Claudine en la escuela

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Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:25 am

Autor: Colette



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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:27 am

Me llamo Claudine y vivo en Montigny, donde nací en 1884 y donde probablemente no moriré. Mi Manual de Geografía Regional dice así: «Montigny– en–Fresnois, pequeña y linda ciudad de 1.950 habitantes, construida en forma de anfiteatro sobre el Thaize, en la que puede admirarse una torre sarracena en buen estado de conservación.» A mí, estas descripciones no me dicen nada. En primer lugar, no existe el tal Thaize; sé perfectamente que se supone que cruza los prados por debajo del paso a nivel; pero en ninguna estación del año hallaréis en él agua suficiente para lavar las patas de un gorrión. ¿Montigny está construida «como un anfiteatro»? No, yo no lo veo así; a mi modo de ver, está formada por casas que van bajando desde lo alto de la colina hasta el fondo del valle; desciende escalonándose desde un enorme castillo reconstruido bajo el reinado de Luis XV y más deteriorado ahora que la torre sarracena, encorsetada de hiedra, que se desmorona día tras día. Es un pueblo y no una ciudad; las calles, ¡gracias a Dios!, no están adoquinadas y los aguaceros forman pequeños torrentes en ellas, secándose al cabo de dos horas; es, pues, un pueblo, ni siquiera muy bonito y, sin embargo, lo adoro.
El encanto y la delicia de esta tierra, formada por colinas y valles tan estrechos que a veces no son más que barrancos, estriba en los bosques, los bosques profundos y omnipresentes, que se suceden y ondulan hasta el horizonte, hasta más allá de la lejanía... Salpicados aquí y allá por verdes prados o por pequeños cultivos, poca cosa en realidad, los soberbios bosques lo devoran todo. De manera que esta hermosa comarca es espantosamente pobre, con sus escasas granjas diseminadas, apenas las precisas para que con sus tejados rojos hagan resaltar aún más el verde aterciopelado de los bosques.
¡Queridos bosques! Los conozco todos. ¡Los he recorrido tan a menudo! Está el monte bajo, los arbustos que te arañan malignamente al pasar, llenos de sol, de fresas, de lirios silvestres y también de culebras. En ellos me he estremecido con sofocantes escalofríos al ver deslizarse ante mis pies esos atroces cuerpecillos, lisos y fríos; mil veces me he detenido, anhelante, al sentir bajo mi mano, cerca de la malvarrosa, a una astuta culebra, enroscada en una espiral perfecta, la cabeza erguida, con sus ojitos dorados mirándome fijamente; no era peligroso, pero ¡qué pavor! Daba lo mismo: siempre termino por volver allí, sola o con mis compañeras; más bien sola, porque esas chicas mayores me dan dentera, con su miedo a arañarse con los espinos, con su miedo a los animalitos, a las orugas aterciopeladas y a las arañas de los brezos, tan bonitas, redondas y rosadas como perlas. Gritan, se cansan... en una palabra: insoportables.
Y están mis preferidos, los grandes bosques que cuentan dieciséis o veinte años; se me parte el alma si veo que los talan; en éstos no hay maleza: árboles como columnas, senderos estrechos donde al mediodía parece de noche, donde los pasos y la voz resuenan de un modo inquietante. ¡Dios, cómo los amo! En ellos me siento tan sola, los ojos perdidos en la lejanía, entre los árboles, en la luz verde y misteriosa, deliciosamente tranquila y a la vez un poco ansiosa a causa de la soledad y de la vaga obscuridad... No hay bestezuelas en estos grandes bosques, ni hierbas altas, sino un suelo apisonado, a veces seco y sonoro, otras veces mojado a causa de las fuentes; los cruzan conejos de blanco trasero; asustadizos corzos, cuyo paso sólo se adivina, tan rápido corren; grandes faisanes, pesados, rojos y dorados; los jabalíes (no he visto ninguno); los lobos ––oí a uno, a principios del invierno, mientras recogía hayucos, los pequeños y deliciosos hayucos que raspan la gargantan y hacen toser. Algunas veces los aguaceros la sorprenden a una en los grandes bosques; entonces, hay que guarecerse bajo un roble más frondoso que los demás y, en silencio, puede escucharse cómo la lluvia crepita allá arriba como sobre un tejado, y se queda una ahí, al abrigo, para no salir de esas profundidades sino deslumbrada y desorientada, incómoda a la luz del día.
¡Y los abetales! Poco profundos, éstos, y poco misteriosos, me gustan por su olor, por los brezos rosa y violeta que crecen bajo sus árboles, y por su canto bajo el viento. Antes de llegar a ellos, se cruzan cerrados oquedales y, de pronto, se experimenta la sorpresa deliciosa de encontrarse al borde de un estanque, un estanque liso y profundo, rodeado de bosques por todos lados, tan alejado de todo... Los abetos crecen en una especie de isla, en medio del estanque; hay que cruzar valientemente a caballo sobre un tronco derribado que une las dos orillas. Se enciende fuego bajo los abetos, incluso en verano, porque está prohibido; se asa cualquier cosa: una manzana, una pera, una patata robada en un huerto, pan moreno a falta de otra cosa; se huele el humo amargo y la resina: es abominable, es exquisito.
He vivido en esos bosques diez años de locos vagabundeos, de conquistas y de descubrimientos; el día que tenga que abandonarlos me dará una pena inmensa. Cuando cumplí quince años, hace dos meses, alargué mi falda hasta los tobillos, demolieron la vieja escuela y cambiaron a la maestra. Las faldas largas las exigían mis pantorrillas, que atraían las miradas, y me daban ya el aspecto de una muchacha mayor; la vieja escuela se estaba derrumbando; en cuanto a la maestra, la pobre señora X..., cuarenta años, fea, ignorante, dulce, y siempre azarada frente a los inspectores de enseñanza primaria; el doctor Dutertre, delegado comarcal, necesitaba su plaza para instalar en ella a una protegida suya. Aquí, lo que quiere Dutertre también lo quiere el ministro.
Pobre vieja escuela, destartalada, insalubre, pero ¡tan divertida! ¡Ah, los bellos edificios que se están construyendo no harán que te olvidemos! Las habitaciones del primer piso, las de los profesores, eran desagradables e incómodas; la planta baja estaba ocupada por nuestras dos aulas, la grande y la pequeña, dos salas de una suciedad y de una fealdad increíbles, ocupadas por mesas como nunca he visto otras, desgastadas hasta el límite por el uso y sobre las cuales, lógicamente, tendríamos que haber terminado todas jorobadas al cabo de seis meses. El tufo de las clases, después de las tres horas de clase de mañana y tarde, tumbaba literalmente de espaldas. Nunca tuve compañeras de mi clase social, ya. que las pocas familias burguesas de Montigny suelen enviar a sus hijas, por esnobismo, a un internado de la capital de la provincia, de modo que la escuela sólo cuenta entre sus alumnos a hijas de tenderos, labradores, policías y sobre todo obreros; todas ellas bastante mal aseadas.
Yo me encuentro en este extraño ambiente porque no quiero abandonar Montigny; si tuviera una mamá, sé muy bien que no me permitiría estar aquí ni veinticuatro horas, pero lo que es papá no se da cuenta de nada, no se ocupa de mí, entregado como está totalmente a sus ocupaciones, y ni siquiera se imagina que yo podría ser educada más correctamente en un convento o en cualquier instituto. ¡No hay peligro de que sea yo quien le abra los ojos!
Así pues, como compañeras tuve, tengo aún, a Claire (suprimo el apellido), mi hermana de primera comunión, una niña dulce, con bellos ojos tiernos y almita novelesca, que se ha pasado todo su tiempo de colegiala enamoriscándose cada ocho días (¡platónicamente, claro!) de un nuevo chico y que, incluso ahora, no espera sino prendarse del primer imbécil, subcapataz o inspector de carreteras dispuesto a hacerle una declaración «poética».
Luego está la grandullona de Anaïs (quien conseguirá sin duda franquear las puertas de la Escuela de Fontenay––aux––Roses, gracias a una prodigiosa memoria que le hace las veces de verdadera inteligencia), fría, viciosa, y tan imposible de emocionar que jamás enrojece, ¡feliz criatura! Posee verdadera ciencia para la comicidad y a menudo me ha puesto enferma a fuerza de reír. Tiene el pelo ni rubio ni moreno, la piel amarillenta, sin color en las mejillas, pequeños ojos negros, y es larga como el tallo de una mata de guisantes. En suma, alguien en absoluto banal; embustera, tramposa, zalamera, traidora, la larguirucha de Anaïs sabrá abrirse camino en la vida. A los trece años escribía y daba citas a un mocoso de su edad; la cosa se supo, y corrieron historias que conmovieron a todas las crías de la escuela, salvo a ella. También están las Jaubert, que son hermanas, gemelas incluso, buenas alumnas, ¡buenas alumnas, ya lo creo!: las desollaría de buena gana, de tanto como me irritan con su obediencia y su bonita letra y su bobo parecido, caras fofas y apagadas, ojos de borrego llenos de dulzura lagrímeante. Siempre trabajando, siempre sacando buenas notas, decentes y solapadas, apestando a cola fuerte, ¡puaf!
Y Marie Belhomme, un poco mema pero ¡tan alegre! Razonable y sensata, a los quince años, como una niña de ocho algo atrasada para su edad, abunda en ingenuidades colosales que desarman nuestra maldad y nos obligan a quererla; digo todas las barbaridades que puedo delante de ella, porque primero se escandaliza, y un minuto después se está riendo a mandíbula batiente, alzando sus largas y finas manos, «sus manos de comadrona», como dice Anaïs, la grandullona. Morena y mate de ojos negros, rasgados y húmedos, Marie se parece, con su nariz desprovista de malicia, a una bonita liebre asustada. Las cuatro últimas y yo formamos este año la pléyade envidiada; por delante de las mayores, aspiramos al grado elemental. ¡El resto, a nuestros ojos, es la escoria, el pueblo vil! Presentaré a algunas otras compañeras a lo largo de este diario, porque decididamente es un diario, o casi, lo que voy a empezar... La señora X..., cuando recibió el aviso de su traslado, estuvo llorando todo el santo día, la pobre mujer, y nosotras también, lo que me inspira una sólida aversión hacia su sustituta. En el mismo momento en que los demoledores de la vieja escuela aparecen en el patio llega la nueva maestra, la señorita Sergent, acompañada de su madre, una mujer gorda con cofia, que sirve a su hija y la admira y que me da la impresión de ser una campesina astuta que conoce el precio de la mantequilla pero que en el fondo no es mala persona. La señorita Sergent parece cualquier cosa menos buena, y tengo malos presentimientos acerca de esta pelirroja bien plantada, de talle y caderas redondas, pero de una fealdad flagrante, con la cara hinchada y siempre enrojecida, la nariz un poco chata entre dos ojillos negros, hundidos y desconfiados.
Ocupa en la antigua escuela una habitación que no es necesario demoler en seguida lo mismo que su ayudante, la bonita Aimée Lanthenay, que me gusta tanto como me disgusta su superiora. Contra la señorita Sergent, la intrusa, mantengo estos días una actitud beligerante y rebelde; ya ha intentado domesticarme, pero me he enfrentado con ella de un modo casi insolente. Después de algunas animadas escaramuzas, tengo que reconocer que es una institutriz realmente superior, a menudo tajarte, dotada de una voluntad que sería admirablemente lúcida si la cólera no la cegara a veces. Con un mayor control de sí misma, esta mujer sería admirable; pero ¡ay del que se le resista! Le llamean los ojos, los rojos cabellos se le empapan de sudor... anteayer la vi salir de la clase por no arrojarme un tintero a la cabeza.
Durante los recreos, como sea que el húmedo frío de este desagradable otoño no me incita a jugar, charlo con la señorita Aimée. Nuestra intimidad progresa rápidamente. Tiene un carácter de gata mimosa, delicada y friolera, increíblemente sensual; me gusta contemplar su carita rosa de rubita, sus ojos dorados de pestañas rizadas. Los hermosos ojos, siempre dispuestos a sonreír, obligan a los mozos a volverse cuando sale de paseo. A menudo, mientras charlamos en el umbral del aula pequeña, la señorita Sergent pasa frente a nosotras para ir a su habitación, sin decir nada, envolviéndonos con su mirada celosa e indagadora. En su silencio, nosotras sentimos ––mi nueva amiga y yo–– que le da rabia vernos congeniar tan bien.
La pequeña Aimée ––tiene diecinueve años y apenas me llega a la oreja––, charlatana como la interna que era aún hace tres meses, revela una necesidad de ternura y de arrullos que me conmueve. ¡Arrullos! Los reprime con un miedo instintivo a la señorita Sergent, apretando sus manitas frías bajo el cuello de piel de imitación (la pobrecita no tiene un real, como miles de sus semejantes). Para domesticarla, yo me comporto con dulzura, lo que no me cuesta nada, y le hago preguntas, me alegro con sólo mirarla. Ella habla, bonita a pesar o a causa de su carita irregular. Si bien los pómulos sobresalen tal vez demasiado, si bien, bajo la corta nariz, su boca un tanto hinchada forma al reír un pequeño hoyuelo a la izquierda, ¡qué maravillosos ojos en cambio, color de oro amarillo, y qué tez, una de esas maravillosas pieles a simple vista delicadas, aunque tan sólidas que ni el frío las azulea! Ella habla, habla ––de su padre, que es cantero, y de su madre, que a menudo le daba cachetes, y de su hermana y de sus tres hermanos, y de la dura Escuela Normal de la capital de provincias en la que el agua se helaba en los jarrones y en la que se caía siempre de sueño, porque había que levantarse a las cinco (por suerte la profesora de inglés se portaba muy bien con ella) y de las vacaciones con su familia, durante las cuales la obligaban a ocuparse de la casa, diciendo que más le valía vigilar la sopa que hacerse la señorita. Todo eso desfila en su parloteo, toda esa juventud miserable que ella soportaba con impaciencia y de la que se acuerda con terror. Pequeña señorita Lanthenay, cuyo cuerpo ágil busca y apela a un bienestar desconocido; si usted no fuera profesora adjunta en Montigny, tal vez sería... no quiero decir qué. Pero a usted, que tiene cuatro años más que yo, me gusta oírla y verla, y me siento en cada momento como si fuera su hermana mayor.
Mi nueva confidente me dice un día que conoce bastante bien el inglés, y eso me inspira un proyecto simplemente maravilloso. Le pregunto a papá (ya que me hace de mamá) si no le gustaría que la señorita Aimée me diera clases de gramática inglesa. Papá encuentra la idea genial, como la mayoría de mis ideas, y para «cerrar el trato», como dice él, me acompaña a casa de la señorita Sergent. Esta nos recibe con cortesía impasible y, mientras papá le expone «su» proyecto, parece aprobarlo; pero yo siento una vaga inquietud al no ver sus ojos mientras habla. (Me he dado cuenta, en seguida, de que sus ojos revelan siempre su pensamiento, sin que le sea posible disimularlo, y me preocupa el comprobar que los mantiene obstinadamente bajos.) Llama a la señorita Aimée, que baja apresurada, ruborizada, repitiendo «Sí, señor» y «Desde luego, señor», sin saber demasiado bien lo que dice, mientras yo la miro, muy satisfecha de mi ardid, y regocijada al pensar que en lo sucesivo la tendré a mi lado más íntimamente que en el umbral del aula pequeña. Precio de las lecciones: quince francos al mes, dos clases por semana; para esta pobrecita adjunta, que gana setenta y cinco francos al mes y que con ello tiene que pagarse su pensión, se trata de una ganga inesperada. Creo también que le complace la idea de vernos más a menudo.
Durante la visita, tan sólo intercambio dos o tres frases con ella. ¡Hoy es la primera lección! La espero después de la clase mientras ella recoge sus libros de inglés y ¡a casa! He preparado un confortable rincón en la biblioteca de papá; una gran mesa, libretas y plumas, con una buena lámpara que no ilumina más que la mesa. La señorita Aimée, muy azorada (¿por qué?), se sonroja, carraspea:
––A ver, Claudine, supongo que el alfabeto ya lo sabe.
––Claro, señorita, y sé también un poco de gramática inglesa. Podría hacer perfectamente esta pequeña traducción... Se está bien aquí, ¿no?
––Sí, muy bien.
Bajando un poco la voz, para recobrar el tono de nuestras charlas, pregunto:
––¿Le ha dicho algo la señorita Sergent de mis clases con usted?
-- ¡Oh!, casi nada. Sólo me ha dicho que era una oportunidad para mí, que por poco que usted se esforzara no me daría ningún trabajo, que usted aprende con gran facilidad, cuando quiere.
––¿Sólo eso? No es mucho. Debió de suponer que usted me lo repetiría.
––Vamos, Claudine, ¡no hacemos nada! En inglés sólo hay un artículo... etc., etc.
Al cabo de diez minutos de clase en serio, yo vuelvo a preguntar:
–¿No ha notado usted que no parecía nada contenta cuando fui con papá a preguntarle si podía tomar clases con usted?
––No... Sí... Tal vez, pero apenas hablamos luego, por la noche.
––¿Por qué no se quita la chaqueta? En casa de papá uno siempre se asfixia. ¡Oh, qué esbelta es usted! ¡Parece que pueda romperse! Sus ojos son muy bonitos a la luz. Digo esto porque lo pienso y porque me gusta hacerle cumplidos, más aún que recibirlos yo misma.
Pregunto:
––¿Todavía duerme usted en la misma habitación que la señorita Sergent? Esta promiscuidad me parece odiosa, pero ¿qué otra cosa puede hacer? Todas las demás habitaciones ya están desmanteladas y empiezan a quitarles el techo.
La pobre pequeña suspira:
––¡Hay que hacerlo, pero me fastidia muchísimo! Por la noche, a las nueve, me acuesto en seguida, muy deprisa, y ella viene a acostarse más tarde, pero de todas formas es desagradable cuando dos personas no están a gusto juntas.
––¡Oh! ¡Me sabe mal'por usted, muy mal! ¡Cómo debe molestarle el vestirse delante de ella, por la mañana! ¡Yo detestaría mostrarme en camisa ante personas que no me gustan!
La señorita Lanthenay se sobresalta al mirar su reloj.
––Pero, Claudine, ¡no hacemos nada! ¡Trabajemos de una vez!
––Sí... ¿Sabe usted que se esperan nuevos adjuntos?
––Ya lo sé; dos. Llegan mañana.
––¡Será divertido! ¡Dos pretendientes para usted!
––¡Oh, cállese! Por lo pronto, todos los que he conocido hasta ahora eran tan bobos que no me tentaron en absoluto; de los nuevos ya conozco los nombres, unos nombres ridículos: Antonin Rabastens y Armand Duplessis.
––Apuesto a que estos payasos pasarán veinte veces al día por nuestro patio, con el pretexto de que la entrada de los chicos está llena de escombros...
––Por favor, Claudine, es una vergüenza. Hoy no hemos hecho nada...
––Bueno, eso pasa siempre el primer día. Trabajaremos mucho mejor el viernes próximo. Primero hay que coger el tranquillo.
A pesar de este astuto razonamiento, la señorita Lanthenay, impresionada por su propia pereza, me hace trabajar seriamente hasta el término de la hora; después de lo cual, la acompaño hasta el final de la calle; es de noche, hiela, me da pena ver esa menuda sombra alejarse en este frío y en esta oscuridad para volver a casa de la Pelirroja de ojos celosos.
Esta semana hemos saboreado horas de pura alegría porque, a nosotras, las mayores, se nos ha confiado la mudanza del desván, haciéndonos bajar los libros y los objetos viejos que lo atestaban. Ha habido que darse prisa; los albañiles esperaban para demoler el primer piso. Fueron insensatas galopadas por los desvanes y por las escaleras; arriesgándonos a que nos castigaran, Anaïs, la Grandullona, y yo, nos aventuramos hasta la escalera que conduce a las habitaciones de los profesores, con la esperanza de vislumbrar por fin a los dos nuevos adjuntos, invisibles desde su llegada...
Ayer, frente a una estancia entreabierta, Anaïs me empujó, tropecé y abrí la puerta con la cabeza. Nos echamos a reír y nos quedamos plantadas en el umbral de la habitación, precisamente la habitación del adjunto, vacía, por suerte, de su inquilino; la inspeccionamos rápidamente. En la pared y sobre la chimenea, grandes cromolitografías enmarcadas de la manera más banal: una italiana de abundante cabellera, resplandeciente dentadura y la boca tres veces más pequeña que los ojos; enfrente, una rubia extasiada, que aprieta a un podenco contra su corpiño de cintas azules. Encima de la cama de Antonin Rabastens (ha colocado su tarjeta sobre la puerta con cuatro chinchetas), se entrecruzan banderolas con los colores rusos y franceses. ¿Qué más? Una mesa con una palangana, dos sillas, mariposas clavadas en tapones de corcho, novelas diseminadas sobre la chimenea, y nada más. Lo miramos todo sin decir nada y, de repente, nos escapamos corriendo hacia el desván, oprimidas por el loco temor de que el llamado Antonin (¡mira que llamarse Antonin!) suba por la escalera; nuestras pisadas sobre los peldaños prohibidos son tan ruidosas que se abre una puerta en la planta baja, la puerta de la clase de los chicos, y aparece alguien preguntando con un curioso acento marsellés: «¿Qué demontre pasa? ¡Hace media hora que estoy oyendo caballos en la escalera!». Aún tenemos tiempo de entrever a un grueso muchacho moreno, de mejillas rebosantes de salud... Allá arriba, a salvo, mi cómplice me dice jadeando:
––¡Anda que si supiera que venimos de su habitación!
––Sí, nunca se consolaría de habernos dejado escapar.
––¡Escapar! ––responde Anaïs con helada seriedad––, Tiene el aspecto de un mozo robusto que no te dejará escapar.
––¡Anda, cochina!
Y seguimos con la mudanza del desván; es encantador revolver en este montón de libros y periódicos a trasladar, que pertenecen a la señorita Sergent. Naturalmente, los hojeamos antes de trasladarlos y constato que entre ellos se encuentra la Afrodita de Pierre Louys, junto a numerosos ejemplares del Journal Amusant. Anaïs y yo nos lo pasamos en grande, excitadas por un dibujo de Gerbault: Bruits de couloirs, señores con trajes negros ocupados en pellizcar a gentiles bailarinas de la Opera, vestidas con maillot y falditas cortas, que gesticulan y dan gritítos. Las restantes alumnas han bajado; oscurece en el desván y nosotras nos retrasamos contemplando imágenes que nos dan risa, dibujos de Albert Guillaume, ¡más verdes...!
De pronto nos sobresaltamos porque alguien abre la puerta preguntando en tono agrio. «¡Eh! ¿Quién arma este infernal alboroto en la escalera?» Nos levantamos, serias, los brazos cargados de libros, y decimos obedientes: «Buenos días, señor», conteniendo la risa. Es el adjunto gordito de cara risueña de hace un instante. Entonces, como somos chicas mayores que aparentan lo menos dieciséis años, se excusa y se va diciendo: «Mil perdones, señoritas». Y a su espalda bailamos silenciosamente, haciéndole muecas como diablillos. Bajamos tarde; nos regañan; la señorita Sergent me pregunta: «Pero, ¿qué estaban haciendo allí arriba? ––Poníamos los libros en montones para bajarlos, señorita». Y coloco frente a ella, ostensiblemente, la pila de libros con la audaz Afrodita y los ejemplares del Journal Librodot Amusant doblados encima, de modo que se ven los grabados. En seguida se da cuenta; sus mejillas rojas se vuelven más rojas. Pero reacciona rápidamente, explicando «¡Ah! Han bajado ustedes los libros del profesor. ¡Está todo tan revuelto en ese desván común! Ya se los devolveré.» Y ahí termina la reprimenda; ningún castigo para nosotras dos. Al salir, le doy un codazo a Anaïs, cuyos ojillos arruga la risa.
––¡Qué cómodo poder echarle la culpa al profesor!
––¡Vaya «tonterías» debe coleccionar ese pobre inocente! Si no cree que a los niños los trae la cigüeña, poco le debe faltar. Porque el profesor es un viudo triste, incoloro, que apenas se sabe si existe, que no abandona su aula más que para encerrarse en su habitación.
Al viernes siguiente tomo mi segunda lección con la señorita Aimée Lanthenay. Le pregunto:
––¿Le hacen ya la corte los dos nuevos adjuntos?
––¡Oh!, justamente, Claudine. Ayer mismo vinieron a presentarme «sus respetos». El buen chico, que se las da de guapo, se llama Antonin Rabastens.
––Llamado «la perla de la Cannebière». ¿Y cómo es el otro?
––Guapo, delgado, con una cara interesante; se llama Armand Duplessis.
––Sería un pecado no apodarle «Richelieu».
Se ríe:
––Un mote que seguro le van a dar todas las alumnas, malvada Claudine. ¡Es más huraño! Sólo dice sí o no.
Mi profesora de inglés me parece adorable esta tarde, bajo la lámpara de la biblioteca; sus ojos de gato brillan como el oro: traviesos, mimosos, y yo los admiro, no sin darme cuenta de que no son ni buenos, ni francos, ni de fiar. Pero centellean con tal resplandor en su rostro fresco, y ella parece hallarse tan bien en esta habitación cálida y protegida, que me siento dispuesta de antemano a quererla más y más, con todo mi imprudente corazón. Sí, sé muy bien, desde hace tiempo, que tengo un corazón imprudente, pero el saberlo no me detiene en absoluto.
––Y Ella, la Pelirroja, ¿no le dice nada estos días?
––No, incluso está amable; no creo que esté tan enfadada como usted cree por vernos contentas juntas.
––¡Uuuuyyyy! ¡Usted no le ha visto los ojos! Son menos hermosos que los suyos, pero más malignos... ¡Querida señorita, qué guapa es usted...!
Ella enrojece hasta las orejas y me dice sin la menor convicción:
––Está usted un poco loca, Claudine; empiezo a creerlo, ¡me lo han dicho tantas veces!
––Sí, ya sé que los demás lo dicen, pero, ¿qué importa? Estoy contenta de estar con usted; hábleme de sus enamorados.
––¡Pero si no los tengo! ¿Sabe usted? Creo que veremos a menudo a los dos adjuntos; Rabastens me parece muy «mundano» y arastra tras él a su colega Duplessis. ¿Ya sabe usted que seguramente haré venir aquí a mí hermana pequeña como interna?
––¿Y a mí qué me importa su hermanita? ¿Qué edad tiene?
––La de usted, algunos meses menos; acaba de cumplir quince años.
––¿Es simpática?
––No es bonita, ya lo verá; un poco tímida y huraña.
––¡Vaya con su hermana! Sabe, he visto a Rabastens, en el desván, subió expresamente. Tiene un fuerte acento marsellés ese gordote Antonin...
––Sí, pero no es del todo feo... Vamos, Claudine, pongámonos a trabajar. ¿No le da vergüenza? Lea esto y tradúzcalo...
Por mucho que se indigne, el trabajo apenas avanza. La beso al despedirla. Al día siguiente, durante el recreo, Anaïs, para exasperarme, bailaba frente a mí como una endemoniada, conservando su rostro frío e inexpresivo, cuando he aquí que Rabastens y Duplessis aparecen en la puerta del patio.
Al encontrarnos allí ––Maria Bellhomme, la grandullona de Anaïs y yo––, los dos señores saludan y nosotras respondemos con fría corrección. Entran en la sala grande, donde las señoritas corrigen los cuadernos, y les vemos charlar y reír con ellas. Entonces, experimento la urgente y súbita necesidad de coger mi capuchón, que había quedado en mi pupitre, y me precipito en la clase empujando la puerta, como si jamás hubiera pensado que esos señores pudieran encontrarse allí; después me detengo, simulando consternación. La señorita Sergent frena mi carrera con un frígido «Un poco más de calma, Claudine», y yo me retiro con pasos felinos; pero he tenido tiempo de ver que la señorita Aimée Lanthenay ríe charlando con Duplessis y hace monerías en su honor, Aguarda un poco, tenebroso galán, mañana o pasado tendrás una canción para ti solo, o chistes a tu costa, o motes, te estará bien empleado por intentar seducir a la señorita Aimée. Pero..., ¿qué pasa? ¿Me llaman? ¡Qué suerte!
Entro con aire dócil:
––Claudine ––explica la señorita Sergent––, venga a descifrar esto; el señor Rabastens es músico, pero no tanto como usted.
¡Qué amabilidad! ¡Qué cambio tan brusco! Esto es una tonada de Chalet, aburrida a más no poder. A mí, nada me corta tanto la voz como cantar frente a personas desconocidas; de modo que leo correctamente, pero con una voz ridículamente temblorosa que se afianza, gracias a Dios, al final del fragmento.
––¡Ah!, señorita, permítame felicitarla; ¡tiene usted una fuerza!
Protesto sacándole para mis adentros la lengua, la leengua, como diría él. Y me marcho en busca de las deemás (esto se pega), que me acogen con caras avinagradas.
––¡Querida! ––gruñe Anaïs, la grandullona––. ¡Confío en que hayas caído en gracia! Has debido producir un efecto fulminante sobre esos señores; no cabe duda de que los veremos a menudo.
Las Taubert se ríen disimuladamente, con envidia.
––Haced el favor de dejarme tranquila; realmente no hay de qué hacer tantos aspavientos sólo porque he leído un fragmento. Rabastens es del Mídi, del Mídi rematado, raza a la cual detesto; en cuanto a Richelieu, si vuelve a menudo, sé muy bien por quién vendrá.
––¿Por quién?
––¡Por la señorita Aimée, naturalmente! Se la come con los ojos.
––Dime pues ––murmura Anaïs––, si no es de él de quien estás celosa, entonces debe ser de ella...
¡Maldita Anaïs! ¡Lo adivina todo y lo que no adivina lo inventa! Los dos adjuntos entran en el patio, Antonin Rabastens expansivo y saludando; el otro, intimidado, casi huraño. Es hora de que se marchen, está a punto de sonar el timbre para volver a clase y sus chicos arman tanto ruido, en el patio vecino, como si los hubieran sumergido a todos en una caldera de agua hirviendo. El timbre suena también para nosotras y le digo a Anaïs:
––Oye, hace tiempo que no ha venido el delegado comarcal; me sorprendería que no le viéramos la próxima semana.
––Llegó ayer; seguramente hoy vendrá a husmear un poco por aquí.
Dutertre, el delegado comarcal, es además médico de los niños del hospicio, cuya mayor parte frecuentan la escuela; doble cualidad que le autoriza a visitarnos, y ¡Dios sabe cuánto la usa! Hay quien asegura que la señorita Sergent es su amante. Yo no sé nada. Pero sí apostaría a que le debe dinero; las campañas electorales cuestan caras y Dutertre, que no tiene un chavo, se obstina, siempre en vano, en reemplazar al viejo cretino mudo, pero millonario, que representa en la Cámara a los electores del Fresnois. ¡Estoy segura de que la apasionada pelirroja está enamorada de él! Se pone a temblar de rabiosos celos cuando ve que nos roza con demasiada insistencia.
Porque, repito, nos honra frecuentemente con sus visitas, se sienta sobre las mesas, no guarda la compostura, se entretiene junto a las mayores, sobre todo junto a mí, lee nuestros deberes, nos mete los bigotes en las orejas, nos acaricia el cuello y nos tutea a todas (¡nos conoce desde tan pequeñas!), mientras le brillan sus dientes de lobo y sus ojos negros. Le encontramos muy amable; pero yo sé que es tan despreciable que no me intimida en absoluto, lo cual escandaliza a mis compañeras.
Es el día de la clase de costura, sacamos las agujas perezosamente charlando con voz inaudible. ¡Vaya, ya empiezan a caer los copos! ¡Qué suerte! Patinaremos, nos pegaremos porrazos y nos pelearemos con las bolas de nieve. La señorita Sergent nos mira sin vernos, con el pensamiento en otra parte. ¡Toc! ¡toc! en los cristales. A través de las bailarinas plumas de la nieve vemos a Dutertre que llama, con abrigo y gorro de pieles, buen mozo, con sus ojos relucientes y sus dientes siempre a la vista. El primer banco (yo, Marie Bethomme y Anaïs la grandullona) se agita; me arreglo los cabellos sobre las sienes, Anaïs se muerde los labios para que cobren color y Marie se aprieta un agujero más el cinturón; las hermanas Jaubert juntan las manos como dos estampitas de primera comunión: «Yo soy el templo del Espíritu Santo.»
La señorita Sergent ha dado un brinco tan brusco que ha derribado la silla y el taburete para ir a abrir la puerta. Ante tal azoramiento, yo me revuelco de risa y Anaïs aprovecha la conmoción para pellizcarme, para hacerme muecas demoníacas mascando pizarrín y goma de borrar. (Aunque le tienen prohibidos estos extravagantes alimentos, durante todo el día tiene los bolsillos y la boca llenos de maderas de lápices, de goma negra e infecta, de pizarrines y de papel secante rosa. La tiza, el pizarrín, todo eso le atiborra el estómago de forma extravagante; sin duda son estos alimentos los que dan a su tez el color de madera y yeso gris. Por lo menos, yo no como más que papel de fumar, y aun así de una marca determinada. Pero la grandullona de Anaïs arruina al municipio que nos proporciona el material escolar, pidiendo nuevos «suministros» todas las semanas, por lo que, al hacer inventario, el consejo municipal ha presentado una reclamación.)
Dutertre sacude sus pieles empolvadas de nieve, que parecen su pelaje natural; la señorita Sergent resplandece con tal alegría al verle que ni siquiera se le ocurre comprobar si yo estoy vigilándola; él bromea con ella y su acento montañés, sonoro y rápido, reanima a la clase. Yo inspecciono mis uñas y pongo en evidencia mis cabellos, puesto que el visitante mira especialmente hacia nuestro lado. ¡Vaya! Somos chicas mayores de quince años, y aunque mi cara aparenta menos años de los que tengo, mi tipo es el de una chica de dieciocho años. Y también mis cabellos merecen ser mostrados, ya que forman una inquieta melena ensortijada, cuyo color varía, según el tiempo, entre el castaño oscuro y el oro viejo, en un contraste con mis ojosmarrón-café que no queda nada mal; aun siendo tan rizados, me caen casi hasta la cintura; nunca he llevado trenzas o moño; los moños me dan jaqueca y las trenzas no encuadran lo suficiente mi cara; cuando jugamos al marro, recojo la mata de mis cabellos, que harían de mí una presa demasiado fácil, y los anudo en una cola de caballo. Al fin y al cabo, ¿acaso no quedan mejor así?
La señorita Sergent interrumpe finalmente su arrebatado diálogo con el delegado comarcal y lanza un: «Señoritas, están ustedes portándose muy mal». Para darle la razón, Anaïs considera conveniente dejar escapar el «Hpp...» de las carcajadas contenidas, sin mover un solo músculo de la cara, y es a mí a quien la Directora dirige una mirada de cólera, prometedora de un castigo. Finalmente, el señor Dutertre levanta la voz y le oímos preguntar:
––¿Estudian mucho? ¿Se portan bien?
––Se portan perfectamente ––responde la señorita Sergent––, pero se trabaja bastante poco. ¡Estas chicas mayores son tan perezosas!
Tan pronto como vemos que el guapo doctor se vuelve hacia nosotras, nos inclinamos sobre nuestros cuadernos, con aire aplicado y absorto, como si olvidáramos su presencia.
––¡Vaya, vaya! ––––dice, acercándose a nuestros bancos––. ¿Con que estudian mucho? ¿Qué ideas rondan por estas cabecitas? ¿Acaso la señorita Claudine ya no es la primera en redacción francesa?
¡Cuánto odio esas redacciones! Temas estúpidos y abominables: «Imaginen los pensamientos y las acciones de una joven ciega.» (¿Y por qué no también sorda y muda?) O bien: «Describan, para componer su propio retrato físico y moral, a un hermano al que no hayan visto desde hace diez años.» (Carezco de vena fraternal, soy hija única.) Lo que tengo que contenerme para no escribir bromas y consejos subversivos no lo sabe nadie. Pero, claro, mis compañeras ––salvo Anaïs–– se desenvuelven tan mal todas ellas que, a mi pesar, soy la «alumna más destacada en redacción literaria». Dutertre ha llegado adonde deseaba llegar, y yo levanto la cabeza, mientras la señorita Sergent le responde:
––¿Claudine? ¡Oh, sí! Pero no es mérito suyo; tiene facilidad para ello y no se esfuerza.
Está sentado sobre la mesa, con una pierna colgando, tuteándome para no perder la costumbre.
––¿Así que estás hecha una perezosa?
––A ver, es el único placer que tengo en este mundo.
––¡No lo dirás en serio! ¿Te gusta más leer, verdad? ¿Qué es lo que lees? ¿Todo lo que pillas? ¿Toda la biblioteca de tu padre?
––No, señor. No leo los libros que me aburren.
––Apuesto a que te estás haciendo con una bonita instrucción. Dame tu cuaderno.
Para leer más cómodamente, apoya una mano sobre mi hombro y riza un mechón de mis cabellos. Anaïs, la grandulona, se vuelve más amarilla de lo normal; a ella no le ha pedido el cuaderno. Esta preferencia me costará alfilerazos por debajo de la mesa, solapados informes a la señorita Sergent y espionajes cuando converse con la señorita Lanthenay. La gentil Aimée está junto a la puerta del aula pequeña y me sonríe tan tiernamente con sus ojos dorados que casi me siento consolada de no haber podido, ni ayer ni hoy, conversar con ella más que en presencia de mis compañeras.
Dutertre deja mi cuaderno y me acaricia los hombros con ademán distraído. No piensa en absoluto en lo que está haciendo, evidentemente, e-vi-den-te-men-te...
––¿Qué edad tienes?
––Quince años.
––¡Extraña chiquilla! Si no tuvieras ese aspecto de locuela, parecerías mayor, ¿sabes? ¿Te presentarás para el certificado el próximo octubre?
––Sí, señor, para complacer a papá.
––¿A tu padre? ¡Qué cuernos le importa! ¿Es que a ti no te gusta?
––Sí, me divierte pensar en todas esas personas que nos interrogarán; y si además para entonces hay conciertos en la ciudad, miel sobre hojuelas,
––¿No quienes entrar en la Escuela Normal?
Yo salto:
––¡Ni hablar!
––¿A qué viene ese arrebato, jovencita exuberante?
––No quiero ingresar en la Escuela como tampoco he querido ingresar en un internado para no estar encerrada.
––¡Oh, oh! ¿Tanto aprecias tu libertad? ¡Demonio, tu marido no lo tendrá fácil! A ver, enséñame la cara. ¿Te sientes bien? ¿Tal vez un poco de anemia?
El buen doctor me vuelve hacia la ventana, con su brazo alrededor de mi talle, sumergiendo su mirada de lobo en la mía, que yo finjo cándida y sin misterio. Mis ojos presentan siempre ojeras y él me pregunta si sufro de palpitaciones y ahogos.
––No, nada.
Bajo los párpados porque me siento enrojecer tontamente. ¡Es que me mira demasiado! Y adivino a la señorita Sergent crispada detrás de nosotros.
––¿Duermes toda la noche?
Me da rabia enrojecer aún más al responder:
––Naturalmente, señor. Toda la noche.
No insiste. Se levanta soltando mi cintura.
––¡Bah! En el fondo, eres robusta.
Una pequeña caricia en mi mejilla y luego se dirige hacia Anaïs, la grandulona, que se consume de despecho en su banco.
––Enséñame tu cuaderno.
Mientras lo hojea, bastante deprisa, la señorita Sergent, fulmina en voz baja a las del primer curso (niñas de doce a catorce años que ya empiezan a ceñirse el cinturón y a llevar moños), ya que han aprovechado la distracción de la profesora para entregarse a una algazara de mil demonios; se oyen palmetazos en las manos, cloqueos de niñas que se pellizcan. ¡Seguro que se ganan un castigo general! Anaïs se atraganta de alegría al ver su cuaderno en tan augustas manos, pero Dutertre, sin duda, la encuentra poco digna de atención y pasa de largo, tras algunos cumplidos y un pellizco en la oreja. Se detiene algunos minutos junto a Marie Belhomme, cuya morena y lisa frescura le gusta, pero ella, sofocada de pronto por la timidez, baja la cabeza como un borrego, responde sí en vez de no y llama a Dutertre «señorita».
En cuanto a las dos hermanas Jaubert las felicita, como estaba previsto, por su hermosa caligrafía. Finalmente, se marcha. ¡Aíre! Nos quedan unos diez minutos hasta el final de la clase. ¿Cómo emplearlos? Pido permiso para salir, a fin de recoger furtivamente un puñado de la nieve que sigue cayendo; amaso una bola y la muerdo; está buena y fría y sabe un poco a polvo esta primera nevada. Me la escondo en el bolsillo y vuelvo a clase. Me hacen señas a mi alerdedor y paso la bola de nieve, a la que cada cual, con excepción de las dos impecables gemelas, da un mordisco con cara embelesada. ¡Pero, ay! La boba de Marie Belhomme ha dejado caer el último trozo y la señorita Sergent lo ve.
––¡Claudine! ¿Ha vuelto a traer nieve? ¡Esto pasa de castaño oscuro!
Me lanza unas miradas tan furiosas que yo contengo un «es la primera vez desde el año pasado», ya que temo a que la señorita Lanthenay padezca por culpa de mis insolencias y abro mi Historia de Francia sin contestar. Esta noche tendré mi lección de inglés, y eso me consolará de mi silencio. A las cuatro, la señorita Aimée llega y nos largamos, contentas. ¡Qué bien se está con ella en la caldeada biblioteca! Arrimo mi silla a la suya y descanso mi cabeza sobre su hombro; ella pasa su brazo alrededor de mi talle; yo ciño su cintura, que se entrega.
––¡Oh, mi querida señorita, cuánto tiempo sin verla!
––Pero... si sólo hace tres días...
––Es igual... ¡Calle y deme un beso! Es usted una malvada; el tiempo le parece corto lejos de mí. ¿Así que le aburren estas clases?
––¡Oh, Claudine, al contrario! Sabe usted de sobras que no charlo más que con usted y que no estoy a gusto más que cuando estoy aquí.
Me besa, yo ronroneo, y de pronto la estrecho tan bruscamente entre mis brazos que deja escapar un quejido.
––Hay que trabajar, Claudine.
¡Que se vaya al diablo la gramática inglesa! A mí me gusta mucho más reposar la cabeza sobre su pecho, ella me acaricia los cabellos o el cuello, y oigo junto a mi oído su corazón palpitante. ¡Qué bien me encuentro con ella! ¡Sin embargo, hay que tomar un portaplumas y fingir por lo menos que trabajo! ¿Para qué, en realidad? ¿Quién podría entrar? ¿Papá? ¡Vamos hombre! En la habitación más incómoda del primer piso, en la que uno se hiela en invierno y en verano se asa, papá se encierra adustamente, absorto, ciego y sordo a los ruidos del mundo, para... ¡Ah! ¡Claro! ... No habrán leído ustedes, porque nunca estará terminado, su magno trabajo sobre la Malacología del Fresnois, y jamás sabrán que, de las complicadas experiencias, de las angustiosas atenciones que le han tenido horas y horas inclinado sobre innumerables babosas encerradas en pequeñas campanas de cristal, en jaulas de rejas metálicas, papá ha extraído esta fulminante certidumbre: una limax flavus devora hasta 0,24 gramos de alimento diarios, mientras que la helix ventricosa solamente consume 0,19 en el mismo período. ¿Cómo quieren que la esperanza fundada en semejantes constataciones permita a un apasionado malacólogo el sentimiento de la paternidad, desde las siete de la mañana a las nueve de la noche? Es el mejor de los hombres, y el más tierno, entre dos sesiones de babosa. Por lo demás, cuando tiene tiempo, me contempla vivir, y con admiración, desde luego, y le asombra el verme existir «como una persona natural». Ríe con sus pequeños ojos emboscados, su noble nariz borbónica (¿dónde habrá pescado semejante nariz real?), su hermosa barba abigarrada de tres colores, roja, gris y blanca... en la que he visto brillar más de una vez estelas de babosas.
Le pregunto a Aimée con indiferencia si ha vuelto a ver a los dos compañeros, Rabastens y Richelieu. Se anima, lo que me sorprende.
––¡Ah! Es cierto, no se lo he dicho... Resulta que ahora dormimos en la escuela de párvulos, ya que lo están demoliendo todo. Pues bien, ayer noche estaba trabajando en mi habitación, a eso de las diez, y al cerrar los postigos para acostame advertí que una sombra enorme se paseaba bajo mi ventana, con este frío. ¡Adivine quién era!
––Uno de los dos, naturalmente.
––¡Sí! Pero era Armand. ¿Lo hubiera creído de semejante salvaje?
Respondo que no, pero, por el contrario, no me sorprende nada de ese enorme ser negro, de ojos serios y oscuros, que me parece mucho menos necio que el alegre marsellés. Entretanto, ya veo la cabecita de pájaro de la señorita Aimée aturdida por esa insignificante aventura y me pongo un poco triste. Le pregunto:
––¿Cómo? ¿Encuentra ya digno de tan vivo interés a ese cuervo solemne?
––¡Claro que no! Sólo me divierte.
Da igual, la lección termina sin otra expansión. Solamente al salir, en el oscuro corredor, la beso con todas mis fuerzas en el cuello grácil y blanco, en sus tiernos cabellos que huelen tan bien. Resulta agradable besarla, como a un animalito cálido y lindo, y ella me devuelve mi beso tiernamente. ¡Ah, si pudiera la tendría constantemente a mi lado! Mañana es domingo, por lo que no hay escuela. ¡Qué lata! Es el único sitio donde me divierto.
Ese domingo fui a pasar la tarde a la granja donde vive Claire, mi dulce y gentil hermana de primera comunión, que desde hace un año ya no asiste a las clases. Descendemos por el camino de Mantignons, que da sobre la carretera de la estación, un sendero frondoso y umbrío por la vegetación en verano; en estos meses de invierno ya no hay hojas, claro, pero aun así uno está lo bastante escondido como para acechar a la gente que se sienta en los bancos del paseo. Andamos por la nieve crujiente. Los charquitos helados gimen musicalmente bajo el sol, con el hermoso sonido, que a ninguno se parece, del hielo que se quiebra. Claire me cuchichea sus amoríos incipientes con los mozos, en el baile del domingo en la taberna de Trouillard, mozos rudos y bruscos; me estremezco de escucharla:
––Sabes, Claudine, también Montassuy estaba allí y bailó la polca conmigo, apretándome fuerte contra él.
En ese momento, Eugène, mi hermano, que estaba bailando con Adèle Tricotot, dejó a su pareja y pegó un salto en el aire para golpear con la cabeza una de las lámparas que cuelgan del techo. El cristal se tambalea y la lámpara se apaga. Mientras todo el mundo mira, exclama «¡Ah!», va el gordo Féfed y le da al interruptor de la otra lámpara y todo queda a oscuras, lo que se dice a oscuras; no hay nada más que una pequeña vela al fondo de la cantina. Ay, querida, mientras la tía Trouillard traía las cerillas, no se oían más que gritos, risas y ruidos de besos.
Mi hermano tenía cogida a Adèle Tricotot a mi lado y ella venga suspirar y suspirar diciendo: «Déjame, Eugène», con una voz sofocada como si tuviera las faldas por encima de la cabeza; y el gordo Féfed, con su «amazona», había caído por el suelo. Se reían, ¡se reían tanto que no podían levantarse!
––¿Y tú seguías con Montassuy?
Claire se sonroja con tardío pudor:
––Ah, pues verás... En un primer momento, se sorprendió tanto de ver las lámparas apagadas que sólo me tuvo cogida de la mano. Luego, me tomó por la cintura y me dijo, muy bajo: «No tenga miedo.» Yo no dije nada y sentí cómo se inclinaba, me besaba las mejillas dulcemente, a tientas y, como estaba tan oscuro, se equivocó (¡menudo hipócrita!) y me besó en la boca; esto me gustó tanto, me dio tanto placer y tanta emoción, que estuve a punto de caerme y él me sostuvo, apretándome más fuerte. ¡Oh! Es muy simpático, le quiero mucho.
––¿Y qué más, descocada?
––Luego, la tía Trouillard volvió a encender las lámparas, refunfuñando, y juró que si alguna vez volvía a suceder una cosa semejante, pondría una denuncia y se cerraría el baile.
––¡La verdad es que resulta un poco fuerte!... ¡Chisst! ¡Cállate! ¿Quién viene por ahí?
Estamos sentadas detrás del seto de espinos, muy cerca del paseo que discurre a dos metros por debajo de nosotras, con un banco al borde de la cuneta, un maravilloso escondrijo para oír sin ser vistas.
––¡Son los adjuntos! Sí, son Rabastens y el sombrío Armand Duplessis, que caminan charlando. ¡Vaya chamba!
El presuntuoso Antonin pretende sentarse en el banco, para tomar el sol paliducho y calentarse un poco. Vamos a escuchar su conversación y nos estremecemos de alegría desde nuestro escondrijo, por encima de sus cabezas.
––¡Ah! ––suspira el meridional con satisfacción––, aquí podemos calentarnos un poco, ¿no cree usted?
Armand refunfuña algo ininteligible. El marsellés continúa. ¡Estoy segura de que sería capaz de hablar solo!
––Yo me encuentro muy bien aquí. ¿Sabe usted? Las señoras profesoras son muy amables. La señorita Sergent es fea, desde luego, pero la pequeña señorita Aimée ¡es tan guapa! Me siento muy orgulloso cuando me mira.
El falso Richelieu se ha erguido y su lengua se desata:
––¡Sí, es realmente atractiva y muy mona! Está sonriendo siempre y charla como una cotorra. ––Pero se arrepiente en seguida de su expansión y añade con otro tono:–– Es una señorita encantadora, seguro que usted le llama la atención, Don Juan.
Estoy a punto de estallar. ¡Rabastens un don Juan! Me lo imagino con un sombrero de plumas sobre su cabeza redonda y sus gordos mofletes... Allí arriba, inclinadas hacia el paseo, las dos nos reímos con los ojos, sin movernos ni un milímetro.
––Pero, a fe mía ––continúa el rompecorazones de la enseñanza primaria––, hay otras chicas bonitas aparte de ella; cualquiera diría que usted no las ha visto... El otro día, en la clase, la señorita Claudine cantó de forma encantadora (y yo de eso entiendo, ¿eh?). Y desde luego no pasa desapercibida, con su pelo cayéndole por la espalda y envolviéndola, y aquellos ojos castaños tan maliciosos. Amigo mío, creo que la chiquilla sabe más de lo que debiera ignorar que de geografía.
Tengo un pequeño sobresalto de asombro y a punto estamos de que nos sorprendan, porque Claire deja escapar una risita como un escape de gas que podrían haber oído perfectamente. Rabastens se remueve en el banco, junto a Duplessis, que parece absorto, y le cuchichea algo al oído riendo con aire pícaro. El otro sonríe; se levantan; se marchan. Nosotras dos, ahí arriba, quedamos encantadas y de alegría bailamos la chieuvre, tanto para entrar en calor como para congratularnos por el delicioso espionaje.
A la vuelta, ya empiezo a rumiar coqueteos para inflamar a ese gordiflón de Antonin, que parece ultra-combustible, a fin de entretenerme los días de lluvia. ¡Y yo que creía que proyectaba seducir a la señorita Lanthenay! Estoy muy contenta de que no pretenda gustarle, pues la pequeña Aimée me parece tan enamoradiza que incluso un Rabastens habría podido conseguir sus propósitos, ¿quién sabe? También es cierto que Richelieu se siente aún más atraído por ella de lo que yo pensaba.

