Almas gemelas

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15 de junio de 1920

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 8:59 am

Runnymede era un verdadero arco iris de abigarrados colores; todos sus habitantes se habían disfrazado con atuendos del siglo XH1. Cada año, en ese día la ciudad conmemoraba la concesión de la Carta Magna de Inglaterra y representaba la entrega en la plaza del pueblo. Celeste comentó que el rey Juan Sin Tierra debió de ser el primero en hacerse pagar caro un autógrafo. En ningún lugar se desarrollaba una actividad tan frenética como en Bumblebee Hill.
Cora, Juts y Louise habían decorado el porche con guirnaldas y en las esquinas habían colgado una mezcla de flores secas para perfumar el aire. Cora sacó su mejor mantel, mil veces remendado, y el alegre estampado contribuyó al ambiente de fiesta.
Ramelle había tenido una niña el anterior 2 de mayo, una niña sana, con el pelo negro y los ojos azul eléctrico, a la que, según lo prometido, había puesto el nombre de Spottiswood. Cora organizaba la fiesta en su honor. Curtis había viajado desde Los Ángeles para estar junto a Ramelle cuando cumpliera pero tenía que volver la semana siguiente y Cora se esforzó en que el día también fuera algo especial para él.
Fairy Thatcher llegó la primera con su violín. Cora había dicho que todos tenían que hacer música. Idabelle subía pesadamente por la cuesta con su leal acordeón. Juts apareció con una pandereta y Cora tuvo el incómodo presentimiento de que la había sisado. Cora llevaba días practicando los ritmos con las manos. Darse golpes no quedaba muy elegante pero sonaba casi como un tambor y además, no cualquiera era capaz de imitar sus floreos. Fannie Jump aparcó su Bugatti junto al patio y les enseñó su armónica. Louise zumbaba alrededor de la casa como un Buffalo Bill afectado de chaladura. Su madre le había dicho que podía invitar a Pearlie Trumbull y estaba a punto de darle un ataque sólo de pensar que Pearlie estaría entre toda esa gente. No tenía ninguna duda respecto a él, pero ¡Dios mío, vaya pandilla!
Celeste y Ramelle eran amantes. Ramelle acababa de tener un hijo de Curtis. Fairy Thatcher leía libros extraños y no paraba de citarlos. Fannie Jump Creighton empinaba el codo que daba gusto e Idabelle estaba tan gorda que si se tropezara subiendo la cuesta bajaría rodando hasta la plaza. Louise se retorcía las manos. ¿Cómo era posible que ella, una estudiante de la academia Inmaculada, la niña mimada de Carlotta Van Dusen, se encontrara en medio de toda esa chusma? Y para poner la guinda en el pastel, Julia Ellen no dejaba de atormentarla haciendo comentarios sobre Pearlie Trumbull, pero lo peor de todo era que Louise pensaba que Julia era más bonita que ella. Louise rezaba cada día, iba a misa regularmente, tenía pensamientos elevados, y Dios iba y hacía más bonita a ese tormento del diablo. «Es mi cruz» pensó.
Cora, que conocía bien las debilidades de Fannie, se había asegurado de tener una buena provisión de ginebra.
—Cora, encanto ¿de dónde saca este líquido divino?
—No pienso contarle todos mis secretos. —Mientras hablaba, una bandada de mirlos se posó en el campo que había enfrente del porche. —¡Mi fiesta! —Cora aplaudió.
—¿Qué?
—Cuando se ven mirlos, hay que decir «mi fiesta» y mucha gente acude a tus fiestas —le explicó Cora.
—¡Qué original! ¿Dónde están los invitados de honor: el padre, la madre y Celeste?
—Bueno, ya sabe que Celeste necesita hacer su entrada triunfal.
—De culo. Cora ¿tiene hojas de palma?
Por la cuesta subía un atildado Pearlie Trumbull, con canotié, pantalones de mil rayas y un violín en la mano.
—¿Quién es ése? —preguntó Fannie.
—El príncipe azul de Louise. —Cora le saludó con la mano.— Louise, tu chico está aquí.
Louise salió de la casa como un gato perseguido por un pastor alemán, pero enseguida se dio cuenta de lo impropio de su conducta, se paró y empezó a andar reposadamente hacia el sonriente Pearlie.
—Si llevas una antorcha en alto, se te meterán las pavesas en los ojos —se rió Julia.
Fairy la oyó y la reconvino amablemente:
—Julia, el amor es algo maravilloso. Ya verás como te enamoras algún día.
—¡Ja! —Julia revolvía el ponche.
Louise presentó a Pearlie con toda ceremonia. Idabelle se deshizo en atenciones con él. Echaba de menos a Rob, que se había establecido en Carolina del Norte y trabajaba en las fábricas de toallas. Louise le acompañó hasta la mesa del ponche y cuando vio que ni Pearlie ni nadie más la miraba, empujó a Juts para que se fuera. Julia, que estaba preciosa con su vestido nuevo, pensó echarle mermelada por detrás del vestido pero el rumor que se oyó procedente de la carretera la distrajo. Un camión enorme subía por la cuesta.
—¿Qué narices es eso? —Cora se asomó apoyándose en la barandilla. —¿No es Curtis el que conduce?
—Demonios, sí. —Fannie entrecerró los ojos para forzar la vista.
—Curtis y Ramelle, con la niña en los brazos, ocupaban la cabina del camión. En la caja, iba el maldito piano y Celeste, toda empingorotada, tocando «Dixie».Simulando hacer caso omiso de la concurrencia, aporreaba las teclas presa de fervor confederal mientras Curtis echaba marcha atrás y hacía girar el camión, de manera que el piano quedara junto a los escalones del porche. Celeste dejó de tocar.
—Caros amigos, os traigo un poco de cultura.
—¡La caraba! —Cora sonreía con los brazos en jarras.
—Pearlie Trumbull, tú que pareces fuerte, échanos una mano —le ordenó Celeste.
—Sí, señora.
Curtis saltó del camión, vestido de blanco y más guapo que una estrella de cine. A Julia le dio un salto el corazón y decidió que debía de ser el ponche. Le había puesto tanta ginebra que no era extraño que le dieran palpitaciones. No podía ser porque Curtis fuera tan atractivo. No, a Julia no le pasaban esas cosas. Sonrió satisfecha de su fuerza interior.
Idabelle ayudó a Ramelle a bajar de la cabina y revoloteó en torno a la niña. Ramelle estaba más guapa que nunca, si es que eso fuera humanamente posible.
—Muchas manos hacen el trabajo ligero.
Cora se subió al camión y se puso a ayudar a los hombres con el piano. Julia se colocó en el otro extremo, mientras Celeste les miraba sentada en el taburete con las piernas cruzadas.
—Mira la niña bonita. Ayuda a tu hermano —le gritó Fannie.
—Le ayudo si tú nos ayudas.
Fannie y Celeste se unieron al grupo y en cinco minutos el piano estuvo debajo del porche. Una ronda de ponche refrescó a los sudados trabajadores.
—Louise, creo recordar que me lo habías pedido. — Celeste pasó un brazo por los hombros de Louise.
—Gracias, miss Chalfonte.
Cora se había quedado sin palabras y se limitaba a sonreír, pero Fannie nunca era víctima de esas conmociones.
—Venga, Louise, toca una canción.
Louise se deslizó suavemente hacia el piano, atenta a causar la mejor impresión a Pearlie, aunque se podía haber ahorrado el trabajo, porque el muchacho ya estaba totalmente anonadado. Louise se dirigió a la audiencia y anunció con su mejor voz de artista: —Voy a tocar el ballet de Las sífilis.
Celeste estalló en carcajadas y se tapó la cara con las manos.
—Sílfides, Louise, sílfides.
—Wheezie Hunsenmeir tiene una mente calenturienta
—dijo Juts con toda su mala fe.
—Calla... quiero decir, compórtate. Estamos en una fiesta de bautismo, no en una reunión de camorristas. Dejadme que toque «Santo, santo, santo».
—Deja ya de cacarear y pon el huevo —replicó Julia un poco picada.
Louise, siempre tan distinguida, se alisó la falda, se sentó en el taburete y empezó el programa religioso.
—Más rápido, Louise. —Fannie no estaba para sesiones religiosas.
Louise tocó el himno con un poco más de brío pero siguió elevando los ojos hacia el cielo y frunciendo el entrecejo para subrayar su espiritualidad. Pearlie pensó que era un alma noble. Orrie le susurró al oído algo similar. Ev, que también había sido invitada a la fiesta, se echó otro trago al gollete y empezó a sentirse en los cielos.
—Deja de tocar un momento, cariño —dijo Cora poniendo una mano en el hombro de Louise. Luego se giró hacia los invitados.— Nos hemos reunido en honor de miss
Spottiswood Chalfonte Bowman. Éstas son las reglas. Todo el mundo baila una vez con la niña. A la madre le corresponde el primer baile y al padre, el último. El resto nos turnamos entremedias. ¿Todo el mundo tiene algo para hacer ruido?
Pearlie se llevó el violín a la barbilla y se colocó junto a Fairy, que le estaba dando cera al arco. Afinaron juntos.
Fannie hizo una escala con la armónica y Julia agitó la pandereta. Ev tenía una flauta y la tocaba bastante bien.
Idabelle, muy excitada, ya se había colocado el acordeón. Cómo conseguía acomodarlo sobre el enorme vientre era uno de esos misterios irresolubles de la vida. Ni Orrie ni Celeste tenían instrumento.
—Celeste, Curtis tiene una cítara. ¿Y tú?
—Yo tarareo.
—Ni hablar. Tú y Orrie os sentáis aquí conmigo, que os enseñaré a llevar el ritmo con las manos.
Cuando Celeste se hubo sentado a su derecha y Orrie a su izquierda, les demostró como se conseguían algunos ritmos fáciles golpeándose el cuerpo con las manos. Ver a Celeste dándose golpes era todo un espectáculo.
—¿Qué tal si toco «Junto al mar» sólo para ver cómo lo hacemos todos juntos? —propuso Louise a su madre.
—Perfecto.
Consiguieron llegar hasta el final sin trabucarse apenas.
—¿Está preparada la nueva mamá? —preguntó Cora.
—Preparada.
—¿Miss Spottiswood Bowman está preparada? —Cora sonreía.
La niña tenía bien abiertos los pequeños ojos azules, que hacían un exótico contraste con los rizos negros. El pelo lo había heredado de los Chalfonte pero la barbilla y los ojos eran de su madre. Toda una combinación. Con sólo seis semanas, miss Spotts ya era una belleza.
—Miss Spottiswood está preparadísima. —Ramelle se puso de pie con la niña en los brazos.
—Ida, Wheezie, Pearlie y Fairy ¿os sabéis «El saludo del pastor»?
Todos asintieron. Cora se dio una palmada en el pie y empezaron a tocar al unísono la canción, más vieja que todos ellos juntos. Ramelle bailaba despacio al son de la animada música. La niña reía y echaba los bracitos al aire. Julia se entusiasmó con la pandereta y Celeste no paraba de reír dándose golpes.
Después de dar algunas vueltas alrededor del porche, Ramelle le pasó la niña a Celeste, que, entusiasmada con la pequeña, la levantó en el aire para que todos la vieran.
Celeste la puso en los brazos de Cora. A sus treinta y siete años, Cora tenía el rostro surcado por líneas profundas y en sus grandes manos habían empezado a aparecer algunas manchas marrones, pero en lugar de mermar su peculiar belleza, esas señales de envejecimiento la favorecían como si fueran medallas de guerras, ganadas y perdidas. Su naturaleza exuberante no conocía modas ni edades. Siempre decía «Habla del sol y verás sus rayos», una expresión que bien podía aplicársele a la misma Cora. Viéndola balancearse por el porche con la niña acurrucada en el pecho, Ramelle pensó que nunca había visto algo tan alegre. Cuando acabó su turno, Cora le pasó la niña a Pearlie. Era su manera de darle la bienvenida. Un poco tembloroso, Pearlie sostuvo a la niña lejos de su cuerpo. En la tensión de la cara se conocía que estaba aterrado por la posibilidad de dejar caer el precioso fardito. Dio un par de pasos rápidos y se inclinó hacia Louise para dejarle la niña en los brazos. Louise pensó que iba a desmayarse de la emoción.
Julia golpeó la pandereta saltando sobre un pie. Louise dio un par de vueltas alrededor del porche, le entregó la niña a su hermana y corrió al piano sin dejar de dedicar dulces miradas a Pearlie, que seguía tocando el violín. Julia agitaba la pandereta junto a la niña mientras la acunaba. Sin demostrar ningún miedo, la pequeña Spotts agarró una de las brillantes sonajas. Todos vitorearon a la niña cuando hizo sonar la pandereta. Julia trotó de un lado a otro sintiéndose en las nubes y luego le pasó la niña a Fannie, que se tambaleó. Los músicos vacilaron con ella.
—Seguid tocando. Aún estoy en pie.
Dio una vuelta y de poco deja de estarlo, así que prudentemente le pasó la niña a Fairy, que mientras daba graciosos asitos se preguntaba cómo era que Marx nunca había escrito cerca de las emociones o de los sentimientos. Cora y los de su clase hacían las cosas de una manera diferente a los de la suya. Bailando con Spotts no pudo evitar sentir una cierta pena por no ser uno de ellos. Tenían un brío y una franqueza envidiables. Idabelle la despertó de sus ensueños.
—Venga, muchacha, es mi turno de bailar con la honorable invitada.
Desembarazándose del acordeón, Idabelle empezó a lanzar exclamaciones de admiración que de algún modo asustaron un poco a la niña. De mala gana, la puso en los brazos de Ev Most, que por alguna razón no tenía una imagen nada materna!. Orrie fue la siguiente y la niña se la quedó mirando en silencio, posiblemente por el resplandor rojo de su pelo. Orrie se la entregó a Curtis.
Al principio, Curtis se sintió incómodo. Dio la primera vuelta un poco encogido, pero luego enseguida consiguió dejarse llevar por la música. Sintió que aquella gente les
querían bien a él y a su hija, y se dio cuenta de que su corazón ya se iba abriendo a aquella nueva personita. Se olvidó de sí mismo y bailó como un ángel. Spottiswood le cogió un dedo y lo rodeó con su diminuto puño. Curtis rió.
Quizás todavía quedaba alegría en aquel confuso mundo. Quizás el instinto básico de los humanos era amar y no odiar. Sabía que nunca encontraría la respuesta, pero allí, en aquel momento, en el sencillo porche de Cora, lleno de gente risueña y con la niña en los brazos, habría querido vivir y amar eternamente. No se dio cuenta de que tenía lágrimas en los ojos. Ramelle se levantó y le envolvió entre sus brazos. Juntos bailaron con miss Spottiswood Chalfonte Bowman.

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14 de febrero de 1921

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:00 am

Ramelle se avino a pasar los meses de enero a marzo de cada año con Curtis en California. Celeste creía que Spottiswood debía pasar algún tiempo con su padre y se quedó tranquila con la seguridad de que Ramelle volvería. Se hacía bromas a sí misma diciéndose que sería como si Perséfone volviera del mundo subterráneo trayendo consigo la primavera. Durante el día no la añoraba demasiado pero cuando llegaba la noche, se sentía cada vez más sola. Sus lecturas se multiplicaron y lo mismo ocurrió con su insomnio.
Aquella noche, una ligera pero persistente nevada amortiguaba los ruidos. El mundo parecía haber enmudecido. Celeste se irguió en la cama y empezó a leer el primer volumen de À la recherche du temps perdu. Grace Pettibone se lo habíarecomendado con entusiasmo en su última carta. Sigourny, l a amante de Grace, había publicado otro libro, que Celeste había leído de corrido la noche anterior para descartarlo luego como un malogrado intento de autobiografía. «Dios me libre de las literatas lesbianas», pensó para sus adentros, pero después tuvo que admitir que no le perdonaba a Sigourny que se hubiera llevado a su amor de adolescencia. «Ah, mi juventud» musitó. En dos horas acabó con Por el camino de Swann. Leer en francés la ponía melancólica. Cogió Las ranas de Aristófanes, en griego, y lo leyó sin un bostezo. Acabado éste también, se puso a mirar por la ventana. Eran las tres de la madrugada y no podía dormir.
Dormir, quizás soñar... Su mente divagaba. «Podría llamar a Fannie Jump Creighton. No. Fannie estará en el catre con algún joven desenfadado, como de costumbre. Dios mío, no puedo leer otro libro. En el catre. Echo a faltar a Ramelle. Claro que siempre podría tener alguna aventura sin trascendencia. Pero ¿qué jovencitas hay en Runnymede que me atraigan? ¿O, para el caso, qué jovencitos? Las tontadas románticas las dejo para Louise y Pearlie.» Ahuecó la almohada y se echó boca arriba, con los brazos cruzados sobre el pecho.
«Es una noche perfecta para hacer el amor. La nieve posee un erotismo austero. Me gusta, voy a apuntarlo.» Lo garabateó en la libreta de notas que siempre tenía
junto a la cama. "No hay ninguna mujer en esta ciudad que sea inteligente y bonita. Ramelle vuelve de aquí a seis semanas. Tampoco falta tanto. Ah, sería capaz de besar a un tigre cuando la luna está llena. Nunca me han molestado los hombres en la cama, las pocas veces que he dado rienda suelta a mi curiosidad. Entiendo que Ramelle quiera a mi hermano. De hecho, los hombres en la cama no están mal. Es fuera de la cama donde me aburren hasta el infinito. Pero Curtis, no. No tiene nada de aburrido. Los Chalfonte podemos ser causa de profundas perturbaciones pero nunca somos aburridos, ni siquiera esa maldita Carlotta. Ha vuelto de su viaje europeo con lágrimas de la Virgen para la academia. Meados de gato, seguro. No estoy celosa de Curtis; es sólo que añoro a Ramelle. ¿Entonces es que no dejo de pensar que me gustaría que un rayo le fundiera la cremallera? Ya se me pasará. A mí no me afectan los celos. Al fin y al cabo, tengo cuarenta y tres años. Debería de estar entrando en el declive sexual, aunque parece que evolucione al revés. Algo de culpa tiene la calidez que emana la piel de las mujeres. Embriagadora.
Amar a una mujer es casi como tocar el cielo. Con sus roncos susurros de iglesia, Carlotta me dice que si renuncio a mi peculiar vicio —peculiar vicio, vaya una cotorra corrupta—, si renuncio al placer, iré a su cielo. Y pensar en soportar a un Dios con unos gustos notablemente parecidos a los suyos.
No, gracias. Ya me construyo el paraíso aquí en la tierra. En el cerebro de Carlotta debe de habitar una tenia de la imaginación. A lo mejor Fannie todavía está despierta. No puedo llamarla. Es demasiado tarde.»
Celeste sentía terror, aunque no sabía de qué. Eran las tres de la mañana y su cama era grande, cálida y segura, pero sentía que un buitre entraba y salía de su pecho desgarrándola con sus uñas podridas. ¿Cómo podía ser? Era una mujer perfectamente razonable, inteligente y espléndida. Los ataques de terror irracional ni siquiera se mencionan en los colegios de pago. No sólo nadie le había advertido que todos los humanos experimentan momentos así, sino que su carácter se oponía empecinadamente a cualquier idea de vulnerabilidad, que para Celeste equivalía a debilidad. ¿Aterrada en medio de una noche de nieve con un fuego encendido en la chimenea? La soledad. Tonterías. Por supuesto, su rechazo a aceptar e! miedo empeoró las cosas. Marcó el número de Fannie y colgó antes de que sonara. Mirando caer la nieve, pensó en todos aquellos poemas, los primeros testimonios escritos de la cultura occidental, en los que se asociaba el invierno a la vejez. «Las metáforas son una manera de entender el mundo», pensó. «Otra cosa es que tengan alguna relación con la realidad. Además, no soy vieja. Mal podría decirse que soy una pálida azucena en sus momentos postreros. Para nada me acerco a la muerte. ¡Dios mío, odio estas rapsodias nocturnas! ¿Por qué no puedo dormirme? Voy a apagar esta maldita lámpara y voy a dormirme. Ahora mismo.»
Apagó la luz. La coronilla le ardía, respiraba trabajosamente y sintió una punzada en el pecho. Un ataque de corazón. Encendió la luz y se sentó en la cama de un salto. Soy demasiado joven. Tenía las palmas de las manos húmedas. «No, no puede ser un ataque de corazón. Jesús, si estoy temblando. ¿Qué me pasa?» Volvió a coger el teléfono pero enseguida colgó el auricular. Se acercó al armario y se vistió. Bajó las escaleras tambaleándose y se puso el abrigo de marta, el más caliente que tenía. Anduvo entre la nieve hasta el garaje, puso el coche en marcha y se dirigió hacia Bumblebee Hill.
Runnymede reposaba en la oscuridad. Cora nunca cerraba la puerta, así que Celeste la empujó con cuidado y entró. No supo decidir qué era peor, si despertar a Cora o entrar en su casa sin avisar. Una hija de la difunta Lillian Russell, Mabel Normand de nombre, lanzó un agudo maullido. A Celeste se le erizaron los nervios. Dio un bote y chocó con una silla. No veía nada.
—¿Quién es? llamo Julia.
—Celeste.
—Ah. —Julia se quedó dormida al instante siguiente.
Cora, que había oído el ruido y la voz de Celeste, se envolvió en su vieja bata, encendió el quinqué y se bajó a la sala.
—¿Celeste?
—Sí, soy yo. Cora, lo siento en el alma. Por favor, perdona que...
—¿Todo va bien en la casa?
—Sí, no pasa nada.
Cora dejó el quinqué en la mesa y advirtió la cara de preocupación de Celeste.
—Deja que te prepare un poco de leche caliente.
—No, no. Por favor, Cora, vete a dormir. Me da tanta vergüenza haber venido aquí y despertarte de esta manera.
Cora le pasó un brazo por los hombros.
—No te preocupes por eso, Celeste. Me levanto muchas noches por las niñas. Deja que encienda el fuego.
—No, por favor. Vuelve a la cama. Sólo necesito sentarme aquí en tu casa. —El labio inferior le temblaba.
Sin quitarle el brazo de los hombros, Cora la hizo levantar.
—Venga. Sube a la cama conmigo. Estás a punto de quedarte frita.
—No podré.
—No tienes más que un ataque de terror nocturno. Ven.
—¿Un ataque de terror nocturno?
—Sí. No puedes dormir. Los sueños te persiguen. Los dragones gruñen debajo de tu cama.
—Algo así. —Celeste la siguió obedientemente escaleras arriba.
—Yo también he pasado por eso. Fueron terribles después de que Aimes muriera.
—¿Y qué hacías?
—Me levantaba y me ponía a trabajar, y cuando estaba tan cansada que ya no podía seguir, me echaba en la canta e intentaba imaginarme el amanecer.
Cora llevó a Celeste a su reducido dormitorio. Un edredón de colores vivos cubría la cama. Mientras retiraba las mantas, el hecho de que Celeste hacía el amor con mujeres le impactó con toda su fuerza. «Me arriesgaré», pensó. «Pensándolo bien, aunque no me atraiga de esa manera, quiero a Celeste.»
—¿Quieres un camisón? Juts tiene uno de sobras. Yo nunca llevo, porque se me enreda en las piernas.
—Yo tampoco sé dormir con camisón —contestó tímida mente Celeste.
Dejó el abrigo de marta sobre el respaldo de una silla y se desvistió a toda prisa. Hacía tanto frío que sólo pensaba en meterse debajo de las mantas lo antes posible. Cora se admiró de su hermoso cuerpo.
—Mañana me despertaré y me reiré de ser tan tonta.
—Tener miedo no es ninguna tontería. A veces te invade con tal sigilo que no lo oyes llegar.
—El mío hoy galopaba.
Cora rió.
—Es extraño, pero las personas somos como los copos de nieve. No hay dos iguales pero todas son lo mismo de lo mismo.
—Sí. —Celeste se mantenía muy quieta por miedo a rozar a Cora y asustarla.
—Esta noche pensaba en que tenía cuarenta y tres años. No soy vieja pero tampoco soy joven. Ya no volveré a ser joven. —Se revolvía contra su angustia.
—Como todo en este mundo, no sabemos apreciar lo bueno que es hasta que ya ha pasado.
—¿No te preocupa hacerte vieja?
—De higos a brevas. Tengo treinta y siete. Casi te diría que estoy agradecida de haber llegado tan lejos.
Celeste se rió y sin darse cuenta rozó el pecho de Cora.
—Lo siento. Yo...
—Pero Celeste, si estamos aquí como sardinas en lata. No me digas que te vas a poner rígida como un témpano con el frío que hace ahí fuera. Ven aquí.
Cora atrajo a Celeste hacia sí y la abrazó. La divina miss Chalfonte no sabía si cagarse, salir corriendo o desmayarse.
—Celeste, relájate. No pienso morderte. Ya verás cómo te duermes así cogida.
Celeste apoyó la cabeza en el pecho de Cora y dejó que le acariciara el pelo. Le oía los latidos del corazón.
—Cora ¿te da miedo morirte?
—El tiempo pasa —dijo Cora divertida—. ¿Algún día tendrá que tocarme, no?
Agotada, Celeste se durmió escuchando el amable ronroneo de la risa en el pecho de Cora. Cora la besó como a sus niñas cuando se dormían y se hundió a su vez en un sueño tranquilo.

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22 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:00 am

Ev Most irrumpió en la casa por la puerta de la cocina, con los mismos ricitos de cuando era niña, sólo que ahora ya eran blancos.
—Juts ¿te has enterado?
—¿De qué?
—Evel Knievel ha dicho que piensa dar saltos sobre la boca de Orrie.
—¡Ja! —A Julia le gustó la noticia.
—¿Ya tienes un plan? —susurró Ev inclinándose hacia ella.
—En parte. Tenemos que acabarlo de pulir.
—Eso está hecho. —Ev se frotó las manos.— Por cierto ¿de qué va la cosa?
—Dinero. El dinero es verde porque Louise lo coge antes de que esté maduro.
—Vaya una noticia. ¿Ahora te das cuenta? —Ev sonreía maliciosa.
—Espera un momento. Por teléfono no te he dicho lo que pasa. La línea puede estar pinchada. Nunca se sabe hasta dónde es capaz de llegar Louise, y si no es Louise, puede ser el FBI. Tienen informes de Nickel ¿sabías?
—¿Qué ha hecho? —Ev se quedó con la boca abierta.
—Se metió con Nixon, creo. Hizo que los buscaran y ella misma los vio. «Nicole Smith» ponía en la primera página. A lo mejor Louise se ha aliado con ellos para fastidiarnos.
—Lo dudo. No les habría dejado decir una palabra. Ella y Orrie inventaron el primer sistema de energía renovable, darle al pico.
—Y se cree que su mierda no huele.
—Bueno... dime. ¿De qué va la cosa?
—Espera un minuto. Deja que me asegure de que Nickel sigue ahí cortando la hierba.
Julia se fue hacia la puerta trasera, cerrada con una contrapuerta de rejilla. Su hija seguía empujando la máquina de cortar hierba, que silbaba a todo trapo.
—Louise quiere sacarle a Nickel sesenta mil dólares.
—¿¡Qué!?
—Mi hermana pretende vender la granja de mi madre por sesenta mil dólares. Esa es la pura verdad.
—No puede ser.
—Nickel sabía que los inquilinos se habían marchado y dijo que quería comprar la casa. Ya sabes que es mía y de Wheeze. Ella no la querría para vivir pero dice que no le venderá su mitad a mi hija. Mi hija, la única que ha hecho algo de provecho.
—Acabará vendiéndola. Louise dice una cosa y hace la otra.
—Dirás que dice dos cosas y no hace ninguna.
—Ya verás como cede.
—¿Esa avariciosa? Si estuviera en medio de una carrera y a alguien se le cayera un céntimo, lo oiría y se agacharía a recogerlo. Creo que esta vez va a presentar batalla.
—Puede ser. Tiene que haber alguna manera de hacerla entrar en razón. ¿Has pensado qué precio sería justo?
—Creo que entre cuarenta y cinco y cincuenta mil sería lo justo. La casa se ladea un poco y las cuadras parecen la torre inclinada de Pisa, pero la tierra es buena, y mi parte puede pagármela de mes en mes. A mí, no tiene que darme ninguna entrada. Al fin y al cabo, cuando me muera lo heredará todo.
—¿Y no podrías darle ya tu parte?
—Ya lo he pensado ¿pero qué me queda para vivir? Esa pequeña renta cada mes me aseguraría la comida en la mesa. La plancha pronto no me dará para vivir. Y acabo cansada de estar tantas horas de pie.
—¿No te han ido bien las Adidas nuevas?
—Son mucho mejor que los zuecos de enfermera pero si me las pongo para salir, Louise dice que parezco un bombero porque son rojas.
—Tiene que haber algo que haga entrar en razón a Louise Trumbull. ¿A lo mejor podríamos hacer que Ernst Cutworth recalificara su casa?
—¿Eh?
—Con todos esos Jesuses de feria que tiene, podríamos declarar que su casa es una fábrica de plástico y un peligro público. El plástico provoca cáncer.
—¿Crees que lo haría? —Julia estaba encantada.
—Si le acaricias la rodilla y subes un poco más arriba, seguro.
—¡Ev!
—No es para tanto. Ya hace años que te ronda.
—Si tiene ganas, que se vaya donde Fannie. Me gustaría que Chessy estuviera aquí. El la convencería.
—Ya hace diecinueve años que Chessy está muerto.
—Ya lo sé, pero era mi marido ¿no?, y todavía le añoro. El era el único que conseguía calmarla y hacerla razonar.
—Pearlie no era de gran ayuda. —Ev suspiró.
—Le manejaba como hace con todo el mundo. No había un hombre mejor, pero todavía no entiendo cómo soportaba doña Sargento.
—Hay personas a las que les gusta que les dirijan la vida, la especialidad de Louise. Oye, a lo mejor podríamos recurrir al padre Scola. A él le escucha.
—Acuérdate de que yo no soy católica. Se pondría de su parte antes que apoyar a una luterana.
—En eso llevas razón.
—A lo mejor puedo sobornarla.
—Podrías darle una parte de tu parte.
—Ni hablar. La mitad de esa granja es mía. No pienso darle nada. Estaba pensando en algo así como los candelabros de cristal que heredé de Celeste. A Louise se le cae la baba por cualquier cosa que perteneciera a los Chalfonte.
Ev abrió la puerta de la nevera.
—Voy a comer un poco de helado. ¿No te importa, verdad?
—¿Helado? ¿A estas horas?
—Es por mi estómago.
—Ya, ya.
Ev se echó una tonelada de chocolate líquido por encima del helado
—Sabes, creo que me estoy haciendo vieja, pero cosas que antes me sacaban de quicio ahora me importan un pito. Lo único que quiero es que me dejen en paz. Mientras la gente sea amable conmigo yo soy amable con ella.
—Amén. —Julia miraba la cucharada pantagruélica que Ev tenía frente a la boca.
—Julia, conozco esa mirada. ¿Qué estás pensando?
—Juraría que allá por los años treinta mi hermana se entregó a las emociones de la infidelidad.
—¡No! —La cuchara se paró a medio camino y la pegajosa sustancia cayó de nuevo en el bol.
—Nunca dije nada porque no tenía pruebas. Pero estoy segura.
—¿Con quién? —Ev se entusiasmó con el notición.
—¿Te acuerdas cuando trabajaba en el Bon-Ton y la mandaban a Filadelfia y a Nueva York a visitar a los proveedores?
—Claro. Me daba mucha envidia su trabajo en el BonTon. Luego se supo que el viejo Shindel había timado a la compañía y ¡la que se armó!
—Te juro que tenía un amante en Nueva York. Siempre volvía de esos viajes toda callada y pesarosa.
—¿Callada? A lo mejor cogió el tifus. —Ev rebañaba el bol con la cuchara, dispuesta a no dejar una gota de chocolate.
—Si consiguiéramos alguna prueba, la tendríamos en nuestras manos.
—Julia, sabía que encontrarías la manera.
—Ya sabes lo que solía decir mi madre: Si no encuentras el camino, ábrelo tú. Encontraré cartas de amor o lo que sea. Las fotocopiaré y la amenazaré con llevar las pruebas al Carion o al Trumpet.
—Julia, estás más chocha que una pasa. ¿Cómo van a publicar cartas de amor de hace casi cincuenta años?
—Lo hicieron con Eisenhower, y Louise se cree que es igual de importante. ¡La pillaremos por lo creída que es!
—Mm.
—Mañana por la mañana, a las ocho, cuando esté en misa, te metes en su habitación. Regístrala de arriba abajo, pero deja todo en su sitio cuando acabes.
—¿Por qué yo? Hazlo tú. Vosotras dos estáis todo el día entrando y saliendo de la casa de la otra.
—No, no quiero que nadie me vea. Sospecharía.
—¿Y no va a sospechar si los vecinos le dicen que me han visto?
—Ponte una peluca roja. Todo el mundo se creerá que eres Orrie.
—Yo no estoy tan gorda como Orrie ni de lejos. Está como una vaca.
—No quería decir eso.
—Y si mañana vuelve antes por lo que sea, ya me dirás qué hago. —Ev se movía nerviosa en la silla.— Me cago patas abajo.
—Me sentaré al lado de la cabina que hay dos manzanas más abajo y si viene haré sonar el teléfono dos veces.
—Te verá y sabrá que pasa algo.
—Me disfrazaré de la vieja Patience Horney. ¿Te acuerdas de ella, la gorda chiflada de la estación de ferrocarril?
—Julia, Patience murió en los años veinte.
—Ya lo sé, pero Louise vive en el pasado. Pasará con el coche, verá a Patience y le contará a todo el mundo que ha tenido una visión.
—No sé. —La cara de Ev se retorcía tanto como su cuerpo.— Es muy arriesgado. Sigo pensando que tendrías que ser tú la que fuera a hurgar en su casa.
—Ev ¿quién rellena su receta de Valium cada mes y te la da?
—Juts, sabes que la necesito para tranquilizarme. Tengo los nervios muy delicados.
—¿Entonces por qué no te lo receta el médico?
—Es que...
—Porque tienes una personalidad adictiva. ¿No fue eso lo que dijo? Si no fuera Valium, sería otra droga.
—Ya vale, Julia. No hace falta que me recuerdes mis defectos, pero no tengo una personalidad adictiva. Me gusta ponerme contenta y ya está.
—¿Contenta? Cuando teníamos veinte años no te vi ni una sola vez sin la petaca escondida en el liguero.
—Mira quién fue a hablar. ¿Y quién lo destilaba?
—Cosas de la oferta y la demanda. Eso no quiere decir que yo bebiera. Hace tantos años que ¿a quién le importa?
—Esas plantas de marihuana que tienes en el huerto no non de hace tantos años.
—¿Qué has estado haciendo en mi huerto?
—Tengo ojos, Julia Ellen.
—Nickel las puso ahí por hacer una gracia.
—Los negocios ilegales eran lo tuyo y lo siguen siendo. Seguro que piensas venderla. —Ev juntó las manos como si rezara.
—Sigue así y te aplastaré una oruga en la cara.
Ev dio un grito porque sabía que Julia era perfectamente capaz de hacerlo y además, disfrutaría. Julia se fue hacia la puerta como si fuera a buscar una al jardín, sólo por el placer de oír gritar a Ev un poco más.
—Juts, nooo.
—Valium o violación de domicilio. Tú eliges.
—Está bien, ya lo hago.
Ev fingió que se resignaba, pero en realidad se moría de parias de que llegara el momento. Parte de su amistad con Julia se basaba en que la convenciera de participar en cada trastada.
—¿Julia?
—¿Me darás un poco de esa marihuana?
Julia se llevó las manos a las caderas y la miró a los ojos. Ev se quedó tan tranquila y Juts se puso a reír.
—Sí.
Mientras ellas hablaban, Louise y Orrie, unas manzanas más allá, también hacían planes.

