Creo Que Te Quiero. Mi primer beso

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Capitulo 115

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:35 am

Por mucho que lo intentara, no conseguía dormir; me resultaba imposible relajarme estando tan preocupada. Me preocupaba Lauren, claro, pero sobre todo Chris. Lauren podía cuidar de sí misma, no le pasaría nada. Pero ¿Chris? No podía poner una tirita sobre todo esto y curarse. Llegó la medianoche antes de que mi fuerza de voluntad se agotara y no pudiera resistirlo más. Cogí el móvil y apreté el dos en marcación rápida. Sonó. Y sonó, y sonó, y sonó, y sonó. Y cuando estaba a punto de saltar el buzón de voz, Chris lo cogió.
—¿Mila?
Dejé escapar una gran bocanada de aire; ni siquiera me había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
—Chris.
Pasaron unos segundos de silencio, y sólo el sonido de nuestras respectivas respiraciones nos confirmaba que seguíamos ahí. Yo lo rompí primero.
—¿Cómo estás?
—¿Sinceramente? No lo sé.--Asentí con la cabeza, aunque El no pudiera verme.
—Lo siento tanto, Chris... Nunca he querido que pasara. No de esta forma.
El suspiró.
—Sí, pero aun así has dejado que pasara.
—Lo sé, lo sé. La he jodido.
—Ése es el eufemismo del siglo —replicó El, pero oí una risita en su voz que El trató de disimular con una tos. Yo también solté una disimulada carcajada.
—Lo sé. Perdóname. Es que... no contártelo parecía lo mejor. Sabía que te mataría que hubiera ido a tus espaldas para enrollarme con tu hermana; he sido tan estúpida... No paraba de pensar en dejarlo y no soportaba mentirte, pero no lo hice y dejé que todo continuara... —Se me fue apagando la voz de impotencia—. Pensaba estar haciendo lo correcto al no decírtelo; quizá no funcionara, y no quería que te vieras en medio del lío. Pensaba estar... protegiéndote.
Durante un buen rato, Chris no dijo nada. Sabía que seguía ahí; oía su respiración.
—Lo siento mucho, Crisj. Perdóname.
No me sorprendió darme cuenta de que tenía los ojos llenos de lágrimas. Sorbí para intentar no llorar. Chris sabría si me echaba a llorar, incluso sin verme.
—¿Me odias? —tuve que preguntarle. No soportaba no saberlo, sobre todo porque no me estaba respondiendo—. ¿Chris?
—No te odio —replicó vacilante—. Pero te aseguro que en este momento no me caes demasiado bien. ¡No puedo creer que me lo estuvieras ocultando todo este tiempo! Y Lauren también, cuando yo pensaba que no podías pasar ni cinco segundos en la misma habitación sin discutir.
En ese momento fui yo quien se quedó callada. Tenía demasiado miedo de empeorar las cosas. Contuve un bostezo.
—Duerme un rato, Camz —suspiró Chris con voz amable y cariñosa—. Te veré por la mañana.
—¿Quieres decir que aún me vas a llevar al instituto?
—Claro que sí. ¿Cuándo no lo he hecho?
Entonces fue cuando me puse a llorar, pero eran lágrimas de alivio. Me las sequé con el dorso de la mano. No quería que Chris me oyera y pensara que yo era patética.
—Te veo por la mañana —repitió El—. Buenas noches, Camz.
—Buenas noches —contesté. Pero aún no podía colgar—.¿Chris? —dije de golpe.
—¿Sí?
—Sabes que te quiero, ¿verdad?
—Sí, lo sé. —Oí la sonrisa en su voz—. Y yo también te quiero. Aunque eso no significa que me tengas que caer bien todo el tiempo. -- Yo era la que sonreía ahora.
—Lo sé.
Dicen que si amas algo, lo dejas libre. Bueno, para nada iba yo a dejar a mi mejor amigo libre sin oponer toda mi resistencia. Colgamos. Al cabo de unos segundos ya estaba dormida.
* * *
A la mañana siguiente, me puse ante el espejo y me cubrí las ojeras con el maquillaje. No quería que nadie sospechara que había pasado algo; no podía permitir que se supiera lo de Lauren y yo; eso no haría que Chris se sintiera mejor. Dos cortos bocinazos en el exterior me hicieron apartarme del espejo. Mi enorme sonrisa iba de oreja a oreja. Cogí mi bolsa y corrí escaleras abajo.
—Hasta luego —grité.
—¿Está Chris aquí? —me preguntó mi padre.
—Sí. ¡Adiós!
Me subí al asiento del copiloto del Mustang y le eché los brazos al cuello a Chris. El freno de mano se me clavó en el estómago y me golpeé el codo con el volante, pero no me importó. Seguía teniendo a Chris. Eso era lo único que importaba. El rió por lo bajo mientras me devolvía el abrazo con fuerza.
—Yo también me alegro de verte.
—Haré lo que sea para compensarte por todo esto, lo juro. Lo siento muchísimo, de verdad.
—Sé que lo sientes —repuso El—. Y te tomo la palabra.
—Cualquier cosa dentro de unos límites —añadí—. Así que nada de batidos de leche para toda la vida. Tengo que ahorrar para la universidad, ya sabes.
El se detuvo un instante, con la mano sobre la palanca de cambios y me miró a los ojos.
—Eso es justo. Entonces ¿qué te parece un beso?
Lo miré parpadeando.
—¿Perdona?
—Ya me has oído. —Le brillaban los ojos, pero yo seguía sin estar totalmente segura de si estaba bromeando o no.
—¿Ésta es la parte en la que mi mejor amigo me confiesa que está locamente enamorado de mí? —intenté bromear, con una risita nerviosa.
Chris apartó la mirada tímidamente, carraspeó y puso la marcha. Creo que en ese momento se me paró el corazón.
—Bueno... —Chris carraspeó de nuevo y se medio volvió en el asiento, con el cinturón de seguridad tirante.
Por un segundo me quedé boquiabierta, pero El se echó a reír por lo bajo. Sonreí débilmente mientras Chris seguía riéndose. Le di en el brazo con el dorso de la mano y El me la apartó.
—Es broma —dijo—. Para nada. No he podido resistirme. ¿De verdad has creído que iba en serio? Vamos, Mila, eso sería demasiado rebuscado.
Sonreí.
—En eso tienes razón. -- El puso el coche en marcha y nos quedamos en silencio durante unos segundos.
—¿Has... —le pregunté finalmente— has hablado con tu hermana desde anoche?
Chris apretó las manos alrededor del volante hasta que se le pusieron los nudillos blancos.
—No —me contestó con los dientes apretados—. ¿Y sabes lo que pienso? Qué a la porra con Ella. Si no puede enfrentarse al follón que ha causado, entonces es que sólo es una cobarde. Sé que no eres inocente en todo esto, pero Ella no debería haberte tratado así. Te mereces algo mejor.
Negué con la cabeza. No estaba de acuerdo con eso.
—Ella no va a cambiar, Camz. Siempre será un ligón egocéntrico.
—No puedes creer eso de verdad. —Ninguno de los dos había estado nunca seguro de que todo eso de «ligón» fuera real al cien por cien, pero ahí estaba Chris, aprovechando esa baza. Se encogió de hombros.
—Es Lauren —dijo, como si eso fuera una respuesta suficiente.
Era una pena que no me pareciera la respuesta correcta; la respuesta que yo quería para resolver todo ese lío. Aquella mañana me había despertado más temprano que de costumbre y no había conseguido volver a dormirme. Me preocupaba demasiado Lauren y nuestra relación, fuera la clase de relación que fuera. Era feliz con Lauren, claro, pero Chris seguía siendo la persona más importante en mi vida y no podía arriesgarme a perderlo de nuevo. Y si eso significaba que tenía que sacrificar el estar con Lauren, lo haría sin dudarlo.
Pero no sabía qué pensaría Lauren de todo esto. ¿Querría seguir conmigo? Quizá, para Ella, sólo fuera una historia corta, algo que hacer hasta que se marchara a la universidad en otoño. Algo que ya había causado demasiados problemas.
—¿Qué? —me preguntó Chris.
—Nada. No importa.
Por una vez, no insistió.
* * *
En el instituto, nadie parecía pensar que algo hubiera ocurrido; no circulaba ningún rumor. Todo era total y completamente normal. Como debía ser. Eché una mirada a Chris mientras estábamos charlando con los chicos. El me vio y esbozó una sonrisa poco convencida, alzando un hombro. Se sentía tan incómodo como yo fingiendo que todo iba bien. Las cosas no fueron mal hasta que nos dirigíamos a la hora de tutoría y oí que alguien me llamaba por encima del ruido de los alumnos moviéndose por el instituto.
—¡Camz! ¡Espera un segundo! ¡Camz!
Volví la cabeza de golpe. Era la voz de Lauren. Me agarré al brazo de Chris y lo miré con ojos asustados. ¿Qué se suponía que debía hacer?—¡Camz! —Lauren se estaba acercando. No quería tener que enfrentarme a eso en aquel momento—. ¡Camz, espera!
Tiré del brazo de Chris y lo arrastré mientras torcía por el primer pasillo que encontré. Nos detuvimos fuera de un aula.
—No puedo hablar con Ella ahora —le expliqué a Chris en voz baja mientras finalmente lo soltaba.
—Sí, no te culpo. —Me sonrió—. Olvídate de Ella.
—Lo dices como si fuera muy fácil. No puedo evitarla el resto de mi vida. Es tu hermana.
—Gracias por recordármelo —masculló Chris, irritado. Luego suspiró mientras se pasaba la mano por el cabello varias veces, poniéndoselo más en punta—. No importa. Supongo que tienes razón. Va a ser bastante incómodo entre vosotras ahora.
—Gracias por el apoyo —murmuré sarcástica.
—Vamos. —Fue delante hacia el aula de tutoría, y ése fue el final de la conversación.
Conseguí esquivar a Lauren hasta el almuerzo. Me senté con Rachel y Chris, que estaban bajo unos árboles cerca del campo de fútbol americano.
—Muy saludable —comentó Rachel, haciendo un gesto hacia mi lata de refresco de naranja y mi barrita de caramelo.
—Sí. Ya me conoces..., la maniática de la salud.
—Me he enterado de todo el asunto con Jauregui..., quiero decir, con Lauren —me dijo a media voz con una sonrisa compasiva. Al instante, Chris se puso en pie y luego se inclinó para dar un rápido beso a Rachel.
—Voy a jugar con los chicos un rato. Os veo en seguida.
—Sigue siendo un asunto muy delicado —mascullé—. Y más para Chris.
—Sí..., pero he pensado que igual te iba bien tener una charla de chicas.
—Tienes toda la razón.
—Y... —Cambió de posición y se quedó medio tumbada, apoyada en los codos. Yo me puse junto a ella, imitándola—. ¿Te gusta de verdad? ¿O es sólo sexo?
Me sonrojé.
—Eso sólo pasó una vez. Después tenía demasiado miedo de que nos pillaran. —Saqué aire por la nariz, buscando las palabras adecuadas—. No tiene muchas cualidades que lo salven. Puede ser sobreprotectora, se mete en peleas, es impulsiva...
—Aparte de ser innegablemente sexy —añadió ella—. No me digas que ésa no es una cualidad que la salva.
Me reí.
—Cuidado..., prácticamente es de tu cuñada de quien estás hablando.
Rachel se encogió de hombros y ambas nos reímos de nuevo. Quería cambiar de tema, pero no se me ocurría ninguna manera sutil de hacerlo. Fue Rachel la que siguió hablando.
—Chris se va a quedar bastante hecho polvo si vuelves con su hermana. Entiendo que le resulte difícil. Y si la cosa acaba mal, quizá no quieras volver a ver a Chris; te añoraría mucho, y sé que tampoco le gustaría perder a su hermana, y... —Dejó la frase a medias y miró hacia otro lado, mordisqueándose el labio.
—¿Todo eso lo ha dicho Chris? -- Ella esbozó una sonrisa culpable.
—Sabes, parecía a punto de llorar cuando me llamó ayer. No quiere perderte. Prácticamente sois como gemelos. -- Arranqué una hoja de hierba y me la enrollé en el índice.
—La mayoría de sus otras novias se sentían amenazadas por nuestra relación. Siempre decían que sospechaban que era una de esas situaciones en las que te enamoras de tu mejor amigo. Lo que es ridículo y más que raro, ¿sabes? Bueno. Lo que quiero decir es que me alegro de que tú no seas así. — Reí con ironía—. Creo que eres la primera de sus novias que no me odia.
—Sois como uña y carne. No os puedo imaginar teniendo esa clase de relación.
—Por fin —exclamé— alguien que lo ve, aparte de Cam y Dixon.
—Aunque..., por lo que estás diciendo, es un poco inquietante el montón de novias que ha tenido.
—No tantas, la verdad —respondí—. Pero te contaré un secreto.
—Ooh, te escucho —repuso, y ambas reímos por lo bajo—. Suéltalo.
—Tú eres la primera a la que nunca ha dejado colgada por mí. Así que lo vuestro va en serio.
—Eso espero. Me gusta mucho, mucho.
—¡Más te vale! ¿Alguna vez te has fijado en cómo te mira?
Todo el rostro se le iluminó.
—Entonces, ¿no me lo estoy imaginando?
Negué con la cabeza.
—Sois tan monos juntos...
—Gracias.
Nos quedamos en silencio durante un rato, mirando cómo los chicos se iban tirando la pelota ante nosotras.
—¿Y qué piensas hacer respecto a Jauregui? Quiero decir, Lauren. Lo, Chris no para de decirme que la llame Lauren, pero me resulta muy raro, ¿sabes?
Suspiré. Creía que había conseguido que dejara de lado ese tema.
—No lo sé. No debería hacer nada, pero quiero hacerlo, y... estoy totalmente confusa. Y Chris... — Suspiré de nuevo—. No lo sé.
—Bueno, pues más vale que se te ocurra algo rápido.
—¿Por qué?
—Porque viene hacia aquí.
Me senté de golpe, derramando todo el refresco encima de la hierba.
—Mierda —mascullé, y me puse en pie antes de que se me cayera también sobre los pantalones.
Me sacudí y alcé la mirada. Vi a Lauren cruzando el campo de fútbol, directo hacia mí, con una expresión decidida. Todos los ojos estaban puestos sobre Ella, o sobre mí, en el caso de algunas chicas extremadamente celosas.
—¡Camz! ¿Adónde vas? —me gritó Rachel.
Corrí hasta el servicio de las chicas como si huyera del fuego. Me encerré en un váter, y a pesar de que varias chicas (Rachel, Lisa, Olivia, Jane , Karen) trataban de convencerme de que saliera, me negué. No lo hice hasta que alguien comenzó a golpear la puerta y oí gritar a Chris.
—Mila, sal de ahí ahora mismo.
Abrí la puerta.
—No puedes entrar aquí. ¡Es el servicio de las chicas!
—¿Y a quién coño le importa? Sal ya.
—¡Christopher Jauregui! ¿Qué crees que estás haciendo aquí? —gritó una profesora, que apareció de repente de la nada; la señorita Harris, una de las profesoras de matemáticas.
—Eh..., problemas de mujeres. Unos retortijones horrorosos, ¿sabe?
—¡Sal de aquí inmediatamente, jovencito, antes de que te ponga un castigo de dos semanas!
Chris puso los ojos en blanco y me agarró por la muñeca antes de que yo pudiera decir o hacer algo. No quería que se metiera en líos, así que lo dejé que me arrastrara. Pero por el momento la suerte estaba de mi lado: sonó el timbre y todos tuvimos que volver a clase. Mientras me sentaba en clase de literatura, miré mi móvil. Otro mensaje de Lauren

