Allí te encuentro

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

Allí te encuentro

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:04 pm

Autor: Frankie Jones




Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 1

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:08 pm

El Jaguar plateado arrancó a toda velocidad mientras Sandra lo contemplaba ceñuda, imaginándose que el aparcacoches se lo iba a llevar para dar un paseo furtivo por Dallas. Pero descartó el desagradable pensamiento al ver que un elegante Mercedes negro pasaba a ocupar el espacio disponible y dejaba salir a cuatro mujeres que reían a carcajadas. Tan pronto como se hubieron apeado las ocupantes, el Mercedes se alejó raudamente, a cuyo volante había otro aparcacoches elegantemente vestido.
—La gente ya no trata nada con cuidado —suspiró Sandra, viendo desaparecer las luces del coche tras un seto alargado.
Carol clavó las uñas en el brazo de Sandra para que dejara de quejarse.
—No montes un número. A tu precioso coche no le pasará nada.
Sandra observó a las cuatro mujeres recorriendo el camino que ascendía desde la calle hasta la casa, muy bien iluminado para la ocasión. Carol la tomó del brazo.
—Vamos. Quiero ver qué se ha puesto Lona Cromwell. Te juro que no me sorprendería encontrármela completamente desnuda. Le encanta escandalizar.
Sandra suspiró hondamente y lanzó una mirada a la mansión de Lona Cromwell. Era un edificio victoriano de tres plantas, de ladrillo y piedra caliza de Tejas, que el bisabuelo de Lona había hecho edificar en 1892. La casa tenía unas vistas espectaculares sobre la Reunión Tower y los rascacielos del centro de Dallas y estaba rodeada de un exuberante jardín inglés de más de una hectárea. Lona tenía contratados a cuatro jardineros para el cuidado de las plantas. La casa era bella desde el punto de vista arquitectónico, pero a Sandra le daba siempre una impresión un poco fría e inhóspita. Sintió un brusco temblor y se arrebujó en la chaqueta.
—No te tires de la ropa —la reprendió Carol, apartándole las manos con una palmada—. Vas a deformar la tela. —Echó un vistazo desaprobador a la chaqueta de Sandra mientras se la recolocaba—. A ver cuando te compras ropa decente. Con el dinero que tienes, podrías ir un poco más arreglada.
Sandra observó el traje que se había puesto. El vestido largo de tirantes de color verde claro formaba una elegante caída bajo la chaquetilla que lo complementaba. La base del vestido y una solapa de la chaqueta se adornaban con un discreto bordado geométrico a base de cuentas. Pensó que las sandalias, con un tacón de ocho centímetros, eran especialmente bonitas. Pero Carol era de otra opinión.
— Mira que pelo llevas. —Apartó un mechón de la corta melena de Sandra que asomaba detrás de una oreja—. Creo que deberías pedirle hora a André. Te dejaría perfecta. – Carol le palpó las hombreras—. Has perdido peso y la chaqueta te va grande. —Meneó la cabeza con reprobación y soltó un largo suspiro—. No cambiarás nunca. Eres una niña pequeña jugando a vestirse de mayor.
Sandra no respondió a sus comentarios. Carol tenía razón: ella nunca encajaría del todo en su mundo.
Daba igual que se hubiera puesto aquel vestido de alta costura. Estaba siempre muy ocupada y no podía perder tiempo de compras o a la peluquería.
Sandra Tate era una arquitecta prestigiosa y una de las mujeres más ricas de Dallas. Su fortuna compensaba su falta de belleza. Tenía un rostro más bien anodino, y cada año aparecían más canas en su pelo corto y pardusco. Pero la gente no solía fijarse en esos defectos, porque Sandra Tate tenía el don de convertir en oro todo lo que tocaba: cualquier proyecto que decidiera emprender tenía garantías de éxito.
Sandra era la propietaria de Tate Enterprises, un emporio multimillonario que, entre otros activos, contaba con un estudio de arquitectura y una importante empresa de construcción. Uno de sus mayores logros había sido el proyecto de un nuevo concepto de centro comercial.
Los centros comerciales ideados por Sandra, pensados para las necesidades de una ciudad pequeña, se integraban estéticamente en el entorno y reflejaban la historia local. Sandra en persona se había encargado de negociar con una importante red de tiendas de comestibles y otra de electrodomésticos la inclusión de sucursales en todos los centros de la cadena.
La popularidad y las influencias de Sandra habían ido aumentando de forma proporcional a su riqueza. Las entidades benéficas se disputaban su tiempo, y su apoyo era una garantía de éxito para cualquier proyecto. Era una de las personas más solicitadas de Dallas. Sin embargo, ella detestaba esta situación. La llegada de otro coche sacó a Sandra de sus cavilaciones.
—Carol, ¿por qué hemos venido a esta fiesta? Las dos terceras partes de las asistentes te caen mal — dijo Sandra.
—Hemos hablado de esto un montón de veces. El cumpleaños de Lona Cromwell es el acto social más importante del año. Cualquiera que sea «alguien» va a estar aquí esta noche — contestó Carol—. Además, tenemos que hacer acto de presencia. Hace siglos que no vienes conmigo a ningún sitio y la gente está empezando a rumorear. —Se interrumpió y su boca adoptó un mohín desafiante.
Sandra la miró. La fiesta anual de Lona Cromwell era uno de esos acontecimientos que daban sentido a la vida de Carol. Aquella velada era importante para ella. Sandra bajó la vista, se miró el vestido y sintió un súbito remordimiento. Trataría de comportarse tal como se esperaba de ella; lo haría por Carol.
Sandra intentó ver a su pareja como si no la conociera. Carol Grant era una mujer guapa.
Asistía religiosamente a clases diarias de aerobic para mantenerse delgada y en forma a sus cuarenta y un años. Las sesiones semanales de rayos UVA mantenían su piel perfectamente bronceada durante todo el año. Su abundante melena rubia, peinada en una elaborada trenza, no mostraba ninguna señal de envejecimiento. Solo las finas arruguitas que empezaban a dibujarse en las comisuras de sus ojos grises insinuaban su verdadera edad. Por desgracia, la belleza de Carol era puramente superficial.
En los últimos meses, Sandra se había preguntado en más de una ocasión por que se había enamorado de Carol ocho años antes. ¿Cómo no se había dado cuenta de lo mezquina y manipuladora que podía llegar a ser? Pero siempre trataba de descartar ese pensamiento. No era justo echarle la culpa de todo a Carol.
Ya desde la primera cita, Sandra había claudicado ante todos sus caprichos. Sin embargo, en los últimos tiempos había cambiado algo en su interior y estaba empezando a cansarse de las constantes concesiones. Aunque trató de averiguar dónde estaba el cambio, no logró descubrirlo.
Después de todo, Carol era tal como había sido desde que nació: una niña mimada, acostumbrada a obtener todo lo que quería.
Carol apretó el brazo de Sandra, que olvidó sus dudas y esbozó una sonrisa forzada. Había aceptado asistir a la fiesta, así que trataría de comportarse educadamente y pasarlo lo mejor posible.
—Lo siento. Me estoy portando muy mal —se disculpó Sandra, tomando a Carol del
brazo—. Te prometo que no te voy a estropear la noche.
La sonrisa indolente y seductora de Carol hizo que Sandra volviera a verla como la mujer de la que se había enamorado hacía tiempo. Sin embargo, ese momento de tregua no la tranquilizó: solo significaba el final de una discusión más.
Las dos mujeres recorrieron el ancho camino empedrado que subía hasta la mansión y atravesaron uno de los tres grandes arcos que adornaban la fachada. Un cuarteto de cuerda, discretamente acomodado tras una verja adornada con exquisitas flores tropicales, interpretaba una suave melodía que las siguió mientras cruzaban el amplio porche y entraban en la casa.
En el interior, un pequeño ejército de recepcionistas aguardó a que se quitaran las
chaquetas para llevárselas. Sandra se quedó parada mientras Carol se despojaba de su lujosa chaqueta de seda adornada con cuentas y lentejuelas.
Debajo, Carol llevaba un elegante vestido negro con un pronunciado escote. El vestido se sujetaba por detrás con una delicada tira en forma de uve que dejaba al descubierto su ágil espalda.
La única joya con la que se adornaba era un pequeño colgante de diamantes suspendido de una cadenilla de oro.
Una joven recepcionista se acercó a Sandra para ayudarla a quitarse la chaqueta, pero ella decidió dejársela puesta. Tenía frío, y la mera idea de llevar los hombros cubiertos solo por los finos tirantes del vestido le hacía sentir más frío aún. Hizo caso omiso de la mirada de desaprobación de Carol.
La joven que pretendía llevarse la chaqueta de Sandra las acompañó hasta lo alto de una larga escalinata circular.
Sandra contempló el inmenso vestíbulo que se desplegaba bajo la escalinata. Una enorme lámpara de araña proyectaba cientos de lucecitas tornasoladas en el suelo de baldosas de mármol blancas y negras. Entre las paredes de color pastel y el techo inmaculadamente blanco destacaban unas molduras de madera artísticamente talladas.
Las mujeres subieron hasta el salón de baile del tercer piso, donde Sandra volvió a notar la extraña sensación que experimentaba cada vez que veía la moderna decoración de la casa. Lona había sustituido el empapelado de satén original por unos paneles de cuero negro que cubrían las altísimas paredes desde el suelo hasta el techo. Dispuestos en intervalos de un metro, y también desde el suelo
hasta el techo, había espejos enmarcados. El mármol negro del suelo resplandecía como si fuera ónice. Las lámparas estroboscópicas repartidas discretamente por el salón se reflejaban en las baldosas y los espejos, inundando la estancia de temblorosas oleadas de luz.
Las únicas ventanas eran las de las puertas acristaladas que daban a una suntuosa terraza. El recinto se abría también a la antesala en la que se encontraban Sandra y Carol, y una tercera puerta conducía a un pasillo alargado. La última puerta del pasillo era la de un enorme cuarto de baño, más propio de un estadio que de una casa particular. Enfrente del baño había una cocina larga y estrecha donde se afanaba el servicio de banquetes.
Había numerosos grupos de asientos repartidos por toda la sala y unas largas barras de caoba en dos de los lados. Decenas de camareros ataviados con esmoquin se movían con diligencia por el salón abarrotado, presentando bandejas cargadas de canapés y bebidas exóticas.
Sandra sintió un escalofrío de aprensión al entrar en el salón de baile de Lona Cromwell. Aquel lugar la hacía sentirse apagada y deprimida. ¿Qué clase de persona era capaz de imaginar una decoración tan fría?
Sandra trató de recobrar cierta calidez observando los alegres colores de los vestidos de las asistentes. Los dos centenares de invitadas constituían la flor y nata del mundillo lésbico de Dallas.
Había desde modelos hasta representantes de la política nacional. Carol, en su elemento, se habla metamorfoseado en una vivaz y sonriente reina de la mundanidad. Cualquiera que viese las prolongadas y tiernas miradas que dirigía a su amante, Sandra Tate, pensaría que formaban la pareja perfecta.
En cuanto entraron en el salón, el esqueleto alto y desgarbado de Lona Cromwell avanzó hacia ellas con movimientos lánguidos y flotantes. Sandra sintió un ansia casi irresistible de levantar la cola de su vestido de seda negra para comprobar si Lona tocaba el suelo con los pies, pero decidió comportarse y se contuvo.
Lona se inclinó para abrazar el cuerpecito de ciento sesenta centímetros de Carol.
Cualquier desconocido que hubiera oído como se saludaban habría pensado que eran grandes amigas, aunque en realidad apenas se soportaban la una a la otra. Pero su círculo social les exigía comportarse siempre con cortesía.
Lona era una mujer de belleza clásica, descendiente de una antigua fortuna tejana. Sus raíces se remontaban a una de las primeras familias de colonos, la de Stephen F. Austin. El apellido Cromwell era tan conocido en los yacimientos de petróleo como en el Capitolio del estado de Tejas.
Lona se había licenciado en Derecho de Sociedades y en Ingeniería Química, pero nunca había ejercido. Se limitaba a ocupar cargos de representación en la junta directiva de dos importantes empresas donde su padre era accionista mayoritario.
Se pasaba la vida volando de paraíso tropical en paraíso tropical, siempre en compañía de como mínimo una mujer hermosa. Casi nunca la misma.
Lona se volvió hacia Sandra.
—Me alegra mucho que hayáis venido. Siempre os perdéis mis fiestecitas. —Besó fugazmente los labios de Sandra y unos sedosos mechones de su larga melena negra le rozaron el brazo.
—Según Sandra, el día que no trabaja veinte horas seguidas es un día perdido —dijo Carol riendo.
Sandra captó un matiz de amargura en la risa de Carol.
—Tendrías que estar agradecida de que trabaje tanto para cuidarte bien —la reprendió Lona, sin apartar su mirada de Sandra.
Sandra tomó a Carol del brazo al ver un destello de rabia en sus ojos.
—Íbamos en busca de algo para beber —dijo.
En ese momento entró un nuevo grupito de mujeres, envueltas en ruidosas carcajadas.
Sandra aprovechó la distracción para llevarse a Carol a otro lado. En la barra, pidió un whisky para Carol y un agua mineral para ella.
Bebía muy pocas veces alcohol; no le gustaba la sensación de pérdida de control que producía.
Sandra trató de centrar su atención en las actividades que se desarrollaban a su alrededor.
Los camareros se deslizaban sigilosamente entre la multitud con bandejas repletas de caviar beluga y otras exquisiteces. Al fondo de la sala, una orquesta femenina interpretaba una vieja canción de Stevie Nicks. Sandra se quedó absorta escuchando la música y dio un respingo cuando una voz grave susurró en su oído:
— ¡Aja, conque estabas aquí!
Antes de que Sandra tuviera tiempo de responder, unos brazos como tentáculos rodearon su cintura.
Carol parpadeó, y en su mirada se encendió un brillo de rabia. Sandra sabía que más tarde le tocaría escuchar sus reproches.
—Hola, Janice —respondió, escabulléndose del envolvente abrazo para girarse y estampar un beso en una mejilla expectante.
Janice Knight era una de las modelos más cotizadas de Nueva York. Aunque no llevaba tacones, aquella diosa negra destacaba por su estatura entre todas las mujeres que abarrotaban el salón.
Sandra había conocido a Janice el año anterior, en un acto benéfico en favor del refugio para mujeres maltratadas. Antes de que acabara la celebración, Janice Labia hecho saber a Sandra que podía llamarla cuando quisiera y para lo que quisiera. En ese momento, Carol se colocó entre las dos y Sandra se apartó a un lado.
—Janice, preciosa, se te ve mucho mejor… —dijo Carol con voz susurrante.
Janice entrecerró los ojos, teñidos de un azul purísimo gracias a unas lentillas, al oír la alusión a su reciente desastre. En plena sesión fotográfica para una nueva línea de cosméticos, la cara se le había empezado a hinchar en proporciones alarmantes. Una reacción alérgica le había producido rojeces y manchas en la piel que le duraron varios días. Afortunadamente, no había sufrido daños permanentes. Y se rumoreaba que el pleito que había interpuesto terminaría resultando más lucrativo que el contrato millonario firmado originalmente con la casa de cosméticos.
—Carol, ¿por qué no te pasas por el estudio la semana que viene? —dijo Janice mientras sus labios dibujaban una sonrisita—. Seguro que cualquiera de nuestras esteticistas puede ayudarte con tus problemas de cutis.
Carol tensó la espalda y respiró profundamente. Sandra, decidiendo que ya había corrido suficiente sangre para una sola noche, volvió a sujetarla con firmeza del brazo.
— ¿Vamos a saludar a Joan y Sarah? Nos vemos luego, Janice.
— ¿Por qué no vuelves tú sola? —susurró Janice al pasar Sandra por su lado.
— ¿Has oído lo que me ha dicho? —se quejó Carol cuando Janice estaba a una distancia prudencial—. ¿Y has visto que horrible es esa cosa de color turquesa que se ha puesto?
Sandra echó una ojeada a la indumentaria de Janice. No se consideraba ni mucho menos una experta en moda, pero era capaz de reconocer un Versace. La discreción le impidió llevar la contraria a Carol, pero pensó que aquel vestido quedaba magnífico sobre el escuálido cuerpo de la modelo.
—Esta celosa —mintió Sandra para tranquilizar a su novia.
— ¿Que te ha dicho? —preguntó Carol, llevándose una mano a la cadera.
De repente, el hastío cayó sobre Sandra como una mortaja. No se vio capaz de hacer frente a los celos de Carol.
—Está intentando apartarte de mí —gimoteó Carol, mirando ferozmente a Janice al otro lado de la sala. Tras mover la cabeza en un gesto desafiante, se acabó el whisky de un trago y se encaró otra vez con Sandra.
— ¿Estas saliendo con ella? ¿Es por eso por lo que nunca estas en casa?
Sandra empezó a perder la paciencia. En las últimas dos semanas había tenido que trabajar doce o catorce horas diarias. Carol ni siquiera se imaginaba el esfuerzo que requería dirigir un negocio de la envergadura de Tate Enterprises.
- ¿Tú crees que tengo tiempo de salir con alguien? —susurró intentando dominar su
creciente enfado.
—Sales de casa al amanecer y no vuelves hasta medianoche.
La música se detuvo de repente y un grupito de mujeres oyó el comentario de Carol.
Interrumpieron su conversación y se quedaron mirando a la pareja, aguardando con interés la continuación del drama.
Para su decepción, Sandra se llevó a Carol a la terraza. Ninguna de las dos advirtió que la noche había refrescado.
—Carol, no quiero volver a discutir. ¿Por qué me haces esto siempre?
—No sé de qué me estás hablando —insistió Carol, apartando la vista de Sandra y
contemplando la ciudad a sus pies.
—Sabes perfectamente de que te estoy hablando. Insistes en que vengamos a fiestas como esta y en cuanto una mujer me mira, me montas un escándalo.
—Porque tú te pones a ligar con otras —dijo Carol con sollozo.
—No, Carol. Son ellas las que se ponen a ligar conmigo —replico Sandra—. Estoy harta de tus eternas acusaciones. No he hecho nada que justifique tus celos, pero parece que no lo entiendes. Desde el principio supiste que iba a pasar esto. La culpa es de mi dinero. Eso es lo único que les interesa. —«Como a ti…», concluyó en silencio—. Si fuera cajera de supermercado no me mirarían dos veces. —Sandra dejó caer los brazos con rabia, derramando un poco del agua mineral que llevaba en la mano—. ¡Mierda! —Dejó el vaso sobre una mesa y se secó la mano con una servilleta.
—Ya no me quieres —dijo Carol, con un sollozo más apremiante que el anterior.
—Por favor, no empieces. Estoy cansada y…
Carol giro en redondo para mirarla.
—Siempre estas cansada. ¡Si esas guarras supieran que eres una amante desastrosa, no te irían tanto detrás! —Sin esperar a la respuesta de Sandra, Carol cruzó la terraza a toda prisa y desapareció en el interior de la casa.
Sandra, perpleja, se volvió hacia las luces de la ciudad. Sintió un atisbo de una emoción antigua al ver una de sus creaciones: el Edificio Strauss, el primer proyecto importante que había llevado a cabo en Dallas. Contempló su obra como una madre contemplaría a su hijo. El proceso había sido largo y difícil, pero Sandra había participado en todos los pasos de la creación del edificio.
Recordó el placer que experimentaba antes, cuando diseñaba un proyecto nuevo. Y lo mucho que disfrutaba imaginando edificios hermosos que fueran capaces de sobrevivir a los rigores del tiempo.
Pero en cierto momento, en los últimos años, su trabajo había dejado de inspirarle esa misma emoción.
¿Cuándo había cambiado todo? ¿Cuándo había perdido el entusiasmo por su trabajo? Todo lo que quería era… ¿Qué quiero?», se preguntó. ¿Que deseaba? Se sintió muy cansada de repente y apoyó la espalda contra la fría pared de piedra. En ese momento se abrieron las puertas acristaladas y Sandra soltó un gemido de contrariedad al ver aparecer a Lona Crag tarde. Demasiado tarde comprendió que debería haber entrado en el salón detrás de Carol. Si una cosa le había enseñado el éxito, era que el dinero era el afrodisíaco más poderoso del mundo.
— ¿Te pasa algo? —pregunto Lona. Hizo ademan de tocar a Sandra, pero se contuvo.
Sandra intentó zafarse de ella, pero estaba atrapada en una esquina de la terraza.
—No. Estoy Bien —dijo—. Es solo que trabajo demasiado —Intentó pasar junto a Lona para marcharse, pero ella le cortó el paso apoyando una mano en la pared.
—Necesitas una mujer que te comprenda —susurro acercando su cuerpo al de Sandra y acariciándole una mejilla. —Yo sé lo que te hace falta. Podría hacerte feliz.
Sandra apartó a Lona de un empujón.
—Lo que a mí me hace falta no es cosa tuya. —Esquivo a Lona y regresó a la fiesta. El salón estaba mucho más lleno que antes. Tras el fresco de la terraza, le pareció que en el interior hacia demasiado calor. Sandra buscó a Carol entre la multitud de emperifolladas y oyó su risa al otro lado del salón. Qué raro le resultaba oírla reír. Ya casi nunca lo hacía. Al acercarse más, vio que Carol estaba hablando con una rubia que le sonó vagamente.
La orquesta inicio una entusiasta versión de Proud y Sandra gimió consternada. ¿Es que todas las orquestas del mundo conocían aquella canción? Algunas mujeres empezaron a bailar. Una invitada bajita y regordeta que Sandra identificó como la juez del distrito tropezó con ella. Sandra notó el golpe de la copa de la juez en su brazo, bajó la vista y vio que una mancha oscura y pegajosa empezaba a crecer en su vestido. La mujer trató de disculparse, pero Sandra hizo un gesto de indiferencia con la mano y siguió caminando hacia Carol. El calor y el ruido se le estaban haciendo insoportables. Intentó concentrarse en una sola persona o conversación, pero los olores de la comida, los licores y los perfumes la envolvían como láminas de celofán. Intentó respirar con un ritmo normal, pero notaba una opresión cada vez mayor en el pecho. Volvió a experimentar unas punzadas de dolor repetidas y breves que había notado ya la semana anterior. En la habitación no había suficiente oxígeno. Sandra se giró para salir otra vez a la terraza, pero al ver que Lona la estaba esperando en la puerta, se dirigió tambaleante hacia la cocina. Tal como eran aquellas mujeres, la cocina sería el escondite más seguro. Pero cuando estaba llegando a su refugio vio que Janice se interponía en su camino, de manera que giró en redondo y retrocedió por donde había venido. Carol seguía hablando con la rubia, pero Sandra dejó de preocuparse por el protocolo. Lo único importante era escapar de aquella sala abarrotada.
—Vámonos —suplicó, tomando a Carol del brazo. La boca de Carol se contrajo en una mueca sombría.
—No quiero irme aún.
El ruido seguía aumentando de volumen alrededor de Sandra, y las insistentes notas del bajo la golpeaban directamente en el cerebro. Intentó borrarlas de su mente. Los labios de la rubia dibujaron una sonrisita burlona y sus uñas empezaron a repiquetear contra el cristal del vaso. El sonido rechinó en los oídos de Sandra.
—Es que tengo que salir de aquí, Carol —insistió, lanzando una mirada desesperada por la sala.
Tenía la sensación de que le faltaba aire para respirar y la habitación se hacía cada vez más pequeña. Los espejos empezaron a gastarle malas pasadas. Se acordó de aquella vez en que había ido con su padre a la Casa de los Espejos, cuando tenía nueve años. La pequeña Sandra se había quedado paralizada de pavor ante las imágenes distorsionadas que reflejaban. Su padre tuvo que sacarla a la calle en brazos.
Ahora estaba sintiendo esa misma confusión abrumadora. En cualquier lugar en el que posara la vista, encontraba un reflejo de sí misma devolviéndole la mirada. Las voces le retumbaban en los oídos. El espacio se llenó de un torbellino de puntos rojos, y la opresión del pecho aumentó de intensidad. El corazón se le aceleró tanto que Sandra pensó que le saltaría fuera del cuerpo y caería sobre el blanquísimo vestido de la rubia. Tenía que escapar. Mientras se abría paso a empellones hacia la puerta, vio borrosamente cómo la miraban una serie de rostros sorprendidos y enojados. Oyó que Lona la llamaba, pero nada le impediría salir del salón de baile. Se abrió paso a codazos entre el grupito de mujeres que estaban de pie en el umbral y consiguió llegar a la antesala. Lona la llamó desde la puerta y Sandra echó a correr. Bajó a toda prisa las escaleras, sin inmutarse por las miradas perplejas de las mujeres que subían. Oyó que varias personas la llamaban, pero aquello solo sirvió para hacerla correr más deprisa aún. Cuando llegaba al último tramo, trastabillo y se le rompió un tacón. Sintió una aguda punzada de dolor en el tobillo. Fue consciente de que se estaba cayendo, y le pareció que la sensación duraba un tiempo absurdamente largo. Al final se dio un golpe contra la barandilla, pero se aferró a ella y recuperó el equilibrio. Hizo girar el tobillo hasta que el dolor empezó a remitir. Al parecer, lo único que tenía realmente perjudicado era el zapato. El tacón roto descansaba sobre el último escalón. Por culpa de su torpeza, había estropeado unos zapatos nuevecitos. Con un gruñido de rabia, Sandra se quitó el zapato de golpe y lo lanzó contra la pared.
Una chica joven vestida con un esmoquin negro apareció en la escalera, delante de Sandra.
—Deje que la ayude, señora —dijo, tratando de tomar a Sandra del brazo.
Sandra la apartó de un empujón y bajó corriendo el último tramo de escaleras. El tacón roto le impedía correr. Se quitó el otro zapato de una patada y echó a correr descalza. Cuando dejó atrás la escalinata, se topó de frente con los alarmados recepcionistas. Uno de ellos se le acercó, pero Sandra le dio un manotazo, corrió hacia la puerta e irrumpió en el porche brillantemente iluminado. Los sorprendidos aparcacoches salieron de su inmovilidad al verla aparecer atropelladamente.
— ¡El Jaguar plateado! —grito Sandra, dirigiéndose al que tenía más cerca.
— ¿Que Jaguar plateado? —preguntó el, mirándola con una mezcla de desconcierto y suspicacia.
Sandra iba a contestarle con otro grito, pero en ese momento oyó que la llamaba la voz de Carol.
«¡A la mierda el coche! —decidió—. Ya volverá Carol con él.» Sandra se alejó de los
aparcacoches y recorrió a toda prisa el camino que llevaba a la calle, cruzó al otro lado y se adentró en la protectora oscuridad de la noche.
Unos minutos después, sin dejar de caminar con pasos rápidos y tambaleantes, cambió de acera y entró en un parque. Las luces de la calle se fueron alejando más y más a medida que Sandra se adentraba entre los árboles. La oscuridad la envolvió como un manto protector. Sabía que tenía que volver a la fiesta y pedir disculpas por su comportamiento, pero era incapaz de detenerse.
Sandra se adentró más en el parque, en una oscuridad tan sombría como su humor. El aspersor instalado junto al camino soltó un sonido sibilante y empapó la tierra de alrededor. Sandra continuó corriendo, hasta que tropezó con un árbol y se cayó. La humedad de la hierba mojada caló la fina tela de su vestido. Sandra solo podía respirar dando boqueadas y no lograba inhalar suficiente oxígeno.
Pensó que tal vez se estaba muriendo de un ataque al corazón y notó que se iba a desmayar. No quería morirse en ese momento, la aguardaban demasiadas experiencias nuevas. Su último pensamiento consciente fue que no había logrado cumplir lo que más deseaba en la vida: conocer a su madre.
Los pájaros trinaban por encima de su cabeza, y unos tenues rayos de luz se abrían paso entre las copas de los árboles. Sandra tenía todo el cuerpo dolorido después de haber dormido sobre la tierra húmeda y fría. Le ardió la cara de vergüenza al recordar lo sucedido la noche anterior.
¿Cómo había perdido el control de esa manera? Nunca en la vida había permitido que las emociones se le fueran tanto de las manos. Cuando se dio cuenta de la situación en la que se encontraba, el miedo paralizó sus miembros helados. Estaba sola en medio de un parque: tenía que salir antes de que la viera alguien. Imaginó mil cosas distintas que podían ocurrirle, pero ninguna de las posibilidades le parecía atractiva.
Se incorporó e intentó dar un paso. Le molestaba el tobillo que se había torcido al bajar las escaleras, pero no parecía tener nada roto. Sus pies descalzos estaban magullados y doloridos. El hombro izquierdo le asomaba a través de un desgarrón de la chaqueta y tenía una costra de sangre seca.
Sandra caminó cojeando hasta un banco y buscó sus cosas. Afortunadamente, no se encontraba lejos de la casa de Lora.
¿Cómo iba a ir a su casa? No podía volver y enfrentarse a Lona. Y seguramente Carol se habría llevado el coche. ¿La estaría buscando alguien? Le entró un escalofrío al imaginarse su foto publicada en la primera plana del periódico. El titular proclamaría: «Famosa arquitecta enloquece y huye de fiesta de lesbianas». Hundió la cara entre las manos, dando gracias a Dios por que la policía tuviera que esperar veinticuatro horas antes de declarar desaparecida a una persona. Esa vergüenza, al menos, se la ahorraría.
Echó un vistazo rápido a su aspecto. Las carreras de las medias se extendían por sus piernas como una tela de araña. El vestido de noche, lleno de manchas de tierra y de hierba, estaba completamente destrozado. El corte de la falda, que antes llegaba hasta la mitad de la pantorrilla, ahora subía hasta la cadera. La chaqueta estaba agujereada a la altura del hombro y de un trozo de tela desgarrado colgaba uno de los botones. Dado el estado de su ropa, parecía ridícula la insistencia de Carol en que Sandra no la deformara.
Sandra se pasó las manos heladas por la cabeza y comprobó que su pelo era una maraña de hojas y ramitas. Se peinó con los dedos, intentando infundir cierta apariencia de orden en sus cortas mechas castañas.
No pudo evitar una mueca de dolor cuando su mano rozó el corte abierto por encima del ojo izquierdo. Seguramente se lo había hecho al chocar con el árbol. ¿Que la había impulsado a salir corriendo como una loca de casa de Lona? ¿Cuándo había llegado a perder hasta ese punto el control de su vida? De la garganta le brotó un gemido de agotamiento y rabia. Sandra se colocó las manos bajo los brazos para calentarlas e intentó tranquilizarse.
Con un poco de organización y decisión, podría recuperar la normalidad. Lo más urgente era dejar de trabajar hasta tan tarde. Intentaría reservarse unos días libres; así, ella y Carol podían tomarse unas vacaciones.
De repente le vino a la cabeza su agenda de las siguientes semanas y no tuvo más remedio que descartar la idea de las vacaciones. Tenía demasiadas cosas entre manos y le sería imposible marcharse de la ciudad. Tendría que limitarse a recuperar el control de sus emociones. «Seguramente estoy entrando en la menopausia», razonó. Con treinta y siete años era un poco joven, pero todo podía ser. Tal vez no era más que un desequilibrio hormonal. «Tal vez, tal vez, tal vez», murmuró para sí misma.
Suspiró hondamente e intentó tranquilizarse. «Solo estoy cansada y sometida a mucho estrés —se dijo—. Tengo que dejar de hacer las cosas yo sola, necesito alguien que me ayude. Cuando vuelva a casa hablaremos de nuestra situación, y después empezaremos a pasar más tiempo juntas. Procurare salir antes de la oficina», le prometió al césped frío y gris. En ese momento, tras sentir un violento escalofrío, Sandra comprendió que debía salir de allí antes de pillar una pulmonía o, peor aún, antes de que alguien la reconociera. Caminando con pasos doloridos y cojeantes, llegó hasta la cabina de teléfonos situada en la linde del parque. Con los dedos entumecidos por el frío, marcó el código de su tarjeta telefónica, que se sabía de memoria.
Le pareció que la única persona con la que podía contar era Laura Mendoza. Laura y ella se habían conocido en primero de carrera, cuando las contrataron a las dos en un enorme restaurante mexicano. Laura trabajaba para poder pagarse los estudios, mientras que Sandra, que tenía una beca, lo hacía para costearse los gastos personales. Congeniaron enseguida, y su amistad había resistido al paso de los años.
La soñolienta voz de Laura interrumpió los recuerdos de Sandra.
—La… Laura… —Los dientes de Sandra castañeteaban de forma audible.
— ¿Diga?
—Laura… Soy… San… dra.
—No te oigo bien. ¿Sandra? ¿Eres tú?
—Laura, necesito ayuda. ¿Puedes venir a recogerme?
— ¿Dónde estás? ¿Qué te pasa?
—No pasa nada, estoy bien. —Sandra observó los desgarrones de su ropa—. Estoy en la esquina de Medford y Lane, junto al parque. —Sintió un violento escalofrío y se le cayó el auricular de las manos. Tras recogerlo, continuó—: ¿Y puedes traerme un abrigo y unos zapatos, por favor?
— ¿Un abrigo y unos zapatos? ¡Por Dios, Sandra! ¿Qué te ha pasado? ¿Estás bien?
—Ya te lo explicare luego. Ven corriendo, por favor.
Por suerte, era domingo por la mañana y a esas horas había poca gente por la calle. Sandra se adentró más entre los árboles, hasta un punto donde quedaba oculta de las miradas de los posibles transeúntes, pero podía ver si llegaba Laura. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en el tronco de un árbol y se envolvió el cuerpo con los brazos, segura de que Laura tardaría por lo menos una hora en llegar.
Al cabo de cuarenta y cinco minutos, vio cómo el flamante Volkswagen Escarabajo
amarillo de Laura se saltaba un semáforo en rojo y se acercaba al parque a toda velocidad.
Al verlo acercarse a toda marcha, Sandra pensó en lo mucho que se parecían Laura y su coche. Los dos eran pequeños pero fuertes y eficaces. Aquel cochecito estaba tan lleno de vida como su dueña.
Laura se inclinó sobre el asiento del pasajero para quitar el seguro de la puerta y Sandra la abrió. Una agradable ráfaga de aire cálido engulló a Sandra cuando se introdujo en el vehículo.
— ¡Madre mía, Sandra! ¿Qué te ha pasado?
—El abrigo… —Los dientes de Sandra castañeteaban sin piedad. Nunca en la vida había pasado tanto frío. Laura tomó el abrigo que descansaba en el asiento de atrás y ayudó a Sandra a ponérselo.
— ¿Te has hecho daño? —preguntó Laura, observando el vestido roto de Sandra y sus pies descalzos—. Te llevare al hospital —anunció.
— ¡No! No me he hecho daño. Solo son desgarrones en la ropa.
— ¿Y tus pies?
—Están bien. A pesar de la pinta que tienen, no me he hecho nada. ¿Me has traído zapatos?
Laura volvió a inclinarse sobre el asiento trasero y sacó un par de zapatillas de estar por casa.
—Seguramente te irán pequeñas, pero he pensado que si te las ponías como chancletas te cabrían — dijo Laura.
Sandra introdujo los dedos de los pies en las cálidas zapatillas. Ningún calzado le había parecido nunca tan cómodo como aquel. Se arrebujó en el abrigo, tiritando de frio. Se sentía estúpida. ¿Cómo podía explicar su absurda escapada de la fiesta? No tenía ni idea de que había desencadenado el ataque de pánico que la había hecho huir.
—Estoy congelada —dijo con una vocecita débil.
— ¿Seguro que no quieres ir al hospital?
—Sí, seguro.
Laura no parecía muy convencida, pero se rindió.
—Entonces te llevaré a casa.
— ¡No! No puedo enfrentarme a Carol todavía.
Laura vaciló un momento antes de preguntar:
— ¿Hay algún sitio al que quieras ir?
Sandra se volvió y miró por la ventanilla.
—No tengo ningún sitio adonde ir —contestó en voz baja.
—Mientras este yo, siempre tendrás un sitio adonde ir.
Laura se inclinó hacia el asiento de su amiga y dio un cariñoso apretón a la mano de Sandra.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 2

