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Mensaje por Admin el Vie Jun 09, 2017 1:08 am

Bunny, con los prismáticos en los ojos, estaba observando un halcón de cola roja.
—¿Sabes qué, R.J.? Hay todo un mundo ahí arriba, en el aire. —Apartó los prismáticos y miró a la tierra—. Y aquí abajo también.
—Con éste es con el que tenemos que trabajar. —R.J. se arrodilló y se sacó una navajita del bolsillo, hundió la hoja en la tierra húmeda y cortó el rastrojo—. Veamos.
—Luego señaló un punto en el mapa que Bunny acababa de abrir.
Las dos hermanas se inclinaron encima del mapa para examinarlo.
—No podremos aprovechar la parte del terreno más elevada.
—Sí, pero todavía podemos utilizar la tierra de esa parte. Las condiciones del terreno son favorables para plantar especies más agrestes, aunque también podemos colocarlas en macetas, ya sabes, con tierra rica en minerales y todo eso, dejar que las plantas crezcan en las macetas y, cuando tengan dos o tres años, ya estarán listas. Ya no tendremos que colocarlas en macetas.
—Ésa es una buena idea.
—El único problema es que tendremos que comprar las macetas ahora. Esperaba no tener que invertir demasiado dinero al principio. Necesitamos comprar semillas con vistas al futuro del negocio, a largo plazo. Obtendremos mayores beneficios si partimos de las semillas, pero también hay que tener algo con lo que empezar Necesitamos árboles jóvenes, pequeños, sí, pero, aun así, costarán como mínimo un par de dólares cada uno, según el tipo de arbusto o árbol. Y además necesitamos un tractor, un remolque esparcidor. Es un gasto importante.
—Yo me encargo del tractor. Al finn y al cabo, tú pones la tierra —dijo Bunny en tono decidido.
—De acuerdo. —R.J. sonrió y luego volvió a centrar su atención en el mapa—. Bueno, pues aquí, a lo largo de la ribera del río, salvo enfrente de la casa, creo que podemos
usar toda la tierra. Es una tierra excelente, es relativamente llana y el suelo es de calidad, por los depósitos aluviales. Tendremos que dividirla en franjas. Otro accesorio caro para el tractor.
Bunny examinó las cifras que R.J. había garabateado con lápiz el margen derecho del mapa del terreno.
—Veo que has estado ocupada.
Las dos hermanas se levantaron; un paseo de un kilómetro las llevaría de vuelta a la casa.
—Me gusta trabajar. Siempre es mejor.
—¿Y Frank?
R.J. se encogió de hombros.
—Ha borrado su nombre de la escritura y ha redactado un nuevo testamento. Ya no soy responsable de sus deudas financieras. Lo que tenga en su cartera de valores servirá para cubrir sus deudas. Al menos eso dice, quién sabe... Si sobra algo de dinero, se lo quedarán las chicas. Al cincuenta por ciento. Anoche lo firmó todo, delante de dos testigos.
—Discretos, espero.
—Sí. Frank está deprimido, por supuesto. —R.J. alzó la voz—. Pero no hay otro modo de hacerlo. La cabra siempre tira al monte. Uno es como es. Puedes ser capaz de reconocer una situación que sabes que puede perjudicarte, pero, si llevas el riesgo en la sangre, no puedes evitarlo.
—¿No crees que la gente puede cambiar?
—Sólo hasta cierto punto. Míranos a nosotras, Bunny. ¿Acaso hemos cambiado?
—El espejo me dice que sí.
—Eso es superficial. Me refiero a cambiar por dentro.
—Sí. Tú eres madre. Eso te cambió. Y en cuanto a mí… —Enroscó los dedos alrededor de la correa de los prismáticos—. La juventud se aleja, y con ella la idea de que el futuro es apasionante. Ahora vivo al día.
Atravesaron el bosque mientras la alfombra de pinaza amortiguaba sus pasos.
—Sólo se vive el presente —dijo R.J. al fin—. Quizá lo que perdemos son nuestras ilusiones. Algo mejor viene a ocupar su lugar.
—Yo no he encontrado nada mejor. Tú tienes a las chicas. Tus esperanzas están depositadas en su futuro, ¿no crees?
—Sí, claro, pero yo también tengo un futuro: poner en marcha nuestro vivero. —Se metió las manos en los bolsillos—. No sé cómo vamos a hacerlo, Bunny. Es mucho trabajo, un trabajo muy duro, y no podemos permitirnos el lujo de contratar a alguien, pero, maldita sea..., vamos a hacerlo.
—Yo lo haré para perder peso. —Bunny podía trabajar duro, lo cual no quería decir que le gustase—. Y para hacer dinero. Ya no siento que ocupo un lugar en el concesionario. Don me pide consejo, eso sí, pero cuando voy allí ya no es como en los viejos tiempos. El negocio ha crecido tanto... La gente tiene despachos y hay distintos departamentos, y yo sólo soy la mujer de Don.
—Oh, cariño, todo el mundo sabe que tú fuiste el cerebro que había detrás de todo eso. Las hermanas Wallace acudieron a ti para tratar de conseguir sus Cadillacs. La gente lo sabe.
Bunny se llevó los prismáticos a los ojos para inspeccionar un nido gigantesco que había en un árbol.
—Humm... Aves rapaces, o podría ser una ardilla. Nunca había visto tantas ardillas como este año.
—Charly llamó a Frank ayer por la tarde a su despacho.
—¡Lo sabía!
R.J. sonrió.
—Todavía no sabemos nada, pero le ha pedido una cita para hablar con él el primer sábado de diciembre.
Bunny, con los prismáticos de nuevo en el pecho, dio una palmada.
—Lo sabía. Un compromiso en toda regla para Navidad.
—No adelantemos acontecimientos. —R.J. cogió a su hermana del brazo—. Me imagino que va a pedir la mano de nuestra hija, pero... Ay, Bunny, es que es tan joven... Los dos son tan jóvenes...
—La juventud se malgasta en los jóvenes. ¿Quién dijo eso?
—Que yo recuerde, tú. —R.J. abrazó a su hermana con más fuerza.
—Jóvenes pero flexibles. Así madurarán juntos más fácilmente, y además se llevan estupendamente. Hacen muy buena pareja y formarán un matrimonio ideal, no les faltará de nada. Eso no se le escapa a nadie.
—Y mucho menos a ti.
Bunny se rió de sí misma.
—Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. A Vic nunca le faltará el dinero si se casa con semejante buen partido. Una chica tan guapa... Dios mío, RJ., es como volver a verte a ti a los veintidós. Sólo que con un corte de pelo distinto y con una ropa distinta. Es sobrecogedor.
—Mi amor no saltó por la ventana.
—Tú eres la excepción que confirma la regla, pero, para la mayoría de la gente, el dinero y el amor van juntos de la mano. Eso es todo. —Hizo una pausa—. Pero Vic y Charly forman muy buena pareja. Es como si estuviesen hechos el uno para el otro.
—Eso parece.
—La familia de él lo dejará en buena posición, ¿sabes?
—Eso espero.
—Así dejará de ser una carga para ti.
—Vic no es ninguna carga.
—No quiero decir eso. Ya sabes lo que he querido decir.
—Mentiría si dijera que no me gustaría recibir un poco de ayuda o, al menos, no tener que preocuparme. —R.J. se detuvo cuando salieron del bosque, al ver la brillante luz del sol vespertino derramándose por el pequeño y viejo melocotonar.
—Los melocotoneros de mamá. Todavía dan frutos… —se maravilló Bunny.
—Muchísimos, además. A las oropéndolas les encantan. Los árboles frutales me fascinan.
—Mucho trabajo.
—Bunny, todo da mucho trabajo.
—Supongo que por eso es importante trabajar en lo que te gusta.
Oyeron el sonido de un claxon a lo lejos y Piper empezó a ladrar.
—Seguro que las chicas han vuelto de la universidad. —R.J. avivó el paso—.Vic ha dicho que traería a Jinx. —R.J. esbozó una sonrisa radiante—. Esta vez vamos a celebrar el Día de Acción de Gracias por todo lo alto. Tengo tantas cosas por las que dar las gracias...
—Por tener salud, sobre todo. Dios, parezco una vieja, y pensar que me sacaba de quicio cuando mamá decía cosas así, pero es verdad. —Sortearon los melocotones esparcidos por el suelo.
—Debe de ser bueno para Vic tener una amiga íntima de su edad —reflexionó R.J. en voz alta—. Mignon es mucho más joven. Eso siempre me ha preocupado: era como tener dos niñas que no eran exactamente hermanas. Vic y Jinx parecían más hermanas que Vic y Mignon. Ahora ella y Chris son como uña y carne. Aunque la verdad es que Mignon ha madurado muchísimo en los últimos meses.
—Eres una buena madre, R.J. —dijo Bunny. R.J. sonrió con regocijo.
—Gracias, Bun.
—Te envidio, aunque a veces me pregunto si habría querido levantarme tres veces por noche para atender a un bebé, y luego están las paperas, el sarampión y la tos... Y luego, encima, todas las impertinencias y las malas contestaciones. No sé si habría podido hacerlo.
—Pues claro que habrías podido, ¿estás de broma? Nuestra madre nos crió como Dios manda.
Las dos mujeres se echaron a reír mientras ascendían la pequeña cuesta antes de que la casa surgiese ante ellas. Luego, como si fuesen dos universitarias más, echaron a correr en dirección a la casa, Bunny sujetando con fuerza sus prismáticos. Vic y Chris, que estaban acariciando a un más que complacido Piper, las vieron correr hacia ellas.
—¡Chicas, estamos en casa! —gritó R.J., riendo y mirando hacia atrás por encima del hombro.
—¡Te habría ganado si no llevase estos prismáticos!
—El colgante de Bunny... —se burló R.J. mientras llegaba junto a su hija mayor, antes de darle un enorme abrazo. Luego le dio otro también a Chris.
Bunny, jadeando y casi sin resuello, hizo lo propio.
—¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Hay momentos en la vida que son tan magnéticos, tan sumamente perfectos, que permanecen grabados en la memoria para siempre. Sonreímos al recordarlos, conscientes de que nunca podremos explicar exactamente por qué fueron tan fantásticos. Simplemente lo fueron. Aquel fin de semana de Acción de Gracias en Surry Crossing fue así. R.J., Bunny, Vic, Mignon y Chris reían en la cocina, en la mesa. Frank trinchaba el pavo con el asesoramiento de Don. Jinx se escapó de su madre para reunirse con los Savedge. Los Wallace también fueron, trayendo consigo su repertorio de números de animación espontánea habitual. Piper se comió todos los trozos de pavo sueltos que cayeron en sus patas.
Todos se repartieron en tres coches para ir a ver el partido de fútbol. En el viejo estadio de ladrillo, el aire fresco acentuaba la sensación de emoción y entusiasmo. Las animadoras ponían a la multitud al borde del frenesí, sacudiendosin cesar unos pompones verdes y amarillos en el aire. Los añcionados de cada clan hacían ondear banderines, sus propios pompones. Algunos llevaban gorras de béisbol verdes y amarillas, y otros, pintura verde y amarilla en la cara. Bunny dejó sus prismáticos a todo el mundo hasta el último cuarto de hora, cuando ya no podía
soportar separarse de ellos.
Charly marcó el último foucMown. El estadio se convirtió en un océano de pompones verdes y amarillos, y los gritos de júbilo sacudieron los cimientos. Tras el partido, los Savedge y sus acompañantes esperaron a la puerta del vestuario con la madre y el padre de Charly, quien salió para recibir un nuevo baño de gloria. Besó primero a su madre, luego a Vic, luego a Mignon, luego a Bunny y, por último, a Chris. Abrazó a su padre y estrechó la mano de Frank y de Don. Se marchó con sus padres, pues todavía tenían que celebrar la cena del Día de Acción de Gracias.
Una oleada de entusiasmo ante las expectativas los embargó a todos: Bunny no podía dejar de sonreír y los Harrison se deshacían en cumplidos con Vic. Todos sabían, aunque fuese de forma tácita, que Charly no tardaría en formular su proposición.
La única que no cayó presa del entusiasmo fue Vic. Incluso Chris percibió la intensidad de las expectativas..., aunque con miedo. ¿Y si Vic cambiaba de opinión? Aquella noche, mientras todos los demás dormían, Vic y Chris yacían abrazadas en la cama. En la mesilla de noche se apilaba un montoncillo de notas de Mignon, sin
respuesta.
—Vic, ¿estás segura de que podrás decir que no?
—¿Humm...? —Vic le acariciaba la nuca con la boca.
—Te va a resultar duro rechazar la proposición de Charly cuando te lo pida.
—No, no lo será. Será duro hacerle daño, pero no puedo mentir. No puedo hacer eso.
—Pareces tan segura...
—Chris, no te preocupes, podré hacerlo. No me muero de ganas de que llegue el momento, pero no pienso echarme atrás. Te quiero a ti.
Sintiéndose aliviada, Chris besó a Vic en la mejilla.
—¿Sabes?, nunca pensé que compartiría mi vida con una mujer. Creo que no sé qué esperar. Es decir, sé que la gente se llevará un disgusto, pero saberlo y sentirlo son dos cosas diferentes. —Hizo una pausa—. Supongo que entonces sabremos quiénes son nuestros amigos de verdad.
—Ser gay es una bendición. Cribas antes la basura. —Vic volvió a besarla—. Me voy a dormir. Me despertaré a las cinco y media y volveré a mi habitación.
—No sé cómo puedes hacer eso.
—Es muy sencillo. Lo último que tienes que decirte antes de dormirte es a qué hora te vas a despertar y entonces lo haces.
Y así lo hizo. Chris estaba profundamente dormida cuando Vic salió de puntillas de la habitación, a la mañana siguiente. Advirtió que había otra nota debajo de la puerta y estaba a punto de hacer caso omiso de ella cuando vio en la penumbra que su propio nombre estaba escrito al dorso.
Recogió la nota y se la metió en el bolsillo de la bata. Cuando llegó a su habitación, encendió la luz de la mesilla de noche.
La nota decía: «Sé que estás ahí dentro».

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Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:14 am

Bunny, con los prismáticos en los ojos, estaba observando un halcón de cola roja.
—¿Sabes qué, R.J.? Hay todo un mundo ahí arriba, en el aire. —Apartó los prismáticos y miró a la tierra—. Y aquí abajo también.
—Con éste es con el que tenemos que trabajar. —R.J. se arrodilló y se sacó una navajita del bolsillo, hundió la hoja en la tierra húmeda y cortó el rastrojo—. Veamos.
—Luego señaló un punto en el mapa que Bunny acababa de abrir.
Las dos hermanas se inclinaron encima del mapa para examinarlo.
—No podremos aprovechar la parte del terreno más elevada.
—Sí, pero todavía podemos utilizar la tierra de esa parte. Las condiciones del terreno son favorables para plantar especies más agrestes, aunque también podemos colocarlas en macetas, ya sabes, con tierra rica en minerales y todo eso, dejar que las plantas crezcan en las macetas y, cuando tengan dos o tres años, ya estarán listas. Ya no tendremos que colocarlas en macetas.
—Ésa es una buena idea.
—El único problema es que tendremos que comprar las macetas ahora. Esperaba no tener que invertir demasiado dinero al principio. Necesitamos comprar semillas con vistas al futuro del negocio, a largo plazo. Obtendremos mayores beneficios si partimos de las semillas, pero también hay que tener algo con lo que empezar Necesitamos árboles jóvenes, pequeños, sí, pero, aun así, costarán como mínimo un par de dólares cada uno, según el tipo de arbusto o árbol. Y además necesitamos un tractor, un remolque esparcidor. Es un gasto importante.
—Yo me encargo del tractor. Al finn y al cabo, tú pones la tierra —dijo Bunny en tono decidido.
—De acuerdo. —R.J. sonrió y luego volvió a centrar su atención en el mapa—. Bueno, pues aquí, a lo largo de la ribera del río, salvo enfrente de la casa, creo que podemos
usar toda la tierra. Es una tierra excelente, es relativamente llana y el suelo es de calidad, por los depósitos aluviales. Tendremos que dividirla en franjas. Otro accesorio caro para el tractor.
Bunny examinó las cifras que R.J. había garabateado con lápiz el margen derecho del mapa del terreno.
—Veo que has estado ocupada.
Las dos hermanas se levantaron; un paseo de un kilómetro las llevaría de vuelta a la casa.
—Me gusta trabajar. Siempre es mejor.
—¿Y Frank?
R.J. se encogió de hombros.
—Ha borrado su nombre de la escritura y ha redactado un nuevo testamento. Ya no soy responsable de sus deudas financieras. Lo que tenga en su cartera de valores servirá para cubrir sus deudas. Al menos eso dice, quién sabe... Si sobra algo de dinero, se lo quedarán las chicas. Al cincuenta por ciento. Anoche lo firmó todo, delante de dos testigos.
—Discretos, espero.
—Sí. Frank está deprimido, por supuesto. —R.J. alzó la voz—. Pero no hay otro modo de hacerlo. La cabra siempre tira al monte. Uno es como es. Puedes ser capaz de reconocer una situación que sabes que puede perjudicarte, pero, si llevas el riesgo en la sangre, no puedes evitarlo.
—¿No crees que la gente puede cambiar?
—Sólo hasta cierto punto. Míranos a nosotras, Bunny. ¿Acaso hemos cambiado?
—El espejo me dice que sí.
—Eso es superficial. Me refiero a cambiar por dentro.
—Sí. Tú eres madre. Eso te cambió. Y en cuanto a mí… —Enroscó los dedos alrededor de la correa de los prismáticos—. La juventud se aleja, y con ella la idea de que el futuro es apasionante. Ahora vivo al día.
Atravesaron el bosque mientras la alfombra de pinaza amortiguaba sus pasos.
—Sólo se vive el presente —dijo R.J. al fin—. Quizá lo que perdemos son nuestras ilusiones. Algo mejor viene a ocupar su lugar.
—Yo no he encontrado nada mejor. Tú tienes a las chicas. Tus esperanzas están depositadas en su futuro, ¿no crees?
—Sí, claro, pero yo también tengo un futuro: poner en marcha nuestro vivero. —Se metió las manos en los bolsillos—. No sé cómo vamos a hacerlo, Bunny. Es mucho trabajo, un trabajo muy duro, y no podemos permitirnos el lujo de contratar a alguien, pero, maldita sea..., vamos a hacerlo.
—Yo lo haré para perder peso. —Bunny podía trabajar duro, lo cual no quería decir que le gustase—. Y para hacer dinero. Ya no siento que ocupo un lugar en el concesionario. Don me pide consejo, eso sí, pero cuando voy allí ya no es como en los viejos tiempos. El negocio ha crecido tanto... La gente tiene despachos y hay distintos departamentos, y yo sólo soy la mujer de Don.
—Oh, cariño, todo el mundo sabe que tú fuiste el cerebro que había detrás de todo eso. Las hermanas Wallace acudieron a ti para tratar de conseguir sus Cadillacs. La gente lo sabe.
Bunny se llevó los prismáticos a los ojos para inspeccionar un nido gigantesco que había en un árbol.
—Humm... Aves rapaces, o podría ser una ardilla. Nunca había visto tantas ardillas como este año.
—Charly llamó a Frank ayer por la tarde a su despacho.
—¡Lo sabía!
R.J. sonrió.
—Todavía no sabemos nada, pero le ha pedido una cita para hablar con él el primer sábado de diciembre.
Bunny, con los prismáticos de nuevo en el pecho, dio una palmada.
—Lo sabía. Un compromiso en toda regla para Navidad.
—No adelantemos acontecimientos. —R.J. cogió a su hermana del brazo—. Me imagino que va a pedir la mano de nuestra hija, pero... Ay, Bunny, es que es tan joven... Los dos son tan jóvenes...
—La juventud se malgasta en los jóvenes. ¿Quién dijo eso?
—Que yo recuerde, tú. —R.J. abrazó a su hermana con más fuerza.
—Jóvenes pero flexibles. Así madurarán juntos más fácilmente, y además se llevan estupendamente. Hacen muy buena pareja y formarán un matrimonio ideal, no les faltará de nada. Eso no se le escapa a nadie.
—Y mucho menos a ti.
Bunny se rió de sí misma.
—Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana. A Vic nunca le faltará el dinero si se casa con semejante buen partido. Una chica tan guapa... Dios mío, RJ., es como volver a verte a ti a los veintidós. Sólo que con un corte de pelo distinto y con una ropa distinta. Es sobrecogedor.
—Mi amor no saltó por la ventana.
—Tú eres la excepción que confirma la regla, pero, para la mayoría de la gente, el dinero y el amor van juntos de la mano. Eso es todo. —Hizo una pausa—. Pero Vic y Charly forman muy buena pareja. Es como si estuviesen hechos el uno para el otro.
—Eso parece.
—La familia de él lo dejará en buena posición, ¿sabes?
—Eso espero.
—Así dejará de ser una carga para ti.
—Vic no es ninguna carga.
—No quiero decir eso. Ya sabes lo que he querido decir.
—Mentiría si dijera que no me gustaría recibir un poco de ayuda o, al menos, no tener que preocuparme. —R.J. se detuvo cuando salieron del bosque, al ver la brillante luz del sol vespertino derramándose por el pequeño y viejo melocotonar.
—Los melocotoneros de mamá. Todavía dan frutos… —se maravilló Bunny.
—Muchísimos, además. A las oropéndolas les encantan. Los árboles frutales me fascinan.
—Mucho trabajo.
—Bunny, todo da mucho trabajo.
—Supongo que por eso es importante trabajar en lo que te gusta.
Oyeron el sonido de un claxon a lo lejos y Piper empezó a ladrar.
—Seguro que las chicas han vuelto de la universidad. —R.J. avivó el paso—.Vic ha dicho que traería a Jinx. —R.J. esbozó una sonrisa radiante—. Esta vez vamos a celebrar el Día de Acción de Gracias por todo lo alto. Tengo tantas cosas por las que dar las gracias...
—Por tener salud, sobre todo. Dios, parezco una vieja, y pensar que me sacaba de quicio cuando mamá decía cosas así, pero es verdad. —Sortearon los melocotones esparcidos por el suelo.
—Debe de ser bueno para Vic tener una amiga íntima de su edad —reflexionó R.J. en voz alta—. Mignon es mucho más joven. Eso siempre me ha preocupado: era como tener dos niñas que no eran exactamente hermanas. Vic y Jinx parecían más hermanas que Vic y Mignon. Ahora ella y Chris son como uña y carne. Aunque la verdad es que Mignon ha madurado muchísimo en los últimos meses.
—Eres una buena madre, R.J. —dijo Bunny. R.J. sonrió con regocijo.
—Gracias, Bun.
—Te envidio, aunque a veces me pregunto si habría querido levantarme tres veces por noche para atender a un bebé, y luego están las paperas, el sarampión y la tos... Y luego, encima, todas las impertinencias y las malas contestaciones. No sé si habría podido hacerlo.
—Pues claro que habrías podido, ¿estás de broma? Nuestra madre nos crió como Dios manda.
Las dos mujeres se echaron a reír mientras ascendían la pequeña cuesta antes de que la casa surgiese ante ellas. Luego, como si fuesen dos universitarias más, echaron a correr en dirección a la casa, Bunny sujetando con fuerza sus prismáticos. Vic y Chris, que estaban acariciando a un más que complacido Piper, las vieron correr hacia ellas.
—¡Chicas, estamos en casa! —gritó R.J., riendo y mirando hacia atrás por encima del hombro.
—¡Te habría ganado si no llevase estos prismáticos!
—El colgante de Bunny... —se burló R.J. mientras llegaba junto a su hija mayor, antes de darle un enorme abrazo. Luego le dio otro también a Chris.
Bunny, jadeando y casi sin resuello, hizo lo propio.
—¡Feliz Día de Acción de Gracias!
Hay momentos en la vida que son tan magnéticos, tan sumamente perfectos, que permanecen grabados en la memoria para siempre. Sonreímos al recordarlos, conscientes de que nunca podremos explicar exactamente por qué fueron tan fantásticos. Simplemente lo fueron. Aquel fin de semana de Acción de Gracias en Surry Crossing fue así. R.J., Bunny, Vic, Mignon y Chris reían en la cocina, en la mesa. Frank trinchaba el pavo con el asesoramiento de Don. Jinx se escapó de su madre para reunirse con los Savedge. Los Wallace también fueron, trayendo consigo su repertorio de números de animación espontánea habitual. Piper se comió todos los trozos de pavo sueltos que cayeron en sus patas.
Todos se repartieron en tres coches para ir a ver el partido de fútbol. En el viejo estadio de ladrillo, el aire fresco acentuaba la sensación de emoción y entusiasmo. Las animadoras ponían a la multitud al borde del frenesí, sacudiendosin cesar unos pompones verdes y amarillos en el aire. Los añcionados de cada clan hacían ondear banderines, sus propios pompones. Algunos llevaban gorras de béisbol verdes y amarillas, y otros, pintura verde y amarilla en la cara. Bunny dejó sus prismáticos a todo el mundo hasta el último cuarto de hora, cuando ya no podía
soportar separarse de ellos.
Charly marcó el último foucMown. El estadio se convirtió en un océano de pompones verdes y amarillos, y los gritos de júbilo sacudieron los cimientos. Tras el partido, los Savedge y sus acompañantes esperaron a la puerta del vestuario con la madre y el padre de Charly, quien salió para recibir un nuevo baño de gloria. Besó primero a su madre, luego a Vic, luego a Mignon, luego a Bunny y, por último, a Chris. Abrazó a su padre y estrechó la mano de Frank y de Don. Se marchó con sus padres, pues todavía tenían que celebrar la cena del Día de Acción de Gracias.
Una oleada de entusiasmo ante las expectativas los embargó a todos: Bunny no podía dejar de sonreír y los Harrison se deshacían en cumplidos con Vic. Todos sabían, aunque fuese de forma tácita, que Charly no tardaría en formular su proposición.
La única que no cayó presa del entusiasmo fue Vic. Incluso Chris percibió la intensidad de las expectativas..., aunque con miedo. ¿Y si Vic cambiaba de opinión? Aquella noche, mientras todos los demás dormían, Vic y Chris yacían abrazadas en la cama. En la mesilla de noche se apilaba un montoncillo de notas de Mignon, sin
respuesta.
—Vic, ¿estás segura de que podrás decir que no?
—¿Humm...? —Vic le acariciaba la nuca con la boca.
—Te va a resultar duro rechazar la proposición de Charly cuando te lo pida.
—No, no lo será. Será duro hacerle daño, pero no puedo mentir. No puedo hacer eso.
—Pareces tan segura...
—Chris, no te preocupes, podré hacerlo. No me muero de ganas de que llegue el momento, pero no pienso echarme atrás. Te quiero a ti.
Sintiéndose aliviada, Chris besó a Vic en la mejilla.
—¿Sabes?, nunca pensé que compartiría mi vida con una mujer. Creo que no sé qué esperar. Es decir, sé que la gente se llevará un disgusto, pero saberlo y sentirlo son dos cosas diferentes. —Hizo una pausa—. Supongo que entonces sabremos quiénes son nuestros amigos de verdad.
—Ser gay es una bendición. Cribas antes la basura. —Vic volvió a besarla—. Me voy a dormir. Me despertaré a las cinco y media y volveré a mi habitación.
—No sé cómo puedes hacer eso.
—Es muy sencillo. Lo último que tienes que decirte antes de dormirte es a qué hora te vas a despertar y entonces lo haces.
Y así lo hizo. Chris estaba profundamente dormida cuando Vic salió de puntillas de la habitación, a la mañana siguiente. Advirtió que había otra nota debajo de la puerta y estaba a punto de hacer caso omiso de ella cuando vio en la penumbra que su propio nombre estaba escrito al dorso.
Recogió la nota y se la metió en el bolsillo de la bata. Cuando llegó a su habitación, encendió la luz de la mesilla de noche.
La nota decía: «Sé que estás ahí dentro».

