Amor en equilibrio

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VEINTICINCO

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:48 pm

Guardando el secreto hasta el último minuto, Connie entró en el repleto parking de un gran restaurante con una bonita iluminación.
—¿Mares del Sur? —comentó Kasey leyendo las luces de neón de aspecto tropical.
—¿Has estado alguna vez aquí?
—No, pero parece interesante.
—Según Tom, se supone que este es el restaurante polinesio. Un aparcacoches las esperaba en la entrada. Connie arrancó las llaves del contacto y se las tendió. Sonrió nerviosa mientras Kasey daba la vuelta al coche.
—Bueno, ahora veremos —dijo mientras en ir por una enorme puerta de madera. Inmediatamente fue a recibirlas un hombre vestido con un atuendo de brillantes colores étnicos y las guió por un puente que cruzaba una verdadera corriente de agua, Al entrar a la parte central del restaurante, las dos mujeres se quedaron maravilladas por sus dimensiones y su espectacularidad: una serie de senderos serpenteantes rodeaban los parterres discretamente enclavados entre plantas tropicales y brillantes flores. Y, desplegando magníficamente todo su esplendor, se erguía un acantilado artificial de tres pisos de altura.
Cuando comenzaron el ascenso siguiendo los senderos hasta el siguiente nivel, pudieron ver una masa de agua azul turquesa rodeada de rocas, justo al pie del acantilado.
—Increíble —exclamó Kasey.
—Me dijo que era como un trocito de paraíso. Espera a ver dónde estamos sentadas.
Continuaron subiendo, cruzando puentes y siguiendo el camino hasta una mesa que quedaba apartada y justo al lado del acantilado. Desde su posición estratégica tenían plena visión del lago y apenas se adivinaban unas cuantas mesas más. Gracias a un excelente uso de los diferentes niveles, de las rocas y del follaje se podía disfrutar, al mismo tiempo, de intimidad y de una vista panorámica de aquel paraíso artificial. Ciertamente era todo un logro artístico.
—Es absolutamente maravilloso —declaró Kasey.
—Si la comida es tan buena como la ambientación, esto es el paraíso.
Inmediatamente después de que el camarero les llevara las bebidas, Connie se percató de que dos mujeres con llamativos bañadores multicolores avanzaban sobre las rocas que había alrededor del agua. Kasey se volvió para ver qué estaba mirando Connie. — ¿Qué hacen?
Una mujer se detuvo en una roca plana a ras de agua mientras que la otra seguía escalando el acantilado hasta una cornisa que quedaba justo debajo de su mesa. Aunque Connie sabía lo que iba a suceder, también era la primera vez que lo veía con sus propios ojos. Calculó la distancia que separaba la cornisa del agua. Daba miedo.
—No irá a tirarse desde ahí, ¿verdad? —le preguntó Kasey con nerviosismo comedido.
—Mira y verás.
La mujer de piel oscura y bellos músculos se preparó y, de repente, con los brazos completamente abiertos, saltó sin miedo al aire. En silencio, absolutamente sobrecogidas, contemplaron cómo la bella figura completaba sin esfuerzo aparente una perfecta zambullida en el agua.
—¡Guau! —exclamó Kasey.
—Ha sido increíble.
—Impresionante —dijo Kasey con los ojos aún clavados en las ondas de la lejana agua azul del fondo.
La saltadora regresó a la superficie llevando algo en las manos entre sonoros aplausos que resonaron por todo el local. Salió del agua y se lo tendió a la mujer de la roca.
—Ha sacado algo del fondo. ¿Lo has visto? ¿Qué crees que es? —Vio la sonrisa de la cara de Connie—. Ya lo sabes. — Volvió a clavar los ojos en la mujer que rodeaba la orilla del agua.
La cara de Connie irradiaba alegría. Ver el placer que aquella noche le estaba proporcionando a su amante convertía su regalo en justo lo que ella pretendía. Contempló embelesada cómo Kasey observaba a la mujer morena que continuaba su ascenso por el camino. Llevaba un collar de flores de brillante color fucsia y las deslumbró con su blanca sonrisa mientras se acercaba y colocaba el collar de flores alrededor del cuello de Kasey
—Feliz cumpleaños —le dijo dándole un beso en la mejilla.
La cara que puso Kasey era impagable. Sus ojos reflejaban la sorpresa y la maravilla de una niña, y tenía las mejillas ruborizadas mientras observaba en silencio. Entonces, la mujer le ofreció otro regalo. Hábilmente abrió la gran nécora que le había entregado la saltadora y cogió el tesoro que había dentro. Con una sonrisa de complicidad, Kasey se encontró con los relucientes ojos de Connie.
—Una perla.
—Una perla grande y bonita —precisó la mujer.
—Es preciosa —dijo examinando su tesoro—, Gracias.
Primero en su lengua nativa y después en inglés, la mujer le dijo:
—Ojalá el día de hoy te traíga vientos cálidos y una mar en calma y que el amor te llene el corazón.
— Gracias —sonrió Kasey buscando los ojos de Connie—. Así ha sido.
Se volvieron y saludaron con la mano en agradecimiento a la nadadora que las miraba desde las rocas del fondo y que les sonrió en respuesta. Kasey se volvió hacia los felices ojos de Connie y le susurró:
—Ojala pudiera besarte aquí mismo. ¡Qué cumpleaños tan maravilloso!
Connie se acercó por encima de la mesa y agarró la mano de Kasey.
—Te quiero, Kasey; con todo mi amor.
Era una lástima que, a pesar de lo mucho que deseaba disfrutar de toda la magia del romanticismo del momento, Kasey no fuera capaz de evitar que su visión periférica captara cuanto ocurría a su alrededor. Los años de paranoia constante le estaban pasando cuentas y, pese a sus esfuerzos por hacer caso omiso en aquella ocasión, no podía. Un hombre que estaba a otra mesa observaba todos sus movimientos. Discretamente deslizó la mano para apartarla de la de Connie y la reemplazó con la perla. Durante toda la cena el hombre prosiguió con su vigilancia.
Incluso su esposa desplazó la silla para ver qué es lo que le resultaba tan interesante a su marido. Connie seguía sin darse cuenta, lo que a Kasey le resultó sorprendentemente reconfortante. Casi se sentía con derecho a negarse a que aquello la afectara, de modo que decidió disfrutar de los sentimientos todo lo que pudiera, seguramente hasta que Connie se diera cuenta de que las miraban. Tras unos minutos, mientras esperaban el postre y hablaban de plantas exóticas, Connie se percató.
—¿Cuánto rato llevan mirándonos?
—De vez en cuando —respondió Kasey quitándole importancia.
—¿Te molesta?
—No. Supongo que de algún modo es un cumplido ser más interesante que todo esto. —Dejó que sus ojos barrieran los alrededores de la otra mesa, pero conscientemente evitó la mirada del hombre.
De nuevo, Connie se acercó y tomó la mano de Kasey.
—Podemos celebrar aquí nuestros aniversarios —dijo—, Así, si alguna vez perdemos la cuenta de los años que llevamos juntas, siempre podremos contar las perlas.
Kasey quitó una flor de su collar y la deslizó en el brillante pelo oscuro por encima de la oreja de Connie. Los pétalos, de un delicado rosa violáceo, intensificaban aún más el azul resplandeciente y profundo de los ojos que emitían refulgientes su mensaje de amor.
—Nunca dejarás de sorprenderme, Connie Bradford — sonrió— ¡Te quiero tanto...!
* * *
Cuando salían del restaurante y pasaban por la mesa de la pareja que había estado observándolas con tanta curiosidad toda la noche, el hombre expresó en voz alta su opinión:
—¡Qué desperdicio!
Kasey apartó la mirada mientras Connie ofrecía a la pareja su sonrisa más profesional:
—Buenas noches —les dijo con elegancia. «¿Desperdicio? —pensó Kasey. El desperdicio sería malgastar el tiempo intentando cambiar aquellos pensamientos malsanos.» Sin embargo, reconoció que era importante no dejar que la ignorancia generara ira, un pensamiento con el que, saltaba a la vista, Connie Bradford estaba de acuerdo.