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Capitulo 116

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:36 am

Lo borré sin leerlo.
Lauren no volvió a su casa ni el martes ni el miércoles. Sus padres aún no sabían nada de Ella, pero estaban tranquilos porque Chris la había visto en el instituto y sabían que estaba bien. Yo seguí sin hacer caso de sus mensajes de texto o de voz, y evitándola en el instituto. El miércoles por la noche llamó al fijo de casa y mi padre lo cogió. Le colgó casi al instante. El jueves por la mañana se acabó mi suerte. Paré en el servicio antes de ir a clase, y al salir, choqué con algo..., no, espera, alguien.
—Oh, perdón —dije automáticamente. Estaba tan despistada que no me hubiera sorprendido descubrir que le había pedido perdón a una pared. Porque eso era lo que parecía.. «Ah. No te has equivocado por mucho.»
—Oh. —Traté de esquivarla, pero una mano en el brazo me detuvo.
Lauren estaba... Bueno, para decirlo sin rodeos, tenía una pinta horrible. Tenía ojeras, por lo que supuse que eran varias noches las que llevaba sin dormir, y olía ligeramente a humo. A fin de cuentas era Jauregui; no debería sorprenderme. ¿Quién podría decir que no estuviera también borracha?
—Tenemos que hablar —me dijo, con una voz un poco cascada. Sin esperar mi respuesta, me arrastró al aula vacía más cercana y cerró la puerta.
Me senté en el borde de un pupitre de primera fila y Ella se quedó junto a la puerta.
—¿Cómo estás? —me preguntó de súbito, clavándome la mirada en los ojos.
Fruncí el ceño, confusa y más que un poco perpleja.
—Mucho mejor ahora que Chris me ha perdonado, si eso es lo que preguntas.
—Pues ya somos dos —masculló, pasándose las manos por la cara—. Demasiado tarde para negar nada. Ya se ha descubierto el pastel.
Sentí como si me estuviera acusando, y me puse tensa.
—Eh, oye, yo no quería decírselo justamente así...
—No te estaba culpando, Camz —replicó Ella rápidamente—. Yo... Mira, tengo que hablar contigo y...
—Entonces, habla —respondí en un tono mucho más tranquilo y seguro de lo que realmente me sentía. Aunque no me quejaba. Me alegraba de que Ella (con suerte) no se diera cuenta de que la ansiedad me aceleraba el pulso, de que tenía las manos sudadas, de que sentía un nudo en el estómago.
—Yo... —Tragó saliva.—. Lo siento. Me aproveché de ti, y fue terrible verte sufrir cuando Chris nos descubrió. Deberíamos habérselo dicho desde el principio. No debería haberte dejado que le mintieras. También fue culpa mía. La cagué. Y lo siento.
Lo dijo todo tan rápido, como si tratara de soltar todas las palabras antes de pensárselo dos veces, que pensé que lo había oído mal. Y..., y parecía que lo decía todo en serio. Como si realmente estuviera hecha polvo por todo lo que había pasado.
—Sé —continuó hablando despacio— que seguramente no querrás volver a verme la cara, y lo entiendo, pero...
—¿Puedo preguntarte algo?
—Eh..., claro.
—¿Dónde has estado estos últimos días?
Esbozó una amarga sonrisa y alzó los ojos del suelo para mirarme de nuevo.
—En un motel. No quería empeorar las cosas entre Chris y tú. He intentado olvidarte. No he podido dormir, así que he estado dando vueltas con el coche. No puedo dejar de pensar en ti —añadió en voz más baja.
Ésa no era exactamente la respuesta que esperaba. Pero conocía a Lauren. No era de las que mentían. Se me acercó más, tanto que bajé del pupitre para no quedarme atrapada por Ella, su cuerpo rozándome.
—No sé qué demonios tienes, Camz, pero no puedo..., no sé...
—¿Qué?
—Me vuelves loca —fue lo que dijo, con una voz suave, íntima—. Completamente loca. Necesito que vuelvas a mi.
El corazón se me paró de golpe, y luego comenzó a saltarme dentro del pecho. ¿Qué me estaba diciendo? No era otra cosa. No era como si estuviera en... Chris acababa de perdonarme. Quizá no la hubiera olvidado, pero al menos me había perdonado. Y Lauren quería..., ¿quería seguir adelante desde donde lo habíamos dejado? ¿Estaba loca al pensar que yo podría hacer eso? Después de estar tan cerca de perder a mi mejor amigo quería acabar ese curso en paz. ¿Era pedir demasiado? Además, Lauren se iría pronto a la universidad. No podía volver con Ella. No podía. No estaría bien. Entonces..., ¿por qué me costaba tanto convencerme de que estaba mal?
—Camz —me dijo, mientras me apartaba el pelo de la cara—. Mila...
Negué con la cabeza con decisión.
—No. No va a pasar. No puedo...
—Camz —repitió Ella, con esos ojos verdes eléctrico oscureciéndose mientras me hacía retroceder un paso—. Me estás matando.
—¿Estás borracha?
—No, estoy totalmente sobria, y todo esto es cierto. Necesito que vuelvas.
Negué con la cabeza de nuevo y fui retrocediendo hasta notar la pared contra la espalda. Lauren se acercó a mí, una mano a cada lado de mi cabeza, inmovilizándome allí. Su aliento me cosquilleaba en el rostro.
—Camz —repitió de nuevo. La miré a los ojos. Sabía que me decía la verdad, pero yo no quería creerlo. Quería ser capaz de ser firme, de cerrar la puerta y dejar todo eso fuera. No quería volver a sentir los fuegos artificiales de sus caricias y sus besos, porque sabía que no querría dejarla. Si no lo hacía ya, nunca lo haría, al menos hasta que fuera demasiado tarde.
Y conseguí decir una palabra.
—No.
Con la palma de la mano golpeó el tablón de anuncios que había detrás de mí; la pared tembló y un papel perdió la chincheta y cayó flotando hasta el suelo. Negué con la cabeza y cerré los ojos como si no verlo me pudiera ayudar. No fue así.
—No.
Entonces me puso las manos sobre los hombros, y cuando abrí los ojos, los suyos me estaban rogando.
—No me toques —dije mientras intentaba apartarla de mí. Esperé que no me besara en ese momento, porque sabía que acabaría devolviéndole el beso.
—Esta vez puedo hacerlo bien —insistió Ella—. Nada de ocultarse.
—No voy a salir contigo —repliqué débilmente.
Ella suspiró, e inclinó la cabeza de forma que se apoyó en la mía. Me tensé. Pero no tenía miedo de Ella, tenía miedo de mí. Casi me estaba rodeando con los brazos. Lo único que yo quería en aquel momento era dejarla que me abrazara, que me besara. Pero… No podía. No podía volver a eso. Nunca saldría bien. No podía hacerle eso a Chris.
—Lauren, por favor..., no.
—No puedo evitarlo —repuso, tensa; el músculo del mentón le tironeaba cuando se apartó para mirarme—. Lo he intentado, créeme. ¿Qué es lo que tienes? Me estás volviendo loca, me estás matando. Te necesito.
—He dicho que no. —Le di un fuerte empujón en el pecho, me colé por debajo de su brazo y me fui al otro lado del aula—. Lauren, no puedo hacerlo. Lo siento, pero no puedo.
—¿Por qué?
—Es que... no puedo.
Me salvó el timbre: los pasillos se llenaron de gente que iba a su primera clase. Lauren no se movió, y yo me di cuenta de que tampoco podía.
—Te...tengo que irme —conseguí decir, y escapé corriendo, chocando con la gente y sin importarme si pisaba a alguien. Tenía que salir de ahí.
Y no porque tuviera miedo de Lauren. Me asustaba lo que sentía por Ella.
* * *
—¿Me estás diciendo que para tu decimoséptimo cumpleaños..., oh, espera, lo siento..., para nuestro decimoséptimo cumpleaños, no tienes ni idea de qué clase de fiesta quieres?
Me eché a reír.
—La verdad es que últimamente no he pensado mucho en eso. Pero tenemos que montar algo y pronto. Tenemos como una semana.
Chris suspiró melodramático.
—¡Y tú dices que yo dejo las cosas para última hora! ¿Y qué vamos a hacer? ¿Una pequeña reunión de amigos íntimos y familiares?
—¿Amigos íntimos? Debes de estar de broma. Eso es la mitad de nuestro curso, y luego están los Allyores.
—Cierto. Entonces una gran reunión de amigos íntimos y familiares? ¿Hum? ¿Sí? ¿Sí? Mis padres me han dicho que podíamos alquilar un club para esa noche.
—Eso sería guay... pero también muy caro...
—Muy bien. ¿Fiesta es mi casa?
—Supongo que sí. No hay mucho más que podamos hacer, ¿no crees?
Meses atrás, Chris y yo habíamos decidido que queríamos hacer algo tan guay, tan impresionante, que nadie fuera capaz de mejorarlo. Y como nuestro cumpleaños caía justo después del fin de las clases, en los últimos años nuestra fiesta había sido la gran celebración de fin de curso. Y como todos los Allyores con los que nos relacionábamos se marchaban ese año, queríamos hacer algo mejor y más sonado que una simple fiesta.
Sabía que Chris quería organizar una gran fiesta, y yo se lo debía. Había sido muy egoísta con todo el asunto de Lauren, por no explicárselo, por ocultarme de El. Tenía que ocurrírseme algo espectacular en su honor. Y entonces tuve una idea.
—¿Recuerdas en sexto? Montamos una fiesta de disfraces en aquel parque de juegos que cerraron. Tenía una piscina de bolas y todo.
—Sí. Y yo era el Gato en el Sombrero. Y tú fuiste de princesa de Disney.
—Sí.
—¿Qué tiene que ver eso? Oh, hostia, no. De ninguna manera. De ninguna manera.
—¿De alguna manera?
—No.
—¿Por qué no? ¡Sería divertido!
—Mila, ¿te das cuenta de lo infantil que suena? —Crish rió, me sonrió burlón y se le hicieron arruguitas en los rabillos de los ojos.
—Lo sé, ¡eso es lo que lo hace tan guay! Somos los únicos que podemos montar eso y hacer que sea inolvidable. Confía en mí.
—¿Estás segura?
—Absolutamente.
—Vamos a chocarla antes de que cambies de opinión.
Asentí, sonriendo, y le tendí el puño cerrado. Chris se rió y chocó su puño con el mío. Ambos hicimos idénticos sonidos de explosión.
—No hemos hecho eso desde sexto.
—Parecía lo adecuado, dada la fiesta —reí.
—¿De verdad vamos a tener una fiesta de disfraces?
—Pues sí. Y vamos a ir de las gemelas Olsen.
El me dio un capón en la cabeza, riendo. Yo me aparté rodando y acabé sobre la hierba. Me senté, crucé las piernas debajo de mí y miré a Chris.
—Cosa uno y cosa dos —me dijo El.
—No pienso teñirme de verde —protesté. Luego sonreí—. Pero estoy segura de que Rachel estaría encantada de verte en un apretado chándal rojo...
—Lo retiro —exclamó El, mientras sacudía la cabeza de un lado al otro, agitando las manos. Me reí aún más.
—¿La hacemos el viernes de la semana que viene? —propuso entonces Chris—. ¿Después de la ceremonia de graduación?
—Sí, ¿por qué no? Quiero decir que nuestro cumpleaños es el domingo, así que... Y si me emborracho...
—No quiero tener resaca el día de mi cumpleaños —acabó la frase por mí.
—Lo mismo digo.
—Claro. Entonces, ¿deberíamos empezar a enviar ya los mensajes?
—Bueno, estaba pensando...
—Cuidado, no te hagas daño.
Me reí, pero aun así conseguí fruncir el cejo y replicarle con sarcasmo.
—Ja, ja. Estaba a punto de decir «lo mismo» antes de que me interrumpieras de un modo tan grosero...
Empezó a sonar su móvil y El alzó un dedo.
—Recuerda eso —dijo, interrumpiéndome de nuevo deliberadamente. Me reí mientras El sacaba el iPhone del bolsillo, escribía algo y enviaba el mensaje a unos cincuenta amigos. Supusimos que siempre podríamos invitar a más gente si queríamos, pero era difícil «desinvitarlos». Mi móvil vibró en el bolsillo, y lo cogí.
—¿Quién es? —me preguntó Chris.
—Lauren. -- Alzó la mirada de golpe de su móvil.
—¿Qué diablos quiere ahora? ¿No te ha acosado ya lo suficiente?
Presioné el botón de «rechazar» y pasé de la llamada de Lauren.
—No me ha acosado, Chris.
—Quizá. Pero creo que no es buena para ti, Camz, eso es todo. Sólo intento protegerte. Conozco a mi hermana.
—¿Y crees que yo no la conozco? Nunca me trató mal, Chris.
—Pero tampoco nunca te trató como te mereces —rebatió. Luego, suspirando, añadió—: No importa. No quiero discutir más sobre eso. Así que sigamos. Disfraz para la fiesta.
—Oh, no tenemos que preocuparnos por eso. —Esbocé una sonrisa traviesa—. Tengo la solución perfecta

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Capitulo 117

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:36 am

El viernes, cuando no estaba en clase, corría de un lado a otro llamando a gente para asegurarme de que todos los detalles finales estaban listos para el Baile de Verano, que sería al día siguiente. Era estrés más que suficiente para no dejarme tiempo para pensar en Lauren. Rachel, Ally, Dinah y yo pensábamos ir a un pequeño spa el sábado para que nos peinaran y nos hicieran la manicura; la madre de Dinah trabajaba allí y nos conseguía un descuento. Pero me sentía fuera de onda; las chicas no paraban de hablar de sus parejas para el baile; de cómo su corbata hacía juego con el vestido de ella, de que el chico que le gustaba le había pedido que le reservara un baile, de lo muy sexy que se lo veía con esmoquin...
Y ahí estaba yo, sin pareja. Me presentaría sola. No podía pedirle a ninguno de los chicos que fuera conmigo como amigos porque todos tenían ya pareja. Debía de ser la única persona en todo el instituto que no la tenía.
—Podemos ir todos como amigos, ¿no? —sugirió Dinah el viernes durante el almuerzo, cuando me permití un descanso de veinte minutos para comer algo. Ella iba a ir con Cameron. Troy y Ally irían juntos. Warren llevaría a una chica de su clase de historia a la que yo no conocía mucho.
—Sí —la secundó Chris—. De ese modo no te presentarás sola.
—Las cosas se arreglan, Camz, ¿lo ves? —trató de convencerme Troy.
—Bueno..., has rechazado un montón de ofertas —dijo Cam un poco insegura.
—La verdad es que no. Ella las rechazó por mí casi todas las veces. —No tuve que aclarar a quién me refería, claro.
—Eh, hablando de eso, ¿va a ir tu hermana al baile, Chris?
—No lo sé. Y no me importa si va o no.
Rachel y yo intercambiamos una mirada: ambas sabíamos que a Chris sí le importaba, pero ninguna dijo nada. Aunque íbamos a alquilar una limusina entre todos e ir juntos como grupo, yo seguiría estando sola. Fruncí el cejo. Podía tratar de culpar a Lauren, probar de estar furiosa conmigo misma por permitirle decir a todos los que preguntaban que yo no iría con ellos. Pero sabía por qué no me había discutido. Sabía el porqué perfectamente: porque había supuesto que iría con Ella, dado que era un baile de máscaras. Había confiado en que Ella fuera mi pareja. Incluso me lo había pedido aquella tarde en el garaje; no explícitamente, pero sí a su manera. Pero no, eso ya no iba a pasar, de ninguna manera. ¿Y qué posibilidades tenía de que alguien me lo pidiera, cuando el baile era al día siguiente? Cero.
* * *
Me secaron el pelo con secador y me lo estiraron a la perfección, suave, liso y brillante. Me hicieron una inmaculada manicura francesa. Me pasé la última media hora con el maquillaje, siguiendo la «guía profesional» que había encontrado en internet. Aunque no tenía demasiado sentido: la máscara me cubría media cara. En realidad era sólo por hacerlo. El vestido resultaba maravilloso, una vez me vestí adecuadamente. Con el color verde manzana parecía que la piel me relucía y los ojos castaños me brillaban debajo de la máscara. La tela siseaba al moverme y me flotaba alrededor de los muslos. Los zapatos de tacón plateados hacían juego con las cuentas del vestido y la máscara. Se me veía estupenda. ¡Me sentía estupenda!
Hacía siglos que no me sentía tan normal. Era como si toda la historia con Lauren no hubiera sucedido. «Bueno, si voy a ir sola al baile, lo haré mostrándome espectacular», pensé con decisión. Entonces recordé lo que solía pasar en el Baile de Verano... Sí, compartía la limusina con los otros, pero no tendría una foto en la pista de baile con mi pareja, mi padre no nos sacaría fotos que nos darían vergüenza...
Quizá luciera espléndida, pero de repente ya no me sentía así. Suspiré y llamaron a la puerta. Cogí el bolsito plateado y me miré una última vez en el espejo. Llegaban temprano, pero yo ya estaba lista.
—Camz, están aquí —me gritó papá mientras iba a abrir la puerta.
—Sí —contesté.
Fui a bajar para reunirme con ellos. En el rellano metí la cabeza en la habitación de Brad.
—Hasta luego. -- El paró de jugar un momento para mirarme.
—Vaya, te has tomado tiempo suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Para pasar de fea como un troll a no está mal. —Pero me sonrió a su dulce manera de niño de diez años con dientes de menos, y tuve que sonreírle mientras le alborotaba el pelo.
—¡Ah, lárgate! ¡Qué pesada eres!
Reí de nuevo y me despedí. Me detuve de golpe en lo alto de la escalera.
—... quiero hablar con ella.
—Ella no quiere hablar contigo. Creo que será mejor que te marches ya.
—No hasta que hable con ella.
—No. Y ahora lárgate de mi porche antes de que llame a la policía.
Lauren trató de entrar de todos modos, y mientras mi padre comenzaba a empujarla hacia fuera, se me escapó un ruido raro; no llegó a ser una palabra, sólo un extraño graznido que hizo que ambos se detuvieran y me miraran.
—¿Qué estás haciendo aquí? —pregunté a Lauren con los dientes apretados, y fui bajando la escalera, aferrada al pasamanos para no caerme con los finos tacones—. Lauren, ¿qué diablos estás haciendo aquí?
—Ya se va... —lo dijo con todo el tono amenazador de que un padre enfadado era capaz. E hizo que Lauren pasara su peso de un pie al otro; se sentía intimidada, o al menos, incómoda.
Me quedé mirando a Lauren, esperando a que me contestara. Y luego reparé en Ella de verdad. Llevaba un vestido blanco, unos tacones no mas altos que los mios y un fino dige verde colgando en su cuello haciendo que de algún modo lograban que pareciera muy sexy. El cabello oscuro casi se le metía en los ojos y parecía un poco despeinada y desarreglada... Pero eso la hacia lucir tan… ella por no decir perfecta. Se rascó la nuca, nerviosa.
—He venido a hablar contigo.
Suspiré y me volví a medias hacia papá.
—¿Nos dejas un minuto?
—De acuerdo —dijo después de un silencio. Apuntó a Lauren con un dedo amenazador—. Pero le pones un dedo encima y te juro...
—¡Papá! —exclamé con toda intención, e indiqué la cocina con un gesto de cabeza. Mi padre miró furioso a Lauren y luego se metió en la cocina. Podía oír la música de Brad, totalmente ajeno a lo que estaba pasando.
Miré a Lauren, que se había dado la vuelta y estaba saliendo por la puerta.
—¿Qué estás haciendo? Creía que querías hablar.
—Ya te lo dije, Camz. Lo voy a hacer bien.
Y cerró la puerta tras Ella. Me quedé mirándola confusa durante casi un minuto, totalmente perdida, y entonces sonó el timbre. Aún perpleja, abrí. Y ahí estaba Lauren, claro. Llevaba en la mano una pulsera floral hecha de calas y tenía una rodilla en el suelo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, riendo nerviosa.
—Camila Cabello, ¿quieres ser mi pareja en el Baile de Verano?
No pude evitarlo; de verdad que no pude. Me eché a reír. La vi frunciendo el cejo, así que me calmé y me mordisqueé el labio. En serio, ¿quién se hubiera imaginado a Lauren Jauregui, el supuesta donjuán adicta a la violencia, con la rodilla hincada en el suelo en la puerta de una chica para pedirle ser su pareja en un baile? Era tan surrealista que resultaba histriónico.
—¿Hablas en serio?
—Sí. ¿Vas a ser mi pareja?
Dudé. Quería decirle que sí, y que había sido un gesto muy dulce. Pero sabía que no debía hacerlo. Decirle que sí sería una decisión terrible. Me odiaría si lo hacía. Y me odiaría por decirle que no... Entonces, Ella se puso en pie y me miró sonriendo un poco, una de esas sonrisas maravillosamente raras y contagiosas que hacían asomar su hoyuelo en la mejilla izquierda.
—Vamos, Camz, dame un respiro. Lo estoy intentando, ¿no? Sé que he sido una completa estúpida y que te he hecho daño, y que he hecho y dicho un montón de cosas de las que me arrepiento, y... estoy tratando de compensarte. Por favor, ven conmigo al baile.
Me tendió la pulsera. Yo miré las hermosas y aromáticas flores, y luego de nuevo a Ella. Seguía sonriendo, con una esperanzada chispa en sus ojos verdes. No podía decir que no a ese rostro,parecía un pequeño cachorrito pidiendo por algo de beber ¿verdad?
—No..., no sé... —Me salió como un susurro—. No creo que sea una buena idea.
—Olvídate de lo que piensan los demás y lo que van a decir. ¿Qué quieres tú?
—No deberías..., quiero decir, no podemos...
—A la mierda con lo que hay que hacer. ¿Qué quieres tú?
La miré. Ah, mierda, sabía perfectamente lo que quería hacer. Pero mi cabeza se negaba a aceptarlo. Sabía qué debía hacer, qué era lo correcto, lo que todos los demás querían que yo hiciera.
—¿Camz? —me insistió mientras me ofrecía de nuevo las flores.
Respiré hondo y cerré los ojos un instante. Era el momento de la verdad. Ahora o nunca.

