Algo Salvaje

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Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:04 pm

Autor: Karin Kallmaker




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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:05 pm

No hay recuerdo de los antiguos (Eclesiastés, 1:11)
Hubiera reconocido a Sydney en cualquier parte. Tenía las mismas facciones que Eric: una cara cuadrada, caracterizada por una mandíbula firme y la nariz recta, suavizadas por las curvas femeninas de sus mejillas. Aun así, quería estar completamente segura, de modo que le susurré al oído y él asintió con la cabeza. Su hermana estaba sentada en el segundo asiento a la izquierda del estrado y mantenía una animada conversación con la mujer de su derecha.
-Ha adelgazado -me respondió Eric en un susurro.
-No hacía falta que fueras tan discreto sobre quién era tu hermana -le dije, y Eric puso los ojos en blanco-. Podrías habérmelo comentado antes.
Se encogió de hombros y supe que no quería hablar de ello. Yo también mantenía la discreción sobre las tensiones que se daban en mi familia. Quizás cuando superáramos ese estado intermedio de salir juntos para sellar algún tipo de compromiso, podríamos hablar más de nuestras respectivas familias. De momento me bastaba con que me hubiera invitado a acompañarle aquella noche en que Sydney recibía el prestigioso galardón Roebuck por, según explicaba el programa de la cena, «su dedicación, su preocupación y cuidados y su inquebrantable compromiso para la mejora de los vecindarios de Chicago».
El programa reconocía las numerosas contribuciones de Sydney Van Alien a las zonas de Chicago más desprovistas de servicios, incluyendo una extensa representación legal desinteresada a favor de los grupos de organización comunitaria. Como concejala, había redactado la Medida D, una reforma largamente postergada y que se aprobó por muy poco, sobre la manera en que se distribuía en dinero entre los múltiples departamentos de trabajo público y de trabajo social de Chicago. Yo voté a favor, pero no lo dije en casa, a sabiendas de que mis padres habían votado en contra. Sin duda Sydney era un valor en alza en el Partido
Demócrata de Chicago. Un colega, también profesor de Historia, me había dicho a mí y a cualquiera que le escuchara que lo que el estado de Illinois necesitaba eran más mujeres en el senado. Mujeres como Sydney Van Allen. Hasta aquella noche no había caído en que Eric era el hermano mayor de Sydney. Había un buen número de Van Allens en Chicago.
El presidente de la Fundación Roebuck concluyó sus comentarios y presentó al siguiente orador. Como yo había asistido a muchas cenas de aquel tipo, ya había girado la silla para poder ver directamente al orador y, por lo menos, parecer interesada en todas sus palabras mientras, mentalmente, repasaba mi lista de cosas pendientes para las clases del día siguiente y me recordaba a mí misma que tenía que volver a preguntar en el servicio de biblioteca si había llegado ya algún otro de los libros de consulta que había pedido.
Interrumpía mis divagaciones para aplaudir en los momentos adecuados y, después, volvía a mi lista de cosas pendientes. Cuando fue el turno de palabra de Sydney, le dediqué toda mi atención. Tenía curiosidad sobre ella ya que, a pesar de lo mucho que se parecía a Eric, Sydney era la única demócrata de una familia que llevaba votando a los republicanos desde la Carta Magna.
Cuando empezó a hablar, le lancé una mirada a Eric: con sus ojos color avellana brillantes, la mandíbula fija y la cabeza bien alta, tenía el aspecto vivamente orgulloso de un hermana mayor.
-El problema de los premios -estaba diciendo Sydney-, es que ganar uno implica que otra persona pierde. Y también implica que la victoria es un esfuerzo individual, lo cual en mi caso no podría estar más lejos de la verdad. Quizás yo me haya quedado trabajando muchos días hasta altas horas. Seguro que mis compañeros abogados preferirían que yo tuviera algún cliente al que de vez en cuando pudiera facturarle algo. -Llegaron carcajadas de la mesa de al lado, obviamente, de los compañeros abogados de Sydney. Cuando se apagaron, prosiguió-. Hubo días en los que no parecía posible que nada cambiara, pero entonces sucedía algo que me animaba, como por ejemplo que un miembro de mi extraordinariamente valioso equipo se quedara trabajando toda la noche para investigar los antecedentes que ganaron el caso de la Arbor Apartment Cooperative; o que un investigador legal del juez que quería adquirir experiencia en litigios se ofreciese a hacer de escolta de seguridad durante el bloqueo a un centro de planificación familiar el verano pasado; y que otro llamara a todos los jueces del Estado un domingo -un día en que hacía un tiempo perfecto para jugar al golf, he de añadir, hasta que encontró a uno que firmara una orden judicial, un acto que casi seguro no le granjeó las simpatías de sus futuros jefes en potencia. Por eso, no me parece del todo bien aceptar un premio de tal magnitud por un trabajo que yo haría de todos modos y para el que dispongo de tantísima ayuda -sonrió, y pude reconocer la peculiaridad encantadora de la boca de Eric-. Pero como mi nombre ya está puesto aquí, supongo que tendré que aceptarlo.
Habló durante otros quince minutos aprovechando para contar alguna breve anécdota acerca de cada una de las cinco personas que le habían facilitado el trabajo. Explicó anécdotas divertidas y conmovedoras con voz segura, unos tonos más aguda que la voz grave de tenor de Eric.
Cuando terminó de hablar, me puse en pie, igual que Eric, y la aplaudí entusiasmada. Tras estrechar la mano del presidente, Sydney buscó a Eric con la mirada y le sonrió con sincero afecto. Después, se rió cuando Eric hizo una ligera reverencia, tocándose la frente en señal de respeto.
Eric y yo volvimos a sentarnos y nos pusimos cómodos para el discurso final. Había disfrutado del ingenio de Sydney y del evidente placer de Eric, y entonces, ya aburrida de mi infinita lista de cosas pendientes, me dediqué a estudiar a Sydney. Tenía el pelo castaño veteado de rubio y pelirrojo, igual que el de Eric, y su mandíbula, aunque no tan pronunciada, tenía el aspecto de encajar en la misma línea de tozudez que a veces adoptaba Eric. Se reía más alto, más fácilmente que él según parecía, y tenía las manos más largas y esbeltas. Las manos de Eric
eran grandes y fuertes, la única cosa en él que no era elegante, por lo que tendía a metérselas en el bolsillo siempre que podía.
También estudié a las personas que había en las mesas a nuestro alrededor, buscado algún posible conocido. Localicé a otro profesor asociado de la Universidad de Chicago y reconocí algunas caras más del campus, aunque no logré situarlas. Que yo supiera, no eran de humanidades.
El último orador concluyó y durante el aplauso final, algo tedioso, doblé la servilleta y eché una última mirada a la sala. La gente se ponía la chaqueta, los vestidos se arremolinaban y las charlas animadas dominaban la sala de banquetes. Entre todo aquel ruido y movimiento, vi una cara en concreto durante quizás dos segundos.
Fue suficiente. La escuché susurrarme desde el pasado: «Dime que me deseas».
-Sydney, esta es Faith.
-Encantada, es un honor -le dije, esperando que mi expresión y mis manos ligeramente pegajosas no revelaran que tenía el estómago agitado y el corazón palpitante.
-Lo mismo digo, por supuesto -respondió Sydney. Nuestro apretón de manos duró lo suficiente como para rebasar la simple cortesía. Sabía que Sydney tenía que encontrarse con cientos de personas cada semana, pero su apretón de manos era cordial-. Raras veces tengo ocasión de conocer a los amigos especiales de Eric.
Era una selección de palabras muy diplomática. Eric y yo éramos muy amigos. Quizás ella hablaba con Eric lo suficiente para saber que no éramos amantes. Yo había dejado de maravillarme por la falta de demandas sexuales de Eric al descubrir que, a pesar de algún pensamiento progresista respecto al rol de la mujer, en lo referente al sexo era muy tradicional. Yo lo valoraba y me alivió bastante. No estaba preparada para la intimidad con él.
Murmuré algo acorde. Mi disgusto por la cara que había visto antes retrocedió frente a la cálida acogida de Sydney, si bien no desapareció del todo.
Algún tipo de asesor, de aspecto oficioso, se plantó junto al codo de Sydney. Cuando ella finalmente le miró, le susurró algo y nos lanzó a Eric y a mí una oscura mirada que implicaba que había personas más importantes con las que Sydney tenía que codearse. Sydney pareció molesta, pero resignada.
-Eric, si no socializo, a John el putada' le dará un ataque. -El hombre, que seguía sin despegarse de ella, resopló y masculló algo entre dientes en español. Sydney le lanzó una mirada y tuve la sensación de que aquella era su manera habitual de interactuar-. Además, una breve conversación no es suficiente. ¿Por qué no venís Faith y tú a cenar a casa el domingo que viene? Quedemos a las seis, algo informal. Hace mucho que no tenemos una buena charla.
Eric me lanzó una mirada y sonrió cuando asentí con entusiasmo.
-Será fantástico -dijo y, entonces, como si no pudiera contenerse, atrajo a Sydney entre sus brazos y la abrazó estrechamente-. Estoy muy orgulloso de ti. En serio.
Cuando se separaron, había lágrimas en los ojos de Sydney. Me deseó que disfrutara de la velada y se volvió para reunirse con los dos hombres que el persistente John había atraído hacia ella.
Respaldada por la mano protectora aunque nada exigente de Eric en la espalda, y por el afectuoso intercambio del que acababa de ser testigo, me sentí capaz de hacer frente a la sala del banquete. Se había vaciado un poco y mantuve la mirada baja, sin querer arriesgarme a volver a ver aquella cara. No quería recordar ni volver a ser la persona que era entonces.
En el coche, Eric estaba callado y parecía satisfecho con nuestro agradable silencio. Su manera de conducir nunca me había inquietado, ni siquiera en lo peor que ofrecían las autopistas de Chicago. La autopista Kennedy era lenta pero no llegaba a ser penosa. Yo esperaba que Eric tomara mi silencio por la tranquilidad de quien había pasado una velada agradable. Y sí que había sido agradable, salvo por una excepción.
Me acompañó hasta la puerta y rechazó mi oferta de tomar un café, como solía hacer. Sólo en raras ocasiones afrontaba el gélido escenario de la salita de estar de casa de mis padres. Cuando se aventuraba en el interior, procuraba ser encantador con ellos, pero le suponía un esfuerzo.
Me besó del modo en que solía hacerlo, con una dulzura exenta de pasión. Tomando mi mejilla con la mano me dijo:
-Me alegro de que vayas a conocer a Sydney. Quiero que conozcas al resto de mi familia.
Si el corazón no hubiera estado ya palpitándome a toda máquina por el miedo, hubiera dado un doble salto. Conocer a su familia era un gran paso y en ese momento, justo cuando en mi mente empezaban a salir a flote recuerdos que llevaban mucho tiempo enterrados, no estaba segura de estar preparada. Sin embargo, asentí:
-Me encantaría.
Inspiré profundamente el aire fresco de la noche mientras contemplaba cómo Eric se iba.
-No eres una mujer guapa, Sydney, pero aún así yo iría a por ti sin pensármelo dos veces.
Sydney premió a Mark O'Leary con una de sus miradas más frías. Los ruidos posteriores a la ceremonia de recepción del premio sonaban como un sordo rumor.
-Adulándome no vas a conseguir nada.
Mark ni se inmutó:
-Este es el motivo de esta pequeña reunión, ¿no?
Sydney volvió la cara levemente para mirar a su mentor político de toda la vida. Alan Steven se limitó a levantar una ceja, pero Sydney no tuvo ningún problema en interpretar lo que significaba. Quería decir: «Ya te lo dije».
Ella devolvió la mirada a Mark, quien se quitó el puro de la boca y soltó una risotada:
-Bueno, Alan, creo que hemos incomodado a la Reina del Hielo.
-En absoluto -dijo Sydney-. Sabía que esta conversación era inevitable. -Mark tenía complexión de camionero y el fumar puros le había dejado amarillos los dientes y las manos. Sydney resistió la necesidad de estremecerse, no podía permitirse granjearse la enemistad de Mark O’Leary. Aunque no detentaba ningún cargo oficial en el Partido Demócrata de Illinois, no importaba: si tenías a Mark en contra, estabas acabado. Si te apoyaba, estabas dentro. Si le eras indiferente, podía pasar cualquiera de las dos cosas. El objetivo de Sydney era conseguir su indiferencia.
-Así que es cierto -dijo Mark. La silla del hotel crujió bajo su peso-, eres bollera.
Ella levantó una ceja en una pequeña muestra de disgusto ante el sonido de la palabra «bollera» en su boca a lo Sydney Greenstreet y después asintió con frialdad.
-Nunca he entendido por qué hay mujeres guapas que se vuelven así. ¿Y tú, Alan?
Alan se encogió de hombros.
-Quizás porque tú eres la alternativa.
Mark soltó una risotada y se dio una palmada en la rodilla.
-Esta ha sido buena -siguió riéndose, y Sydney se dio cuenta de que estaba intentando hacerle creer que era un payaso. Seguramente deseaba que ella creyera que no necesitaba el apoyo de un viejo idiota y le reprendiera.
-Gloria Steinem -dijo Sydney.
-Siempre sabes de quién son las citas -comentó Alan-. Ponía a prueba, Mark, puede decirte de dónde ha salido cualquier cita.
-¿Sí? -Mark la estudió con detenimiento durante un momento-. ¿Qué eres tú, una burra o una picara?
-Emma Goldman -repuso Sydney sin titubear-. Y su tercera opción era una anarquista. No soy nada de eso.
-Entonces, ¿qué eres? -hizo que la pregunta sonora frívola, pero Sydney sabía que no era así. Su respuesta lo era todo.
-Soy una mujer con ambiciones que quiere traer un cambio positivo en la vida de la gente. Puedo jugar a la política, pero el juego en sí no significa para mí nada más que el resultado final.
-¿Ganar?
-Hacer lo que hay que hacer.
Mark sonrió a su cigarro puro:
-Eres una de esas bolleras que se dedican a las buenas obras.
-Que sea o deje de ser lesbiana es irrelevante, lo que no voy a permitir es que eso dificulte mi tarea.
-Así que estás cómodamente metida en el armario.
-No -replicó Sydney con firmeza-. No tengo ninguna relación con nadie ni la he tenido durante años y pretendo seguir así hasta que la gente se dé cuenta de que mi sexualidad es a la vez tan relevante y tan irrelevante como el color de mi piel. Influye en todo lo que hago, pero al mismo tiempo no influye en nada de lo que hago.
-Me he perdido -dijo Mark moviendo la mano en un gesto como quitando importancia-. Soy un hombre de la calle y no he entendido nada de lo que has dicho.
Sydney levantó la barbilla ligeramente.
-Cuando importa, importa mucho. Mi pensamiento sobre los derechos civiles está notablemente influenciado por mis ideas políticas como lesbiana. ¿Hasta aquí me sigues? -Mark asintió con el ceño fruncido: seguramente no le había gustado su tono-. Mis ideas respecto a la eficiencia gubernamental y al gasto inteligente, pero dentro de nuestras posibilidades, no están en absoluto influidas por con quién me acuesto. ¿Queda claro?
Mark lanzó a Alan una mirada torva.
-A mí no me eches la culpa -dijo Alan-. Ya te dije cómo era. Y parece que Sydney ya te ha calado, Mark.
Mark le lanzó una súbita mirada:
-¿Crees que puedes hablarme así?
-No, pero sí que podría hablar así a un hombre de la calle -dijo ella irónica.
-No, si quieres ser senadora -precisó Mark.
Sydney no pudo evitar tragar saliva, nerviosa. Mark lo vio y volvió a esgrimir su terrible sonrisa.
-Bueno, por fin tenemos una reacción. Así, ¿me estás diciendo que no voy a invertir dinero en tu campaña sólo para que un escándalo sexual lo eche todo por la borda?
-No habrá ningún escándalo sexual. Sin embargo, es posible que un adversario descubra mis anteriores relaciones con mujeres y las utilice. Si alguien me lo pregunta abiertamente, no mentiré.
-Será mejor que aprendas a eludir las cosas, señorita -los ojos de Mark adoptaron un brillo espeluznante, y Sydney controló otro escalofrío-. Hay mucha gente que no quiere a una lesbiana en el Gobierno.
-Pues ya hay unas cuantas -dijo Sydney.
-En la Cámara de los Diputados no le importa a nadie. Van y vienen, pero los senadores son diferentes, se quedan. Luego pasan al Congreso y acaban convirtiéndose en gobernadores y vicepresidentes.
Sydney se inclinó hacia delante.
-Mi vida desde que superé el alcoholismo puede superar cualquier escrutinio. Mis trapos sucios se expusieron a la luz pública cuando me presenté a concejala y, al final, no le importó a nadie. Todos saben que soy una ex alcohólica. Todos saben que mi padre está forrado y que yo tampoco soy ninguna indigente. Es inevitable que todo el mundo sepa que soy lesbiana, pero, para entonces, también sabrán que no estoy sacando tajada, que no me gasto el dinero público en viajecitos y que no pretendo joder a los contribuyentes ni a mis asesores.
Mark se acomodó en la silla sin apartar la mirada de la de Sydney, excepto cuando se volvió para mirar a Alan.
-Si todo sigue así, podemos hablar de la votación preliminar del partido -se volvió hacia Sydney-, pero si no es así, si me entero de algo parecido a una situación comprometida, te echaré a patadas de este Estado.
Sydney se puso en pie lentamente.
-Te he entendido, ahora entiéndeme tú: necesito tu apoyo, pero a mí no se me intimida para que haga nada. Yo soy mi propia juez.
-¿Me estás acusando de intimidarte?
Sydney se dio cuenta de que, curiosamente, él estaba complacido y sintió que la invadía una oleada de alivio.
-Sí, y creo que te gusta.
El miró a Alan y se rió.
-La has preparado bien.
Alan se levantó y los dos hombres se estrecharon las manos.
-Nació así.
Mark volvió a colocarse el puro en la boca -Los triunfadores siempre nacen así.
Sydney examino su blusa de seda y después la debió caer en el cesto de ropa para la tintorería. Mark O’Learvnunr sabría lo mucho que había sudado durante la entrevista Se sonrió a sí misma ante en el espejo. Todo lo que tenía nulo hacer para seguir estando a buenas con Mark era lo hacía: seguir centrada en la abogacía y en su carrera politica. Sin distracciones. En eso ya era muy buena.
-Estamos en la cocina, Faith.
Lo último que me apetecía era llevar a cabo autopsia de mi velada. Necesitaba estar sola. La herida yo creía curada tema que volver a abrirse y drenarse Sin embargo, fui a la cocina.
Inmediatamente percibí una crisis familiar. Mi madre hablaba estado llorando y se apretaba una mano contra el corazon, como si fuera a fallarle, cosa harto improbable Mi padre parecía más sombno de lo habitual. Michael con un brazo envuelto alrededor del pecho como de costumbre parecía estar a la vez afligido y enfadado.
-¿Qué pasa? ¿Qué problema hay? -Me senté y tomé la mano de mi madre. J Lurne
Michael se aclaró la garganta:
-Abraham murió en un accidente el viernes pasado
Ahogué un grito.
Mi madre se soltó de mi mano para secarse los ojos
Me mordí la lengua para no recordarle que le habían dicho a mi hermana peque;ia que no volviera a mencionar nunca el nombre de su marido en aquella casa. Se me formó un nudo en la garganta, pero, con voz ronca, pregunté:
-¿Cómo ha pasado?
Mi padre se encogió de hombros en un gesto elocuente.
-Un accidente de coche. Eso fue todo lo que nos dijo Mary Margaret. -Era evidente que no le había pedido más detalles.
Suspiré.
-¿Y ella cómo se lo ha tomado? ¿Y la criatura?
Entonces fue el turno de mi madre de encogerse de hombros.
-No lo sé. Nunca he visto a mi nieto. Quizás esto cambie las cosas.
Súbitamente los ojos se me llenaron de lágrimas. Meg había enviudado y se había quedado sola con un bebé de nueve meses. Yo nunca había tenido ocasión de conocer a Abraham. Poco después de haberle conocido Meg, se fugó con él y se mudaron casi inmediatamente a Filadelfia, donde él estudiaba Derecho. Meg me había escrito al despacho un par de veces, pero la rabia entre ella y nuestros padres se había vertido sobre las ya turbulentas aguas que había entre nosotras. Nunca habíamos estado especialmente unidas: yo tenía doce años cuando ella nació, pero enviudar con veintidós años...
-Fuiste tú quien decidiste dejar de ver a Meg. Ahora no puedes echarle la culpa a nadie -espetó Michael con un tono más despiadado que de costumbre. Era la consecuencia del dolor constante que padecía mientras sanaban las quemaduras que tenía en el pecho y en el brazo.
-No nos peleemos -dije percibiendo en mi voz el cansancio de la pacificadora y odiando tanto aquel tono como que fuera necesario hacer aquel papel-. Ahora ya está hecho.
-Se le ha dado otra oportunidad -añadió mi padre- Es joven. Aún está a tiempo de casarse dentro de nuestra religión.
Apreté los labios, porque no confiaba en mi capacidad de hablar con educación. Michael lanzó una mirada asesina, pero mantuvo la boca cerrada mientras mi madre se apretaba el pañuelo contra los labios y negaba con la cabeza. Prácticamente podría escuchar el estribillo en su mente: «Un judío. ¿Cómo pudo casarse con un judío?», aquel estribillo que llevaba sonando los dos últimos años.
Pobre, pobre Meg. ¿Qué iba a hacer entonces? La familia de Abraham había aceptado aquel matrimonio apenas un poco más que nuestros padres.
-Estoy muy cansada -dije poniéndome de pie.
-Cuéntame cómo te ha ido la cena -propuso mi madre-. ¿Y Eric? Supongo que está bien. -La melancolía de su voz implicaba que, si él hubiera entrado a tomarse un café, no haría falta que ella lo preguntara. Agradecí fervientemente que no hubiera entrado. Yo no estaba preparada para que fuera testigo en persona de la estrechez de miras de mis padres. El ya había percibido algo, pues era un luterano medio practicante. Mis padres eran católicos hasta la médula y me habían transmitido los genes.
-Fue fantástico. Eric estaba muy orgulloso de su hermana y a mí me pareció muy... impactante. Vamos a cenar con ella el domingo.
A mi madre se le iluminó la expresión: iba a conocer a un familiar de Eric. Aquello podía conducir al noviazgo que tanto deseaba para mí. Justo la semana anterior me había recordado que no estaba haciéndome joven precisamente. Con treinta y cuatro estaba a punto de convertirme en una solterona. Prácticamente podía oírselo pensar. Yo también lo pensaba, pero sabía que la culpa era sólo mía.
Hice una pausa lo suficientemente larga como para darle un apretón reconfortante a Michael en el hombro bueno y entonces, finalmente, con el corazón que me pesaba como una piedra, me di una ducha de agua hirviendo y me fui a mi habitación.
Los primeros dos años de mi carrera universitaria fueron la primera y la única vez que viví fuera de casa. Habían destinado a Michael a Fort Dearborn, en pleno Chicago, y me visitaba frecuentemente. Si él no hubiera estado tan cerca, mis padres nunca hubieran consentido que viviera en el campus de la Universidad de Chicago. Al fin y al cabo, sólo había que coger el El, así que no había ninguna razón para que viviera sola. Las buenas chicas católicas únicamente se van de casa de sus padres cuando se casan, y por ningún otro motivo. Al casarse se convierten en adultas. Las católicas que viven solas son o monjas o putas.
Pero habían accedido, seguramente porque yo iba a formar parte de la hermandad católica, y yo disfruté inconmensurablemente de mi primer año. Por primera vez empecé a formarme mis propias opiniones en vez de limitarme a repetir los dogmáticos puntos de vista de mi padre. Como toda la vida había ido a escuelas católicas, fue la primera vez que leí historia que no era pro-católica. Los diferentes puntos de vista me fascinaron y me estimularon. Mi primer trabajo de fin de trimestre de Historia trató sobre la diferencia entre la visión católica y la feminista de la Inquisición.
Descubrí que se me daba bien la investigación y me recreé con los elogios a mi escritura. A finales de año quería ser historiadora. Quería saber todo lo que hay que saber sobre el pasado, sobre cómo y por qué las diferentes personas ven el pasado de forma distinta. Descubrí unas ansias de información que rebasaban cualquier pasión que hubiera sentido antes. Por primera vez en la vida, me sentí adulta.
En el segundo año conocí a Renee Callahan y descubrí más pasiones: la lujuria, el odio a mí misma, la pavorosa fascinación y el asco.
Aquella segunda visión de Renee Callahan al otro lado del salón del banquete me había traído de vuelta todos aquellos sentimientos. No sabía que había vuelto a Chicago. No quería saberlo. Yo creía que la había olvidado a ella y cómo me hacía sentir.
Acurrucada en mi camisón y estremeciéndome debajo de las mantas, recé por que ella no me hubiera visto. Quería dejar atrás esos recuerdos y quedarme, en cambio, con la vida que Eric me ofrecía, pero los recuerdos se me arremolinaban y reviví el sonido de su voz en mi oído.
-Dime que me deseas -susurraba.
Renee se apretó contra mí en las sombras que se proyectaban por detrás del arco de entrada al Swift Hall. Me había metido las manos debajo de la camisa y allí donde me rozaba con los dedos se me iba poniendo la carne de gallina.
-Puedo sentir cómo te late el corazón -susurró-. Dime que me deseas.
Yo no quería desearla, pero me palpitaba la cabeza y mi cuerpo volvió a traicionarme. Ya me traicionó la primera vez que la vi. Inmediatamente supe lo que era y que mi cuerpo se calentaba demasiado cuando ella estaba cerca. Mi mente retrocedió horrorizada pese a que mis manos encontraban maneras de rozar accidentalmente las suyas.
-Te deseo -le susurré. El calor entre mis piernas era tan ardiente que empecé a sudar.
Sonrió victoriosa. Yo había jurado no volver a estar con ella y solo habían hecho falta tres días para vencer mi resistencia.
Mientras me desabrochaba el sujetador, intenté escaparme de ella por un momento.
-Aquí no. Puede vernos alguien.
-La gente lleva más de cincuenta años haciéndolo bajo este mismo arco -dijo-. Considéralo una investigación histórica. -La luz de la luna hacía que su pelo dorado y su piel brillaran con un color platino.
Quería que volviera a llevarme a su habitación, pero me levantó el sujetador y me acarició suavemente los pezones erizados, de una manera que me hizo estremecer.
-Quítate la camisa -me susurró.
-No -logré decir-. Por favor, volvamos a tu habitación.
-Ya iremos. -Me levantó la camisa y se inclinó hacia mí. Me lancé hacia delante ofreciéndole mis pechos. Su aliento pasó rozando sobre ellos, seguido por el aleteo de su lengua. Yo gimoteé e intenté que llevara la cabeza más abajo, pero ella se rió suavemente-. Quítate la camisa.
Nunca me había sentido tan impotente. Sabía que me estaba manipulando. Sabía que lo único que sentía ella por mí era deseo. Y sin embargo, temblorosa, me desabroché la camisa y me la quité de los hombros.
Me atenazó los hombros contra la fría pared de ladrillo y su boca estaba en todas partes. Utilizaba los dientes para incrementar la ansiedad de mis pechos. La apreté contra mí jadeando. Yo había dejado de gimotear mientras me sumergía hasta el fondo en su océano de lujuria y anhelo.
Se me olvidó dónde estábamos. Su mano resplandecía entre mis piernas y me tambaleé por la fuerza de mi reacción. Sin titubear, la insté a hundirse en mi interior, le supliqué en susurros entrecortados que me tomara, que me hiciera suya, que se hundiera en mí...
¡Había olvidado tantas cosas...! Había olvidado aquellos momentos cegadores en que mi cuerpo se sentía como en fuegos artificiales.
Me tapé la cabeza con la almohada y me esforcé por no llorar. Después de los fuegos artificiales aparecía el odio. Odiaba la debilidad que me hacía desearla, me odiaba a mí misma por ceder a sus demandas, demandas que al principio habían parecido simplemente sexuales, pero que se habían ido volviendo cada vez más humillantes y arriesgadas. Mantener relaciones sexuales en un lugar público era algo que me aterrorizaba y, no obstante, ella aprovechó mi pasión recién despertada para hacerme decir que quería que tuviéramos sexo allí. Si nos hubieran pillado, ella hubiera sobrevivido a las secuelas: a ella no le importaba nada, y a nadie le importaba ella. En cambio, todas mis esperanzas y mis sueños se hubieran hecho añicos.
¿Qué hubiera pasado si nos hubiese descubierto alguien allí antes de que hubiésemos acabado, yo medio desnuda y ella de rodillas, con la boca cubierta por mi innegable deseo? ¿Por qué tenía que demostrarme que podía hacerme hacer casi cualquier cosa?
¿Qué hubiera pasado si ella hubiese sido tan considerada como Eric, tan poco exigente, tan amable? ¿Hubiera sentido yo el mismo odio hacia mí misma? Aunque aquello no hubiese importado, de todos modos hubiera seguido estando mal. Era pecado. Y yo sabía lo que hubieran hecho mis padres si se hubiesen enterado.
La única cosa positiva de los cuatro meses que estuve sometida a Renee fue finalmente librarme de ella. Encontrar por fin un modo de decirle que no me permitió recuperar un poco de respeto hacia mí misma, pero no antes de que ella me hubiera demostrado, más allá de cualquier duda, que yo la deseaba y que era capaz de hacer casi cualquier cosa para tenerla.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:06 pm

Recordar cómo habían sido las cosas con ella me alteró el pulso. Quizás ya no la deseara, pero me di cuenta de que quería pasión. Me dije para mis adentros que la acabaría encontrando con Eric. Me lo prometí a mí misma. Recé.