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2 de mayo de 1925

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:01 am

—Hola, mamá. —Julia Ellen dio un beso a Cora.
—¿Qué tal ha ido el día?
—Bien. En el descanso para comer me he encontrado con Yashew Gregorivitch, que trabaja en el almacén, y me ha contado una historia graciosa.
—¿Cuál?
—¿Te acuerdas de Ollie Buxton, aquel que tenía alquilada una habitación en casa del viejo señor Gregorivitch?
—Le conocía de vista.
—Bueno, pues hace unos meses no pagó el alquiler y se largó a York. Ayer a medianoche, la voz de Dios le dice que vaya a pagar el alquiler que debe y va, se levanta de la cama, hace todo el camino hasta Runnymede y se pone a aporrear la puerta del señor Gregorivitch gritando: «Despierte, despierte. Dios me ha dicho que le pague el alquiler». El señor Gregorivitch va hacia la ventana, saca la cabeza y dice:
«Lo siento, pero a mí no me ha avisado de que usted venía». Vaya pringado ¿no?
—Ya lo creo. —Cora sacudió la cabeza.
—Estoy ahorrando todo lo que gano y compraré una radio.
—No necesitamos una radio. Tenemos el piano.
—Yo no sé tocar el piano.
—Pero tu hermana, sí.
—Mamá, Wheezie no viene más que dos o tres veces por semana y sólo toca los domingos.
—Estar casada no deja mucho tiempo libre.
—Hace tres años que se casó. ¿Ya podría haberse acostumbrado, no? Mira a Fannie Jump y Fairy, no es que pasen mucho tiempo con sus maridos.
—Llevan casadas mucho más tiempo que Louise.
—Ya.
Juts abrió la puerta trasera y se quedó mirando el precioso jardín que había en la parte trasera de la mansión. Celeste, Ramelle y Spotts estaban jugando al croquet. El mazo era tan alto como Spotts y cada vez que conseguía darle a la bola, lanzaba un grito. Julia trabajaba en la fábrica de sedas Red Bird. Le gustaban las cintas, los colores, los tintes, el trato con las otras mujeres. Viendo que era eficiente y hábil en el trato con las personas, la habían puesto de encargada. Enseñaba a las nuevas y controlaba el proceso de la producción de cintas.
Incluso había empezado a leer la prensa económica. Ev Most trabajaba en el mismo departamento y las dos habían hecho muchas amigas. La hora de la comida con las otras chicas era lo mejor del día. Los fines de semana, salían en grupo. Ir al cine era una de sus actividades preferidas. Había visto, y se sabía de memoria, El jeque, El prisionero de Zenda, El hombre mosca, La auténtica flipper, El gran desfile, de hecho, veía todas las películas que llegaban a Runnymede.
Ev se deshacía pensando en Valentino, pero a Juts le gustaba aquel actor nuevo que se llamaba John Gilbert. Celeste le contó que aparte de las tierras, Curtis había invertido en una productora y, conociendo la pasión de Julia, él le enviaba fotos y carteles. Con eso, Juts acabó convirtiéndose en la persona más popular de Red Bird.
Louise arrugaba la nariz ante las «aflicciones juveniles» de Julia, dado que ella se consideraba una mujer madura y responsable. Carlotta había conseguido grabarle a fuego la moralidad victoriana, aunque con un poco de paciencia podía conseguirse que la dejara temporalmente de lado. Juts, por su parte, se había convertido en una verdadera flapper. El espíritu de los años veinte estaba perfectamente de acuerdo con su carácter tumultuoso. Tenía a Cora, Celeste y Ramelle pendientes de su próxima ocurrencia. Nunca sabían qué iba a salir a continuación de su boca o cómo se vestiría. Uno de los mayores campanazos con que marcaba estilo entre las chicas de Runnymede fue cuando le dio por vestirse como The Kid . Estaba adorable con el pelo corto, la gorra de obrero y los bombachos. Las escolares de los últimos cursos hacían lo posible por verla para luego copiarse su último modelo.
Louise rezaba con más devoción si cabía, buscando consuelo en el más allá. Que Juts tuviera tanto éxito hacía temblar los cimientos de su fe. Juts no había pisado una iglesia desde que se confirmó como luterana pero en cambio había estado en todos los garitos clandestinos de veinte millas a la redonda. Por si fuera poco, ganaba todos los concursos de charlestón.
—Mamá ¿quién viene por el camino de atrás?
—El repartidor de aguardiente.
—¿Cómo no lo había visto nunca?
—Suele llegar antes.
—Seguro que Fannie Jump vendrá esta noche de visita.
—Celeste apenas bebe, pero Fannie prefiere que se lo traigan aquí. Cree que así su marido no se entera.
Un mozo ancho de espaldas y estrecho de cintura descargaba el camión, cantando mientras trabajaba. Era rubio y llevaba el pelo peinado hacia atrás, como John Held en el papel de jeque. Cuando se giró y cargó la caja hasta la puerta de atrás, Julia Ellen pudo ver un hermoso rostro, una mandíbula firme y unos grandes y luminosos ojos. El joven intentó abrir la puerta pero Juts le cerraba el paso.
—Perdone, señorita.
Juts no movió un músculo.
—Julia, apártate —le gritó Cora.
—¿Yo? —contestó mirándola sorprendida.
—No, Robert E. Lee. Apártate para que ese hombre pueda entrar.
—Perdón. —Juts dio unos pasos hacia atrás y se lo quedó mirando.
El guapo mozo descargó la enorme caja en el mármol y se lo quedó mirando a Julia. Tampoco él decía nada. Los dos se miraban como dos gatos a punto de saltarse encima. Cora empezó a guardar la bebida y tardó uno o dos minutos en darse cuenta de la situación. En su curtido rostro se dibujó una amplia sonrisa.
—Chester Smith, te presento a mi hija pequeña, Julia Ellen.
—Encantado de conocerla, señorita.
—Lo mismo digo —dijo Julia sin dejar de mirarle.
—Julia, ofrécele una taza de café.
—Señor Smith ¿quiere una taza de café?
—Sí, gracias.
Julia llenó un cazo con agua, midió el café y se olvidó de encender el fuego. Cora lo remedió mientras los dos jóvenes se esforzaban torpemente por conversar.
—¿Quiere azúcar?
—Sí, gracias.
—¿Leche?
—Sí, gracias.
—¿Y bizcochos?
—Sí, gracias.
Julia llevó a la mesa todo lo necesario.
—Gracias —dijo Chester una vez más.
Julia se sentó enfrente de él y siguieron los silencios embarazosos. Cora silbaba para no reírse en su cara.
—Señorita Hunsenmeir... —Chester tragó saliva.
—Por favor, llámeme Julia, o Juts. Todas mis amigas me llaman Juts.
—¿Juts?
—Sí.
—Eh... ¿está ya el café?
—Lo siento, señor Smith, lo había olvidado.
—Llámame Chessy. Llámame lo que quieras —le espetó.
Julia le sirvió el café, pero no lo tocó.
—¿Juts?
—¿Sí?
—¿Quieres... pasarme el azúcar?
Julia se lo acercó, aunque ya antes estaba a su alcance
—¿Juts?
—¿Sí?
—¿Quieres venir conmigo en el camión mientras acabo de repartir?
—¡Claro!
Salieron corriendo y saltaron al interior de la cabina como dos niños. Cora sintió una punzada de alegría y tristeza al mismo tiempo. Se estaba haciendo vieja. Celeste, Ramelle y la pequeña Spotty se amontonaron en la puerta.
—Cora ¿era Juts la que acaba de subir al camión con el repartidor? —preguntó Ramelle.
—Sí.
—¿Qué ha pasado aquí? —Celeste miraba las dos tazas llenas de café humeante.
—Le llaman flechazo —contestó Cora.


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7 de agosto de 1925

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:02 am

Había hecho un día de calor insoportable. Incluso a aquella hora, a punto ya de anochecer, la tierra reverberaba y el maíz parecía querer reventar en las mismas mazorcas. Bumblebee Hill, siendo un poco más alto, estaba algo más fresco, pero no mucho. Chessy subía por la cuesta en dirección a casa de Cora en su querido Ford. Aquel día cumplía veinte años y Juts le había prometido un pastel. Chessy y Juts pasaban juntos todo el tiempo que podían. Él venía desde Hanover, donde trabajaba de carnicero. A sus familiares, dunkers practicantes no tes había dicho nada de su trabajo de repartidor de licores, pero sí que les habló de Julia y no pusieron muy buena cara ante la idea de que saliera con una chica mundana, como la llamaron ellos.
Chessy no era alguien que se dejara impresionar por los prejuicios religiosos y no hizo caso a sus padres.
En su opinión, vivían en el siglo pasado y él era un hombre de su tiempo. Juts actuaba delante de él como lo hacía con todo el mundo. No iban con ella las miradas lánguidas que había cultivado Louise durante el noviazgo. Corría, saltaba, bailaba y en una ocasión incluso se puso unos guantes de boxeo para enfrentarse con Chessy en un combate simulado. Louise consideraba deplorable su comportamiento y comentaba con lastimera dignidad que Juts no parecía una señorita. Lo único que le faltaba era conducir y ¡de qué manera acosaba a Cheessy para que la enseñara! Llegaba al extremo de ponerse un mono y arrastrarse con él debajo de Bertha, su camión. Chessy y Juts eran amigos. Louise estaba desconcertada. Creía fervientemente que los hombres y las mujeres eran incapaces de entenderse entre ellos. Las diferencias entre los sexos eran parte del plan divino y el plan divino era dualista: blanco y negro, bueno y malo, hombre y mujer. También era perfectamente simple, una de las razones del fervor con que Louise había acatado ese orden revelado. Ella no entendía a Pearlie, ni lo intentaba. Dedicaba todas sus energías a domesticarlo.
En sus días de estudiante en la academia Inmaculada, Carlotta Van Dusen había hecho tenebrosas insinuaciones acerca de que tos hombres habían sido creados a semejanza de Dios pero que Satanás también era un hombre. La mujer, con su misión purificadora, debía estar siempre al acecho para evitar que el hombre se extraviara por los caminos de la perdición. Louise se mantenía vigilante. Pearlie trabajaba tanto que apenas tenía tiempo de limpiarse el culo y menos todavía de caer en la tentación. Se arrastraba a casa desde la fábrica y allí le esperaban montones de tareas diversas. La recompensa de tanto trabajo era tener relaciones físicas con Louise, cuidadosamente racionadas. Pearlie, un alma bendita, lo aceptaba, ya que le liberaba de la responsabilidad de pensar por sí mismo. Ya lo hacía Louise. Aquella tarde estaba sentado en la barandilla del porche, disfrutando del respiro. Louise tocaba el piano, que durante el verano estaba en el porche. Empezó con un himno, pero Fannie Jump enseguida le pidió con mirada traviesa que tocara «Estoy loca por Harry», ya que ése era el nombre de su última conquista. Fairy se abanicaba en el gran balancín que colgaba al otro extremo del porche. Ella y Fannie habían llegado con Ramelle, la pequeña Spotts y Celeste. La pandilla de Vassar había acudido a celebrar aquellos momentos con Cora.
Ev Most ayudaba a Juts con el pastel y Cora se había sentado en su mecedora y daba palmas siguiendo el ritmo de la música para que Spotts aprendiera a bailar. Celeste y Ramelle la tenían cogida una de cada mano y le enseñaban los pasos. Orrie Tadia subía pesadamente por la cuesta.
Como siempre, llegaba tarde. Cora la vio desde lejos y exclamó:
—Se ha puesto una blusa roja, una falda verde y pendientes naranjas. Dios mío de mi vida, esa chica es un prodigio.
—Lo que es seguro es que a nadie se le ocurrirá nunca que pueda estar tuberculosa —rió Celeste.
—Eres mala —intervino Fairy, molesta porque no se le hubiera ocurrido a ella.
Chessy se acercó después de haber estado admirando el último Hispano-Suiza de Celeste.
—Miss Chalfonte ¡vaya coche!
—Gracias, Chessy. Juts me ha dicho que te encantan los coches.
—¿Y a quién no?
—Louise, no contestes a eso —dijo Pearlie riéndose de su musical esposa.
—Chessy... ¡Eh, Chessy! —gritó Juts desde dentro de la casa.
—¿Qué?
—Cierra los ojos. Mamá, mira que cierre los ojos.
—Está bien, Juts. —Cora se levantó y le tapó los ojos con las manos.
Julia salió llevando un pastel enorme con veinte velas, encendidas.
—¡Oooh! —Spotts estaba emocionada.
—Ya puedes mirar —le dijo Juts.
Cora dejó caer las manos y el rostro de Chessy se iluminó at ver su pastel de cumpleaños. No sabía qué decir.
—¿Se te ha comido la lengua el gato? —dijo Juts.
—Es... muy bonito. Gracias —consiguió tartamudear.
—Mamá, esto empieza a pesar. ¿Dónde lo dejo?
—Aquí, ponlo en el escalón. No hay necesidad de hacer remilgos. —Cora la ayudó a dejarlo en el suelo.
—Tienes que formular un deseo y soplar las velas —informó Juts a su amigo.
—Deseo...
—¡No lo digas! O no se cumplirá. Tienes que guardarlo en secreto —le advirtió.
Los padres de Chessy nunca le habían hecho una fiesta de cumpleaños. Consideraban que esas cosas eran triviales y levemente pecaminosas, algo que podía estropear el carácter del muchacho, así que todo eso de los pasteles y las velas era una novedad para él.
—¿Que las sople? Apartaos entonces. —Movió los brazos para que se hicieran a un lado, aspiró con fuerza y las apagó todas menos una.
—Tu deseo tardará un año en hacerse realidad —dijo Cora.
—Voy a buscar los platos. —Ev corrió hacia la cocina. Desde allí gritó—: Juts, no hay bastantes tenedores para todos.
—Comeremos con los dedos —contestó Juts.
—Yo quiero un tenedor —pidió Louise.
—Vale, vale —contestó Juts.
Fannie tenía problemas para quitarle el tapón a la petaca. Chessy lo notó.
—Señora Creighton, déjelo estar.
—¿Qué? Esto es el elixir de los dioses, joven.
—¿Cómo?
—No importa.
—Guárdelo. —Chessy empezó a bajar los escalones.— He traído alguna cosa para el cumpleaños.
—¡Estupendo, muchacho! Deja que te ayude.
Fannie estaba a medio camino del camión antes de que él hubiera acabado de bajar los escalones. Entre los dos cargaron con dos galones de buen licor canadiense.
Spotts no había podido contenerse y ya tenía las manos en el pastel. Sus rizos negros se agitaban ante la perspectiva. Inclinada sobre el pastel con la cabeza baja y absolutamente concentrada en su propósito, no podía ver a nadie y creyó
que nadie la veía a ella.
—Spotts ¿qué estás haciendo?
Sorprendida, la niña se irguió al instante.
—Nada.
—Tienes los dedos llenos de azúcar. Muy sospechoso.
—La ceja de Celeste se disparó hacia arriba.
Ev le pasó un cuchillo a Chessy, que cortó un trozo y se lo dio a Spotts. Mientras cortaba el resto del pastel, los demás cantaron «Cumpleaños feliz». Louise, al piano, aderezó la canción con algunos añadidos vocales más floreados de la cuenta.
El sol descendía hacia el horizonte. La profunda luz dorada proyectaba sombras cada vez más alargadas. En cuanto se acabó el pastel, Louise atacó «En aquel hermoso verano», la favorita de todo el mundo, sobre todo en días como aquél. Luego tocó «Charlestón» y «Té para dos». Pearlie se sentó en la barandilla y Celeste decidió imitarle. Fannie, para no ser menos, se colocó junto al piano. Como estaba en el extremo del porche, podía sentarse en la barandilla y apoyarse en el poste. De otro modo, no habría estado segura de poder mantener el equilibrio. Ramelle se sentó junto al pastel con Spotts en el regazo. Cora se balanceaba, feliz de estar viva. Le encantaba el verano. Ev, Juts y Chessy bromeaban en el patio mientras que Orrie
cantaba con Louise.
—¿Jugamos a pillar? —propuso Juts.
—Hace mucho calor —contestó Ev.
—Y además he comido demasiado pastel. —Chessy se frotó el estómago.
—¿Alguien quiere jugar al escondite? —preguntó Julia a los del porche.
Sus respuestas descartaron la iniciativa.
—Ya sé. —Juts rebosaba de vitalidad.
—No cuentes conmigo. —Ev se sentó en la hierba.
—Chessy, enséñame a conducir.
—Pues...
—No te hagas de rogar, venga, por favor. —Julia le pegó con el puño en el brazo.
—Sólo si haces exactamente lo que te diga. —Chessy se enjugó el sudor de la frente.
—¿Julia escuchar a alguien? ¡Ja! —Ev la miró de reojo.
—¡Ev!
—Ya sabes que es broma.
—Venga, Chessy. —Julia le estiró de la camiseta, ya que la camisa hacía rato que se la había quitado.
—Está bien.
—Yo voy en el asiento de atrás. —Ev corrió hacia el coche.
—¿Lo habéis oído? Chessy me va a enseñar a conducir —anunció Juts.
—Julia Ellen, recuerda que hay dos clases de peatones: los rápidos y los muertos. —Celeste balanceaba los pies sentada en la barandilla.
—Con Juts al volante, acabarán todos muertos —cantó Louise con la tonada de «La banda siguió tocando».
—Mamá, mírame.
—¿Cómo quieres que no te mire, a no ser que pienses irte hasta Baltimore?
Julia estaba tan excitada que se fue haciendo volatines hacia el Ford de Chessy. Ev se acomodó en el asiento trasero. Chessy convenció a Bertha para que arrancase, puso punto muerto y luego señaló a Julia el embrague, el acelerador y el freno.
—Eso ya lo sé —contestó ella alegremente.
Sí, iba a conducir un coche. Independencia, dinamismo, velocidad. Julia se imaginó a sí misma siendo la heroica conductora de una ambulancia en la Gran Guerra. Se vio acelerando por una carretera rural mientras los pollos salían volando, o rodeando majestuosamente la plaza de Runnymede para que todos la vieran. ¡La primera mujer piloto de carreras! ¿Por qué no? Ya podía ver su fotografía en los diarios. Con gafas de piloto, bufanda, brillantina, y levantando un trofeo más grande que ella misma. Ofuscada por su quimérico sentido de la competición, apenas oyó a Chessy.
—Ponte al volante. Yo me sentaré aquí.
—¡Estupendo! —Juts se dejó caer con tanta fuerza en el asiento que el coche se balanceó.
—Pisa el embrague —le dijo Chessy.
Julia lo apretó hasta el fondo.
—Ahora, pon primera.
—¿Arriba?
—Bien.
—¿Bien arriba?
—No, cariño, quiero decir que sí.
—Oh.
—Julia ¿quieres escuchar? —Ev se dio cuenta de que se había puesto a sí misma en una situación poco recomendable.
—Ahora levanta lentamente el pie del embrague, poco a poco, y lentamente dale un poquito de gas con el pie derecho.
¡Bum! Juts pisó a fondo el acelerador y salieron disparados.
—Levanta el pie del acelerador. —Chessy intentaba mantener la calma.
Poseída, Julia no oía a nadie. Se olvidó de todo lo que había aprendido y, aterrada por la velocidad a la que se movía, se concentró únicamente en el volante.
—Ahí va. —Fannie se dio una palmada en el muslo al ver el coche zumbando por delante de la casa.
Julia dio la vuelta a la casa, mientras Chessy le gritaba que levantara el pie del acelerador sin que sirviera de nada. Dio un viraje para esquivar una cerca y apuntó hacia el huerto.
¡Bumba! y no dejó una calabaza entera. La cuadra pintada de color rojo era el siguiente objetivo.
—¡Soy demasiado joven para morir! —gritó Ev, angustiada de veras.
Chessy, pálido, se agarraba a la puerta.
—Levanta el pie. ¡Gira a la izquierda, Juts, por Dios, a la izquierda!
Pasó a pocos centímetros de la cuadra y giró hacia la parte delantera de la casa. Los del porche oyeron aproximarse la catástrofe. Louise se quedó en su sitio, pensando que el piano la protegería.
—Mamá, viene contra nosotros —gritó Louise, que oía el motor cada vez más cerca.
—Quédate ahí y no hagas ni caso. Ya sabes que tu hermana es capaz de cualquier cosa por divertirse. —Cora se mecía sin inmutarse.
Cuando el coche entró en su campo de visión, Celeste saltó de la barandilla.
—No me parece que esté jugando. Sálvese quien pueda.
Julia describió un amplio giro alrededor de la casa y luego se dirigió de frente hacia ella, igual que haría una paloma mensajera. Celeste rodeó a Ramelle y a Spotts, que aplaudía entusiasmada.
—¡Caray! —Pearlie tragó saliva.
Fannie, viendo que el coche se le acercaba, trepó como una mona por el poste hasta cogerse al techo y luego se encaramó balanceándose, en una sorprendente demostración de agilidad.
—¡Frena, Julia, frena! —Chessy se llevó las manos a la cabeza.
Juts sentía que su pie era de plomo y no consiguió levantarlo del acelerador.
—Dios mío de mi alma, no —rogó Ev—. Dejaré de fumar, lo juro.
A Julia le parecía que los ojos se le iban a salir de las órbitas. ¡Bum! El preciado Ford de Chessy sólo se detuvo al chocar contra una esquina del porche. El poste se rompió y Fannie perdió el equilibrio y quedó colgando del borde del techo. Louise, con los nervios de punta, miró incrédula cómo el piano, dada la nueva inclinación del suelo, caía graciosamente por su propio peso y aterrizaba sobre el radiador de
Chessy.
—¡Socorro! —gritó Fannie, justo antes de soltarse y caer sobre el techo de! coche.
Chessy salió del coche tambaleándose. Ev saludaba por la ventanilla al tiempo que salmodiaba: —Gracias, Dios mío, gracias.
En cuanto recuperó el equilibrio, Chessy corrió a abrir la puerta de Julia, que seguía inmóvil detrás del volante.
—¿Estás bien, preciosa?
Julia asintió en silencio.
Celeste, sin poder contener la risa, ayudó a Fannie a bajar del techo del Ford. Cora, una vez que comprobó que todos estaban fuera de peligro, se sentó en el último escalón y se puso a reír de tal manera que tuvo que sujetarse los costados. Julia no quería salir del coche. Por lo menos, allí dentro no podían verla bien. Empezaban a caerle lágrimas de los ojos. Chessy se inclinó sobre ella y le puso una mano en el
hombro.
—Venga, cariño.
No se movió. Chessy se puso en cuclillas y la animó con dulzura: —Venga, Julia, cariño. Todo el mundo está sano y salvo.
—He estrellado tu coche... el día de tu cumpleaños. —El llanto se acentuó.
Chessy miró su preciado tesoro, observó la desolación de Julia y suspiró. En ese momento supo con toda seguridad que quería a Julia Ellen más que a su coche.
—Ya lo arreglaremos juntos. Tú puedes ayudarme.
—¿Cómo vas a dejarme que lo toque? ¿Cómo puedes hablarme siquiera? —El pecho le subía y le bajaba convulso.
—Julia Ellen —susurró Chessy—, no es más que un trozo de metal. Lo arreglaremos.
—El porche —tartamudeó entre sollozos.
—También lo arreglaremos.
—No querrás volverme a ver —gimió Julia, y realmente lo pensaba.
—Sí querré.
—No querrás.
—Julia, te quiero —le susurró Chessy al oído—. Querré verte siempre.
—¿De verdad? —Sorprendida, dejó de llorar.
—Sí —dijo con firmeza.
—Yo también. —Julia levantó los ojos y le miró con las mejillas manchadas de lágrimas.
—¿Lo dices en serio? —Nadie le había dicho nunca que le quería.
—Creo que eres el mejor hombre que haya habido — Julia saltó del coche y le abrazó.
Extasiado, delirante, Chessy la abrazó a su vez, mientras del radiador empezaba a salir una columna de humo que se elevaba en espiral hacia el cielo. Louise, recuperada de lo que consideró una experiencia cercana a la muerte, entretuvo a los presentes con una corta plegaria para dar gracias a Dios por que todos hubieran salido bien parados. Viendo la cara llorosa de Julia, le ofreció uno de sus consejos:
—Julia, al mal tiempo, buena cara.
—Buena cara o careta? —respondió Julia al punto.
Todos supieron que Julia volvía a ser ella misma.

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20 de diciembre de 1925

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:03 am

—Fairy vuelve a llegar tarde. Desde que este verano nos fuimos de viaje a Europa que está hecha una irresponsable —se quejó Fannie Jump Creighton.
—¿Os habéis reconciliado después del enfado, reconciliado de verdad?
—Sí, perdonado y olvidado, pero te digo una cosa, en Francia no se podía confiar en Fairy y aquí tampoco se puede. Mira qué hora es. ¿Cómo vamos a jugar al bridge sin ella, y con Julia y Ev esclavizadas en esa maldita fábrica de sedas? El mundo va de mal en peor.
—Siempre podemos jugar al póquer. —Celeste barajaba las cartas.
—Ganas demasiado. —Fannie se cruzó de piernas.
—Pensaba que todo lo que Fairy haría en Europa sería buscar un caballero a juego con su vestido de noche. — Celeste torció levemente la boca.
—Se decidió a levantar el vuelo teniéndome a su lado.
—Tú, naturalmente, practicaste el vuelo acrobático —la provocó Celeste.
—Por así decirlo. —Fannie se pasó la mano por el pelo, rebosando superioridad.
—Creo que tiene un amante —sugirió Ramelle sin tapujos.
—No seas ridícula. Tiene casi cincuenta años.
—Igual que tú y que yo, querida —replicó Celeste.
—Es diferente. —Fannie parpadeó.
—¿Y eso por qué? —Celeste cortó la baraja sobre la mesa.
—Porque no parece que los tengamos y no actuamos como si los tuviéramos.
—Puede ser. —Celeste repartió cartas para jugar al póquer destapado.
—Celeste, démosle diez minutos más. Además, así me dará tiempo a pensar cuánto puedo dejar que me ganes. — Fannie miró el reloj.
—¿Has leído algo interesante? —le preguntó Celeste.
—Ni de lejos.
—Yo acabo de terminar un libro acerca de los rigores del sacerdocio que ha fortalecido mi vocación de no ser cura.
—Celeste recogió las cartas.
—Padre Chalfonte... ja, ya te imagino —dijo Fannie.
—Deberías haber visto !a cara de Celeste cuando vino Carlotta a regalárselo. —La risa ligera de Ramelle alegró la habitación.
—¡No!
—Vino con ojos de espía, como dice Cora. En general, conseguimos esquivarla, pero de vez en cuando se presenta en carne y hueso. —Celeste apretó los labios.
—¿Qué demonios quería? —Dijo que se acercaba la Navidad y que había decidido redoblar sus esfuerzos para salvar mi alma. Luego distribuyó tos regalos, incluido un rosario de colores chillones para Spotts, y se fue, ofendida como siempre.
—Cariño, no has contado toda la historia —intervino Ramelle con voz queda.
—¿Bien?
—Celeste ¿qué hiciste, resucitar a los templarios delante de su pontificia persona?
—Todo lo que dije fue que sí, que ya sabía que era Navidad y que ese insoportable paño mortuorio de la buena voluntad colgaba sobre nuestras cabezas. Y también le dije que me ahorrara su ilimitada capacidad de perdón y ¡se largara!
—¿Nunca se cansa? —Fannie sacudió la cabeza.
—De lo que no caéis en la cuenta es de que si me convirtiera, destrozaría el equilibrio espiritual de mi hermana. Necesita un pecador. Mientras haya un alma que llevar al redil, ella tiene razón de ser.
Alguien llamó a la puerta principal interior y luego la abrió y entró.
—Fairy Thatcher, llevamos cerca de una hora esperándote —se quejó Fannie.
—Lo siento, de verdad. Disculpadme.
—Deja que te coja el abrigo. —Ramelle la ayudó a desprenderse de la pesada prenda.
—¿Te apetece algo de beber? ¿Tienes hambre? —le ofreció Celeste.
—No. —Fairy se sentó en su lugar habitual en la mesa de juego. Se movía evidentemente inquieta.
—¿Qué te pasa? ¿Tienes el baile de san Vito o qué?
—Fannie estaba irritada.
Fairy puso una mano encima de otra. Dudaba.
—Os tengo que decir una cosa.
—Dispara. —Fannie empezó a repartir una mano de bridge regodeándose en lo que hacía.
Fairy miró a Fannie y se quedó callada.
—Continúa, Fairy. Te escuchamos —la animó Ramelle.
—Me voy a fugar, esta noche.
Fannie se quedó paralizada con las cartas en la mano.
—¿¡Qué!?
—He dicho que me voy, esta misma noche.
—¿Adonde? —Celeste quería adelantarse a Fannie antes de que explotara.
—A Alemania —dijo Fairy con la cabeza alta.
—¡Alemania! Estás loca. Un mes comiendo salchichas y estarás de vuelta en Runnymede. —Fannie estaba realmente molesta, y preocupada.
—Alemania se tambalea bajo los efectos de una paz cartaginesa. Habría dicho que era el último lugar al que quisieras ir —dijo Celeste.
Súbitamente animada, Fairy contestó: —No, allí es exactamente donde debo ir. Los obreros alemanes se rebelarán. Ya lo veréis. Será el principio de la revolución mundial, tal como predice Trotsky.
—No hablas en serio. —Fannie la miraba con la boca abierta.
—Hablo en serio. En toda mi vida no he hablado más en serio.
—¿Conferenciante marxista? Fairy, tú eres una mujer rica. ¿Por qué demonios van a escucharte los obreros alemanes? —Celeste se echó hacia adelante.
—No es a mí a quien escucharán, sino a Marx. De todas maneras, voy a trabajar, no a hablar. El Partido necesita trabajadores.
—¡Es absurdo! -—le espetó Fannie.
—Tú no has leído a Marx. Si lo hubieras leído, no creerías que es absurdo —se defendió Fairy.
—Yo sí que he leído a Marx —intervino Celeste—. Puede que haya dado alguna flor pero luego se echó a perder con las heladas. La información que llega de Rusia no es muy alentadora.
—De eso se trata. ¿No te das cuenta de que está sitiada? Sola. Rodeada de naciones hostiles. Igual que Francia durante la Revolución. Sí, exactamente como Francia. Pero han sonado las trompetas. Alemania se alzará. Ha empezado la internacionalización. —Los ojos de Fairy brillaban de entusiasmo.
—Caray, Fairy, la Iglesia ha estado intentando unificar el mundo desde Jesucristo. ¿Qué te hace pensar que vais a tener éxito donde Roma ha fracasado? —Fannie las sorprendió con la comparación. No solía dar la impresión de que pensara mucho.
—Se apoyaban en fantasías. Marx se basa en la realidad.
—Puede ser, pero la gente está muy apegada a los rituales, por mucho que se hayan refutado. —Ramelle no se proponía molestar a Fairy; simplemente, se implicaba en la discusión del tema.
—La educación acabará con todo eso —declaró Fairy esperanzada.
—Todavía estamos viviendo bajo la amenaza de la guillotina. La educación no ha conseguido acabar con la capacidad humana para la crueldad. De verdad, Fairy, estúdiate un poco la Revolución Francesa antes de largarte a Alemania. —Celeste dobló la esquina de una carta.
—Sé muy bien lo que he de hacer. —Fairy se mantenía firme.
—¿Estás segura de que no quieres beber nada? ¿Café, a lo mejor? —le ofreció Ramelle.
—Café, gracias.
Fairy se echó atrás en la silla, pero enseguida volvió a incorporarse ante el nuevo ataque de Fannie.
—Si Marx es para los obreros ¿a ti en qué te incumbe? Tú eres rica.
—No puedo evitarlo —dijo, pero se sentía terriblemente culpable.
—¿Cómo puedes ser rica y marxista? —insistió Fannie.
—No es necesario ser un miembro del proletariado para luchar por la revolución.
—Si tanto te importa la revolución ¿por qué no empiezas una aquí? —la puso a prueba Celeste.
—América no está preparada. Alemania, sí.
—Necesito una copa.
Fannie se fue tropezando hasta la licorera y se sirvió un buen copazo. Preguntó si alguien quería que le sirviera un poco de elixir, pero las demás declinaron la oferta. Fairy daba sorbitos al café que le había traído Ramelle.
—Podéis reíros de mí si queréis. Me voy y me voy esta noche. Vosotras, aristócratas americanas podéis quedaros aquí sentadas y reíros. Allá vosotras.
—¿Aristócrata? No está mal. —Celeste destapó una carta. Era el cuatro de corazones.
—Sabes perfectamente que eres una de los Cuatrocientos —dijo Fairy en un tono entre la acusación y la mera afirmación.
—Mi familia llegó a Runnymede cuando la Tierra todavía se estaba enfriando. El tiempo hace que un nombre adquiera cierto prestigio —dijo Celeste subiendo la voz.
—Prestigio. Os enriquecisteis gracias al trabajo de otros —Fairy se estaba acalorando.
—¡Ja! La diferencia entre un Chalfonte y cualquier otro es que mi familia empezó a robar primero.
—No hace gracia —replicó Fairy solemne.
—Por Dios bendito ¿me consideras responsable de lo que mis antepasados hicieran en el siglo XVII? ¡Vaya manera de atraer conversos! Huele a calvinismo marxista.
—Aguda, siempre tan aguda. —Fairy sabía que en ese terreno no superaría nunca a Celeste.— ¿Y qué me dices de los indios y de la gente de color? Su trabajo te ha hecho rica.
—Imagino que matamos a todos los indios que pudimos y al resto les pasamos la sífilis. —Celeste, ofendida, se refugió en el sarcasmo.
—Así se habla, Celeste —aprobó Fannie.
—No me has contestado. —Fairy se empecinaba en sus acusaciones.
Desconcertada por el anuncio de Fairy y confundida por sus inesperados ataques, Celeste levantó la voz, algo muy extraño en ella.
—Maldita sea, Fairy, no puedo contestarte. Yo también he leído a Marx y ya sé de qué me hablas pero yo no cometí esos actos. Que me beneficie de ellos es mi suerte y mi dilema moral a un tiempo. ¿Acaso eres tú distinta? ¿Fueron unos santos tus antepasados?
—No. Lo siento, Celeste, estoy tan nerviosa con esto de marcharme. —Fairy respiró hondo.— Pero voy a hacer algo al respecto y tú también deberías hacerlo.
—¡Ya sé que debería hacer algo! —Celeste aún estaba enfadada.— Arremeter contra molinos de viento no es mi estilo.
—Señoras... —Ramelle no acabó la frase.
—Tienes un amante allí ¿verdad? —Fannie sonreía. Esa era una razón que podía entender.
—¡Fannie!
—¡Qué Fannie ni qué ocho cuartos! Nos conocemos desde siempre. Dime la verdad.
—Sí.
—¡Lo sabía!
—Me iría igualmente, Creighton.
—¡Y una mierda!
—¿Cómo se llama? —intervino Ramelle.
—Gunther, Gunther Kreutzer. Trabaja en Berlín.
—¿Es comunista? —Celeste sentía curiosidad aunque ya supiera la respuesta.
—Oh, sí. Es muy importante en la ciudad. Es increíblemente eficaz en las fábricas.
—Lo más seguro es que te quiera por tu dinero. —Fannie atacó con un golpe bajo.
—Mira quién fue a hablar. —Fairy se lo devolvió sin alharacas.
—Me alegro de que hayas encontrado a alguien a quien querer. —Celeste sabía que Fairy pensaba lo que decía.
—¿Me llevarás en coche a Baltimore? Si cojo el tren aquí, toda la ciudad lo sabrá. Dudo mucho que Horace me persiga. No me ha hecho ni caso en veinte años, pero por si acaso, prefiero despistarle.
—Sí, vamos —respondió Celeste.
—¿Vienes tú también? —preguntó Fairy a Fannie Jump.
Fannie asintió, aunque fuera con el ceño fruncido.
—Mis maletas están en el vestíbulo. Quizás nos tendríamos que ir ya.
Las tres amigas de la infancia esperaban el tren en la estación principal. Fairy las informó de que cogería el tren con otro nombre. Se había procurado dos pasaportes falsos con ese propósito. También había empaquetado todas sus joyas y había retirado su dinero del banco, aunque la mayor parte estaba a nombre de su marido y no pudo tocarlo.
Confiaba en que las joyas le permitieran vivir durante bastante tiempo ya que poseía una colección nada desdeñable. Cuando vieron acercarse el tren, las antiguas Hic, Haec y Hoc sintieron de pronto la gran pérdida que iban a sufrir sus vidas.
—Escribe, telegrafíanos si necesitas cualquier cosa —la instó Celeste.
—Lo haré. Además, seguro que nos vemos, Celeste. Europa te atrae como la luz a las mosquitas.
—¿Tienes la dirección de Grace Pettibone en París? —le preguntó Fannie en tono maternal.
—Lo he preparado todo.
A Fannie empezó a temblarle la barbilla y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—No puedo creerme que te vayas. No puedo.
Con los ojos brillantes por las lágrimas que luchaba por retener, Fairy abrazó a su amiga de toda la vida.
—Ven a verme. Adiós. —Luego abrazó a Celeste—. Adiós, Celeste, adiós.
—Adiós, Fairy. La vida no será lo mismo sin ti.
Fairy subió los escalones del tren. Fannie corrió hacia ella y volvió a abrazarla.
—Dios te bendiga.
—Dios te bendiga a ti también —dijo Fairy. Por lo que fuera, «Qué Marx te acompañe» no hubiera sonado bien.
—Buena suerte, Fairy. —Celeste agitaba las manos—. ¡Dales guerra!
Fairy buscó su asiento y agitó la mano por la ventanilla. Al poco, el tren no era más que un punto diminuto en el horizonte de la vía.
De vuelta a casa en el coche, Fannie berreaba como una niña.
—Contrólate, o empezaré yo también y si lloro, no veo nada.
—No puedo evitarlo. No puedo creerme que se vaya.
—Yo sí.
—¿Tú sí?
—Sí, es perfectamente lógico si lo piensas bien.
—No puedo pensar —gimió Fannie.
—Toma. —Celeste le tendió su pañuelo.— Fannie, rayamos los cincuenta. Es ahora o nunca. Fannie se sonó la nariz y murmuró: —Los cincuenta son una cosa. Además, todavía nos faltan dos años. Pero Alemania... obreros. No sé, de verdad que no sé qué pensar.
—Cuanto más vivimos, más nos damos cuenta de que la vida algún día llegará a su fin. Fairy sabía que tenía un principio y ahora sabe que tiene un final.
—No te pongas morbosa, Chalfonte.
—No me pongo morbosa. Pero piénsalo. Nos pasamos la vida drogándonos con el opio del futuro. El mañana.. Recuerdas lo que decía la Reina Blanca?: «La regla es
mermelada mañana y mermelada ayer, pero nunca mermelada hoy».
—No consigo ver qué tiene que ver la carne con Fairy largándose a Berlín. ¿Y quién va a jugar con nosotras a las cartas? —Fannie se agarró a esta última frase con el deseo de quitar hierro a su propio sentimiento de pérdida y al sentido de las palabras de Celeste.
—Ha tomado las riendas de su vida. El Eterno Presente. Pocos son los que tienen el coraje de vivir en él. Nuestra querida Fairy ha reunido todo su valor y ahora está viviendo, viviendo este minuto, este segundo, este átomo de vida.
—Celeste entornó los ojos para ver mejor la oscura carretera.— Me siento orgullosa de ella. Me duele verla marchar, pero estoy orgullosa de ella.
Fannie se apaciguó y guardó silencio. Suspiró unas cuantas veces más y al cabo de una larga pausa de cinco minutos, volvió a hablar con su característica voz de trueno.
—Sí. Está bien. Puedo entenderla un poco. —Volvió a sus meditaciones y, de pronto, giró la cabeza para mirar a Celeste en lugar de contemplar el paisaje.— ¿Pero con un hombre que se llama Gunther? Por lo menos podría haber elegido a alguien con un nombre decente.