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Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:14 am

Una mano poderosa sujetó a Mignon del hombro cuando abrió la puerta del pasillo a las siete y media de aquella misma mañana.
—Ven, vamos a dar un paseo —le ordenó Vic.
—¿Adonde? —Mignon trató de zafarse de su hermana com aprensión.
—Sólo iremos hasta el buzón y volveremos, o a lo mejor seguimos hasta Richmond.
—Seguro que ahora hace mucho frío ahí fuera.
—Para eso están los abrigos. —A empujones, Vic la obligó a bajar la escalera y a recorrer el amplio pasillo central hasta la parte posterior de la cocina. Le arrojó un abrigo y luego cogió otro para sí misma.
Una vez fuera, seguidas de Piper y envueltas por una ligera neblina, Mignon empezó a protestar:
—No podemos llegar tarde al desayuno o mamá se enfadará.
—Ya se le pasará. Muy bien Mignon, ¿qué quieres?
—¿Cómo?
Vic le enseñó la nota.
—Empieza por explicarme esto.
Con el crujir de las conchas bajo sus pisadas, Mignon miró la nota y luego se la metió en el interior de su abrigo de cuadros.
—No es nada.
—Venga ya.
—No me importa lo que hagas.
—Huy sí, ya lo creo que te importa, o de lo contrario no habrías pasado la nota por debajo de la puerta, Mignon. Venga, acabemos de una vez con esto. Dime qué estás
imaginando.
Una codorniz asustada salió volando de un seto, dejando constancia de su incomodidad con unas notas guturales. Mignon dio un puntapié a un guijarro con la punta del zapato.
—Imagino que tú y Chris no os pasáis las noches hablando de astrofísica, precisamente.
—Tres puntos. Vuelve a disparar.
—Bueno... No me importa. —Se encogió de hombros con indiferencia—. No me importa lo que haces.
—Escucha, quieres saber lo que hago, quieres saber por qué lo hago. Eres la típica hermana pequeña entrometida, chismosa y malcriada. —Dijo esto último en tono de
broma.
—¿Quieres oír lo que eres?
—Bollera. ¿Es eso lo que ibas a decir? Pues dilo, adelante.
Una expresión dolida cruzó el rostro de Mignon.
—-No, no iba a decir eso. Yo nunca diría eso. No me importa si eres bollera. Quiero decir, no es una palabra muy bonita, ¿no?
—No lo sé. Nunca me han importado demasiado las palabras.
—¿Lo eres?
—¿Bollera?
—Sí.
—¿Siempre?
—No lo sé. No creo.
—¿Nunca besaste a ninguna chica cuando ibas al colegio? —Mignon encogió los hombros con una divertida mueca de duendecilla.
—¡Dios, no! —Vic se echó a reír.
—Bueno. —Mignon inhaló el aire húmedo y frío, frío hasta la médula—. ¿Y qué fue lo que pasó?
Vic la cogió del brazo.
—No lo sé. Sólo miré a Chris un día, el sol parecía amarse como oro en polvo sobre ella, y sentí cómo me palpitaba el corazón. Casi no podía respirar y... —Hizo una pausa—. Supe que la amaba. Y que la deseaba. No puedo darte razones. No tengo ninguna, sólo tengo sentimientos.
—¿Crees que me pasará eso a mí algún día?
—Oh, Mignon, siempre pensando en ti misma. —Vic bajó el tono de voz con fingida frustración.
—No he querido decir eso. Y de todos modos, ¿qué esperabas? ¿Acaso pensabas tú en los demás cuando tenías quince años? Seguro que te pasabas el día pensando sólo en ti, sólo que no lo decías. Al menos yo lo digo. Pero eso no es lo que he querido decir.
—Entonces, ¿qué has querido decir?
—¿Me enamoraré así algún día?
—¿Cómo voy a saberlo?
—Tú eres mi hermana mayor. Se supone que lo sabes todo. Se supone que vas primera. Así es como funciona. —Vic sonrió mientras Mignon continuaba hablando—. ¿Cómo se enamora la gente? ¿Te cae un ladrillo en la cabeza? ¿Se te cae el cerebro en las bragas? ¿Qué?
—Es diferente para cada persona. Supongo que en mi caso fue una especie de amor a primera vista, pero yo no lo sabía. En otros casos, uno se va enamorando de la otra persona poco a poco. Requiere tiempo. En otros casos, empiezan odiándose. Al menos eso es lo que dice tía Bunny. Al principio tío Don le parecía más horrendo que el aliento de un perro... Sin ánimo de ofender, Piper.
El golden retriever meneó la cola. No se había dado por aludido.
—Se pasaban el día peleándose e insultándose, pero hete aquí que un buen día supongo que ella empezó a verlo con buenos ojos. ¿Quién sabe cómo será en tu caso?
—Si tú eres lesbiana, a lo mejor a mí también me gusta. Quizás hay un gen o algo. Podría heredarlo.
—Eres el colmo de los colmos. Tú eres como eres. Como yo sea no tiene nada que ver contigo.
—Sí, pero tú no pensabas que eras gay cuando tenías mi edad.
—Cuando tenía tu edad, yo no pensaba en nada más que en el lacrosse y el hockey sobre hierba, Mignon. Sólo quería hacer deporte y sacar buenas notas. Somos muy distintas.
—Pero ¿cómo se sabe?
—Se sabe cuando se tiene que saber, pero eso ocurro con todo, no sólo con el hecho de ser gay o de enamorarse. Cuando necesitas saber algo en la vida, viene a ti o lo aprendes o aparece alguien que te lo enseña. Eso es lo máximo que te puedo decir.
—Te quiero. Eres mi hermana. Tendría que quererte aunque no te quisiera, pero no quiero ser gay.
—No lo eres. —Vic inspiró hondo y luego añadió—: Te quiero. No siempre sé por qué. Siete años de diferencia son muchos años. Cuando seamos mayores, no se notará tanto, cuando yo tenía catorce años, tú tenías siete y eras una auténtica pesadilla. No sé por qué mamá y papá esperaron tanto para tenerte.
—Fui un accidente.
—Pero sabes que te deseaban más que nada en el mundo.
—Ahora no podrás tener hijos. —Mignon pensó aquello cuando llegaron al buzón. Metió la mano y sacó el Richmond Times-Dispatch.
—Vas muy por delante de mí. Yo todavía no había pensado en eso.
—Vic, ¿qué pasará con Charly?
—No lo sé. —Vic se apoyó en el buzón—. Tengo que hacer algo. Tengo que hacer lo correcto, pero, Dios..., me da miedo. —Miró a Mignon a los ojos—. ¿Vas a ir corriendo a contárselo a mamá?
—No —respondió Mignon, enfadada, alzando la voz.
—Me parece que eso no ha sido demasiado justo por mi parte. Perdona. Tengo muchas cosas en que pensar.
Emprendieron el camino de vuelta hacia la casa.
—¿Y no podrías seguir saliendo con Charly hasta que yo sea lo bastante mayor como para que se fije en mí? Es un chico tan genial...
Vic se echó a reír.
—No, no puedo hacer eso.
—Pero si sigues saliendo con él tal vez cambies de opinión. A lo mejor te cansas de Chris.
—No voy a cansarme de Chris y, aunque me cansase, ¿cómo sabes que no empezaría a salir con otra mujer? Mignon, no soy un grifo, no puedo abrirme y cerrarme.
—Sí, pero has vivido todo este tiempo sin ser gay.
—No puedo explicarlo, pero te lo juro, Mignon, es así y ya está. Es así...: es como la bruma que envuelve el río. Es así y ya está. No puedo dar marcha atrás. Es que no
puedo.
Mignon lanzó un largo y profundo suspiro.
—Va a ser muy raro, tener una hermana lesbiana.
—Ah, pues llámame Hermana Retorcida, suena mejor que Hermana Bollera. ¿Y qué? ¿Acaso eres la única persona en el mundo que tiene una hermana lesbiana? Pobrecita...
—No me importa. Sólo he dicho que será raro. Me acostumbraré.
—Eso es muy noble, Mignon.
—Tengo una naturaleza generosa.
—¿Vas a tratar a Chris de forma distinta a partir de ahora?
—No. Intentaré no pensar en cómo os besáis.
—Mignon, puedes conmigo, de verdad. Yo intentaré no pensar en cómo besas a Buzz Schonfeld.
—¡Nunca lo haría! ¿Cómo puedes decir una cosa así?
Vic silbó unas cuantas notas de Dixie, que era otra forma de decir: «¡Y una mierda!».
—Oye, que es Marjorie Solomon la que quiere besarlo, no yo. Lo que hay que oír... —Mignon se calló—. Marjorie me hará la vida imposible cuando se entere de que tengo una hermana lesbiana. Mierda. Vic, no salgas del armario hasta que haya acabado el instituto, por favor.
—Dudo que yo sea la comidilla del día en el Surry High.
—No, pero yo sí lo seré.
—Es verdad, se me olvidaba: eres la chica más popular de todo el colegio.
—Gilipollas.
—Sé más original.
—Tortillera de mierda.
—Eso es interesante.
—Eh, que no es lo mismo que gilipollas...
—Tienes razón. —Vic observó que un jirón de niebla empezaba a disiparse—. Deja que yo se lo diga a mamá cuando esté preparada.
—Pasarán años.
—No serán años, pero cuando esté preparada. Lo primero que tengo que hacer es hablar con Charly.
—¿Dejaste de quererlo?
—No. Lo quería, pero no sabía cómo era esa clase de sentimiento. Resulta un poco difícil saber algo cuando todo lo que te rodea te mantiene en otra dimensión distinta. ¿Tiene algún sentido lo que acabo de decir? No sabía que pudiese ser distinto, Mignon. No sabía nada de nada.
—Entonces, ¿estás verdadera y locamente enamorada de Chris?
—Sí, lo estoy.
—Muy bien. ¿Qué quieres que haga?
—Nada. Sigue así y no hagas comentarios de ninguna clase. Te conozco muy bien. Tienes un secreto y te morirás de ganas de decirlo a voces.
—Puede que conozca más secretos además del tuyo —contraatacó Mignon.
—Más poder para ti.
—¿No quieres intentar sonsacármelos?
—No, gracias. Ahora mismo estoy demasiado desbordada con mi propia vida. Cuando pase todo esto te suplicaré que me los cuentes.
—No me crees.
—Sí, claro que te creo. Estoy segura de que tienes secretos.
—No son mis secretos, son los secretos de otras personas.
—Muy bien, Mignon, estoy agobiada, ¿vale? ¡Dios! He descubierto que soy lesbiana, o al menos que estoy enamorada de una mujer, así que todo el mundo me va a llamar lesbiana. Más vale que me acostumbre. Además, un chico maravilloso está enamorado de mí y tengo que romper con él a pesar de que me importa muchísimo. De verdad. Mamá y papá dan por sentado que me voy a casar con él cuando acabe la universidad. No voy a hacerlo. Tendré que pelearme con ellos. Papá nos ha dejado sin blanca. Yo no puedo irme y dejar sola a mamá. Y no puedo dejarte a ti. Tú vas a ir a la universidad aunque yo tenga que pagarte los estudios.
Mignon apoyó el hombro en el hombro de su hermana durante varias zancadas.
—La verdad es que quiero ir a la universidad.
—Bueno, bonita, entonces tendrás que trabajar el próximo verano. Yo tendré que trabajar.
—A lo mejor papá recupera el dinero.
—Papá y el dinero son alérgicos el uno al otro.
—Sí, pero ¿por qué no le pide mamá un préstamo a tía Bunny?
—Humm..., no creo que a tío Don le hiciese mucha gracia. Si nos deja dinero, seguramente no lo recuperará. Así es como piensa. No lo hará.
—¿Por qué no puede hacerlo tía Bunny?
—Porque piensa lo mismo. Puede que no lo diga, pero no creo que tía Bunny le deje dinero a papá.
—No se lo dejaría a papá, se lo dejaría a mamá.
—Mignon, no se lo va a dejar. La gente es muy rara cuando se trata de asuntos de dinero. Tú crees que la gente es rara respecto al sexo... —Sacudió la cabeza—. Da igual. Lo superaremos, pero tú tendrás que trabajar el verano que viene.
—Lo haré. Trabajaré con Hojo.
—¿Qué pasa contigo y con Hojo?
—Nada. Me cae muy bien. Es muy divertida.
—Lo bastante divertida como para agujerearte los lóbulos de las orejas.
—Sí. Supongo que no debería trabajar para tío Don.
Vic advirtió el humo que salía por la chimenea del tejado.
—Trabaja para quien quiera contratarte.
—Vic.
—¿Qué?
—¿Y si Chris se cansa de ti? ¿Lo has pensado alguna vez?
—No.
—Pues a lo mejor deberías. Vas a dejar a Charly. ¿Y si te dejan a ti?
—No puedo cambiar mis sentimientos. Si me dejan..., bueno, pues es la vida.
—Quizá te deje volver con él.
—Mignon, no puedo volver con él. No estoy ahí. —Vic soltó el aire por la nariz, dos columnas de condensación—. ¿Tan malo es tener una hermana lesbiana?
—No lo sé, nunca había tenido ninguna hasta ahora —repuso Mignon con desfachatez.
—Bueno, acostúmbrate. —Se quedó pensativa durante tinos instantes—. ¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde vuestra última visita.
—¿Y cómo lo supiste?
Mignon se encogió de hombros.
—Lo supe, y ya está.
—¿Crees que mamá o tía Bunny lo saben? A papá ni siquiera se le pasaría por la imaginación.
—No, pero al final acabarán imaginándoselo. Sobre todo tía Bunny, la reina del radar sexual.
—Mira quién fue a hablar...
—Yo no tengo ningún radar sexual. La última vez que viniste, me asomé a tu habitación en plena noche y vi que no estabas. Así fue como lo supe.
Piper levantó la cabeza para olisquear el aroma a beicon que escapaba por la campana de la cocina.
—Venga, entremos.
—¿Estás enfadada conmigo? —La voz de Mignon parecía un poco temblorosa.
—No. Es que no quiero tener que preocuparme por ti. Ya tengo bastante con lo mío.
—¿Tienes miedo?
—No. En cierto modo, me siento mejor, pero hay un montón de cosas que tengo que solucionar, ¿sabes?
—Todo es igual que siempre. Sólo tú eres distinta —dijo Mignon.
—A lo mejor yo soy la misma y todo lo demás es distinto. Desde luego, yo no lo sé.

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29

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:15 am

Las fotografías de Charly inundaban las páginas de los periódicos de Williamsburg y los condados vecinos. Concentrada en disfrutar de los últimos días de las vacaciones de Acción de Gracias, Vic no se fijó demasiado en ellas. Monseñor Whitby, en cambio, sí lo hizo. Cuando Charly volvió a aparecer por la facultad aquel último lunes de noviembre, el entrenador lo metió a empellones en su despacho.
El entrenador Frascetti, un hombre fornido, fue directo al grano tras enseñarle la denuncia de monseñor Whitby, en la que lo acusaba a él y a otras dos mujeres no identificadas.
—Charly, ¿tuviste tú algo que ver con la estatua de la Virgen María disfrazada de hummm... cocinera? —Charly abrió la boca para contestar, pero el entrenador levantó la mano para detenerlo—. Antes de que respondas, tienes que tener en cuenta lo siguiente: tendrás que comparecer ante el decano. Bueno, si la temporada estuviese en pleno apogeo, podría dejarte en el banquillo y todo el mundo se quedaría contento, excepto yo y los fans del equipo, ¿de acuerdo? Así que lo mínimo que te puede pasar es recibir un sermón del decano Hansen sobre responsabilidad y sensibilidad con el prójimo. Lo peor que te puede pasar es que te expulsen de la universidad de una patada, puesto que la dirección está muy sensible en estos momentos, aunque creo que tu padre puede arreglar eso. Lo más probable es que te expulsen temporalmente y que tengas que ir a Saint Bede's. Estoy seguro de que el monseñor tendrá una lista interminable de cosas que puedes hacer. Pero existe otra opción: he hablado con Hap Stricker, nuestro entrenador de béisbol. —Un destello en la mirada del entrenador indicaba que se creía muy listo—. Dice que te pondrá en su lista y luego te suspenderá. Tú fingirás estar destrozado y en Saint Bede's se darán por satisfechos.
Charly estaba sentado frente a su entrenador, pensando a toda velocidad. No era un hombre mentiroso, ni tampoco quería recibir un trato de favor. Por otra parte, la idea de que su padre hiciese un trato con el decano y realizase una generosa contribución a la asociación de ex alumnos le revolvía el estómago.
—Entrenador Frascetti, yo estaba allí. No teníamos intención de cometer ningún sacrilegio.
—Muy bien. Me siento orgulloso de ti por haber confesado. Déjame hablar con Hap.
—Señor, ¿podría pensármelo un poco? Le agradezco todo lo que ha hecho por mí y agradezco al entrenador Stricker que haya pensado en esa solución. Yo..., bueno, si pudiese darme de tiempo hasta esta noche... Quiero asegurarme de que estoy haciendo lo correcto.
—A las seis. Llámame hacia las seis. —El entrenador Frascetti se levantó de su silla de oficina—. Supongo que tu familia no es católica.
—No, señor. Episcopaliana.
—Bueno, pues la mía sí. Y la Santísima Virgen María parecía estar divirtiéndose. Llámame esta noche, Charly. Deja que yo me encargue de esto.
—Le llamaré, señor. Gracias.
Charly salió del gimnasio y llegó al piso de Vic al cabo de veinte minutos. Le contó lo sucedido en la reunión.
—Creo que debería ir a ver al decano Hansen y acabar de una vez —concluyó Charly.
—Fuimos los tres quienes la disfrazamos. ¿Por qué deberías ir tú a verlo?
—Tu foto no salió en los periódicos. El monseñor dijo que había dos mujeres más, pero el entrenador no insistió mucho al respecto. Si me castigan a mí, se olvidarán de eso.
—Charly, deja que el entrenador Stricker te ponga en su lista del equipo de béisbol. En serio. No vale la pena sufrir un castigo tan grande sólo porque ese viejo gruñón no puede soportar ver a María con un delantal de barbacoas.
—No sé.
—Sólo faltan tres semanas para las vacaciones de Navidad. Al monseñor también se le pasará. Al menos espera hasta... ¿A qué hora tienes que llamar al entrenador Frascetti?
—A las seis.
—Espera hasta entonces. Pasea un poco, reflexiona y llámame antes de llamar al entrenador.
—Pensaba quedarme aquí.
Aquello no entraba en los planes de Vic.
—Claro. Pero tengo que ir a recoger a Jinx. Toma, quédate con las llaves por si decides salir. Si pasa cualquier cosa, deja las llaves encima de la puerta de abajo, pero espera hasta que se agote el tiempo para hablar otra vez con el entrenador. Es una decisión muy importante y no hay razón para hacerse el héroe. De verdad, Charly, no es que hayamos hecho algo tan malo. ¿Me lo prometes?
—Sí, de acuerdo. —La besó en los labios.
—Toma una Coca-Cola o galletitas, si quieres. Lo siento, es lo único que tengo —gritó mientras abría la puerta principal.
—Dios, Vic, voy a tener que ganar el dinero suficiente para que podamos permitirnos una cocinera.
—Me parece bien —entonó ella mientras se dirigía a las escaleras.
Las palabras de Charly hablando del futuro hicieron que se le formara un nudo en el estómago. Ya pensaría en eso más tarde. Mientras arrancaba el Impala, Vic deseó tener tiempo para hablar con Chris, pero ésta estaba en clase. Era mejor seguir adelante con lo que pensaba hacer. Después de la transfiguración de María, monseñor Whitby había llamado a la policía y luego a los periódicos, No era probable que se olvidase del asunto ahora que había reconocido a Charly. No, estaba claro como el agua que el monseñor creía firmemente en el castigo. Por el hecho de ser un atleta estrella, Charly podía esperar que sucediese una de las siguientes dos cosas: que se librase por los pelos o que lo utilizaran para dar ejempto, La temporada de fútbol había terminado, Charly era prescindible y la dirección quedaría en muy buen lugar si imponía una disciplina férrea. El entrenador Frascetti lo sabía, pero había preferido guardárselo para sí. Por suerte, Charly le caía francamente bien y su plan con el entrenador Stricker era muy bueno. Así, parecería que Charly estaba siendo amonestado, la dirección quedaría bien, el departamento de atletismo aparecería como moralmente responsable, el periódico tendría su noticia y el monseñor podría darse por satisfecho.
Si el padre de Charly intentaba sobornar a la dirección, eso también podía filtrarse a la prensa y provocar un nuevo escándalo. Vic aparcó el coche en el aparcamiento que había detrás del edificio de la dirección. Subió con paso decidido las escaleras y recorrió el pasillo recién pulido hasta el despacho de Greg Hansen.
La secretaria soltó un bufido cuando le pidió ver al decano, pero Vic la convenció, explicándole que su visita estaba relacionada con el incidente de Saint Bede's.
No tardó en acompañarla al interior de un despacho con paredes forradas de madera, sillones de cuero y diplomas en la pared. Allí estaba Greg Hansen, un hombre delgado, de unos cuarenta años, que se tomaba su trabajo con un celo absoluto.
—Decano Hansen, le agradezco que haya accedido a verme sin previa cita.
—No importa, Victoria. Atravesamos una situación delicada con la comunidad. Como sabes, las tensiones entre la facultad y la ciudad forman parte inevitablemente de la vida universitaria. Desde la Edad Media, para ser más exactos. —Esbozó una sonrisa radiante. Como antiguo profesor de historia, aprovechaba cualquier oportunidad para impresionar a su interlocutor con algún hecho historico arcano.
—Señor, yo puedo solucionar sus problemas con monseñor Whitby. Sé que ha identiñeado a Charly Harrison por una fotografía aparecida en la página de deportes. Es cierto que Charly estuvo allí, pero no llegó a tocar la estatua. Yo lo convencí para que vigilase por si venía alguien. Lo hice yo, y él no debería ser castigado por mi conducta.
El decano Hansen se puso muy serio. Juntó las manos de modo que las yemas de los dedos se tocaban entre sí, formando una pequeña tienda de campaña.
—Entiendo.
—Así que deberían castigarme a mí.
—El monseñor dijo que había otra chica.
—Ella tampoco hizo nada, pero, cuando el monseñor salió por la puerta y se puso a gritar, todos echarnos a correr. Si lo hubiese visto, decano Hansen, usted también habría echado a correr. Pero de verdad, todo fue idea mía.
El decano Hansen observó a Vic. Había oído que Charly tenía una novia, la chica más guapa de todo el campus, y no podía por menos que estar de acuerdo con aquella afirmación. Era una de las mujeres más guapas que había visto en su vida. Si su carrera en el William y Mary se iba al traste, no pasaría nada. Se casaría con Charly o con cualquier otro.
—Bueno, Victoria, sabes que podría expulsarte por esto. No podemos tratar un asunto relacionado con la religión a la ligera y monseñor Whitby cree que se ha llevado a cabo una profanación. Me he puesto en contacto con el grupo del cardenal Newman aquí en el campus y ellos también están consternados. Creo que deberías saber lo que podría pasarte.
—Lo sé, pero no puedo permitir que Charly pague por algo que he hecho yo. Dirá que lo hizo él para protegerme. Decano Hansen, no veo qué bien puede hacerle al William y Mary manchar la reputación de uno de sus mejores estudiantes. Sólo tengo que atenerme a las consecuencias.
—Te lo agradezco. Bien, pues llamaré al monseñor — dijo, mientras hacía pasar las páginas de su agenda—. El miércoles ya te informaré de la decisión del comité disciplinario.
—¿Debería informar a la decana de la sección femenina?
—No —negó con la cabeza—. Ya me encargaré yo de eso, Déjale tu número de teléfono a mi secretaria cuando salgas.
Encontró a Jinx en su apartamento plantando bulbos en los parterres delanteros. La temperatura había subido a los dieciséis o diecisiete grados.
—Deja que te ayude. —Vic se arrodilló a su lado.
—A mi casera le gustan los tulipanes, así que se me ha ocurrido plantarle unos cuantos. Es una señora encantadora. —Jinx agradecía el trato amable que recibía de su ensera.
—Me parece que estoy metida en un berenjenal.
—Una frase muy poética, además de apropiada. —Jinx echó tierra con cuidado por encima de un bulbo con la toi ma de la cúpula de una iglesia ortodoxa rusa.
—Monseñor Whitby sabe que Charly participó en lo de la Virgen María y...
—¿Cómo?
—La foto de Charly salió en todas las páginas de deportes de los periódicos.
—Ah.
—Sí. Así que le acabo de decir al decano Hansen que fui yo quien lo hizo y que convencí a Charly para que vigilara que no viniese nadie. Es la verdad, más o menos. Yo lo planeé todo.
Jinx había distribuido las bolsas de bulbos según el color y cogió un bulbo correspondiente a una flor amarilla rojiza.
—¿Sabes lo que haces?
—Estoy en deuda con Charly, Jinx. Lo mínimo que puedo hacer es cargar con las culpas.
—Lo vas a dejar de verdad, ¿a que sí?
Vic tragó saliva.
—No consigo reunir el coraje suficiente para decírselo.
—Desde luego, Vic, la tuya sí es una vida interesante. —Jinx colocó uno de los bulbos en el agujero—. ¿Y si te expulsan?
—Entonces, me iré. —Vic acarició la textura fina, como de papel, de la superficie del bulbo.
—Y si te expulsan, ¿qué vas a hacer con Chris? ¿Y tus padres? ¿Y tu futuro?
—Buscaré trabajo. Trabajaré hasta que Chris se gradúe y luego saldremos adelante. Mamá y papá se llevarán un gran disgusto.
—¿Qué clase de trabajo?
—No lo sé, Jinx. Cualquier cosa que me dé dinero. Mamá me dijo que a lo mejor ella y tía Bunny se meten en el negocio de los viveros. No sé si podrán contratarme, pero la verdad es que me encantaría esa clase de trabajo.
—¿Y no es un sacrificio demasiado grande?
—Si quiero graduarme más adelante, podré hacerlo. Sólo me queda un semestre, ya ves qué catástrofe... —Vic parecía más fuerte de como se sentía en realidad.
—Pues sí será una catástrofe si deciden hacer desaparecer tu expediente.
—No pueden hacerles nada a mis notas. Puedo terminar en el community college.
—El William y Mary queda mejor en un título universitario.
—Lo pondrá en el tuyo —dijo Vic con una sonrisa, aunque ella también pensaba que el nombre de «William y Mary» quedaba perfecto en un diploma.
Jinx le devolvió la sonrisa.
—¿Crees que tu madre y tu tía Bunny realmente montarán una empresa?
—Sí. —Cogió otro bulbo—. Mamá lo ha mencionado de pasada en un par de ocasiones, pero la última vez que fui a casa me enseñó los mapas del terreno, dónde quiere plantar sauces y todo eso. Creo que va en serio. Ah, sí, olvidaba decírtelo: Mignon sabe lo mío con Chris.
Jinx hincó el desplantador en la tierra.
—¡Dios santo!
—Se lo ha tomado muy bien.
—¿Por cuánto tiempo? —Jinx frunció el entrecejo—. No será capaz de mantener la boca cerrada. Es demasiado jugoso, y ella es la primera en saberlo.
—No dirá nada.
—¿Qué te apuestas?
—Cinco pavos.
—Hecho.
—¿Cuánto tiempo?
—Seis meses. Es decir, tendrás que decírselo a tu madre y a tu padre para entonces. —Jinx se sacudió la tierra del muslo.
—Antes.
—¿Y qué les vas a decir de todo esto?
—La verdad. —Vic consultó su reloj—. Tengo que volver a casa. He dejado allí a Charly y le he dicho que no hiciese nada. —Vic se puso de pie y se limpió los vaqueros con las manos—. ¿Sabes qué?
—¿Qué?
—No me arrepiento lo más mínimo de haber actualizado el vestuario de María.
Charly no estaba en su piso. Había dejado una nota en la que indicaba que había salido a comer. La llamó justo antes de las seis y Vic le contó lo que había hecho. El discutió con ella, pero ella insistió en que lo hecho, hecho está, y en que no tenía sentido que cualquiera de los dos se buscase más problemas. Al final, Charly acabó por ceder. A continuación, Vic fue al apartamento vecino y se lo contó todo a Chris.
—Espero que algún día no te arrepientas de lo que has hecho —dijo Chris, preocupada.
—No me arrepentiré.
—¿Va a volver Charly ahora que no tiene hora límite en la residencia? —preguntó con nerviosismo.
—No, lo he convencido para que no viniera.
Chris se relajó.
—Todo esto es tan bestia...
—Al menos, no nos aburrimos.