Son dulces las aguas robadas, y el pan a escondidas es sabroso (Proverbios, 9:17)
La mañana siguiente, mientras iba hacia el tren entre la cálida bruma de principios de otoño, reviví una costumbre cotidiana de mis años escolares: me compré un bollo de canela en la panadería que había justo fuera del radio de visión de casa de mis padres. Llevaba deteniéndome allí para darme ese capricho desde que era adolescente. En aquel entonces, era un desafío a la petición de mi madre de que cupiera en su vestido de puesta de largo para mi presentación en sociedad: mi madre siempre tuvo y siempre tendrá dos tallas menos que yo. Siempre alardeaba de tener la misma talla que Jackie Kennedy, es decir, hasta que Jackie se volvió a casar. Después de eso, nunca volvió a mencionarla. Mi bollo de canela diario se convirtió en una deliciosa costumbre con una pizca de recuerdo desafiante.
En State Street, cambié al El, que me llevaría a Washington Park para coger el servicio de enlace a la facultad. El trayecto sin incidentes me dio ocasión de descansar los ojos tras una noche en blanco. Mis pensamientos volvían una y otra vez a la difícil situación de mi hermana. Pobre Meg. ¿Qué iba a hacer? Mi preocupación por Meg me impidió pensar en los turbadores sentimientos que había vuelto a despertarme Renee.
Había nubes bajas sobre el lago Michigan cuando el tren emergió a la parte sur del centro de la ciudad, paralelo a State Street. El impresionante horizonte se desvaneció para dar paso a los monumentos y las falsas columnatas griegas del Soldier Field y, después, a la hiedra y al ladrillo añejo de Hyde Park, que limitaba al sur con la Universidad de Chicago.
El recorrido hacia el sur que realizaba cada día laborable era un trayecto de extremos: desde el vecindario absolutamente blanco de mis padres, en Elmwood Park, formado por católicos polacos de clase media y alta, atravesaba el prístino Miracle Mili y el Loop hasta el límite de la zona sur de Chicago, donde la pobreza y la desesperación se mezclaban con un estilo y con una tenacidad vital que curiosamente me complacía. Desde la ventana del despacho podía ver los infinitos partidos de baloncesto y escuchar las risas y las riñas. Aquello me ayudaba a recordar que yo vivía enclaustrada y que, de hecho, había un mundo en el exterior donde la gente luchaba por sobrevivir en vez de por conseguir becas de investigación.
Mi padre los llamaba «esa gente» y con eso se refería a los afroamericanos, no a los polacos ni a los suecos americanos que también vivían en la zona sur. Esa gente, decía, sólo recibían, nunca daban. No servía de nada preguntarle quién creía que se había encargado del extenuante trabajo de construcción de las calzadas y de los enormes edificios de Chicago. Hubiera respondido que habían sido los inmigrantes suecos, los noruegos, los finlandeses y los polacos, como su abuelo. Tenía razón hasta cierto punto, pero no alcanzaba a ver que todo el trabajo pesado que los inmigrantes no habían querido hacer lo heredaron los negros que huían del sur, por una cuarta parte del sueldo y sin las ventajas de la organización de un sindicato. Ciertamente, yo tampoco lo había visto hasta que estudié Historia desde unas perspectivas diferentes de la visión blanca predominante. Mientras el tren aminoraba la marcha para mi parada en Washington Park, entablé una extensa discusión mental con mis dos padres, consciente de que yo seguía conmocionada por su reacción a la tragedia de Meg.
Discutí contra las pretensiones de superioridad moral de mi madre. Se creía que estaba por encima de la mayoría de mujeres porque nunca había trabajado fuera de casa, un sacrificio que decía haber hecho por sus hijos, sin que importara que la Sociedad del Altar y otro trabajo voluntario en la catedral se hubieran convertido fácilmente en compromisos a tiempo completo. Una larga serie de mujeres se ocuparon de mí mientras crecía: mujeres que sí trabajaban fuera de sus casas criando a los hijos de otras mujeres. Mi madre las compadecía y las despreciaba mientras vivía su fantasía de haber criado a tres hijos sin la ayuda de nadie.
Yo también discrepaba de la historia de mi padre, de estar orgulloso de descender de inmigrantes que no tenían nada cuando llegaron a América y que nunca recibieron ayuda de nadie. La única vez que discutí con él fue sobre las leyes para que el inglés fuera la única lengua. Había acabado mi primer año de carrera y me sentía como si por fin fuera a ser capaz de convencerle de algo. Cuando mi padre dijo que él opinaba que el inglés tenía que ser la única lengua del estado de Illinois, le respondí que obviamente había tenido suerte de que las cosas no hubieran sido así cuando llegó su abuelo. Cuando le pregunté cómo aprendió inglés su abuelo, puesto que su bisabuelo nunca aprendió, él insistió en que su abuelo lo había
aprendido él solo. Le recordé que su abuelo había aprendido inglés en una escuela pública donde los profesores hablaban polaco. Los suecos, en su barrio, tenían maestros cuya lengua era el sueco, y así todos. Y mientras que algunas veces las iglesias oficiaban misa en latín, todo lo demás era en la lengua de la comunidad y los mismos barrios se llamaban acertadamente «pequeña Polonia», «pequeña Noruega», etc. ¿Cómo podía molestarle entonces el «pequeño Vietnam» y el «pequeño México» e insistir en que en las escuelas de aquellas zonas sólo debía hablarse inglés?
Aún me daba un vuelco el estómago cuando recordaba lo mucho que se enfadó. No me pegaba desde que yo cumplí los quince años y se me había olvidado que podía perder el control. Me agitó con tal fuerza que me salieron hematomas en los brazos, la cabeza se me fue de golpe hacia atrás y me caí, pero no recuerdo si porque me empujó o si porque me fallaron las piernas. De pie ante de mí, bramó en polaco:
-¡Recuerda quién eres, niña!
Lo recordaba. También recordaba cómo Meg se había refugiado en la cocina después de que él abandonara la casa furibundo. Por entonces ella sólo tenía ocho años y no entendía que mis lágrimas eran de rabia, pero aprendió la lección que yo había olvidado y, desde entonces, su manera de conseguir lo que quería era fingir poco carácter y buena disposición. Interpretó aquel papel tanto tiempo que se le olvidó que era un papel. La lección que yo aprendí de nuevo fue no discutir con mi padre. Que yo fuera adulta no suponía ninguna diferencia a su intimidación física.
Anduve enérgicamente a lo largo de la avenida central que empezaba en la parada del autobús, discutiendo para mis adentros de manera inconstante, y después giré en la primera puerta. Como de costumbre, sentí que mi mente se tranquilizaba al notar el reclamo de la universidad. Era fácil dejar a un lado los pensamientos del mundo exterior e, indefectiblemente, el cerebro se volvía hacia los asuntos académicos. Podía olvidarme de mi familia y suspirar feliz mientras andaba a través del jardín protegida con la seguridad de la plaza que me había ganado en el mundo académico.
La mayoría de mis colegas tenían el despacho en casa, pero la universidad me había proporcionado un despacho, así que lo utilizaba. Iba a la universidad cada día laborable, independientemente de cuándo tuviera clase. Si no estaba dando clase, asistiendo a reuniones de la facultad o en horas de visita, investigaba y escribía en el ordenador. Como era jueves y ese trimestre sólo tenía clase los lunes, miércoles y viernes, había previsto dedicarme plenamente a la investigación antes de ir a una entrevista radiofónica.
Acababa de colgar el teléfono tras una frustrante conversación con el servicio de biblioteca cuando James, mi mejor amigo del trabajo, entró furtivamente en mi despacho con su habitual sonrisita.
Me recosté en la silla:
-Y la palabra de hoy es...
-«Pertinaz» -pronunció con claridad.
-Mis padres son pertinaces -dije-. Tercos, obstinadamente insistentes y, a veces, cerrilmente ignorantes.
Frunció el ceño, tal como hacía siempre que yo conocía la palabra, y alisó la portada enmarcada del Vanity Fair, que mostraba a Emma Thompson con una armadura. Una vez corregida la imperfección de mi adorno de la pared, se dejó caer en la butaca de invitados.
-¿Qué te parece mi corbata?
Valoré la elegante seda azul marino con platanitos pequeños pero claramente discernibles.
-Una monada.
Él resopló, sin querer reconocer que mi sentido del humor tenía un componente de ingenio.
-Se supone que sugiere que estoy dispuesto a dejarme arrancar la ropa.
Parpadeé perpleja:
-¿Y quién quieres que te arranque la ropa?
-Nadie de esta institución de enseñanza universitaria del tres al cuarto.
Aquella mañana estaba de un humor de perros, peor que de costumbre.
-¿Te han quitado horas de clase o algo así?
Se me quedó mirando sin dignarse contestarme; en vez de eso, se alisó el bigote y dijo:
-¿Qué te han hecho tus padres para que les llames pertinaces, tú, niña desagradecida?
Le hablé de Meg y de lo que había dicho mi padre cuando su marido llevaba menos de una semana enterrado: que quizás así en el futuro se casaría con alguien de nuestra religión.
-Es como todo el rollo ese de que cuando inmigraron nadie le ayudó ni a él ni a su familia. Estoy harta, y cada año se vuelve más intransigente.
James ahogó con grandes aspavientos un bostezo fingido, levantó una ceja y me preguntó:
-¿Qué edad tienes?
-Treinta y cuatro años. ¿Por qué?
-¿Dónde vives?
Me quedé mirándolo.
-Muy gracioso. Puedo elegir entre la condena eterna por abandonar la casa de mi padre sin estar casada o la locura por vivir en casa.
Su expresión pasó de su altivez habitual a lo que podría ser un coletazo de dolorosos recuerdos.
-Voy a saltarme todas mis reglas sobre no dar consejos.
Me reí.
-¡Pero si siempre estás dando consejos! Dejé de llevar medias blancas, ¿recuerdas?
-Ni medias, ni cuernos. Eso era sentido común, no un consejo. Lo mismo que lo de que te dejaras el pelo corto para que conservaras tus rizos naturales. Puro sentido común
-Paparruchas -le lancé lo que esperaba que fuera una mirada feroz-. ¡Qué sabrás tú de moda!
Me devolvió la mirada.
-No soy yo quien llevaba el pelo a lo Marcia Brady hasta hace dos años -replicó aplastantemente-. ¿Quieres un consejo, sí o no?
Tenía razón sobre lo del pelo a lo Marcial Brady. Mi peinado actual, corto, con volumen y de estilo más suave me sentaba mucho mejor.
-De acuerdo. Te escucho.
-Pues ahí va mi consejo. Ejem. Este es mi consejo y es el consejo que te doy. ¿Estás lista?
-Sí -dije pacientemente. Cuando estaba de ese humor, no se le podía atosigar. Cualquier intento sólo conseguiría ralentizarlo.
Se aclaró la garganta con gran dramatismo.
-Esto es el principio de mi consejo. Limítate a aceptar el hecho de que a sus ojos ya estás condenada. Has de darte cuenta de que no tienes nada que perder. Este es el final de mi consejo.
Nada que perder. Abrí la boca para decirle que tenía mucho que perder, pero volví a cerrarla. Por fin conseguí decir:
-Gracias, James. Es reconfortante poder hablar contigo.
Sonrió y se apropió de mi New York Times.
-Te traeré mi Trib cuando haya acabado. Suerte con lo de la radio.
Me pasé la siguiente hora rebuscando en un libro de consulta sin concentrarme e intentando infructuosamente hacer una lista de lo que perdería si mis padres me decían que nunca volviera a pisar su casa. Al final de la hora había tomado unas cuantas notas y apuntado unas cuantas citas, pero la lista seguía en blanco. Me encontraba bastante mal cuando cogí el bolso y volví a dirigirme hacia el El.
Los jueves solía dedicarme todo el día a la investigación, pero aquel jueves en concreto iba a verse interrumpido por una entrevista en una emisora pública de radio que emitía para todas las facultades locales. La sede estaba cerca de la Roosevelt University, que quedaba a unas cuantas paradas de El de donde yo me encontraba, en el extremo más meridional del Miracle Mile, donde la Michigan Avenue se encontraba con el Congress Parkway.
Me habían hecho entrevistas individuales para publicaciones escritas: la revista de los alumnos, el periódico de los estudiantes y un semanario local, pero aquella iba a ser mi primera entrevista en directo. A última hora de la mañana, el día se estaba volviendo caluroso y pegajoso y yo me alegraba de haberme vestido de algodón. Esperaba que mi sencillo vestido camisero no resultara demasiado informal.
Lo que tendría que haberme preocupado era ir vestida de un modo demasiado clásico. La recepcionista lucía un pelo color magenta que hacía que su piel ya pálida pareciera la de un muerto. Llevaba un mínimo de seis pendientes en la oreja izquierda y ninguno en la derecha, y una camiseta que decía: MÉTETE TUS LEYES DONDE TE QUEPAN.
Hablaba muy rápido y sin formas de puntuación perceptible.
-Me alegro de conocerte me encanta tu libro me muero por oírte Liz te espera en el estudio sígueme gira aquí os traeré agua.
Siguió con su recorrido sin aliento a través de un laberinto de escritorios, algunos en cubículos, pero la mayoría uno detrás de otro y ocupados por al menos una y a veces dos personas. Todo el mundo llevaba téjanos y camisetas reivindicativas y mis oídos fueron asaltados por conversaciones mantenidas en una diversidad de idiomas. Toda la emisora temblaba con la vibrante energía de la gente que trabaja por una causa justa.
Para mi alivio, Liz, que me había llamado para la entrevista, resultó tener unos cuarenta y pocos y ser tan interesante como parecía por teléfono. Su voz tenía la misma intensa calidez que la de muchas grandes mujeres negras y hablaba con una claridad y una profundidad de pensamiento que daban ganas tanto de hablar como de escuchar.
-Me alegro tanto de que finalmente vayamos a hacer esta entrevista... -dijo apartándose una masa de rizos negros que se le habían escapado de una diadema para el pelo con cuentas bordadas-. Quería entrevistarte después de tu primer libro, pero la agenda estaba demasiado repleta y la vida sigue, ¿no? -Liz emitía un suave y fragante aroma a rosas y el pequeño estudio, moderno y relajante, recordaba a una floristería.
-Sé lo que quieres decir. Empieza el trimestre y en un abrir y cerrar de ojos estamos en época de exámenes finales, y después llegan los estudiantes nuevos. Solo estamos a mediados de septiembre y parece que haga años de mis vacaciones estivales en Francia.
Conversamos mientras ella me señalaba varios aspectos que me comentaría cuando estuviéramos en directo y me enseñó cómo tapar el micrófono si necesitaba estornudar o toser. Para cuando empezó nuestra hora, yo estaba relajada.
-Tengo un diccionario de citas de mujeres -dijo Liz cuando la señal de «En directo» se encendió-, en el que, por supuesto, aparece Eleanor Roosevelt. Me pareció curioso que ninguna palabra de su biografía mencionara que estaba casada, ni con quién. Pensé que eso era llevar un poco demasiado lejos lo políticamente correcto. Ella era una ciudadana del mundo por derecho propio, y mucho del trabajo que llevó a cabo era suyo y solo suyo. Aun así, no hay manera de separar a Eleanor de Franklin, y sucede lo mismo en las vidas de muchas mujeres poderosas y famosas. De esto es de lo que vamos a hablar hoy con mi invitada. Buenas tardes, Faith.
-Buenas tardes -dije, y entonces me di cuenta complacida de que lo había hecho para que no tuviera que ser importante la primera palabra que yo emitiera.
-Faith Fitzgerald ha escrito las biografías noveladas de dos mujeres memorables cuyas vidas, aunque sean inseparables de las de los hombres de sus épocas, brillan con una luz propia mayor que la de los hombres que las rodeaban. Por ejemplo, siempre me ha parecido mortalmente aburrido que todas las biografías de Isabel I de Inglaterra especulen hasta el infinito sobre con quién podría haberse casado, con quién debía de haberse acostado y qué hombres tuvieron la mayor influencia sobre ella y cuándo.
-Un ejemplo perfecto -apunté-. Creo que yo hubiera abordado la figura de Isabel de Inglaterra de no haber existido ya cientos de biografías.
-En vez de eso, escogiste a otra reina inglesa, Matilde.
-No todo el mundo está de acuerdo en que llegara a ser reina -le recordé.
-Como muy bien señalas en tu libro. Para nuestros oyentes, Matilde, el primer libro de Faith, detalla la lucha por el control de Inglaterra del que en el siglo XIII la emperatriz Matilde, a veces también llamada Maud, estuvo a punto de adueñarse. Retrata cómo fue el fuerte carácter de Matilde lo que mantuvo la contienda, mientras que todas las acciones visibles, sobre todo la guerra, eran planeadas por su hermano. El último libro de Faith es Isabel, y me ha parecido sensacional.
Cuando hizo una pausa, añadí:
-Vaya, gracias. Me lo tomaré como todo un cumplido.
-¿Qué tienen esas mujeres para parecerte tan fascinantes?
-Cuando era una modesta estudiante universitaria me infectó el virus de la historia. Me especialicé en Historia, la vivía, leía siempre que podía. -Me reí un poco y añadí-: No sorprenderé a nadie si digo que descubrí que la influencia que las mujeres han ejercido en la historia o se omite por completo o se menciona sólo como un conducto o un trasfondo para las actividades masculinas.
-¡Es tremendo! -dijo Liz con sequedad-. Casi no puedo creerme que sea cierto.
--Oh, y tanto que es cierto -dije también con comicidad. Proseguí con tono eficiente-. De lo que me di cuenta es de que muchas de las mujeres influyentes en la historia tenían recursos económicos propios. Matilde era heredera de varios principados, incluyendo Bretaña. Isabel era reina de dos países y así fue como financió la expedición de Cristóbal Colón.
-Esto es lo que más me ha impactado sobre Isabel -dijo Liz-, que pintas su respaldo económico como una decisión de negocios, no como una concesión romántica a un amante joven y aventurero.
-Hay historiadores que discrepan de mi opinión -respondí secamente-. Preferirían ver a Colón descrito como el amante dinámico que convenció a Isabel para que le diera sus joyas a escondidas. No veo por qué la financiación de la expedición de Colón debería de haber sido un secreto. Isabel no era una doncella campesina que había tenido la suerte de casarse con el rey de España, sino que, mientras que Fernando era rey de Aragón, ella era reina de Castilla y León. Juntos unificaron España, se hicieron con el control de las órdenes religiosas militares y pusieron a la Inquisición bajo control real. Isabel impartía justicia en su reino, era una estratega brillante que sabía asumir riesgos. Es muy frustrante leer los libros infantiles sobre Cristóbal Colón y ver cómo indefectiblemente se refieren a ella sólo como a la esposa de Fernando. Nunca mencionan los títulos que poseía. -Me di cuenta de que me estaba extendiendo y de que hablaba demasiado deprisa-. En cualquier caso, los fondos que utilizó para financiar la expedición provenían de sus propios ingresos y de sus tierras, puesto que Fernando había rechazado la petición de fondos de Colón. A pesar de eso, Colón no intentaba pasar desapercibido y mendigar a Isabel, sino que acudió a ella como reina de Castilla, en corte abierta, la corte de la reina.
-No retratas a Colón como amante de Isabel.
Sonreí.
-Quizás fueron amantes, pero lo dudo. Isabel era una católica devota y uno de los productos de su fe fue la Inquisición. No tenía escrúpulos a la hora de torturar y asesinar gente. No obstante nunca se ha hablado de ella como de una hipócrita, así que, dado que censuraba públicamente el adulterio, creo que practicaba lo que predicaba. España era una tierra conflictiva próxima a Tierra Santa y la religión un tema conflictivo.
-Sigue siéndolo -dijo Liz maliciosamente.
-Tienes toda la razón -reconocí-. Otros biógrafos argumentan que su fervor religioso no le hubiera impedido tener un amante. Al fin y al cabo, era una aristócrata y podía pagarse una reputación, si hacía falta. En este sentido, ella es igual que la mujer del libro en el que estoy trabajando ahora: Leonor de Aquitania.
-Me muero por leerlo -a Liz se le abrieron los ojos de interés-. ¡Ella sí que era una mujer valiente! Volveremos a Leonor al final del programa, porque aún no estoy lista para dejar a Isabel -dio un sorbo de agua-. Es interesante la elección de la narradora de la historia.
Asentí y luego me di cuenta de que únicamente Liz podía verme.
-Una de las dificultades de narrar la historia de Isabel es que el valiente riesgo que asumió al apoyar económicamente a Colón fuera lo que llevó a la invasión europea de este continente. La expedición de Colón fue audaz y acertada y la decisión de Isabel de apoyarla cambió el mundo para siempre jamás. Financió una aventura de una magnitud sin precedentes, pero que también desencadenó uno de los más prolongados y despiadados periodos de genocidio en la historia de la Humanidad. No podía contar la historia sin esa perspectiva.
-¿Lo consideraba ella realmente algo más que un riesgo de negocios?
-Es difícil saberlo a ciencia cierta. Sí, ella le dio dinero a Colón. Tarde o temprano, alguien se lo hubiera dado, pero, a fin de cuentas, cientos de miles de indios tanto norteamericanos como sudamericanos murieron en los siguientes doscientos años porque Isabel esperó sacar tajada. Así que quería que mi narradora conociera esa amarga verdad y que, aún así, admirara a su antepasada homónima por su visión, por su valor y por su inteligencia.
-Y al hacerlo -añadió Liz-, narras la historia de una mujer moderna envuelta en su propia aventura.
-Es por eso por lo que se llama historia novelada -dije con una risa-. La Isabel moderna no existe en realidad, pero necesitaba que explicara ese contexto agridulce.
Liz sonrió animándola.
-Ese fue otro aspecto del libro que me enganchó a la novela, la historia de las dos Isabeles: la reina con la esperanza de hacer una jugada maestra con el comercio con la India por mar, y la bioquímica que trabaja en una cura para la viruela, enfermedad cuyos antepasados fueron los culpables de traer a este continente.
Me agaché para acercarme más al micrófono.
-Al fin de cuentas, la viruela resultó más mortífera que las espadas y las armas de fuego.
-Cuéntanos más sobre Leonor de Aquitania -dijo Liz-. Me parece un personaje fascinante. Me cuesta mucho no ver a Katharine Hepburn cuando pienso en ella.
Sonreí.
-Te comprendo. Katharine Hepburn la interpretó de maravilla en El león en invierno. Ese retrato de Leonor es una espléndida obra de teatro. En todo caso, el problema es que me enfrento a demasiado material y a una personalidad tan llena de vitalidad que es difícil de plasmar por escrito. Las biografías que ya existen normalmente son del tipo Leonor y los reyes en su vida, más sobre cómo reaccionaron los reyes ante ella que sobre los actos de la propia Leonor. Yo espero hacerlo mejor: ella se lo merece.
-Y es aquí donde empezamos. No puedes explicar su historia sin todos los reyes que influyeron en su vida.
-Por supuesto que no -dije-, pero puedo convertir a Leonor en el centro de mi universo biográfico y mostrar cómo su ingenio y su intelecto, y no sólo su belleza o la pasión que despertaba en los hombres, influyeron en todo cuanto había a su alrededor. El león en invierno describe los sentimientos de Enrique hacia ella, amor u odio. Ella debió de ser algo más que una mera compañera de cama o una odiada enemiga para él. No se limitó a enloquecerle, a él y a cuantos la rodeaban, hasta hacerles perder el juicio.
-Ya empiezo a ver a lo que te refieres -dijo Liz-. No se me ocurre ninguna biografía que no se centre en cómo Leonor despertaba locas pasiones en la gente, bien de deseo, bien de odio, como insinuando que, en tanto que mujer, lo único que hacía era arreglárselas para despertar sentimientos desmesurados en los hombres; pero ese no puede ser el caso.
-Eso es lo que pretendo demostrar con mi libro.
Liz se miró el reloj.
-¿Por qué no nos despides con un breve resumen de su vida para que, cuando tu libro esté en las librerías, tengamos claro por qué queremos leerlo?
Tomé aliento.
-Lo que más me fascina de ella es lo que tenía cuando nació y qué consiguió con todo ello. Era heredera de una de las regiones agrícolas más ricas de Europa, casi una cuarta parte de la Francia actual. Era suyo y solo suyo. Su padre casi siempre estaba ausente y dejaba que la activa mente de Leonor se las arreglara sola. A los catorce años sabía hablar occitano, que era la lengua de Aquitania, el francés de la corte e italiano clásico, así como leer y escribir en latín. Cuando yo tenía catorce años escuchaba Framptom comes alive'.
Liz se rió.
-Pues yo estaba muy ocupada aprendiéndome todas las letras de El Restaurante de Alicia
Me sumé a sus risas.
-Nosotras aún éramos unas niñas, pero cuando Leonor cumplió catorce años ya se la consideraba una adulta. Era la favorita y la figura central de un círculo de mujeres que sentó el código medieval de conducta. Fueron las primeras en volver la vista a la era artúrica y en inmortalizarla en verso. La mayoría de libros de Historia comentan el repentino resurgir de la música y de las artes y el desarrollo espontáneo de la actitud cortés por parte de los caballeros, pero pocos se salen del guión y señalan que fueron las mujeres las que condicionaron esos cambios. Las mujeres crearon una cultura que influiría en Europa durante trescientos años.
-¿Las mujeres fueron la influencia cultural? -Liz se inclinó hacia delante con expresión intrigada.
-Sin duda alguna. Exigían que un caballero fuera algo más que un guerrero. Tenía que saber apreciar la belleza, la poesía. Tenía que ser capaz de controlar su temperamento en todo momento y, por encima de todo, tenía que reverenciar a las mujeres y protegerlas a ellas y a los débiles. Un caballero tenía que estar en contacto con su parte femenina, si quieres decirlo así -me reí-. El castigo a cualquier modo de grosería era el ostracismo por parte de las damas.
-Me parece muy curioso. Eran tiempos bárbaros.
-Totalmente. Por ejemplo, una heredera de alta cuna como Leonor tenía que rodearse de una escolta de caballeros armados porque era habitual entre los señores tender emboscadas a esas mujeres y raptarlas para violarlas o para amenazar con hacerlo y así forzar el matrimonio. No importaba cómo se las hubieran arreglado para llevarla al altar: una vez que estaba hecho, las propiedades de la mujer pasaban a ser del marido. Los hijos de ella pasaban a ser de él y, aunque su familia o su prometido pudieran vengarse con una guerra, las posesiones ya estaban perdidas para siempre.
Liz negaba con la cabeza.
-Y las posesiones era lo único que importaba entonces.
-Exactamente -dije yo-. Las posesiones y el dinero. Las guerras locales se limitaban a arruinar a los campesinos, puesto que el único modo de ganar la guerra era quemarles las casas y las cosechas. Pero desde el momento en que se afianzó el código caballeresco, las reglas de conducta sociales de la clase alta cambiaron para siempre. Ese renacimiento del comportamiento civilizado fue el resultado directo de proporcionar educación a una determinada clase de mujeres y, después, dejarlas solas. Los hombres llevaban cincuenta años yendo a las cruzadas y, cuando abandonaban la ciudad, eran las mujeres las que se ocupaban de las cosas. Los señores feudales y los senescales fortificaban los castillos y se encargaban de las cosechas, pero las mujeres determinaban el talante del gobierno y a veces actuaban como jueces en ausencia de sus maridos. Ese era el mundo en el que nació Leonor. Era la mujer joven más rica en una sociedad donde las mujeres tenían más influencia cultural que nunca, una sociedad que se consideraba a sí misma como la culminación de la civilización por la gracia de Dios. Ocupaba un lugar tan alto en la escala social que a los dieciséis años subió el único escalón que le faltaba: se casó con el rey de Francia.
-Pero acabó casada con el rey de Inglaterra, el hijo de Matilde. Aunque su primer marido no murió, ¿verdad?
-Oh, no. Leonor se divorció cuando el divorcio sólo podía obtenerse directamente del Papa. A los veintisiete años, justo cuando yo empezaba a llevar una vida adulta tras la universidad, parece evidente que ella decidió volver a empezar la suya. No quería ser la reina de una sociedad ya completa, sino que sentía el atractivo de lo salvaje, de lo que necesita ser domado. En este caso, Enrique Plantagenet, Duque de Normandía y diez años más joven que ella. Tenía posibilidades de convertirse en el próximo rey de Inglaterra. Para una mujer franco-normanda, Inglaterra era una tierra de bárbaros que pedía a gritos que se la civilizara.
-Un desafío para una vida tediosa -dijo Liz-. Así que se divorció del aburrido de su marido para casarse con el bárbaro.
Yo asentí.
-Exactamente. Se gastó una fortuna en comprarle el divorcio al Papa. Los abates que asesoraban al cándido rey de Francia estaban impacientes por librarse de una reina testaruda que había fracasado en darle hijos a la corona. Ella pagó el divorcio y se fue en pos de Enrique, lo prohibido, lo salvaje. Le dio Aquitania a Enrique como dote y tuvo ocho hijos, cuatro de ellos varones. Sus intentos de elevar el poder político y cultural de Inglaterra a una altura que eclipsara a Francia conformarían los doscientos años siguientes de la historia británica. No obstante las cosas no salieron exactamente como ella las había planeado. Enrique era, con diferencia, un hombre más fuerte que Luis, y cuando a Leonor le quedó claro que Enrique nunca iba a darle el poder que ella quería, le pidió que le devolviera Aquitania. Como se negó, ella se alzó en armas contra él.
-Me gusta esta mujer -dijo Liz con una risa-. No aceptaba un no por respuesta, ¿verdad?
-Su marido y sus hijos frecuentemente consideraban necesario retenerla bajo guardia.
Liz soltó una carcajada.
-¡Es el colmo!
-Ese es el espíritu que quiero transmitir, en vez de retratarla como a un mosquito al que aquellos grandes hombres tenían que espantar a manotazos de vez en cuando. Quiero mostrar la tremenda pesadilla en que se convertía Leonor cuando la ninguneaban, tanto en lo político como en lo personal. Vio a su primer hijo, Ricardo Corazón de León, coronado rey de Inglaterra. Ella le consideraba un inútil, por eso Ricardo siguió el consejo de otros pasando por encima de Leonor, de modo que ella lo encarceló durante varios años y gobernó en su lugar. Además Ricardo era gay y no tuvo herederos, así que el siguiente hijo vivo de Leonor le sucedió en el trono.
-¿Y este sería el malvado príncipe Juan, famoso por Robin Hood?
-El mismo. Juan también es el rey que firmó la Carta Magna, que supondría la culminación de la revolución intelectual en la que Leonor participó. Los derechos que Juan confirió entonces a sus nobles eran exactamente los mismos derechos por los que Leonor, como mujer, había luchado toda su vida. El más importante de todos: el derecho inalienable a participar en el proceso político y a buscar justicia por encima de la palabra del rey.
-Ya veo que me va a encantar este libro -dijo Liz con un brillo en la mirada.
-Bueno, no quiero hacer que Leonor parezca una feminista. Sí, ella luchó por esos derechos, pero creía que tenía derecho a ellos gracias a su clase social. Odiaba la Carta Magna porque enaltecía a la chusma. Así que, como ves, ese es mi desafío. Aún han de pasar cerca de dos años antes de que Leonor salga a la luz, y eso si me pongo manos a la obra. No es fácil saber por dónde empezar. Espero que la gente tenga paciencia.
Liz dio las gracias a los oyentes y a mí y después apareció la señal de «FUERA DE antena».
-Ha sido divertido -dije, y lo creía sinceramente-. Me lo has puesto muy fácil.
-Tú también -me dijo Liz-. Podría haberme pasado toda la tarde hablando. Por una vez he tenido la sensación de que los oyentes estaban interrumpiendo.
Dos hombres entraron apresuradamente en el estudio y nos echaron a empellones. Mientras nos impelían hacia el pasillo, Liz se disculpó por aquel desalojo forzado.
-Se me había olvidado que en el otro estudio uno de los micros está estropeado. Oye, mañana por la noche doy una fiesta y vendrán algunas de las escritoras de la ciudad que son amigas mías, así como algunas mujeres notables. ¿Quieres venir? Creo que te lo pasarías bien. Sé que a varias de mis amistades les encantaría charlar contigo.
Accedí complacida y anoté la dirección de Liz. Me aseguró que no hacía falta que llevara nada, pero tomé nota mental de dejarme suficiente tiempo libre por la noche para conseguir flores o vino. Me despedí de ella y anduve hacia la estación del El con todo el brío que permitía aquella tarde tan húmeda.
En el corto trayecto de vuelta a la universidad, mientras me recreaba en el éxito de la entrevista, recordé el desafío de James a darme cuenta de que no tenía nada que perder en mi relación con mis padres. Quizás fue por eso por lo que, en cuanto llegué a mi despacho, marqué el número de Meg. Yo no tenía nada en contra de ella, aunque nuestra relación hubiera pasado por momentos tensos.
Su voz sonaba lánguida y pude oír el llanto de un niño, David, mi sobrino.
-Meg, soy Faith.
-Faith -repitió. Se hizo un largo silencio y después escuché que tragaba ruidosamente y supe que había estado llorando.
-Si me hubieras llamado, hubiera ido a tu lado -le dije luchando contra un nudo en la garganta-. Aún puedo ir.
-No -respondió después de aclararse la garganta-. No te necesito. Ahora mismo no -dijo con más tranquilidad, limando el filo de sus palabras.
-Dime qué puedo hacer.
-Podrías enviarme un billete de avión -propuso Meg-. El seguro de vida de Abe no me pagará hasta dentro de otros dos meses y he tenido que gastarme en el funeral todo lo que habíamos ahorrado. No voy a aceptar dinero de sus padres. Ni de papá y mamá.
Era un pequeño consuelo que Meg aceptara mi dinero.
-¿Adonde quieres ir?
Resopló.
-No tengo elección. No tengo cómo pagar el alquiler y el subsidio por estudios murió con Abe. Vuelvo a casa por un tiempo.
-¿Lo saben mamá y papá?
-No, pero tengo un arma secreta: David. No dejarán a su nieto en la calle, aunque sea medio judío. -David soltó un chillido como para confirmar sus poderes de persuasión. Meg dijo-: Tengo que irme. ¿Puedes adelantarme algo de dinero? Quiero irme de aquí hacia el lunes. Iba a llamarte hoy. De verdad.
-Claro. Te enviaré un cheque que te llegará en el correo de mañana. Meg, lo siento mucho.
Los chillidos de David iban subiendo de volumen, pero pude oír cómo Meg decía «Yo también» antes de colgar.
Meg tenía razón. Mis padres nunca dejarían a David en la calle. Y si le dejaban entrar, también tenían que dejar entrar a Meg.
Entonces me di cuenta de que todos íbamos a estar de nuevo bajo el mismo techo. Eramos adultos y yo no quería que volviéramos a caer en los mismos roles de la infancia. Bastantes problemas tenía con los de la vida adulta.
James se deslizó en mi despacho haciéndome salir de mi ensueño de un sobresalto.
-¿Otra vez durmiendo con los ojos abiertos?
-Acabo de tener la conversación más educada con mi hermana de los últimos dos años.
-Es lo que tiene la muerte -comentó con cinismo-. Yo no me lo tomaría como una premonición de comportamientos futuros.
-No lo haré -dije lentamente-. O puede que sí. No lo sé. Va a venir a casa.
James chasqueó los dedos y yo di un respingo:
-¡Pero si estás viva! Creía que eras una réplica bastante buena.
Me quedé mirándolo un momento.
-¿Tú te llevas bien con tus padres?
-En absoluto -respondió mientras jugueteaba con un extremo de la corbata-. De hecho, no nos hablamos desde el último funeral de la familia.
-Umm. ¿Y qué sentiste cuando finalmente vuestros caminos se separaron?
-Recuerdo un túnel largo y estrecho con una luz al final. Cuando por fin alcancé la luz alguien me dio una palmada en el culo.
-En serio -le dije frunciendo el ceño.
Se ofendió.
-Siempre hablo en serio y siempre he estado solo. Hace unos ocho años que decidí dejar de fingir y no puedo decir que los haya echado de menos.
-¿Qué fue lo que te hizo un marginado en tu familia? -Como no me respondió nada, me retracté de la pregunta-. Lo siento. Es demasiado personal, ¿verdad?
-Algún día -me dijo muy serio-, te lo contaré todo sobre mi vida cuando era vagamente normal. Aquí está mi Tríb. El Dilbert de hoy es muy oportuno.
-Gracias -le dije mientras él, con la mochila puesta, se encogía de hombros y esbozaba un gesto de dolor-. Parece más pesada que de costumbre.
Suspiró y se dio un golpecito en el costado como si le doliera.
-Está hasta arriba de trabajo del que hacen los profesores adjuntos. Algo de lo que los profesores titulares no tienen ni idea.
-No vas a hacer que me sienta culpable por tener un puesto fijo. Además, sigo dando clases en la facultad, no hago nada divertido como impartir cursos de posgrado o cosas así. -James llevaba desde principio del trimestre intentando hacerme sentir culpable.
-Debería haber escogido Historia. Hay menos competencia que en Inglés -gruñó mientras se ájustaba los tirantes de la mochila.
-No me hagas reír. Fue pura suerte que quedara libre una plaza y que por pura suerte me tocara a mí.
James me premió con una mirada hosca.
-Si tuvieras autoestima, disfrutaría desinflándotela.
-Tengo autoestima -protesté.
-¿Cuántos años tienes?
-Treinta y cuatro y sé dónde vivo, muchas gracias -salté. A veces James podía ser realmente irritante.
-Nos vemos el lunes -dijo, y le vi marchar por el pasillo.
Bajé la mirada al Tribune que me había dejado para descubrir que había doblado la sección de apartamentos de alquiler para que fuera lo primero que yo viera. Aquel enano de mierda que nunca interfería en nada y todo eso.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:07 pm

Quien maldiga a su padre o a su madre morirá (Éxodo, 21:17)
Sydney tarareaba al ritmo de Talking about tihe revolution, de Tracy Chapman, y sonrió cuando Cheryl la miró por encima de las gafas.
-A veces salgo, ¿sabes?
Cheryl alzó sus cejas perfectamente perfiladas.
-Sí, jefa. Como si esa canción no tuviera más de diez años. ¿Quieres que le vuelva a decir a Gina que baje la música?
Sydney negó con la cabeza y se miró el reloj.
-Ya son más de las siete. Ya que tiene el detalle de quedarse, dejemos que disfrute de la música. Dime que ya estamos en el último punto.
-Sí, lo estamos. Mark O’Leary quiere que vayas a una cena privada, unas veinte personas o así. El miércoles que viene a las ocho.
Sydney empezó a negar con la cabeza.
-Tengo... Supongo que puedo posponer la cena del ALP, o que pueden seguir adelante sin mí. Confírmale que iré.
Cheryl tomó nota y después volvió a mirarla por encima de las gafas.
-¿Mark O’Leary está cultivando tu amistad?
Sydney se enfadó por un momento, pero después recordó que a lo largo del último año por lo menos otros seis abogados habían intentado contratar a Cheryl.
-Limitémonos a decir que a dejarme cultivar estoy dispuesta, pero no a dejarme «labrar».
Cheryl se rió con su risita formal.
-¿Te has decidido? ¿De verdad vas a presentarte a senadora? Nunca he sido secretaria de un miembro del senado.
-No me han dado el visto bueno para que me presente...
-Como si alguna vez hubieras esperado a que te pidieran las cosas -comentó Cheryl con una sonrisa cariñosa que dibujó unas profundas marcas en su piel de tono oliváceo, y se alisó el pañuelo que llevaba meticulosamente anudado al cuello.
-Bueno, Mark O’Leary no se opone a la idea, lo que significa que por lo menos puedo tenerlo en cuenta.
-No es un hombre agradable -dijo Cheryl. Para ella, que alguien fuera agradable era una virtud.
Sydney consideraba que decir aquello de Mark era quedarse corto.
-Yo no me volvería de espaldas si él está cerca, para no darle más oportunidades de propinarme una puñalada trapera.
-¿Estás segura de que quieres ir a esa cena?
-Lo que quiero es que me deje en paz y creo que tendrá que conocerme mejor para saber que lo pienso en serio. Así que voy a ir.
Cheryl cerró su libreta-agenda y ensartó limpiamente en la espiral su lápiz Ticonderoga del número 2 perfectamente afilado. Sydney intentó contener una sonrisa. La acción de Cheryl indicaba que, por lo que a ella respectaba, el día se había acabado. Por la mañana, sacaría el lápiz, lo afilaría perfectamente y abriría la libreta para empezar el día.
-Me quedaría -estaba diciendo Cheryl-, pero esta noche a Mr. Fluffy le toca darse un baño.
-Eres la única persona que conozco que baña a sus gatos. Dios sabe lo bien que le iría uno a Duchess, pero yo no viviría para contarlo.
-Eso es porque ella no sabe quién es la gata y quién es la humana -respondió Cheryl. Para ella, los gatos eran un tema muy serio.
-Sabe perfectamente quién es el gato; simplemente se niega a aceptar ningún cambio en el estatus de los gatos desde el antiguo Egipto.
-La mimas demasiado -dijo Cheryl desde la puerta-. Nos vemos mañana.
Sydney siguió corrigiendo el caso y se encontró tarareando la cinta de Gina. Aquella vez era Melissa Etheridge. La ortografía de Gina era un desastre, pero tenía buen gusto para la música. Le gritó.
-¿Cómo va eso, Gina?
La respuesta llegó ahogada. Seguramente Gina se estaba comiendo una chocolatina:
-Muy bien. Las primeras diez páginas estarán listas dentro de unos cinco minutos, más o menos.
Sydney recogió los papeles que había revisado y se los llevó a Gina que, en efecto, se estaba comiendo una chocolatina mientras se inclinaba sobre el teclado.
-Aquí están las siguientes diez páginas. ¿Un mordisquito? -Gina le tendió la barrita sin volverse para mirarla.
-Tendrías que haber cenado.
Sydney saboreó el chocolate. A veces le hacía sentirse casi tan bien como le pasaba antes con el Glenfiddich.
-También debería haber comido.
Gina le lanzó una mirada y después le dijo:
-No te sobran ni cien gramos, y lo sabes. Creo que estás perfecta, y no es que no te hayas dado cuenta.
-Gina... -Sydney suspiró-. No volvamos a empezar de nuevo esta conversación, ¿vale?
-Muy bien -le respondió-. Tengo chica nueva, ¿sabes? Así que estás a salvo, amiga. -Levantó la mirada, con sus oscuros ojos que chispeaban-. Por lo menos de momento.
-Gina, eres una coqueta incorregible -dijo Sydney yendo hacia su despacho. Oyó cómo Gina replicaba entre dientes.
-Y tú, un témpano. -Y supo que Gina quería que la oyera, por eso no le siguió el juego. Gina era inofensiva, pero incluso una pequeña bromita podía ser malinterpretada, no por Gina, pero sí por cualquier otra persona que aún estuviera en el despacho.
Mientras tomaba la siguiente página del caso, recordó el intento de Gina de seducirla. Gina nunca sabría que Sydney había estado tentada, igual que, por lo menos una vez a la semana, sentía la tentación de tomarse una copa. Pero Sydney ya no cedía a aquellas tentaciones. La bebida había estado a punto de costarle la vida y la familia y una aventura podría costarle los sueños que había estado ambicionando durante los últimos ocho años.
-¿Qué es lo que hace que empiece una revolución? -Miré a mis alumnos y me di cuenta de que, como de costumbre, disfrutaba de la atención de dos terceras partes de la clase-. Venga, eran vuestros deberes de lectura. Os lo pondré más fácil. ¿Qué desencadenó la Revolución Francesa?
Las sugerencias fueron desde un noble que había atropellado con su carruaje a un pilluelo (Victor Hugo, apócrifa), a un nuevo impuesto (el hecho en sí), a una fiesta particularmente despilfarradora y espectacular dada por la aristocracia (probable). El hambre, la pobreza, las enfermedades, el imperialismo, la explotación, el trabajo infantil, un exceso de deberes y la infelicidad generalizada fueron otras sugerencias. Después, los estudiantes más participativos, que eran, afortunadamente, casi media docena, empezaron a agrupar las causas.
-No es una cosa aislada -explicó el único estudiante de la clase que enrojecía de pasión cuando hablaba del tema-. Es un cúmulo de cositas hasta que finalmente una, a veces incluso algo tonto, hace rebosar el vaso.
Recibieron con quejidos sus deberes para el lunes: crear una tabla que comparara y contrastara los motivos de la Revolución Francesa con los de la revolución americana. No era más que mediodía, pero, decidida, dejé el despacho y fui hacia el El armada con la sección de apartamentos de alquiler.
¿Qué desencadena una revolución? ¿Qué había impulsado a Leonor, tras cinco años de matrimonio con Luis de Francia, a presentar un primer recurso de divorcio basado en la consanguinidad? Luis era el segundo hijo y le educaron para que fuera clérigo. ¿Se había dado finalmente cuenta Leonor de que se había casado con un monje en vez de con un rey? ¿Se aburría mortalmente al percatarse de que la tediosa corte de Luis no tenía ningún rumbo, de que carecía de objetivos? No tenía mayor relevancia, porque los mismos abates que consideraron que su parentesco con Luis no era suficientemente estrecho para impedir el matrimonio volvieron a opinar lo mismo, así que Leonor siguió casada con él al menos durante un tiempo.
Una revolución, incluso una revolución personal, pueden desencadenarla un montón de pequeñas cosas. Para mí esas cositas eran unos recuerdos enterrados bien hondos que volvían a salir a la superficie: no sólo Renee Callahan, sino también cómo era la vida antes de que Meg se fuera de casa.
Mientras el El traqueteaba hacia North Avenue, pensé en cómo sería ver a Meg cada día y pasarme las noches intentando poner paz entre ella y nuestros padres. Aquel siempre había sido mi papel, pero yo no quería que volviera a serlo. Meg y yo nos llevábamos mejor a solas y el hecho de que Meg volviera a casa, aunque fuera por unos meses, me parecía una señal. Era hora de conquistar mi propio territorio.
Me había pasado la tarde anterior mirando la cartilla de ahorros y haciendo cuentas. Aquel día volví a estudiar la libreta de ahorros hasta la parada cercana a Lincoln Park. Había terminado de devolver los subsidios de mis estudios antes de lo establecido al dedicar todos mis derechos de autor anteriores a saldarlos. Con el sueldo de los últimos años había contribuido en los gastos de la casa y finalmente había liquidado la hipoteca de casa de mis padres. En aquel momento no tenía ninguna deuda, había recibido un adelanto por Leonor y cobraba un sueldo que se había incrementado sustancialmente por el hecho de ser titular. Las únicas sumas considerables de dinero que me gastaba eran para viajar, y el verano siguiente no tenía que volver a Europa. No había ningún motivo económico para vivir en casa de mis padres. Pensé en hacia dónde podría llevarme la relación con Eric, pero decidí que, en aquel preciso momento, aquello era irrelevante. Tenía que pensar en el presente, no en lo que podría ser. Dejando a un lado la razón de más peso: cumplir con las tradiciones de mis padres y las de mi Iglesia.
Me dije a mí misma que si Juana de Arco hubiera vivido para cumplir los treinta y cuatro, tampoco se hubiera quedado en casa de sus padres. Por supuesto, yo no era una santa. A pesar de mis intenciones de relegar a Renee al fondo del cerebro, había soñado con ella la noche anterior y me desperté bañada en sudor. Podía oír cómo me susurraba: «Dime que me deseas». Aquellos angustiosos recuerdos hacían que me palpitara la cabeza. Creía que lo había superado. Quería superarlo y quería olvidarla, pero cuando finalmente volví a caer dormida, seguí soñando, pero aquella vez fue únicamente sexo. Sexo y Renee y mi cuerpo tan bien sintonizado con el suyo que interpretábamos juntas una misma sinfonía.
Me desperté justo después del amanecer envuelta en un tipo diferente de sudor y me encontré buscando la lista de apartamentos de alquiler que me había dado James y que se había vuelto tan tentadora. No podía quedarme en aquella casa con mi rabia ahogada desde hacía tanto tiempo, ni con Meg y su bebé, ni con Michael, que se pasaba todo el rato o indiferente o enfadado. Yo necesitaba espacio y el bebé podía quedarse en mi habitación.
Buscar un apartamento fue mi revolución personal. Millones de hijos por fin se separan de sus padres y viven para contarlo. Meg y Michael, los dos, lo habían hecho.
Bueno, Michael era un hombre, y aquello suponía una diferencia para mis padres. Meg ni siquiera había vuelto la vista atrás, pero era más joven y, de algún modo, Meg siempre conseguía convertirse en alguien importante para todos los que la rodeaban. Mis padres siempre habían intentado no disgustarla, y no al revés, ya que ella era de complexión delicada y ultrafemenina. En cambio yo estaba hecha de un material más sólido. Mi padre podía pegarme, pero yo sobreviviría.
Renee no tenía nada que ver con mi sensación de estar encerrada y atrapada. Me conté a mí misma esta mentira una y otra vez, consciente de que era una mentira. Pero el modo en que sentía mi cuerpo después de pensar en ella era algo que no podía ni quería entender. Pensar en Eric tampoco me servía de ayuda. Me costaba trabajo pensar en cualquier cosa. Mi vida había sido muy ordenada hasta que la volví a ver, y de repente parecía que todo estuviera ocurriendo a la vez: Eric, Meg, Renee y aquellos sentimientos que no desaparecían.
Lincoln Park era una agradable zona universitaria y acabé firmando un talón por el primer mes de alquiler y el depósito de un apartamento en Menominee, a sólo unas manzanas del El. Que hubiera transporte público cerca era esencial porque no quería comprarme un coche y, por la noche, los taxis estarían dentro de mis posibilidades. El apartamento, en un edificio antiguo, estaba orientado al brillante sol de la mañana. Los suelos de madera noble crujían acogedoramente y la brisa del lago ventilaba los tres espacios: un gran salón, una cocina pequeña y una habitación algo mayor de a lo que yo estaba acostumbrada. Era perfecto para mí y podía mudarme enseguida.
La siguiente parada fue en una tienda de muebles donde compré el dormitorio, una gran mesa de ordenador, muebles para el salón y dos grandes alfombras. Todo me lo llevarían a casa el martes siguiente. Me recreé escogiéndolo las cosas en los tonos azules y morados que tanto me gustaban. Los cacharros de cocina y demás cosas básicas los podía comprar por catálogo cuando sintiera la necesidad. En menos de tres horas mi vida había cambiado por completo y aún tuve tiempo de comprar un bouquet de lirios tigrados para llevar a la fiesta de Liz.
Mientras me acercaba a la casa en la que me había criado, me fui preparando para lo inevitable. Aunque resultara infantil, me servía de ayuda imaginarme que yo era Leonor, duquesa de Aquitania, condesa de Poitou, reina de Francia, reina de Inglaterra, quien ni por un momento hubiera permitido que se cuestionaran sus decisiones.
Esperé a que los platos de la cena estuvieran fregados, mi padre se hubiera acabado el whisky de después de cenar y todos nos hubiéramos acomodado en la cocina para dar la noticia.
Mis padres se quedaron mudos de la impresión, pero Michael exclamó efusivamente:
-¡Bien hecho!
Le lancé una mirada agradecida y, por un momento, me pareció el Michael de antes.
-Espera un momento -dijo mi padre mientras su cara rubicunda de por sí empezaba a enrojecer-. Te lo prohíbo completamente. ¿Qué va a pensar la gente?
-Pensarán que tengo treinta y cuatro años, un buen trabajo y que soy capaz de valerme por mí misma.
Mi madre, apretándose una mano contra el corazón, igual que en todas las crisis, dijo:
-Es por Eric, ¿no?
-No. Esto no tiene nada que ver con Eric.
-Pero él te irá a visitar, ¿verdad? -insistió suspicaz.
-Pues claro.
-Un buen católico te visitaría bajo la vigilancia de tu padre -dictó mi padre-. Te echaremos de casa como a Meg.
-No metas a Meg en esto -le dije levantando la voz. No pensaba discutir sobre si su matrimonio con un judío era equivalente a vivir en pecado-. Yo no soy Meg y cometeré mis propios errores. Así que me voy de casa. El martes.
Mi madre contuvo la respiración un momento. Parecía triste.
-No pasa nada, mamá. Pasaré por aquí a veros continuamente, y también vendré a la misa de los domingos. -Le di unas palmaditas en la mano.
Ella sacó la mano de debajo de la mía.
-Si estás haciendo algo pecaminoso, no te molestes.
Michael, abrazándose contra el costado el brazo derecho, el malo, dijo con suavidad:
-Vigila, mamá. Eso es un arma de doble filo.
-No -dijo bruscamente-. Si tu hermana insiste en hacer eso, entonces debe asumir las consecuencias. Ese Eric no es el buen chico que yo creía. Luteranos... -escupió la palabra de un modo muy parecido a como escupía la palabra «judío».
Michael masculló algo lo suficientemente alto para que lo oyera solo yo:
-Como si yo no pudiera nombrar a seis papas que asesinaron a gente.
-Mamá, no pasa nada -dije con paciencia, intentando no reírme de las palabras de Michael-, no me voy a vivir con él.
-Esto no es ninguna broma, señorita. Y más te vale que no te vayas a vivir en pecado -dijo mi padre. Su voz se fue haciendo más grave hasta alcanzar su peor tono condenatorio-. Prefiero verte muerta antes que convertida en una fresca.
Me quedé mirándolo y lentamente me puse en pie.
-Por lo menos ahora sé de qué me han servido treinta y cuatro años de obediencia: de nada. Me mudo, y ¿ahora soy una fresca?
-Si no, ¿por qué otro motivo ibas a querer abandonar la protección de tu padre?
-Ahora soy profesora -repliqué con pasión-. Soy una mujer adulta.
-El solo quiere una cosa -dijo mi madre-. No conseguirás que se case contigo.
Exploté con la rabia que no había dejado surgir en años.
-¡Esto lo hago por mí! -grité-. ¡Quiero vivir en el siglo XX!
-Faith Catherine Fitzgerald -mi madre se había puesto de pie-, no vas a hablarle a tu padre en ese tono. No lo toleraré.
Apreté los dientes y dije:
-Pues yo no toleraré que me insulte sólo porque quiero ser independiente.
-Quizás somos anticuados -dijo mi madre con un resuello dolido- .Quizás hubieras preferido que hiciéramos caso omiso de nuestras responsabilidades. Yo nunca tuve las oportunidades que has tenido tú. Tenía que criar a mis hijos y era la esposa del ujier en jefe de la catedral de St. Anthony. Hicimos lo que debíamos y no voy a consentir que me critiques por eso.
Suavicé el tono.
-No te estoy criticando. Sólo estoy diciendo que soy lo bastante mayor para cuidarme sólita.
-Te lo prohíbo -bramó mi padre.
Me volví, dejando la mirada dolida y acusadora de mi madre para afrontar a mi padre. Michael estaba pálido y contemplaba el intercambio como un espectador de un partido de tenis jugado con granadas. Desde que tuvo el accidente, no se molestaba en discutir sobre nada.
-No puedes detenerme -le dije lentamente-. Más te valdría aceptarlo.
Mi padre apartó de un empujón una silla de la cocina en sus prisas por cruzar la sala hasta donde yo me encontraba. Yo estaba preparada para su ataque de ira. Cuando me golpeara, sería la prueba de que mi marcha estaba justificada.
-Thomas, no. -Oí que mi madre ahogaba un grito. Antes nunca había protestado.
No cedí terreno. Pensé, sin que viniera al caso, que Leonor le hubiera condenado a muerte por el mero hecho de acercarse a ella con el puño levantado. El poder absoluto tenía un algo.
Pero Michael llegó primero y le inmovilizó contra el mármol durante los pocos segundos que necesitaba mi padre para recuperar el control, antes de dejar que se sobrepusiera. Michael estaba blanco de dolor.
Mi padre se irguió ante mí.
-¡Esfúmate de mi vista y reza a Dios para que yo te perdone!
Avancé con las piernas como flanes, pero no para salir de la habitación, sino para acercarme a Michael.
-¿Estás bien?
Asintió con tensión.
-Voy a prepararte una bañera fría -me ofrecí. No era gran cosa, pero él sabía que yo intentaba darle las gracias. Salimos juntos de la cocina dejando un silencio de asombro a nuestras espaldas.
Aunque Michael se apoyó en mí con todo su peso mientras subíamos las estrechas escaleras, no pareció darse cuenta de que yo estaba temblando.
-¿Qué vas a hacer para superarte?
-Me voy a ir a una fiesta salvaje y me pasaré casi toda la noche fuera de casa -dije, y sentí cómo se estremecía por la risa y me di cuenta de que hacía siglos que no le veía reír.
-Bien hecho -repitió-. ¿Tú crees que si yo me encontrara bien estaría viviendo aquí?
Abrí la puerta de su habitación y empecé a ayudarle a entrar.
-No -dijo apartándome-. Estoy bien. Solo es que me hace mucho daño.
-Otra vez has dejado que se te acaben los calmantes que te recetaron, ¿no?
Se encogió de hombros.
-No quiero volverme adicto, aunque me dijeron que dejar la adicción es menos duro que los injertos de piel. De todos modos, estoy intentando no ceder.
Apreté los labios. El ejército estaba proporcionando a Michael buenos cuidados, pero su estoicismo me parecía una estupidez. Aun así, no era yo quien había salido a rastras del incendio de una sala de máquinas y había vivido para contarlo.
-¿Quieres ese baño frío?
-Claro -dijo. Cuando me volvía, me llamó-. ¡Eh, alférez!
-¿Sí, teniente? -me di la vuelta.
Hizo un pequeño saludo:
-Barbilla alta, marinero.
-Sí, señor.
La melodiosa voz de Chet Baker entonando suavemente Let’s Get Lost, salió como un torrente por encima de Liz cuando abrió la puerta. Interiormente yo seguía temblando.
Me sentía un poco embriagada con la enormidad del paso que había dado hacia un futuro que nunca había previsto. La sonrisa y la calidez de Liz me hicieron sentir mucho menos aterrorizada.
-Son unas flores preciosas -dijo Liz cogiendo los lirios que le tendía-. Me encantan las flores. Primero las pondré en agua y después te presentaré.
Su piso, el más alto de un edificio de tres plantas, estaba rebosante de mujeres. Me alegré de no haberle pedido a Eric que me acompañara, no solo porque hubiera sido una grosería, puesto que Liz no había mencionado que pudiera ir acompañada, sino también porque seguramente él se hubiera encontrado fuera de lugar.
Los temblores desaparecieron y sentí cómo me invadía una oleada de felicidad y de confianza en mí misma mientras Liz me llevaba de grupo en grupo. Conocí a varias mujeres que habían leído alguno de mis libros y sus sinceros elogios halagaron mi vanidad. A mis padres les pareció que mi repulsa a la Inquisición en Isabel rozaba la herejía, y se limitaron a criticarme. En el mundo de las publicaciones de los profesores, en una universidad con más de cincuenta premios Nobel a sus espaldas y cerca de mil doscientos docentes, mis libros eran, con diferencia, muy poca cosa. Se vendían bastante bien, pero no aparecían en las listas de best sellers. Las alabanzas de otros escritores y profesores universitarios alimentaron mi ego magullado y me alegré mucho de que Liz me hubiera invitado.
Finalmente me dejó conversando con una mujer mayor con atractivos mechones blancos en su cabellera rojiza. Nara Rogier acababa de publicar un ensayo fotográfico sobre gárgolas. Al dejarnos solas, Liz me sonrió como diciéndome: «Sabía que te lo ibas a pasar bien».
Nara y yo intercambiamos historias sobre «y tú qué pensaste cuando viste el altar de Notre Dame» y después pasamos a otras estructuras góticas inglesas y francesas y a las ideas e imágenes que nos habían sugerido.
-La Torre de Londres me mareó un poco -dijo Nara con los ojos brillantes. Aunque hacía años que no vivía en Irlanda, en su voz seguía siendo perceptible una suave cadencia que daba musicalidad a sus palabras-. Al pasar por la puerta de los traidores pensé en toda la gente que había entrado allí antes que yo, en el suelo sobre el que levantaban el patíbulo para los condenados. Pensaba en Ana Bolena y en cómo se disculpó con el verdugo por tener el cuello pequeño. Y cuatro siglos más tarde ahí estaba yo, exactamente en el mismo sitio en el que ella murió. Empecé a sollozar como..., oh, igual que me pasó cuando se muere Beth en Mujercitas. Lo sentía de una manera tan personal... Los lugares antiguos obran este efecto sobre mí.
-A mí me pasa lo mismo -dije-. Cuando salí de Notre Dame y anduve por la plaza, empecé a pensar en todas las personas que acudieron a la boda de Enrique de Navarra y que acabaron masacradas. Catorce mil personas en cuestión de días -sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, pero eso no me incomodaba-. Todos pasados por la espada por ser protestantes en vez de católicos. Empecé a desgañitarme. ¡Hasta un policía me preguntó si necesitaba ayuda! -agité la cabeza con una sonrisa apesadumbrada-. He estado pensando en hacer una biografía de Catalina de Medicci, pero no me gusta. Quiero decir que entiendo que la Inquisición fuera necesaria para la fe de Isabel: la religión jugaba un papel muy importante en sus decisiones, no se trataba de conveniencia política. En cambio, Catalina hizo masacrar a toda aquella gente para ganarse el favor del Papa y para vengarse de su hermano. Es una muestra de que el poder absoluto corrompe absolutamente. Incluso a las mujeres.
-Oh, ella. Esa sí que es un enigma -dijo Nara. Mientras hablábamos podía ver en sus ojos el reflejo de mi pasión por el pasado.
Estuve encantada de compartir mis impresiones sobre la efigie de Leonor que vi en Fontevrault durante mis vacaciones de verano, y ella con vehemencia me ofreció las fotos que había sacado de la figura, supuestamente de Leonor, de la jamba de la puerta de la catedral de Chartres. Antes de que me diera cuenta había pasado una hora y ninguna de las dos había tenido ocasión de relacionarse con nadie más. Nara me dio su tarjeta profesional, en cuyo dorso escribió el número de su casa y, entusiasmadas, quedamos para comer la semana siguiente. Justo cuando me estaba guardando en el bolsillo la tarjeta de Nara, me di cuenta de que había alguien a mi espalda, esperando calladamente a que le hiciera caso.
Sydney me lanzó una sonrisa deslumbrante y me dijo:
-Sabía que eras tú. ¿De qué conoces a Liz?
Algo avergonzada, le expliqué lo de la entrevista radiofónica.
-Tú debes de ser una de a las que Liz se refirió como mujeres notables -dije esperando que aquello no le pareciera una estupidez.
-Quizás -replicó Sydney-, aunque Liz conoce a todo el mundo. -Sydney me señaló rápidamente otras tres políticas, una actriz de la ciudad que acababa de firmar un contrato para una serie de una televisión y una soprano de la Ópera de Chicago-. Y también estás tú: Faith Fitzgerald, escritora. Cuando Eric te presentó no reconocí tu nombre, pero más tarde aquella noche empecé a preguntarme si no serías tú la mujer que había escrito Isabel, así que lo desempolvé y ahí estabas tú, en el dorso. Ese libro me encantó.
-¡Vaya! Gracias -le dije conmovida. La expresión de Sydney era tan franca que supe que no estaba hablando por hablar. Abrí la boca para añadir algo, pero se me olvidó lo que iba a decir. Tenía los ojos de un marrón aterciopelado veteados de violeta. No se parecían en nada a los de Eric. Volví a tomar aliento, pero la idea se me había ido de la cabeza y, si Liz no llega a presentarse en aquel momento, me hubiera ruborizado.
-¿De qué os conocéis? -Liz parecía tener mucha curiosidad. Miró a Sydney interrogante, con las cejas levantadas.
Sydney entrecerró los ojos como si respondiera que no a una pregunta que Liz no había formulado.
-Faith es amiga de Eric.
-Oh -dijo Liz sin comprender. Luego, más animada, siguió dirigiéndose a Sydney-. ¿A qué no sabes quién está de vuelta en la ciudad?
-¿Quién? -Sydney dio un sorbo de su copa.
Liz ladeó la cabeza hacia la puerta y las dos miraron en aquella dirección. Di gracias a Dios de que no me estuvieran mirando a mí.
-Cielos -exclamó Sydney-. ¿Lo sabe Jan?
-No seré yo quien se lo diga -repuso Liz-. Ya me pasé bastante tiempo secándole las lágrimas.
Conseguí sonreír a Sydney cuando volvió a mirarme. No quería que ella, menos que nadie, creyera que algo iba mal. Por el rabillo del ojo pude ver a Renee, que se nos acercaba. Si alguna vez he tenido la sensación de que Dios tenía tiempo de preocuparse por mi insignificante vida, aquel momento fue el castigo por todos mis pecados.
-Sydney -dijo Renee efusivamente, sin siquiera lanzarme una mirada-, la otra noche en los premios Roebuck no tuve ocasión de felicitarte.
-Gracias. No sabía que estuvieras allí -dijo Sydney, y entonces vi su sonrisa pública: educada e interesada, pero distante.
Liz me pasó la mano bajo el codo y se me llevó, apartándome así de la esfera conversacional que englobaba a Renee y a Sydney. Para mi profundo alivio, me dirigió gradualmente hacia otro grupo de personas y después me susurró al oído:
-Es alguien que no te hace falta conocer. No es lo que llamaría una buena persona. Dios sabe quién la ha traído, porque yo no la he invitado.
Asentí y no dije nada. Por un momento, cuando me di cuenta de que Renee no me reconocía, me sentí despechada, pero lo superé enseguida. Que Liz evidenciara que no le gustaba Renee le hizo granjearse aún más mi cariño. Hubiera preferido no haber tenido que dejar a Sydney así, pero lo último que quería era que Renee me viera y dijera algo que hiciera que Sydney pudiera imaginarse que habíamos sido... amantes. No, nunca fuimos amantes. Tuvimos relaciones sexuales. O mejor, Renee tuvo relaciones sexuales conmigo, pues no era algo compartido salvo porque ella había encontrado la manera de hacerme decir que yo deseaba lo que ella quería hacerme. Y yo por supuesto lo deseaba mi cuerpo me lo recordó.
Liz me condujo hasta un pequeño grupo de colegas, profesoras de universidad, congregadas en la cocina, pero, para mí, la fiesta ya no era divertida y estaba segura de que no quería encontrarme cara a cara con Renee. No obstante, irme sin despedirme de Sydney me parecía maleducado, sobre todo porque el domingo iba a volver a verla. Me asomé subrepticiamente a la salita y vi que Renee se iba hacia el estudio. Sydney se estaba calentando las manos frente al fuego con un ceño meditabundo que se suavizó cuando me vio en el reflejo del espejo que había sobre la repisa de la chimenea.
Mientras cruzaba la sala yo era consciente de que su mirada aterciopelada no se apartaba de mí. Respondí a su sonrisa en el reflejo con otra sonrisa y no fue hasta que estuve a su lado cuando se volvió y la miré a los ojos en vez de al reflejo.
El espejo me había protegido de la cálida bienvenida de sus ojos y, por un instante, me sentí mareada. Me contempló un largo momento antes de ser clemente y liberarme de su mirada bajando los ojos hacia el fuego.
Recuperé el aliento.
-Tengo que irme, pero me alegro de haberte encontrado. ¿Puedo llevar algo el domingo?
-Nada de nada. Me encanta cocinar. Es mi manera de relajarme. Cuando hables con Eric dile que he perfeccionado mi lasaña. Lo que sí que has de traer es un buen apetito. -Alzó la vista y pude ver cómo el naranja caliente y oscilante del fuego titilaba sobre su cara.
-De acuerdo -logré decir. Le lancé una sonrisa de despedida y me fui a buscar a Liz.
-No me digas que te vas -me preguntó después de haberle dado las gracias por haberme invitado.
-Tengo que irme, pero me lo he pasado muy bien -dije-. Cuando me haya instalado en mi nuevo apartamento, te devolveré la invitación.
Me acompañó hasta la puerta y me despidió con un alegre gesto de la mano. Ya había bajado el último tramo de escaleras cuando alguien gritó mi nombre desde arriba.
Tenía la mano en el pomo; lo único que tenía que hacer era girarlo y salir corriendo, pero un ápice de respeto por mí misma se impuso y esperé a que Renee me alcanzara para lo que parecía un encuentro inevitable. Quizás era algo que sencillamente tenía que afrontar.
-Sabía que eras tú -dijo, igual que me había dicho Sydney.
Tenía la boca demasiado grande para su cara. Fue lo primero que pensé cuando la vi y, a mi pesar, recordé aquella boca en mi cuerpo.
-La misma vieja Faith -comentó con una suave risa-. ¿Voy a tener que obligarte a que me respondas?
Lo dijo de una manera tan casual que yo no debería haber reaccionado, pero lo hice.
-Ya no puedes obligarme a hacer nada, Renee.
Su sonrisa desapareció y se me quedó mirando, claramente intrigada. Fue como si el tiempo no hubiera transcurrido y que ella solo me quisiera porque yo intentaba resistirme.
-¿De veras?
No era guapa, pero tenía una actitud y un comportamiento cautivadores. Había visto cómo la gente se quedaba mirándola. Quizás eran sus metro setenta y cinco de altura y su figura esbelta. O su espesa melena de color miel que le caía atractivamente sobre unos ojos de un gris azulado. Aquellos ojos eran tan salvajes como los recordaba, y en aquel momento estaban encendidos por la determinación mientras me clavaba la mirada en los labios.
Le dije con frialdad mientras me alejaba:
-No me interesas.
Renee se me acercó un poco más. Llevaba el mismo perfume que había llevado hacía tantos años, y que seguía siendo embriagador.
-Por lo menos dime a qué te dedicas últimamente. De vez en cuando pienso en ti.
Seguro que sí.
-Ahora no tengo tiempo -me justifiqué mientras salía por la puerta y la dejaba allí plantada.
Entonces me di cuenta de que debería haber llamado a un taxi antes de salir de casa de Liz, pero había un pequeño motel más o menos una manzana al oeste y desde allí podría llamar. Para mi consternación, Renee volvió a alcanzarme.
-¿Necesitas que te acerque a algún sitio?
-No, gracias.
-¿Dónde estás viviendo?
Anduve más rápido y no le respondí.
-Podría pensar que intentas huir de mí -insistió Renee-. No muerdo.
-No, no creo que muerdas, pero no tengo interés en que lleguemos a conocernos. No tiene ningún sentido.
-¿Que lleguemos a conocernos? Hemos hecho demasiadas cosas juntas para limitarnos a ser conocidas -dijo Renee. Siguió andando a mi ritmo y un minuto después añadió-: Has vuelto a salir con hombres, ¿verdad?
Me sorprendió tanto que me tambaleé un poco.
Renee habló con tono petulante.
-Supongo que no es asunto mío, pero nunca me lo hubiera imaginado. Te encantaba lo que hacíamos. Recuerdo cómo era hacerlo contigo. En algunos aspectos nunca ha habido nadie como tú.
La noche se había vuelto fría. Me estremecí y me abracé a mí misma.
-A mí nunca me gustó -espeté, consciente de que era mentira.
Sus risas burlonas resonaron en el aire helado.
-¡Claro que no! Aunque me lo suplicaras. Y mucho menos cuando...
-Ya vale -le dije con insistencia-. He continuado con mi vida. Y me gusta tal como es ahora. No me haces ninguna falta. No necesito que me busques problemas.
-Problemas -repitió. En la tenue luz de las farolas, sus rizos rubios estaban bañados de plata. Me puso la mano en el brazo-. Faith.
Di un tirón para separarme de ella.
-No lo hagas -a mi pesar, me detuve y me volví hacia ella-. Mira, mis recuerdos no son precisamente agradables. No quiero que tú y yo seamos ni siquiera conocidas. No tiene ningún sentido.
-Tienes miedo de que le cuente a alguien lo nuestro, ¿no? Recuerdo que antes insistías mucho en que guardara silencio.
No me gustaba que ella tuviera poder sobre mí. Vi que una mirada de depredadora le cruzaba la cara y después se inclinó hacia mí.
-Claro que tú no siempre eras silenciosa. ¿Te acuerdas? -Hablaba con voz grave y se me había olvidado cómo aquella voz se abría camino en mi interior. No importaba lo mucho que me esforzara en no hacer caso a mis oídos: oía todas las palabras-. ¿Recuerdas cuánto ruido hiciste la primera vez? ¿Y la vez del laboratorio de ciencias? ¿Recuerdas todas las cosas que me decías cuando al final conseguía llevarte a la cama? ¿Y aquella vez en la entrada del Swift Hall? Fue increíble. Dijiste que fo...
-¡Cállate!
«No -me juré-, no voy a volver a pasar por esto. No soy una virginal colegiala atrapada en las primeras pasiones de su cuerpo.»
-Quizás tú no me deseas -dijo Renee-, pero no me creeré nunca que hayas dejado las mujeres. Así que ahora mismo estás con un hombre, pero acabarás por volver.
-Contigo no -sentencié. Y después me di cuenta de lo que había reconocido.
Sonrió y, sin avisar, me cogió la cara entre las manos. Me aparté impresionada de que me tocara cuando le acababa de dejar tan claro que no quería que lo hiciera.
Yo estaba demasiado conmocionada. Ella se dio cuenta y yo lo sabía. El tacto de sus manos contra mis mejillas era muy suave. «Las manos de Eric también son suaves», me gritaba mentalmente, aunque no era lo mismo. Mi cuerpo estaba electrificado y por mucho que me repetía que aquellos sentimientos eran repugnantes, que eran pecado, no provocaba ninguna reacción.
Estaba temblando mientras le decía:
-Maldita sea, Renee, no vuelvas a hacerme eso.
-¿Hacerte qué? ¿Esto? -Antes de que pudiera retroceder, incluso aunque hubiera querido, me puso las manos en la cintura, después las subió por las costillas y finalmente tomó mis pechos.
Sentí que la tierra se volvía líquida bajo mis pies. Se me fue estrechando la visión hasta que tan solo cabían su cara y su caricia abrasadora. El tiempo se fue alargando mientras ella inclinaba la cabeza hacia la mía. Recordé cómo era esperar su beso, cómo se movería lentamente hacía mí, cómo yo ansiaría reducir la distancia y cómo, finalmente, le pediría que me besara.
Me susurró al oído:
-No puedes luchar contra tu naturaleza, Faith.
-Sí que puedo -repliqué antes de darme cuenta de que había reconocido por segunda vez que mi naturaleza era... que yo era... como ella.
Todo me daba vueltas, pero tuve un momento de lucidez. Quizás deseara a las mujeres, pero no a Renee Callahan. Se me heló la piel y aparté a Renee.
-No te deseo -le dije con frialdad-. Por favor, no vuelvas a tocarme.
-Haz lo que te dé la gana -se volvió-. ¿Seguro que no quieres que te lleve? ¿No? Bueno, pues entonces adiós. -Avanzó unos cuantos pasos hacia la casa de Liz y después se volvió de nuevo. Sus ojos tenían un brillo salvaje-. Faith, no te causaré problemas, aunque me preocupo por ti lo suficiente para desear que ojalá fueras capaz de aceptar la verdad.
Me di la vuelta y me fui con la dignidad hecha jirones.
Llegué a casa lo bastante tarde para ir directa a mi habitación sin tropezarme con Michael ni con mis padres. Hubiera querido meterme en la ducha y volver a frotarme, pero me puse el camisón, me metí en la cama y me hice un ovillo, no tanto para entrar en calor como para buscar el consuelo del calorcito de la propia cama.
Pero no sólo no llegó el consuelo, sino que me vi acuciada por recuerdos no deseados. Me dije a mí misma que Renee se equivocaba, que todo lo que había dicho era mentira. Todo era un error. Yo no tenía los sentimientos que Renee había despertado en mí. Aquellos sentimientos eran mentira.
Nosotras dos nunca habíamos salido de una conferencia a última hora de la noche para deambular por el edificio buscando alguna sala abierta. No habíamos entrado a trompicones en el laboratorio de ciencias. Ella no se había subido a una de las mesas, apoyándose sobre las manos con las piernas abiertas y listas para rodearme. Yo no me había agarrado a sus caderas con tanta fuerza que le dejé marcas. No había hundido la cara en su sexo húmedo. No había bebido de ella.
Tampoco, tumbada de espaldas, le había suplicado que se sentara a horcajadas encima de mí, ni que se me entregara para poder volver a sentir su humedad resbaladiza en mis labios. Yo no había estado sedienta de ella hasta que, por una vez, me apartó.
Aquello jamás había ocurrido. Era mentira. No podía ser cierto.
Porque, si era cierto, Renee tenía razón: yo quería estar con mujeres y estaba condenada.
-María misericordiosa -susurré. Raras veces buscaba la figura de Cristo en la iglesia, sino que, cuando tenía problemas, siempre me volvía a la dulce y tierna Reina de los Cielos.
Me atranqué con las viejas palabras y busqué su consuelo habitual: «Ave María, llena eres de gracia...». Pero incluso aquel consuelo me esquivaba.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:07 pm