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27 de marzo de 1926

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:05 am

Juts y Chessy, con Ev Most y su pareja, Lionel Dumble, abrían el camino, seguidos por Louise y Pearlie, con Orrie Tadia y su novio, Noe Mojo. Los dos coches avanzaban formando una pequeña caravana en dirección a un sofisticado club nocturno ilegal en York, Pensilvania. Juts, Ev y Orrie habían tardado días en convencer a Louise de que los acompañara. Había tenido una niña en enero, a la que, naturalmente, puso Mary de nombre, y desde entonces se la veía un poco decaída. Cora decía que después de un parto es normal sentirse apartada. Juts creía que lo peor para Louise había sido dejar el trabajo. A Wheezie le encantaba atender a la gente detrás del mostrador e intercambiar chismes. Ella y Pearlie también estaban preocupados porque hasta entonces su modesto salario les había ayudado a llegar a fin de mes.
Con una boca más que alimentar, empezaban a ir bastante justos. Louise insistía en que lo mejor era que Pearlie dejara de trabajar en la fábrica y montara su propio negocio como pintor de casas, pero él se mostraba renuente. Nadie habría podido acusar a Pearlie Trumbull de ser ambicioso. Sin embargo, Louise le presionó tanto que finalmente cedió. Era mejor arriesgarse a acabar en el asilo que enfrentarse a las iras de Louise Hunsenmeir Trumbull. Sagaz a su propia manera, Louise se puso en contacto con las antiguas compañeras de la academia Inmaculada que vivían en la zona. Las chicas ricas se casan con chicos ricos y se instalan en enormes cuevas de ladrillo. Seguro que muchas de ellas necesitaban redecorar algo y estarían encantadas de contratar a alguien en quien pudieran confiar. Aquella noche la pandilla celebraba que Pearlie había completado su primer encargo. Julia y Chessy habían estado ahorrando para invitar a la pareja a una inolvidable noche en la ciudad.
El club Perroquet estaba tan lleno que tuvieron que dar varias vueltas hasta encontrar aparcamiento a dos manzanas de allí. Tras dar la contraseña, «Polly quiere una galleta», entraron y se quedaron boquiabiertos. Los hombres, vestidos de esmoquin, bailaban con esplendorosas jovencitas, o con mujeres algo más mayores pero que actuaban como auténticas flippers. Una banda de músicos negros tocaba sobre una tarima elevada. Juts, una bailarina nata, pensó que era la mejor música que hubiera oído nunca. Imponente con su vestido corto, de color gris plateado, y una orquídea prendida sobre el pecho izquierdo, hizo que más de un caballero se volviera a mirarla, no tanto por su vestido, como ella creyó, como por la sonrisa. Tenía aspecto de saber divertirse y cuadraba a la perfección con la decoración del elegante club. Estaba lejos de ser uno de aquellos garitos ilegales de mala muerte. En cada mesa había un exquisito ramo de flores que ponía la guinda a la colorista decoración del local. Orrie, excesivamente peripuesta, se sentó de inmediato. Ev se había puesto un vestido púrpura oscuro que le sentaba muy bien. Los hombres, a excepción de Noe Mojo, no tenían esmoquin pero iban con sus mejores trajes de domingo y les habían dejado pasar. Noe estaba elegantísimo en su esmoquin. Sabía que, siendo de origen japonés, debía ir siempre perfecto, porque los blancos no le dejarían pasar ni una. Era un hombre culto, de maneras impecables, y Orrie estaba loca por él. En su joven vida, ningún hombre la había tratado con tanto respeto.
Los del grupo entendían muy bien que Orrie se deshiciera por Noe, pero era un poco más difícil entender que fuera correspondida por Noe, en quien, sin embargo, habían calado muy hondo su emotividad sin complejos y la autenticidad de su afecto.
—Wheezie ¿no son eso rodillas de abeja? —Orrie miraba embobada.
—Ligas de serpiente, querrás decir —se rió Ev.
—¿Qué querrán beber las señoras? —preguntó Lionel, un muchacho alto y desgarbado.
—Un Nostálgico —decidió rápidamente Julia.
—Yo también —se le unió Ev.
—Lionel, yo quiero un Dama Rosa.
Louise miraba las flores en silencio.
—¿Louise? —le preguntó Lionel.
—Leche —contestó Wheezie en voz baja.
—¿Leche? —Lionel no lo entendía.
—¿Estás tonta? —Juts acarició la orquídea.
—Julia, ya sabes que nunca he aprobado el consumo de alcohol.
—¡La caraba! —Ev se dio una palmada en el muslo.
—Realmente, Evelyn, no esperaba que tú me entendieras. —Louise echó la cabeza hacia atrás.
Pearlie se quedó prudentemente callado.
—Venga, Louise, estamos de fiesta —le dijo Chessy.
—Se lo dije a Pearlie cuando nos casamos, labios que toquen el alcohol no tocarán los míos.
Orrie, que tenía ganas de desmandarse, dijo: —Bueno, que no beba Pearlie, pero tú pide algo.
—No creo que beber sea propio de un cristiano. —Louise necesitaría irse a vivir al desierto para no traicionar sus ideas.
—Jesús bebía —afirmó Julia.
Louise, desconcertada, negó tamaña blasfemia.
—Sí que bebía —insistió Juts.
—Es imposible, Julia. Nuestro Señor nunca hizo nada humano.
—Bebía vino, Louise. No eres la única que ha leído la Biblia. —Julia dio un golpe en la mesa.
Los hombres se empezaron a poner nerviosos. Tenían ganas de beber y de pasarlo bien. Si Louise pensaba hacerles el numerito de santa Catalina, la noche iba a ser un fracaso.
—Jesús, el hijo de Dios Todopoderoso, no bebaba vino.
—Louise, de puro enfadada, volvió a su infancia gramatical.
—¿Qué puñetas te piensas que bebió en la Última Cena? ¿Coca-Cola? —remachó Julia.
—Tiene razón, Wheezie. —Orrie le acarició la mano.
—Sí. Tomad y comed, éste es mi cuerpo —intervino Ev—. Tomad y bebed, éste es mi vino.
—Sangre —la corrigió Julia.
—Eso he dicho ¿no?
—Bien... —Louise se moría de ganas de que la convencieran.
—Cariño, nadie quiere que te molestes, pero se comulga con vino. No pasa nada si te tomas un vaso de vino —la aplacó Pearlie.
—Bueno...
Lionel, que no estaba dispuesto a dejar que cambiara de opinión, chasqueó los dedos y el camarero enseguida se presentó en la mesa.
—Queremos dos Nostálgicos, un Dama Rosa, una copa de vino blanco bien frío...
—Tinto —le interrumpió Louise, y luego se volvió hacia Orrie y le dijo—: La sangre es oscura.
—Disculpe; una copa de vino tinto. —Lionel conocía los gustos de los hombres, así que continuó—: Dos whiskys con hielo, un bourbon y un ron negro.
—El whisky ¿Black & White o Green Stripe?
—Black & White. —Lionel miró a Chessy, que asintió. Cuando se fue el camarero, Lionel les informó de que en aquel local sólo cortaban las bebidas una vez, y las marcas buenas, ninguna. Pearlie invitó a Louise a bailar. Juts se quedó sentada con Chessy mientras las demás parejas les seguían a la pista de baile. Chessy parecía tener los dos pies izquierdos. De todos modos, Juts sabía que en cuanto pasara el primer baile, podría bailar con los demás. Noe volvió para sacarla a bailar y los dos dieron todo un espectáculo.
Enseguida llegaron las bebidas y Chessy las pagó.
—¡Pero Chessy! —protestó Lionel.
—Tú pagas el siguiente. Cada uno paga una ronda,excepto Pearlie.
—Me tenéis que dejar contribuir —dijo Pearlie.
—Nanay. —Chessy sacudió la cabeza. —Va de nuestra cuenta.
Cuando volvieron los que estaban bailando, Chessy levantó su copa.
—Por el nuevo negocio de Pearlie y Louise. ¡Por que prospere!
—Eso, eso —se unieron los demás, mientras brindaban.
Louise se bebió la mitad de la copa y sonrió notando el calor que le bajaba hacia el estómago. Julia volvió a la pista de baile, esa vez con Lionel. Un hombre moreno la observaba con gran interés. Louise, dispuesta a estar lo más cerca posible de Cristo en un tiempo récord, pidió otro vino tinto. Las copas tintineaban, el aguardiente corría y la noche se iba animando con cada hora que pasaba. El hombre moreno invitó a bailar a Julia. Era un bailarín experto pero había algo en él que no gustaba a Julia. Acabado el baile, volvió a la mesa.
—¿Otro Nostálgico? ¿Me lo has pedido tú, mi jeque? — le dijo burlona a Chessy.
—He pensado que te iría bien con todo lo que estás bailando. —Chessy sonreía. Le gustaba ver bailar a Julia.
Noe y Orrie bailaban contoneándose con gracia. La banda tocaba ritmos cada vez más calientes y el hombre moreno volvió a buscar a Julia, que miró a Chessy poniendo mala cara pero se levantó para bailar con él.
Ev contó a Lionel, Chessy, Louise y Pearlie el argumento entero de Ben Hur, que los otros no habían visto. Tras las sensacionales descripciones de Ev, todos estaban deseando verla. Louise quiso saber si realmente salía Jesús en la pantalla y Ev confesó que no se acordaba. La batalla naval y la carrera de carros habían conseguido que pasara por alto las sutilidades espirituales. En la pista de baile, Julia tenía problemas con aquel hombre y se giró para volver a la mesa, pero él la cogió por el brazo y la retuvo. Chessy se dio cuenta y gritó: —Eh, déjala en paz.
El hombre la soltó y avanzó hacia Chessy, que seguía sentado.
—¿Estáis casados o qué?
—No.
—Entonces, no te metas donde no te llaman —susurró el hombre.
—Alto ahí, señor. Es mi chica. —Chessy estaba medio incorporado.
—Lo era, ya no lo es más. —El individuo le dio una patada a la silla en la que se apoyaba Chessy, que se cayó sentado.
—¡Eh! —Julia le dio un empujón.
Al instante siguiente, todos se habían olvidado de sus elegantes ropas y el club Perroquet era una bomba de relojería. Ya fuera por la luna, el alcohol o la hora, lo cierto es que la pelea estalló como gasolina prendida con una cerilla.
—¡Ay! —Ev desapareció debajo de la mesa.
Orrie y Noe se encontraron atrapados en medio de la pista de baile, entre un mar de puños. Noe, un entusiasta del kendo se hizo con el palo de un micrófono y con gran precisión fue dejando fuera de combate a todo el que se interpuso en su camino. Orrie se refugió detrás de él. El iba asestando golpes y ella le iba animando: —Ya es tuyo, cariño.
Chessy y Lionel repartían puñetazos espalda contra espalda. Louise se quedó paralizada en el sitio. Ev intentó que se escondiera debajo de la mesa estirándole del dobladillo de la falda pero no se movió. Julia, que no era de las que evitaban tos peligros, boxeaba como un verdadero peso pluma. Le acertó a un pelagatos en la barbilla y lo dejó allí estirado. El hombre moreno se abrió paso hasta ella y la cogió del brazo con intención de hacerle daño o, peor todavía, de llevársela de allí. Una silla pasó volando junto a las cabezas de Chessy y Lionel. Julia, a la que el hombre retorcía un brazo para inmovilizarla, cogió el centro de mesa y se lo estampó en la cara. Por un momento, aflojó la fuerza con que la sujetaba y pudo escabullirse. Se agachó, le pisó el pie izquierdo mientras le cogía la pierna derecha y se la levantaba de un tirón todo lo alto que dio de sí y más. La costura interior se le deshizo de arriba abajo. Encolerizado, le dio un puñetazo en el pecho, que la hizo retroceder uno o dos pasos, aunque no llegó a caer.
—¡No te atrevas a pegar a mi hermana pequeña! —aulló Louise y, agarrando la pata de una silla rota, le dio un contundente golpe en la cabeza que le hizo ver las estrellas Julia cogió a Louise de la mano.
—Vámonos, Louise.
—Ev está debajo de la mesa.
Sin detenerse siquiera a mirar, Julia y Louise buscaron bajo la mesa y sacaron a Ev de un estirón. Las tres serpentearon esquivando los golpes hasta alcanzar la puerta. Noe esgrimió el palo de micrófono para abrirse camino hasta donde estaban Chessy y Lionel. Al verle venir, Chessy gritó: —¡Mojo está que arde!
Pearlie, acorralado por dos hombres impecablemente vestidos, se detuvo a mirar y un puño le acertó en pleno ojo. Noe barría cualquier forma de oposición que se le pusiera por delante mientras Orrie le informaba de lo que ocurría a sus espaldas. Parecía que se hubiera quedado pegada a su espalda.
—Vamos, salgamos de aquí —ordenó.
Todos le siguieron, con Chessy y Lionel defendiendo la retaguardia, hasta que llegaron sanos y salvos al otro lado de la puerta.
—¡Chessy! —Julia corrió hacia él.
-—¡Menos mal que estás aquí! No sabía si habías salido.
—¡He perdido los zapatos en ese agujero del diablo! —gruñó Louise—. Pearlie ¿no debes de haberlos visto, verdad? Oh, Pearlie ¿qué te ha pasado?
—Dos contra uno —murmuró con el ojo casi cerrado.
—Niño mío. —Louise le besó.
—¿Habéis visto a Noe? Douglas Fairbanks no lo habría hecho mejor —se pavoneó Orrie.
Noe todavía tenía el palo de micrófono en la mano.
—Será mejor que nos lleguemos a los coches antes de que llegue la policía —observó prudentemente Lionel al oír sirenas.
Corrieron, cojeando y tropezándose, hasta los coches y se metieron dentro justo cuando pasaban los coches de policía. Louise no consiguió alcanzar la puerta pero se agachó a tiempo. En cuanto pasaron las furgonetas acolchadas, se lanzaron a aullar como hienas.
—¿Habéis visto la paliza que le he dado a ese tipo? Tenía la cara toda llena de sangre y de mocos. —Pearlie le dio una palmada a Chessy en la espalda.
—¡Ja! Teníais que habernos visto a Juts y a mí. Hemos dejado a ese bravucón para el arrastre. —Louise tenía una sonrisa de oreja a oreja.
—Sí, las pelotas se le debieron de meter en el bolsillo del reloj —se carcajeó Julia.
—Es la pura verdad. Yo las he visto —corroboró Lionel.
—Yo le he herido y Louise lo ha rematado —presumió Julia.
—¡Caramba! No pienso ir a ninguna parte sin llevarte a mi lado para que me protejas. —Chessy le pasó un brazo por los hombros.
El vestido de Julia parecía el del tipo que no acaba la carrera de carros en Ben Hur, o eso le pareció a Ev. La verdad es que todos tenían la ropa destrozada.
—Siempre he dicho que nunca hay que dar el primer golpe. Hay que dar el último. —Louise se miraba las uñas.
—Hemos dejado más de un barrigón dolorido. —Noe se rió entre dientes.
—Todo este alboroto ha sido culpa tuya, Julia —dijo Chessy con voz grave.
—¡No es verdad! ¡Ese pegajoso no me dejaba en paz!
—Chessy Smith, no te atrevas a hablarle así. —Louise se había enfadado.
—Es culpa tuya porque no estamos casados —continuó Chessy.
—¿Eh?
—Eso ha dicho ese hombre. —Chessy sonrió.
—Ese idiota estaba como una cuba. —Julia se encogió de hombros.
—No quiero que esto vuelva a ocurrir. ¿Qué decís, muchachos? —Miró a los hombres y todos estuvieron de acuerdo en que había sido una experiencia terrible.
—¿Los habéis oído? —Julia buscó el apoyo femenino.— Al parecer hemos tenido suerte de que no nos pillara Dempsey.
—Si te casaras conmigo, esto no volvería a ocurrir.
—Chessy se cruzó de brazos.
—Estás de broma —dijo Julia.
—¿Delante de todos nuestros amigos? Lo digo en serio. Cásate conmigo. Además, cariño, teniéndote cerca nunca tendré miedo.
El grupo miró con aprensión a Julia Ellen, que se quedó callada, y luego dijo, arrastrando las palabras: —Está bien, Chessy Smith, pero cuando tengas un mal día recuerda que eres tú el que me lo has pedido.

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22 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:05 am

—Louise, no sé si está bien. —Orrie frunció el ceño. A sus casi ochenta años, todavía llevaba el pelo color rojo coche de bomberos y se perfilaba las cejas a lo Marlene Dietrich. ¡Vaya par, Louise, con el pelo lila, y Orrie, teñida de rojo!
—Claro que está bien. La Biblia arremete con dureza contra esa gente.
—Una cosa que he aprendido viviendo en Runnymede es que no es bueno dar vela en el entierro a los extraños —le advirtió Orrie.
—Ese grupo de «Salvemos a nuestros hijos» puede que sean extraños pero son capaces de armar un buen pitote. Ya me gustará ver qué hacen entonces Nickel y esa creída de mi hermana.
—Esa gente de los maricas ¿no tenía algo que ver con el Ku Klux Klan?
—Que yo sepa, no. —Louise bajó la voz a un tono conspirador.— A no ser que se relacionaran en secreto.
—A lo mejor me confundo con los nazis.
—Orrie, esos son alemanes. ¿Qué tienen que hacer aquí?
—No, hay un Partido Nazi Americano. —Orrie puso voz de bibliotecaria leída.
—Es absurdo. Ya tenemos nuestros propios grupos. ¿Para qué íbamos a imitarles? Además, perdieron la guerra. Si hay que imitar a alguien, por lo menos que sea un vencedor. —Louise se quedó meditando su gran ideología política.
—Acuérdate de lo que te digo, Louise Hunsenmeir, piénsalo dos veces antes de agitar un avispero.
—Tonterías. Cuando tenga a Nickel bien cogida, ya verás cómo viene con el dinero. ¿Nadie querrá venderle cuando se descubra que es una tortillera comunista? Peor, ni siquiera es del todo homosexual. ¡También le gustan los hombres!
—En Runnymede siempre ha habido ese tipo de gente y siempre la habrá. Y de todas maneras, ya lo sabe todo e! mundo.
—Saberlo y decirlo son dos cosas muy distintas. — Louise se cruzó de brazos.
—¿Estás segura de que no estás enfadada porque Nickel no te sacó en su último libro? —Orrie acababa de dar en el clavo.
—¿Cómo se te ocurre? De ninguna manera. Me alegra que no me haya mezclado en esa basura que escribe. Prefiero poder seguir llevando la cabeza bien alta en esta ciudad. ¡Qué ideas se te ocurren, Orrie Tadia Mojo! —Pensaba que no lo habías leído.
—No he dicho que lo haya leído. —A Louise se le abrieron los ojos como platos.— Me lo han cantado.
—¿Quién?
—Una fuente fidedigna.
—¿Louise? —Orrie levantó la voz.
—Nadie que a ti te importe. Una chica ha de poder tener sus secretos. —Los pequeños lunares de Louise se oscurecieron y su pintalabios rojo Cadillac refulgía como un neón.
—¿Y qué pasa con la mitad de Julia? —A Orrie le encantaba hablar de dinero.
—No puedo hacer que Nickel le pague su parte si ella no insiste. ¡Sólo pensarlo me pongo enferma! En realidad, da lo mismo. Juts tiene un agujero en el bolsillo.
—La vida es corta. Deja que se gaste el dinero como quiera.
—Setenta y siete años no son pocos y lleva malgastando su dinero desde que era una mocosa. Ropas y más ropas. Nunca he visto nadie igual. Aun ahora, se va a Searstown a comprarse los vestidos de verano y luego se compra sandalias a juego.
—Lo mejor fue cuando compró las lápidas por correo.
—¡Ja! Eso fue inolvidable.
—Dios mío, sí, fue cuando le dio la venada ahorradora allá por los cincuenta. Encargó las lápidas y le mandaron por correo un molde y un saco de cemento. Todavía me acuerdo de cómo se puso a mezclarlo todo en el sótano.
—La tonta del bote va y las mezcla en la bodega dentro de un marco tal como le habían dicho, pero se olvidó de poner una madera debajo. Dos lápidas bien incrustadas en el suelo del sótano. —Louise disfrutaba recordando los errores de Julia.
Orrie se rió tanto al evocar la vieja historia que las lagrimas le corrieron el maquillaje de los ojos.
—¿Sabes que les grabó su nombre y el de Chessy de pura rabia? Todavía están allí.
—¡No!
—Te lo juro. En el suelo del sótano, como dos empanadas gigantes. —Louise se reía a carcajadas.
—¡No me digas! —Esa era una de las expresiones preferidas de Orrie.
—¿Sabes lo que hizo cuando supo que venía Nickel?
—¿Comprar Coca-Colas y hacer huevos a la vinagreta?
—Eso siempre lo hace. Lo bueno es que se fue a todos los baratillos de la ciudad, y al mercadillo de Hanover, y compró todos los colores de laca de uñas que existen en este mundo de Dios. En serio.
—Sólo tiene veinte uñas. ¿Cuántos colores encontró?
—¡Veinte! Su tocador parece un expositor de Revlon. ¡A su edad! Orrie, te digo que le falta un tornillo.
—Es un caso.
—Ella y Nickel se pintan las uñas de las manos y de los pies la una a la otra. Se tiran por el suelo y se ponen algodones entre los dedos del pie para que la laca no se les estropee. Es la pura verdad, te lo juro. —A Louise le brillaban los ojos.
—¿No empezó todo eso con Nickel y el movimiento de liberación de las mujeres? —Orrie se enjugó las comisuras de los ojos.
—Eso creo. En una de sus visitas anuales, Nickel criticó a su madre por llevar las uñas pintadas. Le dijo que era opresivo o algo así. ¡Buena cosa! Julia Ellen saltó como un gallina clueca y le dijo bien clarito que un movimiento político que se preocupara de las uñas pintadas o sin pintar no valía una mierda.
—Ahora —dijo Orrie entre risas— van las dos siempre con las uñas pintadas. ¡Liberación! Vaya par.
—Dos gotas de agua. Ninguna de las dos lo admitiría, pero ya sabes lo que digo siempre: De tal palo, tal astilla.
Orrie se calló discretamente cualquier mención a lo ocurrido con las dos hijas de Louise.
—¿Sabes qué más creo? —Louise cogía velocidad.
—¿Qué?
—Que Nickel no es escritora.
—¡Qué!
—No lleva jerséis de cuello alto. Todos los escritores que salen en las revistas llevan jerséis de cuello alto y fuman delante de la máquina de escribir. Nickel ni siquiera fuma. ¿No te da qué pensar?
Orrie sopesó la gravedad de las pruebas.
—En eso tienes razón, Louise.
—Ya sé que la tengo... y además, estudió arquitectura. No se puede ser arquitecto y escritor.
—Pero no encuentra trabajo.
—Por culpa de todas esas mandangas de las mujeres y tanto irse de la boca con las lesbianas.
—Eso no la ha ayudado, pero tú sabes que en este país la construcción no está en su mejor momento.
—¿Y?
—Hace casi diez años que nadie construye una casa en Runnymede. La última obra que se ha hecho aquí ha sido el mercado de la carretera de Hanover.
—¿Todavía estás al tanto de las obras? Yo perdí interés en los trabajos de pintor cuando Pearlie nos dejó.
—No sé. Leo las revistas y así me siento más cerca de Noe, aunque esté muerto.
—¿Te acuerdas de cuando te dio por el pensando que a él le gustaría?
—Pobre hombre. No sé cómo pudo aguantarme. A veces me harto a mí misma. Sea lo que sea que salga en las revistas o en los noticiarios, me da algo si no lo hago. Aunque mis azucareros de cerámica no resultaron tan mal.
—Es extraño cómo nos llevamos mejor con nuestros maridos cuando ya están muertos —dejó ir Louise.
—No lo dices en serio —contestó Orrie, sobresaltada.
—Echo en falta a Pearlie, no lo dudes, pero no echo en taita ir detrás de él recogiendo sus cosas y cocinando los platos preferidos de su madre.
—Pearlie era muy pulido.
—¡Pulido! Me costó todo un año enseñarle, igual que a un perro.
—Tú eras la fuerte. Con Noe, él era el fuerte. Cuando se murió y descubrí que no era capaz de hacer cuadrar un libro de cuentas pensé que le iba a seguir a la tumba.
—Llevar los libros de cuentas me mantenía activa.
—Y cómo te agradezco que me enseñaras a hacer esas cosas. —Orrie se sentía realmente en deuda.
—¿Te acuerdas de cuando enseñé a Nickel cómo ganar dinero? Juts y Chessy nunca supieron administrarse y no quería que Nickel acabara siendo otra lela. ¿Te acuerdas del puesto de limonada? Le dije que tenía que aprender un oficio.
—Todavía la veo, con sus siete añitos, sentada en el lado sur de la plaza detrás de la pequeña parada.
—Ese demonio de niña alegró la limonada con ginebra —rió Louise.
—Y también me acuerdo cuando te dio por la locura de las canicas y te pusiste a hacer rosarios. Nickel se los llevó y se convirtió en el gángster de las canicas por estos barrios. Y tú pensando que se estaba volviendo religiosa.
—¡Bah!
—¿Por qué no esperas un poco antes de ir a ver a esa gente anti-todo?
—No. Mañana mismo me voy a York. Creo que tienen una reunión y les voy a contar que me están presionando para que venda mis propiedades a una comunista, ladrona de maridos y homosexual. —Louise remarcó lo de «mo».
—Tienes suerte de que Celeste Chalfonte no esté viva.
Con eso, las dos amigas pasaron al cotilleo y se comportaron como dos adolescentes en una fiesta nocturna, sólo que de día.


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19 de julio de 1929

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:06 am

Se habría podido freír huevos en el suelo. Louise, decidida a no dejarse arredrar por el calor, seguía de pie junto a la tabla de planchar a la una del mediodía. Hasta las moscas tenían el buen sentido de no volar, pero la Tierra cambiaría de órbita antes de que Louise incumpliera sus encargos.
Mary correteaba por la casa poniéndolo todo patas arriba y Maizie, que todavía no llegaba al año y medio, se quejaba de su trasero escocido sentada en el parquecito. Por la mañana temprano, antes de que apretara el calor, Louise había puesto al día los libros de cuentas. Ahora, mientras planchaba, le caían gotas de sudor entre los pechos, tenía el pelo pegado a la cara y veía cómo las camisas que acababa de planchar inmediatamente perdían el apresto. En un día como aquél, tenía serias dudas sobre el amor que pudiera sentir por su marido, por las niñas o, para el caso, por cualquiera. ¿Los demás también se sentían así o era el diablo que la tentaba?
Seguro que hacía más calor que en el infierno, o sea que el diablo debía de andar por lugares más frescos. Pensar esas tosas la perturbaba. Su matrimonio era pura monotonía. La única afición de Pearlie era coleccionar figurines de señoras desnudas. Le cogía la laca de uñas y les pintaba los pezones de rojo. Esas señoras espléndidas estaban por toda la casa. Ni siquiera el cenicero de pie modernista había escapado a las habilidades de Pearlie con el pincel. A veces, cuando Louise le dejaba dormir con ella, él le pedía que se pusiera colorete enlos pezones, y ella aceptaba, convencida de que era la cruz que le había tocado llevar en este mundo. Louise habría dado algo por saber si los maridos de las demás mujeres se comportaban igual, pero no se atrevía a sacar el tema. Juts y Chessy llevaban algo más de dos años casados. Chessy no coleccionaba figurines y por lo que ella sabía sí que se acostaban juntos, pero no tenía idea de cómo ni de cuándo. Si por lo menos Julia Ellen le hiciera alguna confidencia..., pero Juts prefería contarle los últimos chistes y cuando llegaba Chessy se iba con él a arreglar el coche o a construir un gallinero nuevo. No podía imaginárselos haciendo el amor. Para eso tenía que recurrir a la vaporosa Nazimova y al llorado Valentino. Además, no tenían demasiado dinero, ni siquiera con la ayuda de los repartos de licores, así que vivían en casa de Cora. Pensó que la falta de intimidad no debía de facilitar las cosas. Una vez que Julia había salido a repartir cerveza, registró su armario en busca de botes de colorete. Sólo encontró una pequeña polvera en el estante superior. Hizo acopio de todo su valor y le preguntó si se ponía colorete en algún otro sitio, pero Julia le contestó que cuando se quedaba sin pintalabios se ponía un poco en los labios con el dedo. Louise pensó que si Pearlie traía a casa un solo figurín más, se pondría a gritar. Alguien estaba amontonando neumáticos viejos junto a todos los monumentos de guerra y eso también la preocupaba. No sabía por qué.
—Mamá, quiero jugar en la pileta —dijo Mary entre gimoteos.
—No, está llena de cagadas de pájaro.
—Yo quiero.
—No. Dentro de un rato ya refrescará.
Mary empezó a rondar el parquecito. Su fuerza de voluntad infantil todavía no le permitía poner coto a los celos y en un día como aquél, desaparecía por completo. El llanto de Maizie, cada vez más incómoda, alcanzaba niveles insoportables.
—Mami, haz que Maizie se calle.
—Tiene el culo escocido.
—Pues que se ponga boca abajo.
—Es demasiado pequeña para entenderlo. Déjala estar.
—Ya la tumbo yo. —Mary trepó por el lado del parque y le dio la vuelta de un empujón.
Por muy pequeña que fuera, Maizie sabía que sus derechos estaban siendo atropellados y le dio un puñetazo en la boca. Sin pensárselo dos veces, Mary cogió impulso y tiró a su hermana contra el suelo del parque.
—¡Niñas!
Louise dejó la plancha e intentó separarlas. No era una tarea fácil, porque Maizie, dolorida por algo más que la escocedura, quería venganza. Mary lloraba tanto por el labio partido como por miedo a lo que pudiera hacer Louise. En el forcejeo. Maizie mordió a Louise en el brazo y le hizo sangre. Louise ya había tenido bastante. Le dio una torta a Maizie y un buen azote a Mary, que se pusieron a lloriquear sentadas entre los sonajeros. Louise olió a humo. La plancha había quemado la camisa de vestir de Pearlie. Louise corrió hacia la tabla de planchar, se tropezó con un juguete estratégicamente situado y cayó de bruces. Desesperada, se giró de costado y le dio una patada a la tabla de planchar. La plancha chisporroteó al caer al suelo. Medio histérica, Louise se quedó tirada en el suelo y lloró. Las niñas, viendo a su madre en ese estado, se calmaron. Luego, ya fuera por miedo a que Louise se hubiera hecho daño o por una preocupación egoísta por su propio destino, Mary y Maizie reanudaron el dúo.
Cora estaba sentada en el precioso porche trasero de Celeste, con vistas al cuidado jardín, mientras Fannie Jump, Ramelle y Celeste comentaban la última carta de Fairy Thatcher. Spotty se refugió a la sombra de un algarrobo a leer Mujercitas. Era una niña alta para sus nueve años y cada vez que Ramelle o Celeste la miraban tenían que morderse la lengua para no exclamar «Tempus fugit»
—La nueva versión de pobreza estilo Fairy. Estoy por ir a Alemania a ver si la pongo recta. —Con tanto calor, Fannie no consiguió dar un tono convincente a sus palabras.
—Parece feliz —le dijo Ramelle.
—¿Cómo puede ser feliz viviendo en un cuchitril de Berlín y empeñando las joyas? Esta chocha. —Fannie mojó una hoja de menta fresca en su copa.
—Sobre gustos no hay nada escrito. —Celeste se desabrochó con desenvoltura otro botón de la blusa, dejando al descubierto un atractivo escote sudado.
—Preferiría que no la defendieras. Me pone nerviosa.
—Fannie, no es buena cosa discutir en un día tan caluroso —le recordó Cora.
—No discuto. Sólo digo que Fairy Thatcher se comporta como lo que es, una tonta que ha perdido la cabeza por un lemanote.
—Demuestra tener el valor de defender sus convicciones. No la desprecies —corrigió amablemente Ramelle a Fannie, cada vez más exaltada.
—No la desprecio. Me preocupa. Al fin y al cabo, Fairy y Celeste son mis mejores amigas. —Fannie hizo una pausa y, no queriendo ofender a las presentes, se apresuró a añadir—: No quiero decir que no te aprecie, Ramelle, ni a ti, Cora, pero nos conocemos desde la cuna. Y me preocupo. Mierda, un día de estos malvenderá la última baratija y se quedará tan pobre que tendrá que ir al zoo y pedir a los monos que le tiren cacahuetes.
—No se puede guardar lo que no cabe en la mano. — Cora se enjugó la frente.
Fannie Jump no acababa de entender la frase y se quedó callada.
—Ahora mismo Alemania no tiene mucho en sus manos. —Ramelle llenó el hueco en la conversación.
—¿Qué quieres decir? —Fannie masticaba otra hoja de menta.
—Este invierno, cuando Celeste, Curtis y yo llevamos a Spotty a Europa por primera vez, a todos nos preocupó la situación de Alemania. La inflación es terrible, el Reichtag apenas impone respeto y los grupos de rufianes campan por sus respetos amparándose en conflictivas ideologías políticas.
—Incluso Curtis se sintió mal —añadió Celeste— y si alguien tiene razones para desearles un mal paso, ése es Curtis.
—Fairy está sentada en un polvorín —gruñó Fannie.
—Sí, así es. Una isla de socialismo en un mar de capitalismo al borde del colapso. —Celeste se desabrochó otro botón.
—Sigo diciendo que parece feliz, y si no afloja el calor, acabaremos todos como perros rabiosos. —Ramelle se abanicó.
—Celeste ¿por qué no pones una piscina? Como las que salen en las revistas de las estrellas de cine —dijo Fannie cambiando de tema.
—Encanto ¿cómo es que cada vez que se trata de gastar dinero te muestras tan dispuesta a gastar el mío y ahorrarte el tuyo?
—Sabes perfectamente que Creighton me tiene limitados los gastos a una paga.
—Que no se puede decir que sea mísera —observó Celeste con sarcasmo.
—Bueno, tampoco se puede decir que llegue para una piscina.
—Podrías ahorrar durante algunos meses en lugar de comprarles chucherías a tus guapos acompañantes.
—Déjame en paz, Celeste. Eso y el cotilleo es lo único que me divierte en la vida. De todas maneras, tú puedes hacer lo que quieras con el dinero. Es tuyo.
—Sí. Esa es una de las ventajas de no casarse.
—A buenas horas me lo dices. —Fannie recuperó un poco el buen humor. — Por lo visto, Creighton está ganando dinero a espuertas en la bolsa. Me pregunto cuánto debe de tener.
—¿No lo sabes? —se sorprendió Ramelle.
—No tengo ni idea. A mí me da mi paga y los recibos los paga en el despacho. Por lo que yo sé, tanto podríamos tener millones como céntimos.
—¿No tenéis tierras?
Celeste sabía de negocios mucho más de lo que dejaba ver. Había luchado como una leona para conseguir su parte de la fortuna de los Chalfonte cuando su padre murió en 1897. Stirling, el mayor, quiso administrar el dinero de Celeste y de Carlotta, pero no era rival para los dos sabuesos que se le echaron encima. Sin embargo, las dos hermanas estuvieron de acuerdo en dejar parte del dinero invertido en el negocio y, siendo justos con Stirling, había que decir que lo administraba sabiamente.
—La casa.
—No, Fannie. Me refiero a bienes inmobiliarios. Fincas.
—Yo tengo mi trocito en Bumblebee Hill. La tierra te hace vivir más cerca de Dios. —Cora sonrió.
—No sé, según cómo lo mires. —Fannie frunció el ceño.
—Compra tierras, muchacha. Si estallara una guerra, siempre podrías llenar el puchero —dijo Cora riendo.
—Tiene razón —corroboró Celeste.
—Eso es cosa de Creighton, no mía.
—La bolsa es una forma elegante de hacer apuestas. Es muy divertido, pero es mejor no apostar más de lo que te puedas permitir perder. Algunas veces yo también juego un poco, pero casi todos mis amigos invierten en tierras y en la industria del calzado. Gracias a Dios que hizo vivir a los yanquis en esas tierras tan frías y necesitan montones de zapatos.
—Lo pensaré. Pero no sé qué podría hacer. ¿Ir allí y exigir que me diga en qué ha invertido nuestro dinero? — Fannie se bebió de un trago lo que le quedaba en el vaso, que ya hacía rato que se había calentado.
—El matrimonio es un contrato igualitario.
—¡Ja! —Fannie estaba íntimamente convencida de lo contrario.
Un chillido procedente de la parte anterior de la casa las distrajo. Louise y sus dos recalcitrantes retoños aparecieron por detrás de las hortensias.
—Louise, cariño. —Cora se levantó a saludarla.
—Siéntate, mamá. Hace demasiado calor para moverse. ¿Sabíais que el termómetro que tenéis en el porche delantero señala treinta y siete grados? —las informó Louise.
—Me guardaré bien de acercarme. —Cora se reía yéndose hacia la cocina a preparar algo que beber para Louise y las niñas. — ¿Alguien quiere algo?
—Deja que te ayude. —Ramelle se unió a ella.
—Siéntate, Louise, antes de que te desmayes. —Celeste le ofreció una silla. Mary cogió de la mano a Maizie y se fueron a ver a Spotts. Les encantaba estar con una «niña mayor».
Si Louise tenía alguna intención de desahogarse con su madre, se le olvidó al instante. Sentarse con Celeste y Fannie Jump inflamaba su sensible ambición social y para cuando volvieron Ramelle y Cora con las bebidas, Louise estaba demostrando su refinamiento.
—Ya ni siquiera se puede ir a pasear por la ciudad de tanta suciedad. La gente pasea a sus perros por los patios de los demás y por el parque para que los animales dejen su regalito.
—Me encantaría verlo. —Fannie sacó la hoja de menta de la bebida que acababan de traerle.

