A todos nos matan antes de morir

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A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 11:53 am

Autor: Pilar Bellver



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Capítulo I El cáliz

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 11:57 am

Una sensación caliente, húmeda, abrazadora como un fluido maternal, me despertó. Pero, tras ese segundo que necesita la conciencia para encontrar la cama donde ha dormido el cuerpo, la sensación se transformó en el abrazo de algo viscoso, pegajoso del pijama a la piel, espeso como un vómito. Era sangre, mi sangre. Lo supe antes de encender la luz: el acto reflejo de buscar el cable de la lamparilla de noche no funciona tan automáticamente cuando duermes en una habitación que no es la tuya, o que hace demasiado tiempo que dejó de serlo.
Me descubrí empapada de mí misma. Y, al asco, se sumó el miedo. Ni me tocaba la regla ni semejante abundancia podía ser la menstruación. Sin embargo, no dudé del grifo por el que había salido aquel derroche. A saber, cuánto tiempo llevaba sangrando... La sangre es tan caliente, que puede manar sin que la piel la note durante un buen rato; supongo que hasta que se enfrían los primeros borbotones. Me levanté de un lodazal cuajado y granate. Asustada, sí. Me encontré franjeada como una bandera de las rodillas a la cintura. Y no supe qué hacer.
No tenía a quién llamar. Estaba sola en la casa de mis padres, a las afueras del pueblo, rodeada de olivos, sin vecinas que pudieran acudir a mis gritos. No grité. Allí, de pie, di dos o tres vueltas sobre mí misma mirándome el vientre y los muslos, con los brazos separados del cuerpo y crispados hasta la punta de los dedos, igual que las bailadoras antes de arrancarse por algún desgarro. Luego fui a encender la luz grande, la del techo, como si la visión no fuera lo bastante terrible, o como si necesitara más que la de la mesilla para empezar a hacerme cargo del horror. O quizá con la esperanza de que la abundancia de luz pudiera disolver las manchas del mismo modo inmediato que borra las sombras.
Llegué al interruptor, junto a la puerta, andando hacia atrás lentamente y tanteando; así se retrocede cuando algo asesino y de movimientos impredecibles se nos acerca de frente. No podía perderle la cara a mi cama, la miraba fijamente, hipnotizada, temiendo que de ella surgiera una rapidísima y voraz criatura de los infiernos. Lo encendí, pero me quedé apoyada en el quicio de la puerta abierta, agarrada al marco. No sé durante cuánto tiempo. Hasta que me convencí de que nada sobrenatural había dormido conmigo. Hasta que tuve valor para acercarme de nuevo a la cama. Tenía que saber cuánta sangre había perdido.
Con una aprensión casi invencible, retiré las mantas. Las retiré completamente y con un movimiento brusco, lo mismo que si de sorprender a una alimaña se tratara y la velocidad contase a mi favor. Una enorme amapola aplastada apareció entre las sábanas como entre las hojas de un libro. Algo tenía de pétalos el dibujo de mi sangre en ellas. La mente sigue una lógica propia que la hace parecer caprichosa en los momentos en que más la necesitamos sensata. A la mía se le ocurrió recuperar un fragmento de mi infancia, de pupitres con tapa levadiza y libros forrados de plástico, con hojas sublevadas también, revenidas por las puntas, romas para siempre... Pero hay que tener confianza y dejarla llegar adonde quiere, a la mente... ella buscaba un fragmento de cierta remota lección de las Ciencias Naturales de la escuela según la cual, o bien es que tenemos cinco litros de sangre en total, o bien —porque lo único claro del recuerdo era ese número— es que cinco litros es el máximo que podemos perder antes de morir.
Así que me vi intentando calcular a ojo cuántos litros hacían falta para producir aquella inundación. ¿Dos, tres, cuatro? O tal vez sólo uno debidamente extendido con el movimiento del cuerpo que sueña. Pero, ¿y la cantidad filtrada, la que no se veía, la que se había tragado mi colchón sediento, tan seco y tan en barbecho desde que dejé de ser una niña a la que se le olvidaba hacer pis antes de acostarse?
Impaciente, acelerada por la urgencia del cálculo, desenfundé la sábana de abajo. La mancha era idéntica sin ella. Desenfundé después la gruesa funda del colchón, de rizo tupido de toalla, y la mancha seguía siendo idéntica sin ella. Otro capricho de la mente fue recordar entonces aquellos librillos regordetes, cuadrados y pequeños, que tenían en la esquina derecha de arriba de todas las páginas un monigote dibujado idéntico al de la página anterior, e igualito que el de la página siguiente, que sólo se movía y aparecía distinto si escurrías por el pulgar muy de prisa y en cascada todas las páginas a la vez. Imaginé el grosor del colchón como el tocho de hojas de uno de esos libros animados y frenéticamente lo levanté para examinar la última hoja. Levanté el colchón ¡y la mancha lo había traspasado!
Era mucho más pequeña, pero lo había calado del todo y había llegado hasta allí nítida y perfectamente redonda, del tamaño de un plato de sopa. No se me había ocurrido que podía marearme hasta que realmente noté que me faltaban las fuerzas para sostener en vilo el peso del colchón y la pared se movió claramente ante mis ojos, llevándose, con la de ella, la rigidez del cabecero de bronce, que ahora era blando y se derramaba como un reloj de óleo. Hasta entonces no recapacité y supe que tenía que llamar a alguien o a algún sitio; necesitaba una ambulancia.
El teléfono estaba abajo, alejado de mí un largo pasillo y dos tramos de escalera; y mudo, sordo, incapaz, conectado a una red provincial de la que no me sabía ni un solo número. Pensé en el único, en el número por excelencia, el 003. Y me agarré a él como a una barandilla. En ese momento recordé, no sé por qué, quizá por el mareo mismo, el amparo que fue para mi mano otra barandilla, una real: la de la resbaladiza pasarela de las cataratas del Iguazú; una pasarela abierta por un loco entre dos locuras: a diez metros por la izquierda, una mole vertical de agua que se me venía encima, más alta que un edificio, para aplastarme esa sensación producen las cataratas vistas desde abajo; y, a cinco metros por la derecha, un precipicio de la misma furiosa tormenta que se iba atronadoramente al vacío. Un borbotón descontrolado, más alto que los demás, o un simple traspiés por mi cuenta y toda yo sería un palillo en el agua durante un instante, una insignificancia cayendo al instante siguiente y la nada misma antes de llegar a la corriente general del río. La escalera del viejo caserón de mi familia, siempre un poco desmesurada y teatral, ahora me pareció líquida, maliciosa, intransitable. Tampoco se me había ocurrido averiguar si seguía sangrando. No recuerdo si lo daba por hecho o si más bien resultó que la mente sigue efectivamente su propia lógica, que no es tan caprichosa como parece, y por eso su cálculo de lo que había perdido era para ella suficiente razón para ordenarme que llamase pidiendo ayuda cuanto antes.
—Información dígame.
—Necesito el teléfono de urgencias del hospital de Úbeda —me oí decir.
Y mi voz me sonó a mí misma como una voz antigua, de pueblo, del mío, de señora mayor con un tono muy grave, solemne; una gravedad —me sonó así— no exenta de resignación.
—¿De Úbeda en la provincia de Jaén? —su pregunta fue tan rápida que era evidente que no necesitaba mi respuesta, y no la esperó—. No se retire, le paso con información de la provincia.
Aquella mujer no me dio pie a explicarle nada. No cabía pedirle nada a ella, ni ese número ni ningún otro. Y me senté porque me pareció que no podía seguir de pie. No tenía ni lápiz a mano ni papel en el que apuntar lo que me dijera la otra telefonista cuando contestase. Dudaba, incluso, de que me aguantaran las fuerzas para marcar otra vez... ¿y si, además, comunicaba el hospital? El telé­fono de la vieja casa era todavía de los de rosca, yo tenía la cabeza aturdida, espesa, y resbaladizos los dedos pringados de sangre... la sangre es espesa... y es temblorosa, como el miedo, porque también el miedo es espeso. El auricular ardía en mi oreja y el cable retorcido no era una buena amarra.
—Informacion digamé.
—Oiga, por favor, señora, escúcheme por favor...
A continuación, la mujer del 003 de la provincia de Jaén se portó mejor que bien. Le dije que me estaba desangrando, que no era ni una exageración ni una broma, que estaba sola en una casa a las afueras del pueblo, le di el nombre del pueblo, mi nombre, mi dirección y mi número de teléfono y le pedí por favor que pensara por mí cuál era el sitio más cercano desde el que pudieran mandarme una ambulancia. «Haga usted las llamadas por mí», le rogué, «porque estoy mareada y creo que a punto de perder el conocimiento».
Primero trató de tranquilizarme con ese tono servicial de persona suficiente y adulta que trata de calmar a una niña asustada. Y luego, yo no sé si es que Telefónica les da clases o si salió de ella, de su ser más inteligente de lo esperado, pero el caso es que cayó en decirme dos cosas importantes: que no me dedicara ahora a hacer llamadas, que más bien me asegurara de dejar bien colgado el teléfono para que pudieran llamarme a mí si hacía falta porque ella se iba a encargar, claro que sí, de hacer todas las gestiones; y que, sobre todo esto, en cuanto colgase, me fuera hacia la puerta de la calle para dejarla abierta ahora mismo, en previsión de que no tuviera fuerzas para hacerlo después o me hubiera desmayado cuando llegase la ambulancia.
Pensé que es una suerte que te toque una mujer así, con la cabeza tan bien amueblada. Lo hice como ella me dijo, fui hasta la puerta y abrí, no sólo la cerradura, porque es una de esas puertas de casa grande con dos hojas, sino también los cerrojos que la anclan al suelo por abajo y, al quicio, por arriba. Después volví al salón y me tumbé en el sofá, junto al teléfono, sin importarme si la tapicería sería o no recuperable luego. Creo que soy una persona tranquila, pero la calma con la que me dispuse a esperar no era del todo mía. La seguridad de aquella mujer, su voz lúcida, su capacidad para pensar bien, mejor que yo, y con rapidez, me transmitieron la que estaba perdiendo con mi sangre.
La sangre es el espíritu, pensaba, el ánima clásica, el ánimo moderno, la esencia del ser. Por eso hay artistas que han buscado el grana y negro de sus cuadros, con tal de dotarlos de más autenticidad y más vida, sacándosela de las venas. Una sangría inútil porque la necesitamos en perpetuo movimiento y encerrada para que su ímpetu no nos abandone. Y no sabía por qué la mía, de pronto, había decidido írseme. Una cosa era segura: no estaba abortando, no había otra vida dentro de mí que se me estuviera fugando que no fuera la mía. De eso no tenía ninguna duda. No voy cada año a la ginecóloga, sino cada dos, a veces cada tres, pero de la última revisión no hacía tanto y no salió que tuviese nada. Todavía me daban ganas de sonreír recordando la anécdota de esta última visita. Estrenaba ginecóloga, así que una chica de blanco rellenaba una ficha nueva para mí —domicilio, dirección, teléfono— antes de pasarme a ver a su jefa. Estado civil...
—Soltera.
—Edad.
—Treinta y cuatro.
—Número de hijos.
—Ninguno.
—Número de partos (no es lo mismo, ya sabes).
—Ya lo sé. Ninguno.
—Algún... aborto —preguntó con cierto cuidado—, alguna incidencia que comentar en ese sentido...
En estas clínicas modernas, con ginecólogas feministas, además de hablarte de tú, procuran tener de ti una ficha completa, lo que incluye toda clase de preguntas. Procuran hacerlas con tacto, pero tienen en su ideario hacerlas.
—No, no.
Edad a la que tuviste la primera regla. Fecha de la última revisión. De la última regla. De la última relación sexual completa...
—Hace tres noches.
—¿Mantienes relaciones sexuales habituales?
—Sí.
—¿Con qué frecuencia?
—Pues... Una vez a la semana o así.
—¿Siempre con la misma persona o con personas distintas?
—Siempre con la misma persona.
—Tienes pareja estable entonces...
—Sí.
—Método anticonceptivo que usas habitualmente.
—Ninguno.
—Ninguno... —anotó. Y eso debió de hacerle cambiar de zona en la hoja porque el bolígrafo apuntaba ahora a una columna distinta—. ¿Crees que puedes estar embarazada?
—No, segura que no estoy embarazada.
—¿Tienes intención de quedarte embarazada próximamente?
—No, no, ni hablar.
—¿Cómo que no? —dijo la chica y levantó la vista para mirarme—. ¿Pero no has dicho que no tomas anticonceptivos...?
—Y no los tomo.
Durante un segundo más me mantuvo la mirada, hasta que de pronto debió de recordar algún apartado lateral de su cuestionario y volvió a él muy resuelta y dándome explicaciones en un tono que las hacía obvias y que anunciaba que yo debería estar más atenta en adelante:
—¡Bueno, vamos a ver, es que, cuando hablamos de anticonceptivos, se entiende que nos referimos también a los que use tu pareja! No sólo a los que usas tú, claro. ¿Tu pareja usa algún método preventivo?
—No, tampoco.
—No —anotó—. O sea, que tienes intención de quedarte embarazada...
—No, no, ni hablar, ya te digo; no pienso.
—¿No? ¿Y cómo que no? —la chica vaciló y, por segunda vez, levantó el bolígrafo y los ojos para mirarme; esperaba una aclaración, pero a mí no me apetecía sacarla de dudas. Al contrario, bajé la cabeza para avalárselas aún más, fingiendo timidez y sentirme incómoda.
—¡Ah, perdona! —siguió ella—. ¿Hay alguna razón por la que no puedas tomar anticonceptivos?
—No, ninguna.
—¿Alguna prohibición médica...?
—No, no.
—¿Tienes algo en contra del uso de anticonceptivos, motivos religiosos o morales...? Perdona que te haga la pregunta, pero necesitamos saber estas cosas para poder...
—Claro, lo entiendo. Pero no, no tengo nada en contra, qué disparate. Al revés.
—¿Y dices que no tienes miedo a quedarte embarazada? —sus recelos aumentaban.
—No, ninguno.
Yo, por mi parte, había decidido que mis respuestas iban a ser tan precisas y escuetas como el propio cuestionario.
—¿Te han diagnosticado alguna clase de esterilidad?
—No, nunca. Que yo sepa, no soy estéril.
—¿Le han diagnosticado alguna clase de esterilidad a tu pareja?
—No, que yo sepa.
—¿Tiene hecha la vasectomía?
—No.
—¿Qué edad tiene tu pareja?
—Cuarenta y seis.
—Cuarenta y seis... —repitió ella, como abstraída—. Y me has dicho que no es estéril. ¿Padece alguna clase de impotencia?
—No, para nada.
—¿Practicáis el coitus interruptus?
—No.
—Sabes lo que es, ¿no?
—Claro que lo sé.
—No, te lo digo porque también se considera un cierto método anticonceptivo, aunque hay gente que no lo cuenta como tal...
—Y hacen bien —dije—, porque eso no es un método, es una lotería.
—Desde luego que sí. Bueno... —aún me echó una última ojeada con la esperanza de que yo añadiese algo, y, en vista de que no, hizo un gesto que venía a significar «allá tú, guapa, no es mi problema si no quieres hablar», y empezó a recoger—. Pues ahora mismo te paso a ver a la doctora.
Ya había cerrado la carpeta con mi hoja dentro y ya casi se había levantado de la silla cuando añadió:
—O sea, ¿que no usas ningún método anticonceptivo y sin embargo no tienes miedo a quedarte embarazada? ¡Pues, chica, no lo entiendo!
Se le escapó, fue como un latigazo de dos frases en una que no pudo reprimir; había reproche en su tono y se le vio en él esa vena retrechera madrileña que se pone reventona en cuanto algo no cuadra.
—Bueno, yo te paso a ver a la doctora ahora mismo —concluyó, como quien se recuerda a sí misma lo poco que debe importarle algo—, pero me parece que ella va a querer hacerte el cuestionario otra vez. Es que... verás... —y ahora estrenaba indulgencia conmigo, probablemente para contrarrestar sus casi malos modos—. Nosotros aquí comprendemos que todas estas preguntas son muy íntimas, pero no tenemos más remedio que hacerlas y es muy importante que seáis lo más sinceras posible en las respuestas, si no, no tiene ningún sentido que lo hagamos, ¿comprendes?
—Lo comprendo, sí. Perfectamente. Y te he respondido con absoluta sinceridad a todas. Pero yo no tengo la culpa de que vuestro cuestionario no esté completo —se lo dije sonriendo, y haciéndole ver que le estaba dando así la mejor pista para que ella solita resolviera el enigma.
—¡Hombre, a ver, es que comp...
(—Mujer —le corregí yo la exclamación).
—...pleto-completo... lo que se dice completo, no hay nada en este mundo, claro, si vamos a eso...!
Pero aquí ya había cantado la gallina definitivamente y a mí dejó de divertirme el juego; la chica no merecía la pena: se ofendía en lugar de divertirse o mostrar curiosidad por lo que yo había querido decir, a pesar de que se lo dije buscando su complicidad. ¿Rutina, aburrimiento, una jornada demasiado larga, una ciudad, Madrid, cada vez más agresiva, un sueldo demasiado pequeño, una jefa adusta que obliga a estar a la que salta...? Tal vez. O poca paciencia y poca cabeza, algo de mal carácter natural y una falta clamorosa de sentido del humor... o todo a la vez, qué sé yo. Me llevé de nuevo las manos a la encrucijada de mis piernas y las recuperé menos inocentes que nunca, criminalizadas, pavorosamente rojas. No había visto unas manos tan llenas de sangre desde que...
Desde que una vez, de pequeña, regresé a casa de la escuela y encontré a mi madre y a Dora, nuestra criada de siempre, con los brazos hasta el codo metidos en un lebrillo lleno de los cuajarones de una matanza. Desde entonces, no he vuelto a comer morcilla. Todavía veo a mi madre levantando aquella mano sucia de algo impensable en ella para impedir que me acercara a darle el beso. No quería tocarme así. Y me mandó fuera del patio porque no había ninguna necesidad de que yo viera un espectáculo tan imborrable de untuosidad y colores que gritan.
Mirándome las manos teñidas, «cinco lobitos», no pude evitar adentrarme ahora, me llamaban los tantanes de la selva, en la espesa zona verde de mi infancia. O tal vez fuera la de mi hermano, Pablo, más pequeño que yo, con cuyo cuerpo, mientras crecía, fui yo reviviendo en el mío los ritos iniciáticos que no podía recordar, «cinco lobitos», y que debió de celebrar mi madre conmigo. Seguro que fueron escrupulosamente iguales para mi hermano y para mí. Conscientemente iguales, porque mi madre se pasó media vida temiendo quererme a mí más que a mi hermano. Yo fui su primer desgarro, su primer surtidor de sangre; yo la rompí primero. Mi padre, sin embargo, se centró rápidamente en mi hermano, con una dedicación sin lugar a dudas. Se concentró en él como el haz incendiario de una lupa y no paró ni cuando a mi hermano empezó a salirle humo por las orejas y se fue corriendo a buscar cubos y cubos de agua con los que apagarse. Primero fueron cubos y cubos de cerveza adolescente. Luego fueron cubos de cubatas. Se ve que el fuego era por dentro y muy devastador porque dejó la carrera y lo internaron en un centro hasta que se curó; y se apagó por fin lo bastante para convertirse en un triponcillo y benigno dibujo animado de esquina de libro. Ya casi no hablamos. No me interesa lo que a él le importa. Coincide que lo que a él le importa ahora se parece mucho por fin a lo que le importaba a mi padre.
En la época en que bebía, sin embargo, un endemoniado dios le soltaba la lengua hacia las palabras más puntiagudas del diccionario. Con ellas construía frases como cerbatanas y párrafos circulares y portentosos como los ruedos del infierno. Recuerdo cuando le temblaban las manos y nunca atinaba a apagar bien el cigarrillo; la época en que sus párpados, entonces siempre a media asta, protegían su mirada de la mirada de los otros; los tiempos en que fue un prometedor profeta, un dulcísimo desgraciado. Lo mío, por entonces, por finales de los años setenta, no era beber, pero sí tirarme de panza en las enredaderas. Mi cabeza sangraba con todos los inris de los desheredados y andaba ofreciéndome en cruz a todos los sacrificios, igual que cualquier héroe desesperado que no consigue ya ni siquiera un mínimo currículum de cárcel.
Cuando, unos años después, mi hermano me hizo madrina de su primera hija, y yo acepté ir al templo a celebrar el conjuro para mantener en el destierro a cierto ángel represaliado, comprendí que esos tiempos no volverían para ninguno de los dos. No miré la hora cuando me desperté sobresaltada, no sabía a qué hora había hecho la llamada a información ni cuánto tiempo había pasado. Me costó girar la cabeza para ver el reloj de pared del salón que llevaba años amordazado para que no diera las campanadas. Años...: desde que mi padre bajó una noche y le arrancó el péndulo de cuajo. Yo por entonces leía mucha de esa psicología de divulgación que tenía la virtud peligrosa de no dejar un solo gesto sin explicación y enseguida apliqué mis conocimientos al asunto:
«Es una violenta necesidad de castración de toda verga que no sea la suya», diagnostiqué. Mi madre, que sí que tenía la virtud bondadosa de encontrarle explicación a todo sin necesidad de abandonar los caminos tradicionales, dijo al día siguiente que eso había sido porque mi padre llevaba meses padeciendo de desvelo y mal dormir (ella no aprendió a usar palabras casi cultas como «insomnio» hasta que no llegaron los programas divulgativos de televisión) por culpa de lo que le estaba pasando a mi hermano, que todo el pueblo andaba diciendo ya que se estaba convirtiendo en un borracho. Cuando lo llevaron a arreglar, el reloj, mi madre le pidió al relojero que a ver si era posible que no sonara más, y hasta hoy. La verdad es que no recuerdo que mi padre tuviera muchos ataques de ira; apenas éste y otros dos o tres más. La vez que me agarró a mí por el cuello, como a un gallo, para prohibirme las compañías que, según él, me estaban envenenando la cabeza de rojo sangre. O la ambulancia tardaba mucho o el flujo de los recuerdos ralentiza el tiempo para que no nos sepulten sus avalanchas. Se puede correr delante de los recuerdos como los protagonistas de las películas delante de la gran ola furiosa. Ha reventado la presa roja. Pero los protagonistas corren más que la ola misma y se salvan siempre, mientras que yo podía morir esa noche. Sin embargo, no pude pensar en la muerte. Ahora sé que es una idea demasiado abstracta. Pensaba más bien, como les critican a los viejos, en las batallas. En las batallitas de mi vida. Batallas sin estrategia y con fines que se olvidan siempre antes de que terminen. Y lo hacía, lo de rememorar contiendas, probablemente como ellos, como los viejos: con nostalgia del momento en que aún no sabíamos si saldríamos victoriosos o no de cada una de ellas. Todo enfrentamiento tiene un presente incierto en el que, aunque sea por un minuto, no importa el desenlace. Quizá la vida sea eso: el lapso de tiempo durante el cual olvidamos o no nos importa conocer el final. Como el amor.
No sé si la vida, pero el amor sí que es eso: el tiempo que va desde tumbarnos cálidamente al sol de mayo y adormecernos, hasta que notamos frío y empezamos a reconocer que anochece, que anochecerá inevitablemente aunque sigamos tumbadas. Entonces hacemos un movimiento brusco de incorporación y nos levantamos y lo recogemos todo, nos lo llevamos todo: la manta, el libro, el jersey... y nos vamos, dejando aplastada la hierba. El recuerdo del peso de nuestro cuerpo aún la mantendrá aplastada muchas horas después de que nos hayamos ido. En el mejor de los casos, hasta que amanezca de nuevo y otro rocío la reviva y otro sol la despierte. Sólo que, durante ese rato de mágica sedación, mientras estuvimos tumbadas, toda la piel era nuestra, y toda la hierba parecía nuestra piel extendiéndose hasta el bosque y más allá del bosque, como si la pradera fuese infinita y nuestro cuerpo incalculable.
Ahora me estaba muriendo a chorros por alguna razón sólo mía que ni yo misma lograba adivinar, pero a mí no me había tocado nunca ser hierba. Que me estuviera desangrando no me convertía en víctima. Porque no hay más víctimas que las del amor. Y a mí siempre me ha tocado ser la primera que nota el frío y se muda. Todavía no me ha tocado ser la huella de un cuerpo que me abandona. Si es cuestión de tiempo, a mí no me ha llegado aún el tiempo del dolor rabioso y la impotencia. Si es cuestión de suerte, la he tenido. Así que, ¿de qué recuerdo podía yo echar mano esta noche para hacerme cargo de la idea de la muerte? ¿Con qué parte de mi memoria compararla para que dejara de serme tan inasequible? Si nunca nadie me ha abandonado, ¿cómo sentir que la vida te abandona? Un frío enfermo, un frío avasallador y purísimo, fundamental, me obligó a volver a la realidad. Se me había encarnado como un espíritu okupa en mi cuerpo desocupado de la sangre, el frío. Miré de nuevo el reloj y sólo habían pasado, desde que lo miré por fin con el propósito de recordar lo que marcaba, siete minutos. Las ascuas de la chimenea, que había dejado de alimentar a media noche, no alumbraban ya más que la cabeza de un cigarrillo. Quizá hice intención de subir a buscar unas mantas, pero me di cuenta de que no podría subir la escalera y volver a bajarla: corría el riesgo de rodar por los peldaños lo mismo que si, además de la sangre, hubiera perdido con ella los huesos. Y sabía que el frío que se apoderaba de mí no sería vencible sólo con trapos. Aunque la ambulancia estuviese viniendo desde Úbeda, pensé, no se tarda más de media hora en llegar, así que no me moví. Me tapé con los cojines del sofá. Parecían baldosas sobre una tubería rota. Tiritaba y me estremecía.
Y entonces volvió el miedo. Porque aquel reloj, nuestro reloj de siempre, el reloj de mi niñez, el marcador de mis impaciencias, el silenciado por mi padre, o un reloj cualquiera de cuerpo entero debilitándose hasta la parada completa de su último vaivén, se me hizo de pronto una representación de la muerte lo suficientemente clara como para resultar espantosa. El reloj que se para: una imagen de la muerte mil veces glosada, un tópico ya, pero con ella volvió el miedo, el miedo a morir, que tampoco es original.
Y es que ahora, a esta idea de la muerte relojera, acertada y concreta, vulgar, fea, sosa (pero real), mediocre (pero victoriosa), le acompaña ya una pena empalagosa, dulzona como el tocino de cielo: la autocompasión. Me doy penita de mí misma allí tan sola y tan grave. Era el mismo desamparo de cuando me sentía acoquinada por la autoridad de mi padre en los tiempos en que lo nuestro era un pulso desigual, pero de poder a poder. El mismo dolorcillo despechado que se me venía al pecho en cuanto me quedaba sola en mi habitación después de alguna prohibición suya, se me venía encima esta madrugada absurda. Puede que incluso llegase al extremo de llorar por mí misma y considerar injusto lo que me ocurría. Injusto, como si fuera una desgracia mandada ejecutar por alguien. Pero yo jamás he creído en ningún ejecutivo supra humano. He logrado mantenerme orgullosamente al margen de quienes necesitan creer que van a resucitar. Y sin resurrección, sin Pascua, no hay religión. No lo digo yo, lo dicen ellos mismos, los corderos pascuales. Hubo uno que vino a resucitarme a mí, según sus propias palabras, y todavía no le he perdonado tanta prepotencia. Vaya usted a resucitar a quien se deje, oiga. Sólo mía es mi vida y sólo mía es mi muerte. Si me estuviese muriendo ahora mismo, y es probable, mi muerte sería un asunto tan definitivo como personal e intransferible. Intransferible. Que murió por mí, dicen que se atrevió a decir también el prepotente, el omnipotente, el Verbo ese, el Transitivo, el hijo de papá; para que me sintiera culpable lo diría, pero yo no acepto su sacrificio. «Palabra del Padre», dicen todos ellos muy serios, como si bastase, o como si fuera más aceptable por eso; nada menos que el padre lo ha dicho, palabras de mi padre. Y todos los discursos patriarcales se parecen, así que es casi seguro que yo aprendí a defenderme del mío con argumentos como éstos en la soledad de mi habitación.
Palabras de mi padre: me sacrifico por vosotros, dice el mío; yo soy la luz, la verdad, el camino y la vida, añade el otro sin cortarse un pelo... Pues a Barrabás, entonces, a Barrabás, a Barrabás... La ironía es casi la única arma de los sometidos. Y no siempre se transforma en sarcasmo, como temía mi padre. Una mutación tan corrosiva se produce sólo si el sometido acaba convirtiéndose, a su vez y por su cuenta, en un amargado. Mi padre recelaba de la ironía como de la hinchazón de un ganglio. A su modo estaba convencido de que era el síntoma de una enfermedad progresiva, la enfermedad que hace imposible disfrutar tranquilo de las cosas. Estaba convencido de eso por mi bien. Pero también estaba convencido, para el suyo, de que la ironía es siempre un desprecio a la autoridad.
Y a mí no me ha amargado nunca, a mí me ha divertido siempre hablar así con quienes creen en esas cosas: con los frailes homosexuales, con los curas pederastas, con las monjas lesbianas... (sí, sí, busque usted el pecado entre quienes más hablan de él, busque usted en su secta: avaricia, gula, ambición, soberbia, lujuria... pero lujuria sometedora y violadora, y traspasada de cursilería y amaneramiento...). Y así hablaba, con las palabras propias de la edad, pero así ya, con la amada monja tolerante que toda niña española que se precie lleva tiernamente en la memoria. La mía se llamaba sor Maricruz y era lúcida como un rayo. Después de la separación en plena adolescencia mía —la trasladaron—, vinieron todavía durante algunos meses las cartas, y luego le perdí la pista. Un proceso natural. Pero tuve oportunidad de llorar para ella —con el motivo de mí misma, pero para ella en realidad— muchas veces. Muchas veces lloré en su honor autocompadeciéndome y, de este modo, ella me dio la ilusión de ser comprendida y yo le di sentido a su labor pastoral entre los jóvenes. La pusieron a eso porque era joven y moderna y tocaba la guitarra y no tenía vergüenza de dibujar en un folio en blanco los aparatos genitales. Aunque quizá mi memoria de cariño y gratitud la engrandece, porque sospecho, casi estoy segura, de que ella utilizó también la encubridora metáfora de la semilla y las flores. Nosotras, las flores; ellos, la semilla. Nosotras, la tierra y la maternidad; ellos, la germinación y el poder. O puede ser también que haya evolucionado desde que no sé de ella. Por qué no. Puede que ahora ande por ahí hablando del género y de sus atribuciones culturales, religiosas y políticas. Es más que razonable imaginarla mejor de esta manera porque es cierto que quien una vez se adelanta, transgrede y reflexiona sobre su propia transgresión ya no deja de hacerlo nunca. El pensamiento crítico crea adicción. También la molicie, imagino. Pero ambas actitudes se manifiestan muy temprano y ella ya tenía por entonces edad de haberse mostrado como sería en adelante.
Lo que no comprendo es por qué mi padre no quiso aceptar que su hija hembra le saliera crítica y su hijo varón un cobarde. Sobre todo teniendo en cuenta que ser pensante no exime de cometer casi ninguna estupidez vital ni ser cobarde garantiza tampoco que uno vaya a escapar a ciertas gallardías temerarias, casi suicidas. Mi hermano estuvo a punto de suicidarse gallardamente, es decir, con lentitud, cuando descubrió que era demasiado cobarde para enfrentarse a él, al Padre. Y yo me comporté muy estúpidamente, es decir, con desafío, cuando descubrí mi propia lucidez para el enfrentamiento. Empeñarse en entender los poderes que mueven el mundo desgarra lo mismo que empeñarse en no hacerlo. Mi hermano está hoy vivo y es razonablemente feliz gracias a una cuidadosa, pormenorizada más bien, acumulación de convencionalismos.
Y yo estoy viva, o lo he estado hasta esta noche, y he sido razonablemente feliz gracias a una cuidadosa, pormenorizada más bien, y acumulativa ristra de transgresiones. ¿Qué diferencia hay? Yo estuve a punto de casarme una vez y mi hermano a punto de ser un marginal. Los dos hemos estado exactamente en la raya divisoria de nosotros mismos. ¿Qué diferencia hay? A mi hermano le ha costado lágrimas y un resentimiento crónico de hígado ir convenciéndose y aceptando poco a poco que era un ciudadano apacible y conservador. Le costó tanto porque significaba darle la razón a mi padre. Y a mí no me ha costado menos convencerme de y aceptar que soy una contracasi-todo, y que no tengo arreglo. Porque eso también era darle la razón a mi padre. Soy una contra-casi-todo, sí, finalmente. Pero ni más feliz ni más desgraciada por eso que cualquiera. Ha habido unos años en mi vida en que sí parecía que iba a tener arreglo lo mío, según los criterios de mi padre, pero, finalmente, los últimos acontecimientos me señalan de nuevo como una... antes se les llamaba inadaptadas a estas personas. Pero yo no duermo entre cartones y no me drogo. A mí habría que llamarme de un modo un poco más moderno (y un poco más descafeinado, por tanto). ¿Qué ha sido de mí? Puede que me esté muriendo. ¿No sería éste un buen momento para hacer balance? ¿Y un balance es lo que tengo que hacer yo, ahora? ¿Nada menos que una recapitulación de toda mi vida de adulta...? No, no me siento capaz; para eso hay que tener la cabeza muy despejada, mejor en calma que llena de miedos, dedicarle mucho tiempo, mucho razonamiento, mucha autocrítica, hay que tener el ánimo dispuesto a aceptar una conclusión de fracaso; y hay que tener, sobre todo, un para qué. Además, digo yo, ¿eso del balance, la revisión, la auditoría... no habíamos quedado en que te lo daban hecho allí arriba, como ponencia de tu Juicio Final?: un pormenorizado recuento de actuaciones junto a una justísima valoración de los resultados teniendo en cuenta las capacidades recibidas.