Una mujer vestida del sol, con una luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Apocalipsis, 12:1)
No diría que me estaba escondiendo cuando ¡me quedé en mi habitación casi todo el sábado leyendo el material de investigación que me había descargado. No estaba escondiendo la cabeza bajo las sábanas, pero sí que esquivaba a mis padres y bajaba a comer estratégicamente cuando sabía que ninguno de los dos estaba en casa. Entre mis padres y Renee me sentía vacía y cansada.
Pero escondida, no. Si querían echarme de casa, les dejaría hacerlo. Y le había dicho otra vez a Renee -símbolo de todos los sentimientos que yo no quería reconocer- que se fuera. Sin ella para recordármelos, aquellos sentimientos también desaparecerían. Si al menos lograra concentrarme en otra cosa por un tiempo, como en mi libro o en mi apartamento nuevo...
James nunca sabría cuánto había alterado mi vida el consejo que me dio, pero no había modo de que pudiera decírselo. Nuestra amistad no era del tipo que le permitiera ni apreciar mi gratitud, ni aceptar la responsabilidad por haber tenido tanta influencia. Además, sólo el tiempo diría si tenía que estarle agradecida.
Cuando pude despejarme la mente lo suficiente para trabajar, ojeé los artículos sobre Leonor que me había descargado de la Academia Medieval Americana. La mayoría de los materiales eran relativos a las Cortes de Amor, y en ellos se describían las normas del amor cortés en toda su complejidad.
Regla: un caballero puede amar a una dama casada, pero no puede amar a una dama soltera a menos que ella sea de suficiente alcurnia como para pedir su mano.
Regla: si un caballero ama a una dama casada puede, bajo ciertas condiciones, cortejarla para que ella le muestre un amor correspondido, pero sin que nadie más se entere.
Había numerosas condiciones en que se permitía el adulterio: eran complicadas y básicamente se preocupaban por la reputación y las necesidades de la dama. Por ejemplo, a una mujer joven con un marido mayor se le podría excusar un desliz en sus votos matrimoniales, si su caballero era particularmente persistente, persuasivo y con la debida humildad.
Aquellas normas eran peores que la regla del titubeo del béisbol. Me reí cuando leí las demás condiciones, algunas de las cuales parecían arbitrarias, imposibles de conseguir o un poco cogidas por los pelos con posterioridad para esquivar un vacío legal de una regla anterior. Las Cortes del Amor de Leonor contaban con una buena diversión para sus ratos de ocio, entre las discusiones triviales, las enemistades acérrimas y las intrigas para que los diversos caballeros (cuando no estaban de cruzada en Tierra Santa) pusieran sus zarpas en la tierra de otro.
Tuve que abrirme paso entre una considerable cantidad de material sobre el amor cortés para discernir aspectos de la personalidad de Leonor. La mayor parte de sus biografías, sobre todo las breves sinopsis que hablaban de sus éxitos, hacían hincapié en el amor cortés como uno de los logros primordiales de Leonor, lo que la hacía parecer tonta y dedicada a los asuntos femeninos del corazón. Utilizaban el amor cortés para compensar toda una vida de astucia política, valeroso ingenio y capacidad para entrar en acción, y hacían caso omiso del hecho de que, además de en los temas del corazón, el amor cortés establecía las normas de conducta para las clases superiores, elogiaba el aprendizaje y alentaba a la alfabetización. Elevaba a los bardos al estatus de protegidos y hacía que los caballeros asumieran la protección de los débiles. Las ideas de Leonor sobre el comportamiento de los nobles influirían para siempre en la conciencia de ingleses y franceses.
Temprano por la mañana, mi madre, con un tono y una expresión cargada de desaprobación, me avisó de que me llamaban por teléfono. No me sentía culpable en absoluto por no haberles mencionado la inminente aparición de Meg. Era Eric, que me llamaba para recordarme que el día siguiente por la tarde pasaría a recogerme para ir a casa de Sydney.
-Dice Sydney que ha perfeccionado su lasaña -le comenté.
-¿Ah, sí? ¿Cuándo la has visto?
-Anoche, en una fiesta. La mujer que me entrevistó en la radio me invitó a mí y a otras «mujeres notables», según sus palabras. Sydney era una de ellas.
Eric soltó una carcajada.
-Sí que lo es, muy bien. Me alegro de que tuvieras ocasión de hablar con ella. Cariño, tengo prisa, pero te recojo a las cinco y media, ¿vale?
Asentí y colgué antes de darme cuenta de que debería haberle dicho que la semana siguiente me mudaba. Le sorprendería y seguro que querría saber por qué. Mi explicación sería, por supuesto, que, primero, yo era lo suficientemente mayor e independiente para garantizar mi intimidad y mi propia casa, y, segundo, que el regreso de mi hermana menor con su hijito hacía que fuera lo más razonable. Quizás él no entendiera una decisión tan precipitada, pero no podía explicarle cómo ver a Renee me había sumido en una agitación interna que creía haber superado mucho tiempo atrás. No obstante, sabía que él me apoyaría. Era una de las razones por las que Eric me gustaba.
-Dije que esta tarde iba a desconectar, y hablaba en serio. -Sydney hizo una pausa con las manos sobre el plato de lasaña. En el auricular del teléfono, donde había pulsado para contestar la llamada, había quedado una mancha de ricota.
-Pero, Syd, tenemos que darles una contestación mañana por la mañana. -John nunca había sabido aceptar un no por respuesta. Era por eso por lo que trabajaba para ella.
-La mañana se acaba a las once cincuenta y cinco. Mañana será lo primero en la lista antes de la reunión de personal, ¿vale? Déjale un mensaje de voz a Cheryl para que lo tenga en cuenta. De verdad, necesito la tarde libre. Vienen a casa mi hermano y su... amiga. -¿Era aquella la palabra adecuada para Faith? Eric anteriormente nunca había mostrado tanto interés en una mujer, al menos que Sydney supiera, pero tampoco parecía que fueran novios.
-Quizás puedas llamarme después de que se vayan.
Sydney contó hasta diez y luego le respondió:
-Después de que se vayan, me iré a dormir. A dormir, John. Es una cosa que hace mucha gente. He pensado que esta noche podía intentarlo.
John no se rió. El humor y el sarcasmo en cualquiera de sus formas le resultaban completamente ajenos.
-Bueno, pues no me eches la culpa si llegamos demasiado tarde para que se tengan en cuenta nuestras observaciones. McClarren es célebre por cerrar pronto los periodos de observaciones.
-Muy bien, no te echaré la culpa. ¿Cuándo te he echado la culpa de algo?
John resopló en el auricular.
-Voy a colgar, pija.
-Sé lo que significa, pito -el teléfono chasqueó.
Acabó de extender la pasta sobre la carne picada, cuidadosamente preparada, y las olivas, y se encontró pensando en la política de vivienda sobre la que John necesitaba sus observaciones, pero se reprendió a sí misma.
-Quería la tarde libre, así que será mejor que la aproveche.
Duchess abrió un ojo amarillo desde su posición privilegiada en la soleada ventana de la cocina donde hacía la siesta. Volvió a cerrarlo sin mover ni un bigote.
-¿Te estoy aburriendo?
Duchess no reaccionó de ningún modo, ni siquiera con un movimiento de cola, y Sydney centró sus pensamientos en Eric y en el tiempo que había pasado desde la ultima vez que habían hablado de verdad. Dejaban pasar demasiado tiempo. Claro que, con Faith ahí, no podían limitarse a hablar de las cosas de la familia. Faith. Sydney sospechaba que las apariencias eran engañosas. Recordaba haber mirado los ojos de Faith en el espejo. Ojos verdes, azulados en lo más profundo. La apariencia era muy tranquila, pero algo brillaba en el fondo.
Cuando vi la casa de Sydney, lo que más me impactó fue la gran diferencia entre lo elegido por la hermana y por el hermano. La casa de Sydney ocupaba la última planta de una majestuosa casa de piedra de uno de los bloques de altura intermedia que ribeteaban la orilla del lago Michigan justo al norte del céntrico Loop de Chicago. Apenas estaba a un kilómetro de mi nuevo apartamento, pero en una escala de ingresos muy diferente. Eric, en cambio, vivía en Evanston, en un encantador espacio de dos niveles con un jardín de prácticamente una hectárea para sus queridos Setters irlandeses y que incluía una piscina climatizada, un jacuzzi y suficiente césped para albergar un partido de fútbol entre un ejército de niños. Sydney podría haber ido unos kilómetros más al norte y escapar del bullicioso distrito céntrico, pero en cambio estaba todo lo cerca que podía del corazón de la ciudad y en un edificio que no era lo suficientemente alto como para escapar por completo del ruido de las calles de la ciudad, quince pisos más abajo.
Sí era suficientemente alto, en cambio, para ofrecer unas vistas impactantes de la parte alta del Miracle Mile y de la oscuridad inmensa del lago Michigan. Las luces oscilaban sobre el agua mientras las embarcaciones de placer y los buques cisterna compartían la evanescente luz diurna.
Aunque estaba absorta en aquella vista, no se me pasó por alto el abrazo efusivo y cariñoso con el que Eric saludó a Sydney, seguido de una sincera constatación:
-Trabajas demasiado - pronunció Eric-, pero hoy no das tanto miedo como el día de la cena.
-¿Miedo? -Sydney se volvió hacia mí-. ¿Yo daba miedo?
-¡Qué va! -dije-. No sé a qué se refiere.
-Claro que sí -insistió Eric-. Se la veía tan oficial, con tanto aspecto de política, que me preguntaba qué le había sucedido a mi hermana, la que metió mis mejores zapatillas deportivas en la pila del abono de mamá.
-¡Eric! -protestó Sydney, dándole en broma un palmotazo mientras le cogía el abriga-. ¿Qué va a pensar Faith?
-Que eres mi hermana favorita.
-Soy tu única hermana -replicó Sydney. Cogió mi abrigo y lo colgó en el armario del vestíbulo junto al de Eric-. Pasad a la salita, que he encendido la chimenea. Pensad qué queréis tomar. Sin alcohol, eso sí. -Me lanzó una mirada de disculpa.
-Por mí está bien -le dije mientras apartaba la mirada de la claraboya de cristal Tiffany que adornaba el techo del vestíbulo-. Nunca he conseguido que me gustara. Ni siquiera el vino de misa.
-Pues a mí me gustaba demasiado -dijo Sydney levantando la vista y poniéndose seria por un momento. Lanzó una mirada a su hermano y después sonrió-. El Glenfiddich, no el vino de misa. Ocho años, diez meses y veintiún días, por si os lo estáis preguntando.
-Yo no -dijo Eric-, pero gracias por compartirlo.
-No te dejes engañar por su despreocupación -me dijo Sydney mientras abría el paso por entre el inmenso y espacioso comedor-. Le debo mi sobriedad. A él y a una buena terapeuta.
Asimilé aquella información mientras cruzábamos el comedor. Me había formado la impresión de que la hermana de Eric podía ser muy decidida a la hora de luchar por lo que quería, y que lo lograba gracias a su fuerza y a su perseverancia. Descubrir que había tenido problemas con la bebida demostraba que Sydney era humana.
En comparación con los caobas profundos y los rugosos tweeds de Eric, la casa de Sydney parecía fría, a lo que contribuían las alfombras blancas y las telas llamativas salpicadas de rojo, azul y verde brillantes. Unas cenefas de cristal de colores estilo Tiffany enmarcaban las ventanas, a juego con el exterior art decó del edificio. La chimenea estaba enmarcada por unas elegantes ondulaciones de mármol, que parecían recién sacadas de los locos años veinte. Lo que sí tenían en común ambas casas era la sencilla elegancia que no parecía, ni por asomo, tan cara como debía de ser. La familia Van Allen tenía mucho dinero, nuevo y viejo.
La impresión que me había dado de frialdad y distancia se desvaneció cuando vi la sala de estar. Dominando un tercio de la sala había un viejo escritorio, un ordenador y material de oficina, que incluía un fax. El escritorio parecía usado y mostraba las cicatrices de muchos años de trabajo.
El resto de la sala me enamoró: la enorme chimenea emitía oleadas de calor sobre los cómodos sofás y sillones de terciopelo y tapicerías suaves. En vez de los tonos duros y límpidos como joyas del comedor, todo en aquel refugio interior era más suave, más cálido y más acogedor. La inmaculada alfombra blanca daba paso a una estera gris oscuro y me pareció que un escabel color lavanda estaba cubierto por una manta peluda y esponjosa hasta que me di cuenta de que la manta me miraba con suspicacia. La gata cerró los ojos una vez que me hubo clasificado en la lista de las cosas no interesantes. Me hundí en un enorme sillón en tonos lila apagado y verde océano, rodeada de blandos almohadones, e inmediatamente me entraron ganas de echar la cabeza hacia atrás y de hundirme más aún allí, con un libro viejo y querido.
-Ten cuidado con ese sillón -me advirtió Sydney-. Hace que la gente se quede dormida.
Me esforcé por enderezarme.
-Parece que está embrujado -contesté-. Consigue que te entren ganas de leer Ivanhoe y de comer manzanas.
Sydney se rió.
-Mujercitas, ¿verdad?
Sonreí.
-Impresionante.
-Sydney puede identificar casi cualquier cita -me explicó Eric acomodándose en una esquina del sofá y estirando sus largas piernas.
Sydney nos volvió la espalda mientras servía cubitos de hielo en los vasos.
-¿Qué queréis tomar? Esta mañana he hecho zumo.
-¿Qué clase de zumo? -peguntó Eric con suspicacia.
-De fresa, kiwi y lima con manzana y uvas. -Sydney se rió al ver la expresión de la cara de Eric-. De acuerdo, es cierto, he hecho una limpieza de la nevera.
-Yo tomaré zumo -intervine-. Suena fantástico.
-Eres una invitada perfecta -dijo Sydney tendiéndome un vaso-. En realidad está bueno. Toma -le ofreció a Eric-, te ha tocado agua con gas.
Di un sorbo del zumo.
-Ya puedo notar las vitaminas.
-A mí me produce el mismo efecto. -Sydney se sirvió un vaso y después se acomodó con gracia frente a la chimenea sobre un enorme almohadón cuadrado con funda de punto de cruz.
-Me juego algo a que Faith podría ganarte -intervino Eric.
-Oh, basta ya. -Sydney frunció los labios a Eric y se volvió hacia mí-. Lleva años intentando ganarme en el juego de las citas. Otras personas lo hacen continuamente, pero él no lo ha conseguido nunca -dijo lanzándole una mirada maliciosa. Eric le sacó la lengua.
-Debes de tener una memoria prodigiosa -observé, mientras me preguntaba cómo podía haber pensado alguna vez que ella parecía fría.
Su sonrisa se volvió seria.
-Creo que el alcohol formateó mi disco duro -explicó dándose golpecitos en la frente-. Durante cerca de dos años fui incapaz de ejercer ni siquiera la abogacía más básica y me pasé todo el tiempo leyendo. Leyendo, leyendo y leyendo. Fue así como volví a la realidad.
-La realidad deja mucho margen a la imaginación -sentencié.
Sydney abrió la boca y prácticamente pude ver cómo giraba el disco de su ordenador cerebral. Tras unos momentos dijo:
-John Lennon.
Nos sonreímos la una a la otra y me di cuenta de nuevo de que sus ojos eran marrones, pero aterciopelados, mientras que los de Eric eran cristalinos. Apartó la mirada y me dejó con una extraña sensación en la boca del estómago.
Tanto Eric como Sydney eran lo suficientemente educados para no hablar de temas sobre los que yo no supiera nada, pero resultaba inevitable. Eric desconocía que una tía anciana andaba mal de salud y Sydney aún no se había enterado del nacimiento de un primo segundo.
-Lo siento, Faith -se excusó Eric-. Debe de resultar aburrido.
Negué con la cabeza.
-No, de verdad, aunque he de confesar que no logro retener mentalmente vuestro árbol familiar.
Sydney soltó una carcajada:
-Mi abuela paterna se casó y enviudó tres veces y tuvo dos hijos de cada matrimonio, así que mi padre es el tercer hijo y el primer varón. Tiene un hermano, tres hermanastras y un hermanastro. Todos ellos, salvo mi padre, se han casado por lo menos dos veces y tienen hijos de todos los matrimonios. ¡Hasta a mí me cuesta aclararme!, y eso que llevo años de práctica. Eso hace que las celebraciones familiares sean muy, pero que muy multitudinarias.
Eric resopló:
-Tal como vamos a experimentar todos este año. Mamá quiere dar una gran fiesta. Hace cuatro meses que empezó a hacer correr la voz entre los tíos y las tías y parece como si, con algunas excepciones, fuera a venir todo el mundo. Ella calcula que en la cena serán unos cien adultos y cerca de sesenta y cinco niños.
-¡Caray! -dije antes de poder evitarlo-. No me gustaría ser la que hubiera de llevar la ensalada de patatas.
Los dos empezaron a reírse. Sydney se dejó caer de espaldas sobre el cojín y, de repente, me di cuenta de que toda ella era encantadora. Tenía unas facciones demasiado pronunciadas para ser guapa, pero la combinación resultaba muy atractiva. El jersey de cachemir subrayaba su esbelta figura y me miré las manos pensando en si abarcarían sus pechos.
Se me detuvo el corazón y durante cinco segundos no pude ni respirar. Sydney terminó de reírse, se secó los ojos y volvió la cabeza para mirarme. Pude volver a respirar, pero lo que quería era inspirarla a ella.
Abrió los ojos de par en par.
-No nos estamos riendo de ti -dijo apoyándose en un codo para erguirse-. Has dado en el clavo, eso es todo.
La luz del fuego bailoteaba en su cuello y en su boca, igual que la noche de la fiesta de Liz.
Eric me propinó un tierno codazo.
-¿Estás bien, cariño?
-Lo siento -logré decir-. La idea de que, en estos tiempos, alguien pueda invitar a cenar a tanta gente en un sitio que no sea un hotel me ha dejado de piedra. -Continuamente conocía y trataba con mujeres, pero hasta entonces sólo Renee me había afectado de aquella manera. El pulso me martilleaba en el cuello.
Eric sonrió cariñosamente.
-Nuestra madre es así. Dice que una vez cada diez años hay que airear la enorme sala de baile para evitar que se enmohezca.
-Parece ser una mujer práctica -comenté sintiéndome muy lejos. Siempre me había gustado mirar a las mujeres, su manera de mantenerse constantemente atareadas, cómo andan, cómo mueven las manos... Sus caras me resultaban agradables a la vista, pero sólo Renee había hecho que me ardiera la piel. Hasta entonces.
-Sí que lo es -estaba explicando Sydney-. Considera los jardines una manera de aprovechar el estiércol de los establos. Y así con todo -me miró un poco extrañada y me armé de valor para sonreírle.
-No hay nada tan sorprendente como el sentido común -sentencié.
-Emerson -dijo Sydney-. Vamos a cenar.
La comida estaba tan buena que conseguí recobrar la compostura. Sydney no alardeaba en vano de su lasaña: la salsa era suculenta y suave, hecha con olivas y tomates maduros. La sirvió acompañada de tostadas con ajo, queso de cabra y cebolletas tiernas recién cortadas, y seguida de lo que Sydney había denominado su gran vicio: mousse de chocolate en boles de chocolate recubiertos de salsa de chocolate.
- Has exagerado un poco con el chocolate, ¿no te parece? Podrías haber hecho la salsa de frambuesas, ¿no? - observó Eric. Una de las cosas que me gustaban de él era que disfrutaba con la comida. Era evidente que Sydney también.
Sydney replicó con desdén:
-Nunca he entendido esa tendencia a estropear con fruta la perfección del chocolate.
-Estoy contigo -dije haciéndole una mueca a Eric-. Tratándose de chocolate, la exageración no existe. Sin embargo, también he empezado a aficionarme a los trocitos de piel de naranja recubiertos de chocolate Godiva. Pero sólo en ocasiones especiales, y después voy a confesarme.
El estremecimiento de Sydney se convirtió en una sonrisa.
-Bueno, ego te absolvo. A cada uno lo suyo -le lanzó una mirada a su hermano-. ¿De qué te ríes, Eric?
-Estaba pensado en cuánto me alegro de que os hayáis caído bien. Creía que ibais a gustaros y no quería equivocarme.
Sydney me gustaba. Me gustaba mucho, pero hubiera sido infinitamente más feliz si no hubiera tenido que combatir otros sentimientos menos adecuados. Lancé una mirada a Sydney, le sonreí y el tiempo se detuvo. Pero no podía ser, claro que no, aquella idea era absurda
Sydney apartó la mirada bruscamente mientras decía: Tomemos el café frente al fuego.
-Te ayudaré a recoger -me ofrecí.
-No hace falta. Los platos van directos al fregadero. Una de las alegrías de ser una rica ociosa es Lucy, que se pasa por aquí un par de horas al día para limpiar, traerme la ropa de la tintorería, comprar comida y, en general, ser indispensable.
-Rica ociosa -se burló Eric-. Difícilmente se te puede considerar ociosa, Syd. Ni a mí.
Me di cuenta de que la idea de que le consideraran «un rico ocioso» le molestaba. Yo le admiraba por lo mucho que trabajaba cuando podía haber sido un playboy. Obviamente, el dinero de la familia le había permitido comprar el despacho de arquitectura, pero no se trataba de un hobby. La arquitectura para él no era ningún juego, igual que no lo era la abogacía para Sydney.
A pesar de las protestas de Sydney, ayudé a llevar los platos a la cocina mientras ella preparaba unos capuchinos. La sala de estar ya me había enamorado, pero volví a perder la cabeza por la cocina: tradicional y funcional al mismo tiempo, era más grande que todo mi apartamento. La cocina de hierro tenía patas en forma de garras, aunque era evidente que los ocho fogones funcionaban. Había dos neveras marca Sub-Zero y un congelador. También había un horno lo bastante grande para que cupiera un pavo de veinticinco kilos y uno más pequeño para proyectos de menor envergadura, y, empotrados en los armarios, un horno microondas y un horno de convección. Le pregunté por las baldosas, que parecían muy antiguas e italianas, y describió los diversos proyectos de restauración a los que había hecho frente desde que compró el piso unos seis años atrás. Su deseo de conservar el interior fiel a la apariencia original de los años veinte no le había impedido añadir todas las comodidades modernas, aunque los electrodomésticos como el lavavajillas quedaban escondidos tras puertas de armarios de roble con incrustaciones de porcelana antigua.
Nos acomodamos en los mismos asientos de antes con aromáticos capuchinos.
-¿Puedo haceros una pregunta a los dos?
Eric asintió mientras Sydney me decía:
-Dispara.
-¿Cómo es eso de ser de una familia tan destacable? Ya no sólo rica, sino... llena de experiencia Navidad, bajo vuestro techo deben de reunirse muchas celebridades y personas notables.
Eric se enderezó un poco y Sydney volvió la cara hacia el fuego. Vi que se mordía el labio inferior-
-Supone un reto -empezó Eric. -Hemos tenido suerte con nuestros padres. Les gusta Ia estabilidad. Llevan casados cuarenta años y no se dan cuenta de lo especiales que son. Mamá es práctica y natural para todo y a papá le parece bien cualquier cosa que hagairios- Le lanzó una mirada a Sydney-. Bueno, casi todas las cosas. Nunca me he preocupado de estar a la altura del resto de la familia. Mamá y papá son los únicos que importa.
-Para ti fue más fácil, no sé por qué -dijo Sydney, mirando a su hermano desde el otro lado de la habitación-. Quizás me daba esa sensación porque yo sí que iba a contracorriente. Y si tenía que llevar la contraria, quería hacerlo de un modo espectacular. Eso fue lo que me llevó a tener problemas con el alcohol y con relaciones. Tardé mucho tiempo en descubrir cómo encajaba en nuestra familia y en cómo... -se detuvo Para buscar las palabras-. Encontrar mi sitio me devolvió la cordura.
-Tampoco estabas tan mal -dijo Eric.
-No te apuestes nada -replicó Sydney. volvió hacia mí-. ¿Tienes mucha relación con tu hermano?
-Mucha relación. Ummmm -pensé en todas las cosas que Michael desconocía sobre mí y yo desconocía sobre él, y recordé vividamente su intervención para salvarme del ataque de furia de mi padre - Nos preocupamos el uno por el otro e intentarnos protegernos. No sabía lo mucho que significaba para mí hasta que tuvo un accidente. En la marina. Se incendió una sala de máquinas y él sufrió quemaduras en el 30% del cuerpo, en el pecho, la espalda y el brazo. Padeció... -me interrumpí para aclararme la garganta- terribles dolores. Sigue padeciéndolos. Al principio se tomaba un tipo de calmantes que le impedían soñar, bueno, al menos por lo que él recuerda. Creo que yo soñaba sus sueños: durante casi un mes después de que ocurriera, tuve pesadillas sobre incendios. Pero ¿tenemos mucha relación? No compartimos demasiado de nuestro día a día, pero existe una conexión y, sin duda, es más fuerte que la que tengo con mi hermana.
Sydney me contemplaba con interés y yo supe que no le habrían pasado desapercibidas las lágrimas que me nublaron los ojos mientras recordaba la dolorosa lucha de Michael. Yo no acostumbraba a hablar de esas cosas.
-Eric me llevó a rastras a una reunión de Alcohólicos Anónimos. Ahora puede decir que yo no estaba tan mal, pero espero no volver a ser nunca esa clase de persona. Se sentaba a mi lado, noche tras noche, mientras yo estaba furiosa con él por el hecho de que asumiera el rol de hermano mayor pero, poco a poco, el mensaje de las reuniones empezó a calar en mí. Aunque tengo mis reservas sobre algunos de los dogmas de Alcohólicos Anónimos, en esas reuniones se obran milagros. Eric no dejó de acompañarme hasta que me puse en pie, me presenté y reconocí que era alcohólica.
Eric se removió incómodo en su asiento.
-Tú hubieras hecho lo mismo por mí.
-Nunca ha hecho falta. Esa es la diferencia entre tú y yo-
-Lo sé -dijo-. Soy estirado y aburrido.
-No es cierto -protesté-. La gente estirada y aburrida no se pone salsa tailandesa de cacahuetes en el helado.
-Ecccsss -exclamó Sydney-. Es asqueroso.
-Está bueno -masculló Eric con una sonrisa.
Sydney le arrugó la nariz y se volvió hacia mí.
-Ahora es mi turno. Te he explicado cómo encontré mi sitio en la familia. ¿Tú cómo encajas en la tuya, Faith?
-Bueno, yo... -hice una pausa con la boca abierta y busqué las palabras. Un truco que usan los escritores es pintar una escena y después describirla, así que recordé un día de Acción de Gracias de cuando era adolescente y nos vi a todos reunidos: el padre de mi madre, sastre; mi madre, el puntal de la Sociedad del Altar; mi hermano, oficial de la marina; mi hermana, la chiquitína de la casa; mi padre, el ayudante del jefe de correos; su padre, un irlandés alcohólico perdido que se había casado con una de las recias hermanas Walescu, originando la rama Fitzgerald; su esposa, mi abuela, la bella pero profundamente fría matriarca; el hermano de ella, el monseñor. Pero a mí no podía verme. Volví a mirar: mi madre la mártir, mi hermano el enfadado, mi hermana la coqueta, mi padre el moralista. ¿Dónde encajaba yo?
¿Dónde estaba la estudiosa, la escritora, la mujer que encontraba la felicidad en el pasado, a quien la enseñanza la hacía feliz? ¿Por qué mi mente había vuelto a los años de la adolescencia, cuando la propia identidad es tan frágil y aún no está formada, antes de que Renee me enseñara a odiarme, mucho antes de haberme convertido en alguien a quien podía admirar?
-Faith. -Eric se inclinó hacia delante y me tocó la rodilla-. ¿Dónde estás?
Me esforcé por evitar ruborizarme y les miré, a él y a Sydney, que se había levantado del cojín para esparcirse más chocolate en polvo sobre el capuchino. Empecé a notar presión en la garganta y supe que, si parpadeaba, verían las lagrimas que yo no quería aceptar.
-Lo siento -mascullé. Di un sorbo al capuchino y me obligué a respirar hondo-. No creía que fuera una pregunta tan difícil de responder.
Eric me rodeó con el brazo y me dijo:
-No tienes por qué contestar.
-Claro que no --dijo Sydney sentándose en el brazo de mi sillón-. Lamento haberte hecho esa pregunta.
-No lo lamentes. -Suavemente me aparté de Eric, sintiéndome más tranquila gracias a su apoyo físico sin exigencias-. Has puesto el dedo en la llaga. En una que yo no sabía que existía. No creo... No creo que yo encaje en mi familia.
-¿Por qué no? -Sydney me miró a los ojos sin estremecerse-. ¿Tan diferente eres?
-No sabría decirte si soy yo o son ellos. -Mentira. Yo era la diferente. Yo era la desnaturalizada-. Eric, quería decírtelo: he alquilado un apartamento para mí.
Eric me lanzó una mirada penetrante que después pareció volverse hacia su interior.
-Vives con tus padres -dijo Sydney, sin que llegara a ser una pregunta.
-Soy una buena católica -respondí-. Por lo menos, lo era.
Eric me dio una palmadita en la rodilla y volvió a acomodarse en el sofá. Mientras me abrazaba, me había sentido cálida y reconfortada. Entre sus brazos me sentía segura. Sydney siguió sentada en el brazo de mi sillón, provocándome un hormigueo en los nervios. Alcé los ojos para verla, y supe que era peligrosa.
-Y sigues siéndolo -me dijo mientras me miraba-. Lo que les debes a tus padres es el disfrutar de la vida que te han dado. Y no hacer lo que te dicta el corazón sería un insulto hacia ellos. Sería como hacerle un desprecio a Dios.
Tragué con esfuerzo y, después, logré sonreír débilmente:
-En un pulpito tendrías muchísima fuerza.
Durante un momento no me contestó ni se movió, después se echó el pelo hacia atrás en un gesto nervioso.
-Es la política que llevo dentro -dijo-. El arte de la política combina una parte de prédica con otra de venta a domicilio. -Se puso de pie y se desperezó-. ¿Cómo nos hemos puesto tan trascendentales?
-Ha empezado Faith -señaló Eric-. Es la historiadora que lleva dentro: preguntas perspicaces, siempre buscando el cómo y el porqué.
-¿Os apetece una partida de billar? -preguntó Sydney-. Ultimamente no juego nunca.-Me costó toda mi fuerza de voluntad no contemplarla mientras cruzaba la habitación.
Eric me miró y yo asentí impaciente por desviar la atención de mi persona. Intenté denodadamente actuar de modo natural, pero por dentro estaba temblando y solo unos pocos latidos me separaban de un ataque de pánico.
La sala de juegos estaba al final de un amplio pasillo que dividía en dos la mitad trasera del piso. Sydney señaló hacia la izquierda:
-La habitación de invitados es la primera puerta. Aquí está el dormitorio principal y detrás de esa puerta hay un montón de aparatos gimnásticos que no tengo tiempo de utilizar. Todavía no les he encontrado una utilidad concreta a esas habitaciones de la derecha, pero he puesto la mesa de billar en esta esquina por las vistas.
¡Y qué vistas! Ya no mirábamos hacia el lago, sino hacia la ciudad de Chicago, que se extendía hacia el oeste resplandeciendo ininterrumpidamente hasta el horizonte. Hacia el sudoeste estaba el centro de la ciudad, donde la mayoría de edificios quedaban empequeñecidos por la imponente presencia de la torre Sears. Más cerca de nosotros se alzaban centelleantes la torre Water y el Hancock Center, mientras que la autopista Eisenhower, nunca vacía, brillaba con los faros de los coches.
Entonces Sydney encendió las luces de la habitación y me quedé sin aliento. Me contempló con una sonrisa satisfecha.
-Ha hecho un buen trabajo, ¿verdad? -Eric hablaba con orgullo.
-Yo... Me muero por que me lo expliques -dije-. Parece el bar de Rick en Casablanca.
Sydney sonrió y Eric aplaudió.
-¡Gracias por el cumplido! Coge un taco.
-No he jugado nunca -confesé. Los dos se ofrecieron a ayudarme y empezamos una partida no competitiva salpicada de explicaciones sobre dónde había encontrado Sydney los ventiladores del techo, la vieja barra de bar de caoba completada con el reposapiés de latón y el pequeño piano de cola blanco. Eric había colaborado con las modificaciones estructurales necesarias para soportar el peso del bar y del jacuzzi del dormitorio principal.
Inevitablemente, Eric me ayudó en mis jugadas. Otro hombre quizás hubiera intentado aprovechar la oportunidad de rodearme con sus brazos desde atrás, de colocar mis manos exactamente así, de ayudarme a calcular desde el taco, pero su proximidad física no me inquietaba, sino que, al contrario, me daba la misma seguridad que antes. Resultaba agradable y yo aceptaba el alivio que me proporcionaba. Podría seguir así con él. Sería muy diferente a con Renee, pero yo viviría feliz. Sería muy fácil ser feliz con él.
Eric se disculpó y se ausentó unos minutos y Sydney procedió con su tirada. Falló y me dejó con una oportunidad no demasiado fácil con la bola 7.
-¿Estás segura de que quieres intentarlo con esa? La 2 es mejor.
Miré las posiciones relativas y respondí:
-¿No tendría que hacer una carambola? -Sabía que nunca iba a conseguirlo.
-Sí, pero la posición del taco no es difícil. Así.
Igual que Eric, vino a mi lado y me rodeó con los brazos desde atrás. Como sus brazos no eran tan largos como los de Eric, su cuerpo se apretó contra el mío. Sus manos envolvieron las mías sobre el taco y, luego, las soltó para ladearme la cabeza. Miró a lo largo del taco con la mejilla apoyada sobre la mía y, cuando habló, su aliento se arremolinó en mi oreja.
-Esto debería funcionar. Dale un golpe seco a la bola, pero no muy fuerte.
Llevé el taco hacia atrás lentamente, sin querer que el momento se acabara. ¿Por que la sensación de tener a Sydney detrás de mí era tan distinta a tener a Eric? Sentía sus pechos contra mi costado y el calor de su aliento susurrando al pasar por mi oreja, y quería más. Después de lo que parecía una eternidad de llenarme los pulmones con el aroma de su cabello, le propiné a la bola lo que esperaba que fuera un golpe seco. Nos quedamos inmóviles fnientras rodaba sobre el tapete, rebotaba y golpeaba a la bola 2, que entraba en el lateral.
-Buen tiro -dijo Eric desde el umbral.
-Pues claro -replicó Sydney mientras se incorporaba lentamente y yo resistía la urgencia de erguidme de un salto movida por la culpabilidad. Afortunadamente, Eric se acercó a la mesa para estudiar su jugada y por suerte no se dio cuenta de que yo tenía las mejillas rojas.
El resto de la partida transcurrió sin incidentes, pero el daño a mi propia imagen era irreparable. Ya no sabía quién era y me sentía como drogada. A Renee le gustaba fumarse un porro después del sexo, lo que me dejaba confusa y hacía que mis recuerdos perdieran agudeza, mientras que aquella sensación era afilada y limpia como el cristal. Todo en Sydney tenía un brillo destellante. Memoricé su peca donde el cuello se encontraba Con el hombro, también su oreja izquierda, que tenía una arruga de más, y tomé nota, cuando se arremangó el jersey, del moreno claro de sus antebrazos.
Nos dimos las buenas noches entre risas y con la promesa de Eric de invitar a Sydney a cenar en cuanto volviera de su próximo viaje de negocios. Aunque no se explicitó, se daba por supuesto que la invitación de Eric era de nosotros dos, y supe que aquella velada había supuesto en la mente de Eric un acercamiento significativo entre él y yo
En cambio, yo nunca me había sentido tan lejos de él como cuando me llevó a casa en coche. Me sentía como una farsante y no sabía qué hacer. Me acompañó hasta la puerta y me besó suavemente en los labios.
-¿Necesitas ayuda en la mudanza y todo eso? Lo siento mucho, pero estaré fuera.
-No pasa nada, me las apañaré. La verdad es que no tengo tantas cosas.
-En cuanto tengas número de teléfono, déjaselo a mis asistentes para que pueda llamarte. -Me miró con una ternura alarmante-. ¿Vas a echarme de menos mientras esté en Hong Kong?
-Sí -respondí sinceramente. Le echaría de menos.
-Bien -dijo dándome otro beso-. Echame de menos cada día, por favor.
Le aparté medio en broma y le contemplé mientras entraba en el coche. Hubiera sido tan fácil quererle... Más fácil si yo no hubiera estado sintiendo aún el calor del contacto con Sydney.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:08 pm