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VEINTISEIS

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:49 pm

Connie detuvo el coche en una calle prácticamente desierta frente a la casa de Sharon. Kasey lo intentó de nuevo:
—Cariño, ha sido una velada fantástica. No tenemos por qué entrar La llamaré cuando lleguemos a casa y le diré que estábamos demasiado cansadas.
—Sí, ha sido una velada maravillosa y no hay motivos para creer que Sharon vaya a estropearla. Además, ¿cómo te haría sentir eso si estuvieras en su lugar?
—Pues prométeme que no nos quedaremos mucho rato, ¿vale?
—Trato hecho Pero antes de que entremos quiero darte tu regalo. —Saco una cajita debajo de su asiento,
— Connie, lo de esta noche ya ha sido bastante regalo.,.
—Abrelo.
Kasey se quedó mirando un momento los arrebolados ojos de Connie y después se inclinó a besarla.
—Ni siquiera lo has visto aún.
—No me hace falta verlo para saber cómo me siento —la voz de Kasey era grave y suave—. ¿Estás segura de que no quieres ir a casa?
Con una risa delicada Connie le respondió:
—Abrelo.
La caja contenía una gruesa cadena de oro de dibujo de espiga que hacía juego con el brazalete que Kasey siempre llevaba.
—¡Oh, Connie! Sé que es muy caro. Nunca me he podido permitir uno. ¿Por qué te has gastado tanto dinero? —preguntó mientras admiraba el regalo.
—Me han hecho un precio especial. Además, tú lo vales.
—Un plan especial de financiación, seguro.
—Venga, póntelo. Quiero ver cómo te queda —dijo inclinándose para ajustar el cierre—. Así, perfecto.
—¿No hernos vivido esto ya antes?
—Claro que sí, pero esta vez no creo que vayas a salir huyendo de mí —dijo apretando sus labios contra los de Kasey. El bese rápidamente empezaba a expresar las horas de emoción reprimida. Después, con la misma velocidad, Connie se separó.
—No, no, no. Tenemos que controlarnos. Vamos a ver a Sharon.
Con una sonrisa Kasey abrió la puerta:
—Ponte la armadura, que allá vamos.
—¿De quién es ese coche? —inquirió Connie.
—De Sue, la ex de Sharon, Me dijo que Sue y su novia quizás se acercaban también. —Llamó al timbre—. Seguramente estarán abajo, que se está mejor.
Después de lo que le pareció un rato inusualmente largo, finalmente Sharon abrió la puerta.
—¡Hola! Empezaba a preguntarme si ibais a aparecer. ¿Os lo habéis pasado bien? —Sharon balbuceaba—. Tienes buen aspecto.
—Sí, nos lo hemos pasado bien. Tendrías que ver el restaurante... —dijo Kasey mientras cruzaba el salón.
—Sí, sí. Acaba de explicármelo abajo. Antes tengo que ir corriendo al baño.
Kasey cogió a Connie de la mano y empezó a bajar por la escalera iluminada, pero a medio camino dijo:
—Qué raro. La luz del sótano no está encendida.
—¿Dónde está el interruptor?
—Allá abajo. —Kasey se estiró para encenderlo.
De pronto las sobresaltó un tremendo silbido y un ensordecedor «Feliz cumpleaños» al tiempo que la luz inundaba el sótano. Se quedaron de pie estupefactas, frente a un tropel de gente que reía y las ovacionaba. La cara de Kasey lo contaba todo.
—(Te hemos pillado! ¡Te hemos pillado! —exclamó Sue—. No lo sabías, ¿verdad?
Kasey negó con la cabeza, totalmente anonadada, y después se volvió hacia Connie.
—Tú sí que lo sabías, ¿verdad?
—Ella no sabía nada —confirmó Sharon a su espalda—. Venga, mira, todas están aquí Ponte cómoda. Si es que puedes con esa ropa, claro.
Connie intentó no verse abrumada por las bienvenidas y las presentaciones mientras Kasey la guiaba por entre la multitud. La alivió llegar al otro lado de la sala y encontrarse con Tom. Se sintió mucho más cómoda mientras compartían con él la experiencia del restaurante. Otra pareja se sumó pronto a su grupito. Kasey le presentó a las dos mujeres como unas amigas a las que había conocido durante casi los once años que ellas llevaban juntas. Evonne, redondita y con aspecto de matrona, lucía unos rizos mayormente canosos y una sonrisa que hubiera derretido un témpano de hielo, y parecía tener unos cincuenta años. Donna, robusta y rubicunda, con todo el aspecto de un Huckelberry Finn adulto, probablemente tenía unos cuarenta años. Su calidez natural y su agradable conversación proporcionaban a Connie una sensación de aceptación que percibió al momento. Escuchaba con una sonrisa de gratitud, dándose cuenta al instante de lo mucho que Kasey admiraba y respetaba a aquellas dos mujeres y lo bien que le habían caído a ella ya.
—¿Te gustan los caballos, Connie? —le preguntó Evonne.
—Sí, pero desde la universidad que no monto.
—Pues nosotras tenemos dos hermosas yeguas que necesitan ser montadas más a menudo. Tendrás que convencer a Kasey para que te lleve a cabalgar algún día de estos. — Evonne centró en ella su atención—: Kasey, hace tiempo que no vienes a montar.
—Lo sé. Me han pasado demasiadas cosas últimamente. Pero iremos, quizás el fin de semana que viene...
—Mirad eso —dijo Donna agarrando de repente el brazo de Evonne. Dirigía su atención al final de las escaleras, donde una rubia alta y voluptuosa estaba junto a Michael Su vestido de lentejuelas brillaba con reflejos irisados mientras avanzaba hacia la única luz que había sobre el escenario.
—Ahora caigo —sonrió Kasey,
—No puedo creerme que te olvidaras de alguien así —se burló Donna,
—hlc —exclamó Kasey—, es Randy.
Las mujeres, fascinadas por la revelación, se quedaron mirando fijamente a la figura que estaba de pie ante el micrófono. Acercándose a Kasey, Connie susurró:
—¿Ese es el hombre que nos presentó Tom?
Kasey asintió y sonrió.
—Es increíble —comentó Connie—. ¿Cómo lo hace?
—Con el truco del almendruco —replicó Kasey guiñándole un ojo en broma.
La voz suave y sensual de Randy sonó por el micrófono.
—Kasey, sube aquí, querida, que esto es para ti.
Se abrió camino a través de la sala llevando a Connie de la mano, al mismo tiempo que Tom emergía de las escaleras con un enorme pastel y hacía señas a Kasey de que le cambiara el sitio. Las treinta y seis velitas iluminaban una expresión burlona.
—Has sido tú quien las ha puesto ahí una a una, ¿no? Muchas gracias, Tom.
—Es que eres una ancianita tan guapa.. —se rió.
Mientras Kasey se quedaba de pie, muy vistosa, detrás del pastel iluminado, Randy, en su falsete entrecortado, interpretó su versión de la famosa canción de cumpleaños de Marilyn. Mientras tanto, Connie se esforzaba por ver al hombre que tenía delante. No le parecía posible. Los movimientos eran extremadamente femeninos e incluso la voz resultaba creíble. Cogió a Tom por el brazo.
—¿Se dedica a esto profesionalmente?
—Es una drag queen —dijo con una enorme sonrisa— Me temo que Sharon te ha inscrito a un curso acelerado sobre la vida social de gays y lesbianas.
—Quizás quieras encontrar un sitio donde apoyar esto — anunció Randy cuando se apagaron los aplausos—. Kasey, no queremos que te sientas fuera de lugar vestida de tiros largos, así que, como vas a ver, no soy la única drag. Esta noche, para tu diversión y deleite, presentamos a... — Su mano extendida dirigió la atención a las escaleras, donde tres mujeres vestidas con traje de noche se abrían camino tambaleándose hacia la tarima—: las Safo Sisters.
—¿Cómo lo hacen las heteros para andar con estos putos zapatos? —decía la última,
—Un cromosoma extra —respondía la de en medio—. Nosotras no lo tenemos.
La primera en el escenario, la más pesada de las tres, miró directamente a Kasey:
—Carino, espero que aprecies que me haya afeitado las piernas especialmente para ti.
—¡Sharon! —exclamó Kasey sorprendida mientras inspeccionaba aquella constitución gruesa y cuadrada cubierta de azul brillante. Connie se limitó a quedársela mirando sin poder creérselo—. ¡Ohhh, nena! —bromeó Kasey pasando maliciosamente la mano por las piernas de Sharon.
—¡Compórtate! —le espetó Sharon dándole un golpe en la mano—. ¡Putas bolleras!
—Pero cariño, nunca te había visto así antes —se rió Kasey—. Podrías arrastrar a la más recatada por el camino de la perversión.
A esas alturas toda la sala estaba riéndose a carcajadas, ya que, para entonces, todas se habían imaginado que el trío de poco probables candidatas a reina de la fiesta de fin de curso consistía en Sharon, Sage y Jan. Superada la impresión inicial de la magen de Sharon, Kasey centró la atención en las otras dos. Apenas se las podía reconocer con pelucas que escondían su pelo corto y un maquillaje extremado A Jan sólo la delataban sus brazos pecosos. Curiosamente, Sage era la que quedaba más natural de todas con sus hombros anchos, sus caderas estrechas y su bonita sonrisa. Sharon, que seguía sin poder captar la atención de toda la gente, finalmente llamó a Tom.
—Adelante, maestro —y el trío entró en acción. My Guy, adaptada por el trabajo experto de Tom en aquella ocasión se refería a «My Girl» mientras las Safo Sisters hacían playback en su fugaz camino al estrellato.
—Seguro que les ha costado mucho trabajo preparar esto — comentó Connie.
—Es un cometido ideal para Sharon. Le encantan este tipo de cosas —explicó Kasey—, aunque me ha sorprendido con el vestido y el maquillaje.
Mientras tanto, Sharon hacía el payaso, primero con una hermana y después con la otra, provocando las risas con sus gestos y sus expresiones faciales. Prosiguió con sus gracias durante la segunda estrofa hasta que unos ojos súbitamente acerados se clavaron en los de Connie: «No ha nacido el hombre que pueda apartarme de mi chica». La diversión se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos, junto con la sonrisa de Sharon. Aún así, Connie se negó a romper el contacto visual, obligando a Sharon a ser ella quien apartara la mirada. De algún modo, aquello le hacía sentir que controlaba la situación. Fue una cosa tan insignificante y sucedió tan deprisa que Kasey no se enteró de nada, pero el impacto fue innegable, y el mensaje, alto y claro, era que el resto de la noche podría no ser tan agradable como el principio. Decidió no decirle nada a Kasey. Sharon habló por encima de los aplausos, que ya se apagaban.
—¿Queréis cantar unas cuantas? Muy bien, muy bien. Venga, cumpleañera, que nos hace falta un cardo entre tantas flores —Con una sonrisa le tendió la mano a Kasey, quien se arremangó su ceñida falda y dejó que Sharon y Sage la ayudaran a subir al escenario.
—¿Qué cantamos?
—Pretty woman —fue la réplica al unísono.
—Parece que se ha convertido en una tradición. ¿Jan? —le señaló Kasey.
Agradecida por el cambio en el ambiente, Connie se sumó a la multitud de caras felices siguiendo el tono de la potente voz de Kasey, pero observaba con interés mientras Kasey interactuaba con su amiga de toda la vida y con Sage Bristo, Kasey dirigió a Sharon el célebre rugido de la canción, y ésta replicó:
—Me encanta que me rujas cochinadas.
Connie se rió a su pesar. Sin embargo, la mayor reacción del público llegó cuando Kasey repasó a Sage de los pies a la cabeza mientras, con su voz grave y lenta zumbaba «mercy» en una aprobación de aquella alta y atractiva neoyorquina que estaba claro que muchas compartían. Y la sonrisa que Sage dirigió a Kasey reflejaba también su propia aprobación mientras le deslizaba tan tranquila el brazo por la cintura. Aunque los celos no eran unos visitantes frecuentes de Connie, de repente aparecieron en primer plano.
Esperaba que la atracción sexual que percibía fuera sólo el resultado de un montón de mujeres excitadas y de su propia imaginación. No obstante, la sonrisa que le ofreció Kasey cuando la canción se terminó era justo lo que necesitaba. Decidió que no tenía por qué preocuparse.
Cuando Kasey empezaba a marcharse del escenario se vio frenada por Sharon, que la agarró por un brazo y cogió el micrófono.
—Muy bien, quien quiera bailar con la homenajeada, que lo haga aprovechando el cambio de canción del popurrí del casete —anunció.
—Antes voy a cambiarme —dijo Sage.
— Yo también —añadió Jan dejando a Sharon y a Kasey solas en la tarima.
—¡Cobardes! —masculló Sharon colocando a Kasey en posición de baile.
—Nunca creí que fuera a ver esto. —Kasey sonreía levantando una ceja en referencia al vestido de Sharon.
—Pues no te acostumbres, que seguramente no lo volverás a ver nunca, —Se quitó los zapatos de una patada y empezó a bailar con ella en la primera canción—. Y no me pises —le advirtió,
—¿Cuándo te he pisado?
Las mujeres comenzaron a agolparse alrededor del escenario y Connie decidió dejar que Sharon se divirtiera. Tom y Michael estaban en el medio de la sala envueltos en un abrazo y moviéndose lentamente, así que avanzó serpenteando entre las mujeres y las sillas hasta encontrarse con Evonne y Donna.
—¿Esperando a que se acaben los bailes de cumpleaños? —le preguntó Evonne.
—No me siento cómoda teniendo que hacer cola para poder bailar con mi novia.
—No van a dejar pasar la oportunidad de tener entre sus brazos a la esquiva Kasey Hollander —terció Donna—, pero no creo que pretenda ser un ataque personal hacia ti, Connie.
—Sharon lleva meses planeándolo todo —explicó Evonne.
—Por cierto, ¿cómo os lleváis vosotras dos? —preguntó Donna.
—¿Sharon y yo? Pues lo intento, pero no le gusto demasiado.
—Sharon es muy protectora con Kasey y, disculpa mi franqueza, pero no le gustan lo que ella considera que son mujeres heteros con ganas de probar cosas nuevas —sugirió Evonne.
—No entro en esa categoría, pero seguro que no me da oportunidad de demostrarlo
—Ni siquiera Evonne le gustaba al principio —explicó Donna—, porque estuvo casada bastantes años y crió a dos hijos. Sin embargo ahora, a parte de Kasey, seguramente somos sus mejores amigas.
—Incluso fue nuestra madrina en nuestra ceremonia de compromiso —añadió Evonne.
—¿Me estás diciendo que aún hay esperanzas? —El optimismo del tono de Connie no resultaba convincente.
—Si antes no consigue hacerse odiar —sonrió Evonne—. El tiempo le ha demostrado que amo sinceramente a Donna y que el hecho de que haya vivido una vida hetero hasta que la conocí no me convierte en menos lesbiana. Sharon, en el fondo, es buena persona. Lo que pasa es que es demasiado sincera y extremadamente fiel. Una vez que eres su amiga, lo eres para toda la vida. Intenta tener paciencia.
—¿Hay muchas más que piensen como Sharon?
—Me he tropezado con unas cuantas. Seguramente la mayoría de mujeres que están aquí esta noche comparten esa actitud en mayor o menor grado —replicó Evonne.
—¿Puede servir de algo el hecho de mostrar abiertamente tu lesbianismo?
—No lo sé. Ten en cuenta que la situación de cada una es diferente —le advirtió Evonne—. Ha de ser una decisión individual y no siempre es fácil.
—Hola —las interrumpió una mujer estrafalaria que se sumó al grupito de la mesa—. Sage acaba de sacar a bailar a Kasey, ¡Mierda!, si montan el mismo número que la otra vez tendré que encontrar a alguien que llevarme a casa. Después de verlas, el sexo a pilas pierde todo el interés.
Donna miró inmediatamente a Connie, que se volvió hacia el escenario a tiempo de ver a Sage tomando a Kasey entre sus brazos. Rápidamente Evonne intervino:
—No creo que esta noche tengas que preocuparte de eso.
—¿Cómo lo sabes? La última vez se pegaron el lote que daba gusto —comentó cándidamente la mujer.
—Porque esta es Connie, la novia de Kasey —explicó Donna demasiado tarde.
Una dolorosa punzada atravesó el pecho de Connie.
—Lo siento. No lo sabía —respondió la mujer con ostensible incomodidad.
Se fue de la mesa, pero Connie casi no se dio cuenta Tenía los ojos clavados en la pareja que bailaba La situación había desencadenado mil emociones: enfado con Kasey por no habérselo explicado, miedo de un desafío sexual, nerviosismo por no ser capaz de controlar la situación, Buscó una salida. Su primer impulso fue interrumpir el baile, pero aquello daría la innegable sensación de que faltaba confianza y seguridad entre ellas. No podía. A pesar de lo incómoda que se sentía, iba a tener que esperar a que se acabara.
—¿Puede explicarme alguien quién es Sage?
—Una amiga de Sharon —la satisfizo Donna—. Vivía en Nueva York y se ha mudado aquí.
«Claro. Podría haberlo adivinado si hubiera tenido la mente más despejada.» Connie dedicó su atención a Sage Bristo. Había algo en ella que la hacía muy atractiva. Incluso lo había pensado al verla por primera vez. Pero saber hasta qué punto Kasey debía de haberlo comprobado le formó un nudo en el estómago.
—Es muy atractiva —reconoció en voz alta.
La sinceridad de Donna no lo hizo más fácil:
—Eso piensan muchas mujeres.
—Es masculina, pero sin que se pierda de vista que es una mujer.
—Andrógina es la palabra que andas buscando —añadió Evonne.
—¿Ha salido con Kasey?
Donna estaba haciendo todo lo que podía para tranquilizar los ánimos de Connie.
—No creo. Se conocieron en la última fiesta de Sharon y desde entonces he visto a Sage con otro par de mujeres, pero no con Kasey.
Connie volvió a contemplar a la pareja que bailaba, moviéndose lentamente, hablando tranquilamente. Mantener una conversación parecía mitigar un poco su ansiedad.
—Kasey parece... andrógina cuando trabaja.
—Cuesta creer que alguien capaz de clavar un clavo del ocho de tres martillazos pueda tener este aspecto por las noches —se rió Donna mirando a la pareja que bailaba.
—Lo sé —sonrió Connie admirando el aspecto de su amante con aquel vestido negro ceñido—. Eso es algo que me atrajo de veras, y su manera de moverse, como una mujer fuerte y segura de sí misma. Su feminidad me gusta mucho.
—Te gusta mucho. ¿Es lo mismo que decir que te excita? — preguntó Donna con una sonrisa.
—¡Donna! —la reprendió Evonne.
Por fin con una risa y con un alivio momentáneo, Connie respondió:
—Sí, me excita.
—También tú eres muy femenina —señaló Donna—. La gente presupone que deberías sentirte atraída por alguien más masculino o por lo menos con rasgos más masculinos.
—Ahora me estoy empezando a dar cuenta de que la gente tiene problemas con nuestro aspecto, En cambio, si se tomaran la molestia de llegar a conocemos, descubrirían que las dos tenemos algunos de los mal llamados rasgos masculinos, igual que, hasta cierto punto, les sucede a la mayoría de mujeres. Es una lástima que se consideren masculinos. —Connie volvió a mirar a la tarima, a su novia en los brazos de otra mujer y, de repente, se dio cuenta de que la canción que sonaba era otra.
Sage, que rodeaba a Kasey con los dos brazos, la atrajo hacia sí. La escena hizo volver de golpe a Connie a la realidad del momento. La ansiedad contenida había regresado con fuerzas renovadas. Algo que le dijo Kasey hizo reír a Sage y relajó su abrazo. Sus cuerpos se separaron hasta una posición más respetable.
—Nadie las interrumpe —constató Connie de golpe,
—Tienes razón —asintió Evonne—, por lo menos llevan dos canciones,
—Les gustaría que Kasey saliera con Sage, ¿no? —Vacilando apenas un momento, Connie tomó una decisión—. Enseguida vuelvo.
—¿Te gusta mi maquillaje? —le preguntó Sage, todavía con una conversación frívola.
—Es bonito —respondió Kasey.
—Nos lo ha hecho Randy. He pensado que te gustaría.
—Sí, pero...
El cumplido fue todo el incentivo que necesitaba Sage para llevar la conversación adonde quería llevarla.
—Dime una cosa... —empezó—. Sé que aquella noche sentías lo mismo que yo. Lo manifestaste bastante bien.
La incomodidad hizo que Kasey rompiera el contacto visual.
—¿Por qué te detuviste en aquel momento?
—Lo siento. Fue desconsiderado e injusto,
—No quiero que te disculpes, sino que seas sincera conmigo.
—Sage, aquella noche había demasiados factores en juego. Hacía mucho tiempo que no estaba con nadie y estaba luchando contra lo que sentía por Connie. Esos dos factores combinados ya me hacían lo suficientemente vulnerable como para no haber debido estar ahí. Si le sumas las cinco copas, algo a lo que no estoy acostumbrada, y una mujer muy atractiva y persuasiva, obtendrás una situación extremadamente sexual. Lo que yo sentía era puramente sexual y eso es lo que intenté decirte entonces,
—Sé que lo hiciste, y yo también te debo una disculpa. Me aproveché de la situación.
