Amores en el infierno - El diario de Naim

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Amores en el infierno - El diario de Naim

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 12:26 am

Autor: Killari Ai



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DIA PRIMERO

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 12:26 am

Los días en esta maldita y desolada ciudad son largos, agotadores y muy aburridos. A decir verdad, no solo el tiempo que transcurre aquí es de esa manera, sino todo lo demás; incluida las solitarias y mugrientas calles, peor aún, las personas que caminan por ellas. Las casas son pequeñas y angostas, los caminos largos y polvorientos, la pradera ocupa la mayor parte de las tierras junto a los cultivos de maíz y otros vegetales. No existen centros comerciales ni mucho menos tecnología, es como haber sido desterrada al fin del mundo o retrocedido como mínimo unos ciento cincuenta años en el tiempo.
Estoy totalmente convencida que si no sucede algo interesante antes de que termine el año moriré del aburrimiento. O quizás, me suicidaré si la muerte tarda mucho en llegar y no me asesina con lo primero, ¡necesito algo diferente! ¡Lo que sea para animar un poco este ambiente tan lúgubre! Aun no comprendo porqué mi padre insistió en mudarnos a este horrible y triste lugar, que parece que Dios ha olvidado por completo.
Los habitantes de Saint Hope parecen vivir en sus propios mundos y cuando les preguntas alguna cosa, ni siquiera se dignan a contestarte. Sinceramente, creo que son zombis con apariencia humana y por eso no comprenden el lenguaje que utilizo, de todos modos, me importa un comino relacionarme con esos pobres mortales.
Deseo mucho salir de esta ciudad. Todo es gris y las calles se parecen demasiado unas a las otras, es difícil recordar el camino de regreso a casa. Me da la sensación de encontrarme viviendo en un deprimente panteón y realmente es así para mí, siempre ha sido de esta manera desde que tengo memoria. Mi vida es un eterno cementerio en donde las almas vagan pidiendo ayuda o rogando porque recen por ellas. Almas y más almas perdidas en el olvido, consumidas en su propio dolor.
Seres misteriosos, personas fallecidas a las que puedo ver y contemplo con claridad. Espíritus que se hallan esperando por una oportunidad para ser vistos, para llamar mi atención. Ellos siempre hacen lo que una menos espera y eso me aterra.
Mamá decía que había heredado el don, o la maldición, mejor dicho, de verlos por parte de mi abuela, pero, a mi padre siempre le habían horrorizado estas cosas, tanto que cuando mi madre estaba viva solía gritar y amenazar que se divorciaría y se buscaría a una mujer normal. Realmente odiaba cuando él decía estas cosas. Mi madre no respondía nunca y después de estas amenazas se dirigía hacia mí con una sonrisa amorosa, y me preguntaba si deseaba salir a caminar por la plaza o comer un helado. Recuerdo las largas charlas con ella, conversaciones acerca de nuestro don. Estoy completamente segura que mi madre también podía ver a los espíritus, ella nunca me lo confirmó, pero por sus palabras y gestos sabía que tenía la capacidad de comunicarse con ellos. Le tenía mucho miedo a mi padre, ella era una mujer sumisa y jamás mencionaba nada acerca de esto en su presencia. Sé que muchas veces derramó lágrimas por su culpa, por escuchar insultos hacia mi abuela y su don. Nuestro don, que parecía haberse convertido en la peor de las maldiciones.
Mi madre siempre hablaba de la abuela, me contaba tantas historias que dudo ahora que la mitad de ellas sean reales, sin embargo, hay algo en lo que tuvo razón, lastimosamente la única cosa que desearía que fuese mentira. Y, es que desde la edad de cinco años he podido ver a personas que han muerto, hablando claro: fantasmas o espíritus. No obstante, a pesar de mis gritos desgarradores a medianoche por causa de ellos, mi padre jamás le dio importancia alguna, para él solo eran tonterías y más cuando mamá enfermó de gravedad. Aún en su estado terminal, aún en la cama con la fiebre consumiendo su cuerpo y sus ojos hundidos, solía hablarme mucho de ellos y decirme que no les tuviera miedo, que debía ayudarlos de alguna manera. Pero, para mí era algo escalofriante e imposible de hacer. Además, pensaba que era un castigo del cielo y que tarde o temprano, terminaría muriendo de una enfermedad extraña como mi abuela y mi madre.
Mi madre murió cuando tenía diez años y muchas veces he dicho que no recuerdo lo que sucedió aquella terrible noche, pero la verdad es que aquellas imágenes están grabadas en mi cabeza. Aún las desee borrar, cada vez se hacen más fuertes como si mi madre no quisiera que la olvidara. Claro ¿cómo podría desear eso?, ninguno de esos fantasmas quiso que sus familiares los olvidaran, pero, al final terminaron solos. Por eso, odiaría que mi madre tuviera ese destino, por eso, después de algunos años de su muerte, me rendí a la idea de conservar aquellos recuerdos toda mi vida, y desde entonces me he sentido más tranquila conmigo misma.
Mi nombre es Naim, mi apellido poco me importa. Pero, debo aclarar que mi nombre fue elegido por mi abuela materna. Según ella significa: De gran belleza, la más hermosa. ¡Pobre mi abuela! Si me viese ahora se horrorizaría de mi terrible aspecto. Actualmente tengo dieciséis años de edad, el verano pasado terminé la escuela y en estos momentos me encuentro buscando una universidad, y claro… pensando en el futuro.
¡Ja! ¿El futuro? ¿El maldito y traicionero futuro? Perdonen, pero hablar de ello me produce carcajadas que no puedo controlar. Mi padre desea que estudie ciencias políticas, pero le he dicho muchas veces que aquello no es mi vocación. Lo que más deseo hacer es viajar a muchos lugares, conocer personas de diversas culturas, convertirme en una famosa arqueóloga o estudiar algo relacionado con los viajes y tierras lejanas, ¡lo que sea que me haga salir de esta horrible ciudad!
Tengo tantas cosas en mi mente, pensamientos extraños que muchas veces no me permiten conciliar el sueño y lo peor, es que en algunas ocasiones me vienen a visitar espíritus de personas atormentadas a pedirme por ellas. ¡Dios! ¡Cómo si en verdad pudiese hacer algo!, tan solo verlas y escucharlas es una tortura diaria que debo soportar; pero a estas alturas ya no me importa, es algo con lo que desgraciadamente he aprendido a vivir.
