Almas gemelas

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Almas gemelas

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:31 am

Autor: Rita Mae Brown




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21 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:31 am

He regalado a mi madre un coche nuevo y a la tía Louise de poco le da un ataque. Andan a la greña como dos gallos de pelea desde 1905, el año en que nació mamá. La primera gran riña que recuerdan fue por una cinta de colores para el pelo, en 1909. Juts (mamá) dice que Celeste Chalfonte se la dio por ser una encantadora, dulce y preciosa niñita y Louise cogió celos. Desde entonces se han llevado de mal en peor.
Louise va pregonando una versión diferente del trascendental asunto. Dice que Celeste Chalfonte le regaló la cinta a ella por ser una encantadora, dulce y preciosa niñita. Juts, ese demonio envidioso, se la arrancó de la cabeza llevándose de paso algún mechón de pelo, raíz incluida. Puesto que ya tenía siete años, Louise se abstuvo de sacudirle el polvo a su hermana y decidió ir a quejarse del robo a su madre, Cora Hunsenmeir, con la esperanza de que ella lo hiciera. Cora, la justicia personificada, le devolvió la cinta a Louise. Desde ese día, Juts se reconcome de envidia. Louise jura que fue así.
Estamos en mayo de 1980 y todavía no he sido capaz de desentrañar quién fue el verdugo y quién la víctima. Cambian los papeles regularmente, como el día sigue a la noche, según qué hermana se vuelve contra la otra. Se acaba de oír un portazo en la entrada. Es la tía Wheeze1 (Louise).
—Juts, veo que preparas huevos a la vinagreta.
—Ves bien. ¿Quieres uno?
—No, les pones demasiado azúcar. A mí los huevos me gustan un poco más agrios.
—¡Lógico!
—¡Qué graciosa! No puedo abrir la boca delante de ti, o de esa condenada niña que recogiste de la calle en 1944.
—Louise, es mi hija igual que si la hubiera parido.
—¡Ja! No sabrás nunca lo que es ser madre. Para eso tendrías que haberla llevado en tus entrañas. Sangre de tu sangre y carne de tu carne. Es una experiencia mística, espiritual; pero no espero que lo entiendas. No me escuchaste en 1944 y tampoco me vas a escuchar ahora.
—¡Y una mierda pa' tu boca! Pasearse por ahí como un sapo hinchado no hace madre a ninguna mujer. Ser madre es criar a un hijo.
—Pues bonito trabajo hiciste. Nickel dejó de ir a la iglesia, dejó la ciudad y te dejó a ti, y ahora anda escribiendo libros que son la vergüenza de toda la familia.
—Si no quieres que la gente sepa nada de tu vida, mantén la boca cerrada.
—¿Cómo iba a saber que esa mocosa se acordaría de todo?
—Pero, Wheeze, si estarás muerta y seguirás dándole al pico. No sólo le cuentas tus historias a Nickel; si tuvieras una emisora de radio, se las contarías a todo el que te sintonizara.
—¡Mentira cochina, marrana, gorrina!
No lo soporto. Salgo a intentar calmarlas.
—¿Ya estáis las dos otra vez?
La tía Louise se gira en redondo para recibirme.
—Se necesita frescura, Nicole Smith, para dejarse ver por esta casa.
—¿Por qué? Es la casa de mi madre.
—Escribir historias para reírse de mí, Gran Regente de las Hijas Católicas de América por el Gran Estado de Maryland. Me muero de vergüenza.
—Dudo que tengamos tanta suerte.
—Nickel, no hables así a mi hermana.
—Jesucristo en patinete.
—¡Lo ves, Juts, lo ves! Ahí tienes las consecuencias de que se haya apartado de la Iglesia, que va por ahí riéndose de lo más sagrado.
—Tu tía Louise tiene razón. Ten un poco de respeto.
—Me vuelvo a la solana. Sois irreductibles. Mamá ¿puedo coger un huevo a la vinagreta?
—Cógelo y vete. Louise y yo tenemos cosas de que hablar.
Al cerrar la puerta, oigo a Louise que pregunta en un susurro ensordecedor:
—¿Irreductibles? ¿Qué significa eso; que somos tontas?
—Nunca sé si me está insultando. Es un calvario tener una hija con estudios.
Dos pares de pies se apresuran hacia el diccionario grande que mamá guarda bajo la mesilla del café. Oigo el crujido de las páginas.
—Louise, búscalo con dos erres.
Me imagino las dos cabezas grises inclinadas sobre el Webster. En cuanto hayan encontrado «irreductible» volverán al ataque con fuerzas renovadas. Setenta y cinco años de amor y odio es mucho tiempo.


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6 de marzo de 1909

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:32 am

Celeste irrumpió en la cocina como un fragante tornado. Louise y Julia Ellen levantaron la vista del libro de estampas.
—¡A ver la niña que cumple años! Julia Ellen, aquí tienes algo para tu bonita cabeza —dijo Celeste dándole una cinta de alegres colores.
—Gracias, miss Chalfonte.
—Miss Chalfonte, no se olvide de que mi cumpleaños es dentro de tres semanas. —Louise estaba deseosa de asegurarse.
—Lo sé. ¿Qué tal ha ido hoy el colegio?
—A Yashew Gregorivitch le azotaron.
—¡Qué interesante! —dijo arqueando la ceja derecha—. Seguid jugando. Vuestra madre vendrá en cuanto acabe con la plata.
Celeste desapareció tras la puerta de la cocina dejando un rastro de perfume. Julia intentó hacerse algo parecido a un lazo en lo alto de la cabeza, estilo paño caliente para el dolor de muelas, pero sus pequeños dedos no eran lo bastante hábiles.
—Wheezie, ayúdame.
En cuanto tuvo la cinta en sus manos, Louise empezó a negociar.
—Te haré el mejor lazo del mundo si me la dejas llevar mañana al colegio.
—No.
—Te dejaré jugar con mis canicas.
—No. Dame mi cinta.
—No estires, Julia. No es propio de señoritas.
—Hazme el lazo o devuélveme el regalo.
—Egoísta.
—No soy egoísta. Es mi cumpleaños.
—Piensa en lo feliz que me harías si me la dejaras llevar mañana.
—Ya serás feliz en tu cumpleaños. Dame mi cinta.
Julia cogió a Louise por el brazo y se lo frotó con ánimo de hacerle una escocedura.
—¡Para!
—Dame mi cinta.
—¿No te das cuenta? Somos cristianas. Eso quiere decir que tenemos que compartir.
—Dame mi cinta.
—¿Quieres ir al infierno y tener una cola roja que te cuelgue por detrás?
La amenaza consiguió que Julia la soltara.
—¿Una cola?
—Roja y brillante como la del demonio.
—Louise, te lo estás inventando.
—No. Pregúntaselo a mamá.
Julia salió disparada por la puerta de la cocina y encontró a Cora sacando brillo al último tenedor.
—Mamá, Louise dice que si voy al infierno, tendré una cola roja colgando por detrás.
—¿Es que piensas dejarnos pronto?
—¿Es verdad? ¿La gente tiene colas rojas?
—Niña, no me marees con esas cosas. ¿Cómo quieres que conozca las costumbres de un lugar tan caluroso?
Desconcertada, Julia volvió a la cocina.
—No lo sabe.
Louise aprovechó la situación.
—Que ella no lo sepa no quiere decir que no sea verdad. ¿Tú no quieres ir allí, verdad?
—No. Devuélveme mi cinta.
—Irás directa al infierno. Déjamela llevar mañana.
—No. —Juts se lanzó de nuevo contra ella, pero Louise la esquivó.
—Tienes que compartir. Eres cristiana.
Cargada de razón teológica, Louise entrevió un cuchillo junto al fregadero y antes de que Julia pudiera detenerla, cortó la bonita cinta por la mitad.
—Aquí tienes, te he salvado del tormento eterno.
Juts cogió el lastimoso trozo que le tendía, se sentó en el suelo y empezó a llorar. Su llanto resonó por toda la casa. Cora entró decidida en la cocina.
—¿Qué pasa aquí?
—Wheezie me ha robado la cinta de pelo.
—¡Mentira cochina, marrana, gorrina!
—Para ya, Louise. ¿Le has cogido la cinta de pelo?
—No, mamá, mira; la tiene en la mano.
—Eso parece.
—¡Buaa! La ha cortado en dos.
—¿Qué tienes ahí detrás? Trae esa mano.
De mala gana, Louise adelantó la mano.
—Ábrela.
Allí, en la palma de la mano, apareció la otra mitad de la cinta, arrugada.
—Mamá, Jesús dijo: «Pide y te será dado».
—¿Qué tiene que ver Jesús con el regalo de cumpleaños de tu hermana?
—Se lo he pedido y no me lo ha querido dar, y entonces he cogido la mitad. Así Julia no tendrá problemas con Dios.
—El Señor actúa por caminos misteriosos, Louise Hunsenmeir, pero yo no. —Cora le dio unos buenos azotes— Sabelotodo. Así aprenderás a no estropear el regalo de tu hermana. Cuando sea tu cumpleaños dentro de tres semanas, lo repartiré todo entre tú y Julia Ellen.
—¡No! ¡No! —chilló Louise.
—Es mejor dar que recibir —le recordó Cora tranquilamente.
Juts, consolada al ver el disgusto de Louise, le arrojó la cinta.
—Mamá, ahora tiene la cinta entera. ¿Podré quedarme con todos sus regalos de cumpleaños?
—¡Ni hablar! —protestó Louise con un grito agudo.
—Dios mío, eres tan mala como la otra. No sé qué voy a hacer con vosotras dos. Poneos los abrigos. Nos vamos a casa.


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21 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:32 am

—¿Qué narices está haciendo ahí fuera?
Juts se acercó remoloneando a la ventana para ver qué era lo que provocaba la exclamación de su hermana.
—Da volteretas junto a los dientes de león.
—¿Pero no ha cumplido ya los treinta y cinco?
—Cumple treinta y seis en noviembre.
—Juts, llámala antes de que la vean los vecinos.
—¡Qué diablos, Louise! Nuestra madre daba volteretas cuando tenía más de cincuenta.
—Nuestra madre no tenía educación. Nickel, sí.
—Anda y pon la televisión; así te olvidarás de ella.
—¡Por Dios! Siempre estás defendiendo a esa mocosa.
—Es mi hija.
—Ya sabes lo que pienso de eso.
—Sí, y mejor lo dejamos estar. Toda la ciudad sabe lo que opinas de Nickel, Jesús, Roosevelt y Amelia Earhart, por no hablar de Sonny y Cher.
—A lo mejor saben lo que pienso, pero no me lo ven todo. Ayer bajaste a la plaza en mallas. Me lo ha dicho Orrie Tadia.
—¿Y qué?
—A los setenta y cinco años ya no se llevan mallas. Y las gafas que te plantificas en la nariz son una desgracia; gafas de abuela.
—Soy lo bastante vieja para ser abuela; tú misma lo has dicho hace un minuto. Te he oído con estas orejas mías.
—No te hagas la lista conmigo, Julia Hunsenmeir. Ya sabes lo que quiero decir. Todos los jóvenes llevan esas gafas. No entiendo por qué no haces como yo y te buscas algo más propio de tu edad.
—Llevas tantos diamantes falsos en las gafas que cuando les da el sol, deslumbras a todo el que se te cruza.
—Eres tan inmadura que no sé por qué me molesto en hablar de nada contigo.
—¡Louise es una lameculos de mona! —Juts canturreó el insulto infantil con la seguridad de que conseguiría tocarle la pera a su hermana mayor.
—No he venido a que me insulten —Louise volvió a mirar por la ventana—. Y todavía sigue. Juts, dile que pare.
—Ni hablar. Creo que yo también voy a intentarlo. — Julia abrió la contrapuerta y gritó: —¿Quieres ver hacer el ridículo a tu vieja madre?
—Claro, mamá.
—Julia, no te atrevas. Te romperás algo.
—¡Bobadas!
—Julia, cuando nuestra madre murió me encomendó que te cuidara. No te atrevas a salir ahí y enseñar el culo.
—¿Quieres que me ponga las mallas? Así no se me levantará la falda.
Juts salió decidida por la puerta, seguida a dos pasos por Louise, que no dejaba de remugar.
—Julia Ellen, yo me tomo en serio mis responsabilidades.
Ése fue el último deseo de nuestra madre. No te atrevas a dar la voltereta. Te romperás la cadera.
—Mamá ¿de verdad vas a dar una voltereta?
—¡No lo dudes! —Y con eso, Julia Ellen cogió carrerilla, dio un brinco y rodó sobre sí misma. Aunque no le saliera perfecta, fue una buena voltereta.
—Se ha roto algo, seguro que se ha roto algo —gritó Louise con toda la fuerza de sus pulmones y fue corriendo hasta donde estaba Julia, sofocada pero triunfante.
—Mamá, ha sido magnífico.
—Todavía no estoy muerta, niña. ¿Quieres que haga otra?
—Y se lanzó.
Louise se llevó una mano a la cabeza y levantó la otra al cielo pidiendo la intervención divina.
—Madre, no me escucha.
—Pareces boba, Wheeze. Mamá no puede oírte. Está muerta desde 1962. O sea que cállate.
—Eso es. Insulta a nuestra pobre madre. Insúltame a mí. Cuando me haya ido me añorarás igual que la añoras a ella.
—Tía Wheeze, mamá sólo se estaba divirtiendo.
—No me expliques lo que hace mi hermana, mocosa respondona. Está aquí afuera haciendo el ridículo y tú tienes la culpa.
—¿Yo? ¿Pero qué he hecho yo?
—Mira que ponerte aquí a dar volteretas. Una mujer hecha y derecha, que podría ser madre.
—Por Dios, no empieces otra vez.
—Bien, ya veo que no soy bienvenida. Me voy a casa. Julia, cuando quieras disculparte, ya sabes cuál es mi número de teléfono. En cuanto a ti, Nickel Smith, encenderé una vela por si te sirviera de algo.
Hinchada y tiesa como una vieja gallina clueca, Louise se dirigió con paso airado hacia su Buick del 76, puso la llave en el contacto y se marchó.
Juts sonrió y le dijo adiós con la mano: —¡Lameculos de mona!
—Mamá, le va a dar una hemorragia.
—Es culpa suya. Tiene pupas en la nariz por meterla donde no le incumbe.
—Vaya si has dado unas buenas volteretas.
—Esta vieja todavía tiene vida. —Julia sonreía de oreja a oreja.— Vamos a sentarnos al porche. Te saco una Coca Cola, y también podemos comer los huevos a la vinagreta. Tengo ganas de fiesta.
—Venga.
Corrí a la cocina, puse los huevos en una bandeja, junto con frutos secos, queso y galletitas saladas. A Juts le encantaban las galletitas saladas, y las mojaba en la cerveza. Julia cogió una Coca-Cola para mí y una cerveza Rolling Rock para ella. Las pequeñas latas verdes se enfriaban enseguida y, dado su reducido tamaño, podía vaciar unas cuantas y decirse a sí misma que no era lo mismo que beberse una Budweiser.
—Preparada, niña.
—Preparada, mamá.
En el porche había un gran balancín rodeado de arbustos en flor. La primavera había llegado tarde. Las lilas hacía pocos días que estaban totalmente abiertas. Julia aspiró el dulce aroma y recordó todas las primaveras de su vida, muchísimas primaveras, la esencia de la primavera. Sintió una gran alegría de estar viva y mentalmente mandó al infierno a los que se reían de los viejos.
—¿Qué tal tu Coca-Cola?
—Deliciosa. ¿Qué haría yo sin el champán del sur?
—Ser una perdida como yo y beber cerveza en público.
—Pero si eres toda una dama, mamá; la tomas en vaso.
—Ja. Cuando yo era niña, se creía que las mujeres no debían beber. Me acuerdo de Celeste Chalfonte y ya sabes que era una gran dama.
—Sé lo que me habéis contado —repuse.
—Mamá trabajaba para ella. No vi a Celeste ni una sola vez sin que todo en ella, hasta los botones de los guantes, no fuera perfecto. Era la mujer más guapa que he visto nunca. ¿De qué hablaba? Ah, sí, de soplar. Pues, como decía, una mujer no podía beber. Recuerdo cuando era niña que veía a Celeste y a sus compañeras de bridge darle a la ginebra por las tardes. Al anochecer, aquellas grandes damas estaban como cubas y soltaban tacos como cualquier hijo de vecino.
—Te lo pasabas bien ¿eh?
—Sí. Hiciera sol o nevara, siempre encontraba un motivo de risa. Sabes, creo que por eso Louise se enfada tanto conmigo. Me tiene envidia.
—Sí. Ya lo veo. No parece disfrutar mucho con nada.
—¡Disfrutar! Pero si es doña agonías. Desde que la enviaron a la academia Inmaculada; ahí fue donde empezó todo. Ya sabes, lo de ser una beata chiflada.
Mamá y yo nos giramos. Las lilas se agitaron y Louise salió de entre los arbustos lanzada como una bola de futbolín.
—¡Beata chiflada! ¡Beata chiflada!
Juts se llevó tal susto que escupió el huevo a la vinagreta. Yo dejé caer las galletas y el queso.
—¡Mierda!
Julia, ya recuperada, se mostraba orgullosamente ofendida.
—¿Qué puñetas haces saltando entre mis lilas?
—Sabía que en cuanto me diera la vuelta hablarías de mí. Y con ella. Sabes que pondrá todo lo que digas en otro libro.
—No lo haré, tía Louise. Nadie te creería.
—Así es, así es. América va por el camino de la perdición. Todos adoran al becerro de oro. Por una vez estamos de acuerdo.
—Ya que estás aquí ¿te apetece una cerveza, hermana?
—Sabes que no pruebo la bebida.
—¡Por favor, Louise! —Juts puso los ojos en blanco mientras arrastraba las vocales del «por favor».— Ya no te acuerdas de cuando hacías ginebra en la bañera.
—Yo nunca he hecho eso. Nickel, no le hagas ni caso. No creas ni una sola palabra. Ya sabes cómo le gusta adornar las historias. Sí, Juts, me tomaré algo que me refresque si me haces el favor de ponerlo en un vaso. —Y dejó escapar un largo suspiro.
—Voy a buscarla.
Me fui a la cocina, pero pude oír cómo Louise insistía.
—¿Y qué si es verdad? Eso no significa que tengas que contarlo.
Volví con un vaso alto de cristal esmerilado, de manera que nadie sospechara lo que contenía.
—Aquí tienes, tía Louise.
—Gracias, querida. Tus modales son siempre exquisitos.
Las tres permanecimos sentadas en silencio por unos instantes. Louise necesitaba recobrar el aliento. Había aparcado el coche a una manzana de allí para correr a esconderse entre las lilas y los nervios que había pasado la habían dejado agotada.
—Cariño ¡qué bien que estés en casa!
—Gracias, mamá.
—Si tuvieras algún sentido de la responsabilidad, nunca habrías dejado a tu madre. —Louise se pasó la lengua por los labios para limpiarlos de espuma.
—Tía Wheeze, no hay universidad en Runnymede. Tenía que educarme.
—Para graduarte y luego no poder conseguir un trabajo fijo. Una pérdida de tiempo y de dinero es lo que fue.
—Si invierto el dinero en mi cabeza nadie me lo puede quitar.
—Antes me compraría un coche —replicó Louise burlona.
—Nickel me ha regalado un coche nuevo. ¿Ya se te había olvidado? —saltó Juts.
—¿Cómo podría olvidarme? En cada semáforo bajas la ventanilla para gritarle al primero que pasa: «¡Este coche me lo ha regalado mi hija!». —Louise se sentía molesta por haberse dejado coger. ¿A quién se le ocurría mencionar la palabra «coche»?
—Lo que decía, cariño ¡cómo me gusta tenerte en casa!
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte?
—No estoy segura. Quiero hablarlo con mamá.
—Antes de que te vayas, quiero aclarar eso de que soy una «beata chiflada», como dice Juts. Ya sabes que me mandaron a la academia Inmaculada porque tenía un gran talento musical. Celeste Chalfonte, una buena mujer después de todo, me envió y pagó mis estudios.
—No lo recuerdo exactamente así —intervino Juts.
—¿Y qué es lo que recuerdas tú si sólo tenías seis años? Yo tenía diez y un gran talento. —Louise cruzó las piernas a fin de parecer alguien con talento, y a renglón seguido separó el meñique del vaso.
—Celeste te envió allí porque era la escuela de su hermana Carlotta.
—Eso no significa que yo no tuviera talento.
—Bueno, no.
—Todavía toco el órgano que me regaló Pearlie antes de morir. Dios le bendiga.
El tío Pearlie murió el día del setenta y cinco cumpleaños de Louise, hacía cuatro años. Mamá juraba que lo hizo para vengarse. Wheeze no hacía más que mandarle todo el día, igual que a todo el mundo.
—Está muy bien que sigas tocando, tía Louise.
—Gracias. Nadie parece saber apreciarlo por aquí.
—¡Tocar! Todo lo que haces es darle al efecto del banjo y aporrear unas cuantas teclas. —Juts devoró otro huevo a la vinagreta.
—Cállate, Juts. Nickel y yo mantenemos una conversación seria. Como te iba diciendo, Nickel, Celeste me envió a la academia Inmaculada a estudiar música. Y es verdad que la llevaba su hermana, una santa mujer. Cuando murió, se levantó hasta quedar sentada en su ataúd y se persignó. De esta manera todo Runnymede supo que era una santa —dijo, y miró fijamente a su hermana, que estaba ocupada masticando—, si es que no lo habían reconocido ya mientras vivía.
—Eso no es lo que yo recuerdo. —Julia le dio otro buen tiento a la cerveza.

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25 de septiembre de 1911

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:33 am

Runnymede queda justo en la línea Mason-Dixon2. Los gobiernos de Maryland y Pennsylvania intentaron que la ciudad se dividiera en dos, puesto que igualmente tenían que someterse a dos legislaciones distintas, pero sus habitantes no quisieron ni oír hablar del tema. Runnymede era Runnymede y a hacer puñetas los gobiernos. La prudencia que se imponía en 1865 les impidió separarse de la Unión, pero, de haber tenido la oportunidad, la ciudad entera la habría aprovechado.
Es verdad que peleaban entre ellos sin darse tregua, pero fueran del norte o del sur, ante todo eran runnys. Una cosa es pelearte con los tuyos y otra muy distinta dejar que venga gente extraña a hacerlo por ti.
Los runnys solucionaban los problemas a su manera. Por ejemplo, Patience Horney estaba chiflada y todo el mundo lo sabía. En cierta ocasión, un médico de Philadelphia intentó que el alcalde de Runnymede Sur la internara, ya que Patience vivía en la mitad de la ciudad perteneciente a Maryland. John Gassner se negó. En vista de lo cual, médico de la gran ciudad se fue a ver al alcalde de la zona norte, Otto Tangerman, y después de quejarse de lo apocados que eran los sureños, le dijo que le correspondía a él encargarse de internar a Patience. Otto le mandó a hacer gárgaras. Patience pregonaba a los cuatro vientos que los habitantes de Saturno le hacían visitas. Tampoco se callaba su opinión sobre la familia Rife, a la que pertenecía la fábrica de conservas y la de municiones. En una ocasión en la que se topó con el patriarca, Cassius, le dijo «Eres un besugo hijo de perra». Eso ocurrió en 1882 y la ciudad entera lo celebró.
Ahora Patience se había encasquetado una espantosa peluca roja para cubrirse la calva. Los dos alcaldes se pusieron a pensar juntos y decidieron asignarle un puesto en la estación de tren, donde vendería castañas y galletas calientes en invierno y limonada en verano. Patience cotorreaba por los descosidos, pero no hacía mal a nadie. Conocía las idas y venidas de todo el mundo y se sentía el centro del mundo.
Así es como Runnymede hacía las cosas. Aquel día de septiembre de 1911 Louise no sospechaba que también ella pondría a prueba a Runnymede. Louise y Julia entraron por la puerta trasera de la casa de Celeste, como hacían siempre al volver del colegio. Cora estaba en la cocina preparando canapés.
—¡Hola, pichoncitos!
Las niñas se le echaron al cuello.
—¡Que me ahogáis, criaturas! Celeste necesita refuerzos.
La partida de cartas está muy reñida.
—A Juts y a Ev Most hoy las han mandado a sentarse al rincón.
—¿Es verdad eso?
—¿Y tu cómo lo sabes si no estás en mi clase?
—Orrie Tadia me lo ha contado.
—¡Orrie Tadia es una lameculos de mona!
—Julia, no dejes que Celeste te oiga decir eso. Es capaz de soltarlo en el próximo pleno del ayuntamiento. —Cora se reía.
En la sala, Celeste miraba por encima de las cartas con expresión conspiradora pero su compañera de juego, Fannie Jump Creighton, había bebido mucho más de la cuenta y era incapaz de ver las señas que le hacía. Celeste llevaba un vestido gris perla, festoneado en granate; en las orejas lucía unos discretos pendientes de plata y en el dedo brillaba un solitario. Nunca se excedía. Fairy Thatcher llevaba un buen pedrusco en la mano izquierda, tan grande que se le había desarrollado el bíceps izquierdo como a un levantador de pesas. Perfectamente sobria, captaba todas las maniobras de Celeste y respondía con acierto a Ramelle, su compañera de juego aquella tarde. A Celeste le gustaba ganar y hacía un esfuerzo por no tamborilear con los dedos sobre la mesa. Ni siquiera prestaba atención a la rodilla de Ramelle, que frotaba rítmicamente la suya y en cualquier otro momento le habría provocado un escalofrío de placer.
—Cora ¿vienen ya esos bocadillos?
—Ya va, reina de las flores. —Cora no era alguien a quien se pudiera dar órdenes.
—Niñas, haced las sumas.
Cuando Cora salió de la cocina, Juts se volvió hacia su hermana.
—Sois unas chivatas. Tú y Orrie Tadia.
—Tú quédate con tu amiga Ev Most y déjanos en paz a Orrie y a mí.
—Orrie huele los bancos del colegio cuando se quedan vacíos.
—¡Ecs! No es verdad.
—Sí es verdad. La he visto.
—Seguro que te vio a ti hacerlo primero.
Julia se levantó dispuesta a pegarle, pero Louise salió corriendo hacia el salón trasero. Juts la seguía de cerca.
—¡Acusica! ¡Acusica!
—A ti te gusta oler los pises —gritó Louise sin perder la delantera.
Celeste oyó la delicada frase. Fannie Jump, también.
—Chicas ¿os he contado alguna vez que Brutus Rife sufrió la humillación de que Theodore Baumeister se le orinara encima?
Ramelle recogió sus cartas de un golpe: —Fannie Jump, si no prestas más atención al juego, Celeste te va a hacer algo peor.
—Cora, creo que a sus hijas sería mejor llamarlas Francia y Alemania —dijo Celeste con voz seca. Mientras tanto, Cora disponía los canapés según un código que ella y Celeste habían convenido años atrás.
—¿Le apetece un tentempié, señora Thatcher? —Cora le acercó la bandeja.
Celeste supo entonces que Fairy tenía dos ases. Cora es un tesoro, pensó para sus adentros, y se puso de buen humor a pesar del penoso estado de Fannie Jump. Juts y Louise se adentraron en el ala de servicio. Al doblar una esquina, Louise vio un piano.
—Juts, mira —dijo Louise, y se encaramó al asiento.
Julia olvidó su propósito y se sentó al lado de su hermana.
—Tú dale a estas dos teclas negras; un, dos, un, dos —instruyó Louise a su hermana pequeña.
Juts obedeció y Louise se puso a tocar una melodía que había escuchado en el colegio. Tenía buen oído para la música. Allí estaba sentada, con las piernas estiradas, la cabeza inclinada sobre el teclado y estremeciéndose de puro contento. Julia Ellen daba a sus dos teclas, un, dos, un, dos, y se balanceaba adelante y atrás, encantada con la música.
—Cariño, ¿puede ser que escuche «Al acabar el baile»? —preguntó Ramelle a Celeste.
Fannie Jump no esperó a que la anfitriona contestara y se puso a cantar siguiendo la música con la mano en la que sostenía las cartas. Ramelle y Fairy las vieron todas. Celeste recogió las suyas con un gesto de resignación y se unió a Fannie. Ramelle soltó una risita y las siguió. Fairy se explayaba con las notas altas y hacía señas a Cora para que cantara con ellas. Las cinco mujeres estaban disfrutando tanto con el canto como Louise y Julia Ellen con la música.
Louise se cansó de «Al acabar el baile» e inició una canción patriótica.
—Celeste, lo que necesitamos aquí es una charanga —canturreó Fannie.
Cora dejó los canapés en código y fue a ver qué hacían las niñas.
—Tráigaselas, Cora —le dijo Ramelle—. Escuchémoslas en el de cola.
El pulimentado piano de cola resplandecía en un rincón de la sala, con el asiento negro cubierto por un chal de seda bordada que Celeste había puesto allí como al descuido para mayor efecto. Cora volvió a la sala con Louise a un lado y Julia Ellen al otro.
—¿A quién debemos el honor de nuestro aplauso? —preguntó Celeste.
—¿Cuál de las dos tocaba el piano? —susurró Cora.
—¡Yo! —contestaron a la vez.
—Me gustaría que nos concedierais un bis —pidió Fannie Jump.
—Venga, bonitas. —Cora las condujo hasta el piano.
Louise miraba a su alrededor. Juts se subió al asiento y esperó a que su hermana le diera instrucciones.
—Venga, Wheezie.
Louise colocó los dedos de su hermana sobre las teclas negras y Juts empezó sin esperar más. Louise emprendió su parte de «Al acabar el baile» y las dos niñas no tardaron en olvidarse de los adultos para sumergirse en la tonada. Ramelle cogió del brazo a Celeste.
—¡Amor mío, la pequeña Wheezie es adorable!
Fannie se acercó al piano, vaso en la mano, dando pasos de vals y volvió a entonar la canción. Cuando Louise terminó, Juts aún continuaba. Un codazo en las costillas
acabó con el un, dos, un, dos.
—Muy bien, niñas —las alabó Ramelle.
Fairy Thatcher y Fannie aplaudieron. Cora se cruzó de brazos y rió. Juts también batía palmas.
—¿Cuánto hace que tocas, Louise? —preguntó Celeste.
—No he tocado nunca.
—Cora ¿cuánto hace que esta niña toma lecciones?
—Celeste decidió dirigirse a la madre.
—Es la primera vez que la oigo tocar, igual que usted.
—¡Bravo! —la vitoreó Fannie—. Runnymede tiene su propio Mozart.
—¿Sabes leer música? —le preguntó Fairy.
—No hay nada que lea demasiado bien —se adelantó Julia Ellen.
—Sí que sé —respondió Louise.
Ramelle apoyó la mano en el hombro de Louise e hizo que se sintiera muy importante, aunque habría sido incapaz de moverse.
—¿Tenéis piano en el colegio?
—Hay uno en la sala grande, pero no le funcionan todas las teclas.
—¿Es allí donde tocas? —continuó Ramelle.
—Cuando las mayores me dejan.
—Las que van vestidas de verde —puntualizó Juts, y el detalle parecía tener importancia en su mente.
—¡Chitón! Julia, cariño, están hablando con Louise.
—¿Te ayuda la maestra? —Ramelle aún tenía la mano en su hombro.
—No.
—Es magnífico; toca de oído —se entusiasmó Fannie.
—Miss Chalfonte ¿cómo es que tiene dos pianos? — quiso saber Louise.
—Uno para mí y otro para los criados.
—El último criado aficionado a la música que tuviste fue Sylvanus Peaks. De eso ya hace unos años y además tocaba el banjo —dijo Fannie.
—¿El piano debe de sentirse muy solo? —intervino Juts.
—Hasta donde llegan mis conocimientos, los pianos no tienen emociones —declaró Celeste—. Estaría bien que algunos humanos siguieran su ejemplo.
—Despiadada —la provocó Fairy.
—¿Para qué quieres ese piano viejo? ¿Por qué no se lo das a Louise? —metió la pata Fannie.
—Dale un caballo a un mendigo y lo reventará —dijo Celeste dirigiéndose a Fannie.
—¿Qué? —Fannie no podía creérselo.
—Yo no quiero un caballo, miss Chalfonte, pero me encanta el piano. —Louise estaba cada vez más excitada.
—Lo que quiero decir es que uno no puede regalar objetos caros a gente que no puede permitírselos.
—Celeste... —Incluso Ramelle estaba sorprendida.
—Lo que su alteza quiere decir es dales un dedo y se tomarán el brazo. —Cora estaba indignada; ¿cuándo había pedido ella nada?
—Bien me quieres, bien te quiero; no me toques el dinero.
—Celeste cada vez caía más bajo.
—¡Dios mío! Un piano no se puede decir que sea dinero —replicó Fairy.
—Pero es lo que implica —se mantuvo firme Celeste.
—Celeste, tú eres una mujer generosa. ¿Qué te pasa?
—Fannie no entendía nada.
Ramelle tampoco se sabía avenir, pero había visto picarse a Celeste otras veces y sabía que no había nada que hacer. En todas las ocasiones había sido por algo igualmente trivial.
Cuanto menos dijera, mejor, ya que vivía con Celeste y le tocaría soportar su mal humor si le parecía que la había descalificado en público.
—Si tanto te preocupa la Mozart de Runnymede, Fannie Jump Creighton, dale tu propio piano.
—No seas ridícula; yo sólo tengo uno. Tú tienes dos.
—¿Y tú, Fairy? Ni siquiera sabes hacer escalas.
—Celeste, sabes perfectamente que no se puede tener un salón sin piano.
—Hipócritas.
Louise y Juts estaban paralizadas junto al piano. Habrían querido desaparecer, pero no se atrevían a moverse.
—Celeste, ha sido mi hija quien le ha pedido el piano, no yo. Esta menda no le pide nada a nadie. Se lo gana trabajando. Pero está haciendo tal escena por algo que ni siquiera usa... que ha conseguido hartarme. —Cora miraba a Celeste de frente.— Vamos, niñas.
Las dos pequeñas saltaron del banco, contentas de poder salir de allí. Cora se fue de la casa dando un portazo.
—Mis criados nunca me hablan así —se escandalizó Fairy.
—Cora es mucho más que una criada —dijo Celeste—. Ahora, si no os importa, por hoy ya he tenido bastante trato con la raza humana.
Celeste se incorporó en la cama y cogió un libro de Tácito. Leer en latín la calmaba. El orden y la claridad del lenguaje eran un bálsamo, y no había nadie que lo hablara y pudiera mancillar la serenidad que ella le confería. Sin farfulleos, pronunciaciones discordantes ni coloquialismos espurios, podía sumergirse en el pasado y dominarlo. Ramelle, con su larga melena de rizos rubios sobre los hombros, abrió la puerta del dormitorio. Tenía veintisiete años, siete menos que Celeste, y acusaba la diferencia de edad. La primera vez que entró en la mansión georgiana de Celeste se sintió abrumada por las impresionantes alfombras orientales que cubrían el suelo, joyas para ser pisadas. La entrada principal ascendía describiendo una curva que le daba aspecto de nautilo. Cada una de las habitaciones hablaba de la riqueza y la imaginación de Celeste. Ramelle no había entrado en una casa, sino en otro mundo, el mundo de Celeste. Celeste leía griego, latín, francés y alemán. Su biblioteca rebosaba de libros encuadernados a mano y en su mesilla de noche había siempre un buen número de ellos aguardando su turno para ser leídos. Celeste Chalfonte era una mujer fuera de lo común. En ese aspecto, Cora no le iba a la zaga. Ramelle amaba a Celeste y hacía el amor con ella, pero siempre sospechó que de algún modo Cora era más importante que ella en su vida. Su sensatez, su aguante y su capacidad para encontrar motivos de alegría en las cosas más simples eran cualidades que ayudaban a Celeste a conectar con el mundo. En su enrarecido universo, no había cabida para ese tipo de personas. La riqueza de Celeste era su bendición y su desgracia. Ser consciente de ello era lo que la salvaba. Aunque tuviera más dinero, Cora, e incluso las pequeñas Louise y Julia Ellen, no consideraban que fuera distinta de ellas. Celeste las necesitaba. Aun con todo su ingenio y su frialdad distante, necesitaba que la incluyeran en la humanidad y Cora lo hacía sin complejos.
—Lo mejor de Tácito es leer entre líneas. —Celeste miró a Ramelle.
—Nunca me han gustado las lenguas muertas. Me limito a las novelas modernas.
—Los suburbios de la literatura.
—Sí, cariño. —Ramelle se arrebujó entre las mantas.
—Seguro que crees que he estado aquí dándole vueltas a lo que ha pasado esta tarde, pero no. Ni siquiera me he preocupado de si Cora vendrá mañana.
—Ya veo que no le has dedicado un solo pensamiento. Debe de ser por eso que el libro está al revés.
Celeste se preguntó cuánto tiempo había estado así. Cerró el libro y apagó la luz.
—Buenas noches, cielo.
—Buenas noches. —Ramelle la besó en la mejilla.