—Me gustaría que lo olvidáramos. Quizás podamos llegar a ser amigas. Me gustas mucho, pero estoy enamorada de Connie.
—Hablando de ella... —Sage hizo un gesto con la cabeza hacia un extremo de la tarima.
Después de tenderle a Tom el casete que había ido a buscar al coche, Connie avanzó por el escenario.
—Para Kasey, de parte de Connie —anunció él mientras Sage se apartaba.
Sage sólo la miró un momento a los ojos.
—Divertios —dijo con frialdad. Su intención no quedó clara, pero tampoco era importante. Connie tenía un mensaje que estaba a punto de transmitir a todo el mundo.
—¿Quieres bailar conmigo? —le preguntó en las notas iniciales de You Have It All Over Hi Kasey la rodeó con los brazos:
— ¿Toda la vida?
Connie rozó con su boca abierta los labios de Kasey.
—Toda la vida, —Con las manos alrededor de sus hombros, le agarró la nuca y la atrajo hacia sí descaradamente, El beso fue lo bastante sensual para que hasta Sharon hubiera sentido algo. Y a pesar de lo mucho que pudiera haberles gustado la idea de que Kasey y Sage salieran juntas, las mujeres profirieron una clamorosa aprobación de aquella exhibición pública
—Algo me dice que el baile de cumpleaños se ha acabado —le dijo Sage a Sharon—. Sabes que esta canción es en tu honor, ¿verdad?
—Las tiene bien puestas, eso sí que lo he de reconocer — comentó señalando con la cabeza hacía el escenario—. ¿Te molesta eso?
Sage contempló la intimidad que había entre las dos.
—Un poco. No me arrepiento de haber besado esos labios, aunque seguramente debería. Kasey es una mujer con talento y muy atractiva, y seguirá siéndolo cuando cumpla sesenta y seis.
—Ojalá no malgastara su talento y su atractivo con mujeres que no saben apreciarlo —se quejó Sharon.
—Debería considerarse uno de los siete pecados capitales.
Miraron como Connie contemplaba profundamente los ojos de Kasey.
—Aunque eso parece que sí que sabe apreciarlo.
—Sí, hasta que su curiosidad esté satisfecha. —En el tono de Sharon no resonaba su sarcasmo anterior—. Lo único que espero es que esta vez no tarde tres años.
* * *
Connie apretó su cara contra la mejilla de Kasey.
—Me preguntaba si te incomodarían las muestras públicas de afecto —le dijo Kasey con una sonrisa tierna— Creo que me has respondido a la pregunta.
—No sabes las ganas que tenía de hacer esto la primera vez que bailamos —replicó Connie también con ternura, su nariz contra la de Kasey—, En el momento en que me estrechaste entre tus brazos supe que te amaba, que te deseaba.
Kasey se quedó mirando sus hermosos labios y sonrió.
—Si supieras cuánto me costó apartarme de ti aquella noche... Me estabas derritiendo a fuego lento. Sabía que teníamos que salir de allí
—¿Qué hubiera pasado si nos hubiéramos quedado?
Kasey sonrió. Sus labios rozaban ligeramente la oreja de Connie,
—El siguiente baile hubiera sido muy físico. —Lentamente, empezó a mover sensualmente las caderas pegadas a las de Connie alimentando las llamas que había encendido aquel beso.
—Eres una mujer muy sexy —susurró Connie—. Menos mal que se ha acabado esta canción, —Se besaron una vez más mientras sonaban las últimas notas—. ¡Oh, sí! Déjalo para luego. Creo que Tom quiere que cortes el pastel.
Con dos grandes trozos de pastel en las manos, Connie se aproximó a Sage y Sharon, quienes interrumpieron abruptamente su conversación cuando ella estuvo cerca,
—Kasey aún está cortando el pastel y he pensado que podía traeros esto.
—Gracias, Connie —dijo Sage con una agradable sonrisa, Sharon cogió a la vez el plato y la mano derecha de Connie, dándose cuenta de sus uñas largas y pintadas.
—Joder, Sage, ¿has visto esto? Me juego algo a que estas uñas pueden estropear un momento, ¿No te parece estar oyendo a Kasey?: «Ah, cariño, ¿hay alguna otra cosa que quieras hacer? Es que ese momento ya ha pasado».
Solo las comisuras de los labios de Sage se curvaron ligeramente:
—Sin duda creerías que eran gritos de placer.
Connie retiró la mano rápidamente mientras las dos mujeres se reían.
—Hasta el momento no he tenido ninguna queja —dijo resueltamente, negándose a mostrar en su defensa la mano de los acordes.
—Ajá. He aquí otro de mis malentendidos acerca de las mujeres heteros. Siempre había creído que no estaban dispuestas a tragar con todo, ni al sexo oral —Sharon atacó de nuevo.
Sin responder, Connie se volvió bruscamente y se dirigió hacia las escaleras.
—Ha sido cruel, Sharon —dijo Sage maliciosamente—, gracioso pero cruel.
Kasey se encontró con la mirada sombría de Connie al pie de la escalera.
—¿Va todo bien?
—Necesitaba un poco de aire fresco.
Acercándose a ella, Kasey la tomó de la mano y la llevo al patio trasero.
—Es Sharon, ¿no?
Connie se limitó a inspirar y miró las estrellas.
—Le hice prometer que se portaría bien —le explicó Kasey rodeándola con los brazos por la cintura.
Connie se reclinó en ella.
—Lo sé. Supongo que no ha podido resistirse.
—¿Vas a explicarme lo que ha pasado?
—No y no quiero que le digas nada.
Kasey se volvió hacía la puerta.
—Bueno, voy a decirle algo y después nos vamos.
Connie la sujetó del brazo.
—No, Kasey. No quiero que se piense que no soy capaz de aguantarlo. ¿No lo ves? Entonces gana ella. Eso demuestra que no puedo soportar la presión.
—Connie, no pienso permitir que te trate así.
—Escúchame —le dijo tomando a Kasey por las dos manos para evitar que se fuera—. No quiero que te enfades con ella. Eso sólo empeoraría las cosas. Tenéis que seguir trabajando juntas.
—Ya estoy enfadada con ella —dijo con el ceño fruncido, volviendo a los brazos de Connie—, pero mi amor por ti cuenta más.
La calmada voz de Connie inspiraba tranquilidad.
—Algún día aprenderás a confiar en lo mucho que te quiero yo.
La palabra confiar puso el dedo en la llaga.
—Ahora que estamos solas, hay una cosa que tengo que decirte. Algo que debería haberte dicho antes.
Que Kasey se abriera a ella sin que le hubiera preguntado nada aliviaba en gran parte su nerviosismo.
—Puedes contármelo todo, cariño.
—Eso espero. —Kasey le cogió ambas manos—. Es acerca de Sage. ¿Recuerdas que te expliqué que había ido a la fiesta de Sharon aquel viernes antes de que tú y yo empezáramos a salir? —Connie asintió— Y que bebí demasiado. Pues eso no fue todo —tomó aire—. Sage desde el principio me dejó muy claro que yo le interesaba. Estuvo cuidándome y halagándome toda la noche y todo el mundo sabía lo que estaba haciendo, yo incluida, intentaba con todas mis fuerzas no pensar en ti. Bailamos un par de veces y la última yo estaba un poco mareada, así que le pasé los brazos alrededor del cuello y me pegué a ella. —Kasey tenía la cabeza gacha, se miraba las manos: no estaba lista para afrontar el dolor o lo que fuera a encontrarse en los ojos de Connie—. De algún modo, ahí empezó todo.
El inminente silencio convenció a Connie de que se suponía que ella tenía que preguntar lo inevitable:
—¿Te acostaste con ella?
Otro hondo suspiro de Kasey.
—No, pero podría haberlo hecho. Estábamos en el vestíbulo frente a su habitación, prácticamente haciendo el amor de pie, pero cuando ella quiso que entráramos en la habitación, me frené.
Connie acarició las mejillas de Kasey con sus largos dedos.
—¿Qué te detuvo?
—Tú. —Por fin Kasey la miró a los ojos—. Sabía que lo que sentía era sólo sexo, y eso me obligó a reconocer que estaba enamorada de ti. No podía apartarte de mi cabeza ni de mi corazón.
—Y aún así me hiciste ir a pescarte en medio del lago — sonrió Connie sosteniendo con la mano la cara de Kasey.
—Supongo que necesitaba saber lo serio que era para ti.
Connie estiró a Kasey de los brazos para rodearse con ellos.
—Déjame que te lo recuerde.
—Kasey, ahí estás —le dijo Sharon encontrándolas al final de las escaleras—. Todas quieren que cantes.
—Sharon, es muy tarde y estoy cansada.
—Venga, Kase, sólo un par de canciones. No tenemos ocasión de oírte muy a menudo.
Kasey frunció el ceño y negó con la cabeza, pero Connie sonrió y la besó en la mejilla.
—Dos canciones,
—De acuerdo, venga —sonrió Sharon, Kasey llevó a Connie de la mano hasta que tuvo que soltarla.
—No te vayas.
—No mientras vivas.
De nuevo sola, Connie buscó a Tom o a Evonne y Donna, pero antes de que pudiera encontrarles alguien la agarró del brazo. Se volvió para encontrase cara a cara con Sharon
—Ven aquí. Tengo que hablar contigo —le dijo con dureza mientras doblaba la esquina arrastrándola hasta el lavadero.
Esforzándose por evitar la sensación de ser una niña a punto de recibir un castigo, Connie inmediatamente reforzó sus defensas. Pie contra pie, las dos mujeres se quedaron mirándose de hito en hito con frialdad. De nuevo, Connie se negó a romper el contacto visual.
—No me das miedo, Sharon.
—¿No? Bueno, ya te mearás en tus bragas de blonda cuando te des cuenta de que yo no soy el peor monstruo al que vas a tener que enfrentarte. —Sharon blandía un dedo amenazador frente a su cara—. Mientras tanto, te voy a decir una cosa, y sólo te lo diré una vez: quiero a esa mujer y, cuando le hagas daño, voy a convertir tu vida en un infierno, ¿Me entiendes?
Connie prácticamente podía sentir la rabia que hacía temblar el cuerpo de Sharon, pero aún así su voz permaneció firme y su postura sólida.
—Ahora escúchame tú. Sé que la quieres y esa es la única razón por la que tolero tu actitud. Me has dejado muy claro que no te gusto y he sido paciente contigo, pero deja que te diga yo otra cosa: amo a Kasey más de lo que he amado nunca a nadie, aunque no tengo por qué justificarme delante de tí. Y no estoy dispuesta a dejar que nada comprometa su felicidad, ni siquiera tú. —Acercó su cara a la de Sharon, tanto que podía sentir el calor de su aliento—. Así que lo mejor será que reconsideres la situación. Yo no pienso irme a ninguna parte, de modo que sí vuestra amistad es tan importante para tí como dices, será mejor que empieces a pensar en cómo llevarte bien conmigo. Piensa en eso. —Blandiendo su propio dedo desafiantemente cerca del pecho de Sharon, Connie salió bruscamente de la habitación.
Temblando por la adrenalina y sin ningunas ganas de socializar, Connie buscó algún sitio en el que estar sola. De la manera más discreta posible se deslizó hasta un espacio que encontró a un lado del escenario. Mientras contemplaba el espectáculo de Kasey y Jan, revivió el enfrentamiento. En cierto modo, todo aquello era un alivio. Había supuesto que más pronto o más tarde sucedería algo, y, ahora que había sucedido, quizás las cosas mejoraran. Lo deseaba sinceramente, por el bien de todas.
Todavía absorta en sus propios pensamientos, Connie se volvió para encontrarse con que Sage se había deslizado a su lado sin que se diera cuenta, «¡Oh, perfecto!» ¿Qué había hecho últimamente para merecerse que la pusieran a prueba de aquella manera? «Por favor, que no me hable.» Le alivió ver que Kasey cogía el micrófono.
Pero su suerte siguió la tónica habitual de la noche y, mientras Kasey marcaba el ritmo con su cuerpo, Sage le dijo:
—¿Has llegado a verla en acción?
—La he visto actuar, si te refieres a eso.
—¿Para un grupo de lesbianas?
—No,
Sage esperó hasta que Connie la miró a los ojos.
—Sabe cómo ponerlas a tono.
—Eso he oído.
Aquellos inquisitivos ojos marrones escudriñaron la mirada azul de Connie, quien, a su vez, también la escudriñó haciéndose preguntas en silencio hasta que su atención se vio distraída,
—Esta es para tí, Sharon, Gracias por esta fiesta tan maravillosa —anunció Kasey.
Con facilidad se dejó llevar por el ritmo, con su voz prominente que hacía que su excitación fuera en aumento. Los movimientos de su cuerpo y las expresiones de su cara añadieron un toque personal a la interpretación con la que ofrecía a Sharon un agradecimiento único. Connie observó la inmensa capacidad de seducción de Kasey mientras interpretaba la canción favorita de Sharon. Vio cómo cerraba el puño contra su pecho mientras formulaba las preguntas de la letra de No One Else on Earth. La seguridad y la fuerza que emitía desde una sensualidad claramente femenina resultaban fascinantes. La contradicción entre fuerza y feminidad resultaba intrínsecamente sensual. No era de extrañar que las pusiera a tono, tal como había dicho Sage. Era una combinación tan ideal como infrecuente. Demasiadas mujeres, decidió Connie, tenían miedo de descubrirse a sí mismas, de desarrollar su plenitud. Era fácil ver por qué disfrutaban contemplando a una mujer tan completa como Kasey Hollander.
Por un momento, Connie apartó los ojos el tiempo suficiente para fijarse en el grupo de mujeres que había cerca del escenario. Sus caras resplandecientes de adoración la hicieron esbozar una sonrisa de orgullo. Era a su amante a quien ellas admiraban, era su Kasey al lado de quien querían estar.
Mantuvo felizmente aquella sensación de orgullo hasta que volvió a mirar a Sage Bristo. Su mirada era completamente desafiante. Sus oscuros ojos marrones recorrían descaradamente cada centímetro del cuerpo de Kasey, disfrutando del movimiento de sus caderas, del brillo del sudor que perlaba su pecho. No había ni pizca de rubor en su goce, ni siquiera cuando Connie la miró. Incluso aunque Kasey hubiera dejado bien clara su elección, saber lo cerca que había estado aquella mujer resultaba amedrentador. «¿Qué estará pensando Sage? ¿Qué la hizo acercarse tanto? ¿Cree que puede volver a hacerlo?»
—Tendréis que disculparnos un momento. Jan y yo nunca hemos interpretado esta juntas —explicó Kasey, y se reunieron en el teclado, Kasey tarareando y Jan probando los acordes. Después Kasey regresó al micrófono—. Es fantástica. Ya la tiene. —Se volvió y sonrió a Jan y después, mirando a Connie a los ojos, le dijo en voz baja—: Esta es para ti.
El pulso de Connie se aceleró inmediatamente y una oleada de calor le recorrió todo el cuerpo. En aquel momento no importaba nada más, sólo la mirada bañada en azul enviándole una descarga de electricidad por todo su cuerpo. No existía Sharon, no existía Sage. No había nadie más que Kasey y Connie.
—Bendigo el día en que te encontré... —su voz poderosa transportaba las palabras directamente desde lo más hondo de su alma.
El corazón de Connie ya no le pertenecía. Al llegar a la segunda estrofa, había perdido la noción de las demás mujeres que las contemplaban. Sólo miraba a Kasey, no pensaba en nada más que en ella.
Y entonces, inesperadamente, Kasey le tendió la mano, igual que había hecho aquella noche en el club. Una invitación que Connie nunca rechazaría. Subió al escenario y la cogió de la mano mientras Kasey comenzaba la última estrofa. Connie ya no existía sin Kasey: «Dime que sólo me amarás a mí' y que siempre me dejarás ser como soy». —Atrajo a Connie hacia sí y colocó el micrófono entre ellas dos. Connie sabía exactamente lo que quería. Jan repitió las últimas dos estrofas y al unísono, con el tono suave y ligero de Connie que complementaba el tono potente y pleno de Kasey, acabaron juntas la canción. La sala rompió en aplausos.
La sonrisa de Kasey se fundió en un tierno beso antes de que, una vez más, cogiera el micrófono. Cuando se hizo el silencio explicó con un poco de timidez:
—Y ahora sí que tengo que irme a casa. Gracias por venir y por este cumpleaños tan especial. Buenas noches.
Con la máxima discreción posible, fueron diciendo adiós y avanzando hacia las escaleras. Su despedida fue educada y cordial y, por fin, entraron agradecidas en el refugio del coche de Connie. Había sido un día muy largo, plagado de emociones y prácticamente sin ninguna intimidad. Connie se dirigió rápidamente a casa.
—Ha sido muy bonito, Kasey —dijo buscando su mano.
Kasey apartó el apoyabrazos y se acercó a ella.
—Esa canción parecía decir todo lo que siento. Me alegra que Jan haya podido tocarla.
—Las palabras que has cantado me han ido directas a lo más hondo. —Justo en su alma, donde acostumbraba haber un espacio vacío que entonces el amor de Kasey había llenado. Las lágrimas se le acumularon en los ojos—. Siempre seré tuya, Kasey.
—Eres más de lo que nunca he soñado. —Suavemente, Kasey besó una lágrima que asomaba por el rabillo del ojo y cuchicheó en su mejilla al tiempo que con una mano acariciaba lentamente la fina seda que cubría los pechos de Connie—. Llevo toda la noche queriendo demostrarte cuánto te quiero.
Los toques tiernos y delicados de los labios de Kasey empezaron a cubrir la piel del escote de Connie.
—Kasey, así es imposible conducir. —Sin embargo, con una mano que rodeaba la cabeza de Kasey, la animó a que siguiera con aquellas suaves caricias entre sus pechos. La calidez de la mano de Kasey se deslizó lentamente hacia arriba por debajo del suave vestido—. Kasey, si esto es una prueba para ver cuánto tiempo puedo resistirlo, voy a suspender. —No había tregua en los besos sobre sus pechos, y los dedos acariciaban la sedosa calidez entre sus piernas—. O paras tú o paro yo.
El aliento de Kasey era cálido sobre su piel enrojecida.
—Voy a hacerte el amor aquí mismo.
Rápidamente, Connie aparcó el coche a un lado de aquella tranquila carretera relativamente rural. Mientras Kasey se soltaba el cinturón, Connie echó el asiento hacia atrás.
—Nunca pensé que desearía tanto a alguien —dijo apretando su boca contra la de Kasey.
Su deseo era urgente: no hacía falta ningún crescendo en el tiempo. Las horas de juegos previos emocionales ya habían creado unas ansias urgentes de satisfacción. Connie se movió resueltamente bajo ella. Sus besos, ya sin ternura, avanzaban desesperadamente hacia su objetivo. Los gemidos continuos se encontraban con los suspiros de deseo mientras sus cuerpos se peleaban por entrar en contacto. De pronto, Connie agarró la mano de Kasey y la dirigió de un modo agresivo dentro de la cinturilla de sus pantalones, donde los dedos insistentes acariciaron su deseo líquido. Sin aliento, le ordenó:
— Ahora, nena, ahora.
La voz de Kasey era grave y lujuriosa.
—Te quiero. —Se deslizó fácilmente en lo más hondo de su dulce interior—. «¡Oh Dios, te quiero!» —Encontró el sitio que tan bien conocía y lo rodeó trazando círculos, lo masajeó hasta que empezaron a sonar los gritos entrecortados de excitación de su novia.
—Sí, Kasey... ¡sí, nena! —Las palabras de Connie eran de puro placer—. Lo haces tan bien, tan bien... Oh, sí... sigue así —jadeó con fuerza contra la oreja de Kasey.
La expresión del deseo de Connie proporcionaba un exquisito placer a Kasey, quien gimió con el impulso del inminente orgasmo. Connie se estremeció contra ella y gritó en pleno éxtasis:
—Ohhh... Sí, sí, sí —la tensión rompió las últimas ataduras y Connie levantó las caderas para atraer a Kasey a su interior.
Más hondo. Más fuerte. Abriéndose del todo, por completo. Los gritos resonaron en el coche—. Te amo, te amo, te amo. — Kasey le cubrió la cara y el cuello con las tiernas caricias de sus labios mientras Connie restregaba su cuerpo contra el suyo, manteniéndola en su interior, capturando hasta el último momento de placer.
Susurró amorosamente las palabras.
—Oh, guapísima, lo eres todo para mí.
Kasey apretó los labios contra su cálida cara y saboreó la sal de sus lágrimas. Forzó la vista en la oscuridad para verle la cara y su voz rezumó preocupación:
—¿Qué pasa, Connie? ¿Te encuentras bien?
Cerró cariñosamente los brazos para apretarse estrechamente contra Kasey.
—Nunca dejes de amarme.
—No lo haré, cariño —le prometió secándole las lágrimas con sus besos—, No lo haré.
Kasey recuperó su posición reclinándose en el apoyabrazos y Connie se desplazó para dejarle más sitio.
—Lo siento —dijo mientras se secaba la humedad de la cara—. Debe de haber sido bastante incómodo.
Kasey negó con la cabeza y sonrió:
—Ha sido el mejor regalo de cumpleaños que me han hecho nunca.
Con una extraña sensación de rubor, Connie sonrió y señaló la cadena que Kasey llevaba alrededor de su cuello,
—Si lo hubiera sabido hace dos semanas... —Se rieron a la vez, suavemente, juntando las cabezas en la oscuridad. Después, Connie se puso pensativa—. ¿Por qué tendré la suerte de tener una amante tan generosa?
—Vamos a casa y te demostraré lo egoísta que puedo llegar a ser.