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:08 pm

Una hora después entraban en la casa de campo en la que vivía Laura. Sandra se abandonó al efecto tranquilizador de los alegres colores y el acogedor entorno. La casa de Laura contrastaba enormemente con el lujoso apartamento de Sandra, cuya decoración Carol se había empeñado en dejar en manos de Marvin Dolman, el interiorista de moda. El resultado era una monstruosidad a base de muebles cromados y terciopelos rojos a la que Sandra, secretamente, daba el nombre de «el
burdel parisino». A Carol le encantaba, por supuesto, y Sandra no protestaba para no enfadarla. De todas maneras, pasaba muy poco tiempo en casa.
Los cálidos ojos marrones de Laura se clavaron en Sandra.
—Pareces agotada. Voy a prepararte un baño bien caliente. Mientras te relajas en la
bañera, te buscaré algo de ropa. Y luego comemos algo y hablamos.
Tras abrir el grifo de la bañera, Laura se quitó la chaqueta y la dejó colgada en el respaldo de una silla de la cocina. Todavía llevaba la parte superior del pijama a cuadros blancos y amarillos metida por dentro de los vaqueros. Al advertir la mirada de Sandra, Laura echó una ojeada a su pijama y se encogió de hombros.
— ¿Que querías que hiciera? ¡Me has dado un susto de muerte!
Sandra, conmovida por la preocupación de Laura, sintió que se le formaba un nudo en la garganta.
— ¿Quieres que llame a Carol y le diga dónde estás?
—No.
Decirle a Carol que estaba en casa de Laura solo serviría para empeorar la situación. Carol sentía unos celos injustificados de su amistad con Laura. Laura la miró como si quisiera decirle algo, pero se limitó a hacer un gesto de asentimiento y desapareció por el pasillo.
— ¡Vamos! Metete enseguida en la bañera, antes de que pilles una pulmonía.
—La pulmonía no se pilla pasando frio.
— ¡Si, claro! Cuéntale eso a mi abuela Mendoza… Venga, metete en la bañera. Y si
quieres curarte eso —señalando el corte que se había hecho Sandra por encima del ojo—, en el botiquín encontrarás material de primeros auxilios.
Sandra entró en la soleada cocina amarilla vestida con un chándal de color blanco que le quedaba corto y las zapatillas azules que se había puesto en el coche. Aspiró profundamente al sentir el agradable aroma del café recién hecho y de algo que se estaba cociendo en el horno. Su cuerpo se descargó de una parte de la tensión que lo embargaba.
Laura se había quitado la chaqueta del pijama y se había puesto un suéter de color crudo que resaltaba el color moreno de su piel.
—Desde luego, no saldrás en la lista de las mejor vestidas —bromeó Laura, sacudiendo con un movimiento de la cabeza la larga coleta que le llegaba a la cintura.
—Ya tengo bastante con los rumores que empezaran a correr sobre mí. Lo que menos criticaran será la ropa.
Laura sacó del horno una bandeja con magdalenas y colocó dos en un platito, frente a Sandra.
—Siéntate y prueba estas magdalenas de manzana y árdannos. Es una receta nueva, así que quiero saber tu opinión.
Laura escribía libros de cocina y trabajaba como asesora dietética para uno de los mayores restaurantes de Dallas. Sandra tomó una magdalena e inhaló el fragante vapor que exhalaba antes de darle un mordisco.
Cerró los ojos con complacencia mientras el delicioso bocado se deshacía en su boca.
—Es mejor que el sexo… —murmuró al engullirlo. Laura colocó delante de ella una taza de café.
—Querida amiga, gracias por el cumplido, pero si de verdad crees eso, es que hay algo que estás haciendo mal. - Sandra soltó una risita amarga y bebió un sorbo de café.
—Lo siento —dijo Laura, acariciándole una mano—. Cuéntame que te pasa.
—No estoy muy segura de saberlo yo misma —confesó pellizcando otro trocito de
magdalena. Esta vez no le pareció tan deliciosa.
—Cuéntame —insistió Laura.
—Es como si todo fuera mal. Me paso el día corriendo de reunión en reunión. Y cuando no estoy reunida, estoy al teléfono programando las próximas reuniones. Ya no me acuerdo de la última vez que proyecté un edificio. Y mi vida personal es inexistente. —Su voz se apagó. Sandra respiró profundamente y apartó el plato a un lado.
Laura volvió a acercarle el plato.
—Come —le ordenó—. Estas en los huesos. —Esperó hasta que Sandra volvió a mordisquear la magdalena—. Me parece que necesitas unas vacaciones.
Sandra dio un bufido.
— ¡Si no tengo ni tiempo de rascarme el culo! ¿Cómo quieres que me tome unas
vacaciones?
—No había vuelto a escuchar esa expresión tan grosera desde la época de la universidad —dijo Laura, acercándose a la encimera para servir más café—. Eres la jefa —dijo, colocando una taza delante de Sandra—. Podrías tomarte unos días si realmente quisieras.
Sandra percibió el énfasis con que su amiga había pronunciado la última parte de la frase y quiso protestar, pero una vocecita interior se lo impidió. Laura tenía razón. En Tate Enterprises había muchas personas que podrían encargarse de su trabajo si ella se marchaba unos días. ¿Por qué vacilaba? Con un sentimiento de frustración, pasó las manos por la cara.
—Esa es una parte del problema. No sé qué es lo que quiero.
— ¿Has hablado con Carol?
Bruscamente, Sandra se puso de pie y empezó a caminar a grandes pasos por la cocina. Miró distraídamente las gastadas alfombrillas de ganchillo rojas y blancas que había frente al fregadero y bajo la vieja y rustica mesa nogal. Los rasguños y las manchas de la madera eran como un jeroglífico que atestiguaba sus décadas de uso.
En las vitrinas había toda una colección de piezas de vajilla desparejadas, recopiladas de los innumerables mercadillos a los que acudía Laura en busca de gangas. Aunque ningún plato era igual a otro, todo encajaba con una armonía que Sandra habría sido incapaz de explicar. En aquella casa reinaba una serenidad que no había encontrado en ningún otro sitio. Después de dar unas cuantas vueltas por la cocina, Sandra volvió a sentarse.
—Tengo la sensación de que toda mi vida es un desastre. Todo va fatal. Estoy mal en el trabajo y estoy mal en casa. —Se interrumpió, sorprendida de su arranque.
—Haces bien en contarlo. No te calles —dijo Laura, acariciándole la mano.
—Siempre has sido la única persona con la que he podido hablar —reconoció Sandra, recordando las largas noches que habían pasado Laura y ella, desde la época de la universidad, hablando y hablando de sus turbulentas vidas amorosas o más bien, en el caso de Sandra, sobre la falta de vida amorosa.
Después de la universidad, estas conversaciones les ayudaron a superar el fallido matrimonio de Laura, la muerte del padre de Sandra y los altibajos de sus carreras profesionales. Sandra apartó la mano y se frotó los ojos. Se sentía muy cansada.
— ¿Qué pasa con Carol? —pregunto Laura con su franqueza habitual.
Sandra se encogió de hombros.
—No lo sé. Me parece que lo único que hay ya entre nosotras son las discusiones. Según ella, no hago nada bien. Nunca estoy en casa, no soy capaz de salir del trabajo cuando me necesita por algo y la pongo en ridículo delante sus amigas.
—Me parece que lo estás centrando demasiado en ti. ¿no será tú tradicional propensión a adjudicarte todas las responsabilidades?
Sandra se levantó de la silla con rabia.
—Pensaba que podríamos hablar…
Laura frunció el ceño.
—Claro que podemos hablar, mientras lo hagamos con sinceridad. —Apartó la taza y continuó—: A ver, empecemos otra vez: ¿Qué pasó anoche? ¿Por qué hoy a primera hora de la mañana estabas en el parque con pinta de haber recibido una paliza en un bar?
Sandra se sentó otra vez y poco a poco fue contando a Laura lo sucedido la noche anterior.
—Una vez más, el problema es tú necesidad de tenerlo todo bajo control, ¿no? —preguntó Laura cuando Sandra dejo de hablar.
—Ya sé que tú no lo entiendes —dijo Sandra—, pero para mí, el control es importante. Es mi forma de ser. - Laura la miró con gesto adusto.
— ¿Nunca has actuado de forma completamente espontanea? Sin imposiciones, sin
preguntarte que va a pensar la gente…
Sandra dejó la vista clavada en sus manos y empezó a juguetear con su anillo. La ancha sortija de oro con un exquisito adorno de perlas y ónice negro era la única posesión material que realmente le importaba.
— ¿Qué tal os va en la cama? —preguntó Laura.
Sandra se puso colorada como un tomate. No podía recordar cuando había sido la última vez que había hecho el amor con Carol. Hacía casi siete años que no la tocaba. El primer año de convivencia, aunque no fue especialmente sensual, había sido su mejor época. Pero, a pesar de su falta de experiencia, Sandra se había dado cuenta de que algo fallaba. Ya al principio de la relación, descubrió que Carol detestaba el sexo. Las pocas veces en que Carol había aceptado hacer el amor con ella, criticaba la falta de experiencia de Sandra. Y esta, desalentada por su torpeza, terminó por no tocar a su novia.
Como no había podido poner a prueba sus habilidades como amante en ninguna relación anterior, Sandra llegó a la conclusión de que el problema radicaba en su inexperiencia. A veces pensaba que podía haber otro motivo, otra explicación, para el rechazo de Carol. Un día se atrevió a insinuarle que quizá sus problemas en la cama no se debían tan solo a su inexperiencia. Al fin y al cabo, era extraño que Carol no quisiera que Sandra la tocase. Pero Carol era capaz de enfurecerse ante la mera mención de sus problemas.
—¿Y tú que vas a saber de sexo? —preguntó—. ¡Te falta finura! Por mucho dinero que tengas ahora, Tate, sigues esa pobretona obligada a vivir en un camión.» Sandra acusó el golpe, como Carol sabía que sucedería. A pesar de su fortuna, de los aplausos y de los artículos de que alababan su talento, en el fondo, Sandra Tate seguía siendo aquella niña que vivía en aparcamientos para camiones. Esa niña que salía corriendo del colegio para limpiar el remolque y poner un plato en la mesa antes de que llegara su padre. No tenía más familia que él, y Sandra lo quería muchísimo. Creció convencida de que era su misión cuidarlo, ya que su madre los había abandonado cuando Sandra tenía cuatro años.
En el fondo, pensaba que tenía la culpa de que su madre se hubiera marchado. No podía ser de otra manera, porque antes de que ella naciera todo había ido bien entre sus padres. El padre de Sandra tenía una vida laboral inestable y continuamente tenía que volver a enganchar al camión el remolque en el que vivían para marcharse a otra en busca de un trabajo mejor pagado.
Sandra aprendió a ver con buenos ojos aquellos frecuentes traslados. Así no tenía que esforzarse en hacer amistades ni explicar por qué su madre nunca llevaba galletas ni regalos cuando hacían una fiesta en el colegio.
La última vez que se trasladaron, cuando se instalaron en Dallas, fue cuando Sandra estaba en el último curso de secundaria. Y ese traslado introdujo un cambio radical en su vida. Como disponía de poco dinero para gastar en las frivolidades con las que disfrutaban los demás niños, Sandra tenía que buscar maneras de divertirse sola. Uno de sus pasatiempos habituales consistía en proyectar la maravillosa casa que algún día tendrían ella y su padre. Al crecer no tuvo más remedio que asumir que esa casa nunca se haría realidad, pero Sandra no dejo de imaginarla y dibujarla. Cuando se instalaron en Dallas, tenía una caja de zapatos llena de adaptaciones y añadidos que había ido incorporando a los planos.
El destino intervino en su vida el día en que Sandra decidió apuntarse a la asignatura de intendencia doméstica. La profesora, la señorita Angelo, una mujer bajita y de piel aceitunada de la que Sandra se enamoró, no quería que sus alumnos se limitaran a aprender nociones de cocina y costura, que era lo que se enseñaba habitualmente. Su principal objetivo era animarles a crear la casa en la que algún día les gustaría vivir. Tenían que diseñarla y decorarla, y podían hacer un dibujo o construir una maqueta con los materiales que tuvieran a mano. El trabajo debía entregarse antes de las vacaciones de Navidad.
Sandra, entusiasmada con el ejercicio, dio rienda suelta a su imaginación, sabedora de que eso era lo más cerca que estaría nunca de construir su casa soñada. Además, quería demostrar a la señorita Angelo que estaba a la altura del reto propuesto.
Como siempre había vivido en un remolque, las ideas Sandra estaban exentas de los condicionantes arquitectónicos convencionales. Construyó una gran casa de dos plantas con un porche que ocupaba toda la amplitud de la fachada. En el interior distribuyó varias habitaciones con grandes espacios de descanso. Otras tenían unos curiosos cuartos adyacentes, un poco ocultos a la vista. En cada uno de ellos había un ventanal que dejaba entrar la luz del sol y dejaba ver sin estorbo alguno de los numerosos paisajes que Sandra creó pacientemente con ramitas y cartulina. También diseñó unos ingeniosos armarios para que hubiera mucho espacio de almacenamiento, algo que siempre se echaba en falta en la caravana.
Sandra se pasó dos semanas dando forma a la espaciosa cocina. Quería que hubiese muchos colores y mucha luz; por eso, además de la ventana situada sobre el fregadero, en la que colocó un pequeño invernadero que llenó de plantas en miniatura, usó unas finas láminas de vidrio para simular un ventanal en el rincón donde estaba la mesa del desayuno. Una hilera de cuadraditos de plástico imitaban los cristales de una vidriera alargada que recorría toda la pared exterior justo por debajo del techo. Cuando la luz incidía en la maqueta, la cocina se llenaba de resplandecientes reflejos irisados.
Aunque termino el trabajo varios días antes de la fecha die entrega, Sandra aplazó el momento de llevarlo a clase. Cada día, al volver del instituto, se sentaba frente a la maqueta a y se imaginaba que algún día viviría en aquella casa. En el último momento, llevó la maqueta al aula de intendencia doméstica y la dejó entre las demás.
Cuando regresó después de las vacaciones de Navidad, encontró en su taquilla un aviso para ir a hablar con la señorita Dysan, la psicóloga y orientadora vocacional del instituto. No era una experiencia nueva para ella. Muchas veces, durante los años que había pasado cambiando de un colegio a otro, había tenido que explicar a algún adulto que se encontraba bien y que no tenía problemas de adaptación. En más de una ocasión, se habían trasladado con tantas prisas que su expediente académico se había quedado perdido en alguna ciudad distante.
Cuando estaba en primero y segundo de primaria, tuvo que llevar a su padre muchos avisos en los que se requería su certificado de nacimiento. Su padre los leía y suspiraba. Unos días después, Sandra llegaba a casa, veía que el remolque donde vivían estaba otra vez enganchado al viejo camión y sabía que iban a trasladarse a otro lugar.
En la nueva ciudad, Sandra disfrutaba de unas semanas de tranquilidad antes de que en el colegio volvieran a pedirle el certificado. Cuando iba por tercer curso, su expediente estaba tan embarullado que ya no se lo volvieron a pedir más. Cuando entró en el despacho y vio que la señorita Dysan no estaba sola, a Sandra se le aceleró el corazón. También estaba la señorita Angelo, y la maqueta de Sandra descansaba sobre la mesa de la señorita Dysan. Tuvo una sensación de pánico. Seguro que había algún problema con el trabajo de curso.
La profesora Dysan sonrió y le señaló una de las sillas que había frente a su mesa.
—Pasa y siéntate, Sandra. Queremos hablarte del trabajo que has presentado.
Sandra, desde la silla, observó con atención a aquella mujer un poco gordita, con una melena corta y rizada que enmarcaba un rostro de expresión seria.
— ¿Esta mal el trabajo?
—Al contrario —la tranquilizó la señorita Angelo dirigiéndole una sonrisa que hizo latir a toda prisa el corazón de Sandra—. A mí me encantaría tener una sala de estar así.
«Puede ser tuya», prometió Sandra para sus adentros cuando los dedos de la señorita Angelo rozaron suavemente la cubierta de la maqueta. Sandra ansió ardientemente que aquellos dedos la acariciaran a ella con la misma ternura.
La señorita Dysan se puso de pie y se acercó a la maqueta.
—Nunca había visto un plano tan original. ¿A qué se dedica tu padre?
— ¿Mi padre? —Sandra no podía concentrarse por la proximidad de la señorita Angelo.
Le llegaba el perfume de la profesora. Clavó la vista en el suelo para dejar de mirarla.
—Si —dijo la señorita Dysan, caminando alrededor de la mesa en la que estaba la maqueta—. Los armarios son muy ingeniosos, y también estas zonas que quedan un poco aisladas sin dejar de formar parte de la habitación —señaló los cuartitos adyacentes—. Seguro que a tu padre le ha llevado mucho trabajo.
Sandra alzó la vista y se dio cuenta de que las dos mujeres la estaban mirando. ¡Pensaban que la maqueta la había hecho su padre! Tensó la espalda y alzó la barbilla.
—Mi padre no ha tenido nada que ver. He hecho el trabajo yo sola.
— ¿Has hecho todo esto tú sola? —pregunto la señorita Dysan—. ¿No te ha ayudado nadie, ni un poquito? —insistió, mientras las dos mujeres intercambiaban una mirada.
—No me hizo falta que me ayudara nadie —respondió fríamente Sandra. ¿Por qué miraba la señorita Angelo a la señorita Dysan como si las dos compartieran un secreto? Cuando la señorita Dysan se sentó otra vez frente a su mesa, las dos mujeres intercambiaron otra mirada. La señorita Angelo se colocó de pie al lado de la otra. Sandra quería que la señorita Angelo se quedara cerca de ella, que no se fuera junto a la señorita Dysan, que había puesto en duda su sinceridad.
La señorita Angelo hundió una mano en el bolsillo de la chaqueta y se apoyó en la mesa de la señorita Dysan.
— ¿Cómo has aprendido a hacer una maqueta así? En ningún momento me pediste ayuda.
—Sabía cómo hacerlo, nada más —dijo Sandra, encogiéndose de hombros. ¿Cómo podía explicarles que tenía la casa en la cabeza antes de ponerse a construirla? Lo único que hizo fue copiarla en el papel.
La señorita Dysan se levantó y se acercó a Sandra, dándole un lápiz y un papel.
—Sandra, si te dijera que diseñaras para mí una casa de cuatro dormitorios, con dos baños de estilo Tudor y dos garajes, ¿qué harías?
—Espera, Nancy… —dijo la señorita Angelo, con un tono de voz tan suave que a Sandra le dolió escucharla.
«¿Cómo es que se tutean?», se preguntó Sandra. La señorita Dysan miró a la señorita Angelo y le dio una palmadita en la mano.
—No haría nada —dijo de pronto Sandra, decidida a no dejar traslucir su rabia. Cuando alguien no te interesa, no te puede hacer daño.
— ¿Por qué no? —preguntó la señorita Dysan, enarcando una ceja perfecta.
—Porque no sé cómo es el estilo Tudor.
La señorita Angelo giró rápidamente la cara, pero Sandra tuvo tiempo de verla sonreír.
Sintió un calor repentino.
—Ya entiendo… —dijo la señorita Dysan, con una sonrisita—. Entonces, ¿cómo dibujaste esta maqueta? - Sandra meditó la respuesta.
—Me limité a copiar lo que tenía en la cabeza.
La señorita Dysan ladeó la cabeza y se quedó mirando a Sandra.
— ¿La habías visto en alguna revista o algo así? —insistió
—No.
—Sandra —dijo la señorita Angelo, hipnotizando a Sandra con sus ojos oscuros—. Tengo un Boston Terrier y dos gatos. Me encanta leer y escuchar música. Odio cocinar y casi nunca enciendo el fogón. Soy muy hogareña. Cuando tengo invitados, prefiero recibirlos en una sala pequeña y acogedora. ¿Cómo diseñarías mi casa? ¿Podrías hacerme un boceto?
A Sandra le dio un vuelco el corazón. Sería capaz de atravesar descalza y sin cantimplora el desierto de Tejas si la señorita Angelo se lo pidiera. Tomó el lápiz y apoyó el cuaderno sobre sus rodillas.
—Sera mejor que te sientes aquí —le indico la señorita Angelo, señalando la mesa de la señorita Dysan.
Sandra percibió el calor que desprendía el cuerpo de la señorita Angelo cuando se sentó a su lado, pero procuró no inmutarse. Se sentó en la silla y cerró los ojos. Reflexionó un momento sobre lo que quería la señorita Ángelo. Poco a poco, las habitaciones cobraron forma en su mente y empezaron a agruparse en un conjunto. Sandra abrió los ojos, visualizando la escena que se estaba dibujado en el interior de su cabeza. El lápiz empezó a moverse, esbozando un croquis de la casa que deseaba la señorita Angelo.
Sandra dibujó una amplia sala de estar con una chimenea de piedra en un extremo. Unas ventanas altas y hondas adornaban las paredes. En el dormitorio principal, coloco un mirador con un pequeño banco, con vistas al jardín de la parte de atrás. Junto mirador había otra chimenea más pequeña y discreta. La cocina tenía una distribución sencilla, con unas puertas acristaladas que daban a un patio con espaldares. Inmersa en el placer de la creación, Sandra dibujó esquemáticamente el mobiliario. Cerró el jardín con una valla no muy alta y coloco una puertecilla para el perro en la puerta de atrás.
Con un par de trazos, esbozó dos gatos sentados en el mirador del dormitorio, parpadeó y se quedó contemplando el dibujo que tenía delante.
Se desanimó. La casa no era suficientemente majestuosa para la señorita Angelo. Sin levantar la vista para no encontrarse con la decepción de la profesora, Sandra le tendió el dibujo. Una mano tomó el cuaderno.
— ¡Madre mía! —suspiro la señorita Dysan—. Si no hubiera estado aquí con ella, no lo habría creído.
Al alzar la vista, Sandra comprobó que las dos mujeres se miraban sonrientes. Apartó rápidamente los ojos, intentando deshacer el nudo que se le había formado en la garganta al ver la intimidad existente entre ellas.
Al final, la señorita Dysan se aclaró la voz y tomó otra silla para sentarse a su lado.
— ¿Has pensado en ir a la universidad? —empezó. Sandra clavó la mirada en sus manos, incómoda.
No había dinero para ir a la universidad.
—No voy a ir.
— ¿Por qué no? —exclamó la señorita Angelo—. Tienes un talento excepcional, Sandra. Tendrías que…
Por el rabillo del ojo, Sandra vio que la señorita Dysan rozaba fugazmente la mano de la señorita Angelo para hacerla callar. La señorita Dysan dejó otra vez el cuaderno en la mesa, delante de Sandra.
—Creo que tus calificaciones por sí solas ya son suficientes para que te den una beca parcial, pero en todo case me gustaría presentar tu maqueta a un concurso de arquitectura. Necesitaré el permiso de tu padre, claro.
Sandra, perdida ante el giro de la conversación, frunció el ceño.
—Explícaselo bien, Nancy —rogó la señorita Angelo.
—Cada año, la Asociación Nacional de Arquitectas patrocina un concurso —empezó a contarle la señorita Dysan—. Está abierto a la participación de chicas de entre diecisiete y veinticinco años. Buscan mujeres jóvenes que tengan un especial talento para la arquitectura. El primer premio es una beca completa para cursar estudios universitarios, a elegir entre tres centros muy prestigiosos. — Tomó aliento y sonrió a Sandra—. Creemos que tienes muchas posibilidades de ganar.
Sandra sintió una mezcla de emoción y miedo. No quería ilusionarse con la beca. Si le daba importancia, lo pasaría mal cuando perdiese.
—El plazo termina el 15 de enero —continuó la señorita Angelo—, pero ya tienes la maqueta terminada y Para los tramites de inscripción hay tiempo de sobra.
—La última palabra la tenéis tu padre y tú —añadió la señorita Dysan.
—Estoy segura de que tu padre se alegrará. ¿A ti que te parecería presentarte al concurso? — preguntó la señorita Angelo, posando una mano en el hombro de Sandra.
El súbito placer que la invadió le impidió contestar con algo más que un gesto de asentimiento. Sandra tuvo la remota impresión de que su padre no se mostraría tan entusiasmado con la idea como la señorita Angelo.
Al final, su padre se mostró todavía más contrario a la idea de lo que Sandra se había imaginado y tuvieron la única discusión seria de su vida. Pero Sandra se mantuvo en sus trece hasta que, al cabo de dos días de pelea, su padre claudicó. Ocho meses después, Sandra se despidió de el con un abrazo y se montó en un autocar, con la beca que le garantizaba el principio de una carrera profesional que hasta entonces no hubiera creído posible.
La mano de Laura en su hombro puso fin a las cavilaciones de Sandra.
— ¿Te encuentras bien?
—Sí. —Sandra se pasó una mano por la cara y echó un vistazo a su Rolex—. Tendría que irme para casa. ¿Me puedes prestar dinero para un taxi?
—Ya te llevo yo en el coche —dijo Laura, yendo en busca de su abrigo.
—No, no, por favor. Odias conducir por la ciudad y antes ya te he hecho hacer un viaje.
Sandra salió del taxi ataviada con el chándal de Laura y las ajadas pantuflas azules y se acercó al edificio donde vivía, tratando de comportarse como si no hubiera nada de raro en la ropa que llevaba.
—Buenos días, Richard —dijo, y pasó con la cabeza muy erguida y arrastrando las zapatillas por delante del portero, que la miraba con curiosidad.
Subió hasta su piso en ascensor y se quedó un momento de pie frente a la puerta. Le hubiera gustado poder entrar sin que nadie se diera cuenta, pero la llave se había quedado en su llavero. No tenía más remedio que llamar al timbre. Inspiró hondo y se dispuso a oprimir el botón, pensando que le abriría la puerta Carol, ya que Margaret, la criada que vivía con ellas, libraba ese día. Margaret y Carol estaban siempre riñendo, pero como las dos tenían claro que la otra no se iría de la casa, resolvían sus diferencias con una incómoda tregua. «Seguramente Margaret se ha ido a jugar a la canasta con sus amigas», pensó Sandra, y sintió una punzada de celos al pensar en la libertad de Margaret.
«¿Cómo debe de ser tener un grupito de amigas?», pensó. Volvió a llamar al timbre y esperó a que Carol se dignara acercarse a abrir la puerta.
— ¿Dónde has estado? —le preguntó Carol mientras abría. Su cara componía una máscara desagradable—. Ayer me pusiste completamente en ridículo. El teléfono no ha de sonar en toda la mañana, con todas esas zorras preguntándome que había pasado.
Sandra se escabulló de su lado para correr a esconderse en su estudio, pero Carol la siguió por todo el vestíbulo. Como no quería que Carol la siguiera, Sandra se detuvo en medio del pasillo. Su estudio era su refugio, el único sitio donde podía retirarse a descansar. Con un suspiro entrecortado, se volvió hacia Carol.
—Siento lo que pasó anoche, y no tengo ganas de discutir. ¿Podrías dejarme tranquila, por favor?
— ¿Quién es ella? —preguntó Carol
Sandra soltó un gruñido.
—No hay ninguna mujer. ¿Cuántas veces tengo que decírtelo?
— ¿Dónde has estado toda la noche? Te estuve esperando hasta que prácticamente no quedaba nadie, pensando que volverías a buscarme. Me pusiste en ridículo.
—Estuve dando un paseo. Reflexionando.
No pensaba contarle a Carol que había pasado la noche durmiendo en el parque como una vagabunda. Incluso dudaba que algún día llegara a admitir que había llamado a Laura, porque Carol lo sacaba todo de quicio.
Laura y Carol se habían caído mal desde el principio. Después de un par de cenas catastróficas, Sandra decidió mantenerlas en áreas de su vida separadas. Dejó de pedirle a Carol que la acompañara cuando iba a ver a Laura, y solamente invitaba a su amiga a casa cuando Carol estaba fuera de la ciudad.
— ¿Y de dónde has sacado esta ropa tan horrible?
Sandra bajó la vista y contempló los pantalones de demasiado cortos. ¿Cómo podía
explicárselo sin mencionar a Laura? Carol nunca creería que entre ellas no hubiera más que amistad. Al final, con un suspiro, se rindió. Carol tenía derecho a saber que había pasado. Había llegado el momento de sentarse y hablar de lo que estaba pasando entre ellas. En el momento en que iba a señalar el sofá, irrumpió desde el pasillo una rubia alta que a Sandra le sonaba vagamente. Sandra vio que una expresión de enojo asomaba en el rostro de Carol.
—El cuarto de baño es precioso —susurró la rubia arqueando las cejas, antes de volverse hacia Sandra. Tras inspeccionar lentamente la desaliñada apariencia de Sandra, dibujó una sonrisa sarcástica—. Tú debes de ser Sandra. Me llamo Ingrid Bennington.
Era la mujer con la que Carol había estado charlando y riendo en la fiesta de Lona. Sandra se volvió hacia Carol en busca de alguna explicación de la presencia de Ingrid a esas horas en su casa, pero se quedó paralizada al ver su expresión de rabia contenida. «Se avergüenza de mí», comprendió Sandra.
—Perdonad —dijo Sandra, enfilando el pasillo a toda prisa y corriendo hacia su estudio. Trató de concentrarse en el discurso que debía pronunciar aquel mes en un instituto de secundaria, pero no pudo evitar colocarse junto a la ventana y pasear una mirada sin rumbo por la ciudad.
Seguro que allí afuera bullía la vida.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 3

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:09 pm

El maquillaje no lograba camuflar el corte que se había hecho encima del ojo. Mientras conducía el coche en dirección a la oficina, Sandra trató de inventar una mentira plausible para cuando le pidieran explicaciones.
A las ocho en punto entró Allison Kramer, la jefa de proyectos. Allison compuso una fugaz expresión de sorpresa al ver el corte en la frente de Sandra, pero, muy su estilo, tomó asiento enseguida y comenzó a repasar proyectos pendientes. Sandra la escuchaba solo con la mitad del cerebro. La otra mitad trataba de analizar su creciente descontento.
— ¿Sandra?
Al levantar la vista, Sandra vio que Allison estaba de pie al lado de su escritorio.
— ¿Qué te pasa? ¿Te encuentras bien?
—Sí, sí. Lo siento, Allison. Es que estaba pensando en otra cosa.
Abrió un cajón de la mesa para buscar la cajita de antiácidos. Las preocupaciones le daban ardor de estómago.
— ¿Puedo ayudarte en algo? —Allison apartó con la mano un rizo suelto de su indomable melena pelirroja.
—No, pero gracias. —Sandra se notaba nerviosa, incapaz de concentrarse—. Solo
necesito descansar un momento. De hecho, a no ser que tengas algo urgente, prefiero que dejemos la revisión de los plazos para después de comer.
Allison empezó a recoger las carpetas.
—No hay nada especialmente urgente —dijo.
Caminó hasta la puerta y se detuvo un momento.
—Sandra, si necesitas alguien con quien hablar, supongo que sabes que puedes contar conmigo. Nunca olvidaré lo que hiciste por mí y por mi familia.
Sandra, incomoda ante el cariz personal que había tornado la conversación, se levantó de la silla y se esforzó por sonreír.
—Gracias. Te lo agradezco, pero de verdad que no me pasa nada. —Sandra vio que Allison tenía una expresión desconcertada al darse la vuelta para marcharse. Dándose cuenta de que quizá había herido sus sentimientos, se apresuró a añadir— Allison, te mereces con creces todo lo que tienes. Eres una profesional excelente. No me arrepiento de haberte contratado.
La cara de Allison se iluminó.
— ¡Gracias! —dijo.
Salió discretamente y dejó a Sandra, que se había vuelto a sumir en sus recuerdos, contemplando la puerta cerrada del despacho. Después de la licenciatura, a Sandra le hicieron un contrato en prácticas en un importante estudio de arquitectura de Nueva York. En esa época trabajó muy duro y procuró ahorrar. Cuatro años después,
regresó a Dallas para abrir su propio estudio y estar más cerca de su padre. Cuando su empresa recién creada empezaba a prosperar, Sandra puso un anuncio para contratar a una persona que la ayudara. Allison Kramer, una mujer corpulenta y de flamígera cabellera pelirroja, se presentó con un curriculum donde constaba poca cosa más aparte de un título en administración de empresas. Sandra había entrevistado a otros candidatos con un historial laboral más impresionante que el suyo, pero la actitud franca de Allison le inspiró una inmediata simpatía. La contrató después de la primera entrevista. Más tarde se enteró de que al hijo de Allison, Brian, le habían diagnosticado una esclerosis múltiple con dos años de edad. Una semana después de conocer el diagnostico, el marido de Allison salió a comprar leche y no volvió más, y ella tuvo que cargar con la responsabilidad psicológica y financiera de cuidar a Brian sola. La madre de Allison trató de ayudarla, pero ya tenía bastantes dificultades para sobrevivir con la modesta pensión que le había
dejado su difunto marido. Cuando Tate Enterprises creció, también crecieron las responsabilidades y la remuneración de Allison. Cinco años después, pudo contratar a una enfermera para que cuidara de Brian durante el día y se compró una casa más grande para que su madre se fuera a vivir con ellos.
Ahora Sandra dependía de Allison para multitud de cosas. Lo cierto es que Allison estaba casi tan al tanto como Sandra de los asuntos y actividades de la empresa. En ese momento sonó el teléfono y Sandra abandonó bruscamente sus cavilaciones. Dejó que contestara Betty, su secretaria, y volvió a estudiar los plazos de los proyectos. Pero su concentración se fue apagando y sus pensamientos volvieron a girar en torno a Carol.
Richard Grant, el padre de Carol, era el único heredero de una importante dinastía familiar. Por desgracia, no había heredado el talento de la familia para conservar su fortuna. Después de experimentar con una larga serie de malas inversiones y de vivir por encima de sus posibilidades, terminó por dilapidar una herencia que podría haber garantizado a Carol una vida llena de lujos.
Poco después de que ella y Carol se hicieran amantes, Sandra descubrió que los Grant tenían dificultades para seguir manteniendo la farsa de que poseían una fortuna inagotable. Sandra dejó varias veces dinero a Richard Grant por insistencia de Carol, pero él nunca se ofreció a devolverle los préstamos. Cuando Sandra se dio cuenta de que si continuaba ayudando a mantener el lujoso estilo de vida de Richard Grant terminaría arruinada, puso punto final a su generosidad.
Carol se enfadó muchísimo al enterarse de que Sandra no quería volver a prestar dinero a su padre. Empezó a darle dinero ella en secreto, sacándolo de la cuenta que le había abierto Sandra. No se le ocurrió que pudiera comprobar los extractos.
Sandra había abierto aquella cuenta tan generosamente surtida para que Carol se sintiera independiente y, dado que los regalos monetarios no superaban la cantidad asignada, prefirió callar.
Durante el primer año que estuvieron juntas, Sandra observó en Carol una tristeza subyacente. La animó a que buscara una actividad que le interesara, aunque fuera colaborar en algo como voluntaria. Pensaba que a Carol le iría bien la sensación de autorrealización que procuraba el trabajo. La reacción de Carol fue enfurecerse y llorar. Acusó a Sandra de querer hacerla sentirse culpable por no trabajar. Al final Sandra se rindió y la dejó en paz.
Bruscamente, Sandra sintió una aguda punzada de culpabilidad. Había descuidado a Carol. La mayor parte de los días se quedaba trabajando hasta muy tarde para cumplir con las fechas de entrega o asistir a reuniones de última hora. De hecho, había ya muy pocas cosas que hicieran las dos juntas. Pensó en la escena de la fiesta de Lona y la sobrecogió un escalofrío. Para Carol era muy importante la imagen, tanto la física como la imagen social.
El sonido del interfono interrumpió sus pensamientos.
—Dime, Betty —dijo.
—Carlton desea verla. Dice que es importante.
Sandra soltó un gruñido. Charles Carlton era un pesado. Había estado pensando en despedirlo, pero en ese momento se encargaba de una importante campaña publicitaria y se estaba acercando la fecha de entrega.
—Que pase —respondió.
«¿Con que vendrá a molestarme ahora?», se dijo. Charles irrumpió de repente, envuelto en una nube de colonia cara, y avanzó como si el despacho fuera suyo. Dejó una pila de carteles sobre el sofá que había en un extremo. El sofá era el punto neurálgico de una pequeña zona de recepción informal donde Sandra solía celebrar las reuniones.
Ese día, la importunidad de su empleado le resultó más molesta de lo normal. Se quedó sentada a su mesa, haciendo ver que examinaba el informe que tenía delante. Charles se sentó un momento en el sofá. Cuando resultó evidente que Sandra no pensaba cruzar el despacho para ir a sentarse junto a él, tomó los carteles y los dejó en una silla que había frente a la mesa de Sandra. Sin aguardar invitación alguna, se acomodó en la silla contigua.
— ¡Buenos días! —saludó a voz en cuello.
Sandra demoró su respuesta un instante más de lo que exigía la cortesía.
—Buenos días, Charles. ¿Por qué querías verme? —empezó a decir, intentando zanjar cualquier posibilidad de charla que no fuera estrictamente profesional.
Charles enarcó las cejas y soltó un silbidito.
— ¿Que te has hecho? —pregunto, señalando la herida.
Sandra no pudo evitar llevarse una mano al corte de la frente.
—Nada importante. ¿Has venido a verme para hablar de algo en concreto?
Charles estaba a punto de hacer otro comentario, pero Sandra lo taladró con su famosa mirada de pocos amigos. Charles dejó traslucir una fugaz expresión de resentimiento, pero disimuló mientras se inclinaba sobre la mesa y sacaba el primer cartel de la pila.
—Traigo las maquetas para la campaña del Complejo Clínico Madison. Ya sé que teníamos que verlas entre todos en la reunión de mañana, pero quería saber tú opinión.
Le enseñó un cartel donde aparecía una chica jovencísima que se cubría con poco más que un cinturón de herramientas y que, en una insinuante pose, acercaba a su boca el mango del destornillador que llevaba en la mano. Sandra notó que el ardor de estómago se intensificaba. Abrió el cajón en busca de otro antiácido, pero se contuvo. Estaba tomando demasiadas pastillas. Reprimiendo su impaciencia, preguntó:
—Charles, ¿qué tiene que ver este cartel con la medicina o la odontología? ¿Y por qué me lo enseñas? Tu jefe directo es Gordon. Ya sabes que cualquier cosa tiene que pasar antes por él.
El Complejo Clínico Madison se estaba construyendo en un conjunto de edificios históricos que Sandra había descubierto en uno de sus recorridos de exploración habituales. Cuando tenía algo de tiempo o necesitaba alejarse un rato de la oficina, daba un paseo en coche por la ciudad, sin rumbo fijo, en busca de lugares o edificios que le parecieran interesantes. A veces descubría alguna joya oculta, como aquellos edificios que iban a convertirse en el complejo. Estaban cerca de uno de los hospitales más importantes y, después de rehabilitarlos, Sandra pensaba ponerlos en venta para instalar consultorios de medicina y odontología en el espacio disponible. Sandra se quedó mirando a Charles, preguntándose si aquel hombre cambiaría alguna vez.
Había empezado a trabajar en Tate Enterprises el año anterior, recién salido de la universidad. Solía hacer enfadar a sus colegas y no trataba demasiado bien a los clientes, pero tenía talento para convertirse en el próximo genio publicitario de Dallas. Por desgracia, Sandra descubrió bien pronto que la mayoría de las ideas de Charles giraban en torno a sugerencias sexuales más o menos veladas.
—Sandra, el sexo vende. —Charles le lanzó una fugaz sonrisa que trataba de conquistarla, pero que solo sirvió para enfadar todavía más a su jefa.
—No: en Tate Enterprises, el sexo no vende. Te he dicho que no es esta la imagen que quiero transmitir. ¿Qué más me traes?
Charles sacó tres carteles más, tan inservibles como el primero. Sandra tuvo que reprimir su rabia otra vez y volvió a notar un pinchazo de dolor en el estómago.
— ¿Ya se los has enseñado a Gordon?
Gordon Wayne era el vicedirector de marketing. tenía que haberle enseñado las maquetas a él para diese su aprobación.
—Sí, pero ya sabes que es un carca. Quería enseñártelos a ti también. He pensado que tú entenderías mejor la necesidad de atraer ventas.
— ¡No sirven! —masculló Sandra, en un tono más alto del que hubiera querido usar.
Charles se puso rojo de rabia. Quiso protestar, pero Sandra lo hizo callar con un gesto.
—Prepara algo más adecuado para la reunión de mañana. Ya sabes lo que quiero. —Se puso de pie para indicar que la conversación había terminado.
Charles tomó otra vez los carteles.
—No tendré tiempo de preparar otras maquetas para mañana.
Sandra se inclinó sobre la mesa y replicó en un tono extremadamente bajo:
—Ya sabias lo que yo quería, y has tenido dos meses para elaborar una propuesta. Quiero que mañana vengas con otra serie de maquetas que sí se pueda utilizar. Tenemos que llevar los carteles a la imprenta el lunes por la mañana. Y otra cosa, Charles… si quieres seguir en Tate Enterprises, te sugiero que empieces a escuchar lo que se te dice.
Charles salió a toda prisa del despacho de Sandra, sin responder. Mientras el cerraba la puerta de un portazo, Sandra empezó a notar un dolor de estómago cada vez más intenso. Se reclinó contra el respaldo de la butaca y apretó las manos contra el pecho. Trató de respirar con calma, sin dejarse arrastrar por el pavor que la invadía. Poco a poco, el dolor remitió. Allison entró en el despacho en el momento en que Sandra se llevaba a la boca el último antiácido que le quedaba.
—Sandra, tengo las propuestas de… —Allison se interrumpió en mitad de la frase y corrió hacia la mesa de Sandra—. ¿Te pasa algo?
Sandra negó con la cabeza, buscando un pañuelo de papel para secarse el sudor de la frente.
— ¿Quieres que llame al médico? —dijo Allison alargando la mano hacia el teléfono.
—No hace falta. Me ha sentado mal algo que he comido. Se me pasará.
Allison la miró con cara de poco convencimiento.
—No me pasa nada —insistió Sandra, en un tono más firme—. Tengo acidez de estómago. Acaba de irse Charles — añadió como si eso lo explicara todo.
—Pues no tienes cara de que no te pase nada —replico Allison—. Me parece que tendrías que ir al médico. Has adelgazado y te tomas los antiácidos como si fueran caramelos. Tienes aspecto de cansada, Sandra.
—No me pasa nada. —Sandra se puso a ordenar los papeles de encima de la mesa, pero le temblaron visiblemente las manos.
Allison se le acercó y le arrebató los papeles de un zarpazo.
—No me interesa que se me muera la jefa. Una de dos: o me prometes que vas a ir al médico o te llevo a tu casa en coche a descansar. ¿Qué prefieres?
Sandra estaba demasiado cansada para discutir. El último ataque de acedía la había asustado.
—Prefiero irme a casa —aceptó—. Pero ya conduciré yo. Necesito que me sustituyas en la reunión prevista a las diez con Dunbar. Quieren hablar de algunos cambios estructurales que hay que introducir antes de obtener la licencia municipal. Va a estar Andrea, la proyectista. Yo pensaba asistir también en señal de buena voluntad, para que vieran que la empresa está dispuesta a hacer todos los cambios que estimen necesarios.
—Voy a buscar a alguien para que te lleve en coche. - Sandra se puso de pie.
—Estoy en condiciones de conducir —aseguró, en un tono más seco de lo que le hubiera gustado.
Para compensarlo, dio unas palmaditas a Allison en el brazo y dijo—: Tranquila, no me voy a morir ahora mismo. — Tomó el bolso que tenía sobre la mesa y continuó—: como mínimo me esperare a terminar los proyectos que hay en marcha. —Esbozó una débil sonrisa y salió del despacho.
Sandra se fue directa a casa y se sorprendió al encontrar el coche de Carol en el garaje. Pensaba que su novia habría salido y que estaría haciendo lo que fuera que hiciese por las mañanas. Margaret dedicaba los lunes a hacer la compra y pasaba fuera de casa la mayor parte del día. Sandra abrió la puerta con la llave y se quitó la americana. Pensó en ir a trabajar un rato al estudio, pero se sintió demasiado cansada de repente. Llevaba dos noches durmiendo mal.
«Lo que me hace falta son unas horitas de sueño», razonó mientras se dirigía al dormitorio que compartía con Carol. No habían vuelto a hablar desde la breve conversación del día anterior. Carol había desaparecido después de que Sandra se refugiara en su estudio, y había vuelto a casa pasada la medianoche. La noche había sido larga y silenciosa, sin que ninguna se moviera de su respectivo lado de la cama. Carol aún dormía cuando Sandra había salido a trabajar.
«Si esta, podríamos aprovechar para hablar —pensó Sandra—. Tenemos que aclarar las cosas. Descansaré una horita y luego podemos pasar la tarde fuera o ir a cenar juntas.» Sandra abrió la puerta de la habitación sin hacer ruido por si Carol seguía durmiendo, pero se detuvo en seco al encontrarse con el espectáculo: Carol estaba sentada en medio de la cama, con la cabeza inclinada hacia atrás, entre gemidos de éxtasis. Una larga melena de cabellos rubios y enmarañados asomaba entre sus piernas y se extendía por la cama. Un grito brotó y murió en la garganta de Sandra.
Carol abrió los ojos de repente y una expresión terror le cruzó el rostro. Sandra tenía la impresión de que los pies se habían quedado soldados al suelo. No podía hacer más que contemplar paralizada a la mujer que asomaba entre las piernas de Carol. Recordó en un segundo todos los momentos en los que había intentado que Carol la dejara acariciarla. ¿Cuánto tiempo llevaba saliendo con aquella mujer? ¿Era la primera vez que se acostaban o había habido otras? ¿Así era como pasaba el día su
novia?
—Puedo explicarlo, Sandra —dijo Carol, arrastrándose hacia ella por encima de la cama.
Ingrid Bennington se sentó y sacudió su cabellera enmarañada, con la boca aun brillante por los flujos de Carol. Miró a Sandra y le lanzó una sonrisa rápida y triunfal.
— ¡No es lo que parece! —dijo Carol, aferrándose a su mano.
Sandra bajó la vista y contempló el rostro de Carol. ¡Qué estúpida había sido!
—Tienes cinco minutos justos para irte. Vístete. No hace falta que hagas las maletas.
— ¡Sandra! ¡No! —Carol se echó a llorar—. Por favor, déjame que te lo explique. Ingrid es fotógrafa. Ha venido a sacarme una foto y… y…
—Cuatro minutos… —dijo Sandra, firme como una roca.
— ¡No puedes hacerme esto! No puedes obligarme a irme. Esta también es mi casa.
—Firmaste la renuncia cuando dejaste que esa zorra se te colocara entre las piernas —dijo Sandra con rabia—. Dentro de nada, tendrás solo tres minutos. A no ser que quieras bajar al vestíbulo tal como vas, te sugiero que empieces a vestirte.
Ingrid se deslizó fuera de la cama y empezó a vestirse con deliberada lentitud. Sandra apartó las manos de Carol, cruzó la habitación hasta la cómoda donde estaba el bolso su novia y empezó a hurgar en el interior.
— ¿Qué estás haciendo? —preguntó Carol.
—Cojo las llaves de mi coche y mis tarjetas de crédito.
— ¿Y qué voy a hacer yo? —gimió Carol.
—Puedes volver a rastras a casa de tu papi, puedes irte a vivir con el amor de tu vida… Me refiero a esa de ahí… —dijo señalando a Ingrid—. O también puedes buscarte un trabajo.
Miró ferozmente a Carol, desnuda y de pie delante de ella. La conmoción inicial de Sandra empezaba a apagarse, pero la rabia de Carol era cada vez mayor.
— ¡No puedes hacerme esto! —insistió. Le tembló la voz al continuar—: ¡Pondré una demanda de separación y te dejare sin un céntimo!
—No, no lo harás. Tendrías que reconocer que eres lesbiana. ¿Y qué haría entonces tu papa?
Carol levantó el brazo para darle una bofetada, pero Sandra la frenó. Carol sacó a toda prisa un traje del armario y empezó a vestirse. En cuanto tuvo la falda y la blusa puestas, Sandra le arrojó el bolso.
—Sal de mi casa. Y no te olvides de bajar la basura —dijo, señalando a Ingrid con una inclinación de la cabeza.
— ¡Te arrepentirás! —susurró Carol con furia.
—De lo que me arrepiento es de estos últimos años —replicó Sandra.
Esperó hasta oír el portazo con el que Carol salió del piso y se dirigió al intercomunicador para llamar al vigilante del edificio.
—Buenos días, Richard. Soy Sandra Tate. La señora Grant ya no reside aquí. Dentro de unos minutos saldrá a la calle. No vuelva a permitirle la entrada bajo ninguna circunstancia.
Sandra necesitó tres llamadas de teléfono para conseguir la dirección de Ingrid Bannington. Una hora después, el equipo de mudanzas llegaba al piso de Sandra para empaquetar las cosas de Carol.
Sandra les dio la dirección de Ingrid y les pagó, incluyendo una considerable propina por la presteza con la que habían acudido. Después encargó a otra empresa de mensajería el traslado de las joyas de Carol.
Sandra canceló una tras otra las tarjetas de crédito de Carol, las cuentas de las tiendas y sus cuentas bancarias. Después de hacer la última llamada, desvió el teléfono al servicio de contestador y, aunque no era habitual en ella, decidió tomarse un whisky. Se llevó el vaso a la habitación de invitados, se desnudó y se metió en la cama. Trató de alejar de su mente cualquier pensamiento sobre Carol, se bebió el whisky y se durmió enseguida.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 4