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29 de octubre de 1929

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:06 am

Julia y Chessy estaban sentados en el porche de Cora. Los dos habían salido temprano del trabajo. Los habitantes de Runnymede se paraban unos a otros por la calle para comentar las noticias de la radio. Aparte de las perturbadorasnoticias de Wall Street, era uno de esos días en los que no hace mal tiempo pero hay algo en el aire que provoca que todo el mundo tenga los nervios a flor de piel. Julia no necesitaba ninguna ayuda. Le faltaba un día para tener la menstruación y la hinchazón la tenía loca.
Idabelle, envuelta en un chal, con un calcetín subido y otro bajado, se mecía en su porche tocando el acordeón. La música subía por la colina hasta Bumblebee Hill.
—Idabelle toca realmente bien —dijo Chessy.
—Sólo necesitas saber doblar un mapa de carreteras para tocar el acordeón —replicó Juts.
A partir de ahí fue subiendo el tono. A cualquier cosa que Chessy dijera, Juts le sacaba punta. Llevaba rato buscando pelea y cuando por fin lo consiguió, se sintió herida por el arranque de mal humor de Chessy, por leve que hubiera sido, y corrió escaleras arriba hasta el dormitorio. Dio un portazo y corrió el pestillo para mayor efecto.
—No te atrevas a entrar aquí, Chessy Smith. No te atrevas.
No obtuvo respuesta. Se echó en la cama y se puso a mirar el techo. «Le odio», pensó. «No quiero volverlo a ver. ¿A quién le importa Idabelle y esa porquería de acordeón? A mí qué más me da Idabelle y su acordeón. No le oigo. A lo mejor se ha ido. Bueno, pues mejor. Así no tendré que decirle que me deje en paz. Los hombres son unos bestias. Es capaz de tirar la puerta abajo. Pondré una silla apoyada para estar más segura.»
Saltó de la cama y presionó el respaldo de una silla vieja contra el pomo. Seguía sin oír nada en la sala ni en el pasillo «Le odio. Le odio con toda mi alma. Es igual que Louise, menos por la beatería.» Pasaron entre cinco y diez minutos, Julia no podía calcular el tiempo, y seguía sin oírse nada al otro lado de la puerta.
«No me quiere. No intenta entrar. Podría estar muerta, pero a él no le importa. Bueno, ahora ya lo sé. Pongamos que le necesitara. Un amigo cuando van mal dadas es un verdadero amigo. Le odio.» Un leve crujido renovó sus esperanzas y sus miedos. Se levantó de la cama y se puso a gatas intentando divisar los pies de Chessy. Nada. «Debe de haber sido una madera. Con los cambios de tiempo siempre crujen. No me quiere.» Pasaron otros cinco minutos. Juts estaba sentada en la cama, preocupada. «¿Qué debe de estar haciendo ahí afuera, si es que está ahí afuera? No oigo nada. Quizás se ha quitado la vida. Pobre hombre. No quería ser tan dura con él. No he oído ningún disparo. Veneno de ratas. Eso es. Se ha ido a la bomba de agua, ha llenado la cantara y ha tomado veneno de ratas.
Dicen que es una muerte horrible. ¿Tenemos veneno de ratas? Puede que se haya cortado las muñecas. Se ha desangrado en el porche. ¡Qué horror! La sangre no puede lavarse. Dios mío, mamá subirá por la cuesta y se lo encontrará desplomado en la silla sobre un charco rojo.
Egoísta. No ha pensado en quien lo encuentre. A lo mejor se ha ido en el coche y se ha estrellado contra un árbol. No he oído que pusiera el coche en marcha. No oigo nada. Lo ha hecho con veneno de ratas. Lo sé. Aunque no tengamos, habrá ido a casa de Ida y le habrá pedido un poco. No voy a ir a ayudarle. No voy a abrir la puerta para mirar. No y no.» En medio de su macabro ensueño, entrevió una sombra bajo la puerta. Oyó un ruido de papel y una nota doblada se deslizó por debajo de la puerta. Corrió a recogerla y la leyó a cuatro patas.
Con su letra enorme, Chessy había escrito:
Sé que estás enfadada conmigo.
¿Qué tengo que hacer?
1. Caerme muerto.
2. Dejarte en paz.
3. Darte besos y hacer las paces.
Frenética, Julia buscó un lápiz por toda la habitación. Encontró un trozo de jaboncillo azul que Cora utilizaba para marcar las costuras y, dándole la vuelta al papel, escribió:
No me quieres. Tengo la regla, casi. Estoy hinchada y me ha salido un grano en la cara.
Tu amante esposa
Julia Ellen
La sombra continuaba junto a la puerta. Julia volvió a ponerse a gatas para deslizar la nota por debajo y se quedó allí mirando los zapatos de Chessy. Él se agachó a recogerla, miró por debajo de la puerta y vio a Juts mirándole de reojo.
—No pienso hablar contigo, pero si quieres puedes leer la nota —declaró Julia.
Chessy la desdobló cuidadosamente y la leyó en voz alta, que era la única manera en la que sabía leer. Metió la nariz debajo de la puerta intentando ver a Julia. Ella seguía allí, en la misma posición.
—Cariño, sí que te quiero.
—No me quieres. —Julia se esforzaba por reprimir las lágrimas. Que llorara Louise si quería, pero ella no pensaba rebajarse de ese modo, se dijo orgullosa.
—Sí que te quiero. —Chessy no sabía qué hacer. Todo lo que se le ocurría era decirle que la quería.
—¿De verdad? —La voz de Julia se oyó un poco más alta.
—Sabes que sí —contestó Chessy desesperado.
Julia, cautelosa, continuó en silencio.
—¡Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero!
—Dilo otra vez. —Juts se reía.
—Te quiero.
Los dos rompieron a reír a carcajadas, con las cabezas en el suelo, los culos levantados y la puerta entre medio. A todo eso, Cora subía por la escalera.
—¿Lo hacéis a menudo?
—Yo... -—Chessy se puso de pie.
Julia seguía riendo detrás de la puerta. Cora, siempre dispuesta a divertirse, se agachó lentamente y miró por debajo de la puerta.
—Te veo —canturreó como en los juegos infantiles.
—¡Mamá! —Entonces fue Julia la que casi tuvo un ataque.
Chessy intentó abrir la puerta pero seguía cerrada con el pestillo.
—Cariño, abre la puerta.
—No puedo. La risa no me deja.
Todavía agachada, Cora cantó una de las cancioncillas infantiles preferidas de Julia.
«La vida es una feria, dame una muestra. La vida es una feria, a real la apuesta.» Julia se unió a ella en «a real la apuesta». Luego se puso tic pie y abrió la puerta. Chessy le dio un gran abrazo, mientras Cora sacudía la cabeza y reía.
—¿Hay alguien en casa? —llamó Louise, aunque ya había abierto la puerta y estaba entrando seguida por Pearlie y las dos niñas.
—Estamos arriba, jugando al escondite —contestó Cora.
—Sí, Louise, tú paras. Cuenta a veinte y nosotros nos escondemos.
Mary y Maizie, creyendo que lo decía en serio, salieron corriendo hacia la bodega.
—Bajad. Ha estallado el infierno. —Louise ya daba órdenes.
Todavía riendo, madre, hija y yerno bajaron por la escalera pintada de azul cielo.
—¿De qué estás hablando? —le preguntó Cora—. Hola, Pearlie. Vamos a prepararnos un café. Está empezando a hacer frío ahora que se ha ido el sol. Se fueron todos a la cocina y Louise continuó: —La bolsa ha quebrado.
—Ya lo sabemos. —Julia despachó con ligereza la calamidad.
—Julia, eres como una niña con estas cosas. Nuestra situación económica es rijosa.
—¿Quieres decir azarosa, verdad? —le preguntó Pearlie con respeto.
—Sí, eso es lo que he dicho —contestó Louise con el tono de quien está por encima de esos detalles.
—Todavía tenemos a Lindbergh. No puede irnos tan mal —contestó Julia en tono despreocupado.
—En serio. —Louise consideró que su hermana era un caso perdido y se dirigió al resto de los adultos. — Os digo que el mundo entero se está desintegrando.
—Nunca ha sido muy íntegro —le contestó Cora con el agarrador en la mano.
—Un día son duras y al otro, maduras. —Chessy sonrió.
—Sois tal para cual —le acusó Louise.
Por suerte, Chessy no era un hombre que se ofendiera fácilmente, y ya se había acostumbrado a Louise.
—Cuando leo el diario, me asusto.
Cora sirvió café a todo el mundo y al girarse, vio a sus dos nietas, que salían de la bodega enseñando su trofeo: una lata de galletas. Miró a Louise y le dijo con su potente voz:
—Si es tan desastroso como dices, no te llegará para comprarte el diario y así estarás más tranquila.
Los demás se rieron.
—Mamá. —Louise se puso de morros.
—Sobrevivirás —le dijo Cora con autoridad.

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30 de octubre de 1929

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:16 am

—¡Celeste, Celeste...! ¡despierta!
Celeste se despertó sobresaltada y miró el reloj de la mesilla de noche: las dos de la mañana. Ramelle, con un ojo abierto y el otro cerrado, murmuró:
—¿Qué ocurre?
—¡Celeste...! ¡Despiértate, puñeta!
—Es Fannie. Será mejor que baje. —Celeste cogió la bata y gritó—: Ya voy.
Abrió la puerta y se encontró con Fannie Jump Creighton, desnuda, con su abrigo de zorro rojo echado sobre los hombros y una copa de champán en la mano derecha. Bajo el brazo izquierdo llevaba una caja de metal grande.
—Gracias, creo que sí. —Fannie entró en la casa.
—¿Te has vuelto loca?
—Desgraciadamente, no.
—Entonces ¿se puede saber qué haces aquí a las dos de la madrugada disfrazada de Lady Godiva? ¡Jesús, hace frío ahí fuera!
—¿A mí me lo dices? —Fannie dejó cuidadosamente la caja de metal en el precioso baúl chino de Celeste, pintado a mano, que hacía las veces de mesilla de café.
—¿Quieres algo para ponerte o es que tienes una de tus noches nórdicas?
—¡Vete a hacer puñetas! —Fannie apretó los dientes.
—¿Va todo bien? —preguntó Ramelle desde la escalera.
—Sí, cariño. Vuelve a la cama.
—Decididamente, nada va bien. —Fannie apuró la copa de un trago. Se metió la mano en el bolsillo y sacó una nota.
—Lee. Creighton ha sufrido un ataque de honor.
—Te lo deja todo y adiós, muy buenas. —Celeste juntó las cejas mientras leía.— ¿Cuánto es todo?
—La casa y algunos cientos de dólares.
—¿Qué?
—Compruébalo tú misma. Junto a la nota, me ha dejado la llave de la caja.
Celeste revisó el contenido de la caja fuerte.
—Fannie, estás metida en un buen lío.
—Tú lo has dicho.
—¿Acabas de enterarte?
—Claro —asintió Fannie—. No creerás que lo he descubierto a las ocho y media y luego me ha dado por despertarte a media noche.
—¿Otra conquista?
—Sí. Tenía unos muslos encantadores.
—Podrías dar clases en Vassar: Seducción, curso básico.
—Celeste, menos mal que te tengo a ti en un momento tan difícil como éste.
—Para eso están las amigas. —Celeste le dio unas palmaditas en la espalda.
Fannie y Celeste eran mujeres que ataban corto sus emociones, sobre todo las que pudieran demostrar debilidad. Perder la compostura cuando iban mal dadas era lo peor que podía ocurrir. Fannie sabía que no tenía oficio ni beneficio, y estaba desorientada, pero también sabía que no podía comprometer su honor. El dinero no podía quitarle eso. A esas alturas de su vida, entendía perfectamente la importancia de los códigos de conducta. A veces, las formas pueden hacer que sobrevivas mientras encuentras una salida.
—Se debe de haber ido a regentar un lupanar —se burló Fannie.
—A eso se le llama vivir al límite.
—He estado considerando varias posibilidades —dijo Fannie con más calma—. Podría vender la casa pero ¿quién iba a comprarla? Siempre puedo regalarla y dejar que me consideren una vieja loca con veleidades filantrópicas. La dono a un orfanato y me quedo a vivir en la buhardilla. Ya veríamos cómo se las arreglaban para sacar adelante ese elefante blanco: caridad homicida.
—Santa Fannie. Sí, suena bien.
—A la Sermonetta no le irá mal tener una competidora. Lleva años disfrutando del monopolio. —Fannie dejó caer el abrigo alegremente. No tenía nada que ocultar a Celeste.
—Ya sabes que el crac no me ha afectado demasiado, gracias a Dios. No voy a dejar que te mueras de hambre.
—Gracias, pero espero no tener que llegar a esos extremos. No me imagino a mí misma tendiendo la mano para vivir.
—A lo mejor podrías encontrar trabajo en algún despacho.
—Siempre me puedo hacer inventora y evitar que me despidan. Sí, viviré de mis patentes. ¿Qué tal tomates eléctricos o, mejor, un paraguas con una bombilla en la punta para encontrar la puerta de casa en las noches oscuras y lluviosas?
—Vaya escándalo ibas a armar en la horticultura —dijo Celeste riendo—. Podrías cultivar rosas homosexuales La fama trae dinero.
—Las rosas tienen espinas.
—Fannie, ya se nos ocurrirá algo. —La voz de Celeste era reconfortante.
Fannie se recostó en el sillón y dijo en tono quejumbroso:
—Pienso que puede ser un reto, pero habría preferido que se me presentara antes de haber cumplido medio siglo.
—¿No eras tú la que decías que los veinticinco años que van de los treinta a los cuarenta eran los más interesantes?
—¡Ja! Ahora tendré que reconocer que me equivocaba. Pongamos que sean los veinticinco que van de los cincuenta a los sesenta.
—¡Así se habla!
—Lo que más me sorprende es que Creighton me haya dejado algo. Sabía perfectamente lo que podía esperar de él: siempre me dejaba en la estacada. Un cambio de costumbres tan drástico perturba mi sentido del orden.
—Fugarse de noche no es precisamente honorable.
—Celeste, acabas de resolver mi dilema. Ha dado un paso adelante y otro atrás. Estaba claro que no podía haber cambiado tanto.
—De todos modos, la virtud no crea hábito.
—¿Te has enterado de lo de Hennings Gibson?
—Sí. ¡Imagínate...! ¡Mira que colgarse del reloj gigante del Bon-Ton a la hora del cierre!
—No le vi pero he oído que estuvo allí colgando a la altura del séptimo piso, con los ojos salidos como dos ciruelas. Debió de esperar a que el minutero pasara junto a la ventana de su despacho para atar la cuerda y saltar.
—¿La bolsa?
—En su caso, sí —respondió Fannie lúgubremente.
—Hennings siempre intentó elevar su posición.
—¡Celeste, eres mala!
—Me junté con malas compañías desde mi más tierna infancia.
—¿Habías pensado alguna vez que vivirías para ver algo así? ¡Yo, no!
—Algo habrá que podamos hacer. ¿Sabes escribir a máquina?
—No. Para todo lo que tengo alguna habilidad es para hablar y para otras cosas que la decencia me impide nombrar.
—¡Fannie!
—¡No! Ya sé lo que vas a decir.
—Escucha un minuto. En este papel dice que la casa es tuya, sin cargas ni hipotecas.
—Perfecto. Sólo tengo que pagar los recibos para poder vivir allí.
—¿Por qué no montas un bar con clase en la parte de abajo? Con tu personalidad, seguro que iría bien.
—Estás de broma. Por lo menos, no me has dicho que abriera una casa de mala fama.
—Hablo en serio. La gente se va hasta York o Baltimore para beber. Un local elegante y animado en el que la conversación fluyera tan fácilmente como los licores sería un bombazo.
—Beber también sé hacerlo.
—Y entre las dos conocemos a gente de sobra para llenarlo hasta que corra la voz.
—El alcohol será un problema.
—Juts y Chessy venden.
—No tienen más que cerveza barata y ginebra casera. Desde que los grandes operadores se metieron en el negocio, ya no tienen acceso a los proveedores de ron. Tendré que vérmelas con los señores del caldo.
—Podría ser peor.
—No sé qué decirte. ¿Crees que podría sacarlo adelante? ¿Qué me dices de Minta Mae Dexter? Prácticamente ha convertido a las Hermanas de Gettysburg en un batallón por la moralidad nacional. Le serviría en bandeja la oportunidad de vengarse de mí y de las Hijas de la Confederación.
—La gente tiene más ganas de beber que de escuchar a Minta Mae.
—Es verdad.
—Además, los políticos de Runnymede Norte o Sur nunca han hecho ascos a las contribuciones a sus campañas ni a otros respaldos a sus ambiciones.
—Una chica lista, nuestra Celeste.
—Imagino que es algo así como engrasar la maquinaria de la política para que funcione con eficacia.
—Fairy lo calificaría de codicia, la codicia que da alas a la plutocracia que se esconde tras la máscara democrática.
—Fairy no está arruinada... todavía. La moralidad es terriblemente reconfortante cuando hay comida en la mesa.
—La echo a faltar.
—Yo también. Y tengo miedo por ella. La comida en la mesa no le durará mucho. —Celeste hizo una pausa.— ¿Qué piensas?
—Bueno ¿por qué no? Puedo intentar cualquier cosa por lo menos una vez. —Fannie se sentía aliviada.— Ya me acostumbraré a vivir entre interrogantes.
—Creo que precisamente en eso consiste el siglo xx. —Celeste juntó las palmas de las manos.
—No sé qué decirte, pero ahora mismo no me importaría volver al xIx. Por lo menos, entonces era más joven. Siguiendo el curso de su pensamiento, Celeste dijo: —En eso y en el coche a la puerta.
—¿Qué?
—Piénsalo.

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23 de septiembre de 1930

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:23 am

—Louise, Chessy se encuentra mal. ¿Por qué no me acompañas a hacer el reparto? —preguntó Julia.
—¿Entregas de contrabando? Ni lo sueñes.
—Vamos, Louise, sólo es un poco de cerveza y de ginebra. No quiero entrar sola en según qué tabernas.
—No está bien.
—Por favor.
—Mm...
—Te traeré algunas cintas de la fábrica.
Louise se ablandó.
—Quiero que entiendas que sólo lo hago por protegerte. Después de todo, soy tu hermana mayor.
—Gracias, Wheezie. ¡Eres un sol!
Se fueron hacia el pequeño coche negro y Julia hizo ademán de abrir la puerta del conductor.
—No creerás que te voy a acompañar si conduces tú.
—Sé conducir perfectamente.
—Conmigo en el coche, tú no conduces —dijo Louise con firmeza.
—Está bien. Tú conduces —cedió Julia con un suspiro.
Louise se sentó al volante, meneó el culo hasta encontrar la posición y ajustó el retrovisor. Al verse en el espejo, exclamó: —Julia, no puedo ir. Llevo los rulos en la cabeza.
—No vamos al Waldorf. No te va a ver nadie aparte de un par de borrachos.
—Ya sabes que en mi opinión una dama no debe mostrarse en público si no lleva el pelo bien arreglado y los zapatos, el bolso y los guantes a juego.
—No se puede conducir con guantes.
—Yo sí que puedo.
—Louise ¡por favooor!
—Está bien, Julia Ellen, pero nunca digas que no he hecho nada por ti.
El coche avanzaba por la carretera con su cargamento de garrafas etiquetadas como vinagre. Julia llevaba atadas a las piernas dos latas de scotch sin rebajar para un cliente especial.
La casa de Fannie, apodada Sans Souci, prosperaba día a día. Al final del reparto, Julia y Chessy solían pararse a tomar una copa. Julia pensó que aquella noche no habría manera de ir allí con Louise. Se limitarían a los negocios. Dos horas más tarde, Louise aparcó el coche en un sórdido cruce. En una esquina había una gasolinera, en la otra una iglesia baptista, y en la tercera se erigía el café Blue Moon. Una luna creciente de neón azul corroboraba el nombre. El bar estaba pintado de rosa fucsia, con las persianas y la puerta de color azul marino. En la última esquina, bajo la macilenta luz de una farola, se veía un montón de coches viejos, aparcados o volcados.
—Última parada. —Julia salió deprisa.
Louise se quedó esperando en el coche. Bajo la farola, vio mi brazo blanco apoyado en un volante. Por la ventana, salían volutas de humo azul. Entrevió una corbata ancha de color granate con una luna plateada. «Amantes», pensó indignada. «¿Cómo puede haber gente que se deje ver en semejantes andurriales?» La sombra que se adivinaba al otro lado estaba inclinada hacia el conductor, hablándole. Julia salió del local, contenta de haber acabado.
—Ya está. No ha sido tan horrible ¿verdad?
—Sigue sin parecerme bien.
—Ya lo sé. Gracias por acompañarme.
Louise dio la vuelta en el cruce, puso rumbo a Runnymede y preguntó a Julia por qué llevaban matrícula falsa.
—Por si a alguien se le ocurre meter las narices.
—¿Agentes del gobierno?
—Sí, pero más miedo me dan los asaltadores.
Al cabo de unos minutos, Louise miró por el retrovisor.
—Creo que ese coche nos sigue.
Julia se giró a mirar.
—Bien, pisa el acelerador. Si ellos también aceleran, sabremos que nos van detrás.
Louise le dio un poco más de gas. El otro coche, que estaba a una distancia de aproximadamente medio campo de fútbol, también cogió velocidad.
—¡Maldita sea! —renegó Juts.
—Nos siguen. Los federales. Voy a entregarme. Yo no soy una contrabandista. Tú me has metido en esto, Julia.
—Tanto les da si lo eres como si me acompañas.
Eso hizo que Louise reaccionara y apretara el pedal.
—No mires ni a tu izquierda ni a tu derecha.
—Por Dios, si no pueden vernos más que el cogote.
—Ya, pero si miramos, pensarán que somos culpables.
—Peor es acelerar. Además, somos culpables.
Louise miró de reojo. El coche se les acercaba.
—Maldito coche, tendríamos que haberlo trucado. ¡Pisa fondo!
—No me digas cómo tengo que conducir. Fuiste tú la que destrozó el porche ¿recuerdas?
—Ahora no es el momento.
—Pues cuida lo que dices.
—¡Nos van a coger! ¡Acelera!
—No acelera más.
—¡Mierda!
—Preferiría que no fueras tan vulgar.
—Dios mío, Louise, no es momento para hacerse la gran dama.
—Carlotta Van Dusen siempre decía...
—Un poco más adelante, gira a la izquierda —la interrumpió Julia.
—Pero si es un camino de tierra. —Louise se mostraba renuente.
—Sé dónde va a parar —se impuso Julia.
—¿Cómo sabes tú eso? —Incluso derrapando por la carretera a toda velocidad, Louise no podía imaginar que nadie supiera más que ella.
—Yo y Chessy solíamos aparcar ahí antes de casarnos.
—¡Juts! —El rostro de Louise se desencajó por el escándalo.
—¡Gira!
Louise redujo la velocidad, sacó el brazo izquierdo por la ventana y giró bruscamente a la izquierda.
—¡No hace falta que les hagas señales! —explotó Julia.
—Calla. Soy yo la que conduce.
Los baches de poco les hicieron morderse la lengua y por unos segundos dejaron de discutir. Por todas partes saltaban piedras y se oía cómo rayaban la pintura. Louise chillaba como una loca agitando su cabeza llena de rulos. Julia gritó más fuerte que ella: —¡Ahora gira todo a la derecha!
Cogieron la curva sobre dos ruedas.
—¡Apaga las luces, Louise! —ordenó Julia—. El motor, no. Oh, Dios.
—Ya es tarde. No sirve de nada lamentarse.
El coche que las perseguía pasó de largo y notaron que el aire desplazado balanceaba el suyo. Los federales o los asaltadores volaron por encima de un pequeño embarcadero y cayeron al río. Ni siquiera lo vieron venir. Louise y Juts les oyeron gritar cuando salieron volando por el aire y el sonoro choque del coche contra el agua les contó el final de la historia.
—Los hemos matado. Oh, santa María, llena eres de gracia.
—Tendremos suerte si se han muerto. Vamos, tenemos que salir de aquí. —Julia mantenía la cabeza fría.
—Mi deber cristiano es salvarlos.
—Tu deber cristiano puede costarte diez años o un buen multazo.
—¿Una multa? —Eso la impactó más que la cárcel.
—Sí. Muévete.
—No se enciende —dijo Louise con voz apenas audible por el desaliento.
Sin perder tiempo, Julia se bajó del coche.
—No me dejes —suplicó Louise.
—Pon punto muerto.
Julia empujó desde delante con todas sus fuerzas y el coche retrocedió hasta el camino de tierra. Desde allí, oía a los hombres maldecir en el río. Uno de ellos estaba saliendo por la ventanilla, no sin dificultad, ya que tenía una barriga encima de él. El otro le gritaba: —Mantén el arma fuera del agua.
El más gordo replicó indignado: —¡A la mierda el arma... mi cabeza!
—Señor Dios mío —rezaba Louise—, si haces que se encienda el coche te prometo que nunca más evitaré el pago de impuestos. —Por si acaso no fuera bastante y olvidándose de que Julia, ahora detrás, empujaba como una posesa para que cogiera velocidad, continuó—: Padre nuestro que estás en los cielos, sé que soy un alma miserable, una pecadora, pero si haces que se encienda el coche, te prometo que conduciré a una de mis hijas por el camino de la vocación religiosa. Una monja, la hermana...
—Pon segunda —ordenó Julia.
Ya que estaba en comunicación con las altas esferas, Louise decidió acudir a toda la parentela. Invocó a Jesús, a la Virgen María y a toda una retahíla de santos.
—Louise, si el Señor es tan poderoso como dices, te oirá igual si rezas en silencio. Haz el favor de prestarme atención.
—¿Qué?
—Pon segunda. Cuando grite «ahora».
—Allá están gritando como gatos escaldados.
—¿Me has oído?
—Sí.
Uno de los hombres nadaba hacia el embarcadero. En dos minutos estaría en la orilla. Llevaba una pistola encima de la cabeza. Julia imprimió velocidad a sus piernas. El coche se movía a empellones pero iba cada vez más deprisa.
—¡Ahora!
Louise, toda concentración, puso la segunda y oyó un runrún más dulce que el gorjeo de su primogénita en la mañana de su nacimiento. El motor se encendió. Louise se olvidó de Juts y siguió camino adelante. Juts trastabillaba detrás de ella. Empujando el coche, se le habían roto los tacones e iba haciendo muecas a cada paso.
—Espérame, maldita sea. Espérame o te corro a patadas hasta la semana que viene.
Sonó un disparo y Julia, viendo que había dado en un árbol a su derecha, salió disparada. Ya estaba más cerca del coche. Louise se giró a mirar, recordó a su hermana y frenó en seco. Julia saltó al estribo y pasó el brazo izquierdo por la ventana.
—¡Pisa a fondo!
—Julia, entra en el coche. Vas a coger un resfriado de muerte.
Otro disparo hizo saltar el retrovisor exterior. Louise empujó el pie hasta el fondo mientras Julia se agarraba con la fuerza del desespero. El viejo coche negro bajó rugiendo por el camino de tierra. Al llegar a la carretera asfaltada, Louise redujo un poco la velocidad y giró a la izquierda. Cinco millas más allá, se detuvo y Julia se metió en el coche.
—¿Estás bien? —A Louise le temblaba la cara.
—Sí. Escucha, Wheezie, creo que será mejor que nos salgamos de la carretera durante un rato. Métete por Bumba Duckworth. No estamos lejos.
—Buena idea.
Louise metió el coche por otro ondulante camino de tierra y apagó las luces, pero dejó que el motor ronroneara. Julia se apresuró a cambiar las placas de matrícula, volvió al coche y se dejó caer en el asiento.
—Pensaba que me dejabas allí para que hiciera de diana —Julia empezó a reír.
—Jamás. Eres mi hermana pequeña.
—Entonces ¿cómo es que dejabas a tu hermana pequeña tirada en la carretera?
—He reducido la velocidad.
—Gracias a Dios. —Julia se quitó las tiras con las que llevaba el whisky atado a las piernas. Se habían olvidado de esa entrega. Desenroscó la tapa y echó un trago. —Hoy he batido un récord. El de correr con whisky en las piernas.
—Julia, no deberías beber en público.
Juts dio otro trago con gran alivio y luego se dispuso a vaciar el contenido por la ventana. A esas alturas, el cliente le importaba un rábano. Louise le cogió el brazo.
—Esto es un pacto de honor.
Julia se la quedó mirando, incrédula. Louise miró a derecha y a izquierda, y giró la cabeza hacia atrás. Luego cogió la lata de scotch que sostenía su hermana y se concedió el trago que estaba necesitando.
—Sólo por motivos medicinales.
—Sí, eso es lo que digo yo siempre —contestó Julia burlona.
Las dos se rieron a carcajadas. Salvarse del peligro por los pelos endulza la vida y la risa les sentó de primera, pero un sonoro ruido delante del coche les cortó la hilaridad en seco. A Louise se le salieron los ojos de las órbitas.
—¿Qué ha sido eso?
Julia se colocó de un salto al lado de su hermana y la abrazó. Se cogieron la una a la otra como dos niñas. El ruido se acercaba. Algo muy grande se tambaleaba delante del coche. Si iban a vérselas con un monstruo, mejor era encender las luces del coche que ser devoradas en la oscuridad. Louise le dio al mando de las luces.
—¡Una vaca! —suspiro Julia.
—Ves... ya te he dicho que no era nada.
—¡Estabas tan cagada que no podías hablar! —Julia empezó a reír otra vez.
Las dos hermanas se sentaron junto a la vaca y allí esperaron a que amaneciera. Cuando se levantaron para volver a casa, estaban como cubas.
—Sabes, hermana, he estado pensando que... somos como dos huevos fritos en una sartén, cada una con lo suyo pero juntas —dijo Julia tropezando con las palabras cuando ya se despedían

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28 de julio de 1932

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:24 am

—Estoy sufriendo el tormento del amor excesivamente correspondido —gimió Fannie.
—¿Quién?
—Hans, el portero.
—Es bastante guapo.
—Para un hombre de su edad, sí. Tiene cuarenta ¿sabes? —Fannie saludó a un cliente habitual que pasó por delante.
—Tú tienes cincuenta y cinco.
—¿Y qué? A mí los hombres me gustan en torno a los veinticinco.
—Vaya tontería.
—Después de los veinticinco —dijo Fannie haciendo caso omiso—, a algunos les da por crecer. Si hay algo que no soporto, es un hombre maduro. Es capaz de querer que hable con él.
—Eres imposible.
—No; es que no tengo nada que decir.
—¿Le vas a dejar?
—No, a no ser que aparezca por aquí Douglas Fairbanks, hijo.
—¿Qué tiene de malo el padre?
—Es demasiado viejo.
—Ah sí, se me olvidaba.
—Me gusta Hans.
—Fannie, estoy segura de que cuando hayas agotado todas las otras alternativas posibles, te comportarás de forma razonable.
Sans Souci daba poco durante la semana, pero los sábados y domingos eran otra cosa. Después de pagar al personal, al cocinero y a una reducida banda de música en vivo, Fannie conseguía mantener la cabeza fuera del agua. Lejos quedaban los días de despilfarro, pero nunca había sido tan feliz. El exterior incrustado de joyas de las Squandras no era su estilo, de todas maneras. Fannie finalmente era dueña de sí misma y estaba en la gloria. Se había quedado con casi todos los muebles, pero había vaciado el salón y lo había convertido en un verdadero palacio del baile. Su casa era una de esas pantagruélicas extravagancias con un balcón para la orquesta. Siendo una entendida en el sutil arte de la persuasión, había hecho construir un pequeño estrado en el salón para la banda, y el balcón lo reservaba para las parejas más necesitadas de privacidad. Sans Souci tenía fama de ser un local refinado donde fluía la conversación ligera y la diversión.
—Tengo que decir que Spotty está encantadora —dijo Fannie cambiando de tema—. No puedo creerme que ya tenga doce años. Está casi tan alta como yo. Tú y Ramelle habéis hecho un buen trabajo con esa niña.
—No te olvides de Curtis.
—También él. ¿Cómo le va?
—Está ganando dinero a espuertas. Él mismo dice que es una locura. Ahora se dedica exclusivamente a producir películas. Puede que estemos pasando por una depresión, pero la gente sigue yendo al cine.
—Escapismo.
—Quizás.
—¿Dónde está Ramelle?
—En el cine, viendo la última de Curtis.
—Hoy me ha llegado una carta de Fairy y dice que está enfadada contigo. —Fannie mordisqueó una galletita salada.
—¿Y se puede saber por qué? —preguntó Celeste como si supiera.
—Lo sabes perfectamente.
—Me he cansado de sus discursos, eso es todo.
—Ya
—¿De verdad se ha enfadado porque le escribí diciendo que «lo que se llama no hacer nada lo hago mejor que nadie»?
—¡Enfadado! No se trata sólo de que no demuestres un espíritu adecuadamente revolucionario; cree que eres un caso perdido..
—Buena señal.
—Insiste en lo de la voluntad de la mayoría —dijo Fannie riendo.
—La dictadura del proletariado no siempre es la voluntad de la mayoría.
—¿Qué tiene de malo la voluntad de la mayoría? Si es una buena norma en América, también será una buena norma en Alemania.
—Por culpa de la voluntad de la mayoría tenemos la ley seca —le recordó Celeste.
—Justo lo que decía. ¿Qué tiene de bueno la voluntad de la mayoría? —Fannie se comió otra galletita.
—Egoísta. Dame una de ésas.
—Perdón. —Fannie le acercó el bol lleno de aperitivos.
—¿Quién crees que compone la mayoría en América?
—Los muertos. Superan en número a los vivos en todas las naciones del mundo. —Celeste hizo crujir entre los dientes una galletita que se había puesto dura.
—¡Ja! ¿Te la puedo copiar? Tengo que escribírselo a Fairy.
—Por lo que sé, un buen número de muertos vota por Herbert Hoove.
Hans salió corriendo de la cocina de Fannie.
—El cocinero acaba de oír en la radio que Hoover acabado con los veteranos acampados en la capital.
—¿La fuerza expedicionaria extraordinaria? ¿Los que lucharon en la guerra? —Fannie quería establecer claramente los hechos.
—Pobres desgraciados. Todo lo que pedían era que se les adelantara el pago de la gratificación. Demonios, si no les vence hasta 1945, y tienen que comer ahora. —Hans estaba trastornado. Recordaba muy bien la guerra.
—¿Cómo ha hecho Hoover para derrotarlos? —preguntó Celeste.
—Ha mandado al ejército —contestó Hans.
—¿Han disparado contra sus camaradas? ¡No puedo creerlo! —Fannie se pasmó ante la traición.
—¿Quién puede hacer algo así? —preguntó Celeste.
—Un oportunista llamado MacArthur.
Camino de casa, Celeste pensó en aquellos hombres que el hambre había llevado a acampar en Washington y se alegró de que Spottiswood no hubiera vivido para ser testigo Todavía pensaba en su hermano por lo menos una vez al día El tiempo cura las heridas pero no borra la memoria. Si el amor es firme, cuando un amigo muere, el que sigue vivo continúa la relación. Pensando en su hermano, redujo el paso. Se quedó mirando el monumento a los caídos de la Confederación, erigido en la zona sur de la plaza de Runnymede.
Representaba a tres soldados en plena refriega. Uno se estaba derrumbando, con la mano sobre una herida en el costado. El otro confederado le había pasado el brazo izquierdo por debajo para sostenerle y llevaba el arma en la mano derecha. El tercer hombre estaba de pie y disparaba. Con todo eso, la estatua era bastante dinámica. Mirándola, de pronto Celeste se dio cuenta de que la generación que se había desangrado en Manassas, Gettysburg y Vicksburg estaba desapareciendo de la faz de la tierra.

