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Funerales

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:27 pm

El cuerpo de Laura Mayo había sido trasladado en avión desde la capital para ser incinerado en su ciudad natal. Siguiendo sus últimos deseos, sus cenizas serían arrojadas al mar en un bucólico paraje de la Costa Brava escenario de su infancia, de sus sueños, de sus mejores momentos. A las doce del mediodía, en la funeraria colina de Collserola no había quién resistiera el afilado arañazo del sol, que caía como ramillete de bisturíes sobre las bronceadas pieles de la concurrencia. Sin embargo, esta circunstancia, al parecer, no agobiaba en exceso a las asistentes. Por los alrededores del tanatorio había un trasiego de periodistas con cámaras y micros persiguiendo famosas; famosas con pamela haciendo declaraciones, famosas sin pamela buscando una sombra, curiosas fisgoneando y todas de acá para allá, pero ninguna se quejaba, excepto Adelaida Duarte.

—Ya podían haber elegido una hora más benévola —le comentó a Tea secándose el sudor.
Vestida de negro riguroso, no por la circunstancia sino porque siempre llevaba ese color en las apariciones públicas, protestaba por el calor, por el alboroto, por los efectos del jet-lag, por la insistencia de algunas periodistas (se negó en rotundo a hacer declaraciones y amenazó con poner una denuncia por abuso de imagen a quien publicara una foto suya), por la mala educación de la gente y por el funeral en sí.
—Y para colmo, ya verás, será una ceremonia laica.
Tea, ataviada con un vestido de gasa a

media caña en tonos caqui (lo más discreto que encontró) y con la vista saltando de rostro en rostro sin pasar por el de Adelaida, le rebatió:
—¿Qué esperabas? ¿Una misa concelebrada?
—Una celebración religiosa es más soportable; al menos, no nos la creemos, pero un funeral laico parece hecho expresamente para tocar la fibra sensible y, por lo general, lo consigue.
—¡Qué agria te veo, Ade! ¿Tanto te ha afectado la muerte de Laura?
—Eso y otras cosas —respiró profundo la escritora—. Y mírame cuando te hablo, haz el favor.
La comitiva ya empezaba a moverse hacia el interior de la sala, donde Laura Mayo recibiría su última despedida. Aquél era un

espacio demasiado pequeño para tal acumulación de público. Hubo sus más y sus menos para alcanzar un puesto, porque además de estar sentadas, algunas querían verlo bien y ni por respeto a la finada ni por simple cortesía evitaban un pisotón por conseguir asiento. Esto provocó alguna que otra reyerta verbal, en una de las cuales se vio implicada Tea y Adelaida abochornada.
Fue debido al retraso de Mati, quien acudió algo más tarde porque había tenido que redactar una columna de opinión para su periódico. Se entretuvo redondeando el articulillo, en que, al tiempo que lamentaba la desgraciada desaparición de la diputada, aprovechaba para denunciar la situación de precariedad psicológica en que viven tantas mujeres, las agresiones físicas, la violencia doméstica, la discriminación sexista y la amenaza del integrismo islámico. Tea y Adelaida le habían guardado sitio, mejor dicho, Tea le había guardado sitio a su lado a pesar de la oposición de Adelaida, así que, cuando llegó Matilde, tuvo que abrirse paso a través de un público quejumbroso por aquel privilegio. Justo en el momento de su aparición, una exconsellera de Obras Públicas divisó la plaza libre y pretendió hacerse con ella.
—Está ocupada —avisó Tea.
La exconsellera protestó:
—¡Oh, está ocupado, está ocupado! Esto no es un cine, señora.
En ese momento, llegó Matilde y apartó a la mujer con un formal «me disculpe». Tras este desagradable incidente, hubo unos interminables minutos de espera, amenizados por toses, resoplidos de narices, bisbíseos y murmullos. Todas estaban ya más o menos colocadas atendiendo el inicio. Desde un rincón, sola y condolida, una mujer de musculosos bíceps a la que nadie al parecer conocía, observaba la ceremonia en completo silencio.
Sonó primero una marcha fúnebre y Adelaida carraspeó censurando ya de entrada la elección.
—Lo ves, ya empezamos con los tópicos y las músicas grandilocuentes. ¿Qué pasa? ¿No han encontrado ninguna marcha fúnebre compuesta por una mujer o es que ni siquiera la han buscado? Porque haberlas, seguro que las hay.
—Tienes razón, pero mira, así es más fácil. Oye, aquí dentro no se podrá fumar ni de broma ¿no?
—Shhhh —protestó Mati.

A continuación, hubo una sucesión de emotivos discursos, recitaciones poéticas, audición de músicas y lectura de textos que habían sido compañía y estandarte de la diputada en los pasajes decisivos de su vida. Un fastuoso pastel de himnos feministas, izquierdistas, excursionistas y ecologistas, y como remate del merengue, una guinda ineludible, el Adagio de Albinoni, que hizo exasperar a Tea.
—Y dale con el tópico —renegó, tapándose la boca para disimular.
—Ya te lo dije, van a ponernos a todas al borde de la lagrimita —corroboró Adelaida.
La tensión y la rabia contenidas flotaban en el ambiente como flota la niebla alrededor de los castillos de Transilvania. La actriz Gemma Salvador, llegada expresamente desde Buenos Aires, donde se encontraba representando una obra de Lorca, protagonizó uno de los momentos más emotivos del larguísimo acto, al recitar La Negra Sombra de Rosalía de Castro con más acento catalán que gallego; aun así, tocó la fibra de las asistentes, hubo desmayos y una espontánea arrancó a llorar. La mujer de los bíceps continuaba impertérrita. Pero la culminación del dramatismo corrió a cargo de Gavina Rius cuando, con los ojos destrozados por el llanto, se agarró a la guitarra y entonó L'hora dels adéus, haciendo gala de su cristalina voz, hoy quebrada por la amargura.
—Lo que nos faltaba —Adelaida se cubrió la cara con una mano.
Parecía que el acto no iba a terminar nunca. La melodía de la cantautora fue coronada por un resoplido general de mocos cayendo al fondo de los Kleenex y Tea, cuya alteración nerviosa ya de habitual acelerada empezaba a indicar alerta roja, refunfuñó:
—¡Qué cursi es la pobre! A ver si acaban de una vez, que tengo ganas de fumarme un cigarrillo.
—Yo también —dijo Adelaida.
Mati volvió a protestar:
—¿Queréis dejar de hacer comentarios improcedentes?
Finalizada, por fin, la ceremonia, en el exterior del recinto se repitió de nuevo el trajín de cámaras y micrófonos en persecución de las famosas; famosas revoloteando a la espera de una entrevista y escaramuzas varias por la posesión de una sombra. Había que esperar que concluyera la incineración anterior para que el féretro fuera conducido al crematorio. Mati, más por hacer relaciones sociales que por ejercer su profesión, se unió al grupo de las que pululaban de acá para allá, pero Tea prefirió quedarse junto a su amiga la escritora a la sombra de un ciprés que, al menos, les protegía la cabeza y una parte de la nariz. Desde allí y con su avisado ojo de corresponsal, podía hacer un repaso al cotarro que se cocía. La prensa ya se había hecho eco de la ausencia más notable: ninguna miembra del gobierno había aparecido en el funeral, a excepción de una delegada oficial que en aquel momento, rodeada de micrófonos, expresaba un pésame público en nombre de todo el gabinete y disculpaba a sus superioras por no haber podido asistir. En otro apartado, las compañeras de coalición de Laura Mayo miraban con recelo a la delegada y anunciaban con profunda irritación que tomarían serias medidas y no cejarían en su empeño por esclarecer los hechos; la folclórica Victoria de la Peña expresaba su pesar a las periodistas, más cabreada que dolida porque había tenido la intención de arrancarse por bulerías con una versión propia del «Cuando una amiga se va...» y al parecer se la saltaron del programa; la
actriz Gemma Salvador cubrió sus maquilladísimos ojos con unas gafas de sol y lloró ante una cámara con la misma afectación que lloraba en La casa de Bernarda Alba y una directora de cine repartía estampitas publicitarias de su última película. Las amigas de Laura estaban dando el pésame a la familia y, en aquel momento, una empleada de la funeraria las apartó para que saliera la comitiva de la incineración anterior. Hubo unos instantes de confusión cuando se mezclaron los dos grupos de asistentes.
—¡Vaya! ¡Qué honor que la abuela fuera a morirse al mismo tiempo que una famosa! — comentó con cierto regocijo una del otro funeral.
Y en medio del pintoresco mejunje de saludos, entrevistas y persecuciones, aquella mujer que había permanecido sola durante todo el tiempo, con una expresión de tremendo dolor, sin pestañear, sin esbozar ni una mueca ni derramar una lágrima, sin hablar con nadie, sin que, supuestamente, nadie reparara en ella, se acercó al féretro aparcado al sol a la espera de entrar en el crematorio y como un poco olvidado, sacó del bolsillo algo que parecía un puñado de pedacitos de papel color morado y que en realidad eran pétalos de rosa, pétalos secos, los derramó sobre el ataúd y éstos cayeron lentos, como una minúscula lluvia que dibujó un abstracto moteado en el caoba reluciente de la caja. Se quedó unos segundos más mirando el tétrico embalaje de la muerte, como si pudiera ver a través de él. Después giró sobre sí misma y se alejó con pasos lentos. Se dirigió al aparcamiento con las manos hundidas en los bolsillos del Pepe jeans y los músculos sobresaliendo por debajo de la camiseta negra de manga corta, introdujo la llave en la puerta de un Honda Civic color azul marino y desapareció.
Tea de Santos la siguió con la mirada.
La investigación policial se había iniciado ya. Hasta el momento, lo único que se sabía era que la finada había ingerido una mezcla de tranquilizantes diluidos en alcohol, en concreto en una copa de Rioja Viña Monty gran reserva del 86; un vino carísimo. Al parecer, en el momento del suceso se encontraba preparando una barbacoa en el jardín de su casa. La ingestión de la explosiva mezcla le causó un paro cardíaco que, sin duda, le sobrevino cuando se encontraba frente al asador al rojo vivo, pues cayó de bruces sobre él, lo que provocó que sus manos quedaran calcinadas y su rostro completamente desfigurado. Seguramente por eso, en la capilla ardiente no se destapó el féretro. Resultaba de muy mal gusto ver aquella cara, que un día estuvo tan llena de vida, cruzada por las barras de la parrilla y marcada a fuego como un solomillo.
Pero si estaba preparando una barbacoa, significaba que esperaba a alguien o tal vez, lo que era más probable, que no estaba sola cuando le sobrevino la muerte. Alguien, sin duda, pasó por allí puesto que se encontraron dos copas con restos de vino en el fondo, una de ellas contaminada por el barbitúrico.
Cuando la inspectora García, encargada del caso, habló con la forense, ésta determinó que la defunción se había producido entre las trece y las dieciocho horas.
—¿No podría especificar un poco más? —solicitó la investigadora.
—A las quince cero cinco exactamente.
García se sorprendió.
—¿Cómo puede especificar tanto?
—¿En qué quedamos? —replicó la forense visiblemente irritada—. ¿Quiere que especifique o no quiere que especifique?
—Bien —prosiguió la inspectora hablando para sí misma—. Las quince cero cinco, la hora de comer. Nadie elige esa hora para suicidarse y menos cuando está esperando una visita. Me temo que ha sido asesinada.
—¡Qué hábil! —murmuró la forense y antes que García pudiera replicar, añadió—: bueno, si no me necesita para nada más... — hizo el gesto de marcharse, pero la agente policial frenó sus intenciones con una pregunta inesperada:

—Usted la conocía ¿no es cierto?
La médica quedó un poco aturdida y su malhumorada expresión adquirió un aire preocupado. Intentó disimular su turbación, pero aquellos segundos de titubeo antes de la respuesta la delataron. Ocurrió como cuando en los telefilmes un primer plano anuncia un secreto. Hasta García lo notó.
—Todo el mundo conocía a Laura Mayo —dijo al fin, controlando un leve temblor en su voz—. Y ahora, permítame que me retire, este trabajo mío fatiga a cualquiera y más en pleno verano.
En casa de Laura Mayo se encontraron también documentos que comprometían a una tal Evarista Reyes, en concreto una carta dirigida a ella, con el sello puesto, en la cual la diputada le rogaba que no se enfadara por no haberle dado explicaciones, le aseguraba que pronto todo se solucionaría y le prometía que se reunirían en un plazo de tiempo muy breve.
Consultados los archivos policiales, se constató que la sospechosa carecía de antecedentes penales. Aun así, al día siguiente, una brigada especial se presentó en el domicilio de Evarista Reyes con una orden de registro.
Un día siguiente que amaneció muy temprano para Adelaida Duarte. Alterada como estaba por el viaje transoceánico (ella que era de por sí tendente al disloque de la trashumancia) y el cambio horario, y afectadísima por su situación sentimental, apenas pudo pegar ojo. A las seis de la mañana, las doce de la noche en Provincetown, giraba sobre sí misma entre las sedosas sábanas de su cama de metro y medio por dos metros con colchón de látex, obsesionada por la actitud de Karina y elucubrando un sinfín de desgracias venideras. Su literaria mente no podía reprimir aquel derroche de aciaga imaginación y, como de alguna manera tenía que salir del paso, se decidió a llamar a Karina. Sabía que en aquellas tierras era un poco tarde para recibir llamadas, pero tenía motivos suficientes para mostrarse intempestiva y, al fin y al cabo, Karina era su pareja y tenía que comprender, por lazos conyugales, su desasosiego y su añoranza. Además, se dijo, como madre e hija eran latinas, cabía la posibilidad de encontrarlas despiertas a aquellas horas, si es que las encontraba, pues el temor de Adelaida, tal y como sucedió, era que su novia no estuviera, como tenía que estar, recogida en casa pasada la media noche.
—Ha salido —le dijo Erika con notable euforia.
—¿Y se puede saber con quién? — preguntó la nuera intentando controlar la cólera.
—No sé, querida, ella ya es mayorcita. Le conviene distraerse y ha hecho tan buenas amistades aquí...
—Demasiado—masculló—. Demasiado buenas.
—¿Cómo dices? —Erika alzó un poco el tono de voz—. Se oye fatal, honey.
—Nada —gruñó la escritora—, que le digas que me llame.
De repente, la señora se arrancó con una pregunta sorprendente.
—Oye, ¿todavía sigues abonada a Telefónica?
—Sí, ¿por qué?
—Mira, darling, pásate a Retevisión y mejor la llamas tú, que en USA las conferencias son muy caras.
Cuando colgó el teléfono, Adelaida apretó las mandíbulas hasta hacerlas chirriar.
—¡Será tacaña la suegra!
Esa misma mañana, una brigada de las Mosses d'Esquadra, capitaneadas por la inspectora García (situación que provocó cierto conflicto, pues a las Mosses no les hizo ninguna gracia que viniera a darles órdenes una comisaria de la capital), llamaba con insistencia en el domicilio de Evarista Reyes sin que nadie respondiera, ni siquiera al grito de «Abran, policía».
—Derriben la puerta —ordenó García haciendo girar su placa policial entre los dedos.
Y ante la atónita mirada de las pocas vecinas que en aquellos días habitaban el inmueble, las agentes echaron la puerta abajo y se adentraron en el piso a saltos de rana, pistola en mano, agazapadas tras los postigos, con las piernas flexionadas, los brazos extendidos y en el extremo el cañón del arma oteando a derecha e izquierda con el mejor estilo Ángeles de Charlie. Puerta va, puerta viene, se introdujeron en todas las habitaciones, abrieron armarios, registraron debajo de las camas, revolvieron los cajones y lo dejaron todo hecho una trapería.
Nada ni nadie. Ni una huella ni una fotografía, ni una prueba. No encontraron nada hasta que, de repente, un grito las alarmó y volvieron a colocarse en postura de batracio, oteando con el cañón del arma.
—¡Aquí hay algo! —había exclamado una de las Mosses.
Y, en efecto, había algo. Cuando la inspectora entró en la cocina, encontró a la
agente que había dado la alarma tapándose la boca con un Kleenex y el rostro desencajado por la náusea. En el suelo floreado aparecía aquella mancha negra que imprimía el insecto despachurrado por Evarista unos días antes. Podía tratarse de una prueba importante. A fin de cuentas, en aquel cuerpecillo endrino estaba marcada la suela del zapato de la, hasta entonces, principal y única sospechosa. Por los restos que se encontraran podría deducirse dónde había estado, qué suelos había pisado. Era imprescindible recoger aquella evidencia y alguien tenía que hacerlo.
—Yo no.
—Yo tampoco.
Las agentes se cruzaron de brazos y a modo de complot se quedaron mirando a la inspectora, como quien dice: «O lo haces tú o ahí se queda»
García quiso armarse de valor, hacer un esfuerzo sobrehumano, sobreponerse a sí misma y no quedar como una blanda ante sus inferiores (menos aún, siendo catalanas), pero le resultaba imposible. Ella también sufría una fobia aguda a las cucarachas.
—Está bien —dijo al fin—. Enviaré a una brigada para que vengan a recogerla.
Con todo, lo que más preocupaba a García no era cómo obtener aquella prueba, sino la forma de encontrar a Evarista Reyes.
En efecto, había desaparecido. Se había esfumado como si el calor la hubiera derretido y evaporado. Había dejado de ser Evarista Reyes y nadie tenía que saber quién era ni dónde estaba, pero, aunque en muchas páginas no vuelvan a saber nada de ella, no se atormenten las lectoras por esta ausencia y tengan en cuenta un dato que ahora se revela y que conocerán, por tanto, antes que las mismas protagonistas.
En el funeral de Laura Mayo, alguien había estado observando a la mujer de músculos prominentes durante todo el tiempo, alguien que había ido al sepelio expresamente para comprobar que se encontraba allí, y que, al finalizar la ceremonia, cuando Evarista abandonó el recinto en su Honda Civic color azul marino con las maletas en el capó, se puso también al volante de su coche (cuya marca no revelaremos todavía) y, a prudente distancia, la siguió.


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Sorpresas

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:27 pm

Cuando regresaron de sus vacaciones, Clara y Ana encontraron al gato atiborrado de Friskies.
—¡Uy, Azafrán! Pero ¿qué te han hecho, mi niño? —gimió Ana al verlo completamente derrengado en el sofá con la panza inflada, la mirada perdida y, eso sí, una cara de satisfacción que daba gusto verlo.
—Será por el calor —dijo Clara restándole importancia.
—No, no. A este gato le pasa algo.
En ese momento, Clara descubrió la nota y las llaves junto al jarrón del recibidor.
La gata de Marga saludó a su dueña con una serenata de berridos insolentes que no cesaron hasta que vio en su comedero el manjar que su rango exigía. Y la perica de Paz presentaba síntomas de un evidente catarro de tanto darse chapuzones en las bañeritas.
En las tres casas, la reacción fue estupefacción y desconcierto ante la sorpresa. La misiva de Evarista las dejó atónitas y las consecuencias derivadas de aquel contratiempo implicaron un engorro añadido al cansancio del viaje y la desolación por la siempre deprimente rentrée.
Sin perder un minuto, Azafrán fue transportado en su cestita a la veterinaria, quien le hizo un lavado de estómago y lo condenó a seguir una dieta vegetariana reforzada con leche de almendras durante los cuatro meses siguientes. Paz Segura arregló a la perica, le puso unos granitos de Frenadol en el agua del bebedero y se pasó al menos dos horas consolando a la Dieffenbachia que tenía las hojas muy caídas. Margarita Sureda le dio a la gata un par de latas de Pequeños Placeres, una de salmón y la otra de gambas, y luego, agotada, se echó en el sofá y se quedó dormida con la nota de Evarista entre las manos.
Al día siguiente, todas volvían al trabajo.
Quien también se llevó una buena sorpresa fue Adelaida Duarte cuando por fin consiguió hablar con Karina, que lo suyo le costó en todos los sentidos. Una noche, a eso de las doce, la llamó. Eran las seis de la tarde en Provincetown, la hora del tea dance. Como en anteriores intentos, salió la voz de Erika anunciándole con jovialidad:
—Ha salido.
Y la escritora, con la misma mala baba que exhibió en ocasiones anteriores insistió en
preguntar:
—¿Y se puede saber con quién?
Como la charla prometía ser de lo más recalcitrante, a la tercera frase la exasperada Adelaida decidió cortarla por lo sano exigiéndole a su suegra:
—Pues dile que me llame en cuanto llegue, sea la hora que sea —y presumiendo cuál iba a ser la pega que pondría la señora añadió—: que lo haga a cobro revertido, pero que me llame.
Justo en ese momento, mientras Adelaida estaba hablando por teléfono, Tea de Santos pensaba en ella. Andaba francamente preocupada por su amiga. La había visto muy sombría el día del funeral, más que de costumbre, porque la literata era de por sí tendente al abatimiento cíclico, pero cuando su actitud se tornaba tan ceniza como aquella nefasta mañana, seguro que algo pasaba. En principio, no parecía que tuviera motivos para estar mal, se decía Dorotea. Su última novela funcionaba bien, tenía proyectos literarios interesantes y compartía, por fin, su vida con la mujer de sus sueños, a la que tanto le había costado conseguir. Entonces ¿qué le provocaba aquel desasosiego, aquella rabia contenida que se dibujaba en el punto exacto del entrecejo y en los extremos de las patas de gallo? ¿Sería por la violenta ruptura de sus vacaciones? ¿Acaso la muerte de Laura Mayo y sus presumibles consecuencias acrecentaron su mal humor? No. Tenía que haber algo más, la conocía bien.
A pesar de la hora, la llamó, sabía que la encontraría despierta y no muy animada. Descolgó el inalámbrico de la mesita auxiliar nido, marcó el número con una mano mientras con la otra cogía un cigarrillo, lo encendió y...

Estaba comunicando.
—Yo no sé —renegó en voz alta—, esta mujer por qué no se pone el servicio de llamada en espera, ella que aún sigue en Telefónica. Hay que ver lo chapada a la antigua que es en cuestiones de tecnología, con lo progresista y lanzada que se muestra en otros asuntos.
Lo intentaría más tarde. Lanzó el inalámbrico al sofá, preparó un Baileys con mucho hielo y hundió el pulgar en el mando a distancia para ver las noticias de última hora. Apenas pasados unos minutos, sonó el teléfono.
—¡Ah! Debe de ser Adelaida, claro, no habrá podido resistir sin explicarme lo que le pasa —se dijo, mientras rebuscaba por el sofá en la maraña de periódicos, entre los cuales se había agazapado el aparato.
Pero se equivocaba. No era su amiga la que llamaba a aquella hora que empezaba a ser algo intempestiva, sino la directora de la Cadena 4 de televisión quien, para sorpresa suya, iba a hacerle una propuesta muy, pero que muy suculenta.
Aquel fin de semana, Clara y Ana celebraron su ya tradicional cena de productos autóctonos con pase de diapositivas y entrega de souvenirs. Para ellas, aquel encuentro era una parte fundamental de sus viajes; de hecho, consideraban que la aventura no había concluido hasta que no hubieran mostrado las espectaculares imágenes y hubieran narrado las anécdotas más relevantes de su periplo estival: la huelga de controladoras argelinas las obligó a dar una vuelta enorme, hubo overbooking en la camioneta que las había de llevar al lago Turkana y, en Nairobi, pagaron una pensión de tercera a precio de hotel de cinco estrellas; en fin, esos pequeños tropezones con que es habitual encontrarse en cualquier excursión veraniega. Clara estaba convencida de que algunos de esos inconvenientes los ponían expresamente las de la agencia para darle mayor emoción al viaje.
El resopón fotográfico, al que fueron invitadas Paz Segura, Margarita Sureda y l esotérica Inés Villa Montes, consistió en un bufete frío a base de tortitas de mijo, puré de yuca, dátiles al queso de oveja con comino, arroz con cangrejos de Malindi y sucedáneo de pez volador con mazorcas hervidas. En el centro de la mesa, acompañando el exotismo, relucía una suculenta bandeja con rebanadas de pa amb tomáquet restregadas hasta los bordes, de un rojo almibarado y exultante, barnizadas por una pátina de aceite de oliva brillante, como el reflejo del sol en las piscinas de Cleopatra, y unos granos de sal marina invisibles al ojo humano, pero que se intuían por toda la geografía de la rebanada; una bandeja que hacía salivar sólo con mirarla.
Y es que Clara y Ana, por muy aventureras que fueran, llevaban siempre el orgullo patrio en lo más hondo de sí mismas.
—Lo que más añoro cuando estoy de viaje es el pa amb tomáquet —dijo Ana—. Yo no entiendo cómo todavía no hemos exportado el invento, con lo fácil y económico que es.
—Y, sin embargo, la tortilla de patatas y la paella la conocen en todas partes —añadió Clara con cierto aire de indignación.
Para que no se sintiera marginado, a Azafrán le pusieron en el comedero una cucharada sopera de puré de yuca y él se lo comió sin excesivo entusiasmo.
—Es que ha estado muy malito — informó Ana cuando le servía el extra—. Por lo visto, Evarista, antes de marcharse, le sirvió toda la comida de golpe y éste, como es un glotón, no paró hasta que por poco revienta.
—Pues, yo a Ying la encontré con dos kilos menos, como no le gusta la comida seca.
—Una pasada —intervino Paz—, el morro que tiene la Evarista. Mira que dejarnos a todas colgadas.
Clara estaba descorchando una botella de vino mientras las otras se servían los manjares.
—Ya sabemos que Evarista es un poco especial, pero lo que ha hecho es muy extraño. Yo creo que le ha pasado algo.
—¡Qué rico está el puré! —dijo Marga y pinchando un dátil prosiguió—: creo que Clara tiene razón. Evarista debe de estar metida en algún lío; deberíamos hacer algo.
—¿El qué? —preguntó Ana—. No hay forma de localizarla y no conocemos a nadie que...
—Tenemos a Inés —dijo Marga, cogiendo la copa de vino—. Tú también la conoces. Podrías hacer una tirada de cartas o una consulta al péndulo. Así, al menos sabríamos cómo tiene la cosa de las energías. ¿Lo has traído?
—¿El péndulo? No, querida. Nunca lo saco de casa si no es por un motivo extraordinario. Ya sabes que es muy sensible, pero intentaré averiguar algo esta misma noche.
—Yo lo que sé —dijo Clara— es que tenía una historia con una mujer, pero nadie sabe quién es. Además, últimamente se estaba reformando. Había dejado el trabajo y tenía proyectos. Claro que, como es tan reservada, la verdad, no tengo ni idea de en qué lío puede estar metida.
A la hora de los postres, continuaban comentando las incidencias del verano y, como era de esperar, salió a colación la muerte de Laura Mayo.
—Dicen que quedó totalmente desfigurada —comentó Clara, abriendo una botella de Juvé y Camps, que se destapó con un alegre cañonazo.
—Pero ¿no murió envenenada? — preguntó Paz.
—Sí, pero por lo visto se cayó de narices en la barbacoa.
—Eso le pasa por tener jardín. Mucha Coalición Arco Iris y mucha izquierda alternativa, pero viven como reinas.
—Ya te gustaría a ti —le espetó Marga.
—¿A mí? No me ofendas, que yo me voy al Tercer Mundo a ayudar a las necesitadas.
—Porque tu novia es criolla y no tienes otra forma de reunirte con ella.
—Lo mío me cuesta llevarles material a esas pobres marginadas de las colonias indígenas.
—No tanto como hacerte la liposucción, arreglarte el tabique nasal y conectarte a Internet. A todo el mundo le gusta vivir bien.
Antes que se hicieran un peinado nuevo, Ana puso paz entre Marga e ídem, y recondujo el tema.
—Bueeeno, bueeeno . No me negaréis que, en cualquier caso, es una muerte horrible.
—Y muy sospechosa —corroboró Clara.
Paz se metió una trufa entera en la boca.
—¿Y no van a sacar imágenes de cómo quedó? —dijo con la boca llena.
—No, no.
—¿Ni siquiera en Impacto TV?
—Que no.
—Pues, yo eso tampoco lo veo bien.
—Mira, Paz —se irritó Marga—, para malformaciones y morbo ya tienes el Tercer Mundo, rica.
—Esta noche la tienes tomada conmigo ¿eh? Tú que trabajas en medios informativos tendrías que saber que ese tipo de noticias son de interés general.
—Sí, seguro que si ofrecemos imágenes del rostro de Laura asado como un lechón alcanzaríamos un récord de audiencia, pero la cadena para la que trabajo está dirigida a un público más culto.
Ana volvió a reconducir la conversación.
—Una muerte muy extraña.
—No tanto —intervino Inés—. He estado consultando la revolución solar y resulta que, a la hora en que murió Laura Mayo confluyen en un cruce Saturno y Marte. No sé si sabéis que, cuando esos dos planetas se juntan, se genera una situación propensa al desequilibrio emocional, las agresiones y los desastres naturales.
—Claro —exclamó Ana—, por eso hubo tantos incendios este verano.
Marga chasqueó la lengua.
—Lástima que no hayas traído las cartas, Inés. Podríamos hacer una tirada aquí mismo.
—Sí, una lástima —confirmó Clara— pero si las hubiera traído no nos habría dado tiempo de ver las diapositivas, y os aseguro que son una maravilla.
—Tiene razón —concluyó Paz—. Vamos a ver las diapositivas que para eso hemos venido.
Y ahí empezó el trajín de situarse cómodamente ante la pantalla y «visionar» doscientas ochenta y ocho imágenes, una nimia selección de los doce carretes consumidos durante el viaje. Las primeras ofrecían sendos planos aéreos, es decir, una nebulosa con trozo de ala que cortaba en diagonal el encuadre. La serie fue seguida de una amplia gama de paisajes, entre los cuales destacaron las setenta y ocho puestas de sol en el Masai Mara, los trece amaneceres en el lago Nakuru (las trece tomas, del mismo día) y las ciento veintidós panorámicas de Aberdare, Tsavo, Nairobi y de las playas de Mombasa. A cada instantánea, Clara se explayaba en una profunda explicación sobre la imagen observada, resaltando detalles que con toda seguridad pasarían inadvertidos, dado el bajo nivel de conocimientos acerca de los usos y costumbres keniatas, como por ejemplo, los tonos blanco, negro y rojo del kanga que lucía una indígena, posando a la puerta de su choza.
—Fíjate —recordó Ana con tristeza—, nosotras que le habíamos traído un kanga como ése a Evarista...
—¿Tú crees que se lo pondría? — preguntó Marga.
—También le hemos traído un libro titulado Las mil formas de colocarse el kanga —especificó Clara.
—¡Ah! En ese caso...
A continuación vino una serie, en la que ellas eran las protagonistas: Ana con cebra al fondo, Clara con jirafas en la lejanía, Ana con chimpancé muy cerca, Clara y Ana con tribu masai alrededor, etcétera.
Durante la sesión, Marga un ratito, otro Inés y otro Paz echaron una cabezadita. Las sorprendió el grito desaforado de Ana al verse reflejada en la pantalla en una imagen grotesca de la habitación de un hotel, ella en bragas con una guía de los parques nacionales en la mano y las gafitas de miope en equilibrio sobre la punta de la nariz.
—¡Pasa esa! —gritó, y Marga dio un respingo—. ¡Pásala rápido! —corrió a arrebatarle el mando a Clara, pero ella lo escondió entre las piernas y las hizo regodearse a todas en la contemplación de la instantánea. El estallido de risas se cortó en seco con la impresionante visión del Kilimanjaro, cuyo magnetismo hizo exclamar un ¡oh! que fue coreado por todas.
A aquella siguieron otras treinta y tantas perspectivas del macizo desde todos los ángulos posibles —Ana ahí también echó una cabezadita— y, pasadas las cuatro de la madrugada, finalizó la sesión entre felicitaciones y bostezos.
—¡¿Cómo que no vas a volver?! —rugía Adelaida el domingo por la mañana a eso de las diez (las cuatro de la madrugada en Provincetown) cuando por fin consiguió conectar con Karina—. Me importa un pito lo que diga tu madre... ¿Que os habéis visto muy poco? Pues, haberte quedado más en casa... Ya... ya... ¿Y yo qué?... ¿Cómo que...?... ¿Pero cómo quieres que me lo tome si...?... No estoy histérica, Karina, es que últimamente... Claro que entiendo lo de tu madre, pero... ¡Déjame hablar, narices, que no he podido acabar ni una sola frase en lo que llevamos de conversación! Entiendo perfectamente que hayas recuperado a tu madre y queráis estar la una con la otra, pero me parece que hay algo más... Ya, o sea, que tengo una imaginación desbordante ¿no?... ¡Genial! ¿Y cuándo piensas volver?... Sí... Sí.. Claro... Muy bien. Pues no me llames para anunciármelo porque no pienso ir a recogerte.
En aquel preciso instante, Tea, que acababa de levantarse, cogió el teléfono para llamar a Adelaida y de nuevo estaba comunicando.
—¡Oij, esta mujer! —exclamó recolocándose el nudo del batín hawaiano—. Desde que tiene a la novia fuera no hay forma de comunicar con ella. Le va a llegar una factura que no habrá quién la soporte en varios días.
Matilde dormía en la habitación. Habían tenido una de esas noches gloriosas en las que Tea sentía que alcanzaba el cielo. Se había levantado relajada, estado en que ni ella misma se reconocía. Se dirigió a la cocina y preparó una cafetera de seis tazas. Ya haría más para Mati cuando se levantara y luego, frente a un tazón de negro aroma humeante, se echó en el sofá a ojear la prensa del día. A los pocos minutos sonó el teléfono.
—¿Quién será a estas horas? —se preguntó alargando la mano para coger el aparato—: Diga... ¡Oy! Ade, cariño...
—No me llames Ade que estoy hecha cisco.
—Te he llamado hace un momento, pero comunicabas.
—Sí, estaba hablando con Karina. Dice que no piensa volver hasta finales de mes.
—Ya sabía yo que te pasaba algo.
Una hora más tarde se encontraron en una terraza del Molí de la Fusta, donde Adelaida, como era habitual, se explayó en el relato de sus penas. Le explicó sus sospechas, lo que había visto en Provincetown aquella tarde en el tea dance y otros detalles que a ella, como buena observadora literaria, no se le habían escapado, y le confesó su temor de que Karina no sólo estuviera poniéndole los cuernos —lo que parecía «bastante evidente por lo que me estás contando», corroboró Tea —, sino que pudiera dejarla por otra.
—De todas formas, Ade, no dramatices antes de tiempo. Cuando vuelva, lo habláis. Tal vez, sólo ha sido un escarceo de verano y, en ese caso, ya sabes, si se quiere mantener a la pareja, hay que hacer un poco la vista gorda.
—¡Qué fácil es dar consejos cuando una no está en el ajo!
Sin embargo, Tea no quiso entretenerse en lo que sabía que para su amiga acababa siendo un círculo de regodeo masoquista.
—Pues, yo también tengo algo que explicarte —anunció, dándole a su voz un tono de intriga—. Hace unos días me llamó la directora de la Cadena 4 de televisión. Quiere proponerme algo.
—No será muy importante si puede esperar tanto.
—Mira, Ade, cuando te pones ceniza, te pones ceniza ¿eh? Ya sabes que está en el Encuentro Internacional de Directoras de
Cadenas Independientes. Me llamó precisamente la noche antes de irse para Londres.
—Yo que voy a saber —gruñó Adelaida.
Tea, como si no hubiera oído nada, prosiguió:
—Pues, me dijo que le rondaba por la cabeza un proyecto interesante y que teníamos que vernos en cuanto regresara. —¿Y cuándo será eso?
—Mañana, querida —sonrió Tea con picardía—, mañana mismo.
A la mañana siguiente comenzaba a debatirse en el Parlamento el proyecto de la futura Ley de Familias Ejemplares.