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26 de septiembre de 1911

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:34 am

A la mañana siguiente Cora no apareció a la hora de hacer el desayuno. Recurrieron a la mujer del jardinero y Celeste hizo que no se daba cuenta. Diana, la doncella para todo, trajo el Runnymede Morning Trumpet y Celeste estalló.
—Saca de mi vista este periodicucho infecto. No entiendo cómo hay a quien le gusta regodearse con los desastres mientras desayuna. Desde luego, no es mi caso.
Más tarde, Fannie Jump Creighton y Fairy Thatcher llamaron para saber si la tormenta había escampado, con lo que Celeste se puso todavía más furiosa. Runnymede bulló de rumores todo el día y al anochecer tanto los del sur como los del norte estaban informados del incidente del piano.
Brutus Rife, que había heredado de su padre, Cassius, la fábrica de municiones y la de conservas, se alegró especialmente de la noticia. Había propuesto el matrimonio a Celeste cada dos años hasta 1898, año en el que se casó con Felicia Scott, una de sus compañeras de clase. Brutus había deseado con toda su alma unir las fortunas de los Rife y los Chalfonte, pero Celeste no quiso ni oír hablar del tema. Sus problemas le confirmaban que una mujer no podía manejarse sola.
Para Cora el día pasó volando. Trabajó duro en el huerto mientras hubo buena luz y cuando llegaron las niñas del colegio las puso a ayudarla. Louise tenía la esperanza de encontrar el piano en la sala, pero todo lo que vio fue a Lillian Russell, la gata, jugando con un topo que había atrapado. Julia intentó consolar a su hermana y se ofreció a abrir el topo en canal para verlo por dentro, pero eso no pareció entusiasmar a Louise.
Al anochecer, las niñas oyeron a Idabelle McGrail tocando el acordeón en su porche. Mientras duraba el buen tiempo, Idabelle se sentaba allí todas las noches, con sus calcetines desparejados, uno subido y otro bajado. Extendiéndolo sobre su generoso pecho, Ida cantaba baladas de Irlanda y Escocia. A veces, su hijo Rob, un muchacho robusto y muy velludo, la acompañaba con la gaita. Aquella noche, la música llegó hasta la cima de Bumblebee Hill, donde vivía la familia Hunsenmeir, e hizo que Louise se sintiera aún más triste.
—Mamá ¿por qué Celeste no me da su piano viejo?
—Celeste tiene su manera de ser.
—Pero ya tiene otro. —Julia, sentada al lado de su hermana, le rodeó la cintura con el brazo.— No es justo.
Louise se puso de nuevo a llorar. Lillian Russell se frotó contra sus piernas. Todos intentaban consolarla. Con los pocos muebles que había en la limpia granja de madera, un piano habría sido toda una adquisición.
—Si Celeste no se hubiera sentido atacada por todas partes, probablemente se habría desprendido de ese viejo piano. Nunca ha sido una mujer tacaña, pero ahora, con lo orgullosa que es, no se lo sacarías ni a tres tirones.
Sus palabras hicieron que Louise sollozara con energías renovadas. Aquella noche no había nadie en casa de Celeste. Estaba de un humor tal que Diana se fue sin decir nada, y lo mismo hicieron el jardinero y su mujer. La única capaz de soportar a Celeste en uno de sus arrebatos de mal humor era Ramelle, e incluso ella empezaba a tener sus dudas.
A la mañana siguiente, el piano ya no era sólo motivo de murmuración, sino un verdadero conflicto. Los runnys pobres se sentían ultrajados por la cicatería de Celeste. A los runnys ricos no les hacía ninguna gracia que los criados de Celeste se despidieran. Los runnys de clase media no querían que nada interfiriera en sus negocios, y cuando los criados no cobran, tampoco gastan. Celeste, ignorante de las proporciones del incidente, ensilló la hermosa yegua baya para su acostumbrado paseo matinal. A la vuelta, cuando pasaba por la zona norte de la ciudad, Theodore Baumeister la vio y salió corriendo de su barbería.
—Buenos días, miss Chalfonte.
—Buenos días, Ted.
—La ciudad no habla de otra cosa que de su viejo piano.
—Eso demuestra que no tienen mucho que hacer.
—Cierto, pero en mi opinión debería darle el piano a la niña para calmar los ánimos de la gente.
—Señor Baumeister, le agradecería que se ocupara de sus propios asuntos.
Celeste espoleó a su caballo y se dirigió a su casa a trote ligero. Pero allí no encontró descanso. Fairy Thatcher y Fannie Jump Creighton la abordaron nada más traspasar la puerta.
—¡Celeste, tienes que hacer algo! —exclamó Fairy.
—¿Se puede saber por qué estás tan agitada?
Ramelle, que ya estaba enterada del asunto, se mantuvo aparte a la espera del terremoto.
—¿Agitada? Más bien diría abandonada a mi suerte. Celeste Chalfonte ¿sabías que hoy mismito nuestros criados, !os de Fairy y los míos, se han despedido?
La desagradable noticia tardó unos segundos en hacer efecto.
—¿Qué?
—Despedido, lo que oyes, y todo por el maldito piano.
—¡No lo dices en serio! —Celeste alzó la voz.
—¿En serio? Celeste Pritchard Chalfonte, estoy que me subo por las paredes. ¿Te has olvidado de que esta noche se celebra en mi casa la reunión mensual de las Hijas de la Confederación? —Fannie se sofocó sólo de pensar en lo apurado de la situación.— Sabes perfectamente que esta noche es cuando hemos de preparar el Baile de la Cosecha y todo tiene que estar a punto. Esa víbora de Minta Mae Dexter y sus Hermanas de Gettysburg ya han conseguido encargarse de la decoración. A beneficio de los pobres, bla, bla, bla. Tenías que haberla oído. ¿No sé por qué no mataron a su padre en Big Round Top?
—Tranquilízate, Fanny —Celeste se mostraba más fría cuanto más se indignaba Fanny.
—¡Tranquilízate! ¿Cómo voy a tranquilizarme si las Hermanas casi nos superan el último Cuatro de Julio? Hemos de celebrar una sesión estratégica si no queremos que Minta y sus sucias compinches recojan más dinero. Y ya sabes que el Círculo de Marta se ha estado reuniendo en secreto por lo del baile. No habrá manera de librarse de su brutal vulgaridad, encabezada como siempre por las Squandras
Las Squandras eran Ruby, Rose y Rachel, trillizas que actuaban siempre al unísono. Gastaban en joyas lo bastante para mantener la armada de Brasil. Dado que su padre, Cassius Rife, había vendido armas a los dos bandos durante la Guerra Civil, ni las Hijas de la Confederación ni las Hermanas de Gettysburg las soportaban. Para vengarse, las Squandras fundaron el Círculo de Marta, en honor de Marta Washington, y obligaron a todas las esposas de los comerciantes a asociarse.
—¿Por qué no trasladáis la reunión a la casa de Caesura Frothingham? Tendréis que mantener la sangre fría, porque la decoración es tipo Casa del Terror.
—¡Qué mala eres! —Fairy soltó una risita.
—Celeste, el servicio de Caesura también amenaza con despedirse. —Fannie no estaba para bromas.
—Eso es imposible —dijo Celeste convencida.
—Imposible o no, las Hijas de la Confederación llamarán a mi puerta esta noche a las siete.
—¿No podéis celebrar la reunión de todas maneras? —preguntó Ramelle.
—No puedo hacer nada sin el servicio. Ni siquiera sé dónde se guardan los palillos. Aparecen en la mesa como por arte de magia cada vez que aviso a Mona. —Fannie no sabía avenirse.
—Fannie no soporta que la consideren útil. —Celeste no pudo evitar hacer el comentario.
—Mira quién fue a hablar. Ni siquiera sabrías cómo hervir un huevo —se desquitó Fannie.
—No, pero sé ensillar un caballo.
—Te confundes, Celeste. Es una cena lo que celebramos esta noche, no el derby de Kentucky. —Fannie se esforzó en pensar algo más desagradable que decir, pero las cosas terribles que imaginaba se volatilizaban en su mente antes de que pudiera darles forma.
—Tienes que hacer algo —imploró Fairy.
—¿Cómo es que dos mujeres respetables como vosotras, verdaderos pilares de la sociedad, acudís a mí? ¿Por qué no vais a contárselo a vuestros maridos?
—¿Qué? ¿Y perder mi asignación porque Horace declare que no sé manejar al servicio debidamente? —gimió Fairy.
—A Creighton tendría que sacarlo a tirones de la casa de Pearl Streicher. Estará allí o en York, Pennsylvania, la Gomorra de Codorus.
Fannie no se inmutaba por los coqueteos o las conocidas visitas a los prostíbulos de su marido. De esa manera, disponía de más tiempo para descarriar a algún joven bien parecido. Tenía un ojo clínico para la carne fresca de hombre.
—Es obra tuya, Celeste. Haz algo —rogó Fairy.
—Me niego a cargar el muerto yo sola. Tú, Fannie Jump Creighton, fuiste la que sugeriste primero que me deshiciera de ese piano desvencijado.
—¿Yo? ¿De verdad que fui yo, Celeste? Te prometo que no me acuerdo.
—La próxima vez que juguemos al bridge, modérate un poco en el apartado alcohólico -le espetó Celeste.
—Pero, Celeste, a Fannie le encanta la ginebra.
—Sois como el perro que se muerde la cola. Si dejarais de acusaros la una a la otra, a lo mejor encontraríais una salida al problema —observó Ramelle con todo respeto.
Las palabras de Ramelle, que era más joven, muy bonita y la amante de Celeste, hicieron que Fannie y Fairy se envararan. No les gustaba que una, por así decirlo, recién llegada les diera consejos. Al fin y al cabo, habían crecido con Celeste. De pequeñas, sus compañeras de clase de la Fox Run School para señoritas las llamaban Hic, Haec y Hoc. En Vassar, se encubrían unas a otras, lo que podía llegar a ser toda una hazaña. Fannie se tiraba a los ardientes jóvenes de Yale con el mayor descaro, Fairy copiaba como una descosida en los exámenes y Celeste se insinuaba a Grace Pettibone, una espléndida muchacha de clase alta. En aquel tiempo, eran conocidas como las Furias por los jaleos que armaban. De todos modos, Ramelle tenía razón y, tras un revuelo ritual, se calmaron.
—¿Qué propones? —Fannie miraba a Ramelle pensando en cómo le gustaría encontrar a un hombre tan guapo como ella.
—¿Por qué no va Celeste a hablar con Cora?
—¿Subir a Bumblebee Hill y que todo la ciudad vea que intento aplacar a Cora? ¡Ni hablar!
—Es tu orgullo contra nuestro bienestar social —dijo Fairy.
—Cualquiera diría que eres mi hermana Carlotta. ¡Anda y que te zurzan!
—A lo mejor podríamos pedir a Su Santidad que elevara una plegaria por la solución del conflicto —se burló Fannie.
—Han sido los de la unión los que han empezado esto —salió Fairy por la tangente.
—Hace ya algún tiempo que han cesado las disputas entre estados —le hizo notar Celeste.
—No, me refiero a los de la unión de trabajadores; gente que lee a Karl Marx y visita las fábricas —continuó Fairy.
—Mi casa no es una fábrica. —Celeste juntó las manos.
—Ya, pero Cora es un miembro del proletariado. —Fairy había puesto la directa.— Los obreros se levantarán contra sus amos.
—Fairy ¿has estado leyendo libros sediciosos? —Celeste arqueó la ceja derecha.
—Bueno... sí.
Fannie casi se cae de la sorpresa.
—Fairy, pero si no te vi abrir un libro durante todo el tiempo que estuvimos en la universidad.
—Karl Marx, ¿ese alemán? —Celeste también estaba perpleja.— En serio, Fairy, no hagas demasiado caso de los alemanes. Todavía no se han recuperado de los tiempos de Atila.
—¿Cómo es que has empezado a leer? —quiso saber Fannie.
—Por culpa de Horace. Ya sabéis cómo es de conservador. A la vuelta de su último viaje a Chicago no paraba de despotricar contra los sindicatos, las ideas malsanas, París en 1871. Nunca le había visto tan nervioso y pensé que algo capaz de ponerle de tan mal humor debía de valer la pena. Así que decidí hacer averiguaciones —explicó Fairy.
—Aunque sea una teoría interesante, no creo que Cora haya estado leyendo a nuestras espaldas. No sabe leer —declaró Celeste con tranquilidad.
—¿De verdad? —Fannie estaba ligeramente sorprendida.— Nunca pienso en esas cosas. ¿Cuántos de nuestros criados deben de saber leer?
—Pero saben contar muy bien —se quejó Fairy.
—¿Y qué hago yo con las Hijas de la Confederación? —volvió Fannie a su preocupación inicial.
—¿No podéis dejaros de discusiones por un momento y pensar en alguna cosa positiva, aunque sólo sea una? —las aguijoneó Ramelle.
—¿A qué se debe este súbito ataque de racionalidad? —Celeste se había ofendido.
—La ciudad es un hervidero. Tengo serias dudas respecto a que tenga algo que ver con sindicatos o cualquier otra cosa organizada, pero no darle el piano a Louise parece una mezquindad por tu parte. Celeste, te podrías comprar una fábrica de pianos si quisieras. Son las pequeñas cosas las que ¡tacen saltar a la gente, no las grandes. Tú lo sabes, un incidente trivial puede desencadenar grandes conflictos, y al final nadie sabe cómo o por qué empezó todo —dijo Ramelle en tono conciliador.
—Tienes razón, Ramelle, pero no me da la gana de pasar por el aro de una pandilla de criados y tenderos.
—¿Sólo por regalarle el piano a Louise? —Fannie entendía perfectamente a Celeste, pero no por eso iba a dejar de pincharla.
—Fannie, perdería prestigio a los ojos de las víboras como vosotras y a los de la ciudad. Es una cuestión de disciplina. No se puede ir por ahí dando cosas sólo porque te las pidan.
—Es extraño. Creía que era eso lo que predicaba Jesús, —dijo Ramelle, ahora con más firmeza.
—¡El último cristiano murió en la cruz! —Celeste se había molestado.
—Jesucristo no dijo nada de pianos —apuntó Fairy con inocencia.
—Cierto, no se habla de pianos en el Nuevo Testamento. Todo lo que hay es el arpa de David en el Antiguo. —Fannie hizo alarde de sus vastos conocimientos bíblicos.
Una radiante sonrisa iluminó la cara de Celeste.
—Señoras, Jesús no tuvo piano, pero la Sermonetta sí que tiene.
—¿Carlotta? —Fairy estaba desconcertada.
—Ya me gustará ver cómo consigues que tu hermana le dé un piano a Louise. Todo lo que estaría dispuesta a darle sería la bendición. Puede que sea una beata, pero es de la virgen del puño —se burló Fannie.
—Mujeres de poca fe. —Celeste abrió los brazos en un gesto de bendición y reproche-—. ¿Habéis olvidado que mi hermana dirige la academia inmaculada?
—¡Celeste! —Fannie Jump la vio venir.
—Sí, enviaré al prodigio musical de Runnymede a la academia Inmaculada, para su educación y fortalecimiento moral.
—Eres un genio —se admiró Fairy.
—Tú lo has dicho —asintió Celeste.
—Cariño, eres maravillosa. —Ramelle le cogió la mano.
—Ten cuidado, no debemos ofender la sensibilidad de Fannie y Fairy.
Fannie disfrutaba de esos raros momentos. Esas cosas nunca se mencionaban directamente, aunque con la edad cada vez sentía menos reparos a la hora de hablar de Creighton o de sus amantes, pero Celeste era mucho más reservada.
—¿Busca pelea, miss Chalfonte? ¿Quién fue la que os sorprendió a ti y a Grace en una fría noche de invierno?
—Te está bien empleado, por mal educada. ¿No te enseñó tu madre a llamar a la puerta? Además, sólo nos estábamos dando calor. Ramelle, no la escuches. Exagera hasta cuando dice la hora.
—Celeste, ¿pero no te costará dinero? —Fairy pensaba en cuestiones más prácticas.
—¿Quieres decir Louise Hunsenmeir?
—Las academias privadas no tienen costumbre de aceptar niñas pobres —dijo Fairy.
—Prefiero pagar a regalar ese piano. Si doy ese condenado instrumento, perderé algo más que dinero. Estoy convencida de que es la mejor solución y ¿quién sabe? a lo mejor Louise aprende algo.
—¿No puede resultar cruel educar a los pobres? —Fannie estaba sinceramente preocupada.
—¿Cruel? ¡La educación es el mejor regalo que nadie pueda hacer! —Celeste se había puesto en jarras.
—Hablo en serio, Celeste. ¿Qué tiene de bueno una mujer instruida? No puede trabajar. Lo mejor a lo que Louise podría aspirar es a casarse con un hombre de amplias miras que le perdonara sus orígenes —concluyó Fannie con cierta tristeza.
—¿Más vale tonta y rica que lista y pobre? —La ceja derecha volvió a arquearse.
—Yo... —Fannie se quedó muda.
—¡Cielos! ¿Y si tu hermana coge a la niña en sus garras? No tardarás en tener noticias de que quiere ser monja. —El labio inferior de Fairy temblaba ligeramente.
—El catolicismo de Carlotta ha dejado perpleja a la familia durante años —dijo Celeste—. ¿Por qué tuvo que abandonar el blanco seno de la abundancia episcopaliana?
—¿Estás segura de que es la única manera? —dudó Fannie.
—Sí, pero eso no significa que Cora esté de acuerdo.
—¡Oh, no! Ni se me había pasado por la cabeza. —El rostro de Fairy expresaba desaliento.
Celeste volvió a montar y cabalgó hacia Bumblebee Hill, en la zona sur de la ciudad. No había recorrido dos manzanas de la avenida Emmitsburg cuando toda la ciudad murmuraba. Al este de Runnymede, el terreno se ondulaba en suaves colinas de un verde profundo. A las afueras de la ciudad por el lado norte, las cuadras de Hanover criaban los mejores caballos de la nación. En el aire Rotaba un delicado aroma, presagio del otoño. Celeste amaba esa tierra. Había estado en París, Viena, Londres, Roma, Atenas y San Petersburgo, y también en Nueva York, pero prefería Maryland. Las suaves curvas de las colinas le conferían una fuerza que nunca pudo encontrar en otros parajes. En cierto sentido, disfrutaba de la bendición de saber que pertenecía a aquel lugar. Pasó por delante de la casa de Idabelle McGrail y la buscó con la vista. Todo Runnymede hacía apuestas a propósito de los calcetines desparejados de Idabelle, pero hoy no se la veía por ninguna parte.
El camino era bastante empinado. La casa de Cora, una granja de madera construida en el 1832, dominaba la colina desde lo alto. En la parte de atrás de la cocina había un pequeño manzanal, unos cuantos perales cargados de fruta se alineaban junto al establo y los dondiegos de día alegraban el porche. Celeste se preguntó cómo podía Cora cuidar de todo aquello. Se adivinaba su mano en el orden, la limpieza y el color del lugar. La enorme tina de madera junto al porche rebosaba de pensamientos con manchitas negras. Había flores por todas partes y hasta las gallinas parecían contentas. Cora se ocupaba de todo. Su marido, Hans Ford, la abandonó en 1907, no por otra mujer, sino por la bebida. Celeste nunca la había oído quejarse de Hansford ni de ninguna otra cosa.Cora trabajaba de firme y las quejas requerían su tiempo. Allí estaba, sin sombrero, inclinada sobre el huerto que se extendía tras la casa.
—Cora.
—Hola, Celeste. —Cora dejo la azada y se acercó a ella.
—He venido a pedir disculpas.
Cora se la quedó mirando.
—Ya sabes cómo me pongo cuando me ataca el orgullo.
—Sí. Te subes tanto a la parra que no te das cuenta de que se está rompiendo.
—Creo que tengo la solución para el asunto del piano.
—No me digas que se lo darás a Louise porque me puede dar algo. —Cora no pudo evitar reírse.
—¿Me ves venir, verdad? —replicó Celeste con suavidad.
—Lo que veo es que se ha armado la gorda.
—Lo que te propongo es enviar a Louise a la academia Inmaculada, que dirige mi hermana Carlotta. Allí recibirá una buena educación y cuidarán especialmente de desarrollar su talento musical.
—¿Dormiría allí?
—Podría dormir si tú quisieras.
—No, la quiero aquí conmigo y con su hermana.
—Me ocuparé de que la lleven y la traigan. - Cora no decía nada. Celeste esperó un poco y luego preguntó: —¿Te parece aceptable?
—Es muy generoso por tu parte, pero no soy yo la que ha de ir. Louise tendrá que decidir qué quiere hacer.
—¡Oh! Bueno, sí, claro. —Eso no se le había ocurrido a Celeste.
—Cuando ella y Julia Ellen vuelvan de la escuela, se lo diré y mañana por la mañana te daré su respuesta.
—¿No podrías hacer algo antes?
—¿Qué?
—Fannie Jump Creighton es la anfitriona de la reunión mensual de las Hijas de la Confederación y todos sus criados se han despedido. ¿Crees que los podrías convencer de que trabajen esta noche?
Cora se echó a reír. Sabía que habían abandonado el trabajo, aunque ella no los había incitado.
—Veré lo que puedo hacer, Celeste.
—Cora.
—¿Y ahora qué quieres? Eres peor que las niñas.
—Siento haber herido tus sentimientos. —A Celeste nunca le fue fácil hablar de sus emociones.
—A mí me sacaste un poco de quicio, pero a Louise de poco le da un soponcio —respondió Cora sin rencor.
—Te tengo mucho afecto, Cora. Sentiría mucho hacerte daño.
—Lo sé y te doy las gracias.
—¿Me perdonas, entonces?
—¿Perdonarte? No seas tonta, Celeste, aunque me enfade contigo te sigo queriendo con locura.
Sorprendida, Celeste no pudo reprimirse y soltó: —Yo también te quiero.
Cora rodeó con sus fuertes brazos a Celeste y le dio un apretón cariñoso.
—Venga, ahora vete a casa; ya nos veremos mañana y te diré lo que haya decidido Louise.
Celeste montó con agilidad, se tocó el sombrero con la fusta y espoleó a su montura hasta ponerse al galope. Durante todo el camino a casa hizo esfuerzos por no llorar. ¿Por qué no había nadie como Cora en su familia? Quería a sus dos hermanos pequeños, Spottiswood y Curtis. Aguantaba a su hermano mayor, Stirling, y no tragaba a su hermana Carlotta. Incluso cuando se trataba de amar, su gente era estirada y en cierto modo estrecha. ¿Por qué no había más Coras en el mundo? ¿Por qué no se parecía ella un poco más a Cora?
Louise y Juts iban dando saltos colina arriba hasta que vieron la casa y echaron una carrera hasta la puerta.
—Mamá, ya hemos llegado.
—Hola, cielitos. —Cora las abrazó y les dio un beso.
—¿Sabes qué, mama? ¿Sabes qué? —Juts tenía los ojos abiertos como platos.
—¿Qué?
—He recitado todos los presidentes en orden.
—Orrie Tadia y yo la ayudamos a aprenderlos —dijo Louise.
—Louise, miss Chalfonte ha estado aquí hoy.
—¡El piano, el piano! —Louise batió palmas.
—No exactamente. Te enviará a estudiar a la academia Inmaculada y allí podrás aprender música como es debido, y también buenos modales.
Louise se quedó con la boca abierta y Juts empezó a hacer pucheros.
—Yo no quiero que Louise se vaya.
—Tranquila, cariño, vendrá a dormir a casa todas las noches, igual que ahora.
—¿Y quién irá conmigo al colegio? —sollozó Juts.
—Ev Most vive al pie de la colina, y tú ya eres muy mayor y puedes ir sola hasta allí.
—No quiero que se vaya.
—Julia, no te preocupes —la consoló Louise—. Vendré a casa todas las noches.
—Ya te has decidido ¿no?
—Mamá ¿de verdad que puedo ir?
—Celeste es una mujer de palabra.
—Me gustaría ir si puedo tocar el piano todos los días.
—Esa es la idea, cariño.
—Yo quiero ir con Wheezie. Me necesita para tocar las teclas negras. —Juts seguía llorando.
—Julia Ellen, a ti también te pasarán cosas buenas. Esta vez le ha tocado a Louise. —Cora le acarició el pelo. Julia pareció convencida y dejó de llorar.
—Mamá ¿por qué es así Celeste? No lo entiendo.
Cora se quedó pensativa unos instantes y luego besó a Louise en la mejilla.
—Lo que pasa es que también se puede entrar en el reino de Dios por la puerta de atrás.
A la mañana siguiente Cora anunció la decisión de Louise, y esa misma tarde Celeste se fue con ella a comprar uniformes y zapatos. Al otro día la llevó en coche al colegio, la presentó e hizo todo lo posible para que la niña se sintiera cómoda. Lo último que deseaba es que pareciera fuera de lugar o necesitada, porque sabía lo crueles que pueden llegar a ser los niños. Louise no cabía en sí de alegría. Las profesoras le prodigaron atenciones y Carlotta, que enseguida notó que era terreno abonado para el sentimiento religioso, la tomó bajo su protección. Louise recordaba aquellos días como los más felices de su vida. Según Julia, fue entonces cuando Louise se volvió religiosa y cursi a la vez.

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11 de abril de 1912

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:34 am

Orrie Tadia, una niña regordeta y divertida, esperaba a que Louise volviera de la academia. Paseaba con Juts por la plaza de Runnymede mirando las tiendas y se pararon a observar la estatua ecuestre del general yanqui, erigida en el lado norte de la plaza, luego cruzaron la línea divisoria para ver el grupo confederado: tres soldados en actitud de combate, uno de ellos en el momento de caer herido.
—Orrie ¿te gustaría estar en una guerra?
—Sólo si ganáramos.
—El hermano de Celeste Chalfonte está en el ejército, pero no hay guerra. —Juts no acababa de entenderlo.
—Creo que es algo que todos los hombres han de hacer, como las mujeres tener hijos.
—Orrie ¿tú vas a tener hijos?
Orrie, que era cuatro años mayor que Juts, respiró hondo y contestó con voz engolada: —Eres demasiado pequeña para hablar de esas cosas.
—Pareces Louise con ese tonillo. Está hablando normal y de pronto se pone a hablar raro.
El coche de Celeste entró en la plaza conducido por el jardinero, Dennis. Los días que hacía sol, en lugar de llevar a Louise directamente a Bumblebee Hill, la dejaba en la plaza para que jugara con sus amigas de Runnymede. Juts y Orrie corrieron al encuentro de Louise, que llegaba resplandeciente con sus largos tirabuzones.
—Louise ¡a que no adivinas lo que ha hecho Yashew Gregorivitch!
—¿Qué? ¿qué? —preguntó impaciente.
—Ha dado un beso en la mejilla a Harriet Wildasin.
Louise aflojó el paso: —Espero que Harriet expíe esa mancha en su persona.
Juts se metió en la charla de las mayores: —Harriet no tiene manchas.
—Julia Ellen, entiende que eres demasiado pequeña —la rechazó Louise.
—Tú también dejarías que Yashew te diera un beso —afirmó Juts.
—No es cierto.
—Porque te vas lejos al colegio y no puede.
—Louise no da besos. Es vulgar —Orrie se apresuró a defender a su ahora refinada amiga.
Louise aprovechó el momento para hacer una revelación:
—Nunca besaré a nadie. Voy a ser católica —dijo sacando un rosario de la cartera.
Julia se paró en seco.
—¿Qué tiene de malo ser luterano, Louise?
—He visto la luz.
—¡Louise! ¡Qué profunda eres! —se deshizo Orrie.
Juts estuvo a punto de gritar «¡Louise es una lameculos de mona!» pero se detuvo a tiempo. Notaba que esta vez era distinto. Mientras las dos amigas se decían tonterías sobre su gran sensibilidad, ella buscó con qué contraatacar.
—Si eres católica, tendrás que recibir órdenes del papa.
—Igual que tú recibes órdenes del presidente. —Louise no se dejó impresionar.
—No es verdad. Yo no recibo órdenes de nadie —chilló Juts.
—¿Recibes órdenes del papa? —preguntó Orrie.
—No, de la señora Van Dusen —contestó Louise. Van Dusen era el nombre de casada de Carlotta Chalfonte.
—¿Es católica? —preguntó Juts de inmediato.
—Sí, es una santa.
—Entonces recibe órdenes del papa. —Juts no se daba por vencida.
Louise levantó los ojos al cielo y dijo: —La señora Van Dusen tiene una línea telegráfica directa con el papa.
—¿Y qué harás si la señora Van Dusen dice una cosa y el presidente otra?
Orrie clavó la mirada en Juts. ¿Por qué tenían que cargar siempre con esa mocosa?
—La señora Van Dusen tiene una línea telegráfica con el papa y el papa tiene una línea con Jesús, así que tengo que hacer caso de lo que él y la señora Van Dusen me digan.
—Louise, eres una mala americana. —Julia Ellen había dictado sentencia.
—Su santidad es el legado de Cristo en la tierra.
—¿Qué quiere decir eso? —se sorprendió Orrie, que era metodista.
—Es como ser el vicepresidente si el presidente subiera a las nubes más altas y él estuviera en la tierra —explicó Louise con calma.
—Y una mierda pinchada en un palo. Te lo estás inventando.
—¡Mentira cochina, marrana, gorrina! —cantó Louise.
—¡Habló el buey y dijo mu! —replicó Juts con la misma melodía.
—¡Es verdad! La señora Van Dusen y la hermana Mary Margaret me dijeron que tengo que obedecer a Dios.
—Me gustaría tanto ir a la escuela contigo —la envidió Orrie.
—Los que obedecen órdenes son unos blandengues. — Juts estaba fuera de sí.
Louise juntó las manos en actitud de rezo.
—Que Dios te perdone por tu sucia boca, Julia Ellen Hunsenmeir.
—¿Y sabes qué más? —siguió Juts imparable.
-¿Qué?
—El papa es itiliano.
—No lo es. Es el legado de Dios en la tierra.
—Es itiliano, so mema. Obedeces a un comepasta.
—No lo es.
—¿Quiere decir eso que es como los Constantinos?c —preguntó Orrie.
—¡No! —chilló Louise.
—Si no es itiliano, entonces es como Idabelle McGrail. Ella sí que es católica. —Juts se esforzaba en buscar conexiones.
—Tú no sabes nada de nada —la despreció Orrie.
—Idabelle McGrail es católica y da besos al señor McGrail. Y la señora Constantino da besos al señor Constantino.
—¿Y qué? —Louise apretó el paso con intención de perder de vista a Juts.
—Hacerte católica no te quita de dar besos —argumentó Juts triunfante.
—Algunos católicos dan besos y otros no. Yo seré de los que no dan.
—Hay cosas demasiado delicadas para que las entiendas, Julia —recalcó Orrie.
—No le hagas caso, Orrie. Está de un tonto subido.
—A lo mejor tiene lombrices.
Se echaron a reír y corrieron lejos de Julia Ellen, que antes se habría ahogado que dejar que se le saltaran las lágrimas, aunque se sentía francamente mal.