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23 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:25 am

A las siete de la mañana, Julia Ellen y Ev se pintaban la cara la una a la otra, excitadas como niñas en el circo. Tenían que cuidarse de no hacer demasiado ruido, porque Nickel estaba dormida. Ev, convenientemente almohadillada, intentaba decidir qué ropas chillonas iba a ponerse.
—Es una prenda digna de Orrie Tadia donde las haya.
Mira, pruébate esta falda voleada de cinturilla ancha.
—Qué te parece esta blusa zíngara con abalorios de garra de oso?
—Pero si la falda es morada y la blusa, roja.
—Parecerás una Orrie más auténtica que la misma Orrie.
—Muchas gracias. Ahora sólo me falta que la almohada que llevo en el trasero se me escurra de camino a casa de Louise.
—Siempre podemos hacer correr el rumor de que Orrie ha tenido un aborto mientras andaba, lo mismo que la papisa Juana.
—Échame una mano con la peluca ¿quieres?
Juts jugueteaba con la peluca de color rojo fosforescente. En los últimos tiempos, Orrie llevaba una melena recta con las puntas hacia afuera. Al sacar los guantes blancos, se acordó de su antiguo recurso para las fiestas, el moño francés.
—A lo mejor tendríamos que hacerle un recogido.
—No. Orrie sólo se los hace para las grandes ocasiones ¿Te acuerdas de cuando se casó con Noe, que se hizo un peinado a lo geisha y se puso todo de palillos?
—Pensé que alguien acabaría teniéndose que operar un ojo.
—¡Julia!
Juts se reía de su propio chiste mientras peinaba la peluca de Ev.
—Ese Noe era un buen tipo. Orrie tampoco está tan mal Lo que pasa es que se deja llevar por la doña. Cuando está lejos de la santa, es buena mujer.
—Sí, Orrie me cae bien. Es extraño cómo se añora a los muertos. Estaba pensando en Chessy y Noe y Pearlie. Éramos una buena pandilla. —Ev se puso a canturrear «Qué tiempos aquellos».
—Echo a faltar a mamá y a Celeste, pero es más fácil hacerse a la idea de que las personas mayores se han de morir. En cambio, nunca pensé que ninguno de nosotros moriría. Dios mío, Ev, ahora somos nosotras las viejas. Piénsalo. Tengo setenta y cinco. Imagino que no me quedan más de diez años.
—Prefiero no pensar en eso. Más vale asegurarse de que estos últimos diez años valgan la pena —dijo Ev con total convicción.
—Eso es. No pienso hacer caso de nada ni de nadie. ¿Quién se atrevería a llevar presa a una viejecita? Voy a hacer lo que me plazca.
—Tú lo has dicho, Juts. ¡Nos lo hemos ganado!
—Deja de mover la cabeza, a ver si consigo alisar este nido de ratas. ¿Sabes, Ev, que eres la única que aún tiene vivo al marido?
—Eso depende.
—¡Ja!
—Yo todavía tengo ganas, pero Lionel se queda boca arriba como una ballena varada.
—A veces me admiro de que Pearlie y mi hermana tuvieran dos hijas.
—Yo también. No me imagino a Louise cachonda.
Las dos se pusieron a reír a carcajadas y luego se hicieron callar mutuamente por miedo a despertar a Nickel.
—Ya es hora de que te pongas tus trapos, Julia.
Una vez disfrazada, Juts parecía una Raggedy Ann que se hubiera chalado. La peluca desgreñada le daba el toque maestro.
—Un almacén de pinturas hendido por el rayo — comentó Ev admirando su obra.
A Julia nunca le había importado hacer el ridículo. Se decía que una cosa era hacerlo ella misma y otra muy diferente que alguien te dejara en ridículo. Si alguien la paraba y le preguntaha qué hacía vestida de Patience Horney, pensaba decirle que se refugiaba de la presión de los periodistas. La excusa sonaría lo bastante absurda como para que cualquiera siguiera su camino sin ganas de hacer más averiguaciones. Patience solía decir cosas que parecían sacadas de quicio hasta que te ponías a pensarlas. En aquel tiempo todo el mundo decía que estaba como una cabra. Se lo habían dicho tantas veces que cuando se sentaba en la estación de ferrocarril a parlotear como una cotorra, decía:
«Las cabras son un regalo de la naturaleza, pero luego hay que ordeñarlas». Julia pensó que iba a disfrutar representando el papel de la vieja Patience durante una hora.
—-Oye ¿te acuerdas de cuando Patience tuvo a las mellizas?—Juts practicaba los andares fanfarrones que recordaba haber visto a la vieja dama.
—¿Cómo no? A las pobrecitas, les puso Dislexia y Efluvios porque le parecieron unos nombres distinguidos. Creo que Lexi todavía no la ha perdonado.
—Es extraño, si lo piensas. Lexi y Fluvi crecieron con una loca, la Gorda Chiflada, y bien majas que son. Mira en cambio lo que pasó con Mary y Maizie.
—Mary no tuvo la culpa de acabar como acabó. Maizie..., bueno, eso ya es otra historia. —Ev sacudió la cabeza con expresión triste, pero la peluca roja le dio un toque cómico.
—Yo sigo diciendo que esos dos años en el convento te dieron un toque de melancolía.
—No lo sabemos, Julia. No lo sabremos nunca.
—Tienes razón. Y además ¿de qué sirve pensar en eso? ¿Estás lista?
—Más lista que nunca. —Ev respiró hondo.
—Diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno... ¡fuego! —Julia salió corriendo hacia la puerta, con Ev detrás.
Avanzado a hurtadillas entre los patios traseros y los callejones, en cinco minutos llegaron a la cabina de teléfono. Se encontraron con algunos perros que complicaron su apresurado avance, pero en cuanto los animales olieron que eran Juts y Ev, les franquearon el paso. Julia se apoyó jadeante sobre un poste de teléfono creosotado que había junto a la cabina, al lado de la calzada. Ev siguió corriendo hacia la casa de Louise, lo que no era nada fácil con las sandalias de lamé dorado y tacón alto que llevaba. Al cabo de tres minutos, ya hundía los tacones en la hierba del patio delantero. Tenía tres cuartos de hora para completar la tarea. Louise arrastraba su viejo cuerpo hasta la iglesia para oír misa cada día a las siete y media, puntual como un reloj.
Aquel día tocaba confesión y era probable que se entretuviera un poco más. Julia se puso a bailar alrededor de la cabina. Había leído algo sobre métodos de representación e intentó meterse en el personaje de Patience. Luego volvió a apoyarse en el poste y se quedó mirando los pocos coches que pasaban. Nadie se fijaba mucho. Dillard Flexnor incluso la saludó con aire distraído. A Julia se le hizo un nudo en el estómago y decidió dar un espectáculo completo.
«I sat next to the duchess at tea.
It was just as I feared it would be.
Her rumblings abdominal
were simply phenomenal
And everyone thought it was me!»25
La cantó a pleno pulmón. No pasó un solo coche.
«Demasiado temprano», pensó. «Da lo mismo. No quiero poner en peligro a Ev. Alguien podría notar algo raro.» Juts siguió cantando para sí mientras llevaba el ritmo chasqueando los dedos.
Mientras tanto, Ev Most estaba en peligro de morir decapitada por los rosarios que colgaban a media altura. En el pasillo que daba al dormitorio brillaba un cuadro iluminado de la Última Cena. Cuando tenía invitados, Louise siempre encendía el cuadro para que vieran como relucía el vino en las copas. Juts solía susurrar al oído de cualquiera que la escuchara que no habían sido los romanos los que mataron a Jesús, sino la cocina del Oriente Próximo. Nunca fallaba; al oírla, doña letanías se ponía echa una furia. Allá donde miraras había algún objeto religioso. Toda la casa estaba decorada al estilo católico rococó. El único oasis era una estatua de un jugador del Philadelphia Eagles con alas en la cabeza. En Runnymede todos eran seguidores del Washington Redskins, así que, como era natural, Louise animaba a los Eagles.
Por suerte, Ev había estado muchas veces en la casa. De otro modo, su misión se habría visto entorpecida por el relumbrón de los Jesuses gloriosos, los Sagrados Corazones de María, los san Cristóbales llevando su carga y las innumerables cruces. Conociendo a Louise, Julia y Ev habían pensado que tendría las cartas de amor de su antigua aventura en los cajones del escritorio. Estaban seguras de que era tan sensiblona que las habría atado con una cinta. Ev registró un cajón tras otro y sólo encontró veinte polveras de colorete, cada una de un tono ligeramente distinto. Pensó que Orrie se habría pasado comprando potingues de belleza y le habría dado unos cuantos coloretes a Louise. El escritorio no escondía más secretos.
Ev se acercó con paso vacilante hacia el armario. Empezaba a sentirse realmente asombrada de que Orrie, dado su volumen, fuera capaz de andar con aquellos tacones. Hasta entonces, nunca había pensado en el triunfo sobre la gravedad que era Orrie Tadia. El armario de Louise tenía exactamente el mismo aspecto que el de Julia Ellen: impecable. Todos los vestidos colgaban ordenados según la estación, el estilo y el color. Los zapatos formaban una línea recta e incluso los jerseys y los chales seguían un orden.
«Cora educó bien a estas chicas» pensó Ev. En el armario tampoco había nada; hasta el cesto de coser de Louise estaba vacío. Ni cartas escondidas ni códigos secretos. Orrie estaba a punto de dejarlo correr. La cama; no debía olvidarse de la cama. Estiró las mantas. Nada. Buscó debajo de las almohadas y miró en el interior de los almohadones. Nada. Se agachó a mirar debajo. Nada. Metió el brazo debajo del colchón hasta donde pudo y notó algo. Parecían cartas.
Extendió el brazo todavía más, lo cogió entre el índice y el corazón, y lo sacó estirando. Parecía una revista. Se quedó mirando la portada sin dar crédito a sus ojos. Lo que Ev tenía en sus manos era auténtica pornografía. Excitada, volvió a meter el brazo y barrió toda la extensión de la cama describiendo un arco. Desenterró dos más. Avanzó a gatas hasta el otro lado de la cama y repitió la operación. Más. ¡Una mina de oro! Aburrida, Julia Ellen había caído en ese estado en el que a veces entran los niños en circunstancias similares. Canturreaba mirando al otro lado de la carretera. Se cantaba tonadillas picantes. Su preferida era:
«Nymphomaniacal Jill Used a dynamite stick for a thrill They found her vagina in North Carolina And bits of her tits in Brazil.» Estaba diciendo «tits» cuando vio la placa de matrícula trasera de Louise al final de la calle. Su hermana había pasado por su lado sin que ella la viera. Frenética, se puso a revolver en los bolsillos buscando una moneda. La encontró. La señal convenida eran dos timbrazos de teléfono. Ev desaparecería en cuanto los oyera. Julia, nerviosa, marcó el número. Lo dejó sonar una vez. Al segundo timbrazo, Ev lo cogió.
—Diga.
—Idiota. ¿Qué haces contestando el teléfono?
—Oh. Se me había olvidado.
—Louise me ha pasado de largo sin que la viera. Corre y sal de ahí.
—Julia, tenías que estar vigilando.
—Lo hacía, pero ya sabes lo astuta que es Louise. Corre.
Ev recogió las pruebas. Cuando salía en volandas hacia la puerta de atrás, la almohada se le movió y quedó suelta. Siguió corriendo con ella medio colgando entre las piernas hasta que se le cayó bajo los arbustos del patio de Louise. Ev tenía tanto miedo que la dejó allí y corrió sin parar a través de cuatro patios traseros. Luego se paró a quitarse las malditas sandalias y siguió corriendo el resto del camino hasta la casa de Julia. Julia también fue corriendo a su casa.
—¿Las has encontrado? —preguntó Julia antes de cerrar la puerta tras de sí.
—No.
—Puñeta.
—He conseguido algo mejor. —Ev sostenía entre los brazos la preciosa carga.
—¿El qué?
—Mira esto. —Ev le pasó unas cuantas.
Poco o nada acostumbrada a ese tipo de publicaciones, Julia pasaba las páginas con gesto impávido. Finalmente, ató cabos.
—¡Cielo santo!
—Mamá ¿estás bien? —gritó Nickel desde su habitación.
Julia se llevó la mano a la boca y escondió la revista detrás de la espalda.
—Sí. Sigue durmiendo.
—¡Vaya joyas! —Ev sonreía, orgullosa de su propio talento.
—Ev, te mereces una medalla. ¿Dan Óscars por descubrir libros verdes?
—No.
Julia sostuvo una de las revistas a un brazo de distancia y y fue pasando las páginas lentamente. Ev se cubría los ojos pero espiaba a través de los dedos. Las fotos eran francamente descaradas. Al cabo de uno o dos minutos de horror, olvidaron sus poses y se sentaron la una junto a la otra a comentar los detalles de las acusadoras pruebas.
—¡Mi hermana, que cuando se rasca la cabeza ha de ir con cuidado de no pincharse con la corona de espinas! ¡La tengo cogida por el cuello!
—Ni en un millón de años se me habría ocurrido que a Louise le gustaran estas cosas. ¿No es increíble?
—Yo ya me creo cualquier cosa. ¡Ja! En cuanto esto se sepa, ni las moscas se le van a acercar.
—Si deja de apretar a Nickel, tú no vas a decir nada.
Julia se quedó callada un momento.
- No, no diré nada. ¡Pero me va a costar lo mío!
Nickel, que se había despertado ante s de lo normal por el jaleo de la cocina, fue hacia el cuarto de baño y vio a Julia y Ev con sus ridículos disfraces.
—¿Eh?
—Tú dúchate.
—¿Qué estáis haciendo?
Juts y Ev se habían echado sobre las revistas pero se veían algunas esquinas.
—Nada que te importe. Ve a ducharte. Esto es sólo para señoras mayores —le ordenó Juts.
Medio dormida, Nickel sacudió su pelo negro y cerró la puerta del baño detrás de sí. En cuanto oyeron desde la cocina que se estaba lavando los dientes, volvieron a estudiar de cerca las revistas.
—Mira esto. —Ev señaló una postura interesante.
—Deben de ser de goma para hacer eso.
—¿Vas a llamar a Louise?
—No. Eh, mira ésta.
—¿Crees que Louise ha probado alguna de estas cosas?
Julia se arrancó la desgreñada peluca de la cabeza. Tenía calor.
—¿Con quién quieres que lo haya probado?
—Veamos... ¿quién está vivo y soltero?
—Soltero. Parece que aún tienes un buen concepto de ella. —Juts sonreía sarcástica.
En un primer momento, Ev la miró sorprendida, pero enseguida recuperó la compostura.
—Después de ver esto, me creo cualquier cosa.
—Todavía pienso que tuvo una aventura antes de la guerra.
—¿Qué guerra? Hemos tenido tantas. —Ev suspiró.
—La segunda.
—¿Y a quién le importa? Lo que tenemos entre manos es más picante.
—Es que no puedo soportar la idea de que Louise se desmandara. A lo mejor me he perdido algo.
—¿Nunca engañaste a Chessy?
Sólo pensarlo la alteró tanto que se quedó pasmada con la mente en blanco.
—No ¿por qué iba a hacer algo así?
—Muchas lo hacen —dejó ir Ev alegremente.
—Ev.
—Métete en tus asuntos.
—Ev.
—Nunca, nunca, nunca.
—Ev.
—No.
—Evelyn Most, no me mientas. Eres una asquerosa embustera.
—No he hecho nada de lo que supones.
—Ev.
—Una vez.
—¡Lo sabía! —Julia se puso a dar palmas.
—Oh, estate quieta.
—¿Con quién?
—No le conoces. Es de Baltimore.
—Cuéntamelo todo. Letra por letra.
—Ni lo sueñes.
—Dime por lo menos si te lo pasaste bien.
—Me lo pasé bien hasta que la cosa empezó a ponerse seria. Es difícil mantener esas cosas... —Ev se quedó pensando— sin que se pongan serias.
—Ya. ¿Se lo contaste a Lionel?
—Claro que no. ¿Te crees que soy tonta?
—Yo nunca hice nada así. —Juts hizo una mueca.— Ahora ya es demasiado tarde.
—Nickel lo está haciendo por ti —se rió Ev.
—Desde que cumplió los treinta está más calmada —le aseguró Julia con solemnidad a su emperifollada amiga.
—Tendrías que tirarle de la lengua.
—Es peor que tú. No puedo sacarle nada a esa niña.
Siempre ha sido así, desde que era una mocosa. Se le mete algo entre ceja y ceja y ya puedes irte preparando. Nunca lo deja correr y no suelta prenda.
—¡Qué pena! —suspiró Ev—. No nos iría mal un poco de cotilleo fresco para comparar con el material impreso.
—Puede que sea material impreso —dijo Julia mirando embobada otra de las fotografías—, pero es mejor que nada.
—¿Qué vas a hacer ahora, Juts?
—Quitarme toda esta parafernalia. Empieza a hacer calor.
—No, quiero decir que qué vas a hacer con las revistas.
—Nada.
—¿Nada?
—Ya las echará en falta. Verás como aparece Louise a husmear o envía a Orrie a ver si saca algo.
—Esta va a ser buena. —Ev se frotó las manos.
Julia se echó hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.
—Podemos sentarnos a esperar.
—Que la montaña venga a Mahoma.
—Jesús, Ev, no te pongas beata conmigo.

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2 de febrero de 1937

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:26 am

Fannie paseaba arriba y abajo por la sala de espera de la estación. El tren de Celeste llegaba con retraso. Como hacía siempre después de Navidad, Celeste se había ido a Europa, pero esta vez no había sido un viaje de placer y desenfreno. Se había embarcado para buscar a Fairy. Ni Fannie ni Celeste habían tenido noticias de ella en los últimos cuatro meses.
Por muy ocupada que estuviera, su vieja amiga siempre les escribía por lo menos una carta al mes. Celeste le había enviado un telegrama por semana:«RASTRO FRÍO»; «LEVES VESTIGIOS»; «BASURA»; «LLEGADA: 2 FEB 4:02 TARDE». Fannie no había conseguido descifrar el mensaje oculto tras la palabra «BASURA» pero confiaba en que Celeste la pusiera al día de todos los detalles.
Cuando empezaron a preocuparse seriamente, lo primero que hicieron fue telegrafiar al consulado, pero sólo obtuvieron evasivas. Curtis se puso en contacto con sus socios de Berlín y éstos le aconsejaron que lo dejara correr.
Desesperada, Celeste fue a Washington y se entrevistó con el antiguo jefe de Spottiswood, que para entonces era general. Tras observar en voz alta el parecido de los Chalfonte, le dijo que Alemania estaba rígidamente controlada por los nacional socialistas.Dada su ideología política, le dijo sin rodeos el general, Fairy debía de estar deportada o muerta. Celeste volvió a casa estremecida. Fannie se quedó lívida al oír la hipótesis. Ardía en deseos de acompañar a Celeste a Europa pero ésta se negó en redondo. Aparte de no tener dinero, una excusa que no se tenía en pie, ya que se lo habría pagado gustosa, Celeste pensó que ya había bastante con que una de ellas se pusiera en peligro.
Un frío glacial entraba en la sala de espera. Los bancos de madera no eran nada acogedores. Fannie notó que la sangre le afluía a la cabeza y pensó que de un momento a otro empezaría a gritar o a llorar incontrolablemente. La tensión, el no saber, el sentimiento de impotencia, eran peor que una sentencia de muerte. Sam Renshaw, el taquillero, y Patience Horney se le acercaron varias veces con la intención de distraerla. Algunas personas de Runnymede charlaban entre ellas. Fannie ya no sabía qué hacer para no dar un espectáculo.
Una luz azul en el horizonte de las vías avisó a Fannie de la llegada del tren. Salió al andén y se estremeció de frío. El tren todavía tardó cinco minutos en entrar en la estación. Fannie pensó que eran los cinco minutos más largos de su vida. De unos coches más allá, bajó la familiar silueta de Celeste.
—Celeste, oh, Celeste. ¡Cuánto me alegro de verte!
—Fannie la abrazó con todas sus fuerzas.
—Pensaba que ya no volvería a ver a nadie. —Celeste escondió la cabeza en el cuello de Fannie.
—Ven, deja que te lleve a algún sitio más caliente. —Fannie le cogió una de las maletas y la guió hasta el interior de la estación, pero se sentía incapaz de conducir en tanto no supiera qué había pasado. —¿Has encontrado a Fairy?
—Ni rastro. —Una lágrima rodó por la mejilla de Celeste.
Fannie se impresionó. En todos los años que llevaban siendo amigas, más de medio siglo, nunca había visto llorar a Celeste.
—Cariño, bonita. Voy a buscarte algo.
La fuerte mano de Celeste la cogió por el brazo.
—No, por favor. Estoy bien.
—Dios mío ¿qué ha pasado?
—Allá donde fuera, gente que yo que conocía a Fairy y a Gunther hacía como si nunca hubiera oído hablar de ellos. La sede del partido comunista hace tiempo que
desapareció.
—¿Y nuestra gente?
—¿La embajada? Lo único que saben hacer es lamer culos.
—Dios mío. —A Fannie le empezó a temblar el labio inferior.
—No puedes imaginarte cómo es Alemania, Fannie. Sencillamente, no puedes imaginártelo. Elegir a Hitler fue como prescribir el suicidio para remediar un resfriado.
—¿Qué quieres decir?
—Quiero decir que las calles están limpias, las carreteras son maravillosas, pero la gente está catatónica, en trance. Es desesperante.
—¿Se ha generalizado la violencia?
—No. Los bratwursts siguen siendo deliciosos. Las mujeres son hermosas; siempre me han gustado las mujeres alemanas. Todo está en orden. No hay violencia. Pero hay algo peor, algo que está al acecho bajo la superficie. No sé lo que es, pero se ha llevado a Fairy.
—No digas eso, Celeste, por favor, no. —Fannie se tapó los ojos con la mano.
—No sé qué decir. No sé qué hacer.
—¿Crees que está muerta? —Las lágrimas rodaban por la mandíbula apretada de Fannie.
—No lo sé. He llegado a sobornar a gente, Fannie. Todo lo que pude sacar en claro es que una noche los vecinos oyeron los camiones de la policía en la calle. Incluso fui al gobierno y pedí información.
—¿Qué ocurrió?
—El oficial que me atendió era atento, cordial y opaco.
—No debimos dejarla marchar —se acusó Fannie.
—No. Tenía razón en irse. Si está muerta, ha muerto por algo en lo que creía. Eso implica más dignidad de la que la mayoría conseguimos conquistar en toda la vida.
—No puedo soportar la idea de que esté muerta. — Fannie lloraba todo lo silenciosamente que podía.
—Me temo que Fairy Thatcher ha desaparecido de la faz de la tierra —dijo Celeste.
Sam Renshaw y Patience se acercaron a ayudar a las dos amigas. Al oír la noticia de la desaparición de Fairy, ellos también se quedaron sin palabras.
—¿Está Cora en mi casa?
—Lleva todo el día trabajando. Está tan contenta de que hayas vuelto antes de marzo —le contó Fannie.
—Llévame a casa. Quiero ver a Cora. Ella es la única persona en el mundo que puede conseguir que no me sienta como si fuera a caer al otro lado del espejo.
Cora, al ver llegar el coche, salió de estampida al ingrato frío exterior, con las cintas del delantal ondeando al viento. Celeste se echó a sus brazos llorando. Fannie caminaba detrás, con el rostro anegado en lágrimas que empezaban a congelarse. Una vez dentro, Cora fue enterándose de lo que pudieron contarle entre sollozo y sollozo. Ella también lloró, en silencio. Las tres mujeres se abrazaron y se acunaron entre ellas.
—Puedo entender la cuestión política. La entiendo.
—Celeste se enjugó los ojos—. Pero aparte de eso, es absurdo. Fairy era una mujer amable, cariñosa. ¿A quién podría haber hecho daño? ¿Por qué?
—Tiene que haber alguna razón. —Fannie intentó calmarse y pensar con frialdad.
—La vida es mucho más vieja que la razón. —Cora les cogió las manos.— Casi todo lo que nos hacemos a nosotros mismos o les hacemos a los demás no tiene apenas nada que ver con la razón.


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20 de abril de 1937

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:27 am

Maizie y Mary, después de protagonizar una insurrección en toda regla, finalmente se quedaron dormidas. Louise entró en su pequeño dormitorio y encontró a Pearlie revolviendo en los cajones de su escritorio en busca de colorete. Eso sólo podía significar una cosa. Como muchas otras mujeres católicas antes que ella, Louise tenía problemas en materia de sexo. Todos esos «noes» antes del matrimonio se suponía que debían disolverse en un feliz «sí», pero Louise nunca llegó al nivel de «sí feliz». A veces se preguntaba si Pearlie la querría de no mediar esa actividad. Estaba secretamente convencida de que eso era todo lo que cualquier hombre quería de una mujer. El colorete confirmaba su teoría. Si Pearlie la quisiera, si la quisiera de verdad ¿qué necesidad tendría de mejorar su cuerpo? Se sentó en la cama, agotada por la batalla campal con las niñas.
—¿Sabes qué me ha preguntado Maizie hoy?
—No. —Pearlie estaba ocupado buscando el color adecuado.
—Que si quería a Mary más que a ella. Le he dicho que las quería a las dos igual. Y va y me dice: «Pues yo no quiero ser igual que Mary, prefiero que me quieras un poco menos».
—Vaya dos. —Pearlie sostenía una polvera con colorete rosa en una mano y otra con colorete rojo oscuro en la otra, mientras las estudiaba atentamente.
—Orrie y Noe se van a Blue Ridge este fin de semana. —Louise pensó que si no dejaba de hablar, acabaría aburriéndole. A veces, se le cerraban los ojos a media frase y se dormía .— Le he preguntado a Ramelle si criar a los hijos va siendo más fácil a medida que crecen. Spotty ya tiene diecisiete años, así que ya ha pasado por los nueve y los once.
—Parece mentira que las niñas sean tan mayores. ¡Qué rápido crecen! —Pearlie se decidió por el rojo oscuro.
—Ramellee dice que no es más fácil; sólo diferente. Spotty está preciosa. Ahora quiere que su padre la meta en el cine.
—Es muy guapa.
—El no quiere. No es una vida saludable. Mira cómo ha acabado el gordo Arbuckle con la droga. ¿Sabías que Mabel Normand, uno de mis ídolos de juventud, también se droga?
—No, Louise. No puedo decir que lo supiera.
—Espera a que te cuente lo de Garbo.
—¿También se droga?
—No, pero...
—Louise, no me interesa la Garbo. Me interesas más tú.
—Le pasó la polvera de colorete.
—Estoy cansada.
—Venga, cariño. Ya hace casi dos semanas.
—Dos semanas. ¿Sabes el jersey que le compré a Mary hace unas dos semanas? Pues ya se ha hecho un agujero en el codo y quiere uno nuevo. Ni hablar. Ya se lo he dicho: lo usas como está, hasta que se gaste. Te las arreglas con ése o te quedas sin ninguno.
Pearlie suspiró. Iba a ser una larga lucha. No sabía por qué a Louise no le gustaba tanto como a él. Nunca se había expresado muy bien con las palabras y ésa era una de las pocas maneras que tenía de expresar afecto. Que su imaginación fuera algo limitada en cuestiones físicas no era culpa suya.
—Casi me olvido de contártelo. Julia y Chessy están poniendo baldosas en el suelo de tierra de casa de mamá. Ya sabes, en la despensa. ¿No te parece estupendo? Ahora que ya hace buen tiempo, Chessy va a subirse al tejado a poner algunas tablillas nuevas. Me apuesto algo a que Juts se encarama allí con él. Esa chica no sabe cuál es su sitio.
—Es bonito ver que lo hacen todo juntos.
—Pero si él incluso hace la colada con ella. No me parece conveniente. Los hombres han de hacer las cosas de hombres y las mujeres, las de mujeres. Vete a saber cómo acabaría el mundo si se mezclaran. Quiero decir que ¿cómo íbamos a saber quién es quién?
—Juts y Chessy no tienen ningún problema para saber quién es quién. —Pearlie le puso la mano en el hombro, esperanzado.
—No me parece bien —continuó Louise como si nada— Todo ese lío moderno. Y no van a la iglesia, y eso es un pecado terrible. A un matrimonio así, el Señor no pude
sonreírle.
—El Señor parece sonreír bastante en su dirección.
—Eso es sólo en la superficie. En el fondo, seguro que son desgraciados. —Louise se explayó con la palabra «desgraciados».
—Son felices, y también lo es tu madre. ¿Es que no puedes tomarte las cosas tal como son? Parece que disfrutes con la desgracia ajena.
—Ah ¿sí? ¿Todos estos años casados y eso es lo que piensas de mí?
Pearlie ya no tenía ninguna posibilidad. Estaría enfadada durante días.
—Bien, me alegro de saberlo, Pearlie Trumbull — continuó sin darle tiempo a contestar.
—No quería decir eso.
—¿Cómo que no? Tú no me quieres de verdad.
—¿Todos estos años juntos y no te quiero? —Se sentía frustrado.
—¿Lo ves? Te da lo mismo. No sabes exactamente cuántos años.
—Nos casamos después de la guerra.
—¿Lo ves, lo ves? Todos sois iguales. Los hombres piensan en una cosa.
—¿Eh? —En ese momento el pensamiento de Pearlie no discurría en la misma dirección que el de Louise.— ¿Qué cosa?
—Ya lo sabes. —Le dio un codazo a la polvera de colorete que estaba encima de la colcha.
—Louise, eso es natural. Estamos casados.
—¡Ja! No hace falta estar casados para hacer eso. Mira a Ramelle y Curtis, o a Ramelle y Celeste. ¡Qué degradación!
Pearlie no era un hombre de excesivos prejuicios. No le daba gran importancia al hecho de que Ramelle no estuviera casada con Curtis o hiciera el amor con Celeste. Ramelle vivía su vida y él intentaba vivir la suya.
—No hace ni cinco minutos que estabas diciendo cosas agradables de Ramelle Bowman.
—Es una mujer agradable, una mujer muy guapa.
—Entonces ¿por qué la llamas degradada? —Balbuceó al decir «degradada».
—Viola la ley de Dios. Puedes ser agradable y lo mismo violar la ley de Dios. —Louise estaba en su elemento.— Mira los judíos. Asa Bleichroder es un buen hombre, pero es de los que mató a nuestro Señor, y si no acepta a Jesús igualmente irá al infierno.
—No me lo creo. Ser bueno es ser bueno. A qué iglesia vaya no importa.
—Asa no va a la iglesia. Va a un templo y lleva gorro.
—¿Y tú no llevas sombrero cuando vas a la iglesia?
—Es diferente. Yo soy una mujer.
—Louise, estás diciendo tonterías. —Pearlie, después de tantos años, se rebelaba.
—¡Tonterías! ¿Con quién me he casado... con un pagano?
Está todo en la Biblia, si te tomas la molestia de leerla.
—¿La Biblia te dice que lleves sombrero? ¡Caray!
—¡Pearlie! Voy a hablar de ti con el padre Dan.
—Déjalo.
—Necesitas un baño de cristianismo que te ponga en el buen camino.
—Lo que necesito es a mi esposa.
—Ves, los hombres sólo queréis una cosa. —Louise tuvo la satisfacción de ver confirmadas sus sospechas; una prueba más de que tenía razón.
—Estoy harto de que me busques la vuelta. Soy tu marido. No necesito sermones cristianos. En la guerra conocí a hombres de todas partes, cristianos y judíos, y gente de otros países con religiones distintas, y todos se mueren igual, Louise.
—Sí, pero unos van al cielo y otros van al infierno.
—Tú si que puedes irte al infierno. —Dejó la habitación llevándose su desazón y su exasperada virilidad.
—¿Adónde vas? —Louise corrió tras él.
—A respirar aire fresco. Aquí está viciado.
—Vuelve aquí, Paul Trumbull. Vuelve aquí ahora mismo.
Pearlie hizo caso omiso. Se metió en la vieja furgoneta de pintor, con el rótulo de «Trumbull» pintado con los colores del arco iris, y dio un portazo. Cuando ya se iba, Louise, furiosa, le tiró la polvera de colorete, que se estrelló contra la puerta.
A las once de la noche, unas tres horas más tarde, Pearlie aún no había vuelto. Louise se tragó su orgullo y llamó a Julia. Cora cogió el teléfono.
—Mamá ¿qué haces levantada tan tarde?
—¿Qué haces tú llamando tan tarde? —contestó Cora riendo.
—Quería hablar con Juts.
—¿No te sirve tu madre?
—Es que me acabo de acordar de algo que quería decirle a Julia antes de que se vaya mañana al trabajo.
—Está bien, cariño, pero has de venir por aquí a ver el suelo tan precioso que me han puesto.
—Claro.
Cora llamó a Julia, que bajó medio dormida por las escaleras.
—¿Julia?
—Sí, Wheezie ¿qué pasa?
—Pearlie me ha dejado.
—¿Qué? —Juts se frotó los ojos. Cora estaba a su lado y Julia la miró y se encogió de hombros. Cora se sentó a esperar. Conocía bien a sus hijas.
—Se enfadó y se fue.
—Mañana aparecerá con la leche para el desayuno.
—No sé. Se puso violento.
—¿Pearlie? —A Julia le costaba creérselo.
—Sí, me ha dicho cosas desagradables.
—Estoy segura de que tú también le has dicho unas cuantas.
—No es momento para hacerse la lista, Julia Ellen. Necesito consuelo, no listezas.
—¿Qué quieres que haga?
—Déjame a Chessy.
—¿Qué?
Julia se llevó el índice a la sien y lo hizo girar indicando que su hermana no estaba bien de la cabeza. No era una opinión nueva para Cora, que se la había oído muchas veces cuando se enfadaba. Cora se llevó la mano a la boca para ocultar su sonrisa.
—Déjame a Chessy.
—¿Para qué demonios lo quieres, Louise?
—Podría ir a buscar a Pearlie.
—Pearlie volverá. Espera un poco.
—Estoy preocupada. ¿Y si le pasa algo?
—Es un hombre hecho y derecho de treinta y siete años. Puede cuidarse solo.
—Ahí te equivocas. No sabe cuidarse solo. Sabes igual que yo que los hombres no saben cuidarse solos. Primero les cuidan sus madres y luego sus esposas. Pearlie no es capaz ni de conseguir cambio.
—No es ningún inútil.
—Sí lo es, claro que lo es. Estoy casada con él. ¿Quién lo va a saber mejor?
Julia se dio cuenta de que detrás de toda esa palabrería, Louise estaba asustada.
—Chessy está en la cama. Voy a preguntárselo. Habla con mamá mientras tanto.
Le pasó el auricular a Cora y subió las escaleras de dos en dos. A los pocos minutos bajó y volvió a coger el teléfono.
—Dice que ya va a buscarle pero que no te preocupes.
Pearlie debe de haber cogido una buena tajada.
—Maldito Roosevelt ¿por qué tuvo que retirar la ley seca?
—Louise ¿y eso qué importa?
—Dile a Chessy que le traiga a casa. ¿Me oyes?
—Sí. No te preocupes. —Julia colgó el teléfono.
—No recuerdo que esos dos hubieran tenido nunca una buena pelea.
—Yo tampoco. No creo que Louise le deje decir la suya muy a menudo.
—Bueno... —A Cora no le gustaba decantarse en esas cuestiones si no era necesario.
—Louise no se da cuenta de que no es sólo lo que dices, sino cómo lo dices.
Chessy cogió el coche y se fue a Sans Souci. Fannie le dijo que Pearlie había estado allí, bebiendo como un cosaco. La había dejado asombrada; a Pearlie no se le veía nunca en lugares públicos. Chessy le dio las gracias y decidió recorrer las zonas norte y sur parándose a mirar en todos los cruces.
No vio a Pearlie por ningún sitio. Luego pensó lógicamente que lo mejor era barrer la zona describiendo círculos cada vez más amplios. Si no encontraba a Pearlie cuando estuviera a la altura de Hanover por el norte o de Westminster por el sur, empezaría a preocuparse.
Unos diez minutos más tarde, subiendo por la colina norte, cerca de Municiones Rife, vio la furgoneta de Pearlie aparcada delante de la lechería de Green. El viejo Green había pensado que una vaca gigante en el patio delantero de la casa era una buena manera de anunciar sus productos y allí estaba Pearlie, borracho como una cuba, pintando las ubres de la vaca de color rojo vivo. Chessy se acercó lentamente, apagó el motor y bajó del coche.
—¡Chessy!
—Sss.
—¿Qué haces por aquí?
—Buscarte, chaval.
—Je, je. —Pearlie tenía la risa floja.
—Louise está que no se tiene de pie.
—Je, je. —A Pearlie le gustó saberlo.
—Venga, hombre. Vámonos antes de que Green salga dispuesto a zurrarte.
—Espera un minuto. Deja que le dé el último toque a esta teta de aquí.
—Bueno.
—Bonita ¿verdad?
Chessy decidió seguirle la corriente.
—Espléndida.
—Louise no me valora. No le gusta lo que pinto.
—¿Por qué no hablamos de eso en casa?
—No. No pienso volver allí.
—Bueno, pero vámonos de aquí.
—¿Quieres que subamos arriba de todo de la montaña?
Desde allí se ve todo Runnymede. —Pearlie dejó allí el pincel y el bote de pintura y se fue hacia la furgoneta.
Chessy recogió las cosas de Pearlie y las metió en la caja de la furgoneta. Entonces se dio cuenta de que no podía dejar que Pearlie condujera en esas condiciones, pero si dejaban la furgoneta allí, Green sabría enseguida quién había decorado
su vaca gigante. Mejor tener al viejo enfadado que a Pearlie muerto. Subió en la furgoneta, la hizo avanzar unos metros y la aparcó en lugar seguro, debajo de un gran castaño. Pearlie le observaba tambaleándose. Chessy volvió y le ayudó a entrar en el Dodge.
—Pearlie, si vas a vomitar, avisa. No quiero que se quede el olor en el coche.
—Sí, sí. —Pearlie reclinó la cabeza en el asiento.
—Ya estamos aquí arriba. ¿Puedes bajar solo?
—Sí, sí —murmuró Pearlie.
—Sentémonos aquí.
—No pienso volver nunca con Louise.
—Todo el mundo se pelea de vez en cuando.
—¿Tú y Julia os peleáis?
—Tendrías que haber visto la que tuvimos hace algún tiempo. Se encerró en el cuarto y tuve que escribirle notas y pasárselas por debajo de la puerta.
—¿De verdad?
—Claro.
—Pero vosotros dos os lleváis bien.
—Juts es mi mejor amiga —dijo Chessy, pero se mordió la lengua antes de empezar a pavonearse de su Julia Ellen.
Así sólo conseguiría que Pearlie se sintiera peor.
—Louise no es mi amiga. Dice que sólo hay una cosa en la que esté interesado un hombre. —Pearlie se trababa un poco con las palabras.
—De la manera que actúan algunos hombres, no es extraño que las mujeres piensen así.
—¿Qué era esa cosa, que ya no me acuerdo? —Pearlie tenía una nube de alcohol en la cabeza.
—La cama.
—Oh —dijo arrugando la nariz. — ¿Louise cree que sólo quiero follar? —A Pearlie le salió un gallo al hacer la pregunta.
—¿Es así?
—¿Que si quiero follar?
—Sí. —Chessy arrojaba piedrecitas montaña abajo.
—Claro. Es mi mujer.
—El matrimonio es mucho más que eso.
—¿Qué más? Pagar recibos y trabajar como un burro. Volver a casa y aguantar los gritos de las niñas. Y para colmo, Louise intentando meterlas a monjas.
—¿No salís nunca, tú y Louise, al cine o adonde sea?
—No vamos a ningún sitio sin las niñas y tampoco es que tengamos mucho tiempo. Bueno, yo no tengo mucho tiempo.
—Te casaste con Louise. Ella es lo primero. Las niñas van después. Parece que a la gente se le olvida.
—Para ti es fácil decir eso. Tú no tienes hijos.
—Ya tendremos.
—Buena suerte. —Pearlie empezaba a sentirse mal.
—Anímate, Pearl. Intenta hablar con Louise. A lo mejor es que siente que ya no te esfuerzas en ganarte su cariño.
—¿Qué tal si ella se ganara el mío? Yo también tengo sentimientos.
—Pues demuéstralos.
—¿Eh?
—No estás hecho de hierro.
—Es desconcertante.
—¿Ser un hombre?
—Mierda, sí. Si demuestro sentimientos, soy un blandengue, y si no, soy un bruto. Si le digo a mi mujer lo que tiene que hacer, soy un déspota, y si no, un calzonazos. ¡Qué puñetas!
—Haz lo que quieras. ¿A quién le importa lo que piensen los demás? Es tu vida.
-—Mi vida. —Pearlie se quedó pensativo.
—Nadie puede vivirla por ti.
—¿No es un poco egoísta?
—No. Si no eres feliz ¿cómo vas a hacer feliz a Louise? ¿O a Mary y a Maizie? La tristeza se pega como el hollín.
—Chessy ¿tú crees que Ramelle es demen...? No me acuerdo de la palabra. ¿Crees que Ramelle es mala?
—No. ¿Qué te hace pensar eso? —Louise lo sacó en medio de la pelea.
—Las admiro, a ella y a Celeste. Van a la suya y no hacen daño a nadie. Ellas y Fannie son gente feliz, creo. Cora, también. Si no fuera por lo de Fairy Thatcher.
—¿No saben nada?
—Nada. Ni rastro.
—Fue extraño que huyera de esa manera ¿no crees?
—Yo no diría que huyó. Más bien fue en busca de algo. A lo mejor te iría bien pensar qué es lo que realmente quieres, Pearlie.
—¿Tú eres feliz?
—Sí. No puedo quejarme, aunque no me iría mal algo más de dinero. El oficio de carpintero no es muy rentable.
—Mm.
—Ea, vamos a pasear un poco. Me estoy quedando tieso con esta humedad.
—Vale. —Pearlie se puso de pie. Se le había pasado el mareo.
—Parece que hay luz en la fábrica, allí en la pendiente. ¿Lo ves?
—Sí. Vamos a mirar.
En diez minutos caminando llegaron a la entrada de Municiones Rife. El guarda estaba dormido. Chessy y Pearlie se colaron dentro y atisbaron a través de las altas ventanas de la fábrica. En el interior estaban Julius Caesar Rife y su hermano menor, Napoleón Bonaparte Rife. Su abuelo, Cassius, había sido un tirano y Brutus, su padre, no demostró mucha más sutilidad, pero con Julius y su hermano Napoleón, la raza había alcanzado la perfección.
Julius, en concreto, estableció sólidos vínculos con otros industriales, sobre todo con la industria del caucho y con Detroit. A finales de los años veinte, habían intentado eliminar los tranvías de Runnymede y sustituirlos por una línea de autobuses. La ciudad se resistió y los autobuses llegaban hasta el límite de la ciudad y allí se paraban. A partir de ahí, se seguía en tranvía. La gente había aprendido que se podía ceder terreno pero no dejar paso franco. El asesinato de Brutus fortaleció a la comunidad. Ya no tenían miedo a los Rife. Y los Rife habían amasado tamaña fortuna en la primera guerra mundial que ya no necesitaban utilizar métodos groseros.
—Es media noche y están trabajando —murmuró Pearlie.
—¿Qué es eso de ahí, Pearl? Tú estuviste en la guerra.
—Parece algún tipo de arma antiaérea.
—¿Por qué trabajarán de noche?
—Deben de tener demanda. Siempre hay guerra en uno u otro rincón del globo.
—No sé. Hay algo que no encaja.
—Mm. —Pearlie escudriñó el interior. Había cosas que podía identificar y otras que no.
—Deben de estar trabajando a marchas forzadas.
—Tiene que ser muy reciente o ya nos habríamos enterado.
—¡Qué extraño! —Chessy se quedó pensando.— Vamos, larguémonos. No sé cómo íbamos a explicar que te has emborrachado si se despertara el guarda.
Pasaron de puntillas junto al guarda, que seguía roncando; Chessy delante y Pearlie detrás, sonriendo.
—No me gusta —dijo Chessy mientras volvían andando hacia el coche.
—No sé. —Pearlie se encogió de hombros.— Déjame donde Green ¿quieres?
—He quedado que te llevaría al lado de Louise.
—Ya me llevaré yo solo. Ya estoy bien, en serio. Quiero pintar la vaca.
—Eso ya lo has hecho.
—Quiero arreglarla. Al viejo Green le puede dar un ataque de corazón si ve lo que le he hecho. Pearlie todavía estaba allí cuando Celeste pasó al amanecer en su galopada diaria. Se había sentido inspirado y había repintado toda la vaca, manchas incluidas.
El viejo Green se despertó con los gallos y le encantó verle allí trabajando. Celeste regresó al trote una hora más tarde y descubrió a Pearlie dormido como un tronco. Sorprendida pero divertida, le despertó, le hizo subir a la silla sin hacer caso de sus protestas y luego montó ella y le llevó de vuelta con Louise. Pearlie se quedó dormido encima del caballo.