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:27 am

A las siete de la mañana ya estoy en la escuela; me toca encender el fuego, ¡cáscaras! Habrá que partir leña en el cobertizo, estropearse las manos, y transportar leños, y soplar y recibir en los ojos la picante humareda... ¡Vaya!, el primero de los nuevos edificios ya se eleva hacia lo alto, y en el de los chicos, simétrico, el tejado está ya casi terminado; nuestra pobre y vieja escuela, medio demolida, parece un insignificante montón de ruinas al lado de los dos edificios que han surgido como por ensalmo. Anaïs, la grandullona, se reúne conmigo y nos vamos a partir leña juntas.
––Hoy llega otra adjunta, ¿sabes Claudine?, y nos van a obligar a hacer el traslado; las clases se darán en la escuela de párvulos.
––¡Vaya idea! Nos llenaremos de pulgas y piojos. ¡Menuda porquería hay allí dentro!
––Sí, pero estaremos más cerca de la clase de los chicos, hija.
(¡Qué desvergonzada, esta Anaïs! Pero tiene razón.)
––Es verdad. Oye, fuego de todos los diablos, ¿te encenderás de una vez? Hace diez minutos que no hago más que soplar. ¡A que Rabastens arde con más facilidad!
Poco a poco el fuego prende, llegan las alumnas, la señorita Sergent se retrasa. (¿Por qué? Es la primera vez que sucede.) Al fin, baja; contesta nuestros «Buenos días» con aspecto preocupado y luego se sienta en su escritorio diciéndonos: «A sus sitios», sin mirarnos y, visiblemente, sin pensar en nosotras. Copio mis problemas preguntándome cuáles son esos pensamentos que la tienen absorta y me doy cuenta, con inquieta sorpresa, de que de vez en cuando me lanza miradas furtivas, a la vez furiosas y vagamente satisfechas. ¿Qué sucede? No estoy nada tranquila, pero nada. A ver si doy con la tecla... Sólo recuerdo que cuando nos vio marchar para la clase de inglés a la señorita Lanthenay y a mí, nos miró con cólera casi dolorosa y apenas disimulada. ¡Ah!, ¿es que no va a dejarnos tranquilas a mi pequeña Aimée y a mí? ¡Pero si no hacemos nada malo! ¡Nuestra última clase de inglés fue tan dulce! Ni siquiera abrimos el diccionario, ni la «selección de frases usuales», ni el cuaderno...
Reflexiono y rabio copiando mis problemas con una letra dislocada; Anaïs me mira de reojo y adivina que «algo» está pasando. Miro de nuevo a la terrible pelirroja de ojos celosos mientras recojo el portaplumas que he tirado al suelo con oportuna torpeza. Vaya, vaya, ¡si ha estado llorando! ¿A qué vienen, entonces, las miradas coléricas y casi contentas? Esto no puede quedar así, es absolutamente necesario que hable hoy mismo con la señorita Aimée. Apenas pienso ya en el problema que estoy copiando.
«...Un obrero clava estacas para formar una empalizada. Las planta a equis distancia unas de otras, de modo que el cubo de alquitrán en el cual moja la extremidad inferior hasta una altura de treinta centímetros está vacío al cabo de tres horas. Dado que la cantidad de alquitrán que queda en la estaca equivale a diez centímetros cúbicos, que el cubo es un cilindro de 15 centímetros de radio en la base y de 75 de altura, lleno en sus tres cuartas partes, que el obrero moja cuarenta estacas por hora y descansa alrededor de ocho minutos por cada período del mismo tiempo, ¿cuál es el número de estacas y cuál es la superficie del terreno, que tiene la forma de un cuadrado perfecto? indicar también cuál sería el número de estacas necesarias si se clavaran a una distandia diez centímetros mayor. Indicar igualmente el precio de coste de la operación en ambos casos, teniendo en cuenta que las estacas cuestan tres francos el centenar y que el obrero cobra 0,50 francos por hora.»
¿No habría que precisar también si el obrero es feliz en su matrimonio? ¡Oh!, ¿en qué malvada imaginación, en qué cerebro depravado germinan esos indignantes problemas con los que nos torturan? ¡Los detesto! ¡Y no hablemos de los obreros que conspiran para complicar la cantidad de trabajo de la que son capaces, que se dividen en dos cuadrillas, de las que una desarrolla un tercio de fuerza más que la otra, mientras que la otra, en cambio, trabaja dos horas más! ¡O del número de agujas que una costurera usa a lo largo de veinticinco años, cuando utiliza agujas de 0,50 francos el paquete durante once años y agujas de 0,75 durante el resto del tiempo, pero sin olvidar que las de 0,75 son... etc,, etc.! ¡Y las locomotoras que complican diabólicamente sus velocidades, sus horas de salida y el estado de salud de sus maquinistas! ¡Odiosas suposiciones, inverosímiles hipótesis que me han hecho refractaria a la aritmética para el resto de mi vida! Anaïs, salga a la pizarra. La larga percha se levanta, y me dirige a hurtadillas una mueca de gato malhumorado; a nadie le gusta «salir a la pizarra» bajo la mirada negra y al acecho de la señorita Sergent.
––Haga el problema.
Anaïs lo «hace» y lo explica. Aprovecho para examinar a la profesora con toda tranquilidad. Sus ojos brillan, sus cabellos rojos llamean.., ¡Si por lo menos hubiese podido ver a Aimée Lanthenay antes de la clase! Bueno, el problema está listo. Anaïs respira y vuelve a su sitio.
––Claudine, salga usted a la pizarra. Escriba los siguientes quebrados: 3525/5712, 806/925, 14/56, 302/1052 (¡Dios mío, líbrame de los quebrados divisibles por 7 y por 11, así como de los que lo son por 5, por 9, por 4 y por 6, y por 1.127!) y busque el máximo común divisor.
Lo que me temía. Empiezo melancólicamente; cometo algunas tonterías, porque no estoy para lo que hago. ¡Con cuánta rapidez son reprendidas con un gesto seco de la mano o con un fruncimiento de cejas las pequeñas tonterías que me consiento! Finalmente, termino y vuelvo a mi sitio, ganándome un: «Nada de bromas, ¿eh?», porque a su observación: «Se olvida usted de bajar los ceros», he respondido:
––Siempre hay que bajar los ceros, se lo merecen
Después de mí, Marie Belhomme sale a la pizarra y acumnula disparates con la mayor inocencia del mundo, según su costumbre; locuaz y segura de sí misma cuando se embrolla, e indecisa y sonrojada cuando recuerda la lección precedente. La puerta del aula pequeña se abre y la señorita Lanthenay entra. La miro ávidamente: ¡Oh, los pobres ojos dorados que han llorado y están hinchados. ¡Queridos ojos, que me dirigen una mirada turbada y se desvían rápidamente! Quedo consternada; Dios mío, ¿qué le habrá hecho Ella? Enrojezco de cólera hasta tal punto, que Anaïs, la grandullona, lo advierte y se ríe por lo bajo. La doliente Aimée le ha pedido un libro a la señorita Sergent, quien se lo ha entregado con notable solicitud mientras sus mejillas tomaban un tono carmín más subido. ¿Qué significa todo esto? Cuando pienso que la lección de inglés no tendrá lugar hasta mañana aún me angustio más. Bueno, ¿y qué? No puedo hacer nada. La señorita Lanthenay vuelve a su clase.
––Señoritas ––anuncia la malvada pelirroja––, tomen sus libros y cuadernos.
Estamos obligadas a refugiarnos, provisionalmente, en la escuela de párvulos. De inmediato, todas las chicas se agitan como si se les hubieran incendiado las medias; empujones, pellizcos, pupitres arrastrados, libros que se caen y que amontonamos en nuestros amplios delantales. Anaïs, la grandullona, mira cómo tomo mi carga, mientras ella misma transporta sus enseres en sus brazos, luego tira hábilmente de una punta de mi delantal y se me cae todo por el suelo.
Ella conserva su aspecto distraído mientras observa atentamente a tres albañiles que se arrojan tejas en el patio. Se me riñe por mi torpeza y, dos minutos más tarde, la condenada Anaïs realiza el mismo experimento con Marie Belhomme, quien protesta tan ruidosamente que se gana algunas páginas de historia antigua para copiar. Finalmente, nuestra jauría charlatana y pisoteadora atraviesa el patio y entra en la escuela de párvulos. Arrugo la nariz: está sucia, limpiada para nosotras a toda prisa, todavía huele a niño desaseado. ¡Con tal de que este «provisionalmente» no dure mucho tiempo!
Anaïs ha soltado sus libros e inmediatamente se ha asegurado de que las ventanas dan al jardín de los profesores. Yo no tengo tiempo para contemplar a los adjuntos: estoy demasiado inquieta por las dificultades que presiento. Volvemos a la vieja aula con el fragor de una manada de bueyes fugitivos, y transportamos las mesas, tan viejas y pesadas que tropezamos y chocamos por todas partes, con la esperanza de que una de ellas, por lo menos, se desmonte por completo y caiga en carcomidos pedazos. ¡Vana esperanza! Llegan enteras; no por culpa nuestra.
No hemos trabajado mucho esta mañana; ¡eso que llevamos ganado! A las once, cuando salimos, me retraso para tratar de ver a la señorita Lanthenay, aunque sin éxito. ¿Será que Ella la tiene secuestrada? Me marcho a almorzar, tan rebosante de ira contenida que hasta papá se da cuenta y me pregunta si tengo fiebre... Luego regreso enseguida, a las doce y cuarto, y me irrito, entre las pocas alumnas que quedan, chiquillas campesinas que almuerzan en la misma escuela huevos duros, tocino, melaza con pan, frutas. ¡Y espero inútilmente, y me atormento! Antonin Rabastens entra (una diversión como otra cualquiera) y me saluda con gracias de oso de feria.
––Mil perdones, señorita; por lo demés, ¿no han bajado todavía las damas?
––No, señor, las estoy esperando; que no tarden, porque «la ausencia es el mayor de los males».
Es la séptima vez que comento este aforismo, sacado de La Fontaine, en mis celebradas redacciones. He hablado con dulce gravedad; el apuesto marsellés me ha escuchado con la inquietud reflejada en su cara de luna. (También él va a pensar que estoy un poco loca.) Cambia de tema:
––Me han dicho, señorita, que lee usted mucho. ¿Posee su señor padre una importante biblioteca?
––Sí, señor; dos mil trescientos siete volúmenes, ni uno más ni uno menos.
––Sin duda sabrá usted muchas cosas interesantes. Ya noté en seguida, el otro día ––mientras cantaba usted tan gentilmente––, que tiene ideas muy adelantadas para su edad.
(¡Dios, qué idiota! ¿Es que no va a marcharse nunca? ¡Ah! Me olvidaba de que está un poco enamorado de mí. Seamos más amables.)
––Pero, según me han dicho, señor, usted mismo posee una hermosa voz de barítono. Nosotras le oímos cantar a veces en su habitación, cuando los albañiles no arman demasiado jaleo.
Se sonroja de alegría como una amapola, y protesta con una modestia encantada. Se retuerce nerviosamente:
––¡Oh, señorita!... Podrá usted juzgar por sí misma muy pronto, ya que la señorita Sergent me ha pedido que dé lecciones de solfeo a las alumnas mayores que van a graduarse, los jueves y los domingos. Empezaremos la próxima semana.
¡Qué suerte! Si no estuviera tan preocupada, me encantaría comunicar la buena nueva a las demás, aún no saben nada. ¡Habrá que ver a Anaïs, inundada en agua de colonia, mordiéndose los labios, el jueves próximo, apretándose su cinturón de cuero y haciendo gorgoritos al cantar!
––¿Cómo dice? ¡Pues no sabía nada! La señorita Sergent no nos ha dicho ni una palabra.
––¡Oh, tal vez no hubiera debido decírselo! ¡Sea buena, finja, por favor, que lo ignora!
Me suplica con movimientos del torso y yo sacudo la cabeza para apartar los rizos, que no me molestan en absoluto. Esta especie de secreto entre nosotros le llena de alegría: le servirá de excusa para dirigirme miradas de inteligencia, de una inteligencia muy vulgar. Se retira, dándose aires, con un adiós ya más familiar.
«Adiós, señorita Claudine. ––Adiós, señor.»
Las doce y media, llegan las alumnas, ¡y Aimée no aparece por ninguna parte! Me niego a jugar con el pretexto de que tengo jaqueca y me impaciento cada vez más. ¡Oh, oh! ¿Qué es lo que veo? Aquí tenemos a Aimée y a su temible superiora; han bajado y cruzan el patio, y la Pelirroja ha pasado el brazo de la señorita Lanthenay bajo el suyo. ¡Acontecimiento inaudito! La señorita Sergent le habla, y muy dulcemente por cierto, a su adjunta, quien, aún un poco turbada, alza los ojos ya tranquilizados y hermosos hacia la otra, mucho más alta que ella. El espectáculo de semejante idilio convierte mi inquietud en tristeza. Antes de que lleguen a la puerta, me precipito hacia fuera en mitad de una alocada partida de bramadera, gritando: « ¡Juego! », como si gritara «¡fuego, fuego!». Y hasta la hora en que suena la entrada en clase, me agoto galopando, perseguida y perseguidora, intentando pensar lo menos posible.
Durante la partida, he avistado la cabeza de Rabastens: mira por encima del muro y se regodea viendo correr a las chicas mayores que enseñan, unas inconscientemente, como Marie Belhomme, y otras muy a sabiendas, como la grandullona de Anaïs, pantorrillas bonitas o ridículas. El amable Antonin me dedica una graciosa sonrisa extremadamente gentil; no creo tener que responderle, a causa de mis compañeras, pero doblo mi cintura y sacudo mis rizos. Hay que darle diversión al muchacho. (Por lo demás, me parece que ha nacido con mala pata y que la mete siempre hasta el corvejón.) Anaïs, que por supuesto también lo ha visto, corre golpeando con las rodillas su falda, para dejar ver sus piernas ––muy poco atractivas, la verdad–– y ríe, y suelta grititos de pájaro. Esta chica coquetearía hasta con un buey. Entramos en la clase y abrimos nuestros cuadernos, jadeando todavía. Pero, al cabo de un cuarto de hora, la madre de la señorita Sergent llega para decirle a su hija, en el dialecto aldeano, que han llegado dos internas. Toda la clase está en ebullición; ¡dos «novatas» a nuestra merced! Y la señorita Sergent sale, rogando con voz dulce a la señorita Lanthenay que vigile la clase. Llega Aimée, busco sus ojos para sonreírle con toda mi ternura ansiosa, pero ella me dirige una mirada bastante poco amable y se me entristece estúpidamente el corazón mientras me inclino sobre mi labor de punto...
¡Jamás se me han escapado tantos puntos! Tantos, que me veo obligada a pedir auxilio a la señorita Aimée. Mientras busca un remedio para mi torpeza, le murmuro:
––Buenos días, mi querida y linda señorita. ¿Puede decirme si pasa algo, por Dios? Estoy consumiéndome por no poder hablar con usted.
Ella dirige inquietas miradas a su alrededor y me responde en voz muy baja.
––No puedo decirle nada ahora; mañana, en la clase de inglés...
––¡No podré esperar hasta mañana! ¿Y si dijera que papá tendrá la biblioteca ocupada mañana y pidiera que me diera usted la clase esta tarde?
––No... sí... pregúntelo. Pero vuelva enseguida a su sitio. Las mayores nos están mirando.
Le doy las «gracias» en voz alta y vuelvo a sentarme. Tiene razón: la grandullona de Anaïs está acechándonos, intentando adivinar qué es lo que pasa desde hace dos o tres días. La señorita Sergent vuelve por fin, acompañada por dos jóvenes insignificantes, cuya llegada provoca un leve rumor en los bancos. Instala a las novatas en su sitio. Los minutos fluyen lentamente. Cuando por fin dan las cuatro, voy corriendo en busca de la señorita Sergent y le suelto de un tirón:
––Señorita, sería usted tan amable de permitir que la señorita Lanthenay me diera la clase de inglés esta tarde, en lugar de mañana, papá tiene que recibir a alguien por cuestión de negocios en su biblioteca, y no podríamos quedarnos allí.
¡Uf! He soltado mi frase sin respirar. La Directora frunce el ceño, me escudriña un segundo y se decide:
––Sí, vaya a avisar a la señorita Lanthenay.
Corro hasta ella, que se pone su sombrero y su abrigo, y me la llevo, estremeciéndome de ansiedad por saber lo que ocurre.
––¡Ah, qué contenta estoy de que esté un poco conmigo! Dígamelo ya: ¿qué es lo que ha pasado?
Ella vacila, escurre el bulto:
––Espere, aquí no. Es difícil contarlo en la calle; en un minuto habremos llegado a su casa.
Mientras tanto, aprieto su brazo bajo el mío, pero ella no luce su amable sonrisa de otras veces. Tan pronto como la puerta de la biblioteca se cierra detrás de nosotras, la tomo en mis brazos y la beso; me parece que ha estado encerrada un mes, lejos de mí, ¡pobre y pequeña Aimée de ojos ojerosos y pálidas mejillas! ¿Habrá sufrido mucho, me imagino? No obstante, sus miradas son más huidizas que otra cosa y parece más febril que triste. Además, me devuelve los besos apresuradamente; ¡no me gusta en absoluto que me besen a contrarreloj!
––Vamos, hable. Cuéntemelo todo desde el principio.
––Pero si no hay mucho que contar; en resumen, no ha pasado gran cosa. Se trata de la señorita Sergent, sí, que querría... bueno, preferiría... piensa que las lecciones de inglés me impiden corregir los ejercicios y que me obligan a acostarme demasiado tarde...
––Vamos, vamos; no dé más rodeos y sea franca conmigo. ¿No quiere que siga usted viniendo?
Tiemblo de angustia. Aprieto mis manos entre mis rodillas para que se estén tranquilas. Aimée atormenta la cubierta del libro de gramática hasta que la despega, alzando hacia mí sus ojos, de nuevo asustados.
––Sí, se trata de eso, aunque ella no lo ha dicho como lo dice usted, Claudine. Escúcheme un momento...
No estoy para escuchar nada. Me siento derretida de tristeza; estoy sentada en un pequeño taburete, casi en el suelo, rodeando su fina cintura con el brazo; le suplico:
––Querida mía, no se marche; ¡si supiera lo que me hace sufrir! ¡Oh, encuentre algún pretexto, invente algo; vuelva, no me deje! El simple hecho de que esté a mi lado me inunda de placer. ¿Es que a usted no le gusta estar conmigo? ¿Soy acaso para usted lo mismo que Anaïs o que Marie Belhomme? Querida, vuelva, vuelva usted de nuevo a darme lecciones de inglés. La quiero tanto... no se lo había dicho, pero bien se está dando cuenta ahora... Vuelva, se lo ruego. ¡Esa maldita pelirroja no le va a pegar!
La fiebre me consume, y me pongo todavía más nerviosa al intuir que Aimée no vibra al unísono conmigo. Me acaricia la cabeza, que reposa sobre sus rodillas, y apenas me interrumpe con temblorosos «¡Mi pequeña Claudine! » Al fin se le humedecen los ojos y se echa a llorar diciendo:
––Voy a contárselo todo; es muy triste; me da usted demasiada pena.
Se trata de esto: el sábado pasado observé que ella estaba más amable conmigo que de costumbre, y yo, creyendo que se estaba acostumbrando a mí y que iba a dejarnos por fin tranquilas a las dos, estaba contenta y alegre. Pero luego, al caer la tarde, cuando estábamos corrigiendo ejercicios en la misma mesa, de repente, levantando la cabeza, vi que lloraba, mirándome con unos ojos tan raros que me quedé de una pieza; casi enseguida, abandonó su asiento y se fue a acostar. Al día siguiente, después de una jornada llena de deferencias hacia mí, me encuentro con que, por la noche, a solas con ella, cuando me disponía a darle las buenas noches, me pregunta: «¿Así que a usted le gusta Claudine? Y sin duda ella le corresponde.» Y antes de que yo tuviera tiempo de responder, ella había caído sentada junto a mí, sollozando. Luego me cogió las manos y me dijo toda una serie de cosas que me dejaron pasmada...
––¿Qué cosas?
––Pues me decía: «Niñita querida, ¿es que no ve que me rompe el corazón con su indiferencia? ¡Preciosa mía! ¿Es que no se ha dado cuenta del gran afecto que siento por usted? Mi pequeña Aimée, estoy celosa de la ternura que prodiga a esa atolondrada de Claudine, que seguramente está un poco mal de la cabeza... ¡Si por lo menos no me detestara usted! ¡Sólo con que me quisiera un poquito, ¡sería para usted una amiga más tierna de lo que puede imaginar! » Y me miraba hasta el fondo del alma con ojos como ascuas.
––¿Y usted no le contestó nada?
––¡Claro que no! ¡No me daba tiempo! Continuó diciendo: «¿Cree usted realmente que son útiles para ella y agradables para mí esas lecciones de inglés que le da? Sé de sobras que no estudian mucho inglés durante las clases, y me destroza el corazón cada vez que la veo marchar. ¡No vaya más, no vuelva usted! Claudine lo habrá olvidado en una semana y yo le proporcionaría más afecto del que ella es capaz de sentir.»
Le aseguro, Claudine, que yo no sabía lo que estaba haciendo. Me hipnotizaba con sus ojos enloquecidos y, de repente, la habitación giró a mi alrededor y me empezó a dar vueltas la cabeza, y no vi nada por espacio de dos o tres segundos, absolutamente nada; sólo la oía repetir asustada: «¡Dios mío... ! ¡Mi pobre pequeña!
¡La estoy asustando, se ha quedado pálida, mi pequeña Aimée, mi niña!» Luego me ayudó a desnudarme, con gestos acariciadores, y me dormí tan profundamente como si hubiera estado caminando todo el día... ¡Ya me dirá usted qué puedo hacer, mi pobre Claudine! Estoy aturdida. ¡La volcánica pelirroja tiene afectos de lo más violentos! En el fondo, no me sorprende mucho; esto tenía que terminar así. Mientras tanto, me quedo quieta, aterrada, delante de Aimée, pequeña y frágil criatura embrujada por esa arpía... No se me ocurre nada que decir. Ella se seca los ojos. Me da la impresión de que su pena se esfuma con sus lágrimas. Le pregunto
––Pero usted, a ella, ¿no la quiere en absoluto? Ella contesta sin mirarme:
––Claro que no; pero realmente ella parece quererme mucho, cosa que nunca hubiera sospechado.
Su respuesta me deja helada porque, a pesar de todo, todavía no soy idiota y comprendo lo que me quiere decir. Suelto sus manos que tenía entre las mías, y me levanto. Algo se ha roto. Puesto que ella no quiere confesarme francamente que ya no está de mi lado frente a la otra, puesto que me oculta sus verdaderos sentimientos, creo que todo ha terminado. Tengo las manos heladas y las mejillas me arden. Tras un desagradable silencio, soy yo quien prosigue:
––Mi querida Aimé de bellos ojos, le suplico que venga una vez más, para concluir el mes. ¿Cree usted que Ella lo consentirá?
––¡Oh, sí!; se lo pediré.
Lo ha dicho rápida, espontáneamente, segura ya de obtener, ahora, lo que quiera de la señorita Sergent. ¡Con qué rapidez se aleja de mí y qué pronto ha triunfado la otra! ¡Cobarde y pequeña Lanthenay! Ama la comodidad como una gata friolera y comprende que la amistad de su superiora le será más provechosa que la mía. Pero no quiero decírselo así, porque entonces no volvería a darme la última clase, y conservo aún una vaga esperanza... La hora ha transcurrido. Acompaño a Aimée y, en el pasillo, la beso violentamente, con una pizca de desesperación. Una vez sola, me asombro de no sentirme tan triste como hubiera creído. Me esperaba una enorme explosión ridícula; no es eso, es más bien un frío que me hiela... En la mesa, interrumpo las ensoñaciones de papá:
––¿Sabes, papá? Mis clases de inglés...
––Sí, claro; haces bien en tomarlas.
––Escucha, papá, voy a dejarlas.
––¡Ah, ya! ¿Es que te cansan?
––Sí, me ponen nerviosa.
––Tienes razón.
Y sus pensamientos vuelan de nuevo hacia las babosas. ¿Las había abandonado realmente? Noche surcada por estúpidos sueños. La señorita Sergent como una Furia, con serpientes en sus cabellos rojos, queriendo besar a Aimée Lanthenay, que se escapa gritando. Yo intento socorrerla, pero Antonin Rabastens me retiene, vestido de rosa pálido, y me toma por el brazo diciendo: «Escúcheme, escúcheme por favor. Oiga la romanza que he compuesto, con la que estoy realmente encantado.» Y canta con su voz de barítono:
Queridos amigos míos, cuando yo muera, plantad un sause en el cementerio... con la melodía de «¡Ah, qué orgullo ser francés, cuando se contempla la columna!» ¡Una noche absurda que no me deja descansar! Llego tarde a la escuela y contemplo a la señorita Sergent con una secreta sorpresa, pensando que la audaz pelirroja ha triunfado. Ella me dirige una de sus maliciosas miradas, casi burlonas; pero cansada, abatida, no tengo ánimos para responderle.
A la salida de la clase, veo a la señorita Aimée que forma la fila de las pequeñas (me parece haber soñado la tarde de ayer). Le doy los buenos días al pasar; también ella parece agotada. La señorita Sergent no está con ella; me detengo:
––¿Se encuentra usted bien esta mañana?
––Sí, claro, gracias. ¿Y usted, Claudine? Veo que tiene ojeras...
––Es posible. ¿Qué hay de nuevo? ¿Ha habido más escenas? ¿Sigue siendo tan amable con usted?
Enrojece y se turba:
––Sí, sí, no hay nada nuevo y ella está muy amable. Yo... yo creo que usted la juzga mal, no es ni mucho menos como usted cree...
Un poco asqueada, la dejo farfullar; cuando se ha enredado a fondo en su respuesta, la interrumpo:
––Tal vez sea usted la que tiene razón. ¿Vendrá el miércoles por última vez?
––¡Claro que sí! Ya se lo he pedido y es seguro.
¡Con qué rapidez cambian las cosas! Ya no hablamos de la misma manera desde la escena de ayer tarde, y hoy no sería capaz de mostrarle la ruidosa tristeza que le dejé ver anoche. ¡Vamos! Hay que hacerla reír un poco:
––¿Y sus amores? ¿Qué tal el guapo Richelieu?
––¿Quién? ¿Armand Duplessis? Bien, como siempre. A veces se pasa dos horas en la oscuridad, debajo de mi ventana; pero ayer noche le hice comprender que me daba cuenta y se marchó rápidamente con sus patas zambas. Y cuando el señor Rabastens quiso traerle anteayer, se negó.
––Créame, Armand está loco por usted; el domingo pasado escuché por casualidad una conversación entre los dos agregados en un camino y... ¡no le digo más! Armand está muy colado; pero, eso sí, procure domesticarle, es un pájaro salvaje.
Súbitamente animada, me pide detalles, pero yo me escabullo. Intentemos pensar en las lecciones de solfeo del seductor Antonin Rabastens. Empiezan el jueves; me pondré mi falda azul, con la blusa plisada que moldea mi busto, y el delantal, no el negro de a diario, de corpiño ajustado (aunque me queda muy bien), sino el hermoso delantalito azul claro, bordado, el que llevo los domingos en casa. Y eso es todo; no hay que hacer demasiados preparativos, mis queridas compañeritas se darían cuenta.
¡Aimée, Aimée! Es realmente una lástima que se haya desvanecido tan deprisa la hermosa pajarilla que me habría compensado de soportar a todas esas gansas Ahora me doy cuenta de que la última lección no servirá de nada. Con un carácter apocado como el suyo, delicado, egoísta, amante del placer y sin descuidar sus intereses, es inútil luchar contra la señorita Sergent. Sólo espero que esta gran decepción no me tenga triste mucho tiempo.
Hoy, en el recreo, juego locamente para reaccionar y darme ánimos. Anaïs y yo, sujetando fuertemente a Marie Belhomme por sus «manos de comadrona», la obligamos a correr hasta que pierde el aliento y suplica piedad; luego, bajo amenaza de encerrarla en los lavabos, la condeno a declamar en voz alta e inteligible el recitado de Théramène. Declama los alejandrinos con voz de mártir y luego huye levantando los brazos. Las hermanas Jaubert parecen impresionadas. ¡Muy bien, si no les gustan los clásicos, la próxima ocasión les serviremos literatura moderna! La próxima ocasión no tarda en llegar; apenas hemos vuelto a la clase, se nos condena a ejercicios de redondilla y bastardilla, con vistas a los próximos exámenes, ya que en general tenemos una letra detestable.
––Claudine, dicte usted los modelos mientras designo los lugares en la clase de las pequeñas.
Se marcha a la «segunda clase», cuyas alumnas, también desalojadas, van a ser instaladas no sé dónde. Lo cual nos promete una buena media hora de soledad. Empiezo:
––Queridas niñas, hoy voy a dictarles algo muy divertido. Coro: « ¡Ah! »
––Sí, alegres cancioncitas sacadas de los Palais nomades.
––Solamente por el título, ya parece estupendo ––observa Marie Belhomme muy convencida.
––Tienes razón. ¿Preparadas? Vamos.Sobre la misma curva lenta, Implacablemente lenta, Se extasía, vacila y zozobra El presente complejo de las curvas lentas
Respiro. Anaïs, la larguirucha, no se ríe porque no lo entiende. (Yo tampoco.) Y Marie Belhomme, siempre de buena fe, exclama:
––Pero oye, ¡si ya hemos dado geometría esta mañana! Además, esto me parece muy difícil, no he cogido ni la mitad de lo que has dicho.
Las mellizas muestran cuatro ojos desafiantes. Continúo, impasible: Al idéntico otoño las curvas se homologan, Análogo tu dolor a las largas veladas de otoño, Y desentona la lenta curva de las cosas y tus breves brincos. Me siguen penosamente, sin intentar ya comprender, y yo experimento una dulce satisfacción al oír quejarse de nuevo a Marie Belhomme, que me interrumpe:
––Espera, espera, vas demasiado deprisa. La lenta curva de los ¿qué?
Repito:
––La lenta curva de las cosas y tus breves brincos. Ahora me lo copiáis todo, primero en redondilla y luego en bastardilla.
Estas lecciones suplementarias de caligrafía, con objeto de aprobar los exámenes de finales de junio, son mi alegría. Dicto cosas extravagantes y me complace enormemente oír a esas hijas de tenderos, zapateros y gendarmes recitar y escribir dócilmente parodias de la escuela romana o canciones de cuna susurradas por el señor Francis Jammes, recopiladas en honor de mis queridas compañeritas en las revistas y los libros que recibe papá, que no son pocos. Desde la Revue des Deux Mondes hasta el Mercure de France, multitud de periódicos se amontonan en mi casa. Papá me confía la tarea de abrirlos y yo me otorgo la de leerlos. ¡Es necesario que alguien los lea! Papá les echa un vistazo superficial y distraído, pues el Mercure de France rara vez trata de malacología. A mí me sirven para intruirme, aunque no siempre los comprendo, y aviso a papá cuando las suscripciones tocan a su fin. «Renuévala, papá; que el cartero no nos pierda el respeto.»
Anaïs, la grandullona, que no sabe nada de literatura ––no es culpa suya––, murmura con escepticismo:
––Esto que nos dictas en las lecciones de caligrafía, seguro que te lo inventas expresamente.
––¡Qué ocurrencias! ¡Pero si son versos dedicados a nuestro aliado el zar Nicolás... !
No puede tomarme el pelo y me mira con ojos incrédulos. Vuelve la señorita Sergent que echa una ojeada a nuestros escritos. Se queja:
––¿No le da vergüenza, Claudine, dictar semejantes absurdidades? Más le valdría aprenderse de memoria los teoremas de aritmética, ¡sería mucho mejor para todos!
Pero gruñe sin convicción, porque en el fondo mis bromas no le desagradan del todo. No obstante, la escucho seriamente, y regresa mi rencor al sentir tan cerca de mí a quien ha forzado la ternura de esa pequeña Aimée, tan poco firme... ¡Dios mío! Son las tres y media, y dentro de media hora irá a casa por última vez. La señorita Sergent se levanta y dice:
––Cierren sus cuadernos. Los mayores, las del certificado, que se queden, tengo algo que decirles.
Las pequeñas se marchan, colocándose sus capuchas y pañoletas lentamente, ofendidas por no poder quedarse a escuchar el discurso ––evidentemente de formidable interés–– que nos van a dirigir. La pelirroja Directora nos interpela y, a mi pesar, admiro, como siempre, la nitidez de su voz, la precisión y la decisión de sus frases.
––Señoritas, no creo que se hagan ustedes ilusiones sobre su capacidad musical; todas ustedes, salvo la señorita Claudine, que toca el piano y canta correctamente, son una nulidad. De buen grado las obligaría a tomar lecciones de ella, pero son ustedes demasiado indisciplinadas para obedecer a una compañera. A partir de mañana, por lo tanto, tendrán ustedes los jueves y los domingos, a las nueve, una clase de solfeo y canto bajo la dirección del señor Rabastens, el profesor adjunto, toda vez que ni yo ni la señorita Lanthenay estamos capacitadas para darles lecciones. El señor Rabastens estará asistido por la señorita Claudine. Les agradecería que no se portaran demasiado mal. Y preséntense aquí mañana, a las nueve.
Añado en voz baja un «¡rompan filas!» que es captado por su temible oído; frunce las cejas para, luego, sonreír a su pesar. Su breve discurso ha sido pronunciado en un tono tan perentorio que casi se impone un saludo militar y no cabe duda de que hasta ella lo ha advertido. Pero, ¡ay!, se diría que ya no soy capaz de enojarla: ¡es descorazonador! ¡Muy segura debe estar de su triunfo para mostrarse tan bondadosa! Se marcha y estalla de inmediato el alboroto. Marie Belhomme no sale de su asombro:
––¡Realmente, me parece un poco fuerte hacer que un hombre nos dé lecciones! Pero será divertido, ¿no? ¿Tú qué crees, Claudine?
––Sí, hay que distraerse un poco.
––Y tú, ¿no te sentirás intimidada por tenernos que dar las lecciones con el adjunto?
––No puedes imaginarte lo poco que me importa.
No presto mucha atención a su cháchara y sólo atiendo a mi agitación interior, porque la señorita Aimée Lanthenay tarda en aparecer. Anaïs, la grandullona, embriagada, se troncha de risa sujetándose la cintura con las manos y zarandea a Marie Belhomme, que gime sin saber defenderse:
––¡Mira por dónde vas a conquistar al bello Antonin Rabastens! No podrá resistirse por mucho tiempo a tus largas y finas manos, tus manos de comadrona, tu esbelto talle, tu expresiva mirada. ¡Vamos, querida, esta es una historia que terminará en boda!
Se excita cada vez más, bailando frente a Marie, que acorralada en un rincón intenta esconder sus infelices manos, protestando por el atrevimiento de Anaïs. ¡Y Aimée que no llega! Nerviosa, no puedo quedarme quieta y voy hasta la puerta de la escalera que conduce a las habitaciones «provisionales» (¿por cuánto tiempo?) de las profesoras. ¡Ah, he hecho bien en acercarme! Arriba, en el rellano, la señorita Lanthenay está lista para marcharse. La señorita Sergent la sujeta por el talle y le habla en voz baja, con un ademán insistente y tierno. Luego besa interminablemente a la pequeña Aimée, que se presta a ello amablemente, hasta se diría que lo prolonga, y se vuelve mientras desciende la escalera. Me escabullo antes de que adviertan mi presencia, pero siento de nuevo un gran pesar. ¡Ah, malvada, malvada pequeña, que se aparta de mí para entregar su ternura y sus ojos dorados a quien era nuestra enemiga...! Ya no sé qué pensar... Viene a mi encuentro, en el aula, donde he quedado sumida en mis meditaciones.
––¿Vamos, Claudine?
––Sí, señorita. Enseguida estoy lista.
Una vez en la calle, no me atrevo a preguntarle nada. ¿Qué iba a contestarme? Prefiero esperar a estar en casa y mientras tanto hablarle banalmente del frío; predecir que volverá a nevar, que las clases de canto de los jueves y los domingos van a divertirnos... Pero hablo sin convicción y bien sabe ella que toda esta palabraría no quiere decir nada.
Una vez en casa, bajo la lámpara, abro los cuadernos y la miro; está más guapa que la otra tarde, un poco más pálida; los cercos alrededor de sus ojos los hacen parecer aún mayores.
––Se diría que está usted fatigada.
Mi pregunta la incomoda, ¿por qué? Se ruboriza, mira a su alrededor. Apostaría a que se siente vagamente culpable frente a mí. Continúo:
––Dígame, ¿la horrible pelirroja sigue manifestándole la misma amistad? ¿Han vuelto a producirse las caricias y los enfados de la otra tarde?
––No, no... Se muestra muy bondadosa conmigo... Le aseguro que me cuida mucho.
––Entonces, ¿no la ha «magnetizado» de nuevo?
––¡Oh, no! No se trata de eso... Me parece que la otra noche exageré un poco. Estaba nerviosa.
¡Vaya! ¡Si está a punto de perder la compostura! No importa: quiero enterarme. Me acerco a ella y le tomo las manos, sus dos pequeñas manos.
––¡Oh, querida, cuénteme lo que le pasa! ¿O es que ya no quiere decirle nada a su pobre Claudine, que tanta pena sintió anteayer?
Pero parece haberse repuesto, como si de pronto hubiera decidido callarse. Va adoptando un aire tranquilo, falsamente natural, y me mira con sus ojos de gato, claros y embusteros.
––Vamos, Claudine; le aseguro que me deja completamente en paz y que incluso se muestra bondadosa conmigo. ¿Sabe?, la habíamos juzgado peor de lo que es.
¿Qué quieren decir esa voz fría y esos ojos cerrados en banda, a pesar de estar completamente abiertos? Es la voz que utiliza en clase, ¡no quiero escucharla! Me aguanto las ganas de llorar para no parecer ridícula. Entonces, ¿todo ha terminado entre nosotras? Y si sigo atormentándola con mis preguntas, ¿no terminaremos por pelearnos? A falta de otra cosa que hacer, tomo mi gramática inglesa; ella abre apresuradamente mi cuaderno.
Es la primera y única vez que he tomado de ella una lección seria; con el corazón henchido de tristeza y a punto de estallar, traduzco páginas enteras de: Usted tenía plumas, pero él no tenía caballo. Tendríamos las manzanas de tu primo si él tuviera muchos cortaplumas. ¿Tienes tinta en tu tintero? No, pero tengo una mesa en mi alcoba. etc., etc. A punto de terminar la lección, la singular Aimée me pregunta a bocajarro:
––Mi pequeña Claudine, ¿no estará enfadada conmigo, verdad?
No miento del todo:
––No, no estoy enfadada con usted.
Casi es cierto; ya no siento cólera, sólo pena y cansancio. La acompaño y le doy un beso, pero al tenderme su mejilla vuelve hasta tal punto su rostro que mis labios casi rozan su oreja. ¡La pequeña desalmada! La miro mientras se aleja bajo la luz de la farola y siento vagos deseos de correr tras ella, pero, ¿a santo de qué? He dormido bastante mal; lo prueban mis ojos, cuyas ojeras me invaden media cara; por fortuna, me sientan muy bien, según compruebo en el espejo mientras me cepillo vigorosamente los rizos, dorados esta mañana, antes de partir para la clase de canto.
Llego casi media hora antes y no puedo contener la risa al ver a dos de mis cuatro compañeras ya instaladas en la escuela. Nos inspecionamos mutuamente y Anaïs suelta un silbido de aprobación ante mi traje azul y mi lindo delantal. Ella se ha puesto para la ocasión su delantal rojo de los jueves y los domingos, bordado en blanco, que la hace parecer aún más pálida. Se ha peinado en «casco» con un cuidado meticuloso, con el moño muy hacia adelante, casi sobre la frente, y se ciñe con un cinturón nuevo. Caritativamente, observa en voz alta que tengo mala cara; pero le respondo que el aire de fatiga me favorece. Marie Belhomme llega corriendo, aturdida y atolondrada como de costumbre. También ella, aunque está de luto, se ha esmerado; lleva alrededor del cuello una especie de gorguera de crespón plisado que le da un aspecto de pierrot negro y bobo, aunque está muy bonita con sus grandes ojos aterciopelados y su aire ingenuo y despistado. Las dos Jaubert llegan juntas, como siempre, nada coquetas, o por lo menos no tanto como nosotras, dispuestas a comportarse irreprochablemente, a no levantar los ojos, y a hablar mal de todas nosotras apenas terminada la clase. Nos calentamos, apretadas alrededor de la estufa, bromeando por anticipado a costa del bello Antonin. ¡Cuidado, que llega! Se aproxima un rumor de voces y de risas, y la señorita Sergent abre la puerta precediendo al irresistible adjunto.
¡Rabastens está espléndido! Gorro de pieles y traje azul oscuro bajo el abrigo, se despoja de éste y del gorro apenas pisa el umbral, tras un profundo «¡Señoritas!» En el ojal de la chaqueta se ha puesto un crisantemo color rojo oxidado de gusto exquisito y su corbata causa sensación: verde-gris con semicírculos blancos entrelazados. No cabe duda de que el nudo ha sido confeccionado frente al espejo. De inmediato, nos hemos colocado en fila con la mayor compostura, tirando con disimulo de los corpiños para borrar las veleidades de arrugas intempestivas. Marie Belhomme está divirtiéndose ya de tan buena gana que casi se le escapa la risa, pero se contiene, asustada de sí misma. La señorita Sergent frunce sus terribles cejas y se irrita. Me ha mirado al entrar: ¡apostaría a que su pequeña ya se lo cuenta todo! Me repito obstinadamente que Aimée no vale la pena, pero no me convenzo del todo.
––Ceñoritas ––cecea Rabastens––, ¿querrá una de ustedes prestarme su libro?
La grandullona de Anaïs tiende raudamente su manual de música, en un intento de destacar, y recibe a cambio un «gracias» exageradamente amable. Seguramente es te gordinflón se hace reverencias frente al espejo del armario. Aunque lo cierto es que no tiene espejo en el armario.
––Señorita Claudine ––me dice con una mirada hechicera (hechicera según él, claro)––, es para mí un placer y un honor convertirme en su colega. Porque usted les daba las clases de canto a estas señoritas, ¿no es cierto?
––Sí, pero no obedecen en lo más mínimo a una de sus compañeras ––corta secamente la señorita Sergent, a quien este parloteo impacienta––. Ayudada por usted, señor, obtendrá mejores resultados; de lo contrario, suspenderán el examen, ya que son verdaderas calamidades en música.
¡Bien dicho! A ver si el caballerete aprende a no ensartar frases inútiles. Mis compañeras escuchan con no disimulado asombro, ya que jamás han sido objeto de tanta galantería; sobre todo, se quedan estupefactas ante los cumplidos que me dedica el adulador Antonin. La señorita Sergent toma el manual e indica a Rabastens el punto que sus nuevas alumnas se niegan a franquear, unas por falta de atención, las otras por incapacidad (salvo Anaïs, a quien su prodigiosa memoria le permite aprenderse de corrido todo los ejercicios de solfeo sin destrozarlos ni desafinar). Como es cierto que estas pequeñas zoquetes son una «calamidad en música», y como, por principio, se niegan a obedecerme es fácil que cosechen unos cuantos ceros en el próximo examen.
Perspectiva que saca de sus casillas a la señorita Sergent, que desafina y no puede darles clases de canto, lo mismo que la señorita Aimée Lanthenay, mal curada de una vieja faringitis.
––Primero hágalas cantar una por una ––le digo al meridional, que no cabe en sí de gozo de poder pavonearse entre nosotras––. Todas cometen errores en el compás, pero no los mismos errores, y hasta ahora no he podido impedirlo.
––Veamos, señorita...
––Marie Belhomme.
––Señorita Marie Belhomme, hágame el favor de solfear este ejercicio. Se trata de una breve polca en sol, totalmente desprovista de maldad, pero la pobre Marie, antimusical por naturaleza, jamás la ha podido solfear correctamente.
Ante este ataque directo, se estremece, se le suben los colores a la cara y empieza a parpadear.
––Tocaré un compás suelto y usted empezará con el primer tiempo: re si si, la sol f a la... No es muy difícil, ¿verdad?
––Sí, señor ––contesta Marie, a quien la timidez hace perder la cabeza.
––Muy bien, empiezo... Uno, dos, uno...
––Re si si, la sol fa f a ––cloquea Marie con voz de gallina ronca.
¡No ha desaprovechado la oportunidad de empezar por el segundo tiempo! La paro.
––¡No!; escucha bien: Uno, dos, re si si..., ¿comprendes? El señor toca un compás suelto. Empieza otra vez.
––Uno, dos, uno...
––Re si si... ––Marie empieza de nuevo ardorosamente, ¡cometiendo el mismo error! ¡Pensar que hace tres meses que canta la polca fuera de compás! Rabastens interviene, paciente y discreto.
––Permítame, señorita Belhomme, ¿quiere usted marcar el compás al mismo tiempo que yo?
Le toma la muñeca y le conduce la mano.
––Así lo comprenderá mejor: uno, dos, uno... ¡Vamos! ¡Cante!
¡Esta vez no ha empezado de ninguna manera! Turbadísima por mor del inesperado gesto, se ha ofuscado del todo. Yo me divierto horrores. Pero el bello barítono, muy halagado por la turbación de la pobrecilla, tiene reparos en insistir. Anaïs, la grandullona, tiene las mejillas hinchadas a fuerza de contener la risa.
––Señorita Anaïs, le ruego que cante usted este ejercicio, para mostrar a la señorita Belhomme cómo debe ser interpretado.
¡No hace falta pedírselo dos veces! Canta «con toda el alma» la inofensiva polca, impostando la voz en las notas elevadas y sin prestar mucha atención al compás. Pero, en fin, la sabe de memoria, y su modo un tanto ridículo de solfear, como si cantara una romanza, gusta al meridional, que la felicita. Ella intenta ruborizarse, no lo consigue, y se limita, a falta de otra cosa, a bajar los párpados, morderse los labios e inclinar la cabeza.
Le digo a Rabastens:
––Señor, ¿le importaría hacerles repetir algunos ejercicios a dos voces? Por mucho que lo he intentado, no he conseguido que los aprendan.
Esta mañana me muestro muy seria; en primer lugar porque no tengo demasiadas ganas de reír y, además, porque si armara mucho alboroto durante esta primera lección, la señorita Sergent suprimiría las restantes. Y finalmente, porque pienso en Aimée. ¿Es que no va a bajar esta mañana? ¡No hace ni ocho días no se hubiera atrevido a levantarse tan tarde!
Pensando en todo esto, distribuyo las dos partes: la primera a Anaïs, a quien cargo con Marie Belhomme, y la segunda a las internas. Por mi parte, acudiré en socorro de quien flaquee más. Rabastens sostiene la segunda voz. Y ejecutamos el pequeño fragmento a dos voces, el bello Anta nin a mi lado, lanzando con su voz de barítono unos «¡ah!» de lo más expresivos a la vez que se inclina hacía mí. Debemos formar un pequeño grupo extraordinariamente cómico. Este marsellés incorregible se halla tan preocupado por las gracias que despliega, que comete error tras error, sin que, por lo demás, nadie se dé cuenta. El distinguido crisantemo que lleva en el ojal de la chaqueta se desprende y cae al suelo. Concluido el ejercicio, lo recoge y lo lanza sobre la mesa, diciendo, como si reclamara cumplidos para sí mismo:
––¡Bueno! ¡Me parece que no ha ido mal del todo!
La señorita Sergent enfría su entusiasmo al contestar:
––Sí, pero déjelas cantar solas, sin usted y sin Claudine, y ya verá lo que pasa.
(Al ver su desinflada expresión, yo diría que ha olvidado por qué se encuentra aquí: ¡Ya me veo venir que este Rabastens va a ser un sueño de profesor! ¡Tanto mejor! Cuando la Directora no asista a las clases, podremos hacer lo que queramos con él.)
––Cierto, señorita, pero si estas señoritas se toman un poco de interés, ya verá usted cómo pronto estarán en condiciones de responder en los exámenes. En música no aprietan mucho, como usted bien sabe, ¿verdad?
¡Toma ya! ¡Le ha salido la criada respondona! Se las ha arreglado de maravilla para darle a entender a la pelirroja que ella es incapaz de cantar una sola nota. Ella recoge la indirecta y sus oscuros ojos se desvían. Antonin sube un peldaño en mi estima, a costa de indisponerse con la señorita Sergent, que le dice secamente:
––¿Haría usted el favor de hacer estudiar un poco más a estas niñas? Me gustaría que cantaran por separado, para que adquirieran un poco de aplomo y confianza.
Les toca el turno a las dos gemelas, que poseen una voz difusa e incierta, sin demasiado sentido del ritmo, pero esas dos empollonas siempre salen adelante, ¡estudian de una manera tan ejemplar! No puedo soportar a las Jaubert, sensatas y modestas. Me las puedo imaginar trabajando en su casa, repitiendo sesenta veces cada ejercicio, antes de presentarse a la clase del jueves, irreprochables y socarronas. Para terminar, Rabastens se «permite el placer», como dice él mismo, de escucharme y de pedirme que cante memeces, romanzas nefastas o aires repletos de gorgoritos cuyas vocalizaciones pasadas de moda a él deben parecerle el último grito en arte. Por amor propio, ya que la señorita Sergent está presente, y Anaïs también, lo hago lo mejor que puedo. Y el inefable Antonin queda extasiado, enredándose en cumplidos tortuosos y en frases llenas de recovecos, de los que me guardo muy mucho de ayudarle a salir, encantada como estoy de escucharle con ojos atentos y fijos en los suyos. No sé cómo hubiera logrado terminar una frase cada vez más embrollada, si la señorita Sergent no se hubiera acercado a preguntarle:
––¿Les ha marcado usted algunos fragmentos a las señoritas para que estudien durante la semana?
No, no nos ha marcado nada de nada. ¡No hay manera de que le entre en la cabeza que ha sido llamado para otra cosa que cantar dúos conmigo! Pero ¿qué debe estar haciendo la pequeña Aimée? Es preciso que me entere. Así pues, derramo hábilmente un tintero sobre la mesa, teniendo buen cuidado de mancharme abundantemente los dedos, y lanzo un «¡Ah!» desolado, separando los dedos como patas de araña. La señorita Sergent no desaprovecha la oportunidad para comentar que esas cosas sólo me pasan a mí y me manda a lavarme las manos a los lavabos.
Una vez fuera, me seco las manos con el borrador de la pizarra para quitarme lo peor y husmeo y rebusco por todos los rincones. Nada en la casa. Salgo y me acerco hasta el pequeño muro que nos separa del jardín de los profesores. Nada tampoco. Pero, pero..., ¡alguien está hablando! ¿Quién? Me asomo por encima del pequeño muro para mirar al otro lado, abajo, al jardín que está dos metros por debajo de mí, y allí, junto a los avellanos deshojados, al débil sol que a duras penas calienta, veo al hosco Richelieu hablando con la señorita Aimée Lanthenay. Hace sólo tres o cuatro días, me hubiera caído de espaldas de puro asombro ante semejante espectáculo, pero la enorme decepción de esta semana me ha acorazado un poco. ¡Este salvaje de Duplessis! Resulta que ahora se le ha soltado la lengua y ya no baja los ojos al hablar. ¿De modo que ha decidido quemar sus naves?