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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 11:57 am

Lo del Juicio Final es lo único que siempre me ha parecido, si pudiera creérmelo, una cierta ventaja, un descanso, una dejación en manos ajenas de la peor tarea propia: valorarnos. Porque, lo que no es de recibo es que primero tengamos que aprender a vivir, después aprender a traicionarnos a nosotros mismos y, finalmente, a modo de puntilla, a autoevaluarnos. Estudié derecho con la firme intención de poner mi inteligencia al servicio de los pobres. Y lo hice: fui abogada laboralista. Pero no sé cómo, de la noche a la mañana, este país cambió y dejó de tener obreros. Recuerdo perfectamente que no fui yo la primera que cambió, en eso no estoy dispuesta a admitir más parte que la que en justicia me toque. Los sindicatos se transformaron en ministerios; los ministerios, en empresas asociadas al sector correspondiente; las empresas, en entes imposibles de dilucidar, sin patrones ni capataces; y, la izquierda, en un salvoconducto para pedir lubina a la sal con cargo al cargo y sin cargos de conciencia. «Y un Ribera del Duero nos traes también, Ramón, pero que veas tú que esté bueno de verdad, de esos que sé yo que te guardas en la bodega para los amigos...». Para la lubina tuvieron que hacer criaderos deprisa y corriendo y el Protos se disparó de precio al mismo tiempo que se disparaba el nú­mero de subdirectores generales y subdelegados de gobierno. ¿Ya nadie se acuerda de aquello que nos pasó y que nos ha traído adonde estamos? Yo acabé trabajando para un bufete prestigiosísimo, pero de ideología normal y corriente; lo que incluía darnos el capricho de defender de vez en cuando causas muy humanas, de esas de mucho periodista, con sus alcachofas de todos los colores, esperándonos a las puertas de los juzgados. ¿Y qué? ¿Cómo que «y qué»? Sí, que qué paso después. Pues que un día me cansé también yo de seguir esperando que cambiara lo de fuera, volví mis ojos hacia adentro y decidí que era más rápido que cambiara yo. Decidí dedicarme a no hacer nada, a leer libros, todos los que tengo pendientes. Y así, con una valentía de la que no dispondría si tuviera hijos o un hipotecario de los que se llevan ahora, simplemente me despedí del despacho, pacté una indemnización y empecé a hablar con mi hermano de la posibilidad de vender esta casa, que vale una pequeña fortuna. Para ganarme la vida, una vida que he descubierto que puede llegar a tener poquísimos gastos, hago, por libre, una de las tareas más raras que existen: escribo discursos para empresarios que se ven en la necesidad de hablar en público durante la presentación de algún producto, o plan, o que reciben un homenaje o que lo dan... Es curioso que este servicio fuera uno más de los que terminamos dando en la práctica diaria, a modo de favor personal, a algunos clientes del despacho («vosotros que estáis acostumbrados a hablar en público en los juicios, ¿no podríais escribirme algo, nada, cuatro líneas?»). Celebramos los diez años de. Los veinte. Los veinticinco. Los treinta. Luego hay un salto inexplicable, y ya sólo se celebran los cincuenta. El nombramiento como hombre más etcétera del año. El empresario más etcétera del ramo... No me va mal. Porque no todas las empresas tienen doscientos empleados y departamentos capaces de escribir discursos. Las hay pequeñas y medianas.
Al principio hacía sólo lo que me llegaba del despacho, pero cada vez me va mejor; me va tan bien, para ser sincera, que creo que, como siga cundiéndose por Madrid la voz de que yo soy esa persona a la que recurrir, acabaré teniendo que volver a mirar hacia adentro para volver a irme del sitio al que llegué por haberme ido del sitio donde estaba. ¿Es esto un resumen de mi vida? Hace veinte días que salí de mi piso madrileño con la intención de venirme aquí sola, a esta casa, durante los diez días que ella iba a estar fuera dando un curso. Pero ella ha vuelto y yo he seguido aquí. Le he propuesto vernos los fines de semana hasta que termine de escribir una biografía de mi familia que no estoy escribiendo y que nunca he tenido intención de escribir. La quiero, pero hasta ayer, hasta hoy por la tarde, hasta que me he despertado empapada en mi sangre esta misma noche, lo que me apetecía sinceramente era estar sola. Sola y aquí. En la casa de mis padres y en la que fue la mía mientras yo pude seguir siendo la que era.
Llegó un momento en que ya ni siquiera miraba el reloj. Me importaba saber cuándo llegaría la ambulancia, pero es que no podía abrir los ojos. Se ve que el frío me había congelado los párpados durante algún rato que debí de tenerlos cerrados y ahora, sencillamente, no podía abrirlos. Pero cuando toda tú eres hielo, lo bueno es que dejas de notar el frío. Notas lo contrario más bien: diminutos esquimales ocuparon el iglú de mi cuerpo y encendieron fuego y unas oleadas de beneficioso calor nos reconfortaban a todos. Inuit, inuit, inuit, se me oía crepitar por dentro. Y olía intensamente a pescado inuit haciéndose. Y el olor salía de mí. Así huele una mujer cada mes al final de la menstruación. También huelen así las cajas de cartón vacías que recolectas en la acera tras la hora de cerrar las tiendas para meter tus cosas y largarte de una casa en la que has vivido, hasta su muerte, un amor de olor a hierba y a ajalbea.
Pero qué me importa a mí ya todo esto si me estoy muriendo... Hace poco todavía creía que había un límite, una frontera, en dejar de trabajar a sueldo, por ejemplo; y, antes de eso, que lo había en cruzar con el cuerpo desnudo la frontera entre los hombres y las mujeres, pero ni siquiera lo hay en el hecho de que ahora mismo me esté vaciando de aliento. No lo hay. No me parece que lo haya. Una vez que cruzas al otro lado de no importa qué, todo es perfectamente igual a ayer o a hace una semana. Salvo por el dolor. Creo que el único precipicio real es el dolor. Pero puede que lo piense así sólo porque empiezan a dolerme las articulaciones, y tan físicamente, tan insoportablemente, como si me las hubiera roto todas. En este momento, todos mis cojinetes tienen los rodamientos desperdigados. Estoy segura de que, si intentara mover una rodilla, se me quebraría la pierna por la mitad. Si intentara sonreír, mi cóndilo se descapsularía para siempre. Y hasta mi clítoris debe de estar siendo en este instante una reventadiza pompa de jabón (no, de jabón no, de algo igual de frágil, pero de estallido más repentino y añicos más peligrosos... una reventadiza bola roja de árbol de navidad).
No sólo me marea la hemorragia de mi sangre, sino la de mis recuerdos, tan desordenados. La sangre es desordenada, como el flujo de la memoria. Es un líquido incontrolable, por más que los dibujos animados hayan pretendido convencer a los niños de que está constituida por varios cuerpos de ejército de obedientes y disciplanados miembros de los glóbulos rojos o de los blancos. Es caótica porque es líquida y, sobre todo, porque es la manifestación de la vida. Realmente no sé si me estaré muriendo. Me impongo pensarlo y no puedo. Tampoco puedo pensar en la vida, mi vida, las vidas vividas, las vidas posibles. Ni siquiera puedo pensar en algo mucho más sencillo: en la vida que va pasando. Tanto filósofo hablando del pasar, del correr imparable, del fluir, del río... y ninguna metáfora sirve. No puedo pensar en la vida como un viaje, sólo en mis viajes. Me vienen a la memoria, al pensamiento tendría que decir, recuerdos de viajes, pero de viajes precisos, localizables en el mapa, nada metafóricos, con billete de transporte o volante de coche. Y tengo imágenes, ideas tendría que decir, de ríos, pero de ríos con agua, no del río de la vida. Mis viajes con Carmen. El río Chao Praya. O aquel río negro, no muy grande, pero muy negro, y su peligrosísimo puente, allí por Cahuita, Parque Nacional de Cahuita, cuarenta y cinco kilómetros al sur de Puerto Limón, en el Caribe de Costa Rica, casi frontera con Panamá. El jeep que hemos alquilado nos ha llevado por pistas de tierra hasta la esquinita misma del país. Y ahora tenemos delante un puente que pasar, hecho con tablas de madera. El todoterreno (pero no-todos-los-terrenos, no, ni mucho menos, una engañifa de nombre publicitario) se detiene de puro miedo y ve cómo baja su conductora, que soy yo, a mirar el estado de la estrecha franja de tablones: suponiendo que alguna vez hubieran estado todos puestos y bien clavados, ahora quedan menos de los imprescindibles; y encogidos, además, resecos y retorcidos en escorzos increíbles por culpa de la edad, por la artrosis que padecen los tablones de puente viejo, carcomidos y con los dientes de punta...; de hecho, ya sólo quedaban dos completos que abarcaran todo lo largo del puente, casualmente colocados, eso sí, a la misma distancia, más o menos, que los ejes del coche. Más me valía que acertase a encarrilar bien las ruedas, casi igual de anchas que ellos. Volví al coche para decirle a Carmen, que se había quedado al resguardo del aire acondicionado, que el puente estaba muy mal, que hacían falta muchas narices para pasar por allí y que no todos los caminos eran transitables.
—¿Tan mal está? No estará tan mal... —dijo ella. Su natural despreocupación, que a menudo me hacía tanta gracia, a veces me exasperaba.
—Está como para que nos demos la vuelta, fíjate tú.
—¿Dar la vuelta? ¿Volvernos para atrás?
—A ver. Tú me dirás si no. Sería lo más sensato. O eso, o esperar a ver si viene alguien más y lo pasa y ver cómo lo pasa... Porque, si alguien lo pasa, yo también lo paso —sentencié.
—Pues nos pueden dar las uvas, te advierto. Esto es una pista de tierra que ni viene en el mapa.
—Ya, pero... ¿y qué hacemos, entonces?
—¡Bah! Seguro que no pasa nada. ¿Me bajo y te dirijo la rueda?
—Menuda solución. Que no, te digo. Tú no conduces y por eso no tienes ni idea de lo que es pasar por ahí. Pero bájate, eso sí, vamos, anda, ven y mira... ya verás cómo se te quitan las ganas... Ven.
El río no era muy ancho, seis o siete metros, pero era negro como la selva. ¡Cualquiera sabe qué clase de bichos y fangos habría ahí abajo! Si cayéramos, no moriríamos ahogadas, sino atragantadas de sustancias sólidas.
—¿Lo ves? Están medio sueltas y podridas —le señalaba las tablas mientras pasábamos a pie sobre ellas.
—Sí, eso parece. Da un poco de cosa, hay que reconocerlo. Y si no te atreves a pasar tú, con lo que eres... —a veces me concedía algún piropo indirecto, como éste—. En fin, bueno: pues nada, oye, nos damos la vuelta y ya está. No importa, qué más da, no tenemos ninguna obligación de ir a ningún sitio.
—O podemos esperar a ver si viene alguien; total, ya que estamos aquí... —volví a proponer yo.
—A mí me parece mejor dar la vuelta —decía ella, mientras regresábamos las dos a refugiarnos en el aire acondicionado del coche, porque se habían cambiado los papeles, como pasa tantas veces cuando alguien nos da sin apenas resistencia una razón por la que teníamos previsto pelear mucho más.
—Vamos a esperar un poco a ver si lo pasa alguien —dije—, porque si yo viera que alguien lo pasa, pues entonces estaría claro que aguanta... Pero un lugareño tendrá que ser, eh, eso sí, porque un turista fanfarrón no me vale. Un nativo, un oriundo, un autóctono...
—O un indiano en viaje de añoranza —siguió ella la cadena.
—O un criollo empecinado... —añadí yo.
—O un mestizo en busca de su mitad salvaje...
—O un misionero aclimatado... —y es que veníamos así, jugando a encadenar palabras de lujo, desde varios kilómetros atrás, y palabras relacionadas con la ubicación de los propios y las intromisiones de los ajenos, precisamente—. Porque digo yo que esto asusta a cualquiera ¿o no? —pregunté—. ¿O sólo a mí? A lo mejor sólo me asusta a mí por ser forastera...
—¡No, qué dices! ¡Menudo canguelo!
—Forastera, urbanita —seguía yo—, occidental, guiri... Somos como dos guiris inglesas por la selva con sombrilla de encaje...
—Pues mejor lo de la sombrilla, porque el aire acondicionado no funciona con el coche parado —se quejó ella.
—Vale, lo pongo en marcha. Cómo eres. Pero luego, si nos quedamos sin gasolina, no te quejes. Ya te lo he dicho, esto gasta una burrada y, como nos quedemos sin gasolina, que mira ya por dónde va el depósito, nos vamos a enterar de lo que vale un peine...
—Por eso. Es mejor que nos demos la vuelta. No pasa nada si damos la vuelta.
—¡A quién se le ocurre hacer un todoterreno de gasolina, con lo que gastan! Eso, para ir de soplapollas por la Castellana, puta madre. Pero aquí, que no hay una gasolinera ni en...
—Espera, mira, allí parece que viene alguien... —me señaló ella.
—Pero tiene que ser un coche pesado, eh, del tipo de éste por lo menos. Si no, tampoco nos vale —me previne yo.
Todavía no era más que una nube de polvo que se acercaba, pero me curé en salud y puse toda mi esperanza en que fuese una moto; en realidad, en no tener que pasar, en dar la vuelta al Suzuki y volver a la carretera asfaltada y dejar Playa Brava para los indios bribris indígenas y los surfistas locos. ¿Para qué teníamos que llegar hasta ella nosotras? No éramos periodistas de aborígenes ni biólogas de una fundación ni siquiera cooperantes con más buena voluntad que prudencia.
Un mes y medio a Costa Rica por nuestra cuenta, aprovechando vacaciones que me debían a mí y el intermedio que había pedido Carmen entre dejar un trabajo e incorporarse a otro... Pero «por nuestra cuenta» estoy segura de que no llegaba hasta el punto de incluir el paso por un puente tan de atrezo Indiana Jones como el que teníamos delante. «Por nuestra cuenta» era una frase autónoma ya, menos exigente y mucho más sensata que la original completa: «... y riesgo». Por algo en los viajes para turistas hace tiempo que no se usa más que la primera parte. Atrás, muy atrás en el tiempo —esa sensación teníamos, especial de los viajes—, en San José, se había quedado nuestro hotel Barceló, con sus cinco estrellas y su fotogénico puentecillo de madera barnizada y firme sobre la perfecta transparencia azulada del agua de la piscina. La transparencia no atraganta, el cloro no mata humanos, el azul, qué bonito, es el color del cielo.
Sin embargo, no se puede nadar, ni sabiendo hacerlo de campeonato, en el negro espeso de las venas de la jungla; de la misma manera que su verde enredado es impenetrable. Un coche rojo con enormes manchas de óxido pasó por el puente sin apenas frenar. Probablemente lo sostuvieran los tablones transversales porque los baches sonaron a pespunte.
—Lo peor de caer con un coche a un río —le explicaba yo a Carmen, mientras metía primera y nos abocábamos a él— es ponerse nerviosa. Bueno, es lógico, claro, y parte del problema, los nervios. Pero que, si no pierdes la calma, y no te empeñas en abrir las puertas, porque eso, con la presión del agua es imposible, y lo que abres son las ventanillas, que es lo que hay que hacer, las dos ventanillas (venga, abre la tuya también, por si acaso), si abres las ventanillas para que la corriente atraviese el coche y no lo arrastre tanto, y dejas primero que se inunde el habitáculo... luego ya puedes salir buceando por la ventanilla sin problemas; hasta te da tiempo a coger la última bocanada de aire mientras se va llenand...
—¡Vaya conversación, hija, por dios! Tú controla y no hables, anda.
Por aquella jungla tropical y por el río Sarapiquí y por Barra del Colorado vimos arañas tan grandes, que podrían tomar un ojo humano por un insecto y comérselo. Y comérselo, redondo y gelatinoso, de un solo bocado. Y serpientes. Las arañas y las serpientes se llevan la palma del miedo muscular, el que tensa los tendones por su cuenta, el que no repara en contenidos, el que se dispara sólo por la forma. «Para que una serpiente me mate a mí», había dicho ella, «ni siquiera le hace falta ser venenosa».
También vimos lapas, que allí no son conchas, sino loros multicolores; y dos tucanes distintos que no eran hoteles. Aquel viaje fue el último feliz que hicimos juntas. Recuerdo que llovió, llovió y llovió a la manera que dice Gabo, don Gabriel. Estábamos en el hotel Plinio, de Quepos. Llovía y llovía y la cortina de agua era mucho más densa que el vidrio de una ventana. Allí no hay canalones, no tendrían sentido, serían incapaces de contener y encauzar los regueros de las tejas. Allí hay techos rizados de chapa rojiza por cuyas simétricas vaguadas se precipitan ríos continuos cuando rompe a llover. Entonces forman realmente lo que se dice una cortina de canutillos de agua. Por la mañana, desayunando, oímos decir a un «tico» que la carretera a San José estaba cortada, que un puente no había resistido. Carmen y yo nos miramos. Pero nada menos que la carretera general y un puente de hormigón. Comentaban que abajo, Quepos, el pueblo, parecía una laguna. Y no fue huracán, sólo agua. No hizo viento (no, claro, es que viento no podía hacer porque, si lo piensas... ¿por dónde iba a colarse el viento entre tanta espesura líquida?).
Cinco años antes de esto, Carmen y yo nos habíamos conocido viendo llover a orillas del lago Toba, en Sumatra. Dicho así, suena romántico, exótico. Pero es que así fue la nuestra para ella, una historia exótica: porque yo era una mujer (y conste que, ante su asombro, no dejé de ser mujer ni un segundo durante todo ese tiempo); y romántica: llena de aventuras y de viajes como si ya nos hubiéramos jubilado, ella a sus cuarenta y dos años y yo a mis veintinueve, como si fuéramos ya, efectivamente, esas dos intrépidas viejas inglesas de sombrilla y siglo pasado que cuentan sus años por itinerarios: el año que subimos al Cabo Norte, ¿qué año era? Si la dejé hace uno y medio, fue sólo porque otra mujer se cruzó en mi camino. O quizá también porque no se puede parar, sino momentáneamente, las ganas de oxidarlo todo que tiene la naturaleza. Por no poder, ni siquiera podemos modificar mucho sus ganas de mojarlo todo cuando decide ponerse a llover. Cuando techamos un trecho de mundo, conseguimos que no llueva bajo ese diminuto espacio, pero, a cambio, un metro y medio más allá, donde termina el porche de nuestra cabaña de Monteverde, llueve una fila de caños hecha del resumen del agua que hemos desplazado. Y es entonces una fila de sogas de agua mucho más caudalosa que los hilos que hubieran caído naturalmente en el sitio previsto por las nubes y la gravedad. Apenas un desplazamiento de unos metros... ¿es eso una modificación? Yo creo que sigo sangrando. Tal vez por eso nos veo ahora a las dos dando un paseo por las calles de Poix de Picardía, en Francia. Junto a la iglesia del pueblo, en pleno pueblo, el cementerio: pequeño, lleno de lápidas —ni un solo nicho— y de flores. Llama la atención, en medio de las demás, un conjunto de dos calles de lápidas iguales, exactamente iguales, de medio metro de anchas y menos de un metro de altas. Parecen antiguos mojones de carretera.
Pero demasiado juntos para marcar el camino o la distancia a ninguna parte. Son la llegada. Están escritas en inglés, no en francés. Son todas de soldados muertos en 1943. Unas cuarenta. Muy juntas, sí, hemos visto ese tipo de lápidas en las películas americanas, alineadas en dos filas disciplinadas, militares. Y todas llevan grabado lo mismo: un escudo de lo que parece su cuerpo de armas —alas de Espíritu Santo—, el nombre, el año 1943, y la edad, «Age 22». Age 21. Age 22. Age 21. Age 22. Age 23. Age 21. Age 19. Age 22. Age 20. Age 22... Había uno de age 30, un sargento, colocado abriendo, o cerrando, según se mire, una de las filas. En la parte de abajo de la lápida, algunos, no todos los muertos, tenían una inscripción en inglés. Cosas sobre dios, el descanso o el propósito imposible de no olvidar. Pero había una especial. No quise aprenderme el nombre del muchacho al que le escribieron esto: «Es uno más de entre ellos, pero es el nuestro». Carmen ha dicho después de traducírmelo: «Vámonos, se me ha puesto la carne de gallina». Parecen fichas de dominó sobre un tapete verde, césped natural, muy verde y muy bien cortado. Hierba en la que apetece tumbarse hasta que anochezca. A los pies de cada uno han plantado los franceses rosales rojos. Y los cuidan. A espaldas del cementerio hay un bosquecillo de árboles altos, del norte, muy umbrosos, yo no sé cómo se llaman, y un caminillo doméstico entre ellos; esta mañana estamos vivas y hemos andado un ratito por allí. Es febrero y nuestro viaje es a Normandía...
¿Qué me está pasando? ¿Qué clase de conexión entre hechos dispersos del pasado nos conduce a la muerte? O de desconexión. O al frío, porque tal vez no voy a la muerte, sino a su frío anterior, anticipatorio. Frío sí que tengo, mucho. Tiemblo como los guacharillos a la intemperie cuando se sacuden el agua; sólo que yo estoy seca y a cubierto, me estoy secando en mi propia casa. No entiendo los hilos de mi manera de pensar y de recordar en esta noche. Su boca besándome, sus manos acertando a encontrarme las puertas del cuerpo y los adentros del alma, su espalda cerrándomelas. O es que no son hilos. Son desconexiones, sí, más bien. Antes de que consiga llegar a la moraleja, mi vida se para en una secuencia sin importancia y se reanuda en otra igual de insignificante. Se desmadeja y se enreda, de haber un hilo. O, de no haberlo, explota como una bombilla y desintegra la redondez del universo al que pertenece. Además de dejarme a oscuras. Me quité la cadena con la medalla de la virgencita niña y la fecha de mi primera comunión, todavía muy reciente en aquel momento, para no perderla si flotaba fuera de mi cuello aquella vez que bajamos al río a bañarnos sin permiso de nadie; la metí y la olvidé en el bolsillo de mi vestido y pedaleé con ella allí dentro, todo el camino de vuelta, hasta llegar al pueblo. Se enredó tanto, que mi madre no pudo desenredarla; ni Dora, que tenía cuatro veces más paciencia que mi madre. Hay hilos que no se desenredan jamás; hasta hay cadenas que. Mi madre lo explicó así: «Es que, cuanto más fina la cadena, más difícil de desenredar y ésta es tan fina, tan fina, que es imposible, vamos». «Más fina que los hilos de seda con los que les bordo yo a las monjas», añadió Dora y ya se estaban riendo las dos. «Como que más fina no la hay, más fina que ésta no la pueden hacer ya con eslabones; hubieran tenido que hacerla con suspiros», siguió mi madre. «Pero, ea, qué se va usted a esperar de un engurruñío como ése, que le da veinte bocaos a un cañamón», dijo Dora. Yo empezaba a saber por entonces que se referían, muertas de risa, a mi tío Rafael. «Eso la cadena, pero ¿y la medalla? No te pierdas la medalla... A saber el extra que le habrá cobrado el joyero para poder grabarle a la chiquilla el nombre y la fecha en una medalla tan chica». «Tan chica, tan chica, que ni se ve bien si es redonda o alargada»... Recuerdo que sabían encadenar sin perder el hilo, ellas sí, carcajadas y comentarios en un juego de ocurrencias igualitario, divertido, entrañable.
Me gustaría saber qué fue de Dora. Creo que oigo llegar la ambulancia. O me hace ilusión creerlo. Es una certeza extraña... pero juraría que no me duele mi dolor si ahora resulto ya demasiado vacía para que puedan volver a llenarme de algo las venas. De algo que ya no seré yo tendrá que ser porque toda esta vida roja que fue la mía ya no puede recogerse. Se la han bebido un colchón y un sofá, manda narices: demasiadas horas de tele y de sueño desperdiciadas. No, no es mi dolor el que me duele, sino el dolor definitivo que sentirá mi hermano cuando se lo digan; y el dolor reflejo que sentirá Carmen; y el dolor nuevo que sentirá ella otra, que apenas ha tenido tiempo de conocerme. Tal vez también le duela, de una forma difusa, como duelen los pequeños fracasos, a la telefonista del 003 si llega a enterarse. Es extraño esto, sí... no se me ocurrió que llegaría a alegrarme de que mis padres estén muertos, sobre todo mi madre. Mi madre no sufrirá.
Pero... ¿qué pasa ahora? De pronto noto que algo ha cambiado aquí, en mi casa. Algo raro ocurre. Tengo miedo. Sólo que es un miedo distinto, concreto, ajeno a mi debilidad, me parece. Viene de fuera de mí, casi estoy segura. Esta forma de miedo me resulta familiar, reconocible y sé que viene de fuera. Algo está pasando aquí y no tiene que ver conmigo. Me siento amenazada desde fuera, como si estuviera en peligro. Tengo que volver al presente real y pensar. Tengo que hacer el esfuerzo de espabilarme un poco y pensar porque algo pasa. Algo está pasando a mi alrededor. No estoy sola. Debería poder abrir los ojos. El ruido de motor que he oído parar frente a la casa era, eso me ha parecido, el de una camioneta, pero no ha llegado acompañado de sirenas. Puede que, sin darme cuenta, desechara al principio este detalle pensando en que tal vez los responsables de la ambulancia habían considerado innecesario cruzar un pueblo desierto a las cuatro de la mañana con las sirenas despertando a todo el mundo. Puede que lo pensara así, aunque no me haya dado cuenta de que pensara en eso, no he sido consciente de ninguna reflexión sobre la falta de sirena. Ahora, sin embargo, otra clase de ruidos vienen a darle un contenido distinto a la ausencia de ése. No creo que en este momento esté ya del todo consciente. Pero tengo que hacer un esfuerzo porque me parece que oigo sonidos metálicos en el salón y un caer de cosas precipitadas en el piso de arriba. Creo que alguien me está zarandeando para que hable. Siento correazos de calor en las mejillas.
«Dinos dónde están las joyas y las cosas de valor... Si te portas bien, a lo mejor avisamos para que venga la ambulancia cuando nos vayamos, pero tienes que portarte bien, guapita, tenemos que salir contentos de aquí, muy contentos, ¿entiendes? No queremos que te mueras, tía, tú dinos dónde está lo de valor y, cuanto antes acabemos, mejor para ti...».
No sé si este discurso está siendo así de largo y todo seguido. Puede que se haya estado extendiendo, fragmentado, a lo largo de un rato, a frase por empujón y bofetada. Diría que me están echando agua a la cara, pero no lo sé. Una de las voces parece estar contestando ahora a algo que haya dicho yo, pero yo no soy consciente de haber hablado, de poder hablar.
«Pues porque vamos a llamar desde una cabina para que no sepan desde dónde llamamos, por eso no importa, so lista. Pero que a ti te tiene que dar igual eso, ¿sabes? Tú lo único que tienes que pensar es que, o te fías de nosotros y nos ayudas, o aquí te quedas, no hay más... ¿me oyes? ¿Te enteras? (Esta tía está muy mal, tú, no se entera, yo creo que no oye)».
«Si se entera de que hemos arrancado el teléfono es que no está tan mal... Déjamela a mí».
Aquel amigo de mi hermano, Bartolo, el bizco, el huérfano de padre, el azogue... ¿por qué me lo recuerda esta brumosa cara de hombre que tengo ahora delante? Pero yo no puedo ver caras, ninguna cara real, porque no puedo abrir los ojos. Sin embargo, diría que ha sido él el que acaba de detener el brazo del que me pegaba. Le ha dicho que me deje ya, que me conoce, que conoce la casa y que me deje ya, que estoy inconsciente. Pero no puede ser porque Bartolo está preso en la cárcel desde hace unos años. Y aunque no estuviera allí, cómo iba a reconocerlo yo después de tanto tiempo; no hemos vuelto a verlo desde que era un chaval. Probablemente la voz no ha dicho que me conoce, sino que «no conoce», refiriéndose a mí, «déjala, ¿no ves que ya ni conoce?». Y seguramente no ha dicho tampoco que conozca la casa, sino que no hay más que rascar en esta casa. Y también puede que nada de lo que creo haber oído se haya dicho fuera de mi cabeza.
En todo caso, debí darme cuenta de que en una provincia como la mía, un apellido poco frecuente, sonoro y de señorito de siempre, el mío, Lara de Nuño, el que me dio mi padre, el que yo di por teléfono, es más que conocido. Mi ángel del 003 aparece ahora súbitamente a mi entendimiento como iluminada por el truco de la linterna bajo la barbilla que utilizábamos de niñas para transformarnos en pavorosos espectros. De ángel a demonio. La casa de mis padres es grande y de piedra, es del siglo xvi y, por tener, tiene hasta una pequeña capilla, con un cristo de madera policromada de la misma época. Pero el cristo tiene dos metros de alto, no podrán llevárselo. No querrán llevárselo, está catalogado. Y a mí qué si se lo llevan. Pero no, a mí qué no. Es hermoso como un dios vencido. Sería horrible que acabara comprándolo de tapadillo en Sotheby’s un maquillado y lechoso misógino inglés. O Madonna, quién sabe. ¿Para quién estoy haciendo los chistes? Me estoy muriendo y me están pegando. Leí una vez el testimonio de un torturado uruguayo que decía que no podía evitar hacer chistes mientras lo torturaban. Estaba exiliado en Suecia, el único país del mundo que abrió un centro para estudiar la tortura... Hagamos inventario. La nobleza y los medio nobles no paran de hacer inventario desde la Revolución Francesa, como si se hubieran transmutado definitivamente en sus posesiones más simbólicas, las más rancias, sí, como si temieran perder la identidad si no se inventarían a sí mismos. Por eso, aunque llegáramos a pasar hambre, jamás convencería a mi hermano de que vendiéramos esta casa: «Significa mucho para mí», dice. También la casa que heredan dos hermanos en Aluche es la casa de sus padres y la de su infancia y no dudarían un minuto en venderla. ¿Es que no significa nada para ellos o es que no significa nada fuera de ellos? Es más bien que no significa nada fuera de ellos, que no es un símbolo para nadie más que para ellos, así que es perfectamente vendible. Los pobres no se transmutan tan fácilmente en sus cosas porque sus identidades irían a parar a objetos bastante feos en general: un sofá de escay marrón, por ejemplo. Hagamos inventario, me están pidiendo ahora mismo que lo haga, ellos no lo dicen así, pero eso quieren, un inventario: una bodega llena, una cuadra vacía, plata y nueve dormitorios, cuadros que valen aunque sólo sea por viejos o por los marcos —«yo ahora ya no puedo mantener esta casa con el dinero que gano por libre», le dije a mi hermano, pero dejemos eso, sigamos con el inventario—, candelabros y lámparas de cristalillos... Sillones, butacas, mesas, secreteres, aparadores o vitrinas que harían las delicias de cualquier anticuario de Serrano, vendedor de memorias de familia falsa a los yupis del Soto de la Moraleja —he dicho Soto, ellos no lo dicen, sin embargo, abrevian, se les olvida la primera de las dos palabras—. Mi escritorio lleno de cajoncillos, marquetería de filigrana en la que no falta el marfil, podría acabar, si estos que me están rematando esta noche no fueran tontos, y ya que tienen camioneta, en algún adosado de Las Rozas con el título de presentación a las visitas de «era un mueble de casa de toda la vida, se lo pedí a mi madre cuando fuimos en navidad, porque allí, chica, entre tantas cosas antiguas, es que ni lucía»... Pero éstos no quieren cosas grandes. Pendientes, pulseras, aderezos completos y solitarios; camafeos, gargantillas, gemelos, broches; anillos de casadas, anillos de pedidas y anillos; alfileres de corbata, relojes de bolsillo y de pulsera; botonaduras de cuatro y botonaduras de media docena, collares de perlas de cantarina desigualdad, medallones y medallitas de varias vírgenes de escogidos poderes cada una...: el problema es que todo eso que quieren éstos, las joyas, salió de aquí cuando la casa se quedó vacía. Un lote se lo llevó mi cuñada y el mío me lo llevé a Madrid y allí lo tengo, sencillamente en el cajón de una mesilla de noche comprada en muebles La Fábrica...
—Llevaos el cáliz. Es de oro macizo y tiene rubíes.
—Qué cáliz, qué es eso, qué dices...
—Es el copón, el recopón de la hostia, nada menos...—creo que eso acabo de decir y me estoy riendo sola—, es lo que más vale de todo lo que hay aquí. Vale una fortuna. No sólo por el oro y las piedras, sino por antiguo. Pero no está en la capilla, está en la cocina. Lo uso para poner los corchos de las botellas que abro, siempre hace falta tener alguno para cuando no te terminas el vino... la sangre... ojalá sirva también para contener la mía... ¿Y ahora qué pasa? ¿Siguen pegándome a pesar de que ya les he ofrecido mi cáliz?
—¿Por qué? ¿Y la ambulancia? —me oí decir.
—(Se está despertando). No te preocupes, no pasa nada, ya estás en el hospital... —me pareció que era la voz de mi hermano y que me decía un montón de cosas más.
Esperé a que dejase de hablar. Creo que esperé también a que no hubiera tantos ruidos a mi alrededor. Quizá esperé además a que no hubiera tanta luz que me hiciera tan difícil abrir los ojos. Según mi hermano, esperé casi un día entero para volver a decir:
—Tenemos que localizar a la telefonista del 003 que me atendió, es muy urgente...
—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué? —dijo él.
—¿Has estado en la casa? —le pregunté y, en ese momento, me sentí tan despierta como lo había estado toda mi vida al despertar.
—Sí, estamos parando allí, claro... ¿por qué?
—¿Has notado si nos han robado algo, si hay cosas tiradas?
—¿Robarnos? Yo no sé que nos hayan robado nada.
—¿No hay nada revuelto por la casa, todo está en su sitio?
—Yo no he notado nada raro. Pero bueno, ¿qué manera es ésta de despertarte?
—Es de noche. ¿Cuánto tiempo llevo aquí?
—Dos días. Bueno, no llega: te trajeron ayer de madrugada. Nosotros vinimos muy temprano por la mañana, en cuanto nos avisaron.
—¿Sabes si el cáliz de la capilla sigue estando en la cocina?
—¿Cómo que si...? Pero ¿qué clase de pastillas te han dado? No te entiendo. ¿Es que pasó algo en la casa? ¿Te han atacado o qué? Porque has estado medio dormida medio despierta, diciendo cosas... como defendiéndote de gente que te pegaba y quería robarte.
—Tú averigua si el cáliz está en la cocina o no, hazme el favor. Y si está, que seguro que sí está, ahora me parece que va a estar allí seguro, claro que sí... Si está, localiza a la telefonista de información de la provincia que tuviera el turno la noche que me trajeron... (bueno, y si no está el cáliz, también). Tú localízala. Por favor. Hazme ese favor, hermano. A lo mejor tenemos que darle las gracias —yo siempre le he llamado «hermano» a mi hermano, tal vez por no recordarle que se llama Pablo como su padre—. Fue ella la que se encargó de llamar a la ambulancia...
—La localizaré, no te preocupes ahora por eso. Y le daremos las gracias.
—Y otra cosa, otro favor: mira a ver si puedes averiguar si Bartolo sigue preso, ¿no lo habían trasladado desde Cataluña a la cárcel de Jaén?
—¿A qué viene que quieras saber ahora de Bartolo?
—Tú averíguamelo si puedes, anda, sé bueno.
—Ya, Teresa, pero me gustaría saber a qué viene ese interés. Y precisamente ahora.
—Si me haces las averiguaciones, yo te lo cuento.
—De Bartolo no hace falta averiguar nada —dijo él, muy pensativo—. Será casualidad, no digo que no, pero...hay que ver, pasan años sin que salga Bartolo por ninguna parte y desde ayer... Resulta que ayer por la noche salí un rato por el pueblo, ¿sabes? Y me vinieron con el cuento, a mí ni se me ocurrió preguntar por él, ya ves, no he vuelto a verlo desde que teníamos dieciséis años. Pero me vinieron con el cuento. El Sábat, Luis Sábat, ¿sabes quién te digo?
—Pues... así, no....
—(Bueno, da igual. Otro de la panda de cuando éramos chicos, un idiota). Viene y me dice: «¿Te acuerdas de Bartolo, el bizco, el de los tejares?. Y yo. Pues sí, cómo no me voy a acordar». «Es que murió el mes pasado. De sida. En la cárcel. Vino en el periódico, en el Jaén, porque por lo visto la madre pidió que lo dejaran salir, porque estaba muy mal (ya ves si estaba malo, ¡como que estaba agonizando!), y no le dejaron salir. Lo denunció, el caso, una asociación antisida. Por eso vino en el periódico. Porque no le concedieron el permiso ese, especial, que por lo visto les conceden a los presos cuando están terminales». Eso me contó, y él lo contaba como si tal cosa. Pero a mí se me revolvieron las tripas oyendo al imbécil del Sábat, precisamente al Sábat, además, decir que Bartolo había muerto.
—¿Muerto?
—Muerto. El mes pasado. Pero lo raro es que te hayas acordado tú también de él ahora. Qué casualidad, ¿no? ¿Por qué querías que me enterara?
—Por nada.
—Por algo será. Digo yo.
—Sí, pero... en realidad por nada. Creo que en uno de los sueños que he tenido aparecía él —quise cambiar de tema cuanto antes porque sabía que a mi hermano le podía estar doliendo recordar a Bartolo—. Y no exactamente él, sino alguien que se le podría parecer. Una especie de ladrón bueno. Siempre hay uno en la película, ¿no? ¿Por qué no lo va a haber también en los sueños? —luego tomé aire antes de preguntarle de sopetón y le pregunté de sopetón a propósito—. ¿Es grave lo mío?
Lo peor es que él también lo tomó, aire, antes de responderme:
—¡Qué va! —y empezó a darme muchas explicaciones, demasiado bien hiladas sobre lo que habían dicho los médicos.

