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Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:17 pm

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Ana 1

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:18 pm

Empezaré diciendo que me llamo Ana y lo que cuento no es ficción sino parte de mi propia vida. Tengo 40 años. No soy una belleza, al menos no me considero tal, pero tengo una cara y un cuerpo que aún provocan miradas, silbidos y hasta palabras más o menos obscenas cuando voy sola por la calle. Mido 1, 64. Tengo una cara ovalada pero no demasiado. Mis ojos son grandes, almendrados y de color castaño claro, igual que mi pelo. Mi piel es de color miel es color miel, ni demasiado clara ni oscura y se pone color bronce cuando tomo el sol.
Peso entre 56-57 kg. Tengo unos pechos no inmensos pero quizás sí un poco grandes para mis medidas lo que me trajo problemas ya desde pequeña porque eran el centro de atención de casi todo el mundo. Mi trasero es casi perfecto, de forma de media naranja perfecta. Quizás, con los pechos, lo que más llama la atención de la gente son mis piernas y muslos que, aunque no demasiado largas por mi estatura, sí están perfectamente torneados y los muslos son duros, llenos y rotundos. Me olvidaba: mi nariz es pequeña y clásica, mis labios muy llenos y sensuales.
Lo que voy a empezar a contar se remonta a hace unos 30 años.
Por razones lógicas he cambiado los nombres de las personas pues la mayoría, sino todas, aún viven y no es mi intención descubrir la vida privada ni la intimidad de nadie.
Desde muy pequeñita –seis, siete años noté que mi sensualidad y sexualidad estaba muy desarrollada para mi edad. Hasta el punto que sorprendía a mis amigas y amigos. En una palabra:era demasiado precoz. . Esto me llevó a que, ya desde entonces, me gustasen los contactos aunque fueran accidentales con mis amigas y amigos y, sobre todo, los "toqueteos" intencionales con mis amigas e, incluso, con algunos niños de nuestra edad. En esos años y hasta los 10, llegué a hacer exploraciones "más profundas" de nuestros cuerpos con quienes eran mis amigas más "íntimas" y aprendí a masturbarme teniendo desde esa edad consiguiendo satisfacciones que me resultaban muy agradables trasladandome a otro mundo y que llegué a practicar mutuamente con algunas amigas de mi edad que también habían descubierto ese maravilloso mundo.
Recuerdo mis dos experiencias más profundas en éste sentido y las circunstancias en que se produjeron. La primera vez fue cuando vino a jugar a casa como otras tantas veces una amiga llamada Dolores, Lolita para todo. Era por la tarde y mis hermanos pequeños estaban con nosotras. Después de cansarnos y hasta de aburrirnos de jugar a las cincuenta cosas de siempre decidimos jugar a "papás y mamás". Lolita y yo seríamos los "papás" y mis hermanos pe queños nuestros hijos. Estábamos en una salita de estar que empleábamos para jugar. Escogimos un sofá como cama y buscamos algo con que taparnos "mientras dormíamos". La niñera que cuidaba de nosotros –más bien de mis hermanos al ver lo pacíficos que estábamos nos facilitó encantada una vieja manta. Bajamos las persianas parcialmente, dejando la salita en media penumbra. Lolita y yo nos acostamos bajo la manta y lo que no recuerdo fue que se sucedió ponía que tenían que hacer "nuestros hijos". Hasta ahí creo que que lo habíamos hecho todo inocentemente. Pero la cosa cambio cuando nos encontramos muy juntas, en penumbra y tapadas por la manta. No recuerdo si nos habíamos quitado las falditas para simular mejor que era la noche o que estas eran muy cortas. El caso es que como el sofá no era demasiado ancho nuestras piernas y muslos quedaron en contacto íntimo y nuestros cuerpos muy juntos.
Lolita y yo ya habíamos"jugado"a investigar en nuestros cuerpos pero nunca habíamos sentido tan cerca e íntimamente el calor de nuestros cuerpos. Sé que a los pocos minutos empemos a sentirnos muy a gusto las dos. Tanto que se acercó uno de nuestros"hijos" a decir algo y las dos al unísono le contestamos que más tarde porque "ahora" estábamos durmiendo.
Y fingiéndonos dormidas, empezamos a acariciarnos primero los muslos, luego el lugar dónde empezaban a notarse los bultitos que más tarde serían nuestros pechos, dándonos ligeros besos en la boca amparadas y protegidas por la penumbra, para terminar buscando nuestras vaginas, muy húmedas pese a nuestra juventud, y terminar masturbándonos mutuamente. Es ta maravillosa sensación de estar en otro mundo la rompió bruscamente uno de mis herma nos que, quizás debido a la penumbra, tropezó con algo, se cayó y empezó a llorar y sangrar por la nariz. . La chica que nos cuidaba terminó nuestro"sueño"levantando las persianas pa ra atender a mi hermano. Y ahí se terminó la magia de aquella tarde aunque a Lolita y a mi nunca se nos olvidó.
La otra ocasión fue recién cumplidos los diez años. Una tarde un matrimonio muy amigo de mis padres vinieron de visita con su hija Lucía, que era más o menos de mi edad y, a diferencia de mi, muy morena, con preciosos ojos negros. Estaba tan desarrollada como yo aunque era un poquito mas pequeña. Éramos amigas pero no muy íntimas porque íbamos a diferentes colegios y nos veíamos con poca frecuencia.
Pasamos la tarde juntas, jugando, hablando y escuchando música. Al empezar a anochecer, cuando sus padres estaban preparándose para regresar a su casa, les llamaron por teléfono para avisarles de que el padre o la madre de uno de ellos –no recuerdo exactamente había sufrido un ataque de corazón y estaba ingresado en un hospital. Su intención era ir inmediatamente pero surgió el problema de Lucía: tenían que llevarla antes a casa. Surgió mi madre salvadora y les dijo que por que no dejaban que Lucía se quedase a dormir en casa y añadió: "Ana tiene una habitación solo para ella y una cama muy grande".
A los padres les pareció bien y ellos y mi madre le pregunta ron a Lucía si ella quería quedarse. Dijo que sí y sus padres se fueron. Al cabo de un rato cenamos y poco después mi madre acompañó a Lucía a mi habitación. Yo la seguía. Al llegar a mi cuarto mi madre le dio a Lucía a elegir entre mis prendas de noche. Yo, salvo que hiciese mucho frío, me gustaba dormir en una camisones muy ligeros y cortos, por encima de la rodilla.
Ella, como éramos de las mismas medidas, optó por un camisón como los que yo usaba. Mi madre la ayudó a desnudarse –yo noté que ella tenía algo de pudor al verse desnuda ante dos personas extrañas pero rápidamente se puso el camisón. En ese breve espacio de tiempo pude ver que tenía un perfecto cuerpecito con un culito redondeado y perfecto. Cuando terminó de ponerse el camisón mi madre le enseñó y la acompañó al baño más cercano que, realmente, estaba al lado de la puerta de mi habitación. Cuando ella regresó fui yo la que me dirigí allí. Me lavé los dientes y oriné pero, por alguna razón del subconsciente, después me lavé aquella zona pues no quería oler a orín. Volví a mi habitación y me encontré Lucíasen tada en el borde de mi cama hablando con mi madre. Mi madre se despidió de nosotras y nos deseó que pasásemos una buena noche. Cuando cerró la puerta Lucía me preguntó muy educadamente que lado de la cama prefería. Yo le dije que solía dormir a la derecha, donde tenía una pequeña librería al alcance de la mano y una radio.
Ella me dijo que mejor así pues ella quedaba más cerca de la puerta por si necesitaba ir al baño durante la noche. Nos metimos en la cama y, primero con la luz encendida y luego con ella apagada, seguimos hablando y contándonos cosas. Las normales: los chicos que nos gustaban, los que nos hacían caso, las compañeras a las que envidiábamos por guapas o desarrolladas y. . . cosas así. Al cabo de un rato le dije que estaba cansada y que iba a intentar dormir. Nos quedamos en silencio las dos. Yo no tenía sueño en absoluto. Lo que sí tenía era el cuerpo de Lucía desnudo grabado en mi retina y en mi mente. Empecé a hacerme la dormida haciendo, poco a poco, que mi respiración fuese más espaciada, lenta y profunda, mientras pensaba cómo acercarme a ella físicamente pues desconocía cuál podía ser su reacción. Decidí intentar algo inocente. Lentamente y sin que ella lo notase, me subí el camisón hasta dejar mis muslos al descubierto.
Después de un rato, cuando yo ya "dormía profundamente" mientras que notaba que ella se guía despierta, quizás porque extrañase la casa y la cama, hice un movimiento "involuntario"en mi sueño, moviendo mi pierna y muslos izquierdo para dejarlos pegados al suyo derecho. Esperé pacientemente a ver cual era su reacción. No hubo ninguna. Yo, imperceptiblemente, apreté un poquito más mi muslo y me quedé inmóvil, como si durmiese profundamente. Al cabo de unos minutos sentí que ella introducía su mano entre su muslo y el mío, como intentando separarme. Lo empujó ligeramente y yo respondía separándome uno o dos centímetros. Mi sorpresa fue cuando noté que lo que quería era levantarse el camisón hasta su estómago como yo lo tenía y que mi presión le impedía hacerlo pues se lo sujetaba entre ambos muslos. Y aún fue mayor cuando noté que ahora era ella la que volvía a buscar el contacto con mi pierna. Puede sentir toda su suave y cálida piel en contacto con la mía. Suspiré en sueños profundamente y empecé a excitarme más de lo que ya lo estaba pe ro seguì fingiéndome dormida. Y esperé pacientemente. Al cabo de pocos minutos noté que su cuerpo, aunque muy quedamente, se movía rítmicamente y con él, el colchón. No tuve que pensar mucho para saber qué estaba sucediendo. En ese momento hice como que me despertaba bruscamente y le pregunté: ¿Qué te pasa, te encuentras mal?. Mi dijo muy cortada "No, no, estoy bien". Dejando ya toda simulación crucé mi brazo derecho por encima de mi cuer po y buscar su mano donde creía que se encontraba. No me había equivocado pues, por mi do a que yo lo notase, ni había tenido tiempo a retirarla de su vagina. Allí la encontré y pusé mi mano sobre la suya. Me volví hacia ella, la besé en la mejilla y le pregunté:"¿Te gusta hacer "eso"?A mi mucho. ¿Me dejas que te ayude?" Aunque seguíamos con la luz apagada, por el calor que empezó a despedir su mejilla supe que se había sonrojado hasta la raiz de su pelo con mi pregunta. La pobre Lucía no se atrevía a articular palabra. Suavemente retiré su mano de donde la tenía sustituyéndola por mis dedos y comencé a acariciarle la zona púbica mientras la llenaba de besos en la mejilla. Ella no sólo no se resistió sino que abría sus piernas para que yo trabajase más cómodamente. Entonces busqué en su interior su pequeño clítoris y empecé a acariciarlo suavemente. Ella empezó a agitarse nuevamente al tiempo que buscó con su mano la parte de mi de mi cuerpo que no estaba ya cubierta por el camisón. Metió su mano pero siguió subiendo hasta alcanzar mis pequeños pechos, empujando hacia arriba mi ya subida prenda de dormir.
Yo detuve lo que le estaba haciendo y busqué también sus pechos que eran algo más pequeños que los míos. Nuestros camisones estaban ya enrollados casi en nuestros cuellos y nos resultaban incómodos. Ella encendió un segundo la lamparita de su mesa y con una sonrisa en su boca me preguntó:"¿Por qué no nos los quitamos?"Yo le dije que sí pero que los guardásemos cerca, debajo de las sábanas, para volver a ponérnoslos y que no nos descubriesen por la mañana. Así lo hicimos y volvimos a apagar la luz. . Primero nos abrazamos fuertemente y buscamos nuestras bocas y su interior por primera vez. . Después, continuando los besos, nos acariciamos mutuamente los pechos y cuando las dos estuvimos más que excitadas, nos masturbámos también mutuamente varias veces. De pronto, cuando ya llevábamos un largo rato jugando con nuestros sexos, oímos pasos en el pasillo.
Rápidamente nos separamos tumbándonos boca arriba y con las sábanas cubriéndonos hasta el cuello. Oímos que la puerta se entreabría un poco dejando entrar un poco de luz. Y oimos la voz de mi madre que le decía a mi padre: "Fijate: duermen como dos angelitos". Cerraron la puerta y cuando oímos que los pasos se alejaban, Lucía y yo soltámos simultáneamente una pequeña carcajada. Volvimos a nuestros juegos y, cuando notamos que empezaba a invadiros el sueño, tomamos la precaución de volvernos a poner los camisones. Dormimos profundamente hasta que por la mañana entró mi madre para despertarnos para el desayuno.
Se dirigió especialmente a Lucía por su calidad de invitada para preguntarle si había dormido bien. Ella contestó que sí, que perfectamente. Mi madre añadió:"Es que parece que tienes cara de cansada". Y Lucía le contestó: "Es que estoy tan bien que me gustaría quedarme en la cama media mañana". Mi madre nos dejó para que nos aseásemos y vistiésemos. En ese lapso Lucía me dijo si volveríamos a vernos. Yo le dije que seguramente. Pero por el cambio de colegios y cincuenta cosas más pasaron muchos meses antes de que nos volviésemos a encontrar y, para entonces, nuestras vidas habían cambiado mucho.
. . . . . . . . . .
Pero lo que determinó mis tendencias y gusto real fué lo que viví entre los diez y trece años.
Cuando tenía diez suspendí en Junio un examen para iniciar el bachillerato. Tenía que aprobar por obligación de mis padres en Septiembre porque querían una niña e hija especial que fuese un año adelantada con relación a las demás. Para ello contrataron una profesora del Instituto que había formado parte del Tribunal que me había suspendido. La conocían por una amistad común. Con esos antecedentes yo casi la odiaba antes de conocerla de cerca.
Se llamaba Mercedes. Me daría clases de lunes a viernes, de cuatro a cinco de la tarde, entre mediados de Junio y mediados de Septiembre, que era cuando yo tenía que examinarme otra vez. .
Ella tenía fama de guapa entre los hombres y, también lo admitían las mujeres. Yo, la verdad, entre los nervios del examen y que era uno de los miembros del Tribunal no me había fijado demasiado. El primer día que apareció por casa pude comprobar que, efectivamente, era muy guapa. Tenía el pelo castaño claro, su cara ovalada, clásica, con una nariz perfecta. Sus ojos grandes también ovales almendrados, color miel oscura y tenía un precioso tipo aunque yo no podría decir las medidas porque, entonces, yo ni sabía lo que era eso en una mujer. . Era de estatura alta para aquella época –1, 66 a 1, 68 y, de cerca, resultaba resultaba realmente guapa y atractiva aunque yo solo recordaba la cara seria y, para mi, odiosa que, detrás de la mesa de un Tribunal de examen, no pestañeaba ni movía un músculo de la ca ra. Tenía unos 26 a 28 años y fama de buena profesora y lo era.
Desde aquél primer día y, de acuerdo con mi madre, eligieron para las clases una pequeña salita de estar que había en el primer piso del chalecito en que vivíamos y, por tanto, alejadas del ruido y bullicio que mis hermanos pequeños organizaban jugando y gritando en el jardín. Nos presentaron formalmente y entramos en la salita, sentándonos una al lado de la otra en una mesa camilla. Dimos una clase seria y formal.
Cuando la tuve tan cerca, a mi lado, rozando los muslos la miraba, casi de reojo y no sé si me enamoré de ella pero lo que sentí era algo muy parecido. Para mí era guapísima y muy dulce. Ya no tenía la cara de "póker" del Tribunal y son reía con verdadera dulzura cada vez que me corregía en algo. Por primera vez la veía como mujer y no como a una profesora.
Era verano e iba con ropa ligera. Su pecho me llamaba poderosamente la atención Me pa