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VEINTISIETE

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:49 pm

—¡Por fin habéis llegado! —exclamó Donna cuando Kasey y Connie aparecieron por un lado de la casa. Cada una recibió un cálido abrazo de Donna y, después, de Evonne mientras Sharon guardaba una distancia educada. Donna se apartó un poco para valorar el atuendo de Connie:
—Estás guapa con vaqueros y botas.
—Hemos tenido que pedir las botas prestadas, por eso hemos llegado tarde —explicó Kasey.
—Eso está bien. Son imprescindibles. No queremos que os caigáis, ya que los caballos no siempre son los animales más nobles —se rió Evonne—. Sage está detrás, ensillando a nuestras dos damas. Ahora mismo estábamos pidiéndole a Sharon su opinión sobre una valla que queremos poner, Parece que nos va a hacer falta tu experiencia, Kase, tenemos un problema.
—¡Eh! —la voz de Sage llegó desde la cuadra—. ¿Quién va a montar conmigo?
—¿Tú no montas, Sharon? —le preguntó Kasey.
—No, hoy no me encuentro muy bien y no me apetece.
Kasey miró a Connie.
—¿Quieres ir tú a montar con ella? Así puedo ayudarlas con lo de la valla y después podemos cabalgar nosotras dos juntas.
La idea no era precisamente emocionante, pero tenía un punto de ironía. Obviamente ella no era la persona con quien Sage esperaba cabalgar y, si Connie lograba superar la preocupación de quedar como una estúpida ante ella, podría resultar una experiencia interesante.
—Claro —decidió. «¿Por qué no?»
—Montará Connie —le respondió Donna—. Ahora vamos.
—Ya verás qué bien —le dijo Kasey para tranquilizarla—. Seguro que montas mejor que yo.
A Connie le preocupó que la aprensión que Kasey había notado fuera perceptible para todo el mundo.
—No lo sé, Hace mucho tiempo que no monto.
Evonne miró en dirección a la cuadra,
— No te preocupes. Sage prefiere montar a Blaze y, allí donde va Blaze, Sassy la sigue. Son inseparables.
— Como sus dueñas —añadió Donna con una sonrisa.
— No has de preocuparte por controlarla: limítate a cabalgar y a disfrutar —concluyo Evonne
— Vale. Está bien,
Al entrar en la cuadra, Connie contempló admirada las dos magnificas yeguas alazán,
—Las criaron juntas, El anterior propietario primero intentó venderlas por separado —explicaba Donna—, pero dejaban de comer, así que no tuvo más remedio que encontrar a alguien que se las quedara a las dos. Nosotras le vinimos como anillo al dedo,
—Son unos anímales muy hermosos —comentó Connie. Sage le tendió las riendas.
—Aquí tienes.
—Connie, esta es Sassy. —Evonne le acarició afectuosamente el hocico aterciopelado para facilitar su presentación.
Connie le pasó las manos por el poderoso cuello.
—Hola, Sassy, espero que seas una señorita delicada porque estoy un poco oxidada.
Sassy bajó su gran cabeza y dio un suave empujón en el pecho de Connie.
—Me parece que ya le has gustado —se rió Donna.
Sage ya estaba en la silla, así que, tras unas cuantas caricias de presentación, Connie decidió que era el momento. Con las riendas y la perilla de la silla en la mano, colocó el pie izquierdo en el estribo y se impulsó. En una décima de segundo y con un impresionante golpetazo, se encontró de espaldas en el sucio suelo, viendo cómo la silla colgaba grotescamente a un lado del vientre abombado de Sassy.
Sharon soltó una carcajada. Connie levantó la vista a tiempo de ver los restos de una sonrisa en la cara de Sage antes de que Kasey la ayudara a levantarse.
—¿Estás bien? —le preguntó Kasey mientras Evonne le quitaba el polvo de la camisa blanca.
—¿Qué ha pasado? —No tenía claro si sentir vergüenza o indignación.
—La cincha estaba demasiado floja —la reprimenda de Evonne fue educada—. Sage, te has olvidado de que Sassy es una tramposa
Donna colocó la silla en su sitio y explicó mientras ceñía la cincha:
—Sassy siempre coge aire y lo retiene mientras intentas ajustar la cincha. Hay que darle una palmada en el vientre y apretar la cincha cuando exhala.
El tono de Sage tenía un matiz indefinible.
—Se me olvidó —dijo sentándose bien erguida y distante sobre Blaze.
El tono de Connie siguió conciliador:
—No pasa nada. Debería haberlo comprobado yo también.
—¿Estás lista para volver a intentarlo? —le preguntó Donna con una sonrisa.
—Una vez más.
Connie se sacudió los bajos de sus pantalones y montó, esta vez sin dificultad, y le hizo a Sassy unas cuantas caricias de agradecimiento por haberse estado tan quieta.
—¿Preparada? —le preguntó Sage.
—No soy Dale Evans, pero vamos allá.
Tal como le había adelantado Evonne, sin que Connie hiciera nada, Sassy siguió a Blaze fuera de la cuadra. Mientras pasaban, Kasey le dio una palmadita a Connie en el muslo y una sonrisa de ánimo.
—Si no he vuelto al anochecer, manda al sheriff a por nosotras —bromeó Connie, y hasta Sharon sonrió.
Con un trote lento, los caballos llevaron a las mujeres a lo alto de la colina que había detrás del granero y siguieron el camino que cruzaba un bosquecillo. Connie, que ya se sentía más cómoda en la silla, se maravilló de la pericia de Sage.
—Para ser una mujer de la gran ciudad, se te ve muy cómoda a caballo. Manejas muy bien a Blaze.
Prosiguieron su recorrido por el sendero y Sage no respondió inmediatamente,
—Nueva York no es sólo la ciudad de Nueva York —contestó pasando por un claro entre los árboles. Se detuvieron al borde de un gran campo junto a los árboles—. Yo tenía acceso a un gran picadero al norte del Estado,
«Un trote fácil y una conversación agradable. Quizás al fin y al cabo no sea tan malo.»
—Pues yo solía montar mucho, pero han pasado más de diez años desde la última vez que me subí a un caballo.
—Quizás podría ser de ayuda si te lo plantearas como lo de follar con un hombre: cuanto más te relajes, menos te dolerá.
Connie clavó sus ojos azules en la acerada mirada marrón de Sage. Parecía que la situación no pretendía ser precisamente cómoda. Al parecer, también su intuición había acertado en lo de la cincha mal atada: no había sido un descuido de Sage.
—Que yo te caiga tan mal, ¿es por Sharon o por Kasey?
—Por ninguna de las dos. —Su voz era como una oleada de frío y tenía la mirada fija—. He estado con mujeres como tú.
Eres como una novelita romántica barata. Bruscamente, Connie rompió el contacto visual y, tirando con fuerza de la rienda izquierda, hizo que Sassy regresara a los árboles. La pelea iba a ser inevitable a menos que se alejara de allí, pero Sassy sólo colaboró hasta que llegaron al camino; allí empezó a andar de lado, a pelearse con las riendas. Blaze la llamó mientras Sage continuaba hacia el campo y no hizo falta nada más: a pesar de todos los intentos de Connie por controlarla, Sassy no hacía caso de las riendas, y dio media vuelta para seguir a Blaze. Sus inútiles esfuerzos por detenerla se terminaron cuando, de pronto, Sage puso a Blaze al galope. Sassy salió disparada, prácticamente derribando a su amazona. Sólo con un pie en el estribo y aferrándose desesperadamente a la silla con una sola mano,
Connie se debatió para recuperar el equilibrio y evitar salir disparada Dolorosamente se esforzó por echarse hacia delante, haciendo toda la fuerza que podía con las rodillas hasta que, por fin, centrada de nuevo en la montura, logró colocar el otro píe en el estribo. El instinto de tantos años atrás asumió el control Hizo fuerza sobre los estribos hasta levantarse de la silla lo suficiente para acomodarse al ritmo del galope de Sassy. Ahora sí que estaba montando, cabalgando como ella sabía, con las piernas firmes y seguras, con buena postura. Dándole rienda suelta a Sassy y espoleándola para regular la velocidad de su zancada larga y suave alcanzó a Sage
Corriendo en paralelo, Sassy copió el ritmo de Blaze zancada a zancada en su galope por el campo. Sage, sorprendida, miró a su lado y espoleó a Blaze para que galopara a la máxima velocidad Sassy respondió automáticamente. En realidad, Connie estaba empezando a disfrutar del reto: hicieron una carrera hasta el final del campo, girando en una amplia curva al llegar y volviendo a competir de vuelta. Aunque no esperaba que lo reconociera, Connie sospechaba que Sage también había empezado a divertirse. Bajando el ritmo al trote, Sage encabezó la marcha hasta otro grupillo de árboles y luego hasta otro claro con diversos valles y colinas.
Se detuvieron en lo alto de la primera colina para dar un descanso a las yeguas. Aunque su enfado persistía, la curiosidad de Connie pudo más que ella y se arriesgó con una pregunta que rozaba el insulto.
—Cuando dices que has estado con mujeres como yo, ¿a qué tipo de mujeres te refieres?
Sage la miró atónita o por la pregunta o por que Connie se la hiciera. Con su característico retraso, bajó la mirada hacia Blaze y le deshizo una trenza en las crines. Connie se preguntaba si Sage estaría decidiendo cómo explicárselo o si quería responder a la pregunta. Esperó con paciencia mientras Sage fijaba su mirada perdida en las vistas desde la colina. Por fin Sage habló:
—Me refiero a mujeres que parecen completamente heteros en todos los aspectos de su vida y que después, a escondidas, se acuestan con alguien como yo. Necesitan un marido para mantener la apariencia de normalidad, quieren una seguridad económica y no piensan arriesgarse a perder a sus hijos — dudó y volvió a acariciar a Blaze—, pero anhelan la intimidad emocional y el buen sexo que sólo puede proporcionarles una mujer. Así que —por fin miró a Connie con una sonrisa fría y sin sentimiento—, sí te gustan las mujeres guapas y las aventuras, ahí fuera hay muchas. Lo único que has de hacer es tener cuidado para no cometer la estupidez de enamorarte de una.
Ella hizo caso omiso de la referencia:
—¿Como te pasó a tí?
—No. —Su respuesta fue inusualmente rápida, y su mirada fría, como un témpano—. Dejé que me tuviera como... como amante. —Sage esperaba, impávida y, curiosamente, con la mirada gacha una reacción que no llegó—. ¿Vas a cabalgar o a charlar?
Súbitamente, Connie rompió el contacto visual e hizo que Sassy empezara a descender la colina. Cabalgaron un buen rato sin más conversación, subiendo colinas y haciendo carreras por los valles. «Una mujer curiosa», pensó echando un vistazo a Sage. Su frialdad y su seguridad en sí misma rozaban la arrogancia, y sin embargo, aún así, inexplicablemente no resultaba intimidante. Sólo hacía que Connie la mirara con más detenimiento y que viera algo en su sonrisa que era una perfecta contradicción. La contempló mientras cabalgaban de vuelta y se preguntó si algún día llegaría a conocerla. Lo más extraño era ese deseo de conocerla, teniendo en cuenta cómo la trataba.
* * *
El sonido de los cepillos pasando por los lisos y relucientes lomos de las yeguas era lo único que se oía en la cuadra. Las dos mujeres trabajaban en silencio hasta que Dona irrumpió enérgicamente:
—¡Vaya! Habéis vuelto de una pieza y ni siquiera hemos tenido que enviar al sheriff a por vosotras.
—¿Tanto hemos tardado? —preguntó Sage.
—Lo suficiente para que decidiéramos comer sin vosotras. Ya acabo esto yo —se ofreció Donna—. Podéis ir a lavaros. Sage siguió cepillando a Blaze.
—No, me quedo a ayudarte.
—Ve tú, Connie, creo que Kasey empieza a estar preocupada.
—Gracias, Donna. —Al pasar por al lado de Sage cuando salía, le dijo en voz baja—: Que conste que te equivocas conmigo. —Seguramente las palabras no iban a significar nada para Sage, pero decírselas le hizo sentir mejor.
Durante el resto del día, mientras las mujeres conversaban, Sharon y Sage se mantuvieron a una distancia prudente. Sin embargo, Donna y Evonne demostraron ser absolutamente encantadoras. Cálidas y sinceras, mantenían una proximidad llena de sonrisas y de afables caricias que hicieron que Connie se sintiera querida desde un principio. Le parecían personas amables, comprensivas y se sentía bienvenida en sus vidas y en su casa. Fue la sensación de aceptación lo que le hizo apreciar lo importantes que eran aquellas mujeres para Kasey y lo importantes que se habían vuelto ya para ella también. Entró en la sala donde estaban todas, con bebidas para ella y para Kasey.
—Oooh —se quejó al agacharse para sentarse en el suelo delante de Kasey—. A pesar de que hemos montado un buen rato, no esperaba que fuera a estar tan molida, pero ya empiezo a notarlo.
—Es toda una serie de músculos que no sabías que tenías — sonrió Evonne.
—Esta noche nada de gimnasia, amiga mía. —Donna le guiñó un ojo a Kasey—. Cuando llevéis un tiempo juntas os acostumbraréis a esas noches tranquilas en las que no pasa nada.
Kasey se limitó a sonreír y empezó a masajear los músculos del cuello y los hombros de Connie.
—Parece como si creyerais que estamos todo el rato haciéndolo —respondió Connie con una sonrisa.
Kasey saltó antes de que Donna pudiera responder.
—No, parece como si eso fuera lo que solían hacer ellas al principio de conocerse.
Cuando todas se rieron el ambiente se volvió algo más ligero, más relajado. Parecía que se aceptaban las bromas y aquello le gustaba a Connie.
—Sí, sí, cuéntales lo de aquella vez que el jefe de Evonne casi os pilla —sugirió Sharon.
—Ahora nos reímos —empezó Evonne—, pero cuando pasó no fue tan divertido. Me había quedado a trabajar hasta tarde en la oficina y Donna vino a traerme algo de comida. Hacía horas que el jefe se había ido y, bueno, una cosa llevó a la otra... —Un rubor se extendió por su cara redonda mientras sus maternales ojos refulgían con malicia insospechada. Todo el mundo se había formado ya una imagen mental y empezaron a reírse en voz baja previéndola. Donna se tapó la cara con las manos mientras Evonne continuaba—. Estábamos en el suelo, haciéndolo, cuando oí que se abría la puerta de la calle. Nunca verás a dos mujeres vestirse más rápido. Empujé a Donna dentro del armario justo en el momento en que mí jefe abría la puerta del despacho. —Hasta Sage se reía a carcajadas—. Todavía me pregunto por la expresión que debía de tener yo en la cara. El comentó algo sobre que yo trabajara hasta tan tarde y que se había olvidado algo y se fue. No sé que habría hecho yo sí lo que se dejó hubiera estado en el armario. —Las mujeres estaban muertas de risa, pero Evonne aún no había terminado—. Esperad, que hay más. Cuando abrí la puerta del armario, a Donna le dio tal ataque de risa que no podía ni hablar, Al final consiguió llevarme hasta el espejo de detrás de la puerta. No podía creerme lo que veía: tenía los pelos de punta y el sujetador desabrochado, así que los pechos me quedaban más caídos que de costumbre. Sólo tenía abrochado un botón de la camisa y en un ojal equivocado, y, con la mano, me aguantaba el cierre de los pantalones. —Connie se reía tanto que se le saltaban las lágrimas, pero Evonne aún no había acabado—. ¿Y sabéis qué es lo más divertido? Que nunca lo mencionó. No puedo ni imaginarme qué pensaría. Debió de creer que estaba borracha.
Finalmente las carcajadas se convirtieron en risitas, después de haber relajado las tensiones que habían ribeteado con tanta intensidad los momentos previos del día. Les dio una base común, algo que compartir y de lo que disfrutar juntas. Ya más abiertas, sin el impedimento de las barreras construidas por ellas mismas, empezaron a intercambiar anécdotas. Se explicaron las veces que las habían pillado o que habían estado a punto de pillarlas. Y aunque las historias alcanzó la vis cómica de la de Evonne, eran divertidas e incluso instructivas. Sage explicó que, cuando estaba en la universidad, la sorprendieron en el aparcamiento con una mujer.
—Estábamos en plena faena, con las ventanillas empañadas por el vapor, cuando sonaron unos golpecitos en la ventanilla del conductor. La bajé y me deslumbró la linterna de un policía, «Estábamos hablando» sonó más como un chiste que como una explicación. Nos advirtió que más valía que no volviera a vernos nunca en aquella calle. —Las mujeres estaban pendientes de la conclusión y Sage cedió— La noche siguiente volvió a pillarnos, exactamente igual
La historia resultaba tan reveladora como divertida. Demostraba la fuerte tendencia al desafío que marcaba claramente la personalidad de Sage. Connie tardó poco en advertirlo y lo archivó para el futuro como una pieza más del rompecabezas. Sospechaba que la vida de Sage incluía experiencias mucho más extremas que aquella, episodios demasiado reveladores para compartirlos, aunque, a pesar de los rumores que generaba, todo en ella parecía ser bastante moderado.
Las manos de Kasey volvían a masajearla. Connie se inclinó hacía atrás, apoyando los brazos en las rodillas para que Kasey le alcanzara la espalda con más facilidad.
—Ohh, esto está muy bien.
—Kasey da los mejores masajes de espalda que me han hecho nunca —comentó Donna.
—Tiene unas manos maravillosas —dijo Evonne.
Donna, de camino a la cocina, acarició la cabeza de Connie:
—Como si ella no lo supiera.
Evonne enrojeció.
—No me refería a eso.
—Ya lo sabemos —se rió Sharon— pero es tan buena que podría cobrar por sus servicios,
—No me tientes —la advirtió Kasey—, que ya he hecho suficientes para ser una mujer rica.
—Parece como si yo fuera la única que no lo ha probado — dijo Sage en un tono sospechosamente inocente.
—Sí, bueno, yo creía que habías recibido el tratamiento de lujo —dijo Sharon con una sonrisita de complicidad que no dejaba ninguna duda sobre su falta de inocencia.
Connie notó que las manos en su espalda se detenían de golpe y levantó la cabeza a tiempo de ver una mirada afilada como un puñal dirigida a Sharon. El mensaje alcanzó su destino.
—Sólo era una broma.
kasey se levantó y avanzó hacia Sage, pero su reprimenda siguió dirigiéndose a Sharon:
—No creo que a nadie le haya parecido gracioso. —Se estiró para colocar un almohadón en el suelo y agarró a Sage por el brazo. Una cara completamente seria acompañaba su tono firme—. Tu turno.
—Yo también lo decía de broma, Kasey.
—Pues yo no. Túmbate.
Sage se levantó desafiante, mirándola de hito en hito. Todas observaban en silencio.
—Pareces una mujer dura.
—Lo bastante dura para tirarte al suelo si quisiera ponerte en evidencia.
—Sage, no te metas con ella —le advirtió Sharon.
En voz baja y con seriedad, Sage explicó:
—Mira, no quiero causar problemas.
—No los causarás., —Kasey no podía esbozar ni la menor sonrisa—Túmbate.
Superando el desafío, Sage cedió y se tumbó en el suelo boca abajo. Kasey se puso a horcajadas, se acomodó sobre su culo y colocó sus fuertes manos en sus hombros. Era la primera vez que Connie veía a Kasey reaccionar con tanta furia, pero sabiendo lo terca que era no la sorprendía.
Siguió observándolas mientras Kasey le sacaba la camisa de dentro de los vaqueros y, diestramente, le desabrochaba el sujetador con una mano mediante un gesto que ella conocía muy bien. Sage, sorprendida, levantó la cabeza para mirar a Kasey.
—Quizás sería mejor que esto fuera en privado.
—Si no —respondió Kasey haciendo que Sage volviera a apoyar la cabeza en el almohadón—, podría salirte un morado.
—Voy a tirarle el disco volador a Cooper antes de que se haga de noche —dijo Sharon,
—Muy bien, pero asegúrate de que os quedáis a la izquierda de la casa —le advirtió Donna—. Nuestro vecino ha amenazado con disparar a cualquier animal nuestro que entre en su finca.
—Es una lástima que no podáis hacer que arresten a ese cabrón —gruñó Sharon al salir.
—Tú ve con cuidado —enfatizó Donna.
—Iré con cuidado. Vamos, Coop.
—Es por eso por lo que vamos a poner una verja de madera en vez de un alambre —aclaró Evonne—. Además, un poco de intimidad tampoco nos vendrá mal.
—El jueves alquilaremos una taladradora —dijo Kasey— y cogeré la broca extra por si nos encontramos con raíces de envergadura en aquel punto.
—Muy bien, después sólo has de enseñarnos cómo colocar los postes y Evonne y yo podemos hacer el resto —replicó Donna.
—¿Estáis seguras de que no queréis ayuda?
—No, ya haces bastante cavando los agujeros.
—¿Sigues entre nosotras, Sage? —Evonne lanzó un guiño a Kasey.
Sage se limitó a gemir suavemente, con aspecto de estar completamente satisfecha bajo las expertas manos de Kasey. Connie contempló cómo aquellas hermosas manos que conocía tan bien presionaban sobre la camisa azul desteñida de Sage. Hasta entonces nunca había visto sus gestos, sólo había sentido las consecuencias. Firmes e imperativos, sus manos y sus morenos brazos de prominentes venas hacían maravillas. Pensó que era una sensación extraña. «¿Puede ser sensual sin ser sexual?» No sabía describirlo de otra manera, pero entonces, al fin, ya quedó claro lo que estaba haciendo Kasey y porqué había insistido tanto. Tenía que hacerlo delante de sus amigas, delante de su novia, para demostrar que podía existir un contacto físico entre ellas sin que fuera sexual Una demostración para la que, según sospechaba Connie, Sage no estaba preparada. No obstante, seguro que en aquel momento Sage no querría cambiarle el sitio a nadie. Las manos siguieron trabajando, recorriendo los hombros de Sage a lo ancho y a lo largo, de ida y de vuelta, diversas veces.
—No sé cómo puedes aguantar tanto rato, Kase, Yo he intentado hacerle masajes a Evonne, pero me canso enseguida — reconoció Donna.
—Yo le digo que debería practicar más —se rió Evonne.
—Es cierto —añadió Kasey—, te ayudará a aguantar más. — Su sonrisa maliciosa obtuvo las risas que buscaba mientras, presionando en la espalda de Sage, se levantaba—. Muy bien, la sesión de regalo se ha acabado. La próxima te saldrá carísima.
Con los ojos aún cerrados, la respuesta de Sage fue poco más que un murmullo:
—La próxima vez te daré todo lo que quieras.
Kasey se agachó y le dio una palmadita de broma en la coronilla. Volviendo a su asiento, rodeó con los brazos los hombros de Connie y la abrazó con fuerza. Se escondió en su cuello y le susurró:
— Te amo, vaquera.
—Ya lo sé —le dijo ella, acurrucándose con una dulce sonrisa.
—Muy bien, chicas —anunció Sharon apareciendo desde la cocina—. Coop ya está cansado, así que supongo que es hora de irse. Maldita sea, Kasey, ¿qué le has hecho a Sage? —Todas se rieron al darse cuenta de que el cuerpo tendido en el suelo no se había movido ni un centímetro.
—Sissy —bromeaba Sharon con un suave tono maternal—, es hora de levantarse, cariño. —Hasta Connie tuvo que sonreír.
—Ummm. Apaga la luz —murmuró adormilada Sage
Todavía con ganas de jugar, Sharon se agachó y empezó a hacer cosquillas en los costados de Sage, quien recuperó la conciencia de golpe, y se retorció para huir del alcance de Sharon. De nuevo se rieron a su costa cuando se apoyó en las piernas de Donna con una sonrisa tímida.
—Joder, Sharon.
—Venga, podrás seguir durmiendo cuando llegues a casa, pero no te creas que vas a conseguir ningún masaje de estas manitas.
Sage rápidamente se abrochó el sujetador y se puso de pie mientras Sharon abrazaba a Donna y a Evonne. Se despidieron de Kasey y de Connie con un gesto de la mano y fueron hacia el coche.
—¿De verdad me hubiera tumbado ella al suelo? —le preguntó Sage.
—En un abrir y cerrar de ojos —sonrió Sharon.