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Hay que hacer algo

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:28 pm

Cinco minutos antes de salir en antena, Matilde Miranda hizo un repaso rápido de las páginas del periódico. Sabía lo que buscaba. Quería hacer referencia a aquella información. De algo tenía que servirle que su emisión radiofónica Alas Matinales fuera seguida (según las últimas estadísticas) por más del 80 de amas de casa y empleadas de hogar. La noticia rezaba escuetamente:
A DEBATE LA LEY DE FAMILIA EJEMPLARES
El proyecto de ley elaborado por la ministra de Relaciones Familiares, doña Beatriz Panceta, según el cual serán regulados los derechos y deberes de las familias, entra hoy a debate en el Parlamento. La propuesta de la ministra ya ha levantado críticas en algunos sectores. De ser aprobada «su» Ley de Familias Ejemplares, ciertos colectivos se verían seriamente afectados. La Coalición Arco Iris, cuya líder murió asesinada el pasado mes de agosto, se presentaba como principal opositora al proyecto, pero ahora y con el apoyo de la derecha nacionalista, la ley tiene muchas posibilidades de salir adelante; además, con la depre que llevan encima, las pobres arcoiríacas lo tienen claro.
—¡Habrase visto! ¡Qué forma de redactar tan zafia! —exclamó Mati tras leer la noticia.
En aquel momento, una señal de la técnica de sonido le indicó que debía entrar en antena. Se situó en su puesto, se caló los auriculares en las orejas y sonó la sintonía de entrada: A-las-Ma-ti-na-les A-las-Ma-ti-na-les Por-el-tri-un-fo-de-la-fe-mi-ni-za-ci- óóón
Al finalizar el programa, hubo un trasiego de llamadas más o menos infructuosas que, gracias a los contestadores automáticos, incrementó las arcas de Telefónica. Tanto Matilde como Adelaida intentaron localizar a Tea que, maniobra insólita en ella, había desconectado el móvil. Y es que Tea estaba a punto de firmar el contrato de su vida. En cuanto la directora de la Cadena 4 de televisión comenzó a explicarle su propuesta, la periodista hundió la mano en el bolso, rescató el móvil entre un montón de cachivaches y apretó el selector que enviaba las llamadas al buzón de voz.
—Así me gusta, Tea —aprobó la directora y alzó su copa para brindar por el éxito de su nuevo programa.
La periodista volvió a lanzar el móvil al fondo del bolso, se le cayó una libreta, la recogió con torpeza, encendió un cigarrillo cuando ya tenía otro en el cenicero, llenó su vaso derramando unas gotas de agua tónica sobre los papeles de la directora y con la emoción cosquilleándole desde los rizos hasta la punta del pie, brindó:
—Sí, sí, por el éxito —tartamudeaba.
Porque Tea de Santos apenas podía creerse lo que aquella mujer le estaba ofreciendo: dirigir un magazine televisivo de hora y media de duración los viernes entre las nueve y las once de la noche, a su libre criterio para la elección de los espacios, decorados, escenarios, personajes y equipo de colaboradoras; pero con una única condición, tenía que ser algo impactante, explosivo, capaz de superar todos los récords de audiencia y, eso sí, en riguroso directo.
En el tiempo que faltaba para el inicio de la emisión, un mes escaso, se prepararía una campaña publicitaria por todo lo alto.
Por este motivo, Adelaida y Mati fueron lanzadas al buzón de voz, pero no podían quedarse impasibles, había que hacer algo para que la futura LEFE (Ley de Familia Ejemplares) no llegara a convertirse en realidad. Así pues, tras dejar un mensaje, a cuál más exigente, en el buzón de Tea, ambas intentaron localizarse la una a la otra con bastante mala fortuna. Desde la emisora, Matilde llamó a Adelaida que comunicaba porque le estaba dejando un mensaje, precisamente a ella, en el contestador de su casa. Luego, tanto la una como la otra iniciaron una cadena de llamadas a otras tantas colegas y ya no se despegaron del teléfono durante un buen rato. Como ellas, muchas otras mujeres se pusieron en contacto a través de la línea telefónica, los faxes y los e-mails con una misma consigna: había que movilizarse.
Por la noche, en el Gay Night no se hablaba de otra cosa: a ver por dónde iban a salir las del gobierno con eso de las Familias Ejemplares. ¿Se considerarían como tales las parejas de hecho? Las más optimistas opinaban que no. Una clientela alborotada hacía foro por los rincones entre copa y baile y entre ligue y copa mientras las dueñas iban de cabeza por atenderlas a todas. A ellas también les preocupaba la noticia, pero tenían un tema más importante que tratar. La temporada estival llegaba a su fin y las chicas que contrataron para la barra se habían despedido con un par de días de diferencia y sin previo aviso.
—Mire —argumentó la última en marcharse—, usted dijo que era sólo para los meses de verano y, si una no se planta, llega la Castañada, y para usted aún es temporada alta.
—Sí, sí —aceptó Cecilia—, pero es que yo pensaba proponeros a una de las dos que se quedara fija. Aquí, los fines de semana hay un mogollón que ni te imaginas.
—No me lo voy a imaginar yo si he estado sufriéndolo durante todo el verano. ¿Sabe qué le digo? Deme la pasta que quiero irme a la costa a ver si cojo un poco de color.
—Bueno, bueno, no te pongas así.
—Además, si me quedara, tendrían que subirme un pelín el sueldo, que hay que ver lo espartanas que son pagando.
Gina intervino con su característico acento neoyorkino para aclarar:
—Propina entra también en salario.
—¿Propina ha dicho ésta? —exclamó con retintín la empleada—. ¿Propina? Aquí no deja propina ni la que viene disfrazada de marquesa. Háganme la liquidación que tengo prisa.
La chica se fue por mucho que le rogaron que esperara, al menos, hasta que llegara la tercera socia.
—Desde luego —refunfuñó Cecilia— Mira que Karina, también... En buen momento ha decidido alargar sus vacaciones.
Nosotras tenemos que decir ella tú tienes que volver. Nosotras necesitamos tú.
- Sí, pero ya sabes cómo es. Si ha dicho que se queda hasta final de mes, no vuelve hasta final de mes. Y espérate que no lo alargue por más tiempo. Vete tú a saber lo que tendrá por allí.
-Ella tiene madre. Tú sabes esto.
- Madre, sí... y hermanas de la caridad. En fin —se atusó Cecilia el flequillo con aire preocupado—, la llamaremos esta misma noche, pero lo mejor será que, además, pongamos un anuncio y busquemos a alguien. Al fin y al cabo, necesitamos una colaboradora durante todo el año. Así podremos librar por turnos.
Redactaron el anuncio y al día siguiente lo enviaron vía telefónica a la revista Primerama:
Bar de ambiente, céntrico y exitoso, necesita camarera con experiencia. Curiosas abstenerse.
Karina recibió el mensaje cuando se levantó a eso de la una p.m. (hora de Provincetown) después de una noche de juerga impresionante.
- Te llamaron tus socias anoche, darling —le anunció Erika.
Karina bostezó « ¿Qué querrán éstas ahora?» y se puso frente al espectacular desayuno que le había preparado su reencontrada mamá: huevos revueltos con bacon, zumo de naranja en tetrabrik individual, tostadas de pan de molde con mermelada de higos y manteca de cacahuete, Kellogg's con leche low fat y cookie de mantequilla y chocolate.
Devoró el breakfast cantando las excelencias de tan maternal y suculenta alimentación.
—Pues, a tu novia no le gustaba nada — dejó caer Erika—, ella dice que prefiere un café con leche y un croissant, con la bomba que debe ser eso para el estómago.
Karina no secundó el comentario. Sabía que, de seguir por ese camino, la madre se explayaría en criticar las rarezas de Adelaida y bastante atolondrada andaba ya pensando cómo explicarle a su señora que la marcha de Provincetown le iba un montón y que había decidido establecerse allí durante una temporadita.
—¿Y qué querían mis socias? — preguntó untando hasta los bordes una tostada con manteca de cacahuete.
—Parece que tienen problemas con el bar. Quieren que vayas a echarles una mano.
Primero chasqueó la lengua. «Lo que me faltaba», pensó, pero enseguida vio en aquella providencial demanda la excusa perfecta para solucionar la complicada situación en que había degenerado su estancia en Provincetown desde que se viera libre del compromiso matrimonial. Volvería para aclarar la situación con Adelaida. Le diría que había descubierto una nueva faceta de sí misma, que sus sentimientos se habían disparado y que necesitaba quemar aquella etapa de su vida que durante tanto tiempo estuvo aletargada. Desaparecer unos días de Provincetown le ayudaría también a deshacer el entramado de lovers que tenía montado allí y a aclararse respecto a cuál de ellas le interesaba más. Y puesto que se trataba de un viaje de negocios, sus amantes no se pondrían impertinentes y entenderían que el deber es lo primero. De hecho, llevaba ya días pensando que tenía que hacer algo para ordenar su situación actual. En cuanto a sus socias, ya que el chiringuito funcionaba a las mil maravillas y dado el elevado índice de paro que sufre el país, les propondría contratar a una empleada con la experiencia y categoría suficientes que pudiera cubrir el puesto durante su ausencia. Y asunto solucionado. Ella volvería al lado de su mamá y viviría a tope mientras el cuerpo se lo pidiera. ¡Lo necesitaba tanto! En cuanto a Adelaida... ¡Bah! el tiempo lo arregla todo suspiró.
La que también tenía que hacer algo era la inspectora García. El caso Mayo parecía que hubiera entrado en un callejón sin salida. No había pruebas para inculpar a nadie y la única sospechosa, esa tal Evarista Reyes, no aparecía por ninguna parte. Aquella tarde, en el despacho que habilitaron para ella las Mosses d'Esquadra mientras duraran las investigaciones extendió sobre la mesa el dossier completo: las fotos de la finada, el informe de la forense, las transcripciones de todos los interrogatorios realizados y una selección de recortes de prensa que hacían referencia a la diputada.
—«Amos» a ver —dijo rascándose la cabeza—. Finales de julio: se anuncia el proyecto de Ley de Familias Ejemplares, Laur Mayo se cabrea y no se va de vacaciones. Mediados de agosto: se la cargan y vete tú a saber si las mismas que la envenenan, también la chamuscan. Tuvo que ser alguien a quien ella conocía y de quien no desconfiaba, pues la dejó entrar en su casa; es más, la invitó a comer. ¿O no? Y además, está la carta que no llegó a enviar. Tal vez porque quien debía recibirla estaba allí con ella —respiró profundamente—. Yo creo que se trata de un crimen pasional aunque... —se quedó unos segundos reflexionando—. No hay que descartar el móvil político; a fin de cuentas, desde que su líder desapareció, las de la Coalición Arco Iris andan tiradísimas.
Repasó de nuevo las fotografías del cadáver, releyó el informe de la forense, volvió a las fotografías y de pronto...
—Aquí hay algo raro.
Cogió su lupa y la enfocó hacia la mano asada de la difunta sobre las barras de la barbacoa. En efecto, lo que le había parecido era lo que estaba viendo. Aquella mano no llevaba anillo. La comparó con otra instantánea, ésta de archivo, y observó en su dedo anular el aro con piedra que la diputada, en los últimos tiempos, siempre lucía. ¿Confirmaría aquel nuevo dato la hipótesis de un crimen pasional? Tomó un rotulador rojo permanente y de un trazo hizo un círculo sobre el esencial detalle.
Por la noche se sentía agotada, pero no era su cuerpo el que la frenaba sino las vueltas de molinillo que daba su mente en torno al caso Mayo. Tenía que hacer algo. Cómo y dónde podría encontrar a aquella misteriosa mujer que carecía de antecedentes penales, no había tenido trabajo fijo, ya que no había cotizado a la Seguridad Social, había desaparecido de su domicilio sin dejar rastro y, para más dificultad, había cancelado su cuenta corriente. Cuando la cabeza estaba ya a punto de estallarle, decidió que debía darse un descanso; necesitaba desconectar, olvidarse de quién era y de lo que era. Se cambió de peinado, se cambió de atuendo, se puso lentillas, retocó el maquillaje y salió a tomar unas copas.
A varios kilómetros de allí, en un pequeño pueblo cercano a la ciudad, uno de esos municipios que, conforme se va extendiendo la urbe, quedan convertidos en tentáculo asequible, entre la tranquilidad y la incógnita, y no exento de buenas comunicaciones, una mujer se instalaba en un apartamento alquilado con muebles. Era un hábitat modesto, con una sola estancia, cocina americana y una pequeña terraza con vistas al mar, todo cuanto necesitaba, y el mar la consolaba tanto...
Desalentada por su futuro, observó los enseres que debía colocar: una caja y dos maletas, nada más; el resto había quedado atrás. Tenía que rehacer su vida, encontrar un medio para subsistir, y además... no podía quedarse impasible ante lo sucedido. Tenía que hacer algo, pero ¿qué y cómo? Se echó en el sofá y antes que se derrumbara maldiciendo su suerte, una oportuna intuición la hizo detenerse a contemplar los tres objetos que yacían en la mesita auxiliar del comedor: las llaves, el teléfono móvil y un ejemplar de Primeramá que había comprado para buscar apartamento. La fortuna (tal vez, la casualidad, pero la casualidad no existe, dirán las lectoras) había hecho que quedara abierto por la sección de Treball & formado, justo en la página donde, con letra más grande, aparecía aquella oferta. Sin perder un minuto, se fue al cuarto de baño, abrió el neceser, cogió unas tijeras, el depilador, el baño de color negro oscuro, la gomina ultrafuerte...
Unas horas más tarde contemplaba su nueva imagen frente al espejo. Se vistió con sencillez, un aspecto ni demasiado duro ni demasiado ñoño, ni soso ni excéntrico; el look de una chica normal, una de tantas chicas con pluma que pasean por las calles sin llamar la atención más de lo necesario. De esa guisa se presentó en el Gay Night aquella misma noche.
—Pero ¿te has enterado de la noticia o no te has enterado de la noticia? —la increpaban a dúo Matilde y Adelaida cuando por fin se reunieron con Tea.
—Estáis histéricas, nenas —respondía ella con su habitual nerviosismo—. Sí, me he enterado. Y sí, me parece muy grave. Y sí, también estoy de acuerdo en que hay que hacer algo, pero me parece que os estáis precipitando un poco. Primero tenemos que conocer los planteamientos exactos de la LEFE.
—Parece mentira que seas periodista, Tea —la acusó Adelaida—. ¿No has leído la letra pequeña de los periódicos? Y ¿no te han pasado alguna información aunque sea off the record?
Matilde la secundó:
—Todas sabemos qué intenciones tiene el gobierno y cuál es el estilo de la Panceta.
—¡Ay!, no la llames así, que suena horroroso.
—Como si se mereciera otra cosa. Además es su apellido ¿no?
—Tenemos que movilizarnos —insistió Adelaida—, como mujeres independientes. Y echarles una mano a las de Arco Iris, que desde la muerte de Laura, andan hechas un guiñapo.
—Está bien, está bien, pero todo a su tiempo —Tea hablaba dando vueltas por el desordenado salón de su casa con un cigarrillo en la mano; se detuvo, lo encendió, exhaló una profunda bocanada y anunció: —Chicas tengo que daros una noticia extraordinaria.
—¿Te han soplado algo? —preguntó Mati con morbosa curiosidad profesional.
—Me han O-FRE-CI-DO algo.
—Lo de la Cadena 4 ¿no? —comentó Adelaida sin demasiado interés.
Tea se cruzó de brazos, mejor dicho, cruzó una mano sobre el antebrazo que sostenía en el extremo de los dedos el humeante cigarrillo, y con una pose de Lauren Bacall en Cayo Largo le advirtió a su amiga:
—Mira, Ade, o le pones un poco más de entusiasmo o vamos a acabar mal. Además, el proyecto te implica también a ti.
—¿A mí?
Tea volvió a declamar y, de nuevo moviéndose de un lado para otro y agitando las manos cigarrillo en ristre, inició esta jaculatoria:
—Sí, a ti y a Matilde, y a todas las mujeres que luchamos por un objetivo común, a todas las mujeres que queremos decir y denunciar, y explicarnos y cambiar las cosas, porque tendremos la oportunidad de expresarnos libremente ante las cámaras a la hora de mayor audiencia. Nuestra misión como intelectuales es hablar, HABLAR, con mayúsculas, usar nuestra pluma como arma y buscar, conseguir el espacio adecuado. ¿Os dais cuenta? Voy a dirigir un programa los viernes por la noche y me han dado carta blanca para hacer lo que quiera y como quiera. ¿Os percatáis del poder que tendremos? ¿Os dais cuenta de lo que seremos capaces? Ese espacio ha de estar destinado a mostrar lo que no muestra nadie, a cruzar fronteras; y ahí, sí, tendremos un canal magnífico para romper todas las barreras de la censura. Y entonces, cuando sea el momento, haremos lo que haya que hacer.
Bajó los brazos y se quedó cual Teresa de Jesús invocando al Altísimo.
Matilde se emocionó.
—Qué bien hablas, amor mío.
Adelaida ladeó un poco la cabeza y reconoció:
—Dorotea, tienes una dialéctica de lo más convincente.
—Así ¿qué? —volvió Tea a su ademán eléctrico—·. ¿Destapo el cava?
—Mejor nos invitas a cenar a Las Siete Puertas —propuso Adelaida.


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Otoño

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:29 pm

Clara y Ana constituían un binomio indisoluble, una especie de animal bicéfalo, un engranaje matrimonial sin fisuras. Nadie hablaba de la una o de la otra como entes autónomos; se referían a ellas como ClarayAna, una masa compacta que había perdido el uso del singular. Tal grado de simbiosis habían alcanzado, que hasta la menstruación les llegaba al mismo tiempo.
—¿Ya nos tiene que venir la regla? — solía preguntar Clara, que era más despistada en cuestiones domésticas. Y Ana le respondía con paciencia:
—La semana que viene.
Usaban pijamas con el mismo diseño, a rayas, una en tonos azules y la otra en tonos verdes, de algodón cien por cien, por supuesto; y zapatillitas iguales. En definitiva, qué es el amor sino eso: zapatillas iguales.
A esta estructura celular tan perfecta sólo le faltaba consolidarse por medio de la descendencia, pues, como bien afirman las antropólogas, la maternidad legitima a las lesbianas como mujeres, pero ¿cuál de ambas se sometería a la incomodidad de una eyaculación precisa y certera con ejemplar masculino elegido a conciencia? Y, por otra parte, ¿dónde encontrarían al sujeto adecuado, que se prestara al estricto acuerdo exigido por las contratantes? La germinación de una vida por esa vía no llegó a cuajar. Cabía entonces la opción de plantar la semilla con semen anónimo depositado por algún desesperado semental en un banco destinado a tal efecto.
Pero el proceso de la inseminación artificial no sólo implicaba la elección de una de las dos como madre sobre la otra, sino también el sometimiento a la tortura de la tecnología que convierte el cuerpo femenino en una probeta manipulable a voluntad y la entrega de uno de los dos organismos a las vejaciones de la ciencia. El descarnado sistema no entraba en el modus operandi de una pareja tan dada al naturismo.
Además, las cónyuges no eran ajenas a la injusticia internacional, que concede criaturas a quien no merece la alegría de amar y responsabilizarse de una vida humana aunque su unión esté avalada por la legalidad o bien allí donde un dios indiferente se olvidó de dotar de los mínimos para una subsistencia digna. O sea, que habiendo en el mundo como hay tantas y tantas personitas necesitadas de afecto, y otras tantas individuas —entre las cuales se encontraban ellas— deseosas de entregar su vida a la admirable y nada fácil tarea de compartir amor y ofrecer alimento, educación y cuidados a una vida humana privada de sus derechos, resolvieron rescatar de la miseria a una creación biológicamente correcta en lugar de aumentar la masificación del planeta. Así, de paso, no tendrían que dejar la elección del género de la criatura al libre albedrío de la genética; no fuera a pasarles como con el gato. En otoño, tiempo de reflexiones y melancolías, Clara y Ana decidieron, por fin, iniciar el proceso de adopción de una niña.
Tea de Santos andaba atolondradísima con los preparativos de su nuevo programa. Ya había tomado algunas decisiones irrevocables, como la elección del equipo y el tipo de espacios, pero le faltaba concretar ciertas cuestiones y para ello necesitaba la opinión de su más íntima amiga. Acudió a casa de Adelaida y se encontró —¡oh, sorpresa!— que Karina había regresado. Las caras de manzana agria que presentaban ambas no fueron obstáculo para que Tea impusiera sus prioridades. Tenía muy poco tiempo para perfilar los detalles de su programa y sólo toleraba ser testigo de peleas conyugales en la sobremesa y en pantalla, a la hora de los culebrones. Le plantó un par de besos a Karina y atacó directamente.
—Necesito tu ayuda y tu consejo, Ade. Mira, hemos decidido dividir la emisión en cuatro secciones: la primera dedicada a comentar noticias de actualidad. Ahí nos haremos eco de cuanto suceda en el mundo y sea de interés para las mujeres. Se titulará «El Feminoticiario de Tea». Cinco minutos de publicidad y, a continuación, el concurso.
—¿Concurso? —se sorprendió Adelaida
—¡Ay, qué gracia! —dijo Karina.

Tea les explicó:
—Sí, bueno, un juego de esos para encontrar pareja. Se trata de cinco chicas que concursan para alcanzar una Luna de Miel a la que se llega a base de preguntas y pruebas. Las que más afinidad muestran, coinciden en dar con la Luna de Miel al mismo tiempo. A ésas les regalamos un viaje de una semana a Lesbos. Se pueden formar hasta dos parejas en cada programa, pero nadie pierde porque aquella o aquellas que quedan sueltas tienen derecho a concursar en sucesivas semanas hasta que encuentren su Luna de Miel.
—¡Qué idea tan simpática! —aprobó Karina.
Adelaida no hizo comentarios.
—A continuación pasaremos al consultorio, donde las telespectadoras podrán hacer llegar sus demandas a través del correo electrónico, que es lo que más se lleva. Habíamos pensado titularlo «Problemas Coñugales» —hizo un gesto con dos dedos indicando el doble sentido.
Adelaida atajó:
—¿No serás capaz de semejante ordinariez?
—De eso y de mucho más.
—En nombre de la dignidad femenina, te prohíbo que uses ese título.
—Pues, a mí me parece atrevidillo — intervino Karina.
Tea siguió:
—No temas, lo hemos cambiado, pero no por ordinario; ya sabes que hay que meter un poco de basura para ganar audiencia. Lo llamaremos simplemente Consultorio Astrológico y Sentimental de Inés Villamontes Es una amiga de Marga, la redactora de la Cadena 4.
—¿Esa que simpre está de ejercicios espirituales?
—La misma. Dice que la vidente es genial haciendo predicciones. Aquí es donde necesito tu ayuda, Ade, cariño. Alguien tiene que enviarnos la primera consulta y nadie mejor que tú para redactarla y hacérnosla llegar. Bajo seudónimo, por supuesto.
—¿Y por qué no la redactas tú misma? —propuso Adelaida sirviéndose un Bourbon.
—¡Oij, Ade, por Dios! Parece mentira que me lo preguntes. Porque yo soy hétero y muy hétero. Para mí es mucho más complicado —la escritora se quedó petrificada, con la botella en la mano, pero no tuvo ocasión de reaccionar; Tea seguía hablando—. Además, tú tienes esa imaginación tan desbordante y certera. Estoy segura de que elaborarás algo sabroso que invite a miles de mujeres a seguir la iniciativa —continuó, como si tal cosa, revisando el esquema en el revoltillo de papeles que traía—. Y, por último, la entrevista. Obvio los detalles ¿verdad, cielo? Ya sabes cuál es mi estilo.
—Me lo temo —acabó de servirse el Bourbon.
—Lo que todavía no tengo resuelto es el nombre del programa —se le cayeron un par de hojas al suelo, las recogió y encendió un cigarrillo, todo ello sin dejar de hablar—. Y es que es tan importante encontrar un título atrayente, llamativo, especial... no sé, no sé — fumó con ansiedad—. Habíamos pensado llamarlo: TEA de Noche, pero me parece un juego de palabras poco claro.
—Y, además, recuerda a la Encarna.
—Cierto. ¿Y cambiarlo por TEA Nocturna?
—Tres cuartos de lo mismo.
—Tienes razón —entre bocanada y bocanada, la periodista meditaba—. Tendría que ser algo un poco agresivo, que invite a entrar en el programa.
—No te pases, Tea, que te conozco — quiso prevenir la escritora y ella, como si oyera llover:
—¿Qué tal PaTÉAte La Noche?
—Vulgar.
—¿Y ÚneTE A la Noche de TEA?
—Vamos, que tiene que salir tu nombre por algún lado. ¿Por qué no optas por algo más sencillo, más íntimo? Luz de Tea, por ejemplo.
—¡Oij, Ade, por favor! —se sulfuró—. Esa cursilería no invita a nadie a entrar en un programa que pretende ser transgresor; no invita a abrirse.
De repente, a Tea se le encendió la lucecita.
—¡Ya lo tengo! —exclamó—. Abrirse, claro. ¡Cómo no se me había ocurrido antes! Se llamará —hizo un gesto con la mano como si dibujara el rótulo en el aire— ABRE-TEA-L NOCHE. Así, todo junto, o separado, no sé. Ya le pediré la rotulación a Quima, que es una diseñadora gráfica excelente. ¡Lo tengo, Ade, lo tengo! Escucha esto: saldrán los letreros luminosos en pantalla y un coro de azafatas entrará presentando: «¿Quién abre la noche?» Y el coro: «¡¡TEA!!». Y entonces, saldré yo bajando unas escaleras, que queda muy de Hollywood, mientras ellas corearán:
A Ábre TE A la noche de TEA
TE Acompañará
TE Asombrará
TE hará vibrar
Esta noche TEA TE Alucinará-á-á-á.
¡Es genial, Ade, genial! ¿No me dices nada?
Adelaida ponía una cara de sopa rancia que no indicaba precisamente apoyo incondicional a la idea de su amiga. Exhaló un profundo suspiro y con el vaso de Bourbon en la mano manifestó:
—Allá tú, Dorotea, allá tú.
—Entonces, veo que lo apruebas —se alegró. Machacó la colilla en el cenicero y a continuación, recogió los papeles, los metió en el bolso, les dio un par de besos a cada una y salió por donde había entrado, no sin antes agradecerle a su amiga la insustituible ayuda que acababa de prestarle.
—¡Ah! —le dijo al salir—. La carta, que sea un poco picantona ¿eh, cielo? —y tras el portazo, se oyeron sus pasos alejándose por el rellano de la escalera.
Después que Tea se hubo ido, la estancia quedó en silencio durante unos minutos. Adelaida fumaba tumbada en el sofá y bebía Bourbon a sorbos pequeños. Pasado un rato Karina le dijo:
—Tenemos que hablar.
Y ella ya sabía lo que iba a decirle.
El otoño comenzaba a abrirse paso. Los plátanos perdían la hoja y cubrían las aceras con una alfombra dorada y crujiente que, aquella noche, empapada por la lluvia, se había reblandecido. La televisión autonómica anunció con gran pompa que se iniciaba la temporada boletaira -, miles de catalanitas saldrían al bosque bamboleando sus cestas de mimbre para recoger rovellons, rossinyols, camallargs y otras variedades de setas comestibles. Sobre la ciudad caía una agüilla fina que abrillantaba el asfalto y hacía resbalar a las viandantes con suelas de crepé, la misma llovizna sutil que calaba de forma irremediable en el corazón de Adelaida, tras la amarga conversación con Karina.
Desde el balcón de su flamante piso de la Vila Olímpica la vio marchar. Y se preguntaba si valía la pena esperarla porque Karina le había asegurado que aquella decisión era transitoria, que necesitaba quemar aquella etapa, que la vida es corta y hay que seguir los designios de la intuición y del deseo, y que algo le decía que era vital para su desarrollo, el desfogue de sus instintos. Sin embargo, a pesar de todos los requiebros arguméntales esgrimidos para convencerla de la temporalidad de su decisión, Adelaida sabía que Karina no iba a volver.
Con paso firme y contoneando sus espléndidas caderas, la empresaria se dirigía hacia el Gay Night para hablar con sus socias. A pesar de la lluvia, no resbaló. Llevaba unos botines Doctor Marten's con suela de goma aislante que la asían al asfalto y le permitían seguir su camino sin que nada la detuviera. Estaba decidida a tirar adelante con todo lo que se había propuesto, así que, cuando se encontró frente a ellas, les soltó sus planteamientos de una sola tirada.
—No, si ya hemos contratado a una chica —le aclaró Cecilia—, pero igualmente haces falta. Aquí hay mucha faena, Kari. Además, pensábamos librar por turnos.
Karina no cedió:
—Hemos sido tres desde que abrimos y ha funcionado. Y, seamos realistas, entre semana, con dos es suficiente y los fines de semana, con la caja que hacemos, podemos pagar a otra niña por horas que nos sale más a cuenta. Por cierto, a ésta, ¿no se os habrá ocurrido hacerle contrato?
—No, calla, la tenemos a prueba —dijo Cecilia y le explicó cómo había ido la conversación la noche que la interesada se presentó en el Gay Night.
¿Experiencia? Había sonreído la chica al oír la pregunta. Por supuesto que tenía experiencia. Había servido copas en el «Se Te Ve La Pluma» cuando vivía en la capital del estado pluriautonómico.
—¿Y en esta ciudad has trabajado? — quiso indagar Cecilia—. Porque, claro, no es lo mismo.
Algo inquieta, aunque sin perder la compostura, la chica confesó:
—Trabajé esporádicamente en el Club Osiris.
Cecilia se sorprendió

—¿El Club Osiris no es un centro de...?
—Es un centro de estética, con sauna, gimnasio y un bar, como cualquier otro — aclaró la mujer con firmeza.
—Bien, bien. ¿Y referencias, puedes traernos?
—Me tienes a prueba quince días y si no te gusta cómo trabajo, me voy por donde he venido.
Ante tal rotundidad y dominio de la situación, las dueñas aceptaron a la joven.
—Por cierto —le preguntaron cuando ya se iba—. ¿Cómo te llamas?
Ella se giró, clavó sus profundos ojos en los de Cecilia, luego en los de Gina, que había escuchado toda la entrevista algo aturdida; luego, otra vez en Cecilia, y con voz profunda
pronunció:
—Metal. Eva Metal.
A todo esto, Karina se reafirmaba en su decisión de dejarlas en la estacada por un tiempo.
—Y ¿cómo es la chica? —se interesó.
Gina la definió así:
—Ella es heavy metal.
Karina dedujo:
—¿Cueros negros y tachuelas?
—¡Que va! —exclamó Cecilia—. Si es muy normalita; como se llama Eva Metal, Gina ha querido hacer un juego de palabras.
Karina no le rió la gracia.

—Eva Metal. ¡Qué nombre tan raro! — murmuró.
—No, pero, chica, trabaaaja... que es una maravilla. Estamos encantadas con ella. Entra la primera, no pone pegas para quedarse si hay faena y lo deja todo como los chorros del oro. Además, tiene una mano con las clientas... No se pasa ni un pelo, da conversación cuando es necesario y de lo más banal, como procede, y si hay que pararle los pies a alguna, lo hace con elegancia y sin miramientos. Una joya, nena. Se nota que tiene tablas.
—Oye, ¿Y por qué no está aquí?
—Es que justo hoy es su noche libre.
—¡Vaya coincidencia!
Sí, Adelaida ya sabía lo que Karina iba a decirle. Sólo cabía confirmar frase a frase lo que hacía tiempo intuía y temía.
Sin embargo, la entereza con que, al parecer, en un principio afrontó la decisión de su amada se tornó furia iracunda días más tarde, cuando se vio sola en su lujoso apartamento y encontraba objetos de su ya ex amada por todas partes. Aquí, las revistas que solía leer; allá, una foto de ambas con gilipollesca sonrisa y paisaje marino al fondo; más allá, la osita panda de peluche que ella misma le había regalado, diciéndole aquello de «Tú eres mi osita» y la otra secundaba «y tú mi ratita»; las músicas que oían juntas, su voz en el contestador, parte de su ropa en el armario, etcétera, etcétera, etcétera. Pero el día en que, de verdad, pilló un cabreo de impresión, fue cuando encontró tras la puerta del armario, como gazapo en su madriguera, lo más íntimo, lo más casero, lo que más define la cotidianidad hogareña: sus zapatillas, las zapatillas que siempre usaba, las que se ponía nada más llegar y que nunca, nunca fueron iguales a las de Adelaida.
¿Dónde habían quedado las promesas de una vida en común, las tiernas palabras de admiración, las innumerables muestras de agradecimiento y deseo expresadas desde que el destino las uniera? ¿A dónde fueron los proyectos, las imágenes de un futuro sosegado y tibio, en que se veían ambas ancianitas, una casa en el mar, la gata reposando en la mecedora y ellas haciendo calceta frente al hogar encendido?
—Pero, vamos a ver —se preguntaba Adelaida—, ¿no era yo su ratita y ella mi osita? ¿Es que una pierde la categoría de ratita así, de un día para otro? ¿De una forma tan liviana? ¡Con lo que cuesta de conseguir!
Pues, sí. Aquel discurso cotidiano y romántico que la había llenado de seguridad y fortaleza, que había sido motor e impulso en su amarga vida, que la había sacado de la oscuridad, de la depresión, de la tortuosa situación en que se encontraba cuando la conoció; aquel discurso esperanzador y entrañable que ella se había creído, igual que las niñas se tragan la fábula de los Reyes Magos, quedaba ahora diluido como una gota de almíbar en un mar de miserias.
Sola en su flamante piso de la Vila Olímpica, otra vez sola, recorrió con la mirada las paredes, los muebles, los objetos decorativos, los cuadros —todos ellos con firma de autora—, sus libros en la estantería y todos los recuerdos que guardaba aquel espacio. Así empezó a evocar las largas noches de tertulia con su amiga Tea en la estancia llena de humo, con la botella de Bourbon consumida y los ceniceros llenos a rebosar de colillas; los guisos y atenciones de Remei G., la niña que la cuidó cuando ella sentía que el mundo no volvería a levantarse; tantas y tantas horas de soledad frente al ordenador Pentium III con 6,6 gigas de capacidad y un montón de megas de memoria RAM, en el que había dado vida a sus mejores historias, aventuras inventadas con las que ella soñaba y por las que hubiera vendido años de su vida para que formaran parte de su propia realidad; las noches de intenso amor, retozando con Karina; las mañanas de domingo encontrando a su lado, al despertarse, el cuerpo amado y aquellos desayunos a las tres de la tarde, cuando ambas se levantaban después de haber trasnochado. ¿La amaba, todavía? ¿Se puede amar después de la humillación?
Mirando su nido, su santuario, su flamante piso de la Vila Olímpica y todo lo que guardaba, decidió que tenía que poner punto final a un capítulo de su vida. E iniciar otro. Sin esperanzas, sin deseos ni expectativas, sin más baluarte que ella misma. Adelaida sabía lo que le esperaba tras la marcha de Karina. ¿Un nuevo y profundo desamor, de esos que la dejaban sumida en la depresión y acrecentaban su fama de atormentada, ceniza y aguafiestas? No. Mejor dicho, sí, pero no. Esta vez, no iba a aburrir al personal con su traumatología afectiva. Se iría, desaparecería del mapa, entraría en una etapa de introspección absoluta y se dedicaría exclusivamente a sus literaturas. Calidad de vida, eso era lo que necesitaba, introspección y calidad de vida. Haría caso a su editora, quien, en cuanto se enteró de que de nuevo había sido abandonada e intuyendo que entraría otra vez en etapa depresiva, corrió a consolarla, invitándola de paso a escribir una nueva novela.
—Ya sabes, Adelaida, querida —le había dicho en tono maternal—, que no hay nada como la creación para superar estos terribles vaivenes con que nos vapulea la vida. Las que escribís tenéis ahí una válvula de escape para la desazón y los disgustos a los que el destino nos enfrenta. Bueno, ¿qué te voy a contar a ti que eres experta en tortuosidades? ¡Ah! Por cierto incluye acción, mucha acción; ya me entiendes, escenas de cama, sexo, con descripciones claras y detalladas. Cuantas más, mejor. Es lo que nos piden las lectoras.
Sí, seguiría el consejo de su editora y el dictado de sus emociones. Se alejaría del mundo y se dedicaría exclusivamente a escribir. Ya tenía la idea. ¿Acción, le habían pedido? Que se preparara su editora y se agarraran las lectoras al asiento porque iba a construir minuciosamente una bomba erótica para la cual las musas le sirvieron en bandeja un suculento título: Más allá de tu frondoso pubis.
En una resolución rotunda, irrevocable y velocísima decidió vender su flamante piso de la Vila Olímpica y comprarse una torre a cuatro vientos con piscina climatizada y vistas al mar en la Urbanización Maresme Lux, la más lujosa de la comarca, muy cerca, por cierto, de donde vivía Eva Metal, aunque la categoría de ambos barrios distaba como dista la sabana para las leonas africanas de una jaula para conejitas de crianza.


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Mudanzas

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:29 pm

Tal y como había anunciado la televisión autonómica, la temporada boletaira resultó excelente. No había dejado de llover durante varios días, situación que desencadena profundas crisis depresivas en la población mediterránea, a pesar del florecimiento micológico. Al gris habitual de la ciudad se sumaba una plomiza negrura celestial y el escenario urbano se tornó incoloro y turbio, como un thriller en blanco y negro. En esas circunstancias tuvieron que hacer la mudanza algunas de nuestras protagonistas.
Adelaida Duarte se había instalado ya en su fabuloso chalé a cuatro vientos con piscina climatizada y vistas al mar, pero ¿qué fue de su flamante piso de la Vila Olímpica? ¿A quién se lo vendió? La escritora no quería que aquel espacio tan íntimo, tan suyo, pasara a manos de cualquier nueva rica desconocida. Además, habría sido una lástima desperdiciar una situación urbana tan privilegiada.
Por su parte, Tea de Santos llevaba ya tiempo comentando que su apartamento se le había quedado pequeño. Aseguró que lo encontraba demasiado oscuro —cuando prácticamente nunca estaba en casa con luz del día— y muy bajo; a ella le gustaban los pisos altos. Y encima, ahora, para más incomodidad, se percató de que no estaba situado en la zona que correspondía a la popularidad que se le avecinaba. Considerando que próximamente su cuenta corriente se vería incrementada por una nómina muy sustanciosa, se lió la manta, pidió un crédito hipotecario y se lanzó a comprarle el piso a Adelaida.
Lo malo fue que tuvo que pasar el trance de la mudanza a una semana de iniciarse su programa ÁbreTE A la Noche. Su nerviosismo crónico, intensificado ya por el inminente estreno televisivo, se vio exageradamente incrementado por la confluencia de ambos eventos. Y con razón; pues, sumar a la tensión laboral el trajín que representa meter en cajas una casa entera para desembalarlas en otra casa una por una es tarea de Titanas. Las lectoras que hayan sufrido tal experiencia sabrán que cualquier descripción al respecto resultaría nimia.
—Pon esto aquí, lo otro allá, limpia, ordena, recoge, tira, tira, tira... Estoy frita —se quejaba Tea una mañana de intensos preparativos cuando, en un descanso, desayunaba con la redactara Margarita Sureda en la cafetería de la Cadena 4 de televisión—. Una no sabe lo que llega a tener acumulado en un piso hasta que no lo desmonta.
—Pero es una limpieza muy sana —le informó Marga— y una renovación de energías.
—¿Qué quieres que te diga, hija? Yo me pongo del hígado sólo de pensar qué es lo que voy a tirar y qué es lo que no.
—Limpiando por fuera te purificas por dentro. Yo, este fin de semana, he estado en un Encuentro de Catarsis para la Depuración Interna y me ha ido de maravilla. Y decían precisamente eso, que la limpieza externa ayuda a purificar las malas energías que acumulamos en nuestro interior con la vida de estrés que llevamos.
—Quita, quita, que limpiando te dejas la columna vertebral hecha añicos. Además, mañana me vienen las de la mudanza y, ya ves, con el follón que tengo ahora, me va fatal —se agarró la frente y aplastó la colilla en el cenicero—. Y luego, espérate, que tendré que comprar muebles, porque el espacio que tengo ahora es más grande. Y enviar mi nueva dirección a todo el mundo y... ¡Oij! No sé, no sé cómo saldré de ésta.
Pero Tea de Santos no era la única que sufría los ajetreos de una mudanza. También la inspectora García había decidido cambiarse. La resolución del caso Mayo iba para largo y ya estaba cansada de aquel hotelucho en que la habían alojado mientras duraran las investigaciones. No era un lugar íntimo —en plenas Rambles no hay nada íntimo— ni acogedor, ni silencioso y cuando salía de noche, tenía que esquivar las miradas de la recepcionista y de una de las botones que, con cierta sorna, le habían comentado:
—Se pone usted muy mona para salir.
Por eso, una tarde, cuando en el camino del hotel a la comisaría vio el anuncio de un estudio en alquiler, se atrevió a preguntar a la portera, quien se lo mostró muy complacida. Era justo lo que necesitaba: poco espacio, poca renta, amueblado y en una zona tranquila en la que podría pasar inadvertida. Sin dudarlo un minuto, se puso de acuerdo con la propietaria y en un tiempo récord ya estaba instalada. A fin de cuentas, tenía muy pocos trastos que colocar.
La noche del estreno de su nuevo hábitat, se animó a celebrarlo yendo a tomar una copita. Tenía ganas de conocer aquel bar tan famoso en la ciudad... ¿Cómo le dijeron que se llamaba? ¿Noche Gay? ¿Lesbi Night? Con pericia de inspectora, buscó en la Guía del Ocio y lo encontró: Gay Night.
Como de costumbre, inició el ritual para cambiar de aspecto. Se quitó aquella especie de uniforme que solía usar cuando estaba de servicio: traje chaqueta gris marengo o marrón oscuro con falda de tubo a la altura de la rodilla, blazier y camisa clara abrochada hasta el penúltimo botón; gafas redondas con montura de pasta imitando la concha; media melena recogida en una cola de caballo y maquillaje base sin sombra de ojos ni colorete. Una especie de Loyola de Palacio en versión policía. Se puso frente al espejo, se soltó la cabellera, perfiló sus ojos con una raya negra y sus labios con pintamorros Rose Pétillant de L'Oréal, aplicó a su rostro una capa de Maquillaje Super Malt con colágeno de Margaret Astor, se puso las lentillas y se vistió con pantalón ajustado, camiseta oscura y una cazadora de piel modelo tres cuartos.
Aquella noche, también Eva Metal tuvo que retocar su renovado look antes de ir a trabajar. El pelo le había crecido y el baño de color había perdido intensidad. Bajo el negro cereza aparecía su tono natural castaño claro.
Antes de iniciar la restauración, se contempló en el espejo llena de tristeza. «Con lo que le gustaban a ella mis mechas doradas», pensó recordando los halagos que le hacía su amante cuando la veía peinarse, sus palabras de amor, el deseo que las arrebataba a ambas y que se materializaba en un retozar desaforado. La mano acercándose al tinte retrocedió en el tiempo, en un fundido encadenado y ahora la veía posándose en los pechos de su amada, rodeando con el índice y el pulgar sus pezones, haciéndolos girar en suave tornillo para erizarlos; su piel electrizada de deseo desde los hombros hasta la cintura, recorrerla despacio para aumentar el hechizo y al detenerse en el vientre, notar cómo el magma hervía en su interior. Y entonces, el deseo irresistible de introducirse en ella. Recordó el tacto de su vulva húmeda y el resbaladizo pasillo que se abría para dejarla entrar; sus dedos explorando las paredes del punto G; sus manos entrelazándose como tentáculos; sus cuerpos desnudos confundiéndose en un baño de sudor y pasión que, superando todas las fronteras, se dejaban arrastrar hasta los confines del éxtasis. Desnudas en el jardín de aquella casa, al amparo de miradas indiscretas, un lugar al que no podría volver jamás. En el espejo del cuarto de baño vio su rostro reflejado, el frasco de tinte en la mano y por sus mejillas unos lagrimones espesos como la miel, como si cada uno de ellos contuviera toda la furia, el odio y la desazón que la embargaban. Rabia era lo que sentía y con rabia cogió las tijeras y se igualó las puntas, con rabia y agua muy fría se lavó la cabeza y aplicó de nuevo el baño de color. Negro cereza. Negro como su dolor.
Adelaida Duarte, que estaba introspectiva perdida, dedicaba sus días a distribuir muebles, colocar objetos y ordenar sus enseres entre capítulo y capítulo de su nueva novela Más allá de tu frondoso pubis porque lo primero que instaló en su fabuloso chalé a cuatro vientos fue su potente ordenador Pentium III con 6,6 gigas de capacidad y u montón de megas de memoria RAM, que — discúlpenme las lectoras el comentario personal— no sé de qué le servían si sólo usaba un tratamiento de textos. Y entre la soledad y el lujo se lamentaba por su amarga situación.
—Ya ves; yo aquí, sola —se decía—, sin nadie a quien comprarle chucherías, sin nadie a quien leerle mis manuscritos, sin nadie con quien poder compartir mi patrimonio. Sola y descorazonada. Para que luego digan que el dinero ayuda a la felicidad —puso el dorso de la mano en la frente—. ¡Cuán injusto es el desamor! —se sonó las narices con estrépito y prosiguió—. Claro que, bien mirado, menos mal que puedo permitirme el lujo de limarme las uñas a las diez de la mañana y disfrutar de esta casa y este jardín con piscina climatizada y esta televisión panorámica para ver vídeos, y todos los sibaritismos que me dé la gana, porque, si encima tuviera que ir con estrecheces, me iba a sentar el desamor como una patada en el hígado.
Y ahí andaba ella, tragándose el abandono con una dignidad y una entereza dignas de elogio.
Tea la llamaba a diario para consultarle temas inmobiliarios (como, por ejemplo, dónde estaba la llave de paso del agua), pedirle algún consejo doméstico o simplemente comentarle la jornada. Y, de paso, preguntarle cómo estaba y quejarse de lo lejos que se había ido a vivir.
—Ya podías haberte buscado una torrecita en Vallcarca, nena, que las hay muy monas.
Una noche, además de referirle telefónicamente todos los tejemanejes de su programa, le insinuó que tenía que comprar algunos muebles y que nadie mejor que ella para asesorarla. La literata aceptó la iniciativa, ella también tenía que comprar algunas cosillas para su nueva casa.
—¿Qué tal si nos pasamos una tarde por Ikea? —propuso Tea.
Adelaida se escandalizó:
—¿Esa especie de hiperalmacén del contrachapado? ¿Ese expositor del mueble barato que, para más inri, tienes que montarte tú misma?
De ninguna manera, la escritora no estaba dispuesta a sufrir un ataque de artrosis por colocarse ella misma una estantería. Además, las literarias manos de Adelaida Duarte no asían un destornillador si no era para analizar sus componentes y hacer una descripción minuciosa y lírica de las características del artilugio.
Tea aplacó sus furores.
—También hay muebles caros, Ade, no seas quisquillosa. Y si te pones muy pesada, te los llevan a casa y te los montan por una módica cantidad.
—Demasiado módica, seguro. A la larga, lo pagas por otro lado.
Finalmente, Tea logró convencerla aunque lo suyo le costó. Tuvo que asegurarle que ella tampoco estaba dispuesta a tocar una herramienta de marquetería.
—Pero ¿tú me ves a mí enroscando tuercas y alineando tablones, con el panorama profesional que tengo ahora?
—Ni con ese panorama ni con cualquier otro —reconoció Adelaida—. Está bien, te acompañaré.
Sin embargo, a Clara y Ana les encantaba ir a Ikea. Visitar aquel establecimiento, que habían descubierto hacía ya tiempo en uno de sus viajes a Francia, representaba para ellas una animosa excursión destinada a convertir en realidad sus anhelos domésticos. Se preparaban a conciencia, recorrían todas las secciones con atenta dedicación, comentaban la categoría de las ofertas y nunca se iban de allí con las manos vacías. A la salida se comían un sandwich vegetal y compraban dos paquetes de magdalenas de canela. Y ya en casa, dedicaban un montón de horas al bricolaje, mejor dicho, Clara dedicaba un montón de horas a montar los nuevos muebles y Ana le ayudaba. Le daba los clavos y los tornillos que Clara solicitaba, sujetaba donde hacía falta, ordenaba las herramientas y preparaba la merienda. A mitad del montaje, hacían un receso para tomarse un té de jazmín y comerse un paquete entero de magdalenas. Y, con la panza contenta y la alegría hogareña que las embargaba, se ponían otra vez al ensamblaje.
Clara y Ana no se mudaron, pero no por falta de ganas. Les habría encantado cambiarse a una casita pareada con su jardincito y su pequeña llar de foc, un espacio más grande y más adecuado para acoger a la que tenía que venir. En verano le pondrían una piscinita de plástico para que se bañara mientras, en las brasas, se asarían pimientos y berenjenas para la escalivada. A Azafrán también le vendría de perlas el traslado. Podría salir a darse algún que otro garbeo nocturno, perseguir ratitas, retozar en la hierba y... no, buscar novia no, pero sí entablar amistades.