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:09 pm

Sandra abrió los ojos y se encontró en una habitación desconocida. Desorientada y aturdida, paseó la mirada por la penumbra del cuarto y soltó un gemido cuando los sucesos de las últimas horas regresaron bruscamente a su memoria. Volvió a ver la expresión extática del rostro de Carol y se le hizo un nudo en la garganta.
¿Por qué yo nunca logré hacerla sentir así?», se preguntó. Carol tenía razón: era una amante desastrosa. Durante años, se había aferrado a la idea de que la causa de sus problemas era la falta de interés de Carol por el sexo. Pero ahora sabía que el problema no era su novia. El problema era ella misma. Sandra trató de elucidar cuales eran sus sentimientos respecto a Carol, pero le parecieron demasiado complejos y confusos. ¿Había estado alguna vez enamorada de Carol? Si, lo estuvo al principio, antes de descubrir que su novia la engañaba y la utilizaba como una fuente de dinero para ayudar a su padre.
Sandra miró los dígitos luminosos del despertador de la mesilla. Eran más de las diez; se había pasado el día durmiendo. Se levantó de la cama, se envolvió en el edredón y caminó sin rumbo por el cuarto. Incapaz de controlar los pensamientos que bailaban en su cerebro, abrió las puertas acristaladas y salió a la oscuridad de la terraza. Era finales de febrero y la temperatura seguía algo baja, pero Sandra ansiaba un poco de frescor.
Se acurrucó en una butaca y trató de no pensar en Carol. En un momento u otro tendría que llegar a un acuerdo con ella, pero la herida era demasiado reciente. Procuró pensar solo en el trabajo, hasta que el frío la obligó a entrar otra vez en el piso. Tiritando de frío, se puso un albornoz y se encaminó a la cocina para prepararse un café.
— ¡Ah! ¡Aquí estas, chiquilla! ¿Querrás comer algo?
Sandra dio un respingo, sobresaltada al oír la voz.
— ¡Margaret! ¿Qué haces despierta? ¡Es casi medianoche!
Margaret había empezado a trabajar para Sandra un mes después de que Carol y ella se pusieran a vivir juntas. Carol había insistido en que contrataran a una criada fija. Sandra tardó en decidirse porque no tenía demasiadas ganas de meter en casa a una desconocida, pero un día una de las amigas de Carol le contó que ella y su novia se iban a vivir a Londres y que su ama de llaves no quería acompañarlas. Además, le habló de la absoluta discreción de Margaret. Sandra comprendió enseguida el motivo de que Margaret no tuviera inconveniente alguno en trabajar en la casa de unas lesbianas: ella también lo era.
Entre Sandra y aquella mujer gordita y seria que continuaba hablando con una fuente
acento irlandés a pesar de llevar siete años en Estados Unidos surgió una inmediata simpatía que con el tiempo había dado paso a un profundo respeto y cariño entre las dos.
—Pensaba que esta noche ibas a una boda con tu amiga Minnie, la de las partidas de canasta.
—Eso creía yo, chiquilla, pero Minnie no se encontraba bien y al final hemos decidido no ir. —Saco unos recipientes de la nevera.
—No tengo hambre, Margaret. Solo venía a prepararme café.
Margaret la observó con expresión reprobatoria.
—Y seguro que ni siquiera has cenado.
—No tengo hambre, de verdad.
Cuando Margaret quiso protestar, Sandra le lanzó una mirada de advertencia. Pero Margaret, que no era fácil de amilanar, colocó los brazos en jarras y repuso:
—A la señorita Grant no le parecerá bien que tomes café a estas horas.
Sandra reprimió un sollozo. Al parecer, Margaret se había enterado de lo que había pasado y había anulado la salida con Minnie para estar con ella. Y ahora esperaba que Sandra le confirmara lo que había oído decir.
Sandra se dejó caer pesadamente sobre un taburete y se pasó las manos por la cara. Seguro que Margaret estaría días diciéndole: «¡Ya te lo advertí!».
—La señorita Grant ya no vive en esta casa, y la verdad es que mientras estuvo por aquí, nunca se preocupó lo más mínimo por lo que yo pudiera comer o beber.
Sandra vio sorprendida que un calidoscopio de emociones atravesaba el rostro de Margaret. Sabía que sentía una antipatía por Carol tan grande como la que Carol sentía por ella. En una ocasión, Carol criticó a Sandra por tratar a Margaret como si fuera de la familia. Sandra se rio y le dijo que ojalá Margaret fuera familia suya. Este comentario desencadenó una desagradable discusión y solo sirvió para que Carol cobrara aún más antipatía a la criada.
— ¿Estas bien, chiquilla?
La inquietud que dejaba traslucir la pregunta de Margaret hizo que a Sandra se le formara un nudo en la garganta. Tragó saliva varias veces, intentando controlar su emoción. —Estoy bien—dijo— La historia debería haber terminado hace años. Se alargó demasiado.
Las interrumpió el sonido del interfono conectado con el vestíbulo del edificio.
— ¿Quién vendrá a estas horas? —protestó Margaret al ir a responder. Sandra fue detrás de ella.
—Está aquí la señora Cromwell, que viene a ver a señora Tate. Dice que es urgente — informó Arnold, vigilante nocturno, con ese tono que Sandra, para sus adentros, olía llamar «voz de Humphrey Bogart». Arnold tenía unos sesenta años y, siempre que alguien cometía imprudencia de quedarse un momento al alcance del oído se lanzaba a relatar anécdotas de los años dorados en que había trabajado en Hollywood.
Margaret esperó a que Sandra le dijera si dejaba pasar a Lona. Primero Sandra estuvo tentada de mandarla a paseo, pero después pensó que, si Lona decía que se tratar de algo urgente, seguramente lo era.
—Dile que la deje subir —repuso, ganándose otra mirada reprobatoria de Margaret.
—Tendrías que estar durmiendo ya, en vez de ponerte a charlar con las amigas de esa mala mujer.
—No pasa nada, Margaret. Vete a dormir. Y dale recuerdos a Minnie mañana, cuando hables con ella. —Margaret parecía dispuesta a continuar discutiendo, pero Sandra no la dejó—. Si se encuentra mejor, avísame —continuó—. Mañana pasaré a verla y le llevaré unas flores para que se mime.
La estratagema sirvió para apaciguar a Margaret, tal como Sandra había previsto.
— ¡Ah, que amable! Con lo ocupada que andas, y aun te preocupas por los demás. ¡Eres demasiado buena para ser este mundo! —dijo Margaret sorbiéndose los mocos. Se fue a su habitación frotándose los ojos.
Sandra meneó la cabeza pensativa y se marcó mentalmente el propósito de preguntar al día siguiente que tal andaba Minnie. En ese momento sonó el timbre y Sandra fue a abrir la puerta.
—Sandra, querida. ¿Cómo estás?
Lona Cromwell atravesó el umbral con sus movimientos flotantes y atrajo a Sandra hacia sí para abrazarla con fuerza.
—Estoy bien —dijo Sandra, librándose del abrazo de Lona.
—Me he quedado de piedra cuando me he enterado de lo que ha pasado.
Sandra se puso colorada. La noticia se había difundido más deprisa de lo que esperaba. ¿Cómo era posible? Teniendo en cuenta lo poco que le gustaban a Carol los cotilleos, no era probable que lo hubiera contado ella. Tenía que haber sido Ingrid Bennington.
—Pobrecita… —susurró Lona, acercándose para abrazarla otra vez.
Sandra esquivó el abrazo dándose rápidamente la vuelta para dirigirse a la cocina.
—Iba a hacer café. ¿Quieres?
—No, cariño. Ya sabes que detesto el café. Dile a Margaret que tomare un té.
—Margaret ya se ha acostado, pero ahora te hago una taza.
Lona dijo que no con un gesto y agarró a Sandra del brazo.
—Necesitas que te cuiden. En esta casa hace falta disciplina. Tienes que imponerte.
—Lona, soy perfectamente capaz de preparar un café sola.
—No me refería solamente al personal de la casa —replicó Lona, dirigiendo una mirada maliciosa a Sandra. Sandra se detuvo y se la quedó mirando desconcertada.
— ¿De qué estás hablando?
— ¡Ay, que ingenua eres! —La mano de Lona apartó el mechón de la cara de Sandra—. Seguro que eres un genio para los negocios, pero no tienes ni idea de que es lo que desea una mujer.
Sandra notó que se ponía roja como la grana. ¿Acaso Carol le había contado a todo el mundo lo pésima amante que era?
— ¡Que cara has puesto! —dijo Lona sofocando una risita, lo cual acrecentó la vergüenza de Sandra.
—Bueno, no tengo tu experiencia, evidentemente —replicó enfadada, soltando el razo de un tirón y huyendo a refugiarse a la cocina.
La fama de Lona Cromwell superaba con mucho los límites de Tejas. Corrían tantos rumores sobre ella que Sandra había renunciado hacía tiempo a ponerse al día. Lona la siguió, al parecer sin inmutarse por el comentario. Sandra sonrió al ver que en la encimera la estaba esperando un bocadillo al lado de un termo con café. Como siempre, Margaret se había salido con la suya.
— ¿Nunca te has parado a pensar que, si yo he ido de una mujer a otra, es porque no podía tener lo que realmente deseaba? —preguntó Lona, acercándose más a Sandra.
— ¿Y qué es lo que realmente deseabas? —pregunto Sandra. Buscó el té en la despensa, esforzándose por actuar como si no tuviera a Lona pegada a ella.
— A ti —Una mano se deslizó lentamente por su espalda y Sandra no pudo contener un estremecimiento. Se giró y se apartó un paso, pero Lona la acorraló contra la puerta de la despensa—. He estado esperando durante mucho tiempo a que fijaras en mí, pero tú no veías más que a Carol.
— Calla, Lona. —Sandra intentó alejarse, pero Lona no se movió de su sitio y continuó hablando.
—Sabía que no erais felices. Veía la tristeza que empañaba tu mirada. Y ella se acostaba con cualquier mujer que mostrara la mínima disposición.
Sandra se sobresaltó al oírla. Así que Ingrid no había sido la primera amante de Carol… Quería saber quiénes eran las demás, pero no se atrevió a preguntarlo. Lona continúo hablando.
—Ella no ha sabido tratarte bien, pero yo sí puedo hacerlo —Rodeó la cintura de Sandra con sus manos—. Puedo hacerte sentir como la mujer poderosa que eres. Puedo hacer todo lo que me pidas. Todo.
¿Adónde quiere ir a parar?», se preguntó Sandra.
— Dime que es lo que deseas —susurro Lona con voz seductora. Rozó con sus labios la oreja de Sandra—. Te lo mereces. Sea lo que sea. Soy tuya, tómame si quieres.
Sandra sintió que una parte de sí misma reaccionaba a la situación, pese a la repugnancia que le inspiraba. Se le abrió el albornoz y las manos de Lona se pasearon por su piel desnuda. La boca de Lona bajó poco a poco por la garganta de Sandra y dibujó una cálida línea entre sus pechos, antes de detenerse y susurrarle al oído:
—Tú mandas. Oblígame a darte placer.
Una punzada de excitación recorrió el cuerpo de Sandra. No lo hagas», se dijo mientras agarraba a Lona por las muñecas e intentaba apartarla. Lo último que necesitaba ese momento era enrollarse con Lona Cromwell. Hubiera querido que su cuerpo fuera tan razonable como su cabeza.
—Eso es —murmuró Lona cuando Sandra la sujetó con fuerza.
— ¡Para ya, Lona! —dijo Sandra, zarandeándola— Anda, vete a casa.
—No… —sollozó Lona, con el rostro congestionado— Quiero que me domines. Te necesito. Soy mala. ¡tienes que castigarme!
Sandra contempló fascinada como Lona se bajaba cremallera del jersey y se le exhibía, dejando los hombros y el pecho al descubierto. En cada pezón llevaba un pequeño anillo de oro, y una cadena dorada los unía entre sí.
—Es para ti —dijo Lona con una voz susurrante.
Sandra cerró los ojos e intentó sofocar el deseo que se estaba abriendo paso en su interior.
«Estoy haciendo esto por culpa de Carol —se dijo—. Me ha hecho sentir vulnerable y reacciono de esta manera con Lona porque necesito recuperar la sensación de control sobre mi vida.»
A pesar de todos sus razonamientos, sentía un deseo cada vez más acuciante por Lona. La apartó de un empujón, asqueada y avergonzada de la lujuria que palpitaba en su interior. Lona perdió el equilibrio y se cayó al suelo.
Sandra se derrumbó sobre un taburete y apoyó la cabeza en la madera de la encimera. Había estado a punto de claudicar. La sumisión de Lona la había excitado, pero se había impresionado al ver su cuerpo adornado con piercing y cadenas.
Lona se quejaba en voz baja. Durante un instante breve como un latido del corazón,
Sandra pensó que tal vez se había hecho daño al caer. Se levantó para ayudarla, pero Lona la detuvo con una mirada insinuante.
—Sabía que responderías —dijo con una voz ronca, mientras avanzaba a gatas hacia ella. La expresión de su rostro seducía y a la vez asustada a Sandra—. Déjame agradecértelo — suplicó Lona.
Sandra continuo en el taburete, completamente paralizada, mientras Lona se arrastraba hacia ella. Con un gesto Lona separó las piernas de Sandra y hundió la cabeza entre sus muslos. Sandra quiso protestar, pero la lengua de Lona había empezada a crear una magia que le resultaba desconocida.
Sandra se dejó llevar por el ansia que le consumía. Con un furioso deseo de experimentar la liberación que le ofrecía la otra mujer, Sandra hundió sus manos en la larga melena negra de Lona y tiró de ella, atrayéndola hacia el palpitante centro de su cuerpo. Lona gemía y se agitaba como si estuviera en trance. Sandra se sentó en el borde del taburete y se dejó montar por la lengua de Lona hasta llegar al límite de la excitación y girar sin obstáculos en un cálido vacío.
Durante un momento se quedó aturdida, sin levantarse del asiento y sin desenredar sus manos de la melena de Lona mientras esta, con una expresión complacida, se pasaba la lengua por los labios, cubiertos de los fluidos de Sandra.
Sandra estaba asustada. Por segunda vez en menos de veinticuatro horas, había perdido el control. Bajó la vista y contempló la melena enmarañada de Lona asomando entre sus piernas. ¿cómo podría volver a mirar a esa mujer a la cara? Las dos lo deseábamos», se recordó. No obstante, no era una situación que deseara prolongar. La afanosa lengua de Lona le impedía concentrarse.
Lona era de ese tipo de mujeres que se sienten atraídas por cualquier cosa que vean como inalcanzable. Una vez conseguido el objetivo, seguramente perdería el interés. Sandra pensó que tenía que sacarla lo antes posible de su casa. «Dominarla: quiere. que la dominen», se dijo. En ese momento, Lona levantó la vista.
—No me mires. —Sandra procuró imprimir la máxima brusquedad a su tono de voz. De inmediato Lona bajó la cabeza y encogió el cuerpo. Sandra se esforzó en continuar, tratando de resultar convincente. —No quiero saber más de ti —espetó—. Vete a casa y no me molestes más.
Pensó que Lona se levantaría y le pegaría un bofetón, pero en lugar de eso, salió de la cocina caminando a gatas. Unos segundos después, Sandra oyó como se abría y cerraba la puerta del piso.
En ese momento, Sandra sintió náuseas y corrió hacia el cuarto de baño. No había comido nada desde la hora desayuno y tuvo un ataque de arcadas secas. La aterraba haber visto un aspecto de sí misma cuya existencia desconocía.
Se lavó la cara y se enjuagó la boca. Al secarse con la toalla, la sorprendió descubrir los cercos oscuros que bordeaban sus ojos. El corte de la frente, rojo y con mal aspecto, destacaba sobre la piel pálida. Soltó un suspiro y admitió que se sentía tan cansada como parecía. Volvió a sentir una opresión en el pecho. Caminó como pudo hasta la habitación de invitados y se acostó en la cama, apoyando la cabeza sobre un montón de almohadas para aliviar el dolor que empezaba a notar.
Se quedó acostada y contemplando el techo hasta que presión remitió. Cuando por fin se sumió en un sueño agitado, el este del firmamento estaba llenándose de luz. Durmió menos de una hora, sin quitarse de la cabeza a Lona y a Carol. Aunque tratara de dormir otra vez, no lo lograría. Se levantó para tomar una ducha bien caliente, y dedico más tiempo del habitual a maquillarse, intentando ocultar las ojeras.
Al entrar en la cocina, Margaret la recibió con expresión disgustada. «No me comí el
bocadillo», murmuró Sandra para sus adentros, en un tono que combinaba la culpabilidad y la vergüenza por el motivo que le había hecho olvidarse de comerlo. Pero decidió actuar como si no nada.
— ¡Buenos días! —saludo, con más alegría de la que sentía realmente—. Tenías toda la razón, Margaret.
Margaret le dirigió una mirada suspicaz. Al ver que no daba más explicaciones, no pudo reprimir su curiosidad.
— ¿Por qué lo dices, chiquilla?
— Dijiste que lo que me hacía falta era dormir. Después de que se fuera Lona, me metí en la cama y dormí como un bebé.
—Así que te tomaras el desayuno, ¿no? —Como siempre, Margaret tenía la última
palabra.
—Muy buena idea —aceptó Sandra, intentando no pensar en su dolor de estómago.
Margaret le colocó delante unas tostadas y un plato con fruta. Sandra puso cara de alegría y fingió concentrarse en el periódico mientras hacía esfuerzos por comer algo. De camino al trabajo, se tomó varios antiácidos. El desayuno le pesaba en el estómago. Tenía que llamar a la doctora Rayburn. La acedía no se le pasaba, y los dolores del pecho eran cada vez más frecuentes. «La llamaré después de la reunión de esta mañana», se prometió a sí misma.
La doctora Ida Rayburn haría un hueco para recibirla. Sandra oyó la nerviosa voz de Betty segundos después de que la puerta de su despacho se abriera de repente. En ese momento irrumpieron Carol y Lynda Hopkins, una abogada matrimonialista especializada en pensiones compensatorias.
—Lo siento —dijo Betty—. He intentado detenerlas.
Sandra hizo un gesto de despreocupación.
—Da igual, Betty. No me pases llamadas.
Betty asintió y lanzo una mirada suspicaz a la intrusa.
—Así que aquí es donde reina la gran Sandra Tate— dijo Carol, paseando la mirada por el austero despacho de Sandra.
Sandra se dio cuenta entonces de que Carol no había estado nunca en su despacho. Se preguntó cuántos de sus empleados tendrían alguna idea de que vivía con una mujer.
—Es aun peor de lo que me imaginaba, pero no me sorprende —dijo Carol, interrumpiendo sus cavilaciones —La chusma como tú no tiene ningún gusto.
Sandra echó un vistazo al despacho. Uno de los lados estaba ocupado por una amplia mesa de dibujo y una zona de trabajo. El escritorio de nogal, con varias sillas tapizadas en tela marrón, quedaba frente a una gran ventana con vistas al centro de Dallas. El sofá, los dos sillones y la alargada mesa de centro que servían de zona de reunión completaban el mobiliario. Las paredes pintadas de beige, las decoraba una serie de obras de artistas por lo general desconocidos.
Se encogió de hombros, sin inmutarse por los comentarios de Carol, y ofreció asiento a las visitantes. Lynda daba la impresión de estar incómoda.
—Siento tener que hablar de todo esto aquí —explicó a Sandra—. Normalmente prefiero recibir en mi despacho, pero Carol me ha contratado para que la represente.
—Empecemos de una vez —musitó Carol en tono furioso. Se puso a contemplarse las uñas con atención esquivando la mirada de Sandra.
Linda apoyó el maletín en el regazo y sacó una gavilla de papeles.
— Sandra, hemos preparado un arreglo económico…
—No quiero haceros perder tiempo —la interrumpió Sandra — No se llevará más de lo que ya se ha llevado.
— ¿Lo ves? ¡Ya te lo dije! —espetó Carol triunfalmente y mirando a Lynda, que parecía sorprendida de la respuesta de Sandra.
— No se llevará nada —dijo Sandra, volviéndose hacia Carol. Notó un dolor más fuerte en el pecho y tomó aliento varias veces antes de proseguir—: Durante ocho largos años, he tenido que escuchar tus acusaciones de infidelidad, cuando al parecer me atribuías tu propio comportamiento. Te animé a que buscaras una actividad de tu gusto y, si debo sacar conclusiones de lo que vi el lunes, es evidente
que la encontraste. Has elegido a Ingrid Bennington, así que vete a vivir con ella. Yo no voy a darte ni un céntimo más.
—Señora Tate —intervino Lynda, adoptando su actitud más profesional —Mi clienta no va a tener más remedio que reclamar una compensación en los tribunales.
Sandra suspiró. Conocía a Lynda Hopkins desde hacía dos años, y ahora se estaban peleando por culpa de la codicia de Carol. No valía la pena explicarle a Lynda que aceptar las condiciones de Carol supondría pasarse la vida entera claudicando ante sus exigencias. Carol no se detendría tras el primer acuerdo. Nunca tendría suficiente: siempre quería más.
— Lynda, Carol puede hacer lo que quiera: yo no estoy dispuesta a darle nada.
— Sandra… —Lynda dejó su fachada profesional a un lado— Que vuestra relación se
hiciera pública os perjudicaría a las dos. ¿Por qué no escuchas nuestra propuesta? No se trata más que de fijar una pensión anual. Una vez hayas escuchado la oferta, pienso que estarás de acuerdo en que es justa. ¿No crees que Carol merece una compensación por los ocho años en que ha estado a tu lado apoyándote?
— ¡Apoyándome! ¡Hablas como si fuera un ama de casa de los años cincuenta! —Lanzó una mirada feroz a Carol y le dijo—: ¿Por qué no me explicas que es exactamente lo que has hecho por mí para ganarte el derecho a que te mantenga durante el resto de tu vida?
—Pasarme el tiempo sola en casa, esperando a que tuvieras un momento para estar
conmigo —la acusó Carol con lágrimas fingidas asomando en sus ojos.
—Quizá sí que pasabas el tiempo en casa, pero es evidente que no lo pasabas sola.
—Me sentía abandonada y me equivoque una vez. Si hubieras estado más en casa, como debías, nunca hubiera pasado lo que pasó —sollozó Carol.
— ¿Te equivocaste una vez? —Sandra sostuvo la mirada de Carol— ¿Quieres que te recuerde unas cuantas equivocaciones más, o prefieres que me calle el nombre de las afectadas? Créeme, Carol. Si pones una demanda, no ocultare el nombre de nadie.
Agradeció en silencio a Lona su insinuación sobre los demás deslices de Carol. Esperó a que Carol decidiera si las amenazas iban en serio o no. Cuando su rostro enrojeció de rabia, Sandra supo que había acertado.
—Por lo menos a mí me deseaba alguien —dijo Carol con voz rabiosa—. Todo el tiempo supe que tú no tenías ninguna amante. ¿Y sabes por qué?
Sandra se preparó para recibir el ataque. Sabía Carol iba a herirla en donde más le dolía: sus propias inseguridades.
—A ti nadie te deseaba —le reprochó Carol—. La única cosa para la que sirves es para acumular dinero. No eres más que chusma. ¡Eres patética! —Carol giró en redondo y salió atropelladamente del despacho.
Sandra y Lynda se quedaron sentadas en silencio, aturdidas. Las dos miraban atónitas la puerta que Carol había cerrado con un golpe violento.
—Lo siento —musitó finalmente Lynda—. Me dijo que estabas saliendo con otras mujeres y que la habías echado de casa sin motivo.
—Tenga cuidado, abogada. Me parece que está infringiendo el secreto profesional… — dijo Sandra en un susurro, esforzándose por no hacer caso de la opresión que volvía a sentir en el pecho.
—De verdad que lo siento, Sandra. No me esperaba que reaccionase de este modo,
diciéndote cosas tan desagradables.
—Lo que ha dicho es verdad —concluyó Sandra en voz baja, cerrando los ojos mientras el dolor la atenazaba con más fuerza.
— ¿Te encuentras bien, Sandra?
Sandra abrió los ojos y asintió con un gesto, incapaz de describir con palabras la tensión emocional que le oprimía la garganta.
—Estoy bien —dijo.
Lynda no parecía muy convencida.
— ¿De verdad?
Sandra la tranquilizó con una débil sonrisa. Las dos callaron durante un largo segundo, hasta que Lynda empezó a guardar los papeles en el maletín.
—Hay un par de cosas que dice que le faltan —dijo mientras cerraba la tapa.
— ¿Qué cosas?
—El certificado de nacimiento y el pasaporte.
Sandra asintió.
—Están en la caja fuerte. Se me olvidó dárselos. Te los enviare por mensajero mañana por la mañana. —Se puso de pie con esfuerzo—. Siento no dedicarte más tiempo, pero ya llego tarde a una reunión del equipo.
Lynda asintió.
—Está bien, envíamelos mañana. —Terminó de cerrar el maletín y se puso de pie—. Quiero que sepas que no tengo nada contra ti personalmente. Te respeto y respeto tú contribución a la ciudad de Dallas.
Sandra se encogió de hombros.
—Dile a Carol que, si insiste en seguir con esto, nos veremos en el juzgado.
—Sandra, deseo sinceramente que no lleguemos a este extremo —dijo Lynda, volviéndose y caminando rápidamente hacia la puerta.
Sandra se removió incómoda en la silla mientras los miembros de la junta directiva hablaban uno tras otro de presupuestos y plazos. En una situación normal habría escuchado con interés sus intervenciones, pero la opresión del pecho hacia que le costara respirar. Cuando Charles Carlton se puso en pie para hablar, Sandra soltó un gruñido para sus adentros.
—Voy a presentarles cuatro maquetas. Cuando hayamos elegido una, les hare saber el momento en que estará listo el material publicitario —informó a todo el mundo mientras colocaba la primera cartulina en el atril.
Sandra se quedó mirando la cartulina con perplejidad Charles estaba presentando la misma imagen ofensiva de la chica con el cinturón de herramientas, precisamente la que ella le había ordenado que descartara. Ante la expresión de sorpresa de todos los asistentes a la reunión, se puso de pie.
—Charles, ayer te dije claramente que no quería que esta porquería de cartel se usara para promocionar ninguno de los proyectos de Tate Enterprises. ¿Podrías explicarme por qué ahora mismo lo estoy viendo otra vez?
—Pensé que tú no lo juzgabas con objetividad, Sandra. Quería que decidiera la junta.
Sandra miró a cada uno de los diez miembros de la junta sentados alrededor de la mesa, para ver si alguno de ellos estaba confabulado con Charles. Pero, por la expresión de sus caras dedujo que todos estaban tan perplejos como ella. Se volvió hacia Allison y vio su mirada cargada de incredulidad. Sandra se enfureció todavía más con Charles.
Dio la vuelta a la mesa a grandes pasos y arrancó de un manotazo el cartel ofensivo expuesto en el atril. Dobló la cartulina por la mitad y la tiró a la papelera.
—Ayer te dije que tuvieras preparada otra maqueta para hoy
Para su sorpresa, Charles dio tres grandes zancadas hasta la papelera y recuperó el cartel.
— Este material es bueno, y tú ni siquiera le vas a dar una oportunidad —gritó Charles. Respiraba entrecortadamente mientras intentaba alisar la cartulina.
—No vale nada y no pienso utilizarlo —replicó Sandra.
Charles le tocó un brazo con el dedo.
—Eres demasiado idiota para entender que…
Gordon Wayne se levantó de su asiento tan deprisa que dio un traspié.
—Charles! —soltó con voz de trueno—. ¡Te quiero ahora mismo en mi despacho!
Gordon era el jefe directo de Charles. Sandra sabía que debería haber dejado que resolviera él el asunto, pero no conseguía quitarse de encima la impresión de que ya no era capaz controlar ni el más nimio detalle de su vida. Hizo un gesto para que Gordon se detuviera. Al levantar el brazo tuvo la impresión de que se le abrían las carnes a la altura del pecho. El súbito dolor la hizo caer de espaldas.
Se llevó las manos al pecho y boqueó para tomar aire. Trató de ponerse de pie, pero no lograba que su cuerpo reaccionara. Vio el rostro de Allison inclinado sobre ella. Le estaba hablando, pero Sandra no oía nada. Quiso contestar, pero no logro articular ningún sonido. Oyó que alguien pedía a gritos que llamaran a una ambulancia. Vio las caras de sus colegas vueltas sobre ella, y notó que sus voces se iban apagando hasta convertirse en un murmullo hueco mientras todo se llenaba de oscuridad. «Me estoy muriendo y ni siquiera he vivido», pensó.
Lo primero que oyó fue una serie de pitidos regulares. Abrió los ojos y se encontró con una hilera de monitores y con los serenos y castaños ojos de la doctora Rayburn.
—Tú no eres ningún ángel, así que debo de estar en infierno —bromeó Sandra con una voz débil.
—Peor que eso —contestó Ida, anotando un dato en el informe que llevaba en la mano—. Sigues viva. Es decir: no sólo te voy a enviar la minuta, sino que te voy a echar un sermón. ¿Por qué no has venido a verme antes? Y no me digas que los dolores te empezaron hoy mismo —ordenó, apuntando a Sandra con un dedo corto y de perfecta manicura.
—Pensaba llamarte después de la reunión.
Ida la miró, con sus ojos de miope.
—Vaya, pues sí que debía de dolerte.
Sandra asintió con un gesto.
—Cuéntame cómo te has encontrado últimamente —continuó Ida.
—He tenido algunos dolores. Y en los últimos días he notado un ardor de estómago intermitente — explicó Sandra— ¿Es el corazón? —Temía las posibles repercusiones de un ataque. Ida se cruzó de brazos.
—No. Lo que has tenido es una crisis aguda de ansiedad.
A Sandra casi se le saltaron las lágrimas de alivio.
— Pero no te entusiasmes tan pronto —la reprendió Ida— Aun no tengo los resultados de las pruebas, pero por lo que he visto hasta ahora, has tenido mucha suerte de que no haya sido el corazón.
Por un instante, Sandra sintió que la asaltaba un pánico repentino. El pitido del monitor aumentó de volumen. Ida apoyó una mano en el hombro de Sandra.
— Cálmate. No quiero asustarte, pero tendrías que empezar a pensar en tú salud. Inspira hondo. Sandra hizo lo que le decía la doctora.
—Otra vez —insistió Ida.
Sandra siguió inspirando profundamente hasta que el monitor volvió a sonar con regularidad.
— Ahora—continuó Ida—te explicare lo que sospecho que tienes, y luego, si quieres, podemos pasarnos el resto del día discutiendo sobre que debes hacer para resolverlo. —se detuvo un momento y dio unos golpecitos con el bolígrafo sobre la carpeta del informe—. Aunque no es una situación muy habitual, tengo a Allison Kramer esperando ahí fuera y me gustaría decirle que pasara.
Sandra vaciló un momento. No veía por qué tenía que hablar con Allison de su estado de salud, pero Ida no habría propuesto hacerla entrar sin una buena razón. Sintió un escalofrío por todo su cuerpo.
—Bueno. Si te parece que es necesario…
Ida fue hasta la puerta, y un momento después Allison entró en la habitación. Tenía los ojos y la nariz enrojecidos por las lágrimas.
— ¿Cómo te encuentras? —preguntó, apoyando su mano sobre el brazo de Sandra.
—Muy bien. —Sandra no pudo evitar que su voz dejara traslucir el miedo.
—Allison, he querido que estuvieras aquí mientras yo hablo con Sandra porque voy a necesitar tú ayuda para convencerla de un par de cosas. —Ida abrió la carpeta del informe y fue pasando las hojas—. Mira, Sandra: tienes la presión altísima. Supongo que en parte se debe a los nervios de estos días, así que voy a hacerte un seguimiento —Señaló otra hoja—. Los primeros resultados de los análisis de sangre indican que no estas comiendo bien. El colesterol esta alto, tienes anemia y, seguramente agotamiento nervioso. Hace más de dos días que notas los dolores, ¿verdad? —Se quedó mirando a Sandra con una mirada acusadora.
Sandra asintió con un gesto culpable.
— ¿Y el ardor de estómago? Se toma los antiácidos como si fueran caramelos —dijo Allison.
Sandra se sintió traicionada por la indiscreción de Allison. Frunció el ceño en señal de desaprobación, Allison no le hizo caso. Ida se acercó a la cama y observó los monitores colocados junto a Sandra.
—¿Cada cuando se repetían los dolores?
—No me digas que es grave.
La mirada severa de Ida la hizo callarse.
—Sandra, si quieres matarte, puedes elegir una forma más rápida. Deja de hacerte la mártir y contesta a mis preguntas.
Sandra se puso colorada. Sin mirar a Ida, fue describiendo sus síntomas a regañadientes. Ida la interrumpió en varias ocasiones para alguna precisión. Cuando Sandra hubo terminado de ponerla al corriente, Ida se volvió hacia Allison.
—Te he pedido que pasaras para que me ayudaras a convencer a Sandra de que debe tomarse unas vacaciones.
Allison se acercó a la cama.
—Me parece una magnífica idea. Podremos arreglárnoslas solos durante unos días.
Sandra levantó las manos para intervenir.
—Ida, con lo que ha pasado hoy, no te hace falta la ayuda de Allison. Estoy deseando tomarme un par de semanas libres. Ida la miró muy seria.
—No te estoy hablando de un par de semanas. Estoy pensando en tres o cuatro meses. - Sandra le lanzó una mirada de incredulidad. Allison tampoco sabía que decir.
—No puedo ausentarme tres meses del trabajo —Sandra trató de incorporarse en la cama.
El pitido del monitor volvió a acelerarse, y la opresión del pecho se hizo más fuerte.
—Cálmate, o se me amotinaran las enfermeras —la riñó Ida. La empujó con delicadeza para que volviera a recortarse.
—Explícaselo tú, Allison —exigió Sandra.
Allison miró a Sandra y luego miró a Ida.
—¿Tan mal está?
—Si no lo estuviera, no se lo habría ordenado. Tiene agotamiento nervioso. Si no le bajamos la presión, es candidata segura a un infarto.
—¡Eh, chicas! —las interrumpió Sandra—. ¡Que estoy aquí! No habléis de mí como si yo no estuviera.
Allison la miró.
—La doctora Rayburn tiene razón. Puedes dejar Tate Enterprises en manos de la junta durante unos meses.
— ¡Allison!
—¡Ya está bien, Sandra! ¡Es preferible que llevemos solos la empresa durante unos meses a que tengamos que enterrarte! —gritó Allison, que apartó la vista cuando las otras dos mujeres la miraron sorprendidas—. Ya sé que no voy a encontrar otro sitio donde me paguen tan bien — bromeó, con una sonrisa un poco azorada.
Sandra estaba atónita. ¿Cómo iba a ausentarse del trabajo durante tres meses? ¿Qué iba a hacer sola? Recordó el instante en el que estaba en el suelo de sala de juntas, pensando que se moría.
Quizá le iría bien marcharse fuera una temporada. Podría evitar encontrarse con Carol y Lona. Seguro que se sabría que había estado en el hospital, de modo que no parecería que huyera sino simplemente que estaba descansando. Tal vez desaparecer unos meses era justo lo que estaba necesitando.
—Muy bien —aceptó, con una voz tan serena que tanto Ida como Allison se la quedaron mirando incrédulas— Hablo en serio —las tranquilizó—. Allison, convoca una reunión de la junta para mañana por la mañana y anuncia que voy a tomarme unos meses de baja. Dejo la empresa en tus manos. —Al ver que Allison dudaba, añadió —Podrás hacerlo. Llevas trabajando conmigo el tiempo suficiente para saber lo que yo aprobaría y lo que no. —Se volvió hacia Ida, reprimiendo la culpabilidad que sentía al pensar que había optado por el camino más fácil—. ¿Qué? ¿Estas contenta? —le preguntó.
—Me parece que al caerte al suelo te diste algún golpe en la cabeza —especuló Ida—. Pensaba que discutirías más.
—No pienso discutir, Ida. Tu ganas.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 5

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:10 pm

Ida insistió en mantenerla durante la noche en observación, y a Sandra le pareció prudente no discutir. La llevaron a una habitación individual, donde se adormiló oyendo el monótono pitido del monitor que registraba los latidos de su corazón. La despertó el débil crujido de los goznes de la puerta.
—Hola —dijo Lona, entrando tímidamente en la habitación.
Los pitidos del monitor se aceleraron a la misma velocidad que el pulso de Sandra, que sintió brotar en su interior toda una oleada de emociones.
—Hola —logró articular, incapaz de sostener la mirada de Lona.
Lona se quedó parada en medio de la habitación mientras se hacía un incómodo silencio entre las dos. La magia del momento se rompió con la brusca apertura de la puerta y la irrupción de una enfermera.
—¿Se encuentra bien? —La enfermera dirigió una fugaz mirada a Lona, pero centró enseguida su atención en parpadeo del monitor.
—Lo siento —dijo Sandra—. Supongo que me he incorporado demasiado deprisa o algo así — concluyó con poca convicción.
La enfermera comprobó que los cables que iban monitor al brazo de Sandra estaban bien colocados.
—La próxima vez tómeselo con calma —dijo la enfermera, dando una palmadita al brazo de Sandra y saliendo de la habitación.
Lona se acercó a la cama y le dejó una rosa amarilla en el regazo.
—No sabía si te gustaban las flores —dijo dócilmente—Pensé… En fin… da igual — balbuceó. Sandra alzó la vista y vio que Lona tenía lágrimas en los ojos.
—¿Qué te pasa?
—No tenía claro si querrías verme después de lo de anoche. —Sandra quiso contestar, pero Lona inclinó la cabeza y la hizo callar—. Ya sé que lo que pasó entre nosotras no es de tu estilo, pero llevaba tanto tiempo pensando en ti… Cuando me enteré de que Carol ya no vivía contigo, decidí pasar a consolarte. Y entonces saliste a abrir en albornoz y no pude controlarme. —Sacó del bolso un pañuelo de papel y se secó los ojos.
Sandra trató de sostenerle la mirada.
—He estado dándole muchas vueltas a la cabeza —admitió—. Nunca me había encontrado en una situación como la de anoche. La disciplina siempre ha sido importante para mí. —Al ver que los ojos de Lona se iluminaban, se apresuró a añadir—: En el trabajo, me refiero. No debería…no deberíamos… haber dejado… —Bajó progresivamente el tono de voz y se hizo un incómodo silencio.
–Comprendí que te había malinterpretado cuando me dijiste que me fuera —respondió Lona.
Sandra sintió una súbita vergüenza. Al parecer, en todo lo referente al sexo, no hacía nada bien. Se dio cuenta de que se sonrojaba, y, además, para mayor incomodidad, el dichoso monitor retransmitía su más mínima agitación.
—No pasa nada —dijo Lona, tomando la mano de Sandra— Quiero que sepas que anoche, durante unos minutos, me regalaste un atisbo de algo con lo que llevaba años fantaseando.
— ¿El qué? —preguntó Sandra, perpleja.
—Cuando me agarraste del pelo y te agitaste contra mí boca, pude imaginar cómo sería sentirme totalmente dominada por ti. El recuerdo de lo que pasó anoche me proporcionará más material para mis fantasías del que podría proporcionarme nunca ninguna persona real. —Se inclinó hacia Sandra y la besó suavemente en los labios.
El pitido del monitor volvió a traicionar a Sandra.
—Me parece que esta máquina tiene algún problema— murmuró cuando las dos se quedaron mirando la pantalla.
Lona le lanzó una sonrisa maliciosa.
—Claro, debe de ser eso. —Vaciló un momento antes de añadir— Espero que podamos seguir siendo amigas.
Sandra no pudo menos que asentir. Lona se volvió para marcharse, pero se detuvo al lado de la puerta.
—Si alguna vez cambias de opinión, llámame.
Sin esperar respuesta, le guiñó un ojo y salió de la habitación con sus movimientos flotantes, justo en el momento en que la enfermera volvía a entrar con una mirada enfurecida. Una Margaret de ojos enrojecidos y cara de cansancio hacia su aparición poco después de que se fuera Lona. Traía un termo lleno de caldo de pollo.
—La doctora Rayburn me ha dado permiso para traer esto —explicó, vertiendo un poco de caldo en un plato— He retirado toda la grasa, tal como me ha dicho. Ya sabía yo que aquí no te estarían dando bien de comer —continuó. Se quedó esperando junto a la cama hasta que Sandra se hubo terminado casi todo el plato.
Incapaz de contenerse más, Margaret meneó la cabeza pensativamente.
—La otra noche me diste un susto de muerte —la riñó mientras recogía el plato y el termo.
—Lo siento —se disculpó Sandra, dándole unas palmaditas en la mano.
—No vuelvas a asustarme así, ¿eh?
—No. Cuando salga de aquí pienso portarme tan bien que voy a llegar a centenaria.
—Muy bien, muy bien. —Margaret parpadeó, intentando contener las lágrimas—. Porque la verdad es que me diste un buen susto.
Sandra la miró sin decir nada. Margaret estaba realmente preocupada. De pronto, se dio cuenta de que había quienes si se preocupaban por ella. Les interesaba Sandra Tate como persona, no la triunfante mujer de negocios. Con una súbita iluminación, comprendió que se había pasado la vida aislándose, en un vacío que ella misma había creado. Quizá con la única excepción de Laura, nunca había confiado en la amistad de nadie.
Pero también había una parte de sí misma que mantenía fuera del alcance de Laura: una parte de sí misma que siempre dejaba en la reserva.
—El corazón… —murmuró sorprendida—. Nunca le he abierto el corazón a nadie.
—¡El corazón! —La pobre Margaret había echado a correr hacia la puerta—. ¡Voy a llamar a la enfermera!
—No, espera. Ven. Estaba pensando en voz alta. Estoy bien, de verdad.
—¿Seguro? —dijo Margaret, mirándola con suspicacia.
—Sí. Seguro —contestó Sandra con una sonrisa.
Tuvo la impresión de que algo había cambiado en su interior, una sutil serenidad que le ensanchaba la sonrisa y le hacía desear que Margaret también sonriera.
—¿Cómo quieres que me muera teniendo a una mujer tan guapa como tú esperándome en casa? — dijo, dando un apretón a la mano de Margaret.
Margaret se puso colorada como un tomate, pero no pudo evitar sonreír.
—Dile a Minnie que tenga cuidado. Ahora que estoy soltera, igual me decido a robarle a la novia.
—Para ya de decir tonterías —la riñó Margaret, sorprendida pero contenta—. Tenemos cosas que hacer… ¿Estarás en casa mañana?
—Sólo si me prometes que tú también estarás y que vendrás a arroparme —contestó Sandra con una sonrisa pícara.
Margaret la apuntó con un índice amonestador y le dijo muy seria:
—Chiquilla, si a ti te hubiera arropado una mujer como Margaret O’Shea, no habrías vuelto tan tarde del trabajo por las noches. —Y sacudiendo la cabeza con gesto desafiante, hizo un majestuoso mutis y salió de la habitación.
Unos segundos después, Ida Rayburn entró con el informe de Sandra. «No me van a dejar descansar», pensó Sandra, fatigada.
—¿Era Margaret la que he visto que salía? —preguntó Ida.
—Sí, me ha traído un termo con caldo de pollo.
Ida asintió y soltó una risita.
—Antes me ha llamado para hacerme saber que no pensaba confiar tu salud a nuestros esfuerzos culinarios. Hemos llegado a un acuerdo. Le he dicho que te podía traer algo de comer, y ella me ha prometido que se encargará de que comas mejor de ahora en adelante.
—Ida, no sabes lo que has hecho —se quejó Sandra— Margaret me cebará como a un cerdito.
—Perfecto —gruñó Ida—. Tiene que haber alguien que te diga lo que tienes que hacer. Porque ya se ve que para cuidar de ti misma no sirves mucho.
—Soy capaz de cuidarme sola.
—¡Ah, claro! Vamos a ver qué tal lo hacías.
Ida abrió la carpeta con el informe de Sandra y echó una ojeada a los resultados. Mientras esperaba, Sandra pasó las manos por la sabana, secándose el sudor que cubría sus palmas.
—Lo más importante es que el corazón está bien.
Sandra exhaló un suspiro de alivio.
—Pero dejará de estarlo si no empiezas a cuidarte mejor —continuó Ida, mirándola a los ojos—. Dentro de un rato vendrá una enfermera a retirar los monitores para que puedas descansar bien esta noche. —Bajó la vista para continuar leyendo el informe y prosiguió—: La presión sanguínea se ha estabilizado, aunque sigue siendo más alta de lo que toca, y además tienes anemia.
Sandra recostó la cabeza en la almohada. Lo importante era que el corazón estuviera bien; lo demás ya se resolvería. Estaba dispuesta a cumplir todas las indicaciones de Ida.
—¿Estas lista para oír las malas noticias?
A Sandra se le encogieron las tripas. El monitor proclamó su nerviosismo. Ida, cerrando la carpeta, alargó la mano para apagarlo.
—No te asustes. Te quedan varias décadas de vida. La mala noticia es que deberás cambiar algunas actitudes.
—Muy bien —aceptó Sandra.
—Te dejaré libre mañana por la mañana. Te daré una receta: es básicamente un pelotazo de vitaminas. Tómatelas durante treinta días. Quiero que empieces a caminar un rato cada día. Y cuando vuelvas de la pausa de tres meses, procura no trabajar más de cincuenta horas a la semana. Sandra asintió. Lo de no trabajar más de cincuenta horas sería algo complicado, pero ya lo resolvería más adelante.
—Pensé que protestarías mas —dijo Ida, frunciendo el ceño— Parece que este pequeño episodio te ha asustado.
—Más de lo que te imaginas —reconoció Sandra.
—Muy bien. A veces, un pequeño susto puede ser muy bueno para la salud. En fin, que no se te olvide tomarte las vitaminas —dijo Ida al darse la vuelta para marcharse.
—No se me olvidará —le prometió Sandra.
Ida soltó una carcajada mientras se dirigía hacia la puerta.
—¡Ya sé que no se te olvidará! —Se giró justo antes de que se cerrara la puerta y dijo—: ¡Le he dado la receta a Margaret! —Salió antes de que Sandra pudiera responderle.
Sandra sonrió al oír las risitas que iba soltando Ida mientras se marchaba por el pasillo. Después de que la enfermera se llevara el monitor, Sandra se quedó dormida. Cuando volvió a abrir los ojos, vio a Carol sentada al lado de la cama.
—¿Dónde está tu abogada? —preguntó Sandra con rabia, mientras se incorporaba para sentarse.
Carol jugueteaba nerviosamente con el asa dorada de su bolso.
—Siento haberme presentado de repente en tu despacho. Es que estaba muy enfadada contigo.
—¡Enfadada conmigo! —dijo Sandra, estupefacta—¿No soy yo la que tendría que decir eso?
—Escucha, Sandra…
Sandra iba a seguir hablando, pero las lágrimas que empezaron a deslizarse por las mejillas de Carol la dejaron tan sorprendida que se calló. En los ocho años que llevaban juntas, poquísimas veces había visto llorar a Carol.
—Solo me acosté con Ingrid para desquitarme contigo. Estaba molesta porque nunca tenías tiempo para estar conmigo. Era una forma de reclamar tu atención.
Sandra suspiró.
—Pues conseguiste el objetivo.
Carol se levantó de un salto de la silla y se arrojó a los brazos de Sandra.
—Por favor, tienes que perdonarme —dijo, estrechándola y sollozando aún más fuerte. Sandra se puso tensa, sorprendida por la reacción de Carol. Poco a poco, le llegó el obsesionante aroma de su perfume. Las manos de Carol se le clavaron en la espalda y la atrajeron hacia sí, hasta aplastar sus pechos contra cuerpo. Sandra podía sentir el calor de las lágrimas de Carol en su cuello.
La rodeó con sus brazos y la estrechó con fuerza.
—Te prometo que me portaré bien. Ya lo veras — dijo Carol, mientras sus labios se paseaban por la garganta de Sandra.
Todo estaba sucediendo muy deprisa. Sandra, sorprendida, comprobó que su deseo crecía. Se alegró de que el monitor cardiaco ya no estuviera conectado; de no ser así, cualquiera hubiera podido oír la retransmisión de sus emociones. Estaban renaciendo los sentimientos que Carol le había inspirado al principio de su relación.
—Sandra, que contenta estoy. Todo volverá a ser como era antes de este horrible incidente. Ya puedes llamar al banco y decirles que hubo una confusión.
Sandra sintió que le habían tirado un jarro de agua fría.
—Me compraré ropa nueva bien bonita, y cuando te dejen salir haremos algún viaje —se animó Carol—. Las dos solas. ¿Qué te parece Hawái? No, demasiado ordinario. Vámonos a Hong Kong, eso es. Siempre he querido conocer Oriente.
Con delicadeza, Sandra se zafó del abrazo que la envolvía.
—¿Qué pasa? —preguntó Carol—. ¿No quieres ir a Hong Kong?
Sandra la miró fijamente, quizá viéndola realmente por primera vez. Carol no cambiaría nunca. En muchos aspectos, seguía siendo una niña. Sandra hubiera querido sentir otra vez la repugnancia y la rabia que había sentido en el momento de descubrirla con Ingrid, pero habían desaparecido. Sólo quedaba la tristeza y una extraña sensación de libertad.
La entristecía pensar en las cosas que Carol nunca podría experimentar: la satisfacción que comportaba crear algo o desempeñar bien un trabajo, la seguridad que proporcionaba saber que una era capaz de arreglárselas sin ayuda o la alegría de querer a una persona por ningún otro motivo más que el puro amor. Mirando la cara de Carol surcada por las lágrimas, Sandra se dio cuenta de que tampoco ella había experimentado el verdadero amor. Al conocer a Carol, se había enamorado de la idea del amor. Pero no sabía cómo era ese sentimiento que aparece reflejado en las novelas románticas y en las maravillosas películas antiguas en blanco y negro.
Se prometió que encontraría a una mujer a quien amar. «Alguien que me ame por quien soy y no por lo que tengo—se dijo—. Y aunque no la encuentre, no volveré a conformarme con menos que eso.»
Sin apartar la mirada a Carol, tomó una decisión. Le resultaba imposible odiarla. Quizá debería hacerlo y quizá estaba a punto de cometer un error, pero no tenía remedio.
—Mañana llamaré al banco —dijo, apartando un mechón de los ojos de Carol.
—Sabía que entrarías en razón —responde volviendo a estrecharla con fuerza
Sandra se zafó de su abrazo.
—¿Qué pasa? —preguntó Carol.
—Llamaré para decirles que ingresen una cantidad mensual en tu cuenta. Pero no quiero que vuelvas conmigo.
—Te he prometido que cambiaría —contestó echándose a llorar otra vez.
—Escúchame, Carol: nuestra relación ha terminado. Tengo que reanudar mi vida.
Carol dejó de llorar y su entrecejo se arrugó con enfado.
—¿Hay otra persona?
—No. Simplemente, mi vida ha llegado a un punto en el que necesito otra cosa. - Viendo que Carol parecía desconcertada, trató de explicarle lo que sentía—: Quiero crear un hogar.
—¿Estás pensando en casarte? —le preguntó perpleja.
Sandra hizo un gesto negativo y sonrió. Era imposible explicarle lo que realmente deseaba.
—Necesito estar un tiempo a solas —le dijo.
—¿Pero me darás dinero igualmente?
Sandra la vio contener el aliento.
—Sí. Te daré una pensión mensual. Llamaré a Lynda Hopkins para acordar la cantidad.
Carol sonrió y se secó las lágrimas.
—Muy bien, que no se te olvide. Como me has echado del piso, necesitaré dinero suficiente para comprarme una casa nueva y para…
—No te pases, Carol.
Una expresión de enfado cruzó el rostro de Carol, pero por una vez, al parecer, fue prudente y se mordió la lengua. Mucho después de que Carol se hubiera marchado, Sandra seguía con la mirada fija en el techo, imaginando adónde iba a conducirla su nueva vida.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 6