Por otro lado, me sorprende que en esta casa existan tan pocas almas vagando por las habitaciones, siendo una mansión de tres pisos de épocas antiguas me resulta extraño, pero es mejor así.
En estos momentos me encuentro más aburrida que nunca, mi padre está en un viaje de negocios y solo veo a las sirvientas caminando apresuradamente como si el mismo demonio las persiguiera y a mi viejo tutor que viene de vez en cuando a repasar las lecciones para el examen de la universidad.
La mansión es muy grande, utiliza un espacio que bien podría servir para otras cosas más útiles. Al frente tenemos un enorme jardín con flores que están muriendo a causa del sol del verano, una reja negra protege la casa y tenemos dos autos en la cochera. A pocos pasos de la mansión está la casa del guardián, casi una cabaña, pero prefiero estar ahí miles de veces que encontrarme encerrada aquí. El señor es una persona vieja muy amable y tiene dos hijas de mi edad, gemelas que ayudan a su padre a arreglar el jardín y mantener las habitaciones limpias. Aunque últimamente no están viniendo mucho, porque a comparación mía, sus clases en la escuela aún no han terminado.
Las gemelas me agradan. Ellas se llaman Eloísa y Janna. Al parecer no tienen miedo de mí, ya que suelen charlar conmigo e invitarme a hacer excursiones en el bosque que está a unos kilómetros de aquí, cuando mi padre sale a sus acostumbrados viajes de negocio. Las tres recolectamos frutos silvestres, una actividad rústica para mí, pero no puedo quejarme, me encanta respirar el aire fresco del campo aunque no haya más que árboles, tierra y cultivos por todos lados.
Me hace falta la compañía de las gemelas, pero sé que al terminar sus exámenes finales en la escuela, regresarán y las cosas serán como antes, pero por ahora la mansión se ve más muerta que nunca por la ausencia de sus risas y voces agradables.
Mis lugares favoritos de la mansión son los jardines traseros y la biblioteca, sitios que siempre están en silencio y dispuestos a permitir que una joven se siente y pueda disfrutar de una novela interesante. Las sirvientas no suelen encontrarse por allí, ya que según ellas el fantasma de una niña se pasea por los alrededores, pero puedo jurar que jamás la he visto, aunque no descarto la idea y posibilidad de que se muestre ante mi alguna vez.
En estos momentos me encuentro en el balcón de mi habitación, apoyada contra el barandal y mirando el jardín de flores que se está muriendo por falta de cuidados, al igual que yo, muriendo por que nadie les presta atención. El cielo tiene unos matices entre azul y blanco, los rayos del sol de verano atrevidamente se introducen por las ventanas de la habitación pero yo me mantengo apoyada, ausente y perdida entre mis pensamientos. Una de las sirvientas acaba de cruzar la entrada de la mansión con un cesto lleno de cosas para el almuerzo, alzó la mirada y me hizo un gesto con la mano que no respondí.
Sé muy bien lo que ellas opinan de mí. Sé que para ellas solo soy una chica rara que siempre observa todas las cosas con el menor detalle pero casi nunca dice nada. Naim, aquella joven delgada, de piel pálida como si tuviera anemia, cabellos tan negros y largos que parecen carbón y ojos azules como el mismo cielo, esa soy yo. Lastimosamente la hija de un político adinerado, peor aún la única hija de la familia Leveau. Hubiera deseado tener hermanos así mi padre me dejaría respirar un poco y estaría fastidiándolos a ellos.
Estoy realmente aburrida de este ritmo de vida y convencida de que las cosas seguirían así hasta que fuese mayor de edad y tuviese el derecho de hacer con mi vida lo que quisiera, pero aún faltaban dos largos años y tengo que seguir aguantando esta pesadilla.
La tarde seguía tan pacífica que empezaba a desesperarme, ni siquiera los espíritus habían venido a visitarme y eso hacía que me sintiera más sola que nunca. El guardián había salido con su carreta hacia el campo, quizás para conseguir verduras frescas o frutas, las sirvientas seguían revoloteando por los corredores, pero como siempre, era como si no existiera. Todos seguían con sus vidas y yo me sentía atrapada en el tiempo sin poder avanzar ni retroceder.
Sin embargo, en esos momentos escuché el inesperado sonido de un disparo y los gritos de las sirvientas junto a pasos apresurados. No sabía que demonios estaba sucediendo ahí abajo y salí rápidamente de la habitación sin pensar en las consecuencias de aquello. Me asomé por el pasillo a punto de lanzar maldiciones por aquel escándalo, pero lo que vi me aturdió por completo. Unos hombres enmascarados habían entrado a la mansión aprovechando que no había guardias y disparado sin piedad a una de las sirvientas más jóvenes, ella estaba tirada en el piso en un charco de sangre, agonizando y viendo con terror a los intrusos, sus labios estaban entreabiertos y gemía débilmente como si quisiera decir alguna cosa.
Me quedé inmóvil, petrificada al contemplar aquella escena aterradora, pero no pude mantenerme mucho tiempo en aquella posición, ya que sentí mareos e inmediatamente me llevé una mano a la boca para contener las ganas de vomitar.
Cuando recuperé el control de mis piernas fue demasiado tarde, uno de aquellos hombres armados me había visto escondida en un rincón del segundo piso y empezó a subir las escaleras rápidamente con el afán de acercarse a mí. En esos momentos se escucharon más gritos desgarradores que inundaron mis oídos dejándome aturdida por algunos segundos, pero sabía que debía hacer algo y empecé a correr sin dirección alguna, todo estaba muy confuso y mi corazón golpeaba salvajemente dentro de mi pecho provocando que sintiera que me ahogaba.
Estaba muy agitada y mis manos torpes no podían abrir la puerta de mi habitación, estaban sudando y la manilla se me resbalaba al darme cuenta que había más hombres detrás de mí. Pero, al lograr abrir la puerta aquellos desconocidos me sujetaron fuertemente, me tumbaron al piso del corredor y cuando quise gritar me obligaron a respirar algo que habían vertido sobre un trapo muy sucio.
Me obligué a no respirar, pero mis pulmones no pudieron soportarlo por mucho tiempo, el olor de aquel líquido era muy fuerte, empezaba a sentirme mareada.
Y después de eso, todo fue oscuridad…