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21 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:35 am

- ¿Te vas a quedar aquí sentada toda la noche? Eres más pegajosa que una garrapata —dijo Juts.
La luz del atardecer bañaba el porche. Las conversaciones de los grillos estaban en plena efervescencia y Louise parecía haberse quedado pegada a la silla.
—Sabe Dios qué diréis cuando me vaya.
—Pero Louise, la gente no se dedica a hablar de ti; están mirando la televisión.
—Ya sé que la gente no se dedica a hablar de mí, pero vosotras sí.
—Ojos que no ven, corazón que no siente. —Juts se mecía en el balancín.
—Así me das las gracias.
Juts hizo caso omiso.
—Después de todo lo que he hecho por ti, hermana mía.
—Esto no es una tómbola de caridad, Louise. Nunca te he pedido nada.
—Vas por ahí hablando de mí. Orrie me contó que dijiste que me entrometo.
—Yo no hablo con Orrie.
—No. Tú hablas con Ev Most, y ella habla con Orrie.
—No dije que fueras una entrometida.
—Sí que lo dijiste.
—Dije que tienes pupas en la nariz porque la metes en los asuntos de todo el mundo.
—Tú lo que quieres es insultarme para que me vaya y poder contarle a Nickel más cosas sobre mí. Te conozco, so chivata.
—¿Te piensas quedar las dos semanas aquí sentada en el porche?
—No voy a estar aquí sentada ni dos minutos más. Está refrescando.
Me levanté, abrí la contrapuerta y me acomodé en el sofá. Afuera, las dos hermanas continuaban las negociaciones. Se me escapó parte del regateo.
—¿Lo prometes? —preguntó tía Louise.
—Lo prometo.
—Tampoco le hables de nuestra querida madre y Aimes.
—No lo haré.
Satisfecha, Louise acortó camino por los patios traseros hasta llegar a su coche. Mi madre entró, se sentó en su mecedora y consultó la programación antes de encender el televisor. Oímos el motor del coche de Louise que se ponía en marcha. Le encantaba hacerlo subir de revoluciones.
—Lleva tantas medallas colgando del retrovisor que no sé cómo ve la calle. Y el Jesús del salpicadero, que parece que le estén operando a corazón abierto, es de un mal gusto espantoso. Si tuviera que estar mirando eso, seguro que tendría un accidente. Cuando estoy en el coche de mi hermana, casi preferiría que las cataratas se me pusieran peor: san Cristóbal, la santa Virgen. Ya que me he de quedar ciega, me entran ganas de que sea ya mismo; me pone mala toda esa quincalla religiosa. —Y acabó lanzando un grito de guerra.
—¿Mamá?
—¿Qué?
—¿Quién es Aimes?
—Nadie que te importe.


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3 de julio de 1912

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:41 am

La noche antes, Celeste, en un arrebato, le había arrancado la blusa a Ramelle. Aunque era una ferviente defensora de los buenos modales, en el dormitorio no concebía restricciones. De todos modos, la sospecha de haberse comportado brutalmente hizo que en la mesa del desayuno aparecieran diez blusas nuevas dispuestas en un arco iris.
—Celeste ¡qué bonitas!
—No serán bonitas hasta que no te las pongas.
Ramelle se quedó callada mientras tomaba el café a sorbitos y luego dijo: —¿Crees que las otras mujeres también sienten como nosotras?
—¿La una hacia la otra?
—No. Me refiero a sensaciones físicas. Mi madre nunca dijo una palabra del tema. Ni siquiera estoy segura de cómo concibió hijos. Aparte de que estemos juntas, crees que somos raras porque disfrutamos de...
—¿Del sexo?
—¡Celeste!
—¡Así que puedes hacerlo pero no decirlo!
—Nadie que conozcamos parece disfrutar de esas cosas, excepto Fannie Jump Creighton.
—Cariño, nunca he pensado que nos pasara nada extraño ni a ti ni a mí a ese respecto. Y por lo que se refiere a los demás, es su problema.
Cora, que estaba trabajando en el pequeño que había junto al comedor, dejó caer una cuchara. Ramelle dio un salto en la silla. Celeste, con la ceja levantada hasta la línea del pelo, se giró hacia el ruido.
—¿Quién anda ahí?
Se abrió la puerta del y apareció Cora con la mano en la cadera.
—¿Qué se le ofrece a la reina de los mares?
—Lo ha oído todo, imagino.
—Sucede que no estoy sorda.
—¿Y qué estaba haciendo ahí si puede saberse?
—Limpiando la plata, como se me ha dicho.
Celeste, recordando que ella misma le había asignado esa tarea, colocó la servilleta junto al plato.
—Confío en su discreción, Cora.
Ramelle estaba inmóvil pero sus mejillas recuperaban lentamente el color.
—¿Y a quién voy a contárselo?
—No quiero que piense mal de Ramelle; soy yo quien inicia tales actos.
—Olvida tu sentido del honor sureño —intervino Ramelle—. Estoy tan metida en esto como tú.
—¿A qué viene tanto alboroto? —Cora seguía con la mano en la cadera—. Yo no veo más que amor, algo bastante escaso en este mundo. ¡Venga! Acaben de desayunar.
Cora volvió al para acabar de limpiar la plata y, antes de que Celeste y Ramelle pudieran decir nada, Diana entró corriendo en la habitación.
—Miss Celeste, ha llegado Spotty.
Dando saltos detrás de Diana apareció el adorado hermano pequeño de Celeste.
—Chiribita, ya estoy aquí. —Spotty dio un beso a Celeste en la mejilla y besó la mano de Ramelle.— Estás radiante —la piropeó.
—Y tú, mi querido hermano, pareces un maniquí.
—Celeste le hizo un gesto para que se sentara.— Cora, Cora, salga ya de ese maldito oficio. Spotty está aquí.
Cora salió presurosa, secándose las manos en el delantal.
—Mister Spotts, bienvenido a casa. —Prácticamente lo arrancó de la silla y lo abrazó hasta hacerle crujir los huesos.
—Cora, qué alegría verla. ¿Sabe que cuando estoy lejos y pienso en la perdida de mi hermana sólo me tranquilizo pensando que usted está aquí con ella?
—Siéntese aquí. Voy a prepararle unas tortitas de miel. —Cora se fue hacia la cocina.
—¿Tortitas de miel? —preguntó Celeste.
—Sí, y no se preocupe; ya casi he acabado con esa maldita plata. ¿Por qué narices no puede usar una cubertería más sencilla?
—Eso no me importa. Lo que quiero saber es por qué a mí no me prepara tortitas de miel.
—Porque la veo todos los días. —Cora se echó a reír y abrió la puerta de la cocina.
—No me puedo imaginar esta casa sin ella ¿y tú? —Spottiswood tenía cogida la mano de su hermana.
—¿Qué tal en París? —Ramelle se apoyó en la mesa.
—¡París! —dijo con un marcado deje cantarín—. París pide a gritos vuestra presencia. Lo que necesita la ciudad más bonita del mundo son las mujeres más bonitas del mundo.
—Sigue por ese camino —se rió Ramelle.
—¿Cómo podría deciros lo contento que estoy de volver a veros? —dijo con voz suave.
—Nosotras estamos encantadas de verte a ti. Creía que vendrías mañana.
—Ese era el plan, pero decidí acortar mi visita de rigor a Carlotta cuando empezó a insinuarme que el cielo me haría sentir su cólera si no renunciaba a mi nombramiento de oficial en el ejército de los Estados Unidos.
Celeste dio una palmada.
—Que tú y yo hayamos podido compartir el vientre de Charlotte Spottiswood Chalfonte está más allá de los límites de mi comprensión.
—¿Has pensado en la posibilidad de que el mayor T. Pritchard Chalfonte no fuera el padre de los cinco?
Cora entró en el comedor y mientras servía más café se sumó alegremente a la conversación: —El mayor Tom fue el padre de todos. Sólo hay que verles; son iguales.
—¡Que yo me parezco a la Sermonetta! —Celeste estaba indignada.
—Tiene la misma frente, la misma barbilla y los mismos pómulos. Ella tiene el pelo castaño y usted, negro — sentenció Cora.
—Cora ¡vaya comparación más desagradable! —bromeó Spotty.
—Claro que la corona de espinas la ha estropeado mucho. Parece más vieja que Dios. —Cora se rió entre dientes.
Ramelle abrió los ojos como platos y a Celeste se le iluminó la cara. Carlotta era un verdadero martirio. Sus sermones por teléfono sobre el gozo de la penitencia se habían multiplicado en el último mes. Stirling, el mayor de los Chalfonte, era sometido a la misma sesión diaria que Celeste, y siempre en la oficina, donde todavía conseguía irritarlo más. A Curtis, el pequeño de los Chalfonte, que vivía en California, le sometía por correo a la ingrata tarea de desentrañar disquisiciones sobre santo Tomas de Aquino.
—Cora, a lo mejor debería obsequiar a Carlotta con tortitas de miel en forma de cruz —rió Spotts.
—Louise podría dárselas a la hora de la misa matinal —añadió Ramelle.
—Si no se las comía antes —respondió Cora, que ya se iba hacia la cocina.
—Wheezie lleva ya casi un año en las garras de nuestra hermana. Y en septiembre vuelve, espero que contenta —suspiró Celeste.
—¿La podríais convencer para que tocara antes de que vuelva a Washington?
—Seguro, pero te quedarás unos días ¿no?
—Sí, pero pocos; tengo que estar de vuelta antes de cuatro días. El ejército me necesita para jugar un partido de polo. —Spotts jugueteaba con la cucharilla de café.
—¿Un partido de polo? —se extrañó Ramelle.
—Ser un Chalfonte comporta ciertas obligaciones, mi querida miss Bowman. El ejército explota desvergonzadamente mi posición social. Pero a mí tampoco me gustaría disparar a nadie, a no ser, quizás, a Brutus Rife.
—No faltaría quien le ayudara —intervino Cora, que había vuelto con más dulces.
—Todo Runnymede. —Celeste untaba de mantequilla un panecillo—. ¿Qué te ha hecho pensar en Brutus?
—Ya sabes que viaja a Washington con bastante frecuencia.
—No, la verdad es que no lo sabía. Intento prestar la mínima atención a esa víbora.
—Es un insulto para las víboras que las compares con él —continuó Spotts—. Al menos las víboras no compran congresistas como si fueran cacahuetes en un puesto de feria.
—Con la administración que tenemos, la compraventa del congreso no me parece algo demasiado sorprendente.
—Brutus es capaz de sorprender al más degradado —dijo Spotts a su hermana—. Me es casi imposible deshacerme de él, porque zumba en torno al ejército como un enamorado enfebrecido, voceando como un vendedor ambulante sus mejoras para la artillería. No me extrañaría que nos vendiera granadas vacías.
—Es un ladrón, de acuerdo, pero no parece mentir respecto a los avances de las nuevas municiones —comentó Ramelle para sorpresa de todos.
—¿Qué te hace pensar eso? —Celeste dejó el cuchillo en el plato.
—Lo que oigo por ahí —replicó Ramelle en tono despreocupado.
—¿Te refieres a la histeria que promueve con sus cuentos de una nueva guerra en Europa? —preguntó Spotts—. Va pronosticando la catástrofe por todo Washington, al tiempo que apela al nacionalismo militar, que es lo que en cualquier caso puede provocarla.
—¿Crees que habrá otra guerra? ¿Se habla de eso en Francia?
—Mi estancia ha sido muy breve y apenas he hablado de ese tema con nuestros amigos, que se han mostrado más interesados en los distintos brindis, pero todos los países se están armando, y en serio.
Celeste y Ramelle se quedaron unos instantes en silencio, pero no tardaron en olvidar tan negros pensamientos.
—Vi a Grace Pettibone, esplendorosa. Ella y Sigourny encabezan el grupo de los bohemios.
—Sigourny Romaine, esa maldita cotorra con pose de novelista. El arte de la traición es más importante que la gramática en el oficio de escritor —suspiró Celeste. Spottiswood se quedó mirando al vacío durante un largo instante y luego preguntó, como si hablara desde otra habitación:
—¿Se llegó a probar que Cassius Rife matara al padre de Cora?
Celeste parpadeó. —¿Qué te ha hecho pensar en eso?
—No sé. De verdad que no lo sé.
—¿Cuándo ocurrió eso? —Ramelle se interesó de inmediato.
—En 1892 —respondió Spotts.
Demasiadas cosas en Runnymede se daban por supuestas. Los nacimientos, las muertes, los amores y los odios se entretejían en la vida de la ciudad como la hiedra en torno a un árbol. Separar la hiedra del tronco o distinguir unas hojas de las otras requería una buena dosis de atención.
—Hans Zepp, el padre de Cora —continuó Spotts—, se opuso a numerosas operaciones comerciales de Cassius Rife.
Murió una noche de tormenta en un accidente de carro, en la curva del Muerto, a unos dos kilómetros de la fábrica de municiones. Todavía hoy no se ha sabido por qué estaba allí, porque no tenía nada que hacer en la fábrica.
—No se pudo probar que fuera Cassius Rife quien le mató —prosiguió Celeste—, pero casi todos en la ciudad creyeron, y todavía creen, que Hans murió asesinado. En aquel tiempo Brutus tenía veinte años y la creencia general es que Cassius encargó el asesinato a su propio hijo.
—¡Dios mío! ¡Es espeluznante! —se estremeció Ramelle—. Nunca he oído a Cora hablar de eso.
—Ya conoces la filosofía de Cora: hablar de viejos problemas sólo sirve para que surjan otros nuevos. —Celeste sonrió tristemente.


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4 de julio de 1912

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:42 am

—Todos acuden al Cuatro de Julio: jóvenes y viejos, ricos y pobres, negros y blancos, borrachos y sobrios — canturreó Spottiswood mirando cómo las mujeres se daban los últimos retoques delante del espejo de la entrada.
—¿Un Cuatro de Julio que no acabe en desastre? ¿Será eso posible? —Celeste se prendió un alfiler con la leyenda «Voto para la mujer».
—Hace un día precioso. Por lo menos no caerá una granizada —dijo Spotts mirando por la ventana.
—¿Quién va al frente del desfile este año, el Norte o el Sur? —Ramelle intentaba centrarse el sombrero.
—Es un año impar, así que abrirán la marcha Increase Martin y su vieja Dixie, con las bombas bien rutilantes.
—Spotts, eufórico viendo el sol que hacía, no pudo permanecer sentado un minuto más—. Os espero en la puerta de la talle.
—Bien. —Celeste se miró recelosa el alfiler, que volvía a inclinarse hacia la derecha y eso que ya lo había enderezado tres veces.
—A lo mejor vuelven a armarla los veteranos. Nunca me olvidaré de aquel año que el capitán Tibbet se quitó la pierna de madera y sacudió a Keeper Baines.
—Te perdiste el enfrentamiento a sablazos de 1901, todo un espectáculo en Runnymede. Los bomberos del Sur consiguieron detenerlos pero no pudieron impedir que a Diller Beard le manara una fuente de sangre de la nalga izquierda. —Celeste se reía a carcajada limpia.
—Algo tiene que ir mal, pero ¿qué?
—Yo digo que Caesura Frothingham, al frente de las Hijas de la Confederación, acelera más de la cuenta al dar la vuelta a la plaza y se choca con Minta Mae Dexter, en la retaguardia de las Hermanas de Gettysburg.
Celeste saboreaba la visión de las dos matronas de abundante pecho peleando delante de todo el pueblo, y Fannie Jump Creighton, la segunda en el mando tras Caesura, intentando poner paz.
—Yo apostaría por Yashew Gregorivitch si no fuera porque este año le han echado de las carrozas —pensó Ramelle en voz alta.
—No me extraña después del escándalo del año pasado.
—No volveremos a ver algo igual.
—La Sociedad Benéfica Dorcas todavía no se habla con su madre y la Sermonetta oró en público pidiendo su perdón, no fuera a ser que el Señor le castigara con la muerte por representar al buen Jesús en la cruz.
—Verle allí colgado de la cruz con pintura en las manos y los pies tenía un pase, pero los alaridos eran insoportables.
—A mí lo que me gustó fue el detalle del número de la carroza que llevaba a la espalda.
—Celeste, qué mala eres.
—Mira, en eso estáis de acuerdo la Sermonetta y tú.
—¿Participa en el desfile de este año?
—¿Mi hermana, desperdiciar la oportunidad de pavonearse en público con la Biblia apretada contra el pecho? Seguro que se ha hecho construir una carroza para simular que anda sobre las aguas.
—Entonces, apuesto a que será ella la que dé el espectáculo.
—Ramelle, sólo verla respirar ya es un espectáculo. Ven, el sombrero no te acaba de quedar bien. Deja que te lo ladee un poco. Así está mejor. No creo que nadie atienda al desfile, porque no te van a quitar la mirada de encima.
—Aduladora sin escrúpulos. ¿Estás lista?
—Sí.
Las dos bellezas salieron a disfrutar del luminoso día de julio. Spotts, impecable en su uniforme de capitán, se apresuró a su encuentro y cada una se le cogió de un brazo. Paseando hacia la plaza vieron las bandas, los políticos y varias sociedades y clubes que esperaban su turno a todo lo largo de la calle Hanover. Los niños de las carrozas estaban rojos de excitación.
Cora se había colocado en una esquina de la plaza, desde donde tendría una buena vista cuando Louise y Julia se acercaran por la calle Hanover y dieran la vuelta a la plaza.
Louise había merecido el singular honor de representar a la Estatua de la Libertad en la carroza anual de «La Libertad iluminando al Mundo». Unos años antes, Delphine Bickerstaff había disfrutado del mismo honor y ahora era una actriz de Broadway. Louise, a sus once años, estaba convencida de que aquella era la oportunidad de su vida. Julia Ellen se había tenido que conformar con ser un remolcador del puerto de Nueva York. Orrie Tadia se abrió paso hasta Cora.
—Señora Hunsenmeir ¿ya se acercan?
—No, Orrie, todavía no.
Cora divisó un enorme sombrero blanco del que sobresalía una abundante melena dorada. Celeste, con un vestido color albaricoque que resaltaba su cintura de avispa, había prescindido del sombrero y dejaba que su pelo negro brillara bajo el intenso sol. Spotts, en medio, estaba sencillamente elegantísimo.
Ramelle la saludó con la sombrilla, Celeste agitó la mano y Spotts gritó:
—¡Feliz Cuatro de Julio!
Un rápido redoble de tambor y el toque de una trompeta captaron la atención de la multitud. Procedente de algunas bocacalles más allá, se oyó el cloc-cloc de los caballos e inmediatamente a todo el mundo se le puso la carne de gallina. Por la esquina apareció Increase Martin conduciendo un reluciente coche de bomberos, la vieja Dixie, del que tiraban al unísono unos enormes caballos negros a los que para la ocasión se les habían trenzado las crines y las colas con cintas grises y doradas. La gigantesca bomba de incendios se deslizaba suavemente tras los magníficos animales. Unos metros detrás de la vieja Dixie, Lawrence Villcher conducía cuatro tordos con las crines y las colas entretejidas con cordones azules y dorados. Los bomberos de Runnymede Norte presumían de su bomba de incendios blanca. Increase y sus muchachos se burlaban diciendo que tenía la misma potencia que un saltamontes orinando. En un día como aquel, sin embargo, las rivalidades se desvanecían.
La primera banda entró en escena. Los uniformes nuevos eran tan chillones como la música: de color rojo cresta de gallo, con profusos galones dorados por todo el cuerpo. Tras la primera banda marchaban los veteranos yanquis. Los que no podían andar iban en sillas de ruedas de mimbre. Theodore Baumeister, el oficial de mayor rango todavía vivo, iba en cabeza. Aunque más de una panza ya no podía contenerse en la chaqueta azul, mantenían la formación en buen orden. Tras ellos, las mujeres de la banda de las Postulantes de la Rama de Olivo, exclusivamente femenina, agitaban las panderetas. Con sus destellantes tubas y trompetas, aquel año las muchachas interpretaban un balanceando los instrumentos al ritmo de la música. La gente aplaudía y las vitoreaba. El Cuatro de Julio empezaba con buen pie. Tras la Rama de Olivo desfilaban los hombres de uniforme gris. Los oficiales, siempre atentos a despertar la admiración femenina por mucho que en su mayoría ya no estuvieran en edad de disfrutar de los resultados, se habían puesto sus capas y habían adornado los sombreros color crema con plumas de avestruz. Los hombres que desfilaban a pie marcaban el paso con donaire. Como siempre, las mujeres suspiraron y, como siempre, Theodore Baumeister y sus hombres se amoscaron viendo cómo aquellos condenados rebeldes se las daban de caballeros. Se giró hacia su sofocada tropa y gritó:
—¡Dejad que las mujeres se desmayen! Recordad que fuimos nosotros quienes ganamos la maldita guerra.
—¿Crees que pueda repetirse la guerra? —susurró Ramelle a Celeste.
—Qué aburrido. Espero que no.
Theodore se tranquilizó. Uno de los caballos de la vieja Dixie reculaba asustado por un petardo que había explotado cerca de él. Orrie cogió la mano de Cora.
—No veo a Louise y a Juts por ningún sitio. A lo mejor no han salido.
—Para el carro. Las carrozas desfilan entre la tercera y la cuarta banda.
—Esta mañana, Wheezie y Juts se han peleado como dos gallinas cluecas —se chivó Orrie—. A lo mejor Louise ha reliado a Juts de la carroza.
—¡Jesús! Esas dos no saben hacer más que pelearse.
En ese momento doblaba la esquina la banda irlandesa. Apenas se les oía con los gritos que Caesura Frothingham dirigía a sus Hijas de la Confederación.
—¡Ep, uno, ep, dos, ep, tres, ep, cuatro!
Todas las Hijas llevaban una amplia cinta que les cruzaba el pecho desde el hombro derecho hasta la cadera izquierda. Minta Mae, que marchaba frente a Caesura en el último puesto de las Hermanas de Gettysburg, cambiaba continuamente el paso en un intento de hacer perder el ritmo a Pulmones de Cuero. Cuando la banda irlandesa se acercó, empezó a verse la primera carroza, Municiones y Conservas Rife. Aquel año la imaginación de Rife no había dado más
que para un enorme cañón lleno de latas de guisantes. Cora y Orrie divisaron la nuca de Louise, con sus brillantes púas plateadas. Julia Ellen y tres niñas más se movían arriba y abajo entre delgadas olas de madera. Una gran chimenea con dos pequeños agujeros les cubría la cabeza y el cuerpo hasta la cintura, desde donde se extendía la cubierta del barco, hecha con una rejilla metálica y forrada de tela. El remolcador de Julia lucía el nombre de Cora pintado en la proa. Julia empezaba a aburrirse de tanto pasear arriba y abajo por la corta longitud de la carroza, entre las dos olas de madera que delimitaban su camino. Louise estaba en plena gloria, con la antorcha en alto y la tablilla bien cogida, la viva imagen de la estatua. La vieja muía que tiraba de la escena patriótica avanzaba a paso cansino pero regular.
Louise mantenía la mirada al frente, sin girarse a derecha ni a izquierda. Cora y Orrie aplaudieron, admiradas por tan noble porte e incluso Celeste se fijó en ella desde su palco preferente. Idabelle McGrail iba delante de la carroza interpretando «La bella América» en su acordeón. Para la gran ocasión, llevaba los calcetines a juego. El calor y los aplausos afectaron a Julia. Mientras corría arriba y abajo lanzando tut-tuts a pleno pulmón decidió que aquéllos eran el momento y el lugar perfectos para vengarse de Louise y, abriéndose paso entre las revueltas aguas, le dio un empujoncito. Wheezie hizo como que no lo notaba. Juts dio la vuelta, avivó el fuego de las calderas y dio un empellón a la base de la estatua.
—¡Estate quieta! —la reconvino Louise sin mover los labios.
—¡Tuut! ¡Tuut!
Julia Ellen ya navegaba en dirección al otro extremo de la carroza, pero en el viaje de vuelta le dio una buena sacudida al símbolo de la libertad.
—¡Caracagá! —soltó Louise.
—Mamá, la Estatua de la Libertad ha dicho una palabra fea —le hizo notar un niño a su madre.
Otros que no eran el niño empezaron a notar que algo iba mal en el puerto de Nueva York. La Libertad empezó a balancearse con rítmica regularidad. Cora no pudo seguir haciendo caso omiso como le habría gustado y se abrió paso entre la muchedumbre hasta llegar a la calzada. Se acercó a la carroza e hizo bocina con las manos.
—¿Qué estáis haciendo, vosotras dos?
—Mamá, es Juts.
—¡Tut! ¡Tut! —Julia giró y cogió carrerilla para la siguiente embestida.
La mula se puso nerviosa con el alboroto y empezó a ir más deprisa. Idabelle intentó apretar el paso pero no estaba hecha para la velocidad; de todos modos, consiguió tocar «La bella América» más rápido de lo que nunca nadie la había oído. Cora y Orrie tuvieron que echar a correr para no perder carroza.
—Ramelle. —Celeste le tocó el codo.— La Libertad Iluminando al Mundo.
Julia Ellen dio un bandazo hacia adelante, esta vez no tanto por venganza como porque perdió el equilibrio. ¡Bum! La Estatua de la Libertad se cayó de culo.
—¡Burra, idiota, te voy a matar, Julia Ellen Hunsenmeir!
Louise esgrimió la tablilla y ¡plaf! aplastó la chimenea de Juts dejándosela toda arrugada alrededor de las orejas. Juts no podía ver nada. Con el tumulto, la antorcha, luz del pueblo, voló hasta el decorado de papel y la carroza empezó a arder.
—¡América se incendia! —gritó un hombre.
—¡Quizás! —replicó fríamente Celeste.
—No sé qué pasará con América, pero a Louise Hunsenmeir sí que le sale humo —comentó Ramelle.
Juts, que no veía ni torta, gateó a tientas entre las olas de madera y saltó por el borde de la carroza, seguida de cerca por el resto de remolcadores, deshechos en lágrimas. Echó a correr entre la multitud, empujando a todo el que se le ponía delante y dejando un reguero de desconcierto a su paso.
—¡Orrie, coge a ese demonio! —gritó Cora.
Orrie salió disparada en la otra dirección, decidida a no verse implicada en la debacle. Juts, un poco más calmada, seguía abriéndose camino entre la gente, embistiendo con la proa por delante.
Al olor del humo, la muía salió disparada sin previo aviso. Louise, todavía sentada, se cayó por el lado como una pera madura. Con todas las púas dobladas alrededor de la cabeza, sus berridos se oían por encima de la música de la banda. Cora corrió a recogerla todo lo deprisa que le permitieron los zapatos de fiesta.
Lawrence Villcher, de pie sobre la bomba de incendios blanca, entrevió las llamas.
—¡Dad la vuelta, muchachos! ¡Fuego en una carroza!
Dispuesto a no quedarse atrás, Increase hizo girar a los caballos y la vieja Dixie salió a la carrera detrás de Villcher. La banda irlandesa, cogida entre dos fuegos, saltó hacia las aceras y los instrumentos que dejaron esparcidos por la carretera quedaron chafados al paso de los coches. El agua apagó el fuego y paró a la muía. El tremendo chorro de agua había dejado al aterrorizado animal sin una sola garrapata. Cora tenía a Louise bien cogida de la mano cuando llegó Celeste, que todavía seguía riéndose, a ofrecer su ayuda.
—Cora ¿cuál de las dos ha montado este folión? —preguntó Increase a grito pelado.
—Seis de una y media docena de la otra —fue la respuesta.
La otra estaba siendo remolcaba hacia allí por un hombre grueso y fornido, con un impactante mostacho engominado, que se la entregó a Cora diciendo:
—Creo que este barquito naufragado es suyo.
—Julia Ellen, chiquilla ¿qué te ha dado? —Increase no podía creérselo.
—¡Tut! ¡Tut!
—Juts, quítate ese maldito trasto de la cabeza y contesta —la regañó Cora sacudiendo la penosa chimenea.
Juts se deshizo como pudo del cilindro de papel.
—¿Y bien? —la instó Cora.
—Ha sido culpa de Louise.
—¡Mentira cochina!
Louise se abalanzó sobre la toldilla pero erró el tiro. Cora cogió una oreja de cada una.
—Un poco de calma, señoritas. Ya he tenido bastante. Por lo que puedo ver, las dos habéis tomado parte. Pedid perdón al jefe Martin y al jefe Villcher.
—Lo siento —susurró Juts.
—Le pido perdón por mí y por la traidora de mi hermana
—condescendió Wheezie.
— Louise. —Cora le pellizcó la oreja y luego las soltó a las dos — Os quedáis aquí las dos hasta que recojáis todo esto ¿me oís? Cuando hayáis acabado, estaré en el pabellón.
En cuanto les dio la espalda, Louise se tiró a la garganta se Julia. Una mano la cogió por el vestido y la suspendió en el aire.
— Louise, la venganza es un plato que sabe mejor frío.
Ceteste la volvió a dejar en el suelo y Louise tuvo tiempo de pensar en el significado de sus palabras mientras recogía olas de madera rotas, la tablilla partida y varias trompetas aplastadas.
El rescatador de Juts se había quedado a un lado, pero cuando Cora echó a andar hacia el pabellón, se quitó la gorra y se puso a su lado. Cora se volvió hacia él.
—Le agradezco que me haya traído a la niña. Antes estaba tan nerviosa que he olvidado mis modales.
—Me he divertido. No tengo la oportunidad de perseguir a un remolcador todos los días. —Se rió y extendió la mano.
— Me llamo Aimes Rankin.
—Cora Hunsenmeir.
—¿Me deja acompañarla al pabellón?
—Con mucho gusto.