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Capitulo 118

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:37 am

Sería hacerlo contra todo lo que me decía mi instinto, y todo mi sentido común se rebelaba... Tendí la muñeca.
—Sí, Lauren, iré al baile contigo.
Soltó una risita de alivio.
—¿De verdad?
Asentí con la cabeza y la miré directamente a los ojos. Esbozó la mas hermosa sonrisa mientras sus ojos se iluminaban cada vez mas, se acerco a mi y me colgó la pulsera con el ramillete de la muñeca.
—¿Tienes una máscara? —le pregunté, negándome a escuchar mis obstinados pensamientos sensatos—. Es un baile de máscaras.
—Claro. —Puso los ojos en blanco con una leve sonrisita irónica, como diciendo: «¡Qué tontería!».
—Ah, vale.
Me sonrió de nuevo, y yo sólo pude devolverle la sonrisa.
—Debo de ser una completa idiota para aceptar ir al baile contigo.
Ella asintió.
—Sí. ¿Estás lista?
—Un segundo —dije. Dejé a Lauren en el umbral y fui a la cocina. Entré sigilosamente; era evidente que papá acababa de sentarse y coger la guía de la tele para simular que no nos había estado escuchando—. No te enfades —le pedí, esperando que no se sintiera demasiado decepcionado.
—No estoy enfadado, exactamente... Sólo que no creo que sea una buena decisión —repuso, negando con la cabeza—. Después de todo lo que has pasado con Chris...
—Lo sé —admití con nerviosismo—, pero...
Papá suspiró profundamente, se sacó las gafas y se presionó los ojos con los dedos.
—Hay un «pero». Genial. Justo cuando creía...
—Se ha puesto de rodillas para pedírmelo —expliqué—. Creo que está realmente arrepentida.
—Hum. —Era evidente que mi padre no opinaba lo mismo—. Eso, o sólo le interesa una cosa.
—Papá. Vamos. Sólo es un baile —repliqué sin alzar la voz—. Eso no significa que esté... No sé..., que volvamos a estar juntas o lo que sea.
—Que hayas aceptado ir con Ella dice mucho, Camz. Mira, haz lo que te parezca mejor, pero ten cuidado. No quiero que te hagan daño. O que te quedes embarazada, hablando claro —añadió con severidad.
—Sí, papá —repuse, como siempre hace la impaciente hija adolescente.
—Lo digo en serio, colega. Haz lo que quieras, haz lo que te parezca bien. No puedo impedírtelo. Pero realmente no creo que esto sea bueno para ti.
—No sé qué hacer. —Suspiré y me sentí como si volviera a tener siete años, no casi diecisiete. Así que hice lo que cualquier niña vulnerable haría: abracé a mi padre mientras le susurraba—. No sé qué hacer.
El me devolvió el abrazo.
—Ya lo averiguarás.
—Eso espero.
Soltó una risita y me miró de arriba abajo.
—Mírate, Camz. ¿Cuándo ha crecido mi pequeña?
Le sonreí. —Estás estupenda. Y ya te aclararás con todo esto, sé que lo harás.
—De verdad que Lauren me hace feliz, papá.
Esbozó una cansada sonrisa, una sonrisa que, de repente, lo hizo parecer mucho mayor. Yo le devolví otra media sonrisa y regresé al vestíbulo, donde Lauren me estaba esperando, un poco nerviosa. No me di cuenta de que mi padre iba detrás de mí hasta que habló.
—Muy bien... Bueno, supongo que si vas a llevar a mi niña al baile, tendré que hacer fotos. — Cogió la cámara y me hizo un gesto para que me pusiera junto a Lauren.
Me acerqué a Ella con una sensación de incomodidad. Lauren me acercó más a su lado y me rodeó con el brazo. Al instante me sentí más tranquila. Me resultaba familiar. Agradable. Papá hizo un par de fotos.
—Y ahora escúchame. No me gusta demasiado nada de esto, pero si es lo que Camz quiere, me aguantaré... por ahora. Pero haces algo, y me refiero a lo que sea, que le haga daño, y, chica, lamentarás haber puesto el pie en esta casa. ¿Lo entiendes?
—Sí, señor —contestó Lauren, sorprendentemente sincera y educada.
—Muy bien. Entonces, divertíos.
—Adiós, papá —me despedí. Le lancé una sonrisa tranquilizadora y, en respuesta, El se encogió de hombros, dubitativo. Cerré la puerta, y Lauren, aún rodeándome la cintura con el brazo, me acompañó por el camino de entrada.
—Espera —le dije parándome—. ¿Sabe Chris algo de esto? ¿Se lo has dicho?
—No. ¿Por qué? ¿Tanto importa? Díselo después. —Pero miró al suelo mientras decía esto último.
—Bueno, se supone que van a pasar por aquí, ahora mismo, con la limusina...
—Envíales un mensaje y diles que te adelantas. O que ha pasado algo y que te encontrarás con ellos más tarde allí. No lo sé. Diles que estás conmigo, si es lo que quieres.
—Les diré que he tenido un problema con el maquillaje. —Lo había decidido ya, y le envié un mensaje a Chris.
«Acaban de salir de casa de Troy. Gracias por el aviso. Nos vemos allí.» Eso era lo maravilloso de que mi mejor amigo fuera un chico: nada de compasión, nada de mensajes preocupados preguntándome si necesitaba ayuda o qué había pasado. Sólo lo aceptaba sin cuestionarlo.
Me sentí horrible por mentirle, aunque sólo fuera en un mensaje. Tenía la terrible e inquietante sensación en el estómago de que todo estaba comenzando de nuevo: las mentiras, el esconderse, la
traición... Y lo peor era que lo estaba haciendo por voluntad propia, sin pensármelo dos veces. Pero no podía enviarle un mensaje diciéndole: «No te molestes en recogerme. Voy al baile con Lauren».
Sí, claro. Se lo tenía que decir cara a cara. Hacérselo entender. Explicárselo todo. Ésa era la única manera. No más mentiras. Era lo mínimo que podía hacer. Se merecía más que un mensaje de texto o una llamada. Por un momento me pregunté qué estaba haciendo Lauren cuando fue hacia el lado del copiloto. Seguro que no iba a dejarme conducir. No dejaba a nadie tocar su coche. En eso Chris era casi tan malo como Ella: tampoco me dejaba conducir su coche. (De verdad, una rayadita de nada en el coche de mi padre con un buzón y estoy marcada de por vida.) Pero lo que Lauren hizo fue abrirme la puerta. Era un gesto tan lindo y poco usual que me pregunté si los ojos me funcionaban bien.
—Gracias... —le dije, sin estar muy segura, mientras me metía en el coche. Ella cerró la puerta detrás de mí antes de entrar, luego puso el motor en marcha y nos dirigimos hacia el Royale.
Era un viaje de unos veinte minutos, y yo no tenía ni idea de cómo llenar ese tiempo sin cosas que nos resultaran incómodas a las dos. Pero sí que tenía una pregunta para la que necesitaba una respuesta.
—Entonces, ¿qué hacemos? Sólo presentarnos allí esta noche y dejar que todos sepan que estamos..., estamos... como sea que estemos? —No quería decir «saliendo» por si Ella no pensaba que fuera así.
Lauren suspiró.
—Mira, voy a dejarlo todo claro, Camz. Las cartas sobre la mesa. Me gusta estar contigo, realmente me importas, más de lo que deberías. Así que... no quiero volver a perderte. Estoy tratando de compensarte, pero lo entenderé si prefieres que esto siga siendo... informal o lo que sea.
—¿Y...?
—Y lo que estoy tratando de decir es... que supongo que tú decides—.El corazón me latía con tanta fuerza que casi ni oí el resto de lo que dijo. —Si tú, ya sabes..., quieres salir...,ser una ¿pareja?...
Me la quedé mirando; desde los ojos, que tenía clavados en una señal de stop, hasta los dedos, con los que sujetaba el volante. Se le veía..., bueno, no había otra palabra para describirla: vulnerable. Me contó que nunca había tenido una novia, sólo ligues, porque las chicas no querían salir con alguien que se metía en peleas. Y yo no culpaba a ninguna de esas chicas. Pero... no se podía negar: Lauren tenía un lado realmente dulce y cariñoso. Como lo de aparecer en mi puerta esa noche o abrirme la puerta del coche.
«Chris me va a odiar por esto...» Pero no dije eso.
—Primero tengo que hablar con Chris. No puedo lanzarle esto encima como una bomba.
No lo dije con todas esas palabras, pero incluso así, a Lauren le brillaban los ojos cuando me miró. Una sonrisa... no de medio lado o irónica, sino una verdadera sonrisa, le jugueteaba en la comisura de los labios.
—¿De verdad?
—De verdad, de verdad.
Ambas sabíamos cuál iba a ser mi respuesta. Pero necesitaba asegurarme de que no iba a perder a mi mejor amigo. Ningún tío o tía, ni siquiera Lauren, valía eso. Y Lauren lo entendió cuando le dije que tenía que contárselo a Chris primero. No tuve oportunidad de decir nada más, porque se inclinó para darme un corto beso en los labios antes de que cambiara el semáforo. Fue demasiado rápido para mi gusto, pero aun así hizo que el corazón se me desbocara.
Su mano encontró la mía, y nuestros dedos se entrelazaron. Me resultaba tan natural y fácil, como si encajáramos perfectamente, a pesar de que todo en nuestra personalidad y hábitos podría sugerir lo contrario. El resto del viaje lo hicimos en silencio. Excepto que no era un silencio incómodo, uno en el que te preguntas si debes iniciar una conversación. Era un silencio agradable. De esos en que lo que disfrutas es la compañía. Ya no estábamos lejos del Royale. Había bastante tráfico, gracias al camión de bomberos, los dos coches de policía, el puñado de limusinas, los coches grandes y los Rolls-Royce, y los dos o tres carruajes tirados por caballos, por no hablar de la gente que se había presentado en sus coches de siempre.
—Entiendo lo de las limusinas —dijo Lauren—. Pero ¿los carruajes? Es una locura. Tampoco es que los premios MTV se vayan a entregar aquí. Eso es tirar el dinero.
Me reí al oírla, porque había pensado más o menos lo mismo. Me alisé el vestido y saqué un pequeño estuche de maquillaje para retocarme el pintalabios. Me volví hacia Lauren, porque sentía su mirada sobre mí.
—¿Qué?
—Nada.
—No, en serio, ¿qué pasa? —insistí mientras me miraba en el espejito, demasiado pequeño, preguntándome si tendría pintalabios en los dientes.
—Nada. Estás muy guapa.
—Oh. Gracias. Eh, es curioso cómo tu collar hace conjunto con mi vestido.
Ella se miro, como si necesitara una confirmación visual.
—Bueno, sí. Recordé que me habías dicho que tu vestido era verde, y ésta fue el único collar verde que pude encontrar en las tiendas que no estuviera cubierta de palmeras.
Mi reflejo me sonrió mientras continuaba retocándome el maquillaje.
—De verdad, Camz, guarda eso. Ya estás fabulosa.
Fabulosa... No podía dejar de sonreír.
—¿De verdad?
—De verdad, de verdad —rió Ella. El tráfico comenzó a moverse, las limusinas habían ido desapareciendo y avanzamos lentamente unos cuantos metros más.—Eh, mira, ahí está tu limusina.
Me volví y miré hacia donde me indicaba. Una limusina negra estaba parada ante las puertas del Royale, y reconocí a Crish al instante, con Rachel del brazo, y los otros que bajaban tras Ella. Con todos enmascarados resultaba bastante complicado decir quién era quién. Era fácil confundirlos con otra persona. Además, muchos de los chicos llevaban máscaras muy sencillas que se parecían mucho. Quizá nadie (excepto Chris, claro) nos reconocería a Lauren y a mí juntas. Tal vez no me rodearían hordas de chicas queriendo saber por qué me había presentado con Lauren Jauregui. Esperaba que no me reconocieran. La noche sería mucho más fácil. Nos paramos ante el hotel, donde un aparcacoches nos esperaba. Salí del coche, pero no antes de que Lauren se hubiera apresurado a abrirme la puerta. No me había fijado en que se había colocado la máscara; era negra con tachuelas de metal grises en el borde superior y le cubría la mitad de la cara.
El aparcacoches cogió las llaves que le entregaba Lauren mientras éste me rodeaba la cintura con el brazo y me llevaba hacia la puerta. Pude notar que la gente ya nos miraba e intentaba descubrir quiénes éramos. Y ni siquiera habíamos llegado a la sala de baile. Tenía un nudo en el estómago, y noté que se me aceleraba la respiración.
—Cálmate —me susurró Lauren al oído, y su aliento me hizo cosquillas—. Todo irá bien, te lo prometo.
—Oh, espero que tengas razón..