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DIA SEGUNDO

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 12:27 am

Voces a lo lejos es lo único que puedo percibir, más no comprendo lo que dicen. Murmullos humanos estoy segura, ya que cuando los espíritus hablan es más fácil entenderlos para mí. Quizás he entrado a las puertas de alguna pesadilla extraña. No, esto no es un sueño. Cuando pude abrir los ojos sabía que me encontraba en el mismo infierno al verme a mi misma atada de pies y manos en una sucia bodega, no sabía donde me encontraba, pero me sentía mareada por las drogas que me habían administrado. Al principio quise gritar para pedir ayuda, pero después de ello forcé a mi mente a recordar cada detalle de lo sucedido, pero no recordaba nada y empezaba a sentir dolor en mis muñecas a causa de la soga con la que me ataron.
Por algunos segundos cerré los ojos, pero lastimosamente el chillido de algunas ratas hizo que los volviera a abrir y tuve que contener las ganas de vomitar por segunda vez en aquel día al ver a esos asquerosos animales muy cerca de mi pierna. Mis ojos se clavaron en la puerta, en aquella puerta de metal que parecía estar fundida con la pared, y permanecí en aquella incómoda posición, haciendo todo lo posible para ignorar a las ratas que se acercaban más, no les tenía miedo pero si un asco muy grande.
Me encontraba en un extraño lugar con olor a pescado y cajas por doquier, pero no era tan difícil de suponer lo que me había sucedido tampoco. Siendo la única hija de la familia Leveau, la sucesora de todo, sabía que aquello era un secuestro. Otro secuestro más, el tercero para mi desgracia y ahora podía recordar vagamente el disparo y a la sirvienta que de seguro estaría muerta.
La primera vez que me secuestraron fue cuando tenía dos años de edad y felizmente no lo recuerdo, la segunda fue en un parque de diversiones a los ocho años, pero en ambas ocasiones no pasaron más de dos horas en las cuáles me rescataron y regresé a casa. Supongo que en esta ocasión será igual. Realmente, en estos momentos de seguro mi padre esta hablando con los secuestradores y acordando una cantidad para que me dejen salir de aquí.
No tengo la menor idea de la hora que es y del tiempo que transcurre, pero estoy completamente segura que esta atardeciendo, porque uno de los secuestradores entró a la bodega con un plato de comida, y aunque no quise probarlo me obligó a tragarlo. Aún tengo ese sabor desagradable en mi garganta. Ninguno de los dos pronunció palabra alguna, no pude ni verle el rostro porque entró totalmente cubierto hasta el cuello, pero sospecho que se trata de un hombre mayor por sus manos viejas y arrugadas.
Luego de obligarme a comer Dios sabe que cosa, me dejó sola y tirada sobre el piso como estaba antes. Odio este lugar, apesta y los chillidos de las ratas me ponen los pelos de punta, preferiría encontrarme en alguna habitación con un poco de aire fresco, pero sé que mi comodidad les importa un comino, quizás hasta se olviden de alimentarme y encuentren solo mi cadáver pudriéndose en este lugar. Pero no tengo miedo, después de todo lo que he pasado estoy acostumbrada a que me teman a mí, más el tener temor a otros es algo que no conozco todavía.
Me estoy aburriendo de este tonto juego del secuestrador y la niña rara en la bodega, mi padre esta tardando demasiado en pagar mi rescate y mis manos han terminado totalmente entumecidas. Puedo sentir heridas en ellas, el frío piso tampoco ayuda mucho, me duele la cabeza y por más que intento sentarme o apoyarme contra la pared no logro moverme. Y no, no gritaré pidiendo ayuda, prefiero ser devorada por las ratas antes que rebajarme a hacerlo, aunque sé que a los secuestradores les divertiría mucho escuchar mis gritos.