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13 de septiembre de 1914

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:43 am

Ev Most, con su cabeza cubierta de rizitos castaños y sus ojos vivarachos, miraba a uno y otro lado de la calle. Julia Ellen también tenía un brillo travieso en la mirada. Nada más verlas, era indudable que no estaban haciendo nada bueno.
Juts llevaba el Runnymede Clarion a casa de Celeste Chalfonte. «La línea alemana se retira y es perseguida de cerca» anunciaba el titular. «Muerto el supuesto hijo del Káiser, el príncipe Eitel Friedrich» habían escrito con letras pequeñas bajo la historia de un aviador francés protagonista de heroicas hazañas en Troyes. Pero a Juts no le interesaba la primerapágina; lo que intentaba era averiguar qué película daban eH el cine sin arrugar el periódico de Celeste.
Era domingo y Celeste había solicitado los servicios tic Louise, que tocaba «A la luz plateada de la luna» mientras Celeste, Ramelle, Fairy Thatcher y Fannie Jump Creighton languidecían de aburrimiento. Los dos gatos persas de Celeste. Madame de Staël y Madame Récamier, se desperezaban bajo el piano disfrutando de las vibraciones. Cora y Aimes estaban en su casa de Bumblebee Hill, ocupándose del huerto. Aimes hacía ya dos años que vivía allí.
—Louise ¡qué bonito! —la alabó Ramelle.
—Aquí tiene el diario, miss Chalfonte. —Juts y Ev irrumpieron por la puerta.
—Gracias, Julia Ellen. —Celeste desdobló el diario y leyó el titular. —Según dice aquí, los alemanes caerán de un momento a otro.
—Eso no es lo que decía el Runnymede Trumpet— intervino Fannie.
—Ya lo sé. Por eso he mandado a Julia Ellen y a Ev al otro lado de la plaza para que me trajeran el Clarion.
—Ojalá que Grace Pettibone y la mitad de nuestros amigos no estuvieran en Francia —suspiró Fairy.
—¿Qué dice Spotty? —Ramelle se apartó un mechón de pelo.
—Sí, ¿qué dice tu hermano de todo esto? Él es militar. —Fannie tenía la voz rasposa de tanta ginebra.
—Spotty confía en que no sucumbamos al torbellino.
Dice que apenas tenemos doscientos mil hombres armados.
—¿Por qué hacen guerras? —preguntó Juts con sus ingenuos nueve años.
Ramelle advirtió que las otras mujeres dudaban y lo intentó.
—¿Alguna vez has visto a dos chicos en la escuela pelearse por unas canicas?
—El viernes Juts le dio un puñetazo en la cara a Rupert Speicher por una de cristal. Me lo contó Orrie —se apresuró a decir Louise.
—Cállate, Wheeze. —Juts se ruborizó.
—Julia Ellen ¿es que no sabes comportarte como una señorita? —Louise habló con el empaque de sus trece años, reforzados por sus largos y femeninos rizos. Entonces ya sabes de qué van las guerras —concluyó Ramelle.
—Sólo que a mayor escala —añadió Fairy pensativa.
—Siento un poco de miedo —dijo Fannie.
—¿Y eso? —La voz de Celeste se había endurecido.
—Pensaba que desde la revolución francesa todos nos habíamos acostumbrado al terror.
Louise atacó «En aquel hermoso verano».
—Encantador, Louise —le dijo Fannie—. Eso es, olvidémonos de tanta guerra. Al fin y al cabo, nos separa un océano. Celeste, tomaría unas gotas de magnolia.
—¿Alcohol en el día del señor? —se burló Celeste.
—¿La comunión es vino, no? —insistió Fannie.
Louise dejó de tocar y puso cara solemne.
—La comunión es un sacramento, señora Creighton. Eso es lo que dice la señora Van Dusen. Tomad y comed, éste es mi cuerpo...
—Gracias, Louise —la interrumpió Celeste—, pero no me apetece hablar de canibalismo con el día tan radiante que /hace.
Ramelle regresó de la despensa con una bandeja. Fannie se incorporó de un salto y se sirvió una copa antes de que Ramelle pudiera dejar la botella en la mesa.
—Ah, así estaría dispuesta a enfrentarme al diablo alemán.
—No puede ser peor que Creighton —no pudo por menos que replicar Celeste.
—Miss Chalfonte ¿me da permiso para irme? Orrie y yo tenemos un compromiso social —se excusó Louise.
—Compromiso social ¡ja! Os vais a rizar el pelo con las tenacillas de Orrie. —Juts no podía creer que su hermana quisiera freírse la melena.
—Por lo menos yo no salgo a la calle hecha una loca.
—Yo me peino. —Juts arrugó la nariz en señal de desprecio.
—Sí, debe de ser con la horca de la paja.
—¡Vosotras dos! —Ramelle suspiró.— Puedes irte, preciosa, y muchas gracias por el concierto.
Louise se fue corriendo y Juts y Ev se quedaron mirando los vasos.
—Señora Creighton ¿puedo tomar un sorbo? —pidió Ev con las manos detrás de la espalda.
—Pues...
—Algún día tendrá que aprender.
—En eso tienes razón. —Fannie frunció el ceño. — Ven, Ev, un sorbito. Muy poco a poco.
—Oh, es amargo —dijo Ev con cara de asco.
—Yo también quiero. —Juts le cogió el vaso y antes de que nadie pudiera pararla lo vació de un trago.
—¡Ecs!
—Corre, niña, bebe un poco de agua. —Ramelle le acercó un vaso.— ¿Se te pasa un poco?
Ev, que no estaba dispuesta a que Juts la superara en atrevimiento, cogió el bonito irasco de cristal y le dio un buen tiento. Los ojos se le llenaron de lágrimas pero se
aguantó la tos. Juts le arrebató el irasco pero antes de que pudiera emular la heroicidad de su amiga, Celeste se lo quitó de las manos.
—Señoritas.
—Las niñas han tenido una buena idea, Celeste. Pongámonos a gusto —propuso Fannie.
—¿En domingo? —Fairy no podía creérselo.
—Fannie, mi aliada contra la normalidad, una mujer deliberadamente excéntrica. —Celeste se sirvió una copa y brindó por Fannie, que la miraba con una sonrisa radiante.
Juts y Ev se sentaron a esperar que se calmara la quemazón que sentían en la garganta y las cuatro mujeres vaciaron sus copas por dos veces en una rápida sucesión de brindis.
—Chicas, lo tengo. —Fannie tenía los ojos brillantes.
—¡Ve a contárselo al médico! —Celeste sonrió maliciosa.
—¡No seas así, Celeste! —Fannie puso cara de indignada, cogió aire y se colocó delante de sus compañeras en actitud de oradora. —Una tarde de domingo perfecta.
Escuchadme. Cogemos el coche y nos vamos al campo. Esos campesinos tienen verdaderas fortunas en antigüedades arrinconadas en sus casas. Ni siquiera saben lo que valen esos avíos. Nos presentamos allí y les decimos que somos misioneras. Fisgoneamos en sus casas y les pedimos que donen esa rueca para la misión o ese mosquete para aliviar las penas de los menos afortunados. ¡Fácil!
—Fannie, eso se llama expoliar. —Fairy se sirvió otro trago.
—Me acojo a la presunción de inocencia. —Fannie hizo un grandilocuente floreo con la copa.
—No hay excusa que valga —se rió Ramelle.
—Ya me entendéis —insistió Fannie—. Si no conocen el valor de esos trastos ¿por qué no limpiarles la casa?
—¿Seguro que no eres una de los Rife? —le preguntó Celeste.
—Venga, sólo para pasar el rato. Mañana les devolvemos sus tesoros. —Fannie hablaba cada vez más excitada.— Así nos olvidamos de todas esas noticias tristes. Vamos a divertirnos.
—¿Por qué no? —Celeste salió de la habitación con sus garbosos andares.
—¿Y ahora adonde va? —se extrañó Fannie.
Unos minutos más tarde, su pregunta era satisfecha por el pitido de un claxon. Celeste las esperaba sentada en su elegante Hispano-Suiza. Las mujeres se precipitaron hacia la puerta, con Juts y Ev detrás.
— ¿Podemos ir? ¿Podemos ir? Por favor, miss Chalfonte.
Fannie se las quedó mirando con expresión taimada y puso el pie en el estribo, a la manera de los hombres en la barra de la taberna.
—Las niñas nos darán un aire de inocencia.
Ramelle se rió llevándose la mano a la boca mientras Fannie farfullaba. Celeste hizo un gesto a las niñas para que se acercaran.
—¿Prometéis que nunca contaréis a nadie nada de lo que ocurra esta tarde?
—Sí, sí —contestaron.
—De acuerdo, entonces. Subid. Ahora sois hermanas misioneras.
Fannie, siempre atenta a sus necesidades, escondió el frasco de ginebra entre los pliegues del vestido. En cuanto el coche salió al campo y estuvieron a salvo de las miradas de los vecinos, hizo circular su botín. A dos millas por la carretera de Frederick, vieron una encantadora casa de campo.
—¿Lo intentamos en ésa? —preguntó Fannie impaciente.
—No. Es la de Bumba Duckworth. Nos descubriría enseguida —gritó Ramelle girando la cabeza hacia atrás para que Fannie la oyera por encima del rugido del motor y de la nebulosa de ginebra.
Celeste pasó de largo la casa y paró el coche a un lado de la carretera, entre unas matas de madreselva.
—Celeste ¿qué haces? —preguntó Fairy.
—Se me ha ocurrido que es mejor que ensayemos.
—Buena idea. —Fannie estuvo a punto de caerse al bajar del estribo. Ev y Juts corrieron alrededor del coche y se pusieron a coger frutos de madreselva para chuparlos y sacarles el jugo dulce.
—Julia Ellen, Ev, venid aquí. —Celeste las colocó delante de las mujeres.— Bien. Ahora, Fannie, Ramelle y Fairy, bien rectas detrás de ellas. Ponedles la mano en el hombro. Hum. Niñas, juntad las manos. Muy bien. ¿Todas os sabéis «El amor me salvó»?
—Probemos. —Ramelle se estaba divirtiendo con la ridícula escena.
El coro improvisado cantó bastante bien. Celeste se la hizo repetir tres veces.
—Bien. Listo.
Volvieron al coche entre risas. Unas pocas millas más allá aparecieron sus primeras víctimas. Una pareja de viejos dormitaban en el porche de su casa. Celeste aparcó el coche color crema, se arregló el gorro de piloto, carraspeó y susurró:
—¿Preparadas?
Las primeras en bajar fueron Julia Ellen y Ev. Juntaron las manos y esperaron a que les pusieran la mano en el hombro. Celeste se colocó delante y les dio el tono. Empezaron a cantar al unísono en dirección al porche:
—Yo era un vil pecador...
A Julia se le escapaba la risa, pero Fannie lo solucionó dándole un buen pellizco.
—Paz a los hombres de buena voluntad. Somos hermanas misioneras y os traemos la palabra divina. ¿Estáis dispuestos a abrirnos vuestros corazones en el día del Señor? —recitó Celeste con la voz más obsequiosa del mundo en cuanto terminaron el himno.
El hombre miró a su mujer, que reconoció a Celeste al primer golpe de vista.
—Celeste Chalfonte ¿qué se propone?
—No creo tener el placer de conocerla —respondió impávida Celeste.
—¡Diablos, no! —La señora era guerrera.— ¡Es demasiado rica para codearse conmigo!
Juts, todavía con las manos juntas, intentó salvar la situación.
—A mí no me conoce. ¿Puedo entrar en su casa y buscar antigüedades?
Fairy salió huyendo como una liebre hacia el coche. Fannie, desconcertada, gritó:
—Maldita sea, Fairy, no abandones tu puesto.
Ramelle se puso a reír sin disimulo y Celeste la imitó. A la señora no le parecía tan gracioso.
—Hagan el favor de marcharse ahora mismo, todas ustedes. Venir aquí a burlarse de nosotros.
Las hermanas misioneras protagonizaron una retirada muy poco digna. Celeste dio la vuelta con el coche y emprendió el camino de regreso. Fannie apretó el codo de Fairy hasta hacerle daño.
—Fairy, eres una cobarde degenerada. ¿Cómo has podido?
Ramelle, en el asiento de delante, no podía parar de reír. Todo el asunto había sido un completo absurdo, pero a veces es necesario dejar a un lado la rutina de la racionalidad. Juts y Ev empezaron a cantar entre risas «El amor me salvó».
—¿Cómo es que me conocían? —Celeste meditaba sobre el fracaso de la misión.
— ¿Cuánta gente hay en Maryland que tenga un Hispano-Suiza? —dijo Ramelle.
—No había pensado en eso.
—Celeste ¿puedes parar un momento? Tengo que aliviarme. —Fairy se movía inquieta.
Una vez más el coche se detuvo y Fairy salió a inspeccionar el terreno. Junto a la carretera se erguía un gran algarrobo. El resto eran pastos de un verde intenso.
—Ponte detrás del árbol —le dijo Fannie.
Fairy desapareció detrás del árbol pero al momento siguiente salió por el otro lado.
—No puedo.
— ¿No puedes qué? —Celeste la miraba con fijeza.
— ¿No me digas que te has mareado? No aguantas nada —se quejó Fannie.
—No estoy mareada. Sólo que necesito responder a la llamada de la naturaleza.
—Pues hazlo —bramó Fannie.
Fairy Thatcher volvió a esconderse detrás del árbol. Juts y Ev estiraban el cuello intentando verle el trasero. Enseguida salió, visiblemente molesta.
—No puedo.
—¿No puedes qué, Fairy? No tenemos todo el día —protestó Fannie.
—No puedo aliviarme detrás de ese árbol.
— ¿Quieres que avancemos un poco más a ver si encontramos un lugar más apropiado? —le preguntó Ramelle.
—No puedo esperar tanto.
—¿Quieres que haga guardia? —le propuso Fannie saltando fuera del coche.
— ¡No! —Sólo pensar que alguien pudiera verla en esa situación la horrorizaba.
—Por Dios, Fairy, bájate los calzones y... hazlo. — Fannie se puso las manos en las caderas.
—Julia Ellen, ¿puedes vaciar mi bolso en tu falda? —le pidió Fairy, y Julia Ellen se apresuró a hacerlo.
—Fannie, tráeme el bolso, por favor.
—Fairy, no te entiendo. De verdad que no te entiendo. Aquí lo tienes.
Fannie se lo acercó y Fairy desapareció detrás del árbol. Defecó en el bolso, lo cerró y regresó al coche. Celeste arrancó y siguieron camino adelante, disfrutando del sol de septiembre.
—Fairy ¿qué es lo que apesta? —le preguntó Fannie.
—Mi bolso.
— ¿Qué? —gritó Fannie.
—He evacuado en el bolso.
Fairy estaba realmente turbada. Las niñas se pusieron a chillar y Celeste estuvo a punto de parar el coche. Fairy intentó explicarse con un agudo gimoteo.
—No podía hacerlo en el suelo, Fannie. Simplemente, no podía. Es tan grosero.
— ¡Grosero! ¡Grosero! Dios mío, después de aliviarte en el bolso, por lo menos podrías haberlo dejado allí en lugar de hacernos sufrir a todas.
Fairy se echó atrás en el asiento.
—No me ha parecido adecuado dejar un bolso Heno de, bueno, ya sabéis, al lado de la carretera.
—Fairy Thatcher, no estás bien de la cabeza. Dame ese maldito bolso. —Fannie se lanzó a por el bolso. Al arrebatárselo de las manos, notó que el contenido se movía bajo la presión de sus dedos. Asqueada, lo lanzó por la ventanilla.
—Aquí se acaba esta historia.
Humillada, Fairy permaneció en silencio durante el resto del corto viaje, mientras Fannie rezongaba a su lado. Celeste, Ramelle, Julia Ellen y Ev no pararon de reír en todo el camino de regreso a casa.
—Taca taca yogui tonda —gritó Juts al pasar junto a la casa de Idabelle McGrail.
Louise oyó el saludo de su hermana pequeña desde Bumblebee Hill y chilló en respuesta:
—Taca taca.
Cora y Aimes jugaban a las cartas en el porche, a un juego tonto llamado «Oh, demonios». Cora silbó al ver sus cartas.
—Wheezie, Celeste me ha llevado a dar un paseo en su coche.
—La de da —contestó Louise haciendo como que no le importaba.
— ¿Qué te has hecho en el pelo? Parece que se te hayan chamuscado las puntas.
—Se nota que no sabes nada. Los rizos hacen furor.
—¿Qué es lo que hace furor? —Cora sonreía detrás de sus cartas. — ¿Parecer una escarola?
—Mamá.
Louise se dejó caer en los gastados peldaños. Juts se sentó a su lado y se puso a jugar con las puntas rizadas.
—Para.
—Déjame tocarlas.
—Julia, estate quieta.
Aimes canturreaba. Al poco se calló y miró a Cora por encima de sus cartas.
—Esta vez te voy a ganar.
—Que te lo has creído.
Como las niñas habían estado casi todo el día fuera, Cora y Aimes habían disfrutado de un poco de tiempo para ellos. Por las noches acababan tan cansados que apenas tenían fuerzas para hacer el amor. Ese día era excepcional. A Cora le encantaba acostarse con Aimes porque era lento, cuidadoso y sabio. No saltaba encima de ella y luego se daba media vuelta como Hansford. Cuando Aimes hacía el amor era como si quisiera decirle algo con su cuerpo. Cora tenía unos sentimientos parecidos hacia él. Hay cosas que no se pueden decir con palabras pero sí con el cuerpo.
Cora tiró una carta encima de la mesa.
—Te he ganado.
— ¡Puñeta! —suspiró Aimes.
—Te quemaré el pelo a ver si se te caen los tirabuzones.
—Juts no dejaba en paz a Louise.
—Mamá, tengo hambre —dijo Louise sin hacer caso de su hermana.
—Para comer no hace falta esforzarse mucho, pero para cocinar, sí. —Cora recogió las cartas.
—Hace demasiado calor para cocinar —contestó Louise eludiendo el tema.
—Vete dentro y saca verduras y pan de maíz. Esta noche haremos una cena fría. Juts, ve a ayudarla.
Las dos hermanas entraron en la casa.
—Te crees muy lista, Julia Ellen. Orrie y yo hemos estado horas arreglándonos el pelo y ahora llevo el mismo peinado que Myrtilla Kidd, que va a mi escuela.
— ¿Quién?
—Myrtilla Kidd, de los Kidd de los guantes de cabritilla —anunció Louise con aire de superioridad.
—Es mentira.
—Es verdad —replicó Louise subiendo la voz.
Cora no se levantó de la silla pero las regañó desde fuera.
—Ya está bien de tanto pelearos.
—Como el agua y el aceite. —Aimes sonrió.
—Llevan así desde el día que nació Julia Ellen. —Cora barajaba las cartas.
—Las entretiene. Por mucho que se peleen, la verdad es que no pueden estar la una sin la otra. —Se arrellanó en la silla. — A veces me hacen pensar.
— ¿Qué?
— ¿Qué hace que la gente pierda el norte? Estas dos ahora se pelean por el pelo y al otro lado del océano los hombres mueren por cosas igualmente triviales, según yo lo veo.
— ¿Alguna vez te has sentido tan furioso como para matar a alguien? —Cora sostenía las cartas en la mano pero no las repartió.
—Claro. ¿Tú no?
—Una o dos veces.
— ¿Pero no lo hiciste? —Aimes cruzó las piernas.
—No.
—Yo tampoco. Algo me detuvo.
—Tú y yo no seríamos muy buenos soldados. —Cora le acarició la mano.
—No lo entiendo. Alguien te pone una pistola en la mano, y en las manos de miles de otros compañeros, y te dice que tu deber es matar a otros hombres a los que les acaban de poner un arma en la mano igual que a ti... No sé qué pensar. Es como si fueran ganado, o cuerpos sin cabeza.
—No por eso dejas de ser responsable. —Cora deslizó una carta hasta la mesa.
—Me parece que si algún día mato a alguien preferiría conocerle, que fuera alguien a quien odiara lo bastante para matarlo.
—No puedo imaginarte haciendo daño a nadie, ni odiando.
—No estoy tan lejos.
— ¿En el trabajo?
—Sí. No me gusta lo que está pasando en la fábrica de municiones. —Aimes hizo una pausa. — Los hombres confían en mí. Podría organizarlos para luchar en un sindicato.
—La gente de los sindicatos sufre mucho.
—Todavía sufren más si no plantan cara.
—Ese Káiser seguro que les dice lo mismo en Alemania.
—Cora empezó a repartir.
Aimes se puso recto en la silla y los ojos le brillaban.
—Cora Hunsenmeir, no te falta razón, pero no es lo mismo, te lo prometo.
—La muerte siempre es muerte. ¿Qué importa la razón?
Aimes se acarició el bigote. Cora le había hecho pensar. Pegaba más fuerte que los compañeros de Baltimore. En aquella ciudad había pronunciado discursos ante las asambleas de trabajadores. A veces los profesores y los estudiantes de Johns Hopkins se colaban a escucharle. Tardaban más en formular sus preguntas que Aimes en hacer todo su alegato.
—Puede que la razón no sea importante para los muertos, pero sí que lo es para los vivos.


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10 de octubre de 1914

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:47 am

Brutus Rife safio de su Gräf und Stift azul marino y se dirigió hacia la sucursal bancaria de Runnymede, en la plaza. A sus cuarenta y dos años, tenía un cuerpo atlético, grandes ojos azules y una cara angelical rematada de rizos dorados.
El color claro del pelo disimulaba las canas. Una cierta dureza en las comisuras de la boquita de cupido era el único indicio de su carácter. Sus tres hermanas, víctimas de la prosperidad, le seguían; una en un Pierce-Arrow, otra en un Packard y otra en un Rolls-Royce, con sendos chóferes. Después de pasar una media hora en el banco, las tres hermanas salieron, seguidas por su hermano, que las acompañó a los respectivos coches. Se dirigía hacia el suyo cuando divisó a Celeste Chalfonte paseando por la plaza. Hacía ya mucho tiempo que se había casado con su antigua compañera de colegio Felicia Scott. Atrás habían quedado los sueños de enlazar a los Rife y a los Chalfonte. «¡Qué gran imperio habría sido!» pensó para sus adentros. Pero aún sentía deseos de cortejarla. El hecho de que viviera con
Ramelle Bowman sólo contribuía a incrementar su ardor.
—¡Miss Chalfonte, qué grato placer! —Se quitó el sombrero con un gesto galante.
—Buenos días, señor Rife.
—¿Se ha enterado de que Antwerp ha caído en poder de los alemanes?
—Sí.
—He hecho frecuentes visitas a Washington. Si finalmente nos vemos envueltos en la guerra, deberíamos disponer de un buen arsenal.
—De Municiones Rife, por supuesto. —Lo miró sin pestañear.
—He visto a Spottiswood con cierta frecuencia. Él, igual que yo, es un ferviente partidario de que nos mantengamos al margen de esta locura europea.
—Spotty ya me contó que se pasa el día zumbando alrededor de los senadores y congresistas.
—¿Aguardan la visita de su hermano en un futuro próximo?
—Esperamos poder verle para el día de Acción de gracias pero es posible que sus obligaciones le retengan.
—Naturalmente. Stirling ha realizado una admirable ampliación del negocio. Me extraña que Spottiswood no participe en la gestión de la compañía.
—La fabricación de zapatos no tiene un gran atractivo para mi hermano pequeño, señor Rife.
Brutus la retenía dándole conversación sólo por el placer de observarla.
—¿Qué noticias tienen de Curtis?
—Curtis está comprando tierras en una pequeña ciudad llamada Los Ángeles. Sus preferencias por California son un misterio para todos nosotros.
—¿Miss Chalfonte, me hará el honor de cenar conmigo un día de éstos?
—¿Con usted?
—Cenar... con Felicia y conmigo —suspiró.
—Brutus, Felicia merece todo mi respeto, pero ya sabe lo que pienso de usted.
—Yo no soy mi padre, Celeste.
—Brutus, es usted un descastado. Poco importa si fue usted o su padre quien puso en práctica políticas deshonrosas durante las desavenencias entre los estados, porque ahora es usted quien continúa con ellas.
—Se deja llevar por los prejuicios. No soy más que un hombre de negocios, igual que su hermano Stirling.
—Stirling no trafica con la Orden de la Camelia Blanca.
—¿De eso me acusa? No puedo controlar a mis empleados. ¿Sabe cuántos hombres trabajan para mí? Además, encuentro bastante extraño que finja indignarse porque lincharan a un puñado de yanquis ahumados.
—La gente de color no ha hecho daño a nadie en esta ciudad. Usted sabrá qué diabólicas razones le llevan a fomentar esa especie de lepra, pero para mí serán siempre incomprensibles.
Hizo ademán de marcharse pero él la cogió del codo para retenerla.
—Celeste.
—No me toque, escorpión.
—Se arrepentirá de haberme insultado.
Brutus arrugó el guante con rabia. Por mucho que le hubiera insultado, la deseaba. El espectáculo de sus amplios hombros, su estrecha cintura y su elegante porte le enardecía. Muchas veces había pensado en forzarla. En los años de juventud la había cogido por los dos brazos y había intentado besarla. Pero no podía violar a una Chalfonte; a otra mujer, quizá sí, pero no a una Chalfonte. Sus hermanos le matarían, aunque para eso, ella sola se valdría. Celeste era una tiradora excelente. Al cuerno con ella.

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22 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:49 am

La puerta trasera se abrió dando paso a Louise, que entró y dejó su bolso blanco en la mesa de la cocina. Juts estaba ocupada glaseando un pastel y no levantó la vista.
—Volvía de la peluquería y he pensado en hacerte una visita.
Juts dejó el cuchillo con cuidado junto al bol del azúcar y se giró.
—Veo que te lo has vuelto a teñir de violeta.
—Por lo menos es todo mío.
—Una vez, solamente una vez, me puse una peluca para ver cómo me quedaba.
—¡Ja! Te la pusiste para taparte la calva.
—Louise, no tengo ninguna calva. Me quemé el cuero cabelludo en aquel maldito local de Toni.
El caniche de Juts, con sus lanas recién cortadas como si fuera un soldado raso, irrumpió en la habitación como un torbellino. Lamió la mano de Juts, dio unas vueltas alrededor de Louise y saltó a su regazo.
—¡Henry Kissinger, cosa bonita! Tu tía Wheeze está muy contenta de verte. Dame un beso, niño malo. Henry Kissinger va y viene y nadie sabe dónde se entretiene. —El perro se meneó cariñosamente en su regazo—. ¿Dónde tenemos a Shakespeare?
—Creo que todavía duerme.
—Vaya malmota.
—Marmota querrás decir.
—¿Mm? Sí, claro. Hoy no me encaja bien la dentadura.
Esa chica duerme demasiado.
Juts daba los últimos toques al pastel.
—Trabaja por la noche. Dice que es a la única hora que disfruta de tranquilidad y silencio.
—Dile que se instale en el cementerio. Es muy silencioso.
—Louise se rió de su propia ocurrencia.
—¿Has almorzado?
—Me he tomado mis dos tazas de café para ir al lavabo. ¿Por qué? ¿Me vas a invitar a pastel?
—Si quieres.
—No. ¿Qué más tienes?
—Nickel está a punto de levantarse. Es más o menos su hora. Había pensado hacer unos huevos escalfados.
—¿Y si haces huevos en tortitas?
—Está bien. ¿Cuántos te comerás?
—Dos. Bien ricos y blanditos para que no me hagan daño los dientes. —Louise le rascó las orejas al perro.— ¿Sabes qué pensaba cuando venía para aquí?
—Sorpréndeme.
—¿Te acuerdas de aquella vez que nos enfadamos tanto, cuando vino a la ciudad el cantante de Baltimore?
—¡Dios, sí! ¡Pues no te vas poco lejos!
—Tú querías venir con Orrie y conmigo, y nosotras no te queríamos llevar.
—¿Y no fue entonces que entré a hurtadillas en la iglesia de Saint Lou y robé obleas de la sacristía?
—Eso hiciste, y se las diste a comer a los pájaros. Yo estaba horrorizada. —Louise se rió.— Pensé que Dios enviaría un rayo para fulminarte en ese mismo instante. Creo que me sentí un poco defraudada de que no lo hiciera.
—Los pájaros también necesitaban el pan de Dios. —Juts calentaba el café con una sonrisa traviesa.
—Pasamos buenos momentos, por lo menos en el recuerdo.
—¿Te acuerdas de lo que decía mamá? «Hay que cargar con lo bueno y con lo malo.» Por lo que sea, es más fácil recordar lo bueno. —Juts abrió la alacena y sacó dos tazas y dos platos decorados con un motivo de cerezas.
—Ya no nos divertimos como entonces.
Henry Kissinger saltó al suelo.
—Habla por ti —replicó Juts.
—Tú tienes a Nickel y eso lo cambia todo. Incluso cuando se porta mal es graciosa. Siempre se ha dado buena maña para agradar, desde que era un renacuajo. —La voz de Louise adoptó su habitual tono de pobre-de-mí.— Desde que perdí a Pearlie, después de que Mary se fuera al Cielo en 1955 —suspiró con fuerza—, y luego Maizie en el 78, y... Nunca pensé que viviría para ver morir a mis hijas.
—No empieces otra vez, Louise. Lo único que consigues es ponerte peor. Ven, ponte un poco de crema de leche en el café. Crema de verdad. Pruébala.
Louise, haciendo ostentación de su valentía, se llenó de crema el café y cogió la taza con las dos manos dispuesta a saborear en aquel intenso momento todo el alcance de sus penas.
—Crema. ¿Qué es lo que celebras?
—Adivina. —Juts se afanaba en torno a la cocina, sacando el pan, la mantequilla, una sartén, un cazo y una cesta de grandes huevos rubios.
—¿Qué?
—¡Que estoy viva!
—Oh —suspiró otra vez—, pensaba que sería algo especial.
—Quejas de caballo viejo, Wheezie. No tengo tiempo para esas puñetas.
—Tu sólo has perdido al marido. No es lo mismo que perder a las hijas. ¿Qué más puedo esperar de ti? Nunca podrás entenderme. Y de todas maneras, Nickel no es tuya.
—Y una mierda pa' tu boca —dijo Juts sin ninguna emoción.
Se escucharon pisadas en el cuarto de baño y luego se cerró la puerta. Las hermanas oyeron correr el agua. Juts se animó y puso agua a calentar para el té de Nickel. La niña no soportaba el café. Ahora que su hija ya estaba despierta, encendió la radio y siguió el ritmo de la música. Louise se acercó a comprobar que la puerta del baño estuviera bien cerrada. El ruido de la ducha la convenció de que Nickel no podía oír nada.
—Juts ¿has visto algo de lo que ha hecho desde que está en casa?
—¿Qué quieres decir?
—Ya sabes, lo que ha escrito.
—Yo no fisgoneo sus cosas. Por lo que yo sé, podría estarse toda la noche haciendo garabatos.
—Ve a mirar.
—No.
—Yo voy contigo.
—No está bien —contestó Juts, pero se sentía tentada.
—Está en la ducha. Rápido. Sólo es echar una ojeada.
—Bueno... —Juts se secó las manos con un trapo y luego fue hasta la puerta del cuarto de baño.— ¿Te vas a lavar el pelo, cariño?
—Sí.
—Vale. Te lo pregunto para no prepararte el té demasiado pronto.
—Gracias, mamá.
Julia se acercó a su hermana y las dos se fueron de puntillas hasta el antiguo dormitorio de Nickel, conservado tal como lo había dejado cuando se fue de casa a los diecisiete. Observaron nerviosas el reducido escritorio de madera y Julia empezó a mirar entre los papeles.
—¿Ves algo acerca de mí? —Louise estaba excitada.
—No. Todo lo que leo son cosas de Runnymede.
—Dame eso. —Louise le arrebató los papeles de la mano.Julia Ellen se los volvió a quitar.
—Es mi hija y primero los miro yo.
La puerta del baño se abrió y las dos mujeres mayores se quedaron heladas.
—Mamá, me he olvidado el peine. Mamá ¿dónde estás?
—A... aquí, cariño. Ya voy. —Juts corrió hasta la cómoda, cogió el peine y se apresuró por el pasillo. —Toma.
—Gracias.
La puerta se cerró y Juts volvió al lado de su hermana, que estaba dejándose la vista intentando descifrar la ilegible caligrafía de Nickel.
—¿Cómo puede ser que una escritora haga mala letra? ¿Tú lo entiendes? —Entonces encontró su nombre: «Louise Trumbull; apellido de soltera: Hunsenmeir; nacida el 27 de marzo de 1901».— ¡Aquí pone mi nombre! ¡Aquí pone mi nombre!
—¿Y el mío? —Julia se inclinó por encima del hombro de su hermana.
—Sí. Aquí, al lado del mío. Mira: «Julia Ellen Smith; apellido de soltera: Hunsenmeir; nacida el 6 de marzo de 1905». Tiene que haber algo más.
—Parecen cosas de historia.
—A lo mejor está documentándose. Los escritores hacen eso ¿sabías? Va a escribir sobre nosotras, la muy chivata.
—Louise pronunció la palabra «chivata» sin demasiada rabia. Por mucho que disimulara, se moría de ganas de que escribieran sobre ella.
—Louise, vámonos a la cocina. Va a salir de un momento a otro.
Muy a su pesar, Louise devolvió los papeles al escritorio dejándolos exactamente como los había encontrado. Se acordó incluso de colocar encima la preciada Mont Blanc de Nickel. Luego se escabulleron por el pasillo y volvieron a ocupar sus puestos en la cocina.
—Sabía que pensaba escribir sobre mí.
—No eres la única. —Juts puso mantequilla en la sartén.
—¿Julia?
—¿Qué?
—¿Crees que podrías convencerla para que me quite algunos kilos en el libro?
Tengo que adelgazarme un poco. Juts se puso a reír. Louise también soltó la risa y Henry Kissinger empezó a ladrar.
—¡Vaya juerga que os lleváis! —dije abriendo la puerta— Hola, tía Louise. Buenos días, mamá.
—La bella durmiente —dijo Louise.
—De lo de bella no estoy muy segura.
—Nickel, eres una chica bien bonita. —Mi madre hacía saltar una bolsita de Lipton's en el agua caliente para que se hiciera más rápido.
—Mamá, que ya tengo treinta y cinco años.
—Chica, mujer... ¿qué más da? —Removió la sartén para extender la mantequilla y cogió un huevo.
—Tía Louise, la otra noche hablaste de alguien... Aimes. ¿Quién era, o quién es?
—Nadie que te importe. —Louise tomó un sorbo de café con actitud de determinación inamovible. —Juts, enciende el fuego de la cafetera ¿quieres?
Julia encendió el quemador y bromeó: —No soy tu sirvienta ¿sabías?
—Venga, tía Louise, por favor. Te compraré una reliquia de la verdadera cruz la próxima vez que vaya a Italia.
—Blasfema —dijo Louise sin mucha convicción.
—Si no me lo dices tú, me iré a ver a Orrie Tadia, que todo lo cuenta.
—Eso es verdad —dijo mi madre subrayándolo con la espumadera.
—En eso tienes razón, niña —concedió Louise.
—¿Todavía se tiñe el pelo de color rojo cambio-de-vida? —pregunté.
—¡Ja! —A mi madre le hizo gracia.
—Le gustan las trenzas color castaño. —Wheezie hizo un tibio intento de defender a su vieja amiga.
—¿Qué edad tiene?
—Igual que yo, setenta y nueve —contestó Louise.
—Setenta y nueve, y retrocediendo hacia los doce —rió Julia.
—¿Orrie o yo?
—Tú dirás.
—Mira quién habla. —La perspectiva de un buen combate animaba a la tía Louise, a la que considerarse un modelo literario ya había enardecido.
—Venga, tía Wheezie, dime quién era Aimes. No es justo sacar algo a relucir y luego callarse.
—Pregúntaselo a tu madre.
—¿Mamá?
—Tú has abierto tu bocaza, hermana. Ahora se lo cuentas tú.
Louise buscó a Julia con la vista.
—¿Cómo van esos huevos en tortitas?
—¿Estás haciendo tortitas?
—Ajá —asintió, y le dio la vuelta a una.
—Me encantan. Venga, tía Louise, no cambies de tema.
Una corriente eléctrica se desató bajo los rizos azulados. Louise recuperó el control y empezó su historia en voz baja, con la seguridad de ser el centro de atención. —Aimes Rankin era el novio de nuestra madre. Nunca se casaron. No podían casarse, porque si no, lo habrían hecho. Deja que te explique eso bien: el papeleo fue lo que enmarañó el asunto.
—¿Qué quieres decir?
—Nuestro padre, Hansford Hunsenmeir, se fue cuando Julia era pequeña y nunca más volvimos a verle ni a saber de él. Así que mamá no pudo liberarse de ese desafortunado matrimonio. —Cruzó las manos satisfecha de su elección de las palabras. Al fin y al cabo, ir a la academia Inmaculada no había sido en balde.
—¿Eso es todo lo que os alborotaba?
—Vivir juntos sin la bendición del matrimonio no es algo que pueda tomarse a la ligera, señorita. —Ahí salía la religión antediluviana. — Los jóvenes de hoy os comportáis como conejos. Es vergonzoso, y te lo advierto, el Señor todo lo ve y lo escribe en sus tablas —sentenció Louise al tiempo que iba dando golpes con los nudillos en la mesa.
—Ya están casi listas, Nickel. Pon la mesa.
Me levanté y cogí platos, cubiertos y servilletas.
—A mí no me mires con eso de los conejos.
—Tú eres peor —me acusó Louise—. A ti te gustan los hombres y las mujeres. Ni siquiera tienes la decencia de elegir entre unos y otras.
—¿Qué ocurrió con Aimes?
—Se murió, como todo el mundo. —Mi madre disfruta de lo lindo con los finales de historia.
—Esperad un minuto. ¿Cuándo vivió ese hombre con la abuela?
—Veamos... yo debía de tener unos siete.
—Pensaba que era yo quien contaba esta historia —la interrumpió Louise.
La comida ya estaba en la mesa, y mamá y yo nos sentamos. Mi madre hace los mejores almuerzos del mundo. Louise rompió la yema y continuó: —Aimes vino a vivir con nosotras hacia 1912. Era un organizador sindical, ya sabes. Era poco antes de que los Estados Unidos entraran en la Gran Guerra. Por entonces había todo tipo de actividad sindical.
—¿Qué sabrás tú de actividad sindical? Estabas demasiado ocupada con Los peligros de Paulina—dijo mi madre con la boca llena.
—Julia, yo fui alumna de la academia Inmaculada ¿recuerdas? Allí recibíamos una educación mucho más esmerada que vosotras en la escuela pública. La señora Van Dusen se esforzaba en mantenernos informadas de los acontecimientos del momento: la guerra, la templanza, los sindicatos, los Caballeros de Colón.
—¿Os gustaba Aimes?
—Oh, sí. Era un hombre amable. Creo que me gustaba porque sabía que a nuestra madre le gustaba —dijo Louise.
—Era encantador —añadió Julia—, Hablaba con suavidad; no era nada amigo de peleas. Y creo que quería mucho a nuestra madre.
—¿Cómo era?
—Robusto pero no gordo. —Louise recuperó la palabra.
—No puede decirse que fuera guapo pero en cuanto se ponía a hablar contigo te hacía pensar que sí lo era. Tenía un atractivo especial.
—Recuerdo que llevaba un gran bigote, que hacía cosquillas cuando te daba un beso. —Julia se levantó a coger gelatina de la nevera.
—¿En qué sindicato estaba? Me parece que debía de ser alguien con quien habría tenido algunas cosas en común.
—Con todo ese movimiento de las mujeres que te llevas entre manos, me parece que habríais hecho buenas migas. —Mi madre volvió a sentarse.
—Él organizó la revuelta en Municiones Rife. —Louise intentaba dar a sus palabras el empaque del pasado.
—¿Municiones Rife, en la parte de la ciudad que pertenece a Pennsylvania?
—Sí. En aquellos tiempos, aquí también tuvimos bastante jaleo. Hasta en la fábrica de Celeste hubo activistas sindicales, claro que Stirling, su hermano, se entendió con ellos, sobre todo cuando el negocio de los zapatos empezó a exportar a todo tren durante la guerra.
—¿Cómo sabes todo eso? Yo no sabía nada de la fábrica de zapatos de Celeste. —Julia se sirvió un poco más de café.
—Yo era unos años mayor que tú y prestaba más atención a lo que ocurría.
—Todo lo que recuerdo es ir contigo al cine una vez a la semana, pero no me parece que te interesara la política.
—Tía Louise ¿quién llevaba entonces Municiones Rife?
—Brutus y, antes que él, Cassius, que fue el que la fundó, ésa y la conservera; allí trabajaba Pearlie antes de dedicarse a pintar casas.
—Brutus era hijo del Lucifer —dijo mi madre.
—Ésa es la verdad, Nickel. Cuando lo mirabas... Bueno, la verdad es que parecía una de esas pinturas de Europa, tan rubio y tan guapo. Pericles, ya sabes, Pericles Rife, el que ahora lleva el negocio, se parece a él.
—Ése es el nieto. Cuando Brutus dejó este mundo, sus hijos, Napoleón Bonaparte y Julius Caesar Rife, se ocuparon de la fábrica durante toda la segunda guerra mundial —me aclaró mi madre mientras Louise comía un poco de huevo.
—Parece que nunca lograron superar las clases de latín —dije.
Mi madre se sonrió ante el comentario.
—Pero Julius tuvo dos hijos, además de Julius; Judas, le llamábamos al muy puerco. Robert E. Lee Rife y Ulysses S. Grant Rile, ésos eran los otros dos. Sí, Runnymede tuvo una buena indigestión con eso. ¡Te lo digo yo!
—No quisieron continuar el negocio.
—Robert E. Lee se hizo misionero. Su madre se había convertido en una beata, creo que para compensar los pecados de su marido. Robert nunca volvió. Dicen que se lo comieron los caníbales. Y el otro, Ulysses, se pegó un tiro en Harvard.
—Vivir en pleno paraíso yanqui bien puede incitar al suicidio —intervine.
—La vergüenza, fue la vergüenza. —Louise sacaba su arsenal.— Los pecados de sus padres.
—¿Así que Aimes se enfrentó con Rife?
—Eso hizo —sentenció Louise categórica.
—Ganó. Los sindicatos siguen aquí.
—Él fue quien los puso en marcha, creo —pensó mi madre en voz alta.
—¿Qué fue de él?
—Esa es la parte triste —dijo Louise—. Mira, con tanto hablar se me han enfriado los huevos.