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:28 am

––Dígame, señorita, ¿acaso no lo sospechaba usted? ¡Oh! ¡Diga que sí!
Aimée, ruborizada, se estremece de alegría, escucha y acecha atentamente con sus ojos, más dorados que nunca, cuanto sucede a su alrededor, mientras él habla. Ríe gentilmente dando a entender que no había advertido nada, la muy embustera.
––Sí, sí, usted tiene que haberse dado cuenta, cuando yo me pasaba las noches bajo su ventana. Pero la amo con todas mis fuerzas, y no para coquetear durante una temporada y desaparecer luego, cuando lleguen las vacaciones. ¿Quiere usted escucharme en serio, lo mismo que le estoy hablando yo ahora?
––Pero, ¿tan en serio va la cosa?
––Se lo aseguro a usted. ¿Me autoriza a que vaya a hablarle esta noche, en presencia de la señorita Sergent?
¡Demonios! Oigo cómo se abre la puerta de la clase; vienen a ver qué hago. En dos brincos me alejo del muro y me coloco cerca de la fuente del patio y, cuando la Directora, acompañada por Rabastens que se marcha, llega a mi lado, me ve frotándome enérgicamente la tinta de las manos con arena, «porque con el agua sola no se va». Veo que cuela.
––Déjelo entonces ––dice la señorita Sergent––. Ya se lo quitará en su casa con piedra pómez.
El bello Antonin me dirige un «hasta luego», melancólico y alegre a la vez. Me he incorporado y le dirijo el más ondulante de mis movimientos de cabeza, el que me hace caer suavemente los rizos sobre las mejillas. Me río a sus espaldas. ¡Este conquistador de pacotilla se cree que ya me tiene en el bote! Entro de nuevo en la clase para recoger mi capa y me vuelvo a casa pensando en la conversación sorprendida tras el pequeño muro.
¡Qué pena no haber podido oír el final del amoroso diálogo! Aimée habrá consentido, sin hacerse rogar demasiado, en recibir al ardiente, aunque honesto, Richelieu, que es capaz de pedirla en matrimonio. ¿Qué diablos tendrá en el cuerpo esta mujercita, que ni siquiera posee una belleza regular? Lozana, sí, y con un par de ojos magníficos; pero vamos, los ojos bonitos no faltan, y en rostros más hermosos que los suyos, y a pesar de todo es a ella a quien todos los hombres miran. Hasta los albañiles abandonan su tarea cuando ella pasa, guiñándose el ojo y chasqueando la lengua. (Ayer mismo oí como uno de ellos le decía a un compañero, refiriéndose a ella: «¡Te juro que no me importaría ser una pulga en su cama!») Por la calle, los muchachos se hacen los presumidos a su paso y hasta los viejos parroquianos del café de La Perla, esos que toman el vermú todas las tardes, hablan entre sí con interés «de esa muchachita, profesora de la escuela, que te pone los dientes largos, como una tarta de manzana sin demasiado azúcar». Albañiles, modestos rentistas, directora, profesor: todos lo mismo. Por lo que a mí respecta, me interesa un poco menos desde que la he descubierto tan falsa y ahora me siento completamente vacía, vacía de ternura, libre de la enorme tristeza de la primera tarde.
La están demoliendo, están terminando de demoler la vieja escuela. ¡Pobre vieja escuela! Derriban la planta baja y asistimos llenas de curiosidad a la aparición de tabiques dobles, de paredes que creíamos sólidas y macizas y que resultan ser huecas como armarios, algo así como un corredor obscuro en el que no anida sino polvo y un horripilante hedor a viejo que repugna. Me divierto aterrorizando a Marie Belhomme, contándole que esos misteriosos escondrijos fueron utilizados en tiempos remotos para emparedar a mujeres adúlteras y que he visto huesos blanqueados entre las ruinas. Con los ojos desorbitados, me pregunta: «¿Es cierto?», y se apresura a ir a «ver los huesos». Pero en seguida regresa junto a mí.
––No hay nada de eso. ¡Quieres colarme otra trola de las tuyas!
––¡Que me quede muda en este mismo momento si esos escondrijos de las paredes no fueron construidos con intenciones criminales! Además, tiene gracia que me llames mentirosa cuando tú misma escondes un crisantemo entre las hojas de tu manual de música, el crisantemo que el señorito Antonin Rabastens llevaba en el ojal el otro día.
Digo esto a voz en cuello, porque acabo de apercibirme de que la señorita Sergent aparece en el patio precediendo a Dutertre. La verdad sea dicha, a éste sí que se le ve a menudo. ¡Qué altruismo el de este doctor, que abandona a cada instante a su clientela para venir a constatar la satisfactoria marcha de nuestra escuela! ––que en estos momentos se está haciendo pedazos: el primer grado en la escuela de párvulos y el segundo ahí en el Ayuntamiento. Sin duda, el digno delegado comarcal teme que nuestra instrucción sufra menoscabo por mor de los sucesivos traslados. Ambos han oído perfectamente lo que yo decía ––¡como que lo he hecho a propósito!–– y Dutertre aprovecha la ocasión para acercarse. Marie hubiera deseado que se la tragase la tierra y gime cubriéndose la cara con las manos. El, magnánimo, se acerca riendo y le da unos golpecitos en el hombro a la bobalicona, que tiembla y se ofusca.
––¿Qué te está diciendo este diablillo de Claudine? ¿Así que conservas las flores que lleva nuestro elegante adjunto? ¡Vaya, vaya, señorita Sergent, así que sus alumnas tienen el corazón muy despierto! ¿Quieres que informe a tu madre, Maríe, para hacerle comprender que su hija ya no es una niña?
¡Pobre Marie Belhomme! No se halla en condiciones de responder una sola palabra; se limita a mirar a Dutertre, a mirarme a mí, a mirar a la directora, con ojos de gacela asustada, y está a punto de echarse a llorar... La señorita Sergent, que no está precisamente encantada de la ocasión que el delegado comarcal ha encontrado para charlar con nosotras, le dirige una mirada celosa y admirativa, sin atreverse a llevárselo (le conozco lo bastante como para saber que rehusaría tranquilamente). No puedo evitar regocijarme con la confusión de Maríe y con el irritado descontento de la señorita Sergent (¿así que no le basta con su pequeña Aimée?). Tampoco puede sufrir el placer que nuestro buen doctor siente a nuestro lado. Se diría que mis ojos delatan la rabia y la satisfacción que me embargan, porque él sonríe mostrando sus afilados dientes:
––¿A qué se debe tu agitación, Claudine? ¿Es la maldad lo que te agita?
Contesto que sí con la cabeza, sacudiendo mis rizos, en silencio, con una desfachatez que hace que la señorita Sergent frunza las pobladas cejas. ¡Para lo que me importa! Esta malvada pelirroja no va a acapararlo todo: su delegado comarcal, su pequeña profesora... No, no y no. Más fresco que nunca, Dutertre se me acerca y me pasa el brazo alrededor de los hombros. La grandullona de Anaïs nos observa con curiosidad, achicando los ojos:
––¿Te encuentras bien?
––Sí, doctor, muchísimas gracias.
––En serio. (¡Para serio, él!). ¿Por qué tienes siempre tantas ojeras?
––Porque Dios me ha hecho así.
––No deberías leer tanto. Apuesto a que lees hasta en la cama, ¿verdad?
––Un poquito, no mucho. ¿No hay que hacerlo?
––Hum... sí, desde luego, puedes leer. ¿Qué es lo que lees? A ver, dímelo.
Se excita y me estrecha los hombros con un gesto brusco. Pero ya no soy tan boba como el otro día y no me ruborizo; por lo menos no todavía. La directora ha optado por marcharse a regañar a las pequeñas, que se han puesto a jugar con la fuente del patio y se están poniendo perdidas. ¡Debe estar que trina por dentro! ¡De buena gana me pondría a bailar!
––Ayer terminé Afrodita y esta tarde pienso empezar La mujer y el pelele.
––¿Qué? ¡Pues sí que vas por buen camino! ¿Pierre Louys? ¡Caramba! No me extraña que... Me gustaría saber qué es lo que entiendes de eso que lees.
¿Todo? (Creo que no soy precisamente cobarde, pero desde luego no me gustaría prolongar esta conversación con él, a solas, en un bosque o sobre un sofá. ¡Cómo le brillan los ojos! Y si se imagina que voy a hacerle confidencias atrevidas...)
––No, desgraciadamente no lo comprendo todo, aunque sí bastantes cosas. La semana pasada leí también Suzanne, de Léon Daudet. Y estoy terminando El año de Clarisse, un libro de Paul Adam que me encanta.
––Bien, bien... ¿Y puedes dormir luego? Te vas a fatigar si sigues con ese ritmo. Cuídate un poco. Sería una pena que te estropearas, ¿sabes?
Pero, ¿qué se ha creído? Me mira tan de cerca, con tan visibles deseos de acariciarme y de besarme, que me invade un molesto rubor y pierdo el aplomo. Tal vez también él tema perder su sangre fría, ya que me suelta, respirando profundamente, no sin acariciar mis cabellos desde lo alto de la cabeza hasta la punta de los rizos, como sobre el lomo de un gato. La señorita Sergent regresa con las manos temblorosas por los celos y ambos se alejan. Les veo hablar entre sí vivamente: ella con ademanes de ansiosa imploración; él se encoge levemente de hombros y se ríe.
Se cruzan con la señorita Aimée y Dutertre se detiene, seducido por los zalameros ojos de ella. El bromea familiarmente con ella, que está ruborizada, un tanto confundida y contenta. La señorita Sergent no parece celosa en esta ocasión, sino al contrario. A mí me da un vuelco el corazón cada vez que la veo... ¡Ay, qué mal se han puesto las cosas! Me hallo tan sumida en mis pensamientos que ni siquiera advierto a Anaïs, la grandullona, ejecutando una danza salvaje a mi alrededor:
––¡Quieres dejarme en paz, sucio monstruo! Malditas las ganas que tengo ahora de jugar.
––Ya lo veo. ¿No será el delegado comarcal quien te baila? Ay, la señora ya no sabe a quién atender: Rabastens, Dutertre... ¿Quién más? ¿Ya has hecho tu elección? ¿Y qué pasa con la señorita Lanthenay?
Gira y gira como un torbellino, con sus ojos demoníacos en su rostro inmóvil, furiosa en el fondo. Para que me deje tranquila, me arrojo sobre ella y le doy de puñetazos hasta lastimarle los brazos. Enseguida empieza a gritar, la muy cobarde, y huye, pero yo la persigo y la acorralo en el rincón de la fuente, donde le arrojo un poco de agua a la cara ––no mucha, apenas el fondo del vaso común. Ahora sí que se pone hecha una furia.
––¡Estúpida! Esto no se hace. ¡Precisamente estoy resfriada y tengo tos!
––Conque tos, ¿eh? El doctor Dutertre te concederá una consulta gratis y hasta es posible que te conceda algo más.
La llegada del enamorado Duplessis interumpe nuestra querella. El tal Armand está transfigurado desde hace dos días y sus ojos radiantes denotan bien a las claras que Aimée le ha concedido su mano, su corazón y su fidelidad, todo en el mismo lote. Pero ve a su dulce prometida charlar y reír, entre Dutertre y la directora, aceptando el galanteo del delegado comarcal, animada por la señorita Sergent, y sus ojos se oscurecen. ¡Ay, no está celoso, no, soy yo quien lo está! Estoy segura de que se hubiera vuelto sobre sus pasos si la propia pelirroja no le hubiese llamado. Se precipita a grandes zancadas hacia ellos y saluda reverenciosamente a Dutertre, quien le estrecha familiarmente la mano, como dándole la enhorabuena. El pálido Armand se son roja, se ilumina, y contempla a su frágil prometida con enternecido orgullo. ¡Pobre Richelieu, cuánta pena me da! No sabría decir por qué, pero tengo la impresión de que Aimée, que finge a medias la inconsciencia y que se compromete tan fácilmente, no va a hacerle muy feliz. La grandullona de Anaïs no se pierde un solo gesto del grupo y hasta se olvida de seguir injuriándome.
––Dime, tú ––me susurra al oído––, ¿qué demonios están haciendo todos esos juntos? ¿Qué es lo que pasa?
Yo estallo:
––Pasa que el señorito Armand, el andariego, Richelieu, sí, ha pedido la mano de la señorita Lanthenay, que ella se la ha concedido, que están por lo tanto prometidos y que, en este momento, Dutertre les está felicitando. ¡Eso es lo que pasa!
––¿Qué? Pero, ¿va de veras? ¿Cómo es eso de que le ha pedido la mano? ¿Para casarse?
No tengo más remedio que echarme a reír. Ha dicho lo de «para casarse» con tanta naturalidad, con una ingenuidad tan poco habitual en ella... Pero no dejo que se ensimisme en su estupefacción:
––Venga, vamos, vete a buscar lo que sea a la clase y entérate de lo que dicen. De mí desconfiarían en cuanto me acercara.
Sale disparada y, al pasar junto al grupo, pierde adrede un zueco ––en invierno todas llevamos zuecos–– y aguza los oídos mientras tarda en ponérselo de nuevo. Luego desaparece y, cuando regresa, muestra ostensiblemente los mitones que se coloca mientras se acerca a mí.
––¿Qué has oído?
––El señor Dutertre le decía a Armand Duplessis: «No tengo necesidad de expresarle mis mejores deseos, señor; cuando uno se casa con una señorita como ésta, son superfluos.» Y la señorita Aimée Lanthenay con los ojos bajos, así... Pero te digo de veras que nunca hubiera creído que todo estuviera decidido, ¡palabra que no!
También yo estoy sorprendida, aunque no por la misma razón. ¿Cómo es posible? Aimée se casa, ¿y esto no le hace ningún efecto a la señorita Sergent? ¡Algo está pasando aquí que yo ignoro! ¿A qué venían entonces todos esos esfuerzos por conquistarla, todas esas escenas de lágrimas con Aimée, si ahora la entrega de buenas a primeras a un tal Armand Duplessis, al que apenas conoce? ¡Que el diablo se los lleve a todos! Ahora tendré que atormentarme por descubrir el secreto de esta historia.
Debe ser que la señorita Sergent sólo siente celos de las mujeres. Para poner en orden mis ideas, organizo una multitudinaria partida de «grulla» con mis compañeras y con las pipiolas del segundo grado, que son ya bastante mayores para que las admitamos en nuestros juegos. Trazo dos rayas, a unos tres metros la una de la otra, y me sitúo en medio para hacer de «grulla», y da comienzo el juego, plagado de chillidos y de alguna que otra caída, que yo favorezco.
Suena la campana; volvemos a clase para la fastidiosa lección de labores de bordado. Tomo mi bastidor con desgana. Al cabo de diez minutos, la señorita Sergent se marcha, so pretexto de ir a distribuir el material a las del primer grado que, desalojadas de nuevo, se encuentran, provisionalmente (¡faltaría más! ), en una de las clases vacías del parvulario, cerca de nosotras. Juraría que, en vez de ir a buscar material, la pelirroja va ante todo a ocuparse de su pequeña Aimée.
Tras una veintena de puntadas, sufro un repentino ataque de estupidez que me impide decidir si debo cambiar de color para bordar una hoja de roble o si, por el contrario, he de usar la misma lana con la que he terminado una hoja de sauce. Y salgo, con la labor en la mano, para pedirle consejo a la omnisciente directora. Atravieso el pasillo y entro en la clase de las del primer grado: la cincuentena de chiquillas encerradas allí dentro gritan, se tiran de los pelos, ríen, bailan, dibujan monigotes en la pizarra, pero no hay ni rastro de la señorita Sergent ni de la señorita Lanthenay. ¡Pues sí que es curioso! Salgo de nuevo y empujo la puerta que da a la escalera. ¡Nada en la escalera tampoco! ¿Y si subiera? Bien, pero, ¿qué voy a decir si me pillan por ahí? ¡Bah! Siempre puedo alegar que estoy buscando a la señorita Sergent, porque he oído que la vieja campesina de su madre la está llamando.
¡Adelante! Dejo mis zuecos al pie de la escalera y subo suavemente, muy suavemente, en calcetines. Nada en lo alto de la escalera. Pero he aquí la puerta de una habitación entreabierta y ya no puedo pensar en otra cosa que en mirar por la rendija. La señorita Sergent, sentada en su enorme butaca, me da la espalda afortunadamente y sostiene sobre sus rodillas, como a un bebé, a su pequeña auxiliar. Aimée suspira dulcemente y besa con toda su alma a la pelirroja que la estrecha contra sí. ¡Acabáramos! ¡Nadie podrá decir que esta directora maltrata a sus subordinadas! No les puedo ver las caras, ya que el respaldo de la butaca es demasiado alto, pero no tengo necesidad de vérselas. El corazón me bate en los oídos y, de un salto, estoy descendiendo la escalera con mis silenciosos calcetines. Tres segundos más tarde estoy otra vez en mi sitio, al lado de la grandullona de Anaïs, que se deleita con la lectura y las ilustraciones del Supplément. Para que nadie advierta mi turbación, le pido que me lo pase, ¡como si me interesara! Hay un cuento de Catulle Mendès, cuyo tono cálido siempre me gusta, pero no puedo concentrarme en lo que leo, aturdida como lo estoy todavía por lo que acabo de ver allá arriba. No me esperaba tanto, ni jamás hubiera creído que su ternura fuese tan apasionada...
Anaïs me enseña un dibujo de Gil Baer que representa a un jovencito imberbe con aspecto de mujer disfrazada y, deslumbrada por la lectura del Carnet de Lyonnette y las correrías de Armand Sylvestre, me dice con ojos turbios:
––Tengo un primo que se le parece. Se llama Raoul, está en un colegio y le veo todos los veranos, durante las vacaciones.
Semejante revelación explica su reciente y relativa cordura, por qué ya no dirige tantos billetitos a los chicos. Las hermanas Jaubert aparentan escandalizarse ante el atrevido almanaque y Marie Belhomme derrama su tintero en sus prisas por verlo. Una vez lo ha hecho y ha leído unas líneas escapa con sus largos brazos en alto, gritando:
––¡Es abominable! ¡No quiero leer nada más hasta después del recreo!
Apenas tiene tiempo de sentarse y de secar la tinta derramada, cuando entra la señorita Sergent, seria, pero con los ojos encantados, centelleantes. Miro a la pelirroja, como si no fuera la misma que, hace unos instantes, he visto arriba tan besucona.
––Marie, me hará usted una redacción sobre la torpeza y me la entregará esta tarde a las cinco. Señoritas: mañana llega una nueva auxiliar, la señorita Griset. No tendrán ustedes relación con ella, se ocupará únicamente de las pequeñas.
Estoy a punto de preguntar: «Entonces, ¿la señorita Aimée se marcha?» Pero no hace falta: la respuesta llega sola:
––La señorita Lanthenay está desperdiciando su talento en el segundo grado; de ahora en adelante, les dará a ustedes clases de historia, de labores de bordado y de dibujo, bajo mi supervisión.
La miro sonriendo y sacudo la cabeza como para felicitarla por el arreglo, verdaderamente logrado. Ella frunce las cejas, encolerizada.
––Claudine, ¿cuánta labor de bordado ha hecho usted? ¿Sólo esto? ¡No se habrá cansado usted mucho!
Adopto mi expresión más idiota para responder:
––Pero, señorita, acabo de ir a la clase de las pequeñas para preguntarle si debía utilizar el verde número dos para la hoja de roble, y no había nadie. La llamé por la escalera y tampoco había nadie.
Hablo lentamente, en voz alta, con la intención de que todas las narices inclinadas sobre los bordados y las costuras se levanten. Se me escucha ávidamente y las mayores se preguntan qué podría estar haciendo la directora lejos de allí, abandonando de esa manera a sus alumnas. La señorita Sergent adquiere un color carmesí obscuro y responde rápidamente:
––He ido a ver dónde sería posible alojar a la nueva profesora. El edificio de la nueva escuela está casi terminado; lo están secando con hogueras y es muy probable que pronto podamos instalarnos todas allí.
Hago un ademán de protesta y disculpa a la vez, como queriendo decir: «¡Oh!, yo no tengo por qué saber dónde estaba usted. Sólo podía estar allá donde su deber la reclamara.» Pero no puedo evitar una rabiosa complacencia al pensar que bien podría contestarle: «No, dilecta educadora, la nueva auxiliar le importa a usted un comino; quien de veras le importa es la otra, la señorita Lanthenay; es de ella de quien se ocupa, y es con ella con quien ha estado usted en su habitación, besándola en plena boca.»
Mientras me deleito con mis pensamientos de rebeldía, la pelirroja se ha repuesto y, ahora, muy tranquila, habla con voz nítida:
––Tomen ustedes los cuadernos. Título: «Redacción en francés.» Expliquen y comenten el siguiente pensamiento: «El tiempo no respeta lo que se hace sin contar con él.» Disponen de hora y media.
¡Oh, desesperación y congoja! ¿Cuántas nuevas necedades tendremos que inventar? ¿Qué me importará a mí que el tiempo no respete lo que se hace sin que se le invite? ¡Siempre temas como éste, o peores! Sí, peores, ya que nos encontramos en las vísperas de fin de año y no escaparemos al inevitable ejercicio de estilo sobre los aguinaldos, venerable costumbre, alegría de los niños, enternecimiento de los padres, bombones, juguetes ––sin olvidarnos del toque sentimental sobre los pobrecitos niños pobres que no tienen regalos y de quienes hay que acordarse en día tan señalado; para que también disfruten ellos su poquito de felicidad. ¡Horror de los horrores! Mientras pierdo el tiempo rabiando, las demás ya están haciendo sus borradores. La grandullona de Anaïs espera a que yo empiece, para copiarme el principio; las dos Jaubert cavilan y reflexionan juiciosamente; y Marie Belhomme ya ha llenado una página de tonterías, de frases contradictorias y de reflexiones que no tienen nada que ver con el tema. Tras bostezar durante un cuarto de hora, me decido a empezar y escribo directamente sobre el «cuaderno de clase», sin hacer borrador, lo que provoca la indignación de las demás.
A las cuatro, al salir, advierto sin mayor pena que hoy me toca barrer en compañía de Anaïs. Generalmente esta obligación me fastidia, pero hoy me da lo mismo, incluso lo prefiero. Al salir en busca de la regadera me tropiezo con la señorita Aimée, que luce unos pómulos encendidos y unos ojos radiantes.
––Buenas tardes, señorita. ¿Para cuando es la boda?
––¿Cómo? ¡Vaya!... Bien, estas niñas siempre se enteran de todo. El caso es que aún no está decidido... la fecha, por lo menos. Para las vacaciones de verano, seguramente... Dígame, ¿verdad que el señor Duplessis no es feo?
––¿Feo Richelieu? ¡No, por Dios! ¡Está mucho mejor que el otro, mucho mejor! ¿Le ama usted?
––¡Qué pregunta! ¡Si le acepto como marido!
––¡Pues vaya una razón! Le pido que no me dé semejantes respuestas. No está hablando con Marie Bethomme. La verdad es que usted no le quiere demasiado; le encuentra agradable, eso sí, y se casará con él para saber qué es eso, y también por vanidad y para darles dentera a sus compañeras de la Escuela Normal, que se quedarán para vestir santos, ¡eso es todo! Únicamente le pido que no le dé demasiados dolores de cabeza; es cuanto puedo desearle, ya que sin duda él merece un amor mejor del que usted puede darle.
¡Plaf! Ahí queda eso. Me doy media vuelta y me marcho a buscar agua para regar. Ella se queda plantada, petrificada. Finalmente se marcha a supervisar el barrido de las pequeñas o bien a contarle a su querida señorita Sergent lo que acabo de decirle. ¡Que haga lo que quiera! No quiero preocuparme más de ese par de locas, de las que una no lo es. Y llena de excitación me pongo a regar y a regar, regando hasta los pies de Anaïs y los mapas y luego barro con todas mis fuerzas. Me relaja fatigarme de esa manera.
Clase de canto. Entrada de Antonin Rabastens, que luce una corbata celeste. «¡Té, bel astre!» como decían las provenzales a Roumestan. Vaya, también viene la señorita Lanthenay, seguida por una diminuta criatura, aún más pequeña que ella, que se desplaza con singular suavidad y que aparenta trece años, la cara algo achatada, los ojos verdes, la tez lozana y los cabellos sedosos y obscuros. La chiquilla se ha quedado inmóvil, en actitud huraña, en el umbral de la clase. La señorita Aimée se vuelve hacía ella sonriendo:
––Vamos, ven, no tengas miedo. ¿Me oyes, Luce?
¡Pero si es su hermana! Se me había olvidado por completo este detalle. Me había hablado de esta hermana probable en los tiempos en que aún éramos amigas... Me parece tan ridícula esta hermanita que se ha traído que pellizco a Anaïs, que cloquea, le hago cosquillas a Marie Bethomme, que maúlla, y esbozo un paso a dos tiempos a espaldas de la señorita Sergent. Rabastens encuentra encantadoras esas locuras, la hermanita Luce me contempla con sus ojos rasgados y la señorita Aimée se echa a reír (claro, ahora se ríe de todo, ¡es tan feliz!) y me dice:
––Claudine, le ruego que no la vuelva loca desde buen principio; bastante tímida es por naturaleza.
––Señorita, velaré por ella como si de mi propia virtud se tratara. ¿Qué edad tiene?
––Cumplió quince años el mes pasado.
––¿Quince? ¡Ya no se puede creer en nada en este mundo! Yo le echaría trece, como mucho.
La pequeña, sonrojándose hasta las orejas, se mira los pies, muy bonitos por cierto. Se apoya en su hermana, aferrada a su brazo, para tranquilizarse. Que no tema, que enseguida le daré animos.
––Vamos, pequeña, ven conmigo. No tengas miedo. Mira, este señor, que exhibe en nuestro honor embriagadoras corbatas, es nuestro profesor de canto; por desgracia, sólo le verás los jueves y los domingos. Estas chicas mayores son nuestras compañeras; te sobrará tiempo para conocerlas a todas. Y yo. Yo soy la alumna modelo, el mirlo blanco, nunca me riñen ––¿verdad, señorita?–– y siempre me porto tan bien como hoy. ¡Para ti seré como una segunda madre!
La señorita Sergent se divierte sin querer aparentarlo, Rahastens me admira y la mirada de la novata expresa sus dudas sobre mi salud mental. Pero ya está, ya he jugado bastante con la pequeña Luce, que no se ha apartado de su hermana mayor, que la llama «tontita». ha dejado de interesarme. Y pregunto a bocajarro:
––¿Dónde va a acostarse esta niña, si todavía no hay nada terminado?
––Conmigo ––responde Aimée. Me muerdo los labios, miro directamente a la directora y digo con voz bien clara:
––¡Vaya una lata!
Rabastens se ríe tapándose la boca (¿es que sospecha algo?) y emite la opinión de que, tal vez, podríamos empezar a cantar. Claro que podríamos; e incluso cantamos. La novata se hace la desentendida y permanece muda obstinadamente.
––¿No sabe usted música, señorita Lanthenay junior? ––pregunta el exquisito Antonin, con su mejor sonrisa de viajante de vinos.
––Sí, señor, un poco ––responde la pequeña Luce, con una débil voz cantarina, que debe resultar agradable al oído cuando el temor no la ahoga.
––¿Pues entonces?
Pues entonces nada de nada. ¡Deja tranquila de una vez a la chiquilla, palurdo conquistador! En este preciso instante, Rabastens me susurra:
––Por lo demás, creo que de poco van a servir las lecciones de canto si las señoritas se encuentran fatigadas.
Miro a mi alrededor, estupefacta por su audacia al hablarme casi al oído; pero ha calculado bien: todas mis compañeras se ocupan de la novata, le hacen zalamerías y le hablan con dulzura. Ella corresponde con gentileza, ya mucho más tranquila al comprobar la buena acogida que se le dispensa. En cuanto a la gatita Lanthenay y a su amada tirana, replegadas al pie de la ventana que da al jardín, se han olvidado por completo de nosotros. El brazo de la señorita Sergent enlaza el talle de Aimée y hablan entre sí con voz inaudible o tal vez ni siquiera hablan, que viene a ser lo mismo. Antonin, que ha seguido la dirección de mi mirada, no se priva de reírse.
––¡Qué a gusto están juntas!
––Eso parece. ¿No le parece conmovedora esa amistad, señor?
Esta rechoncha alma de cántaro es incapaz de esconder sus sentimientos y exclama en voz baja:
––¿Conmovedora? ¡Yo diría más bien que resulta embarazosa para los demás! El domingo por la tarde vine a traer los cuadernos de música, y las dos señoritas se encontraban aquí, a oscuras. Entré (después de todo la clase es un lugar público, ¿no es cierto?) y a la luz del crepúsculo entreví a la señorita Sergent y a la señorita Aimée, la una junto a la otra, besándose como dos pichoncitos. ¿Quiere usted creer que ni siquiera se inmutaron? No, qué va; simplemente la señorita Sergent se volvió hacia mí preguntando con voz lánguida: «¿Qué hay?» Bueno, yo no soy tímido, pero me quedé de una pieza frente a ellas. (Ay, este cándido profesor adjunto siempre tan charlatán, sin saber que no me dice nada que yo no sepa. Pero se me olvidaba lo más importante.)
––¿Y con su colega, señor? ¿Debe ser muy feliz ahora que está prometido con la señorita Lanthenay?
––Sí, pobre muchacho... aunque a mí me parece que no tiene muchos motivos para serlo.
––¡Oh! ¿Por qué dice usted tal cosa?
––Bueno... la directora hace lo que quiere de la señorita Lanthenay, y eso no es muy agradable para un futuro marido. A mí personalmente me molestaría bastante que mi mujer se viese dominada de esa manera por alguien que no fuera yo.
Estamos de acuerdo. Pero las demás han terminado su interrogatorio a la novata, por lo que será más prudente dar por terminada la conversación. Cantemos... Nada, inútil: ahí tenemos a Armand, que ha osado entrar interrumpiendo el tierno cuchicheo entre las dos mujeres. Se queda extasiado frente a Aimée, que coquetea con él, abriendo y cerrando sus párpados de rizadas pestañas, mientras la señorita Sergent le contempla embelesada, con la mirada enternecida de una madrastra que ha colocado a su hija. Las conversaciones de mis compañeras se prolongan hasta que suena la hora. Rabastens tiene razón, después de todo: ¡qué divertidas son estas lecciones de canto! Esta mañana me encuentro a la puerta de la escuela con una muchachita pálida –– pelo sin brillo, ojos grises, cutis apagado–– que sujeta sobre sus estrechos hombros una toquilla de lana, con el aire desolado de un gato escuálido que tiene frío y miedo. Anaïs me la señala con un gesto del mentón y una mueca de desagrado. Yo sacudo la cabeza compadecida y le digo en voz baja:
––Ahí tienes a alguien que lo va a pasar mal aquí, no hay más que verla. Las otras dos están demasiado bien avenidas como para no hacerla sufrir.
Las alumnas van llegando poco a poco. Antes de entrar, observo que los dos nuevos edificios de la escuela se están terminando con una prodigiosa rapidez; parece ser que Dutertre le ha prometido al contratista una suculenta prima si todo está listo en la fecha que ha fijado. ¡En qué trapicheos no andará metido semejante tipo! Clase de dibujo, bajo la dirección de la señorita Lanthenay: «Reproducción lineal de un objeto corriente.» En esta ocasión lo que hemos de dibujar es una botella tallada, colocada sobre la mesa de la señorita. Las clases de dibujo siempre resultan entretenidas, ya que nos proporcionan mil y un pretexto para levantarnos: se encuentra una en «dificultades», se dejan caer manchas de tinta china por todas partes donde no hay necesidad de hacerlas... De inmediato empiezan las reclamaciones. Soy yo quien abre el fuego:
––Señorita Aimée, me resulta imposible dibujar la botella desde mi sitio. Me la tapa el tubo de la estufa.
La señorita Aimée, absorta en la tarea de cosquillear la nuca rojiza de la directora, que está escribiendo una carta, se vuelve hacia mí:
––Creo que si inclina usted un poco la cabeza la verá perfectamente.
––Señorita ––continúa Anaïs––, me resulta totalmente imposible ver claramente el modelo. Me lo tapa la cabeza de Claudine.
––¡Oh! ¡Realmente son ustedes cargantes! Si mueven un poco la mesa, podrán verla las dos a la vez.
Le toca el turno a Marie Belhomme, que gimotea:
––Señorita, no tengo carboncillo y, además, la hoja que me han dado tiene un defecto en el centro, por lo que me resulta imposible dibujar la botella.
––¡Por Dios santo! ––chilla fuera de sí la señorita Sergent––. ¿Es que no van a dejar de fastidiar nunca? Aquí tienen papel y carboncillos. ¡Y ahora no quiero oír una sola queja más! De lo contrario, les haré dibujar toda una vajilla.
Aterrorizado silencio. Podría escucharse el vuelo de una mosca... por espacio de cinco minutos. Al sexto, renace un leve zumbido, cae un zueco, Marie Belhomme tose, yo me levanto para medir, con los brazos extendidos, la altura y la anchura de la botella. Anaïs, la grandullona, sigue mi ejemplo y aprovecha la circunstancia de tener que guiñar un ojo para componer terroríficas muecas, que provocan la risa de Marie. Yo termino el boceto de la botella al carboncillo y me levanto para ir en busca de la tinta china al armario que se halla detrás de las profesoras. Ellas han vuelto a olvidarse de nosotras, se hablan en voz baja, se ríen y, cuando en cuando, la señorita Aimée retrocede con un gesto de espanto que le sienta divinamente. Verdaderamente, tienen tan pocos reparos ante nosotras que no vale la pena que nosotras los tengamos tampoco. ¡Esperad un poco, pequeñas!
Siseo un par de veces, hasta lograr que todas las caras se levanten y entonces indico a toda la clase la tierna pareja Sergent-Lanthenay; desde detrás de ellas, levanto mis manos por encima de sus cabezas y les doy mi bendición. Marie Belhomme estalla de risa, las Jaubert bajan la nariz, reprobadoras, y yo, sin que las interesadas me hayan visto, me sumerjo en el armarlo, del que extraigo el frasco de tinta china. Al volver, le echo un vistazo al dibujo de Anaïs: su botella se le parece, demasiado alta, con el gollete excesivamente delgado y largo. Intento decírselo, pero ella no me hace caso, totalmente ocupada en preparar sobre sus rodillas «tortillina» para mandársela, en una caja de plumillas, a la novata. ¡Valiente bicho está hecha! (La tortillina se hace con carboncillo machacado con tinta china, hasta formar una pasta que, una vez solidificada, si se toma desprevenidamente, mancha indeleblemente los dedos, la ropa, los cuadernos...) Ay, a la pobre y pequeña Luce se le van a ennegrecer las manos; como se le manche su dibujo al abrir la caja, se ganará una buena regañina. Para vengarla, me apodero del dibujo de Anaïs rápidamente, dibujo en tinta un cinturón con una hebilla alrededor de la botella y escribo debajo: «Retrato de la grandullona de Anaïs.» Levanta la cabeza en el mismo momento en que termino de escribir y le envía la «tortillina» a Luce, acompañada de la mejor de sus sonrisas. La pequeña se ruboriza y da las gracias. Anaïs vuelve la mirada a su dibujo y deja escapar un «¡Oh!» rebosante de indignación que devuelve a la realidad a las dos tortolitas.
––¿Qué sucede? ¿Acaso se ha vuelto loca, Anaïs?
––Señorita, ¡vea lo que Claudine ha hecho con mi dibujo!
Rebosante de cólera, se levanta y lo lleva hasta la mesa; la señorita Sergent posa en él su severa mirada y, de pronto, se echa a reír. Desesperada y rabiosa, Anaïs se echaría a llorar de despecho, si no tuviera el lagrimal tan difícil. Recobrando su seriedad, la directora pontifica:
––Desde luego este tipo de bromas no le ayudará a sacar una buena nota en el examen, Claudine, pero ha hecho usted una crítica bastante acertada del dibujo de Anaïs, que en efecto es demasiado estrecho y demasiado largo.
La larguirucha regresa a su sitio, decepcionada y herida. Le digo:
––¡Eso te enseñará a enviarle «tortillina» a esa pobre chica que no te ha hecho nada!
––¡Vaya, vaya! De modo que pretendes desquitarte con la pequeña del fracaso sufrido con la hermana mayor, ya que la proteges tan celosamente.
¡Plaff! La descomunal bofetada retumba sobre su mejilla. Se la he dado con todas mis fuerzas, acompañada de un «¡para que no te metas donde no te llaman!». La clase, en completo desorden, zumba como una colmena. La señorita Sergent desciende de su tarima ante una cuestión tan grave. Hacía tanto tiempo que no le pegaba a una compañera, que empezaban a creer que me había vuelto razonable. (Antes tenía la costumbre de dirimir las disputas yo solita a base de pescozones y puñetazos, sin ir a chivarme como otras.) Mi última batalla data de más de un año. Anaïs llora sobre la mesa.
––Señorita Claudine ––dice severamente la directora––, la conmino a que se contenga. Si vuelve usted a pegar a sus compañeras, me veré obligada a no permitirle la entrada en esta escuela.
Pero no va por buen camino, porque yo estoy desbocada. Le dirijo una sonrisa tan insolente que le hago perder los estribos:
––¡Baje usted la mirada, Claudine!
Yo no bajo nada de nada.
––¡Salga usted, Claudine!
––¡Con mucho gusto, señorita!
Salgo, pero, una vez fuera, me doy cuenta de que voy sin nada en la cabeza y vuelvo a entrar para recoger mi sombrero. Toda la clase está consternada y muda. Advierto que Aimée, que ha corrido junto a la directora, le habla rápidamente y en voz baja. No tengo tiempo de cruzar el umbral antes de que la directora me llame:
––Venga usted aquí, Claudine. Siéntese en su sitio. No quiero expulsarla, ya que dejará usted la escuela después del certificado... Bueno, y porque no es usted una alumna mediocre, aunque sí demasiado a menudo una alumna indisciplinada. Sólo prescindiré de usted si no me deja otra salida. Deje el sombrero en su sitio.
¡Le debe haber costado Dios y ayuda decir esto! Los latidos de su corazón, aún alterado, hacen temblar las hojas del cuaderno que tiene en las manos. Muy juiciosa, digo «Gracias, señorita». Instalada de nuevo en mi sitio, junto a la grandullona de Anaïs, que permanece en silencio y un tanto asustada por la escena que ha provocado, me pregunto con estupor por los motivos que han impulsado a la rencorosa pelirroja a volverme a llamar. ¿Temió tal vez las consecuencias que mi expulsión pudiera desencadenar en la capital de la provincia? ¿O quizá pensó que me iría de la lengua y empezaría a proclamar a voz en grito todo lo que sé (por lo menos), todo el desorden que reina en la escuela, los toqueteos de las chicas mayores por parte del delegado comarcal, sus dilatadas visitas a nuestras profesoras, el frecuente abandono de las clases por las dos señoritas que tengo enfrente, demasiado ocupadas en hacerse arrumacos a escondidas, las lecturas más bien libres de la señorita Sergent (el Journal Amusant, Zolas asquerosos y otras cosas peores), los coqueteos del apuesto profesor adjunto, presumido y cantarín, con las alumnas del último curso...? En fin, una cantidad de cosas sospechosas e ignoradas por los padres, ya que las mayores, que se divierten en la escuela, jamás las contarían y las pequeñas aún no saben de la misa la mitad. ¿No habrá sido por temor a un principio de escándalo que dañara seriamente su reputación y, a la vez, el futuro de la hermosa Escuela que con tantos esfuerzos se está construyendo? Así lo creo. Por lo que me concierne, y una vez que se me ha pasado el arrebato, como a ella, prefiero desde luego quedarme en este cuchitril, donde lo paso mejor que en ninguna otra parte. Tranquilizada, contemplo la mejilla amoratada de Anaïs y le murmuro alegremente:
––¿Qué tal, amiga mía, te sientes bien tan calentita?
Ha pasado tanto miedo ante mi posible expulsión, de la que podría haberla acusado de ser la causante, que no me guarda rencor alguno:
––¡Demasiado calentita estoy! Lo que sí debo decirte es que tienes una mano como una maza. ¿Te has vuelto loca, para enfadarte así?
––Bueno, bueno, no hablemos más del asunto. Creo que ha sido un movimiento nervioso y algo violento de mi mano derecha.
Peor que mejor, ha borrado el «cinturón» de su botella; yo termino la mía y la señorita Aimée corrige nuestros dibujos con manos febriles. Hoy me encuentro con el patio vacío, o casi. En la escalera de la escuela de párvulos hay una gran algarabía; se oyen voces que llaman y gritan: «¡Ten cuidado con eso! ¡Vaya si pesa!» Me precipito a ver lo que pasa:
––¿Qué estáis haciendo?
––Ya lo ves ––explica Anaïs––. Estamos ayudando a las señoritas en la mudanza; se marchan al nuevo edificio.
––¡Venga, dame algo que pueda llevar!
––Arriba hay cosas. Sube.
Subo hasta la habitación de la directora, la habitación cuya puerta estuve acechando..., ¡en fin! Su madre, la campesina, con la cofia ladeada me confía para que lleve, ayudada por Marie Belhomme, un enorme cesto que contiene los objetos de tocador de su hija. ¡Esta pelirroja no se priva de nada! Su tocador está minuciosamente surtido: frascos de cristal tallado, grandes y pequeños, estuches de manicura, vaporizadores, cepillos, pinzas y borlas para los polvos, una inmensa palangana y un espejo. Desde luego esto no son, ni mucho menos, los utensilios de tocador de una maestra de pueblo. Basta con mirar, para comprobarlo, el tocador de la señorita Aimée y de la pálida y silenciosa Griset, que transportamos a continuación: palangana, jarra para el agua de reducidas dimensiones, un espejito redondo, un cepillo de dientes, jabón..., y basta. Sin embargo, la pequeña Aimée es muy presumida, sobre todo desde hace algunas semanas, y se la ve acicalada y perfumada. ¿Cómo lo logra? Cinco minutos después advierto que el fondo de su jarra de agua está lleno de polvo. De acuerdo. Comprendido. El nuevo edificio, que contiene tres aulas, un dormitorio en el primer piso y pequeñas habitaciones para las adjuntas, aún está demasiado húmedo `para mi gusto y huele desagradablemente a yeso. Entre uno y otro edificio, se ha construido el cuerpo principal, que albergará la alcaldía en la planta baja, los apartamentos privados en la primera planta y comunicará entre sí los dos anexos ya terminados.
Al bajar, se me ocurre la maravillosa idea de encaramarme a los andamios, ya que los albañiles aún están comiendo. Y de inmediato me encuentro en lo alto de una escalera y luego deambulando sobre los andamios, divirtiéndome una barbaridad. ¡Atención! Regresan algunos obreros. Me escondo detrás de un tabique esperando la oportunidad para bajar. Ya están en la escalera. ¡Bah! Aunque me vean no van a chivarse. Se trata de Escardillo el Rojo y de Escardillo el Negro. Los conozco de vista. Encienden sus pipas y charlan.
––Te aseguro que por ésa no bebo los vientos.
––¿Por cuál?
––Esa maestra nueva que llegó ayer.
––¡Ah! No parece que se sienta muy feliz, la pobre; por lo menos, no tanto como las otras dos.
––No me hables de las otras dos, me traen de cabeza. Ya no sé qué pensar de ellas, no parece sino que son marido y mujer. Todos los días las veo desde aquí, todos los días, y siempre es lo mismo: se acaramelan, echan los postigos y no hay nada más que ver. ¡No me hables, te digo! Y sin embargo la pequeña está bien plantada, la puñetera, pero se ha terminado. Y el otro pánfilo, el profesor adjunto que se va a casar con ella, debe ver menos que un topo para dar semejante paso.
Disfruto locamente, pero como suena la campana de entrada apenas tengo tiempo para deslizarme al interior (hay escaleras por todas partes) y llegar empolvada de cemento y de yeso, feliz de no recibir más castigo que un seco: «¿De dónde sale? Si tiene usted que ensuciarse tanto no se le permitirá ayudar en el traslado.» Estoy jubilosa por haber oído hablar a los albañiles de las profesoras con tanto sentido común. Lectura en alta voz. Fragmentos escogidos. ¡Uf! Para distraerme, abro sobre mis rodillas un número del Eco de París, que me he traído previendo una lección aburrida, y me hallo saboreando el original Mauvais Désir de Lucien Muhlfeld, cuando la señorita Sergent me interpela:
––Continúe usted, Claudine.
No tengo ni idea de por dónde vamos, pero me levanto de golpe, decidida a «hacer una barbaridad» antes que dejarme pillar con mi revista. En el instante en que estoy pensando si derramar un tintero, desgarrar las hojas de mi libro o gritar «¡Viva la anarquía!», llaman a la puerta. La señorita Lanthenay se levanta, abre, se aparta y Dutertre hace su aparición.
¿Habrá enterrado ya este médico a todos sus enfermos, para disponer de tantas horas libres? La señorita Sergent corre a su encuentro y él le estrecha la mano sin dejar de contemplar a la pequeña Aimée que, roja como un tomate, sonríe confundida. ¿Por qué razón? ¡No es tan tímida! Cómo me fatiga toda esta gente, obligándome incesantemente a tratar de adivinar lo que piensan o lo que hacen...
Dutertre me ha visto enseguida, está claro, puesto que estoy de pie, pero se contenta con dirigirme una sonrisa desde lejos y se queda junto a las profesoras; los tres charlan a media voz. Por mi parte, me siento prudentemente y les miro. De pronto, la señorita Sergent ––que no deja ni por un momento de contemplar amorosamente a su bello delegado comarcal–– levanta la voz y dice:
––Usted mismo podrá verlo ahora, señor. Mientras yo sigo dando clase a estas niñas, la señorita Lanthenay le acompañará, y podrá comprobar fácilmente la grieta de la que le hablé: cruza la pared nueva, junto a la cama, de arriba abajo. Resulta preocupante en una casa nueva, y no me deja dormir tranquila. La señorita Aimée no dice nada, aunque esboza un gesto de objeción, pero se contiene y desaparece, precediendo a Dutertre, que le tiende la mano a la directora para estrechársela vigorosamente, como dándole las gracias. Desde luego que no lamento haber vuelto a la escuela, pero, por muy acostumbrada que esté a su asombroso comportamiento y a sus inusitadas costumbres, me quedo de una pieza y me pregunto qué estará buscando ésta al enviar a ese mujeriego y a su muchachita, juntos, a constatar en su habitación una grieta que juraría que no existe.
––¡Valiente cuento el de la fisura! ––Susurro esta reflexión al oído de la grandullona de Anaïs, que se aprieta la cintura y come goma frenéticamente para demostrar su gozo ante esas sospechosas aventuras.
Animada por su ejemplo, saco del bolsillo un librillo de papel de fumar (yo sólo coma el de la marca «Nilo») y me aplico con entusiasmo a masticar.
––Amiga mía ––dice Anaïs––, he dado con algo estupendo para comer.
––¿El qué? ¿Periódicos viejos?
––No, la mina de los lápices con una punta roja y la otra azul, ya sabes lo que quiero decir. La parte azul sabe mejor. Ya he birlado cinco del armario del material. ¡Son deliciosos!
––A ver, déjame probar... No, no me apetecen. Seguiré con mi Nilo.
––Tú eres tonta. ¡Nunca sabrás lo que es bueno!
Mientras nosotras charlamos en voz baja, la señorita Sergent está absorta, haciendo leer a la pequeña Luce sin escucharla siquiera. ¡Tengo una idea! ¿Qué podría inventar para conseguir que coloquen a esa chiquilla a mi lado? Procuraría sacarle todo cuanto sabe de su hermana Aimée; a lo mejor se le suelta la lengua..., sobre todo teniendo en cuenta que, cuando cruzo la clase, ella me sigue con una mirada asombrada y curiosa, sonriendo un poco con sus ojos verdes, de un verde extraño que se oscurece a la sombra, bordeados por largas pestañas negras. ¡Hay que ver cuánto rato pasan esos dos allá arriba! ¿Es que esa descocada no va a venir a darnos la lección de geografía?

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:28 am

––Oye, Anaïs, ya son las dos.
––¿Y qué? ¿De qué te quejas? No nos vendría nada mal que hoy se saltaran la lección. ¿Tú tienes hecho ya el mapa de Francia?
––Más o menos... Los canales aún no los he terminado. ¿Sabes lo que te digo? No estaría mal que pasara hoy el inspector: se encontraría con un verdadero desorden.
Date cuenta de que la señorita Sergent ni siquiera se ocupa de nosotras, con la cara pegada a la ventana. La grandullona de Anaïs, se troncha de risa de repente.
––¿Qué diablos pueden estar haciendo? Me imagino al señor Dutertre midiendo el ancho de la grieta.
––¿Crees que es muy ancha esa fisura? ––pregunta ingenuamente Marie Belhomme, que está trazando sus cordilleras en el mapa con un lápiz mordisqueado.
Semejante candor me provoca una carcajada. ¿Me habré reído demasiado fuerte? No, Anaïs me tranquiliza.
––Anda, puedes estar tranquila. La señorita está tan absorta que podríamos ponernos a bailar en la clase sin que nos castigara.
––¿Bailar? ¿Te apuestas algo a que lo hago? ––digo, levantándome muy suavemente.
––¡Oh! Te apuesto dos canicas de las grandes a que no eres capaz de bailar sin ganarte una regañina.
Me quito los zuecos delicadamente y me sitúo en mitad de la clase, entre las dos hileras de mesas. Todo el mundo levanta la cabeza: es evidente que la hazaña anunciada ha despertado un vivo interés. ¡Vamos allá! Echo hacia atrás el pelo que me molesta, cojo la falda con dos dedos e inicio una polca que no por ser muda deja de despertar la admiración general. Marie Belhomme está exultante y no puede reprimir unos hipos de alegría. ¡Que el diablo se la lleve! La señorita Sergent se estremece y se vuelve, pero yo ya me he precipitado sobre mi banco y oigo cómo la directora le anuncia a la boba, con voz lejana y aburrida:
––Marie Belhomme, va a copiarme usted toda la conjugación del verbo reír en letra redondilla. Es una verdadera lástima que muchachas mayores, que tienen ya quince años, sólo sean capaces de portarse bien cuando se las vigila.
La pobre Marie está a punto de echarse a llorar. ¡Le está bien empleado, por tonta! Por mi parte, le reclamo de inmediato las dos canicas a Anaïs, que me las entrega de bastante mala gana. ¿Qué estarán haciendo los comprobadores de grietas? La señorita Sergent no deja de mirar por la ventana. Han dado las dos y media y esto ya no puede prolongarse mucho tiempo. Por lo menos es preciso que advierta que nos hemos dado cuenta de la indebida ausencia de su pequeña favorita. Toso, sin éxito alguno; toso de nuevo y pregunto con voz juiciosa, la voz de las Jaubert:
––Señorita, tenemos unos mapas que tiene que corregir la señorita Lanthenay. ¿Tendremos hoy la clase de geografía?
La pelirroja se da la vuelta bruscamente y clava la vista en el péndulo. Luego frunce las cejas, contrariada e impaciente.
––La señorita Aimée volverá en seguida, ya saben ustedes que la he mandado a la nueva escuela. Repasen sus lecciones mientras tanto; no estará de más.
¡Estupendo! Es muy posible que no tengamos que dar la clase hoy. Alegría general y zumbido de actividad, en cuanto sabemos que no hay nada que hacer. Y la comedia de «repasar las lecciones» comienza: en cada una de las mesas, una alumna toma su libro, su vecina cierra el suyo y ha de recitar la lección o responder a las preguntas que le haga su compañera. De doce alumnas, sólo las gemelas Jaubert repasan realmente. Las restantes se hacen preguntas fantásticas, manteniendo, eso sí, la compostura y simulando recitar la lección en voz baja. La grandullona de Anaïs ha abierto su atlas y me pregunta:
––¿Qué es una esclusa?
Yo contesto como si recitara de memoria:
––¡Quita! No me vas a dar la lata con tus canales. Mira la cara que pone la señorita, es más divertido.
––¿Qué opina usted de la conducta de la señorita Aimée Lanthenay?
––Pienso que está pelando la pava con el delegado comarcal, comprobador de grietas.
––¿A qué se le llama una «grieta»?
––A una fisura que, por lo general, se encuentra en una pared, pero que puede hallarse en cualquier otra parte, incluso en los lugares más resguardados del sol.
––¿A qué se le llama una «prometida»?
––A una hipócrita casquivana que le juega malas pasadas a un adjunto enamorado de ella.
––¿Qué haría usted en el lugar del susodicho adjunto?
––Le pegaría un puntapié en el trasero al delegado comarcal y un par de guantazos a la pequeña que le acompaña a comprobar fisuras.
––¿Y qué sucedería luego?
––Que vendrían otro adjunto y otra profesora auxiliar.
La grandullona de Anaïs levanta el atlas de vez en cuando, para poder carcajearse detrás de él. Pero a mí ya me cansa el juego. Quiero salir para poder verles volver. Empleemos el medio más vulgar:
––¿Seño... ?
No hay respuesta alguna.
––Seño, por favor, ¿puedo ir...?
––Sí; vaya, pero no tarde mucho.
Lo ha dicho maquinalmente, sin pensarlo; está claro que toda su alma se encuentra allá arriba, en la habitación cuya pared nueva podría agrietarse. Salgo rápidamente y echo a correr hacia los retretes «provisionales» (¡cómo no!) y me quedo junto a la puerta con una abertura en forma de rombo, dispuesta a refugiarme en el infecto cuchitril si alguien asoma la cabeza. Cuando ya estoy dispuesta a regresar a la clase, desolada, ya que, pobre de mí, el tiempo lógico ha transcurrido, veo aparecer a Dutertre, solo, que sale de la nueva escuela, colocándose los guantes con ademán de satisfacción. No viene hacia aquí, sino que se dirige rectamente al pueblo. Aimée no está con él, pero da lo mismo, ya tengo bastante con lo que he visto. Me vuelvo para regresar a la clase, pero retrocedo asustada: a veinte pasos de mí ––detrás de una pared nueva de seis pies de altura, que protege el pequeño «edículo» de los chicos (muy parecido al nuestro e igualmente «provisional»)–– asoma la cabeza de Armand. El pobre Duplessis, pálido y trastornado, mira en dirección a la escuela nueva; le contemplo por espacio de cinco segundos, hasta que él desaparece, enfilando a grandes zancadas el camino que conduce al bosque. Ya no me río. ¿Qué saldrá de todo esto? Más vale regresar de inmediato, antes de que sea demasiado tarde. La clase sigue en ebullición: Marie Bethomme ha trazado sobre su mesa un cuadrado, cruzado por dos diagonales y dos líneas rectas que se encuentran en el centro del cuadrado; es decir, el «tres en raya» y se entrega gravemente a ese juego delicioso con la pequeña Lanthenay, la novata ––¡pobrecilla Luce!––, a quien la escuela debe parecerle fantástica. ¡Y la señorita Sergent que sigue mirando por la ventana!
Anaïs está iluminando con lápices Conté los retratos de los grandes hombres más odiosos de la Historia de Francia. Me recibe con un «¿qué has visto?»
––¡Se acabó la broma, amiga mía! Armand Duplessis les estaba acechando desde detrás del muro de los retretes. Dutertre se ha vuelto a la ciudad y Richelieu ha salido corriendo como un loco.
––¡Venga ya! ¡No me metas más trolas!
––¡Que no! ¡No es el momento de contar trolas! Te juro que lo he visto. ¡Mira cómo me late el corazón!
La esperanza del posible drama nos deja silenciosas por un momento. Luego Anaïs pregunta:
––¿Se lo vas a contar a las demás?
––No, claro que no; estas atontadas son capaces de irlo repitiendo por ahí. Sólo se lo diré a Marie Belhomme.
Se lo cuento todo a Marie, cuyos ojos se redondean aún más si cabe, y que pronostica: «¡Esto va a terminar mal!» La puerta se abre; nos volvemos todas a la vez, como movidas por un resorte: es la señorita Aimée, con el rostro animado, algo jadeante. La señorita Sergent acude a su lado, reprimiendo justo a tiempo el ademán de estrecharla entre sus brazos. La directora parece volver a la vida, arrastra a la pequeña casquivana hasta la ventana y la interroga ávidamente. (¿Y nuestra lección de geografía?)
La hija pródiga, sin excesiva emoción, emite breves frases que no parecen satisfacer la curiosidad de su digna superiora. Ante una pregunta más ansiosa, responde: «No», moviendo la cabeza con un malicioso suspiro; la pelirroja, entonces, exhala un suspiro de alivio. Nosotras tres, en la primera mesa, observamos con una tensa atención. La verdad es que temo un poco por esta inmoral muchacha, y quizá debiera avisarla de que desconfiara de Armand, pero la otra, la déspota, pretendería enseguida que he denunciado su conducta a Richelieu, quizás por medio de anónimos. Mejor abstenerse.
¡Me irritan con sus cuchicheos! Acabemos de una vez: lanzo un «¡Eh!» a media voz, para atraer la atención de mis compañeras, y empezamos a zumbar. Al principio, el zumbido es como un murmullo de abejas continuo; luego va aumentando, y termina por entrar, a la fuerza, en los oídos de esas profesoras chaladas, que intercambian una mirada inquieta; pero la señorita Sergent, valiente, pasa a la ofensiva:
––¡Silencio! ¡Como vuelva a oír zumbar se queda toda la clase castigada hasta las seis! ¿Acaso creen ustedes que se pueden dar clases con normalidad hasta que no esté terminada la nueva escuela? Son ustedes ya lo bastante mayores como para saber que deben trabajar por sí mismas, cuando alguna de nosotras no puede darles clase. ¡Entréguenme un atlas! ¡La alumna que no se sepa la lección sin un solo fallo tendrá que hacer deberes suplementarios durante una semana!
Hay que reconocer que tiene autoridad esta mujer fea, apasionada y celosa, y todas enmudecemos en cuanto levanta la voz. Recitamos la lección de carrerilla y nadie se atreve a «disiparse», ya que soplan vientos amenazadores de castigo. Mientras tanto pienso que no me consolaré de no asistir al reencuentro entre Armand y Aimée; antes prefiero que me expulsen (total, para lo que me importa) con tal de ver lo que pasa.
A las cuatro y cinco, cuando resuena en nuestros oídos el cotidiano «cierren los cuadernos y colóquense en fila», me marcho a disgusto. ¡Vaya por Dios! ¡La inesperada tragedia se queda para otro día! Mañana llegaré bien temprano a la escuela, para no perderme nada de lo que suceda. Al día siguiente por la mañana llego bastante antes de la hora reglamentaria y entablo, para matar el tiempo, una conversación trivial con la tímida y triste señorita Griset que, como siempre, está pálida y cariacontecida.
––¿Se encuentra usted a gusto aquí, señorita?
Mira a su alrededor antes de responderme:
––¡Oh! No mucho. No conozco a nadie y me aburro un poco.
––Pero ¿acaso su compañera y la señorita Sergent no son amables con usted?
––Yo... no sé qué decirle. Bueno, realmente no se si son amables; nunca se ocupan de mí.
––¡No me diga!
––Sí... a la hora de la comida hablan un poco conmigo, pero así que han corregido los deberes se marchan y yo me quedo a solas con la madre de la señorita Sergent, que una vez ha quitado la mesa se encierra en la cocina.
––¿Y a dónde van ellas dos?
––Pues supongo que a su habitación.
¿Qué ha querido decir? ¿Una habitación para cada una o una habitación para las dos? ¡La pobre desgraciada se gana con creces sus setenta y cinco francos mensuales!
––¿Quiere que le preste libros, señorita, si es que se aburre usted por las noches? (¡Qué alegría le doy! ¡Casi se ruboriza!)
––¡Oh, sí, encantada! Es usted muy amable. ¿No cree que la directora se enfadará?
––¿La señorita Sergent? Si cree realmente que va a darse cuenta siquiera es que aún le quedan muchas ilusiones sobre el interés que la pelirroja pueda tomarse por usted.
Me sonríe casi confiada y me pregunta si puedo prestarle el Relato de un joven pobre, que tantas ganas tiene de leer. ¡Naturalmente que sí! Mañana mismo tendrá a su romántico Feuillet. Me da pena esta pobre abandonada. De buena gana la elevaría al rango de aliada, pero ¿cómo confiar en esta muchachuela clorótica y pusilánime? Con paso silencioso se acerca la hermana de la favorita, la pequeña Luce Lanthenay, contenta y asustada de hablar conmigo.
––Buenos días, monta; dime «buenos días, Alteza», dilo enseguida. ¿Has dormido bien?
Le acaricio el pelo con rudeza, lo que no parece desagradarle, y me sonríe con sus ojos verdes, idénticos a los de Fanchette, mi hermosa gata.
––Sí, Alteza, he dormido bien.
––¿Y dónde duermes?
––Allá arriba.
––Con tu hermana Aimée, claro.
––No, ella tiene una cama en la habitación de la señorita Sergent.
––¿Una cama? ¿La has visto?
––No... sí... es un diván; parece ser que se despliega en forma de cama; eso me ha dicho.
––¿Eso te ha dicho? ¡Imbécil! ¡Atontolinada! ¡Lo tuyo no tiene nombre! ¡Chusma infecta! ¡Desecho del género humano!
Huye despavorida, ya que acompaño los insultos de golpes con la correa de los libros (¡oh!, no son golpes muy fuertes), y una vez ha desaparecido por la escalera le arrojo la suprema injuria:
––¡Aborto de mujer! ¡Eres digna de parecerte a tu hermana!
¡Un diván que se despliega! ¡Sería más fácil desplegar esta pared! ¡Santo Dios, estas niñas serían incapaces de encontrar agua en el mar! No obstante, ésta parece tener un aspecto vicioso, con sus ojos alargados hacia las sienes... Cuando llega la grandullona de Anaïs aún estoy sulfurada y me pregunta qué me pasa.
––Nada. Sólo que le he atizado a la pequeña Luce, a ver si se despabila un poco.
––¿Nada nuevo?
––Nada, todavía no ha bajado nadie. ¿Quieres jugar a las canicas?
––¿A qué juego? No tengo nueve canicas.
––Pero yo tengo las bolas que te gané. Ven, vamos a jugar una partida.
La partida resulta muy animada; las bolas reciben unos golpes como para romperlas. Mientras preparo cuidadosamente una tirada difícil, oigo exclamar a Anaïs:
––¡Eh, fíjate!
Se trata de Rabastens, que entra en el patio, lo cual no deja de sorprendernos a esta hora. Por lo demás, el apuesto Antonin se presenta impecable y reluciente –– demasiado reluciente. Su cara se ilumina apenas me ve y se dirige rectamente hacia nosotras.
––¡Señoritas...! ¡Qué hermosos colores le suben a la cara con la animación del juego, señorita Claudine!
¡Este paleto es de lo más ridículo! De todas formas, para vejar a Anaïs, la larguirucha, le miro complacida y cimbreo mi talle pestañeando.
––Señor, ¿qué le trae tan temprano por aquí? Las señoritas están aún en sus habitaciones.
––Precisamente no sé muy bien a lo que vengo, como no sea a decir que el prometido de la señorita Aimée no cenó anoche con nosotros. Hay quien afirma haberle visto con aspecto de encontrarse enfermo; en cualquier caso, no ha aparecido todavía. Tal vez se encuentra mal y quisiera advertir a la señorita Lanthenay sobre el insalubre estado de su prometido.
«El insalubre estado de su prometido...» ¡sabe expresarse este marsellés! Debería establecerse como «anunciador de muertes y accidentes graves». De modo que la crisis se acerca. Pero yo, que ayer mismo pensaba poner en guardia a la culpable Aimée, ahora no quiero que vaya a avisarla. ¡Peor para ella! Esta mañana me siento malvada y ávida de emociones y me las arreglo para retener a Antonin a mi lado. Muy sencillo: basta abrir los ojos con inocencia e inclinar la cabeza para que los cabellos me caigan libremente a lo largo de la cara. Muerde el anzuelo inmediatamente.
––Dígame, señor, ¿es cierto que escribe usted unos versos encantadores? Lo he oído decir por el pueblo.
Naturalmente se trata de un embuste, pero soy capaz de inventar cualquier cosa con tal de impedirle subir a las habitaciones de las profesoras. Se sofoca y tartamudea, confundido por la alegría y la sorpresa.
––Pero, ¿quién ha podido decirle? ... Pero no, no tienen ningún mérito, de veras.
¡Qué raro! ¡Estaba seguro de no haber hablado con nadie sobre este tema!
––¡Ah, pero la fama traiciona su modestia! (Como me descuide, terminaré hablando como él.) No sé si sería una indiscreción por mi parte el pedirle...
––Se lo ruego, señorita... Me confunde usted... Sólo podría darle a leer unos pobres versos amorosos... ¡aunque castos! (tartamudea). Naturalmente yo nunca... nunca me hubiera permitido...
––Señor, ¿no es la campana de su clase la que está sonando?
¡A ver si se larga de una vez! Aimée bajará de un momento a ot o, él la avisará, ella se pondrá en guardia y nosotras nos perderemos lo mejor.
––Sí..., pero no es que sea la hora; son esos endiablados chiquillos que se cuelgan de la cuerda de la campana. ¡No se les puede dejar solos ni un momento! Y como mi compañero no está... ¡Ah, qué duro es estar solo para atenderlo todo!
¡Qué cándido es el pobre! Esta forma de «atenderlo todo», que consiste en venir a piropear a las chicas mayores, no debe agotarle demasiado.
––Ya ve señorita. Es preciso que vaya a restablecer el orden. Pero la señorita Lanthenay...
––¡Oh, no se preocupe usted! Siempre puede venir a avisarla a las once, si es que su compañero no ha aparecido (lo cual me sorprendería). Lo más seguro es que se presente de un momento a otro.
Ve a restablecer el orden, anda, ve a restablecer el orden, so gafe gordinflón. Ya has saludado bastante, ya has sonreído de sobras. ¡Andando, desaparece! ¡Ya era hora! Anaïs, la grandullona, bastante molesta por la desatención de que el adjunto la ha hecho objeto, me revela que está enamorado de mí. Me encojo de hombros:
––Acabemos nuestra partida; siempre será mejor que decir tonterías.
Terminamos la partida mientras llegan las demás y las profesoras bajan en el último momento. ¡No se dejan ni a sol ni a sombra! Este pequeño horror de Aimée le prodiga a la pelirroja artimañas de chiquilla mimosa. Entramos y la señorita Sergent nos deja en manos de su favorita, que nos interroga sobre los resultados de los problemas de la víspera.
––Salga a la pizarra, Anaïs. Lea el enunciado.
Se trata de un problema bastante complicado, pero la grandullona de Anaïs, a la que se le dan las matemáticas, se desenvuelve entre los conjuntos, los quebrados y las particiones proporcionales con una notable desenvoltura. Ay, que ahora me toca a mí.
––Claudine, a la pizarra. Extraiga la raíz cuadrada de dos millones setenta y tres mil seiscientos veinte.
Profeso un insoportable horror a esas pequeñas cosas que hay que extraer. Y puesto que la señorita Sergent no se encuentra presente, decido de pronto jugarle una mala pasada a mi ex-amiga. ¡Ella se lo ha buscado! ¡Enarbolemos el estandarte de la revolución! Frente a la negra pizarra, digo dulcemente: «No», sacudiendo consecuentemente la cabeza.
––¿Cómo que no?
––No, no quiero extraer raíces hoy. No me apetece.
––¿Se ha vuelto usted loca, Claudine?
––No sabría decirle, señorita. Pero presiento que me pondría enferma si extrajera esa raíz, u otra análoga.
––¿Está usted buscando que la castigue, Claudine?
––Lo que quiera, pero nada de raíces. No lo hago por desobedecerla, sino simplemente porque no puedo extraer raíces. Le aseguro que lo siento muchísimo.
Toda la clase patalea de contento. La señorita Aimée está impaciente y rabiando.
––¿Quiere hacer el favor de obedecerme? De lo contrario, daré cuenta de su actitud a la señorita Sergent y aténgase a las consecuencias.
––Le repito que me siento desolada.
En mi fuero interno, le estoy diciendo: «Malvada chiquilla, no tengo por qué mostrarte consideración alguna, así que pienso causarte tantos quebraderos de cabeza como pueda.»
Baja los dos escalones de la tarima y se acerca a mí, con la vaga esperanza de intimidarme. Contengo la risa a duras penas, manteniendo mi expresión respetuosa y desolada. ¿Qué se habrá creído esta pequeñaja? ¡Si apenas me llega a la barbilla! Las demás se divierten como locas. Anaïs está devorando, literalmente, un lápiz, mina y madera, a grandes bocados.
––Señorita Claudine, ¿va usted a obedecerme, sí o no?
Con artera dulzura, me mantengo en mis trece. Se encuentra muy cerca de mí, y bajo un poco el tono de voz:
––Se lo repito, señorita. Haré lo que usted me mande: reducir fracciones al mínimo común denominador, dibujar triángulos equiláteros, comprobar grietas...
Todo lo que usted quiera. Todo menos, ¡eso no, por favor!, extraer raíces cuadradas. Mis compañeras, con la excepción de Anaïs, no han comprendido nada, ya que he soltado mi insolencia rápidamente, sin recalcarla: les divierte únicamente mi resistencia; pero la señorita Lanthenay ha sufrido una conmoción. Encarnada, perdidos los estribos, grita:
––¡Esto es demasiado, demasiado! Hablaré con la señorita Sergent. ¡Ah! ¡Esto pasa de la raya!
Se abalanza a la puerta. Corro tras ella y la alcanzo en el pasillo, mientras las alumnas se ríen a mandíbula batiente, dan chillidos de contento y saltan por encima de los bancos. Retengo a Aimée por el brazo, mientras ella intenta deshacerse de mí con todas sus fuerzas, sin decir palabra, sin mirarme, con los dientes apretados.
––¡Escúcheme cuando le hablo! Las tonterías, entre nosotras, están fuera de lugar. Le juro que si me delata a la señorita Sergent, me faltará tiempo para contarle a su prometido la historia de la grieta. Y ahora, ¿piensa aún en ir a ver a la directora? Se ha quedado paralizada, pero sigue sin abrir la boca, la vista obstinadamente baja y los labios apretados.
––¡Hable de una vez! ¿Vuelve usted a la clase conmigo? Si no vuelve usted enseguida, tampoco lo haré yo. Iré a contárselo a su querido Richelieu. Dese prisa en elegir.
Finalmente abre los labios para murmurar, sin mirarme:
––No diré nada. Suélteme, no diré nada.
––¿En serio? Sabe usted perfectamente que si se lo cuenta a la pelirroja, ella no será capaz de contenerse más de cinco minutos, y me enteraré enseguida. ¿Lo dice de veras? ¿Me lo promete?
––No diré nada, suélteme. Volveré a la clase ahora mismo.
Le suelto el brazo y entramos sin decir nada. El zumbido de la colmena se trunca de repente. Mi pobre víctima, desde la tarima, nos ordena secamente pasar en limpio los problemas. Anaïs me pregunta en voz baja:
––¿Ha subido a decírselo a la directora?
––No, le he presentado humildes disculpas. Compréndelo, no era mi intención llevar demasiado lejos semejante broma.
La señorita Sergent no regresa. Su pequeña auxiliar mantiene, hasta el término de la clase, el rostro impasible y la mirada dura. A las diez y media, no pensamos en otra cosa que en el momento de la próxima salida. Tomo algunas brasas de la estufa para meterlas en mis zuecos: inmejorable método de calefacción, formalmente prohibido, huelga decirlo; pero la señorita Lanthenay no está para parar mientes en brasas o en zuecos. Rumia sordamente su cólera, y sus ojos dorados semejan dos gélidos topacios. Me da lo mismo. Es más, estoy encantada.
¿Qué pasa? Aguzamos los oídos. Se escuchan gritos, una voz de hombre que blasfema, mezclándose con otra que intenta dominarla. ¿Se están peleando los albañiles? No lo creo; me huelo otra cosa. La pequeña Aimée se ha puesto en pie, completamente pálida; también ella presiente algo. Súbitamente, la señorita Sergent irrumpe en la clase con las mejillas desprovistas de color.
––Señoritas, salgan ustedes de inmediato. Ya sé que no es la hora, pero no importa... Salgan, salgan, no es preciso que se pongan en fila. ¿No me oyen? ¡Les he dicho que se vayan!
––¿Qué sucede? ––grita la señorita Lanthenay.
––Nada, nada... Hágalas salir y no se mueva de aquí; será mejor que cierre la puerta con llave... ¿Aún no se han marchado, pedazos de cataplasma?
Decididamente, ya no vale la pena guardar la menor compostura. ¡Hubiera preferido que me arrancaran la piel a tiras, antes que dejar la escuela en semejante momento! Salgo entre los empujones de mis atónitas compañeras. Una vez fuera, oímos claramente la voz que vocifera. ¡Válgame Dios! Es Armand, más lívido que un ahogado, los ojos hundidos y extraviados, completamente verde de musgo, con agujas de pino en el pelo... a buen seguro, ha pasado la noche en el bosque. Loco de rabia, tras toda la noche pasada rumiando su dolor, quiere abalanzarse en la clase, aullando, los puños tendidos hacia adelante; Rabastens intenta sujetarle con todas sus fuerzas, abriendo unos ojos espantados. ¡Qué cosas, por Dios, qué cosas! Marie Belhomme se esfuma, aterrorizada y, con ella, todo el segundo grado; Luce ha desaparecido, no sin darme tiempo a sorprender en ella una sonrisita maligna; las Jaubert han echado a correr hacia la puerta del patio, sin atreverse a volver la cabeza. No veo por ninguna parte a Anaïs, pero juraría que, escondida por algún rincón, no se pierde detalle del espectáculo.
La primera palabra que oigo claramente es «¡Rameras!» Armand ha arrastrado a su jadeante colega hasta la puerta de la clase, en cuyo interior nuestras dos mudas maestras se aprietan la una contra la otra; él sigue gritando:
––¡Mujerzuelas! ¡No me iré de aquí sin decirles lo que son, aunque me cueste el puesto! ¡Vaya con la mosquita muerta, dejándose magrear por dinero por el puerco del delegado comarcal! Eres peor que una mujer de la vida, pero menos que tú vale todavía esa pelirroja del diablo, que hace que te parezcas a ella. ¡Dos mujerzuelas, eso es lo que sois, dos mujerzuelas, y esto es una casa de ... !
No oigo el final de la frase. Rabastens, que debe tener músculos de acero, como Tartarín, consigue arrastrar al desgraciado, que se ahoga en injurias. A la señorita Griset no se le ocurre otra cosa que volver a meter en la clase a las pequeñas que estaban saliendo, mientras yo me escabullo con el corazón al galope. Pero estoy contenta de que Duplessis haya estallado sin esperar más, ya que así Aimée no podrá acusarme de haberla delatado.
Al regresar por la tarde, no encontramos más que a la señorita Griset, que repite la misma frase a todas las que van llegando:
––La señorita Sergent se encuentra mal y la señorita Lanthenay se marcha con su familia. No hace falta que vuelvan hasta dentro de una semana.
Está bien, nos vamos. Pero, desde luego, esta escuela no es una escuela corriente, que digamos. Durante la semana de imprevistas vacaciones que nos proporcionó la trifulca, cogí el sarampión, que me retuvo por espacio de tres semanas en la cama, más quince días de convalecencia y otros tantos en cuarentena, bajo pretexto de «seguridad escolar». ¿Qué hubiera sido de mí sin los libros y sin Fanchette? Lo que digo no resulta muy halagador para papá, que me ha cuidado como a un raro ejemplar de babosa. Persuadido de que hay que satisfacer todos los caprichos de una enfermita, ¡me traía bombones para hacerme bajar la temperatura! Sobre mi cama, Fanchette ha estado relamiéndose, desde la punta de las orejas a la del rabo, durante toda un semana, jugando con mis pies a través de la colcha y anidando en el hueco de mi hombro, apenas me bajó la fiebre. Vuelvo a la escuela, un poco pálida y más delgada, muerta de curiosidad por encontrarme de nuevo con el extraordinario «personal docente». ;No he tenido ninguna noticia durante mi enfermedad! Nadie ha acudido a verme, ni siquiera Anaïs o Marie Bethomme, por temor al posible contagio. Están dando las siete y media cuando entro en el patio del recreo, en estos finales de febrero, suaves como la primavera. Todas me rodean y me agasajan; antes de acercarse, las dos Jaubet me preguntan, prudentemente, si ya estoy del todo restablecida. Finalmente me dan un respiro y le pregunto rápidamente a la grandullona de Anaïs sobre las últimas novedades.
––Helas aquí: en primer lugar, Armand Duplessis se ha marchado.
––¡Pobre Richelieu! ¿Destituido o trasladado?
––Unicamente trasladado. Dutertre se ocupó de buscarle otro puesto.
––¿Dutertre?
––Hombre, claro: si Richelieu se va de la lengua hubiera hecho imposible que nuestro delegado comarcal llegara jamás a diputado. Dutertre le ha dicho completamente en serio a todo el mundo que el desgraciado joven había sufrido un acceso de fiebre maligna extremadamente peligrosa y que, por fortuna, él, como médico de la escuela, la había atajado a tiempo.
––¡Ah! ¡Conque la había atajado a tiempo! La Providencia trajo el remedio junto con el mal... Y la señorita Aimée, ¿también ha sido trasladada?
––¡Qué va! ¡De eso nada! Apareció al cabo de una semana, fresca como una rosa, riéndose lo mismo que antes con la señorita Sergent.
¡Esto pasa de castaño obscuro! Esta extraña criatura, que no debe tener corazón ni cerebro, que vive sin memoria y sin remordimientos, volverá a embaucar a un pobre adjunto, a retozar con el delegado comarcal, hasta que se produzca un nuevo escándalo, y luego seguirá tan tranquila con esa mujer celosa y violenta a la que descompone con sus aventuras. Apenas escucho a Anaïs mientras me informa de que Rabastens sigue aquí y de que ha preguntado con frecuencia por mí. ¡Me había olvidado del pobre y rechoncho Antonin!
Suena la campana, pero es en la nueva escuela donde entramos ahora. El edificio de en medio, el que une las dos alas, pronto estará totalmente terminado. La señorita Sergent se instala tras su reluciente mesa. ¡Adiós a los viejos pupitres bamboleantes, llenos de hendiduras, incómodos! Nos sentamos frente a hermosas mesas inclinadas, provistas de bancos con respaldo, en pupitres con tapa levadiza, de dos en dos. En vez de a la grandullona Anaïs, tengo por vecina a... la pequeña Luce Lanthenay. Afortunadamente, las mesas se encuentran muy cerca unas de otras, y Anaïs se halla a mi alcance, en el pupitre paralelo al mío; así podremos charlar tan cómodamente como antes. Han colocado a Marie Belhomme a su lado, ya que la señorita Sergent ha distribuido, con toda la intención, a dos «listillas» (Anaïs y yo) junto a dos «atontadas» (Luce y Marie), para que las despabilemos un poco. ¡De eso sí que puede estar segura! Al menos por mi parte, ya que siento hervir en mi interior toda la indisciplina que he tenido que reprimir durante la enfermedad. Le doy un repaso al nuevo lugar, coloco mis libros y cuadernos y, mientras, Luce se sienta y me mira de reojo, tímidamente. Pero yo aún no me he dignado dirigirle la palabra; me limito a intercambiar algunas reflexiones sobre la nueva escuela con Anaïs, que mordisquea ávidamente no sé qué, brotes ácidos, me parece.
––¿Qué estás comiendo? ¿Viejos peros podridos?
––Yemas de tilo, amiga mía. No hay nada mejor, si se toman en su momento, hacia marzo.
––¿Me das un poco?... Es verdad, están muy buenas. Las cogeré de los tilos del patio. ¿Y qué, has descubierto algo nuevo que comer?
––Nada del otro mundo. Ni siquiera puedo comerme los lápices Conté; los de este año están fatal, parecen hechos de arena, como si fueran de saldo. Por el contrario, el papel secante está excelente. Y también hay otra cosa rica para mascar, aunque no puede tragarse: las muestras de tela para pañuelos que mandan del Bon Marché y del Louvre.
––¡Puaf! No me apetece... Oye, mi jovencita Luce, ¿te vas a portar como Dios manda, siendo juiciosa y obediente, mientras estés a mi lado? De lo contrario, te vas a ganar pellizcos y coscorrones. ¡Así que ten cuidado!
––Sí, señorita ––responde la pequeña, no muy segura, con las pestañas rozándole los pómulos.
––Puedes tutearme. Y mírame, que quiero verte los ojos. Está bien. Ya sabes que estoy loca, supongo que te lo habrán dicho. Pues bien, cuando se me lleva la contraria me pongo hecha una furia y muerdo y araño, sobre todo después de mi enfermedad. Dame la mano: mira, así es cómo lo hago.
Le clavo las uñas en la mano; no dice ni pío, aunque aprieta los labios.
––No te has quejado, eso está bien. Ya te interrogaré durante el recreo.
Veo cómo la señorita Aimée, realmente fresca como una rosa, con los ojos más aterciopelados y dorados que nunca y con su mismo aspecto pícaro y cálido, entra en la segunda clase, cuya puerta permanece abierta. ¡Valiente bellaca! Le dirige una radiante sonrisa a la señorita Sergent, que se olvida de todo por unos instantes contemplándola, hasta que sale bruscamente de su éxtasis para decirnos:
––Tomen sus cuadernos. Deber de historia: La guerra del 70. Claudine ––añade más dulcemente––, aunque no haya podido asistir a clase durante los dos últimos meses, ¿cree usted que podrá hacer esta redacción?
––Lo intentaré, señorita, aunque creo que no podré extenderme tanto como las demás.
Redacto, en efecto, un texto sucinto, demasiado breve y, cuando llego al final, me retraso y me aplico, haciendo durar las últimas quince líneas, para poder observar a mis anchas cuanto ocurre a mi alrededor. La directora, siempre la misma, conserva su ademán de pasión reconcentrada y de celosa bravura. Su Aimée, que dicta con indolencia algún problema en la otra clase, va de un lado para otro y se acerca, sin dejar de hablar. ¡Ah, durante el invierno pasado no demostraba un aire semejante de seguridad y coquetería, como de gatita mimada! Ahora es un animalito adorado, consentido, que se ha vuelto tiránico, pues sorprendo las implorantes miradas de la señorita Sergent intentando hallar un pretexto para que llegue hasta ella, a lo que esa cabeza de chorlito responde con caprichosos movimientos de cabeza y ojos divertidos que indican un no. Decididamente, la pelirroja se ha convertido en su esclava; cuando no puede más, se dirige a ella, preguntándole en voz muy alta:
––Señorita Lanthenay, ¿no tiene usted en su poder la lista de asistencia?
Ya está; se ponen a charlar en voz baja. Yo aprovecho la soledad en la que nos han abandonado para interrogar duramente a la pequeña Luce.
––Vamos a ver, deja ese cuaderno y respóndeme. ¿Hay un dormitorio ahí arriba?
––Claro, es donde dormimos ahora las internas y yo.
––Está bien. ¡Eres un alma de cántaro! ––¿Por qué?
––No te importa. ¿Continuáis con las clases de canto los jueves y los domingos?
––¡Oh, no! Se intentó dar una sin usted... sin ti, quiero decir, pero la cosa no resultó. El señor Rabastens no sabe enseñarnos.
––Bien. ¿Ha venido el magreador durante el tiempo que he estado enferma?
––¿Quién? ––Dutertre.
––No sé, no lo recuerdo... Sí, me parece que vino una vez, pero no entró en las clases; se quedó durante algunos minutos hablando en el patio con la señorita Sergent y con mi hermana.
––¿Es amable contigo la pelirroja? Sus rasgados ojos se oscurecen.
––No... siempre dice que soy perezosa, que no tengo inteligencia... que mi hermana ha acaparado toda la inteligencia de la familia, lo mismo que toda la hermosura... Por lo demás, siempre me ha pasado lo mismo, a cualquier parte que fuera con Aimée. Sólo le prestan atención a ella, mientras que a mí me rechazan...
Luce está a punto de echarse a llorar, furiosa contra esa hermana más «gente», como suelen decir por aquí, que la apaga y la relega. Por lo demás, no es que yo la crea mejor que Aimée; sólo que es más retraída y huraña, acostumbrada como está a que la dejen sola y a callarse.
––¡Pobrecita niña! Donde estabas antes, ¿tenías amigas?
––No, nunca he tenido amigas. Eran demasiado brutales y siempre se reían de mí.
––¿Demasiado brutales? ¿De modo que te molesta que yo te pegue o te dé empellones?
Ríe sin levantar la mirada.
––No, porque bien sé que usted... que tú no lo haces por brutalidad, por maldad... Bueno, que es algo así como una broma, que no va en serio, como cuando me llamas «tontaina»; sé que no lo haces con mala idea. Por el contrario, me gusta sentir un poco de miedo, cuando estoy segura de que no hay ningún peligro.
¡Tralalá! Estas dos pequeñas Lanthenay se parecen como gotas de agua la una a la otra: perversas por naturaleza, egoístas y tan desprovistas de cualquier sentido de la moral que hasta resulta regocijante contemplarlas. En cualquier caso, ésta detesta a su hermana y me parece que podré arrancarle un montón de revelaciones sobre Aimée sólo con ocuparme un poco de ella, atiborrándola de bombones y dándole algún coscorrón de vez en cuando.
––¿Has terminado ya tu trabajo?
––Sí, ya he terminado... pero no me lo sabía muy bien, estoy segura de que no voy a sacar muy buena nota...
––Trae tu cuaderno.
Leo su trabajo y realmente es muy poquita cosa; le dicto algunos datos omitidos y le corrijo alguna de las frases. Rebosante de alegría y sorpresa, me mira tímidamente, con ojos asombrados y agradecidos.
––¿Lo ves? Así está mucho mejor... Y ahora dime, ¿los chicos internos tienen su dormitorio frente al vuestro?
Sus ojos se iluminan de malicia.
––Sí, y todas las noches se acuestan a la misma hora que nosotras, a posta. Ya sabes que no hay postigos en las ventanas, así que los chicos intentan vernos en camisón; nosotras levantamos un poco las cortinas para mirarlos y aunque la señorita Griset está ojo avizor hasta que se apaga la luz, siempre encontramos la manera de levantar algún cortínón. Por eso los chicos están todas las noches al acecho.
––¡Vaya, vaya! Resulta muy divertido desnudarse ahí arriba, ¿eh?
––¡Qué quieres!
Se va animando y cobrando confianza. La señorita Sergent y la señorita Lanthenay siguen juntas en la segunda clase. Aimée le enseña una carta a la pelirroja, y las dos se parten de risa, aunque quedamente.
––¿Sabes a dónde ha ido el ex-Armand de tu hermana a incubar su dolor, pequeña?
––No, no lo sé. Aimée no me habla mucho de las cosas que le atañen.
––No lo pongo en duda. Su habitación, ¿está arriba también?
––Sí. Es la más bonita y la más cómoda de las habitaciones de las auxiliares; mucho más alegre y más acogedora que la de la señorita Griset. La señorita ha hecho poner cortinas con flores color de rosa y ha cubierto el suelo de linóleo, querida, y una piel de cabritillo y le ha hecho lacar la cama de blanco. Aimée ha pretendido hacerme creer que se había comprado todas esas cosas bonitas con sus ahorros.
Yo le contesté: «Se lo preguntaré a mamá para saber si es verdad.» Entonces ella me dijo: «Si le hablas a mamá de esto, haré que te manden a casa, so pretexto de que no estudias.»
Así que, naturalmente, me he tenido que tragar la lengua.
––¡Ojo! Vuelve la señorita.
En efecto, la señorita Sergent se aproxima, despojándose de su tierno y risueño aspecto para recobrar su rostro de profesora.
––¿Ya han terminado ustedes, señoritas? Ahora les voy a dictar un problema de geometría.
Se alzan plañideras protestas, pidiendo aún cinco minutos de gracia. Pero la señorita Sergent no se inmuta ante las súplicas, que se repiten tres veces cada día, y empieza a dictar tranquilamente el problema. ¡Que el cielo confunda a los triángulos equiláteros!
Tengo buen cuidado de traer a menudo bombones, con objeto de seducir por completo a la joven Luce, que los toma, sin dar siquiera las gracias, a manos llenas, y los guarda en una vieja cajita de misal nacarada. Por dos reales de pastillas de menta inglesa, demasiado picantes, sería capaz de vender a su hermana y, si hiciera falta, a uno de sus hermanos de propina. Abre la boca, aspira el aroma para sentir el frescor de la menta y dice:
––¡Ah, se me hiela la lengua, se me hiela la lengua!
Se le ponen los ojos en blanco. Anaïs mendiga descaradamente mis pastillas, las devora a dos carrillos y vuelve a pedirme en seguida con una irresistible mueca de pretendida repugnancia.
––¡Vamos, vamos, dame más para quitarme el mal sabor de boca! Estas estaban pasadas.
Como por azar, mientras estamos jugando a la rayuela, Rabastens se presenta en el patio, con el pretexto de no sé qué cuadernos. Simula una amable sorpresa al verme y aprovecha la ocasión para poner ante mis ojos un romance, cuyas amorosas palabras me lee con voz arrulladora. ¡Ay, Antonin, qué pobre necio eres! Ya no me sirves para nada, aunque la verdad es que nunca me serviste para gran cosa. Cuando más, serás útil para entretenerme durante algún tiempo y, sobre todo, para provocar los celos de mis compañeras. Lo mejor que podrías hacer es largarte.
––Encontrará usted a las señoritas en la clase del fondo, señor. Creo haberlas visto bajar, ¿no es cierto, Anaïs?
Se cree que le alejo por mor de las maliciosas miradas de mis compañeras, me dirige una elocuente mirada y se marcha. Me encojo de hombros ante los «¡Ejem, ejem!» de las grandullona Anaïs y de Marie Belhomme y volvemos a nuestro juego de la «pavita, pava», en cuyo curso la inexperta Luce comete una falta detrás de otra. ¡Esta niña nunca aprenderá! Ya suena la campana. Clase de costura, prueba de examen; es decir, que en el transcurso de una hora nos obligan a realizar las muestras exigidas en el examen. Nos entregan pequeños trozos de tela y la señorita Sergent escribe en la pizarra, con su nítida caligrafía, llena de trazos en forma de porras:
Ojal. Diez centímetros de pespunte. Inicial G., con el punto de marca. Diez centímetros de dobladillo con las puntadas por detrás. Gruño ante la tarea, ya que del ojal y del pespunte me siento capaz de salir airosa, pero lo que es del dobladillo y de la inicial con punto de marca, nanay de la China, según puede comprobar pesarosa la señorita Aimée. Por fortuna, recurro a un procedimiento ingenioso y sencillo: le entrego más pastillas de menta a la pequeña Luce, que cose como los ángeles, y a cambio ella me ejecuta una G mirífica. «Ayúdemonos los unos a los otros.» (Precisamente, ayer mismo comentamos este piadoso aforismo.) Marie Belhomme borda una letra G que se parece a un mono agazapado y, sin perder el buen humor, se parte de risa ante su propia obra. Las internas, con las cabezas inclinadas y los codos apretados, cosen mientras hablan entre sí imperceptiblemente, dirigiendo alguna mirada, a la vez que Luce, hacia la escuela de los chicos. Me figuro que, por las noches, desde lo alto de su apacible dormitorio inmaculado, se dedican a espiar divertidos espectáculos. La señorita Lanthenay y la señorita Sergent han cambiado de mesa; ahora es Aimée quien da la clase de costura, mientras que la directora imparte la lectura a las alumnas del segundo grado. La favorita se halla ocupada escribiendo el encabezamiento de la lista de asistencia con una preciosa letra redondilla cuando la pelirroja la interpela desde lejos:
––¡Señorita Lanthenay!
––¿Qué quieres? ––contesta sin darse cuenta Aimée.
Estupefacto silencio. Todas nos miramos: la grandullona de Anaïs empieza a sujetarse los riñones para reír más a gusto; las dos Jaubert inclinan más, si cabe, las cabezas sobre la costura; las internas se dan codazos disimuladamente; Marie Belhomme explota en una risa ahogada que suena como un estornudo; y yo, ante el rostro consternado de Aimée, exclamo en voz alta:
––¡Esta sí que ha sido buena!
La pequeña Luce apenas se ríe; se nota que ha sido testigo a menudo de semejantes tuteos; pero contempla a su hermana con mirada socarrona. La señorita Aimée se vuelve furiosa hacia mí:
––¡Todo el mundo puede equivocarse, señorita Claudine! Le presento a la señorita Sergent mis excusas por mi distracción.
Pero ésta, una vez repuesta de su asombro, se da perfecta cuenta de que no nos tragamos la explicación, y se encoge de hombros resignadamente ante la irremediable metedura de pata. Después de todo, la aburrida clase de costura ha terminado de modo divertido. La verdad es que necesitaba un incidente tan picante. A las cuatro, a la hora de la salida, en lugar de irme, olvido astutamente un cuaderno y regreso a la clase, pues sé que las internas, en el momento de la limpieza, suben el agua por turnos al dormitorio. Aún no lo he visto y quiero visitarlo. La pequeña Luce me ha dicho: «Hoy me toca a mí el agua.» Subo felinamente, portando un cubo lleno por si tengo un encuentro embarazoso. Las paredes y el techo del dormitorio están pintados de blanco, y hay ocho camas blancas; Luce me muestra la suya, ¡para lo que me importa! Me dirijo inmediatamente a las ventanas desde las que, efectivamente, se puede ver el interior del dormitorio de los chicos. Dos o tres de los mayores, de catorce o quince años, remolonean por allí, mirando hacia nosotras; apenas nos ven, se echan a reír, gesticulan y señalan sus propias camas. ¡Valientes gamberros! ¡No se han mirado al espejo! Luce, alarmada o fingiendo estarlo, cierra precipitadamente la ventana, pero me imagino que, por la noche, a la hora de acostarse, se muestra mucho menos recatada. La novena cama, en un extremo del dormitorio, está situada bajo una especie de dosel del que penden blancos cortinajes.