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VEINTIOCHO

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:50 pm

Los espaguetis estaban a punto. Connie apartó la cazuela del fuego,
—Kasey, la cena ya está —anunció probando la salsa y removiéndola por última vez.
Kasey contestó desde el salón.
—Comamos aquí. —Encendió el televisor, puso su emisora de noticias favorita y quitó del sofá la cesta de la ropa.
Sosteniendo una pila de toallas dobladas bajo la barbilla, se dirigió al armario de la ropa blanca. Aquel fin de semana habían decidido no ir a la cabaña y ponerse al día con las labores del hogar. Quería estar localizable por si Donna necesitaba ayuda para lo de la verja.
De repente, un nombre familiar en la tele captó su atención. Volvió a entrar en la sala y le impacto reconocer las caras de la pantalla: «Dos mujeres asesinadas esta mañana en el jardín de su casa, presuntamente por los disparos de un vecino», informó la voz.
—¡Noooo! —gritó Kasey. Se quedó clavada mirando a la televisión, a las caras de Donna y Evonne.
Al oír el grito, Connie acudió corriendo al salón. Kasey estaba sentada en la mesita y parecía asustada como un animal herido.
—Kasey, ¿qué pasa? ¿Qué ha ocurrido?
Siguió los ojos de Kasey, que miraban la pantalla, e intentó comprender lo que estaba sucediendo. El reportero prosiguió:
«Las mujeres vivían juntas y habían mantenido una relación lésbica durante más de once años, lo que puede haber sido un factor que haya contribuido a su asesinato. Evonne Koch, la mayor, tenía dos hijos ya adultos. En estos momentos la policía está interrogando al hombre mayor que vivía junto a la casa de las mujeres. Seguiremos informando a medida que se vayan conociendo los hechos.»
—¡Dios! ¡No! —exclamó Connie—. Esto no puede estar sucediendo.
—No, no, no —repitió Kasey mientras se ponía de pie—. No son ellas. —Vagó sin rumbo por la habitación, pasándose nerviosamente las manos por el pelo—. No son ellas —repetía negando con la cabeza. Connie la cogió de un brazo, pero Kasey la apartó.
—No, no no —decía apartándose de los intentos de Connie, como si evitar su consuelo fuera a invalidar las noticias—, Tengo que ir —dijo muy nerviosa palpando con las manos la superficie de la mesita.
Rápidamente Connie cogió las llaves que estaban en la otra mesita.
—¿A donde, Kasey? ¿A donde has de ir?
Kasey se cubrió la cara con las manos y negó con la cabeza. Bruscamente echó a correr, cruzó la cocina y salió por la puerta de atrás. Connie empezó a seguirla, pero se detuvo, agarró la puerta de rejilla antes de que se cerrara y miró cómo los pasos desorientados de Kasey finalmente la llevaban hasta la verja de atrás. Después, con los ojos enturbiados por las lágrimas, vio cómo Kasey dolorosamente golpeaba con las manos los tablones de la verja, gritando una y otra vez: «No, no, no».
Las lágrimas rodaban por la cara de Connie que, impotente, contemplaba la angustia de su novia hasta que el timbre del teléfono interrumpió su estado de shock. El timbrazo, minúsculo en comparación, hizo que responder a la llamada pareciera completamente inútil, de modo que no le hizo el menor caso, pero la voz sonaba persistente desde el contestador.
—Kasey, Connie, soy Sage. Por favor, coged el teléfono. Necesito vuestra ayuda. —Y se quedó a la espera.
Diligentemente, Connie descolgó y se oyó a sí misma decir:
—Soy Connie.
—¿Estabais viendo las noticias?
—Sí.
—Créeme, eres la última persona a la que querría molestar, pero Sue no está en casa y Sharon está histérica y no sé qué hacer con ella. Le he quitado las llaves del coche, pero no sé dónde guarda la llave del armario de la escopeta. Dice que va a matarle.
—Es una impresión tan brutal... Kasey —titubeó—, también está afectadísima. —Connie hizo una pausa intentando tomar la decisión correcta—. Iremos para allí en cuanto podamos.
Se acercó a Kasey, que ahora estaba agarrada a lo alto de la verja de casi dos metros con la cabeza gacha. Sollozaba. Connie deslizó las manos por encima de las suyas, la soltó de los tablones y la rodeó con los brazos. Durante los siguientes minutos estuvo abrazándola. Lo único que podía hacer era ofrecerle la fuerza que le quedaba y el consuelo de sus brazos. Nada de lo que pudiera decir iba a ayudarla. Finalmente le susurró.
—Tenemos que ir a casa de Sharon. Te necesita.
Recorrieron en silencio la distancia que había hasta casa de Sharon. Connie conducía sosteniendo la mano de Kasey, que miraba por la ventanilla y regularmente se secaba los ojos.
—No creo que verme vaya a ayudar a Sharon —dijo Connie aparcando en la entrada—. Ve tú primera. Yo me esperaré aquí. Si crees que has de quedarte, vienes a decírmelo y me voy a casa.
Kasey asintió y le apretó la mano, después corrió hacia la puerta principal. Connie la contempló hasta que desapareció en el interior, después dejó caer la cabeza hacia atrás e intentó encontrar un sentido a lo que había ocurrido.
—Kasey —la voz de Sage era suave mientras la abrazaba—. Gracias a Dios que has venido. ¿Estás bien?
—No puedo creérmelo.
—Yo aún no he tenido tiempo de pensar en ello. —Se soltó del abrazo cuando Sharon subió en tromba por las escaleras—. Toma —Sage le tendió a Kasey un juego de llaves— Esto es lo que está buscando.
Kasey se metió las llaves en el bolsillo al tiempo que Sharon irrumpía en la habitación. Había apremio en sus pasos, indignación en sus ojos y un rifle entre sus manos.
—Kasey, bien, Vamos, tenemos que darnos prisa. Venga. —Agarró el brazo de Kasey con energía, pero Kasey se puso delante de ella—. ¡No, Kasey! Sal de en medio —le gritó—. Tengo que pillar a ese hijo de puta. Les ha hecho daño. Les ha hecho mucho daño.
Sharon siguió empujando hacia la puerta, pero Kasey permaneció delante de ella.
—Está bien, Sharon, está bien. La policía ya le ha detenido. —Las lágrimas le corrían por la cara. Luchaba por mantener su propia serenidad, intentando reunir fuerzas para las dos.
Sin embargo Sharon, furiosa y bajo los efectos del shock, no era tan fácil de tranquilizar.
—No está bien. No está bien. Me necesitan. —Empezó a temblar, las lágrimas le caían de los ojos mientras repetía aquellas palabras—. Me necesitan.
Sin embargo entonces ya sabía que eran inútiles.
—El ya no puede hacerles daño.
Sharon miró sus apesadumbrados ojos y gritó entre llantos:
—¡Oh, no! ¡Dios, Kasey! —De repente, las muertes eran una realidad—. ¿Por qué? ¿Por qué?
Kasey pasó los brazos por los hombros de Sharon y la abrazó.
—No lo sé. Te juro por lo que más quieras que no lo sé. — En el consuelo del abrazo de Kasey, Sharon aflojó la mano que aferraba el arma y Kasey se la quitó con suavidad y se la tendió a Sage. Sharon hundió la cara en el hombro de Kasey y empezó a sollozar. Kasey la abrazó estrechamente, acunándola con suavidad.
»Shhhhh —le costaba un gran esfuerzo emitir palabras—. Nadie podrá volver a hacerles daño. —Con lo poco que le quedaba de control, le susurró—: Están juntas, siempre estarán juntas.
* * *
Absorta en sus propios sentimientos, Connie no vio que Sage se acercaba al coche hasta que repiqueteó en la ventanilla. La interrupción no fue bien recibida, pero, como había empezado a llover a cántaros, hizo señas de que entrara,
—No pienso aguantar ninguna humillación, Sage, así que ni se te ocurra.
—Maldita sea, Connie. Dos personas maravillosas han muerto y mi mejor amiga está histérica. ¿Qué clase de persona crees que soy? —vaciló, y mientras tanto su aspecto enfadado desaparecía rápidamente—. Quería agradecerte que hayáis venido tan rápido.
—Lo siento. —Tras disculparse, Connie se volvió hacia la ventana, se apoyó en el reposacabezas y cerró los ojos. El silencio que siguió resultaba incómodo y la amalgama de emociones, casi insoportable. La rabia, la frustración, el nerviosismo estaban pasando factura, pero la emoción que en aquellos momentos les partía el corazón, la más fuerte, era el dolor. Probablemente era el único sentimiento que podía unirlas. Sage habló con suavidad:
—Yo también lo siento, por muchas cosas. Pero no sé qué decirte ahora mismo.
Connie siguió mirando por la ventana sin expresión alguna.
—Lo único que podemos hacer es intentar ayudar a las dos personas que más nos importan a sobrellevar esto de algún modo —Se volvió para mirar a Sage, que seguía observando por la ventana y asintiendo. Finalmente Sage se volvió para mirar a Connie a los ojos.
—¿Crees que estarán bien solas ahí dentro? —le preguntó Connie.
Sage percibió una preocupación que la conmovió.
—Han pasado por muchas crisis juntas. Estuvieron la una al lado de la otra cuando mataron al hermano de Sharon y cuando murió la madre de Kasey. Y se ayudaron las dos en sus respectivas rupturas. Confío en que sabrán ayudarse ahora. Lo único que tenemos que hacer es dejar que se necesiten la una a la otra.
Sage apoyó la cabeza en la ventana, mientras las lágrimas se deslizaban lentamente por su cara:
—¿Cómo ha podido suceder esto? ¿Cómo es posible que ese hijo de puta haya matado a dos personas tan buenas?
—No lo sé. Nunca pensé que fuera a ver tanto odio contra alguien a quien yo conociera. —Los ojos se le llenaban de lágrimas mientras recordaba sus cálidos abrazos y sus agradables sonrisas—. Han sido tan buenas conmigo..., desde el momento en que las conocí..., y ahora nunca podré decirles lo mucho que eso ha significado para mí. —Las lágrimas ya manaban imparables—. Este verano he estado a punto de perder a mi madre. Te parecerá que debería acordarme de darle las gracias a la gente al momento, de decirles lo que les aprecio.
—Nadie se esperaba que les sucediera nada.
—Es eso. Las cosas pueden pasar tan de improviso, y después es demasiado tarde para decir lo que sientes de verdad o para arreglar las cosas con alguien.
Sus dedos largos y esbeltos se deslizaban arriba y abajo por las marcas de la ventanilla. Sage los miraba como si fueran de otra persona. Separadas apenas por unos centímetros, las mujeres lloraban en silencio, privadamente. Las palabras de Connie le habían llegado. Las implicaciones personales de aquellas palabras despertaron la conciencia tan bien protegida de Sage. La animadversión que había sentido contra aquella mujer, de repente, quedaba expuesta como lo que era: el revestimiento egoísta e impertinente de su orgullo herido. Era algo difícil de expresar en palabras. La avergonzaba no haber sido lo bastante benevolente para manejar de una manera más madura la situación con Connie. De nuevo, el silencio entre ellas se había vuelto incómodo.
La lluvia cesó. Connie bajó la ventanilla y respiró profundamente el aire frío y húmedo. Aunque momentáneamente eso alivió su depresión, se sintió culpable por disfrutarlo. Durante un segundo había perdido de vista el dolor que entonces, abrumador, estaba de vuelta, mezclado con el impacto y con la perplejidad. No encontraba alivio, no había nadie con quien pudiera compartirlo, a menos que ella y Sage pudieran ponerse al mismo nivel.
—Sage, sé que esto es incómodo. Para mí también lo es. Quizás sería más fácil si pudiéramos hablar de otra cosa. Quizás deberíamos hablar del problema que hay entre tú y yo. —Sage se quedó mirándola con una expresión indiscernible—. Sé lo que sucedió entre tú y Kasey.
—Me dijo que estaba soltera.
—Lo estaba. No te culpo en absoluto por eso, seguramente yo hubiera hecho lo mismo. Pero también sé que a Kasey le gustaría que fuerais amigas y que, siendo realistas, eso no va a suceder, Al menos, hasta que tú y yo nos llevemos bien, nos fiemos la una de la otra.
Antes de que Sage pudiera responder, la puerta de la casa se abrió y las dos mujeres contemplaron a Kasey, que se acercaba al coche.
—Lo siento —dijo asomándose por la ventanilla del conductor—. No tenía intención de hacerte esperar tanto rato.
—¿Está bien Sharon?
Kasey asintió, con los ojos hinchados y muy seria. Connie le acarició la mejilla con ternura:
-¿Y tú?
—Estaré bien. Mantenernos ocupadas nos ayudará a las dos. He llamado a la hija de Evonne.
—Bien.
—La familia se está reuniendo allí y Sharon y yo vamos a acercarnos. Quizás podamos ayudar en algo. ¿Vosotras estaréis bien?
—Voy a preguntarle a Sage si quiere venir a casa. - Miró a Sage, quien asintió con la cabeza—. Tenemos mucho de qué hablar. Haz lo que creas que es mejor para Sharon.
—Muy bien. —Lo mejor que Kasey pudo ofrecerle a Sage fue una desmayada sonrisa.
Connie se inclinó hacia la ventana, besó a Kasey en los labios y le susurró:
—Te amo. —Mientras observaba cómo la figura desalentada de Kasey se retiraba, Connie se dio cuenta de que podía haber parecido lo que no era—. No quería ser grosera contigo.
—Lo sé. Lo has hecho porque lo necesitaba.
De camino a casa de Connie ninguna de las dos estuvo muy habladora. En aquellos pocos kilómetros tanto Connie como Sage se dedicaron a la introspección. No fue hasta que se sentaron cada una en un extremo del sofá con una taza de café en las manos cuando Sage empezó a abrirse.
—Estás siendo demasiado buena conmigo para lo desagradable que he sido yo contigo.
—¿No hay un dicho que habla de tener a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca?
—¿Me consideras tu enemiga?
—No quisiera. —Connie la contempló por encima de la taza de café mientras daba un sorbo—. Quizás haya algo que podamos decir ahora y que nos ayude a dar el primer paso hacia la mutua comprensión.
—Creo que ya hemos dado ese primer paso. —Se le suavizó la cara y el reborde marcado de su músculo masetero finalmente se desdibujó en sus mejillas—. Desde la primera vez que te vi he intentado con todas mis fuerzas que no me gustaras. Me preguntaba si tendrías la más remota idea de la suerte que tienes de estar con Kasey —su impertérrita mirada cambió bruscamente y bajó los ojos—, pero lo que me dijiste en el coche me ha afectado y no querría dejar las cosas así. —De nuevo levantó la mirada—. La verdad es que me caes bien. Creo que Kasey tiene un gusto excelente para las mujeres.
—Es gracioso —sonrió Connie—. Yo pensé lo mismo en la fiesta cuando me di cuenta de quién eras.
La sinceridad y el cambio de tema tuvieron un efecto tranquilizador sobre las dos mujeres. Sage sonrió por primera vez en todo el día. Con el brazo cómodamente extendido sobre el respaldo del sofá, parecía notablemente más relajada—. ¿De verdad estamos haciéndonos confesiones?
—¿Por qué no? Ya que hemos llegado hasta aquí.
Sage asintió:
—Me hubiera costado muy poco enamorarme de Kasey.
—Para mí fue fácil. —Sus ojos buscaron el reflejo de los de Sage—. No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo hasta que fue demasiado tarde.
—¿Demasiado tarde?
—Para cuando me di cuenta de que me había enamorado de ella, no podía soportar pasar ni un día sin verla. Cuando se lo dije, se asustó y pensé que la había perdido. Fue entonces cuando la conociste.
—Ahora todo empieza a cobrar sentido. —Mientras Sage titubeaba, Connie empezó a ver cómo, por primera vez, emergía una parte de la personalidad de Sage que siempre había sospechado que existía. No se había movido, pero parecía haberse acercado—. No quiero parecer egocéntrica, pero nunca me había pasado que después de llegar tan lejos con una mujer, se echara atrás. No sabía qué pensar. De hecho, no pensaba en nada más que en ella hasta que me enteré de que existías tú.
—Y entonces pudiste concentrarte en odiarme. —Vio el asentimiento de Sage—. ¿Hay algo que pueda decir para ayudarte?
Las comisuras de sus labios se curvaron muy ligeramente. Sus párpados se entrecerraron apenas.
—Quizás puedas explicarme que es muy egoísta o que tiene mal carácter o hablarme de sus pequeñas manías insoportables. —Ahora era Connie quien sonreía—- O , mejor aún, dime que es pésima en la cama.
Connie levantó las cejas con una suave risa:
—Eso no puedo decirlo.
—Ya me lo imaginaba.
—Aunque sí que es muy testaruda.
—Ya lo vi el fin de semana pasado.
—También asume demasiada responsabilidad a un mismo tiempo y no soporta cocinar.
—Eso es. Tengo que buscar a otra persona; si no, me moriré de hambre.
Por fin, despojadas de gran parte de su carga personal, se rieron. A pesar de que era algo momentáneo, aquello templó la tristeza del día. La risa, al parecer, era una forma de sanar, de calmar las almas heridas. Así ya habían dado un primer paso, o quizás más, hacia una relación más sana. Una que las dos necesitaban.
Sage miró intensamente a los ojos de Connie.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por dejarme ver lo afortunada que es Kasey.
—En el fondo eres un encanto, ¿verdad? Supongo que he de alegrarme de haberla conocido antes que tú. —Sin darle tiempo a ofrecerle a Sage otra taza de café, sonó el teléfono. Connie respondió en el recibidor.
Minutos más tarde Sage la vio pasar por delante del sofá sin mediar palabra.
—¿Era Kasey?
Connie asintió.
—Se están encargando de los medios de comunicación. Como si no tuvieran bastante con el dolor.
—Quizás les ayude a olvidarse del dolor.
—Igual que a nosotras. Supongo que sí, por unos momentos.
Connie miró por la ventana.
—Kasey me explicó que, cuando perdió a su madre, organizar el funeral y todas las demás responsabilidades lo único que hicieron fue posponer el dolor; que al final tuvo que hacer frente a la pérdida ella sola.
—Todos tenemos que hacer frente a las pérdidas solos, a nuestra manera, tarde o temprano.
Concentradas en sus miradas se esforzaron en ello hasta que Connie finalmente habló:
—Sigo sin poder creerme que haya sucedido. —Hizo una pausa. Sage estaba inclinada hacia delante, apoyada en sus muslos y mirando el suelo—. ¿Pongo las noticias?
Sage levantó la cabeza:
—Quizás ayude a responder algunas preguntas.
Connie volvió a reunirse con Sage en el sofá y esperaron en silencio a que se terminaran los cinco últimos minutos de un programa y los anuncios subsiguientes. Después, el presentador de las noticias comenzó a relatar la historia que tanto temían:
«Nuestro reportaje de hoy es el doble asesinato perpetrado esta mañana de dos mujeres en su casa de una tranquila zona rural. —El reportaje continuaba con una imagen de Donna y Evonne sonriendo felices cogidas de los hombros. Repitieron la información del boletín anterior respecto a sus edades, su modo de vida y los lugares donde trabajaban. Después remplazaron la foto con imágenes tomadas durante el día—. Sobre las diez de la mañana un vecino llamó a la policía para avisar de que había oído disparos y había visto a otro vecino salir de la escena del crimen con un rifle.»
El reportero mostró los familiares entornos: el patio, la casa, los agujeros para los postes que Kasey y Donna habían excavado hacía apenas unos días... Las terribles imágenes de aquellas gentiles mujeres exhalando penosamente su último suspiro
empezaron a rebasar el débil dique con el que Connie intentaba contener sus sentimientos. La única manera de aliviar aquel persistente dolor fue un nuevo acceso de llanto.
«No está claro —decía el reportero—, si el asesinato fue el resultado de una discusión sobre los lindes de la finca. Las mujeres estaban instalando una valla que separaba su propiedad de la del presunto asesino.»
—No tiene nada que ver con los lindes Los agujeros estaban a más de medio metro por dentro de las estacas que marcan el linde. —La ira que llevaba toda la tarde retumbando en lo hondo del alma de Sage encontró una manera de emerger— Tiene que ver con creerse Dios, con eliminar lo que no puedes cambiar. No hay justificación para esa clase de odio.
La cámara enfocó a Jenny, la hija de Evonne, quien, conteniendo la emoción de manera ostensible, sorteó las preguntas del reportero. Sí, había habido amenazas. Sí, se había denunciado a la policía, incluso el día anterior. Le preguntaron si aquella animadversión podía tener que ver con el hecho de que las mujeres fueran lesbianas.
«Donna y mi madre eran dos personas buenas y afectuosas. No hay ningún motivo para que alguien quisiera hacerles daño», respondió mientras la defensa de sus sentimientos empezaba a tambalearse. Parpadeando para evitar las lágrimas y apretando los labios para que no le temblaran, dio media vuelta y se alejó.
Siguieron con la transmisión. Podía verse al sospechoso avanzando penosamente hacia la comisaría con la ayuda de un bastón.
«Otra pregunta sería qué puede haber empujado a este hombre mayor obviamente incapacitado a, presuntamente, coger un rifle, recorrer la distancia necesaria y asesinar a sus vecinas», declaró el reportero,
—Ese hijo de puta no está más discapacitado que yo. Mírale. Ya le viste. El fin de semana pasado andaba sin ningún problema.
Connie se levantó y apagó el televisor.
—No importa, Sage, eso no cambiará los hechos.
Las palabras de Sage sonaron peligrosamente decididas.
—Alguien debería pegarle un tiro.
—Pero entonces sería ese alguien el que se creyera Dios, ¿no? —Sin embargo, a pesar de lo ciertas que eran aquellas palabras, no podían limar el filo de un dolor como aquel. Se acercó a Sage y le acarició cuidadosamente su suave pelo ondulado.
Mientras la tensión se aligeraba, Sage apoyó la cabeza en la esbelta cadera de Connie conteniendo su rabia en silencio.