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17 de marzo de 1917

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:49 am

Proyectaban Los peligros de nuestras reporteras. Louise y Juts retenían la respiración encogidas en sus asientos. Diez días antes de cumplir dieciséis años, Louise Hunsenmeir empezó a fijarse en los chicos, e inmediatamente ellos se fijaron en ella. Juts, que acababa de cumplir doce y tenía las manos ocupadas en su bolsa de golosinas, estaba recelosa de tanto emperejilamiento. En una noche fría y lluviosa de marzo a su hermana se le ocurría llevar una sombrilla adornada con volantes. Eso ya era demasiado. Nada menos que Louise, que había jurado que nunca besaría a un chico.
Juts esperaba fervientemente que la película devolviera el juicio a Lou y pudieran dedicarse a otros asuntos más serios, como saquear la despensa de Celeste cuando ni ella ni su madre estaban presentes. Louise retenía la respiración, pero no por la película. Detrás de ella se había sentado Paul Trumbull, Pearlie para los amigos. A sus diecisiete años, Pearlie ya llevaba tres trabajando en la conservera de Rife. Las normas de edad mínima se adaptaban como si fueran de goma en aquel lugar. Pearlie recibía una paga inferior a la de los adultos pero había ahorrado lo suficiente para comprarse unos pantalones elegantes, una camisa almidonada, una chaqueta a medida y un airoso sombrero. Era un joven bajito y moreno, de rostro agradable, que solía pavonearse por la plaza junto con el resto de jóvenes fogosos cuando hacía buen tiempo. Esa noche se había metido en el teatro, tanto para resguardarse de la lluvia como para estremecerse ante las aventuras de las chicas reporteras. Reconoció a Louise y se sentó en la fila de detrás, un asiento más hacia la derecha, para poder estudiar sus rasgos.
—Señorita ¿le importaría quitarse el sombrero? —Pearlie se inclinó hacia adelante para verle mejor la cara.
Con el cuerpo estremecido, Louise respondió en un susurro con su mejor tono de gran dama: —Naturalmente, joven.
—¡Pua! —Juts escupió al suelo una chocolatina pasada.
¡Boom! El teatro se estremeció. Louise dio un buen chillido, pero no fue la única. Un hombre gritó «¡Santo Dios bendito, ayúdanos!», y la gente se precipitó por los pasillos.
—¡Fuego! ¡Fuego! —dio la voz de alarma un hombre al que no veían.
Louise levantó a Juts de un estirón. Pearlie saltó por encima de la hilera de asientos.
—Espere, señorita. No huele a humo y podría hacerse daño en el tumulto.
—Maldita sea, Louise, me has tirado todos los caramelos. ¡Mierda!
—Julia Ellen ¡qué manera de hablar es ésa!
Louise soltó la mano de su hermana pequeña. Había tanta gente corriendo hacia la puerta que algunas personas se cayeron y les pasaron por encima. Juts vio lo que pasaba y se olvidó de sus caramelos. Louise se mareó, en parte por el miedo y en parte porque con las prisas por ayudarla, Pearlie la había cogido de la mano.
—Aquí señorita, siéntese.
—No le haga caso, señor. Está haciendo cuento.
Pearlie dio la espalda a la poco comprensiva Julia Ellen y abanicó a Louise con el programa. A la tenue luz de la sala, pudo distinguir el pronunciado pico que formaba la línea del pelo en su frente y el femenino rostro que lo acompañaba. La turbamulta ya había salido. Rodeó con un brazo la cintura de Louise y la ayudó a avanzar por el pasillo. Aunque ya se había recobrado, Louise no quiso estropear la situación.
—¡La caraba! —Juts les seguía, arrastrando la preciada sombrilla de su hermana.
Ya en el exterior, los tres vieron las impresionantes llamaradas que surgían tras de una de las colinas del lado norte de la ciudad.
—Gracias. Ya me encuentro mucho mejor.
—Por favor, déjeme que la invite a tomar algo caliente. Hattie's está a sólo una manzana.
Hattie's era el almacén de la zona sur, situado junto a la plaza.
—¿A mí también?
—Claro —contestó.
Julia decidió que le gustaba aquel tipo bajito y guapo de cara. Pearlie cogió a Louise poniéndole la mano bajo el codo izquierdo y la condujo por la calle con toda corrección. Atenta a no recuperarse del todo, Louise andaba con toda la lentitud y la elegancia de que era capaz. A su alrededor, todos corrían.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Pearlie gritando a! ver pasar a Theodore Baumeister, que ya había recorrido las pocas manzanas que separaban su apartamento de la barbería.
—¡Municiones Rife ha estallado!
—Mi papá trabaja allí —pió Julia—, No es mi papá de verdad. No sabemos lo que pasó con el de verdad, pero él vive con nosotras y es más papá mío que el mío.
—¡Cállate! —Louise le dio un pellizco.
La llovizna contribuía al espectáculo del cielo teñido de rojo. Celeste y Ramelle se revolcaban en la cama, comportándose como el populacho. La explosión hizo vibrar toda la casa. Celeste, a quien nunca le faltaban las palabras, bromeó:
—Ya sé que la tierra se mueve pero esto es ridículo.
La siguiente detonación las sacó de la cama. La curiosidad fue más fuerte que el deseo. De pie junto a la ventana y temblando de frío por la falta de ropa, Ramelle dijo: —¡Dios mío, parece que toda la collada norte está en llamas!
—¡La guerra! Un atentado como el del año pasado en Nueva Jersey.
—No creo, cariño. Un saboteador no duraría mucho en Runnymede y los alemanes no tienen armas que disparen tan lejos.
—Ramelle, debe de ser Municiones Rife —dijo Celeste subiendo la voz, y empezó a vestirse con las ropas de conducir.
—¿Qué haces?
—Voy a casa de Cora.
—¿Por qué?
—¿No has leído el vespertino?
—¿El artículo sobre la revolución rusa? ¿«El zar abdica»?
- ¿Qué tiene eso que ver con Rife?
—Eso es sólo una parte. ¿No lo has leído entero?
—No, cariño. ¿No sé si te acuerdas de que esta noche ni siquiera nos hemos acabado la cena? —Ramelle sonreía.
—En la columna izquierda del Trumpet había un artículo que anunciaba que Wilson, Gompers y el Consejo de Defensa Nacional iban a intervenir en los enfrentamientos entre los ferrocarriles y las cuatro hermandades, los sindicatos.
—¿Una huelga?
—Es posible. Pero el meollo del asunto es la intervención del gobierno.
—Se están movilizando para la guerra, declarada o no declarada —-dijo Ramelle en voz baja.
—Sí, y los trabajadores de la planta se huelen el desastre. Date prisa, cariño. Aimes puede estar metido en esto. Tengo que ver a Cora.
Bajó los escalones de dos en dos, descolgó el teléfono y llamó al jardinero: —Dennis, por favor, traiga el coche a la puerta.
Luego fue al estudio y cogió la preciosa pistola de gran calibre, de fabricación alemana, que Spotts le había traído de sus vacaciones en Europa. La revisó, comprobó que estaba cargada y a punto, y se ató las correas de la pistolera en torno a la cintura.
Ramelle abrió la puerta. Allí estaba Dennis, sentado en el asiento del conductor con un riñe en las rodillas.
—Gracias, Dennis. —Celeste abrió la puerta del conductor.
—Las acompaño, miss Chalfonte —farfulló Dennis entre la bola de tabaco que mascaba.
—Ni hablar.
—Pueden surgir problemas.
—No tengo tiempo para discutir contigo. Detrás.
Los faros apenas conseguían penetrar la cortina de lluvia. Celeste seguía adelante, indiferente al tiempo y al estado de la carretera. En la parte alta de la colina, las ventanas de Cora filtraban una tenue luz de gas. Las dos mujeres salieron del coche y Dennis se quedó en el asiento trasero, con el riñe sobre las rodillas.
—Cora. —Celeste llamó a la puerta de madera sin pintar.
La puerta se abrió. En el interior, Ida McGrail se retorcía las manos.
—¿Dónde está Aimes? —preguntó Celeste.
—Fuera —contestó Cora. También estaba preocupada, pero viendo que Idabelle rozaba el borde de la histeria, intentaba mantener la calma.
—Mi Rob se ha ido con Aimes a las Municiones. Le pedí que no fuera. Se lo pedí —gimió Ida.
—Señora McGrail ¿le dijo a qué iban? —Celeste no quería presionarla demasiado.
—A ajustar las cuentas. Dijo que Rife estaba comprando a todo el mundo en Washington para detener a los sindicatos. La fábrica es parte de la guerra. Los sindicatos van a ser inconstitucionales. —La pobre mujer tenía los ojos brillantes e inyectados de sangre.
—¿Le dijo qué pensaban hacer?
Cora acudió en ayuda de Idabelle: —Mira por la ventana.
—Me lo temía. —Celeste se metió las manos en los bolsillos.
—¿Quién anda ahí? —se oyó la brusca voz de Dennis.
Ramelle dio un salto y Celeste se escondió detrás de la puerta y empuñó la pistola. Cora cogió a Idabelle por los hombros y la hizo sentar.
—Rob... Rob McGrail.
—¡Robby! ¡Robby!
Idabelle salió corriendo hacia la puerta. Su corpulento hijo se agachó para entrar por la puerta. Estaba empapado, lleno de arañazos de zarzas y sin resuello, pero ileso.
—Está bien, ma. Estoy bien.
—¿Dónde está Aimes? —la tensión se apoderó de Cora.
—No lo sé. Le he perdido de vista cuando nos seguían los guardas de la fábrica.
—¿Dónde le has visto por última vez? —preguntó Celeste.
—Salíamos corriendo de la fábrica. Habíamos decidido separarnos si surgían problemas. Dos son un blanco más fácil. Los guardas nos han oído. Me tropecé con una carretilla. Yo he tirado hacia el sur y él hacia el norte. Disparaban pero con la lluvia no veían mucho más que nosotros. A lo mejor la explosión los ha hecho volver a la planta —aventuró Rob.
—¿Es cierto que Brutus ha traído a unos matones de York para que hagan el trabajo sucio? —preguntó Ramelle.
—Sí. Sabe que un runny nunca dispararía contra los suyos. Bueno, dejando aparte la Guerra Civil
—Rob, será mejor que te vayas de la ciudad por algún tiempo. —Celeste se metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes cuidadosamente doblados. En todas sus chaquetas y abrigos guardaba una pequeña fortuna. Era una de sus excentricidades.
El hombre lo cogió, no sin cierta inseguridad. —Nunca lo habría imaginado de usted.
—Yo tampoco —replicó suavemente. Cora fue hasta los colgadores que había junto a la puerta y se puso el abrigo.
—¿Qué vas a hacer? —Idabelle tenía los ojos como platos.
—Voy a buscar a mi hombre.
—Pero ¿y si vuelve a casa? —preguntó Ida.
—No va a volver a casa.
—¿Cómo lo sabes? —La mujer tenía la cabeza nublada por el terror y el posterior consuelo.
—Han traído a hombres para matarle. —Cora miró a Celeste—. ¿Me acerca hasta allí?
—Sí.
Ramelle, considerando todas las posibilidades, preguntó:
—¿Dónde están las niñas?
—En el teatro.
—Estaría bien que les dejara una nota por si acaso vuelven antes de lo previsto. La ciudad es un hervidero. Puede que vuelvan pronto.
—No sé escribir —la informó Cora.
—Yo se la escribo. —Ramelle encontró un trozo de papel en uno de los libros que Juts había dejado encima de la mesa de la cocina.
—Vamos. —Celeste señaló a todos el camino hacia la puerta.— Ramelle, primero te dejaré en casa.
—Ni lo pienses. Prefiero estar en peligro pero contigo a estar sola sufriendo por ti.
—No quedará sitio en el coche si encontramos a Aimes.
—Eso es una maldita excusa sin sentido, Celeste. ¡No!
—Miss Ramelle, hágame un gran favor —le rogó Cora con un hilo de voz—. Busque a mis niñas y lléveselas a casa.
—Yo... Claro, Cora. No se preocupe.
Celeste dejó a Ramelle junto al teatro. La lluvia rebotaba contra el parabrisas.
—Cora, no podemos ir directamente a la fábrica. Debe de haberse congregado una multitud.
—Miss Chalfonte —intervino Dennis—, puede acercarse por la vieja carretera de Littlestown. Podemos dar la vuelta por la zona norte y llegaremos a una media milla de la planta. Casi nadie usa ya ese camino, aunque, con este tiempo, el coche le quedará hecho una ruina.
—Al demonio con el coche. —Celeste cogió el volante.
—Vamos a la curva del Muerto —dijo Cora en un susurro.
—¿Qué? —A Celeste le pareció que una mano helada le oprimía el pecho.
—La curva del Muerto. Brutus es como un perro cuando esconde sus huesos.
La curva giraba amenazadoramente sobre un acantilado Celeste apagó el motor. Cora corrió entre el torrente de agua hasta el extremo que se abría al vacío.
—¿Ves algo? —Celeste ya estaba detrás de ella.
—No —gritó por encima de la lluvia.
—Cora, habrá logrado escapar. Este lugar es como un imán siniestro para ti. Déjame llevarte a casa.
—Está ahí abajo, Celeste. Lo sé.
Aterida y empapada, Celeste se estremeció, más por la intuición de Cora que por el frío.
—Quédate aquí. Voy a bajar.
—Miss Chalfonte, voy con usted. —Dennis ya había iniciado el lento descenso.
—Les acompaño.
—No, Cora. Te harías daño. No quiero molestarte, pero estás demasiado gruesa. Por favor.
Cora se quedó petrificada junto a! borde, invadida por una gran tristeza, y una terrible pregunta que martilleaba su mente: «¿Cómo podía ocurrir algo así? ¿Cómo podía ser que los asesinos se pasearan impunes entre la gente?» Sabía que estaba allí.
Dando traspiés y resbalones, Celeste descendía por la escarpada pendiente. La lluvia casi la cegaba. La figura de Dennis iba dando bandazos delante de ella. Vio que perdía pie y se agarraba a un arbusto seco. Se agachó y le tendió la mano.
—Venga. —Le ayudó a levantarse—. No me sueltes la mano. Ve tanteando el terreno y yo intentaré sujetarte lo mejor que pueda. —La lluvia le entró en la boca.
No había pensado que tendría que emprender esa triste búsqueda y no había traído la linterna. Ya en el fondo del barranco, rodeados de una maraña de arbustos, no conseguían ver nada.
—Yo voy hacia la izquierda. Tú ve hacia la derecha.
—No, miss Chalfonte. Apenas podemos vernos la mano delante de la cara. Es mejor que vayamos juntos aunque tardemos el doble.
Hundiéndose en el barro hasta los tobillos, recorrieron el terraplén. Ninguno de los dos quería decirlo, pero estaban registrando la zona todo lo lejos que un cuerpo pudiera haber llegado en caso de que lo hubieran tirado desde la curva.
—Veo algo —Dennis tenía la voz tomada.
A unos dos metros, se entreveía una masa oscura tendida en el suelo. Mientras se acercaba a tientas, Celeste notó que el corazón se le aceleraba y tuvo que hacer un esfuerzo por refrenar el deseo casi incontrolable de salir corriendo. Se preguntó si Dennis se sentiría igual.
—Es un hombre —dijo con la voz quebrada.
Celeste se puso a gatas para verle la cara, e inmediatamente se echó atrás presa de la repugnancia.
—Es él. Lo que queda de él.
A pesar de la lluvia y de la oscuridad, había visto que tenía media cara hundida a golpes.
—Dennis, tenemos que subirlo.
—Dios mío, miss Chalfonte, esperemos a que se haga de día. No deje que ella le vea así.
—Conozco a Cora. Si no lo subimos, bajará arrastrándose y se romperá el cuello. Aunque la lleváramos a la fuerza a su casa, volvería andando.
La oían gritarles entre el estrépito de la lluvia pero no podían entender qué decía.
—Si tú lo levantas por debajo del pecho, yo me pondré las piernas al hombro. A lo mejor, así podemos subirlo.
—Probemos. Ya no podemos hacerle ningún daño.
Dennis se agachó y cargó a Aimes sobre los hombros. Celeste se inclinó y le rodeó las caderas con los brazos. Lentamente, se abrieron camino por entre las matas. Tardaron cuarenta y cinco minutos en alcanzar la carretera. Al ver a Aimes, Cora lanzó un agudo grito de angustia infinita y luego quedó en silencio. Celeste y Dennis
acostaron el cuerpo en el asiento trasero y Cora se sentó con la cabeza ensangrentada en el regazo. Durante todo el tortuoso camino de regreso a la casa de Celeste, Cora estuvo secándole con el delantal la cara hundida. Le pasaba la mano por la frente como una madre que mira si su hijo enfermo tiene fiebre. Lo acunó, acarició su cuerpo vapuleado, pero no emitió un solo sonido.
A Celeste le parecía ser una bañera a la que le hubieran quitado el tapón. Temblorosa, vacía, concentró toda su voluntad en llevar a buen puerto a los vivos y a los muertos.

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6 de abril de 1917

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:50 am

Celeste descansaba en un sillón orejero azul. Daba gusto leer la caligrafía grande y clara de Spotty.
Querida Chiribita:
Espero que todos os vayáis recuperando. Perdóname por no haberte escrito desde el funeral pero, como ya debes de haberte imaginado, aquí reina el más absoluto caos. Se espera que se produzca la declaración de guerra esta misma semana. Calculo, dada la habitual lentitud, que me enviarán a Francia hacia junio. Por lo menos, eso es lo que nos dice el coronel Raider. Ya sabrás que a Bunny Cadwalder le mataron tras las líneas alemanas. ¡Qué duro se me hace estar aquí sentado en Washington, entre papeles, gente y chismorreos, mientras la mitad de mis compañeros se han unido a la escuadrilla Lafayette!
El coronel Raider también me ha dicho que Brutus no sólo consiguió el contrato, sino que además le dieron fondos para reparar los daños. Tal como están las cosas, la sola mención de la huelga haría acudir a las tropas federales. Me temo que Aimes Rankin haya muerto en vano. Brutus cada día que pasa adquiere más poder. El acero, los ferrocarriles y las municiones se han aliado como los Tres Mosqueteros. Como soldado tendría que estar por encima de la política; por encima de la política y al margen del tema. Desearía que nuestro padre estuviera vivo. ¿Cómo sería en su tiempo?
¿Qué tejemanejes en el seno del ejército tuvo que pasar por alto por el bien de la Confederación? ¿Qué alianzas entre Richmond y los fabricantes de cañones ofenderían su sentido del honor? Lo peor de todo es que estoy empezando a cuestionarme el honor. Tú y yo fuimos educados en unas creencias, un sentido del deber, de nuestra procedencia y nuestra posición, de responsabilidad para con los demás. Todo eso está tan desfasado respecto a esta sociedad como los dinosaurios respecto a la nuestra.
Perdóname. Hoy tengo el ánimo pesimista. Me siento superado por los acontecimientos y fuera de onda con los que me rodean. Naturalmente, me lo guardo para mí. Tú eres la única persona con la que puedo descargarme. Perdona que me tome la libertad; ya sé que tú también soportas una tristeza enorme. ¿Te acuerdas el último Baile de la Cosecha, cuando tomé demasiado champán y me creí que era el planeta Júpiter? Me río al acordarme, de eso y de Fannie Jump Creighton haciendo de lasciva quiromante improvisada. Hoy también tengo la cabeza en el firmamento, pero mis pensamientos no son tan alegres. Quizás, querida Celeste, el dolor sea la consecuencia de un universo pervertido.
Visto que sigo lamentándome, lo mejor será que deje de escribir y no te atormente más. Creo que podré ir a casa a mediados de mayo. Lo deseo con toda mi alma. Tu hermano que te quiere Spotty
Celeste dejó la carta en la mesa de cerezo. Pensaba en las últimas tres semanas, la carta de Spotty, las dudas que asaltaban su mente, de costumbre tan bien ordenada. Recordó su viejo lema: «La venganza es un plato que sabe mejor frío». Frío... Qué cruel era el frío aquella noche en la curva del Muerto. Luego se acordó de algo que había dicho Cora unos días después: «Si la serpiente se traga una presa demasiado grande, luego no puede moverse». Pensó en el dinero, en la guerra y en las mujeres. Estaba tan ensimismada en las impresiones, las ideas y los temores que acicateaban su mente que no oyó el alboroto del exterior. Cora dejó la pierna de cordero que estaba aderezando y se fue hacia la puerta trasera, que en ese momento se abría para dejar paso a Ramelle que volvía del jardín. Julia Ellen dio un portazo en la entrada principal. Se suponía que ella no debía entrar por esa puerta. Celeste se sobresaltó.
—Julia ¿cómo es que has vuelto de la escuela?
—La guerra. ¡Hemos declarado la guerra a Alemania!