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:10 pm

Sandra exhaló un suspiro de alivio al atravesar las puertas del hospital y salir al cálido sol de la tarde. Aunque estaba previsto que le dieran el alta por la mañana, una serie de imprevistos burocráticos había retrasado el trámite.
—¡Mierda! —masculló mientras hurgaba el bolso en busca de sus llaves. Tenía el coche en el aparcamiento de la empresa. Pensó en llamar a Margaret, pero supuso que aprovecharía el viaje para darle un sermón. Al final decidió telefonear a Allison.
Mientras la esperaba, hizo algunas llamadas más desde la cabina del vestíbulo para resolver lo de la pensión de Carol. La decisión la hacía sentirse contenta. Era lo que tenía que hacer.
Una vez solucionada esta cuestión, salió a la calle y puso a esperar en una esquina tranquila y soleada. Allison llegó en plena hora punta. Sandra intentó iniciar una conversación, pero Allison parecía preocupada. Se quedaron calladas mientras el atasco avanzaba centímetro a centímetro.
Sandra esperó a que la propia Allison decidiera el momento adecuado para contarle lo que la preocupaba. Entretanto, trató de llenar el silencio preguntándole por su hijo y su madre.
—Brian se pone a navegar por Internet cada vez que tiene un momento libre. A juzgar por el tiempo que se está, estoy segura de que conoce a toda la gente que se conecta. Las notas se resintieron un poco a principio de curso. Pero le amenacé con dejarle pasar menos tiempo con el ordenador, y mejoraron —explicó Allison.
Sandra sonrió para sus adentros. Allison nunca disuadiría a Brian de hacer algo que le gustase. La esclerosis múltiple iba empeorando gradualmente y dentro de poco el niño ya no podría hacer muchas cosas solo.
—Y mi madre —prosiguió Allison—, continua con sus actividades voluntarias. Te juro que trabaja más horas que yo.
Allison se quedó callada, mientras la circulación se iba haciendo más densa.
—¿Hay algún problema? —preguntó Sandra, incapaz de esperar más. Allison la estaba poniendo nerviosa con sus bruscos movimientos y sus continuos carraspeos.
—Tengo que hablarte de una cosa. Me incomoda un poco sacarlo a colación —admitió Allison, cambiando el carril de la derecha para esquivar los humos del autobús que avanzaba pasito a pasito delante de ellas.
—¿Tiene que ver con la empresa?
Allison asintió con un gesto.
—¿Algo del proyecto de Dunbar?
—No. —Allison carraspeó de nuevo—. No tiene solo relación con el trabajo. Un momento. — Allison se metió rápidamente con el coche en un aparcamiento y detuvo el motor —No puedo hablarte de esto y conducir a la vez —dijo con un suspiro—. Siento soltártelo así, pero creo que es importante que lo sepas. Gordon despidió a Charles Carlton ayer por la mañana. —Sandra quiso responder, pero Allison la interrumpió— Tu habrías hecho lo mismo. Gordon me contó que le había comunicado a Charles que las maquetas de los carteles eran inaceptables. Pero Charles se fue directo a enseñártelas a ti —explicó, jugueteando distraídamente con la correa del reloj—. Después de que lo despidieran, Charles se fue a ver a MacMillan y lo han contratado.
Sandra recostó la cabeza contra el asiento. MacMillan era su competidor más directo.
—Y supongo que hay algo más. No entiendo que te preocupes tanto por que hayan despedido a Charles.
Allison asintió.
—Charles ha llamado a nuestros principales clientes y… —vaciló antes de proseguir—: les ha dicho que eres lesbiana. Esta mañana me ha telefoneado Lisa Allen, de Dverby’s. Charles le dijo que lo habías despedido porque tu opinión sobre el contenido de nuestra publicidad no coincidía con la suya. Lo contó como si tu hubieras rechazado unas maquetas que, y lo cito textualmente, representan un acto natural entre hombre y mujer». — Antes de que Sandra tuviera tiempo de comentar nada, Allison continuó— Roy Andreth, de Mega Star Foods, ha amenazado con retirar sus tiendas de comestibles de nuestra cadena de centros comerciales. Dice que no se siente representado por Tate Enterprises y que tú podrías repercutir negativamente en su negocio. Para colmo, alguien avisó al diario y sales en la sección económica.
Sacó un periódico de debajo del asiento y se lo pasó Sandra. Después de leer el artículo que proclamaba su lesbianismo ante todo Dallas, Sandra intentó ponderar en qué medida podría afectar aquella noticia a su empresa.
—Lamento muchísimo lo que está pasando —dijo Allison—. Ya sé que estabas a punto de irte de viaje, pero, para serte sincera, creo que, si desapareces justo ahora, parecerá que te estas escondiendo.
—No me voy a esconder —la tranquilizó Sandra.
—¿Qué piensas hacer?
Sandra se quedó un momento en silencio.
—Busca una copia de las maquetas que preparó Charles y ponte en contacto con Molly Devonshire.
Pregúntale si le interesaría publicar nuestra versión de la historia.
—¡Que mala eres! —dijo Allison, con una sonrisa traviesa—. Está claro que en cuanto Molly Devonshire vea las maquetas, retomará su cruzada contra el uso de pornografía en publicidad.
—Esperemos que, para cuando termine de elogiarnos por no participar en «la degradación de la mujer impulsada por la codicia del mercado capitalista», ya nadie se acuerde de que soy lesbiana.
—¿Así que es verdad? —preguntó Allison. Sandra la miró con fijeza.
—¿No lo sabias?
—Nunca habíamos hablado de ello.
—¿Te incomoda?
Sandra tamborileo nerviosamente con los dedos en la cadera, mientras Allison miraba por la ventana.
No se le había ocurrido que Allison pudiera no estar enterada. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué iba a saberlo nadie? Carol nunca asistía a los actos sociales de la empresa y Sandra hablaba muy poco de ella. Su vida profesional y su vida privada constituían mundos independientes, y ella prefería mantenerlos así.
—Para serte sincera, tengo que decirte que de algún modo lo sospechaba —reconoció Allison—. Ahora que ha pasado esto con Charles, me he dado cuenta de que nunca me hablabas de tu vida. Hemos pasado muchas horas conversando sobre mis problemas con mi madre y con Brian, pero yo no sé prácticamente nada de lo que tú haces fuera del trabajo —explicó, encogiéndose de hombros—. He tenido que reconocer que nunca te había preguntado por tu vida personal. —Se volvió y miró a Sandra—. Lo siento. Fue un error por mi parte.
Sandra asintió y desvió la mirada. No tenía muy claro cómo se sentía al encontrarse de repente fuera del armario.
—Será mejor que nos pongamos otra vez en marcha. Margaret es capaz de avisar a la Guardia Nacional si no aparecemos a la hora prevista.
La risita de Allison reveló el alivio que le producía dar por zanjada la conversación precedente.
— Ya he tenido que enfrentarme un par de veces a los enfados de Margaret. Prefiero no pasar por eso una vez más.
Allison se fue después de que Margaret insinuara con no demasiada sutileza que Sandra tenía que descansar.
— Me ocuparé de lo que hemos estado hablando —prometió Allison mientras se despedía —. Y voy a pedir que te traigan el coche a casa.
En cuanto se fue Allison, Sandra se levantó para irse al estudio.
—¿A dónde te crees que vas? —inquirió Margaret.
—Pensaba preparar un poco el discurso que tengo que dar… — Sandra dejó la frase en suspenso, mientras Margaret la miraba muy seria, con los brazos cruzados sobre su abundante pecho.
—¡Lo que tienes que hacer es descansar! Ida ha dicho que te tomes las cosas con calma.
Sandra quiso protestar, pero decidió que no valía la pena. Discutir con Margaret era como hablar con la pared, de manera que se fue a su dormitorio. Se puso el pijama y se metió en la cama. Soltó una risita al ver una campanilla sobre la mesita de noche, con una nota de Margaret diciéndole que la llamara en caso de necesitar algo. Sandra esperó hasta asegurarse de que Margaret estaba atareada y fuera del alcance del oído para llamar a Elizabeth Brubeck, su abogada. Tenía que resolver todavía una cosa. Tras contestar rápidamente a las preguntas sobre su salud, Sandra dictó a Elizabeth los cambios que quería introducir en su testamento.
—Sandra, en tanto que representante tuya, es mi obligación asegurarme de que se trata realmente de tu voluntad. Es comprensible que quieras dejarle algo a Margaret, pero la mitad de tu fortuna me parece excesivo. Es muchísimo dinero —insistió Elizabeth.
—No tengo familia, Liz. Te aseguro que es mi voluntad y quiero que el cambio se formalice ahora.
—Bueno, tú sabrás. Siempre puedes cambiarlo después. Por cierto —añadió—, a Rita y a mí nos dio mucha pena enterarnos de que Carol y tu habíais roto.
—Gracias. Era lo mejor para las dos.
—Si puedo hacer algo por ti, no dudes en llamarme. Mañana pasaré por tu casa para que firmes las modificaciones del testamento.
Al colgar el teléfono, Sandra se acordó de que había prometido enviar el pasaporte y el certificado nacimiento de Carol a Lynda Hopkins. Sin hacer ruido, Sandra entró en el dormitorio de matrimonio y sacó la caja fuerte de su escondite. Sintiéndose como una niña desobediente, volvió con la caja a toda prisa a la cama. Introdujo documentos de Carol en un sobre y lo dejó encima de cómoda que había al lado de la puerta. Luego escondió la caja fuerte debajo de la cama e hizo sonar la campanilla que le había dejado Margaret.
—¿Cómo es que no estas durmiendo? —preguntó Margaret al entrar en la habitación.
—Acabo de acordarme de una cosa y no voy a poder dormir hasta que no la haya resuelto.
Margaret la observó con suspicacia. Sandra sintió una súbita culpabilidad, pero se recordó a sí misma que no estaba diciendo ninguna mentira. Era verdad que no podía dormir.
—Le dije a la abogada de Carol que le enviaría un sobre por correo y se me olvidó. Creo que está en la cómoda. ¿Podrías llamar a una empresa de mensajería para que se lo hagan llegar hoy mismo?
Margaret se acercó a la cómoda y sostuvo el sobre.
—No vuelvas a intentar enredarme, porque no te creeré— advirtió Margaret secamente, agitando el sobre delante de Sandra—¡Venga, a dormir!
Sandra, convenientemente amonestada, asintió con la cabeza. Tal como Sandra habla supuesto, Molly Devonshire aceptó entrevistarla. La periodista salió del piso echando espumarajos de rabia, con una copia de las maquetas ofensivas y la constatación expresa de Sandra de que Tate Entrerpise no tenía ninguna intención de recurrir a publicidad sexualmente explicita.
El periódico publicó una fotografía del cartel, acompañada de un largo artículo sobre los peligros ocultos de este tipo de publicidad. Molly adornó la historia con múltiples elogios a la contribución de Sandra en favor de las mujeres y los niños y a la colaboración de Tate Enterprises con diversas organizaciones de beneficencia, demasiado numerosas para mencionarlas una por una.
Allison telefoneó a Sandra una hora después de que el periódico llegara a los quioscos. Roy Landreth, de Mega Star Foods, había decidido mantener sus tiendas en la cadena de centros comerciales de Tate Enterprises.
Sandra se sentó en la terraza. Hacía tres días que había salido del hospital y empezaba a aburrirse enormemente. Aparte de las pequeñas caminatas que daba por la mañana y a última hora de la tarde, se pasaba casi todo el tiempo leyendo o durmiendo.
Los dolores del pecho y el ardor de estómago habían ido remitiendo, pero no podía quitarse el nerviosismo de encima. La idea de pasarse así tres meses le parecía insoportable. Echó una ojeada al reloj. Allison le había asegurado que pasaría aquella tarde para contarle como iban las cosas en la empresa.
Volvió a entrar en el dormitorio y se inclinó sobre cama para alcanzar el libro que estaba intentando leer. Al hacerlo, su pie tropezó con algo que había debajo de la cama. Sandra se agachó y vio la caja fuerte que se olvidado de guardar otra vez en su escondite después de sacar el pasaporte y el certificado de nacimiento de Carol.
Tomó la caja y la abrió. En el fondo, bajo un pequeño fajo de dinero que guardaba como colchón de seguridad y de algunos documentos, había un gran sobre de papel Manila que contenía la mayor parte de la mísera herencia paterna.
Su padre había vendido la vieja caravana cuando Sandra terminó la universidad, y se había ido a vivir a un bloque de pisos baratos, donde, a cambio del alquiler, cuidaba del jardín y hacia las chapuzas. Para redondear sus ingresos, aceptaba algunos trabajos esporádicos en la vecindad. Sandra trató de enviarle dinero, pero él nunca lo aceptó. Su padre exigía cobrar en efectivo, por lo que casi siempre había tenido trabajos mal pagados. Sandra atribuía esta peculiaridad de su padre a su carácter extremadamente reservado.
Cuando no hacia aún dos años que Sandra había regresado a Dallas, su padre se mató al caerse de un tejado que estaba reparando. Sandra, aturdida por la pena, organizó un funeral sencillo, como a él le hubiera gustado. Como él no tenía hermanos y sus padres habían muerto antes de que naciera Sandra, no había ningún familiar al que avisar.
Sandra donó los escasos trajes y muebles de su padre a una organización de caridad y llevó el viejo camión al desguace. En el momento en que murió su padre, Sandra no se sintió capaz de revisar sus efectos personales, por lo que decidió guardarlo todo en un sobre y dejarlo en la caja fuerte. Esta vez vació el sobre encima de la cama y fue separando los objetos. Encontró el ajado billetero de su padre, una navaja mellada y un sobrecito con cuatro fotografías. Tragó saliva para deshacer el nudo que se le estaba formando en la garganta y sacó las fotos del sobre.
La primera era de cuando ella era pequeña. La estampilla del dorso indicaba una fecha y la dirección de un fotógrafo de San Antonio. Sandra echó un vistazo a la fotografía. A juzgar por la fecha marcada, debía de ser de cuando tenía cuatro años. Estaba de pie en un porche, abrazada a un raído osito de peluche. El muñeco iba vestido con una chaqueta de cuadros. Sobre una de sus orejas un curioso gorrito quedaba ladeado en un ángulo extraño.
Durante años, su padre había guardado aquella fotografía dentro de una caja de puros que escondía debajo de la cama. Sandra la descubrió cuando tenía diez años, un día en que estaba haciendo la limpieza, y supo instintivamente que era mejor no preguntar nada. A la izquierda, en la base de la imagen, se veía la sombra de la persona que había tomado la fotografía. Al cabo de un tiempo, Sandra empezó a asociar aquella sombra con su madre.
En los solitarios años de su infancia terminó por desarrollar una intensa relación de amor-odio con aquella sombra misteriosa. Cuando se trasladó a otra ciudad para estudiar en la universidad, se llevó en secreto la foto, pero se sintió tan culpable que la dejó otra vez en su sitio en el primer viaje que hizo a su casa.
Mientras contemplaba la imagen, Sandra pensó una vez más en la misteriosa persona que había hecho la fotografía. ¿Era la sombra de su madre? Se fijó en el oso que abrazaba la niña de la foto. De repente se acordó: ¡era el señor Peepers! El nombre surgió de su subconsciente, acompañado de un perturbador sentimiento de pérdida. No podía recordar el momento ni el lugar en que aquel osito había desaparecido de su vida. Inquieta por la oleada de emociones que la estaban invadiendo, observó el resto de fotografías, en las que aparecían su padre y ella en diversos momentos de su vida. Sandra contempló con atención durante unos minutos a aquella niña de expresión tímida y volvió a guardar las fotos en el sobre.
Tomó el viejo billetero de su padre. El cuero de imitación estaba agrietado y desgastado por los años. Decidió guardarlo otra vez en el sobre. Aquel billetero era único objeto que había pertenecido realmente a su padre. Sandra pasó los dedos por la costura medio rota y lo abrió con cuidado. El nudo de la garganta se hizo más intenso y Sandra carraspeó para aliviar su sensación de incomodidad.
Dentro del billetero había ocho dólares. El espacio previsto para el carnet de conducir estaba vacío. Sandra rebuscó en los bolsillos interiores del billetero, para ver si el carnet estaba allí. No lo encontró, pero en el último bolsillo apareció un sobre de color azul claro. El sobre estaba doblado en cuatro y se veía manchado y ajado por los años. Sandra lo abrió con mucho cuidado para no romperlo. Había una carta dirigida a su padre, con un remite donde constaba una dirección de San Antonio pero ningún nombre. Sandra la abrió, intrigada por el hecho de que su padre la hubiera conservado durante tanto tiempo. No había ninguna fecha.
"Querido Vernon: Te escribo para suplicarte una vez más que me dejes ver a Sandra. Quiero muchísimo a mi niñita y la echo mucho de menos. Por favor, no permitas que el odio que sientes por mi aleje a nuestra hija de su madre. Solo tiene cuatro años, Vernon. Ella no entiende lo que esta ocurriendo. Te prometo que nunca sabrá por qué me fui. No tengo teléfono, pero puedes ponerte en contacto conmigo escribiéndome a esta dirección o llamándome al trabajo. Anoto el número más abajo. Te lo ruego: por favor, no alejes de mi a la niña. Jessica."
Cuando Sandra leyó la carta por segunda vez, sus manos temblaban. Su madre había querido verla y su padre no la había dejado. ¿Por qué? ¿Por qué nunca le había dicho donde estaba su madre? Su padre le había hecho creer que ella no quería verla. ¿Acaso su madre había cambiado de opinión tras escribir la carta?
Seguía haciéndose preguntas cuando oyó las voces Margaret y Allison en el pasillo. Metió otra vez los documentos en la caja y la escondió debajo de la cama. En el momento en que entró Allison, Sandra acababa de sentarse en una de las sillas de la terraza.
—¿Cómo te encuentras? —preguntó Allison, escudriñándola con preocupación.
—Muy bien. —Sandra buscó algo más que decir, pero no podía pensar más que en la caja fuerte—. ¿Cómo va el trabajo? —preguntó con interés fingido.
Allison inició una ronda de explicaciones sobre lo que estaba pasando en la empresa, pero Sandra se distrajo y empezó a pensar otra vez en el motivo de que su padre le hubiera mentido.
—¡Y el lobo se comió a los cerditos! —gritó Allison Sandra parpadeó.
—¿Que… que lobo? —tartamudeó.
—Estas a miles de kilómetros. Tendrías que haberme avisado de que estabas demasiado fatigada para atenderme. Se supone que tienes que descansar —Allison se puso de pie para marchase, pero Sandra había vuelto a sumirse en sus pensamientos—. Sandra —dijo Allison, arrodillándose delante de ella—, ¿quieres que llame a Ida? Estas pálida.
—No, no. Estoy bien —contestó Sandra, mordiéndose el labio inferior.
—Pues no lo parece. Estas pálida y temblorosa. Ven, que te ayudo a entrar otra vez en el piso.
Sandra dejó que Allison la tomara del brazo y salieron de la terraza. Necesitaba hablar con alguien. «Con Laura» pensó enseguida, con un súbito sentimiento de culpabilidad. A Laura la molestaría que no la hubiera telefoneado para contarle que había estado en el hospital.
Sandra había pensado en llamarla, pero al final le había parecido innecesario, porque al fin y al cabo no había sufrido un ataque al corazón. Y Laura estaba siempre muy ocupada.
—Allison, ¿podrías llevarme a un sitio en tu coche? Margaret armará un escándalo si ve que salgo sola a la calle.
—Claro que te acompaño, pero ¿estas segura de que debes salir?
La frustración de Sandra iba en aumento.
—No estoy enferma. Tenía agotamiento, pero ya he descansado. Lo único que me pasa es que me aburro tremendamente y necesito salir de esta habitación. Quiero irme a pasar unos días con una amiga. Vive a una hora de aquí — Sandra llenó una pequeña bolsa de viaje y dijo con una mueca—: Bueno, ahora solo me falta esquivar a la carcelera.
Allison se echó a reír.
—No quisiera estar en tu lugar. La verdad es que es muy protectora contigo.
Al entrar en la cocina y ver a Margaret limpiando la nevera, Sandra se sintió como si fuera una niña pequeña.
—Me voy a pasar unos días a casa de una amiga. Allison me acompaña en su coche. — Cuando Margaret se volvió y clavó la mirada en sus ojos, Sandra se apresuró a añadir — En la mesa te dejo un papel con el número de teléfono.
— ¡Tiene que hacer reposo! —le recordó Margaret.
—En casa de Laura puedo hacer reposo tan bien como aquí. Vive en el campo, así que podré pasarme el día sentando en el porche, disfrutando del aire puro y el solecito.
—¿Se lo has consultado a Ida? —inquirió Margaret.
Sandra soltó un suspiro. Iba a ser más difícil de lo que había pensado. Allison dio un paso adelante y tomó la bolsa de viaje de Sandra.
—Siento meterte prisa, pero le he dicho a mi madre que volvería temprano a casa y tendríamos que ir saliendo ya —Se volvió hacia Margaret—. No se preocupe, antes de irme me aseguraré de que Sandra está bien cómoda. —sin dejar tiempo para que Margaret respondiera, dio un empujón a Sandra para que saliera de la casa y entrara en el ascensor. En el momento en que la puerta del ascensor se cerraba y ocultaba la mirada reprobatoria de Margaret, Sandra sacó del bolso una copia de la llave de su coche.
—¿Te puedes creer que ha llegado a esconderme las llaves? —dijo, tomando de las manos de Allison la bolsa de viaje.
—Se preocupa por ti —repuso Allison, soltando la bolsa y apoyándose en el pasamanos del ascensor.
—Ya lo sé, pero a veces puede resultar un poco agobiante.
— ¿Querías que fuésemos en tu coche? —dijo Allison clavando la mirada en los ojos de Sandra.
—No. Temía que no supieras mentir tan bien como para engañar a Margaret —aseguró Sandra. Viendo que Allison fruncía el ceño, añadió con voz quejosa—: Ahora no empieces a protestar tú también. ¡Tengo que huir de esta cárcel medica en la que me tienen encerrada! Le tengo muchísimo cariño a Margaret, pero me pone muy nerviosa. Te juro que me encuentro bien. Como lo que tengo que comer y duermo ocho horas cada noche por lo menos. No me ha vuelto a doler nada desde que salí del hospital, así que, por favor, no empieces a reñirme.
—¿De verdad vas a casa de una amiga?
—Sí. Trabaja desde casa casi todo el tiempo y podrá atenderme si necesito algo.
Allison sacudió pensativamente la cabeza y se echó a reír.
—Imagínate el titular: «Sandra Tate huye de su casa como una adolescente rebelde».
—¡No olvides quien te paga el sueldo! —contestó Sandra con una sonrisa.
Allison le sacó la lengua, burlona.
—Y tú no te olvides de decirme en que momento puedo volver a tu casa sin peligro. No quiero que Margaret venga a darme una zurra. Sandra también le sacó la lengua.
Sandra telefoneó a Laura desde el coche.
—Te llamo para autoinvitarme.
—Muy bien. Necesito un catador para mi nuevo guiso.
—Mientras no sea atún guisado… —Sandra no soportaba el guiso de atún.
—¿Tú crees que yo te daría de comer atún guisado?
—En una hora estoy allí.
Sandra sintió que su tensión iba desapareciendo a medida que se alejaban de la ciudad. En el momento en que entraron en el jardín de Laura, estaba sonriendo. La casita de madera pintada de azul en la que vivía Laura se alzaba en medio de un bosquecillo de robles. Tras dejar el coche aparcado, Sandra se quedó parada entre los árboles y cerró los ojos, escuchando como las hojas se agitaban con la brisa. Que pacífico era aquel sonido. Siguió escuchándolo hasta que oyó que la puerta de la casa se cerraba. Entonces abrió los ojos y se encontró con Laura observándola desde los escalones de la entrada.
—A veces pienso que tu casa es lo que más se acerca a mi idea de un hogar —dijo Sandra mientras caminaba hacia ella.
—Está siempre abierta para ti, de día y de noche —repuso Laura. Envolvió a Sandra en sus brazos y la estrechó con fuerza.
Sandra sostuvo el abrazo durante un largo momento antes de entrar en la casa. Al percibir el magnífico aroma que flotaba en el interior, husmeó el aire golosamente.
—Mmmm… ¡Qué bien huele! ¿Qué es?
—Aún no le he puesto nombre al plato, pero es guiso de pollo con verduras y una mezcla de hierbas.
Serás mi conejillo de Indias. Siéntate. Ya casi está listo. Sandra se sentó junto a la mesa de madera.
—Siempre me sorprende que tengas una cocina tan pequeña —dijo, paseando la mirada por la reducida estancia—. Yo creía que una persona que se gana la vida inventando recetas tendría una cocina enorme y perfectamente equipada.
—Mi intención es crear recetas sencillas, que pueda preparar cualquiera en su casa. Procuro que mi cocina se parezca a la que tenía mi madre. Si puedo preparar un plato aquí, cualquier persona podrá repetirlo en cualquier cocina.
—Yo no estaría tan segura —dijo Sandra, pensando en su falta de talento como cocinera.
Durante años había cocinado para su padre y después, hasta que contrató a Margaret, para sí misma, pero nunca había pasado de unos resultados mediocres.
—Tu problema es que no te gusta comer —dijo Laura—. No te tomas el tiempo necesario para entender la comida y disfrutar de ella.
—Yo como cuando tengo hambre —se defendió Sandra.
—Más a mi favor. Comes para sobrevivir. Yo, en cambio, disfruto con el olor, el sabor y la textura de la comida.
—Parece que estés hablando de sexo —dijo Sandra mientras Laura se inclinaba sobre la cazuela para remover el guiso.
—La verdad es que la comida y el sexo tienen mucho en común. En ambos casos se trata de satisfacer una necesidad humana esencial. No podemos sobrevivir sin comida y sin sexo.
—Nadie se muere por no practicar el sexo —replicó Sandra.
—¡Lo dirás por ti—se burló Laura, colocando la cazuela sobre la mesa—. Y ya que hablamos del tema, ¿cómo está Carol?
—Nos hemos separado —contestó Sandra.
Laura se detuvo y se la quedó mirando.
—¿Te apetece contármelo?
—No hay nada que contar —repuso Sandra.
Laura asintió con un gesto y empezó a sacar los platos de la alacena. Sandra se levantó para poner los cubiertos. Durante la comida, comentaron la deliciosa receta. Laura apuntó algunas modificaciones que pensaba poner en práctica. Seguiría experimentando con el plato hasta obtener exactamente el sabor que estaba buscando. Mientras fregaban los platos, conversaron sobre el tiempo y las noticias locales. Después se acomodaron en el amplio y mullido sofá del salón para tomar una taza de café.
—Aun hace demasiado fresco para sentarse en el porche al atardecer—explicó Laura—. Nos tendremos que conformar con tomar el café aquí adentro.
Sandra dio un sorbito a la taza y apoyó la cabeza en el respaldo del sofá.
—¿Te parece bien contarme lo que te ha traído hasta aquí —preguntó Laura, cruzando las piernas sobre el asiento, con los pies bajo los muslos.
Sandra tomó su bolso, que había dejado sobre una mesilla auxiliar, y sacó la carta.
—Hoy he encontrado esta carta en el billetero de mi padre.
Siguió dando sorbitos al café mientras Laura leía atentamente la carta.
—He pensado muchas veces en tu madre —le contó Laura, volviendo a guardar la carta en el sobre—. Nunca me hablaste de ella, aparte de ese día en la universidad cuando me contaste que te había abandonado de pequeña.
—Te conté todo lo que sabía. —Sandra dejó la taza de café, ya vacía, en el suelo—. Mi padre nunca hablaba de ella. Y yo no conocí a ningún familiar que pudiera contarme nada. Según mi padre, mis abuelos murieron cuando yo era pequeña, y tanto el cómo mi madre eran hijos únicos. No había nadie más a quien preguntar.
De repente, se planteó si era realmente así. ¿No sería otra mentira de su padre? Pero se sintió tremenda culpable y descartó la sospecha. Era evidente que debía existir algún motivo razonable para que su padre. Le hubiera mentido sobre su madre.
—¿Tenias cuatro años cuando tu madre se marchó?
Sandra asintió con un gesto.
—¿Y recuerdas algo de ella? —inquirió Laura.
—Creo que me acuerdo de una vez que fuimos al zoo. Tengo un vago recuerdo de estar riendo con ella y de que ella me daba un abrazo. Pero quizá fue un sueño o algo por el estilo. —Se le quebró la voz y carraspeó para disimular —No me acuerdo de cuando se fue, y tampoco del aspecto que tenía.
Laura tomó otra vez la carta.
—Por lo que dice, es como si hubiera querido verte y tu padre no la hubiera dejado.
—¿Por qué no iba a dejarla? —Sandra se volvió hacia Laura—. Me he pasado todo el día preguntándome que pecado tan horrible debió de cometer mi madre para que él decidiera apartarme de ella y mentirme durante tantos años.
—Seguramente pensó que tenía un motivo razonable —dijo Laura.
—Recuerdo que cambiábamos de ciudad muy a menudo —explico Sandra, apartándose un mechón de la cara—. No puedo evitar preguntarme si lo hacía para que mi madre no supiera donde estaba yo.
—Podría ser —reconoció Laura. Se quedaron un momento en silencio—. ¿Qué piensas hacer al respecto? —inquirió después.
—Nada. Ya es tarde.
—¿Por qué?
—Hace treinta y tres años que no la he visto. Estoy segura de que ha formado otra familia y ha rehecho su vida. No creo que le alegre mucho verme aparecer de repente —Sandra se encogió de hombros—. Ten en cuenta que no he pasado mi vida de adulta como una eremita, precisamente. A mi madre le habría resultado fácil localizarme en estos últimos años si hubiera querido.
—¿Nunca pensaste en buscarla tú?
Sandra apoyó la cabeza en el respaldo del sofá y estiró las piernas delante de ella.
—Lo he pensado unas cuantas veces en los últimos años. Una vez llegué a contactar con un detective, pero me acobarde y anule el encargo antes de que la localizara.
—En el sobre viene una dirección —observó Laura mientras daba sorbitos al café.
—Una dirección de hace treinta años. No creo que siga estando allí.
—Probablemente ya no vive allí, pero puede que sea un buen sitio para empezar la investigación.
—¿Y si se ha vuelto a casar? Nunca la encontrare
—Vete a San Antonio y pregunta en el registro civil. Allí te informarán de si se ha vuelto a casar.
Sandra no podía estarse quieta y no paraba de removerse en el sofá.
—El problema no es como encontrarla —admitió finalmente—. El problema es si quiero o no quiero buscarla. Y, en caso de que me decida, si ella querrá que yo la encuentre.
—¡Ay, Sandra! ¿Qué voy a hacer contigo? —se quejó Laura, extendiendo los brazos hacia ella. Sandra se colocó rápidamente de espaldas a ella, se acomodó entre las piernas de Laura y apoyó la cabeza en su pecho. Laura le envolvió en sus brazos—. ¡Como lo complicas todo! —le riñó, mientras Sandra se examinaba las manos.
—No soy capaz de comportarme como tú —se justificó Sandra.
—Ya lo sé. Necesitas analizarlo todo a fondo. ¿Has hecho alguna vez algo espontaneo en
tu vida?
Sandra tuvo una visión repentina de la melena negra de Lona asomando entre sus muslos y notó que el cuello se le cubría de una fina película de sudor.
—Ya sabía yo que no —la reprendió Laura, interpretando el silencio de Sandra como una admisión de culpabilidad—. ¿Puedo preguntarte una cosa?
—Sí, claro, pero seguramente ya sabrás la respuesta porque tú lo sabes todo.
Laura le dio un pellizco guasón en el brazo.
—¿Por qué nunca te acompañaba Carol cuando venias a verme?
—Es decir, ¿aparte del hecho de que las dos os cayerais mal desde el primer momento?
—No es que me cayera mal. Solo pensaba que tú y ella no formabais una pareja demasiado compatible.
Sandra se quedó un momento callada. Tenía más razones para haber decidido mantener a Carol y a Laura separadas, pero ¿cómo podía explicárselas?
—Es complicado —empezó a decir—. No quería que vieras esa parte de mi vida. Creo que me sentía avergonzada.
—¿Avergonzada de mí? —preguntó Laura con voz dolida.
—No, avergonzada de mí misma. Me avergonzaba la persona en la que me convertía cuando estaba con Carol. Y quizá también sentía vergüenza por Carol y por la forma en que trataba a la gente. No quería que ese mundo contaminara este otro.
Laura parecía un poco desconcertada.
—Nadie me avisó de que te habían hospitalizado. Me enteré cuando leí el artículo de Molly Devonshire y me asusté mucho. Pero no me atreví a llamarte. Y ni siquiera sé si ya te encuentras bien o no.
Sandra se volvió para mirarla y vio que Laura tenía lágrimas en los ojos.
—Lo siento. Ya me encuentro bien. Fue un ataque de ansiedad, nada más. Según la doctora, solo necesito hacer reposo –Sandra secó una lagrima que resbalaba por la mejilla de Laura—. Lo siento muchísimo. Pensé telefonearte —explicó con voz humilde—. No está bien que solo me deje caer por aquí cuando necesito a una amiga que me anime o me ayude a aclarar mis dudas. — Enjugó otra lagrima en la mejilla de Laura—. De verdad que lo siento. ¿Quieres venir a casa conmigo? Te presentaré a Margaret.
Laura se echó a reír.
—Después de todo lo que me has contado sobre Margaret, no sé si estoy preparada para conocerla. Pero podrías incluirme en tu agenda para que me avisen en caso de urgencia.
—Tengo una idea mejor —bromeó Sandra—. ¿Por qué no te dejo en herencia la mitad de Tate Enterprises? Así, si me muero, seguro que te avisan.
Laura se echó a reír otra vez, sorbiéndose las lágrimas.
—¿Sería suficiente dinero como para dejar de trabajar en el restaurante y dedicar la jornada completa a crear recetas nuevas?
—Teniendo en cuenta lo que gastas en comida, creo que no.
Sandra no le contó que ya la había nombrado beneficiaria de la mitad de Tate Enterprises, y tampoco que el valor actual de la empresa representaba más de lo que Laura podría llegar a gastar a lo largo de tres vidas.
—¿Puedo quedarme a dormir? —preguntó Sandra para cambiar de tema.
—Sí, si has traído cepillo de dientes.
Esa misma noche, más tarde, estaban acostadas las dos juntas en la única cama de Laura.
—¿Por qué crees que nunca nos hicimos amantes? —preguntó Laura, soltando un bostezo —. Éramos las mejores amigas y lo hacíamos todo juntas.
—Porque tú te empeñaste en ser hetero y yo no soy tío —dijo Sandra mientras cerraba los ojos.
—Ah, sí… —murmuró Laura con voz soñolienta—. ¿Te acuerdas de ese sueño absurdo que tenías cuando te conocí?
—¿Qué sueño? ¿El de llegar a ser presidenta de Estados Unidos o el de casarme con la señora Peal y felices y comer perdices?
—Ni uno ni otro. El de comprarte una moto y dedicarte a recorrer todo el país.
Las dos se abandonaron plácidamente al sueño.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 7

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:38 pm

Sandra estaba sentada en la cama, enroscándose y desenroscándose el anillo de oro que llevaba en el dedo y mirando cómo una bandada de gorriones invadía el comedero. Sus pensamientos eran demasiado ridículos para expresarlos con palabras. Margaret la haría internar si se enterara. ¿Y que pensaría Laura? Contempló el rostro de su mejor amiga, de rasgos suavizados por el sueño.
Recordó la pregunta que le había hecho Laura durante la noche anterior. Por un instante se abandonó a una fantasía. ¿Cómo sería despertarse junto a Laura cada mañana? Paseó la mirada por la austera habitación. Seguramente tendrían una vida tranquila, y además Sandra quería a Laura.
«Como a una hermana», musitó para sí.
Laura sería una compañera cariñosa, pero Sandra necesitaba algo más. Quería una relación apasionada. Pero antes de involucrarse en una relación, tenía que descubrirse a sí misma. Se sentía llena de impaciencia: quería respuestas. Nunca le había gustado hacerse preguntas sobre su intimidad, pero había una que llevaba arrastrando desde que tenía memoria. Tal vez había llegado el momento de conocer a la mujer que le había dado la vida y preguntarle por qué había abandonado a su hija.
—Sandra —murmuró Laura con una voz cargada de sueño—. Por si no te acuerdas, no me gusta nada madrugar. A ver: explícame por qué estas sentada en mitad de mi cama al romper el alba, resoplando como una corredora de maratón.
—¿Te he despertado? —bromeó Sandra. No la asustaban sus quejas: Laura era perro ladrador pero poco mordedor.
—No, m’hija. Siempre me despierto antes de salga el sol. Así tengo tiempo de darles de comer a las gallinas y de ordeñar las vacas.
Sandra se echó a reír.
—¡No sabrías ni por dónde agarrar a una vaca para ordeñarla!
—¡Ah! ¿Y tu sí?
Laura dejó de hacerse la dormida y apoyó la espalda en la cabecera de la cama.
—No, pero como lo que se ordeña son las vacas y no los toros, supongo que lo descubriría antes que tú.
Laura hizo una mueca.
—Si vas a ponerte grosera, yo me voy a la ducha. Y luego prepararé el desayuno.
—Tengo una idea mejor —dijo Sandra, empezando a ponerse nerviosa.
—¿Qué? —Laura puso cara de horror—. No, no. ¡No me digas que piensas hacer tú el
desayuno!
Sandra le sacó la lengua.
—Vayamos a la ciudad. Te invito a desayunar y luego nos vamos de compras.
—¿De compras? ¿Tu? Pero si odias ir de compras….—exclamó Laura—. ¿No eras tú la que me hacia los deberes de mates de todo un semestre si una vez al año te iba a comprar unas camisas y unos vaqueros?
Sandra se levantó de la cama.
—No estaba pensando en ir a comprar ropa.
Laura frunció el ceño.
— ¿Y qué es lo que quieres comprar?
—Prométeme que no te reirás.
—Vale, te lo prometo.
—Una moto.
Laura miró boquiabierta a Sandra durante varios segundos antes de responder:
—¿Hablas en serio?
Sandra sonrió e hizo un gesto de asentimiento.
—¿Vas a cumplir tu sueño?
Sandra volvió a asentir.
—Anoche, después de hablar contigo, estuve pensando en mi antigua ilusión de comprarme una moto y desaparecer en el horizonte —Se encogió de hombros—. Ya no pienso desaparecer en el horizonte, pero antes de volver al trabajo voy a tener bastante tiempo libre. Y creo que ha llegado el momento de pasarlo bien.
—¡Vas a cumplirlo de verdad! —chilló Laura, levantándose de un salto y abrazando a
Sandra con fuerza— Joder, doña Perfecta… ¡llevaba veinte años esperando a que dejaras de ser tan responsable y te atrevieras a hacer alguna locura! ¡Sabía lo que se escondía en tu interior!
Sandra sonrió resignada cuando Laura la asió del brazo y se puso a bailar con ella por la habitación.
—Más o menos hace el mismo tiempo que yo no dejo que nadie me llame «doña Perfecta» —dijo Sandra.
—¡Vamos! —insistió Laura—. Olvidémonos del desayuno y salgamos a comprar la moto antes de que cambies de idea.
—¿No crees que antes deberíamos recopilar unos cuantos folletos? —repuso Sandra, menos animada que antes.
—¡Arrrrggg! —Laura la zarandeó por los hombros —Por una vez, doña Perfecta, déjate llevar por tu instinto y haz algo solo por el placer de hacerlo. Eres condenadamente rica. Si la dichosa moto se rompe, te compras otra y en paz.
Dejaron de bailar, y Sandra fue en busca de los zapatos para ponérselos.
—Muy bien, señorita Espontanea… Salgamos ya. Voy a comprarme la primera moto que vea y me guste — aseguró Sandra mientras se ponía la chaqueta. Se detuvo un momento para colocarse bien el cuello de la camisa y vio que Laura fruncía el ceño—. ¿Volvemos a llamarnos Sandra y Laura, como siempre? —preguntó, y se agachó para esquivar la almohada que acababa de tirarle Laura.
El octavo establecimiento que visitaban se llamaba Dee Taller y Venta de Motos». Laura había descubierto aquella tienda pequeña y sin pretensiones cuando iban por la autopista. Sandra y Laura entraron en la sala de exposición, que parecía pobre en comparación con las demás en las que habían estado. Sandra estaba a punto de proponer que fueran a otro sitio cuando vio la moto. Era roja y blanca, con abundantes y relucientes adornos cromados.
—¡La encontré! —exclamó con admiración.
Laura se volvió para ver lo que señalaba Sandra
—¿No es un poco grande?
En ese momento se les acercó una mujer alta y fibrosa, de pelo corto y oscuro.
—Buenos días. Soy Dee Salazar —dijo, dedicándoles lo que Sandra ya había aprendido a reconocer como la sonrisa típica del vendedor de motos—. ¿Qué deseáis ver— preguntó, lanzando una mirada que recorrió a Sandra de arriba abajo.
—¿Es usted la dueña? —preguntó Sandra, leyendo el cartel de la pared del fondo.
Dee asintió con un gesto orgulloso.
—A mi amiga le interesa la moto roja y blanca de allí — intervino Laura.
—Buena elección. Es una Honda Valquiria del 97. Acompañadme, echadle un vistazo.
Al conducirlas hacia la moto, la mano de Dee rozó fugazmente el brazo de Laura. Sandra vio el gesto y reprimió una sonrisa cuando Dee comenzó con su discurso.
—Está como nueva. Tiene seis cilindros, seis carburadores y refrigeración liquida. Si piensa hacer alguna excursión por la vecindad, agradecerá el accionamiento silencioso y el sistema de escape afinado. Además, tiene una transmisión de cinco velocidades con sobremarcha, embrague hidráulico sin mantenimiento, encendido electrónico, horquilla invertida de 45 milímetros, dobles amortiguadores traseros ajustables, neumáticos de sección radial ancha y frenos de triple disco, y la conducción es comodísima.
Sandra caminó alrededor de la moto, sin hacer caso de las especificaciones técnicas que iba detallando Dee. Se acababa de enamorar. Le daban igual los carburadores y las prestaciones. Ni siquiera miró la etiqueta con el precio que intentó enseñarle Dee. Se estaba imaginando ya como se sentiría cuando saliera a la carretera montada en aquella preciosidad. Dee y Laura estaban hablando, pero Sandra no las escuchaba. Escoger el Jaguar le había llevado seis meses. Consultó decenas de folletos y visitó tres concesionarios distintos antes de comprarlo. Y en cambio, este día, su corazón ya había decidido comprar la Honda.
—Me la quedo —dijo Sandra, cortando a una asombrada Dee en mitad de la frase.
—¡Ah! ¡Genial! —balbuceó Dee—. ¿Querrás dar un paseo de prueba, antes de decidirte?
Sandra negó con la cabeza.
—No se conducirla, y además no tengo el carné de moto.
Dee se rascó pensativamente la barbilla y se pasó una mano por el pelo.
—Tal vez deberías empezar con otra más pequeña y ligera. Tenemos una…
—Quiero esta —volvió a cortarla Sandra.
—¿Tu sí conduces motos? —preguntó Dee a Laura.
—No. La cosa más parecida que he montado tenía cuatro patas y riendas y se paraba a la voz de «isoo!… —aseguró Laura.
Sandra pensó que había algo que Dee no veía claro.
—¿Hay algún problema? —preguntó.
—Bueno —empezó a decir Dee, levantando la vista en el momento en que se abría la puerta de la tienda y entraba una mujer bajita y delgada que la saludo con un gesto. Dee le devolvió el saludo—. Es la mecánica explicó—También tenemos taller de reparaciones.
Sandra se dio cuenta de que Dee estaba evadiendo la respuesta.
—¿Qué pasa con la moto? —insistió.
—Es un poco complicado de explicar —Dee si llevó la mano al bolsillo de la cazadora y sacó unos caramelitos— Estoy dejando de fumar —explicó, ofreciéndoles un caramelo. Mientras los desenvolvían, Dee continuó — En los últimos años, el Departamento de Tráfico ha empezado a regular más estrictamente la conducción de motocicletas. Para algunos, son demasiado peligrosas, y la verdad —miró directamente a Sandra—, si no se conducen con cuidado y llevando el equipo decuado, pueden serlo realmente. —Dio unos pasos por la sala de exposición—. En mi tienda nos tomamos muy en serio la seguridad de nuestros clientes. Así que antes de comprarse esta Honda, creo que debería aprender a conducir con otro modelo más pequeño y fácil de manejar.
— Ya he visitado ocho comercios y nadie me ha dicho qué modelo debía comprar — replicó Sandra, que no entendía por qué aquella mujer ponía en peligro una venta segura. Dee respiró hondo y enderezó los hombros.
—Es una cuestión de conciencia. Si te vendo esta moto sabiendo que no es la más adecuada para ti y te matas, cargaré toda la vida con esa culpa. Si quieres un trasto como éste —golpeó la moto con unas palmaditas—, tendrás que ir a otro sitio, porque yo no te lo voy a vender.
Sandra se la quedó mirando asombrada.
—¿Vas a dejar escapar una venta por —miró el cartelito con el precio y soltó un silbido— este importe por una cuestión de principios?
—Sí. Aunque me duela, la dejaré escapar —contestó Dee, chascando el caramelo con las muelas.
Sandra paseó la mirada por la pequeña sala de exposiciones.
—Con esta política comercial, creo que nunca ampliarás el negocio.
Dee puso cara de ofendida.
—Quizá no, pero al menos por las mañanas podré mirarme al espejo sin sentir vergüenza. Adiós, chicas.
Les estrechó la mano y se dirigió hacia el mostrador. Sandra consternada, echó otra ojeada a la preciosa moto. Laura tiró de ella tomándola del brazo.
—¡Reacciona! Esta es la que quieres, ¿no? ¡Haz algo espontaneo, doña Perfecta!
—Dee, ¡enséñame a conducirla! —exclamó Sandra, mirando a la vendedora.
Dee se detuvo y se dio la vuelta, moviendo la cabeza negativamente.
—Lo siento, esta moto es demasiado grande para una principiante.
—Digas lo que digas, pienso comprarla. Te doy dos semanas para que me enseñes a conducir antes de venderme esta moto.
Dee se les acercó otra vez, frunciendo el ceño
—Puedes comprarte una moto parecida en un montón de sitios de la ciudad. ¿Por qué te empeñas en quedarte con esta?
—Esta es la que quiero —insistió Sandra.
Dee alzo las cejas y esbozo una sonrisa pícara.
—¿Y estas acostumbrada a conseguir todo lo que quieres?
Sandra lanzó una mirada a la moto y se encogió de hombros antes de volverse otra vez hacia Dee.
—Creo que hasta este momento no había querido nada con tanta intensidad.
Las dos se miraron a los ojos durante un largo minuto mientras Sandra casi suspendía la respiración. Quería aquella moto. Dee tenía que vendérsela.
—Mira, podemos hacer esto —dijo Dee finalmente— Te enseñaré a conducir. Tenemos otras motos más pequeñas, de segunda mano, perfectas para empezar. Te haré una lista del material que necesitas: un casco, unas coderas, etc. Encárgate tú misma de comprarlo. Te daré el nombre de una tienda muy buena.
Sandra observó el local de Dee, preguntándose porque no vendían material de seguridad. Como si hubiera captado sus pensamientos, Dee empezó a explicárselo.
—No vengo accesorios para motoristas. Sale demasiado caro tener todas las tallas. Prefiero especializarme así que solo vendo accesorios para las motos. —Dee hizo un gesto con la mano, dando por zanjada la digresión—. En cualquier caso, volviendo a lo nuestro —dijo—. Te enseñaré todo lo que se pueda enseñar en dos semanas. Detrás de la tienda hay un aparcamiento en el que podrás practicar. Tendrás que seguir entrenando por tu cuenta en tus ratos libres, pero ya te prestaré yo una moto. Y si luego te sacas el carné y me convences de que eres capaz de manejar una moto grande como esta, te la venderé.
—¿Y si no te convenzo? —preguntó Sandra.
—Entonces tendrás que ir a otro sitio —contesto Dee, moviendo la cabeza.
—¿Cómo arreglamos el pago de las clases?
Estaba saliendo a la luz la mujer de negocios que Sandra llevaba dentro. No quería dejar ningún cabo suelto que pudiera hacerle perder aquella moto. Dee volvió a sacar el paquete de caramelos y le ofreció uno.
—Después de las dos semanas, te daré el nombre de una organización de beneficencia para que dones la cantidad que te parezca adecuada según lo que hayas aprendido.
—¿Cuándo empezamos? —preguntó Sandra, tendiéndole la mano.
—En cuanto tenga el material de seguridad.
—Venga esa lista… —dijo Laura, que casi daba saltos de alegría.
Sandra y Laura encontraron todo el material en la tienda que les había recomendado Dee. Sandra llevó a Laura a casa en su coche, con el asiento trasero lleno de bolsas.
—Quédate conmigo estas dos semanas —propuso Laura, tras salir del Jaguar y asomarse a la ventanilla— Te queda más cerca de las clases, y además, tengo un presentimiento… —Se interrumpió y desvió la mirada.
—¿Sobre qué? —preguntó Sandra. Al ver la expresión de Laura, continuó con voz quejosa —: No habrás soñado con ninguna desgracia, ¿verdad?
—No. No es que este preocupada por si te mueres o algo así, pero si tengo la impresión de que las cosas van a cambiar —Sostuvo la mirada de Sandra—. Creo que no volverás a necesitarme de la forma en que me necesitabas en el pasado.
Sandra apagó el motor y salió del coche. Laura rodeó el vehículo y se colocó a su lado.
—Eres la mejor amiga que he tenido nunca— dijo Sandra, tomando las manos de Laura— Siempre te necesitaré.
Laura la estrechó con fuerza entre sus brazos, antes de apartarse un poco para besarla. Pero en lugar darle el beso amistoso que esperaba Sandra, posó los labios en los suyos y avanzó tentativamente.
Sandra volvió a abrazarla y el beso se prolongó. Después deshicieron el abrazo y se
quedaron mirándose interrogativamente. Súbitamente, las dos rompieron a reír. Laura tendió la mano a Sandra y esta se la estrechó alegremente.
—Estamos condenadas a la amistad eterna —dijo Laura.
—¡Es mi sino! —suspiró Sandra con fingida seriedad— Siempre la amiga, nunca la amante…
—No exageres, doña Perfecta. Que mi beso no te ha dejado tan arrebatada…
—Cierto —admitió Sandra, encogiéndose de hombros.
—Bueno, ¿te quedas o no? —preguntó Laura.
—Hoy iré a casa para recoger algo de ropa y avisar a Margaret de dónde voy a estar, pero volveré mañana por la noche.
—Prepararé algo riquísimo y sano para la cena. ¡Tienes que estar en plena forma! —gritó Laura, mientras Sandra volvía a entrar en el Jaguar y ponía en marcha el motor.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 8

