, mucho antes que el desprendimiento de un bloque, que no deja de ser, como que el toro te pille, una sorpresa momentánea y muy breve, las infinitas advertencias de peligro que te hace todo el mundo. Aunque no todo el mundo tiene la suerte, como yo, de comprobar lo muy bien fundadas que están. ("Tanto valor para lo que menos falta hace...", que diría, con su escrupulosa conciencia del desperdicio, la funcionaria de mi galería, la Agustinita Marín.)
Subir cientos y cientos de kilómetros hacia el norte significa ganarle horas de sol a la noche, de tal forma disparatada, que allí el tiempo parece una broma de la eternidad; o un capricho de la imaginación que hemos tenido siempre sobre otros planetas, mundos remotos, a los que la idea de lejanía se les transfiere, mejor que sumando ceros a los años luz, dibujando, en su cielo, infantiles soles perennes junto a lunas en vela continua. A las tres de la madrugada, lucía un sol de los de llegar tarde a la oficina.
La isla de Senja, a la que hoy en día se accede fácilmente y en coche a través de un puente, como a la de Mont Désert (espero que hayas ido, como te recomendé, y espero, además, que tal y como: alquilando un coche para llegar por carretera desde Nueva York y tomándote varios días para hacer el viaje. Espero, incluso, por lo mucho que insistí en los detalles, que te alojaras en la casa cuyas señas te escribí, en Northis Harvor...), esa isla, digo, es una Noruega entera en pequeño, un resumen. Y no creas que los paisajes de ese país se resumen en un solo concepto. Allí, en Senja, como en las Lafoten, hay playas de arena tan blanca y aguas tan verde pálido que podrían pasar, si te llevase hasta ellas con los ojos vendados, por auténticas playas del Caribe. De verdad.
Paseaba a menudo por los alrededores de donde estuvo la casa de María Bielsa en Hamm. Ya no es la misma. En los países donde las casas se hacen de madera, es difícil que una dure un siglo. Y me sentaba a leer. Pocas cosas recordaré tan deseadas primero y tan definitivas cuando fueron al fin como pisar donde ella pisó y leer en los renglones donde leyó ella durante las noches interminables de su invierno polar, seguramente arrebujada en el fuego frente a la nieve azul, azul por la luna tan blanca, y durante las tardes sin crepúsculo del verano... La familia que vivía en la casa donde estuvo la suya me saludaba a través de los cristales cuando me veía rondar por los alrededores. En menos de quince días, empecé a ser habitual; pero es que allí hay tan poca gente...
De alguna manera tendré que arreglármelas para pasar en aquellos lugares al menos un año, un ciclo entero de la vida del planeta, allí, por la parte que menos mide en redondo...
Cogía bígaros a puñados a orillas de los fiordos, despreciando los puñados de mejillones que no me gustan, y frambuesas extendiendo la mano desde una ventana. Los peces picaban los anzuelos de los niños con la misma alegría que si estuvieran encantados de salir del agua. Las casas son de colores como si las hubieran copiado de los dibujos de una guardería: azules, grises perla, rojas, verdes, amarillas, rosas. Pero, además, las azules están ribeteadas de rosa, por ejemplo; las rosas, ribeteadas de gris perla; las rojas, de verde; las verdes, de rojo... Y muchos tejados no deberían llamarse tejados, porque son tan tierra como la tierra misma. No son tejados, sino suelo en lo alto. Son el humus para que crezca una alfombra verde de algo como hierba a los pies del tiro de la chimenea.
María Bielsa ya no es sólo una vocación a ella, como empezó siendo, sino que, con el tiempo, ha empezado a ser también la vocación a un lugar. Aunque no, como creí, al lugar donde está su tumba.
* * *
Imagínate yendo por un suelo de madera hacia las estanterías que guardan los libros en castellano, los que fueron de María Bielsa, los personales, los que eligió ella, los que formaron su diálogo con la eternidad... Has llegado junto a los lomos de los libros y ahora extiendes la mano para entresacar uno. Es rigurosamente previsible que lo harás, porque, así como estás ahora, frente a una estantería, ese gesto de extender la mano es a la larga inevitable. Acabarás cogiendo uno, porque una estantería llena de libros es siempre, siempre, una pregunta que no sabemos esquivar sobre cuál de ellos elegiríamos. Y hoy, además, hay suerte: nadie te mira. Así que no tienes por qué hacerte responsable del título que elijas. Tu elección no será una respuesta para nadie más que para ti. Puedes elegirlo, incluso, siguiendo el descansado criterio de los analfabetos: por el chillón color de fondo del lomo, por ejemplo, o porque es más bajito que sus compañeros de balda. Y después no tendrás que recordar el título...
Y ahora imagínate que en ese primer libro que has abierto para hojearlo perfectamente al azar, te encuentras un ex libris, cuyo dibujo, sencillamente un rectángulo apaisado, encierra el siguiente texto:
María Bielsa
veinticuatro veces
¡Ahí estaba escrito, en el primer libro que abrí para hojearlo, en el primero! Entro en una biblioteca cuyo nombre agradecido es María Bielsa; veo sobre la mesa del director algunos papeles cuyo membrete mágico reproduce nombre (qué ironía: junto a una dirección, como si pudiera escribirle, y hasta junto a un número de teléfono, como si ella pudiera descolgarlo); pregunto dónde están sus libros (los libros de su mesilla de noche, la página que una vez consiguió moverle la mano hasta el filo de sí misma un minuto antes de quedarse dormida), ¡y no sólo me señalan dónde, sino que voy allí y... en el primero de ellos, en el primero exactamente, qué inmediato fue quedarme sin aliento, leo, estampado con tinta negra, la fórmula completa del hechizo: "María Bielsa veinticuatro veces" !
Los ex libris se utilizan para identificar los libros propiedad de una persona: me lo repetí varias veces para que se domesticara antes la pasión que me produjo el primero. No un libro, todos sus libros. De manera que, si abría otro cualquiera, y lo hice, y luego otro y después otro, encontraría más. Vi un montón de sellos iguales: un tampón entintado en negro con la leyenda, en dos renglones,
María Bielsa
veinticuatro veces
y, debajo del tampón, la fecha y el lugar escritos a mano, Senja 19... Los dígitos del año parecían la única variación.
Seguí abriendo un libro tras otro y en todos los volúmenes que hojeaba encontraba lo mismo. Allí se mostraba de nuevo el enigma, ciertamente, aunque más correcto sería decir que fue allí donde estuvo en primer lugar, ex libris antes que epitafio.
Pero quizá eso era todo lo que iba a sacar en claro. Quizá me encontraba ante un misterio tan genuino que simplemente se reproducía infinitamente a sí mismo. Hasta que al fin, después de haber abierto muchos, apareció un libro diferentemente anotado. No tenía ex libris, sino un nombre manuscrito, una fecha y otro lugar:
Carmen Bardazoso, Insbruck, 1906
En un solo renglón y con el nombre escrito, como el lugar, en caracteres de corrido; no como firma ni como rúbrica. Es verdad que los documentos oficiales ya habían establecido, como domicilio de Carmen Bardazoso, la casa propiedad de María Bielsa. Es verdad que ya sabía que vivieron juntas. Pero ¿desde cuándo la información sobre un escalofrío ha sustituido al escalofrío mismo?
Encontrar un libro de la una y luego bastantes más entre los de la otra, era una prueba de convivencia real, no documental como un certificado. Un poco más tarde, apareció otra anotación diferente:
C. / M. / 24 veces / Senja, 1908
También en un solo renglón y distribuido así como lo ves, con las iniciales seguidas de puntos y con los términos separados entre sí por barras.