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:29 am

––Esta ––me explica Luce–– es la cama de la vigilanta. La auxiliar de semana, por turnos, duerme aquí, con nosotras.
––¡Ah! De modo que a veces le toca a tu hermana Aimée y otras a la señorita Griset...
––Verás... así debería ser... pero hasta el momento... siempre le ha tocado la vez a la señorita Griset... ignoro el porqué.
––`Conque no sabes el porqué? ¡Hipócrita!
Le doy un empellón en el hombro y ella se queja sin demasiada convicción. ¡Pobre señorita Griset! Luce sigue poniéndome al corriente:
––No te puedes ni figurar, Claudine, lo que nos divertimos por las noches, a la hora de acostarnos.
Nos reímos, corremos arriba y abajo en camisón, nos tiramos las almohadas. Algunas se esconden detrás de las cortinas para desnudarse, porque dicen que les da vergüenza hacerlo delante de las demás. La mayor, Rose Raquenot, se lava tan poco que, a los tres días de llevar la misma ropa, ya la tiene negra. Ayer mismo, me escondieron el camisón, y un poco más y me tengo que quedar completamente desnuda en el cuarto de baño. ¡Menos mal que llegó la señorita Griset! También hay una que está tan gorda que se ve obligada a empolvarse con almidón por todas partes para no agrietarse. Y me olvidaba de la Poisson, que se coloca un gorro de dormir con el que parece mismamente una vieja y que no quiere, de ningún modo, desnudarse en el cuarto de baño hasta que lo hemos hecho todas las demás. ¡Ah, qué bien lo pasamos!
El cuarto de baño está someramente amueblado con una amplia mesa de zinc sobre la que se alinean ocho palanganas, ocho pastillas de jabón, ocho pares de toallas, ocho esponjas... Todos los objetos son idénticos entre sí y la ropa está marcada con una tinta indeleble. Todo convenientemente impoluto. Pregunto:
––¿Os bañáis?
––Claro que sí, y eso es lo más divertido de todo. En el nuevo lavadero se calienta agua en una de esas grandes cubas que se utilizan en la vendimia, una cuba tan grande como toda una habitación. Todas nos desnudamos y nos metemos dentro para enjabonarnos.
––¿Completamente desnudas?
––¡A ver! ¿Cómo íbamos a enjabonarnos, si no? Rose Raquenot no quería de ninguna manera, porque está muy delgada. Si la vieras ––añade Luce bajando la voz– –, apenas tiene otra cosa que el pellejo sobre los huesos y el pecho completamente liso, ¡como un chico! Jousse, por el contrario, parece una nodriza, ¡las tiene así de gordas! Y la que se pone el gorro de vieja, ya sabes, la Poisson, ésa tiene vello por todas partes, como un oso, y los muslos azules.
––¿Cómo, azules?
––Sí, azules, como cuando hiela y se te pone la carne morada de frío.
––¡Debe estar apetitosa!
––Te aseguro que no. Si yo fuera chico, no me daría ni frío ni calor el bañarme con ella.
––Pero a que a ella le hacía más efecto el bañarse con un chico...
Nos carcajeamos, pero pego un bote al oír los pasos y la voz de la señorita Sergent que se acercan por el pasillo. Para que no me descubra, me acurruco detrás del dosel reservado únicamente para la señorita Griset. Una vez ha pasado el peligro, me escabullo y bajo a toda prisa, despidiéndome en voz baja:
––¡Hasta la vista!
¡Qué hermoso día hace esta mañana en este querido país! ¡Qué bonito está mi Montigny, caldeándose alegremente bajo la precoz y cálida primavera! El último domingo, y también el jueves, correteé por los deliciosos bosques, repletos de violetas, junto a mi hermana de primera comunión, mi dulce Claire, que me contaba sus escarceos amorosos... Desde que se «frecuentan», concierta citas con él en un rincón del bosque de abetos, en los atardeceres, ahora que ha llegado el buen tiempo. ¡Vete a saber si no terminará por hacer alguna tontería! Aunque no es eso lo que la tienta: con tal de que él le susurre palabras escogidas, que ella no entiende del todo, con tal de que la bese, con tal de que se arrodille ante ella, con tal de que todo suceda «como en los libros», en una palabra, le basta de sobras. En la clase, me encuentro con la pequeña Luce derrumbada sobre una mesa, ahogándose con sus sollozos. Le levanto la cara a la fuerza y veo sus ojos hinchados como huevos de tanto restregárselos.
––¡Oh! ¡Realmente no se puede decir que estés muy guapa así! ¿Qué te pasa, pequeña? ¿Por qué haces pucheros?
––Ella... me ha... ella... ¡me ha pegado!
––¿Tu hermana, acaso?
––¡Siiiií!
––¿Qué es lo que le has hecho?
Se seca los ojos y me lo cuenta:
––Pues verás, yo no había entendido bien los problemas y nos los hice; entonces, ella montó en cólera y me dijo que era una imbécil, que no valía la pena que mi familia me pagara el internado, que estaba de mí hasta la coronilla y no sé cuántas cosas más...
Entonces yo le contesté: «Ya me estás hartando.» Entonces ella me pegó, me abofeteó en la cara. ¡Es peor que la sarna! ¡La odio! Otro diluvio.
––Mi pobre Luce, no deberías haberte dejado pegar, sino restregarle por las narices a su ex-Armand. Eres una gansa.
La mirada súbitamente espantada de la pequeña me hace volver la vista: la señorita Sergent está en el umbral, escuchándonos. ¡Patapaf! ¿Qué irá a decirme?
––Mis congratulaciones, señorita Claudine, por los bonitos consejos que le da usted a esta chiquilla.
––Y las mías a usted por sus bonitos ejemplos.
Luce se ha quedado aterrorizada ante mi respuesta. Yo me quedo tan ancha, aunque los ojos de la directora centellean de cólera y emoción. Pero, demasiado lista para perder los estribos otra vez, se limita a sacudir la cabeza y dice simplemente:
––Por fortuna, el mes de julio se halla cercano, señorita Claudine. Como usted sin duda comprenderá, cada vez me resulta más difícil mantenerla aquí.
––Eso parece, pero, ¿sabe usted?, yo creo que todo se basa en un malentendido, en un mal arranque de nuestras relaciones.
––Vaya al recreo, Luce ––dice, sin responderme. A la pequeña no se lo tienen que decir dos veces: sale disparada, sonándose las narices. La señorita Sergent prosigue:
––Si así fuera, toda la culpa es suya. A mi llegada se mostró usted llena de mala voluntad hacia mí y rechazó cualquier intento de aproximación por mi parte, pues los hice, aunque no me correspondiera. Yo no tengo hermanas ni hijas, y me pareció usted lo bastante inteligente y bonita como para interesarme.
¡Por todos los demonios! ¿Quién iba a pensar que...? Es imposible decir más claramente que, si yo hubiera querido, habría sido «su pequeña Aimée». Pues bien, esta posibilidad no me dice nada, ni siquiera retrospectivamente. Claro que entoncessería la señorita Lanthenay quien estaría celosa de mí a estas alturas... ¡Vaya una farsa!
––Es cierto, señorita. Pero en cualquier caso, fatalmente, la cosa hubiera terminado mal, a causa de la señorita Lanthenay. Puso usted tal ardor en conquistar... su amistad, y en destruir la que ella pudiera profesarme a mí ...
Aparta la mirada:
––De ningún modo he buscado, como usted pretende, destruir nada... La señorita Aimée hubiera podido continuar sus clases de inglés sin que yo pusiera impedimento alguno...
––¡No diga usted eso! ¡Todavía no soy idiota, y aquí estamos las dos solas!
Durante mucho tiempo me he sentido furiosa, incluso desconsolada, porque debe saber que soy casi tan celosa como usted... ¿Por qué me la quitó? Me hizo mucho daño, sí, puede estar usted contenta, me hizo mucho daño. Luego me di cuenta de que no me quería, ¿es que quiere a alguien? También vi que ella no valía mucho, realmente: eso me bastó. Y pensé que bastantes tonterías hago sin necesidad de cometer la de intentar arrebatársela a usted. Ahora me conformaría con que no se convirtiera en la pequeña soberana de esta escuela y con que no atormentara en exceso a la pequeña, a su hermana, quien, en el fondo, no es mejor que ella, ni peor, se lo aseguro... De cuanto veo aquí no digo una palabra en casa; no regresaré después de las vacaciones, aunque me presentaré para la graduación porque papá se figura que le importa, y porque, de no obtenerla, sería una satisfacción demasiado grande para Anaïs... Mientras tanto, puede usted dejarme en paz, es bien poco ya lo que la molesto... Me parece que podría seguir hablando en vano: ya no me escucha. Lo único que ha comprendido es que no voy a disputarle a su pequeña. Se queda ensimismada, de pronto se le ocurre algo y se despierta para decirme, bruscamente, convertida de nuevo en Directora, después de esa conversación sostenida en pie de igualdad:
––Salga al patio, Claudine; son más de las ocho y debe usted colocarse en fila.
––¿De qué estabas hablando ahí dentro, durante tanto rato, con la señorita? ––me pregunta la grandullona de Anaïs––. ¿Es que ahora te llevas bien con ella?
––Querida, nos hemos hecho amigas inseparables.
En clase, la pequeña Luce se aprieta contra mí, me lanza afectuosas miradas y me toma las manos, pero sus caricias me irritan; lo que me gusta únicamente es pegarle, atormentarla y protegerla cuando las demás la toman con ella.
La señorita Aimée entra como un huracán en la clase exclamando en voz baja: «¡El inspector! ¡El inspector!» Rumor generalizado. Cualquier pretexto es bueno aqui para que cunda el desorden. Con la excusa de ordenar de modo irreprochable nuestros utensilios, hemos levantado todas las tapas de los pupitres y charlamos rápidamente protegidas por ellas. Anaïs, la grandullona, lanza por el aire los cuadernos de la indefensa Marie Belhomme y esconde prudentemente en las profundidades de sus bolsillos un Gil Blas Ilustrado que guardaba entre las páginas de su Historia de Francia. Por mi parte, disimulo las historias de animales maravillosamente contadas por Rudyard Kipling (¡qué bien conocía ese hombre a los animales!) ––aunque, al fin y al cabo, no son lecturas demasiado pecaminosas. Continúan los rumores, nos levantamos, recogemos los papeles y escondemos los caramelos guardados en los pupitres, ya que el tío Blanchot, el inspector, tiene los ojos bizcos pero fisgones. La señorita Lanthenay, en su clase, empuja a las chiquillas, ordena su mesa, grita y da vueltas. Y aquí tenemos a la pobre señorita Griset, que sale de la tercera clase espantada, pidiendo ayuda y protección.
––¿Puede pedirme el señor inspector los cuadernos de las pequeñas, señorita Sergent? Es que están muy sucios, las más pequeñas no hacen más que palotes...
La maligna Aimée se le ríe en las narices y la directora contesta encogiéndose de hombros:
––Enséñele lo que le pida, pero si cree usted que va a preocuparse por los cuadernos de sus mocosas...
Y la triste y abrumada auxiliar vuelve a la clase, donde sus animalitos están armando un jaleo tremendo, ya que la pobre no tiene la más mínima autoridad. Estamos listas, o poco menos. La señorita Sergent exclama:
––De prisa, saquen sus «Fragmentos escogidos». Anaïs, ¡arroje de inmediato el lápiz que tiene metido en la boca! ¡Palabra de honor que la expulso delante mismo del señor Blanchot si sigue mordisqueando esas porquerías! Claudine, ¿me haría usted el favor de dejar de pellizcar a Luce Lanthenay por un ratito? Marie Belhomme, quítese ahora mismo los tres pañuelos que lleva en el cuello y en la cabeza y quítese también esa expresión boba. ¡Son ustedes peores aún que las mocosas de la tercera clase! ¡Ni siquiera valen la cuerda para ahorcarlas!
De alguna manera tiene que dar salida a su agitación. Las visitas del inspector la trastornan siempre, ya que Blanchot está en buenas relaciones con el diputado, quien detesta a muerte a su posible sustituto, Dutertre, el cual protege a la señorita Sergent. (¡Dios mío, qué complicada es la vida!) Bueno, todo se halla aproximadamente en orden. La grandullona de Anaïs se levanta ––hasta resulta inquietante en su enorme estatura––, con la boca aún sucia por el lápiz gris que ha estado mascando, e inicia la lectura de La Toga, del plañidero Manuel: «En la exigua buhardilla por la que asoma un dudoso amanecer, marido y mujer disputaban entre sí...» ¡Ya era hora! Una enorme sombra pasa por los cristales que dan al pasillo y la clase entera sufre un estremecimiento y se levanta ––por respeto–– en el preciso instante en que se abre la puerta para dar paso al tío Blanchot. Posee un rostro solemne, enmarcado por dos grandes patillas canosas y un indisimulable acento del Franc––Comté. Pontifica, masca las palabras con el mismo entusiasmo que Anaïs las gomas de borrar y viste invariablemente con una corrección rígida y pasada de moda. ¡Qué viejo más cargante! ¡Y esto va a durar una hora entera! Va a hacernos preguntas idiotas y demostrarnos que todas nosotras deberíamos «abrazar la carrera docente». Claro que eso aún sería preferible a tener que abrazarle a él.
––¡Señoritas!... Pueden sentarse, hijas mías.
«Sus hijas» se sientan, modesta y dócilmente. Ojalá pudiera marcharme. La señorita Sergent ha salido a su encuentro con expresión respetuosa y malévola, en tanto que su auxiliar, la virtuosa Lanthenay, se ha encerrado en su clase.
El señor Blanchot deja en un rincón su bastón con empuñadura de plata y empieza por horripilar a la directora (¡se lo tiene merecido!) llevándola junto a la ventana para hablarle de programas de graduación, de aplicación, asiduidad y no sé cuántas cosas más. Ella le escucha, respondiendo: «Sí, señor inspector.» Sus ojos retroceden y se hunden con toda seguridad, está deseando apalearle. Ya le ha dado bastante la lata, ahora nos toca a nosotras.
––¿Qué estaba leyendo esta jovencita cuando yo he entrado?
La jovencita, Anaïs, hace desaparecer el papel secante color rosa que estaba mascando e interrumpe el relato, evidentemente escandaloso, que vertía al oído de Marie Belhomme, la cual, atónita, ruborizada, aunque atenta, hacía girar sus ojos de pájaro con un púdico estremecimiento. ¡Asquerosa Anaïs! ¿Qué debía estarle contando?
––A ver, hija mía, dígame qué estaba leyendo.
––La Toga, señor inspector.
––¿Quiere usted continuar?
Ella prosigue, simulando hallarse intimidada, mientras Blanchot nos examina con sus sucios ojos verdes. No admite coquetería alguna y su entrecejo se frunce así que advierte una cinta de terciopelo negro sobre un cuello blanco o algún rizo que cae sobre la frente o las sienes. A mí siempre me pilla, en todas y cada una de sus visitas, por mor de mis cabellos siempre sueltos y ondulados y de los grandes cuellos plisados blancos que llevo sobre mis vestidos obscuros. A mí me gustan por su sencillez, pero son lo bastante graciosos como para que él considere mi vestuario horriblemente censurable. La grandullona de Anaïs ha terminado de leer La Toga y él le ordena un análisis lógico (¡oooh!) de cinco o seis versos. Luego inquiere:
––Hija mía, ¿por qué razón lleva anudado ese terciopelo negro en pos (sic) de la garganta?
¡Ya estamos! ¿No lo estaba diciendo? Anaïs, aturdida, responde tontamente que «es para que me dé calor». ¡Esta calabaza no tiene arrestos!
––¿Para que le dé calor, dice usted? ¿No cree usted que un pañuelo cumpliría mejor la susodicha función?
¡Un pañuelo! ¿Y por qué no un pasamontañas, vieja carroza? Me resulta imposible reprimir la risa, con lo que atraigo su atención hacia mí.
––Y usted, hija mía, ¿por qué va así de despeinada, con el pelo suelto, en lugar de llevarlo recogido sobre la cabeza y sujeto con horquillas?
––Porque me da jaqueca, señor inspector.
––¿Pero podría usted trenzarlo, por lo menos...? ––Sí, podría, pero papá no quiere.
¿No digo que me revienta? Tras chasquear desaprobadoramente con los labios, se sienta y se dedica a atormentar a Marie con la guerra de Secesión, a una de las Jaubert con las costas de España y a la otra con los triángulos rectángulos. Luego me manda a la pizarra y me ordena que trace una circunferencia. Obedezco. Bueno, lo que trazo es una circunferencia... si se quiere llamar así.
––Dibuje en su interior un rosetón de cinco hojas. Supongamos que la luz le llega desde la izquierda, por lo que debe usted indicar con trazos más gruesos las sombras que reciben las hojas correspondientes.
Todo esto me da lo mismo. Si hubiera pretendido enfrentarme a los números, me habría puesto en un aprieto, pero con los rosetones y las sombras me desenvuelvo bastante bien. Salgo airosa de la prueba, con gran disgusto de las Jaubert, que esperaban, solapadamente, que me ganara una regañina.
––Está... bien. Sí, está bastante bien. ¿Aspira usted a la graduación este año?
––Sí, señor inspector, en el mes de julio.
––¿Y luego, desea usted ingresar en la Escuela Normal?
––No, señor inspector; ingresaré en mi familia.
––¡Ah! Ciertamente creo que no siente usted vocación por la enseñanza. ¡Es una lástima!
Me lo dice con el mismo tono con que me diría: «¡Es usted una infanticida!» Dejemos al pobre hombre con sus pobres ilusiones. Lo único que lamento es que no presenciara la escena de Armand Duplessis o el completo abandono en que nos dejan, durante horas, nuestras dos profesoras cuando están ahí arriba, manoseándose...
––Muéstreme la segunda clase, señorita, por favor.
La señorita Sergent le conduce a la segunda clase, permaneciendo en ella con él para proteger a su pequeña mimada contra las severidades inspeccionales. Aprovechando su ausencia, dibujo en la pizarra una caricatura del tío Blanchot, con sus enormes patillas, lo que troncha de risa a las chicas; luego le añado unas orejas de burro y lo borro todo rápidamente y vuelvo a mi sitio, donde la pequeña Luce pasa su brazo bajo el mío e intenta besarme. Le respondo con un ligero cachete y ella asegura que «soy muy mala».
––¿Muy mala? ¡Ya te enseñaré a tomarte conmigo semejantes libertades! Trata de reprimir tus sentimientos y dime si la señorita Griset sigue durmiendo en vuestro dormitorio.
––No, ha sido Aimée quien se ha acostado allí, dos veces, durante dos días seguidos.
––Entonces es que se acostó cuatro veces. ¡Eres una imbécil! ¡Más que una imbécil, una cretina! ¿Quizá las internas guardan más compostura cuando es tu casta hermana la que se acuesta bajo el dosel?
––Nada de eso. Fíjate, una noche, una de las alumnas se puso enferma y todas nos levantamos, abrimos la ventana y yo misma llamé a mi hermana para que me diera las cerillas, ya que no las encontrábamos por ninguna parte. ¡Ni siquiera se movió! Ni se la oía respirar, como si no hubiera nadie en la cama. ¿No te parece que tiene el sueño muy pesado?
––¡El sueño pesado! ¡El sueño pesado! ¡Valiente pánfila! Dios mío, ¿cómo has permitido que existan sobre la tierra seres tan desprovistos de inteligencia? ¡Derramo lágrimas de sangre!
––Pero, ¿qué es lo que he hecho ahora?
––¡Nada! ¡Oh, nada! Anda, toma unos cuantos golpes en la espalda, a ver si así se te despierta el corazón y el espíritu y aprendes de una vez a no creer en las coartadas de la virtuosa Aimée.
Luce se arroja sobre la mesa con fingida desesperación, en realidad feliz de ser maltratada y golpeada. Pero se me ocurre algo:
––Oye, Anaïs, ¿qué le estabas contando antes a Marie Belhomme como para hacerle subir a la cara unos arreboles que ni los del crepúsculo?
––¿Qué dices del crepúsculo?
––No tiene importancia. Contéstame.
––Acércate un poco.
Su maliciosa cara resplandece, deben ser cosas muy feas.
––Pues bien, verás. ¿No sabías? Durante la última fiesta en casa del alcalde, éste tenía consigo a su querida, la bella Julotte, y el secretario se había traído a una mujer de París. A los postres, las hicieron desnudar por completo a las dos y ellos hicieron otro tanto. Luego los cuatro se pusieron a bailar una contradanza, amiga mía.
––¡No está mal! ¿Quién te lo ha dicho?
––Papá se lo contó a mamá. Yo estaba acostada, pero como siempre dejan la puerta de mi cuarto abierta, porque digo que tengo miedo, puedo enterarme de todo.
––No lo pasas nada mal, ¿eh? Y tu padre, ¿acostumbra a contar cosas por el estilo?
––No siempre son tan buenas, claro, pero a veces me parto de risa en la cama.
A continuación me cuenta algunos de los tejemanejes de la comarca, todos ellos bastante sucios. Su padre, funcionario del ayuntamiento, conoce como la palma de su mano la crónica escandalosa de los alrededores. Mientras la escucho, el tiempo discurre. La señorita Sergent regresa y apenas nos da tiempo para abrir nuestros libros al azar, pero ella se dirige rectamente hacia mí, sin reparar en lo que hacemos.
––Claudine, ¿tendría la amabilidad de hacer cantar a sus compañeras ante el señor Blanchot? Ya conocen ese bonito coro a dos voces, En el apacible albergue.
––No tengo inconveniente; lo malo es que al inspector puede darle un ataque al corazón viendo mi pelo suelto y no sé si podrá escucharnos.
––No diga tonterías, que no está el horno para bollos. Hágalas cantar en seguida.
El señor Blanchot no parece muy contento con la segunda clase y espero que la música le serene el ánimo. No me cuesta nada en absoluto creer que el tío Blanchot haya quedado descontento de la segunda clase: la señorita Aimée se ocupa de ella siempre que no tiene nada mejor que hacer, no para de darles deberes escritos a las chiquillas, con tal de poder salir, mientras ellas hacen garabatos, a conversar con su querida directora. Yo no tengo inconveniente en hacer cantar a las alumnas, ¡para lo que me cuesta! La señorita Sergent trae al odioso Blanchot; yo coloco en semicírculo a toda nuestra clase y a las primeras de la segunda; las de la segunda voz se las confío a Marie Belhomme (¡que Dios tenga piedad de ellas!) y a las de la primera las pongo bajo el cuidado de Anaïs; por mi parte, cantaré las dos voces a la vez; es decir, entraré rápidamente así que oiga flaquear alguno de los dos bandos. ¿Listas? Un compás de aviso, uno, dos, tres...
«En el apacible albergue la prudencia es recompensada. ¡Venid! Los tranquilos placeres se hallan en estos encantadores lugares...» ¡Aleluya! El viejo ex-alumno de la Escuela Normal sigue el ritmo de la música de Rameau con la cabeza (fuera de compás, por cierto) y parece encantado. La vieja leyenda del compositor Orfeo apaciguando a las fieras.
––Bien cantado, sí señor. ¿De quién es? ¿De Gounod, verdad? (¿Por qué pronuncia Gounode?)
––Sí, señor. (No hay que contrariarle.)
––Ya me lo parecía. Es un coro muy bonito.
(¡Tú sí que estás hecho un bonito coro!) Al oír la impensable atribución de una melodía de Rameau al autor de Fausto, la señorita Sergent se muerde los labios para no echarse a reír. En cuanto a Blanchot, serenado, y tras algunas palabras amables, se marcha, no sin antes dictarnos ––¡mal rayo le parta!–– el siguiente tema de redacción de francés: «Explicar y comentar esta frase de Franklin: La ociosidad es como el óxido, desgasta más que el trabajo.» ¡Manos a la obra! A la llave brillante, de aristas redondeadas, que una mano pule y hace girar en la cerradura veinte veces por día, opongamos la llave roída por el bermejo óxido. El buen obrero que trabaja alegremente, levantado desde el alba, de sólidos músculos y tralalá... comparémoslo con el ocioso que, lánguidamente reclinado sobre divanes orientales, contempla desfilar ante su mesa suntuosa... tralalá... los más raros manjares... tralalá... que intentan en vano despertar su apetito... tralalá. ¡Esto es pan comido! ¡Conque no se pasa bien tumbado todo el día en un butacón! ¡Conque no es cierto que los obreros que trabajan durante toda su vida mueran jóvenes y derrengados! Pero bueno, no hay que decir eso. En el «programa de exámenes» las cosas no suceden precisamente como en la vida. A la pequeña Luce no se le ocurre nada y gime bajito para que yo le proporcione alguna idea. Generosamente, le permito que lea lo que he escrito; después de todo, no será mucho lo que se le quede.
Las cuatro, por fin. Salimos. Las internas suben a tomar la merienda que les prepara la madre de la señorita Sergent; yo me marcho con Anaïs y Marie Belhomme, tras mirarme en los cristales para comprobar que si no llevo el sombrero torcido. Por el camino nos despachamos a gusto a costa de Blanchot. ¡Ese viejo, que pretende que vayamos siempre vestidas con tela de saco y llevemos el pelo recogido, me saca de mis casillas!
––De todos modos, no creo que haya quedado muy conforme con la segunda clase ––observa Marie Belhomme––. ¡Menos mal que tú lo has amansado con la música!
––¡Caramba! ––exclama Anaïs––, es que la señorita Lanthenay se pasa su clase por entre las piernas.
––¡Qué cosas dices! ¡Lo que pasa es que no se puede hacer todo a la vez! La señorita Sergent la ha puesto a su servicio, es ella quien la ayuda a arreglarse por las mañanas.
––¡Eso es una de tus trolas! ––gritan a la vez Anaïs y Marie Belhomme.
––¡De ninguna manera! No tenéis más que subir al dormitorio y a las habitaciones de las auxiliares (es muy fácil, no hay más que ayudar a las internas a subir el agua) y pasar la mano por el fondo de la palangana de la señorita Aimée; no tengáis reparo, no os vais a mojar, no hay más que polvo.
––¡No, no, eso es demasiado! ––declara Marie Belhomme.
La grandullona de Anaïs permanece muda y pensativa; sin duda, contará todos estos amables detalles al muchachote con el que coquetea esta semana. En realidad, conozco poca cosa de sus travesuras; así que intento sonsacarla, pero ella se cierra en banda. Me aburro en la escuela; un síntoma fastidioso y totalmente nuevo. No obstante, no estoy enamorada de nadie. (De hecho, tal vez esa sea la causa.) Cumplo con mis deberes casi escrupulosamente, hasta tal punto alcanza mi flema, mientras contemplo impasible cómo nuestras dos maestras se acarician, se dan besitos y discuten por el placer de reconciliarse luego. Se comportan, tanto en los ademanes como en el habla, con tal desenvoltura en el trato, que hasta Rabastens, a pesar de su aplomo, se azara y balbucea cuando se las encuentra. Entonces, los ojos de Aimée destellan como los de una gata en celo y la señorita Sergent ríe de verla reír. ¡Resultan asombrosas, a fe mía! ¡Es inimaginable lo exigente que se ha vuelto la pequeña! A la otra se le muda la expresión con una sola señal de ella, con un simple fruncimiento de sus cejas de terciopelo.
Pendiente de esta tierna intimidad, la pequeña Luce acecha, husmea, aprende. Incluso yo diría que aprende demasiado, ya que aprovecha cuanta ocasión se le presenta para quedarse a solas conmigo, para rozarse mimosamente, entornando sus verdes ojos y abriendo a medias su pequeña y fresca boca; pero no me tienta. ¡Que se dedique a la grandullona de Anaïs, quien, sin duda, está también muy interesada en los juegos de las dos palomitas que, en sus ratos perdidos, nos hacen las veces de maestras, y ante los cuales se queda embobada, ya que aún conserva rincones de ingenuidad bastante curiosos! Esta misma mañana he zumbado de lo lindo a la pequeña Luce, ya que pretendía besarme en el cobertizo donde se guardan los utensilios de limpieza. Se ha echado a llorar, aunque sin armar ruido, hasta que la he consolado acariciándole el pelo y diciéndole:
––No seas boba. Ya tendrás oportunidad de darle rienda suelta a tu ternura más adelante, cuando ingreses en la Escuela Normal.
––Sí, pero tú nunca ingresarás en ella.
––¡No, por Dios! Pero ya verás como cuando no haga ni dos días que estés allí, dos chicas del tercer curso ya andarán a la greña por tu causa, repelente bicho.
Recibe las injurias con voluptuosidad y me dirige miradas de agradecimiento. ¿Será posible que el motivo de mi aburrimiento sea el cambio de mi vieja escuela a esta nueva? Se terminaron los escondrijos en los que una se llenaba de polvo y los pasillos del viejo y complicado edificio, por los que una nunca sabía si iría a parar a las habitaciones de las maestras o a las nuestras, y en el que se iba a parar tan naturalmente a la alcoba de una auxiliar que apenas era necesario excusarse al regresar a la clase.
¿Quizá me estoy haciendo vieja? ¿Me resiento de los dieciséis años que voy a cumplir? Qué estupidez. ¿O tal vez se trate de la primavera? ¡Casi resulta una inconveniencia, es demasiado hermosa! Los jueves y los domingos me marcho sola, al encuentro de mi hermana de primera comunión, mi pequeña Claire, que se ha metido hasta el corvejón en una absurda aventura con el secretario de la alcaldía, que en modo alguno quiere casarse con ella. ¡Caramba, como que no puede! Según parece, estando aún en el colegio, él sufrió una operación a causa de una extraña enfermedad, una de esas cuya «sede» jamás se pronuncia, y aunque aún siente atracción por las muchachas no le resulta posible «satisfacer sus deseos». La verdad es que no lo comprendo demasiado bien; es más, lo comprendo bastante mal, pero me aplico en hacerle entender a Claire lo que vagamente sé. Ella alza al cielo sus ojos en blanco, sacude la cabeza y, con el rostro transfigurado, dice:
––¡Ah! ¿Y qué puede importar eso, qué puede importar? ¡Es tan guapo, tiene unos bigotes tan suaves y, además, las cosas que me dice me hacen tan feliz! Y luego me besa en el cuello, me habla de poesía, del ocaso... ¿Es que tú crees que se puede pedir más?
De hecho, si a ella le basta... Cuando me canso de sus divagaciones, le digo, para que me deje sola, que vuelvo a casa con papá, pero no es eso lo que hago. Me quedo por el bosque, buscando un rincón más delicioso que los otros y en él me quedo tendida. Batallones de animalillos se apresuran por el suelo, desfilando ante mis narices (a veces incluso no se portan muy bien, pero ¡son tan pequeñitos! ), y se percibe el aroma de una infinidad de cosas buenas, de las plantas jóvenes que van cobrando calor... ¡Oh, mis amados bosques !
Cuando llego a la escuela con retraso (tardo en dormirme por las noches; en cuanto apago la lámpara, mis propias ideas danzan ante mí), me encuentro a la señorita Sergent tras su mesa, digna y severa, y a todas las chicas componiendo sus rostros del modo más conveniente, serias y ceremoniosas. ¿Qué pasará? ¡Ah! Anaïs, la grandullona, se halla derumbada sobre su pupitre, haciendo tales esfuerzos por sollozar que hasta las orejas se le han puesto moradas. ¡Conque vamos a divertirnos! Me escurro junto a la pequeña Luce, que me sopla al oído:
––Querida, se han encontrado en el pupitre de un chico todas las cartas de Anaïs; uno de los maestros las ha traído para que la directora las lea.
Y, en efecto, las ha leído, pero sin articular la voz, sólo para sí misma. ¡Qué desgracia, Dios mío, qué desgracia! ¡De buen grado sacrificaría tres años de la vida de Rabastens (Antonin) con tal de acceder a esa correspondencia! ¡Oh! ¿No habrá quien inspire a la directora para que nos lea, en voz alta, dos o tres fragmentos escogidos? Pero, ¡ay! La señorita Sergent ha terminado... Sin dirigirle la palabra a Anaïs, que sigue derrumbada sobre la mesa, se levanta con la mayor solemnidad, se dirige con andar pausado hacia la estufa, que está a mi lado, la abre y deposita en ella, doblados en cuatro, los escandalosos papeles; luego frota un fósforo y les prende fuego; finalmente, cierra la portezuela. Irguiéndose, le dice a la culpable:
––Reciba mi enhorabuena, Anaïs; sabe usted más cosas que muchas personas mayores.
La mantendré en la clase hasta los exámenes, toda vez que se halla inscrita, pero me veo obligada a comunicarles a sus padres que me descargo de cualquier responsabilidad con respecto a usted. Copien los problemas, señoritas, y no nos ocupemos más de esta persona, que no lo merece. Incapaz de soportar el tormento de oír arder la literatura de Anaïs, tomo la regla plana que utilizo para el dibujo y, mientras la directora declama majestuosamente, por debajo del pupitre, aún a riesgo de que me pillen con las manos en la masa, hago girar la llave del tiro de la estufa. Nadie me ha visto; es posible que las llamas, ahogadas, no lo hayan quemado todo. Lo sabré cuando termine la clase. Mientras, escucho: pasados algunos segundos, ya no se oye el crepitar de la estufa. ¿Es que nunca van a dar las once? Ni siquiera me doy cuenta de lo que estoy copiando, algo así como «dos piezas de tela que, tras ser lavadas, han encogido 1/19 en su longitud y 1/22 en su anchura». Por lo que a mí respecta, pueden encogerse hasta desaparecer sin que me importe un pito.
La señorita Sergent nos deja y se marcha a la clase de la señorita Aimée, sin duda para contarle la jocosa historia de las cartas y poder reírse a dúo. Apenas desaparece la maestra, Anaïs alza la cabeza y todas la miramos con avidez: hay surcos en sus mejillas, sus ojos están hinchados a fuerza de frotárselos y permanece con la vista obstinadamente fija en su cuaderno. Marie Belhomme se inclina hacia ella y le dice, con tumultuosa simpatía:
––Bien, amiga mía, me parece que en tu casa te van a dar para el pelo. ¿Decías muchas cosas en tus cartas?
Sin levantar la vista, Anaïs contesta en voz alta, para que podamos oírla todas:
––Todo esto no me incumbe; las cartas no son mías.
Las chicas intercambian miradas de indignación.
––¡Habráse visto! ¿Qué te parece? ¡Vaya una embustera!
Por fin da la hora. Jamás, jamás tardó tanto en sonar. Me entretengo en mi pupitre, ordenándolo, para quedarme la última. Luego, tras habernos alejado apenas una cincuentena de metros, pretendo haberme olvidado el atlas y abandono a Anaïs para salir volando a la escuela, diciéndole:
––¿Quieres esperarme un momentito?
Me deslizo silenciosamente en la clase vacía y abro la estufa: me encuentro con un puñado de papeles chamuscados, que retiro con maternales precauciones. ¡Qué suerte! Los de arriba y los de abajo se han perdido, pero los de en medio están casi intactos. No cabe duda de que se trata de la letra de Anaïs. Guardo el manojo en mi cartera, para leerlo en casa con toda tranquilidad, y me reúno como si nada con Anaïs, que me espera inquieta. Nos marchamos juntas; ella me mira con el rabillo del ojo. De pronto, se para en seco y suspira angustiada... Veo que su mirada está fija en mis manos, ansiosamente, y me doy cuenta de que me las he tiznado al tocar los papeles chamuscados. No voy a mentirle, eso es seguro, así que tomo la delantera:
––¿Pasa algo?
––Has ido a buscarlas a la estufa, ¿no es verdad?
––¡Pues claro que he ido! ¡No iba a desaprovechar una ocasión como ésta para leer tus cartas!
––¿Se han quemado?
––Afortunadamente, no; toma, mira aquí dentro.
Le muestro los papeles, aunque sujetándolos fuertemente. Clava en mí sus ojos y menos mal que las miradas no matan, pero no se atreve a intentar arrebatarme la cartera, segura como está de que se ganaría una buena paliza. La consuelo un poco; casi me da pena:
––Escucha, voy a leer lo que no se ha quemado, porque si no reviento, pero te prometo que esta tarde te las devolveré todas. No vayas a creer que soy tan malvada.
No se fía ni un pelo.
––¡Tienes mi palabra! Te las entregaré en el recreo, antes de entrar.
Se marcha desamparada, inquieta, más pálida y más larguirucha que nunca. En casa, por fin, examino minuciosamente las cartas. ¡Qué decepción! Nada de nada de lo que me había imaginado. Una mezcla de sentimentalismo bobalicón y de indicaciones prácticas: «Pienso en ti siempre que luce la luna llena... El jueves, acuérdate de llevar al prado de Vrimes el saco de trigo que trajiste la última vez, porque si mamá me ve el vestido manchado de verde, ¡menuda bronca me espera!» Y luego algunas alusiones confusas, que seguramente le recordarán al joven Gangneau escabrosos episodios... En resumen, un buen chasco, en efecto. Claro que le devolveré las cartas, mucho menos divertidas que ella misma, siempre tan rara, fría y chistosa. Cuando se las entrego, no da crédito a sus ojos. La alegría que siente al recuperarlas le quita importancia al hecho de que yo las haya leído. Corre a tirarlas a los retretes y, a su vuelta, ha recuperado su rostro hermético e impenetrable, en modo alguno humillada. ¡Es una suerte ser así!
¡Lo que faltaba! ¡He pillado un resfriado! Permanezco en la biblioteca de papá, leyendo la loca Historia de Francia de Michelet escrita en alejandrinos. (Bueno, a lo mejor exagero un poco.) Después de todo, no me aburro tanto, cómodamente instalada en la enorme butaca, rodeada de libros, con mi hermosa Fanchette, la más inteligente de entre todas las gatas, que tan desinteresadamente me quiere, a pesar de las travesuras de que la hago víctima, de los mordiscos que le doy en sus rosadas orejas y del complicado adiestramiento que le obligo a cumplir. Me quiere hasta el extremo de comprender cuanto le digo y de acudir a acariciar mi boca apenas escucha el timbre de mi voz. Fanchette ama igualmente los libros, como si de un anciano sabio se tratara, y todas las noches me atormenta, después de la cena, para que retire del estante correspondiente dos o tres de los gruesos volúmenes del Larousse de papá, cuyo hueco forma una especie de habitación en la que Fanchette se instala y se asea; corro el cristal tras ella y su ronroneo prisionero vibra como el rumor de un tambor en sordina, incesante. De vez en cuando la miro y entonces ella me hace señas con sus cejas, que levanta lo mismo que una persona. ¡Ah, hermosa Fanchette, qué interesante y comprensiva eres! (Mucho más que Luce Lanthenay, esa gata bastarda.) Desde que viniste al mundo, no haces otra cosa que divertirme; apenas podías abrir los ojos cuando ya ensayabas, dentro de tu cestita, belicosas andanzas, incapaz aún de sostenerte sobre tus cuatro patitas. Desde entonces vives alegremente, provocas mi risa con tus danzas del vientre en honor de los moscardones y las mariposas, con tus torpes llamadas a los pájaros que acechas, con tu forma de pelearte conmigo y de darme secos zarpazos que resuenan duramente en mis manos. Te conduces de la manera más indigna; dos o tres veces al año, te sorprendo en el jardín, encaramada sobre el muro, con aspecto demente, ridícula, y con un tropel de gatazos rondándote. Hasta sé quien es tu favorito, perversa Fanchete; es un gatazo de un gris sucio, enorme, flaco, despeluchado, con orejas de conejo y modales de canalla. ¿Cómo es posible que te aparees, y tan a menudo además, con un animal de tan baja extracción? Pero, incluso en tales épocas de demencia, cuando me ves, recobras por unos momentos tu aspecto habitual y maúllas amistosamente algo parecido a «ya ves cómo estoy, no me desprecies demasiado, la naturaleza tiene sus exigencias, pero no tardaré en volver a casa y entonces me lameré largamente para purificarme de esta vida desvergonzada». ¡Oh, mi hermosa Fanchete, qué bien te sienta conducirte mal de cuando en cuando!
Una vez curado mi resfriado, compruebo que en la escuela ha comenzado una desmesurada agitación, a causa de los próximos exámenes. Estamos a finales de mayo y el «trago» será el 5 de julio. Lamento no sentirme agitada yo también, pero las demás ya lo están por mí, sobre todo la pequeña Luce Lanthenay, que sufre una crisis de llanto si recibe una mala calificación. En cuanto a la señorita Sergent, se ocupa de todo, aunque mejor sería decir que, antes que de todo, lo hace de la pequeña de bellos ojos que la lleva de cabeza. ¡Aimée ha florecido de un modo sorprendente! ¡Su maravillosa tez, su piel aterciopelada y sus ojos, que estremecerían a una esfinge, al decir de Anaïs, la convierten en una criaturita maligna y triunfante! ¡Ciertamente está mucho más bonita que el año pasado! Ya no llama la atención el leve achatamiento de su cara ni la pequeña hendidura que se le forma en el lado izquierdo de los labios cuando sonríe y, aun reparando en ello, ¡tiene unos dientes tan afilados y tan blancos! Su pelirroja enamorada desfallece sólo con mirarla y apenas si reprime ante nosotras los furiosos deseos que la acometen de besar a su cariñito cada tres minutos... En esta calurosa tarde, la clase murmura un «fragmento escogido», que debemos recitar a las tres; yo casi me adormezco, envuelta en una nerviosa pereza. No puedo más y, de golpe, siento unas ganas incontenibles de arañar, de estirarme violentamente, de aplastarle las manos a alguien, y ese alguien resulta ser Luce, mi vecina. La tomo por la nuca y le clavo profundamente las uñas; por fortuna, ella no dice ni pío y yo vuelvo a mi lánguida irritación...
Se abre la puerta sin que se haya escuchado ninguna llamada: se trata de Dutertre, que llega con corbata clara, los cabellos al viento, rejuvenecido y batallador. La señorita Sergent, puesta en pie, apenas acierta a darle los buenos días mientras le admira apasionadamente, caído por el suelo su trabajo de tapicería. (¿Acaso le ama a él más que a Aimée? ¿O es el contrario? ¡Extraña mujer!) Toda la clase se ha levantado, menos yo, que por pura maldad permanezco sentada, de modo que Dutertre, no bien se ha vuelto hacia nosotros, se fija en mí de inmediato.
––Buenos días, señorita. Buenos días, pequeñas. ¿Cómo es que estás tan decaída?
––Estoy deshecha, como si no tuviera huesos.
––¿Estás enferma?
––No, no lo creo. Es el tiempo, este bochorno.
––Ven aquí, acércate, que te vea bien.
¿Es que va a empezar de nuevo con sus pretextos de médico para examinarme detenidamente? La directora me lanza una mirada repleta de indignación por mi falta de compostura, por mi manera de dirigirme a su querido delegado comarcal. ¡A ver si se cree que le voy a tener contemplaciones! Por lo demás, a él le encantan los malos modales. Me acerco perezosamente a la ventana.
––No, aquí no se ve nada por culpa de esta sombra verde de los árboles. Salgamos al pasillo, donde da el sol. No tienes muy buen aspecto, pequeña.
¡Triple embuste! Tengo buena cara, no voy a saberlo yo. Si me cree enferma a causa de mis ojeras, se equivoca de medio a medio; por el contrario, es una buena señal: si tengo sombras alrededor de los ojos, es que estoy en buena forma. Afortunadamente, ya son las tres de la tarde; de lo contrario, no me encontraría muy segura, en el pasillo encristalado, con este individuo del que desconfío como del fuego. Una vez fuera, con la puerta cerrada a nuestras espaldas, me vuelvo hacia él y le digo:
––Pero vamos, no tengo mala cara; ¿por qué dice usted que estoy enferma?
––¿Ah, no? ¿Y esas ojeras que te llegan hasta la boca? ––Bueno, es el color natural de mi piel, nada más.
Se ha sentado en un banco y me sostiene frente a él, apoyada contra sus rodillas.
––Vamos, no digas tonterías. ¿Por qué siempre adoptas ese aire de enfado conmigo?
––¿Yo?
––Sí, tú, no te hagas de nuevas. ¿Sabes que tienes una cara que, una vez se la ha mirado, ya no se le quita a uno del pensamiento?
Me río estúpidamente. ¡Oh, Dios mío, ayúdame y mándame respuestas agudas y el ingenio suficiente, ya que me siento terriblemente vacía!
––¿Es cierto que paseas siempre sola por el bosque?
––Sí, es cierto. ¿Por qué?
––Pues porque a lo mejor vas a encontrarte allí con tu enamorado, ¿eh, pícara?
¡Como estás tan vigilada! Me encojo de hombros.
––Usted conoce tan bien como yo a la gente de por aquí. ¿Me imagina enamorada de alguno de ellos?
––Es verdad. Pero podrías ser tan viciosa como para...
Me aprieta los brazos, mientras le brillan los ojos y los dientes. ¡Qué calor hace aquí! Sería mucho mejor que me soltara y me dejara volver.
––Si te encuentras mal, ¿por qué no vienes a visitarme a mi consultorio?
Respondo demasiado rápido «¡No! No iré...», y procuro soltarme los brazos, pero él me tiene fuertemente sujeta y alza hacia mí sus ojos ardientes y malignos ––y también hermosos, desde luego.
––Ah, pequeña, encantadora pequeña. ¿De qué tienes miedo? ¡Te equivocas si tienes miedo de mí! ¿Me tomas por un granuja? No tendrías nada que temer, nada. ¡Ah, pequeña Claudine, me gustas tanto, con tus oscuros y cálidos ojos y tu cabellera suelta! Debes estar hecha como una estatuilla adorable, estoy seguro...
Se levanta bruscamente, me rodea con sus brazos y me besa. No me ha dado tiempo para ponerme a salvo; es demasiado fuerte y demasiado nervioso y mis ideas están hechas un revoltijo en mi cabeza... ¡Esto sí que es una aventura! Ya no sé lo que digo, el cerebro me da vueltas... No puedo volver a la clase hasta que se me pase el rubor y la agitación, y, mientras, le noto detrás de mí, seguramente queriendo besarme de nuevo... Abro la puerta de la escalinata y bajo raudamente al patio, corriendo hasta la fuente, donde bebo un vaso de agua. ¡Uf!... Hay que volver... Pero él estará emboscado en el pasillo. Bueno, ¿y qué? Si intenta atraparme, me pondré a chillar... ¡Ese pedazo de animal me ha besado en la comisura de los labios, incapaz de hacerlo mejor!
No, no está en el pasillo. ¡Es una suerte! Entro en la clase y le veo de pie, junto a la mesa, charlando tranquilamente con la señorita Sergent. Me siento en mi sitio y él, al verme, me pregunta:
––¿No has bebido demasiado, al menos? Estas chiquillas tragan vasos de agua helada, es malísimo para la salud.
Me siento mucho más osada delante de todo el mundo.
––No, apenas he bebido un sorbo; con eso basta. Y no pienso tomar más. Se ríe con aire satisfecho:
––Eres graciosa, no pareces tonta.
La señorita Sergent no entiende nada, claro, pero la inquietud que fruncía sus cejas va desapareciendo poco a poco. Solamente resta el desprecio que siente por mi deplorable comportamiento con su ídolo.
Estoy ardiendo. ¡Será estúpido! La grandullona de Anaïs se huele algo sospechoso y no puede contener las ganas de preguntarme:
––¿Tan a fondo te ha auscultado que aún estás emocionada?
Pero no será ella quien consiga hacerme hablar.
––¡Eres idiota! Te digo que he ido a beber a la fuente.
A su vez, la pequeña Luce se restriega contra mí como una gata en celo y se arriesga a preguntarme:
––Mi Claudine, dime, ¿a santo de qué te ha llevado al pasillo?
––Antes que nada, no soy «tu» Claudine y, además, todo esto no te incumbe, pequeña cucaracha. Tenía que hacerme una consulta sobre la unificación de las pensiones. Sí señor.
––¡Nunca me dices nada y yo, en cambio, te lo cuento todo!
––¿Qué es todo lo que me cuentas? A lo mejor te crees que me sirve de algo que me digas que tu hermana no paga su pensión, ni la tuya, y que la señorita Olympe la colma de regalos, y que lleva enaguas de seda, y que...
––¡Huy! ¡Cállate, por favor! ¡Buena me la iba a cargar si se supiera que te cuento todo esto!
––Entonces, no me preguntes nada. Si te portas bien, te regalaré mi regla de ébano con cantos de cobre.
––¡Oh, eres un sol! Si no fuera porque te disgusta, te llenaría de besos...
––Bueno, ya está bien. Te la daré mañana, si me viene en gana.