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Capítulo II El traje

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 11:58 am

Crecimos juntos, pero una cosa es llamarse uno Pablo, como me llamo yo, y ser más o menos normal y otra muy distinta llamarse Bartolo y ser bizco. Él se llamaba Bartolo y era bizco. Podría decir que se llamaba Manolo y así apenas me chirriaría en los oídos como la mentira que es, porque suena casi igual, pero lo cierto es que llevaba ese nombre tan penitenciario: Bartolo. Se llamaba Bartolo gracias a la inmisericorde brutalidad con que las gentes rudas y pobres de la España oscura han tratado siempre a sus hijos: Agapito, Eustaquio, Sinforosa... Se llamaba Bartolo y, aunque no teníamos entonces, cuando nos conocimos, más de seis años, yo creo que él ya era consciente, de algún modo primitivo, de la heroicidad a la que llevarlo frente a los demás le obligaría siempre, especialmente durante su infancia. Nadie podía pronunciar delante de él la palabra flauta sin que él le diera inmediatamente una despertadora galleta. Inmediatamente quiere decir sin previo aviso.
—¿¡Qué pasa, qu’he dicho!? —se quejaba el inconsciente que la recibía.
—Eso digo yo: ¿qu’hag dicho? Repítelo si tieneg valor...—y adelantaba el cuello y retrasaba los hombros, con los brazos sueltos al costado, ofreciéndose a pecho limpio, como los toreros cuando se desplantan arrojando la muleta.
—Anda ya los güevos. Yonodichoná.
—Ah, eg que me creía qu’habíag dicho argo...
Y sólo entonces se iba de la cara de ellos, como de los morlacos, dándoles la espalda y andando muy despacito con todo el cuerpo en tensión, todavía dispuesto a volverse al mínimo resoplo. Ni flauta ni ninguna palabra que tuviera que ver con los ojos, ya fuera gafitas, capitán, tuerto, pirata, bizco, pallá o pepeleches... La única forma de ofenderlo dentro de esos campos semánticos sin verse uno achantado por su gallardía hubiera sido la imposible a esa edad de dominar el diccionario:
—Estrábico, Polifemo, caramillo...
Y es que Bartolo no era de advertencias. Desde el primer recreo del primer día que entramos en el parvulitos de las monjas, me di cuenta de que Bartolo no se andaba con advertencias. Quiero recordar, vagamente puedo casi recordar, que la primera vez que hablamos fue precisamente después de una de sus «intervenciones» a cuenta del comentario descuidado de algún chiquillo:
—¿Por qué le hag dao a ése? —le preguntaría yo, pero por curiosidad, no con ánimo de defender a nadie.
—Porque m’ha mentao de mala manera.
—¿Cómo qu’he t’ha mentao?
—Sí, con lo de la flauta —y tampoco tenía mucha paciencia, me contestaba como quien se cansa de dar explicaciones antes de empezar a darlas.
—¿Y qué con la flauta?
—Que yo me llamo Bartolo.
—¿Y qué que te llames Bartolo?
—¿Es que no te sabes la canción, o qué?*
—Sí, pero t’apuesto qu’el chiquillo no sabía ni cómo te llamas. Lo más seguro que no, ¿qué t’apuestag?
—Pues ya lo sabe, y así no se le olvida.
Sin embargo, algo distinto de un matón debí de verle cuando me cayó bien desde el principio. Me cayó muy bien. Y digo yo que él no vería en mí sólo al pamplinoso que le pone más peros que valor a las peleas... porque nos hicimos amigos. Lo lógico hubiera sido que, con el tiempo, Bartolo hubiera dejado de ser tan impetuoso; que, con el tiempo, se moderara un poco y ya no actuara siempre a las primeras de cambio sin ninguna clase de contemplaciones. Pero no. Bartolo fue siempre así, desde que me acuerdo y hasta que nos separamos, allá por nuestros dieciséis años. Y yo sabía cómo era él, lo que pasa es que uno como yo nunca termina de acostumbrarse a esa manera de ser. A mi modo, como los mayores, también se la recriminaba. Puede que hasta me creyera capaz de cambiarle el talante, como un curilla pretencioso.
* La cancioncilla burlona dice: «Bartolo tenía una flauta con un agujero solo...»; y él, además de llamarse Bartolo, era bizco, así que usar la palabra flauta en su presencia le parecía una doble ofensa.
Pero lo único que conseguí con el ir creciendo los dos a la vez fue que se explicara. Y tampoco mucho. Sólo a mí, y sólo muy de vez en cuando, me daba alguna razón para que yo entendiera por qué actuaba de esa forma. Puede que ni él lo supiera. Puede que no fuera sólo su natural austeridad la que le impidiese hablar de sí mismo, sino que, a su aversión a la sensiblería, se uniera también una sincera escasez de explicaciones para los asuntos propios.
—Mira, si uno se burla de ti, no hay más cáscaras que darle una hostia —me vino a decir con el tiempo—. Y cuanto antes, mejor. Porque así puede que con una sola haya bastante.
Una vez me dijo, a propósito de Toni León:
—¿Lo ves? Si le hubieras dado un buen capón desde el principio, ahora no te caería tan gordo —concluyó.
Y es que tenía esta habilidad, la de resumir en una sola frase suelta, meses, a veces años, de una situación: era la pura verdad que terminé (porque efectivamente era inevitable: por acumulación, por hartura) peleándome en serio con el Toni León en una mala reyerta, muy fea, en la que yo sé que hubo más saña de la que hubiera hecho falta. Y sí, algo de curilla debía de tener yo, porque ni conseguía con mis métodos que Bartolo cambiara ni me daba por vencido tampoco:
—¿Pero por qué le atizas si él no se había dado cuenta de lo de tu ojo? No se refería a tu ojo, ni te estaba mirando siquiera —seguía diciéndole yo, por ejemplo, año tras año, con la misma cantinela del primer día.
—¿Y qué tiene que ver que no me lo diga a mí? El que se burla de uno se burla de todos —me contestaba él—. A lo mejor no se atreve a guasearse de mí en mi cara porque sabe que se la gana, pero entonces es peor, porque es de esos que se burlan a la espalda...
Y es que, según él, las personas que cambian lo que dicen según haya delante o no posibles aludidos, no son de fiar. Y Bartolo sabía bien lo que decía, porque tenía un nombre y un ojo privilegiados para eso. No son gente respetuosa, sino cobarde.
—Si tú no te burlas de los bizcos, no te burlas y ya está, esté delante un bizco o no —eso decía.
Y también decía que hay gente que te va buscando las cosquillas a ti, especialmente a ti, y entonces es tontería pararte a pensar qué le has hecho tú para eso, ni si será por aquello o por lo otro... Es tontería porque van a por ti por razones suyas, y tan oscuras y escondidas, que ni tú las vas a descubrir ni las van a entender ellos mismos siquiera.
—Y a esa gente —añadía— ni sueñes que te la vas a quitar de encima. Ésos no paran hasta que no se llevan puesta la guantá que vienen buscando. Así que otra vez estamos con la misma: cuanto antes se la des, antes descansan... ellos y tú.
Contado Bartolo así, de esta manera tan resumida, y sacando a relucir detrás de cada asunto suyo una reflexión, da la impresión de que Bartolo hubiera sido uno de tantos que lo único que pretenden es justificarse haciendo valer su gramática parda. Pero nada más absurdo. A él le importaba un bledo que le dieran o no la razón. O eso consiguió hacer que me pareciera a mí. Lo único cierto es que me costó la infancia entera reunir este manojo de sentencias suyas textuales que tengo ahora. Porque él se gastaba en explicaciones lo mismo que en advertencias.
Hoy sé que lo que yo aprendí de Bartolo no fue a conocerlo a él, eso no lo conseguí del todo nunca, sino a conocerme a mí. Aprendí de él que la gente que avisa las cosas, que las sopesa y las valora según esto y según lo otro, la gente como yo, no somos más reflexivos, sino más cursis. Y más creídos. Acabamos creyéndonos mejores que quienes no lo hacen. Mucho de lo que tenemos de escrupulosos, lo tenemos en realidad de falsos. Y mucho de lo que nos pareció ser considerados, fue en realidad haber sido torpes de miras y lentos de reflejos.
Bartolo fue, durante esos años cruciales en que nos sacamos el título de la clase de persona que seremos después, entre los cinco y pico y los doce años, mi mejor amigo. Pero no hablo de él casi nunca. Por muchas razones... Porque empiezo a contar entre risas algunos disparates que nos sucedieron, entre las cañas del mediodía y entre el pónganos-usted-otra-ronda, y acabo triste; más aún, dolorido. Acabo con un dolor demasiado dulce en mitad del pecho, un dolor empalagoso, que se me pega a las costillas y que ya no se me quita en toda la tarde ni pasando de las cañas al cubata, y también de ir a comer... Porque me duele la mala suerte de algunos; que tuviéramos, sin saberlo, desde niños, un destino tan distinto y tan cantado cada cual, la infinita injusticia de vivir... Y como todas estas palabras son ciertamente palabras mayores, sólo me atrevo a decírmelas, como si fuera poeta, un poeta sin alfabeto, cuando estoy borracho.
Y porque me fastidia tener que empezar diciendo siempre lo mismo: que no es broma, que es cierto que se llamaba Bartolo, que no es un truco de andaluz para hacer reír más con lo que cuento de él. Y de verdad que era huérfano de padre y más pobre, por eso, que todos los demás. Y de verdad llevaba gafas y de verdad estaba bizco y acabaron poniéndole un parche... En fin. Bartolo, visto desde fuera, podría decirse, sí, que era malo, malísimo incluso, de esos prototípicos que llaman de la piel del diablo, de los imposibles de meter en cintura, de los de no poder hacer nadie carrera de ellos, de los que matan a disgustos, de los que tienen que estar completamente grillados o de otra manera no se explica que maquinen tantas barrabasadas.
Bartolo no era un niño como nosotros, más o menos travieso, no. Era otra clase de ser. Era esa media vuelta crucial que hace que un tornillo se pase de rosca. Bartolo estaba del otro lado de ese mínimo, pero trascendental, que nos separa a nosotros, la gente normal, de ellos, los especiales, los sincera y apabullantemente distintos, los raros auténticos, los genuinamente dislocados de cualquier rótula común... los elegidos (aunque por mala mano). Es imposible calcular la cantidad de palos que pudo llegar a llevarse ese chiquillo o la infinita lista de frentes que tenía abiertos al mismo tiempo y permanentemente en guerra. Yo me amargaba con tener uno sólo: que hoy había amanecido el día en que sor Rosario, que se enteró ayer de que no habíamos estado malos, le diría a mis padres que habíamos estado haciendo rabonas toda la semana. Pero él no. Él tenía eso sobre su conciencia, más, el mismo día por la mañana, haberle soltado todos los conejos a la vecina de su madre por el bardal de la izquierda, más haber roto con el tirachinas el cristal del estanco de la coja por no haberle querido vender los dos celtas que entraban con una peseta mientras fingíamos subir a la escuela como todos los días, más... qué sé yo. Ya digo, siempre tenía varias condenas pendientes, varias fechorías a punto de serle anotadas, y siempre llevaba a cuestas las consecuencias de vaya usted a saber qué asunto demasiado remoto ya para que se acordase.
* * *
En aquel tiempo, las gafas costaban un dineral y Bartolo las llevaba remendadas. Y puede que también hoy en día las llevase porque se le rompían continuamente. Una pelotilla de esparadrapo en el entrecejo. Entonces sólo había un tipo de esparadrapo: de tela de color marroncillo anaranjado por una cara y blancuzco por la cara que pega; que pega con una sustancia de pegar que tenía la particularidad de criar virutillas negras por los bordes que, al tocarlas, se adherían a las yemas de los dedos con más celo que los mocos. Bajo la pelotilla de esparadrapo del entrecejo, había una elevación anterior, formada en la pasta de las gafas como un chichón al haber intentado su madre soldar con calor la primera quebracía. Y dos pelotillas más se le veían en el frontal de las gafas, formando, con la del entrecejo en medio, las tres en raya: el bulto del centro, sí, y dos bultos más, uno a cada lado, como los nudos de los que nacen las ramas de los árboles, porque de ellos nacían, en efecto, hacia atrás, las patillas... Patillas que no terminaban tampoco limpiamente, como todas, en forma de coma por detrás de la oreja, sino rectas, porque había hecho falta precisamente esa holgura para, estirándolas, poder anclarlas de nuevo al cuerpo del que se habían desprendido.
Y las gafas, en ese estado de resistencia heroica a no perder su nombre, sólo podían sujetársele a la bola de billar que era su cabeza casi siempre (llevar el pelo al uno era un castigo frecuente, y no tan castigo, con tal de no pagar tantas veces al barbero) con una cinta elástica negra de la misma que usaban las niñas para jugar a la goma. Y otras dos pelotitas de esparadrapo, pues, a la altura de cada oreja, ahora para sujetar la goma a las patillas. Vistas de lejos, estas dos últimas protuberancias hacían que pareciera que Bartolo tenía las orejas de punta, como Spock, el de Star Trek. (Ésa era la serie que más nos gustaba por entonces, cuando ya mucha gente tenía tele, pero Bartolo ni soñarlo, y nos íbamos a verla a mi casa). De perfil parecía Spock, pero, de frente, con los tres promontorios de esparadrapo que le enmarcaban los cristales rayados, casi lechosos de tan rayados, que le agrandaban los ojos enormemente, más bien parecía La Mosca o uno de esos insectos habitantes de planeta enfermo a los que se acercaba la nave estelar. Mi madre me tenía dicho que no merendase nunca en casa de Bartolo y que nos viniéramos los dos a merendar a la mía. Tardé mucho en entender por qué.
—Entra a merendar —me decía mi madre.
—Ya he merendao.
—¿Cómo que ya has merendado, dónde has merendado?
—En casa de Bartolo porque-estábamos-allí-que-estábamos-haciendo-en-el-patio-una-ca..—me atropellaba yo, como si, al decir las cosas muy de prisa, no se notara tanto lo que uno había empezado diciendo y la falta que eso suponía.
—¿Y no te tengo yo dicho que no meriendes allí?
—Ya, pero si se lo he dicho a su madre, se lo he dicho, le he dicho que no, pero su madre m’ha obligao y m’ha...
—¡¿Que se lo has dicho a su madre?! —la voz de alarma de la mía, a esa edad, todavía me inquietaba—. ¿Y qué le has dicho tú a su madre?
—Pues eso, que tú no me dejas que meriende allí.
—¡Válgame dios! ¿Eso le has dicho? ¿Pero cómo se te ocurre decirle eso, chiquillo?
—¿Y qué le digo? ¿Y por qué no se lo voy a decir? Tú me lo has dicho.
—Sí, pero eso no se dice.
—¿Por qué?
—Pues porque no, porque no hay que decir nada. Hay que no merendar allí y punto —una pausa y después—: ¿y qué ha dicho su madre?
—Nada. ¿Cuándo?
—Cuando le has dicho que yo no te dejaba merendar allí —repetía ella con soniquete de rezo y a punto de perder la paciencia.
—Ah, ¿cuando se lo he dicho? Pues... nada.
—¿Cómo que nada? Algo habrá dicho.
—Bueno, sí, que cogiera el bocadillo y que me dejara de tonterías y también m’ha preguntao que por qué no me dejabas.
—¿Y tú qué le has dicho?
—Pues que no lo sabía... Pero que a ti no te gustaba que merendase en casa de nadie.
—«En casa de nadie», ¿eso le has dicho?
—Sí, eso. Que no nos dejabas coger nada en casa de nadie, ni a mí ni a mi hermana.
—Bueno, menos mal, siendo así, menos mal...
Pero no, no fue exactamente como se lo había contado. Me callé que la madre de Bartolo puso la misma cara de preocupación que ella y que, como ella, me hizo un montón de preguntas sobre qué me habían dicho y cómo me lo habían dicho exactamente. Es más, las dos habían terminado yéndose para la cocina con idéntico comentario, idéntico: «En casa de nadie, ¿eso te ha dicho?, bueno, siendo así...».
Es curioso cómo, de niños, nos olíamos las cosas y que había cosas detrás de las cosas, y cómo captábamos los respingos de atención e intriga que ciertos comentarios nuestros provocaban en las personas mayores y la tranquilidad con que ellos, sin embargo, nos interrogaban dando por supuesto que no teníamos ni idea de tales entresijos. Bartolo y yo mentíamos a su madre y a la mía, sobre esa base precisamente, sobre la base de dejarlas creer que éramos completamente inocentes en nuestras respuestas a sus muy intencionadas preguntas. A la madre de Bartolo, le hice creer que la prohibición era general porque sabía que así la tranquilizaba, y a mi madre le hice creer, con tal de que se quedara tranquila también, que la madre de Bartolo no había sospechado nada.
Mi hermana, Teresa, que no sólo era mayor que yo entonces, sino que lo será siempre (y esto no es tan de cajón como parece, yo sé lo que me digo), un día me llamó, «ven aquí», a esa especie de cómoda que tenía en su habitación, que se abría como un mueble bar para poder escribir sobre la tapa bajada diarios tan íntimos y escondidos que por eso en otro idioma se le llama al mismo mueble «secreter», y me habló así:
—Mamá no quiere que meriendes en casa de Bartolo porque su madre tiene que ir a servir, la pobre, para que puedan comer, ¿te enteras? La gente como Dora o como la madre de Bartolo (y lo de la madre de Bartolo es peor porque está sola) no tiene tanto dinero como nosotros, ni por lo más remoto, y tiene que ponerse a trabajar para que sus hijos puedan comer. Tú te crees que las cosas no cuestan dinero y que la comida se cría en la nevera, pero no, resulta que daros de merendar, a vosotros que os coméis media barra de pan llena de mortadela, sale por un pico, aunque tú te creas que no.
Yo me sacudí su mano del hombro y ya me iba. Mi hermana tenía don de palabra, lo decía todo el mundo, y la manía de ponerse muy seria cuando había algo muy «humano» que decir. Por eso, al correr el tiempo, para mis padres y para todo el pueblo fue un escándalo que se apuntara a un partido de la izquierda más izquierda que había entonces, menos para mí.
Pero me llamó todavía:
—Ven aquí que no he terminado. Y si mamá no quiere decirte por qué no te deja, es para que no se te ocurra a ti irte de la lengua y soltárselo un día a Bartolo o a su madre, ¿entiendes por qué no se te puede escapar?, porque se sentirían fatal, ¿te das cuenta?, fatal, ¿entiendes lo mala persona que habría que ser para avergonzarlos diciéndoles una cosa así? Mala persona o muy torpe si un día se te escapara sin querer. ¿Te das cuenta de lo que puede doler eso? Eso puede marcar a un niño para siempre. ¿Te das cuenta o no?
—¡Que sí, que me dejes, que tengo que irme!
Pero lo cierto es que hasta ese momento en que ella me lo dijo yo no supe por qué mi madre no me dejaba merendar en casa de Bartolo. Sabía actuar, conocía mi papel, pero no sabía qué estábamos representando. O no del todo. Era muy chico yo. Y me fui de mi hermana, no sólo enterado, sino con una extraña mezcla de sensaciones. Por un lado, me sentía lo que se podría llamar culpable de alguna clase de continuados errores con Bartolo, yo no sabía cuáles, sólo que era seguro que los había cometido. No el de la merienda, ése sabía que no, pero otros del mismo estilo, dolores agudos y con secuelas que yo, inconscientemente, había causado, casi seguro, en el tierno corazón de mi amigo. Por mi ignorancia, por mi grandísima ignorancia, por mi infinita falta de sensibilidad. Casi estuve a punto de recordar alguna crueldad concreta, un haberme burlado yo de él por algo sin darme cuenta de que probablemente sólo tenía que ver con la falta de dinero. Y me sentí raro. Sin embargo, por otro lado, me costaba meter a Bartolo en el cuadro de niño que no sólo se deja herir por un comentario, sino que, por las noches y en sus escasos ratos de soledad y reflexión, se hurga en la herida, dándole vueltas a su desgracia. No era creíble. No sólo porque Bartolo fuera buen encajador, que yo creo que nunca se le pasó por la cabeza que él pudiera llorar, sino, sobre todo, porque era el mejor dador que he conocido en mi vida. Consideré un disparate dibujarlo a él así, quejoso y amilanado por alguna situación.
Además —me decía a mí mismo, tratando de autoconvencerme—, difícilmente podría yo haberle hecho daño avergonzándolo por algo porque yo admiraba a Bartolo por absolutamente todo. A mí no me era posible verlo con esa distancia de superioridad que lo veía mi hermana porque yo lo admiraba sin ninguna reserva. O no había podido nunca y hasta aquel día no empecé a poder y por eso casi no podía todavía. El caso es que mi hermana, al abrirme el cerebro a la comprensión de la realidad, lo que me abrió fue más bien el único agujero por el que alguien como yo podía permitirse el lujo de compadecer a Bartolo. Y en secreto, además, ya que no debía hacer referencia a eso nunca, es decir, impunemente, sin darle a él la oportunidad de que me soltara un igualitario empujón por atreverme a tenerle lástima. Me sentí raro mucho tiempo. No me cabía yo mismo dentro de mí de la misma manera holgada que antes. Por eso recuerdo hoy con tanta nitidez aquella conversación.
* * *
A Bartolo, como estaba bizco, lo podían llevar al oculista a Úbeda por el seguro. A los demás, como las consultas tenían que ser pagando, no entraba eso en la cartilla (ni entraba tampoco en la mentalidad de la época, ni siquiera en la de los señoritos, llevar a los críos al oculista sólo por si acaso), tardaron años en descubrirnos que también necesitábamos gafas. A mi hermana fue a la primera que se las pusieron en mi casa y se las pusieron exactamente cuando ella quiso, en octavo de básica. Se pasó un mes diciendo que no veía la pizarra. Yo se lo advertí:
—Cállate. Como sigas diciendo eso, te van a llevar al oculista y te van a poner gafas.
—Bueno, si las necesito... —me contestó ella con una indiferencia tan ennoblecida, que yo tenía que haberme dado cuenta de que era falsa.
—No, eso seguro; seguro que te las ponen. «No se sabe de nadie» que haya ido al oculista y no se las hayan puesto.
Me encantaba esa frase, «no se sabe de nadie...»; la habría leído o, más probablemente, se la habría escuchado a alguien que me mereciera respeto, a mi alrededor o en la tele. Estaba yo en la edad en que casi todo lo que hacemos lo hacemos con voluntad de estudio científico, como si fuera un experimento, y así, por ejemplo, si adoptamos locuciones como ésa, con un cierto vuelo expresivo, es sólo para soltarlas delante de las personas mayores y comprobar —delante de Bartolo no se me hubiera ocurrido— si cuela o no la naturalidad con que las hemos dejado caer. Había éxito sólo cuando no te las devolvían repetidas y con retintín, así: «¡Uy, qué fino, espero que no te moleste que te diga!» Se las pusieron, claro, y ella las llevó desde el primer día con tanto orgullo, que me di cuenta de que había dos etapas completamente distintas en lo de la valoración de los cuatro ojos: uno pasaba de avergonzado capitán de los piojos a cuellilarga sabionda de película de pintores y escritoras y pioneros del tenis y gente así, que salían a pasear al campo vestidos de blanco riguroso y con cestas llenas de cinchas para los platos (que ir al campo, esa gente, exigía más aperos que una comida de navidad) y con un libro encuadernado en cuero de un poeta del que da la casualidad que puede recitar de memoria unos versos el muchacho del flequillo derramante a la chica que se había tumbado a leerlo debajo del gran árbol.
A partir de que le pusieran gafas —pero sólo para ver la tele y para estudiar, no era tan grave— el vicio de leer que tenía mi hermana empeoró. Quiero decir que, además de acentuársele, se le volvió exhibicionista. No sólo leía continuamente, sino que ahora ya, con sus gafas, se iba a hacerlo sentada en un banco del paseo, a la vista de todo el mundo. En un pueblo como el mío, eso no lo hacía nadie. Ni siquiera el periódico se ponía la gente a leerlo allí; eso del periódico es cosa de los paseos de ciudad, que se llaman parques, donde a la gente no le importa que la vean ociosa porque nadie hace comentario de eso; o de paseos de pueblos de mar, pero no de mi pueblo. Y todavía peor, ¿quién se gastaba en aquel entonces dinero tonto en comprar periódicos? La radio es gratis. Al paseo de mi pueblo se va a pasear, como su propio nombre indica, y los bancos son para sentarse a charlar con alguien o a reírse de los demás que pasan. Se ríe uno con disimulo, guardándose de que lo vean con la mano puesta en la boca, si se es mujer o similar, o bajando mucho la cabeza, hasta casi empotrar la barbilla en el pecho, si se es hombre. Por eso a mí me daba una vergüenza terrible que la vieran mis amigos y que supieran que era mi hermana. Sobre todo Bartolo. Pero Bartolo va y me dice un día, cuando estábamos a cincuenta metros del banco de ella, después de habérmelas arreglado yo para llegar hasta allí en circunferencia por no pasar a su lado y tener que saludarla:
—Tu hermana, ojalá que fuera mi hermana —eso me dijo.
—¿Para qué? Qué tontería —salté yo, sinceramente sorprendido.
—Para que la viera yo ahí, delante de todo el mundo, leyendo un libro así de gordo, y que supieran que era mi hermana.
No me podía creer un tan-lo-contrario-de-mí como éste viniendo de Bartolo.
—Pues yo no le veo la gracia.
—Es muy lista muy lista... y muy guapa... y no le importa nada lo que diga la gente.
—Sí, eso sí es verdad, que no le importa.
—A mí a lo mejor no me hubieran suspendido quinto si tu hermana fuera mi hermana y me hubiera preguntao las lecciones en mi casa... A lo mejor, digo, no sé.
Esta conversación fue muy importante en la historia de la relación entre Bartolo y yo. Lo fue entonces, cuando teníamos diez años, muy reveladora para mí, y lo sería aún más después, con las cosas que fui descubriendo de él. Por lo pronto, de lo que dijo en ese momento, deduje que Bartolo se sentía muy solo no teniendo hermanos, ni más pequeños ni mayores. Bueno, creo que ya me había dado cuenta antes de que era por eso, precisamente, por lo que defendía a los críos chicos, más chicos que nosotros, con más ardor de protector que si fueran sus hermanos. Por eso había zagalillos que preferían acudir a él a quejarse de alguien antes que a sus verdaderos hermanos mayores. Sin embargo, eso, que echara de menos no tener hermanos, se entendía. La que no me podía imaginar era la otra parte, que echara de menos a una hermana mayor; no ya a un hermano mayor —que tampoco, pero que tendría un pase, a lo mejor—, sino ¡a una hermana mayor! No sólo no lo entendía, sino que me convencí de que era un error, simplemente un error provocado por su falta de sufrir el caso.
La otra sorpresa que me llevé con aquello que me dijo ese día es que —¡quién se lo hubiera dicho a nuestros maestros!— sí que le importaba mucho que lo hubieran suspendido, también en septiembre, hasta el punto de tener que repetir. Yo creo que ese día me di cuenta de que Bartolo no había suspendido esta vez «por vago», como había quedado establecido desde nuestra más tierna infancia, sino porque no había sabido superar el retraso acumulado. Entonces y no antes, caí en la cuenta de que se había pasado meses diciéndome que su madre le iba a pegar si llegaba más tarde de las seis —salíamos a las cinco—, cuando eso, lo del reloj y lo de la paliza, o el pescozón como poco, habían pendido siempre sobre nosotros y jamás le había importado. A nadie le había importado nunca menos los castigos, ya digo, que a Bartolo. Y conste que a él le tocaban los más duros. Pero era un valiente y un generoso a la hora de pagar con creces lo que hacía. (Yo tengo para mí que, si acabó en la cárcel, fue, en cierto modo, por la manera tan especial que tenía su madre, y los maestros, de pegarle, por un lado; y, por otro, por una especie de consecuencia de todo ello: su pérdida radical del miedo a cualquier clase de castigo).
También recordé de pronto, en aquel preciso momento, como en una revelación, que a veces había hecho los deberes. Mal, seguramente, pero los había hecho, porque en alguna ocasión me había preguntado, como el que no quiere la cosa, si la cuenta me daba esto o aquello...
—¿Qué te sale a ti, Pablo?
En ese momento en que se me vinieron a golpear las sienes sus palabras de meses atrás, un frío me recorrió la espalda y se me formó un nudo en la garganta, como de tener la culpa de lo que le había pasado por no haberme dado cuenta a tiempo de que una pregunta semejante, en Bartolo, era más increíble que un taco en la boca de la Virgen María.
Y ahora ya era demasiado tarde. Lo que le había pasado era exactamente lo peor que le puede pasar a un niño en toda su vida de niño: tener que repetir un curso. De haberme dado cuenta a tiempo, pensé, aunque fuera sólo una semana antes de los exámenes de septiembre, con lo bien que se le da a mi hermana explicar las cosas, seguramente Bartolo habría aprobado lo bastante para no tener que repetir. Y para eso no hacía falta que ella fuese su hermana; para esas cosas, mi hermana sí era buena y ella, a Bartolo, a su manera, desde lo alto del pedestal de ser la mayor, le tenía cariño. Por alguna misteriosa razón le caía bien, a veces pensaba que mejor que yo. Ella, como mi madre, nunca me dijo que no me juntara con él porque era muy malo (eso de las malas compañías era mi tío Rafael el que les decía a mis padres que no tenían más remedio que cortármelas). Y cuanto más pensaba lo fácil que hubiera sido que mi hermana le ayudase, más se me apretaba el nudo y hasta creo recordar que estuve a punto de llorar de la angustia que me entró.
Y ahora ya no tenía remedio. Ahora tenía que repetir. Ya sería para siempre un «repetidor». ¿De verdad se dan cuenta los maestros de lo que eso significa para un crío? No me lo creo o no se explica que lo permitan. Un siglo llegará en que estudiarán el caso de los repetidores como un ejemplo del salvajismo de una humanidad primitiva. Ser repetidor se convierte en una condena perpetua porque ya para siempre irás con un curso de retraso. Nunca más en la vida, por muy listo que seas luego, o por mucho que te apliques, te librarás de ser un repetidor. Nadie puede cambiar eso. Es cierto que después, en la universidad y de mayor, cuando una diferencia de un año no es nada, esas cosas dejan de importar, pero Bartolo no pasó de sexto, a los doce años y medio terminó su carrera, dejó la escuela, no se enteró de que podía llegar un momento en la vida en que SER repetidor dejaría de dolerle.
El curso siguiente estaríamos separados, otra consecuencia terrible de esa condición. Aunque ya hacía años que no nos dejaban sentarnos juntos porque decían que era como mezclar un ácido y una base (o algo así de la quí­mica que se me ha olvidado, eso que se sabe que explota siempre, vamos, y que da lugar a que te digan que sólo se le ocurre al que asó la manteca). Pero sería mucho peor: estaríamos separados de aula, de curso y de maestros. Entonces mismo me propuse, con toda la solemnidad de que fui capaz, que Bartolo y yo no romperíamos los vínculos eternos y ensangrentados que habíamos establecido; decidí no echarme ningún mejor amigo de sexto; decidí que lo estaría esperando en la puerta de su clase cuando el maestro de ellos se entretuviera más que el nuestro, por mucha vergüenza que me diera que los demás me preguntasen y tener que decir que esperaba a uno de quinto.
* * *
Acabó siendo un chorizo de poco monta cuando se fue a trabajar por ahí arriba, al norte, no sé adónde; y un drogota. Casi estoy seguro de que primero se enganchó y después vino lo demás, porque odiaba a los niños que les quitaban cosas a otros niños. No los censuraba como yo o como los maestros, él los despreciaba de todo corazón, íntimamente, como quizá sólo pueda alguien que se sabe candidato a un destino semejante.
Pero este final lo cuento a disgusto porque me fastidia la parte lógica, de fácil suposición, de sociología de manual que puede tener para un extraño. Demasiado fácil el resumen de la vida y las motivaciones de Bartolo desde que éramos chicos hasta los treinta y cinco en que... es que no duró más: le pilló lo peor del sida, el principio, y murió en la cárcel de Jaén. Demasiado común el final. Y puede que toda la historia en general y hasta el personaje mismo de Bartolo, sí, puede, pero para la gente en general, no para mí que lo admiré y lo quise.
* * *
Íbamos muy a menudo a coger ranas a una charca que había por detrás de las últimas casas del pueblo, por la parte de la gasolinera. No era una charca natural que se alimentara de un riachuelo o arroyillo, formada en alguna poza del terreno y rodeada de verdes plantitas. En aquellos descampados ya no quedaba nada natural. Todo lo de allí eran puros montones de tierra de los destierros de las obras de las casas y de la explanada de la gasolinera, junto a puros montones de escombros de los desechos de la fá­brica de tejas y ladrillos que se levantaba en la loma. Nosotros llamábamos a todo aquel lugar «los tejares» y, a la charca, «la charca roja» porque de lo que se alimentaba era de una especie de sudor que les entraba a los ladrillos apilados, que bajaba en un reguero, como una vena, hasta una hondonada que había vaciado una excavadora por alguna misteriosa razón (a veces, las excavadoras comen tierra de más, como si tuvieran vicio).
Y era grande la charca, o así se nos antojaba a los siete años, pero se abastecía sólo de aquel hilillo de agua densa y colorada y de los surcos que se formaban en la loma y que venían a morir en ella cuando llovía; llovía pocas veces, así que en verano estaba vacía. Lo normal era que, para mayo, ya no tuviera agua. Pero aquel año se ve que la primavera fue más húmeda porque la charca roja estaba, para cuando nos tocó hacer la comunión a Bartolo y a mí, bastante llena... de agua y de ranas y renacuajos.
Con lo que voy a contar ahora de la charca me pasa como con lo del nombre de Bartolo, que a veces me contengo y últimamente hace ya mucho que no lo hacía, contarlo, porque resulta increíble y yo me doy cuenta de que parece mentira, parece una anécdota inventada por alguien que quiere hacerse el gracioso en un bar. Lo que le pasó a Bartolo es verdad que no le pasa a nadie. Pero es verdad que le pasó. Y por muy gracioso que fuera, no deja de ser cierto que sucedió tal cual lo recuerdo. Llevábamos varios días, quizá un par de semanas, detrás de una rana enorme a la que no sólo nosotros queríamos echarle mano y ponerle casa en un bote de mermelada: los de La Redonda la estaban pretendiendo también. Durante la semana, con el colegio y con la catequesis de la primera comunión, salíamos tan tarde y llegábamos tan tarde a la charca, y nos tenían puesta una hora para ir a merendar tan fija, que no había manera de dedicarle el tiempo y la concentración, con su ataque programado en grupo (teníamos que ser tres como mínimo), que hacía falta para cazarla. Habíamos quedado, pues, en intentarlo el sábado por la mañana, con bastantes horas por medio antes de que tuviéramos que ir a casa a comer. Pero los de La Redonda, el Javi, el Manu y el Juli, se nos adelantaron. Cuando llegamos a la charca, ellos ya estaban allí. Y eso que Bartolo vivía muy cerca de los tejares, desde su patio se veía la fábrica; es más, un camino natural para llegar a la charca era ir por su calle, pasar por la puerta de su casa y seguir andando todo recto por el descampado hasta que te la encontrabas al fondo, después de andar un poco.
—Yo no los he visto pasar —me dijo Bartolo—, de verdad del señor, te lo juro. Si los hubiera visto, me habría venío p’acá corriendo y m’habría puesto yo en la charca antes que ellos.
—A lo mejor s’han venío por la gasolinera pa que no los viéramos —discurrí yo.
—¿Y qué hacemos? ¿Los echamos? —apuntó Bartolo. No se podía hacer eso que proponía él, echarlos. Habría que haberse liado a guantazos, y sin tener razón, además.
Ellos habían llegado antes y habían llegado antes y ya está, no se podía hacer nada. Aguantarse.
—No, déjalos. No importa. Además, seguro que no la pillan. Esos son cipotes perdíos.
—Podemos esperar a ver si se van y luego vamos nosotros —decía Bartolo, compungido y tratando de consolarme, como si fuera culpa suya no haberlos visto venir a la charca.
Pero a esto no hizo falta que le contestara porque semejante perspectiva no era real y él lo sabía. No se irían de allí en toda la mañana. A no ser que la cogieran, claro, en cuyo caso saldrían disparados hacia la plaza de los Caños para enseñársela a todos los demás. Era una rana de grande como no se había visto otra por allí.
—Cuando se vayan a su casa a comer, podemos venir —Bartolo no quería perder la esperanza.
—No, que mi madre m’ha dicho que no se me ocurra llegar tarde a comer.
—Pues venimos después de comer. Seguro que no la pillan. Ah, no —recordó de pronto—, yo esta tarde no puedo. Me toca la confesión.
Aquella iba a ser la primera confesión de su vida, y Bartolo no debería haber estado tan olvidadizo, pero es que Bartolo no era completamente como nosotros.
—¿Y no estás nervioso sabiendo que tienes que contarle a don Cristóbal los pecados? ¿No irás a contárselos todos, eh? —me preocupaba sobre todo uno de ellos, sobre el que ya habíamos negociado el silencio él y yo.
—No, descuida. Además, eso no es pecado; se lo pregunté a sor Josefina y eso no es pecado.
—¡Cómo que l’hag preguntao a Sor Josefina! ¡Serás...! —iba a decir tonto, como quien dice inocente, imprudente, y como quien se lo dice a cualquiera, pero lo pensé mejor y pude contenerme a tiempo, porque lo que no tenía era lógica que Bartolo, precisamente porque no era tonto, hubiera hecho eso—. ¡Anda ya! ¡No me lo creo, es mentira! ¿Cómo le vas tú a preguntar a sor Josefina eso con toas sus letras? No t’atreves.

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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 11:59 am