Su tiempo el rasgar y su tiempo el coser, su tiempo el callar y su tiempo el hablar (Eclesiastés, 3:7)
Sydney se quedó mirando el teléfono. Hacía mucho tiempo que no se sentía así. Debería estar trabajando pero se había vuelto a encontrar con la mirada perdida, esforzándose por no pensar en nada.
No pensar en nada era mejor que pensar en Faith. Llevaba toda la semana luchando contra los recuerdos demasiado persistentes de Faith. Cheryl se había dado cuenta de que estaba distraída. Incluso John, que tendía a no darse cuenta de nada a menos que le concerniera, le había dicho que se pusiera a trabajar. Ella casi nunca estaba distraída y por eso todos lo habían notado.
No pensar en nada resultaba más fácil en un bar. En un bar era más fácil estar sola, más fácil dejar la mente en blanco mientras el tiempo fluía con la ayuda de un suave whisky puro de malta. Aunque prácticamente cada día sentía la necesidad de tomarse una copa, hacía años que no tenía ganas de ir a un bar.
Se quedó mirando el teléfono consciente de que tenía que llamar a alguien. Alan Steven sería el mejor. Necesitaba que le recordaran el balance a su favor por su buena conducta continuada. La cena privada de Mark O’Leary había resultado ser la fiesta de presentación de Sydney a los pesos pesados del partido como la candidata respaldada por aquél para las próximas elecciones al senado. Mark había llegado hasta el extremo de asegurarse de que todo el mundo supiera que él sabía que Sydney era lesbiana, pero que, aún así, con su impecable historial personal desde que había dejado la bebida, creía que Sydney podría vencer a cualquier candidato que presentara el GOP1', especialmente ya que «Syd le había prometido que se iba a portar bien».
Impecable. ¿Y qué hay de sentir bajas pasiones por la novia de tu hermano, una mujer que probablemente es tan virginal como parece y que lo más probable es que no sepa que eres lesbiana? Eric podía no habérselo mencionado, pues aún le costaba presentarse como un hombre con una hermana lesbiana.
Desde la fiesta de Liz, sabía que Faith la intrigaba. Y cuando Eric, con tanta naturalidad, había rodeado a Faith con el brazo, Sydney supo que tenía un problema. Sin embargo, en vez de resistir la tentación había utilizado la tirada de Faith en el billar para acercarse a ella. Faith había sido demasiado flexible para saber que Sydney era lesbiana: las mujeres heterosexuales tienden a ponerse rígidas cuando les toca alguien que saben que es lesbiana, pero Faith no se puso rígida, sino que se amoldó a Sydney sin dar muestras de incomodidad. Eric era jodidamente afortunado.
El se merecía una mujer como Faith. Inteligente, ingeniosa, atractiva, que no necesitaba en absoluto el maquillaje. Auténtica. Con un corazón cálido como el topacio, en vez de con el frío brillo de los diamantes, como la última novia formal de Eric. No pasaba muy a menudo que Eric quisiera una relación formal, pero sus intenciones con Faith eran serias.
Se quedó mirando el teléfono y pensó en lo fácil que sería ponerse la chaqueta y bajar paseando hasta el Dorchester. En el sótano había un bonito bar donde una podía estar discretamente sola y servirse un ambarino Glenfiddich en un pesado vaso de cristal. Era una cosa refinada y nadie lo sabría. Sería tan fácil...
El teléfono estaba entre ella y la puerta y, por fin, aunque le costó toda su fuerza de voluntad, cogió el teléfono. Se sabía de memoria el número de su mentor de Alcohólicos Anónimos aunque hacía seis meses que no le llamaba. La compañera de su mentor le dijo que le encontraría en el mismo club deportivo de siempre.
Cuando el taxi pasó por delante del Dorchester, Sydney estuvo tentada de saltar, pero iban demasiado deprisa.
Teniendo en cuenta la agitación que había provocado el anuncio, el día de mi mudanza fue relativamente tranquilo. Mi madre se sumió en un silencio reprobatorio mientras yo sacaba las cajas. Sabía que cuando Meg apareciera se alegraría de tener una habitación vacía. Mi padre estaba en una reunión de la iglesia, algo frecuente desde que se jubiló de la oficina de correos. Michael le había pedido a un amigo que nos ayudara, y con dos viajes de coche bastó para llevar la ropa y los libros. Él y su amigo me dijeron que había escogido un sitio muy bonito y me
dejaron allí, en plena oleada de felicidad. Le dije a mi madre que volvería para la misa del domingo pero que, por lo demás, el futuro se abría ante mí.
Poner los muebles en su sitio sólo me ocupó parte de mi energía mental, aunque yo hubiera querido que fuera toda.
escribir tarjetas con mi nueva dirección y teléfono a mis conocidos tampoco absorbió suficiente energía. No lograba quitarme a Sydney de la cabeza. Pensaba en ella casi constantemente, mientras que para recordar a Eric tenía que hacer un esfuerzo consciente.
¿Qué me pasaba? Eric era todo lo que yo podía querer y yo, en cuerpo y alma, deseaba quererle, anhelaba la vida que podía ofrecerme. Mi cuerpo traicionero era el que se moría por Sydney, y era una necesidad poderosa que me hacía recordar cada momento que había pasado con ella y preguntarme cómo sería estar tumbada a su lado en la cama, besar la suave piel de sus muslos, escuchar cómo su voz se elevaba por la pasión.
El jueves, con alivio, salí un poco antes de una reunión de la facultad para ir a la torre Waters, donde había quedado para comer con Nara Rogier. La comida se convirtió en una conversación maratoniana que se prolongó gran parte de la tarde. Ella tenía vista de fotógrafa para los detalles, y la descripción que hizo de memoria de la catedral de Canterbury y de la Torre de Londres me sirvió de inspiración. Finalmente dejamos el restaurante y anduvimos hasta una tienda británica que ella conocía para ver sus mantelerías importadas. Habitualmente hubiera vuelto al despacho, pero me lo estaba pasando demasiado bien. Ella quería una mantelería nueva para su hermana y yo acabé comprando también un juego para mí.
Al salir de la tienda Nara confesó que volvía a tener hambre. Miré el reloj y me di cuenta de que eran más de las cinco y habíamos comido a las doce. Sin pensármelo dos veces, le propuse:
-Mi piso está a un cuarto de hora en taxi. ¿Puedo invitarte a una ensalada, pan y queso? -Sugerí aquel menú en deferencia al vegetarianismo de Nara.
Se le iluminó la cara.
-Me parece perfecto, pero debes de estar harta de oírme hablar sin parar de mis viajes.
-Ni lo más mínimo, de verdad. Me ayudará a acabar el capítulo en el que Leonor ve Bretaña por primera vez. Serás tú quien tenga ganas de librarse de mí.
La cena fue tan divertida como la comida y posteriormente fregamos los platos en armonía. Para entonces ya se lo había explicado todo sobre la mudanza, sobre el catolicismo estricto de mis padres, sobre el accidente de Michael y sobre el regreso de Meg.
Nos tomamos el café en la sala. Mientras me acomodaba en el sofá la sorprendí contemplándome.
-¿Qué pasa? ¿Tengo espinacas entre los dientes?
-No, es que me recuerdas a alguien de quien estuve muy cerca cuando tenía tu edad.
-¿A quién?
-A Dianne, una antigua novia.
Supongo que debí de quedarme estupefacta. Nara era lo bastante mayor para ser mi madre y a mí no se me había ocurrido que hubiera mujeres mayores que fueran lesbianas. Me sentí como una estúpida.
-Te he escandalizado -concluyó-. Lo siento, pero creía... Bueno, digamos que lo siento. Es que te pareces un poco a ella cuando tenía tu edad. Sobre todo en los ojos.
Me sentía tan estúpida que me quedé sin palabras.
-Quizás sea mejor que me vaya -dijo Nara finalmente. Dejó la taza de café y parecía disgustada.
-No eres tú -logré decir-, soy yo. Ya no sé lo que soy -espeté-. Quiero decir... sé lo que soy, pero no quiero ser así.
Se quedó mirándome con aire de gravedad y después dijo:
-¿Y por qué no?
Me di cuenta de que si le explicaba que yo creía que era pecado, que ardería en el infierno, que mi fe me condenaría, que era algo contra natura, también estaría diciendo las mismas cosas sobre ella. Nara no era católica y no comprendería que cada comunión reforzaba lo que me habían enseñado. Que cada celebración litúrgica reclamaba la salvación por lo que había hecho con Renee, pero únicamente si no volvía a repetirlo. No quería que ella creyera que, al condenarme a mí misma, la estaba condenando a ella.
No obstante acabé hablándole de Renee, de la vergüenza y la degradación que me había hecho sentir: negándome el sexo hasta que yo accedía a hacerlo como ella quería, haciendo que le suplicara que lo hiciera como ella quería. Mis deseos no significaban nada. Mis necesidades no significaban nada. Yo no era nada ni para ella ni para mí.
Algunas partes no resultaron fáciles de explicar. A veces tenía que hacer una pausa para poder recuperar la compostura. Se hizo más sencillo cuando se sentó a mi lado, me cogió la mano y me la acarició suavemente sin decir nada. Me sentía comprendida y apoyada, lo que me ayudó a llegar hasta el final de aquella amarga historia.
Cuando me detuve para secarme una lágrima errante, me dijo con suavidad:
-Faith, ¿alguna vez te has preguntado cómo serían las cosas si Renee hubiera sido un hombre y te hubiera tratado de ese modo?
Negué con la cabeza:
-No... no lo he pensado nunca.
-Pues piénsalo. ¿Lo que sigue afectándote tanto es la manera como te trataba o el hecho de que fuera una mujer?
-Es irrelevante. Al pecado de la fornicación se le añadía el agravante de hacerlo con otra mujer.
-Olvida la Iglesia por un momento -propuso, como si fuera la cosa más fácil del mundo.
-No puedo -dije lentamente-. Sé que son unos hipócritas, sé que hay reglas contradictorias, sé que considera a las mujeres ciudadanas de segunda, sé que en nombre de Cristo se ha ejercido mucha violencia -respiré hondo-. Todo eso lo sé, pero no cambia para nada lo que me da la fe.
-¿Es tu fe o es la Iglesia? ¿Estás segura de que son la misma cosa? -Nara se inclinó hacia delante y me tocó la rodilla-. No todas las Iglesias creen que yo sea una aberración, ¿sabes? Hay muchas fes cristianas distintas.
Volví a negar con la cabeza:
-Sé que intentas ayudarme.
-Me gustaría poder darte un poco de paz -dijo en un susurro-. Me gustas, Faith. Me gustas mucho. Si hubiera tenido una hija me hubiera gustado que fuera como tú. -Me acercó a su hombro para que yo apoyara la cabeza-. Hubiera querido que supiera que el sexo ha de ser un éxtasis y que la manera de alcanzarlo no importa tanto como la alegría y el placer que experimentas y que proporcionas a tu pareja.
Mascullé desde su hombro:
-Mi madre me dijo que una mujer ha de someterse a los deseos de su marido y que, a cambio, él le da hijos. -Quería preguntarle cómo podía conciliar lo que sabía que yo era con las lecciones que mi madre, mi padre, las monjas y los curas me habían metido en la cabeza. Las diferencias eran completamente irreconciliables.
Nara se rió en mi oído.
-Creo que yo no le gustaría a tu madre.
-A mi madre no le gusta nadie. -Me senté más erguida-. Yo debería dejar de intentarlo, pero es una costumbre muy arraigada.
-Seguramente lo que deberías hacer es hablar con alguien -aconsejó Nara-. Tengo un amigo que podría ayudarte a pensar en esto de otro modo.
-Gracias, pero...
Se acercó a mi escritorio.
-Te dejo aquí anotado su nombre y su número. Si quieres, sólo has de llamar. Yo no te voy a preguntar nada.
-Gracias -logré responder.
-Ahora tengo que irme. ¿Puedes pedirme un taxi?
Hablamos de cosas intrascendentes hasta que llegó el taxi. La acompañé a la puerta de la calle y me dio un beso rápido en la mejilla.
-Llámame otro día y quedamos para comer. Me lo he pasado muy bien -me dijo.
Antes de irme a la cama miré la nota que me había dejado Nara y después la guardé en mi escritorio. Sabía que lo había hecho con buena intención, pero yo no necesitaba una terapia, sino la absolución.
-Galimatías -dijo James desde la puerta de mi despacho.
-Ummmm -intenté parecer desconcertada-. Déjame que aparte de aquí en medio todo este barullo de trastos. Menudo embrollo está hecho mi despacho.
Me contempló mientras se sentaba.
-¿Hay alguna palabra que desconozcas?
Sonreí.
-Sólo lo hago mejor desde que descartamos los términos médicos y científicos, ¿recuerdas?
Lanzó un gruñido y miró por mi despacho con un suspiro.
-Me he mudado, ¿sabes? He dejado el nido.
-¿De verdad? ¿Fue por algo que dije yo? -parecía complacido.
-Sabes que sí. Ahora tengo mi propia casa y este es el número de teléfono. -De repente, tenía ganas de contarle más cosas, pero después de haberme desahogado con Nara, que debía de haber pensado que yo era un bicho muy raro, no estaba lista para un bis.
James cogió la tarjeta y entonces se removió incómodo en la silla.
-Creo que tengo una contractura muscular. -Se apretó la mano contra el costado-. Toda esta parte del cuerpo me está matando.
-Quizás deberías ir al médico.
-¿Y ahora quién está dando consejos? -Siguió apretándose el costado con un gesto de dolor-. Supongo que tendré que irme acostumbrando a los achaques y los dolores. Algo que tú no entenderías.
-Sólo soy cinco años más joven que tú, ¿sabes?. -dije yo.
Suspiró:
-Yo indefectiblemente he pasado a formar parte de la mediana edad. Es esa etapa de la vida en la que crees que al día siguiente te encontrarás mejor.
-¿Cuánto hace que te duele? -insistí.
-Un par de semanas. Quizás un mes. No sé cómo puedo haberme hecho daño ahí.
-Seguramente cargando demasiados libros. -Le contemplé durante un momento-. Pagamos un ojo de la cara por el seguro médico. Usalo.
-Sí, mamá -espetó-. Oh, supongo que si la semana que viene no estoy mejor iré al médico. ¿Contenta?
-Sí -dije remilgadamente-. ¿Dónde está mi Dilbert?
Me tendió su Tribune a cambio de mi Times.
-Es la evaluación de resultados de Dilbert.
-Sigo alegrándome mucho de no trabajar para la América corporativa.
-No sobreviviríamos ni una semana. Parece que buscan algo llamado pro-duc-ti-vi-dad.
Fruncí el ceño.
-Me dejas perpleja. No tengo ni idea de lo que significa eso.
Soltó una carcajada con su estilo malévolo y después se levantó con otro gesto de dolor.
-A lo mejor voy al médico esta semana.
-A lo mejor deberías hacerlo. Si no, la gente pensará que eres un algófilo.
Se fue después de lanzarme una mirada especialmente punzante.
Mi madre me llamó al despacho el viernes para contarme que Meg había regresado. Parecía sinceramente feliz y hablaba sin parar del bebé. Le aseguré que iría a la misa del domingo y que después me quedaría a cenar. Me alivió que estuviera dispuesta a hacer las paces.
En los últimos dos días, mientras me concentraba en mi investigación sobre la vida de Leonor en Francia, no había pensado demasiado en Sydney, para mi más sincero alivio. Se hacía evidente que el trabajo sería mi cura y me enfrasqué en la investigación de los hechos que precedieron a la decisión de Leonor de irse a Inglaterra.
Leonor tenía una vida tranquila y segura. Estaba casada con el príncipe más admirado de Europa y era la mujer más poderosa de la cristiandad. Todo el mundo admiraba su belleza y su ingenio y se la consideraba una astuta mujer de negocios que se hacía cargo de sus tierras. El rey Luis, en el fondo de su alma, era un monje y la mayoría de biógrafos hacía hincapié en cómo Leonor le había influido. Más de uno de los consejeros de Luis había notado aquella excesiva influencia, sin tener en cuenta el hecho de que Aquitania seguía perteneciendo a Leonor, lo que la convertía en el súbdito más rico y prominente de su marido, y eso por no hablar de la prioridad que ella podía tener, puesto que era su esposa. Así que, a mi parecer, su influencia no era en absoluto excesiva.
En 1147, ella insistió en que Luis se la llevara a las cruzadas. Yo ya empezaba a sintonizar con su modo de pensar y podía oír cómo ella declaraba con firmeza que no pensaba quedarse en casa cruzada de brazos contando las mantelerías y supervisando la cosecha mientras los hombres se iban por ahí a divertirse. Desafortunadamente, el resultado fue desastroso. La mayoría de biógrafos culpaban directamente a Leonor. Decían que ella perdió el tiempo en España, que coqueteó con los sultanes, etcétera. Sólo unos pocos incluían la información de que a Luis viajar le parecía una empresa cara, complicada y terrible y que luchar le ponía enfermo. Cuando quiso desconvocar la cruzada, Leonor insistió en quedarse a defender el castillo de uno de sus tíos. Sin embargo, Luis la arrastro con él de vuelta a España contra su voluntad. Unas pocas semanas después de su partida, mataron al tío de Leonor. Para añadir el insulto a la afrenta, los consejeros del rey convencieron a Luis de que Leonor tenía que pagar las deudas acumuladas en el viaje.
Leonor nunca perdonó a Luis. Aunque en un año tuvieron otra hija, ella ya había empezado a planear el divorcio. Cuando estuvo claro que Leonor, a sus veintisiete años, iba a ganar la demanda de divorcio, ya que los clérigos de Francia estaban más que ansiosos de librarse de una reina conflictiva y sin descendientes varones, los nobles europeos se abalanzaron sobre ella como buitres. Quizás los clérigos y los consejeros de Luis creyeran que podrían arrebatarle Aquitania en el divorcio, pero no fue así. Y no faltaron hombres dispuestos a ser los dueños y señores de Aquitania. Sin duda, ellos también creían que se harían amos y señores de Leonor. Convertida de nuevo en una mujer soltera, durante su trayecto de vuelta a casa de París a Poitiers esquivó a dos potenciales secuestradores que pretendían obligarla a un matrimonio forzoso, mediante la violación si hacía falta.
Cortesanos de todas las clases -incluso sarracenos-, iban a Aquitania. Poetas, músicos y hombres cultos intentaban ganarse a Leonor. Hombres de todas las edades, desde los doce hasta los sesenta años, pedían su mano. Uno de ellos era Enrique Plantagenet.
¿Qué tenía Enrique para que Leonor le escogiera? La decisión fue de Leonor por completo. El apenas tenía dieciocho cuando se casaron, aún no era rey de Inglaterra, y ni siquiera estaba claro que lo fuera a ser. La corona por la que su madre, Matilde, había luchado, podía acabar siendo de su hijo, pero no había garantías. La dote de Enrique cuando Leonor accedió a casarse con él era puramente potencial.
Después de leer todo el material que tenía y con más por llegar, pensé que había encontrado el ángulo desde el que enfocar el libro. Quizás escogió a Enrique porque a través de Luis ella no podía cambiar el mundo, y tampoco podía hacerlo sola. Necesitaba a su lado un hombre tan fuerte y ambicioso como ella. Y Enrique sí que quería cambiar el mundo, que fuera un mundo diferente. Para Enrique cambiar el mundo significaba que un duque francés de poco monta, él, se convertiría en duque de casi media Francia y, después, en rey de toda Inglaterra.
Aquello le convertiría en el mayor príncipe de Europa, por encima del odiado Luis y su familia (que no había apoyado a Matilde en su reivindicación de la corona británica) y rivalizando con el mismo Papa. Si Leonor ayudaba a Enrique a lograr sus ambiciones, se convertiría en la reina de algo que ella había ayudado a construir: el Imperio Angevino.
Olvidarse de las salas con paredes revestidas de tapices y de las preciosas sedas de Francia. Olvidarse de tener a toda Europa a los pies. Si Enrique era el sucesor de Esteban, ella experimentaría el peligro de asegurar un trono. Sabía que en Francia sería vilipendiada si se casaba con Enrique, pero, después de los momentos de salvajismo que sin duda sucederían a su matrimonio, Leonor podría establecer un orden. Así que volvió la espalda al refinamiento de Aquitania y embarcó hacia la barbarie de Inglaterra.
Yo estaba escribiendo como una loca y no dormía demasiado, pero aun así me presenté en casa de mis padres a tiempo de ir a la misa del domingo. Me quedé anonadada cuando mi madre me besó: hacía años que no la veía tan feliz.
-David es un niño listísimo. Ven a verlo -me dijo.
Mi padre sólo me hizo caso un momento, porque se estaba dedicando a mover un osito delante del regordete niño. El saludo de Meg desbordaba entusiasmo e incluso Michael tuvo más sonrisas que malas caras. En general, tenía la sensación de haberme colado en el plato de Los Waltons, pero sin tener ninguna frase. Jugué un poco con David, pero como nunca había tenido sentimientos maternales dejé que mi madre me sustituyera tras unos pocos minutos.
Excitados, nos apilamos todos en el enorme Lincoln Town Car, que era el orgullo y la alegría de mi padre. Siempre llegábamos pronto porque a mi padre le gustaba llegar antes que los otros ujieres. Acompañé a mi madre al banco de la familia y después paseé por los largos pasillos admirando los vitrales desde el fondo de la catedral. Siempre lo hacía y necesitaba imperiosamente notar que me quedaba algo que no había cambiado.
La congregación de St. Anthony agrupaba a más de tres mil personas, lo que la convertía en la tercera iglesia en tamaño del área de Chicago. En la misa de las diez de la mañana del domingo nunca, sin excepción, quedaban asientos libres. El tamaño justificaba un ujier jefe, mi padre, que supervisara a los otros quince hombres que se turnaban como ujieres.
Meg y mi madre estaban recibiendo un flujo constante de felicitaciones por lo encantador que era David y por el regreso de Meg a Chicago. Contemplé hasta hartarme los brillantes colores de los vitrales y después decidí esperar en el vestíbulo un rato. Meg y mamá hablaban un lenguaje que yo no podía entender y lo mejor era mantenerse a cierta distancia.
Ojeé el tablón de anuncios para pasar el rato. Quería una bicicleta y una tele y existía la posibilidad de que alguien vendiera una cosa o la otra. Mientras buscaba, un hombre con alzacuello entró en la iglesia por la puerta de la calle, enganchó un papel en el tablón de anuncios y volvió a salir por la puerta en vez de dirigirse hacia la sacristía. Era obvio que no se trataba de un sacerdote de St. Anthony, pues vestía téjanos. Todo resultaba lo suficientemente extraño como para despertar mi curiosidad sobre lo que había colgado.
Era un papelito de color rosa brillante que decía: «La dignidad es ser querido y respetado por nuestra Iglesia tanto como nosotros la queremos y la respetamos. Los gays, las lesbianas, los y las bisexuales y transexuales, y cualquier otra persona que necesite apoyo son bienvenidos a nuestras reuniones semanales». Abajo había una dirección y un teléfono de veinticuatro horas.
Aturdida, volví a leer el papelito. ¿Cómo podía existir un grupo así? ¿Acaso desconocían los pasajes de la Biblia que claramente condenaban la homosexualidad? Un grupo de apoyo no podía reescribir la Biblia.
Quité el papel del tablón, consciente de que lo arrancarían en cuanto alguno de los curas lo viera. Aquel otro cura lo había colgado de una manera que parecía automática, como si lo hiciera cada semana. Si era así, también lo quitaban cada semana, porque yo no lo había visto nunca.
-Faith, ¿qué haces?
Asustada, me volví para encontrarme cara a cara con mi padre. Estaba demasiado cerca para que yo pudiera esconder el papelito. Solo tardó un momento £n reconocerlo.
-Claro que sí. Arranca esa porquería y tírala. Esa gente... Tenemos que vigilar el tablón todo el rato. -Se abrió la puerta de la calle y entraron varios feligreses-. Por el amor de Dios, escóndelo, métetelo en el bolsillo.
Hice lo que me decía. Doblé el papelito en una pequeña cuña y me lo metí en el bolsillo del jersey. Incluso cuando estaba ya sentada y haciendo limpieza de conciencia para prepararme para la comunión, cosa que sentía que necesitaba de manera acuciante, el papelito me quemaba y me agujereaba el bolsillo. Me pareció que olía a azufre.
Eric aún seguía lejos y yo estuve bastante melancólica las siguientes semanas. Empecé a pasar más tiempo en mi apartamento tomando notas sobre los libros y sin ir al despacho cada día. Me recreaba comprando comida y convirtiendo mi apartamento en una casa, pero estaba inquieta y no me encontraba bien. James me soltó una bronca especialmente feroz por ser lo que él tildó de perezosa indolente.
Al no haber visto a Sydney, cada vez era más capaz de olvidar cómo me había hecho sentir. Además, echaba de menos a Eric. Nos sentíamos bastante cómodos el uno con el otro.
Eric llamó hacia el final de su viaje de negocios para saludar y para explicarme que tendría que quedarse otra semana en Hong Kong.
-¿Por qué no pensamos en algo divertido para hacer en Halloween? Volveré a tiempo.
-Me encantaría. Me muero por vestirme como Leonor sólo por saber lo que se siente -confesé-. Algo como lo que llevaba Katharine Hepburn en El león en invierno.
-Pues entonces yo seré Peter O’Toole.
-Tendrás que berrear a diestro y siniestro -dije-. A Enrique le gustaba dirigirse a la gente a voz en grito. -Me imaginé a Eric en cota de malla y con un jubón de piel. Tendría el aspecto adecuado de no ser porque no podría replicar el sudor y el aire arrogante que O’Toole había conferido a su retrato de Enrique.
-Trato hecho. No tengo ni idea de adonde iremos, pero parece divertido.
Charlamos un rato de fútbol americano, una pasión de Eric que yo empezaba a compartir, y después me dijo que tenía que hacer un par de llamadas más y asistir luego a una reunión con sus clientes y el contratista general.
Cinco minutos más tarde el teléfono volvió a sonar.
-Faith, soy Sydney. Te llamo bajo la amenaza de muerte de Eric para asegurarme de que todo va bien en tu apartamento nuevo.
Su voz, despreocupada y amistosa, me remitió por un momento a aquel instante en la mesa de billar en que me rodeaba con sus brazos. Era como si no hubiera pasado el último mes intentando quitármela de la cabeza.
-Todo va muy bien, de verdad. Acabo de hablar con él.
-Me ha dicho que te ha notado como un poco sola y ha insistido en que te sacara a cenar en su lugar.
La ironía sólo es divertida cuando les sucede a los demás. Abrí la boca para decirle que no tenía por qué preocuparse, pero en cambio me oí diciéndole:
-Es una idea fantástica. Empiezo a estar cansada de mi limitado repertorio culinario. No estoy a tu altura ni de lejos.
-Pues yo no es que sea precisamente cordon bleu. ¿Te va bien el viernes por la noche?
-De maravilla. ¿Dónde quedamos?
-En el City Club. Está en el piso decimotercero del edificio Wrigley. Pongamos a las siete treinta. No te preocupes si llego tarde: te harán sentar y te servirán algunas delicias para que vayas picando hasta que llegue yo. De todos modos, intentaré no llegar tarde -añadió-. Es que a veces surgen cosas.
-Lo comprendo y me alegro de que me hayas llamado. Es bonito tener algún plan interesante.
Colgó con una alegre despedida y el teléfono volvió a sonar casi al instante.
-Faith, soy Caroline Van Allen. Espero que no sea demasiado tarde para llamarte.
-No, en absoluto -logré decir. ¿Para qué diablos podía estar llamándome la madre de Eric?
-Estaba hablando con Eric hace un momento y me ha contado que a los dos os apetecía disfrazaros en Halloween.
-Hemos pensado que podía ser divertido -dije, preguntándome a donde llevaba todo eso.
-Pues yo voy a dar una fiesta de beneficencia en casa por Halloween. Es fantástico que este año caiga en sábado. me encantaría que Eric y tú vinierais. A veces las fiestas para recaudar fondos son aburridas y la familia las vuelve más divertidas. De hecho, tenía la esperanza de convencerte de que vinieras con Eric a pasar aquí el fin de semana. Habla de ti a menudo y me gustaría conocerte. Además, mi marido es un gran admirador de tus libros.
Me sentí un poco sobrepasada, tanto por su amabilidad como porque no estaba preparada en absoluto para dar el paso de conocer a los padres de Eric.
-Parece más diversión de la que me merezco, así que accederé. Siempre que a Eric le parezca bien -añadí nerviosa.
Rió con un tono agradable.
-A él le parece bien. Estaba entusiasmado ante la idea si tengo suerte, también conseguiré que venga Sydney. Eric dice que os lleváis de maravilla.
-Es cierto -reconocí. La ironía realmente sólo es divertida cuando les sucede a los demás. ¿Cómo iba a ser capaz de hacer frente a aquella situación?-. En realidad, este viernes vamos a ir a cenar juntas.
-Fantástico. Y estoy encantada de que vayas a acompañarnos en Lakeview el fin de semana de Halloween. Será divertido. Aparte de la fiesta, somos bastante informales. A Eric no se le ocurriría comentártelo.
-Gracias -dije-. ¿Qué diablos significaría «bastante informales» para los Van Allen? La idea que tenía Eric de la ropa informal era un suéter que costaba tanto como un mes de alquiler. Que no cunda el pánico, me dije. Era tarde para preocuparme por no ser rica.
-Pues entonces nos vemos allí, querida. Tengo muchas ganas.
Me quedé contemplando el teléfono después de que ella colgara, anonadada por la enormidad de mis apuros. Caroline había sido realmente muy amigable, pero conocer a los padres de Eric, algo que dos meses antes me hubiera encantado, se había convertido entonces en algo terriblemente complicado porque Sydney iba a estar allí.
Me dije a mí misma duramente que si no podía soportar un fin de semana, de ninguna manera iba a poder resistirlo toda la vida. Sería el examen final. Anteriormente ya había logrado suprimir aquellos sentimientos y volvería a hacerlo. Empezaría por ir a cenar con Sydney el viernes. Todo iría bien.
Incluso mientras me convencía a mí misma de aquello, mi vista se detuvo sobre los dos trozos de papel del escritorio. El nombre y el número que Nara me había anotado y el papelito de la Dignidad. Bruscamente me levanté y los metí en un cajón. Pero no los tiré a la basura.
-John, lo siento pero llego tarde a una cena. ¡No puedo! -Sydney no pretendía ser tan rotunda, pero John se quedó mirándola sorprendido-. Lo siento, lo siento. Es que estoy cansada.
-Ultimamente te noto cambiada, Syd -John no era amigo de andarse por las ramas.
Ella se levantó y empezó a guardar cosas en su maletín.
-Lo sé. Estoy nerviosa por esta nominación. He empezado a recordar por qué decidí no volver a presentarme a concejala. Es es-tre-san-te.
-Eso no es todo -dijo John-. Hay algo más. No tienes por qué contármelo, pero quería que supieras que se te nota.
Sydney se mordió el labio inferior.
-Gracias. No te preocupes. La Reina del Hielo sigue aquí.
-No tiene por qué volver...
-Oh, claro que sí -dijo Sydney rápidamente-. Mi vida era mucho más sencilla antes... bueno, simplemente es más sencilla si estoy concentrada. Tuve que llamar a mi mentor la semana pasada y eso me puso nerviosa. -Cerró con un chasquido el maletín.
John le puso la mano en el hombro mientras ella se levantaba.
-Intentaré dejarte en paz un tiempo, entonces.
-Eres un negrero, John. Sigue así.
-Me olvido de que tienes límites.
Sydney se apresuró hacia la puerta del despacho mientras le decía:
-Lo que me trae problemas es olvidarme de los límites. Cierra con llave, ¿vale?
-Hecho.
Esperó nerviosa el ascensor. En realidad no llegaba tarde a la cena con Faith, pero quería ir a casa a cambiarse. La mostaza del frankfurt que le había llevado Cheryl para comer adornaba la solapa de su traje gris perla. Afortunadamente el taxi fue rápido y tuvo tiempo de pensar en qué sería apropiado ponerse. Ir con suéter y pantalones le parecía demasiado informal para una cena, pero otro traje sería demasiado impersonal. Por fin se decidió por unos pantalones negros de lana, con una blusa verde esmeralda de seda salvaje, de cuello alto, y un chaleco negro que se ataba en la espalda para ajustarlo.
Eso. Estaba lista. Se contempló en el espejo y supo que se había vestido para una cita. La delataban sus manos temblorosas. Pero si no podía superar una cena, ¿cómo iba a ser capaz de superar un fin de semana con Faith sin descubrirle lo que sentía por ella? ¿Y si Faith se casaba con Eric? ¿Entonces, qué?
Aunque Sydney se había preparado, no estaba lista para la incuestionable bienvenida de los ojos de Faith. Tampoco estaba lista para el sencillo vestido negro de cuerpo ceñido que llevaba. Sydney sintió la urgencia de zarandearla. ¿Acaso no tenía ni idea de lo encantadora que era? Una cara expresiva y una piel que muchas de las viejas amigas de Sydney pagaban fortunas intentando conseguir. ¿No se daba cuenta Faith de que estaba llevando a Sydney a la ruina?
-Acabo de llegar -le dijo Faith-. No llegas tarde ni mucho menos.
-No, pero si llego a dejar que mi asesor se saliese con la suya seguiría encadenada a mi escritorio.
-Puedes echarle a Eric la culpa de todo.
Sí, pensó Sydney, todo eso era culpa de Eric. Por haberle presentado a Faith y por haber insistido en que salieran a cenar mientras él estaba fuera de la ciudad. Eric y Faith eran demasiado cándidos, pensó irritada. ¿Qué se creían, que ella era de piedra? Faith pidió un té helado y el camarero se volvió hacia Sydney.
-Dos dedos de Glen -dijo, y después literalmente ahogó un grito ante lo que había dicho-. No, Stanley, no me lo traigas. Té helado. -Stanley sonrió comprensivamente y se desvaneció con la misma facilidad con la que había aparecido-. ¡Dios! -exclamó Sydney-. Hacía tiempo que no me equivocaba.
-¿Qué carajo es el Glen? -Faith apoyó la barbilla en la mano con una sonrisa que no ayudó en absoluto a tranquilizar los nervios en punta de Sydney.
-Glendfiddich. El whisky escocés de pura malta más suave y más dulce que existe sobre la faz de la Tierra. Cinco generaciones de la familia William Grant llevan destilándolo con amor en Banffshire, Escocia, desde 1887. Cuando se me acerca un camarero, de forma automática quiero pedirlo. Lo hice miles, y no exagero, miles de veces.
Pero hacía ya tiempo desde la última vez que pedí uno de verdad.
-¿Demasiado estrés, tal vez?
-¿Estrés? -Sydney intentaba relajarse para estar a tono con los modales fríos y tranquilos de Faith-. No sé por qué tendría que estar estresada.
-Por el trabajo de abogada, por demasiado trabajo voluntario en el que mucha gente depende de tu ayuda, y por una campaña política a la vista.
Alarmada, Sydney dijo:
-¿Y tú cómo sabes eso? Todavía no es algo seguro.
-¿Lo de la campaña? Uno de los profesores con los que trabajo cree que deberías ser senadora estatal. En realidad solo estaba pinchándote. Quería ver si era algo en lo que habías pensado. -Faith había actuado sin la menor malicia y Sydney se relajó.
-Lo he estado pensando. Otras personas también han estado pensándolo. Pero eso es todo.
-Yo te votaría -dijo Faith.
-Gracias -logró decir Sydney mientras el camarero les servía el té helado y una bandejita de quesos de importación y de galletas saladas-. Necesitaría todo el apoyo que pudiera conseguir.
-¿Las señoras quieren pedir ya?
Faith parecía desconcertada y miró subrepticiamente a su alrededor.
Sydney sonrió para tranquilizarla.
-Aquí no hace falta carta. Pide lo que te apetezca, que ellos tienen de todo. Yo pediré mi plato favorito. -Miró al camarero-: Filet mignon poco hecho, con glaseado de pimienta verde y setas.
-El chef acaba de sacar del horno brioches rellenos de cangrejo y langosta con crema de vino. ¿Les gustaría uno como entrante?
-Si tú no quieres, yo sí -dijo Faith-. Suena de fábula.
-Pues partámonos uno -propuso Sydney-, porque también quiero puré de patatas con ajo y una ración doble de brécol como penitencia.
El camarero sonrió y se volvió hacia Faith.
-¿Qué puedo traerle?
Faith parecía desorientada, pero enseguida dijo con una sonrisa picara:
-Tomaré lo mismo que ella, excepto el brécol. ¿Ensalada de espinacas?
-Por supuesto, señora. ¿Qué le parecería un aderezo de beicon crujiente en la ensalada?
-Maravilloso -respondió Faith.
Stanley les sonrió cordialmente:
-Traeré el brioche en un momentito. ¿Puedo traerles también un bol de sopa? Hay de apio y zanahoria y sopa de pescado con almejas de Nueva Inglaterra.
-Yo probaré la de apio y zanahoria -resolvió Sydney.
-La sopa de pescado me parece perfecta -respondió Faith cuando Stanley le lanzó una mirada. Contempló cómo se iba y después se volvió hacia Sydney-. Perdóname por comportarme como una campesina -dijo frunciendo la boca-. Nunca había estado en un sitio así.
Sydney intentó no quedarse mirando los labios de Faith, pero solo tuvo éxito en parte.
-Me gusta este sitio. Puedo venir después de una reunión a última hora y tomarme una sopa y un sándwich vegetal a media noche.
-¿Es un problema la crema de vino? Espero que no sea una pregunta estúpida -dijo Faith.
-¿Lo dices por el alcohol? Si está cocinado no es ningún problema, al menos para mí. El alcohol ha desaparecido en su mayor parte. Seguramente incluso podría tomarme una copa de vino, aunque no quiero poner a prueba esa teoría. El vino nunca fue un problema para mí.
-¿El whisky escocés de pura malta destilado por cinco generaciones de escoceses? -La sonrisa picara de Faith hizo que los nervios de Sydney se convirtieran en miel, lo que la hizo enfadarse aún más consigo misma.
-Tú lo has dicho -suspiró Sydney. Últimamente pensaba demasiado en la bebida, igual que pensaba demasiado en Faith. Y ambas cosas le traerían problemas.
-Sabes, Eric me ha hablado muy poco de ti. -Faith dio un sorbo de su té y clavó sus ojos en Sydney con una mirada serena que Sydney le envidió.
-Y espero que lo poco que te contara fuera bueno. -Se enzarzó en su habitual charla autobiográfica-. La verdad, no hay tanto que contar. Me gradué en Brown, hice un máster en Ciencias Políticas en la Escuela de Administración JFK y me doctoré en Derecho en Harvard. Después, compensé lo de ser una estudiante modelo emborrachándome espectacularmente durante tres años, perdiendo prácticamente a todos mis amigos y casi a mi familia, y después me pasé dos años de rehabilitación y siendo improductiva en general.
-La pereza -comentó Faith- es uno de mis pecados capitales favoritos.
-Era peor que pereza.
-¿Desidia? ¿Displicencia? ¿Galbana?
Sydney se rió:
-¿Galbana? Te lo estás inventando.
Faith citó remilgadamente:
-«Galbana: nombre. Pereza, desidia o poca gana de hacer algo.»
-Recuérdame que nunca juegue al Scrabble contra ti.
-Sabrías defenderte -predijo Faith-. Recuerda que has leído mucho.
-Estuve dos años leyendo cerca de cuatro libros a la semana. La verdad es que no dormía demasiado. No quería -reconoció Sydney. Era difícil hablar de aquella época mientras Faith la miraba con tanta inocencia. Podía no tener ni idea del tipo de persona que había sido Sydney y ella no estaba dispuesta a darle más pistas-. Cuando dejé la bebida empecé a ejercer de abogada de forma gratuita para una casa de acogida de mujeres que había sido demandada por un marido airado porque los guardias de seguridad se habían visto obligados a contenerle por la fuerza. En cualquier caso, el juicio no tenía ningún mérito. -Oyó cómo su voz se iba volviendo apasionada, le sucedía siempre que hablaba sobre aquel caso-. Era mi primer caso y no era difícil, pero lo preparé como si estuviera presentando alegaciones ante la Corte Suprema. Tenía que demostrarme a mí misma que podía hacerlo. Después de eso, acepté todas las solicitudes de trabajo voluntario que pude asumir. Hace falta mucha ayuda. Después de un par de años ya había recuperado la confianza.
-Tras el principio tan duro que tuviste, es impresionante que te eligieran para un cargo público tan rápidamente. La gente suele tener buena memoria.
-Bastante buena -convino Sydney-, pero yo tenía un proyecto que gustaba a la mayoría de gente, así que me votaron. La Medida D se aprobó y regresé a la abogacía. Pero desde que me he recuperado, he tenido que ser extremadamente cuidadosa. Cada mañana al levantarme me digo a mí misma que voy a demostrarme que no soy la persona que fui. Supone mucho trabajo pero, a veces, logro relajarme.
-¿Nada de vida sentimental? -Al preguntárselo, Faith pareció ponerse súbitamente tensa, y Sydney decidió que debía de saber que era lesbiana pero que hablar sobre ello no la hacía sentir especialmente cómoda. Estaba retorciendo la servilleta. No, no estaba cómoda en absoluto.
-Nada de nada de vida sentimental. No solo me distraería de mi trabajo, sino que estaría estrechamente vinculada a la bebida. No estoy segura de que si empezara con una cosa no siguiera con la otra -dijo esperando no estar siendo demasiado indirecta.
Al parecer no. Faith asintió levemente y dejó de retorcer la servilleta. Justo en aquel momento Stanley sirvió el brioche, en cuyo centro agujereado rebosaban trocitos de cangrejo y de langosta en una salsa aromática y cremosa. Con destreza puso los platos y los cubiertos necesarios y las instó a disfrutarlo.
Faith dijo con una risa:
-¿Puedo venir a cenar todas las noches?
Sydney sólo pudo sonreír y esperó haber disimulado la desazón que sentía, pues su cuerpo había respondió a la pregunta de Faith completamente en serio. El «Sí» lo había dicho con tanto énfasis que se había visto forzada a apretar los muslos y presionarse el estómago con una mano.
-Estoy muerta de hambre -dijo. Y era cierto. Demasiado cierto.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:08 pm