Después encontré otra, nuevamente distinta:
María Bielsa
Florencia, 1903
El nombre de María Bielsa sí es, aquí, una firma con rúbrica perfectamente legible, bajo la cual se escribe luego la ciudad y la fecha. Hice fotocopias, pero puedo imitar ahora mismo aquí para ti su firma. Me sale casi perfecta. Estuve mucho tiempo jugando con la pluma a firmar como ella. Porque me gusta su manera de firmar y porque es como si mi mano fuera por un segundo la suya. Es así, mira, tendiendo hacia lo alto primero y bajando vertiginosamente después:
Florencia, 1903
Pero no te preocupes, que aquí termina este desorden: no voy a seguir extendiendo delante de ti las piezas sueltas de mis hallazgos como recién sacadas del campo de trabajo. Las tengo ordenadas, así que te las enseñaré pegaditas y con explicación, como en los museos.
Mientras estuve en la isla, no dejé de trabajar. Clasifiqué todos los libros de la biblioteca personal de María Bielsa en grupos que nada tenían que ver ni con los títulos ni con los autores, sino con las dedicatorias privadas y las identificaciones de propiedad, de lugar y de fecha que aparecían en sus primeras páginas interiores. Y fue un trabajo minucioso, porque eran muchos, pero extraordinariamente sencillo y muy rápido, gracias a que las fichas ya estaban hechas y metidas en el ordenador de la biblioteca. Yo no tuve más que imprimirlas para empezar a trabajar con ellas según mis nuevos criterios de catalogación.
Atendiendo, por ejemplo, al lugar donde fueron fechados los libros, me salieron tres grupos:
* Un primer grupo, el más numeroso con diferencia, el de los libros fechados en Senja.
* Un segundo grupo, muy reducido, pero muy significativo (ya lo verás), el de los libros fechados en Insbruck.
* Y un tercer grupo, el de los libros, bastantes, fechados en Venecia, Florencia, Baden, Rotenburg, París, Viena, Praga y Budapest. (¡Qué curioso que parecieran estar casi todas las ciudades que yo imaginé una vez y que falte, sin embargo y precisamente, Berlín!)
Y por la forma de identificarlos y fecharlos establecí grupos tales como:
* Los que llevaban el ex libris de tampón: "María Bielsa veinticuatro veces".
* Los que llevaban simplemente un lugar, una fecha y un nombre o unas iniciales manuscritos.
* Los que llevaban un texto redactado en forma de dedicatoria.
Hice aún otras clasificaciones, pero no quiero aburrirte. Después de darles muchas vueltas, la forma más clarificadora de agruparlos todos me pareció ésta:
* En un GRUPO A, tendríamos los libros más recientes, los últimos que entraron a formar parte de la biblioteca de María Bielsa. Son los fechados en Senja a lo largo de dieciocho años, entre 1910 y 1928, es decir, en el período que va desde la muerte de Carmen (no hay ninguno de 1909 en este grupo, el año de la muerte de Carmen, pero ten en cuenta que ella murió ya casi a finales, el 20 de septiembre) hasta que María Bielsa deja Hamm definitivamente. Son, pues, los que aparecen fechados en solitario por María Bielsa, la inmensa mayoría de ellos con el tampón hecho de encargo, ese rectánculo entintado en negro que llevaba el primer libro que vi:
María Bielsa
veinticuatro veces
Y, debajo del tampón, el lugar y la fecha escritos a mano: Senja, 191...
* En el GRUPO B, estarían los libros fechados también en Senja, pero en el corto espacio que va de 1907 a 1909, los dos años que ambas, y así consta precisamente por sus libros, vivieron juntas en la isla. Son los que están señalados así:
C. / M. / Senja, 190.. o bien
M. / C. / Senja, 190...
* En el GRUPO C, los libros fechados en Insbruck entre 1905 y 1906. En él hay libros firmados por Carmen en solitario, libros firmados por María Bielsa en solitario y hay, sobre todo, tres libros especiales porque llevan tres dedicatorias de la una a la otra.
* Y, por último, en el GRUPO D, aparecerían los fechados en todas esas ciudades: Venecia, Florencia, Baden, Rotenburg, París, Viena, Praga y Budapest, durante siete años, los que van de 1897 a 1904. Son todos de María Bielsa y no llevan ningún texto especial, sólo nombre, lugar y fecha. (¿Quieres una referencia más interesante? Te recuerdo que nació en 1872, así que son los libros que ella compró entre sus veinticinco y sus treinta y dos años). Son los de fecha más antigua y hay en ellos un verdadero caos de lugares y de años (es una lástima que María Bielsa no pusiera los meses, tampoco lo hacía Carmen), que indican viajes continuos de un lado a otro, a veces aparecen hasta tres lugares distintos en un mismo año y eso, para los transportes de la época, quiere decir mucho ajetreo. También hay repeticiones de esos lugares en años distintos.
Pero este grupo era ahora (quién me lo hubiera dicho años atrás, cuando me ahogaba en mi pueblo y poder viajar me parecía la suprema felicidad), el que menos me interesaba, porque correspondía a fechas en que María Bielsa y Carmen Bardazoso no se conocían. Durante al menos siete años, no cabe duda de que María Bielsa estuvo yendo de un lado para otro. También parece clara la división de su vida en dos grandes etapas, esa primera, "itinerante", y la segunda, sedentaria. Sus libros demuestran, sus dedicatorias mejor dicho, que conoció a Carmen Bardazoso en Insbruck, que posteriormente se trasladó a vivir con ella a la isla de Senja y que allí permaneció prácticamente el resto de su vida. Durante todos esos años no hay ni un solo libro que no esté fechado en la isla y, cuando la abandona, es para ir a vivir sus últimos tiempos a un pueblo perdido en los olivares de Jaén. Pero no te adelantaré conclusiones; vayamos por partes.
Según sus libros, te decía, debieron conocerse en algún momento de 1906, en Insbruck. En el grupo de los libros fechados allí, los hay propiedad de María Bielsa, fechados y firmados en solitario y los hay de Carmen Bardazoso, fechados también en solitario. Pero hay tres en los que puede leerse algo más que eso. No son más que tres, pero tienen tres valiosísimas dedicatorias. Una de ellas dice:
Para Doña María Bielsa, con mi más sincero agradecimiento por haberme ofrecido su biblioteca y, de este modo probado, los regalos que más aprecio: su magisterio y su amistad. Carmen Bardazoso. Insbruck, 1905
Le estaba regalando así De rerum natura, de Lucrecio (Sabía que te gustaría saberlo). Las otras dos dedicatorias son de María Bielsa para ella. Una dice:
Tengo la esperanza de que a usted, mi querida Carmen, le aprovechará mucho más que a mí la lectura de esta obrita. María Bielsa. Insbruck, 1906.
(Pues aquí a saber, no lo sabremos nunca, qué privada ironía esconderían tales palabras escritas para regalarle el Fausto de Goethe.)