—Es que no se lo pregunté contándole eso. Se lo pregunté con un ejemplo.
—¡Un ejemplo! ¿Qué ejemplo? —a mí se me iba enfriando la sangre desde el estómago hacia abajo, a la misma velocidad con que me iba temiendo lo peor.
—Que no, que bueno, que lo dejes, que no le dije na... —Bartolo reculaba porque se veía venir mi bronca.
—¿Qué, ejemplo, le, pusiste? —recalqué yo.
—Pues... Pero que no, Pablo, que no te preocupes, que ahora no m’acuerdo de las palabras, pero seguro que no se enteró de na, en serio que no, seguro que no, de na.
Ya había acoquinado la cabeza, como aceptando mi pescozón, cuando, de pronto, debió de encontrar un buen argumento para salir del atolladero, porque se le iluminó la cara y me lo soltó subiendo mucho la barbilla:
—Seguro que no se enteró, ¿no ves que me dijo que eso no era pecao? Y me redondeó la cabeza y to con la mano y me dijo «muy bien, está muy bien que me hagáis preguntas, así me gusta...».
Me quedé pensando que algo de lo que había dicho no cuadraba, algo no era lógico en todo aquello, pero no di con el qué y tampoco merecía la pena darle más vueltas, así que volví a lo de la rana:
—Aunque éstos no la cojan hoy, mañana tampoco podremos venir, claro, porque mañana... ¿Y no estás nervioso sabiendo que mañana haces la comunión, Bartolo? Mañana es ya mismo.
—No. No mucho. Bueno, un poco. Ya he visto el traje. Es de marinero, pero no está mal. Lo que me da rabia es que a ti y a mí no nos haya tocao hacerla juntos.
Todos los del pueblo hicimos la comunión en dos tandas, por riguroso orden alfabético de apellidos, a lo largo de dos domingos de mayo y, ciertamente, el apellido de Bartolo y el mío estaban muy alejados entre sí.
—A mí también me da rabia —dije—. Aunque, ahora que lo pienso, yo mañana no tengo que ir a misa todavía. Todavía no he hecho la comunión. Todavía no es obligatorio por muy domingo que sea.
Se me estaba pasando por la cabeza, pensando en la rana, la posibilidad de... Pero a Bartolo le cambió la cara.
—«Obligatorio-obligatorio», a lo mejor no, pero casi. Además, m’has prometío que ibas a ir, pa que yo te mire y no me dé cosa de estar allí yo solo, ¡me lo has prometío!
—Que sí, hombre, que sí que voy. Que era una broma. Además, sor Josefina nos ha dicho a los de nuestro grupo que no se nos ocurra faltar y que tenemos que estar mu pendientes, porque vuestra comunión v’a ser un ensayo pa la nuestra el domingo que viene.
Total que, entre que ese fin de semana hacía la comunión Bartolo y, al siguiente, yo, quedamos en que aplazá­bamos lo de la rana hasta que pudiera ser, sin fecha fija. Pero al día siguiente, el domingo de la primera comunión de Bartolo, vino a mi casa el Sábat muy temprano, a eso de las nueve.
—Vámonos, Pablo, vámonos a la charca, que los de La Redonda no van hoy, que uno de ellos hace la primera comunión hoy.
—Ya, y Bartolo también, así que no podemos ir nosotros tampoco.
—Sí podemos un rato. A mí mi madre m’ha dicho que tengo que estar a las once pa que m’arregle; tenemos tiempo; díselo a tu madre a ver si te deja y nos vamos los dos, nos da tiempo de sobra de aquí a las once.
Le dije a mi madre que me iba con él un rato a hacer puntería con el tirachinas y mi madre me dejó. Pero hasta las once como muy tarde, me dijo, y que no se me ocurriera venir más tarde de esa hora con la cantinela de que no tenía reloj. Lo de no tener reloj era, sí, una cantinela para conseguirlo que soltaba yo cada dos por tres. En aquella época te lo regalaban, si se podía, precisamente cuando hacías la primera comunión, pero había que estarlo pidiendo previamente durante mucho tiempo hasta que en tu casa te decían que ya tenían la cabeza como un bombo de oírte. Y otra cosa me advirtió:
—Si te vas por ahí y te encuentras con Bartolo o con su madre, ya sabes lo que te tengo dicho que le digas, ¿estamos?
—Que sí, que vale.
La cosa era que los niños de aquella época no íbamos al convite de la comunión que nos apetecía, sino al convite de la comunión que nos llevaban los padres. Medio pueblo hacía la comunión ese día y el otro medio al domingo siguiente, pero yo no podía ir al convite en la casa de Bartolo, porque «nosotros» teníamos que ir a la comunión del Tóbal, que ni era amigo mío ni nada, pero su padre era el capataz de las olivas de mi padre, y la madre del Tóbal, además, era la cuñada de mi tía Carmen, así que... Eso era lo que tenía que decirle yo a la madre de Bartolo si me invitaba a la comunión, aunque ya hacía mucho tiempo que me había invitado y ya hacía mucho tiempo que se lo había dicho:
—Es que nosotros tenemos que ir a la del Tóbal porque son medio familia nuestra y su padre nos trabaja, ¿sabe usted?
—Ya lo sé, nene, ya, si me lo imaginaba. Pero que le digas a tu madre que os he invitado y que por mí que no quede. Que sepáis que estáis invitados.
—Vale, yo se lo diré.
—Que no se te olvide, ¿eh?
(Y, por cierto, un inciso: con el paso del tiempo, siempre se me ha quedado a mí en la cabeza una sensación rara con respecto a mi madre y la madre de Bartolo. Nos tenían a los dos de correveidile entre ellas, pero de una manera distinta que con las demás madres. Por ejemplo, de haberse tratado de Inesita, la madre del Juli, o Rosi, la madre del Paco, la frase hubiera acabado de otra manera, así por ejemplo:
—Tú díselo, que no se te olvide, aunque ya se lo diré yo también cuando la vea.
En aquel entonces no creo que me diera cuenta del todo de que allí hubiera algo raro; pero un poco sí, algo sí debí de notar, sin duda, cuando se me ha quedado la sensación grabada.
Y es que era raro: si no se hablaban entre ellas —que no lo sé exactamente, pero...—, si no se hablaban, como parecía, ¿por qué, entonces, les preocupaba tanto a las dos, mucho, lo que una pudiera pensar de la otra? O, mejor dicho, afinando más: las dos se preocupaban especialmente de que una no pensara mal de la otra, no sólo como si temieran malas interpretaciones, sino como si supieran, sobre todo, que no podrían deshacerlas si se producían. Y si le doy más vueltas, todavía sería capaz de encontrar más matices. Por ejemplo, guardo en la memoria la idea de que era mi madre la que se preocupaba más, más que la de Bartolo, o la que se preocupaba con más autoridad, o desde un escalón más alto, como se preocupa un maestro de que un alumno le entienda. Y esa idea viene en pareja, avalada por otra: la madre de Bartolo parecía muy histérica, muy susceptible, le pegaba a Bartolo por todo y perdía los nervios por nada; parecía más vulnerable que mi madre y bastante más malaleche.
Se podría haber zanjado este recuerdo pensando que lo que pasaba era que ellas se respetaban; que no se hablaban, no tenían relación, no eran amigas, pero que se respetaban y que, especialmente mi madre, sabiendo que la otra se picaba por cualquier cosa, procuraba evitarlo, simplemente. Podría, pero no. Porque el misterio de por qué no se hablaban nada de nada sigue sin tener explicación y el misterio de por qué se preocupaba tanto mi madre de lo que pudiera pensar una mujer con los nervios de punta, tampoco. De acuerdo que preocuparse por lo que pueda pensar y decir una mujer inestable era lógico, y hasta prudente en un pueblo, pero mi madre, insisto, se preocupaba de más; y yo diría que se preocupaba con cariño. Me parece a mí, insistiendo en buscar sutilezas, que se preocupaba más por cariño sincero que por temor. Y así vuelve a aparecer aquí, por tanto, la sombra de no saber por qué, a pesar de ese cariño o lo que fuera, no se hablaban ni siquiera lo poco que es normal o inevitable en un pueblo. De manera que el misterio vuelve a cerrase sobre sí mismo como si fuera redondo. Y continúa).
El Sábat y yo emprendimos aquella mañana el camino hacia la charca roja, el camino que pasaba por delante de la puerta de la casa de Bartolo. Ese día Bartolo, por su parte, desde que se levantó —según nos contamos después esta misma historia cien veces el uno al otro—, y se levantó muy temprano, a las siete, estuvo calentándole la cabeza a su madre con el traje de la comunión y el «vísteme, ya, máma, vísteme».
—Que no, chiquillo, que no, cómo te voy a vestir tan temprano...
—¿Y por qué no?
—Pues porque no, porque es muy temprano para vestirte.
—¿Por qué?
—Porque te puedes ensuciar y no me faltaba a mí na más que eso, que fueras con el traje de la comunión lleno de lámparas.
—Yo tendré cuidao.
—¿Cuidao? Mira cómo te pones el pijama pa desayunar, mira, mira esto... ¡Cuidao, dice!
—Bueno, pues me vistes después de desayunar.
El chiquillo veía su traje de marinero colgado de una percha que colgaba a su vez del remate alto del armario ropero de su madre, por fuera del armario, protegido por un plastiquillo finísimo, que hacía frufrú cuando se lo rozaba, y se desesperaba y salía a la cocina y miraba el reloj despertador de la repisa y volvía a entrar en el dormitorio para ver el traje y volvía a salir a la cocina y a desesperarse.
—Ya he desayunao, máma, ya me lo puedes poner que seguro que no me mancho.
—La misa no es hasta las doce; con que empiece a vestirte a las once, tenemos tiempo de sobra.
—¡A las once!
—A las once, sí, a las once. Cuanto menos tiempo medie, más seguros estaremos de que llegas limpio a la iglesia.
—Pero, máma, si me vistes tan tarde, no voy a disfrutar del traje ni una mijilla. Pa un día que uno se lo pone no se pued...
—Mira, que no me des la murga, que no te lo voy a poner. Y tampoco pienso ponerte la muda nueva hasta que no hayas meao lo menos tres o cuatro veces, con que fíjate tú.
Y Bartolo salía al patio y entraba y se enrollaba en el dedo una de las ristras de la cortina de canutos de plástico de la puerta que daba al patio y su madre le decía que se estuviera quieto con la cortina, que ya le faltaban un montón de canutillos a cada ristra. Y dejaba la cortina y entraba al dormitorio de su madre y miraba el traje de marinero y salía a la cocina otra vez y le decía:
—Pero, máma, ¿a ti qué más te da vestirme? Si yo me estoy quieto donde tú me digas y no me muevo y no me mancho, a ti que más te da.
—Sí me da, sí, claro que me da; me da que sé que cualquier rozón te deja rastro; cualquier restregón con cualquier cosa, y ya la tenemos.
Pero tanto insistió el zagalillo, tanta ilusión le hacía, tan honestamente convencido le juraba a su madre que ni se iba a mover de la salita, primero, y luego del escalón de la puerta de la calle, porque lo que quería era salir y estarse allí y que lo vieran vestido los que pasaran..., que su madre acabó cediendo y lo vistió de blanco de arriba abajo a eso de las nueve de la mañana.
—Ni se te ocurra moverte del escalón pa fuera, ¿estamos?, ni moverte de la puerta. Y no se te ocurra sentarte, Bartolo, por el amor de dios, que me da algo, eh. No se te ocurra entrar en la cocina. Te quedas aquí, ¿me oyes? Sobre todo no se te ocurra entrar en la cocina, que estoy terminando de preparar las bandejas y como te eches una mancha encima te mato. No es que no hagas la comunión, es que te mato, ¿me oyes?
—Que no, máma, que no me muevo. Aquí me quedo, ¿ves?, y’astá.
Y seguro que se quedó en el escalón de la puerta de su casa, de pie, radicalmente entregado al cumplimiento de no moverse con tal de no estropear su traje. De pie, como un angelito de escayola, sin movimiento de brazos siquiera por no arrugar el codo del blusón. Seguro que sí; que Bartolo era muy especial cuando se tomaba algo en serio: se tomaba al pie de la letra las cosas que le parecían importantes y las cumplía más a rajatabla que nadie que haya conocido yo después. Como lo del parche...
* * *
Una de las veces que lo llevaron al oculista a Úbeda, un año antes de que hiciéramos la comunión, volvió con un parche en el ojo. En el ojo no, en uno de los cristales de las gafas, el cristal de su ojo bizco. Desgraciadamente, al ser en las gafas el parche y no en el ojo, y al ser éste, en realidad, no propiamente un parche, sino una especie de ventosa que se autosostenía, y no negra o de tela, sino de plástico y de un horrible color carne, Bartolo no se parecía en absoluto a un maravilloso pirata, sino más bien a una de esas muñecas pelonas y tuertas que aparecen en las películas de miedo o en los estercoleros.
El médico le dijo... (según me contó, se lo dijo a él directamente, no a su madre, que estaba delante allí de pie, sino a él directamente, agachándose un poco porque era un señor muy alto, y poniéndole las dos manos encima de los hombros, le dijo...) que, si quería que se le arreglara el ojo torcido, tenía que llevar ese parche siempre, lo que se dice siempre, sin quitárselo nunca jamás, sólo cuando se quitara las gafas para dormir. Le explicó que el parche era para que no mirara nunca por el ojo que le estaban tapando y que era importantísimo que no mirara por ese ojo nunca; pero ni una sola vez siquiera. Ni siquiera un momento para buscar algo que se le hubiera caído al suelo. Ese ejemplo tan claro le puso y así de claro lo entendió Bartolo, y se dedicó a cumplir aquella orden con un celo del que sólo alguien como Bartolo era capaz. Y eso que el oculista no imaginó, seguramente, ni la mitad de la larga lista de consecuencias que le trajo a Bartolo, en su vida cotidiana, una prescripción así.
En cuanto Bartolo comprobó que, con un solo ojo, si apuntaba con el tirachinas a un canalón, le daba en realidad a una puerta de portal, cogió su caja de Tortas Imperiales El Almedro que tenía escondida en las cámaras de su casa, debajo de un celemín antiguo —lleno, ahora, de un montón de minitrastos aburridos del uso—, le enrolló las gomas en la horquilla y lo guardó dentro como si lo guardara para siempre. Recuerdo bien la escena porque tuvo algo de solemnidad fúnebre y porque me dio una de esas explicaciones suyas que consistía en ahorrárselas todas:
—Hoy m’ha pasao con el canalón y eso no m’importa, porque darle a una puerta no es una desgracia. Pero, ¿y si nos encontramos con uno de los de La Redonda y me pico yo en querer arrearle un chinazo en la pierna? A saber adónde me se desviaría el tiro. Es mejor pa mí que no lo lleve a mano mientras tenga el parche.
Y, así, Bartolo guardó el tirachinas (por prudencia, aunque pareciese mentira en él) como los pistoleros de renombre deciden un día desabrocharse la cartuchera: haciendo más gasto de valentía en ese gesto que en el de amartillar el percutor. Y tengo que decir que Bartolo, desde mucho antes de lo del parche, no se peleaba ya nunca con las gafas puestas. Había aprendido, a fuerza de golpes y roturas, a quitárselas y dejarlas en el suelo, donde le pillara, cuando entrábamos en pelea cuerpo a cuerpo. Veías a Bartolo enclavijar los dientes para soltar un «mecagoen», mientras se echaba mano a las gafas y las ponía a salvo, como le había suplicado su madre que hiciera. Ese gesto suyo de proteger unas gafas que a su madre le hubiera sido imposible remendar una sola vez más, se convirtió, ya que no daba avisos, en la única oportunidad de huida que tenía cualquiera ante él. En ese punto, la mayoría de los chiquillos, sabiendo la granizada de puñetazos y patadas que se les iba a venir encima justo a continuación, salían a escape, sin esperar a ver si era justa la fama que tenía Bartolo de no haber quien pudiera con él. Ellos se iban y el único esfuerzo que tenía que hacer Bartolo era volver a ponerse las gafas. Bien, pues una tarde, a Bartolo hacía poco que le habían puesto el parche, cuando íbamos andando por La Callejuela, se nos vinieron de frente los de La Redonda. Los tres de siempre: el Javi, el Manu y el Juli. Llevaban un tiempo diciendo por ahí a todo el que ellos pensaban que debía oírlo que nadie podía pasar por La Callejuela para ir a ninguna parte; sólo ellos podían pasar por La Callejuela.
—Pues mi madre tira siempre por La Callejuela p’atajar, cuando vamos ase mi tía... —se quejaba, con razón, uno de los que necesitaba conocer muy bien la orden porque pensaba cumplirla a pies juntillas.
—Con los mayores sí se puede pasar. Lo que no se puede es pasar solos, ¿queda claro? A ninguna hora del día.
Bartolo no cumplía nunca ni los mínimos que le imponían su madre o los maestros, así que menos iba a cumplir lo que le impusieran tres idiotas como aquéllos. Sólo dijo, con su habitual ausencia de explicaciones:
—Ni borrachos se creen ésos que se van a quedar con todos los tacos.
Y es que los de La Redonda eran malos, muy malos, y nuestros enemigos naturales, pero eran chiquillos reales, paridos por una mujer, de carne y hueso, yo los conocí, existieron. No eran pandilleros de cine, que prohíben por prohibir, sin razones, sin motivos, como animales inventados que marcan territorios de ficción. Así que, si los de La Redonda querían quedarse con La Callejuela, era por algo y nosotros sabíamos perfectamente por qué: porque en La Callejuela estaba la carpintería del Adrián, y en la puerta de la carpintería había un cajón en el que Adrián tiraba los trozos de madera que le sobraban para que los cogiese quien quisiera. Sobre todo nosotros, los niños. Las personas mayores no querían desperdicios, mientras que, para nosotros, aquellos retales eran tesoros. Con el tiempo he llegado a estar seguro de que aquel viejecillo de ilustración de cuento, con su noble encorvadura y sus pelijas blancas, sus gafillas en la punta de la nariz llenas de serrín (ahora mismo estoy viendo cómo se las quitaba y les soplaba con fuerza y ahora mismo estoy entendiendo que esa foto suya soplando las gafas, la más clara que guardo, es así precisamente por el serrín, porque no podía limpiarlas con un pañuelo como todo el mundo... ¡Qué explicaciones tan tardías, tan sorprendentes, nos regala de pronto la memoria!
Acabo de emocionarme recordando a aquel agüelete, sí, de verdad. Era una bellísima persona), el señor Adrián, digo, dejaba allí los recortes especialmente para nosotros, como un regalo. Estoy seguro. Nunca nos miraba mal cuando entrábamos a preguntarle cualquier tontería y, aunque no era ni mucho menos un meloso del tipo de don Cristóbal, el cura, más de una vez se había ofrecido a rematar con alguna de sus herramientas cualquier artilugio fabricado por nosotros sólo con la navaja, ésa que todos teníamos, la misma que no nos dejaban tener. Él no decía más que:
—Anda, trae p’acá, que no hacéis nada en condiciones... —y se ponía a trabajar sobre lo nuestro como si fuera cosa suya. Cuando terminaba, nos lo alargaba diciendo:
—Bueno, mira a ver si no está mejor así.
En fin, a lo que iba, que Bartolo y yo embocamos aquella vez La Callejuela y, a medio camino, ya se nos venían de frente, y a lo ancho, para hacer más bulto, como los indios cuando asoman por la cresta de una colina (que lo de la fila india se entiende mal, porque los indios hacían toda clase de filas, según les convenía a ellos...) se nos venían de frente, digo, los tres de La Redonda. Y Bartolo, nada más verlos, dijo:
—Venga, Pablo, vámonos por el otro lao.
Yo no me podía creer lo que había dicho. Tan imposible me parecía haber oído bien, que no lo oí en realidad, y, como un mecanismo programado, había seguido andando todavía unos pasos más, sin darme cuenta de que ya no llevaba a Bartolo a mi lado. Y hasta que no giré la cabeza para decirle «Sí, pero a mí déjame al Manu, que le tengo ganas», no vi que se había quedado atrás.
—¿Qué pasa? —le pregunté, más aterrorizado de lo que estaba en realidad.
—Nada, que no quiero pelearme.
Pero no tuvimos tiempo de hablar más porque el siguiente «¿Qué pasa?», lo dijeron ellos, los otros, chuleándose.
—¿No sabéis que por aquí no se puede pasar?
—Porque tú lo digas no se va a poder —dije yo.
—Porque lo decimos nosotros, sí.
—¿Ah, sí...?
Y un segundo después, había por allí un amasijo de tres de La Redonda y un luchador solitario; solitario y no muy alto como yo. Eran tres contra mí y me llevé patadas, pellizcos, puñetazos y hasta bocados... un desgarro de babi en el bolsillo y un calcetín sucio para siempre porque, con la fuerza de una patada de defensa que di al aire, se me había salido uno de los Bonanza; y esto por culpa de mi madre, que nos los compraba «crecederos» (los bonanza eran más baratos que los Gorila y eran casi iguales, se gún nos decían para conformarnos, aunque no traían una pelota de regalo en la caja con la que poder jugar bien al frontón; supongo que es de agradecer, a mi madre sobre todo, pero en su parcela también a Dora, que nos educaran como si fuéramos casi igual de pobres que los demás; mi padre era distinto; mi padre siempre estaba queriendo que nos vistieran de modo que dábamos risa); el caso es que tuve que terminar la pelea descalzo de un pie y sin fuerza en esa puntera.
Yo creo que si pudieron emplearse más conmigo, no fue sólo porque eran mayoría, sino también porque yo estaba muy mermado por la pura sorpresa de ver a Bartolo quieto. Y se cebaban en mí y no iban a por él porque Bartolo no había hecho por dónde ir a por ellos. Y lo curioso es que estaba quieto, pero no mudo, porque, lejos de poner paz, no había parado de gritar desde que empezaron a pegarme:
—Dale, Pablo, dale, cierra la mano; así no, así no, por debajo, nene, no seas cipote, por debajo. Venga, dale. Dale por debajo. Así sí, venga. Buena ésa.
De no conocer a Bartolo, se diría que la suya era la actitud de un cobarde perfecto: incitar con la lengua a la pelea y mantenerse al margen de ella:
—... dale, dale por debajo; ¡y no te caigas!; ahí, ahí, tírale con el pie a la barriga...
Yo no salía de mi asombro. Más parecía mi entrenador que mi amigo:
—... venga, dale, ¡toma ya!; cuidao con ése, cuidao con ése... Eh, tú, eso no vale, no lo agarres que está solo, suéltalo, así no vale, que lo sueltes, que no lo agarres que está solo... ¡Que no lo agarres te digo! ¡Que, no, lo, agarres! ¡¡Mecogoen!!
Y al fin, sí, como si fuera una película en la que el bueno tiene que llegar a caballo desde lejísimos y descabalgar de un salto, al fin llegó aquel «mecagoen» de Bartolo y su quitarse las gafas y dejarlas en el suelo. Aunque se las quitó de una forma muy rara, muy lenta para mi gusto teniendo en cuenta la somanta de palos que me estaba cayendo a mí: primero se las retiró un poco de la cara forzando la goma, luego metió la mano por entre el cristal del parche y el ojo en el que tenía que llevarlo y, tapándose ese ojo con una mano, terminó de sacarse las gafas con la otra, las dejó en el suelo a un lado, y sólo después se lio a pelear como el Bartolo que era, pero con la única mano que le quedaba libre.
Es decir, que se quitó las gafas que llevaban el parche incorporado, sí, exactamente como le tenía dicho su madre y como tenía ya por costumbre para no romperlas; pero se tapó el ojo bizco con la mano casi antes de terminar de quitárselas, para no ver por ese ojo ni un segundo, tan escrupulosamente como le había dicho el médico; y, al fin, por fin, se vino contra aquéllos como una exhalación, encendido de rabia, más furioso que nunca. Con una mano se tapaba el ojo y con la otra soltaba golpes como un molino de viento, bum, bum, que no te recuperabas de uno cuando ya tenías encima el otro, toma, que hasta se levantó viento de lo deprisa que los daba. Aquello fue lo nunca visto. Dos para tres (uno y medio, más bien, y el medio no era él con su única mano, sino yo, porque a mí ya me habían breao) y resultó que los de La Redonda salieron chispados de allí. Bartolo daba más hostias, con una sola mano y sin descomponerse, de las que hubiera dado el dios hindú ése que tiene un montón de brazos. Cuando todo terminó, Bartolo se giró en redondo sobre sí mismo, mirando al suelo con un solo ojo, una vez hacia la derecha, y otra hacia la izquierda y me dijo, pero sin quitarse la mano del ojo ni un momento siquiera:
—Mira a ver si ves mis gafas, Pablo, que no las veo.
—Aquí están, toma —se las di y las cogió con su mano libre, pero pareció que no sabía qué hacer con ellas.
—¿Puedes tú pasarme la goma por detrás de la cabeza? Es que yo, así, con una mano sola, no puedo —hasta este extremo llevó su cuidado en no tener destapado el ojo ni un instante.
En adelante, y una vez que Bartolo se aprendió el método de taparse el ojo con la mano, peleó manco y volvió a ser, mermado y todo, el mismo de siempre. Ésa es una de las imágenes suyas que mejor recuerdo. Lo veo siempre con una mano en su ojo y la otra volando a los ojos ajenos, repartiendo leña en redondo a toda velocidad. Parecía un compás con el centro de gravedad en mitad de la cara. Y ponerse en su circunferencia tenía más peligro que ponerse en la de una atracción de feria. Es una visión tan divertida, tan graciosa y entrañable para mí, a ratos, como triste en otros momentos. A veces me duele aquel Bartolo tan puro, tan cumplidor... Lo siento como un escozor al fondo de no sé qué herida, que no termino de localizarme.
Porque, igual que no se me habría de ocurrir, no a tiempo, que a Bartolo le importara tanto suspender en la escuela y ser un repetidor (porque yo lo creía por encima de todo lo que pudiera sucederle en la vida), no se me había ocurrido tampoco pensar (hasta ese momento en que me pidió que le colocara yo las gafas) que a Bartolo le doliera verdaderamente lo de ser bizco.
* * *
Total, a lo que iba, que seguro que Bartolo, si así le había dicho a su madre que lo haría, se quedó aquella mañana de domingo de pie en el escalón de la puerta de su casa, dispuesto a no respirar con tal de proteger el traje de su primera comunión. Y aquella mañana el Sábat y yo doblamos por el estanco de la coja para entrar en la calle de Bartolo, sin que yo hubiera resuelto todavía cómo decirle a Bartolo que habíamos decidido ir a cazar la rana el poco rato que teníamos libre, aunque no viniera él. Mi esperanza era que pasáramos frente a su puerta sin que nos viera. Bartolo, por lo general, no se cogía pelusas raras porque yo hiciera cosas sin él. Eso era cierto, por una parte. Pero, por la otra, lo de aquella rana era un asunto de los dos. Hasta le habíamos puesto nombre, La Cebollona, para que los demás chiquillos no supieran cuándo hablá­bamos de ella. El Sábat no era nada nuestro y se había añadido hacía poco, además, a última hora.
Hacía poco, efectivamente, cierta tarde, se podría decir que le habíamos dejado intervenir en el asunto de La Cebollona, pero como un secundario con un papel mí­nimo. Y si le dejamos fue porque vino él solo, comiéndose el bocadillo, y se plantó allí, en la charca, y no dijo nada más que hola y se quedó callado mirándonos. No nos preguntó qué hacíamos, porque eso estaba claro, y tampoco nos preguntó si podía participar, porque estaba claro que no. O sea que, en el fondo, si le dejamos fue mucho más porque nos dio pena verlo allí que porque necesitáramos, que puede que sí, a un tercero que tapara la escapatoria por el flanco de arriba de la charca. Y es que, por ese lado, la charca era más profunda, por la parte donde la excavadora hincó las uñas. Más honda y sin orillas: la pared entraba vertical en el agua, como un acantilado. Como un acantilado de poco más de cincuenta centímetros, pero los suficientes, con nuestra altura, para que el agua nos llegase a la cintura y ya no fuera posible meterse por allí como por los otros tres lados: simplemente quitándonos los zapatos y enrollándonos los pantalones.
Y si le dejamos fue porque sabíamos que, de todas formas, el Sábat, colocado en ese punto, nunca podría ser el cazador. Con toda seguridad que no. Eso lo sabíamos los dos cuando le permitimos ponerse allí. Lo único que le dejamos hacer, de hecho, fue eso, ponerse allí, de pie, fuera del agua, y mover mucho los brazos, para que la rana se asustara y no emprendiera la huida hacia ese lado. El Sábat moviendo los brazos mucho y Bartolo y yo quietos como estatuas con los pies dentro de la charca hasta las pantorrillas. La rana sería solo para su tarro o para el mío.
Quince o veinte metros antes de llegar a su casa, se me escapó una exclamación «¡Bartolo!», que no pude evitar que me saliera casi chillada, como a una mujer puesta en jarras para rencillarle a un chiquillo. Y es que resplandecía de tan blanco que estaba. Yo nunca lo había visto de aquel color, el anticolor de los colores masculinos; el contrario radical de los colores sufridos que, por machos y por zagales, habíamos llevado nosotros toda la vida. Más que resplandecer, brillaba; y casi brillaba más él, a la sombra, que el sol en la acera de enfrente. Blanco como los niños santos de las estampas. Blanco como los niños de las fotos en brazos de su madre.
—Jo, nene, qué bien que estás así—me salió del alma decirle. Él bajó la cabeza.
—A mí m’habría gustao más que fuera de príncipe, pero de marinero no’stá mal.
—Veníamog a decirte que a ver si te venías a la charca, como todavía queda mucho tiempo pa la comunión... Pero, claro, ya no, ya que estás vestío... —le dije yo, de pasada, y lo antes que pude.
—Sí, es que hay que vestirse más temprano de lo normal porque dice mi madre que se tarda mucho en ponerte derechas toas las cosas que hay que llevar.
Tampoco había visto nunca a Bartolo tan contento con algo que le estuviera pasando. Cuando estaba contento, era por cosas que se imaginaba él o por cosas que planeábamos hacer entre los dos. No se me habría pasado por la cabeza pensar que le apeteciera tanto lo de su primera comunión. Yo no dejaba de mirarlo, así que me empujó y me dijo:
—Venga ya, no me mires; no te burles.
—No me burlo. Estás mu bien, Bartolo, en serio.
—A lo mejor de príncipe hubiera estao mejor, pero...
—De eso nada. ¿Sabes quién v’a ir de príncipe? El Pipichirri, el hijo de don Fernando Torres.
—¿Sí?
—¿Te imaginas al Pipichirri vestío de cordones doraos? ¿No me digas que t’hubiera gustao ir como él?
—No, eso no, claro. No, si yo no digo na, si a lo mejor es mejor ir de marinero... Además, casi tol mundo va ir o de marinero o de fraile y a mí de fraile sí que no me gustaba na de na.
Aquí se hizo un silencio, el suficiente para que Bartolo, que seguramente no había caído en la cuenta, se percatara al fin de la razón por la que estábamos allí. Miró al Sábat y luego me miró a mí y yo noté que me miraba como si me preguntase, así que le respondí.
—Ea, es que éste ha venío a mi casa a decime que si vamos ahora a la charca no v’a haber nadie. Yo pensaba que te ibas a venir tú también —le mentí.
—No puedo... —le faltó añadir «y tú lo sabes», pero no hizo falta porque yo lo oí de todas formas.
—Falta mucho pa la misa —dije, por decir algo.
—No falta tanto.
—Nos da tiempo de sobra si te quieres venir.
—No puedo, ya estoy vestío.
—Pero falta mucho. ¿No te puedes quitar el traje y te lo pones luego?
—Mi madre no me deja que me lo quite —siguió él todavía un poco más—. Y mi madre m’ha dicho que no me mueva de la puerta —añadió con la última gota de comedimiento que le quedaba. Hasta que se le acabó la paciencia y saltó—: ¡¿pero es que no podemos ir tú y yo solos otro día o qué?!
Y yo me sentí mal.
—Vale: pues no vamos nadie —decidí—. Ya l’he dicho yo a éste que, si tú no venías, no iba yo tampoco.
El Sábat se rebeló. Le parecía injusto que yo me echara ahora para atrás:
—Tú no m’ hag dicho eso. Tú m’ hag dicho que íbamos a cogela los dos si Bartolo no podía.
—T’he dicho qu’a lo mejor. Qu’a lo mejor. No t’he dicho que fuera que sí seguro. T’he dicho que se lo iba a preguntar a él. Además, ¿tú eg que no te enteras que dos solos no se puede? Hay que ser tres porque hace falta uno que se ponga en lo alto pa que la rana no se vaya pa lo hondo, que siempre se va p’allá y por eso se nos escapa siempre a Bartolo y a mí.
—Bueno, ¿y entoces qu’hacemos? —dijo el Sábat, cruzándose de brazos con ostentación—. ¿Pa eso he venío yo? ¿Pa na? —y bufó y todo; pero yo sabía que no podía enfadarse más allá de este punto de ligera indignación porque él era el nuevo, el aspirante, el eterno opositor a amigo nuestro. Aparte que a mí me hubiera importado un bledo que se enfadara. Casi mejor, porque era un plasta de los que no te quitas de encima ni con agua caliente. En éstas estábamos, cuando Bartolo se puso la mano en la frente y miró a lo lejos, más allá de la gasolinera, al pequeño terraplén del otro lado de la carretera. Y avisó:
—Por allí vienen los otros.
El Sábat miró y yo miré y los vimos también.
—¿Y ahora qu’hacemos? —me desesperé yo—. Ésos vienen a llevásela. Ea, claro, como sabían que nosotros hoy, con lo de tu comunión, no íbamos a poder ir, pues...
Entonces, Bartolo, que sabía que la situación era grave, en una décima de segundo, tomó tres decisiones:
—Vámonos p’allá, tenemos que pillar la charca —esto lo dijo con cierta tranquilidad, porque estábamos al lado y era seguro que llegaríamos antes que los otros, pero lo dijo de camino ya, yéndose el primero hacia allí, con mucha autoridad y esperándonos tres pasos por delante.
El Sábat y yo lo seguimos, pero por inercia, sin haber reaccionado todavía en realidad.
—Me voy con vosotros porque ellos vienen cuatro —siguió diciendo—. Pero yo me quedo en la parte de arriba, porque no me puedo manchar los zapatos con el barrillo de la orilla, ¿vale? —y continuó dirigiendo la operación mientras íbamos hacia los tejares y la charca—. El Sábat y tú metéis los pies en el agua, pa que vean que tenemos pillá la charca, pero ya’stá. Ni se caza ni na. Na más que pa que vean que la tenemos pillá y se vayan. No vale cazar, ¿eh? Nos ponemos allí pa que nos vean que la tenemos nosotros, y nos quedamos un poco hasta que se vayan, pero después nos volvemos nosotros también. En cuanto se vayan ellos, ¿vale?, que mi madre me mata si sale y no me ve en la puerta. L’he prometío que no m’iba a mover de la puerta... ¿Vale? —hizo una pausa mínima—. ¿Vale o no vale?
—Que sí, que vale —dije yo—. Pero tú no te preocupes tanto, que tenemos cuidao y no pasa na, ya lo verás.
A Bartolo debió de parecerle, por mi tono, que no me daba cuenta de lo seria que era su advertencia, así que me adelantó un paso y se me plantó delante, para que me parara y lo mirase.
—Oye, Pablo, que yo na más que voy con la condición de que no hagamos na y que nos volvamos enseguida pa que mi madre no vea que m’he ido. Con esa condición na más voy. Si no, no voy. Si vamos a empezar con tonterías, me quedo y ya’stá.
—Que sí, que vale, que nos volvemos en cuanto ésos
Con esto, Bartolo se quedó algo más tranquilo y pudimos seguir andando. Ya se veía el destello de la charca. Seguimos andando en silencio un trecho, hasta que yo decidí que tenía que decir algo, lo que fuera, para borrar de la cara de Bartolo una expresión muy rara, que yo atribuí a que no podía olvidar el amago de traición que le había hecho:
—¿Has visto como sí que hacía falta que viniéramos a pillar la charca? Ya sabía yo que ésos iban a venir, y sería mu mala suerte que, pa un día que no podemos venir nosotros, pa un día na más, vengan ellos y se la lleven ellos.
—Ea, eso l’he dicho yo al Pablo —añadió el Sábat.
Y ojalá se hubiera callado, porque fue peor. Sonó como si formáramos piña él y yo, y a mí aquel ayuntamiento me pareció tan indeseable, que le empujé, para apartarlo de mí físicamente. Él se quejó:
—¿Qué pasa, qué’dicho?

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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 11:59 am