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:38 pm

Huir de Margaret resultó mucho más fácil de lo que había imaginado Sandra. Se limitó a decirle que pasaría dos semanas con Laura, una antigua amiga de la universidad, y le dejó el teléfono de su casa.
Cuando ya había cruzado media ciudad, comprendió que seguramente Margaret daba por supuesto que había ligado. Sandra recordó la moto y pensó «Y quizá es así». Impaciente por empezar las clases, Sandra se encaminó al establecimiento de Dee. Antes se detuvo un momento en el Departamento de Tráfico, donde recogió un manual para preparar el examen de moto.
Cuando llegó, dejó el Jaguar aparcado a un lado de la tienda y entró cargada con el material que Dee le había mandado comprar.
—¡Ah, aquí estas! —gritó Dee desde el fondo del local al ver que Sandra entraba en la tienda.
—No te librarás de mí: pensarás que formo parte del mobiliario —replicó Sandra también a voz en grito.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —inquirió Dee mientras entraban en su minúsculo despacho.
—Claro.
—¿Por qué tienes tanto interés en esta moto? — Vaciló un momento y continuó— No quiero ser descortés, pero no tienes ninguna pinta de motera.
Sandra arqueó las cejas.
—¿Hay que tener pinta de motera para que a una le gusten las motos?
—Tienes razón —reconoció Dee, sentándose tras el escritorio. Hizo un gesto a Sandra para que tomara asiento en el sofá que había al lado—. ¿Quieres la moto para los fines de semana, para usarla habitualmente o para qué?
Sandra se sentó y estiró las piernas delante de ella.
—Tengo previsto usarla para hacer un viaje.
—¿Fuera de la ciudad?
De repente, Dee parecía interesada.
—No tengo un destino concreto. Solo quiero viajar
El rostro de Dee adoptó una expresión cercana a la envidia.
—¡Caray, que proyecto tan interesante! ¿Cuánto tiempo piensas estar de viaje?
—Un mes, tal vez dos.
Dee puso cara de estar evaluando la respuesta de Sandra.
—¿Que tal andas de mecánica?
—Se llenar el depósito de gasolina, y en un par de ocasiones he llegado a añadir aceite al coche.
—¿Y cambiarlo?
—Eso no.
—¿Sabes cambiar una rueda?
—No —respondió Sandra, que empezaba a sentirse una inútil.
— Vamos. —Salieron del despacho y atravesaron la sala de exposición, en dirección al garaje.
—Connie… —La mecánica bajita y delgada, que las había saludada con un gesto al entrar, dejó un momento la moto que estaba reparando y se volvió hacia ellas—. Te presento a Sandra. Durante los próximos quince días vendrá para que le enseñe a conducir una moto. —Sandra observó que Connie miraba intrigada a Dee, pero esta siguió hablando sin darle más explicaciones— Quiere hacer un viaje con la moto que se va a comprar, la Honda Valquiria y necesita algunas nociones de mecánica. ¿Podrías darle alguna explicación durante… digamos una hora al día, por ejemplo? Ya sabes: que sepa resolver los pequeños contratiempos que puedan surgir por el camino.
—Vamos a ver, Dee… —trató de preguntar Connie.
Dee la hizo callar con un gesto de las manos.
—Ya está decidido. Más tarde te lo explico. Solo dime si puedes dedicarle una hora al día durante las próximas dos semanas.
—Sí, claro. Le iré explicando las cosas mientras voy trabajando.
—Perfecto. Pues es toda tuya durante una hora.
Dee dio una palmadita en el hombro a cada una y salió del taller. Connie observó los pulcros pantalones de pinzas y la blusa de seda de Sandra.
—¿Qué te parece si hoy solo miras y mañana vienes vestida con ropa más vieja?
Sandra, ansiosa por empezar, asintió con la cabeza. Durante la siguiente hora, Connie le fue explicando el funcionamiento básico de una motocicleta, mientras seguía trabajando con el carburador que estaba reparando. Sandra la escuchó con atención, con una intensidad que no había dedicado nunca a ninguna otra clase.
Connie respondía a las preguntas de Sandra con rapidez y facilidad. Antes de que Sandra se diera cuenta de que había pasado una hora, Dee había vuelto a buscarla
—¿Estas lista para tu primer paseo en moto? —le preguntó Dee.
Sandra notó que se le secaba la boca. No pudo hacer más que asentir en silencio.
—Pues venga, vamos. —Dee le pasó el casco que Sandra había comprado aquella mañana.
—Gracias, Connie. Hasta mañana —dijo Sandra tomando el casco y volviéndose hacia la mecánica.
Connie asintió y se despidió con un gesto. Dee camino delante de ella hasta la calle. Sandra se quedó sin aliento al ver aparcada la que ya consideraba su moto.
—He pensado que estaría bien que entraras en contacto con tu objetivo. Será un incentivo más para superar las inevitables rascadas y las agujetas —le explicó Dee.
Sandra se puso el casco mientras Dee pasaba su larga pierna por encima del sillín de cuero.
—Sube —le ordenó Dee, dando una palmadita al sillón posterior.
Sandra se estremeció de emoción al pasar la pierna por encima del sillín y acomodarse detrás de Dee.
—Agárrate a mí y no hagas movimientos bruscos —le dijo Dee—. Deja que tu cuerpo se convierta en parte de la máquina y muévete con ella. ¿Estas lista?
—¡Sí! —El corazón de Sandra dio un vuelco tan fuerte que pensó que iba a tener otro ataque. «iDios! — pensó mientras el potente motor cobraba vida con un rugido—¡Si la muerte es como esto, llévame ahora mismo contigo!»
Dee condujo la moto por un laberinto de calles secundarias hasta que salieron a la autopista. Se dirigió hacia el sur y, a medida que el tráfico de la ciudad se aligeraba, fue dando más gas.
Sandra Tate estaba totalmente enamorada de la potente máquina que vibraba entre sus piernas. Volvió la cara hacia el cálido sol del atardecer, deseando poder quitarse el casco. Quería sentir el aire en la cara y en el pelo, pero sabía que Dee no la dejaría, de modo que cerró los ojos y, casi sin aliento, se abrazó más a ella. Quería absorber cada matiz de aquel momento. Tenía que recordar cada detalle, porque aquellos recuerdos la ayudarían a seguir adelante hasta que pudiera montarse sola en aquella preciosidad.
Sandra casi lloraba de pena una hora después, cuando tuvieron que dejar la moto en el aparcamiento situado junto al taller de Dee.
—¿Qué te ha parecido? —le preguntó Dee al bajar de la moto y quitarse el casco.
Sandra también se quitó el casco y sonrió con alegría.
—Después de esta experiencia, creo que necesito un cigarrillo.
Dee soltó una carcajada.
—Es cierto que ir en moto es emocionante, pero yo no diría que es mejor que el sexo.
«Es mejor que cualquier experiencia sexual que yo he tenido en la vida», pensó Sandra, estremeciéndose todavía por las sensaciones del paseo.
—Entonces, ¿quedamos mañana por la mañana?
Sandra asintió y se bajó de la moto a regañadientes. Las siguientes dos semanas fueron más duras de lo que Sandra había imaginado. Dee empezó las clases con un pequeño escúter. Si por la tarde quedaba contenta con los progresos de su alumna, al día siguiente Sandra se encontraba con una moto más grande y más pesada que la del día anterior.
Por desgracia, Dee no se conformaba con que Sandra fuera capaz de levantar la moto y hacerla avanzar e insistía en enseñarle una absurda serie de maniobras y giros a través de un circuito que Connie y ella habían delimitado con cajas y latas de aceite en el aparcamiento que había detrás de la tienda. Dee le dio una llave del comercio. Sandra practicaba desde primera hora de la mañana hasta que estaba tan cansada que ya no podía ni sostener la moto.
—Vuelve a intentarlo —le gritó Dee cuando Sandra falló en su quinto intento de recorrer el circuito.
Sandra levantó la moto con esfuerzo. Aquella mañana se había encontrado con un modelo bastante más pesado esperándola. Le estaba causando algunos problemas, por la envergadura de la maquina y la potencia del motor.
Agotada, Sandra se preguntó por qué se obsesionaba tanto Dee. No tenía nada que ganar si Sandra no aprendía a conducir. «A no ser que disfrute viendo como me pongo en ridículo», mascullo para sus adentros.
—¡Que es para hoy! —chilló Dee.
—¡A tomar por culo! —respondió Sandra sin pensar, mientras se secaba con la manga el sudor que le caía por los parpados.
De repente, Dee estaba delante de ella.
—Escúchame bien. —Con la cara roja de rabia, clavó un dedo en el hombro de Sandra—. Esto no es un juguetito para pasar el rato. ¿Sabes cuanta gente se mata cada año en accidentes de moto? Se matan porque no saben conducir bien, o porque no llevan cuidado, o porque de repente aparece un coche al volante de un imbécil que no se ha tomado la molestia de mirar si venia alguna moto. Te doy un día más para que termines el circuito. Si mañana a la una no lo has conseguido, se acabó el trato ¿lo has entendido?
—¿Pero a ti qué coño te pasa? ¿Por qué quieres que me aprenda tantas maniobras raras?
Dee giró sobre sus talones y se fue a toda prisa. Al cabo de un momento, Sandra oyó el sonido de su moto, que arrancaba y se iba velozmente. Sandra sujetó la moto por el manillar y la arrastró hasta la puerta, desde donde la estaba observando Connie.
—Connie ¿qué le pasa a Dee? ¿Por qué se empeña en que yo aprenda a hacer todas esas maniobras?
Connie sacó un cigarro del bolsillo y lo encendió con un fosforo. Se recostó en el dintel y apagó cuidadosamente el fosforo con un soplido.
—Si te lo cuento, ¿mantendrás la boca cerrada?
—Claro.
—Hace tres años, Dee le vendió una moto a una chica que no sabía conducir demasiado bien. Tenía el carné e incluso ya había tenido otra moto antes, pero la que se compró era demasiado grande para ella. Cuatro días después, se le plantó delante un camión cargado de grava. La chica se asustó y frenó demasiado deprisa, de manera que perdió el control de la moto y salió disparada de un salto. Murió al día siguiente. Si hubiera sabido maniobrar la moto tal como te está enseñando Dee, seguramente seguiría con vida.
Sandra asintió con la cabeza.
—Entiendo que le afectara, pero al fin y al cabo la decisión de comprar la moto fue de la chica. Dee no debería sentirse culpable por habérsela vendido.
—Era su hermana pequeña —Connie hundió la colilla en la arena de un cenicero que se alzaba junto a la puerta— Las maniobras que Dee trata de enseñarte podrían salvarte la vida. —Dando media vuelta, regresó al banco de trabajo.
Sandra se montó otra vez en la moto y arrancó el motor. Seguía practicando dos horas después, cuando Connie pegó un grito para decirle que era hora de terminar la jornada. No había logrado completar el circuito, ni siquiera a poca velocidad.
—Prefiero quedarme y seguir practicando un rato
—No. Estas agotada. Vete a casa y descansa bien esta noche. Ven mañana temprano; ya te abriré yo.
—Mañana es el último día —protestó Sandra—. Si a la una no he conseguido recorrer todo el circuito, Dee no me venderá la moto.
—¿Y por qué es tan importante para ti esa moto en concreto? En el mercado hay cientos de modelos distintos.
¿Cómo podía explicarle a Connie que estaba enamorada de la Honda Valquiria? ¿Cómo podía decirle que montarla la había hecho sentirse viva? Se removió incomoda.
—Creo que no lo puedo explicar.
Connie siguió mirándola fijamente y luego hizo un gesto de asentimiento.
—Da igual, creo que te entiendo. Deja la moto dentro y vete a casa. Mañana lo harás bien. Ya tienes las nociones básicas. Solo necesitas relajarte y descansar.
—¿Dee está bien?
No había vuelto a la tienda.
—Sí. Hace un rato ha llamado para preguntar por ti—Con una sonrisa radiante, Connie añadió—: La verdad, creo que necesitáis relajaros las dos.


Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 9

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:39 pm

Sandra y Laura estaban sentadas en el porche, disfrutando de la cálida brisa del atardecer. Reinaba un pacífico silencio entre las dos. El canto distante de los grillos y algún bufido ocasional de los tres caballos que tenía Laura en el corral de detrás de la casa hacían la noche aún más agradable.
—Podría acostumbrarme a esta vida —dijo Sandra, estirando las piernas para mover el asiento de columpio.
—Te voy a echar de menos cuando te vayas —repuso Laura.
—¡Mentirosa! Estas deseando volver a tener paz y tranquilidad.
—Bueno, admito que no echaré de menos encontrarte dando saltos por la casa a las seis y media de la mañana—confesó Laura, dando una palmadita en la pierna de Sandra.
—¿Nunca has pensado en volver a casarte? —preguntó Sandra, contemplando el perfil de Laura en la penumbra.
—No. No creo que vuelva a hacerlo. El matrimonio es demasiado complicado. La mujer siempre acaba renunciando a más cosas que el hombre, y en este momento de mi vida no quiero renunciar a nada.
—¿Ni siquiera si aparece tu príncipe azul?
—El príncipe azul no existe. Es como el conejito de Pascua o Papa Noel. —Laura titubeó un momento antes de continuar—: Si encontrara una persona que me amara de verdad y respetara mis ilusiones, a lo mejor me animaba a salir con ella. Pero hasta que no haya alguien capaz de dejarme arrebatada con un beso, creo que seguiré soltera.
—A mí nunca me han dejado arrebatada con un beso —explicó Sandra, frunciendo el ceño —. Seguro que hago algo mal.
—Seguramente la cuestión no es lo que haces sino a quien se lo haces. Todavía no has encontrado a la mujer adecuada. —Bromeando, Laura imprimió un tono susurrante y seductor a su voz —: Pero cariño, eso se arreglará cuando circules por la ciudad con esa preciosa máquina que te quieres comprar. Las mujeres se pelearan por abalanzarse sobre ti.
Sandra hundió los hombros con desanimo
—Al paso que voy con las clases, seguro que las atropello.
Laura se echó a reír y pasó la mano por el pelo de Sandra.
—¡Esa no es la mejor manera de dejarlas arrebatadas!
A la mañana siguiente, Sandra se despertó oyendo el manso repiqueteo de la lluvia en los cristales
—¡Mecachis! —se quejó, levantándose de un salto para mirar por la ventana.
—¿Qué pasa? —murmuró Laura, medio dormida aun.
—¡Está lloviendo!
—Que bien. Hace falta que llueva.
—¡Pero no hoy! —gimió Sandra, dejándose caer otra vez sobre la cama—. El circuito será aún más difícil con lluvia.
—Pues que te aplacen el examen.
Laura se volvió hacia su lado y se tapó la cabeza con la almohada. Sandra soltó una carcajada. ¡Claro! ¿Cómo no se le había ocurrido? Llamaría a Dee y anularía el examen. Podían dejarlo para la semana siguiente. Tendría que esperar un par de días más para comprarse la moto, pero así podría seguir practicando y retrasaría el posible fracaso.
Sandra esperó a que fueran las siete para llamar a Dee a la tienda. Casi bailaba de contento al proponerle el nuevo plan a Dee.
—Ni hablar —proclamó Dee, reventando de golpe la ilusión de Sandra—. En un momento u otro te tocará con lluvia, así que más vale que te vayas acostumbrando. Te servirá de práctica.
—Espera, espera…
—Un trato es un trato, Sandra. Si no eres capaz de recorrer el circuito, no vale la pena que te compres esa moto. Tengo que salir para entregar una venta y recoger unos recambios para Connie, pero te espero en la tienda a la una en punto.
Dee colgó antes de que Sandra pudiera protestar.
—¡Mierda! —Soltó Sandra, colgando el auricular con rabia.
—Parece que lo del aplazamiento no ha colado, ¿no?
—No. Me temo que no lo conseguiré, Laura.
Laura se ató el cinturón del albornoz y bostezó.
—Desde luego, si te quedas aquí comiéndote el coco, seguro que no lo conseguirás.
—No lo entiendes. Dee me obliga a practicar unas maniobras absurdas, serpenteando entre latas de pintura. No es el campeonato de motociclismo de la Federación Americana. Es un circuito rarísimo y muy difícil
Laura, colocando los brazos en jarras, se giró hacia Sandra.
—¿Qué te pasa, Sandra Tate? No pensaba que fueras tan pusilánime. La vida es dura. Te estas enfrentando a lo que la mayoría de la gente tiene que enfrentarse cada día. Tu talento para la arquitectura es un don que poquísimas personas han recibido. Nunca has tenido que luchar para conseguir nada.
—Yo trabajo duro —protestó Sandra.
—Trabajas muchas horas y con mucha tensión. No pretendo quitarte méritos. Lo que digo es que, siempre que te has sentado a proyectar un edificio, nunca te ha resultado difícil resolver la tarea.
Nunca has sabido que se siente al tener algo delante y no saber qué hacer.
Sandra no sabía que decir. Hubiera querido arremeter contra las acusaciones de Laura, pero sabía que tenía razón. Nunca le había parecido que proyectar edificios fuera un trabajo. Tenía la suerte de tener talento.
—¿Qué es lo que intentas decirme con tanta discreción?—preguntó, con una tímida sonrisa.
Laura se echó a reír y estrechó a Sandra en un abrazo.
—Deja de quejarte. Aprende a conducir la dichosa moto u olvídate de ella. No vale la pena que te estreses tanto. Tienes muchas otras cosas de las que preocuparte.
—¿Cómo qué? —preguntó Sandra, deshaciéndose del abrazo.
—Como lo que es capaz de hacer esta amiga loca que tienes si no se toma un café lo antes posible! — Laura se dispuso a entrar en la cocina—. Vamos, dúchate y vístete. Hoy no te quiero por aquí. Tengo trabajo y tú vas a estar muy pesada hasta que no termines con esta historia.
Sandra empezó a caminar hacia el dormitorio, pero la voz de Laura la detuvo.
—Sandra, se supone que quieres la moto para divertirte, y en cambio te está estresando todavía mas. A lo mejor no es para ti. A lo mejor tendrías que probar otra cosa o buscarte una moto más pequeña. Dee vende un escúter amarillo muy mono.
—Un escúter amarillo no es precisamente lo que tengo en mente —contestó Sandra, poniendo los ojos en blanco.
Laura le dedicó una sonrisa de suficiencia.
—Vale, pero como no eres capaz de subirte a nada más grande… —Dejó la frase en suspenso, encogiéndose de hombros con gesto exagerado.
—Ya verás tú a que soy capaz de subirme.
Sandra estuvo dos horas paseando con el coche por la ciudad, contemplando antiguos proyectos suyos. La mañana transcurrió rápidamente y con ella se fue su nerviosismo. Laura tenía razón. Se suponía que quería la moto para divertirse, pero su necesidad de sobresalir en todo lo que hacía había empañado el placer de aprender a conducirla. Estaba lista para enfrentarse al circuito. Si no lograba superarlo, tampoco sería tan grave: el mundo no se pararía. Seguiría intentándolo hasta cumplir las expectativas de Dee.
Echó una ojeada al reloj: aún faltaban tres horas para verla. Pero ya sabía en que podía emplearlas. Telefoneó a Betty, su secretaria, para hacerle una consulta.
AI cabo de una hora, Sandra entraba en el Departamento de Trafico, donde un empleado de una agencia de alquiler la estaba esperando con una moto. En el momento en que Sandra dejaba el coche en el aparcamiento, la lluvia cesó.
—¡Ah, ya estás aquí! —exclamó Dee al ver entrar a Sandra—. Pensaba que habías cambiado de idea.
Sandra se le acercó y le dio un cheque en blanco.
—¿Qué es esto?
—Es para pagar mi Honda Valquiria.
—Aunque consigas superar el circuito, tendrás que sacarte el carné de moto para poder conducirla.
Sandra sacó un papelito del bolso y se lo enseñó.
—He aprobado el examen hace una hora.
Connie estaba de pie en el umbral, riéndose. Dee miró a Sandra y sonrió.
—Muy bien. Pues veamos qué sabes hacer.
Salió para volver a colocar las latas que delimitaban el circuito y que la tormenta había dispersado. Connie sacó una de las motos de segunda mano y se quedó de pie, esperando.
—Puedes hacerlo —susurró, mientras Sandra me colocaba el casco—. No te olvides: tienes que imaginarte que la moto es una mujer guapísima con la que te estas acostando por primera vez.
Sandra levantó la visera del casco y miró atónita a Connie.
—¿Que te hace pensar que me acuesto con mujeres? —preguntó, sin poder evitar que le asomara una sonrisa a la cara.
Connie se puso colorada pero sonrió también.
—Siempre adivino si una mujer es lesbiana o no por la forma de montarse en la moto. Y tú montas de ese modo, corazón.
—Cuando quieras, estoy lista —gritó Dee desde el fondo del aparcamiento.
Sandra, con un gruñido, pasó una pierna por encima del sillín y encendió el motor. Luego se colocó la visera sobre la cara.
—Primero da una vuelta lenta, para practicar —gritó Dee—Así te acostumbrarás al asfalto mojado.
Sandra hizo rodar los hombros para desentumecer los músculos y trato de no pensar más que en la máquina que tenía entre las piernas y en el circuito que la estaba esperando. Lo recorrió despacio y al final dibujó una amplia curva para ganar velocidad. Apretó el acelerador y regresó al circuito con un rugido del motor. Vio pasar los obstáculos a toda velocidad a medida que los atravesaba o los rodeaba. Oía el zumbido del motor y tenía la sensación casi física de que su mente y su cuerpo se habían fundido con la moto: avanzaban como una sola cosa. Pasó como un rayo junto al último obstáculo. Hizo girar la moto y, entre salpicaduras la detuvo frente a la puerta del garaje. Sandra levantó la visera del casco, sin poder creer que había logrado completar el circuito a toda velocidad y sin cometer ningún fallo. Connie la recibió entre aplausos, dando exclamaciones de alegría y cubriendo de palmaditas la espalda de Sandra.
Dee llegó corriendo desde el fondo del aparcamiento. En el momento en que Sandra se apeaba de la moto y bajaba el caballete, Dee la tomó del brazo y revoloteó a su alrededor.
—¡Lo has conseguido! —exclamó Dee, mientras hacía sentarse a Sandra y se ponía a buscar algo en el bolsillo de la chaqueta—. ¡Aquí están tus llaves! —dijo con orgullo.
Sandra tomó las llaves, las sostuvo en la palma de la mano y se quedó mirándolas.
—¿Por qué las llevabas en el bolsillo? Pensaba que ya habías decidido que no conseguiría completar el circuito.
—No. Eras tú la que había decidido que no lo conseguirías. Las llevaba en el bolsillo porque pensé que te gustaría irte a dar un paseo con esta preciosidad—dijo, señalando orgullosa la moto.
Sandra se volvió y vio que Connie estaba sacando la Valquiria de la tienda.
—Cuando vuelvas, podemos rellenar los papeles —dijo Dee, dando una palmadita en el hombro de Sandra— Pásate por aquí a las cinco. Esta noche tengo una cena y no quiero llegar tarde.
Sandra se montó en la moto y colocó la llave en el encendido. De repente se quedó paralizada de miedo.
—La primera vez siempre asusta un poco —dijo Connie, guiñándole un ojo—. Acuérdate de lo que te he dicho antes.
—Pero yo, como amante, soy malísima.
Connie movió la cabeza con incredulidad.
—Es físicamente imposible que una mujer sea una mala amante si pone interés en lo que estás haciendo.
«A lo mejor ese era el problema», pensó Sandra mientras se alejaba de la tienda con la moto y se integraba es la circulación. Quizá había estado mucho tiempo sin sentir interés por el sexo.
Sandra fue en busca de Laura. Dieron un paseo de una hora con la moto y luego volvieron a la casa de Laura.
—Gracias por compartir el paseo conmigo —dijo Laura gritando para hacerse oír entre el rugido del motor —¿Vienes esta noche?
Sandra se quitó el casco y se pasó las manos por el pelo.
—No. Tengo que resolver un montón de asuntos antes de irme, pero vendré a verte antes de marcharme. Te llamo mañana.
Las dos se fundieron en un largo abrazo, y Sandra se puso el caso y se dirigió otra vez hacia la tienda de motos.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 10

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:39 pm

Dee y Sandra acabaron de tramitar la venta de la moto, Connie ya se había marchado.
—Espero no hacerte llegar tarde a la cena —dijo levantándose para irse.
Sintió una súbita añoranza que las clases habían terminado. Echaría de menos a Dee y a Connie.
—La verdad es que aún no le he dicho a mi invitada que íbamos a cenar —replicó Dee, poniéndose también de pie.
Sandra echó un vistazo al reloj.
—Pues ya es bastante tarde. ¿No deberías avisarla?
—Sí. Tienes razón. ¿Quieres venir a cenar conmigo?
—¿Soy yo la invitada?
—Sí. No quise proponértelo hasta que terminaras.
Sandra alzó las cejas.
—¿Tenias miedo de que no aceptara sin completar el circuito?
—No. Sabía que lo lograrías. Deseabas tanto la moto que no podías fracasar. No ibas a detenerte ante nada.
—Entonces, ¿por qué no me lo propusiste antes?
Dee carraspeó y hurgó en los bolsillos en busca de un caramelo.
—Supe quien eras en cuanto entraste en la tienda. Resulta que te conocí hace tres o cuatro años, en la inauguración de la nueva ala que proyectaste para el hospital infantil. Yo colaboraba allí como voluntaria dos noches a la semana. —Le pasó un caramelo a Sandra— Se me ocurrió invitarte, pero me dije que alguien como tú no querría salir a cenar con alguien como yo. Y no quería complicar las cosas antes de que tuvieras la moto.
Sandra se sintió dolida y furiosa a la vez.
—¿Pensabas que no querría salir a cenar contigo porque tengo más dinero que tú?
Dee asintió con la cabeza.
—No pienso ir contigo —espetó Sandra—. Pero no tiene nada que ver con el dinero.
—¿Por qué, entonces? —pregunto Dee, sorprendida y visiblemente dolida.
—Pensaba que me estabas enseñando a conducir porque era algo importante para ti y porque habíamos trabado amistad, pero veo que solo te preocupas por el dinero— Se acercó un paso a Dee—. ¡Eres la peor de las hipócritas! Diste por supuesto que yo, por tener dinero, sería una estirada que no querría perder el tiempo con nadie que tuviera menos que yo, mientras que tú te has dedicado a engatusarme para conseguir ese mismo dinero que tanto me reprochas.
—No digas tonterías —soltó Dee, mirando a Sandra a los ojos—. ¿Me habrías hecho caso si hace tiempo me hubiera acercado al despacho que tienes en el centro de la ciudad? ¿Me has hecho algún caso en estas dos semanas? ¿Te has fijado en mí?
—¡Claro que me he fijado!
Se quedaron paradas una frente a la otra, sosteniendo la mirada. Sandra estaba tan sorprendida de su asentimiento como Dee. Sandra notó que el vello de los brazos se le erizaba como si estuviera cargado de electricidad estática. Sintió un escalofrío que le bajaba por la espalda y volvía a recorrer la misma trayectoria hasta la nuca. Los brazos de Dee envolvieron a Sandra y la atrajeron hacia su cuerpo. Sus bocas se unieron con un anhelo febril.
—No ando en busca de una relación —consiguió murmurar Sandra entre beso y beso, mientras hacía que la chaqueta de Dee se deslizara de sus hombros.
—Yo tampoco —dijo Dee con voz entrecortada, arrancando la camisa de los hombros de Sandra.
El cuerpo de Sandra se convirtió en un vértice de sensaciones. La boca y las manos de Dee estaban en todas partes, tocándola, provocándole un ansia casi insostenible. Dee dibujó una ruta de besos por el cuerpo de Sandra mientras le bajaba las bragas desde las caderas hasta el suelo.
Sandra se quitó las bragas de un puntapié. Sus manos exploraron el cuerpo de Dee con un apremio que nunca antes había conocido. Un súbito deseo cargado de una intensidad que la impresionó le dio el valor necesario para empujar a Dee hasta el sofá, donde la hizo sentarse. Sandra se colocó a horcajadas sobre el regazo de Dee y apoyó los brazos a uno y otro lado de su cabeza. Se estremeció cuando Dee rozó la cara interna de sus muslos con las puntas de los dedos. Sus labios se unieron una y otra vez. La lengua de cada una exploró la boca de la otra, peleándose por adentrarse más y más en su interior.
Sandra soltó un gemido cuando Dee le pasó un brazo por la cintura y tiró de ella hasta colocarla sobre los dedos de su otra mano. Sandra, apoyándose en las piernas y dejándose llevar por el brazo de Dee, avanzó hasta que los dedos de esta se introdujeron más en su cuerpo. Se movió contra la mano de Dee, y sus besos se hicieron más intensos. Nada de lo que había vivido anteriormente con Carol había preparado a Sandra para las sensaciones que la estaban invadiendo en ese momento.
Incapaz de permanecer callada, Sandra echó la cabeza para atrás y repitió a gritos el nombre de Dee mientras la mano de esta la llevaba al clímax. Sandra continuó cabalgando los dedos de Dee, gozando con los últimos estremecimientos de placer que le procuraban. Sandra se inclinó hacia adelante, tomó uno grandes pechos de Dee entre sus manos y acarició el pezón erecto con las puntas de los dedos.
—Quiero ver que sabor tienes —susurró en el oído de Dee.
Fue bajando hasta que su boca sustituyó a sus dedos sobre el pezón. Se tomó su tiempo, dejando que u lengua explorara cada hendidura y cada perfil de la aureola. Los gemidos de Dee hicieron que Sandra experimentara una arrolladora sensación de poder. A lo largo de los años había asistido a innumerables juntas, había dirigido a cientos de empleados y había conseguido que en solares llenos de hierbajos se levantaran rascacielos, pero nada le había producido la sensación de poder que estaba experimentando en aquel momento. Deseaba oír cómo se corría Dee.
Tras apartarse del regazo de Dee, tiró de sus caderas hasta sentarla en el borde del sofá y deslizó sus labios por su abdomen. Sandra prosiguió con su exploración hasta que Dee empezó a pedir clemencia. Cuando no pudo soportar más la espera, Sandra separó las piernas de Dee y deslizó los dedos hacia la parte alta de sus muslos, dejando que sus pulgares abrieran los hinchados labios de la vulva para que su boca encontrara el objeto de su búsqueda. Dee bajó las caderas, acercando su cuerpo a la complaciente boca de Sandra.
— Sandra, mi amor… No puedo esperar más.
En respuesta a la petición de Dee, Sandra sumergió más sus dedos en la humedad de su cuerpo.
—Si…—gimió Dee, aferrando la nuca de Sandra con sus manos para acercarla más a ella.
Sandra, comprobando sorprendida que no podía dejar de tocar a Dee, se resistió mientras Dee la hacía subir hasta su cara y la besaba.
—Échate —insistió Sandra—. Quiero seguir tocándote.
Dee acogió a Sandra entre sus brazos y la hizo recostarse en el sofá, de cara a ella.
—Tienes unos ojos preciosos —susurró, antes de besar a Sandra ansiosamente.
— Quiero seguir tocándote —insistió Sandra.
—No te preocupes. Tendrás tiempo de tocarme todo lo que quieras antes de que acabemos. —Colocó una almohada detrás de la cabeza de Sandra y luego se dio la vuelta y se echó a su lado, en dirección opuesta. Le separó las piernas y hundió la cara entre ellas, tendiéndose sobre el cuerpo de Sandra y ofreciéndose para su disfrute. Sandra se abandonó y las increíbles sensaciones que la recorrieron mientras la boca de Dee la devoraba y su propia boca se sumergía en los fluidos de Dee.
Mucho rato después, Sandra yacía satisfecha, rozando amorosamente los pechos de Dee con sus labios.
—¿Lo haces todo con la misma pasión? —inquirió Dee.
Sandra apoyó la cabeza en el pecho de Dee.
—Yo nunca me he visto como una persona apasionada.
—No lo dirás en serio. —Dee la miró sorprendida.
—Pues sí. El sexo nunca me ha interesado demasiado —Titubeó y prosiguió—: Solo me he acostado con otra mujer. Estuvimos ocho años juntas pero, después de los primeros meses, empezó a alejarse de mí. Me dijo que yo era una mala amante y dejamos de hacer el amor. — desvió la mirada para disimular la vergüenza.
Dee tomó la cara de Sandra entre sus manos y la miró a los ojos.
—No eres una mala amante. Eres una de las mujeres más apasionadas con las que he estado.
—¿Te has acostado con muchas? —preguntó Sandra por pura curiosidad.
Esta vez fue Dee la que titubeó.
—SI —respondió. No intentó disculparse, cosa que gustó a Sandra—. ¿Te molesta? —le preguntó Dee.
—No. Pero me gustaría haber tenido más experiencias.
—¿Quieres experimentar un poco más esta noche? —le preguntó Dee, alzando rápidamente las cejas en un gesto burlón.
Sandra se acurrucó contra Dee.
—¿En qué estás pensando exactamente?
—Ven a casa. Me gustaría que pasaras la noche conmigo.
Al cabo de veinte minutos, las dos se habían subido a la moto de Dee y se dirigían a su piso. Sandra deslizó las manos bajo la cazadora de la otra mujer y acarició sus pezones erguidos mientras el potente motor ronroneaba entre sus piernas.
Cuando se despertó en aquel dormitorio desconocido, Sandra tardó unos segundos en recordar donde se encontraba. Dee estaba acostada boca abajo, con los brazos estirados por encima de la cabeza. El cuerpo de Sandra empezó a palpitar al recordar las cosas que le había hecho Dee cuando llegaron a su casa. Recorrió con una mano la fibrosa espalda de la otra mujer y sintió aumentar su deseo en el momento en que Dee se volvió hacia ella.
—Dúchate conmigo —murmuró Dee al darse la vuelta, mientras Sandra empezaba a besarle los pechos—. Llegaré tarde a trabajar si sigues así. —Sandra aferró un pezón entre dientes—. Bueno, Connie tiene llaves… —dijo finalmente Dee, empujando a Sandra para que se recostara en la cama.
Una hora después, las dos estaban vistiéndose en el de baño, envueltas en el vapor que llenaba la estancia.
—¿Volveré a verte? —preguntó Dee, contemplando la imagen de Sandra en el espejo cubierto de vaho.
—Pasaré a saludarte antes de irme, y te avisare cuando vuelva.
—¿De manera que piensas volver?
Sandra la miró sorprendida.
—Aquí está mi empresa. ¿Por qué no iba a volver? Solo estaré fuera un par de meses.
De ese encogió de hombros y sonrió.
—A lo mejor le encuentras tanto gusto a viajar que ya no quieres volver a sentarte detrás de una mesa.
Se pasó un peine por el corto pelo mojado.
—Hay otra cosa de la que tenemos que hablar antes de que me marche —dijo sandra.
—¿De qué? —preguntó Dee, volviéndose para mirarla.
—Tienes que darme el nombre de una organización de beneficencia. Quedamos en que donaría el importe que me pareciera razonable pagar por tus clases.
—Ah, sí. Dónalo al Centro para Niños Minusválidos.
—Lo haré a tu nombre. Así sabrás que he hecho la donación.
Dee frunció el ceño.
—Confío en ti. Si me dices que la harás, sé que así será.
Sandra se preguntó cómo debía sentirse alguien que confiaba en la gente de una forma tan absoluta. «Yo confió en Dee y en Laura —pensó—. Y también en Margaret, en Ida y en Connie.» Cuanto más vueltas le daba, más larga parecía la lista. De repente sonrió, se acercó a Dee y le dio un sonoro beso en los labios.
—Gracias.
Dee le devolvió la sonrisa y le dio un largo abrazo. Transcurrió otra hora antes de que las dos salieran a toda prisa del piso.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 11