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19 de mayo de 1917

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:51 am

La ligera brisa del oeste jugaba con el pelo negro de Spottiswood y el verde del cuidado césped contrastaba agradablemente con las decoraciones doradas y granates que Celeste había puesto en su honor. Spotts se rió al verlas, sabiendo que eran los colores de las sufragistas. Junto al exquisito jardín, habían dispuesto una carpa con mesas repletas de pollo frío, champán, trufas, caviar y otras exquisiteces. Cientos de invitados se paseaban exultantes por el buen tiempo y Spotts se sintió emocionado por el trabajo que se había tomado su hermana y por la numerosa asistencia. Solía gustarle viajar a Francia. Nunca pensó que llegaría un día en que preferiría quedarse en Runnymede o Washington. Con su uniforme almidonado y brillante, parecía todo un guerrero. Para su sorpresa y la de Celeste, Curtis había llegado de California también vestido de uniforme. Spotty le amenazó con revelar su edad, treinta y tres, al oficial de reclutamiento, sabiendo que su hermano menor forzosamente tenía que haber mentido. Curtis se limitó a replicar: —Soy un Chalfonte. Tengo el deber de ir.
Con eso se acabó el tema, aunque Spotty se giró hacia Celeste y le dijo: —¡Por Dios, Chiribita, tú no intentes alistarte!
Los tres se rieron con ganas. Juts se había vestido de blanco para la ocasión. Los botines la tenían martirizada, pero por un día decidió resignarse. Louise había desplegado todo su arsenal. El enorme sombrero de verano, repleto de plumas de innumerables pájaros que habían tenido la desgracia de ponerse a tiro, le empequeñecía la cabeza. Después de mucho rogar, Celeste se había avenido a dejarle uno de sus relojes de alfiler. Para completar el atuendo, en la mano izquierda llevaba un pañuelo bordado que agitaba al andar. Estaba impaciente por que empezara el baile, sabiendo que el capitán Spotts le pediría por lo menos un baile, y entonces podría pasarse el pañuelo rosa a la mano derecha y dejar que revoloteara mientras ella daba vueltas.
«El colmo del romanticismo» se dijo.
«Frívola» pensaba Juts. Había visto cómo su hermana cogía un pellizco de colorete del tocador de Celeste. «¡Tiene la cabeza llena de pájaros! Espero no ponerme nunca tan tonta» gruñó Juts para sus adentros.
La cabeza de Carlotta, alias la Sermonetta, la más alta de todos los Chalfonte, sobresalía por encima de los invitados, entre los que se paseaba parándose aquí y allá para ofrecer un consejo, una plegaria o un momento de comunión espiritual.
—Ahí va Carlotta, con su despótico afán de mejorarnos —comentó alegremente Celeste mirando a Spotty.
—Al parecer no ha oído hablar de la Gran Guerra y el mandamiento número doce —replicó Spotts.
—¿Y cuál es ese mandamiento? —preguntó Curtis, que se había acercado al oír que se metían con Carlotta.
—Todos contra todos —pronunció solemnemente Spotts.
—Bueno, Spotty, muy bueno —rió Curtis—. Nuestra familia lo podía hacer grabar en una lápida y colocar la inscripción en un lugar preferente de la capilla de la academia Inmaculada.
—Qué malos sois.
Ramelle se había acercado silenciosamente por detrás. Curtis sentía una irremediable atracción por ella. Cora, aunque había sido invitada en calidad de amiga, se mantenía cerca de la carpa donde se servía la comida. Celeste había contratado personal de Baltimore para que prepararan sus especialidades gastronómicas. En cuanto vio a la directora de su colegio, Louise puso cara de santa.
—Buenas tardes, señora Van Dusen.
—Pero Louise ¡qué mayor se te ve! ¿Y quién es esta niña?
—Permítame presentarle a mi hermana pequeña, Julia Ellen.
—Encantada de conocerte, Julia Ellen.
—No soy pequeña. —Juts olvidó sus modales, que de todos modos nunca eran muy buenos.
—Cállate, Julia.
—Louise, recuerda: «Dejad que los niños vengan a mí».
—Julia no es una niña, señora Van Dusen, es un martirio.
—Pero bueno, preciosa, piensa que es más pequeña y tú debes ser su guía en la vida espiritual y social.
Sus palabras hicieron que Louise se hinchara como un globo. Carlotta vio a Celeste y a sus dos uniformados hermanos y se acercó hacia ellos. Louise la siguió, obnubilada por el fervor religioso, mientras Juts pateaba el suelo de rabia.
—Celeste, cariño, quiero agradecerte una vez más que trajeras a Louise a mi academia. Es nuestra mejor alumna de música.
—¡Ya estamos! —remugó Julia.
A Spotty se le escapaba la risa aunque intentaba disimular.
—Gracias, señora Van Dusen.
—¡Pelota! —le susurró Julia al oído, aunque le costó lo suyo encontrarle la oreja entre tanto rizo.
—Estoy pensando en pedir a Louise que dé un concierto en la ceremonia de graduación de este año.
—Podría tocar el tabaco y fuga en do menor de Bach — se apresuró a decir Louise, que no cabía en sí de orgullo.
Celeste estalló en carcajadas.
—Tocata, cariño, tocata —corrigió Carlotta a su pupila— .El tabaco es uno de esos pecados del cuerpo que ensucian el templo que Dios nos ha concedido que habitemos. Un pecado al que, como habrás notado, se entregan libremente mis dos hermanos, igual que mi hermana cuando no la ve nadie.
—Ahórrate el sermón en trémolo por una vez ¿eh, Carlotta? La guerra me será mucho más fácil de soportar si no tengo que llevarme tu bendición.
—Spottiswood, tú y Celeste os creéis muy listos. Que Dios os perdone vuestras faltas, aunque debo confesar que yo tampoco soy todavía tan buena cristiana como sería deseable.
Encuentro muy dificil responder a vuestros comentarios sarcásticos con la caridad que debiera.
—Querida hermana, tú siempre rebosas caridad, excepto si te afecta la cartera —contraatacó Celeste.
—Tus pecados ni siquiera pueden mencionarse, menos aún en presencia de niños todavía libres de la lascivia.
—Louise es muy ladina, y una vez tuvo ladillas.
—¡No es verdad! —A Louise le ardía la cara.
—¿Qué cosas de decir son esas, Julia Ellen? Tú y tu hermana estáis unidas por lazos de sangre. El Señor, en su infinita sabiduría, os puso en este mundo para que os apoyéis y os consoléis la una a la otra en el camino a través de los peligros de la vida.
—¿Cómo sabe tantas cosas de Dios, la Sermonetta? —preguntó Julia repitiendo despreocupadamente el apodo que tantas veces había oído utilizar a Celeste en relación a su hermana, aunque, hasta entonces, la interesada no hubiera tenido ocasión de escucharlo.
—¡Vaya una niña deslenguada! —se indignó Carlotta.
A Celeste, Spotty, Curtis y Ramelle les dio tal risa que derramaron la bebida. Louise se sentía mortificada.
—Mi hermana se resiste a la palabra del Señor —se disculpó.
—Niñita... —empezó a decir Carlotta.
—¡No soy una niñita!
—Julia, si lo prefieres. Dios, en su infinito amor y sabiduría, está atento incluso a la caída de un pequeño gorrión. Piensa en lo mucho que debe de preocuparse por tu vida y las vidas de todas las niñ..., las jovencitas.
—Dios no es tan listo. Todo lo que hace se muere. —Juts se dio la vuelta y se marchó.
A Carlotta se le agrió toda la amabilidad en la cara. Los demás se quedaron con la boca abierta.
—Pobrecita ¡es tan reciente la pérdida! —dijo Carlotta haciendo alarde de su magnánima condescendencia en cuanto consiguió recuperarse.
Juts se fue paseando hacia la cortina que formaban las peonías, desde donde vio a Fannie Jump Creighton, ocupada una vez más en su especial interpretación del arte de la quiromancia.
—¡Oh, es usted un hombre travieso! —canturreó Fannie mientras acariciaba la palma vuelta hacia arriba de un caballero.
Carlotta se alejó, dispuesta a continuar su tarea de elevar las almas, y Celeste y sus acompañantes se fijaron en Fannie Jump, escandalosamente trompa y desbocada.
—Tengo una idea sensacional.
—Ni lo sueñes, no pienso sacrificarme a la lascivia de Fannie —advirtió Curtis.
—No tienes corazón... pero yo sí.
—Celeste,¿te has vuelto loca? —quiso saber Ramelle.
Spotty y Curtis se agitaron incómodos. Al fin y al cabo, aquel era un tema tabú.
—Curtis ¿dirías que Spotty y yo somos igual de altos?
—Celeste arqueó una ceja.
—Centímetro más o menos.
—Ya veréis cómo no estoy tan loca. Spotts, déjame ponerme tu uniforme. Voy a hacer que Fannie me lea la mano.
—¿Cómo no? Además, tengo otro que puedo prestarte.
Los dos se escabulleron al interior de la casa, donde Spotts inició a su hermana en los secretos del uniforme militar. Con una pizca de goma arábiga y un poco de pelo que Celeste se cortó de las puntas, consiguieron un bigote bastante creíble. Celeste se parecía extrañamente a Spottiswood, como si fuera su gemelo. Cuando volvieron al jardín, Ramelle y Curtís quedaron asombrados por la semejanza.
—Preséntame como a un primo lejano de los Chalfonte —dijo Celeste con voz ronca.
—Sería mejor que no tuvieras agujeros en las orejas — dijo Ramelle riéndose.
—Fannie no se fijará en eso.
En efecto, Fannie no se dio cuenta. Con la práctica acumulada a través de los años, despidió a Spotts en cuanto hubo hecho las presentaciones, cogió con un gesto sensual la mano de Celeste y la apoyó en su regazo. Curtis, Ramelle y Spotts se escondieron detrás de las peonías.
—Oh, es usted un hombre travieso.
—Dígame, señora Creighton ¿qué ve en mi mano?
—Viajes y muchas aventuras. —Fannie se detuvo y miró cautivadora a los ojos del capitán. —Aventuras románticas con el sexo opuesto —dijo haciendo hincapié en la palabra «sexo».
—Espero que no —intervino Celeste con sarcasmo.
Fannie Jump se sobresaltó y Celeste se apresuró a enmendar sus palabras: —Espero que no sea para mal.
Fairy Thatcher, champán en mano, se acercó y miró por encima del hombro de Fannie.
—Fairy, necesito toda mi capacidad de concentración para invocar las fuerzas del más allá —le espetó Fannie irritada.
—Por su aspecto, diría que es usted un Chalfonte. Soy Fairy Thatcher, una amiga íntima de Celeste.
—Fairy, a este adorable joven no le interesan las intimidades de Celeste.
—Así es, Fannie. ¿Puedo llamarla Fannie? Pero, en cambio, esas intimidades suyas. ¡Qué montañas de placer! —dijo Celeste, incapaz de contenerse.
Fannie iba tan directa a matar que olvidó mostrarse sorprendida, aun en presencia de Fairy. Celeste cargó las tintas.
—No puedo impedirlo, Fannie, sus labios son tan tentadores. Usted es Venus y yo no soy más que un pobre mortal.
—¡Dios mío! —Fairy se había quedado allí clavada.
—Fairy, si no te importa... —la despidió Fannie, mientras dedicaba una agradecida sonrisa al ardiente capitán.
—Su piel resplandece como la de los retratos renacentistas. En sus manos se advierte una gran humanidad y oh... su sonrisa es más seductora que la de Monna Lisa.
Dicho esto, Celeste dio un impetuoso beso a Fannie, que lo recibió encantada. Fairy se llevó la mano a la boca entre escandalizada y divertida. Las peonías se agitaron sospechosamente. Triunfante, Celeste se arrancó el bigote y se quitó la gorra de capitán, dejando que la melena negra le cayera por los hombros. Fannie se puso en pie tambaleándose.
—Maldita seas, Celeste. ¡Esto ya es el colmo!
—Seductora impenitente, que sea la última vez que te oigo jactarte de que me pillaste con Grace Pettibone en Vassar. ¡Tú no puedes tirar la primera piedra! —Celeste tenia en los ojos un brillo de regocijo.
La broma de Celeste animó la tranquila fiesta en el jardín. Al anochecer, todas las formas del convencionalismo habían desaparecido. Carlotta hizo la señal de la cruz sobre los juerguistas y se fue.
Ya de noche, la familia y Ramelle se acomodaron en los sillones de mimbre del porche para charlar mientras bebían el último resto de champán. Celeste levantó la copa y brindó por sus hermanos.
—Desde Waterloo hasta 1914 hemos vivido un breve interludio de civilidad. Ha llegado la hora de retomar la senda de la violencia.

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26 de septiembre de 1918

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:52 am

Cora sacaba el polvo del enorme mapa en relieve que Celeste había instalado en el salón. El cuartel general no podía ser más sofisticado. El frente oeste, con sus seiscientas millas de extensión, ocupaba la mitad de la sala, dispuesto sobre unaplataforma elevada construida expresamente para ese fin. En las paredes había colgado los mapas de los frentes este y sur. Las tropas estaban representadas por pequeños tacos de madera: las británicas, rojas; las francesas, azules; las alemanas, amarillas; las rusas, negras; las estadounidenses, blancas; y las australianas, verdes. En los mapas de las paredes utilizaba alfileres de colores. Había tantas nacionalidades enfrentadas en el conflicto, que las tropas de los países más pequeños habían tomado los colores de sus aliados más potentes. Celeste revisaba las cartas de sus dos hermanos buscando pistas que le indicaran su paradero, leía los diarios entre líneas y a menudo conseguía hacer pronósticos bastante acertados. Fannie Jump Creighton y Fairy Thatcher acudían todos los días sin falta para recibir el parte. Ramelle, en cambio, se mantenía aparte del espectáculo bélico y Cora se lo miraba divertida o irritada, según el día. Juts estaba fascinada con el increíble montaje y, visto que demostraba tener buenas aptitudes para las matemáticas, fue reclutada para ayudar al salir de la escuela con los cálculos para determinar sectores, índices de avance, trayectorias de proyectiles y otros complejos rompecabezas numéricos, que en último término se traducían en matanzas. Louise, en el último curso de la academia, rezaba sobre el mapa para horror de todo el mundo. Su santurronería se había acentuado desde que Pearlie Trumbull se alistara a la marina y se embarcara rumbo al centro del conflicto en un acorazado.
—Orrie Tadia se me ha vuelto a acercar esta mañana con el sonsonete de «Contribuye a la causa, ahorra gasolina» —informó Celeste a sus generales.
—«Los muchachos necesitan calcetines, contribuye tejiendo»—canturreó Fannie.
—¡Ja! Si ni siquiera sabes coser un botón ¿cómo vas a tejer? —se burló Fairy.
—Es cierto, para eso soy rica —contestó Fannie balanceando su fusta de oficial británico.
—Fannie Jump Creighton ¿significa eso que no estás cumpliendo con los lunes sin pan, los martes sin carne, los jueves sin cerdo y los domingos sin gasolina?
—Bueno... —Fannie balanceó la fusta con menos entusiasmo.
—¿Has tenido alguna noticia de Spotty? —preguntó Fairy.
—Ya no se queja de que esta guerra sea más aburrida que hacer caligrafía. Ahora está con la división 78, en el regimiento 312. Ha conseguido que lo sacaran de las oficinas. Encontrarse rodeado de una horda de muchachos de Nueva Jersey no parece que pueda ser muy divertido, pero dice que es mejor que soportar el tedio de ser el joven brillante del cuartel general.
—No puede decirse que sea un niño —murmuró Fannie. —Comparado con todos esos carcamales, lo es —le hizo Motar Celeste.
—¿Cómo era aquel dicho: «Los viejos empiezan las guerras y los jóvenes mueren en ellas?» —pensó Fairy en voz alta— Es increíble que después de miles de años de civilización todavía nadie haya cogido la indirecta.
—La racionalidad no es una cualidad de moda. ¿De dónde sacas la idea de que los humanos aprendan de la experiencia, propia o ajena? —Una media sonrisa se dibujaba en los labios de Celeste.
—Marx es muy racional —dijo Fairy.
—Ya salió Lenina —gruñó Fannie—. No lo entiendo, Fairy, de verdad que no lo entiendo. Rusia es Rusia y los Estados Unidos son los Estados Unidos. No puedes pretender injertar un sistema en otro. Además ¿qué hace una mujer rica como tú ondeando la bandera roja? ¡Empieza a ser obsesivo!
—Todavía no te has dignado leer una palabra —le recriminó Fairy.
—¡Qué hartura! —volvió a gruñir Fannie.
—Los puristas son la plaga de las revoluciones. Espera y verás cómo también estrangulan ésta. Además, Fairy, tus bolcheviques han conseguido convertir en un infierno el frente oriental. ¿Que tienes qué decir a eso? —Celeste seguía pendiente de la guerra, como ya era habitual en aquellos días.
—Cada nación debe encontrar su propio camino. —A Fairy le gustaba cómo sonaba la frase.
—En mi opinión, todos esos generales no son más que un puñado de escorpiones acorralados por el fuego —dijo Ramelle con voz suave.
Sus sosegados comentarios tenían la virtud de desasosegarlas. Celeste decidió hacer caso omiso.
—¿Qué os parece si actualizamos las posiciones?
Las tres viejas amigas se colocaron alrededor de la enorme mesa y empezaron a mover los tacos de colores. Durante aquellas sesiones, la importancia de Fannie en aquella casa había crecido hasta el punto de que empezaba a pavonearse. Ramelle dejó la habitación y se fue a la cocina.
—Hola, Ramelle —la recibió cálidamente Cora—. ¿En qué puedo servirla?
—No se moleste, Cora. Creo que voy a hacer un poco de té. Las generalas están con lo suyo.
Cora sacudió la cabeza y empezó a trabajar la masa de los panecillos. —Creo que Celeste sólo intenta sentirse más cerca de sus hermanos.
—Sabe tan bien como yo que este proyecto se ha salido de madre.
—Bueno, no soy quién para juzgarlas.
—Me gustaría ser tan comprensiva como usted, Cora —dijo Ramelle levantando la vista de la cocina.
—Gracias, pero no soy ninguna santa.
—Para mí, lo es.
Cora se le acercó y le dio un beso.
—Gracias, bonita, pero de verdad que no soy ningún ángel. Y a dulzura, nadie la gana.—Sólo por fuera; por dentro, alimento pensamientos muy negros.
—Todos lo hacemos.
—¿Usted también?
—Sí, tantas veces me pregunto por qué prosperan los Rifes de este mundo mientras las almas buenas sufren las peores desgracias. Hay veces que me rebelo contra la voluntad de Dios y no veo justicia por ninguna parte.
—Son unos canallas.
—Puede que sean unos canallas, pero son los canallas que nos han tocado en suerte. —Cora espolvoreó un poco de harina.
—Tiene razón. El agua ya hierve. ¿Le llevo esto al alto mando o será más apropiada una botella de whisky?
Cora se rió. —Deje que se lo prepare en una bandeja y de paso añadiré unos dulces.
Ninguna de las tres cabezas se volvió cuando Cora y Ramelle entraron con la merienda.
—...trasladar tropas desde Verdún —decía Fannie Jump.
—Se arriesgarían a perder prestigio. No creo que lo hagan —replicó Celeste.
—Entonces ¿qué crees que está ocurriendo? —insistió Fairy.
—Realmente, no lo sé —confesó Celeste—, pero tengo la impresión de que preparan algo. Si esperan más, quedarán inmovilizados por el frío. En sus cartas, Spotts dice que ya empieza a haber lluvias y niebla donde está él.
—¿Y dónde está?
—Debe de estar en algún punto del curso del Mosa. ¿Os he contado que en su última carta decía que las comunicaciones de detrás de las líneas siempre empezaban o acababan con la frase: «Tranquilidad en el frente oeste»?
—¿Les gustaría comer o beber algo a las señoras? —intervino Cora aprovechando la pausa.
—¿Cómo no? —Fannie no se lo pensó dos veces.— Me encantan tus bizcochos, Cora. Me vuelven loca. Celeste, sé una buena anfitriona y abre unas cervezas.
Cora se acercó a estudiar el mapa. Celeste la vio y dijo:
—Increíble ¿verdad?
—Sí, pero sigo pensando que juegan frívolamente con la vida.
—El azar que determina quiénes serán las víctimas y quiénes los supervivientes ataca los nervios. Parece tan insensato... y aun así es tan extrañamente excitante.
—¿Excitante? —replicó Fairy mirándola a través del té— .Será porque no estás allí metida en el barro hasta las rodillas.
—Por supuesto, Fairy, pero el hecho de que cientos (te miles de hombres, millones en realidad, peleen unos contra otros... el peso de eso te insensibiliza ante el horror. Me pregunto si Napoleón habría podido ni siquiera imaginarlo. —Celeste se inclinó sobre el mapa.
—Todavía no comprendo por qué nos hemos metido en esto. Maldita democracia. —Fannie engulló otro dulce.
—Nos hemos metido en esto para que Rife pueda hacerse todavía más rico —sentenció Cora con tranquilidad.
—No te quepa la menor duda de que lo está haciendo — le dio la razón Fannie.
—Me pregunto, sin embargo, qué locura impele a los hombres normalmente honestos a arrojarse unos contra otros. —Ramelle miraba a las tres generalas.
—El miedo —dijo Celeste como si estuviera dictando leyes.
—¿De qué, del enemigo? —intervino Fairy.
—No, de que sus compañeros les consideren cobardes.
—Celeste, sabes que no es así. Yo nunca me arrojaría a la línea de fuego sólo porque mi vecino fuera lo bastante estúpido para hacerlo. —Fannie volvió a llenarse el vaso.
—Tú eres una mujer —le recordó Celeste.
—Qué bien que lo has notado. —Fannie bebió un sorbo de su combinado de ginebra favorito.
—Las mujeres lucharon en la Guerra Civil. —Fairy exhibió su sentido histórico.
—Es cierto, pero sólo cuando la guerra invadió su esfera personal. A nuestras madres y abuelas no se les pasó por la cabeza formar batallones. —Celeste proseguía su línea de pensamiento.— ¿No sabéis que matar es un privilegio sagrado?
—¡Tonterías! —Fannie hacía girar el contenido del vaso imaginando la vida en las trincheras.— Eso no explica por qué un hombre debería tener más miedo de sus compañeros que del enemigo.
—Los hombres tienen que demostrar que son hombres. Nosotras no tenemos que probar nada. —Celeste finalmente llegó a una conclusión.
Cora escuchaba el debate con curiosidad pero lo que oía no daba respuesta a muchas de sus preguntas.
—Con todo, Celeste, no puedo entenderlo. Si bien se piensa, la mitad de Runnymede lleva un apellido alemán, pero nuestros muchachos se van allí a matar a sus primos.
—Demonios, hace poco más de cincuenta años matábamos a nuestros hermanos —añadió Fannie.
—No me parece bien, se mire por donde se mire. —Cora seguía en sus trece.
—No creo que nadie pueda decir que está bien, pero ahí está —Celeste levantó un poco la voz.— Son ellos y nosotros... siempre ellos y nosotros.
—Quizá la primera división fue entre los hombres y las mujeres —Fairy juntó las cejas, haciendo patente una concentración que en cierto modo le confería atractivo.
—Vaya usted a saber. —Cora sonreía.— A lo mejor fue entre diestros y zurdos.
—No, la primera división fue entre plantas y animales.
—Celeste se irguió desafiante.— En nuestro interior, los microbios se dan grandes festines. Un insecto se come a otro y luego sucumbe al apetito de un pájaro, que a su vez cae bajo las garras de un gato, y así sucesivamente. Este mundo es de naturaleza combativa. No somos plantas. Pertenecemos al reino que mata.

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23 de octubre de 1918

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:52 am

La división 78 ya hacía unos días que había entrado en combate. Nadie había tenido tiempo de contar cuántos americanos se pudrían en el Mosa-Argona y Spotts tampoco tenía tiempo para pensar en eso. Atacar, atacar, atacar. Las letales órdenes llegaban sin descanso procedentes del despacho de Pershing el Tormento6. Spottiswood Chalfonte, lejos del cuartel general, había perdido la visión general de la guerra. Sus conocimientos se limitaban a aquel pequeño pedazo de tierra desgarrada. Las órdenes de arriba parecían buscar la masacre del mayor número de americanos posible.
Pensó en el general Grant, que había concentrado un número ingente de hombres y los había enviado a la muerte con una ligereza impensable en su época. «Pershing debe de haber aprendido mucho de aquel cabrón» pensó Spotts. Habían muerto tantos oficiales que le ascendieron sin más trámite a mayor, el mismo rango que su padre había ostentado en la Guerra Civil. No había tenido tiempo de escribir a Celeste contándole la concesión de ese inútil honor.
Se preguntaba dónde habría ido a parar Curtis en medio de aquel infierno. Había perdido la pista de los muchachos de California, pero esperaba que se hubiera librado de la suerte del grupo al que sus hombres reemplazaban; de los seiscientos hombres del batallón primero, regimiento 308 de infantería, cuatrocientos estaban muertos.
—¡Calor en lata! -—gritó una voz.
Spotts se hizo un ovillo. La explosión lanzó barro a varios centenares de metros a la redonda. Él y sus hombres estaban enclavados en la falda del monte Taima, a los pies de una escarpada pendiente con la cumbre rebosante de alemanes. El 312 ya había intentado tomar el lugar antes que ellos. Spotts no podía explicarse cómo es que se habían vuelto a dar las mismas órdenes después de la anterior masacre.
Los alemanes asentados en las alturas del Bosque de Borgoña y de! monte Taima arrojaron otra avalancha de fuego contra los yanquis, que incomprensiblemente volvían a intentar el ascenso. No podían saber que el 312 estaba formado por un puñado de miserables de Jersey —irlandeses, polacos, eslovacos, alemanes, italianos, judíos— y un Chalfonte de sangre azul, pero aunque hubieran sabido con quién se enfrentaban, no habrían entendido la valentía de aquellos hombres a los que en Estados Unidos se despreciaba. Emigrantes e hijos de emigrantes estaban allí para ganarse el derecho de mirar cara a cara a los Chalfonte, a los Creighton y a los Thatcher. Tres generaciones después, sus hijos e hijas se preguntarían si valía la pena.
—Mayor Spotts ¿alguna buena idea? —le gritó McDougal, un hombre de una empecinada alegría natural, en el momento en que se echaban a tierra junto a un entrante de la roca.
—Necesitamos refuerzos de artillería, sargento.
—Claro, y tampoco me importaría una bella parisina que se dejara besar —se rió McDougal.
—La única esperanza es enviar un correo, mayor —intervino Steinhauser, a la derecha de Spotty.
—¿A la luz del día? Imposible —respondió Spotts.
Un alarido acompañado de una explosión un poco más atrás les hizo callar.
—Malditos whiz-bangs —rezongó McDougal.
Los hombres odiaban los whiz-bangs con toda su alma. El proyectil viajaba a la velocidad del sonido y te destrozaba antes de que lo hubieras oído. Un poco más abajo, un hombre gemía.
—Esta noche estaremos todos en el infierno si no conseguimos refuerzos. —Spotts gateó hacia adelante, con sus hermosos rasgos todavía visibles bajo la suciedad y la barba crecida.
—Así volveré a ver a todos mis amigos. —McDougal sonreía.
—¿Un correo? —les gritó un hombre bajito—. Ya voy yo.
—Parker, es un suicidio —le advirtió Spotts.
—Tengo la suerte de los irlandeses, mayor Spotts. —El esforzado hombre bajito salió corriendo sin esperar respuesta Apenas se había levantado cuando un trozo de plomo lo echó a tierra. Parker Dunn se irguió de inmediato y reemprendió la carrera. El suelo se estremecía bajo sus pies y la tierra saltaba en pedazos por el impacto de las ametralladoras y las bombas. Spotts y el resto de los hombres le observaban inmóviles, con los músculos agarrotados. Dunn cayó a tierra una vez más.
—Se acabó. Mierda. —Steinhauser observaba fijamente la pequeña figura. Sus ojos se abrieron como platos al ver que Parker, apoyándose en la tierra pulverizada, se ponía en pie una vez más y seguía avanzando. Le manaba sangre del cuerpo pero el hombre no se detenía. El barro saltó por los aires en forma de geiser justo delante de Parker. El acero doblegó su voluntad y ya no volvió a levantarse.
—Con artillería y sin artillería, vamos a subir —gritó Spotts avanzando a gatas.
Los hombres se abrieron paso entre el barro, la sangre y las detonaciones de los proyectiles. Nadie en el cuartel general esperaba que la 78 alcanzara la cima. Aunque no lo supieran, su objetivo era mantener inmovilizado el flanco alemán. Habían decidido sacrificarlos para que las divisiones 32 y 42 pudieran lanzarse contra el centro de la línea alemana y pulverizarla. La 78, ignorante de los designios del alto mando, cumplió las órdenes.
—¡Puré de patatas! —aulló Steinhauser al ver una granada que aterrizaba entre ellos.
Spotts corrió algunos metros y se tiró al suelo revolcándose. La granada estalló y lo cubrió de fango pero enseguida comprobó que estaba ileso. Se levantó un poco el casco y miró a través del barro.
—Mayor Spotty, no sé que dirían en Washington viéndole tan sucio. —McDougal se arrastró hacia él.
—McDougal, cabrón, vamos a por ellos.
Cerca ya de la cima, lo que quedaba de la Compañía C echó correr hacia los alemanes y les hizo huir. Spotts continuó disparando. No supo si alcanzaba a alguien o no. Por el rabillo del ojo vio que Steinhauser hundía la bayoneta a un alemán más lento que los demás y le sacaba las tripas. Se detuvo un momento, se giró hacia atrás y miró hacia la falda del monte. Un extraño rumor lejano zumbó en sus oídos y notó que saltaba por los aires, al tiempo que le invadía una sensación de anormal excitación, hasta que se estrelló contra el suelo, intentó ponerse en pie creyendo que el suelo había temblado por el impacto de un proyectil cercano, pero se derrumbó como un trípode roto. Miró hacia abajo y vio que tenía la pierna izquierda cortada en dos a la altura del muslo. El hueso sobresalía como una rama helada. Sin dar crédito a lo que veía, volvió a intentar levantarse.
McDougal, al que no había oído acercarse, estaba a su lado.
—Quédate quieto, compañero.
—Sargento ¿qué pensarán de mí en Washington ahora?
—Dirán que eres magnífico, mayor Spotts o sabrán lo que es bueno. —McDougal tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Gracias.
Spotts no sentía ningún dolor insoportable, sino profundas palpitaciones. La sangre salía a borbotones de la pierna. McDougal intentó escondérselo.
—Sargento, lo sé.
—Los ricos siempre pensáis que lo sabéis todo.
—Déjame. Cuídate de los hombres.
—No. Los hombres están bien. Disfrutan de unas pequeñas vacaciones de los hunos.
Spotts oía gemidos y aullidos de otros hombres y empezó a sentirse extrañamente ligero.
—No tengo miedo.
McDougal le apretó la mano y se inclinó hacia él. Surgían fogonazos de luz semejantes a relámpagos. El estruendo se iba alejando. Los lamentos de los heridos y los moribundos le taladraban los oídos.
—Me gustaría creer que todo esto sirve de algo — susurró,
—Mayor Spotts, descanse.
—Voy a tener mucho tiempo para eso. —Spotts levantó la cabeza y vio el charco de sangre que empapaba la tierra.— Por lo menos he obedecido a la Biblia —rió.
—¿Qué, mayor?
—No he derramado mi semilla en la tierra.
McDougal sonrió y le cogió la mano con más fuerza Spotty se estremeció. Le pareció que su cuerpo destrozado le era ajeno y se sintió preparado para abandonarlo. Supo que no tardaría en hacerlo. McDougal le quitó el casco, le pasó el brazo por debajo de la cabeza y se echó a su lado cuan largo era.
—Gracias.
—Sss.
Spottiswood sabía que le quedaban pocos minutos de vida tal como nosotros la conocemos. Le habría gustado ver a Celeste una vez más, sólo una vez, para decirle todo aquello de lo que nunca habían hablado. Entonces hizo algo que nunca había hecho antes.
—Sargento, le quiero.
—Yo también le quiero —respondió aquel hombre animoso con las lágrimas corriéndole por las mejillas.
McDougal le dio un beso en la mejilla. Spotts sonrió y murió.
Celeste paseaba por el jardín, en el que ya casi no quedaban flores. Se detuvo y observó durante unos instantes interminables. Tranquilo; tranquilo pero terrorífico. Volvió hacia la casa a paso ligero.
¡Ramelle...! ¡Ramelle! ¿Dónde estás?
—Aquí, cariño. —Ramelle bajó las escaleras corriendo y vio la palidez de Celeste.— ¿Qué ocurre?
—Podría jurar que he visto a mi hermano en el jardín, sonriéndome.
A las dos semanas, Celeste fue informada de la muerte de Spotts. Las tres generalas estaban en la sala de la guerra cuando llegó la noticia. Celeste se volvió hacia Fannie y Fairy, y dijo con voz ronca:
—Todas esas tonterías de la luz que ilumina Europa. Cuando retiren los cadáveres no surgirá ningún orden nuevo. El poder, la sociedad, las relaciones ahogarán con su eterna confusión a las nuevas generaciones. Los viejos que iniciaron esta guerra se retirarán, ya gastados, y los supervivientes y tos jóvenes continuarán esta danza macabra.
Cogió la espada de su padre que colgaba de la pared y la descargó sobre el distrito de Mosa-Argona. La espada se rompió. Sus dos amigas se quedaron paralizadas. Cora, que estaba en la sala contigua, entró, la abrazó y se la llevó a su habitación. Ni ella ni Ramelle la dejaron en toda la noche.

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22 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:52 am

—¿Qué piensas hacer hoy, ahora que ya tienes el pelo arreglado? —preguntó Juts a Louise.
—Pensaba ir a enseñárselo a Orrie. —Se ahuecó un rizo.
—¿Y tú que vas a hacer?
—Veré si convenzo a Nickel para que cortemos la hierba.
—Ya lo hago yo. ¿Todavía funciona el cortacésped?
—Sí, pero hay que echarle gasoil. No es de los eléctricos.
—Os ayudaría, pero ya sabéis como tengo la espalda. No puedo trabajar. Me gustaba levantarme por la mañana para ir a la tienda de chucherías. Allí ocupaba un puesto de responsabilidad, ya lo sabéis.
—Sí, te servía para pasar el rato entre la lectura del horóscopo en el diario y el programa religioso de la tarde.
—No te pongas chula, Julia. Tú tampoco tienes un trabajo estable.
—No me va mal con mi trabajo de planchadora. Cuando ya no pueda trabajar, me iré a sentar a la plaza y dejaré que los pájaros se me coman.
—Antes de irme a cortar la hierba quiero preguntaros una cosa a las dos.
—¿El qué? —Mi madre se quitó el delantal.
—Me escribiste diciendo que se marchaban los inquilinos de la casa de la abuela en Bumblebee Hill ¿no?
—Sí —contestó mi madre con voz expectante.
—Te veo venir. No pienses que vas a vivir gratis allí — me espetó Louise antes de que pudiera acabar.
—No estoy pidiendo que me la dejéis gratis.
—Escúchala, Louise. Baja la guardia y cierra la boca.
—Digo lo que pienso. —Louise se había puesto roja.
—Estate tranquila, tía Wheeze. No pido nada. Pienso pagar.
—¿Quieres alquilar esa vieja casa?
—No. Quiero comprarla.
—¿Con dinero? —Mi madre empezaba a interesarse.
—Claro. ¿Qué otra cosa podría ofreceros?
—¿Cuánto? —De pronto, Louise estaba por el negocio.
—La casa necesita montones de reformas...
—No encontrarás ninguna casa vieja tan bonita como ésa en la que no tengas que hacer reformas. —Louise se había vuelto toda una profesional de la venta inmobiliaria.
—Debe de tener unos veinte acres de terreno.
—Con un huerto, un jardín, el lavadero, que todavía se aguanta, y el establo, que tampoco está tan mal.
—La mitad de la casa me pertenece —intervino mi madre—. Nuestra madre nos la dejó a las dos.
—Lo sé, mamá. Imagino que debe de valer unos cuarenta mil dólares.
—La tierra sola ya vale eso. —Louise estaba exultante.
—Sesenta.
—¡Tía Louise!
—¡Sesenta!
Cogió el bolso y se fue hacia la puerta aguantándose las ganas de correr porque no podía esperar más para ir a contárselo a Orrie Tadia.
—Me quedaré un tiempo por aquí, así que ya seguiremos hablando —dije.
—Sesenta. Lo tomas o lo dejas. —Y se fue.
—Vaya hermana tengo. Robaría las monedas de los ojos de un muerto —gruñó Juts.
—¿Tú que piensas, mamá?
—Es tu vida. Haz lo que quieras. Claro que prefiero tenerte cerca a que te vayas a California o a Nueva York.
—Tengo ganas de establecerme. Además, me gusta mucho esa casa vieja y podría arreglarla.
—Bueno, a ver si tienes suerte negociando con J. P. Morgan. La religión no fue todo lo que le inculcaron en Inmaculada. Louise se vuelve mísera y odiosa cuando se trata de dinero.
—Le sale del alma.
—¿De verdad que tienes dinero?
—No llego a sesenta, aunque podría estirar hasta cincuenta, si me dejan pagar a plazos, ella o el banco. Si no, no me quedará nada para arreglarla.
—A mí puedes pagarme mes a mes. Por despecho, ella exigirá que se lo pagues todo de una vez. Entonces irá y se comprará un camión entero de bisutería y se la pondrá toda a la vez.
—No pareces muy sorprendida de que quiera volver a Runnymede.
—Lo veía venir. Estás en la edad, además.
—No se te escapa nada.
—Sabe más el diablo por viejo... —Juts lanzó la pelota del perro y Henry Kissinger salió corriendo. — Esa hermana mía puede ser peor que un pedo de piano cuando se lo propone.
—¿De dónde sacas esas expresiones, mamá?
—No sé —dijo Juts sorprendida—. ¿Quieres decir «pedo de piano»?
—Por ejemplo.
—Debí de empezar a llamarla así cuando se puso músical. No me acuerdo.
—¿Me ayudarás a convencerla?
—Sí que te ayudaré pero no la hemos de apretar demasiado o acabará arrancando las cortinas de su casa o tirando el teléfono contra la pared, y ya sabes que la compañía le dijo que no le pondrían ninguno más.
—Gracias, mamá. Ve pensando a ver cómo la abordamos.
Yo voy a ver si corto esa hierba. —Empujé la puerta trasera y salí.
Mi madre se fue derecha hacia el teléfono y, olvidándose de su artritis, marcó el número a toda velocidad.
—Hola, Ev. ¿Cómo estás? Ev, te necesito para una misión secreta. Una vez más somos tú y yo contra Louise y Orrie.