recía precioso y me atraía como un imán pues, sin ser excesivamente grande, casi se le salía por encima del sostén y de la blusa. Pasó la hora de clase y nos despedimos hasta el día si guiente. Y al día siguiente, lo mismo. Y al otro y al otro. . . Pasaron así unas dos semanas. Como el calor del verano aumentaba, cada día venía más ligera de ropa quizás demasiado para aquella época con una falda más corta que, al sentarse, me dejaba ver y disfrutar de la mitad de unos hermosos muslos. Yo me volvía loca sólo con verla y verlos y aprovechaba para, debajo del faldón dela mesa. camilla, subir más mi ya pequeña faldita para dejar más parte de mis muslos en contacto con los de ella. Mi instinto y mi deseo hacían que mi mano ten diese a posarse sobre ellos, pero el miedo me lo impedía. Pues bien, cuando llevábamos aproximadamente dos semanas y ya teníamos cierta confianza –me había dicho que, en vez de "señorita" la llamase Mercedes o Merche y que la tutease sucedió que un día, cuando sólo faltaban quince minutos para terminar la clase, se levantó y se dirigió a la puerta. Yo creí que iba al baño, que estaba muy cerca, pero para mi sorpresa al llegar a ella, echó el cerrojo y volvió a sentarse a mi lado.
Cuando lo hubo hecho, me invitó a ponerme de pie frente a ella, me miró de arriba abajo con una sonrisa, me levantó la faldita, me bajó las braguitas y puso su mano sobre mi pequeña vagina. Me la acarició dos o tres veces, de arriba abajo, por fuera, con cariño y delicadeza mientras sonreía con dulzura. Luego me dijo que sacase la punta de la lengua. Yo lo hice. Ella hizo lo mismo. Me acercó a su boca y, nada más que con la punta de la suya, rozó la mía dos o tres veces. Después me subió las braguitas, colocó la faldita en su sitio y sin explicación alguna miró el reloj, dijo que ya era la hora, se despidió y. . . punto.
Y digo punto porque allí empezó mi tormento:me acosté aquella noche físicamente sóla pero mentalmente con ella a mi lado durante toda la noche. No sé las veces que acaricié todas las partes y puntos de mi cuerpo que me producían placer. No sé a que hora conseguí conciliar el sueño y, cuando me dormí, fué con el deseo de que llegase la clase de las 4 de la tarde.
Llegó el siguiente día. Durante la mañana, a pesar de que había ido a la playa con mis hermanos, mi madre y mis amigas, el tiempo se me hizo eterno. No me apetecía ni acariciar a una de mis amigas que era de mi "gremio". Volvimos a casa. Comimos. Yo miraba el reloj a cada momento. Llegaron las 4 de la tarde. Y las 4 y media. Y las 5. Y Mercedes no apareció. Mi ansiedad se convirtió en desilusión primero y en enfado después. En mi casa sólo comentaron: "¡Que raro que no haya venido Mercedes y que no haya avisado!".
El día siguiente fue igual o peor aún porque tampoco vino ni llamó mi querida Mercedes. A la hora de cenar con mis padres surgió el tema. Mi padre dijo: "Quizás está mala, voy a llamarla". Y así lo hizo. Cogió el teléfono y contestó su madre que dijo que, efectivamente, estaba enferma. Su madre preguntó a mi padre si quería hablar con ella. (Yo pensaba –no sin razón que las ausencias de Mercedes se debían a que ella tenía miedo a que yo hubiese contado lo sucedido entre nosotras). Mi padre dijo que sólo quería saber si estaba enferma y que realmente quien quería hablar con ella era yo. La madre dijo que esperase un momento. Mi padre me pasó el teléfono.
Mercedes se puso y le pregunté que cómo estaba. Me dijo que mejor (al ver que era yo, luego me lo confirmó, se desvanecieron sus temores)y me dijo que si quería que podría venir ya al día siguiente a lo que yo contesté que sí, que por qué no iba a venir. Al día siguiente, a las cuatro en punto, estaba en casa. Pasamos a la salita. Empezamos la clase. Ella no hizo la menor mención de lo sucedido hacía tres días. Yo me acerqué a ella más que nunca y apoyé mis muslos contra los suyos presionando como nunca lo había hecho. Pero todo sin resultado. Ella no se inmutó. Entonces yo, que ya no sabía de qué iba la clase pues sólo podía pensar en ella, cuando solo quedaban quince minutos para terminar, me levanté, fui a la puerta y eché el cerrojo. Ella me preguntó como sorprendida:¿Qué haces?. Yo, poniendo la cara más inocente que pude dije simplemente:"Como el otro día". Volví hacia mi silla y ví que ella me miraba entre incrédula y sorprendida. La expresión le duró segundos. Y luego me dijo. "Eres una niña demasiado caliente. ¿Tu crees que no he notado desde el primer día las miradas que me echabas y que no sentía tus muslos rozarse con los míos?. Seguro que ya has jugado al y con el sexo con alguna amiga. Por eso el otro día no pude más e hice lo que hice". Le contesté que sí que era verdad lo que me decía y añadí: "Pero es que tu me gustas mucho, me gustas de verdad y contigo me siento mayor". No llegué a sentarme. Antes de llegar a mi silla, me cogió y abrazó.
Después, mientras mantenía medio abrazo, buscó mi vagina y empezó a acariciármela, mientras me besaba la cara y en los labios, introduciendo ligeramente su lengua en mi boca. Al poco tiempo me produjo un orgasmo que no olvidaré en mi vida. Después, armándome del valor que me daba saber que ya éramos "cómplices", le dije:¿Puedo ver "lo tuyo?. Dudó otra vez unos segundos, pero ella ya sabía también que podía contar conmigo para cualquier cosa. Sólo me dijo, a modo de comentario, mientras se subía la falda y bajaba las bragas: ¡Esto es nuestro secreto ¿no?!.
Ni siquiera espero mi respuesta porque la tenía ya en mis ojos, en mi petición, en todo mi cuerpo y en mi evidente excitación. Abrió las piernas y me dejo ver lo que me pareció la vagina más bonita que había visto nunca(y lo era porque las que yo conocía eran de niñas púberes o de alguna adolescente tan precoz como yo y a la que le gustaban ya los juegos s xuales tanto como a mi): tenía un hermoso pelo púbico limpio, tan cuidado como el parterre de un jardín, que es lo que me pareció en aquel momento. Instintivamente mi mano fue hacia aquél sitio que me parecía mágico y prohibido, lleno de frutos nuevos que yo nunca había probado, y traté de acariciarlo. Ella me ayudó. Se abrió los labios, cogió mi mano y dirigió mis dedos hacia el clítoris, enseñándome lo que tenía que hacer. No tardé en aprender el ritmo que a ella le gustaba más que unos pocos segundos.
El resto, aunque con las de mi edad, ya lo había practicado. Ella tardó poco en empezar a estremecerse. Cuando estaba ella al punto del orgasmo, cogió mi cabeza y me besó metiendo su lengua en mi boca, haciendo que luego hiciese yo lo mismo.
Creo que se asustó más que yo misma porque, cuando alcanzó el orgasmo, sus quejidos eran tan fuertes que, al terminar, miró con miedo el reloj y luego hacia la puerta –cerrada por si alguien hubiese oído algo y viniese para ver si sucedía algo. Cuando comprobó que nadie se había oído nada de nada –yo ya sabía que era imposible porque todo el mundo estaba en la planta baja, se arregló, me besó otra vez y se despidió diciendo en broma: ¿Quieres que vuelva mañana, cariño mío, mujercita mía?. No le respondí con palabras. Como única contestación sonreí y pasé mi mano por encima de su falda a la altura de sus partes sexuales.
Y al día siguiente volvió. . . pero eso ya es otra historia.