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Chimenea

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:30 pm

Aquel sueño estaba en las mentes de la monolítica pareja y no dudaban en invertir todos los esfuerzos necesarios para hacerlo realidad algún día, pero justo ahora no era el momento. Su economía tenía que hacer frente a las gravosas cargas que se les venían encima. Por lo pronto, habría que esperar hasta saber cuánto les costaría traer a la que tenía que venir. Entre los permisos laborales, el viaje, el alojamiento en el país de procedencia de la niña, la compra de la canastilla y la nueva habitación se les iba a ir casi un año de sueldo. Y encima, no desgravaba.
Continuaba lloviendo en toda la península. Por primera vez, las meteorólogas nacionales y autonómicas se habían puesto de acuerdo en sus predicciones y, es más, habían acertado. Los terrenos antes devastados por el fuego eran ahora pasto de las aguas y un mal presagio se cernía sobre las cabezas de nuestras protagonistas.
Aunque no de todas ellas, ciertamente. En su despacho de la capital, la ministra Beatriz Panceta contemplaba la lluvia y se frotaba las manos elaborando su Ley de Familias Ejemplares. Ya no tenía rival en el panorama político. Ahora nadie le impediría conseguir su objetivo: limpiar el país de la proliferación de parejas de hecho, que contaminaban de forma amoral y anárquica el principio básico de una sociedad como dios manda: la familia nuclear. Ella iba a adecentar aquel estado pluriautonómico que bastante pena tenía con ser pluriautonómico; eliminaría la promiscuidad y el libertinaje, y elevaría el sacramento del matrimonio a la categoría que se merecía y que tanto prestigio había perdido a base de una democracia mal entendida. Sería recordada por su abnegación y defensa de los valores morales, como Teresa de Calcuta es recordada por su entrega a los pobres.
Aquella lluvia monótona mojaba el asfalto con una pesadez y una insistencia capaces de deprimir incluso a las ranas, cuando Eva Metal aparcó su coche a dos esquinas del Gay Night. Había recorrido todo el camino desde su casa, por la autopista, la Ronda de Dalt y las avenidas de la ciudad con la sensación de sentirse observada. En repetidas ocasiones había mirado por el espejo retrovisor pero no observó nada extraño; unos faros la seguían a prudente distancia; otros, la adelantaban. Todo era normal y, sin embargo, aquella sensación persistía. Volvió a mirar al cabo de unos minutos. Aquellos faros permanecían fijos a su espalda, manteniendo siempre una mesurada distancia, como para no levantar sospechas, pero a Metal se le clavaban aquellas luces en la clavija de la intuición y no podía evitar que una punzada de angustia le perforara el estómago. Aceleró para dejarlos atrás poniendo a prueba su motor 1.800 hasta que los perdió de vista y por unos instantes respiró aliviada, pero, en cuanto entró en la ciudad y se detuvo en un semáforo, volvieron a aparecer.
«Es paranoia», se decía, «es una paranoia mía».
¿Qué era lo que la inquietaba tanto? No podrían encontrarla, no había dejado rastro, nadie sabía dónde estaba. Ni siquiera podían reconocerla. Cuando aparcó a dos manzanas del Gay Night, pasó junto a ella, muy despacio, un Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados.
Aquella noche no se esperaba mucho público en el Gay Night. La lluvia y el sombrío efecto de un otoño más bien pastoso no invitaban a salir, pero a eso de las doce, cuando Gina entretenía a la escasa parroquia con cancioncillas de Ella baila sola, un grupo de unas cuarenta Scorpio irrumpió en el local con una algarabía de fin de semana que hizo relamerse a las dueñas. Llegaron en bloque, como si el microbús de un city tour las hubiera soltado a todas en la puerta. Estaban celebrando una fiesta de cumpleaños múltiple y querían rematarla allí a base de mucho baile y mucho cava.
A la media hora, llevaban ya un pedo comunitario, que no se les resistía el aliento. Una de ellas empezó a ver girar las luces del Gay Night a una velocidad anormal.
—Oye —le preguntó a otra—. ¿Han instalado un tiovivo en el techo?
Mirando con dificultad hacia arriba, la colega respondió:
—No, eso es la enedgía de las ondas zodiacales que anuncian que nuestdo año sherá la oshtia.
Poco después, estaban ambas vomitando en los lavabos y ni la una ni la otra tuvieron la puntería suficiente para acertar en el interior del inodoro.
Cuando Cecilia vio el desastre, a punto estuvo de vomitar ella también.
—Pero ¡qué asco! —exclamó—. Ahora, a ver quién limpia esa guarrada porque yo soy incapaz, ¿eh?, incapaz —y se sujetaba con una mano el estómago y con la otra la boca.
—Yo estoy muy busy poniendo música para cumpleaños party—se disculpó Gina—. Yo no puedo también.
—Tampoco —corrigió Cecilia, reprimiendo una arcada.
Eva Metal acabó de servir un whisky con ginger ale, lo cobró en el acto y, sin el más mínimo apuro, les anunció:
—Ya lo limpio yo.
Cogió el mocho, un bote de Doña Limpia con bioalcohol y un cubo con agua y lejía, y se encerró en los servicios. Salió al poco rato, impertérrita, y le pidió a Cecilia unos periódicos viejos.
—Voy a poner unas cuantas hojas para que no me pisen lo fregado.
La patrona estaba encantada.
—¡Pero, qué chica tan eficiente! —la felicitó—. ¡Hay que ver lo sufrida que eres, Eva! ¿No hay nada que te de asco?
—Sí —respondió Metal—, las cucarachas, pero ésas, por suerte, sólo aparecen en verano.
A continuación regresó a los lavabos. Ya se había calmado su desasosiego. Mejor dicho, estaba como olvidado, aparcado, pero iba a reaparecer en un instante. Aquellos periódicos datados un par de meses atrás le trajeron de nuevo el mal sabor, el dolor, el recuerdo. Una de las hojas que extendió sobre el suelo, que ahora olía a limón biológico, llevaba fecha de 17 de agosto y el titular decía: «Aparece muerta en extrañas circunstancias» y en el centro se veía el rostro de Laura Mayo sonriente y dulce, con aquella expresión de mujer luchadora y firme, con su mirada clara, el semblante sereno, como todas la recordaban.
Incapaz de dejarla extendida en el suelo de unos servicios en los que un grupo de borrachas habían ido a vomitar, Eva Metal recogió la hoja, recortó con sumo cuidado la fotografía y se la guardó en el interior del sujetador. Allí, agazapada en su pecho izquierdo, la guardó durante toda la noche.
Minutos más tarde, Emma García entraba en el Gay Night sin su uniforme de inspectora.

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Era una mujer...

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:30 pm

Laura Mayo era una mujer cautivadora Sus facciones dulces, su apariencia serena, aquella cara redonda, de pómulos firmes, el pelo corto con reflejos de henna, unas orejas pequeñas, en las que solían mecerse pendientes de fantasía, sus ojos brillantes y muy vivos, que se achinaban mucho cuando reía, y una sonrisa limpia con matices melancólicos hacían de ella una mujer llena de carisma y atractivo. En el primer programa de Tea de Santos se recordó su figura en un emotivo homenaje.
Porque Tea de Santos era una mujer comprometida y tenaz. A pesar del poco tiempo que le habían dejado para preparar su nueva emisión, de haber sufrido el disloque de una mudanza y de tener la tensión nerviosa como los cables de la FECSA, ÁbreTE A la Noche salió en antena cuando estaba previsto y con toda la pompa que merecía.
La noche del estreno, una sintonía festiva y grandilocuente, a modo de himno, interpretada por un coro de azafatas clavó en los sofás de todo el país a la audiencia más alta que se registrara desde la retransmisión en directo de la boda de la Cana y la Jurada. La Gemio estaba que trinaba. Y una Tea de Santos espléndida con vestido de gasa escotadísimo en tonos azul y malva, falda y mangas transparentes que mostraban entre velos hombros, brazos, muslos y ombligo descendió por la hollywoodiense escalinata para dar la bienvenida a su público. Hora y media de actividad, diversión, profundidad, emoción y cortes publicitarios (en total cuatro) que hizo las delicias de la afición.
Sin duda alguna, el momento más conmovedor tuvo lugar cuando en el «Feminoticiario de Tea» y bajo el lema «Un minuto de palabras para Laura Mayo» la presentadora dedicó un sentido homenaje a la diputada desaparecida, un entrañable y mesurado repaso de su personalidad y sus hazañas más notables, que culminó con la frase «Siempre estarás entre nosotras» pronunciada por Tea puesta en pie con una mano en el pecho y los ojos entornados, efeméride que la casa Kleenex agradeció notablemente.
A continuación y tras la primera pausa para la publicidad, el concurso Tu Luna de Miel puso la nota simpática, el intermezzo distendido y banal en que las telespectadoras podían sentirse protagonistas respondiendo a las preguntas desde el sofá de su casa y criticando a las participantes cuando fallaban las pruebas.
Las seleccionadas para el primer programa fueron cinco chicas elegidas entre las doscientas treinta y tres que se presentaron a un casting sin precedentes después que el departamento de promoción de la Cadena 4 de televisión lanzara una campaña potentísima por todos los bares de ambiente. Eran cinco chicas normales, cada una con su historia a cuestas, una vestida de cueros, la otra un poco más tecno, una lipstick con falditas y zapatos de tacón, otra con aspecto de camionera reciclada y otra más con atuendo ciberhippie. Las cuatro primeras alcanzaron su Luna de Miel con éxito la camionera se emparejó con la lipstick y la de cueros con la tecno. La última se quedó compuesta y sin pareja. Y es que parecía que aquella criatura de aspecto enclenque, colorista y quincallero estuviera perseguida por un fatal destino. Con el permiso de las lectoras, haremos un breve paréntesis para recordar su historia.
Había pasado muchos años de su vida bconsumiendo noches en la tremolina del ambiente, ensayando intentos de ligue que por un motivo u otro nunca llegaban a materializarse, hasta que un día —no podía creérselo ni ella— conoció a una mujer algo iluminada y volátil con la que no sólo formó una feliz pareja sino que llegó incluso a consumar un sonado matrimonio. Cuento de hadas en los inicios, aquella historia de amor digna de novela rosa había acabado hacía escasamente unos meses en agua de borrajas y desconcierto supino. Y es que su señora era una liberal sexoadicta y aunque nuestra protagonista era de naturaleza comprensiva y capaz de tragar con lo que hiciera falta con tal de mantener a su pareja, no acababa de encajar las desapariciones nocturnas, que a veces duraban varios días y que se repetían cada vez con más frecuencia. Un día su chica se fue, desapareció y ya no volvió excepto para recoger sus cosas y hacerle una disertación sobre las necesidades vitales de cada individua y el camino trazado por las hadas en la que, estaba segura, era su segunda reencarnación. Culminó su discurso con una brillante frase de consuelo:
—Pero he sido tan feliz a tu lado.
Y ella se quedó más derretida que un pastel de nata a pleno sol.
En su desconcierto amoroso y con enormes deseos de rehacer su vida afectiva, puso toda su confianza en el concurso televisivo. Se presentó al casting, fue elegida para el programa; felicitada y animada por todas sus amigas, llegó dispuesta a hacer el mejor papel y, sin embargo, aquel día la suerte no la acompañó.
—...pero no todo está perdido —la animaba Tea tras su estrepitoso fracaso—, ya sabes que puedes participar otra vez la próxima semana para alcanzar Tu Luna de Miel con la persona que de verdad te mereces. ¿Aceptas el reto?
Y Natalia Pescador, que era una mujer espontánea, de una mediocridad entrañable, accedió con una risita emocionada:
—Sí, lo acepto.
A continuación, pasaron a publicidad.
Tras la segunda tanda de anuncios llegó uno de los espacios que en el lanzamiento inicial había creado mayor expectación: el Consultorio Astrológico y Sentimental de Inés Villamontes.
Inés Villamontes era una mujer de una paz interior arrolladora, nunca se soliviantaba, no levantaba la voz, ni se irritaba por nada. Los astros eran su religión, el péndulo su oráculo.
Para ella, y sin discusión posible, si un vaso se rompía, era porque Venus acababa de atravesar la línea de Aries, estando Tauro en el punto de mira de Saturno y esa confluencia provocaba tal caos que el vaso se habría hecho añicos aunque nada ni nadie lo hubiera rozado. Extraordinariamente fiel a sus creencias, era toda ella un remanso de estrellitas en el demiúrgico devenir de los acontecimientos.
Apareció en escena con una túnica discreta y su larga melena rizada semirrecogida en una cola. Hizo las presentaciones de rigor, dio la bienvenida a sus seguidoras con una oración de agradecimiento a los espíritus del bien y pasó a leer la primera consulta del programa, recibida a través del correo electrónico y firmada por una tal Alucinada.
Querida amiga Inés: Soy una mujer sencilla, con los gustos y necesidades de cualquier mujer normal. Me crié en un ambiente común y corriente (disculpe usted la rima).
—Quedas disculpada, querida —se interrumpió Inés en la lectura.
No he tenido enfermedades ni traumas destacables. No he sido mala estudiante ni empollona recalcitrante, mis medidas entran dentro del estándar; soy funcionaria, viajo en agosto, voto al partido mayoritario, voy al cine los fines de semana, salgo de copas de vez en cuando y mi comportamiento sexual no presenta alteraciones notables, tengo la excitación oportuna y un orgasmo correcto.
Usted se preguntará ¿Y para qué me explica esta mujer todo esto?
—En absoluto, querida —volvió a interrumpirse Inés—, estamos aquí para escucharos. Sigo.
Lo hago para que entienda que todo en mi vida es y ha sido normal. Mejor dicho, lo era hasta que ocurrió lo que voy a relatarle.
Hace unos meses conocí a una mujer, que también parecía normal y no me explico por qué su presencia me provoca un estallido de burbujas, un cosquilleo de vísceras, unas ganas de poner el mundo patas arriba que me hace sentir con más vitalidad y más regocijo que un cachorrillo de foca frente a un estival de sardinas.
No sé qué hacer, señora. ¿Es normal lo que me sucede? ¿Es normal esta locura que me devora las entrañas?
Deme una respuesta que me tranquilice de esta alucinación galopante que me ataca. Se lo ruego, señora Villamontes. Haría cualquier cosa porque todo volviera a su cauce, pero me temo que es imposible y tengo miedo porque también sé que la que prueba repite. Esperando un sabio consejo se despide Alucinada
Inés suspiró al tiempo que cerraba la carta.
—Querida Alucinada —dijo mirando de pleno a la cámara—, ¿te has dado cuenta de la cantidad de veces que repites la palabra normal?
Adelaida, que veía el programa en su televisor de 58 pulgadas, exclamó:
—¡Claro que me he dado cuenta! Es un recurso literario.
—Ya sé —prosiguió Inés— que estás usando la iteración como recurso literario, pero esa insistencia tuya denota un temor oculto. Sí, querida, tienes miedo, pero miedo ¿a qué? ¿a ser considerada un bicho raro? ¿A ser rechazada por la sociedad? —chasqueó la lengua varias veces al tiempo que negaba con la cabeza—. Déjame decirte una cosa. En la vida nada es casual. Entiende que en tu interior se está obrando un cambio y pregúntate a ti misma el significado y el origen de esa nueva visión metafísica. El miedo no te ayudará; al contrario, te tiene sumida en la confusión — mientras pronunciaba estas palabras, sacó de su bolsillo un pequeño objeto de cuarzo en forma oval que pendía de una cuerda y lo frotó suavemente—. Para sosegar tus angustias, haremos una consulta al péndulo y él nos dirá si debes seguir por ese camino o no. Pon toda tu energía en la pregunta que vamos a formular y piensa que el péndulo nunca engaña.
Asió el péndulo por el extremo de la cuerda dejándolo suspendido e inmóvil en el centro de la mesa, puso cara de reconcentrada y con voz profunda inquirió:

—¿Debe Alucinada seguir el designio de sus emociones?
Apenas transcurridos unos segundos, el cachivache empezó a oscilar, primero de derecha a izquierda, luego de atrás hacia delante y a continuación en círculos concéntricos con la alegría de un carrusel en el parque de atracciones, y la maga anunció:
—Ya lo ves, querida, nos está diciendo que te lances sin temores a vivir esa nueva experiencia. Sí, Alucinada, deja que tu cuerpo se arroje a explorar allí donde el corazón le empuja —recogió el péndulo, se lo guardó en el bolsillo y prosiguió—. Y no sientas remordimientos, mona, que no eres ni la primera ni la única que se cree hétero de por vida y luego se moja como nunca en brazos de una doncella, así que ¡hala! a disfrutar que son dos días.
Una musiquilla de tonos galácticos puso fin al espacio acompañando de fondo la despedida de Inés:
—Y ya sabéis, queridas amigas, podéis hacernos llegar vuestras consultas a través del correo electrónico a la dirección que veis sobreimpresa en pantalla: tdsantos@cade4.es y recordad que el péndulo nunca engaña. Hasta la próxima semana.
Como colofón y tras la tercera pausa para publicidad, Tea de Santos impactó a la audiencia realizando una entrevista explosiva a la última promesa del cine norteamericano, una rubita que tenía escandalizado a su país tras confesar que ninguno de los galanes con que había compartido pantalla podía competir en amores con su actual pareja, la actriz de teatro más atrevida y bollera de los Estados Unidos de América.
Al día siguiente, no se hablaba de otra cosa. Halagos desmesurados por una parte y críticas feroces por la otra, todo eran comentarios. Todas, absolutamente todas se habían quedado frente al televisor aquella noche para ver el programa de Tea: las históricas, las organizadas, las independientes, las indecisas, la cada vez más recalcitrante Paca, la peluquera, que creyó ver en cada peinado una alusión contra su persona; la fornida Azucena, la del gimnasio, Clara y Ana, la inspectora García, la solidaria Paz Segura las chicas del Gay Night y la mismísima ministra de Relaciones Familiares, doña Beatriz Panceta, quien sufrió un colapso respiratorio durante la emisión. Todas, incluso las de la realeza, en cuyas vicisitudes no osaremos jamás poner la pluma. La inspectora García disfrutó de lo lindo con el programa de Tea. Para ella representó un paréntesis en el cada vez más angustioso entramado de preocupaciones que le martilleaba los sesos. García se debatía entre dos obsesiones: por un lado, el caso Mayo. Ninguna pista, nada concreto y el departamento, presionándola para que encontrara una culpable, fuera como fuera, pero pronto. Por otro lado, el anormal latido de sus ventrículos, provocado por la visión de la mujer que hacía un par de noches había encontrado tras la barra del Gay Night. Sí aquella chica le había impresionado. La había visto tan profesional, tan amable, tan musculosa, tan apetecible y tan llena de tristeza... pues, por mucho que Eva Metal intentara disimular, los aviesos ojos de la inspectora habían advertido su estado de ánimo, aun no estando de servicio, porque Emma García era una mujer sagaz y ni en situaciones de pretendida desconexión, como era aquella, ni protegida por su performance nocturna podía evitar percibir detalles relevantes de la personalidad de quien estaba observando. Con más énfasis en este caso, pues la atracción que ejercía sobre ella Eva Metal era irresistible Desde que la vio, su rostro la perseguía y un desaforado deseo de acercarse a ella la tenía literalmente arrebatada.
Sin embargo, no podía permitirse que la concentración le fallara, no podía permitir que su equilibrio emocional se viera amenazado, su detectivesca frialdad reblandecida y sus controlados sentimientos en peligro de quiebra. Además, ahora sí estaba de servicio y tenía que afrontar como fuera la resolución del caso Mayo.
Aparcó aquellos pensamientos diciéndose a sí misma:
—Estas cosas pasan de vez en cuando y una mujer como yo debe saber canalizarlas.
Y se puso de nuevo a revisar los archivos de la investigación.
—«Amos» a ver... —suspiró, calándose las gafas.
Pero una vez que hubo releído todos los informes, comprobó con amargura el escaso resultado de las maniobras efectuadas hasta el momento. Era necesario dar un giro a las pesquisas, ensayar una nueva estrategia. Se estrujó durante unos minutos las mientes y, como inspirada por las musas de Agatha Christie, dio con una posible fórmula. Interrogaría a todas las mujeres que tuvieron alguna relación con Laura Mayo, ya fuera profesional o amistosa. Ellas, seguro, aportarían nuevos datos.
Sin darse un respiro, apretó el botón de su interfono y ordenó a la funcionarla de guardia:
—Me pase usted una relación de todas las asistentes al funeral de la señora Mayo.
La mossa se puso en acción no sin renegar por lo «bajinis»;
—Porta dos mesos aquí i encara no diu ni una paraula en català la tía
De esta forma, un séquito de famosas, entre las cuales se encontraban Tea de Santos, Matilde Miranda y Adelaida Duarte, pasó por su despacho en la comisaría.
La primera en acudir a declarar fue la escritora. Explicó que había conocido a la finada hacía unos años. Habían coincidido en vernissages varios y actos literarios diversos. Laura Mayo hacía también sus pinitos literarios
y solía consultar sus dudas estilísticas a la reconocidísima escritora, a quien admiraba profundamente.
—Es cierto —recordó la inspectora—. Publicó aquel libro tan interesante titulado «El papel de la mujer en las altas esferas políticas».
—Si me permite —corrigió la Duarte —, el título exacto era «El papel de la mujer política en las altas esferas» y, más que un libro, era un panfleto bien encuadernado.
También habían coincidido ambas como jurado en el premio «Plumas de mujer» de ámbito nacional y con una dotación bastante sustanciosa.
—Recuerdo que aquel año ganó el premio una tal Emerinda Salgado con una obra ciertamente interesante, aunque floja de contenido y con un estilo retórico, algo pobre en metáforas y recargado de perífrasis.
—Bueno, bueno. Ahórrese los detalles —atajó García.
—No pretenderá que mi declaración sea anodina.
—En absoluto, pero, comprenda que lo que me interesa saber es qué tipo de relación personal tenía con la diputada. Échele toda la literatura que quiera, pero hábleme de su vida secreta por favor.
—¿Vida secreta? —se sorprendió la escritora—. ¿A qué se refiere exactamente?
—A los lugares que frecuentaban usted y la señora Mayo cuando quedaban para verse fuera del terreno profesional.
Adelaida restó importancia al tema.
—Bueno, nos habíamos tomado algún que otro café juntas, una cosa muy inocente. La verdad es que no tengo información a ese respecto.
—¿Que no? —dijo García con dureza— Si no estoy mal informada, y no lo estoy, usted y la señora Mayo se habían ido de farra en más de una ocasión.
—Cuando yo viajaba a la capital, pero tampoco voy tanto.
—¿Y a dónde iban, si se puede saber?
—A clubes privados.
—¿Por ejemplo?
Adelaida con la mano en la barbilla y aire despistado hizo como que intentaba recordar.
—Ahora mismo no me viene a la memoria. Uno que está por Chueca, en una callecita estrecha —siguió unos segundos en actitud pensativa—. Pero, ahora no caigo, la verdad.
García acertó la calle a la primera. La escritora no mostró alteración alguna.
—Puede —respondió—. Me suena bastante, pero no podría asegurárselo. Y lo que he olvidado de todas todas es el nombre del local.
—¿No será un lugar llamado Se Te Ve La Pluma?
—Pues ahora que lo dice... —respiró profundo la escritora comprobando que nada escapaba a la pericia de su interrogadora.
—Bien, empezamos a entendernos. Explíqueme por qué siempre elegía ese local y no otro.
—Y a mí qué me explica —comenzó a impacientarse la interrogada—; tendría algún rollete.
—Eso es exactamente lo que quiero saber. ¿Con quién tenía un rollete?
—Pues, tendrá que disculparme, pero en ese aspecto no tengo ni la más remota idea de los vicios de la señora Mayo. Mejor dicho, de los vicios sí, pero no de la persona a la cual elegía para practicarlos. Laura era una mujer muy reservada.
—Entonces, ¿no sabe quién era su amante?
—Ni yo ni nadie, créame. Siempre guardó absoluta discreción en ese tema.
García hundió las manos en los bolsillos de su falda de tubo estilo Loyola de Palacio al tiempo que mascullaba:
—Pues, maldita la gracia —a continuación y ya dirigiéndose hacia la interrogada, añadió—: No puedo afirmar que su información me haya servido de mucho, pero, en cualquier caso, gracias por su colaboración.
—O sea que puedo irme.
—Sí, puede irse ya.
Adelaida se puso en pie y enfiló hacia la puerta. Cuando tenía el picaporte en la mano, la inspectora añadió:
—Pero esté localizable. No se me vaya muy lejos, no sea que necesite interrogarla de nuevo.
—Ni muy lejos ni muy cerca —gruñó la literata—, en mi casa de la costa, que para eso me la he comprado.
Y se fue dando un portazo.
Aquella noche, García no pudo resistir el impulso. Por mucho que lo intentó, no pudo. Volvió al Gay Night.

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No me vuelvo a enamorar

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:31 pm

Será que cuando arrecian los primeros fríos, una quiere arrebujarse entre mantas al abrigo de un cuerpo y llamar al calor para que actúe sobre ella como un microondas, de dentro afuera. Andaban todas por aquellos días enfervorizadas de deseo.
Para celebrar el éxito de su programa, Tea decidió invitar a cenar a su amiga Adelaida Duarte y a su amante Matilde Miranda, pero encontrar un hueco en la agenda de tres mujeres tan ocupadas, tan enfrascadas en sus quehaceres profesionales y que además coincidiera resultaba harto difícil. Cuando Tea emplazó a Adelaida para quedar al día siguiente, ella negó rotundamente:
—¡Huy, no! Imposible. Mañana tengo que ir al Caprabo.
—Bueno, ¿y qué? Cierran a las nueve Ade, aunque vayas a última hora, te da tiempo.
—No, si voy por la mañana, pero me agota muchísimo.
—¡Será posible! —dijo Tea pasando las hojas de su agenda—. Además —protestó—, no sé cómo se te ocurre ir a un establecimiento que aparece en la lista elaborada por la Comisión Feminista para el Consumo de marcas que utilizan publicidad sexista..
-- Pues, no sabía, la verdad, estoy muy desconectada. Y qué quieres que te diga; en algún súper tengo que comprar.
-- Pues , yo pasado no puedo y al otro tampoco, y Mati me parece que también anda liada. ¿Y si lo dejamos para el fin de semana?.
- ¡OIj, Tea! No seas vulgar. El fin de semana hasta los restaurantes más finos se llenan de chusma. Además, tengo previsto acabar el vigésimo cuarto capítulo de mi novela y ya sabes que cuando...
- ...que, cuando tienes la fiebre creativa, no hay quién te soporte. Ade, deberías hacer más vida social. Desde que te has vuelto neorrural, no sales de casa.
-- Mentira, doy largos paseos a la orilla del mar. Allí me inspiro, reflexiono y me repongo de mi desamor. No olvides que estoy en período depresivo.
—Ya, ya —le siguió Tea la corriente—, pero tanta soledad no es buena, Ade...
—Quieres dejar de llamarme Ade, narices.
—Si es que no me has dejado acabar. Te decía que además me hace mucha ilusión que lo celebremos juntas. Sois las dos personas más importantes en mi vida, en realidad, lo mejor que tengo, y quiero compartir con vosotras este momento tan especial.
—De acuerdo, Tea, has conseguido emocionarme. Quedamos un día de la semana que viene. Ya me lo montaré como pueda.
—¡Oye, rica!, que la que menos problema tiene para montárselo eres tú. ¡Pues estaríamos frescas!
Colgó el teléfono malhumorada. «Esta mujer», refunfuñó, «cuando se pone impertinente es única. Y ahora... sólo le faltaba aislarse, como ha hecho, en ese pueblo de las quimbambas. Acabará más autista que una caracola».
A pesar de ello, el disgusto le duró poco, pues cuando andaba con estos pensamientos pasillo arriba, pasillo abajo en su flamante piso de la Vila Olímpica, fumando con desespero, llegó Mati con un ramo de rosas en la mano.
—Por tu éxito, amor mío. Esto y otras sorpresas.
Traía también una bolsa de plástico con el anagrama impreso de la sex-shop de Maite. Había comprado lubricante, pues les quedaba muy poco, lencería fina en negro y rojo, la combinación favorita de Tea para situaciones íntimas, y un nuevo vibrador de origen tailandés en látex blanco de primera calidad, con movimientos giratorio y de contracción acompasados, una maravilla de la técnica erótica, a la que su tarjeta de crédito no puso reparos, en el momento de adquirirla. ¡Ah! y pilas. Desde el verano, prácticamente no se habían encontrado a solas y sin obligaciones, con tiempo suficiente para retozar a placer. Había que darle un aire innovador a lo que ya empezaban a ser unas relaciones sexuales rutinarias, practicadas con prisas en ratos aislados, arrebatados a su abigarrado tiempo.
—Tenemos que celebrar este momento de forma especial —le dijo acariciándole la nuca—. Olvídate de todo, que esta noche ha de ser sólo nuestra.
Encargaron un refrigerio a base de salmón noruego, caviar ruso, paletilla de Jabugo y trufas heladas, todo ello regado con Moét et Chandon, que saborearon entre jugueteos inocentes, a saber: Mati se ponía unos granos de caviar en la lengua y se la ofrecía a Tea; Tea forraba su nariz con una loncha de salmón y le pedía a Mati que se la arrebatara, etcétera. Pero, en cuanto se acabaron los manjares, iniciaron un ritual enloquecido. En el sofá del espléndido salón el flamante piso se desnudaron mutuamente y sin demasiados remilgos, pues a ambas les costaba muy poco ponerse en situación, se lanzaron directamente al genital externo en postura de amazonas y a galope tendido ya desde el inicio. El primer orgasmo no se hizo esperar. Tenía la intensidad y las características de un hermoso preludio, así que apenas pasados unos minutos, los justos para tomar un poco de aliento, volvieron a la carga, esta vez para explorar los entresijos internos. Ni siquiera hizo falta el lubricante; sus vulvas eran torrentes desbordados capaces de empapar por entero, como estaban haciendo, la tapicería del sofá. Se encontraban en el epicentro del tornado cuando, más inoportuno que nunca, sonó el teléfono. Mati tenía cuatro dedos de su mano derecha introducidos en la vagina de Tea y el pulgar se había internado sin dificultades, casi invitado por la dilatación, en el orificio trasero. Dejaron que el timbre sonara intermitente acompañando los alaridos de Tea, que suplicaba:
—¡No te pares Mati que me quedo catatónica!
Se disparó el contestador justo cuando Tea se sacudía igual que una pava electrocutada. Y tanto le duró el clímax que hasta se olvidaron de la llamada.
Aún jadeante, Tea encendió un cigarrillo y sirvió dos chupitos de Glenmorangie en vasitos helados. Tras beber un sorbo, Mati, en tono lascivo, susurró:
—Demasiado frío, mi amor —y vertió el contenido de su vaso en el pubis de Tea que del escalofrío quedó petrificada, pero se recuperó sin dificultades en cuanto la lengua ardiente de Mati lamió con fruición hasta la última gota.
—Déjame probarlo —exclamó jadeante y, en un gesto trémulo, pero certero, imitó a su compañera.
Aquel juego duró más que los anteriores, siempre al límite del quebranto, sin llegar a la eclosión. Se estaban preparando para un epílogo estrepitoso, que culminaría con la sofisticación técnica. Agarraron el vibrador y lo pasearon por los cuatro puntos cardinales de sus ansiosos cuerpos, agradeciendo a la tecnología tailandesa su alto grado de precisión.
Así siguieron hasta que el silencio de la noche cayó sobre los yates del Port Olímpic Exhaustas de carnalidad, se besaron. Sus bocas sabían a whisky de malta mezclado con flujo vaginal, una combinación paradisíaca.
Resultaba un verdadero inconveniente que en el Caprabo no tuvieran servicio a domicilio. Adelaida Duarte hacía ya años que no se veía a sí misma empujando un carrito de la compra, pero su frigorífico Siemens con 576 litros de capacidad parecía una despensa somalí y, para reponer las existencias, no le quedaba más remedio que desplazarse hasta el supermercado y ejecutar aquel ejercicio doméstico. Andaba ella de pasillo en pasillo, seleccionando productos y evitando siempre las ofertas, pues no le inspiraban confianza, cuando en la sección de bebidas una sacudida acompañada por sonido de latas la hizo estremecerse. Una joven de cabello oscuro, rostro ensombrecido y musculoso armazón pectoral había incrustado su carro literalmente en el de la escritora.
—Discúlpeme —exclamó con vocecilla agitada—. Estaba distraída.
Al verla, le sobrevino a Adelaida una especie de arrebato extraño, una mezcla de deseo, atracción, ternura y algún sentimiento más que no lograba identificar. Como buena observadora, se fijó en el contenido de la cesta rodante que empujaba con torpeza su atropelladora y notó que era mucho más modesto que el de la suya; todo eran productos básicos y con la marca del establecimiento. La miró a los ojos y advirtió una expresión afligida en un rostro ciertamente encantador. ¿Cuánto tiempo hacía —se dijo a sí misma— que no sentía atracción por alguien y, lo que era peor, que no sentía el deseo de sentir atracción? En décimas de segundo le pasó por la mente toda su vida amorosa, desengaño tras desengaño, y la sensación actual de que nadie podría hacerle vibrar de nuevo. Hasta sus oídos llegó vagando un estribillo lejano que repetía insistente: «No me vuelvo a enamoraaaar, me da miedo la tristezaaa...». Y sintió pena.
—No se preocupe —dijo disculpando a la chica—no ha sido nada.
Y siguió su camino empujando el carrito por los pasillos abarrotados de conservas, sin darle mayor importancia, aunque con una leve marca de desazón instalada en la garganta.
No era desazón, sino rabia contenida y el aguijón de la injusticia clavado en las entrañas lo que sentían Clara y Ana tras cuarenta y ocho viajes a la Oficina de Asuntos Infantiles para tramitar la adopción de una niña. Para conseguir tal gesta, se les requería: una nómina no inferior a los tres millones anuales en el caso de ambas partes, residencia fija y de propiedad sin gravámenes ni hipotecas, cédula de habitabilidad, higiene y ventilación; justificante de la revisión de todos los servicios domiciliarios, justificante bancario de no tener ni haber contraído deudas, excepto aquellas que se liquidaran en cómodos plazos mensuales; certificado médico de no padecer ni haber padecido (ni previsión de padecer en el futuro) enfermedad alguna contagiosa o degenerativa; certificado de no padecer ni haber padecido (ni previsión de padecer en el futuro) enfermedad mental o anomalía psíquica; certificado de no padecer ni haber padecido (ni previsión de padecer en el futuro) minusvalía física o sensorial; declaración jurada de conocer y acatar los derechos universales de la infancia; informe policial conforme su actitud moral era correcta, certificado de penales y un pliego de, al menos, quinientas firmas de amigas, vecinas y conocidas apoyando su iniciativa.
Todo ello había sido presentado correcta y puntualmente. Faltaba, además, un informe de la psicóloga, uno de la trabajadora social, uno de la psiquiatra de la maternidad, uno de la ingeniera técnica de construcciones arquitectónicas y otro de la diseñadora de interiores. Cada una de estas profesionales debía certificar, tras los exámenes y entrevistas pertinentes, que, en lo concerniente a su especialidad, la pareja y su entorno cumplían los requisitos básicos para recibir y atender de forma correcta a la niña que deseaban tener a su cargo.
—No, si ya me parece bien que pidan ciertas garantías —observó Clara a la funcionaría de turno—, pero podrían hacer lo mismo con las parejas que tienen hijas como quien cría champiñones. Yo creo que para parir también deberían exigirse unos mínimos. O todas moras o todas cristianas ¿no?
—A mi no me hinche los cascos, que yo soy una mandada. Si quiere hacer una reclamación, vaya al registro y allí le darán el impreso para que lo rellene.
Ana atajó algo mareada:
—¡Ay, no, por favor! Que ya llevamos bastante papeleo encima.
A pesar de todo, no desfallecían, estaban dispuestas a someterse a todos los interrogatorios que hiciera falta con tal de conseguir aquella especie de carné de madres ideales que les daría la posibilidad de iniciar los lentos y pesados trámites de la adopción, pero para más inri y para colmo de las dificultades, aquella misma funcionaría les anunció que, aun superados con éxito todos los obstáculos y estando en posesión de los informes requeridos, todas las demandas de adopción quedarían en suspenso hasta saber si se aprobaba la Ley de Familias Ejemplares pues el contenido de ésta modificaría sustancialmente los requisitos exigidos para dar cariño a una criaturita.
—Así que tómenselo con calma — sentenció dando un golpe seco de tampón y sellando con tinta azul el documento que acababan de entregarle.
En el desayuno y tras la ristra de acoplamientos de la noche anterior, Tea, frente a una taza de humeante y oloroso café, le expresaba a Mati su preocupación por Adelaida.
—Cada vez está más aislada, apenas se relaciona; no sale de casa prácticamente.
—No te inquietes -—la tranquilizó Mati—. Estará pasando por un periodo de introspección. Les pasa a muchas escritoras.
—No, si ella introspectiva lo está ya de naturaleza, pero ahora... no sé, la noto muy nerviosa y más antipática que de costumbre.
—Debe de sentirse muy sola. Le haría bien tener compañía —bebió un sorbo de café.
—Pues, lo que digo. Y encima no queda con nadie —Tea agarró el paquete de tabaco y la caja de cerillas que había encima—. No veas lo que me ha costado que aceptara mi invitación a cenar. Hemos tenido que dejarlo para la semana que viene y como si me estuviera haciendo un favor. No te lo pierdas.
—Tienes que ser comprensiva con ella —concilio Mati, posando su taza en el platillo.
—Sí, sí, lo sé —encendió un cigarrillo, sacudió la mano con energía para apagar la cerilla y sopló una potente bocanada de humo —. Me gustaría hacer algo por ella, no sé, algo que la estimulara, que le hiciera recobrar un poco la alegría...
Mati hizo un gesto de desacuerdo:
—Lo de «recobrar» es un decir porque alegría, lo que se dice alegría, nunca ha mostrado mucha que digamos.
—Tienes razón —suspiró Tea—. Me siento impotente.
Miró la hora y vio que se le estaba haciendo tarde. Se levantó, recogió las tazas, la cafetera y las galletas integrales que había puesto en una bandeja y que ni siquiera habían probado. Luego se fue al cuarto de baño y Mati se quedó en el salón. Pasados unos minutos, regresó vestida y emperifollada, cogió su bolso y se dirigió hacia la puerta. Mati la siguió sin decir palabra. Había un aire de misterio en su rostro, como si algo le estuviera rondando por la cabeza. Detuvo la mano de Tea justo en el picaporte y le dijo:
—Creo que sí podemos hacer algo por ella. Se me está ocurriendo una idea.
—¿No pretenderás buscarle una novia? Porque ya me dijo el otro día que ella no se vuelve a enamorar.
—¡Nooo! Quita, quita —exclamó Mat —. ¡Buscarle una novia a ésa! ¡Pues, no es nada!
—Menos mal —suspiró Tea—. Entonces, me la cuentas por el camino —la besó en los labios y ambas salieron.
Tampoco Natalia Pescador tenía muchas esperanzas de volver a enamorarse, pero ni siquiera lo pretendía. En realidad, se conformaba con tener compañía fija, buen rollo en la cama y pocas complicaciones. Ella se adaptaba muy bien a los gustos de su compañera (cuando la tenía). La historia de Estelita la visionaria le había dejado mal sabor de boca, pero aun así, seguía opinando que la mejor opción social es la vida en pareja. Eso de no tener que pensar adonde y, sobre todo, con quién ir el fin de semana; tener resuelta la compañía para las vacaciones y dividir los gastos domésticos le resultaba la situación más confortable a la que una persona puede aspirar. Pero ¿por qué a ella en ese terreno la acompañaba siempre la mala fortuna? Con el invierno acechando, le asaltaban enormes deseos de acurrucarse junto a otro cuerpo y vencer el frío a base de achuchones. A veces, no sabía si lloraba de pena o de rabia. Para consolarse, volvió a sus devaneos por el ambiente, confiando en que algún día caería la lotería amorosa y volvería a casarse. No es que hubiera perdido la confianza en el concurso, al fin y al cabo sólo había participado una vez y tenía tantas oportunidades como quisiera. Pero, mientras tanto y para salir de apuros, no le vendría mal una noche loca o lo que se terciara. Llamó a sus amigas más íntimas, con las que había disfrutado tantas y tantas juergas nocturnas. Ahora emparejadas, apenas salían, pero, como estaba sola y en honor a la gran amistad que las unía, accedieron a acompañarla.
—Vaaale, Nati —dijo su amiga Candi tras dos horas de conversación telefónica—. Iremos de juerga este fin de semana.
Aquella noche, en la barra del Gay Nigh una mujer vestida con téjanos negros ceñidos y una sudadera Calvin Klein bebía ginger ale con lima. Era abstemia, pero le daba corte pedir un zumo de piña y eligió esa bebida porque le parecía más sofisticada. Le gustaba ver las burbujas de color dorado parpadeando en el vaso largo. Tampoco fumaba, pero se había comprado un paquete de Camel y sostenía el cigarrillo entre los dedos con aires de nocturnidad. A intervalos, exhalaba una bocanada y la soltaba de inmediato formando un embudo con los labios. Puesto que no se tragaba el humo, una nubecilla blanca se instalaba frente a su nariz cada vez que repetía la operación y tenía que dispersarla dando manotazos, como quien espanta una mosca, para no perder detalle de lo que estaba observando. Y es que Emma García no podía dejar de mirar a la mujer que unos días atrás se había instalado en el más recóndito apartado de su atorado sentimiento. Se reconcomía de deseo.
Esa noche, Eva Metal llevaba puesto un suéter negro con cuello de pico por el que asomaba el extremo de sus poderosas clavículas, le ceñía el pectoral y dibujaba su musculatura bajo el tejido de punto. Sería por la atracción que ejercía en ella o por una deformación profesional difícil de eludir, pero Emma García no podía, ni ayudada por el disfraz, evitar hacer un análisis minucioso de cada uno de sus gestos, sus expresiones, su forma de comportarse y su ornamentación. «Ha cultivado su cuerpo», pensó, deteniéndose en la moldeada curva de sus bíceps. Y observando sus manos angulosas y fuertes, dedujo: «Y ha trabajado duro». ¿Qué pasado misterioso encerraba aquella mujer? Cuando le sirvió la copa, había advertido un perfume caro, Aire de Loewe, demasiado caro para alguien que se gana la vida en un bar nocturno. Cabían dos posibilidades, hacía ella sus conjeturas: o bien había vivido épocas más florecientes que la actual, en las que podía permitirse caprichos ostentosos, de los que aún le quedaban restos, o bien tenía una amante que se gastaba los billetes obsequiándola con regalos de categoría. Se fijó en el anillo que lucía en el dedo anular de la mano izquierda, un aro con piedra, discreto pero lujoso y de diseño moderno. Ese detalle reforzaba la tesis de la amante. Nadie de su clase lleva un anillo de esas características si no hay un chanchullo amoroso de por medio; sin embargo, su aspecto triste y apesadumbrado su aire taciturno, señal inequívoca de infelicidad, ponían en duda esa posibilidad. Probablemente había roto con su amante o la había perdido y aún quedaban los resquicios de un pasado feliz y opulento: el perfume que ella le regaló, el anillo que sellaba un compromiso... Por cierto, discurrió rebuscando en los recovecos de la memoria, ¿dónde había visto, y no hacía mucho, un anillo muy similar?
No habló con ella en toda la velada aunque, al ser martes y haber refrescado el tiempo, la afluencia de clientas en el Gay Night era escasa. Eva Metal parecía tan sumida en sus preocupaciones, tan ausente. Aún, y haciendo gala de su sagacidad, hizo García una reflexión más referida a aquel estado de solapada inquietud: «tiene miedo», se dijo. Y era cierto. Eva Metal tenía miedo porque de nuevo se había sentido acosada. De nuevo había tenido la impresión de que alguien la seguía. Había recorrido el camino desde su casa hasta el Gay Night con verdadera intranquilidad perseguida por los faros de un Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados, que se detuvo a escasos metros de donde ella aparcó, que había apagado las luces y se había quedado detenido en doble fila, como si pretendiera esperar allí hasta verla regresar. ¿Qué haría si era cierto? Durante toda la noche, aquel temor martilleó sus neuronas. ¿Qué hizo cuando comprobó que era cierto, que aquel coche la había estado esperando aparcado en doble fila, que puso el motor en marcha cuando ella abrió la puerta de su Honda Civic color azul marino, que aquellos faros volvieron a encenderse cuando ella arrancó y que la siguieron impasibles, a prudente distancia hasta que llegó a su casa?