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:30 am

Pues la pasión por los «objetos de escritorio» se apaga en mí, lo que también es muy mala señal. Todas mis compañeras (y antes yo era lo mismo que ellas) se vuelven locas por el «material escolar», nos arruinamos con los cuadernos de papel rayado, con las carpetas de «muaré metálico», con los lápices de palosanto, con los plumieres lacados, brillantes hasta el punto de verte reflejada en ellos, con lapiceros de madera de olivo, con reglas de caoba o de ébano, como la mía, que tiene los cuatro cantos de cobre, ante la que palidecen de envidia las internas menos afortunadas, que no pueden permitirse el lujo de pagarse otras parecidas. Poseemos enormes carteras de abogado, más o menos trabajadas en marroquinería y más o menos deterioradas. Y si las chiquillas no encuadernan con mimo sus libros de texto, si yo tampoco lo hago, es simplemente porque no son de nuestra propiedad. Son propiedad del municipio, que nos los proporciona generosamente, con la obligación de devolverlos a la Escuela cuando nos marchamos, una vez terminada nuestra estancia en ella. De modo que aborrecemos tales libros administrativos, no los sentimos como propios y los hacemos víctimas de horribles travesuras; les suceden imprevistas e inexplicables desgracias; algunos de ellos, incluso, se han quemado, durante el invierno, en la estufa; sobre otros se han derramado, con extraña persistencia, los tinteros. Parece como si atrajeran el rayo, ¡qué vamos a hacerle! Y, naturalmente, todas las vejaciones que sufren los pobrecillos «libros del municipio» son objeto de interminables lamentaciones por parte de la señorita Lanthenay y causa de terribles sermones de la señorita Sergent.
¡Dios santo, qué tontas son las mujeres! (Chiquillas o mujeres, es lo mismo.) ¿Resulta creíble que tras las «pecaminosas tentativas» del ardoroso Dutertre sobre mi persona, aún experimente algo así como un vago orgullo? Comprobación que para mí resulta muy humillante. Aunque conozco el porqué: en el fondo, me digo, «ya que el tal Dutertre ha conocido a montones de mujeres, en París y en todas las partes del mundo, eso debe querer decir que no soy fea del todo.» ¡Eso es! Es el placer de la vanidad. Ya sospechaba que yo no resultaba repelente, pero me gusta estar segura. Y además, me place guardar un secreto que la grandullona de Anaïs, Marie Belhomme, Luce Lanthenay, y todas las otras, ni siquiera sospechan.
Ahora la clase está bien domesticada. Todas las pequeñas, el tercer grado incluido, saben que jamás se debe entrar, durante el recreo, en una clase donde se hayan encerrado las profesoras. ¡El adiestramiento no se ha hecho en un día, caramba! Una u otra, y más de cincuenta veces, han entrado en la clase donde se ocultaba la tierna pareja, pero las han encontrado tan acarameladamente enlazadas, o tan absortas en sus cuchicheos, o bien a la señorita Aimée abandonada sobre las rodillas de la señorita Sergent, que hasta las más bobas se quedaban boquiabiertas y desaparecían de inmediato al oír el «¿Qué pasa ahora?» de la pelirroja y con el susto en el cuerpo ante el feroz fruncimiento de sus tupidas cejas. Al igual que las otras, yo he irrumpido a menudo, a veces incluso sin mala intención; al principio, si se trataba de mí y ellas se hallaban demasiado cerca la una de la otra, se erguían rápidamente o bien una de ellas fingía arreglar el peinado de la otra; luego, terminaron por no molestarse más por mí. Entonces dejó de divertirme.
Rabastens ya no aparece; más de una vez se ha declarado «demasiado intimidado ante tal intimidad», y el decirlo de este modo le parecía una suerte de juego de palabras que le encantaba. En cuanto a ellas, ay, ellas ya no piensan en otra cosa que en sí mismas. La una bebe los vientos por la otra, pisa su sombra, se aman entre sí tan absolutamente, que yo ni siquiera pienso ya en atormentarlas, casi envidiando su delicioso olvido del resto del mundo. ¡Por fin! Ya está. ¡No podía fallar! Carta de la pequeña Luce, que descubro al llegar a casa en un compartimiento de mi cartera.
Mi querida Claudine: Te quiero con todas mis fuerzas y tú siempre aparentas no darte cuenta de nada, lo cual me hace desfallecer de tristeza. Eres, al mismo tiempo, buena y mala conmigo; te niegas a tomarme en serio. Te comportas conmigo como lo harías con un cachorrillo y no puedes imaginarte hasta qué punto eso me hace daño. Piensa, no obstante, en lo muy felices que podríamos ser juntas. No hay más que ver a mi hermana con la directora: son tan dichosas que no pueden pensar en otra cosa. Yo te ruego que, si esta carta no te enoja, mañana no me digas nada sobre ella en la escuela; sería demasiado embarazoso para mí. Por el modo que tengas de hablarme durante el día ya sabré si quieres o no ser mi mejor amiga. Te beso con todo mi corazón, mi querida Claudine, y cuento contigo para que quemes esta carta, ya que bien sé que no querrás enseñársela a nadie por el simple hecho de que podría crearme problemas; no es tu estilo. Vuelvo a besarte con toda mi ternura y espero a mañana con la mayor de las impaciencias. Tu pequeña Luce.
¡A fe mía que no quiero! Si me apeteciera, sería con alguien más fuerte y más inteligente que yo, que me maltratara un poco, y no con una animalito vicioso que tal vez no deje de tener cierto encanto de gatita que araña y maúlla, que bastaría para alguna caricia, pero demasiado inferior, en definitiva. No me gusta la gente a la que puedo dominar. Rompo enseguida su carta, cariñosa y sin malicia, y meto los trozos en un sobre para devolvérselos. Al día siguiente, por la mañana, advierto una carita preocupada que me espera, pegada a los cristales. ¡A la pobre Luce la ansiedad la ha hecho palidecer hasta sus ojos verdes! Que más da; yo no puedo, sólo por darle gusto... Entro. Por suerte se encuentra sola.
––Toma, pequeña Luce, aquí tienes los restos de tu carta, la cual como puedes ver no he conservado por mucho tiempo.
Ella no dice palabra y toma maquinalmente el sobre.
––¡Estás chiflada! Por lo demás, ¿qué ibas a hacer en esta galera ––quiero decir en esta galería del primer piso––, tras las cerraduras del apartamento de la señorita Sergent? ¡Mira adónde te ha llevado eso! Yo no puedo hacer nada por ti.
––¡Oh! ––dice aterrada.
––Sí, mi pobre pequeña. No te estoy hablando de mi virtud, puedes creerlo. Mi virtud es aún demasiado pequeña y no la tengo en cuenta. Pero, verás, lo que pasa es que en mi más tierna juventud fui devorada por las llamas de un gran amor. Adoré a un hombre que ya ha muerto y que me hizo jurar, en su lecho de muerte, que yo jamás...
Ella me interrumpe gimiendo:
––¡Cállate, cállate, no te burles encima de mí! ¡Yo no quería escribirte, tú no tienes corazón! ¡Oh, qué desgraciada soy! ¡Oh, qué mala eres!
––¡Anda, ya me estás cargando! ¡Vaya una ocurrencia! ¿Te apuestas algo a que te suelto dos cachetes, para devolverte al recto camino del deber?
––¡Y si me los das, qué me importa! ¿Te crees que estoy para bromas?...
––¡Toma, miniatura de mujer! Dame un recibo.
Encaja un sonoro bofetón que causa el efecto de hacerla callar de inmediato; me mira cabizbaja, con sus dulces ojos, y llora, ya consolada, frotándose la mejilla. ¡Resulta prodigioso lo que le gusta que la zumbe!
––Trata de adoptar un aspecto más conveniente; ahí llegan Anaïs y las demás. Entremos, que ya bajan ese par de tórtolas.
¡No faltan más que quince días para la graduación! Junio nos agobia: nos achicharramos, nos adormecemos en las clases, la pereza ni siquiera nos permite hablar, incluso he dejado de escribir mi diario. Y aun con esta temperatura de incendio, debemos juzgar el reinado de Luis XV, explicar la función de los jugos gástricos en la digestión, dibujar hojas de acanto y dividir el aparato auditivo en oído interno, oído medio y oído externo. ¡No existe la justicia sobre la tierra! Luis XV hizo lo que le vino en gana, lo cual me importa un bledo, voto a bríos.
El calor es tanto que se pierde el sentido de la coquetería ––o más bien lo que ocurre es que la coquetería se modifica sensiblemente, mostrándose ahora a flor de piel. Estrechos vestidos de escote cuadrado, a la manera medieval, con mangas que terminan por encima del codo; los brazos aún son algo delgados, pero así y todo hermosos y mi cuello nada tiene que envidiarle al de nadie. Las demás me imitan: Anaïs no lleva mangas cortas, pero se las arremanga casi hasta los hombros; Marie Belhomme nos sorprende con dos rollizos antebrazos por encima de sus delgadas manos y con un cuello lozano destinado a engordar. ¡Ay, señor, qué no va a enseñarse con tamaña temperatura! En el más absoluto secreto, substituyo mis medias por calcetines, pero al cabo de tres días todas se han enterado y me ruegan al oído que me levante la falda.
––¡Enseña los calcetines, si es cierto que los llevas!
––¡Venga!
––¡Qué suerte! ¡Nunca me atrevería a hacer algo así!
––¿Por qué? ¿Por temor al qué dirán?
––Caramba...
––Yo sé por qué es. Tienes vello en las piernas.
––¡Mentirosa redomada! No tengo más vello que el que puedas tener tú, puedes mirar si quieres. Lo que pasa es que me avergonzaría sentir las piernas desnudas por debajo del vestido.
La pequeña Luce exhibe tímidamente su piel, una piel blanca y dulce hasta la maravilla; y Anaïs, la grandullona, siente tanta envidia de esta blancura que llega al punto de pincharle los brazos con la aguja en las clases de costura. Se terminó el descanso. La proximidad de los exámenes, el honor que debe coronar esta hermosa escuela nueva, nuestros posibles éxitos han sacado, por fin, a nuestras profesoras de su dulce ensimismamiento. A las seis candidatas a la graduación nos encierran, nos atormentan con redundancias, nos fuerzan a escuchar, a retener en la memoria, incluso a comprender, nos obligan a llegar una hora antes que las demás y a quedarnos hasta una hora después. Casi todas nos volvemos pálidas, lánguidas y bobas; alguna pierde incluso el apetito y el sueño a fuerza de trabajo y de preocupaciones; por lo que a mí respecta, me quedo casi tan fresca, ya que todo esto no me preocupa gran cosa, y mi piel sigue teniendo su tono mate; lo mismo le sucede a la pequeña Luce Lanthenay, que, al igual que su hermana Aimée, goza de una de esas pieles blancas y rosadas inmunes...
Sabemos que la señorita Sergent nos conducirá a todas juntas a la capital de la provincia, nos alojará con ella en la pensión, se encargará de todos los gastos y nos pasará las cuentas a la vuelta. Si no fuera por el maldito examen, el viaje nos parecería maravilloso.
Estos últimos días resultan deplorables. Profesoras y alumnas a la vez, todas atrozmente nerviosas, explotan a cada momento. Aimée le ha tirado por la cara el cuaderno a una interna que, por tercera vez consecutiva, cometía la misma equivocación en un problema de aritmética, y se ha marchado corriendo a su habitación. La pequeña Luce, que ha recibido un par de cachetes de su hermana, viene a arrojarse a mis brazos para recibir consuelo. Le zumbo a Anaïs, que estaba molestándome a propósito. Una de las Jaubert acaba de estallar en un histérico ataque de sollozos, tras una no menos histérica crisis nerviosa, porque, según gritaba, «nunca conseguirá aprobar»... (toallas mojadas, agua del carmen, ánimos). La señorita Sergent, igualmente exasperada, ha obligado a dar vueltas como un trompo ante la pizarra a Marie Belhomme, que se olvida sistemáticamente de lo que se le enseña de un día para otro.
Por las noches, no descanso bien más que en la copa de un enorme nogal, sobre una larga rama que el viento mece... El viento, la noche, las hojas... Fanchette va en mi busca, allá arriba; oigo cómo sus sólidas zarpas trepan, ¡con cuánta seguridad! Parece maullar asombrada: «¿Qué haces subida a este árbol? Yo estoy hecha para subir hasta aquí, pero ¿tú? Es algo que nunca llegaré a entender.» Luego deambula por las ramas más pequeñas, su blancura brillando en la noche, hablándoles a los adormecidos pájaros, con la esperanza de que se dejen devorar complacientemente. ¡Santa inocencia!
Es la víspera de la partida; nada de trabajo; nos hemos traído nuestros equipajes a la escuela (un vestido y algo de ropa interior, ya que sólo nos quedaremos dos días). Mañana por la mañana cita a las nueve y media y partida en el maloliente omnibús del tío Racalin, que nos conduce hasta la estación.
Ya pasó todo. Ayer volvimos de la capital, triunfantes, salvo, naturalmente, Marie Belhomme, que ha suspendido. La señorita Sergent se pavonea con tamaño éxito Tengo que contarlo todo. La mañana de la partida, nos apelotonamos en el ómnibus del tío Racalin, borracho perdido como de costumbre, que conduce como un loco, zigzagueando de una cuneta a la otra, preguntando si vamos a casarnos todas y congratulándose de la maestría de su conducción. «Vamos bien, ¿verdá?», mientras Marie lanza agudos gritos, verde de terror. En la estación, nos amontonan en la sala de espera, la señorita Sergent saca nuestros billetes y prodiga tiernos adioses a su amiguita, que ha venido a acompañarla hasta aquí. La querida, con traje color trigueño, tocada con un enorme sombrero de lo más simple, bajo el que asoma su cara fresca como una rosa (¡la pequeña bribona de Aimée!), provoca la admiración de tres viajantes de comercio que fuman puros y que, regocijados ante semejante expedición escolar, acuden a la sala de espera para lucir ante nosotras sus anillos y sus bromas, pues les parece encantador soltar groserías. Le doy con el codo a Marie Belhomme para que preste atención; ella aguza sus oídos, pero no se entera de nada. ¡Caramba, lo que no puedo es hacerle dibujos para que entienda! La grandullona de Anaïs sí que ha comprendido, y se fatiga adoptando posturas graciosas y haciendo esfuerzos inútiles para ruborizarse. El tren resopla y silba; empuñamos nuestras maletas y nos introducimos en un vagón de segunda, irrespirable, sofocante. Felizmente, el viaje sólo dura tres horas. Yo me he instalado en un rincón, desde el que es posible aspirar algo de aire, y a lo largo de todo el camino apenas cruzamos palabra, entretenidas con ver pasar el paisaje. La pequeña Luce, acurucada a mi lado, pasa tiernamente su brazo bajo el mío, pero yo me desprendo.
––Déjame tranquila. Hace demasiado calor.
Me he puesto, sin embargo, un vestido de seda ligera, color crudo, de una sola pieza, fruncido como el de un bebé, sujeto en la cintura con un cinturón de cuero de un palmo de ancho (me mira fijamente, pero yo ni siquiera pestañeo, sin chistar) de tela roja, que le sienta muy bien; lo mismo que a Marie Belhomme su vestido de semi-luto, de una tela malva estampada con ramilletes negros. Luce Lanthenay conserva su uniforme negro y su sombrero también negro de lazo rojo. Las dos Jaubert siguen sin existir y sacan de sus bolsillos los temarios que la señorita Sergent, desdeñando su exceso de celo, les obliga a guardar de nuevo. ¡No salen de su asombro!
Chimeneas de fábricas, casas esparcidas y blancas que, luego, van uniéndose hasta convertirse en la ciudad. Hemos llegado a la estación y descendemos. La señorita Sergent nos empuja hasta un ómnibus y rodamos dolorosamente sobre adoquines hasta el «Hotel de la Poste». En las calles adoquinadas, los ociosos matan el tiempo, ya que mañana es San no sé qué ––fiesta mayor local–– y la Filarmónica causará estragos durante toda la velada. La patrona del hotel, la señora Cherbay, paisana de la señorita Sergent, mujer gruesa en extremo servicial, se agita de un lado para otro. Escaleras interminables, un pasillo y... tres habitaciones para seis. ¡Esto sí que no me lo esperaba! ¿Con quién irán a meterme? Resulta estúpido; detesto tener que dormir con alguien.
Finalmente la patrona nos deja. Estallamos en gritos, en preguntas, mientras abrimos las maletas; Marie ha perdido la llave de la suya y no hace más que lamentarse. Me siento, ya cansada. La señorita reflexiona:
––Veamos, debo distribuirlas...
Se interrumpe, buscando el mejor modo de emparejarnos; la pequeña Luce se desliza silenciosamente hasta mi lado y me aprieta la mano; confía en que nos meterán en la misma cama. La directora se decide:
––Las dos Jaubert dormirán juntas; usted, Claudine, con... (me mira fijamente, pero yo ni siquiera pestañeo, sin chistar), con Marie Belhomme y Anaïs con Luce Lanthenay. Creo que así se encontrarán bien.
Está claro que la pequeña Luce no es dei mismo parecer. Toma su maleta con aspecto penoso y se marcha tristemente con la grandullona de Anaïs hacia una habitación que está frente a la mía. Marie y yo nos instalamos; me desnudo rápidamente, para librarme del polvillo del tren, y detrás de los postigos, cerrados a causa del sol, deambulamos voluptuosamente en camisón. ¿Hay acaso un vestido más racional, alguno más práctico?
Sube desde el patio un sonido de canciones: miro y veo a la gruesa patrona sentada a la sombra, rodeada por las criadas y gente joven de uno y otro sexo. El conjunto entona sentimentales baladas como «Manon, ven a ver el sol», al tiempo que con. fecciona rosas de papel y guirnaldas de hiedra para decorar la fachada al día siguiente. Las ramas de los pinos sombrean el patio; la mesa de hierro pintado está repleta de botellas de cerveza y de vasos; ¡el paraíso terrenal, en una palabra! Llaman a la puerta: es la señorita Sergent; puede pasar, no me molesta. La recibo en camisón mientras Marie Belhomme se pone precipitadamente una falda, por respeto. Pero ella no parece advertir nada y únicamente nos insta a que nos demos prisa: la comida está servida. Bajamos todas. Luce se queja de su habitación, iluminada por una claraboya, ¡ni siquiera puede asomarse a la ventana!
La comida es mala, como corresponde a una pensión. Como sea que mañana tenemos el examen escrito, la señorita Sergent nos ordena volver a nuestras respectivas habitaciones y darle un repaso a lo que tengamos más olvidado. ¡Para eso no hacía falta haber venido! Hubiera preferido hacerles una visita a los X..., unos encantadores amigos de papá, músicos excelentes... La directora añade:
––Si se portan ustedes bien, esta noche podrán bajar conmigo, después de cenar, y ayudaremos a la señora Cherbay y a sus hijas a confeccionar las guirnaldas.
Rumor de alegría. Todas mis compañeras están exultantes; yo no. A mí no me produce entusiasmo alguno la idea de quedarme a confeccionar rosas de papel en el patio de una pensión con la gruesa patrona de blancas grasas. Seguramente se ha notado, ya que la pelirroja añade de inmediato, excitada:
––Que quede bien claro que no fuerzo a nadie; si la señorita Claudine considera que no debe unirse a nosotras...
––Es cierto, señorita, prefiero quedarme en mi habitación, ya que realmente temo resultar inútil por completo.
––Puede quedarse; nos las arreglaremos sin usted. Aunque en tal caso me veré obligada a llevarme la llave de su habitación, toda vez que soy responsable de todas ustedes.
No había pensado en ese detalle y no sé qué responder. Subimos a nuestros cuartos y durante toda la tarde bostezamos sobre nuestros libros, nerviosas por tener que esperar al día siguiente. Mucho mejor hubiera sido dar un paseo, ya que aquí no hacemos nada de provecho...
¡Y pensar que esta noche me veré encerrada, totalmente encerrada! Todo lo que recuerda a una cárcel me pone frenética; apenas me siento encerrada, pierdo la cabeza. (Jamás han podido dejarme interna, de pequeña, ya que me daban unos espasmos rabiosos al comprobar que me impedían franquear las puertas; por dos veces lo intentaron. Yo tenía nueve años. Las dos veces, desde la primera noche, corrí a la ventana como un pájaro estúpido, grité, mordí, arañé, hasta caer extenuada. Hubo que dejarme en libertad y sólo he podido «durar» en esta inverosímil escuela de Montigny, ya que en ella, por lo menos, no me siento «presa» y puedo dormir en mi cama, en nuestra casa.)
No voy a demostrarlo ante los demás, pero lo cierto es que la irritación y la humillación me han puesto mala. No voy a mendigar perdón; sería un triunfo excesivo para la maldita pelirroja. Si por lo menos me dejara la llave por dentro... Pero no voy a pedírselo en modo alguno. Ojalá la noche sea corta... Antes de la cena la señorita Sergent nos lleva a la orilla del río. Llena de piedad, la pequeña Luce pretende consolarme de mi castigo.
––Oye, si tú se lo pidieras, te dejaría bajar; si se lo pidieras cortésmente...
––¡Sólo faltaría! Antes prefiero estar encerrada con siete llaves durante siete meses, siete días, siete horas, siete minutos...
––Creo que te equivocas al no querer bajar. Haremos rosas, cantaremos...
––¡Puros placeres! Os tiraré agua sobre la cabeza.
––¡Quita! ¡Cállate! Realmente, nos has fastidiado el día; no podré estar contenta esta noche, porque tú no estarás conmigo.
––No te pongas tierna. Aprovecharé para dormir y cobrar fuerzas para el «gran día» de mañana.
Cena en el comedor de la pensión con viajantes de comercio y tratantes de ganado. Anais, la grandullona, ganada por el deseo de hacerse notar, gesticula incesantemente y vuelca sobre el mantel su vaso de agua teñida con vino. A las nueve, subimos a los cuartos. Mis compañeras se proveen de pañuelos para el relente de la noche y yo... entro en mi habitación. Mantengo el tipo, pero desde luego no me gusta en absoluto escuchar cómo la llave gira en la cerradura y se marcha en el bolsillo de la señorita Sergent... Bien, ya estoy sola por completo... Casi enseguida, las oigo en el patio y podría verlas perfectamente desde mi ventana, pero por nada del mundo delataría mi pesar dando muestras de curiosidad. ¿Y qué, después de todo? No me queda sino irme a dormir.
Ya me estoy quitando el cinturón cuando reparo en el tocador, colocado frente a una puerta, a la que obstruye. Puerta que se abre a la habitación vecina (el cerrojo está de esta parte) y la habitación vecina da al pasillo... Reconozcamos en esto la mano de la Providencia, es innegable. Me importa un bledo lo que pueda pasar, pero no quiero que la pelirroja pueda decir triunfante: «¡La he dejado encerrada!» Me abrocho de nuevo el cinturón y me coloco el sombrero. No soy tan idiota como para irme al patio, sino a casa de los amigos de papá, los señores X..., tan hospitalarios y amables, que sin duda habrán de acogerme de mil amores. ¡Uf! Qué pesado es el tocador. Estoy sudando. El cerrojo está atascado por el desuso y la puerta se abre chirriando, pero se abre. La habitación en la que entro con la vela en alto, está vacía, la cama no tiene sábanas; corro a la puerta, a esa puerta bendita que no está cerrada, que se abre gentilmente al delicioso pasillo... ¡Qué bien respira uno cuando no está encerrado! Debo tener cuidado para que no me pillen; nadie en la escalera, nadie en la recepción de la pensión, todo el mundo está haciendo rosas. ¡Haced rosas, buenas gentes, haced rosas sin mí!
Afuera, bajo la noche tibia, me río para mis adentros; pero debo ir a casa de los X... Lo malo es que no conozco el camino, sobre todo de noche. ¡Bah! Le preguntaré a alguien. Resueltamente sigo el curso del río y luego me decido a preguntarle, bajo una farola, a un señor que pasa, «¿La Plaza del Teatro, por favor?» El señor se detiene, se inclina para mirarme: «Mi querida niña, ¿me permite que la acompañe? No sabría encontrarla usted sola...» ¡Qué fastidio! Giro sobre mis talones y huyo rápidamente en la sombra. Poco después me dirijo a un dependiente que está bajando, con estrépito, la puerta de hierro de su tienda y, de calle en calle, perseguida a menudo por alguna risa o por alguna exclamación familiar, llego a la Plaza del Teatro. Llamo a la casa conocida. Mi llegada interrumpe el trío de violín, violoncello y piano que están interpretando las dos rubias hermanas junto a su padre. Se produce un tumulto.
––¿Eres tú? ¿Cómo es eso? ¿A qué se debe? ¿Vienes sola?
––Les ruego que me dejen hablar y que me perdonen. Les cuento mi encarcelamiento, mi huida, el examen del día siguiente; las dos rubitas se divierten como locuelas.
––¡Ah, pero qué divertido! Desde luego eres única para inventar semejantes travesuras.
El padre también ríe, indulgente.
––Vamos, no tengas miedo. Te acompañaremos y obtendremos tu perdón.
¡Qué buena gente!
Y nos ponemos a interpretar música, sin remordimiento alguno. A las diez, decido marcharme, y logro que me acompañe únicamente la vieja criada... Recorrido por las calles casi desiertas, bajo la luna en lo alto... No obstante, me pregunto sobre lo que la colérica pelirroja puede decirme. La criada entra conmigo en la pensión y compruebo que todas mis compañeras aún están en el patio, ocupadas en confeccionar rosas, en beber cerveza y limonadas. Podría entrar perfectamente en mi habitación sin que nadie lo notara, pero prefiero dar un pequeño golpe de efecto y me presento, modestamente, ante la directora, que da un respingo al verme:
––¿De dónde sale usted?
Con un gesto del mentón, señalo a la criada que me acompaña y ésta recita su lección dócilmente:
––La señorita ha pasado la velada en casa del señor, con sus dos hijas. ––Luego farfulla un vago «Buenas noches» y desaparece.
Me quedo sola (uno, dos, tres) con... ¡un basilisco! Sus ojos centellean, sus cejas forman una sola línea; mis compañeras, estupefactas, permanecen de pie, con las rosas de papel en las manos. Supongo, por la brillante mirada de Luce, las encendidas mejillas de Marie, el aspecto febril de la grandullona de Anaïs, que se han achispado un poco, claro que nada de malo hay en ello. La señorita Sergent no dice palabra; sin duda, está pensando; o, por el contrario, se contiene para no explotar. Habla, finalmente habla, pero sin dirigirse a mí:
––Ya es hora de subir. Es tarde.
¿Explotará una vez en mi habitación? Sea... En la escalera, todas mis compañeras me miran como a una apestada; la pequeña Luce me interroga con su mirada suplicante. En la habitación, se produce primero un solemne silencio, tras el cual la pelirroja me interroga con abrumadora seriedad:
––¿Dónde ha estado usted?
––Ya lo sabe, en casa de los X..., amigos de mi padre.
––¿Y cómo se ha atrevido usted a salir?
––Bueno, pues verá, he apartado simplemente el tocador que obstruía la puerta.
––¡Es usted de una impertinencia odiosa! ¡Ya verá usted lo contento que se pone su señor padre cuando le explique su incalificable conducta!
––¿Mi padre? Pues dirá: «Dios mío, es cierto, esta niña tiene una gran pasión por la libertad» y aguardará impaciente el final de su relato para sumergirse ávidamente en la Malacología del Fresnois.
Se da cuenta de que las otras están escuchándonos y da media vuelta sobre sus talones:
––¡Todas ustedes a la cama! ¡Se las verán conmigo si dentro de un cuarto de hora no han apagado las velas! ¡Por lo que respecta a la señorita Claudine, deja desde este momento de estar bajo mi responsabilidad, por lo que puede dejarse raptar esta noche, si le da la gana!
¡Oh! ¡Por Dios, señorita! Las muchachas han salido disparadas, como ratoncillos asustados, y me quedo a solas con Marie Bethomme, que me dice:
––¿Entonces es cierto que no puedes quedarte encerrada?
A mí nunca se me habría ocurrido la idea de apartar el tocador. No me he aburrido nada. Pero date prisa, antes de que le dé por venir para apagar la lámpara. No se duerme bien en una cama extraña; y, además, he estado toda la noche pegada a la pared, para no rozar las piernas de Marie. Nos despiertan a las cinco y media de la mañana y nos levantamos entumecidas; me lavo con agua fría para despejarme un poco. Mientras hago mis abluciones, Luce y la grandullona de Anaïs vienen a pedirme prestado mi jabón perfumado, solicitarme un imperdible, etc. Marie me ruega que la ayude a hacerse el moño. Todas estas pequeñajas, con poca ropa y adormiladas, resultan divertidas, vistas así. Intercambio de opiniones sobre las ingeniosas precauciones que se deben tomar contra los examinadores: Anaïs ha copiado todas las fechas históricas de las que no se acuerda en una punta de su pañuelo (¡yo necesitaría un mantel entero!). Marie Bethomme ha confeccionado un minúsculo atlas, que puede esconderse en el hueco de la mano. Luce ha escrito sobre sus puños blancos fechas, jirones de reinados, teoremas aritméticos, todo un manual. También las hermanas Jaubert han consignado una multitud de datos en estrechas tiras de papel que han enrollado dentro del capuchón de sus plumas. A todas les preocupa mucho quiénes serán los examinadores; oigo decir a Luce:
––En aritmética, pregunta Lerouge; en ciencias físicas y en química, Roubaud, una bestia parda según parece; en literatura es el viejo Sallé...
La interrumpo:
––¿Qué Sallé? ¿El antiguo director del colegio?
––El mismo.
––¡Vaya suerte!
Estoy encantada de que me examine ese viejo caballero bondadoso, al que papá y yo conocemos mucho; será amable conmigo. La señorita Sergent hace su aparición, concentrada y silenciosa en el momento de la batalla.
––¿No olvidan nada? Pues, vayamos.
Nuestro pequeño pelotón cruza el puente, trepa por las calles y los callejones y llega finalmente ante un viejo pórtico tronado, sobre suya puerta una inscripción casi ilegible anuncia Institución Rivoire; se trata del antiguo internado de las chicas, abandonado desde hace dos o tres años debido a su estado ruinoso. (¿Por qué nos meten ahí?) En el patio, casi desempedrado, unas sesenta muchachas charlan activamente, dividiéndose en grupos bien definidos; las distintas escuelas no se mezclan entre sí. Las hay de Villeneuve, de Beaulieu y de una decena de capitales de comarca; todas ellas, apiñadas en pequeños grupos alrededor de sus respectivas profesoras, hacen observaciones nada benévolas sobre las escuelas forasteras. Apenas llegamos, nos miran fijamente, desnudándonos con los ojos; a mí sobre todo me contemplan de la cabeza a los pies, debido a mi vestido blanco a rayas azules y mi capelina de encaje que destacan sobre el negro de los uniformes; como sea que sonrío descaradamente a cuantas me miran, me dan la espalda con el más ostentoso de los desprecios. Luce y Marie se ruborizan bajo las miradas y se meten en su concha; la grandullona de Anaïs está exultante de ser objeto dé tan minuciosa atención. Los examinadores aún no han llegado; patalean; yo me aburro. Una pequeña puerta sin cerrojo se entreabre a un obscuro pasillo, abierto en su extremo por un vano luminoso. Mientras la señorita Sergent intercambia gélidas frases de cortesía con sus colegas, me deslizo hábilmente por el pasillo: al final, hay una puerta encristalada ––por lo menos lo estuvo––, hago girar el oxidado picaporte y desemboco en un pequeño patio cuadrado, junto a un cobertizo. Hay jazmines, que han crecido en el abandono, así como clemátides, un pequeño ciruelo silvestre, hierbas libres y encantadoras. Todo es verde, silencioso, el fin del mundo. Por el suelo, ¡admirable hallazgo!, hay fresas maduras que perfuman el aire. ¡Llamemos a las otras para enseñarles tales maravillas! Vuelvo al patio sin hacerme notar y comunico a mis compañeras la existencia del ignoto vergel. Tras temerosas miradas a la señorita Sergent, que conversa con una vieja profesora, junto a la puerta por la que no acaban de aparecer los examinadores (se les deben haber pegado las sábanas), Marie Belhomme, Luce Lanthenay y la grandullona de Anaïs se deciden; las Jaubert se abstienen. Nos comemos las fresas, arrasamos las clemátides, sacudimos el ciruelo hasta que, percibiendo que aumenta el volumen del murmullo en el patio de entrada, adivinamos la llegada de nuestros torturadores. Regresamos por el pasillo a toda prisa y llegamos a tiempo para ver cómo una hilera de señores vestidos de negro, nada guapos, penetran en el viejo caserón, solemnes y silenciosos. Tras sus pasos, subimos las escaleras, con estrépito de escuadrón, las sesenta y tantas que somos, pero ya en el primer piso nos detienen ante una sala de estudios abandonada: hay que dejar que se instalen los caballeros. Se sientan a una gran mesa, se secan el sudor y deliberan. ¿Sobre qué? ¿Sobre la conveniencia de dejarnos entrar? Qué va, estoy segura de que intercambian comentarios sobre la temperatura y hablan de sus cosas, mientras con dificultad se nos contiene en el rellano de la escalera, del que desbordamos. En la primera fila distingo a las siguientes eminencias: un anciano alto, de pelo entrecano, aspecto bondadoso ––el buenazo del abuelo Sallé, encorvado y gotoso, con sus manos sarmentosas––; un señor rechoncho, el cuello apretado por una corbata de colores chillones, semejante a las de Rabastents, que es Roubaud, el terrible, que mañana nos examinará en ciencias.
Por fin, deciden dejarnos entrar. Llenamos la vieja y horrible sala, de paredes de yeso increíblemente sucias, con inscripciones firmadas por antiguas alumnas; también las mesas son espantosas, resquebrajadas, oscuras y violetas por los tinteros volcados sobre ellas. Es vergonzoso que nos metan en un tugurio semejante. Una de las eminencias procede a distribuirnos: tiene en las manos una larga lista y mezcla cuidadosamente a las escuelas entre sí, separando lo más posible a las alumnas de la misma comarca para evitar la comunicación entre ellas. (¿Acaso ignora que siempre puede una comunicarse?) Me colocan en la punta de una mesa, junto a una niña de luto con grandes y graves ojos. ¿Dónde están mis compañeras? Allá atrás diviso a Luce, que me dirige desesperados gestos y miradas; Marie Belhomme se agita en la mesa de delante de Luce; les será difícil pasarse información, pobrecillas... Roubaud circula entre nosotras distribuyendo grandes folios sellados de azul en la esquina izquierda, con las correspondientes obleas. Todas conocemos las reglas: debemos escribir nuestros nombres en la esquina, junto al de la escuela donde hemos cursado nuestros estudios, y luego plegar y sellar la misma con la oblea. (Se trata de garantizar a todo el mundo la imparcialidad de las calificaciones.) Una vez cumplida esta pequeña formalidad, esperamos que tengan a bien dictarnos algo. Miro a mi alrededor las jóvenes caras desconocidas, muchas de las cuales producen pena, hasta tal extremo traslucen la tensión y la ansiedad. Nos sobresaltamos al oír la voz de Roubaud en el silencio:
––Prueba de ortografía, señoritas. ¿Quieren escribir? No voy a repetir más de una vez cada frase que dicte. ––Y empieza el dictado paseando por la clase.
El silencio es absoluto y recogido. ¡Caramba, las cinco sextas partes de estas muchachitas se están jugando su porvenir! ¡Y pensar que este porvenir consistirá en ser profesoras, que pencarán desde las siete de la mañana a las cinco de la tarde, que temblarán ante una directora, malévola la mayoría de las veces, para ganar en suma setenta y cinco francos mensuales! De las sesenta chicas, cuarenta y cinco son hijas de campesinos o de obreros; con tal de no trabajar en el campo o en el taller, han preferido que se les vuelva la piel amarilla, se les hunda el pecho y se les encorve el hombro derecho, prestándose valientemente a pasar tres años en la Escuela Normal (levantarse a las cinco, acostarse a las ocho y media, con dos horas de recreo sobre las veinticuatro) y a arruinarse el estómago, que difícilmente resistirá tres años de refectorio. Pero por lo menos podrán llevar sombrero, no coserán vestidos para las demás, no cuidarán de los animales, no sacarán agua de los pozos y podrán despreciar a sus padres: eso es todo cuanto piden. ¿Y qué estás haciendo tú aquí, mi querida Claudine? Estoy aquí porque no tengo nada mejor que hacer, para que papá, mientras yo me someto a los interrogatorios de los profesores, pueda manosear en paz sus babosas; también me encuentro aquí para defender «el honor de la escuela», para proporcionarle un diploma más a esta escuela única, inverosímil, deliciosa... Nos han empazuzado con participios pasivos, tendido emboscadas de plurales equívocos, a lo largo de un dictado que llega a perder el sentido de tanto como han retorcido y erizado las frases. ¡Resulta infantil!
––Punto final. Esto es todo. Releo.
Creo no haber cometido ninguna falta, únicamente debo cuidar los acentos, ya que los califican como media falta, cuarto de falta; esos veleidosos acentos que se colocan, a propósito, donde no deben por encima de las palabras. Mientras releo, una bolita de papel, lanzada con extrema habilidad, cae sobre mi pliego. La aliso sobre la palma de la mano: se trata de la grandullona de Anaïs, que me escribe: «En el trouvés de la segunda frase, ¿va una S?» ¡Vaya unas dudas que tiene Anaïs! ¿Le miento? No, desdeño recurrir a medios de los que ella se sirve corrientemente. Levantando la cabeza, le dirigo un imperceptible «sí» y ella corrige tranquilamente.
––Tienen ustedes cinco minutos para repasar ––anuncia la voz de Roubaud––. A continuación la prueba de caligrafía.
Segunda bolita de papel, ésta más gruesa. Miro a mi alrededor: llega de Luce, cuyos angustiados ojos acechan los míos. ¡Pero es que ella me pregunta nada menos que cuatro palabras! Si le devuelvo otra bolita, me temo que la pesquen; de repente tengo una idea realmente genial: en la carpeta de cuero negro que contiene los lápices y los carboncillos (las examinandas deben aportar por sí mismas todo el material) escribo, con un trocito de yeso desprendido de la pared, las cuatro palabras que causan la inquietud de Luce, luego levanto de golpe la carpeta por encima de mi cabeza, con el lado virgen vuelto hacia los examinadores que, por lo demás, apenas se ocupan de nosotras. La cara de Luce se ilumina y corrige rápidamente. Mi enlutada vecina, que ha observado la maniobra, me dirige la palabra:
––Tú sí que no tienes miedo.
––No mucho, ya ves. Hay que echarse una mano, ¿no?
––Sí... claro; pero yo no me atrevería. Tú te llamas Claudine, ¿no es verdad?
––Sí. ¿Cómo lo sabes?
––¡Oh! Hace tiempo que se oye hablar de ti. Yo soy de la escuela de Villeneuve.
Nuestras maestras decían de ti: «Se trata de una chica inteligente, pero atrevida como un golfillo, de la que no se deben imitar ni sus modales de chico ni su peinado. Claro que, si se lo propone, será una temible contrincante en el examen.» También se te conoce en Bellevue, donde se dice que estás un poco loca y que eres bastante extravagante...
––¡Qué simpáticas son tus profesoras! Claro que ellas se ocupan de mí mucho más de lo que a mí me importan ellas. ¡Puedes decirles de mi parte que no son más que un hatajo de solteronas, rabiosas de haberse quedado para vestir santos!
Se calla, escandalizada. Por lo demás, Roubaud ya pasea por entre las mesas su vientrecillo regordete y recoge nuestros pliegos, que entrega a sus congéneres. Luego nos distribuye nuevas hojas, para la prueba de caligrafía, y va hasta la pizarra para modelar, «con bello trazo», cuatro versos:
Te acuerdas, Cinna, cuánta dicha y cuánta gloria, etc., etc.
––Señoritas, se les pide que escriban una línea en cursiva gruesa, una en cursiva media, una en cursiva fina, una en redondilla gruesa, una en redondilla media, y una en redondilla fina, una en bastardilla gruesa, una en media y una en fina. Tienen ustedes una hora.
Es como una hora de descanso. El ejercicio no resulta fatigoso y, además, no exigen demasiado en caligrafía. La redondilla y la bastardilla se me dan bien, pues es casi como dibujar, pero mi cursiva es detestable: mis letras ensortijadas o mis mayúsculas difícilmente llegan a obtener la apariencia exigible en un «cuerpo» o un «semi-cuerpo» de caligrafía. Pero, ¡qué más da! A medida que nos acercamos al final de la hora, me da hambre.
Por fin levantamos el vuelo de esta sala enmohecida y triste para reencontrarnos en el patio con nuestras profesoras, inquietas, agrupadas bajo la sombra, donde tampoco corre el fresco. De inmediato surgen oleadas de palabras, preguntas y quejas: «¿Ha ido todo bien?» «¿Cuál era el tema del dictado?» «¿Os acordáis de las frases más difíciles?»
«––Era esto ––o aquello–– yo he puesto indication en singular ––yo en plural–– el participio era invariable, ¿verdad, señorita? ––hubiera querido corregirlo, pero finalmente lo he dejado–– ¡era un dictado tan difícil!»
Ya han dado las doce y la pensión está lejos... El hambre me hace bostezar. La señorita Sergent nos lleva a un restaurante próximo, ya que nuestra pensión está demasiado lejos como para ir y volver con este calor bochornoso. Marie Belhomme llora y no come, desolada por las tres faltas que ha cometido (¡y por cada falta le restan dos puntos!). Yo le cuento a la directora –– que ya no parece acordarse de mi escapada de anoche–– los medios utilizados para comunicarnos; ella se ríe, contenta, y únicamente nos recomienda que no cometamos demasiadas imprudencias. En épocas de exámenes nos incita a las peores triquiñuelas: todo sea por el honor de la escuela.
Mientras aguardamos la hora de la redacción en lengua francesa, casi todas dormitamos en nuestras sillas, aplastadas por el calor. La señorita lee revistras ilustradas y se levanta tras echarle una ojeada al reloj.
––Vamos, chicas, debemos irnos. Procuren no mostrarse demasiado tontas esta vez. Y usted, Claudine, si no saca un 18 sobre 20 en la redacción de lengua francesa, irá a parar al río.
––¡Por lo menos me refrescaría un poco!
¡Estos examinadores son unas viejas chochas! Hasta la mente más obtusa podría haber comprendido que con este calor agobiante habríamos estado para la redacción de francés más despejadas por la mañana. Pero ellos no. ¿De qué puede una ser capaz a esta hora? Aunque igualmente lleno, el patio está mucho más silencioso que esta mañana y encima estos caballeros vuelven a retrasarse. Me marcho, sola, al pequeño jardín cerrado, me siento sobre las clemátides, bajo la sombra, y cierro los ojos, ebria de pereza...
Gritos, llamadas: « ¡Claudine! ¡Claudine! » Me sobresalto, despertándome, pues me he quedado dormida como un tronco y veo ante mí a Luce que me sacude y me empuja:
––¡Pero tú estás loca! ¡Ni siquiera te enteras de lo que pasa! ¡Ya hemos entrado hace un cuarto de hora! Ya se ha dictado el tema de la redacción y luego me he atrevido a decir, junto con Marie Bethomme, que faltabas tú... he venido a buscarte, la señorita Sergent está por los campos, pero yo he pensado que seguramente estarías aquí... ¡Qué irán a decirte ahora ahí arriba, querida!
Me lanzo hacia la escalera, con Luce tras mis pasos; un ligero murmullo se alza ante mi entrada y las eminencias, congestionadas por una comida que se ha prolongado demasiado, se vuelven hacia mí:
––¿Se le había olvidado el examen, señorita? ¿Dónde estaba? ––es Roubaud quien me habla, a medias amable, a medias mordaz.
––Estaba en el jardín, abajo, durmiendo la siesta.
La hoja entreabierta de una ventana devuelve mi imagen oscurecida. Tengo pétalos de clemátides malvas en los cabellos, el vestido lleno de hojas, un animalito color verde y una mariquita en el hombro y los cabellos en completo desorden... Conjunto nada repugnante, a juzgar por cómo me contemplan los caballeros. Roubaud me pregunta a bocajarro:
––¿Conoce usted el cuadro titulado La primavera, de Botticelli?
¡Patapán! Me lo esperaba.
––Sí, señor, ya me lo han dicho.
Le he cortado el cumplido en seco y él aprieta los labios, ofendido. Me las hará pagar. Los hombres de negro ríen entre sí. Me voy a mi sitio, escoltada por una frase tranquilizadora, mascullada por Sallé, el buen hombre, que, sin embargo, no me ha reconocido, el pobre miope:
––No ha llegado usted tarde, después de todo. Copie el tema escrito en la pizarra; sus compañeras aún no han empezado. ¡Pero, bueno! ¡No tenga miedo, que no voy a regañarle! ¡Adelante con la redacción en lengua francesa! La pequeña aventura me ha hecho cobrar ánimos.
«Tema. ––Expongan sus reflexiones y comentarios sobre las siguientes palabras de Chrysale: "Qué importa que ella no cumpla las leyes de Vaugelas... ", etc.» No se trata de un tema ni muy idiota ni muy ingrato; es una suerte inesperada. Escucho a mi alrededor preguntas ansiosas y desoladas, ya que la mayoría de las chicas ni siquiera saben quién es Chrysale ni han oído hablar de Las mujeres sabias. ¡Bonito lío van a armarse! No puedo contener la risa por anticipado. Redacto una pequeña elucubración, no demasiado tonta, esmaltada de citas diversas, para demostrarles que una sabe algo de Molière. Todo marcha bastante bien, hasta que acabo por no pensar en lo que sucede a mi alrededor. Al levantar un momento la cabeza, en busca de una palabra ingeniosa, advierto a Roubaud absorto, dibujando mi retrato en un pequeño cuaderno de notas. No me disgusta, por lo que vuelvo a mi pose, fingiendo no haberme dado cuenta. ¡Paf! Otra bolita que cae. Es de Luce: «¿Puedes darme dos o tres ideas generales? No sé de qué va la cosa; estoy desesperada; te mando un beso.» La miro y veo su pobre carita blanca como el mármol, sus ojos enrojecidos, mientras ella corresponde a mi mirada con un desolado movimiento de cabeza. Le apunto sobre un papel de calcar cuanto puedo y le tiro la bolita, no por el aire ––demasiado peligroso––, sino rodando por el suelo, por entre el pasillo que separa las dos hileras de las mesas. Luce la detiene poniéndole el pie encima con destreza.
Me esmero redondeando la conclusión, desarrollando ideas que les gustarán y que me disgustan. ¡Uf! ¡Se acabó! Ahora a ver qué hacen las demás... Anaïs trabaja sin levantar la cabeza, cazurra como siempre, con el brazo izquierdo abrazando su pliego para impedir que su vecina pueda copiar. Roubaud ha terminado su boceto y la hora avanza mientras que el sol apenas desciende. Me siento rendida; esta noche me iré a dormir con las demás, prudentemente: nada de música. Sigamos mirando a la clase: todo un regimiento de mesas dispuestas en cuatro filas, que la llenan hasta el fondo; pequeñas muchachas de negro, inclinadas, de las que únicamente se distinguen sus moños lisos o sus trenzas colgantes, apretadas como sogas; escasos trajes claros: sólo los de las alumnas de escuelas primarias, como la nuestra; destacan las cintas verdes en el cuello de las internas de Villenueve. Un silencio absoluto, turbado solamente por el leve ruido de las hojas al volverse o por algún que otro suspiro de fatiga... Finalmente, Roubaud cierra el Correo del Fresnois, sobre el que ha estado dando cabezadas, y saca su reloj:
––Es la hora, señoritas. Voy a recoger las hojas.
Se alzan algunos débiles gemidos, las pequeñas que no han podido terminar se azaran y piden cinco minutos de gracia, que se les conceden. Luego, sus eminencias recogen las copias y nos abandonan. Todas nos levantamos a la vez, nos desperezamos, bostezamos y vuelven a formarse de inmediato los grupos en el mismo rellano de la escalera. Anaïs se precipita hacia mí:
––¿Qué has puesto? ¿Cómo has empezado?
––¡No me fastidies! ¿Crees que me lo he aprendido de memoria?
––Pero, ¿y tu borrador?
––No he hecho; sólo he perfilado un poco algunas frases antes de escribirlas.
––¡Pues buena es la que te espera, querida! Yo me he traído mi borrador para enseñárselo a la señorita.
Marie Belhomme también trae su borrador, al igual que Luce y las demás. Todas. Es lo que se hace siempre. En el patio, aún cálido por el sol apenas en retirada, la señorita Sergent está leyendo una novela sentada sobre una pared baja.
––¡Ah! ¡Por fin han terminado! Denme enseguida sus borradores, a ver si no han puesto demasiadas tonterías.
Los lee y decreta; el de Anaïs «no está mal del todo»; Luce tiene «buenas ideas» (¡las mías, pardiez!), aunque «no lo bastante desarrolladas»; el de Marie, «un estilo confuso, como de costumbre»; las Jaubert, redacciones «muy presentables».
––¿Y su borrador, Claudine?
––No lo he hecho.
––¿Pero está usted loca, hija mía? ¡No hacer un borrador en un día de examen! Renuncio a obtener de usted nada que sea mínimamente razonable... En fin, ¿ha hecho usted un mal trabajo?
––No, señorita, no creo que sea malo.
––¿De cuántos puntos? ¿Diecisiete?
––¿Diecisiete? ¡Oh, señorita! La modestia me impide... diecisiete son muchos puntos... Pero, bien, creo que pueden darme perfectamente un dieciocho.
Mis compañeras me miran con envidiosa malevolencia: «¡Vaya con Claudine! Tiene la suerte de poder predecir su nota. Claro que hay que decir que no tiene ningún mérito; simplemente se trata de una predisposición natural; puede hacer redacción de lengua francesa como quien fríe un huevo... y que si patatín y que si patatán.» A nuestro alrededor, las demás examinandas charlan en tono agudo, exhiben sus borradores a sus profesoras y lanzan exclamaciones, soltando algún que otro «¡ah!» de pesar por haber olvidado alguna idea... Parecen gallinas alborotadas en un gaLibrodot llinero. Por la noche, en vez de escaparme a la ciudad, tendida en la cama junto a Marie Belhomme, charlo con ella sobre este día señalado.
––Mi compañera de la derecha ––me cuenta Marie–– viene de un internado religioso. Figúrate, Claudine, que esta mañana, mientras se distribuían las hojas, antes del dictado, se sacó del bolsillo un rosario cuyas cuentas pasaba bajo la mesa. Sí, querida, un rosario de enormes cuentas redondas, algo parecido a un ábaco de bolsillo.
Era para que le trajese suerte.
––¡Bah! No sirve para nada, pero tampoco hace ningún daño... ¿Qué es eso que se oye?
Me parece escuchar un enorme alboroto en la habitación de al lado, donde duermen Luce y Anaïs. La puerta se abre violentamente y Luce, en camisón, se precipita en nuestro cuarto, fuera de sí.
––Te lo ruego, defiéndeme... ¡Anaïs es tan mala!
––¿Qué te ha hecho?
––Primero me ha echado agua en los botines y, luego, en la cama, me ha dado puntapiés y me ha pellizcado los muslos y, cuando me he quejado, me ha dicho que, si no estaba contenta, podía dormir en la alfombra.
––¿Por qué no se lo dices a la señorita?
––¡Sí, mujer, llamar a la señorita! ¡He ido a su habitación y no está! La criada que pasaba por el pasillo me ha dicho que había salido con la patrona... ¿Qué quieres que haga ahora?
Llora. ¡Pobre chiquilla! Tan menuda con su camisón, que deja al descubierto sus delgados brazos y sus bonitas piernas... Decididamente, con la cara tapada y el resto desnudo, resultaría mucho más seductora (¿con dos aberturas para los ojos, quizá?). Pero no es éste el momento de deliberar al respecto. Salto de la cama y corro a la habitación de enfrente. Anaïs está en el centro de la cama, con la colcha tapándola hasta la barbilla, mostrando su expresión más maligna.
––Vamos a ver, ¿qué es lo que pasa? ¿No quieres que Luce duerma contigo en paz?
––No se trata de eso. Lo que sucede es que ella quiere ocupar todo el sitio y yo me he limitado a empujarla.
––¡Mentirosa! La has pellizcado y le has echado agua en los botines.
––Que se acueste contigo, entonces, si lo prefieres. No quiero tenerla aquí.
––Sin embargo tiene una piel más suave que la tuya; claro que eso no es muy difícil.
––Venga, venga; ¡todas sabemos que la hermanita pequeña te gusta tanto como la mayor!
––Espérate un momento, voy a hacer que cambies de opinión.
En camisa, me arrojo sobre la cama, arranco las sábanas, agarro a la grandullona de Anaïs por ambos pies y, a pesar de las garras silenciosas que se clavan en mis hombros, la tiro al suelo, boca arriba, sin soltar por un momento sus piernas, y grito:
––¡Mane, Luce, venid a ver!
Una pequeña procesión de camisas blancas acude con los pies desnudos, agitándose: «¡Eh! ¡Separadlas! ¡Llamad a la señorita!» Anaïs no grita, se limita a agitar sus piernas y a dirigirme furibundas miradas, empeñada en ocultar lo que yo enseño a todas al arrastrarla por el suelo: unos muslos amarillentos y un trasero en forma de pera. Me entra tanta risa que temo que se me escape. Doy mis explicaciones:
––Esta grandullona de Anaïs, a la que tengo aquí agarrada, no permite que la pequeña Luce duerma con ella, la pellizca, le mete agua en los botines... Así que intento tranquilizarla.
Silencio y frío. Las Jaubert son demasiado prudentes como para echar la culpa a una de las dos. Finalmente, suelto los tobillos de Anaïs, que se levanta precipitadamente, bajándose el camison.
––Ahora vete a la cama y deja a la chiquilla en paz; de lo contrario, te arrancaré la piel a tiras.
Todavía callada y furiosa, corre hasta su cama y esconde la cara contra la pared. Su cobardía es increíble y lo que más teme en el mundo son los golpes. Mientras los pequeños fantasmas blancos vuelven a sus respectivas habitaciones, Luce se acuesta tímidamente junto a su torturadora, que no mueve ni una pestaña. (Mi protegida me dice al día siguiente que Anaïs no se había movido, en toda la noche, más que para arrojar al suelo, de rabia, su almohada.) Nadie le dice una palabra del suceso a la señorita Sergent. ¡Teníamos de sobra con el día que nos esperaba! Exámenes de aritmética y de dibujo y, por la tarde, aparición de las listas de las examinandas admitidas a las pruebas orales.
Chocolate rápido. Precipitada partida. Son las siete de la mañana y ya hace calor. Más familiarizadas con la situación, ocupamos nuestros respectivos lugares y charlamos, a la espera de sus eminencias, con decencia y moderación. Casi nos encontramos como en nuestra propia casa, nos colocamos sin tropezar entre los bancos y las mesas, alineamos frente a' nosotras los lápices, portaplumas, gomas y raspadores, con la destreza de lo acostumbrado. Por lo demás, nos comportamos perfectamente. Un poco más y se nos podría tomar por maniáticas. Entrada de los dueños de nuestros destinos, que ya han perdido una parte de su prestigio: las menos tímidas les miran tranquilamente, con aire familiar. Roubaud, que enarbola un pseudo-panamá bajo el que debe creerse el colmo de la elegancia, se impacienta, nervioso:
––¡Vamos, señoritas, vamos! Esta mañana llevamos retraso y hay que recuperar el tiempo perdido.
¡Lo que faltaba! No, si va a ser culpa nuestra que ellos no se hayan levantado a tiempo. En un santiamén, las hojas cubren las mesas; en otro, las obleas para sellar nuestros nombres; de inmediato, el acelerado Roubaud rompe el sello del gran sobre amarillo, timbrado por la Inspección académica y extrae el temido enunciado de los problemas:
«Primer problema.–– Un particular ha comprado títulos de renta en curso al 3 y 1/2 % por valor de 94'60 francos, etc.» ¡Que el granizo convierta su pseudos-panamá en colador! Las operaciones de bolsa me matan: hay que calcular los corretajes, los 1/800 % que siempre me ha costado Dios y ayuda recordar...
«Seguddo problema. ––Números divisibles por 9. Una hora de tiempo.» Bueno, éste no es para tanto. Afortunadamente, la divisibilidad por 9 la he estudiado durante tanto tiempo que he logrado retenerla en la memoria. Claro que habrá que ordenar todas las condiciones necesarias y suficientes; ¡qué lata!Las restantes examinandas ya están absortas y atendiendo a lo suyo. Un leve cuchicheo de cifras, de cálculos hechos en voz baja, corre por encima de las nucas inclinadas.
...Terminado el problema. Tras haber empezado cada operación dos veces (¡me equivoco tan a menudo!) obtengo un resultado de 22.850 francos como beneficio del inversor. ¡Bonito beneficio! Confío en este número redondo y tranquilizador, pero quiero que me asesore Luce, que juega con las cifras de forma magistral. Varias de las examinandas han terminado y no veo más que rostros contentos por todos lados. La mayoría de estas hijitas de campesinos avaros o de diestros obreros poseen el don de la aritmética hasta tal punto que me dejan estupefacta. Podría preguntarle a mi morena vecina, que también ha terminado, pero desconfío de sus ojos serios y discretos; confecciono, pues, una bolita, que va a caer sobre la nariz de Luce, portando la cifra de 22.850. La chiquilla, alegremente, asiente con la cabeza; todo va bien. Satisfecha, pues, le pregunto a mi vecina. Ella vacila y murmura, reservada:
––Me da más de 20.000 francos.
––A mí también, pero, ¿cuánto más?
––Caramba... pues más de 20.000 francos.
––¡Oye! No te estoy pidiendo que me los prestes. Puedes guardarte tus 22.850 francos, no eres la única en haber obtenido el resultado correcto. ¡Pareces una hormiguita negra, y lo digo por más de una razón!
A nuestro alrededor, algunas ríen. Mi interlocutora, ni siquiera ofendida, cruza las manos y baja la mirada.
––¿Han terminado ustedes, señoritas? ––pregunta Roubaud––. Ahora quedan libres, pero preséntense puntuales para la prueba de dibujo.
Regresamos a las dos menos cinco a la ex––Institución Rivoire. ¡Qué fastidio y qué ganas de salir huyendo me provoca la simple visión de esta cárcel destartalada! En el rincón mejor iluminado de la clase, Roubaud ha dispuesto dos círculos de sillas; en el centro de cada uno de ellos, una pequeña tarima. ¿Qué irán a poner ahí encima? No le quitamos el ojo. El examinador factótum desaparece para volver en seguida con dos jarrones de vidrio con asa. Antes de que los coloque sobre las tarimas, todas las alumnas se cuchichean unas a otras: «Querida, ¡esto sí que va a ser difícil, con la transparencia! »