Me he derramado como el agua... mi corazón se ha vuelto como cera (Salmos, 21:15)
No recuerdo demasiadas cosas concretas sobre la cena. La comida estaba deliciosa, por supuesto. Sydney era divertida y hablamos de arte y de política -llevándonos de maravilla, tal como lo había formulado su madre-. Pero cuando yo no estaba completamente absorta en la comida o en la conversación, me recordaba a mí misma que no tenía ningún futuro con ella, salvo como cuñada suya.
Sydney sería una buena amiga, me decía a mí misma. Era evidente que era honesta y entregada y que había llegado a un entendimiento consigo misma después de una lucha terrible. Su fuerte personalidad formaba parte de ella tanto como el color de sus ojos. También era evidente que había dejado a un lado la vida personal en pro de la abogacía y de la política. Mientras comentaba un par de casos especialmente intrincados, quedó claro que creía sinceramente en que si insistía con voluntad férrea en hacer lo correcto, la justicia acabaría por prevalecer.
-Si te conviertes en senadora, ¿no será difícil tener que negociar con los votos? ¿No es así como funciona la política?
Sydney levantó la vista del postre, una torta de chocolate y caramelo.
-Cuando fui concejala me pareció duro. De hecho, es lo que me tiene indecisa sobre lo de ser senadora. Tendré que votar por cosas a favor de las que no lo estaría normalmente, a cambio de votos en los temas que a mí me importan. Lo único que deseo es poder mantener la mirada puesta en el bien final y no en el juego del trueque. Para algunos este intercambio es lo único importante, y les trae sin cuidado lo que le sucede a la gente. Ese es el motivo de que yo esté allí.
Mi pastel de queso con avellanas y encaje de chocolate amargo casi se había acabado y yo, teniendo en cuenta la comida que acababa de tomar, sólo me sentía ligeramente empachada, y era un tipo de empacho agradable. La gula, otro de mis pecados capitales favoritos.
-Hay una ética parecida entre algunos académicos que están más preocupados por asegurarse los premios y las subvenciones que por el estudio en sí. Y también la universidad propicia esta actitud. A mí han llegado a decirme que, dado que un best seller del New York Times podría disparar los fondos para ayudantes de investigación y para becas, podría escribir más... para mayor gloria de la Universidad. Yo lograría dejar de impartir clases en la Universidad para enseñar a licenciados en Historia. Saboreé mi último trocito de pastel de queso.
-Claro que si no hiciera yo misma la investigación, entonces perdería la profundidad de comprensión del tema que necesito para producir lo que yo considero un trabajo de calidad. Yo aspiro a añadir comprensión y perspectiva crítica a la historia, no a escribir dos o tres libros al año. Por supuesto que me gustaría dar clases a licenciados, pero puedo vivir sin ello.
Sydney se tragó lo que le quedaba de torta con una sonrisa satisfecha.
-Una vez oí un chiste sobre la Universidad. Dicen que están tan ansiosos por aumentar la lista de miembros de la Universidad de Chicago galardonados con el Nobel, que añadieron a la lista a Henry Kissinger porque se paró a preguntar una dirección.
Solté una risita:
-Este chiste hace tiempo que corre y creo que es cierto. No quiere decir que no haya magníficos estudiosos en la Universidad...
-Mejorando lo presente -puntualizó Sydney.
-Vas a hacer que me ruborice -dije-. Si es que no me he puesto roja aún con toda esta comida.
-Digamos que no tienes mucho ego, ¿no?
-Eso me han dicho. Pero sí que tengo, lo que pasa es que no es muy llamativo. -Miré el reloj: eran más de las diez.
Sydney malinterpretó el significado y dijo nerviosa:
-Se está haciendo tarde. Espero que no sea un inconveniente para ti. Podemos irnos ahora mismo.
-¡Oh, no! Tomémonos nuestro tiempo. Es decir, si a ti te va bien. -Me había acabado el pastel de queso, pero aún faltaba el expreso, que acababa de alcanzar la temperatura ideal.
-En realidad, estaba pensando que podíamos ver qué ponen en el cine de la Torre Water. A esta hora debe de haber por lo menos una sesión más.
Me conté a mí misma una flagrante mentira: que el hecho de que prolongáramos la velada no tendría consecuencias para mí. Para variar, mentir no era uno de los pecados capitales.
Unos quince minutos más tarde estábamos recorriendo en taxi las ocho manzanas que nos separaban de la Torre Water. Llegamos hasta el cine sólo para vernos decepcionadas por la oferta:
-Violencia, violencia, Disney, más violencia, terror para adolescentes, ya la he visto y la crítica es deplorable. -Sydney se mordió el labio inferior-. No sabía que existiera El cortador de césped 1, por no hablar del 2 ó del 3.
-Ninguna de estas películas estarán nominadas a los premios de la Academia.
-¡Qué lastima! -dijo Sydney mordiéndose el labio-. Me apetecía ver una película.
-A mí también -repliqué. «Bueno, no tanto ver una película como pasar más tiempo con Sydney.»
Intenté rectificar aquel pensamiento, pero era demasiado tarde. Me había olvidado de mentirme a mí misma. Aun así, sólo era uno de los pocos deslices de la velada y, de momento, no estaba mal. Aunque quizás no sería mala idea irse a casa. Estar sentada al lado de Sydney en una sala a oscuras y sentir el calor de su cuerpo a centímetros del mío... La mentira podía no ser un pecado capital, pero la lujuria sí que lo era.
-¿Qué te parecen unas palomitas y una partida de billar en casa? ¿O de ping-pong?
-Sinceramente, si como algo más me pondré mala. De verdad. -No era mentira.
Estaba a punto de añadir que el billar parecía divertido cuando Sydney pareció cambiar bruscamente de idea.
-Pues entonces, nos vamos a dormir -añadió rápidamente-. Acabo de recordar que a la hora del desayuno tengo una reunión.
Accedí, intentando parecer contenta a pesar de la repentina decepción que sentía por dentro. Insistió en que cogiéramos el mismo taxi para poder dejarme sana y salva en casa y poder así pasarle un informe completo a Eric.
Eric. Esto se estaba volviendo demasiado serio, demasiado complicado y, sobre todo, iba demasiado deprisa.
Eric regresó de Hong Kong la tercera semana de octubre. Había estado trabajando casi sin parar en la supervisión de la construcción. Tendría que volver por un par de semanas más, aproximadamente por Acción de Gracias.
Desde el momento en que le vi me sentí dividida en dos personas. Le devolví su cálido abrazo y su suave beso sin pensármelo dos veces, pero otra parte de mí comparó su beso con la pasión devoradora de Renee y especuló acerca de cómo serían los besos de Sydney. No sentí tensión, sino cierta distancia.
Cenamos y después fuimos hasta Aurora, donde en un cine de arte y ensayo proyectaban El león en invierno en pantalla grande. Suspiré en la memorable escena en que Leonor examina en un espejo de bronce cómo se desvanecen sus encantos. La Hepburn, con casi sesenta años, nunca me había parecido tan guapa. Sus ojos eran ventanas al personaje que estaba creando. Enrique la tildaba de maquinadora, embustera y manipuladora, pero yo prefería astuta, política y decidida.
Mientras salíamos del cine, Eric preguntó:
-¿De dónde vamos a sacar esos trajes?
-Conozco a alguien que está en la SAC. Seguro que sabe dónde podemos encontrarlos.
-¿La Sociedad de Amigos del Carnaval?
Me reí:
-La Sociedad para el Anacronismo Creativo. Es un club social de teatro improvisado donde la gente se disfraza de personajes medievales y organizan fiestas. Hacen mucho hincapié en lo que respecta a la ambientación fiel y exacta.
-La verdad es que suena muy divertido.
-He pensado en hacerme miembro, pero puede llegar a ocupar mucho tiempo, por no mencionar la esquizofrenia que hace falta. -A medida que avanzaba la velada, cada vez estaba más familiarizada con la esquizofrenia.
-Entonces, ¿te encargas tú de mirarlo? Dime si tengo que hacer algo. Me alegro de que vayas a venir a Lakeview a pasar el fin de semana de Halloween. Creo sinceramente que te lo vas a pasar bien.
Le aseguré que así sería, y eso creía una parte de mí mientras la otra parte sabía que Sydney iba a estar ahí. Le pedí que entrara a ver mi apartamento y dio su aprobación con una sonrisa diciendo que la sencillez del piso era muy de mi estilo. En contra de las suposiciones de mi madre, no intentó abusar de mí. Nos tomamos una taza de café y se fue dándome uno de sus habituales besos suaves.
Incluso al mismo tiempo que me decía a mí misma que habíamos disfrutado de una velada agradable, avanzaba hacia mi escritorio, abría el cajón de arriba y sacaba el folleto de la Dignidad. Un hombre muy amable que atendía el teléfono de veinticuatro horas me dio la dirección de la siguiente reunión del grupo de apoyo. Me fui a la cama sintiéndome como una sonámbula.
Tuve pesadillas escabrosas e infantiles, con llamas, demonios con cuernos, y la atronadora voz de Dios (que se parecía mucho a la de mi padre) bramando en un lenguaje que no reconocí, pero que entendía. Una frase estaba clara y la repetía una y otra vez: «Es una aberración». Por la mañana me reí de esas imágenes, decepcionada por que mi psique fuera tan transparente.
Después de la clase del lunes me di cuenta de que no había visto a James desde el miércoles anterior. No contestaba al teléfono y la secretaria del departamento de Inglés me dijo que había llamado para avisar de que estaba enfermo. Entonces caí en que no me había enterado del resultado de su visita al médico, ni siquiera de si había ido. Habían pasado varias semanas y - sospechaba que había vuelto a posponerlo. Cuando entró en mi despacho a última hora del día, me alegré de verle.
-Pues no me pareces tan enfermo -dije-. ¿Te has tomado un fin de semana largo?
Hizo una mueca mientras se sentaba y me di cuenta de que parecía muy cansado.
-Aunque por otro lado, tampoco es que te vea especialmente bien -continué-. ¿Qué sucede?
-Fui al médico -respondió-, y me dijo que aún me quedan unos cuantos meses de vida.
Me reí.
-¿Y después de eso te mudarás a Skokie?
-De hecho, el oncólogo habló de dos meses, quizás tres -apretó los labios.
Entonces me di cuenta de que no estaba bromeando.
-James, ¿qué...?
-No te pongas sentimental conmigo. Ya lo sabes, mi padre se murió con cuarenta años. Mis tíos antes de cumplir los cuarenta y cinco. Yo no esperaba mucho más, y menos después de la vida que he llevado, pero creía que contaba con un par más de años -sonrió con ironía-. El lado bueno es que no tendré que volver aquí. ¡Que les jodan!
A través del apretado nudo de la garganta logré pronunciar:
-¿Qué es lo que tienes exactamente?
Me miró con compasión, mientras yo intentaba mantener alguna apariencia de serenidad. Tenía la sensación de que me ardía la garganta y los ojos me picaban. Meg podía llorar con elegancia en un abrir y cerrar de ojos, pero yo nunca le había cogido el tranquillo.
-No llores, que te saldrán manchas. Tengo cáncer de esos órganos totalmente ignorados, como el bazo y el páncreas. Quizás incluso de hígado. Pero he decidido no hacerme las pruebas para averiguarlo. Tengo que administrar sabiamente mi tiempo.
Intenté contener las lágrimas que se me escapaban porque sabía que le iban a molestar, pero no tuve el menor éxito.
-Lo siento -dije tragando saliva.
-Encender velas no va a ayudarme, pero sí que necesito las oraciones, así que tú misma. Y he de pedirte un favor.
-Lo que quieras -me ofrecí.
-No vengas a visitarme. Voy a ponerme muy enfermo en poco tiempo. Y no lo soportaría.
-¿Así que esto es un adiós? -Me sentía como si me fuera a explotar la cabeza.
No dijo nada, sino que apoyó la mano en la mía durante un momento antes de levantarse y besarme en la coronilla. Después salió cerrando la puerta del despacho.
Lloré. Intenté hacer unas cuantas cosas para dejar de llorar, pero solo servían para volver a empezar. Al cabo de un buen rato me di cuenta de que se había hecho muy tarde y de que el autobús hasta el El ya no funcionaba. No me importaba lo más mínimo. Volvería en taxi. De todos modos, era más seguro.
Como en un letargo, guardé mis cosas y llamé a un taxi para que me recogiera en la puerta Oeste, lloré un poco más y después logré andar entre el frío aire de la noche para encontrarme con el taxi.
Cuando llegué a casa encendí el televisor nuevo para distraerme, aunque no tenía ni idea de lo que estaba viendo. Deseaba terriblemente llamar a Sydney en busca de consuelo, pero era la última persona a la que podía llamar, de modo que me quedé sentada, petrificada por el profundo dolor y la culpabilidad. A media noche me desperté desorientada y entonces me acordé de James y me arrastré hasta la cama con una caja de pañuelos de papel para seguir llorando.
El Tylenol no hizo nada por aliviar el espantoso dolor de cabeza con el que me desperté. No tenía hambre. En vez de ir al despacho, me encontré en el El hacia la catedral de St. Anthony. Como era temprano para la confesión, no tuve que esperar. Las viejas palabras fluyeron con facilidad.
-Perdóneme, padre, porque he pecado. Hace dos meses de mi última confesión.
-Confiesa tus pecados, arrepiéntete de ellos y serás perdonada -la réplica en voz baja provino desde el otro lado de la celosía.
Agaché la cabeza.
-He tenido pensamientos impuros. -Qué arcaico sonaba-. Yo... yo quiero estar con alguien prohibido para mí. Padre, ayúdeme -la súplica me salía de lo más hondo del alma.Compasivamente me dijo:
-Hija, has de contarme más.
-Salgo con un hombre que podría pedirme que me casara con él. Le quiero, pero no le amo y me siento muy atraída por alguien de su familia.
-¿Y ese otro hombre no está a tu alcance?
Con voz temblorosa, desvelé mi gran secreto.
-No es un hombre, padre. Es una mujer, su hermana.
Nerviosamente, replicó:
-¿Sabes que es un pecado muy grave, criatura?
-Lo sé.
-¿Has actuado en consecuencia con tus sentimientos?
Ya había confesado mi aventura con Renee.
-Anteriormente tuve ese problema una vez, Padre, y fui absuelta. Esta vez, no. No he... actuado.
-¿Te arrepientes de tus pensamientos impuros?
-Me gustaría, Padre. Lo he intentado, pero sigo pensando en ella. Ayer recibí noticias muy tristes y lo único que quería era que ella me abrazara... -se me quebró la voz.
-No puedo absolverte de algo de lo que no te arrepientes. No puedes ceder a esa tentación, estás arriesgando tu alma.
-Lo sé.
Firmemente insistió:
-Has de arrepentirte.
Agaché la cabeza. Anhelaba la absolución, pero sería mentira decir que me arrepentía de lo que sentía por Sydney. Mis sentimientos crecían cada día trazando una línea brillante en mi vida.
-No puedo.
-Entonces no puedo absolverte y no puede haber penitencia.
Tomé aire y luché contra las lágrimas. Cuando recuperé la voz le dije:
-Padre, un amigo mío se está muriendo y sólo tiene treinta y ocho años. ¿Por qué le está haciendo esto Dios?
-Esto es confesión, hija. Has de acudir a tu sacerdote para que te guíe por los designios de Dios.
La sangre me palpitaba en las sienes.
-Pues confieso mi ira contra Dios por hacerle esto a mi amigo. Y también mi rabia hacia él porque me dio la capacidad de sentir amor por otra mujer sólo para decirme que debo arrepentirme de esos sentimientos.
Duramente, habló.
-Estos sentimientos no provienen de Dios. Son las tentaciones del diablo.
-¿Es obra del diablo hacer que me odie tanto a mí misma?
-Criatura, debes regresar de ese camino. Has de arrepentirte y serás absuelta.
-No puedo arrepentirme -dije en un fiero susurro.
-Entonces no podrás disfrutar de la gracia de la comunión hasta que lo hagas.
No dije nada más, consciente de que no iba a obtener lo que tanto deseaba: la aceptación y el perdón. Ahí no estaban. Nunca habían estado.
Había recobrado el control sobre mí misma cuando le expliqué a Eric lo de James. Fue compasivo y se entristeció por mí. Me di cuenta de que habíamos llegado a estar emocionalmente muy cerca y mentalmente me flagelé a mí misma por lo que sabía que era un engaño constante por mi parte, pero no tenía valor para detenerlo. Quería que sucediera algo, quería que las cosas se me escaparan de las manos. No quería ser la culpable de causarle daño, porque le quería, igual que a mi hermano.
Para evitar ir a misa dos domingos seguidos tuve que inventar excusas para mi madre y asegurarle -mintiendo entre dientes- que iba a misa a la pequeña iglesia que quedaba solo a dos manzanas de mi apartamento. En comparación con el «Gran Pecado» del que era culpable, las mentiras contaban mucho menos. El domingo antes de Halloween volví a saltarme la misa, aunque pude ver que mi madre estaba enfadada, pero yo no podía volver a la catedral de St. Anthony, ya que cuando había necesitado consuelo allí me lo negaron. No sabía nada de James, y la sensación de condena irremisible -la suya y la mía- me acompañaba cada día. Sin la base de meditación que siempre me había proporcionado la asistencia a misa, me sentía como si anduviera sobre un abismo por un puente de papel.
Sin embargo, a medida que transcurrían las semanas sin ningún contacto con Sydney, había recuperado un poco la apariencia de identidad propia que tenía antes de conocerla. Había logrado volver a convencerme a mí misma de que estaba haciendo lo que debía y creía que, quizás, después del fin de semana en casa de los Van Allen podría volver a St. Anthony y decir sinceramente que estaba arrepentida. Quizás no sentía pasión por Eric, pero la sentiría. Sencillamente estaba sacando conclusiones absurdas de unos pocos encuentros con Sydney. Y volver a ver a Renee no había servido de ayuda. Pero yo podría hacerle frente, me dije. El fin de semana de Halloween serían mis tres días en el desierto y, una vez que los hubiera superado con éxito, podría mirar esperanzada hacia la vida que me decía a mí misma que siempre había deseado y que Dios tan claramente quería para mí.
La familia Van Allen había amasado su fortuna en el transporte mercante y ferroviario y ahora la reforzaba un inmenso imperio inmobiliario. La casa de la familia, Lakeview, estaba al norte de Chicago, entre el lago Forest y el lago Bluff. Era como un palacio que se erguía en medio de ochocientas hectáreas de terreno delimitado al oeste por una amplia avenida jalonada de árboles, al sur por la propiedad del hijo de un ex presidente y al este por el lago Michigan. Era un lugar retirado y los gruesos olmos y robles mostraban el color del dinero viejo. Hacia el norte había un enorme jardín que era el proyecto de Caroline Van Allen, continuación de los designios de la abuela de Eric. Los jardines dejaban paso a un refugio de vida salvaje que a su vez daba paso a una base de entrenamiento naval. Quedaba muy pero que muy lejos del sur. Cuando la casa apareció ante nosotros, le dije:
-Anoche soñé que volvíamos a Manderley.
Eric me dio una palmadita en la rodilla.
-No es tan grande.
-Es más grande que el Hearst Castle -le dije. En apariencia general, los edificios eran de estilo georgiano, con imponentes puertas de doble altura en el edificio central y en las dos alas.
Un alegre sirviente saludó a Eric mientras salía del coche y esperó a que me ayudara a bajar antes de entrar y llevarse el coche a la parte trasera de la casa. Busqué mi bolsa de viaje y Eric me dio un golpecito en el brazo:
-Lance la llevará a tu habitación. No te preocupes.
Le lancé una mirada y sonreí irónicamente.
-Tengo que reconocer que estoy apabullada. No me esperaba que esto se pareciera tanto a un castillo. -Pensé que Leonor hubiera apreciado las dimensiones de la mansión y de las tierras. Era tan grande como cualquiera de las que ella había conocido. Los jardines hubieran sido campos y los siervos se encargarían de la cosecha. La explanada de césped resplandeciente podría haber servido de palestra.
-No te dejes intimidar -dijo Eric en un susurro-. El rey y la reina son muy amistosos.
lo eran. Después de que una camarera me acompañara a la habitación, donde deshice la bolsa rápidamente, volví a reunirme con Eric en el inmenso vestíbulo central. Lo único en lo que podía pensar era en lo que se tardaría en sacar el polvo a los cientos de refulgentes trocitos de cristal de la araña. Eric me escoltó hasta la sala de estar de la familia, una sala larga y muy iluminada con sofás y sillas suficientes para veinte personas y una enorme chimenea al fondo.
Sus padres me dieron la bienvenida con encanto y afable cortesía haciendo que me sintiera cómoda en mi sencillo atuendo compuesto por un suéter y unos pantalones. La madre de Eric, que me dijo que la llamara Carrie, también llevaba un suéter y unos pantalones sport, pero mientras que los míos eran de lana y lino, los suyos eran de cachemir y seda salvaje.
Eric padre llevaba unos pantalones sport verde oscuro y un informal càrdigan marinero sobre una camisa blanca almidonada. Enseguida me explicó que había leído mis dos libros y que estaba ansioso de poder hablar conmigo acerca de mis métodos de investigación.
La cena consistió en un bufet informal, es decir, en la medida en que un bufet con ternera Wellington y lomos de salmón escalfados puede ser informal. Había otra docena de huéspedes, algunos de la familia, pero la mayoría relacionados con la organización de la fiesta de la noche siguiente.
Mastiqué felizmente una tarta de cerezas y sentí cierta calidez interior por primera vez desde hacía semanas. Era evidente que los padres de Eric habían decidido agasajarme con una buena bienvenida y Eric estaba genial y más encantador de lo que nunca le había visto. Le amaba, me dije a mí misma. Era literalmente todo lo que una mujer podía desear. Le sonreí mientras contemplaba cómo se le iluminaba la cara cuando alguien entró en la sala. Me volví para ver quién había llegado.
Al verla el pulso se me desbocó: parecía tan fuerte y tan guapa... Por encima del hombro de Eric, su mirada se encontró con la mía y logré sonreír y utilizar mi tenedor para esbozar un saludo de bienvenida. Carrie y Eric padre se apresuraron a abrazarla con el mismo entusiasmo que Eric, mientras Carrie le comentaba que estaba demasiado delgada y Eric padre le decía ásperamente que llevaba demasiado tiempo fuera.
-¿Vienes sola, querida? Siempre que quieras puedes venir con alguien, ya lo sabes. -Caroline seguía sosteniendo la mano de Sydney mientras la llevaba hacia la mesa del bufet.
-Vengo sola. No hay nadie especial, mamá. -Sydney se sirvió ensalada.
-Bueno, pues cuando lo haya ya sabes que la puerta está abierta. No importa de quién se trate -Carrie parecía demasiado ansiosa por dejarlo claro y me di cuenta de que Sydney me estaba mirando a través del reflejo del espejo que había sobre la mesa del bufet. Me envió una sonrisa que decía «¡Madres!», a la que respondí. La preocupación de Carrie me resultaba familiar, pero tuve la sensación de que ella lo decía más por el bien de Sydney que por el suyo propio. Era obvio que quería asegurarse de que Sydney era feliz.
A mi alrededor no quedaban asientos vacíos, y fue un alivio para mí que Sydney se sentara en el otro extremo de la mesa. Eric estaba conversando con su padre y Carrie desapareció en dirección a la cocina. Hablé de esquí con una de las primas de Eric, mejor dicho, ella habló conmigo sobre ir a Suiza por Acción de Gracias y yo la escuché con educación, haciendo comentarios intrascendentes cuando ella hacía alguna pausa.
Descubrí que yo era capaz de mantener una conversación racional aunque hubiera partes de mí que se estuvieran estremeciendo de miedo. Cuando miraba a Sydney sentía un fuego en los nervios que me cosquilleaba por todo el cuerpo. Su simple visión hacía que todas mis mentiras y mis evasivas cayeran hechas añicos a mi alrededor. No podía estar engañándome a mí misma el resto de mi vida. Eric era una persona demasiado maravillosa para tener solo media esposa, en caso de que, a pesar de que yo sintiera lo que sentía por Sydney, llegara a casarme con él.
No creía que pudiera. Estaba casi segura de que, de no haber aparecido Sydney, hubiera podido, a menos que alguna otra mujer me hubiera hecho sentir así. Eran las mujeres, no era una casualidad. Renee no había sido una anomalía, lo reconocí. Yo era... lesbiana y no habría absolución porque yo sabía que no había cura. Y mientras quizás podría encontrar algo a lo que agarrarme para evitar caer en la tentación, nunca podría decir que me arrepintiera de sentir esa tentación.
Los otros huéspedes se dispersaron para dedicarse a sus diversas actividades, mientras que Eric y Sydney, junto con sus padres, me llevaron a una acogedora salita en la que poder pasar una agradable velada de conversación. Eric padre estaba sinceramente interesado en mis libros y confesó ser un medievalista. Prometió enseñarme su biblioteca en algún momento del fin de semana y me ofreció cualquier material suyo que pudiera serme útil para mis investigaciones. Deduje, como era algo a lo que al menos quería dedicar una hora, que la biblioteca no era pequeña.
La velada transcurrió sin ningún incidente destacable salvo mi corazón trepidando de vez en cuando y una frecuente sensación de vértigo. Intentaba no mirar a Sydney y me preocupaba que pudiera sospechar algo. Ella tampoco hacía nada por acercarse a mí.
Mi dormitorio era encantadoramente europeo y esa distracción me ayudó a disfrutar de un buen sueño nocturno. La chimenea de mármol italiano y la enorme cama con dosel me ayudaron a no pensar en el aprieto en el que estaba. Imaginé a Leonor, quizás cepillándose el pelo frente al fuego para secarlo.
Después del desayuno, Eric confesó que tenía una teleconferencia de la que no podía librarse y dijo que su madre me enseñaría los jardines mientras él trabajaba.
-Pero te prometo que es la última interrupción - guró con su sonrisa habitual. Su encanto me reconforto el corazón igual que un chocolate caliente en una manana de otoño. ¿Por qué no podía querer a ese hombre tal como debería?
-Promesas, promesas -dije tan frívolamente como pude-. De todos modos estaré bien sin ti. Quiero ver todo, y contigo dando patadas a las guijarros y presetándome si ya he acabado no hay manera.
Carrie se rió:
-Le conoces bien, ¿verdad?
-Se portó fatal en la función benéfica del Lincoln Park.
Me estaba encogiendo de hombros con la cazadora puesta en el vestíbulo cuando escuché unos suaves pasos en las escaleras. Supe quien era sin mirar. La calidez me provocaba Eric palideció en comparación, con Ia eclosión de calor en mi cara y brazos. De repente, me sentía como si estuviera delante de un horno con la Puerta abierta.
-Hola a todos. Siento haberme perdido el desayuna .
-Te quedaste trabajando hasta muy tarde Carrie, con su brusco tono suavizado por la mirada sincera preocupación que le dirigió a Sydney.
-Inevitable -repuso Sydney-, pero ahora Puedes holgazanear todo el día.
-Pues entonces, ¿por qué no te unes a nosotras? Voy a enseñarle el jardín a Faith. Podemos esperar a que vayas a buscar algo para ir picando.
Sydney desapareció en la sala del desayuno y Eric se dirigió hacia el estudio de su padre, quien apareció con un inconfundible atuendo de golfista, se interesó por si yo estaba a gusto, besó a su mujer y salió a toda prisa por la puerta. Sydney reapareció con uno de los cruasanes recién hechos que estaban en la mesa de desayuno y las tres salimos de la casa y avanzamos hacia el norte por un amplio sendero. Los transportistas ya habían empezado a descargar las mesas y las sillas de las furgonetas y a llevarlas al interior a través de unas altas puertas cristaleras. Al pasar, eché un vistazo a la abovedada sala de baile.
Carrie caminaba con energía. Seguirle el ritmo hacía imposible la charla frívola, pero Sydney y su madre intercambiaron información familiar mientras yo les iba a la zaga disfrutando de la belleza de la mañana.
El césped se convertía en robles y más allá de los árboles había un prado de tamaño suficiente para jugar al fútbol. Un camino de grava bordeaba el prado y llevaba más allá de unas mesas de picnic y de una enorme barbacoa. Parecía tan lejos del resto de mi vida...
Pronto pude oír el parloteo de unos niños por encima de una alta cerca que, cubierta de espesa hiedra, había sido hábilmente construida entre los robles y los arces existentes. La seguimos hasta alcanzar una puerta de mantenimiento.
-Buenos días, Sr. Torres -llamó Carrie-. ¿Cuántos autobuses han venido esta mañana? -Sydney y yo nos detuvimos en la puerta mientras Carrie y un hombre escondido en las profundidades de un traje de apicultor repasaba cuántos niños se esperaban aquel día, qué bulbos habían traído, cuáles se habían cubierto de mantillo y si la poda de los abedules blancos tenía que esperar a que pasara el veranillo de San Martín.
Algún tema de interés debía de haber salido a relucir, porque Carrie gesticuló una vez, bruscamente para lo que era normal en ella, aunque se limitó a mover un brazo.
-Syd, tengo que hablar con el cirujano de los árboles. ¿Puedes llevarte a Faith de paseo? Ya os pillaré.
Sydney hizo un gesto de consentimiento.
-Estarán hablando horas -dijo Sydney, siguiendo el camino que bordeaba la valla-. Cien niños más o menos, no demasiados. No deberíamos vernos desbordados. Están organizando una actividad de Halloween en la zona del jardín central, así que vayamos al jardín marroquí, ¿vale?
Asentí con la cabeza y la seguí por el amplio sendero.
-¿Por qué solo niños? ¿Por qué no para el público en general? -Intenté no mirarla y me encontré, en cambio, tomando nota de las nítidas líneas de sus vaqueros y del reflejo brillante de su blusa escarlata a la luz del sol.
-Sígueme -dijo Sydney, y anduvimos bordeando la parte interior de la verja, donde había más niños dirigiéndose hacia el centro de los jardines-. Quédate aquí y mira esto.
El hombro de su chaqueta de ante gris rozó con mío y me odié a mí misma por ser tan consciente de eso. Durante un momento, no pude captar la escena que se desarrollaba delante de mí, pero entonces vi a qué se refería Sydney.
Un grupo de niños y niñas de ocho y nueve años entraron por las puertas principales y rodearon los parterres de árboles de hoja perenne. Se empujaban, se estiraban, discutían y se reían como hacen los niños, pero, cuando llegaron a los parterres y vieron la larga explanada de vivos colores, el surtidor de agua de la fuente al fondo y, más allá, un patio abierto rodeado con farolillos hechos de calabazas vaciadas, se quedaron boquiabiertos. Los arcos coronados con diferentes plantas invitaban a la exploración de los jardines: inglés clásico, japonés, italiano y marroquí.
La mayoría de los niños se quedaron callados por un momento, después se rieron y salieron corriendo, incluso aquellos que parecían demasiado indiferentes para creer que un jardín pudiera ser divertido.
Dos niñas cogidas de la mano pasaron corriendo por nuestro lado soltando risitas. Su inocencia y su deleite eran palpables, brillantes y puros. Sydney me cogió del brazo y tiró de mí para que cruzáramos la explanada hacia los jardines marroquíes, y durante un momento sentí la dulce inocencia de la juventud y la cogí de la mano.
-Has de ver mi planta favorita -dijo tirando de mí-. Florece en otoño.
La palma de la mano me cosquilleaba y me sentía llena de una felicidad abrasadora. La luz del sol era de un dorado intenso y la suave brisa llevaba la fragancia del final del veranillo de San Martín y levantaba mechones de pelo de la nuca de Sydney.
Me lo enseñó todo: los rosales inactivos, la salvia carmesí y azul brillante, y el jardín de hierbas aromáticas que nos hizo olisquear y reír mientras nos sonábamos la nariz. Después, corrimos hacia el largo prado que había tras el jardín principal, donde las plantas anuales y perennes estaban dando semillas para la primavera siguiente. Más allá de los parterres se abría un largo prado de gramíneas de tallo largo: cebada, trigo y otras hierbas que crecían silvestres. Sydney me dijo que ocultaban una verja que mantenía alejados de las plantas de Carrie a los herbívoros de la reserva natural.
Mientras andábamos por entre los altos tallos, iban cayéndome sobre el pelo y los hombros las diminutas semillas doradas de las pesadas vainas. Levanté la mirada un momento y contemplé cómo los tallos acabados en punta rozaban el cielo. Sentí que las semillas me entraban en los zapatos y en la camisa y le dije a Sydney que me hacían cosquillas.
-Lo sé -dijo-. Anduvo delante de mí con los brazos abiertos, rozando los altos tallos al andar y creando una ráfaga dorada a su espalda. Parecía una diosa de la tierra-. Solíamos hacer esto cuando éramos niños. Entonces la hierba nos parecía de un kilómetro de altura.
Nos asomamos por la valla, pero ninguna criatura salvaje salió de la maleza para vernos. Mientras regresábamos al jardín, que quedaba oculto a nuestra vista por la pared de hierba, Sydney volvió a cogerme la mano con el mismo gesto de inocencia que antes, pero entonces la inocencia me abandonó y me estremecí.
-Lo siento -farfulló-. Yo... yo no debería.
-No pasa nada.
Se quedó mirándome y me encontré perdida en el terciopelo de sus ojos. No podía decir nada, solo mirar hasta saciarme.
-Debería ser más prudente -se disculpó Sydney mordiéndose el labio inferior-. Si fuera el hermano de Eric no te tocaría así. A Eric podría no gustarle.
-Pero tú no eres su hermano -dije perpleja.
Volvió a clavar su mirada en mí y vi cómo se le abrían los labios en una exclamación muda.
-Eric no te lo ha dicho, ¿verdad?
-¿El qué?
-Que soy lesbiana.
El cuerpo se me hinchó, la piel parecía que quisiera separarse de los huesos, ansiando acercarse a ella, arrastrarme hacia ella, y ahogué un grito, pero bastó para que ella lo oyera.
Por un momento, la rabia se reflejó en su cara, pero desapareció en cuanto observó que yo no estaba horrorizada, cuando se dio cuenta de lo que era yo, de lo que sentía, y tragó saliva.
-No soy la única, ¿es eso? -Mientras ella hablaba me fijé en que el pulso le palpitaba en el cuello, y me temblaron los labios.
-Dios mío. Pensaba que era yo sola. Vine a casa este fin de semana para poder acostumbrarme a verte con Eric, para poder poner mis... sentimientos en el sitio adecuado. Pero no está funcionando.
-Es culpa mía -reconocí, con las palabras que se me escapaban de la boca-. No debería sentirlo, pero no lo puedo evitar. No quiero. Nunca he querido.
-Sin embargo, no puedes evitarlo. No le hagas esto a Eric -dijo con suavidad.
-No lo haré. Al menos si me siento así.
-Y no me hagas esto a mí tampoco -continuó como si yo no hubiera hablado.
-A ti no te estoy haciendo nada -respondí.
Acercó las manos a mi cara y me acarició las mejillas. Deslizó los pulgares bajo mis ojos cerrados. Podía adivinar que se había acercado, pues mis brazos percibían su calor. Sabía que cuando me besara me quemaría y que podía ser que nunca me recuperara.
-Me miras de un modo -dijo con una voz suave que me recubría los oídos mientras yo mantenía los ojos fuertemente cerrados para no ver su resplandor- que me hace desear algo a lo que he renunciado. A las mujeres. A ti.
Yo me estremecía como si estuviera muerta de frío, pero tenía el cuerpo en tensión por el fuego. Con el pulgar me secó una lágrima de la mejilla. Entre el murmullo de los tallos de los cereales mecidos por la brisa le pedí:
-No me hagas suplicarte. No puedo volver a hacerlo.
-¡Oh, no! -dijo con un tono tan alarmado que abrí los ojos-. Yo no haría eso. -Sentí como le temblaban las yemas de los dedos.
-Bésame -le pedí.
Mi cuerpo se alzó hacia el suyo y tuve la sensación de estar saliendo de mi vieja piel para empezar una nueva vida en sus brazos. Regresando a casa, regresando a la vida. Ella abrazó mis escuetas defensas mientras sus brazos me rodeaban y su boca se encontraba con la mía.
A pesar de estar ansiosa de su sabor, me sorprendió el sonido de nuestro beso: el corazón que me martilleaba en los oídos, su suave gemido, mi respiración asustada, sus dedos acariciándome la cara. Todos los sonidos eran diminutos, pero me llenaban de una pasión tan feroz como la presión de su boca y la calidez de sus labios.
Volvió a besarme y nuestras bocas se abrieron la una a la otra, bebiendo profunda y dulcemente hasta que ella se apartó. La brisa hizo ondear el grano y una lluvia de oro cayó sobre nosotras. No podía apartar los ojos de sus labios: melocotón con brillos dorados en aquel momento; y esa vez fui hacia ella y la besé primero con toda la necesidad acumulada, después con más suavidad mientras iban removiéndose emociones que no había experimentado antes. Aquello no tenía nada que ver con lo que sentía por Eric ni tampoco con lo que había sentido por Renee.
-Faith -murmuró contra mi boca. Me apartó y después volvió a atraerme para besarme, como si no pudiera contenerse-. Dios mío, ¿qué estamos haciendo?
Me volvió a besar, yo la llevé al suelo y, a través de la ráfaga de oro, vi el brillante cielo y estiré los brazos para hacerlo descender sobre nosotras. A salvo entre el calor de sus brazos, su corazón latiendo contra el mío.
Perdí la noción del tiempo en aquellos besos embriagadores y entrecortados. Con una risa de felicidad, Sydney rodó y me puso encima de ella, después me hizo agachar la cabeza sobre la suya; sus labios llamaban a los míos. En aquel lugar dorado, fuera del tiempo, yo sabía lo que era y lo que quería. La deseaba. Tímidamente, mientras nos besábamos, le acaricié los brazos y la suavidad de sus costillas. Intuyendo que no iba a detenerme, pasé suavemente las manos sobre sus pechos. Me cabían en las palmas, exactamente como había pensado.
No tan tímidamente, ella me desabrochó la camisa. Di la bienvenida a su boca con un suspiro de deleite. Me quitó de los hombros los tirantes del sujetador y besó la piel recién desnudada.
-Es tal como había pensado que sería -murmuró-. Estaba segura de que tu piel sabría así.
Le dije lo primero que se me pasó por la cabeza:
-Estás haciendo que me derrita.
Levantó la mirada con una sonrisa:
-¿Ah, sí?
Asentí sintiéndome incapaz de expresarme.
-Es el calor de tus ojos.
Volvió a sonreír y el marrón aterciopelado de sus ojos se volvió morado.
-Intentaré no quemarte.
Llevé su boca a mis pechos y le susurré.
-Ya lo has hecho.
Se puso rígida, con los labios tan cerca de mi piel que podía notar el cosquilleo de su aliento.
-¡Oh, Jesús!
-¿Qué?
Me miró. Sus ojos volvían a ser marrones, un marrón oscuro lleno de turbación e indecisiones. Yo quería verterme en ellos y me estremecí cuando se chupó los labios nerviosa. Durante un momento volvió a inclinar la boca sobre mis pechos, después rodó hasta quedar de lado, se tapó los ojos con el brazo y repitió:
-¡Jesús!
Miré mi cuerpo medio desnudo, recubierto de semillas doradas excepto donde había estado su boca. Con dedos temblorosos me recoloqué la ropa y después la miré. Tenía los puños apretados y todo el cuerpo tenso como un arco.
-Sydney -le dije con suavidad poniéndole una mano en la cadera-. No pasa nada.
-¡No! -replicó con violencia, y se apartó rodando-. No puedo. No. Eric está por medio. No puedo hacerle esto y... además, yo no necesito esto ahora mismo. Yo... -contuvo el aliento con un semisollozo-. Me he prometido a mí misma que algún día, en el futuro, tendría una vida personal. Pero después de conseguir la nominación del partido. Después de las elecciones. Después de haber marcado una diferencia. Puedo esperar -me miró-. ¡Oh, maldita sea! Tú no me quieres. No puedes quererme.
-Te quiero -dije en voz baja-, pero esto no va a salir bien. Hace un momento creía que sí -miré las briznas de hierba y los granos rotos-, ahí mismo. Pero ahora ya no.
Se puso de pie y me ofreció una mano. Me pareció más prudente no aceptarla y me levanté como pude
-No podemos hacer esto -dijo.
-No -repetí-. No podemos.
Nos quedamos ahí de pie un largo momento y supe que no podía ser yo quien se volviera. Al final, Sydney habló:
-Será mejor que regresemos. -Y me guió por entre las cimbreantes gramíneas, dejando a su paso una estela de falso oro.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:18 pm