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Capitulo 119

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:38 am

Una pequeña cola de parejas se había formado a la espera de que les hicieran una foto bajo el magnífico arco de flores que se había instalado contra la pared de la sala de baile. Lauren me llevó a la cola, y yo le sonreí. Parecía que, después de todo, sí que iba a tener fotos con mi pareja.
Las delicadas arañas de cristal cubrían la sala de un resplandor cálido y hacían saltar destellos del dorado que decoraba las paredes, las columnas, el techo. El suelo de mármol estaba salpicado de las sombras de la gente que bailaba. El techo formaba una alta cúpula, y ante una pared había una barra de bar. Pequeñas mesas redondas con un mantel blanco y centros de mesa florales se alineaban alrededor de la pista, y la banda tocaba sobre un pequeño escenario al fondo del local.
En resumen: era perfecto. Increíble e impecablemente hermoso. Me sentí bastante orgullosa de mí misma por sugerir el arco de flores para las fotos; era de lo más romántico.
—Es increíble, ¿no crees? —le dije a Lauren sonriendo.
—Sí —reconoció Ella, mirando alrededor igual que yo.
—Siguientes —dijo el fotógrafo, y nos pusimos bajo los focos. Estaba un poco incómoda, consciente de que la gente nos miraba. Claro que, en realidad, sólo miraban porque nos estaban haciendo una foto. En treinta segundos toda la atención estaría centrada en la siguiente pareja. Pero en ese momento yo estaba esperando que alguien gritara: «¡Oh, Dios mío! ¿Camz y Jauregui?».
—Eh, relájate —me susurró Lauren al oído, y yo pegué un pequeño bote, sobresaltada.
—Perdona. Estoy un poco... nerviosa.
Ella me dedicó esa estupenda sonrisa sexy, lo que me relajó un poco.
Así que me volví hacia el fotógrafo y Lauren se quedó detrás de mí, rodeándome la cintura con ambos brazos, y los míos sobre los de Ella. Sonreí a la cámara, y el flash casi me cegó, entonces...
—Siguientes.
Y ya dejamos de ser el centro de atención; así de fácil.
—¿Tienes sed?
—Humm, s...sí.
—Iré a buscar algo de beber.
—Vale.
No hacía ni cuatro segundos que Lauren se había alejado de mí cuando ya tenía al otro hermano Jauregui delante... Mierda. ¿Me habría visto con Lauren? ¿Nos había visto alguien juntos? No parecía enfadado, pero... Me bajó la máscara.
—Hey, aquí estás.
Sonreí.
—Hola, Chris.
—¿Problemas de maquillaje resueltos? -- Por dentro respiré aliviada. No nos había visto...
—Sí, gracias. Todo va bien.
—Asombroso. ¿Vienes a sentarte a nuestra mesa o te vas a quedar aquí sola? -- Vacilé un momento.
—Chris, tengo que contarte...
—¿Es Camz? —Alguien me cogió del hombro y me hizo volverme. Una rubia enmascarada me sonrió—. ¡Ya pensaba que eras tú! Bonito vestido, por cierto. Hola, Chris. Escucha, Camz, hay un problema con la comida, y Ally me ha pedido que te buscara. Algo referente a la comida vegetariana y unos frutos secos...
—No, no, dijimos que nada de frutos secos, porque Jon Fletcher es alérgico.
—Lo sé. Pero Ally me ha dicho que te buscara...
—Pero yo no estaba al cargo de la comida. —Era cierto, sólo había ayudado un poco.
—Lo sé —repuso ella. Estaba casi segura de que estaba hablando con Bea, porque su voz era un poco nasal. Irritada, como en ese momento, aún sonaba más nasal. Sí, sin duda era Bea—. Pero Ally me ha dicho que te buscara porque Gen está histérica.
Suspiré.
—Claro. Vale.
—¡Genial! Vale, ve por esa puerta lateral junto al escenario de la banda, y hay una puerta que da a la cocina a medio camino del pasillo.
—Chris, vuelvo en seguida. Pero no desaparezcas... Tengo que decirte algo —le informé.
—De acuerdo. —Y me deslicé entre la gente.
Seguí las indicaciones de Bea y, después de equivocarme de puerta un par de veces, encontré la cocina, donde Ally y Gen estaban discutiendo, en parte, con el chef, pero sobre todo entre ellos.
—Deberíais haber especificado que había alguien alérgico a los frutos secos... —decía el hombre, enfadado.
—¡Lo hicimos! —casi gritó Gen.
—¿Estás totalmente segura, Gen? —Ally se había subido la máscara a la cabeza y parecía furiosa.
—¡Estoy segura! ¡No me hubiera olvidado de decírselo, Ty! —Se volvió hacia mí, con los ojos enloquecidos, desesperada—. ¡Camz, díselo!
Suspiré y miré al chef.
—¿Es que no puede hacer un plato vegetariano que no tenga frutos secos? ¿Sólo uno?
No pareció nada impresionado, pero finalmente conseguimos convencerlo, y sin tener que pagar extra por la cena de Jon. Cuando salí de la cocina no tenía ni idea de dónde estaban mis amigos. O mi pareja. Todo el mundo bailaba o estaba en grupitos por las mesas. Con los chicos en esmoquin y máscaras que les ocultaban el rostro había poca diferencia entre ellos. Busqué a Chris durante cinco minutos completos antes de rendirme. Sabía que Rachel llevaba un vestido de color lila largo hasta el suelo con un lazo violeta, pero ni siquiera pude encontrarla a ella. Fui a apoyarme contra una pared en la que había algo de espacio libre y suspiré. La cena se serviría en cuarenta minutos, y yo no pensaba pasarme todo ese tiempo sola. ¿Por qué habíamos decidido que sería un baile de máscaras? Olvídate de guay, chic y divertido. Era simplemente un fastidio. Alguien se puso a mi lado.
—Hola, tienes pinta de necesitar esto. —Quien fuera me puso un vasito de ponche en la mano.
—Gracias... —Fruncí el cejo, tratando de descubrir de quién se trataba. La música era lo suficientemente fuerte como para hacer las voces indistinguibles.
Mi salvador se levantó la máscara el tiempo suficiente para que yo exclamara: «¡Cam!», y se la volvió a bajar.
—¿Quién creías que era? —rió.
—Peter Parker. Bueno, al menos eso esperaba.
—¿Maguire o Garfield?
—Garfield.
—Lamento decepcionarte. Sólo he sabido que eras tú porque antes te he visto hablando con Chris. Estás muy guapa.
—Oh, gracias. —Sonreí—. Tú también. ¿Cómo estás?
—Estoy bien. Por cierto, ¿te he visto llegar con alguien?
—No..., no creo...
«Odio mentir.»
—Oh. Entonces, debe de haber sido a otra. Bueno, será mejor que vayamos a reunirnos con los demás. Sólo he ido a buscar algo de beber, pero tú parecías muy sola aquí. Además, no podía encontrar a nadie con estas malditas máscaras.
—Yo ya dije que era estúpido.
—¿Y qué estás haciendo sola?
—No he podido encontrar a nadie. —Me reí, usando su propio comentario.
—Excusas, excusas... Vamos, creo que aún siguen por allí. —Seguí a Cam a través de la masa de adolescentes bailando enmascarados; lo agarré del brazo para no perderlo. Todo el rato estuve mirando alrededor, pero no tenía ni idea de dónde pararía Lauren.
Pronto encontramos a los otros. Las chicas estaban todas muy guapas, claro. Y los chicos tampoco estaban nada mal. Chris había encontrado una corbata que hacía perfecto juego con el vestido de Rachel, pero la Mayoria de los otros chicos se habían decidido por el negro. Sin embargo, Cam había hecho el esfuerzo de intentar que la suya hiciera juego con el vestido de Dinah, excepto que había escogido algo escarlata cuando el vestido era más tirando a burdeos.
Chris y Rachel hacían muy buena pareja.
—No estás mal, ¿verdad, Camz? Lo digo por haber venido sola —dijo Alex. Un comentario bastante desafortunado, pero Alex era así, por lo que no le di más importancia.
—No —contesté—. Estoy bien.
—Juraría que te he visto entrar con alguien y hacerte una foto—aseguró Bridget, la pareja de Alex.
—No, no era ella; ya se lo he preguntado —contestó Cam por mí.
—Oh. Qué raro. ¡Ves, con todo el mundo con esas malditas máscaras no puedo decir quién es nadie!
La conversación fluyó animada e insustancial. Yo no paraba de mirar buscando a Lauren, pero no la veía por ninguna parte. Bailé con las chicas un rato, y luego con Cam y también con Chris. Cody se acercó y tocó a Crish en el hombro. Sólo lo reconocí por el piercing en la lengua, que destelló bajo la luz cuando habló.
—¿Puedo robártela?
—Tú mismo —repuso Chris. Le hizo una floreada reverencia, y luego se fue donde los otros estaban bailando. La música acababa de cambiar a algo más lento, una versión acústica de alguna canción pop.
—Hola, Cody.
—Hola, Cami. —Sonrió—. Por cierto, espero que no te importe que te robe este baile.
Reí.
—No te preocupes.
—Esta noche estás realmente guapa —comentó—. Lamenté oír que no tenías pareja.
Gruñí exageradamente.
—¿Es que lo sabe todo el mundo?
El se encogió de hombros, riendo conmigo.
—No te preocupes. Sólo es porque Jauregui ha espantado a todos los chicos, ¿vale? Pero nadie la ha visto; te pasarás la noche bailando, robando las parejas de las otras chicas.
—¿Con quién has venido tú?
—Amy. Amy Johnson.
Asentí.
—Guay. Pero ¿no le importará que bailes conmigo?
—No. No te preocupes. ¿Y qué tal te va? No te veo mucho fuera de clase de química.
—Bien, supongo. ¿Y a ti?
—Lo mismo de siempre.
Nos reímos ante el incómodo silencio que siguió, y luego charlamos desenfadadamente sobre la banda y lo bonito que estaba todo hasta el final de la canción, cuando rechacé la propuesta de Jason para bailar el siguiente tema con la excusa de que tenía que ir a «buscar a Chris». Lo que realmente pretendía hacer era encontrar a Lauren. Y tal vez la hubiera encontrado si de repente no se hubiera comenzado a sentar todo el mundo para cenar. Me puse de puntillas y retorcí el cuello buscándolo.
—¡Mila, Cami! —Miré alrededor—. ¡Aquí! —Chris agitaba la mano para que me uniera a ellos.
Sonreí, aunque me sentía más como para hacer una mueca, y me metí entre la gente para ocupar mi sitio. En la mesa quedó un sitio vacío, claro; estaba preparada para cinco parejas, y teníamos a Alex, Troy, Chris y Cam con sus respectivas parejas, y luego estaba yo con una silla vacía a mi lado. Rogué por que Lauren me viera y viniera a sentarse a mi lado.
—¡Jauregui! Ven para aquí, tía... —Oí el marcado acento de Brooklyn de Andy, uno de los jugadores de fútbol americano, que llamaba a Lauren para que se sentara a su mesa, donde había una mezcla de chicos y chicas; nadie estaba sentado junto a su pareja y quedaba un asiento libre.
Ella comenzó a ir hacia allí y me fijé en que llevaba la máscara en la mano. Abrió la boca para decir algo, pero una de las chicas se puso en pie de un salto, toda excitada, y comenzó a tirar de Ella. Lauren estaba recorriendo la sala con la mirada, y me vio justo cuando la estaban haciendo sentar. Intercambiamos una mirada de impotencia; una que nos decía que estábamos obligadas a quedarnos en esas mesas. Supuse que, en cierto modo, era una suerte, ya que aún no había podido decirle nada a Chris. Pero iba a hacerlo. No iba a permitir que fuera como la vez anterior. Si no hubiera tenido que ayudar con la crisis de la comida, o si no me hubieran pedido para bailar... Y ahora Lauren se veía obligada a sentarse separada de mí. Y aún no le había dicho nada a Chris.
Los hados estaban en nuestra contra (ok no), pero no iba a dejar que eso me detuviera, no esta vez. Intenté dejar de lado todos esos pensamientos. Ya me ocuparía de ello más tarde. En ese momento quería disfrutar de estar con mis amigos. De todas formas, eso era más fácil de decir que de hacer. Me resultaba difícil no volverme para mirar a Lauren, y estaba distraída. No les pasó desapercibido. Unos dedos chasquearon ante mi nariz y se me cayó el tenedor del sobresalto.
—¡Tierra a Cami! ¿Qué te pasa?
—Nada —le contesté a Chris tan inocentemente como me fue posible. También me obligue a sonreír—. No pasa nada.
—No me engañes. ¡Oh, eso me recuerda...! ¿Qué era lo que me querías decir antes? Ya sabes, antes de que te arrastraran a la cocina.
Tragué saliva.
—Humm, n...nada muy serio.
—Oh, vale, de acuerdo. Perdonadme un minuto, chicos. —Chris se puso de pie y me arrastró con El.
El corazón comenzó a golpearme dentro del pecho y se me humedecieron las palmas de las manos.
—Mila, ¿qué está pasando? —preguntó Rachel.
—N...nada... —mascullé, y ella me miró preocupada.
Chris me sacó por la puerta más cercana a la mesa y pasamos al vestíbulo del hotel.
—En serio —dijo, mientras cruzaba los brazos con severidad—. ¿Qué es?
Tragué saliva, toqueteando el ramillete que llevaba en la muñeca.
—Bueno... Prométeme que me escucharás hasta el final, ¿vale? No te enfades ni te vayas. Sólo escúchame. ¿Por favor?
—De acuerdo —contestó preocupado, y pareció que se preparaba para oír malas noticias.
—Lo de antes no ha sido un problema de maquillaje —comencé, y El decidió interrumpirme con una carcajada de alivio.
—¿Y entonces qué ? ¿No querías ser la única en la limusina que estuviera sola? Mila, por un momento he pensado que ibas a decirme que te habías vuelto a liar con Lauren.
Me mordí el labio.
—Ha venido. Antes. Ha aparecido en mi puerta. Por eso te dije que tenía un problema de maquillaje.
—¿Y qué quería? —preguntó Chris con el cejo fruncido.
—Quería... —Oí pasos detrás de Chris y alcé la mirada. Lauren me miró directamente. Cogí a Chris por el codo. No quería que se volviera y comenzara a hacer una escena por nada—. No te cabrees, Chris, prométemelo. Pero dijo..., dijo que estaba tratando de compensarme, y..., y...
—Hola, chicos, ¿qué pasa?
En aquel momento podría haber matado a Lauren. ¿Acaso no podía dejarme explicárselo a Chris sin meterse por medio? Ahora Chris reaccionaría mal, o Lauren retorcería las cosas sólo para hacerlo cabrear, y...
—¿Qué estabas haciendo al presentarte en casa de Camila? —exigió saber Crish—. ¿No crees que ya has hecho suficiente?
—Por eso he ido —contestó Ella. Sus ojos verdes se clavaron en los míos—. He tratado de que me perdonara.
—Chris, me trajo un ramillete y todo —apunté yo.
—No me importa —exclamó mientras se volvía hacia mí—. Cami, se portó como una perra contigo. Te dejó en la estacada cuando me enteré de lo vuestro y no podía haberte apoyado menos.
—No fue así —intervino Lauren, ceñudo—. Y tú lo sabes, Camz. Intenté llamarte, pero...
—Eso no cambia nada, Lauren —le soltó Chris—. Lo cierto es que no estabas allí cuando ella te necesitaba de verdad. No intentaste aclarar las cosas. La dejaste que cargara con todo mientras te largabas con esa maldita moto tuya. Hiciste que me mintiera, que mintiera a su padre, y ¿para qué? ¿Para divertirte un poco? ¿Por algo de acción?
—Chris...
—¿Por qué no se lo preguntamos a ella, eh? ¿Por qué no vemos lo que quiere Camz? —dijo Lauren, con el tic del mentón disparado.
Me observaron, expectantes. Miré a Lauren. Lo único que tuve que hacer fue mirarla, y Chris suspiró, derrotado.
—Camila, de verdad, ¿crees que eso es lo mejor que...?
—Lauren —lo interrumpí—, ¿crees que nos podrías dejar un minuto?
Ella se encogió de hombros.
—Claro. —Se apartó un par de metros y se apoyó en la pared.
Me volví hacia Chris y bajé la voz.
—Sé que crees que es una estupidez y una temeridad, pero... quiero estar con Ella. Tengo la sensación de que es lo que debo hacer.
Chris torció la boca, pensativo. Podía ver las ruedas girando en su mente.
—Si sólo os estáis enrollando... Quiero decir, siempre te he visto como la clase de chica que busca compromiso más que un rollo. Me preocupo por ti, Mila.
Le sonreí, tranquila, mientras le cogía la mano y se la apretaba.
—Sé que lo haces. Y esta vez lo vamos a hacer bien —repetí lo que Lauren había dicho antes.
—¿Como en...?
—Quiere decir que estamos saliendo —intervino Lauren, su voz era lo suficientemente alta como para que la oyéramos.
Yo me sonrojé, miré al suelo antes de volver a mirar a Chris, que tenía las cejas subidas al máximo.
—Con tu aprobación —añadí—. Sólo si a ti te parece bien.
—Espera, ¿esto va en serio? ¿De verdad?
Asentí.
—Sí —contestó Lauren, que se había vuelto a acercar—. ¿Por qué? ¿Tienes algún problema con eso, hermanito?
Chris no la miraba; tenía los ojos clavados en mí, y se le formaron unas pequeñas arrugas en el rabillo cuando esbozó una leve sonrisa.
—Si alguna chica era capaz de cambiarla... —Su voz sonaba un poco tensa. No le gustaba mucho la idea, pero la estaba aceptando.
—Me vuelvo adentro antes de que las cosas comiencen a parecer sospechosas. Te veo luego, Camz.—Lauren asintió con la cabeza antes de volver a entrar. Respiré hondo, sin estar muy segura de lo que Chris podría decir ahora que Lauren no lo oía.
—Y tú dijiste que Ella nunca cambiaría —comenté bromeando, y le tiré cariñosamente del brazo. Chris no se rió. En vez de eso, suspiró profundamente y se apretó el puente de la nariz entre el índice y el pulgar durante un segundo antes de hablar. Siempre hacía eso cuando estaba triste: como en el funeral de su abuelo, o cuando su perro, Patches, murió cuando teníamos diez años.
—Pero ¿de verdad eres feliz, Mila? Sé cómo es Lauren. ¿Estás segura de que no te ha liado con palabrería? Tú también sabes cómo es. ¿Eres realmente feliz con Ella?
—Lo soy —le contesté—. Y sé que pensarás que soy una tonta, y chorra y cursi por decirlo, pero me hace sentir bien por dentro. Es como..., como si no importara lo que pase en mi vida, porque cuando estoy con Ella puedo olvidarlo todo. Puedo disfrutar de estar con Ella y ser feliz. Soy feliz, Chris. Y sé que es estúpido, porque probablemente se tendrá que acabar cuando se vaya a la universidad, pero...
Dejé la frase colgando, sin saber qué más decir. No encontraba las palabras para explicarle lo que sentía por Lauren; sólo esperaba que Chris intentara entenderlo.
«Bueno, el corazón quiere lo que el corazón quiere.» Excepto que ése no era un asunto del corazón. Porque yo no la amaba. Claro que no. Eso sería ridículo. No. Definitivamente no la amaba.
—Entonces..., ¿estás tratando de decirme que estás enamorada de Ella?
—¡No! No..., para nada —insistí. Debería haber sabido que Chris llegaría a esa conclusión. Si yo estuviera enamorada de Lauren eso sería una explicación razonable de por qué volvía con Ella, pero no lo estaba. Sin duda no lo estaba.
—Oh. —Su rostro tenía una expresión de lástima que yo no llegaba a entender. Como si El supiera algo que yo no.
—Chris, ¿qué...?
—Mira, no estoy de acuerdo con esto, Mila. Te hizo mucho daño, y no creo que esto vaya a acabar bien. No es buena para ti. Pero si es lo que de verdad quieres..., estaré ahí para recoger los trozos después, ¿vale?
Le sonreí. No fue una gran sonrisa, pero era sincera, y reflejaba perfectamente la de Chris.
—¿De verdad? ¿No estás cabreado conmigo?
—No, Mila... —Sonrió burlón—. Si es lo que tú quieres, yo estaré ahí al final. Siempre estaré contigo.
Abracé con fuerza a mi mejor amigo.
—Muchas gracias, Chris —le susurré.
El me apretó también.
—Ya te dije que acabarías haciéndome hablar como una tía.
Me eché a reír.
—Te quiero —murmuré en voz baja.
—Sí, y yo a ti. —Se apartó y me sonrió de nuevo—. Vamos. No vayamos a perdernos el postre. Quiero mi pastel de queso, y si no estoy ahí, Troy seguro que me lo roba.
Riendo, lo seguí hasta la mesa.
—¿Va todo bien, chicos? —Cam me miraba preocupado.
—¿Seguro que estás bien, Camz? —preguntó Troy.
Pillé a Rachel preguntando a Chris sólo con los labios: «¿Tu hermana?». El asintió como respuesta y le ofreció una especie de mirada impotente. En su rostro vi que lo entendía, y me sonrió como animándome. Me volví hacia la mesa de Lauren. Ella se reía por algo que uno de los chicos había dicho, pero me estaba mirando a mí. Al verme, me guiñó un ojo antes de volverse.
—Sí —dije sonriendo—. Todo es perfecto.
Y en ese momento, realmente lo era.