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:40 pm

Dee y Sandra regresaron en silencio a la tienda de motos. Cuando entraron, Connie estaba hablando con un cliente. Las saludó con un gesto y siguió atendiéndolo
—¿Cómo prefieres que te lleven el coche y la moto a casa—preguntó Dee.
Se habían quedado de pie a la puerta del despacho. Sandra estaba contenta de no entrarse a solas con ella, porque le resultaba muy difícil reprimir el ansia de tocarla.
—¿Puedo dejar el coche aquí hasta la tarde? Hablaré con alguien para que me lo lleve a casa — propuso Sandra.
—Si quieres, puedo llevártelo yo esta noche —se ofreció Dee, mirándola inquisitivamente.
—Sí, podrías, pero yo también podría empezar a echarte demasiado de menos.
—¿Y eso sería un problema?
—Un día encontré a mi amante en la cama con otra mujer, y no quiero que vuelva a pasarme lo mismo nunca más.
Dee asintió.
—Conmigo, seguramente te pasaría —reconoció — Me temo que aún no estoy preparada para sentar la cabeza.
—Siempre te recordaré.
—Lo dices como si fuera un final.
—Solo es el final de lo que pasó entre nosotras anoche—le aseguró Sandra.
—Nada nos impide divertirnos un poco de vez en cuando —dijo Dee.
Sandra sonrió y la estrecho entre sus brazos antes de ir a buscar la moto al garaje. Había sido una noche maravillosa, pero no se veía capaz de prolongar la relación sin involucrarse. Sandra regresó a su casa y se tomó un desayuno tan sano que Margaret no pudo menos que sonreír complacida. Después empezó a resolver los tramites que debía zanjar antes de su partida.
Telefoneó a Allison, que se encargaría de sus asuntos profesionales y personales mientras ella estuviera fuera. Al principio, Allison no se mostró muy convencida con la idea de Sandra de emprender un viaje sola en moto, pero, a media que esta le fue contando el proyecto, empezó a entusiasmarse.
—Me parece que te tengo envidia —dijo, tras escuchar como Sandra le describía la sensación que producía montarse en una moto.
—Si quieres te llevo de paseo —repuso Sandra.
—No, gracias —replicó Allison, rechazando la propuesta—. Lo que me da envidia son los dos meses de libertad que vas a tener, no el medio de transporte.
—¡Cobarde!
—¡Y que lo digas!
Después de colgar, Sandra preparó una carta para el Centro de Niños Minusválidos, con un cheque por valor de cincuenta mil dólares. Se puso unos vaqueros y una camiseta limpios y volcó el contenido de su bolso sobre la cama. Separó las cosas imprescindibles, comprobó que le cabían cómodamente en los bolsillos, y guardó el resto en un cajón. En ese momento la invadió el cansancio y se tendió sobre la cama, pensando en la noche anterior. Se sumergió en un sueño reparador con una sonrisa en los labios.
Sandra estuvo hasta el miércoles siguiente resolviendo los asuntos pendientes, despidiéndose de los amigos más cercanos y portándose bien para que Margaret no la riñera. Le dio dos meses de vacaciones pagadas y un billete de ida y vuelta a Dublín, donde vivía su hermana. Después de eso, Margaret la perdonó hasta el punto de aceptar que Sandra dejara el piso cerrado. Margaret pensaba quedarse en casa de Minnie hasta el día de su viaje a Irlanda.
Sandra empaquetó sus cosas en una pequeña mochila. En el último momento, tomó la fotografía en la que aparecía con el señor Peepers y se la guardó en el billetero. Salió de su casa sin mirar atrás.
Sandra fue en la moto hasta la casa de Laura, donde tenía previsto pasar aquella noche. A la mañana siguiente empezaría el viaje. Sandra y Laura estaban sentadas en el banco de columpio, en el porche de la casa de Laura.
—¿Seguro que no te importa cuidarme el Jaguar mientras estoy de viaje? —Sandra sabía que Laura estaba enamorada de su coche.
Laura se llevó el dorso de la mano a la frente con un gesto teatral.
—Será un agobio insoportable, pero intentaré cumplir mi obligación. Yo, por una amiga, hago lo que sea
Sandra ahogó una risita. Se balancearon en silencio, escuchando los sonidos de la fauna nocturna.
—¿Intentarás encontrar a tu madre? —inquirió Laura.
—Sí. Necesito saber por qué se fue. Quiero saber por qué mi padre insistió tanto en que no nos viéramos —respiró hondo—. Cuando era pequeña, mi padre era todo mi mundo. Cambiábamos de ciudad muy a menudo y nunca conseguí hacer amigos. Ahora que ha pasado el tiempo, veo las cosas bajo otra luz. Por ejemplo, el hecho de que siempre quisiera cobrar el sueldo en efectivo.
En el corral de detrás de la casa, uno de los caballos piafó y soltó un bufido. Sandra continuó.
—Cuando recogí las cosas de mi padre después de su muerte, no descubrí ni un solo cheque anulado, ni resguardos de impuestos ni tarjetas de crédito. Y tampoco vi ningún carné de conducir. ¿No te parece extraño?
Laura asintió.
—¿Alguna vez te explicó por qué cambiabais ciudad?
—Siempre decía que nos trasladábamos porque en el nuevo sitio podría encontrar un trabajo mejor
—¿Tú le creías?
Sandra se encogió de hombros.
—Era mi padre. Nunca se me ocurrió dudar de él. Hasta hace poco, al menos.
—Y ahora, ¿qué es lo que sientes?
Sandra llevaba preguntándose eso mismo desde que había leido la carta de su madre.
—No lo tengo claro. Quiero creer que nos mantuvo alejadas por una cuestión de celos. Nunca lo vi como el típico machista, pero tal vez es que no lo conocía bien, en realidad -suspiró y movió la cabeza pensativamente— Era mi padre. No creo que pueda dejar de quererlo. Lo que tengo que hacer es tratar de localizar a mi madre y enterarme de qué ocurrió.
—¿Cómo la encontrarás?
—Iré a la dirección indicada en la carta y veré adonde me conduce.
—¿Piensas pasar los dos meses en San Antonio?
Sandra se encogió de hombros.
—No lo sé. No tengo ningún plan a largo plazo. Viviré cada día según vaya surgiendo.
—Parece que aún hay esperanzas para tu caso, doña Perfecta —dijo Laura, dando un apretón al brazo de Sandra.
Sandra miró el cielo tachonado de estrellas. ¿Qué le depararía el mañana? Experimentó un súbito acceso de miedo mezclado con impaciencia, pero nunca antes se había sentido tan viva. El día amaneció con una magnifica sinfonía de rosados y violetas. Laura insistió en que Sandra desayunara antes de marcharse. Sandra estaba tan impaciente por salir a la carretera que apenas podía estarse quieta en la silla. Cuando decidió que por fin podía marcharse sin resultar maleducada, su resolución titubeó. Al parecer, Laura captó su súbita vacilación.
—No te preocupes, doña Perfecta. Esta va a ser la mayor aventura de tu vida. Una aventura que podrás contarles a tus nietos.
—Yo no tendré nietos —le recordó Sandra.
—Entonces podrás contárselos a los míos — Laura la estrechó con fuerza—. Vete antes de que me eche a llorar.
Con un nudo en la garganta que no la dejaba hablar, Sandra asintió con un gesto y se puso el casco. Todas las dudas la abandonaron cuando arrancó la moto. Sonrió y notó un subidón de adrenalina.
—¡No te olvides de telefonear! —gritó Laura entre el ruido del motor.
Sandra alzó el pulgar en gesto de asentimiento y llevó la moto pausadamente hasta la calzada. Se puso nerviosa con el tráfico de la ciudad. Por suerte, el trozo de circulación densa que tenía que atravesar hasta salir a la carretera no era muy largo. Dispuesta a disfrutar de la conducción y del paisaje, optó por dirigirse a San Antonio por una de las vías menos transitadas.
Los arbustos que bordeaban la carretera estaban empezando a florecer. Sandra se detuvo varias veces a admirar su belleza. Por primera vez en su vida, se sentía absolutamente libre. Podía seguir hasta San Antonio en busca de su madre, o podía tomar cualquier desvío para ir adonde le diera la gana.
No había muchos coches y el sol le acariciaba la espalda. En ese momento la vida se acercaba a la perfección. Solo lamentaba que nadie compartiera con ella la belleza y la emoción de aquel viaje.
Cuando Sandra llegó a San Antonio, era ya media tarde. Observó con atención un plano de la ciudad y memorizó la ruta que debía seguir para llegar a la dirección indicada en la carta de su madre. Mientras atravesaba la tranquila vecindad, intentó que sus esperanzas no se descontrolaran excesivamente. Localizó la dirección sin dificultades y suspiró con alivio al ver que aún existía la casa.
Era un edifico de ladrillo rojo de dos plantas, bastante grande. Con los años, lo habían dividido en varios apartamentos diferentes. Sandra rodeó la manzana tres veces antes de recopilar el valor suficiente para detenerse. Caminó lentamente por la acera, imaginando que diría si se encontraba con su madre. Llamó al timbre donde indicaba «Recepción». Como no respondió nadie, Sandra se dió la vuelta para marcharse, con una mezcla de alivio y decepción.
—¿A quién buscas? —preguntó una voz de pronto.
Sandra se giró pero no vio a nadie. En el momento en que iba a concluir que se lo había imaginado, la voz volvió a hablar.
—Estoy aquí, al otro lado del seto.
Sandra caminó hacia la voz.
—Sal otra vez a la acera y pasa por la entrada de mi parcela.
Sandra siguió las instrucciones de la mujer que hablaba. Unos setos altos rodeaban la casa contigua. Sandra empujó la cancela y vio a una mujer mayor en una silla de ruedas.
—Todos han salido. ¿Con quién querías hablar? —preguntó, tirando de un mechón de su pelo rizado y gris.
—Estoy tratando de localizar a Jessica Tate. No sé con seguridad si continua viviendo aquí.
Esta era su dirección hace unos treinta años.
—¡Treinta años! —farfulló la mujer, moviendo la cabeza y haciendo un ruido desagradable con la garganta—. Lo tienes difícil para encontrar a alguien que haya vivido en esa casa hace treinta años. —Se acercó a Sandra y añadió—Me parece que trapichean con drogas.
Sandra, sorprendida, lanzó una mirada al edificio de apartamentos. Los setos tapaban la mayor parte de la casa.
—¿Por qué buscas a esa mujer? ¿Eres poli? – la mujer la miró fijamente, entrecerrando los ojos.
—No, señora.
—No me llames señora. Yo nunca le llamo señora a nadie y no me gusta que me lo llamen. Soy Hilda Cunningham. —Dirigió una mirada suspicaz a Sandra—¿Y tú cómo has dicho que te llamas?
—Me llamo Sandra. La señora Tate era amiga de mi madre, y le dije que me pasaría por aquí para ver si continuaba viviendo en la casa.
Sandra no quiso explicar que estaba buscando a su madre. Confiaba en que la mujer no le preguntara su apellido. La anciana inclinó la cabeza a un lado y cerró un ojo.
—Tate, Tate… No recuerdo a nadie que se apellidara Tate. Aunque llevo viviendo aquí desde que tenía 34 años, así que he visto a mucha gente entrando y saliendo y me temo que no me acuerdo de todos —Movió la cabeza pensativamente y contempló los apartamentos —¿Cómo era la amiga de tu madre?
Sandra sintió una súbita tristeza.
—No lo sé —contestó con franqueza. No recordaba la cara de su madre.
—En fin, da igual. Es difícil que la encuentres después de tantos años.
Después de oír este comentario tan poco esperanzador, Sandra se fue en busca de un sitio donde comer. Se detuvo frente a un pequeño restaurante situado a pocas manzanas. Sabía que lo próximo que tenía que hacer era contratar a un detective privado, una persona que tuviera los conocimientos y los contactos necesarios para seguir con la investigación. Ahora que había llegado a la ciudad, volvía a sentir dudas. Mientras comía, sopesó los pros y los contras de continuar con la búsqueda.
En parte deseaba conocer a su madre, aunque seguía albergando un hondo temor a la posibilidad de que ella no quisiera verla y la enviara a paseo. A esas alturas, todavía podía intentar convencerse de que su madre la había querido siempre y que había habido un motivo comprensible para su partida. La carta reforzaba aquella fantasía, pero si su madre le decía que se fuera, el rechazo sería definitivo.
Cuando la camarera se acercó a retirar los platos, Sandra le pidió un listín telefónico. Aparecían seis personas con el apellido Tate, pero nadie con el nombre de pila Jessica o la inicial J. Abrió las páginas amarillas y copió los nombres y direcciones de unos cuantos detectives en un bloc que llevaba en el bolsillo. Podría llamarlos más adelante. No conocía muy bien San Antonio. Había estado un par de veces para asistir a algún congreso o a alguna reunión, pero solo había visto el camino que llevaba del aeropuerto al hotel. San Antonio era la única ciudad importante de Tejas en la que no habían residido ella y su padre. Comprendió que él había querido evitar cualquier posibilidad de encontrarse con su madre. Hojeó las páginas amarillas al azar. Vio la sección de restaurantes y miró cuales aparecían en la lista. En los dos próximos dos meses, seguramente llegaría a conocer bastante bien algunos de ellos. De pronto, su dedo quedó paralizado sobre el anuncio del restaurante Peepers. Se acordó de la fotografía que llevaba en el billetero y del osito de peluche que sujetaba en brazos: el señor Peepers. Cuando se disponía a cerrar el listín, se detuvo y copió la dirección del establecimiento. «No es más que una coincidencia», se dijo, pero tenía mucho tiempo libre y podía ir detrás de cualquier pista. ¿Por qué no lo intentaba?
Pagó la cuenta y salió del restaurante. Al subirse a la moto, examinó otra vez el plano. Peepers quedaba al sur de la ciudad.
Entre que se saltó la salida de la autopista y se perdió al intentar retroceder, tardó una hora en atravesar la ciudad y llegar hasta la dirección anotada. Mientras esperaba en un semáforo en rojo, divisó un gran cartel azul y blanco con el nombre de Peepers. El restaurante estaba en una estrecha travesía, al final de la siguiente manzana. Era un amplio local pintado de blanco, que se alzaba al lado de un gran aparcamiento y estaba decorado al estilo de los años cincuenta. «La idea es buena, pero la situación es pésima», pensó Sandra.
El semáforo se puso en verde y Sandra continuó la marcha. Mientras contemplaba la fachada del restaurante, un coche que salía de detrás de un largo y alto seto de adelfas se precipitó sobre ella. Sandra hizo caso de su instinto. Al darse cuenta de que el coche iba a chocar con ella, giró la moto con una rápida maniobra, tal como le había enseñado Dee, y consiguió desviarla justo antes de golpear contra el vehículo. Cayó sobre el bordillo y se quedó aturdida. Le dolía el hombro izquierdo.
Se palpó con cuidado el resto del cuerpo. No parecía tener nada roto. Sandra oyó el crujido de la ropa de una persona que se arrodillaba a su lado. Giró sobre sí misma y quedó tumbada boca arriba.
—No lo muevan —ordenó una voz.
—Se ha movido él —respondió una segunda voz
Sandra se estaba recuperando del susto. Se levantó la visera del casco y trató de incorporarse.
—Es mejor que no te muevas.
Alzó la mirada y vio a una mujer de ojos verdísimos cargados de preocupación. Su pelo rubio y muy rapado y su mandíbula un poco cuadrada sugerían un carácter fuerte y decidido. «Ese color de ojos es real, no lleva lentillas», pensó Sandra. La mujer le pasó un brazo por el hombro para que se apoyara, y el corazón de Sandra reaccionó con un extraño vuelco.
—Quédate boca arriba —le indicó la mujer, apoyando en su regazo la cabeza de Sandra.
«Seguramente no tengo que incorporarme tan deprisa», razonó Sandra, sin dejar de mirar fijamente los fascinantes ojos de la mujer.
—Han ido a buscar una ambulancia. No tardara en llegar — la tranquilizó la mujer.
La noticia sacó a Sandra de su ensoñación.
—Estoy bien —replicó, levantando de mala gana la cabeza e incorporándose poco a poco.
La mujer la agarró del brazo con firmeza.
—De verdad que estoy bien —le aseguró Sandra, quitándose el casco.
Al volverse hacia ella otra vez, vio que la otra suspendía el aliento. Durante un largo segundo, sus miradas se encontraron. La llegada del coche de policía rompió el momento. Sandra lanzó una ojeada alrededor y descubrió con sorpresa que se había congregado una pequeña multitud.
Localizó la moto: la rueda delantera estaba aplastada debajo del coche. De repente sintió dolor y rabia. Dee la había advertido de que algunos conductores nunca comprobaban si venía una moto. Contempló por un momento a la multitud que la rodeaba.
—¿Quién me ha atropellado? —preguntó, volviéndose hacia la mujer. Pensaba demandar al imbécil que había destrozado su preciosa moto.
—He sido yo —replicó ella.
Antes de que Sandra pudiera responder, se acercaron dos policías. Uno de ellos se llevó a Sandra a un lado para hacerle unas preguntas. Era un hombre de mediana edad, con una cara tan surcada de arrugas que Sandra se encontró tratando de imaginar que habría visto en su vida para haber envejecido de esa manera.
—Soy el agente Peterson. ¿Está usted herida? —preguntó.
Sandra probó a hacer rodar el hombro.
—Me he dado un golpe en el hombro, pero no tengo nada roto.
El policía asintió.
—Perfecto. Cuénteme que ha pasado —dijo, sacando un bolígrafo del bolsillo.
—Yo he arrancado cuando la luz se ha puesto verde —explicó Sandra, señalando el semáforo que había detrás del policía—. Y lo siguiente que recuerdo es que un coche ha aparecido de repente delante de mí.
El policía observó el semáforo, la acera de la que había salido el coche y el escenario del accidente.
—Tiene suerte de haber sabido maniobrar la moto —dijo Peterson, observando la moto que estaba debajo del coche.
—He tenido una buena maestra —contestó Sandra, contemplando su moto. Probablemente el sentimiento de culpabilidad y la insistencia de Dee le habían salvado la vida, o como mínimo habían impedido que resultara gravemente herida.
El policía empezó a escribir el informe del accidente, y Sandra se volvió para mirarlo. Todavía contestó un par de preguntas más sobre el percance. Cuando Sandra explicó que estaba de paso en San Antonio, el agente apuntó su dirección de Dallas y le recomendó unos cuantos hoteles del centro en los que podría alojarse mientras le reparaban la moto. En el momento en que le estaba dando la lista de hoteles, llegó la ambulancia.
—Ya que han venido, dígales que la lleven al hospital para que le hagan una radiografía del hombro —les indicó el policía.
Sandra declinó la propuesta. No necesitaba ningún médico. La cazadora y el casco la habían protegido del choque contra el pavimento. Sentía palpitar un dolor en el hombro; seguro que a la mañana siguiente le saldría un cardenal. Pero, tras probar a moverlo con cuidado, concluyó que no se había hecho ningún daño serio.
La mujer que la había atropellado con el coche estaba hablando a gritos con el otro policía.
—Voy a ir a ver qué está pasando ahí —se excusó Peterson—. Nos pondremos en contacto con usted si necesitamos preguntarle algo más, señora Tate.
Sandra le dio las gracias y lo siguió para ver de que discutía la mujer.
—He avisado un montón de veces al ayuntamiento de los peligrosas que son esas adelfas —insistía la mujer—. Les dije que un día de estos habría algún herido.
Peterson intentó hablarle, y la mujer bajó el tono de voz. Sandra miró el seto. Realmente, era peligroso. Subió a la acera y avanzó hasta el punto en el que tendría que detenerse un coche antes de incorporarse a la carretera principal. Siguió avanzando hasta que consiguió ver lo que había al otro lado de las adelfas. Para que un conductor pudiera ver algo, el coche tendría que estar ya en la calle.
Un enfermero del servicio de urgencias se acercó a Sandra.
—¿Se ha hecho daño? Parece que puede moverse sin dificultades.
—Me he dado un golpe en el hombro, pero no me duele.
—¿Me permite que le eche un vistazo, para más seguridad?
Sandra quiso discutir pero comprendió que sería menos complicado dejarse examinar el hombro. Además, así quedaría mejor cuando se lo contara a Laura y Allison. No les causaría muy buena impresión que hubiera tenido un accidente el primer día. Y no quería ni pensar en la reprimenda que le echaría Margaret si se enteraba del accidente. Desde luego, Sandra no pensaba contárselo.
—Menos mal que llevaba puesta la cazadora; si no, podría haberse hecho mucho daño al golpearse contra el pavimento —le dijo el enfermero, palpando el hombro de Sandra— Le está saliendo un cardenal. Debería verla un médico.
—Iré más adelante, si me sigue doliendo — prometió Sandra.
Volvió a ver a la mujer que la había atropellado. Había acabado de hablar con los policías y estaba de pie junto al coche, contemplando la moto de Sandra. Sandra dio las gracias al enfermero y se encaminó hacia su moto.
—Lo siento muchísimo —dijo la mujer, mientras Sandra se colgaba la cazadora del brazo.
—Saliste de la acera a toda pastilla —la acusó Sandra, intentando controlar la rabia.
Sabía que las adelfas bloqueaban la visión de la mujer, pero no habían crecido de un día para otro. Era evidente que aquel seto representaba un problema de seguridad desde hacía tiempo. La mujer se la quedó mirando.
—Cuando te vi venir, era demasiado tarde. Intenté apartarme de tu camino.
Sandra se entristeció al contemplar la rueda deformada de su preciosa moto. Le entró un escalofrío cuando pensó en lo que podía haberle pasado a ella si Dee no la hubiera entrenado.
—¿Te encuentras bien?
Sandra se puso la cazadora rota, a pesar de que hacía calor.
—¿Dónde quieres que llevemos la moto? —escuchó.
Sandra se volvió y vio a un tipo alto y flaco con un bloc en la mano. Llevaba una camisa verdosa con una etiqueta que rezaba «Gruas Feltz». Vaciló un momento, sin saber muy bien adonde enviar la moto a reparar.
—Conozco a un tipo que tiene un taller de reparaciones cerca de aquí. Arregla muy bien las motos —propuso la mujer.
—¿Vas a comisión? Te da un porcentaje por cada uno que atropellas y le envías? —
masculló Sandra, lamentando enseguida aquel arranque de rabia infantil.
La voz de la mujer se cargó de exasperación y su mirada se clavó otra vez en Sandra.
—Solo intento ayudar. Ya te he dicho que lo siento mucho —dijo, señalando los restos del atropello con la mano.
—Sintiéndolo no me arreglarás la moto —contestó Sandra. Se volvió hacia el conductor de la grúa y preguntó—¿Hay algún concesionario de Honda en la ciudad?
El hombre se quitó una ajada gorra de baloncesto con el nombre de los Spurs y se rascó la calva.
—No entiendo mucho de motos. Pero puedo llamar a la empresa y consultarlo.
Sandra, disgustada ante la idea de tener que dedicar la siguiente hora a aquel asunto, pensó que aquello también sería demasiado complicado.
—¿De verdad es buen mecánico tu amigo? —preguntó a la mujer, mientras miraba el
restaurante.
—El mejor de la ciudad —le aseguró ella.
—¿Dónde tiene el taller?
La mujer tomó una agenda del coche e indicó la dirección al conductor de la grúa. Sandra apuntó también la dirección y el teléfono del Taller de Reparaciones Bill en el bloc y se volvió hacia el conductor.
—Dígales que pasare más tarde para rellenar los papeles.
El hombre quiso protestar, pero Sandra le lanzó su más implacable mirada de ejecutiva. El se encogió de hombros, le dio el bloc y los papeles que tenía que firmar y se puso a la tarea. Sandra sintió un escalofrío cuando el conductor de la grúa enganchó el coche y levantó la parte delantera del vehículo para retirar la moto. Los dos policías y un transeúnte lo ayudaron a cargarla en la parte trasera de la camioneta. El hombre volvió a bajar el coche, lo desenganchó de la grúa y se marchó. Aparte de una pequeña abolladura en la parte baja de la puerta, no parecía que el vehículo hubiera sufrido ningún daño.
Para consternación de Sandra, los policías ordenaron a la mujer que volviera a meter el coche en el aparcamiento. Ahora tendría que salir marcha atrás para incorporarse a la circulación.
—Seguro que atropella a otro —masculló Sandra para sus adentros, mientras se encaminaba al restaurante.
—¿Quieres que te lleve a algún sitio? —le gritó la mujer.
—Iba a aquel restaurante para hablar con la propietaria —dijo Sandra sin reducir el paso.
—¿Para qué?
Sandra se detuvo y se volvió hacia la mujer, asombrada de su descaro.
—Lo siento —balbuceó la mujer, al darse cuenta de la sorpresa de Sandra—. La
propietaria soy yo — le explicó apagando el motor y saliendo del coche—. Me llamo Cory Gallager — dijo tendiéndole la mano.
Sandra no pudo evitar fijarse en sus dedos largos y finos, al mismo tiempo que tomaba conciencia de aquellas palabras y su significado. En parte, había albergado esperanzas de que la propietaria del restaurante fuera su madre.
—Me llamo Sandra —dijo, intentando ocultar su decepción.
—¿Por qué venias a verme? —le preguntó Cory.
Sandra vaciló. De repente le pareció ridículo decir: «He venido a preguntarte por qué tu restaurante se llama así». Pero daba igual. Era imposible que aquella mujer fuera su madre. Sandra observó el cartel del restaurante. Había tenido el presentimiento de que allí encontraría alguna respuesta, y su intuición pocas veces se equivocaba. Volvió a mirar los verdes ojos de la mujer. ¿Podría ser ella el imán que la había atraído hasta aquel lugar?
—¿Te envían de la agencia de trabajo temporal por lo esto de lavaplatos? —preguntó
Cory, mirando con atención la ropa de Sandra. Sandra reprimió una risa—. Es solo media jornada. Una de mis empleadas está de baja. Así que el contrato será solo de seis semanas.
—Muy bien.
Sandra miró a su alrededor para ver si era realmente ella la que había hablado o había sido otra persona. Durante un breve instante, sintió dudas sobre su decisión. ¿La movía la curiosidad por el restaurante o por la propietaria? Cory seguía mirándola atentamente.
—Ya te habrán dicho que se cobra el sueldo mínimo y que es jornada partida.
Sandra hizo un pequeño cálculo mental e intentó reprimir su sonrisa. Su empresa se gastaba más en lápices cada mes.
—Ningún problema —dijo.
Cory parecía vacilante.
—¿Tienes experiencia o referencias?
—¿Para lavar platos? —preguntó Sandra, perpleja—. ¿Cuánta experiencia se necesita?
Una sonrisita traviesa asomó a la cara de Cory.
—Te espero mañana por la mañana a las diez. Servimos desayunos, pero a la hora de la comida viene mucha gente.
—Allí estaré —le aseguró Sandra.
Sandra se puso a pensar en que podía hacer a continuación. No tenía ni idea de donde quedaba el Taller de Reparaciones Bill. Lo más probable era que estuviera demasiado lejos para llegar a pie. Se arrepintió de no haber querido ir con la grúa.
—Puedo llevarte en coche al taller de Bill.
Sandra quiso protestar, pero miró los verdes ojos de Cory y se contuvo.
—¿Vives por aquí? —le preguntó Cory cuando se incorporaban a la circulación.
—No —contestó Sandra sin pensar.
—Ah, ¿y dónde vives, entonces?
Sandra le indicó la única dirección que conocía en la ciudad: la del apartamento en el que había vivido su madre. Cory se mordió el labio.
—No quiero ser indiscreta, pero ¿cómo vas a venir a trabajar? Tienes que cruzar toda la ciudad.
—Tengo la moto asegurada —contestó Sandra, revolviéndose incómoda—. Me darán un coche de alquiler hasta que esté reparada.
Cory asintió, pero siguió frunciendo ceño. Continuaron el viaje en silencio, hasta que
dejaron el coche en el pequeño aparcamiento del taller de Bill unos minutos después.
—Sandra —empezó a decir Cory, que acto seguido calló.
Parecía querer decir algo, pero se limitó a menear la cabeza. Abrió la guantera del coche y sacó una tarjeta de visita.
—Este es el teléfono del restaurante.
Tomó del parasol un bolígrafo y garabateó otro número en el reverso de la tarjeta.
—Y este es el de mi casa. Llámame si resulta que pasa algo o si tienes problemas para alquilar el coche y no puedes venir mañana. —Titubeó un momento y continuo—: Sandra, siento mucho haber arrollado tu moto. Me alegro muchísimo de que no hayas resultado herida.
—Gracias —Sandra tomó la tarjeta y salió del coche—. Nos vemos mañana por la
mañana.
Durante un momento volvieron a mirarse a los ojos, y Sandra sintió que la recorría un cálido escalofrío.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 12

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:40 pm

Después de arreglar los tramites con el mecánico y la compañía de seguros y alquilar un coche, Sandra se fue a un bonito motel situado cerca del restaurante. El recepcionista se quedó boquiabierto cuando Sandra le dijo que quería la habitación para seis semanas. Si la investigación del restaurante no daba resultados, siempre podría marcharse antes.
Tras instalarse en la habitación, Sandra llamó a Laura. Tardó unos minutos en convencerla de que no se había daño, pero terminaron riendo juntas de su primer día de viaje y del magnífico trabajo que había conseguido.
Más tarde, Sandra llamó a Allison y puso en marcha su plan de venganza por el atropello de la moto. Sabía a quién tenía que recurrir en San Antonio para que se tomaran medidas.
A las seis se fue con el coche al Peepers, a cenar y comprobar si sus represalias habían surtido efecto. Sonrió cordialmente a la brigada de jardineros municipales que se afanaban en talar la larga hilera de adelfas. Entrar en el restaurante era como irrumpir de un salto en la década de 1950.
—¿Barra o mesa? —le preguntó la camarera.
—Mesa —contestó Sandra, mientras Buddy Holly empezaba a entonar su amor por Peggy Sue.
La camarera era una chica vivaz y parlanchina, que no paró de hablar mientras acompañaba a Sandra hasta una mesa situada cerca del fondo. Colocó un vaso de agua y los cubiertos delante de Sandra y se dio la vuelta para marcharse.
—¿De donde viene el nombre del restaurante? —preguntó Sandra, intentando que no se notara el nerviosismo en su voz.
La chica se paró y consideró la pregunta durante un momento.
—Pues no lo sé, la verdad. Creo que nadie me lo había preguntado nunca. Si quieres, se lo consulto a la jefa— propuso alegremente.
—¡No! —contestó enseguida Sandra—. No tiene importancia. Era solo curiosidad.
Después de asegurar a Sandra que enseguida alguien vendría a anotar el pedido, la chica corrió a atender a los siguientes clientes.
Cuando llegó la otra camarera para preguntar qué tomaría, Sandra se dio cuenta de que estaba hambrienta. A pesar de la decoración años cincuenta, el restaurante no servía solamente hamburguesas, sino que ofrecía también un interesante repertorio de entrantes. Sandra se sorprendió aún más al ver la excelente carta de vinos. Pidió pollo al horno con arroz salvaje y una copa de chardonnay.
Sandra observó la actividad que la rodeaba mientras tomaba un traguito de vino y esperaba a que le trajeran la comida. El restaurante estaba muy lleno. Se había equivocado al pensar que la ubicación era mala. Disfrutando de la música, se recostó contra el respaldo del asiento y contempló la decoración de baldosas blancas y negras y los relucientes adornos cromados del local. En la pared del fondo había un gran aparador de cristal. Sandra vio que contenía varios trofeos, una
falda acampanada con un caniche bordado como las que se llevaban en los cincuenta, un par de zapatos de la misma época y una foto grande de Elvis.
A lo largo de la pared delantera del local se extendía una larga barra. Unos cuantos
clientes se habían sentado en los taburetes de vinilo rojo y patas cromadas que había frente a la barra. Sandra se arrepintió de no haber mirado si carta incluía batidos. El restaurante era de la clase de locales que le gustaban a su padre. De vez en cuando, cuando ahorraba unos dólares, le gustaba invitarla a comer fuera.
La llegada de la cena interrumpió sus cavilaciones sobre la decoración del establecimiento. Sandra comió con lentitud, saboreando cada bocado. Laura estaría contenta de saber que se lo estaba tomando con calma y disfrutaba de la comida. El pollo y el vino eran excelentes. Sandra no recordaba haber comido mejor en ninguno de los restaurantes importantes de Dallas.
Pagó la cuenta y añadió una propina generosa por el magnífico servicio. Cuando se estaba levantando para marcharse tropezó con alguien. Se volvió para disculparse y se encontró mirando otra vez aquellos ojos verdísimos.
—¿Es nuestro destino o es que las dos somos propensas a los accidentes? —bromeó Sandra, incapaz de apartar la mirada.
Cory desvió los ojos y se fijó en la considerable propina que continuaba sobre la mesa. Sandra la vio fruncir otra vez el ceño. «Ahora se preguntará como puede ser que una lavaplatos que hasta hoy estaba en paro deje una propina como esta», masculló Sandra para sus adentros.
—No creo en el destino —repuso Cory, observando el elegante traje de chaqueta de Sandra. Se hizo un incómodo silencio.
—Hasta mañana —dijo Sandra, antes de salir, a toda prisa.
Sandra, vestida con unos pantalones de pinzas negros de raya bien planchada y una blusa de seda blanca, llegó al restaurante diez minutos antes de la hora. Cory estaba sentada a una mesa con otras cuatro mujeres. Levantó la vista cuando entró Sandra, y volvió a repasar su atuendo con la mirada antes de hacerle un gesto para que se sentara con ellas. Se puso de pie cuando se acercó Sandra
—Chicas, esta es Sandra… —dijo, e interrumpió la frase—. Lo siento, no recuerdo tu
apellido.
Sandra titubeó. ¿Quizá alguna de ellas lo reconocería? «No seas tonta —se dijo—.
Tampoco tienes un nombre tan aristocrático.»
—Tate —respondió.
—¿Tate? —El entrecejo de Cory se arrugó levemente.
Sandra contuvo el aliento mientras Cory la miraba con atención. Al cabo de un momento, Cory movió levemente la cabeza y se volvió hacia el grupo.
—Sandra sustituirá a Pat durante la baja. Sandra, te presento a Louise, la jefa de comedor.
Sandra estrechó la mano de la joven parlanchina que la había atendido la noche anterior.
—Anna y Ginny son dos de nuestras camareras. A las otras dos las conocerás esta noche —explicó Cory.
«Es lesbiana», pensó Sandra mientras estrechaba la mano de Anna, una mujer bajita, de pelo rizado y castaño y eterna expresión adusta. Ginny era una morena alta y desgarbada. Llevaba unas gafas de pasta bastante grandes que le daban aspecto de intelectual.
—Bienvenida a bordo —dijo Ginny, estrechando lánguidamente la mano de Sandra.
— Ginny estuvo en la Marina —explicó Anna—. Tiene su propio vocabulario.
Todas se echaron a reír. Cory se volvió hacia la otra mujer que estaba con ellas.
—Esta es María, una de nuestras cocineras.
Sandra calculó que María debía de tener cincuenta y tantos años. Llevaba el pelo canoso peinado con raya al lado, en un estilo muy parecido al que usaba el padre de Sandra.
—Encantada de conocerte, Sandra —dijo María con una voz suave y tenida de un levísimo acento.
«Todas son lesbianas», pensó Sandra de repente. Estaba claro que Cory llevaba su restaurante en plan familiar. En ese momento se abrió la puerta de entrada y apareció un señor.
—Y ese —Ginny hizo una mueca— es un cliente.
—Venga, toca trabajar —dijo Cory, con una amplia sonrisa, que dejó a Sandra sin aliento. Cory tomó una taza de café que había sobre la mesa—. Acompáñame, Sandra. Te enseñaré donde está todo. —Volvió a recorrer de arriba abajo con la mirada el atuendo de Sandra—. Tendría que haberte avisado de que te pusieras algo más informal.
Sandra bajó la vista y miró su ropa. Pensó que iba bastante informal. Al fin y al cabo, todas las otras llevaban también pantalones anchos y camisa.
—Es por aquí —le indicó Cory, haciendo pasar a Sandra a la cocina—. Tenemos un sistema de lavado antiguo, pero como aún funciona bien, no vale la pena cambiarlo. Básicamente, lo que tienes que hacer es tirar las sobras a este cubo, pasar los platos bajo el chorro de aquí y colocarlos en estas bandejas. —Pasó junto a un reluciente mostrador metálico que tenía una curiosa hendidura circular en el centro, como un fregadero—. Cuando tengas una bandeja llena, la metes en esta abertura. Los platos limpios salen por aquí, y tú los recoges y los dejas en aquellos estantes para que puedan llevárselos María y Wilma, la otra cocinera —Se volvió a mirar a Sandra—. ¿Alguna duda?
Sandra negó la cabeza y sonrió con suficiencia. Dirigía una gran empresa de construcción desde hacía varios años. Lavar unos cuantos platos no será una carga excesiva para sus neuronas.
—Creo que me las arreglaré —contestó.
Cory no parecía muy convencida.
—Aquí tienes un mandil —Tomo un gran delantal de plástico que estaba colgado de un gancho y se lo pasó a Sandra—. Tendrás que trabajar deprisa. A la hora de la comida viene mucha gente.
En ese momento apareció una mujer negra y corpulenta en la puerta del fondo de la cocina, la que daba directamente a la calle.
—Esta es Wilma, nuestra segunda cocinera —explicó Cory—. Cuando la cosa se calme, te la presentaré y te presentaré también a las otras camareras. Ahora tengo que volver al comedor, pero pasaré de vez en cuando a ver cómo te va. Si necesitas algo, díselo a una de las camareras. Ellas saben dónde encontrarme.
Por primera vez, Sandra sintió un acceso de pánico. ¡Había dos cocineras! ¿Y cuantas camareras más?, ¿Cuánta gente iba a comer a ese sitio? Cory se quedó un momento al lado de Sandra mientras esta se colocaba el delantal. Era tan grande que la envolvía por completo, pero se lo ató bien a la cintura. Cory seguía observando con suspicacia la ropa de Sandra.
—Me parece que en el coche tengo una camiseta vieja de tu talla. Te la traeré por si quieres cambiarte. La blusa se te pondrá hecha un asco.
Sandra sintió un súbito arrebato de rabia. Había atravesado terrenos en obras y alcantarillas municipales vestida con traje de chaqueta y tacones. No le pasaría nada por lavar algunos platos. Además, estaba totalmente envuelta en aquel delantal gigantesco. No tenía ninguna necesidad de cambiarse de ropa.
—Da igual, gracias. No hace falta.
Cuarenta minutos después, Sandra estaba rodeada de pilas de platos sucios y calada hasta los huesos. De hecho, en un radio de dos metros alrededor, todo estaba empapado. Daba igual los platos que lavara: de repente había cien más ocupando su sitio. La zona de trabajo se había convertido en una selva de vapor, agua y platos sucios. Anna, una de las camareras, entró en la cocina, echó una ojeada a Sandra y se echó a reír a carcajadas. Mientras volvía a salir a toda prisa con varias jarras de té recién hecho, Anna se volvió por encima del hombro y gritó en dirección a Sandra.
—Tendrías que ir avanzando. Aún no hemos entrado en la hora punta.
Unos segundos después, Cory irrumpió en la cocina con cara de agobio.
—Anna me ha dicho que tenías problemas. ¿Quieres que me quede un rato ayudándote?
Sondra se ofendió.
—No hace falta. Voy bien.
Cory miró las pilas de platos sucios.
—Entonces no te pares. Vas retrasada —dijo, y se marchó.
A Sandra le entraron ganas de quitarse el delantal y estrangular a Cory con él, pero el orgullo la obligó terminar lo que había empezado. Tomó aliento y miró el desastre que la rodeaba. Era ridículo: tenía que contar aquel caos. Lo que necesitaba era un sistema. Era una simple cuestión de organización y gestión de proyectos. Puso la bandeja de platos limpios a su izquierda, colocó los platos sucios en otro montón más cercano y, de un empujón, dejó el cubo de basura a su derecha. Su cuerpo tardó unos minutos en adaptarse a los nuevos movimientos de la tarea, pero, poco a poco, la repetición fue adquiriendo un ritmo y Sandra empezó a recuperar el tiempo perdido. Cuando Ginny entró en la cocina cargada con lo que, según aseguró, eran los últimos platos sucios, Sandra solo llevaba cuatro bandejas de retraso.
Cory llegó cuando Sandra estaba sacando la última bandeja del esterilizador. Se la quedó mirando boquiabierta.
—Estoy impresionada —dijo, ladeando la cabeza en señal de aprobación—. Me temía que iba a tener que contratar una excavadora para que te sacara de entre los montones de platos.
Su sonrisa fue como un rayo de sol para el corazón de Sandra. Extraordinariamente
complacida por el elogio de Cory, Sandra no pudo evitar sonreír al quitarse el delantal.
—En mi vida había notado tanto cansancio físico —reconoció cuando se daba la vuelta para colgar el delantal de la pared.
Cory soltó un gruñido. Sandra siguió su mirada y descubrió con sorpresa que estaba hecha una sopa. Las mangas de la camisa, que se había arremangado por encima del codo, formaban un calidoscopio de colores, del rojo del ketchup al verde del brécol.
—No me pagas para que enseñe el menú en la ropa, ¿verdad? —bromeó Sandra.
Cory le lanzó una vaga y rápida sonrisa. El tono grave de su risa hizo que Sandra se olvidara de todos los esfuerzos derrochados en las últimas dos horas y media. A las cuatro, cuando volvió al restaurante para empezar la segunda mitad de la jornada, Sandra llevaba una camiseta de baloncesto y unos vaqueros desgastados. Una rápida visita a una cadena de ropa barata le había permitido equiparse con un nuevo guardarropa laboral compuesto íntegramente por vaqueros y camisetas. Además se había dado el lujo de comprarse un par de zapatillas de deporte con gruesas suelas de goma.
Cory sonrió e hizo un gesto de aprobación al verla entrar en la cocina. Sandra volvió a sentirse presa de un arrobamiento poco habitual. El resto de la jornada fue mucho más sencillo, gracias en parte al nuevo sistema ideado por Sandra pero también al cálido recuerdo de la sonrisa de Cory.
Cuando se hubieron marchado los clientes de la hora de la cena, todo el personal se sentó a la mesa a charlar mientras las camareras contaban las propinas. Sandra estaba tan agotada que se sentía aturdida. De pronto apareció Cory con una bandeja cargada de cervezas.
—¿Quieres vaso, Sandra? —preguntó, dejando la bandeja sobre la mesa.
—Si hay que lavarlo, no —logró articular Sandra.
Todas menos Anna, que no apartaba la vista de Sandra, se echaron a reír y tomaron una cerveza. Cory se acomodó en la silla contigua a la de Sandra. Su pierna la rozó levemente, haciendo que Sandra notara un escalofrío de electricidad por todo su cuerpo. Sandra intentó seguir la conversación pero, entre el cansancio y la confusión que le causaba la proximidad de Cory, le resultaba demasiado difícil. Solo pensaba echarse a dormir. Captó una mirada de soslayo de Cory pero procuró que la imaginación no se le desbocara. En cuanto se terminaron las bebidas, todas, menos Anna, se levantaron para marcharse. Agradecida de poder escapar, Sandra se puso de pie también.
—Espera, Sandra —dijo Cory—. Casi se me olvida. Tenemos que arreglar los papeles. Tendría que habértelo dicho ayer. Será cosa de un minuto. ¿No te importa firmarlos ahora?
—No me importa. De acuerdo.
Sandra procuró ocultar su decepción al dejarse caer otra vez en la silla. Cory se fue al despacho, que estaba al fondo del local.
—¿Está muy mal la moto? —pregunto Anna.
—He llamado al taller este mediodía. Tienen que cambiar la rueda delantera y reparar alguna cosa más. Bill dice que puede tenerla lista a finales de la semana próxima, si encuentra todos los recambios.
—Es bonita. La vi cuando se la llevaba la grúa
Anna se recostó contra el asiento y extendió los brazos por encima del respaldo. La camiseta se le tensó sobre los pechos, pero Sandra estaba demasiado cansada para disfrutar del panorama.
—Gracias.
—Cuando te la arreglen, podrías llevarme de paseo. O si te apetece, aunque todavía no la tengas, también podemos quedar un día.
Sandra levantó la vista, sorprendida por la descarada insinuación. Anna sonreía y le guiñaba un ojo. El regreso de Cory le evitó tener que dar una respuesta.
—Te espero en el coche —dijo Anna a Cory, saliendo del local.
—Muy bien, corazón. Enseguida estoy.
«Cory y Anna son novias», se dijo Sandra, con una súbita punzada de decepción. Sintió un deseo casi irreprimible de contarle a Cory el intento de ligue de Anna. «¡Muy bonito por tu parte!», se reprendió a sí misma.
Sandra, sentada, contempló los papeles que tenía que firmar. Tendría que mentir al indicar la experiencia laboral y los estudios. Pero daba igual: lo peor que le podía pasar era que la despidieran. Tomó el bolígrafo y empezó a rellenar las casillas. Dio los nombres de algunos restaurantes de Dallas como referencia, confiando en que Cory no tratara de comprobar los datos.
—Por ley, tengo que pedirte dos documentos de identidad —le dijo Cory.
A Sandra le dio un enorme vuelco el corazón. ¡Que difícil era mentir! ¿Que pasaría si resultaba que Cory conocía Dallas y se daba cuenta de que la dirección del carné de conducir correspondía a uno de los barrios más lujosos de la ciudad? ¿Cómo le explicaría el hecho de vivir en esa zona? Cory la echaría, seguro. En parte, Sandra disfrutaba de haberse convertido en una lavaplatos desconocida. De momento no estaba dispuesta a abandonar su anonimato, así que decidió contestar con evasivas o mentir.
—Tengo el billetero en el coche. Normalmente, como voy en moto, lo llevo todo encima, y ahora que uso coche me despisto un poco.
Se avergonzó de su rastrero intento de hacer sentir mal a Cory para que se olvidara de los carnes. Y la visión de Cory parpadeando con un fugaz gesto de culpabilidad le provocó todavía mas vergüenza.
—Bueno, tráelos mañana —propuso Cory.
Sandra se puso a mirar atentamente el formulario para disimular su incomodidad. En la casilla para el numero de carné de conducir, hizo constar su número real.
—¿Te han dicho si la moto está muy perjudicada? —preguntó Cory—. No sabes lo mal que me sabe todo esto.
Realmente, parecía apenada. Cuando terminaron rellenar los papeles, Sandra le contó lo que le había dicho Bill.
—Por lo menos, el Ayuntamiento se ha decidido a cortar las dichosas adelfas. Llevaba siglos intentando que me hicieran caso —dijo Cory, tomando los papeles de manos de Sandra y leyéndolos con atención—. Tate… — dijo frunciendo el ceño y mirando otra vez a Sandra antes ladear la cabeza con preocupación.
—¿Hay algún problema? —preguntó Sandra, con el alma en vilo. «No se mentir», se dijo.
—No, no parece que haya ninguno. Pero tengo una extraña sensación, como si te conociera… —Miró a Sandra y movió la cabeza pensativa—. El trabajo es solo para seis semanas —añadió en voz baja.
Sandra se preguntó si Cory lo había dicho para ella o para sí misma.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 13