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Ana 2

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:18 pm

"clase normal", que seguía dándomela, teníamos otra clase"muy particular". El primer día después del que conté en el relato anterior, cuando faltaban unos 15 minutos para terminar la clase, sin mediar palabra entre nosotras, como si tuviésemos trasmisión del pensamiento, cerramos la puerta (no sé cual de las dos corrió primero al poner el cerrojo) y, después de unas caricias previas, le pedí si podía ver y tocar sus preciosos pechos. No había terminado de decirlo cuando ella ya los había sacado de su nido.
Al principio, casi con miedo y luego más decididamente, empecé a acariciárselos. Ella me dijo que, si quería, podía besárselos. Puse mi boca y mis labios allí y ella, ansiosa y como fuera de sí me cogió la cabeza y me la sumergió en aquella maravilla. Besé, acaricié y chupé como una loca. Con mis labios y con mi lengua noté como sus pezones, ya duros y erguidos en su estado natural, empezaban a crecer y crecer cosa que me excitó aún más de lo que ya estaba. En pocos segundos se pusieron como piedras de duros y noté que los míos, aún incipientes, surgieran de mis pechitos como dos flores nuevas que me hacían daño con el roce de la ligera ropa que tenía encima.
Continué chupando y acariciándolos pero, al notar sus pezones grandes y duros, no pude resistir la tentación de mordisquearlos con cuidado, con sumo cuidado pues temía hacerle daño Ella, por el contrario, me animaba a que continuara, cosa que yo hice con sumo placer. Creo que nada más con ese juego tuve mi primer orgasmo de la tarde. Noté mis braguitas empapadas.
Deseaba, al mismo tiempo, seguir con lo que estaba haciendo, para lo que empleaba mi boca, mi lengua y mis dos manos y retirar una de ellas para buscar mi pequeño clítoris para poder acariciárlo pero no quería, o más bien tenía miedo, de interrumpir el espectáculo del que estaba disfrutando viéndola a ella con los ojos semicerrados, contorsionándose como una posesa fuera de sí lo que, al tiempo, me producía tam bién un inmenso placer a mí. Sin poder contenerse y ya sin recato, bruscamente se subió la falda y empezó a acariciarse por encima de las bragas con una mano mientras con la otra trataba de bajarselas. Yo, al notar lo que estaba sucediendo, le pregunté si me dejaba ayudar la. Ellas, casi en un mumullo, me dijo:"Sí, por favor". Bajé una de mis manos para ayudarla a deshacerse de la prenda y poder participar también.
Cuando ya tuvo sus bragas a la altura de los tobillos, ella cogió mi mano y la dirigió hacia donde yo ya sabía gracias a sus sabias enseñanzas y mi propia experiencia. Conseguí que alcanzase un fabuloso orgasmo. Cuando acabó, aún jadeante, me introdujo en una nueva práctica que consiguió que fuese el día más inolvidable de mi vida (por eso recuerdo todos los detalles):me sentó sobre la mesacamilla, me subió la falda, me bajo las bragas y me practicó el primer cunilingus de mi vida casi adulta.
Cuando recuerdo la escena, aún hoy, con acariciarme un poco ahí, vuelvo a tener un orgasmo. Creo que fue el día, la hora, el instante y el momento en que decidí que, definitivamente, sólo me gustaban las mujeres. Cuando nos arreglamos los vestidos para salir de la salita recuerdo que me abracé a ella y le dije: "Te quiero Merche". Ella me contestó, medio llorando me dijo:"No seas tonta, eres aún muy pequeña para saber lo que es el amor. Pero me gusta que me lo digas porque yo sí te quiero a ti y me haces muy feliz". Me besó en los labios y se despidió diciéndome: "Hasta mañana amor mío y hasta siempre mientras tu quieras y nada me impida seguir viéndote".
Y así seguimos durante aquellos casi tres maravillosos meses. Tocase clase de lo que tocase, al terminar teníamos después otra clase de amor y sexo. Poco a poco yo ya sabía casi todo lo que se podía saber para dar y recibir placer. Al día siguiente en que ella me practicó el cunilingus cuando le pedí que me dejase hacerle yo lo mismo. Sólo preguntó que si estaba segura de querer hacérselo y si no me daba asco. Le dije que no y que cómo se le ocurría pensar que ella me podía dar asco.
Mientras le contestaba esto, ella ya se había subido la falda, y bajado las bragas mientras se deslizaba hacia el borde de la silla, tanto como pudo, de forma que quedaba sino horizontal, sí en una diagonal que me permitía acceder con facilidad a donde ambas queríamos. Me invitó a acercarme sonriendo y me puse de rodillas entre sus muslos de forma que mi cabeza quedaba a la altura de su deliciosa vagina. Me la cogió entre sus manos y me guió por caminos que mi boca y lengua desconocían, mientras con palabras y gestos me enseñaba lo que debía hacer. Me gustó todo:la textura de los tejidos que mis labios y lengua recorrían, los sabores nuevos para mí que llenaban mi boca, mi paladar, mis sentidos y hasta mi cerebro. Aquello, aquellos sabores y líquidos que no había probado jamás (porque los de mis amigas niñas eran casi insípidos e inodoros. Y sólo los había probado sin siquiera metiendo la lengua en el"recipiente orgininal"sino, tan solo, chupándome los dedos )me volvían loca y me emborrachaban. Y quería más y más y seguía lamiendo y succionando del aquel nuevo manjar que se me acababa de ofrecer. La otra cosa que más me gustó fué el extasis inmenso que Merche alcanzó pese a mi escasa experiencia o quizás excitada precisamente creerme casi inocente. No hace falta decir que, cuando se repuso un poco, me devolvió el placer de la misma forma En una ocasión que luego repitió al acabar la clase le preguntó a mi madre si íbamos a ir a algún sitio aquella tarde. Al contestarle que no, le preguntó si le permitía llevarme a su casa para presentarme a su madre. La mía dijo que sí, que encantada. Fuimos a su casa. Me presentó a su madre como una alumna suya. Hablamos las tres un poco y en seguida, Merche le dijo a su madre que tenía que enseñarme algo.
Me llevó a su habitación, cerró la puerta con el cerrojo y se puso un dedo en la boca, como indicándome silencio, mientras sonreía con complicidad y cierto gesto de malicia. En silencio empezó a des vertirse. Por primera vez pude ver su hermosísimo y sensual cuerpo completamente desnudo. Cuando acabó, esperó unos instantes, como para que yo me deleitase de lo que estaba viendo y gozase y disfrutase con la visión.
Después se acercó a mí y me ayudó a desnudarme. Cuando acabó, abrió su cama y me acostó en ella, tumbándose a mi lado. Primero, sin decir nos una palabra, nos abrazamos en silencio un rato. Cuando nos separamos ligeramente creo que yo ya había tenido un orgasmo nada más que por la sensación de sentir todo su cálido cuerpo apretado fuertemente contra el mío, uno de mis muslos entre los suyos, nuestras vagi nas tocándose, rozándose, mis manos acariciando sus redondas y hermosas nalgas y sus pechos tocando lo que, no tanto después, serían los míos. Después nos dedicamos a "poner en práctica" todo lo que yo ya sabía más lo que había aprendido con ella clase, poco a poco y en fases y días distintos y medio a escondidas.
No sé cuánto tiempo pasamos juntas, el tiempo que estuvimos amándonos pero debió ser bastante –ás de una hora porque nos sorprendió y nos sacó del ensueño la madre de Merche llamando con los nudillos en la puerta mientras le decía:¡Pero hija ¿sabes la hora que es ya?. Quedaste en ir al colegio esta tarde y ésta niña tendrá que volver a su casa!. Merche le dio no se qué explicación mientras se levantaba, indicándome que hiciese lo mismo y me vistiese. Cuando acabamos me dijo: ¡Anita te juro que hacía muchos años que no disfrutaba tanto! ¿te gustó a ti?. Le contesté que claro que sí, que había sido el día más feliz de mi vida y dijo que repetiríamos. Cuando llegué casa más yo era la niña mujer más feliz del mundo. Aquella noche creo que mi vagina debió sangrar de las veces que me masturbé pensando en mi adorada Merche.
Pero la felicidad es pasajera y nada dura eternamente. Durante todo verano todo continuó igual o mejor entre Merche y yo. En mi casa hacíamos lo que podíamos, que no era poco y, de vez en cuando, íbamos a la suya dónde, sobre todo si no estaba su madre, nos pasaba el tiempo sin que nos diésemos cuenta. Yo era feliz con Merche, no sólo por lo que hacíamos y disfrutábamos juntas, sino porque, además, ya avanzado el verano y mi experiencia, me trataba ya como una joven y no como a una niña. Me contaba cosas íntimas suyas, de mujer a mujer como si yo fuese una igual, no una adolescente precoz. . Nuestra intimidad llegó a ser tan grande que, a veces, parecíamos una pareja adulta y estable. Pero llegaron los exámenes de Septiembre. Aprobé y en Octubre tenía que empezar el bachillerato en el colegio de monjas dónde había hecho la primera enseñanza. Merche regresaba a sus clases de profesora en el Instituto Público de dónde era titular del puesto.
Todavía, en el poco tiempo que quedaba de Septiembre y el principio de curso sobre el 8 de Octubre tres semanas escasas tuvimos la oportunidad de reunirnos en su casa varias veces y revivir y rememorar lo que habíamos sentido, vivido y amado durante el verano. Pero empezaron las clases y por escasa distancia que había entre mi colegio y mi casa, que estaban muy cerca, y su casa y sobre todo, por mis horarios, no era normal que al salir del Colegio que fuese hasta el centro a buscarla ni en mi casa me dejarían llegar tan tarde. Por eso sólo nos veíamos ocasionalmente casi todos los sábados o domingos, eso sí, buscando estar solas. Así estuvimos al principio del nuevo curso. En diciembre yo cumplí los once años y, con sorpresa y alegría, noté que mi anatomía empezaba a cambiar con rapidez.
Mis pechitos, que eran ya grandes para mi edad, empezaron a crecer más y más. Observé con gusto que mis pezones se excitaban con facilidad y surgían de ellos duros, grandes y puntiagudos, tanto que se marcaban bajo mi ropa. Mi madre también observó esto y me hizo que empezara a ponerme un sostén o brassier de jovencita. Uno de los cambios que más me satisfacía era ver que mis ralos, escasos, pelos púbicos empezaron a poblar con rapidez mi zona vaginal y pronto tuve como un pequeño bosque que veía crecer y me encantaba. Todos los días lo contempla ante el espejo e, incrédula, pasaba mi mano por encima como para asegurame de que seguía allí y que no se caía. El otro gran cambio fue notar que, cuando estaba muy excitada, me masturbaba o hacía el amor con Merche, el liquido que segregaba ya no era como lo que hasta entonces manaba, que era casi tan insípido y claro que parecía agua, sino que era algo mas espeso y lechoso.
La primera vez que noté el cambio, casi instintivamente, remoje mis dedos y me los llevé a la boca saborear aquello y probar si se parecía en algo al delicioso sabor que encontraba en la entrepierna de Merche. No me supo igual pero me agradó pues se parecía mucho a aquél néctar de ella del que yo disfrutaba y con el que se emborrachaban todos mis sentidos. Mis cambios cada día me agradaban más. Merche también los notó pues en más de una ocasión me comentó:"Anita, querida, te estás convirtiendo en una mujercita de verdad".
Como a mí se me hacía muy duro poder estar con ella sólo un día o dos a semana se me ocurrió un pequeño plan maquiavélico pero, antes de ponerlo en práctica, necesitaba el consentimiento de ella. Cuando se lo conté al principio no le agradó la idea. Pero ante mi insistencia y tras hacer que ella repasase conmigo lo bien que estaba planeado y que no tenía fallos, accedió a que intentase poner en práctica mi idea. Esta era bastante simple: aunque en el colegio iba bien y tenía buenas notas, empezaría a fallar en las dos materias que eran su especialidad hasta que, con algunos suspensos en las mismas, en mi casa sugerirían o lo sugeriría yo misma que necesitaba clases particulares hasta que me pusiese al día en aquellas materias.
Lo puse en práctica y, efectivamente, a la tercera o cuarta semana con suspensos me preguntaron que me pasaba. Yo, con la cara más inocente que pude, dije simplemete:"No sé. Es que no me gustan o no me entran bien esas dos asignaturas. ¿No os acordáis que ya el año pasado fallé en lo mismo?. La táctica dió el resultado que yo esperaba. Mis padres comentaron entre sí y, luego conmigo que tendrían que buscar una profesora o profesor particular pero se preguntaban quién podría ser porque, ya empezado el curso, no sería fácil encontrar uno. Entonces yo, otra vez inocentemente, sugerí: ¿Y por que no preguntáis primero a la señorita Mercedes?. Quizás, si ella no puede, sepa de alguien". La idea les pareció perfecta y se pusieron en contacto con ella.
Ella, como estaba al tanto de mi proyecto y para evitar todo tipo de sospechas, al principio dijo que no le iba a ser posible o que le sería muy difícil por razón de su horario en el Instituto pero que buscaría a alguien que pudiera darme las clases. Ante la insistencia de mi padre diciéndole que la prefería a ella por lo bien que me había ido con su ayuda dijo que tratraría de organizarse y que contestaría al día siguiente. Mi padre se lo agradeció y me contó los detalles de esa conversación.
Al día siguiente llamó ella y dijo que había encontrado dos días posibles en la semana que tenían que ser martes y viernes pero que a nuestra casa solo podía venir los martes y que los viernes tendría que ir yo a la suya aunque ella podría traerme de vuelta a casa. Ambos días tendría que ser entre las siete y media y ocho y media de la tarde aproximadamente porque quizás habría días en que se retrasase algo por sus obligaciones en el Instituto. Mi padre, tras consultarlo con mi madre y conmigo, le dijo que estaba de acuerdo. Se pusieron de acuerdo en los detalles y, de esa forma, Merche y yo volvimos a reencontranos dos veces fijas por semana aparte de la escapadas de sábados y/o domingos. Yo iba a su casa en autobús o tranvía (todavía había) y ella me devolvía a mi casa en su pequeño coche. Como yo realmente iba bien en las asignaturas que utilicé como coartda, podíamos emplear prácticamente casi toda la hora de clase en hacernos el amor.
Pero incluso esto duró poco:
Un día, durante la comida con mis padres oí que hablaban, con medias palabras, de Merche. Lo hacían casi en clave para que ni yo ni mis hermanos más pequeños nos enterásemos de que iba el tema. Así todo, capté lo suficiente para saber que había surgido en la ciudad una ciudad de provincias de hace treinta años en aquella España un "escándalo" relacionado con ella. Mi disgusto fue tal que no pude terminar de comer. Y en cuanto mi padre salió para atender su negocio y mi madre se dedicó a sus cosas de la casa (criadas, hijos pequeños, compras, etc) yo cogí el teléfono y llamé a Merche, rogando que fuese ella la que lo cogiese y no su madre. Tuve suerte. Lo cogió Merche aunque casi no reconocí su voz. . Tenía la voz en ronquecida. Me reconoció inmediatamente y me dijo, con voz llorosa, :¿Qué te pasa cariño? Le dije que no era a mi, que había oído algo y que quería saber que le pasaba a ella. Solo me dijo:"No puedo contártelo por teléfono porque anda mi madre alrededor y casi no me habla ¿Puedes venir a mi casa el sábado sobre las once de la mañana, que estaré sola?. Le dije que sí y ése sábado fui a verla. Me abrió la puerta todavía vistiendo bata y camisón. Me costó un poco reconocerla porque, aunque tan bella como siempre, estaba demacrada y ojerosa. Me hizo pasar rápidamente. En el saloncito que antecedía a su habitación me dijo, casi con frialdad :"Si te doy asco te lo cuento aquí mismo en dos palabras. Y si tú eres todavía la única persona a la que no le doy asco, pasamos a mi habitación y te lo cuento mientras nos acostamos como siempre". Yo, entre asustada y escandalizada, le contesté :"Pero Merche ¿cómo me vas a dar asco si eres la persona que más quiero?. Ella suavizó su gesto amargo, dulcificó su cara, sonrió y hasta pareció que le disminuían las ojeras. Me hizo pasar a su habitación. Su cama estaba aún por hacer. Se quitó la bata y el camisón y me indicó que la acom pañase. En cuanto estuve desnuda, me acosté a su lado y nos abrazamos.
Antes de explicar me nada, me dijo: "Tenemos una hora y media antes de que vuelva mi madre, así que tranquila. ". Después, y todavía sin decirme nada de lo que ocurría, metió su cabeza entre mis incipientes pechos y se puso a llorar. Yo no sabía que hacer pues nunca me había visto en una situación así. Instintivamente empecé a acariciarle la cabeza y la nuca como si fuese uno de mis hermanos pequeños cuando cogía un berrinche. Al cabo de poco se calmó, levantó la cabeza de mi pecho y me dio un beso en la boca.
Después me dijo:"Antes de hacer nada o de que te cuente nada, contéstame una cosa: ¿alguna vez te he hecho daño, quiero decir daño grande que no puedas olvidar o perdonarme? Le dije:"No, jamás ¿Cómo puedes tu preguntarme eso a mí?"Añadió"Otra cosa más:aparte de lo nuestro:¿soy y he sido una buena profesora?. Le contesté sin dudarlo: "Claro que sí. Gracias a ti aprobé el examen de Estado y conseguí entender, por fin, cosas de matemáticas y física que nadie me había explicado nunca bien. Y eso se lo puedo decir a quien sea". Me dijo:"Gracias, pero no hace falta. Con que me lo digas tú me basta".
Entonces cogí yo la palabra y dije:"Pues entonces cuéntame que pasa y que te pasa". Me contestó:"Como no tiene ya arreglo y tampoco me importa ya te lo voy a contar en pocas palabras para que tengamos tiempo para algo más bonito. Mira, como tu sabes muy bien, no me gustan los hombres. Me gustan las mujeres. Ni siquiera las niñas. Tú has sido algo muy especial en mi vida y te considero ya una mujer joven. Pero te juro que desde que vine destinada a ésta ciudad jamás, jamás, nadie me ha visto tener una relación con ninguna mujer ni, menos aún, con una alumna. Tu eres un caso aparte y me consta que lo tuyo y lo mío sólo lo sabemos tu y yo. Sé que tú no les has dicho una palabra ni a tus padres porque hace mucho me habrían despedido o algo peor ni a nadie. Pero en el Instituto hay un hijo o una hija de puta (o uno de cada) que me han acusado ante el Claustro de Profesores de ser lesbiana. No han podido presentar una sola prueba pero el mal ya está hecho. Esta es una ciudad pequeña de provincias donde todos se conocen y todo, bueno, malo, regular, cierto o falso, se corre de voz en voz. Por ello el Claustro y el Director me han dicho que, aunque no pueden hacer nada contra mí, ni expedientarme ni nada de nada, dadas las circunstancias y los recelos que provoco ahora en algunos padres para que sus hijas vengan a mi clase, sería conveniente que pidiese el traslado. Como aún me queda algún amigo y sabía que esto se estaba cociendo desde hacía tiempo, yo ya había pedido el traslado. Me lo han concedido y me voy. Mi disgusto es porque nadie de quien está detrás ha dado la cara ni nadie me ha dicho quien me acusa. Y con esto se acabó el tema. Vamos a lo nuestro que es más divertido. Sólo siento que no volveré a verte. Una cosa más:¿de verdad no me odias por haber abusado de ti?Yo le contesté:"Mira Merche, también en pocas palabras. El primer día que me hiciste algo yo fui feliz. . Yo ya no era tan inocente como parecía. Ya había tenido experiencias con niñas de mi edad. Incluso, en una o dos ocasiones, había masturbado a un primo mío y a un amigo suyo mayores que yo, que medio me obligaron a hacérselo. No me gustó nada y desde entonces sólo me dediqué a las niñas o jovencitas que me gustan y a las que les gusta esto tanto como a ti y a mí. Además me has enseñado cosas que yo no sabía y a sentir como si fuese una mujercita. En el tiempo que te conozco he sido y me has hecho la mujer más feliz de éste mundo. Y ahora vamos a jugar nuestro juego porque sino voy a ponerme a llorar al pensar que no te volveré a ver. "
Dicho y hecho. Durante una hora muy larga nos hicimos todo lo que nos apeteció. Antes de que volviese su madre nos despedimos para siempre, llorando las dos sin poder parar. Fué la última vez que ví a Merche. A los pocos días se trasladó sin su madre a un Instituto casi en la otra punta de España. Es el día de hoy que la quiero, pienso en ella y me pregunto que habrá sido de ella. También desde aquel día odio con todo mi corazón a todo el se mete en la vida privada de nadie.