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Capitulo 120

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:39 am

—¡Por favor, un momento de atención!
Al instante se hizo el silencio entre la mezcla de cuerpos danzantes. Yo había estado bailando con las chicas durante los últimos veinte minutos, pero por mucho que intentaba escabullirme, no conseguía que me dejaran ir. Siempre querían bailar un poco más, o empezaban una conversación interesante. La única vez que había conseguido escaparme para «pillar algo de beber», no había visto a Lauren por ninguna parte. Y en ese momento Ella estaba sobre el escenario, delante del micro, en el lugar del cantante.
Y todo el mundo estaba en silencio. Todos los ojos puestos sobre Ella.
—¡Por favor, un momento de atención!
No habría podido explicar por qué, pero el corazón se me aceleró y casi no podía respirar. No tenía ni idea de lo que Lauren estaba haciendo delante de todo el mundo, pero mi cuerpo reaccionó con ansiedad, como si supiera que algo iba a suceder. Se sacó la máscara para que no hubiera ninguna duda de que era Ella. Tragué saliva. ¿Qué diablos estaba haciendo?
—La única razón por la que estoy aquí arriba esta noche es porque estoy tratando de demostrar a alguien que de verdad lo lamento. Veréis, hay una chica. Y no me la puedo sacar de la cabeza. Hice las cosas mal y estoy tratando de compensarle. Así que... ¿Camz? ¿Dónde estás?
Todo el mundo se volvió, al unísono, para mirarme. Incluso con la máscara puesta todos supieron dónde encontrarme. Jugueteé con los dobleces de la tela de mi vestido y miré a Lauren, furiosa, a través de la máscara.
—¿Se puede tener un foco por aquí? —preguntó Lauren, señalándome, y oí su tono provocativo. De algún modo, alguien encontró un foco para cegarme. Entrecerré los ojos y alcé una mano para protegerme.
—Perfecto, gracias. Bueno, Camz, aquí me tienes diciéndote que lo siento. ¿Chicos? —Se volvió hacia la banda, que comenzó a tocar. No era una canción lenta, tenía un ritmo bastante fuerte. La reconocí al instante.
I Really Want You , de Plain White T’s. Una de mis canciones favoritas. No era para nada la manera de Lauren de confesarme su amor... Mierda, si ni siquiera la cantaba Ella; lo hacía la banda. Saltó del escenario, micrófono en mano, y atravesó la multitud, que se apartó a su paso, directo hacia mí.
—Aquí se acaba tu reputación —le dije en voz baja, riendo.
—¿Y crees que me importa?
Me mordí el labio.
—Pero...
Antes de que le pudiera preguntar por qué, me interrumpió, y habló por el micrófono aprovechando un momento instrumental de la canción.
—¿Quieres ser mi novia, Camz?
Me sonrojé bajo la máscara. Hasta aquel momento no me había fijado en la otra gente que estaba en la sala, Ni oído los murmullos mientras Lauren hablaba desde el escenario. Pero en ese instante, las voces se me dispararon como un cañón de confeti en un espectáculo de animadoras.
—¡Di que sí!
—¡Oh, Dios mío, qué mona!
—¡Qué suerte tiene Camila!
—¡Mírala! ¡Es tan guapa!
—¡Di que sí, Cami!
Todo el mundo estaba pendiente de mí. Mi mirada iba de la gente a Lauren, que me observaba tranquilamente, con una leve sonrisa al ver la mucha vergüenza que había conseguido hacerme sentir.
—¿Entonces? ¿Vas a ser mi novia, Camila Cabello?
Me mordisqueé el labio, pero no había manera de que pudiera contener la sonrisa de oreja a oreja que se apoderó de mi rostro.
—Oh, mierda, claro.
Ella rió por lo bajo, pero ése fue el único sonido que yo oí, nada de los gritos de ánimo o los silbidos o los pitidos o los abucheos. Sólo su risita. Lauren le pasó el micro a alguien, y se lo fueron pasando de mano en mano hasta devolverlo al escenario, pero yo no prestaba atención. La música cambió a una canción lenta, y en seguida las parejas comenzaron a bailar. Quién estuviera manejando el foco por fin dejó de apuntarme. Lauren me rodeó con los brazos y yo le colgué las manos del cuello.
—Eso ha sido muy mono —le dije, a sabiendas de que no le gustaba que lo unieran de ningún modo a la palabra “mono”. Al instante, hizo una mueca.
—Aag. No me llames mono.
—Perdona. Quería decir sexy. Muy sexy.
Sonrió.
—Acabo de hacer el ridículo por ti, Camz. Espero que lo reconozcas.
—Oh, sí, lo reconozco —reí—. Pero no tenías por qué hacerlo.
—Lo sé, pero quería hacerlo. Ya te he dicho que esta vez voy a hacer las cosas bien. Y tengo mucho que compensarte. —Me hizo rodar y me reí tontamente, luego me apretó contra Ella incluso más que antes. La piel me cosquilleaba donde me tocaba, y podía haber estado así, en sus brazos, durante horas.
—Y bueno, ahora que somos novias, ya sabes, oficialmente, puedo decirte algo sin sonar como una completa idiota.
—¿Oh?
El corazón se me disparó, y Ella se inclinó para susurrarme al oído. «No lo digas no lo digas no lo digas.» «Dilo, dilo, dilo.» «No lo digas no lo digas no lo digas.»
—Me gustas mucho, Mila.
Algo me recorrió por dentro... Alivio, seguro. No decepción. Definitivamente no era decepción. Le sonreí.
—Tú también me gustas.
Ella se inclinó lentamente para besarme. No era el beso apasionado que solíamos compartir. Nada parecido. Pero aunque fue un beso suave e íntimo, seguía teniendo todos los fuegos artificiales y toda la intensidad. Me aparté yo primero.
—Lauren... nos está mirando todo el mundo —mascullé con el rostro ardiendo.
—¿Y?
Me mordisqueé las mejillas por dentro.
—Es... raro. Además, algunas de esas chicas me van a hacer un agujero en el cuerpo por la forma en que me están mirando.
—Dímelo a mí. Algunos de los chicos parecen dispuestos a arrancarme la cabeza.
—¿Qué? -- Me miró como si yo fuera estúpida.
—Estoy aquí con la chica más guapa del lugar. ¿No te parece que están un poco celosos? -- Volví a sonrojarme.
—De verdad, Camz, créeme. Eres muy hermosa.
Esta vez, el rubor fue acompañado de una gran sonrisa. Nunca, nunca me hubiera imaginado a Lauren Jauregui empleando la palabra «hermosa» para describir a una chica. Sonaba muy raro viniendo de Ella, pero de una buena manera, de la mejor manera.
—Te he hecho sonrojar... —se burló en una cantinela mientras me rozaba la mejilla con los labios. Le di una palmada en la espalda.
—Cierra el pico. Al menos yo no llevo ropa interior de las chicas super poderosas.
—Ja, ja —soltó sarcástica—. ¡Anda ya!
Me cogió del brazo y me sacó del salón de baile al vestíbulo, y luego me metió en un pequeño recoveco con un gran helecho en un tiesto. Me llevó detrás del helecho y me apoyó en la pared, con una mano suya a cada lado de mi cabeza.
—Llevo toda la noche esperando para hacer esto —susurró, y sus labios cayeron sobre los míos.
* * *
Cuando finalmente volvimos al salón, a Lauren se la llevaron inmediatamente un par de los deportistas para que tomara una copa con ellos, y las chicas me rodearon a mí.
—¡Oh, Dios mío, Camz! ¿Por qué no nos habías dicho nada?
—¿Y cuánto tiempo hace que dura esto? ¡Deberías habernos dicho algo!
—¡Ooh, qué suerte tienes, Camz! No puedo creerlo. ¡Jauregui tiene una novia!
—¡Tienes que contárnoslo todo! —chilló Jane mientras me agarraba por la muñeca y me hacía sentar a una mesa. ¿Cuándo empezó todo?
—Bueno... es complicado.
—¿Qué, ya estabais saliendo antes, o algo así?
—No, pero...
—Ah, eres como... la chica con más suerte del mundo, ¿lo sabes? ¿Sabes lo celosas que estamos todas? Quiero decir... ¡es Jauregui!
—Hola... Esto, Cami... —dijo Troy, que apareció de repente y me puso una mano en el hombro—. Lo chicos se preguntan... cuánto tiempo hace que llevas fuera del mercado.
Me eché a reír mientras me sonrojaba.
—¿Por qué?
—Quieren saber cuánto los va a sacudir Jauregui por hablar de ti.
Me reí de nuevo.
—Bueno, desde esta noche. —«Oficialmente», dije para mis adentros.
—Ya veo... Así que nadie corre peligro de que le rompan los brazos —rió El—. Bueno, ya sabes..., felicidades. Creo que eso es lo apropiado. ¿Quién lo hubiera pensado?
—Dímelo a mí...
—Hola, Cam. —Alcé la vista y vi a Rachel que se abría paso hasta mi lado. Le sonreí, suspirando aliviada. Me puse en pie, sin hacer caso en absoluto a todas las chicas que querían hablar conmigo sobre Lauren, y la agarré del brazo. La alejé de allí.
—¿Así que habéis arreglado las cosas? —me preguntó. Asentí.
—Eso parece, pero...
—Oh, no; oh, no; oh, no —repuso—. Hay un pero. Esto no pinta bien.
—¡No es un mal pero! Es sólo que... Es un pero de «no sé cómo va a acabar esto».
Ella asintió lentamente.
—Ya veo...
—¿Qué? —le pregunté—. ¿Qué ves?
—Es... Bueno, ¿estás segura de que esto es lo mejor? Ya sé que te gusta y todo eso, pero aun así. Todo el mundo sabe cómo es Lauren...
Me encogí de hombros.
—Lo sé, pero... la verdad es que ya no me importa.
Ella me observó durante un largo momento, luego algo hizo clic y me miró asintiendo como si lo entendiera. Cuando la banda anunció que iban a acabar después de la siguiente canción, Rachel puso una expresión nerviosa.
—Bueno, lo que sea que te mole, Cam. Lo pillo. Oye, tengo que irme...
—¿Chris?
—Sí —rió culpable—. Sí. Perdona.
—Ve, Rach. Yo también tengo que buscar a Lauren.
—Bien. Encuéntrala. —Me hizo un elaborado guiño y se alejó apresuradamente.
Alguien me agarró del brazo con una fuerza que reconocí al instante. Me llevó hacia la pista de baile antes de que yo pudiera protestar.
—No me has concedido el primer baile —dijo Lauren, con la sonrisa más dulce del mundo—, pero me voy a asegurar de que me concedas el último.
* * *
También había reservado una habitación en el Royale para esa noche. Cuando la vi, me di cuenta de por qué había desaparecido antes. Reí tontamente cuando me hizo salir del ascensor.
—No tenías por qué...
—Lo sé, lo sé, pero como te he dicho mil veces esta noche, estoy tratando de compensarte, así que estoy siendo una novia estúpidamente perfecta e irreal sólo para demostrarte lo en serio que me tomo esto.
—Oh, ¿así que ésta eres tú en plan serio? —repuse escéptica.
—Eh, dame un respiro, ¡lo estoy intentando!
Me eché a reír.
—Vale, vale, perdona, ya me callo.
Ella también se rió cuando nos detuvimos ante la puerta de una habitación del séptimo piso. Sacó una tarjeta de acceso y la pasó por la ranura para abrir la puerta.
—Después de ti —dijo, y me hizo una gran reverencia.
Para ser sincera, esperaba entrar y ver el suelo salpicado de pétalos de rosas y velas por todas partes, y quizá incluso música ambiental pastelona; la clase de escena que ves en las películas el día de San Valentín o cuando el chico está locamente enamorado y a punto de declararse. Porque cuando Lauren había dicho que estaba siendo «una novia estúpidamente perfecta e irreal», pensé que se habría ido para ese lado: que había hecho un enorme montaje para tratar de impresionarme. Así que cuando Ella abrió la puerta y me hizo entrar delante, me sentí aliviada al no ver velas, ni música, ni luz tenue. Nada cursi, o chorra, o romántico. Era una suite normal, con un sofá blanco, mullidas alfombras y una puerta que debía de dar a lo que seguramente eran el dormitorio y el cuarto de baño. Habría sido tan artificial si se hubiera puesto en plan película... Ésa era Lauren Jauregui, violenta, ruda y totalmente antirromántica. Incluso su «gesto romántico» en el baile no había sido exactamente hacerme una serenata declarándome su amor. Había sido típico de Lauren, y a mí me había encantada.
—Pues vaya con lo de estúpidamente perfecto e irreal —dije bromeando, mientras me volvía para sonreírle y Ella cerraba la puerta.
—Oh, créeme, eso aún no lo has visto. Ven.
Me cogió de la mano y me llevó al dormitorio. Eso..., eso sí era estúpidamente perfecto e irreal. Bueno, casi. Lo suficiente para Lauren.
—Ahora ya sabes dónde estaba cuando he desaparecido antes —me explicó—. ¿Tienes idea de lo que se tarda en escribir cosas con pétalos? Es imposible. Al final, me rendí. Iba a escribir «perdón», pero...
—Ya lo veo —repuse riendo.
Por toda la cama y el suelo había pétalos de un rojo intenso. Me puse de puntillas para besarla en la mejilla.
—No tenías por qué hacerlo.
—Ya lo sé, pero lo estoy intentando, ¿vale? Ya te dije que lo iba a intentar. Y sé lo romántica que eres en el fondo.
Sonreí tímidamente.
—Estoy sorprendida de que me hayas dado otra oportunidad con tanta facilidad —dijo, mientras me tumbaba en la cama y me rodeaba con los brazos—. Esperaba que te resistieras bastante más.
—¿Quieres otra pelea, Lauren? —le pregunté.
Ella me tiró del pelo cariñosamente.
—No, sólo lo comento. No me quejo. Hay una gran diferencia.
—No tanta.
Se rió por lo bajo, y yo noté la risa reverberarle en el pecho. Me besó suavemente. Yo estaba a punto de devolvérselo, pero en ese momento mi móvil decidió sonar. Noté más que oí suspirar a Lauren, y apartó los brazos a regañadientes mientras yo me levantaba para coger el bolso. Suspiré cuando vi quién era, y me metí en el baño con el bolso y el móvil ya en la oreja. «Ya que tengo un momento, mejor me retoco el maquillaje», pensé.
—Hola, papá —dije, esperando que mi irritación por la interrupción no se me notara demasiado en la voz. Me incliné hacia el espejo para limpiarme un poco de sombra de ojos que se me había corrido.
—¿Qué tal el baile?
—Bien.
Papá carraspeó.
—¿Ya has decidido lo que vas a hacer con Ella?
Me mordisqueé la mejilla por dentro antes de contestar.
—Sí. Ya me he decidido.
Papá suspiró.
—Vas a quedarte con Ella, ¿no? —Era más una afirmación que una pregunta; ya conocía la respuesta.
—Sí —admití con calma—.Tengo que irme. Te veré por la mañana.
—De acuerdo.
Respiré hondo unas cuantas veces para calmarme. Apagué el móvil para que no hubiera más interrupciones. Luego me apliqué un poco de bálsamo para labios y me ahuequé el pelo antes de volver al dormitorio. Lauren estaba tirada en la cama, con los brazos bajo la cabeza y una pierna un poco doblada. No era una pose, la verdad, pero en aquel momento parecía una modelo. Tenía los ojos medio cerrados, totalmente relajada. Creí que no se había dado cuenta de mi regreso. La miré de arriba abajo. Era tan guapa, con el cabello revuelto y el vestido medio levantado. Lo suficientemente alta como para hacerme sentir delicada. Y me encantaban sus ojos, tan brillantes, verdes y penetrantes, y en ese momento los había abierto y me miraba de tal modo que me sonrojé.
—Hermosa como estás con este vestido, Camz, tengo que decir que te prefiero sin El.
—Oh, ¿de verdad? ¿Y qué te hace pensar que eso va a ocurrir? -- Lauren sonrió.
—No creo que vaya a ser un problema.
Le sonreí coqueta mientras se levantaba de la cama y se acercaba a mí. Alcé una ceja, preguntándome cuál sería exactamente su plan. Pero de repente se detuvo ante mí.
—Ven aquí —me dijo con una voz sorprendentemente dulce. Luego me tomó en sus brazos y caminó hacia atrás hasta quedar sentada en la cama, conmigo en su regazo. Cuando me abrazó con fuerza, yo le eché los brazos sobre los hombros. Un momento íntimo y tierno.
—No tenemos que hacer nada, ya lo sabes. Si quieres que vayamos despacio, dilo. No he cogido esta habitación para eso. Lo único que quería era estar sola contigo, incluso si decides irte a casa después.
Me quedé parada. Ahí estaba yo, convencida de que la razón por la que había cogido esa suite era que pudiéramos acostarnos, y me estaba diciendo que no me daría prisa si no yo quería. Jauregui pasando del sexo por mí. Vaya.
Primero se había puesto de rodillas para pedirme ser su pareja de baile, luego todo lo de la canción dedicada, más tarde los pétalos en la cama... y finalmente, ¿esto?
Joder, realmente había cambiado.
—Te he oído decirle antes a Chris que creías que habíamos ido demasiado de prisa —dijo Ella entonces—. Esta vez lo vamos a hacer bien, así que he pensado...
Le había dicho eso a Chris porque podía ser brutalmente honesta con El y no sentirme juzgada. Ni siquiera me había imaginado que Lauren estaría ahí para oírlo... Últimamente me había estado preocupando que nos hubiéramos precipitado, que yo no hubiera estado pensando con claridad, que me hubiese dejado llevar por la excitación de vernos en secreto. Así era como debería haber sido mi primera vez, pensé, mirando la suite, los pétalos de flores, Lauren... Meneé la cabeza contra la de Ella.
—No, quiero hacerlo.
Si esto fuera una historia de amor romántica, ése hubiera sido el momento para decirnos: «Te quiero». Pero como no lo era, masculló algo que yo no pillé, y me besó en los labios hasta que me derretí. Me ayudó a quitarle la chaqueta, y mientras yo me dedicaba a el cierre de su vestido.Ella se quitó su collar y se apartó de mí sólo el tiempo necesario para sacársela por la cabeza. Me reí tontamente cuando, con las prisas, se le quedó la medalla atorada en la boca.
—No te atrevas —me amenazó, con el nudo de la medalla apagándole las palabras.
Me reí aún más, pero Ella no tardó en hacerme callar con un beso. En ese momento me permití dejar de pensar por completo. No había ningún pensamiento consciente detrás de mis acciones. Esta noche era..., éramos sólo nosotras.

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Capitulo 121

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:39 am

***
Abrí los ojos parpadeando, bostecé y me di la vuelta, y me encontré cara a cara con Lauren. Tenía los labios levemente separados y sus pestañas parecían extrañamente largas al reposar sobre su pómulo. Parecía tranquila, inocente. Me acerqué a Ella, y la observé mientras dormía. Siempre me había preguntado por qué la gente en una relación hacía eso, por qué se quedaba mirando a alguien que no hacía nada de nada. Pero lo acababa de entender. Era como verlos en su estado más vulnerable.
Sin embargo, pasado un rato, cuando Ella aún no se había movido y yo estaba demasiado despierta para plantearme el volver a dormir, decidí despertarla.
—Lauren —le dije al oído en voz baja—. Lolo... Despierta...
Masculló algo incoherente y me puso el brazo encima para acercarme a Ella, pero no abrió los ojos.
—Lolo —repetí.
Ninguna respuesta. Me incliné hacia Ella y presioné los labios suavemente contra los suyos, y entonces Ella se frotó los ojos y se pasó la mano por el pelo.
—Si así es como me vas a despertar, no me importaría pasar la noche contigo más a menudo —me dijo con un brillo en los ojos.
—Ja, ja, ja —repliqué sarcástica, pero sonriendo. Me aparté el cabello del rostro—. Buenos días. -- Ella me besó la punta de la nariz.
—Buenos días a ti también. —Se desperezó y luego tiró de mí hacia Ella. Se nos enredaron las piernas.
Al instante, aparté mi pierna derecha de las suyas.
—¿Qué?
—Tienes los pies helados —exclamé, y Ella se echó a reír poniendo los ojos en blanco. Lentamente, volví a poner la pierna donde había estado hacía un momento, evitando tocarle los pies.
Tardamos como una hora más en levantarnos; nos quedamos abrazadas en la cama, hablando en voz baja y besándonos. Yo no podría haber sido más feliz.
* * *
Hice que Lauren me llevara a casa. Ya pasaría más tarde a ver a Chris. Me moría por saber si finalmente le había dicho «te quiero» a Rachel (porque, aunque El no se hubiera dado cuenta aún, yo sabía que estaba enamorado).
Pero aún no había aceptado del todo que su hermana y yo estuviéramos juntas. Y aparecer con los restos del maquillaje de la noche anterior y el vestido arrugado sólo sería echar sal a la herida. Prefería enfrentarme a un suspiro desaprobador de mi padre por cómo había pasado la noche que presentarme ante Chris con esa pinta.
—¿Camz? —llamó papá cuando cerré la puerta haciendo el mínimo ruido posible.
Suspiré. Hubiera sido fatal como niña rebelde. No podría entrar o salir sigilosamente de la casa aunque mi vida dependiera de ello. Así que respondí.
—¡Sí, soy yo!
—¿Qué tal el baile? —me preguntó.
Suspirando, me alisé el vestido y entré en el salón. Brad estaba colgando boca abajo, los pies en lo alto del sofá y la cabeza rozando el suelo. Me miró apartando la vista de la Nintendo y luego siguió jugando.
—El baile fue genial —contesté—. Excepto por un pequeño drama por un plato vegetariano con frutos secos y un chico que es alérgico a ellos...
—Rollo —dijo Brad con un sonsonete, irritándome como sólo puede hacerlo un hermana pequeño.
—¿Fuiste al after después de la fiesta? —me preguntó mi padre.
—No... —contesté con cautela—. Fuimos..., eh... Lauren cogió una habitación para la noche... —Fui bajando la voz hasta que se convirtió en un murmullo y luego me callé completamente.
—¿Eso hicisteis? —Las palabras de mi padre rebosaban desaprobación.
—No pasó nada —me apresuré a añadir, incapaz de evitar que me ardieran las mejillas. Vaya vergüenza...
Fue Brad quien rompió el silencio:
—Lauren y Camz sentadas en un árbol haciendo lo que no deben... —canturreó burlón.
—Vete a la porra —fue mi ingeniosa réplica, imitando su voz. El me frunció el cejo por encima de la Nintendo y yo le saqué la lengua.
—¿Es demasiado tarde para retirar lo que dije anoche sobre que mi niña se había hecho Mayor, Camz? —rió papá, meneando la cabeza. Le lancé una mirada un poco avergonzada—. Así que te lo pasaste bien en el baile.
—Sí. ¿Y sabes qué hizo Lauren? Hizo que la banda me dedicara una canción para pedirme que saliera con Ella delante de todos. Así de en serio se lo toma. Se me toma —me corregí.
—Ah, ¿la nena Camz está enamorada? —dijo Brad con voz cursi mientras hacía ruidos de besos y me miraba haciendo muecas.
—¡No! —repuse al instante—. ¡No! ¡Definitivamente no!
Papá me miró como si estuviera dudando entre la aceptación y la desaprobación. Yo estaba comenzando a tratar de quitarle importancia cuando sonó el timbre de la puerta.
—Ya voy yo —me apresuré a decir, y salí corriendo del salón.
—He oído en radio Macuto que volvéis a estar juntas —dijo Chris, apoyado en la baranda del porche y sonriéndome. La sonrisa se le borró de los ojos durante un momento cuando se fijó en mi aspecto, porque resultaba evidente lo que había estado haciendo esa noche, pero la recuperó en seguida—. Además, tenía que salir de casa —añadió—. Mis padres están furiosos con Lauren.
—¿Por qué?
—Bueno, para empezar, y cito: «Ha estado Dios sabe dónde haciendo Dios sabe qué durante toda la semana pasada», y cito de nuevo: «La van a echar de la universidad antes de empezar si sigue comportándose de un modo tan estúpido e insensato».
Suspiré, y me pasé la mano por el cabello.
—Ya se les pasará —añadió Chris—. Pero prefiero no estar por ahí.
—¿Qué tal fue el after después de la fiesta?
—Te perdiste un buen follón —me dijo seriamente, y luego esbozó otra enorme sonrisa—. Fue la hostia de divertido. Alex se emborrachó y estuvo cantando karaoke, completo, con baile y todo, y diciéndole a todo el mundo que los quería. De lo más divertido. Pero ni peleas ni nada de eso.
—Porque no estaba Lauren —repuse. Chris se echó a reír.
—Cierto, cierto... —Se aclaró la garganta—. Bueno, te preguntaría qué tal te fue la noche y te insistiría con el «cuéntamelo todo, cuéntamelo todo» —dijo con voz de falsete y echándose una inexistente melena para atrás—, pero lo cierto es que no quiero saber los detalles sobre ti haciendo cositas con mi hermana.
Sonreí.
—No creía que lo quisieras saber, sinceramente. Pero ya que estamos en ese plan, colega, ¿Rachel y tú...?
—No, no —respondió El con orgullo, sacando mentón.
—¿De verdad? Pensaba que, a estas alturas, sí.
—Yo también... —Se encogió de hombros—. Pero ella dijo que no estaba preparada, así que no sé, esperaremos hasta que lo esté.
—¡Oo-oo-o! —lo arrullé, y le tiré de la nariz—. Estás colgado, amigo mío.
Chris ni siquiera protestó. Sólo puso los ojos en blanco, Y se sonrojó bajo las pecas. Yo solté una risita, en absoluto burlona.
—¿Sabe Rachel lo colgado que estás de ella?
—Bueno, eh...
—¡Oh, Dios mío! Se lo dijiste, ¿no? ¡Claro que sí! ¡Le has dicho que la quieres! ¿Cuándo fue? ¿Cuándo estabais bailando lento? ¿Bajo las estrellas después de la fiesta?
Chris se rió mientras me ponía las manos con firmeza sobre los hombros.
—Cálmate, doña romántica. Si me dejas, te diré cómo pasó. —Hice el gesto de cerrarme la boca con una cremallera—. Cuando estábamos bailando lento, se lo solté en voz baja. Ella no me oyó y me preguntó: «¿Qué?», así que tuve que decírselo más alto, pero aun así no lo pilló, y casi se lo tuve que gritar. Unos cuantos nos miraron y ella comenzó a sonrojarse como un tomate... —Me miró y se rió—.En realidad fue muy divertido, porque entonces me lo dijo ella a mí toda ruborizada; de verdad que parecía una remolacha, y...Le di en el brazo.
—¡Qué malo eres!
—No soy malo; fue bonito, ¡he dicho que fue muy bonito! ¡Y deja de interrumpirme! Bueno, pues ella me contestó lo mismo con una cara como una remolacha muy mona —dijo remarcándolo—, y yo le dije: «¿Qué? No te oigo», y así ella tuvo que decirlo también muy alto.
Sonreí.
—Vaya, eso sí es bonito.
—Se me está pegando de ti —repuso El, y me dio un leve empujón en el hombro—. Me estoy volviendo todo pastelón, después de todos estos años contigo.
—Entonces, ¿la besaste? ¿Después de que os lo dijerais?
—¿Tú qué crees?
—Huaa...
—¿Te vas a quedar aquí todo el día soltando arrullos o vamos a ver un rato de «Judge Judy»? Después de que te hayas dado una ducha, claro. Tienes todo el lápiz de ojos corrido. —Me tocó bajo los ojos, y luego pasó ante mí para entrar en casa.
Sólo puede reírme y menear la cabeza mientras El se ponía cómodo hablando con Brad y mi padre. Yo fui arriba para ducharme y cambiarme. Pero algo me daba vueltas en la cabeza: mi estúpido hermanito metiéndose conmigo sobre lo de estar... enamorada de Lauren... No podía ser. Quiero decir, sabía desde el principio que no era..., bueno, que no era nada serio hasta la noche anterior, oficialmente. E incluso la noche anterior, yo no podía estar... No estaba... ¿O sí?