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30

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:17 am

La luz invernal de primera hora del alba inundaba de escarlata la hondonada del estadio de fútbol. Después de darle un beso a una Chris aún dormida, Vic le dejó una nota sobre la mesa de la cocina. Necesitaba quemar energías, necesitaba pensar. Subir y bajar corriendo los peldaños del estadio le sentaría de maravilla. Ya había subido a lo alto y había vuelto a bajar diez veces, y tenía intención de completar el proceso veinte veces más, cuando una figura vestida con pantalones de chándal verde oscuro apareció en la pista, corriendo hacia ella con una elegancia familiar muy característica.
Sin mediar palabra, se situó junto a ella y corrieron juntos las últimas series de peldaños del estadio. Para cuando hubieron terminado, la escarcha se estaba convirtiendo en rocío reluciente.
Echaron a andar por la pista para enfriar.
—¿Has cambiado de opinión?
—Creía que ya lo habíamos decidido.
—Vic, podrían expulsarte hoy mismo.
—Me darán unos cuantos azotes o me harán escribir «No vestiré ni desnudaré a la Santísima Virgen María» en la pizarra mil y una veces.
—Después del escándalo en Alpha Tau, creo que te van a dar algo más que unos azotes.
—Charly, no te preocupes por mí. Si me echan de aquí mañana, sobreviviré, ¿sabes?
—Sí, pero sólo te queda un semestre.
—Ya terminaré más adelante, en alguna otra parte, en algún otro momento. Ya hablamos de esto anoche.
—Por teléfono. A mí me gusta hablar las cosas cara a cara, nena. —Le dio una palmada en el culo—. Creí que tal vez podría convencerte. No me importa recibir mi
merecido.
—No serviría de nada. Absolutamente de nada.
—¿Y si voy a ver al decano Hansen y confieso? Entonces nos darían la patada a los dos y estaríamos juntos.
—No.
—O podría entrar en su despacho y decirle que en realidad te has echado el muerto para salvarme el pellejo.
—Olvídalo. Nadie quiere que te expulsen del William y Mary, incluido el decano Hansen. ¿Por qué crees que el entrenador se ha tomado tantas molestias? Tú termina y ya está. Luego, si te fichan para un equipo de fútbol profesional...
—En primer lugar, sólo me ficharían como último recurso. Esto no es la capital del fútbol, precisamente.
—Pero tú sí eres un futbolista capital.
—Muchas gracias. —Hizo una pausa—. Acabaré trabajando como agente de bolsa. Nadie me va a fichar.
—¿Y la carrera de derecho?
—Ya hay demasiados abogados en el mundo. —Se echó a reír—. La verdad es que estoy muy decidido a aprender el funcionamiento del mercado de la bolsa.
Vic le cogió la mano.
—No descartes nada. Todavía te falta mucho para licenciarte y seguro que te ficha algún equipo. Han venido los cazatalentos a verte jugar y ya sabes que el entrenador ha recibido varias llamadas. Sólo tienes que esperar. No tienes que aceptar cualquier trabajo que te ofrezcan, pero ¿no sería divertido saber qué te ofrecen? ¿Sólo por curiosidad?
Se llevó la mano de Vic a los labios y besó su piel fría.
—¿Y si aceptase y me fichase... humm... el Green Bay, por ejemplo? ¿Vivirías conmigo en la tundra helada?
Vic tragó saliva.
—No se trata de lo que yo quiera, se trata de las oportunidades que la vida les brinda a unos pocos. La bolsa estará siempre ahí, puedes estudiar el mercado e incluso trabajar en una correduría de bolsa entre una temporada y la siguiente. Puedes ganar muchísimo dinero en el fútbol, dinero para invertir.
—Ganaré dinero haga lo que haga. —Sonrió, rezumando seguridad en sí mismo por los cuatro costados.
—Nunca te había oído decir eso hasta ahora.
—El dinero es de lo último de lo que debería hablar la gente.
—Bueno... Supongo que si tienes suficiente no es un asunto tan delicado. Creo que mamá sólo me habló de eso porque estaba muy, muy angustiada.
—No he querido decir eso, cariño.
—Sí, ya lo sé. Sólo estaba pensando en voz alta. Seguramente no debería hacerlo. Hablo de dinero más de lo que debería. Es que lo tengo en la cabeza todo el tiempo.
—Nunca tendrás que trabajar. Nunca tendrás que preocuparte por el dinero. Lo prometo.
—Charly, yo quiero trabajar.
—Claro, por supuesto. Ya sé que no puedes quedarte de brazos cruzados sin hacer nada, pero nunca, jamás, tendrás que preocuparte. Yo me encargaré de todo. —La abrazó.
Ella también lo abrazó, rodeándolo con los brazos por la cintura. ¿Cómo iba a poder dejarlo? ¿No podían seguir juntos pero olvidándose del matrimonio? Se preguntó si era egoísta por poder disfrutar de ambos físicamente o si sólo era humana. «El amor es el amor y el placer sexual es el placer sexual —se dijo—. Vas a estar muerta durante mucho tiempo, así que más vale que disfrutes al máximo de los dos mientras puedas.»
—Si confesara y me expulsaran contigo, podríamos casarnos enseguida. —Los ojos de Charly chispeaban.
Pensando con rapidez, Vic respondió:
—Y tu padre y tu madre me odiarían. Preferiría tenerlos de mi parte que en mi contra. ¿Por qué hacer las cosas más difíciles?
—Se les pasaría. —Pero Charly sabía que ella tenía razón.
—Sí, seguro... Tendría que obsequiarlos con cuatro de los niños rubios más perfectos del mundo para que me perdonasen.
—¿Rubios?
—Sí. Y tendrían que tener nombres como Nigel o Clarissa. —Vic se echó a reír a carcajadas, no pudo evitarlo. No es que no le gustasen los padres de Charly, pero no podían ser más típicamente americanos y conservadores. No es que ella no perteneciese a una familia típicamente americana y conservadora, pero los Savedge no eran tan modélicos como ellos.
Él también se echó a reír.
—A papá le encantaría aún más que a mamá. —Se calló, la tomó de la mano y la besó—. Vic, volvamos a tu casa.
Vic quería hacer el amor con él. A pesar de que sabía que se trataba de un adiós a aquella parte de ellos, quería hacerlo feliz una vez más.
Vic condujo el coche hasta la casa de Jinx, pues sabía que ésta estaría en clase. Charly no hizo preguntas. Vic dijo que sería muy excitante, puesto que era como si estuviese prohibido.
Vic le quitó el suéter y la camiseta que llevaba debajo. Recorrió con la lengua la cinturilla de sus pantalones y ascendió por los pectorales hasta la nuez de la garganta y hasta sus labios.
Puso las manos alrededor de su trasero prieto, sintiendo los músculos, notando cómo se le iba poniendo muy dura, muy rápido, junto a ella. Sin dejar de besarlo, deslizó la mano izquierda hacia abajo y la dejó en su entrepierna, haciéndolo enloquecer con el calor que manaba de su mano.
A continuación le quitó los pantalones y los calzoncillos en un solo movimiento. Sintió la piel suave de su pene, el calor, el glande... Él le besó la frente, la nariz, los labios... Se arrojaron de cabeza a la cama sin hacer de Jinx, se unieron en cuestión de segundos y se corrieron al cabo de unos minutos.
Charly se apoyó en los codos, encima de ella, jadeando. El pene se le ablandó y luego volvió a endurecerse.
—¿Pueden los hombres tener orgasmos múltiples? —susurró, entusiasmado ante la expectativa.
—¿Por qué no? —Vic empezó a moverse debajo de él.
Esta vez fue más lento, pero no menos placentero. Después, Charly se apartó a un lado.
—Para amasar mi primer millón, escribiré un libro sobre los hombres multiorgásmicos. —Acarició el abdomen de Vic. Le encantaban sus músculos abdominales—. Lo único que necesitan es tenerte a ti.
Se ducharon. Vic le dejó a Jinx una nota en la que le decía que ya se lo explicaría todo y que le debía una cena y un juego de sábanas limpio. Cambió las sábanas y puso unas limpias con ayuda de Charly. Luego lo llevó a la residencia para que pudiese cambiarse antes de ir a clase.
Vic fue en coche a un centro comercial y compró un juego de sábanas de algodón blancas para Jinx y una manta rebajada de color burdeos para ella. No le diría nada a Chris. Sólo lograría herirla. Seguramente debería haber roto con Charly aquella misma mañana, pero no había podido reunir el valor para pronunciar las palabras. Pese a todo, sabía que, por muy bueno que fuese el sexo con Charly, el amor de Chris era como una bomba incendiaria. A lo mejor había necesitado una última vez con Charly para estar segura de lo que sentía.
Se dijo que todo aquello sólo era asunto suyo, pero una oleada de remordimientos y de confusión la embargó. Se sentía culpable porque había traicionado a Chris, culpable porque iba a hacer daño a Charly, culpable porque iba a defraudar a sus padres...
Contuvo las lágrimas. «Quizá la única forma de aprender en esta vida es armando un buen lío», se dijo. Bueno, pues ella estaba a punto de armar un buen lío.


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Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:17 am

Pese a mostrarse un tanto receloso al principio respecto a la confesión de Vic, monseñor Whitby no tardó en acogerla con entusiasmo: en cierto modo, castigar a una mujer hermosa proporcionaba una mayor recompensa emocional que castigar a un hombre.
El monseñor había ofrecido jerez al decano Hansen y a los dos funcionarios de la universidad que lo acompañaban. El primer paso que el monseñor quería seguir era llamar a un periodista para que publicase la historia. El decano Hansen, por su parte, sugirió que aquel año la universidad ya había generado suñciente publicidad negativa. Era mejor perdonar y olvidar.
El monseñor se resistió. Era necesario hacer que los jóvenes respondiesen por sus actos. Cuando la discusión se convirtió en un monólogo del monseñor, el decano y sus colegas se dieron cuenta de que el único modo de satisfacerlo y de proteger al mismo tiempo la reputación del centro era castigando a Victoria Savedge. Aunque ninguno de ellos tenía el menor deseo de hacerlo, puesto que su expediente era impecable y sus notas altas, el interés general debía prevalecer por encima del interés particular de uno de los miembros de la comunidad universitaria.
Después de dos horas de vertido incesante de la licorera por parte del monseñor, la reunión concluyó. El religioso accedió a no llamar al periódico, la radio o la televisión locales y a no mencionar a nadie el nombre de Vic. El decano Hansen la expulsaría del William y Mary. Por supuesto, el grupo del cardenal Newman en el campus se vería honrado con una clase magistral impartida por el monseñor sobre los mandatos de las Sagradas Escrituras acerca de las relaciones entre hombres y mujeres. El monseñor creía que el grupo católico de la universidad había estado evitándolo. Lo tranquilizaron diciéndole que los grupos religiosos del campus estaban todos muy ocupados, que no pretendían hacer ningún desaire. El semestre pasa en menos que canta un gallo. Un monseñor mucho más aplacado, deshaciéndose en sonrisas, cerró las puertas de su despacho. Los tres miembros de la administración de la universidad, mucho menos contentos, regresaron andando al campus. Habían acordado que la facultad no dejaría constancia de aquello en el expediente de Vic. Tendría que abandonar la universidad, pero no se haría ninguna mención de ello en su archivo.
Cuando el decano Hansen llamó a Vic a su despacho el miércoles por la mañana, se quedó impresionado por la calma que transmitía, si bien es cierto que ya se había quedado impresionado con su confesión. Ella le dio las gracias por mantener limpio su expediente. Le preguntó si perdería todo el trabajo que había hecho hasta entonces, lo que significaría que adondequiera que se trastadase tendría que completar un año en lugar de un semestre. El decano dijo que, por desgracia, perdería todo el trabajo realizado hasta la fecha, que no había otra solución, puesto que no iba a hacer los exámenes finales.
Vic le pidió al decano que esperase hasta el viernes para llamar a sus padres; quería ir a casa y hablar con ellos personalmente.
Él estuvo de acuerdo.
Vic le estrechó la mano, salió del despacho e inspiró una bocanada de aire otoñal. Una profunda sensación de satisfacción la embargó. No sabía exactamente por qué se sentía tan bien, pero se sentía muy bien. Dejó una nota en la residencia para Charly, prometiendo que lo llamaría esa noche y diciéndole que iría a casa a darte la noticia a sus padres al día siguiente.
Jinx estaba en clase, así que Vic fue a su casa y le dejó una nota similar. Volvió a atravesar el campus y se fijojó en que la simetría de los elegantes edificios de ladrillo sugería orden. Y conformidad. Rigidez. Se sintió como si estuviese viendo el William y Mary, su alma mater, de otra manera por primera vez.
Chris encontró a Vic esperando en el pasillo, en la puerta de su clase de poesía norteamericana.
—Hola.
—Hola.
Avanzaron en silencio hacia las escaleras y salieron al césped.
—Pareces contenta, Vic.
—Lo soy. Soy una mujer libre —dijo Vic con sonrisa plácida.
—Oh, no... —Chris no compartía la felicidad de Vic.
Temía que al cabo de uno o dos años se arrepintiese de aquello. Además, se sentía culpable por no haber confesado ella también.
—Me siento... limpia.
—Yo me siento fatal por no haber confesado.
—Tú necesitas tu título y yo no. Además, fue idea mía.
—Pero yo estuve de acuerdo.
—Hablas igual que Charly.
—Tiene razón. —Chris sentía una punzada de miedo cada vez que se mencionaba el nombre de Charly.
—Sé lo que hago. Ahora vamos a casa a celebrarlo. —Se acercó para susurrarle al oído—: Te voy a poner tan caliente que me lo vas a suplicar.
Chris se ruborizó.
—Vic, sólo de verte ya me pongo caliente.
—Entonces, más caliente. —Vic quiso besarle el oído—. Hagamos el amor y hagamos el amor y hagamos el amor… Luego, tendré que ir a casa y explicarlo todo. —Lanzó un suspiro.
—¿Esta noche?
Vic hizo una pausa.
—Mañana por la mañana. Pero es posible que tengas que atarme para que me quede esta noche. —Le guiñó un ojo.
—¿Cómo se te ocurren estas cosas? —Chris se maravillaba de la infatigable energía sexual de Vic y de sus fantasías.
—No lo sé, pero nunca se me habían ocurrido hasta que te conocí.


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Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:19 am

Una capa de espuma cubría la superficie del río James debido a un viento fuerte que soplaba del sudeste, lo que no era la dirección habitual. Los banderines de advertencia dirigidos a las embarcaciones pequeñas ondeaban al viento en los cobertizos para botes y en los clubs náuticos de todo el río. Las partes metálicas de los cabos golpeaban con insistencia los postes de los banderines.
Charly tomó prestado el coche de un amigo para acudir a su cita con el señor Savedge. Cuando el ferry de Jamestown atracó en Scotland Wharf, se maravilló como siempre de lo agrícola que seguía siendo Surry County. El sur de Virginia seguía una existencia desligada del resto del estado, como de otro tiempo. Eso le gustaba. Desde aquella noche en que se había ido a la cama con Vic y con Chris a la vez, pensaba en ellas de una manera obsesiva, que alternaba un intenso deseo sexual ante la idea de dos mujeres haciéndose el amor la una a la otra, y el terror más absoluto. El hecho de que dos mujeres se encontrasen sexualmente deseables entre sí le parecía algo razonable. Las mujeres eran sexo, el centro de todos los deseos. No creía estar compartiendo a Vic con Chris, sino que pensaba en su relación con ella como una amistad con algo más.
Se preguntó si debería hablar con Vic acerca de su amistad con Chris. Le gustaba Chris. Era simpática y guapa. Hacer el amor con ella no había sido ninguna tortura, pero no podía decir sin faltar a la verdad que se sintiese sexualmente atraído por ella. Vic siempre era el centro de su atención. Charly era como un diapasón: cuando Vic se le acercaba, vibraba. Sin duda, ella también sentía eso mismo por él: sus besos eran apasionados, su cuerpo prendía fuego cuando él la tocaba, lo quería dentro de ella. Estaban hechos el uno para el otro.
La ciudad de Surry apareció ante sus ojos. Condujo por Main Street, dobló el callejón que había detrás del despacho de Frank y aparcó el coche. Se bajó, sintió la bofetada del viento en la cara, cerró los ojos e inspiró hondo.
Cuando estaba abriendo la puerta principal, Sissy Wallace la abrió desde dentro.
—Vaya, ya me parecía a mí que eras tú. Hacía demasiado tiempo que no te veía. —Sissy le dedicó una sonrisa radiante. Se había quedado prendada de Charly el verano anterior.
—Hola, señorita Wallace. Me alegro de verla.
—Pasa, pasa enseguida. Se avecina un buen vendaval. A lo mejor así me ahorro parte de la poda: tengo que encargarme yo de los cuidados del jardín ahora que Poppy está viejo y que hay que evitar que Georgia se rompa una de sus preciosas uñas. —Cerró la puerta tras él—. Verás, yo ya me iba. Frank es nuestro abogado y a mí me encanta charlar con él, pero la de hoy ha sido una visita profesional, no de cortesía. Poppy ha dejado entrar en la cocina a Yolanda: ahora vive en la cocina. Eso no puede ser. Georgia se lo permite, dice que Yolanda lo hace feliz. Bueno, pues yo digo que es una vaca y que Poppy puede encontrar la felicidad en otra parte.
—Vaya, lamento oír eso, señorita Wallace —respondió Charly, sorprendido de que Sissy llamase «vaca» a otra mujer. Tal vez ya llevaba unos cuantos margaritas encima.
—Si lo consiento, me volveré loca, y si no se lo consiento, volverá a borrarme del testamento. Es agotador. —Sacó hacia fuera el labio inferior, de un rojo brillante, con aire enfurruñado—. Claro, Georgia se lo consiente por la mañana, por la tarde y por la noche... Está esperando que yo pierda los estribos en cualquier momento para que así él haga trizas el testamento y a mí con él. Ya sé cómo funciona su mente maquiavélica. La muy bruja...
—Lamento que se sienta tan desgraciada, señorita Wallace.
Charly deseaba con toda su alma que Frank saliese de su despacho mientras lo esperaban en el vestíbulo. No sabía si la secretaria de Frank lo había oído, pero sí sabía cuánto podía llegar a hablar Sissy.
—Bueno, no soy una mujer desgraciada, Charly. No es que esté a punto de arrojarme a la vía del tren, no es para tanto. —Se fue animando—. Un Cadillac me devolvería la felidad considerablemente y, ¿sabes qué?, Bunny dice que me ayudará a comprar uno a precio de coste. Quiero un Cadillac de color crema con la tapicería de espuma, eso es lo que quiero. Llevaré un pañuelo a juego con la tapicería... Resaltará el color de mis ojos, aunque tú estás acostumbrado a mirar a los ojos de Vic. ¿A que son del verde más brillante que has visto en tu vida? Como los ojos de un gato. Y los de su madre, también. A lo mejor las dos son gatas. Desde luego, son tan elegantes como las gatas. ¡Madre mía! Aquí estoy yo hablando de mí y tú jugaste ese partido tan estupendo el otro día... Estamos todos tan orgullosos de ti, Charly Harrison... Orgullosísimos.
Al final apareció la secretaria de Frank, Mildred. Guiñó un ojo a Charly.
—El señor Savedge te está esperando.
—Bueno, pues yo me voy antes de que estalle la tormenta. Supongo que tendré que tolerar a Yolanda, no la voy a echar en mitad de un huracán. —Se echó a reír—. Aunque a lo mejor podría echar a Poppy. —Abrió la puerta y el viento la cerró tras de sí con un portazo.
Frank salió y estrechó la mano de Charly.
—Lo siento, no sabía que Sissy Wallace te había otorgado el privilegio de su compañía.
El despacho de Frank era limpio y austero. Una raída alfombra china de color azul marino cubría el suelo y había un par de sillones orejeros, tan raídos como la alfombra, frente a su escritorio.
Frank se sentó en uno e invitó a Charly a ocupar el otro.
—¿Te apetece tomar algo?
—No, señor, gracias.
—Supongo que te habrá contado lo de Yolanda.
Charly se echó a reír.
—Desde luego, Poppy Wallace es todo un personaje, dándole cobijo a una mujer en la cocina...
—En realidad, Yolanda es una vaca.
Charly se echó a reír de nuevo.
—Creía que Sissy bromeaba cuando ha llamado vaca a Yolanda.
—No, Yolanda es una vaca de verdad. La última que le quedaba de su vieja manada de la raza Jersey, y Edward ha decido que ya no debe seguir viviendo fuera. Puede quedarse en la cocina cuando hace mal tiempo. Dice que el suelo es de linóleo y que no estropeará nada.
—¿Está...? Ya sabes... —dijo, tocándose la sien con el dedo índice.
Frank se recostó en la silla y cruzó las piernas.
—No, no creo. Me parece que ha llegado a esa edad en que cualquier cosa o cualquier persona que siga viva de sus viejos días de gloria le resulta muy querida. La vaca es la última que queda de su extensa manada. Cada año criaba menos vacas. En sus buenos tiempos, dirigía tres negocios simultáneamente, todos con éxito. Los productos lácteos eran sólo uno. Se enorgullecía mucho de ellos. —Frank hizo rodar un lápiz hasta su teléfono y luego lo detuvo—. Bueno, no creo que hayas venido aquí para hablar de ganado ni de los Wallace.
—No, señor, aunque los Wallace son algo excepcional.
—Charly, cada maldito residente de Surry County es excepcional.
—Sí, señor. —Charly sonrió, tomó aire y dijo con gran seguridad en sí mismo—: He venido a pedirle la mano de su hija, señor. La quiero. Yo la mantendré y haré todo cuanto esté en mi mano para hacerla feliz.
Aquello no fue ninguna sorpresa para Frank.
—Estoy seguro de ello.
—La quiero, señor Savedge. No creo que pudiese vivir sin ella.
—Yo quiero que su marido sea un verdadero caballero, un hombre que la cuide, que la apoye y que la respete. Estoy seguro de que tú harás todo eso y te doy permiso para pedir su mano.
—Gracias, señor.
—Supongo que no se lo has pedido a ella todavía.
—No, señor. Tenía que hablar con usted primero.
—¿Has planeado algo en especial? —Frank sonrió—. Supongo que tengo curiosidad, aunque a lo mejor no es asunto mío. Yo me llevé a R.J. a pescar y esperé a que el sol saliese por encima del James para pedirle matrimonio. Puse el anillo en sus aparejos de pesca. —Volvió a sonreír, recordando lo rápido que le había latido el corazón, cómo casi se había olvidado de respirar y se había mareado—. A Vic le encanta el río, ya lo sabes.
Charly sonrió con alegría.
—Parte de mí quiere volver corriendo al campus y pedírselo ahora mismo, y parte de mí quiere planearlo. Me gustaría pedírselo en Nochebuena. Estaba pensando en atar un lazo rojo en el anillo y colgarlo de una rama del árbol, o puede que del muérdago. Todavía no lo he decidido.
—Lo harás estupendamente, de eso no tengo ninguna duda. —Frank se levantó para estrechar la mano de Charly.
Charly se puso de pie.
—Gracias, señor. Muchísimas gracias.
Frank le dio unas palmaditas en la espalda.
—Vamos, será mejor que vayamos a casa con R.J. No puedes volver a Williamsburg ahora. Va a caer una buena.
Llegaron a Surry Crossing justo cuando la tormenta empezaba a descargar. Frank no le dijo nada a su esposa. Mignon no se despegó de Charly en todo el tiempo y Frank no quería darle la noticia delante de su hija pequeña. Charly llamó a Vic y le dijo que no estaba en la residencia. Si ella adivinó por qué estaba en Surry Crossing, no dijo nada. Al final, Frank le pidió a Mignon que subiese a estudiar a su habitación, que él y R.J. tenían que hablar de un asunto con Charly. Cuando le dieron la noticia a R.J., ésta empezó a gritar, mientras abrazaba a Charly y besaba a Frank. Dijo que la hacía muy feliz que Vic hubiese encontrado a un joven tan magníñco, a pesar de que también se dijo para sus adentros que Vic era muy joven y el mundo tan grande... ¿No podían esperar un año o dos? Sin embargo, se guardó aquellos pensamientos para sí. Al fin y al cabo, ella se había casado a los veinte.