La otra, la tercera (aunque, en realidad, no sé cuál de estas dos sería primero, porque las dos llevan el mismo año), es la más larga de todas de todas las que encontré y pertenece a un libro del que yo no tenía hasta entonces ninguna referencia. Es de una tal Yolanda García del Cerro Pérez, se llama Viaje al país de los enanos verdes y, por lo que pude leer de él allí, está maravillosamente bien elegido para ser un regalo en el que María Bielsa escribe:
Para mi querida amiga Carmen Bardazoso. Se queja usted de haber viajado poco y me envidia a mí por haber viajado mucho. Sin embargo, mi querida amiga, su fantasía es el país más hermoso y sorprendente que he tenido la oportunidad de visitar nunca, a pie o por escrito. Y su sentido crítico y del humor para referirse al nuestro, que en gloria siga sin nosotras, es al menos tan agudo como el que demuestra aquí la Sra. García del Cerro, cuya obra, estoy segura, llegará usted a admirar tanto como yo. María Bielsa. Insbruck, 1906.
(La que María Bielsa le regaló a Carmen Bardazoso es una edición príncipe, de Navarro y Pikaza Editores, Salamanca. No tuve tiempo de terminar de leer allí ese libro, así que tomé la cita completa pensando que ya lo buscaría luego aquí para seguir leyéndolo. Pero me equivoqué, no lo he encontrado ni siquiera en la Biblioteca Nacional. No creí que fuera tan raro, sino que era yo la que no lo conocía. Debí tomar la precaución de fotocopiarlo entero.)
Tres dedicatorias. En el grupo de Insbruck no había nada más.
Se me ocurrió, sin que me hiciera falta mucha imaginación, que tal vez María Bielsa y Carmen Bardazoso se conocieran precisamente en una librería de Insbruck que tuviera, o en la que pudieran pedirse por encargo, libros en castellano. Si la hubo, es fácil suponer que dos españolas coincidieran en el único sitio donde podían comprar libros. Si no la hubo, si a ambas les enviaban los libros desde España sus respectivos libreros, sigue siendo fácil suponer que una conjunción de probabilidades tan escasa como la formada por las siguientes circunstancias: ser mujeres, españolas, cultas, viajeras solitarias, estar a principios de siglo y compartir fechas de estancia en una ciudad tan medida como Insbruck, dé como resultado más que posible que acabaran por conocerse.
* * *
He dejado para el final la élite que conforman cuatro libros. Son de Senja, del tiempo en que vivieron juntas. Y son sólo cuatro libros, aunque entre los cuatro suman siete dedicatorias, porque en uno de ellos hay varios párrafos seguidos de la una a la otra (cosa extraña, sí, pero enseguida verás por qué). Uno está fechado en 1907 (María Bielsa compró la casa de Hamm en enero de ese año). Y los otros tres están fechados en 1908, un año antes de la muerte de Carmen en septiembre de 1909.
En cuatro libros, en siete textos, lo sabrás todo. Sabrás el qué de las veinticuatro veces, por qué lo escribió María Bielsa en su lápida y hasta por qué vivieron las dos en un lugar tan lejano de los nuestros.
Las dedicatorias dicen, empezando por la que vale para mí el sueño de una adolescencia:
A María, mi amada diosa de la noche, veinticuatro veces más poderosa que Zeus. Cuando te pedí que alargaras aquella primera noche, como Zeus, tú me prometiste, no una noche de veinticuatro horas, sino un día de veinticuatro noches. Hoy se cumple cabalmente tu promesa. Hoy soy veinticuatro veces más feliz que entonces. C. / Senja, 1907
Está escrita en el primer volumen de una edición bilingüe de las Metamorfosis de Ovidio, claro que sí. (Lo evidente es a veces tan, tan bonito...)
En Hamm, lo pregunté de inmediato, hay una noche que dura exactamente veinticuatro días.
La segunda dedicatoria (la segunda en mi orden particular, porque los años no permiten otra precisión que la de establecer que ésa de 1907 es la primera, ya que las otras son de 1908) es un escalofriante diálogo entre las dos. Empieza escribiendo Carmen, pero María Bielsa le contesta en la misma página. Y aún continúan las dos un trecho más. Es tan urgente y duro lo que hablan, que no importa dónde se lo dijeran. Así que esta vez no te diré el título del libro; debes escuchar este diálogo sin ningún ruido de fondo, hazte cuenta de que no decirte el título equivaldría hoy, con las modernas ubicaciones del amor, a algo así como no decirte el nombre de la cafetería donde sostuvieran esta terrible conversación:
Si tú no me olvidas, no moriré. Nuestro amor ha sido feliz y veinticuatro veces más pleno, en unos meses, que cualquiera que pueda contar veinticuatro años de una vez. Me trasladaré a vivir entre tus ingles guardada. Pero vive y ama por mí cuando me haya ido a descansar entre tus ingles. No me llores. Tráeme visitas. De C. a M. / Senja, 1908
¡No! Moriré contigo antes que permitir que mueras. M.
En esta página, interior de portada, ya no quedaba sitio y Carmen continuó, pues, en la parte de atrás de la misma hoja:
¿Cómo te atreves a escribir eso bajo el testamento que cuidadosamente había redactado para ti? No seas una niña más niña que yo y que todas las niñas. Estoy enferma, pero nada duele más que tu dolor cuando me miras. C.
Y bajo este párrafo, con la letra vencida de María Bielsa, puede leerse, al fin:
Perdóname.
Después de leer esto, el día que lo leí, no pude seguir. Recuerdo que necesité salir a tomar el aire y que me di un largo paseo que probablemente no ha terminado todavía. Para despejarme.
Mira ahora sólo quedan dos dedicatorias lo que hay escrito por delante de Las mil y una noches (aquí verás aparecer de nuevo ésa que a ti te gusta tanto, "la sofisticadísima belleza de lo esperable"):
Nosotras sabemos que mil y una no son más que veinticuatro. Feliz cumpleaños. De M. a C. Senja, 1908
Por si no recuerdas las fechas, Carmen Bardazoso estaba cumpliendo aquí veintiséis años y sólo cumpliría uno más. María Bielsa tenía treinta y seis. Y la que yo considero la última dedicatoria, dice:
María, María, ¿qué puedo hacer para que no sufras? No levantes la cabeza de este libro para mirarme. Lee, lee, lee y vive. Riamos juntas. C. / Senja, 1908
El título, La descripción del mundo, de Marco Polo, seguramente no fue, sin embargo, elegido a propósito. Tal vez era simplemente el libro que estaba leyendo ella cuando Carmen se lo escribió, porque se lo escribió con letras nerviosas, muy grandes, que ocupan casi toda la superficie libre de la página en blanco tras las pastas duras. Es un grito, ciertamente. Menos de un año más tarde, Carmen ya no estuvo.
* * *
Y se acabó. Y no volverán a decirnos nada más. Y yo estoy cansada en este momento, agotada casi, como hacía tiempo no lo estaba. No creí que fuera a resultarme tan intenso el esfuerzo de recordar aquí sus... Pero lo cierto es que, todavía hoy, dos años después, el mero hecho de escribir sus palabras, me desfonda. Me sé todos esos párrafos de memoria; tan hondamente los conozco, que es como si me los hubiera aprendido antes de leerlos, hace un montón de años. Y es como si, diciéndolos ahora otra vez y todas las veces, me vaciase de entrañas mías. Me duele todo el cuerpo con las agujetas de las extirpaciones.
Así leídas, juntas, una tras otra, pueden haberte parecido muchas dedicatorias, pero son en realidad tan pocas, tan poquitas, tan escasas... Seguramente son las mismas pocas que, si las contaras, podrías encontrar tú en tus propios libros ¡Son tan poquitas sus palabras vivas y es tanta la muerte y las palabras muertas...! Cuatro libros con la voz en un nudo de la garganta entre cientos de libros mudos, ésa es la proporción. O siete libros entre miles, si prefieres añadir los de Insbruck y contar así todos los de una vida...