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Nada en claro

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:32 pm

Cuando Tea de Santos escuchó los mensajes en el contestador, recordó que, en efecto, entrando en el clímax amoroso de la noche anterior, había sonado el teléfono. Era la inspectora García. Le pedía que pasara por comisaría para ser interrogada.
—¡Con la faena que tengo! —protestó para sí Dorotea.
De las anteriores declaraciones, García no había sacado nada en claro; ni siquiera Matilde Miranda le había dado una información útil. Había asegurado que no recordaba el nombre de los bares que solía frecuentar Laura Mayo (y a los que ella, por supuesto, también iba cuando se encontraba en la capital) y en cuanto a su vida privada afirmó:
—Sí, sé que tenía una amante, pero no sé quién era ni creo que nadie pueda decírselo. Laura Mayo era un persona muy discreta.
García respondió con un ataque de reconcomio:
—Cagüen, cagüen y cagüen —masculló. Y dando vueltas por el despacho, reflexionaba en voz alta—. ¿Quién demonios será esa mujer? Alguien tiene que haberla visto; seguro que la llevaba a restaurantes de categoría. Es lo normal, le compraría perfumes caros y hasta puede que le regalara un anillo.
- ¿Eso hace usted con sus amantes? — preguntó Matilde con sorna.
Y Garcia se enfureció:
- No se meta conmigo, que estoy de servicio y me entra muy mala ostia.
Eso fue todo. No sacó nada en claro.
Días más tarde, Tea de Santos acudió a comisaría con gafas de sol, gabardina otoñal y el pelo recogido en un moño alto.
Como sus antecesoras habían sufrido sendos fallos de memoria , la inspectora García resolvió ir directa al grano.
- ¿Conoce usted un local llamado Se Te Ve La Pluma? - Preguntó de entrada.
Tea, sin mirar a la inspectora, abrió el bolso, rebuscó entre el montón de cachivaches que llevaba y sacó un cajetilla de tabaco y un mechero.
- Se puede fumar aquí ¿verdad? —dijo llevándose un cigarrillo a los labios. Lo encendió sin esperar respuesta.
—Sí, fume, fume —invitó la inspectora cuando ya Tea había exhalado una profunda bocanada y el humo se esparcía por la lóbrega sala de interrogatorios. García le acercó un cenicero.
—Conozco ese lugar y otros lugares del mismo estilo afirmó Tea—. Acudo a ellos tanto por motivos profesionales como personales, pero no me confunda, inspectora, le advierto que yo soy hétero y muy hétero.
—¿Y su relación con Matilde Miranda? Eso es del dominio público.
—Sí, ¿y qué? una oveja no hace rebaño. Es una relación y punto. Insisto en que soy hétero y muy hétero; por lo tanto, ahórrese esfuerzos, comisaria, no vaya por ese camino.
—Inspectora, si no le importa — puntualizó García algo ofendida—. Y dígame —prosiguió, haciendo girar en sus dedos un bolígrafo Bic, que repiqueteaba en la mesa con impertinentes golpecitos—. ¿Cómo conoció a Laura Mayo?
—Era un personaje vital en la política de este país. Tuve ocasión de entrevistarla en mi anterior programa de televisión.
Ahí, García mostró un notable y repentino cambio de humor. Detuvo en seco el movimiento del bolígrafo y el rostro se le iluminó.
—-¿TE ADORO TEA? —exclamó con visible alegría.
—El mismo.
—¡Ay, cómo me gustaba ese programa, señora de Santos! No me lo perdía nunca Nunca. Se lo aseguro. Si estaba de servicio, lo grababa —hizo una breve pausa, como si estuviera recordando—. Y es que mira que era bueno ¿eh? Yo disfrutaba que no se puede usted hacer idea. Y no se crea que a mí me gusta mucho la tele. No, no, pero es que tiene usted cada salida. ¿Se acuerda de la entrevista que le hizo a Victoria de la Peña?
—No me voy a acordar —dijo Tea— si la hice yo.
—¡Cómo se puso de gallita! —exclamó García sacudiendo la mano derecha y tapándose la boca con la izquierda.
—Sííí —rió Tea—. ¡Pues, buena es ella!
—¿Y el día que sacó a la petarda esa que era consellera de la Chene? ¿Cómo se llama?
—¿Castells i Junyent?
—Esa, sí, Eulalia Castels i Yuyén. Sí ¡Oh! ¡Qué bueno fue!
—Por poco me cuesta el puesto — comentó Tea, inclinando la cabeza.
—Pero la puso usted en evidencia con una clase que pá qué.
—Por eso, por eso —confirmó la periodista.
—¿Y la tenista Marta Comínez?
—¡Oih, calla, cómo se pasó! Porque mira que es sosa la pobre y aquel día... Yo no sé, debía de ir dopada.
—Sí, sí —sonrió García—. ¿Y cuando entrevistó a Laura Vallfogona? ¡Qué fuerte fue!
—Ésa estuvo a punto de dejarme calva.
—¡No me diga! ¿Va en serio?
—Como lo oye. A cámara cerrada se lanzó hacía mí pronunciando toda suerte de insultos, se me echó encima y directa a los pelos ¡oiga! Una cosa bárbara. Y yo gritando «Que hagan fotos, que hagan fotos que nos ganamos una exclusiva del copón».
García y de Santos estallaron en carcajadas.
—¡Ay! —exclamó entre aspavientos la inspectora sin poder contener la risa—. ¡Ay! No me haga usted reír, señora, que estoy de servicio.
Y de nuevo se tronchó de hilaridad. Tea aprovechó para encender otro cigarrillo.
Tras un leve lapso, García recobró la compostura y, de nuevo con aire rotundo, afirmó:
—Sí, recuerdo aquella entrevista a Laura Mayo. Fue muy interesante, muy interesante Todas sus entrevistas lo son.
—Muchas gracias, inspectora. Entonces, ¿puedo irme ya?
—Pero... ¿Cómo va a irse ahora si todavía no me dicho nada?
—Pues, llevamos más de tres cuartos de hora hablando y yo tengo muchas cosas que hacer. Compréndame.
—¡No me fastidie, mujer...! —exclamó con desespero la inspectora, y para sí comentó —: Esto me pasa por darles confianza a las interrogadas. Debería ponerme más dura.
Tea, metió el tabaco y el mechero en el bolso.
—Por lo que deduzco —comentó—, no han encontrado todavía a la mujer que desapareció de su domicilio tras la muerte de Laura Mayo y que responde a las iniciales E. R.
—No, no la hemos encontrado — reconoció la inspectora.
—¿La buscan por ser la amante o la asesina?
—Puede que ambas cosas. Apenas tenemos datos sobre su persona. Sólo sabemos que se llama Evarista Reyes y que tenía que encontrarse con Laura Mayo durante el mes de agosto. Seguramente estaba molesta con la diputada. Encontramos una carta de la señora Mayo dirigida a ella en la que se disculpaba porque le era imposible ir a verla. Parece un caso claro de infidelidad. También sabemos que había trabajado en el Se Te Ve La Pluma.
—¿Y no tienen su descripción?
—Sí, por supuesto, pero es posible que haya cambiado de aspecto y seguramente también de nombre.
—Ya. ¿Y no hay más sospechosas?
—¡Más sospechosas, más sospechosas! —refunfuñó García—. ¿Qué más sospechosas quiere que tengamos?
—Bueno. Todo el mundo sabe que a las miembras del Gobierno les venía de perlas la desaparición de su más feroz competidora. ¿Ha interrogado ya a Beatriz Panceta?
—¿Quién? ¿La ministra? Pero, ¿usted está de guasa o qué? ¿Qué quiere, que me meta en un «fregao»? ¿Que me busque la ruina?
Tea de Santos se puso en pie y respiró

hondo.
—Si quiere que le diga la verdad, me parece que tiene usted entre manos un asunto muy turbio. Ándese con cuidado, inspectora.
Se colocó el bolso en bandolera, cubrió sus ojos con las gafas de sol y se dirigió hacia la puerta. García exclamó con retintín:
—Pues, gracias por el consejo, señora.
—Y a usted por la información —dijo Tea con una mano en el picaporte y en el rostro una amplia sonrisa.
—Oiga, oiga ·—la detuvo García—no vaya a usar nada de lo que le he dicho para su programa ¿eh?
—Entonces, debo entender que se trata de una información off the record.
—¿Lo qué? Yo no le he dado ninguna información —se enfadó.
—Desde luego, inspectora. Y ahora, si me lo permite, tengo que dejarla. Mis obligaciones me llaman.
—Sí, váyase, ande, váyase —dijo García cuando ya la otra estaba fuera—. Váyase y no me líe más, lianta, que es usted una lianta.
Tampoco Eva Metal sacó nada en claro de la única llamada que realizó para averiguar quién la estaba siguiendo. Concha Fernández, la forense, estaba recluida en el despacho de su casa redactando un informe, cuando sonó el teléfono. Al reconocer a su interlocutora, de forma instintiva bajó la voz y con el inalámbrico colgado de la oreja fue a correr las cortinas. Dos maniobras inútiles —como bien habrán observado las lectoras— desde un punto de vista práctico, pero en el terreno psicológico la ayudaron a sentirse protegida.
—Eres tú —susurró—. ¿Cómo se te ocurre llamarme?
—Tengo un problema.
—Uno no, tienes muchos.
Metal desoyó el comentario.
—Alguien está siguiéndome últimamente —continuó.
—No sé de qué te extrañas; la policía te está buscando.
—No es la policía.
—¿Cómo estás tan segura?
—Si fuera la policía, no me acosaría con un Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados. Vendría a detenerme sin más
contemplaciones.
La voz de la forense se quebró.
—¿Has dicho un Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados?
—Sí, ¿sabes de quién es?
—Psss... no, no —titubeó—. No tengo ni idea de quién puede tener una máquina semejante.
—¿Ah, no? —inquirió Metal—. Y entonces, ¿por qué has dudado?
—No he dudado, es que... me he quedado impresionada. Un Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados es un cochazo ¿eh?
—Está bien, esta bien, te creo. Escúchame, que no me sobra el tiempo. Necesito que me hagas un favor. Intenta descubrir a quién pertenece ese cacharro. Apunta la matrícula —dictó la primera letra vocalizando cuidadosamente, luego las cuatro cifras y a continuación las dos letras siguientes, pero la forense no apuntó nada—. ¿Lo tienes?
—Sí, sí, ya lo tengo. Te diré algo en cuanto tenga alguna información. ¿Dónde puedo llamarte?
—¡Quita! —protestó—. Ya te llamaré yo. Procura estar en casa a la hora de comer.
—Eso —se quejó la forense—. Y si se me muere una a mediodía, le digo a la jueza que la mantenga al fresco hasta que yo llegue ¿no?
—Ya me has entendido, Concha. No seas tiquismiquis que éste es un asunto muy liado.
—No lo sabes tú bien —murmuró.
—¿Qué?
—Nada, nada, que de acuerdo. Esperaré que me llames.
Tras colgar el teléfono, Concha apretó los nudillos de ambas manos hasta hacerlos chasquear.
—A quién se le ocurre seguirla con mi propio coche —masculló—. Si lo llego a saber, no se lo dejo.
Un domingo por la mañana, estaba Adelaida Duarte en su fantástica torre a cuatro vientos escuchando un aria de la Callas con un despliegue de dominicales y suplementos varios extendidos por el sofá; en bata de seda china y la calefacción temperando el ambiente a 20 grados centígrados exactamente (una de las múltiples manías de la literata). Hizo un somero repaso por los titulares y se detuvo en un amplio artículo sobre la Ley de Familias Ejemplares, que por aquellos días se estaba debatiendo en el Parlamento.
Según se informaba, la ministra de Relaciones Familiares, doña Beatriz Panceta pretendía acabar con «el caos, el malevaje y la promiscuidad a las que se había llegado con tanta proliferación de parejas de hecho». La ministra afirmaba en una entrevista que había que «ordenar el conjunto de la sociedad ofreciendo un modelo de familia conforme a los principios morales de una comunidad basada en la decencia carnal y la rectitud espiritual», o sea, que iba a poner al conjunto del Estado en vereda obligando a un modelo de unión único y mononuclear.
El artículo presentaba también un extracto de los planteamientos de la LEFE según el cual iban a ser consideradas Familias Ejemplares aquellas y sólo aquellas que se ajustaran al modelo 121.a de la legislación, redactado en los términos siguientes:
Las Familias Ejemplares estarán constituidas por Cabeza de Familia identificada en la figura del varón, Cónyuge y subordinada, identificada en la figura de la hembra, y vástagos/as en número indeterminado, atendiendo a categorías diferentes dependiendo de la cantidad de los/las mismos/as.
Aquellas familias que, superando en tres la cantidad de descendientes, pero necesariamente con, al menos, un varón entre ellos, entrarán en la categoría de FEP (Familias Ejemplares de rango Preferente) y disfrutarán de privilegios tales como descuentos en el transporte público y tarifas telefónicas, lotes alimentarios y reducciones económicas en viajes que, con la justificación correspondiente, demuestren que se realizan para visitar a otros miembros de la familia.
Estas uniones deberán estar bendecidas necesariamente por la iglesia atendiendo a la consumación del matrimonio post benedictum.
Todas aquellas uniones que incumplan los mencionados requisitos no serán admitidas como tales y deberán atenerse a las consecuencias derivadas del desacato.
El certificado de Familia Ejemplar será exigido como requisito indispensable para presentarse a cualquier convocatoria de oposiciones promulgada por el Estado, así como para solicitar créditos bancarios de

entidades públicas, ayudas, subsidios y becas estatales, y para tramitar adopciones.
Adelaida no podía dar crédito a lo que estaba leyendo.
—Esto va mucho más lejos de todo lo imaginable —exclamó—. Hay que impedir que siga adelante.
Estrujó el periódico y en un berrinche lo lanzó a la alfombra persa. En ese preciso momento, de forma inesperada sonó el timbre de la puerta. El interfono estéreo con circuito cerrado de televisión y sonido cuadrafónico resonó por todo el recinto entonando los acordes de las tres campanas principales de Nótre Dame. Poco se imaginaba Adelaida Duarte, con lo introspectiva e insociable que estaba ella, la insólita sorpresa que sus amigas Tea y Mati habían tramado a fin de relajar un poco su sistema nervioso y aplacar sus malos humos.
-¡Hoooola, querida! saludó Tea con efusión plantándole dos sonoros besos, uno en cada mejilla.
—¿Y a qué se debe el honor? —gruñó Adelaida correspondiendo al saludo.
Tea entró directa al salón, se despojó de su abrigo de cachemir y, apartando unos cuantos suplementos, se dejó caer en el sofá:
—Que como no hay forma de quedar contigo, hemos decidido hacerte una visita sorpresa.
—Brillante. Querréis tomar algo, me temo.
—Ya que nos lo ofreces con tanto entusiasmo, aceptaremos -suspiró Tea Además prosiguió con indiferencia mientras Adelaida iba a preparar café - , te hemos traído un regalo.
- ¿Y eso? – gritó desde la cocina.
En brazos y agazapado bajo las solapas del abrigo, llevaba Mati un bultito que se removía inquieto, un detalle en que la escritora, a pesar de su agudeza observadora, no había reparado.
—Vamos Mati —le indicó Tea con un gesto y ambas se dirigieron también hacia la cocina.
Una vez allí, le anunció:
—Eso es para que canalices tus sentimientos y desarrolles el instinto maternal, que seguro que lo tienes.
Y al compás de estas palabras, Mati depositó en los brazos de la escritora una cachorrita de Cocker Spaniel de escaso mes y medio de edad, con las orejas larguísimas y caídas, la cola escondida entre las ancas y una carita de pena que parecía que iba a echarse a llorar de un momento a otro. Apenas un palmo de can más tierno que un peluche y más dulce de aspecto que la Fira de Sant Ponç. Adelaida en un principio abrió una boca y unos ojos muy grandes, y enseguida farfulló:
—Tea, sabes perfectamente que no soy amiga de animales domésticos —pero sintiendo el calor de aquel algodoncito con patas que se acurrucaba entre sus pechos buscando protección añadió —: aunque, bien mirado, no me vendrá mal tener compañía —y enternecida, emocionada y agradecida, todo al mismo tiempo por una vez en su vida, exclamó —: Mira que tenéis cada ocurrencia.
Sonrieron todas en un compendio de emociones liberadas.

- Tendré que buscarle un nombre —se inquietó de repente Adelaida.
- OH! No te preocupes - dijo Tea haciéndose cargo del café- . Ya se lo hemos puesto.
- ¿Si?
- Si. Se llama Tila, a ver si te calma un poco.
La nueva dueña no hizo objeción al nombre, depositó la cachorrita en el suelo del salón y atendió las indicaciones de Mati, quien le hizo entrega de la cartilla de vacunación, el certificado de tramitación del pedigrí y un pliego de impresos para el censo; y le dio instrucciones para el cuidado de la criatura. Ya comía pienso, reblandecido, a poder ser con leche maternal para perras, y tenía que tomar una pastilla de calcio diaria, una pasta para la desparasitación quincenal, una tableta mensual para evitar las pulgas y había que ponerle cada semana unas gotas en los oídos para evitar posibles otitis.
- Es que es una raza muy propensa comentó Mati—, como tienen las orejas tan grandes —y le hizo entrega de una bolsa conteniendo un paquete de eukanuba puppies, un tarro de leche canina en polvo, una caja de Osopan y otra de Program, otra de Drontal y un frasco de Cornisol para uso veterinario, además de un arnés con los colores del arco iris y una correa extensible.
—Sólo faltan los pañales —bromeó Tea llevando la bandeja del café. Y como si lo hubiera oído, Tilita soltó un soberano pipí en el centro mismo de la alfombra persa que Adelaida Duarte tenía instalada en el fastuoso salón de su flamante chalé a cuatro vientos.


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Insomnios y pesadillas

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:32 pm

En una siniestra oficina, Clara y Ana están entregando un enorme pliego de documentos. Depositan sobre una mesa montones y montones de papeles, que. la funcionarla revisa con ojos de chacal. Les pone un sello y los archiva. Ana tiene la sensación de que pasa mucho tiempo. Quiere salir de allí, pero no puede; siguen los papeles, los impresos, los informes, hasta que por fin llega el último y ella respira. Entonces, la funcionaría mira a ambas y les pregunta: «¿Y el acta notarial? ¿Dónde está el acta notarial?». Ella se inquieta: «¿Qué acta notarial?» pregunta atónita. No puede ser que les falte un papel, es imposible. La funcionaría gruñe: ¿Me han hecho trabajar tanto para esto? ¿No se han enterado todavía de que tienen que traerme un acta notarial conforme los documentos que presentan son auténticos? Clara protesta, pero la funcionaría no la escucha: «Un acta notarial compulsada y redactada ante dos testigas mayores de 18 años, que demuestre que se encuentran dentro del marco de la legalidad. Y en papel oficial». Ana suplica: «Pero tardaremos meses en conseguirla, hay unas listas larguísimas para que te den hora en la notaría». No sirve de nada. La funcionaría ruge: «Pues, se espabilen». A continuación, hay un salto en el tiempo y en el espacio. Ante ellas, una saca enorme en la que van introduciendo dinero, en billetes, en monedas, con las manos o con palas y la saca nunca se llena. Ana mira el interior y exclama entre sollozos: «¡Sólo nos da para medio kilo de niña! Nunca lo conseguiremos. Nunca lograremos llenar la saca». Y se pone a llorar. Llora y llora desesperada hasta que oye de fondo los maullidos de Azafrán como venidos de otro mundo y siente la mano de Clara dándole palmaditas en la mejilla:
—Cálmate, amor mío. Ha sido una pesadilla.
Clara y Ana no eran las únicas que sufrían de insomnios y pesadillas. La Ley de Familias Ejemplares ganaba terreno día a día y, si bien se sabía que el gobierno no iba a proponer una ley favorable a las familias alternativas, nadie imaginaba que fuera a soltarse con un planteamiento tan retrógrado. Quedaba claro que de la Panceta se podía esperar cualquier cosa. Una ministra que había llegado hasta su cargo —todas lo sabían— por su estrecha amistad con la presidenta del gobierno, una escaladora nata capaz de vender a quien hiciera falta con tal de conseguir sus intereses, una arpía sin piedad, deseosa de alcanzar las cotas más altas del poder. Beatriz Panceta era, sin duda alguna, una paranoica acomplejada del calibre de las más grandes dictadoras de la historia.
El fantasma de la LEFE planeaba sobre las cabezas de tantas mujeres cuya opción de vida distaba un abismo de la, también llamada, Ley Panceta. Y tal y como andaban las coaliciones parlamentarias, no cabía duda de que el bingo final de votaciones iba a decantarse a favor de la ministra y sus secuaces, poniendo en peligro el futuro sentimental y social de un amplio colectivo.
Las profesionales de la información, conocedoras del poder que ésta ejerce en las masas, no dudaban en poner una réplica a la moralina gubernamental que se afanaba en una propaganda acaramelada y panfletaria sobre los beneficios morales de la nueva ley.
Matilde Miranda insistía a diario en su programa Alas Matinales, advirtiendo a la audiencia de los peligros de la LEFE, e enorme retroceso que significaba aquella ley tanto a nivel político y social, como jurídico e histórico, y lo cerca que nos ponía de las sociedades primitivas, patriarcales y fundamentalistas.
Tea de Santos hizo lo propio en su emisión AbreTE A la Noche. Aquel viernes se pasó todo el programa haciendo alusiones irónicas a las pretensiones del ejecutivo en el poder. En el «Feminoticiario de Tea» atacó con una sátira feroz la propuesta ministerial, haciendo gala de un discurso ágil, inteligente y preciso, que concluyó con esta rocambolesca sentencia.
—El gobierno pretende imponernos un régimen a base de «tocino entreverado con magro» (definición que da la RAE del término panceta), mas, por fortuna, muchas mujeres hemos decidido hace tiempo evitar las grasas y optamos por fórmulas dietéticas más sanas aunque no sean ni las de siempre, ni las de la mayoría. Y no estamos dispuestas a renunciar a
nuestros principios vegetarianos, macrobióticos o lo que se tercie, ni en la mesa ni en la calle, ni en la cama. Tomen nota.
Más tarde, cuando presentó a las participantes en el concurso Tu Luna de Miel con aire socarrón les advirtió:
—Ya sabéis, nenas, que si nos ponen tocino para cenar, se os ha acabado el chollo.
Y al finalizar la contienda, cuando de nuevo Nati Pescador por tercera vez consecutiva se quedó sin pareja, le avisó:
—Tendrás que espabilar a encontrar novia antes que aprueben la Ley Magra porque luego lo vas a tener muy crudo. ¿Aceptas una nueva oportunidad la semana que viene?
—Acepto —gimió Natalia algo compungida.
Tampoco Inés Villamontes se quedó al margen de la inquietante actualidad y aprovechó la consulta de una chica de Murcia para dejar caer una amenazadora predicción del péndulo. MCJ preguntaba si era el mejor momento para confesarle a su madre que era más lesbiana que la mismísima Navratilova y cómo pensaban ella y el péndulo que se lo podía tomar la buena mujer.
Inés respondió:
—¡Ay, hijica, hijica! En mala hora has ido a tener la ocurrencia, pero, en fin, le haremos una consulta al péndulo a ver qué dice.
Inició el ritual de rigor y el péndulo se balanceó con torpeza de derecha a izquierda durante unos segundos para quedarse después clavado en el centro.
—Ya lo ves —dijo la maga con un profundo suspiro—. Si la suerte y el sentido común están de nuestro lado, todo fluirá sin problemas, pero como Mercurio se nos ponga retrógrado y le dé por favorecer al gobierno, caerá sobre nuestras cabezas un flujo de energías negativas que lo nuestro nos va a costar salir de ellas. Yo de ti me esperaría a ver si aprueban la dichosa ley esa, que, al fin y al cabo, si has aguantado hasta ahora, tampoco te viene de un par de meses, y con lo que haya, pues ya haremos otra consulta. Ya sabes que el péndulo nunca engaña. Y se quedó ella tan ancha con su túnica y su melena rizada.
Para redondear el monotemático resultado del programa, Tea invitó en la entrevista a la presidenta del GLUPI (Grupo de Lesbianas Unidas y Pioneras Innovado), quie desde siempre había proclamado abiertamente su relación matrimonial con otra mujer y era, con su pareja, de las pocas que se atrevían a dar la cara o, lo que es lo mismo, las únicas que aparecían en pantalla cada vez que se hablaba del tema.
Cuando Tea le preguntó «¿Qué pasará si se aprueba la LEFEP», ella con una elegancia una sencillez admirables anunció:
—Será como si la libertad hubiera contraído el SIDA; tendremos que lucha contra el virus.
Adelaida Duarte tampoco podía dormir, pero no por culpa del insomnio sino por la distorsión lastimera que su bebé canina le imponía cada noche. En realidad, desde que se había mudado a su espléndida torre a cuatro vientos, su sueño era tan profundo y plácido que hasta babeaba, pero con la llegada de Tilita al hogar había tenido que realizar sendas modificaciones en su ritmo vital para amoldarse a las necesidades de la cachorrita, que en su etapa infantil funcionaba a intervalos regulares de dos horas de sueño y una de actividad frenética. Hacía un pipí cada cuarto de hora, defecaba allí donde le pillaba el apremio fisiológico y mordisqueaba cualquier objeto a su alcance. Por las noches, Tilita lloraba y Adelaida Duarte, enfrascadísima en su tarea de educarla, se levantaba del lecho ora para calmar sus angustias, ora para llevarla al jardín y en bata de seda china y patucos azules a juego, esperar, pelándose de frío, a que la perrita evacuara en el pipí can instalado a tal efecto.
El día programado para la cena con Tea y Mati hubo sus más y sus menos, pues la escritora se negaba a asistir, impedida como estaba por sus obligaciones domésticas.
Cuando se lo dijo por teléfono a Tea, ésta se molestó.

—Mira, Ade —le espetó—, hace más de una semana que tenemos programada esta cena. Sabes la ilusión que me hace y, que yo sepa, desde que te has aislado del mundo, no tienes compromisos pendientes.
—¿Ah, no? Tengo a mi cargo una responsabilidad de la que tú y Mati me habéis hecho responsable, valga la redundancia.
La verborrea de Tea fue tan explosiva que Adelaida tuvo que separar el teléfono de la oreja para que no se le perforase el tímpano.
—¿Y con quién dejo a la criatura? — replicó en cuanto pudo intercalar una frase.
—Pues, te buscas una cangura, que para eso están.
—Estarán en la capital porque aquí, en comarcas, funcionamos de otra manera, perdona que te diga.
—Perdona tú que te diga yo, pero en comarcas existen numerosas revistas de difusión gratuita en las que se anuncia este tipo de servicios y si no te inspiran confianza (que es lo más probable), le pagas el desplazamiento a una de la capital autonómica y te viene a domicilio. Tú puedes permitirte eso y mucho más, que no te viene de un par de billetes. Cuando se quiere encontrar soluciones, se encuentran, Ade, se encuentran.
Adelaida recordó el descenso que la llegada de Tilita había provocado en su cuenta corriente. Había tenido que comprarle una camita, una caseta en madera rústica para el jardín, o para lo que quedaba del jardín, pues pronto descubrió la afición de la perrita a desenterrar geranios, masticar flores, comerse hierbas aromáticas, roer los ficus y hacer hoyos, muchos hoyos en la zona destinada a los bulbos. Tuvo que comprar también un comedero, más pienso, otro arnés porque el que le regalaron Tea y Mati se le quedó justo a los dos días, toallitas para la limpieza de ojos y orejas, galletas, chuches, juguetes y un bozalito para situaciones de emergencia. Eso, sumado a las visitas veterinarias, las vacunas, el microchip, los desparasita-dores, el collar antipulgas, una sesión de peluquería y un desodorante especial para hembras hizo que la cuenta alcanzara casi el medio millón de pesetas.
—Pues, no me sale barata —protestó.
Aun así tuvo que claudicar y no le quedó más remedio que llamar a una cangura para mascotas y animales de compañía, que le cobró a 2.000 pesetas la hora, más el taxi y un plus por nocturnidad.
Pero quien más sufría los efectos del insomnio y las pesadillas era la inspectora García. Desde la capital del estado pluriautonómico le habían dado un ultimátum. O resolvía pronto el caso Mayo o la destituían sin contemplaciones. Y ella no sabía dónde demonios buscar a aquella sospechosa, que guardaba las claves del enmarañado suceso. Además, su atribulado corazón se agitaba con el influjo de la luna y la atormentaba con la apetecible imagen de la chica del Gay Night.
—Si es que no me concentro, no me concentro —se decía—. Y así no hay forma de resolver un caso.
Revisó de nuevo el expediente, releyó una vez más los informes y volvió a poner todo en orden. Aquella tarde le llegó desde la capital —lo suyo les había costado enviarla— la declaración de la dueña del Se Te Ve La Pluma, que aportaba una nueva información, en apariencia, interesante: la sospechosa, Evarista Reyes, había trabajado también en el Club Osiris, un centro de estética y fitness para mujeres, en el que —era de sobras conocido— se practicaba el chaperío de alto standing.
Pero, en definitiva ¿qué tenía? Nada Nada en absoluto. Los interrogatorios realizados a todas aquellas personas que conocían a la fugitiva coincidían en afirmar que había desaparecido sin dejar el menor rastro. ¿Dónde demonios podría encontrarla?
—¡Cagüen, cagüen y caguen! —repitió, dando tres puñetazos en el escritorio y haciendo saltar algunos informes.
Ante sus ojos quedaron las fotografías de Laura Mayo dispuestas en orden y con el detalle destacado del anillo que lucía siempre y
que, sin embargo, no aparecía en la mano chamuscada sobre la barbacoa. No había que obviar aquella ausencia. ¿Cómo y por qué desapareció el anillo? Probablemente, dedujo, se lo robaron. Y si era así, no cabía duda de que se lo robó la misma persona que estaba con ella y que además la asesinó. Tenía que confirmar esta teoría, pues no era descartable que el anillo se hiciera añicos en la caída y/o se chamuscara en la barbacoa. Sin perder un minuto, llamó al despacho de la forense para consultar aquella duda.
—Diga —se oyó la voz al otro lado.
—¿Fernández?
—Sí
—Soy García.
—¿Quién?
—García, la inspectora García.
La forense se sorprendió. No esperaba una llamada de García. Incluso se inquietó pero mantuvo la calma.
—Diga, inspectora.
—Mire, Fernández, resulta que me estoy mirando los informes del caso Mayo y hay una cosa que no acabo yo de entender y me he dicho, digo, pues, déjame consultarlo y así salgo de dudas —la puso al corriente de sus especulaciones y finalmente preguntó—: ¿Sabe usted si el anillo pudo romperse al caer? ¿Recuerda si había algún resto entre las brasas? O... No sé. O algo.
La forense mantuvo aquel tono de voz seco, exento de emociones.
—Lo siento, inspectora, tendría que saber de qué material era el anillo.
—Bueno, tratándose de Laura Mayo no creo que fuera de latón barato. Si se fija en todas las fotos en las que sale, lleva ese anillo excepto, ya le he dicho, en la de la barbacoa. ¿Quiere que le envíe una instantánea por Internet y me dice algo ahora mismo?
—No es necesario —dijo impertérrita la forense—, iré a buscar el expediente, lo tengo aquí mismo, en el archivo —pero no se levantó de su asiento.
—¿Lo tiene?
—Sí... sí, inspectora —afirmó en tono paciente—. Sin duda era un anillo bueno y de diseño. No creo que pudiera romperse tan fácilmente y, en todo caso, habríamos encontrado restos entre las brasas. Tiene usted razón.
García hizo chasquear los dedos.
—Lo sabía. Seguro que se lo robaron.
—Muy probable, inspectora.
—Y seguro que fue la Evarista esa de los ovarios, que me tiene ya hasta el moño, por no decir otra cosa.
—Sí, inspectora.
García continuaba:
—No hay forma de dar con ella ni sabe una dónde buscarla ni... ni... ni... qué sé yo.
—¿Desea algo más inspectora?
—No, no, perdone. Me he exaltado un poco. Es que, de verdad que este caso me tiene ya amargada.
—Lo entiendo, inspectora.
—En fin —se frotó la frente—. Gracias por su colaboración, Fernández, ha sido de mucha ayuda.
—De nada.
La forense al colgar musitó: «Esta sospecha algo».
El mal sueño de Eva Metal lo provocaba aquel Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados que había vuelto a seguirla hasta el Gay Night. Sin embargo, no era ésa la peor de las pesadillas que le rondaban sin ella saberlo.
Aquella noche tuvo una breve conversación con la «performada» clienta que en los últimos días se había vuelto asidua del local.
—¿Cómo, te llamas? —se atrevió a preguntarle mientras Metal le servía la copa—. Lo digo por no llamarte chistando, que queda muy feo y aquí dentro ni se oye.
Metal, que era una auténtica profesional de la barra y sabía cuándo una clienta necesitaba un poco de charla, le siguió la cuerda.
—Eva Metal. ¿Y tú?
—Emma García.
—No eres de aquí ¿verdad?
—No. ¿Cómo lo has notado?
—Por el acento. Eres de la capital.
—¡Qué observadora! —se admiró García—. Serías una buena detective.
Metal apretó las mandíbulas intentando disimular el efecto que aquella palabra ejercía en su atemorizada entraña.
—No —dijo desviando el tema—, es que yo trabajé allí durante un tiempo.
—¡Ah, sí! —se interesó García—. ¿Y dónde, si no es mucha indiscreción?
—En un bar de ambiente.
—¿No será el Se Te Ve La Pluma?
Hubo unos segundos de silencio y sorpresa. García se sorprendió a sí misma haciendo aquella pregunta; Metal quedó turbada por el acierto.
—¿Cómo lo has adivinado?
El desconcierto se apoderó de ambas.
—Porque... —trastocada, García investigó en su inconsciente para saber qué mecanismo le había llevado a transmutar de su faceta noctámbula a su condición de inspectora. Deformación profesional, sin duda, se dijo, pero... qué casualidad —y según Inés Villamontes, la casualidad no existe—, que Eva Metal hubiera trabajado en el mismo local que la chica a la que estaba buscando. Aquel dato la ponía en un serio compromiso. Estaba segura de que, si interrogaba a Metal, obtendría nueva y valiosa información sobre la identidad de la fugitiva, pero ¿cómo hacerlo sin revelarle a la niña de sus sueños su verdadera identidad? Con infalible agilidad mental estudió una solución, al tiempo que su interlocutora comenzaba a impacientarse.
—Porque ¿qué? —la increpó Metal.
—Pues... porque es un sitio que me gusta mucho y...—salió del paso como pudo— yo voy allí siempre cuando estoy en la capi.
Mentira. Sólo había estado una vez y para hacer una redada.
En aquel momento, la camarera fue requerida desde otro punto de la barra y la conversación quedó cortada. Emma García se quedó desasosegada, por una parte, pero encandilada, por la otra, pues hablar con Eva Metal, tenerla tan cerca, oler su perfume y sentir su mirada la habían transportado a un mundo de sueños. El Gay Night era ahora para ella un enorme nido de algodón dulce, en que se podía desplazar con ingravidez, cual Campanilla bailando entre copas y botellas bajo los acordes de Imma Soriano, que en aquel momento cantaba:
Sólo hace días que te conozco Desde hace un siglo sueño en tus ojos.


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Un dia aciago

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:33 pm

Hay días que merecerían ser borrados del calendario o, peor aún, señalados con el rojo hiriente de la infamia. Ya lo predijo Inés Villamontes: con la luna opuesta a Plutón, Saturno en cuadratura y Mercurio retrógrado perdido qué se podía esperar sino una jornada maldita.
A las 10:45 horas.
La inspectora García tomaba un café en su despacho de la comisaría. Adelaida Duarte paseaba a su perrita por la orilla del mar.
Matilde Miranda anunciaba en su programa Alas Matinales que la actriz Gemma
Salvador había adoptado una niña venezolana de tres meses y denunciaba el esnobismo de las famosas a la hora de adquirir criaturas frente al calvario de exigencias que sufren las asalariadas que pretenden el mismo objetivo por la vía legal. Y aprovechaba para hacer sangrientas alusiones a la futura Ley de Familias Ejemplares.
Clara, que escuchaba el programa, llamó a Ana y le dijo:
—Habrase visto con qué facilidad lo consiguen sólo porque son famosas.
Y la otra añadió:
—Y porque sueltan un montón de billetes, cariño.
Tea de Santos desayunaba con Margarita Sureda en la cafetería de la Cadena 4 de televisión.
Nati Pescador estaba deprimida.
Eva Metal dormía.
Y las dueñas del Gay Night también dormían.
En el cielo, nubes y claros.
La inspectora García no tuvo más remedio que admitir lo que su subconsciente se empeñaba en ocultarle. A pesar de sus reticencias, la evidencia se impuso.
Mientras saboreaba un café de máquina, aguado y tibio, preparaba el plan de acción con Eva Metal. Le tomaría declaración fuera de comisaría, sin su uniforme de inspectora, no para ocultarle su identidad, sino para darle confianza. Le preguntaría si conocía a Evarista Reyes y le explicaría por qué la estaban buscando. Le haría entender la gravedad del asunto y lo importante que era, para ella y para el caso, que le proporcionara información. Luego, la invitaría a comer y hablarían de sus vidas. Tenía pensado explicarle las razones que la llevaron a ser policía, su deseo de prestar un servicio a la sociedad y a la justicia, y lo identificada que se sentía con la teniente Scully cada vez que la veía en Expediente X. La llevaría a tomar el café a su apartamento, así estarían más tranquilas, y una vez allí, con mucha delicadeza, le confesaría su amor. Le diría que, desde que la vio, se había sentido atraída por ella, le tomaría una mano, aquella mano que García recordaba a la perfección, musculosa y fuerte, la mano de una mujer trabajadora, morena, angulosa y con un ani... con un ani... ¡Con un anillo de diseño! ¡Un aro con piedra! De repente recordó la noche en que aquel detalle le había llamado la atención. En efecto, había pensado que no era la joya propia de una camarera y sabía que había visto un anillo similar no hacía mucho, pero no recordaba dónde. Ahora sí lo recordaba. Era idéntico al de Laura Mayo, una alhaja de las que no se venden en cualquier supermercado.
Comenzó a sentir un sudor frío. No, no era posible. Seguro que había una explicación. Eva Metal conocía a Evarista Reyes; debió de ser ella quien le dio el anillo para eliminar pruebas y luego desapareció sin dejar rastro. Entonces, Metal la estaba protegiendo. Bueno respiró, el delito de encubrimiento no es tan grave y, cuando se tercie, ya le echaremos una mano, se dijo. Porque no podía ser la misma persona ¿eh que no? No era ella la chica que estaba buscando ¿verdad? No podía ser que la asesina de Laura Mayo estuviera sirviendo copas tan alegremente en un bar de ambiente ¿eh que no? Además, Eva Metal no había trabajado en el Club Osiris. ¿O si? Y pensándolo bien, de alegre nada; su aspecto taciturno delataba a una mujer amenazada, temerosa y llena de angustia. El horror se apoderó de ella. No, no es posible, repetía, no es posible...
Sólo había una forma de salir de dudas. Cogió su chapa de inspectora y se encaminó al domicilio de Gina y Cecilia, las dueñas del Gay Night.
A las 12:45horas.
En casa de Gina y Cecilia sonaba e timbre.
Adelaida Duarte estaba con Tilita en la peluquería, pues se había revolcado en el lodo de una riera y se había puesto perdida.
Eva Metal se había despertado, había encontrado la nevera vacía y había decidido ir al Caprabo. Al salir, vio un Volvo 480 Turbo con los cristales ahumados aparcado en un lugar estratégico, desde el cual podía verse la entrada de su casa.
Clara y Ana, indignadísimas, habían quedado para comer.
Ana se quejaba:
—Ni la Gemio ni la Pantoja tuvieron tantos problemas para traerse una chiquilla.
Y Clara afirmaba:
—Pues, nosotras no vamos a ser menos. Queremos a esa criatura antes incluso de conocerla y tanto ella como nosotras tenemos perfecto derecho a unirnos.
Ana, muy compungida, le dijo:
—¿Te acuerdas del sueño que tuve? ¿No será un mal presagio?