Esta noche, supongo que ya es de noche porque no escucho murmullos al otro lado de la puerta y todo esta oscuro como boca de lobo, no puedo conciliar el sueño por más que lo deseo, es imposible y más por el calor sofocante que hace aquí dentro. El piso parece hecho de lava y la única ventisca que puedo sentir es aquella que se cuela debajo de la puerta. Por algunos segundos he estado pensando que mi padre ha aprovechado esta oportunidad para deshacerse de mí, ya que está demorando demasiado en sacarme de este lugar, quizás la noticia en vez de preocuparlo solo lo ha alegrado.
Realmente debe temer demasiado a esta chica de dieciséis años, especialmente a sus tenebrosos ojos azules. No tengo la culpa de haber nacido así, sé que no tengo la culpa de nada de lo que sucede pero, nunca me había sentido tan sola en toda mi vida. Estando aquí me pregunto como será morir, ¿pasar al otro lado será doloroso?, ¿realmente me encontraré en la entrada del túnel que todos dicen ver? Suena extraño que hable acerca de ello y más teniendo el don de ver espíritus, pero esta es la primera vez que tengo esta clase de dudas, ni siquiera cuando mi madre murió pensé en todo esto.
- Moriré aquí y todos me olvidaran – escuché el sonido de mi propia voz sin poder reconocerla después de aquellas horas de encierro. Mi garganta estaba seca y necesitaba un poco de agua. Pero nadie viene por mí, nunca pensé que terminaría de esta manera y se me hace un poco patético.
Al final no pude dormir aquella terrible noche y a la mañana siguiente alguien entró a la bodega y me lanzó un balde con agua bien fría sin que pudiera darme tiempo de decir nada. Mi ropa quedó completamente empapada y mis cabellos se pegaron al rostro impidiéndome ver mejor a mi atacante. Ante aquella humillación quise levantarme pero con las justas logré moverme y quedar boca arriba, dándome cuenta que se trataba de otro hombre más joven el cual no llevaba máscara. Su rostro no mostraba emoción alguna y tenía el cabello rubio muy corto, casi como los militares. Por algunos segundos su apariencia me produjo leves escalofríos, pero cuando iba a decir algo, rápidamente se agachó hacia mí y jalándome bruscamente hizo que me sentara sobre el suelo, en esos momentos entró otro hombre y me lanzó un plato de comida con una sopa grasosa y fría.
Sabía lo que sucedería y no quise poner resistencia, así que cedí ante aquella comida y pasé por mi garganta aquel caldo helado y los fideos pegajosos. Al menos así me libraría de alguna golpiza o algo peor, pero me equivoqué. Aquel hombre de corte militar volvió a agacharse hacia mí y me sujetó de los cabellos de una manera que de mis labios salieron gemidos de dolor, realmente me dolía pero no quería que viese un rastro de temor en mis ojos, tan solo me miraba fijamente como si fuese una mercancía extraña, viendo si me encontraba en buen estado para poder venderme al mejor postor.
Y solo cuando me obligó a levantar la mirada pude darme cuenta de su terrible destino. Sin poder evitarlo mis labios reaccionaron y sonreí burlonamente, merecía ese castigo, lo merecía por haberse atrevido a tocarme con sus manos sucias.
- La muerte está acercándose, pronto te pudrirás en las llamas del infierno – le dije sin poder quitar esa sonrisa maliciosa de mi rostro.
- ¿Qué carajos estás diciendo? – dijo el hombre con voz gruesa.
- Estás maldito por haber tocado a la hija de la muerte, maldito - empecé a reír como un desquiciada, viendo la expresión aterrorizada del hombre. Sabía que con eso asustaba a las personas y esta vez no fue diferente. Mis ojos azules se clavaron en los suyos, el hombre pareció retroceder, pero en eso me dio una bofetada tan fuerte que quedé tirada en el piso de nuevo, sin embargo no dejaba de reír, tanto que el secuestrador no pudo más conmigo y salió dando un fuerte portazo.
Apenas la puerta se cerró me quedé en silencio, mi mente estaba totalmente en blanco, mis ojos perdidos en un punto distante, no sabía si seguir riendo o ponerme a llorar, era muy extraño y solo repetía mecánicamente:
- Hija de la muerte, soy la hija de la muerte…