Pero si quisieras acercarte de verdad un poco más, sólo un poco más, a la auténtica dimensión de abismo que tiene el silencio en que nos dejan las presencias que mueren, tendrías que hacer la cuenta en palabras: sumar por un lado las pocas palabras escritas por ellas y enfrentar luego el resultado al de la suma que produciría contar todas las palabras contenidas en 5.512 libros. Tengo la lista completa de todos los títulos en ese papel que parece funda de colchón en el que vomitan los ordenadores sus atracones, por si uno de estos largos inviernos quieres entretenerte, sí, en rozar infinitos.
* * *
Y entonces me di cuenta. Cuando por fin mi rompecabezas de aquella lápida adolescente estuvo resuelto, me di cuenta de que había sido un rompecabezas de piezas iguales, el más difícil de componer.
No fue uno de esos rompecabezas concebido para ser minucioso en su encargo de matar al tiempo y cuya dificultad estuviera en la ingente cantidad de piezas, como el que resolvía tirada en el suelo la desgraciada esposa de Kane en el Palacio de la Soledad, no. Era un rompecabezas de seleccionadísimas piezas iguales, intrincadamente iguales, perfectamente geométricas, romboidales todas, y se trataba de componer con él, además, para colmo, un dibujo abstracto de formas sin aristas, y colores difuminados, suaves y degradados en su gama todos hasta el blanco.
Por fin estaba resuelto. Pero tal vez debería empezar a admitir que lo tenía resuelto aunque su solución no pasara de ser una sospecha imposible de explicar a nadie, ni siquiera a mí misma desde antes. Probablemente sabía ya cuál era la ilustración mientras tapaba con yeso el R.I.P de la lápida de María Bielsa.
La última tarde de aquellos días que pasé investigando en el pueblo donde está enterrada María Bielsa compré una paleta de albañil, un saquito de yeso, un bote de tinta negra y un cubo pequeño de plástico. Luego, en la habitación del hostal, preparé la pasta de yeso en el cubo, y le di, con varios chorritos de tinta, un color gris no muy oscuro, como el de la lápida.
Teñí el yeso, sí, para que adquiriese el tono más parecido al de la piedra y sobre las dos de la madrugada, procurando que nadie me viera salir del hostal ni meter el cubo dentro del coche, subí al cementerio. Aparqué otra vez muy pegada a la tapia de atrás; me subí por el capó al techo y, con el cubito de los de jugar en la playa (era de colorines: rojo, verde, amarillo), salté dentro.
¿Quién, de entre los vivos, puede decir que haya estado, noche cerrada, a las dos de la madrugada, deambulando entre tumbas, compañera de las sombras más lúgubres? Fui tan valiente como la propia Bradamante, y muchísimo más que cualquier púber mozalbete, porque conseguí dominar una estrategia de pavor que ellos ni siquiera conocen: los terribles resultados que obtienen, aliándose en un momento así, el talento de Bécquer y una buena memoria.
Sorteando otras con la linterna, llegué hasta la tumba de María Bielsa y, con la paleta y el yeso teñido, tapé al fin el R.I.P. de la impostura, el sello normalizante, el marchamo de encarrilamiento en los límites limitados, otra más de las señales que imponen y que no pretende tanto, como dicen ellos, identificar a las ovejas de su rebaño, como condenar a la persecución a las que se descarrían.
Probablemente supe allí mismo, antes de viajar luego tan lejos, que el enigma sin Verbo es el amor entre dos mujeres. Y lo supe porque, de todas las piezas de un rompecabezas, la última es la que menos falta nos hace realmente Aunque la buscamos con ahínco, es cierto. Unos dirán que por el prurito de terminar las cosas. Yo diré que por vanidad.
Mientras fraguaba el yeso, me di cuenta de que el cañón de mi linterna dibujaba ahora la solución al rey de todos los pasatiempos, el laberinto: el túnel de luz que mi linterna trazó desde mi mano hasta la lápida era, efectivamente, el camino más corto desde el principio la mano en la que parece que empuñamos nuestro destino hasta la única salida.
* * *
No quería irme de Senja, así que me dejé sólo tres días para hacer el viaje de vuelta hasta Madrid. Hacia el sur desde lo más alto. No paré más que para dormir y menos de cinco horas cada noche y aún así, me incorporé un día tarde a trabajar.
Me emborraché de kilómetros y soledad de carretera y ahondé tanto en esa forma asfaltada del éxtasis, que me desprendí de la realidad de un modo que en aquel momento me pareció irreversible. Y, quizá por eso, al fin lo entendí.
Más que pensar en los cables del tendido eléctrico o en el cerebro igual que ellos, o en los cascotes de las tapias de los cementerios como en una estación de servicio para los pájaros, golondrinas y gorriones sobre todo..., tenía que pensar en la velocidad. Al fin entendí que el problema era la velocidad. Lo ha sido siempre. Lo que descubrí al cabo de todos estos años es que el misterio era la velocidad. Por eso tenía que relajarme para poder entenderlo.
Pero relajarme EN POSITIVO, como los caracoles, EN BASE A, como dicen mal. Sobre la base de disponer de mis blanduras y mucosas, como los caracoles, para un traslado lento, lentísimo, por los mismos caminos que antes transitaba con esqueleto abisagrado y velocidad de sangre. A NIVEL DE. En todo aquello que nos concierna como cerebros conscientes que somos de todos los ritmos posibles del universo... y elegir una cadencia que nos sea más agradable. Lenta. Mucho más lenta. Y sólo cuando FOLLEMOS (como dicen ahora sin reparar en que no da energía para hacerlo más y mejor el sonido tan brusco de la efe. Onomatopeya del desprecio), sólo cuando FOLLEMOS, imprimámosle gran movimiento a nuestras antenas, para captar, en redondo vertiginoso, todas las emisiones de placer posibles en el universo. HAY QUE POSICIONARSE. Hay que, sí. Pero no eso estático. Es preciso tener un ritmo propio. No una posición lugar propio, no; sino lo contrario: un ritmo, un movimiento velocidad propios. Pensemos cuidadosamente, no sólo en las cosas y en los hechos que nos atañen, sino también, porque nos atañe conjuntamente, en la velocidad con que las cosas son y los hechos se producen. Si fuéramos capaces de pensarlo, entonces, tal vez sí que. Pero sin embargo no. Mas aunque pero sino sin embargo es una acumulación redundante de adversativas. PEROSINEMBARGO no es fácil caer en la cuenta de que es precisamente una acumulación redundante de adversativas y de adversarios profesionales lo que nos impide la lucidez para elegir la velocidad personal que deseamos. SE DIRÍA QUE. Se dijera que la velocidad no es una variable que nos sea dado variar. Se dice que la velocidad es una constante intrínseca a cada hecho y cada cosa; que cada hecho y cada cosa tiene la suya propia y que no es modificable. Pero no es así. Y muy probablemente nunca haya sido así. EL TEMA TIENE UNA CLARA INTENCIONALIDAD. Claro que sí. Hemos sido inducidos a ese error con toda premeditación por la caterva entera de ralentizadores positivos que se erigen en aleccionadores de los demás. Nos han ocultado datos con tal de desviar hacia sus premisas nuestros razonamientos espontáneos y lúcidos sobre la velocidad como una variable que puede, evidentemente, variar. Tenemos indicios para pensar que hemos sido víctimas de un aleccionamiento malvado...
Era con una mujer ¿y cuándo no? con quien venía hablando sola en mi coche durante el largo viaje por carretera. Aunque en aquel momento no sabía nada de ella y ni siquiera me había atrevido a imaginar que pudiera llegar a tener un nombre.