Porque además de tonto, era machacón el muchacho. Respondón y algo taimadillo también. Una alegría de nene, el Sábat, sí. Siempre limpio y siempre dispuesto a dar lástima; pero, en cuanto ocupaba un hueco, a fuerza de meterse y meterse y meterse, royendo y royendo, en cuanto se hacía un sitio, no lo dejaba ni a empujones. Mientras andábamos, yo aprovechaba para mirar a Bartolo de reojo. De reojo porque lo espiaba preocupado por lo que podía estar pensando de mí. Pero también lo miraba porque estaba impresionado por su magnífico aspecto... y tenía que ser de reojo porque él no me hubiera dejado admirarlo tranquilamente de frente. Andaba más derecho que nunca, quizá por no arrugar el traje, ciertamente; y parecía más alto. Y la solapa ésa grande que llevan por la espalda los trajes de marinero, tan planchada y recta, le quitaba mucha de la joroba falsa que se nos formaba a todos simplemente por mirar el mundo como lo mirábamos de chicos a esa edad: medio a escondidas siempre; siempre temiendo, como los atrincherados, levantar de más la cabeza y llevarnos un pescozón. Y la blancura.. recuerdo especialmente lo luminoso que iba, tan blanco todo él, de los pies a la cabeza.
Cuando se acabó el pavimento y nuestros zapatos entraron en el descampado, Bartolo procuraba que los suyos (inimaginablemente blancos también, con una suela fina como los recortes con los que habíamos ensayado el sacado de lengua para recibir el cuerpo de Cristo) no fueran a caer nunca en blando. Bajo nuestros pies, el camino tenía zonas más húmedas que otras, tenía crestas solidificadas que fueron en invierno gachulete de magma, y tenía valles con brotes de hierba recién nacida; tenía baches, todavía con su recuerdo de agua, y tenía calvas secas y bien compactadas. No creo que Bartolo fuera precisamente un especialista en esquivar pringues; apenas tenía experiencia, así que, esta nueva manera de andar, sorteando problemas, le exigía una dedicación concienzuda. No levantaba cabeza. Teníamos una relativa ventaja para llegar a tiempo a la charca, no hacía falta que corriéramos ni mucho menos, pero Bartolo se retrasaba. Yo paré un par de veces para esperarlo.
Se ve que, en algún momento, Bartolo debió de pensar que el mejor modo de transitar por allí, con cuidado pero con más agilidad, salvando el barro pero sin tener que reflexionar sobre cada paso de uno en uno, era, claramente, buscar que la suela fuera a caer en hierba, que estaba tan baja como si fuera césped. Se fue por la hierba y así pudo darse más prisa y mirar al frente de vez en cuando. Mirábamos al horizonte, en la parte en que éste se quebraba en un talud. Los dos soportábamos en la boca del estómago la posibilidad de que los otros, a los que habíamos perdido de vista cuando terminaron de bajar el terraplén para cruzar la carretera, aparecieran de pronto por el borde de la duna, como los moros en el desierto. Podía ser, sí, cabía esa posibilidad si ellos, a su vez, nos hubieran visto y hubieran echado a correr con toda su alma en la zona ciega donde no los veíamos. Tendrían que haber corrido mucho, eso sí, para que aparecieran ya, ahora mismo, por allí al fondo, mucho, mucho, pero podía ser, imposible no era. A Bartolo no había que explicarle la situación: Bartolo aceleró el paso; la hierba le había dado esa falsa confianza que nos dio a todos un día, antes de que la vida nos enseñara que el rocío la moja y que la hierba mojada acaba calando los zapatos finos y que los zapatos finos calados pueden llegar a teñirse un poco del mismo verde que van pisando; sobre todo si los zapatos finos son blancos.
Llegamos a la charca. Yo me puse a la derecha, el Sábat, a la izquierda, y Bartolo se puso en el centro de la parte honda, arriba, como había dicho. Era nuestra. Guardamos silencio un poco, sin dejar de mirar el sitio por el que podía asomar el enemigo, hasta que Bartolo reaccionó de nuevo en primer lugar:
—Venga, quitaros los zapatos y meteros dentro, no vaya a ser que vengan diciendo que han llegao a la misma vez que nosotros.
Él se quedó mirando de guardia mientras nosotros nos quitamos lo más deprisa que pudimos los zapatos de cordones y los calcetines. Nos decía «venga, venga» sin apartar la vista del peligro. Y la primera vez que volvió los ojos hacia mí, me chilló:
—¡Pero Pablo...! ¿Qué haces colocando los zapatos? ¡Date prisa!
Y tenía razón en que, para aquel entonces, ya no me hacía falta hacerlo, pero yo he mantenido siempre, hasta hoy, como una costumbre, lo que empezó siendo un truco de cuando ninguno sabíamos distinguir el pie derecho del pie izquierdo: dejaba los zapatos tal como los traía puestos, bien colocados, con las punteras mirando hacia la charca, por ejemplo, de modo que luego, cuando volviera a ponérmelos, no me confundiera de pie; evitábamos que el ir mal calzados nos delatara y nos cayera la regañina.
Otra cosa vital era no invertir los adentros y las afueras de los calcetines. El Sábat llevaba pantalón corto, pero, yo, largo. O sea, que todavía me quedaba remangarme las perneras hasta casi las ingles; la charca no era tan profunda, pero convenía subir el pantalón al máximo porque solía desenroscarse poco a poco y, sin uno darse cuenta, acabar de nuevo en los tobillos y mojado. Y había que hacer los dobleces bien por lo mismo, uno sobre otro, no valía deslizar el pantalón pierna arriba como la tripa de los chorizos en el aparato de embutir.
—¡Venga, Pablo, con los remilgos, hombre! ¿Quieres acabar ya? —me insistía Bartolo.
—¡Ya voy! —estuve a punto de caerme por hacer equilibrios con un pie, descalzo y plantado encima de puntiagudas chinillas.
Daba frío, pero también daba gusto meter los pies en la charca cuando nadie los había metido todavía. El agua estaba tan clara como la de la bañera cuando te tocaba bañarte el primero. Procuraba que el limo, suave y untoso como la margarina, no se extendiera; cuando un dedo desnudo hacía su nido en él, un molde rodeaba a los demás y era agradable notar el cosquilleo de las burbujillas de aire en la planta. Entrar en el agua clara produce silencio. Estuvimos un poco callados, mirando el fondo de la charca mientras era posible seguir viéndolo. Por un momento, olvidamos a los otros, a los que estaban viniendo, y dejamos de darle importancia a la velocidad que trajeran. Ya era indiscutiblemente nuestra la posición. Al cabo de un poco, Bartolo, apartando la vista del horizonte, dijo:
—Me parece a mí que ésos no venían p’acá. Ya tendrían qu’haber llegao. Irían pa otro sitio. Pero bueno, que es mejor estar pendiente y haber venío.
Y entonces ocurrió algo terrible: de mirar nuestros pies desnudos dentro del agua, Bartolo pasó a mirarse también los suyos con sus zapatos blancos... Y se le cambió la cara:
—¡Ay, la virgen, Pablo, mi madre me mata, mira, mira!
—¿El qué?
—¡Log zapatog, log zapatog! ¡¡Están verdes!!
Yo salí del agua y subí a su altura para ver el desastre.
—Que no, Bartolo, no seas exagerao... ¡Verdes, dice!
—¿Exagerao? ¿No veg qu’están verdes?
—No es na más qu’un poco por los laos.
—¡Y por la puntera!
—Y por la puntera también un poco, pero que eso no es pa tanto, que se limpian y ya’stá.
Daba vueltas sobre sí mismo, nervioso, pero sin mover mucho los pies, ya no quería poner los pies en ningún sitio.
—¿Y con qué los limpio, cómo los vamos a limpiar?, no se van a quedar bien, mi madre se va a dar cuenta... ¡Ay, la Virgen, madre mía, Virgen santa!
—No digas nada de la Virgen —saltó el Sábat desde abajo, desde la charca; todavía estaba metido en el agua con su tarro de cristal en la mano, no se había acercado a ver los zapatos de Bartolo.
—¡Cállate, so cipote! —le grité yo.
—Eg que, si dice tacos, no va a poder hacer la comunión esta mañana —siguió él, más por tonto y por hacerse el enterado, que por proteger a Bartolo del pecado.
—¡Que te calles, te digo! —le grité de nuevo—. ¡Y ya’stás guardando el bote porque la rana no v’a ser pa ti!
En aquel momento me arrepentí definitivamente de haberle consentido al Sábat la confianza de venir conmigo, de hablarme siquiera. Bartolo seguía fuera de sí y a mí se me ocurrió que podíamos limpiarlos con mis calcetines. Fui adonde había dejado los zapatos y saqué uno de dentro y lo mojé en el agua. Volví a su lado y me agaché y traté de hacer algo, pero el verde estaba en la parte más baja del zapato, tan cerca de la suela y del suelo, que, con mi calcetín mojado, más bien ensuciaba de tierra el zapato que lo limpiaba. Me asusté al ver cómo el marrón de la tierra se mezclaba con el verde del prado. Pero dije:
—Es mejor que te los quites —fingiendo tranquilidad—, así se limpiarán mejor —como si aún no hubiera ocurrido lo de empeorar las cosas con mi intento.
—¡El verde no se va, ya verás cómo no se quita! —continuaba él, porque seguramente ya, a la edad de la comunión, tan temprano, había aprendido que, en su caso, ponerse en lo peor era lo más acertado.
—Que sí se quita, tú espérate...
El siguiente problema fue que no vimos ningún sitio limpio para que se sentara a quitarse los zapatos. Y menos mal que caímos en la cuenta de que no podía sentarse en cualquier parte. Pero yo encontré solución; estaba dispuesto a solucionar cualquier inconveniente. Cuando Bartolo se ponía pesimista, su único apoyo era yo. En esas ocasiones confiaba en mí a ciegas y a mí me gustaba la sensación; era un acicate para que mi cabeza encontrara los remedios.
—No, ahí tampoco, que está mojao. Espera... —le dije. Y luego grité más que nunca—: ¡Sábat!
—¿Quéeeee?
—¡Que vengas aquí ahora mismo!
—Ya voy. Es que acabo de ver a la rana que s...
—¡Que vengas t’he dicho! ¡Y como toques la rana t’enteras!
Bartolo no podía sentarse, efectivamente, con su traje tan blanco; decidí que se quedaría de pie, a la pata coja, apoyado en el hombro del Sábat, y que se quitaría primero un zapato, y esperaría a que yo se lo limpiase, y se lo pondría y luego se quitaría el otro. Así que coloqué al Sábat de bastón de Bartolo y empezamos la maniobra de quitarle yo el primer zapato y que dejara colgando el pie descalzo hasta que se lo volviera a poner.
Cuando le quité el zapato, el calcetín apareció luminosamente blanco, nuevo, esponjoso, sin holguras en la punta ni en el talón; y olía a estreno, a estreno de mercería, es decir, olía a caja de cartón y a un misterioso e inexplicable rezume de infusión de manzanilla.
—Ten cuidado y no apoyes el pie en el suelo con el calcetín limpio, eh, que no tardo na —le dije a Bartolo; y, al Sábat, lo miré y me encaré con él—. Y tú, mírame bien: como te muevas, te ahorco. Quieto ahí.
Fui a mojar mi calcetín otra vez. Ahora, con el zapato en la mano, limpiar el verde no fue tan difícil. Me quedó bastante bien. No perfecto, pero bastante bien. Me pareció que apenas se notaba. Se lo enseñé a Bartolo y creo que también él se sorprendió de lo poco que se notaba.
Sin embargo, al intentar ponerse de nuevo el zapato limpio sin más apoyo que el hombro de un inútil como el Sábat, perdió el equilibrio un poco, un segundo, un saltito nada más, apenas un vahído, pero lo suficiente para no poder evitar que el pie desnudo se posara en el suelo. Y pisó con fuerza, naturalmente, como corresponde al pie al que se recurre con urgencia para restablecer el equilibrio y evitar la caída; y pisó donde le tocó pisar, no pudo elegir el sitio: en el último palmo de tierra antes del miniacantilado de la charca. En el borde mismo. Y lo que pasó fue que el terrón de tierra cedió al vacío y la pierna de Bartolo, con su pantalón tan blanco cubriéndola, se resbaló por detrás, desde la pantorrilla hasta la corva de la rodilla, rozando la pared. Yo lo vi en la charca, como quien dice, pero no llegó a caerse dentro. No hubiera sido una gran caída, de todas formas, porque ya digo que la pared no era más alta que un cubo de fregona. La única desgracia del resbalón era el modo en que iba vestido Bartolo. No sólo no se cayó, sino que, con muchos reflejos, consiguió no sentar el culo del pantalón en la tierra, apoyó a tiempo las dos palmas de las manos por la espalda y pudo incorporarse en vilo, a pulso, como los gimnastas en el potro, evitando cualquier otro contacto de su traje con la tierra.
Pero el de la pierna era bastante restregón de todas formas. La corva de la pernera derecha de su traje de marinero se había paseado por el filo de la charca y salió del percance con una buena película de tierra rojiza. Tierra de hacer ladrillos. También su calcetín blanco ganó una planta colorada. Y la ironía es que ni siquiera era barro. No era más que eso, un restregón. Grande, sí, ocupaba toda la trasera de la pantorrilla, pero no era más que un roce sin barrillo. En cualquier otro pantalón, en el que yo llevaba sin ir más lejos, no se habría notado apenas, un sacudirlo con la mano y listo. Pero el blanco es un color... todo lo contrario de un color bendito. Es, además, escandaloso cuando se junta con el bermellón de los tejares.
Bartolo se miró por detrás y ya no dijo nada. Perdió la palabra. Se miraba y se miraba, pero no decía nada. Después se agachó, pensé que para terminar de ponerse el zapato que yo le había limpiado, pero no. Lo que hizo fue quitarse el otro y apoyar en el suelo, como si nada, el calcetín limpio que le quedaba. Me tendió el zapato para que se lo limpiara y yo lo hice mientras hablaba con él y le decía esto y lo otro para distraerlo y que no estallara. Cuando Bartolo se quedaba de pronto tan callado un rato, tragándose una bilis, la que fuera, luego podía estallar furiosamente por cualquier sitio. Y eso es lo que yo no quería que le pasara.
—... y claro que puedes apoyar los calcetines en el suelo, claro que sí, ahí no hay barro. Tranquilamente, además, porque la planta del pie no se ve cuando te poneg el zapato; que fíjate lo bien que se quedan log zapatog, qu’eg que ni se nota na... Y mira, Bartolo, tú por el pantalón no te preocupes, porque podemos limpialo también; eso se limpia y listo y, como eg en la parte d’atrás, casi ni se ve...
—¡Ay que no se ve, no poco! —intervino el Sábat.
Y temí por él porque, a fin de cuentas, él había sido el culpable de que Bartolo perdiera el equilibrio. Pero Bartolo no parecía oírlo. Estaba en la luna, con los ojos perdidos.
Yo había bajado a la charca, había mojado una vez más mi calcetín, había limpiado el segundo zapato y, cuando volvía a entregárselo, vi que estaba escarbando en el suelo con los pies y los calcetines, como hacen los toros antes de embestir, y me asusté:
—¡Bartolo! ¡Qué haces!
—Na. Es que ya me da lo mismo. Ya no tiene remedio. Ya mi madre me mata. Ya no puedo hacer la comunión —todo esto lo dijo con mucha calma, como si lo hubiera pensado despacio, pero la realidad es que estaba llorando. Se le veían las lágrimas escurriendo por las mejillas.
Me puse delante para que el Sábat no viera llorar a Bartolo y traté de evitar que se desencajara definitivamente.
—Estate quieto que ahora mismo te limpio el pantalón, ya verás cómo no se queda mancha... Igual que log zapatog, ¿eg que log zapatog no han quedao bien, o qué?
—Pero no es lo mismo —dijo él, mirándome con un desconsuelo nuevo.
—Claro que no es lo mismo —apuntillaba el Sábat, que hablaba como las agüelas—. Como que lo del pantalón no se quita. Y los zapatos tampoco han quedao bien. Bien, lo que se dice bien, no; se nota menos que antes, pero se nota, se nota, vaya si sí.
Traté de sacudir la tela en seco y aquello no se quitaba. Empecé a restregarle por la pierna el calcetín con el que había limpiado los zapatos y aquello se puso peor. Se mojó la tierra rojiza, se extendió con mis pasadas a toda la pantorrilla y se incrustó más. Entonces, disimulando, le dije:
—No se queda tan mal, pero yo creo que eg mejor darle con algo que esté mu seco y que rasque un poco.
Él miraba para atrás, pero no podía ver los detalles de lo que estaba pasando. Ningún cuello da tanto giro.
—¡Que no se queda tan mal, dice! ¡Madre mía, eso no se quita en la vida, vamos! —Éste era el Luis Sábat en otra más de sus sublimes intervenciones. Cogí mi otro calcetín, el que me quedaba seco, y le estaba limpiando con él el pantalón como podía a Bartolo cuando, a lo lejos, oímos a su madre llamándolo. Se oía muy bien. Pero ni él ni yo dijimos nada. Sin embargo, el Sábat apuntó:
—¡Jo, nene, ésa es la madre de Bartolo que lo está llamando! ¿No la oís?
No le contestamos:
—¡Jo, nene, cómo se está poniendo! ¿Es que no la oís o qué?
Al Sábat nunca le habíamos dejado ser amigo nuestro. Y no era por nada en especial. Era por todo. Con el tiempo, salió un muchacho de provecho, eso sí. Estudió arquitectura. Y allí está, en mi pueblo. Salió del pueblo para volver a él. Fue y vino sin que se le moviera un pelo de la cabeza. Y allí tiene su estudio: Luis Sábat Mañas, arquitecto. En el instituto, a los profesores, cuando dijo lo que quería estudiar, a la vista de las notas que sacaba, les extrañó que picara tan alto. Pero a mí no me extrañó; era cuestión de echarle años a sacar la carrera y él era machacón y persistente como nadie que yo haya conocido.
Ahora, él y cierto constructor con lazos en el ayuntamiento tienen su mafia montada en la zona, y no hay obra que se haga por allí que no se la repartan. Recordar a Bartolo, y saber que está muerto, me duele. Ver al Sábat, que seguramente debería estar, él sí, por corrupto, en la cárcel, verlo llegarse a la barra de un bar de mi pueblo y pedir una ración de gambas mientras me cuenta que Bartolo ha muerto, me indigna.
—No hace mág que llamalo y llamalo... Su madre...
—Sí, la hemos oído. ¡Y cállate ya, so melón! —le dije.
—Buf, cuando su madre lo vea así: éste se l’ha ganao ya bien ganá.
—¡Te quieres callar ya y tirar de aquí, so mierda! ¡O te vas o te meto una guasca que t’arreglo! —y me levanté y me fui a por él con auténticas ganas de que se me pusiera gallito para tener la excusa de darle una galleta—. ¡Tira y vete ahora migmo!
Pero no pudo ser porque obedeció enseguida y empezó a alejarse de allí. Siguió con sus vaticinios de Apocalipsis, y andando de espaldas, pero sin dejar de irse:
—Sí, sí, tú, mucho, mucho, pero que d’ égta no se va a librar el Bartolo así como así... D’ésta no se libra ya. ¡Joé, nene, y anda que no eg gorda! Me parece a mí que no le van a dejar hacer la comunión.
Yo creo que le tenía tanto miedo a Bartolo, que por eso hablaba de él en tercera persona, como si no estuviera presente. La voz de la madre de Bartolo, entonando su nombre cada vez con más desesperación, se extinguió por el otro lado de su calle. Se fue yendo en sentido contrario adonde estábamos. Porque lo buscaba por el asfalto y las aceras. Supongo que la perspectiva de que su hijo pudiera haberse dirigido hacia los tejares, vestido como estaba, le resultaba tan terrorífica, que ni pudo contemplarla siquiera. Sea como fuere, al fin nos quedamos solos y en silencio, y así, algo más tranquilos, yo pude seguir con mi limpieza.
Lo hice, de todo corazón, lo mejor que pude. Con la lengua lo habría intentado si me hubiera parecido buena idea. Pero lo único que conseguí fue hacer imposible que se supiera cuál había podido ser el origen de la mancha. Del untado de tierra grana y rastros verdes de hierba con calcetín mojado, y del posterior fijado y omogeneización de la pasta con calcetín seco, pasamos al untado de sudor y sangre vegetal procedente de las panochas de maíz de un campo cercano con cuyas hojas también lo traté porque me parecieron buenas lijas... Y no es que yo diera por terminada la colada —pensé a continuación en recurrir a alguna piedra limpia con la que raspar la tela más fuerte—, fue un hombre que pasó por allí el que vino a ponerle término a mis intentos:
—La madre de este zagal está desesperá buscándolo. Andar y veros p’allá, que la mujer está pa que le dé algo—. El hombre iba con su mula camino de las olivas, pero se paró lo bastante para avisarnos.
Primero sólo nos avisó de que nos buscaban, pero luego nos miró más despacio, se fijó en Bartolo y pasó a rencillarnos muy acaloradamente: no paraba de decir cosas sobre los días señalados y el sinvivir de una viuda que tiene que servir para salir adelante y la falta de corazón de los chiquillos malos y no sé qué sobre dónde tendríamos que estar y no sé cuántos de la mano dura de un hombre...
Pero, como nada de todo eso le parecía bastante, yo terminé llevándome un manotazo suyo a la altura de la coronilla (en lo tocante a las collejas en la sesera, la educación de los chiquillos era asumida por toda la comunidad en aquella época, y casi con la misma legitimidad que los padres). El hombre se esperó y todo a ver si efectivamente emprendíamos el camino de vuelta a la casa de Bartolo, no fuera a ser que el miedo nos hiciera huir aún más lejos. Cuando su madre nos vio asomar, salió corriendo al encuentro de Bartolo y lo cogió y lo miró bien por delante y por detrás, revisándolo como si se temiera que podía faltarle algún miembro... y de repente no se le ocurrió otra cosa que soltarlo de pronto, como si quemara, y salir corriendo otra vez calle abajo, llamando a voces a las vecinas con los brazos en alto. Iba como loca de un lado para otro de la calle, tres pasos para arriba y los mismos tres para abajo, sin rumbo, descompuesta, pidiéndoles por el amor de dios, a voz en grito, que la sujetaran, que se hicieran cargo de ella, que la encerraran a tiempo, antes de que se tirara para su hijo y lo matara a golpes.
Y, ciertamente, no volvió a tocarlo. Fue de las pocas veces, la única que yo recuerde, en que la madre de Bartolo no le pegó, no llegó a ponerle la mano encima porque las vecinas, lo que son las cosas, como si se lo hubieran tomado todo completamente en serio, sujetaron a la mujer como ella les pedía, la agarraron fuerte por el tronco, inmovilizándole los brazos y se la entraron para adentro a otra casa y con ella se fueron dos o tres mujeres y cerraron la puerta, mientras otras dos o tres nos cogían a Bartolo y a mí y nos metían en otra casa y nos dejaban al cargo de otra mujer que lo primero que le dijo a Bartolo fue lo siguiente:
—Tú no tienes corazón, tú estás matando a tu madre, como la estuvo matando tu padre hasta que dios se compadeció de ella y la dejó viuda. Tú no sabes lo que a tu madre le ha costao prepararte la comunión, y tú vas y le das esta puñalá. Hijo de quinqui tenías que ser... —y le iba quitando los zapatos y los calcetines y el pantalón y la camisola del traje—. Este traje no hay quien lo limpie. Y, aunque se pudiera limpiar, hoy ya no da tiempo a que hagas la comunión.
—Bueno, y qué, pog mejor, así la hacemos juntos el domingo que viene él y yo —dije.
Bartolo estaba tan desconsolado, y tan mudo, que me salió del alma replicarle así a la mujer; pero lo que para mí era un tono de haber encontrado por fin una luz en mitad de tanto despropósito a ella debió de sonarle, se conoce, a chulería, porque me dio otro pescozón en la coronilla, casi tan fuerte como el del hombre de la mula.
—¿Cómo que «bueno y qué»? ¿Ésas tenemos? Pues que a ver con qué traje v’a hacer éste la comunión. Ni este domingo ni el que viene. Ya le costó a su madre que le prestaran uno, ahora vamos a ver quién se atreve a dejarle otro después de lo que ha pasao...
—¡¿Prestao?! —gritó Bartolo saliendo por sorpresa de su agujero negro a la realidad como una fiera—. ¡¿Este traje es prestao?!
—Sí, nene, sí, para que te enteres, es prestao. Prestao, y tú lo has puesto para tirarlo a la basura.
Quizá sea una elaboración posterior, pero yo juraría que a Bartolo se le enredó una zarza en su único ojo bueno por culpa de aquella revelación sobre su pobreza y ya no se le secó nunca más. Se le pinchó la mirada y se le enturbió de sangre y ya no volvieron a tener sus lágrimas, que se le volvieron rojas, la transparencia de antes de llevar aquel traje. Algo procedente de saber que el traje era prestado mató a Bartolo mucho antes de que se muriera él por su cuenta. A mí nadie me quita eso de la cabeza. Da rabia lo vulnerables que somos a las heridas de siempre; da rabia lo poco originales que son nuestras heridas.
A mí, más grave que lo del traje, me pareció lo que había dicho la mujer sobre su padre, pero a él no le impresionó. Pienso que no era la primera vez que oía algo así sobre su padre; a fin de cuentas, era su padre, y los mayores suelen hacer comentarios como ésos en presencia de la familia. Bartolo y yo hicimos la comunión juntos a la semana siguiente. Las estampas de la suya, sus recordatorios, están, pues, equivocadas. Yo guardé una suya junto a la mía durante muchísimo tiempo. Pero una vez más, no eran iguales; la mía era una estampilla de comunión normal y corriente; la suya resumía, emboscada en un accidente y una fecha, la esencia de su biografía completa, lo que a mí siempre me hizo pensar que se parecía más a una esquela. Las guardé mucho tiempo, pero las he estado buscando y no las encuentro; las perdería, imagino, las dos, en el último traslado. Madrid tiene eso, que te mudas mucho de casa, no es como los pueblos; y en cada mudanza te dejas un revoltijo de cosas que, de no ser Madrid, donde las buhardillas hace años que dejaron de ser trasteros, estarían donde deben: allí, acumulando mugre y esperando a los nietos.
No recuerdo cómo iba vestido Bartolo a la semana siguiente. Lo he intentado, pero no me acuerdo.
* * *
Ojalá supiera explicarme yo a mí mismo por qué el recuerdo de Bartolo me llena de frío el alma cada vez que me visita. Lo más seguro (no me engaño, me doy cuenta de la labor de fuga de paralelas que hace el tiempo en este universo nuestro tan curvo y tan absurdo), lo más seguro, digo, es que, a estas alturas de la vida, ya no fuéramos amigos, aunque siguiera vivo. Me doy cuenta y no me engaño, pero me duele a pesar de todo. De otra gente he estado primero cerca y luego lejos sin que las variaciones bruscas me duelan. Pero el caso de Bartolo es distinto. De las presencias de la infancia no nos libramos así como así. A veces me da por pensar que las personas somos más parecidas a los árboles que a los animales. En los árboles, son las huellas más viejas las que hacen el tronco, y las ramas nuevas van y vienen sin que cortarlas o dejarlas crecer sea determinante. Además, los árboles no pueden escaparse de donde han nacido. Ni por mucho que lo intenten, como lo intentó Bartolo.
Si Bartolo hubiera sido un árbol, yo sé qué árbol: una joven carrasca de tronco apaluchado y retorcido, debilitada en cada nudo, nacida en el imposible pedregal de una ladera y atosigada aún por los matojos, mermada por toda clase de maleza invasora... Pero lo sé ahora, cuando lo que sé es que cierto ventoso invierno muy seco la quebró. En los tiempos de La Cebollona, me parecía una majestuosa encina solitaria, enorme, de bellísimo tronco muy leal a sus ramas y muy recto, de fresca y perfecta sombra redonda en mitad del llano... Y daba gusto sentarse a su cobijo en las solaneras de las siestas de julio. De verdad que sí que daba gusto.
* * *
Murió mi padre, murió mi madre. Después murió Bartolo. Y ahora ha muerto mi hermana. De ella no puedo hablar todavía. Me está matando el dolor. Estoy solo en el mundo. Sin nadie que me avale la memoria. Y una memoria sin avales acaba onvertida en una engañosa fantasía. Y una persona sin los avales de su memoria, expuesta a tergiversarse impunemente, se desquicia y se extravía.
Mi mujer, una esposa, no es pasado. No lo será nunca para mí, es un presente radical. Mis hijos apenas tienen entidad de tiempo, apenas son todavía, apenas pasan de ser un estar siendo y nadie sabe hasta cuándo ni hacia dónde. Estoy solo. Del que fui, del que ha dado como resultado el que soy (del que fue conformado por mi padre y mi madre, por mi hermana y por Bartolo para que diera como resultado el que soy) ya no queda nada. Nadie.
Quizá Dora. Ella me quería. Dora es la escasa memoria de mí que me queda. Y ni siquiera lo sé con certeza. De seguir viva, debe de ser muy mayor. Aunque nunca supe su edad. Era bastante más joven que mi madre. Quizá no sea tan vieja. Antes, entraban muy jóvenes a servir en las casas. Hace tiempo pregunté por ella y me dijeron que seguía viviendo en Suiza. Pero de eso hace tiempo ya. Muchísimo. Tal vez debería hacer por dónde volver a verla. Pero no. Porque sería una crueldad por mi parte. Ella tendrá su vida y sus recuerdos. Sería una crueldad que yo acudiera ahora para decirle, cuando me pregunte dónde están los míos, que he tenido que irlos enterrando a todos.
—Deja a Dora en paz, Pablo, no la marees más, hijo, por dios... —oigo a mi madre decírmelo a cuenta de cualquier empeño mío en explicarle cómo tenía que ayudarme a hacer un trabajo manual de la escuela—. Bastante tiene Dora con sus tareas como para ponerse ahora también con las tuyas.
Tienes razón, mamá, te haré caso.


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Capítulo III La escopeta

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 12:01 pm

Hacía tanto frío fuera aquella noche, el viento aullaba con tanta saña y el aguanieve que caía se pegaba con tanta ansia a los cristales de su cortijillo, que la pobre vieja Dora pensaba sólo en la suerte que tenía pudiendo encender el fuego sin miramientos. Allí estaba ella, más asombrada de seguir viviendo que vieja como para eso, sentada en su mecedora frente a la lumbre. Esperaba que fuese una hora un poco menos discutible para ir a acostarse mientras escuchaba el pequeño transistor alojado en su falda (que así parecía hablarle desde su útero, con las voces sabiondas de los locutores, pero aniñadas, metálicas y pinchudas de los niños encerrados) y a los muertos alojados en su cabeza, a ellos también los escuchaba de noche. Los muertos tienen una voz muy peculiar, porque es una sola hecha, como las coletas, de recoger la de todos, una voz que, luego, además, se entrelaza, como las trenzas, con las audibles, y teje, entre las palabras sonoras, una red de silencios propios. Y a menudo dicen más los silencios que las palabras, de modo que Dora se sentía llena de significados, por muy sola que viviese en mitad de la sierra.
Una noche extraña había caído a su alrededor, una noche más poderosa que el corto y aterido día, más furiosa que un monstruo herido y más peligrosa. En noches así, cuando las amenazas se vuelven fuerzas reales, capaces de arrastrarnos al infierno (intemperies asesinas, riadas hirvientes y turbias, vientos sólidos, gajos de la montaña que se precipitan al río sangrando a borbotones piedras y barro, rayos culebreando en busca de presa...), los espíritus sencillos adelgazan aún más, pierden kilos de preocupaciones superficiales y se concentran en convertir en músculo lo poco que de verdad se necesita para vivir: estar a cubierto cuando truena, y tener comida si nos da hambre. «Han bajado los serreños vendiendo leña», decían los del pueblo a su paso, cuando ella era chica y recibía como un premio poder acompañar a su padre y a los otros hombres subida en una de las mulas de la recua. Y es que hasta la leña hubo un tiempo en que era mejor regatearla en lo propio para sacar unas perras con las que comprar, por ejemplo, harina y sal. Qué curiosa es la sal, tan imprescindible y tan lejana, siempre viajando para llegar a todas partes. Por qué acabaría convirtiéndose en un augurio de mala suerte derramarla, se preguntaba. Sin embargo, con dos dedos de pantocrátor y una frente dispuesta, derramar el vino podía traer cosas buenas. Ella no era supersticiosa, no para estas cosas, pero sentía punzadas de aprehensión parecidas cuando recordaba las miradas ajenas clavadas en su pequeña persona: al hilo de la sal, recordó también la mezcla de prevención y vergüenza que soportaba cuando aquellas otras niñas del pueblo la miraban a ella. Con el tiempo supo que el mal de ojo no estaba ni en su ropa tan aprovechada ni en sus zapatos zafios. Estaba en la escuela. Para poder mirar así a los demás, hay que haber ido mucho a la escuela. Ahora mismo estaban anunciando en la radio un curso para superar las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años... pero ella cumpliría 78 el mes que viene. A su edad, aunque pudiera y fuera y se sacara un título, ¿a quién podría ella ahora ya, con todas las derrotas de su vida a cuestas, mirar como la miraron?: de la mayoría de los acogotamientos no nos resarcimos nunca. Aprendió lo básico de los números y de las letras, incluso aprendió lo que era un pantocrátor, cumplidos los cuarenta, y en Suiza, de emigrante, ¡vaya sitio para que te enseñen tu lengua! Suiza olía para ella a churros por la mañana y a tortilla de patata por la tarde, como si a ciertas formas de subsistencia les estuviera vedado el acceso a los beneficios reales (cambio, amplitud, diversidad) de los viajes y de las estancias en otros territorios.
Después ha salido el anuncio de un apartamento en un paraíso de vacaciones de oro para todo el año... Un piso nuevo al lado del mar puede que fuera el sueño de muchos viejos suizos que fueron jóvenes al mismo tiempo que ella, pero no era el suyo. Ella prefería su montaña y su cortijo, una casa tan pequeña y modesta como enorme y privilegiada, según se mire. El cortijo de sus padres, donde ella nació. El rincón donde empezó todo sin que nadie le preguntara si quería o no transitar por este mundo tan de ida y vuelta. Tan redondo. Tan sin pies ni cabeza. Mucho viaje y poca meta.
Había goteras, pero se quedaban en las cámaras y no eran graves para un clima en el que llueve poco. En estos tiempos no hay forma de arreglar un techo que no sea a jornales, y los jornales están muy altos y se van muchos en cualquier chapuza. Antes: tú me haces esto, yo te hago lo otro: no hacía falta tanto dinero contante y sonante. (Ahora prefieren llamarle líquido a ese dinero, pero un líquido se cuenta mal y es difícil conseguir que suene). Tampoco ella estaba, de todas formas, en condiciones de hacerle trabajos a nadie. Lo peor eran las rodillas: esa flojedad de la palanca que ya amenaza con rendirse cuando recibe sola, como en la subida de un escalón, todo el peso del cuerpo. Tanto le protestaba su rótula derecha, que cada vez le dedicaba más tiempo a pensar si se levantaba o no para hacer algo o ir a cualquier parte. Anteayer mismo, derramó el tarro de la sal por querer acercárselo, con la rasera, de la repisa a la mano; todo por no levantarse de la silla baja en la que cocinaba a la altura de las trébedes (esas sillas tan bajas son buenas para trajinar con las sartenes, pero el deterioro de los huesos las transforma en un tormento). Y fue peor porque, si levantarse era malo, agacharse para recoger era una agonía.
De pronto, un ruido raro la sacó de la sordina de sus pensamientos. Oyó un extraño ruido arriba, en los postigos de arriba, los del dormitorio grande. A la bestia avisada, todos los sentidos se le aguzan esperando la presencia de otra. Y la vieja Dora esperó con la atención en alto. Se le había acelerado el corazón. Bajó el volumen de la radio. Algo estaba pasando. Vivía completamente sola en mitad de la sierra, sí. Pero la suya era una casa tan aislada en las entrañas de la sierra de las Villas, que hacía falta una bestia de las del pasado o un todoterreno de los de ahora para llegar por los carriles de tierra hasta la explanada donde un emparrado le hacía de porche. Y no había oído ningún motor. Un buen vehículo y saber muy bien adónde se iba, porque era fácil confundir el carril —tal y como es de estrecho y con lo machacado que lo tienen en invierno los tractores de la aceituna— con cualquier camada de olivas y acabar, por tanto, con las ruedas atascadas en el barro. Era más fácil perderse o llegar hasta allí perdido, que acertar a llegar. Y tampoco. Porque tampoco se perdía nadie por allí. Los intrusos de fin de semana, con mapa y discusión porque «te has equivocado de cruce», abandonaban mucho antes —a la altura del cortijo de la Campanera— la idea de someter a sus flamantes coches a una prueba como aquélla y sin testigos de la oficina. Ni siquiera los adolescentes, con sus motos trucadas de holgueros guardabarros, se aventuraban tan adentro. Y menos en una noche tan mala y de diario. Eso lo sabía muy bien ella, que nunca había tenido miedo de vivir sola en su esquina del universo.
Mantuvo bajo el volumen de la radio, y trató de seguir atenta a la posible repetición de aquel extraño ruido, pero así como ni el mejor perro guardián puede estarse en vilo indefinidamente, y llega un momento en que agacha las orejas, destensa el cuello y vuelve a dejar que su cabeza recupere el blanco y negro habitual de sus preocupaciones, así Dora notó que no podía evitar volver a la naturalidad de sus idas y venidas entre las ideas fofas de siempre y sus recuerdos viejos... A la vieja Dora le hubiera gustado saber conducir. Un deseo vigoroso en su día, que tomó cuerpo propio, pero que tenía ahora ya las carnes caídas y los pechos desinflados hasta el puro pellejo. De las cosas que no pudieron hacer las mujeres como ella —modestas, si no pobres, y rigurosamente mujeres—, ésa era una de las que más había echado de menos. Y, en sus tiempos, hasta puede que lo de saber conducir le hubiera servido como otra manera de ganarse la vida. ¿Y por qué no, pensó, si resulta que lo poco que ella había aprendido a hacer en la vida había acabado sirviéndole para ganársela? A barrer y a fregar, y estuvo por eso media vida de sirvienta en casa de los señoritos, los Lara de Nuño, de los trece años hasta los treinta y ocho, veinticinco años justos, hasta que la señora y el señorito, con los hijos ya estudiando fuera, dejaron la casona del pueblo para irse a vivir a Granada; le ofrecieron irse con ellos a la casa de Granada, pero ella prefirió irse mucho más lejos. A cocinar, y cocinó para un bar de españoles en Zurich. A planchar, y les planchó a las monjas del pueblo durante todos aquellos años que pasó al servicio de los señoritos. A bordar, y les bordó a las monjas cuando a ellas les desbordaban los encargos... Las monjas bordaban iniciales blancas sobre finos algodones blancos; una letra de largas extremidades arqueadas que se entrelazaban en los rabotes retorcidos de otra letra, en un abrazo de zarza y bucle amplio, en posturas de difícil equilibrio sobre el embozo... y terminado el dibujo de las letras, ella les ponía encima una plancha caliente de hierro, sin vapor todavía, una plancha antigua, con la protección de una gasa de pañal de recién nacido... Se imaginaba al recién nacido de aquellos bordados (que no se arrugarían por primera vez hasta que el macho zapador, poseedor de la primera inicial, no oradase su pasillo hacia la posteridad de su estirpe en mitad de la hembra boba y blanda, calentita y asustada, que fue marcada con la segunda), una criatura que nacería al abrigo de esas dos iniciales poderosas, mágicas; tan mágicas, que lo llevarían en volandas, sin padecimientos evitables, desde su hatico de popelines de bebé, bordados también a mano por las monjas, hasta su camisa de popelín con las mismas dos letras marcadas sobre la tetilla derecha, perfectamente planchada para que la vistiese el día, de alrededor de sus cincuenta años, en que fuera llamado a ponerlas, con tinta, sobre escrituras y testamentarías que le permitirían seguir viviendo sin dar palo al agua. Señoritos. Ahora preferían ir a esquiar que a montar a caballo (es más barato dejar luego el equipo en un armario), pero seguían existiendo.
Sí, mucho le hubiera gustado saber conducir. Pero no para no sentirse aislada ahora en medio del campo, como decía Manolo. Sino para haber tenido siempre a mano, desde joven, un refugio móvil, capaz de ponerla a salvo en cualquier momento, lejos de la cueva bramante donde nacen todas las tormentas: la propia casa. Le hubiera hecho falta más de una vez saber que tenía el escape aparcado en la misma puerta. Pero se regañó por distraerse y se impuso volver a pensar en el ruido de arriba, en lo extraño que era. No había sido el viento: ella conocía todos sus quejidos, todos los duendes de su lamento azul, todas las lenguas moradas que habla. Por la parte de atrás del cortijo, la planta de arriba quedaba casi a ras de tierra. Así que podía ser cualquier animalillo buscando, en esta noche terrible, el mí­nimo cobijo del alféizar de la ventana. Quizá un perro asilvestrado de los muchos que abandonan los padres que malcrían a sus hijos consintiéndoles todos los caprichos, hasta los caprichos con respiración y sufrimientos. Suben en sus coches brillantes de ruedas anchas a la sierra, «a pasar el fin de semana», dicen, y a lo que vienen es a abandonar lo que empezó siendo aquella bolita blanca con ojillos negros que tanto le gustó al nene cuando la vio, medio sepulta por las tiras de periódico, en la tienda que hay en el pasillo de fuera del Carrefour, una semana antes de su cumpleaños.
La prueba de que sobra el dinero es que se celebran los cumpleaños, y que la gente hace cuarenta kilómetros para ir al Carrefour de Úbeda a comprar latas. Cómo se explica que antes, se preguntaba ella, cuando apenas había tiendas, hubiera que hacer, sin embargo, muchos menos kilómetros para ir a comprar. De repente cayó en la cuenta de que tampoco era la primera vez esta noche que oía aquel ruido raro. Y, así como la sospecha de que nos están engañando nos trae a la cabeza más ejemplos pasados por alto del mismo ardid que ahora entendemos, así un ruido fatal en mitad de la noche nos trae a la memoria otro —anticipado en lo que creíamos la duermevela del sueño— que no quisimos oír para no tener que despertarnos. Hacía un rato había oído, sin reparar en él, el mismo golpe seco, un golpe rotundo, pero único, sin continuación, en las maderas del postigo. Ningún animal se refugia así, de sopetón; ellos se frotan, giran sobre sí mismos, se acomodan, se encogen, tantanean con el rabo a lo mejor, pero no se estrellan de pronto contra algo una sola vez y ya está.
Seguro que en otro tiempo, hace un año apenas, hubiera subido a ver de dónde venía el ruido, pero ya no. Últimamente, la escalera se le hacía un mundo y la subía sólo cuando era imprescindible: muy de vez en cuando. Reconoció que llevaba meses haciéndose trampas a sí misma con un sinfín de pequeños detalles: cambió, a la cómoda de abajo, todas las sábanas que guardaba en la de arriba, por tenerlas más a mano, se dijo entonces; bajó, de las cámaras a la cocina, todos los arreos de la matanza, por si algún año de éstos volvía a hacer matanza; recuperó la costumbre ancestral de cagar al aire libre, con la excusa de dejar el baño nuevo siempre limpio —el que se hizo de obra aprovechando el hueco de la escalera en la entreplanta— para las visitas de su hija o para cualquiera que pudiera ir por allí, aunque por allí iba sólo Manolo. Un día se bajó la caja de las fotos y no volvió a subirla a su sitio; tampoco había vuelto a abrirla, no le daban aún ataques de melancolía (o tal vez no había entre aquellas imágenes ninguna posibilidad de que le dieran), pero que allí abajo estaba mejor, como tantas cosas.
Puede, pues, que Manolo hubiera empezado a tener razón. Puede que tuviera que ir haciéndose a la idea. El reloj de la pared —el que le trajo su hija un año, uno de esos relojes modernos de plástico duro, sin péndulo, de esos que, en lugar de caseta para el pajarito, lo que tienen a las doce en punto es la publicidad inmóvil de un champú— intentó ahora soltar sus diez campanadas de las diez, pero se le enganchó el mecanismo, como siempre. Mejor, mucho mejor, porque así gastaba menos pilas. Tampoco fueron nunca campanadas lo que dio; mientras tuvo voz, lo que soltaba se parecía más bien a la caída de una peseta rubia en el cepillo de hojalata de la iglesia. Debajo del reloj estaba el teléfono; también de pared. Era tranquilizador saber que tenía teléfono para una urgencia.
Lo habían puesto con dineros de Europa, le dijo el muchacho que lo instaló. Y le dijo más:
—Usted no se imagina lo que vale esto, señora. Si tuviera usted que pagarlo de su bolsillo, ¡madre mía! Estos teléfonos van sin cables —le gritaba un poco, como si estuviera sorda, pero ella no lo estaba en absoluto; así que pensó en lo encorvada y arrugada que debía de estarla viendo él para hablarle tan alto—, por eso tenemos que poner un montón de repetidores; cada trecho, uno. ¿No está esto muy retirado del pueblo para que viva usted aquí sola? —le preguntaba las cosas sin pausa de respiración y a ella no le daba tiempo a cambiar la calidad de la escucha; menos mal que se respondía él solo—. Claro que... ¡vaya sitio! Pocos he visto yo tan bonitos. Tiene usted aquí unas vistas que esto es una bendición. Y está ahora la gente que se vuelve loca por agarrar un cortijillo y arreglarlo sólo para tener un cacho de campo en la sierra. Va sin cables, como los móviles, pero es como si fuera un teléfono fijo, como si fuera un teléfono normal, por eso empieza con 953, como todos, y por eso le van a cobrar a usted por la instalación igual que si fuera uno fijo, y las tarifas son también las mismas. Pero que, si no fuera por la subvención, esto no se podría hacer. Éste es un plan especial que paga la Comunidad Europea para comunicar a todas las zonas rurales. Y muy bien que está viniendo porque yo no hago más que instalar teléfonos a gente mayor, gente así como usted, que buena falta que le hace, ¿o no? Aunque también son ganas de gastar por gastar porque, dentro de unos años, cuando se desarrollen más los teléfonos móviles y dejen de ser un lujo, ya verá usted que todo el mundo va a tener el suyo y estos teléfonos no van a hacer falta para nada.
—Pero a saber dónde estaré yo dentro de unos años... —le apuntó ella, por decir algo, por no parecer una callandona.
—¿Cómo que dónde? No diga usted esas cosas, mujer, que está usted espléndidamente. Y no le pregunto la edad porque eso no se le pregunta a una mujer.
—Tengo ochenta y uno —le mintió ella, echándose encima, por aquel entonces, una década de más, con tal de hacerse una gracia a sí misma y de no contrariarle al muchacho la frase que tenía preparada a continuación.
—Pues está usted... que vamos, que ya quisiera yo estar...
—¿Estar así a mi edad, no? —terminó ella—. Lo malo es que hay que llegar a viejo para saber cómo quiere uno estar y cómo no.
—Sí, bueno, eso también, sí —dijo él, sin haber entendido—. Pues el caso es que a mí sí que me gusta el campo —siguió enseguida, con el mismo tono de quien añade: «como le iba diciendo»—, me gusta mucho, pero a mi mujer no. A ella no le des campo, que no quiere campo. Se aburre. Conque es ahora, que vivimos en un chalecillo adosado (una casa que está muy bien, se lo digo yo a usted, y en plena ciudad, un poco a las afueras, claro, porque, si no, no sería un chalé, pero en plena ciudad, lo que yo le diga, en pleno casco urbano, como quien dice, si hasta tenemos una línea de autobús que para en la urbanización y que te lleva al centro directo, que es que estás en el centro en diez minutos, vamos), y con todo y con eso, ella no para de quejarse y de decir que estamos aislados en mitad del campo... conque fíjese. Que vivimos en la quinta puñeta, dice... Aquí tendría yo que traerla, para que viera lo que es vivir aislado...
Tuvo que meterse un tornillo diminuto en la boca para poder seguir maniobrando con los cables, por eso se calló un instante.
—¿Su mujer conduce? —le preguntó ella, más por confirmar una idea suya que por curiosidad sincera.
—Pues no, no conduce —metió el tornillo en alguna parte y ahora lo apretaba con el destornillador, a empujones de una vuelta cada vez, lo que hizo que su respuesta sonara con ese ritmo—: Y lo peor es que. Tiene carné. Pero dice que. Le da miedo. Que no se hace con el coche. Y yo lo que le pregunto es. Qué vamos a hacer cuando el chiquillo tenga. La edad de ir a la guardería y al colegio. Aunque le digo yo a usted una cosa —el tornillo ya no entraba más y se volvió a su caja de herramientas a coger otro—, esa zona donde hemos comprado nosotros el chalé se está desarrollando muy deprisa y ya tienen los terrenos para hacer allí un polideportivo y seguro que dentro de poco meten también una zona comercial y colegios... Fíjese que nosotros compramos el chalé sobre plano, que no habían ni metido las máquina para allanar, y empezamos a pagar cuando todavía nos daban dos años de plazo de entrega... bueno, pues al año, año y medio. Sin haberlos terminado de construir. Ya nos ofrecían por el chalé. Casi el doble. De lo que nos costó. Se dice pronto —apretó él los dientes para dar el último apretón al último tornillo—. Casi el doble. Con esto quiero decirle que es una zona buenísima y muy bien comunicada y que ahora parece que está a las afueras, pero que dentro de nada será puro centro, y eso es lo que mi mujer no entiende, porque ella, o ve las cosas ya mismo, delante de sus ojos, o es como si no existieran...
¡Menuda cabeza me puso con lo de que los chalés no estaban hechos y con que a ver si se quedan con el dinero y no los terminan!
—De todas maneras, hay a quien le gusta vivir rodeado de gente, como a mi hija... Y sí que viene a verme, sí, no se crea usted que no, en cuanto que puede. Lo que pasa es que vive en Tarragona y es un viaje muy largo... —dijo ella, respondiendo a una pregunta de él que se había quedado viejísima.
Pero no se le ocurrió otra manera, porque este hombre no metía la lengua en paladar, de irse a la cocina a dar vuelta a los chorizos que estaba friendo para ponérselos de tapa a él y a su compañero, el que trabajaba fuera, el del repetidor. Hacía tiempo de aquello y todavía se acordaba bien de este hombre que hablaba tanto. No se le olvidaba, sobre todo, el detalle final que tuvo cuando ella quiso darle una propina y él le dijo que era su trabajo, que no podía aceptarla. Después de insistir varias veces, las que le parecieron de rigor, la vieja Dora guardó el billete de mil pesetas en el monedero, sin hacer ningún gran gesto de contrariedad.
Pero no bien había terminado de cerrarlo del todo, cuando él dijo:
—Las propinas de dinero es que no podemos aceptarlas porque nos está prohibido, pero que si usted me ofreciera una tripa de esos chorizos tan buenos que hace usted, yo no le haría el feo de despreciárselos. Para que los pruebe mi mujer más que nada, porque es que están buenísimos, vamos; pero buenos, buenos; como no se comen por ahí ya en ninguna parte...
Recordaba la ocurrencia que tuvo el hombre con los chorizos, efectivamente; ocurrencia o... manera de ser. Una manera de ser, tenida ya por moderna, que viste de desenvoltura y desparpajo lo que nunca dejaría de parecerle a ella mala educación, exceso de confianza o, claramente, un abuso. ¿Qué le importaba a ella darle una tripa ni dos? Tan gustosamente que se las daba. No era ésa la cuestión —aunque, bueno, tampoco dejaba de tener su miga que le hubiera pedido directamente una tripa y no un chorizo—, pero no, no era eso. Menos valía una tripa para cada uno que mil pesetas para los dos. No. Lo que le molestó fue ese aire de consentidor que puso el que recibía el regalo; se diría que era ella la que debía estar contenta, orgullosa y agradecida de que a él le gustaran sus chorizos. A ella debía hacerle gracia y juzgar como un halago que él hubiera tenido el atrevimiento campechano de pedírselos. Se preguntaba si, en estos tiempos en los que todo sobra, sobran también los buenos modales.
Y es que tenía su vena estricta, la vieja Dora, y le gustaba criticar ciertas alegrías, cada vez son más, que se da la gente de ahora. También pensó, con una inexplicable ternura, en la mujer de aquel hombre; pensó en la versión que él le había dado de ella, en el modo en que la había convertido en la razón de ser de su petición de la ristra de chorizos, cuando a saber si a ella le gustaban siquiera los chorizos, a saber si detestaba el campo o sólo la idea de verse sin nadie más que su hijo entre los brazos y aquel hombre entre las piernas, tan habitada de más, tan poblada y tan desierta a la vez. Dora sabía que no todas las soledades de las mujeres eran iguales, claro que no, pero sabía también que no hay mujer contada como lo había sido aquélla por su hombre que no se sintiera tristemente aislada.
Con el teléfono ya puesto, una de las veces que vino su hija, un puente que era fiesta sólo en Cataluña, para septiembre, le dejó grabado en una sola tecla el número de urgencias, por si se ponía mala. Ella no tenía más que marcar el uno y esperar. Eso fue un detalle. Y en una navidad, la de hacía seis años, le había traído una tele que va con pilas, que no necesita corriente. Pero las pilas se gastaban en nada y ella tampoco podía estar pendiente de cambiarlas cada dos por tres. Allí estaba la tele, gris y muda. Dicen que la tele acompaña mucho, pero no es la tele, había descubierto Dora, sino la voz de los seres humanos. Puso la mano ciega en el costado de su transistor y le subió un poco de nuevo el volumen. Las noticias de las diez.
Era Manolo el que le traía las pilas y toda la compra cuando le tocaba venir a darle vuelta a las olivas, una vez por semana. La botella grande de butano para la nevera y las chicas para los faroles. Manolo, un vecino de toda la vida; tenía su cortijo un poco más abajo, a menos de diez minutos andando; pero ya hacía años que vivía en el pueblo, como todos los de por allí. Menos ella; ella era la única que había hecho el camino al revés: cuando se quedó viuda, dejó el piso del pueblo para volver a vivir en la sierra.
Buen hombre el Manolo. Era unos años menor que ella, pero un viejo ya también. Y aún así, cuidaba las olivas de los dos porque ella le había arrendado las suyas desde que murió su marido. Su marido fue siempre peor persona que Manolo. Más listo, pero peor persona. Muchas veces se había preguntado qué vería en su marido para casarse con él. Pero era una pregunta tonta porque, a los dieciocho años que tenía ella la primera vez que se le presentó —y años de los de antes, que cundían menos aún que los de ahora—, de poco servía mirar. Y tardó bastantes años más en darse cuenta de que tampoco la pregunta era ésa, sino otra: ¿qué necesidad tenía ella de casarse? Manolo le traía la compra. Ninguno de los dos se ocupaba mucho de hacer cuentas, él le decía cuánto se había gastado y ella se lo daba. Punto. Cuando uno no quiere engañar, no necesita hacer cuentas. Y cuando uno no quiere que le engañen, no las pide. Ésta segunda era la parte que peor entendía su hija:
—Pero, madre, ¿es que tú no piensas pedirle cuentas nunca de lo de las olivas? —le regañaba al principio su hija, hasta que la vieja Dora se dio cuenta de que era mejor no darle vela a nadie en sus asuntos. Y menos a alguien que, como su hija, aparecía dos fines de semana al año. En aquella primera época, antes de aprender que es mejor no dar explicaciones, todavía se las daba.
—¿Qué cuentas quieres que le pida? Él me las da, sale de él. Y me las da de más porque yo no las necesito. Aparte que tú no puedes estar encima de una persona, por detrás, respirándole en el cogote.
—¿Cómo que no; por qué? Tendrás que mirar por lo tuyo, ¿o no?
—Pues porque no se puede; porque, además de que está feo, son ganas de molestar. Molestar por molestar, además, porque no sirve de nada. Si tienes que pedirle cuentas a alguien, es porque te engaña o porque tú crees que te engaña. Y si te engaña, va a seguir engañándote, con cuentas o sin cuentas. No sirve de nada, te digo. Si te barruntas algo, lo mejor es cambiar de persona.
—Bueno, claro, ya estamos: o blanco o negro...
—En esto, sí. O te fías o no te fías. Pero que tú no te preocupes por mí, que aquí la vida sigue siendo muy tranquila, y yo a Manolo lo conozco desde que éramos chicos. Es un poco duro de mollera, sí, pero es honrado y buena persona.
—¿Qué tendrá que ver que lo conozcas para que...? Pero en fin, que es tontería discutir contigo. Según tú, madre, el mundo no tendría que haberse movido de estos cortijos... Pero que sepas que hoy en día los negocios no se llevan así, que lo sepas.
«No, claro, llevas tú mejor el tuyo, ¿verdad?, con el alicruje ése de la uña larga, ¿verdad que sí?», le hubiera contestado ella de buena gana. Pero también hacía ya años que había descubierto que a su hija era mejor no contestarle. Como con las gaseosas, era mejor esperar a que se le fuera el gas por la boca.
De buena gana le habría contestado más todavía: «¿Te crees que tienes más mundo que yo? ¿Tú, que no sales de la peluquería, que no has estado más que en Cataluña y en el pueblo, en el pueblo y en Cataluña? Para un trozo grande de mundo que pudiste ver, te llevaba yo de la mano y te limpiaba los mocos, que lo sepas tú. A ti en brazos y a tu padre detrás, rezongando. Lo peor no fue lidiar con los suizos sin tener ni estudios ni idiomas ni dinero ni nada, lo peor fue tener que torear a tu padre, su mala sangre continua, la mala baba que fue echando, la amargura que tenía... El medio ahorrillo que hicimos, lo hice yo, yo sola. Tu padre se gastaba más de lo que ganaba, que lo sepas, sí, que lo sepas... Y que tú no te acuerdes, no quiere decir que no pasara».
Pero un segundo después, a la que parecía habérsele ido el gas era a ella. Se entristecía pensando en su hija, en que no estaba siendo feliz, en que probablemente no lo sería nunca, como su padre. Le había salido a su padre. Los dos tenían dentro una mala hierba que se les enredaba en el ánimo y les iba chupando poco a poco la alegría... la poca alegría con la que nacieron, que nacieron ya de por sí con poca. Y era también por esa mala hierba por lo que gastaban más de la cuenta; no por vividores, sino por ansiosos; no gastaban por disfrutadores, sino por insatisfechos; por acallar con algo el reconcome que los minaba por dentro.
Ya no le pedía pilas grandes para la tele a Manolo. Pero tenía siempre unas nuevas para ponerlas si venía su hija, para que viera que no le hacía desprecio a su regalo. Decidió no volver a comprar más pilas desde una vez que se le acabaron viendo una novela. Se le acabaron a mitad del capítulo, pero, como estaba previsto que Manolo viniera al día siguiente, y cada vez que venía le traía un juego nuevo, sin pedírselo siquiera, porque se gastaban muy rápido, pues no se preocupó mucho por la parte del capítulo que se había perdido, ya que todos los días, antes de empezar el capítulo nuevo, hacían un resumen del anterior. Pero Manolo llamó por la noche diciendo que no subiría esa semana si ella no necesitaba nada urgente porque tenía cosas que hacer. Ella le dijo que no necesitaba nada urgente y Manolo tardó en subir siete u ocho días. Cuando por fin vino, lo recibió de mal humor y, a los diez minutos de llegar él, sin casi dejarlo hablar, se puso a ver la novela. Ella se había dejado a una muchacha huérfana a las puertas casi del altar, a punto de casarse con un hombre guapo y rico que la quería de veras, después de haber pasado por tantos otros que la buscaron simplemente por su belleza, y, cuando llegaron las pilas nuevas, se encontró a la muchacha completamente vendada en un hospital y, al que iba a ser su marido, vagando como un zarrapastroso por las calles, arruinado y hablando pestes de la pobre chica que estuvo a punto de ser su mujer. Al ver que se había perdido tanto, se enfadó aún más con Manolo: que por qué no había subido antes, le decía, que qué había tenido que hacer mejor que aprovechar la semana buenísima que había hecho, sin gota de agua, para haber venido a espestugar las olivas, como era su obligación; sus olivas y las de ella...
—He estado de médicos y haciéndome pruebas —empezó diciendo él, con una congoja y un desamparo tan profundos, que parecían no tener fondo ni siquiera en el agua de sus ojos— porque parece ser que tengo azúcar en la sangre o yo qué sé qué tengo... Si flaco estaba, más flaco me voy a quedar porque se ve que tengo que estar a plan y no salirme ni una miaja de lo que me dejen comer, y tendré que pincharme todos los días. Por lo que me han dicho, me estoy quedando ciego por lo mismo. Pero bueno a lo que vamos —dijo, como si dijera «vamos a lo único que te importa a ti»—, que anoche, en el tele, dijeron que iba a seguir haciendo bueno por aquí abajo, por lo menos un par de días más o tres, de manera que yo creo que habrá suerte y podré espestugarlas todas, las tuyas y las mías —recalcó los dos grupos de olivas como si se tratara de árboles de distintas especie— y empezaré por las tuyas y a lo mejor hasta me da tiempo a terminarte la cerquilla de la huerta...
—¡Cómo, Manolo, hombre, qué dices! ¿Cómo que tienes azúcar? ¿Cómo no me has dicho que has estado de médicos?
Pero ahora ya, por muchos perdones que le pidiera, no iba a arreglar tan rápido lo que le había hecho. Manolo era muy sentido, especialmente con ella. Con ella se volvía de mírame y no me toques. Además, últimamente, andaban siempre a la gresca. Porque últimamente Manolo se había atribuido, él por su cuenta, el cargo de protegerla. Para un día que estaban juntos, se lo pasaban peleándose, sin ninguna seriedad, pero peleándose todo el día por culpa del poco sometimiento que mostraba la una a los consejos del otro: las pocas ganas de Dora de avenirse a los cuidados innecesarios que Manolo, él tan desprendidamente, le ofrecía. Había que reconocer que ella, en cierto modo que no excluía, desde luego que no, el cariño, se burlaba de él. Y es que no sólo era seis años menor que ella, sino también menos viajado y menos espabilado y menos capaz de desenvolverse en el mundo abierto. Manolo era un serreño auténtico, de los de antes. Buena persona, pero algo bruto. No ya porque no hubiera tenido ni los estudios mí­nimos, que mal podía leer un cartel, tampoco ella los tuvo de chica; no, sino más bien porque nunca le sobraron luces.
Y no es que fuera tonto del todo, los había habido más tontos que él por aquellos cortijos, bien lo sabía ella, pero que muy listo tampoco había sido nunca, la verdad. Y hubiera hecho falta serlo mucho, muy listo, para haber conseguido vislumbrar, sin moverse de su sitio, los horizontes adivinables más allá de aquellas montañas. Lo que a Dora le asombraba siempre, y la sacaba de quicio a veces, era no poder imaginar de dónde sacaba él, pues, tanta seguridad en sí mismo como hacía falta para, a pesar de todo, colocarse frente a ella, sin sonrojo, como su valedor.
—Mujer, Dora, tienes que irte a vivir con tu hija; no seas cabezona: sabes de sobra que así, sola, no puedes vivir, lo sabes —le decía él de cuando en cuando, no cejaba en lo mismo.
Pero habría que estar en el secreto para saber que no era que se fuese a vivir con su hija lo que quería Manolo en realidad. Todo lo contrario.
—Ya me lo has dicho muchas veces —replicaba ella.
—Pero por un oído te entra y por otro te sale, ¿no? Mira que eres... —añadía él, aliviado.
En una ocasión le dijo, como algo que se le hubiera ocurrido a él de pronto, pero ella sabía, conociéndolo, que no, que lo habría estado rumiando, seguro, días y días... le dijo:
—Los hijos no caen en que podamos ser mayores; los hijos piensan que somos más fuertes de lo que somos. ¿Tú crees que a mi hijo se le ocurre decirme «deja, pápa, ya no subas más a las olivas, que de aquí en adelante subo yo siempre»? Pues no. Él tiene sus cosas y si yo no le digo esto por aquí, esto por allá, de él no sale. Pero que llegará un día en que tendré que decírselo también, tendré que decirle: «Ahí tienes las olivas: si las quieres, apáñatelas»... Porque como estemos esperando a que salga de ellos decirnos que si est...
—Manolo —lo interrumpió ella—, que sé por dónde vas, que nos conocemos, que ya te he dicho mil veces que lo de irme a vivir con mi hija no depende de que ella me lo diga o me lo deje de decir. Que soy yo la que no quiere.
—¡Sí, ya, pero, ea, claro, qué vas a decir tú!
—No, qué voy a decir yo, no: qué quieres tú que diga, que no es igual. Tú dime lo que tú quieres que diga, yo lo digo, y así acabamos antes...
Había que entender al Manolo, sí. Él no quería de ninguna manera que ella se fuera a Tarragona, pero se le había metido entre ceja y ceja la idea de que sería lo que acabaría haciendo, porque era lo normal, lo establecido. Y por más que ella le dijera que no pensaba ni remotamente en irse con su hija, ni ahora ni después, él no la creía. Daba por sentado que, en cuanto la hija se lo pidiera, se iría. Y esto, a Dora, la ponía de los nervios, porque era dar por hecho, por un lado, que su hija no se lo había pedido, y, por otro, que ella no tenía voluntad, que no tenía decisión propia, que era débil, que no sabía lo que quería, y unos cuantos pequeños dobleces más del pensamiento que ella, que se tenía por una mujer fuerte, con más fuerza de carácter y más criterio que él, además de más cabeza, no estaba dispuesta a aceptar.
—Bueno, mujer, no te pongas así... Yo lo digo porque muchas veces creemos que podemos tirar de esto y de lo otro y luego resulta que no podemos, y llega un momento en que, si viene alguien ofreciéndonos ayuda, ayuda bien ofrecida, pues la aceptamos y ya está, es ley de vida... Y si resulta que es tu propia hija la que viene diciéndote...
—¡Y dale Perico al bombo! Que lo que diga mi hija me da igual, hombre de dios. ¡Qué cansoso eres! Que te digo que voy a vivir aquí mientras pueda y, cuando no pueda, me bajo a vivir al pueblo y listo. Y si necesito a alguien que me cuide, pues busco a una muchacha y le pago y ya está, que para eso están los dineros...
—Sí, pero eso lo dices ahora; ya me gustaría ver a mí lo que dices cuando...
—¡Ya está, Manolo, ya vale! Ya te has callado, que no tienes hartura. Yo no tengo por qué aguantar que tú creas que todo el mundo es tan variable como tú. Yo tengo una palabra nada más. Y no me des más la murga que me estás levantando dolor de cabeza...
Y a él se le escapaba entonces una sonrisilla de satisfacción que sólo ella era capaz de diferenciar. Nadie más la percibía como una distinta y momentánea entre el ciento de arrugas perpetuas que rodeaban su boca. Ella sabía que él la pinchaba con lo de la hija para poder descansar secretamente de su temor a que se fuera. Y cuanto más se enfadaba ella por su falta de confianza en lo que le decía, más satisfecho se quedaba él. La llamaba por teléfono día sí, día no. Y eso era mucho llamar, todo un derroche para él, que sufría con cada duro que gastaba.
Una vez que ella no contestó al teléfono en toda la mañana porque se pasó toda la mañana en el río, poniendo troncos en el puentecillo, troncos de un tamaño adecuado a sus fuerzas y muy parejos de grosor, que había estado salvando a propósito del fuego medio invierno, él se presentó por la tarde, a eso de las cuatro y media.
—¡Anda! ¿Qué haces tú aquí? —se extrañó ella—. No sabía yo que ibas a venir hoy... ¿Y cómo has venido que no he oído yo el Land Rover?
El de Manolo era un Santana cascajo que se anunciaba a la legua.
—¿Que qué hago yo aquí, que cómo he venido? —se contenía, pero estaba a todas luces nervioso y enfadado. Y a ella le divertía (cuando intuía que podía ser por alguna culpa que le echara él) no preguntarle por qué, no darse por enterada de sus bufidos entre frase y frase—. Pues he venido andando, que lo sepas.
—¡Andando! —exclamó ella con media sonrisa burlona.
—Sí, andando; andando desde Mogón.
—¡Ah, desde Mogón! Entonces no es tanto... —le soltó, tratando de picarlo aún más.
—¡Coño que no es tanto! ¿Te parece poco venir? Hasta Mogón he encontrado combinación, pero desde Mogón aquí... ¡Hora y media cuesta arriba!
—¿Y eso, hombre? ¿Qué te corre tanta prisa? ¿Y el coche?
—El coche lo tiene el zagal en las olivas del Arroyo, ¿no ves que es jueves? —le señaló que era jueves subiendo muy arriba el brazo derecho, como si ella tuviera obligación de saber que los jueves no disponía del vehículo.
—Me lo dices como si yo tuviera la culpa de que hayas tenido que venir andando. Pues mucha prisa te correrá lo que sea que te traiga por aquí, a ver, qué quieres que te diga.
—¡Desde luego! ¡Serás....!
—¿Yo? ¡Bendito sea el poder...! A ver con qué me sale ahora este hombre de dios... —y se cruzó de brazos, haciéndole ver que estaba dispuesta a escuchar cualquier disparate que dijera a continuación con todo el gasto de paciencia que hiciera falta.
Él la miró y se quedó un instante sin saber qué decir. Luego bajó la cabeza y empezó su explicación como pudo, con las manos en los bolsillos y dándose golpecillos en el talón, primero en el de la bota izquierda con la puntera de la bota derecha, y luego al contrario, como si se sacudiese un barro que no llevaba:
—Mira, Dora, esto no puede ser. Lo que está claro es que esto no puede ser. Te he estado llamando toda la mañana. Marcaba, cada media hora volvía a marcar; luego, cada diez minutos; y luego sin parar. Y venga a sonar y venga a sonar y a sonar y nada. Hasta que me he dicho: «tira p’arriba ahora mismo como sea y no le des más vueltas, que eso es que a la Dora le ha pasao algo». Y vengo, que vengo con la lengua fuera, que me he plantado de Mogón aquí en hora y tres cuartos escasa, y te encuentro haciendo aspavientos de todo y de verme; a ver si no es para... para...
—Para darse una panzá de reír, Manolo, no es para otra cosa. Que me he pasado toda la mañana allí abajo, hombre, en el puentecillo, y ya está. Ése es todo el misterio.
—¡Es que he estado esperando y llamando hasta la hora de comer, que la última vez que he marcado serían ya las dos y media de la tarde!
—Pues a esa hora más o menos me habré subido, a las tres menos algo, o así; a ver, y por qué no, si no tenía hambre y me quedaba faena ¿o es que tengo yo que estar pendiente de que puedas llamarme tú?
—¡Pues, sí, mira por dónde! A estas alturas tenías que saber ya de sobra que hoy era jueves y que hoy te iba a llamar...
—¡Que sí, hombre, que no me digas más! ¡Ahora voy a estar yo pendiente de lo que hagas tú! Resulta que es la primera noticia que tengo de que tú y yo hubiéramos quedado en eso, la primera noticia.
—¡Mira!, que no, Dora, que no. Que lo que no puede ser no puede ser. Y lo que pasa es que esto no puede seguir así, eso es lo que pasa —cuando se ponía a pontificar, Manolo avanzaba en sus razonamientos como avanzan las canciones: muy poco a poco, repitiendo el estribillo—. Pasa que tenemos que darle un rumbo a esto...