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Ana 3

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:19 pm

Desde el momento en que Merche desapareció de mi corta vida lo pasé muy mal. En casa, mis padres, notaban que algo no iba bien conmigo pues mi carácter había cambiado. Yo siempre había sido habladora, risueña, alegre, bromista, extrovertida. Ahora contestaba conmonosílabos, estaba casi siempre abstraida, pensativa, poco comunicativa, cuando no de pésimo humor.
Me preguntaban si me pasaba algo y yo siempre decía que no, que nada, que quizás la dificulcultad de tener que enfrentarme al primer curso del bachillerato, con muchas asignaturas y un horario muy largo. (Lo era de verdad:8. 30 misa obligatoria, salvo justificante, desde las 9 a las 13, clases con un"recreo"corto de 15 minutos y otro largo de 30. Y por la tarde desde las 3. 30 a las 8. 00, también con un recreo largo de una hora, todo siempre bajo la mirada de una monja controlándonos ). Empecé a distraer mi pena y tristeza por la pérdida de Merche concentrándome en las compañeras de clase que me gustaban y atraían y de las que creía podía gustarle el sexo con otra. Buscaba la que el instinto me decía que sí y procuraba sentarme en el pupitre con ella. (No teníamos sitio fijo asignado, salvo en alguna clase rara, y los pupitres eran de dos, con un respaldo lo suficientemente alto para que las de atrás no viesen lo que tú no querías que viesen). La verdad es que mi instinto acertó más veces que las que me falló. Me sentaba al lado de la que era mi candidata. Como nos conocíamos todas, hablábamos de cualquier tontería mientras llegaba al estrado la monja o profesor/a seglar. Cuando empezaba la clase y teníamos que poner atención o, al menos, parecer que la poníamos, comenzaba también mi "trabajo". Vestíamos uniforme con falda no demasiado larga para la época. Si estaba al lado de la que mi instinto me había indicado, ponía mi muslo pegado al suyo. Si ella lo mantenía allí y no lo retiraba, presionaba un poco más. Si ella no reaccionaba negativamente, apartándose, o si correspondía a mi presión presionando ella mi dirección, sabía que podía intentar arriesgarme un poco más y, accidentalmente, dejaba reposar mi mano sobre su muslo. Si seguía sin reaccionar, acariciaba un poco su muslo, todavía por encima de la falda.
Y, a partir de ahí, ya sabía que el terreno era"libre". Pasaba mi mano por debajo de su falda, le volvía a acariciarle los muslos, ahora ya directamente en la piel, y subía hasta llegar a sus bragas que, al principio frotaba ligeramente por encima. Cuando veía que le agradaba porque se relajaba y hasta separaba los muslos, iba ya directamente a su vagina, se la acariciaba por fuera y, luego, metía mi dedo en ella, acariciando los labios internos ya empapadosy buscando su clítoris. Normalmente, incluso antes de llegar aquí, ellas ya estaban buscando también la mía que yo les ofrecía rápidamente y con toda clase de facilidades. (Recuerdo que, en una ocasión, estando con una de mis mejores amigas en éste sentido y con la que ya habíamos hecho lo mismo, me tocó afortunadamente sentarme con ella. A los cinco minutos pedí permiso para ir al baño y cuando volvíen tres minutos lo hice sin bragas para que ella tuviese mejor y mayor comodidad y, las dos, mayor disfrute. Ella se corrió (se"vino") nada más que de la sorpresa). Pero esto me sucedía no sólo siendo yo "la agente activa", sino que, varias veces me sucedió lo contrario: compañeras mayores que yo llevaba un año adelantado por el examen que preparé con Merchey les tocaba a mi lado, compañeras de las que yo no había ni pensado pudieran gustarles las chicas, eran quienes practicaban conmigo las mismas tretas que yo hacía con las otras. Así, entre unas y otras, conocí a bastantes. Algunas en una o dos ocasiones nada más. Con otras llegué a tener más intimidad, incluso fuera del Colegio. Entre ellas recuerdo, porque la relación fue un poco más larga e íntima, a Manuela, Herminia Adela, Pepita y a otra cuyo nombre era muy raro pero era algo así como Cesarína o Cesárea.
Recuerdo a cada una por diferentes razones:
A Manuela porque, extrañamente, siendo de mi curso y habiéndola conocida precisamente el año en que empecé el bachillerato, nuestra relación no empezó ni en el Colegio ni como con las demás. Mi casa estaba como dije muy cerca del Colegio. Vivíamos en un chalecito de dos pisos. Tenía un jardín muy amplio alrededor de la casa. Por estas razones, por la cercanía con el Colegio y por la amplitud de la casa y, sobre todo, del jardín, allí acababan parando todas mis amigas y los amigos y compañeros de mis hermanos. Nos "soltaban"en el jardín, jugabamos y nos cansábamos sin molestar a nadie de los adultos. En la planta baja de la casa cuya puerta daba al jardín, había a la entrada un gran hall que daba a la derecha un enorme salón, dominio exclusivo de mis padres y sus amistades, salvo cenas o comidas familiares. De frente, una pequeña habitaciónarmario. También de frente a la izquierda una enorme cocina con ventanas a la parte posterior del jardín. Entrando, a la izquierda, una habitación, llamada"la leonera", que era dónde nos metían cuando no estabamos en el jardín. En el piso de arriba, salvo un comedor amplio, sólo estaban los dormitorios y los baños. Pues un buen día en casa siempre había un montón de amiguitos de mis hermanos y alguna amiga mía, cuando todos se fueron marchando por la hora, sólo quedamos mis hermanos, Manuela y yo. Como empezaba a refrescar la tardenoche, entramos en la"leonera" dónde, después de jugar a no se qué cosas, acabamos los cuatro uno encima de otro en un sofá, peleándonos en broma. Tan pronto estaba arriba uno como otro u otra. Cuando llevamos así un rato, la voz de la chica Carmina, no te olvides de éste nombre que nos cuidaba diciendo que la cena estaba lista. Mis hermanos salieron corriendo. Yo, como era la mayor, tenía un poco de "bula" y dije que iba más tarde. Así que nos quedamos solas Manuela y yo. En ese momento ella estaba encima de mí en la "famosa" pelea. No se quitó. Me miró y mientras me sujetaba los brazos para que no pudiera defenderme yo creí que seguíamos con la "pelea"restregó su vagina, a través de la falda y la braga, contra la mía. Yo, por un momento no supe que hacer. Si el movimiento de ella no era intencionado y yo respondía intencionadamente podía ser que al día siguiente estuviese contando por todo el Colegio que yo era como era. Así que me quedé quieta, sin hacer un gesto pero mirándola fijamente a los ojos. Ella sonrió y volvió a repetir el frotamiento, pero ésta vez más fuerte, más claro y más explícito. No dijimos una sola palabra. En segundos las dos nos habíamos subido las faldas, bajado las bragas y estabamos frotandonos nuestras vaginas como locas hasta que llegamos al orgasmo y oímos la voz de Carmina gritándome si iba ya a cenar o no. Nos arreglamos Manuela y yo y nos despedimos hasta el día siguiente. Es curioso pero Manuela, a pesar de estar en el Colegio y en mi clase, es la única con la que no hice nunca nada dentro del Colegio. La verdad es que era más fácil hacerlo en mi casa:ella vivía a dos manzanas de la mía y, por una razón u otra estudiar juntas, jugar o lo que fuese, siempre había un motivo para que estuviese en casa, cosa que a nadie sorprendía porque, aparte de ser mi amiga, era huérfana de madre, su padre marino mercante y su hermana, que llevaba la casa en ausencia del padre, trabajaba en la casa y en una oficina.
Por eso durante los meses que duró nuestra relación tuvimos oportunidades casi a diario para tener relaciones. Desde luego nunca le mencioné a Merche ni le enseñé ella sabía muy poco de sexo, salvo masturbarse y algo más lo que yo sabía. Para mí lo que había hecho con mi querida Merche era una secreto un tesoro, una joya que no quería compartir con nadie. Por eso nuestras relaciones se limitaron prácticamente a la masturbación mutua. Eso sí: frecuente y con bastante intimidad pues siempre había un sitio en la casa para estar juntas un buen rato sin que nadie se preocupase por nosotras o nos buscase. (Un día mi madre abrió la puerta de la habitación en que estábamos masturbándonos y, es el día de hoy, en que no sé como no se dió cuenta. A Manuela y a mí se nos subió el corazón a la garganta del susto, pero, en cuanto mi madre – que sólo venía a buscar un libro salió de la habitación, terminamos lo empezado. )
El resto de las que he mencionado no pasaron de masturbaciones en los pupitres del colegio, más o menos atrevidas o audaces. Quizás la única algo diferente fue Herminia porque la relación que tuvimos, aunque también era de mi clase, fue breve, de siete días y también fuera del Colegio: Fue a final de curso. Fuimos a un campamento. Dormíamos en literas al estilo casi militar:dos arriba y dos abajo. A mí me tocó en una de arriba y de vecina, juntas, casi rozándonos, tenía una compañera muy seria llamada Angela. A los dos o tres días se puso mala –ni me acuerdo de quéy para poder atenderla mejor hicieron que ella bajase a la litera de abajo y su compañera, Heminia, se acostase arriba, a mi lado. Herminia siempre me había llamado la atención porque era rubia y muy guapa, pero nunca me había sentado con ella ni, por tanto, intentado nada. Dormíamos en pantaloncito corto o bragas. La primera noche que durmió a mi lado estuve durante media hora pensando como podía intentar saber si a ella algo me decía que sí le gustaba lo mismo que a mí. Decidí hacerme la dormida. Empecé a respirar profundo. Pero como con sueño inquieto y moviéndome continuamente en mi litera. Sólo nos tapábamos con una ligera manta (hacía calor en el barracón). En uno de mis "inquietos"movimientos pase una de mis piernas a su litera. Seguí haciendo que dormía inquieta y en otro de mis movimientos puse mi pierna en contacto con una de las suyas. Ella no estaba dormida aún y no hizo nada. Continué la maniobra y puse mi muslo entre los suyos. No hizo nada. Me atreví y subí el muslo hasta ponérselo en la entrepierna, apretándolo ligeramente contra su vagina. Entonces sí respondió. Pero no rechazándome o llamando una de las monitoras vigilantes, sino acercándose más a mi, de forma que, aunque cada una en su litera, estabamos juntas. Después pasó una de sus manos por debajo de la manta y buscó mi vagina y, cuando la encontró, cogió mi mano y me la llevó a la suya. Sólo duró los seis o siete días que estuvo enferma Angela pero fueron gloriosos. Recuerdo que las jefas nos preguntaban si habíamos dormido mal porque nos levantábamos con cara como de cansadas. La verdad era que no habíamos dormido mal, pero sí poco. Nos acostábamos relativamente tarde. Tocaban"diana" para ir a los retretes, ducharnos y asearnos muy temprano. Y de las horas de la noche, supuestamente para dormir, Herminia y yo "malgastábamos" una o dos en besarnos y masturbarnos mutuamente y darnos algún besito. Tampoco nada más. Pero lo suficiente para hacer mas agradables los quince o veinte días de aquél campamento. Es curioso pero, al regresar al colegio en curso siguiente, Herminia y yo no volvimos a tener relación alguna. Muchos años mas tarde, viviendo yo ya en Madrid, en un viaje que tuve que hacer a mi ciudad, me la encontré en un bar bastante elegante.
Estaba en una esquina de la barra. Tuve la tentación de ir a saludarla. Pero la miré y no me reconoció (era normal: habían pasado25 años o más). Además no me agradó su forma de estar: hablaba y se movía con gestos hombrunos y a mi me sigue gustando la feminidad.
Aparte de ellas también recuerdo especialmente a Pepita, como todo el mundo la llamaba aunque a ella no le gustaba. (Ni a mi tampoco, pero su nombre real era quizás peor: Josefa o Josefina, en diminutivo. Para describirla en pocas palabras diré que era muy rubia, casi albina, de piel tan blanca que parecía casi enferma. Pero, aparte de eso, era francamente bella. Todo en su cara y su delicado cuerpo era perfecto. Delgada, pero con un poco de todo lo que hay que tener en cada sitio. Parecía una porcelana y una porcelana frágil, extraordinariamente frágil. Yo la conocía bien porque nuestros padres eran amigos lo que suponía que nosotras teníamos que serlo aunque fuese a la fuerza. Ella tenía seis o siete hermanos más.
Creo recordar que todo chicos. Y, con frecuencia, ella y alguno de sus hermanos estaba en casa jugando con mis hermanos y conmigo. Jamás intenté nada con ella, aunque me atraía profundamente. Y no lo intentaba por muchas razones:por la amistad entre nuestro padres porque me parecía "pecado" tocarla por la "pureza" que destilaba y por puro miedo: Era tan especial que era inticable. En el colegio tenía dos motes "Falina"o "Bambi", ambos para tratar de describir su extrema delicadeza y utilizando los nombre de aquellos seres delicados y bellos de la película de Disney del mismo nombre. Además era la perfecta estudiante y la preferida de las monjas.
Nadie se atrevía a hacerle nada como darle una bofetada o tirarle del pelo en una pelea (bastante frecuentes entre nosotras por cualquier cosa) porque, aunque ella se lo mereciese, quien lo hiciera estaba ya castigada de antemano, sin que las monjas atendiesen razones o justificaciones: daban por supuesto que la culpable era la que le hubiese puesto la mano encima. Pues, pese a todos estos antecedentes, un día nos tocó sentarnos juntas en el mismo pupitre. No era compañía que me agradase demasiado porque, pese a nuestra amistad, no era la compañía adecuada, sobre todo si la clase resulba aburrida y preferíamos entretenernos jugando con nuestros sexos. Ella era intocable.
Y la clase resultó realmente aburrida y yo no sé porque quizás por la humana tendencia a tratar de buscar el fruto prohibido apreté el medio muslo que quedaba al descubierto al sentarnos y subirsenos la faldita del uniforme. No presioné demasiado para que el contacto le pareciese accidental. Pero, para mi sorpresa, ella no se apartó. Pensé que no se había dado cuenta porque estuviese atenta a las aburridas explicaciones de la profesora. Me separé ligeramente pero ella buscó el contacto de nuevo. Yo no podía creerlo y menos quería cometer un error que no tendría arreglo. Volví separarme ligeramente, lo poco que el pupitre fijo permitía, pero para mi nueva sorpresa y mi inmensa alegría ella volvió a juntar nuestros muslos. Entonces y sólo entonces me atreví a poner mi mano sobre su muslo.
Al ver que no era rechazada, suave y lentamente, empecé a empezar la ascensión buscando el punto donde se juntan los muslos. Como no solo no apartó su mano sino que, poco a poco, abrió sus piernas para que mi "excursión"resultase más fácil. Cuando llegué al destino que me había propuesto me encontré con algo inesperado: su braga estaba tan mojada como la mía.
Ya, sin miedo, empecé a acariciar su monte de Venus por encima de su braguita y, luego, al ver que se había convertido en un pequeño torrente de humedades continuas, por dentro de la misma y empujada por su propia mano que, cogiendo la mía, prácticamente me la puso allí. Y, en cuanto sintió que yo la empezaba a acariciar por fuera y por dentro, buscó la mía, creo que más que por devolverme el favor, por experimentar algo que ella no conocía. Al poco tiempo de acariciarle su pequeño clítoris ella alcanzó un orgasmo que nos asustó a las dos pues a ella le fue tan difícil contener sus gemidos que hasta la profesora la oyó, preguntándole si le sucedía algo.
Ella, con una sangre fría que no me esperaba, dijo que había levantado la tapa del pupitre(tenían una especie de cajón para guardar libros y cuadernos) y que al bajarla se había pillado los dedos un poco y que le había dolido. Entre su inocencia por un lado y su hipocresía por otro, consiguió que yo alcanzase el orgasmo casi al tiempo que ella. El resto del tiempo de la clase yo ya no estaba allí pues no hacía más que pensar en lo sucedido y me parecía increíble que la perfecta Pepita tuviese gusto por el sexo. Pero su gusto por el mismo una vez que lo había descubierto con otra persona de su sexo, no acabó ahí porque al poco tiempo, tan pronto se recuperó, fue ella la que quiso más y, sin pudicia, buscó directamente mi sexo mientras llevaba mi mano al suyo.
El resumen es que, antes de terminar la clase, las dos tuvimos otro orgasmo. Yo me quedé con ganas de haber probado su boca y con deseos de repetir lo mismo pero en privado. Ya por los pasillos y al salir de clase y del colegio para irnos a comer ella se puso a mi lado y, casi con lágrimas en los ojos me dijo inocentemente:"¿No se lo vas a contar a nadie, porfa, Anita". Yo le dije que si era tonta que ni podía ni quería contárselo a nadie. Que era nuestros secreto. Ella me confesó que hacía algún tiempo que se masturbaba, generalmente sólo por la noche sola en su cama, aunque sólo lo hacía una o dos veces por semana y que aquél día era la primera vez que lo compartía con otra persona y que le había encantado. Y, ya con voz que parecía un susurro, me dijo:¿Podremos hacerlo alguna vez a solas?Le dije que con la cantidad de veces que ella venía a mi casa o yo a la suya que seguro tendríamos más de una oportunidad. Y, efectivamente, así fue aunque no con demasiada frecuencia.
Pero llegué a tener la oportunidad de besarla lo que le encantóy de chupar sus incipientes pechos, lo que la volvía loca. Nos masturbamos mutua y relajadamente varias veces bien en su casa o bien en la mía. Incluso en una ocasión me permitió lamer los labios de su pequeña pero preciosa vagina, que estaba rodeada por una pelitos tan rubios como era toda ella y que, alrededor de aquel delicioso hueco, parecían una corona de oro. Pero no le agradó demasiado, no porque le hubiese desagradado físicamente, que le gustó, sino porque creyó que si seguía se condenaría para siempre alinfierno para siempre.
Con esto acabo porque el resto, como decía, fueron contactos muy pasajeros con las mencionadas y otras de cuyo nombre ni de nada me acuerdo. Pero estos"escarceos"me hicieron más soportable el curso desde Octubre, cuando perdí a mi querida Merche, y el verano siguiente, cuando, sin esperarlo y por donde menos esperaba, surgió la segunda gran experiencia de mi vida y que acabó marcándola por completo.