Y ambas se quedaron intranquilas.
Para Tea de Santos y Matilde Miranda la jornada laboral transcurría sin incidentes. Aparentemente.
Y Nati continuaba deprimida.
Cielo cubierto.
La inspectora García encontró a Gina y a Cecilia en salto de cama. Les preguntó por Eva Metal. Cuánto tiempo llevaba en el bar, qué referencias tenían de ella, cómo era su comportamiento y si habían notado algo extraño. Cecilia le explicó que era una chica muy normalita, muy trabajadora y eficiente, y que había empezado a trabajar con ellas en septiembre. Las referencias que les dio parecían de fiar, pero no necesitaron comprobarlas. Se notaba que tenía mucha experiencia.
Gina añadió:
—Ella está siempre amable con clientas.
Cecilia corrigió:
—Es.
Y García preguntó:
—¿Les dijo en qué locales había trabajado?
—Sí, en el Se Te Ve La Pluma, un bar de la capital.
—¿Algún sitio más?
Gina y Cecilia se miraron.
—Sí, en el Club Osiris. ¿Por qué?
La inspectora García salió cariacontecida de aquella casa.
las 16:30 horas.
Eva Metal hizo una llamada a la forense pero no la encontró en casa. No dejó mensaje.
Adelaida dormía una egregia siesta en el sofá de su torre a cuatro vientos con la perrita limpia y perfumada acurrucada en su regazo.
Matilde Miranda y Tea de Santos recibían al unísono sendos anónimos en los que se decía que o dejaban de meterse con la LEFE o lo iban a pagar caro.
Clara y Ana estaban desconsoladas.
Las dueñas del Gay Night, mosqueadas.
Emma García, descorazonada.
A Nati, la climatología le deprimió más todavía.
Se registraban chubascos aislados.
Cuando se quedó sola, García se derrumbó. Caminó por la ciudad sin rumbo, a trompicones, repitiendo:
—No, ella no, ella no— y lloraba atragantándose, haciendo hipidos involuntarios.
Quiso emborracharse. De alguna manera tenía que ahogar su dolor, pero no sabía cómo. El whisky le producía arcadas, la cerveza le hacía orinar demasiado, con vino resultaba una vulgaridad, pues necesitaba mucho y peleón, y el cava lo tenía asociado a situaciones de alegría y fiesta. Recordó que, cuando era adolescente, su madre le daba chupitos de menta con ginebra para calmar el dolor de la menstruación. Era un sabor agradable que la retornaba al pasado aunque la evocación de la pubertad llevaba asociado el desconcierto propio de esa etapa. En cualquier caso, era un sabor tolerable y era alcohol.
Comenzó a beber de forma desaforada, pero a la tercera copa el brebaje se le puso mal en el estómago y vomitó. Tras unos momentos de caos, se quedó tan fresca como antes, tan serena como al principio. Entonces decidió drogarse. Al menos, el hachís no le revolvería el aparato digestivo y la dejaría en ese estado de flotación en que el mundo importa un poco menos. Se lio un canuto muy cargado de una partida decomisada pocos días antes a un grupo de magrevinas que habían pasado el estrecho en patera y que se habían repartido entre las funcionarías de comisaria. García había tenido que conformarse con un poco menos de costo que las Mosses d'Esquadra, quienes reivindicaron la territorialidad del alijo. Pero aunque era de una calidad y una pureza que hacía subir en globo sólo con olerlo, a ella no le hizo efecto; tan hondo y agudo era su desconsuelo. Estaba condenada a sufrir. Incluso el cielo se ensañó con ella. Los chubascos aislados parecía que la perseguían allí donde iba. Una nube se había situado justo encima de su cabeza y la acompañaba por toda la ciudad descargando una lluvia pastosa y constante, mojando su pelo, su uniforme de inspectora y su desazón.
A las 22:05 horas.
Eva Metal entraba a trabajar.
Clara y Ana redactaban un e-mail para Inés Villamontes.
Nati llamó a sus amigas para salir aquella noche, pero le dijeron que, siendo laborable al día siguiente y con la lluvia que caía, no había quién las sacara de casa. Y ella se deprimió más todavía.
García continuaba intentando ahogar su pena.
Tea, Mati y Adelaida se encontraron para

cenar.
Una llovizna antipática empapaba toda la ciudad.
Tea de Santos llevaba ese día unas bragas Princesa que le venían un pelín justas y, de cuando en cuando, se ponía la mano en el trasero para sacarlas de la juntura.
—Para ya con ese tic —le riñó Mati.
Y ella, en una onda totalmente ajena, comentó:
—Bonito día hemos elegido para la celebración.
—A mí no me lo cuentes, que yo me habría quedado en casa tan ricamente — refunfuñó Adelaida.
Se quejó del tiempo, se quejó del tráfico, se quejó de la contaminación; aseguró que le molestaba un montón el bullicio urbano, protestó porque la mesa del restaurante quedaba muy lejos de la calefacción y porque al Martini que le sirvieron le faltaba hielo. Se pasó la mitad de la noche renegando, hasta que Tea y Mati le explicaron lo que había sucedido aquella tarde. Entonces bajó la guardia y exclamó atemorizada:
—¿¡Que habéis recibido amenazas!? ¿Y qué pensáis hacer?
—Nada —dijo Mati—. Esperar.
A la misma hora, en el Gay Night no había ni un alma y Cecilia, desoyendo las órdenes de la inspectora García, aprovechó para hablar con Eva Metal:
—La policía ha venido a vernos —le dijo cuchicheando—, querían saber cosas de ti. Oye, ¿no estarás metida en algún chanchullo?
Por un instante, Metal pensó en salir corriendo, pero se contuvo. No era conveniente huir. No todavía. Muy contenida, preguntó:
—¿Os han dicho a qué se debía?
—No, pero nos han preguntado dónde habías trabajado.
Intentó salir del apuro con una explicación espontánea:
—Debe de ser por un follón que hubo hace tiempo en el Club Osiris. Querrán saber si yo... estoy... implicada y... —pero se le escapó un temblor de voz y sólo pudo continuar armándose de valor y sinceridad—. Pase lo que pase, os aseguro que yo no he hecho nada malo. Lo juro por la persona a la que más he querido y a la que perdí de la forma más injusta que puede perderse a un ser amado.
Gina y Cecilia se enternecieron.
—Nosotras somos muy contentas con tú —balbuceó Gina—. Tú estás buena barwoman y buena persona también. Nosotras queremos tú y vamos a ayudar tú si... —y se atajó de la emoción.
Cecilia con un Kleenex en la mano se secó el moquillo y prosiguió:
—Quiere decir que estamos encantadas de tenerte con nosotras, que confiamos en ti con los ojos cerrados y que, si hay que echarte un cable... ya sabes, aquí estamos —y se sonó con estruendo.
A las 0:17 horas.
Estaban en el Gay Night Tea de Santos
Matilde Miranda, Adelaida Duarte, Clara y Ana Nati Pescador y, por supuesto, Gina, Cecilia y Eva Metal.
García, rota de dolor, se preparaba para cumplir con su deber.
Cielo cubierto, sin lluvia, pero con una humedad relativa que calaba hasta los huesos. A pesar de las protestas de Adelaida, Tea, Mati decidieron rematar la noche tomando una copita.
—Si ya no llueve —argumentó Tea.
Y ella insistió:
—Pero puede reanudar en cualquier momento.
No hubo alternativa. Pasada la medianoche, entraban en el Gay Night con los lamentos de Adelaida como eco de fondo.
—Y habéis tenido que traerme precisamente aquí, con la de recuerdos que lleva impreso este lugar en las paredes, en las luces, en los vasos, el tintineo de las copas, esa música... Hola, Cecilia, hola, Gina. ¿Cómo estáis?
—Bien, querida. ¿Y tú?
—Os podéis imaginar.
Sonaba en los altavoces una canción de Mestisai, llena de caramelo, que le acrecentó la melancolía, pero toda aquella amargura se tornó curiosidad y la expresión de su rostro cambió cuando Eva Metal les sirvió los dos gin-tonic de Beefeater y un Bourbon doble sin hielo que habían pedido en la barra. Una rápida mirada chispeante las conectó. Recordaba su cara a la perfección; Adelaida, como buena escritora, era una gran fisonomista, pero también lo era Tea de Santos y no se le escapaba que aquel rostro, en algún momento y en algún lugar, le había llamado la atención.
—¿De qué conozco yo a esa mujer? — comentó llevándose el vaso a los labios.
—Es vecina mía —explicó Adelaida—. El otro día me atropelló con su carro en el Caprabo, justo en la sección de bebidas.
—Alcohólica —espetó Mati.
Y Tea:
—Yo no uso Caprabos y por tus barrios apenas me acerco.
—Pues, a ver si vienes más.
—¿Dónde he visto yo esa cara? — murmuró obviando el comentario—. ¿Dónde la he visto?
Tampoco Clara y Ana le quitaban los ojos de encima a la camarera. Tras una jornada de desesperanza, mermadas sus energías y su paciencia, habían hecho un alto en la rutina conyugal decididas a ahogar su desconsuelo en licor de manzana. Una noche es una noche, pero cuán familiar les resultaba aquel rostro.
—¿Te has fijado, cariño? ¿A quién me recuerda esa chica? —dijo Ana.
—No sé —respondió Clara—, pero a mí también me suena mucho su cara.
Nati Pescador, apostada en la barra con la tercera copa en la mano, hacía un repaso visual a todo el personal.
—¡Hala! ¡Qué movidón de famosas hay hoy! —comentó para sí, pensando que no iba a ser un buen día para ligar.
Eva Metal intentaba evitar todas las miradas. Gina y Cecilia se atropellaban inquietas detrás de la barra. Lo que aparentaba ser un ambiente tranquilo de madrugada laborable guardaba en el fondo una tensión latente que se manifestaba en los gestos de todas y cada una de las que allí estaban; un vaso que se rompe, una luz que parpadea de forma inoportuna; algo había allí dentro que hacía presagiar una tragedia inmediata. Había sido un día aciago, no podía acabar bien.
De repente, Tea recordó y Clara y Ana también recordaron (todo les llegaba al unísono).
—¡Claro! —exclamaron—. Se parece un montón a Evarista.
—¿Qué habrá sido de ella?
Y Tea, por su cuenta, chasqueando los
dedos:
—¡Ya lo tengo! ¡En el entierro! ¡Estaba en el entierro de Laura Mayo! Roció su ataúd con pétalos de rosa y luego desapareció en un Honda Civic color azul marino.
—Pues, sí que te fijaste —exclamó Mati.
—A mí no se me escapa un detalle tan trascendente.
Se removió en su asiento, bebió del vaso de Mati, encendió dos cigarrillos a la vez y se atusó el pelo murmurando:
—Esa es la chica a la que está buscando la inspectora García. Tengo que decírselo ahora mismo —echó la mano al bolso para buscar su móvil entre un montón de cachivaches, pero Mati la detuvo.
-- Tú no le vas a decir nada a nadie todavía. ¿O has perdido la cabeza? ¿Te imaginas el bombazo informativo que representa? Antes de hablar, haremos nuestras averiguaciones y, luego, ya veremos.
Adelaida secundó la propuesta:
—Mati tiene razón. No es que me apetezca jugar a policías y ladronas, pero este asunto es muy oscuro y ya sabes cómo funcionan estas cosas cuando salen a la luz pública. En cuanto tengan una cabeza de turca, se cierra el caso Mayo y nos quedamos sin saber quién había detrás. Además, Tea, esa chica es una monada. Yo, francamente, no sospecho de ella. --
Tea se quedó reflexionando un momento.
—Puede que estéis en lo cierto — firmó abandonando su bolso y sorbiendo el cigarrillo como quien lame la intriga—. Sí... — bocanada va, bocanada viene—. Sí. No le diremos nada todavía. Además, me molesta un montón que nos haya llamado a declarar —y machacó la colilla en el cenicero.
En aquel momento, a las 0 horas 55 minutos, Emma García entraba en el Gay Nigh con su uniforme de inspectora.

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Una noche interminable

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:34 pm

Si García no hubiera llevado su uniforme de inspectora, habría podido saltar al otro lado de la barra con esa agilidad y ese estilo del que hacen gala las más audaces detectives cinematográficas, pero un problema en las dimensiones del atuendo frustró la pirueta.
—¡Cagüen la falda esta de los cjbrrr.J —renegaba con una pierna en el taburete y la otra encallada por los laterales de tubo que le oprimían los muslos.
Todo sucedió muy rápido. Al entrar en el Gay Night, hubo unos segundos de imagen congelada, de hielo en la sangre para todas las presentes, como si el tiempo les hubiera concedido una pausa antes del trágico desenlace. Gina acababa de seleccionar la canción «Desátame» de Mónica Naranjo con el fin de disipar la tensión que se respiraba en el local, pero todavía no había comenzado a sonar; Eva Metal estaba secando unos vasos; Cecilia guardaba en la caja el importe de la última copa servida; Matilde, Adelaida y Tea observaban la escena desde su estratégica situación; Clara y Ana no entendían nada, y Nati Pescador menos todavía, pero todas contuvieron la respiración cuando apareció García. Los ojos de la inspectora se clavaron en los de Eva Metal y un sexto sentido le anunció que venía a por ella; las miradas de Gina y Cecilia se cruzaron aterrorizadas; las de Tea, Adelaida y Mati se cruzaron entre sí y luego hicieron un barrido hacia Gina, Cecilia, Metal y García; Clara y Ana y Nati miraron en derredor preguntándose qué demonios pasaba. Y, de repente, se oyó ruido de cristales, sonaron los primeros acordes de la canción y, a ritmo de máquina, se desató la acción. Cecilia había hecho caer un vaso y, de inmediato, dio un empujón a Eva simulando recogerlo, Gina abrió la puerta del almacén, Matilde, Adelaida y Tea se levantaron para saludar a García y barrarle el paso, pero la inspectora había sacado ya su pistola y se dirigía como una ráfaga hacia la barra. Eva Metal comprendió, se giró sobre sí misma, vio la puerta del almacén abierta y a Gina haciéndole un gesto. Tenía a García a un paso. Sin pensarlo, huyó. La inspectora apoyó una mano en el mostrador, puso el trasero en un taburete, intentó subir las piernas y ahí se quedó atorada. Esos minutos de imprecisión fueron los que permitieron a Eva Metal escurrirse como una anguila hacia el almacén y salir por la puerta de atrás.
—¡Detengan a esa mujer, caguen, que no escape! —gritaba García haciendo esfuerzos por alcanzar los escasos centímetros que le faltaban para situar el pie encima de la barra y saltar al otro lado.
Nati Pescador contemplaba la escena atónita y ebria como una cuba. No podía dar crédito a lo que el azar había puesto ante sus ojos. Ella, testiga de excepción en una persecución televisiva. ¿Y por qué no también protagonista? Cargada de buenas intenciones quiso intervenir en lo que se define como un gesto de ciudadanía y colaboración con la justicia. Agarró con ambas manos las nalgas de la inspectora y haciendo palanca, le dio el necesario empujoncito en el culo para ayudarla a vencer el obstáculo. Con el mejor estilo Folsbury, García cayó sobre su trasero al otro lado del mostrador.
—¿Se ha hecho daño inspectora? —le dijo Cecilia tendiéndole una mano y sacudiéndole los bajos del traje chaqueta para ganar tiempo—. Deje que la limpie, que se ha puesto la falda perdida.
—¡Quíteme las manos de encima! — rugió la inspectora al tiempo que le daba un empellón. Y salió disparada hacia el almacén.
—¡Insensata! —le gritó Mati a Natalia.
—¿Yo, por qué? —dijo ella.
Y al unísono, las tres intelectuales salieron del local por la puerta de entrada.
Por los altavoces sonaba a toda pastilla:
Porque no hay en mi vida
martirio que dure más...
Eva Metal se encontró en el callejón que daba a la puerta de atrás del Gay Night; tenía que llegar hasta su coche, pero para ello debía dar un rodeo considerable. ¿Cómo podría conseguir su objetivo antes que su perseguidora le diera alcance? No tenía tiempo para pensar, se confió a la fortuna y echó a correr, pero cuando su carrera emulaba los mejores momentos de Florence GrifFith, una sombra funesta apareció al fondo del callejón. Con uniforme azul oscuro, gorra de plato, porra y pistola cada una a un lado del cinto, una guardia urbana hacía su ronda. ¿Qué hacer? No podía detenerse tampoco retroceder y, si seguía corriendo, iba directa hacia ella. Ahora todo dependía de su entereza o de su ingenio, pues Eva Metal no era dada a la violencia y en ningún momento se le pasó por la cabeza forcejear con la urbana. Corrió como poseída por el mismísimo diablo y, cuando la tuvo enfrente, se agarró a su uniforme y le explicó zarandeándola:
—Una mujer me persigue con un arma. Haga algo, por favor. Es una delincuente peligrosa.
La urbana miró hacia el callejón. García asomaba ya su cuerpo enfundado en el traje chaqueta con la falda de tubo y empuñando la pistola. ¿Sería ésta su gran oportunidad?, se dijo la agente. ¿De veras se presentaba ante ella la inefable heroicidad que durante años había estado soñando realizar? Si lograba salvar a aquella mujer inocente de las garras de una malhechora impía, no cabía duda de que conseguiría el anhelado ascenso y dejaría, de una vez por todas, de hacer rondas aburridas pasando frío y achuchando, como mucho, a alguna que otra indigente dormida bajo un montón de cartones en el vestíbulo de cualquier cajero automático. Quizá se tratara de un asunto de drogas y, entonces, además de un ascenso, le iba a caer una prima que no te quiero ni contar. Sin duda alguna, ésta era la ocasión.
—Allá voy, señora —exclamó apartando a Metal al tiempo que iniciaba la carrera hacia la perseguidora echándose las manos al cinto para desenfundar su pistola.
Pero, cuál no sería su sorpresa al comprobar, ya a mitad del callejón, que el arma no estaba en su sitio. Y tenía a García a dos pasos. La agudeza mental unida a las enseñanzas que recibió cuando preparaba las oposiciones al puesto fueron sus aliadas porque no titubeó ni un instante, fuera como fuese, tenía que cumplir con su deber. Se lanzó en plancha a las caderas de García y ambas cayeron rodando.
Eva Metal corrió y corrió. Corrió cegada con la pistola de la urbana en la mano sin explicarse ni ella misma cómo había sido capaz de arrebatársela. El instinto de supervivencia había actuado por ella. Corrió hasta que vio su coche aparcado a dos calles del Gay Night.
Tea, Matilde y Adelaida la vieron pasar como un sputnik atravesando de esquina a esquina una de las calles adyacentes y, pies para qué os quiero, fueron tras ella.
-- Lástima de cámara —maldijo Tea.
-- Ya te he dicho que una buena periodista siempre va equipada -le reprochó Mati a la carrera.
-- Mira quién habla. ¿La has traído tú?
En el silencio de la noche resonaba el repiqueteo acelerado de sus tacones y sus sombras se entrecruzaban bajo la luz almibarada de las farolas.
—Yo no llevo bolso —rezongó Mati.
Y Adelaida con la lengua fuera las recriminó:
—A ver si dejáis de discutir de una vez, que se os va toda la fuerza por la boca.
Llegaron justo a tiempo de ver cómo en fracción de segundos Metal introducía la llave en la cerradura y abría la puerta. Lanzó la pistola a la guantera (esta maniobra no llegaron a distinguirla por la rapidez y la distancia), puso el coche en marcha y arrancó a toda prisa.
-Se nos ha escapado —profirió Mati con rabia.
- ¡La matrícula! —gritó Adelaida entre jadeos—. Que alguien apunte la matrícula, yo os la canto.
Tea buscó en su bolso y con considerable rapidez, dada la cantidad de cachivaches que llevaba siempre, encontró su estilográfica MontBlanc y apuntó los dígitos en la palma de la mano.
-Lo veis? Es un Honda Civic color azul marino. Ya os dije yo que un detalle así no se me escapaba.
Mientras, al otro lado del callejón, García le enseñaba su chapa de inspectora a la urbana y le espetaba:
Te va a caer un puro que te vas a pasar el resto de tu carrera haciendo guardias en el Raval, ¡so patosa!
Desde el interior del Gay Night llegaba todavía el estribillo:
EN VEN DESATAMEEEE
Aquélla fue para todas ellas una noche interminable. Incluso para Inés Villamontes que se la pasó enterita dándole meneos al péndulo y haciendo conjuros contra los malos presagios.
Para Clara y Ana la noche se hizo eterna porque no podían dejar de pensar en la escena que acababan de presenciar ni dejar de preguntarse si la chica que habían visto huir era Evarista Reyes. Enfundadas en sus pijamas de algodón a rayas discutían arropadas bajo el nido conyugal.
—Yo creo que era ella. Con el pelo teñido y retoques de maquillaje, pero era ella; esos bíceps no hay quién los disimule ni con ropa de invierno.
—Ni los gestos —confirmó Ana—. Además, desapareció de una forma tan extraña... Ya te decía yo que esa chica era muy rara. ¿Por qué la estarán buscando?
Clara mostró consternación. Era ella quien más conocía a Evarista y sabía los entresijos de su pasado.
—Es muy reservada, sí, pero es que ha tenido una vida muy agitada, con momentos muy oscuros. Y fíjate, últimamente parecía que estaba cambiando. Sé que conoció a una mujer y, por lo visto, había dejado de..., ya me entiendes. Pero... No sé, no sé qué habrá podido ocurrir, porque era ella, seguro, vamos.
Pasadas las cuatro de la madrugada y bajo la atenta mirada de Azafrán aún estaban las dos tomándose una infusión de valeriana a ver si se relajaban y les cogía el sueño.
Para Matilde, Adelaida y Tea la jornada se alargó hasta enlazar con la del día siguiente porque se pasaron la noche discutiendo la jugada y elaborando un plan de acción.
En el Golf GTI 18 válvulas de Mati se dirigieron las tres al flamante piso de Tea, en la Vila Olímpica, que antes había pertenecido a la escritora. Y, cómo era de esperar, al llegar comenzó ella con sus lamentaciones.
—Y me habéis tenido que traer aquí, con la de recuerdos que guardan para mí estas paredes, los muebles, los amplios ventanales con el mar al fondo...
—Ade —le dijo Tea irritada—, las paredes están recién pintadas, los muebles son todos nuevos y a esta hora de la noche lo único que se ve por los ventanales es un escenario tan negro como tu sentido del humor.
De todas formas, Adelaida no estaba para muchos victimismos, así que, una vez que hubo soltado la primera lagrimita, se enfrascó de lleno en la discusión.
—Tú dirás lo que quieras, Mati, pero no me parece oportuno quedarse de brazos cruzados en el tema de los anónimos. Deberíais comunicarlo a la policía.
—¿Y qué crees que harán? ¿Ponernos protección porque hemos recibido un par de cartitas sugiriéndonos que cerremos el pico? Piensa un poco, Adelaida. Si esas cartas van en serio, ¿quién crees que las puede haber enviado? ¿Quién puede estar interesada en cerrarnos la boca?
La escritora reflexionó un instante. Por la forma y el tono en que Mati había hecho aquellas preguntas no cabía otra respuesta posible, por muy escalofriante, sobrecogedora y espeluznante que resultara.
—¡¿Las mismas que le taparon la boca a Laura Mayo?!
—Exactamente.
—Entonces —dijo con un hondo suspiro—, se trata de un asunto muy grave.
Tea acababa de preparar una cafetera de dieciocho tazas y llegaba ya con la bandeja.
—Por eso no vamos a hacer nada en ese sentido —posó la bandeja con energía en la mesita centro—, quiero decir que no vamos a avisar a la policía, pero tampoco vamos a quedarnos pasivas. Tenemos que elaborar un plan. Lo más urgente es encontrar a la chica del Gay Night. Si alguien sabe algo de todo este asunto, es ella. Además, la suerte está de nuestro lado; tenemos su nombre y la matrícula de su coche.
—¿Cómo que tenemos su nombre? — inquirió Mati.
—Le saqué información a la inspectora García el día que me tomó declaración. Lo tengo todo apuntado —se levantó a buscar su agenda, la abrió, pasó unas cuantas hojas, dándose lametones en el dedo índice hasta que encontró lo que buscaba y leyó—. Aquí está: se llama Evarista Reyes, trabajó en el Se Te Ve La Pluma y en agosto tenía que encontrarse con Laura Mayo, justo cuando la asesinaron.
—Tienes razón, Tea, tenemos que encontrarla como sea.
—Pero, puede ser peligroso —intervino Adelaida—. ¿Y si de verdad fuera ella la asesina de Laura Mayo?
—No lo creo —respondió Mati—. No cabe duda de que a Laura Mayo se la cargaron porque era un estorbo para la ministra Panceta. Si aprueban la LEFE, su popularidad subira como la espuma, se ganará a la población media con sus primas de natalidad y su defensa de los valores tradicionales, y en las próximas elecciones ya la tenernos de cabeza de lista. La única que podía frenar esa maniobra era Laura Mayo; por eso la eliminaron. La mano ejecutora pudo ser cualquiera, pero no tendría sentido que la dejaran suelta para que la pillara la policía y lo cantara todo. Esa chica no es más que una chiva expiatoria.
Adelaida meditó en voz alta:
—Pero Laura Mayo debía de tener alguna información importante; de lo contrario, no habría sido necesario matarla. La política tiene mecanismos muy efectivos para desprestigiar a una diputada y evitar que alcance su objetivo. No creo que se trate solamente de una cuestión de votos.
—Cierto —acordó Tea—, tiene que haber algo más —tenía un cigarrillo en la mano y otro en el cenicero, ambos encendidos; cogió un papel y se puso a garabatear—, y para descubrirlo es necesario que nos movamos en tres frentes: uno, averiguar qué sabía Laura Mayo; dos, saber qué grado de implicación tiene la ministra en todo el affaire-, y tres, y prioritario, encontrar a la chica del Gay Night.
Adelaida protestó:
—Me parece un plan fantástico, pero de una ingenuidad aplastante. ¿Cómo vamos a obtener la información? ¿Y dónde crees que encontraremos a la chica? ¿Haciendo la compra? ¿Qué propones, que me ponga a hacer guardia en la puerta del Caprabo hasta que aparezca ella y me atropelle con su carro?
—¡Oij, Ade! Parece mentira que seas escritora. Basta con algo de ingenio y buenos contactos.
—¿Sí? Pues, ya me explicaras cómo encontrarlos, rica.
—Somos periodistas, querida, tenemos recursos.
Para la inspectora García, Gina, Cecilia la guardia urbana y Nati Pescador la noche fue interminable porque tuvieron que esperar en el Gay Night a que llegara la patrulla, hiciera el parte y les tomara declaración. El rapapolvo que les pegó García a todas ellas fue de campeonato.
—Pero si ha sido fortuito, inspectora — se explicaba Cecilia—; se me cayó un vaso y, ya ve, la otra aprovechó la coyuntura para escaparse. Además, si no llevara usted esa vestimenta tan carrinclona, no se habría quedado ahí clavada como una tortuga patas arriba; suerte ha tenido de la chica ésta que le ha echado una mano —lanzó una mirada asesina a Nati, pero ella, antes que captar la indirecta, se sintió orgullosa de su hazaña y agradeció el comentario con una sonrisa beoda.
García estaba alteradísima, daba bocinazos aquí y allá, y arremetía contra toda bicha viviente.
—Ustedes vayan haciéndose las graciosas —dijo dirigiéndose a Gina y a Cecilia—, que como me cabree les cierro el local mañana mismo —luego se encaró con la guardia urbana, que estaba más atemorizada que una gallina frente a una cazuela, y rugió—. A ésta que se la lleven al cuartelillo y que explique dónde diantre ha metido el arma —a continuación se puso a dar vueltas sobre sí misma y, agitando los brazos como si fuera a echar a volar, exclamaba—: ¡Pero viene ya esa patrulla ¿o qué? ¡Cagüen las Mosses de Esquadra! Como tarden un minuto más, les abro a todas un expediente disciplinario sólo por lucir el uniforme autonómico —y acto seguido, mirando en derredor bramó aún ron más fuerza—: ¡¿Y las periodistas?! ¿Dónde se han metido las joías periodistas? ¡¡Que no me fío ni un pelo de esas tías, cagUen, cagüen y requetecagüen
La única que se salvó de la masacre verbal fue Nati Pescador, quien se mantuvo observando la escena calladita, con la mandíbula flácida y las órbitas de los ojos girando como una noria. Sólo al final, cuando todas habían prestado declaración, la patrulla se había llevado ya a la urbana y García se mostraba algo más calmada, la inspectora se acercó a ella y le expresó su agradecimiento:
—Quería darle las gracias por su colaboración —dijo con una mano en el bolsillo de la falda y la otra acariciándose la barbilla—. Le confieso que nunca me habían puesto las manos en el culo con tanto acierto.
Y Nati no pudo dormir en toda la noche de lo emocionada que estaba.
Por último, para Eva Metal... ¿Pensará las lectoras que aquella noche no tuvo fin porque se la pasó huyendo y en la oscuridad de sus circunstancias, sus pensamientos, su futuro no veía llegar el amanecer ni real ni simbólico? Pues, están equivocadas. Para ella la noche fue interminable porque se encontró cara a cara con la mujer del Volvo.

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La mujer del Volvo

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:34 pm

En la cafetería de la Cadena 4 de televisión, Margarita Sureda no podía dar crédito a lo que Tea de Santos le estaba relatando, pero su sorpresa fue morrocotuda cuando su interlocutora pronunció el nombre de la protagonista de la huida.
—¿Evarista Reyes? ¿Has dicho que esa chica se llama Evarista Reyes?
Tea había llegado tarde ese día y con la cara descompuesta, pero al principio Marga no se percató, empeñada como estaba en explicarle su experiencia del último fin de semana.
—Estuve en un encuentro de autovaloración y autoestima a través de las chacras. No sabes cómo te lo recomiendo, Tea. Además, me echaron el I Ching y me dijeron unas cosas increíbles.
Tea, abstraída en sus pensamientos, giraba la cucharilla del café en sentido contrario a las agujas del reloj.
—¡Ah, sí! ¿Y qué te dijeron? —preguntó para no parecer descortés.
—Que voy a vivir experiencias inolvidables. Fíjate, me salió La viajera: el monte arriba, el cielo abajo y en medio el lago. Y decía... bueno, no te lo sabré repetir exactamente, pero más o menos decía: el camino atraviesa el lago para subir a la montaña, es la única vía para llegar hasta el cielo; si se sabe ver el agua a tiempo, la viajera no se mojará; de lo contrario, si la viajera anduviera abstraída mirando la cima de la montaña en lugar de fijarse en el camino, toparía con el lago y se pondría perdidita de agua, lodo y nenúfares. Es genial, Tea, justo lo que necesitaba que me dijeran.
—Pero, vamos a ver - dijo Tea confundida —, si la montaña está arriba y el cielo abajo ¿cómo es que hay que escalar la montaña para llegar al cielo?
—¡Pues, claro! —profirió—. Esa es la metáfora. Las cosas nunca son como las vemos y, además, no sabemos mirar. Tú ves una piedra y dices: «esto es una piedra» y no, es mucho más. Ahí está la gracia de la filosofía oriental.
—Qué quieres que te diga, chica. A mí la filosofía oriental me parece muy bien para las orientales, que son las que la entienden. Nosotras bastantes problemas tenemos ya con ver las cosas tal y como son. Estaríamos apañadas si encima tuviéramos que darle a todo la vuelta.
—¡Ay, Tea! —suspiró Marga—. Así no alcanzarás nunca la paz interior.
Tea machacó una colilla en el cenicero con tal fuerza que parecía que iba a agujerearlo.
—¿Sabes que te digo, Marga? Que tú lo que necesitas es ligar y dejarte de tanto rollo metafísico.
—¡Uf! Ligar yo —volvió a suspirar— Como no ligue con una fontanera.
Tea comenzaba a impacientarse.
—Y ¿por qué una fontanera, si puede saberse?
—Porque no salgo, Tea, no salgo de casa. Tendría que venir alguien a mi territorio para que yo pudiera ligar. Y, ya ves, como no sea la fontanera.
—¡Pero, cómo que no sales! Si te pasas los fines de semana de encuentros y cursillos. ¿No se liga haciendo ejercicios espirituales?
—¡Oii, chica, cómo eres! Son actividades para la formación integral de la persona humana, que es muy importante, y una está por la labor de cargar las energías positivas, no de buscarse un ligue.
—Pues, la mejor forma de cargar energías es follando, nena.
Aquella contundencia sorprendió a Marga, quien se quedó pasmada mirando a la periodista.
—Oye, Tea, a ti te pasa algo. ¿Has visto que mala cara tienes? Y esas ojeras... No me dirás que te has pasado la noche follando porque si el resultado es ese desastre, yo me retiro a hacer meditación de por vida.
—Sí, me pasa algo —afirmó irritada—, algo muy grave. Me he pasado la noche en blanco y no precisamente follando, que ya me habría gustado —y le relató lo sucedido.
Sin embargo, no pudieron ahondar en el tema. Un timbre les anunció que debían reanudar la actividad laboral.
A la misma hora, Matilde Miranda realizaba su programa de radio con la entereza y la sobriedad que la caracterizaban y Adelaida Duarte despedía a la cangura de Tilita confirmando que la criatura se había portado divinamente, había jugado con todo su arsenal de muñequitas caninas, había comido una buena ración de pienso, había hecho diecisiete pipis, uno de ellos en el lugar oportuno, tres caquitas descontroladas, que ya habían sido retiradas, y sólo había destrozado un cojín de plumas de oca que Adelaida ya tenía previsto regalarle para reposar en él su orejuda cabecita.
—Entonces, todo bien ¿no? —confirmó Adelaida tras hacerle un par de caricias en la cocorota a la perrita, que ésta agradeció con enérgicos movimientos de colita.
—Sí, señora, todo bien —confirmó la cangura—. Son treinta mil, más el taxi.
Por su parte, Gina y Cecilia discutían sobre el futuro del Gay Night.
-- Y ahora qué vamos a hacer sin Eva; no podemos contratar a otra porque mira que si nos sale delincuenta también. Pero nosotras no sabemos que ella es asesina. Nosotras hemos ayudado ella y ahora si ella asesina, nosotras cómplices.
-- ¡Ay, hija! Qué torpeza tienes. Me refiero al bar. Alguien tiene que ayudarnos y, además, deberíamos avisar a Karina de lo sucedido.
-- Entonses, nosotras llamamos Karina y ella viene para ayuda a nos.
-- Si. creo que es la mejor solución.
Aquella noche se emitía el programa ÁbreTE A la Noche, por lo que Tea de Santos se pasó todo el día en los estudios ultimando los preparativos y. entre descanso y descanso, comentando con Margarita Sureda el suceso del día anterior.
Entonces, la conoces exclamó Tea, de nuevo ante una taza de café y consumiendo cigarrillos como una máquina de vapor.
-Claro que la conozco, es la cangura de mi gata. Bueno, lo era, porque este verano desapareció de forma extrañísima cuando yo estaba en la India y ella tenía que hacerse cargo de Ying. La pobre gata, cuando llegué, estaba de pauperada, porque resulta que le puso pienso para comer y a ella sólo le gustan las latas de Delicias o de Pequeños Placeres, y claro comprenderás que después de tantos días a dieta no había quién la aguantara y yo, claro, me quedé fatal porque, una vez que le pides un favor a una amiga, y que te deje colgada de esa manera...
—Marga, déjate de nimiedades.
—Oye, guapa, nimiedades para ti, porque para mi fue muy fuerte, que la gata estuvo a punto de diñarla y yo me quedé muy preocupada por Eva.
—Marga, por favor, dime todo lo que sepas de ella.
—¡Huy! Si yo te contara, Tea.
—Pues, cuéntame de una vez, diantre.
Volvió a sonar el timbre.
Adelaida Duarte durmió hasta las cinco de la tarde, se levantó espesa y salió a dar una vuelta con su perrita por el paseo marítimo. Al regresar, llamó a Cecilia para que le diera alguna información sobre la camarera del Gay Night.
—Mira —le explicó Cecilia—, nosotras la cogimos en septiembre. Vino por el anuncio y ha sido siempre de lo más correcta, trabajadora y eficiente. Ahora, ya me dirás tú, con el problema que tenemos, hemos tenido que...
—Pero, ¿sabes dónde vive? —la interrumpió—. Tendrás su dirección y su teléfono ¿no?
—Pues, no, chica, porque como no le hicimos contrato y ella dijo que la tuviéramos a prueba y que si no nos convencía, la despacháramos sin más, pues no se nos ocurrió, el caso es que ahora, como nos ha dejado colgadas, no hemos tenido más remedio que...
—¿Y no tienes ni idea de por dónde se la puede encontrar?
—Lo único que sé es que vive por tu zona. Yo diría que frente al paseo marítimo y no muy lejos de la estación. Lo deduzco por algunos comentarios aislados, porque hablaba muy poco. La verdad, es una chica discretísima. Ahora, sin ella, nos hemos visto obligadas a...
—Pero, Cecilia —volvió a interrumpir —. ¿No sabes nada más de esa chica? ¿Ni de dónde viene ni quién puede tener referencias suyas?
—Mira, por no saber, no sé ni si su nombre es real, porque llamarse Eva Metal ya es heavy metal, como dice Gina cuando quiere hacer una gracia. Cuando la entrevistamos nos dijo que había trabajado en el Se Te Ve La Pluma, y en el Club Osiris. La cuestión es que ahora, como nos hemos quedado sin ella, hemos tenido que...
—¿Has dicho el Club Osiris? ¿Ése no e un centro de...?
—Sí, Adelaida, pero ella nos aseguró que estaba de camarera en el bar. Y puede que sea cierto porque es una chica de lo más formal, así que ahora que no está, no nos queda otro remedio que -- esta vez lo dijo de corrido para no ser interrumpida de nuevo -- llamar a Karina para que venga a echarnos una mano.
-¿Qué?
—Llega mañana.
La inspectora García entró puntualmente en su despacho de la comisaría. Recorrió las dependencias circunspecta y morruda, saludando con sequedad a las Mosses d'Esquadra que, con muy poco disimulo, cuchicheaban a su paso.
—Diu que una urbana la va estomacar pensant-se que era una xorissa.
Y se desternillaban de risa.
Ella pasaba sin inmutarse haciendo como que no oía nada. De hecho, tampoco entendía los comentarios, lo cual no dejaba de ser una ventaja, pues bastante herida se sentía en su orgullo profesional y sentimental. Y no era aquel el escarnio peor al que debía de enfrentarse. De dirección general recibió una llamada que la hizo tragarse todos los reniegos del mundo.
—Estamos sobre la pista, señora.
—¿Pero no dicen que se le ha escapado?
—Es cuestión de días, señora, ya le digo que estamos sobre la pista.
—Más le vale que sea cuestión de horas, inspectora, porque como no se resuelva pronto este caso, van a rodar un montón de cabezas, entre ellas la mía. No olvide que las órdenes vienen de muy arriba. Así que espabile.
—Señora, sí, señora.
El programa de Tea se emitió con aparente normalidad. Las maquilladoras tuvieron que esmerarse en retocar a la presentadora, sobre todo para disimular las ojeras y darle a su rostro un aire de salud y frescura. Y puesto que el colágeno hace milagros, Tea apareció radiante con un vestidazo de lino en tonos morados y escote hasta el ombligo.
En el «Feminoticiario», y para no caldear más los ánimos, hizo un repaso somero a una serie de noticias sin demasiada trascendencia. En el concurso Tu Luna de Miel presentó a las concursantes anunciando que la repetidora Nati Pescador había decidido darse de baja por motivos desconocidos. Y en el Consultorio Astrológico y Sentimental de Inés Villamontes, la maga respondió a un e-mail enviado por una pareja que firmaba «Desesperadas» y pedía la opinión del péndulo en cuanto a su futuro como madres.
Como era su costumbre, Inés Villamontes no se cortó un pelo. Primero les dijo que tenían que visualizar sus deseos desde el nivel afectivo de lo emocional construyendo sobre la creatividad y la armonía, porque sobre el miedo no se construye nada positivo. Y de ahí pasó directamente a arremeter contra la LEFE:
—Y eso es precisamente lo que pretenden, que tengamos miedo de presentar a la sociedad modelos diferentes y que además funcionen. Nos quieren llevar hacia un totalitarismo integrista que anule el amor entre mujeres, ¡quién sabe si incluso llegarán a la persecución y al exterminio! Pero vosotras debéis manteneros firmes y continuar la lucha por vuestros ideales sin dejar que os venza el poder. Hay que votar en contra de esa ley que fue engendrada bajo los auspicios de Urano, el planeta de los desastres, y no consentir que se imponga el anacronismo en nuestras vidas. De lo contrario, nenas, lo tenéis fatal para ser madres, ya sea adoptivas, biológicas o políticas, pero estoy segura de que convertiréis en realidad vuestro sueño. Para confirmarlo, haremos una consulta al péndulo.
Tea de Santos escuchó el discurso con las manos en la cabeza.
—A ésta, en lugar de una amenaza, le va a llegar directamente una carta bomba —le dijo a Marga detrás de las cámaras.
La maga seguía con sus acertijos pendulares.
—¿Conseguirán desesperadas llevar a buen fin sus deseos?
El péndulo se puso a dar botecitos en redondo y ella anunció:
—¿Lo veis? ¿Veis con que alegría os anuncia un futuro feliz? No desfallezcáis, amigas mías, luchad con todas vuestras fuerzas en contra de esa ley y todo irá sobre ruedas. Ya sabéis que el péndulo nunca engaña.
En la pausa para publicidad, Tea fue directa hacia la pitonisa, pero Marga, que sentía ferviente devoción por la maga, la detuvo.
—Tea, por favor, no te ensañes con ella que es muy sensible —le rogó.
—Sólo quiero advertirle que, por su bien, no abra el correo.
—No seas dura —insistía Marga—, que se ataca en seguida. Y si la hieres en su sensibilidad, no querrá hablarte de Evarista Reyes. Ella también la conoce.
—¿Quééé? ¿Y me lo dices ahora?
—Es que no hemos tenido tiempo.
Tampoco entonces hubo tiempo, pues la invitada a la entrevista entraba ya en el plató y había que situarla en el escenario.
—Que no se vaya —ordenó Tea—. Retén a Inés hasta que acabe la emisión, que quiero hablar con ella.
Marga se secó el sudor. «Al menos, si hablan de Evarista, no le pegará la bronca», pensó para sí.
Al finalizar el programa, se reunieron las tres en la cafetería de la Cadena 4 de televisión. Tea, agotada por la falta de sueño y una jornada de lo más estresante, pidió un sandwich de pollo y un café doble.
—Tenéis que decirme todo lo que sepáis de esa chica —les rogó— sin omitir ni un detalle y teniendo bien claro que se trata de un asunto de vida o muerte —y le pegó un bocado al sandwich.
—Pues, mira —empezó Marga—, yo la conocí por unas amigas que son pareja y, ahora, por cierto, se han decidido a adoptar una niña y resulta que tienen una de dificultades, las pobres, que no te quiero ni contar.
—¿No serán las que han enviado el mail de hoy? —preguntó Inés.
—Ahora que lo dices, no me extrañaría nada. ¡Ah! Pero si tú las conoces. ¿No te acuerdas que estuvimos cenando en su casa cuando volvieron de vacaciones?
—¿Clara y Ana?
—Las mismas.
—¡Ay, qué gracia!
Tea se crispó.
—¿Queréis ir al grano, nenas?
—Bueno, chica, no te pongas así —dijo Marga, y prosiguió—. Resulta que Evarista cuidaba el gato de Clara y Ana cuando ellas se iban. Es un macho, pero está capado ¿eh? En realidad fue un error, porque ellas querían una hembra, pero las engañaron. Como quien dice, les dieron gato por hembra.
Inés soltó una carcajada.
—¡Ay, qué graciosa!
Tea se soliviantó:
—Marga, que me estás poniendo del hígado.
—Pero ¿no acabas de decir que no omitamos ningún detalle? ¿En qué quedamos, Tea?
Cuando estaban a punto de cerrar la cafetería, entraron ya en materia.
—La cuestión es que un día le presenté a Inés porque tenía una consulta importante que hacerle.
—Bien —respiró, por fin, Tea esperanzada—. ¿Y entonces? —dirigiéndose a Inés.
—Entonces, nada. Me hizo la consulta y yo se la resolví.
—Bien, bien. ¿Y de qué se trataba?
—Lo siento, Tea —se excusó la maga , pero no puedo revelar las interioridades de mis clientas; piensa que cuando vienen a consultarme, confían en mi absoluta discreción. Sería como violar el secreto de confesión.
—¡Pues, estamos apañadas! -profirió Tea dando un manotazo en la mesa.
Pero, ¿y Eva Metal? ¿Qué hizo aquel día Eva Metal, conocida también como Evarista Reyes? Ni las lectoras más audaces ni ella misma podrían imaginar lo que el destino le deparaba.
Tras la huida del Gay Night, se puso al volante de su Honda Civic color azul marino y recorrió el camino hacia su casa mirando de continuo el espejo retrovisor. Ya no la seguían aquellos faros que durante días la habían estado acosando. Estaba segura de que la mujer del Volvo iría a buscarla, pero, aún le quedaba algo de tiempo para recoger aquellos documentos que demostraban su inocencia, la única prueba para desenmascarar a las auténticas asesinas de Laura Mayo. Tenía que hacerse con ellos antes que aquella mujer los encontrara o antes que cayeran en manos de la policía. De lo contrario, estaba perdida.
Dio un par de vueltas al edifico para cerciorarse de que no la esperaban y, al no ver nada extraño, se decidió a subir, pero la mujer del Volvo había llegado ya y la espiaba desde una posición estratégica, camuflada tras una enorme mimosa. Eva aparcó, cogió la pistola de la urbana y subió a su apartamento. No encendió la luz. La mujer del Volvo seguía sus movimientos con unos pequeños prismáticos.
Alumbrada por una linterna, Metal buscó la carpeta con el preciado botín y se puso a preparar la bolsa para la huida. Metió algunas bragas, dos téjanos, unas camisetas; cogió el retrato de Laura Mayo y, cuando iba a introducirlo en la maleta, unos golpes en la puerta le helaron la sangre. Asió la pistola y se mantuvo estática sin mover ni un solo músculo ni una pestaña, sintiendo las palpitaciones de su corazón. Volvieron a llamar y esta vez desactivó el seguro del arma que en el silencio de la noche resonó con un chasquido espeluznante. Se dirigió hacia la puerta. Posó su mano temblorosa en el picaporte. Abrió de un golpe seco al tiempo que empuñaba la pistola con ambas manos dirigiendo el cañón hacia la visitante, pero al ver aquel rostro ante ella, un escalofrío la recorrió de los pies a la cabeza.
—¡¿Eres tú?! —murmuró con voz trémula.