¡Qué frases tan complicadas! ¿Qué manera de hablar es ésta? imaginaba yo que se quejaba ella, la desconocida, la sin nombre, quizá la bruja de mi bicicleta, o la gemela del cristal mágico después de que yo encontrara la mitad que tiró su hermana, porque voz sí que tenía y una complicidad conmigo, tan antigua y honda, que le permitía regañarme . No es sólo que hayas complicado la forma, sino que ya no cuentas las cosas. Antes, narrabas las cosas que te sucedían. Antes, tus historias eran historias ¿Ahora no? ¿Ahora vas siempre directamente de las metáforas a las moralejas?
Ahora sí, casi siempre. Me parece. Pero antes no, es verdad. Has dicho que me contarías tu secreto...
Y te lo contaré, no te preocupes. Te lo estoy contando de hecho. Este batiburrillo no es más que una licencia que me tomo, empezar por el final.
Pues yo preferiría que me lo contaras de la manera más clásica.
No puede ser le contestaba . Porque, aunque lo parezca, no estoy hablando para ti. Hablo para mí misma. Y ya no puedo hablar para mí misma como hablaba antes.
¿Por qué?
"Por qué". A mí también me gustaría saberlo. Lo único que sé es la pura constatación: que antes no hablaba así para mí misma. No cuando era pequeña, por lo menos. Nunca antes de descubrir que las palabras habían sido cuidadosamente desposeídas de sí mismas. Nunca antes de descubrir el intento de desposeer a las palabras de lo que son: el pensamiento mismo y la inteligencia. Antes, cuando era pequeña, las palabras eran poderosas, mágicas de tan poderosas: eran el pensamiento, la realidad y el mundo entero. Pero eso era antes. Antes de que las desposeyeran. Antes, cuando era pequeña, hablaba igual de lo que veía que de lo que inventaba, les daba la misma forma; formalmente, no había diferencia porque inventaba precisamente para poder ver lo que quería como si fuera real. Y es que, piénsalo, para poder ver lo que queremos no hay más remedio que trasladarnos adonde quiera que esté lo que queremos ver. Y como, cuando era pequeña, no podía, no me dejaban trasladarme a donde quería, pues no me quedaba otra que inventarme lo que quería ver, traérmelo adonde estaba yo. Cuando era pequeña (y lo fui una eternidad, sin que yo tuviera la culpa y sin poder evitarlo), era dependiente de mi casa, de la casa de mis padres. Por eso envidiaba a los caracoles. Porque tenían su propia casa y porque podían, además, llevársela de viaje adonde quisieran. Eran lentos, pero autónomos. No eran desnudos y prematuros, como yo; y tampoco tenían padres y hermanos inquilinos del mismo espacio, como yo. Eran lentos, pero autónomos. A mí, a cambio de una velocidad mayor para trasladarme, no me dejaban hacerlo: una engañifa. Los caracoles eran lentos, pero autónomos. Y no sólo era mayor la velocidad de mis piernas: había bicicletas, coches, trenes, aviones... Sí, pero no me dejaban moverme ni un centímetro. Una engañifa, pues. ¿Qué me ofrecían? Me ofrecían una realidad de inmovilidad absoluta, a cambio de lo que nunca fue otra cosa que una posibilidad: la de ser más veloz que los caracoles. Nos engañan. Ésta es la modernidad: como no hay realidad para todos, tengamos todos simbología bastante. Y ésta es la gran Democracia: para que la mayoría siga sin tener nada, démonos a todos las mismas posibilidades de tener algo. Ya que no los mismos privilegios, reciban todos los mismos derechos. Nos mantienen imponiéndonos su realidad, a cambio de ofrecernos la posibilidad de otra. Pero no otra realidad, nunca otra; sino la posibilidad de otra, sólo la posibilidad. No me dejaban trasladarme. Ésa era entonces la única verdad. O peor: me obligaban a llegar adonde no quería ir, con lo que me alejaban aún más del lugar al que yo hubiera ido si pudiera. Es decir, la inmovilidad o peor que la inmovilidad, elige. Por eso envidiaba a los caracoles y por eso inventaba especies inteligentes que, no obstante serlo, no estuvieran constreñidas a nacer prematuramente, y en dependencia, como los humanos. Inventaba brujas con poderes mágicos. Y, como mi bicicleta servía para trasladarme y correr, inventaba que mi bicicleta era un palacio perfecto para vivir sin salir de él. Inventaba especies, te digo, inteligentes y, sin embargo, no dependientes; o inventaba una velocidad para mí más propicia y aceleraba así mi propio proceso de maduración y de independencia. Y sólo tenía las palabras para eso... Me servía de las palabras para inventarme persona mayor de inmediato, inmediatamente exprematura, definitivamente emancipada y autosuficiente. Sí, y todo porque, antes de descubrir que las habían vaciado, las palabras eran suficiente realidad repleta del cumplimiento de mis deseos. Eran mágicas. Eran... tú lo has dicho: narrativas, producían hechos, una sucesión de acontecimientos con la velocidad que yo establecía y con la misma sensación de realidad que los hechos y la historia. Eran mágicas: yo podía juntarlas para producir con ellas coincidencias imposibles en el presente, como ésta por ejemplo: yo, más treinta años más, más dinero suficiente, más casa propia, que era Noviembre construida y alzándose, grandísima, sobre un laberinto de pasadizos secretos y de siglos (inventé mi casa y la bauticé con el nombre de Noviembre y viví en ella a mis anchas). O una coincidencia tan imposible como esta otra: yo; más metamorfosis inmediata, cada vez que me diera la gana, en paloma azul y mensajera; más volar por encima de la Sierra de Cazorla, al ritmo de mis brazos como alas, un día soleado de abril (pero paloma mensajera y azul de amores prohibidos, que conste; en desagravio; porque los amores permitidos tenían ya a su disposición todos los canales y todos los correos). O aquella otra fantasía, la que más me gustaba inventar, porque era como un resumen de todos mis deseos... Verás: había pedido que me sirvieran el desayuno en la terraza resplandeciente de mármol que recorría, a la altura del rosario de ventanales del primer piso, toda el ala este de Noviembre, para que el sol maternal de abril me alargara un poco más la sensación de ser guateada del sueño. A la vajilla de finos ribetes azul azulete, le seguía, en la perspectiva de mis ojos sentada a la mesa, una perfecta lisura blanca de mantel de hilo, que se convertía, sin transición de plano, sin la transición al plano del suelo que no veía, en el poyete de la balaustrada con venas gris perla sobre la calidad de nácar pulido del interior de las ostras que tiene el mármol blanco cuando le da el sol ; y la perspectiva continuaba después en la caída a una inmensa explanada verde de césped, pero verdaderamente extensa y muy verde, apenas ondulada, dulcemente ondulada de lomas casi planas, demasiado viejas para levantarse más de dos palmos sobre sí mismas; una enorme explanada prieta de hierba muy corta y mullida, sin un solo matorral en toda la superficie libre la delicia de una alfombra gigantesca para un caballo negro y brillante y terminaba por fin donde se cerraba el horizonte de mi taza de café: en los cerradísimos bosques de Noviembre. Y, si quieres, en la apoteosis del virtuosismo, me llegaba a la terraza desde dentro, a través del balanceo de los visillos de tul de las ventanas abiertas, en rachas como caricias, las notas del Aria de la Reina de la Noche de la Flauta Mágica...