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Ana 4

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:19 pm

Por aquella época mis padres tenían, entre otros amigos íntimos, a un matrimonio. El se llamaba Antonio, Tonyera español pero había pasado más de media vida en Filipinas llevando un negocio de su familia. Allí se había casado con una hermosísima filipina, Carmen, tagala bastante más joven que él e, incluso, que mi madre y tenían una hija de la edad de mi hermano más pequeño. Habían vuelto a España. El dirigía un pequeña fábrica dónde tenían una casa aparte que era su domicilio particular. Vivían a dos o tres manzanas de nuestra casa y, por razones que no sé o recuerdo, llegaron a ser los más íntimos amigos de entre los íntimos.
Hasta el punto que ambos matrimonios alquilaron juntos para todo el año todos los años una casa grande, para ambas familias, en un pequeño puerto pesquero con varias y bonitas playas y tan sólo a treinta kilómetros, más o menos, de donde vivíamos.
Compraron una lancha grande de remos y una motora. En verano, desde que acababa el colegio, ambas madres e hijos pasábamos allí los tres meses y los padres los fines de semana. El resto del año sólo íbamos los fines de semana cuando el tiempo metereológico lo permitía. Para que cuidasen de la casa todo el año habían contratado a un matrimonio del pueblo que vivían en una casita al lado.
Estos son los antecedentes para entrar en situación.
Aquél verano, el siguiente a perder a Merche y después de mis"escarceos"para pasar el tiempo y olvidar mi pena, yo ya era una adolescente, sino por la edadonce años largoscaminando hacia los doce sí por mi desarrollo físico ya tenía unos pechos que llamaban la atención de los chicos y mi experiencias prematuras. Creía saberlo todo o casi todo, pero no había empezado. Llegó Junio y, cuando todos acabamos los colegios, nos fuimos a pasar el verano en el pueblo pesquero.
Como siempre los hombres los padres venían los fines de semana desde el viernes por la tarde. El resto de la semana estábamos solos. (Más bien solas: las dos mujeres adultas, la hija de Carmen, una niña, yo, adolescente, y mis dos hermanos pequeños. La vida allí era rutinaria pero tranquila y feliz. .
No había gran cosa que hacer salvo ir a la playa, si el tiempo lo permitía, pescar, leer, comer y dormir. Y era lo que hacíamos. Pescar, que a mí me gustaba, se podía incluso hacer desde alguna de las playas. Y, si no, coger cangrejos muy buenos a mano. Entre las tres o cuatro playas que había una era la preferida por las madres para llevar a los hijos. La razón era sencilla: era una playita muy pequeña, cerrada, con forma de concha pequeñita y que daba a la ría que conducía al puerto donde estaba el pueblo.
La ventaja una, porque luego descubrí que tenía otraes que el agua sólo subía cuando subía la marea a través de la ría. Por ello subía poco a poco y prácticamente, salvo en la entrada, ningún niño podía ahogarse en ella pues, aunque se atreviese a andar hacia la ría antes de que llegase donde el agua podía cubrirle, daba tiempo a que la madre más distraída fuese a rescatarle.
La otra ventaja es que sólo se podía llegar por la ria, en barca de remos o en motora y, en cualquiera de los casos, como la playa no se veía hasta que se llegaba a la misma entrada, podía estar uno como quisiera porque nadie le veía. Además durante la semana no había nadie más que nosotros. La gente del pueblo de dedicaba a sus trabajos y no a ir a tomar el sol y sólo los fines de semana, aparte de nuestros padres, aparecían forasteros.
Pues bien, con todas estas ventajas era la playa donde íbamos casi todos los días. Como digo el único problema es que, para llegar, había que ir en barca. Una buena mañana me levanté temprano, como era mi costumbre. Mis hermanos y la hija de Carmen dormían como troncos.
Bajé ya lavada al piso de abajo donde estaba la cocinacomedor. Las madres estaban desayunando y haciendo planes para la mañana no había muchos que hacer: playa y más playa y para la comida. Yo me uní al desayuno. El día era espléndido. Acabamos de desayunar y Carmen le dijo a mi madre: "Oye Nini era el nombre cariñoso con el que todos conocían a mi madretus hijos y la mía a saber a que hora piensan despertar. Y mientras desayunan, se visten, cogen sus cosas y llegamos a la playa perdemos media mañana de sol.
Como Anita ya está lista ¿qué te parece si Alfredo era el que cuidaba de la casa y llevaba la barcanos lleva a ella y a mi y luego vuelve por vosotros?. Así yo tengo una hora y media más de sol y ella puede pescar o hacer lo que quiera". Mi madre dijo que muy bien, que nos fuésemos ya. Alfredo nos llevó y nos dejó. En cuanto hubo salido de la playa, y ya no podía vernos, Carmen se quitó el vestido playero y se quedó en biquini, cosa de escándalo en aquélla época y en aquel pueblo. Yo ya la había visto alguna vez así y sabía que mi madre lo aceptaba de mala gana, pero por la amistad que las unía, trataba de hacerse la moderna. Carmen me dijo ¿ves porque quería venir pronto?Para aprovechar este día maravilloso y ponerme bien morena. " Se echó en una de las toallas de playa que llevábamos, boca arriba, y me dijo"Haz lo que quieras, pescar, coger cangrejos o tomar el sol como yo". Yo me fui con mi caña al borde de la ría. Tuve suerte y al poco tiempo picó un pez bastante hermoso. Orgullosa fui a enseñárselo a Carmen.
Me elogió y, cuando yo estaba a punto de volver a mi sitio de pesca, me dijo: "Oye Anita: sé que tu no eres tan antigua como tu madre. Por eso voy a preguntarte una cosa pero que sea entre tu y yo. Un secreto. ¿Te da más si me quito la parte de arriba para ponerme bien morena?. Como es lógico, conociendo ya lo que era una mujer desnuda y gustándome las mujeres como me gustaban le dijeeso sí, con cara de niña inocenteque no. Ella se quitó la parte de arriba del biquini y me pidió que le pusiese crema en la espalda, donde no llegaba.
Lo hice y como cuando acabé tenía algo aún en las manos, me dijo que se lo pusiese en los pechos. Estuve a punto de negarme, no por reparos, pero porque, al ver los hermosos pechos que tenía, yo estaba tan excitada como cuando había estado con Merche y lo que me apetecía era hacerle el amor allí mismo y no ponerle la dichosa crema. Pero se la puse y, al pasar mi mano por sus pechos una y otra vez para untarla bien y al ver que sus pezones se ponían duros, estuve a punto de tener que hacer algo conmigo misma. Notaba mi clítoris erecto. Acabé tan pronto como pude y volví a mi sitio de pesca.
Pero mientras terminaba, puede examinar y admirar con detenimiento su cuerpo que yo me atrevería a definir como perfecto. Desde su color de piel natural, que denotaba su origen, realzado por el bronceado solar, le daba un tono que maravillaba a quien la admirase. Además tenía todo perfecto: pechos, pezones, vientre sin un gramo de másmuslos que parecían dos perfectas columnas. . . deje de mirarla porque me estaba excitando de tal forma que cada movimiento que yo hacía, mi traje rozaba con mi vagina y estaba a punto de producirme un orgasmo y yo no lo quería así, sin poder disfrutarlo con comodidad y deleitándome también con el pensamiento.
Mientras miraba la ría y el hilo de mi caña de pescar llevado arriba y abajo por la corriente, no podía dejar de hacer dos cosas: mirar de vez en cuando para atrás, donde yacía al sol Carmen con sus pechos y pezones apuntando al cielo y meterme la mano por debajo del traje de baño y acariciar mi vagina, esperando un orgasmo que no acababa de llegarme por la sobrexcitación. Entonces fue la propia Carmen la que vino en mi ayuda: empezó a llamarme a voces (la distancia era relativamente grande) y me pidió que fuese allí. Lo hice obedientemente y la llamada me hizo olvidar momentáneamente mi estado.
Cuando estuve a su lado me hizo sentarme en la otra toalla de baño, a su lado. Se incorporó un poco apoyando una mano en la arena y me dijo con tono entre complicidad y amenaza: "Si me quito la parte de abajo y te pido que me pongas crema en el culete, que lo debo tener completamente blanco, ¿se los vas a decir a tu madre?. Sumisamente le dije que no. No había acabado de decirlo la palabra "no" y ya se había quedado desnuda.
Había empezado a quitársela antes de oir mi respuesta. Se dió la vuelta y me dijo que le pusiese crema en las nalgas, cosa que yo aproveché gustosa para pasar una y otra vez por aquellas duras, apretadas y perfectas semiesferas. Cuando acabé volvió a ponerse boca arriba y me dijo: ¿porqué eres tan tonta y en lugar de ir a pescar no te quitas eso y aprovechas como yo para tomar el sol en todo el cuerpo, que es muy sano de vez en cuando.
Aprovecha antes de que lleguen tu madre y tus hermanos nos estropeen la mañana". Pero no se limitó a decir eso sino que, incorporándose, me ayudó a quitarme el traje de baño, aunque yo ya había empezado a hacerlo porque la tentación era demasiado grande. Y me quedé desnuda, como ella, tumbada en la otra toalla, pegados los cuerpos. No tardó en ponerme la mano sobre mi estómago mientras decía: ¡Pero Anita, por el amor del cielo, relajate un poco!¡Estás tan tensa como las cuerdas de un violín!¡No pasa nada y nadie nos ve!¡Así vas a disfrutar del sol ni de nada!
Y añadió: ¿Quieres que te ayude yo a relajarte?. Le dije que sí. Y ¡vaya si lo hizo !. Empezó por acariciarme todo el cuerpo, besó y chupó mis pechos que hasta a mi empezaban a gustarme porque ya se veía lo que eran y acabó metiendo uno de sus dedos en mi vagina hasta dentro, sacándolo luego hasta el clítoris, frotándolo un poco y volviendo a empezar con la introducción en la vagina y así hasta que tuve no sé si uno, dos o tres orgasmos en muy poco tiempo. Cuando ella notó que yo ya no podía más, sin pedírmelo, como si hubiese un pacto previo o como si fuera una obligación preestablecida, cogió mi mano y la llevó a su vagina para que le hiciese lo mismo.
Creo que ahora la sorprendida fué ella cuandó vió y, sobre todo notó y sintió que no le estaban haciendo un trabajo de aficionada o"amateur" sino que yo sabía muy bien lo que hacía y cómo se lo hacía. Tan bien que no tardé demasiado en que llegase al orgasmo, que alcanzó revolcandose en la toalla. Al acabar me miró y, entonces sí con plena complicidad me dijo tan sólo:
¡Ay Anita, que pillina me has resultado!, queriendo decirme que, como mujer de experiencia que era, sabía que yo no era tan inocente y cándida como parecía. Se calló y se puso a tomar el sol. Al cabo de un rato miró el reloj que llevaba en el bolso de playa y dijo: Nini y los demás no tardarán en llegar.
Tendremos que vestirnos pero, si quieres, todavía tenemos bastante tiempo porque desde que empecemos a oir los remos nos basta para vestirnos y nos sobra. ¿Quieres?. Le dije sí con los ojos. Esta vez fué al revés: me hizo empezar a mi antes y cuando ella alcanzó el orgasmo, buscó el mío, lo que no le fue difícil porque yo ya estaba excitadísima de verla corriéndose. Cuando acabamos y antes de empezar a vestirnos antes de que llegase el resto de la familia, me dijo: "Anita, aunque lo has hecho todo de maravilla y se vé que ya sabes que hacer por experiencia y por experiencia, quiero enseñarte algo "con mapa". Túmbate boca abajo frente a mi y entre mis piernas, lo más cerca que puedas de mi vagina".
Así lo hice, como hipnotizada por aquella mujer atractiva, sensual, erótica y que me atraía como un imán. Ella se sentó dejando que mi cabeza quedase a escasísimos centímetros de su vagina. Entonces me dio una lección de anatomía humana en versión femenina. Abrió con sus largos dedos sus labios externos y me fue explicando con todo detalle cada parte de aquella maravillosa cueva. Se fue deteniendo en cada punto concreto explicándome con detalle los puntos que, con variantes, daban más placer a una mujer y en que forma y momento. Se detuvo especialmente en su clítoris, que ya estaba enardecido otra vez, yme hizo que se lo cogiese con delicadeza entre dos de mis dedos y notase su palpitar. Después, abriendo más aún sus piernas, metiéndose un dedo me enseñó y explicó el "agujero" que quedaba al fondo: a dónde iba, sus funciones, . . . bueno, todo de todo.
Dio por terminada la lección de anatomía y mientras nos poníamos los trajes de baño(ella cambió el biquini por uno entero que traía en el bolso) me dijo: "Mañana ya me contarás cómo sabes tanto".