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Capitulo 122

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:40 am

***
Chris y yo estábamos tumbados en el jardín trasero de mi casa; el sol brillaba y hacía demasiado buen tiempo para estar dentro. Por lo general pasábamos los días así relajándonos en la piscina de Chris.
Y su jardín era mucho más bonito que el mío; nosotros teníamos uno de esos balancines cubiertos, pero era tan viejo que crujía al moverse. Y la mitad de la hierba estaba muerta; papá había estado demasiado ocupado últimamente como para arreglarla, y era demasiado obstinado para contratar a un jardinero. Yo había sugerido ir a casa de Chris, porque la piscina sería estupenda. Pero El había querido esperar un poco.
—Mila, mi padre me ha dicho que me enviaría un mensaje cuando sea seguro volver. Quiere decir: cuando Lauren se haya ido furiosa o cuando hayan acabado de discutir y de reñirla por todo. Y aún no me ha dicho nada.
—¿Tan malo era?
—Créeme, ni lo quieras saber.
Justo entonces sonó su móvil, y El lo sacó del bolsillo del pantalón. Lo miró ceñudo y no contestó inmediatamente, como yo habría esperado.
—¿Quién es? —pregunté, y me incorporé para ver la pantalla.
—Lauren —contestó mientras yo intentaba ver el nombre de quien llamaba—. ¿Qué demonios querrá?
—¿Qué te parece esta idea?: contesta y entérate. -- El me miró fingiendo estar enfadado y contestó:
—¿Qué?
Oí la voz de Lauren al otro lado, y sonaba igualmente fastidiada, pero no pude distinguir qué decía.
—Claro —respondió Chris, y luego me pasó el móvil—. Tu móvil sigue apagado. Lauren quiere hablar contigo.
—Oh.—Cogí el móvil y me di cuenta de que estaba sonriendo sólo ante la idea de hablar con Ella por el teléfono. Y Ella aún no había dicho nada. ¿Qué me pasaba últimamente?—. Hola.
Pero sabía exactamente por qué me pasaba eso. Era por la misma razón por la que había ido al baile con Ella, por mucho que intentase encontrar una explicación diferente.
—Hace siglos que intento localizarte.
—Siglos ¿cuánto es exactamente?
—Hum, ¿los últimos cuatro minutos? Lo he intentado dos veces.
Me reí.
—Oh, sí, claro. Eso sí son realmente siglos, señorita impaciencia. ¿Y qué querías, a fin de cuentas?
—Escucha, Camz... —Lauren sonaba rara, como si le costara hablar. Me la imaginaba tirándose del pelo y pasándose una mano por el rostro. Fruncí un poco el cejo, preguntándome qué pasaba. Entonces Ella lo dijo. Las palabras fatídicas.
Sabía que debería haber puesto fin a las cosas con Lauren hacía mucho tiempo. Mierda, ni siquiera debería haberlas empezado. Pero ya era demasiado tarde. Sabía que ya estaba metida hasta el fondo, porque lo siguiente que dijo me dejó sin respiración durante un instante. Lauren suspiró por el teléfono.
—Tenemos que hablar.
* * *
Habíamos quedado en el Starbucks a la salida de la ciudad. Eso fue lo único que conseguí sacar de la conversación. No fui capaz de decir nada más que un tartamudeante «de acuerdo».
—¿Qué pasa? —me preguntó Chris con cara preocupada—. Parece que hayas visto un fantasma.
—Yo..., Ella..., estamos..., Starbucks...
—¿Qué? Mila, respira hondo y dime que te ha dicho. Pero primero... ¿estás bien?
Asentí, pero luego negué con la cabeza.
—Bueno... No...no lo sé. —Inspiré profundamente—. Ha dicho que tenemos que hablar...
Chris hizo una mueca de preocupación, tragando aire.
—Ostras. Pero... espera, ¿lo dices en serio? ¿Estás segura de que ha dicho eso?
Asentí.
—Nos encontraremos en el Starbucks a las ocho.
—Eso es dentro de una hora. -- Asentí.
—Tengo que arreglarme... —Atontada y con las piernas como de palo, subí a mi habitación, sintiéndome como en un sueño. Papá estaba trabajando en el salón y Brad se había ido al parque con unos cuantos amigos. Chris subió la escalera detrás de mí.
—Espera, ¿qué crees que está pasando?
—Va a romper conmigo, ¿no? Quiero decir, acabamos de comenzar oficialmente... y va a romper conmigo, ¿no? Eso es lo que dice la gente cuando quiere romper. Dicen: «Tenemos que hablar», y luego dicen: «No es por ti, es por mí», y...
Chris chasqueó los dedos delante de mi cara y me hizo pegar un bote, porque no me lo esperaba.
—Cálmate.
—Perdón...
—Mira, quizá sólo... quiera hablar. Tal vez no quiera romper contigo. No veo por qué querría hacerlo.
—Pero..., pero entonces me lo habría dicho, ¿no? Hubiera dicho: «No te preocupes, no quiero romper contigo». Joder, ¿cómo tengo que vestirme para alguien que quiere romper conmigo?
Comencé a mirar por el armario y los cajones, buscando algo que ponerme. Lo decía en serio..., ¿tenía que ponerme algo realmente mono y hacer que repensara lo de dejarme? ¿Debía dejarme lo que llevaba puesto: mis viejos pantalones cortos vaqueros y un top lila, para que pareciera que no me importaba que rompiera conmigo? Decidí no cambiarme, pero sí maquillarme un poco.
—Camila, cálmate; seguramente no quiere romper contigo. Estaría loca si lo hiciera.
—Gracias, Chris, eso me tranquiliza mucho. —Cogí el lápiz de ojos, pero me temblaba demasiado la mano, así que en vez de hacerme la raya me tiré en la cama, me cubrí el rostro con las manos y grité de frustración.
Sabía que me había "enamorado" de Lauren. Simplemente no había querido creérmelo. Llegué a pensar que si me decía que no era posible, conseguiría que no lo fuera. Que decirme que no me estaba liando demasiado significaría que no..., que no estaba enamorada...
Me pregunté cuánto tiempo llevaba sintiendo eso por Ella. Y cuando finalmente me daba cuenta, Ella estaba a punto de romper conmigo. Incluso Brad lo había sabido antes que yo. Y Chris... lo sabía. Por eso no paraba de mirarme de esa manera rara. Mi padre y Rachel también lo habían supuesto; esas miradas en sus rostros por fin tenían sentido. ¿Era yo la última en darme cuenta de lo que sentía?. Pero en el fondo lo sabía; simplemente me había dado demasiado miedo admitirlo.
La lógica me decía que Ella no me correspondía; estaba a punto de romper conmigo. «Tenemos que hablar...» Me mordisqué el labio.
Noté la mano de Chris en la rodilla. Cuando abrí los ojos, El estaba inclinado sobre mí, su nariz a un par de centímetros, y sus grandes ojos verdes clavados en los míos. Le devolví la mirada.
—Chris...
—¿Hum?
—Tenemos un problema.
—¿Hum?
—Creo... —Tragué saliva y lo miré directamente a los ojos—. Creo que puedo haberme enamorado de Lauren.
—Por fin. Vaya, pensaba que eso era evidente desde que aceptaste ir al baile con Ella. Nadie en su sano juicio hubiera aceptado. Esperaba que me lo dijeras cuando me contaste que Ella era tu pareja en el baile.
—Espera un momento: ¿lo sabías y no me lo dijiste?
—Pensé que tendrías que descubrirlo por ti misma... Vale, vale —admitió al ver mi mirada de escepticismo—. Creía que no lo admitirías.
—¿Y cómo lo has sabido antes que yo? —pregunté tontamente.
—Soy tu otra mitad. El Ashley de tu Mary Kate, la Cosa Uno de tu Cosa Dos —añadió con un guiño.
—Chris, ¿qué voy a hacer? Va a romper conmigo...
Chris se encogió de hombros.
—No sé qué decirte, Mila. Excepto que todo irá bien. ¿Y sabes por qué? Porque me tienes a mí. Ya te lo dije: pase lo que pase, aquí me tienes. Tanto si te rompe el corazón como si te quedas “preñada” o lo que sea.
Sonreí.
—Bueno, mientras te tenga a ti... -- Se rió.
—El premio de consolación, ¿eh?
—No seas tonto. Tú no eres ningún premio de consolación. Eres mi mejor amigo. -- El sonrió tristemente.
—Pero no soy tan importante para ti como Ella. No puedo competir con la tipa de la que te has enamorado. Ya sea mi hermana o no.
—Chris, no seas tonto. Siempre, siempre serás el hombre más importante de mi vida. Excepto por mi padre. Pero estás bastante cerca. —Sonreí—. Lauren o no Lauren. Ningúna tía se va a interponer entre nosotros. ¿Lo entiendes?
—Ni ninguna tía —me dijo El—. Los mejores colegas.
—Envejeceremos juntos y todo eso.
—No puedo imaginarme yendo a tocar timbres por molestar sin ti en tu silla de ruedas tratando de huir a toda velocidad.
Me eché a reír y le di un fuerte abrazo. El me apretó con fuerza suficiente para dejarme sin respiración.
—Estabas realmente preocupado pensando perderme, ¿eh? —bromeé.
—¿Era tan evidente?
—Yo tampoco quiero perderte. -- El sonrió y me guiñó un ojo.
—Eh, ¿alguna vez te has preguntado si hubiera funcionado de habernos..., ya sabes..., de habernos liado? --- Alcé un poco las cejas.
—¡No estoy sugiriendo que deberíamos haberlo probado! —añadió en seguida—. Sólo lo digo por curiosidad.
—Todo el mundo esperaba que acabáramos juntos.
—Sólo Dios sabe por qué. Demasiadas pelis de chicas y novelas cursis, diría yo. -- Me reí.
—Como pareja hubiéramos sido una mierda.
—Y que lo digas. Nos habríamos fastidiado de lo lindo.
Reí para demostrarle que estaba de acuerdo. No sé qué habría hecho si Chris me hubiera dicho que me amaba. Siempre seríamos sólo los mejores amigos.
—Además, tú estás coladito por Rachel.
—Y tú por Lauren.
—Al menos por ahora... Gracias por recordármelo.
—Mierda, estaba haciendo un gran trabajo para que no pensaras en eso, ¿verdad?
—Sí, con tu gran momento sensiblero. Ahora, apártate. Me tapas la luz y tengo que maquillarme.
El se rió y se apartó para dejarme llegar al tocador. Al menos, las manos ya no me temblaban, así que pude hacerme la línea sin clavarme el lápiz en el ojo.
—¿Quieres que te lleve? Tendrás que salir ya, si no quieres pillar tráfico...
—Sí, por favor —le contesté mientras me metía un par de billetes de cinco en el bolsillo.
Finalmente, Chris encontró las llaves de su coche después de rebuscar entre papeles de chicle y monedas.
—Muy bien, vamos a que me rompan el corazón —solté con una sonrisa irónica.
El me dio en la espalda, un poco demasiado fuerte. Casi como si pensara que de golpe me volvería sensata. Me tambaleé hacia delante y tuve que agarrarme al pasamano para no caerme rodando por la escalera.
—Tranquila. Todo irá bien.
Pero lo curioso era que no le creía.
* * *
Llegué el Starbucks poco después de las ocho, porque pillamos algo de tráfico. Vi la moto de Lauren aparcada fuera. Pensé que debía acordarme de llamar a Chris para que me recogiera antes de aceptar que Lauren me llevara en «eso», suponiendo que se ofreciera.
—Envíame un mensaje si quieres que venga a buscarte, ¿vale? —me dijo Chris mientras me acompañaba a la puerta. Asentí y entré. Recorrí la sala con la mirada, nerviosa. Vi alzarse una mano: Lauren estaba en una mesa hacia el fondo, junto a la ventana.
Chris me apretó el brazo.
—Todo irá bien, Mila. Además... Ella no te merece. -- Reí, pero fue forzado.
—Te llamo luego, Chris.
Me saludó militarmente y yo me volví hacia Lauren. Caminé hacia Ella con la cabeza bien alta. Lauren estaba más guapa que de costumbre. Quizá fuera porque me había dado cuenta de lo que sentía por Ella, o tal vez porque estaba a punto de dejarme. Tenía el pelo alborotado por el aire y llevaba unos vaqueros descoloridos y una camiseta blanca con la vieja chaqueta de cuero encima. Se puso en pie cuando llegué hasta Ella, lo que me sorprendió. Casi oí a Chris diciendo: «¡Ooh, mira quién ha hecho una chica decente a Lauren!», mientras me daba un codazo en las costillas.
—Hola —dijo Lauren, y parecía un poco nerviosa y agitada—. Siéntate.
Me senté. Ambas comenzamos a hablar a la vez, luego nos paramos y lo intentamos de nuevo.
—Tú primera —dijimos al unísono. Ella medio sonrió y yo dejé escapar una corta carcajada.
Entonces apareció un camarero, un tipo de veintitantos que parecía que iba hasta las cejas de cafeína para aguantar otro turno.
—¿Qué os traigo, chicas?
—Hum... —¿Íbamos a quedarnos un rato? ¿O Lauren iba a dejarme y marcharse a lomos de su trampa mortal de dos ruedas?
—Yo tomaré solo un café —le dijo Lauren al camarero. Luego me señaló y añadió—: Y ella, un café con leche semi y nata encima. -- El camarero tomó nota en su libreta, asintiendo.
—Muy bien, ahora mismo os lo traigo —dijo.
—¿Cómo sabes cómo tomo el café? —le pregunté a Lauren en cuanto el camarero se hubo marchado.
—Una vez lo tomaste así. Era un poco raro, así que supongo que por eso me acuerdo.
—Oh. —Estaba sorprendida, pero sorprendida positivamente. Esta tipa no podía estar a punto de romper conmigo, ¿verdad que no?
Deseaba tanto creer que Chris tenía razón, que su hermana estaba colgada de mí. Pero... Pero. Siempre había un pero.
No dije nada, y Lauren tampoco. Esperamos en silencio a que llegaran nuestros cafés, y luego Ella tomó un sorbo y se recostó en la silla, una pierna cruzada sobre la rodilla de la otra, el brazo colgando del respaldo. No me molesté en empezar mi café aún; sólo conseguiría escaldarme la lengua. No estaba dispuesta a quemarme todas las papilas gustativas para salvar un silencio tenso. Al cabo de un rato, por fin, Lauren decidió empezar.
—Mira, tenemos que hablar.
—¿Estás rompiendo conmigo? —le solté, incapaz de contenerme más rato.
Ella suspiró y el corazón se me cayó a los pies. Me sentí hundida al ver la expresión de su rostro.
—Mira, Camz, quiero que me escuches, ¿vale?.
Asentí, ¿qué más podía hacer?
—Me han ofrecido una plaza en Harvard. En el curso de Informática.
—Harvard... ¿Harvard en Massachusetts? -- Lauren asintió.
—Sí.
—Eso es estupendo..., felicidades. —Pero mi voz no contenía la cantidad necesaria de entusiasmo. Lo intenté de nuevo—. Eso es fantástico, Lauren.
—Lo sé. Pero... -- Ahí estaba otra vez. Esa horrible palabra. Sólo que esta vez, a una parte de mí le gustó oírla.
—Un momento, espera, nada de peros. No puedes no ir a Harvard.
—Es en Massachusetts. En la otra punta del país, Camz. También tengo plaza en la Universidad de California, en San Diego. No es tan lejos y tienen un buen programa de Arquitectura...
—Lauren, ¿por qué te vas a plantear siquiera no ir a Harvard? No puedes hacerlo.
—No lo sé —suspiró. Parecía confundida e impotente—. Mis padres quieren que vaya, pero no sé si es porque quieren perderme de vista y no tener que aguantarme más. He aceptado la plaza, pero no sé si es lo mejor.
—Estoy segura de que tus padres se alegran por ti. Es increíble. Es una gran oportunidad. Claro que quieren que vayas.
—Estaban tan furiosos conmigo... —me dijo con una carcajada seca mientras contemplaba a sus propios dedos pasearse por el borde de la taza—. Sobre todo por lo que tiene que ver contigo... Quieren que me vaya.
—No quieren que te vayas. Sólo están preocupados por ti.
—Da igual —dijo Ella, y parecía tan derrotada que ni siquiera me molesté en contradecirle.
Pasé el índice por el costado de mi taza y miré el vapor que se alzaba de mi café.
—Me alegro por ti.
Ella me cogió el rostro entre las manos y me acarició con el pulgar. El corazón me dejó de latir.
—Contigo tengo toda esto ahora, y no sé lo que quiero hacer.
Tragué saliva. Lauren no iba a decirlo. Chris se equivocaba. Yo me estaba engañando a mí misma. Era ridículo pensar que Ella nunca, nunca fuera a decírmelo. Me miró a los ojos durante un larguísimo momento, luego se inclinó y me besó con una increíble suavidad; sentí escalofríos por toda la espalda. Sus labios se quedaron sobre los míos durante un largo rato, luego se recostó en la silla. Yo no acababa de interpretar su expresión, pero tenía una profunda arruga en la frente.
—Camz, sé que..., que he sido una completa gilipollas, y que te dije que intentaría compensarte, pero... la cosa es, yo sólo... —Suspiró, se pasó la mano de un lado al otro del cabello.—. Camz, voy a ir a la universidad en otoño, y no sé cómo van a ir las cosas, y no quiero perderte. No quiero romper contigo, pero...
—Lauren —traté de interrumpirla.
—No, olvídalo —continuó Ella—. Puedo esperar. Mira, acaba el café y nos vamos. Te quiero llevar a cierto sitio.
—¿Adónde?
—No puedo decírtelo, eso estropearía la sorpresa. Pero te gustará, confía en mí. No está lejos, pero tenemos que irnos pronto si queremos llegar a tiempo.
Quise preguntarle: «¿Llegar adónde?», pero sabía que no me lo diría, así que me quedé callada, bebiendo el café. Lauren casi se tragó el suyo de golpe, y yo me pregunté si no se habría quemado la garganta. Cuando dejé la taza sobre la mesa, Lauren soltó una risita.
—¿Qué?
Me pasó el dedo por la punta de la nariz antes de limpiármela con una servilleta.
—Tenías nata —me explicó. Noté que me sonrojaba, pero Ella se rió—. Te quedaba muy mono. Ahora, vamos...
—¡Vale, vale! ¿Por qué estás tan impaciente hoy? —Entonces recordé algo—. Oh, mierda, no, no voy a ninguna parte contigo.
—¿Qué? ¿Por qué no?
—Llevas la moto. La he visto fuera. No voy a subirme a esa cosa nunca más. Una vez fue más que suficiente.
—Ah, vamos, todo el mundo merece una segunda oportunidad. Me has dado una. No le tengas tanta manía a la moto.
Me reí, y por un momento olvidé la náusea y la preocupación de poder perder a Lauren. Además, en ese momento me sentía mucho más segura. No creía que fuera a romper conmigo; incluso había dicho que no quería perderme.
—Lo siento, pero no puedo hacerlo. No puedo subir a esa cosa; es horrible.
—Pero te puedes apretar contra mí —repuso Ella, tentándome—. Vamos, de verdad, no es tan malo como lo pintas.
—Es horrible —dije con firmeza—. Lo siento, no puedo. No puedo subirme a esa moto contigo.
—Bueno, pues no tienes elección. Te voy a llevar allí aunque tenga que atarte -- Fruncí el cejo.
—No bromeo. Pero valdrá la pena, te lo prometo.
—No -- Se inclinó y me dio un corto beso en los labios.
—Por favor. Te juro que valdrá la pena. Seré tu esclava el resto de la vida si no te gusta. -- ¿Cómo podía decirle que no a esa carita?
Así que le contesté con un gesto de incredulidad.
—¿Para toda la vida?
—Sí.
—Vale, vale, pero sólo esta vez. Y me debes una... gorda. Incluso si me gusta.
—Lo que tú digas, Mila. Pero te va a encantar. Y la moto tampoco será tan mala.
—Eso lo dudo mucho. A veces te odio, Lauren Jauregui.
Me puso el casco y enganchó el cierre. Yo tenía una sensación de déjà vu respecto a la primera vez que había subido a la moto. Luego Ella se subió, lo que resultaba más monstruoso e intimidante de lo que recordaba, y me dio la mano. Con mucho cuidado, le rodeé la cintura con los brazos. Me sudaban las manos. Los latidos del corazón me resonaban en los oídos. Dondequiera que fuéramos, sería mejor que valiera la pena. ¿Era demasiado tarde para echarme atrás? ¿Decirle que ya iríamos en otro momento?
—Lauren, me lo he pensado mejor, de verdad que no...
Ella dio gas y, de repente, la moto rugió cobrando vida. Pegué un bote, solté un gritito y me agarré a Ella con tanta fuerza como pude. Noté agitarse su cuerpo con la risa, y antes de que le pudiera decir que había cambiado de idea, se lanzó a toda velocidad calle abajo. Ni siquiera abrí los ojos.
El viento me azotaba los brazos desnudos. Sabía que tendría la piel de gallina cuando bajara. Al menos tenía el cabello dentro del casco, así que no estaría completamente revuelto cuando me lo quitara. Pero no quería mirar todo lo que pasaba como un destello. Oí sonar una bocina, seguramente dirigida a nosotras, pero seguí con los ojos fuertemente cerrados y aferrándome a Lauren. «Odio esto, odio esto, odio esto. Lo quiero, lo quiero, lo quiero.» Casi ni noté cuando nos detuvimos. De repente, todo se quedó quieto, y fue sólo cuando Lauren me soltó los brazos de su cintura que me atreví a abrir los ojos. Estábamos junto a una colina en un parque a las afueras de la ciudad. Yo solía ir a ese parque en verano con Chris, porque tenía una piscina pública; era un bonito cambio de paisaje respecto al patio trasero de nuestras casas. Lauren bajó de la moto primero, y luego me sacó el casco con cuidado. Yo la miré enfadada, y Ella se rió por lo bajo.
—No ha sido tan malo, vamos, admítelo —me dijo mientras me alisaba el pelo.
—Creo que voy a vomitar. —Y no estaba exagerando... demasiado.
Lauren se rió de nuevo, y me ayudó a mantener el equilibrio cuando bajé de esa maldita cosa. Me notaba las piernas de mantequilla, y casi me cedieron. Lauren enlazó los dedos con los míos y levantó el sillín de la moto; sacó una manta grande, de las que se usan para un picnic. Se la echó al hombro y me habló antes de que yo pudiera preguntarle para qué era la manta. Seguro..., seguro que no estábamos a punto de cortar. No tenía sentido.
—Vamos. No debemos llegar tarde.
—¿Adónde vamos? —pregunté. Ella ya comenzaba a subir la colina, tirando de mí.
—Lauren, ¿adónde vamos?
—¿Quién es la impaciente ahora? —repuso riendo, y me apretó la mano.
No tardamos en llegar a la cima. Y cuando lo hicimos, me soltó la mano y extendió la manta sobre la hierba bajo un gran roble que se inclinaba en un curioso ángulo, con las ramas colgando lo suficientemente bajas como para que las hojas me rozaran la cabeza. Lauren se sentó en la manta y dio unas palmaditas en el espacio junto a Ella.
—Vamos, ven.
Con una pequeña mueca de confusión, me senté lentamente junto a Ella. Entonces vi por qué habíamos ido allí. Desde ese lugar se veía media ciudad, las playas y el océano. Sólo la vista de la ciudad ya era bastante impresionante, con las luces parpadeantes. Pero en el ocaso, el cielo se volvía rojo, y las finas bandas de nubes eran rosa y plata. Era muy hermoso. La puesta de sol se reflejaba en el mar y teñía la oscura agua de rojo, amarillo y rosa. Era sobrecogedor: el sol parecía tan grande mientras se hundía tras la silueta de la ciudad... Y era un lugar muy tranquilo: no llegaba ni un ruido de la ciudad, o de las olas rompiendo en la playa. Sólo la brisa agitando las hojas sobre nuestra cabeza.
—Ostras —exclamé en voz baja. No había otra palabra que usar, sólo «Ostras».
—Lo sé. Ya te he dicho que te gustaría. —Lauren me dio un toque en el hombro, y cuando aparté los ojos del panorama para mirarla, me sonreía, con una de sus sonrisas auténticas, las que mostraban el hoyuelo y le iluminaban los ojos.
—Es asombroso —dije.
—Sí, lo eres —murmuró. Me quedé callada un segundo antes de echarme a reír.
—Eres tan cursi.
—Y a ti te encanta —bromeó, y de nuevo me dio un toque en el hombro.
—No puedo creer que me hayas traído aquí para ver la puesta de sol. Es tan... romántico.
—Ya te lo he dicho, Camz, esta vez voy a hacer las cosas bien. Y sabía que te gustaría. Eres de esa clase de chica. Y aún no ha acabado. Dame quince o veinte minutos —dijo Ella después de mirar el reloj.
—¿Y qué pasa entonces?
Lauren se rió en vez de responder, y con su mano libre me alzó el rostro para besarme. Comenzó con otro beso dulce que me derritió el corazón, pero en seguida yo tenía los dedos hundidos en su cabello y Ella me cogía con fuerza por la espalda. No sé cuánto tiempo permanecimos así, pero en algún momento hizo que me tumbara y se puso medio encima de mí, sin dejar de besarme. Las chispas saltaban en mi interior como locas, y parecía que la cabeza me fuera a estallar. La besaba como si me estuviera ahogando, como si Ella fuera mi oxígeno, y Lauren me devolvía los besos del mismo modo. Era como si debiera ser algo de un cuento de hadas pero no lo fuera. Era real, y me estaba ocurriendo a mí. Mierda, hasta los fuegos artificiales cuando nos besábamos parecían ser reales. Como si estuvieran estallando encima de nosotras... Me aparté de Ella, y Lauren se incorporó un poco. Ambas contemplamos el panorama. El cielo se había oscurecido; no era negro como el carbón ni azul como la tinta, sino aún más oscuro. Los relucientes arcoíris de los fuegos artificiales estaban desvaneciéndose. Unos cuantos más se alzaron silbando, y luego estallaron formando un círculo verde y dorado, azul y rosa.
—Hostia —susurré.
—Hay una exhibición en la playa —me dijo Lauren—. No me acuerdo por qué era, pero hacían algo y... sí.
—Vaya. ¿Primero la puesta de sol y luego esto? —Unos cuantos cohetes más se alzaron y salpicaron el cielo de un hipnótico estallido de color.
—¿A qué se deben? Me refiero a todos estos detalles tan monos...
—Camz, no me llames mono. Por favor. -- Puse los ojos en blanco.
—Responde la pregunta. -- Lauren se encogió de hombros.
—No sé. Es que..., bueno, quiero decir... Llevarte al baile y todo eso era mi manera de decirte que lo sentía. Pero a veces, decir que lo sientes no significa mucho. Y te mereces algo mucho mejor que eso; que yo. Y..., yo..., odio toda esta mierda emocional, pero lo voy a decir de todas formas porque te lo mereces.
Tragué saliva y alcé la cabeza de su hombro para mirarla.
—Lauren... —susurré, pero creo que ni me oyó .
—No, déjame decirte esto, Camz.
Se mordisqueaba el labio inferior, y parecía más una niña asustada que la ruda chica Jauregui. Al instante siguiente, sus labios cayeron sobre los míos, tan repentina y bruscamente que me quedé sin aliento. Estaba demasiado sorprendida para devolverle el beso, y me acababa de recuperar cuando Ella se apartó. Los fuegos artificiales aún estallaban en el horizonte y lanzaban destellos de luces de colores sobre su rostro.
—Te quiero, Camz —dijo mientras me apartaba unos mechones de cabello del rostro.
Sólo conseguí respirar. No pude decir nada, y la mente se me quedó totalmente en blanco por un momento; el corazón alternaba entre los vuelcos y las paradas.
«Respira —me dije—. Respira.»
Lauren me miró parpadeando.
—Di algo, Camz. Acabo de poner todas las cartas sobre la mesa, incluida mi dignidad, y no estás diciendo nada.
Me eché a reír, y prácticamente le hice un placaje al lanzarle los brazos al cuello y besarla. Ella me devolvió el abrazo, me respondió con los labios y me metió la lengua en la boca. Cuando nos separamos, cerca de un minuto más tarde, Ella apoyó la frente sobre la mía, y esos ojos cautivadores se clavaron en los míos. Un brillante cohete de color púrpura estalló en lo alto detrás de Ella.
—Te quiero —le susurré.
Ella soltó una risita ahogada, y oí el alivio en su voz.
—Bueno, gracias a Dios por eso. Por un momento pensé que ibas a salir corriendo del susto.
Me eché a reír y apoyé mi frente sobre la de Ella.
—Para nada. Sigo aquí.
—Bien. —Me dio un rápido beso en los labios.
Luego me rodeó con los brazos y de nuevo recliné la cabeza en su hombro. El espectáculo de fuegos artificiales de la playa seguía adelante, iluminando el oscuro cielo, mientras yo estaba felizmente sentada en lo alto de una colina en los brazos de Lauren. «Ha dicho que me quiere. Me quiere. Me quiere. Estoy enamorada de la hermana mayor de mi mejor amigo... y Ella me corresponde.
»Me quiere.»