Me gusta. Si cierro los ojos, veo y oigo y disfruto lo que estás diciendo...
Si te gusta, es porque es una imagen de aquella otra época. Y porque está hecha con palabras que todavía eran mágicas, no se te olvide.
No vuelvas con eso. Sigue, anda.
Sí, bueno, sigo. Pero si ya te has escorado hacia la belleza, ahora tienes que vencerte del todo hacia el pensamiento como las palabras, y las palabras como realidades mágicas, mágicamente capaces de producir que las vivamos de verdad. Como antes, sí, como cuando era pequeña ¿Te acuerdas de lo verdad que nos parecían nuestras fantasías entonces? Y ahora que lo pienso, todas mis fantasías eran la misma. Todas las fantasías de las niñas que son como yo eran la misma fantasía: la casa propia, la explanada para galopar y el horizonte inexplorado, repleto e indescifrable, para no aburrirnos nunca, del bosque misterioso. O lo que es lo mismo, si lo traducimos a sensaciones físicas: la humedad blanda del caracol, sentida lamedora y lenta en los labios visibles de la cara y, a la vez, en los labios desconocidos y escondidos en la encrucijada de las piernas. Sí. Y, al mismo tiempo que la lentitud del caracol, el brío centelleante de cien caballos lunares a la carrera, sudándonos con sus urgencias todos los poros, a lo largo del recorrido de la inmensa explanada de la espalda. Ya dan la vuelta allí abajo los caballos, por el paso estrecho del cañón rojo y suben galopando como tambores por la loma del vientre, por la vaguada de los pechos y el pedregal del esternón hasta la garganta; y por ella quieren salirse a la noche entera, relinchando.
Um... "sí, así, sigue, por favor, sigue, no te pares"...
(No te burles, anda.) Pues mi secreto, o simplemente lo que tengo que decirte, arranca de ahí, precisamente, de esa fantasía que te estoy contando. De sus sensaciones. El sol mullido de la mañana de abril, como si fuera una manta de esponjas envolviéndome a mí y a todos los objetos esponjas empapadas de agua calentita de la bañera , amortiguaba el tintineo de la taza en el plato cada vez que bebía un sorbito de café, hasta hacerlo sonar como una sola campanilla entre los dedos al amanecer de una procesión de Virgen guapísima en pedestal de claveles. Y muy a lo lejos, lo que sonaba como el redoblar muy piano de un tambor, se acercaba. Eso parecía al principio, el redoblar lejanísimo de un tambor. Incluso a la soprano de Mozart se le pusieron de pronto en la voz unas ganas de saeta de balcón (la saeta no es triste para nosotros, tienes que darte cuenta, es preciosa; y ninguna belleza es triste). La mantequilla bondadosa en el pan calentito... y un cuchillo inofensivo, romo y regordete, de hoja opaca de plata como si opaca significara también sin filo bajándole los humos de nube blanca, a lengüetazos, a la miga esponjosa del panecillo prefiero los panecillos a las tostadas: morder lo blando silencioso sin que cruja nada y se nos llene el oído por dentro, al masticar, de terremotos y derrumbamientos . Así consolaba, desayunando tan deliciosamente, el vacío mañanero de mi estómago. Mientras tanto, aquel redoblar de tambor tan suave se acercaba más y más y ya tal vez era posible, afinando la atención, distinguir de uno en uno la lluvia de golpecitos individuales. Sentí que una curiosidad perezosa se imponía por fin a la tarea, perezosa también, de seguir masticando y dejé de hacerlo para mirar, porque los ojos necesitan la quietud completa de la cabeza para poder fijar y alargarnos la vista. Algo, en movimiento, se había desgajado de la oscuridad fronteriza del bosque. Y venía. Y rápidamente, además. Pero todavía estaba demasiado lejos para saber qué. Si una secuencia es demasiado larga, se gana nitidez apartando la mirada de ella unos segundos y volviendo a su desarrollo unos segundos después.
Vi que de la boca amanerada, de medio bucle, de la jarra del café, salía todavía un humillo transparente, sin consistencia, hecho sólo de temperatura y de encierro. Sobre el asiento de la silla vacía a mi lado, alguien a mi servicio se preocupó de dejar el mismo libro que había dormido, cuando lo cerré, en mi mesilla de noche. Apenas podía verse el filo de lo que yo utilizaba como separador de las hojas: una lengüeta de plata, plana, alargada y estrecha, decorada a punzón con espirales, como la casa de los caracoles, con un pequeño agujerito disimulado en el centro de una de las espirales, que algún bereber, hacía más de doscientos años, llevó colgada del cuello sobre el pecho y el desierto. Instintivamente, tomé el libro de la silla y lo puse sobre la mesa, como si fuera a ser preciso dejar el asiento libre.
Cuando devolví los ojos, con la esperanza de que esta vez me sirvieran por fin una imagen descifrable, al único punto del horizonte capaz de moverse con esa rapidez tan de mañana, después de los segundos de rigor para acomodarlos a la distancia (segundos que muy bien pudieron ser años, y quizá lo fueron según lo que te explicaré después), pude ya, sí, distinguir que era un caballo negro y brillante lo que venía al galope hacia Noviembre cruzando la generosa explanada. Y alguien lo montaba. Alguien, a medida que se acercaba distinguía mejor los detalles, que levantaba y agitaba un brazo para azuzar al caballo. Alguien, eso me parecía ahora, que no llevaba chaqueta ni negra ni roja, sino alguna prenda holgada, vaporosa y, desde luego, blanca. Se acercaba deprisa. Alguien con una camisa muy ancha y muy blanca que se le rezagaba por la espalda con el viento de su propia velocidad y se le pegaba al cuerpo, por delante, como una armadura de escayola. Alguien que tampoco llevaba nada en la cabeza que le sujetase una melena que competía en quedarse atrás con la blusa blanca y ancha y las crines negras del animal. Alguien capaz de blandir una fusta con rabia a pesar del larguísimo recorrido; sin compasión, por lo visto, ante un esfuerzo tal, a la carrera, y tan prolongado. Alguien con botas negras de montar y pantalón negro y ceñido al interior de las botas. Alguien a quien la armadura de escayola blanca tenía que respetarle el dibujo redondo y doble de los pechos. Una mujer. Una magnífica amazona. Tanto, que era imposible que ignorara, montando tan bien, los límites de la entrega que estaba pidiéndole a su caballo. Una yegua tal vez. Una magnífica amazona terriblemente cruel. ¿Pretendía de verdad exigirle al pobre animal que completara la extensión a ese ritmo? Probablemente, ninguno de los de mi cuadra fuera capaz de cruzar así, a galope tendido, aquel interminable lago verde que separaba Noviembre del bosque. Y yo jamás caería en la crueldad de hacer la prueba. Muy apremiante tenía que ser la urgencia si provocaba aquel exceso. O muy incontenible la furia. Lo estaba viendo y no lo creía.

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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:56 pm

Me levanté de la mesa y me asomé a la balaustrada para llamar al mozo de cuadras, al jardinero o al primero que anduviese por allí abajo y acudiera a mi llamada. Seguía acercándose a la misma inmisericorde velocidad. Pedí que fueran corriendo a las cuadras y trajeran dos o tres mantas con las que arropar enseguida, en cuanto llegase del todo, a aquel orgulloso animal que les señalé desde mi altura, con el brazo extendido, como un marinero señalaría el avistamiento de un náufrago. Y me quedé allí, en la barandilla, incrédula, elevada y firme, a terminar de esperar. Ya llegaba y resultaba inconcebible que incluso los últimos metros los estuviera recorriendo sin reducir lo más mínimo su ímpetu, sin tirar de la brida un centímetro, sin intención siquiera de hacerlo. Me sobresaltó darme cuenta de que no le quedaría sitio para frenar... arremetería contra los rosales plagados de espinas o contra el mármol durísimo de la escalinata...