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DIA TERCERO

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 12:27 am

Lo sabía, lo sabía en verdad, mi padre se ha olvidado completamente de mí y va a dejar que muera en manos de estos hombres. Escuché las voces irritadas mientras discutían entre ellos, mi padre se rehúsa a pagar el rescate y los días siguen pasando. Mis labios están muy secos y siento que he perdido una talla al menos por la mala alimentación, mi ropa me queda floja y solo puedo salir de esta apestosa bodega, con los ojos vendados, cuando quiero ir al baño.
Hoy amanecí con un horrible dolor de estómago a causa de la dieta asquerosa que he estado ingiriendo, tengo ganas de vomitar y lo único que me controla es cerrar los ojos fuertemente y pensar en otras cosas. ¡Ya quiero salir de aquí! ¿¡Acaso a nadie en este maldito mundo le importa si vivo o muero!? Estos hombres me han hecho un gran favor, ya que con esto me doy cuenta que realmente estoy sola y sé que a la única persona a quien le interesaba esta muerta. Mi madre jamás volverá conmigo, la única fuente de amor y comprensión ha desaparecido.
Al ponerme a pensar en ella no puedo evitar que mis ojos se humedezcan y que vergonzosas lágrimas resbalen por mis mejillas, felizmente nadie puede verme y este encierro al menos ha hecho que me de cuenta de algunas cosas. Por otro lado, ninguno de esos malolientes hombres ha entrado a la bodega, por lo que supongo seguirán dormidos y seguramente ebrios.
Si tan solo pudiera contemplar el cielo una vez más antes de morir, se que podría sentirme más tranquila. En estas cuatro paredes solo puedo conversar mentalmente conmigo o mejor dicho, perderme entre mis oscuros pensamientos. Se que pronto moriré y en este día especialmente ese pensamiento se ha vuelto más fuerte, tanto que se ha convertido en una temible obsesión. Pero la muerte tarda en venir por mí y no sé por cuanto tiempo deba esperar.
Me siento cansada, mi cuerpo no tiene energías y solo quiero dormir. Si tengo suerte la muerte me llevará mientras me encuentro en las misteriosas tierras de Morfeo. Sin embargo, alguien acaba de entrar a la bodega arrastrando los pasos, dejando la puerta entreabierta, dudo mucho que sea la muerte porque este apesta a licor. Supongo que alguien se acordó de mí y viene a traerme algo para comer. Por desgracia mis pensamientos estaban errados como siempre, el hombre se agachó hacia mí con una sonrisa grotesca y empezó a tocarme suavemente, como si fuese un tesoro o algo parecido.
Al principio solo me contemplaba y pasaba sus fríos dedos por mis mejillas bajando un poco por mis pálidos labios. Hasta que me di cuenta de lo que realmente quería al ver como se bajaba los pantalones y aquel miembro erecto que me mostraba, supe lo que era el miedo hacia alguien por primera vez, sentí terror. Un miedo muy intenso se apoderó de mí, quise gritar para despertar a los demás que tendrían que detenerlo, pero rápidamente me amordazó la boca con un trapo que sacó de uno de los bolsillos de su pantalón que dejó tirado sobre el suelo, se acercó a mí y me rompió la blusa para empezar a lamer mis pechos por encima del brasier.
Sentí un asco muy grande, mucho más que con las ratas que estaban espiando desde los rincones. Intenté liberarme pero mis manos y pies seguían fuertemente atadas. El hombre me quitó toda la blusa y dejó mis pechos desnudos, empezó a buscar nerviosamente el cierre de mi pantalón. Me estremecí completamente al sentir sus manos acariciando mis piernas, hasta empezar a bajarme el jean con brusquedad. Aquello era realmente asqueroso y no podía hacer nada para detenerlo, se masturbaba mientras lamía y mordía mis pechos por momentos, haciendo que empezara a dolerme mucho. Pero en eso mi corazón se detuvo, solo pude escuchar mi respiración agitada y el piso me golpeó fuerte cuando ese hombre me tumbó boca abajo y empezó a bajarme el pantalón hasta las rodillas. Me moví e intenté patalear para alejarlo, pero sujetaba mi cabeza fijamente contra el suelo para mantener aquella vergonzosa posición. Estaba perdida y cerré fuertemente los ojos al borde de sufrir un infarto, pero alguien llegó en esos momentos, no pude ver nada pero escuché su voz furiosa ordenando que me soltara, una voz joven y muy enfadada que hizo que el delincuente me liberara y se alejara torpemente de mí. Me quedé en el suelo, temblando de pies a cabeza y con mi corazón golpeando más fuerte mi pecho, nunca había sentido aquella horrible sensación y me odié con todo mi ser al darme cuenta que empezaba a sollozar.
No podía detenerme, había sido humillada y casi violada, era demasiado para poder soportarlo, lo único que deseé fue morir con todas mis fuerzas, de todos modos a nadie le importaba.
- Naim - escuché una voz en un tono lastimero. Era una voz femenina y a decir verdad fue lo último que escuché ya que mi cuerpo no pudo más con todo aquello y quedé inconsciente sobre el suelo.