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2 de mayo de 1987

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:27 am

Celeste y Ramelle paseaban cogidas del brazo por el jardín. Como siempre, Dennis tenía las plantas exuberantes, bien podadas y arregladas.
—¿Sabes qué día es hoy? —preguntó Celeste.
—El día antes de que enviemos a Spotty a California para ese maldito lío de las películas.
—Mujer sin corazón.
—No es nuestro aniversario. Fue hace meses, y hasta finales de noviembre no llega tu cumpleaños.
—Hace treinta y dos años, en un día como éste, te conocí. —Celeste sonreía.
—En la fiesta de Roosevelt, en Washington, sí.
—No, nos conocimos en la ciudad de Nueva York. ¿Recuerdas que te dije que por ti me bañaría en la fuente del Plaza?
—Celeste, estoy segura de que fue en Washington y me comentaste en un aparte que Washington había tirado un dólar que atravesó el Potomac.
—Un dólar llegaba mucho más lejos por aquel entonces. Recuerdo la frase pero estoy segura de que nos conocimos en Nueva York.
—¿Qué más da? Nos volvimos locas la una por la otra.
—¿O simplemente locas?
—¿Quién es ahora la mujer sin corazón?
—Cariño ¿me ves vieja?
—¿Tú? Imposible.
—Cumpliré sesenta este año.
—Celeste, nadie diría que pasas ni un segundo de los cuarenta y cinco.
—Los aduladores siempre consiguen lo que quieren. —Celeste cortó una flor de vivos colores y se la ofreció a Ramelle. No parecía tener más de cuarenta y cinco, pero en su interior le pesaban cada uno de los sesenta años de su vida en la tierra. No es que se sintiera vieja, pero los años la habían ido despojando de los camuflajes del carácter, dejando al descubierto un yo más auténtico.
—¿Qué me dices de mí? ¿Te parezco vieja? —le preguntó Ramelle.— Tengo cincuenta y tres años, por si lo habías olvidado.
—El tiempo no pasa por la puerta de casa. Cuando te miro, es como si no hubieran pasado todos estos años. Tu voz todavía hace que un estremecimiento me suba y me baje por la columna, una sensación deliciosa.
—¿Quién adula a quién?
—En absoluto, es la pura verdad. —Celeste le dio unas palmaditas en el brazo.
—De lo que me acuerdo es de sentirme sobrecogida. En toda mi vida no había conocido a nadie como tú. También me costó cierto tiempo darme cuenta de que tus deseos no eran sólo intelectuales.
—Fui absolutamente honesta en mi acercamiento.
—Sí, pero las madres no suelen hablar a sus hijas de ese tipo de acercamientos.
—Las madres cometen innumerables errores. —Celeste suspiró fingiendo tristeza.
—La primera vez que vine a visitarte aquí casi me ahogo ante tanta elegancia.
Las cejas de Celeste se dispararon hacia arriba, una señal de su reconocimiento más fiable que cualquier discurso.
—Dudo que la civilización haya conocido la elegancia desde el estallido de la revolución industrial.
—Y eran justo los comentarios como éste los que me dejaban helada. Me hacían pensar que yo era una simplona y tú, una mujer increíblemente aguda.
—¿Y has cambiado de opinión? —Celeste frunció los labios.
—Sí. Sigo pensando que eres bastante inteligente, pero yo no lo soy menos.
La respuesta halagó a Celeste sobremanera.
—Y algo más, miss Chalfonte. Los objetos inanimados pueden ejercer su influencia de la misma manera que las personas. Tu casa era sobrecogedora. Ahora ya me he
acostumbrado, claro.
—Cariño, es tu casa, también —dijo Celeste.
—No del todo. Tú eras una mujer ya hecha cuando te conocí y lo mismo pasaba con tu casa, aunque no puedo decir que eso me haya molestado.
—De lo que más me acuerdo es de preguntarme cuánto tardarías en permitirme, permitirnos, mejor dicho, celebrar rapsodias nocturnas.
—Desvergonzada.
—Tardaste una eternidad. A Sigourny Romaine le dio tiempo a escribir su primera novela en el interludio. Lo recuerdo como un interminable punto y coma. —Celeste inspiró aire.— Y Grace Pettibone acabó su primera serie de pinturas, igualitas que el fondo del lago Erie.
—Celeste, no has cambiado en todos estos años. — Ramelle suspiró.
—Ya no me querrías si lo hubiera hecho.
—Cariño, te quiero y te querré siempre, pero a veces puedes ser muy maliciosa.
—¿Maliciosa? —Sopesó el adjetivo.— Supongo que tienes razón. De todos modos, no nos salgamos del tema. Estábamos hablando de tus interminables vacilaciones.
—Tú estabas hablando de mi tardanza, no yo. Tenía que pensar muchas cosas antes de arrojarme a tus brazos. Sin embargo, tu belleza aceleró el proceso.
—¿Aceleró? ¡Gradualmente, como en «Gradualmente, la era glaciar llegó a su fin», adquiriste cierta cordura!
—¡Ja! Digamos que me ofreciste un pacto bastante novedoso mucho antes de que llegara Roosevelt.
—Y sus malditas maniobras entre el poder de la industria y la demagogia. —Sus ojos negros se revolvieron inquietos.
—Supongo que te debió parecer que te proponía cometer el pecado original.
—El pecado original fue original hace tanto tiempo que quizás tendríamos que prescindir del adjetivo. —Ramelle se rió.— ¿Ves lo mucho que me has influenciado? Muchas veces me pregunto si yo te habré transmitido algo. Eres una mujer completa. Siempre has estado completa. Yo no lo estaba. Era joven e inmadura.
—Yo también era joven y tú, preciosa, tenías unas formas muy bellas. Todavía las tienes.
—Libertina.
—Perdona mis impulsos lujuriosos. Siempre me olvido de que las mujeres figura que no los tenemos.
—Sí, de eso también me curaste. Pero siempre detrás de ti. Tú, en cambio, ya creciste independiente, autosuficiente, y un poco chula.
—Ramelle, si creían en algo mi padre y mi madre era en la independencia. Hicieron la guerra por ella. Y respecto a ser autosuficiente, Dios mío, me lo pusieron todo en bandeja: riqueza, educación, viajes. Tendría que haber sido una solemne incompetente para no llegar a ser un poco interesante.
—Mi familia no se puede decir que estuviera en la bancarrota. Lo he pensado muchas veces durante todos estos años. ¿Por qué tú encontraste tu propio camino y yo tardé tantos años en encontrar el mío? Creo que en el fondo yo no quería responsabilizarme de mi propia vida. ¿Me entiendes?
—No.
—No importa; yo, sí. Nunca te he dado las gracias por ayudarme a crecer. Gracias, amor mío. —Ramelle le dio un beso en la tersa mejilla.
—Sí que me has transmitido cosas, pero lo demuestro menos.
—¿Qué cosas?
—Me has suavizado. Me educaron con la frase «Hay un millar de razones que explican el fracaso pero no hay ninguna excusa». Todos los Chalfonte han sido educados así. Despreciaba a los que fracasaban. Tú me has enseñado que el éxito no es algo externo. Existe una vida interior, una vida más profunda que la intelectual. Aprender a pulsar esa fibra puede conllevar un fracaso en el mundo exterior. No puedo decir que no valore el éxito... pero estoy aprendiendo a escuchar el latido del cosmos. Te lo debo a ti y, sí, a Cora.
—¿Sabes que cuando me trasladé aquí para vivir contigo estaba terriblemente celosa de Cora? Cuando ahora lo pienso, me pegaría.
—Mi querida Cora. —Celeste bajó la voz.— Si pudiera escoger una hermana, escogería a Cora. Nuestra tragedia fue nacer en los dos extremos del espectro social. Esta es la única manera que tenemos de participar una en la vida de la otra, a no ser que hagamos la revolución.
—Es extraña, la vida.
—Extraña, injusta, cruel, bella, sugerente, interesante, y at mismo tiempo. —Celeste rió.
—Es una desgracia que pasen por encima de la complejidad en las escuelas. Todo es correcto o erróneo, blanco o negro, bueno o malo. Recuerdo muy pocas ocasiones en que algo fuera así de diáfano. El caso de Brutus Rife lo era. Sabes, cariño, siempre he sospechado que le mataste.
Celeste siguió caminando sin perder el paso.
—Vaya idea más tonta.
—Celeste, guardas muchos secretos que yo nunca conoceré. Ése es uno, pero en mi corazón sé que le mataste.
—¿Todos estos años viviendo con una asesina? —El tono de ligereza despreocupada se apoderó de su voz.
—Una libertadora.
—Ramelle, no soy Robin Hood. Y no pienso contestar a semejante pregunta.
—Tienes secretos.
—Todo el mundo tiene.
—Cuéntame uno.
—Si te lo cuento, ya no será mío.
—Después de treinta y dos años ya puedes divulgar uno. Has tenido tanto tiempo para acumularlos que un secreto menos no ladeará la balanza.
—Está bien. Siempre que empiezo un libro tengo que leer tantas páginas como años tenga de una sentada. A medida que mi edad avanza, ya puedes imaginar que me es cada vez más difícil. ¡Ya lo sabes!
—¡Increíble!
—Te toca.
—Celeste, no tengo secretos para ti —bromeó Ramelle.
—No seas tramposa.
—Sumo números sin parar. No sé por qué. Por ejemplo, el número de la calle de esa casa es el treinta y cuatro; tres y cuatro suman siete, un número respetable donde los haya. cinco, en cambio, me es odioso. Si el número de tu cas hubiera sido el catorce creo que nunca me habría avenido a vivir contigo.
—No está mal. ¿Tienes alguno más?
—Naturalmente, pero no te los voy a contar. —Ramelle apretó el paso, arrastrando a Celeste con ella.
—Sigo diciendo que tardaste muchísimo en decidirte a acostarte conmigo.
—Celeste.
—Es verdad. Si no recuerdo mal, algo te dije, parafraseando a Jefferson, acerca de la persecución de la felicidad, y por alguna razón eso te convenció.
—No se puede perseguir la felicidad. Ni que fuera un ave de corral.
—Entonces no dijiste eso.
—Dije que sí, eso es lo que dije. Creo que lo que más me llegó fue que me escribieras diciendo «Empujémonos la una a la otra por el camino hacia la eternidad».
—¿Yo escribí eso?
—En 1905.
—Ya estamos bastante más cerca de la eternidad.
—Celeste se hizo visera sobre los ojos y miró al sol. — Cariño, los recuerdos son una fuente de profecías.
—¿Qué se supone que quieres decir con eso?
—Ya que hoy hace treinta y dos años que nos conocimos, tendríamos que celebrarlo.
—¿Qué has pensado? —preguntó Ramelle aunque ya lo sabía.
—Cogemos una botella de champán, un poco de pastel de fresas y nos vamos a la cama.
—Si lo que querías era irte a la cama conmigo ¿por qué no lo has dicho desde el principio? —Ramelle puso los brazos en jarras.
—Así es mucho más divertido.

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29 de agosto de 1938

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:30 am

—Julia ¿te has enterado? —Louise la atrapó cuando atravesaba la plaza de Runnymede en el camino del trabajo a casa.
—¿De qué?
—El marido de Minta Mae Dexter se ha muerto.
—Había pasado de largo los ochenta ¿no?
—Sí. —Louise cogió aire, ansiosa por demostrarle su donde gentes.— Minta ha venido hoy al Bon-Ton y he estado conversando con ella. Siempre pasa por mi departamento ¿sabes? Y le he dicho: «Tiene suerte de que su marido se haya muerto. Al menos ahora ya sabe dónde está». He pensado que eso la animaría.
—¿Y la ha animado?
—Eso me ha parecido. Ya sabes que Elmo Dexter era un calavera impenitente. Puede que estuviera más cerca de los noventa que de los ochenta, pero seguía visitando los burdeles con la puntualidad de un reloj.
—Louise ¿qué sabes tú de los burdeles?
—Soy una mujer de mundo. —Louise levantó la nariz.
—¿Y hasta dónde te has adentrado en ese mundo? — Julia hizo una leve mueca.
—No seas vulgar, Julia.
—¿Me estabas esperando a mí, aquí en la plaza?
—Sí. He pensado que no querrías perderte la última.
—¿La de Fred Astaire y Ginger Rogers... ya la dan? ¡Me encantan las películas de teléfono blanco!
—No, la última comidilla.
—Ah. —Juts se paró y acercó la nariz al escaparate de una tienda.— ¡Mira, Wheezie, qué zapatos tan elegantes!
—Gastas demasiado dinero en ropas.
—No es verdad. Casi todo lo que llevo me lo hago yo.
Además ¿a ti qué te importa en qué me gasto el dinero?
—Soy tu hermana mayor. Me siento un poco responsable.
—¿Eh? —Julia no estaba segura de haber oído bien.
—Es evidente que Chessy no está preparado para administrar las finanzas ni sabe abrirse camino en este mundo. Siento que es mi deber ayudaros en esas cosas.
—¿Qué? ¿Se te ha reblandecido el cerebro o qué?
—Yo intento ayudarte y tú me insultas.
—Meterte donde no te llaman no es ayudar.
—Julia, no seas orgullosa. Tú y Chessy estáis viviendo con mamá y la casa ni siquiera tiene agua corriente. Lo único que hicisteis el año pasado fue poner el suelo de la despensa, unas tablillas en el tejado y cambiar la cocina de leña de mamá. Eso no es vivir. Para el caso, podríais estar acampados en la calle.
—Tú creciste en esa casa. ¿Ahora ya no te parece bastante buena?
—Uno ha de progresar en la vida, no quedarse igual.
—Y una mierda pa' tu boca.
—No tienes ambición. Esto es América. ¿Qué pasa contigo?
—No pasa nada conmigo. Que Rockefeller viva su vida, que yo viviré la mía.
—No seas niña, Julia. He aprendido mucho con el negocio de decoración. Ahora que las niñas ya pueden cuidarse solas, vuelvo a tener mi puesto en el Bon-Ton, pero todavía llevo las cuentas. De esa manera, las he podido enviar a la academia Inmaculada, dónde establecen contactos muy útiles y aprender a adornarse con las gracias de la distinción social.
—Aprenden a rezarle a un témpano. Vaya distinción social. —Julia nunca había podido soportar el esnobismo de Louise.
—Estás celosa porque Celeste me envió a mí y no a ti.
—¡Vete al peo!
—No estaría mal que te reprimieras un poco.
—Mira, Louise, Chessy y yo ya nos las arreglamos. Salimos con la pandilla, nos reímos y somos felices. Me conformo con poco.
—Es mejor tenerlo y no necesitarlo que necesitarlo y no tenerlo.
—Dale Perico al torno. Te la vas a ganar. —Julia puso cara de perro.
—Tienes treinta y tres años. ¿A los cincuenta querrás seguir teniendo que bombear agua para llenar la tina de madera cada vez que te quieras dar un baño?
—A lo mejor no vivo tanto. Y si tengo que bombear el agua, será un buen ejercicio.
—Mary toca el piano como los ángeles. —Louise había decidido cambiar de tema.— Será compositora.
—Tarariro.
—A Mary no le interesa la vida religiosa pero creo que Maizie oirá la llamada. —Louise se henchía de orgullo.
—La hermana Maizie. ¡Oh, qué bien suena!
—Impía.
—Lameculos. El cura podría mearse en el agua bendita y tú no te enterarías. Lo mismo te la pondrías en la frente y caerías de rodillas.
—¡Julia!
—Mierda, Louise ¿qué esperabas? Nos insultas a mí y a Chessy. Me dices en la cara que soy una inútil con el dinero y que voy a acabar en el asilo. Déjame vivir mi vida, y tú vive la tuya.
—¿Qué quieres que haga... decirlo a tus espaldas?
—¡Cómo si no lo hicieras!
—No lo hago. Te aseguro que no lo hago.
—Venga, me pones como un trapo cada vez que ves a Orrie.
—¿Eso te ha dicho Orrie?
—No pienso revelar mis fuentes.
—¡Bocazas!
—¡Lo ves!
—Verás cuando le ponga las manos encima.
—Tendrás que vértelas con Noe, chica.
—Piensa en Noe, por ejemplo. Es inteligente. Sabe ganar dinero. Lleva la carnicería y su pequeño restaurante junto al local de Fannie. Los dos se pusieron de acuerdo ¿sabes? De esa manera, los clientes de Fannie encuentran buena comida justo en la casa de al lado y cuando acaban, vuelven al club. Ese Noe es un hombre listo. El y Orrie se van a Japón en septiembre, a pasar un mes enterito. Eso es lo que puede
conseguirse con cierta planificación.
—Yo no quiero pasar un mes enterito en Japón. Me gusto sentarme en el porche a oír los grillos.
—Hablas como mamá.
—Soy hija de mi madre.
—Y con eso lo arreglas todo.
—No es eso. Siempre estás descontenta, Louise. Que y recuerde, siempre has estado descontenta. Te gustaría ser lo mejor de lo mejor y codearte con las gentes del Ritz. A mí todo eso no me importa.
—Pues debería.
—Yo no quiero ser mejor que nadie. Sólo quiero ser yo misma; eso es más que suficiente.
—Ya veo que eres recalcitrante. No se puede hablar contigo.
—¿Qué es eso de recalcitrante? Me gusta entender los insultos.
—Significa que eres una tozuda y no te avienes a razones.
—¿Eso crees?
—Eso creo. —Louise apretó los labios.— Y para que te enteres, Bon-Ton me envía a Nueva York a visitar a los proveedores. Tú puedes quedarte aquí oyendo los grillos, que yo me voy a la Quinta Avenida.
—¿Sabes lo que eres, Louise?
—Una triunfadora.
—No, una cagarruta de lombriz.
De camino a casa, Julia iba pensando en el sermón de Louise. Le importaba un comino la posición social o el dinero, pero se estaba empezando a cansar del retrete fuera de la casa y de darle a la bomba en invierno y verano. Subiendo hacia Bumblebee Hill, tuvo una idea. Chessy, Noe y Lionel habían comprado un juego llamado Monopoly. El pasado fin de semana habían estado jugando con toda la pandilla. A Julia le encantaban los juegos de todo tipo. Si había dos mirlos posados en un cable de teléfono, Julia tenía que apostar a cuál levantaría antes el vuelo. El Monopoly era un juego de habilidad y de suerte, una combinación irresistible para Juts. En cuanto llegó a casa, corrió al teléfono y llamó a Celeste Chalfonte.
—Diga.
—Hola, Celeste. Soy Juts.
—¿Quieres que se ponga tu madre?
—No, te quiero a ti.
—¡Qué halagador!
—Celeste ¿has jugado al Monopoly?
—Jugamos una partida con Spotty antes de que se fuera.
—¿Te gustó?
—No es tan divertido como el póquer.
—Imagínate que jugaras con dinero de verdad.
—Julia ¡qué buena idea!
—Te propongo que organices una partida de Monopoly en tu casa este sábado por la noche. Todos los asistentes han de traer el dinero en metálico.
—Veamos. Fannie vendría, aunque realmente no puede permitírselo, pero nunca ha dejado escapar una oportunidad como ésta. Ramelle también jugaría. ¿Quién más?
—Ruby, Rose y Rachel Rife —dijo Julia con voz firme.
—Son tres años más viejas que Matusalén.
—Celeste, no pueden tener más de sesenta y cinco.
—Yo no invito a un Rife a mi casa. No.
—Entre las tres no acertarían a sumar dos y dos. Piensa en la pasta.
—Espabiladas, estas Hunsenmeirs.
—Estarán tan contentas de que las invites que seguro que juegan. Además, el dinero no significa nada para ellas.
—Déjame pensarlo y te llamo.
A los veinte minutos, después de haberlo consultado con Fannie Jump y Ramelle, Celeste llamó a Julia.
—Julia, soy Celeste otra vez.
—¿Qué me dices? —La codicia se había apoderado de Juts.
—Sí.
—Quiero proponerte otra cosa.
—¿El qué?
—Que me avances dinero. Si pierdo, te lo pago trabajando para ti; no importa cuánto tiempo me cueste. Trabajaré todos los fines de semana. Si gano, te devuelvo la inversión y me quedo el resto.
—Julia Ellen ¿qué te propones?
—No te lo digo.
Celeste se quedó pensando.
—Trato hecho.
El sábado por la tarde Runnymede bullía de excitación. Celeste había colocado el tablero en el jardín, bajo un entoldado. Noe, un apasionado del Monopoly, se había ocupado de organizar el pica-pica. Fannie Jump aportó mares de alcohol con la esperanza de nublar la inteligencia de sus oponentes. Orrie y Noe, Ev y Lionel, Chessy, Cora y el novio y portero de Fannie, Hans, llegaron mucho antes de que empezara el juego. Las hermanas Squandras llegaron separadas, cada una en un Rolls-Royce de diferente color. Los rubíes de Ruby brillaban en su marchito escote como sangre de palomo. El verde chillón de las esmeraldas de Rose hacía daño a los ojos, y las perlas de Rachel eran del tamaño de huevos y lanzaban destellos. Les había costado más de sesenta míos que las invitaran a casa de Celeste Chalfonte, pero finalmente lo habían conseguido. El jardín empezó a llenarse de curiosos, hasta el punto de que parecía la pista central de Wimbledon.
Julia escogió la pequeña moneda de peltre como ficha. Celeste se apoderó del sombrero de copa. Ramelle cogió el terrier escocés y el resto desapareció en un minuto. Fannie se quejó; ella también quería el sombrero de copa. Tiraron el dado para determinar el orden de juego. Julia era la cuarta.
Sabía que con tantos jugadores, las propiedades desaparecerían en un abrir y cerrar de ojos. Cada jugadora puso en el bote el dinero correspondiente al presupuesto inicial del juego, de manera que todas tuvieran los mismos recursos. En la primera ronda. Celeste compró Pennsylvania Avenue. Julia hizo una mueca. Quería esos verdes por poco que pudiera. Fannie cayó en la casilla de Reading Railroads y compró sin pensarlo dos veces. Juts sabía que si Fannie se hacía con las compañías ferroviarias, comprándolas o intercambiándolas, sería muy difícil desalójarla. Ruby compró Oriental Avenue; no había por qué preocuparse. Rose se apoderó de la compañía eléctrica. Rachel cayó en la caja de fondos comunales y recibió diez dólares por el segundo premio de un concurso de belleza. Rachel pensó que eso era mejor que comprar propiedades. Ramelle consiguió Indiana Avenue. Julia empezaba a preocuparse. Por suerte, fue a parar a Park Place y añojo la pasta para comprarlo ante la mirada preocupada de las otras. Fannie hizo una señal a Hans para que sirviera bebidas. Julia continuó prudentemente con su Coca-Cola. La segunda ronda repartió más propiedades dispersas. Fannie, sin embargo, se hizo con B & O Railroad; nada más empezar Fannie ya era una adversaria peligrosa. Las Squandras invirtieron en las avenidas Baltic y Mediterranean. Rachel rechazó la oportunidad de comprar.
—Mi difunto hermano, Brutus, siempre decía que se debe invertir en bolsa. —Las perlas subían y bajaban al ritmo de su respiración.
Celeste se quedó con Illinois Avenue. Ramelle adquirió Pacific y Fannie se apresuró a agenciarse North Carolina. Julia consiguió adjudicarse Tennessee antes de que una carta de la fortuna la enviara a la cárcel. Odiaba esas malditas cartas de la fortuna. En las primeras rondas, con tantas jugadoras, un turno perdido podría significar el desastre futuro. Noe sudaba mirando el tablero. Julia acababa de salir de la cárcel, después de un proceso nada fácil, cuando volvió a caer en la condenada casilla de la fortuna. Aquí se acaba, pensó. Trabajaré para Celeste Chalfonte el resto de mis días. Cuando levantó la carta naranja, las jugadoras y el público guardaron silencio absoluto.
—¡Avance hasta la casilla de Boardwalk! Mirad. Eso dice la carta.
En un periquete, Julia se plantó allí y compró la carta azul marino. Ahora podía calcular sus recursos y empezar a poner casas en sus propiedades, aunque tampoco quería quedarse sin dinero. Tenía que pagar alquiler cada vez que caía en las propiedades ajenas, pero era la primera que monopolizaba un color. Sin embargo, Fannie enseguida se hizo con la Short Line Railroad, que se sumaba al resto de sus propiedades dispersas. Eso era más que peligroso. Julia puso una casa en cada casilla. El problema de Park Place y Boardwalk es que son los lugares más caros de todo el tablero pero no se cae en ellos con demasiada frecuencia. Claro que, si alguien cae y no tiene una economía saneada, puede significar la bancarrota.
Rachel, fiel a los consejos de su difunto hermano, fue expulsada a la quinta ronda. Cometió la imprudencia de prestar dinero a sus hermanas, que se negaron a devolvérselo cuando lo necesitaba. Con Rachel fuera del juego, el cociente de inteligencia que sumaban entre Ruby y Rose no superaba el número de golpes de una buena partida de golf. Se mantuvieron durante otra media hora, pero no eran competidoras para Fannie, Ramelle, Celeste y Julia. Louise, horrorizada por las habladurías acerca de que su hermana estaba jugando con la élite de la ciudad, rodeó a hurtadillas la casa de Celeste sin pensar que iba a encontrarse tanto público. Allí estaba Pearlie, también, disfrutando entre los curiosos. Se acercó cautelosamente, con la esperanza de que nadie la viera, lo que era bastante improbable, dado que iba vestida como para detener el tráfico. Las películas de cazadoras de fortunas se le habían subido a la cabeza. Sus vestidos eran del año de la maricastaña o francamente provocadores, pero no conseguía encontrar un término medio.
—¡Hola, Louise! —Ev Most corrió hacia ella y la arrastró hacia el gentío.
Julia levantó la vista, saludó y volvió a concentrarse en el juego. Ruby estaba a punto de caer y tenía Pennsylvania Railroad. Julia quería impedir que Fannie hiciera un trato con ella, pero Fannie era muy rápida y se hizo con la compañía ferroviaria que le faltaba.
Rose quiso deshacerse de las compañías de suministros y Celeste se las compró. Astuta en el juego, Celeste iba acumulando propiedades de renta media. Sólo le faltaba una carta para dominar todo el grupo de rojas y consiguió sacarles las azules claras a las Rife, que ya estaban al borde del abismo. Ramelle, que nunca había sido muy competitiva, no duraría más de una hora. En las últimas boqueadas tendría que pagar las deudas con sus propiedades. Tenía Pacific, una verde, y Julia quería hacerse con ella antes de que Fannie se la comprara. Si Fannie controlaba las verdes, las amarillas e incluso las Baltic y Mediterranean, aunque estas últimas no valieran gran cosa, con las compañías ferroviarias en sus manos, podría aplastar a Julia. La contienda empezaba a estar reñida.
Cada avance en el tablero, cada carta naranja de la fortuna o amarilla del fondo comunal que se destapaba, iba acompañado de ¡oohs! y ¡aahs! por parte de los mirones. Fannie fue a la cárcel y Julia aprovechó la oportunidad para negociar con Ramelle, que le vendió Pacific. A Fannie de poco le da un ataque.
Pasó otra hora y las tres mujeres que se mantenían estaban muy igualadas. Celeste tuvo la desgracia de caer en Boardwalk después de que Julia hubiera puesto un hotel. Técnicamente, estaba derrotada. Aguantó media hora más pero no pudo recuperar su antigua posición de fuerza. Llegadas a ese punto, era Fannie contra Julia. Siguieron luchando, en un continuo estira y afloja. Las compañías ferroviarias estaban haciendo mucho daño a Julia. Había una en cada esquina del tablero y poco a poco se iban sumando las caídas. Ni Fannie ni Julia accedían a venderse propiedades, que se guardaban con la esperanza de pararse mutuamente el avance. Fannie se hizo con dos rojas de Celeste, a la que ya estaban echando. Sin embargo, Julia se apresuró a quitarle la tercera. Con eso, quedó dividido el bloque. Fannie puso hoteles en las azules claras y en las amarillas. Las verdes también estaban divididas. Las mejores bazas de Julia eran las azules oscuras y las compañías de suministros. En pago de deudas, había recaudado States Avenue, Virginia Avenue y St. Charles Place. También puso casas en el bloque naranja.
Se hicieron las seis de la tarde y las dos seguían luchando a brazo partido. El gentío todavía seguía con ellas. Fannie se olvidó de beber. Celeste, en cambio, se sirvió dos copas de champán seguidas para consolarse. La tensión la estaba matando; si Julia perdía, Celeste perdería dos veces. Ramelle tampoco despegaba la mirada del tablero.
Chessy se puso tan nervioso que se fue a pasear por la plaza de Runnymede, acompañado por Pearlie, que hacía cuanto podía por tranquilizarle. Noe no dejaba de enjugarse el sudor de la frente con su pañuelo inmaculadamente blanco. Fannie Jump cayó dos veces seguidas en Park Place y al doblar la esquina después del último batacazo, fue a parar a St. Charles Place, en la que había cuatro casas. El final estaba al caer. A las siete y media, Julia Ellen había barrido a todas sus oponentes.
Fannie, buena perdedora, tendió la mano a Julia. Celeste sintió tal alivio que casi se desmaya. Las Squandras deambulaban ocupadas en conversaciones amables, sin reparar en el fajo de billetes que habían dejado en el juego ni en lo que eso significaba para el resto de los asistentes. Noe salió corriendo hacia la plaza, donde encontró a Chessy y a Pearlie ocupados en dar una vuelta tras otra.
—¡Chessy, Chessy, lo ha conseguido! ¡Lo ha conseguido!
—No. —Chessy se puso blanco.
—¡Sí! —Noe le dio una buena palmada en la espalda. —Increíble.
Chessy apretó a correr de vuelta al jardín. Noe y Pearlie, entusiasmados, le seguían de cerca.
—¡He ganado! —Julia saltó a sus brazos.
Louise, estupefacta, hizo un esfuerzo por recobrarse y se puso en la cola para felicitar a su hermana. El jardín parecía una casa de locos. La gente se dejó llevar por el entusiasmo, ahora que la tensión había desaparecido, y reinaba un sentimiento de fiesta improvisada.
—Felicidades, Julia. —Louise le estrechó la mano.
—Aquí está el agua corriente y un baño con ducha de primera categoría. —Julia levantó el dinero para que su hermana lo viera.
—Qué bien. —Louise se sentía contenta y dolida a un tiempo.
—Louise. —Julia hizo una mueca.
—¿Qué?
—Hay varias maneras de desplumar las gallinas.