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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 12:02 pm

—¿«Tenemos»? ¡Manolo! —ella soltó una carcajada hecha a propósito para la ocasión, como quien, más que reírse de manera natural, quiere demostrar que se ríe porque prefiere tomarse a broma lo que podría muy bien tomarse en serio: por ejemplo, esa manía suya de conjugar un plural no autorizado.
—Pues sí. Porque esto de que tú te empeñes en vivir aquí sola es también cosa mía. Porque soy yo el que se preocupa y el que no duerme si hace mala noche, pensando en cómo estarás o no estarás. Piensa uno: «Le habrá pasao algo, no le habrá pasao...». Al final, soy yo el que padece la cabezonería tuya de vivir aquí sola... ¿o no? ¿Y es que no tienes tú tu piso en el pueblo para vivir como las personas?
—Venga, entra. Pasa y siéntate, anda.
Lo cogió de un brazo y lo ayudó a entrar en la cocina-comedor-salón del cortijo; esta conversación la habían mantenido en la puerta, bajo la parra, de pie, con Manolo balanceándose sin parar de un pie a otro, y ella llevando todavía, colgado del brazo, el mantelillo de comer a diario, que había salido a sacudir de migas.
—Te sientas y te tomas algo y descansas y te calmas un poco y luego te vas otra vez a tu casa, andando, como has venido, antes de que se te haga de noche... a no ser que llames a tu hijo para que suba a buscarte con el coche cuando venga del Arroyo...
—¡Ni las gracias me vas a dar! —le reprochó mientras la obedecía y entraba y se sentaba—. Tú te ríes de todo —concluyó, quitándose la gorra y parando a tocarse la frente, con ella en la mano, antes de dajarla reposar sobre sus piernas, boca arriba, con un gesto de mucho cansancio.
Y lo cierto es que había algo, si no de resentimiento todavía, sí ya de amargura y decepción en su voz. Ella sintió que debía aflojar:
—¡Cómo no te voy a dar las gracias, hombre! Y no, no me río de ti, ni mucho menos. Me río de la vida; me río de que, cuanto mayores nos hacemos, más a pecho nos tomamos las cosas. Y debería ser al revés, por eso me río, para que sea al revés. Tú imagínate... (a ver si no es para reírse): tú imagínate que hubieras venido y que me hubieras encontrado muy mala, o malherida, ¿qué habrías podido tú hacer? ¿Cargar a cuestas conmigo hasta Mogón?
—¡Habría llamado a alguien por teléfono! —respondió él como quien cree haber sido el único o el primero en resolver un acertijo muy oscuro.
—Yo también tengo el teléfono ahí para llamar; no tengo más que marcar el uno —le contestó ella con mucha parsimonia y un poquito de sorna, sin esperanzas de que él solo pudiera caer en la cuenta de la evidencia.
—¿Y si no hubieras podido? Porque te hubieras caí­do ahí fuera, por ejemplo.
—Pues me habría arrastrado hasta aquí para llamar; habría llegado a rastras o como fuera antes de esperar que viniera nadie a hacerlo, ¿o no?
—¿Y si hubieras perdido el conocimiento?
—«Y si, y si...». ¿Y si me muero, Manolo? ¿Por qué no decimos las cosas con todas sus letras? ¿Y si fuera que me muero? Pues lo mismo te digo: que me habría muerto y ya está. Tú te preocupas por mí y a mí me da más quebraderos de cabeza tu preocupación que morirme porque me llegue la hora. Además, bendita muerte sería si en unas pocas horas se quedara todo resuelto. Sería mucho peor caer enferma. Pero que sepas que mientras esté sana y me valga sola, no pienso preocuparme por nada, y ni tú ni nadie conseguirá meterme el miedo en el cuerpo... No señor, no me da la gana.
Un discurso así, tan contundente, hubiera debido valer para callar a cualquiera, aunque fuese unos minutos, pero no a Manolo. Porque ella le había hablado con energía, pero con cariño —por aflojar, sí, por no estar siempre tirándole al codillo—, y eso, en el caso de Manolo, era siempre un error porque se crecía y había que volver a la dureza de trato del principio.
—Pues tú no te preocuparás, pero yo no puedo evitar preocuparme —siguió él—. Y tú, lo que deberías es estar agradecida de que alguien, por lo menos alguien, se preocupe por ti.
De repente, aquella última frase suya, un algo escondido en ella, un airecillo de prepotencia, una presunción ofensiva de estar ella poco menos que en el abandono sin su ayuda, consiguió revirarla de verdad contra él, y le contestó por eso hablando muy lentamente, con las palabras puestas en su boca de una en una, como quien debe elegirlas para no decir lo que el pronto le pediría:
—Mira, Manolo. Primero, que yo, nunca, he necesitado a nadie que se preocupe por mí. Pero nunca en mi vida. Ni a mi marido siquiera. Y, segundo, que si necesitara a alguien, tú ten por seguro que no me faltaría quién. Eso que te quede bien claro. Y después ya, una vez que tengas eso muy claro, si todavía quieres seguir tomándote cargas que nadie te ha pedido que lleves, será cosa tuya. Tú verás.
—Ya lo sé yo que es cosa mía —retrocedió él en cuanto pudo hablar, como retrocedía siempre que ella se ponía seria—, pero que uno hace las cosas siempre con su mejor voluntad. Sin ánimo tampoco de que se lo agradezcan... pero, hombre, una cosa es que no te lo agradezcan y otra que, encima, lo que hagas se vuelva en tu contra...
Quizá a Manolo siempre le gustó Dora, de lejos, como gustan los zagales de las mujeres mayores que ellos a las que ni soñándolo pueden aspirar de cerca. Y puede que Dora lo hubiera sabido siempre, aunque ésa era una información que nunca tuvo valor para ella. Sin embargo, ahora, parecía que la vejez y el hecho de que ella se hubiera quedado viuda también, como él, que se quedó viudo mucho antes, los hubiera igualado al final de sus vidas, con una falta de jerarquía impensable años atrás. Hasta el punto de que últimamente él se estaba atribuyendo, en efecto, labores de protección y vigilancia que a ella, acostumbrada a valerse por sí misma e incluso, por qué no decirlo, acostumbrada a mirar a los Manolos del pueblo y de la sierra un poquito por encima del hombro, le molestaba tener que soportar. Soportar, además, mostrando el agradecimiento que se le pedía a cambio.
Pero aquel era otro invierno más y la vieja Dora veía mermar sus fuerzas de uno en uno. Puede que éste tuviera que ser, ciertamente, el último allí. Había sólo dos maneras de concluir su paso por el mundo, pensaba ella... (Una ráfaga de viento, esta vez sí pareció que fuera el viento, traqueteó el postigo de abajo, el de su habitación, pero como si alguien lo hubiera zarandeado para entrar)... y sólo dos sitios: podía morir allí de cualquier cosa repentina o podía volver a la tumba del piso del pueblo con unos meses de antelación a la definitiva.
Tal vez no supiera explicarlo bien, de modo que otra persona lo entendiera, pero ella sí sabía, y con todas las sutilezas del espíritu recogidas en su postura, por qué prefería morir en el campo y no en el pueblo. Sabía que pronto moriría. No estaba enferma de nada preciso, pero lo sabía. Y esa notificación de la muerte a su nombre y tener conciencia de que no quedaría huella de ella sobre la tierra, sólo en el campo le resultaba llevadera. Sólo en el campo podía parecerle lógica. Natural. Que aquella montaña verdigrana —y silenciosa con sus secretos— no se inmutara siquiera porque ella muriese, era de comprender. Ella misma se ponía de su parte en el olvido. De parte de aquella señora montaña tan discreta que ya había albergado, consentido a su lado y olvidado, sin traicionarlas nunca, las presencias de su madre, de su abuela, de la madre de su abuela, de la abuela de la madre de su abuela... No había nada reclamable en su sincero desinterés por ella, porque la montaña le dio siempre, nunca le pidió; ni siquiera le guardó rencor cuando se fue tantos años, no le pasó cuentas atrasadas. Y si la montaña le cerró a Dora, y efectivamente se las cerró, las veredas que ella conociera de niña para ir de un paraje a otro, fue sólo porque a la montaña, que tenía las suyas propias hechas por el agua, no le servían de nada éstas otras humanas, tan efímeras. Aún así, en cuanto a la vieja Dora volvieron a hacerle falta, se las abrió de nuevo enseguida y respetando, además, el antiguo trazado de siempre, el que ella recordaba.
Desaparecer... en aquella sierra, al menos, no era un disparate. Pero que una calle de pueblo, una acera, un portal, un balconcillo pretencioso de miras tan cortas... se permitieran la prepotencia de ignorar su muerte, a ella que les había dado la existencia y su única razón de ser, no terminaba de parecerle razonable. Aquellos ladrillos, aquellos recortillos de espacio con rodapié y gotelé, eran obra de gente, o de gentuza, eran nada, en todo caso, como para permitirse el lujo de no tener en cuenta su muerte, la de ella, que los pagó con creces en vida, pagó para que nacieran bastante más de lo que valían, y siguió dándoles siempre más de lo que se merecían, por sus muchas taras, por su haber crecido tan de prisa y tan sin control, por su mala naturaleza...
¡Qué distintas las encinas! Ellas respetaban escrupulosamente, y tanto las encinas crecidas como los chaparros, la pequeñez de la vieja Dora. No le debían a ella ni su ser ni su estar allí y a Dora le parecía justo que no guardaran su recuerdo más de lo que guardaban el recuerdo de la última brisa que les movió las ramas antes de que el verano chicharrero las inmovilizara a ellas también. La tercera posibilidad, esa que Manolo temía tanto, la de acabar junto a su hija, no era ni posibilidad siquiera. No lo había sido nunca y menos desde aquel verano que pasó en Tarragona con ella cuando acababa de morir su marido, su padre. Su hija tuvo un novio y se casó, pero se separaron enseguida, sin que les diera tiempo a tener hijos, y, desde entonces, hacía de eso más de quince años, vivía sola en un pisito justo encima de su peluquería. Dora creyó durante mucho tiempo que la peluquería era de su hija, tal como ella se lo había dado a entender, pero resultó que la peluquería no era suya en realidad, o no del todo. Había un hombre —con traje y corbata en pleno verano y una uña de meñique muy larga— que se paseaba por allí los jueves y los sábados como por su casa...
—¿Quién es ése, hija? —Dora no se daba cuenta de que si le sonaba su aspecto como si lo conociera de algo, y sus maneras y sus andares, se debía sólo a que parecía sacado de una película—. Parece como si no fuera de aquí —fue lo que consiguió decir—, como si fuera extranjero...
—Es de Barcelona —le aclaró su hija sin ganas—. Pero sí, se ha pasado muchos años por ahí fuera.
—Viene mucho por aquí, ¿no?
—Pues claro que viene, ¿cómo no va a venir? Es un socio de la cadena de peluquerías. Somos una cadena, ¿sabes?
—¡Ah! Un socio... ¿Entonces es que tenéis la peluquería a medias?
—¿A medias? No, no exactamente. Somos una cadena de varias peluquerías... Pero déjalo, madre, anda. Es un poco complicado para explicártelo...
No era la primera vez que su hija se la quitaba de en medio con esa grosería que venía a decir «es tontería que te lo explique porque no tienes cabeza para entenderlo». Sin embargo, Dora no le replicaba. En el fondo de su corazón, sabía que su hija no la despreciaba a ella más que a cualquiera o a sí misma. A las únicas personas que no despreciaba era a las que temía, como a su padre en su día o a ese hombre ahora. De los dos meses que estuvo en casa de su hija, los diez o quince primeros días se los pasó limpiando el piso; en jornadas de más de seis horas. Menos mal que era un piso pequeño.
—Ay, madre, por dios, la que te traes con tanto limpiar. Cómo se ve que te sobra el tiempo. Yo no puedo dedicarme a limpiar ¿sabes? O la peluquería o la casa; y da la casualidad de que vivimos de la peluquería, ¿sabes?
—Pero si nadie te dice nada, mujer. Tú, a lo tuyo; tú no te preocupes...
Luego, cuando logró sacar el piso adelante de la mierda acumulada, limpiar sólo la de cada día fue mucho más fácil y volvió a tener tiempo libre, así que siguió por la peluquería. No madrugaba mucho, a las siete se levantaba, y hasta las diez y media que se abría al público, le sobraba a ella tiempo de limpiar y limpiar. Cuando por fin también le sobró tiempo de la peluquería, después de ponerla en condiciones para no tener más que mantenerla a diario, un jueves por la noche, en una pizzería a la que la llevaron a cenar, su hija y ese hombre le propusieron limpiar por horas ésa y otras tres peluquerías más. Dora dijo que no. Lo dijo un poco cohibida, porque interpretaba como un halago que alguien, a su edad, le ofreciera trabajar pagándole. Entonces ellos insistieron, como si su modo de no ser tajante en la negativa fuera más bien una duda. Por eso ella les repitió que no, esta vez con menos paliativos. Sin embargo, ellos insistían e insistían y, cada vez que decía que no, ellos le preguntaban que por qué no. Dora dijo primero que porque no podía, porque tenía que volverse a su casa en cuanto acabara el verano.
Pero no le valió. Luego dijo que no podía trabajar porque ya cobraba la jubilación y ahora la viudedad. Pero tampoco le valió porque no pensaban darle de alta. Después dijo que ella ya, a la edad que tenía, no le hacía falta mucho dinero, que le llegaba con el que cobraba y que era mejor que buscaran a alguien más joven que tuviera más necesidad de ganarse la vida. Sin embargo ellos, como si no la hubieran escuchado, volvieron al principio y repitieron uno tras otro los mismos argumentos.
—Es que yo me voy dentro de muy poco, es mejor pensar en alguien que sea de aquí—volvió a decir ella, repitiéndose también. Pero ellos insistían de esa manera machacona que utilizan los modernos contra la gente apocada que no termina de decirles lo que ellos quieren oír.
—Es que yo cobro ya mi poquito de jubilación y la viudedad y por eso me está prohibido trabajar, aunque no esté dada de alta. No digo que me vayan a pillar trabajando para cuatro días que me quedan de estar aquí, sería mucha mala suerte, pero es mejor no tentar al diablo, sobre todo cuando no hay necesidad, ¿no? Digo yo.
Ya hacía unos minutos que el hombre de la uña larga había sacado las piernas de debajo de la mesa hacia un lado de la silla, ocupando parte del pasillo (como que tuvo que quitarlas un par de veces para dejar paso a personas que se iban), y ahora se revolvía nervioso, cambiando de pierna cruzada muy a menudo.
—Y más que nada es que no me hace falta, eso es lo principal. No es que no tenga que mirar el dinero, no, que de las pensiones se cobra poco y tengo que hacer mis cuentas como todo el mundo, pero la verdad sea dicha: falta, lo que se dice falta, no me hace. Tengo también las olivas... Y que, bueno, ya llega una a una edad en que se cansa, hay que reconocerlo, y piensa que a lo mejor es mejor tener un poco menos con tal de no... Sobre todo sin necesidad. Que, si tuviera necesidad, vamos, ya ves tú, lo que fuera menester haría.
Aquí, por fin, el hombre del traje, que estaba pidiendo la cuenta con movimientos de brazo tan amplios y rápidos que se diría que de pronto le hubiera entrado una prisa enorme, dejó de insistir en el asunto, pero miró a la hija de Dora mientras se levantaba como si le encargara a ella que lo terminara cuanto antes y tal y como ellos lo tuvieran previsto. Luego se despidió de las dos, se metió una mano en el bolsillo y caminó con ella dentro hasta salir del local y doblar la calle. Dora y su hija seguían sentadas como él había dicho que siguieran:
—No, no, vosotras estaros aquí un rato y charlar de vuestras cosas, yo es que he quedado con una gente y tengo que irme —luego miró otra vez a la peluquera de aquella manera intensa y añadió en un tono tan resuelto que sonó a advertencia—. Mañana te llamo y me cuentas.
Su hija hacía rulitos con el sobre vacío del azucarillo y los deshacía y volvía a formarlos, con los ojos fijos en su obra y sin levantar la cabeza. Hasta que el otro se perdió de vista; entonces, de sopetón, se encaró con ella:
—Mira, madre, te voy a decir una cosa: te están ofreciendo un trabajo casi fijo, bien pagado, porque aquí lo de limpiar no se paga como allí; un trabajo que no es para matarse, que a ti ni te cuesta (¡que es que ya lo estás haciendo, coño, y lo sacas adelante sin problemas!)... y yo no entiendo cómo dices que no, es que no lo entiendo, vamos...
—¿Y qué voy a decir si sabes que dentro de nada me voy? —aunque no pudiera creerlo, el caso es que de nuevo se estaba repitiendo entre las dos la misma conversación que habían tenido los tres, y Dora se vio explicando lo mismo por cuarta o quinta vez consecutiva.
Sin embargo, ahora, su hija, más cansada tal vez, menos vigilante por estar a solas, conteniéndose menos, fue dando más pistas, más pistas sobre lo que realmente tenía pensado.
—Te irás o no te irás, madre. Eso habrá que verlo. No te vas a ir a vivir sola. Y menos allí arriba, en el cortijo.
—¡Anda! ¿Y por qué no? Pues como he vivido siempre, sola. ¿O es que tú te crees que tu padre me hacía a mí algún apaño? Tenía que cuidarlo yo a él. Ahora, al contrario, tendré menos trabajo.
—Tú no puedes vivir sola allí arriba y lo sabes —había algo terrible, algo oscuro, en la seguridad con la que su hija le dijo esto.
—¡Porque tú lo digas no voy a poder! —saltó por fin Dora, pero, como su reacción era señal de haber empezado a perder la paciencia, trató de recuperarla—. En fin, bueno, que eso no viene a cuento ahora. También puedo vivir en el piso del pueblo.
—¿En el piso del pueblo?
—Pues sí; yo prefiero vivir en el cortijo, pero que también podría seguir viviendo en el pueblo. No lo sé, según lo vaya viendo yo...
—Bueno, madre, vamos a ver, aquí lo que está claro es que algo habrá que vender. Algo, o una cosa o la otra: o el piso o el cortijo... O sea, que vete haciendo a la idea.
Lo dijo con la misma tenebrosa determinación que un segundo antes ya le había helado la sangre. Tambores roncos en la noche oscura. Percusión funesta.
—¿Cómo que habrá que vender? ¿Por qué hay que vender? —un mazazo como aquel, propinado por su hija, podía haberle partido el corazón a una madre o podía haberla sorprendido al menos. Sin embargo, aquel golpe fue a darle a la vieja Dora en el mismo sitio encallecido en el que había recibido tantos otros mucho antes...
Hacía muchos años que había perdido, efectivamente, la capacidad de asombro con su hija. Desde que era chica, desde que su hija tenía doce años, desde aquella vez que fue diciéndole a su padre, una mañana de sol del mes de febrero, que el dinero que él le había dado a su madre para que le comprara a ella unos zapatos de vestir «de material», se lo había gastado su madre en comprarse una falda de confección para ella. Aquel dinero se fue en pagar una trampa en la mercería y la dichosa falda de confección fue un regalo de la vecina de arriba, que se la dio casi nueva porque había engordado y ya no podía ponérsela.
Se la dio por eso y también porque sí, porque la muchacha la quería mucho y nunca sabía qué hacer para agradarla. Era algo más joven que ella, no tenía hijos, el marido trabajaba de viajante, toda la semana fuera, y se entabló entre las dos una «bonita amistad» (así le daba nombre Dora a una mezcla intensa de cariño y de necesidad de compañía, una querencia sin altibajos ni condiciones, que distaba por eso del apasionamiento, pero que compartía con éste la incondicionalidad del afecto, la exigencia diaria de cercanía y la mutua admiración). Hasta que al marido le dieron un puesto fijo en las oficinas centrales de Crevillente y se fueron del bloque y del pueblo para no volver. Emilia, se llamaba. Emilia la vio llorar aquel día a lágrima viva.
—No lo habrá hecho a mala idea, mujer, es una niña... —le decía.
—No. Primero que ya no es una cría y después que ella sabe de sobra que la falda me la has regalado tú...
—Dora lloraba y lloraba.
—Venga, mujer, seguro que son figuraciones tuyas... Se habrá hecho un lío la chiquilla con la falda, la confundirá con otra. Es que, si no, tampoco se explica que diga eso.
—¿Que no se explica, dices? ¿Quieres que te lo explique yo? La he pillado cuchicheándoselo a su padre en la cocina porque ella creía que yo había bajado a la cochera a coger del trastero una ristra de ajos; así lo hace todo siempre, a mis espaldas, para que yo no pueda desdecirla. Pero resulta que esta vez me he vuelto a mitad de la escalera porque no llevaba la llave... Y oigo que le dice al padre: «No le digas que te lo he dicho yo, que luego me pega cuando tú no estás; como le digas que te lo he dicho yo, no te digo nada nunca más»... ¿Te das cuenta? Tú no te das cuenta de lo que ha pasado. Más me vale abrir los ojos y darme cuenta yo de lo que me espera a mí con ella en esta vida. Y lo que no te he dicho es que estaba conmigo, además, cuando pagué lo que debíamos en la tienda: una faja que me había llevado para mí hacía ya un montón de meses, una muda para ella y un par de mudas para su padre...
Hace falta no tener corazón para hacer lo que mi hija me ha hecho a mí. Y es que quería los zapatos a toda costa y su padre no tiene conciencia de las cosas y va antes un capricho para la niña que pagar las trampas... y... y.... Y no es la primera que me hace tampoco. Estoy sola en la vida, Emilia, sola. Ésa es la única verdad. Marido hace ya mucho que no tenía, pero yo no me esperaba estas cosas de una hija...
La pobre Emilia fue poniendo una cara tristísima, como si la hija fuera suya o como si Dora fuera su madre. Ya no dijo nada más, ya no trató de consolarla: pareció haberla entendido perfectamente. La abrazó y no pudo evitar que se le escaparan lágrimas propias. Aquella tarde, Dora se echó a llorar en la cocina de la Emilia, porque era en la cocina donde estaban siempre. A su vecina Emilia le gustaba preparar dulces por la tarde, a esa hora tonta de antes de la cena en que no es tiempo de nada. Y Dora se subía a charlar con ella, nada más venir de la casa de los señoritos, mientras ella iba pasando el brazo de la minipimer de un gachulete amarillento a otro marrón oscuro, o de una suave nube blanca y esponjosa a una gelatina blandurria de color rosa y movimientos propios. De todo aquello, sólo al merengue lo miraba Dora con agrado...
Había roto a llorar en cuanto la otra le preguntó por qué traía aquella cara. Su vecina era la única persona en el mundo, y en toda su vida, que se había preocupado de leerle la cara hasta el punto de notarle los cambios. Allí de pie, al llevarse una mano a los ojos, tuvo que apoyarse con la otra en la encimera de granito. Hay llantos que son un desbordamiento repentino y de corta duración, que pueden, por eso, ser recibidos y consolados de pie, en la cocina, cerca del grifo del que saldrá al momento el vaso de agua reparador. Pero hay llantos que asustan más, porque no remiten a la primera, ni a la segunda; son llantos de pasar a la salita a sentarse en el tresillo, que necesitan el brazo por el hombro y saber que no hay prisa en hacerlos terminar. Para la salita se fueron las dos. Aquella tarde, Dora sintió, quizá por primera vez en sus treinta y cuatro años, que el abrazo de otro ser humano podía ser de verdad desinteresado, sinceramente cariñoso y poderosamente consolador.
Aquella tarde, su vecina Emilia llevaba puesta una blusa blanca de manga larga, con dos bordados en el pecho, a ambos lados del pecho; en un lado, se veía un ramillete de flores muy pequeñas, naranjas y amarillas, y en el otro lado, el mismo ramo de flores inventadas, pero éstas malvas y azules. Llevaba una falda estrecha y corta en la que se metía la blusa; la moda de entonces mandaba que esta falda hubiera sido aún más corta y de cuero, pero ella la llevaba todavía, por no ser tan aventurera, de un algodón recio, una loneta gris oscura, casi negra, con un pespunte muy resistente en el filo del bajo. A su lado, sentada en el sofá, olía a levadura a punto de alzarse; pero más junto a ella, en el abrazo, a la altura del cuello, olía a la madera de los muebles buenos.
Dora recordó luego toda su vida esta escena con tanta ternura, que solía traérsela a la memoria con poderes de bálsamo cada vez que, como ahora frente a su hija, le hacía falta.
—Hay que vender, madre, porque ni tú ni nadie puede vivir en dos sitios a la vez y cuesta muchos dineros tener dos casas abiertas. Además, que tú lo que tienes que hacer es dejarte de todo aquello ya y venirte para acá.
A Dora, fueron aquellos recuerdos de su hija mientras crecía los que la dejaron sin esperanza ni fuerza para contender con ella en el presente, así que trató de abreviar:
—Bueno, mira, si no es caso de que lo discutamos ahora. Tú déjame a mí que yo me organice y ya iremos viendo con el tiempo y poco a poco cómo van yendo las cosas...
—Sí, eso ya se verá, ya iremos viendo lo que se vende y lo que no —dijo la hija, pero no por concesión, sino por necesidad, como si no tuviera más remedio que dejar un flanco pendiente en su batalla para acudir de inmediato a otro más urgente—. Pero ahora, volviendo a lo del trabajo: tú lo que tienes que pensar es que es muy buen dinero para no hacer mucho, que eso lo sacas tú adelante con la gorra...
—Ni mucho ni poco, que a mí el trabajo no me asusta, que no es por eso. Que te digo que qué necesidad tengo yo de comprometerme con nadie si me voy a ir dentro de nada.
—Dentro de nada, no. Porque no hay ninguna prisa. Allí no te espera nadie.
—Me iré de todas formas. Pero que ya no es sólo eso. Es que a mí, sinceramente, no me hace falta. Si me hiciera falta... pero es que no.
—¡Claro, cómo te va a hacer falta si yo lo pago todo! Pago el alquiler, la luz, el agua, el teléfono...
La reacción de su hija dejó a Dora por fin, más que sin palabras, sin ganas de hablar. Llevaba mes y medio viviendo en su casa y hacía mes y medio que se preguntaba por qué habría ido y, sobre todo, por qué había consentido en decir que se quedaría todo el verano. ¿Qué clase de esperanza tenía aún que perder con su hija para haber admitido semejante encerrona a sus años? Coqueteó con la idea de subirse al autobús al día siguiente mismo, pero le dio pereza la sola idea del litigio que sería decir que se iba, y antes, incluso, de lo previsto.
—A ver si me entiendes, madre, que a mí no me importa pagarlo todo, pero que podrías tener un poco más de consideración y no pensar sólo en ti, pensar en los demás también, un poco, ¿has pensado tú si a mí me hace falta ese dinero? ¿Has pensado si ese hombre no estará haciéndonos un favor, más bien, ofreciéndonos ese trabajo... en lugar de...? ¡Que es que no te ha faltado más que echarlo de aquí, vamos!
—¿Echarlo? ¿Qué le he hecho yo de malo si se puede saber?
—Bueno, ea, que me da igual, ¿sabes?, que me da lo mismo. Que yo no sé si tú tendrás más o tendrás menos, pero que sepas que es muy duro para una hija tener una madre que ves que puede ayudarte, echarte una mano, y que...
—¡Oye, un momento, un momento! A mí no me hables tú en ese tono, eh, que yo es la primera noticia que tengo de que te haga falta algo. Que yo, en el tiempo que llevo aquí, no he hecho más que procurar ayudarte en lo que he podido y he puesto y he pagado lo que he podido y, a lo mejor, hasta más de lo que he podido, porque yo no voy por ahí comprando lavadoras nuevas porque resulte que las viejas no trae cuenta arreglarlas, ni voy por ahí llenando carros de supermercado porque resulte que el sitio en el que estoy no tiene ni aceite con el que cocinar, que yo no sé qué haces con el que te mando de allí, que eso no lo gastan al año ni dos familias de cinco hijos... Pero, bueno, mira, que no quiero enfadarme, que yo tengo la conciencia tranquila y que otra cosa muy distinta es las cuentas que te hayas hecho tú por tu lado, sin contar con nadie...
¿Y cómo iba ella a decirle a Manolo lo que pasó aquel verano? Y que su hija acabó sacando a colación la herencia del padre, ¡como si del padre fuera algo de lo que Dora había reunido! El cortijo, por poco que valiera en dinero, era suyo y sólo suyo porque fue de sus padres. Y, con respecto al piso del pueblo, parece que la palabra ttusufructo que le explicó a su hija una clienta procuradora la dejó más suave que un guante. ¿Cómo decirle a Manolo que se fue de casa de su hija —buenas palabras en la despedida y promesas de otras visitas— pero con la resolución tomada de no volver nunca más? Aquel torbellino de amargura y trastornos que era su hija la habría arrastrado a ella con la misma facilidad que a una hoja seca, de no ser porque ella, la vieja Dora, estaba curada de espanto y llevaba a cuestas muchos años de aprendizaje en el caminar con los vientos de cara.
De pronto, algo más terrible que los ruidos de la tormenta la sacó violentamente de sus recuerdos; se sobresaltó de veras, con vacío de corazón y todo, y, ahora sí, apagó por instinto la radio de un manotazo. Lo que acababa de oír arriba ya no le cupo duda de lo que era: un romper de cristales que no podían romperse más que por la voluntad de alguien, porque estaban protegidos por los postigos. Aquello era una voluntad irrumpiendo, una inteligencia y un a propósito que no habían dado muestras de querer entrar como las personas de bien, llamando a la puerta. Alguien estaba entrando en su casa de mala manera, pues. Y quienquiera que fuese, sabía que la casa no estaba vacía: había luz y salía humo de la chimenea. Así que, quienquiera que fuese, había entrado con la decisión tomada de qué hacer con quien encontrara dentro. Una ráfaga de miedo espantoso arrastró los cristales rotos de arriba, y los cristales rotos se le metieron en los pulmones a la vieja Dora con la falta de aire, y la vieja Dora dejó de respirar con tal de no arañarse en ellos. Y los cristales se le extendieron después a los riñones y a la cintura, con el bombear sólido y estruendoso de su corazón, y a la boca del estómago también, y a la comisura de los labios... y la vieja Dora ya no movió un solo músculo más de su cuerpo ni de su cara. Y absolutamente quieta, sin aire dentro ni líquidos, como una roca, esperó. Esperó, compactada e inmóvil como la materia muerta, con todos los cristales dentro y todos de punta. Arriba no había luz y unos pies ciegos tropezaron con la cantarera vieja que su hija se empeñó en poner en el pasillo, donde siempre estorbó el paso, y una voz de hombre exclamó «¡Joder!», como si, dado el estruendo, no importara ya hacer más o menos ruido.
Pero sí importaba, porque entonces ella reaccionó, y salió de su inmovilidad pasiva y expectante, y pensó en milésimas lo que no se le había ocurrido en los largos segundos anteriores. Se levantó ágil como si tuviera las bisagras recién estrenadas y, de una zancada, se plantó en la puerta de su dormitorio y la abrió. Por la escalera al aire, sin barandilla, vio venir bajando unas piernas antes que la cabeza de quien las traía. Le pareció ver asomar los zapatos y el pantalón de un hombre. Cerró la puerta antes de que llegase la cintura. Se encerró por dentro en su dormitorio.
Le costó echar la llave, porque esa puerta vieja y bufada encajaba mal. Se podía echar apenas una vuelta y el pestillo quedaba trabado por milímetros solamente. No podía cerrar con más vueltas de llave, pero tenía cerradura antigua, una cerradura como un promontorio, del tiempo en que no se empotraban en los anchos de las puertas. De modo que acercó la silla y metió el respaldo debajo de la caja de la cerradura, haciendo cuña, como en las películas las mujeres perseguidas por el asesino. Del otro lado de la puerta de su dormitorio, traqueteaban ya el pomo y daban los primeros empujones. Recordó que la escopeta de su marido estaba en lo alto del armario, pero se había quedado sin silla con la que subirse a cogerla. De todos modos, tampoco tenía cartuchos con los que cargarla, así que... Pero pensó que tal vez le hubiera servido, aún vacía, para atemorizar a quien la perseguía.
—¡Abre! —gritó una voz de hombre—. ¡Abre! —gritó varias veces seguidas, y Dora reconoció la voz. O puede que su memoria viniera sólo a confirmar lo que su cabeza acababa de suponer.
—Yo te conozco, sé quién eres —dijo ella—. Por eso sé que vienes a matarme.
—¡Abre!
—A eso vienes, a matarme. Pero que sepas que aquí tengo cargada la escopeta —se dio cuenta de que no hacía falta tampoco tenerla en las manos para hacerla valer como amenaza—. En cuanto abras la puerta, te mato. ¿Me has oído bien? Te mato.
—¡Abre!
—Entra si tienes huevos. Te mato. Yo sí que te mato, cabrón. Yo no soy mi hija, ¿sabes? A mí, te va a costar la vida echarme mano.
—¡Abre!
—¡Que abras tú si tienes huevos te digo! Y en cuanto abras, te mato. No sé si la puerta va a aguantar mucho. Pero que aquí te espero, me da igual. Entra, y te mato. Eso tenlo por seguro. Los dos tiros son para ti, cabrón. Yo lo tengo todo perdido, ¿te crees que no lo sé, a que has venido? Pero que te mato yo a ti primero, ¿me oyes?, ¿me oyes o no me oyes? —Dora sabía que tenía que seguir hablando, que las palabras eran la única arma cargada que tenía—. Y no creas que estoy al lado de la puerta, que no. Estoy en la otra pared, bien apoyada la espalda contra la otra pared, apuntando... Apuntándote de frente.
—¡Hija de puta! ¡Voy a entrar, vieja de los cojones, hija de puta!
—Tú entra, hombre, entra, que aquí te espero —entonó aquello con toda la sorna de la que pudo hacer acopio, y a sorna sonó, gracias a la ayuda de un casi imperceptible temblor en la voz que era, sin embargo, de miedo—. Y puedes entrar de pie y por arriba o tirándote al suelo de golpe: te voy a dar igual, entres rodando o de pie. Yo no fallo. Los dos cartuchos son para ti... ¡Y menudo destrozo a esta distancia!
—¡No tienes valor, vieja chocha!
—¿Que no? Bueno, tú prueba a ver... No hace falta valor para descerrajarle dos tiros a uno que sabes que viene a por ti, ¿o te crees que he cogido la escopeta de broma?
—¡Y no tienes escopeta, so mierda!
—¿Ah, no? —Dora sujetó a tiempo la gallina clueca despavorida que quería salírsele por la garganta—. ¿Y dónde se ha visto un cortijo sin escopeta o un cortijero que no sea cazador? ¿Tú ves por ahí colgada la escopeta? Pues no la busques porque la tengo yo.
—Si tuvieras escopeta, ya habrías disparado...
—¡Sí, hombre, eso quisieras tú, que malgastara los tiros! A mí no me vengas con tretas que soy muy mayor. ¿O es que me tomas por tonta? Se tarda en cargarla y yo necesito los dos cartuchos para ti. Para asegurar. Conque ya sabes lo que hay: si entras, te mato. Vas a oír los tiros al mismo tiempo que la voz de dios, lo que yo te diga.
Luego hubo un silencio y la vieja Dora supo que iba a serle fatal. La silla se caería al primer empujón serio que le diera; una buena patada y listo. Aquel hombre caería tarde o temprano en la cuenta de que, con la puerta abierta, si se quitaba de la línea de tiro, podría asomarse un poco por el quicio y mirar dentro de la habitación antes de entrar y ver si ella tenía o no una escopeta en los brazos. Pero, por otra parte, tal vez le diera miedo. Tal vez ya lo había pensado y temiera que, al abrir la puerta, ella se fuera directa contra él, sin esperar a que él entrase del todo, y le dispara a bocajarro. Si tuviera escopeta y siendo lista, eso tendría que hacer ella, efectivamente, ir a por él en cuanto abriera, sin esperar a que entrase tratando de sorprenderla.