Quizás era la verdadera muerte que por fin había llegado por mí, deseaba con todo mí ser que fuese así. Mi cuerpo se encontraba tranquilo y mi corazón había vuelto a su ritmo normal. – Mi amada muerte llegaste a rescatarme – escuché que pronunciaron mis labios aun manteniendo los ojos cerrados. Mi cuerpo empezó a moverse, mis manos tocaron una superficie suave y cálida, me sentía tan bien en aquel lugar que los momentos vividos parecían haber sido solo una horrenda pesadilla.
Mis ojos se abrieron y contemplé la figura de una mujer joven cerca a la cama en donde me encontraba. Estaba leyendo un libro frente a la ventana, era delgada y llevaba un abrigo negro con botones plateados. No había dudas, debía de tratarse de la muerte, con esos cabellos castaños ondulados y el rostro como si fuese un ángel caído, tan serena, tranquila y muy agradable. – Mi amada muerte – volví a repetir causando que ella me viese, se acercó lentamente hacia mí y me tocó suavemente la frente. En esos momentos quedé perdida en aquellos hermosos y brillantes ojos verdes. Mi corazón pareció volver a la vida, simplemente no podía quitarle la mirada de encima.
- ¿Te sientes mejor? – Preguntó la muerte. Pero yo seguía hipnotizada con su mirada – No deseaba que te tratasen así, fue culpa de estos malditos borrachos, todos ellos son una sarta de alcohólicos, ¿te hicieron daño durante mi ausencia?, ¿alguien mas te ha tocado?
- Yo… - pronuncié débilmente ya que sentía que mi garganta me ardía, lentamente me di cuenta que aquella mujer era mortal y no la muerte como lo pensé. Pero sin duda alguna, era diferente a todos los demás que se encontraban fuera de la habitación. Sin embargo el temor se apoderó de mí nuevamente, reaccioné bruscamente y quise levantarme de la cama, pero mis piernas se enredaron con las sábanas y caí al suelo para mi desgracia. Ella se acercó y agachó hasta donde me encontraba, definitivamente era diferente a los demás secuestradores, pero no dejaba de ser una delincuente. Su apariencia me atraía pero no deseaba que me tocara, sentía mi cuerpo demasiado sucio después de todo lo sucedido y tenía miedo que aquella diosa falsa de la muerte fuese mucho peor que todos los desgraciados borrachos que aún dormían detrás de esa puerta.
Gracias a Dios, aquella mujer no me tocó ni intentó forzarme a nada extraño y pasé todo el día en aquella habitación. Mis manos y pies pudieron disfrutar de la libertad por algunos minutos, pero terminé atada de un pie a la cama, como si fuese un animal. Con eso no podía levantarme ni acercarme a la puerta, pero mis manos estaban sueltas y no me quejé.
Después de tres días de encierro en la horrible bodega aquella habitación parecía el paraíso. Me encontraba en una cómoda cama y por fin podía disfrutar de una ventana abierta muy cerca de mí. El viento fresco inundaba mis pulmones y me sentía con más fuerzas, además que esa mujer se encargaba personalmente de mi alimentación y pronto estuve satisfecha gracias a una buena sopa caliente y frutas que trajo para mí. Pero, a pesar de sus tratos amables no entablamos ninguna conversación, solo me vigilaba con el rabillo del ojo desde su acostumbrado lugar cerca de la ventana mientras comía o permanecía en silencio. Sabía que casi había pasado una larga semana desde que me secuestraron, pero el tiempo parecía no transcurrir en esa habitación, ni siquiera conocía el nombre de la que era ahora una especie de guardiana para mí. Nadie salvo ella entraba a la habitación, siempre oliendo a perfumes muy caros o trayendo comida comprada.
Las cosas cambiaron para mí, pero seguía siendo una prisionera. Me despertaba, comía, bebía, dormía o simplemente me quedaba perdida viendo a un punto distante. Mi única compañía era aquella mujer misteriosa, a la cual todos parecían tenerle miedo, supongo yo, que se trataba de la líder y era la persona que había planeado mi secuestro. Por ello sentía cierto rechazo a pesar que me gustara su presencia en la habitación.
- ¿Puedo llamarte Ai? – preguntó de repente la mujer, rompiendo el silencio que empezaba a atormentarme. Se acercó a mí y se sentó sobre la cama. Sus ojos verdes estaban más hermosos que nunca y había caído ante la tentación de nombrarla como la primera vez que la vi, llamarla “mi ángel de la muerte” por su agradable y sereno rostro que parecía no mostrar nunca emociones. No respondí inmediatamente ya que estaba un poco confundida, pero ella volvió a preguntar - ¿Puedo llamarte Ai?, ya que tu nombre es Naim, creo que sería mejor decirte de esa manera. Además en japonés significa amor, la niña amada – habló tranquilamente y sin pausas, como si acabara de conocerme y nos encontráramos en un café en medio de la ciudad. Al verla de cerca me di cuenta que no tendría más que veinticinco años de edad, al menos eso me parecía.
- Si, puedes llamarme así – fue lo único que respondí antes de quedar perdida nuevamente en su mirada fija y penetrante.