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VEINTINUEVE

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:50 pm

Transcurrieron dos días repletos de angustia y dolor y con algunos tensos enfrentamientos con los medios. El funeral de aquel día, en parte, sería una bendición. Hacía falta que pasara, por lo menos en la medida en que el funeral podía suponer una clausura. Necesitaban despedirse de ellas. Sus testamentos habían sido muy explícitos y habían previsto por adelantado todos los preparativos. Sorprendentemente, ninguna de las familias se opuso. Enterrarían juntas a Donna y Evonne y la reverenda Mary Griffin, quien había bendecido su unión, bendeciría ahora su partida. Las familias habían acordado que hubiera una única ceremonia y que se celebrara al lado de la tumba Todo el mundo que acudió para formar el cortejo fúnebre las vio a solas por última vez y se despidió de ellas en silencio. ¡Cuántas lágrimas en tan poco tiempo! Aunque parecía que ya no quedaba nada por llorar, las lágrimas seguían manando, y Connie sospechaba que seguiría siendo así durante bastante tiempo.
Los amigos íntimos y la familia estaban sentados en las dos primeras filas. Sin darse cuenta, Connie se encontró sentada entre Kasey y Sharon, pero no era ni el momento ni el lugar para preocuparse por algo tan banal. Había empezado el servicio. El hermano de Donna fue el primero en hablar. Compartió sus recuerdos de cuando crecieron juntos, algunos felices, algunos tristes.
—Recuerdo lo confuso y desgarrado que me sentí cuando mis padres obligaron a Donna a irse de casa: se habían enterado de que era lesbiana. Ella tenía diecisiete años y yo catorce, y recuerdo que no entendí por qué tenía que irse. De algún modo, creía que era algo que dependía de ella. La llamé adonde estaba y lloré y le supliqué que volviera a casa. Donna también lloraba e intentaba explicarme lo que sucedía. Estábamos muy unidos el uno al otro. Curiosamente, aquello me hizo sentir que no le importaba lo suficiente, tuve la sensación de que me había abandonado y no fue hasta que nos convertimos en adultos cuando me di cuenta del impacto que los prejuicios y la ignorancia habían tenido en nuestra vida, y volvimos a hacernos amigos. Y ahora, de nuevo, los prejuicios y la ignorancia la han apartado de mí. —Las lágrimas le corrían por la cara—. no sé cuándo volveré a verla. —Echó la cabeza hacia atrás y tomó aire en un intento de conservar el control lo suficiente como para terminar. Con labios temblorosos prosiguió—: No podemos dejar que sus muertes sean en vano Puede que esto sea una batalla perdida, pero debemos darnos cuenta de que la guerra continúa.
Connie y todo el mundo a su alrededor se estaban secando los ojos en aquel momento, pero Sharon lo estaba pasando especialmente mal. Con la cabeza hundida en las manos, le temblaba todo el cuerpo mientras intentaba inútilmente controlar su llanto. Tenía la mano que quedaba más cerca de Connie apoyada en la pierna, sujetando un clínex. Sin reservas, Connie se acercó y le tomó la mano. Con la cara aún tapada y el cuerpo temblando por la emoción, Sharon abrió su mano a la de Connie. El gesto no había pasado inadvertido y unos pocos segundos más tarde Kasey miró a Connie a los ojos y le apretó la mano, reconociendo su compasión como un motivo más para amarla.
Jenny, la hija de Evonne, estaba entonces de pie delante de todos. Se aclaró la garganta y comenzó su discurso.
—No hay palabras para explicar lo que mi madre significaba para mí. Apenas he empezado a sentir lo que va a suponer en mi vida haberlas perdido a ella y a Donna. Aprendí tantas cosas de ellas...: aprendí la importancia del amor, aprendí lo que es la sinceridad, aprendí a ser fuerte y a ser generosa. Me enseñaron tantas cosas, cosas que son tan valiosas para mí, que voy a asegurarme de transmitir esos valores a mis propios hijos. Me entristece pensar que mamá y Donna nunca llegarán a saber lo mucho que significaban para mí. Y me entristece que mis hijos van a crecer sin su amor y su ejemplo. Sin embargo, junto con las cosas maravillosas de las que disfruté a su lado, también conocí el odio y la intolerancia. Vi cómo calladamente luchaban contra ellos cada día. Eran muy conscientes de la guerra, tal como la ha llamado Jeff, pero nunca se sintieron llamadas a estar en primera línea. Intentaron llevar una vida normal y tranquila, Eran amables, generosas y felices. Eran cordiales, probablemente demasiado —las lágrimas se hicieron visibles sobre sus mejillas, su voz se volvió temblorosa—, pero por algún motivo inexplicable nos las han arrebatado. Supongo que, si algo he aprendido de su muerte, es a darme cuenta de que, tanto si lo sabemos como si no, todos estamos en esta guerra, —Ahora lloraba abiertamente y hablaba con frases cortas—. Tenemos que dejar a un lado... nuestra complacencia. Encontrar maneras de acabar con ese odio... Si no lo hacemos... todos sufriremos.
Jenny fue a sentarse y su marido la abrazó. Mientras tanto, Tom discretamente puso en marcha el casete colocado en el reproductor portátil. Era una cinta que habían grabado él y Kasey un par de años atrás. Todo el mundo sabía que aquel día cantar sería imposible para Kasey. El casete era perfecto. Su hermosa voz resonó en la carpa, llegando a los corazones de las personas congregadas, ofreciendo palabras quizás demasiado dolorosas. «Si hubiera sabido que sería el último paseo bajo la lluvia...» Connie reconoció el principio de la canción que Reba Mclntyre había dedicado a sus compañeros de banda muertos en un accidente de tráfico. Sabía que la letra decía lo que tantos en aquella carpa sentían pero no podían decir.
El relajante sonido y las conmovedoras palabras fueron calando en la gruesa capa de silencio que envolvía la ceremonia. La pastora Griffin estaba de pie entre los ataúdes, con la cabeza gacha, rezando en silencio. Pasó un largo minuto antes de que hablara.
—«Si lo hubiera sabido...» Pero la mayoría de veces no lo sabemos. No podemos saberlo. No somos Dios. No conocemos sus planes ni su agenda, así que tenemos que amar mientras podamos, hemos de utilizar cada precioso momento para expresar nuestro amor. Si hay un problema, debemos resolverlo. Si hay un malentendido, tenemos que aclararlo. No debemos permitirnos confiar en que más adelante será mejor. Si tienes que darle las gracias a alguien, hazlo ahora. Si has de
perdonar a alguien, o decirle que le quieres, hazlo hoy, no esperes, no lo pospongas. —Se detuvo un momento, probablemente para dejar que asumieran todo el impacto de su mensaje—. Ese es el legado que nos dejan, La vida que Donna y Evonne vivieron juntas, Una vida de callado ejemplo, de amor y de valor. Haberlas perdido nos hace contemplar su ejemplo más de cerca, personalmente.
Connie se dio cuenta en aquel momento de lo mucho que le servía de ayuda concentrarse en la cara de la reverenda, en su mensaje. Estudió a aquella mujer de Dios, de ojos delicados y amables, y sus palabras poderosas.
—Voy a pediros a todos que toméis la mano de la persona que tenéis al lado. Es la mano de un ser especial, creado por Dios. Puede ser blanca o negra, de hombre o de mujer, de gay, de lesbiana o de heterosexual, de protestante o de católico, puede que tenga dinero o que no lo tenga, pero hay una cosa segura: tendrá un alma, Un alma creada en el amor y que ha de alimentarse con amor. Apretad esas manos ahora en reconocimiento de esas preciosas almas. No hace falta saber nada más de la otra persona, a menos que queráis, pero sí que tenéis que saber esto: todos necesitamos amar y ser amados, ser felices en este mundo.
De nuevo, hizo una pausa y cerró los ojos en gesto de oración. Posando una mano sobre cada ataúd, levantó la cara hacia delante y dijo:
—Rezad conmigo para despedirnos de nuestras amigas. Querido Dios, sabemos que tu amor es inconmensurable e infalible. Ayúdanos a confiar estas preciosas almas, Donna y Evonne, a tu amor y cuidado eterno. A través de tu Espíritu Santo, danos la fuerza y el valor para seguir amando y para perdonar a pesar de nuestra terrible pérdida. Nunca las olvidaremos ni dejaremos de añorarlas, pero deseamos volver a verlas contigo. En nombre de Nuestro Señor Jesús te pedimos que las acojas en tus brazos llenos de amor y que les concedas la felicidad eterna. Amén
Mientras la gente se soltaba de las manos y se secaba los ojos, concluyó la ceremonia con estas palabras:
—Esperad un segundo. Respirad hondo. Volved a la realidad de lo que es la vida. Valorad cada momento, cada respiración, cada alma. Sed todo lo que podáis ser, no esperéis. Dios nos ha dado su amor como ejemplo. Id y amaos los unos a los otros.