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:31 am

Habla Roubaud:
––Señoritas, son ustedes libres de situarse como mejor les convenga para esta prueba de dibujo. Reproduzcan estas dos vasijas (¡vaya una manera de nombrarlas!) al trazo, un boceto al carboncillo y los detalles con lápices Conté, con la prohibición formal de utilizar una regla o cualquier cosa que se le parezca. Los cartapacios que deben haber traído todas ustedes harán las veces de tablas de apoyo.
Aún no ha terminado de hablar cuando me precipito sobre la silla que he estado mirando de reojo, un lugar excelente, desde el que se ve el jarrón de perfil, con el asa a un lado. Varias me imitan, y me encuentro entre Luce y Marie Belhomme. «¿Prohibición formal de utilizar una regla para las líneas de construcción?» ¡Bah! Sabemos de sobra lo que eso quiere decir. Mis compañeras y yo guardamos en reserva tiras de papel rígido, de un decímetro de longitud y divididas en milímetros, que es muy fácil de ocultar.
Está permitido hablar, pero no abusamos; preferimos hacer muecas, extender el brazo, guiñar un ojo, para tomar medidas con el carboncillo. Sólo hace falta un poco de habilidad para trazar con la regla las líneas de construcción (dos lineas que dividen la hoja en cruz y un rectángulo para fijar el vientre del jarrón). En el otro círculo de sillas se produce un pequeño rumor repentino, exclamaciones ahogadas y la voz severa de Roubaud:
––Señorita, otro intento similar bastará para que sea expulsada del examen.
Se trata de una pobre niña, bajita y enclenque, a la que han pescado con un dobledecímetro en las manos y que ahora ahoga sus sollozos en su pañuelo. De golpe, Roubaud se torna extremadamente fisgón y nos escudriña de cerca, pero las tiras de papel milimetrado han desaparecido como por arte de magia. Por lo demás, ya no las necesitamos. Mi jarrón, perfectamente barrigudo, me sale a las mil maravillas. Mientras lo considero con complacencia, nuestro vigilante, distraído por la tímida aparición de las profesoras que vienen a informarse de «si las composiciones son buenas en general», nos deja solas y Luce me tira suavemente de la manga:
––Por favor, dime si mi dibujo está bien. Me parece que hay algo que falla.
Después de examinarlo, le digo:
––Le has puesto el asa demasiado baja, pardiez. Tiene el aspecto de un perro apaleado con la cola gacha. ––¿Y la mía? ––pregunta Marie, por el otro lado.
––La tuya tiene una joroba en el lado derecho. Ponle un corsé ortopédico.
––¿Un qué?
––Te digo que debes ponerle algodón a la izquierda; sólo está «favorecida» por un lado. Pídele a Anaïs que te preste una de sus falsas tetas (toda vez que la grandullona de Anaïs se introduce sendos pañuelos en las copas de su corsé y todas nuestras bromas al respecto no han logrado que se decida a abandonar un relleno pueril).
Este parloteo provoca en mis vecinas un jolgorio inmoderado: Luce se parte de risa en su silla, mostrando todos los frescos dientes de su boca felina; Marie hincha sus mejillas como bolsas de gaita. Luego, ambas se quedan paralizadas, en la mitad del jolgorio, ya que el terrible par de ojos abrasadores de la señorita Sergent las deja petrificadas desde el fondo de la sala. Y la sesión termina en medio de un silencio irreprochable. Nos echan fuera, enfebrecidas y bulliciosas ante la idea de venir a leer, esta noche, la larga lista clavada en la puerta, con los nombres de las examinandas admitidas al oral de mañana. La señorita Sergent apenas puede contenernos; charlamos insoportablemente.
––¿Vendrás a ver la lista, Marie?
––¡Ni hablar! Si no figurase mi nombre, sería el hazmerreír de todas.
––Yo sí que vendré ––dice Anaïs––. Quiero ver la cara que ponen las que no sean admitidas.
––¿Y si tú te encuentras entre ellas?
––No importa. No llevo mi nombre escrito sobre la frente y sabré poner cara de contento para que las demás no se apiaden de mí.
––¡Basta ya! ¡Me van a hacer estallar la cabeza! ––dice bruscamente la señorita Sergent––. Pueden hacer ustedes lo que quieran, y veremos aún si no vengo yo sola, esta noche, para leer la lista en la puerta. Por lo pronto, no volveremos a la pensión; no tengo ninguna gana de darme dos veces esta caminata. Comeremos en un restaurante.
Solicita una sala reservada. En la especie de caseta de baño que se nos asigna, por la que la luz se cuela tristemente desde el techo, nuestra efervescencia se extingue; comemos como lobeznos, sin hablar apenas. Y, una vez saciada nuestra hambre canina, preguntamos a cada minuto la hora. La señorita trata en vano de calmar nuestros nervios, asegurando que las examinandas son demasiado numerosas para que sus eminencias hayan podido repasar todos los trabajos antes de las nueve; no obstante, seguimos en ebullición.
¡Ya no sabemos qué hacer metidas en esta cueva! La señorita Sergent se niega a sacarnos y sé muy bien por qué: es la hora de paseo de la guarnición y no debemos alterar a los jactanciosos pantalones rojos. Ya cuando veníamos a cenar, nuestro pequeño grupo se vio escoltado por las sonrisas, los siseos y los chasquidos de besos lanzados al aire, manifestaciones que exasperan a la directora, que fusila con la mirada a los osados soldados de infantería. Pero haría falta algo más para devolverles la compostura.
La luz se va extinguiendo y nuestra impaciencia nos vuelve malhumoradas e insoportables; Anaïs y Marie ya se han intercambiado agrias réplicas, en actitud propia de gallos de pelea; las dos Jaubert parecen meditar sobre las ruinas de Cartago y yo he respondido con un codazo a la pequeña Luce, que sólo pretendía conseguir algún mimo. Felizmente, la señorita, tan enervada como nosotras, pide que nos traigan luz y dos juegos de cartas. ¡Buena idea! La luz de las dos lámparas de gas nos levantan un poco la moral y los juegos de cartas nos hacen sonreír. ––¡Ahí va, un siete y medio! ¡Vaya! Las dos Jaubert no saben jugar. Bien, que sigan, pues, reflexionando sobre la fragilidad del destino humano. Las demás barajamos mientras la señorita lee los periódicos.
Nos divertimos, aunque jugamos mal. Anaïs hace trampas. De vez en cuando nos detenemos en mitad de la partida, con los codos sobre la mesa y la mirada ansiosa, para preguntar: «¿Qué hora será? » Marie expone la idea de que, puesto que ya es de noche, no podremos leer la lista; habría que llevar cerillas.
––¡So burra! Habrá farolas.
––Sí... Pero ¿y si no hay allí precisamente?
––Bueno, por si acaso ––digo yo en voz baja–– hurtaré una vela de la chimenea y tu llevarás los fósforos. Sigamos jugando... ¡La sota y dos ases!
La señorita Sergent saca su reloj; nosotras no le quitamos el ojo de encima. Se levanta. La imitamos tan bruscamente que derribamos las sillas. Nuevas muestras de apasionamiento, nos precipitamos hacia nuestros sombreros y, al mirarme en el espejo para colocarme el mío, birlo una vela. La señorita Sergent se toma un ímprobo trabajo para impedir que salgamos corriendo. Los viandantes ríen ante esta pandilla que se esfuerza por no arrancar al galope y nosotras sonreímos a los transeúntes. Finalmente, la puerta brilla ante nuestros ojos y cuando digo brilla estoy haciendo literatura... ya que es cierto que no hay farola alguna. Ante la puerta cerrada, una multitud de sombras se agita, grita, salta de contento o se lamenta: se trata de nuestras rivales de las otras escuelas. Repentinas y efímeras llamitas de fósforos, inmediatamente extinguidas, vacilantes llamas de velas, iluminan una enorme hoja de papel blanco fijada sobre la puerta. Nos precipitamos, desbocadas, empujando brutalmente con los codos a las agitadas siluetas, que apenas nos prestan atención.
Sosteniendo tan firme como me es posible la vela hurtada, leo, adivino, guiándome por las iniciales en orden alfabético: «Anaïs, Belhomme, Claudine, Jaubert, Lanthenay.» ¡Todas, estamos todas! ¡Qué alegría! Y ahora verifiquemos la puntuación de cada cual. Es 45 el mínimo de puntos exigidos; el total está escrito al lado de cada nombre y las notas detalladas entre paréntesis. La señorita Sergent, encantada, transcribe en su cuaderno de notas: «Anaïs, 65, Claudine, 68, ¿cuánto las Jaubert?, 63 y 64; Luce, 49, Marie Belhomme, 44 1/2. ¿Cómo es eso de 44 1/2? Entonces, ¿no ha sido admitida? ¿Qué me están diciendo?»
––No, señorita ––dice Luce, que ha ido a comprobarlo––, son 44 3/4, ha sido admitida con la falta de 1/4. Es una gracia que le conceden sus eminencias.
La pobre Marie, aún sofocada por el susto que acaba de pasar, respira a fondo. Desde luego han hecho bien en perdonarle ese cuarto de punto, pero temo que la pifie en el examen oral. Anaïs, una vez pasada la primera alegría, ilumina caritativamente a las que van llegando, rociándolas con cera fundida, la muy malvada. La señorita no consigue calmarnos, ni siquiera con el cubo de agua fría que es esta siniestra predicción:
––Todavía no han llegado al final de sus apuros. Ya me gustará verlas mañana por la tarde, después del examen oral.
No le resulta fácil reconducirnos a la pensión, mientras saltamos y canturreamos bajo la luz de la luna. Y por la noche, una vez la directora se ha acostado y dormido, nosotras saltamos de nuestros lechos para bailar (Anaïs, Luce, Marie y yo, sin las dos Jaubert, por supuesto) locamente, las melenas al aire, cogiéndonos el camisón como si se tratara de un minueto. Luego, creyendo oír un imaginario ruido en la habitación donde reposa la señorita, las bailarinas de la incontinente pandilla se esfuman con un roce de pies desnudos y risas sofocadas. Al día siguiente por la mañana me despierto demasiado temprano y voy corriendo a darle un «susto» a la pareja Anaïs-Luce, que está durmiendo con aspecto absorto y ceñudo. Cosquilleo con mi cabello la nariz de Luce, que estornuda antes de abrir los ojos, y su sobresalto despierta a Anaïs, que gruñe y se incorpora mandándome al diablo. Yo exclamo con toda seriedad:
––¿Es que no sabéis la hora que es? Son las siete, queridas, y el oral es a las siete y media.
Permito que se precipiten fuera de sus camas, que se calcen y que se abrochen los botines, antes de decirles que sólo son las seis, que me había equivocado. No les molesta tanto como yo había esperado.
A las siete menos cuarto la señorita Sergent nos apura, nos hace tomar el chocolate a toda prisa, nos exhorta a repasar por última vez nuestros apuntes de historia mientras comemos las tostadas y nos empuja a la soleada calle, aún aturdidas. Luce va provista de sus puños llenos de inscripciones, Marie de su cilindro de papel y Anaïs de su minúsculo atlas. Se aferran a esas pequeñas tablas de náufrago, hoy en mayor medida que ayer, ya que ahora se trata de hablar, hablar frente a esas eminencias a las que no conocemos, ante treinta pares de pequeños oídos malévolos. Anaïs es la única que está impertérrita: no sabe lo que es estar intimidado. En el destartalado patio, las candidatas son mucho menos numerosas. ¡Cuántos restos han quedado en el camino del escrito al oral! (Buena señal: cuantas más aprueban en el escrito, más suspenden en el oral.) La mayoría, paliduchas, bostezan nerviosamente y se quejan, como hace Marie Belhomme, de tener un nudo en el estómago. ¡El famoso trac!
La puerta se abre ante los hombres de negro; nosotras les seguimos silenciosamente hasta la gran sala de arriba, desprovista hoy de todas las sillas; en cada una de las cuatro esquinas, detrás de sus respectivas mesas negras, se sienta un examinador grave, casi lúgubre. Mientras contemplamos la puesta en escena, curiosas y asustadas, apelotonadas en la entrada, impresionadas ante la enorme distancia que deberemos cruzar, la señorita nos achucha.
––¡Vamos, vamos de una vez! ¡No se queden ahí plantadas!
Nuestro grupo se adelanta, más audaz, en pelotón; el abuelo Sallé, nudoso y encogido, nos mira sin vernos, irremisiblemente miope; Roubaud juega con la cadena de su reloj, la mirada distraída; el viejo Lerouge espera pacientemente y consulta la lista de los nombres; y en el hueco de una ventana se halla instalada una aparatosa señora, que por lo demás es señorita, la señorita Michelot, con los cuadernos de solfeo frente a ella. Iba a olvidarme de otro: el intratable Lacroix, que masculla, alza furiosamente los hombros mientras hojea sus libracos y parece pelearse consigo mismo. Las chicas, asustadas, se susurran que «debe ser un hueso». Y es Lacroix quien se decide finalmente a gruñir un nombre: «¡Señorita Aubert! » La citada Aubert, excesivamente alta, descuajaringada y abatible, respinga como un caballo, bizquea, se torna estúpida de inmediato y, en sus ganas de producir buena impresión, se adelanta y grita con voz de trompeta, con un fuerte acento campesino: «¡Estoy aquí, señor!» Todas nos echamos a reír, y esta risa impensada y espontánea nos remonta el ánimo y nos envalentona. El bulldog de Lacroix ha fruncido el ceño cuando la pobre desgraciada ha soltado su «Estoy aquí» ansioso y le responde: «¿Quién le ha dicho lo contrario?», dejándola en un estado lastimoso.
––¡Señorita Vigoureux! ––llama Roubaud, que ha empezado el alfabeto por la cola. Una gordinflona, con un sombrero blanco adornado con margaritas, se precipita: es una de las de la escuela de Villeneuve.
––¡Señorita Mariblom! ––ladra el abuelo Sallé, que cree estar tomando el alfabeto por la mitad y lee de derecha a izquierda. Marie Belhomme se adelanta ruborosa y se sienta en la silla que hay frente al abuelo Sallé, quien la escruta y le pregunta si sabe qué es la Ilíada. A mi espalda, Luce suspira:
––Por lo menos ya ha empezado; todo es empezar.
Las examinandas desocupadas, yo entre ellas, se dispersan tímidamente, situándose lo mejor posible para escuchar a sus compañeras situadas en los banquillos. Por mi parte, asisto al examen de la joven Aubert, para divertirme un rato. En el preciso momento en que me acerco, el viejo Lacroix le está preguntando: « ¿Entonces usted no sabe con quién se casó Felipe el Hermoso?» A ella se le salen los ojos de las órbitas; tiene la cara roja como un tomate y empapada en sudor; sus mitones dejan ver dedos como salchichas:
––Se casó con... no, no se casó. Señor, señor ––grita––, ¡se me ha olvidado todo de golpe!
Está temblorosa y gruesas lágrimas corren por sus mejillas. Lacroix la contempla, malvado como la sarna.
––¿Conque se le ha olvidado todo? Pues con lo que sabe usted, se gana un hermoso cero.
––Bien, bien ––balbucea apenas ella––; prefiero eso y poder irme a mi casa. Me da lo mismo...
La acompañan, sacudida por grandes sollozos y, a través de la ventana, escucho cómo le dice a su mortificada profesora:
––¡Sí señor, prefiero guardar vacas en casa de mi padre! ¡Por nada del mundo vuelvo a poner los pies en este sitio! ¡Tomo el tren de las dos y desaparezco!
En la clase, sus compañeras hablan del «lamentable incidente», serias y acusadoras.
––¡Mira que es burra, la pobre! ¡Con lo contenta que estaría yo si me hubiesen preguntado algo tan fácil!
––¡Señorita Claudine!
Quien me reclama es el viejo Lerouge. ¡Madre mía, la aritmética! Menos mal que tiene ese aire de bonachón... Enseguida me doy cuenta de que no va a maltratarme.
––Vamos a ver, pequeña, ¿quiere usted decirme algo sobre los triángulos rectángulos?
––Desde luego, señor. Aunque, la verdad, los triángulos rectángulos no me apasionan.
––¡Vamos, vamos! ¡No son tan fieros como los pintan! A ver, dibújeme un triángulo rectángulo en la pizarra y luego extráigame el área. Finalmente, hábleme del cuadrado de la hipotenusa...
¡Habría que ser tonta del bote para hacerse suspender por una persona semejante! De modo que me muetro más mansa que un corderito con un lazo color de rosa y suelto cuanto sé. Por lo demás, termino enseguida.
––¡Pero si lo hace usted perfectamente! Ahora dígame como se averigua si un número es divisible por nueve y la dejo en paz.
––Suma de sus cifras ––desembucho––, condición necesaria... suficiente.
––Bien, pequeña, con esto basta.
Me levanto, suspirando aliviada, y me tropiezo con Luce, que está a mis espaldas y me dice:
––¡Qué suerte has tenido! ¡Me alegro por ti!
Lo ha dicho verdaderamente contenta. Por primera vez, le acaricio el cuello sin malicia. ¡Vaya! ¡Otra vez me toca! ¡No te dan tiempo ni de respirar!
––¡Señorita Claudine!
Se trata del puerco-espín de Lacroix. Esto se va a poner al rojo vivo. Me instalo y, mientras me mira por encima de su monóculo, me dice:
––¡Ah! ¿Cuál fue el motivo de la Guerra de las dos Rosas? ¡Pam! ¡Me ha dado de lleno a la primera! No me sé ni quince palabras sobre la Guerra de las dos Rosas. Tras pronunciar los nombres de los cabecillas de cada bando me quedo muda.
––¿Y qué más? ¿Y qué más? ¿Y qué más? Me está poniendo nerviosa, y estallo:
––Bueno, pues estuvieron peleándose como verduleras durante muchísimo tiempo, pero no me acuerdo de nada más.
Me mira estupefacto. ¡Seguro que me despacha a cajas destempladas!
––¿De modo que esa es su manera de estudiar Historia?
––Puro patriotismo, señor. Unicamente me interesa la Historia de Francia.
Inesperada suerte: ¡se echa a reír!
––Prefiero tenérmelas con impertinentes que con atontadas. Hábleme, pues, de Luis XV (1742).
––Muy bien. Eran los tiempos en que madame de la Tournelle ejercía sobre el rey una influencia deplorable...
––¡Voto a bríos! ¡No es eso lo que le estoy preguntando!
––Perdón, señor, no me estoy inventando nada; es la pura verdad... Los mejores historiadores...
––¿Qué? Los mejores historiadores...
––Sí, señor, lo he aprendido en Michelet, con todo lujo de detalles.
––¡Michelet! ¡Pero esto es una locura! Michelet, entérese usted bien, ha escrito una novela histórica en veinte volúmenes y ha osado llamarle a eso la Historia de Francia. ¡Y ahora me sale usted hablándome de Michelet!
Se ha desbocado. Golpea sobre la mesa. Le planto cara. Las jóvenes examinandas se han agrupado a nuestro alrededor, no dando crédito a sus oídos. La señorita Sergent se ha acercado, ansiosa, presta a intervenir, en el mismo instante en que yo digo:
––Michelet por lo menos no es tan cargante como Duruy...
Ella se precipita hacia la mesa y apela angustiada:
––Le ruego que la perdone, señor... Esta niña ha perdido la cabeza. Abandonará el examen enseguida...
El le quita la palabra de la boca, se seca la frente y resopla.
––No se preocupe, señorita, no pasa nada. Sostengo mis opiniones, pero me gusta que los demás también sustenten las propias. La chica tiene una idea falsa de la historia y frecuenta las malas lecturas, pero no carece de personalidad. ¡Hay que lidiar con tantas mansurronas! Dígame usted, lectora de Michelet, ¿cómo iría en barco desde Amiens a Marsella? ¡O eso o le clavo un dos que ya me dirá cómo le sienta!
––Parto de Amiens, embarcando en la Somme, remonto..., etc..., etc..., canales... y llego a Marsella. Claro que para ello puedo emplear un espacio de tiempo que puede variar entre seis meses y dos años.
––Bien, eso no le incumbe. Sistema orográfico de Rusia. Rápido.
¡Vaya! No puede decirse que mi punto fuerte sea el conocimiento del sistema orográfico de Rusia, pero me las compongo como puedo, salvo algunas lagunas que le parecen lamentables al examinador.
––¿Y los Balcanes? ¿Decide usted suprimirlos?
Este hombre habla como un petardo.
––En modo alguno, señor; me los reservo para los postres.
––Está bien. Puede marcharse.
No sin un punto de indignación, me abren un pasillo. ¡Qué monas! Me tomo un descanso, ya que no vuelven a llamarme, y escucho aterrada cómo Marie Belhomme le contesta a Roubaud que «para obtener el ácido sulfúrico se echa agua sobre cal, se pone todo a hervir y luego se recoge el gas en un globo». Marie tiene la expresión de las grandes metedoras de pata y de las estúpidas ilimitadas; sus inmensas manos, largas y delgadas, se apoyan sobre la mesa; sus ojos de pájaro sin seso brillan y voltean; larga, con increíble volubilidad, los más monstruosos disparates. ¡No hay nada que hacer! ¡Ni soplándole al oído se enteraría de nada! Anaïs, que también la está escuchando, se divierte de lo lindo. Le pregunto:
––¿Qué es lo que has pasado ya?
––El canto, la historia, la geografía...
––¿Ha sido malo el viejo Lacroix?
––¡Que el diablo se lo lleve! Pero me ha preguntado cosas fáciles: la Guerra de los Treinta Años, los Tratados... Dime, ¿no te parece que Marie está desbarrando?
––Desbarrar me parece un modo piadoso de decirlo.
La pequeña Luce, emocionada y agitada, se acerca a nosotras:
––¡Ya he pasado la geografía y la historia y he contestado bien! ¡Qué contenta estoy!
––¡Mira la presumida! Yo me voy a echar un trago a la fuente, no puedo más. ¿Viene alguien conmigo?
Nadie. O no tienen sed o tienen miedo de no estar presentes cuando las llamen. En una especie de locutorio, abajo, me encuentro con la alumna Aubert, con las mejillas aún con manchas rojas por su desesperación de hace un rato y con los ojos como tomates; le está escribiendo a su familia, apoyada sobre una mesita, ya tranquila y contenta de poder regresar a su granja. Le digo:
––¿Así que antes no has querido saber nada?
Ella alza su mirada de borrego:
––A mí todo esto me asusta y me revuelve las tripas. Mi madre se empeñó en meterme a interna, mi padre no quería; decía que ya estaba bien en casa, como mis hermanas, lavando la ropa y cavando el jardín. Pero mi madre no quiso de ningún modo, y es ella quien lleva la voz cantante. Me han puesto enferma a fuerza de obligarme a aprender y ya has visto hoy los resultados. ¡Se lo dije! ¡Ahora, por fin, me harán caso! ––y sigue escribiendo tranquilamente.
Arriba, en la sala, hace un calor insoportable; las chiquillas están casi todas rojas y sudorosas (es una suerte que mi naturaleza no sea proclive a tales efectos) y se mantienen rígidas y tensas, aguardando oír pronunciar su nombre cuando se las llame, obsesionadas por no responder idioteces. A ver si llegan las doce y podemos largarnos. Anaïs regresa de la física y química. Ella sí que no está roja. ¿Cómo iba a estarlo? Yo creo que, metida en una caldera de agua hirviendo, seguiría igual de fría y amarilla.
––¿Cómo ha ido?
––Gracias a Dios, he terminado. ¿Ya sabes que, encima, Roubaud hace las preguntas en inglés? Me ha obligado a leer unos párrafos y luego traducirlos. No sé por qué se desternillaba cuando yo leía en inglés. ¡Será imbécil!
¡La pronunciación, claro! La señorita Aimée Lanthenay, que es quien nos da las lecciones, no habla el inglés con demasiada pureza, no me cabe duda alguna. Así que, ahora, este profesor presuntuoso me tomará el pelo, ya que yo no lo hago mucho mejor. ¡Sólo me faltaba eso! Me da rabia pensar que ese idiota pueda reírse de mí. Las doce. Sus eminencias se levantan y nosotras procedemos a emprender la desbandada. Lacroix, con el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas, anuncia que la fiestecilla se reanudará a las dos y media. La señorita nos rescata con dificultad de entre el remolino de chicas parlanchinas y nos conduce hasta el restaurante. Todavía no me ha perdonado mi «odiosa» conducta con el viejo Lacroix, pero ¡para lo que me importa! El calor se hace pesado, estoy cansada, sin voz...
¡Ah, los bosques, los amados bosques de Montigny! A esta hora, bien sé cómo susurran. Las avispas y los moscardones que liban en las flores de los tilos y de los saúcos hacen vibrar todo el bosque como un órgano. Y los pájaros no cantan, ya que al mediodía se agarran a las ramas, buscan la sombra, se alisan las plumas y contemplan los sotos con sus ojos móviles y brillantes. Estaría tumbada junto al abetal, desde donde puede verse el pueblo entero, allá abajo, a mis pies, con la brisa cálida acariciando mi rostro, medio dormida de goce y voluptuosidad...
...Luce me ve absorta, completamente ausente, y me tira de la manga con su sonrisa más seductora. La señorita lee sus revistas; mis compañeras intercambian frases sueltas, adormiladas. Gimo y Luce protesta dulcemente:
––¡Ni siquiera te dignas dirigirme la palabra! Todo el día con los exámenes; por la noche, a acostarse y, en las comidas, estás siempre de tan mal humor que, realmente, no sé cuando encontrarme contigo.
––Muy sencillo: no me busques.
––¡Oh! ¡Qué antipática eres! ¿Es que no te das cuenta de que siempre te estoy esperando, soportando tus rechazos...?
La grandullona de Anaïs ríe como chirrían los goznes mal engrasados y la pequeña Luce enmudece, intimidada. Ciertamente tiene una paciencia a prueba de bomba. ¡Y pensar que tanta constancia no va a servirle para nada! ¡Qué pena! Anaïs sigue con la suya; por supuesto no se ha olvidado de las incoherentes respuestas de Marie Belhomme y con toda la mala intención le pregunta gentilmente a la pobre infeliz, que se ha quedado inmóvil, como atontada:
––¿Qué, qué es lo que te han preguntado en física y química?
––No tiene importancia ––gruñe la señorita, arisca––; en cualquier caso no habrá respondido más que tonterías.
––Ya no me acuerdo ––dice la pobre Marie, deshecha––... el ácido sulfúrico, me parece...
––¿Y qué es lo que has contestado?
––¡Oh! Por suerte me acordaba de algo, señorita. He dicho que se vertía agua sobre cal y que las burbujas de gas que se formaban eran de ácido sulfúrico...
––¿Eso es lo que has contestado? ––logra articular la señorita, conteniendo sus deseos de emprenderla a mordiscos.
Anaïs se devora las uñas de alegría. Marie, como fulminada por un rayo, no abre la boca y la directora nos conduce envarada, roja, a paso ligero; trotamos detrás de ella como cachorrillos, casi con la lengua fuera, bajo este sol aplastante. apenas prestamos atención a las competidoras forasteras, quienes, a su vez, tampoco nos hacen caso. El calor y los nervios nos han privado de toda coquetería, de toda animosidad. Las alumnas de la escuela superior de Villeneuve, las «verde manzana», como se las llama ––debido a la cinta verde que llevan al cuello, ese verde detestable que parece ser la especialidad de los internados––, adoptan aún, al pasar junto a nosotras, aires altaneros y despectivos (¿por qué? nunca se sabrá); pero, en definitiva, todas estamos calmadas. Sólo se piensa en la partida del día siguiente, en las delicias que proporcionará el hacer rabiar a las compañeras suspendidas, a las que no han sido capaces de aguantar el tipo a causa de su «debilidad general». ¡Lo que va a presumir la larguirucha de Anaïs, hablando de la Escuela Normal como si se tratara de una renta vitalicia! ¡Puaf! Por mi parte, ni siquiera me quedan fuerzas para encogerme de hombros.
Finalmente reaparecen los examinadores, secándose el sudor, feos y relucientes. ¡Por Dios que no me gustaría estar casada con esta temperatura! La sola idea de acostarme con un señor que sudara de esa manera... (claro que en verano tendré dos camas...) Por lo demás, en esta sala recalentada, el hedor es espantoso; seguramente, muchas de estas muchachitas ni siquiera se lavan como es debido. Estoy deseando marcharme.
Desplomada sobre una silla, escucho vagamente a las demás esperando que me llegue el turno. Contemplo a la que, feliz entre las felices, ha «terminado» la primera: ha sabido responder a todas las preguntas, respira por fin, cruza la sala escoltada por los cumplidos y por la envidia, por los «¡vaya suerte tienes!» Bien pronto la sigue otra, se va a reunir con ella en el patio, donde las «liberadas» descansan e intercambian sus impresiones. El abuelo Sallé, algo relajado por este sol que alivia su gota y su reumatismo, descansa, por fuerza, ya que la alumna que le toca está aún ocupada en otra esquina. ¿Y si pusiera a prueba su integridad? Me acerco suavemente y me siento en la silla, frente a él.
––Buenos días, señor Sallé.
Me mira, ajusta sus lentes, parpadea, pero no me ve.
––Soy Claudine, ¿no se acuerda de mí?
––¡Ah...! ¡Claro que sí! ¡Buenos días, mi querida pequeña! ¿Se encuentra bien su padre?
––Muy bien, gracias.
––Bueno, ¿y qué tal el examen? ¿Está usted contenta? ¿Ya ha terminado?
––¡Que más quisiera yo! Todavía me queda por pasar la física y la química, la literatura con usted, el inglés y la música. ¿Y cómo está su señora?
––Mi mujer está paseando por ahí; sería mejor que me cuidara un poco, pero...
––Oígame, señor Sallé, ya que estoy con usted, líbreme de la literatura.
––¡Si todavía no he llegado a su nombre, ni mucho menos! Tiene que volver más tarde...
––¿Qué vamos a ganar con que vuelva luego, señor Sallé?
––Pues que pueda disfrutar de unos momentos de descanso, que bien merecidos los tengo. Y, además, hay que seguir el programa, no debe alterarse el orden alfabético.
––Sea usted bueno conmigo, señor Sallé. ¿Verdad que apenas me preguntará nada? Usted sabe de sobra que yo sé mucho más de lo que exige el programa sobre esos libracos de literatura. Soy un ratoncillo de la biblioteca de papá.
––Bueno... sí, eso es cierto. Se lo concedo. Tenía pensado preguntarle sobre los bardos y los trovadores y el Romance de la Rosa, etc.
––No se preocupe, señor Sallé. Me conozco a los trovadores como la palma de mi mano: los veo a todos juntos, bajo la forma del pequeño Cantante Florentino, así...
Me levanto y compongo la figura: el cuerpo apoyado sobre la pierna derecha, con la sombrilla verde del abuelo Sallé haciendo las veces de mandolina. ¡Por suerte estamos solos en esta esquina! Luce me mira, desde lejos, boquiabierta. Al pobre viejo gotoso esto le distrae un poco y se ríe.
––...Llevan un birrete de terciopelo, los cabellos rizados y asimismo suelen llevar un traje partido en dos mitades (en azul y amarillo, que queda muy bien); llevan la mandolina colgada de un cordón de seda y cantan la cancioncilla del caminante: «Ha llegado la primavera, muchacha.» Así es como me imagino a los trovadores, señor Sallé. Claro que también tenemos a los trovadores del Primer Imperio.
––Mi querida pequeña, está usted un poco loca, pero me divierte. ¡Por Dios bendito, cómo puede usted hablar de los trovadores del Primer Imperio! Hable bajito, pequeña Claudine, que si estos señores nos oyeran...
––¡Chist! A los trovadores del Primer Imperio los he conocido a través de las canciones que cantaba papá. Escúcheme.
Canturreo en voz baja: «Partiendo hacia la guerra, ardiente el corazón, el yelmo bien calado, con la lira en la mano, el joven trovador, a su bella pastora, mientras se aleja le dice esta canción: Mi brazo está al servicio de la patria; mi corazón al de mi amada. Morir contento por la gloria y el amor; esa es la canción del alegre trovador.» El abuelo Sallé se ríe a mandíbula batiente:
––¡Dios mío, qué ridícula era esa gente! Ya me imagino que nosotros lo resultaremos igualmente dentro de veinte años, pero la sola idea del trovador con un yelmo y una lira... Ahora márchese enseguida, querida pequeña, márchese. Tendrá usted buena nota. Déle recuerdos de mi parte a su padre; dígale cuánto le aprecio y que enseña bonitas canciones a su hija.
––Gracias, señor Sallé. Y gracias también por no haberme interrogado. ¡Esté usted tranquilo, no le diré nada a nadie!
¡He aquí un hombre bueno! El episodio me ha levantado el ánimo y tengo un aspecto tan gallardo que Luce me pregunta:
––¿Has contestado bien? ¿Qué te ha preguntado? ¿Por qué has tomado su sombrilla?
––¡Ah! ¡No quieras saberlo! Me ha preguntado cosas dificilísimas sobre los trovadores, sobre las características de los instrumentos que utilizaban. ¡Ha sido una verdadera suerte que conociera todos esos detalles!
––Las características de los instrumentos... no puede ser. ¡Me echo a temblar pensando en que pueda preguntarme a mí algo parecido! Las características de los...
¡Pero si eso no está en el programa! ¡Se lo diré a la señorita!
––Me parece muy bien, formularemos una reclamación. ¿Ya has terminado, por tu parte?
––Sí, gracias, ya he terminado. Puedo asegurarte que se me ha quitado un peso de encima. Me parece que sólo falta por pasar Marie.
––¡Señorita Claudine! ––exclama una voz detrás de nosotras.
¡Ay, se trata de Roubaud! Me siento frente a él, reservada y guardando la mayor compostura. Intenta hacerse el simpático; pasa por ser el profesor más mundano del lugar. Contesto, pero el muy rencoroso me mira con malos ojos por haber menospreciado su madrigal botticelliano. Con un tono algo quisquilloso me pregunta:
––¿No se ha dormido usted hoy entre la espesura, señorita?
––¿La pregunta forma parte del programa, señor?
Carraspea. Me parece que he cometido una torpeza al ridiculizarle. ¡Qué le vamos a hacer!
––Dígame cómo se las compondría usted para obtener tinta.
––¡Por Dios, señor, hay múltiples maneras! La más simple sería ir a pedirla a la papelería de la esquina...
––Como broma no está mal, pero desde luego no basta para obtener una buena nota... Trate de decirme con qué ingredientes fabricaría usted tinta.
––Agalla de roble, tanino, óxido de hierro, goma...
––¿Conoce usted las proporciones?
––No.
––¡Peor para usted! ¿Puede usted hablarme de la mica?
––Sólo la he visto en los pequeños vidrios de las salamandras.
––¿De veras? ¡Peor para usted! ¿De qué está hecha la mina de los lápices?
––De grafito, una piedra blanda que se corta en barritas y se encaja entre dos medios cilindros de madera.
––¿Es esa la única utilidad que tiene el grafito?
––Si hay otras, no las conozco.
––¡Lo que le dije, peor para usted! Sigamos. ¿Solamente se fabrican lápices con el grafito?
––Sí, pero se hacen muchos. Creo que hay minas en Rusia. Hay que tener en cuenta que se consume una cantidad ingente de lápices en todo el mundo, sobre todo por parte de los examinadores que dibujan retratos de sus examinandas en sus cuadernos ...
Se ruboriza y se agita.
––Pasemos al inglés.
Y abre una pequeña recopilación de relatos de Miss Edgeworth.
––Tradúzcame algunas frases, por favor.
––Traducir, desde luego, pero leer... ¡eso es otra cosa!
––¿Por qué?
––Porque nuestra profesora de inglés lo pronuncia de un modo ridículo y yo no sé pronunciarlo de otra manera.
––¡Bah! ¿Y qué importa eso?
––Pues que a mí no me gusta hacer el ridículo.
––Lea un poco; la interrumpiré enseguida.
Leo, pero muy bajito, esbozando apenas las sílabas y traduzco las frases sin haber articulado del todo las últimas palabras. Roubaud, a su pesar, se ríe ante mi empeño en no demostrar mi insuficiencia en inglés y a mí me entran ganas de arañarle. ¡Como si fuera culpa mía!
––Bien. ¿Quiere citarme ahora algunos verbos irregulares? En los tiempos de infinitivo y participio pasado.
––To see, ver. I saw, seen. To be, ser. I was, been. To drink, beber. I drank, drunk. To...
––Es suficiente. Gracias. Buena suerte, señorita.
––Ha sido usted muy amable, señor.
Al día siguiente supe que esa especie de tartufo engolado me había endosado una mala nota, tres puntos por debajo de la media, lo suficiente como para suspender si mis notas en el examen escrito, sobre todo en la redacción de francés, no hubiesen abogado en mi favor. ¡Para que te fíes de estos socarrones pretenciosamente encorbatados, que se alisan los bigotes y dibujan tu retrato mientras no cesan de mirarte! Es cierto que antes yo le había humillado, pero qué más da; los puros y simples bulldogs, como el viejo Lacroix, son cien veces mejores. Liberada de la física y de la química, así como del inglés, me siento y me ocupo de poner un poco de orden en mi peinado. Luce viene a mi encuentro, enrolla complacientemente mis bucles entre sus dedos, siempre haciéndose la gatita mimosa. ¡Ya son ganas, con el calor que hace!
––¿Dónde están las demás, pequeña?
––¿Las demás? Ya han terminado todas. Están abajo, con la señorita, lo mismo que todas las de las otras escuelas que también han terminado.
De hecho, la sala se está vaciando rápidamente. Por fin, la buena y obesa que es la señorita Michelot me llama. Está tan roja y fatigada que le inspiraría lástima a la mismísima Anaïs. Me siento y ella me observa, sin decir nada, con sus grandes ojos, perplejos y bondadosos.
––Usted es... música, según me ha dicho la señorita Sergent.
––Sí, señorita. Toco el piano.
Alzando los brazos al cielo, exclama:
––Pero entonces usted sabe mucho más que yo... Le ha salido del alma y no puede contener la risa.
––Mire, léame algo a primera vista y con eso bastará. A ver si encuentro algo dificultoso, aunque usted seguro que sale bien librada.
Lo que ella considera difícil es un ejercicio bastante simple, pero que, todo en semicorcheas, con siete bemoles en la armadura, le ha parecido «negro» y temible. Lo canto allegro vivace, rodeada por un círculo de pequeñas admiradoras, que suspiran de envidia. La señorita Michelot sacude la cabeza y me adjudica, así, sin más, un veinte que hace bizquear al auditorio. ¡Uf! ¡Por fin se acabó! Volveremos a Montigny, a la escuela, a corretear por los bosques, a asistir a los retozos de nuestras profesoras (¡pobrecita Aimée, debe estar languideciendo, tan sola!). Bajo al patio y la señorita Sergent, que solamente me esperaba a mí, se levanta al verme llegar.
––¿Bien? ¿Todo listo?
––¡Sí, gracias a Dios! ¡Tengo un veinte en música!
––¡Veinte en música!
Mis compañeras lo han coreado, no dando crédito a sus oídos.
––Sólo faltaría que usted no sacara un veinte en música ––dice la señorita con aire displicente, aunque halagada en el fondo.
––Es igual ––dice Anaïs, enojada y celosa––, veinte en música, diecinueve en redacción de francés... ¡Si sacas muchas notas así...!
––Quédate tranquila, pequeñuela querida. El arrogante de Roubaud me habrá aguado la fiesta.
––¿Por qué? ––pregunta de inmediato la señorita, inquieta.
––Porque no le he dicho gran cosa. Me ha preguntado de qué madera están hechas las flautas, no, los lápices, bueno, algo por el estilo, y además no sé qué historias sobre la tinta y sobre Boticelli... En fin, que no hemos «sincronizado».
El semblante de la directora se ha ensombrecido.
––¡Me sorrpendería que no hubiera hecho usted alguna tontería! Desde luego no podría echarle la culpa a nadie, más que a sí misma, en el supuesto de que suspendiera.
––¿Quién sabe? Tal vez habría que culpar al señor Antonin Rabastens. Me ha inspirado una pasión tan violenta, que por su causa mis estudios se han resentido terriblemente.
Al momento, juntando sus manos de comadrona, Marie Belhomme declara que si ella tuviera un enamorado no lo diría con tanto descaro. Anaïs me mira con el rabillo del ojo, para averiguar si estoy o no bromeando y la señorita, encogiéndose de hombros, nos conduce a la pensión, debiendo esperar a alguna de nosotras a la vuelta de la esquina, tanto nos rezagamos y tanta en nuestra desgana. Comemos, bostezamos y, a las nueve, nos entra de nuevo la fiebre por ir a leer los nombres de las elegidas en la puerta de ese feo paraíso.
––No va a venir nadie conmigo ––dice la señorita––. Iré yo sola y ustedes se quedarán aquí esperándome.
Pero es tal el concierto de gemidos que se eleva, que, finalmente, se ablanda y nos permite acompañarla. También en esta oportunidad hemos tenido la precaución de llevar velas, que se revelan inútiles, ya que una mano benefactora ha colgado una gran linterna sobre la blanca lista en la que se hallan inscritos nuestros nombres ... ¡Eh! ¡Cuidado! Creo que me precipito un poco al decir nuestros. ¿Y si el mío no se encuentra en la lista? ¡Anaïs se demayaría de felicidad! En medio de exclamaciones, empujones, palmoteos, leo, dichosa: Anaïs, Claudine, etc... ¡Todas, entonces! ¡Ah, pero no! Marie no figura. «Han suspendido a Marie», murmura Luce. «Marie no está», susurra Anaïs, que apenas puede disimular su malévola alegría. La pobre Marie Belhomme se ha quedado de piedra, muy pálida, frente a la lista fatal, que contempla con sus brillantes ojos de pájaro, agrandados y redondos; luego las comisuras de su boca se contraen y estalla en ruidosos sollozos... La señorita la aparta, molesta; las demás las seguimos, sin reparar en los transeúntes, que se vuelven a nuestro paso, ya que Marie gime y solloza en voz alta.
––Vamos, vamos, hijita ––dice la señorita––, sea usted razonable. Ya tendrá oportunidad de estar contenta en octubre... Después de todo, sólo se trata de que trabaje un poco durante dos meses más...
––¡Auu! ––se lamenta Marie, inconsolable.
––Aprobará usted, se lo aseguro. Mire, le prometo que la aprobarán. ¿Está ya más contenta?
En efecto, la contundente afirmación produce un feliz efecto. Marie ya sólo emite gruñiditos, como si fuera un cachorrillo de un mes de edad al que se impide mamar, y camina frotándose los ojos. Su pañuelo está empapado y ella lo escurre, ingenuamente, cuando pasamos por el puente. La mala pécora de Anaïs dice a media voz:
––Los periódicos anuncian una gran crecida del caudal del Lisse...
Marie, que la ha oído, estalla en una risa alocada, aún salpicada por los hipos, y todas nos desternillamos. Así de sencillo, la cabecita loca de esta atontada ha girado hacia el norte de la alegría; piensa que aprobará en octubre, se alegra y nosotras no hallamos nada más conveniente, en este día de bochorno, que saltar a la comba, en la plaza (todas, sí, ¡incluso las Jaubert!), hasta pasadas las diez, bajo la luna. Al día siguiente, la señorita viene a zarandearnos en nuestras camas a las seis. ¡Pero si el tren no sale hasta las diez!
––Venga, venga, pequeñas marmotas. Deben hacer sus maletas y desayunar; no les queda mucho tiempo.
Está vibrante, en un estado de extraordinaria excitación; sus ojos agudos brillan, centellean, ríe, azuza a Luce, que se tambalea de sueño, zarandea a Marie Belhomme, que se frota los ojos, en camisón, los pies metidos en las zapatillas pero sin acabar de cobrar conciencia de la realidad. Todas estamos rendidas, pero, ¿quién reconocería en la directora a nuestra carabina de los tres últimos días? La felicidad la transfigura, porque volverá a ver a su pequeña Aimée y, en el ómnibus que nos conduce a la estación, no cesa de sonreir de una forma angelical. Marie parece estar un poco melancólica por su fracaso, pero creo que es más bien por obligación por lo que pone una cara contrita. Y charlamos todas a la vez, cada una de nosotras contándole su examen a las otras cinco, que no escuchan.
––¡Chavala! ––exclama Anaïs––, cuando oí que me pedía las fechas de...
––Les he prohibido cien veces que se llamen «chavala» ––interrumpe la señorita.
––Chavala ––vuelve a decir bajito Anaïs––, sólo me ha dado tiempo de abrir mi cuadernito de notas en el hueco de la mano; lo increíble es que lo vio, ¡te lo juro!, pero no dijo nada.
––¡Mentirosa, más que mentirosa! ––exclama la honesta Maríe Belhomme, con los ojos desorbitados––. Yo estaba allí, mirando, y él no vio nada, si no te lo habría quitado, lo mismo que le quitaron la regla a una de las de Villeneuve.
––¡Ya que tienes la lengua tan larga ve a contarle a Roubaud que la Gruta del Perro está llena de ácido sulfúrico!
Marie baja la cabeza, se sonroja y empieza a llorar de nuevo, recordando sus infortunios; yo hago el gesto de abrir un paraguas y la señorita sale una vez más de su «dulce espera». ––¡Anaïs, es usted peor que la tiña! Si sigue zahiriendo de ese modo a sus compañeras, la obligaré a viajar sola, en un vagón aparte.
––¡Sí señor: en el de los fumadores! ––digo yo.
––Nadie le ha pedido su opinión. Tomen sus valijas y sus manguitos y no se hagan las remolonas.
Una vez en el tren, nos ignora totalmente, como si no existiéramos. Luce se duerme, con la cabeza apoyada en mi hombro; las Jaubert quedan absortas contemplando los campos que pasan, el cielo aborregado y blanco; Anaïs se muerde las uñas; Marie y su pena se amodorran. En Bresles, la última estación antes de Montigny, empezamos a despabilarnos un poco. Sólo nos quedan diez minutos para llegar. La señorita saca su espejito para comprobar el perfecto equilibrio de su sombrero, el desorden de sus bastos cabellos rojos encrespados, la púrpura cruel de sus labios ––ensimismada, palpitante, con un aspecto casi de demente––; Anaïs se pellizca las mejillas, con la vana esperanza de dotarlas de una sombra de rubor y yo me coloco mi tumultuoso e inmenso sombrero. ¿Para quién nos acicalamos tanto? Por lo que a nosotras respecta, no es por la señorita Aimée. Pues entonces... para nadie; para los empleados de la estación, el conductor del ómnibus, el tío Recalin ––borrachín de sesenta años––, el idiota que vende los periódicos, los perros vagabundos de la calle...
Ya tenemos aquí el abetal y el bosque de Bel Air, y luego el prado comunal y la estación de carga y, por fin, los frenos chirrían. Saltamos a tierra detrás de la señorita, que ha salido corriendo ya hacia su pequeña Aimée, alegre y saltarina sobre el andén. La abraza tan fuertemente que la frágil auxiliar enrojece, sofocada. Nosotras nos acercamos y la saludamos con la compostura debida a unas buenas alumnas: «...dias, señorita», «... está usted, señorita». Como hace un día magnífico y nada nos acucia, colocamos nuestras maletas en el ómnibus y volvemos a pie, vagando a lo largo del camino entre los altos setos, en los que florecen las polígalas, azules y vinosas, y las avemarías de flores en forma de pequeñas cruces blancas. Exultantes por sentirnos libres, por no tener historias de Francia que repasar ni mapas que colorear, correteando ora por delante, ora por detrás de las señoritas, que caminan cogidas del brazo, unidas y marcando el mismo paso. Aimée ha besado a su hermana y le ha dado un golpecito en la mejilla diciéndole:
––¿Lo ves, tontita, cómo no es difícil aprobar? Y ahora ya sólo tiene ojos y oídos para su amiga del alma.
Desairada una vez más, la pobre Luce se pega a mí como a una sombra, murmurando burlas y amenazas:
––¡Exprímete el cerebro para recibir luego felicitaciones como ésta! ¡Vaya una pareja hacen! ¡Mi hermana va colgada de la otra como si fuera un cesto! ¿No clama al cielo que se comporten así, delante de todo el mundo?
Pero ellas se ponen el mundo por montera. ¡Entrada triunfal! Todo el mundo sabe de dónde venimos y todos conocen los resultados de los exámenes, telegrafiados previamente por la directora; la gente ha salido a las puertas de sus casas y nos saluda cordialmente... Marie siente crecer su angustia y procura pasar lo más desapercibida posible. En los pocos días que hemos pasado sin ver la escuela, ésta aparece ante nuestros ojos mejor de lo que la dejamos: ya terminada, con todos los detalles, retocada, blanqueada, con la alcaldía en medio, flanqueada por los dos edificios ––chicos y chicas––, el gran patio, en el que han respetado felizmente los cedros y los pequeños macizos regulares, a la francesa, así como las pesadas puertas de hierro ––mucho más pesadas y temibles–– que han de encerrarnos, y los retretes de seis compartimientos – –tres para las mayores, tres para las pequeñas: con una conmovedora y púdica atención, los compartimientos de las mayores tienen puertas completas y los de las pequeñas sólo medias puertas––, los bonitos dormitorios del primer piso, de los que, desde fuera, pueden verse los claros cristales y las blancas cortinas. Los pobres contribuyentes habrán de pagar esta escuela durante largo tiempo. ¡Es tan bonita que parece un cuartel!
Las alumnas nos ofrecen una ruidosa recepción; la señorita Aimée ha confiado despreocupadamente la custodia de las clases, durante su pequeño paseo hasta la estación, a la clorótica señorita Griset, y las clases están sembradas de papeles, de zuecos-proyectiles, de restos de manzanas... Basta el fruncimiento de las cejas rojas de la señorita Sergent para que todo vuelva al orden, las manos barran los restos de manzanas y los pies se alarguen silenciosamente hatsa alcanzar sus respectivos zuecos.
Mi estómago clama y me voy a comer, encantada de encontrarme con Fanchette, el jardín y papá. La blanca Fanchette, desperezándose bajo el sol, que me acoge con maullidos bruscos y asombrados; el verde jardín, descuidado e invadido por plantas que se alargan y trepan en busca del sol que les ocultan los enormes árboles; y papá que me recibe con una ruda y tierna palmada en el trasero.
––¿Qué ha sido de ti? ¡Hace días que no te veo! ––¡Pero papá, si vengo de pasar los exámenes! ––¿Qué exámenes?
¡No digo yo que no tiene par sobre la tierra! Complacientemente, le narro las aventuras de los últimos días, mientras él se mesa la barba, a medias roja y blanca. Parece contento. Sin duda, los cruces de sus babosas le habrán proporcionado resultados inesperados.
Me tomo cuatro o cinco días de descanso, de vagabundeo por los Matignons, donde me encuentro con Claire, mi hermana de primera comunión, bañada en lágrimas porque su amado acaba de abandonar Montigny sin haberse dignado despedirse. Dentro de ocho días tendrá un nuevo prometido, que asimismo la abandonará al cabo de tres meses, ya que no es lo bastante astuta como para retener a los muchachos ni lo bastante práctica como para obligarles a casarse. Y como se empeña en seguir siendo buena chica... la situación puede repetirse infinitamente. Mientras tanto, sigue cuidando de sus veinticinco ovejas, pastorcilla con algo de ópera cómica, un poco ridícula, con el sombrero enorme y acampanado que protege su tez y su moño (el sol decolora el pelo, querida), su pequeño delantalito azul, bordado en blanco, y la novela de cubiertas blancas con el título en rojo que oculta en su cesto: De Fiesta. (Le he prestado las obras de Auguste Germain para iniciarla en la vida mundana. ¡Ay, Dios, tal vez sea yo la responsable de todos los horrores que cometa en la vida!) Estoy segura de que se siente poéticamente desgraciada, triste prometida abandonada y que se complace, a solas, en adoptar posturas nostálgicas, «los brazos caídos como lanzas derrotadas», o bien con la cabeza inclinada, la cara semioculta bajo sus cabellos esparcidos. Mientras ella me cuenta las escasas noticias producidas en los últimos cuatro días, amén de sus desgracias, soy yo quien se ocupa de las ovejas y azuza al perro sobre ellas:
––¡Llévalas, Lisette, llévalas allá abajo!
Y soy yo quien las arremolina para que no se metan en los sembrados de avena. Ya tengo práctica.
––... Cuando me enteré del tren en que se marchaba ––suspiró Claire––, me las arreglé para dejar las ovejas al cuidado de Lisette y bajé hasta el paso a nivel.
Esperé a que pasara el tren, en la barrera, ya que pasa despacio por allí, porque es cuesta arriba, y le vi; agité mi pañuelo, le mandé besos y estoy segura de que él también me vio. Mira lo que te digo, no puedo jurarlo, pero creo que sus ojos estaban enrojecidos. Tal vez sus padres le hayan obligado a volver... Quizá me escriba... Lo mismo de siempre, mi pequeña soñadora, por esperar nada se pierde. Además, si intentara quitarte la idea de la cabeza, tampoco ibas a hacerme caso... Después de cinco días de deambular por los bosques, de arañarme los brazos y las piernas con los zarzales, de cosechar brazadas de claveles silvestres, campanillas y amapolas, de comer cerezas amargas y fresones, y la curiosidad y la nostalgia de la escuela me atrapan de nuevo. Y a ella vuelvo. Me encuentro a todas las mayores sentadas en los bancos, a la sombra, en el patio, trabajando perezosamente en obras «de exposición»; las pequeñas, bajo los porches, chapotean alrededor de la fuente; la directora, sentada en un sillón de mimbre, tiene a su Aimée a sus pies, sobre una caja de fruta boca abajo, holgazaneando y cuchicheando. A mi llegada, la señorita Sergent da un brinco, dándose la vuelta sobre su sillón.
––¡Ah! ¡Ya la tenemos aquí! ¡No está mal, después de todo! ¡Se ha tomado usted su tiempo! La señorita Claudine corretea por los campos sin pensar que el reparto de premios se acerca y que las alumnas no saben una sola nota dei coro que deben cantar.
––Pero... ¿no es profesora de canto la señorita Aimée, así como el señor Rabastens (Antonin)?
––¡No diga tonterías! Sabe usted de sobras que la señorita Lanthenay no puede cantar, que la delicadeza de su voz no se lo permite. En cuanto a Rabastents, según parece, ya se ha hablado demasiado en el pueblo sobre sus lecciones de canto y sus frecuentes visitas. ¡Dios santo! ¡Qué país de chismosos! En fin, no volverá a venir. No podemos prescindir de usted para el coro y usted abusa de ello. Esta misma tarde, a las cuatro, distribuiremos las distintas patrituras y hará usted las estrofas en la pizarra.
––Por mi parte, de acuerdo. ¿Cuál va a ser el coro de este año?
––El Himno a la Naturaleza. Marie, vaya a buscarlo a mi despacho, que Claudine empezará enseguida a enseñarlas a trinar.
Se trata de un coro en tres partes, muy propio de un internado. Las sopranos pían con convicción:
«Allá abajo, a lo lejos, el himno de la mañana se eleva en un dulce murmullo... » Entretanto, las mezzos hacen eco a las rimas en tin, repitiendo tin, tin, tin, imitando las campanas del Angelus. Será un exito. Así que va a empezar la dulce vida consistente en desgañitarme, en cantar trescientas veces la misma melodía, en volver afónica a casa, en enfurecerme con estas pequeñajas, refractarias a todo lo que se parezca al ritmo. ¡Si por lo menos me hicieran un regalo!
Anaïs, Luce y alguna otra tienen buen oído, por suerte, y me acompañan con sus voces a partir de la tercera vez. Nos detenemos cuando la señorita dice: «Ya basta por hoy.» Realmente, sería una crueldad extrema obligarnos a cantar demasiado tiempo con esta temperatura africana.
––Sepan ustedes, por lo demás ––añade la directora––, que queda prohibido canturrear el Himno a la Naturaleza durante las lecciones. De lo contrario, lo estropearán, lo deformarán y serán incapaces de cantarlo como es debido en la entrega de los diplomas. Ahora a trabajar; y no quiero oír una voz más alta que otra.
A las mayores nos tienen vigiladas, fuera, para que ejecutemos lo mejor posible los miríficos trabajos destinados a la exposición de labores manuales. (¿Acaso las labores pueden ser otra cosa que manuales? Desde luego yo desconozco las pedestres.) Porque, tras la entrega de los premios, la población en pleno viene a admirar la exposición de nuestros trabajos, que llenan dos aulas: encajes, tapices, bordados, pasamanerías, colocadas sobre las mesas de trabajo. Las paredes se llenan de cortinas caladas, de colchas de ganchillo sobre armazones transparentes de distintos colores, de esponjosas alfombras de cama de lana verde, hechas a partir de prendas de punto desechadas y salpicadas de falsas flores rojas y rosas, siempre de lana, de tapetes para las chimeneas de felpa bordada... Las mayores de entre estas pequeñuelas, orgullosas de la ropa interior que muestran, exponen sobre todo una cantidad ingente de lencería suntuosa, de camisas de batista de algodón con florecillas, cuellos vueltos de maravilla, calzones en forma de zueco, jarreteras encintadas, corpiños festoneados por ambos extremos, todo ello colocado sobre papeles transparentes, azules, rojos y malvas, con letreros en los que se puede leer el nombre de la autora en hermosa redondilla. A lo largo de las paredes se alinean cojines en punto de cruz, sobre los que reposan ora el horrible gato, cuyos ojos están formados por cuatro puntos verdes con uno negro en el centro, ora el perro de lomo rojizo y patas violáceas, del que pende una coloreada lengua de franela.