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Capitulo 123

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:41 am

* * *
—¿Lauren?
—¿Sí?
—¿Qué vamos a hacer? Cuando te vayas a la universidad, me refiero....
Ella suspiró y apoyó la cabeza sobre la mía. Sus dedos jugueteaban con la punta de mi cabello.
—No lo sé, Camz. Yo tampoco quiero dejarte, pero... es Harvard, sabes. Harvard.
—Lo sé.
—Te quiero —murmuró—. No sé qué voy a hacer.
—¿Tus padres saben lo nuestro? —le pregunté, curiosa. Ella asintió.
—Sí. Se lo dije en cuanto se calmaron. —Suspiró de nuevo—. Deberías haber visto lo furiosos que estaban conmigo. Incluso Chris se largó de casa. ¿Recuerdas cómo se pusieron con vosotros cuando empezasteis aquella pelea en octavo? Pues eso, pero mil veces peor.
—Vaya... —No sabía qué decir. Nunca me hubiera imaginado que Lauren me contaría todo eso.
Mierda, nunca hubiera imaginado que Lauren siquiera pensara en todo eso. No me malinterpretéis. Sé que Lauren quiere a su familia. Chris y Ella siempre han estado muy unidos; a la hora de la verdad siempre se han apoyado. Pero nunca hubiese pensado que a Lauren le afectara todo eso ni la mitad.
—Mi madre se suavizó un poco cuando le dije lo que había llegado a hacer para recuperar tu corazón. —Sonrió; aunque se pasó una mano por el rostro, así que lo dejé estar. No quería hablar más de eso, de modo que cambié de tema.
—Supongo que serás la chica super poderosa en nuestra fiesta de la semana que viene. Quiero decir, ya tienes la ropa interior... —Me mordí el labio al ver la mirada que me echó, pero era evidente que lo había pillado.
Abrí la boca de nuevo y Ella me la tapó con la mano.
—Ni te atrevas.
—¿Qué? —intenté decir, pero la mano amortiguó el sonido.
—Ibas a decir que era mona, lo sé. -- Me reí resignada. Lo cierto era que había estado a punto de decirlo...
—Como quieras. ¿Y vas a ir de...?
—Creo que Megan Fox sería un poco exagerado, ¿no? —Me tiró de la nariz—. Tendrás que esperar a verlo, Camz. No, espera. Acabo de tener una idea genial. Deberías disfrazarte de concha gigante.
—Oh, sí, eso sería un gran disfraz. Fácil de hacer.
Ella sonrió, pero sin ironía. Yo no pude evitar una mirada sarcástica; le devolví la sonrisa y reí con Ella hasta que nos quedamos en silencio. Durante un rato estuvimos así, sin hablar, con la cabeza en algún otro lado. Yo quería decirle que no fuera a Harvard, y lo veía como esperando a medias que yo dijera justamente eso. Pero no podía.
—Tú quieres ir, ¿verdad? —le pregunté a media voz. No sé por qué me molesté en preguntárselo, ya sabía cuál sería su respuesta.
Ella se inclinó hacia delante y se rodeó las rodillas con los brazos, mirando hacia el cielo nocturno y los últimos cohetes. Yo también me senté; crucé las piernas y lo observé. Su expresión era totalmente inescrutable; su rostro, una sombra. Luego, pasado un momento, asintió.
—Sí. Sí que quiero ir. Pero no quiero dejarte —me dijo en voz muy baja, aún mirando hacia delante—. Después de todo lo que ha pasado entre nosotras, y... No quiero dejarte, Camz.
—Ni yo quiero que me dejes —admití. Le cogí los antebrazos, y apoyé la cabeza en su hombro—. Pero si dejaras escapar esta oportunidad no pararías de lamentarlo. Ambas lo sabemos.
—Sí, es cierto. —Me pasó un brazo por la espalda. Con la mano trazó círculos sobre mi piel y noté que todo mi cuerpo se relajaba.
—Tienes que ir —afirmé en un susurro. Después de un silencio, me besó en la sien, y dejó los labios ahí.
—Te quiero —me susurró.
—Y yo también te quiero. —De repente me encontré riendo—. ¿Qué ha pasado con la sexy chica rompecorazones?.
—Se ha enamorado —me dijo simplemente mientras me besaba en la mejilla—. Para que luego hablen de los clichés.