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Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:20 am

—¿Cómo has podido hacer eso? —R.J. estaba tan disgustada que se puso a limpiar la encimera de la cocina con el paño para secar los platos.
—Mamá, no es tan grave. —Vic se enfrentó a su madre.
Las dos mujeres estaban de pie junto al fregadero. Piper estaba sentado entre ellas, contemplando la escena con interés.
En el exterior, había fragmentos de árboles desperdigados por todas partes. La tormenta que había azotado Surry Crossing la noche anterior estaba en esos momentos sembrando la preocupación entre la flota del Atlántico.
Charly había regresado al William y Mary a primera hora de la mañana, así que Vic no lo había visto.
—La gente se toma esa clase de cosas muy a pecho, Victoria. No se puede ir por ahí disfrazando iconos religiosos como la Virgen María.
—Todo le sentaba realmente bien. El delantal estaba limpio, el gorro de cocinera era perfecto y todos sus utensilios de cocina también estaban limpios. Te habría encantado verla. —Los ojos verdes de Vic se encendieron mientras describía la estatua—. Parecía una chica más. Hasta se me ocurrió ir cambiándola de vestimenta según la estación: ya sabes, un suéter de William y Mary para los partidos de fútbol, un banderín, tal vez una faldita y un bolígrafo TriDelta para las semanas de ingreso en la hermandad femenina...
R.J. se echó a reír. No pudo evitarlo.
—Cariño, la Virgen María sería una Kappa Kappa Gamma.
—Sin duda.
R.J. inclinó el cuerpo hacia delante y besó a su hija en la mejilla.
—En finn..., supongo que en el fondo no tiene nada de malo.
—Bueno, pero es que... aún hay más.
R.J. se incorporó de golpe.
—¿Cómo?
—El monseñor me vio. Bueno, el caso es que acudió al decano. —Hizo una pausa—. Y..., resumiendo, me han expulsado.
—¿Qué? Oh, Vic, no puede ser... —La consternación de R.J. era más que evidente. Piper le lamió la mano.
—Supongo que podría haber mentido y haberme librado, pero no me parecía bien. Yo lo hice.
—Pero es un castigo tan desmesurado...
—Sí, lo es, pero después del asunto de Alpha Tau imagino que pensaron que tenían que imponer un castigo ejemplar. Así que... —Se encogió de hombros.
R.J. se apoyó en el fregadero.
—Eso es terrible. Tu padre y yo iremos a hablar con el decano. Hablaremos con el presidente si es necesario. Te falta tan poco para graduarte y...
—No lo hagáis, mamá. Por favor, no.
—Escucha, jovencita, en el estado de Virginia sólo hay dos títulos universitarios que importen: William y Mary o la Universidad de Virginia. Supongo que podemos llevarte a Charlottesville.
—No, ya me las arreglaré. Si tuviese que ir a otro sitio, preferiría que fuese el Virginia Tech.
—¿El Tech? ¿Cómo se te ocurre semejante cosa? —El rostro de R.J. estaba rojo como la grana—. Sí, claro, ¡y tingo me vendrás con que quieres estudiar en el Instituto Militar de Virginia! —R.J. se sentó y enterró la cabeza entre las manos—. ¿Qué le piensas decir a tu padre?
—La verdad. —Vic se levantó y se puso detrás de su madre, apoyando la mano en su hombro.
—Claro que le diremos la verdad, maldita sea, es sólo cómo se lo diremos. Y Bunny... Dios, no se hablará de otra cosa en la ciudad. Supongo que Jinx está al corriente de todo.
—Sí.
—Regina se lo sonsacará. Para eso, da igual que lo anunciemos en el periódico de Norfolk. —Su voz estaba impregnada de sarcasmo.
—Ni que hubiese matado a alguien. Lo único que hice fue crear la barbacoa de María.
R.J. se volvió y miró a su hija.
—Supongo que por eso sabemos que María es católica. Si fuese episcopaliana, llevaría un vestido rosa y verde con tres collares de perlas y pendientes a juego. Además, tendría un cóctel en la mano. —Soltó una leve carcajada—. Lo que me recuerda que tendrás que hablar con el padre Dermott sobre esto.
—Mamá, somos episcopalianos. ¿Por qué tengo hablar con él?
—Porque vivimos aquí y porque la noticia correrá de boca en boca en menos que canta un gallo. No querrás que el padre Dermott piense que eres una sacrílega.
—Pero es que soy una sacrílega, más o menos.
—No hace falta que se entere todo el mundo.
—¿De veras crees que tengo que decírselo?
—Pues claro que sí.
—¿Y no podríamos enviar a todos los católicos de vuelta a Maryland?
R.J. obligó a Vic a sentarse en una silla de la cocina.
—Estás siendo una chica muy mala.
—Sí. —Vic no mostraba signos de arrepentimiento.
R.J. se puso solemne.
—Cariño, tienes que acabar la carrera.
—No.
R.J. entrelazó los dedos de las manos.
—¿Se puede saber qué te está pasando por la cabeza?
—No lo sé exactamente. Déjame encontrar trabajo.
—¿Aquí?
—Bueno, podría buscar en Williamsburg. —Vic trataba de encontrar la forma más adecuada de explicarle a su madre lo que quería hacer en realidad.
—¿Para estar más cerca de Charly?
—Bueno, eso tampoco vendría mal —murmuró Vic sin demasiada convicción—. Supongo que no vas a decirme qué hacía él aquí el otro día, ¿verdad?
—Vino de visita. ¿Y has pensado que a lo mejor no consigues trabajo en la ciudad después de tu pequeña travesura?
—Sólo lo saben el monseñor y el decano.
—Entiendo. —Inspiró hondo—. ¿Y qué dice Charly al respecto?
—Está enfadado.
—Y supongo que Jinx también está enfadada.
—Ella cree que soy rematadamente estúpida.
—Sí, bueno, en eso tiene razón. —R.J. se acercó a Vic—. ¿Fuiste tú solita la responsable?
—Claro. ¿Quién más iba a ser tan tonto?
—Se me ocurren al menos dos personas más y, teniendo en cuenta tu capacidad de persuasión, seguramente más.
—Sólo fui yo.
—¿Se puede saber qué te pasó por la cabeza?
—Eso ya me lo has preguntado y te he dicho que no lo sé.
—Oh, Victoria Vance, uno no va por ahí colocando pinchos de barbacoa en las manos de la Virgen María.
—¿Acaso no has hecho nunca nada sólo por diversión? ¿Porque te aburrías o porque se te cruzaron los cables o porque había luna llena? Yo no tengo una razón. No abusaron de mí cuando era niña, mis padres no eran alcohólicos... Lo hice por impulso —dijo Vic con firmeza.
R.J. escrutó el rostro de su hija mayor y se fijó en su madíbula firrme. La expresión de determinación resaltaba su belleza.
—La verdad, cielo, es que yo he obedecido a varios impulsos en mi vida, y creo que ahora soy más pobre por haberlo hecho. He intentado ser una persona lógica, eficiente y organizada. Ha habido veces en que me he aburrido a mí misma hasta la muerte.
—Nunca has aburrido a otra persona.
—Gracias, cariño, eso ha sido muy bonito. —R.J. se desplomó en su silla. A tu padre le va a dar algo, y tu hermana pensará que es demasiado maravilloso. —Miró por la ventana. El río aún seguía revuelto—. ¿Estás enamorada de Charly?
—¿A qué viene eso?
—Me ha salido del corazón. —En el fondo de su alma, R.J. sabía que algo había cambiado. Cuando ella y Frank se conocieron, se enamoraron perdidamente el uno del otro. Ella no había visto eso en Vic. Sí lo había visto en Charly.
—Creía que te gustaba.
—Y me gusta. Es sólo que..., no sé. —R.J. echó mano de su paquete de Lucky Strike.
—Sé por qué vino, mamá.
—¿Te lo contó?
—No.
—Entonces, quizá no sabes por qué nos hizo esa visita.
—No soy tonta.
—Y eso lo dice alguien a quien acaban de expulsar de la universidad en su último año de carrera por una broma de mal gusto. A lo mejor quieres rectificar eso que has dicho.
—Sí, bueno... Escucha, ¿crees que si me caso con Charly su familia nos asignará alguna cantidad de dinero?
—Sí —respondió R.J., tajante.
—¿Y que, si me caso con él, eso os ayudará?
—No lo sé. No sé qué pensáis hacer vosotros dos con vuestro dinero.
—Tía Bunny siempre ha insinuado que eso serviría de ayuda para la familia.
Un gesto de irritación ensombreció el rostro de R.J.
—No sabe de lo que habla. ¿Y desde cuándo prestas atención a lo que dice tía Bunny?
—Me preocupa el dinero. Me preocupa lo que le pase a Surry Crossing.
—Pues no te preocupes. Te dije que acabases tu carrera. Lo de Surry Crossing no es cosa tuya. —R.J. alzó la voz.
—Lo es, si vas a matarte trabajando y preocupándote. —Vic igualó el tono de voz de su madre.
—¿Acaso tengo aspecto de estar a las puertas de la muerte?
—No.
—Entonces, bien.
—Mamá, ¿quieres que me case?
Siguió un largo silencio.
—Quiero que seas feliz. Es un chico maravilloso. Cuando se es joven, lo de encontrar marido parece fácil, pero a medida que vas haciéndote mayor descubres que no hay tantas personas capaces de recorrer ese camino. Entran tantísimos factores en la ecuación: atracción física, ética, carácter, sentido del humor... En fin, tantas cosas...
—¿Para ti es importante el matrimonio?
—¿En tu caso?
—En mi caso y en general, supongo. —Vic entrelazó las manos.
Siguió otro largo silencio, que R.J. interrumpió al fin después de exhalar una bocanada de humo.
—Creo que es importante estar casada si planeas tener hijos. Aparte de eso, no lo sé. Antes estaba bastante segura de todas estas cosas, pero, habiendo visto unos divorcios terribles entre mis amigos..., lo único que puedo decir es que, si los niños forman parte de lo que sueñas para tu vida, entonces es importante. Supongo que mi consejo es que mires antes de lanzarte a la piscina. Pero bueno, tú ya conoces a Charly. Llevas saliendo con él más de un año, trabajasteis juntos el verano pasado. Dices que lo quieres y doy por sentado que querrás tener hijos algún día.
—Si van a salir como Mignon, no estoy tan segura.
—Es una buena chica.
—Sí —repuso Vic de mala gana—. La verdad es que ha madurado mucho últimamente.
—Eso va a rachas. Yo todavía estoy madurando, y creo que nunca dejas de madurar, si tienes suerte.
—¿Por qué querías saber si estoy enamorada de Charly?
—Porque te conozco mejor que nadie en el mundo, cariño. Nos conocimos cuando te llevaba en mi seno. — Sonrió—.Corrígeme si me equivoco, pero no creo que lo quieras tanto como él te quiere a ti.
El corazón de Vic le dio un vuelco. ¿Había llegado el momento de decírselo a su madre? ¿Tenía el valor de hacerlo? Le acababa de decir a R.J. que la habían expulsado de la universidad. Sería demasiado para digerirlo de una sola vez.
—Mamá, creo que las mujeres amamos de una forma distinta que los hombres.
R.J. miró fijamente a su hija.
—Eres muy diplomática.
—¿No crees que es verdad?
—No. El amor es el amor, y nunca puede estar en perfecto equilibrio entre personas distintas. No creo que los hombres amen más ni que las mujeres amen más. Yo quiero a tu padre, por ejemplo, y sé que él me quiere. A veces él quiere más y otras veces soy yo quien quiere más. No sé cómo ni por qué. Puede que los hombres y las mujeres expresen su amor de un modo distinto. Los hombres quieren proporcionar el sustento, quieren ser héroes, pero también he visto a muchísimas mujeres que son heroínas. Pero sé que, si existe esa pasión arrolladora como una marea, se nota, y en tu caso yo no la siento.
Vic cerró los ojos y luego los abrió despacio.
—Porque no está ahí.
—Entiendo.
—Pero quiero a Charly, mamá, de verdad. Amo a la persona que es, amo su cuerpo y amo su mente.
—Pero siempre mantienes tus emociones bajo control.
—Sí.
—El amor y la razón no son compatibles. —R.J. cogió su paquete de Lucky, sacó otro cigarrillo y lo encendió con la colilla del anterior—. Cariño, a lo mejor, si fuésemos razonables, dos personas nunca llegarían a estar juntas. Si piensas en las exigencias del matrimonio, de una relación tan íntima, no sé si alguien querría comprometerse. El amor es ciego, tiene que serlo.
—No sé.
—¿Puedes ser una esposa?
—No, mamá, no puedo. Puedo ser una compañera, puedo ser una amiga, pero no creo que pueda ser una esposa.
R.J. sonrió.
—A veces me parece que tienes una cabeza muy bien amueblada encima de esos bonitos hombros y otras, como cuando me entero de que te han expulsado de la universidad, me pregunto qué tienes ahí arriba.
—Yo también. —Hizo una pausa—. Te preocupa mi posible matrimonio.
—Pues claro que me preocupa. A cualquier madre le preocuparía. Quiero que seas feliz, y no puedes ser feliz permaneciendo en segunda fila. Necesitas estar al mando. Hasta cierto punto, necesitas ser el centro de atención. Tú no exiges que sea así, cariño, simplemente es algo que te ocurre. No sé cómo puedes ser feliz de otro modo.
—Entonces, ¿tú tampoco crees que pueda ser una buena esposa?
—Podrías, pero pagarías un precio muy alto. A veces pienso que vuestra generación es completamente distinta de la mía, como la noche y el día. Vosotras no os vais a sentir realizadas comparando las hazañas de vuestros hijos. Todas vosotras queréis estar en marcha y haciendo cosas, queréis salir al mundo.
—Si me caso con Charly, ¿crees que él me eclipsará? —preguntó, interesada en la opinión de su madre.
—Inevitablemente, por ser quien es. Los dos sois estrellas a vuestra manera, pero éste sigue siendo un mundo de hombres.
—Siempre he creído que querías que me casara.
—Y quiero que te cases. Cuando estés lista y con el hombre adecuado, por supuesto. Un matrimonio sólido proporciona una felicidad inmensa, una felicidad sin parangón.
—Tú sabes mucho, mamá.
—Cuando te haces vieja, más te vale haber aprendido algo.
—Tú no eres vieja.
—Sí, bueno, pero no soy joven.
—Si te hace sentir mejor, Charly todavía no me ha pedido que me case con él.
—Lo que me hace sentir mejor es haber tenido esta charla contigo. —Se levantó—. Muy bien, vamos a la ciudad. Más vale que se lo digamos a tu padre cuanto antes. Debería estar de buen humor y eso juega a tu favor.
—Me alegro.
—Vuelve a estar ocupado con los Wallace. Eso siempre lo anima.
—¿Perdigones otra vez?
—No, esta vez es Yolanda.
—Dios, debe de ser la vaca más vieja del universo.
—Ahora es la vaca más vieja de la cocina de los Wallace.
—Mamá, quería hablarte de otra cosa.
R.J., que se había levantado a recoger su bolso de la encimera, se volvió.
—Dime.
—Dijiste que tú y tía Bunny pensabais abrir un vivero.
—Estamos en ello.
—Eso es lo que más me gustaría hacer. Mamá, deja que trabaje para vosotras. No tendréis que pagarme mucho. Me encantaría trabajar en algo así.
R.J. volvió a dejar el bolso en la encimera.
—¿De verdad crees que, si te casas con él, Charly querrá vivir aquí?
—Mamá, acabamos de llegar a la conclusión de que yo no sería una buena esposa.
—Una esposa tradicional —añadió R.J. a modo de corrección.
—Hay gente a la que le asusta la vida, le asusta marcharse de casa y salir al mundo. —Vic se levantó y se acercó a su madre para mirarla directamente a los ojos—. Yo no soy así. Pero Surry Crossing es exactamente donde quiero estar. Trabajar con seres vivos es exactamente lo que quiero hacer.
—¿No esperarás que esté de acuerdo con que no termines la universidad, verdad?
—Mamá, sí lo espero. Por fin he descubierto qué es lo que quiero hacer.
R.J. miró por la ventana hacia el río, a la pálida luz invernal.
—Yo tampoco terminé los estudios universitarios. Me gustaría mucho que tú los terminases.
—Mignon puede terminar los suyos por las dos.
Se produjo un largo silencio. Hasta Piper estaba callado, esperando a que hablase R.J.
—Está bien. Hablaré con Bunny. No puedo tomar la decisión sin consultar con ella.