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TREINTA

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:51 pm

Kasey desdobló la última pata y Sharon colocó la última de las mesas alquiladas en el sótano.
—Ayer recogí las sillas, Kase. Aún están en la furgoneta.
—Le lanzó las llaves por encima de la mesa—. Llévala al patio de atrás, que será lo próximo que descarguemos.
Después podemos tomarnos un descanso. Kasey quería creer que Sharon se equivocaba en la manera de enfocar el caso y que la reunión de aquel día era innecesaria, pero ya habían pasado tres meses desde los asesinatos y seguía sin haber aparecido en los medios ninguna mención a una vista o a la fecha del juicio. Sharon contactaba con Jenny a diario, y así se mantenía al corriente de las preocupaciones de la familia, de la que la más reciente era la aparente falta de convicción del fiscal al defender el caso. E hizo suya la preocupación de Jenny, ¿No sería homofobia enmascarada de profesionalídad lo que le hacía que el fiscal fuera tan poco entusiasta con su cometido? Con dos sillas plegadas en cada mano, Kasey calculó mal el espacio y se golpeó la mano derecha contra el borde de la puerta corredera.
—¡Joder! ¡Maldita sea, Sharon! Creía que me habías dicho que habías arreglado esta mierda, —Dejó caer las sillas y se frotó los nudillos magullados—. Sigue sin abrirse del todo,
Al no oír la típica respuesta sarcástica de Sharon, se volvió y la vio al teléfono. La cara que tenía hizo sonreír a Kasey a pesar del dolor. Era la típica cara que suele poner un hermano tuyo cuando estás diciendo algo delante de tus padres que, en otras circunstancias, no te hubieras atrevido a decir. Sharon se estaba conteniendo y resultaba cómico.
Kasey regresó con cuatro sillas más y esta vez tuvo cuidado de pasar bien por la estrecha abertura. Había deseado tantas veces que acabara todo... Necesitaba normalidad en su vida, si es que existía tal cosa. No era que le importara ayudar a las familias. En absoluto. Todos habían estado fantásticos y nadie había escatimado ni tiempo ni esfuerzos. Connie ayudó a poner orden en los temas económicos. Sage y Sharon se habían ocupado de cuidar los animales. Ella, por su parte, había dedicado todos los fines de semana a ayudar a organizar y a poner orden en las posesiones de la finca, una tarea difícil y altamente emotiva. Las decisiones sobre qué conservar, qué dar y qué vender resultaban emocionalmente agotadoras. Ella ni siquiera había acabado de hacerlo con las pertenencias de su madre, pues la lógica y los sentimientos entraban en conflicto con frecuencia. Sería un proceso largo. No obstante, lo que todos necesitaban, y pronto, era algún tipo de conclusión.
—Lo sabía. —Sharon colgó el teléfono y se puso en pie bruscamente con los brazos en jarras—. Mí intuición era cierta.
—¿Qué ha pasado?
—Al abogado de Crawford le han concedido un aplazamiento para que su cliente pueda ingresar en una clínica. Alega que Crawford tiene la salud delicada y que el estrés adicional de la vista podría poner su vida en peligro. El fiscal ni siquiera ha objetado y no hay fecha para el juicio.
—¿Cómo pueden haber estado tanto tiempo sin decir nada?
—El por qué es más importante.
—Me pregunto si tendrán idea del interés con que está siguiendo el caso la comunidad gay y lesbiana.
—Lo sabrán a partir de hoy.
A pesar del sensacionalismo de un caso que afectaba a dos lesbianas, éste había seguido su curso natural en los medios. Linda Sterns, directora del grupo estatal del Gay and Lesbian Task Forcé, estuvo de acuerdo en que era importante captar la atención de los medios, pero aconsejó no actuar a lo loco y se ofreció para ayudar a establecer durante la reunión de aquel día una aproximación organizada y objetiva.
Sharon presentó a Linda Sterns, una mujer sencilla y con gafas, ante las cuarenta y cinco mujeres decididas a hacer cuanto hiciera falta para garantizar que se hiciera justicia.
—Como muchas de vosotras sabéis, Sharon y yo participamos activamente en la organización, tanto a nivel local como estatal, desde hace ya años. Constantemente intentamos animar a las lesbianas a involucrarse en nuestra organización, sea abiertamente o entre bastidores, pero no ha sido tarea fácil Durante años los gays han constituido su puntal, y hasta hace poco había muy pocas mujeres que quisieran involucrarse en ella abiertamente. Lo que también hemos descubierto es que, lamentablemente, hasta que no ocurre algo como la reciente tragedia, muchas no lo viven como una lucha personal Antes debe tocarlas a ellas. Y es lo que ha sucedido en este caso; si no, no estaríais aquí hoy. —Miró a las caras serías y concentradas de las mujeres afectadas por la tragedia, muchas de las cuales nunca habían asistido a una reunión de aquel tipo—. Para lo que estoy aquí es para deciros que tenéis que contemplar el problema globalmente. Tenéis que reconocer su magnitud y saber el impacto que vuestros esfuerzos pueden suponer para su resolución. —Las caras estaban expectantes, pendientes de sus consejos—, Creo que reconocer el problema, comprenderlo, será más fácil lograrlo aquí primero, en vuestra propia ciudad, en vuestra vecindad, en vuestro lugar de trabajo. Después, la confianza en el poder de vuestras voces y de todas vosotras puede hacerse sentir a mayor escala. Muchas mujeres, lesbianas incluidas, empiezan a darse cuenta de su poder político y social a nivel nacional Pero para vosotras, por ahora, ha de empezar aquí. Aquí es donde es más importante.
Como una profesora de universidad dando la bienvenida a una nueva hornada de estudiantes de primer curso, Linda Sterns escrutó sus caras atentas.
—Ahora que ya habéis sido adecuadamente inspiradas, deberíamos concentrarnos en el trabajo que tenemos entre manos. —Finalmente una sonrisa iluminó su cara—. Sharon os ha distribuido en pequeños grupos para que discutáis las propuestas de las acciones que consideréis adecuadas. Hemos subrayado el problema sobre el que queremos actuar en aquel mural que está colgado en la pared. Cuando volvamos a reunimos todas aquí, una portavoz de cada grupo hará la relación de las ideas de vuestro grupo. Después, las clasificaremos y empezará la parte tediosa de priorizar y de tomar decisiones. ¿Sharon?
Sharon designó los grupos e indicó dónde tenían que encontrarse.
—Recordad que es una sesión de brainstorming, lo que significa que hay que apuntar todas las ideas que se propongan. No es el momento de tomar decisiones sobre su validez. Iré a buscaros en medía hora.
Cuando todo el grupo volvió a reunirse se dedicaron a la tarea de confeccionar la lista definitiva. Las ideas iban desde la más absurda hasta la más obvia. Una ejecución pública por una escuadra de lesbianas enmascaradas quedó descartada Pero encontrar un espacio público donde debatir abiertamente sobre el tema era algo que claramente tenía que situarse en los primeros puestos de la lista. Decidieron que una manifestación frente al ayuntamiento que atrajese la atención de todo el Estado podría hacer que los medios volvieran a interesarse. Además, seguramente daría como resultado, por lo menos, una entrevista ante las cámaras. Que interviniera un par de personas en los programas de entrevistas de la radío y la televisión locales también era otra elección prioritaria: intentarían que hubiera tanto un representante de la familia como uno de la comunidad gay y lésbica para discutir todas las implicaciones del crimen. Enviar cartas a los directores de los dos periódicos de la zona también se anotó en la lista definitiva como parte de un plan a largo plazo de creciente visibilidad de la comunidad. Sin embargo, la decisión más drástica fue investigar y exigir enérgicamente un cambio de fiscal.
Connie salió de la reunión con la agradable sensación de, por fin, formar parte de una acción positiva. Cruzarse de brazos y no intentar siquiera cambiar las cosas iba contra su naturaleza. Odiaba la sensación de impotencia, pero, aún así, no había olvidado que el alcance de su compromiso ya no la afectaba exclusivamente a ella. Kasey no había manifestado que quisiera involucrarse más. Haciendo las muertes de Donna y Evonne de recordatorio constante de la magnitud de la intolerancia social, el miedo era una reacción natural y comprensible. No obstante, el mismo miedo que parecía haber paralizado a Kasey había servido para enfurecer a Connie Bradford. Luchó para no sucumbir, para no dejar que el odio y la ignorancia avanzaran sin plantarles cara. Sabía que tenía que encontrar una manera, un modo positivo de canalizar su rabia y, preferentemente, con Kasey. Pero si no podía ser, lo haría ella sola callada y discretamente,
—Hoy me he dado cuenta de algo, cariño —empezó Connie—. Me he dado cuenta de que Sharon, a pesar de su intolerancia y de sus ideas dogmáticas, es una mujer sabia.
Kasey levantó las cejas sorprendida.
—Ha descubierto una verdad importante y desearía por lo que más quiere que tú también la vieras.
—¿Qué estás diciendo?
—Sabe que las lesbianas como tú y como yo, con nuestro aspecto, y los gays como Tom y Michael son, en última instancia, los que tienen el poder de inclinar la balanza. —Sus ojos miraron seriamente a Kasey—. Hay muchos como nosotros, ¿no?
—Más de los que nadie pueda imaginarse.
—Entremezclados a salvo hasta en el último rincón de la sociedad,
Kasey asintió.
—¿Qué pasaría sí algo en la composición química de los gays y lesbianas hiciera reacción con alguno de los minerales del agua y, sin poder evitarlo, nos volviéramos verdes?
Kasey se rió ante aquella especulación clásica:
—Que los heterosexuales empalidecerían y se cagarían de miedo. Afortunadamente para ellos, podemos elegir.
—¿No lo ves? Lo único que puede evitar que vuelva a suceder lo que les ocurrió a Evonne y Donna es eso, que los gays y lesbianas salgan en masa del armario.
—Nunca saldrá bastante gente del armario para lograr ese impacto. Además, para los que han declarado abiertamente ser gays o lesbianas, todo se ha vuelto más peligroso.
Se hizo un largo silencio mientras se preparaban para ir a dormir. Finalmente, Connie insistió en el tema.
—¿Vamos a participar en la manifestación la semana que viene?
—En el fondo sería como declarar públicamente que somos lesbianas.
—Lo sé.
Kasey vio que había vuelto a hacerlo: incitarla a algo a lo que ninguna otra amante la había incitado. Estaba sugiriendo una posibilidad que Kasey se negaba a plantearse.
—No, no depende de mí. Será mejor que te lo pienses con más detenimiento. Estarán los medios, es probable que te vea alguien del trabajo. —Kasey asomó la cabeza por la esquina del baño—. ¿De verdad estás dispuesta a decirle a Jack que eres lesbiana?
—Ya lo he pensado.
—¿Qué pasará si reacciona mal y te hace la vida imposible en el trabajo... o si te despide?
—Siempre puedo emprender mi propio negocio. Ya le había dado vueltas a la idea antes. La pérdida de ingresos sería lo más duro —sonriendo para sus adentros añadió—, pero ya tengo una cliente.
Kasey salió del baño envuelta en una toalla,
—Sí, pero no te paga muy bien.
—Oh, por supuesto que sí. —Apartó pulcramente la colcha hasta los pies de la cama—. Esa dienta me ha hecho la persona más rica del mundo.
Notó cómo la mano de Kasey le rodeaba la cintura por detrás y sus labios cálidos y tiernos en la nuca. No hacían el amor desde el funeral y, durante semanas, el conflicto entre la comprensión de Connie y su paciencia había empezado a hacerse evidente. Cuando lo hablaron, a Kasey le costaba expresar sus sentimientos con palabras. No le resultaba fácil hablar de la idea que no dejaba de acosarla: que si hubiera ido a ayudarlas aquel fin de semana quizás podría haber hecho algo para evitar el asesinato. Y aún le resultaba más difícil enfrentarse al sentimiento de culpa por sentir una fugaz sensación de alivio por no haber estado allí. Era fácil ver que, desde aquella perspectiva, la gratificación sexual le pareciera egoísta y de poca importancia.
Sin embargo, sí que había habido mucha intimidad y se habían pasado muchas noches abrazándose la una a la otra y hablando. También, otras noches Connie se había despertado y se había encontrado a Kasey llorando en silencio al otro lado de la cama y se había pasado el resto de la noche reconfortándola, abrazándola, intentando tranquilizarla lo suficiente para que se durmiera. Era un dolor muy profundo y resultaba muy difícil de aliviar. Comprendía por qué alguien como Kasey pudiera no ser capaz de declararse abiertamente lesbiana.
Connie apretó la mejilla contra la de Kasey y se apoyó en ella.
—Quiero que sepas que estoy muy orgullosa de tí. En parte me enamoré de ti por la profundidad de tus sentimientos y por tu pasión y sé que eso conlleva una gran vulnerabilidad al sufrimiento. El valor es algo muy personal, No tiene por qué ser un debate en Oprah, o explicarle la verdad al Pentágono o ni siquiera a tu jefe. El valor puede ser algo tan discreto como irse cuando escuchas un chiste de gays o lesbianas o algo tan personal como decírselo a tu padre o a tu madre, o a tu mejor amigo. Incluso puede ser algo tan poderoso como enamorarse de una mujer. Eres una mujer valiente, Kasey.
La suave voz le susurró al oído:
— Te quiero.
Connie se volvió hacia su novia y la abrazó.
—Tenemos que empezar a cuidar de nosotras, cariño. Necesito sentirme cerca de ti. Necesito hacerte el amor. — Mientras hablaba, la suave calidez de los labios de Kasey recorriendo su cuello empezó a transmitir su mensaje a todo su cuerpo—. Sí, te necesito. Necesito sentirte. —Rápidamente, la toalla cayó al suelo junto con la camiseta de Connie. El contacto con la cálida piel de Kasey la excitó al momento.
Connie le susurró al oído—: La primera vez que sentí tu piel contra la mía, creí que estaba en el cielo. No sabía que nada pudiera ser tan maravilloso —se acurrucó en el abrazo de Kasey—, hasta que me acerqué a tí.
—Yo pensaba que eras demasiado buena para ser verdad — Kasey apretó la cara contra la suavidad de los hermosos pechos de Connie, acariciándolos con sus tersas mejillas.
Finalmente, con un gemido desgarrado desde el fondo del alma, Kasey liberó el dolor que la atenazaba. Por fin, se dejó llevar, abandonando la culpabilidad y los sentimientos destructivos que la controlaban desde hacía meses. Donna y Evonne no hubieran querido tener aquel efecto en su vida. No había nada más que pudiera hacer por ellas. Decidió recordarlas con amor y pensar en su humor y sus sonrisas siempre que la tristeza la acechara. Lo que hiciera entonces tenía que ser para ella y para la mujer que estaba entre sus brazos. Su amor por Connie crecía día a día. Era hora de demostrarle la profundidad de su amor, con manos tiernas y expertas, con el calor de su boca cálida contra su suave piel, con sus labios en cada centímetro de sus delicadas carnes. Se lo demostraría. Los esbeltos dedos de Connie pasaron por entre el pelo dorado de Kasey, le agarró la cabeza y dirigió la boca hacia la mullidez de su pecho. Los labios tocaron la tersura de su piel desnuda con creciente excitación. Un suspiro largo y suave se convirtió en el gemido más extasiado mientras Kasey acariciaba y excitaba con la lengua la suavísima piel de los pechos de Connie, Apretaba contra su boca los pezones erizados de deseo. El placer que le proporcionaba se hacía evidente en sus ardientes jadeos.
— Sí, mi amor Te he echado mucho de menos.
La respiración áspera removió sensaciones en lo más hondo de Kasey y calentó todo su cuerpo. Levantó la cara de aquella mullidez con los ojos rebosantes de deseo. Se acercaron con las cabezas ladeadas: ella posó la boca sobre la elegante curva del cuello de Connie. Los brazos se tensaron sobre sus fuertes hombros, demostrando con su presión cuánto la necesitaba. Su cuerpo se estremecía ante el flexible cuerpo de Connie. Sus extremidades temblorosas, ardientes de deseo, se movían exquisitamente contra las de ella. Las manos de Kasey se demoraron sobre sus ondulantes caderas, moviéndolas, moviéndose pegadas a ellas, ansiando más de lo que llegaba a alcanzar. Connie apretó su pubis contra el de Kasey mientras la besaba lenta y profundamente, en completo contraste con la creciente urgencia de sus cuerpos.
Incapaz de poder controlarse, Kasey la llevó a la cama, se deslizaron juntas como piezas de un rompecabezas. Deseaba a aquella mujer con todas y cada una de las partes de su ser, la amaba desde lo más hondo del alma. Los murmullos de deseo se convirtieron rápidamente en jadeos de desesperada necesidad. Los corazones palpitaban el uno contra el otro, los movimientos de sus caderas se volvían fieros, exigían ser satisfechos. La ansiedad de sus bocas, totalmente abiertas, probaba el filo de su deseo, más fuerte entonces que al principio, sin absolutamente ninguna reserva. Frenéticamente se buscaron la una a la otra, bañándose en una humedad sedosa y cálida. El placer se expresaba a sí mismo entrecortadamente, sonaba con la exclusiva voz del amor y de la alegría, les decía con jadeos cada vez más rápidos lo cerca que estaban del éxtasis.
Se tocaban las dos sabiendo perfectamente cada una lo que necesitaba la otra. Sentían con sensibilidad explícita el placer paralizante que se proporcionaban. Sus cuerpos estaban completamente abiertos, llenándose la una a la otra de una incandescencia tan intensa como el mismo fuego, avivando el carbón hasta que prendía. Las llamas ardieron en una tremenda explosión. Sus cuerpos se balancearon con el mismo éxtasis, alcanzando sublimes el clímax hasta que los espasmos del placer se suavizaron para convertirse en una cálida y entrecortada aceptación. Durante un buen rato permanecieron con la mente y el cuerpo totalmente embebidos en la otra, sin deseo de estropear su conexión. Al fin, habló Connie suavemente, susurrando desde el fondo de su alma:
—Formas parte de mí. Me llenas en el lugar justo, junto a mi alma.
—Ahí es donde siempre estaré.

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TREINTA Y UNO

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:51 pm

Los carteles rezaban: «Con fuerzas para asesinar, con FUERZAS PARA AGUANTAR EL JUICIO». «OPINAR ES LEGAL, ASESINAR NO.» «LA JUSTICIA TIENE LOS OJOS VENDADOS.» Los llevaban una muchedumbre compuesta por más de doscientas cincuenta lesbianas y algún que otro hombre. La imagen de tantas y tantas lesbianas reuniéndose públicamente frente al ayuntamiento resultaba estimulante. Sharon tenía motivos para estar orgullosa de su esfuerzo.
Tal como se esperaba, habían acudido los medios de comunicación y cubrirían todo el acto. Al fin y al cabo, siempre había la posibilidad de que un excitante enfrentamiento pusiera un poco de salsa al asunto. Y, tanto si les gustaba como si no, la entrevista a la hija de Evonne había proporcionado una concienzuda mirada emocional a las repercusiones personales de un crimen de odio. Cuando terminó, Donna Nicholson y Evonne Koch se habían convertido en algo más que dos lesbianas. Eran la madre, la abuela, la hermana y la amiga en la que cualquiera podía confiar. Sus muertes ya no eran simples estadísticas en un crimen de odio, sino que eran las víctimas de un atroz asesinato sin sentido, cuyos devastadores efectos se extendían más allá de la comunidad gay y lésbica. Cuando el reportero le preguntó a Sharon por qué creía que era necesaria la manifestación, su respuesta fue diplomática pero directa.
—Ser mujer siempre ha supuesto una lucha por la igualdad, una lucha por ser visible a los ojos de la ley. Ser mujer y de una minoría supone una lucha aún mayor. Como lesbianas, somos mujeres de una minoría, una minoría que siempre ha temido luchar. Pero después de la muerte de nuestras hermanas nos damos cuenta de que nosotras también hemos de estar dispuestas a luchar por nuestros derechos. Si nosotras mismas no creemos en nuestra valía, ¿cómo podemos esperar que lo hagan los demás?
El reportero, indiferente y profesional, le preguntó:
—¿No confía en que vaya a aplicarse debidamente la ley en este caso?
—Las leyes no son más que palabras en los libros. A menos que se hagan respetar, no tienen ningún valor. A lo largo de la historia ha habido casos en los que las leyes se han aplicado según criterios determinados y lo que estamos intentando es asegurarnos de que esto no se repita en esta ocasión.
Detrás de aquellas respuestas había mucho trabajo, horas de discusiones sobre las posibles preguntas. Había negociado las respuestas más efectivas y las había memorizado. Había desempeñado bien su trabajo, igual que las demás, y todas tenían la sensación de haber logrado algo, se sentían poderosas, lo que suponía todo un cambio. Quizás no fuera un gran cambio y, sin duda, no por sí solo, pero era un comienzo. Un buen comienzo.
—Joder, Sharon. Deberías dedicarte a la política —sonrió Sage mientras Sharon se reunía con las mujeres en su itinerario establecido.
—Quizás es a lo que estoy llamada. —Sage estaba a punto de agasajarla con otro cumplido cuando Sharon la agarró del brazo—. ¡No me lo puedo creer! —Se quedó mirando de hito en hito hacia el parking.
Sage centró la atención en la misma dirección:
—Pues yo sí.
Saliendo de entre los coches estacionados, guapas, muy femeninas y cogidas de la mano estaban Kasey y Connie. Las flores perfectas para completar un ramo muy especial. Y lo más importante, habían tomado una decisión personal. Sharon no pudo contener más su alegría y corrió hasta el parking donde, para sorpresa de todos, abrazó a Connie, la alzó entre sus brazos y le hizo dar dos vueltas alrededor de ella.
— Eres maravillosa. ¡Maravillosa! —exclamó—. ¿Cómo lo has hecho?
—No he sido yo. Ella está dispuesta.
Para aumentar el asombro de Connie, Sharon la besó en la mejilla.
—Sí que has sido tú —dijo mientras dejaba que Connie volviera a poner los pies en el suelo.
Después, con ostensible emoción, estrechó a Kasey en un fuerte abrazo. No dijo ni una palabra, pero Kasey percibió todos sus sentimientos y se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¡Eh! —dijo Kasey aclarándose la garganta—, ¿nos hemos perdido tu entrevista?
—Sí —replicó Sharon limpiándose los ojos rápidamente con el dorso de la mano—, pero podemos verla en las noticias de esta noche. —Su cara y sus ojos resplandecían con una felicidad que hacía mucho tiempo que Kasey no veía—. Esta noche en mi casa grabaremos en vídeo toda la cobertura de los medios, ¿vale?
Las cámaras siguieron rodando. La pareja continuó impasible saludando a todo el mundo. Habían tomado una decisión: la sociedad tendría ocasión de ver, aunque fuera brevemente, otra faceta del lesbianismo Y ellas saldrían ganando.