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14 de junio de 1919

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:53 am

Louise, nerviosísima en su vestido blanco elegido para el día de la graduación, estaba sentada en el taburete del piano esperando que le dieran la señal. Habían ensayado la ceremonia hasta el hartazgo, ya que Carlotta Van Dusen quería que el espectáculo fuera lo bastante impresionante para que tus padres enviaran a sus otras hijas a la academia inmaculada. Cora y Julia Ellen llevaban sus vestidos de domingo y se habían instalado en los asientos dispuestos en el exterior, junto a Celeste, Ramelle y, como era de esperar, Orrie Tadia. Louise había utilizado todos sus poderes de persuasión para invitar a Orrie, deseosa de abrumar a su amiga con su elevada posición. Las abrumadas fueron Celeste y las demás ante la aparición de Orrie con unos brillos sospechosamente rojos en el pelo. Orrie ya no era una niña regordeta, sino un peso pesado bañado en perfume barato. Estaba convencida de que unas gotas de L'Heure Bleu en la muñeca era todo lo que necesitaba para empezar a vivir. La guerra ya se había acabado pero todavía no estaba firmada la paz. Muchos hombres aún estaban «allí». Ni Curtis ni Pearlie Trumbull habían sido licenciados. Celeste había recuperado su ingenio después de la muerte de Spotty pero se mostraba más calmada y, aunque hacía reír a los demás, ella raramente los acompañaba.
Carlotta se dirigió al estrado.
—Bienvenidos a la ceremonia de entrega de diplomas de la clase de 1919. Como conferenciante de la ceremonia tenemos el honor de presentar a uno de los héroes de la retaguardia, un hombre cuyo trabajo ha hecho posible el trabajo de los soldados. Demos la bienvenida a Brutus Rife.
Celeste se quedó atónita al encontrar a Brutus en el programa.
—La desfachatez de esta mujer pasa de castaño oscuro. ¿Cuánto le debe de haber pagado por ese «honor»?
—Celeste, no se haga mala sangre. —Cora le dio unas palmaditas.— Todavía no está muerto.
—Pero a todos nos gustaría que lo estuviera —dijo Ramelle.
—Brutus ha donado un pabellón a la escuela —soltó Juts
—¿De dónde has sacado eso? —preguntó Celeste en un susurro.
—De Louise. La Sermonetta se lo cuenta todo. Wheezie es su perro faldero.
Orrie hacía como que escuchaba a Brutus, que peroraba acerca de la paz que los muchachos habían instaurado en la tierra con su sangre. A continuación, relacionó la paz con la oportunidad económica. Celeste se inclinó hacia Juts.
—¿Sabía Louise que Brutus haría el discurso de graduación?
—Sí, pero me hizo jurar que no diría nada porque tenía miedo de que usted y mamá no vinieran.
—¡Maldita sea mi hermana!
Ramelle le dio un estirón para que se irguiera. Brutus miraba directamente hacia ella y Celeste le devolvió una mirada preñada de odio. No podía soportar la vista de ese hombre. El crudo oportunismo de su hermana, en contra de todas las normas de la alta sociedad de Runnymede, la ponía furiosa.
—¿Y a Louise no le importa que ese hombre matara a Aimes? ¿Cómo puede estar ahí sentada?
—Me dijo que iba a ajustarle las cuentas.
En el rostro de Cora se dibujó una expresión preocupada. Por mucho que odiara a Brutus y por mucho que le sorprendiera la codicia de Carlotta, no quería que Louise se metiera en ningún lío.
—¿Qué va a hacer?
—No lo digo. —Juts se cerró como una almeja.
—Julia, sé que lo sabes. —Celeste se olía una conspiración.
—Yo no sé nada.
—Amén. —Cora sonrió.
—Cora, ¿usted sabe algo?
—Celeste Chalfonte, cálmese. Yo no sé nada, pero lo único que puedo hacer es asegurarme de que Julia no se mueva de su sitio. Ya sabe que si Louise empieza algo allí arriba, ésta la seguirá a ciegas. Cuando no están peleando, es que algo traman. —Cogió a Julia del brazo con firmeza.— No sé que es lo que tu hermana tiene en la cabeza, pero tú no te vas a mover de aquí ¿me oyes?
—Sí, mamá.
—Y para acabar, dejadme que felicite a estas preciosas niñas de la clase de 1919. Pronto ocuparéis vuestro puesto en la sociedad como esposas fieles y madres amantes. Sois la columna vertebral de América, este gran país en el que cualquier niño puede llegar a presidente. Mis mejores deseos para vosotras. —Brutus acabó con una reverencia. Celeste no aguantó más: —¿Y qué me dice de que nuestras hijas puedan llegar a presidente, señor Rife?
Sorprendido, Brutus volvió al estrado. Al reconocer a la agitadora, le dedicó una amplia sonrisa.
—Mi querida miss Chalfonte, usted no tiene hijas.
El público rió.
—No, ella no, pero yo sí. —Cora se había puesto en pie.
—Señoras, no me considero capacitado para hablar de ese tema.
Brutus vacilaba. La vista de Cora le perturbó. No es que tuviera nada personal contra ella pero le hacía sentir incómodo.
—Yo sí. ¡Qué gran país es éste cuando la mitad de la población no puede votar! —Celeste se apasionaba con el tema.
Carlotta, furiosa, subió al estrado dispuesta a hacer callar a su hermana.
—El voto de las mujeres daría al traste con la estructura moral de este país. La política es un asunto sucio. No debemos mancillar nuestras delicadas manos. Dejádsela a los hombres. A nosotras nos corresponde la tarea de la instrucción espiritual. ¿Qué es la política comparada con esta misión superior?
—¡Dinero, poder, el futuro! —aulló Celeste.
Ramelle, Cora y Julia Ellen se mantenían de pie a su lado en señal de apoyo, aunque no tenían ni idea de qué podría salir de su boca a continuación.
—Mi querida hermana, eres una mujer sobreexcitada, sin hijos propios en los que verter adecuadamente tu pasión.
Carlotta sonreía afectadamente. Hizo una señal a Louise para que tocara, pero la niña hizo como si no viera los frenéticos gestos que Carlotta le hacía por debajo de la mesa, Brutus, desesperado, se sentó.
—La preocupación por el futuro de generaciones de mujeres no es una pasión desencaminada, Carlotta. ¿Acaso no es ése el objetivo de tu escuela: educar a las jóvenes, iluminar sus mentes y formar su carácter? —Antes de que Carlotta pudiera contestar, Celeste continuó—: Bien, pues a mí también me preocupan estas jóvenes ciudadanas que no disfrutan de la plena ciudadanía. Yo también creo que son la esperanza del futuro, pero no si se quedan sentadas en casa sin otra ocupación que componer arreglos florales. ¿Esta guerra no ha significado nada para ti? Los hombres han traicionado su responsabilidad moral respecto al futuro. Si dejamos la política en sus manos la llamada «Gran Guerra para Acabar con Todas las Guerras» no habrá sido más que un ensayo genera. Las mujeres deben entrar en la política. ¡Tenemos que luchar por el control del futuro o no habrá futuro! —Celeste se paró a coger aire. Por una vez en su vida había dejado que la emoción la embargara sin importarle quién la estuviera viendo.
Carlotta aprovechó la pausa.
—Dios hizo al hombre a su imagen en primer lugar. Nosotras tenemos que seguir al hombre, tal como manda la Biblia. Tú violas las leyes de Dios. Además, todo el mundo sabe que las mujeres no han nacido para trabajar fuera de su casa ni para gobernar un país.
—¡Las mujeres no pueden hacerlo peor de lo que ya lo han hecho los hombres! —gritó un padre en apoyo de Celeste.
Carlotta, sorprendida de encontrar otros traidores entre la audiencia, repitió: —Dios hizo primero al hombre. Adán y Eva.
—El hombre fue un experimento —gritó Celeste a pleno pulmón—. La mujer es el producto definitivo.
Muchos padres rieron. Carlotta estaba a punto de echar espumarajos por la boca.
—Celeste Pritchard Chalfonte, ya has estropeado bastante esta ceremonia. Siéntate.
—Mis disculpas a la clase de 1919. Jovencitas, espero que triunféis en este cansado mundo; tenéis mis mejores deseos.
Celeste se sentó, y lo mismo hicieron Ramelle, Cora y Julia Ellen. A Orrie, la barbilla le colgaba hasta el ya abundante pecho. Carlotta juntó las manos, se tranquilizó y procedió con la ceremonia.
—La clase de 1919, levántense, por favor.
Las jóvenes, todas vestidas de blanco, se pusieron en pie. Una tras otra debían acercarse al estrado para recibir su diploma y estrechar la mano de Brutus antes de volver a su puesto. Carlotta hizo una señal a Louise. Louise empezó a tocar «Pompa y circunstancia» tal como estaba convenido. Debía tocar la pieza durante toda la ceremonia de entrega. Cuando la última alumna hubiera recibido su diploma, Carlotta la presentaría como concertista y Louise se adelantaría a recoger su diploma para luego volver al piano. Louise estaba ansiosa de recibir el esperado aplauso. Con toda la dignidad de que eran capaces, las niñas avanzaban hacia el estrado adecuando el paso al ritmo de la música. Sin embargo, aún no habían llegado a Allston en el orden de apellidos, cuando Louise dejó «Pompa y circunstancia » para atacar las notas de «Junto al mar». Millicent Allston perdió el paso. Acto seguido, Louise pasó a «Hola, mi amor», y al poco ya estaba de vuelta en «Pompa y circunstancia». Celeste empezó a dejar oír su risa. Julia, que ya tenía catorce años, se reía a carcajadas. Cora se limitó a sonreír y asentir con la cabeza. Emocionada por el esfuerzo de Louise por mantenerse fiel a Aimes, Ramelle cogió la mano de Celeste con los ojos llenos de lágrimas. «En aquel hermoso verano» apresuró el paso de las alumnas. Carlotta, que ya llevaba un mal día, intentó controlarse pero acabó haciendo una pelota del diploma de Kathy Balen. Louise ya
había vuelto a «Pompa y circunstancia» y ahora enlazaba con «La banda siguió tocando». Sus compañeras, en lugar de incomodarse, se pusieron a cantar el estribillo. Louise pulsaba las teclas con todo su entusiasmo. Decidió volver a «En aquel hermoso verano» porque la letra era más conocida. Al poco, toda la fila de alumnas se balanceaba y cantaba a voz en grito. Celeste se moría de risa y Ramelle se puso a cantar con las jóvenes. La rebelión prendió entre las filas de padres. Unos pocos se les unieron. Algunas niñas les animaron: «Venga, mamá», «Papá, necesitamos un barítono». El grueso de los padres no tardó en cantar con ellas. Una curiosa euforia invadió a los asistentes, espectadores y alumnas. Quizá fuera el hecho de que la guerra se había terminado, o de que por fin se habían graduado, o quizá simplemente fuera la necesidad de darse un respiro. Cualquiera que fuera la razón, el grupo se explayó cantando «En aquel hermoso verano». Carlotta Van Dusen se desmayó y Brutus corrió a atenderla. Juanita Waver, la presidenta de la clase, pasó tranquilamente por encima de la descompuesta directora, y se hizo cargo de la entrega de diplomas. Cuando la última niña hubo recibido su pergamino enrollado y atado con una cinta negra y naranja, los colores de la clase, Juanita señaló a Louise. La clase de 1919 estalló en aplausos. Louise dejó de tocar y se acercó al estrado para que Juanita le entregara su diploma. Entre vítores, las jóvenes cantaron «Por ser una chica excelente». Louise hizo una reverencia y corrió al piano para acompañarlas. Durante el viaje de vuelta a casa, mientras el sol del atardecer teñía los campos de luz dorada, cantaron una y otra vez «En aquel hermoso verano». Celeste, al volante, pensaba en la desobediencia musical de Louise. Qué duro debía de haber sido para Louise enfrentarse a Carlotta, pensó. Sin duda, había querido mucho a Aimes Rankin y quería mucho a s u madre. De no ser así, habría sobrellevado la ceremonia intentando hacer caso omiso de la presencia de Brutus. La valentía es una extraña cualidad. Se manifiesta cuando menos te lo esperas, en el momento más absurdo, en alguien a quien apenas creías capaz de ella. Celeste pensó en la justicia, o mejor dicho, en la falta de justicia. La ley permite lo que el honor prohíbe. Sí, eso es lo que solía decir Spotty.
Conduciendo y cantando, Celeste decidió hacer algo en nombre del honor. Tendría que esperar el momento oportuno, pero estaba segura de que llegaría.

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14 de septiembre de 1919

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:54 am

Una pequeña garra peluda se acercó aprovechando que Julia Ellen no miraba y pescó el bocadillo de su plato. Madame de Staël se comió el jamón y esparció el pan por el suelo. Juts, absorta en el juego de bridge, no se dio cuenta de nada. Celeste y sus amigas las habían enseñado, a ella y a Ev, a jugar al bridge y al póquer, para que las sustituyeran cuando alguna de ellas estaba enferma o no tenía ganas. Juts, un portento en cuestiones de mecánica y matemáticas, era capaz de recordar todas las cartas que salían.
Fannie Jump, excepcionalmente sobria, observaba con perspicacia el juego de Celeste y Juts. Fairy cogió un canapé.
—¿Louise está saliendo con Paul Trumbull? —preguntó Celeste a Juts. Ya sabía la respuesta, pero quería distraer a Fannie.
—Ella y Orrie se deshacen delante de cualquier cosa que lleve polainas.
—¿Ya es cosa hecha?
—Señora Creighton, es como para dar arcadas a un gusano la manera que tiene de comportarse. Ella y Orrie se intercambian la ropa para las grandes ocasiones. Entre las dos tienen un traje completo; si alguna vez las invitan a salir la misma noche será el fin de la amistad.
—Están a partir un piñón esas dos —dijo Ev, sentada detrás de Julia para verla jugar. Ev no era tan rápida como Juts.
—¿Todavía va por ahí jugueteando con las cuentas del rosario? —Celeste arqueó una ceja.
—De vez en cuando le dan ataques de beatería —dijo Julia arrastrando las palabras.
—Celeste ¿has echado tú esa pica? —preguntó Fannie.
—Sí. ¿Alguna objeción?
—No. Fairy, ¿quieres hacer el favor de despertarte? Miss Chalfonte ha echado una maldita pica.
Fairy no se inmutó.
—Fairy Thatcher, yuuju —la llamó Fanny levantando la voz.
—¿Qué?
—Celeste ha echado una pica.
—Oh.
—Haz el favor de atender. Es tu turno.
—Cállate, Fannie. Creo que he oído llegar a alguien.
—Fairy se levantó y se fue hacia la ventana.— Celeste, Carlotta viene con dos monjas por el camino.
Ligera como un gato, Celeste ya estaba en la ventana.
—¡Papistas a estribor!
—Es absurdo —dijo Fannie.
—Será mejor que salga a ver qué quiere la Sermonetta.
Celeste abrió la puerta y saludó a Carlotta, que en ese momento se bajaba del Daimler.
—¿Qué está pasando ahí afuera, Fairy? —Fannie era la única que seguía sentada. Juts y Ev también miraban por entre las cortinas.
—Carlotta está haciendo gestos —contestó Fairy.
—Miss Chalfonte se ha cruzado de brazos. No sé qué le estará diciendo la señora Van Dusen, pero no tiene ganas de oírlo —observó Juts.
—Venta a plazos de un plan de salvación —murmuró
Fannie y, aprovechando que las demás estaban pegadas a la ventana, les miró las cartas.
—¡Celeste la está mandando al infierno! —exclamó Juts.
—No hay duda de que allí compraría terrenos para especular con ellos. Si seguimos a este paso, va a estar superpoblado. —Fannie se reía sola.
—Fannie, te estás perdiendo una buena. La hermana Mary Margaret se está persignando. El lenguaje de Celeste debe de ser elocuentemente exótico. —Fairy pegó la oreja al cristal con la esperanza de captar alguna sílaba.
—Carlotta aún no la ha perdonado por estropear la ceremonia de graduación. —Fannie se había unido a las demás en torno a la ventana.
—Intentará vengarse por todos los medios, esa beata hipócrita. —Fairy entornó los ojos.
—Pedir a Brutus que pronunciara el discurso de graduación ya fue bastante insulto, me parece. —Fannie se la quedó mirando.
—Carlotta vendió su nombre por dinero, no para fastidiar a Celeste —observó Juts sabiamente.
—Julia, me sorprendes. —Fannie sonreía.
—¡Cada día engorda más, como las garrapatas! —se indignó Juts.
—Fannie ¿has pensado alguna vez cómo se las arregla? Tiene a toda la ciudad en contra. Nuestra gente no quiere saber nada de él.
—Cuando la marea sube, todos los barcos flotan. — Fannie descorrió un poco más la cortina.— Nosotros no dependemos de él, pero cada día hay más gente en la ciudad que de una manera u otra está subordinada a él. Si no trabajan en sus fábricas, necesitan que sus obreros compren en sus tiendas. Mira lo que ocurre con el maldito Círculo de Marta. Las esposas de todos esos tenderos tienen que relacionarse con Ruby, Rachel y Rose, les guste o no.
—Sí... ¡Dios mío! Celeste la ha sentado en el coche de un empujón —susurró Fairy excitada.
—Rápido, a la mesa. Ya vuelve. —Fannie corrió a coger las cartas.
Celeste dio un portazo y ocupó su puesto en la mesa.
—¿Bien? —preguntó Fannie.
—¿Bien qué? ¡Maldita sea!
—¿Qué quería nuestra Señora de la Caja Registradora?
—Dice que Brutus Rife se dirigió a ella, como Chalfonte que es, nada menos, y le pidió que le permitiera levantar un monumento en el patio de la fábrica de municiones... en memoria de Spotts.
—¡No lo dices en serio! —saltó Fannie.
—Totalmente. —Celeste apretaba la mandíbula.
—¿Qué piensas hacer? —La voz de Fairy alcanzó su registro más alto.
—Esperar a que vuelvan Curtis y Ramelle y hablarlo con ellos.
—Es increíble cómo mangonea con los apellidos ilustres. —Fairy se levantó y se sirvió una copa. Ya había esperado bastante.
—¿Cuándo volverán Curtis y Ramelle? —preguntó Fairy.
—En cosa de una hora. —Celeste cogió sus cartas.
Fannie empezó a jugar mejor de lo que nadie recordaba. Mientras, Celeste pensaba en la otra bomba que había dejado caer Carlotta: según dijo, Ramelle y Curtis tenían una aventura. Sabía de buena tinta, había dicho Carlotta rezumando veneno, que habían alquilado una habitación en Hanover con propósitos vergonzosos. Aunque ya hacía seis semanas que Curtis había regresado, todavía estaba allí y Celeste no tenía ninguna prisa por verle marchar a California.
Todavía era muy reciente la pérdida de Spotts y todos tenían los sentimientos a flor de piel. Curtis había vuelto a casa luciendo un poblado bigote que le hacía parecerse aun más a su hermano, aunque los Chalfonte siempre habían tenido un aire de familia muy marcado. La guerra lo había envejecido, y también había estimulado su apetito por la vida. Antes de la guerra, siempre había guardado la distancia, pero quizás ahora se hubiera decidido a buscar a Ramelle. No podía echárselo en cara. «¿Quién podría resistirse a su encanto?» pensó. «Yo, no. Pero ¿y ella, habrá podido resistirse al suyo? Yo... Mierda, Fannie se ha llevado otra. Sí, seguro que son amantes. Lo siento en los huesos. Ella me quiere, sin embargo. Yo sé que me quiere. La rastrera de mi hermana. Brutus, Brutus Rife».
—Klotzen, nicht Klechern—dijo en voz alta.
—¿Qué has dicho, Celeste? —Fannie se inclinó hacia adelante.
—Estaba pensando que Brutus tendrá que venir hasta aquí, o llamar, si quiere hablar de ese sacrilegio de monumento.
—Has dicho algo en alemán —insistió Fairy.
—No palpes con los dedos, golpea con el puño. — Celeste echó otra carta.— Eso es lo que he dicho.
Curtis y Ramelle estuvieron toda la tarde haciendo el amor. A sus treinta y cinco años, Curtis ya tenía algunas mechas grises entretejidas entre la mata de pelo negro y todavía se le veía la marca de una herida reciente en el brazo izquierdo, de un feo color rojizo. Era un hombre guapo, con un cuerpo bien formado. A Ramelle le gustaba pasarle las manos por el pecho, cubierto de un fino vello negro, suave como el plumón de un pollito. Por su parte, Ramelle le tenía deslumbrado. Se enamoró el primer día que ella entró en la casa de su hermana. Spotts le había advertido que se mantuviera a distancia. Celeste era un formidable rival. ¡Qué lejos parecía todo aquello!
—Tengo que volver a California. ¿Lo sabes, verdad?
—Lo sé, cariño —contestó irguiéndose sobre un brazo.
—Ramelle, vente conmigo, por favor. —Curtis hablaba en voz baja, con la boca seca como un estropajo.
Ella le besó.
—No.
—Perdóname. Quiero decir que si quieres casarte conmigo. Sería muy feliz y me sentiría muy orgulloso si te casaras conmigo. —El hombre esperó sin mover un músculo.
—Curtis, no puedo. —Ramelle le acarició el pelo.— Sabes que no puedo y sabes por qué.
Aunque lo supiera, igualmente quiso oírlo.
—¿Celeste?
—Celeste. La quiero y la querré siempre.
—Qué extraño es tener a una hermana por rival. Yo, yo entiendo que la quieres, pero ¡Dios mío!, me gustaría que te casaras conmigo. Te quiero —dijo para su propia sorpresa.
—Yo también te quiero. Os quiero a los dos. —Respiró hondo.— Cuando venías de visita, te miraba y pensaba en cómo sería hacer el amor contigo. En la fiesta de Spotts, cuando nos sorprendiste a todos con tu llegada, supe que si volvías, te amaría, si es que tú me aceptabas.
—¿Aceptarte? Volvería a pasar por toda una guerra si supiera que te tendría a la vuelta.
Curtis volvió a besarla y la abrazó con fuerza, temeroso de perderla.
—Estoy contenta de que seamos amantes. Si vivieras aquí, no te dejaría nunca. —Vio que él iba a decir algo pero continuó.— No, ni lo pienses. Tú has construido tu vida en aquel lugar. Por mucho que me quieras, no debes sacrificar eso por mí.
—No digas eso.
—Eso es algo que tu hermana me ha enseñado. El arraigo a un lugar. Eso y la vida de la mente.
—Debes de quererla mucho.
—Sí.
—¿Hacéis...? —Se detuvo en seco, sintiéndose violento.
—Sí. Sí, lo hacemos, y también la quiero por eso. Es extraño, todo es muy extraño. No me siento culpable. No siento que la haya traicionado. Creo que amarte es lo más natural del mundo. Quererte a ti me hace quererla más a ella y quererla a ella me hace quererte a ti. ¿Crees que es posible que el amor se multiplique? Siempre nos han enseñado que divide. Se refleja a su alrededor, como los diamantes. Se multiplica.
—Eso espero. —Curtis le acarició la mejilla, recorrió con el dedo sus labios perfectos y pensó que iba a estallar por la emoción contenida.
Esa tarde, cuando Ramelle y Curtis volvieron, Celeste les informó de la visita de Brutus a Carlotta. Los tres estuvieron de acuerdo en que no habría modo en la tierra de que dejaran a Brutus hacer la más mínima insinuación de que tenía a los Chalfonte de su parte. Erigirían su propio monumento en memoria de Spotts y de todos los muchachos de Runnymede. Si hacían competir a las Hijas de la Confederación con las Hermanas de Gettysburg no tardarían en recaudar el dinero necesario. Además, tanto Curtis como Celeste pondrían un buen pellizco.
Por la noche, Celeste, tal como solía, se había sentado en la cama a leer. Estaba leyendo Das Kapital en alemán, pero de ninguna manera lo habría admitido delante de Fairy Thatcher. Celeste tenía entonces cuarenta y un años, y cumpliría cuarenta y dos a finales de noviembre. Seguía siendo bonita, con una belleza que podía calificarse incluso de radiante. Montaba cada mañana tal como lo había hecho desde niña, con lo que su cuerpo seguía fuerte y flexible.
Ramelle, arrebujándose a su lado, pensó que comparar la belleza de Curtis con la de su hermana era una tarea no sólo imposible, sino estúpida. Que cada uno fuera quien era.
—¿Sabes que Juts se está convirtiendo en una jugadora temible? —Celeste la rodeó con el brazo.
—Tiene una inteligencia penetrante. La próxima vez la escogeré de compañera. ¿Dónde estaba Cora hoy?
—La mandé al Capitol. Daban Hombres y mujeres con Gloria Swanson. ¿Sabes que no había ido nunca a ver una película?
—¿Y qué ha dicho?
—Que le daba dolor de cabeza. Prefiere escuchar el acordeón de Idabelle. Así puede imaginarse los colores mientras la escucha. —Celeste rió.
—¿Es interesante? —Ramelle se había fijado en el título.
—Puede que haya conseguido exaltar a los rusos, pero conmigo no lo está consiguiendo. Me cuesta imaginarme a Fairy leyendo esto.
—Sí, es como un pajarito.
—Ramelle, hay otra cosa que me dijo Carlotta y que no te he contado esta tarde.
—¿Qué? —Se sentó en la cama.
—Después de prudentes insinuaciones y ligeras indiscreciones, anunció que tú y Curtis manteníais relaciones íntimas. —Celeste cerró el libro, lo dejó en la mesilla de
noche y miró de frente a Ramelle.
—Es cierto —dijo Ramelle sin titubear.
—Eso pensaba. ¿Te ha pedido que te cases con él?
—Sí. Tu hermano es un hombre de honor.
—Es un buen hombre. No le conozco tan bien como conocía a Spotty; cuando empezamos a hacernos mayores él era todavía tan pequeño..., pero sé que es un buen hombre.
—Celeste, no pienso casarme con tu hermano.
—¿Mi hermano no es lo bastante bueno para ti? — Celeste disimuló el gran alivio que sentía con su mejor defensa, el humor. Ramelle la conocía demasiado bien para dejarse engañar.
—Curtis es bastante bueno para mí y para cualquier mujer, pero no es Celeste Chalfonte.
—¿Le quieres?
—Sí... y te quiero a ti.
—Yo te quiero a ti, Ramelle, te quiero. —La abrazó.— Ya sé que me muestro distante, a menudo más de la cuenta. Me abstraigo en la soledad de mis pensamientos. Si le quieres, ve con él. Será una vida más fácil en algunos aspectos.
—Celeste, no quiero una vida más fácil. Te quiero a ti.
Llevamos catorce años viviendo juntas. Tenía veintiuno cuando vine a vivir contigo. Nuestras vidas están entrelazadas como en una trenza. Si me fuera, desharía la trama de todo lo que me importa, incluida yo misma.
—Yo no sería nadie sin ti.
—Cariño, sin mí serías Celeste Chalfonte. Estás hecha de alguna materia incorruptible. Completa en ti misma. Esa es una de las razones por las que te quiero tanto. Celeste la besó.
—Sabía que algo pasaba entre tú y Curtis, Ramelle. Eres tan bonita y tan cariñosa que no sé como todavía no ha habido ningún hombre que me pegara un tiro para tenerte.
—¿Lo sabías?
—Claro. Una amante siempre sabe esas cosas.
—¿Por qué no dijiste nada?
—No era asunto mío. Tú sólo te perteneces a ti misma.
—Miró sus maravillosos ojos. —Espero que no le hayas hecho daño. Es mi hermano y le quiero. —Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué te pasa, amor mío?
Celeste apoyó la cabeza en el hombro de Ramelle y lloró.
—Nunca le dije a Spotts que le quería.
—Él lo sabía, cariño —susurró Ramelle acunándola.
—Desearía habérselo dicho. ¡Dios, cómo duele pensar en estas cosas cuando ya es demasiado tarde!
—Todavía no es demasiado tarde en el caso de Curtis.
—No, no lo es. —Celeste levantó la cabeza.— Cualquiera pensaría que decirle a un hermano que le quieres es lo más fácil del mundo, pero incluso a ti me cuesta decírtelo.
—Lo sé, pero díselo, Celeste. El amor se multiplica.
Celeste apagó la luz y se tendió encima de Ramelle. La besó y la abrazó antes de acurrucarse detrás de ella para dormir.
—¿Ramelle?
—Mm.
—No estoy celosa. De alguna manera, me parece lógico que quieras a mi hermano. Es cierto que el amor se multiplica.
Me alegro de que me lo hayas dicho.
—Yo también.
—Además, la ventaja de decir la verdad es que no tienes que acordarte de lo que has dicho.
—¡Pero bueno! —Ramelle se dio la vuelta y la mordió en el cuello. Se rieron y se echaron a dormir.