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34

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:20 am

Aunque no fue ni mucho menos de su agrado, Frank se tomó la noticia mucho mejor de lo que R.J. o Vic pensaban, R.J. decidió quedarse en la ciudad a hacer unos cuantos recados y luego volvió a casa con Frank. Le pidió a Vic que fuese a recoger a Mignon al colegio. Cuando el Impala color aguamarina y blanco se detuvo enfrente del Surry High, Vic vio que los cirros de nubes blancas iban adquiriendo un tono dorado rojizo. Una enorme corona colgaba encima de la puerta principal del instituto, un recordatorio de que todavía no había comprado un solo regalo de Navidad. Una chaqueta de aviador de piel sería el regalo idóneo para Charly, pero eran tan caras... Tendría que pensar en otra cosa. Quería comprar un anillo para Chris, pero luego pensó que era mejor dárselo el día de la graduación. Tal vez era mejor un collar o algo para la Navidad, en función del precio.
Una pequeña ranchera Ranger se detuvo detrás de ella y la conductora hizo sonar el claxon. Vic se volvió y vio a Teeney Rendell.
Vic apagó el motor, salió y se acercó al Ranger.
—Eh, ¿qué haces tú en Surry?
—En Holyoke nos dan antes las vacaciones. He venido a recoger a Walter. Estás muy guapa, como siempre.
—Tú también. —Vic se fijó en los ojos y en el pelo castaño oscuro de Teeney—. La última vez que te vi fue en verano.
—Este verano voy a trabajar en Cape Cod. Pagan mejor que por aquí. Supongo que tú no tardarás en buscar un trabajo de verdad.
—Sí.
—Encontrarás un buen trabajo. Lo sé. —Una señal de reconocimiento iluminó los ojos de Teeney.
Vic también la reconoció. Fue una sensación sobrentendida: supo, sin que nadie se lo dijese, que Teeney era lesbiana. Sonó el timbre del colegio, como si fuera la campana de un combate de boxeo.
—¿Sabes qué? A veces echo de menos esto. Echo de menos la época en la que íbamos al instituto, sin preocupaciones, con la cabeza desocupada. —Vic se apartó de la ranchera.
—Tú siempre has tenido la cabeza ocupada.
Vic se echó a reír.
—Si no nos vemos, que pases una feliz Navidad.
—Tú también, Vic.
Vic se acercó al Impala y se apoyó en la puerta del copiloto. No quería que el hecho de ser lesbiana se convirtiese en el centro de su existencia, pero no tenía más remedio que verse a sí misma desde una nueva perspectiva. Al fin y al cabo, sólo sabía cómo ser heterosexual: para eso era para lo que la habían educado. Tendría que cambiar las expectativas que tenía de sí misma. A lo mejor era como aprender un nuevo idioma.
—¡Vic! —la llamó Mignon, corriendo hacia ella. Cuando la alcanzó, le echó los brazos al cuello y le dio un fuerte abrazo—. ¿Qué haces tú aquí?
—Ser tu chófer. Mamá está ocupada.
—Ya nos veremos, Walter. —Mignon se despidió del chico más guapo de la clase del último curso. A continuación añadió en un susurro—: Me duele sólo de mirarlo. —Levantó la voz cuando reconoció a Teeney dentro del Ranger—. Hola, Teeney.
—Hola, Mignon —la saludó Teeney, mientras arrancaba la ranchera y se apartaba del bordillo.
A medida que iban pasando los estudiantes, Mignon los saludaba a todos. Se había convertido en una chica muy popular. Vic advirtió que incluso le dijo algo bonito a Marjorie Solomon.
—Qué disciplina...
Mignon frunció la nariz.
—Eso es porque tú y mamá siempre me estáis dando la lata. —Se metió en el coche, dando saltos en el asiento—. ¿Cuándo me vas a dejar conducir este trasto?
—Cuando te salga la primera cana. —Vic arrancó el motor y salió disparada por la carretera sólo para oír los chillidos de Mignon.
—Eh, ¿adonde vamos?
—Al concesionario de tío Don. Quiero hacer una llamada sin que mamá y papá estén delante. Tío Don me dejará usar el teléfono de su despacho.
—Huy, sí, amor mío... —Mignon puso los ojos en blanco y luego empezó a hacer ruiditos de besos.
—Idiota.
—Bollera.
—Mignon, déjame en paz.
—¿Y cómo es que has venido? Pensaba que no tendría que aguantarte hasta la semana que viene, hablando de paz... —Mignon sonrió, creyéndose muy ocurrente.
—Me han castigado.
Mignon se volvió para mirar a su hermana, tensa por la expectación.
—¿Se han enterado?
—No.
—¿Sabes que Charly estuvo aquí el otro día?
—Lo sé.
—¿Por eso has venido?
—He venido porque me han expulsado de la universidad y tenía que decírselo a mamá y papá.
—¡No!
—Sí.
—¿Te han echado porque eres bollera?
—No, maldita sea. Nadie lo sabe excepto tú, a menos que hayas abierto esa bocaza tuya...
—Muchas gracias. —Mignon se recostó de golpe en su asiento.
—Perdona, Mignon, es que ha sido agotador... Mamá se ha llevado un buen disgusto, y luego ella y yo hemos ido a ver a papá. Se lo ha tomado bien. Bueno, no es que me haya dado sus bendiciones, claro, pero tampoco me ha sermoneado ni nada parecido. Ya sabía que iba a ser un mal trago, pero supongo que en el fondo me daba más miedo de lo que estaba dispuesta a aceptar. Dios, cómo odio decepcionar a mamá y a papá...
Mignon tamborileó con los dedos en sus libros de texto.
—Vaya, ¿y ahora cómo piensas contarles lo de Chris?
—No lo sé, pero va a tener que esperar un poco. Hay que hacer las cosas de una en una.
—¿Y qué has hecho?
—¿Qué?
—¿Qué has hecho para que te expulsen de William y Mary?
—Bueno, pues fui a la iglesia católica y le puse un delantal de barbacoas a la estatua de la Virgen. También le puse un gorro de cocinera, unos utensilios de cocina y una parrilla.
—¡Qué pasada! —Mignon dio una palmada—. ¡Qué divertido!
Vic se echó a reír.
—Sí, fue muy divertido, pero me pillaron y ya ves.
—¿Estás enfadada?
—Pensaba que no, pero supongo que un poco, sí. Volveré mañana, recogeré mis cosas, solucionaré lo del alquiler y me largaré de allí.
—¿Y qué pasará con Chris?
—No es como si viviera en Túnez, Mignon.
—¿Quiere irse a vivir contigo?
—Cuando se gradúe... sí, sí que quiere.
Había serpentinas de color rojo y dorado metálico alrededor de todas las luces del concesionario de coches. Un árbol de Navidad gigante ocupaba el lugar de honor detrás del enorme ventanal de cristal cilindrado, haciendo un poco de sombra a Hojo, aunque no del todo, en el puesto de mando.
Aparcaron el coche.
—Tía Bunny está aquí —dijo Mignon, a modo de advertencia—. Lleva los prismáticos. ¿Acaso cree que es un complemento de moda o algo así?
—Tío Don es su complemento de moda más perfecto. —Vic sabía que iba a tener que contarle a Bunny lo ocurrido, pero esperaba no tener que hacerlo aquel día.
—Mignon, deja que te vea... —gritó Hojo en cuanto vio entrar a las hermanas.
Mignon se acercó a ella.
—Huy, por fin... —Se fijo en las uñas de Hojo—. Oh, Hojo, qué pasada de uñas...
Llevaba cada uña pintada de un color distinto, y cada uña tenía una estrella, un sol, una luna, Saturno u otro planeta.
Hojo agitó los dedos delante de ella.
—El sistema solar. Me he cansado de las lunas. ¡He tardado cuatro horas!
—Qué pasada... —repitió Mignon, con un poco menos de entusiasmo. Vic se dirigió hacia Bunny.
—¡Qué sorpresa! ¿Has acabado antes las clases?
—Sí. —Vic no dijo ninguna mentira. Bunny señaló los prismáticos.
—Así veo la expresión de la cara de los conductores cuando entran y sé quién va a caer y quién no, te lo juro. —Se alisó las arrugas de la falda—. Hoy he tenido que ayudar con los libros de contabilidad. Lottie, la contable de Don, está en cama con gripe. Bueno, creo que era la gripe. Con Lottie nunca se sabe. Es la única ninfómana hipocondríaca que conozco.
—¿Dónde está tío Don?
—De servicio.
—¿Crees que le importará si uso el teléfono de su despacho?
—No, claro que no. —Bunny señaló hacia el despacho de Don, un cubículo con tabiques separadores de cristal.
Vic se sentó y marcó el número de Chris.
—¿Diga?
—Estás en casa. Cuánto me alegro... —dijo Vic, lanzando un suspiro.
—¿Qué ha pasado?
—No ha pasado nada. No están dando saltos de alegría, pero no pasa nada.
—Estaba tan preocupada... —La tranquilizadora voz de Chris parecía más grave.
—Creo que hasta yo estaba más preocupada de lo que creía. Oye, volveré mañana. Será nuestro último fin de semana juntas hasta después de Navidad. Sería bonito pasarlo contigo en el piso, pero, después de haberles soltado la bomba a mamá y papá, creo que debería estar aquí este fin de semana. Ven a casa conmigo. Es un poco cursi, pero todo el mundo decora la casa y..., no sé, es divertido.
—¿Estás segura? ¿A tus padres no les molestará tener una invitada?
—No pasa nada. Te recogeré a las dos a menos que salgas antes de clase. No digo que tengas que hacerlo.
—A las dos. —Chris esperó un momento—. He estado pensando en ti a todas horas. De verdad, Vic, estaba tan preocupada... Ojalá hubiese podido hacerlo por ti, pero bueno..., no puedo. Te quiero.
—Yo también te quiero.
Se despidieron. Vic pulsó el botón de desconexión de la llamada y luego llamó a la residencia de Charly. Después de que tres chicos se pusiesen al auricular, que estaba descolgado, consiguió hablar con él.
—Hola, guapo.
—Eh, ¿cómo ha ido?
—Ha ido bien. Están un poco disgustados, pero todo ha ido bien.
—Todavía creo que debería...
—No. Venga, déjalo ya. Ya está hecho. Te llamo para decirte que este fin de semana lo pasaré en casa para calmar los ánimos y para comprar los regalos de Navidad. No quiero que aparezcas por aquí, porque entonces nunca podré comprar tu regalo.
—El único regalo que quiero eres tú.
Vic sintió una punzada de ansiedad en el pecho.
—Bueno, pero además vas a tener otro regalo.
—Supongo que será mejor que yo también haga algunas compras, ¿no? —repuso él—. Te echaré de menos. No me gusta nada estar sin ti. Me alegro tanto de que haya terminado la temporada... Ni te lo imaginas.
—Te llamaré durante el fin de semana. Bueno, si consigo localizarte.
—Ya te llamaré yo. ¿De verdad que estás bien?
—De verdad. Me sabe mal por mamá y papá, pero no pasa nada.
—Todo saldrá bien. Te lo prometo.
—Lo sé.
—Bueno, me siento como un canalla.
—Charly, olvídalo. Es lo mejor para todos.
—Te quiero, Vic.
—Yo también te quiero, Charly.
Bajó la voz, hablando en el tono propio de las confidencias.
—¿Sabes qué? Ni siquiera puedo pensar en ti sin que se me ponga la polla tiesa. Me vuelves loco.
—Charly, si tuviera una polla, yo también la tendría tiesa. —Vic se echó a reír.
—Eso sí que es un pensamiento extraño. —Contuvo el aliento—. Pero te quiero.
—Yo también te quiero. Nos vemos el lunes.
—Vale. Adiós.
—Adiós. —Colgó el receptor y, cuando salía del despacho, estuvo a punto de tropezarse con Georgia Wallace, que acababa de entrar en el concesionario—. Señorita Wallace, lo siento. No miraba por dónde iba.
—Los jóvenes nunca lo hacéis. —Sonrió—. Siempre tenéis prisa por ir a alguna parte y luego, cuando llegáis, os dais cuenta de que no había nada que mereciese la pena.
—Hola —la saludó Hojo, prescindiendo de la formalidad de llamar a la señora por su apellido.
—Esta Hojo... —dijo Georgia, meneando la cabeza—. Nunca se trae nada bueno entre manos, y le encanta. Qué no daría yo por tener un poco de esa energía... Estoy un poco baja de moral porque Poppy se está volviendo senil. Yolanda está en la cocina y a Sissy eso le molesta una barbaridad. —Torció la comisura de los labios—. Le he dicho: «Deja a Yolanda en paz. Le hace feliz. ¿Cuánto tiempo más crees que vamos a tenerlo con nosotras?». Y eso que yo recojo las boñigas a todas horas. Sissy está tan consentida... —Subrayó el «tan» con su tono de voz.
Hojo agitó los dedos.
—¿A que son preciosas?
Tanto Vic como Georgia examinaron las uñas, que ahora estaban en reposo encima de la mesa. Mignon estaba al lado de Hojo, jugueteando con el ordenador.
—Hojo, querida, estás divina —entonó Georgia.
—Me he hecho las uñas, me he puesto un wonderbra, Georgia, estoy lista para vivir. Georgia, salgamos esta noche.
—Hojo, querida, eres demasiado salvaje para mí. Te convendría más salir con Sissy.
—Venga, Georgia, anímese —insistió Hojo.
—Bueno..., esta noche no, pero saldré contigo otra noche. Tendré que ir a la peluquería y tendré que encerrar a Sissy en el sótano. Me mataría si yo saliese de juerga y ella tuviese que quedarse en casa.
—Enciérrela, entonces. —Hojo arrojó los brazos al aire e hizo tintinear su infinidad de pulseras, que sonaron como castañuelas.
—Mignon, ¿qué haces? —preguntó Vic.
—Hacer inventario, ¿ves?
Vic se subió a la tarima.
—¿Qué coche quieres?
—El tuyo. Es que me gusta jugar con el ordenador.
—Venga, es hora de irnos. Vayamos a buscar comida para que mamá no tenga que cocinar. —Condujeron hasta un restaurante chino cercano.
Mientras esperaban la comida, Mignon preguntó:
—¿Los Wallace están para que los encierren?
—No en Surry County.
—¿Crees que hay muchos gays en Surry County? — susurró.
—No lo sé. ¿Por qué?
—Bueno, ya te enterarás. Quiero decir que, cuando salgas del armario, ¿no te dirán que ellos también lo son?
—No lo sé, Mignon, no pienso en esas cosas.
—Cuando te lo digan, dímelo.
—¿Por qué?
—Porque es emocionante.
—Por el amor de Dios... —Vic la agarró de la nuca con una mano—. Eres el colmo del chismorreo.
—No he dicho que vaya a contarlo por ahí, sólo que quiero que me lo digas.
—A lo mejor te lo digo y a lo mejor no.
Mignon dio un golpecito a su hermana en las costillas para que le soltase la nuca.
—Si no me lo dices, me traeré una vaca a la cocina.
—Eso es muuuuuuuuy buena idea.
—Qué graciosa... —Mignon volvió a expresar su deseo de saber quién era gay—. En serio, dímelo.
—Mignon, eso es secreto. A una persona podría darle miedo que lo sepan los demás. No puedo revelar un secreto.
—A ti no te da miedo —dijo Mignon, mientras llevaban las cajas de cartón al coche.
—Todavía no se lo he dicho a nadie más que a ti. Aunque no es que te lo haya dicho exactamente: tú lo adivinaste. Y tengo miedo. Es sólo que no pienso demasiado en ello, eso es todo.
—¿De verdad tienes miedo? —Mignon no podía creer que su guapísima hermana mayor tuviese miedo de algo.
—Pues claro que sí.
Mignon se puso seria.
—No quiero que me dejes al margen de esto.
Vic abrió el maletero del coche, Mignon dejó las cajas y entonces Vic la abrazó.
—Eres mi hermana, no voy a dejarte al margen.
—No quiero que las cosas cambien. Que te vayas a un mundo distinto y yo no.
—Cariño, eso no va a suceder. No es que ahora viva en otro planeta. —A continuación le abrió la portezuela del coche—. Yo no sé lo que va a pasar, pero es que nadie lo sabe...: lo que pasará mañana, quiero decir.
—¿Crees que hay libros que hablen de lo que hay que hacer cuando se tiene una hermana lesbiana?
Vic negó con la cabeza, cerró la puerta, rodeó el coche y se subió a su asiento.
—No. ¿Sabes lo que creo?
—¿Qué?
—Que todos esos libros sobre cómo controlar esto o entender lo otro... no son más que estupideces. No hay reglas. Piénsalo: las reglas que nos han enseñado sobre cómo vivir nuestra vida fueron hechas por gente que ahora está muerta, por gente a la que nunca conoceremos o por gente que no nos conoce. Como Estados Unidos. Todas escritas por hombres blancos con propiedades. No estoy diciendo que sea malo: sólo digo que nadie pensó en nosotras.
—¿En las mujeres?
—Más o menos, pero, sobre todo, lo que me pregunto es por qué todo el mundo tiene tanta facilidad para creer en gente que ya ha muerto.
Mignon pensó detenidamente sobre todo eso durante el camino a casa.
—¿Y qué me dices de la sabiduría de los siglos?
—Sí, de acuerdo, existe la sabiduría, hay conocimiento que tiene que ser transmitido de generación en generación. Pero, lo que quiero decir, si es que tengo razón —se echó a reír—, es que cada individuo debe examinarlo todo. No se puede creer algo sólo porque alguien te lo diga. ¿Qué diablos saben ellos? No es su vida.
—Sí.
—Sí, ¿qué?
—Sé lo que quieres decir. ¿Sabes tú lo que quiero decir yo?
—¿Qué?
—Que no quiero que me apartes de tu vida.
—No pienso apartarte.
Vic se quedó pensativa mientras pasaban por la tienda de Boonie Ashley.
—Cuando piensas en lo necesitado que está el ser humano durante buena parte de su vida, es un milagro que alguien tenga hijos.
—Todo son cacas y pipis. —Mignon arrugó la nariz con una mueca de asco—. Si Dios fuese tan listo, se le habría ocurrido alguna solución mejor.
—Los hombres no piensan en esas cosas. —Vic se echó a reír—. A lo mejor Dios es un hombre, después de todo.
—Por eso la gente le reza a la Virgen María. —Mignon se cruzó de brazos.
—Mira lo que le pasó..., la barbacoa.


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35

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:21 am

En Williamsburg, había velas encendidas en todas las ventanas, las guirnaldas adornaban los cuernos de los bueyes infinitas veces fotografiados del centro histórico, había muérdago colgado en los dinteles de las puertas y los árboles navideños inundaban los enormes escaparates de las tiendas. El trasiego de las pisadas de los turistas recordaba a todos los residentes a qué se debía buena parte de sus ingresos. Pese al tráñco constante, tanto los comerciantes como los compradores sonreían, haciendo todo cuanto estaba en su mano por agradar.
Vic, agotada, también estaba haciendo todo cuanto podía por agradar. No tardó demasiado en recoger sus cosas del piso, puesto que no había llegado a poner más muebles que la cama y la mesa de la cocina. Dejó la cama, trasladó la mesa de la cocina al piso de Chris, vendió sus libros de texto con una punzada de tristeza y pagó a su casero, por quien sentía un gran aprecio, un mes de alquiler más.
Charly, rebosante de energía, estaba más feliz que nunca. Vic creía que el hecho de que ya no tuviese piso en la ciudad pondría fin a la posibilidad de hacer el amor con él, pero Charly quería encontrar otro sitio. Vic lo sacó de su engaño, se sintió fatal y luego se fue en coche a ver a Jinx.
Jinx dio un sorbo a su taza de chocolate humeante.
—Quienquiera que fuese el inventor de esto tendría que estar sentado a la derecha de Dios Padre. —El humo que salía de la taza la hizo pestañear—. Perdona, no debería hacer ninguna mención a la religión delante de ti...
—Dios te salve, María, llena eres... —Vic sopló sobre su propia taza de cacao.
—No se lo has dicho.
—.Jinx, está pletórico de alegría, salvo por el hecho de que hoy no he querido acostarme con él. Casi estamos en Navidad. Me siento como una mierda absoluta.
—Cuanto más esperes, peor será, a menos que cambies de idea. —Jinx dio un sorbo a su taza.
—No, pero vamos, todos nos habremos ido de aquí al viernes. Puede esperar. Sé que crees que soy una cobarde, pero no lo soy. —Lanzó un suspiro—. Sólo que es más dificil de lo que creía. Lo quiero de verdad.
—¿Y por qué no te casas con él y tienes a Chris como amante? El no tiene por qué enterarse. —Un brillo diabólico asomó a los ojos de Jinx.
—Ella nunca se avendría. Y no creo que yo fuese capaz de eso, no podría mentir a Charly.
—Ahora le estás mintiendo. No decir las cosas también es una forma de mentir.
—Maldita sea, Jinx, se supone que eres mi mejor amiga. No me pones las cosas fáciles, que digamos.
—Soy tu mejor amiga, y le estás mintiendo a Charly.
Vic estaba casi tan encendida de furia como su chocolate fundido, pero enseguida se enfrió.
—¿Y no podemos llegar a un término medio y decir que le estoy allanando el camino?
—¿No crees que lo sabe? Venga ya, pero si os fuisteis los tres a la cama...
—Cuando un hombre disfruta del sexo contigo, no se le pasa por la cabeza pensar que tú también disfrutas de un sexo estupendo con una mujer.
—Sigo pensando que lo sabe —insistió Jinx.
—Entonces, ¿por qué lo tolera?
—Porque te quiere, idiota. Y como cualquier persona enamorada, no puede permitirse el lujo de pensar en la posibilidad de perder a la persona que ama. Así que a lo mejor cree que sólo es un capricho pasajero.
—Tampoco se lo he dicho a mamá ni a papá. Tengo que prepararme para la siguiente bomba emocional. Más información a las once. —Vic sonrió con una expresión de tristeza.
—Sí, la atracción principal empieza dentro de tres minutos. —Jinx tomó un buen trago de su taza—. ¿Cómo sabes que no lo echarás de menos cuando se haya ido?
—Sí lo echaré de menos.
—¿También el sexo?
Hizo girar la taza entre sus manos.
—Quizás a veces también pensaré en él de ese modo, pero a quien de verdad echaré de menos será a él como persona.
—¿Cómo sabes que no ligarás con otros chicos a escondidas? Ya sabes, más adelante.
—No.
—De acuerdo, probemos con otro posible escenario. Supongamos que, por alguna razón inexplicable —Jinx levantó las manos con las palmas hacia fuera, en un movimiento pacificador—, tú y Chris rompéis. ¿Volverías con Charly?
—No.
—¿Te irías con otro hombre?
—No. No estoy diciendo que no me vaya a acostar con otro hombre. Escucha, estoy descubriendo que soy una persona increíblemente activa sexualmente, pero un hombre no sería mi primera opción.
—¿Buscarías otra mujer?
—Sí.
Jinx apuró su taza y la dejó encima de la mesa.
—No tendrás que buscar demasiado. La gente siempre acudirá a ti.
—¿Te sorprende lo que siento?
—Ahora no. Al principio sí me sorprendía, pero, si crees que ése es tu camino, yo también lo creo. Y espero que todo salga bien. Lo siento por Charly, pero tú no puedes evitar ser como eres.
—La persona que más me ha sorprendido es Mignon. Lo sabe y, por asombroso que parezca, ha sabido mantener la boca cerrada. Y este fin de semana me ha dicho que no quiere que la deje al margen de mi vida. Por poco me echo a llorar de emoción.
—Es increíblemente lista.
—Es verdad, pero para mí ha sido tan sumamente coñazo este último par de años que no me había dado cuenta. Ha madurado casi como de repente. No recuerdo que fuese así en mi caso. Supongo que es porque sigo madurando.
—Me parece que eso es un proceso que nunca se acaba.
—Pues se ha acabado para Edward Wallace.
—Ah, bueno.
—Yolanda está viviendo en la cocina.
—Dios...
—¿Sabes qué? Se me ha ocurrido una cosa mientras recogía mis trastos. Es una idea terrible, atroz, y deberían darme una bofetada por pensarlo.
—¿Ah, sí?
—Es Navidad. La Santísima Virgen María debería llevar un vestido nuevo de raso rojo, una copa de ponche de huevo en la mano, un alfiler de reno y un gorro de Santa Claus.
—¡Ni se te ocurra...!

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36

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:21 am

Vic llevó a Chris al aeropuerto de Norfolk el viernes por la mañana. Pasaron el trayecto, de una hora de duración, planeando su reencuentro. Se intercambiaron los regalos sentadas en el coche, en el aparcamiento. Cada una prometió no abrir el regalo de la otra hasta la mañana de Navidad. Se besaron, se bajaron del coche y fueron andando hacia la puerta de salida.
—Cariño, no quiero irme...
Vic la abrazó.
—Ya verás como, antes de que te des cuenta, volveré a estar aquí de nuevo para recogerte, pero te echaré de menos. Odio estar sin ti.
—Yo también. —Chris se secó los ojos, lanzó un suspiro, besó a Vic en la mejilla y luego se fue corriendo.
Vic se quedó observando desde los inmensos ventanales hasta que el avión plateado despegó. Chris volaba hasta Baltimore y desde allí cogía otro vuelo a York. Desde Norfolk, Vic condujo hasta su casa. Siguió las carreteras secundarias, atravesó las poblaciones engalanadas con motivos navideños, todo rojo, verde y dorado. Los duendes retozaban en el césped, Santa Claus y sus renos parecían aterrizar en las sedes del condado, las iglesias exponían sus belenes en la puerta principal y las plazas de las ciudades exhibían enormes árboles de Navidad decorados con luces y adornos. Vic pensó en todo el esfuerzo que unos completos desconocidos habían invertido en aquellos ornamentos y, de repente, sintió una profunda gratitud. A su alrededor, todo el mundo trataba de hacer las cosas bonitas,
festivas, y cuando no era Navidad, cortaban el césped, podaban los arbustos, pintaban las vallas, los cobertizos y las casas, y plantaban ñores en los jardines y hortalizas en los huertos. Ella se beneñciaba de todo aquel trabajo, aunque sólo fuese por un momento efímero. Sintió ganas de detener el Impala en la siguiente sede del condado, empujar las viejas puertas dobles y dar las gracias a todo el mundo, pero, en vez de eso, supo que había llegado el momento de contribuir con su propio trabajo, fuese mucho o poco. Ciertamente, había llegado la hora de madurar.
En lugar de sentirse sombría o triste, su repentina falta de estructura le hizo sentirse estupendamente. La universidad le pareció en ese momento una celda de retención. Bien, pues había escapado de la celda. Ahora saldría al mundo como pudiese y haría lo que pudiese por los demás. Uno para todos y todos para uno. Alejandro Dumas tenía razón, pensó mientras aparcaba el coche en el concesionario de los McKenna. El sol brillaba en lo alto. Tenía pensado preguntarle a tío Don qué quería tía Bunny para Navidad. Algo que pudiese ver con los prismáticos, seguramente. Acababa de bajarse del coche cuando Hojo salió disparada de la recepción y la llamó.
—¡Vic, ven enseguida!
Vic entró apresuradamente, en parte empujada por el fuerte viento.
—¿Qué pasa?
—No te lo vas a creer. Ven aquí. —Hojo la asió por la muñeca. El suéter ceñido resaltaba unos pechos en proporción perfecta con el resto de su cuerpo. Hojo la arrastró hasta la zona del taller mecánico, impecable—. ¡La hostia! ¿A que es increíble?
En el taller había una flamante camioneta Dodge Ram de tres cuartos de tonelada y de color azul y plata. Los soldadores estaban trabajando en ella y las chispas anaranjadas saltaban por todas partes.
—¿Qué pasa? —preguntó Vic.
—El viejo Wallace ha entrado como un torbellino esta mañana, ha comprado la camioneta y luego ha pagado por las modiñcaciones. Va a poner una rampa para que no le haga daño la espalda cuando suba y baje... Lleva elevador hidráulico, y ya sabes lo caros que son esos cacharros, y luego ha querido que le pusieran esas delgadas barras metálicas en la ventanilla trasera, aunque no sé por qué. Y va a poner unos alerones laterales de acero soldados al chasis, para que sea imposible quitarlos.
—Como si fuera un carro de heno.
—Va a gastarse otros cinco mil dólares en esa camioneta y, chica, no es barata, que digamos. Y encima, encima va a ponerse teléfono. Un teléfono en la camioneta. Va a tener que llevar una antena más larga que una caña de pescar, que empezará a temblar cada vez que sobrepase los quince kilómetros por hora.
—Parece como si tuviera intención de volver a trabajar. La jubilación lo está matando. —Vic deseó que aquella camioneta fuese su regalo de Navidad.
—No, qué va. Lo hace por Yolanda, así podrá subir y bajar por la rampa. Dice que, si le apetece ir a dar una vuelta, él la llevará.
—¡Vaya con la vaca! —Vic se rió.
—Y que lo digas. —Hojo también se echó a reír—. Si quiere llevar a su vaca de paseo en la camioneta por todo Surry County, ¿a mí qué más me da? Pero seguro que a Georgia y a Sissy, en cambio, les va a dar un patatús, porque ese trasto cuesta tanto como un Cadillac nuevecito. Lo matarán, seguro que sí.
—Es posible.
—Espero que no lo hagan en mis horas de trabajo. No querría tener que limpiar toda esa sangre.
—¡Vic! —Bunny la llamó desde la entrada del taller.
—Es una pelma —se quejó Hojo—. Ya sé que es tu tía y todo eso, pero la semana pasada se la pasó aquí enterita, encima de mí todo el tiempo. Yo hago mi trabajo, me gano mi sueldo.
—¡Vic! Quiero hablar contigo ahora mismo.
Hojo miró a Vic con compasión.
—Parece que va a echarte una bronca.
—Eso parece, ¿verdad?
—Lo siento. —Hojo le dio una palmadita para animarla.
—Gracias. —Vic, con la cabeza erguida y sonriente, se acercó a su tía.
Bunny cogió a su sobrina por el codo y la arrastró hastael estrecho pasillo que unía la sección de las piezas de recambio y el taller mecánico.
—¿Se puede saber qué estás haciendo y por qué no me lo dijiste? Podrías haberme dicho algo cuando estuviste aquí ayer. Estoy tan enfadada contigo que me dan ganas de escupirte.
—-No me pareció el momento más oportuno.
—Lo era. —Bunny apretó los labios con fuerza.
—No delante de Hojo y Georgia, y... además, tía Bunny, estaba muy nerviosa después de habérselo dicho a papá y mamá. No era mi intención ofenderte.
—Yo te habría escuchado.
—Lo siento.
—¿Que lo sientes? No me hagas reír. ¿Cómo pudiste hacer algo tan estúpido, tan absurdo y tan infantil? Y estando a las puertas de la graduación, encima. Debería darte un golpe con los prismáticos en esa cabezota tuya, a ver si te sale algo de sentido común.
—Sí, tía Bunny.
—Vas a matar a tu madre del disgusto.
Vic se enfureció.
—Eso no es verdad. Venga, tía Bunny, no empeores las cosas. Ya he hablado con mamá, y puede que no se sienta orgullosa de mí en estos momentos, pero no está destrozada.
—¡Está muy disgustada!
—Tú lo estás más que ella.
—Lo estoy. No me puedo creer que hayas sido tan tonta, por hacerlo, en primer lugar, y luego... ¡por dejar que te pillaran!
—Ahora ya no tiene remedio.
—Bueno, terminarás los estudios en otro sitio. Eso sí tiene remedio. Después de eso, te marcharás a otra parte.
—No me voy a ir a ninguna parte. Voy a trabajar.
Bunny levantó las manos en el aire.
—¡Sí, claro! Te casarás enseguida y luego sabe Dios adonde os iréis a vivir.
—No quiero irme a vivir a ningún otro sitio. Quiero quedarme aquí. Lo he pensado mucho: me encanta Surry County. No sé si has hablado con mamá, pero me gustaría trabajar en vuestro vivero. Me encantaría aprender el funcionamiento del negocio desde la mismísima raíz, nunca mejor dicho. Y... éste es mi hogar.
—Tu hogar está donde esté tu marido.
—Tía Bunny, mi hogar está donde yo lo diga. —Sus palabras iban acompañadas de una llamarada de fuego.
Bunny se quedó callada un minuto.
—Aquí no hay trabajo, y los hombres ganan más que las mujeres.
—Me importa un bledo. Pienso vivir en Surry County.
—Vic, a veces me sorprendes. Veo que lo dices en serio.
—Sí, lo digo en serio. —Su ira cedió y entonces trató de bromear—: A lo mejor abro un concesionario para haceros la competencia. Cadillacs. Podré vendérselos a las Wallace.
—Tal como conducen, serían muy buenas clientas. —Bunny se puso de buen humor—. El metal sobre ruedas... es un negocio muy duro. Y he llamado a todos los malditos concesionarios de Virginia para tratar de conseguirles a esas dos pájaras unos Cadillacs baratos. Te lo digo de verdad...: es un negocio muy duro.
—¿Ha hablado mamá contigo? —Vic volvió al tema que más le importaba.
—Sí. Nos reuniremos para hablar en profundidad después de Navidad. Ahora hay demasiadas cosas que hacer y esto merece toda nuestra atención. —Bunny hizo una pausa—. ¿Qué le has comprado a Charly?
—Todavía nada. Quiero comprarle una chaqueta de aviador, pero no tengo dinero. Dime, ¿qué necesita tío Don?
—Vitaminas.
—¿En serio?
—Ese hombre necesita ayuda. —Bunny ladeó la cabeza—. Cómprale vitamina B y ginseng, y cualquier cosa que haga recuperar las energías.
—Si tú lo dices. Y tú, ¿qué quieres?
—Un marido con energías.
Vic sonrió.
—Ya pensaré en algo.
Bunny se metió la mano en el bolsillo de la falda y extrajo un fajo de billetes de veinte.
—Toma. Compra esa chaqueta para tu novio.
—Tía Bunny... Gracias, pero no puedo aceptarlo.
—Sácate el título.
—Eso tampoco puedo prometértelo.
Después de varios intentos frustrados, Bunny dijo al fin:
—Llévate el dinero de todos modos y cómprale su chaqueta de aviador. Por cierto, ¿has leído el periódico de Williamsburg hoy?
—No. Me he levantado temprano para llevar a Chris al aeropuerto de Norfolk.
—Bueno, pues sale una foto de la estatua de la Virgen. Y está vestida de Santa Claus. ¿Has sido tú otra vez?
—No. Te lo prometo.
—Me alegra oírlo. Al menos has aprendido algo. Por lo visto, has inaugurado una tradición.
—Será mejor que me compre el periódico.
—Lo tengo en el despacho.
Se dirigieron al despacho de Don y pasaron junto a Hojo, instalada de nuevo en su puesto de mando. Al pasar, Vic le hizo la señal de la victoria a espaldas de Bunny. Cuando vio la fotografía del periódico, Vic se echó a reír, flojito al principio, pero luego a mandíbula batiente.
—Yo le habría puesto un vestido de fiesta.
—Jovencita... —la regañó Bunny, pero saltaba a la vista que le gustaba la idea.