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TREINTA Y DOS

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:51 pm

Recostándose contra el respaldo de su silla en el despacho, Connie se quedó mirando por la ventana de la sexta planta y reflexionó sobre lo mucho que estaba cambiando su vida. El mundo ahora tenía que relacionarse con Kasey y con Connie, una pareja de lesbianas. Era diferente incluso a relacionarse con ella individualmente como lesbiana. A cada una de ellas les afectaban las decisiones, las acciones y las reacciones de la otra, y era más complicado de lo que se había imaginado. Desafiante era mejor palabra. Pero tal como le había enseñado su madre, si algo valía la pena, también valía la pena luchar por ello. Así que lucharía. Quería que su vida en pareja fuera tan maravillosa y satisfactoria como fuera posible. Y todo lo que hiciera falta para conseguirlo caería presa de los esfuerzos lógicos y sistemáticos de Connie, de los que ya había dado muestra el día antes de la manifestación, cuando decidió quedar con su jefe para comer.
Se acomodaron en la mesa y Jack, como de costumbre, fue al grano,
—Nunca me habías pedido que quedáramos para comer a solas, Connie, así que sospecho que hay algo de lo que quieres hablarme. ¿Me equívoco?
—Generalmente, tanto por razones personales como profesionales, no te pondría en la situación de comer a solas conmigo. Tienes razón, tengo que hablar contigo y no se me ocurre mejor momento o lugar.
—Deja de preocuparte por lo que pueda parecer y dime qué tienes en mente, aunque he de advertirte que, a pesar de lo mucho que valoro tu trabajo, no puedo ni siquiera plantearme la posibilidad de aumentarte el sueldo por lo menos hasta principios de año. —Su atención se dividía entre Connie y el menú.
—No, no tiene que ver con el dinero. Es algo de naturaleza mucho más personal —La camarera les interrumpió para tomarles nota. Ella prosiguió—: Mañana voy a participar en una manifestación que, sin duda, será cubierta por los medios de comunicación. Quería avisarte para que no te sorprendas si me ves en las noticias de las once. —Contempló cómo aquellos familiares ojos marrones iban rápidamente de ella al café que se estaba preparando y viceversa.
—Mira, Bob siempre ha sido militante del partido demócrata, mientras que yo soy incondicional de los republicanos. Don es evangelista y yo soy católico. Te lo digo en serio, Connie, la religión y la política son asuntos personales de cada uno y, mientras eso no afecte a tu trabajo, no es asunto mío.
Ella admiró la manera clara y directa que tenía Jack de afrontar todas las cosas. Con él siempre sabías por dónde pisabas. Eso hacía mucho más fácil la misión de Connie.
—Sé que lo dices en serio. Nunca te he visto actuar de otra manera, y este sentido de la rectitud es una de las cosas que más admiro de ti. Seguramente es por esto por lo que tengo necesidad de explicártelo. No sería justo por mi parte dejarte en una posición en la que te puedan pillar desprevenido si te lo dice cualquiera antes que yo. —Quería darse prisa para tranquilizar la mirada de perplejidad de la cara de Jack, pero tuvo que esperar a que les sirvieran.
Cuando la camarera se volvió para irse, Jack le preguntó impaciente:
— ¿Es una manifestación contra una clínica antiabortista que pueda ponerse fea o algo así? —Sin duda ya se imaginaba pagando a altas hora de la madrugada la fianza para que Connie pudiera salir del calabozo. La posibilidad le hizo sonreír.
—No. —Sus pensamientos volvieron a su intención—. Es para pedir que sea llevado a juicio un hombre que mató a dos mujeres hace unos meses.
—Vale, ya me acuerdo. No he oído nada más sobre eso. — Su postura reflejó un alivio evidente y empezó a comerse su bocadillo,
—Justo. Es posible que no le acusen o que los abogados intenten llegar a un acuerdo de reducción de pena para que haga terapia.
El habló entre bocados. Connie mordisqueaba su comida.
—¿Cómo es posible? Creía que había un testigo.
—Lo había. Pero su abogado alega que se vio provocado por el modo de vida de las mujeres, que desquiciaron su estricta moral cristiana; que observar su vida pecaminosa día tras día le hizo volverse loco. Por lo menos, eso es lo que he podido entender de los informes de las noticias.
—Ummmm, es cierto. Eran lesbianas, ¿verdad? —La taza de café de Jack se detuvo un momento antes de alcanzar sus labios—. ¿Cómo es que estás tan involucrada en esto?
—Conocía a las dos mujeres. ¿Recuerdas que me tomé un día de asuntos propios? Fue para ir a su funeral. —Se preguntaba si hacía falta ir más lejos. Como la cara de Jack no reflejaba ninguna conexión, mientras le quedaba valor, añadió—: Excepto los familiares, seguramente todas las personas de la manifestación serán gays o lesbianas. —Sintió un alivio instantáneo por haber llegado hasta el final.
Jack dejó el bocadillo, se secó la boca con la servilleta y se recostó en la silla. Masticó el último bocado de comida mientras contemplaba los imperturbables ojos de Connie. Estaba procesando la información. Por fin, con los ojos igual de impasibles, le preguntó:
—¿Eres lesbiana? —Connie asintió—. ¿Desde cuando? — Probablemente estaba intentando recordar la última vez que la había visto con Greg.
—Seguramente desde siempre, pero me di cuenta, por fin, cuando me enamoré de una mujer.
La cara de Jack reflejaba una perplejidad absoluta mientras se esforzaba por entenderlo,
—Mira, si la pregunta está fuera de lugar, dímelo, pero tú eres una mujer notablemente guapa, con un cerebro y una personalidad también destacables. Podrías tener a cualquier hombre que quisieras ¿Por qué quieres ser lesbiana?
—Lo que está claro es que no se trata de algo que yo haya planeado, no es una elección... es decir, si lo que quiero es ser feliz. Me enamoré de una persona maravillosa, amable y con talento que me ama más de lo que yo puedo llegar a comprender Y resulta que esa persona es una mujer. Nunca había sido tan feliz. Lo único que desearía es que las demás personas de mi vida pudieran entenderlo y compartir mi felicidad.
Los ojos de Jack seguían clavados en los de Connie. Un leve movimiento de cabeza indicó su reconocimiento.
—Debe de ser una mujer sensacional.
La sonrisa de Connie fue tan reveladora como sus palabras.
—Cantó con Tom el día de mi fiesta.
La expresión de Jack, aunque de forma sutil, mostró más sorpresa de la que Connie le había visto mostrar nunca.
—Ahora sí que me has roto los esquemas. Está tan lejos de un hombre como... —Hubo una pausa mientras Jack, meditabundo, se tomaba el café. Connie se preguntó si habría más preguntas—. A pesar de que sabes lo bien que nos caes a Shirley y a mí, debe de haber sido difícil decidir explicarme algo tan personal.
—Sí que lo ha sido —reconoció—. Incluso me he preguntado por qué me parecía necesario, pero, lamentablemente, lo que las personas gays y lesbianas hacen en sus dormitorios puede afectar a sus trabajos.
—Pero si esto hubiera tenido que ver con un hombre no hubiera importado, nunca te hubieras sentido obligada a explicármelo. —Vio cómo Connie asentía—. Está claro que nunca creiste que tuvieras que hablarme de tu vida personal con Greg.
—No más de la información personal que tú puedas facilitar a un compañero de trabajo.
—Lamento que las cosas sean así, Connie. Quizás cambien. Hoy en día hay mucha más aceptación de los modos de vida diferentes que cinco años atrás.
Ella percibió una preocupación casi paternal. Estudió los rasgos de su cara. Estaba preocupado, intentando tranquilizarse a sí mismo: quizás la vida de Connie no tendría por qué ser difícil y complicada sólo por haberse enamorado de una mujer. Detrás de su eficiencia y de su fría postura ante la vida, había una sincera preocupación por los demás.
—Sin duda las cosas cambiarían mucho más deprisa si hubiera más gente como tú. Aprecio de verdad tu actitud abierta y tu imparcialidad, todo el mundo tiene la suerte de trabajar para alguien como tú.
—Gracias, pero no todo el mérito es mío. Mi madre tuvo que trabajar mucho, ella sola, para educar a un buen chico. Siempre he querido que esté orgullosa del hombre en que me he convertido.
—Seguro que lo está. —La sonrisa de Connie alivió considerablemente la tensión—, ¿Significa esto que el lunes por la mañana seguiré teniendo trabajo?
Jack sonrió y miró el reloj:
—No, a menos que estés de vuelta en el trabajo en quince minutos.


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TREINTA Y TRES

Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:52 pm

— ¿Que posibilidades crees que hay de que le caiga el primer grado? —preguntó Kasey ocupando el asiento de al lado de Sharon en el vestíbulo de los juzgados.
—Me gustaría decirte que muchas, pero la verdad es que no tengo ni idea. Ni siquiera Haskin se atreve a hacer predicciones, y eso que él ha visto cientos de jurados en su carrera.
—Me alegraré de que todo se acabe. —Kasey dio un trago de agua de un vaso de papel—. He de reconocer tus méritos, señora. Has hecho un gran trabajo organizando a la gente y manteniéndola concentrada e informada.
—La verdad es que no hay manera de saber el efecto que hemos tenido en realidad, pero a mí me ha servido de terapia. Necesitaba de veras algo importante que me mantuviera ocupada, algo a lo que pudiera dedicar mis ideas y mis fuerzas, y creo que me ha ayudado a no volverme loca. No creo que te des cuenta de lo valioso que es tener alguien con quien irte a casa, alguien que esté allí esperándote, que te ayude a distraerte de las cosas.
—Sí que me doy cuenta. Incluso alenté a Sage a que se quedara contigo cuando le preocupaba estar abusando de tu hospitalidad.
—¿La alentaste? Me alegro de que se quedara. No es lo mismo que una novia, pero ha sido una gran ayuda.
—¿Alguien quiere un chicle? —ofreció Jenny al tiempo que se unía a ellas—. ¿Qué os ha parecido que la defensa no sacara al viejo al estrado?
—Una medida inteligente —respondió Sharon—. Allí arriba Haskin le hubiera apretado las clavijas. Y el jurado hubiera visto con sus propios ojos que es un fanático maleducado y egoísta. Tenían que tratar de proteger la imagen que intentan vender.
Jenny apoyó la nunca en la pared:
—El cristiano conservador atormentado diariamente por la visión de una vida pecaminosa. Creí que iba a vomitar. ¿Cómo puede tragarse eso un jurado después de oír a tres testigos diferentes testificar sobre tres amenazas sin que mediara provocación alguna?
—No haber sido capaces de encontrar más que un testigo de carácter favorable tampoco debe de haber ayudado mucho a la defensa —comentó Kasey.
—Se basan sobre todo en los testimonios de profesionales.
Los psicólogos tenían que convencer al jurado que haber sido sistemáticamente testigo de algo que él consideraba pecado podía haberle ido desquiciando hasta hacerle saltar de repente —explicó Sharon.
—Un concepto que presupone que los miembros del jurado se crean que él es una persona amable y virtuosa —añadió Kasey—. ¿Mató por odio o a causa de una perturbación provocada por su sentido de la rectitud?
Sharon asintió mostrando su acuerdo.
—La cosa se reduce a doce personas que no conocen a ningún involucrado y que han de tomar una decisión con la que puedan vivir tranquilos.
—Me cuesta mucho mirarlo con objetividad —Jenny tenía la cara demacrada y los ojos cansados—. No podía creerme la importancia de la psicología, incluso a la hora de elegir al jurado. ¿A quién recusas y con quién te quedas? Los miembros del jurado en los que confiábamos fueron recusados por la defensa. Las preguntas se plantearon para deshacerse de gays y lesbianas, de familiares de gays y lesbianas, de feministas y de cualquiera que hubiera perdido a alguien de forma violenta. Y Haskin evitó escoger a hombres mayores, a republicanos y a cualquiera nacido o criado al sur de Ohio. Todo parecía un arriesgado juego de adivinanzas.
—Como he dicho, Haskin no haría ninguna predicción. — Sharon se levantó para estirar las piernas—. Por cierto, ¿alguien le ha visto esta mañana?
—Ha estado en la sala de reuniones con su ayudante casi todo el rato —respondió Jenny—. Cuando hemos llegado ha hablado con nosotras y nos ha dicho que, de momento, el jurado sólo ha pedido el informe policial del momento en que se denunciaron las amenazas. Cree que es buena señal. Supone que si salen antes del mediodía significará que no aceptan el alegato de locura, lo que, seguramente, implicará un veredicto de asesinato en primer o segundo grado.
Mientras las mujeres seguían hablando se abrió la puerta de la sala de reuniones. John Haskin salió y cruzó el vestíbulo hacia donde estaban ellas. Su figura delgada y recta de andares deliberadamente majestuosos emanaba seguridad. Habló suavemente y con precisión:
—El jurado está entrando en la sala.
Las mujeres se pusieron de pie. Jenny le miró directamente a los ojos y respiró hondo.
—Allá vamos. —John Haskin sonrió ligeramente y asintió: la tomó del brazo y la acompañó hasta la sala del tribunal.
Kasey y Sharon, en silencio, recorrieron el camino con ellos, viviendo por dentro sus nervios y sus esperanzas. De nuevo se acomodaron en sus asientos habituales en la ya demasiado familiar sala del tribunal. El juicio en sí se había alargado durante casi dos semanas. Habían perdido un día por la enfermedad de un miembro del jurado y otro por un inesperado problema de agenda del juez. Kasey y Sharon se habían turnado, un día cada una, en la medida de lo posible, para evitar perder demasiadas horas de trabajo. El pobre Troy había pasado dos semanas muy duras y Kasey prometió compensarle.
La sala empezó a llenarse rápidamente. Llegaba gente de todos los puntos del edificio donde habían estado esperando. Estaban presentes los familiares de Donna y de Evonne, así como un buen número de amigos y vecinos. Se pusieron en pie cuando el juez y el jurado entraron ordenadamente en la sala y después tomaron sus respectivos asientos. El juez Bradley se dirigió al jurado:
—Entiendo que ustedes han alcanzado una decisión sobre este caso. ¿Es así, Sr. Foreman?
—Así es, su señoría.
Las cosas empezaron a suceder muy rápido entonces. Tras meses de angustia y nerviosismo todo estaba a punto de resolverse en cuestión de segundos. El juez Bradley formuló la misma pregunta que había hecho cientos de veces con anterioridad:
—¿Cuál es el veredicto?
Todos los ojos estaban clavados en el portavoz mientras hablaba:
—En el caso del pueblo contra Crawford, encontramos al acusado culpable de dos cargos de asesinato en primer grado.
Jenny se agarró a su hermana y la abrazó con fuerza mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas. John Haskin echó la cabeza hacia atrás y finalmente sonrió mientras el juez inquiría.
— ¿Es por unanimidad?
—Sí —fue la respuesta al unísono.
Sharon apretó la mano de Kasey.
—Sí —repitió con énfasis—. Sí.
Kasey contempló al anciano, esperando una reacción mientras el jurado emitía su veredicto, pero su cara permaneció inmutable. Contempló estoicamente a cada uno de los miembros del jurado mientras confirmaban individualmente la decisión. «¿Qué clase de mente puede aceptar un acto tan horrendo? —se preguntaba—. ¿Cómo puede generar tanto odio algo tan inocente como amar a otra persona?» Seguía sin poder comprenderlo. Su mente intentaba no hacer caso de sus sentimientos y aceptar la justicia como una clausura aceptable. «Cadena perpetua para un hombre de sesenta y siete años? ¿Qué significa eso? ¿Cinco años, ocho años? ¿Es bastante sufrimiento para pagar por dos preciosas vidas y por todos los
demás afectados?»
Le colocaron las esposas en las muñecas y, mientras pasaba por al lado de Kasey y Sharon, las miró directamente a los ojos, primero a una y después a otra, y desde apenas medio metro de distancia el anciano les espetó:
—Qué lástima que no estuvierais allí.
Un sentimiento indescriptible atenazó la boca del estómago de Kasey. Cogió a Sharon del brazo.
—Voy a telefonear —dijo esperando poder disolver el veneno de las palabras del hombre—. Le prometí a Connie que la llamaría cuando todo hubiera acabado.

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Mensaje por Admin el Jue Ago 03, 2017 10:52 pm

—¿Sabes?, aunque tenemos montones de cosas que hacer, me alegro de que me hayas convencido para hacer esta escapada —sonrió Kasey. Se acercó para cogerle la mano a Connie mientras el coche entraba en la autopista.
Cuando faltaban sólo dos días para su segundo aniversario, Connie había organizado un fin de semana especial para ellas dos en la cabaña. Todo lo demás esperaría: ella y Kasey iban a estar absoluta y maravillosamente ilocalizables.
—La vida se estaba volviendo demasiado rutinaria, has de reconocerlo. Las obligaciones cotidianas, lo que creemos que hemos de hacer, nos han impedido pasar juntas tiempo de calidad. La verdad, supongo que me siento un poco egoísta.
—Sean cuales sean tus motivos, me alegro de que vayamos.
Las siguientes tres horas las pasaron hablando, cantando y bromeando, cosas que hacía tiempo que no hacían. Connie se dio cuenta al ver la cara de Kasey al doblar por el caminito que llevaba a la cabaña de cuánto tiempo había pasado sin ver aquella hermosa sonrisa despreocupada. La primera vez que la vio fue allí, aquel primer fin de semana. Era una sonrisa que decía: «No tengo nada más en que pensar salvo en disfrutar de esto y de tu compañía». ¡Qué sonrisa tan bonita!, y se dirigía a ella. Kasey la rodeó con los brazos, estrechándola y haciéndola girar al mismo tiempo.
—Lo necesitaba.
—Casi se me había olvidado lo mucho que lo necesito yo también.
—Venga, démonos prisa y descarguemos las cosas para poder ver la puesta de sol.
El lago, bañado en rojo escarlata y vestido de principios de otoño compartió su frescor con las siluetas que se dibujaban en lo alto de la colina. Kasey y Connie hablaban en frases cortas como si no quisieran interrumpir el magnífico espectáculo.
Después, mientras la oscuridad iba ganado terreno al día y suavizando los colores, Connie habló con brillo propio. Con los brazos alrededor de Kasey le dijo suavemente:
—Quiero estar siempre contigo. —Las siluetas se pusieron de perfil, mientras los contornos empezaban a desdibujarse en la noche. Volvió a hablar—. ¿Quieres casarte conmigo?
El leve espacio escarlata que quedaba entre sus labios desapareció, fundiendo sus figuras en un único contorno impreciso. Unos momentos después, con sus figuras separadas apenas visibles ante un cielo que rápidamente se oscurecía, Connie le preguntó:
—¿Esto ha sido un sí?
—¿No hablarás en serio? —La sonrisa de Kasey casi no se podía distinguir—. No estás embarazada, ¿verdad?
—No, a menos que, como imitador de mujeres, seas mejor que Randy.
Kasey pasó los dedos suavemente entre el pelo oscuro y brillante sin decir nada. Bajó la mirada un momento y después se quitó el anillo de diamantes de su madre y lo deslizó en el dedo de Connie.
—¡Oh, Kasey! —susurró Connie.
La mirada en los ojos de Kasey era muy seria, ya no sonreía. Habló con suavidad.
—Sí, quiero casarme contigo.
—¿Qué?


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