Una obediencia ciega y enternecedora la del maltratado animal tan noble. Un resuello de muerte. Y ella, una habilidad sobrenatural para descabalgar de una fiera negra en avalancha y contenerla, al mismo tiempo, salvándola al borde exacto entre la hierba y los escalones. Una desconocida salvaje aterrizó a mis pies, un piso por debajo de mis pies, con mi nombre convertido en un grito de su garganta. Gritó mi nombre en una llamada de cólera, no de socorro. Una desconocida. Una aparición desenfrenada. Una desconocida hermosa como una aparición. Una diosa desatada. Diana de los Bosques, malva de cólera. Volvió a gritar mi nombre dos veces seguidas mirando a la puerta principal, plantada, con las piernas abiertas, como si aún llevara el caballo bajo ellas; seguramente no podía cerrarlas y ya era bastante hazaña que se mantuviera de pie, sin que el eco inmediato del traqueteo de sus músculos la tambalease. Venía corriendo ya el mozo de cuadras con las mantas para intentar el sosiego de la bestia exhausta y que se librase de un enfriamiento mortal; temblaba en el suelo con convulsiones y toda su piel parecía haberse deshecho en espuma blanca y un aceite negro de sudor brillante. El muchacho, al llegar, me miró desconcertado, y ella alzó también sus ojos con los del muchacho, en la misma dirección, y así me descubrió al fin.
...
... Bueno, sigue, ¿y qué pasó? ¿Por qué te paras?
Es que termina ahí.
¿Cómo que termina ahí? ¡Ah, no, de eso nada! ¡Ni hablar!
De verdad. No es más que una fantasía y las fantasías, muchas veces, no tienen final. Ni final ni valor ninguno. Si acaso un valor utilitario puesto que las inventamos para que nos produzcan ciertas sensaciones... pero las sensaciones no necesitan un final narrativo.
Pues si no tiene final, te lo inventas.
No puedo. Ya no puedo.
No digas que no puedes, di que no quieres. Si te inventaste un principio, puedes inventarte un final.
Quizá antes, hace años... pero ahora no puedo, créeme. Ya te lo he dicho: esa fantasía es del tiempo en que las palabras tenían para mí ese poder: el poder mágico de crear realidades.
Todavía lo tienen.
No, ya no.
Sí que lo tienen. Esas palabras han tenido el poder de interesarme y de hacer que disfrute.
Y ha sido ahora, justo ahora mismo.
No sé, puede que sí. Pero eso no tiene mérito, porque las fantasías se construyen de imágenes "probadamente" eficaces, insisto, imágenes con mucha experiencia ya en lo que se les pide que transmitan... de tópicos, por tanto, que ya sabemos que funcionan.
Sí, bueno, ¿y qué? Tú dices que son utensilios, que no tienen otra finalidad que servir para lo que se las usa, ¿pero y qué? Lo único que importa es que me encanta lo que estás contando. Y de eso se trata. En este juego y en la vida también. Así que no entiendo lo que quieres decir.
Es del pasado, eso digo. Que te gusta porque son sensaciones accesibles de un pasado mío en el que todo era accesible por las palabras. Antes de que vaciáramos las palabras de sentido, todo podía llegar a los sentidos y convertirse en sensación a través de las palabras. Pero ya no.
No me interesa esta discusión. Yo sólo quiero que sigas y que me digas qué tiene que ver esto con el secreto que me ibas a contar.
Tiene todo que ver. Tiene que ver esto y mi bicicleta y María Bielsa y la velocidad y los caracoles... Pero esa historia terminaba ahí; es la verdad. En el sentido estricto, no tenía continuación. Sólo pasaba eso: que mi precipitada visitante llegaba furiosa y con la tela de la blusa convertida en funda de su piel por el sudor... Me gritaba que bajara inmediatamente o que subiría ella a buscarme, mientras daba una vuelta a su alrededor, cualquiera diría que buscando una piedra con la que acertarme en la cabeza desde allí abajo. O un palo para subir armada por la escalera. Entonces se encontraba con que ya tenía en la mano la fusta y me señalaba con ella como un espadachín señala por cortesía antes de empezar a moverla deprisa e imprevisiblemente para conseguir una estocada... Pero la fantasía terminaba ahí. O, mejor dicho, lo que viene a continuación he tardado muchos años en poder terminarlo. De manera que el final no forma parte de la época en que las palabras eran mágicas y estaban llenas de sí mismas y eran capaces de conjurar la realidad. No. El final es muy posterior. Es más, mientras fui una cría y una adolescente, ese personaje ni siquiera terminaba de llegar nunca. Ni siquiera podía distinguir si era hombre o mujer. Es curioso, no podía distinguir eso y conocía perfectamente su alma y también la conclusión de la historia, el amor; pero tardé muchos años, incluso dentro de mi propia fantasía, en poder inventarle un cuerpo... ¿comprendes lo que quiero decir?
... Pero tú quieres saber qué venía a continuación y a continuación no venía nada. Venía un cruce violento de palabras, una censura durísima por mi parte al hecho de que hubiera estado a punto de reventar a su caballo, y la aclaración, al fin, del malentendido que había provocado su presencia allí. Nunca sentí la necesidad de saber, y por tanto no llegué a inventarlo, cuál era el malentendido entre las dos; el dichoso; daba igual; bastaba con establecer que no nos conocíamos y que ella, por alguna razón, no lo sabía todo sobre el que quiera que fuese el problema serio que la había llevado a enfurecerse conmigo de aquella forma. Poco a poco, con las explicaciones, se aquietaban los ánimos viscerales de las dos en favor del inicio, también poco a poco, de un pulso, mucho más sofisticado, de inteligencias... Sin embargo, no puedo decir que fuera exactamente eso lo que venía a continuación, porque la continuación no era narrativa. Ya no seguían sucediendo cosas, sino sensaciones. La conversación misma entre ambas no sucedía realmente, se convertía, sin el trámite, en la sensación pura del diálogo entre dos personas cuyos cerebros se están retando. No había final. Eso es lo esclarecedor de verdad: que he tardado mucho tiempo en construirle a mi fantasía el que yo sabía, sin embargo, o debía saber, que era su único final posible, el final de todas las fantasías como ésa: el amor hecho. Aun sabiendo que estaban dentro del territorio exclusivo, y supuestamente libre, de la fantasía, aun así, he tardado años en poder llevarlas a la cama, entre las sábanas, y verlas allí desnudas y juntas, haciendo exactamente aquello para lo que habían sido inventadas. Muchos años, demasiados; los mismos que he necesitado para distinguir que era una mujer y no un hombre, como pensé al principio (o, mejor dicho, como di por supuesto al principio sin pensarlo en absoluto), quien se acercaba desde tan lejos y a toda velocidad...
... Al final resulta que quien montaba el caballo negro al galope tardó lo mismo que hubiera tardado un caracol autónomo en cruzar la enorme extensión de la explanada: años enteros. Parece, como te decía, que a cambio de que los caracoles sean viables y autónomos y nosotras no, a nosotras nos haya sido dada la velocidad. Pero ya ves que no es cierto. Porque, hasta en el mejor de los casos, en el caso de llegar adonde queremos, aún así, la verdad es que llegamos al mismo tiempo que si fuéramos "caracolas". Con la diferencia en contra, además, de que nosotras llegamos rígidas y llenas de huesos duros, y ellas, las caracolas, llegan blandas y húmedas. Húmedas: quizá por eso yo la hacía llegar a ella ante mí envuelta en sudor de los pies a la cabeza...