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El club Osiris

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:35 pm

Bajo la fachada de un centro de estética y fitness, el Club Osiris escondía un entramado de dudosas actividades, de las que únicamente se beneficiaban señoronas de alto copete. Montado en el lujo y la opulencia, sus instalaciones ofrecían una amplia gama de bañeras, saunas, aparatos de musculación, piscinas termales, baños de burbujas, chorros a presión y escoceses, duchas horizontales y Vittel, inhalaciones, masajes, fangoterapia, tratamientos contra la obesidad y el estrés, tratamientos anticelulitis y antiacné, vendas frías, aplicaciones de algas y colágeno, depilaciones, limpiezas de cutis, clases de aerobic, gimnasia correctiva, sueca y de mantenimiento, además de reservados privados con burbujeantes jacuzzis y otros servicios muy especiales, que, por supuesto, no aparecían anunciados en los programas de promoción.
Las socias pagaban una pomposa cuota que les daba derecho al uso y disfrute del Club a cualquier hora del día o de la noche, pero también se podía acceder a las instalaciones previo pago de una dispendiosa entrada siempre que se gozara de una buena reputación, tanto económica como social.
En este centro había trabajado, tiempo atras, Eva Metal y allí había visto por primera vez a la mujer que ahora tenía ante ella y a la que estaba apuntando con un arma, el cañón dirigido al centro mismo de la frente, sus ojos anegados por el miedo, el desconcierto y la sorpresa.
-No eres tú —repetía haciendo esfuerzos por controlar el temblor—. No puedes ser tú —la mirilla del cañón entre ojo y ojo—. Eres una impostora.
La mujer alzó ligeramente las manos en un gesto de rendición o de tregua, en una desesperada demanda de tranquilidad y comprensión, un movimiento pausado y limpio que demostraba su sinceridad. Tenía que encontrar la fórmula para convencerla de que no la estaba engañando, de que no era una impostora y mucho menos un fantasma. Mirándola a los ojos trataba de comunicárselo con la misma telepática dulzura que las había unido en ocasiones anteriores. Así, con las manos en alto, la mirada suplicante y la sigilosa calma de una encantadora de serpientes, intentó acercarse a ella, pero de nada sirvió.
—No des un paso más o te agujereo los ovarios —gritó Metal.
Y entonces oyó su voz.
—Pero, Eva, si me estás apuntando a la cabeza.
Y al oírla comprendió que era cierto, que no había engaño posible. Aquella voz era inconfundible, inimitable, única. La había oído en tantas ocasiones, bajo tantos matices diferentes. Eva Metal se sintió desarmada Aquella voz... No cabía duda. Era ella.
—¡Es tu voz! —pronunció con un hilo de ídem desde la antesala del limbo—. Entonces, ¡eres tú! ¡Eres tú de verdad! —y cayó desplomada.
La mujer del Volvo pasó toda la noche a su lado poniéndole compresas de agua fría en el enorme chichón que le había salido justo encima de la sien izquierda.
Tea de Santos no quedó nada satisfecha con la escasa información que le hablan proporcionado Inés Villamontes y Margarita Sureda. Cuando salió de los estudios, llamó a Adelaida Duarte desde su móvil para saber si había descubierto algo importante y se la encontró en pleno brote depresivo.
—Y ahora ¿qué te pasa, Ade?
Escuchó toda la retahíla de lamentaciones acompañadas de hipos y mocos; la convicción de que su destino era el sufrimiento, la mala estrella que la guiaba y que, en cuanto intentaba levantar cabeza, las circunstancias le ponían en contra, lamentaba que a ella nadie le iba a decir «nunca me abandones» y se preguntaba quién la taparía aquella noche si hacía frío y quién le iba a curar su corazón «partió».
—Y todo eso ¿por qué? —preguntó Tea.
—Me han dicho que vuelve Karina.
—Está bien —suspiró—·, iré a verte ahora mismo.
De camino a casa de Adelaida, Tea temía que se le presentara otra noche interminable y no estaba ella ni para más agotamientos ni para más estreses. Aparte de consolar a su amiga — obligación afectiva que realizaba de muy buen grado—, tenía mucho interés en saber qué le habían contado las dueñas del Gay Night además de comunicarle que su ex estaba a punto de amargarle un poco más la existencia (cosa, por otra parte, harto sencilla).
—Dorotea, no te enrolles nunca con una hétero —le dijo nada más entrar.
Tea se quitó el abrigo, se descalzó y subió a una de las habitaciones a buscar unas zapatillas.
—¿Y a qué viene eso ahora? —le preguntó por el camino.
—Porque es un suicidio. Si se convierten, están tan ávidas de expandir su nueva experiencia que se dedican a probar a todo chocho viviente.
—¿Y si no se convierten? —gritó desde la habitación.
—Se sienten tan culpables que te lo hacen pagar con una ruptura tan escabrosa y doliente como el mismo desprecio que, a partir de ese momento, muestran hacia todo lo que huela a carne de mujer.
—Me dejas de piedra, Ade —dijo ya de nuevo en el salón—, pero no sé por qué me cuentas todo eso a mí sabiendo como sabes que yo soy hétero y muy hétero. Y, por cierto, podías haber utilizado un sinónimo de chocho, con lo letrada que tú eres.
—No lo hay —suspiró la escritora.
—Adelaida, por favor, no empieces otra vez con tu decadente estado anímico; te necesito en plenas condiciones físicas y mentales.
—Si es que no me entiendes — lloriqueó, dejándose caer en el sofá.
—Claro que te entiendo. ¿Tienes café hecho? —sin esperar respuesta se dirigió a la cocina y mientras se servía un tazón prosiguió —: Entiendo que te duela lo de Karina, pero no debes amargarte por ello. Piensa en todo lo que tienes, esta casa, tus amigas, tus libros... — regresó acompañada por el tintineo de la cucharilla—. Tienes a Tilita. No puedes hundirte aunque sólo sea por ella, con la compañía que te hace y la responsabilidad que representa.
—Sí, la perrita me hace mucha compañía, pero a veces siento que me falta algo. No sé, alguien a quien leerle mis escritos, a quien comprar chucherías cuando voy al mercado.
—Pero, Ade, si tú siempre encargas la compra por teléfono y te la traen a casa.
—¡Ah, sí, lista! ¿Y cómo crees que me topé con la chica del Gay Night? ¿En un encuentro virtual?
—¡Ah! Por cierto, hablando del tema ¿has conseguido alguna información?
Adelaida cambió de cara.
—Poca cosa, pero puede sernos útil. Se hace llamar Eva Metal y ha trabajado como camarera en varios locales, entre ellos el Club Osiris.
—¿El Club Osiris.? —exclamó Tea— ¿Ese gimnasio para ricachonas, en que además del fitness y los masajes se practica la prostitución de alto standing!
—El mismo.
Tea se quedó meditando mientras, con extrema lentitud, continuaba dando vueltas a la cucharilla en la taza ya vacía.
—¿Sabes, Ade? Creo que a Mati, a ti y a mí nos vendría de perlas una sauna finlandesa. ¿No te parece?
—¡Qué dices! ¡Con lo mal que va eso para la tensión arterial! Y más yo, que siempre la tengo baja. ¡Quita, quita!
A altas horas de la madrugada, Tea estaba ya que se caía de sueño.
—Oye —propuso en medio de un portentoso bostezo—, casi que me quedo a dormir aquí y así te hago compañía.
Adelaida pensó: «He aquí una amiga».
También a altas horas de la madrugada, Margarita Sureda estaba que se caía de sueño pero un problema doméstico le impidió irse directa a la cama, tal y como deseaba. Cuando llegó a su casa, Ying, su gata, parecía más alterada que de costumbre. La recibió con estridentes y continuos maullidos, como si estuviera exigiendo algún derecho.
—¿Qué te pasa, cariño? —la tranquilizaba Marga a base de caricias—. ¿Que no has comido bien? ¿La calefacción no está a tu gusto?
Ying frotaba su cuerpo contra las piernas de su dueña y, de forma intermitente, alzaba la mirada para repetir aquel maullido que usaba sólo cuando le faltaba alimento o éste no era de su agrado.
—Pero, si te he dejado comida — insistía Marga—. Y era de salmón y trucha, que te gusta un montón.
Preocupada por su gata, Ying podía ser todo lo remilgada que fuera, pero cuando protestaba, lo hacía por un motivo fundado, se dirigió a la cocina para ver el estado del comedero de Ying y, al llegar, comprobó que, en efecto, la gata no había podido comer. El suelo de la cocina estaba inundado por un enorme charco de agua que impedía a la animalita llegar hasta la comida sin mojarse sus delicadas pezuñas.
—¡Cielo santo! —exclamó Marga al ver aquel desastre—. ¿De dónde saldrá toda esta agua? —y en seguida vio el boquete en la cañería de acceso al lavadero, justo la que servía para llenar la lavadora. ¡Con lo aficionada que era ella a poner lavadoras!
Corrió a cerrar la llave de paso, recogió entre chapoteos la comida de la gata, que insistía en sus maullidos, situó su comedero y su bebedero en el salón junto al radiador de la calefacción, agarró la fregona y se dispuso a achicar el agua a golpes de mocho.
Lo primero que hizo al día siguiente fue llamar a la fontanera.
A altas horas de la madrugada y después de haber visto el programa de Tea, la inspectora García repasó la lista de clientas del Club Osiris. Sabía de sobras que no aparecían todos los nombres, pero alguno de ellos era lo bastante importante como para proporcionarle alguna pista. Cogió el teléfono y llamó a la forense.
—Fernández.
—¿Qué quiere a estas horas, inspectora?
—Necesito hablar con usted.
—¿Para qué? Ya tiene un informe completo del caso.
La inspectora le explicó sus motivos de forma seca y escueta, y la emplazó para un encuentro oficial.
Inmediatamente después, decidió hacer una visita sorpresa al Club Osiris.
Había cambiado su atuendo habitual por un traje pantalón con pinzas que le permitía mucha más libertad de movimiento. No estaba dispuesta a hacer otra vez el ridículo cuando se encontrara de nuevo frente a frente con Eva Metal, porque estaba segura de que iba a encontrarla; sólo era cuestión de días.
—¡«Amos» a ver! le dijo a la gerente tras enseñarle su placa—. Sabemos que en este local trabajó una mujer que responde al nombre de Eva Metal o Evarista Reyes. ¿Podría ampliarme esta información?
La gerente, haciendo un esfuerzo memorístico, respondió:
—Tuvimos una camarera que coincide con su descripción, pero...
—Yo no le he dado ninguna descripción —atajó García.
—Es igual —se irritó la otra—. Si quiere que le responda, no me ponga trabas, haga el favor.
—Está bieeeen. ¿Trabajó aquí o no?
—Sí, trabajó aquí, pero hace un montón de tiempo.
—Y me juego el uniforme a que no sabe dónde puedo encontrarla.
—Pues, no. Le perdimos la pista. Creo que se fue a la capital.
—Al Se Te Ve La Pluma, seguro.
—Es posible —se encogió de hombros.
García hundió las manos en los bolsillos del pantalón de pinzas.
—Necesito una lista completa de todas sus clientas. ¿Podría proporcionármela ahora mismo?
—¡Huyyyy! —sonrió la gerente—. Pues, no pide usted nada. ¿No quiere darse un bañito primero?
—Estoy yo para baños.
—Mire, comisaria...
—Inspectora, si no le importa.
—Como guste. Mire, inspectora, este club goza de una reputación excelente, ya sabe que nuestra clientela es de lo más selecta. No le podemos dar nombres. Piense que si lo hiciéramos, la mayor perjudicada sería usted misma.
—¡Ah, sí! ahora García se puso chula—. ¿Quiere que venga con una orden judicial y las pillo aquí a todas magreándose entre burbuja y burbuja? ¿Eh?
—Si me permite un consejo, mejor venga de incógnito.
García acercó su rostro al de la gerente con los ojos entornados y, apretando los dientes, le advirtió:
-A mí nadie me da consejos.
A altas horas de la madrugada y tras haber pasado un día entero viendo estrellitas, Eva Metal observaba atónita a la mujer del Volvo sin atreverse a hablar.
—Te he preparado una sopa caliente — oyó la voz de su cuidadora, como llegada de otro mundo, y la vio acercarse llevando entre las manos un humeante y oloroso bol lleno de sopa que removía con cuidado—. Jardinera con tropezones de Sopinstant. Es lo único que he encontrado en la despensa. ¡Hay que ver lo mal que comes, Eva! Con lo poco que cuesta hacerse una verdurita o un caldito de pollo. ¡Ah! Y mientras dormías, he puesto la tele para ver el programa de la De Santos. ¡Qué buena es esa mujer! ¿Verdad? Tiene una gracia... Aunque hoy, no sé qué le pasaba, pero la he visto un poco sosa —le acercó el bol—. Tómatelo. Te sentará bien.
Eva Metal se incorporó, cogió el bol y comenzó a engullir aquella sopa que le supo a guiso de la abuela. Incapaz de articular palabra, ingería el alimento soplando a cada cucharada y miraba en derredor, incrédula. Todo estaba en su sitio, tal y como lo recodaba antes de perder el conocimiento, y las pequeñas variaciones que observó demostraban que no había nada que temer. Su chaqueta en el respaldo de una silla; la maleta a medio hacer con la carpeta de los documentos, donde y como ella la había dejado; dos teléfonos móviles junto a la repisa de la ventana y la pistola reposando en la mesa, con el seguro puesto.
—Es un sueño balbució—. Me voy a despertar de un momento a otro.
La mujer del Volvo sonrió.
—No, no es un sueño, amor mío. Estoy a tu lado —susurró— y ya nunca volveremos a separarnos.
Sus labios se acercaron en un primer plano de carnosas y húmedas estrías, sus bocas se entreabrieron para acogerse la una a la otra, sus lenguas se erizaron ansiosas de percibir el sabor de la saliva de la otra. Un ligero olor a Sopinstant invadió el estrecho pasadizo que entre nariz y nariz menguaba con una lentitud de película de Kurosawa y ambas bocas se rozaron apenas y se unieron las puntas de ambas lenguas, preámbulo irrefrenable de una acometida que prometía ser memorable.
En aquel preciso instante, sonó uno de los teléfonos y las dos se sobresaltaron.
—Deja, es el mío —dijo la mujer del Volvo.
No podía ser de otra manera, pues desde el día de su huida Eva Metal había restringido las llamadas entrantes para no ser localizada. Cualquier precaución era poca.
En la pequeña pantalla del Nokia con carátula de color morado que la mujer sostenía en su mano izquierda aparecía el mensaje: «Concha. Llamada». Pulsó el botón de OK situó el auricular en la oreja y respondió sin explicarle a Eva de quién se trataba.
—Dime.
—Oye, que soy Concha...
—Ya lo sé.
—¿Y eso?
—Porque cuando es un número que tengo registrado aparece en la pantalla del móvil.
—¡Ay! Es verdad —chasqueó la lengua.
Eva Metal volvió a su sopa, pero observando a la mujer del Volvo, que ahora se movía por la habitación de un lado a otro buscando la mejor cobertura.
—¿Pasa algo? —preguntaba en aquel momento.
—No estoy segura —le respondió la voz al otro lado-—, pero, oye, antes que nada, dime si la has encontrado. ¿Has hablado ya con ella?
—Sí, estoy en su casa.
—¿Y qué?
—Se ha dado un susto de muerte.
—No me extraña, hija, si es que tú también... Se lo podría haber dicho yo por teléfono y la teníamos un poco al tanto.
—Ya sabes que no quiero que demos ninguna información importante por teléfono. Podrían estar intervenidos o, yo qué sé, un cruce mismo. Imagínate que alguien nos oye por casualidad y se descubre todo el pastel.
—Mira que eres peliculera ¿eh?
—Además —siguió la mujer del Volvo haciendo caso omiso al comentario—, si lo hubiera sabido, habría intentado localizarme y eso habría sido desastroso para ambas. Y para ti también; no olvides que estás implicada.
—Ya, ya, si no me olvido.
—Bueno, dime de una vez qué es lo que pasa.
—García quiere interrogarme. Por lo visto ha repasado las listas del Club Osiris y aparecen nuestros nombres.
—¿Y qué? Todas hemos ido alguna vez al Club Osiris.
—Ya, pero me mosquea.
—¿Crees que sospecha algo?
—¡Vaya! Si no, de qué. Esa mujer está empeñada en encontrar a Eva como sea. A poco que indague, no le costará relacionarme con ella.
—No estés tan segura, con lo torpe que es la pobre. De todas formas, lo peor sería que te relacionara conmigo.
—Contigo ya me relaciona, me lo dejó caer el día que hicimos el levantamiento del cadáver, pero eso no me preocupa lo más mínimo.
El desasosiego se reflejó en la voz de la mujer del Volvo. —¡Cómo que no! Eso significa que sabe algo.
—En absoluto. Ni ella ni nadie. Para todas, tú continúas muerta y bien muerta.

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Domingo de asueto

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:35 pm

Aquel fin de semana decidieron tomárselo de descanso. Habían sido demasiadas emociones, demasiados nervios, demasiada tensión en los últimos días; no les iba a venir nada mal un tiempo de relax. Tea y Mati, aprovechando las ventajas de tener una amiga con casa en las afueras, se animaron a pasar el week-end con Adelaida Duarte en su espléndida torre a cuatro vientos en la Urbanización Maresme Lux. Bueno, en realida Tea ya estaba instalada desde el viernes; llamó a Mati y le pidió que le llevara una bolsa de viaje con las cuatro cosillas imprescindibles para pasar dos días fuera de casa, a saber: varios pares de bragas, sujetadores, medias, camisas, pantalones, calcetines, camisetas, las zapatillas deportivas, un chándal, un vestido, por si salían, y todas sus cremas, lo necesario para un solo día lo llevaba ya de común en el bolso: cepillo de dientes, Kleenex, pintamorros, etcétera, etcétera, etcétera. Mati llevó además dos botellas de Raimat Brut Nature, trufas heladas una tarrina de caviar ruso, salmón ahumado y una lata de aceitunas La Española, que le encantaban. Se disponían a pasar un fin de semana de sibaritismos por todo lo alto. Además, iban a tener la oportunidad de acercarse a la cultura y folclore populares ya que el domingo se celebraba en el pueblo un festejo autóctono con exhibición caslellera
. La Jove Colla Castellera de les Xiquete de la Costa iba a intentar un cinc de deu amb folre, manilles, agulla i sobreatic, un auténtico Empire State Building de la arquitectura humana.
Clara y Ana también optaron por la desconexión campestre. Cogieron sus aparejos de excursionismo y se fueron, Azafrán incluido, a pasar el fin de semana a Prado Rebelde, una maravillosa casa de turismo rural para gays y lesbianas rodeada de ocas y de naturaleza. Nati prefirió las juergas urbanas y la inspectora García viajó a la capital alegando motivos de trabajo, pero no se privó de darse un garbeo por el Se Te Ve La Pluma con su performance nocturna. Eso la ayudaría a diluir la tensión emocional y reconfortar un poco el precario estado de sus sentimientos.
Pero, sin duda alguna, las que más gozaron de unas horas paradisíacas fueron Eva Metal y su amada, cuyo nombre no dejaba de repetir:
—Laura, Laura, Laura, pensé que no volvería a verte y ahora te tengo aquí a mi lado y no es un sueño, eres real, puedo tocarte... — Resumiendo y para no cansar a las lectoras, el típico comentario que una hace cuando se encuentra con una resucitada, escena más que habitual en todo culebrón autonómico que se precie.
El sábado fue para todas una jornada hogareña. Ni Laura ni Eva ni Adelaida ni Tea ni Mati salieron de casa. Eva y Laura, porque tenían que explicarse un sinfín de acontecimientos y recuperar el tiempo que el destino les había robado. Las otras tenían que recuperar energías y horas de sueño, en especial Tea, quien pasó todo el sábado de la cama al sofá y del sofá al lecho mientras Adelaida, en bata de seda china, escribía poemas de desamor tristísimos escuchando a Mudredeus y Mati les preparaba suculentos manjares.
A las amantes apenas les daba tiempo de respirar entre un éxtasis y el siguiente. Las palabras de amor fluían en un pizzicato continuo; los besos y lametones se sucedían. No querían detener aquel desenfreno, pero había que hablar. Eva Metal no podía resistir por más tiempo sin saber qué le había sucedido a su amada y, haciendo un paréntesis entre orgasmo y orgasmo, le preguntó:
-- Oye, ¿y tú de dónde has sacado ese cochazo?
-- Me lo dejó Concha —explicó Laura.
-- ¿La forense?
—Sí
-- ¡Huy; si la pillo, la mato! ¡Cómo pudo ser tan cínica!
Laura la tranquilizó:
-- No la tomes con ella, amor mío, que fui yo. Le dije que no te explicara nada, quería hacerlo personalmente. Además, no sabes cómo me ha ayudado. De no ser por ella, yo no estaría aquí ahora.
Se abrazaron nuevamente, deseando fundirse para que nada volviera a separarlas.
--Y entonces, ¿quién era la muerta? — preguntó Eva.
--Pues, la que contrataron para matarme. Una torpe de campeonato. Si es que les pagan cuatro duros y luego pasa lo que pasa. Mira si era chapucera, la tía, que me di perfecta cuenta de que ponía somnífero en mi copa y luego, va, se la cambio y ni se entera. Ahora, que te digo una cosa: aquello era para matar a una yegua. Bebió un par de sorbos y cayó fulminada Una rabia que me dio, porque el vino era un Rioja Viña Monty gran reserva del 86 que tenía reservado para una ocasión especial. Quería abrirlo contigo, amor mío.
—Si esa botella te salvó la vida, no hubo mejor ocasión para abrirla.
Y de nuevo, besos, chúpeteos, achuchones y abrazos.
—Entonces, nada —prosiguió Laura— me encuentro con la fiambre allí en medio y sabiendo que las otras saben lo que tú y yo sabemos, y que además sabemos que lo saben. Total, que tenía que desaparecer y fue cuando se me ocurrió que si me daban por muerta, con un poco de tiempo y el asunto bien preparado, podría desenmascararlas.
—Y ¿por qué no me avisaste?
—Iba a hacerlo; de hecho, en cuanto acabé de organizarlo todo, vine directa hacia aquí, pero tú ya te habías ido, habían precintado tu casa y te estaban buscando.
—¿Y el teléfono? Podías haberme llamado al móvil.
—Dale con el teléfono. Nada de teléfonos, Eva, la voz que viaja es una voz susceptible de ser escuchada. Podían haberlo intervenido o...
—¿Los móviles también pueden intervenirse?
—¡Yo qué sé! Pero es igual. Y si de repente hay un cruce y alguien se entera de lo que estamos hablando ¿qué? Al día siguiente va a un periódico, vende la exclusiva: «No, mire, que es que me he enterado de que Laura Mayo está viva». Y todo al traste.
—Sí, quizá tengas razón —aceptó Eva no muy convencida.
—Acto seguido, llamé a Concha, que justo ese día estaba de guardia en el Instituto Anatómico Forense. Bueno, la verdad es que se pasó todo el verano de guardia porque, como nadie quiere trabajar en agosto y ella tiene el número de registro más bajo, le tocó pringar.
—O sea que a ella sí la llamaste por teléfono.
—¡Que noooo! Mira que eres tozuda ¡eh! Le dejé un mensaje escrito en clave en el buzón de su móvil. Ella comprendió enseguida y no tardó nada en llegar.
—Bueno, vale —se conformó—. Anda, sigue.
—Concha estaba de un humor que ni te cuento. Le expliqué lo que había pasado y cuáles eran mis intenciones, pero, a ver cómo hacíamos para deshacernos del cuerpo y difundir que yo estaba muerta. Y a Concha, que para eso es una profesional de tomo y lomo, se le ocurrió lo de meter a la fiambre en la barbacoa para que fuera imposible reconocerle la cara y comprobar las huellas dactilares. Así, todas pensarían que la muerta era yo.
—¡Qué genial, tía!
—Si es que Concha, cuando quiere... Si no fuera tan hosca, la pobre.
—Siendo forense, qué quieres.
—Ella se encargó del resto. Al cabo de unas horas la llamaron de comisaría. Yo ya venía hacia aquí con su coche. El mío no podía cogerlo. Sonaba raro que una muerta se llevara el coche ¿no? Vamos, que habrían sospechado; y luego que, ¡yo que sé!, te encuentras cualquier control y te montan un «fregao» de narices, que para eso las guardias civilas son únicas.
—Oye, ¿y a mí por qué no me dejaste un mensaje escrito en el móvil? —insistió Eva.
—¡Y dale Perica al torno! Ya te he dicho que quería decírtelo personalmente.
—Pues, he estado en un tris de diñarla del susto.
—Va, Eva, no discutamos —la estrechó en sus brazos—. No sabes cuánto he deseado que llegara este momento —y pasaron el resto del sábado retozando cual felinas en celo.
El domingo, sin embargo, no resultó para las tres intelectuales tan sosegado como ellas deseaban. Amaneció radiante, eso sí, algo frío, pero soleado y límpido, uno de esos domingos traidores que te hacen sentir una primavera que aún tardará meses en llegar. Cuando Tea, Mati y Adelaida sacaron a pasear a Tilita, se toparon de morros con la fiesta popular y una masa de mujeres enlajadas en lila sobre blanco dispuestas a levantar la gran torre humana.
—Vamos a verlas —las animó Mati—, que las castelleras suelen estar muy macizas—. Y Tea la secundó.
—¡Follón de gente! —gruñó Adelaida.
Eran las doce del mediodía y Eva y Laura seguían en su retozo. No hay nada como una separación para que el cuerpo se reactive y se embelese. La rutina es la cicuta del sexo. Revoltillo de besos en el cuello y potaje de caricias en la nuca, espalda y pelo. Ése fue su desayuno. De fondo les llegaba el bullicio de la gente, que a escasa distancia de allí, alentaba a Les Xiquetes de la Costa, dispuestas ya en una amalgama compacta. Cuerpo contra cuerpo, un amasijo de manos, culos, hombros y brazos formaba la pinya en la base del castillo. La estructura humana consolidaba el pedestal que había de sostener aquellas columnas de brazos y piernas por las que reptarían otros brazos y otras piernas en sinuoso roce hasta alinearse en pisos. Ya habían colocado el folre, sostén de la torre, fusión de caderas adosadas, extremidades encadenadas por una musculatura recia para afianzar los cimientos. Apuntalado el armazón, subió el primer piso y el sonido de la gralla acalló las voces de la multitud. La torre comenzó a elevarse.
Laura y Eva se erguían desnudas en el lecho y entrelazaban sus muslos y sus brazos del mismo modo que los brazos y los muslos de las disidieras se trenzaban entre sí y las que subían zigzagueaban cual lagartijas por los cuerpos de las que ya estaban situadas y sus vientres rozaban las espaldas y las nalgas de las otras hasta situarse encima y apostar las plantas de los pies en sus hombros.
La lengua de Eva buscó la de Laura, sus manos se afanaban por encontrar un punto de apoyo para el placer. Y las manos de las castelleras se asían con fuerza las unas a las otras en un entramado de pieles y sensaciones. El vientre de Eva contra el vientre de Laura Subieron las quartes frotando su pectoral contra el dorso de aquellas a las que escalaban. Vientre contra vientre en el lecho y en la torre pecho contra nalga. Las terceres iniciaban el ascenso. La torre humana se alzaba piso a piso bajo un silencio expectante, roto solamente por el sonido de la gralla y los gritos de la cap de colla , que daba las instrucciones.
Y entonces, la vio. Sí, Adelaida vio aquel cuerpo ligero que ascendía por un costado, con unos glúteos compactos y tiernos como melocotones, las piernas firmes, sus pies descalzos buscando la faja de su compañera como punto de apoyo, sus manos abiertas abrazando los pectorales del pilar plantado al que superaba en su escalada, su pubis restregando en el ascenso las dunas del cóccix paralelo. Una melena ondulada, sujeta por los extremos en una cola central, se mecía con el sinuoso movimiento del reptil en la subida.
—¡Virgen del Amor Hermoso! — exclamó Adelaida.
Y Laura suplicaba:
—Sigue, sigue así, mi amor, como sólo tú sabes.
Sus pezones clamaban por la boca y la lengua de Eva, que se deslizó por la línea del esternón y siguió bajando hasta encontrar el abultado monte peludo por el que fluía una catarata. A través de la tela blanca empapada en sudor se dibujaban los pezones de la joven castellera. Sus manos se apoyaban con fuerza sobre el hombro de la que había de sostenerla y sus pechos erectos rozaron aquella espalda al tiempo que sus pies se asían como un batracio a la banda lila, la rodilla sobre el hombro, la planta sobre el otro hombro, las manos ligadas a las de sus compañeras de ascenso. Coronó su posición.
Ahora, la lengua de Eva subía por el vientre en el recorrido contrario, hasta la hendidura de las clavículas y se detenía en el VA lie que limitaba los ávidos e hinchados pechos de Laura. Subieron las dosos L'acotxadora y l’anxaneta escalaban como ratoncillas sorteando los cuerpos de las mayores, las adolescentes, las niñas que en tamaño inferior a cada piso se encontraban en la subida. Y el castillo se mantenía con temblorosa estabilidad.
Las manos de Eva culebreaban como aquellas niñas por la piel de su compañera hasta llegar al desflorado abismo de su vagina y ambos cuerpos temblaron con idéntica firmeza que la torre a la inmediata espera de una culminación que se intuía gloriosa en uno y otro escenario.
En el tercer piso, la castellera de ondulada melena sostenía firme el sector de estructura que le correspondía, la mueca del esfuerzo en su rostro y por la frente las gotas de sudor que le caían y que Adelaida veía iluminadas por el sol como chispas de bengala en el mar de Lesbos.
Se situó l'acotxadora. El cuerpo de Eva se arqueó sobre el de Laura. Subió l'anxaneta La mano de Eva se introdujo en Laura, la de Laura en Eva. Hubo una sacudida. Los dos cuerpos se erizaron. La torre se sostenía temblorosa. En un último roce de su imberbe entrepierna, la niña se situó a horcajadas, abrazando la cintura de l'acotxadora, y una manita minúscula se alzó apenas un instante coronando la atalaya. La salva de aplausos fue atronadora. Los gritos de Laura y Eva fragorosos, y restallante la exclamación de Adelaida cuando vio la sonrisa iluminada de aquella a quien no había quitado ojo de encima.
—Eso no es una mujer murmuró Adelaida babeante—. ¡Es una vestal!
—¿Cómo dices? - -le preguntó Tea, que se deshacía en aplausos.
A continuación hubo que descargar la torre y las niñas comenzaron a deslizarse como gotas de agua por el exterior de la estructura frotando sus cuerpecitos vírgenes contra las espaldas de sus predecesoras; bajaron las adolescentes restregando la entrepierna abierta por el dorso de las que aún se mantenían en pie; Adelaida vio a su favorita abrazando en su descenso a la que tenía debajo, sus brazos rebotaron en las tetas de aquélla y continuaron resbalando por la cintura, las caderas, los muslos...; por fin, las últimas se lanzaron al hormigueo humano de fajas lilas sobre fondo blanco y el revoltijo de manos y piernas fue tal que, visto desde arriba, el tortel parecía un gran plato de angulas vivas.
A partir de aquel momento, la que se pretendía jornada de asueto se tornó frenesí dominguero. Todas, absolutamente todas las personas que se hallaban en la plaza del pueblo disfrutando de la fiesta, corrieron a buscar una terraza para hacer el vermut. Tal histeria colectiva provocó un enfrentamiento entre Tea de Santos y sus amigas. Mati era partidaria de hacer tiempo hasta que se despejaran las calles, Tea opinaba que era mejor volver a casa y zamparse entre las tres una lata de berberechos Cuca 25-30 unidades con un Dry Martini y Adelaida insistía en buscar a la castellera.
—Tenemos que encontrar a esa chica — les rogaba con aire bobalicón.
—Pero, ¿qué chica? —preguntó Tea.
—Aquélla, la de la sonrisa, la de las nalgas turgentes... ¡Ay, Tea! ¿Cómo te la describo yo ahora si todas van vestidas iguales? —exclamó con expresión arrebatada.
—Mira, Ade, bastante investigación tenemos ya con la chica del Gay Night como para meternos a buscar a otra. Sé un poco sensata, haz el favor.
Con todo, Dorotea conocía bien aquella expresión y sabía que, cuando a Adelaida se le metía una boca en la cabeza, iba directa a por ella. Miró a Mati y suspiró descorazonada.
Mientras tanto, Eva y Laura se vestían para salir. Tenían que ir a recoger las cosas de Laura en la masía que ésta tenía en el Empordá donde se había refugiado durante aquellos días. Luego regresarían al apartamento de Eva. Ese sería su cuartel de operaciones.
Tea, Mati, Adelaida y Tilita en brazos de esta última, aún con el susto en el cuerpo, llevaban ya un cabreo insostenible. Adelaida estaba empeñada en encontrar a la castillera, Tea cada vez más exaltada y Mati intentando conciliar.
—Pues, la buscáis vosotras —aulló Tea dando un talonazo—. Yo me vuelvo, que yo he venido aquí a descansar.
Y echó a andar entre el tumulto de gente.
Laura tomó la cara de Eva entre sus manos, la besó en los labios, enfundaron los móviles, se pusieron las chaquetas y salieron al rellano de la escalera, no sin antes comprobar que nadie pudiera verlas.
Tea giró por una calle para esquivar a la muchedumbre, atravesó un callejón y... ¡de repente!, vio aparcado frente a un bloque de apartamentos un Honda Civic color azul marino. ¿Era posible? —se dijo a sí misma. ¿Se había topado de narices con el coche en que huyó la chica del Gay Night o su periodística imaginación le estaba gastando una broma de mal gusto? Sin perder un segundo, rebuscó en su bolso, encontró la agenda, la abrió por la página donde había apuntado la matrícula y... ¡En efecto! ¡coincidía!
El dedo de Eva presionó el botón de llamada del ascensor.
En una frenética carrera con empujones, atropellos y algún que otro pisotón, Tea volvió sobre sus pasos para advertir a sus amigas del descubrimiento que el novelesco azar acababa de servirle en bandeja. Las encontró sentadas en un banco esperando a que se despejara el tumulto.
En el rellano de la escalera se oyó un ruido. Alguien había abierto una puerta en el piso de abajo. Laura y Eva se sobresaltaron Llegó el ascensor. Ninguna de las dos se atrevió a abrir la puerta.
—Esperaremos —dijo Laura—. Si lo cogemos, parará en el piso de abajo y nos verán.
—Bajemos por la escalera —propuso Eva.
Tea gritaba:
—¡Venid, venid! Que he encontrado el coche de la chica.
—¡¿La castellera? —preguntó Adelaida con sonrisa iluminada.
—Déjate de castelleras —arrastró a Mati y de rebote a la escritora—. La chica del Gay Night. ¿No dijiste que era vecina tuya? Pues, su coche está aparcado dos calles más allá.
—¿Y qué pretendes? —protestó Adelaida—. ¿Que hagamos guardia hasta que baje a buscarlo?
—Tú corre y calla —ordenó Mati.
Eva y Laura llegaron a la portería Miraron en derredor, se subieron las solapas de las chaquetas, cubrieron sus ojos con sendas gafas de sol y salieron a la calle.
Más empujones, codazos, atropellos, Tilita en brazos, Adelaida refunfuñando; giraron la calle, se toparon con una moza que, hucha en mano, pedía colaboración económica para la colla castellera. La esquivaron como pudieron arrastrando a Adelaida, quien ya había echado mano del monedero para soltar un par debilletes. Enfilaron el callejón.
—Iremos en tu coche —propuso Laura —. Está más cerca que el mío.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque te he estado siguiendo todos estos días. ¿Ya no te acuerdas?
—¡Ah! Es verdad.
Cuando Tea, Adelaida y Mati llegaron, el Honda Civic color azul marino había arrancado ya y se perdía por el fondo de la calle camino de la autopista.

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Siete centimentros de sonrisa

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:36 pm

Para Margarita Sureda, el fin de semana había sido más bien ajetreadillo. No pudo ir a su Stage de Formación en Terapias Alternativas porque, con toda premura, tuvo que avisar para que le arreglaran su problema de cañerías, pero ¿quién iba a acudir siendo sábado?, se preguntaba repasando la lista de fontaneras del barrio. Recordó entonces que su seguro Hogar y Vida ofrecía un servicio de urgencias para todo tipo de reparaciones domésticas. Habló con una señorita muy amable, le expuso el caso y ésta le prometió que antes del mediodía tendría allí a una operaria.
Y así fue, a las once y treinta y cinco se presentó en su casa una fontanera esbelta y maciza como las mismas cañerías que
instalaba. El lunes se lo explicaba a Tea en la cafetería de la Cadena 4 de televisión.
—Una llama a la fontanera y piensa que va a venir una garrula con mono azul y llena de manchas ¿no? Pues, no. Te juro, Tea, que la mismísima Silke no tiene nada que envidiarle.
Pero Tea no escuchaba. Finalizado el café y con un humor de perras, se dirigió al plato seguida por Marga, que insistía: —Ni el tipo, ni los ojos... ni la sonrisa, Tea, ni te puedes hacer una idea.
Y es que Tea de Santos andaba bastante más agitada que de costumbre. La chica del Gay Night se le había escapado en sus propias y prominentes narices, había discutido con Mati porque, tras el incidente, le había dicho que se calmara y se había enfadado con Adelaida por la tontera que llevaba encima. A última hora del día habían decidido un plan de acción, tenían
que descubrir a la chica del Gay Night como fuera. Adelaida vigilaría la zona en que vieron el Honda Civic; Mati, aprovechando que tenía que viajar a la capital para participar en una rueda de prensa, se daría una vuelta por el Se Te Ve La Pluma a ver si descubría alguna cosa y a Tea le quedaba el Club Osiris.
—¡Mírala qué lista! —protestó Adelaida —. Yo haciendo guardia a la intemperie y tú, al calor de las aguas termales. Hasta en el espionaje hay categorías.
De ese comentario derivó una sonada discusión que acabó en portazo. Tea le recordó que, teniendo la tensión baja, las saunas le iban fatal.
—Tú misma lo dijiste —le espetó.
Adelaida se quejó de la falta de sensibilidad de Tea hacia sus problemas, Mati les pidió serenidad y ambas gruñeron. Al final,
Tea advirtió:
—Os recuerdo que detrás de esa chica hay un bombazo informativo y un asesinato por resolver y que están en juego nuestras vidas. Ella es la única que puede llevarnos al origen de los anónimos. Haced lo que os dé la gana.
Agarró el bolso y se fue de casa de Adelaida, olvidando en el cuarto de baño su cepillo de dientes y la crema antiarrugas con liposomas Compensating de Pond's.
Por si fuera poco, aquella misma mañana, antes de tomar el café con Marga, había recibido otra carta amenazándola.
Eva Metal y Laura Mayo pasaron aquella noche en la masía del Empordá. Cómo podían resistirse a robarle al tiempo unas horas más, a retozar de nuevo al abrigo de la clandestinidad y la lejanía, a amarse al abrigo de un marco incomparable; la masía estaba montada a todo lujo y desde el jardín sólo se oía el sonido de una risueña fuente de aguas cantarínas, pero tenían que abandonar aquel paraje y regresar al apartamento de Eva.
—Allí estaremos más cerca de la ciudad —argumentó Laura intentando convencerla.
—Es una imprudencia. Al igual que me has encontrado tú, puede hacerlo la policía.
—Yo te seguí desde el día de mi entierro. Sabía que ibas a ir. Por cierto, ¡qué bonito lo de los pétalos de rosa que echaste sobre el ataúd!
Eva chasqueó la lengua.
—¡Ay! Calla, no me lo recuerdes, que lo pasé fatal.
—No te he perdido la pista desde aquel momento, pero la policía es imposible que nos haya localizado.
—¿Cómo puedes estar tan segura?
—Porque la que lleva el caso es García y la conozco lo suficiente como para saber que no ha dado con la pista y ni mucho menos se imagina que yo pueda estar viva y contigo. Si es que no vale para esto. La pobre es una buenaza y eso la pierde. Yo tuve que colaborar con ella hace tiempo cuando lo de las terroristas aquellas que secuestraron a un grupo de concejalas y... ¡no había manera! Ya se lo dije entonces: «García que no se puede ser poli teniendo tan buen corazón». Pues, quería exculparlas a todas alegando motivos humanitarios... Que razón ya tenía, pero, a ver, una no puede ir por ahí secuestrando concejalas por mucho que la recaudación vaya destinada a una causa justa. En fin, el caso es que García no sirve, es demasiado blanda, pero ella se empeña en ver Expediente X y la Scully por aquí, la Scully por allá... una perra que tiene con la Scully, hija, que ni te cuento. ¡Ah! ¡Y calla! Que encima le da siempre por enamorarse de las malhechoras y se mete en cada lío...
—Tal vez tengas razón —dijo Eva no muy convencida.
Aún les quedaban unas horas y su deseo de aprovecharlas superaba todas las leyes de la física. Se amaron de nuevo una y otra vez y otra, con un entusiasmo inconmensurable. Llegado el vigésimo séptimo orgasmo, Eva empezó a flaquear.
—Oye, ¿y si lo dejáramos por un rato? —suplicó.
Laura se había levantado para poner un CD y hacer un pis, y cuando regresó, se encontró a su amada medio desfallecida.
—Ya sabes que te quiero con locura, Laura —se oyó su vocecilla desde el lecho—, pero entre los nervios, el susto que me diste y la marcha que llevamos, no puedo ya con el desgaste.
Laura se tendió a su lado.
—Calla —le dijo—. ¿No sabes que es el amor de una esencia que se corrompe al hablarlo...?
Tan poéticas palabras llegaron hasta sus oídos como un susurro. ¿Dónde había oído eso antes?, pensó Eva, pero no se entretuvo en buscar por los recovecos de su memoria; se dejó amar de nuevo. De fondo, las conjuntadas voces de Comas & Pujol repetían.
Adelaida Duarte había empezado a montar guardia frente al edificio en que encontraron el Honda Civic. Por suerte quedaba muy cerca del paseo marítimo y podía aprovechar los paseos con Tilita para echar una ojeada. El lunes no vio nada y con su habitual optimismo pensó que aquella maniobra no tenía futuro alguno, pero el martes, sin ir más lejos, hizo dos descubrimientos extraordinarios. Iba ella con su perrita, paseo marítimo arriba, paseo marítimo abajo, cuando de pronto vio un coche azul marino parado en el semáforo. Como no distinguía muy bien entre las diferentes marcas de automóviles, se acercó discretamente y desde una prudente distancia lo siguió con la mirada. El coche avanzó hacia el edificio de apartamentos y giró por la misma calle en la que el domingo Tea protagonizara el hallazgo. Adelaida cruzó el semáforo, se ocultó tras una enorme mimosa, la misma que días antes ocultara a Laura Mayo y en la que Tilita aprovechó para soltar una olorosa caquita, y desde allí observó cómo el coche azul realizaba la maniobra de aparcamiento al tiempo que le llegaba el perfume de la defecación. Su sorpresa fue supina: del automóvil descendieron dos mujeres que, a toda prisa, entraron en el edificio. A una de ellas la reconoció: era Eva Metal. De la otra, cubierta con gabardina, subidas las solapas hasta las mejillas y con enormes gafas de sol, ¡cuán familiares le resultaban sus movimientos, sus andares y su estilo! Bien, se dijo, ya la tenía localizada. Regresaría a su casa y llamaría a Tea, pues Adelaida Duarte se negaba a tener móvil.