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37

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:22 am

Vic llamaba a Chris todos los días. Chris se moría de ganas de largarse de allí, de que se acabase la Navidad y de volver a los brazos de Vic. Su madre, perfeccionista hasta la médula y, por lo tanto, perpetuamente insatisfecha, se estaba volviendo loca con las fiestas y también estaba volviendo locos a los demás. Por el resto, todo iba como la seda. En cierta ocasión, R.J. pasaba justo al lado de Vic cuando ésta se despedía, diciendo:
—Te quiero.
—¿Charly? —preguntó, una vez que Vic hubo colgado el teléfono.
—No.
Su madre se detuvo un segundo, con el trapo con el que había estado limpiando la plata colgado de la cintura.
—¿Un rival?
—Mamá...
—Bueno, cariño, es que no se le dice a la gente «te quiero» a menos que sea verdad.
—Te quiero —repuso Vic maliciosamente.
—Yo también te quiero. ¿Quiere eso decir que no piensas decírmelo?
—Sí.
R.J. cogió el trapo para tirárselo a Vic cuando el teléfono de la cocina sonó de nuevo. Pasó junto a su hija para responder.
—¿Diga?
—Feliz Navidad, señora Savedge —la felicitó la voz grave de Charly.
—Feliz Navidad para ti también. Seguro que quieres hablar con tu chica, y la tengo aquí mismo.
—Gracias.
Le pasó el aparato a su hija, se acercó a la bandeja de plata, ahora reluciente, puso en ella la tetera, la cafetera, la jarra de leche y el azucarero, y se lo llevó todo a la sala de estar.
—Mamá —dijo Vic—, Charly quiere venir luego. ¿Te parece bien?
—Claro —contestó R.J.
Mignon se reunió con su madre en la sala de estar.
—Mamá, dile a papá que monte el pie del árbol de Navidad. Yo no puedo.
—Seguro que puedes.
—Venga, mamá...
—Mignon, tenemos muchas cosas que hacer. Y ahora, mira en lo más profundo de tu ser y reúne el valor para emprender esa tarea tan ardua.
Mignon entrecerró los ojos.
—A veces eres más mala...
—Se supone que las madres somos malas.
Vic entró en la sala de estar.
—Muy bien, ¿y ahora qué?
—Tienes que traer el árbol, pero no podrás hasta que aquí tu hermanita, tu pobreclla hermanita, monte el pie.
—Te propongo un trato —sugirió Vic a Mignon—. Yo monto el pie si tú cuelgas las luces.
—Odio colgar las luces.
—Odias hacer cualquier cosa. Tú eliges.
—Si pusiésemos las luces las dos juntas, tardaríamos la mitad de tiempo —trató de regatear Mignon.
—Si pusiésemos las luces las dos juntas, acabaría colgándolas yo todas.
—No, nos repartiremos las tiras de luces. Tú te quedas con una mitad y yo con la otra mitad, y yo tendré que colgar mi mitad pase lo que pase. Es justo, ¿no?
—De acuerdo.
R.J. se echó a reír.
—Mignon, acabarás en política.
Tres horas más tarde, un enorme árbol de Navidad, con un pie más que robusto e iluminado por tiras de luces de colores, dominaba la esquina de la sala de estar que había justo al otro lado de la chimenea. Piper ya se había fabricado una cama debajo.
R.J., Vic y Mignon sacaron las cajas de las bolas de Navidad que se encontraban guardadas en el sótano, en un enorme arcón de madera. Algunos de los adornos eran de 1800, y había uno de 1861 que se llamaba «la bola de la guerra». La mayoría eran de la década de 1950, cuando la madre de R.J. había ido de compras especialmente para adquirir los adornos navideños.
Empezaron por la parte interna de las ramas del árbol y luego siguieron por la externa. Así era como Mignon y Vic colocaron las luces; de este modo se creaba más sensación de profundidad, de abundancia. R.J. no les permitió hacerlo mal.
Una vez que las bolas estuvieron colgadas en su sitio, le llegó el turno al espumillón: las guirnaldas doradas rodearían el exterior, de arriba abajo, y la enorme estrella de oro estaría en lo alto. Adornaron la repisa de la chimenea con coronas de pino con acebo incrustado y bolas de Navidad rojas y doradas. En el amplio vestíbulo, también adornado con guirnaldas, el muérdago colgaba de la bonita lámpara del siglo XIX de vidrio soplado. Un trineo de juguete, repleto de ositos de peluche, ocupaba el fondo del vestíbulo.
En el preciso instante en que el crepúsculo teñía el río James del rojo de una baya de acebo, las tres mujeres terminaron de decorar el árbol. R.J. dio un paso atrás.
—Señoritas, ¿qué os parece?
—El mejor, de verdad, mamá, el mejor árbol que hemos tenido nunca —dijo Vic.
Mignon se paseó alrededor.
—A Piper también se lo parece.
Las sacudidas de una cola de perro corroboraron las palabras de Mignon. R.J. se acercó a los enormes ventanales con vistas al río. El vidrio cilindrado de las pequeñas hojas cuadradas se ondulaba en algunas partes.
—El solsticio de invierno. Siempre trae una mezcla de melancolía y esperanza.
Mignon, de pie junto a su madre, comentó:
—¿Porque cada día tendremos un minuto más de luz, a partir de ahora?
—Sí, pero todavía nos queda por delante la peor parte del invierno, de ahí la melancolía. —Rodeó con el brazo la cintura de su hija pequeña—. Tengo mucha suerte de tener unas hijas tan maravillosas.
—Oh, mamá... —Mignon la abrazó.
—Estás muy guapa últimamente, Mignon. —R.J. le devolvió el abrazo.
—Mi hermana, la estrella de cine —se burló Vic, mientras apilaba las cajas vacías de adornos para guardarlas de nuevo en el sótano.
—Vosotras guardad eso, que yo voy a preparar un poco de ponche caliente. Nos lo hemos ganado.
Vic y Mignon seguían en el sótano cuando llegó Charly. Cuando R.J. abrió la puerta, el joven la obsequió con un enorme centro floral para la entrada. Volvió disparado al coche y regresó con los brazos llenos de regalos. R.J. lo condujo a la sala de estar. Allí le quitó los regalos, uno a uno, y los colocó debajo del árbol, donde Piper los olisqueó.
—¡Caramba! Pero si es Santa Claus... —Lo besó en la mejilla—. Trae, dame tu abrigo y ven a la cocina.
Ambos oyeron a las dos hermanas subir por las escaleras de madera, riéndose a carcajadas de la última transfiguración de la Virgen María.
—¡Charly! —Vic echó a correr y le dio un enorme abrazo y un beso.
—Feliz Navidad, preciosa. —Le devolvió el beso, luego la soltó y le dio a Mignon un abrazo y un beso en la mejilla—. Feliz Navidad a ti también, Mignon. Otra preciosa Savedge a la que besar.
—No me extraña que te guste venir aquí. —Vic le ofreció una silla.
—No, no, vamos a sentarnos a la sala de estar, como la gente civilizada —dijo R.J. antes de mirar por la ventana—. ¡Dios! Mirad el cielo... ¡Es espectacular!
Unas llamaradas de color escarlata, anaranjado y crema se arremolinaban en el cénit del cielo, el lugar del horizonte donde el sol había dejado una señal de rojo vibrante, En los confines de aquella inmensidad, las nubes de color rosa no tardarían en teñirse también de escarlata.
—Voy arriba a por el regalo de Charly. —Vic se precipitó escaleras arriba.
—Yo también. —Mignon la siguió.
Cogieron el regalo y luego bajaron para reunirse con Charly y R.J., quienes llevaban el ponche a la sala de estar.
—Lo dejaré debajo del árbol hasta que te vayas. No puedes abrirlo hasta la mañana de Navidad. —Vic se arrodilló y dejó un paquete enorme, con un lazo rojo, debajo del árbol.
—El mío también. —Mignon la imitó.
Charly se sentó en el sofá para que Vic pudiese sentarse a su lado. R.J. y Mignon se arrellanaron en los sillones, frente a ellos. Fuera, el cielo de poniente estaba en llamas.
—¡Qué solsticio! —exclamó R.J.—. Es increíble.
Se bebieron el ponche y hablaron de sus planes para las vacaciones.
—Mamá, ¿cuándo va a volver papá? —preguntó Mignon.
—¿Por qué? ¿Tienes hambre?
—Casi.
—Llegará dentro de media hora, a menos que algo lo retenga en el despacho. Charly, te quedarás a cenar con nosotros, ¿verdad? En realidad, es una orden. Tenerte aquí es el mejor regalo. —Le dedicó su sonrisa más deslumbrante.
—Se quedará. —Vic le apretó la mano.
—¡Ya voy...! —A regañadientes, Mignon siguió a su madre hasta la cocina. R.J. le había hecho señas para que se levantase.
—Estoy en minoría —dijo Charly con fingida resignación.
R.J. asomó la cabeza por la puerta de la cocina.
—¿Tienes mucha hambre o puedes esperar?
—Puedo esperar —respondió Charly.
Cuando R.J. regresó a la cocina y Charly estuvo seguro de que Mignon no aparecería por sorpresa ni los estaba espiando, abrazó a Vic y le dio un prolongado beso.
—Feliz Navidad, amor mío.
—Feliz Navidad para ti también.
—Muy bien. Ahora tienes que abrir un regalo. Los otros pueden esperar hasta la mañana de Navidad. —Se levantó y se acercó al árbol.
—¿Los otros, Charly?
—Las mujeres guapas merecen ser mimadas. —Le hizo señas para que se acercara al árbol—. Ahora tienes que abrir éste de aquí. —Señaló una cajita de terciopelo verde adornada con unas tiras plateadas.
Con gesto vacilante, Vic deshizo el fino lazo de raso rojo y abrió la caja. Rodeado de terciopelo negro, un diamante marcasita de cinco quilates relucía en un engarce de platino, despidiendo una luz fría, casi azul por el brillo puro.
—¡Oh, Dios mío! —Vic estuvo a punto de dejar caer la caja al suelo, pero la recogió justo a tiempo.
—Era de mi abuela.
—Charly, es lo más bonito que he visto en mi vida. Dios mío... No sé qué decir. Yo, oh... —No pudo evitarlo. Se lo puso en el dedo y encajaba a la perfección—. No me lo puedo creer. —Le arrojó los brazos al cuello y lo besó apasionadamente—. No me lo puedo creer. Ay, Charly, es precioso...
Charly se echó a reír.
—Nunca te había visto así.
—Oh, no sé qué decir...
Con elegancia, pues era un hombre elegante, Charly se puso de rodillas, tomó la mano derecha de Vic y la besó.
—¿Me harías el honor de ser mi esposa?
Vic se quedó paralizada. Las lágrimas le anegaron los ojos; no podía detenerlas mientras trataba de encontrar palabras.
—Oh, Charly, esperemos a que pase tu último semestre.
—¿Es eso un sí?
—Es un aplazamiento. —Se quitó el anillo y lo apretó con fuerza contra la palma de la mano.
—Victoria, te quiero. Siempre te querré, hasta que me muera. El anillo es tuyo. Ven a mí cuando estés lista.
—Cariño... —Vic se arrodilló frente a él y le arrojó los brazos al cuello—. Eres el mejor hombre del mundo. Eres el único hombre con el que podría casarme. Es sólo que..., bueno, me acaban de echar de la facultad, tengo que encontrar un trabajo...
—Yo cuidaré de ti. —Volvió a besarla—. Ya te lo he dicho, sólo tienes que creerme.
—Quiero cuidar de mí yo sola. No quiero ser una carga.
—Tú nunca serías una carga.
—Bueno, pues quiero ganarme la vida. No puedo vivir la vida que ha vivido tu madre, ni siquiera la mía.
—Eso ya lo sé.
—Déjame trabajar este semestre. Cuando te gradúes, entonces haremos lo correcto.
Volvió a colocarse el anillo en el dedo.
—No puedo vivir sin ti.
—Te quiero. Pase lo que pase en nuestras vidas, quiero que sepas que te quiero.
Fuera, se oyó el sonido del claxon de una camioneta.
—¡Voy yo! —gritó Mignon desde la cocina, y salió disparada hacia el vestíbulo y la puerta principal.
Charly y Vic se levantaron. Vic lo abrazó, apretó el cuerpo contra el suyo y lo besó.
—Nunca olvidaré estas Navidades.
—Bueno, ya que no me has dado un «sí» claro, ¿puedo dar por sentado que me has dado un «tal vez»?
—Claro. —Sintió un escalofrío ante su propia cobardía.
—¡Mamá, Vic! —gritó Mignon desde la parte delantera—. ¡Venid, deprisa!
Vic salió a toda prisa de la sala de estar y apareció en la puerta, que Mignon había dejado abierta.
—Mignon, ¿qué... ?
Charly fue tras ella. Ambos salieron para reunirse con R.J. y Mignon, y vieron a Edward Wallace al volante de su nueva camioneta. Yolanda estaba en la parte de atrás, con un aire muy festivo y luciendo un gorrito de duende. Estaba mascando alfalfa, lo mejor de lo mejor, y se hallaba encantada de la vida. Edward, de lo más dicharachero, se apeó del vehículo y le dio a R.J. una botella carísima de brandy.
—Te mereces lo mejor, R.J. Te deseo una feliz Navidad. Ah, y también he traído algo para las chicas. —Les dio a Vic y a Mignon sendas pastillas de jabón de crema, decoradas con un lazo rojo de tela de algodón a cuadros.
—Edward, entra ahora mismo, porque nosotras también tenemos un regalito para ti. —R.J. le rodeó los hombros con el brazo.
—Poppy volverá enseguida. —Edward se dirigió a Yolanda, quien no le prestó ninguna atención.
Piper, al fin despierto, salió disparado, vio a Yolanda y empezó a ladrar.
—Deja ya de ladrar —le ordenó Vic.
El perro, nervioso, dejó de ladrar, pero decidió permanecer allí sentado sin quitarle el ojo de encima a la vaca. Justo cuando cerraba la puerta, Vic vio la luz de unos faros aproximándose a toda velocidad.
—Charly, creo que es Sissy.
Lo era, y se acercaba a toda pastilla, además. Aminoró un poco al llegar a la amplia curva de la entrada y luego enderezó el volante, dirigiéndose directamente hacia el lateral de la preciosa furgoneta azul y plata de su padre.
—¡Sissy, frena! —gritó Vic.
Sissy, sin apartar la vista de su objetivo, embistió la camioneta con tanta fuerza que Yolanda cayó de rodillas.
—Dios santo... —Charly salió corriendo hacia Sissy.
—Estoy bien. Es a esa maldita vaca a quien quería matar. —Sissy dio un empujón a Charly en el pecho—. Hamburguesa. ¿Me oyes, Poppy? Carne de hamburguesa.
Vic se subió en la camioneta para examinar a Yolanda, pero sólo le vio un pequeño rasguño en la rodilla derecha.
—Por suerte, Yolanda, no te has hecho nada.
Edward, con una copa en la mano, pues había probado su propio brandy, salió a toda prisa de la casa.
—¡Estás loca! ¿Me oyes, Sissy? Yolanda, mi pobre Yolanda, ¿cómo está mi pequeña?
—Está bien, señor Wallace —lo tranquilizó Vic—. Sólo se ha magullado la rodilla.
Se subió a la camioneta con una rapidez asombrosa para un hombre de su edad y acarició las patas del animal.
—No te ha pasado nada, cielo mío. —Acto seguido, se bajó de la camioneta como si fuese la mitad de viejo y señaló a Sissy, mientras R.J. se agachaba a recoger la copa de brandy que había dejado en el suelo—. ¡Quedas borrada de mi testamento! ¡Esto ha sido el colmo!
—¿A quién llamas loca, viejo chocho? Eres demasiado malo para morirte. ¡Puedes coger tu puñetero testamento y metértelo donde te quepa! —Era evidente que Sissy estaba imbuida del espíritu navideño por los efluvios etílicos. Edward no le hizo el menor caso.
—R.J., ¿tienes algún sitio donde pueda dejar a mi Yolanda? Creo que no debería llevarla a casa dadas las circunstancias. ¿Algún sitio calentito?
R.J. se quedó pensando.
—Pues creo que las chicas podrían limpiar un poco el cobertizo de las herramientas del jardín. Está rodeado por una cerca, Edward. Yolanda estará cómoda, puedo ponerle una manta. Chicas... —La voz de R.J. tenía el tono de una orden.
—Yo os ayudaré —dijo Charly, y se fue con ellas.
Vic entró de nuevo en la casa y cogió una chaqueta y guantes. Tardaron veinte minutos, pero dejaron el cobertizo en buenas condiciones, asegurándose de que no hubiera nada en lo que Yolanda pudiera subirse ni que pudiera morder o comer.
R.J., con la ayuda de Frank, que ya había vuelto a casa, mantuvo separados a los dos Wallace. Con delicadeza, la misma delicadeza con la que José habría llevado a María al establo, Edward guió a Yolanda al cobertizo. Charly y Frank le llevaron la alfalfa.
Yolanda se aclimató enseguida. Mignon le trajo una manta vieja, que le colocaron atándole una pequeña cuerda alrededor de su orondo estómago. Puede que Yolanda fuese vieja, pero era un animal muy bien alimentado. En un rincón dejaron un cubo enorme de agua fresca.
—Bueno, Edward, no te preocupes por nada. Quitaremos la escarcha del agua todas las mañanas y no le faltará de nada —lo tranquilizó R.J.
—Si la camioneta funciona, voy a dejarla en el taller de Don. ¿Puedes seguirme, Frank?
—Yo puedo seguirte —se ofreció Sissy de pronto.
—Tú puedes seguirme al infierno, ahí es adonde puedes seguirme. —Dio la espalda a su hija menor—. ¡Te has quedado sin Cadillac!
Aquello le dolió más que la amenaza de ser eliminada del testamento. Después de haberla amenazado tantas veces, ya no se tomaba en serio sus palabras.
—¿A que el elevador hidráulico es la obra de ingeniería más bonita que habéis visto nunca? —El anciano apretó el botón y el elevador, milagrosamente, volvió deslizándose a su sitio.
Por suerte, la salvajada de Sissy había destrozado el lateral del vehículo, no la parte posterior.
—Vosotros cenad, que yo ya cenaré cuando vuelva. —Frank besó a R.J. en la mejilla, se subió en su coche y siguió a Edward por el camino de entrada de la casa. La Dodge funcionaba perfectamente, teniendo en cuenta las circunstancias.
Sissy se quedó en mitad del camino, a punto de tocar el suelo con el labio inferior.
—Lo odio. No sabéis cuánto lo odio, y a Georgia también. ¡La muy hipócrita! Georgia se acuesta con hombres más jóvenes, sólo que les paga por acostarse con ella. ¡Al menos yo tengo voluntarios!
—Bueno, Sissy, ya hablaremos de eso luego. —R.J. se ruborizó—. ¿Quieres cenar con nosotros?
—No, quiero un padre nuevo y un Cadillac nuevo y un hombre guapo que me mime. Si no puede ser un hombre guapo, me conformo con uno feo con una polla grande. —Cerró la portezuela de su coche de golpe y se fue por el camino.
—¿Ha dicho lo que creo que ha dicho? —Mignon se había quedado boquiabierta.
—Te van a entrar moscas en la boca. —Vic se rió con tanta fuerza que le dolían los costados.
—Sí, eso ha dicho. —Charly se secó el sudor de la frente, más por nerviosismo que por cansancio.
—Bueno, cielitos, es la hora de la cena —entonó R.J. —. ¡La hora de la cena!
Mignon no se fijó en el diamante hasta que todos se hubieron sentado.
—¡Menudo pedrusco!
R.J. dejó el cucharón de servir y cogió la mano de su hija mayor.
—Cariño, es precioso, una maravilla... Es el diamante más bonito que he visto en mi vida. —Se le humedecieron los ojos—. ¿Significa esto lo que creo que significa?
Vic carraspeó antes de contestar.
—No exactamente. Significa que ya hablaremos de eso cuando Charly se gradúe.
Todos se quedaron en silencio durante unos minutos. Entonces, desde el cobertizo, Yolanda emitió un alegre y dichoso «¡mu!».

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38

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:22 am

El teléfono sonó a las diez y media del 22 de diciembre. Hasta entonces, en la casa había reinado un apacible silencio..., salvo por los mugidos de Yolanda. Vic y Mignon habían hecho una excursión a la tienda de comida para el ganado. Compraron un saco de pienso rico en proteínas, algo de maíz, melaza y otros cereales, y le pidieron a GooGoo (que se llamaba así porque comía barritas de chocolate GooGoo Cluster mañana, tarde y noche) que les llevara a casa una bala de heno para Yolanda: el animal aún tardaría un tiempo en volver a su propia casa, pues Edward aún temía por su vida.
Cuando Vic volvió a enfilar el camino de entrada al cabo de una hora, su madre abrió la puerta trasera y dijo:
—Vic, llama a Chris. Dice que es importante. Tengo que ir corriendo a casa de Regina Baptista. Han detenido a Lisa por robar en una tienda.
—¿Qué? —Vic se quedó perpleja, pero Mignon, que había permanecido en silencio, no parecía demasiado sorprendida.
—No sé cuánto tardaré. Ahora lo principal es calmar a Regina, que está hecha un manojo de nervios. Luego llevaré a la madre y a la hija a ver a tu padre. Él hará todo lo necesario.
Vic y Mignon entraron a toda prisa por la puerta de atrás.
—¿Podemos hacer algo?
—No, la verdad es que no. Si hay algún problema ya llamaré. ¿Habéis comprado la comida para Yolanda?
—Se va a poner muy contenta. GooGoo le va a traer heno más tarde.
—Cuando vuelva, a lo mejor tenemos que hablar de acondicionar la cabaña de la plantación de tabaco. El cobertizo se le está quedando pequeño. Aunque parece contenta, de todos modos. Bueno, ya lo solucionaremos. Ya sé qué podéis hacer vosotras dos. —Las hermanas la miraron con aire expectante—. ¿Por qué no marcáis con estacas los límites de un pequeño pasto? Tenemos un montón de tablones y cosas así que pueden servir para construir una valla. O si no, Edward puede traer madera para construir un cercado como Dios manda.
—No podemos hacer agujeros para las estacas si el suelo está helado. —Mignon no tenía ninguna intención de cavar agujeros.
—Sólo hiela de noche, cielo. —R.J. le sonrió con una dulzura exagerada—. Está bien, proteged el fuerte.
—Mamá, si Jinx quiere venir contigo, ¿la traerás? —Vic, que había previsto ver a Jinx ese día, pensó que, dadas las circunstancias, era mejor no ir a casa de los Baptista.
—Jinx necesita quedarse en casa y apoyar a su familia. —Besó a cada una de sus hijas en la mejilla y se marchó. Vic se dirigió a Mignon.
—Tú lo sabías.
—Sí.
—O sea, que sí sabes guardar un secreto.
—La desgracia se abate sobre la casa de los Baptista. —Mignon se encogió de hombros.
—Feliz Navidad —dijo Vic con sarcasmo.
—¿Sabes?, si se te cansan las manos, puedo llevar tu anillo, si quieres.
—¡Largo de aquí! —Vic la empujó—. Y nada de espiarme mientras hablo por teléfono. Voy a llamar a mi novia.
—Seguro que no te regala un diamante de cinco quilates. Tendrás que devolver el anillo a Charly.
—Si Chris tuviera uno, me lo daría. Y, para que lo sepas, listilla, intenté devolverle el anillo. De verdad.
—¿Ves? Ése es el verdadero problema de ser gay, Vic. Nada de anillos de compromiso, nada de regalos de boda ni de luna de miel.
—Todos los días son una luna de miel. ¡Largo! Ya te buscaré cuando acabe, para colocar las estacas para el pasto de Yolanda.
Mignon subió las escaleras. Todavía le quedaban regalos por envolver y se figuró que Vic se estaría al teléfono un buen rato, sobre todo teniendo en cuenta que R.J. no estaba en casa. Vic marcó el prefijo 717 y luego el número de Chris.
Ésta descolgó el teléfono.
—Vic, gracias a Dios que eres tú.
—Esta mañana he salido a comprar comida para la vaca y...
Chris la interrumpió.
—Recógeme en el aeropuerto de Norfolk a las dos y media, ¿quieres?
—Chris, ¿qué ocurre?
Se produjo un silencio inquietante y luego se oyó un profundo suspiro.
—Estoy embarazada.