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Ana 5

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:21 pm

Y así continuó mi relación más tórrida y,para mi,hasta violenta y con frecuencia,desgradable de mi vida. Aunque admito disfruté con Carmen,no puedo decir que guardé de ella el dulce y agradable recuerdo que aún conservo de Merche.
A partir de aquel día, cada vez que amanecía con buen tiempo, Carmen proponía a mi madre el mismo plan y, salvo que los pequeños estuviesen ya despiertos, desayunados y preparados, cosa poco menos que imposible,mi madre decía que sí o era ella misma quién sugería que por que no nos íbamos ya. También desde entonces,al llegar a la playa,ya no había palabras entre nosotras.
Carmen,en cuanto se iba Alfredo,se quedaba inmediatamente desnuda, como Dios la había traído al mundo. Yo,según los días,hacía algo antes de tumbarme a su lado. Sabíamos que teníamos hora y media larga para nosotras solas y nos daba tiempo para todo. A veces, antes de practicar nuestro deporte favorito,el sexo,hablábamos de cincuenta cosas. Sólo el primer día tuve problemas porque, nada más tumbarme a su lado, empezó a acariciarme el pecho y estómago como distraídamente, mientras hablabamos. Pero a las diez palabras me soltó de repente:"Ayer te dije que hoy me contarías cómo sabes tanto. Mira, yo ya soy mayorcita y lo que tú sabes no lo has aprendido ni en un día ni en dos y,desde luego, no con una jovencita de tu edad. O sea que dime con quién aprendiste tanto y lo pasaste tan bien, porque ,además, se nota que no lo haces a disgusto sino que gozas como una loca. No te preocupes que,como comprenderás,no se lo voy a contar a nadie porque estamos metidas en el mismo juego. Asi que ¿me lo quieres contar o no?. Yo le dije que no,que era un secreto mío, como lo iba a ser lo nuestro. Como era muy inteligente, supo enseguida que no me iba a sacar una palabra y,menos aún, un nombre. Por ello decidió dejar el tema. . . por lo menos de momento porque mucho tiempo después volvería a la carga. Así que nos dedicamos a hablar de otras cosas durante un rato y luego a hacer el amor.
En días sucesivos me enseñó más bien,me exigió cosas nuevas que yo jamás había hecho ni con Merche. Carmen era insaciable y viciosa. El cunilinguo, que ya lo practicamos al segundo o tercer día era para ella casi un juego de niños. Y, por eso,me enseñó a excitarla haciendo lo mismo con mi lengua pero. . . por detrás. Pese a todo, disfrutábamos juntas y lo bueno es que aquello no acabó con el verano. Los matrimonios seguían con su fuerte amistad y,dada la vecindad,rara era la semana que, bien en su casa bien en la nuestra, no se reunían tres o cuatro veces.
En muchas ocasiones con nosotros, los hijos, para que jugásemos. Yo me aburría porque yo ya no estaba en la edad de los juegos de mis hermanos y de la hija de Carmen. Afortunadamente Carmen acudía en mi auxilio. Siempre encontraba un momento y una excusa para quedarse a solas conmigo en algún sitio de la casa y practicar el sexo aunque fuese de pié, metiendo nuestra mano debajo de la falda de la otra y, una vez dentro de las bragas, buscando con los dedos el sexo de la otra. Para ello siempre encontraba el sitio en que sabía que nadie nos iba a molestar o buscar,al menos durante diez o quince minutos. Unas veces era en la cocina,con la disculpa de que yo la ayudase a terminar algo, otras saliendo al garaje a buscar algo. . . . y así siempre.
Desde luego yo seguía enamorada de Merche. No podía olvidar su delicadeza,su prudencia,su recato,su comedimiento, su respeto hacia mí y hacia ella misma y ¿por qué no decirlo?hasta su inocencia y bondad. Era exactamente lo contrario de Carmen. Pero, como me gustaba ella y me gustaba el sexo con ella me atraía profundadamente. Además, y sobre todo,me fascinaba su descaro,devergüenza y osadía. Sólo tres anécdotas bastan para retratar estas características de Carmen:
En una ocasión –como era frecuentecenaban en casa los dos matrimonios. Los niños se fueron a cenar y a la cama a su hora. Yo como era mayorcita,me quedé en el salón con los mayores más tiempo. Cuando era la hora de que yo me retirase también Carmen dijo a todos pero dirigiéndose específicamente a mi madre: "Anita ya es mayorcita. ¿Por qué no cena con nosotros y así además, practica su inglés conmigo?(Ella hablaba un perfecto inglés,como su marido,y yo ya llevaba años estudiandolo. Mi padre ni palabra y mi madre tres o cuatro sueltas). A mi madre le pareció bien–era quien decidía así que pusieron un plato más en la gran mesa redonda del salón. Nos sentamos a cenar. Carmen hizo que me sentase muy cerca de ella, aunque la mesa era enorme: cabían cómodamente ocho o nueve personas mayores –con lo que quedábamos lejos de los demás. A mi derecha su marido –a casi un metro, al lado de él mi madre y junto a ella,mi padre que quedaba a la izquierda de Carmen,pero a setenta u ochenta centímetros de ella. Carmen y yo juntitas, juntitas. . . con la disculpa de hablar en inglés. Fué una cena memorable. Cuando esta ban tomando el aperitivo –y yo un refresco o algo asíCarmen metió su mano derecha debajo del mantel – que llegaba hasta las piernas de los comensales buscó mis muslos y empezó a acariciarlos subiendo hasta la entrepierna. Me acarició un poco por encima de las bragas, me invitó,con gestos a que yo le hiciese lo mismo y,cuando casi yo no había empezado, se excusó y dijo que tenía que ir al baño. (Los baños,dos,estaban en el piso de arriba al que había que subir por una escalera de madera que crujía en muchos de sus peldaños). Tardó poco en regresar. Dada su ausencia los adultos pidieron el segundo aperitivo. Volvió Carmen y me indicó que volviese donde lo habíamos dejado. Volví a meter la mano bajo el mantel,a buscar sus muslos y me encontré con dos sorpresas:una,que(nos tapaba el mantel)se había subido su falda casi hasta el final de sus muslos. La segunda, que me dejó helada,que ¡se había quitado las bragas!¡Esta era la razón de su viaje al baño!. Así que,al subir mi mano por sus muslos me encontré directamente con su pelo púbico y su vagina. Ella empezó a hablarme en inglés. Su marido, Antonio –Tony lo llamábamos,estaba enzarzado en una conversación de negocios con mis padres y no nos prestaban atención. Ella me dijo en inglés: "En la vida, una de las cosas más excitantes que hay es el riesgo. Si no lo has comprobado todavía, en cualquier momento lo comprobarás. Cuando menos te lo esperes. Y si superas el miedo que produce el riesgo,cuando alcanzas el objetivo propuesto, el placer es infinitamente mayor. Ya lo verás antes de lo que imaginas. "Me estaba diciendo que siguiese. Y seguí. Y cuando metí mi dedo en su vagina aquello parecía un manantial o una catarata. Entre sorbo y sorbo de su aperitivo y mi refresco, seguí trabajando donde ella quería. En eso llegó la chica a servirnos con el primer plato. Nos sirvió y,antes de que Carmen pudiese probarlo,noté que alcanzaba el orgasmo. Se quedó rígida y apretó los dientes. Fué tan evidente su ex presión que su marido y mis padres le preguntaron si se encontraba bien, si le pasaba algo. Ella dijo que no moviendo la cabeza. Me dí cuenta que lo que estaba haciendo era no abrir la boca para dejar escapar los quejidos que acompañaban su orgasmo. Se mantuvo así hasta que terminó. Y luego ,con la mayor naturalidad, dijo"Es me había atragantado,pero ya estoy bien".
Y todos siguieron con su conversación y cena. Ella,volviendo al inglés,me dijo:¿Ves lo que te decía?. Su sangre fría y cinismo me habían excitado hasta el punto que,como implorándoselo, busqué su mano para que me aliviase. No me hizo falta gran esfuerzo porque ella siempre devolvía ese tipo de favores y su mano ya estaba camino de mi empapada vagina. Y me devolvió el pla cer ampliamente. Pero no acabó ahí la noche. Cuando acabamos de cenar y los mayores pidieron copas con el café para iniciar la sobremesa, mi madre me dijo:"Anita, hija, ya va siendo hora de que te acuestes". Yo dije que ya me iba. Me despedí de todos y cuando iba a cruzar el salón con dirección a la puerta,Carmen le dijo: "Nini,no te perocupes. Yo tengo que subir al baño otra vez y ya me encargo yo de que se vaya directamente a la cama". Se levantó y me acompañó. Cuando llegamos al piso de arriba se dirigió a la izquierda, donde estaba el baño principal frente al dormitorio de mis padres. Al fondo del pasillo estaba el dormitorio de mis hermanos y,al lado,el mío. Encendió la luz del pasillo y,al llegar,la del baño. Allí me dijo:"Anda,vete a acostarte que ahora voy yo a darte las buenas noches". Pero antes de que yo diese los tres o cuatro pasos que se meparaban de mi dormitorio, me chistó para que la mirase y,riéndose,sacó del bolso sus bragas, las agitó delante de mis narices, como una bandera de vencedor, y añadió: "Tengo que volver a ponerme esto".
Fui a mi cama, me acosté y a los dos o tres minutos estaba allí Carmen. En la penumbra ví que se ponía de rodillas al lado de la cama y,sin decir una palabra,metió la mano bajo sábanas, buscó mi vagina y empezó a acariciármela y a masturbarme otra vez,al tiempo que se inclinaba sobre y cabeza y me daba un beso profundo con la lengua. Cuando notó que yo me había corrido sólo dijo: "Buenas noches preciosa. Espero que lo hayas pasado tan bien como yo". No me dió tiempo a contestarle pero yo tardé en dormirme pensando en todo lo sucedido aquella noche, en Carmen y en su sexo.
Desde aquella noche,cuando cenaban en casa,sus visitas a mi habitación eran usuales y su osadía y amor al riesgo,que la y me excitaban,aún más. Y aquí viene la segunda anécdota que refleja todo eso:
Una de esas noches entreabrió la puerta de mi habitación. Yo acababa de apagar la luz y ún no dormía. Metió solo la cabeza y, en voz baja, me llamó. Cuando le contesté y vió que no dormía,me dijo en voz baja:"Ven al baño que quiero que me hagas un favor". Y se marchó sin decir nada más. Yo obediente y deseosa de su contacto,la seguí inmediatamente. Entré en el baño y me la encontré sentada encima de la tapa de la taza del water. Hice ademán de cerrar la puerta pero ella,lista como siempre,me dijo:"No la cierres del todo. Dejala dos o tres dedos abierta y así oímos si alguien sube por las escaleras o si tus hermanos se levantan y abren la puerta de su habitación". Obedecí dándome me dí cuenta de lo inteligente de su idea. Cuando ya había dejado la puerta ligeramente abierta, me acerqué a ella que dijo: "Abajo están metidos en una pesadísima conversación de negocios que me aburre. Además estoy muy caliente y decidí que estaba mejor aquí". Mientras me explicaba esto ya se había subido la falda,bajado las bragas y abierto las piernas cuanto podía, dejando al aire su sexo. Me invitó con gestos a que me pusiese de rodillas entre sus muslos y a que le practicase el sexo con la lengua y los dedos. Lo hice con placer y se lo dí. Cuando acabó me dijo"Anda, ahora acuéstate que ya voy yo". Efectivamente, apenas me había tapado con las sábanas cuando entró ella y,en vez de meter su mano bajo ellas, como en otras ocasiones,las retiró,me subió el camisón –todo a oscuras o, al menos, en penumbray medio subiéndose a mi cama,me hizo lo mismo que yo acababa de hacerle mientras con una mano me acariciaba los pezones y los pechos, cosa que a mi me excitaba muchísimo. (Y me sigue excitando igual: son dos de mis puntos más sensibles ). Cuando notó que yo había alcanzado el orgasmo,me tapó con las sábanas,me dio un beso en la boca (con lengua,naturalmente)y se despidió diciendo:"Con suerte ahora soy capaz de aguantar el rollo de abajo. Que duermas bien,cariño".
Esta era Carmen. La tercera y última anécdota que contaré para reflejar lo que digo sucedió de la siguiente forma:
Uno de los días que venían a cenar a casa – por los detalles debía ser un viernes o sábado llegaron Carmen y su hija muy pronto, sobre las 5 de la tarde. La idea era que su hija jugase con mis hermanos mientras las madres hablaban y terminaban de hacer o planear la cena. Lo normal era que cada mujer preparase alguno de los platos. Carmen traía uno. Y empezó la rutina. Mi madre se puso a charlar con ella mientras,de vez en cuando, se daba un paseo a la cocina para ver cómo iban por la cocina. (De hecho no tenía porque preocuparse porque teníamos una excelente cocinera). Al cabo de un rato–no mucho Carmen exclamó:¡Ay,me he dejado en casa un postre que había preparado! Voy a por él en un momento. Como son varios platos pequeños que me acompañe Anita para ayudarme a traerlos". No espero la contestación de mi madre porque sabía que la respuesta era afirmativa. Me hizo un gesto y nos fuimos. Como dije,vivían a dos o tres manzanas de casa. Llegamos a la suya. Tenía un portón inmenso, que utilizaban los camiones de la fábrica y una puerta normal para la gente a pie.
A veces,durante las horas de trabajo,el portón estaba abierto permanentemente. Entramos por él, todavía trabajaban. A la derecha estaba la fábrica y a la izquierda, a unos 60 o 70 metros el domicilio privado,que era una casita de dos plantas. Nos fuimos directamente hacia ella. Cuando entramos yo me dirigí a la cocina a buscar lo que había olvidado, pero Carmen me detuvo y, a voces, le dijo a la chica que tenían empleada: "Fulanita, subo un momento arriba. Vengo por el postre. Si viniese el señor me avisas". Y indicó que subiese con ella al piso de arriba, donde estaba los dormitorios y baños. En cuanto subimos las escaleras se dirigió a su dormitorio,entró y empezó ó a desnudarse mientras me decía:¿A que esperas? Tony estará en la fábrica por lo menos una hora y media más. Y tu madre no va a preguntar porque tardamos media hora o tres cuartos. Tenemos tiempo para nosotras". Cuando acabó de decirme esto ya estaba desnuda y dentro de la cama. Yo sólo unos segundos después. Y con toda tranquilidad, empezamos a hacernos el amor. Con alguna novedad porque, en un determinado momento, se dio la vuelta y cogió de su mesita una caja, la abrió y exhibió una colección de consoladores –cosa que yo no había visto ni tenido en mis manos jamás. Escogió uno de ellos y lo utilizó con ella y conmigo en todas las partes imaginables. Luego lo desechó y me dijo"Me gusta a veces,cuando estoy sola. Pero prefiero lo natural". Y me tocó la boca como para indicarme que era"lo natural". Total que nos amamos durante una hora.
Cuando calculó que era tiempo de irnos me hizo un regalo: volvió a coger su caja de conso ladores y me dijo: "Escoge el que más te guste. Es para ti como un recuerdo mío". Yo no sabía por cual decidirme porque nunca los había utilizado. Entonces ella buscó y eligió uno. Me lo dió diciéndome:"Toma éste. Es muy agradable y,además,automático. Es eléctrico y funciona a pilas. No tienes más que darle a éste botón. ¿Ves?Eso sí,guardalo bien,que no lo vean en tu casa,sobre todo tu madre". Luego, mientras acababa de vestirse me dijo:"Sé que no me vas a decir quién te enseñó tanto pero te voy a hacer otra pregunta: ¿a ti los chicos no te van nada de nada. Le dije, a medias, que no. Y ella, con todo su cinismo, comentó:"A mí lo que me gustan realmente son las mujeres, pero tampoco le hago ascos a un hombre si me apetece y está bien. Además puedes sacar provecho. ¿No me ves a mí?. Estoy honorablemente casada,con una hija y he salido de Filipinas. Allá tú si no te gusta aprovechar lo mejor de los dos lados pero respeto tu gusto y tu honestidad en ese sentido. En cualquier caso sabes lo suficiente para hacer feliz en la cama a cualquier mujer o a cualquier hombre. Venga, vamos ya,que tenemos que coger los postres". Y eso hicimos.
Nuestras relaciones siguieron igual durante el tiempo que duró su matrimonio. Cuando yo tenía quince años, camino de los dieciseis y a punto de empezar la Universidad, se organizó el gran escándalo. Se separó matrimonio en un conocido,público y comentado proceso canónico. Fue el marido,Tony,el denunciante. La acusó de adulterio. La habían cogido "infraganti" con un hombre. Y después aparecieron otros casos. Lo curioso es que,en todo el proceso,no salieron a relucir relaciones suyas con mujeres. No sé si porque no se sabía o porque lo primero ya bastaba y,para aquella época,era demasiado sacar,además, el lesbianismo, más en un matrimonio de clase social alta. El caso es que le dieron la razón a Tony,que siguió dirigiendo la fábrica y, por tanto, en la casa que era pertenencia da la compañía.
A ella le concedieron la custodia de la hija por razón de la edad de la niña–unos 9 o 10 años por entoces y se marchó a vivir en las afueras de la ciudad. Sólo volví a verla, meses después, en una ocasión. Fue en la calle principal a medio día. Ella iba por una acera con su hija y yo por la contraria en dirección opuesta. No se si no me vió –muy probable o si, viéndome, prefiriera no saludarme, lo que habría sido normal ya que no debía tener buenos recuerdos de mis padres, que habían sido testigos de Tony en contra de ella. El caso es que nunca volví a verla. Tony se murió, no mucho después, de un infarto bajando las escaleras de su casa.
Y con Carmen terminó el segundo gran capítulo de vi vida. Pero me la dejó llena de nuevas experiencias (no siempre gratas), conocimientos múltiples sobre el sexo y un consolador. El que Carmen me había regalado y que yo usaba, de vez en cuando, para recordar a. . . Merche. Aunque, generalmente,prefería,como decía Carmen,"lo natural",es decir mis manos y dedos.