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:41 pm

El tiempo se le pasaba muy deprisa. Sandra llevaba ya tres semanas en San Antonio. Normalmente, terminaba tan agotada después del trabajo que se iba directa al motel y se acostaba. Intentaba que no se desbordaran sus sentimientos por Cory, y dedicaba el tiempo libre a la búsqueda de su madre. Por milagro, el número de teléfono que mencionaba su madre en la carta seguía siendo válido, aunque en la empresa ya no trabajaba nadie que recordara a Jessica Tate y los contratos de esa época llevaban mucho tiempo archivados. La secretaria con la que habló Sandra se mostró comprensiva, pero le explicó que, aunque disponían de los documentos, no podía desvelar ningún dato privado.
Sandra se pasó horas en la biblioteca repasando viejas guías de calles y de teléfonos, y descubrió que en Westhaven vivía alguien llamado J. Tate. Tras acudir a esa dirección y descubrir que correspondía a un aparcamiento, comprendió que sus habilidades como investigadora habían llegado a un límite.
Se propuso contratar a un detective privado tan pronto como volviera a Dallas. Sandra colgó el delantal y tomó el casco. Era domingo por la noche y tenía libres los dos días siguientes. Había ido a buscar la moto al taller el día anterior. La reparación había tardado mucho más de lo previsto porque habían tenido algún problema para encontrar los recambios. Cory no había mentido respecto a Bill: la moto estaba como nueva.
Sandra tenía ganas de ir en moto hasta la costa. Quería pasar unas horas tomando el sol y descasando. Había habido muchos clientes a la hora de la cena, y le había costado más de lo habitual terminar la limpieza. Cuando se disponía a salir del local, Sandra vio a Cory sentada sola en una mesa, totalmente absorta en lo que estaba mirando. Al acercarse, Sandra vio que eran unos planos y notó un conocido subidón de adrenalina.
—¿Te estás haciendo una casa o quieres ampliar el local?
Cory dobló otra vez los planos y la miró, azorada.
—No, no… —balbuceó.
Sandra estaba contenta por la perspectiva de dos días de asueto y le entraron ganas de bromear con Cory.
—Anda, cuéntame. ¿Qué es eso que mirabas tan absorta?
—En realidad, nada. Una ilusión estúpida.
Cory recogió los planos y los guardó en una carpeta que había en un extremo de la mesa. Sandra dejó de bromear.
—Las ilusiones nunca son estúpidas. ¿Que sería del mundo si no nos ilusionáramos?
Cory la miró a los ojos durante un largo momento, antes de encogerse de hombros y contemplar otra vez la carpeta con los planos.
—Son de una casa que pensaba comprar y reformar. Cuando yo era pequeña, mis padres pasaban junto a ella cuando nos llevaban en coche a la playa. Cada vez que la veíamos, mi padre nos decía que a ellos les haría mucha ilusión comprarla. Evidentemente, con su sueldo, el gasto estaba por encima de sus posibilidades. Trabajaba en una base aérea y todo se le iba en alimentarnos y vestirnos. Éramos cinco hermanos —explicó Cory.
Sandra asintió con la cabeza, sin atreverse a hacer nada que interrumpiera el relato de Cory.
—En cualquier caso, nos pasábamos todo el viaje hasta la playa planeando los cambios que haríamos en la casa y en el jardín. —Se echó a reír—. El único cambio que quería hacer mi madre era plantar un manzano en el jardín delantero —Se interrumpió y se encogió de hombros—. Mis padres ya han muerto, pero su ilusión es ahora la mía.
—Es una ilusión estupenda —repuso Sandra—. ¿Me dejas ver los planos?
Cory, después de cierta vacilación, desplegó los planos y colocó el salero y el pimentero en las esquinas para mantenerlos abiertos. Cuando Cory apartó la carpeta para verlos mejor, se desprendió una fotografía. Sandra la recogió del suelo.
—Así es como está ahora la casa —le explicó Cory, casi disculpándose—. Los cimientos son sólidos. Solo necesita unos pequeños cuidados.
—¡Caray! ¡Es una casa del XIX de estilo victoriano italianizante!—exclamó Sandra, impresionada por la bella aunque algo deteriorada construcción.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Cory, asombrada.
—La arquitectura es uno de mis hobbies.
Cory asintió.
—Me enamoré de esta casa la primera vez que la vi. La construyó un rico ganadero en 1853. Esta al sur de la ciudad, a unos cuarenta kilómetros, y la rodean doce hectáreas de maravillosos jardines. Claro que necesitan bastantes cuidados.
—¿Y de quién es?
—Durante mucho tiempo fue de Alexander Hall, banquero. Murió hace seis años y la heredó su hijo. El hijo la conservó pero dejó de ocuparse del mantenimiento como puedes ver. Hace unos dos años la puso en venta.
—¿Le has hecho alguna oferta?
Cory negó con la cabeza.
—No. Está por encima de mis posibilidades. Como te he dicho, no es más que una ilusión.
Al ver la tristeza que embargaba la mirada de Cory, Sandra experimentó un fuerte deseo de protegerla. Esforzándose por no pensar en ello, se puso a mirar los planos.
—¿Estos son los cambios que quieres hacer?
—Sí. Quiero recuperar su aspecto original.
Sandra se sumergió en aquel mundo que tanto le gustaba.
—Tu intento de mantener la integridad de la casa es bueno, pero si quieres conservar realmente las características originales, tendrás que quitar estas ventanas saledizas. Seguro que no estaban en el proyecto inicial.
Tomó un lápiz y empezó a esbozar sus propuestas en el dorso de la carpeta. Cuando acabó, había dibujado un croquis de la fachada de la casa y Cory la estaba mirando sorprendida.
—¿Quién eres? —inquirió Cory.
Sandra apartó el lápiz, dándose cuenta de que había llegado demasiado lejos.
—¿Qué importancia tiene?
—No eres quien dices ser. Y normalmente eso se hace cuando se tiene algo que esconder.
—Todo el mundo tiene algo que esconder.
—¿Estas huyendo de la justicia?
—No. Afortunadamente, porque si fuera una fugitiva, el día que nos conocimos habría terminado en el talego —dijo Sandra.
Intentó que la frase sonara graciosa, pero Cory hizo una mueca.
—¿Y por qué estas lavando platos por el sueldo mínimo? Es evidente que tienes dinero.
—¿Por qué es tan evidente? Podría estar empeñada hasta las cejas.
Cory movió la cabeza negativamente.
—Ni te inmutaste cuando se te puso perdida una blusa de seda de cien dólares. Y estoy segura de que tu moto es más cara que mi coche. No has hecho efectivo ninguno de los cheques con los que te he pagado cada semana. Y aún no me has traído ningún documento de identidad.
Sandra suspiró y empezó a toquetear una esquina de la carpeta.
—No voy a suponer un peligro para nadie, y me voy a ir dentro de tres semanas. ¿No podemos dejar las cosas como están?
—¿Realmente te llamas Sandra Tate?
Sandra titubeó antes de contestar:
—Si
Cory la miró fijamente.
—Me parece que todavía me ocultas algo. Ya sabes que es ilegal falsificar datos en un contrato de trabajo.
—Te doy mi palabra. Me llamo Sandra Tate, y no he venido para hacerle daño a nadie.
Cory frunció el ceño.
—Me caes bien, Sandra. Y eres muy trabajadora, pero tengo responsabilidades para conmigo misma, el establecimiento y las mujeres que trabajan aquí.
—No te defraudaré —le prometió Sandra.
Por algún motivo, deseaba conservar aquel trabajo. Aquella sencillez le aportaba algo que necesitaba. No habría sabido explicar que era. Solo sabía que deseaba que las cosas siguieran siendo de ese modo durante un poco más de tiempo. Al cabo de tres semanas regresaría de Dallas y tomaría otra vez las riendas de Tate Enterprises, pero de momento quería seguir siendo Sandra Tate, la lavaplatos.
Cory la miró intensamente a los ojos, como si quisiera leerle el pensamiento. Sandra, sentada a pocos centímetros de la otra mujer, sintió que en el centro de su ser nacía y se extendía un cálido bienestar. Su mano, como si tuviera voluntad propia, se elevó y se posó suavemente en la mejilla de Cory. Al ver que Cory no se apartaba, se acercó a su cara y la besó con delicadeza.
—No te voy a defraudar —volvió a prometer— Y no quiero hacer nada que te cause daño.
Vio como los ojos de Cory se llenaban de lagrimas
—Ya lo has hecho —susurró Cory, recogiendo a toda prisa los planos y la carpeta—. Por favor, vete. Tengo que cerrar esto y volver a casa.
Cory se puso de pie y se volvió de espaldas a Sandra. Sandra recordó que Anna y Cory siempre volvían en coche juntas.
—¿Sois novias Anna y tú?
Cory cambió levemente la posición de los hombros, enderezándose.
—Anna vive a una manzana de mi casa. Tiene dos críos y problemas para llegar a fin de mes. Vuelve conmigo porque tener coche le sale demasiado caro —explicó Cory, haciendo ruido con la nariz.
— ¿Hay alguna otra persona?
— No.
—Entonces, ¿por qué dices que te he hecho daño?
—No has sido sincera con nosotras, y te has aprovechado de la confianza de todas las personas que trabajan aquí.
—No pretendía hacer daño a nadie.
—¿Que pretendías, pues?
Sandra se acordó de que Laura le había aconsejado ser espontanea.
—Estoy buscando a mi madre. Se fue cuando yo era muy pequeña, y me he enterado de que vivió y trabajó en Antonio durante un tiempo. Pero hasta ahora no he conseguido averiguar nada.
Cory se dio la vuelta y la miró.
—¿Y eso que tiene que ver con el hecho de ponerte a trabajar con nosotras? —Se quedó sin aliento—. ¿Trabaja aquí tu madre?
Sandra negó con la cabeza.
—Vi el nombre del local en el listín telefónico. Lo único que conservo de mi infancia es una fotografía en la que sostengo en brazos un osito de peluche. Y me acuerdo de que el osito se llamaba señor Peepers.
Cory se sentó, tomó el salero y empezó a describir círculos con él sobre la mesa mientras Sandra seguía hablando.
—La sombra de la persona que tomó la foto se ve en la base de la imagen. Creo que es mi madre.
—¿Qué edad tendría ahora tu madre? ¿Qué aspecto tiene?
Cory soltó las preguntas con rapidez, pero no apartó la mirada del salero.
—Andaría por los sesenta —dijo Sandra, sorprendida al darse cuenta de que en realidad no sabía qué edad tenía su madre—. Y no sé qué aspecto tiene. Si hubo alguna foto de ella, mi padre seguramente la tiró después del divorcio. Nunca me hablaba de ella. —Sandra pensó que parecía aliviada.
—Seguramente fue un divorcio conflictivo.
—No me acuerdo de nada.
—¿Nunca le preguntaste a él por tu madre?
Sandra negó con la cabeza.
—No. Creo que me sentía culpable. Pensaba que ella nos había abandonado por mi culpa.
—No sigues pensando eso, ¿verdad?
—No; creo que ya no. —Las lágrimas afluyeron a la garganta de Sandra. Empezó a toquetear el anillo. Cory alargó un brazo y acarició la mano de Sandra. El roce, a pesar de su suavidad, hizo que Sandra abandonara sus pensamientos y solo fuera consciente de su piel. Antes de darle tiempo a reaccionar, Cory apartó la mano.
—¿Por qué decidiste buscar a tu madre en San Antonio? —preguntó Cory.
Sandra intentó olvidar el deseo que le había despertado la caricia de Cory y centró su atención en contarle que su padre había muerto y ella había encontrado aquella carta en su billetero.
—Así que encontraste esa carta y ahora estás viviendo en la casa donde vivió tu madre. — Cory estaba visiblemente desconcertada.
—No vivo en esa casa —confesó Sandra—. Fue la única dirección que se me ocurrió darte.
Cory se pasó una mano por las mejillas.
—Claro: otra mentira.
—¿A quién le compraste el restaurante? —preguntó Sandra, pasando por alto el áspero comentario de Cory
—A Nelda Rogers. La conozco desde hace años. Trabajé en este local cuando estudiaba en la universidad. Empecé interiorismo, pero me sedujo la actividad frenética de la hostelería. Al final dejé los estudios y trabajé aquí de gerente cuando Nelda se jubiló. Un par de años después de jubilarse, decidió irse a vivir fuera de San Antonio y poner el local en venta. Yo le dije que me lo vendiera a mí, y ella decidió correr el riesgo y me lo traspasó. Tengo mucha amistad con ella y con J.J., su pareja.
Sandra asintió con la cabeza.
—Lo siento —continuó Cory—, pero no sé qué tiene que ver el local con tu madre. Nelda lo heredó de sus padres, que lo abrieron cuando ella era pequeña. Y Nelda no se ha casado nunca y no tiene hijos.
Sondra se dejó caer en una silla, derrotada. Había estado tan segura de que el local era de su madre…
Había sido una larga conjetura por su parte. Pero, aparte del nombre del establecimiento, ninguna otra cosa indicaba una vinculación entre aquel restaurante y su madre. En ese momento se dio cuenta de que Cory le estaba hablando.
—¿Qué decías? —preguntó.
—Te preguntaba que qué pensabas hacer en caso de encontrar a tu madre.
—Nada. Supongo que lo único que quería era verla.
—¿Quieres decir que no habrías tratado de decirle quien eres?
Sandra se encogió de hombros.
—Creo que no. Ha pasado mucho tiempo. Seguro que ha formado otra familia. —Sandra se puso de pie—. Hasta el miércoles.
— ¿Seguirás viniendo a trabajar?
—Si no me despides, sí.
Cory le lanzó una rápida mirada.
—¿Por qué? Has dicho que viniste porque pensabas que había alguna vinculación con tu madre. ¿Por qué vas a trabajando? Es evidente que no necesitas el dinero.
—Te dije que trabajaría aquí seis semanas, cumpliré.
—Si no quieres venir, puedo buscar a otra persona.
Sandra dijo que no con la cabeza y se marchó. Condujo rápidamente, cortando el aire como un rayo. Le pesaba la decepción de haber perdido la pista que mejor podía conducirla hacia su madre. Intentó aliviar su pena recordando el tacto de los labios de Cory sobre su boca, pero se sintió culpable al pensar en sus lágrimas. Lo había estropeado todo. Tal vez lo mejor para todos sería que se marchara.
Recorrió la ciudad en la moto hasta que el agotamiento la obligó a volver al motel. A pesar del cansancio, tardó en conciliar el sueño. Cuando empezaba a iluminarse la parte este del cielo, decidió anular la excursión a la playa; pensó que no valía la pena. Llevó algo de ropa a la lavandería y pasó el resto del día sin hacer nada, sentada en la habitación del motel y viendo la televisión. Ni siquiera una llamada de teléfono de Laura logró sacarla de su desanimo. Durante la semana siguiente, tuvo la sensación de que Cory andaba más por la cocina que antes.
Ninguna de las dos mencionó el beso ni la conversación. En algunos momentos, Sandra se preguntaba si lo habría soñado. El viernes, cuando Sandra se disponía a marcharse después de la jornada de trabajo, Cory la llamó.
—¿Puedes venir un momento a mi despacho, por favor?
Sandra la acompañó sin hacer ningún comentario y Cory cerró la puerta tras ellas.
—Ya que no conoces a nadie en San Antonio, estaba pensando que quizá te gustaría venir a cenar el lunes.
Sandra no pudo disimular su sorpresa. Miró a Cory en silencio, mientras esta ordenaba nerviosamente las cosas del escritorio.
—Vendrán unas amigas que viven en Rockport. Pensé que te gustaría conocer a más gente —dijo Cory.
—Me marcho dentro de dos semanas —contestó Sandra más para recordárselo a si misma que para recordárselo a Cory.
—Por eso me atrevo a invitarte.
Sandra siguió mirando fijamente a Cory, que seguía apartando la mirada.
—De acuerdo, entonces. ¿A qué hora paso?
—Hacia las siete.
—¿Que llevo? —preguntó Sandra. Como Cory tardaba en contestar, propuso—: Ya llevaré el vino.
—No hace falta.
—Sí, sí. ¿Qué harás de cena?
—Trae un vino que combine bien con el pescado.
Sandra asintió y se puso de pie.
—Muy bien, nos vemos el lunes.
Sandra trató de controlar su júbilo hasta que estuvo en habitación del motel. Una vez allí, encendió el televisor y se puso a bailar por la habitación. Tenía ganas de reír a carcajadas, pero se esforzó por recordar que al cabo de unos días se marchaba de la ciudad. Cory solo pretendía ser amable con ella.
Sandra pasó el lunes por la mañana de compras, en busca del atuendo adecuado para la cena. Quería algo que no pareciera exageradamente caro pero que fuera de su gusto y no encontraba nada que la convenciera. Al final se rindió y se compró una camisa de color rosa claro y una chaqueta negra de cuero. Lo combinó con unos vaqueros negros y unas botas. Entró en tres bodegas diferentes antes de encontrar el vino que quería. Pensó en ir a cortarse el pelo, pero en el último momento decidio que no, porque el casco le estropearía cualquier peinado.
Dos horas antes de la cita, ya estaba lista. Se puso a caminar arriba y abajo por la habitación del motel, que le parecía más pequeña a cada vuelta que daba. «¿Por qué me estoy comportando como una tonta? —se dijo—.Lo único que siente Cory por mí es amistad. Me ha invitado porque le doy pena.»
Incapaz de esperar más, Sandra se montó en la moto y se dispuso a acudir a la dirección que le había dado Cory. Estaba a unas pocas manzanas y llegó diez minutos antes de la hora. Dio unas cuantas vueltas por la vecindad para matar el tiempo.
Cuando por fin aparcó en la acera de Cory, vio que frente al pequeño chalet donde vivía había una gran camioneta negra de caja descubierta. Tratando de reprimir su nerviosismo, llamó al timbre. Sandra se quedó sin aliento cuando abrió la puerta Cory, vestida con un pantalón blanco recién planchado y una camiseta verde de algodón que resaltaba el color de sus ojos. Vio que Cory inspeccionaba y aprobaba con la mirada la ropa que se había puesto finalmente. Sandra le pasó la botella que traía. Cory observó que la etiqueta era de un vino caro e hizo un gesto de agradecimiento.
Miró un momento atrás por encima de su hombro y luego se acercó un paso a Sandra.
—¿Podrás hacerme un favor? —preguntó en voz baja.
—Supongo que sí.
Sandra notó que su corazón se quedaba en suspenso. Haría cualquier cosa por esa mujer.
—Antes de volver a dondequiera que vivas, ¿me dirás quien eres realmente?
—Ya te dije como me llamo.
—No. Me refiero a quien eres en realidad.
—Me llamo Sandra Tate. Soy arquitecta y vivo en Dallas. He venido a San Antonio para localizar a mi madre y descansar unos meses.
—¡Joder! —Cory se puso pálida y se estremeció. Sandra alargó la mano para
tranquilizarla—. Por eso me sonaba tanto tu apellido. Hacía poco que había leído un artículo sobre ti en el Texas Business Review.
Antes de que Sandra pudiera responder, sonó una voz.
—Cory, ¿necesitas algo?
En ese momento apareció ante su vista una mujer mayor, un poco más bajita que Sandra. Llevaba el largo pelo canoso prendido con un broche de plata. Tenía un porte regio y llevaba una larga falda acampanada y una alegre blusa de colores. Su sonrisa era cálida y contagiosa.
—¡Hola, chicas!
Cory, sobresaltada, dio un paso atrás para que Sandra entrara en la casa.
—Nelda, te presento a Sandra. —La mirada de Cory se cruzó con la de Sandra—. Nelda es la antigua propietaria de Peepers.
Sandra miró con atención a la mujer mientras Cory cerraba la puerta de la calle. «¿Que quiero encontrar?», se dijo Sandra.
—¿De dónde viene el nombre del local? —Sandra dijo palabras casi sin respirar mientras estrechaba la mano de Nelda. — Mi padre lo llamo así por una cancioncilla antigua.
Nelda cantó entusiásticamente un fragmento, pero Sandra dejó de prestarle atención. Estaba claro que el restaurante era una pista falsa.
—¿La fiesta es aquí afuera o qué?
Sandra alzó los ojos y vio a una mujer vestida con vaqueros y botas camperas esperando en el umbral. Sus penetrantes y observadores ojos azules barrieron a Sandra de arriba a abajo.
—Quería saludar a la nueva amiga de Cory antes de que se vaya asustada cuando le
empieces a contar con detalles sangrientos como tienen niños tus yeguas… —dijo Nelda a la recién llegada.
—Mis yeguas paren, no tienen niños.
—Ya lo sé, ya lo sé… —Nelda zanjó la conversación con un gesto y explicó a Sandra—: Como parece que a Cory se le ha olvidado la educación que tanto me costó darle, haré yo las presentaciones…
—Esta es J.J. Garrison —intervino de pronto Cory interrumpiendo a Nelda.
Todas se volvieron hacia ella sorprendidas. Sandra estrecho la mano de J.J.
—Encantada de conocerte. Me llamo Sandra Tat….
—Smith —cortó abruptamente Cory.
—Mujer, ¿qué te pasa? —preguntó Nelda, lanzando una mirada de perplejidad a Cory.
Sandra frunció el ceño y la miró también. ¿Por qué había mentido Cory sobre su apellido? Cory se encogió de hombros.
—No me pasa nada. Vamos a sentarnos.
Al entrar en el comedor, se detuvo de pronto
—Sandra, ¿podrías venir a ayudarme a la cocina, por favor? —preguntó.
Sandra se excusó con las demás y la acompañó a la cocina.
—¿Te pasa algo? —le preguntó cuándo cerraron tras ellas la puerta.
—No. Bueno, sí. Supongo que estoy algo nerviosa
Cory dejó la botella de vino sobre la encimera.
—¿Por qué me has cambiado el apellido?
—A Nelda le gusta mucho la arquitectura y habría reconocido tu nombre enseguida.
Habría sido un poco complicado explicarle que ahora estés trabajando para mí, ¿no te parece?
Sandra asintió, agradecida por la intervención de Cory.
— Oye —continuó Cory, moviéndose con nerviosismo—: hay otra cosa que quiero
preguntarte, pero no sé muy bien cómo hacerlo.
—Pregúntame, sin más.
—Te parecerá una pregunta extraña.
—Da igual.
— ¿Te has casado alguna vez o has cambiado de apellido por algún motivo?
—No.
—Por favor, no me mientas. ¿Tate es tu apellido oficial, el de la partida de nacimiento?
—Si —respondió Sandra, desconcertada ante la insistencia de Cory.
Cory cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Llevas encima algún documento de identidad que tenga foto?
Sandra se sintió como si la hubieran abofeteado. Sacó el billetero y le enseñó el carné de conducir a Cory.
—¿Te vale esto?
Cory lo miró atentamente y comparó la foto con la cara de Sandra antes de devolverle el documento.
— ¿Me crees ahora?
La voz de Sandra dejó traslucir la rabia que sentía.
—Sí.
—A ver, chicas. Basta ya de secretitos. Me muero de hambre —dijo Nelda, entrando de repente en la cocina— Cory, pon el pescado al horno mientras yo preparo una ensalada. Sandra, ¿sabes cocinar?
—No. A mi dejadme para fregar los platos.
Intentó mantener un tono de voz normal, pero le habían dolido las dudas de Cory. «Lo provocaste tú sola. Fuiste tú quien empezó con las mentiras», se recordó.
—¡Vaya, corazón! —exclamó Nelda—. Así que te encargas tú de los platos. ¡Qué bien me caes! Anda, ve a hacer compañía a J.J. Si no tienes muchas ganas de hablar, pregúntale algo sobre caballos o sobre joyas y ya verás cómo empieza y no para hasta varias horas después.
Sandra regresó al salón y se encontró con J.J. absorta en la contemplación de los planos que Cory había estado mirando en el restaurante.
—Es una casa preciosa, ¿verdad?
La rabia de Sandra se apaciguó un poco mientras observaba los planos de la casa. J.J. la miró por encima de sus gafas de lectura.
—A juzgar por la foto, parece que esta para que la declaren en ruina.
—En realidad no está en tan malas condiciones. Cory dice que los cimientos son sólidos. Quiere mantener el diseño original, así que no hará falta demoler ni reconstruir demasiado — explicó Sandra mientras cogía los planos y le señalaba algunos detalles.
—Yo solo veo un batiburrillo de líneas y garabatos incompresibles —dijo J.J., con una mueca que provocó la risa de Sandra—. ¿Cómo es que sabes tanto de estas cosas?
Sandra se encogió de hombros y dejó otra vez los planos en la mesa.
—He leído cosas por aquí y por allí.
J.J. se quedó contemplando el anillo de Sandra. Cuando vio que Sandra se había dado cuenta de su mirada, dijo
—Un anillo muy bonito. ¿Te lo regalaron?
—No —replicó Sandra—. Me lo compre hace unos años.
El anillo era un regalo que se había hecho a sí misma. Se lo había comprado al terminar su primer proyecto importante. Se sentó en el sofá. Como no quería que la conversación girara en torno a ella, siguió el consejo de Nelda
—Nelda me ha dicho que podía preguntarte lo que quisiera sobre caballos o sobre joyas.
—A Nelda le encantan los caballos, pero no le digas que lo he dicho.
Los ojos de J.J. resplandecieron al mencionar el nombre de Nelda. Sandra se sintió
reconfortada por el amor que reflejaba la mirada de J.J. al hablar de su compañera.
—¿Cuánto tiempo lleváis juntas? —preguntó Sandra.
—Me besó por primera vez hace treinta y cuatro años.
Sandra se quedó boquiabierta.
—¡Madre mía! Hasta ahora no estaba muy segura de que las relaciones pudieran durar tanto tiempo.
—Casi todo es posible si lo deseas lo suficiente.
—Y tú lo deseabas, me imagino —bromeó Sandra.
—Hasta el último aliento. —Se quedó un momento absorta en sus pensamientos—.
Bueno, cuéntame: ¿que hay entre tú y Cory? —preguntó al final.
—Nada —dijo Sandra, sonrojándose y rascándose la barbilla.
—Entonces, ¿por qué nos ha invitado a cenar? Solo nos invita con tan poco tiempo de anticipación cuando está pasando por una crisis seria. Y como has venido tú también, tienes que ser tú el motivo.
Sandra no se sintió ofendida por la franqueza de la otra mujer.
—Creo que le doy pena porque hace poco que estoy en San Antonio.
— ¿Dónde vivías antes?
—En todas partes. Hay muy pocas ciudades en Tejas en las que no haya vivido.
—¿Y fuera de Tejas también?
—Estuve un par de años en la Costa Este.
—Y el frio pudo contigo, ¿no? Los auténticos tejanos no soportan el frio.
Sandra se rió.
—Háblame de tus caballos.
Los ojos de J.J. resplandecieron cuando inició una larga y detallada explicación sobre los percherones que criaba y adiestraba. Sandra, contenta de ver su entusiasmo, se recostó en el sofá para escucharla.
—¿Has visto? Ya te he dicho que se pondría a hablar y no pararía —bromeó Nelda al
entrar en el salón.
—No me critiques tanto. He encontrado una interlocutora que sabe la diferencia entre belfo y pezuña.
Nelda miró a Sandra horrorizada.
—Por favor, otra amante de los caballos, ¡no!
J.J. se puso de pie y pasó el brazo por el hombro de Nelda.
—Míralo de esta manera, cariño: con Sandra por aquí, puedo dedicarme a hablar de
caballos con ella sin agobiarte a ti.
Nelda se volvió hacia Sandra.
—Corazón, ¿te gustaría que te adoptáramos? Te firmaré un contrato garantizándote mi agradecimiento hasta el fin de mis días.
—Un fin que, a menos que dejes de criticarme, no tardará en llegar —amenazó J.J. a
Nelda, dándole un cariñoso apretón en el antebrazo.
—¡Ya ves cómo me agradecen que haya venido a avisar de que la cena esta lista! —
refunfuñó Nelda.
—Perfecto. Sandra y yo nos estábamos quedando secas, sentadas aquí sin nada que beber —dijo J.J., volviendo junto a Sandra y pasándole un brazo por los hombros. Sandra vio que Nelda fruncía el ceño al mirarlas
—¿Os habíais visto antes? —preguntó, sin apartar la mirada de Sandra.
—No creo. Hace poco que estoy en San Antonio — explicó Sandra.
Nelda quiso hablar, pero se interrumpió porque las llamó Cory desde el comedor. A Sandra le gusto la casa de Cory. Había un batiburrillo muebles distintos, pero cuidadosamente seleccionados para que combinaran con pasmosa perfección. Cory habría sido ser una gran interiorista. Su casa daba la misma impresión de comodidad que la de Laura. Y Cory y Laura podrían ser buenas amigas. La idea satisfizo a Sandra.
—Siéntate donde quieras —le indicó Cory desde el aparador, donde estaba forcejeando con la botella de vino.
Sandra se le acercó.
—¿Te ayudo? —preguntó. Cory parecía nerviosa— ¿Qué te pasa? —inquirió Sandra, rozándole la mano.
—Nada. Ve a la mesa y siéntate.
Sandra hizo lo que le indicaba. La cena constaba de pescado al horno, pasta hervida con una salsa cremosa y brécol. Olía muy bien. Cuando empezaron a comer, se hizo un silencio incomodo sobre la mesa. Sandra recordó que NeIda le había dicho que podía hablar de joyas con J.J.
—Me han dicho que te interesa la joyería —dijo Sandra a J.J.
—J.J. es orfebre —dijo Cory.
—¿Estas especializada en algún tipo de joyas en particular? —preguntó Sandra.
—Puedo diseñar cualquier tipo de joya, pero lo que más me gusta son los anillos.
—J.J. vende sus joyas en todo Estados Unidos —informó Nelda con orgullo. Una vez más, Sandra fue consciente del amor que unía a aquellas dos mujeres.
—Y Nelda se dedica a hacerle propaganda —dijo Cory, inclinándose sobre la mesa y
apretando la mano de Nelda.
Sandra apartó la vista rápidamente, desconcertada por un repentino acceso de celos.
—La próxima vez que venga iré a ver tu trabajo —dijo Sandra, centrando su atención en J.J.
—De hecho, ya lo has visto —replicó Nelda.
Sandra negó con la cabeza.
—Creo que no, lo siento. No entiendo mucho de joyas.
—Lo que Nelda ha tratado de decirte, aunque sin demasiado tacto, es que el anillo que llevas lo diseñé yo—dijo J.J., lanzando a Nelda una fugaz mirada reprobatoria.
Sandra se quedó mirando boquiabierta el anillo que llevaba en el dedo.
—Lo compré hace unos años en Nueva York.
Al ver las miradas que intercambiaron las tres recordó lo caro que le había costado. Con su actual sueldo de lavaplatos, habría tardado dos años y medio en pagarlo. Cory empezó a remover nerviosamente el pescado en el plato.
—Sandra me contaba que le encanta montar a caballo —dijo J.J., rompiendo el silencio—. Cory, ya que tiene libres el lunes y el martes, y dado que tú eres la jefa y puedes tomarte un descanso siempre que quieras, ¿por qué no venís las dos el próximo lunes y os quedáis a dormir en casa? Podemos salir a cabalgar por el día y a lo mejor intentar pescar un poco por la noche. Te irá bien descansar.
Cory fue a decir algo, pero J.J. la interrumpió, mirando a Sandra y diciéndole:
—¿Te gusta pescar, Sandra?
—Nunca lo he probado —contestó.
—¡Nunca has ido a pescar! ¡No puede ser, tiene que ser culpa de alguna confabulación comunista! — exclamó Nelda.
—Pues ya está decidido —dijo J.J., dando una palmada sobre la mesa.
Sandra sonrió, pensando que aquellas mujeres le caían bien. Durante el resto de la cena, charlaron sobre lo imprebisible que era el tiempo en Tejas. Después de comer, Sandra y J.J. fregaron los platos en la cocina mientras Cory y Nelda sacaban un Scrabble y abrían otra botella de vino. El tiempo se escabulló con rapidez, demasiada para el gusto de Sandra. Postergó el momento de marcharse tanto como se lo permitió la educación.
Horas después, ya en la habitación del motel, Sandra se metió en la cama con una extraña alegría. «A lo mejor podría quedarme a vivir aquí», pensó mientras la invadía el sueño.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 14

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:41 pm

Sandra se sentía desgarrada entre deseos contrapuestos. Ansiaba que el fin de semana pasara deprisa, para que ella y Cory pudieran marcharse ya a Rockport. Al mismo tiempo, cada minutomque pasaba era uno menos para ver a Cory aunque fuera ocasionalmente. Desde el día de la cena, Cory parecía evitarla deliberadamente.
El viernes, cuando terminaba el primer turno de Sandra, Wilma, la corpulenta cocinera, llegó cabeceando con preocupación.
—¿Qué te pasa? —preguntó María, mientras removía un gran olla de sopa.
—Anna me ha dicho que Cory ha recibido una llamada del corredor de fincas. Parece que unamempresa inmobiliaria se ha interesado por la casa de sus sueños. Quieren el terreno para construir viviendas.
—O sea, que piensan demolerla —dijo tristemente Sandra. Sintió una honda sensación de perdida al recordar el bello edificio victoriano—. Cory debe de estar desolada.
—Sí —contestó Wilma con un suspiro—. Está claro que perderá la casa. Está muy desilusionada. — Movió la cabeza pensativamente—. Ojala tuviera yo el dinero. Se la compraría yo misma. Nunca he visto a nadie que ansiara algo con tanta intensidad.
Sandra colgó el delantal.
—Hasta luego. —Salió del restaurante por la puerta trasera y subió a la moto. La pérdida de aquella casa dejaría a Cory destrozada. Sandra se sentó en el sillín y encendió el motor. No quería que Cory perdiera la casa de sus sueños. Una de las cosas que más admiraba de ella era su tenacidad. Como Sandra también era empresaria, sabía lo mucho que tenía que trabajar Cory. Conocía las tensiones y preocupaciones que acompañan inevitablemente al hecho de llevar un negocio. Aquella casa tenía que ser para Cory.
Sandra consideró las opciones que tenía. Podía ofrecerle un préstamo, pero Cory nunca lo aceptaría. También podía comprar la finca y vendérsela a un precio que estuviera a su alcance, pero algo le hacía pensar que Cory no lo vería como un acto de caridad. Y finalmente, podía comprar la casa directamente. Sandra sonrió y entró otra vez en el restaurante en busca de un listín telefónico. Veinte minutos después, estaba en su habitaci6n, telefoneando a Allison para darle el nombre y el teléfono del corredor de fincas.
—No importa lo que tengas que pagar —le indicó— Toca todas las teclas necesarias. Si la negociación no avanza, pide favores a la gente que haga falta, pero cierra el trato hoy mismo, antes de que se entere la inmobiliaria interesada. Compra la finca a nombre de Lone Star Construction. No quiero que se sepa que soy yo la compradora.
—El sitio debe de ser espectacular —dijo Allison—. No estarás pensando en trasladarte a San Antonio, ¿verdad?
—No. Es una inversión.
Sandra apenas podía controlar su emoción. Le pareció que el turno de tarde duraba eternamente. La decepción de Cory había afectado a todo el personal, y la tensión llegó al limite cuando a Ginny se le cayó un bistec al suelo. El sonido de la porcelana al romperse sobresaltó a Sandra.
—Mierda —mascullo Ginny—. Maria, el plato quemaba. No los dejes tan cerca del horno.
—No seas tú tan torpe —contraatacó María—. Bastante trabajo tengo haciendo otro bistec porque no sabes sujetar un plato.
—El plato quemaba —protestó Ginny.
—¿Quieres que te compre unos guantes para esas manitas tan delicadas?
Antes de que Ginny pudiera replicar, Cory irrumpió en la puerta de la cocina.
—¿Que está pasando? —preguntó con su voz grave—. Se os oye desde la puerta de la calle. —Sin esperar respuesta, tomó dos platos del estante de los pedidos en espera—. Ginny, lleva ahora mismo estos platos al comedor.
—Esos son de Anna —protestó Ginny.
–Me da igual, como si son de la reina de Saba. ¡Sácalos ahora mismo!
Ginny, María y Sandra se quedaron mirando a Cory, sorprendidas por su acceso de rabia, y su atónito silencio pareció hacer mella en su enfado. Cory inspiró hondo y dejó los platos sobre la mesa
—Lo siento, estoy cansada. Ya los llevo yo, Ginny, ya tienes bastante con tus mesas.
Ginny dio un paso y abrazó fugazmente a Cory, mientras volvía a sus platos.
—Métete en el despacho y descansa un poco —propuso Ginny—. Ya sabes que María y yo siempremdiscutimos pero se nos pasa enseguida. Nos las arreglaremos solas ¿verdad, chicas? —Se volvió hacia María y Sandra en busca de confirmación.
—Claro que nos las arreglaremos. Ginny y estábamos agobiadas, nada más. Ya sabes que, para ella, soy la mejor cocinera del mundo —bromeó María, guiñándole el ojo a Ginny.
—Y María sabe que yo soy la mejor camarera del mundo —bromeó Ginny a su vez.
—¡Por supuesto! —exclamó Sandra, uniéndose a la broma—. Y todo el mundo sabe que yo soy la mejor lavaplatos del mundo.
Ante su comentario, las otras tres mujeres se volvieron a mirarla y se echaron a reír a carcajadas.
—Bueno, me parece que todas tenemos que volver al trabajo —dijo Cory con una
inclinación de cabeza. Sin esperar respuesta, tomó los platos de las manos de Anna y se dirigió al comedor. Ginny guiñó fugazmente el ojo a María.
—Necesito otro bistec poco hecho con una patata asada.
María colocó el bistec sobre la parrilla.
—Necesito un barril de coctel y un masaje en los pies
Anna apareció de repente en la puerta, pidiendo:
—Necesito un número siete y tres especiales.
De este modo se disipó la crisis. Sandra volvió a sus pilas de platos sucios, no sin antes elevar una pequeña plegaria al cielo para que Allison no encontrara ningún obstáculo importante en la negociación. En todos los años que llevaba como empresaria, nunca había deseado cerrar un trato tan intensamente como esa vez.
A la tarde siguiente, cuando Sandra llegó a trabajar al restaurante, el trato estaba cerrado. La escritura, que le habían enviado por mensajería urgente, descansaba en la habitación del motel. La casa y la finca le habían salido por algo más del valor de mercado, pero Sandra pensaba que cada céntimo pagado valía la pena. Las camareras y cocineras se movían de acá para allá, preparándose para el momento de la cena.
—¿Se ha muerto alguien? —preguntó Sandra a Anna, en broma.
Había tratado de evitar a Anna desde la primera noche, pero en ese momento se sentía muy contenta.
Anna no se molestó en levantar la vista de las servilletas que estaba doblando.
—Algo parecido. Hoy han comprado la casa de Cory.
—Que lastima —dijo Sandra, intentando que su voz no dejara traslucir su emoción—.
¿Cómo esta Cory?
—¿A ti que te parece? —gruñó Anna. Dejó caer un juego de cubiertos sobre una servilleta y la enrolló con furia—. ¡Es que no es justo, joder! ¡Que rabia me dan esos cabrones!
Sandra, impresionada por el resentimiento de Anna, se dispuso a entrar en el despacho.
—No quiere ver a nadie —dijo Anna bruscamente.
—Tengo que hablar con ella.
—Te he dicho que no quiere ver a nadie, y eso te incluye a ti.
Sandra sabía que la agresividad de Anna se debía a su impotencia para ayudar a Cory, pero quería hablar con ella y pensaba hacerlo.
—Será solo un minuto.
—Vete a la cocina a lavar los platos, que para eso te pagan —le ordenó Anna—. No te dejare entrar. Ya le han hecho bastante daño.
Anna se levantó de golpe de la mesa y en ese momento llegaron Ginny y Louise.
—No te estaba pidiendo permiso —replicó Sandra
La actitud de Anna estaba echando a perder toda la alegría de su triunfo. Anna dio un paso hacia Sandra, pero Louise se interpuso entre las dos.
—Basta ya. Callaos las dos. Dentro de nada empezarán a venir los clientes, y a Cory solo le faltaba una pelea —señaló las servilletas que estaba doblando Anna—. Venga, llévalas a las mesas y cálmate.
Anna salió, tomando de mala gana la bandeja con los servilletas. Ginny la acompañó para ayudarla a colocarlas. Louise se volvió hacia Sandra.
—No te enfades con Anna. Esta rabiosa porque no ha podido ayudar a Cory. Todas
estamos igual. Cory ha hecho muchas cosas por nosotras. —Inspiró hondo y movió cabeza pensativa—. Si de verdad necesitas hablar con ella, pasa, pero no empeores las cosas hablándole de la casa porque entonces entraré yo y te echaré a patadas.
Sandra la miró sorprendida. Siempre había visto a Louise como una mosquita muerta. «Me equivocaba», se dijo. En ese momento se abrió la puerta de la calle y entraron los cinco miembros de una familia.
—Todas a trabajar —dijo Louise con su habitual sonrisa.
Sandra, en lugar de pasar al despacho de Cory, se encaminó a la cocina. Entre el ajetreo de la hora de comida, pronto se le olvidó su propósito de hablar con ella. Cory entró en la cocina una hora después, para hablar con Wilma y María. Sandra vio que titubeaba antes acercarse a ella.
—Louise me ha dicho que querías hablar conmigo. Me voy a ir a casa. ¿Hay algo que necesitas
decirme antes de que me vaya?
«Necesito decirte que te amo y que deseo abrazarte y hacer desaparecer tu tristeza», quiso decir Sandra, pero no pudo más que hacer un gesto de negación con la cabeza.
—Puedo esperar.
Cory se acercó un poco más.
—Sandra, respecto a lo del fin de semana…
—Ven conmigo en la moto.
Cory la miró horrorizada.
—Ni loca —dijo.
—Lo pasaremos bien.
—No iré —confesó Cory, volviendo la cara para evitar la mirada de Sandra.
—¿Por qué?
Cory se encogió de hombros.
—No sería buena compañía.
—¿Es por lo de la casa?
Una expresión de tristeza empañó el rostro de Cory.
—En parte.
—¿El otro motivo soy yo? —logró preguntar Sandra, tragando saliva para deshacer el nudo de la garganta. Cory no apartaba los ojos del suelo.
—Si no me marchara al final de la otra semana, ¿sería distinto?
Cory levantó la vista, y Sandra se preguntó si lo que resplandeció por un momento en sus ojos era un brillo de esperanza.
—¿Estas ofreciendo la posibilidad de otra cosa? —inquirió Cory.
Sandra lo consideró durante un momento. ¿Qué tendría que hacer para trasladar su
despacho a San Antonio? Quizá podría ampliar el negocio, dejando la sede central en Dallas, y a Allison a su cargo.
Allison había demostrado sobradamente que era capaz de llevar los asuntos de la empresa.
—Veo que no es eso —dijo Cory con un suspiro, interpretando incorrectamente la
vacilación de Sandra. Se dio la vuelta para marcharse.
—Ven conmigo este fin de semana —le rogó Sandra.
—Eso lo haría aún más difícil —susurró Cory, levantando la vista y comprobando que Wilma y María las estaban mirando atentamente—. Oye, ya hablaremos mañana de esto. Ya hemos dado bastante motivo para que rumoreen —dijo Cory.
—Están preocupadas por ti porque te quieren. Harían lo que fuera por ti. ¿Puedo pasar a verte esta noche, después del trabajo?
—No. No es una buena idea.
—Si veo las luces encendidas, llamaré, y me gustaría que me dejaras pasar —insistió Sandra.
Tragó saliva, intentando que no le temblara la voz. No podía creer que estuviera siendo tan lanzada. Cory la miró con cara de enfado, pero Sandra tuvo tiempo de ver en sus ojos un brillo fugaz de deseo.
—Ve adonde quieras, pero las luces estarán apagadas.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió a toda prisa de la cocina. Sandra se concentró en los platos que quedaban por lavar. Quería salir lo antes posible. Con las prisas, se le rompieron cuatromplatos antes de terminar la tarea. Wilma cabeceó con gesto preocupado cuando iba en busca de su bolso para marcharse.
—Más vale que arregléis las cosas pronto —dijo—, o nos vamos a quedar sin platos.
—No hay nada que arreglar —admitió Sandra—. Ni siquiera creo que a ella le interese averiguar si podría haber algo. Además, empiezo a tener la impresión de que todo el mundo estaría más contento si yo me fuera.
—¡Ah, veo que has estado hablando con Anna! Se muere de celos. Lleva años enamoradísima de Cory. ¿No te habías dado cuenta? —Wilma buscó las llaves del coche y se colgó el bolso del hombro—. ¿Sabes una cosa? La primera vez que te vi pensé que eras demasiado espabilada para trabajar aquí. Pero cuanto más te conozco, mas pardilla me pareces. No eres capaz de ver lo que está pasando delante de tus narices.
—¿Cómo qué?
Wilma puso los ojos en blanco y se salió de la cocina, rezongando entre dientes y caminando a grandes pasos. Sandra estaba tan nerviosa que tenía ganas de vomitar. Fue en su moto poco a poco hasta la casa de Cory, aparcó en la acera y se quedó contemplando la oscura fachada. Estuvo pensando en llamar al timbre, pero Cory le había dicho claramente que no sería bien recibida. Al cabo de unos minutos, se fue y regresó a la desierta habitación del motel.
Cory no apareció el domingo por el restaurante y Sandra pensó que el día transcurría con una desesperante lentitud. Estuvo pensando en telefonear a Nelda y J.J. para anular la visita, pero cambió de idea cuando salió a la cálida noche de abril. Estaría de vuelta en Dallas al cabo de una semana, y el trabajo volvería a dominar su vida. Quería disfrutar de otro fin de semana libre. Volvió al motel con tiempo para ducharse y preparar una bolsa de viaje. Cerca de la medianoche, se encaramó a la moto y salió hacia Rockport. Como no quería llegar a la casa al amanecer, Sandra fue hasta Port Aransas y tomó el trasbordador de madrugada. Aparcó en la playa y se sentó en la arena, junto a la moto.
El sonido de las olas consiguió relajar la tensión de su cuello y sus hombros, y la brisa marina se llevó su tristeza y su confusión. Estaba sentada, sin más, sin permitirse sentir otra cosa que no fuera el cálido aire de la noche, que la envolvía como una mano sanadora.
Junto con el primer atisbo de luz al este, llegaron los graznidos de las gaviotas. Las
avefrías y los chorlitos corrían hacia la orilla del agua en busca de su desayuno. En el lejano horizonte se agitaban los barcos camaroneros.
Sandra se puso de pie y se desperezó, mirando como el sol teñía el cielo de color rosado. Al ver el centelleo de los primeros rayos sobre el agua, tomó una decisión. Haría que pusieran la escritura de la casa a nombre de Cory y se la dejaría en su despacho el domingo siguiente, antes de regresar a Dallas. Cuando Cory la encontrara, Sandra ya se habría marchado. Sandra no quería pensar en cómo sería su vida sin Cory. Le molestaban los ojos por la falta de sueño y tenía todo el cuerpo dolorido. Se subió a la moto, aturdida por la pena. Se había enamorado de Carol a primera vista, pero no con la intensidad que revestía su amor por Cory. Sandra echó la cabeza para atrás y cerró los ojos para borrar la tristeza.
—Daría todo lo que tengo solo para oírla decir una vez que me quiere —susurró al oleaje del mar.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 15