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:31 am

Naturalmente, la lencería es lo que más les interesa a los muchachos, que vienen a visitar la exposición, como todo el mundo; se paran frente a los floreados camisiones y los calzones encintados, se dan codazos entre sí, ríen y cuchichean barbaridades. En honor a la verdad hay que decir que también la escuela de los chicos tiene su exposición, que rivaliza con la nuestra. Si bien no ofrecen a la admiración general excitantes lencerías, muestran en cambio otras maravillas: pies de mesa hábilmente tallados, columnas salomónicas (¡eso es lo más difícil, querida! ), trabajos de ebanistería en «cola de milano», encuadernaciones en cartón chorreando cola y, sobre todo, modelados de arcilla, orgullo del profesor que, modestamente, bautiza esta sala como Sección de escultura, modelados que tienen la pretensión de reproducir los frisos del Partenón y otros bajorrelieves, pero que resultan apagados, confusos, deplorables. La Sección de dibujo no resulta más consoladora: las cabezas de los Bandoleros de los Abruzos bizquean, el Rey de Roma tiene un flemón, Nerón gesticula de modo horripilante y el presidente Loubet, en un marco tricolor, combinando la carpintería y la encuadernación, da ganas de vomitar (sucede que está pensando en su ministerio, explica Dutertre, permanentemente enojado por no alcanzar el acta de diputado). Por las paredes, acuarelas aguadas, croquis arquitectónicos y la «visión general anticipada (sic) de la exposición de 1900», acuarela que se hace acreedora al premio de honor.
Así que durante el tiempo que aún nos separa de las vacaciones dejaremos de lado los libros, trabajaremos pausadamente a la sombra de las paredes, lavándonos las manos a todas horas ––un pretexto para dar una vuelta a fin de no manchar de sudor las lanas claras y las blancas lencerías. Por mi parte, sólo expongo tres camisones de lino color rosa, como de recién nacido, con sus correspondientes calzones, cerrados, detalle que escandaliza a mis compañeras, unánimes a la hora de considerarlos «indecentes», ¡palabra de honor! Me sitúo entre Luce y Anaïs, vecina a su vez de Marie Belhomme, ya que tenemos por costumbre reunirnos en un pequeño grupo. ¡Pobre Marie! Tiene que seguir trabajando para el examen de octubre... Como se moría de aburimiento en clase, la señorita le permite, piadosamente, que se reúna con nosotras. Estudia sobre el Atlas, sobre la Historia de Francia... cuando digo que estudia, quiero decir que su libro está abierto sobre sus rodillas y con la cabeza inclinada desliza sus miradas hacia nosotras, aguzando el oído para oír lo que estamos diciendo. ¡Me imagino el resultado del examen de octubre!
––¡Tengo la garganta seca! ¿Tienes la botella? ––me pregunta Anaïs.
––No, no he pensado en traerla, pero Marie debe tener la suya.
Lo de las botellas es otra de nuestras inmutables y ridículas costumbres. Desde los primeros días de la canícula, queda convenido que no hay quien se beba el agua de la fuente (en realidad, siempre es igual de mala) y cada una de nosotras aporta, en el fondo de su cestito, incluso a veces en la propia cartera de cuero, o en la bolsa de tela, una botella llena de bebida fresca. Rivalizamos en conseguir la mezcla más barroca, los líquidos más desnaturalizados. ¡Nada de coco, eso queda para las pequeñas! Para nosotras, el agua avinagrada, que blanquea los labios y fastidia el estómago, las limonadas agrias, las mentas fabricadas por una misma con las hojas frescas de la planta, el aguardiente birlado en casa y amazacotado de azúcar, el jugo de grosellas verdes que sabe a aceite de ricino. La grandullona de Anaïs deplora amargamente la partida de la hija del farmacéutico, quien nos proporcionaba los frascos llenos de alcohol de menta casi en su estado puro, o bien de agua de carabaña azucarada. De naturaleza poco complicada, yo me limito a beber vino blanco mezclado con agua de seltz, azúcar y un poco de limón. Anaïs abusa del vinagre y Marie del jugo de regaliz, concentrado hasta tal punto que resulta negro. Como ya he dicho, el uso de las botellas está prohibido, por lo que cada una lleva la suya cerrada con un tapón de corcho atravesado por la caña de una pluma, lo que nos permite beber sólo con inclinarnos bajo el pretexto de recoger un carrete, sin necesidad de tocar la botella, apoyada en el interior de la cesta, asomando apenas el gollete. En los cortos recreos de un cuarto de hora (a las nueve y a las tres), todas nos precipitamos hacia la fuente para sumergir las botellas y refrescarlas un poco. Hace tres años, una de las pequeñas se cayó con su botella y se lastimó un ojo, que ahora es completamente blanco. Tras el accidente, fueron confiscados todos los recipientes, absolutamente todos... durante una semana, al cabo de la cual alguna de nosotras trajo de nuevo el suyo, ejemplo que siguió otra al día siguiente... y un mes más tarde las botellas volvían a funcionar regularmente.
Tal vez la directora ignore el accidente, que data de antes de su llegada, o bien prefiere hacer la vista gorda para que la dejemos en paz. En realidad, no pasa nada. El calor nos despoja de toda voluntad. Luce no me asedia tanto con sus inoportunas zalamerías; los conatos de querellas decaen tan pronto han empezado; se trata de la galvana, qué se le va a hacer, y las bruscas tormentas de julio, que nos sorprenden en el patio, nos barren con sus trombas de granizo. Una hora más tarde, el cielo está de nuevo límpido. Le hemos jugado una mala pasada a Marie Belhomme, que se jactaba de acudir a la escuela sin calzones, a causa del calor. Somos cuatro, en esta tarde, sentadas en un banco por el orden siguiente: Marie - Anaïs - Luce - Claudine.
Tras escuchar atentamente las explicaciones de mi plan, mis dos vecinas se levantan para lavarse las manos, por lo que el centro del banco queda vacío, con Marie en un extremo y yo en el otro; ella está adormilada sobre su libro de aritmética. Yo me levanto bruscamente, el banco se tambalea y Marie, despabilada de golpe por el sobresalto, cae con las piernas en alto, lanzando uno de esos chillidos de pollo entrangulado que son su especialidad y nos muestra... que efectivamente no lleva calzones. Explotan gritos y carcajadas; la directora quiere reñirnos y no puede, ganada ella también por una risa incontenible y Aimée Lanthenay prefiere desaparecer para no ofrecer a sus alumnas el espectáculo de sus contorsiones de gata envenenada. Dutertre no se deja ver desde hace tiempo. Se dice que está tomando baños de mar, en alguna parte, vagando y ,galanteando (aunque, ¿de dónde saca el dinero?). Me lo imagino con blancas franelas, suaves camisas, cinturones demasiado anchos y zapatos demasiado amarillos; él adora tales atuendos, un tanto esnobs, muy esnob él mismo con esos colores claros, demasiado tostado y con los ojos brillantes en exceso, los dientes puntiagudos y el bigote de un negro chamuscado, como si se lo hubiesen pasado por la parrilla. Apenas he vuelto a pensar en su violento ataque en el pasillo acristalado ––la impresión fue fuerte, pero breve––, y además ya se sabe que, con él, tales incidentes no tienen consecuencia alguna. Debo de ser la niña número trescientos que ha intentado atraer a su consultorio; el incidente carece de interés para él y para mí. Lo tendría si el intento hubiese triunfado, eso es todo.
Ahora no pensamos más que en la ropa que vamos a ponernos el día de la entrega de premios. La directora se hace bordar una tela de seda negra por su madre, fina costurera que trabaja primorosamente los bordados de realce, grandes ramilletes, guirnaldas delicadas que adornan los bajos de la falda, ramajes que trepan por el corpiño, todo ello en sedas violetas de diversos matices y algo pasadas, muy distinguido en cualquier caso, propio de una «señora de cierta edad» pero de corte impecable. Siempre de oscuro y sobriamente vestida, el encanto de sus faldas eclipsa a todas las notarias, recaudadoras, comerciantas y rentistas de los alrededores. Es su pequeña venganza de mujer fea y con buen tipo.
La señorita Sergent también se ocupa del vestuario de su pequeña Aimée para el día señalado. Se ha hecho mandar muestras del Louvre y del Bon Marché, y las dos amigas eligen juntas, absortas, delante de nosotras, en el mismo patio a cuya sombra trabajamos. Creo que este vestido no va a costarle muy caro a la señorita Aimée; cierto que haría mal de obrar de otra manera, pues no iba a ser con sus setenta y cinco francos mensuales ––de los que hay que restar los treinta francos de su pensión (que no paga, por otra parte) y otro tanto por la de su hermana (que se ahorra) y los veinte francos que les manda a sus padres, según informes de Luce––, no iba a ser con su sueldo, digo, con lo que ella podría pagar la bonita tela de moaré blanco, cuya muestra he podido ver.
Entre las alumnas es de buen tono aparentar que una no se ocupa del atavío para el día de la entrega. Todas reflexionan sobre el particular con un mes de anticipación, atormentan a sus madres para conseguir las cintas, los encajes o, simplemente, las modificaciones que han de modernizar el vestido del año anterior; pero es de buen gusto no hablar de ello. Con curiosidad displicente, como por pura cortesía, se pregunta: «¿Cómo será tu vestido?» Y se aparenta escuchar apenas la repuesta, dada con el mismo tono negligente y desdeñoso.
La grandullona de Anaïs me ha hecho la pregunta de costumbre, con la mirada perdida y expresión distraída. A mi vez, con la mirada perdida y la voz indiferente, le he explicado:
––¡Oh, nada especial! Muselina blanca... el corpiño en forma de pañoleta cruzada, con el escote en punta... y las mangas estilo Luis XV, con una almohadilla de muselina, que llegan hasta el codo... Eso es todo.
Todas vamos de blanco a la entrega de los premios, pero los vestidos están adornados con cintas claras, lazos, nudos, cinturones, cuyos colores, que tenemos buen cuidado de variar de año en año, nos preocupan mucho.
––¿Y las cintas? ––pregunta Anaïs por la comisura de la boca. (Lo estaba esperando.)
––Blancas también.
––Parecerás una verdadera novia entonces, querida. ¿Sabes lo que te digo? Que muchas parecerán negras entre tanta blancura, como pulgas sobre una sábana.
––Tienes razón. Por fortuna, a mí el blanco me sienta bastante bien.
(¡Rabia, querida pequeñaja! Ya sabemos que con tu piel amarilla te ves obligada a ponerte cintas rojas o anaranjadas en tu vestido blanco para no tener el aspecto de un limón.)
––¿Y tú? ––pregunto a mi vez––. ¿Cintas anaranjadas?
––¡De ningún modo! ¡Ya las llevé el año pasado! Cintas Luis XV, a rayas, faya y satén, marfil y amapola. Mi vestido es de lana color crema.
––El mío ––anuncia Marie Belhomme, a la que nadie le ha preguntado nada–– es de muselina blanca, con cintas color verde doncella y azul malva, ¡más bonito!
––Yo ––dice Luce, acurrucada como siempre junto a mi falda, pegada a mi sombra–– ya tengo el vestido, pero no sé qué cintas ponerle. Aimée dice que azules...
––¿Azules? Tu hermana es una imbécil, con todos los respetos. Teniendo como tienes los ojos verdes, no te pongas cintas azules: darían dentera. La modista de la plaza vende cintas muy bonitas, satinadas, en verde y blanco... ¿Tu vestido es blanco?
––Sí, de muselina.
––¡Bien! Entonces, dale la lata a tu hermana para que te compre las cintas verdes.
––No es necesario, seré yo quien las compre.
––Mejor entonces. Ya verás lo bien que te quedan; no llegarán a tres las que se atrevan a llevar cintas verdes, es demasiado difícil combinarlas.
¡Pobre chiquilla! A la menor amabilidad que le dedico, aunque no lo haga expresamente, se le ilumina la cara... La señorita Sergent, a quien la proximidad de la exposición pone nerviosa, nos atosiga, nos apremia; llueven los castigos, castigos que consisten en hacer veinte centímetros de encaje después de terminada la clase, un metro de dobladillo o veinte vueltas de punto. También ella trabaja en un par de espléndidas cortinas de muselina, que borda primorosamente, cuando su Aimée le deja tiempo. La gentil y perezosa auxiliar, holgazana como la gata que es, suspira y se desespereza a cada cincuenta puntadas de tapiz, delante de todas las alumnas, y la directora le dice, sin osar reñirla, que «es un ejemplo deplorable para todas nosotras». Al oírlo, la insubordinada arroja su labor por los aires, mira a su amiga con ojos centelleantes y se arroja sobre ella para mordisquearle las manos. Las mayores sonríen y se dan codazos; las pequeñas ni siquiera parpadean.
Un enorme pliego, con la estampilla de la Prefectura y el timbrado de la alcaldía, hallado por la señorita en el buzón de las cartas, ha alterado singularmente la mañana, casualmente fresca; se aventuran todo tipo de suposiciones y las lenguas no paran. La directora abre el pliego, lo lee, lo relee y no dice nada. La chiflada de su pequeña compañera, impaciente al no enterarse de nada, le echa sus pequeñas zarpas sobre la carta y exclama: «¡Ah!», y luego añade: «¡Qué jaleo se va a armar!»; lo dice varias veces, a voz en cuello, hasta el punto de que, violentamente intrigadas, nosotras palpitamos de curiosidad.
––Sí ––dice la directora––, ya estaba advertida, pero esperaba la comunicación oficial. Se trata de uno de los amigos del doctor Dutertre...
––Pero eso no es todo. Hay que decírselo a las alumnas, pues se van a adornar las calles, se van a iluminar, habrá un banquete...
¡Mírelas, están ardiendo de impaciencia! ¡Sí, estamos en ascuas!
––Sí, hay que decírselo. Señoritas, traten de escuchar y de comprender. El Ministro de Agricultura, el señor Jean Dupuy, vendrá a la capital de la provincia con motivo de la próxima feria agrícola y aprovechará el viaje para inaugurar las nuevas escuelas; el pueblo será engalanado, iluminado, habrá una recepción en la estación...
Así que ahora no me molesten, ya se enterarán de todo por el anuncio del pregonero. Procuren, simplemente, que sus labores estén listas a tiempo y no se preocupen de lo demás. Un profundo silencio. Y luego ¡el estallido! Surgen exclamaciones, se mezclan las voces, el tumulto crece, traspasado por una vocecita aguda:
––¿Va a preguntarnos el señor ministro?
Abucheamos a Marie Belhomme, la pobre alma de cántaro, que ha sido quien lo ha preguntado. La señorita nos hace formar filas, aunque aún no es la hora, y nos abandona, gritonas y parlanchinas, para ir a poner en orden sus ideas y tomar las disposiciones oportunas, a la vista del inaudito acontecimiento que se avecina.
––¿Qué te parece todo esto, chavala? ––me pregunta Anaïs en la calle.
––Pues que nuestras vacaciones empezarán ocho días antes y eso no me hace ninguna gracia; me aburro cuando no vengo a la escuela.
––Pero habrá fiestas, bailes, atracciones en la plaza...
––Sí, claro, mucha gente ante la que lucirse. ¡Te entiendo perfectamente! Ya verás cómo estaremos a la vista de todo el mundo. Dutertre, que es amigo personal del nuevo ministro (ése es el motivo de que esa Excelencia de reciente cuño se arriesgue a meterse en un agujero como Montigny), nos colocará en primera fila...
––¡No! ¿Lo crees de veras?
––¡Seguro! ¡Es una maniobra suya para destituir al diputado!
Ella se marcha radiante, soñando con fiestas oficiales en las que diez mil pares de ojos la contemplarán. El pregonero ha gritado la noticia; nos prometen diversiones sin fin: llegada del tren ministerial a las nueve, las autoridades municipales, los alumnos de las dos escuelas, en resumen, la gente más importante de Montigny, esperará al ministro junto a la estación, a la entrada de la ciudad, y le conducirá, a través de las calles engalanadas, al seno de las escuelas. Allí, sobre un estrado, ¡hablará! Y en el gran salón de la alcaldía, se dará el banquetazo, en numerosa compañía. Más tarde, entrega de distinciones a los personajes de la villa (ya que el señor Jean Dupuy aporta algunas pequeñas cintas violetas y verdes, en honor de su amigo Dutertre, que así se apunta un gran tanto). Por la tarde, gran baile en la sala del banquete. La banda militar de la capital (¡algo importante!) prestará su graciosa colaboración. Finalmente, el alcalde invita a todos los habitantes a adecentar sus moradas y a adornarlas con plantas. ¡Uf! ¡Qué honor para todos nosotros! Esta mañana, en clase, la señorita nos anuncia solemnemente ––ya se ve que se avecinan grandes acontecimientos–– la visita de su querido Dutertre, quien nos dará, con su complacencia habitual, amplios detalles sobre el modo en que debe desarrollarse la ceremonia. Pero Dutertre no aparece.
Cuando son casi las cuatro de la tarde, en el momento en que estamos guardando en nuestros cestitos las labores de punto, de puntillas o de tapicería, entra Dutertre, sin llamar, según su costumbre, como una ventolera. No le había visto desde el «atentado »; no ha cambiado en absoluto: llega vestido con su habitual y premeditada negligencia ––camisa de color, traje claro, casi blanco, una enorme corbata cogida al cinturón, que hace las veces de chaleco––; la señorita Sergent, lo mismo que Anaïs, Aimée Lanthenay y todas las demás, consideran que se atavía de un modo exquisitamente distinguido.
Mientras habla con las señoritas, deja errar sus ojos hasta fijarlos en mí; son ojos rasgados, que casi le llegan a las sienes; ojos de animal maligno, que él sabe endulzar. ¡Aunque no volverá a conseguir que me deje llevar al pasillo! ¡Eso se acabó!
––Bien, pequeñas ––exclama––, ¿estáis contentas de ver a un ministro?
Respondemos con murmullos indefinibles y respetuosos.
––¡Escuchadme! Debéis hacerle una recepción memorable en la estación, todas de blanco. Además, tres de las mayores le ofrecerán unos ramilletes, y una de ellas recitará la bienvenida. ¡Ah, una advertencia!
Nos intercambiamos miradas de fingida timidez y de falso espanto.
––¡No vayáis a haceros las pavitas! Una deberá ir completamente de blanco, otra de blanco con cintas azules y la tercera de blanco con cintas rojas, como formando una bandera de honor. ¡Ah, ah, resultará una pequeña bandera bastante linda! Por supuesto, tú (¡esa soy yo!) formarás parte de la bandera; eres llamativa y además quiero que se te vea. ¿Cómo son tus cintas para la entrega de los premios?
––Pues este año voy toda de blanco.
––Muy bien, virgencita: te situarás en el centro de la bandera y recitarás en honor de mi amigo el ministro. No se aburrirá mirándote, ¿sabes?
(¡Está completamente loco al decir aquí semejantes cosas! ¡La señorita Sergent va a matarme!)
––¿Quién llevará cintas rojas?
––¡Yo! ––grita Anaïs, palpitando de esperanza.
––Bien, de acuerdo, tú.
La mala pécora ha mentido a medias, ya que sus cintas a rayas.
––¿Quién las llevará azules?
––Yo... Se... ñor... ––balbucea Marie Belhomme, estrangulada por el miedo.
––Bien; no quedaréis mal del todo, las tres juntas. Además, sabed que tenéis carta blanca para los adornos, corren de mi cuenta (¡hum! ). Id alegres, haced locuras.
Lucid hermosos cinturones, lazos espectaculares, y os recomiendo que vuestros ramilletes correspondan a vuestros colores.
––¡Pero aún falta mucho! ––digo yo––. Llegarán mustios.
––Calla, mocosa; a ti nunca te saldrá la joroba del que hace reverencias. Me inclino a creer que ya posees otras más agradablemente situadas.
Toda la clase se desternilla de risa. La directora también ríe, lívida. Por lo que respecta a Dutertre, juraría que está borracho. No nos ponen de patitas en la calle antes de su partida. ¡Lo que tengo que escuchar... !
––¡Bien puede decirse que has nacido con una estrella en la frente! ¡Todos los honores para ti! ¡No pierdas cuidado, eso sólo puede pasarte a ti!
No respondo a nadie y me voy a consolar a la pobre Luce, sumida en la tristeza por no haber sido elegida para la bandera.
––Vamos, vamos, el verde te sienta mejor que a nadie... Además, la culpa es tuya. ¿Por qué no te has adelantado, como ha hecho Anaïs?
––¡Oh! ––suspira la pequeña––. No tiene importancia. Yo pierdo enseguida la cabeza delante de la gente, y habría hecho cualquier tontería. Pero estoy muy contenta de que seas tú quien recite la bienvenida y no la grandullona de Anaïs.
Papá, advertido de mi gloriosa intervención en la inauguración de las Escuelas, ha fruncido su nariz borbónica para preguntar:
––¡Dioses del Olimpo! ¿Tendré que aparecer en medio de toda esa fanfarria?
––No, papá. Puedes quedarte en la sombra.
––Perfecto, entonces. ¿No debo ocuparme de ti, pues? ––Claro que no, papá. No hace falta que cambies tus costumbres.
El pueblo y la escuela están patas arriba. Como esto siga así, ni siquiera tendré tiempo para contarlo. Por la mañana entramos en clase a las siete, si a lo que hacemos se le puede decir dar clase. La directora ha mandado traer de la ciudad enormes fardos de papel de seda, rosa, azul celeste, rojo, amarillo y blanco; en el aula central los abrimos ––las mayores convertidas en jefas de taller–– y ¡hala!, a contar las grandes y ligeras hojas, doblarlas en seis en toda su longitud, cortarlas en seis tiras y disponer las tiras en montoncitos que son transportados al despacho de la señorita, quien las recorta con determinación, en forma de franjas dentadas, y luego la señorita Aimée las distribuye a todas las alumnas de la primera y la segunda clases. Nada para la tercera, ya que las niñas, demasiado pequeñas, estropearían el papel, el bonito papel, de cada una de cuyas tiras surgirará una rosa graciosa y ufana, sostenida por un tallo de alambre.
¡Vivimos en pleno gozo! Los libros y los cuadernos duermen en los pupitres cerrados y se trata de ver quién se levanta antes para salir corriendo hasta la escuela, transformada en taller de floristería. Ya no me quedo holgazaneando en la cama y me doy tanta prisa que me abrocho el cinturón por la calle. A menudo, estamos ya todas reunidas en las clases, cuando las señoritas descienden por fin, y la verdad es que tampoco se molestan mucho en arreglarse. La señorita Sergent se exhibe en una bata de batista roja (sin corsé, orgullosamente); su cariñosa auxiliar la sigue, en zapatillas, los ojos adormilados y tiernos. Vivimos como en familia. Anteayer por la mañana, la señorita Aimée, que se había lavado la cabeza, bajó con los cabellos sueltos y húmedos, cabellos dorados y suaves como la seda, bastante cortos, un poco ondulados en las puntas; parece un pilluelo o un joven paje y su directora, su buena directora, se la comía con los ojos. El patio está desierto; las cortinas de sarga, corridas, nos envuelven en una atmósfera azul y fantástica. Nos ponemos cómodas; Anaïs se quita el delantal y se arremanga como una pastelera; la pequeña Luce, que salta y corre detrás de mí durante todo el día, se levanta el vestido y las enaguas como una lavandera, lo cual le sirve de pretexto para mostrar sus redondeadas pantorrillas y sus frágiles tobillos. Apiadada, la señorita le ha permitido a Marie Belhomme cerrar los libros; con una blusa a rayas negras y blancas, y aire de payaso, revolotea a nuestro alrededor, corta las tiras torcidas, se equivoca, se enreda los pies con los alambres, queda desolada y, al minuto, está pasmada de alegría, inofensiva y tan dulce que ni siquiera nos burlamos de ella.
La señorita Sergent se pone en pie y con un gesto brusco levanta las cortinas que dan al patio de los chicos. Desde la escuela de enfrente llegan voces rudas y desentonadas: el señor Rabastens les está enseñando a sus alumnos un himno republicano. La señorita escucha durante un instante, luego hace un gesto con el brazo, las voces se acallan al otro lado y el complaciente Antonin acude, destocado, con una rosa de Francia en el ojal.
––¿Será usted tan amable de enviar a dos de sus alumnos al taller? Le ruego que les ordene cortar este alambre en trozos de veinticinco centímetros.
––Enseguida, señorita. ¿Siguen ustedes trabajando con sus flores?
––No se termina tan pronto, no; hacen falta cinco mil rosas sólo para la escuela, y además nos ha tocado adornar la sala del banquete.
Rabastens se marcha corriendo, con la cabeza al aire bajo un sol de justicia. Al cabo de un cuarto de hora llaman a nuestra puerta, que se abre ante dos memos grandullones de catorce o quince años; traen consigo los alambres, sin saber qué hacer con sus corpachones, ruborizados y estúpidos, excitados por caer en medio de una cincuentena de chicas que, con los brazos y el cuello desnudos, el corpiño entreabierto, se ríen maliciosamente de los dos muchachos. Anaïs los roza al pasar; yo cuelgo de sus bolsillos serpentinas de papel y ellos escapan, al fin, contentos y avergonzados a la vez, mientras la señorita prodiga unos «¡Chist!» que no escucha nadie.
Anaïs y yo somos plegadoras y cortadoras; Luce empaqueta y lleva a la Directora y Marie amontona. A las once de la mañana, se abandona todo y nos agrupamos para ensayar el Himno a la Naturleza. Hacia las cinco, nos arreglamos un poco, los espejitos surgen de los bolsillos; las chicas de la segunda clase, complacientes, nos alargan sus pizarras detrás de los cristales de una ventana abierta; frente a ese oscuro espejo nos colocamos los sombreros, yo me arreglo los rizos, Anaïs recompone su moño caído y nos vamos.
La ciudad empieza a animarse tanto como nosotras. ¡Sólo faltan seis días para la llegada del señor Jean Dupuy! Los muchachos parten por la mañana en sus tartanas, cantando a pleno pulmón y arreando a todo trapo al rocín que los remolca; se dirigen al bosque de la comunidad ––y también a los bosques particulares, estoy segura–– para elegir los árboles y marcarlos. Abetos sobre todo, olmos, álamos de hojas plateadas, morirán por centenares. ¡Todo sea en honor del flamante ministro! Por la noche, en la plaza, en las aceras, las chicas rizan las rosas de papel y cantan para atraer a los muchachos, que van a ayudarlas. ¡Santo Dios, cuánto debe adelantar el trabajo! Como si lo viera: los pobrecitos no piensan en otra cosa... Los carpinteros desmontan los tabiques móviles en el gran salón de la alcaldía donde se celebrará el banquete; un enorme estrado aparece en el patio. El médicodelegado comarcal Dutertre efectúa breves y frecuentes apariciones, aprueba cuanto se hace, golpea las espaldas de los hombres, pellizca los mentones femeninos, paga una ronda y desaparece para volver de nuevo. ¡Dichoso país! Mientras tanto, se asolan los bosques, se caza furtivamente día y noche, se riñe en las tabernas y una vaquera de Chêne-Fendu ha dado a comer a los cerdos a su hijo recién nacido. (Al cabo de unos días, se archivó el caso, pues Dutertre consiguió probar la irresponsabilidad de la muchacha... Ya nadie vuelve a hablar del asunto.) Gracias a este sistema, nuestro médico emponzoña toda la comarca, pero se ha hecho con doscientos ganapanes, almas condenadas dispuestas a matar y a morir por él. Le nombrarán diputado. ¡Qué importa lo demás! En cuanto a nosotras, hacemos rosas, ¡vaya si hacemos rosas! Cinco o seis mil rosas no son moco de pavo. Todas las pequeñas se dedican a fabricar guirnaldas de papel plisado, de colores suaves, que flotarán de un lado a otro según sople la brisa. La señorita teme que los preparativos no estén listos a tiempo y nos entrega cada tarde una provisión de papel de seda y de alambre; nosotras trabajamos en nuestras casas, antes de cenar, después de cenar, sin un momento de reposo; las mesas, en todas las casas, se llenan de rosas blancas, azules, rosas, rojas y amarillas; rizadas, enhiestas y frescas sobre sus tallos. Ocupan todo el espacio disponible, ya no se sabe dónde meterlas, rebosan por todas partes, florecen en montañas multicolores y nosotras las transportamos cada mañana en cubas, como si fuéramos a felicitar a un paciente.
La Directora, rebosante de ideas, quiere hacer construir un arco de triunfo a la entrada de las Escuelas; las columnas se formarán con ramas de pino y follaje diverso, salpicado de rosas a punta de pala. El frontispicio llevará la siguiente inscripción, con letras de rosas rojas sobre un fondo de musgo:
¡BIENVENIDOS!
Queda bonito, ¿verdad? También a mí se me ha ocurrido algo: he sugerido la idea de coronar con flores la bandera: es decir, nosotras.
––¡Oh, sí! ––han gritado Anaïs y Marie Belhomme.
––De acuerdo (¡no vamos a andarnos con chiquitas!). Anaïs, tú te coronarás con amapolas; Marie, tú te harás una diadema de azulejos y yo, toda blancura, toda candor, toda pureza, yo me pondré...
––¿Qué? ¿Flores de azahar?
––¡Me las merezco, señorita; sin duda, más que usted! ––¿No te parecen lo bastante inmaculados los lirios del campo?
––¡Deja de fastidiar! Me pondré margaritas; sabes de sobra que el ramillete tricolor está compuesto por margaritas, amapolas y azulejos. Vamos a casa de la modista.
Con aire desganado y superior, elegimos; la modista mide el contorno de nuestras cabezas y nos promete «que tendremos lo mejor de lo mejor». Al día siguiente recibimos tres coronas que me dejan desconsolada: son diademas abultadas por el centro, como las que llevan las novias campesinas. ¡Cómo vamos a quedar bien con esto! Marie y Anaïs, encantadas, se prueban las suyas en medio de un círculo admirativo de chicas; yo no digo nada, pero me llevo la mía a casa donde la destrozo; luego, sobre la misma armadura de alambre, reconstruyo una corona frágil, fina, con las grandes margaritas como estrellas colocadas al azar, como a punto de desprenderse; dos o tres flores cuelgan, como racimos, junto a las orejas y algunas ruedan hacia atrás, sobre mis cabellos; me coloco mi obra sobre la cabeza. Sólo os digo una cosa: ¡no hay peligro de que advierta a las otras dos! Nos llega un trabajo suplementario: ¡los bigudíes! Claro, ustedes no están al tanto, por supuesto. Pues bien, sepan que, en Montigny, una alumna no asistiría a una entrega de diplomas, a una solemnidad cualquiera, sin estar debidamente rizada u ondulada.
No hay de qué extrañarse, aunque los tirabuzones tiesos y las excesivas ondulaciones les dan más bien a los cabellos un aspecto de escobas irritadas; pero las mamás de todas estas niñas, costureras, jardineras, mujeres de obreros y tenderas, no tienen el tiempo, ni las ganas, ni la habilidad para poner bigudíes en todas estas cabezas. ¿Adivinan ustedes a quién le toca hacer el trabajo, a veces muy poco apetitoso? A las profesoras y a las alumnas de la primera clase. Sí, es una locura, pero es la costumbre, y con eso está dicho todo. Una semana antes de la entrega de los diplomas, las pequeñas nos atosigan y se inscriben en nuestras listas. ¡Como mínimo, nos tocan cinco o seis a cada una! ¡Y por cada cabeza limpia y de bonitos y suaves cabellos, cuántas cabelleras grasientas, cuando no habitadas! Hoy empezamos a ponerles los bigudíes a esas niñas de ocho a once años; agachadas en el suelo, abandonan sus cabezas en nuestras manos y, como rulos, empleamos hojas de nuestros viejos cuadernos. Este año solamente he aceptado cuatro víctimas, y aún así las he elegido entre las limpias. ¡Cada una de las demás mayores riza a seis pequeñas! Tarea nada fácil, ya que casi todas las niñas de estos contornos poseen tupidas melenas. Al mediodía, llamamos al dócil rebaño; yo empiezo por una rubita de cabellos ligeros, que se ondulan suavemente de forma natural.
––¿Cómo? ¿A qué vienes? ¡Pretender que te rice ese c bello! ¡Es una masacre!
––¡Pues claro que quiero que me los rices! ¡A ver si voy a ir sin rizos el día que llegue el ministro! ¡Nunca en la vida se ha visto algo parecido!
––¡Estarás más fea que los catorce pecados capitales! Se te quedarán los pelos de punta, como la cabeza de un lobo...
––Me da igual. Lo importante es que vaya rizada.
¡Así sea si así lo quiere! ¡Y apuesto a que todas piensan como ella! Incluso la propia Marie Bethomme...
––Oye, Marie Belhomme, tú que ya tienes tirabuzones naturales, ¿no sería mejor que fueras tal como estás? Contesta indignada, gritando:
––¿Yo? ¿Ir así, tal cual? ¡Ni soñarlo! Me presentaría en la entrega con el pelo lacio.
––Pues yo no voy a rizarme.
––Tú, querida, tienes unos rizos muy fuertes y tus cabellos se esponjan con tanta facilidad... Además, ya se sabe que tus ideas nunca van a la par con las de los demás. Mientras habla, enrolla con animación ––con demasiada animación–– las largas mechas color trigo maduro de la pequeña sentada frente a ella y oculta por su propia cabellera, de la que surgen, de vez en cuando, agudos gemidos.
Anaïs maltrata, no sin malicia, a su paciente, que aúlla.
––¡Es que ésta tiene demasiado pelo! ––dice Anaïs a guisa de excusa––. Piensa una que ya ha terminado y sólo va por la mitad. Tú lo has querido, así que trata de no gritar.
Rizamos, rizamos... el pasillo encristalado se llena del rumor del papel doblado que se enrolla sobre los cabellos... Cuando hemos terminado el trabajo, las pequeñas se levantan suspirando y exhiben sus cabezas erizadas por las puntas de papel, en las que aún puede leerse: «Problemas... moral... duque de Richelieu... » Durante cuatro días, ellas se pasean, sin vergüenza alguna, emperifolladas de este modo, por las calles y las clases. Lo que yo digo: es la costumbre.
...Esto ya no es vida; todo el tiempo fuera, galopando arriba y abajo, llevando o trayendo rosas, mendigando ––nosotras cuatro, Anaïs, Marie, Luce y yo––, requisando por todas partes flores naturales para adornar el salón del banquete, entramos (enviadas por la señorita Sergent, que cuenta con nuestras caritas juveniles para desarmar a los reticentes) en casa de gente a la que no hemos visto en nuestra vida; por ejemplo, en casa de Paradis, el recaudador del censo, ya que la voz popular lo ha denunciado como poseedor de rosales enanos en macetas, que son pequeñas maravillas. Perdida toda timidez, penetramos en su tranquila morada y:
––¡Buenos días, señor! Nos han dicho que tiene usted unos hermosos rosales. Son para las jardineras del salón del banquete, ¿sabe usted?, venimos de parte de..., etc., etc.
El pobre hombre balbucea algo a través de su poblada barba y nos precede, armado con unas tijeras de podar. Regresamos cargadas con las macetas de flores en los brazos, riendo, charlando, contestándoles descaradamente a todos los muchachos que trabajan en la desembocadura de cada calle, construyendo las armaduras de los arcos de triunfo, y que nos interpelan:
––¡Eh, vosotras, las floreadas! ¡Si nos necesitáis para algo ya sabéis dónde estamos! ... ¡Cuidado, que se os está cayendo algo! ¡Os tendréis que agachar para recogerlo!
Todo el mundo se conoce, todo el mundo se tutea... Ayer, y hoy, los muchachos han salido al alba con sus tartanas y no han regresado hasta la caída de la tarde, ocultos tras las ramas de boj y de tuyas, bajo carretadas de musgo verde que huele a armajal; luego, como era de esperar, se van a empinar el codo. No he visto jamás en una efervescencia semejante a esta población de bandidos, que normalmente se burlan de todo, hasta de la política. Surgen de los bosques, de los tugurios, de los sotos donde acechan a las pastoras de vacas, para llenar de flores a Jean Dupuy. ¡No hay quien lo entienda! La pandilla de Louchard, seis o siete granujas depredadores de bosques, pasan cantando, invisibles bajo montones de guirnaldas de hiedra, que arrastran tras ellos con un dulce rumor.
Las calles compiten entre sí; la calle de Cloître levanta tres arcos de triunfo, ya que la Calle Mayor había edificado dos, uno a cada extremo. Pero la Calle Mayor se pica y construye una enorme maravilla: un castillo medieval de ramas de pino igualadas con las tijeras de podar y rematado con dos torres puntiagudas. La calle de Fours–
–Banaux, muy cerca de la escuela, bajo la influencia artístico––campestre de la señorita Sergent, se limita a tapizar completamente las casas que la forman con ramas copiosas y desordenadas y luego tiende listones de una parte a la otra de la calle y cubre la techumbre con hiedra que cuelga enredada. Resultado: un cenador obscuro y verde, delicioso, donde las voces se apagan como en una habitación acolchada. La gente pasa una y otra vez por puro placer. Entonces, furiosa, la calle de Cloître se desmadra y une entre sí sus tres arcos triunfales con haces de guirnaldas de musgo, salpicadas con flores, para tener, también ella, su cenador. En vista de lo cual, la Calle Mayor se pone tranquilamente a desempedrar sus aceras y alza un bosque, Dios mío, sí, un verdadero bosquecillo a cada lado, con árboles jóvenes arrancados de raíz y plantados de nuevo. No se necesitarían más de quince días de esta batalladora emulación para que todo el mundo se degollara entre sí.
La obra maestra, la joya, son nuestras escuelas. Cuando todo se haya terminado, no habrá a la vista ni un palmo cuadrado de pared bajo el verdor, las flores y las banderas. La señorita ha reclutado un ejército de muchachos; a los alumnos mayores y a los adjuntos los dirige personalmente, con mano dura, y es obedecida sin rechistar. El arco de triunfo de la entrada ya ha visto la luz y la señorita y nosotras cuatro, encaramadas sobre escaleras, hemos pasado todo el día «escribiendo» con rosas:
¡BIENVENIDOS! en el frontispicio, mientras los muchachos se entretenían mirándonos las pantorrillas. Desde lo alto, desde los techos, desde las ventanas, desde todas las protuberancias de las paredes, surge y fluye tal oleaje de ramas, de guirnaldas, de lienzos tricolores, de cordelería oculta bajo la hiedra, de rosas colgantes, de verdor alfombrado, que todo el caserío parece ondularse de pies a cabeza y balancearse dulcemente. Se entra en la escuela levantando una rumorosa cortina de hiedra florida y el espectáculo continúa: cordones de rosas bordean los ángulos, enlazan las paredes, cuelgan de las ventanas. Resulta adorable.
Pese a nuestra actividad, pese a nuestras audaces invasiones de las casas de los propietarios de jardines, hemos llegado al punto de no disponer de flores esta mañana. ¡Consternación general! Las cabezas llenas de bigudíes se agitan, se arremolinan alrededor de la señorita Sergent, que reflexiona con el ceño fruncido.
––¡En cualquier caso, las necesitamos! ––exclama––. Necesitamos macetas de flores para todo el paramento de la izquierda. ¡A ver, las requisadoras, aquí, enseguida!
––¡Aquí estamos, señorita!
Las cuatro surgimos (Anaïs, Marie, Luce y yo), emergemos del zumbante oleaje, prestas a salir corriendo.
––Escúchenme. Deben ir en busca del tío Caillavaut...
––¡ ¡Oh!!
No la hemos dejado terminar. ¡Caramba! Hay que saber que el tío Caillavaut es un viejo avaro, desequilibrado, más malo que la peste, desmesuradamente rico, que posee una mansión y unos espléndidos jardines, en los que no entra nadie más que él mismo y su jardinero. Es temido como el peor de los diablos, odiado por tacaño y respetado como misterio viviente. ¡Y la señorita quiere que nosotras vayamos a pedirle flores! ¡Ni soñarlo!
––¡Vamos, vamos, vamos! ¡Cualquiera diría que las envío al matadero! Basta con que conmuevan al jardinero y ni siquiera tendrán necesidad de enfrentarse con el tío Caillavaut. Y además, ¿qué? ¿Acaso no tienen piernas para correr? ¡Andando! Arrastro a las otras tres, que no parecen muy entusiasmadas, pues siento un ardiente deseo, mezclado con una vaga aprensión, de entrar en casa del viejo maníaco. Las estimulo:
––¡Vamos, Luce, vamos, Anaïs! Vamos a ver cosas despampanantes y luego se las contaremos a las demás... ¡Animo! ¡Son contadas las personas que han entrado en casa del tío Caillavaut!
Frente a la gran puerta verde, donde desbordan por encima del muro acacias en flor y de intenso perfume, nadie se atreve a tirar de la cadena de la campanilla. Yo me cuelgo de ella, desencadenando un formidable estrépito; Marie ha dado tres pasos atrás, presta a salir huyendo y Luce, temblando, se oculta valientemente detrás de mí. Nada, la puerta sigue cerrada. La segunda tentativa no obtiene mayor éxito. Acciono entonces el picaporte, que cede, y como ratones entramos una a una, dejando la puerta entreabierta. Frente a la hermosa casa blanca, de postigos cerrados a causa del sol, hay un enorme patio enarenado y muy bien cuidado, que se prolonga en un jardín verde, profundo y misterioso debido a la espesura de la maleza... Nos miramos sin osar movernos: no se oye a nadie, ni un solo ruido. A la derecha de la casa, los invernaderos cerrados y repletos de maravillosas plantas. La escalinata de piedra se ensancha suavemente hasta el patio enarenado y en cada peldaño descansan encendidos geranios, calceolarias de vientrecillos atigrados, rosales enanos a los que se ha forzado en demasía para que florezcan.
La ausencia evidente de cualquier propietario me presta coraje: ––¡Ah! ¿Váis a venir o qué? ¡A ver si echamos raíces en los jardines del avaro durmiente!
––¡Chist! ––dice Marie, asustada.
––¡Qué chist ni qué ocho cuartos! ¡Tenemos que llamar! ¡Eh, oiga, señor! ¡Jardinero!
Ninguna respuesta; silencio absoluto. Avanzo hasta los invernaderos y, con la nariz pegada a los cristales, intento atisbar en el interior: una especie de bosque color esmeralda oscura, salpicado por manchas brillantes, flores exóticas, seguramente... La puerta está cerrada.
––Vámonos ––susurra Luce desasosegada.
––Vámonos ––repite Marie, más turbada aún––. ¡Mira que si aparece el viejo detrás de un árbol!
Esta sola idea las hace correr hacia la puerta; yo les grito con todas mis fuerzas.
––¡Quietas, cobardicas! Está claro que aquí no hay nadie. Escuchadme, pues: elegiremos cada una de nosotras dos o tres tiestos de entre los más hermosos que hay en la escalinata, nos los llevaremos, sin decir nada, ¡y os aseguro que tendremos un éxito sensacional!
No se mueven. Tentadas sin duda, pero aún temerosas. Yo me apodero de dos macetas de agujas de pastor, recortadas como huevos de avestruz, y les hago seña de que estoy esperando. Anaïs se decide a imitarme y carga con dos pelargonios; Marie imita a Anaïs y Luce a Marie y las cuatro nos marchamos prudentemente. Cerca de la puerta, el miedo vuelve a apoderarse absurdamente de nosotras, nos apelotonamos como ovejas en la estrecha abertura de la puerta y corremos hasta la Escuela, donde la señorita nos acoge con gritos de alegría. Todas a la vez, contamos la odisea. La directora, asombrada, se queda un instante perpleja y luego concluye, despreocupadamente:
––¡Bah! ¡Ya veremos! Después de todo, no se trata más que de un préstamo, un poco forzado, tal vez.
Nunca más se volvió a hablar del asunto, pero el tío Caillavaut ha erizado con trozos de tiesto y pinchos de hierro la parte superior de sus muros. (La incursión nos ha valido una cierta consideración, por aquí se aprecia el bandidaje.) Nuestras flores se colocan en primera fila y luego, la verdad, con el jaleo de la llegada ministerial, nadie se acordó de devolverlas, por lo que pasaron a embellecer el jardín de nuestra Directora.
Este jardín es desde hace bastante tiempo el único tema de discordia entre la señorita y la gorda de su madre; ésta, que sigue siendo una campesina, cava, arranca las malas hierbas, persigue a los caracoles hasta en sus más recónditos escondites y no alimenta otro ideal que el de hacer crecer matas de coles, de puerros o de patatas, con los que alimentar a todas las internas sin necesidad de comprar nada, en definitiva. Su hija, de naturaleza refinada, sueña con cenadores frondosos, macizos de flores, glorietas adornadas por guinaldas de madreselvas... ¡Plantas inútiles, en una palabra! De modo que tan pronto se puede ver a la señora Sergent dar despectivos golpes de azada a los árboles enanos del Japón y a los sauces llorones, como a la Directora pegarles puntapiés a las acederas o a las cebolletas. Esta lucha nos llena de gozo. Pero hay que ser justas y reconocer que, como no sea en el jardín y en la cocina, la señora Sergent se esfuma completamente, no comparece jamás ante las visitas, no da su opinión en las discusiones y luce valientemente su gorro encañonado.
Lo más divertido, en estas pocas horas que quedan, es ir y volver de la escuela a través de las calles irreconocibles, transformadas en senderos boscosos, en decorados de parque, todas perfumadas por el olor penetrante de los abetos talados. Se diría que los bosques que rodean Montigny han invadido el pueblo, han avanzado hasta casi ocultarlo... No puede imaginarse, para esta pequeña villa perdida entre los árboles, una ornamentación más apropiada, más hermosa... Pero no puedo decir la más «adecuada »; es una palabra que me produce horror. Las banderas, que afearán y trivializarán estos verdes paseos, estarán colocadas mañana, así como los farolillos venecianos y las luces de colores. ¡Qué se le va a hacer! No nos guardan miramientos y las mujeres y los muchacho, nos llaman al pasar:
––¡Eh! ¡Vosotras, que ya estáis acostumbradas, venid a ayudarnos a clavar rosas! Ayudamos gustosamente, subimos a las escaleras, mis compañeras se dejan –– ¡todo sea por el ministro, Dios mío!–– hacer cosquillas en la cintura y hasta en las piernas; debo decir que jamás se han permitido payasadas semejantes con la hija del «señor de las babosas». Por lo demás, con estos muchachos que no llevan malas intenciones, resulta inofensivo y en absoluto hiriente; comprendo que las alumnas de la Escuela se pongan a la altura de las circunstancias. Anaïs permite todas las libertades y suspira junto a las otras; Féfed la baja de la escalera, llevándola en sus brazos. Touchart, alias «el Cero», le mete bajo las faldas agujas de pino picantes; ella lanza grititos de ratón atrapado en la trampa y entrecierra sus ojos pasmados, sin fuerzas siquiera para simular resistencia alguna.
La señorita nos permite descansar un poco, por miedo a que tengamos mala cara el día señalado. Por lo demás, ya no sé qué queda por hacer: todo está florido, todo en su lugar; las flores cortadas están en remojo, en los sótanos, en cubos de agua fresca: las desparramaremos un poco por todas partes en el último momento. Nuestros tres ramilletes han llegado esta mañana, en una enorme y frágil caja; la señorita no ha permitido que la abriéramos del todo: sólo ha desclavado una tabla y levantado el papel de seda y la guata que envuelven las patrióticas flores, que despiden un aroma húmedo. La señora Sergent ha bajado enseguida al sótano la leve caja, en la que también hay unas bolitas de sal, cuya naturaleza desconozco, para impedir que las flores se marchiten.
Mimando a sus «primeras figuras», la Directora nos envía, a Anaïs, a Marie, a Luce y a mí, a descansar en el jardín, bajo los avellanos. Nos dejamos caer sobre el banco verde, sin pensar en nada determinado. El jardín zumba. Como picada por una mosca, Marie Belhomme pega un brinco y se pone repentinamente a desenrollar unos de los bigudíes que cascabelean, desde hace tres días, alrededor de su cabeza.
—..¿qué haces?
––Pues, mira, ver si está rizado.
––¿Y si no lo estuviera?
––Pues me echaría agua esta noche, antes de irme a dormir. Pero, ya ves, está rizado, ha quedado muy bien.
Luce imita su ejemplo y exhala un grito de decepción:
––¡Ah! ¡Es como si no me hubiera hecho nada! ¡Lo tengo rizado por las puntas, pero no por arriba, por lo menos casi nada!
En efecto, sus cabellos son ligeros y suaves como la seda, y se escapan y deslizan bajo sus dedos, bajo las cintas, a su aire.
––¡Mucho mejor! ––le digo––. ¡Así aprenderás! ¡Miradla, lo desgraciada que se siente por no tener el pelo como un sacacorchos!
Pero esto no la consuela, y como sus gritos me fastidian, me voy un poco más lejos, a tenderme en la arena, bajo la sombra de los castaños. Soy incapaz de coordinar tres pensamientos seguidos, con este calor, esta fatiga... Mi vestido está listo, todo va bien... estaré guapa mañana, más que la grandullona de Anaïs, más que Marie; no tiene gran mérito, pero aún así me produce satisfacción... Voy a dejar la Escuela, papá me mandará a París, a casa de una tía rica, sin hijos, y haré mi presentación en sociedad, donde seguramente meteré mil veces la pata... ¿Cómo me las voy a arreglar sin el campo, con estas ansias de verdor que no me abandonan? Me parece insensato pensar que ya no volveré más a este lugar, que ya no volveré a ver a la señorita, a su pequeña Aimée de ojos dorados, a Marie la chiflada, a la burra de Anaïs, a Luce, mendicante de golpes y caricias... Me dará pena no poder vivir ya aquí... Bueno, mientras me quede tiempo bien puedo decirme algo a mí misma: la verdad es que Luce me gusta, en el fondo mucho más de lo que quiero confesar; por más que me repita una y otra vez que no es realmente hermosa, su zalamería animal y traidora, la picardía de sus ojos, no impide, antes al contrario, que posea el encanto que da lo raro, lo débil, lo perversamente ingenuo ––y la piel blanca, y las finas manos al final de sus torneados brazos, y sus bonitos pies. ¡Pero nunca, nunca ha de saberlo! Ella ha de pagar que su hermana me rechazara a causa de la señorita Sergent, ¡Me arrancaría la lengua antes que confesarlo!
Bajo los avellanos, Anaïs le describe a Luce el vestido que llevará mañana; me acerco con malignas intenciones, y escucho:
––¿El cuello? ¡No lleva cuello! Está escotado en forma de uve por delante y por detrás, bordeado por un fruncido de muselina de seda y sujeto con un lazo de cinta roja...
––«Las coles rojas, llamadas lombardas, se dan en las tierras áridas y pedregosas», nos enseña el inefable Bérillon; realmente, te dará el aspecto adecuado, ¿verdad, Anaïs? Escarola y coles: eso no es un vestido, es un huerto.»
––¡Si ha venido usted para decir cosas tan espirituales, puede seguir en su arena, señorita Claudine! ¡No necesitamos su compañía!
––No te acalores y dinos cómo está hecha la falda, con qué hortalizas la sazonarás. Me parece estar viéndola, con una franja de perejil a su alrededor.
Luce se divierte con toda su alma; Anaïs. se encastilla en su dignidad y se marcha; como sea que el sol se pone, nosotras también nos levantamos.
En el momento en que cerramos la verja del jardín, brotan unas risas claras, que se acercan, y la señorita Aimée pasa corriendo, regocijada, perseguida por el asombroso Rabastens, que la bombardea con pétalos de bignonia. La inauguración ministerial autoriza expansivas libertades en las calles ¡y también en la escuela, por lo visto! Pero la señorita Sergent va detrás de ellos, lívida de celos, con el ceño fruncido; un poco más allá, la oímos gritar:
––¡Señorita Lanthenay! ¡Ya le he preguntado dos veces si ha citado usted a sus alumnas para las siete y media!
Pero la otra, alocada, encantada de poder juguetear con un hombre y de poder irritar a su amiga, corre sin detenerse mientras las flores púrpureas se le quedan prendidas en los cabellos o resbalan por su vestido... Habrá una escena esta noche. A las cinco, las señoritas nos reúnen dificultosamente, ya que estamos esparcidas por todos los rincones del edificio. La Directora opta por tocar la campana de la comida, interrumpiendo de este modo el furioso baile húngaro que danzábamos, Anaïs, Marie, Luce y yo en el salón del banquete, bajo el techo florido.
––Señoritas ––exclama, con su voz de las grandes ocasiones––, vuelvan a sus casas y acuéstense pronto. Mañana por la mañana, a las siete y media, se reunirán todas ustedes aquí, debidamente vestidas y peinadas, de forma que no haya que preocuparse más de eso. Se les entregarán banderolas y gallardetes; las señoritas Anaïs, Claudine y Marie recogerán sus ramilletes... El resto... ya lo verán en el momento oportuno. Pueden marcharse, procurando no estrapear las flores al cruzar las puertas. ¡No quiero saber nada más de ustedes hasta mañana por la mañana! Y añade:
––¿Se sabe usted su discurso, señorita Claudine?
––¡Que si lo sé! ¡Anaïs me lo ha hecho repetir tres veces hoy!
––Pero... ¿qué pasa con la entrega de diplomas? ––arriesga tímidamente una voz.
––¡Ah! La entrega de los diplomas se hará cuando quede tiempo. Lo más probable, por lo demás, es que se les entreguen aquí mismo las notas y que, este año, debido a la inauguración, no se celebre acto público.
––Pero... ¿y los coros? ¿Y el Himno a la Naturaleza? ––Cantarán ustedes mañana, delante del ministro. ¡Ahora, desaparezcan!
La alocución ha dejado consternadas a muchas de las pequeñas, que esperan la entrega de diplomas como una fiesta única en todo el año; se marchan perplejas y disgustadas bajo los arcos de florido verdor. Las gentes de Montigny, fatigadas y orgullosas, descansan sentadas frente a sus portales y contemplan su obra; las chicas aprovechan lo que queda de luz natural para coser una cinta, o poner una puntilla en el borde de un escote improvisado... ¡Todo para el gran baile en la alcaldía, querida!
Mañana por la mañana, los muchachos sembrarán una alfombra de flores en el recorrido del cortejo, mezcladas con rosas deshojadas, briznas de hierbas y hojas verdes. ¡Y si el ministro Jean Dupuy no se da por satisfecho, lo cual no creo probable, que se vaya a paseo!
Mi primer movimiento, al abrir esta mañana los ojos, ha sido correr hacia el espejo. Nunca se sabe: ¿Y si me hubiera salido un flemón esta noche? Tranquilizada, me acicalo cuidadosamente. Estupendo, sólo son las seis, me queda tiempo para emperifollarme. Gracias a la sequedad del aire, mis cabellos se mantienen esponjosos. La cara es pequeña, un poco pálida y puntiaguda, pero puedo asegurar que mis ojos y mi boca no están nada mal. El vestido produce al moverme un ligero rumor; la falda se ondula al ritmo de mi paso y acaricia las puntas de mis zapatos. Le llega el turno a la corona: ¡ah, qué bien me sienta! Parezco una pequeña Ofelia, muy jovencita, con extrañas ojeras... En efecto, desde pequeña, siempre me han dicho que tengo ojos de persona mayor; luego fueron ojos «poco correctos»; no se puede tener contento a todo el mundo y a una misma. Y prefiero estar contenta yo... La lástima es ese enorme ramillete, abultado y redondo, que me afea. ¡Bah! Después de todo se lo endilgaré a Su Excelencia... Toda de blanco, me dirijo a la Escuela por las calles todavía frescas. Los muchachos, ocupados en su «alfombrado», le dirigen a voz en grito enormes piropos a la «pequeña novia», que se escabulle, huraña.
Llego temprano; no obstante, me encuentro ya con una quincena de pequeñas, procedentes de la campiña de los contornos, de las granjas más alejadas; están acostumbradas a levantarse a las cuatro, en verano. Risibles enternecedoras, con la cabeza enorme a causa de los cabellos ahuecados por los rígidos tirabuzones, permanecen de pie, para no arrugar sus vestidos de muselina excesivamente enjuagados por el azulete, que se hinchan, rígidos, sujetos al talle por cinturones color grosella o índigo, mientras que sus tostadas caras parecen negras en medio de tanta blancura. A mi llegada no han podido reprimir una leve exclamación, pero ahora callan, intimidadas por sus hermosos atavíos y sus tocados, estrujando entre sus manos enguantadas con hilo blanco un bonito pañuelo en el que sus madres han vertido un poco de lavanda.