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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 12:03 pm

En todo caso, a Dora le estaba dando buen resultado (como en las películas: volvía a pensar así en el único modelo que conocía para estas situaciones) lo de no dejar de hablar, y sabía que tenía que seguir diciendo cosas.
—El que seguro no tiene escopeta eres tú. Así que, en cuanto abras, me voy pa ti. No voy a esperar a que entres, fíjate. Tú abre, que, en cuanto abras, hagas lo que hagas, yo me tiro pa ti y te mato; me voy pa ti y te suelto los dos tiros, que te enteres. Te ha dicho mi hija que iba a estar chupao, ¿eh? Pues ya ves que no.
—¡Voy a entrar, me cago en dios!
—Entra si tienes cojones. En cuanto abras, me voy pa ti. ¿Sabías que tengo cáncer? A mí me da lo mismo morir un mes antes que un mes después.
—¡Abre!
—Al que no le da igual es a ti y, si abres la puerta, te llevo por delante. ¡Y yo que pensaba que era mejor no decírselo a mi hija, lo del cáncer, para no preocuparla! Maldita sea mi suerte. Pero tú piénsatelo bien porque te juro por lo más sagrado que te mato si abres la puerta.
—¡Eso habría que verlo!
—¡Como si fuera difícil darle al gatillo! ¡Ya ves tú la ciencia que lleva eso! Yo tengo la escopeta, ¿y tú?, ¿qué tienes? ¿Cómo pensabas matarme? ¿Con un cuchillo? ¿Dándome un trastazo para que pase por una mala caída? —la vieja Dora se iba creciendo—. Pues para eso tienes que acercarte mucho a mí, tienes que ponerte pegadito a mi lado: tú me dirás si no me sobra momento de pegarte dos tiros....
—¡Abre!
—Te mato.
—¡Abre! —insistió el otro y zarandeó la puerta con el pomo empuñado. Pero con menos violencia que antes.
—¿Y qué pintas tú aquí, si aquí no hay nada de valor?
—La putona de tu hija me debe dinero y tú tienes que irte al otro barrio y dejar aquí los cuartos para que yo cobre, ¿te enteras? —lo dijo tan de prisa, tan de corrido, como si la frase fuera normal.
Pero la vieja Dora se dio cuenta de que ésta era, sin embargo, la primera con sentido que pronunciaba aquel hombre. Y se dio cuenta de que tenía que consentirlo, como a los niños, para que siguiera hablando. Así lo hacen en las películas, pensó otra vez, por seguir con la única escuela que tenía. Pero la manera de consentirlo era ahora, precisamente, la de no hacerle oídos a lo que acababa de decir, para que no se arrepintiera de haberlo dicho.
—Sí, pero primero revientas tú. En cuanto abras la puerta, me voy pa ti.
—¡Vale ya de hablar, vieja! —le gritó, pero ella supo que se estaba mandando callar a sí mismo.
—Lo que tienes que hacer es irte de aquí. Vete ahora que puedes —dijo ella todavía y después se calló.
Sí, porque no sabía si empeoraría las cosas dándole ahora su mejor argumento o si sería mejor esperar. Quizá era mejor esperar. Por otro lado, si esperaba mucho, puede que el hombre terminara por atreverse a entrar.
—Vete y espera un poco, un par de meses o tres, a mí no puede quedarme más de vida. Ya he cumplido el plazo que me dieron y no estoy siguiendo ningún tratamiento. Ya ves que no. Tú te vas y es como si no hubieras estado aquí.
—¡¡Crees que soy gilipollas, so zorra!! —ahora gritó más que nunca.
—Si te vas sin hacerme nada, ¿a quién voy yo a contarle lo que está pasando aquí? ¿A quién le digo que un hombre se hace mil kilómetros desde Cataluña en una noche como ésta para venir a matarme, a mí, a una vieja enferma, y que al final resulta que acaba yéndose por donde ha venido sin hacerme nada? ¿Quién se iba a creer lo que está pasando? Me tomarían por loca. Vete ahora que puedes. Tú tienes dónde escoger. Yo no. A mí no me dejas otra que irme a por ti con la escopeta y sea lo que dios quiera para los dos.
—Tú eres una zorra avariciosa. Una vieja pelleja que prefiere llevarse los caudales a la tumba antes que dárselos a su hija... A la puta de tu hija la llevo bien, pero tiene que heredar para que yo cobre.
—¿Y cuánto te debe, si se puede saber?
—¿Cómo que cuánto me debe? ¡No te pierdas la vieja...! Es increíble esto... ¿Quieres negociar conmigo o qué? ¿Piensas pagarme a plazos? —se tomó un respiro el hombre; un instante de descanso amparado en su propio humor resabiado. Pero fue apenas una chispa de luz porque, enseguida, como si la claridad de la sonrisa fuera un peligro para la lucidez de su cerebro, recobró su tono oscuro de voz—. ¿No estarás entreteniéndome a propósito, verdad, hija puta? ¡¡Me cago en!! ¿No tendrás un móvil, cabrona?
La vieja Dora intuyó que perdería lo que había ganado hasta el momento si ahora vacilaba en la respuesta, si mentía o si, incluso sin mentir, no resultaba creíble lo que dijera.
—No tengo, no... ¿para qué lo iba yo a querer si ya tengo teléfono? No te preocupes, que ni he podido avisarle a nadie ni por aquí viene nadie nunca... Estamos solos tú y yo, cabrón, y bien que lo sabes, ¿a que sí?, ¿a que eso sí te lo ha explicado bien mi hija, que a esta esquina de la sierra no llegan ni los guardas? Claro. Por eso has entrado tú tan tranquilo, sin preocuparte de hacer ruido o de que yo grite, ¿a que sí? Pues te voy a decir una cosa: lo mismo hay para ti que para mí; si te pego un tiro, tampoco se va a enterar nadie. Te meto en un hoyo y listo. Y si acabas matándome, más te vale que primero no te deje yo a ti malherido, porque te desangrarías como un gorrino antes de llegar a ninguna parte. Lo que me extraña es que no te hayas perdido para llegar aquí...
—¡Tiene carrete la vieja! De todas formas, se acabó la cháchara...
—Por mí... Pero que yo que tú no tendría prisa. Yo que tú me lo pensaba, porque... escúchame bien lo que te digo: por más que hablemos o dejemos de hablar, ni sueñes con que yo me vaya a distraer, te juro por mis muertos que si empujas esa puerta no voy a gastar estos cartuchos en balde. A mí no se me va a disparar la escopeta con el susto. No señor. Ni soñarlo. Yo aprieto los dientes y salgo a buscarte la ruina y hasta que no te tenga de frente no disparo, ¿qué te parece a ti la broma?
—Manda cojones la señora, si no lo veo no lo creo, manda cojones...
—¿Me ves tú nerviosa o qué?, ¿a que no? Pues hazte idea. Y el miedo que tengo no es a ti, es a morirme. Tengo tanto miedo a morirme, que antes te mato mil veces, fíjate. Tengo ya más miedo que vida. Desde hace cuatro meses, no duermo del miedo que me da quedarme dormida. Tres meses me dieron hace cuatro, o sea que... echa cuentas. Si se lo hubiera dicho a mi hija, te habría ahorrado el viaje.
—Si estuviera usted como dice, estaría en el hospital.
—No, ¿ves tú?, eso sí que no. Yo no consiento que me trajinen en el hospital así como así. Y más sabiendo que no hay solución. No, ni hablar. Eso querían, dejarme ingresada el mismo día que fui a recoger las pruebas. Primero no me querían decir lo que tenía, como si una valiera para padecer, pero no para saber lo que padece. Que si no tenía algún familiar, me preguntaban, que si no había nadie que se hiciera cargo de mí... como si yo fuera un cargo de alguien... Total, que les dije que no tenía a nadie y que me hablaran claro. Y no te creas que no me costó salir de allí. Les dije que necesitaba unos días para arreglar mis cosas, y eso era un lunes, así que me dieron día para ingresar un jueves. Todavía me estarán esperando...
—A mí no me cuente usted su vida, abuela.
—Lo que te estoy contando es mi muerte, hijo. Hijo de puta —se corrigió ella sola, para no provocar en él, por reacción contraria, un arrebato de rabia ante el momentáneo decaimiento de la violencia entre los dos—. Y si te lo cuento es para que sepas que un animal herido de muerte es el más peligroso de todos.
—¡Fu! ¡Qué miedo! Yo no te tengo miedo, vieja chocha.
—Ya lo sé. Lo que estás es pensando a ver qué haces y cómo lo haces. Y eso no es tener miedo, eso es ser prudente, yo lo sé. Tú le das vueltas a cómo echarme mano sin que te pase nada y yo te voy diciendo lo que hay, para que no te llames a engaño tú tampoco. Y lo que hay es que no hay forma: si entras, te mato. Y sin que entres: sólo con que abras la puerta, me voy pa ti y te mato, no pienso esperar. Esto es muy chico, y no hace falta ni que apunte para que, te pongas donde te pongas, te destroce... ¿Tú has visto lo que abren estos cartuchos? Seguro que si me voy pa ti, destrozo con el plomo media casa, yo me quedo sin muebles y tú sin cara para que te reconozcan. Y todavía me quedaría otro cartucho. Y hasta podría volver a cargar la escopeta entre que te encuentras los brazos o las piernas o los ojos... Piénsalo. Pero piénsalo seriamente y vuélvete a tu casa y dile a mi hija que, si se espera un poco, heredará por la vía legal —el otro no decía nada—. De todas formas, vaya trabajo que te ha mandado ella que hagas, ¿no?, que remates a una pobre vieja que nunca te ha hecho nada malo, ni a ti ni a nadie...
—¡A mí no me manda nadie y menos una zorra yonqui como ésa! Yo tengo a puñados como ésa. Pero todo lo tuyo es de esa zorra y resulta que todo lo de ella es mío. Así que vengo a quitarte de en medio por la vía rápida, ¿sabes?, porque no me da la gana de esperar.
—Ya, pero tú no sabías lo de mi cáncer, reconócelo; eso tienes que reconocerlo; y reconoce que, si lo hubieras sabido, lo avanzado que está, no habrías venido. Tú pensarías que si sigo viviendo aquí sola, en un cortijo, es porque estoy sana como una manzana, y que me quedarían muchos años de vida. Pero no es así. ¿Y cuánto te ha dicho mi hija que tengo? Porque ésa es otra. Mi hija es una fantasiosa sin remedio, está enferma, no me extrañaría que te haya dicho que tengo el oro y el moro. Conociéndola, a saber qué te habrá dicho que tengo y que va a heredar... —la vieja Dora hizo aquí una pausa, como si verdaderamente tuviera que pedirle un esfuerzo a su cerebro—. Es que si no, por la miseria que es, tampoco se explica que vengas hasta aquí a hacer semejante barbaridad. ¿Qué te creías tú que es un cortijo? El cortijo es esto que ves. Por ahí arriba, dices cortijo y la gente se imagina enseguida caballos y capillas particulares. Pues ya ves... A saber lo que te habrá dicho mi hija. Te voy a contar una cosa nada más, para que veas cómo es mi hija. Nosotros estuvimos en Suiza viviendo, pero de emigrantes, no te vayas a creer; mi marido trabajaba en la construcción y yo me puse a comisión en el bar de otra española; así que la nena, claro, estuvo yendo al colegio allí, los cinco años que estuvimos, un colegio para hijos de emigrantes españoles, que daba las clases en español y con los libros españoles para que los chiquillos estudiaran lo mismo allí que aquí, para que no notaran diferencia cuando volviéramos, eso era en Zurich, porque los suizos, entonces, iban muy por delante de nosotros en todo, especialmente en los detalles. Bueno, pues una vez pillé a mi hija, y ya era mayorcita, ya hacía varios años que habíamos vuelto, la pillé diciéndole a la muchacha que se sentó con ella en un autobús en el que íbamos a Granada, que ella se había educado en un colegio suizo... ¡Tú verás! ¡En un colegio suizo! Y no era mentira, claro, mentira no era, pero la otra se lo tomó por donde quería mi hija que se lo tomara. Te cuento eso por ponerte un ejemplo, pero que tengo un montón. Presume de lo que no tiene, y eso desde siempre, así que no me extrañaría que te haya dicho que va a heredar tanto y cuanto...
—¡Y qué lo que me haya dicho! El caso es que estoy aquí y que me he cansado de hablar y que voy a entrar.
La vieja Dora tomó aire y dijo, procurando que sonara como algo natural, como si también ella hubiera decidido que era inútil seguir:
—Pues adelante.
Y nada más se oyó del otro lado. Hubo un silencio, el primero que duró lo bastante para ser tomado por un silencio con entidad de tal. Puede que el hombre hubiera retrocedido para tomar carrerilla contra la puerta, y, en ese caso, todo habría terminado dentro de un segundo. Pero pasó ese segundo y el siguiente y Dora volvió a pensar. Y lo que pensó es que ninguna pausa era buena para ella, ocurriera lo que ocurriera después. Bueno, tal vez, si la pausa era breve —rectificó—, podía ayudar a mostrarla tranquila, resignada a lo que tenía que pasar y segura del resultado, puesto que contaba con la escopeta. Y eso era bueno. Pero si era larga, podía permitirle al otro pensar de más y por caminos que ella no podía dirigir estando callada, así que decidió volver a hablar.
—Pero óyeme una cosa, una cosa nada más, antes de que entres y la liemos... ¿Cuánto te debe mi hija? No te lo pregunto por lo que has dicho antes, para convencerte de que te voy a pagar yo ni nada de eso, no te tomo por tonto, no; te lo pregunto por todo lo contrario.
Y la vieja Dora hizo aquí un punto, como si la frase no tuviera continuación, y esperó, astutamente, a que fuera él el que preguntara.
—¿Cómo que por todo lo contrario?
—Sí, no vaya a ser que ni con la herencia tenga ella para pagarte. Porque, hombre, vamos a ver, ¿es que tú no te diste cuenta, cuando estuve en Cataluña aquel verano, de que mi hija y yo no nos llevamos bien? Bueno, pues es peor de lo que te imagines. Porque delante de ti disimulábamos. Pero siempre nos hemos llevado mal. Así que mi hija no va a heredar prácticamente nada. No va a heredar casi nada porque, primero, lo que hay es muy poco, y, segundo, que ya me he encargado yo de que sea menos todavía. Salir de los médicos y meterme a hacer testamento fue todo una. Ya lo tenía pensado antes de lo de mi enfermedad de todas formas. Me vine con la idea desde aquel verano que pasé allí en Cataluña... —dijo, y se contuvo, para dar la impresión de que hubiera decidido de pronto no decir algo que venía a continuación.
En lugar de eso, y bajando la voz como si hablara sólo para ella misma, pero asegurándose de que seguía siendo oída, añadió:
—Entonces no le faltó más que ponerme una pistola en el pecho para que le diera lo que tenía...
Después levantó el cuello y volvió a hablar con firmeza:
—Ea, claro, justamente: eso fue lo único que le faltó. Y por eso ahora, para que no falte de nada, has venido tú. Pues que sepas que pillará lo que haya en el banco, que nunca es mucho, y me parece que hasta eso le va a costar. Ni piso ni cortijo. Ni nada más porque no tengo nada más. Ésa se la tenía yo guardada desde hace tiempo, mira por dónde, y ella ni se la ha olido.
—¿Pero qué cuentos te traes, vieja? No se puede desheredar a un hijo.
—Eso es lo que tú te imaginas. Buenos dineros me ha costado hacerlo todo con un abogado. A ver si te crees; una será inculta, pero no tonta. Es obligatorio dejarle una tercera parte de la herencia. Y yo lo que te digo es que no va a haber herencia. Poco tengo, poco he tenido siempre, y una parte de poco no es nada, pero menos todavía va a pillar ésa. Hace tres meses, al poco de enterarme de que me moría, le vendí este cortijo con sus olivas a Manolo, el que me las lleva. Lo valoraron en siete millones de pesetas. Escasos. Tú verás el fortunón. El cortijo y las olivas, todo. Bueno, pues él no tenía ni esos dineros ni ganas ni necesidad de comprarlo. Entonces yo le expliqué que no quería dejárselo a mi hija y se lo vendí por un precio de risa, que era el mínimo que había que poner en la escritura, y por una renta anual mientras yo viviese. Punto. Una renta que es casi la misma que me daba él ya por tomarme las olivas en arriendo y la misma que no podré cobrar el año que viene porque voy a estar muy quieta yo bajo tierra. O sea, que es casi un regalo que yo he querido hacerle. Pero pensé: mejor para él, que lo ha trabajado, que para esa hija mía... Más mira él por mí, más honrado es y mejor persona que ella diez mil veces. Eso el cortijo, que era mío de siempre, de mis padres, y ella ni pincha ni corta en lo que yo quiera hacer con él. Pero es que el piso, que era ganancial de su padre y mío, tampoco lo va a pillar. Como lo tengo en usufructo, no he querido venderlo porque hubiera tenido que pedirle permiso y darle a ella la mitad. Así que el abogado ha buscado la manera, que para eso están. El que tiene la carnicería abajo llevaba años detrás de ese piso, queriendo comprármelo, y yo nunca había querido vendérselo. Bueno, pues ya lo tengo también arreglado con el carnicero. No sé decirte yo qué, pero el abogado ha hecho una cosa que a ver si ahora, cuando yo me muera, tiene mi hija redaños a deshacerla. Y he metido por medio también, en lo del piso, a las carmelitas del pueblo (que he planchado yo para ellas muchos años), como parte en la herencia, a ver si tiene mi hija los dineros que harían falta para meterse en pleitos con la iglesia. Y por un piso de pueblo, además, que vale, como mucho, exagerando mucho, nueve o diez millones de pesetas. Mi parte que me queda libre va a las monjas y las otras partes van a ir al carnicero, que les va a pagar a las monjas su parte, todo por obra del abogado, que hay trucos para todo. Y lo de las monjas no es porque yo sea beata, qué va, más bien lo contrario; si lo he hecho así, ha sido sólo por echarle un buen cerrojo al piso. Y no hay más. Yo no tengo más cosas. Así que ya lo sabes: una buena mierda es lo que le voy a dejar... ¿A que eso no te lo esperabas tú? ¿Eh? ¿A que no? —le preguntó al hombre, muy orgullosa de sus astucias y sus explicaciones.
Pero el hombre no le contestó, así que ella, un poco envalentonada, siguió hablando. Al elevarlos ahora un poco más, se dio cuenta de que había estado poniendo los brazos por delante, como si de verdad estuviera sosteniendo una escopeta.
—No te lo esperabas, claro que no. Pero bien que sabes que los dos meses de verano que pasé en su casa al poco de morir su padre me los pasé trabajando de criada para ella; y hasta queríais ponerme a trabajar de criada por horas, ¿te acuerdas tú? Porque a mí no se me ha olvidado.
—De alguna manera me tenéis que pagar, tú y tu hija...
—Yo no te debo nada.
—Me va usted a pagar igual, señora.
—¿Es que tú no tienes madre? ¿Tú te crees que es normal que quisierais ponerme a fregar suelos, a mi edad?
—Eso dígaselo usted a su hija, señora.
—No; te lo digo a ti también. Fuisteis los dos. A mí no se me ha olvidado aquel verano. Otra cosa es que mi hija se dedicara, además, a procurar liarme para que vendiera lo que tenía y me fuera a vivir con ella. Vivir con ella... ¡Menuda vida me esperaba! Yo no sé qué negocios os traéis ni me importa, pero que sepáis los dos que una buena mierda es lo que se va a encontrar ella cuando yo me muera. Y hasta deudas se podría encontrar, fíjate; que por lo visto se hereda tanto lo que se tiene como lo que se debe. Sí, señor, esa sorpresa le tenía yo preparada. Una buena mierda... ¿Creerás que he sido mala madre, a lo mejor? Pues no. Que no te puedes hacer una idea de lo que yo quise querer a esa chiquilla. Pero, cada año que pasaba, era más difícil. ¡La de veces que me habré dado yo de cabeza contra ese muro...! No tenía buenos sentimientos. De nunca los ha tenido. Ahora le echan toda la culpa a las drogas, pero yo a mi hija la conozco desde antes de parirla y te digo que nunca ha tenido buen corazón. Con nadie. Al principio pensaba que no lo tenía para conmigo, que el problema suyo era yo, pero poco a poco fui descubriendo que no lo tenía con nadie. A nadie quería bien. Y, si podía, te hacía alguna. Te la hacía siempre que podía, no desaprovechaba ocasión. Ni siquiera a su padre lo quería bien, por mucho que ella dijera que lo quería tanto y cuanto. Pero eran tal para cual. Si él la favorecía a ella, era sólo para mortificarme a mí; y, si ella le hacía carantoñas a él, era sólo con la esperanza de que yo me reconcomiera. En fin, que son historias viejas... Ahora lo que importa es que tú te des cuenta de la tontería que es que quieras matarme. Hay que ser muy desalmado para hacerle daño a una vieja, y por cuatro duros, además, por menos de cuatro duros... —la vieja Dora sucumbió un instante a la autocompasión, pero fue sólo un segundo, enseguida recuperó la fortaleza—. ¿Puedo hacerte una pregunta? Pero dime la verdad, sólo te pido que me digas la verdad: ¿a que tú creías que el cortijo del que te hablaba mi hija era un cortijo de señoritos? ¿A que no te imaginabas que fuera esto?
Esperó un poco a que el otro se decidiera a contestar. Y, como no lo hacía, insistió:
—Dímelo, anda, ¿qué más te da ya? ¿A que te ha dicho que yo soy una mujer modesta y sin estudios, pero que su padre tenía mucho dinero y que se prendó de mí por tonto? Es que no sería la primera vez que le oigo esa versión. Ea, claro, es la que da cuando se me conoce a mí. Como a mí me conociste, y de mí ya pocos embustes se podían colgar, porque viste cómo era yo de sencilla, pues ya no podía decir de mí que yo fuese una señora de alto copete...; pero a su padre no lo conociste; así que de su padre podía decirte lo que quisiera... ¿Y a que también te dijo a ti lo del colegio suizo? Seguro que sí; si yo vi que tenía enmarcados en su casa los diplomas que les daban a los chiquillos a final de curso... ¿o me dirás que no? ¿Tendrás valor de negármelo?
—¿Y qué que me haya dicho unas cuantas mentiras? No se hubiera atrevido a tanto si se hubiera imaginado que yo iba a venir... Pero que eso lo arreglo yo en cuanto acabe aquí. Le voy a quitar las ganas.
—Sí, bueno, pero ¿a que es verdad que te dijo todo eso? ¿No te das cuenta de que es mi hija? ¡Si la conoceré yo! Es que, además, si no, cómo se explica lo tuyo... Yo no me creo, perdóname, que alguien se tome tanto trabajo y se exponga, incluso, a ir a la cárcel para toda la vida, por la miseria que pueda tener yo. No tiene ni pies ni cabeza. Y tampoco me creo que hayas venido por lo que te deba, por mucho que sea. A mí lo que me parece es que tú te has hecho otras cuentas. Tú picabas más alto me parece a mí. Tú has pensado: ésta tiene una madre pudiente y, en cuanto herede, yo me hago cargo de todo... Seguro que pensabas casarte con ella...
—¿Casarme? —saltó el otro, con un sarcasmo que, por espontáneo, sonó muy sincero.
—Bueno, entiéndeme, es un decir. Casado o no, tú te veías manejando pelas, muchas pelas, de la noche a la mañana. ¿A que sí? Pues escúchame lo que te digo: no viene al caso, porque ya ves que no, pero, aunque tus cálculos te hubieran salido bien en lo tocante a mí, puede que no te salieran tan bien en lo tocante a mi hija, porque a mi hija es difícil quitarle los cuartos... ¿No ves que no hay nada que le guste más en este mundo que el dinero? Yo diría que le gusta más que a ti, fíjate.
—Esa hija de puta tuya come de mi mano, por si no lo sabías; no mea si yo no se lo digo.
—No, si me lo creo. Me lo creo porque lo vi cuando estuve allí. Pero que... en lo tocante al dinero...
—... y ya hay dos cosas que le gustan más que el dinero: mi polla y la coca. No tengo más que ponerla a dieta de alguna de las dos para que haga lo que yo quiera, lo que sea.
—No, si... hay que reconocer que lo tenías bien pensado. ¡Qué pena que no cuadren las cosas, eh! —miedo le dio a la vieja Dora que se le escapara este atisbo de ironía, por la furia que pudiera desatar del otro lado; se maldijo por ser tan torpe y se dio toda la prisa que pudo en devolver la conversación al buen camino por el que iba—. Pero que yo sigo con mi curiosidad, fíjate, por saber qué barbaridades te habrá contado... ¿Tengo yo pinta de tener dinero? ¿Tenía pinta de señorona cuando me viste? Me gustaría saber qué te dice de mí...
—¿Que qué me dice? ¿Quieres saberlo? Pues yo te lo voy a decir. Que eres tan tacaña, que el dinero para ti es una enfermedad. Que eras criada en el cortijo de sus abuelos, pero tan guapa y tan ambiciosa, que trincaste a su padre quedándote embarazada de ella...
—Lo que yo me imaginaba... ¿Y tú te lo creíste? A ver... explícame una cosa, ¿cómo se entiende que tú creyeras que a mí me sobra el dinero y que, al mismo tiempo, quisieras ponerme a servir?
El hombre guardó ahora un silencio que casi logró convertir en humana la conversación, tan llena todavía de palabras salvajes y de silencios peligrosos.
—Se puede estar forrao, uno, y ser uno un miserable... —dijo al fin.
—Sí, claro, eso es lo que te habrá dicho ella, que la miserias soy yo... Pues no, mira, no me sobra el dinero, pero tampoco tengo necesidad de ponerme a limpiar suelos... ¿Te pareció a ti que yo fuera como ella dice? Dímelo de corazón: ¿eso te pareció?
—A mí no me parece ni me deja de parecer, yo a usted no la conozco...
—No tuvimos mucho trato, no, pero fueron dos meses de vernos casi a diario; no pasaba semana que no fueras dos veces a la peluquería... A lo mejor no te das tú mucha maña en eso de conocer a la gente sólo con echarle el ojo, pero yo creo que hay cosas que hasta el más ciego las ve; y yo lo que te pregunto es eso... que me digas si a ti te dio el pálpito de que yo fuera como te haya dicho mi hija que soy... —sin embargo, no esperó respuesta, tuvo miedo de que haber vuelto sobre lo mismo hubiera sido un error, tirar demasiado de la misma cuerda tensa, así que rápidamente acudió a la seguridad del monólogo, y a un ritmo que no dejara huecos al pensamiento ajeno—. Aunque eso da igual porque mi hija se las arregla para hacer que case cualquier disparate. Se da una maña para hacer de lo blanco negro, que no hay dos como ella... Y eso, más que por lista, es porque está mal de la cabeza. Porque no tiene límite. Una persona normal, aunque diga mentiras, las dice con algo de tino, pero ella no, mi hija Paquita no: ella monta una trola encima de otra, las que hagan falta, y a cuál más gorda, así que al final nadie se imagina lo grande que puede llegar a ser el descalabro. No es que tú, o cualquiera, te hayas creído lo que cuenta porque seas tonto, es que ella es muy hábil; se las pinta sola para eso, ya te digo. Yo me he pasado media vida buscándole excusas. Pero está mal de la cabeza. Cuando era chica, me consolaba pensando que lo único que le pasaba era que había salido un poco fantasiosa, como tantas chiquillas salen. Pero ser fantasiosa por tener la cabeza llena de pájaros no es lo que a ella le pasa. Porque la gente que se encana con sus sueños no es como ella. Ella no inventa sólo para disfrutar de lo que no tiene, sino también para hacer daño y no dejar que nadie disfrute de lo suyo... ¡Cuántas veces no me habré yo hecho cruces con sus maldades, cuántas veces no me habré dicho yo que se acabó, que lo de esta hija mía no tenía pase, que no había excusa, que tenía que hacer como si no existiera para mí! Pero aguantas y aguantas... porque una madre es una madre y no se puede aprender así como así a dejar de serlo. Tú fijate que hasta una vecina mía que no tenía hijos y que la vio crecer también, la Emilia, hasta ella, que al principio hacía lo que yo, procurar taparle lo feo que le iba saliendo cada vez con más fuerza, hasta ella, que sentía adoración por cualquier chiquillo, acabó diciéndome que mi hija no era buena. Y eso que ella veía a la chiquilla desde fuera, con menos detalle que yo, y la veía, además, como te digo, con las ganas de mimar y la envidia de las que quieren y no pueden tener hijos. Tengo una foto suya, de la Emilia, no sé qué habrá sido de ella. Era una muchacha... una bellísima persona. No nos llevábamos tanto como para que yo hubiera podido ser su madre, aunque mil veces la hubiera cambiado por mi hija de haber podido. Pero no. No se puede cambiar de hija. Y no sólo porque es imposible, sino porque yo creo que llega a bajar alguien del cielo diciendo que me concede un deseo y lo más que se me hubiera ocurrido pedir es que mi hija cambiara de manera de ser, en lugar de pedir que me cambiaran de hija, mucho más fácil... Que me la cambiaran por otra parecida a aquella Teresa a la que yo ayudé a criar, aunque era yo muy joven entonces, la hija de los señoritos para los que trabajé, que era un primor de chiquilla... Pero no. Y es que, entre lo que no puede ser porque es imposible, y entre lo que no puede ser porque, aunque pudiera ser, no nos atreveríamos a pedirlo, arregladas vamos... Te diré una cosa: no me duele a mí lo que yo haya podido desear en la vida y no he podido tener (me hubiera gustado tener estudios, por ejemplo), no, no me duele tanto eso como pensar en las cosas que seguramente hubiera podido tener sólo con haberme dado cuenta de que las quería... No sé si me estaré haciendo entender o no... pero sí, eso es lo peor, que llegues al final de la vida, no con menos de lo que has deseado, que eso es normal, sino dándote cuenta de lo mucho que te has perdido sólo por no haberte dado cuenta de que lo querías...
La vieja Dora no sabía bien si aún era sólo una estratagema contarle todo aquello a quien la asediaba del otro lado de la puerta. Porque hacía rato ya que no hablaba sólo por estrategia. Puede que la intensidad que estaba poniendo para convencerlo de tantas cosas tan rápidamente, estuviera acabando por imponer su propia escala de confesiones, y puede que la necesidad crucial de ser creída, de parecer sincera, acabara imponiendo también, a sus confidencias, un mínimo cada vez más alto de calidad. Calidad en lo que se cuenta, contar cosas con enjundia para que el corazón marrón de la fiera rebusque y encuentre en sus rincones más olvidados sus pocos momentos azul celeste. Porque toda fiera ha tenido sed de aguas plácidas azul celeste alguna vez; y ganas de considerar propia alguna pequeña poza de fino cristal azul, remansada, a la orilla de un riachuelo recién nacido y helado, que va creciendo protegido por el abrazo redondo de un circo de montañas blancas y grises: a Dora le gustaba imaginar ejemplos.
Y terminó siendo ella, la pobre vieja Dora, llevada por sus propias palabras para conmover al hombre que la amenazaba, la que se sintiera conmovida. De pronto notó que se apiadaba de aquel hombre. Pensó en la acidez que debía soportar una mente como la suya, consumida por unos pensamientos tan rancios, tan sucios como trapos que limpian sebos amarillos, y lo que sintió por él, al cabo, fue un poco de lástima. Apenas una gota, pero de esencia pura de lástima, tan destilada de las impurezas de la realidad como sólo pudimos sentirla de niñas, tal vez, y por personas a las que no conocimos, o animalillos que no fueron nuestros.
—Tendrías que irte, muchacho; tendrías que hacerme caso y volverte a tu casa. Es lo mejor. Lo mejor para los dos. Para mí, seguro, pero para ti también. Piénsalo. Si has venido a matarme, seguro que primero te has buscado una buena excusa para que nadie pueda decir que has estado aquí. Y hasta ahora, lo único que ha pasado es que se han roto unos cristales. Piensa en eso y en que yo, ni queriendo, podría convencer a nadie de que has sido tú ni del porqué. Ni queriendo, y resulta que no quiero. Para lo poco que me queda de vida, comprenderás que no tenga ganas de meterme en jaleos. Tú piénsalo fríamente y verás que es lo mejor.
—Si no piensa usted decir nada, por qué no abre la puerta y hablamos cara a cara...
—Porque tampoco soy mema del todo. No sólo no abro, sino que no he bajado la escopeta ni un segundo. A mí, hablar no me despista. Si entras, por muy de sopetón que entres, te mato. Y sin ningún cargo de conciencia, porque, si entras, demostrarás que eres una mala persona, además de no ser muy listo. Muy distinto será que te vayas por tu cuenta. Si te vas por tu cuenta, acabaré por pensar que vale mucho más tu arrepentimiento que tu primera intención. Porque me hago cargo de lo mucho que mi hija habrá tenido que ver en esa primera intención... Con la clase de persona que te habrá dicho que soy, no me extrañaría que hayas venido todo el viaje convenciéndote a ti mismo de que, en el fondo, es casi de justicia que alguien me dé por fin un porrazo en la cabeza...
—¿Y no le da a usted miedo de que me vuelva contra su hija y le haga algo si no me paga lo que me debe?
—Ya te he dicho que mi hija no me da ninguna pena —siguió comentándole ella con el mismo tono, aparentemente descuidado, que antes, y haciendo, pues, un enorme esfuerzo para no dejar traslucir el pequeño estallido de alegría que se había producido en su interior, al interpretar lo que él acababa de decir ahora mismo como la primera esperanza real de que podía, efectivamente, optar por irse sin hacerle nada. Supo que, en este momento, lo mejor volvía a ser hablar y hablar sin parar durante un buen rato, para que aquel hombre tuviera tiempo de pensar por su cuenta sin interrupciones—. Pero ninguna pena. Y, a estas alturas de mi vida, con un pie en la tumba, tampoco me la tomo ya como un cargo. No la juzgo en lo tocante a mí, que conste, porque a lo mejor en lo tocante a mí hasta tiene un pase que no me quiera, pero, ¿y a su padre? Creí yo que iba a sentir la muerte de su padre, pero llegó de madrugada al velatorio, de madrugada, cuando hacía dos días que le habíamos avisado diciéndole que estaba agonizando... Llegó, se plantó las gafas ésas negras que se ponen los que no quieren que la gente vea que no están llorando, que son gafas que no pintan en un momento así, en el que todo es oscuridad o penumbra, y no se las quitó en todo el día siguiente. Al otro se fue y aquí hemos terminado. Ni se quedó a elegir la lápida que le poníamos. Tuve yo que llamarla por teléfono para preguntarle si quería que pusiéramos «Tu familia no te olvida» o «Los tuyos no te olvidamos», que el marmolista decía que era lo mismo, que daba igual poner diecinueve letras que veintiuna, a mí también me parecía que daba lo mismo, pero yo, conociéndola, prefería preguntarle, para que no dijera que se habían hecho las cosas sin contar con ella. Pues no se me olvidará lo que me contestó, me dijo: «A ver si ahora me llamas para decidir chorradas, y luego va a resultar que te dedicas, para lo que de verdad importa, a ir haciendo y deshaciendo por tu cuenta, a la calla callando». Así tal cual me lo soltó. Y se refería al dinero, claro que sí, como si lo hubiera, porque yo creo que ésta acaba creyéndose sus propias mentiras. O no sé. El caso es que la niña venía muy derecha y muy gallita a disponer de lo de su padre como suyo; hasta que digo yo que alguien le explicaría que las cosas no eran como ella se las imaginaba, porque al poco tiempo cambió como de la noche al día. Empezó a llamarme a menudo, que se gastó en teléfono conmigo en un mes lo que no se había gastado en quince años, y venga a invitarme a ir a Cataluña con ella... y fue en éstas cuando llegó el verano, y por eso me fui. Y me fui con ella porque una no escarmienta y no termina de creerse que no tenga arreglo lo que una vez se torció; pensé que podía haber cambiado un poco con la muerte de su padre, al tomarse cuenta de la muerte, que eso llega siempre con unos meses de retraso, y que, al verse ya sola en la vida, sin más familia, buena o mala, que yo, pues a lo mejor... Pero, ya ves... en fin. Por cierto —cambió de tercio, sin apenas transición—, yo no sé si tú conocerías a su marido, al hombre con el que se casó, porque de eso hace ya mucho tiempo, pero a mí, en lo poco que lo traté, me pareció un buen muchacho. Trabajaba de camarero en un bar de la costa (barman, decía ella que era), pero tenía trabajo todo el año y no parece que ganara poco. Yo no sé qué pasó porque, entre dos que viven juntos, nadie sabe nunca qué pasa, yo sólo sé que una vez llamó el muchacho por teléfono muy nervioso. No sabía cómo preguntarme si mi hija se había venido con nosotros, con su padre y conmigo, porque hacía varios días que no sabía nada de ella. Yo, al decirme que hacía varios días, me di cuenta de que su preocupación no era porque pensara que podía haber tenido un accidente o algo así, sino más bien porque se hubiera ido ella de resultas de alguna pelea que hubieran tenido... La cosa es que me fui animando a preguntarle y le pregunté si se había llevado maleta y si se había llevado o no dinero, pero no el dinero de la compra, sino el dinero que tuvieran en el banco, en las cartillas de ahorro. Y ahí fue donde el muchacho se vino abajo, y se echó a llorar y se sinceró conmigo... y fue entonces cuando me dijo que sí, que se había enterado de que no tenían dinero en el banco aquella misma mañana, porque lo habían llamado de la tienda de muebles con un recibo devuelto. Y el muchacho no hacía más que decir que el dinero no le importaba porque vivían al día y tampoco tenían mucho, pero que acababa de caer en la misma idea que yo, que si se había llevado el dinero era porque pensaba estarse mucho por ahí o no volver nunca. Lo decía como si la quisiera y yo tuve que consolarlo... Bueno, en fin, sea como sea, de aquélla, por lo menos, salieron, porque ella volvió al cabo de un tiempo; pero alguna más habría después de ésa, seguro, de la que ya no me enteré yo. Porque un buen día llamé por teléfono a la casa de ellos y me contestó una señora que me dijo que ese número se lo habían dado a ella hacía poco. Pensé que habían cambiado de teléfono, nada más, pero en información no nos dieron otro tampoco. Mandamos una carta a la dirección que teníamos y nos la devolvieron. Hasta que otro buen día, para las navidades de ese año, llamó ella como si tal cosa diciendo que ya no vivían donde antes y dándonos un número nuevo. Habían pasado casi seis meses. Yo le pedí que se pusiera mi yerno un momento, su marido, para felicitarle las navidades también a él, pero ella dijo que no estaba, que estaba trabajando. Y varias veces que llamamos después nunca estaba él. Hasta que ya, en una de ésas, me soltó ella (pero muy enfadada conmigo, que es a lo que vamos, como si lo mío al preguntar por su marido fuera un puro cotilleo) que hacía más de un año que no vivían juntos, que se habían separado, y que dejara de darle la murga con eso, que los tiempos habían cambiado y que yo no era quién para meterme en su vida... ¡Que dejara de darle la murga, me dice! ¡Tú verás la salida, cuando yo era la primera noticia que oía...! Y es que tiene salidas de medio loca; como si no atinara bien a separar lo que le ha pasado de lo que se ha imaginado que le pasaba. Y cada año peor. El colmo fue ya cuando, con lo de la peluquería, apareció por aquí, por el pueblo, un puente, para el Corpus, con el pelo que se lo había tintado rubio casi blanco (del rubio de las mujeres malas de las películas en blanco y negro, de ésas que siempre aparecen llevando el bar de una gasolinera de mala muerte, en una carretera muy recta por la que no pasan más que bolas de pinchos rodando, de esas rubias que siempre están fumando y pidiendo fuego al primero que llega, que se les acercan con el cigarro en la mano y contoneándose como culebras, porque tienen la maleta preparada para abandonar al marido buenazo y medio bobo que se pasa el día sudando por los sobacos y limpiándose la frente con un trapo muy sucio, lleno de la grasa de los coches que arregla, y luego se guarda el trapo en el bolsillo de atrás del mono con un solo tirante que lleva, pero dejando asomar la mitad fuera del bolsillo, para que sea fácil volver a sacarlo a pasear por la frente y por el cuello...) —dijo Dora entre paréntesis y muy de corrido, sin darse cuenta de que no estaba hablando sola, como otras veces que se entretenía cogiendo carrerillas de este tipo. Se asustó de su despiste, de su falta de atención y se preguntó si no estaría padeciendo ya ese mal que dicen que acaban padeciendo las personas que viven solas y que las lleva a no saber distinguir bien entre el hilo de sus pensamientos y el de las cosas que dicen en voz alta—. En fin, pero que el colmo no fue que se presentara así, con esas trazas. El colmo fue lo que pasó con su padre a cuenta de eso. Porque yo no le hice ningún comentario sobre el pelo o sobre los escotes, ni bueno ni malo. El que saltó fue su padre. Fue su padre el que le dijo que con esas pintas de puta no podía venir a pasearse por el pueblo, ¿y qué le contestó ella? Lo que ella le contestó sigue siendo lo más grande que he oído yo en mi vida. Le dijo: «Por las calles de este pueblo no, ¿verdad, pápa?, porque somos de aquí. Pero por las estrase, sí, porque por las estrase no nos conocía nadie y se cobraba bien un buen toqueteo a la nena, ¿a que sí?, toque, toque usted a la nena y verá lo desarrollada que está para su edad...». Primero me quedé que no sabía lo que hacer. Cuando caí en la cuenta de lo que había dicho, miré a su padre, a ver qué cara había puesto. Pero no estaba blanco ni se le habían marcado las venas del cuello ni había enclavijado los dientes; sólo estaba mudo, mirándola, mirando cómo se iba de la salita... Y, la verdad sea dicha, lo que a mí me pareció es que se había quedado igual de atontado que yo; hasta me dio que tardaba más que yo en entender lo que había dicho su hija, lo que había querido dejar caer con eso. Luego me miró y movió la cabeza como si no diera crédito a lo que acababa de oír, la movía de un lado para otro, pero no como quien dice que no, sino como quien pregunta si alguien más ha oído lo mismo. Mi marido era un bestia y un amargado, pero como hay tantos, ni más ni menos que como tantos que hay, un malo del montón, no un desalmado que llamara la atención por alguna fechoría más rara que otra, no. Y, las cosas como son, a mí no me pareció que fuera cierto lo que su hija quiso decir con aquello que dijo. No fue más que esa vez, además, porque luego nunca volvió a decir nada parecido. Yo a él no le pregunté, primero porque sabía que, si le preguntaba algo, la que se la ganaba era yo, y después porque estaba segura de que no iba a sacar nada preguntándole a él. Yo siempre me he fijado más en la cara de la gente que en lo que dice y la cara que puso no era la de saber por dónde iban los tiros. A cada cual lo suyo, y mi marido no era así. Yo más bien, conociéndola a ella, sabiendo la de disparates que se había inventado de mí con toda la mala idea de decir las cosas así, dejándolas caer (como una inocente a la que se le va la lengua, en lugar de como es en realidad, una serpiente que no saca la lengua más que para ensayar el mordisco envenenado que va a soltar después), conociéndola, pensé que más bien se le había ocurrido decir aquello como se le podía haber ocurrido decir cualquier otra cosa. De sobra sabía yo, por padecimiento propio, que no tenía por qué tener ni siquiera una pizca de base para decir lo que había dicho. A eso juega ella, a lanzar un pegotón de barro a sabiendas de que lo primero que se nos ocurre es buscarle algún rastro a lo que dice, por pequeño que sea, y cuanto más grave sea lo que dice, más nos parece que alguna base tendrá que tener, alguna, por poca que sea. Lo que sí que fue y sigue siendo un misterio para mí, lo raro de verdad es que, por esta vez, no fue contra mí contra quien usó esa artimaña, sino contra su padre. A saber por qué. A lo mejor porque sí, simplemente. O a lo mejor porque ya llevaba años viviendo lejos de los dos y en la distancia todo se confunde. El caso es que esta vez se fue contra su padre a tajo parejo, sí, sí, como solía irse contra mí...
Aquí se calló un momento, para poder oír la tormenta, que parecía haber amainado un poco. Pero enseguida continuó, como si obedeciera órdenes.
—Lo raro, sí, es que se lo hiciera a su padre, porque a mí me había hecho tantas, desde chica, que... Y me las había hecho de todas las clases; o sea que, parecidas a ésa, igual de gordas o más, también me las hizo. Dos me hizo. A la primera no le di yo importancia, no porque no la tuviera, sino porque no me afectaron mucho las consecuencias que acarreó...
Y la vieja Dora siguió hablando y hablando y hablando, como una princesa que tuviera que rellenar con sus palabras todas las tumbas abiertas para ella en una noche. Y aún habló más y habló hasta casi olvidar para quién lo hacía. Y siguió hablando y hablando como si pensara que cualquier silencio de más, ahora ya sí, sería igual de largo que su muerte. Hablaba y hablaba y, a medida que hablaba, iba descubriendo lo ciertas que eran las cosas que decía, la hondura y la lucidez que ocultaban. Habló como por fin, como si hubiera tenido que hacerlo así hace mucho tiempo. Habló a deshora, pero habló con todo detalle, tan minuciosamente como si las cosas que decía ahora alguna vez hubieran tenido remedio.