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20 de octubre de 1919

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:55 am

Louise y Orrie cubrieron la mesa de la cocina con toda la parafernalia de embellecimiento: polvos, tenacillas, revistas sobre cómo mejorar el propio aspecto; la mesa se tambaleaba bajo los potingues que habían reunido entre las dos.
—Louise, no te hace falta todo eso para ser bonita —fue todo lo que dijo Cora.
—Ja. Es tan atractiva como un saco de cardos borriqueros —intervino amablemente Juts.
Cora sacudió la cabeza y salió hacia el huerto diciendo:
—La edad del pavo.
—Tú cállate, Julia. Eres demasiado elemental para entender estas operaciones —dijo Louise desdeñosa.
—¡Elemental! Soy lo bastante lista para saber que esta noche vas a hacer manitas con Pearlie Trumbull.
—Yo no hago manitas como tú dices. ¡Eres tan vulgar...!
—Julia, no puedes entender el refinamiento de tu hermana.—El pelo de Orrie tenía un evidente brillo rojo.
—Para tu información, pequeña, Pearlie me va a llevar al restaurante de Hotzapple y pedirá una botella de dos litros de champán antes de que sea demasiado tarde.
—Pon que sea de litro —sugirió Orrie.
—¿Qué quieres decir... demasiado tarde? —preguntó Ev Most.
Louise estaba siguiendo con el dedo las instrucciones que daba la revista para un nuevo peinado y no levantó la cabeza.
—El gobierno piensa prohibir la bebida en enero.
—A Fannie Jump Creighton le puede dar un ataque —se rió Juts.
Louise esbozó una sonrisa al oír a su hermana. Lillian Russell, la vieja gata, se rascaba en un rincón.
—La gata tiene pulgas —canturreó Louise para avisar a
Orrie, y por su tono de voz se habría dicho que sentía horror sólo de pensarlo.
—Seguro que se las pegaste tú —dijo Juts.
—¿Por qué no os vais tú y Ev a ayudar a mamá? Sois demasiado pequeñas para estar con Orrie y conmigo.
—Sí, y tan elementales... —añadió Orrie.
—No me voy a ningún sitio, y Ev tampoco. Estoy en mi casa.
—Pues haz algo útil. —Louise le dio la espalda.— Saca agua del pozo para que me lave el pelo.
—Sácatela tú, creída.
—¡Quincallera! —se volvió Louise.
—¿Qué es eso? —Ev necesitaba entender el insulto.
—Barata, vulgar —dijo Louise arrugando la nariz.
—Está bien. Ya te saco el agua con tal de que te calles Ven, Ev. Vamos a preparar el agua de la princesa.
En cuanto las dos salieron dando un portazo, Louise puso los ojos en blanco y Orrie apoyó una mano en la cadera Louise se sentía muy madura, sobre todo desde que trabajaba en el departamento de sombreros del almacén de la plaza de Runnymede. Orrie atendía en el mostrador de telas. La sombrerería era un puesto respetable y Louise estaba orgullosa de sí misma.
—¿Cómo es que cedes con la princesa? —Ev seguía a Juts arrastrando sus pesadas botas.
—Necesita que le den una buena patada en el culo. — Julia empezó a darle a la bomba. Ev sostenía el cubo sin que hubiera ninguna necesidad, pero eso la hacía sentirse útil.
—Entonces ¿por qué le sacas el agua?
—No soy tan tonta. Mira.
Julia se sacó del bolsillo un paquetito de tinte añil y Ev se llevó la mano a la boca.
—¿De dónde lo has sacado?
—Se lo tenía que haber llevado a Celeste de camino al cinc.
—Julia Ellen.
—Cobardica.
—Bueno...
—Tú no hagas nada. Yo lo pongo en el agua. Como se supone que el agua es azul...
—Vale.
—Julia vació el paquete y mientras disolvía el contenido en el cubo se le fue dibujando una sonrisa maliciosa. Cuando el potingue estuvo mezclado a su gusto, se lo llevó al interior. Ev se mantenía a una distancia prudente. Alguna vez había visto pelearse a Julia y a Louise y no quería que la pillaran en medio.
—Toma.
Juts dejó el cubo en la mesa con malos modos para que su hermana no creyera que se mostraba demasiado servicial.
—Gracias, Juts —contestó Orrie, ocupada en deshacerle el moño a Louise.
Louise se inclinó sobre el barreño y Orrie le echó agua en el pelo y le aplicó una loción. Empezó a masajearle la cabeza sin notar nada mientras Julia se acercaba a la puerta. Orrie se miró las manos, que estaban de un color azul subido.
—¡Ahh! —Levantó las manos hacia la luz.
Louise, doblada sobre el barreño, no veía nada.
—¿Qué pasa, Orrie?
—Azules... Tengo las manos azules.
—Dame una toalla. No, espera... Antes quítame esto del pelo.
Orrie le echó agua para enjuagárselo. No sólo le quedó el pelo de un misterioso color, sino que las partes de la piel por donde se había escurrido el agua se veían marcadamente azules. Parecía un indio al que se le hubiera ido la mano con la pintura de guerra.
—¡Louise! —jadeó Orrie.
Louise corrió al espejo, mientras Julia y Ev ya salían por la puerta.
—Estoy azul. Esa guarra me ha puesto azul. Así no puedo presentarme delante de Pearlie. ¿Y ahora qué hago?
Orrie, consoladora nata, le dio palmaditas en la espalda.
—Ven, ven, Louise. Siéntate. Voy a buscar más agua. A lo mejor podemos quitarlo.
Una hora más tarde, con la piel a punto de pelarse de tanto frotar, aún se le veían rastros de azul, pero lo más gordo se había ido.
—Esto ya está bastante mejor. Si en el restaurante no hay mucha luz a lo mejor no lo nota.
—Los hombres son un poco tontos en esas cosas, Wheezie. No te preocupes. Te encontraría igual de bonita aunque te pusieras un saco.
—Gracias, Orrie. Esa mocosa me las pagará, cueste lo que cueste. —Cogió las tenacillas y se fue hacia la cocina.
Cora entró en la casa y dejó las calabazas en una silla, visto que Louise tenía toda la mesa ocupada.
—Tu hermana ha salido corriendo.
—Me ha puesto tinte en el agua del pelo.
Cora echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír.
—A mí no me hace gracia, mamá. ¿Qué te parecería tener el pelo azul?
—Mejor azul que sin pelo.
Cora no podía evitar reírse de las ocurrencias de Julia. No conseguía enfadarse con la niña por muchas trastadas que hiciera.
En los ojos de Louise apareció un brillo cruel. Orrie adivinó enseguida la súbita determinación de su amiga: — No.
—Sí —contestó Louise.
Cora, inconsciente del plan que acababa de tramarse, dijo:—Venga, Louise, perdónala y olvídalo. Después de todo, es más pequeña que tú y ya sabes que no puede estarse quieta.
—Ya me he olvidado.


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21 de octubre de 1919

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:55 am

—Estoy embarazada —anunció Ramelle con voz firme mientras tomaban el té después de cenar.
—Soy demasiado joven para ser el padre —contestó Celeste sin pestañear.
—Eres lo que no hay. Un encanto.
—Si tú estás contenta, yo también. ¿Quieres tenerlo?
—Sí, aunque soy un poco mayor.
—A los treinta y cinco no se puede decir que estés chocha. ¿Has ido al médico?
—Sí. Ya lo sospechaba y hoy me lo han confirmado.
—Si es un niño lo llamaremos Spottiswood y si es una niña la llamaremos Spottiswood.
—Celeste, soy yo la que va a hacer todo el trabajo. El nombre se lo pongo yo.
—¿Ah sí? O sea que voy a tener que aguantar tus mareos matinales y enterarme de los intríngulis de tus tripas y ni siquiera voy a tener derecho a ponerle el segundo apellido.
—Ya veremos.
—Si consigues reproducirte con éxito ¿qué nombre le pondrás al niño?
—Spottiswood. —Ramelle sonrió.
—Te adoro.
—Todavía no he escrito a Curtis pero lo haré. Me temo que eso resucitará sus sueños de matrimonio.
—¿Crees que deberías casarte?
—No.
—Quiero que sepas, Ramelle Bowman, que no permitiré que traigas a esta casa la desgracia del escándalo y el deshonor.
—¿Significa eso que quieres que me case? —Ramelle la miraba incrédula.
—No, diremos que lo ha traído una cigüeña.
Cora entró silenciosamente a retirar los platos. La cocinera se había tomado el día libre y ella estaba haciendo jornada doble.
—Cora, una noticia estupenda. Ramelle va a tener un hijo. —Celeste sonreía abiertamente.
Cora besó a la futura madre en la mejilla y le atrajo la cabeza hacia su abundante pecho.
—Me alegro por ti, preciosa. Tener hijos te mantiene joven.
—¿No me creías capaz de hacerlo, verdad? —presumió Celeste, orgullosa y sonrojada.
—Siempre te he creído capaz de cualquier cosa.
—Si piensas ir por ahí presumiendo de ser el padre, le llamaré Aloysius. Y si es niña, le pondré Carlotta.
Celeste levantó la vista hacia Cora fingiéndose horrorizada.
—No, no y mil veces no. Curtis es el afortunado — confesó.
—¡Ajá! —asintió Cora sirviéndoles más té.
—¡Te odio! ¡Te odio! —se oyeron gritos procedentes de la parte trasera de la casa.
Se abrió la puerta y apareció una Julia Ellen llorosa, con el pelo cortado a trasquilones. Detrás se escondían Louise y Orrie.
—¡Mamá, me ha cortado el pelo!
—Julia, estás horrorosa —dejó escapar Celeste.
—¡Louise Hunsenmeir, ven aquí ahora mismo! —La voz de Cora sonó autoritaria.
Louise entró tímidamente pero sin rastro de arrepentimiento. —Se lo había buscado, mamá.
—¡Dios mío! No me dejáis respirar un minuto.
—Los niños te mantienen joven, Cora.—Celeste se esforzaba por no reírse viendo la cara de pena que ponía Juts.
—Lo retiro. Sólo tienes que mirarme las canas.
—Ayer ella me tiñó el pelo de azul. Ahora estamos en paz.
—¡Que te lo has creído! Espera y verás —amenazó Juts—. Y esto no es lo único. La pobre Ev Most. .. Todos sus rizos están tirados por la plaza.
—Tu compinche. —Louise se cruzó de brazos con gesto triunfante.
—Orrie Tadia ¿eres tú la que se esconde detrás de la hielera? —la llamó Cora.
—Sí, señora Hunsenmeir.
—¿Tú también has participado en esto?
—Sí.
—Vaya cristiana estás hecha —riñó Cora a Louise—. No tienes bastante con rapar a tu hermana que encima metes a Orrie en todo esto.
—No le voy a pedir perdón, mamá. Se lo merecía.
—Desaparece de mi vista antes de que te dé una torta.
Louise y Orrie salieron corriendo por la puerta trasera.
—A ver si podemos arreglar este desastre. —Ramelle se apiadó de Julia.— Dicen que va a llevarse el pelo corto.
—Buena idea. —Celeste se levantó y fue a buscar una revista de modas.
Las tres mujeres se afanaron en torno a Julia hasta quedar satisfechas. Le dejaron una melenita cortísima que le sentaba muy bien. Celeste le regaló un sombrero acampanado y Juts quedó convertida en una modelo de revista. Fue la primera chica de Runnymede que llevó el pelo corto y, gracias a la venganza de su hermana, se ganó la reputación de ir por delante de su tiempo, una reputación que conservaría hasta la vejez.

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2 de febrero de 1920

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:56 am

A medida que Ramelle engordaba, Celeste pensaba cada vez más en lo que significaba ser madre, o ser la segunda madre. Le daba miedo no estar a la altura de la responsabilidad y demostrar ser una desgracia de progenitor. Grace Pettibone le envió unos libros nuevos de un médico vienés con unas teorías tan deprimentes sobre la sexualidad infantil que sólo consiguieron hacerla sentir peor.
—Tú esfuérzate hasta donde puedas y deja el resto en las manos del Señor —la sermoneó Cora.
Celeste no estaba muy segura de querer dejar nada en las manos del Señor, pero la obsesión que sentía por crear el entorno perfecto fue cediendo gradualmente hasta que se resignó a cometer errores como cualquier otro mortal.
Carlotta, en cuando husmeó el estado de Ramelle, reemprendió sus incursiones semanales con el objetivo de salvar almas, especialmente la del nonato. Cuando Celeste se negó a seguir hablando con ella por teléfono, cambió de estrategia y se dedicó a escribir epístolas, imaginando ser una versión femenina de San Pablo, pero igualmente severa. A pesar de los esfuerzos de la Sermonetta por aliarse con Brutus, ni Celeste ni Curtis consintieron que el monumento de guerra se dedicara a Spottiswood. Rife y Carlotta salvaron el escollo haciendo que el soldado de bronce se le pareciera aunque no llevara su nombre. Fue la gota que colmó el vaso. Celeste ya no creía que hubiera justicia en el mundo, pero se preguntaba muy seriamente por dónde pasaba la línea entre la conciencia individual y la social. Brutus Rife había matado a un hombre con sus manos, había pagado para que mataran a otros, respaldaba en secreto a la Orden de la Camelia Blanca y tenía a una gran parte de la población de Runnymede cogida por las pelotas. Y nadie hacía nada.
Celeste se preguntaba por qué ella tampoco hacía nada. Aquel hombre era la personificación del mal. Quizás la sociedad podía tolerar a un hombre que era la personificación del mal si tenía dinero y guardaba las apariencias, pero ¿y ella?
La puerta trasera se abrió y se cerró, y al momento siguiente se oyó el golpe de unos libros contra la mesa de la cocina. La fogosa conversación se inmiscuyó en el retiro que Celeste había buscado en la biblioteca. Se levantó de la mecedora y se dirigió hacia el ruido.
—No pienso aguantar más esa idiotez del latín. ¿Qué me importa que César llegara, viera y venciera? Ya está muerto y bien muerto. —Julia ponía cara de mártir.
—Tú aguantarás lo que tengas que aguantar —le dijo Cora.
—Ni siquiera llegaste a segundo, así que...
—Precisamente por eso te digo que acabes, porque sé lo importante que es leer y escribir.
—El latín no es leer y escribir. Es un latazo.
Celeste entró en la habitación.
—Puede que ahora no te parezca importante, pero cuando te hagas mayor entenderás lo valioso que es.
—Todo el mundo dice lo mismo de todo. Estoy harta de estar sentada en una silla. Quiero salir y ganar dinero, y el latín no sirve para eso.
—Julia, en marzo cumplirás quince años. Entonces ya hablaremos de eso. —Cora miró por la ventana de la cocina.
La nieve se arremolinaba al caer y el cielo tenía un peculiar tono amarillo. —¡Qué extraño!
—Sí, parece que vamos a tener una tormenta de nieve.
El resplandor de un relámpago seguido del retumbo de un trueno confirmó su pronóstico.
—¡Una tormenta de nieve! —Julia corrió hacia la ventana.
—Cora ¿habías visto alguna vez algo así?
—Una vez, hace años.
—¿Está arriba Ramelle?
—Echándose la siesta, pero el trueno debe de haberla despertado.
—Voy a salir un ratito. Si se levanta, dile que volveré para cenar.
—No puedes salir con este tiempo.
—Es tan raro que no quiero perdérmelo.
—Miss Chalfonte ¿puedo ir con usted?
—No, Juts. Quiero todos los rayos para mí sola.
Celeste se fue hacia la entrada, se puso un abrigo grueso, se calzó las botas, entró en el estudio, se metió algo en el bolsillo y salió por la puerta antes de que Cora o Juts pudieran pensar en otras razones por las que debiera quedarse en casa. Celeste apenas podía verse la mano delante de la cara. La nieve engullía sus pisadas y los truenos conferían un aspecto misterioso a la conocida ciudad. Guiándose por una posibilidad remota, Celeste se dirigió hacia el edificio de despachos situados a una manzana hacia el norte de la plaza.
El mal tiempo la obligaba a avanzar despacio y tardó media hora en recorrer un trayecto que por lo común le llevaba diez minutos. La calle estaba desierta o, si había alguien, la nieve impedía verle. Celeste entró en el edificio. En el pasillo había luz. Sudando bajo el grueso abrigo, abrió la puerta de las oficinas. Un semicírculo con el letrero «Rife e hijos» adornaba el cristal de la puerta. Las oficinas estaban desiertas. Pensó que se habrían ido a casa temprano por miedo a la ventisca. Se quedó de pie en la recepción, sintiéndose extrañamente defraudada. Un ruido procedente de un despacho privado la alertó. Fue hacia allí y llamó a la puerta.
—¿Quién es? —Era la voz de Brutus.
—Celeste Chalfonte.
Se oyeron pasos rápidos, se abrió la puerta y un sorprendido Brutus la saludó: —Miss Chalfonte ¿qué hace usted aquí?
—Me ha sorprendido la ventisca. Me refugié aquí y luego me di cuenta de que eran sus oficinas. Siento molestarle.
—Pase, por favor. ¿Quiere quitarse el abrigo?
—No, gracias. Luego me lo quitaré, pero todavía tengo frío.
Le brillaban los ojos. Arrastró un pesado sillón para que se sentara y acercó una silla de madera, dispuesto a respirar en su cara. Su belleza le atraía igual que hacía veinte años.
—Ya que estoy aquí me gustaría preguntarle algo. —Celeste le observaba sin pestañear.
—¿Qué?
—Brutus ¿se da cuenta de que lo que hace está mal?
—No sé de qué me habla, Celeste.
—Entonces deje que le recuerde las pocas cosas que conozco. Dios sabe qué más habrá hecho.
Brutus se agitó en la silla. La sinceridad no tenía un gran atractivo para él. ¿Qué más le daba a Celeste?
—Es probable que matara a Hans Zepp hace muchos años. Con toda seguridad mandó que se deshicieran de Aimes Rankin. Compra a los congresistas como si fueran cigarros. Tiene no sé cuantas segundas hipotecas y las ejecuta al primer pago atrasado. Compra todo y a todos los que puede, y el que se resiste acaba dándose de bruces contra el suelo.
—¿No esperará que me quede aquí sentado escuchándola? —Se agitó en la silla como si fuera a levantarse.
—Quiero saber si se ha dado cuenta de lo bajo que ha caído.
—Celeste Chalfonte, usted vive en otro mundo, un mundo de caballeros, cortesía y romances. No entiende cómo funciona el mundo ni quiere entenderlo. Es demasiado buena para los pobres mortales.
—Sí, vivo en otro mundo, pero en cualquier mundo se le consideraría corrupto.
—¿Corrupto? ¿Cree que el caucho se fabrica porque a la gente le gusta la selva? ¿Cree que el acero se forja porque los hombres disfrutan del calor? Es necesario forzar a la gente para que trabaje. La gente es ignorante, estúpida y perezosa. Los hombres fuertes han de tomar las riendas del rebaño o no habrá progreso ni crecimiento.
—Ah, sí, el progreso; el vampiro industrial. —Celeste se ostraba tan fría como la ventisca que soplaba en el exterior.
—¿Le atrae más alguna vaga utopía agrícola? Celeste, usted y los de su clase son una raza en extinción. Son los hombres como yo los que hacemos América. Los de su clase tuvieron su oportunidad y la perdieron en Gettysburg. Ahora me toca a mí. Lo que usted considera corrupción es el precio que pagamos por el progreso. Los romanos también pensaban que César era corrupto, pero hizo un imperio de una república. América va camino de ser un imperio.
—Alea iacta est.
—Sí, la suerte está echada. Ya no hay vuelta atrás. ¿Por qué no se limita a disfrutar de su riqueza y de su mujer —su voz se hizo más aguda al hacer esa referencia— y deja los negocios a los hombres? De todos modos, no es capaz de entenderlos.
—Puede que tenga razón, Brutus, pero sí que entiendo cuestiones simples de moralidad y responsabilidad. Quizás se trate del viejo debate entre Antígona y Creonte. Quizás no haya nada nuevo bajo el sol.
El retumbo de un trueno en el exterior le sobresaltó. Cuando dejó de mirar por la ventana y se giró, Celeste le estaba apuntando con su preciosa pistola alemana.
Medio divertido, medio asustado, intentó parecer seguro de sí mismo: —¿Qué cree que está haciendo? Aparte eso.
—Es una cuestión de honor. No espero que lo entienda.
—Está loca. —Su voz tenía un genuino tono de preocupación.
—Sin duda.
Un relámpago iluminó la habitación con una enfermiza luz amarilla azulada. Lo siguió un trueno ensordecedor. Cuando el ruido ya se alejaba, Brutus se derrumbó en la silla, con un perfecto agujero de bala entre los ojos. Si no se le miraba la nuca, parecía un bramán. Celeste guardó la pistola en el abrigo, se acercó a la ventana, se puso los guantes y probó a abrir la ventana que daba al callejón. Estaba cerrada a cal y canto. Sin titubear un momento, atravesó el cristal con el puño e hizo caer el marco a la calle de una patada. La nieve se precipitó por la abertura y empezó a amontonarse en el suelo. Celeste pasó por la ventana, saltó al suelo y corrió hacia la plaza. Las ráfagas blancas la hacían bambolearse de regreso a casa. No sentía miedo ni remordimientos, sino orgullo teñido de repugnancia, repugnancia hacia la raza humana por producir aberraciones como Brutus y repugnancia hacia el resto de los mortales por dejar que prosperen sin molestarles.
—¿Eres tú, Celeste? —Cora la llamó desde el piso de arriba.
—Sí. Ahí fuera hay una verdadera tempestad.
Ramelle salió de su habitación y se asomó por el hueco de la escalera.
—Cariño, es de lunáticos salir con este tiempo.
—Lo sé. —Miró hacia arriba, vio la agitación de Ramelle y dijo—: La misma furia del temporal fue lo que me atrajo.
Al día siguiente Runnymede bullía con la noticia. Nadie lamentó la muerte de Brutus, ni siquiera Felicia, su esposa. Ni el sheriff del norte ni el del sur llevaron a cabo una investigación exhaustiva. Julius Caesar Rife, con veintipocos años y unas maneras distantes que ya recordaban las de su padre, era la persona destinada a asumir la gestión de la fortuna familiar. El asesinato de su padre sirvió de advertencia para Julius: «No se puede estirar el brazo más que la manga».
Fannie Jump Creighton apareció en la casa de Celeste para dar la noticia. Ramelle tuvo el incómodo presentimiento de que había sido Celeste pero se guardó de expresar sus sospechas. Cora, oyendo el barullo, entró en la sala para escuchar a Fannie volver a contar la historia.
—Dicen que ha debido de ser un hombre fornido porque para escapar desencajó el marco de la ventana —se regodeaba Fannie, que le había odiado tanto como los demás.
—¿De verdad? —Celeste arqueó una ceja.
—¿No hay pistas? —preguntó Ramelle.
—¿Con esa ventisca? Además, lo único que impide que toda la ciudad salga a celebrarlo es el respeto por Felicia —continuó Fannie.
—Como aquí no nos ve nadie, podemos tomar una copa para celebrarlo. —Celeste fue en busca del suministro.
—Celeste, encanto ¿qué vas a hacer cuando se te vacíe la bodega? —Fannie estaba más preocupada por la prohibición que por el asesinato de Brutus Rife.
—Comprar ilegalmente, por supuesto.
—Tú no se puede decir que bebas. Si mis reservas se acaban antes que las tuyas, podrías darme algo de licor — rogó Fannie.
—Fannie Jump ¿me crees capaz de dejarte en la estacada?
—Celeste levantó la copa para brindar—. Por la civilización, que no es más que aprender a insultar a la gente en lugar de matarla.
—No lo entiendo. —Fannie apuró la copa sin esperar la respuesta.
—Significa que tenemos un largo camino por delante. —Celeste se rió.
Cora tenía un sexto sentido que le decía que Celeste había enviado a Brutus al reino de la vida perdurable. Ramelle advirtió su silencio.
—¿En qué piensa?
—¿Yo? Oh, estaba pensando en un dicho de mi madre «Si lo malo es bueno y lo bueno es malo, juzgar es siempre en vano».

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6 de marzo de 1920

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:58 am

—Julia Ellen, enciende el fuego —Cora trasteaba con el quinqué.
El granizo y el viento golpeaban las ventanas. Cora y Juts se habían ido temprano de la casa de Celeste para celebrar el cumpleaños de Julia, y Louise había prometido volver a casa en cuanto saliera del trabajo, en lugar de pasear mirándose a los ojos con Pearlie Trumbull.
—¿Te ha gustado el regalo de Celeste y Ramelle?
—Tú dirás. El jersey me lo han traído directamente de Nueva York. Louise se pondrá amarilla de la envidia. —Julia se imaginó el ataque de celos de Louise.— ¿Mamá?
—¿Qué? Pásame el cuchillo, a ver si despabilo un poco esta mecha. Gracias.
—Es mi cumpleaños y quiero dejar la escuela.
—¿Qué?
—Me dijiste que en mi cumpleaños hablaríamos lo de dejar la escuela.
—Yo no he dicho eso.
—Sí que lo dijiste, mamá. Te has olvidado.
—Bien. Ya está. Con esta luz, estaremos mejor. ¿Qué tonterías son esas de dejar la escuela?
—Yo no soy como Louise. No tengo ningún talento especial. ¿Para qué voy a seguir perdiendo el tiempo?
—Claro que tienes talento.
—¿Cuál? —A Julia no le habría importado que la convencieran de que tenía algún tesoro escondido.
—Tienes un talento innato para armar la de Dios es Cristo. —A Cora le brillaban los ojos.
Julia sonrió. Sabía que podía ser un verdadero tormento.
—Me parece que nadie me pagará por eso.
—No estés tan segura. Ayer oí decir a Celeste que está pensando en darte una paga para ayudarte un poco.
—¿Se ha dado cuenta de lo de los cigarrillos?
—¿Qué cigarrillos?
—Sus cigarrillos —salió Juts por la tangente al darse cuenta de su error—. Me gasté el dinero en un helado de nueces.
—No digas mentiras, Julia.
—Le quité unos cuantos y nos los fumamos con Ev.
—Das unas cuantas chupadas y ya quieres dejar la escuela. Toda una mujer de mundo.
—No estoy aprendiendo nada. Mira mi libro de historia. ¿Has visto algo más aburrido en tu vida?
Cora abrió el libro por la página señalada para la lección del día siguiente.
—Esto de aquí parece un documento.
—Es la Declaración de Derechos. —Julia puso mala cara.
—¿Qué significa?
—Significa que tengo que aprendérmelos de memoria para mañana y que me importan un bledo los derechos o la Constitución. Un puñado de palabras. El dinero es lo que cuenta y no tantos papeles.
Esforzándose por descifrar una o dos palabras, Cora señaló la Primera Enmienda.
—¿Qué quiere decir esta palabra larga de aquí, la primera?
Con un gesto de desdén hacia el tema, Juts echó una ojeada a la página.
—«Congreso».
—Léeme los derechos.
—Mamá.
—Quiero oírlos. Sólo necesito oír las cosas una vez y ya se me quedan. —Cora señaló su cabeza.
Exasperada, Julia le dio la vuelta al libro y empezó a leer con sonsonete:
—«El Congreso no hará ninguna ley tendente al establecímiento de una religión o que prohíba el libre ejercicio de la misma; o que recorte la libertad de expresión, o de prensa; o el derecho de las personas a reunirse pacíficamente, y a demandar al gobierno para la reparación de perjuicios.»
—¿No es grandioso?
—¿Qué es tan grandioso?
—Puedo decir lo que quiera, creer lo que quiera, sentarme a la mesa con quien me apetezca y nadie me lo puede impedir.
—Igualmente lo haces.
—Es verdad, pero a lo mejor lo hago porque he crecido en un lugar donde la gente decía lo que pensaba.
—Sigue siendo una idiotez aprenderse todas esas tonterías de memoria.
—Léeme el resto, Julia.
—Sí, señora. —Se resignó a su destino.— ¿Puedo acortarlos y decirte lo que significan en lugar de entretenerme con toda esta palabrería del año de la pera?
—Vale.
—La Segunda Enmienda dice que tenemos derecho a tener y llevar armas.
—Ajá. —Cora se levantó, echó un poco de leña a la cocina y puso un cazo de agua al fuego.
—La tercera dice que no tenemos obligación de alojar soldados en casa; la cuarta dice que no pueden entrar aquí y registrar la casa o llevarse cosas.
—¿Los cacos?
—No, creo que se refiere a la ley.
—No hay mucha diferencia, a veces. Sigue, te escucho.
—La quinta dice que en un juicio nos han de tratar según las leyes y que no pueden juzgarnos dos veces por el mismo delito. La parte final dice que si cogen nuestra tierra para uso de todos nos han de dar una buena cantidad por ella.
—¿Quieres decir que nos pueden coger la tierra sin permiso? —Cora se puso en jarras, preparada para la lucha en caso de que el Estado se atreviera a entrar por su puerta.
—No sé. —Julia se encogió de hombros.
—Nadie se va a quedar con mis tierras. La tierra es lo más importante. No se puede cultivar maíz en las aceras.
—Pero te han de dar dinero.
—No quiero dinero. Conozco esta tierra. Sé cuando van a florecer las maravillas y noto cómo la savia sube por los manzanos. La tierra que posees es parte de ti, como tus hijos o tu compañero, algo así. El dinero no puede comprar eso.
—El delantal revoloteaba entre sus manos y Cora respiraba pesadamente.
—Mamá, no creo que tengas que preocuparte por eso. ¿Quién va a querer Bumblebee Hill?
—A lo mejor no, pero Dios no lo quiera, porque mataría al que lo intentara. Léeme los otros derechos.
—El siguiente dice que tenemos derecho a un juicio rápido con jurado.
—¿Cuál has dicho que es ése?
—El sexto. El séptimo dice que si una disputa legal es por veinte dólares o más el juicio será con jurado.
—¿Tú lo entiendes?
—No, pero veinte dólares es mucho dinero. A lo mejor necesitas un jurado porque no puedes harte del juez.
—Podría ser. ¿Cuál es el siguiente?
—El octavo dice que no se te aplicará un castigo excesivo ni se te impondrá una fianza desproporcionada si estás en chirona.
—Un castigo excesivo..., pero si a los asesinos los matan. —Cora meditaba con la mano en la cabeza.
—Sí, eso es ojo por ojo y diente por diente. Lo dice la Biblia ¿no?
—No tan rápido, Julia. Eso es el Antiguo Testamento. Jesús vino a predicar el amor, no la venganza.
—Pues vaya trabajo de mierda que hizo.
Cora se llevó las manos a la cabeza y dio un grito: — Niña ¿tú comes con esa boca?
—Como decía —Julia se hizo la entendida—, quitar la vida a alguien que ha matado es una regla antigua. Así que de lo que habla la Declaración de Derechos no es de eso, sino de cosas como cortar la lengua de los que cotillean, o quemarles un ojo.
Cora dejó escapar un suspiro.
—Venga, léeme el siguiente.
—Vale, éste dice que aunque los derechos estén escritos en la Constitución eso no significa que la gente no tenga otros derechos que no estén escritos. Así es como me lo explico yo. Y el último dice que cualquier poder que no se diga que pertenece a la Constitución, pertenece a los estados... ya sabes, como Maryland. Todo lo demás pertenece a la gente. Y ya está.
—Está claro que da qué pensar. —Acercó la mano a la cocina y echó agua caliente sobre las hojas de té.
—Sigo diciendo que es un aburrimiento y que quiero dejar la escuela.
—Julia, no puedo decirte cómo has de vivir tu vida. Creo que ir a la escuela te va bien, pero yo no soy tú. Si quieres dejarla, hazlo, pero espera por lo menos hasta que se acabe el curso en junio.
—¿De verdad?
—Sí.
Se abrió una puerta y oyeron a Louise, que se estaba quitando las botas.
—Wheezie ¿eres tú? —chilló Julia.
—No, Lillian Gish.
—¡Qué graciosa!
Louise irrumpió en la habitación.
—No te pongas tonta, Juts, o no te doy el regalo de cumpleaños. Hola, mamá.
—Hola, cariño. —Cora se puso de pie para que Louise le diera un beso.
—¡Qué asco de tiempo! Podías haber nacido en mayo.
—El tuyo es dentro de tres semanas, Louise, así que no me hagas la puñeta con que si llegué en marzo o en mayo. Me parece que Ramelle lo tendrá en mayo.
—Por lo menos, podría casarse. —Louise arrugó la nariz.
—La Sermonetta Segunda. —Julia dobló el labio.
—Así que a ti te parece bien dar alas a la inmoralidad flagrante.
—Si sigues así con Pearlie pronto estarás en el mismo barco.
Louise dio un puñetazo en la mesa.
—Eso no es verdad. Nuestros sentimientos están muy por encima de eso.
—-Será mejor que me esconda antes de que reciba. — Juts se emboscó debajo de la mesa.
—No juzgues si no quieres ser juzgada —le recordó Cora a Louise.
La mayor vio el libro de historia abierto.
—Rápido, tráeme las sales. No puedo creer que Julia estuviera estudiando. —Louise hizo que se desmayaba.
—¡No es verdad! —saltó Julia.
—¡Ja! —se regodeó Louise.
—Me estaba leyendo la Declaración de Derechos. ¿Quieres un poco de té para calentarte los huesos, Louise?
—¿La Declaración de Derechos?
—Los diez del primero al último. No es moco de pavo esto de ser americano.
—Bueno —murmuró Louise, muy poco impresionada.
—A los doce, te parecía que representar a la Libertad era el no va más, Wheezie. —Una sonrisa sardónica iluminó el atractivo rostro de Julia.
—De poco me achicharras.
—Te habría podido vender como chicharrones.
—Julia Ellen, en serio que no te voy a dar tu regalo, mamarracho deslenguado.
—¡Mamarracho! Mira quién habla. Antes me muero que mirar tu cara de sapo.
—Un poco de calma, señoritas. —Cora le tiró la barra de pan a Julia, que la cogió en el aire.
—Venga, Louise, dame el regalo. Yo te compraré algo para tu cumpleaños.
—No.
—Ea, Wheezie, no te pongas en plan muía. Estaba jugando.
—No puedes ser amable ni cuando quieres algo. Ni la mantequilla se desharía en tu boca.
—No puedo evitar pincharte, pero es porque me gustas. Pincho a todo el que me gusta, pero tú siempre te haces la ofendida o la beata.
—Eso es porque soy sensible.
—Dame el regalo.
—Está bien. —Louise se fue a la entrada y volvió con un paquetito cuidadosamente envuelto.
—Aquí tienes, tormento.
—Gracias. —Juts lo desenvolvió en un segundo. Dentro de la caja había un par de elegantes pendientes. —¡Oooh!
Ayúdame a ponérmelos.
—Ahora me toca a mí. —Cora desapareció en la despensa de suelo de tierra y reapareció con una sombrerera enorme.
Julia le quitó la tapa antes de que pudiera dejarla en la mesa.
—Mamá, igual que los de las revistas de moda de Celeste. Y el color hace juego con los pendientes. —Juts abrazó a su madre y dio un beso a Louise.
Louise empezó a cantar «Cumpleaños feliz» y Cora se unió a ella. A Julia se le humedecieron los ojos pero no quiso que la vieran y consiguió controlarse.
—¡Os quiero mucho!


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