—¡Vamos, nena! —le dijo a Tilita y enfilaron de nuevo hacia el paseo marítimo.
Pero a la perrita no le hacía ninguna gracia finalizar tan pronto su paseo y cabezona como era, plantó el culo en una baldosa y resistió con todas sus fuerzas el tirón de la correa.
—¡Vamos! —repetía Adelaida con las mandíbulas apretadas tirando de ella—. ¡Será tozuda!
Y de repente, cuando se hallaban en pleno forcejeo, apareció en la arena de la playa una duna humana que se agrupó en un círculo y, con visible algarabía, inició el ensayo de una torre. Entonces, la vio, trepando con téjanos y camiseta blanca, los pies descalzos y aquella sonrisa espléndida que, calculada a ojo desde su posición, superaba los siete centímetros de comisura a comisura.
La inspectora García regresó a su cuartel general sin haber obtenido ninguna información importante. De su viaje a la capital sólo sacó una bronca de sus superioras, un gol de la forense y el desánimo de una noche de marcha sin resultados. Al Se Te Ve La Pluma acudió dos veces. La primera, vestida de inspectora, cuando acababan de abrir y no había público; la segunda, dos horas más tarde, con chupa de cuero y el pelo revuelto, cuando el local estaba en plena salsa. Salió de ambas visitas con la decepción a cuestas.
Concha Fernández la lió más de lo que ya estaba, pues la instó a desviar el rumbo de sus investigaciones.
—Mire, inspectora —le dijo—, sé que Laura Mayo tenía una amante y que estaban muy enamoradas, hasta tal punto, que la diputada se había planteado hacer pública su relación. Lo único que puedo decirle es que había alguien más, alguien a quien esa declaración y las consecuencias que traería no le interesaban en absoluto. Por eso la eliminó. Yo, de usted, cambiaría de objetivo.
—¡Cagüen! —exclamó García.
Pero no se sentía defraudada tras la conversación. Le aliviaba pensar que la chica del Gay Night fuera inocente. Lo que la ponía del hígado era encontrarse de nuevo ante un callejón sin salida y ahora, encima, sin una cabeza de turca que ofrecer a sus superioras. Regresó con una única idea. La clave, si estaba en algún sitio, estaba en el Club Osiris.
La noche del martes, Tea de Santos, por un lado, y la inspectora García, por el otro, decidieron darle un poco de gusto al cuerpo y se presentaron en el Club Osiris. Tea, por supuesto, no tenía información alguna de Adelaida, quien, embelesada por la providencial sonrisa de aquella niña trepacuerpos, se había olvidado por completo de sus detectivescas responsabilidades. La escritora había aprovechado la pataleta de su perrita para acercarse a aquella sonrisa con piernas y mantener una breve conversación. Sabía, pues conocía bien a su cachorrita, que si la soltaba iría directa al festival de mujeres, del que seguro se escaparía alguna mano hacia su agradecida y sensible barrigota. Y así fue. En cuanto Tilita se vio libre de la correa, inició la carrera hacia la playa con alegre trotecillo, bamboleando sus orejas al viento, hasta plantarse frente al corro de castelleres y allí se entretuvo provocándolas con ladridos, saltos, carreras alrededor y agitados movimientos de colita. Y como la casualidad no existe y Tilita no tenía un pelo de tonta, a quien fue a provocar con más entusiasmo y quien la tomó en brazos para devolvérsela a su dueña fue precisamente la chica que Adelaida tenía en el punto de mira.
Apenas cuatro palabras cruzadas en el esplendor de una playa en invierno y la comprobación a medio metro de distancia de que, junto a aquella sonrisa, la boca de Ariadna Gil era peccata minuta, fueron suficientes para que la escritora se pasara el resto de la jornada con una gilipollez emocional que ni Madame Bovary.
Pero, para sonrisas históricas las que esbozaron a dúo Clara y Ana tras recibir una información explosiva, una auténtica salida a la consecución de sus deseos, una vía abierta, segura y directa para la realización de sus sueños como ni ellas ni nadie habrían osado imaginar.
Aquella tarde habían acudido a la Oficina de Asuntos Infantiles para proseguir los lentos, penosos y desesperantes trámites de la adopción y en la sala de espera entablaron conversación con otra pareja.
—¿Cuánto tiempo lleváis? —se interesaron éstas.
—¡Uf! Más de cinco meses —dijo Clara.
—Seis, seis meses, por lo menos — corroboró Ana.
Las otras esbozaron una sonrisa piadosa.
—Y vosotras ¿para cuándo? —se animó Clara en la charla.
—Pues, para ya ¿no? —respondió una de ellas mirando a la otra—. Dicen que ahora ya es cuestión de semanas; bueno, quien dice semanas, dice un par de meses o tres, pero ¡vaya!, que está al caer, creo que vamos las primeras en el ranking, quiero decir, en la lista esa de parejas con todos los trámites superados.

—¿Lo ves, Ana? —exclamó Clara con optimismo—. ¿Ves cómo es posible? Ellas están a punto de conseguirlo y —dirigiéndose a la pareja interlocutora—. ¿En cuánto tiempo?
—¿En cuánto tiempo qué? ¿Lo de estar cabeza de lista?
—Sí.
—¿Desde que empezamos los trámites?
—Claro.
—Pueeees, unos doce añitos más o menos, ¿no? —pidió confirmación de su compañera.
—¡Psé! Doce, doce y medio. La verdad es que he perdido la cuenta, pero por ahí va la cosa. A trece, seguro que no llegamos porque es un número que me impone y siempre rezo para que no alcancemos esa cifra.
La decepción de Clara y Ana fue de órdago, pero duró poco. La ciencia y el destino les reservaban una insólita sorpresa.
Por la noche, Tea y una inspectora García más maquillada que nunca, con peluca y gafas de sol (con la excusa de los rayos UVA), pululaban por los recovecos del Club Osiris.
En la recepción, Tea fue directa a indagar. Hizo algunas preguntas sobre una chica que había trabajado allí, pero la respuesta de la recepcionista fue de lo más cortante.
—La policía ya ha estado aquí —atajó.
—Yo no soy de la policía —dijo Tea—. ¿No me conoce?
—Sí, su nariz me suena un montón. ¿Es usted clienta nuestra?
Visto el éxito, desistió. Pidió una sauna finlandesa, un masaje completo, una ducha a presión y una limpieza de cutis.
Y en cada uno de los departamentos por los que iba pasando aprovechaba para hacer sus pesquisas con su magistral pericia periodística. La encargada de la sauna, que la reconoció, no tuvo reparo alguno en responder a sus preguntas, así como la responsable de las duchas, pero de quien obtuvo mayor y más suculenta información fue de la masajista, quien se sentía honrada de sobar en profundidad a una personaje tan destacada. Aunque le comunicó orgullosa no era la única famosa que había pasado por sus manos, en el sentido literal de la frase.
—Por aquí viene gente muy importante, pero, comprenda que no pueda dar nombres.
—Por supuesto. Si lo hiciera, pensaría que en cualquier ocasión podría salir el mío y eso no va a ocurrir ¿verdad?
—Dios me libre.

Sin embargo, conforme el masaje avanzaba de las pantorrillas a los muslos y de los muslos a los glúteos y de los glúteos a la cintura, subía también el nivel de precisión en cuanto a las personas descritas.
—¿Y ésa también entiende? —iba exclamando Tea a cada personaje nuevo que descubría.
—Lo que yo le diga. Y la tal y la cual, y la ésta y la otra... Lo sé porque las he visto
contratar los servicios de nuestras «especialistas». Ya me entiende.
Cuando los pulgares estaban a la altura de los omóplatos y el resto de los dedos manipulaba las clavículas, la masajista soltó un cargo, que no un nombre, de una pez gorda que había contratado los servicios de una de las «especialistas», concretamente una chica a la que prefería sobre las demás y que estaba liada con otra figura importante. Al parecer, le encantaba su musculatura. Al oírlo, Tea se quedó de piedra.
—¡Huy! ¡Qué tensa la noto por esta zona! —exclamó la masajista sobándole los músculos del cuello.
Finalizada la sesión, Tea le agradeció efusiva y económicamente todos los servicios prestados.
—Ha sido una charla muy amena —dijo a modo de despedida y antes de abandonar la sala de masajes, con la mano ya en el picaporte, se giró para comunicarle—. ¡Ah! Por cierto, si alguna vez sale mi nombre, no olvide enfatizar que YO soy hétero y muy hétero.
De quien no consiguió información alguna fue de la esthéticienne que además se cabreó un montón porque al hacerle la mascarilla, tuvo que ponerle un emplasto en la nariz de tales dimensiones que, advirtió, debería costarle un suplemento. Tea ni se inmutó.
—Trabajo y material extra — refunfuñaba la otra mientras le aplicaba la pasta sobre el tabique nasal.
Pero la periodista pasaba olímpicamente de sus comentarios. Se sentía alucinada, impactada, espeluznada y horrorizada por lo que acababa de descubrir. Tenía que decírselo a Adelaida enseguida, pero no por teléfono, pues también a ella le entró la manía esa de que pudieran estar intervenidos.
Al mismo tiempo, lo que le ocurrió a García tiene delito. Estaba de servicio y por poco se queda frita en la piscina de los chorros. Y eso que eligió aquella actividad porque su estratégico emplazamiento, en el centro mismo del club y rodeada de cristaleras, le permitía tener un control riguroso de todo el local. Con los codos apoyados en la barra que bordeaba la piscina, García recibía el chorro a la altura de las lumbares. La temperatura del agua, el leve vapor ambiental, la relajante música de fondo y el cosquilleo en los riñones hicieron que le entrara una modorra incontenible. Y es que andaba muy agotada, la pobre. Durante algunos instantes perdió incluso la noción del espacio, pero en un intervalo entre caída y caída de párpados vio pasar, al otro lado de la cristalera, una nariz con albornoz y toalla a modo de turbante, que le resultaba harto conocida.
—¡Cagüen, cagüen y cagüen! — murmuró—. Qué hace la periodista esa husmeando por aquí.
Porque García tenía perspicacia suficiente como para intuir que Tea de Santos no había ido al Club Osiris sólo porque necesitara una regeneración corporal. Su primer movimiento, instintivo, fue hundirse en la piscina para no ser descubierta, pero llevando gafas de sol habría resultado sospechoso, además se le podía perder la peluca en la inmersión. Abandonó el baño y fue a vestirse a toda prisa.
También Tea había ido a vestirse; de hecho, había finalizado ya todas sus sesiones. Al salir, tomó un taxi y no se percató de que alguien la seguía. Sin embargo, García sí observó ese detalle, parada en la puerta del Club, cuando vio que el taxi se alejaba.


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Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:36 pm

Hay reconciliaciones inconcebibles. Resulta inaudito pensar que con las cenizas de la humillación y el desprecio pueda modelarse un nuevo conjunto digno de confianza. Porque, cuando una se ha visto tratada como un vulgar felpudo, difícilmente le quedan ganas de hacer un esfuerzo ulterior. Eso era exactamente lo que sentía Adelaida Duarte con respecto a Karina. No se trataba ya de rencor. Con el

tiempo y algunos mecanismos de supervivencia, que le salen a una vaya usted a saber de dónde, se pasa del odio a la indiferencia más absoluta. La otra ya no es nada, no es nadie. Pretender entonces una relación de complicidad y colegueo sería como pedirle a Sísifo que dejara de hacer fuerza.
—Se le caería la piedra encima — intentaba explicarle Adelaida a su ex cuando vino a visitarla aquella mañana gris.
—Pero, ¿de qué piedra me hablas? — preguntó Karina que en temas mitológicos andaba un poco perdida.
Aprovechando su regreso, la morruda empresaria no había podido resistir la tentación de visitar a su ex amante, ponerse al día de su situación y conocer su nueva casa. Todavía se pregunta Adelaida por qué consintió en ello. ¿Acaso tuvo un gesto aperturista? ¿Dio un voto a favor de la tolerancia del que, en cualquier caso, se arrepintió en cuanto finalizó la visita? Sin embargo, Karina puso especial empeño en hacerse la graciosa, en crear una situación distendida, un forzado «ahora que ha pasado el tiempo, podemos iniciar una nueva etapa», sin que se le pasara por la cabeza que esa opción pudiera ser unilateral.
Para Adelaida, los comentarios que hizo fueron inapropiados y, por lo general, improcedentes. Dijo Karina con aire decepcionado:
—Te has traído todos los muebles de la Vila Olímpica.
—¿Y qué? —preguntó la escritora.
—Podías haber dejado alguno.
—¿Por qué? Si son míos.
—Para renovar.
—No eran precisamente los muebles lo que tenía que renovar cuando vine aquí.
—Y la perrita, ¡qué mona! ¿eh? ¡Qué simpática! No, no me lamas rica, que me da mucho asco.
Además, las malas lenguas habían hecho llegar hasta sus oídos que la escritora mantenía un romance secreto con una esbelta muchacha y, como era de esperar, no consiguió reprimir la pregunta crucial, ese interrogante que, respondido en positivo, parece que deja más tranquilas a las ex amantes que le han dado esquinazo a una.
—¿Y qué? ¿Ya tienes novia?
—No sé cómo decirte. La perrita me absorbe tanto... —respondió Adelaida.
Pero Karina era simple y, de alguna forma, necesitaba sosegar su conciencia. Tampoco pudo resistir el impulso de curiosear por todos los rincones de la casa a ver si encontraba indicios de aquella supuesta relación. En la habitación no había notado nada especial, la cocina no indicaba la presencia de una mano nueva, continuaba inmaculada, como de costumbre, ya que la escritora sólo la usaba para hacerse el café. Pidió entonces para ir al cuarto de baño y allí sí encontró la prueba definitiva: el tarro de crema antiarrugas con liposomas Compensating de Pond's, un tipo de ungüento que Adelaida no usaba, pues su delicada piel sólo admitía esencia de Aloé Vera, y dos cepillos de dientes en el contenedor de diseño que había junto al espejo. No cabía duda, Adelaida le ocultaba sus amoríos para hacerse la mártir y acrecentar así su sentimiento de culpa. Respiró aliviada.
Mientras, la escritora acariciaba con tristeza la cocorota de la perrita que observaba sorprendida a su dueña. Hasta aquel día había visto en su rostro todas las variantes expresivas de la depresión, la tragedia, el mal humor o la ira, pero nunca aquel acceso de melancolía. Se le ocurrió darle una pata, a ver si la consolaba y luego le trajo un hueso, pero ninguna de las dos iniciativas tuvo éxito. Durante la lenta micción de su ex amante, Adelaida no fue capaz de responder a ningún estímulo. De repente, vio toda la casa impregnada de Karina, su bolso en la silla, la chaqueta en el sofá, una bolsa de plástico con algunas compras en el suelo y otra de papel, que al parecer contenía regalos, en el sillón. Y aún más invadida, cuando al salir del baño, con aquella especie de sosiego interior, se permitió la osadía de aportar opiniones domésticas.
—Pues, yo esta mesa la pondría aquí y allí pondría un cuadro, y esa lámpara la cambiaría. La decoración nunca ha sido tu fuerte.
A veces, las ex amantes tienen dificultades para calibrar la medida de sus dominios. Se meten en un terreno que ya no es el suyo, un espacio que han perdido; tal vez lo han dejado escapar con la firme convicción de que podrían recuperarlo en cualquier momento. Se permiten la osadía de adentrarse en la cotidianidad ajena como si algo aún les perteneciera, pensando qué situación les corresponde a ellas en aquel terreno, cuando ya no les corresponde nada. Karina, además, hacía gala de una distensión y una confianza insultantes. Adelaida llegó a temer que, en un alarde, se autoinvitara a comer, pero, por suerte, había quedado en la ciudad con lo que ella llamaba una amiga —término cuya definición nunca tuvo clara— y que, en realidad, era una conocida a la que tenía en el punto de mira desde que fuera rechazada por ella en otro tiempo. Adelaida lo sabía, como sabía que Karina siempre pondría sus intereses por delante de cualquier compromiso afectivo. Cuando se fue, en su sentimiento había más compasión que desprecio.
—A veces —le dijo a Tilita—, las ex amantes nos regalan una auténtica exhibición de mezquindad.
Fue aquélla una jornada de visitas. Clara y Ana visitaron a Inés Villamontes en su consultorio particular; la fontanera volvió a visitar a Margarita Sureda con la excusa de acabar de enroscar una tuerca de la cañería; la inspectora García no dejó de hacer visitas hasta el día siguiente; Tea de Santos visitó a Adelaida Duarte, y Matilde Miranda no pudo visitar a nadie porque estaba en la capital, pero obtuvo un dato clave para acabar de componer el rompecabezas del caso Mayo.
Lo de Clara y Ana era auténtica ansiedad. Se habían enterado por una amiga de una amiga, que tenía una conocida viviendo en Houston, Texas, y que era amiga íntima de una doctora de allí y tenía un enchufe muy bueno, se habían enterado, decimos, de una noticia insólita, pero antes de tomar cualquier iniciativa, creyeron necesario consultar a la maga.
—Mira, que es que estamos desesperadas, Inés, porque dicen que esto de la adopción va para largo, pero, a ver, que a ti te dicen «para largo» y tú piensas, pues, un par de meses, tres, a lo sumo un añito y luego vas allí, hablas con unas que ya están a punto y va y te sueltan que han necesitado doce años para situarse a la cabeza del ranking, digo, de la lista esa de parejas que desean adoptar. Y encima, nosotras con el handicap de que somos dos chicas, que ya sé que no somos las únicas, pero con el lío ese de la Ley de Familias Ejemplares que se ha sacado de la manga la ministra Panceta, andamos con una angustia y un mal cuerpo, que no te puedes hacer idea.
—Lo noto, lo noto —dijo Inés en cuanto tuvo oportunidad de atajar la verborrea.
—Y nos hemos dicho —continuaba Ana —, pues tenemos que hacer algo. Entonces, resulta que nos hemos enterado de una posibilidad, pero que, por lo visto, está en período de experimentación todavía, aunque en Estados Unidos se ve que lo hacen cada dos por tres y con resultados óptimos y, claro, lo que pasa es que antes de hacer nada, pues nos hemos dicho, vamos y le consultamos a Inés, que le pregunte al péndulo y nos eche las cartas a ver si andamos por buen camino y la cosa fluye, porque si fluye, ya nos ves haciendo el viaje a USA, ¡vamos!, mañana mismo.
Inés echó las cartas, preguntó al péndulo, encendió siete velas, quemó incienso, hizo un conjuro y sentenció:
—La cosa fluye.
Para recibir a la fontanera, Margarita Sureda se puso un vestido de la India en tonos malva, rojo, azul y rosa, largo hasta los pies, pero entallado y muy sedoso. La operaría vino con body negro, falda de cuero, botín corto y medias, chupa de piel con dos cremalleras y, colgado al hombro, un macuto de diseño en el que llevaba las herramientas. Marga, al verla, sintió un ligero mareo. La hizo pasar a la cocina preguntándose cómo se lo iba a montar la fontanera para acceder a la cañería con aquella vestimenta. Pero, no parecía que la otra tuviera problemas. La contorsión que ejecutó, llave inglesa en mano, puso de manifiesto sus caderas ovaladas e hizo resaltar sus esbeltos muslos hasta el límite de la ingle. Marga se sirvió un vaso de agua fría de la nevera y se lo bebió de golpe.
—¿Te apetece tomar algo? —le preguntó tras engullir el agua helada.
—Ahora, no —respondió la operaria— pero en cuanto acabe, no te rechazo un chupito.
Fue el chupito más largo de su historia. Pasada la media noche, aún estaban apurando la botella de licor de manzana después de haberse pulido el de canela, el de melocotón y el de piña.
—¡Ay! ¡Ay! —balbuceaba Marga con una risa entrecortada—. Hacía tiempo que no me sentía tan animada.
García, por su parte, no sabía qué hacer. Se encontraba en un callejón sin salida. No tenía pistas, no sabía dónde buscar a la chica del Gay Night, ni si tenía que buscarla después de lo que le había dicho la forense. Para colmo, la presencia de «la periodista ésa» en el Club Osiris había acabado de confundirla del todo. ¿Qué relación podía tener ella con el caso? La presión era tan fuerte que aquella noche, oprimida como estaba por tantas variables sin resolver y el batiburrillo de incógnitas cabrioleando en su cabeza, fue víctima de una crisis profesional.
—Yo, esto, lo dejo —se decía—. Estoy ya hasta los ovarios. ¡Quién me mandaría a mí meterme a poli con la de frustraciones que comporta!
Sin embargo, pronto recuperó la compostura. «Scully nunca desfallece» le decía una voz interior animándola a continuar la lucha. Se enfundó en su uniforme de inspectora y se dirigió a su despacho de la comisaría con la intención de reconstruir y ordenar todos los elementos del caso. Estaba ya entrada la madrugada; a aquellas horas, sólo encontraría a un par de Mosses haciendo guardia, que con un poco de suerte se contentarían con lanzarle la típica mirada asesina que cualquier agente autonómica dedica a una inspectora llegada de la capital.
Aquella misma noche y tras una intensa jornada laboral, Tea de Santos, a pesar de su fobia a la conducción, se puso al volante de su automóvil para ir a casa de Adelaida Duarte.
Dado su habitual nerviosismo, Tea prefería desplazarse en taxi, pero teniendo en cuenta la hora, la distancia y la ansiedad por comunicarle a su amiga los últimos descubrimientos, le pareció aquélla la forma más pertinente para llegar hasta el recóndito habitáculo de la escritora.
A la 1:30 de la madrugada, la A-19 presentaba un aspecto fantasmagórico. Había una neblina espesa, apenas circulaban coches y las luces amarillas de la autopista se difuminaban en la bruma semejando espectros. En el radiocasete sonaba Enya, nada menos. El tenebroso recorrido se complementaba con el ronroneo del motor y las ruedas tragándose una a una las líneas discontinuas dibujadas en el suelo, que evocaban a la protagonista de Psicosis dirigiéndose hacia el fatídico hotel en que tomó su última ducha.
Pero, si lúgubre resultaba la autopista, más lo era la entrada a la urbanización Maresme Lux y todo el camino hasta llegar a la casa de Adelaida, situada sobre una pequeña loma.
—Con esa manía suya de ver el mar — renegó Tea agarrada al volante—. Esto parece el castillo de Frankenstein.
Entró en la casa como un ciclón, soltándole a su amiga una solemne retahila que culminó en un apoteósico:
—Si es que es verdad, Ade, Pennsylvania no resulta más tétrico que esto.
Con pasmosa serenidad, Adelaida la corrigió:
—Querrás decir Transilvania. Y el que vivía allí era Drácula, no Frankenstein.
—Es igual, no he venido hasta aquí para discutir sobre personajes de ficción, sino sobre seres reales. Sírvete un Bourbon y agárrate a la silla que tengo que darte una noticia.
—Estoy bien de pie —se negó Adelaida que no era dada a acatar órdenes—. Suéltalo ya.
—Muy bien, tú lo has querido. Beatriz Panceta entiende.
Adelaida cayó desplomada en el sofá y Tea, encendiendo con ansia un cigarrillo, pensó: «Se lo he advertido».
—¡¿La ministra?! —exclamaba incrédula la escritora.
—La misma. Ayer estuve en el Club Osiris y conseguí sonsacarle información a una de las masajistas. Por cierto, te la recomiendo, tiene unas manos divinas.
Adelaida obvió el comentario.
—¡Es inaudito! —profirió—. Después de todo lo que está haciendo para cargarse las parejas de hecho y las relaciones alternativas, y todo lo que huela a libertad afectiva o sexual. No puedo creerlo. No es posible que alguien llegue a ser tan hipócrita, tan cínica —se levantó, cogió la botella de Bourbon y se sirvió un vaso de tubo hasta la mitad.
—¿Tengo que recordarte que nuestra sociedad se sustenta sobre la hipocresía y el cinismo? ¿A qué juegan sino las políticas? ¿Qué nos venden en sus campañas electorales? Sírveme otro a mí, haz el favor.
—Sí —dijo Adelaida alargándole el vaso —, te hará falta. Yo también tengo una noticia importante.
—Dame, dame que estoy de los nervios —se llevó el vaso a los labios y, mientras engullía un trago largo, escuchó:
—He encontrado a la chica.
Tea se levantó furiosa.
—¡Oij, Ade! No me salgas otra vez con la tontería esa de la castellera porque no es momento, tienes que entender que...
A Adelaida se le iluminó el rostro.
-- ¡Ah, es verdad! —exclamó—. A ella también la he encontrado —y durante unos segundos se quedó embelesada, hasta que un antipático mecanismo de reflexión la devolvió a la realidad con una buena dosis de mal humor —. No me refería a ella —gruñó—, sino a la chica del Gay Night.
—¿¡Qué me dices!? —se detuvo Tea.
—Ya sé dónde vive; al menos, el edificio. Y un dato importante: no está sola.
—¡Que no está sola! ¿Y con quién está?
—No lo sé. No pude distinguirla bien Iba tapada hasta la frente; pero aun así, me sonaba de algo. Yo diría que a esa mujer la conozco.
Tea se quedó parada en medio del salón, como reflexionando, con el cigarrillo humeando en el extremo de sus dedos. Apenas atendió a su interlocutora cuando ésta, hablando también un poco al aire y mucho para sí misma, le daba vueltas al asunto de la ministra.
—O sea, que la tía organiza toda esa parodia de la familia unida con tantos hijos como dios les envíe, se carga en un decretazo a las que no piensan como ella y resulta que a escondidas se lo monta con chaperas de alto standing. No me lo puedo creer -añadió ya en voz alta y dirigiéndose de lleno a su compañera —. Tea, si eso es verdad, tenemos que desenmascararla. Aunque... — se detuvo un instante y añadió con retintín- , ahora que caigo, ¿qué tiene que ver la ministra con la chica del Gay Night, con el caso Mayo y con todo el tema éste del que, por cierto, no quieres que nos desviemos hablando de otras menudencias como, por ejemplo, mi encuentro con la castellera? ¿Eh?
-- Mucho —despertó Tea—. Tiene mucho que ver.
-- Entonces, sabes algo más.
-- No, sólo es una sospecha, pero me parece fundada. Te lo explicaré cuando la haya confirmado.
-- ¡Ay, hija! —se quejó la escritora—. No me dejes así.
-- Pero, sí, la dejó así, igual que nosotras dejamos a nuestras lectoras, con la intriga.
Mientras, García intentaba recomponer el rompecabezas. Dibujó una plantilla donde aparecían los nombres de las implicadas en vertical y su relación con el caso en horizontal y se dispuso a resolverla como esos acertijos que aparecen en las revistas de pasatiempos. Iba llenando la encrucijada de datos, cuando, de repente, le asaltó una intuición premonitoria. La forense le había dicho que había alguien más y, sin duda, esa persona tenía relación con el Club Osiris. Agarró su chapa de inspectora y, pistola al cinto, fue a hacerles una visita.
—Traigo una orden para interrogar a todo el personal de este centro —masculló desplegando sobre el mostrador una hoja de papel.
—Está bien —accedió la gerente—, pero no se ponga histérica.
Habilitaron un pequeño despacho y durante toda la noche estuvo interrogando a las empleadas, una a una, sin demasiado éxito hasta que llegó a la masajista y aquélla le soltó todo lo que le había explicado el día anterior a Tea de Santos.
—¡No me joda! —exclamó García, que confirmaba con terror sus sospechas.
Le dijo a la masajista que se retirara y, como tampoco tenía móvil, pidió un teléfono para llamar a la forense. Le ofrecieron el de la entrada y allí, ante un coro de espectadoras, rugió por el auricular:
—Había alguien más ¿no? ¿Por qué no me dijo quién era?
La forense respondió:
—Porque no me lo preguntó —pero el auditorio del Club Osiris no pudo oírlo como tampoco oyeron el entramado de explicaciones que Concha Fernández le estaba dando a la inspectora. Sólo podían atender a las exclamaciones de ésta.
—¡Caguen!... ¡No me joda, Fernández!.. ¿Entonces la LEFE no es más que una tapadera?
Cuando colgó, el pavor se apoderó de ella. A la gravedad del asunto se sumaba el hecho de que la periodista ésa lo sabía todo. Y recordó que la noche anterior vio cómo un coche había seguido a su taxi. Además, sabía que había recibido amenazas. Una confidente le había soplado ese dato, al que ella no había dado mayor importancia, y que ahora se convertía en un detalle crucial. Una periodista de su talla y atrevimiento en poder de esa información se convertía en una bomba ambulante. Sin duda, irían a por ella.
Emma García se sintió de nuevo Scully Hizo todo lo posible para proteger a Tea de Santos, todo cuanto estuvo en su mano para impedir que sus agresoras la encontraran antes que ella, pero desgraciadamente no llegó a tiempo.

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Muy agitadas

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:37 pm

En la cafetería de la Cadena 4 de televisión, Tea de Santos pidió un café doble. Se sentía agitada, lo cual no era extraño en ella, pero no intuía, ni de lejos, el peligro que se cernía sobre su cabeza. Aquel viernes de principios de marzo había una conjunción de Saturno con Urano, con la luna en Júpiter y Plutón entrando por la línea derecha de Acuario, que indicaba a todas luces una jornada fatídica. Ya lo advirtió Inés Villamontes, que tenía una especial aversión a Júpiter cuando se cruzaba en las confluencias astrales.
De nuevo, amaneció gris y plomizo, y además ventoso. Tea se había quedado a dormir en casa de Adelaida y, a primera hora de la mañana, se dirigió a los estudios. Sabía que le esperaba un día intenso de ensayos ycpreparativos, pues aquella misma noche se emitía su programa y tenía que entrevistar a la cantautora Florinda, una isleña con cara de ensaimada y actitudes de melindro, aunque simpática y muy querida por la audiencia. Tea odiaba entrevistar a cantautoras porque, decía, eran tan rematadamente cursis que nunca daban juego en las entrevistas.
A primera hora de la mañana llegaba de la capital Matilde Miranda con noticias frescas, que, estaba segura, iban a dejar de piedra a Tea y a Adelaida. También ella se sentía agitada y no sabía exactamente por qué. Agitadas se sentían Clara y Ana con el experimento ese de Houston, Texas; agitadísima Marga que había concluido una noche de ensueño con la fontanera, tiradas ambas en la jarapa que tenía en el comedor de su casa, y más agitada que ninguna, la inspectora García intentando evitar el desastre.
Al salir del Club Osiris, García corrió casa de Tea para advertirla del peligro que corría, pero no la encontró. Estaba amaneciendo y el tráfico era cada vez más denso. Se dirigió entonces al apartamento de Matilde Miranda, situado en el extremo opuesto de la ciudad, presumiendo que la encontraría allí con su amante, pero no había nadie y la angustia la atacaba cada vez con mayor intensidad. A eso de las ocho llamó a Adelaida Duarte y ésta le dijo que Tea había pasado la noche en su casa, pero que acababa de salir y que con toda seguridad la encontraría en los estudios de la Cadena 4 de televisión. Allá se fue sin darse respiro ni dar respuesta a Adelaida cuando ésta le preguntó: «¿Para qué la busca?», lo cual dejó muy inquieta a la escritora. Para alargar más el asunto, los estudios quedaban en las afueras de la ciudad y había que chuparse las rondas en hora punta a paso de Macarena en la procesión de Semana Santa sevillana. Roja de ira y carcomida por la ansiedad, García abrió la ventanilla del coche, lanzó al techo un piloto azul, enchufó la sirena y comenzó a serpentear por el hormiguero automovilístico de la Ronda de Dalt, desde el Nus de la Trinitat hasta el enlace con la A-7 repitiendo «cagüen, cagüen y cagüen» a cada golpe de volante.
La agitación les llegó también a primera hora de la mañana a Eva Metal y a Laura Mayo cuando salieron del apartamento con intención de realizar gestiones indispensables para la resolución del conflicto en que estaban metidas. Justo a la misma hora, Adelaida Duarte paseaba a Tilita más pendiente de encontrar a la castellera que a las fugitivas, pero con intención profunda de matar, como quien dice, a las tres pájaras de un solo tiro. Bajó hasta el paseo marítimo dando un rodeo por delante del edificio, en que días antes había encontrado a la chica del Gay Night. Vio el Honda Civic aparcado y se hizo un poco la remolona por allí a pesar de que Tilita tiraba como una desesperada, ansiosa por llegar a lo que ella consideraba su destino y retozar un buen rato por la arena de la playa.
Laura y Eva salían enfundadas en sus gabardinas y sus gafas de sol, a pesar de la cruenta oscuridad que imponían unos nubarrones espesos llegados del norte. Miraron a izquierda y derecha antes de cruzar la acera para dirigirse hacia el coche. Y en ese oteo atemorizado, sus miradas se encontraron con la de una mujer que paseaba a su perrita. Los ojos de Laura en los de Adelaida y los de Adelaida en las gafas de Laura; por un instante, los cuatro ojos quedaron helados de espanto. Mejor dicho, los seis, porque Eva se dio cuenta también de que las tres se habían reconocido.
Clara y Ana tuvieron un súbito despertar, el silbido del viento en una ráfaga fuerte había hecho batir una persiana y el ruido arrancó a Ana de un nuevo sueño. Se despertó sobresaltada:
—Soñaba que éramos madres — exclamó sudorosa.
—No te agites, mi amor, sólo ha sido una pesadilla.
—¡Qué dices! Era un sueño maravilloso.
Aquel mismo día tenían que entrevistarse con la doctora amiga de la amiga que tenía una conocida viviendo en Houston, Texas, para recibir las instrucciones del nuevo proceso de maternidad. Ya estaba decidido, sólo había que iniciar los trámites y en poco tiempo su deseo se convertiría en realidad. Poco tiempo eran nueve meses si lo comparaban con el vía crucis de la adopción.
Así son las cosas; el tiempo es una goma elástica; se estira y se encoge según la circunstancia. Clara le preparó una taza de hierbas ansiolíticas, con una cucharadita de miel de romero, y se la llevó a la cama acompañando el recorrido con un tintineo de porcelana que a Ana la hizo sentirse arropada. «Ya faltan pocos días» se decían ambas, «pocos días para volar». Ya nada ni nadie podría detenerlas. Se ampararían en la clandestinidad si era necesario. Se ocultarían, pero tenían que conseguir esa niña antes que la LEFE rigier los destinos de todas las madres potenciales del país. «La cosa fluye», había dicho Inés Villamontes. A pesar del frío, a pesar del viento y la niebla de aquella mañana de invierno, la cosa fluiría. ¡Buenas eran ellas cuando se les metía una cosa en la cabeza!
Matilde Miranda llegó a su apartamento a eso de las diez. Dejó las maletas a la entrada, colgó el abrigo de cachemir en el perchero y se dirigió al cuarto de baño, pero primero echó una ojeada al comedor a ver si había alguna nota de Tea. No encontró nada. Hizo un pis, se lavó las manos y se refrescó el rostro con agua fría. Acercó la cara al espejo y se quitó un par de impurezas. Luego volvió de nuevo al salón, cogió el teléfono y llamó a Tea. Le sorprendió que enviaran su llamada al buzón de voz. Tea sólo desconectaba el móvil en ocasiones muy especiales y a aquellas horas tenía que estar o bien en casa desperezándose o en los estudios de la Cadena 4 de televisión y allí nunca lo desconectaba, menos aún desde que tenía un nuevo modelo con avisador vibrátil. Lo ponía en posición «Vibrador en llamada» y de esta forma, en vez de sonar el timbre, el aparatito se ponía a tiritar a la altura de su cintura, imprimiendo un agradable y cosquilloso masajito en el costado. Mati bromeaba a menudo con ese tema:
—Te lo pones en el clítoris y yo me paso el día llamándote.
Tea no descartaba la idea.
¿Por qué no había contestado?, se preguntaba Mati agitada.
Marga también llegó agitadísima a los estudios y al encontrar a Tea en la cafetería de la Cadena 4 de televisión se abalanzó sobre ella para relatarle el episodio con la fontanera.
—Te juro, Tea, que Silvia Comas a su lado no tiene boca. Es como una especie de sima almibarada por la que se desliza lava de caramelo.
—Pues si que estás tú poética esta mañana —le espetó Tea.
—Es que me ha dejado un cuerpo esta mujer...
Tea pidió en la barra el café y una magdalena y fue a sentarse a una mesa. Marga iba tras ella.
—Un cuerpazo que tiene, Tea, y unas piernas que hasta la misma Adriana Sklenarikova las envidiaría.
Tea oía, pero no escuchaba. Sacó el paquete de cigarrillos, lo plantó en la mesa y volvió a hundir la mano en el bolso para buscar el mechero entre el amasijo de cosas que llevaba. «Matilde debe de estar a punto de llegar, pensó; dentro de un rato la llamaré a ver qué cuenta.»
García, en aquel momento, se estaba peleando con la guardia de seguridad de la entrada, que no la dejaba pasar.