... Me ha hecho falta mucho para poder sacar de la abstracción asexuada a mi propio personaje inventado; porque tampoco fue nunca un hombre en realidad; ni era al mismo tiempo hombre y mujer, como los caracoles mismos, tampoco; simplemente no tenía sexo. Y habría que añadir que la tardanza fue aún mayor. Porque, incluso después de ese momento en que sí me doy cuenta por fin de que es una mujer, todavía tuvieron que sucederse multitud más de escenas, y hasta variaciones sobre las mismas escenas, porque ninguna conseguía tener final. Seguí sin tener un final para mi fantasía, que se mantuvo sin él aún unos cuantos años más. Y es que, llegada a un punto, me demoraba siempre en interminables diálogos con ella, en tiras y aflojas continuos, inventados todos para el disfrute de la inteligencia. El erotismo (y lo había, sí, no te quepa duda, densísimo además) no encontraba, sin embargo, otro cauce de expresión que el de los juegos de la inteligencia. No había otra manera de expresar la sensualidad que a través de la belleza de los objetos que nos rodeaban...
... Después de la discusión fuera, ella allí abajo y yo en la terraza, una discusión de poder a poder, abigarrada y llena de sutilezas a pesar de su dureza, y después de esas ciertas aclaraciones sobre el malentendido, la invitaba a quedarse en Noviembre. Porque ni podía volver en su caballo medio muerto ni yo estaba dispuesta, visto lo visto, a dejarle uno de los míos. Ella entendía mi pequeño castigo de no prestarle nada con lo que regresar a su casa y admitía la evidencia de que no le quedara otro remedio que aceptar mi invitación. Yo le enseñaba, entonces, toda mi casa, habitación por habitación... Entrábamos en la gran biblioteca redonda de Noviembre y a ella le maravillaban sus dos pisos repletos de libros y, a mí, sus conocimientos y la exquisitez de sus gustos. Entrábamos en la sala de los juegos mecánicos y a ella le entusiasmaban los cientos de dispositivos que movían los cientos de personajes de mundos diminutos y, a mí, la alegría tan viva de su asombro. Recorríamos los interminables pasillos abriendo una tras otra las decenas de puertas, y se divertía cuando yo le descubría algunas de las más secretas, disimuladas tras los tapices o en la geométrica disposición de las maderas de un zócalo; y aún más cuando le explicaba a qué pasadizos daban acceso y por qué habían sido trazados entre esta habitación y aquella otra o entre los vestidores de varios de los dormitorios y las mismísimas cuadras. Pasábamos también, cómo no, ante la puerta cerrada que nunca debe faltar en un recorrido así, la que la anfitriona no abre jamás ni está dispuesta a explicar por qué; la que sirve para que, habiéndose adelantado la inadvertida huésped a coger el pomo, en la confianza de acabar de hacerlo antes con otras puertas, reciba ahora la fría y contundente orden de no tocarla, que la dueña le lanzará con el rostro crispado y los ojos encendidos de cólera...
... Juntas recorríamos también una parte de los inmensos jardines posteriores de Noviembre, entre estatuas bellísimas y esculturas inquietantes, entre fuentes pobladas de ninfas acariciándose entre ellas y a los animales, y entre fuentes habitadas por horribles híbridos de demonio y de rana... Y todo sucedía esa misma mañana de ese mismo día que no terminó en noche durante años...
... A veces, para mi disfrute, me traía la historia desde el principio del desayuno que has oído. Pero otras la traía ya empezada, "in medias res" y en plena conversación, sólo por el placer de oírme a mí misma exponerle a ella, que era la réplica perfecta de mi cerebro, algún pensamiento que me pareciera brillante o alguna descripción de algo o de alguien que me pareciera muy lograda. Otras veces, le cedía a ella el razonamiento y la belleza del párrafo con tal de oírlo de sus labios y disfrutar yo de su lucidez. Y durante todos esos años en que mi fantasía estuvo dando vueltas por los mismos caminos sin meta, fui decorando Noviembre, sucesivamente, con todos los estilos que fueron gustándome mientras maduraba mi sentido estético. Y cambié muchas veces el título del libro que podía verse a mi lado, según iban desbancándose unos a otros en mi consideración de obras maestras absolutas; también se sucedieron los títulos que destacaba ella cuando entrábamos en la biblioteca y los que yo le comentaba... Y por lo mismo, aunque ella llegaba siempre vestida, eso sí, con la ropa que te he descrito antes (blusa blanca ancha, pantalón negro ajustado de montar a caballo y botas altas de montar), poco a poco, a medida que el caracol, lentamente, acortaba la distancia de su largo recorrido y la noche empezaba ya a dejarse inventar un poco, lentamente, como la consecuencia natural del día, a medida que la noche fue haciéndose, no sólo concebible, sino, poco a poco, inevitable, la fui vistiendo y me vestí para cenar de todas las maneras que me fueron gustando a lo largo de los años... La última vez que la vi, es decir, la primera vez que la cena tuvo por fin, en mi fantasía, su noche lógica, yo había dejado sobre su cama de la habitación de invitados que ella había elegido de entre todas las que le enseñé, mientras se bañaba y sin que me viera, como un regalo con una tarjeta pidiéndole que lo aceptase y se lo pusiera para bajar al comedor, un estrecho vestido negro mío de raso, absolutamente liso, de falda corta y un escote redondo de amplitudes exactas, ceñido lo bastante para obligar a bajar la gran escalera blanca de Noviembre con la cadencia sinuosa de una actriz de cine..
...
... Bueno, se acabó... ahora ya sí que se acabó...
... Ahí está todo. Ése era mi secreto. El amor en cuerpo y alma de una mujer como mi secreto, sí. No sé cuánto tiempo hace que lo guardo, ni si lo tenía verdaderamente antes de hacer este viaje. Puede que me apeteciera tanto tener un secreto como ése, que me haya estado inventando que lo tenía desde hace tiempo. Pero cómo saberlo. Lo mismo me pasó con la lápida. Nadie puede saber una cosa así. Yo no distingo entre lo que deseo y lo que me imagino que deseo. Ni entre lo que estoy deseando y lo que sospechaba que desearía.
¿Y te ha llevado tanto tiempo decirme simplemente que te gustan las mujeres...?
Ni siquiera. Que podría ser que me gustaran. Por el momento, sólo sé que te quiero a ti.
Pero yo no existo.
No estés tan segura de eso... En este momento, volviendo a Madrid desde Senja, no. Pero pronto habrán pasado dos años desde este viaje. Y habrás aparecido con tu mitad de cristal mágico en la mano y yo sentiré la necesidad de contarte mi vida entera. Y sé que tú te quejarás del modo en que lo habré hecho, por escrito. Y te quejarás del modo en que lo habré hecho por escrito, demasiado largamente. Y del modo en que lo habré hecho por escrito tan largamente, sin decirte que es a ti a quien quiero hasta el último renglón. Pero así será porque así está siendo. Sic voluere Parcas. Ahora, mi último deseo es tuyo.



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Re: Veinticuatro Veces

Mensaje por Admin el Jue Mar 23, 2017 10:57 pm


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Re: Veinticuatro Veces

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