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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 12:03 pm

Y habló y habló hasta que, en un momento cualquiera, imposible de precisar, se calló. Y escuchó. Al principio no hizo ninguna pregunta, simplemente guardó silencio por si al hombre que estaba del otro lado se le ocurría decir algo. Entonces se dio cuenta de que, con tanto hablar, había perdido la noción del tiempo. Estaba a oscuras y a oscuras no podía ver la esfera de su reloj de pulsera. La lumbre y los candiles con los que se alumbraba se habían quedado del otro lado de la puerta. El temporal se había aplacado mucho y, lo mismo que si de verdad el clima nos gobernara, también el corazón de la vieja Dora latía ahora con un ritmo más sensato. No oyó nada. Dudaba de si tenía que seguir hablando. Pero estaba cansada y pensó que todo lo que hubiera pretendido conseguir con las palabras, o lo había conseguido ya, o ya no lo conseguiría. Y fue entonces cuando preguntó al fin:
—Bueno, ¿y qué has decidido hacer tú? ¿Te quedas o te vas? —esperó respuesta del otro lado. Pero no llegaba—. ¿Por qué no he oído tu coche cuando has venido? Lo habrás dejado lejos, claro, para no prevenirme; pero ha tenido que ser muy muy lejos o te habría oído a pesar del agua y del viento. Parece que ahora llueve menos. No debería darte pereza irte. Es lo mejor, créeme. ¿No te parece a ti que es lo mejor? —volvió a esperar la respuesta, pero nada se oía del otro lado—. ¿No me contestas? Venga, hombre, dímelo, no seas así; dime, anda, ¿te vas o te quedas?
El tono de voz que estaba poniendo ahora era casi cariñoso, por eso le extrañó mucho que el otro no dijera nada. Ni sí ni no ni me lo estoy pensando ni cállate vieja de los cojones ni nada de nada. Aquel silencio era inesperado y, por lo mismo, desconcertante.
—¿Por qué no me dices algo? ¿Te crees que me voy a poner nerviosa porque no me digas nada? Vivo sola hace mucho tiempo: a mí no me pone nerviosa hablar sin que nadie me conteste.
Esperó de nuevo oír algo. Pero nada se oía. Este silencio era, efectivamente, especial, distinto. Se preocupó. Pero también se impuso a sí misma que no se notara que empezaba a preocuparse.
—¿No hablas porque esperas que yo me calle? ¿Quieres que me rinda y que me calle y que me descuide y que me siente y que me quede un poco traspuesta, a lo mejor? Vaya, vaya... ¿Y tú te crees que me voy a dormir en una situación como ésta? Conque es estando tranquila y casi no duermo en toda la noche, cuanto ni más sabiendo que... Además, aunque me atontara un poco, ¿cómo crees que no me voy a espabilar si entras echando abajo la puerta? Y me quedaré de pie, de todas formas, por si acaso. No pienso sentarme. ¿Cómo piensas entrar sin hacer ruido? Aquí no hay más que esa puerta y un ventanuco por el que no pasaría ni un niño; ya lo habrás visto; es lo malo de los cortijos tan antiguos, que los hacían contra el calor y contra el frío, muy cerrados. Y los ventanucos de la planta baja son todavía más chicos que los de la planta de arriba; claro, porque todo esto está hecho con muros de carga... Seguro que te ha costado lo tuyo entrar por los de arriba. Y eso que eres más bien flaco... ¿Estás igual de flaco que cuando yo estuve allí? Porque de eso hace ya años y, con los años, se engorda —a Dora se le ocurrió de pronto que hacerle alguna pregunta muy directa y muy inesperada tal vez le ayudase a romper el silencio—. ¿Tú también tomas drogas; estabas flaco por las drogas o porque no te gusta comer?
Pero tampoco esta vez hubo respuesta.
—A lo mejor no me hablas para que yo me confíe y me crea que te has ido y abra la puerta y salga y empiece a buscarte y, al no ver a nadie, deje la escopeta... para que entonces tú puedas saltarme encima sin ningún peligro. Aunque no lo creo, no creo que estés esperando eso, no me ha parecido a mí que seas tan tonto; pero, en fin, por si se te ocurre, te diré una cosa: mi única defensa es tener esta escopeta y estar aquí dentro, así que no pienso moverme de aquí hasta mañana por la mañana, a eso de las nueve. Mañana es miércoles y los miércoles sube Manolo, el vecino que me lleva las olivas, ése que te he dicho antes, al que le he vendido el cortijo. Cuando venga él, si para entonces no hay nadie, entonces saldré de aquí. Antes, ni lo sueñes, ya lo sabes. Y, si te vas a ir, vete mucho antes de las nueve, para que no os crucéis los dos por el carril con los coches. Así nadie sabrá que has estado aquí. De irte, lo más tarde que yo me iría sería a eso de las seis de la mañana.
Siguió sin oír nada del otro lado de la puerta. Ni comentarios en voz alta, ni ruidos de ninguna clase.
—Bueno, mira, resumiendo. Que yo no voy a dejar de hablar para que veas que no me duermo. Eso lo primero. Lo segundo, que por muy en silencio que te quedes y por muy segura que pueda yo estar de que te has ido, no pienso salir de aquí hasta que no venga Manolo. Manolo o quien sea. Yo no salgo de aquí hasta que no venga alguien. Y tarden lo que tarden en venir. Te lo digo por si se te ocurre hacerle algo a Manolo, aunque no creo que estés tan mal de la cabeza. Al contrario, si quieres que te diga lo que creo, yo creo que no estás ahí ya, fíjate. Para mí que hace rato que te has ido. No pienso salir de todas formas, te lo he dicho, pero eso no quita que piense que ahí detrás ya no hay nadie. Y mejor así.
La vieja Dora se tomó un respiro, pero ya no esperó más, ni ahora ni en todo lo que quedaba de noche, que alguien le contestara.
—Pero como no puedo dejar de hablar, por muy cansada de hablar que esté y por mucho que me parezca que ya no hay nadie ahí, pues se me ha ocurrido que vamos a tirar por el camino de en medio: no me voy a callar, porque no puedo, pero tampoco voy a seguir gastando fuerzas contándote cosas que me cuesta tener que explicar en voz alta a un extraño. Ni lo uno ni lo otro —dijo ella muy resuelta—. Voy a pasarme lo que queda de noche haciendo una cosa que siempre me ha gustado a mí: cantar. Cantar. Aunque nunca lo hago donde alguien me oiga, nunca. Yo creo que me voy a morir sin que nadie sepa lo mucho que me ha gustado siempre cantar. Y no canto delante de nadie, no sólo porque me dé vergüenza, que me da mucha, sino también porque... Bueno, pues porque no; porque no y ya está, porque no me da la gana, fíjate. Porque no me da la gana de que nadie sepa lo mucho que me gusta. Eso es mucho saber. Es una tontería, pero se queda para mí; para mí se queda lo que yo disfrute o deje de disfrutar cantando. Ésa es la gran ventaja que tiene mi cortijillo: aquí puedo cantar cuando me dé la gana y todo lo alto que quiera. En el bloque, cuando vivíamos en el piso, con mi marido y con mi hija, no cantaba nunca. Pero nunca, lo que se dice nunca, aunque ellos no estuvieran. No, porque por el patio de luces se oye todo. En los pisos no hay intimidad. Y tampoco cantaba en la casa donde serví, ni de jovencita siquiera. A los señoritos no les gusta que se oiga ninguna voz más alta que la de ellos y como hablan tan bajito... ¡A quien se le diga que casi, casi, sería por lo de cantar por lo que me vine a vivir aquí sola... no se lo cree! Pero es así. Seguro que debió de influir, y no poco. Por lo de cantar y por lo de no tener a nadie cerca. He salido muy harta de la gente yo. De mi gente y de la que no era mi gente. Muy harta. Fíjate que me parece que sólo una vez en mi vida tuve yo ganas de cantarle a alguien... Una sola vez. Y al final no le canté. No, porque se iba. Y cuando una persona se va a vivir a otra parte es mejor que te hagas a la idea de que se muere. Doler, duele igual que si se muriera y el resultado es también el mismo, que no vuelves a verla nunca más. También fue que estuve mucho tiempo pensando qué podía cantarle, qué canción. De las que yo me sabía, ninguna me pareció que dijera bien lo que yo quería decir, así que... Pero, en fin. A ti sí sé yo qué es lo que te voy a cantar en primer lugar. Son canciones viejas, más viejas que yo. Seguro que ni te suena ésta, verás tú...
Y la vieja Dora se puso a cantar. Cantó completa la canción que había elegido, con sus estrofas en orden y repitiendo los estribillos tantas veces como estaba mandado. Respiró donde tenía que respirar y hasta hizo pausas más grandes allí donde ella sabía que la orquesta tomaba la voz cantante. Cuando terminó de cantar esa canción, descansó un poco y se arrancó con la siguiente, que también cantó completa y con toda fidelidad, como si alguien fuera a reclamarle, si no lo hacía, que se hubiera saltado alguna frase. Y después de la segunda, cantó la tercera. Y luego cantó otra. Y, cuando terminó con ésa, interpretó otra más. Cantó durante mucho tiempo; durante tanto tiempo, que ella misma se admiraba de ver la cantidad de canciones que se sabía enteras, de principio a fin. Se preguntaba, como atendiendo a un reto, si sería capaz de seguir cantando hasta más allá del amanecer, hasta bien entrada la mañana, sin tener que repetir ni una sola copla. Y sin perder la voz.
Por eso, cuando Manolo se acercó a la casa llamándola, a ella no se le ocurrió otra cosa que decírselo desde el dormitorio, mientras quitaba la silla y abría la puerta:
—Me sé muchas más canciones de las que yo misma me imaginaba... Un montón, Manolo, bastantes más de cien; a quince o veinte canciones por hora, te digo yo que me sé más de cien...
—¡Vaya! Se ve que estás contenta esta mañana, ¿qué pasa? ¿No me has oído llegar? Llevo un rato llamándote.
—Te he oído sí, pero no sabía si eras tú; me pareció, pero...
—¡Menuda noche ha hecho allí abajo, en el pueblo! Y esta mañana está el carril, que ni con un oruga... ¡En qué me las he visto para pasar los Trancos de Maleno! Ese trozo está fatal, pero tenía que venir. Porque si mala noche ha hecho abajo, no quiero ni pensar lo que habrá sido aquí arriba... Estuve a punto de subir anoche mismo a ver cómo estabas. Como te llamé, además, y el teléfono no daba señal...
—Se habrá cortado con la tormenta.
—Ea, eso mismo pensé yo.
—Pues menos mal que no subiste, Manolo, menos mal.
—Ya estamos como siempre. No le agradeces a uno que se preocupe. Pues a punto estuve porque vi que estabas sin teléfono y pensé «¿y si tiene una urgencia, y si necesita algo allí sola y sin poder avisar a nadie?».
—Mejor que no subieras, créeme.
—Ya, si lo pensé también. Pensé que si subía, con la que estaba cayendo, lo más seguro es que me quedara atascado con el coche en el primer barrizal. Y por eso no subí, no te creas.
—Pasa, Manolo, siéntate, que te doy un café y hablamos. Tenemos que hablar.
Mientras desenroscaba la cafetera apegándosela al pecho con las dos manos, sonrió, como si ese gesto tuviera para ella un significado propio, y movió la cabeza, como si no pudiera dar crédito a algo, a algo bueno. Rellenó la cazuela, volvió a cerrar la cafetera aprisionándola contra sí y fue a sentarse junto a él.
—Quiero que me des razón del abogado ése de Úbeda que le llevó los papeles al Julián, cuando lo de su accidente —le dijo—. Porque voy a hacer testamento y quiero ver el modo de dejarte a ti el cortijo y las olivas. Y también te voy a dejar el piso del pueblo, si puede ser; por lo menos mi parte del piso.
—¿Cómo que vas a hacer testamento? —desde la palabra testamento, Manolo había entrado en una forma del asombro que suele producir sordera, y en él, además, un tic nervioso que consistía en quitarse y ponerse la gorra continuamente—. ¿Estás mala o qué? ¿Qué te pasa? No me asustes, Dora, por lo que más quieras, ¿qué te pasa?
—Tú tranquilo, que no me pasa nada. Estoy perfectamente. Pero he decidido que voy a desheredar a mi hija.
—Tú estás mala, algo te pasa y no me lo quieres decir...
—Que no, que no me pasa nada, te digo. Nada de nada (y estáte quieto con la gorra...). Me pasa que soy vieja y que ya es hora de que haga testamento si no quiero que mi hija se quede con todo.
—¿Y eso? ¿Qué quedarse ni qué quedarse? ¿Por dónde te ha dado ahora?
—Yo no sé cómo, porque antes me hubiera metido a monja que a puta, pero el caso es que parí a una hija de puta.
—¡Qué cosas dices!
—Con todas sus letras te lo digo. Ya empezó que casi me mata cuando nació. Y consiguió que tuvieran que vaciarme por dentro, para que no pudiera tenerla más que a ella. Aunque, mira por dónde, de eso es de lo único que me alegro, de no haber tenido más hijos. Ése es el único favor que me ha hecho en toda su vida. En fin, bueno, qué más da eso ahora. Lo que cuenta es que no pienso considerarla mi hija nunca más.
—¿Pero qué ha pasado? ¿Qué te ha hecho?
—Nada.
—Ya... No hace falta que me digas más. Tú estás resentida con tu hija porque no te ha pedido que te vayas a vivir con ella; porque esperas y esperas y va pasando el tiempo y no sale de ella decirte q...
—¡Manolo, cállate, que no sabes de la misa la media! ¡¿Cuántas veces te he dicho ya que dejes esa cantinela que te traes?! Me tienes muy harta —la vieja Dora respiró—. Pero, ea, venga, que hoy no quiero enfadarme contigo, ¿eh? Tengamos la fiesta en paz. Tú escúchame que hay muchas cosas que hacer. Tienes que hablar con el Julián para que te dé la dirección y tienes que venir conmigo a ver al abogado ese, en cuanto que él pueda. Y mañana mejor que pasado, métete eso en la cabeza. Tenemos muchas cosas que hacer y las vamos a hacer como si corriera prisa...
—Tú estás mala, eso es lo que pasa. ¿Has ido al médico o algo?
—Que no, Manolo, que no. Pero si sabes que no me he movido de aquí, ¿cuándo iba yo a haber ido? Que no te preocupes, hombre, que la prisa no es por eso. Es porque cuanto antes se hagan las cosas, mejor.
—Sí, pero yo me barrunto q...
—Tú estate tranquilo y escúchame, que aquí hay muy poco que entender. Que he decidido lo que he decidido y no hay más explicación que valga.
—Pero qué testamento ni testamento si me voy a morir yo antes que tú. ¿No ves que tengo azúcar?
—Pues si te mueres antes, mala suerte para ti, que eres más joven que yo. Pero si te mueres después, piensa que vas a necesitar quien te cuide y con ese hijo que tienes, y tu nuera, estás más vendido que vendido. Más te va a valer tener cuartos que te respalden: o para ir a una residencia en condiciones o para que te cuiden con más atención.
—¿Y tú qué? ¿No estás tú más vendida que yo con tu hija, que ni te llama para saber cómo estás?
—¿Y qué te estoy diciendo yo, Manolo? Eso mismo es lo que te estoy diciendo. Que a los dos nos va a hacer falta dinero si se nos complica la vejez. ¿Que me hace falta a mí? Pues me lo gasto yo, que para eso es mío. Pero que, una vez que no me haga falta a mí, prefiero que pase a ti, a quién mejor que a ti, para que tengas las espaldas más cubiertas. Pero, bueno, que no quiero tener que darte explicaciones tampoco: que es lo que he pensado hacer y que eso será lo que haga. Tú averíguame lo del abogado ese.
Ya chisporroteaba el café y se levantó para apagarlo. Manolo se quedó sentado sin saber qué decir. Todavía estaría unos segundos en silencio, pero ella sabía que enseguida, en cuanto recuperara el habla, volvería a tratar de repetir punto por punto toda la conversación, como tenía por costumbre, y no una ni dos veces, sino todas las que le hicieran falta a él hasta estar seguro de haber comprendido bien todo lo que había oído. En este caso, el asunto era tan importante, que Dora sabía que les llevaría toda la mañana y varios días más en lo sucesivo, así que trató de distraerlo con otra cosa:
—¡Ah!, Manolo, una cosa que quería pedirte, si me haces el favor: sube tú a ver porque creo que los cristales del dormitorio de arriba se rompieron anoche con la tormenta. Se conoce que me dejaría abierta la ventana sin darme cuenta. Habrá que tomar las medidas para encargarlos y que suban a ponerlos lo antes que pueda ser. Porque hace frío aquí —Manolo se encaminó a la escalera—.Y cierra los postigos, que estará entrando aire. Habrá entrado mucha agua también, se habrá puesto todo chorreando.
Desde arriba, mientras ella ponía el café en las tazas, él le gritó:
—Yo aquí no veo cristales rotos, Dora.
—¿Cómo que no?
—Pues como que no.
—¿Pero has mirado bien?
—Pues claro que he mirado bien.
—¿Y dónde estás?
—Pues en el dormitorio.
—¿Pero en qué dormitorio?
—En el grande.
—Tú mira en los dos, en el grande y en el chico...
—En el grande desde luego no hay nada roto. Voy a ver en el chico.
FIN


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Re: A todos nos matan antes de morir

Mensaje por Admin el Miér Abr 19, 2017 12:04 pm


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Re: A todos nos matan antes de morir

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