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:42 pm

y.
Ya era mediodía cuando Sandra enfiló el camino que llevaba al rancho de Nelda y J.J. Se le paró un momento el corazón cuando vio el coche de Cory. ¡Al final había acudido!
—Ah, aquí estas —la llamó Nelda mientras las tres mujeres salían de la casa—.
Estábamos a punto de pensar que no venías.
—Me he levantado tarde —mintió Sandra, tratando de no mirar a Cory.
Nelda y J.J. le dieron un abrazo mientras Cory se mantenía a unos pasos. J.J. observó con atención la moto de Sandra.
—Tienes unos gustos caros para ser lavaplatos —comentó, mirándola intrigada.
Sandra, demasiado cansada para seguir fingiendo, pensó que podía hacer dos cosas: darle la razón o enviarlo todo a paseo.
—Normalmente no trabajo de lavaplatos —dijo.
Cory irguió la cabeza de pronto e hizo un breve gesto de advertencia. Parecía querer
avisarla de algo, pero Sandra estaba demasiado cansada para preocuparse.
—¡No me digas! —exclamo J.J., sarcástica.
—No he hecho nada malo. Iba a estar durante unas semanas en San Antonio y necesitaba alguna actividad.
La excusa parecía estúpida y poco convincente.
—¿Y por eso te pusiste a trabajar de lavaplatos? —preguntó J.J., meciéndose sobre sus talones.
—Quería conocer los barrios pobres —intervino bruscamente Cory.
Sandra dio un paso hacia ella para darle una explicación, pero J.J. la agarró del brazo.
—Llévame a dar una vuelta en moto. Siempre querido montarme en un trasto de estos.
Sandra vaciló.
—Vamos —insistió J.J., encaramándose a la moto. Dio una palmadita en el sillín delantero —. Date prisa, o me pondré a conducirla yo. Nos vemos dentro de una hora, en la cuadra —gritó J.J. a las otras dos—. Nelda, trae los bocadillos que hemos preparado.
Sandra salió de su inmovilidad y regresó junto a la moto.
—Toma —dijo, pasando a J.J. el segundo casco, antes de ponerse el suyo—. Agárrate bien — masculló cuando el motor cobró vida.
Enfilaron el camino en dirección a la carretera, envueltas en el estruendo del motor y dejando una estela de polvo. J.J. le dio un golpecito en el hombro y señaló un camino que subía. Sandra siguió las indicaciones que le iba dando J.J. a base de golpecitos hasta que tomaron un camino estrecho y surcado de baches. Sandra bajó la marcha y descendió poco a poco hasta desembocar en una playita arenosa.
—¡Para aquí! —chilló J.J. por encima del ruido. Sandra apagó el motor.
—Vamos —dijo J.J., abriendo camino.
Recorrieron un corto trecho a pie, primero por la arena y después a través de un bosquecillo. Al salir de entre los árboles, Sandra se quedó sin aliento ante la belleza de la cala que se extendía frente a ellas.
—Me gusta venir aquí cuando necesito reflexionar —explicó J.J., sentándose en la arena con las piernas dobladas y los pies bajo los muslos—. Las cosas no van muy bien entre tú y Cory, ¿verdad?
Sandra se tendió a su lado.
—Simplemente, no van —confesó.
—Está muerta de miedo. Hay demasiadas cosas de ti que desconoce.
—¿Y por qué no me acepta tal como soy ahora?
—Porque esa no eres realmente tú.
—Para ti no parece suponer un problema —dijo Sandra, mirando a su interlocutora.
—Pero yo no estoy enamorada de ti —respondió J.J. con franqueza.
Sandra se quedó sin respuesta. Si creía eso, es que J.J. no conocía a Cory tan bien como ella pensaba. J.J. se puso a dibujar líneas en la arena con el dedo.
—Cory acostumbra acoger a gente desamparada.
Sandra quiso incorporarse, pero J.J. le apoyó una mano en el hombro para detenerla.
—No estoy diciendo que tú seas una persona desamparada, ¡así que quieta! Cory tiene un complejo maternal o algo así. ¿No te has dado cuenta de que siempre esta intentando ayudar a alguien?
Sandra se acordó de que Cory solía llevar a Anna en coche al trabajo. Y la propia Sandra tenía orden de dar comida a cualquier indigente que llamara a la puerta de la cocina. Además, Cory donaba las sobras de cada día a un albergue para pobres. Se tranquilizó y asintió.
—Hace cuatro años contrató a una chica para que pintara el restaurante —explicó
J.J.—. Se enrollaron, y la chica se fue a vivir con ella. Tres meses después, huyó de la ciudad llevándose prácticamente todo el dinero de Cory, hasta el último centavo. Estuvo a punto de perder el restaurante. Por culpa de este revés económico, perdió la casa que tanto deseaba. Me imagino que sabes que una empresa de fuera de la ciudad la adquirió la semana pasada.
Sandra la miró con curiosidad para averiguar si sospechaba algo, pero al parecer J.J. se limitaba a exponer los hechos.
—¿Crees que ando detrás de su dinero?
J.J. se la quedó mirando durante un largo momento, negando con la cabeza.
—No. Creo que, si quisieras, podrías comprar todo lo que tiene Cory sin mover ni una pestaña.
Sandra apartó la mirada, sintiéndose como si la hubieran acusado ante el juez.
—Me lo imaginaba —refunfuñó J.J. La actitud de Sandra había confirmado sus sospechas —. Bueno, ¿quién eres?
Sandra suspiró y se apartó un mechón de la cara.
—Nadie, en realidad. Ahora me parece estúpida toda la situación. —Dejó caer un puñado de arena entre los dedos—. Mi médico me dijo que me tomara un descanso durante una temporada.
—¿Y decidiste que lavar platos era descansar? —preguntó J.J., incrédula.
—Acepté el trabajo para estar cerca de Cory, pero luego vi que me sentaba bien. Estoy tan ocupada mientras trabajo que no puedo pensar, y cuando no trabajo, estoy tan cansada que tampoco pienso.
J.J. asintió.
—Ya te entiendo.
—J.J. —dijo Sandra, adoptando una posición sentada—. Estoy enamorada de Cory, y te juro que nunca haría nada a sabiendas de que podría hacerle daño.
J.J. parpadeó y apartó la mirada.
—Por desgracia, las personas que más queremos son aquellas a las que más daño
hacemos, y nunca es a sabiendas.
—¿Así que debo irme y dejarla que siga su vida?
—Cuando te hayas ido, ya no podrás volver. Y la perdida te resultara un poco más
dolorosa cada año que pase.
—Parece que habla la voz de la experiencia —dijo Sandra, tomando la mano de J.J.
J.J. se volvió hacia ella. Sandra vio sorprendida que había lágrimas en sus ojos.
—Me alejé de algo que para mí era más importante que la vida, y nunca he dejado de lamentarlo.
—¿Por qué te alejaste?
—Alguien me convenció de que estaba haciendo lo que debía, que marcharme era lo
mejor.
—¿Y no lo era?
En lugar de contestar, J.J. miró el reloj y se levantó.
—Tenemos que volver ya si no queremos llegar tarde.
Después de encontrarse con Nelda y Cory en el establo, pasaron el resto de la tarde
montando a caballo por las veinticuatro hectáreas de terreno que poseían Nelda y J.J. A medida que avanzaba el día, la tensión entre Sandra y Cory se fue suavizando. Por la noche, cuando se fueron a pescar, estaban todas de lo más animadas. Dejaron el material de pesca en la parte descubierta de la camioneta de Nelda y J.J., y Sandra y Cory se apretujaron en el estrecho asiento trasero.
Nelda condujo hasta unos kilómetros más allá de la cala en la que J.J. y Sandra habían estado charlando aquella tarde. Sandra se preguntó que era lo que había abandonado J.J., pero la detención de la camioneta interrumpió sus cavilaciones.
—Nos encontraremos otra vez aquí dentro de tres horas —dijo J.J. mientras descargaba el material de pesca.
—Muy bien— dijo Cory mirando el reloj.
—¿Por qué nos separamos? —preguntó Sandra al ver que ella y Cory tomaban la
dirección contraria a la de J.J. y Nelda.
—Nelda está convencida de que los peces huelen a la gente, y dice que nunca pesca nada si la acompaña más de una persona. —Cory se rió—. Creo que es una excusa para escabullirse en la oscuridad con J.J. Ya lo veras. No traerán ni una sola pieza, pero las dos volverán sonrientes.
Sandra se echó a reír.
—Me parece fantástico que se quieran tanto. Casi no me imagino que algún día pueda encontrar a alguien que me quiera de esa forma.
La frase flotó en medio del silencio incómodo que se hizo entre las dos, mientras
caminaban hacia un pequeño embarcadero. Sandra se detuvo y admiró el cielo tachonado de estrellas.
—Qué bonito —murmuró—. Millones de puntos de luz
Cerró los ojos y dejó que la envolviera el aire salado. Una suave brisa acarició los finos mechones que le enmarcaban la cara. Sandra dejó volar la imaginación. El viento eran las manos de Cory; su cara recibía las caricias más sutiles, y sus brazos eran recorridos por cálidos susurros de aire. La voz de Cory la sacó de su ensoñación.
—Vamos a pescar a la otra punta del embarcadero —dijo, abriendo el camino.
Había un foco que apuntaba directamente al agua con su potente luz y arrojaba solo un suave resplandor sobre el embarcadero.
—Trae la caña. Te enseñaré como aparejar el sedal —le indicó Cory.
Sandra hizo lo que le pedía. Se quedó de pie al lado de Cory mirando como separaba un pequeño objeto de latón enganchado al sedal.
—Esto es el pivote. Así es más fácil alternar entre un señuelo artificial y un anzuelo con cebo —le explicó Cory.
Al volverse para enseñarle la operación a Sandra, un soplo de viento arrancó el sedal de las manos de Cory. Se agacharon a la vez para recogerlo y sus manos se rozaron. Sandra, invadida por una oleada de deseo, ahogó una exclamación y tomó las manos de Cory entre las suyas.
—No me rechaces —susurró—. Estoy enamorada de ti. Te diré todo lo que quieras saber. Iré a vivir adonde tú quieras. Pasaré el resto de mi vida lavando platos, pero por favor, no me rechaces.
Cory pasó la mano libre por el cuello de Sandra y la acercó a su rostro para darle un
apremiante beso. Sandra soltó la caña que sostenía en la mano, sin hacer caso de su ruidosa caída sobre el embarcadero, y estrechó a Cory entre sus brazos. Cory interrumpió el beso y abrazó a Sandra con fuerza.
—Te juro que, si me mientes, te perseguiré hasta los confines de la tierra —sollozó
mientras se aferraba a Sandra.
—No te miento —le prometió Sandra, pestañeando para reprimir las lágrimas que le
asomaban a los ojos—. Te amo —susurró al oído de Cory.
Sandra se estremeció mientras las manos de Cory se deslizaban bajo su camiseta y
acariciaban sus pechos desnudos.
—He deseado hacer esto prácticamente desde el primer momento en que te vi —murmuró Cory.
El sonido de su voz hizo que los pezones de Sandra se endurecieran aún mas
—No perdamos más tiempo —rogó Sandra, mientras su boca se paseaba por la garganta de Cory.
Empujó suavemente a Cory para recostarla sobre el embarcadero—.¡Ay¡ —gritó Sandra al notar que se le clavaba una maderita en la rodilla. Las dos se apartaron un momento y se echaron a reír—. Estas cosas siempre salen bien en las películas —gruñó Sandra.
—Sería peor en la arena —predijo Cory—. Pero Nelda y J.J. no volverán a la camioneta hasta dentro de tres horas.
Recogieron rápidamente la caña de pescar abandonada, corrieron a la camioneta y dejaron los aparejos en la parte trasera. Sandra agarró a Cory por la cintura y la besó ávidamente.
—Nunca he hecho el amor en un vehículo— dijo, abriendo la portezuela y entrando en la cabina.
—Me alegro de que no la cerraran con llave— dijo Cory, encaramándose a la cabina
detrás de Sandra y cerrando la portezuela. Cuando estuvieron dentro, el rumor de la noche se apagó.
Sandra se quedó paralizada de miedo un momento, con una súbita inseguridad. Quería hacer feliz a Cory. Quería ser la mejor amante que ella hubiera tenido nunca, pero pequeños chispazos de duda empezaron a minar su confianza. Le volvieron a la memoria los crudos comentarios de Carol, como si quisieran desanimarla. A Sandra le parecía oír los latidos de su propio corazón. Cuando estaba a punto de salir de la camioneta de un salto, la mano de Cory le acarició el pelo.
—Eres muy guapa —susurró Cory, apartándole un mechón de la cara.
Una repentina sensación de paz envolvió a Sandra como los brazos de una amante. Miró a Cory a los ojos y experimentó un hondo y súbito sentimiento de amor y osadía.
—Quiero hacerte feliz —dijo Sandra.
—Entonces, hazme el amor —dijo Cory, mientras sus manos forcejeaban con la camiseta de Sandra.
Con la precipitación, las prendas quedaron dispersas por la camioneta. Sandra colocó a Cory debajo de ella y le cubrió de besos el cuello y la garganta. La sangre se le agolpó en las venas con una lujuria tan antigua como el tiempo cuando Cory le apretó la pelvis contra la pierna.
Sandra cogió un pezón erecto con la boca y empezó a chuparlo. Tenía la cabeza atrapada entre las manos de Cory, que tiraban de ella hacia abajo. Sandra dobló las piernas y se desplazó sobre el asiento para alcanzar el objetivo. Agarró con las manos las caderas de Cory en el momento en que estas se elevaban para encontrarse con su boca. El delicioso perfume almizclado del deseo inyectó decisión en los movimientos de Sandra.
Sandra estaba convencida de que no había nada más poderoso que el sentido del olfato. ¿Qué otra cosa podía resultar más seductora? Enseguida hundió la lengua en la humedad de Cory. Una carne sedosa envolvió su lengua y un delicado sabor salado excitó sus papilas gustativas. Cory era la marea, y Sandra, la luna. Agarró a Cory con las manos y tiró de su cuerpo para acercarla aún más a su boca, y luego deshizo el abrazo y dejó que Cory se recostara sobre la espalda.
Excitada por los gritos de placer de Cory, Sandra se regodeó en su vulva como una muerta de hambre en un banquete. La camioneta se balanceaba violentamente con los movimientos de su pasión. Sandra, ansiosa de sentir a Cory mas profundamente, introdujo dos dedos en su sexo sin que su lengua abandonara el extático festín.
Sandra notó que Cory se tensaba con la anticipación del placer y concentró su atención en el delicado punto que rozaba la punta de su lengua. Contuvo el aliento cuando al cuerpo de Cory se vio sacudido por un temblor que se intensifico hasta convertirse en una violenta agitación. Sandra trato de estarse quieta. En sus oídos retumbaron los gritos de placer de Cory, mientras sus hombros quedaban
apresados entre sus largas piernas.
Sin poder ni querer renunciar al placer que estaba experimentando, Sandra siguió
acariciando a Cory con la lengua hasta que esta se sumió en un segundo orgasmo. Quiso protestar cuando Cory tiró de ella para envolverla en sus brazos.
—Quiero disfrutar de ti —dijo Cory, con la voz temblorosa y cargada de deseo—. Siéntate — insistió, arrodillándose en el suelo de la cabina. Separó las piernas de Sandra—. Apóyalas en el salpicadero —dijo, levantándoselas. —Quiero llegar a todos los rincones —insistió, bajando la cabeza entre las piernas de Sandra y mordisqueando suavemente la cara interna de susmmuslos.
Deslizó las manos bajo las caderas de Sandra y la llevó hasta el borde del asiento.
La lengua de Cory se introdujo entre las nalgas Sandra y empezó a girar suavemente. La sensación era increíble. Sandra tuvo que morderse la lengua para no gritar. Ni siquiera Dee le había enseñado aquella posibilidad. El pulgar izquierdo de Cory inició una suave caricia sobre el sexo de Sandra hinchado por el deseo, mientras los dedos de su mano derecha empezaban a entrar y salir de su cuerpo con un suave ritmo. La lengua y el pulgar de Cory crearon en el interior de Sandra una sensación ardiente, distinta a todo lo que había conocido hasta entonces.
Sandra se agitó mientras su cuerpo se fundía con la boca y las manos de Cory. Suplicó que la llevara al clímax, pero Cory siguió manteniéndola al borde del orgasmo. Al cabo de lo que le pareció una eternidad, Sandra sintió que caía en un estado de inconsciencia absoluta. El roce de las manos y de la lengua de Cory se intensificó hasta que Sandra ya no pudo distinguir cual era cual.
—No puedo más.
Oyó su propia voz desde la distancia. La presión del roce Cory cambió ligeramente, y el mundo que envolvía a Sandra estalló. Nunca había sentido un ansia tan apremiante. Se aferró con las manos al respaldo del asiento y repitió a gritos el nombre de Cory. Sintió el frío del cristal del parabrisas contra la planta de los pies. Se abandonó a las sensaciones y dejó que su cuerpo ardiera bajo la pasión de Cory.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 16

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:42 pm

Sandra oyó la voz de Cory a lo lejos, desde el lugar cálido y borroso en el que estaba
flotando. Intentó hablar, pero el esfuerzo era demasiado grande. La voz de Cory adquirió un matiz de pánico.mSandra se esforzó por volver en sí y ver que ocurría. Cuando logró abrir los ojos vio quemCory, ya vestida, se inclinaba sobre ella.
—¡Gracias a Dios! —Cory respiraba ruidosamente—. ¿Te encuentras bien?
—Creo que me han matado a polvos —consiguió articular Sandra.
—No es para reírse. Llevo cinco minutos intentando despertarte. Estaba a punto de salir en busca de Nelda y J.J. ¿Qué demonios te ha pasado?
Sandra vio su expresión preocupada y la estrechó entre sus brazos.
—Te quiero —declaró, abrazándola con fuerza.
—Yo también te quiero —respondió Cory, apartándose y mirándola a los ojos—. ¿Te
encuentras bien?
—Nunca he estado mejor —Sandra sonrió tontamente deleitándose con la declaración de amor de Cory.
Cory la besó con suavidad.
—Será mejor que te vistas. Enseguida volverán Nelda y J.J.
—¿Ya? Dijeron que tardarían tres horas.
—O sea, vuelven dentro de cinco minutos —le informó Cory.
Sandra se sentó, todavía temblorosa.
—Ya te ayudo. —Con la ayuda de Cory, Sandra logró vestirse.
—Tendríamos que dejar las puertas abiertas —dijo Cory, con una risita.
—Nelda tiene un olfato de sabueso. Se dará cuenta perfectamente de lo que hemos hecho.
Cuando volvieron Nelda y J.J., Sandra estaba sentada EN el estribo y Cory se apoyaba en un costadomde la camioneta.
—Seguro que no traen ni un solo pescado —le dijo Cory a Sandra en un susurro—.
¿Cómo os ha ido? — gritó a las otras dos.
—No ha habido suerte —contestó Nelda, muy alegre para haber perdido tres horas en una pesca infructuosa —¿Y a vosotras?
—Nada, aparte de algún mordisco —respondió Cory, sonriendo traviesamente a Sandra.
—¿De verdad? —preguntó J.J., sorprendida. Nelda carraspeó y J.J. añadió sin convicción —: Supongo que es una mala noche para pescar. Seguramente ira mejor la próxima vez, Sandra.
Cory y Sandra intercambiaron una mirada divertida antes de montarse en el asiento
trasero. La camioneta se puso en marcha, con las cuatro mujeres rodeadas de un amistoso silencio. Cuando ya estaban en la carretera que conducía al rancho, pasó un coche en dirección contraria y los faros iluminaron el parabrisas de la camioneta. J.J. se inclinó hacia el cristal.
—Nelda, ¿qué es eso que hay en el parabrisas?
—¿Qué cosa? —preguntó Nelda.
J.J. escudriñó la imagen.
—¡Parece la huella de un pie!
Sandra recordó el frío del cristal contra la planta del pie y se puso colorada.
—¿Cómo puede haber una huella en el parabrisas? —preguntó J.J., desconcertada.
Nelda ahogó una risita.
—¿Dónde está la gracia? —insistió J.J., mirándola.
—Me parece que la pesca no ha ido tan mal esta noche, cariño.
—O sea que… ¡Ah! —J.J. se interrumpió y, volviéndose por encima del hombro, lanzó
una mirada a Cory, que no apartaba los ojos de la oscuridad que había al otro lado de la ventanilla.
—La verdad es que no ha ido nada mal —concedió Sandra, apretando la mano de Cory y echándose a reír a carcajadas con las otras tres mujeres.
Al despertar, Sandra notó la presión de los suaves pechos de Cory contra su espalda.
—¿Piensas pasarte todo el día durmiendo, marmotilla? —preguntó Cory, besándole
suavemente el cuello.
—Teniendo en cuenta que la otra noche no dormí, no me parece tan mala idea. —Sandra se tendió boca arriba—.Pero ¿quién quiere dormir? —Tiró de Cory hasta dejarla tendida encima de ella y la miró a los ojos—. Hay muchas cosas que quiero hacer contigo —dijo, acariciándole la espalda.
—¿Podemos empezar con lo que estás haciendo ahora mismo?
—Solo si me prometes describirme con detalle que es lo que estoy haciendo.
Cory se acercó a su cara y su voz grave acaricio el oído de Sandra.
—Lo que estás haciendo es ponerme muy mojada y muy caliente. —Su lengua jugueteó con la oreja de Sandra.
—Eso tiene solución.
Apartando las piernas de Cory a lado y lado de su cuerpo, Sandra se escabulló hacia abajo y colocó la cabeza entre ellas. Apoyó la cabeza en una almohada e introdujo la lengua en el sexo húmedo de Cory. Reprimió un gruñido de excitación cuando Cory apoyó los brazos contra la pared y empezó a frotarse rítmicamente contra la cara de Sandra. Sandra perdió el mundo de vista, consciente únicamente del contacto con el cuerpo de Cory. El aroma del café recién hecho y el beicon las hicieron salir de la habitación. En la amplia cocina rústica reinaba un ambiente acogedor que Sandra siempre había querido crear en su propia casa sin conseguirlo. Mientras charlaban, entendió que no era la casa la que producía aquella calidez, sino el amor y la amistad que flotaban en ella. La conversación empezó a girar en torno a las joyas que diseñaba J.J.
—¿Trabajas fuera de casa? —preguntó Sandra.
—Tengo un pequeño taller en la parte de atrás. Si te apetece, luego te lo enseño.
—Me encantaría.
Terminaron de desayunar y fregaron los platos juntas.
—Tenemos tiempo de dar otro paseo a caballo si queréis —propuso Nelda, y todas aceptaron.
—Podríamos salir por la parte de atrás, para que Sandra vea el taller. Y desde allí vamos a la cuadra —dijo J.J.
Nelda encabezó la comitiva por el largo pasillo. Cory y Sandra, que iban las ultimas, aprovecharon para darse un beso furtivo. Nelda explicó a Sandra la historia de la casa.
—La construyó un banquero jubilado a principios de los cuarenta. Dicen que era un gánster de Chicago que quiso instalarse aquí para vivir tranquilamente sus últimos años. Pero como la gente es tan malpensada y codiciosa, empezaron a decir que guardaba dentro un enorme botín. Después de su muerte, la casa sufrió grandes desperfectos porque entraron a buscar el dinero escondido.
Sandra vio brillar una fugaz desilusión en el rostro de Cory y comprendió que estaba pensando en la casa que creía haber perdido. La reconfortó pensar que iba a regalársela. Nelda abrió la puerta del taller.
—Aquí es —dijo J.J. con orgullo en la voz.
Sandra fue recibida por una diversidad de olores agradables que no logró identificar. Una rápida ojeada le mostró una habitación llena de plantas y de color. Miró con aprobación el ventanal que inundaba de luz la estancia.
—Ya no tengo la vista de antes —confesó J.J. al ver que Sandra observaba la ventana—. Abrimos el ventanal hace unos años.
—Es un lugar precioso —dijo Sandra maravillada, paseando la vista por la estancia—. No me extraña que diseñes unas joyas tan bonitas. Podría… —Se calló de repente. El rostro se le demudó tan bruscamente que se tambaleó. Cory y Nelda la ayudaron a sentarse en una silla de madera que J.J. sacó de detrás del escritorio. El cerebro de Sandra se vio asediado por mil pensamientos mientras los recuerdos de la infancia amenazaban con engullirla ¿Cómo era posible?
—¿Sandra? —dijo Cory, inclinándose hacia ella.
Sandra la apartó con delicadeza y se puso de pie. Sacó del billetero la foto amarillenta en la que aparecía retratada de pequeña con el señor Peepers y la comparó con el osito que adornaba el estante.
—El señor Peepers —musitó—. Es el señor Peepers.
Señaló el raído osito de peluche vestido con una chaqueta de cuadros y un sombrerito extrañamente ladeado sobre una oreja. Detrás de ella sonó un sollozo ahogado, y Nelda agarro a J.J. del brazo para sostenerla cuando se le doblaron las rodillas.
—¿Qué demonios está pasando? —preguntó Nelda con una voz asustada.
—El señor Peepers…
Sandra no podía dejar de repetir el nombre del osito. Con la sensación de que el tiempo se había paralizado, se levantó y caminó hacia el ajado oso de peluche.
—¡Dios mío! —exclamó Nelda con la voz entrecortada en el momento en que Sandra tomaba el oso y lo aferraba contra su pecho.
El sobresalto que había impactado a Sandra al ver osito en el estante fue dando paso a la comprensión. Se volvió y clavó la mirada en aquellos ojos azules que tanto se parecían a los suyos.
—¿De dónde has sacado mi osito? —logró preguntar, mientras J.J. se zafaba poco a poco de la mano de Nelda.
—No es posible —susurró J.J., caminando como si tuviera los pies cargados de piedras. Tomó la foto de Ia mano de Sandra y se quedó mirándola—. Después de todos estos años de esperanza y de búsqueda… Eres mi Sandra. Mi niñita.
—¡Madre!
El cuerpo de Sandra avanzó hacia la mujer que le habían hecho creer que la había abandonado. Se había borrado el odio que había llevado en su interior durante gran parte de su vida. Se quedaron la una frente a la otra en el centro de la habitación. Sandra estaba pálida y aferraba con fuerza el extraño osito, mientras J.J. temblaba y sus mejillas se cubrían de lágrimas. Nelda y Cory se habían quedado a un lado, paralizadas por la gigantesca oleada de emociones que había invadido la habitacion. Durante una eternidad, la madre y la hija permanecieron en pie mirándose la una a la otra, hasta que un sollozo ahogado y entrecortado surgió de la garganta de Sandra.
—Mi niña, mi niña —recitaba J.J., estrechando a una llorosa Sandra entre sus brazos.
Nelda hizo una señal a Cory tocándole el antebrazo y las dos salieron en silencio de la habitación, dejando que Sandra y J.J. empezaran a mitigar los estragos causados por treinta y cuatro años de inútil separación. Sandra apretó la mano de J.J. y escuchó el relato de su traslado a San Antonio cuando Sandra tenía dos años. J.J. había conocido a Nelda en el restaurante y se había enamorado de ella, explicaba mientras acariciaba el ajado osito que Sandra seguía aferrando.
«Mi intuición sobre el restaurante era acertada», pensó Sandra mientras J.J. proseguía con su historia.
—Viste este osito en una tienda y no quisiste que nos marcháramos sin él. Le puse el nombre del restaurante de Nelda. —Se secó las lágrimas y respiró hondo—. Estuve varios meses saliendo con ella en secreto. A veces te llevaba conmigo y otras veces te dejaba en la casa de al lado. La vecina y yo nos turnábamos para cuidar a los críos de la otra. Tu padre empezó a sospechar y me siguió, hasta que me pilló un día con Nelda —le contó J.J., moviendo la cabeza como si tratara de cortar aquel recuerdo—. Se enfadó muchísimo. No hacía caso de nada de lo que yo decía —continuó —. Presentó una demanda de divorcio y le dijo al juez que yo era lesbiana. Perdí tu custodia, y prohibieron que me acercara a ti.
J.J. continuó explicando que había intentado seguir la pista de Sandra y su padre, pero que, entre su escasez dinero en esa época y los continuos traslados de ellos, al final los había perdido de vista.
—Cuando cumpliste dieciocho años, Nelda y yo contratamos a un detective privado. Te estuvo buscando durante cuatro años, hasta que terminó por rendirse. Era como si hubieras desaparecido de la faz de la tierra. —secó las lágrimas que surcaban la mejilla de Sandra—. Pero yo nunca me rendí del todo. Hasta hoy, cada vez que voy una ciudad, lo primero que hago es buscar en el listín telefónico el nombre de Sandra Garrison.
—¿Garrison? —preguntó Sandra, perpleja—. Me llamo Sandra Tate.
J.J. la miró horrorizada antes de caer en un nuevo acceso de llanto.
—¡Que cabrón! —sollozó—. ¡Que asqueroso cabrón! Nunca pensé que pudiera cambiarse de apellido. Si se me hubiera ocurrido, tal vez hubiera podido encontrarte. —Tomó las manos de Sandra—. ¿Dónde vivías cuando cumpliste los dieciocho?
—En Dallas —dijo Sandra, sorbiéndose los mocos.
—Yo también —dijo J.J. con un suspiro. —Apoyó la cabeza en el hombro de Sandra—. ¡Lo voy a matar!
—Ya murió —contestó Sandra, desgarrada entre sentimientos contrapuestos por su padre.
Él era la única persona que realmente la había cuidado. Cerró los ojos y luchó contra el odio que amenazaba con invadirla al pensar en el daño que le había causado su retorcida visión del amor. En ese momento empezó a entender muchas cosas. Los trabajos esporádicos, el constante traslado de ciudad en ciudad… Incluso el certificado de nacimiento que siempre faltaba y Sandra nunca llegó a llevar al colegio. J.J. se puso de pie.
—Cariño, me apena por ti que tu padre haya muerto. Sé que esta situación es doblemente difícil para ti. —Tomó la mano de Sandra—. Yo nunca quise abandonarte. Le dije que renunciaría a Nelda si me alejaba de ti, pero no quiso escucharme. —Barrió la habitación con la mirada y luego contempló el otro lado del ventanal—. Era orgulloso y pensó que yo lo había hecho todo para destruirlo.
—Tengo la sensación de que debería estar enfadada con él, pero por lo que sea, no puedo obligarme a odiarlo.
—Era tu padre. Tenía cosas buenas. Acuérdate de los momentos buenos y no des demasiada importancia al pasado. Nelda me enseñó a vivir en el presente y a aceptar las cosas que no puedes cambiar. Yo sabía que nunca desistiría de buscarte, pero tuve que renunciar a la obsesión por encontrarte. ¿Me comprendes?
Sandra asintió. Se hizo un silencio mientras las dos seguían sentadas, mirándose a los ojos.
—Tenemos que recuperar mucho tiempo perdido —dijo J.J.—. Ni siquiera nos conocemos. Quiero saber todo lo que pueda sobre ti —dijo, dando una palmadita en la mejilla de Sandra. Miraron a su alrededor y se dieron cuenta por primera vez de que estaban solas. J.J. se puso de pie y tomó la mano de Sandra—. Vamos a buscar a Nelda y a Cory. A estas alturas deben de estar muy nerviosas. Seguro que también querrán saber qué pasa.
Encontraron a Nelda y a Cory sentadas en el salón. Cuando echó una ojeada al reloj de pared, Sandra comprobó con sorpresa que eran las tres de la tarde pasadas. Cory se puso de pie y abrazó a Sandra.
—He encontrado a mi madre —dijo Sandra, entre sollozos, al oído de Cory—. Gracias.
Cory la estrechó contra su cuerpo mientras Nelda abrazaba a J.J.
—Sandra, siento no haberte dicho nada —se excusó Cory—. Sabía que J.J. había estado años buscando una hija llamada Sandra. Por eso te pedí el carnet de conducir y te pregunte el apellido en el restaurante, la semana pasada. Les dije que te llamabas Smith porque yo estaba asustada. Me daba miedo confiar en ti, porque había muchas cosas que no sabía. Quería confiar, pero estaba demasiado aterrada —Movió la cabeza pensativamente y se encogió de hombros—. Lo siento mucho.
—No pasa nada —dijo Sandra, acariciando las mejillas de Cory—. Lo entiendo. Vamos a sentarnos.
Cory llevó a Sandra hasta el sofá y la hizo sentar en entre J.J. y ella, mientras Nelda se acomodaba al otro lado de J.J.
—Tendría que habérmelo imaginado —dijo Nelda, volviéndose para poder verlas a todas —. La primera noche, cuando te conocí en casa de Cory, me resultaste familiar y estuve todo el rato pensando que te conocía de algo. Ahora me doy cuenta de que era por los ojos. Las dos los tenéis del mismo color.
—Y no ayudó demasiado que Sandra y yo ocultáramos su apellido real —suspiró Cory, y se calló de repente— ¿Por qué no te llamas Garrison?
—El padre se cambió de apellido —explicó J.J.
—Yo creía que tu apellido era Smith —intervino Nelda.
Cory negó con la cabeza.
—Cometí la tontería de decirte que se llamaba Smith porque no me atrevía a confiar en Sandra. Pensaba que su venida tenía que tener algún otro motivo. Además, sabía que reconocerías su apellido.
—Pero ¿cómo te llamas en realidad? —preguntó Nelda, totalmente desconcertada.
—Sandra Tate. Soy de Dallas.
—¡La arquitecta! —Nelda abrió los ojos desmesuradamente—. ¿Pero cómo…?
J.J. la detuvo con un gesto de las manos.
—¿Por qué no empiezo yo por el principio, y Sandra va dándonos su versión de la historia a medida que yo voy contando la mía?
J.J. y Sandra volvieron a contar la misma historia que se habían explicado la una a la otra hacia un momento. Mucho después de que anocheciera, Sandra y Cory se pusieron en marcha hacia San Antonio. Sandra no sabía si quedarse con J.J. o volver a San Antonio con Cory. Al final optó por lo segundo. J.J. y Nelda irían lo antes posible, en cuanto hubieran encontrado una persona que pudiera cuidar durante unos días de los caballos. Y llevarían la moto de Sandra en la camioneta.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Capitulo 17

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:43 pm

Pasaba de la medianoche. Las dos estaban acostadas en la cama de Cory, sin poder dormir.
—Tenemos que tomar muchas decisiones —dijo Sandra, acurrucándose entre los brazos de Cory.
—No podía dormir pensando en todo esto. —Cory titubeó—. Sandra, no quiero vender Peepers.
—Nunca te pediría que lo hicieras. ¿Qué te parece si abro una delegación de mi empresa aquí? Puedo dejar a Allison a cargo de la central de Dallas. Puede llevarlo todo tan bien como yo.
—¿Funcionará?
Sandra sonrió al percibir la emoción que dejaba traslucir la voz de Cory.
—Creo que sí. Quiero volver a proyectar edificios
Se desplazó hasta el borde de la cama y encendió la luz.
—¿Qué haces? —pregunto Cory, parpadeando por el repentino resplandor.
Sandra salió de la cama y camino desnuda hasta la silla en la que había dejado su mochila. Sacó el sobre del servicio de mensajería urgente y volvió a acostarse. Cuando volvían de Rockport, le había pedido a Cory que se detuviera un momento en el motel, con la excusa recoger algo de ropa. Se sentó y aferró el sobre con fuerza, súbitamente asustada.
—¿Qué es eso?
—Te he comprado una cosa. Cuando lo hice me pareció una buena idea, pero ahora no sé qué pensar. No te enfades conmigo, ¿eh?
Cory se sentó en la cama.
—¡Que tonta eres! ¿Por qué me iba enfadar de que me compres una cosa?
—Lo hice porque te amo, nada más. No soportaba verte sufrir. Pensaba dejar el sobre en tu despacho el domingo, antes de irme.
Sandra interrumpió sus explicaciones y, de mala gana, le pasó el sobre. Cory acarició el sobre con la mano, sin abrirlo.
—Sandra, si es lo que me imagino que es, no puedo aceptarlo.
Sandra notó la presencia fría del pavor en la boca del estómago. Se sentó sobre las rodillas.
—¿Por qué no?
—Porque no podré devolverte el favor. Y no quiero que pienses nunca que estoy contigo por tu dinero.
—Calla, Cory. Por favor, no digas eso. Estuve ocho años con una mujer que solo seguía conmigo por eso. Créeme si te digo que se reconocer si lo que anda buscando una persona es el dinero. Las dos sabemos que se siente.
Cory la miró atónita.
—¿Quién te lo ha contado?
—Me lo dijo J.J., e hizo bien, porque me ayudó a entenderte mejor. Ahora, por favor, intenta entenderme tu a mí. Desde que tenía treinta y pocos años, he tenido tanto dinero como para no saber qué hacer con él, pero nunca había experimentado la clase de amor que siento por ti. Déjame que te haga este regalo —suplicó Sandra, señalando el sobre.
Cory pestañeó para evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
—No sé qué decir.
—Dime que me dejaras los planos para que pueda reformar tu casa.
Cory se quedó un largo momento en silencio, antes de tomar la mano de Sandra.
—¿Podemos plantar un manzano en el jardín?
Sandra la atrajo hacia sí y la besó.
—Cariño, plantaremos un huerto entero de manzanos si eso es lo que quieres.
La primera semana que pasó Sandra de vuelta en la oficina de Dallas consistió en una turbulenta sucesión de acontecimientos. El anuncio de que pensaba abrir una delegación en San Antonio y dejar a Allison a cargo de la central de Dallas fue una verdadera sorpresa para todo el mundo menos para Allison, con la que Sandra ya había hablado previamente.
Margaret aceptó la noticia mucho mejor de lo que Sandra había imaginado y estuvo de acuerdo en trasladarse a San Antonio y seguir trabajando para ella. Después comunicó tímidamente a Sandra que Minnie se trasladaría también, y le sugirió la posibilidad de que contratara a esta como magnífica jardinera. A Sandra le pareció bien la propuesta porque, con las doce hectáreas de jardín, estaba claro que necesitaría a alguien. Sandra se burló implacablemente de Margaret hasta que esta la amenazó con cocinar solo guiso de atún durante una semana. Sandra dejó de reírse de inmediato.
Sandra decidió ir a ver a Carol el jueves por la noche. Quedaron en un restaurante del centro. Carol se pasó toda la cena hablando de la inminente boda de su padre con Miriam Bell. El marido de Miriam había muerto diez años antes y le había dejado una herencia valorada en unos tres millones de dólares. Carol estaba segura de que su padre y Miriam harían muy buena pareja. Sandra sonrió mientras pagaba la cuenta, pensando que Carol nunca cambiaría. Le pasó un sobre que contenía la escritura del apartamento.
—A ti siempre te gustó la casa más que a mí, así que puedes quedártela.
—¿Por qué te portas tan bien conmigo? —preguntó Carol, lanzando una ojeada al interior del sobre.
Sandra se encogió de hombros.
—Supongo que quiero que seas tan feliz como lo soy yo,
—Podrías vivir conmigo en la casa —propuso Carol con una sonrisita.
Sandra movió negativamente la cabeza, se puso de pie y besó a Carol en la mejilla, deseándole que todo le fuera bien en la vida. Carol no le preguntó en ningún momento como estaba o como le había ido en los dos meses anteriores, y Sandra no se molestó en informarla.
El viernes, Sandra empaquetó sus efectos personales y los envió a San Antonio. Dejó los muebles para Carol, Margaret se quedaría en casa de Minnie hasta que las obras de San Antonio estuvieran terminadas y Cory y Sandra pudieran trasladarse a la casa. Sandra cerró por última vez la puerta del apartamento. Mientras daba la vuelta a la llave, sonrió. Bajó en el ascensor, se subió a la moto y se dirigió al aeropuerto para buscar a Cory.
Llegaron a la casa de Laura poco antes de las cinco. Laura las recibió sonriente en la puerta.
—No me puedo creer que por fin vayas a presentarme a alguien —bromeó, estrechando a Sandra con cariño.
Sandra las presentó y Laura saludó a Cory con un abrazo.
—Seguro que eres una persona muy especial para ella —dijo, observando a Cory con atención.
—Eso espero —dijo Cory, lanzando una mirada de complicidad a Sandra.
—Pasad. La cena estará lista enseguida.
—Sandra me ha dicho que eres una cocinera magnífica —dijo Cory, mientras se dirigían a la cocina.
—Solo viene a verme cuando tiene hambre, por eso opina así.
Sandra vio que la mesa estaba puesta para cuatro.
—¿Quién más viene?
—Alguien con quien estoy saliendo. Espero que no os importe.
—¿Por fin has encontrado a tu príncipe azul? —dijo Sandra, con una sonrisa radiante—. ¿Por qué no me lo habías contado?
—Sucedió bastante rápido, y quería estar segura antes de contártelo —dijo Laura, sacando una bandeja de rosquillas del horno—. En realidad, tal vez debería haber… —El motor de una moto sonó en el camino de entrada.
—¿Un motero? —preguntó Sandra, alzando las cejas.
—Sandra… —dijo Laura, y empezó a pestañear.
—Ya me callo. Estaba bromeando.
En ese momento se abrió la puerta de la calle y sonaron unos pasos en el vestíbulo.
—¡Vaya! —bromeó Sandra, mirando a Cory—. Entra directamente. Ya habéis superado la fase de llamar al timbre, ¿no?
—No te metas con ella —la riñó Cory.
—Hola, chicas.
Sandra se volvió y se quedó mirando asombrada a la visita. En la cocina se hizo un
silencio mortal.
—¿He llegado en mal momento? —pregunto Dee.
—¡Dee! —consiguió articular Sandra—. ¿Dee es tu príncipe azul? —Sin poder evitarlo,
había gritado.
—Princesa, si no te importa —contestó Dee con una sonrisa—. Por lo que veo, aún no la habías puesto al corriente —dijo, entrando en la cocina y dando un beso a Laura.
Sandra sintió todo un torbellino de emociones. No había visto a Dee desde la noche loca que habían pasado juntas. Además, estaba el hecho de que la propia Dee le había confesado su incapacidad para la monogamia. Sandra pensó que debería advertir a Laura. Si no hacía nada y su amiga terminaba pasándolo mal, la culpa sería suya.
—¿Así que ya no eres hetero? —pregunto Sandra
—Tu siempre has dicho que si aparece la persona adecuada, cualquier persona puede cambiar su orientación —le recordó Laura.
Sandra se pasó una mano por la cara.
—Dee, no lo hagas —suplicó.
—Ya sé que estás pensando —dijo Dee, alzando las manos—, pero nos hemos comprometido. — Miró a Laura, y Sandra observó que la mirada que intercambiaban las dos era de amor. Se sintió culpable. ¿Qué ocurriría si Laura o Cory se enteraban de que había pasado una noche con Dee? Paseó una mirada culpable de Dee a Cory y de Cory a Laura.
—Ya se lo que estás pensando —empezó a decir Laura—, y estoy al tanto —la tranquilizó.
—¿Cómo sabias lo que estaba pensando? —preguntó Dee, sorprendida.
—Cuando la conozcas desde hace tantos años como yo, sabrás lo que piensa antes de que ella misma empiece a pensarlo. Es transparente.
—Bueno, ¿y en que está pensando? —preguntó Cory, mirando con las cejas alzadas a Sandra, que se sonrojó de repente e hizo que todas se echaran a reír.
—La cena se enfría, así que será mejor hablar de todo esto más tarde —dijo Laura.
Sandra le dedicó una mirada agradecida. Pensaba contarle a Cory su historia con Dee, pero prefería hacerlo en privado. Después de la cena, Cory y Dee insistieron en fregar los platos. Mientras tanto, Sandra y Laura salieron a pasear hasta el recinto de los caballos.
—¿Estas enfadada conmigo? —preguntó Laura, apoyándose contra la valla.
—Sorprendida y quizá un poco preocupada, pero enfadada, no. Quiero que seas feliz. Lo que pasa es que… —Se interrumpió, sin saber muy bien cómo expresar sus dudas.
—Estas preocupada por si Dee está conmigo unos días y luego me abandona —dijo Laura.
—Cuando la conocí, no le interesaba la monogamia.
Laura se volvió para mirar los caballos.
—¿Tú tienes previsto seguir con Cory durante lo que te queda de vida?
Sandra, sorprendida de que se lo preguntara, contestó con rotundidad.
—Amo a Cory y me esforzare al máximo para que la relación perdure. Quiero hacerme vieja a su lado.
—Y aun así, hiciste el amor con Dee con la intención de que no fuera más que un rollo de una noche.
—Uno de los caballos se incorporó y Laura le acarició el cuello—. Si yo hubiera mostrado algún interés ese día que nos besamos en el jardín, ¿te habrías acostado conmigo?
—Seguramente —contestó Sandra con sinceridad, un poco desconcertada por los derroteros que estaba tomando la conversación.
—Entonces, es posible tener una relación sexual ocasional con una persona y en cambio ser capaz de sentar la cabeza con otra de la que te has enamorado, ¿no?
Sandra tuvo que ceder. Laura no necesitaba que la protegiera.
—No sé por qué me preocupo tanto por ti —dijo Sandra, rodeando a Laura con sus brazos y estrechándola contra su cuerpo.
—Porque hasta hace unas semanas yo era lo único sensato en tu vida, y porque nunca te he dado guiso de atún.
—Me rindo. Nunca cambiarás. —Le dio la mano a Laura y empezaron a caminar hasta la casa—. A ver, cuéntame —dijo de repente Sandra, con afectada seriedad—, cuando viene a verte Dee, ¿se trae sus juguetes?
Laura se puso colorada como un tomate, y Sandra soltó una carcajada. Laura agarró la manguera y Sandra echó a correr. Cuando casi había llegado a la puerta, el chorro de agua la golpeó de lleno.
Por la noche, las cuatro mujeres estaban sentadas en el porche, rodeadas por los sonidos de los grillos. Laura y Dee estaban en el balancín, y Cory y Sandra, en sillas de paja. Cada pareja contó su historia de los últimos dos meses y habló de sus ilusiones de futuro. En la suave oscuridad, Cory alargó el brazo y tomó la mano de Sandra. En ese momento, Sandra comprendió cual era realmente su fortuna.

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Allí te encuentro

Mensaje por Admin el Miér Mayo 31, 2017 3:43 pm

Envia tu historia en formato Word a wnlesb@gmail.com

Descarga el PDF gratis: https://ditusepilo.jimdo.com/app/download/6777494764/alli+te+encuentro+por+Frankie+Jones.pdf?t=1496235738

Admin
Admin

Mensajes : 5509
Fecha de inscripción : 11/04/2016

Ver perfil de usuario http://wnlesb.foro-blog.com

Volver arriba Ir abajo

Re: Allí te encuentro

Mensaje por Contenido patrocinado


Contenido patrocinado


Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.