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Ana 6

Mensaje por Admin el Miér Ago 09, 2017 10:21 pm

Cuando Carmen salió de mi vida estaba yo a punto de empezar la Universidad con poco más de 16 años muy largos cuando lo normal eran 17 cumplidos o 18, gracias al año que llevaba adelantado con la inestimable ayuda de Merche. Esperaba con impaciencia el día porque iba a suponer un cambio total de todo y en todo dentro de mi vida. En los meses que faltaban, yo ya me había convertido en una completa mujercita físicamente. Mis pechos eran hasta, quizás, demasiado grandes para mi edad, pero me gustaban y me excitaba acariciármelos y notar y ver como los pezones se ponían duros y surgían duros como dos diminutos obeliscos, puntiagudos, redondeados y muy sensibles a las caricias.
Los chicos, y no tan chicos, me decían cosas por la calle. Y, la verdad, no me desagradaba porque, si gustaba a los hombres, imaginaba que también gustaría a alguna mujer. Pero no encontré ninguna amiga en ese tiempo. Empecé la Universidad estudiando lo que había decidido hacía tiempo:Derecho. Conocí muchos chicos y chicas con los que no tenía inconveniente en salir de copas, tertulia, cine o lo que fuese. Pero sólo ellos me dirigían indirectas o directas. Mantenía buena amistad con todos y todas pero no encontraba ninguna mujer, compañera o no, que me atrajese lo suficiente o que creyese podría atraerle el sexo con otra mujer. Y así transcurrió el primer trimestre.
Ya en el segundo, después de Navidades, todos y todas nos conocíamos mucho mejor y empezamos a intimar más. Recuerdo en particular un chico, que estudiaba ya 3º de Derecho, siempre que salíamos en pandilla, buscaba mi compañía en particular. Era muy educado y, debo admitir, muy guapo o atractivo. Insistió tanto en que saliésemos juntos sólo los dos que acabe aceptando, entre otras razones, para disipar cualquier duda que pudieran tener sobre mis inclinaciones sexuales. Le acompañé dos o tres veces al cine o a bailar y acabámos dandonos algunos besos y caricias. Pero yo no quería llegar a más. Y no sabía como terminar sin ofenderle porque no tenía queja alguna contra él. Esperé algún tiempo más hasta una noche que, después de estar bailando hasta tarde y de varias copas que él se había bebido, se puso bastante pesado queriendo hacerme el amor. Desde luego yo ya no era virgen hacía ya mucho tiempo. Y encontré la forma de terminar de una vez aquella relación que iba a más por parte de él. De forma que, tras negarme varias veces, ante su insistencia, acabé aceptando que me lo hiciese con la condición de que tuviese "protección" para estar segura de que no me pudiese quedar embarazada. Él iba preparado. Debo admitir que fue muy delicado y aunque no me hizo ni rozar el principio de un orgasmo, me proporcinó un rato de agradables sensaciones. Después dejé pasar un par de días antes de volver a encontrarme con él y cuando lo hice fue para decirle que lo había pasado muy bien pero que, de momento, no quería comprometerme con nadie pues estaba en mi primer año y quería concentrarme en mis estudios.
Aunque acepté salir al cine o a dónde fuésemos con la pandilla. Se quedó un poco frustrado pero satisfecho con mi explicación.
Pero esta pequeña aventura me llevó a lo que no esperaba. Algo debió trascender por la Universidad o, al menos, en mi residencia porque a los pocos días noté que una de mis vecinas de pasillo –dormía dos o tres puertas más allá de la mía y que solía salir con nuestro grupo, comenzó a saludarme secamente con un simple "buenos días" o "tardes" o "noches", cuando antes nos saludábamos cordialmente y nos comentábamos cincuenta cosas. Yo lo achaqué a que estaba celosa porque había salido con un chico detrás del que casi todas andaban persiguiendo. Pero me molestaba la situación. Ella, Clara, era uno o dos años mayor que yo. Era castaña, alta, con buen tipo y bastante guapa de cara. Eso sí: tenía unas piernas largas y tan bien modeladas que todos y todas las admirábamos. Como me molestaba la situación porque no quería llevarme mal con nadie, más aquel mi primer año, un día en que ya nos retirabamos a nuestras habitacioneseran de dos camas coincidimos en el pasillo. Yo iba detrás y como ella iba dos o tres puertas más adelante, la alcancé y, al tiempo que le ponía la mano en el hombro para pararla, le dije:"Clara, me gustaría hablar contigo dos minutos. ¿Podemos?".
Ella se volvió hacia mí con cara de enfado y me contesto: "Si no son más de dos minutos. Tengo mucho que hacer. Empieza ya". Yo le dije que prefería en privado, no en medio del pasillo. Ella lo pensó unos segundos y me dijo:"Está bien. ¿En tu habitación o en la mía". Yo le dije que no sabía si mi compañera de cuarto había llegado ya o no. Que tenía que mirarlo.
Ella, rápidamente, me dijo: "Pues ven a la mía porque la mía no llegó ni llegará hasta tarde porque se ha ido de juerga"".
Pasamos a su habitación y nos sentamos una frente a otra al borde de las camas, que estaban una al lado de la otra separadas por un pequeño pasillo. En cuanto lo hicimos ella, todavía muy seca, me preguntó rápidamente:"Bueno, ¿qué te pasa?" Yo le dije:"Perdóname, Clara, pero soy yo la que quiero saber qué te pasa a ti conmigo. Antes nos llevábamos bien, casi éramos amigas. Y, de pronto, ni me saludas. ¿Qué te hecho o en qué te he molestado?. He oido rumores por ahí y, sí es porque estás celosa porque he salido con Enrique, puedes estar tranquila porque hace ya muchos días que terminamos. Y tampoco salimos muchas veces. O sea que no tienes motivos para continuar así conmigo. Es todo tuyo, si lo quieres. No es mi tipo". Ella me miró, como interrogándome, y me dijo con tono muy sarcástico: "Pues es un guapo chico. ¿Cómo te gustan a ti? ¿Bajitos y gordos o viejos y arrugados? " Yo, aunque enfadada por su tono sarcástico, forcé una sonrisa y le dije en tono de broma:"No, desde luego. Simplemente no es mi tipo. "Y añadí:"Ahora que todo está aclarado, ¿hacemos las paces y volvemos a ser amigas?. Al mismo tiempo le tendí mi mano estrecharla con la suya como signo de paz.
Ella me tendió la suya y nos dimos un cordial apretón. Luego, soltando la mía y sonriendo, me dijo: "Confidencia por confidencia, si me prometes que lo que te voy a decir queda entre nosotras y no sale de entre estas cuatro paredes. ¿Me lo prometes?. Le dije que sí. Y, para mi sorpresa continuó:"Pues tampoco es mi tipo". Yo le pregunté:"Y, entonces, ¿por qué tu enfado?. Me confesó lo siguiente: "Verás no es mi tipo. Y no estaba celosa de ti, sino de él porque mi tipo es más bien el tuyo, es decir, sólo me gustan las chicas o las mujeres. Espero que no lo digas por ahí, aunque me importaría relativamente poco pues el año que viene tengo que irme a la Universidad de Barcelona porque a mi padre lo han trasladado allí. Él ya está esperándonos con casa y todo pero mi madre y mis hermanos nos quedaremos aquí hasta acabar el curso. "Yo me quedé fría y sin saber que decirle. Me había conmovido su sinceridad y, también, excitó mi sexo que llevaba tiempo"inactivo", salvo autosatisfacciones. La miré a los ojos y riéndome le dije:"Pues a mí también me pasa lo mismo". Ella se quedó mirándome con cara entre la sorpresa e incredulidad. ¿Es cierto eso, de verdad?. Le dije que sí u que por eso había salido con Enrique, para alejar cualquier sospecha sobre mis tendencias sexuales. Cuando entendió que yo hablaba en serio, miró la hora y me dijo: "Entonces nuestra paz hay que sellarla con algo más que un apretón de manos. Tenemos mucho tiempo hasta que vuelva mi compañera. ¿Puedo darte un beso?". Sin contestarle, me fui hacia ella y busqué su boca. Caímos las dos de espaldas sobre la cama dónde ella estaba sentada y el beso se prolongó minutos, registrando mutuamente con nuestra lenguas lo más profundo de nosotras como si quisiéramos llegar desde la boca hasta lo más profundo de nosotras. Poco a poco y según crecía nuestra excitación, fueron cayendo nuestra ropas. En un momento determinado, cuando fuimos conscientes de cómo íbamos a terminar, ella hizo un pequeño alto para poner el cerrojo de la puerta y colocar el despertador un buen rato antes de la hora que calculaba llegaría su compañera. Terminamos completamente desnudas y haciéndonos el amor hasta que sonó el maldito despertador. Nos vestimos y, desde aquél día, cada vez que sabíamos que la compañera de una o de la otra, nos avisábamos para no salir y poder quedarnos solas haciéndonos el amor. Y cuando salíamos en grupo, procurábamos perdernos sin llamar la atención y poder, al menos, darnos algunos besos y caricias. Cuando terminábamos el curso me preguntó, más bien, me pidió: "Oye Ana, el curso que viene ya no nos podremos ver. ¿Te parece que la última noche antes de volver a casa la pasemos juntas en un hotel en lugar de dormir en la residencia?. Le dije que me parecía perfecto porque así podríamos despedirnos tranquilamente. Y así lo hicimos. Fue una noche maravillosa. Como no queríamos ni podíamos prometernos "amor eterno" ni nada así, porque las dos éramos realistas y sabíamos que desde el día siguiente nos iban a separar cientos de kilómetros, nos limitamos a disfrutar y gozar de nuestros cuerpos y nuestro sexo al límite.
Con estos recuerdos me marché de vacaciones.
Durante las vacaciones de verano volví a casa. Hice lo que era la vida normal todos los veranos: por la mañana nos encontrábamos los amigos y amigas de la pandilla en la playa y al atardecer nos volvíamos a reunir, bien en casa de alguno o bien en algún bar de los que frecuentábamos para charlar e irnos de copas. Aquél primer verano de Universidad me sucedió algo que no esperaba después de medio año de media abstinencia. Para pasar también las vacaciones –aunque más cortashabía vuelto un amiga, Blanca, que estudiaba enfermería en Madrid. Blanca era guapa, castaña muy clara, casi rubia, con buen tipo aunque no delgadita, enormes pechos, inteligente, y muy"sexy".