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39

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:22 am

Chris echó a correr por la pasarela y se arrojó a los brazos de Vic. Como había otras personas besándose y abrazándose, por su reencuentro navideño, sus muestras de cariño pasaron más inadvertidas por el hecho de que fueran dos mujeres. Tuvieron que caminar kilómetro y medio hasta el Impala, ya que el aparcamiento estaba lleno. Una vez lejos del tráfico del aeropuerto, empezaron a hablar.
—No es lo que crees —dijo Chris.
—¿Qué quieres decir?
—No me he ido a la cama con nadie más que contigo. Quiero decir, no me he ido a la cama con ningún hombre. Ha sido por aquella única vez con Charly. —Estaba decidida a no llorar.
—Nunca se me había ocurrido otra posibilidad —repuso Vic, sinceramente—. ¿Cuándo lo supiste?
—No me enteré. No me vino la regla, pero no llevo muy bien las cuentas de cuándo me tiene que venir, de todos modos. Pero, conforme iba pasando el tiempo, me encontraba bien pero distinta. No sé explicarlo, pero es como si supiese que algo había cambiado. Así que fui a ver a mi doctora, una señora encantadora, y sí, estoy embarazada.
—Soy demasiado joven para ser padre. —Vic cogió la mano de Chris.
Chris esbozó una débil sonrisa.
—Ojalá el padre fueses tú, Vic, ojalá fueses tú.
—¿Quieres tener el niño?
Chris apretó la mano de Vic.
—Yo no lo plantearía así. Sé que no quiero un aborto. No puedo hacerlo, Vic. Es que no puedo.
—De acuerdo, de acuerdo. No te estoy sugiriendo que lo hagas, sólo preguntaba. No se trata de mi cuerpo. Yo no puedo tomar esa decisión.
—¿Te casarías conmigo si pudieras?
—Sabes que sí. ¡Dios! ¡Cuántas decisiones debemos tomar! Podrás terminar este año, pero no sé cómo vas a acabar el último curso con un recién nacido.
—Ya terminaré más adelante. —Siguió un silencio cargado de tristeza—. ¿Sabes de algún niño criado por dos mujeres?
—¿Te refieres a dos amantes?
—Sí.
—No, pero ¿cómo iba a saber de algún caso? La gente no te cuenta esa clase de cosas. —Vic apretó la mano de Chris y luego se dio cuenta de que necesitaba ambas manos para sujetar el volante en la curva que se avecinaba.
—Mis padres me matarán. —Chris lloró un poco y luego se serenó—. ¿Sabes qué? Que en el fondo me importa un bledo lo que piensen. Mi madre quiere la perfección y no la va a tener. Ni siquiera sé si se lo voy a decir. No pienso volver allí.
—Vamos a tener que decírselo a la mía. —Vic pisó un poco el freno al agarrar la curva.
—Eso podría esperar un poco. No voy a aparecer durante un tiempo y estaré en la facultad. —Una expresión de pánico embargó el rostro de Chris—. No podré dar clases.
—¿Por qué no?
—En primer lugar, tendré un hijo sin estar casada. Eso acaba con la carrera de cualquiera. Y luego, más tarde o más temprano, la gente se enterará de que soy lesbiana. ¡Mierda!
—¿Y si te casaras con un hombre? ¿Con alguien a quien conozcas?
—Vic, ¿con quién?
Vic se encogió de hombros.
—No lo sé.
—¿Con Charly? Bueno, eso no va a funcionar, puesto que con quien quiere casarse es contigo. ¿Con un gay?
—Chris se volvió para mirar a Vic—. No voy a hacerlo. No pienso hacer nada de eso.
—De acuerdo.
—¿Quieres que haga algo así?
—No. Sólo pensaba en tu carrera como profesora, eso es todo.
Chris, abrumada por sus propias emociones, no se fijó hasta ese preciso instante en el anillo de Vic.
—Vic —dijo, señalando el diamante.
—Me ha pedido que me case con él. Le he dado largas. He querido devolverle el anillo, pero me ha dicho que quería que me lo quedara de todas formas.
Chris se hundió en su asiento.
—Oh, cásate con él, Vic. Tu vida será mucho más fácil.
Vic detuvo el coche en el arcén.
—Escucha, no sé qué hacer. Nunca hasta ahora había sido lesbiana, igual que nunca hasta ahora había estado enamorada y ahora, ahora... voy a ser padre, madre... ¿Hay un nombre para esto? No sé qué hacer, pero no arreglamos nada poniéndonos sentimentales. Tampoco va a hacer que me sienta mejor, así que cállate. No pienso casarme con Charly. Ya encontraremos algún modo de solucionarlo. ¡Por Dios santo! Ni que fuera el fin del mundo... —Se acercó, rodeó con la mano la nuca de Chris, la atrajo hacia sí y la besó con fuerza.
Chris contuvo el aliento después de eso.
—Tienes razón. Sólo estoy... asustada.
—Y yo también, pero ¿sabes qué? Ni un ejército de la división blindada alemana conseguiría detenernos. — Sonrió—.Ya encontraremos una solución. —Volvió a poner el coche en marcha.
—Esto seguramente es bueno. Como el patito feo que se convierte en cisne. Una crisis a veces mejora las cosas, te obliga a encontrar lo que has querido siempre. ¿Cómo es esa expresión? Ahora mismo no me acuerdo, pero creo que es algo así como que toda crisis es una oportunidad disfrazada.
—Pues en este momento, desde luego, está muy disfrazada —repuso Vic con voz serena.
—Es curioso, pero siempre había pensado que trabajaría dando clases. Quiero decir, ¿qué más se puede hacer? ¿Enfermera? ¿Maestra? ¿Secretaria?
—Tenemos muchas más opciones.
—Tal vez en Nueva York, pero en el resto del país es lo mismo de siempre, lo mismo. Y siempre pensé que lo de ser maestra no estaba mal, así tendría vacaciones. Me rodearía de otros profesores. Quiero decir, al menos de gente leída. —Se sumió en un profundo silencio.
—¿Estás segura de que quieres tener el niño?
—Completamente segura. Ojalá él o ella se pareciera a ti.
—Muy bien. Así que tendrás el niño.
—¿Qué harías tú si estuvieras en mi pellejo?
—¿Embarazada?
—Sí.
—No lo sé. —Vic trató de imaginárselo—. Veo las dos caras del asunto.
—No es un asunto. Es tu cuerpo, es tu futuro, es el futuro de otra persona.
—Tienes razón. Esperaría poder ser feliz. Sólo se trata de intentar pensar en la manera, en el dinero y en los aspectos prácticos. Esperaría ser tan fuerte como tú.
—Yo no soy tan fuerte. Sé que lo que has dicho de la división acorazada es verdad. Nuestra vida no corre peligro, pero... pero dejaré de ser una chiquilla en cuanto nazca el niño. Hasta ahora sólo he tenido que pensar en mí misma y voy a tener que madurar. Voy a traer otra vida a este mundo.
Vic sonrió.
—Es la Virgen María. Seguramente tu actitud no sería ésta si no hubieses pasado un tiempo con la Santísima Virgen.
—Vic... —Chris puso los ojos en blanco y luego se echó a reír.
Se alegraron de poder tomárselo a risa. Las hizo sentirse más unidas y ahuyentar la pesadumbre.
—Si tú puedes ser valiente, será mejor que yo también lo sea. Siempre estoy retrasando las cosas. En realidad, me gusta creer que estoy sopesando mis opciones. Voy a parar en esa gasolinera, necesitamos gasolina de todos modos. Voy a llamar a Charly y espero que esté en casa. Y, si estás de acuerdo, deberíamos ir a contarle lo que pasa. Eso también le afecta a él. Si espero, creo que me costará más decírselo.
Chris cerró los ojos un momento.
—Vale, hagámoslo.
En la gasolinera Texaco, vieja pero limpia, había una cabina de teléfonos. Vic llamó a Charly mientras Chris llenaba el depósito.
—Charly, me alegro de pillarte en casa.
—Eh, hola... Esta noche estoy de guardia, pero había pensado acercarme mañana. Mamá ha inscrito la casa en el Tour de las Luces de Navidad.
Vic consultó la hora.
—¿Puedes escaparte un momento? Podríamos vernos, humm..., donde quieras.
—Ven aquí.
—Es que... estoy con Chris.
—Creía que estaba con su familia.
—Lo estaba. A las dos nos gustaría verte, pero puede que ir a tu casa no sea la mejor idea.
Charly se quedó en silencio un momento.
—La iglesia episcopaliana. Ya sabes dónde está, y nunca la cierran con llave. —Hizo una pausa—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Estaremos allí dentro de media hora.
—De acuerdo.
El edificio de maderos blancos, construido antes de la Guerra de Independencia, era lo bastante robusto y sencillo como para servir de apoyo a sus fieles desde hacía siglos. Los tres se intercambiaron saludos, Charly abrió la reluciente puerta negra y luego entraron en la iglesia helada, mientras la luz invernal se filtraba por las ventanas alargadas y transparentes. Se sentaron en uno de los bancos del fondo.
—Debe de tratarse de algo muy importante. —Charly cogió un cantoral de su sitio.
—Lo es. —Vic se preguntó cómo podía decir lo que tenía que decir—. Nunca te he mentido, Charly, pero tampoco he sido del todo sincera contigo. Siempre he pensado que ya encontraría el momento o el lugar adecuado.
El rostro de él permaneció impasible, mientras combatía el miedo.
—Este es un lugar muy adecuado.
—Supongo que, en el caso de nosotros tres, en la iglesia siempre pasan cosas importantes. —Sonrió con tristeza—. Te quiero. Eres una persona muy especial, pero... no puedo casarme contigo. —Se llevó la mano derecha al dedo de la izquierda, donde lucía el anillo.
Charly extendió la mano y le impidió que se lo quitara.
—No lo hagas.
—También sé que puede que te parezca una falta de tacto que Chris esté aquí delante pero, verás..., ella tiene mucho que ver en esto. Los tres estamos juntos en esto, supongo que es la mejor forma de decirlo.
Charly miró a Vic, luego a Chris y luego a Vic de nuevo.
—No te sigo.
Vic inspiró hondo.
—Estoy enamorada de Chris. No puedo casarme contigo.
Charly sintió la aguda punzada de una hiriente desesperación.
—Pero tú me quieres, sé que me quieres.
—Te quiero, Charly, pero no es lo mismo.
—Bueno, cásate conmigo de todos modos. Podrás seguir viéndote con Chris. —La voz le tembló un poco al decirlo.
—No puedo hacer eso. No es justo para nadie.
—¿Quieres decir que quieres estar con ella? ¿Vivir con ella?
—Lo diré de otro modo: si pudiera casarme con ella, lo haría.
Charly se recostó contra el respaldo duro del banco.
—¿Por qué?
—No sé por qué. Es así y ya está.
—Lo siento. —Chris lo sentía de verdad.
Charly miró su hermoso rostro.
—Tú no tenías por qué estar aquí.
—Sí tiene que estar aquí. Todavía no he terminado. —Vic hablaba con voz serena. Aquello no era fácil, pero la cabeza se le estaba aclarando, se iba serenando por momentos—. Está embarazada de ti.
Charly abrió la boca, pero de sus labios no salió ningún sonido.
—Todo irá bien, Charly. Para mí también fue un shock cuando me enteré. —Chris esperaba que aquello le sirviera de consuelo.
—Podrías abortar —dijo, con rotundidad—. Yo me encargaré de todo.
—No —repuso Chris con firmeza.
Charly se frotó la frente.
—Vale, vale, ¿quieres que me case contigo? ¿Es eso lo que queréis proponerme?
—No. —Chris contestó en voz baja esta vez.
—¿Por qué no puedo casarme con Vic y así criaremos al niño como si fuera nuestro? ¿Quién iba a enterarse?
—Charly, eso no va a funcionar.
—¿Por qué no? Puede ser nuestra vecina, si quieres tenerla cerca —sugirió, ruborizándose.
—No voy a casarme contigo. No pienso vivir una mentira. Te quiero, Charly, pero no como tú quieres que te quieran, no como tú mereces que te quieran.
—¿Qué diablos puede darte ella que yo no pueda? Yo puedo dártelo todo, te lo daré todo. Viviré exclusivamente para ti.
—Sé que lo harías, pero no te quiero de esa manera.
Dirigió su ira hacia Chris.
—¿Qué puedes darle tú?
—A mí.
—Vic, no tendrías que preocuparte de nada el resto de tu vida. Lo digo en serio. Me casaré contigo, criaré al niño contigo. Nadie lo sabrá nunca. Mis padres no lo sabrán. Tus padres tampoco lo sabrán. Aprenderé a vivir con tu relación con Chris. No sé cómo, pero lo haré.
—No funcionaría.
—¿Por qué no iba a funcionar? —gritó.
—Porque yo no te quiero así, Charly. Porque no es justo.
—Te lo he dicho, te...
—Has dicho que aprenderías a aceptar a Chris. Eso es un regalo maravilloso, ya lo sé, pero no puedo aceptarlo, igual que no puedo aceptar tu anillo.
—¡Quédate el anillo, maldita sea! —Era la primera vez que Charly se dirigía a ella de esa manera.
—Chris y yo criaremos al niño. Ella quiere tenerlo.
—Vic, te han expulsado de la universidad. ¿Cómo vas a mantener a un niño? Tú también, Chris. Me necesitáis.
Los tres se quedaron en silencio unos segundos, hasta que Charly repitió:
—Me necesitáis.
—Charly, no puedes hacer nada. Tienes que vivir tu propia vida.
—También es mi hijo.
—¿Vas a querer que aparezca tu nombre en la partida de nacimiento? —preguntó Chris.
—¿Estás segura de que es mío? —Charly sintió otra oleada de ira.
—Teniendo en cuenta que nunca me he acostado con otro hombre más que contigo, a menos que aparezca la estrella de Oriente, el niño es tuyo —le explicó Chris, sin resentimiento.
—Así que eres lesbiana. Sedujiste a Vic.
—No digas gilipolleces. No me sedujo —intervino Vic.
—Entonces, ¿te despertaste un buen día y decidiste que estabas enamorada de una mujer? —Charly negó con la cabeza, incrédulo.
—Es curioso, pero sí, así fue. Estoy enamorada de ella, Charly, y no importa lo doloroso que sea oírlo: es la verdad. Ahora ya no puedo seguir fingiendo que te quiero de ese modo. Si lo hiciese, te pasarías toda la vida dudando de mí, serías muy desgraciado. Te preguntarías si me habré acostado con ella ese día, o qué sé yo... Los hombres siempre estáis obsesionados con la sexualidad...
—Y vosotras no. —Estuvo a punto de llamarla hipócrita.
—Así no vamos a ninguna parte —interrumpió Chris, con buen tino—. Charly, yo no seduje a Vic. Nuestra atracción fue espontánea, y estoy enamorada de ella. No, yo no puedo darle dinero, prestigio social ni nada por el estilo. Ojalá pudiese. No sé lo que vamos a hacer. No sé cómo vamos a mantener a un bebé, ni la una a la otra, pero, sea como sea, yo la quiero, y haré todo lo que pueda por ella.
—Eso es fácil decirlo, pero ella está haciendo un sacrificio mucho mayor que tú.
—Charly, eso no es justo. Es su cuerpo el que se la juega, no el mío.
—¿Y por qué no quieres abortar? —Charly levantó los brazos en el aire, exasperado.
—No puedo quitarle la vida a este niño. —Chris enseguida añadió—: Para mí no es una opción. Lo que haga otra mujer con su cuerpo es cosa suya.
—Dios, ojalá fuese tú... —Charly quiso taparse los ojos con las manos y llorar, pero no lo hizo.
—Y eso, ¿en qué iba a cambiar las cosas? —Vic le tocó el antebrazo.
—Te casarías conmigo.
—No, me casaría con Chris.
—No puedes hablar en serio.
—Pues hablo en serio.
—No lo entiendo, es que no lo entiendo. —Se quedó mirando su hermoso rostro.
—Lo siento. Nunca he pretendido hacerte daño. No te culpo si me odias, pero espero que algún día lo entiendas.
—Lo único que entiendo es que no vas a casarte conmigo y que vas a destrozar tu vida. No entiendo que quieras a Chris.
—¿Sería más fácil si Chris fuese un hombre?
—Sí, sabría cómo luchar contra otro hombre.
—Pero, si te abandonase por otro hombre, con lucha o sin ella, no sé si el dolor sería muy distinto.
—De acuerdo. —Inspiró hondo, muy hondo—. Todo esto está pasando a la vez. Y son muchas cosas. ¿Por qué no lo dejamos en reposo? Hablemos después de Navidad. No sabéis qué va a pasar. —Hizo una pausa—. ¿Lo saben tus padres?
—¿Lo del embarazo de Chris?
—No. Lo tuyo con Chris.
—No.
—Vic, puede que no se lo tomen tan bien como tú crees.
—Eso no va a cambiar lo que vamos a hacer Chris y yo. Vamos a irnos a vivir juntas. Vamos a criar al niño juntas.
—Muy bien, muy bien —exclamó, levantando las manos—. Pero a veces el tiempo ayuda a aclarar las cosas.
—Charly, lo que espero, lo que deseo con toda mi alma, es que seas mi amigo y que aprendas a ser amigo de Chris.
Chris, cuyo cerebro seguía otros derroteros, dijo:
—Todos estamos disgustados. Esto ha sido un verdadero shock para los tres. Y yo tampoco quiero hacerte daño, Charly. No me gustaría perder a Vic, y espero que el tiempo sirva de ayuda, pero ¿cómo sé yo que, con el tiempo, no vas a sentirte aún más enfadado? ¿Cómo sé yo que no vas a intentar quitarnos al niño en un futuro?
Vic no había pensado en eso. No se le habría ocurrido; su cerebro no funcionaba de ese modo.
—Si Vic y yo nos casáramos, el niño estaría seguro.
—Pero yo soy la madre.
—¿Cómo sé yo que no le vas a quitar el niño a Vic? ¿Y si la dejas?
—No la dejaré. —El rubor tiñó las mejillas de Chris.
—¿Cómo lo sabes? ¿Cuántas posibilidades tienen dos mujeres juntas en este mundo? ¿Dos mujeres en paro y con un hijo?
—¿Cuántas posibilidades tiene cualquier pareja que empieza? Lo único que tenemos es amor. Lo único que tiene cualquiera. A lo mejor la única diferencia es que nosotras ya sabemos, desde el principio, lo injusto que es el mundo —repuso Vic.
—Vic, ¿quieres destrozarte la vida?
—Destrozaría mi vida si me casara contigo, y la tuya también.
Al fin lo entendió.
—Dios... —Charly trató de combatir las lágrimas.
—Lo siento. —Vic deseó con toda su alma haber tenido el coraje de decírselo antes. El dolor no habría sido tan grande. Se juró que nunca más volvería a ser una cobarde emocional. No quería herir a nadie como estaba hiriendo a Charly en aquellos momentos.
El joven cerró los ojos y los abrió de nuevo.
—No intentaré quitaros al niño, pero no me lo quitéis a mí.
—¿Qué quieres decir? —La voz de Chris era serena.
—Yo soy el padre. Pretendo pagar una pensión de manutención y pretendo poder ver a mi hijo.
—Sólo quieres seguir viendo a Vic.
—Claro que sí, pero es mi hijo, y Chris, te guste o no, vosotras dos vais a necesitar toda la ayuda que podáis obtener.
—¿Y cuando te cases? —Chris podría haber obviado aquello, pero prefirió no dejar ningún cabo suelto.
—Sólo quiero a Vic.
—Charly, creo que lo que Chris quiere decir es si intentaríais, tú y tu mujer, quitarnos al niño.
—Ya te he dicho que no voy a hacer eso. Te doy mi palabra.
—Gracias. —Vic le cogió la mano y la apretó. Luego la soltó.
Charly no dio rienda suelta a sus lágrimas hasta que Vic y Chris se hubieron ido.

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Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:23 am