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DIA CUARTO

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 12:28 am

Pasaron un par de días más después que la diosa de la muerte me rescatara de aquella apestosa bodega. Esta mañana ordenó que se contactaran nuevamente con mi padre para negociar otro rescate, ya que el primero había sido un fracaso. Después de la llamada regresó a la habitación y se sentó en una silla lejana, pude darme cuenta por su expresión y la manera de tocarse los cabellos que estaba empezando a perder la paciencia. Los días pasaban y no sabía que hacer conmigo, me lanzó una mirada seria y sentí como la piel se me ponía de gallina.
Temía que al no serle útil me matara y mi cuerpo terminara en medio del bosque o al borde de algún río. Había perdido toda esperanza de ser rescatada por mi padre, estaba sola, abandonada a mi suerte y lo peor es que para ese entonces aquel hombre rubio con corte militar había sido asesinado por los miembros de otra banda, cumpliéndose así mi profecía. Los demás hombres no querían ni pasar por la puerta de la habitación en donde me encontraba, los podía escuchar diciendo que estaba maldita y que por eso mi padre me había dejado con ellos. Aquellos comentarios no me importaban en lo más mínimo, pero estaba impaciente por saber lo que pasaría.
En esos momentos no tenía ni pasado ni futuro, me sentía como un objeto perdido en medio de la nada.
Aquella noche soñé con la muerte de mi madre y recordé algunas cosas que había olvidado, como esa mirada de alivio en los ojos de mi padre al ver que el ataúd era devorado por la tierra. No pude evitar llorar en sueños, la extrañaba demasiado y cuanto hubiese deseado irme con ella, quizás la idea de que estos hombres me asesinaran no era tan mala después de todo. No sé cuanto tiempo estuve llorando en sueños, solo sé que alguien me despertó al abrazarme suavemente, por leves segundos como me encontraba semi dormida todavía, pensé que se trataba del fantasma de mi madre que venía a consolarme. Pero al darme cuenta que se trataba de mi ángel de la muerte, me quedé en silencio sorprendida por aquel acto.
No esperaba nada de ella, ninguna muestra de afecto y menos aquel abrazo inesperado, después de todo solo era una presa con la cual ganaría mucho dinero. Realmente estaba sorprendida y no sabía que hacer o como reaccionar, pero no pude más que hacerme la dormida mientras me mantenía aferrada en sus brazos. En esos momentos de silencio y oscuridad de la noche, sentí mi corazón latir rápidamente como nunca lo había hecho, no podía comprender sus extrañas palabras, solo sabía que me sentía bien y que era la segunda persona después de mi madre en mostrar cierto afecto o piedad hacia mí.
Sus manos estaban cálidas y permanecieron sobre mi cuerpo por largo rato, estoy segura que toda la noche, porque al despertar me encontré con aquel rostro que me gustaba muy cerca del mío.
Nunca había experimentado aquella sensación y me quedé confundida, tan solo había sido un abrazo pero había conseguido que mi mente entrara en un horrible y molesto caos del cual no podía liberarme. No podía quitarme la sensación de sus brazos y el recuerdo de su aroma. No sabía que me sucedía, tan solo tenía dieciséis años y no conocía muchas cosas en la vida, pero estaba segura que aquella mujer se estaba convirtiendo en alguien especial para mí. No…, ya que desde la primera vez que la vi supe que era especial.
Creo que estoy enamorada de ella a pesar de ser una mujer, enamorada por primera vez y de mi propia secuestradora, eso si es realmente patético pero no puedo hacer nada en contra de estos confusos sentimientos. Ambas somos muy calladas y extrañas, pienso que es eso lo que me gusta. Cuando ella se despertó me miró por algunos segundos y luego acarició mi cabeza con una de sus manos. No quería ponerme a pensar en nada, no deseaba recordar que me encontraba prisionera y que en cualquier momento regresaría a casa, tan solo quería disfrutar cada minuto que pasara con mi ángel de la muerte, cada mirada. No podía pensar en una despedida en donde temía que resultase muerta, presa o siendo perseguida por la policía.
Después del desayuno, que consistió en pan con mermelada y café. Ella se puso de pie con la intención de marcharse, no sabía a donde iba a esas horas de la mañana pero siempre regresaba para almorzar conmigo y nunca se olvidaba de cerrar la puerta con llave para que nadie entrase a la habitación. También tuvo el cuidado de alargar la cuerda con la que me mantenía atada a la cama, para poder entrar al baño o asomarme a la ventana. Me había convertido en una especie de mascota, temía que me considerara de aquella manera, aunque estaba consciente que no veía como mujer al ser casi una niña. No había manera en que se fijase en mí y eso hacía que sintiera un dolor extraño en el pecho.
Deseaba que me viese con otros ojos. Ella me vestía con ropas caras y me alimentaba bien, me cuidaba de los demás hombres pero parecía no estar haciendo más que el papel de una niñera, mientras yo me consumía en un amor que parecía imposible.
En la tarde regresó como siempre pero no traía el almuerzo, supuse que había sucedido algo malo por su aspecto cansado y abatido. En esos momentos se acercó a mí y empezó a aflojar la cuerda de mis pies, no sabía que decir y cuando estuve liberada sacó un vestido gris junto a dos prendas de color negro del armario y me las mostró, haciéndome una señal para que me cambiara de ropa. No sabía que estaba sucediendo, quizás la hora de mi muerte había llegado y estaba preparándome para mis últimas horas, la miré con expresión deprimente y me vestí sin protestar.