Grandes aguas no pueden apagar el amor, ni los ríos anegarlo (El Cantar de los Cantares, 8:7)
-Ayúdame a ponerme esto -me pidió Eric.
Retrocedí un paso para dejarle entrar en mi habitación y me reí mientras intentaba ponerse por la cabeza la rígida cota de malla.
-Si lo haces así, vas a arrancarte una oreja -le dije-. Mira, aquí a la derecha están los broches, para que puedas pasar la cabeza por ahí. Ahora ya sabes para qué servían los escuderos. -Tiré de la malla por encima de sus anchos hombros-. Yo también necesitaré ayuda. No puedo ponerme bien el griñón.
Eric aulló.
-Deja que me ponga la camiseta en su sitio. Esto rasca como una mala cosa.
-Ahora imagínate montado en un caballo y cabalgando cinco o seis horas hacia la batalla.
-Es un consuelo -gruñó Eric, y rotó los brazos para colocarse la cota de mallas. Retrocedí para admirar el cuadro final. Llevaba toda la semana sin afeitarse, con lo que había conseguido una barba cerrada y un aspecto ligeramente diabólico. Tenía toda la apariencia de un caballero medieval con las calzas y la fina camisa de seda bajo la cota de malla.
-Te quedan bien las calzas -le dije burlona.
Se miró en el espejo de cuerpo entero y movió los dedos de los pies.
-No he traído el calzado y el jubón, pero creo que puedo arreglármelas solo.
-Pues entonces ayúdame a mí. -Había logrado meterme en el pesado vestido de damasco blanco. Era un diseño sencillo que se ajustaba perfectamente a mis pechos y que caía hasta los pies, sin cintura. También había conseguido ponerme la docena de brazaletes. Los pesados pendientes de esmeralda en cabujón estaban estirándome los lóbulos por momentos. No sabía que la bisutería pudiera ser tan pesada. Las de verdad me hubieran matado.
Me alegraba de tener el pelo corto y grueso, pues así, las horquillas que sujetaban la pañoleta carmesí en la coronilla se mantendrían en su sitio.
-La pañoleta ha de ir sujeta al pequeño broche de la espalda. Después, enróscala alrededor y vuelve a fijarla, aquí.
Entre los dos finalmente conseguimos que la larga tela de seda quedara sujeta a mi pelo, cayera sobre un hombro con el extremo en mi muñeca, donde tenía que estar, y que después se enganchara en una serie de presillas hasta quedar sujeto consigo mismo al otro lado de la cabeza. Esta sujeción final podía soltarse para descubrirme la cara.
Cuando estaba en su sitio, el velo me tapaba la cara desde la punta de la nariz hacia abajo.
-Muy regia -dijo Eric-, y modesta.
-A Leonor nunca la acusaron de ser modesta -respondí haciendo tintinear los brazaletes-. ¿Sabías que cuando Ricardo Corazón de León se convirtió en rey de Inglaterra era Leonor quien realmente reinaba? Entonces tenía cincuenta y cuatro años. -Cuando no estaba pensando en Sydney pensaba en Leonor.
-Me muero de ganas de leer tu libro, cariño. Sé que será fantástico.
Formábamos una bonita estampa el uno al lado del otro. Hubiera sido perfecto de no ser porque los ojos que me contemplaban eran ojos a los que yo nunca miraría profundamente. Me desconocía a mí misma, pero sabía bastante para tener la certeza de que aquella imagen era mentira. No tenía ni idea de qué iba a hacer al respecto.
Carrie me había dicho que unas mil doscientas personas iban a asistir a la fiesta, ya que aquel era el aforo de la sala. A ambos lados del salón de baile principal había grandes salas con bufets servidos en mesas. Yo no había llegado a comprender del todo la expresión «rebosantes de comida» hasta entonces. El precio de la entrada para recoger fondos era de cinco mil dólares por persona y parecía que a nadie le había dolido pagarlos. Carrie esperaba que la fundación por la defensa de los niños obtuviera al menos cuatro millones de recaudación.
Nunca había estado en un acontecimiento de ese estilo. A Eric y a mí nos anunciaron como Enrique II y Leonor, el rey y la reina de Inglaterra. Casi inmediatamente conocimos a Enrique VIII y a Ana Bolena, y después a Luis XVI y a María Antonieta. Ambas, María y Ana, llevaban dibujados en el cuello unos puntos de sutura exagerados para dar a entender que les habían vuelto a coser las cabezas. Había dos Georges y dos Marthas Washington y docenas de chicas de los años veinte y Gatsbys. Había monstruos de Frankenstein, Dráculas, unos impresionantes gatos negros, brujas de todas las clases y, por lo menos, dos Vincent Van Gogh, uno con oreja y otro sin ella. Me dejé el velo en su sitio, acorde con las máscaras que casi todo el mundo llevaba.
La orquesta alternaba la música entre valses, swings y baladas de la lista de éxitos. Eric se quejaba de que la cota de malla no estaba pensada para bailar el Take the A Train, pero hizo un esfuerzo y yo también bailé con varios amigos suyos. Todo el rato estuve preguntándome qué llevaría Sydney y si la reconocería.
Finalmente, bien pasadas las doce, me tropecé con ella, cuando realizaba una incursión al bufet a por agua fresca y unos cuantos pastelitos de hojaldre de espinacas y queso fontina. Iba disfrazada de John Adams, con el chaleco muy ajustado y pantalones bombachos que resaltaban su esbelta figura a la perfección. Las largas mangas de muselina y su peluca empolvada la convertían en la imagen del romance colonial. Aunque el atuendo era masculino, no había ninguna duda de que ella era una mujer y sentí un tirón en mi interior demasiado agradable para tratarse de una indigestión. Me hizo una profunda reverencia, hinchándosele las mangas al hacer el gesto.
-Mi reina -me saludó sin ni una pizca de burla.
-Oh, callaos -ordené-. Vos no creéis en la monarquía.
-Es cierto -dijo enderezándose-. Creo en la revolución -exclamó apasionadamente-. Independencia de la tiranía de Inglaterra.
-Paparruchas. Lo único que queréis es libraros de pagar impuestos.
-Señora, me ofendéis.
Hice el gesto de apuñalarla con un palillo de dientes, y ella se tambaleó y cayó en los brazos de uno de los Georges Washington, donde fingió una espléndida e interminable agonía. Eric apareció a mi lado y se rió.
-En cierto modo, creo que no hemos logrado independizarnos de Leonor.
Blandí el palillo.
-Al menos mientras esté debidamente armada.
Sydney se sentó:
-Revolución -exclamó. Se puso en pie, le dio una palmada en la espalda a George y le dijo-: Vamos, amigo, tengo planeadas unas vacaciones en Valley Forge. -Y desaparecieron entre la multitud.
Empecé a seguirla, pero me detuve al darme cuenta de que me había dejado en cuanto pudo. Ella no quería verme y yo no podía verla. Eric me tendió un plato de bombones:
-He encontrado esto en el jardín de invierno. Ahí dentro hay un bufet sólo de postres.
Eran más de las dos cuando volví a ver a Sydney, con la peluca un poco torcida, mientras hablaba con entusiasmo con un pequeño grupo de hombres que la rodeaba. Reconocí alguna de las caras, pero no pude recordar los nombres. Me dejé llevar hacia el grupo, odiándome a mí misma por querer estar más cerca de ella.
Se estaban riendo y uno de los hombres tomó la palabra. Estaban en pleno debate político sobre las obligaciones municipales para promover una vivienda asequible, en medio de una fiesta de postín. Sonreí desde detrás de mi velo. Al parecer, Sydney era una de esas personas que siempre estaba trabajando.
-Ya te convenceré -estaba diciendo Sydney cuando una mujer delgada y etérea, vestida de Verónica Lake, la interrumpió cogiéndola del brazo.
-Syd, querida, hacía siglos que no te veía -dijo desde detrás de la cabellera larga y rubia que le tapaba un ojo.
Sydney se puso rígida y le dijo en un tono notablemente desagradable:
-Patrice, qué sorpresa.
-Hace por lo menos diez años. Ya no vienes por el club. -Patrice logró hacer que sonara como una acusación. Dejó caer la mirada al vaso vació de Sydney-. Me he quedado sin whisky, igual que tú. Creo que tendríamos que ir a por más.
Los hombres se movieron incómodos y Sydney respondió con frialdad:
-Yo ya no bebo, Patrice, así que tendrás que ir tú sólita.
-No me lo creo -replicó Patrice con coquetería. Entonces me di cuenta de que estaba muy borracha, pero que lo disimulaba muy bien-. Como tampoco me creo que hayas dejado de... de hacer las otras cosas que solías hacer. - Sydney levantó la barbilla.
-Tendrás que buscar a otra persona con la que divertirte, Patrice. No creo en revivir el pasado.
-¿Quién habla del pasado? Estoy hablando de whisky por la noche y desayuno por la mañana. Será como en los viejos tiempos.
-No, Patrice -dijo Sydney pacientemente-, no hay vuelta atrás en el calendario.
Patrice apartó a Sydney con un mohín repentino y malhumorado.
-Ya no haces gracia, Syd. Eres aburrida. Y maleducada. Nunca me llamaste. -Patrice miró a su alrededor como si se le hubiera olvidado lo que estaba diciendo-. Me tomaré un escocés, ¿vale? -Y avanzó cuidadosamente en dirección a una de las barras.
Se formó un tenso silencio entre los hombres que estaban con Sydney. Después uno de ellos, mucho más mayor que los demás, dijo:
-Las ex novias, ¡qué pesadilla!
Todos se rieron y Sydney sonrió con tristeza, pero no dijo nada. Entonces me di cuenta de que mientras hablaba con Patrice se había puesto pálida, porque el color empezaba a volverle a las mejillas.
Salí en busca de aire fresco, avergonzada de mí misma por escuchar conversaciones ajenas. Era evidente que Patrice era alguien de los tiempos en que Sydney bebía, y que ella ya había acabado con aquellas relaciones. Salí de la sala de baile y fui a parar a un patio empedrado. Hacía frío, pero el cielo estaba despejado y miré las estrellas, que ahí se veían con mucha más claridad que en la ciudad.
Me estremecí, no solo por el frío, sino por la súbita imagen de Sydney acostándose con Patrice. Lo que sentía no eran celos, sino una fuerte punzada. ¡Oh, fantástico! La envidia, otro pecado mortal. La envidia, la lujuria, mentir a tu madre y codiciar a la hermana de tu novio. Estaba acumulando una lista bien larga para mi próxima confesión. Si es que alguna vez volvía a confesarme. Salí del patio por el césped frío y húmedo, debatiéndome entre la risa y el llanto, y asustada, realmente asustada por el futuro.
Anduve hasta un roble negro cercano, con la esperanza de que el ejercicio me aclarara las ideas. Apresuré el paso y sentí ganas de correr. Si corría lo bastante rápido, quizás cuando me parara le encontraría sentido a mi vida. Pero el vestido que llevaba no estaba hecho para el ejercicio intenso y me detuve cuando alcancé el cobijo de aquel árbol. Me volví para mirar hacia la fiesta y vi que alguien me seguía. La peluca blanca relucía a la luz de la luna, igual que mi vestido.
No dijo nada hasta que no estuvo a mi lado. Entonces habló en un tono demasiado despreocupado:
-¿Has disfrutado de la escenita con Patrice
Me ruboricé hasta las orejas y me alegré de estar entre las sombras del árbol.
-No -respondí en un susurro.
-No puedes hacerme esto --dijo con intensidad.
Aguijoneada, salté:
-¿Hacerte qué?
-Estar cerca de mí.
-No volveré a molestarte -dije intentando actuar con dignidad. Me había comportado como una colegiala enamorada y a la dignidad le costaba aparecer.
-Por favor, no --pidió fríamente mirando hacia la fiesta-. No quiero que nadie crea que hay algo entre tú y yo.
-No hay nada -le aseguré intentando equiparar su frialdad-. Tu carrera política está a salvo.
Se volvió bruscamente para mirarme y se me acercó. El terciopelo de su chaleco me rozó el brazo y su voz fustigó mi tambaleante dignidad.
-Esto no tiene que ver con mi carrera, tiene que ver con Eric. ¿Te acuerdas de él? ¿Del tipo que insiste en explicarme cuánto se alegra de que me caigas bien, y lo contento que está de que parezca que les gustas a mamá y a papá? ¿Le recuerdas?
Tragué saliva y logré articular:
-Nunca dejo de pensar en él. Nunca. -Me esforcé por no llorar.
-Bien -dijo irguiéndose-. Espero que siga así.
-No estoy segura de querer eso. -Las palabras se me escaparon de la boca antes de que pudiera detenerlas.
-¿Qué se supone que significa eso?
-Que por cada vez que pienso en él, pienso cien veces en ti -susurré.
-Faith, no...
-Nunca volveré a tener esta oportunidad -dije-. Nunca quise ser una... una... lesbiana. Llevo luchando contra esto más de lo que llevas tú luchando contra la bebida. He perdido esta batalla.
Volvió la cara para que quedara entre las sombras.
-¿Y qué pasa con la guerra?
Desaté el velo y solté la pañoleta, tirando de ella para liberarla de las horquillas. Extendí la seda carmesí, que se agitó entre nosotras.
-Es mi bandera -sentencié-. Me rindo.
Levantando lentamente la mano cogió un extremo cimbreante y después, sin pensárselo dos veces, tiró de la tela para atraerme entre sus brazos. Tenía los labios tan fríos como la noche, pero, cuando abrió su boca a la mía, su pasión me encendió.
Caímos al césped en un amasijo febril de brazos y piernas, rodamos sobre el fardo de mi pañoleta y los metros de muselina de las mangas de Sydney, que se hinchaban a mi alrededor. Del mismo modo que en el campo, el tiempo pareció detenerse.
Esa sería mi única oportunidad. Lo pensaba una y otra vez. Llevé sus manos a mis caderas y la ayudé a levantarme el vestido. Se había quitado el chaleco y mis dedos ansiosos le soltaron los broches del cuello de la camisa y se adentraron en su interior para descubrir que no llevaba sujetador.
Gimió cuando las puntas de mis dedos encontraron sus pezones. Me bajó las medias de un tirón y me retorcí para ayudarla, sin preocuparme de que nuestras prisas arruinaran mis medias, abriéndome de piernas para ella, ansiándola, arqueándome hacia ella, encontrando mi boca sus pechos mientras sus dedos descubrían mi humedad.
Volvió a gemir y después ahogó un grito cuando guié sus dedos hacia mi interior. Ya no podía detenerme. En susurros entrecortados le dije y me dije a mí misma que se me había olvidado lo bueno que era aquello. Se me había olvidado lo bien que me parecía, se me había olvidado el calor, la velocidad. No había palabras para describir la urgencia, la necesidad, y entonces me vi consumida por el espiral del éxtasis cuando alcanza la cima y se une al terror: creía que las demoledoras olas de placer iban a destrozarme.
Finalmente cesó el latido de mis oídos y el frío de la noche me erizó la piel húmeda.
-Faith -me murmuraba Sydney al oído-. Dios mío, Faith -decía una y otra vez.
-No pasa nada -dije temblorosa-. Estoy bien. -Mejor de lo que había estado en mucho tiempo.
Me besó. Primero con ternura y después con exigencia. Sentí un fuego en la boca y supe que sólo el sabor de Sydney podría apagarlo. Deslicé las manos bajo sus pantalones y ella se estremeció cuando entendió que quería quitárselos.
-No -susurró-. Por favor, Faith. No puedo. -Tenía las manos sobre las mías, ayudándome a bajarle los pantalones-. Por favor -repitió-. No puedo hacerlo. -Gimió cuando la besé, y me di cuenta de que estaba temblando. Tiró de mis manos hacia arriba y las aprisionó contra ella-. No.
Incluso mientras lo decía, arqueaba la espalda y la cabeza empezó a darme vueltas cuando me di cuenta de que su cuerpo me suplicaba que lo tocara. Sabía que sólo haría falta el menor gesto por mi parte: deslizar la lengua sobre sus pechos descubiertos, volver a besarla, meter de nuevo las manos en sus pantalones, para hacer añicos su resistencia.
¿Era así como me había visto Renee ¿Diciendo que no mientras mi cuerpo decía que sí? Sabía que había un límite que Renee había cruzado, pero en aquellos momentos, ni aunque fuera lo que más quisiera, hubiera sabido dónde estaba. Me di cuenta por primera vez de lo tentador que hubiera sido hacer que Sydney me suplicara. Pero Sydney me hubiera odiado por ello igual que yo odié a Renee.
Con un sollozo, la aparté de mí. Respiraba entrecortadamente mientras se envolvía en la camisa y abrochaba el cuello. Se sentó y, con esfuerzo, se puso el chaleco mientras yo me quitaba lo que quedaba de mis medias y me bajaba el vestido. Podía meter los pies en mis zapatillas de suela de cuero y nadie se daría cuenta. La pañoleta era otro tema.
Sydney llevaba la peluca ladeada y yo estiré un brazo para enderezársela.
-¡No! No me toques.
Retiré la mano rápidamente.
-No voy a tocarte.
-¿Puedes arreglarte sola? -dijo tambaleándose.
-Sí -contesté.
Salió con paso ligero hacia la casa, efectuando un viraje cuando alcanzó la luz de la entrada lateral. Yo tomé un camino más oblicuo hasta que la luz de una ventana me permitió examinar los desperfectos. El vestido había salido ileso de manchas de hierba, pero un lado de la pañoleta estaba embadurnado. Me impresionó darme cuenta de que no estaba mojada solo de rocío. Con un brazo sobre el estómago intenté contener la oleada de deseo que me invadió y supe que no podía volver a la fiesta sin medias.
Me preguntaba cómo había llegado a aquel estado. ¿Qué diría mi madre si supiera que me estaba paseando por ahí sin ropa interior y oliendo a sexo? Esperé la subsiguiente oleada de autodesprecio, pero no llegó.
Envolví las medias rotas en la pañoleta y rodeé la casa por fuera hacia lo que yo esperaba que fuese el ala donde estaba mi habitación. Recé por no tropezarme con nadie con aquel olor y aspecto de animal en celo. Llegué a mi habitación sin incidentes y me contemplé en el espejo: estaba pálida, mi pelo era un amasijo de horquillas y no me parecía en nada a la mujer que había estado allí mismo un rato antes. Cuando me miré a los ojos vi comprensión y pánico.
Reparé los daños lo mejor que pude, lo suficiente para encontrar a Eric y darle las buenas noches. Me lancé una última mirada y vi una sonrisa de satisfacción merodeando por las comisuras de mis labios. Aquella noche estaba más en paz de lo que había estado en mucho tiempo. Era feliz. Al día siguiente tendría que recoger lo que había sembrado.
No quedaba nadie cuando por fin Sydney bajó al comedor a la mañana siguiente. El ruido apagado de las mesas y las sillas mientras volvían a apilarlas en las furgonetas de mudanzas, y el claro sonido de media docena de aspiradores en la parte central de la casa no se oían desde el ala oeste, donde vivía la familia.
Aliviada de que Faith no estuviera allí, Sydney se sirvió café e intentó leer el periódico. Su mente seguía vagando, y siempre hacia el mismo lugar: la noche anterior con Faith. Sabía que sus padres esperaban que se quedara a cenar, pero encontraría una excusa para irse antes. Cuanto menos tiempo pasara en compañía de Faith, mejor.
El estómago le dio un vuelco cuando volvió a recordar el sabor de la boca de Faith, la suave curva de sus pechos, su tacto húmedo y vibrante. Aunque Sydney había estado con un montón de mujeres, no recordaba con claridad a demasiadas y ninguna había sido como Faith: tan abierta, tan receptiva, tan dispuesta.
también Faith la había besado. Sus primeros besos surgieron de su propio placer y de su gratitud, pero, después, fueron distintos. Era una diferencia muy sutil, pero una lesbiana no podía malinterpretarla. Faith había estado saboreando la boca de Sydney con intención de saborear algo más. Sydney había ansiado sentir sobre sí la boca de Faith y seguía ansiándolo. Incluso después de que Faith la apartara, Sydney había querido llevarla al suelo.
Por suerte no lo había hecho y Faith no la había presionado. Sydney sabía que no podría mirar a Eric a los ojos, pero que el haber sido capaz de detenerse había sido una victoria, si es que se podía llamar así.
Aquello era mentira, se decía a sí misma. Ella no se había detenido. Había sido Faith. Ella había estado dispuesta a echar por la borda todos esos años de trabajo y todos los años cumpliendo aquel código moral por diez minutos con la novia de su hermano. Bueno, aquel impulso ya había quedado atrás. Tenía que haber quedado atrás.
Sus reflexiones se vieron interrumpidas por su padre y por Faith, que iban en busca de café.
-Le he estado enseñando la biblioteca a Faith -explicó su padre.
-Es impresionante -dijo Faith vivamente. Sydney se preguntó cómo podía parecer tan tranquila, cuando a ella el corazón le latía el triple de rápido-. Hay un par de textos que llevo esperando seis meses en el préstamo interbibliotecario.
-Me alegrará poder prestártelos. -Su padre parecía inusualmente satisfecho consigo mismo.
Eric entró bostezando.
-¿Hay café?
-¿Cuándo no ha habido? -Sydney pensó que podía igualar el exterior tranquilo de Faith, incluso a pesar del cosquilleo en el esófago-. Siempre hay café. -Tuvo la impresión de que Eric no iba a agradecer ningún ruido fuerte.
-Lo siento. Anoche bebí demasiado champán y ahora tengo la cabeza como un bombo. Hasta me he dormido con la cota de malla puesta.
-Ahora sí que sabes cuál es el valor de los escuderos -dijo Faith-. Chicos que aspiran a ser caballeros algún día y que se supone que han de ayudarte con la cota de malla, sobre todo cuando has tomado demasiado champán. -La tranquilidad de Faith parecía sincera, cosa que maravilló a Sydney.
Eric bostezó por respuesta.
Su padre dijo:
-Espero que tú sí que hayas dormido bien, Syd.
-Pues sí -mintió Sydney-, como no tomé champán... --añadió en un tono reprobatorio.
-Cállate -dijo Eric, y dio un sorbo a su café-. Yo hago estas cosas una vez cada cinco años.
Sydney hizo crujir ruidosamente el periódico y Eric se estremeció.
-Procura que siga así -dijo con grandilocuencia.
-Hablas igual que mi padre -comentó Faith-, pero tienes que señalarle con el dedo, así es mucho más efectivo.
Eric padre se rió.
-Ha hablado un poco igual que todos los padres.
Sydney sonrió cariñosamente a su padre:
-Creo recordar un discurso sobre los antros de perdición de Europa y sobre la conveniencia de evitar los cubiles de iniquidad, pero no presté mucha atención.
-Pues hubieras debido -dictaminó Eric.
Sydney le lanzó una mirada con los labios apretados, aliviada de poder refugiarse en una burla desenfadada.
-Cállate.
-¡Niños! -dijo su padre-. Si no os comportáis, os vais a vuestros cuartos.
-De hecho, es lo que he de hacer -afirmó Sydney-. Tengo que irme.
-Vas a darle un disgusto a tu madre -le advirtió su padre, quien también parecía disgustado.
-Soy una de las presidentas de una conferencia sobre los sin techo en San Francisco y esta tarde he de mantener una larga y pesada conversación telefónica con la otra presidenta. -Era cierto que estaba trabajando en la conferencia, pero lo de la llamada era mentira.
-¿Cuándo has de ir a San Francisco? -Eric abrió los ojos más de lo que los había abierto hasta entonces.
-La semana antes de Acción de Gracias -dijo Sydney, y entonces, de repente, se dio cuenta de que Faith parecía alarmada. Eric se volvió hacia Faith.
-¿Coincide con tu viaje?
-Creo que no -respondió-. Creo que no coincidimos por cuestión de días.
-Qué lástima -dijo Sydney con toda la sinceridad que pudo. Entonces ya sabía por qué había palidecido Faith. Maldito Eric, de todos modos.
-Pero tú podrías ir un poco antes -insistió él-. Esos días no están grabados al fuego.
-No creo que el director del museo pueda cambiar su agenda -respondió Faith-. Fue una cita complicada de organizar -se volvió radiante hacia Eric padre-. Un pequeño museo de San Francisco ha conseguido adquirir unos tapices que son copias restauradas de unas pinturas que a su vez reproducían tapices del siglo XII. Incluso aunque sean como fotocopias de cuarta generación, podré ver el estilo, los trajes y las caras. El director del museo me ha asegurado que podré pasarme unos cuantos días con ellos para hacer esbozos y descripciones a cambio de una copia de mi trabajo. Me ayudará a captar la esencia de la época.
-Sería bonito que pudierais visitar juntas la ciudad, eso es todo.
-Ya sabes cómo son esas conferencias, Eric. -Sydney pasó la página-. No voy a tener ni un minuto para mí misma. Has estado en bastantes.
-Es que me sentiría mejor si supiera que Faith no va a estar completamente sola mientras está ahí.
-Estaré bien, Eric. El verano pasado recorrí Francia yo sola. -Faith se levantó a llenarse la taza de café.
-Bueno, no importa. Pero vayas cuando vayas has de quedarte en mi hotel favorito. Es muy cómodo y muy seguro.
-Sí, mamá -dijo Faith entretenida con la cafetera.
Sydney echó un vistazo al espejo y vio que Faith la estaba observando. Por un momento la expresión de Faith reflejó anhelo y dolor, pero después se aclaró y se volvió serena. El estómago de Sydney dio un lento vuelco, una sensación alarmante que hubiera sido dolorosa de no haber ido acompañada de unas traicioneras sensaciones en regiones más bajas de su cuerpo.
«Dios mío -pensó-, la única manera que tengo de dejar de desearla es no volver a verla. Si Faith no rompe con Eric, ¿qué voy a hacer?» Faith tendría que romper con Eric. La noche anterior había demostrado que debía hacerlo.
Sydney miró por entre las pestañas a su hermano. Le debía la vida. Si Faith seguía con él, ¿qué podría hacer ella al respecto por el bien de Eric ¿Y qué haría por su propio bien?
Mientras mis años de titubeos y de autodecepción parecían estar superados, la semana siguiente decidí que era una cobarde. No encontraba la manera de decirle a Eric que no quería verle más, y me acobardaba ante la idea de decirle a mis padres que no iba a volver a ir a St. Anthony. Quería esconderme de todo.
Sopesé la posibilidad de explicarles a mis padres por lo menos nueve mentiras diferentes, porque contarles la verdad me asustaba: soy lesbiana y por consiguiente una paria marginada de la Iglesia. Y no me hacía ilusiones de que me fueran a aceptar tal como obviamente la habían aceptado a ella sus padres.
Entonces iba a mi despacho de la Universidad sólo los días de clase o para las reuniones de la facultad. Sin poder discutir con James, me sentía desconectada de todo, salvo de mis clases, que seguían con el patrón habitual, aunque aquel trimestre parecía que había más estudiantes de primer curso indiferentes que nunca. Considiendo la posibilidad de comprarme un ordenador y renuciar a mi despacho del campus salvo para las reuniones con los estudiantes, pero me parecía una decisión importante y me había quedado sin la energía requerida para las grandes decisiones. Lograba arreglarme con el día a día, tomando pequeñas decisiones que evitaban al mismo tiempo a Eric y a mi familia.
Cuando llegué a casa el viernes había un mensaje en el contestador de un tal Terry. Había dejado su número y, aunque yo no le conocía, parecía obvio que él a mí sí. Le devolví la llamada y, mientras sonaba el teléfono, iba pensando en qué iba a cenar.
-¿Dígame?.
No reconocí su voz.
-Terry, soy Faith Fitzgerald. Me has dejado un mensaje.
-¡Oh, sí! Faith. Soy un amigo de James. Siento decirte que ha muerto esta mañana.
Muerto. James estaba muerto. Sólo había pasado un mes.
-Faith, ¿estás ahí?
-Sí -conseguí decir-. Gracias por llamarme.
-Ha sido mucho más rápido de lo que todos creíamos. Ayer estaba lúcido y, después, por la noche, tuvo un ataque al corazón y una serie de infartos. Fue como si todo su cuerpo se hubiera rendido al mismo tiempo. Sólo pasó en el hospital la última noche y eso era exactamente lo que quería.
-¿Habrá un oficio? -Me sentía pesada como el plomo.
-El domingo a las dos y trece.
Sonreí ante la costumbre de James de fijar citas a horas extrañas. Decía que los minutos nunca recibían suficiente atención. Se me hizo un nudo en la garganta cuando me di cuenta de que nunca volvería a verle. Aunque sabía que era un caso desesperado, la esperanza es lo último que se pierde. Pero las esperanzas que secretamente albergaba de que se pusiera mejor se habían desvanecido.
Terry me dio el nombre de la iglesia y me aseguró que no había nada que pudiera hacer: sus amigos se ocupaban de todos los detalles.
Después llamé a mi madre y di una excusa para librarme de otra misa, aquella vez sin mentir. Por primera vez en la vida no me importaba en absoluto lo que ella pensara de mí. Nada que perder, James. Tenías razón.
-Me lo apunté en la agenda y coincides con Faith en San Francisco. La acompañaría yo mismo, pero quedaría raro. Es una chica muy clásica y le importa su reputación.
Sydney se quedó mirando al auricular como si fuera Eric en persona.
-Tú también eres muy clásico, ¿sabes, Eric? No es que no me guste, pero me da la sensación de que le apetece tener tiempo para ella misma.
-Sólo una noche -insistió adulador-. Syd, para mí es importante que te caiga bien. Yo, bueno, creo que tenemos un futuro en común.
¡Maldita Faith! Esto era muy injusto para Eric, quien no era consciente de estar haciendo de serpiente enseñándole la manzana. Faith a su inmóvil y constantemente tentada hermana.
-La llamaré -le prometió-. Pero si me da la sensación de que quiere estar sola, no la presionaré. «Y si accede a cenar conmigo en San Francisco, voy a decirle bien claro lo que pienso: que tiene que romper con Eric, y pronto.»
-Me parece justo. Tengo otra llamada. Te llamo más tarde.
Eric colgó y Sydney hizo un mohín al teléfono y suspiró. Entonces se dio cuenta de que John la miraba desde el umbral.
-Tengo el nuevo borrador -dijo dejando una pila de papeles de cinco centímetros de alto en su escritorio.
-Gracias -respondió ella mientras observaba como él la observaba.
-No siempre nos puede gustar la novia que ha elegido nuestro hermano, ¿sabes?
-Cotilla -le dijo Sydney demasiado cansada para añadir ningún énfasis a su voz-. No es que no me guste, ese es el problema.
Las cejas de John se elevaron hasta la mitad de la frente.
-Creo que ya lo entiendo. A ti lo que de verdad te gusta es cultivar maíz azul, ¿no?
-¿Perdona?
-Es una vieja leyenda de los indios hopi. Cuando el maíz se entregó a las diversas tribus, los hopi pidieron el maíz azul. Era difícil de cultivar y no demasiado nutritivo, pero les parecía que iba a darles personalidad.
Sydney agitó la cabeza con cansancio.
-Si yo tuviera un poco más de personalidad podría dar vida yo sólita a todo el elenco de una película de Cecil B. De Mile. Lo superaré.
-Más te vale, chica10.
-Oh, lárgate ya. Tengo que hacer una llamada.
John salió a su ritmo habitual. A veces le recordaba a Duchess: cuanto más le pedía que saltara, menos probable era que se moviera.
Deseaba que saliera el contestador, pero después de unos cuantos timbrazos respondió una Faith con voz extraña.
-Sé que esto es incómodo -dijo después de un par de holas tensos-, pero Eric sabe que vamos a coincidir en San Francisco y, si no nos encontramos, querrá una explicación. Tienes que hablar con él, Faith.
-Lo sé. -La voz de Faith no sonaba bien-. ¿Por qué no le dices que sí que vamos a vernos? Antes de irme hablaré con él y entonces ya no le importará lo que haga. Ahora mismo no soy capaz de hablar con él.
-No pienso mentir a Eric. No lo haré. La primera promesa que me hice cuando dejé el alcohol fue que nunca más volvería a mentirle porque, si lo hacía, mi vida estaría
en muy baja forma. Y no está tan mal. -Sí que lo estaba, pensó, pero Faith no tenía por qué saberlo.
-Lo siento -dijo Faith, y después se sorbió la nariz.
-¿Estás bien? Te noto rara.
-Estoy bien, es que acabo de enterarme de que se ha muerto un amigo mío. Tengo la sensación de que todo se está deshaciendo y, sobre todo, yo misma. Pero justo ahora no puedo hablar con Eric. Tengo demasiadas cosas en que pensar.
-Lo siento -fue la respuesta de Sydney. Luchó contra la urgencia de abandonarlo todo para enjugarle las lágrimas a Faith, una urgencia que no tenía nada de sexual, y, por eso, era de lo más peligroso. La lujuria era una cosa que estaba resultando ser terriblemente difícil de manejar, pero otros sentimientos... No, en absoluto, se dijo Sydney. No había sitio en su vida para ningún tipo de relación, ni siquiera aunque Faith hubiera estado disponible.
-Gracias. Hablaré con él. No sé... si le contaré la verdad. Sencillamente no lo sé.
-Es tu decisión -dijo Sydney.
-Haga lo que haga, no te mencionaré.
-Sé que no lo harás. Yo tampoco. Ya va a ser bastante duro para él.
-No quiero arruinar vuestra relación.
-Lo sé. -Su intercomunicador emitió un pitido-. Tengo que dejarte.
-Entonces, adiós -se despidió Faith temblorosa, y colgó el teléfono.
Sydney no se había dado cuenta de que sería una despedida y se vio abrumada por la sensación de pérdida. Después, se sintió vacía. Tenía la sensación de que era a ella a quien se le había muerto un amigo. Aquel vacío le resultaba familiar y había un modo muy fácil de llenarlo.


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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:18 pm

No me avergonzaré de defender a un amigo (Evangelios apócrifos, Eclesiastés, 22:25)
«Si pagas en efectivo nadie podrá saber cuánto gastas o qué es lo que bebes.» Regla de Sydney Número 15. Iba justo después de: «Una Sydney en movimiento no se ata a ninguna chica», y justo antes de «Si no bebe whisky, no se quedará hasta el desayuno».
Duchess le guiñó un suspicaz ojo amarillo mientras Sydney se acomodaba en el enorme sillón que le había gustado a Faith. Calentó el vaso de pesado cristal entre las manos y se quedó mirando la botella que había en la mesa delante de ella.
Glenfiddich, en su característica botella triangular. Tan fácil de coger y de servir. Una botella marrón oscuro con una etiqueta dorada en la que había unas astas de reno y ramas de brezo. Más de cuarenta grados y reserva especial de doce años. La luz ambarina de sus profundidades le prometía el olvido. Le prometía que cuando se despertara todo estaría mejor. Le prometía que podría olvidarse de Faith.
Con el vaso calentado -una parte importante del ritual-, rompió el sello de la botella e inhaló profundamente el aroma familiar y reconfortante de su escocés favorito. Recordaba perfectamente el penetrante olor que se adhiere a la garganta y sabía que escondía una suavidad que se la recubriría y que se le extendería lentamente sobre los hombros, los pechos, los brazos. Sentiría el calor en el estómago y en el sexo.
Volvió a inspirar, dejando que el olor le inundara la cabeza. Su sexo no necesitaba más calor: ya tenía suficiente gracias a Faith. Sonrió y cerró los ojos recordando lo fácil y delicioso que había sido el sexo cuando, gracias al Glenfiddich, siempre estaba dispuesta.
Llenó el vaso unos dos dedos, y después dejó el vaso y la botella sobre la mesa.
Tan cerca. Tan fácil. El mantra resultaba tan familiar...
Si bebo, me olvidaré de todo.
Si bebo, me olvidaré de Faith.
Si bebo, podré volver a ser la misma de antes.
Si bebo, podré llamar a algunos viejos amigos.
Si bebo, podré encontrar a alguien con quien follar y olvidarme de Faith.
Si bebo, me olvidaré de Eric y me olvidaré de que Eric quiere a Faith.
Si bebo, puedo estar con Faith. Puedo estar con Faith. Si bebo, todo es posible.
Perdió la noción del tiempo, pero no de su mantra. Tenía el vaso en la mano. Nadie tenía por qué enterarse. Había otro mantra que aprendió en Alcohólicos Anónimos. En aquel momento no parecía servirle de ayuda, pero empezó a repetírselo a sí misma. Me llamo Sydney y soy alcohólica. Me llamo Sydney...
Duchess movió la cola y Sydney se dio cuenta de que estaba hablando en voz alta.
-Me llamo Sydney y soy alcohólica. La rehabilitación es un trayecto que dura toda la vida. Un minuto cada vez. Una hora cada vez. Un día cada vez. Una semana cada vez.
Un trago y tendría que volver a empezar desde el principio, a contar los minutos, a contar las horas. Acababa de celebrar su noveno aniversario de sobriedad. Tembló y supo que no podría volver a vivir aquellos nueve años que tanto esfuerzo le habían costado.
Moviéndose con sumo cuidado para disimular el pánico que se notaba en el estómago, llevó el vaso y la botella a la cocina y vertió el contenido por el desagüe, retrocediendo ante el olor que súbitamente le asqueó.
No lo haría, no podía volver a estar tan cerca. El único modo de conservar la sobriedad y la cordura era superar lo de Faith Fitzgerald. Y podía hacerlo si se dedicaba al trabajo y a nada más que al trabajo.
Sintió un entumecimiento interior y suspiró aliviada. La Reina del Hielo había regresado.
No me esperaba que hubiera tanta gente en el funeral de James. Había llegado un poco tarde y me senté en un banco al fondo de la capilla de la Community Church. Reconocí a varias personas que también eran del campus. La capilla estaba llena, unas ciento cincuenta personas o así. James tenía muchos amigos.
El pastor junto con un coro de una docena de hombres de bellas voces entonaron Amazing Grace. Yo estaba demasiado consternada para acompañarles en el canto.
Cuando volvimos a sentarnos, la vista borrosa me impedía leer el programa.
Un amigo leyó un poema sobre el ciclo de la vida. Otro interpretó al órgano una breve pieza de Bach que le gustaba a James. Que le había gustado, me recordé a mí misma. Me dediqué a escuchar al pastor, que hablaba desde los escalones del coro en vez de desde el pulpito, lo bastante cerca del primer banco como para, de vez en cuando, acariciar una mano o dar una palmadita en un hombro. Hacía mucho tiempo que no iba a un funeral no católico y la sencillez y la proximidad del oficio me pareció estimulante y directa.
-Nuestro amigo James escogió Amazing Grace porque se sentía íntimamente identificado con la letra. Siempre hablaba sin trabas de los tiempos en que era un desdichado, de su lucha contra el alcohol y de una vida familiar complicada.
El nunca me había mencionado el alcoholismo. Me sorprendió, y deseé que me lo hubiera contado, pero quizás para él no resultaba tan fácil como para Sydney. A veces se había referido al distanciamiento con sus padres. Bueno, supongo que puedes comprobar cuánto conoces a alguien en función de si aprendes algo nuevo sobre esa persona en su funeral. No le conocía tan bien como me había pensado.
-Descubrió que darse a los otros le ayudaba a encontrar la gracia divina en su vida. Era una persona generosa y considerada a quien le encantaba enviar postales de cumpleaños con una peculiar nota manuscrita.
Sonreí. James nunca quiso decirme cuándo era su cumpleaños, pero jamás se olvidaba del mío. A pesar de lo cáustico que podía ser en persona, en su última postal me escribió: «Gracias por el tesoro de tu amistad».
-Recaudó cerca de quince mil dólares en la lucha contra el SIDA gracias a su disposición a participar en caminatas benéficas y a presionar a todos los que conocía para conseguir patrocinadores.
La verdad de aquella declaración quedó constatada en las suaves risas que la sucedieron. Acabé sonriendo. A mí también me había presionado. Mi sonrisa se esfumó cuando recordé que le había pagado en metálico porque me daba miedo que mi padre, de algún modo, viera el cheque cobrado. Mi padre siempre decía que si bien el SIDA era una enfermedad terrible, también era el precio del pecado. Yo era una cobarde, me recordé. Ocultarme mis sentimientos a mí misma y a mis padres era un acto reflejo propio de mí.
-James era notablemente ingenioso. Se refería a sí mismo como vagamente normal, pero sus muchos amigos no están de acuerdo con eso. No había nada normal ni mediocre en James. Era único y a muchos de nosotros nos llegó al alma.
El servicio prosiguió con la versión a cappella del coro de hombres del salmo vigésimo tercero, y la belleza de los arreglos y de las voces fue un gran consuelo para mí. Me sequé los ojos y miré el programa para ver si decía qué coro era: era el Coro de hombres gays de Chicago actuando sin uno de sus tenores, James.
Cerré los ojos conmocionada, y las lágrimas me resbalaban por debajo de los párpados. Me sentía traicionada. ¿Por qué no me lo había contado? ¿No confiaba en mí? ¿Me había comportado de algún modo que le hubiera intranquilizado? Ni una palabra, ni una pista, ni una mirada. Quizás yo, con mi silencio, era tan mala como mi padre.
Perdí el hilo de la ceremonia y me encogí en mi dolor. Me sentía como si nunca le hubiera conocido, mientras repasaba la amistad que compartíamos. ¿Podía llamarlo amistad cuando él nunca me contó lo más importante de su vida? Nos habíamos peleado, nos habíamos reído, pero siempre había habido una distancia. Yo creía que la distancia la ponía yo, pero entonces supe que éramos los dos. La distancia fue lo que impidió que conectáramos de verdad, que tuviéramos una amistad larga y duradera, que me hubiera consolado en aquellos momentos. Nuestro silencio le convirtió en un desconocido para mí. Y ahora, en vez de estarme despidiendo de él, estaba reprendiéndole mentalmente. Era tan poco lo que sabía de él que tenía la sensación de que a duras penas podía llamarle amigo.
Uno a uno, los allí presentes se iban poniendo en pie para decir cuánto le iban a echar de menos. Solo entonces me di cuenta de que en la iglesia había, con diferencia, muchos más hombres que mujeres. Sus antiguos amantes lloraban y se abrazaban los unos a los otros, y quizás yo fuera la única persona en la iglesia que se sentía impactada ante la imagen de aquellos hombres abrazándose tan estrechamente. Tenía la sensación de haber estado viviendo enclaustrada y, de repente, estar avanzando a la velocidad de la luz hacia un mundo que no conocía. En St. Anthony mi padre había organizado diversos pases de The Gay Agenda y, aunque mientras lo exhibían yo detectaba las tácticas propagandísticas del vídeo, las imágenes me seguían repeliendo. Hombres bailando desnudos en las calles, actos de sexo público. En ese estilo de vida había algo morboso que me había hecho decidirme aún más a superar lo de Renee.
No obstante, aquellas personas no se parecían en nada a lo que había visto en The Gay Agenda. Los hombres que lloraban a James no lloraban por el sexo perdido. Dos mujeres con un niño pequeño entre ellas leyeron una carta a James dictada por el niño y que finalizaba con: «Sé que estás en el cielo y algún día te visitaré». Yo no era la única que lloraba y, por fin, me di cuenta de que había estado obcecada con las nociones preconcebidas sobre el comportamiento de las personas gays y lesbianas, de modo que, como yo no quería comportarme así, había evitado siquiera considerar la posibilidad de mi lesbianismo.
Cuando llegué a casa decidí llamar al número que me había dado Nara. Tal como sospechaba, Patrick Greenwood era un terapeuta. Le iba bien recibirme el jueves siguiente y se alegró de oír que me enviaba Nara.
Aquella noche intenté en vano dormir, pero no podía hacerlo, y menos cuando me sentía despierta por primera vez en la vida. Si yo seguía guardando silencio sobre mí, mi familia y todos los que se consideraban mis amigos tendrían que pasar por lo que había pasado yo aquel día. ¿Podría ser tan cruel? Sabía que James no pretendía serlo y que yo había contribuido al silencio entre nosotros, pero encontrarme en esa situación me había dolido, y me sentía llena de rencor y acritud.
Si había una parte de mí que no revelaba a nadie, ¿cómo iban a poder llorarme sinceramente? Muchas personas habían llorado a James sinceramente, desde lo más hondo de su alma y comprendiéndole totalmente.
Si yo no me conocía bien a mí misma, ni mis amigos me conocían, ¿me conocería Dios? ¿Algún Dios podía perdonar una vida que seguía siendo una mentira?
El despacho de Patrick Greenwood estaba en un pequeño edificio del East Oakwood. Sabía que era una tontería, pero me alegré de que en el edificio trabajaran varios profesionales diferentes. Tenía un miedo irracional a que alguien que conociera a mis padres me viera entrando allí. Mis padres tenían una postura muy clara respecto a los terapeutas: «Para eso están los pastores», dirían. Pero yo ya lo había intentado con un sacerdote y, después del funeral de James, mi fe estaba profundamente afectada.
Era más joven de lo que me esperaba, tendría unos treinta y pico. Por algún motivo, yo me había esperado a alguien de la edad de Nara. De todos modos, se le veía pulcro y totalmente sincero. Nos intercambiamos saludos mientras yo colgaba el abrigo en el perchero. El despacho era pequeño y poco decorado, pero con mucha luz.
-Nara me habló un poco de ti, pero ¿por qué no me cuentas lo que me falta? -Mientras hablaba abrió una libreta.
-¿Has hablado con Nara? -¿Le había dicho Nara que yo era lesbiana?
-Como fue ella quien me recomendó, llamé para darle las gracias. Lo único que me dijo es que os habéis conocido hace poco. -Me contempló con una expresión tan incitante y compasiva que acabé hablándole con más facilidad de la que me hubiera imaginado.
-Yo soy..., bueno, Nara me dijo que tú entenderías por lo que estoy pasando. He estado debatiéndome por mi sexualidad. -Noté que me ruborizaba-. Pero ya he dejado de luchar. Sé que soy lesbiana y ya no lucho contra ello.
Sonrió con delicadeza.
-La mayoría de mis pacientes vienen a mí para que les ayude mientras se están debatiendo, pero tú ya lo has superado. ¿Qué puedo hacer por ti?
Sentí una abrumadora necesidad de llamarle «Padre». Una interferencia y la costumbre, supuse. Intenté parecer despreocupada pero fracasé estrepitosamente.
-¿Qué voy a hacer ahora? Soy una paria para mi Iglesia. Mis padres no querrán volver a verme y tengo la sensación de que una montaña de castigos y de rabia va a caerme encima cuando se lo explique. -Retorcía el asa de mi bolso.
-¿Y ves muy necesario decírselo?
-No puedo mentir. Me hace daño y acabará por hacer daño a todo el mundo. Ya no podré ir a misa nunca más porque no me arrepiento de mis sentimientos. -Le miré-. ¿Sabes algo acerca de crecer educado en el catolicismo?
Asintió.
-De hecho, ese debe de ser el motivo por el que Nara me recomendó. Soy un ex católico en reconversión -dijo con una sonrisa compungida-. Y soy gay. Sé por lo que estás pasando. Por si el rechazo social no fuera lo bastante malo, la condena eterna resulta desmoralizante.
Sentí que me invadía una enorme ola de alivio. Me comprendía y parecía evidente que, de algún modo, había encontrado la paz.
-Entonces, puedes ayudarme. Padre, necesito ayuda.
Bruscamente se enderezó en la silla.
-¿Por qué me has llamado Padre?
Estaba confusa y entonces me di cuenta de lo que había hecho.
-Supongo que es la costumbre. No volveré a hacerlo. -Era evidente que le había molestado.
-Perdóname -dijo agachando la cabeza-. Dame un momento. -Esperé, sintiéndome fatal.
Finalmente, me miró.
-Has puesto el dedo en la llaga. Yo no sólo era católico, sino que estaba ordenado.
Tragué saliva.
-Lo siento mucho.
-No lo sientas. Verás, yo sigo creyendo en la penitencia, en la absolución y en los sacramentos, pero he decidido seguir un camino diferente y creo que esta...
separación... es lo que Dios quiere para mí, pero no va a ponérmelo fácil, de manera que los recordatorios de lo que he perdido al abandonar el sacerdocio resultan dolorosos. Creo que es así como ha de ser para mí.
-¿Qué te hizo darte cuenta de que no podías ser sacerdote?
Sonrió con ironía.
-Nunca me he dado cuenta de eso, si no que hubo alguien que me hizo darme cuenta de que yo era gay. Un obispo decidió que yo ya no era sacerdote, pero sigo sintiendo la llamada. Cada vez que voy a misa anhelo celebrarla, pero no puedo. Soy un buen sacerdote, con mucho que ofrecer, pero aún así la Iglesia prefiere desdeñar a uno de sus pastores.
Me mordí el labio inferior.
-¿Crees que la Iglesia cambiará alguna vez? Hay tanta repulsa en la Biblia...
Con suavidad, me preguntó:
-¿Sí? ¿Qué es lo que recuerdas?
-Que dice que la homosexualidad es un pecado, una aberración.
Se relajó con un suspiro y después me lanzó una sonrisa tranquilizadora. Era evidente que se movía en terreno conocido.
-No exactamente. Solo hay unas pocas referencias a la homosexualidad y todas en el Viejo Testamento. El Nuevo Testamento no dice absolutamente nada al respecto.
No me había dado cuenta de eso.
-Pero implícitamente siempre se ha supuesto que Cristo lo condenaba.
-No. No lo condenaba. El dijo «No juzguéis y no seréis juzgados». Y su mandamiento fue que nos amáramos los unos a los otros.
-El diablo puede citar las escrituras para sus propósitos -dije irónicamente.
-Tendrás que decidir si te parezco un demonio -dijo Patrick.
-Te mantendré informado -repliqué con una sonrisa-. Entonces, ¿eso de dónde ha salido? Sé que hay algo en el Levítico.
-Aparte de la referencia a los pecados no descritos que cometían los hombres de Sodoma, el Levítico es la única fuente para las enseñanzas de la Iglesia sobre la homosexualidad masculina. Dos versos. Cuarenta y cinco palabras en cerca de mil páginas. -Abrió las manos-. Y el lesbianismo no se menciona para nada en la Biblia. Quizás, como la reina Victoria, los escritores originarios no creían que existiera o que pudiese provocar ningún placer pecaminoso.
Por algún motivo, no me sorprendía.
-Los escritores de la Biblia destacaban por menospreciar a las mujeres. San Timoteo y San Pablo fueron explícitos en lo referente al estado de inferioridad de la mujer. No obstante, que el lesbianismo esté omitido en el texto no es excusa: no puedes desear al marido del prójimo solo porque el mandamiento dice «la mujer». -Reflexione un momento y después continué-: Supongo que me he reconciliado con la misoginia de la Biblia y que los Papas a lo largo del tiempo se han suavizado en sus enseñanzas.
-Gran parte de lo que dice la Biblia ha sido rectificado o ignorado por la Iglesia moderna. -Patrick golpeó con el lápiz sobre el bloc de notas-. Levítico diecinueve y veinte son los dos capítulos con los dos versos. Para que te hagas una idea, Levítico doce dice que una mujer que haya dado a luz a un hijo varón no puede recibir sacramentos ni tocar nada sagrado durante treinta y tres días. Y, si ha sido niña, el doble. Levítico diecisiete nos dice que la sangre de todos los animales sacrificados ha de ofrecerse en el templo. Levítico veintiuno nos dice que los sacerdotes se pueden casar; sin embargo, nadie que tenga una imperfección puede ser sacerdote, y entre las imperfecciones citadas está el ser ciego, cojo, chato o jorobado. En dos mil años, la Iglesia ha acabado con muchas de las reglas del Levítico porque estaban desfasadas o porque habían sido sustituidas por nuevas enseñanzas. Por ejemplo, hizo falta presión externa e interna para que algunas de mis hermanas en la Iglesia se liberaran de la auténtica esclavitud y servidumbre a que tenían sometidas los eclesiáticos. Considero del mismo modo esos dos versículos del Levítico y rezo por que la Iglesia acabe por reconocerlo algún día.
Comprendía el consuelo que me ofrecía, pero no sabía si bastaría para sustentarme. Quería creerle. Quería recuperar la fe. La gente que no es especialmente religiosa no entiende hasta qué punto la fe alimenta el alma.
-Y si no, ¿qué le pasará a tu alma? ¿Qué será de nosotros?
Patrick alzó los ojos hacia el cielo por un momento y su fe, ni ciega ni incondicional, pero fe al fin y al cabo, se hizo palpable. «Ordenado o no, siempre serás sacerdote», pensé. Tenía una luz interior que yo no había visto en los clérigos de más edad en St. Anthony durante muchos años.
-Cristo nos prometió que todo es posible para los que creen. Prometió que nuestra fe nos haría fuertes.
El miedo a decírselo a mis padres seguía siendo tan abrumador como antes, pero después de ver a Patrick y de hablar con él más tiempo que la hora asignada, ya no me sentía como si fuera a despertarme un día en el infierno. Me sugirió que, si quería asistir a oficios que me aceptaran y seguir manteniendo mis raíces en el catolicismo, me centrara en la Metropolitan Community Church y en otras iglesias que apoyaban a los gays y las lesbianas. También me dijo que las reuniones del grupo de dignidad podían serme de ayuda, si me sentía cómoda hablando en grupo.
Antes de que pudiera siquiera estudiar alguna de esas opciones, decidí que haría una última comunión en St. Anthony para decir lo que tenía que decir en mi corazón al Dios de aquella iglesia y que, tras eso, encontraría mi propio camino. Comulgar sin haber sido absuelta era pecado, pero ya no me importaban las normas. Después de la misa del domingo les explicaría a mis padres el porqué. luego se lo diría a Eric.
Así que fui a misa el domingo y comulgué por última vez en St. Anthony. Recé con más devoción que nunca por que Dios entendiera que yo seguía creyendo en él, por que Cristo me concediera su caridad y su amor. Por primera vez en muchas semanas, me sentí en paz.
Cuando llegamos a casa de mis padres después de misa, disfrutamos de nuestra tradicional cena del domingo: carne asada con puré de patatas y verduras hervidas. Sentí un poco de nostalgia y me di cuenta de que estaba pensando en aquella reunión familiar como en algún tipo de Ultima Cena. Nutritivamente hablando, yo estaría mejor sin la cena, pero el ritual de la comida formaba parte de mí tanto como la comunión del domingo.
La cena resultó inesperadamente tranquila. Meg y David habían obrado maravillas en mis padres, que parecían más relajados de lo que yo les había visto desde hacía mucho. David despertó en mi madre unas ganas de jugar maternales completamente nuevas para mí y me pregunté qué le habría hecho ser tan fría y estricta conmigo. Empecé a desear que aquel nuevo sosiego pudiera ayudarla a aceptar lo que tenía que comunicarles.
Después de cenar mi padre puso un partido de fútbol, Meg se llevó a David arriba para cambiarlo y Michael se acurrucó en un sillón desde donde podía echar ojeadas al partido, pero también distraerse con su novela de misterio y asesinatos. Busqué una manera de sacar el tema y me di cuenta de que no iba a ser fácil. Me empezaron a sudar las manos.
Mi madre, liberada de la obligación de tener que acunar a su nieto, me dijo:
-Ahora, Faith Catherine, quizás puedas explicarme por qué has estado yendo a misa a otras iglesias.
Me dio un vuelco el corazón. Al no tener a David en el regazo, había recuperado su habitual actitud crítica.
-Ya te lo expliqué por teléfono el domingo pasado, mamá -respondí ignorando los otros tres domingos que no había ido a misa-. Se murió un amigo y fui a su funeral.
-¿Era católico?
-No, pero la celebración era cristiana. -Vi que podía usar ese tema para introducir lo que quería decir. La cena me pesaba en el estómago como una piedra.
Mi madre apretó los labios y me preguntó.
-¿Qué amigo era?
-Uno de la universidad. Hacía varios años que trabajábamos juntos. Tenía cáncer.
Mi madre me miró con suspicacia.
-¿Era sólo un amigo?
La pregunta me exasperó.
-Madre, ¿cuándo vas a dejar de sospechar que tengo aventuras?
-Es mi deber preocuparme por ti -dijo con frialdad.
Su deber. No era que se preocupara por mí. No pude evitar comparar su frío deber con el amor y el apoyo que Sydney recibía de Carrie, o el que Nara me había demostrado. Recordé, de repente, cómo Carrie le había dicho a Sydney que podía llevar a su casa a cualquier persona especial, sin que importara quien fuera. En aquel momento yo no había entendido lo que Carrie quería decir: que Sydney podía llevar una mujer a casa de sus padres y su amante sería bienvenida.
Envidié a Sydney desde el fondo de mi corazón. Respirando hondo, le respondí:
-No, no teníamos una aventura. Es más, en el funeral descubrí que él era gay.
Mi padre apartó la mirada del partido.
-¿Y te quedaste?
-Era un amigo, papá. Un amigo y una buena persona.
-Deberías haberte ido. Creía que te había educado mejor.
Mi madre se apretó la mano contra el corazón.
-¿Y si llega a verte allí alguien que conozca a tu padre? Tu padre es el ujier jefe de la catedral de St. Anthony, y hay gente que se muere por hacer circular comentarios maliciosos.
-No puedo preocuparme por eso -declaré con la voz al borde del temblor.
Michael me lanzó una mirada de extrañeza y se removió incómodo en el sillón.
Mi padre echó hacia delante su sillón reclinable. Mi valor flaqueó por un instante cuando me di cuenta de que estaba preparado para ponerse de pie de un salto y álzarse ante mí en toda su estatura o quizás algo peor.
-Tengo que vigilar mi reputación -contestó mi padre.
«No me intimidará -me dije a mí misma-. Me han puesto el cáliz delante y he de apurarlo.»
-No puedo pasarme toda la vida preocupándome por tu reputación, padre, he de...
Él se puso de pie y se plantó en medio de la habitación.
-No pienso dejar que mi hija confraternice con maricones.
-No estoy confraternizando... -empecé con voz temblorosa, y entonces, me detuve. Me di cuenta de que, de hecho, sí que había estado confraternizando con ellos y que seguramente me alegraría volver a hacerlo. Me puse en pie y me enfrenté a él-. Pues creo que vas a tener que irte acostumbrando.
Tragué saliva al ver su cara de profundo ultraje, petrificada como una máscara. Mi madre ahogó un grito.
-Soy lesbiana -declaré, y levanté la barbilla. Quizás fuera algo infantil, pero me imaginé que era Leonor haciendo frente a uno de esos abates ambiciosos y remilgados que se había atrevido a decirle lo que podía y lo que no podía hacer-. Y por motivos evidentes, no voy a volver a acompañaros a misa en el futuro.
Michael se había quedado mirándome. La cara de mi padre se iba poniendo morada mientras se esforzaba por encontrar palabras.
Mi madre, atónita, logró proferir:
-¡No sabes lo que estás diciendo!
-Sí que lo sé, y no es fácil, pero no quiero vivir en una mentira.
Mi padre estaba temblando de rabia. No cedí terreno cuando avanzó hacia mí, aunque no podía contar con la intervención de Michael, pues él debía de estar igual de enfadado y asqueado que mi padre.
-¡Hija desnaturalizada! A estas alturas yo debería tener media docena de nietos pero, en vez de eso, vives bajo mi techo y practicas tus repugnantes y pecaminosas perversiones. -Escupió mientras hablaba y pude oler en su aliento el whisky de después de cenar.
-Si no quieres que vuelva a poner los pies en tu casa, fantástico -dije. Me quedé mirándolo a él, después a mi madre, que evitó el contacto visual, y por último a Michael.
-Sal de esta casa, ramera. Sal de mi vista hasta que te arrepientas y hayas cumplido con tu penitencia.
Seguí mirando a Michael quien, increíblemente, me lanzó el fantasma de una sonrisa. Sentí una oleada de alivio. Mis padres ya no me preocupaban, pero perder a Michael hubiera sido un golpe muy duro.
-No mires a tu hermano en busca de apoyo, zorra. La única cosa peor que podría sucederme es que mi hijo fuera un maricón.
-No vuelvas a pronunciar esa palabra. -Michael habló con una voz que acalló la habitación. Sólo se oía el rumor del partido de fútbol de fondo.
Me quedé boquiabierta.
Bruscamente, mi padre desvió su atención hacia Michael.
-¿Tú también lo eres? ¿Eres maricón?
Michael se levantó, un movimiento doloroso para él, pero una vez que estuvo de pie su espalda quedó perfectamente recta, con todo el aspecto del oficial que era.
-Te he dicho que no pronuncies esa palabra. Ni siquiera sabes lo que estás diciendo. Si no fuera por un maricón, no tendrías hijo.
Michael se abrió el cuello de la camisa por un momento haciendo dolorosamente visibles las cicatrices de sus quemaduras.
-Cada noche doy las gracias a Dios por estar vivo. Y estoy vivo gracias a que un maricón me sacó de la sala en llamas. Yo sólo me quemé los brazos y el pecho, pero él se quemó la cara. Cuando yo estaba tendido en el suelo boca arriba creyendo que iba a morir abrasado, apareció él y me salvó. Vi cómo se le prendieron las cejas al maricón. ¿Tienes idea de lo que le debo? Podría haberme dejado allí, pero seguía diciendo: «Ya le tengo, teniente, ya le tengo». Yo gritaba porque estaba quemándome y, de repente, él también estaba en llamas. Pienso en cómo cada día alguien le escribía con tiza en la taquilla «maricón» y en cómo cada día él lo borraba. Pero yo nunca puse remedio a la situación por culpa de la mierda que me enseñaste, a pesar de que yo era su teniente y él un marinero jodidamente bueno. Nunca se lo pregunté y él nunca me lo pidió. Y ese maricón hubiera tenido todo el derecho del mundo a dejarme morir ahí, pero no lo hizo. Así que no utilices esa palabra. Le debo la vida a un maricón. ¡Si todos fueran como él, ojalá la marina estuviera llena de maricones!
La cara de mi padre se había puesto blanca y, de repente, parecía más viejo. Sin que viniera al caso, pensé que aquel perro viejo por fin había encontrado un perro más joven ante el que tenía que inclinarse. No vi que se le volvía a poner roja la cara y, sólo cuando Michael se abalanzó hacia delante, me di cuenta de que mi padre estaba blandiendo el puño hacia mí.
Tuve el tiempo justo de levantar las manos, de manera que el puño cerrado golpeó contra ellas, y salieron despedidas contra mi cara con tanta fuerza que caí sobre la silla que había dejado vacía. En un segundo estaba en el suelo. Me silbaban los oídos y escuché a mi padre bramando furioso.
Mi madre ni se inmutó. Cuando le dirigí la mirada me di cuenta de que estaba como en trance: no veía nada, no recordaba nada. Siempre que él me pegaba ella se ponía así.
Aturdida, me incorporé y me di cuenta de que mi padre había abandonado furiosamente la casa. Michael me sostuvo y después me pasó el brazo alrededor del los hombros.
Meg estaba de pie en la puerta del recibidor con David en brazos y los ojos abiertos como platos.
-Faith, ¿estás bien?
-Viviré -dije temblorosa. Notaba cómo se me hinchaba el labio inferior, pero la piel no se había roto. Él no volvería a tener ocasión de golpearme-. Meg, si quieres volver a verme en el futuro, vas a tener que venir a visitarme a mi casa. No pienso volver aquí.
-¿Qué ha pasado? -entró cautelosamente en la sala, mirando a mi madre para que la orientara-. Mamá, ¿qué es todo esto?
Mi madre, lentamente, levantó la mirada y entonces pareció centrarse en David. Sin mirarme, de hecho, evitándolo cuidadosamente, le dijo a Meg:
-Eres mi única hija.
-Faith -dijo Meg-, ¿qué diablos has hecho? ¿No te habrás casado con un judío por casualidad? -Y de todas las reacciones posibles, me sonrió.
Entonces me di cuenta de que Meg había estado en mi lugar, aunque mi padre nunca la hubiera pegado. Sin duda yo no era de las que aprenden rápido.
-No -respondí, y conseguí esbozar una débil sonrisa-, pero seguramente algún día me casaré con una mujer.
Meg se encogió de hombros.
-Como si yo no lo supiera -comentó con ironía-. Me preguntaba cuándo ibas a darte cuenta tú.
Parpadeé perpleja por la sorpresa.
-¿Cómo...?
-La hermana de Abe es lesbiana y una vez me preguntó si tú lo eras. Aunque le dije que no, me hizo pensar. Eres muy guapa, pero no ha habido demasiados hombres en tu vida. Hoy en la iglesia había un par de chicos que me hicieron mirarles dos veces, pero tú no te fijas nunca.
-Papá volverá pronto, Faith, y no sé qué va a hacer -dijo Michael-. ¿Por qué no te ahorras más disgustos? Iré a verte.
-Tengo un sofá libre, por si algún día lo necesitas -contesté. Respiré hondo y me volví hacia mi madre-. Adiós, mamá.
No respondió.
-Sé que crees que Dios va a castigarme -hablé en un rapto de rabia-, pero ese es tu Dios, son tus reglas y serás tú quien se queme en el infierno. -Al momento, me arrepentí. Había intentado mantener más altura moral. De todos modos, me sentía mejor después de decirlo. Mi madre se limitó a volver la cabeza.
Recogí mi bolso en la entrada. Meg le pidió a David que me diera un beso, cosa que él hizo con entusiasmo. Aquel contacto húmedo resultaba reconfortante.
-Gracias, Meg -le dije con una sonrisa trémula-. La tía Faith todavía puede hacer de canguro.
-Lo sé -contestó, y me besó con suavidad en el lado de la cara que me palpitaba con un dolor agudo-. Así, mucho mejor. ¿Sabes?, los besos de madre son mágicos. -Tragó saliva y apretó la mandíbula-. Si alguna vez le pone la mano encima a David le mataré.
-Al final se van a quedar solos, ya verás.
-No -dijo Meg-. Les quedará la Iglesia. -Abrazó a David-. Quizás ellos sean felices así, pero yo prefiero tener a mi hijo.
Llegué a casa en un estado de agotamiento absoluto y me quedé dormida con una bolsa de hielo en la cara. Me despertó el teléfono bien entrada la noche, pero dejé que quien llamara grabara el mensaje en el contestador.
-Hola, cariño. Espero que lo de corregir tus papeles vaya bien. ¿Por qué no nos vemos esta semana en cuanto acabes? La semana que viene vuelvo a irme a Hong Kong, así que ¿qué te parece el miércoles? ¿Y el sábado? Creo que puedo conseguir entradas para el teatro.
Ahogué el resto del mensaje de Eric enterrando la cabeza entre los almohadones del sofá. Antes de ver a Eric necesitaba recuperarme del enfrentamiento de aquel día, pero quizás el miércoles sería lo mejor.
Me sentía muy rara y diferente, pero no tan mal como había esperado. James tenía razón. Había perdido a mis padres y había sobrevivido, y además, insospechadamente, había ganado una relación más estrecha con mi hermano y con mi hermana. Y lo más sorprendente de todo era que también había ganado una mejor relación conmigo misma.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:19 pm