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1 de septiembre de 1939

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:31 am

Para Spottiswood Chalfonte Bowman todo fue demasiado fácil y eso no la ayudó. En la primera película, destacó por su belleza; su actuación no resistía la comparación, pero nadie la comparó. Ya habría tiempo para aprender el oficio. Curtis se alegró por ella, aunque habría estado mucho más contento si hubiera decidido estudiar medicina. Ramelle se lo tomó con calma y confió en que Spotty no perdiera la cabeza. Celeste rezongaba acerca de lo impropio que resultaba tener una actriz en la familia. Al fin y al cabo, en los tiempos de la Restauración, esas mujeres vendían naranjas entre el público antes de hacerse merecedoras de pisar los escenarios, y los dormitorios de la nobleza. Lo que no decía era cuántas veces había perseguido a esas flores caídas en su juventud.
Ramelle sospechaba que todas esas alharacas de Celeste acerca de esa profesión de mala fama no eran más que una elaborada maniobra para que todo el mundo se olvidara un poco de Europa.
Louise también sacaba humo por las orejas. Se echaba las manos a la cabeza viendo que Mary, que aún no había cumplido los catorce, mariposeaba alrededor de Extra Billy Bitters, de dieciocho. Dado que su nacimiento no entraba en los planes de sus padres —le precedían cuatro hermanos y dos hermanas—, todo el mundo le llamaba Extra Billy.
Violento, guapo y algo estúpido, hacía temblar los corazones de todas las madres de Runnymede. Otras virtudes más sobrias no suelen conseguir atraer a las jovencitas más vigiladas. En su interior, Louise ya sabía que Mary no entraría en el convento. Sin embargo, le quedaba Maizie, que progresaba tal como ella había planeado. Obediente, tranquila y más bien pasiva, Maizie parecía tener el carácter adecuado para entrar en una orden contemplativa. Mientras suspiraba a propósito de Mary, Louise preparaba el terreno para que Maizie, a su debido tiempo, entrara en un cenobio de jóvenes ricas, no en un convento cualquiera. Si iba a servir a Cristo, mejor que le sirviera entre personas de calidad que entre pobrecillas con hábitos mal confeccionados. Sin embargo, también Louise notaba algo siniestro en el ambiente.
Aquel viernes, todos los miedos se concretaron. El ejército alemán atacó Polonia.
Cora estaba agachada sobre un barreño, pelando patatas. Celeste y Ramelle estarían de vuelta en media hora. Habían salido a pasear a caballo. Celeste estaba domando a una preciosa, y fogosa, yegua gris, puesto que su viejo bayo ya se había ganado el retiro. Louise irrumpió en la cocina. Acababa de salir del trabajo.
—Mamá, Alemania ha invadido Polonia.
—Cierra la contrapuerta, cariño. Esto se va a llenar de moscas.
—¿No te importa?
—Sí... pero tanto da que la roca golpee el cántaro como que el cántaro golpee la roca: siempre se rompe el cántaro.
—¿Qué figura que significa eso?
—Significa que Alemania perdió la última guerra y que Alemania perderá ésta. Dios acoja a todos los inocentes que morirán en ella.
—Nosotros podríamos ser de ésos. Tienen aviones ¿sabes? No es como en la última guerra.
—Louise, no empieces a preocuparte antes de tiempo. El océano Atlántico es muy grande.
—Mamá, la guerra. Va a haber otra guerra —gritó Julia antes de abrir la puerta. Entró y dio un portazo.— Hola, Louise.
—Ya me lo ha dicho Louise.
—¿Crees que podremos mantenernos al margen? —preguntó Julia a su hermana.
—No sé. No por mucho tiempo.
—Espero que a Chessy no le llamen a filas.
—Ya es demasiado mayor —la tranquilizó Louise.
—Tiene treinta y cuatro. —Juts frunció el ceño.
—Sólo los cogen tan mayores si están muy apurados —
dijo Louise.
—Eso espero. Mamá ¿tú qué crees? —Julia, sin pensarlo,
cogió una patata y empezó a pelarla.
—No sé qué pensar. No entiendo por qué la gente no
puede dejar en paz a los demás y vivir su vida.
—Yo tampoco. —Julia se puso a pelar con más brío.
—Yo tampoco. —Louise se sentó. —¿Habéis visto a
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Spotty en la portada del Joyas de la pantalla de este mes?
—Ya oigo a Celeste. —Cora se rió—. Dirá que no hay
nada más vulgar que la publicidad.
—No hay nada como empezar desde arriba. Spotty lo
tiene todo: belleza, dinero, películas.
—Louise —Cora suspiró—, hasta el balance final no se
puede decir si una mujer ha tenido suerte.
—¿Estás segura de que Chessy ya es demasiado mayor?
—Julia tocó a Louise en el brazo.
—Sí, pero el problema no es que le llamen a filas, sino
que sea él quien se aliste.
—¡Qué! —Julia se puso blanca.
—Si va a alistarse, puede que le cojan. Es alto y fuerte. Y
si es Ted Baeckle el que se ocupa del reclutamiento, seguro
que le coge.
—No. —Julia se mordió el labio.
—Cariño, no sufras todavía. Los Estados Unidos aún no
se han metido en esa competición de tiro —le dijo Cora con
voz suave.
—Mamá, Chessy correrá a alistarse. Ya sabes cómo son
los hombres.
—Creo que Pearlie lo dejará correr. Tiene cuarenta y en
470
la última guerra ya satisfizo su curiosidad —dijo Louise sin
demasiada convicción.
—¿Quién sabe? Se apunta uno y todos los demás le
siguen. Y ya no les volveremos a ver. —Julia clavó el
cuchillo en la patata.
—¿Queréis parar, vosotras dos? —las regañó Cora.
—¿trías a la guerra si las mujeres pudieran alistarse?
—Julia se inclinó hacia adelante y observó los ojos grises claros de Louise.
—No. Los hombres provocan las guerras; pues que sean ellos los que luchen en ellas.
—Nunca había pensado en eso. —Julia se dejó caer hacia atrás.
—Si tienes ganas de matar gente, sólo tienes que irte a Chicago —observó Cora con ironía.
—No es lo mismo. —Louise decidió participar en el pelado de las patatas.
—¿Ah, no? —dijo Cora subiendo el tono de voz
—Yo iría —anunció Julia—. Si América estuviera en peligro, yo lucharía. Si llegan hasta aquí, yo lucharé.
—Si vienen aquí, todos lucharemos, naturalmente — afirmó Louise.
Cora llenó de agua una cazuela grande y metió las patatas.
—Mamá, cuando volvía de trabajar, la ciudad estaba tan silenciosa que se habría oído caer una aguja —le contó Julia.
—Todo el mundo está preocupado. Nunca había visto algo así —añadió Louise.
—No os acordáis, pero cuando la última vez Wilson declaró la guerra, el aire se podía cortar con cuchillo.
—Me acuerdo de que entré corriendo por la puerta principal de casa de Celeste. Pensaba que era emocionante. —Juts apoyó la barbilla en la mano.
—A las viejas no nos emocionaba tanto.
—Mamá ¿no teníais más o menos nuestra edad entornen? —preguntó Louise.
—Sí.
—La historia se repite —dijo Julia pensativa.
—Tengo una idea. —A Louise se le había iluminado la cara.
—¿Vas a llamar a Hitler? —Julia jugaba con el borde de la mesa.
—Escucha. Vamos tú y yo a ver a Ted Baeckle, y Ir pedimos que no coja a Chessy si se presenta para alistarse. Quiero decir, en caso de que entremos en guerra. Si lo hacemos ahora, ya no tendrás que preocuparte.
—Louise, no puedo ir a hablar con él. Me moriría de vergüenza. Y si Chessy se entera se armará una buena.
—¿Qué podemos perder?
—Consideración.
—Si la consideración de los demás es todo lo que te preocupa, ve —la instó Cora—. Ted Baeckle sabe mantener la boca cerrada.
—Vamos, Juts. Te sentirás mucho mejor.
—¿Lo harías por mí?
—Sí —contestó Louise.
Fiel a su palabra, Louise habló con Ted. No rogó, negoció ni increpó. Le dijo que si entraban en guerra, probablemente Chessy intentaría alistarse. ¿Podría él rechazarle, siempre que tuviera bastantes hombres para llenar las filas? Si invadían el país o si se veían afectados por la escasez de hombres, entonces podría coger a Chessy. Baeckle, sentado entre carteles de reclutamiento obsoletos, la escuchó amablemente. Dada la edad de Chessy y teniendo en cuenta que casado, no le pareció que pudiera haber ningún problema. Si los Estados Unidos tuvieran algún tropiezo, bien, entonces ya verían. Les deseó buenas noches y les dijo que no se preocuparan.
—Gracias, Louise. Eres una amiga. —Julia la besó impulsivamente de camino a casa de Celeste.
—Claro. —Louise respiró hondo.— Esos dos viajes al año que hago a Nueva York ¿sabes? me dan mucho que pensar.
—Sí. —Julia no entendía la relación.
—Vuelvo dándome cuenta de que no soy tan perfecta como me gustaría. Me paso el tiempo preocupándome de cosas sin importancia. De vez en cuando me doy cuenta y... —Su voz se apagó. Había perdido el hilo del pensamiento o no conseguía decidirse a expresarlo en voz alta.
—¡Cuántas veces me pasa que no veo más allá de la punta de la nariz! —Julia, desorientada, intentó aliviar la tensión de Louise.
—Julia, ya sé que no lo demuestro, pero te quiero mucho —dijo por fin.
—Yo también te quiero. —Julia le pasó el brazo por la cintura y siguieron caminando.

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23 de mayo de 1980

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:32 am

En el horizonte aún se columbraba el resplandor azulado del anochecer. Juts, de buen humor, se lió un porro. Pensaba fumárselo antes de salir a sentarse en el porche, como hacía cada noche durante el buen tiempo. Los porches de las casas vibraban de cotilleos y Julia no quería perderse nada. Nickel se apoyó en la contrapuerta de rejilla, riéndose al ver a su madre chupando el papel.
—¿De qué te ríes?
—De ti.
—¿Qué tengo yo de gracioso? —Juts lo encendió y le dio una buena chupada.
—Eres la persona más viva que conozco.
—Si no fuera así, ya estarían aquí las moscas. —Con la risa, las arrugas de alrededor de los ojos se hicieron más profundas.
—Se supone que la gente se vuelve más conservadora y menos aventurera cuando se hace mayor —la pinchó Nickel.
—Para sentirse conservador lo mejor es estar bien comido. ¿Quieres un poco?
—No, gracias.
—¿Qué pasa contigo? No bebes, no fumas, fumar-fumar, tampoco fumas. Vamos, muchacha, deja ya esa pose de eficiencia y date un respiro.
Para dar gusto a su animada madre, Nickel inhaló un poco de humo.
—Ves, así eres un poco más humana. —Julia le volvió a coger el porro de hierba.
—¿Desde cuándo ser humano tiene que ver con darse al vicio?
—¿Vicio? Sabía yo que no era bueno eso de ir a la universidad. Se llama relajación, con acento en la o. —Julia estaba de extraordinario buen humor.— A ti lo que te hace falta es relajarte. Pero ¡muchacha!, si estabas todavía en la cuna y ya te tensabas. Venga, mujer, que la vida es corta.
—El sexo es mi único vicio y no tengo demasiado tiempo para él. De bisexual sólo tengo el nombre. Estoy demasiado ocupada para practicar lo que predico —musitó Nickel, pensativa.
La palabra «sexo» llegó a los oídos de Julia.
—Puedes contárselo todo a tu vieja madre.
—¿Qué tengo que contar?
—Quién, qué, cuándo, dónde y cómo. ¿No es así como va en los diarios?
—¿Y eso, madre? Pensaba que no te interesaban esas vulgaridades. —Nickel disfrutaba haciéndola rabiar.
—Antes, no. Hasta que la dama del zumo de naranja se puso a predicar la cruzada. Pensé que cualquier cosa que pusiera tan frenética a la gente debía de ser buena. —Julia se llenó la boca de humo después del discurso.
—Alégrate de que América ganara la Guerra de la independencia.
—¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?
—Si la hubiéramos perdido, Anita estaría cantando «Dios salve a la reina» —Nickel le cogió la marihuana a su madre y aspiró otra bocanada de alegría.
—¡Ja! ¡Muy buena! ¿Qué mosca le pica a la gente? Tú vives tu vida y yo vivo la mía. Si todo el mundo pensara así, no habría más guerras.
—Me inclino a darte la razón. —Nickel exhaló el humo, aunque sin la maestría de su madre.
—Sigo siendo tu madre y sigo teniendo razón. -—Julia se dio una palmada en el muslo.
—Tienes razón en que tengo que relajarme más.
—Algunas veces me recuerdas a Celeste Chalfonte, con el motor siempre en marcha.
-¿Eh?
—Igual que ella, no demuestras tus emociones. Eres inteligente, eso no te lo voy a negar. Eres una mujer inteligente. Celeste, ¡Dios mío!, era muy aguda. Cuando te dejas ir, tú también eres bastante ingeniosa. Me gustaría que la hubieses conocido.
—Fanny Jump Creighton me lo dijo una vez, que le recordaba un poco a Celeste. Es extraño. Pensaba que me parecía a ti y a papá.
—Como no sea en la cabeza. —Julia se dio una palmada en la espalda y las dos se echaron a reír.
Nickel miró por la contrapuerta de rejilla.
—Mamá, se acerca un objeto grande de colores.
Julia estiró el cuello.
—Jesús, si es Orrie. Imposible ventilar esto antes de que llegue.
La Orrie que se acercaba por la acera parecía un verdadero caleidoscopio. Llevaba un traje pantalón de poliéster de un color verde manzana subido. Se había pintado las uñas de color café. La mujer, rozando ya los ochenta, se apilaba en la coronilla la melena escarlata como si fuera una lasaña. Alrededor de la brillante pelambrera se había atado un pañuelo amarillo limón. Los abultados pendientes colgantes amenazaban con rasgarle los lóbulos y del cuello le colgaba un enorme collar de cuentas de mármol veteado, sin duda regalo de Louise allá por los años cincuenta, cuando le dio por la locura de las canicas, iba canturreando «Debiste de ser una chica muy bella». Las alpargatas verde manzana, a juego con el traje, subieron los escalones del porche. En lugar de llamar a la puerta, se anunció con un sonoro yuuuju. Julia salió disparada hacia la puerta.
—Mira por dónde, Orrie Tadia Mojo, qué sorpresa tan agradable. Sentémonos en el porche. En la sala, hay un tufillo molesto.
—¿Un tufillo molesto? —Orrie arrugó la nariz.
—Sí. La gente no sufriría del estómago si no les diera vergüenza tirarse pedos. —Juts le indicó un asiento en el porche, con la seguridad de que semejante explicación conseguiría ofenderla y tranquilizarla a la vez.
Nickel se llevó la mano a la boca y tosió.
—Miss Orrie ¿hay algo que pueda ofrecerle, de comer o de beber? —le preguntó educadamente Nickel.
—No, gracias, no.
—¿Y tú, mamá?
—Deja. Ven aquí fuera y siéntate con nosotras.
Orrie se acomodó en la mecedora blanca de mimbre y Juts y Nickel se dejaron caer en el gran balancín del porche.
—Orrie, estás rompedora.
—Gracias, Julia. Es todo de última moda. Lo lavas y lo tiendes, y ya lo tienes listo para volvértelo a poner.
—Debe de haberle costado una fortuna —la halagó Nickel.
—¿Has hecho alguna reforma en la casa, ahora que tienes a Nickel para ayudarte? —Orrie no sabía cómo hacer para entrar en la casa.
—Pues no.
—Mamá está convencida de que va a volver el estilo de los cuarenta y ha decidido dejarlo todo tal como está — explicó Nickel.
—Y si no vuelve, siempre puedo declararla museo de interés histórico y cobrar entrada —se burló Juts.
—Julia, eres una payasa. —Orrie sentía un genuino aprecio por Julia. Con todo, era la amiga del alma de Louise y no podía romper las reglas. Louise siempre tenía celos de Julia.
—Orrie ¿te has enterado de que Nickel está pensando en trasladarse a vivir aquí? —preguntó Julia con malicia.
—Algo de eso he oído. Me alegraré de volver a tenerte aquí, Nickel.
—Gracias.
Orrie se quedó callada unos segundos, sin saber cómo sacar el tema, y siguió dando rodeos.
—¿Y estás pensando en poner algún negocio?
—Me gustaría reconstruir muchas de las casas viejas que hay por aquí y luego venderlas o hacer reformas para los propietarios. Hay casas preciosas en esta zona y, si la gente no tiene dinero, siempre se pueden hacer trueques. —Nickel estaba entusiasmada. Tras haber decidido volver a sus orígenes, se moría de ganas de empezar.
A Orrie se le abrieron los ojos bajo el pesado maquillaje.
—Me parece estupendo. Me gustaría que Noe estuviera aquí. Te ayudaría. A Noe le encantaba la arquitectura americana antigua.
—Era un buen tipo. —Julia se dio impulso con el pie descalzo.
—Sí. Ya no hay hombres como aquéllos —suspiró Orrie.
—¿Qué quieres decir? —Juts sabía que Orrie había venido con ojos de espía y pensaba distraerla todo el tiempo que pudiera.
—Hombres bondadosos. —A Orrie le encantaba agrupar las cosas en grandes categorías.— Miras la televisión y todo son golpes, topetazos y persecuciones. Los hombres van con trajes de tres piezas y llevan pistola; van en camiseta y también llevan pistola. Violencia. Ser un hombre significa asumir responsabilidades. Creo que los hombres de hoy no se dan cuenta. —Su amplio pecho se agitaba.
—¿No cree que ser una mujer también significa asumir responsabilidades? —le preguntó Nickel.
—Sí, claro. —Orrie hizo una pausa y luego continuó, defendiendo su posición como una leona.— Lo que quiero decir es que cuando yo era joven, las personas se conocían las unas a las otras ¿entiendes? Si un muchacho intentaba actuar como si fuera King Kong, los demás se le reían. Formabas parte de un grupo y te cuidabas de los tuyos. —Las ideas de Orrie eran algo confusas pero el mensaje estaba claro.
—Ahora la gente ni siquiera sabe quiénes son los suyos y si lo saben, no les importa —le dio la razón Julia.
—Y con eso os cargáis de un plumazo a toda mi generación ¿no? —Nickel hizo bailar sus ojos negros.
—No digo eso. Digo que estoy harta de que los hombres se comporten como niños. Un verdadero hombre es tranquilo, responsable y bondadoso —declaró Orrie con gran convicción.
—Tienes razón, Orrie. Mi Chessy, descanse en paz, era un hombre bondadoso. No me importaría que no hubiera muerto en 1968.
—No me extraña que vayas de mano en mano, Nickel. Si yo fuera una chica joven, tampoco me gustarían esos tontos presumidos. —Orrie se dio cuenta de que había metido la pata.
Nickel la conocía lo bastante como para no ofenderse. También sabía que cuanto más viejo te haces, menos esperas que los demás te entiendan.
—Orrie, no todos los hombres de mi edad son tan impresentables. Conozco algunos bastante decentes.
—Ver es creer. —Orrie se cruzó de brazos.
—Al parecer, os tendré que traer algunos hombres, a ver si así dejáis de despedazar a mi generación -—bromeó Nickel.
—¿Conoces a algún japonés? —A Orrie se le iluminó la cara.
—A alguno conozco en Nueva York, y conozco a muchos chinos de San Francisco. De cuando estuve allí trabajando ¿te acuerdas? —Nickel se volvió hacia su madre.
—Me encantan los japoneses. Ya puedes traerme uno —dijo Orrie riendo.
—Mirad qué cielo más bonito. —Julia les señaló el púrpura oscuro que teñía el cielo por el oeste.
—¿Has hablado hoy con Louise? —preguntó Orrie.
—Aún no. He estado casi todo el día fuera. —Julia se volvió a dar impulso. Le costaba reprimirse para no empezar a saltar arriba y abajo.
—Louise cree que alguien ha entrado en su casa. —Orrie juntó las cejas, dos finas líneas de perfilador.
—No me digas. —Julia hubiera podido demostrar un poco más de preocupación.
—¿Le han robado algo? —Nickel, que no sabía nada, sí que se preocupó.
—Que yo sepa, no —dijo Orrie guardándose las espaldas.
Sabía que faltaba algo, pero Louise no había soltado prenda. Habría sido como anunciarlo en el
—No tiene mucho sentido que alguien entre y no se lleve nada —dijo Julia jugando a Sherlock Holmes—. Algunas joyas sí tiene mi hermana, sí señor.
—¿Cómo sabe que ha entrado alguien? —preguntó Nickel.
—Eh... Ha encontrado una almohada debajo de los arbustos del patio trasero.
—Puede que alguien se disfrazara de Santa Claus y luego se la olvidara allí. —Julia ponía todo su empeño en ayudar.
—No había pensado en eso. —Orrie se quedó parada.
—¿En mayo? —Nickel miró a su madre dándose cuenta dique algo tramaba.
—Siempre va bien practicar un poco.
—Bueno, Julia, tengo que volver con Knuckles. Es hora de darle de comer. —Knuckles era el precioso perro de Orrie, de raza akita, una especie de pastor alemán japonés.
—Mantenme al corriente, Orrie. Voy a llamar a Louise enseguida —dijo Julia.
—Ha sido un placer, señora Mojo. —Nickel le puso la mano bajo el codo y la ayudó a bajar los escalones del porche.
Orrie cogió el coche y se fue directa a casa de Louise.
—¿Y bien? —Louise estaba bastante tranquila.
—Nada.
—¿Miraste por la casa?
—Juts me ha dicho que olía mal y no he podido entrar — la informó Orrie.
—Esa hermana mía está detrás de esto, lo sé.
—Exactamente ¿qué te ha cogido? —Orrie no se creía que Louise se preocupara tanto si no le faltaba nada.
—Papeles.
—¿De seguros y cosas así?
—Bueno... No exactamente —dijo Louise saliendo por la tangente.
—Julia me ha dicho que iba a llamarte. ¿Lo ha hecho?
—Sí. Acabo de colgar el teléfono, justo cuando tú entrabas. ¡Toda amabilidad y consuelo!
—¿Qué vas a hacer? —-preguntó Orrie.
—Tendré que ir a verla yo misma o entrar a escondidas en su casa cuando no esté allí. Tengo que pensarlo. ¡Maldita sea! —Louise dijo para sí cinco avemarias a fin de compensar la palabrota. ¿Para qué molestar al cura confesando esas naderías? El pobre ya tenía bastantes cosas en que pensar.

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17 de octubre de 1939

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:33 am

Cada año, los bomberos voluntarios de Runnymede del Norte y del Sur organizaban un baile de la cosecha con el objetivo de pasarlo bien y sacar dinero. Tanto Chessy como Pearlie eran voluntarios de Runnymede del Sur, ya que ambos vivían en la zona de Maryland. Los bomberos del norte se pavoneaban de que con la ayuda de Julius y Napoleón Rife acababan de comprar un coche con una escalera de veinticinco metros de largo, aunque la única cosa tan alta que había en Runnymede era la torre del agua. Los años impares, el baile se celebraba en el norte y los pares, en el sur. Los dos lados ayudaban en la decoración. Sin importar cuál fuera el tema escogido, el departamento de bomberos quedaba atiborrado de papel pinocho, maíz y calabazas.
Aquel año no fue la excepción. Maizie le cogió el esmalte de uñas a su hermana mayor y se pasó horas emperifollándose. Cuando Louise le vio las uñas pintadas se armó la gorda. Mary, una niña tranquila, tardó dos horas enteras en arreglarse un rizo de la frente. Normalmente llevaba calcetines de futbolista, que por entonces hacían furor entre las adolescentes, pero dado lo especial de la ocasión renunció a sus calcetines y se calzó unos escarpines teñidos para que hicieran juego con los guantes y el vestido. Extra Billy le había dicho que iría al baile, pagaría el dólar que costaba la entrada y la sacaría a bailar. Pensar en Extra Billy la emocionaba. A Louise, no tanto. No obstante, siendo una celebración pública, esta vez no temía por su preciosa Mary.
Desde que Sans Souci ganara tanta popularidad, Fannie Jump también acudía a ese tipo de celebraciones. Antes de montar el negocio, nunca había prestado atención a esas reuniones, no porque le parecieran mal, sino porque la aristocracia se mantenía aparte, aunque hiciera donativos.
Había descubierto que disfrutaba mezclándose con gentes de distintas procedencias. A los sesenta y dos años, se sentía más viva y más aventurera que en su juventud. Ella y Hans compartían una mesa con Julia, Chessy, Louise y Pearlie. Mary, que aquel día parecía una jovencita, ponía cara de embeleso mientras bailaba con su padre. Maizie constantemente se entrometía para molestarla. Pearlie, el centro de todas esas atenciones, estaba muy apuesto con su uniforme de bombero. Cora iba dando sorbitos a su cerveza fría y saludaba con la mano a todo el mundo.
—¿Sabéis que Carlotta ha muerto esta mañana? — informó Fannie al grupo.
Louise, que sentía un gran aprecio por su maestra, se contuvo las lágrimas y dijo que ya lo había oído.
—Lo mejor es lo que ha dicho Celeste. —Fannie disfrutaba repitiendo las respuestas de Celeste tanto como oyéndolas por primera vez .— Ha dicho: «A lo mejor ahora es feliz. Carlotta siempre pensó que era demasiado buena para este mundo».
—Celeste siempre ha sido cruel con su santa hermana —replicó Louise.
—Venga, venga, Louise, Celeste ha tenido la decencia de no aparecer en público. No seas tan dura con ella. Esas dos nunca se llevaron bien.
—Carlotta es la única persona que conozco que pueda sentirse culpable de descansar en paz —se chanceó Julia, y luego le dio un codazo a Chessy—. ¿Te acuerdas del texto?
—Creo que sí. —A Chessy, encargado del espectáculo, le daba miedo olvidarse de su papel en la pequeña representación satírica que habían preparado.
—El monumento a los caídos vuelve a estar lleno de neumáticos viejos —dijo Fannie riendo.
—No sé quién puede ser que los ponga —se extrañó Louise—, Siempre lo hacen antes de las grandes fiestas o de las celebraciones patrióticas.
—El caucho dura más que las flores y los neumáticos son redondos como las coronas —se rió Juts.
—Julia, no es cosa de risa —le advirtió Louise. Pearlie la cogió de la mano y la arrastró hacia la pista de baile.
—Ahí viene el novio de Mary —canturreó Maizie en un tono de burla infantil.
—No seas tonta. —Mary levantó la nariz.
—¿La banda del callejón del gas? Espero que no. Los muy descerebrados se colocan aspirando cola a través de una tela —les informó Hans.
Ev y Lionel, Orrie y Noe estaban en la mesa de al lado, ya que la pandilla no había encontrado una mesa lo bastante grande para que cupieran todos. Ev hizo bocina con las manos.
—Juts ¡qué de gente, eh!
—Sí, es el mejor baile de la cosecha que ha habido, y espera a ver el espectáculo. Chessy ha escrito una farsa, y Pearlie también actúa, porque el que hacía de yanqui se ha puesto enfermo y ninguno de los muchachos del norte quería sustituirle.
—Cora ¿alguna vez habías visto tanta gente? Mañana no habrá nadie levantado antes de las doce. —Fannie hizo entrechocar los vasos.
—Ya se sabe que la mitad de Runnymede se acuesta antes de las once y la otra mitad nunca duerme —dijo Cora guiñándole un ojo, porque Fannie pertenecía a la segunda categoría.
Orrie se abrió paso entre el bullicio para decir al oído de Juts: —¿Has visto a Beulah Renshaw? Diría que no sabe que el viejo Ben la está engañando con esa Sweigart.
—Claro que se acuesta con Sweigart —se apresuró a contestar Julia en un susurro—. Beulah no se casó con un marica.
Extra Billy, que ya iba algo tibio, se acercó a Mary, que reunió toda su voluntad para hacerse la distraída.
—Hola, Mary.
—Oh, hola, Extra Billy. No te había visto con toda esta gente.
—¿Quieres bailar?
—Claro. —Mary se levantó de la silla con increíble rapidez.
En la pista de baile, Louise vio a su hija con Extra.
—Pearlie, quiero que la separes de él.
—Louise, déjala.
—Ese chico no tiene nada de bueno.
—Está alocado. Es la edad. Seguro que era de los que metían patatas en los tubos de escape de los autobuses Rife.
—Pearlie, aprovechando el baile, hizo girar a Louise.
—Me da lo mismo. Después de este baile, le dices que se ha acabado. Para algo eres su padre.
—Está bien. Está bien. Pero ahora, bailemos.
Ev, Lionel, Noe y Orrie habían juntado las mesas, aunque se suponía que no podían hacerlo, y ahora todos cotorreaban de lo lindo.
—Mirad, ahí va Dislexia, la niña de Patience. Nunca me olvidaré del día que se sonó la nariz en la iglesia a través del velo. Hasta el predicador se quedó sin habla. —Orrie se rió a carcajadas de su propio cuento.
—Como la vez que uno de los chicos del callejón del gas puso en el tablón de anuncios de la iglesia, sí, en la misma fachada de la iglesia luterana, «Jesús ahorra. Moisés invierte.»29. —Ev arrugó la nariz.
—Hola, Bumba. —Fannie agitó la mano en dirección a Bumba Duckworth. —Buen tipo, pero vaya vieja gloria.
—¿Qué? —preguntó Julia inclinándose hacia ella para poder oírla entre el barullo.
—Es una vieja gloria, tan feo que tienes que taparle la cara con una bandera para follártelo —soltó Fannie.
Minta Mae Dexter pasó por allí justo cuando Fannie pronunciaba ese verbo malsonante. Se paró y se la quedó mirando para mayor efecto, pero antes de que pudiera empezar con el discurso puritano, Fannie le preguntó con sarcasmo: —¿Dónde está tu bandera, Minta Mae Dexter? ¡No me digas que las Hermanas de Gettysburg hoy no aprovechan para promocionarse! Furiosa, Minta se fue dando zancadas.
Toda la mesa estalló en carcajadas. En la pista de baile, Louise frunció el ceño. Odiaba pensar que se estaba Perdiendo algo, sobre todo si había posibilidad de ofenderse. Extra Billy bailaba agarrado a Mary. Maizie no paraba de moverse en la silla. En la frontera entre la niñez y la adolescencia, pasaba sin transición de comportarse como un bebé a actuar como una adulta. La música se detuvo. Bill retuvo a Mary en la pista, esperando la siguiente canción. Louise dio la lata a su marido todo el camino de vuelta a la mesa, así que Pearlie la acompañó hasta su asiento y regresó a regañadientes a la pista de baile.
—Cariño ¿quieres bailar ésta conmigo?
—Oh, papi, no. Bill me lo ha pedido primero.
Fastidiado, Pearlie se quedó pensativo.
—Guárdale la siguiente a tu viejo padre. ¿De acuerdo? Louise se crispó. Pearlie volvió a la mesa y le dijo que se calmara. La próxima canción bailaría con él.
A Extra Billy le atraía Mary, con toda la intensidad de la que era capaz. Su prepotencia e inocente brutalidad eran producto de una combinación de estupidez y del hecho de que nunca, ni una sola vez, se paraba a pensar cómo se sentiría de estar en el lugar del otro. Mary, para él, representaba a la clase alta. El callejón del gas era lo más bajo que se podía caer en Runnymede. Acabada la pieza, acompañó educadamente a Mary de vuelta a la mesa y ella le presentó al tropel de conocidos, tras lo cual se fue a reunirse con sus crecientemente borrachos compañeros y se echó al gollete dos copas seguidas, para recuperar el tiempo perdido.
No habían pasado más de quince minutos, cuando volvió a acercarse a Mary, que se moría por bailar con él, pero Louise arrugó la nariz y en pocas palabras le dijo que se perdiera.
—Louise, déjala bailar —intervino Juts.
—No necesito que me des consejos sobre cómo criar a mis hijas, cuando tú ni siquiera tienes. —Louise, que ya estaba caliente, la tomó con Juts.
—Como quieras, hermana. —Julia decidió no hacerle caso.
Extra Billy, que ya llevaba una buena curda, hizo las delicias de sus astrosos compañeros con la hazaña de dar un buen trago de whisky, ponerse una cerilla en la lengua y soplar el líquido en llamas. Luego, se apresuró a apagarlo con cerveza fresca. Su baladronada a lo dragón recibió un aplauso entusiasta.
Un redoble de tambor advirtió al público de que iba a empezar el espectáculo. El jefe de bomberos de Runnymede Norte anunció el orden de las actuaciones con voz cansina. El primer acto era una demostración de habilidades, con una generosa intervención de las esposas de los bomberos. Eva Skolowski interpretó con su voz de pájaro una apasionada versión de «Todo pasa». Otra de las esposas bailó con patines de ruedas para admiración de todos. Chessy y Pearlie sudaban entre bastidores. Iban a interpretar una farsa sobre los dos departamentos de bomberos, en el que salían todos los peces gordos. Nadie se enfadaría porque no era más que una mofa divertida sin otro objetivo que el de pasarlo bien. La precaria tarima retumbaba bajo el vapuleo de los patines de Tessie Trenton. Cuando al acabar abandonó el escenario con una última carrera, se produjo un momento de indecisión, unos segundos que resultaron decisivos.
—¡Eh, yo también sé hacer algo! —dijo Extra subiendo a gatas a la tarima.
Mamado como estaba, consiguió ponerse en pie todo lo alto que era. A Mary se le abrieron los ojos. Louise no perdió esa oportunidad de oro para violentar a su hija preguntándole si no veta que era un beodo despreciable. Fannie, Juts y el resto del grupo miraban con la boca abierta.
—¿Qué está pasando ahí, Pearlie? —Chessy se recompuso el bigote postizo.
496
—Ese Extra Billy Bitters se ha subido al escenario.
—No sabía que participaba en la demostración de habilidades.
—No participaba —le dijo Pearlie.
—¿No? —Chessy descorrió la cortina para verlo con sus propios ojos.— ¿Dónde está el jefe? ¿No es él quien dirige?
En ese momento, el jefe ponía todo su ardor en decirle a la patinadora que tenía un gran futuro por delante. Al fin y al cabo, Ginger Rogers aparecía en una película bailando con patines. Tuvo que interrumpir los cumplidos cuando llegó a avisarle uno de los muchachos del norte. El jefe se estiró los bordes de la chaqueta, sacó pecho y se fue hacia el escenario.
—¿Chessy?
—¿Qué?
—Me he olvidado de qué tenía que decir.
—Fuego.
—Fuego... fuego... fuego... —Pearlie se repitió a sí mismo.
Extra Billy, joven, alto y fuerte, alargó el brazo para mantener a distancia al sustituto del envejecido Lawrence Villcher, el jefe Ackerman, de escasa estatura, mediana edad y medianas fuerzas.
—¡Mirad esto! —aulló Billy.
Se metió un buen trago de whisky, se encendió una cerilla en la suela, dando saltitos sobre el otro pie para impedir que Ackerman se le acercara, y se la llevó a la boca, de la que salió un potente chorro de fuego. El público contuvo el aliento. Extra Billy, subido en el escenario, estaba a la altura del papel pinocho, y el material se incendió en un abrir y cerrar de ojos.
—Fuego —repitió Pearlie.
—¡Fuego de verdad! —Chessy corrió hacia el escenario, con Pearlie a un paso tras de él.
—¡Fuego! ¡Las mujeres y los niños primero! —bramó el jefe de bomberos, contrayendo su cara de bollo.
Chessy derrumbó al tambaleante Bill de un golpe bien calculado, se lo echó sobre el hombro y corrió por detrás del escenario hasta dejarlo a salvo en el callejón. Mientras, Pearlie repetía su breve papel en la farsa.
Las llamas de las montañas de papel pinocho alcanzaron el techo. Los bomberos mantuvieron la sangre fría e hicieron salir ordenadamente a todos los asistentes, lo que les llevó sus buenos ocho o diez minutos. El jefe Ackerman apretó el acelerador del nuevo coche de bomberos, con su escalera de veinticinco metros. El coche era tan condenadamente largo que embarrancó al dar marcha atrás alrededor de la esquina para acercarse más a la boca de incendio. Chessy, que ya estaba afuera y se había reunido con su esposa y el resto de la familia, se dio cuenta del problema.
—Pearlie, busca a Doughtery. El tiene las llaves.
Pearlie encontró a su hombre y los dos corrieron hacia el coche de Chessy, que salió disparado hacia el puesto de bomberos de Runnymede Sur. El pequeño y viejo coche de bomberos tosió un poco antes de arrancar, pero enseguida dejaron atrás el puesto, con Chessy al volante, y llegaron a tiempo para salvar la mitad del tejado. Mientras los muchachos del sur recogían su equipo, Chessy, con el casco de bombero puesto, dio una palmada en la espalda al apenado jefe Ackerman.
—Aparte de eso, el coche nuevo es precioso.
Cuando todo hubo pasado, Extra Billy tuvo que ayudar a reconstruir el techo en sus ratos libres. Los bomberos no le dejaron un respiro para que rondara a Mary y Louise respiró aliviada pensando que con aquello quedaba zanjado el problema.