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Re: Claudine en la escuela

Mensaje por Admin el Lun Ene 08, 2018 7:32 am

Las señoritas no aparecen, pero escucho pasitos apresurados en el piso superior... Van desembocando en el patio multitud de nubes blancas, encintadas de rosa, de rojo, de verde y de azul. Cada vez más numerosas, las pequeñas van llegando, silenciosas la gran mayoría, demasiado ocupadas en mirarse unas a otras de arriba a abajo, en compararse, en fruncir la boca con ademán desdeñoso. Con sus cabelleras flotantes, rizadas, encrespadas, desbordantes, casi todas rubias, semejan un campo de trigo maduro... Una manada baja por las escaleras: son las internas ––rebaño siempre aparte y hostil––, a quienes los vestidos de primera comunión aún les sirven; detrás de ellas, desciende Luce, ligera como un gato de angora blanco, gentil con sus bucles suaves y móviles y su tez de rosa fresca. Como su hermana, sólo necesita una pasión feliz para terminar de embellecerla.
––¡Qué hermosa estás, Claudine! Y tu corona no se parece en nada a las de las otras. ¡Ah, qué suerte tienes de ser tan bonita!
––Pero, gatita mía, ¿sabes que te encuentro absolutamente divertida y deseable con tus cintas verdes? ¡Realmente, eres un animalillo curioso! ¿Dónde están tu hermana y su señorita?
––Aún no están listas; el vestido de Aimée se abrocha debajo del brazo, ¡imagínate! Y es la señorita quien se lo abrocha.
––Entonces esto puede retrasarse algo.
Desde arriba, la voz de la hermana mayor llama:
––¡Luce, ven a buscar las banderolas!
El patio se ha llenado de chicas, pequeñas y mayores, y tanta blancura, bajo el sol, hiere los ojos. (Por otra parte, demasiados matices de blanco, que se apagan entre sí.) He aquí, por ejemplo, a Liline, con su inquietante sonrisa de Gioconda, bajo sus ondulaciones doradas y tras sus ojos glaucos; o a ese espárrago verde de «Maltide» cubierta hasta la cintura por una cascada de cabellos color trigo maduro; o a la estirpe de las Vignale, cinco niñas de ocho a catorce años, todas ellas sacudiendo copiosas cabelleras que parecen teñidas a la jena; o a Jeanette, pequeña y astuta, de ojos malignos, con dos trenzas de su misma estatura, rubio oscuro, pesadas como el oro viejo; o tantas y tantas otras que, bajo la luz centelleante, brillan como vellocinos. Llega Marie Belhomme, apetecible con su vestido color crema, con cintas azules, y graciosa bajo su corona de acianos. Pero, Dios mío, ¡qué grandes parecen sus manos bajo los guantes de cabritilla blanca!
Anaïs, por fin. Suspiro de alivio al verla tan mal peinada, con los bucles tiesos; su corona de amapolas púrpuras, demasiado cerca de la frente, le da un color de muerta. En acuerdo conmovedor, Luce y yo acudimos a su lado y prorrumpimos en un concierto de cumplidos:
––¡Qué bien estás, querida! ¡Decididamente, nada te sienta mejor que el rojo! ¡Has dado en el clavo!
Un tanto desconfiada al principio, enseguida Anaïs se esponja de gozo y hacemos una entrada triunfal en la clase donde las niñas, ya al completo, saludan con una ovación la bandera tricolor viviente. Se establece un religioso silencio: vemos descender a las señoritas, pausadamente, peldaño a peldaño, seguidas por dos o tres internas, que portan banderolas en el extremo de largas lanzas doradas. Vaya, es forzoso reconocer que Aimée está como para comérsela, tan seductora aparece con su vestido blanco de moaré brillante (¡con la falda sin costura detrás, nada menos! ), tocada por un sombrero de paja de arroz y gasa blanca. ¡Qué pequeño monstruo! La Directora se la come efectivamente con los ojos, enfundada ella en su traje negro, bordado de ramilletes color malva, que ya he descrito. La malvada pelirroja no será hermosa nunca, pero su vestido le sienta como un guante y pueden verse sus ojos centelleantes bajo los ardientes cabellos, tocados con un sombrero negro extraordinariamente elegante.
––¿Dónde está la bandera? ––pregunta enseguida. La bandera se adelanta, modesta y orgullosa de sí misma.
––¡Está bien! ¡Está... muy bien! Acérquese, Claudine... ya sabía yo que usted iría vestida con gusto. Y ahora, ¡a seducir al ministro!
Examina rápidamente a su blanco batallón, arregla un bucle por aquí, una cinta por allá, cierra la falda de Luce, que se entreabría, hunde una horquilla en el moño de Aimée y, tras haberlo escrutado todo con su temible mirada, toma el fajo de las variadas inscripciones: ¡Viva Francia! ¡Viva la República! ¡Viva la Libertad! ¡Viva el Ministro!, etc., hasta veinte banderas, que distribuye a Luce, a las Jaubert y a las restantes elegidas que se ruborizan de orgullo y sostienen las astas como cirios, envidiadas por las simples mortales que se mueren de rabia. Nuestros tres ramilletes, cuajados de oleajes tricolores, son extraídos cuidadosamente de la guata, como si fueran joyas. Dutertre le ha sacado partido al dinero de los fondos secretos; yo recibo un manojo de camelias blancas, Anaïs uno de camelias rojas y, a Marie Belhomme, le toca en suerte el gran ramo de acianos anchos y aterciopelados, ya que la naturaleza, no habiendo previsto las recepciones ministeriales, ha descuidado la producción de camelias azules. Las pequeñas se empujan para poder ver y ya se oyen algunos coscorrones así como ásperas quejas.
––¡Basta! ––grita la Directora––. No tengo tiempo para hacer de policía. ¡La bandera, aquí! Marie a la izquierda, Anaïs a la derecha, Claudine en medio y en marcha, bajen al patio deprisa. ¡Estaría bueno que no estuviéramos listas a la llegada del tren! Las portadoras de banderolas a continuación, de cuatro en cuatro, con las mayores a la cabeza...
Descendemos por la escalinata, sin esperar a oír nada más; Luce y las mayores marchan inmediatamente detrás de nosotras, con los gallardetes de sus estandartes ondeando ligeramente sobre nuestras cabezas. Seguidas por una especie de pisoteo de carneros, pasamos bajo el arco de verdor: ¡BIENVENIDOS! Toda la multitud que estaba esperándonos, un gentío endomingado, apasionado, dispuesto a gritar «¡Viva lo que sea!», prorrumpe al vernos en un clamoroso «¡Ah!», como un estallido de fuegos artificiales. Orgullosas como pavos reales, con la mirada baja y una vanidad que no nos cabe en el cuerpo, caminamos suavemente, los ramilletes en nuestras manos cruzadas, pisando la alfombra de flores que aniquila el polvo. Sólo después de varios minutos, empezamos a intercambiar miradas de reojo y encantadas sonrisas, relajadas.
––¡Qué divertido! ––suspira Marie, contemplando las verdes alamedas por las que desfilamos lentamente, entre dos hileras de espectadores boquiabiertos, bajo las bóvedas de follaje que tamizan el sol, filtrando una falsa y encantadora luz, como la de los bosques.
––¡Ya lo creo que está bien! ¡Cualquiera diría que la fiesta es en nuestro honor!
Anaïs no dice ni pío, demasiado absorta en su dignidad, demasiado ocupada en buscar entre la multitud que se aparta a nuestro paso a los muchachos que conoce y a los que espera encandilar. No obstante, hoy, con todo ese blanco encima, no está bonita, no, no está bonita, pero en sus pequeños ojos centellea el orgullo de todas formas. Al llegar a la Plaza del Mercado nos gritan: «¡Alto!» Es preciso esperar a los muchachos de la Escuela, toda una hilera oscura que, a duras penas, mantiene una formación regular; hoy, los chicos nos parecen despreciables, tostados y desgarbados con sus hermosos trajes; sus enormes manos patosas sostienen las banderas. Durante el alto, las tres nos hemos dado la vuelta, a despecho de nuestra importancia: a nuestras espaldas, Luce y sus congéneres se apoyan belicosamente en las astas de sus estandartes; la pequeña, irradiando vanidad, se mantiene erecta como Fanchette cuando se pavonea; ríe por lo bajito de gozo, sin parar un momento. Y hasta más allá de donde alcanza la vista, bajo las verdes arcadas, vestidos huecos y cabelleras rizadas, se hunde y se pierde el ejército de los Galos.
––¡En marcha!
Reanudamos el desfile, ligeras como pajaritos. Descendemos por la calle de Cloître y cruzamos finalmente la verde muralla, formada por tejos cortados a tijera, que representa una fortaleza y, como en la carretera el sol cae de plano, nos resguardamos bajo la sombra del pequeño bosque de acacias, en las afueras de la villa; esperaremos aquí la llegada de los coches ministeriales. Nos relajamos un poco.
––¿Se sostiene bien mi corona? ––pregunta Anaïs.
––Sí... juzga tú misma.
Le paso un espejito de bolsillo, que previsoramente he traído, y comprobamos el equilibrio de nuestras diademas... La multitud nos ha seguido, pero, demasiado numerosa para caber en el camino, ha deshecho los setos que lo bordean y pisotea los campos, sin clemencia para la hierba. Los muchachos, en completo delirio, llevan manojos de flores, banderas y también botellas. (Sí señor, botellas: acabo de ver a uno pararse, echar la cabeza hacia atrás y beberse a gollete un litro entero.) Las damas de la «Sociedad» se han quedado a las puertas de la villa, unas sentadas en la hierba y otras en sillas de tijera; todas amparadas por sombrillas. Nos esperarán allí, resulta más distinguido; no es elegante demostrar demasiada impaciencia.
A lo lejos ondean banderas sobre los tejados rojos de la estación, hacia donde corre la multitud; y su tumulto se aleja. La señorita Sergent, toda de negro, y su Aimée, toda de blanco, ya sin aliento a fuerza de vigilarnos y de trotar a nuestro lado, delante o detrás de nosotras, se sientan en el talud, las faldas arremangadas por temor a que se manchen de verde. Nosotras esperamos de pie, sin ganas de hablar, mientras repaso mentalmente el discursito, un tanto hortera, obra de Antonin Rabastens, que debo recitar más tarde:
Señor Ministro, Los alumnos de las escuelas de Montigny, engalanados con las flores de su tierra natal...(¡Si alguien ha visto aquí campos de camelias, que me lo diga! ...vienen a recibirle llenos de gratitud... ¡¡Boumm!! La salva que estalla en la estación pone en pie a nuestras profesoras. Los gritos del populacho nos llegan como un rumor sordo que va aumentando a medida que se acerca, con un confuso ruido de alegres clamores, de múltiples pisadas y de cascos de caballos... En tensión, acechamos el recodo del camino... Por fin, aparece la vanguardia: muchachos polvorientos que arrastran ramas y vociferan, seguidos por oleadas de gente y berlinas que destellan bajo el sol y dos o tres landós de los que surgen brazos agitando sombreros... Somos todo ojos... A trote lento, los coches se acercan, ya están aquí, frente a nosotras, y antes de que hayamos tenido tiempo de reconocerlos, se abre a diez pasos de nosotras la portezuela de la primera berlina.
Un hombre joven, vestido de frac, salta al suelo y tiende el brazo, sobre el que se apoya el señor Ministro de Agricultura. He aquí, pues, a Su Excelencia, en absoluto distinguido, pese al trabajo que se toma para parecer imponente. Incluso encuentro un tanto ridículo a este vanidoso señor bajito, de vientre prominente, que se seca la frente, ya empapada de sudor, con una mirada dura y barbita rojiza. ¡Como que no va vestido de muselina blanca, sino de paño negro, con este sol!... Un minuto de expectante silencio le acoge y en seguida extravagantes gritos de «¡Viva el Ministro!» «¡Viva la Agricultura! », «¡Viva la República!»... El señor Jean Dupuy da las gracias con un gesto seco, aunque suficiente. Un señor rechoncho, que luce bordados en plata y un bicornio, la mano sobre el puño de nácar de una corta espada, va a colocarse a la izquierda del ilustre; un viejo general de perilla blanca, alto y encorvado, se coloca a su derecha. Y el imponente trío se adelanta gravemente, escoltado por un tropel de fracs, con cordones rojos, prendedores y condecoraciones.
Por entre los hombros y las cabezas, distingo la cara triunfante del canalla de Duterre, aclamado por la multitud, que le halaga en tanto que amigo del Ministro y futuro diputado. Busco con la mirada a la Directora, le interrogo con la barbilla y las cejas: «¿Debo decir ya mi parlamento?» Ella me contesta afirmativamente y me adelanto con mis dos acólitas. Un sorprendente silencio se establece de golpe ––¡Dios mío! ¿Cómo voy a atreverme a hablar delante de tanta gente? ¡Con tal de que los nervios no me jueguen una mala pasada!––. Para empezar, nos sumergimos en nuestras faldas, en una hermosa reverencia que produce un «fuiüi» en nuestros vestidos, y, con un zumbido en los oídos que me impide oírme a mí misma, empiezo:
Señor Ministro: Los alumnos de las Escuelas de Montigny, engalanados con las flores de su tierra natal, vienen a recibirle, llenos de reconocimiento... Luego me detengo por un instante para continuar enseguida, recitando la prosa en la que Rabastens se hace garante de nuestra «inquebrantable adhesión a las instituciones republicanas», ya tan tranquila como si estuviera recitando en clase El vestido, de Eugène Manuel. Por lo demás, el trío oficial ni siquiera me escucha; el Ministro está pensando que se muere de sed y los otros dos altos personajes intercambian en voz baja sus apreciaciones:
––Señor Prefecto, ¿de dónde ha salido este querubín?
––No lo sé, mi general, pero es tan gentil como una rosa.
––Una rosa silvestre (¡también él!). Si todas las chicas del Fresnosi son como ésta, quiero que me...
Les ruego que acepten estas flores de nuestra tierra natal.
––termino yo, ofreciendo mi ramillete a Su Excelencia.
Anaïs, rígida como siempre que quiere pasar por distinguida, le tiende el suyo al Prefecto y Marie Belhomme, púrpura por la emoción, ofrece el suyo al General. El Ministro farfulla una respuesta de la que sólo capto las palabras «República... solicitud del Gobierno... confianza en la adhesión»; me irrita. Después se queda inmóvil, y yo también. Todo el mundo está esperando, hasta que Dutertre se inclina sobre el oído del ministro y le susurra:
––¡Vamos, tiene que besarla!
Entonces me besa, pero torpemente (su áspera barba me pica). La fanfarria de la capital ruge La Marsellesa y, dando media vuelta, nos dirigimos hacia la ciudad, seguidas por las portaestandartes. El resto del alumnado se aparta para dejarnos pasar y, mientras el cortejo avanza majestuosamente, cruzamos bajo la «fortaleza», enfilamos bajo las bóvedas de verdor. A nuestro alrededor, gritan de modo agudo, frenético, aunque no demostramos oír nada. Derechas y floridas, somos nosotras tres el objeto de las aclamaciones, mientras que al Ministro... ¡Ah!, si tuviera imaginación, me vería, con las otras dos, como hijas del rey entrando con su padre en una «muy leal ciudad» cualquiera. Las chicas de blanco son nuestras damas de honor y nos conducen al torneo donde los bravos caballeros se disputarán el honor de... ¡Quiera Dios que esos patosos muchachos no hayan echado demasiado aceite, esta mañana, a los farolillos de colores! ¡Con las sacudidas que les dan a los mástiles los chicos aulladores y trepadores, nos íbamos a poner perdidas! No nos hablamos entre nosotras, no tenemos nada que decirnos, demasiado ocupadas en arquear nuestras cinturas al uso de las gentes de París y en inclinar la cabeza a favor del viento para que revoloteen nuestros cabellos...
Llegamos al patio de las escuelas, hacemos un alto, nos agrupamos, la multitud fluye por todas partes, se aprieta contra las paredes y algunos trepan por ellas. Con las puntas de los dedos, apartamos fríamente a las compañeras demasiado dispuestas a rodearnos, a sofocarnos; intercambiamos frases agrias: «¡Ten cuidado!» ––«¡No me vengas con tantos melindres, que ya te has lucido bastante esta mañana!» La grandullona de Anaïs opone a las burlas un silencio desdeñoso; Marie Belhomme se enerva y yo me contengo hasta el límite de mis fuerzas para no quitarme una de mis sandalias y estamparla sobre la cara de la más burra de las Jaubert, que me ha empujado disimuladamente.
El ministro, escoltado por el general, por el prefecto, por un montón de consejeros, de secretarias y de qué sé yo qué más (es un mundo que no conozco muy bien), se abre paso entre la multitud, ha subido al estrado y se instala en el hermoso butacón, demasiado dorado, que el alcalde ha sacado de su propio salón expresamente. Parco consuelo para el pobre hombre, que ha tenido que quedarse en casa, por culpa de la gota, en este día inolvidable. El señor Jean Dupuy suda y se enjuga la frente; apuesto a que daría cualquier cosa para que ya fuera mañana. Claro que al fin y al cabo, para esto le pagan. A sus espaldas, en semicírculos concéntricos, se sientan los consejeros generales, el consejo municipal de Montigny... Toda esa gente, bañada en sudor, no debe oler muy bien que digamos... Pero bueno, ¿qué pasa con nosotras? ¿Se acabó nuestra gloria? ¿Nos dejan abandonadas, sin que nadie nos ofrezca ni siquiera una silla? ¡Esto pasa de castaño oscuro! «Vosotras, venid, vamos a sentarnos.» A duras penas nos abrimos un pasillo hasta el estrado, las de la bandera y las que llevan portaestandartes. Desde ahí, levantando la cabeza, llamo a media voz a Dutertre, que charla, inclinado sobre el respaldo del señor Prefecto, justo en el borde del estrado.
––Señor, oiga, señor. ¡Señor Dutertre, oígame! ¡Doctor!
Escucha esta última llamada mejor que las anteriores y se vuelve hacia mí, sonriente, mostrando sus colmillos:
––¡Conque eres tú! ¿Qué quieres? ¿Mi corazón? ¡Tuyo es!
Ya me parecía que estaba borracho.
––No, señor, más bien preferiría una silla para mí y otras para mis compañeras.
Nos han dejado abandonadas por ahí, solas, con las simples mortales, es una vegüenza.
––¡Realmente, clama al cielo! Vais a escalonaros, sentadas sobre las gradas de modo que el populacho, mientras les fastidiamos con nuestros discursos, pueda por lo menos alegrarse la vista con vosotras. ¡Vamos, subid todas!
No tiene que repetirlo. Anaïs, Marie y yo nos encaramamos las primeras, con Luce, las Jaubert y las restantes portaestandartes detrás de nosotras, estorbadas por sus lanzas que se enredan, tropiezan y de las que tiran vigorosamente, apretando los dientes con la mirada baja, porque piensan que todo el gentío se burla de ellas. Un hombre ––el sacristán–– se apiada de ellas y complacientemente recoge todas las banderolas y se las lleva. No cabe duda de que los vestidos blancos, las flores, las banderolas, han hecho creer a este buen hombre que asistía a un Corpus un tanto laico y, obedeciendo a una vieja costumbre, se lleva nuestros cirios, perdón, nuestras banderolas, al término de la ceremonia.
Una vez instaladas, miramos altivamente a la multitud a nuestros pies y a las escuelas frente a nosotras. Unas escuelas, ahora, encantadoras, bajo las cortinas de verdor, bajo las flores, bajo todos los adornos temblorosos que disimulan su seco aspecto de cuartel. En cuanto al vil populacho formado por las compañeras que se han quedado abajo y que nos miran envidiosamente, dándose codazos, las ignoramos olimpícamente.
Se remueven las sillas sobre el estrado, se oyen toses y nosotras nos damos media vuelta para poder ver al orador. Se trata de Dutertre, quien, bien plantado en el centro, ágil y agitado, se dispone a hablar, sin papeles, con las manos vacías. Se establece un profundo silencio. Como en la misa mayor, se escucha el llanto de un pequeñuelo que quiere marcharse y, como en la misa mayor, la gente al oírlo se ríe. Luego:
Señor Ministro
... ....................................
No habla más que dos minutos; es un discurso directo y brutal, repleto de groseros cumplidos, de sutiles insultos (de los que no habré entendido más allá de la cuarta parte), que se muestra implacable con el diputado y gentil para con el resto de los humanos: su glorioso Ministro y querido amigo ––¡la de barrabasadas que deben haber hecho estos dos!––, sus queridos conciudadanos, su profesora, «tan indiscutiblemente superior, señores, que el número de diplomas, de certificados de estudios obtenidos por sus alumnas, me dispensa de cualquier otro elogio...» (La señorita Sergent, sentada abajo, inclina modestamente la cabeza bajo su velo). Hasta a nosotras nos piropea: «flores portadoras de flores, bandera femenina, patriótica y seductora.» Ante esta ocurrencia inesperada, Marie Belhomme pierde la cabeza y se cubre los ojos con la mano; Anaïs renueva sus vanos esfuerzos por ruborizarse y yo no puedo menos que cimbrearme sobre mis caderas. El gentío nos mira y nos sonríe, al tiempo que Luce me guiña un ojo... ... de Francia y de la República!
Los aplausos y los vítores duran cinco minutos, con tanta violencia que nos zumban los oídos. Mientras la cosa se calma, la grandullona de Anaïs me dice:
––Querida, ¿ves a Monmond?
––¿Dónde?... Sí, ahora le veo. ¿Y qué?
––Ha estado mirando todo el rato a la Joublin.
––¿Y qué? ¿Te da rabia?
––¡Claro que no! ¡Sobre gustos no hay nada escrito! ¡Míralo cómo la ayuda a subir a un banco y cómo la sujeta! Apuesto a que la está catando para ver si tiene las pantorrillas duras.
––Muy posible. No sé si ha sido la llegada del Ministro lo que la ha conmocionado tanto, pero la pobre Jeannete está tan roja como sus cintas y se tambalea...
––Querida, ¿sabes a quién le está haciendo la corte Rabastens?
––No.
––Pues mírale y lo sabrás.
Es cierto: el apuesto profesor adjunto contempla obstinadamente a alguien... Y ese alguien es mi incorregible Claire, vestida de azuel celeste, cuyos bellos ojos, un tanto meláncolicos, se vuelven complacidos hacia el irresistible Antonin... ¡Vaya, así que mi hermana de primera comunión se ha prendado otra vez! No me falta mucho para volver a escuchar los novelescos relatos de sus encuentros, de sus gozos, de sus olvidos... ¡Dios mío, qué hambre tengo!
––¿No tienes hambre, Marie?
––Sí, un poco.
––Yo me estoy muriendo de inanición. ¿Te gusta a ti el vestido nuevo de la modista?
––No, lo encuentro chillón. Ella piensa que cuanto más se note, más bonito es. ¿Sabes que la alcaldesa ha encargado el suyo en París?
––¡Pues valiente facha va hecha! Parece un perrito con capa. La relojera lleva el mismo corpiño de hace dos años.
––¡A ver! Quiere darle una dote a su hija, es una mujer sensata.
El compadre Jean Dupuy se ha levantado e inicia la réplica con una voz seca y unos aires de importancia de lo más regocijantes. Por fortuna, no habla demasiado tiempo. Se le aplaude, por nuestra parte tanto como podemos. Resultan divertidas todas esas cabezas que se agitan, todas esas manos batiendo en el aire, a nuestros pies, todas esas bocas negras que gritan... ¡Y qué hermoso sol brilla ahí arriba!... Un poco demasiado caluroso... Movimiento de sillas en el estrado, todas las celebridades se levantan, nos hacen señal de que bajemos, llevan a comer al Ministro. ¡Vamos, pues, a almorzar!
Con dificultad, zarandeadas por el gentío que forma remolinos en distintos sentidos, logramos por fin salir del patio y desembocar en la plaza, donde la baraúnda cede un poco en intensidad. Todas las muchachitas de blanco se marchan, solas o con las mamás que estaban esperándolas orgullosamente; también nosotras tres vamos a separarnos.
––¿Te has divertido? ––pregunta Anaïs.
––¡Claro! Lo he pasado estupendamente. ¡Ha sido precioso!
––Sí, bueno, pero a mí me parece... no sé, creo que podría haber resultado más divertido... Es como si hubiera faltado un poco de animación.
––¡Calla y no digas barbaridades! Ya sé lo que te ha faltadoa ti te hubiera gustado cantar algo, tú solita en el estrado. Seguro que entonces la fiesta te hubiera parecido, de golpe, mucho más alegre.
––Puedes decir lo que te dé la gana, que no conseguirás ofenderme. ¡De sobra sabemos lo que valen tus cumplidos!
––Pues yo ––confiesa Marie–– jamás me había divertido tanto. ¡Oh, lo que él dijo de nosotras...! ¡No sabía dónde meterme! ¿A qué hora debemos volver?
––A las dos en punto. Lo cual quiere decir que con que estemos a la dos y media bastará, ya que queda claro que el banquete no terminará antes de esa hora. Adiós, hasta luego.
En casa, papá me pregunta con interés: ––¿Ha hablado bien Méline?
––¡Méline! ¿Y por qué no Sully? ¡Papá, por favor, era Jean Dupuy!
––Claro, claro.
En cualquier caso, considera que su hija está muy bonita y se complace mirándola. Tras el almuerzo, me acicalo, arreglo las margaritas de mi corona, sacudo el polvo de mi falda de muselina y espero pacientemente a que den las dos, aguantando lo mejor que puedo los deseos de echarme una siesta. ¡Qué calor debe hacer allí, Dios mío! Fanchette, no me toques la falda, ¿no ves que es de muselina? No, no puedo cazarte moscas ahora. ¿No ves que tengo que recibir al Ministro? Vuelvo a salir; las calles bullen de gente, y resuenan pasos unánimes que se dirigen hacia las escuelas. Todos se vuelven a mirarme, lo cual no me desagrada. Cuando llego, me encuentro con que ya lo han hecho casi todas mis compañeras: rostros encendidos, faldas de muselina arrugadas y aplastadas, nada está ya como a las nueve de la mañana. Luce se despereza y bosteza; ha comido demasiado deprisa, está soñolienta, tiene demasiado calor, parece «como si le salieran garras». Anaïs, a un lado, sigue siendo la misma, igualmente pálida, igualmente fría, sin pereza y sin emociones.
Por fin bajan las profesoras. La señorita Sergent, rojas las mejillas, riñe a Aimée, que se ha manchado el borde de la falda con zumo de frambuesa; la niñita mimada se enfurruña, se encoge de hombros y se vuelve de espaldas sin hacer el menor caso de la tierna súplica que hay en los ojos de su amiga. Luce acecha todos sus gestos, rabiosa, y se burla.
––¡A ver! ¿Están todas? ––farfulla la Directora que, como siempre, hace caer sobre nuestras inocentes cabezas sus desdichas personales––. Da lo mismo, vayámonos, no tengo ganas de darme un plantón de... de estar esperando una hora entera aquí. ¡En fila y en marcha, rápido!
¡Para lo que nos sirve! Sobre el enorme estrado, pateamos durante un buen rato, ya que el señor Ministro no ha terminado de tomar el café y demás accesorios. El gentío se agolpa ahí abajo y nos contempla sonriendo, con los rostros sudorosos de quienes han comido demasiado... Las damas se han traído sus sillas de tijera; el mesonero de la calle del Cloître ha colocado unos bancos, que alquila a dos céntimos el asiento; los chicos y las chicas se apiñan en ellos y se empujan. Toda esa gente achispada, grosera y risueña, aguarda pacientemente intercambiándose tremendas chocarrerías, que se gritan de uno a otro lado acompañadas por formidables carcajadas. De vez en cuando, una pequeña vestida de blanco se abre paso hasta las gradas del estrado, trepa por ellas y se deja empujar y relegar hasta la última fila por la Directora, cada vez más crispada por el retraso, conteniendo su enojo bajo su velo, aunque lo que mayor cólera le produce es que la pequeña Aimée abata sus largas pestañas sobre las mejillas y dirija las miradas de sus hermosos ojos hacia un grupo de petimetres, llegados de Villeneuve en bicicleta.
Un «¡Ah!» unánime se eleva desde la multitud, dirigido hacia las puertas del salón del banquete, que acaban de abrirse ante el Ministro, más colorado, más sudoroso aún que por la mañana, seguido por su cohorte de fracs negros. Todo el mundo se aparta a su paso, aunque ya con mayor familiaridad, con sonrisas de complicidad; si se quedara aquí tres días más, el guarda rural terminaría por darle palmaditas en la barriga y le pediría un estanco para su nuera, la pobre, con tres hijos y sin marido. La Directora nos reúne en el lado derecho del estrado, ya que el Ministro y sus comparsas van a sentarse en su hilera de sillas, para poder oírnos mejor cuando cantemos. Sus eminencias se instalan; Dutertre, con el color del cuero ruso, ríe habla demasiado alto; está borracho, ¡qué raro! La Directora nos amenaza, en voz baja, con escalofriantes castigos si osamos desafinar y nosotras atacamos por fin el Himno a la Naturaleza:
Ya se enciende el horizonte con brillantes resplandores; ¡En pie, que llega la aurora y el trabajo exige nuestros sudores! (¡Si el trabajo no se contenta con los sudores del cortejo oficial, realmente es muy exigente!) Las jóvenes voces se diluyen un tanto al aire libre y yo pongo especial cuidado en la vigilancia de la «segunda» y la «tercera». El señor Jean Dupuy sigue vagamente el compás, cabeceando; tiene sueño y sueña con el Petit Parisien. Los entusiastas aplausos le despiertan; se levanta, se dirige hacia la señorita Sergent para felicitarla torpemente, y ésta, de inmediato, se refugia en su concha y dirige la vista al suelo. ¡Curiosa mujer! Nos desalojan para dejar sitio a los alumnos de la escuela de chicos, que llegan para bramar un coro imbécil: Sursum corda! Sursum corda! ¡Arriba los corazones! Tal sea la divisa De nuestro grito de concordia. ¡Rechacemos cuanto divide Para marchar hacia el objetivo con firmeza! Abandonemos el frío egoísmo Que, más que los vendidos traidores, Acaba con el patriotismo..., etc., etc. Inmedaitamente después, la fanfarria de la capital, «Los Amigos del Fresnois», se ponen a alborotar. Todo esto me aburre bastante. Si pudiera encontrar un rincón tranquilo... Como, después de todo, ya no se ocupan de nosotras, me marcho sin decirle nada a nadie, entro en casa, me desnudo y me echo hasta la hora de cenar. Así estaré descansada para el baile.
A las nueve, respiro el fresco que ha llegado por fin, de pie sobre la escalinata. Al otro lado de la calle, bajo el arco de triunfo, las esferas de papel se convierten en grandes frutas de colores. Espero, presta y enguantada, con una capa blanca bajo el brazo y un abanico blanco en las manos, a Marie y Anaïs, que han de venir a buscarme... Pasos ligeros, voces conocidas se acercan por la calle: son ellas. Yo protesto:
––¡Estáis locas! ¡Salir a las nueve y media para el baile! ¡Si la sala no estará iluminada todavía! ¡Me parece ridículo!
––Querida, la Directora ha dicho: «Se empezará a las ocho y media, así son por estas comarcas, y no se les puede hacer esperar, ya que se precipitan al baile apenas se han enjuagado la boca.» Eso es lo que ha dicho.
––¡Razón de más para no imitar a los chicos y a las bobitas de por aquí! Si a los fracs les da por bailar esta noche, llegarán hacia las once, como en París, y nosotras estaremos ya aburridas de tanto bailar. Venid un rato al jardín conmigo.
Me siguen sin demasiada convicción por las sombrías alamedas donde mi gata Fanchete, vestida de blanco como nosotras, baila alrededor de las mariposas nocturnas, haciendo locas cabriolas... No se fía mucho de las voces extrañas, por lo que trepa a un pino, desde donde sus ojos nos siguen como dos linternas verdes. Por lo demás, Fanchette me desprecia: el examen, la inauguración de las escuelas... Ya nunca estoy en casa, ya no le cazo moscas, cantidades de moscas que empalaba en una aguja de sombrero, de donde ella las sacaba delicadamente para comérselas, tosiendo a veces a causa de un ala rebelde que se le atravesaba en el gaznate; tampoco, si no raramente, le doy chocolate crudo y cuerpos de mariposas, que le encantan, e incluso he llegado a olvidarme, por la noche, de «arreglarle la habitación» entre dos tomos del Larousse. ¡Ten un poco de paciencia, Fanchette querida! Pronto tendré tiempo para atormentarte y para hacerte saltar por el aro, ahora que ya no volveré a la escuela...
Anaïs y Marie no pueden estarse quietas y sólo me responden con un sí o un no distraídos; parecen tener hormigas por las piernas. ¡Vayamos pues, ya que tantas ganas tienen!
––Pero ya veréis cómo las señoritas ni siquiera habrán bajado.
––¡Oh, claro! Pero es que ellas sólo tienen que bajar la escalera interior para encontrarse en plena sala de baile; ellas pueden echar una ojeada de vez en cuando por la rendija de la puerta para ver si ha llegado el momento de hacer su entrada.
––Precisamente; si llegamos demasiado pronto pareceremos tontas allí en medio, solas con cuatro gatos.
¡Qué fastidiosa eres, Claudine! Mira: si no hay nadie subiremos en busca de las internas por la escalera interior y volveremos a bajar cuando hayan llegado los chicos.
––Está bien, como queráis.
¡Y yo que temía que la gran sala estuviera desierta! Ya está casi llena de parejas que dan vueltas a los sones de una orquesta mixta, situada sobre una tarima enguirnaldada al fondo de la sala. Orquesta compuesta por Trouillard y otros rascatripas, cornetines y trombones locales, mezclados aquí y allá con «Los Amigos del Fresnois», que lucen cascos engalanados. Todos juntos soplan, rascan y aporrean con escasa armonía, pero, eso sí, con mucho estusiasmo. Debemos abrirnos paso a través de la muralla de mirones, que obstruyen la puerta de entrada, abierta de par en par. Ya se sabe cómo funciona el servicio de orden en estos lugares... Es aquí dónde se intercambian las observaciones impertinentes y los chismes sobre los atavíos de las chicas y sobre los frecuentes emparejamientos entre los mismos bailarines y bailarinas:
––¿Han visto ésa? ¡Lleva un escote hasta el ombligo! ¡Valiente descocada!
––Sí, y total, ¿para enseñar qué? ¡Un montón de huesos!
––Ya van cuatro, cuatro veces seguidas que baila con Monmond. ¡Si yo fuera su madre la metería en cintura! ¡Te juro que la mandaría a la cama!
––Estos señores de París no bailan como se baila por aquí.
––¡Es verdad! ¡Cualquiera diría que tienen miedo a romperse! ¡Sí apenas se mueven! Los chicos de aquí, por el contrario, se dejan ir a la buena de Dios, sin ningún cuidado.
Es cierto, aunque Monmond, brillante bailarín, se abstiene de cruzar las piernas en X, «por respeto» a la presencia de la gente de París. Apuesto caballero, el tal Monmond. Qué rebatiña por bailar con él! Pasante de notario, con cara de niña y los cabellos negros y ondulados, ¿a que es irresistible...?
Realizamos una tímida entrada, entre dos hileras de contradanza, y atravesamos pausadamente la sala para ir a sentarnos en un banco, como tres muchachitas modosas. Ya me figuraba, estaba segura, que me sentaba bien este vestido, y que los cabellos y la diadema hacían de mí una personilla nada despreciable, pero las miradas disimuladas, las fisonomías repentinamente rígidas de las muchachas que descansan y se abanican, terminan de convencerme y hacen que me sienta a mis anchas. Me dedico a observar la sala sin temor alguno. Los fracs no son, ¡ay!, demasiado numerosos. Todo el cortejo oficial ha tomado el tren de las seis. ¡Adiós ministro, general, prefecto y demás séquito! Sólo quedan cinco o seis jóvenes, secretarios de poca monta, por lo demás simpáticos y de agradable aspecto, quienes, de pie en un rincón, parecen divertirse prodigiosamente con el baile; sin duda no han visto nunca otro igual. ¿El resto de los bailarines? Todos los chicos y la gente joven de Montigny y sus alrededores, dos o tres de ellos con traje de etiqueta mal cortado y los demás vestidos de calle: pobres atavíos en esta velada a la que se ha querido dar la categoría de acto oficial.
En cuanto a las bailarinas, son todas muchachas jóvenes, ya que en este primitivo país la mujer deja de bailar en cuanto se casa. ¡Jovencitas que, esta noche, han tirado la casa por la ventana! Vestidos de gasa azul, muselina rosa, que hacen parecer negra la vigorosa tez de estas pequeñas campesinas, de cabellos demasiado lisos y no lo bastante esponjosos, con guantes de hilo blanco y, en contra de lo que pretenden las comadres de la puerta, no lo bastante escotadas; los corpiños empiezan demasiado arriba, allí donde la piel se vuelve blanca, firme y redondeada. La orquesta avisa para que los bailarines se aparejen y, entre los vuelos de las faldas que nos rozan las rodillas, veo pasar a mi hermana de primera comunión, Claire, lánguida y elegante, del brazo del apuesto adjunto Antonin Rabastens, que baila furiosamente, con un clavel blanco en el ojal.
Las profesoras aún no han bajado (acecho asiduamente la puertecilla de la escalera interior por la que deben aparecer), cuando un señor, uno de los fracs, se inclina ante mí. Me dejo llevar; no está mal, aunque demasiado alto para mí, pero baila bien, sin apretarme demasiado, mirándome desde arriba con aspecto divertido... ¡Ay, qué tonta soy! Sólo debería pensar en el placer de bailar, en el puro gozo de haber sido invitada antes que Anaïs, que mira a mi galán con envidia... pero de este vals no obtengo otra cosa que una pena y una tristeza, tonta de mí, tan agudas que a duras penas puedo contener las lágrimas... ¿Por qué? ¡Ah!, porque... ––no, no puedo ser sincera del todo, hasta las últimas consecuencias, sólo puedo señalar.. –– Siento el alma dolorida porque a mí, que no me gusta mucho bailar, me gustaría hacerlo con alguien a quien adorara con todo mi corazón, porque esta noche hubiera querido tener a alguien a quien hubiera podido explicarle todo aquello que sólo confío a Fanchette y a mi almohada (ni siquiera a mi diario), porque echo terriblemente de menos a ese alguien, y me siento humillada, y no me entregaré nunca más que a una persona a quien conozca a fondo... ¡Sueños irrealizables, vamos! Mi apuesto bailarín n o deja pasar la oportunidad de preguntarme:
––¿Le gusta bailar, señorita?
––No, señor.
––Entonces..., ¿por qué baila usted?
––Porque bailar es mejor que nada.
Dos vueltas en silencio y luego insiste:
––¿Me permite decirle que sus dos compañeras sirven admirablemente para realzarla?
––¡Oh, Dios mío, claro que se lo permito! No obstante, Marie tiene su encanto.
––¿Cómo dice?
––Digo que la de azul no es nada fea.
––Yo... no soy demasiado aficionado a ese tipo de belleza...
––¿Me permite que la invite ya para el próximo vals?
––Con mucho gusto.
––¿No tiene usted carnet de baile?
––No, pero no importa. Conozco a todo el mundo aquí y no me olvidaré.
Me conduce a mi sitio y apenas ha vuelto la espalda Anaïs me cumplimenta con uno de sus «¡Querida!» más mordaces.
––Sí, está bastante bien, ¿verdad? Y además, ¡si supieras lo amena que es su conversación!
––¡Oh, ya se sabe que hoy todo te sale a pedir de boca! A mí me ha invitado Féfed para el próximo.
––¡Y a mí Monmond! ––dice Marie, radiante––. ¡Ah, mira, las señoritas!
Efectivamente, aquí tenemos a las profesoras. Por la pequeña puerta del fondo de la sala aparecen una tras la otra; en primer lugar la pequeña Aimée, que sólo se ha puesto un corpiño de noche, enteramente blanco, vaporoso, del que emergen unos hombros delicadamente torneados y unos brazos finos y redondos. Las rosas blancas y amarillas que lleva en los cabellos, junto a las orejas, avivan aún más sus dorados ojos, que ninguna necesidad tenían de ellas para brillar.
La señorita Sergent, todavía de negro, aunque cubierta de lentejuelas, escasamente escotada, muestra su sólida piel color de ámbar, sus cabellos esponjosos proyectan una ardiente sombra sobre su cara poco agraciada, en la que lucen sus ojos; no está mal del todo. Detrás de ellas serpentea la hilera de las internas, de blanco, con vestidos cerrados y vulgares; Luce corre a mi encuentro para decirme que ella se ha escotado «doblando la parte alta de su corpiño», a pesar de la oposición de su hermana. Ha hecho bien. Casi al mismo tiempo, Dutertre aparece por la puerta grande, rojo, excitado y hablando demasiado alto. A causa de los rumores que circulan por la ciudad, todo el mundo vigila desde la sala las entradas simultáneas del futuro diputado y de su protegida. Pero tanto da: Dutertre se dirige directamente a la señorita Sergent, la saluda y, como sea que la orquesta ataca una polca, la arrastra audazmente consigo. Ella, encendida, los ojos entornados, no dice palabra y baila, con mucha gracia por cierto. Las parejas vuelven a unirse y la atención se desvía.
Una vez ha dejado a la Directora en su sitio, el delegado comarcal se vuelve hacía mí ––una atención halagadora y que a nadie le pasa desapercibida. Baila la mazurca con violencia, sin bailar realmente, sino dando continuas vueltas, apretándome demasiado y hablándome demasiado cerca del cabello.
––¡Eres un amor de muchacha!
––En primer lugar, Doctor, ¿por qué me tutea? Ya soy lo bastante mayor.
––¡Ahora resultará que tengo que andarme con miramientos! ¡Vaya con la gran personita!... ¡Qué cabello y qué diadema! ¡Me gustaría tanto quitártela!
––Le juro que no será usted quien me la quite.
––Cállate o te beso delante de todo el mun~.o.
––Lo cual no sería una sorpresa para nadie. En lo que a usted respecta, están curados de espanto.
––Es cierto. Pero ¿por qué nunca vienes a verme? Lo único que te retiene es el miedo; tienes ojos de viciosilla... ¡Bah, un día u otro te pillaré! ¡Y no te rías, que al final conseguirás enfadarme!
––¡Bah! No se haga el malo conmigo; no creo ni una palabra de lo que dice.
Se ríe mostrando los dientes y pienso para mis adentros: «Habla cuanto quieras; el próximo invierno estaré en París y no volverás a verme el pelo.» Cuando me deja, se va a dar vueltas con la pequeña Aimée, mientras que Monmond, vestido con una chaqueta de alpaca, me invita a mí. Ni que decir tiene que no lo rechazo. Con tal de que lleven guantes, bailo a gusto con los muchachos de la comarca (con los que conozco bien), que son amables conmigo, a su manera. Y luego vuelvo a bailar con mi caballero de frac del primer vals, hasta que me doy un respiro durante una contradanza, para no sofocarme y, también, porque la contradanza me parece un baile ridículo. Claire se reúne conmigo y se sienta, dulce y láng––aida, enternecida esta noche por una melancolía que le sienta muy bien. La interrogo:
––Oye, ¿ya sabes que se habla mucho de ti a propósito de las atenciones que tiene contigo el apuesto adjunto?
––¡Oh! ¿Tú crees? No se puede decir gran cosa, puesto que no hay nada.
––¡Vamos, no te andes con tapujos conmigo!
––¡No, por Dios! De verdad que no hay nada ...Mira, sólo nos hemos visto dos veces y ésta es la tercera. Habla de un modo... cautivador. Hace un momento me ha preguntado si por las tardes voy al pinar a pasear.
––Ya sabemos lo que quiere decir eso. ¿Qué le vas a contestar?
Sonríe, sin hablar, con aspecto dubitativo y ansioso. Irá. ¡Estas chiquillas son el colmo! He aquí a una que, desde los catorce años, bonita y dulce, dócil sentimental, se ha hecho abandonar sucesivamente por media docena de pretendientes. No sabe cómo retenerlos. Claro que yo tampoco sabría cómo hacerlo, a pesar de mis bonitos razonamientos...
Un vago aturdimiento me invade de tanto dar vueltas y, sobre todo, de ver cómo las dan. Casi todos los fracs ya se han marchado, pero Dutertre, que no cesa de hacer remolinos acaloradamente, baila con todas las que le parecen bonitas o simplemente muy jóvenes. Las arrastra, las hace girar, las soba y las deja confusas, pero sumamente halagadas. A partir de la medianoche, el baile se va haciendo cada vez más familiar; una vez se han ido los «forasteros», nos encontramos entre amigos, con el público del merendero de Trouillard en los días de fiesta, con la salvedad de que, en esta gran sala alegremente adornada, se está más cómodo y la araña de cristal ilumina mejor que las tres lámparas de petróleo de la taberna. La presencia del doctor Dutertre no intimida a los muchachos, más bien todo lo contrario, y Monmond ya no obliga a sus pies a deslizarse sobre el parquet, sino que los deja volar, surgir por encima de las cabezas, o separarse el uno del otro en fabulosos brincos, de manera prodigiosa. Las chicas le admiran y ahogan sus risas en sus pañuelos perfumados con colonia barata. «¡Querida, es para troncharse! ¡No hay quien le haga sombra!» De pronto, esta furia cruza, con la brutalidad de un ciclón, llevando a su bailarina como a un paquete, ya que se ha apostado «una pinta de vino blanco», pagadera en el bar instalado en el patio, a que iba a recorrer toda la longitud de la sala en seis pasos de galop. La gente le rodea, admirativa. Monmond gana, pero su pareja ––Fifine Baille, una pequeña recadera que trae al pueblo leche o cualquier otra cosa que se le pida–– le abandona furiosa, insultándole.
––¡Pedazo de animal! ¡Por poco me destrozas el vestido! ¡Atrévete a sacarme otra vez, que ves listo!
Los asistentes se desternillan y los chicos aprovechan la bulla para pellizcar, cosquillear y acariciar cuanto caiga al alcance de su mano. Se están poniendo demasiado alegres; voy a irme pronto a dormir. La grandullona de Anaïs, que por fin ha podido conquistar a un frac rezagado, se pasea con el por la sala, se abanica, ríe estentóreamente, encantada de ver cómo se anima el baile y se excitan los muchachos. ¡Uno por lo menos la besará en el cuello, o en otro sitio! ¿Dónde se habrá metido Dutertre? La Directora ha terminado por arrinconar a su pequeña Aimée en una esquina y le hace una escena de celos, convertida de nuevo, al dejar a su guapo delegado comarcal, en un ser imperioso y tierno; la otra escucha encogiéndose de hombros, la mirada perdida y la frente testaruda. En cuanto a Luce, baila alocadamente ––«no me pierdo ni uno»––, pasando de brazo en brazo sin perder el aliento; los muchachos no la encuentran bonita, pero cuando la han invitado una vez quieren repetir, hasta tal punto la sienten grácil, pequeña, mimosa y ligera como un copo de nieve.
La señorita Sergent ha desaparecido, tal vez ofendida por ver bailar a su favorita, a pesar de sus amenazas, con un mozarrón rubio y presumido que la estrecha en sus brazos, la roza con sus bigotes y sus labios sin que ella chiste. Es la una y voy a marcharme a la cama, pues ya casi no me divierto. Durante la interrupción de una polca (aquí la polca se baila en dos partes, entre las cuales las parejas se pasean en fila india, alrededor de la sala, cogidas del brazo), sujeto a Luce cuando pasa y la obligo a sentarse un minuto.
––¿Todavía no estás cansada de tanto ajetreo?
––¡Calla! Sería capaz de bailar ocho días seguidos. Ni siquiera siento las piernas...
––¿Así que lo estás pasando bien?
––¡Qué sé yo! No pienso en nada, tengo la cabeza embotada. ¡Se está tan bien! Y sin embargo me gusta cuando ellos me aprietan... Cuando me aprietan y bailamos a toda prisa, ¡me entran ganas de gritar!
¿Qué es lo que se escucha de pronto? Pataleos, chillidos de mujer abofeteada, injurias a voz en grito... ¿Se están peleando los muchachos? ¡No, por cierto, el jaleo procede de arriba! Los gritos se hacen enseguida tan agudos que el paseo de las parejas se interrumpe; la gente se inquieta y un alma caritativa, el buenazo y ridículo de Antonin Rabastens, se precipita hacia la escalera interior, abre la puerta... el tumulto crece y yo reconozco, estupefacta, la voz de la señora Sergent, una voz chillona de vieja campesina que está aullando cosas horribles. Todos escuchan, clavados en su sitio, en absoluto silencio, los ojos fijos en la pequeña puerta de la que surge tamaño alboroto.
––¡Ah, tengo a una ramera por hija! ¡Te está bien empleado! ¡Sí, le he partido el mango de la escoba en la espalda al cochino de tu médico! ¡Sí, va bien servido! ¡Ah, ya hacía tiempo que me estaba oliendo algo! ¡No, no, rica, no voy a callarme, me importa un bledo que se entere la gente del baile! ¡Que escuchen, sí, bonitas cosas van a escuchar! ¡Mañana por la mañana, no, mañana no, ahora mismo, hago los bártulos!
¡A mí no me pillan más en una casa como ésta! ¡Cochina, te has aprovechado de que estaba borracho, fuera de sí, para metértelo en la cama, so pelandusca! ¡Ahora comprendo cómo te han aumentado el sueldo, calentorra! ¡Si te hubieran hecho ordeñar vacas, como hice yo, no habrías caído tan bajo! ¡Pero te vas a enterar, sí, lo gritaré por todas partes, quiero ver cómo te señalan por las calles, quiero ver cómo se ríen de ti! ¡No, el cerdo de tu delegado comarcal no puede hacerme nada, por mucho que tutee al ministro! ¡Con la tunda que le he dado, ha salido arreando! ¡Me tiene miedo! ¡Venir a hacer cochinadas aquí, en una habitación donde hago la cama todas las mañanas y sin cerrar la puerta siquiera, encima! ¡Ha salido pitando apenas con la camisa puesta, descalzo! ¡Sí, aquí están todavía sus sucios botines! ¡Toma, toma los botiens, que los vea todo el mundo!
Se oyen caer los zapatos por la escalera, rebotando por los escalones; uno de ellos llega hasta abajo, quedando en el umbral, a plena luz; es un botín de charol, reluciente y fino... Nadie se atreve a tocarlo. La voz exasperada se debilita, se aleja por los pasillos, tras los portazos, se apaga; la gente se mira entre sí, sin dar crédito a sus oídos. Las parejas, aún enlazadas, se quedan perplejas, al acecho, y poco a poco disimuladas sonrisas se dibujan en las bocas burlonas, se extienden hasta el estrado, donde los músicos lo pasan bomba, como todos los demás. Busco a Aimée con la mirada y la veo tan pálida como su corpiño, los ojos desorbitados, fijos en el botín, objeto de todas las miradas. Un joven se acerca caritativamente a ella, le ofrece salir un poco para despejarse... Ella pasea en torno una mirada enloquecida, estalla en sollozos y sale corriendo de la sala. (Llora, llora, hija mía, que estos penosos momentos te harán más dulces las horas de gozo.) Tras esta huida, ya nadie se contiene y se da rienda suelta a los comentarios; a los codazos, a los «Pero, ¿has visto?»
Oigo entonces a mi lado una risa loca, una risa aguda, sofocante, que en vano se intenta contener con el pañuelo. Es Luce, que se desternilla sobre un banco, aguantándose la cintura, llorando de alegría y con tal expresión de felicidad inmaculada, que hace que la risa me entre a mí también.
––¿Te has vuelto loca, Luce? ¡Reírte de esa manera!
––Ja, ja! ¡Oh, déjame! ¡Esta sí que es buena! ¡Ah, nunca me hubiera esperado algo semejante! ¡Ja, ja, ja! ¡Ya puedo irme, me queda gusto para mucho tiempo!
¡Dios, qué bien me sienta!
La llevo hasta un rincón para que se calme un poco. En la sala se charla de lo lindo, ya no hay nadie que baile... ¡Qué escándalo, mañana por la mañana! Pero un violín deja escapar una nota y le siguen los cornetines y los trombones; una pareja esboza tímidamente un paso de polca, otras dos la imitan y todas luego. Alguien cierra la puerta para esconder el escandaloso botín, y el baile comienza de nuevo, más alegre, más desbocado tras haber asistido a un espectáculo tan divertido, tan inesperado. Yo me marcho a acostarme, plenamente dichosa por haber coronado mis años escolares con una noche tan memorable.
Adiós a la clase, adiós a la Directora y a su amiga; adiós, pequeña y felina Luce y malvada Anaïs; os dejo para entrar en el mundo... Y me extrañaría mucho que me divirtiera en él tanto como en la Escuela.

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Re: Claudine en la escuela

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