Lo torcido no puede enderezarse (Eclesiastés, 1:15)
-¿En serio, Alan? No me mentirías sobre una cosa así, ¿verdad? -Sydney sabía que Alan no le mentiría, pero no estaba segura de haberle oído bien.
-Tienes el visto bueno para presentarte. Mark dijo que puede garantizar que prácticamente no habrá oposición, y quizás incluso el apoyo incondicional del partido, aunque tengas esos dos puntos negativos en tu contra.
-¿Dos puntos negativos? Mi orientación sexual y ¿qué más?
Alan se rió:
-Que eres una mujer, Sydney, ¿recuerdas?
-Oh, sí -dijo ella azorada-. A veces se me olvida. Bien, no necesito que Mark me garantice nada, lo conseguiré yo sólita. -Estaba cansada después de casi dos semanas de trabajo ininterrumpido, lo cual había resultado una buena terapia para superar cualquier ansiedad de beber, y únicamente pensaba en Faith en los momentos antes de caer en la cama extenuada cada noche.
-Bueno, dejaremos que Mark viva su fantasía, si no te importa, por lo menos de momento -propuso Alan, siempre tan práctico-. Fijemos una reunión mañana para hablar de la estrategia sobre cómo hacerlo público y del personal que hay que contratar. Conozco por lo menos a un redactor de discursos que estaría dispuesto a embarcarse en tu campaña y, después de todo el dinero que has aportado a la lista de Emily, allí deberías contar con un par de refrendos personales.
-Mañana me va bien -dijo Sydney-. Me tomaré la tarde libre.
Colgó, sin poder creérselo, y buscó por su escritorio la carpeta de casos. Si quería disponer de tiempo para planear una campaña, iba a tener que delegar varios casos en sus socios. Ellos seguramente se alegrarían, pero, por un momento, Sydney sintió pánico. Sus casos, por su cantidad, ya eran algo estable, absorbente y que le daba una base sólida, mientras que la campaña sería igual que unas montañas rusas.
Dejó el pánico a un lado y permitió que la invadiera el júbilo de las montañas rusas. Quizás no ganara, pero, sin duda, lograría hacer pública su opinión sobre un montón de temas escribiendo notas para los debates, libros blancos sobre el acceso a la sanidad pública, derechos civiles, violencia doméstica, educación... El desafío la atraía.
¿La haría sentirse lo bastante realizada aquel desafío para que lograra olvidarse de Faith? Tenía que ser así, se dijo a sí misma. De hecho, estaba bastante segura de que lo sería.
-Me alegro mucho de verte -saludó Eric. Me alzó entre sus brazos para darme un caluroso abrazo y después me dejó en el suelo. Como de costumbre, cuando me abrazó sentí un calorcito interior, pero ya había dejado de considerarlo algo sobre lo que podía construirse una relación de pareja para toda la vida-. Ponte el abrigo, que fuera hace un frío que pela. -El cálido otoño se había acabado de golpe y la lluvia y el viento frío, más propios de la estación, habían llegado aquel mismo día-. He hecho una reserva en el Ambria, si te apetece cenar en un francés.
-Claro -le dije sin poder evitar tragar saliva nerviosamente-, pero, ¿no podemos sentarnos a hablar un poco antes? Tengo que... decirte una cosa. -El corazón me empezó a martillear. Como a él sí que le quería, me daba más miedo decírselo a él que a mis padres. Iba a hacerle daño y toda la culpa sería mía.
-Claro, cariño. -Se quitó el abrigo y se sentó tranquilamente en el sofá, volviéndose hacia mí mientras yo me sentaba a su lado. Se le veía tan cómodo y confiado... No tenía ni idea de lo que se avecinaba.
-Eric, esto no va a ser fácil.
Se inclinó hacia delante.
-¿Qué pasa, Faith? ¿He hecho algo que te haya molestado? -De repente, parecía un niño herido-. ¿Quieres romper conmigo?
No podía hablar, así que asentí.
-Pensaba que nos llevábamos muy bien -dijo bajando la mirada. Pude ver que se estaba mordiendo el labio inferior.
-Y nos llevamos muy bien -respondí con voz ronca-. es por eso por lo que me resulta tan difícil y por lo que he tardado tanto.
-¿Puedes explicarme el motivo?
-Sí. Aunque antes deja que te haga una pregunta, tengo curiosidad. -Asintió sin mirarme-. ¿Por qué nunca te me has insinuado sexualmente?
Levantó la cabeza de golpe.
-¿Tiene que ver con eso? ¿Te da miedo que no me sienta realmente atraído por ti? Yo, por encima de todas las cosas, te respeto, Faith, y como veía que no estabas lista para el sexo, no me importaba esperar. No soy uno de esos que si no puede practicar el sexo se muere. Sinceramente, no entiendo a los hombres que no pueden tener subida la cremallera del pantalón. Y ahora estábamos convirtiéndonos en buenos amigos y yo pensaba que, desde ahí, bueno, creía que podíamos tener algo parecido a lo que tienen mis padres. Algo que durara para siempre. Creía que el sexo surgiría espontáneamente entre nosotros cuando llegara el momento. He tenido algunas relaciones desastrosas fundamentadas en el sexo, así que ahora la amistad me parecía más importante.
-Eres un hombre excepcional -dije, y le cogí la mano-. Si yo pudiera estar con un hombre, estaría contigo, Eric. Te quiero. -Me interrumpí cuando sus dedos se agarraron a los míos-. Estos últimos meses me he dedicado a la introspección, a conocerme, y he logrado aceptar la verdad sobre mí misma. Yo... soy lesbiana, Eric. Creía que podría cambiar, he rezado por cambiar. No sabes cuánto.
Sus dedos se aferraban a los míos y, después, se soltaron abruptamente. Giró la cabeza y vi que tomaba aire en una inspiración profunda y temblorosa.
-Eric, lo siento mucho. No debería de haber seguido saliendo contigo. Nunca tuve intención de hacerte daño. -Me sequé una lágrima. Había llorado más en los dos últimos meses que en toda mi vida. Estaba harta de estar empapada todo el rato.
-Durante un momento he pensado que ibas a decirme que querías meterte a monja -dijo en voz baja. Levantó la mirada con una pequeña sonrisa, pero tenía los ojos llenos de lágrimas-. Por algún motivo, sabía que eras demasiado buena para ser verdad.
-No -repliqué-. No soy buena, ni mucho menos. -Intenté infructuosamente secarme la cara con una punta de la manga, y luego sonreí cuando me ofreció su pañuelo. Un caballero hasta el final-. No sabes ni la mitad de la historia.
-No tienes la obligación de contármelo. Faith, cariño -dijo volviendo a tomarme la mano-, me gustaría que siguiéramos siendo amigos. De verdad.
-A mí también. Ojalá yo pudiera ser diferente.
-Tal como dice la canción, I love you just the way you are -tragó saliva sonoramente y después intentó esbozar una valiente sonrisa que sólo le salió a medias-. Creo que has leído tanto sobre Leonor que empiezas a actuar como ella.
-¿En qué? -le miré perpleja. En todo caso, yo había comparado mentalmente a Leonor con Sydney. Las dos eran ambiciosas e intrépidas.
-Podías haberte quedado en lo seguro, pero en vez de eso has decidido navegar hacia lo desconocido -suspiró.
-Yo no lo vivo como una elección -dije lentamente-, sencillamente he dejado de negar lo inevitable.
Me palmeó la mano y me lanzó una mirada resignada.
-Quizás esto parezca un anticlímax, pero me muero de hambre y, ya que mi novia acaba de plantarme, podría disfrutar de la compañía de una buena amiga. -Le sonreí sorbiéndome la nariz-. Anda, coge el abrigo, ¿vale?
Aturdida y llorosa, pero sintiéndome infinitamente mejor de lo que me esperaba, dejé que me ayudara a ponerme el abrigo. Me giró para que quedara de cara a él y me abrochó los botones como si fuera una niña.
-Fuera hace frío... Cariño, ¿qué te ha pasado en la cara?
Entonces me di cuenta de que al secarme la cara con su pañuelo se me había corrido la capa de maquillaje que cuidadosamente me había aplicado para disimular el hematoma que ya amarilleaba.
-No tiene importancia.
-¿Te ha pegado alguien? -dijo sin poder creérselo-. ¿Te atracaron?
-Eric, no importa y no volverá a suceder. No voy a volver a casa de mis padres. Digamos que mi padre no fue tan razonable como tú.
-Dios mío -exclamó-. ¿Tu padre te pegó? Decías que era un hombre muy religioso.
Entonces fue mi turno de suspirar.
-También lo era el Papa Alejandro VI y envenenaba a la gente o mandaba a su hija, Lucrecia Borgia, que lo hiciera.
-Dios mío -repitió. Conmovido en lo más íntimo, me acarició con suavidad el lado de la cara-. No puedo creérmelo. Una vez Sydney se presentó a un fin de semana familiar con otra mujer, las dos se emborracharon como cubas y se pasaron todo el rato sobándose la una a la otra. Mis padres todavía no sabían que era lesbiana y yo creía que iba a darle un ataque a mi padre de lo mucho que se enfadó. Pero nunca jamás le hubiera puesto la mano encima. Yo... no puedo creerme que la gente pegue a sus hijos.
-A veces pienso que eres la persona más inocente que he conocido -le dije-. No hablemos más de esto, ¿vale? Ya pasó y doy el asunto por zanjado.
Pude ver que le costaba trabajo dejar el tema.
-¿Me estás diciendo que soy el Luis de tu Leonor?
-Tonto -le dije con cariño-. Ni tú eres un monje cándido y santurrón, ni yo soy una reina valiente y audaz.
-Umm -respondió mientras abría la puerta-. Si yo soy Luis y tú eres Leonor, entonces tengo curiosidad por saber quién será tu Enrique algún día.
-Enriqueta -corregí intentando hacerle sonreír, y pensé bruscamente en Renee. Sabía que se regocijaría cuando descubriera que había estado en lo cierto con respecto a mí, pero no me importaba. Por más que se regocijara, nunca sería mi Enrique.
Mientras cerraba con llave la puerta me dije que ya había encontrado a mi Enrique y que me había besado en un campo de oro. No obstante, yo no era Leonor de Aquitania. Yo había dejado mi casa lo bastante atrás y necesitaba volver a sentirme centrada en mis clases. También quería llamar a Nara y afianzar las bases de lo que parecía una prometedora amistad. Me alegraría poder quedarme mentalmente en un lugar por un tiempo.
-¡Syd, seguramente ese ha sido el mejor discurso de tu carrera! ¡Hemos empezado con un despegue fabuloso!
Sydney le devolvió el abrazo a Carmen y le dijo con una risa:
-Practiqué en el avión.
Carmen se llevó a Sydney de la mesa de presidencia, por entre el remolino de gente que salía del almuerzo inaugural de la Conferencia Nacional sobre los sin techo.
-Me esperaba que hablaras sobre la puesta en práctica de la Medida D, pero también has ofrecido una instantánea de la financiación federal. Las diapositivas, además, han estado muy bien. Has dado a la gente algo en lo que centrarse en las mesas redondas.
Sydney se sentía eufórica. Había trabajado intensamente en la conferencia, pero el resultado valía la pena. Carmen, la otra copresidenta era una de las personas más brutalmente sinceras que Sydney conocía. Si Carmen decía que lo había hecho bien, tenía que haber sido así.
Después de pasarse la tarde en mesas redondas, estrechó cerca de quinientas manos en la recepción. Descubrió que los rumores de que se presentaba a senadora por el estado de Illinois habían salido a la superficie, probablemente propagados por otras personas de Chicago allí presentes, porque muchas de las mujeres lo comentaban y le deseaban suerte.
Tras la recepción, se despidió de todo el mundo y caminó rápidamente por Market Street. No se quedaba en el hotel de la conferencia porque no se quería topar con los inevitables grupos de amigos que se reunían en el bar. Podía tomarse un agua con gas y distraerse un rato, pero estar en otro hotel le hacía más fácil irse antes. Además, tenía otra charla y quería repasarla una vez más antes de dar un paseo por la ciudad.
El Hotel Palace, a tan solo dos manzanas de distancia, transmitía una encantadora sensación de viejo mundo. Ubicado en un importante nudo de la red de transportes de la ciudad, quedaba en el centro del distrito de negocios y a un tiro de piedra del Museo de Arte Moderno. Sydney pensó que visitaría el museo al día siguiente, durante un hueco que tenía en su agenda. Lo que quería aquella noche era visitar el barrio del Castro. Ya había estado allí antes, pero como no lo hizo sobria no recordaba gran cosa.
La niebla estaba descendiendo rápidamente sobre la ciudad y Sydney apresuró el paso. Daba la sensación de que era lluvia, de no ser porque el cielo había estado maravillosamente despejado todo el día. Al bordear las escaleras del metro, estuvo a punto de caer encima de una mujer y de un bebé que se acurrucaban bajo una manta sucia.
-Lo siento -dijo Sydney-. Buscó en el bolso y le dio a la mujer un billete de veinte dólares. Sin una palabra, la mujer agarró al niño y la manta y se metió corriendo en el metro. ¡Menuda vida!, pensó Sydney. La mitad de los asistentes a la conferencia hubieran considerado que lo que había hecho estaba mal. Las limosnas no resuelven la pobreza, lo único que consiguen es que el Gobierno pretenda que los individuos colaboren. Cierto, se dijo mientras contemplaba cómo se iba la mujer con el niño, pero las promesas de programas de servicios sociales no iban a dar de comer al pequeño aquella noche. Y ella no iba a echar de menos los veinte dólares.
Empezaba a volverse para entrar en el hotel cuando una mujer que subía las escaleras del metro captó su atención. «No --pensó-, es la nostalgia, eso es todo.» Pero aún así no podía apartar la mirada. Para su desespero, ver a alguien que se parecía un poco a Faith era algo que le ocurría cada semana, y ninguna de las veces que le había sucedido había sido menos capaz de apartar la mirada que en aquella ocasión.
`Salvo que aquella vez no eran sólo imaginaciones y esperanzas. Estaba segura: era Faith. ¡Maldita sea! Se le había olvidado que Faith también iba a estar en San Francisco. Pero ¿por qué debería haberle importado? La ciudad era enorme. ¿Cómo podían coincidir en el mismo sitio y en el mismo momento?
Aunque se planteó la posibilidad de refugiarse en el hotel, permaneció plantada allí sin que le importaran los apresurados pasajeros del metro que la empujaban al salir. Deseaba que Faith levantara la vista. Y entonces ésta lo hizo.
Por un momento, su cara permaneció más tranquila y serena de lo que Sydney la había visto nunca, pero, de pronto, fue como si una llama se encendiera en su interior, y los ojos de Faith resplandecieron. Cuando alcanzó el último escalón se detuvo fijando la vista en Sydney, y ésta le devolvió la mirada como si acabara de cruzar el desierto y Faith fuera un oasis.
-El hotel favorito de Eric -dijo Faith-, pero la conferencia no es aquí. Lo comprobé. Yo... yo no lo he hecho deliberadamente.
-No lo he pensado en ningún momento -aseguró Sydney en voz baja.
-Me pediste que me alejara y lo he hecho. -Una aglomeración de viajeros empujó a Faith, y Sydney se dio cuenta de que hablar allí entre la niebla, en plena hora punta, no era precisamente fructífero.
-Lo sé -dijo acercándose a coger el brazo de Faith. Tiró suavemente de ella y Faith la siguió sin poner reparos por las escaleras del hotel hasta la flamante barra del bar, de madera de teca y latón, que había justo al entrar.
Se acomodaron en una mesa, la una delante de la otra. Faith, sin pronunciar palabra, se limitaba a mirar a Sydney, con unos ojos verdes que relucían con un punto salvaje.
-No me mires así -le pidió Sydney enojada.
-Así, ¿cómo?
Sydney se miró las manos. Debería irse. Ver a Faith era justo lo que no tenía que hacer. Un camarero se apostó a su lado. Sin prestar atención, dijo:
-Un agua con gas.
Faith también pidió agua con gas.
-No has pedido dos dedos de Glenn -comentó con una sonrisita.
Por lo menos aquella parte de su autodefensa seguía funcionando, pensó Sydney. «Hace cinco minutos estaba dispuesta a todo, lista para matar dragones y conquistar el mundo.»
-No estoy molesta. -«Soy un caso perdido, eso es lo que soy.»
Faith frunció el ceño, parecía desconcertada.
-No creí que lo estuvieras.
-Mírame -dijo Sydney levantando sus manos temblorosas-. ¡Dios, Faith! ¿Por qué me haces esto?
-Yo no te hago nada -respondió Faith, con un tono que se había vuelto brusco-. Tú eres la que me ha traído aquí. Yo estaría la mar de bien en mi habitación repasando las notas que he tomado.
-Pues por mí, muy bien -dijo Sydney. Mejor parecer enfadada que demostrarle los sentimientos que la agitaban por dentro y a los que se negaba a poner nombre.
Faith apretó los labios y empezó a deslizarse para levantarse del banco.
-Faith, no te vayas. Me estoy portando como una estúpida. -«No puedo hacerlo», pensó Sydney. «No puedo hacer que se vaya», y sonrió todo lo encantadoramente que pudo-. Perdóname.
Se hizo un largo silencio tras el cual Faith volvió a sentarse y el camarero les sirvió las bebidas. Entonces Faith preguntó:
-¿Has hablado con Eric últimamente?
-No -respondió-. Está en Nueva York, ¿verdad?
Faith asintió.
-Rompí con él, Sydney. Le dolió, pero no quedó destrozado.
-Me alegro de que se lo dijeras -dijo Sydney. Había evitado hablar con Eric porque sabía que saldría el tema de Faith y no quería encontrarse en una situación en la que mentir fuera la única manera de no revelar lo que ya sabía. Eric podía sumar dos y dos, igual que cualquier otro.
Faith dio un sorbo a su agua, con la apariencia de que fuera tan solo una manera de pasar el rato. Sydney contempló una gota que se deslizaba por un lado del vaso, se juntaba con otra y después volvía a separarse. Sin distracciones. Una vida a prueba de escrutinios. Si quería ser senadora por el estado de Illinois no podía dar a los medios nada sobre lo que chismorrear, como una novia nueva. Especialmente una que hasta hacía poco había estado saliendo con su hermano. Empezar una relación con Faith significaba posponer, quizás indefinidamente, sus aspiraciones al cargo.
-Cena conmigo -le dijo Sydney. Se sentía como si estuviera contemplando una obra de teatro donde ella era la protagonista y no tuviera ni idea de cuál sería su siguiente frase. Tampoco tenía idea de si era una tragedia o una comedia-. Iba a ir al barrio del Castro. Cada vez que John, mi asesor, viene a San Francisco, cena en ese restaurante. Dice que es fabuloso.
Faith asentía, aunque tenía los ojos vidriosos.
-¿Quedamos en la puerta principal dentro de unos quince minutos?
Sydney asintió y contempló cómo se retiraba Faith. Se dio cuenta de que estaba sola en un bar por primera vez desde hacía mucho, mucho tiempo, pero no sintió ninguna tentación. Lo más tentador de su vida acababa de salir por la puerta.
Realmente había sido capaz de apartar a Faith de su mente, pero era igual que los primeros días de sobriedad: estaba bien hasta que veía una botella de whisky escocés o percibía el olor del alcohol. Entonces las ansias volvían con tanta fuerza que se rendía. Había vivido tres veces los primeros siete días de sobriedad. Después del fin de semana que pasó en casa de sus padres, pensaba en Faith a cada hora. Más tarde, una vez al día y luego una vez a la semana. Pero solo habían hecho falta dos segundos de encuentro con Faith en persona para deshacer todo el olvido.
No podía utilizar los doce pasos en sus sentimientos con Faith, ni podía huir de la tentación como lo había hecho con el alcohol. No podía aislarse en una cabaña perdida y leer durante meses. Si se tropezaban la una con la otra a tres mil kilómetros de casa, ¿cómo sería cuando inevitablemente coincidieran en Chicago?
Sabía que Faith creía en Dios de un modo más personal que ella. Sydney era lo suficientemente escéptica para no creer en la intervención divina: aquello era sencillamente una estúpida coincidencia porque las dos habían seguido el consejo de Eric sobre dónde alojarse. Pero aquel encuentro casual había hecho que la Reina de Hielo se tambaleara hasta los cimientos.
De vuelta a la habitación iba mascullando para sí misma. ¿Por qué le había propuesto a Faith salir? No podía hacer eso. Alan Stevens la mataría. Mark O’Leary la mataría. John, que deseaba con toda su alma ser asesor de un senador, la mataría.
Hombres. ¿Qué sabrían ellos de la increíble luz que se encendía en los ojos de Faith cuando miraba a Sydney? Nunca sabrían que la luz prometía una pasión como ninguna de las que Sydney había experimentado en la vida. En el ascensor se estremeció, recordando la humedad, la urgencia de Faith y su piel sedosa bajo sus dedos. Mark, Alan y John: ninguno de ellos lo entendería. Lo más probable era que Alan y Mark creyeran simplemente que Faith tenía un buen trasero. John ni siquiera reparaba en las mujeres, a menos que tuvieran poder.
Abrió la puerta y se dijo que ninguno de ellos sería capaz de abstenerse precisamente de lo que le hacía sentir vivo y completo, y que tampoco pretendería que los otros se abstuvieran. ¿Por qué tenía que ser ella la única que se negara?
«¡Cierra el pico! -se regañó-. Una vez creiste que el alcohol te hacía sentir viva y completa. Faith no es más que otra adicción», se reprendió a sí misma con firmeza.
Se miró en el espejo. «Me llamo Sydney y soy Faith- adicta.» Suspiró. No iba a funcionar.
Sydney me contemplaba desde el momento en que salí del ascensor. Sensatamente me había puesto unos pantalones esport, un jersey, y llevaba el impermeable en la mano. Cuando Eric me dijo que en San Francisco la niebla mojaba, no le creí, pero tenía razón.
Ella también se había puesto pantalones sport y llevaba una elegante chaqueta de ante estilo bomber sobre una camisa blanca ceñida. Igual que su disfraz de John Adams, el efecto tenía un toque masculino, aunque no podía dar lugar a la menor duda de que Sydney era una mujer.
Me había prometido a mí misma no decirle ni una palabra sobre mis sentimientos ni sobre cómo me hacía sentir. Sydney decía que no quería, aunque a veces parecía que lo que dijera y lo que hiciera fuesen cosas distintas. A veces decía cosas contradictorias. Aun así, yo no hablaría, pero sí podría mirar todo lo que quisiera.
-El portero me ha asegurado que un taxi es más rápido, aunque el metro también nos deja justo ahí -dijo Sydney.
-Lo que tú prefieras -respondí, y allá íbamos, en un taxi cuyo conductor parecía dispuesto a batir todos los récords de velocidad. Si yo no miraba a los demás coches, sólo estaba medio aterrorizada.
Fuimos enérgicamente depositadas en la puerta de un restaurante llamado Ma Tante Sumi. Estudié aquella calle tranquila y envuelta en un velo de niebla, y me impactó lo mucho que se parecía a cualquier otra. Los transeúntes daban la impresión de volver a casa después del trabajo. En cambio, por lo mucho que habían intentado escandalizarme mi padre y The Gay Agenda, hubiera esperado encontrarme en cada esquina con mujeres semidesnudas y hombres vestidos de mujer.
El restaurante era pequeño y la carta ofrecía una combinación de gastronomía japonesa, francesa y vietnamita. En cada plato se podía escoger entre dos posibilidades y acabé relajándome gracias al placer de degustar una comida exquisita.
-Los tapices están en excelentes condiciones -le dije cuando me preguntó-, y estoy casi convencida de que son copias de los cuadros que reproducían los tapices originales y una fiel copia de los mismos. Los motivos cristianos tejidos en los bordes responden a otros trabajos artísticos de la época de la Segunda Cruzada, pero también hay algunos símbolos místicos, cabalísticos y esotéricos. Seguramente los cuadros se pintaron en el alto renacimiento francés, cuando no había preocupación por la censura a la hora de reproducir los símbolos. Los tapices que estoy estudiando fueron confeccionados a principios del siglo XVIII por una comisión real británica. Independientemente de qué Guillermo fuera, no hubiera pedido que añadieran esos símbolos, así que ya debían de estar en los tapices originales.
-¿Y eso qué significa? -Sydney parecía interesada e incluso divertida.
Sentí cierto rubor cuando me di cuenta de que me había ido por las ramas.
-He perdido el hilo, ¿no? Bueno, los motivos de los bordes en sí mismos son claramente cristianos, pero los símbolos cabalísticos son de origen judío. Voy a preguntarle lo que son a un estudioso de hebreo que conozco, pero creo que ya lo sé. Uno por lo menos representa la creencia de que el Mesías aún está por venir.
-¡Oh! -dijo Sydney-. Justo lo contrario al motivo principal de las cruzadas. Así que quien fuera que tejiera los tapices originales estaba haciendo toda una declaración, ¿no?
Sonreí.
-Es una broma del siglo XIII.
-¿Te inspira contemplarlos?
-¡Por supuesto! -Respondí-. La idea de que ochocientos años después yo pueda estar mirando algo que contempló Leonor es emocionante, por mucho que los suyos fueran originales y los míos sean copias. De repente he caído en la cuenta de que debía de tener un salvaje sentido del humor. Era muy inteligente y estoy segura de que reconoció el significado de los símbolos. Seguramente disfrutó riéndose de sus críticos porque no entendían la broma, y yo experimento cierta similitud porque me río con ella.
Degusté mi lomo de salmón con salsa cremosa de calabaza. Tenía un sabor increíblemente sutil y le ofrecí a Sydney un bocado a cambio de que me dejara probar su pichón con salsa de pimienta asada. Antes de que pudiera darme cuenta estábamos disfrutando de postres decadentes, después de que Sydney solicitara que en la torta de chocolate no pusieran la oscura salsa de cerezas que la acompañaba. Después, Sydney pagó la cuenta. Fue como si no hubiera pasado el tiempo. Habíamos estado tan a gusto las dos juntas que recordé lo agradable que era siempre cenar con Eric.
Nos pusimos las chaquetas y salimos a la niebla de la noche. Para los estándares de Chicago, hacía fresquito, pero la gente se abrigaba con gorro y guantes y tenía aspecto abatido y triste.
-¿Quieres ver el Castro? -me preguntó Sydney mientras estábamos de pie en la esquina.
Eché una ojeada alrededor. La niebla había cubierto la calle y todo estaba muy tranquilo.
-¿No es esto?
-Estamos en un extremo -dijo. Me guió y, a medida que bajábamos unas cuantas manzanas, el tráfico en las calles y las aceras se fue incrementando hasta que llegamos a una esquina de la mismísima calle Castro. La calle estaba tan concurrida y tan iluminada que la niebla dejaba de percibirse y podía verse a una manzana de distancia en cualquier dirección.
Lo que más me llamó la atención no fueron los hombres con atuendos leather, ni las mujeres cogidas de la mano, sino la mezcla de razas. Chicago es una ciudad dividida: cada barrio tiene su propia composición, y la única mezcla real tiene lugar en el centro de la ciudad, en el trabajo. Mientras estaba allí pude ver todo el abanico de etnias y razas humanas, así como un arco iris de colores de pelo y de estilos de vestir. La única división real era entre los géneros. Los grupos se componían casi exclusivamente o de hombres o de mujeres y, por lo general, todo el mundo se reía o demostraba estar pasándoselo bien.
Entramos en una librería y Sydney compró varias novelas mientras yo echaba una ojeada. Después deambulamos por una tienda que tenía de todo y donde me compré un pequeño gnomo con la bandera del arco iris que, por algún motivo, me recordaba a James. Me pregunté qué hubiera dicho James de haber sabido dónde estaba yo, paseando por aquel lugar donde la gente se sentía tan libre de cogerse de la mano, de besarse y de coquetear.
No fue hasta que pasamos por delante de un bar donde los hombres podían sentarse a mirar la calle cuando yo me sentí incómoda. Aunque sus miradas de «listo para el sexo» no iban dirigidas a mí, parecían depredadores. Pero también en el bar del hotel había depredadores y ellos sí que me habían estado contemplando. Después vi a un hombre con perneras que dejaban al descubierto la mayor parte de su trasero. Me dije que la libertad era eso y no le di más vueltas. Aun así, me recordó a The Gay Agenda.
Mientras pasamos por delante de un cine donde ponían algo llamado Seducción: la mujer cruel 3, vi a mujeres leather. Nunca había visto nada así: pantalones de cuero, gorras, chalecos, algunos remaches metálicos y botas altas. Todo negro. Todos los atuendos eran ligeramente diferentes, pero del mismo estilo, como caballeros con diferentes escudos. Sonreí para mis adentros cuando me di cuenta de que a mi padre le hubiera dado un ataque si las hubiera visto, o si hubiera sabido que yo estaba contemplándolas y admirándolas.
Vi a una mujer mayor, con el pelo gris, cortado al estilo paje, que sostenía una correa atada a una rubia mucho más joven, exageradamente maquillada y con el pelo ahuecado. La rubia llevaba unos tacones de aguja tan altos que andaba de puntillas y unos pantalones de cuero tan ceñidos que resaltaban el contorno de sus genitales. Tenía los ojos clavados en el suelo y solo avanzaba cuando la mujer mayor tiraba de la correa.
La mujer vio que la miraba y torció el gesto. Después, descaradamente, se frotó la entrepierna e hizo un gesto despectivo cuando yo palidecí. Nerviosa, miré a mi alrededor en busca de Sydney y me di cuenta de que no había visto que me detenía, así que me apresuré para alcanzarla.
Tenía el estómago revuelto y me di cuenta de que había albergado la esperanza secreta de que las secuencias del vídeo The Gay Agenda hubieran sido falsas. Especialmente la escena en que dos mujeres leather demostraban cómo atar a una mujer y que terminaba cuando una de las dos cogía un látigo. Me horrorizó de verdad. Aunque intelectualmente pude superar todas las demás imágenes, aquella se me quedó grabada: no quería creerme que las mujeres pudieran hacerse eso entre ellas, pero ¿por qué iban las mujeres a ser diferentes de los hombres en lo que refiere a la gama completa de expresión sexual? Sabía que estaba siendo mojigata, pero era demasiado para que yo lo digiriera de una sola vez. Sydney se había parado a mirar un escaparate y yo seguí enfrascada en mis pensamientos hasta que me preguntó qué me parecía cierto jarrón. Tardé tanto en responder que me sacudió suavemente el brazo.
-¿Qué pasa, Faith?
-¿Has visto a aquella chica joven atada con la correa? Sinceramente, no creía que las mujeres hicieran esas cosas. Creía que se lo habían inventado. No sé que pensar -balbucie-. Es su vida, pero... quiero decir que me incomoda. Es solo que, bueno, ¿a ti te parece bien?
-No es a mí a quien le ha de parecer bien o mal -dijo cautelosamente Sydney.
-No me hables como una política -le espeté. Estaba confusa y necesitaba saber qué pensaba ella.
-Es la verdad. No es la idea que yo tengo de una relación ni del sexo, pero no puedo decir que no lo apruebe, porque de mi desaprobación a la de las personas que cuestionan mi estilo de vida no hay más que un paso.
-Pero no es lo mismo en absoluto -tartamudeé.
-Todo tiene que ver con la libertad para disfrutar del sexo, sexo consentido y entre adultos. Una parte de los derechos de los gays y de las lesbianas es la libertad sexual: sin libertad sexual, nunca tendremos libertad social. No obstante, he de ser sincera: hay una línea muy fina entre algún tipo de sexo y la violencia y me pregunto qué es sano y qué no lo es. Aunque he de aceptar que yo no soy quién para trazar la línea para nadie más que no sea yo misma.
Contemplé, por encima de su hombro, mi reflejo en el escaparate.
-No quiero que la gente piense que es así como vivo. - Sydney sonrió.
-Sé a qué te refieres. Me pone de muy mal humor que la gente dé por supuesto que ser lesbiana solo es cuestión de sexo, que las lesbianas están constantemente pensando en el sexo, que todas las lesbianas van vestidas de cuero y son sadomasoquistas -se encogió de hombros-, pero hay veces que las personas pueden ver más allá de los estereotipos y otras veces que no.
-¿Estoy portándome como una tonta? -Pensé en los años que me había pasado en un armario al que ni siquiera podía dar nombre por culpa de los estereotipos.
-Bueno -dijo Sydney-. Mira a tu alrededor. ¿Cuántas mujeres con correa ves?
Fruncí el ceño.
-Ninguna, claro.
-Pues créeme: si la derecha radical hubiera venido aquí con cámaras, hubiesen rodado cinco minutos de la mujer de la correa y cinco segundos de los cientos de mujeres que van sin correa.
-Como en The Gay Agenda -aguegué-. ¿La has visto?
Siseó entre dientes.
-Me enfadé tanto que casi vomito. ¡Cuesta creer lo mal que está! Pero siguen actualizándola y difundiéndola. Yo juraría que la mitad de la filmación no es de personas necesariamente gays o lesbianas: el sadomaso no es una práctica exclusivamente homosexual. Los heterosexuales también lo practican, pero nadie lo filma como una parte de la agenda heterosexual -los ojos le centelleaban de indignación-. Cuando un programa de entrevistas de la televisión local pasó trozos de la película, mi madre llamó para explicarme lo mucho que se había enfadado porque habían filmado a los gays y las lesbianas más extravagantes y escandalosos que habían podido encontrar, intentando al mismo tiempo que pareciera representativo de todos nosotros. La mayoría de personas son lo bastante listas para reconocer esa clase de mentiras y los que no lo son, bueno, pues tampoco me votarían a mí.
Conseguí reírme.
-Está claro que mis padres no son lo bastante listos. De no ser porque ya me había ido, me hubieran echado a patadas. -No podía explicarle que mi padre me había pegado, no porque me avergonzara, sino porque no quería que se alterara por mi culpa-. Fui a una reunión del grupo de apoyo Dignidad, y no soy la única que ha sido exiliada de la familia y de la Iglesia, aunque mi hermano y mi hermana me siguen hablando.
-Me alegro -dijo Sydney. Me dio una palmadita en el brazo y después deslizó su mano hasta que sus dedos se entrelazaron con los míos-. Yo fui muy poco delicada cuando se lo dije a mis padres. No fue tanto decírselo como caer en los brazos de una mujer en plena reunión familiar. me perdonaron. Casi no lo puedo creer.
-Tus padres son un encanto -le dije con envidia. Respiré hondo y asentí hacia la ventana-. El jarrón es muy bonito.
Sydney me soltó la mano y dijo:
-Bueno, pero no tengo dónde ponerlo.
Recorrimos otra manzana de Market Street mirando escaparates. Los peatones eran como los de cualquier barrio de Chicago, salvo por que la mayoría de parejas eran del mismo sexo. Empecé a recuperar la sensación de simple libertad que me transmitía ver a gente de todo tipo haciendo felizmente su vida sin mirar por encima del hombro. Aunque la mujer de la correa me había impactado, no iba a dejar que ensombreciera el resto de cosas que había visto: gente corriente haciendo cosas cotidianas. Dos mujeres cogidas de la cintura salieron de un restaurante mexicano absolutamente cómodas la una con la otra. Me pregunté si algún día alcanzaría aquel estado.
Le pregunté a Sydney algo sobre lo que había estado pensando.
-¿Hay mucha gente que quiera hablar sobre tu vida sexual? Me refiero a antes, a cuando aspirabas a un cargo.
-Querían, pero no hay nada de lo que hablar porque es un tema que no da mucho de sí.
-¿Y es eso imprescindible? Si eres gay o lesbiana, ¿has de ser célibe para ostentar un cargo público?
Sydney dejó de andar y me miró.
-La verdad es que no me he parado a pensar mucho. Para mí, bueno, ahora que lo pienso, los otros políticos gays que conozco comparten esta sensación de llevar una carga más pesada. Nuestros oponentes están listos para saltar sobre cualquier cosa, sin que importe lo inocente que sea uno, y a acusarnos de perversiones sexuales. Casi todo el mundo que se me ocurre ahora o bien mantiene una relación monógama claramente visible desde hace muchos años o bien sobre él no circula ningún rumor de posibles relaciones. Seguramente hay excepciones y obviamente esto no incluye a la gente que no ha salido del armario. No es justo, pero así es como es.
Leí entre líneas. Era como si me dijera que no teníamos ningún futuro, tanto si Eric estaba incluido en el retrato como si no. En lo que a mí concernía, Eric estaba fuera del retrato, pero Sydney tenía perfecto derecho a no querer hacerle más daño estando con la mujer de la que él podía haber estado enamorado. Le debía demasiado. La gratitud de Sydney hacia su hermano, sumada a sus ambiciones políticas, equivalía a no tener ninguna relación conmigo.
Cuanto antes abandonara su compañía, mejor. En mi interior había un dolor nuevo y estar con ella solo contribuía a empeorarlo.
-Estoy un poco cansada -me excusé-. Si quieres quedarte puedo coger un taxi para volver. O el metro. Está justo allá arriba.
-Tengo que repasar mi conferencia -dijo poniéndose seria-. Demos por acabada la noche.
Mientras girábamos para ir hacia el metro, pensé que no solo estábamos dando por acabada la noche, sino que estábamos dándolo todo por acabado. Fueran cuales fueran las esperanzas que yo había albergado de que nuestro encuentro fortuito desharía el pasado, se habían esfumado. el precio que yo tendría que pagar por pasar una noche en su compañía sería volver a despedirme de ellá.