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1 de marzo de 1940

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:33 am

Celeste había tomado la prudente decisión de quedarse a pasar el invierno en Runnymede en lugar de ir a Europa. Envuelta en una chaqueta de seda granate con bordados de incrustación a juego con los pantalones, estaba tan elegante que se hubiera dicho que salía de una de las películas de su hermano. Fannie Jump se dejó caer en la silla y cogió el mazo de cartas.
—¿Gin? —preguntó Fannie.
—Ya te sale el aguardiente por los poros —le advirtió Celeste.
—Hay más borrachos viejos que médicos viejos. Quiero decir el juego del gin.
—Hecho. Antes de que empecemos ¿te apetece tomar algo? —inquirió Celeste.
—Cora, creo que no me iría mal una de tus deliciosas tazas de té —dijo Fannie en dirección a Cora, que pasaba en ese momento por el salón.
—Marchando. —Cora se fue hacia la cocina.
—¿Echas de menos no haberte ido a Europa esta temporada?
—Sí y no.
Celeste no quitaba ojo a Fannie mientras repartía. Tenía la soltura de un crupier profesional y repartía cartas de debajo del mazo a la misma velocidad que las de arriba. No podías distraerte ni un segundo.
—No ha pasado nada desde lo de Polonia. A lo mejor se olvidan y vuelve cada uno a su casa.
—Nadie ha dejado su casa aparte de los alemanes — replicó Celeste.
—Inglaterra y Francia declararon la guerra. —Fannie se puso a cantar «Domina Britania, Britania domina los mares».
—¿Renunciará Britania a sus normas?
—¿Qué? —Fannie perdió su concentración de crupier.
—Olvídalo. Sería mejor que no te vistieras de rosa. Pareces una salchicha.
La crítica de Celeste tenía cierta razón de ser. Fannie miró hacia abajo pasando los ojos sobre su abultado pecho.
—Me podría vestir de negro y amarillo y parecer un abejorro.
Cora reapareció llevando una bandeja con té, pastas y canapés. Los reordenaría en cuanto el juego se pusiera emocionante.
—Aquí tienen las señoras.
—Gracias. —Celeste sonrió; le encantaban las conspiraciones.
—Sí, mil gracias, Cora. —Fannie se metió un pastelito en la boca. —Puede que los alemanes no se retiren. Los nazis tienen mucha fuerza.
—La fuerza no puede sustituir eternamente a la maña. — A Celeste se le ensancharon las aletas de la nariz.
—La pobre Fairy no tenía ni la una ni la otra. —Fannie estudiaba sus cartas.
—Quizá nunca lo sepamos. No pasa un día sin que piense en ella por lo menos una vez, y en mi hermano Spotty. Cuando realmente has querido a alguien, siempre está contigo.
—Yo también pienso en Fairy, pero en cambio nunca me acuerdo de Creighton. —Fannie bebió un poco de té.
—Espero que no entremos en guerra. Tanta destrucción y muerte para que alguien pueda cantar un nuevo himno nacional.
—Mary Baker Eddy fue responsable de más muertes que el Káiser. —Celeste sonreía maliciosa.
—Si al final estalla la guerra es que son unos idiotas, todos ellos —dijo Fannie echando una carta.
—La lógica parece haber quedado tan obsoleta como los candiles; queda tan poca gente que la utilice.
—¿Mm? —Fannie estaba concentrada en el juego.
—Digo que es iluso esperar que las personas o las naciones actúen razonablemente. Dado el horror de la última guerra, los países tendrán que hacer un notable esfuerzo por superarse a sí mismos en ésta. Luego nos lo presentarán como un gran progreso. —La fría voz de Celeste retumbaba.
—Sólo espero que nos mantengamos al margen. — Fannie observó el descarte de Celeste.
—Son los tontos, no los listos, los que traen la desgracia —dijo Cora tranquilamente mientras redistribuía los canapés.
—Me temo que tienes razón. —Fannie se sirvió un poco más de té de la gran tetera de plata dispuesta en la bandeja.
Un descendiente de Madame de Récamier, una bolita de pelo gris azulado, entró en la habitación. Cora le rascó las orejas.
—¿Sabíais que los gatos gobernaban la tierra hasta que enseñaron a los hombres a hacerlo por ellos? —Celeste sonreía.
—Dime ¿cómo es que no viniste ayer a la fiesta de eneficencia de las Hijas de la Confederación? —Fannie cogió una carta del mazo.
—Mis ojos necesitaban descansar del brillo de las lentejuelas.
—Tendrías que haber visto la cantidad de gente acudió, Celeste; maridos, hijos, nosotras. Las Hermanas de Gettysburg no sé cómo haremos para superarlas.
—Debía de parecer una convención de tus ex amantes
—Celeste reía.
—No seas insolente —contestó Fannie.
—¿Eso no es el presente de cabrona?
—Eres mala, como solía decir Fairy. —A Fannie le encantaba Celeste cuando estaba en esa vena.
—¿De verdad? Yo siempre me he considerado descarado, mente neutral. —Celeste hizo una pausa y luego sonrió triunfante.— Gin.
—Mierda. —Fannie se levantó a prepararse una copa —Cora se ha quedado frita en el sofá.
—La batalla con Louise por lo de Mary y Extra Billy la ha dejado agotada. —Celeste miró a Cora. Y ahora ¿cómo iba a ganar?
Fannie volvió a la mesa de juego con la copa llena hasta el borde de aguardiente.
—¿Ya sabes, no, que Diddy Van Dusen dirige la academia Inmaculada desde la muerte de su madre?
—Por lo que respecta a la descendencia, Carlotta sólo consiguió un insípido e indeseable espécimen. Espero no volver a tener noticias de Diddy Van Dusen.
—No seas tan dura con ella, Celeste. Todavía se está recuperando de su niñez. —Fannie iba cogiendo sus cartas a medida que Celeste repartía.
—¿A los treinta y siete?
Fannie se puso a ordenar las cartas según los palos y los números, lo que podía llevarle algunos minutos.
—Louise debe de estar que se sube por las paredes con todo ese lío de Extra Billy. Listerine tendría que contratarlo para hacer un anuncio delante del puesto de bomberos de Runnymede Norte.
—Muy bueno, Fannie. ¿Por qué no lo envías tú misma al Trumpet o al Clarion bajo un nombre falso?
—No estaría mal. —Los ojos de Fannie brillaron de malicia.— A Mary no parece haberle afectado mucho la academia, pero Maizie creo que piensa seguir los pasos de la madre Cabrini.
—Si Louise se callara, Mary se olvidaría de ese bárbaro a su debido tiempo. Tal como están las cosas, es una cuestión de honor no ceder ante Wheezie.
—Alguien tendría que advertir a Mary que antes de encontrar al príncipe azul has de besar unos cuantos sapos.
—Fannie echó un dos de corazones.
—Tú deberías saberlo.
—Maldita seas, Celeste.
—Ahora que Carlotta está muerta y enterrada, veremos a Louise iluminarse periódicamente con la llama de Pentecostés.
—Celeste puntuaba las palabras con su elegante voz, animando su discurso y quizás haciéndolo más gracioso de lo que realmente era.
—Si por lo menos hubieras enviado a Louise a la escuela Fox Run para señoritas. La mujer se pirra por los convencionalismos, pero allí al menos se habría apasionado por los caballos y no por Jesucristo.
—Mea culpa. —Celeste se dio un golpe en el pecho.— Esa carta que has echado es muy sospechosa. —Sin su código, Celeste no las tenía todas consigo. Fannie disfrutaba de las mismas posibilidades de ganar que ella.
—Son mis cartas, Chalfonte. Hago lo que quiero. Dios, ese Bill Bitters es tan atractivo como una cagarruta de cabra.
—Cierto, pero tú y yo no nos educamos bajo la mirado de una madre dominante. Me temo que Mary se rebele por el método de la mínima resistencia. —Celeste suspiró.
—¿Cuál es ese?
—Su cuerpo. Cada vez que una jovencita quiere liberarse sin tener que pensar demasiado, se queda embarazada y se casa. Voilà.
—¿Pero cómo, ya acabas? —Fannie se asustó.
—He dicho voilá, no gin. —Celeste se agitó en la silla —Sírveme una taza de té ¿quieres?
—¿Ramelle volverá pronto?
—A finales de mes.
—He oído que Spotty sale en la portada de esas horribles revistas de cine.
—Sí.
—¡Gin! —Fannie puso sus cartas sobre la mesa de un golpe.
—Mierda. —Celeste arrojó las cartas al centro de la mesa de madera taraceada.
—Mi turno. —Fannie recogió las cartas encantada de la vida. No ocurría a menudo que ganara a Celeste. Sabía que le hacía algún tipo de trampa pero nunca había conseguido descubrir su sistema. Fannie carecía de la sutilidad necesaria para imaginarlo siquiera.
—Grace me ha enviado el último libro de Sigourny Romaine, Artemisa resucitada. ¿Tú también lo has recibido? —le preguntó Fannie jubilosa. El tema siempre conseguía sacar de quicio a la bella Celeste. La irritaba ya en Vassar y la seguía irritando entonces.
—Naturalmente. Me imagino a Sigourny revolcándose en los laureles de pacotilla de su triunfo literario. La heroína de París. Es analfabeta en dos idiomas, el nuestro y el suyo.
—¡Bah, bah!
—La peor de todas las frases del libro es: «Batía sus alas contra mi pecho como un ángel vengador». Bobadas romanticonas. —Celeste echó con furia una carta sobre la mesa.
—¿El pecho de Grace en Vassar no batía contra el tuyo tomo las alas de un ángel vengador? —preguntó Fannie con vocecilla de infantil inocencia.
—Fannie ¡qué bajo has caído! —dijo Celeste en un murmullo.
—No, encanto, fuiste tú la que cayó debajo de ella ¿o estabas encima?
—Era muy joven.
—No eras tan joven cuando tuviste aquella aventura salvaje con Clare en el mismo París —insistió Fannie.
—Una chiquilla. Acabada de salir de la universidad. ¿Y tú? ¿Cuántas pollas te comiste tú en aquel viaje por Europa?
Fannie abrió la boca, estupefacta.
—¡Hic! —la castigó con su nombre juvenil—. Eres demasiado bonita para describirte pero no para censurarte.
—Hasta los dioses hacen el tonto en cuestión de amores.
—La única forma de juzgar una aventura amorosa es ver qué dicen los participantes al cabo del tiempo —gruñó Fannie cogiendo una carta del mazo.
—He tenido muchas aventuras. Era mi deber para con mis biógrafos. —Celeste cogió la carta que Fannie acababa de echar al bote.
—¡Ja! Sabía que mantenías un rescoldo encendido en Francia —dijo Fannie encantada de tener una prueba de alguna flaqueza moral por parte de Celeste.
—Ya soy muy vieja para que me importe. Es verdad. El amor de Ramelle por Curtis al principio me conmocionó. Pensé que era bueno para ella y que no debía dejar que eso me hiriera pero necesitaba saber que todavía era atractiva para alguien.
—Ramelle te adora, te adoraba y te adorará siempre,
—Fannie se llevó la copa a los labios.
—Una mujer de buen gusto, Ramelle. —Los labios de Celeste se curvaron hacia arriba.— Pero en aquel tiempo ya hacía años que estábamos juntas. Necesitaba un nuevo lance.
Y tuve una aventura, frívola, ligera y luminosa.
—¿Sin remordimientos? —inquirió Fannie.
—Sin remordimientos —confirmó Celeste—, ¿Y tú?
—En absoluto. Ojala pudiera ser de nuevo una niña y volver a vivirlo todo otra vez.
—Si existe la reencarnación, podrás hacerlo.
—¿Tú crees en esas cosas?
—No, pero tampoco las niego. Me gustaría renacer como rinoceronte. Tienen la piel muy gruesa.
—Grace no quiso volver a acostarse contigo después de conocer a Sigourny ¿verdad?
—No, la muy tonta. —Celeste estudió sus cartas y anunció con voz dulce—: Gin.
—Maldita sea.
—En cuestiones de sexo —dijo Celeste mirando a Fannie mientras barajaba—, las mujeres carecen del mínimo buen sentido.
—A nosotras, no nos ha ido tan mal.
—Somos la excepción que confirma la regla. —Celeste volvió a repartir.
—Bueno, nunca he sido una de esas criaturas que piensan que el camino hacia una verdad más alta pasa por su vagina —dijo Fannie con voz cansina.
—¡Así se habla!
—¿Sabes lo que siempre me ha molestado más de Sigourny?
—¿Qué? —preguntó Celeste.
—Que se las dé de ser una mujer que se ha hecho a sí misma.
—Es noble por su parte aceptar la culpa. Sigourny Romaine es una cura de burro contra el esteticismo.
—¡Por la gente como nosotras! —Fannie cogió la copa y brindó con Celeste.
—Estoy pensando en organizar una fiesta en defensa de los valores occidentales. —Celeste introdujo el nuevo tema para aturdir a Fannie.
—¿Y eso?
—¡Gin! —Celeste había vuelto a derrotar a Fannie.
—¡Mala suerte! Ya verás la próxima —dijo Fannie subiendo la voz.
Cora se despertó y oyó la expresión «mala suerte»,
Todavía adormilada, les dijo: —La buena suerte y la mala suerte son como la mano derecha y la mano izquierda. Necesitas las dos.
Celeste, exultante por su pequeña victoria, sonrió.
—Cora, estás escandalosamente cuerda.

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11 de septiembre de 1940

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:34 am

Cora se mecía en el porche mientras limpiaba mazorcas tiernas de maíz blanco. Julia subía por la cuesta de vuelta del trabajo, más tarde de lo habitual.
—Hola, cariño.
—Hola, mamá. —Juts se derrumbó en la vieja silla de mimbre que había junto a la mecedora.
—Mira que maíz más jugoso. —Cora parpadeó al ver que una regordeta araña del maíz le saltaba encima desde la panocha.
—¡Ja! —Julia cogió una mazorca y le retorció las barbas para arrancarlas.
—Me han entrado ganas de comer sopa de pollo y maíz. ¿Te apetece?
—¿Quieres que vaya a buscar huevos y perejil?
—Descansa. Pareces cansada.
—Ha sido uno de esos días horrorosos. Toda una tintada se ha estropeado. ¿De qué sirven unas cuantas toneladas de cinta naranja manchada?
—Nunca sabes cuándo puedes necesitarlas. —Cora sonrió
—Louise está que se sube por las paredes. ¿Pues no volvieron a armarla anoche?
—Eso he oído.
—Extra Billy le dio tal golpe a Pearlie que tuvieron que despegarle de la pared —dijo Julia.
—Fatal. No van a conseguir parar los pies a esa niña. Más les valdría dejarla estar. —Cora siguió meciéndose.
—Quien con niños se acuesta, meado se levanta. —Juts le cogió el cuchillo a su madre.
—No te digo que no, Julia, pero si Mary le quiere...
—Tal como van las cosas en Europa, a lo mejor entramos en guerra y así nos deshacemos de Extra Billy.
—No hables así. Todo el mundo tiene algo bueno. —En la frente de Cora se dibujaron pequeñas arrugas.
—Mamá —dijo Julia con voz resignada. Si Cora decía algo, ella lo creía a pies juntilla.— Ese patito feo no va a dejar de ser un patito feo. En eso le doy la razón a Louise, no hay por dónde cogerle.
—Si estuvieras más atenta a tu trabajo no te daría tiempo de meterte en los asuntos de tu hermana. —Cora se quedó mirando a una gallina que pasó por delante del porche seguida de sus pollitos, que parecían borlas de diente de león con patas.
—Echo a faltar la música de Idabelle.
—Era una mujer muy dulce, pero a todos nos ha de llegar la hora. —Cora se puso de pie y se sacudió el delantal.
—Hoy me he encontrado con Orrie Tadia Mojo. Llevaba la marea alta.
—¿Qué? —preguntó Cora.
—Parecía que se le hubieran encogido los pantalones.
—Los ojos de Julia traicionaban su expresión solemne.
—Pásame esas mazorcas, anda.
Julia le acercó el maíz a su madre, que desapareció en el interior de la casa para volver al cabo de cinco minutos.
—¡Vaya rapidez!
—Lo tenía todo preparado. Sólo me faltaba el maíz. Aquí tunes, te he traído un poco de limonada.
—Gracias —dijo Julia cogiendo el vaso alto—. Con todos los problemas que está teniendo con Mary, Louise no va a dejar pestañear a Maizie. Acabará metiéndola en el convento.
—Si Maizie va, será porque ella quiera.
—No es fácil enfrentarte a tu propia madre. —Julia suspiró.
—¡Vaya hombre! Nunca pensé que te oiría decir eso, Julia Ellen Hunsenmeir. —Cora se meció con más fuerza.
—Ahora que ya no puede entrar en las Hijas de la Revolución Americana, se meterá de cabeza en las Hijas Católicas de América. —Julia, que prefería considerarse la hija perfecta, decidió hacer caso omiso del comentario de su madre.
—Pobre Louise. —Cora levantó la vista hacia el sol haciendo visera con la mano. —Con todo el trabajo que se ha tomado para averiguar los orígenes de la familia.
—Para al final descubrir que somos hessianos sobrantes.
—Julia dejó escapar un grito de guerra.
—Es extraño. —Cora se frotó un codo.— Es como si me hubiera quedado mojándome en la lluvia y me hubiera oxidado.
—¿Tienes achaques? —bromeó Julia.
—Espera y verás. Ya te acordarás de tu vieja madre cuando seas vieja —dijo Cora echándose hacia adelante para tocar el brazo de Julia.
—Los corazones alegres viven más tiempo. Tú vivirás para siempre. —Julia cogió la mano de su madre.
—Sería fantástico. —Cora se fijó en la vieja bañera redonda de madera, ahora rebosante de pensamientos con manchitas negras. No se cansaría nunca de contemplar la naturaleza. —Te digo una cosa, estoy preparada para marcharme cuando llegue la hora. No tengo ningunas ganas de dejar atrás el sol, las flores y a vosotras, pero detrás de mí ya vendrá otra cosecha.
—No hables así, mamá.
—Cariño, todos tenemos que enfrentarnos a la muerte un día u otro. Es mejor tener el alma preparada que irse rabiando.
—Yo no estoy preparada para que te vayas, ni para irme yo. Tendríamos que llegar a los cien, por lo menos. —Julia hablaba un poco demasiado alto, quizás para ahuyentar a la muerte en caso de que rondara por allí.
—Escucha a tu madre y prepara tu alma. Si estás en paz contigo misma, el mundo es hermoso. Es así de extraño, cuando estás dispuesta a marcharte, a renunciar a todo, entonces el mundo... te sonríe. —Cora echó los brazos hacia atrás en un gesto expansivo.
—Sería más fácil si dejara algo detrás, pero no tengo hijos —dijo Julia bajando la voz.
—Todavía eres joven —la tranquilizó Cora.
—Mamá, cumpliré treinta y seis en marzo.
—Tienes tiempo.
—Hoy, al salir del trabajo, he ido al médico, por lo de tener hijos. —Julia jugueteaba con el dobladillo.— Me ha dicho que no me pasa nada. Puedo tener hijos.
—Ya lo sabía.
—Pero eso quiere decir que algo le pasa a Chessy.
Cora guardó silencio.
—Seguro. Si no, después de tanto tiempo, ya habríamos tenido un hijo —continuó Julia.
—Envíale al médico —le aconsejó Cora.
—Me da miedo decírselo.
—Por Dios, es tu marido. Si no puedes hablar con tu marido ¿de qué te sirve estar casada?
—Iría. Sí que puedo hablar con él, pero me da miedo saber la verdad y me da miedo no saberla. —Julia se mordió el labio.
—Habla con Chessy. No es ningún mírame-y-no-metoques. Hará lo que tenga que hacer.
—Tienes razón.
—¿Has pensado que podría resultar ser verdad? ¿Qué pasaría si no pudiera tener hijos? —la tanteó Cora.
—No hay nada que yo pueda hacer. No puedo echar la culpa al termómetro por la temperatura —contestó Julia.
—El mundo está lleno de niños que necesitan alguien que les quiera y les cuide.
—¿Adoptar? —Julia estaba sorprendida.
—¿Por qué no? No es el parto lo que hace a una madre, sino la educación del hijo —le aseguró Cora con firmeza.
—¿Y Chessy? Los hombres quieren hijos propios. No creo que sean como las mujeres. Quiero decir que a las mujeres les gustan los niños pero los hombres necesitan que sean suyos para quererles.
—Tonterías. ¿De verdad crees que Chessy Smith es así de egoísta?
—No.
—¿De dónde sacas esas ideas?
—Louise me lo dijo. Al fin y al cabo, ella es madre.
—Y la gata de casa también. ¿Todos estos años educándote y todavía te preocupa una cosa así? Las personas no son como las uvas, muchacha, no puedes pesarlas a racimos. Cada uno es cada uno. Habla con Chessy y verás qué rápido lo arreglas.
—Bien. Pero si es cosa de él, no pienso ir a la plaza de Runnymede y quedarme con el primer niño que vea —dijo Julia desafiante.
—Eso espero.
—Cuando llegue el momento, lo sabré.
—Como con cualquier otra cosa. Tendrás un presentimiento.
—Cora se levantó de la silla y se llevó las manos a los riñones. — Voy a ver cómo está la sopa.
—Vale.
—Y a todo esto ¿dónde anda Chessy? —preguntó Cora abriendo la contrapuerta de rejilla.
—Al pasar por el almacén me ha dicho que estaría aquí en cosa de veinte minutos, pero ya sabes cómo es Chessy. Si dice veinte minutos, tanto pueden pasar veinte minutos como diez días.


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7 de diciembre de 1941

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:40 am

Louise, agotada por las preparaciones para la boda, finalmente se dejó caer en el banco junto a Pearlie. Julia, Chessy y Cora se sentaron en el banco de detrás. Aunque Mary no cumplía los dieciséis hasta enero, las cosas habían progresado de tal manera que Louise no tuvo otro remedio que dejar que la chica se casara para evitar que lo ocurrido fuera evidente para todo el mundo. La caída en desgracia de
Mary había fortalecido la decisión de Louise de nunca, jamás, dejar que Maizie se le fuera de las manos. Durante la simple pero bonita ceremonia, Louise, todavía furiosa, olvidó el decoro y susurró al oído de su marido: —Ella no valdrá un puñado de cominos y él no valdrá un meado de gato.
Pearlie, ya que no podía taparle la boca, le apretó la mano.
Mientras la novia y el novio bajaban los escalones de la iglesia, todos les esperaban con puñados de confeti y de arroz.
—¿Por qué se tira arroz? —gruñó Louise mirando a Julia—. Vaya manera de desperdiciar la comida.
—Se supone que para desearles fertilidad —contestó Julia preparándose para disparar.
—Parecen gusanos. —Louise dejó caer el puñado al suelo. Sentía que ella era el algo viejo, el algo prestado y el algo triste. Por lo que respectaba al algo nuevo, no se le ocurría qué pudiera ser.
Hasta que Mary y Extra Billy no salieron carretera adelante en un viejo Plymouth que arrastraba latas de conserva, los invitados no supieron qué era ese algo nuevo. Los japoneses habían bombardeado Pearl Harbor. El padre Dan había sabido la noticia justo antes de salir a oficiar la ceremonia pero pensó que era mejor guardarse las malas noticias hasta que los recién casados se marcharan. Extra Billy se enteró en cuanto encendió la radio del coche. A las ocho de la mañana del día siguiente estaba en la cola para alistarse. Chessy Smith e incluso Pearlie fueron a la oficina de reclutamiento. Pearlie quería reengancharse en la marina y Chessy dijo que iría dónde le necesitaran. Ted Baeckle recordó la ya lejana conversación con Louise y Julia, y les dijo que ya pasaban de la edad. En cambio, les sugirió que colaboraran en el servicio civil de vigilancia del cielo y les aseguró que si no se alistaban suficientes hombres jóvenes, les cogería.
Cuando Louise se enteró de lo que había hecho Pearlie, le dio tal ataque de nervios que arrancó las cortinas de las ventanas y el teléfono de la pared. No era bastante que Mary les hubiera dejado por ese patán, que ahora su marido quería abandonarla.

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27 de marzo de 1944

Mensaje por Admin el Miér Jun 21, 2017 9:42 am

—¡Madre, esto es una desgracia! —Louise entró por la puerta trasera de casa de Celeste con tal ímpetu que de poco la saca del quicio.
—¿El qué? —Cora estaba cubierta de harina.
—¡Rillma Ryan está embarazada!
—Por Dios, no me quedan fuerzas para preocuparme de esas cosas.
—A mí, sí. ¿Qué pasa con el buen nombre de la familia?
—¿Crees que lo dejaste como una patena sólo porque casaste a Mary en el último momento?
—Esa unión está santificada a los ojos de Dios Todopoderoso —respondió dolida.
—En mucho valoras un puñado de palabras.
—Madre, no es natural que una hija tenga que dar lecciones de moralidad a su madre.
—No. ¿Por qué no cierras el pico y te tranquilizas?
—¿No piensas hacer nada? —Louise tenía los ojos fuera de las órbitas.
—Cuando Rillma llegó de Charlottesville nos vino a visitar tal como debía y nosotros, tal como debíamos, le buscamos un trabajo y un bonito lugar en el que vivir. Viene
a vernos más o menos una vez al mes y lo que haga con su vida es cosa suya. —Cora golpeó la masa contra la mesa.
—Es tu sobrina. Eres responsable de ella. —Louise se sentía ultrajada.
—Hace años que no veo a Hannah. Mi madre volvió a casarse cuando yo ya vivía fuera. Hannah es quince años más joven que yo. Mi madre se instaló en Charlottesville, crió a Hannah y murió. Hannah se casó, crió a Rillma, y ahora Rillma se prepara para criar a otro.
—Es una desgracia.
—Tener un niño no es ninguna desgracia. Es natural.
—Cora siguió golpeando la masa.
—Fuera del matrimonio, es una desgracia. De lo más vulgar.
—Sólo por tener un nacimiento regular nadie te asegura que no vayas a ser vulgar. —La corpulenta mujer miró a su hija con picardía.
—Por lo que sabemos, el padre podría ser negro retinto.
—¿Qué importa que el gato sea blanco o negro, mientras cace ratones? —le respondió Cora con paciencia. Julia abrió la puerta, entró y se sacudió el barro de las botas. Antes de que pudiera barrerlo, Louise la increpó: — ¿Ya sabes que Rillma está embarazada, verdad?
—Me alegro por ella. —Julia buscaba la escoba.
—Eres tan ligera como mamá.
—Soy hija de mi madre —respondió recogiendo cuidadosamente las pellas de barro—. Feliz cumpleaños, te he traído un regalo.
—¿Cómo puedes pensar en fiestas con todo lo que está pasando? —refunfuñó Louise.
—Estamos en guerra, hermana. Las mujeres paren y las vainas de simientes se abren. ¿Qué tiene eso de nuevo?
—¡Uf! —Louise encajó el trasero en una de las sillas de la cocina y se cruzó de brazos.
—Hoy me he encontrado con Orrie Tadia y me ha vuelto a contar por enésima vez la historia de los porrazos que les dio con el paraguas en la cabeza a los federales cuando fueron a llevarse a Noe.
—Odio la violencia —dijo Louise llevándose la mano al corazón.
—Si se llevaran a Chessy porque es de origen alemán, yo también me liaría a puñetazos hasta dejarlos sin conocimiento.
—Todos somos mestizos.
—Pensaba que estabas reconstruyendo nuestro árbol genealógico hasta el conde de Hunsenmeir, compañero de armas de Carlomagno. —Cora volvió a trabajar la masa antes de dar forma a unos diminutos panecillos.
—Lo que me recuerda —dijo Louise golpeando la mesa con un dedo como una maestra de escuela— que el padre del futuro bastardo es ese francés, Bullette.
—Un buen hombre. —Cora asintió con la cabeza.
—Sí, claro, ese buen hombre se vuelve a Francia ahora que parece que los aliados van a ganar la guerra —le despreció Louise.
—Venga, Louise, ha hecho un buen trabajo recaudando fondos para la resistencia. —Julia se desató las botas.
—¿Y tú que sabes? A lo mejor se lo ha metido todo en el bolsillo y ahora se fuga a Canadá.
—Vivir para ver. —Juts se encogió de hombros. No pensaba entrar en el juego de hipótesis de Louise.
—Pensaba que no sabías quién era el padre —le dijo Cora
—Pues sí que lo sé. Y también he oído que Julia y Chessy están pensando en quedarse el niño —estalló Louise.
—Puede —respondió Julia intentando no comprometerse.
—No quiero tener a un maldito mocoso francés en la familia —dijo subrayando sus palabras con irritantes golpecitos en la mesa.
—¿Y a ti qué te importa? —la interpeló Julia enfadada.
—Esa gente entregó su país sin luchar. Carecen de fuerza moral. ¿Para qué queremos tener a uno de ellos entre nosotros? —Louise arrugó la nariz.
—Louise ¿el niño todavía no ha nacido y ya le consideras culpable de la caída de Francia? —Juts se llevó la mano a la frente en actitud de incredulidad.
—-Comen caracoles —respondió Louise sacando a relucir lo que ella consideraba una prueba de su depravación.
—¿Y? —Julia miró a su madre, que abría y cerraba los armarios de la cocina con más ímpetu de lo habitual, señal segura de que la vieja señora se estaba enfadando.
—Sigo diciendo que en la familia no debería haber nadie de sangre francesa. Dieron la bienvenida a Hitler con los brazos abiertos. Si viniera aquí, lucharía hasta caerme muerta. —Louise dio un puñetazo en la mesa al estilo orador melodramático.
—Si viniera a América, le recibirías con los brazos abiertos. Hitler es católico —respondió Julia.
—¡Mentira cochina, marrana, gorrina! —aulló Louise.
Cora cerró la puerta del armario de la cocina de un golpe y chilló, algo que raramente hacía: —¡Queréis hacer el favor de callaros un minuto, vosotras dos! Ya he tenido bastante. Si alguien sufre, todos sufrimos. La pobre Rillma es joven y está asustada. Ponte en su lugar. De lo último que puedes acusarla es de frívola. No puede quedarse el niño y lo sabe. Y ahora dime, Louise ¿qué servicio le hacemos al mundo dejando que ese niño vaya a parar al hospicio porque ha nacido sin papeles?
Louise, espantada ante el arrebato de su madre, movió la boca pero no le salió una palabra.
—¿Qué más me da —continuó Cora— si el padre de ese niño es Adolf Hitler o Bullette, el francés? El niño que nace necesita amor y cuidados para crecer lo mejor que pueda. Si Julia quiere el niño, lo tendrá. ¿Me has oído bien, Louise Hunsenmeir?
—Sí, madre —dijo Louise acobardada. Cora se giró hacia Julia: —Estás haciendo lo que debes, Julia, pero si tú y Louise os peleáis, es cosa de dos. Si pensáis tiraros de los pelos, hacedlo fuera de mi vista. ¿Has entendido a tu madre?
—Sí, madre.
Celeste, alertada por el tumulto, se había acercado de puntillas hasta la puerta y la empujó para abrir una rendija.
Cora, todavía lanzada, gritó: —Está bien, Celeste, déjanos ver esa nariz.
—No he podido evitar oíros —dijo Celeste entrando de un salto, como si la hubieran empujado.
—Parece ser que Julia se quedará con el niño de Rillma cuando nazca en noviembre. Ahora ya lo sabes, así que punto, se acabó. —Cora se fue a ver cómo seguían sus
panecillos.
—Julia, me parece espléndido. —Celeste sonreía de oreja a oreja.— Finalmente resultará que existe eso que llaman HT «leche de la bondad humana».
—Y en Julia es tan abundante que ya empieza a mugir — se burló Louise.
Julia se giró bruscamente hacia ella.
—Louise.
—Lo retiro. Lo retiro.
Conociendo a Louise, Celeste decidió pincharla un poco después de que hubiera estado tan ocupada atormentando a Juts.
—Louise, me había olvidado de contártelo; el diario dice que este año no se celebrará la pascua.
—¿Qué? —tartamudeó Louise.
—Han encontrado el cuerpo —contestó Celeste sonriendo.
Cora, Julia y Celeste se echaron a reír a carcajadas, mientras Louise elevaba una plegaria por sus almas. Las hermanas se quedaron a cenar y Louise intentó compensar su beatería siendo especialmente amable, hasta el punto de pedir
las pechugas de pollo diciendo: —¿Por favor, me pasas los senos?

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Re: Almas gemelas

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