—Que soy poli, tía, no me jodas o te meto un puro que te envían de segurata al tanatorio de Collserola.
Adelaida regresó a casa a toda prisa, arrastrando a la perrita, que llevaba encima una solemne frustración por no haber llegado hasta la playa.
—¡Cómo tira la condenada! —se hacía añicos la escritora sus literarios dedos agarrando la correa; por fin, la cogió en brazos y le advirtió—: Tú te callas nena, que esto es muy serio. Ya retozarás en el jardín.
Adelaida tenía que explicarle a Tea lo que acababa de descubrir y, de paso, advertirle que García la estaba buscando. Ya imaginaba lo que Tea le diría respecto a la primera parte:
«Desde que estás en esa sucursal de
Transilvania, ves visiones. Laura Mayo está muerta».
También ella, al llegar a casa, se sorprendió de que su llamada fuera atendida por el buzón de voz. Tea siempre llevaba el móvil conectado y siempre respondía.
Una camarera colocó en una bandeja el café de Tea, la magdalena y una infusión de poleo menta que había pedido Marga. Se fijó en el sobre de azúcar que había en el platillo junto a la taza de café y, aunque estaba bien colocado, hizo un movimiento para resituarlo. Luego se llevó la mano al bolsillo del delantal, comprobó que llevaba algo importante, cogió la bandeja y se dirigió a la mesa de Tea. Ni qué decir tiene que llevaba una cara de sospechosa, digna del mejor cine negro, pero el barullo de la cafetería a aquellas horas la hizo pasar inadvertida.
Marga seguía con el cuento:
—Y entonces, va y me dice que me acepta un chupito y yo... ¡Ay, Tea! -- Con un cosquilleo en las vísceras de auténtica quinceañera.
—Me doy cuenta —dijo Tea, encendiendo un cigarrillo y volviendo a sus pensamientos—. ¿Viene ya ese café o qué?
Cuando García entró en la cafetería había un maremágnum de gente arriba y abajo. Olía a café y a sandwiches calientes. Se detuvo a la entrada, para no alarmar, e hizo una batida general con la mirada. Tea estaba en una mesa, de espaldas a ella, hablando con una mujer de rizos que sonreía y gesticulaba; las presentadoras del telenoticiario en otra mesa, camareras de un lado a otro con bandejas. Una de ellas sacó un sobre de azúcar del bolsillo de su delantal y sustituyó el del café que llevaba en la bandeja. La inspectora no dio importancia al detalle aunque se quedó con él y lo recuperó al instante cuando observó que aquella camarera, después de servir a Tea, se metía en los servicios, salía sin delantal y se escabullía hacia la puerta de salida. Si iban a por Tea, utilizarían con ella el mismo método que usaron con Laura Mayo, pensó en una rápida asociación de acontecimientos. Había que impedir que tomara ese café o que ingiriera cualquier otra sustancia sin ser analizada previamente. Miró de nuevo hacia su mesa. Tea había echado ya el azúcar y removía con agitación de batidora la cucharilla dentro de la taza. Marga continuaba narrando el evento con la fontanera.
—Y entonces, va y le digo: «Pues vamos a la cama ¿no?», porque me estaba dejando en cueros allí mismo, y dice: «No, en la jarapa, que huele a mora y da más morbo».
Tea puso los dedos en el asa, alzó la taza y se la llevó a la boca.
Por un instante, García se debatió entre el dilema de perseguir a la bellaca que huía o evitar que Tea bebiera. Optó por ambas cosas al tiempo. En una extraordinaria maniobra de coordinación psicomotriz, gritó, por un lado:
—No beba —y, por el otro, desenfundó su arma y corrió hacia la fugitiva vociferando —: ¡Que nadie se mueva! Y usted, ¡no beba, coño!
Pero Tea tenía ya la taza en los labios y había ingerido un sorbo.
—¡Uff! Tiene razón, está ardiendo y sabe a rayos.
Acto seguido, cayó desplomada.
En el consultorio de la doctora, Clara y Ana exponían su deseo de viajar a Houston Texas, para someterse a aquella revolucionaria técnica de reproducción asistida. Lo primero que les aclaró la facultativa fue que no se trataba de Houston, Texas, sino de una clínica de San Francisco gestionada por mujeres y que no era tan revolucionaria la técnica, sino los resultados.
—El proceso es el mismo que se utiliza en varones cuyo semen es estéril. Se extrae una célula embrionaria del espermatozoide y se inyecta en el óvulo receptor. Eso se realiza desde hace una porrada de tiempo y sin problemas. Cuando se trata de dos mujeres, es lo mismo; sólo que la célula embrionaria es del otro óvulo, así de sencillo. Primero hacemos una hiperestimulación ovárica, con recogida de óvulos de ambas; un óvulo será el receptor y el otro el donante. A uno se le saca el núcleo con una microinyección y se inyecta alegremente en el citoplasma del otro óvulo. Y comienza la fecundación. Por supuesto, el resultado es siempre niña, pues la fórmula genética es XX por ambas partes. El feto llevará la carga genética de las dos mujeres, es decir, que las dos serán madres de la criatura resultante. Es una técnica comprobada y totalmente posible, incluso más fácil, porque el tema de los varones estériles nos trae una de complicaciones que no les quiero ni contar; además, mira que llegan a ser plastas los tíos.
Clara y Ana escuchaban boquiabiertas. ¿Entonces era cierto que aquella técnica era posible y que además se estaba practicando en algún lugar del mundo?
—Pues, ¿no se lo acabo de decir? — exclamó impaciente la doctora—, TO-TAL-MEN-TE PO-SI-BLE. De hecho, pue realizarse en cualquier lugar del mundo. Lo que ocurre es que en algunos países chocamos o bien con la legislación o bien con la moral. En Francia, por ejemplo, la ley lo prohíbe. Australia es uno de los países más abiertos y Estados Unidos, bueno, ya sabemos cómo son allí, que van de moralistas y, luego, se puede hacer de todo. Aquí, en nuestro país, hay un vacío legal; por tanto, no habría impedimentos, pero la moral facultativa es, por lo general, de lo más carrinclona. Por eso, las que quieren hacerlo se van al extranjero. Si yo les contara la de mujeres que han sido inseminadas por otra mujer, alucinarían. Algunas, tan fachas como la mismísima...
Y bajó la voz para que sólo ellas pudieran escucharla. Clara y Ana acercaron la oreja y, al oír aquel nombre, se les puso la piel de gallina.
—¿Esa arpía se fue a Houston, Texas?
—¡Que no! —se exaltó la doctora—. ¡A San Francisco!
Tea tomaba el café con muy poco azúcar y, por fortuna, sólo había bebido un sorbo. Cuando la reanimaron en la cafetería de la Cadena 4 de televisión, llevaba una tontería como de vino Don Simón que hasta estaba graciosa. La trasladaron de urgencias al centro hospitalario más próximo para hacerle un lavado de estómago y un reconocimiento completo. Ella iba que, a ratos decía incongruencias con la lengua muy pastosa y a ratos se le caía la cabeza y se quedaba frita. La inspectora García, que la acompañó en la ambulancia, llevaba su bolso, desde el fondo del cual, de tanto en tanto, sonaba el móvil. La primera vez intentó cogerlo, pero fue incapaz de encontrarlo entre el batiburrillo de cosas que había dentro, y la llamada fue enviada al buzón de voz. Las veces siguientes ya ni lo intentó; pensó que, cuando Tea se reanimara, podría atender ella misma los mensajes. En cuanto llegaron al hospital y mientras Tea era atendida, García, en persona, llamó a Matilde para notificarle lo ocurrido. Ella, por su parte, llamó a Adelaida y a la media hora ambas estaban en la habitación del hospital, cada una a un lado de la cama, donde Tea de Santos dormía plácidamente. Permanecieron así un par de horas. García, que también estaba en la habitación plantada a los pies del lecho, con las manos hundidas en el pantalón de pinzas de su uniforme, no les explicó cómo había sabido que Tea iba a ser víctima de un atentado. Les dijo, simplemente, que era secreto de sumario, pero ambas sabían que Tea se lo podría explicar y, además, cada una de ellas tenía una información que transmitir a las otras sin que se enterara García. A eso de las dos, Matilde Miranda, haciendo alarde de su labia, invitó a la inspectora a que comiera algo mientras ellas velaban a la enferma.
-- Ya iremos luego nosotras le dijo—; lo haremos por turnos, para que encuentre a alguien si se despierta.
García, que tenía el estómago en los pies, pues ni siquiera había desayunado, aceptó. Y en cuanto se quedaron solas, reanimaron a la periodista durmiente.
-- La ministra entiende, la ministra entiende —farfullaba Tea.
-- -¡¡Qué está diciendo?! —exclamó Mati.
-- Lo que oyes, pero calla que yo también tengo una información.
-- No, digo que qué está diciendo, que no la entiendo.
—Que Beatriz Panceta es más bollera que tú y yo juntas.
—¡Lo sabía! —profirió Mati—. Y aún sé más. La chica del Gay Night era la amante de Laura Mayo.
—Eso lo sabemos todas —dijo Tea desde el limbo.
—Sí, pero no sabéis que se hicieron amantes cuando Eva Metal trabajaba de chapera en el Club Osiris. Se enamoraron locamente y Laura la ayudó a salir del oficio. Iban a declararse públicamente pareja de hecho, pero se encontraron con un grave impedimento. Eva prestaba regularmente sus servicios a la ministra, clienta asidua del Club, y siempre la elegía a ella porque, por lo visto, en la cama es una pasada. Imaginaos cómo le sentó que la dejara por su contrincante política. Además, con lo que sabían ambas, podían echar por tierra el proyecto de la LEFE. ¿Os dais cuenta Ahora, todo encaja.
—O sea —exclamó Tea un poco más recuperada, pero aún con la lengua de trapo—, que, además de facha y bollera clandestina, es una asesina.
—No —replicó Adelaida y ambas la miraron—. Quiero decir sí, pero no.
—No me líes, Ade, que me encuentro fatal.
—Es una asesina frustrada porque Laura Mayo está viva.
La vi ayer con la chica del Gay Nigh saliendo del edificio aquel que está enfrente de donde encontramos su coche. No estoy alucinando, os juro que era ella.
—¡Calla, que la que alucina soy yo! — hundió Tea la cabeza en la almohada y volvió a quedarse dormida.
Mati reflexionó:
—Despierta Tea. Si han intentado quitarte de en medio, no es por lo que sabes. Es imposible que sepan que ni tú ni Adelaida, ni yo sabemos lo que sabemos; lo que temen es que usemos nuestras plumas en su contra.
—Las de escribir —ratificó Adelaida.
—Claro, boba. Somos periodistas y escritoras, y estamos en contra de la LEFE. A igual que han ido a por ella, irán también a por nosotras.
—Eso —dijo Tea con la voz muy gangosa—. Utilizaremos nuestras plumas de doble filo.
Adelaida la miró confundida:
—Querrás decir que utilizaremos nuestra pluma como un arma de doble filo.
—¡Ay, Ade! No me vengas ahora con perfeccionismos lingüísticos. He querido decir lo que he dicho —y se quedó dormida.
—No te duermas —insistió Mati—. Hay que avisar a García.
—Y conectar con Laura Mayo — pareció que Tea se recuperaba de repente—. Se me ha ocurrido una idea. Creo que este somnífero es un poco alucinógeno porque acabo de ver todo clarísimo. Entrevistaré en mi programa a la ministra.
—¿Piensas desenmascararla en público? —exclamó atónita Adelaida.
—No aceptará —añadió Mati escéptica.
—Le haré creer que con este atentado me han hecho coger miedo y me he puesto de su parte. Estamos muy cerca de que la Ley de Familias Ejemplares sea votada; a la ministra le interesa hacer propaganda en todos los medios informativos y yo voy a ofrecerle la oportunidad de manifestarse en uno de los programas de mayor audiencia. Aceptará, por mis narices que aceptará.
Dicho esto, se quedó roque de nuevo.

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Outing

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:38 pm

Tras el intento de asesinato perpetrado en la cafetería de la Cadena 4 de televisión, la inspectora García se empeñó en que tanto Tea de Santos como sus amigas tuvieran protección policial. Ella, personalmente, se encargó de la custodia de Tea, mientras que a Adelaida y a Mati les puso una Mossa d'Esquadra a cada una para que las acompañara día y noche.
A la cantante Florinda le dieron cita para la semana siguiente y ella, dulce, melindrosa y tolerante como era, no puso reparos en cambiar el billete de avión.
El paso siguiente fue convencer a doña Beatriz Panceta para que aceptara el reto de ser entrevistada por Tea en riguroso directo en su programa ÁbreTE A la noche. La ministra, en un principio, se mostró algo reticente. No podía aceptar sin tener unas mínimas garantías de éxito, pero la estrategia persuasiva de la periodista resultó inapelable. Casi a modo de presentación le dejó claro que ella era hétero y muy hétero. La informó del atentado sufrido contra su persona. Afirmó que estaba convencida de que un grupo de radicales, que no le perdonaba su tendencia, había sido el artífice de semejante agresión y que no estaba dispuesta a dejarlo pasar así como así. Que necesitaba la colaboración de la ministra para desenmascarar a las terroristas. Le aseguró que le estaba brindando la oportunidad de explayarse a sus anchas en un programa de audiencia máxima y que, con el palique que tenían ambas, la entrevista iba a resultar un bombazo.
La ministra no lo dudó. Pensó que el atentado había dado algún fruto, aunque no el deseado, y tenía claro que salir airosa de un duelo televisivo con la De Santos, sabiendo de entrada que la tenía de su parte, significaba, a corto plazo, consolidar su Ley de Familias Ejemplares y, con el tiempo, aumentar su prestigio y sumar puntos para presentarse como cabeza de lista a la presidencia del gobierno. Una jugada redonda. Aceptó y se preparó a conciencia para el encuentro.
Lo que no imaginaba la ministra era el montaje que le iban a preparar en la Cadena 4 de televisión.
Antes, sin embargo, había que conectar con Eva Metal y Laura Mayo, pero ¿cómo llevando todo el santo día de palmatoria a una agente policial? Hubo que poner a la inspectora García al corriente de intenciones y pesquisas, y pedirle su colaboración.
—¡Jopééé! —exclamó decepcionada—. Me han tomado la delantera.
Pero, Tea la consoló:
—No diga eso, García, que sin usted yo estaría tiesa a estas horas.
La maniobra táctica para conectar con las fugitivas no resultaba fácil. Si plantaban, como pretendía García, un par de Mosses de uniforme a la puerta del edificio, se asustarían y, o bien huirían, o bien se enfrentarían, y aquello podía acabar en tragedia; si las ponían vestidas de paisanas, la misma García reconoció que, con lo que les gustaba usar gafas oscuras estando de servicio y taparse con un periódico abierto girando la cabeza de un lado a otro para no perder detalle, cantarían como almejas, o sea, que el resultado iba a ser el mismo.
—Entonces, ¿qué? —se desesperó la inspectora.
—Tienen que ser ellas las que conecten con nosotras —respondió Mati—. La entrevista se emitirá dentro de dos semanas. Hay que empezar a anunciarla desde hoy mismo, por todas partes. Y esperar a que nos llamen.
—¿Y si no lo hacen, qué? —preguntó.
—Lo harán —dijo Tea—. Les interesa tanto o más que a nosotras.
Un día sonó el móvil de Tea y una voz anónima le anunció: —Señora De Santos tengo una información que puede resultarle muy interesante para su entrevista con la ministra Panceta.
Tea tapó el auricular y le hizo un gesto a García. La inspectora conectó con comisaría para que localizaran la llamada. «Entreténgalas, entreténgalas», le indicó haciendo grandes aspavientos y colocándose unos auriculares, pero Tea se saltó a la torera la parafernalia policial y pronto se le escapó un «lo sabemos todo, Laura, tenemos que vernos», ante la decepción de García que exclamó:
—¡Cagüeeen, si ya las teníamos!
A las pocas horas, García, De Santos Mayo y Metal se encontraron en un lugar secreto. Aquel fue un momento muy duro para la inspectora. Ver a la mujer de sus entretelas en brazos de otra que, además, tenía que estar muerta le rasgó el corazón. Sin embargo, la fortaleza y bondad que la caracterizaban propiciaron su pronta recuperación. «Scully no se hundiría por un amor frustrado», se dijo, «antes al contrario, le daría una lección de dignidad», y desde su fuero interno le deseó a Eva Metal feliz y larga vida con su amada Luego suspiró.
La noche de la entrevista se rompieron todos los récords de audiencia. La que, antes de ser emitida, ya era calificada como la superentrevista del milenio dejó las calles completamente desiertas.
Clara y Ana no tuvieron oportunidad de verla. Aquella misma noche partían de viaje hacia los Estados Unidos para cumplir sus maternales sueños. Inés Villamontes las vio poco antes de salir para el aeropuerto. Ella se quedó al cuidado de Azafrán durante su ausencia ya que a Margarita Sureda le resultaba imposible dada su coyuntura actual. Tenía, por una parte, a Ying, que no aceptaba a un macho, ya fuera entero o capado, ni atiborrándola de Pequeños Placeres y, por la otra, a la fontanera que le robaba mucho tiempo y no le permitiría cuidar del gato como era menester. Entre tomar una infusión, darle las instrucciones para el cuidado del minino y contarle a Inés lo que les había dicho la doctora, se les pasaron las horas que ni se dieron cuenta. Eso provocó que la maga llegara al programa justísima de tiempo y muy azorada por lo que acababan de explicarle las futuras madres, una información vital para rematar a la ministra.
La que sí vio el programa y en circunstancias muy especiales fue Adelaida Duarte. La Mossa que la acompañaba se lo estaba pasando en grande paseando a la perrita y buscando a una castellera que solía entrenar con su grupo por la playa. Precisamente, gracias a ella, la escritora consiguió encontrar a su musa, pues resultó que la Mossa en cuestión era amiga de la cap de colla y estaba en su mano presentarle a cualquiera de las columnas humanas que formaban la Jove Colla Castellera de les Xiquetes de la Costa.
—Además —la animó—, estarán encantadas de conocer a una escritora de renombre como usted.
Así fue como Adelaida contactó con aquella escaladora de cuerpos y pudo invitarla a su casa a tomar un té con pastas.
—Pues, con lo que escribes, no te imaginaba así —confesó la castellera cuando intimaron un poco. Y Adelaida muy puesta en materia declaró:
—Es que la obra siempre supera a la autora.
Aquella noche, Mossa, escritora, perrita y castellera vieron juntas el programa, plantadas las cuatro en el sofá de la espléndida torre a cuatro vientos, con una botella de Bourbon y tres boles de palomitas, y un hueso de calcio para la chiquitína.
No hubo ni «Feminoticiario», ni

concurso. Se dedicó la hora y media de emisión a la ministra; eso le daba tiempo a Tea para ir modelando la encerrona. Una primera parte para darle confianza a la entrevistada, relajarla, hacer que se sintiera cómoda y cuando ya la otra pensara que el programa era suyo, iniciar el ataque. Lo que sí hubo fueron conexiones intermitentes con Inés Villamontes para que hiciera las oportunas consultas al péndulo. Y un montón de cortes publicitarios.
Uno de los momentos estelares fue cuando la ministra insinuó la conveniencia de erradicar la homosexualidad por el peligro que representa. Dijo textualmente:
—Desde el punto de vista cristiano, es un pecado; desde el punto de vista genético, es una aberración hereditaria; desde el punto de vista social, es un parásito cancerígeno, y, desde el punto de vista político, una amenaza. No hay por dónde agarrarla.
Y concluyó asegurando que si se extendiera, «se acabaría el mundo puesto que no hay posibilidad de reproducción entre personas homosexuales».
—No esté tan segura —saltó Inés Villamontes desde su chiringuito esotérico.
—¿Qué puede decirnos el péndulo al respecto, Inés? —preguntó Tea acercando la punta del bolígrafo a la comisura de los labios.
—Mucho y muy revolucionario.
Tea giró hacia la cámara su beligerante nariz y anunció:
—Será después do la publicidad.
Las espectadoras vivieron momentos de infarto. En todas las casas hubo carreras durante las diversas tandas de anuncios para servirse copas, prepararse infusiones, liarse canutos o hacer pis. Pero, ni punto de comparación con la tensión contenida que se estaba viviendo en el plató.
Cuando se reanudó la emisión, Inés explicó en qué consistía aquella técnica de reproducción asistida que permitía a las mujeres reproducirse entre ellas y que se practicaba con éxito en una clínica de Houston, Texas.
—¿Qué opina de ello, señora Panceta? —preguntó Tea, a lo que la ministra se enrolló con lo que parecía una salida por peteneras:
—Le diré lo que pienso de todo lo expuesto hasta ahora ya que, con tanto corte publicitario, me tiene usted mareada. Mire, desde el momento en que la homosexualidad constituye una enfermedad genética, la Ley de Familias Ejemplares tiene previstas una serie de ayudas para asistir a las personas que la padecen. La Seguridad Social no puede cubrir semejante gasto, claro está, pero se darán facilidades para que la medicina privada proporcione la asistencia adecuada. Se harán tests de evaluación psicogenética, análisis de citoplasma, ya sabe que el citoplasma en las lesbianas es más grande y todo lo que convenga para garantizar que las afectadas se rehabiliten.
—Y si las «afectadas», como usted las denomina, no la consideran una patología sino una opción —replicó Tea con retintín.
—Entonces... -—suspiró la ministra—, habrá que tomar medidas drásticas. En cuanto al tema de la reproducción asistida, tengo que decir que estoy de acuerdo siempre que se haga un uso racional y moralmente adecuado. Es justo ayudar a las parejas heterosexuales que no pueden procrear.
—¿Y no cree que si dios les ha dado lo que les ha dado deberían dejarlo tal y como está?
—No me sea quisquillosa. También, Dios ha ayudado a que existan esas técnicas.
—Entonces, estará de acuerdo en que dos mujeres se beneficien de los avances genéticos para procrear entre ellas.
—Ni pensarlo. Es un hecho contra natura. ¡Pues hasta ahí podríamos llegar!
—Bien —dijo Tea con un profundo suspiro y a continuación, anunció que después de haber oído todo lo expuesto por la ministra y tras otra pausa para la publicidad, las televidentes iban a tener la oportunidad de asistir a un encarnizado debate con dos invitadas de excepción y advirtió que aquellas imágenes podían herir la sensibilidad de las espectadoras.
Pasaron los anuncios, el plato se iluminó, la cámara se acercó a Tea y unas notas musicales, que acrecentaban el misterio, le dieron la entrada para anunciar:
—Con todas ustedes, la señora Eva Metal y la señora Laura Mayo.
En las casas hubo un pasmo generalizado. A quien no se le heló la sangre, le atacó la taquicardia. En las pantallas, un primer plano de la mandíbula de la ministra completamente dilatada. Su perplejidad, su anonadamiento y su espanto fueron tales que sólo fue capaz de exclamar:
—¡Virgen Santa! Esto no lo superan ni en Sorpresa, Sorpresa.
Ciertamente de infarto, indudablemente hiriente para la sensibilidad de tantas y tantas espectadoras que asistieron a un debate en que se desvelaron todos los engaños, argucias y fechorías perpetradas por aquella corruptora institucional, un escándalo sin precedentes que tuvo su momento álgido cuando la ministra pretendió defenderse acusando a Laura Mayo de haber urdido semejante montaje.
—Sin duda se trata de una maniobra electoralista —le espetó—. Es usted quién tiene que dar explicaciones al país de lo que hizo con aquella pobre inocente que dejó frita en la barbacoa de su casa.
Sin embargo, de nada le sirvió esgrimir argumentos. Las acusaciones y las pruebas de sus contrincantes eran mucho más fuertes. Para mayor escarnio de la ministra, en una nueva conexión con Inés Villamontes, ésta mostró, péndulo y cartas en mano, el súmum de la hipocresía a la que había llegado doña Beatriz Panceta cuando reveló que las tres hijas de la ministra eran fruto de sus tres ex amantes y habían sido engendradas y alumbradas mediante aquella técnica de reproducción asistida explicada anteriormente y que, como todas sabían, se practicaba de forma habitual en una clínica de Houston, Texas.
—¡Mentira! —gritó la ministra fuera de sí—·. ¡No sé qué manía les ha cogido a todas con Houston, Texas! ¡¡Fue en San Francisco! —y se mordió la lengua.
—Ha querido engañarnos a todas, señora ministra —dijo Tea a modo de culminación—, pero...
—No tienen pruebas —se agarraba la entrevistada a un último salvavidas deshinchado —. No tienen pruebas de nada.
—Sí —dijo Tea—, sí las tenemos.
Tras las cámaras apareció la inspectora García junto a la falsa camarera que había
atentado contra Tea en la cafetería de la Cadena 4 de televisión, esposada y custodiada por dos Mosses d'Esquadra. La ministra se desplomó y la locutora anunció:
—Dentro de un momento, volvemos con ustedes.
El programa concluyó con un resumen de los acontecimientos comentado por Laura Mayo; el anuncio, por parte de la diputada, de su próximo enlace con la señorita Evarista Reyes, conocida como Eva Metal, y la firme promesa de hacer justicia desde su escaño.
las reacciones no se hicieron esperar, pero, curiosamente, la polémica describió un extraño giro parabólico inesperado y no se centró en los affaires de la ministra, sino en las osadas declaraciones de Laura Mayo. Al día siguiente, la prensa hervía cual cocido en el puchero y durante sucesivas semanas se repitieron los titulares sensacionalistas, las especulaciones, los comentarios, las opiniones, las acusaciones, los juicios de valor, la crisis de las instituciones, el desmembramiento ideológico, la duda existencial, alguna que otra dimisión y el alucine general del pueblo llano, porque las acciones de la ministra fueron justificadas con una alegría mariana y un soberano morro político que puso a nuestras protagonistas al borde del derrame cerebral.
Según la portavoz del gobierno, que anunció compungida la dimisión de la ministra, ésta había sido víctima de un complot urdido por la oposición para desprestigiar su figura y, si bien era cierto que doña Beatriz Panceta había mantenido una «actitud impropia», la suya no era ni de lejos comparable a la desfachatez mostrada por la señora Laura Mayo, a quien después de hacerse pasar por muerta, tener en vilo a todo el país y desequilibrar el gasto público con la profusión de homenajes que se le habían dedicado en todas las comunidades autónomas, no se le había ocurrido otra cosa que aparecer en televisión para declararse bollera. ¿A ver qué ejemplo podía dar al país y a las nuevas generaciones una diputada lesbiana? ¿Cómo consentir que una representante del pueblo proclamara su homosexualidad de forma tan exultante? Porque una cosa es que se sea y otra muy distinta que se vaya por ahí cacareando. Y, para más inri, su pareja no sólo no era una señorita de bien, sino que se trataba de una ex prostituta. ¡Intolerable desde todos los ángulos de visión posibles!
En el salón de su flamante piso de la Vila Olímpica, Tea de Santos lanzó con rabia el periódico que estaba leyendo, que fue a dar contra el televisor y arrastró el mando a
distancia. Este bailoteó en el aire con las faldas abiertas y quedó desparramado por el suelo con el artilugio del zaping señalando hacia la foto de Laura Mayo.
—¡Es inaudito! —exclamó—. ¡Es una vergüenza, un escándalo, una extorsión contra todas nosotras, no sólo contra ella, sino contra todas!
Matilde Miranda la miraba con aire taciturno. Ella también había leído la prensa y contenía su rabia.
—Están lanzando una campaña de distracción —le dijo a Tea.
—¿Qué quieres decir?
—Que mientras se hable de Laura Mayo, se olvida a la ministra Panceta. Es una maniobra táctica.
—Pues, no podemos consentirlo — replicó Tea, encendió un cigarrillo y soltó una potente bocanada de humo—. No podemos consentir que carguen de esta manera contra Laura Mayo. Ella representa uno de los pocos espacios de libertad que tenemos. Y si continúan presionándola como están haciendo, acabará por renunciar a su escaño.
—Y ¿qué podemos hacer?
—¡Defenderla, defenderla a capa y espada, todas a una, como en Fuenteovejuna! ¡Cagüen!
--¿Dónde he oído yo eso antes?, pensó Mati.
Durante los días que siguieron, creció la polémica. Las protestas de los grupos pronto se hicieron sentir. El GLUPI (Grupo d Lesbianas Unidas y Pioneras Innovado) publicó un manifiesto en que condenaba el escarnio al que estaba siendo sometida la diputada Arcoiríaca, reflejo del trato humillante y vejatorio que sufren las lesbianas en todos los ámbitos de la vida social y que les impide tanto manifestarse abiertamente tal y como son, como ocupar cargos de responsabilidad. Su entrañable líder y la compañera de ésta dieron la cara, como de costumbre, en todas las entrevistas y debates en que se reclamaba alguna representante del sector. Las del ALI (Alegría Lesbiana Independiente) organizaron una festiva manifestación por el centro de la ciudad en la que se corearon lemas del tipo: «Laura, parienta, te queremos de presidenta» o «Diputada bollera, diputada sincera», y haciendo chanza del caso Panceta: «Es ministra y es lesbiana, que ministra tan lozana». En el centro de la Plaça Sant Jaume hicieron un corro para cantar:

Amb el dit a dintre, amb el dit afora, amb el dit a dintre i el fem rodar.
Fica'l,fica'l,fica'l... Ai! Quin gust que em fa! I ara, piquem de mans.
Ei, bolli, bolli. Ei, bolli, bolli. Les lesbianes governaran.
Por su parte, las miembras del LA (Lesbianas Auto-suficientes) publicaron un contramanifiesto afirmando que ellas habían sido las primeras en condenar el trato vejatorio al que han sido sometidas las lesbianas desde tiempos inmemoriales.
La Coalición Arco Iris luchaba por defender a su líder y, aunque reconocía con agradecimiento el esfuerzo del sector militante, sabía que poco podía hacer sin el apoyo de la población. ¿Dónde estaban las intelectuales, las artistas, las empresarias, representantes de la vida social y pública; dónde estaban las otras políticas que entendían tanto o más que Laura Mayo? ¿Por qué no salían a la luz? ¿Acaso no sería su visibilidad la forma más noble de defender y apoyar la osadía de una mujer que estaba dando la cara por ellas?

Laura Mayo soñaba con un outing limpio y saludable, una manifestación festiva de la verdad. Estaba convencida de que ésa era la vía imprescindible para la normalización, la aceptación, la consecución de todas las reivindicaciones, la obtención de aquellos
derechos, por los que ella había dedicado su vida entera. El outing, sueño irrealizable donde los haya, era para ella el único camino hacia la libertad.
—Si todas las que entienden salieran a la luz, la concepción del mundo sería muy otra — le dijo a Eva en una noche de depresión y arrumacos cuando ya había tomado la firme decisión de abandonar la política.

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Yo tambien entiendo

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:39 pm

Con la luna en Acuario, la emotividad general subió de tono y provocó una reacción popular conmovedora, sorprendente, estremecedora, palpitante, inesperada, súbita, alucinante y... en fin, sin apelativos suficientes para ser calificada. Ya lo dijo Inés Villamontes, la luna en Acuario estimula las emociones de tal guisa, que no hay quién las frene.
Tea de Santos, Adelaida Duarte, Matilde Miranda y otras intelectuales blandieron sus plumas para manifestarse en defensa de la diputada sitiada, pero ni eso ni las interminables conversaciones que mantuvieron con ella lograron disuadirla de sus intenciones. Laura Mayo estaba a punto de cumplir su decisión de dejar la política y sólo un milagro podría hacerla cambiar de idea.
—No puede hacernos esto —protestaba Tea—. Si ella se va, nos arrastra a todas consigo. Laura Mayo es un símbolo.
—Es cierto —confirmó Mati— Tenemos que hacer algo para apoyarla.
—Ya hemos escrito un montón de artículos —intervino Adelaida.
Tea resopló:
—Para lo que le han servido.
Y Mati añadió:
—Nuestros artículos sólo los leen cuatro intelectuales, a las que no hay que convencer de nada. Tenemos que hacer algo más sonoro, algo que ayude de verdad a Laura, algo que logre convencerla de que no está sola.
—¡Exacto! —dijo Tea con expresión intrigante—. Hay que hacer algo gordo, mucho más gordo.

Y tras unos segundos de silencio, Adelaida, con literario acierto, puso palabras a lo que las tres estaban pensando.

—Ya hemos exhibido una pluma, ahora habrá que esgrimir la otra. ¿Me equivoco?
Una mañana radiante, que olía a prímulas y anunciaba la llegada de una exultante primavera, se inició una especie de rebelión popular, que tuvo como precursora a Matilde Miranda en su programa Alas Matinales Después de hacer un repaso a la actualidad, leer el horóscopo del día, dar el estado del tráfico, la situación del tiempo y los números de las diferentes loterías, hizo un brillantísimo discurso en defensa de la diputada Arcoiríaca que culminó con esta declaración:
—La señora Mayo no está sola queridas oyentes. Ésta que les habla, con mucho orgullo y a mucha honra, quiere lanzar a las ondas su confesión. No puedo más que solidarizarme con Laura Mayo porque nos ha representado a todas con su valentía y su coraje. Es mi obligación humana y profesional manifestar públicamente que estoy de su parte y admitir que yo también entiendo. Que pasen una feliz jornada.
A continuación sonó la sintonía:
A las Matinales
A las Matinales
Por el triunfo de la feminización
A mediodía, la presentadora del informativo de la Cadena 4 de televisión cuando dio la noticia de que Laura Mayo había anunciado que pensaba retirarse de la política, hizo un paréntesis para comentar:
—Lo cual sería una pérdida, pues no están las cosas como para dejar que se vaya una figura de su talento y gallardía. Para que lo sepan, yo estoy con la señora Mayo. Yo también entiendo.
Lo propio hizo, al final del Telenoticiario, la mujer del tiempo. Tras anunciar que el anticiclón se encontraba situado en las Azores y se avecinaban días de intenso calor, afirmó:
—Claro que, para calor, el que necesita ahora Laura Mayo y que esta servidora está dispuesta a darle en medida de sus humildes posibilidades. Estoy con usted, señora Mayo Yo también entiendo.
Por la tarde, Adelaida Duarte en una entrevista concedida a una televisión pública manifestó su apoyo incondicional a la diputada y confesó su tendencia.
—Que no descubro nada nuevo, ya lo sé —explicó—, porque, con esta pluma que me ha dado la vida, ni puedo ni quiero engañar a nadie, pero ahora, de lo que se trata es de abrir el armario para que salgan todas las plumas y formar con ellas un enorme cojín en el que se recline Laura Mayo. Usted ya me entiende.
La entrevistadora se sumó:
—La entiendo y entiendo, y aquí dejo mi pluma como aportación.
La iniciativa se fue contagiando y se extendió allende las pantallas, los rotativos y los micrófonos. Y así, en las terrazas de los bares, en los taxis, en las tiendas era frecuente encontrar a una camarera, una dependienta, una cajera, una taxista que, tras servir a su clienta, declaraba su apoyo a Laura Mayo y a lo que ya era «la causa». La frase «yo también entiendo» se había convertido en la coletilla de la devolución de los cambios. Médicas, abogadas, veterinarias, magas y trabajadoras sociales coronaban sus servicios manifestando su homosexualidad en solidaridad con la diputada.
—Pues, ya ve —decía la médica—, yo también entiendo y, sin embargo, le he curado la gastritis.
—Y aunque soy una bollera rematada — anunciaba la abogada—, la voy a defender en este caso y vamos a ganarlo.
—Mire que yo soy lesbi —informaba la trabajadora social— y eso no me impide tramitarle la beca y conseguir que le den el subsidio.
Hasta las maestras de infantil y primaria aprovecharon las reuniones de madres para manifestarse en favor de su líder.
—Sepan que aquí la mayoría de las profes entendemos y, a pesar de ello, sus hijas han aprendido a leer.
De nuestras protagonistas no hubo ni una sola que no mostrara abiertamente su pluma, enarbolándola como un arma de guerra. Inés Villamontes se manifestó sin reparos tanto en su consulta como ante las pantallas y se atrevió incluso a vaticinar que si ya ahora eran muchas las que entendían, cuando la luna entrara en el signo de Sagitario, la desinhibición se expandiría por las autopistas del esoterismo y aparecerían muchas más. Margarita Sureda, que pasó el fin de semana con la fontanera en un encuentro de Mística Macrobiótica y Relaciones Afectivas, provocó una catarsis colectiva cuando invitó a sus colegas a seguir su ejemplo y todas se levantaron y se pusieron a gritar «yo también entiendo» al son de las maracas, extendiendo los brazos, moviendo la pelvis y palpándose las chacras. Clara y Ana enviaron un e-mail desde USA para sumarse a la revuelta ciudadana. Y en sus actuaciones, la Jove Colla Castellera de les Xiquetes de la Costa hacía escalar a l'anxaneta con una bandera del Arco Iris prendida en la faja, que enarbolaba durante unos segundos al coronar el castillo.
En el Gay Night no se hablaba de otra cosa. La epidemia se extendía de tal manera que incluso se llegó a hablar de elecciones anticipadas. Eso precisamente comentaba Gina con una clienta cierta noche.
—Outing no gusta a gobierno de «pi pi».
Cecilia, al oírla, la corrigió:
—«Pe, pe», se dice «pe, pe», Gina.
—Yo sé —protestó—, pero yo pronuncia así en English.
—Pues, en inglés no lo pronuncies porque suena fatal —-se enfurruñó Cecilia.
A partir de aquel momento, Gina se refirió al partido en el poder como el «pei, pei» y su socia renegaba en su interior: «No hay forma de que diga una “e” como dios manda».
Más allá del deber profesional, sentían nuestras protagonistas un deber humano y solidario. Así, incluso la forense Concha Fernández y la propia inspectora García se sumaron al destape.
Fernández vio su oportunidad tras practicar una autopsia. Mientras se quitaba los guantes y se lavaba las manos, aún con la mascarilla colgando del cuello y el delantal puesto, declaró:
—Les comunico que esta fiambre entendía. Y ya que estamos en tesitura, aprovecho para anunciarles que yo también entiendo.
—Me lo temía —exclamó la jueza—. Pues, mira por dónde, yo también.
A García la situación le vino rodada. Cerrado el caso Mayo, la inspectora tenía que regresar a la capital. Desmontó su apartamento, empaquetó sus enseres y, en un alarde de valentía y flamenquismo, se presentó en comisaría con el que hasta entonces había sido su look nocturno. «Y que hagan el más mínimo comentario esas Mosses, que se van a enterar de quién es García.» Pero, al llegar, se encontró con un inesperado recibimiento. Las que habían sido sus subalternas le habían preparado una fiesta sorpresa de despedida que la dejó embelesada. Le cantaron a coro «.Perqué és una noia excellent» y la invitaron a coca de recapte, bunyols de l’Empordá, carquinyolis y cava del Priorat. En medio de la emoción, la inspectora tuvo que improvisar un pequeño discurso.
—¡Qué tope, tías! —exclamó aturdida —. Ya me habían dicho que las catalanas de entrada son muy secas, pero si te haces una amiga, es para toda la vida —incluso se atrevió a soltar unas frasecitas en catalán—. Moltes gracies. Ha sidu un orgul trebayar en vosaltres.
El detallazo tocó la fibra sensible y patriótica de las Mosses, y alguna de ellas hasta tuvo que sacar el Kleenex.
—¡Ah! Y otra cosa —añadió para acabar —. Que yo també entiendu ¿vale? Y las Mosses aplaudieron.

Pero, de todas las que declararon públicamente su apoyo a la causa y su solidaridad con Laura Mayo, la que más impactó fue, sin duda, Tea de Santos. En su programa semanal ÁbreTE A la Noche, la periodista disertó sobre el fenómeno outing que se estaba viviendo en aquellos días, diciendo que era una reacción al atentado que representa para las libertades humanas la condena, el desprecio o la falta de aceptación de la homosexualidad ya que «nadie debería ser perseguido ni juzgado por la expresión libre de sus sentimientos». Y se despidió de las espectadoras manifestando:
—Yo no temo ni esa persecución ni ese juicio y por ello confieso que, siendo como soy hétero y muy hétero, no hay en la tierra varón (y he catado a unos cuantos) capaz de hacerme gozar tanto como la mujer con la que ahora comparto mi vida y a la que amo como nunca pensé que sería capaz de amar a nadie. Hasta el próximo viernes, que pasen una feliz semana.

El país entero hervía de regocijo. Una fiesta multicolor parecía que se había instalado en las calles y plazas de las grandes ciudades. Está claro que no todas reaccionaron de la misma manera. Paca, la peluquera, y Azucena, la del gimnasio, proclamaron a los cuatro vientos que ni en su gimnasio ni en su peluquería se practicaba el chismorreo ni el bollerío, comentario que dejó estupefactas a todas sus clientas. Y algunas famosas reconocidas osaron manifestar que eso del outing estaba muy bien y qué loable es la actuación de quien se muestra tal y como es, pero que la cosa no iba con ellas, cuando todo el mundo sabía que se lo montaban a escondidas en el Club Osiris y en orgiásticas fiestas privadas. Con todo, la hipocresía de unas cuantas no fue obstáculo para el éxito de la operación. Laura Mayo se mantuvo en su escaño con una sobredosis de autoestima y energías renovadas, y consiguió que el ministerio de Asuntos Familiares no sólo retirara la LEFE, sino que admitiera a discusión su proyecto de Ley de Protección de Familias Alternativas, más conocido como la LEPFA una atrevida propuesta que ¿qué gobierno democrático habría rechazado discutir sabiendo que la respaldaba una ingente mayoría de votantes?


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Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:39 pm

Nueve meses más tarde, en una ceremonia laica oficiada por Inés Villamontes, se celebró el bautizo de Atzavara, la hija de Clara y Ana. A la fiesta, que tuvo como lugar de encuentro el Gay Night, asistieron todas: las organizadas, las independientes, las históricas, las de la Coalición Arco Iris, la inspectora García, la forense Concha Fernández, las Mosses d’Esquadra, Margarita Sureda, la fontanera, la mujer del tiempo y la locutora del Telenoticiario de la Cadena 4 de televisión, Nati Pescador, Maite la de la sex-shop, y Matilde Miranda, Tea de Santos y Adelaida Duarte como invitadas de excepción, las del GLUPI, las del LA, las del ALI, todas la integrantes de la Jove Colla Castellera de les Xiquetes de la Costa, Paca, la peluquera, y Azucena, la del gimnasio, que no se perdían ni una y un montón de curiosas. Fueron madrinas de honor Eva Metal y Laura Mayo.
De nuevo, el Gay Night rebosaba de alegría. Aquella noche, que acabó en romances e indigestiones, se vivieron momentos de emotiva intensidad. Laura Mayo expresó su agradecimiento a la inspectora García por la resolución de su caso.
—Lo siento, García, la habíamos infravalorado —le dijo— pero es que esa manía suya de emular a Scully, la verdad, no era una buena referencia.
—¿Qué pasa? —protestó la forense que también asistía a la conversación—. A mí también me gusta. Scully ha sido mi ídola desde siempre.
—¡No me joda, Fernández! —exclamó García emocionada.
—Llámeme Concha de una vez, mujer.
En aquel momento, García sintió un cosquilleo en el estómago.
—Y tú, llámame Emma —añadió sonrojada.
Hubo unos segundos de silencio, de esos que en los telefilmes se ameniza con primeros planos y música de violines. Lo rompió García con un atribulado:
—Así que a ti también te gusta Scully ¿eh? ¡Vaya, vaya!
—Tengo grabados todos los episodios. Hay algunos sublimes. ¿Recuerdas aquel de la gorila embarazada?
—¡Uf! Ya lo creo. ¡Es genial!
—¿Y el de la extraterrestre que se transmuta en planta carnívora?
—Ese, no.
—¡Anda! Pues, si quieres, te vienes un día a verlo a mi casa. Hacemos una cenita fría y...
Laura y Eva contemplaban atónitas la escena. Por primera vez habían visto sonreír a la forense.
Tea y Mati hicieron acopio de una amplia variedad de dulces y fueron a degustarlos a uno de los cuartos privados del Gay Night. Usando como manga de pastelería el recordatorio del bautizo, que tenía forma de cucurucho, Mati iba colocando setitas de merengue del pastel en los pezones de Tea, por toda la línea del esternón hasta el ombligo y rematando el decorado con una ensaimada en plena flor. Luego, lo lamía por orden; primero, un pezón; luego, el otro; así, hasta el floripondio, deslizándose con la lentitud de un caracol sobre la hierba mojada, creando en Tea una gozosa ansiedad y alimentando su fuego interno.
—¡Ay, Mati! Date prisa que se me deshace el merengue —le suplicaba.
Después, fue ella quien jugó a las canicas con las guindas sobre la espalda de su amada. Las hacía rodar por la columna vertebral como si bajaran por uno de los toboganes de Port Aventura. Con la fuerza adquirida en la bajada, remontaban el montículo del cóccix y quedaban atrapadas en la ranura esponjosa de los glúteos. Allí se las comía.
La indigestión las tuvo dos días en cama, pero les vino de fábula porque además de descansar, aprovecharon para seguir un régimen estricto que sus michelines y otras zonas agradecieron con entusiasmo. El yogur y el caldo de hierbas cobraron una dimensión estratosférica hasta entonces desconocida.
—Dicen que el yogur es muy bueno para la flora vaginal —recuerda Tea que le dijo Mati en algún momento de la convalecencia.
Adelaida Duarte se retiró a su fabulosa torre a cuatro vientos en la urbanización Maresme Lux acompañada por la castellera. No era la primera vez que compartían lecho. Por aquellos meses, la escritora se sorprendía de tener a su lado un cuerpo caliente al que no había que dar ni esperar otra cosa que no fuera aquella calidez. Tal vez había aprendido a no poner nombre ni cota a sus relaciones. En cualquier caso, la respiración pausada de aquel angelito sexuado en su cama de metro y medio por dos metros la llenaba de una placidez inusual en ella. Por las mañanas, la veía marchar sin miedo a que no volviera y, aún más, sin miedo a que en cualquier momento regresara. Y cuando esto ocurría, Tilita la recibía de contento subido con vertiginosos coletazos, volteretas e incluso lloriqueos emocionados porque, al contrario de su dueña, la perrita era un ser tremendamente agradecido y sociable, que consideraba la inocencia del mundo y de la gente antes que se demostrara lo contrario. Semejante grado de ingenuidad la había llevado a situaciones de supino desconcierto, en las que su dueña le advertía agorera:
—La mano que te da caricia cualquier día te la quita, Tilita. Hay que estar preparada.
Eva Metal y Laura Mayo, que había instalado su residencia en la capital del estado pluriautonómico, decidieron pasar aquella noche en el antiguo apartamento de Eva. No el de la costa, sino el de la ciudad, aquel que fue precintado por la policía cuando Metal era perseguida como sospechosa del caso. Ahora, limpio y adecentado, les servía de residencia en sus frecuentes viajes a la capital autonómica. Limpio y adecentado, que lo suyo les costó, pues la primera vez que entraron se encontraron con una desagradable visión. Además del revoltijo de cajones y armarios, hallaron en el suelo floreado de la cocina el cuerpo fosilizado de una cucaracha que nadie antes se había atrevido a retirar. Por delicadeza, nunca le comentaron el suceso a García.
Margarita Sureda concluyó otra noche de pasión etílica con la fontanera y corren rumores de que Nati Pescador ligó con una televidente asidua y entusiasta del concurso Tu Luna de Miel.
Clara y Ana vivieron una de las noches más felices de su vida. Se retiraron pronto. Había que acostar a la pequeña y darle la cena al gato. Además, tenían que conducir un trecho hasta llegar a la casita pareada que, por fin, habían conseguido comprarse en la comarca del Vallès. Con lo que se ahorraron de la adopción, la bajada en los tipos de interés y las enormes facilidades hipotecarias del momento, aquel sueño se había hecho realidad: una casa llena de luz, con su pequeño jardín, MI chimenea, sus plantas de interior. Azafrán era feliz allí. Dormía durante el día y por las noches salía al encuentro de un pequeño grupo de capados varones residentes en la urbanización con los que celebraba, dentro de sus posibilidades, sodomíticos festines a la luz de la luna.
Qué tierna escena la de ambas madres abrazadas contemplando a la niña dormida en su cunita y Azafrán, ronroneando en el sofá, esperando a que sus dueñas se acostaran para salir de farra.
—Esta niña ha de vivir un futuro muy diferente al nuestro —susurró Clara al oído de su amada.
—Un futuro teñido con los colores del Arco Iris —añadió Ana.
Y desde sus sueños, la pequeña Atzavara emitió un suspiro de entrañable inocencia.

FIN


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Re: Con pedigree

Mensaje por Admin el Vie Mar 09, 2018 8:40 pm


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Re: Con pedigree

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