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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:20 pm

Se viste de fuerza y dignidad (Proverbios, 31:25)
No había ningún taxi a la vista y ya prácticamente habíamos llegado al metro cuando una mujer que salía de un café exclamó:
-¡Sydney! No sabía que ibas a salir esta noche. Podíamos haber ido a cenar o a algún otro sitio.
Nos detuvimos. La otra mujer, aproximadamente de mi edad, y con unos ojos grandes y chispeantes, debía de haberse dado cuenta de que Sydney no estaba sola. Primero pareció desconcertada y después la miró de forma significativa e inclinó la cabeza hacia mí.
-Angie, esta es Faith Fitzgerald, una amiga de Chicago. Nos hemos encontrado por casualidad en el hotel. Faith, esta es Angela Davis Washington.
Era obvio que Angie no se creía que todo hubiera sido una casualidad.
-Me suenas -dijo-. ¡Ya está! Tú y Sydney estabais en casa de Liz, hace un par de meses.
-Otra coincidencia -comentó Sydney.
-En serio -añadí, peguntándome por qué sería tan importante para Sydney dejarlo claro. Entonces me acordé de Angie. No nos presentaron, pero llevaba un dashiki tan deslumbrante que me había llamado la atención.
-Os guardaré el secreto -prometió Angie-. ¿Hacia dónde vais?
-Yo tengo que prepararme una conferencia -dijo Sydney-, así que vuelvo al hotel. ¿Y tú, Faith?
-Pues yo he de revisar mis notas -respondí, y seguimos nuestro camino justo en el momento en que otras mujeres se reunían con Angie, algunas llamando a Sydney para decirle que la verían al día siguiente.
-Maldita sea -masculló Sydney entre dientes.
-¿Qué pasa?
-Angie es la delegada en la convención del partido y jamás se creería que no tenemos una aventura. Gran parte de mi estrategia es mi imagen. Angie no va a mancillarla, pero seguro que acaba mencionando que según parece yo tengo novia y, como todo el mundo sabe, una lesbiana con novia implica sexo escandaloso y pervertido. De ahí a los rumores de orgías y sacrificios con sangre sólo hay un paso.
-¡Menuda estupidez! -exclamé. Tuve que esforzarme para poder seguir el paso de sus rápidas zancadas-. Si no es verdad.
-La verdad en política apenas importa -dijo enfurruñada, y luego chasqueó los dedos para llamar la atención de un taxi que pasaba.
-Lo que me sorprende es que tú misma te manches con esto -afirmé con sequedad, pero ella no me oyó porque estaba entrando en el taxi.
El camino hasta el hotel transcurrió en silencio. La ciudad se veía tranquila bajo el manto de niebla: las esquinas de los edificios parecían suavizadas y a las farolas las rodeaba un halo iridiscente.
Yo no sabía lo que había podido depararnos la velada, pero sin duda habíamos llegado a un punto que no me esperaba. Sabía que no quería que se acabara, pero no se me ocurría ninguna manera de prolongarlo. No quería despedirme, aunque el instinto de conservación me decía que debía hacerlo.
Era evidente que el encuentro con Angie había alterado a Sydney. Sentía la imperiosa necesidad de rescatarla de su mal humor, pero yo no era quién para hacerlo. Al fin y al cabo, yo no era su novia. Ni siquiera una amiga, bien mirado.
-Gracias por la cena -le dije mientras nos dirigíamos hacia el ascensor-. Ha sido fantástica.
-No hay de qué -respondió automáticaménte-. Me alegra que te lo hayas pasado bien.
Entramos en el ascensor. Ella pulsó el 10 después de que yo apretara el 12.
-¿No es ahora cuando yo he de decir que podríamos repetirlo algún día?
Me miró perpleja y esbozó una ligera sonrisa.
-No era mi intención acabar nuestra velada con una nota triste. Me siento mezquina. No debería sentirme tan molesta.
-Yo podría animarte explicándote lo encantador que fue Eric cuando se lo conté. -Era una tímida sugerencia, pero ella asintió después de una pausa momentánea. Al llegar a su piso bajé del ascensor con ella. Tenía una de las suites de la esquina, con una gran sala de estar y una mesa de proporciones considerables que usaba como escritorio.
-¿Puedo ofrecerte algo de beber? -sugirió mientras yo me quitaba el abrigo. Abrió el minibar y volvió con una Cola Light-. Hay otra ahí dentro.
-Vale. -A decir verdad, los refrescos con gas no me gustaban demasiado pero estaba en un punto en el que hubiera tomado matarratas para quedarme. Me silbaban los oídos y empezaba a sentirme como el día de la fiesta de disfraces. Si me salía con la mía, la noche acabaría con sus manos sobre mí, dentro de mí. Me ruboricé al imaginar mi boca en ella.
Afortunadamente, ella no me miraba mientras se sentaba en el otro sillón.
-Bueno, ¿y cómo se lo tomó? -Dio un trago a la cola y estudió la alfombra.
-Fue un encanto -dije, y le describí mi conversación con Eric lo mejor que pude-. Después de cenar me dio esto -le mostré la mano derecha.
Tomó la punta de mis dedos en su mano y la llevó hasta la luz.
-¡Es muy interesante! -comentó examinando el anillo que me había regalado Eric y que me encajaba perfectamente en el dedo meñique.
-Al principio no quería aceptarlo, pero insistió en que cuando lo vio pensó que estaba hecho para mí. Pareció sinceramente disgustado cuando le contesté que no podía aceptarlo, así que cambié de idea. Tenía ganas de llevarlo puesto cuando estudiara los tapices. -El anillo era una ancha banda de oro muy vieja y muy trabajada. El reconoció que era caro y por el modo en que lo dijo tuve la certeza de que yo preferiría no saber cuánto costaba.
-Es muy especial, y él tenía razón, es muy de tu estilo. ¿Son pavos reales? -Volvió mi mano del revés.
-Es un motivo tradicional en los grabados medievales.
-Es ideal para ti. -Su aliento me rozó la palma de la mano y contuve un estremecimiento-. Y acertó con la medida. Muy perspicaz por su parte. No estoy segura de que muchos hombres puedan acertar de memoria.
-¿Por qué no? -No me soltaba la mano y, obviamente, yo no pensaba apartarla.
-Porque no son lesbianas -murmuró-. ¿Acaso se paran a pensar en el tamaño de los dedos de una mujer? Puede que se fijen en la forma general, en si acaban en punta o si son más cuadrados, pero no reconocerán sus diferentes características porque no piensan en ellos como en... -su voz se apagó.
Después de un minuto de silencio, hablé:
-Sydney, vuelve.
Levantó la mirada lentamente.
-Faith -susurró. Tenía los ojos enfebrecidos-. Ayúdame.
-Dime cómo -respondí alarmada. Intenté retirar la mano, pero la agarró con más fuerza.
Bajó la mirada a mi mano y, lentamente, sel la llevó a los labios.
-Pienso en tus manos, en lo pequeñas que son, y en lo fuertes que parecen tus dedos. En que siempre llevas las uñas cortas y sin pintar...
El roce de sus labios en la palma de mi mano descargó un cosquilleo eléctrico por todo mi cuerpo.
-Sydney, ¿qué estás haciendo?
-Y puedo imaginarme la sensación de tenerlos sobre mí -prosiguió, como si yo no hubiera dicho nada. Levantó la mirada con los labios entreabiertos-. Y dentro de mí. Te deseaba tanto aquella noche... No he dejado de desearte.
Me besó la palma de la mano y una oleada de sensaciones me hizo ahogar un grito. No tenía ningún parecido a lo que yo sentía cuando Renee me tocaba. Esto era mucho más dulce. Podía sentir el ritmo del pulso de Sydney. En mi garganta sentía cómo palpitaba mi corazón en sincronía con el suyo.
-¿Cómo puedo ayudarte, Sydney? Dime lo que quieres.
-No sé lo que quiero -respondió mientras me besaba en la muñeca-. Estoy loca por ti -dijo con voz ronca-. no creo que pueda negarme a nada esta noche.
Volvió a besarme la palma de la mano y, después, deslizó suavemente la punta de la lengua por encima. El corazón me palpitaba dolorosamente y resultaba impresionante que una caricia tan sencilla pudiera centrar todos los nervios de mi cuerpo en un trocito de piel tan pequeño.
-Llévame a la cama, Faith. -Sydney se puso en pie lentamente, levantándome con ella-. No seré capaz de pensar hasta que lo hagas. No puedo creerme que me sienta así. No puedo evitarlo.
Para mi horror, una lágrima le rodó por la mejilla. La abracé.
-No, cariño, no llores.
-No quiero perder el control de esta manera -masculló en mi hombro-. Me juré a mí misma que no lo haría.
-Si quieres, me voy.
-No -dijo entrecortadamente-. Hablo en serio. Llévame a la cama. -Me llevó de la mano a su dormitorio y empezó a desabrocharse la camisa. Como el tercer botón se resistía, se la quitó por la cabeza. Atrapó mis manos y se las llevó a los pechos. Con un hábil movimiento, se desabrochó el sujetador y se lo quitó de modo que mis manos quedaron acariciando su piel desnuda.
Me vi arrastrada por la vorágine de su pasión. Acabó de desnudarse con movimientos ansiosos. Se volvió un momento, apartó la colcha e hizo que me tumbara encima de ella. Por fin mi cuerpo empezó a reaccionar y, fuera lo que fuera lo que llevaba tanto tiempo helado en mi interior, se derritió en su necesidad.
-No quiero ser así -me susurró Sydney al oído.
Le respondí también en un susurro:
-¿Así, cómo?
-No quiero necesitar tanto a una persona que no pueda vivir sin ella. Por favor... por favor, tócame.
Ella ya se estaba frotando contra mi cadera con una necesidad imperiosa. Le acaricié los muslos desnudos con reverencia. Hacía mucho tiempo que no sentía así la piel de otra mujer contra las yemas de los dedos. Empecé a bajar la cabeza para besarle los muslos, pero me agarró y me atrajo hacia sí para darme un beso largo y profundo.
--Abrázame -me pidió-. Abrázame mientras me tomas. Tengo que saber que eres tú.
-Soy yo, Syd -le dije mientras le deslizaba la mano entre los muslos apretados-. Relájate, cariño. Deseo esto tanto como tú.
-Date prisa -me susurró.
Era un aspecto de Sydney que nunca hubiera imaginado que existía, una faceta que me embriagaba. La cabeza me daba vueltas mientras ella lentamente separaba los muslos para dejar entrar mis dedos exploradores. Deseé haberme quitado la ropa, pero recordé que a Renee a veces le gustaba que yo estuviera desnuda mientras ella seguía vestida. Hasta aquel momento yo no había entendido lo poderosa que debía de hacerla sentir aquello. Ciertamente me sentía poderosa y aquel sentimiento añadió un nuevo latido a mi ya palpitante cuerpo.
Sydney gimió, haciéndome regresar a aquel momento y lugar, a su sedosa humedad en la misma punta de mis dedos. Me di cuenta de que en aquel instante tenía un poder inmenso sobre ella, de que podría haber conseguido que hiciera cualquier cosa. La acaricié lentamente y ella ahogó un grito.
Pero yo no quería obligarla a nada. Dejaría que ella me dijese lo que quería, que me guiase. Le daría lo que quisiera.
-Por favor, Faith. -Levantó los ojos para mirarme. Su voz era poco más que un susurro-. Te suplicaré, si es lo que quieres. Ya es tarde para ser orgullosa.
-Dime lo que quieres. He perdido práctica.
-Quiero sentirte dentro de mí.
-Sí -susurré, y mis dedos se hundieron en su humedad. Ella se estremeció y sus manos abandonaron mis hombros para llevarme más adentro.
Con aquello traspasamos el umbral de las palabras. Avanzábamos hacia su clímax con besos febriles y murmullos de aliento. Al llegar a la cúspide, se aferró a mí con fuerza, y ahogó un grito en la garganta que los estremecimientos le fueron arrancando en cortos espasmos. Descansé la cabeza sobre sus pechos, respirando ruidosamente y ansiando con todas mis fuerzas repetirlo.
Debió de pasarle la misma idea por la cabeza, porque sonrió ligeramente mientras desplazaba las caderas y profería un largo suspiro de placer.
-Ha estado muy bien -dijo cerrando los ojos-. No sé por qué creía que iba a hacerme daño.
Levanté la cabeza para sonreírle con ternura.
-El sexo es una de las nueve razones para reencarnarse. Las otras ocho carecen de importancia.
-Henry Miller -murmuró. Su sonrisa satisfecha se desvaneció lentamente y abrió los ojos. Levantó la cabeza para besarme-. Pensaba que no soportaría dejar que me vieras así.
-¿Por qué no ibas a soportarlo? -Mi mirada hambrienta recorrió su cuerpo.
-Porque me odio a mí misma cuando soy débil -respondió. Arqueó la espalda y suspiró cuando mis dedos empezaron nuevamente a acariciarla-. Tardé mucho tiempo en encontrar mi coraje.
-Esto no es debilidad. Hace falta valor para reconocer lo que queremos. No odies lo que hemos hecho -dije-, y menos cuando yo te amo tanto. Eres como tocar el fuego. -Como no me salían las palabras, froté sobre sus pechos mis dedos húmedos, que después volvieron a su sexo ansioso y acogedor.
-Sí, otra vez -murmuró-. Y luego... cuando recupere el aliento... -Me contempló, y sentí cómo me invadía el vértigo. Tenía los labios entreabiertos y la curva de su boca dibujaba una promesa.
Cumplió su promesa, quitándome lentamente la ropa y besando mi trémula piel a medida que quedaba desnuda. Comprendió que mis quejidos cuando ella hacía el amor a mis pechos significaban que yo quería más.
Fue descendiendo con una lentitud exasperante. De algún modo, ella sabía que aquello era lo que yo quería: ascender a un nivel de deseo aún más embriagador que sólo podía ser satisfecho con su boca en mi sexo. Me encontré suplicándole, y ella me excitó aún más. Yo creía que no iba a permitir a ningún otro ser humano volver a ver nunca más mi necesidad, ya que Renee la había utilizado para satisfacer primero la suya, pero Sydney estaba concentrada en hacerme gozar mientras movía su lengua suavemente sobre mí. Vi que una fiera expresión de placer cruzaba su cara cuando respondí con un estremecimiento de éxtasis.
Entonces puso su boca sobre mí y sentí que mi cuerpo se alzaba al tiempo que todos los años de negación convergían en una única certeza y un autoconocimiento inquebrantable: aquello era lo que yo era, lo que yo quería. Que una mujer me hiciera el amor.
Mientras mi cuerpo se contorsionaba en respuesta a Sydney, que me inmovilizaba con las manos al tiempo que utilizaba los labios, la lengua y los dientes para llevarme hacia un demoledor clímax, supe que quería más. Quería a esa mujer para siempre.
Me esforcé por salir de las brumas del sueño y palpé a mi alrededor en busca de una manta para taparnos. Las sábanas estaban en el suelo junto con casi todas las almohadas.
-Ummmm -profirió ella adormilada, cambiando de posición de manera que su cabeza ya no estaba en mi brazo-. Me muero de hambre.
-Yo también. Pero tengo más frío.
-Miremos qué hay en el minibar. Creo que he visto un poco de queso. -Ella se deslizó a la salita y yo la seguí tras envolverme en una sábana.
La luz de la neverita iluminó el cuerpo que yo llevaba tantas horas adorando minuciosamente. Cerró la puerta, pero la imagen se me quedó grabada en la retina.
-¿Quieres un poco de esto? -Encendió la luz que había encima de la barra y se volvió de cara a mí con una lata de frutos secos en la mano. Se quedó inmóvil y entre el poco espacio que nos separaba compartimos un momento de absoluto entendimiento. Soltó la lata y se hundió en el sillón que había detrás de ella. Yo dejé caer la sábana, mientras salvaba los dos pasos necesarios para alcanzarla y, cayendo de rodillas, volví a saborearla.
Nos dispusimos a dormir en medio del suelo, tapadas con la sábana. Yo estaba demasiado cansada para moverme.
-Faith, ¿has tenido bastante? -Sydney me acarició la oreja.
-Ummm -respondí adormilada.
-Eso no es una respuesta -dijo, y una mano empezó a acariciarme los pechos perezosamente. No fue un ruido de protesta lo que escapó de mi garganta cuando me deslizó la misma mano perezosa entre las piernas.
-Nunca tengo bastante -susurré, deseando que ella estuviera demasiado concentrada en volver a excitarme para oírme-. Nunca tendré suficiente de ti.
No has estado tan bien como ayer -comentó Carmen-, pero, aún así, muy bien. Parecías un poco dispersa y no puedo entender por qué.
Sydney tomó nota de la sonrisita de complicidad en la cara de Carmen y decidió no preguntar.
-Me alegro de que sea mi última conferencia. Sólo me queda hacer de moderadora en el debate de mañana.
-Dormir te ayudaría -dijo Carmen intensificando aquella sonrisita-. Seguramente no has descansado lo suficiente.
-Carmen -se quejó Sydney-, no.
-¿Es demasiado pronto para meterse contigo? Quiero decir que, si habéis venido juntas, será porque es algo serio.
-No hemos venido juntas -replicó Sydney-. De verdad. Nos encontramos por casualidad. -Entonces se ruborizó, algo que no le sucedía desde hacía años.
Carmen se mofó:
-Casualidad o no, amiga, finalmente has realizado la hazaña y me alegro por ti. Tu vida se estaba volviendo un poco demasiado pura y llena de superioridad moral. Es bonito saber que eres humana.
-Es bonito saber que tengo un punto débil -masculló Sydney.
-¡Oh, cállate! --dijo Carmen-. A veces te lo tienes muy creído. Es bonito saber que puedes querer las mismas cosas que queremos las demás.
-Gracias, Carmen -le espetó Sydney, y después su mal genio se suavizó-. En serio. Ya nadie me dice las verdades, así que gracias.
-No hay de qué. Me voy a mi debate. Duerme un poco antes de que te caigas. -Carmen desapareció en una de las salas de reuniones.
Sydney anduvo lentamente de vuelta al hotel, donde esperaba que Faith hubiera encontrado la nota que le dejó diciéndole cuándo iba a estar de vuelta. Se detuvo un momento para sentarse al sol. Deseaba con cada centímetro de su cuerpo volver con Faith, pero una aventura con ella fulminaría todas sus esperanzas de ocupar el cargo de senadora que le permitiría hacer tanto bien.
El sol la calentó y ella levantó la cara para empaparse. Quería sentir calor. Quería sentirse permanentemente como cuando estaba con Faith. Había creído que aquellos vertiginosos sentimientos de realización y de felicidad podían obtenerse con el trabajo, y conocía a muchas mujeres que encontraban en el trabajo la alegría de vivir, pero Faith la había hecho considerar que no era una de ellas.
-¿Qué podía hacer al respecto? Ella no quería una aventura y no tenía ni idea de lo que quería Faith. ¿Podía ofrecerle algo más que una aventura? Nunca se había planteado si podía tener algo más o ni siquiera si se lo merecía. Con las cosas que había hecho cuando bebía... si Faith supiera...
Dejó que el sol le caldeara la piel y se imaginó en el futuro, al cabo de diez, veinte, treinta años. En realidad no podía verse a sí misma con nitidez, pero lo que aparecía tan claro como el día era que Faith estaba a su lado.
En algún momento de la noche, habíamos logrado volver al dormitorio y, cuando por fin me desperté a la mañana siguiente, había sobre la almohada una nota de Sydney que ponía que había colgado el cartel de «No molestar», que podía escaparse a las once y que, por favor, la esperara o que dejara una nota diciéndole dónde iba a estar.
Ya eran más de las once y yo llegaba tarde a mi cita en el museo. Descorrí las cortinas para descubrir que la niebla había desaparecido por completo. El cielo estaba impresionantemente azul para un mes de noviembre. Abajo, en Market Street, la gente tomaba el sol en los escalones que había delante de la entrada de metro.
Encontré el bolso y, dentro de él, el teléfono del director del museo, a quien sintiéndome un poco idiota y un poco culpable expliqué que un día tan radiante había resultado demasiado tentador para mí. El director, un agradable hombre mayor con un pintoresco bigote estilo Dalí, me instó a disfrutar del día y dijo que me vería al día siguiente.
Mientras entraba en la ducha tuve la sensación de estar haciendo novillos. Necesitaba lavarme, volver a vestirme e ir a mi habitación a cambiarme.
Estaba enjabonándome el pelo en aquella ducha palaciega (la de mi habitación era mucho más utilitaria), cuando vi que alguien se movía detrás de los cristales empañados.
-Sydney, ¿eres tú?
-Sí -fue su respuesta. Abrió la puerta y se asomó-. Gracias por esperarme. Ojalá no haya sido un problema.
Negué con la cabeza sintiéndome tímida y completamente insegura de qué hacer con las manos. Luché contra la necesidad de taparme los pechos. La noche anterior, nos habíamos hecho cosas increíblemente íntimas la una a la otra, pero en aquel momento me sentía como si estuviera desnuda por primera vez.
-Estoy libre hasta las tres, y luego estaré libre después de las seis. Me gustaría que pasáramos juntas ese rato -dijo con suavidad.
Me enjuagué el jabón de la cara y me quedé contemplándola.
-¿Estás segura? Puede dar que hablar.
Se quitó los zapatos y la chaqueta del traje. En un instante su falda cayó al suelo. Entró en la ducha con todo lo demás puesto.
-Pues démosles algo de qué hablar -contestó con una sonrisa maliciosa.
-Sydney, te estás mojando. Esa blusa tan bonita...
-Supongo que tendrás que quitármela.
Me peleé con los botones mojados y descubrí que Sydney tenía cosquillas.
-Esto resultaría más fácil si dejara de dar saltos, señora.
-Pienso retorcerme todo lo que quiera -respondió entre risas.
La besé en el cuello.
-Picapleitos. Leguleya. Rábula.
-¿Estás intentando poner en entredicho mi profesión? Resulta gracioso, proviniendo de una filologucha como tú.
-Yo no soy una filologucha -reaccioné indignada-. Me tomo las cosas muy en serio. Como éstas -dije, y bajé mi boca a sus pechos.
Sus risas se desvanecieron mientras volvíamos a descubrirnos la una a la otra. Fue menos intenso que la noche anterior, pero incluso más placentero para mí porque sabía que podíamos construir toda una vida sobre esas simples caricias y sobre aquella intimidad relajada y compartida. Era inútil esperar que todas las veces fueran como la noche anterior. La abracé contra mí y saboreé la facilidad de su contacto y la belleza de nuestras pasiones similares.
No fue hasta que nos quedamos sin agua caliente cuando recordé que no teníamos toda la eternidad por delante.
Salí de la ducha y Sydney llamó al servicio de habitaciones. Para entonces yo estaba famélica. Devoramos todo lo que había en el carrito, incluyendo las galletas saladas, y nos acurrucamos la una contra la otra en la cama arrasada por completo y que seguía por hacer.
-Tengo que decirte algo -empezó Sydney-. Yo... ya sabes, hace años que no estoy con nadie.
-No lo sabía. Y no se te nota, nena -le dije. El corazón me latía penosamente. No quería que me dijera que no podríamos volver a vernos cuando regresáramos a Chicago.
-No me refería a eso -replicó-. He hecho cosas de las que no estoy orgullosa.
-¿Cuando bebías?
Asintió.
-El pasado pasado está. No tienes por qué explicarme nada. -De lo que yo quería hablar era del futuro.
-Si no te lo explico yo, lo hará otra persona. Si no aquí, cuando volvamos a casa.
Sus palabras me dieron un rayito de esperanza. Actuaba como si fuéramos a seguir viéndonos.
-Y yo sabré que no tiene importancia. Tuviste aventuras. Vi a Patrice. Sé que hubo otras.
Suspiró.
-No es que yo fuera acostándome por ahí un poquito, Faith. Yo... Esto va a impresionarte -dijo atropelladamente-: en un espacio de tres años me acosté con al menos trescientas mujeres. Había días que entraba y salía de la cama dos veces y nunca repetía con la misma mujer. Cuanto más lo hacía, más bebía. Cuanto más bebía, más lo hacía. Me acosté con esposas que buscaban emociones, con solteras confusas que querían probar cómo era lo de acostarse con una mujer y con muchas mujeres que deseaban ser ellas aquella con la que me quedara. Yo era insaciable y no puedo ir a ningún sitio en Chicago sin tropezarme con alguien con quien no me haya acostado alguna vez.
Yo tenía la boca seca.
-¿Era el alcohol lo que te volvía tan...?
-¿Tan puta?
Me estremecí.
-No, Syd.
-Es cierto. Es lo que fui, durante un tiempo. Me acostaba con todas esas mujeres porque podía. Yo no era mejor que Magic Johnson, pero nunca pillé nada. Cuando finalmente estuve lo bastante sobria para darme cuenta de los riesgos que había corrido, fue la primera vez que di sinceramente las gracias a Dios por algo.
-¿Es por eso por lo que desde entonces has estado sola?
Asintió.
-Cuando por fin decidí optar a un cargo público, la historia de mis interminables deslices empezó a circular por los periódicos. Lo único que podía cerrarles la boca a mis adversarios era que, desde que dejé la bebida, me había mantenido tan pura como una virgen.
Volví la cara para que no pudiera ver mi expresión.
-Y ahora esto se ha visto comprometido.
-No tiene por qué ser así -dijo-. Mírame.
Levanté la vista para encontrar su mirada, y sus ojos marrón aterciopelado me envolvieron.
-Yo no quiero tener una aventura contigo, Faith. Quiero más. Seguía creyendo que rendirme al deseo que sentía por ti sería también rendirme a todas las otras cosas a las que me había rendido con anterioridad, pero no ha sido así. Esta mañana no iba por ahí tramando cómo llevarme a la cama a la próxima mujer, ni deseando llevar una petaca de Glen en el bolsillo de la chaqueta. En lo único en lo que podía pensar era en volver contigo, en cómo convencerte para que vivieras conmigo.
Los oídos me silbaban y sentía el corazón como si me fuera a explotar.
-¿Y qué hay de Eric?
-Lo sé. Espero estar en lo cierto sobre sus sentimientos. Tendremos que ir a verle juntas. Eso si me quieres. Para siempre. -Era increíble, pero parecía que ella no supiera lo que le iba a responder. La fuerte mujer que estrechaba entre mis brazos, que siempre me había dado la sensación de saber lo que quería y cómo conseguirlo, parecía asustada.
-Para siempre -repetí. Me incliné hacia ella, levantando mi boca hacia la suya-. Te quiero más que para siempre.
Sydney miró primero el reloj y después a Alan Stevens.
-¿Va a tenernos esperando mucho rato? -Ella no consideraba que aquella entrevista fuera necesaria y no tenía intención de dejar que Mark O’Leary, haciéndola esperar, la hiciera sentir como una vulgar empleada.
Faith se movió en la silla y Sydney percibió claramente el nerviosismo que aquélla intentaba ocultar.
Alan se encogió de hombros.
-No tenemos que esperar.
-Cinco minutos -dijo Sydney-, y después nos vamos.
Cuando hubieron transcurrido cuatro minutos, la puerta del despacho interior se abrió.
-Alan -clamó Mark-. Me alegro de verte. -Después lanzó una ojeada a Sydney y a Faith, pero no acusó su presencia aparte de un gesto que indicaba que le siguieran adentro.
Una vez que todos estuvieron acomodados en las sillas y Mark tras su enorme escritorio, Sydney le dijo:
-Os he convocado a esta reunión...
-Tú y yo tenemos algo pendiente -dijo Mark interrumpiéndola. Señaló a Faith con el cigarro-. Ella es ese algo.
Sydney quiso torcer el gesto, pero no lo hizo. Sintió una oleada de orgullo cuando Faith levantó la barbilla y lanzó a Mark una mirada tranquila, pero intensa. Eric tenía mucha razón al comparar a Faith con Leonor de Aquitania. Faith seguía quejándose de la comparación, pero ella nunca podría ver lo majestuosa que se ponía cuando los Mark O’Leary del mundo se volvían groseros.
-Hasta ahora nunca me habían llamado «algo» -dijo Faith-. Y menos alguien que no me conocía. -Se puso en pie y se acercó al escritorio de Mark con la mano extendida-. Sr. O’Leary, soy Faith Fitzgerald. Encantada de conocerle.
Durante un largo momento, Sydney pensó que Mark se negaría a estrecharle la mano a Faith. Después, éste dejó el cigarro y la estrechó con gravedad. Faith volvió a sentarse, como siempre, con aspecto sereno.
-Como puedes ver -intervino Sydney-, la Sra. Fitzgerald no es un «algo».
-Estaba hablando metafóricamente, y lo sabes -replicó agriamente-. Me prometiste que no habría ningún escándalo sexual y sé de buena tinta que tú y ella estuvisteis escondidas en un hotel de San Francisco un par de días y que se ha ido a vivir contigo.
Sydney apretó los labios y respiró hondo. El viejo cabrón.
-¿Tu fuente de buena tinta también te ha informado de que mi familia ha acogido con los brazos abiertos a la Sra. Fitzgerald y que, de hecho, ella ha formado parte de la celebración navideña de este año? Esa en la que mis tíos incluyeron una ceremonia en la que nos intercambiamos los anillos.
-¿Has firmado un acuerdo prenupcial? -Mark masticó el extremo del cigarro y se volvió hacia Faith - ¿Qué parte de los cien millones te tocará cuando os separéis?
-No vamos a separarnos, Sr. O’Leary. -La voz de Faith era tan calmada que Sydney se tranquilizó.
Mark gruñó tras su cigarro y volvió a clavar la mirada en Sydney.
-¿Y ahora todos los votantes van a felicitarte por tu hermosa mujercita? Los tiempos no han cambiado tanto.
-Puede que no -respondió Sydney-, pero sigo creyendo que mi vida puede superar cualquier escrutinio, igual que la de Faith.
-Además, los votantes prefieren a los candidatos casados.
-Ellas no están casadas de verdad -dijo Mark-. No es posible.
-Todo es posible para el que cree -sentenció Faith-. ¡Vaya, he llegado a creer hasta seis cosas imposibles antes del desayuno
-El Nuevo Testamento y Lewis Carroll -añadió Sydney.
Mark las contempló a las dos.
-Me alegro de que os parezca divertido.
-¿Qué se supone que hemos de pensar? -Sydney se enderezó en la silla-. Mark, puedo ganar estas elecciones. no creo que porque ahora haya una mujer inteligente, encantadora y maravillosa en mi vida, a quien no intento esconder de ningún modo y cuyo amor me ha proporcionado la adecuada humildad...
-Cuando las ranas críen pelo -masculló Mark.
-No creo que haya roto ninguna de las promesas que te hice y, sin duda, no he roto ninguna de las promesas que me hice a mí misma. No soy un hombre casado que va con unas fulanas en un yate llamado Monkey Business 5. Lo único que quiero saber es qué piensas hacer en lo que respecta a apoyar mi candidatura.
Alan se removió intranquilo. Le había advertido a Sydney que no le diera a Mark ninguna oportunidad de retirarle su apoyo.
-¿Qué se supone que he de hacer ahora? -Mark examinaba el extremo de su cigarro-. No voy a ponerme a bailar de alegría porque la bollera que he estado diciéndole a todo el mundo que iba a merendarse al otro candidato está haciendo alardes públicos de su vida sexual.
-Eso sencillamente no es cierto...
-A mí no tienes que convencerme de nada -argumentó Mark-. Yo sólo soy un voto. Que seas lesbiana va a convertirse en el centro de esta campaña, en vez de algunos temas que podrías haber querido discutir.
-Puede que sí, y puede que no. -Sydney se puso en pie y Faith también se levantó-. Sólo quería saber cuáles eran tus planes.
-Esperaré a ver tus resultados en las encuestas, eso es lo que voy a hacer.
Alan Steven también se puso en pie.
-No esperes demasiado, Mark. Sería la primera vez en veinte años que un senador demócrata gana sin ti.
Faith le tendió la mano.
-Ha sido un placer, Sr. O’Leary.
Sydney contempló estupefacta cómo Mark O’Leary se ponía en pie y le estrechaba la mano.
-El placer ha sido mío, Sra. Fitzgerald -dijo sin una pizca de burla. Miró a Sydney-. Por lo menos, tiene un par de huevos.
-De ovarios, Mark -corrigió Sydney-. Tiene ovarios.
Después de nuestro encuentro con O’Leary, Sydney se entregó en cuerpo y alma a reunir y a ordenar las notas de prensa y los materiales para anunciar su candidatura. Nunca había reparado en cuán extensa era esa fase de preparación. Diseñó pequeños folletos que explicaban su postura sobre la vivienda pública, el acceso a la sanidad, el derecho de las mujeres a elegir, los presupuestos Manuales de base cero para todos los programas sociales, etcétera, etcétera. Cuando yo no estaba dando clase o inmersa en la investigación, solía desempeñar el papel de editora final.
Nuestras vidas se habían fundido en una con la misma facilidad que la mantequilla en una tostada. Dejé el apartamento y Michael, que se estaba recuperando rápidamente de los últimos injertos de piel, se mudó allí. Eric, en cuanto se repuso de la conmoción que le supuso el anuncio de nuestra relación, empezó a felicitarse a sí mismo por habernos presentado, llegando hasta el punto de decir que, si una de nosotras hacía infeliz a la otra, tendríamos que vérnoslas con él. A Meg le encantaba traer a David para que jugara en el jacuzzi. De mis padres no volví a saber nada.
Habilitamos una de las habitaciones libres del piso de Sydney para montar mi estudio. La primera semana que estuve allí, ordené y organicé el material de investigación, y la segunda empecé a escribir Leonor. Sin embargo, la mayoría de las veces me llevaba el ordenador portátil al estudio de Sydney -el lugar donde me di cuenta por primera vez de que ella era una mujer salvaje y peligrosa-, y dejaba que el calor del fuego me empapara, mientras Duchess me ignoraba deliberadamente.
Había un asunto sobre el que aún no habíamos llegado a ningún acuerdo: el dinero. Cuando yo sacaba el tema, Sydney lo eludía. Como el piso estaba pagado, yo ni siquiera tenía que contribuir con el alquiler. La maravillosa Lucy, que me mimaba como una gallina clueca, y los gastos de la casa los pagaba directamente el administrador de Sydney, que se había quedado mirándome sin comprender cuando le dije que quería pagar mi parte de los gastos de la compra. Me hubiera gustado firmar algún tipo de acuerdo prenupcial, pero ella no quería ni oír hablar de eso, diciendo tajantemente que no pensaba ni suponer una ruptura.
No es que yo no tuviera mis propios recursos, pero eran insignificantes al lado de los suyos. Y solo estaba empezando a sospechar cuánto. Yo no tenía una Aquitania como contrapartida a su imperio. No quería que la gente pensara lo que Mark O’Leary había insinuado, que lo que yo quería era la vida fácil y acomodada que Sydney podía proporcionarme. Yo había intentado hablarlo con ella, pero se mostraba deliberadamente obtusa.
Estaba introduciendo los datos del último talón de derechos de autor en el portátil cuando entró Sydney, reluciente tras la ducha y envuelta en un albornoz de chenilla blanca que me parecía absolutamente delicioso.
-Sigo vendiendo -le hice saber enseñándole el cheque.
Le lanzó una mirada y me dijo:
-Felicidades, cariño. -Me besó en la coronilla y se sentó delante del fuego-. Y espera a que Leonor llegue a las librerías.
-Syd, ¿qué quiso decir O’Leary con cien millones?
Su sonrisa complacida se desvaneció.
-Supongo que estaba intentando adivinar cuánto dinero tengo.
Como ya la había puesto de mal humor, decidí insistir:
-¿Se quedó muy lejos?
-Muy lejos.
Se hizo un largo silencio y después le pregunté:
-¿Por qué no quieres hablar de este tema? Te dije que firmaría lo que tú creyeras que era justo.
-No quiero ni siquiera pensar en que nuestra relación pueda acabarse.
-¿Es ese el verdadero motivo? -Le lancé una mirada firme y prolongada.
-No quería que supieras de cuánto se trata -dijo ella hoscamente-. Me daba miedo que tu corazoncito virtuoso se horrorizara, que te entrara el miedo y te echaras atrás.
Sentí un hormigueo nervioso en el corazón.
-¿Que me horrorizara el qué?
Sydney suspiró.
-O’Leary no solo se quedó lejos, sino que se quedó corto. Tengo mucho más dinero del que nadie puede gastarse en toda la vida. Está en bancos y en fondos de inversión que me dan cada vez más dinero. He de utilizar fondos fideicomisados para no beneficiarme, accidental o intencionadamente, de la legislación sobre la que tengo influencia. No tengo ni idea de en qué está invertido: solo sé que a final de año hay más que al principio. Da bastante miedo. Aunque intento repartirlo, sigue creciendo.
-Quizás prefiera no saber las cifras -dije. Tenía dificultades para hacerme una idea-. Es solo que, bueno, la gente hablará.
-Sí, hablaran. Pues que hablen. Yo sé que no te has casado conmigo por mi dinero, cariño.
-¿Cómo lo sabes? -Me estaba sonriendo y me encontré devolviéndole la sonrisa.
-Eric es un chico...
-Ya me di cuenta. Si no hubiera sido un chico, vete a saber dónde estaría yo ahora. -Esquivé el almohadón que me lanzó. Duchess, escandalizada, levantó la cabeza.
-Y a los chicos les dejan más dinero que a las chicas. Es la vida. Eric empezó con más de lo que yo tendré nunca. Además, yo no invierto activamente mi dinero, pero Eric sí. Tenga lo que tenga yo, él tiene el doble o más. -Cruzó la habitación para besarme suavemente en los labios-. Si hubieras querido dinero, mi querida Leonorcita, te hubieras quedado en Francia.

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Epilogo

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:20 pm

No insistas en que te abandone y me separe de ti, porque donde tú vayas yo iré, donde habites, habitaré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras moriré y allí seré enterrada (Ruth a Noemí; Ruth, 1:16-17)
Carrie me puso el dedo debajo de la barbilla y asintió aprobadora.
-Estás muy bien, querida. No te pongas nerviosa. -Me sonrió con dulzura y después se fue al lado de Eric padre. Respiré hondo y miré afuera, al mar de luz de las cámaras. Sabía que algunas ya estaban rodando.
-Supongo que vamos a empezar. -La presidenta del Partido Demócrata de Illinois, a quien me acababan de presentar, dio un golpecito al micrófono del podio-. Gracias por venir, damas y caballeros de la prensa, y todos los demás. Hoy es un día emocionante para el Partido Demócrata porque vamos a anunciar la candidatura de Sydney Van Allen al Senado por nuestro Estado. Sé que no es algo inesperado, puesto que mucha gente con sentido común ya se lo imaginaba. Voy a cederle la palabra a la Sra. Van Allen, que hará algunas observaciones y después les detallará su agenda. Las copias de la conferencia están a su disposición en la mesa de la sala del fondo junto con una exhaustiva declaración de su situación económica. Quiero puntualizar que la declaración es totalmente voluntaria, ya que la Sra. Van Allen no acepta dinero público. Señoras y señores, la candidata sin secretos, Sydney Van Allen.
La habitación estalló en aplausos y ovaciones de los muchos incondicionales que habían llenado la sala y que daban un aire festivo a la conferencia de prensa.
Sydney avanzó hacia el micrófono y sonrió con seguridad en sí misma. Con el aplauso y las ovaciones que siguieron pareció un poco avergonzada y levantó las manos para pedir silencio. Le costó un par de intentos.
-Gracias. Es muy alentador -declaró con una sonrisa radiante-. Antes de empezar, quiero presentar a todas las personas que están aquí conmigo en el estrado. No podía haber tenido más suerte con mi familia y mis amigos. Empezando por la izquierda -dijo con un gesto-, está mi tía, la honorable Emily Van Allen; mi primo Terrence Downing y su esposa la Dra. Judith Downing. A su lado está mi tío Paul Van Allen y su hijo, mi primo, el honorable Paul Van Allen. Junto a Paul, también mi primo el columnista Gemini Van Allen. Y estas dos personas maravillosas que tengo a mi lado son mis padres, Caroline y Eric. Muy especialmente, de no haber sido por su apoyo y por su amor, yo no estaría hoy aquí.
Tragué saliva nerviosa, después levanté la barbilla y pensé con cuánta frecuencia Leonor debería de haber esperado pacientemente al lado de Luis o de Enrique, consciente de que los ojos potencialmente hostiles se clavaban en ella y que no podía toser ni juguetear con nada. Pensé que, si en las noticias de la noche salían algunas imágenes, sería una ocasión excelente para que mis padres me vieran retratada con Sydney. Justo a la izquierda de la última cámara pude ver a Michael con el uniforme blanco de la marina y la gorra formalmente colocada bajo el brazo. A su lado, Meg me lanzaba una sonrisa.
-A mi derecha está mi tía, la diputada Jane Saunders y su marido, Richard Saunders. Al lado de Richard, mi prima, la escritora Madeleine Sheele; mi tío, el reverendo John Van Allen y mi queridísimo hermano, Eric Van Allen.
Le dirigió a Eric el mismo gesto de respeto que él le había hecho con ocasión de la entrega de los premios Roebuck. Parecía que hubiera pasado mucho tiempo. Le miré un momento y él me guiñó un ojo.
-Y la que está más cerca de todos -dijo con la voz muy ligeramente temblorosa, mientras me rodeaba con el brazo-, mi compañera y el amor de mi vida, Faith Fitzgerald.
Le temblaba el brazo y yo le sonreí con el corazón en mis ojos.
Estaba hecho. Habíamos llegado, juntas, a las orillas de nuestro futuro. El resto, como dijeron, sería historia.


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Re: Algo Salvaje

Mensaje por Admin el Miér Mayo 24, 2017 6:29 pm


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Re: Algo Salvaje

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