Uno de los días en que habíamos quedado por la tarde, ella y yo llegamos antes que los demás al bar dónde habíamos quedado y, mientras tomábamos algo, hablamos de cincuenta cosas distintas y entramos en las personales. En un momento determinado me dijo:"Oye, Ana eres una buena amia desde hace años y sé que eres muy discreta. Quiero comentarte y preguntarte algo que me da vergüenza. Verás, tengo la sensación de que tanto los chicos y los hombres sólo me miran por el sexo, pensando en eso y tengo un verdadero complejo. "
No tardé nada en encontrar las palabras para contestarle la verdad y no ofenderla. Le contesté: "Blanca, cariño, eso no es o no debe ser para ti ningún complejo. Tu tienes que saber nada más que con mirarte al espejo lo atractiva que eres y llamas la atención cuando vas a cualquier sitio. Es normal que te miren así, con deseo. Lo que tienes que hacer tú, cuando te interese alguno es demostrar que, además de ese precioso cuerpo, tienes una cabeza y un cerebro muy bien amueblados.
¿De acuerdo?. "Me dijo sí, quizás tienes razón. Sé que lo que fea, lo que se dice fea, no lo soy. Y tonta, tampoco. De acuerdo". Y en ese momento es, quizás por primera vez en mi vida, dije algo sin pensar las consecuencias. Porque, sin darme cuenta, dejando libre mi subconsciente, añadí: "Fijate si eres atractiva, deseable y sexy que a mí siempre me ha apeteccido abrazarte, darte un beso en la boca y acariciarte". No había terminado de decirlo cuando me dí cuenta que, quizás, había"metido la pata"irremediablemente. Nadie sabía en la pandilla mis inclinaciones sexuales. Blanca se quedó en silencio y como petrificada durante unos segundos. No dijo nada inmediatamente. Debió procesar en su bonita cabeza lo que significaban mis palabras. Al cabo de unos instantes me miró y, con cara de sorpresa me preguntó:"¿Túuu?. ¡No lo hubiese imaginado nunca, jamás. !. Traté de arreglar en lo posible mi error y le dije:"Perdóname Blanca. No te enfades conmigo. Y, por favor, no lo comentes con nadie".
Rápidamente me tranquilizó diciéndome:"No te preocupes. Eso queda entre tú y yo. Como lo que yo te dije de mi complejo. "Yo le dí las gracias y ella me cogió una mano y me la apretó, como haciendo un pacto, mientras me decía:"Mira, secreto por secreto: aunque no lo creas, soy virgen todavía. En Madrid, con amigos y compañeros que me atraen no pasamos de algunas caricias y algunos besos y alguna masturbación. Con las chicas nada de naaunque alguna vez he tenido tentaciones porque en la residencia donde vivo, hay una compañera de una habitación muy cerca de la mía que cada dos por tres, sobre todo cuando no está mi compañera de cuarto, viene a verme con cualquier disculpa o me invita a pasar al suyo para hablar y siempre acaba acariciándome los muslos, la espalda o lo que sea y me hace insinuaciones. Alguna vez cuando estoy excitada, he tenido la tentación de probar a que sabe eso. ""¿Te quedas ya tranquila del todo?"
Le dije que sí. Llegaron los demás y continuó la velada normalmente. Pero, al día siguiente, cuando nos encontramos por la mañana en la playa, en uno de los momentos en que no había nadie cerca me dijo, de sopetón:"¿Por qué no te pasas por mi casa –pasaba las vacaciones en casa de unos tíos suyosdespués de comer y antes de quedar con los demás?. Me gustaría seguir hablando contigo de lo de ayer". Le dije que encantada, que allí estaría. Y, efectivamente, entre intrigada y ansiosa, sobre las cinco de la tarde me presenté en su casa. Abrió ella la puerta. Saludé a sus tíos –a los que conocíaque estaban en el salón. Hablé con ellos unos minutos y luego Blanca les dijo: "Nos vamos a mi habitación, que tenemos que hablar de cosas nuestras". Pasamos a su dormitorio. Como era sólo su habitación durante las vacaciones de verano, no tenía muchas cosas y una sola silla, por lo que nos sentamos sobre la cama. Hablamos muy poco de vaguedades y, en seguida, Blanca abordó el tema directamente.
Primero me preguntó por mi propia historia porque, según me dijo, aún no podía creer que yo fuese lesbiana y, menos aún, que siendo ella mujer nunca lo hubiese notado. Muy brevemente le conté mi breve historia y noté que la excitaba.
Me miró y con una sonrisa me dijo:"Mira, Ana, me pasé media noche dándole vueltas en la cabeza a lo que me dijiste ayer y cogí un "calentón" terrible. Tan terrible que acabé masturbándome varias veces. Como ya te conté, alguna vez he tenido la tentación de probar con esa com pañera que siempre está encima de mí, pero me daba miedo porque ni la conozco lo suficiente ni sé si luego va a ir contándolo por toda la residencia. Pero sigo con ganas de probar aunque no sé si me gustará ni hasta dónde estoy dispuesta a llegar. Tu me gustas como amiga y también físicamente. Y sé que de entre estas cuatro paredes no va a salir nada. Así que si sigue apeteciéndote darme un beso, empieza por ahí. ¿Quieres?". Yo no le contesté y busqué directamente su boca. Le dí un beso en los labios que no rechazó, pero en cuanto intenté meter mi lengua dentro de su boca, se separó de mí. Me miró y dijo: "Perdona, pero es la sorpresa. Es la primera vez que una mujer me besa. Prueba otra vez". Volví a besarla. Esta vez no sólo me dejó hurgar con mi lengua dentro de su boca sino que, para mi sorpresa, me respondió de igual forma con pasión.
Al poco tiempo en lugar de sentadas sobre la cama, estabamos echadas sobre ella. Y muy pronto(ambas íbamos vestidas con ropa de verano muy ligera) una de mis manos estaba acariciando sus pechos. Noté por su respiración alterada que su excitación iba en aumento. Lo demostró buscando mis pechos para acariciarlos también. Cuando sentí que Blanca estaba ya como una locomotora sin freno, con mi otra mano busqué su vagina, que estaba chorreando, y me dejó que la masturbase. Cuando estaba a punto del orgasmo, hizo lo mismo conmigo y, creo, que llegamos juntas al climax.
Cuando acabamos nos quedamos un rato de espaldas, mirando al techo de la habitación y sin decir nada. Después, cuando ambas habíamos recuperado la respiración normal y estábamos relajadas, todavía mirando al techo, le cogí una de las manos y se la apreté con cariño mientras le pregunta ba:¿Te gustó?. Me dijo"Sí, mucho. Disfruté muchísimo porque, además, es la primera vez que me corro sin ser a escondidas, como cuando me lo ha hecho algún amigo. Pero no creas que quiere decir que vaya a apuntarme. Me siguen gustando mucho los chicos. ".
Nos arreglamos y salimos juntas a reunirnos con el resto de la pandilla, sin comentar nada de lo sucedido. En los días siguientes nuestro trato siguió siendo el normal de siempre, como si nada hubiese sucedido entre nosotras, aunque, cuando nos encontrábamos, siempre me dirigía en silencio una mirada de complicidad. Continuámos siendo excelentes amigas y nunca ninguna de las dos volvió a mencionar lo sucedido. Sus vacaciones duraban sólo la mitad de la mías, aproximadamente cinco o seis semanas. Cuando le quedaban sólo diez días me dijo : ¿por qué no te pasas por mi casa ésta tarde?. Le dije que sí y fuí. Esta vez los preámbulos fueron más breves. Saludé a sus tíos y pasamos directamente a su habitación. Una vez allí, cerró la puerta, se quedó en bragas y sostén, se tiró encima de la cama y me dijo que la acompañase, cosa que yo ya estaba haciendo. Más o menos repetimos lo de nuestro último y único encuentro hasta entonces pero con dos variantes: una, que ésta vez fue ella la que busco mi boca y, poco después, mi vagina; la otra que yo la dejé actuar y darme placer con su mano, pero sin buscar el suyo rápidamente.
Cuando me hubo satisfecho y ella estaba esperando la correspondencia, sin decirle una palabra, bajé hasta su vagina, metí la cabeza entre sus muslos y le día placer con mi boca, lengua y dedos. Sólo recuerdo que ella se puso una de las manos sobre la boca para que sus tíos no oyesen sus quejidos. Cuando acabó, todavía con la respiración entrecortada, me dijo: "Me ha encantado pero ¿por qué has hecho eso, Anita?. Le dije sencillamente: "Porque me gustas mucho y porque me apetecía muchísimo. " Ella añadió: "Perdóname pero yo no puedo hacerte lo mismo. Tengo algunos reparos". La tranquilicé diciendole: "Tampoco te lo pedí. Con lo que me has hecho es suficiente". Todavía tuvimos un tercer y último encuentro. La víspera de su regreso a Madrid, al encontrarnos por la mañana en la playa me dijo:"Mañana mi tren sale a las diez de la noche y, supongo, que estaremos todos, la pandilla, despidiéndonos y bebiendo copas toda la tarde y me gustaría despedirme de tí a solas.
Así que ¿Por qué no vienes ésta tarde a casa?. Le contesté que allí estaría. Y a las cuatro y media o cinco, allí estaba. Casi sin prolegómenos, tras saludar brevemente a sus tios pasamos a su habitación. Cerró cuidadosamente la puerta, se quitó la poco ropa de verano que llevaba mientras yo hacía lo mismo. Nos acostamos y empezamos con los besos, caricias y demás rituales previos. Cuando ya las dos estábamos excitadas y yo fui a buscar su sexo, me paró y me dijo:"No. Espera. Tengo una sorpresa para ti. Túmbate boca arriba y cierra los ojos hasta que yo te diga". La obedecí. Cerré los ojos y, a los pocos segundos, noté sus manos sobre mis muslos abriendo mis piernas. Abrí los ojos y ví que tenía su cabeza encima de mi sexo. Con una mirada la interrogué y me dijo :"Mira, soy tonta.
Soy ya casi enfermera y sé que aquí hay menos gérmenes en la boca. Me lo has hecho tú a mi y, aunque vuelva a mis chicos, ya que he probado con una mujer, quiero probarlo todo". Y, sin más, metió su cabeza allí y su lengua y sus dedos. . . . Cuando acabó le dí yo placer de todas las maneras que yo sabía y ella quiso. Nos despedimos definitivamente, con la pandilla por en medio, al siguiente día. La dejamos subida a su vagón del tren. El verano siguiente ya era enfermera y no vino de vacaciones. No voví a saber de ella hasta bastantes años después cuando, yo ya en Madrid la localicé. Nos vimos dos o tres veces sólo como amigas y con otros amigos comunes. Tenía novio y, no mucho después, se casó. Tiene tres hijos y es muy feliz.


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