Las emociones a flor de piel de Vic y Chris no pasaron inadvertidas, pero ni R.J. ni su marido podrían haber imaginado la verdadera causa. Los Savedge, tan generosos como de costumbre, incluyeron gustosos a Chris en sus vacaciones. A lo largo de los años, Jinx y otras jóvenes que no se llevaban bien con sus padres habían adquirido la costumbre de pasar las fechas navideñas en Surry Crossing.
La cena de Nochebuena estaba prevista para las siete de la tarde con los McKenna.
A las cuatro y media, el sol se hundió en la raya del horizonte. Bunny había pasado todo el día ayudando a R.J. a cocinar. Cuando los últimos rayos del sol bañaban el paisaje, Don la llamó para decirle que había salido un poco tarde del trabajo pero que ya estaba en casa. Que se ducharía, se afeitaría, se cambiaría de ropa y llegaría a casa de los Savedge justo a tiempo.
A las seis, Edward Wallace apareció por el camino de entrada con un flamante Cadillac rojo, al volante del cual iba Georgia. Le trajo a Yolanda una barra de sal y unas cuantas manzanas cortadas a rodajas, que mezcló con su pienso.
Cuando se iba, Bunny salía para ir a buscar más leña.
—Feliz Navidad, Edward. ¿Cuándo estará lista tu camioneta?
—No lo sé. Georgia me ha llevado al concesionario, pero ya no quedaba nadie más que Don.
—Te habrás equivocado. Don está en casa.
—No, no, he visto su coche aparcado junto a una Dodge Ram nueva.
—Nora Schonfeld —masculló Bunny entre dientes.
R.J. se sobresaltó cuando Bunny entró hecha una furia en la cocina y arrojó al suelo el fardo de leña con gran estruendo.
—¡Bunny!
Bunny hizo caso omiso de la pila de leña que acababa de tirar al suelo.
—¡Menudo hijo de puta! Está con Nora Schonfeld en el despacho. Edward ha visto la camioneta de ella.
—Es un anciano. Seguro que se ha confundido.
—Puede que Edward sea un anciano, pero no se le escapa una camioneta nueva. Voy a pillar a Don con las manos en la masa. ¡Será una Navidad que no olvidará jamás! —gritó, arrancándose el delantal.
—¡Vic! —la llamó R.J.
—¿Sí, mamá? —Vic entró en la cocina.
—Ve con tu tía Bunny, ¿quieres? Ya te lo explicará. Tú..., bueno, ve con ella.
—¡No necesito que nadie me acompañe! —gritó Bunny, fuera de sí.
—Asesinato en Nochebuena... Bunny, cuenta hasta diez. Seguro que el viejo Edward se equivoca.
Vic se puso la chaqueta y fue a la sala de estar para decirles a Chris y a Mignon que iba a salir un rato. A continuación se fue corriendo al coche, porque, de lo contrario, Bunny se iría sin ella.
—¡Maldito sea! —Bunny tomó la curva de la izquierda del camino con tanta brusquedad que los prismáticos se le habrían caído al suelo de no ser por Vic.
—Sí, señora.
—Está ahí con esa zorra. Edward Wallace vio el coche de Don y la camioneta de ella aparcados junto al taller. Lo mataré. No, la muerte es demasiado buena para él. Lo haré sufrir primero.
—A lo mejor hoy lleva otro coche. Tiene muchos donde escoger.
—¡Lo conozco!
—Tía Bunny, no corras tanto.
—Me alegro de que presencies esto. Los hombres son todos iguales, Vic. Embusteros, traidores, unos cabrones maestros en el arte del engaño. Recuérdalo cuando avances por el pasillo hacia el altar.
—Cosa que no va a ocurrir en un futuro próximo.
—Ese anillo en tu dedo no dice lo mismo. —Agarró otra curva a demasiada velocidad.
—Tía Bunny, pisa el freno ahora mismo.
—¡No seas tan razonable! ¡Eres como tu madre!
—Me gustaría llegar a la edad de mi madre, la verdad.
Bunny aminoró un poco.
—Como si yo no le diera lo que él quiere... Si quiere sexo, yo siempre estoy disponible. No lo olvides: nunca le niegues el sexo a Charly. Si lo haces, se buscará a otra. Los hombres consideran el sexo un derecho, no un privilegio.
—¿Y nosotras no?
—Vamos, no te pongas filosófica... Las mujeres somos mejores que los hombres, y punto.
—Sí, señora.
—Dios, no sabía que este sitio estaba tan puñeteramente lejos.
—Tía Bunny, sólo está a quince minutos, pero estás enfadada. Todo parece, humm..., distorsionado.
—No me digas lo que está mal. Eres mi sobrina, no mi guía espiritual.
—Sí, señora. —Vic temía por la seguridad de los demás vehículos.
—Piénsatelo dos veces antes de casarte. Lo digo en serio.
—Reduce la velocidad —dijo Vic, rotundamente.
—¡Si no lo mato a él, a lo mejor practico contigo!
Los brillantes lazos rojos y dorados del concesionario McKenna Dodge ondeaban al viento, mientras Bunny reducía la velocidad y entraba en el aparcamiento por la entrada del taller. Efectivamente, allí estaba el coche de Don del momento, junto a una flamante Ram de 1980..., pero no era la de Nora Schonfeld.
Cogió sus prismáticos nuevos, los más caros, y los dirigió al despacho de Don. Se veía todo a través de las grandes ventanas.
—¿Lo ves?
—No. —Siguió escaneando el edificio y entonces se detuvo de repente. Una brusca inhalación anunció que acababa de encontrar su objetivo.
Vic alargó el brazo para coger los prismáticos. Bunny, estupefacta, se los dejó. Vic se vio obsequiada con el espectáculo de ver a Hojo en su puesto de mando, sujetando los bordes de la mesa con fuerza, con las piernas separadas y la falda subida hasta la cintura, mientras Don arremetía contra ella por detrás, una y otra vez. Parecían celebrar una Nochebuena muy alegre en el concesionario McKenna.
—Oh, mierda... Lo siento, tía Bunny.
Bunny despertó de su trance y recobró la claridad mental.
—Bájate del coche.
—Pero tía Bunny...
—Vic, bájate del coche.
—No.
—Entonces, abróchate el cinturón. Va a ser un viaje muy movidito. —Se echó a reír, como enloquecida—. Siempre había querido decir esa frase.
Vic se abrochó el cinturón, tratando frenéticamente de decir algo para disuadirla de su propósito. Bunny fue hasta la parte delantera del concesionario, encendió las luces largas para provocar más terror, pisó el acelerador y atravesó directamente el ventanal de vidrio cilindrado para ir a empotrarse en el puesto de mando. Había cristales rotos por todas partes. Cuando vio las luces, Hojo se apartó de Don inmediatamente y echó a rodar por la parte superior del puesto de mando. Corrió como alma que lleva el diablo hacia la puerta lateral y llegó a su camioneta.
Don, un poco más lento de reflejos y, en cierto modo, impedido por el obstáculo de su erección, con el glande más rojo que el traje de Santa Claus, consiguió agacharse justo a tiempo detrás del puesto de mando cuando el coche se estrellaba contra él. Con el motor aún en marcha, Bunny bajó la ventanilla.
—Mañana tendrás los papeles del divorcio en la mesa de tu despacho. Feliz Navidad. —Dio marcha atrás por encima de los cristales rotos.
—Tía Bunny —dijo Vic, jadeando—. No vamos a llegar a casa. Tienes las ruedas pinchadas.
—Tienes razón. Ve a por un juego de llaves. Pensándolo bien, vamos a llevarnos la camioneta grande, de color negro, que hay en la entrada. Ahora soy propietaria de la mitad del concesionario... ¡independiente de ese cabrón! Es mi regalo de Navidad para ti. —Dio un portazo y recogió sus queridos prismáticos, mientras Vic corría al tablero de las llaves.
Buscó entre ellas las que abrían el Ram negro de 1980 de media tonelada, volvió corriendo sobre sus pasos y cogió a su tía del codo. No quería que Don surgiese de donde estuviese escondido e inspirase a Bunny a hacer Dios sabía qué. Oyeron a Hojo pisar a fondo el acelerador de su camioneta roja, mientras pasaba por la puerta principal del concesionario.
—Ya me ocuparé de esa zorra asquerosa más tarde.
—Buena idea. Vamos, tía Bunny. ¿Llevas tu bolso? ¿Has cogido todo lo que necesitas de tu coche?
Bunny volvió y cogió su bolso. Luego, con una mezcla de emociones, que iban de la euforia absoluta al temor más profundo, dejó que Vic la llevara a la camioneta nueva. Volvieron a Surry Crossing en silencio. En cuanto entraron por la puerta trasera, Bunny, al ver a su hermana, se deshizo en un sollozo desgarrador. Frank, Mignon y Chris fueron a la cocina para ver si podían ayudar.
R.J. abrazó a Bunny y le dijo a su marido:
—A lo mejor un poco de whisky le sentaría bien. —Se dirigió a Mignon—. Cariño, tráele unas galletas a tía Bunny y un poco de queso..., y un whisky con hielo.
—¡No quiero volver a verlo en mi vida! —gritó Bunny, furiosa.
—Venga, vamos al salón. —R.J. guió a Bunny.
Piper, que estaba bajo el árbol, meneó la cola a modo de saludo. Mignon dejó un plato con galletas y queso encima de la mesilla del cafe y le dio a Bunny su copa. El fuego de la chimenea inundaba la estancia con sus llamas danzarinas, mientras la madera de cerezo emitía su aroma embriagador.
R.J. dejó a Bunny en el sofá y se sentó a su lado. Frank permaneció de pie, sin saber muy bien qué hacer. Mignon se arrellanó en un sillón orejero, al igual que Chris. Vic se quedó de pie junto a su padre.
—Frank, redacta los papeles del divorcio.
—Esperemos un día o dos —dijo, en un tono tranquilizador.
—No. Dame esos papeles del divorcio como regalo de Navidad. No pienso recapacitar ni voy a cambiar de opinión. Ya me la ha pegado con suficientes mujeres. Y le voy a regalar la camioneta de ahí fuera a Vic.
—Tía Bunny, yo no...
Bunny la interrumpió.
—Podrías haber resultado herida. Ya sé que lo que he hecho ha sido una estupidez, pero... —Se echó a reír con amargura—. Ha merecido la pena.
R.J. frunció la nariz, arqueó las cejas y luego recobró su compostura habitual.
—Bunny, ¿qué has hecho?
—He atravesado el cristal delantero con el coche y los he pillado in fraganti en ese maldito puesto de mando... que yo misma diseñé.
R.J. miró a Vic.
—Sí, ha atravesado el ventanal. Hemos dejado allí el coche por los cristales. Supongo que a tío Don ya se le ocurrirá alguna explicación para la policía y la compañía de seguros.
—«Estaba follándome a mi recepcionista cuando mi mujer atravesó el ventanal con su coche.» Seguro que al perito de la compañía de seguros le va a encantar. —Bunny reía y lloraba al mismo tiempo.
—Bebe un poco, cielo. —R.J. le acercó el vaso.
—No quiero una copa. Quiero el divorcio. —Señaló a Vic con el dedo—. Piénsatelo dos veces, Victoria, piénsatelo dos veces. Puede que ahora Charly sea maravilloso, pero, cuando llegan a los cincuenta, los hombres... se vuelven locos.
Frank hizo caso omiso de aquel comentario.
—¿Quieres que vaya al concesionario a ver si encuentro a Don?
Bunny, con los ojos enrojecidos, sopesó su sugerencia.
—Me importa una mierda si está muerto.
Frank miró a R.J.
—No queremos que esto aparezca en los periódicos como lo que no es. Chicas, no me esperéis para cenar.
—Si ves a mi arrepentido marido, a mi futuro ex marido, dile que no quiero volver a verlo, y que la próxima vez lo mataré.
Frank no respondió. Salió del salón, se puso su abrigo largo de pelo de camello, con los codos gastados, y abrió la puerta trasera, por la que se coló una ráfaga de aire frío.
—Papá. —Vic lo siguió hasta el vestíbulo—. ¿Crees que tío Don la denunciará al sheriff?
—No, pero si por casualidad aparece el sheriff no le dejes hablar con Bunny bajo ninguna circunstancia. Aunque creo que seguramente tu tío Don ahora estará dando gracias por estar vivo. —Se puso el gorro y se marchó. Mignon apareció detrás de Vic.
—Pinta mal la cosa, ¿eh?
—No pinta bien, no.
—Pero ha sido una pasada, ¿no?
—No si hubieses ido tú sentada a su lado. —Vic negó con la cabeza.
—Lo sabía.
—¿Sabías el qué?
—Que tío Don se estaba tirando a Hojo.
—Joder, Mignon, ¿y por qué no dijiste nada?
—Porque sé guardar un secreto —respondió con orgullo—. Los pillé besándose un día.
—Así que por eso Hojo te hizo los agujeros en las orejas, aunque sabía perfectamente que a mamá no le haría ninguna gracia.
—Yo no le hice ningún chantaje. —Mignon cerró la puerta principal. El frío le hacía tiritar.
—Se me había olvidado que la he dejado abierta. —Vic se preguntó dónde tenía la cabeza—. Hiciste lo correcto, no decir nada. Ni mamá ni yo podríamos haber hecho nada al respecto. Y nadie quiere decirle a otra persona que su marido se acuesta con otra: ya sabes lo que le pasa al mensajero que trae las malas noticias. —Se pasó el dedo índice por la garganta—. Venga, será mejor que entremos.
Las dos hermanas regresaron en mitad de otra de las vehementes invectivas de Bunny. La mujer despechada se fijó en Vic cuando ésta entró en la habitación.
—Óyeme bien, jovencita. Vas a firmar un acuerdo prematrimonial. Todas las joyas que te regale durante vuestro matrimonio son tuyas. Todas las propiedades, acciones, bonos..., cualquier cosa de valor, la mitad, porque tú te has ganado la mitad. Ya sé que estás enamorada, pero tienes que hacerlo. Ahora. —Señaló el anillo enorme que lucía Vic en el dedo.
Las lágrimas rodaban por el rostro de Chris. Vic se acercó a ella y se sentó en el brazo del sillón.
—No pasa nada. Venga, Chris, no pasa nada.
Todas las emociones de la jornada estaban haciendo mella en Chris. Desconcertada, Mignon se sentó en el otro sillón. Bunny interrumpió su propio llanto un momento.
—Tú también, Chris. ¡Recuerda mis palabras!
Chris buscó con la suya la mano de Vic.
—Ha sido un día muy duro. —Vic le cogió la mano.
—¿Y tú qué motivos tienes para llorar? —Bunny pensó que tal vez su comportamiento había afectado a Chris.
—Toma. —Mignon, intentando ser útil, le había preparado un whisky a Chris.
—Supongo que, con mi ejemplo, la idea del matrimonio no parece demasiado atractiva. —Bunny se enjugó las lágrimas con el pañuelo de papel que le dio R.J.—. Pero tenéis que preparar los papeles adecuados. Me importa un bledo lo mucho que lo quieras ahora.
Vic inspiró hondo y luego soltó el aire muy despacio.
—Mamá, tía Bunny, Mignon: no voy a casarme con Charly Harrison.
Hasta Bunny dejó de llorar para mirarla, perpleja. R.J. cogió el whisky de Bunny para tomar un sorbo y luego se lo devolvió a su hermana, a quien no le pareció mala idea tomar otro trago.
—Caramba. —Mignon pestañeó.
—Lo siento, lo siento mucho... —dijo Chris, rompiendo a llorar de nuevo.
Vic volvió a tranquilizarla.
—No tienes por qué sentirlo. Todo está arreglado.
Bunny hizo la pregunta obvia.
—¿Se puede saber qué diablos pasa?
—Estoy embarazada —se limitó a decir Chris, secándose los ojos.
Sin salir de su asombro, R.J. intentó tranquilizarla.
—Estas cosas pasan, cariño... Te ayudaremos. Pero ¿qué tiene eso que ver con Vic y Charly?
—Charly es el padre —explicó Vic con calma.
—¡Os dije que los hombres son unos cabrones! —gritó Bunny, colérica—. Yo también lo mataré. —Acto seguido, se encaró con Chris—: ¿Cómo has podido hacerle algo así a una amiga? ¿Y a esta familia, que sólo ha tenido atenciones contigo?
—Tía Bunny, déjalo. No ha sido así exactamente. —La voz de Vic era puro hielo.
Como nunca le había hablado así a su tía, sus palabras provocaron un silencio inmediato, silencio que sólo duró un momento, pues Bunny no podía reprimirse.
—¿Y de qué otro modo iba a ser? ¡Los dos te han traicionado! —gritó Bunny.
—No, no lo han hecho.
R.J., en un tono de voz muy pausado, sugirió:
—Tal vez tú puedas explicarnos cómo ha sido.
Mignon se levantó del sillón orejero para acudir al lado de su hermana. No sabía lo que iba a ocurrir, pero quería apoyarla. Vic también se levantó, pero dejó la mano apoyada en el hombro de Chris.
—Ha sido obra del destino.
—Por mi escasa experiencia —empezó a decir Bunny con sarcasmo—, un embarazo no es obra del destino.
—En este caso, sí. —Vic volvió a tomar aire y luego lo soltó—. Los tres nos acostamos juntos. Nadie traicionó a nadie.
—¡Caramba! —Los ojos de Mignon parecían bolas de Navidad.
—¿Los tres... juntos? —Bunny trataba de procesar aquella información, pero tenía el cerebro entumecido.
—Charly, Chris y yo.
—Victoria... —R.J. echó mano del whisky de nuevo.
—Mamá, no hicimos nada malo. De hecho, fue muy hermoso. Sucedió, sin más. Nos hizo felices. Estábamos enamorados.
—¿Enamorados? —Bunny no daba crédito a sus oídos—. Los hombres no se acuestan con otras mujeres cuando están enamorados de ti.
—Sí lo hacen —insistió Vic con calma—. Yo fui la instigadora. Todo estaba basado en el amor.
—Ya —se limitó a decir R.J.
—Deshazte del crío —soltó Bunny—. No destroces tres vidas.
—No —repuso Chris con un hilo de voz.
—No va a destrozar tres vidas. Charly, Chris y yo ya lo hemos hablado. Chris y yo criaremos al niño.
—¿Qué? —R.J. estuvo a punto de ahogarse y luego se echó a llorar.
Vic se acercó corriendo a su madre.
—Mamá, no pasa nada. No llores, por favor, no llores.
—Cariño, es que lo siento tanto por ti... Sé que quieres a Charly y que él te quiere a ti. No tienes por qué abandonarlo y..., bueno, es que no lo entiendo.
—Ya encontrará a otro hombre rico. Con lo guapa que es Vic podría casarse con un maldito jeque árabe y ser la dueña de la mitad del petróleo mundial.
—Tía Bunny, no voy a casarme.
—Eso lo dices ahora. Ya se te pasará.
—Mamá, ¿quieres otra copa? —Vic le ofreció el vaso.
—Eso depende. —Los ojos verdes de R.J. bucearon en los de su hija.
—Quiero a Charly, pero estoy enamorada de Chris. Entonces, lo que vamos a hacer es lo correcto, ¿entiendes?
Mignon se quedó paralizada.
—Pero ¿qué estás diciendo? —exclamó Bunny, enfadada.
—Que soy lesbiana.
—¡Entonces quiero que me devuelvas mi camioneta!
R.J. dejó su copa encima de la mesilla del café y recobró la serenidad.
—Esto debe de ser muy doloroso para vosotras, para las dos. —Miró a Chris.
—¡Por Dios, R.J.! Dale una bofetada. —Bunny se levantó, pero R.J. la obligó a sentarse de nuevo—. Vic, necesitas vacaciones de ti misma. Ya recuperarás el juicio —continuó hablando Bunny.
—No he perdido el juicio. Precisamente, me alegro de haberlo descubierto antes de... Bueno, ahora ya no importa. Los tres hemos tomado nuestra decisión y es una buena decisión.
—No entiendo cómo puede ser una buena decisión el hecho de decirnos que eres lesbiana.
—Esa parte no es una decisión, tía Bunny —intervino Mignon, defendiendo a Vic.
—Tú cierra la boca —le espetó Bunny.
—No, Vic es Vic. Ella no ha decidido ser lesbiana.
—Se le pasará. —Bunny se cruzó de brazos.
—No se me pasará. Quiero a Chris y ella me quiere a mí. —Vic se negaba a llorar, a pesar del nudo que tenía en la garganta.
—La quiero —dijo Chris.
—¿Y siempre te has sentido así, cariño? —le preguntó R.J. a su hija mayor.
—Siempre he hecho lo que se esperaba de mí. Pasaba de una etapa a otra y no hacía preguntas. No crecí sabiendo que había otras opciones o que yo me inclinaría por otras opciones.
—Bueno... —R.J. se quedó pensativa un instante—. Los tres habéis puesto al niño por delante de vuestros intereses y eso os honra. Me imagino que debe de ser extremadamente difícil. —Miró a Chris—. Me alegro de que hayas decidido tener el bebé. —Luego miró a Vic—. Creo que tardaré un tiempo en acostumbrarme a esto. ¿Por esto es por lo que te expulsaron de la facultad?
—No. Eso de verdad fue por lo de la Virgen María.
—Cargó ella sola con las culpas para salvarnos a Charly y a mí. —Chris cogió otro pañuelo de papel.
—Ya entiendo.
Se hizo un silencio, que al fin quebró un alarido de Bunny.
—¿Y qué pasa conmigo, eh?


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Epilogo

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:23 am

La gente siempre ha sabido que el tiempo vuela. Ya en tiempos romanos se decía «Tempus fugit» y, sin embargo, es una de esas cosas que siempre coge por sorpresa a la persona de cuya vida en cuestión se trate. La imagen del Tiempo como un señor de barba blanca encorvado por el peso de los años no es del todo correcta. El tiempo es un diablillo, un pequeño diablo que tira al suelo un reloj de arena. Para cuando lo has vuelto a enderezar, la mitad de la arena se ha escapado y no puedes encontrar el resto: los granos se han esparcido por la acción del viento. Eso mismo ocurrió en Surry Crossing. El shock que produjo la declaración de Vic, el embarazo de Chris y el descubrimiento de Bunny dieron paso a las trivialidades de la vida diaria. Hubo tormentas, sobre todo en el caso de Bunny, quien puso una demanda de divorcio y la ganó. Durante un tiempo sostuvo que contratar a Vic para el nuevo negocio era como aprobar su lesbianismo.
Este argumento se vino abajo rápidamente cuando Chris dio a luz un precioso niño rubio, a quien llamó Victor en honor de Vic. Por mucho que Bunny refunfuñase acerca de la lacra social del lesbianismo, lo cierto es que sentía una debilidad irresistible por Victor, al igual que todos los demás, incluido Piper.
La familia de Chris le retiró la palabra. Sus hermanos mantenían el contacto con ella esporádicamente, pero no volvió a tener noticias de su padre ni de su madre, y no trató nunca de ponerse en contacto con ellos. Su opinión, que expresaba a menudo en voz alta, era que la familia la compone la gente que te quiere por ser como eres.
R.J. veía que Vic era feliz, así que aceptó la relación. Sin embargo, siempre siguió creyendo en el amor. Amaba a Frank a pesar de todo. ¿Por qué no podía Victoria tener su oportunidad?
Si Frank no comprendía la relación, nunca lo dio a entender. Nunca fue demasiado crítico y siguió siendo lo que siempre había sido: un caballero de Virginia. Le caía bien Chris. Quería a Victor. Una vez que Bunny se bajó del burro, ella y Chris se hicieron amigas. Las dos tenían algo de perfeccionistas, lo cual las atraía la una a la otra, pues se encendían al detectar el menor defecto en la personalidad, los planes o la conducta de los demás. Chris llevaba la contabilidad del vivero. Bunny nunca llegó a detectar ningún error.
Entonces, las dos decidieron que el vivero podía ampliarse y que podrían vender muebles de jardín, esculturas y celosías, línea que tuvo mucho éxito. Charly, haciendo honor a su palabra, iba a ver a Victor cada vez que podía y enviaba dinero todos los meses. Había entrado en la liga profesional después de graduarse en el William y Mary, cuando el equipo de los Kansas City Chiefs lo había escogido en la última ronda y en el último momento. Trabajó con ahínco y desbancó a otros candidatos que habían jugado en equipos universitarios muy potentes, como el Ohio State, Notre Dame y Nebraska. En la segunda temporada ya competía. Abrió una cuenta a nombre de su hijo, para cuando fuera a la universidad.
También se casó con una mujer muy guapa. Su parecido físico con Vic no le pasó inadvertido a nadie, y menos a su esposa. El matrimonio fue un fracaso. Tuvo que pagar una fortuna en el proceso de divorcio.
Llamaba a Vic una vez a la semana y le hablaba de su vida. Hablaba con Chris sobre su hijo. Ahora era un hombre famoso y le pagaban cantidades exorbitantes de dinero por ir por ahí corriendo con una pelota bajo el brazo. Pero era muy desgraciado. Vic le dio a Jinx el número de Charly. La joven se había graduado en la Facultad de Derecho de Virginia y trabajaba para un bufete de altos vuelos en Washington. Se especializó en legislación fiscal, un tema aburridísimo, pero Jinx, con su visión de futuro característica, se dio cuenta de que era una poderosa palanca política. Tenía un congreso en Kansas City y llamó a Charly. Era una mujer atractiva, brillante y buena, y tenía esa seguridad en sí misma que caracteriza a la gente a la que le apasiona su trabajo. Se casaron dos años más tarde. Su matrimonio fue un éxito.
Cuando Charly se retiró del fútbol a los treinta y cuatro años, antes de tener las rodillas completamente destrozadas, se fue a vivir a Washington, empezó a trabajar en una correduría de bolsa y descubrió que amaba su trabajo tanto como Jinx amaba el suyo. Además, empezó a sentirse más unido a su padre, ahora que ambos compartían la misma profesión.
Don siguió dirigiendo el concesionario. Seguía siendo el dueño de la mitad, pero se sorprendió mucho al darse cuenta de que la verdad era que no podía vivir sin Bunny. Le suplicó que volviera con él. Ella no tenía ninguna prisa por hacerlo, puesto que le gustaba estar libre, tal como expresó ella misma, pero sus ruegos acabaron por ablandarle el corazón. Sin embargo, Bunny, siendo quien era, firmó un trato con él: Don podría dirigir el concesionario Dodge/Toyota, pero ella conseguiría los concesionarios de Mercedes y Nissan, que dirigiría ella misma. Don aceptó el trato y volvieron a casarse.
Bunny vendió su mitad del negocio del vivero a Chris y Vic, asalariadas hasta entonces. Les hizo un buen precio y Chris calculó que pagarían la deuda en ocho años. Mignon fue al William y Mary y luego se matriculó en la Facultad de Medicina de Nueva York. Especializada en cirugía plástica, vivía en Nueva York y ganaba cantidades ingentes de dinero. Se casó con un compañero del equipo de Charly. Mignon se convirtió en una mujer guapísima. Ella y Vic sentían devoción la una por la otra. Edward Wallace aguantó hasta los ochenta y ocho años. Yolanda sucumbió mucho antes que el anciano. Cuando la vaca murió, consternado por el dolor, compró unas cuantas reses más, cosa que sacó de sus casillas a Sissy. Solucionaron sus problemas acudiendo unas cuantas veces al despacho de Frank, pero al final el anciano cedió y le compró un Cadillac de color crema con la tapicería de espuma, que Bunny, después de cientos de llamadas, consiguió por un módico precio. Luego tuvo que volver y comprar uno negro, para Georgia. Se convirtieron en una familia de tres Cadillacs.
Cuando Edward se fue al otro mundo, dejó su ganado, así como todo su material de la granja, a Vic y R.J. Madre e hija lloraron cuando se enteraron. Edward había sido un verdadero amigo de los Savedge en los momentos más decisivos: había hecho callar a Georgia y a Sissy cuando habían intentado armar un escándalo por lo de Vic y Chris.
También había hecho callar a otros. El también era un caballero de Virginia, de esa clase de caballeros que podían confundir a la gente, porque por fuera podían aparentar ser muy retrógrados o tener muchos prejuicios, pero por dentro eran hombres justos. En ese sentido, era un caballero de verdad, porque no veía el mundo en términos de grupos o causas: se tomaba a las personas de una en una, individualmente. Hojo se fue a vivir a Charlotte, en Carolina del Norte, y se matriculó en la universidad de Carolina del Norte. Decidida a ser alguien, se graduó en empresariales y luego volvió a Surry County. Encontró trabajo en el concesionario de Chevrolet y al final le compró su parte al dueño, un pariente alcohólico de Booney Ashley. Hojo se convirtió en la competencia más feroz de McKenna y se quedó con el concesionario de GM en el proceso. Nunca llegó a casarse. Se contentaba con tener un ejército de hombres de los que podía prescindir a voluntad. Cosa que hacía. Se convirtió en una consumidora experta en ese aspecto.
Vic trabajaba mañana, tarde y noche mientras fue empleada del vivero Surry Crossing. Una vez que se convirtió en socia, trabajó aún más duro, pero su trabajo seguía siendo al aire libre la mayor parte del tiempo, así que estaba contenta.
Amaba a Chris y a Victor. Los niños te obligan a hacer un montón de cosas que no harías de otra forma. En cierto sentido, se sentía agradecida porque Victor seguramente la había salvado de convertirse en una persona egoísta o demasiado absorbida por el negocio. Pese a todo, Chris estaba mejor dotada que ella para la maternidad. A Vic siempre le preocupaba el hecho de que Chris protegiera demasiado a Victor. Cuando Chris quiso tener un segundo hijo, Vic sostuvo que no podían mantener a dos hijos. Victor tenía dos años en aquel entonces. R.J. comprendía el deseo de volver a ser madre mucho mejor que Vic y al final logró convencerla.
Gracias a la inseminación artificial, nació una niña, a la que Chris llamó Sean, cosa que provocó otra pelea, puesto que Vic decía que Sean era nombre de niño. Sin embargo, la pequeña Sean se ganó el corazón de todos y el pequeño Vic se convirtió en el hermano mayor, un trabajo bastante importante para él. Un caluroso día de julio, Vic estaba tomando una cerveza con Don, mientras le reparaban la camioneta en el taller, y dijo: «¡Dios, no hay quien entienda a las mujeres!». Había tenido una pelea muy fuerte con Chris aquella misma mañana. Don se limitó a reír con comprensión.
Pese a todo, ella y Chris siguieron juntas. Como la mayoría de las parejas, a medida que fue pasando el tiempo, se vieron ligadas por el dinero, por las posesiones y, por
encima de todo, por los niños. A veces Vic deseaba que Chris no fuese tan puñeteramente quisquillosa, y también deseaba con toda su alma que fuese más sexual. Para la mayoría de la gente, esa necesidad salvaje cede con el tiempo, pero no para Vic. A medida que iban pasando los años, se dio cuenta de que no era que tuviese impulso sexual, es que tenía hiperpropulsión sexual. Tuvo unas cuantas aventuras, pero tuvo suerte, nunca la pillaron. A veces pensaba que se acostaba con otras mujeres porque necesitaba más sexo. Otras veces pensaba que lo hacía sólo para conseguir un poco de energía positiva, por tomarse unas simples vacaciones. En esas ocasiones, las antiguas costumbres de su tío Don cobraban mucho más sentido para ella.
Quería a Charly, pero no se arrepintió ni una sola vez de no haberse casado con él. Este no podía haber encontrado mejor compañera que Jinx, de quien Vic siguió siendo su mejor amiga. Piper murió de viejo. Un año después, otro golden retriever entró a formar parte de Surry Crossing.
Frank murió de un ataque al corazón en las escaleras del juzgado en 1996. Le organizaron un funeral con honores militares. Al final de su vida había dejado de leer incluso el Wall Street Journal: aceptó que nunca recuperaría el dinero que había perdido y así repararía su error. En realidad no necesitaba hacerlo, por supuesto, porque el amor que daba a los demás, con delicadeza, con generosidad, era reparación suficiente.
Don McKenna presidió el funeral y dijo algo que se quedó grabado en el cerebro de Vic. Se convirtió en su mantra.
Dijo lo siguiente:
—La mayoría de la gente cree en el lema de «Vive y deja vivir», pero Frank creía en «Vive, deja vivir y ayuda a vivir».
Tempus fugit Cuando Victor Carter se graduó en el William y Mary, un año antes de lo previsto, en 2001, gracias a sus buenas notas, los Savedge, los Harrison, los Wallace y los McKenna asistieron orgullosos a la ceremonia de graduación. Era un chico guapísimo, un atleta fabuloso, e iba a matricularse en la Facultad de Veterinaria de Auburn.
Después de la graduación los llevó a todos a Saint Bede's. Allí los esperaba la Santísima Virgen María, vestida especialmente para la ocasión con una toga y un birrete. A Vic le pareció que tenía una expresión inusitadamente serena.

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Re: Alma mater

Mensaje por Admin el Sáb Jun 10, 2017 8:34 am

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Re: Alma mater

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