Realmente me siento como su muñeca. Este vestido gris, los pantalones negros ajustados y el polo de manga larga también de color negro, me dan el aspecto de una niña de doce años, aunque ella parece satisfecha por el resultado. Si realmente iba a morir, al menos lo haría gustándole en cierto modo, hasta me animé a soltar mis cabellos, todo por que me viese por un poco más de tiempo.
Si había perdido la cordura no me importaba, era tarde. Estaba enamorada y condenada…
Ella me condujo hasta la sala donde dos hombres estaban jugando cartas y sentí mucha tensión entre ellos, mi ángel los miró fijamente y sin decir palabra me sacó del lugar y vi el exterior después de varios días de encierro. La luz del sol irritó mis ojos pero me cubrí con una mano, afuera no había nada salvo tierra, árboles y restos de un auto abandonado hace años. No reconocía el lugar y por más que viese a los alrededores no tenía la menor idea en donde estábamos.
– ¿A donde vamos? – me atreví a preguntar pero no tuve respuesta alguna, hubiese podido intentar escapar pero no lo hice. Me limité a seguirla y entrar a un auto negro que acababa de llegar. No sabía lo que me esperaba, pero si fuese ella quien me matase, pienso que no me lamentaría de mi suerte.
Viajamos por cierto tiempo con las ventanas totalmente oscuras y cerradas, no sabía hacia donde nos dirigíamos, pero el auto se detuvo y mi diosa me indicó que habíamos llegado al lugar. No comprendí pero bajé del auto empezando a sentir ciertos escalofríos por la ansiedad de lo que me esperaba. Ella sujetó mi brazo y entramos a una casa muy bonita, el aroma de las flores de la entrada inundaban mi nariz y el ambiente se sentía muy tranquilo, la sala parecía algo triste por que no había rastro de persona alguna, pero al subir las escaleras nos encontramos con una mujer que parecía ser enfermera.
Mi ángel de la muerte le entregó un sobre y ella le agradeció indicándole que podía entrar a la habitación, ambas lo hicimos y me quedé sorprendida al ver a una mujer de edad mayor, recostada sobre la cama, con agujas en los brazos y un suero colgando en la cabecera. Ella nos miró y estiró los brazos débilmente, mi ángel se acercó a ella y la abrazó para mi sorpresa, pero en eso volteó hacia mí y me dijo:
- Dime lo que ves.
- No comprendo – respondí con voz baja.
- Tú puedes ver la sombra de la muerte sobre una persona, quiero que me digas lo que ves en ella, así como viste en el desgraciado de Jhon. Sé que tienes el poder de ver a la muerte.
Aquella mujer debía ser su madre, lo sabía aún no me lo dijese y era la primera vez que escuchaba temor en su voz. No tenía la obligación de decirle nada, había sido secuestrada, casi violada y tratada cruelmente, pero ella me había salvado. Aunque era obvio que solo me había cuidado para ayudar a su madre y eso me hizo sentir un poco decaída. Pero no retrocedí, me acerqué a la mujer y miré fijamente sobre su cabeza, sentía la mirada de mi ángel clavada sobre mi, impaciente y esperando por mi respuesta. Si la muerte hubiera estado cerca lo hubiese sentido desde que entramos a la casa, y moví negativamente la cabeza dándole a entender que la mujer se salvaría y recuperaría pronto. Ella sonrió por primera vez desde que la conocí y mi corazón empezó a golpear mi pecho nuevamente, pero salí sin hacer ruido y esperé mucho tiempo sentada en las escaleras.
Tardó mucho en reunirse conmigo y la enfermera se había ido a almorzar, me encontraba sola y ni siquiera se me pasó por la cabeza la idea de escaparme, me quedé sentada hasta que ella salió y se sorprendió al verme. - ¿Por qué no te fuiste?, la puerta no esta cerrada con llave, pudiste escapar y regresar a tu casa, eres una idiota – dijo de repente haciendo que me pusiera de pie y me quedase viéndola a los ojos, intentándole decir que me había quedado por ella y la idea que irme no se me había ocurrido. - ¿Por qué?, te di la oportunidad de huir – repitió con voz más fuerte, pero yo seguía mirándola fijamente sin decir nada.
- ¿Ella está mejor? – pregunté después de algunos segundos de silencio.
- Lo está – respondió secamente.
- Que bueno.
- Oye, ¿no piensas escapar? Todo esto se ha salido de control, nunca ordené que matasen a nadie y menos que te trataran de ese modo, mi única intención era traerte aquí y les prometí dinero a esos hombres, yo puedo dárselos y decir que conseguí tu rescate.
- ¿Eso quiere decir que ya no me necesitas? – Pregunté con cierta molestia y sintiendo como mis ojos empezaban a humedecerse - ¿Ni siquiera sirvo como rehén?, aún podrías sacarle dinero a mi padre.
- ¿¡Pero que estás diciendo!? ¡Ya lárgate de una vez! No tienes idea de lo que harían esos hombres contigo, planean venderte en el mercado negro ya que tu padre se niega a pagar algo por ti.
- ¡Entonces que me vendan! ¡No tengo razones para regresar a esa casa! Quiero que me compren y me lleven muy lejos de este maldito lugar.
Ella me miró fijamente sin poder creer en mis palabras, me sujetó fuerte del brazo pero yo no me arrepentía de lo que había dicho. Es más, en esos momentos sin importarme su reacción me acerque hacía sus labios y la besé torpemente, algo peor no podía sucederme ya. Después del inesperado beso susurré suavemente en su oído - ¿Por qué no me compras tú? Quiero quedarme contigo, pertenecerte por siempre – haciendo que ella me viese nuevamente sin saber que decir.
Ella empezó a alejarse de mí y se acercó a la puerta. Temía que las cosas fueran a quedar así y me abandonase en esa casa. Pero de repente hizo un gesto con la cabeza y sonreí por primera vez, mi mente se quedó en blanco y sentí mis piernas correr hacia ella, sujeté su brazo y ambas salimos de esa casa, hacia la calle sin destino fijo.
Muy en el fondo lo sabía… sabía que ella sentía cosas por mí.
Jamás regresé a casa y no me importa lo que sucedió después.
Mi vida comenzó cuando pensé que todo estaba perdido.
Y por cierto… su nombre es Laura.
Mi amada y adorada Laura.
Mi diosa de la muerte.


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