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Capitulo 124

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:45 am

Al día siguiente, Chris y yo fuimos al centro comercial para comprar nuestros respectivos regalos de cumpleaños y recoger los disfraces que habíamos reservado para la fiesta. Después de comer algo, nos separamos, y yo peiné las tiendas buscando cosas que regalarle. Al final, le compré una cartera de bolsillo nueva, un CD que había dicho que quería y la camiseta más guay que podía imaginar. Le iba a encantar.
—Ya te lo había dicho —repitió Chris por billonésima vez ese día cuando nos encontramos en su coche—. ¿No te dije que estaba colada? ¿Eh? ¿No te lo dije?
Me reí.
—Sí, de acuerdo. ¡Ya lo pillo! Tenías razón.
Chris suspiró satisfecho mientras colocaba las bolsas en el maletero del coche.
—Nunca me cansaré de oírte decir eso, Camila.
Puse los ojos en blanco y subí al coche.
—Aún no puedo creer que estés de acuerdo con que se vaya a Harvard —repuso mientras se sentaba a mi lado, ante el volante. Se me borró la sonrisa.
—No estoy de acuerdo, Chris, en absoluto. No quiero que vaya. Pero no puedo retenerla aquí. Me gustaría decirle que vaya a San Diego o algún sitio cerca. Pero no puedo hacerlo. Tiene que ir. Quiere ir.
—¿Y vais a intentar una relación a larga distancia?
—Sí. Al menos, eso creemos. Por ahora. No sé, Chris, quizá cambiemos los dos de opinión al final del verano. Pero estamos de acuerdo en intentarlo.
—Sólo recuerda lo que te dije, ¿vale? Si no funciona, aquí estoy para recoger los pedazos. -- Le cogí la mano y se la apreté. El también lo hizo.
Me alegraba de que el curso hubiera acabado. Significaba que no tendría que estar constantemente respondiendo a preguntas sobre Lauren y yo. Claro que las chicas llamaban, y yo hablaba con ellas, y les contaba la clase de detalles que querían saber. Esperaba hartarme rápido, pero no fue así. Me encantaba hablar de Lauren. Y me encantaba porque la amaba. Aunque había otro asunto más apremiante del que todo el mundo hablaba: nuestra fiesta de disfraces. Estaba en medio de una llamada a tres con Dinah y Normani, hablando de la fiesta.
—Si no hay más remedio —les dije riendo— te pones cualquier vestido y dices que vas de chica Bond.
—Quizá tenga que hacer eso —comentó Normani—. Encargué un disfraz el otro día y aún no les ha llegado.
—¿De qué vais Chris y tú? —preguntó Dinah—. Sé que nos lo dijiste en algún momento, pero no lo recuerdo. Internet me ha estado haciendo el tonto toda la semana.
—Robin.
—¿Robin de Batman y Robin?
—Sí, Chris es Batman.
—Eso ya lo he supuesto —rió Dinah. Mi móvil comenzó a vibrar, y me lo aparté de la oreja para ver quién llamaba.
—Perdón, chicas, pero tengo que irme.
—¿Cuál es? —preguntó Normani.
—¿Perdón?
—¿Cuál de los hermanos Jauregui? —aclaró Dinah—. Tiene que ser uno de ellos.
Me reí.
—Es Lauren.
—¡Ooohh! —exclamaron ambas a coro por el teléfono, y yo me reí antes de despedirme. Luego me acurruqué contra los cojines de la cama y una sonrisa me cruzó el rostro al oír la voz de Lauren. No hablamos de nada en concreto, pero no importaba: mientras hablara con Ella, yo era feliz.
«Así que esto es lo que hace la gente al estar enamorada —pensé mientras Lauren me hablaba del programa de fútbol americano femenino de Harvard—. Se vuelve tonta.»
Porque, para ser sincera, me importaba un comino todo lo relacionado con el fútbol americano; pero Lauren parecía animada, y yo me encontré bebiendo sus palabras y queriendo oír más. El amor me había vuelto aún más tonta de lo que ya era.
«Pero ¿sabes qué? —pensé con una sonrisa en el rostro—. No me importa.»
* * *
—Vaya —exclamé, mientras me levantaba de mi asiento—. No puedo creer que el curso se haya acabado.
—Dímelo a mí. Pero hay algo aún más raro. —Chris me dio un codazo y me señaló con la cabeza el estrado donde los profesores estaban recogiendo las sillas—. El año que viene seremos nosotros los que nos graduaremos.
—Sí, eso sí que es raro.
—Parece que fue ayer cuando éramos críos, ¿eh? Cuando íbamos a campamentos de fútbol, de béisbol... Las fiestas de disfraces...
Me reí.
—Sí, bueno, seguimos siendo críos en el corazón. —Miré alrededor, buscando entre el enjambre de togas azules un cabello oscuro y una nariz torcida. Los padres de Chris y Lauren ya se había ido a buscarla y felicitarla por su graduación.
—Me alegro de que haya llegado hasta aquí —había suspirado su madre al sentarse—. Creía que la expulsarían antes de verla graduarse. Y ahora, Harvard el año que viene... —Era imposible negar el orgullo en su voz mientras lo decía.
Y yo también estaba encantada por Ella. De verdad. Pero el estómago se me retorcía un poco al pensarlo. No quería verla marcharse. «No es justo.»
Aunque me resultara infantil incluso pensar en ello, no podía evitarlo. ¿Por qué tenía que estar Harvard en la otra punta del país? ¿Por qué tenía yo que ir a escoger ese momento para enamorarme de Ella?
—Y vosotros cumpliendo los diecisiete —estaba diciendo su madre—. ¡Dios mío! ¡Diecisiete! Pensadolo. El año que viene os marcharéis a la universidad y...
—Mamá —dijo Chris antes de que pudiera hablar su padre—, no te pongas a llorar.
—¡No lloro! —protestó Clara, pero la voz se le había quebrado un poco.
En ese momento, Chris y yo estábamos en medio de un montón de adolescentes sonrientes, vestidos con sus togas de graduación y acompañados de sus orgullosas familias. Torcí el cuello, tratando de localizar a Lauren. Con el rabillo del ojo vi a Chris echar una mirada a mi espalda, y comencé a volverme para mirar hacia atrás.
—¡Buu!
Pegué un bote de casi medio metro y solté un gritito, lo que me granjeó numerosas miradas de extrañeza de la gente que nos rodeaba. Chris soltó una carcajada , y su hermana también se burló de mí con una de sus raras sonrisas auténticas. Le di una palmada en el brazo, mirándola ceñuda, con el corazón aún acelerado.
—Eres tan infantil, Lauren Jauregui... —le solté. Ella esbozó su famosa sonrisita.
—Deberías haberte visto la cara.
—Cierra el pico. -- Eso sólo hizo que se riera con más fuerza.
—Eh —dijo Chris—. Felicidades. Lo has logrado. -- Lauren asintió.
—Sí, y que lo digas. Ahora tú tendrás que mantener el legado Jauregui, ya sabes. Métete en todos los líos posibles y evita por los pelos que te castiguen. -- Chris se rió.
—Claro, creo que podré hacerlo -- Lauren se encogió de hombros.
—Estoy segura de ello. —Me pasó el brazo por los hombros—. ¿Todo bien, Camz?
Por un instante la miré ceñuda, pero la sonrisa que le marcaba el hoyuelo me hacía imposible fingir que estaba enfadada con Ella. Solté un suspiro.
—Entonces, ¿no tienes nada que decir sobre mi graduación del instituto? —preguntó Lauren, dándome un caderazo—. ¿Ni felicidades? ¿Ni siquiera unas pequeñitas?
—Depende —le dije bromeando.
—Lo reservas para esta noche, ¿eh? —Subió y bajó las cejas mirándome, y yo me sonrojé con sus palabras. Su expresión tampoco me ayudó a evitarlo. Por un momento me preocupó que Chris se pudiera sentir incómodo por lo que acababa de decir Lauren, y lo miré disimuladamente. Pero El había puesto una fingida cara de asco adornada con ruidos de náuseas.
—¡Arg, para, por favor! —gritó negando con la cabeza. Así que sonreí.
—Felicidades —le dije a Lauren.
—Gracias.
—Ahora la universidad.
—Sí... -- Se hizo el silencio en la conversación, y no fue un silencio fácil.
—Entonces, ¿ya tienes tu disfraz para esta noche, hermana? —se apresuró a decir Chris. Lauren chasqueó la lengua y alzó un dedo para señalarlo.
—Ésa es una buena pregunta... No.
—¿No lo tienes...? ¡Lauren! —exclamé exasperada.
—Si casi me olvido de poner gasolina para poder llegar a la graduación —se defendió Ella—. ¿Crees que me acordaré de buscar ropa para una fiesta?
—¡Jauregui! ¡Vamos, tía, están haciendo fotos! —gritó alguien, antes de que yo tuviera tiempo de poner los ojos en blanco por lo que Lauren había dicho.
—¡En seguida voy! —respondió Lauren, también gritando. Me dio un beso rápido en los labios—. Te veo esta noche, Camz. Hasta luego —añadió dirigiéndose a Chris, y fue a hacerse fotos con los otros graduados.
—Arg —comentó Chris—. Qué asco.
Me reí.
—Calla.
—¿Nos vamos en el Batmóvil, Robin? —dijo Crish poniendo una voz profunda y aterciopelada.
—Adelante —contesté, mientras lo cogía del brazo.
Intercambiamos una sonrisa divertida antes de dirigirnos hacia su coche. No podía sentirme más feliz: después de todo el drama que había representado mi relación con Lauren, seguía conservando a mi mejor amigo.
* * *
—¿Eres tú, Mila? —Oí decir a Clara cuando entré en casa de Crish.
—Sí.
Salió del despacho y me sonrió.
—Estoy guardando algunas cosas —me explicó—. Para que no se rompan.
Me reí asintiendo.
—Buena idea. Voy a subir arriba a prepararme.
—Claro, cariño.
Michael y ella iban a salir con mi padre a ver una obra de teatro; habían cogido una sesión de medianoche y así no estarían durante la fiesta. Brad tenía un torneo de fútbol al día siguiente y se había quedado en casa de un amigo para que papá pudiera salir con los padres de Chris.
—Por cierto, Chris me ha dicho que los chicos vendrán más pronto para ayudar a mover los muebles.
—Oh, ¿de verdad? Guay.
—¿Quieres beber algo?
—Cogeré algo de la nevera, gracias. —Sonreí de nuevo mientras ella volvía al salón para acabar de recoger los adornos, y cogí dos latas de naranjada de la nevera para llevarme arriba.
La puerta de Chris estaba abierta, y El estaba colgando boca abajo de la cama con los cascos puestos.
—Hacía tiempo que no nos veíamos. —Me presento portando bebidas.
—Asombroso. —Rodó para bajar de la cama y acabó en el suelo, luego se puso en pie para coger la lata.
—Cameron y Troy se van a pasar a las siete para ayudarnos a mover los sofás y los muebles, y para colocar los altavoces.
—Sí, tu madre me lo ha dicho.
Puse la lata en el escritorio de Chris y saqué mi disfraz de la bolsa. Me incorporé, con el traje contra mí, e hice una mueca.
—Quizá quede bien sobre... —pensé en voz alta.
Había una raja en la falda que llegaba demasiado arriba para mi gusto, y el cuerpo parecía demasiado pequeño en los peores lugares. El vestido era de una tela fina con tonos metálicos; la falda y la capa eran de color verde esmeralda, y el cuerpo del vestido era rojo rubí. Un cinturón color mostaza lo sujetaba sobre la cadera.
—Pruébatelo —dijo Chris, con una voz que sonaba algo hueca.
Alcé la vista, frunciendo el cejo con curiosidad ante su voz, y me eché a reír al ver la máscara de Batman que se había puesto. Se echó la capa por encima de la cabeza como un velo.
—No estoy mirando, lo juro.
Me reí.
—Pareces idiota.
—¿Seguro que no te estás mirando al espejo, Mila?
—Ja, ja, ja —repliqué sarcástica, poniendo los ojos en blanco. Me quité los pantalones cortos y el top sin mangas y me puse el vestido. Chris se acercó para subirme la cremallera, pero no fue fácil. Me quedaba demasiado estrecho en el pecho, y oí como saltaban un par de puntos cuando Chris tiró de la cremallera hasta el final. Me até el cinturón.
—Vaya, ¿lleva un sujetador de aros incorporado?
—No —resoplé. Me resultaba un poco difícil respirar. Pero la raja no era tan alta como había creído y la falda tenía una longitud decente.
—No está tan mal.
—¿Seguro?
—Seguro. Además, habrá chicas que parecerán putas. Todo irá bien.
—¿Seguro?
Chris se rió.
—No. Estoy mintiendo. Pero, de verdad, ya no puedes hacer nada. A no ser que quieras presentarte en ropa interior y decir que eres una modelo de Playboy.
—No, gracias. Creo que me quedaré con esto.
—Mila, no pasará nada. Serás la más guapa de la fiesta.
* * *
Casi una hora más tarde, tenía el cabello recogido hacia atrás y me caía en oscuros tirabuzones sobre el hombro izquierdo; estaba lista. Chris estaba increíble de Batman, y a pesar de la constricción respiratoria, me gustaba el traje de Robin. Los padres de Chris se marcharon cuando llegó mi padre, y como dos minutos después sonó el timbre de la puerta. Cameron y Troy debían de haber quedado: esos disfraces no eran una coincidencia.
Cam llevaba una elegante peluca blanca antigua y un sombrero naval que hacían juego con su uniforme. Y Troy estaba allí con toda la parafernalia del capitán Jack Sparrow, desde el tatuaje descolorido hasta el tricornio pasando por una espada y una pistola de plástico.
—Comodoro Norrington, a su servicio, señora —dijo Cam, mientras hacía una elaborada reverencia y me besaba la mano. Contuve una carcajada mientras Ella se incorporaba y se ponía el sombrero.
—Bonitos disfraces —dije.
—Muy auténticos —añadió Chris.
—Gracias —respondieron al unísono, y ambos rieron.
—Mi hermano —explicó Troy— nos ha conseguido un descuento, porque conoce a un tipo que tiene un almacén de disfraces.
—¿Es moreno de pote? —pregunté a Ttroy mientras iba a pasarle un dedo por la mejilla.
—¡No lo toques! —Me apartó el dedo—. ¿Tienes idea de lo difícil que es ponerte dos litros de cacao en polvo en la cara?
—¿Es cacao en polvo? —preguntó Chris, divertido—. ¿Lo que se emplea para hacer chocolate deshecho?
—Mi hermana lo usa de bronceador cuando se queda sin ello. Me dijo que quedaría bien.
Los tres nos reímos de El. No con mala intención, sino porque Troy estuviera siguiendo consejos de Rachell, de su hermana de catorce años.
—Callaos ya —dijo mientras nos miraba cabreado.
—Vale, vale, perdona — lo arregló Chris—. Pues te queda muy bien.
—Eso espero —masculló Troy—. Bueno... ¿Muebles?
—Yo me encargo de los altavoces —indicó Cam.
—Yo ayudo a Cam —me ofrecí voluntaria.
—Sí, no queremos que te rompas una uña ahora, ¿verdad, Mila? —bromeó Chris.
—Estaba pensando más bien en no fastidiarme el peinado.
—Tío —le dijo Dixon—, tu ayudante es una broncas.
Puse los ojos en blanco y me fui con Cam. Chris y Lauren habían comprado varios juegos de altavoces para conectarlos al equipo de música grande que había en el salón, pero estaban en un armario en medio de una masa de cables liados.
A pesar de eso, no nos costó mucho colocarlos. Troy y Chris pusieron todos los muebles del salón y de la sala de juegos contra las paredes y la cocina se despejó lo más posible. Había espacio más que suficiente para una loca fiesta particular; lo único que faltaba eran los invitados. Y éstos no tardaron en llegar, puntuales.
El hogar de los Jauregui no tardó en llenarse de música y de enjambres de adolescentes. No, no adolescentes, más bien una colección de personajes de películas. Había princesas de Disney, hadas, y Candice había creado una sorprendente versión zombi de Alicia en el País de las Maravillas. Su novio se había presentado como el Sombrerero Loco, a la Johnny Depp (¿por qué sería que todo el mundo se vestía como El? Creo que por algún lado también había un Eduardo Manostijeras). Karen aprovechó su cabello pelirrojo e iba de Ginny de Harry Potter.
Había versiones femeninas y masculinas de superhéroes, desde Spiderman a Wonder Woman y Capitán América. Warren se había disfrazado de Dumbledore, con una barba cutre que le medio caía donde no se la había enganchado bien. Los personajes de Harry Potter parecían ser el recurso favorito; yo había pensado que estaríamos rodeados de 007, no de medio Hogwarts. Mis favoritos eran Tyrone y Jason.
Chris y yo habíamos abierto la puerta a Tyrone. Nos lo habíamos encontrado allí, descamisado, con algo vaquero cortado que parecían haber sido unos pantalones antes de que los atacara con unas tijeras. En seguida supe de qué iba: tenía el cabello negro y corto y la piel oscura.
—Feliz cumpleaños el domingo, chicos —exclamó sonriendo.
—Gracias. Pero, esto... ¿qué se supone que eres? ¿Un modelo de Calvin Klein? —preguntó Crish.
—Es el hombre lobo de Crepúsculo —le dije en un tono de «eres tonto».
Tyrone se volvió para enseñarnos la cola que se había enganchado con cinta adhesiva al trasero de los vaqueros.
—Se la he cortado al viejo perro de peluche de mi hermana —nos contó.
—Vale...
Se oyó un «¡Hola, chicos! ¡Feliz cumpleaños!», y Jason entró en el porche con una camisa azul claro desabrochada para mostrar sus abdominales de deportista; su cabello castaño claro estaba de punta y se había cubierto de purpurina.
—¿Quién eres tú, el Monstruo de la Purpurina? —bromeó Tyrone.
—Mira quién habla —replicó Jason—. Y tú, ¿quién eres tú?
—Soy un hombre lobo.
—¿Sí? —Soltó un bufido—. Bueno, pues yo soy un vampiro. El vampiro.
—Tío..., este disfraz está «chupado» —bromeó Chris, y los dos nos partimos de risa.
Tyrone y Jason habían venido como Edward y Jacob de Crepúsculo. Sus disfraces combinaban bien, si no se tenía en cuenta que Jason no lucía una palidez de muerte, aunque se había puesto unos colmillos de plástico. Echar un vistazo alrededor era algo surrealista. Ninjas y marineros jugaban al billar con el conde Drácula y Rocky Balboa. Sirenas y hadas se estaban morreando con bomberos y policías. Sin embargo, no había visto a Lauren todavía. Y creedme, si hubiera estado allí, yo lo habría sabido. Me sentí un poco sola. Todas las parejas estaban besándose, y luego había gente que se liaba al azar, llevados por el espíritu de la fiesta. Pero me sentía bien; estaba charlando con la gente, riendo y bromeando. Unas cuantas chicas me preguntaron dónde estaba Lauren, pero todo el mundo parecía demasiado ocupado hablando de los disfraces para molestarse en pensar en la última pareja que había aparecido en la escena social. Yo sí quería saber dónde estaba Lauren... Pero, ¿la verdad?, me lo estaba pasando muy bien, y casi ni me dio tiempo para preguntarme por qué no estaba allí conmigo.
—¿A que Faith está guapísima en ese vestido de griega? He oído decir que era de su abuela.
—Oh, Dios mío, ¿habéis visto esa cosa que lleva Tammy? ¿De qué se supone que va? ¿De modelo de Victoria’s Secret?
—Joel está buenísimo vestido de marinero, ¿no crees? Oh, por favor, creo que acaba de mirar hacia aquí. ¿Está mirando? Oh, Dios mío, ¡no mires! ¡No tan descaradamente! Oh, no, acaba de verme.
Rápido, ¡haced como si hubiera dicho algo divertido! Eso mantenía ocupadas a la mayor parte de las chicas, si no estaban liándose o coqueteando con algún chico. ¿Y los chicos? Ellos no querían oír los detalles de cómo iban las cosas con Lauren y lo bien que besaba. Salí al patio trasero y encontré a Troy con una chica junto a la piscina. Estaba bastante trompa y cantaba: «Jo, jo, la vida de pirata es para mí», a voz en grito. Me reí.
—Y yo que me preguntaba adónde había ido a parar todo el ron...
De repente, unos brazos me rodearon desde atrás y noté un aliento cálido en la oreja.
—Hey, feliz cumpleaños, chica.
Me volví y le levanté el sombrero para dejarle al descubierto el rostro. Aunque no necesitaba verlo para saber quién era.
—¿Así que finalmente has decidido dar la cara, eh? -- Ella rió por lo bajo.
—Sí, señora.
Llevaba un traje a rayas de color gris ceniza con hombreras, camisa blanca y corbata negra, zapatos de lo más pulidos, en los que posiblemente se podría reflejar, y uno de esos sombreros de los años veinte de color marfil con una banda negra alrededor.
—¿Al Capone? —sonreí—. Estás...
Me cortó antes de que pudiera acabar la frase; me cortó estrellando sus labios contra los míos, aunque sólo durante un segundo.
—No. Digas. Esa. Palabra.
Me reí. Ni siquiera era consciente de que todo el mundo nos estaba mirando. Aparte de en el final del Baile de Verano, nadie nos había visto mucho juntas. Pero no pensé en que prácticamente todo el mundo que conocíamos estaba allí, en nuestra fiesta, mirándonos a Lauren y a mí.
—Pero lo estás.
—No.
—¿Por qué odias esa palabra?
—Soy la tipa más dura del instituto. Conduzco una moto, me meto en peleas. ¿Y me llamas eso? De entre todos los adjetivos que hay por ahí, ¿has tenido que escoger ése?
—Perdona, pero es tan apropiado...
Ella soltó una risita y me tiró de la nariz. Hice una mueca, pero eso sólo le hizo reír más.
—Entonces, te lo estás pasando bien, ¿cumpleañera?
—Hum, aún no.
Lauren alzó una ceja, la cabeza inclinada hacia un lado, como un perro curioso. Sonreí como respuesta a la pregunta que aún no había formulado antes de ponerme de puntillas y susurrarle al oído:
—Aún no he tenido mi beso de cumpleaños.
Lauren me miró durante un largo momento. Noté que se me aceleraba el pulso; quizá no debería intentar lo de parecer sexy o seductora; era un tontería... Lauren se inclinó un poco; sus labios apenas rozaron los míos, y menos aún me besaron.
—¿Qué ha pasado —preguntó con los labios así— con la dulce, ingenua e inocente Camz a la que creía que había que defender de una avalancha hormonal de chicos y... chicas adolescentes?
—Me encontré con la caseta de los besos.
Ella se rió de nuevo. Noté que el sonido reverberaba en su pecho, donde yo apoyaba la mano.
—Supongo que sí.
—¿Y voy a tener mi beso ahora? —pregunté, apartándome de Ella para hacer un puchero. No estaba segura de si mi expresión de perrito abandonado sólo funcionaba con Chris y con mi padre, pero valía la pena probarlo.
—¿Sabes que, en realidad, no es todavía tu cumpleaños?
—¿Y? ¿Adónde quieres llegar?
Lauren puso los ojos en blanco, pero me dio un rápido beso en la mejilla; luego me bajó los brazos y comenzó a alejarse. No me moví, ni siquiera pestañeé..., estaba demasiado perpleja. ¿Un beso en la mejilla? ¿Eso era todo?
—Eh —la llamé. Por alguna razón quería reírme, seguramente porque ambas sabíamos que me estaba tomando el pelo, pero mantuve mi expresión neutra—. ¿Crees que te voy a dejar marchar así sin más?
—Soy Al Capone —replicó Ella, fría como el hielo—. Puedo salirme con la mía en cualquier cosa.
—Muy graciosa.
—Eso creo —repuso Ella. Su boca se curvó en su famosa media sonrisa, sin embargo, los ojos le brillaban de diversión.
No pude evitar lo que hice a continuación. Le dediqué una mueca, incluso le saqué la lengua, como una niña pequeña. Lauren se echó a reír, una risa de verdad, con ganas, de las que te lloran los ojos y la boca se te abre tanto que te coge rampa en las mejillas y el estómago te duele durante treinta segundos.
—Te quiero, Camz —repuso Ella en voz baja, y aún había risa en su voz, sus ojos y su rostro.
Quizá fuera la manera en que me cogía, o la expresión de su rostro, o su risa, no lo sé, pero fuera lo que fuera, casi me desmayé. No bromeo, supe a lo que todos esos cursis libros románticos se referían cuando hablaban de que las rodillas se te debilitaban y te sentías como si te derritieras. Y si Lauren no me hubiera estado cogiendo por los hombros, estoy segura de que mis piernas hubiesen cedido. Noté que mi boca imitaba su sonrisa.
—Vuelvo en un momento. Ve a la fiesta, cumpleañera.
—Vaya, ¿quién hubiera pensado que la sobreprotectora, adicto a la violencia hermana de mi mejor amigo me diría «ve a la fiesta» —bromeé— en vez de decirme cuidado con lo que bebo y con quien hablo, o hacer algún comentario sobre cómo voy vestida?
Esperaba que pusiera los ojos en blanco o se riera de mí, o que hiciera algún comentario ocurrente. Pero me sonrió con timidez, con un aire como de... culpabilidad.
—No te lo digo en serio —le aclaré.
—Lo sé. No te preocupes. Y lamento todo eso, ya sabes lo de ser...
—¿Sobreprotectora? ¿Controladora? ¿Una tonta?- -Lauren se rió.
—Sí. Eso. Pero sólo para que conste..., estás de lo más sexy esta noche.
Sonreí y me sonrojé al mismo tiempo, lo que le hizo que volviera a aparecer su sonrisa.
—Ve a la fiesta, Camz, y yo iré dentro de un rato.
—Muy bien —repuse alegremente, y le di un beso en la mejilla mientras pasaba a su lado. De repente noté docenas de ojos sobre mí.
Así que me hice fuerte y cogí una lata de cola de la nevera antes de reunirme con todas las chicas que iban comentando la buena pareja que hacíamos y lo celosas que estaban; lo guapa que estaba Jauregui y lo afortunada que era yo, y de nuevo la buena pareja que hacíamos.
—Ojala tuviera yo lo que tú tienes —me dijo Tamara con una triste sonrisa.
—¿Qué? ¿Una chica mala y sexy? —Fruncí el cejo, confusa. Ella se rió.
—No. Un final de cuento de hadas.

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Capitulo 125

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:46 am

Ojalá hubiera podido ser un final de cuento de hadas.
La fiesta acabó demasiado rápido. Las horas pasaron como una exhalación hasta que llegó la una, y la casa se quedó vacía, excepto por Lauren, Chris, Rachel y yo. La casa tampoco estaba muy mal, ya que no se había bebido mucho. Barrimos y metimos la basura en bolsas y las dejamos fuera, en la acera, y a las dos, Rachel se había dormido en brazos de Chris en el sofá, y a El también se le caía la cabeza. Yo estaba tumbada en el otro sofá, con la cabeza en el regazo de Lauren. Quería seguir despierta, pasar todo el tiempo posible con Ella. Quizá habría podido seguir con los ojos abiertos si Ella no me hubiera estado pasando los dedos por la cabeza. Era más relajante que una nana.
—Lauren —dije, pero me salió sólo un murmullo adormilado.
—¿Hum? —Ella también sonaba sólo media consciente. Quizá lo estuviera. Yo tenía los ojos cerrados y estaba en ese estado en que ya no queda fuerza de voluntad para abrirlos.
—¿En qué estás pensando? -- Ella vaciló antes de responder.
—En nosotras. En la universidad —dijo. Yo esperé pacientemente a que desarrollara su respuesta —. No... —Un bostezo lo interrumpió, y tuvo que comenzar de nuevo—. No quiero que me estés esperando a que venga por vacaciones y entretanto no vivas la vida. Sé que suena raro viniendo de mí, después de todo lo que he intentado protegerte, pero... no sé, no parece... justo para ti —bostezó de nuevo— que tengas que esperarme... Estoy cansada. Y esto no se me da bien. -- Solté una risa adormilada.
—¿Te refieres a la «mierda emocional»?
—Sí. No sé. Haremos todo lo que podamos y esperaremos lo mejor. Eso es todo lo que podemos hacer, ¿no?
—Voy a echarte de menos —dije mientras me encogía de hombros. Lauren me apretó el brazo.
Nos quedamos en silencio durante un rato. Sabía que Ella no se había dormido porque seguía pasándome los dedos por el cabello. Un seco ronquido rompió el silencio y luego se convirtió de nuevo en una respiración regular. Chris. El sí estaba dormido.
Lauren se movió, sacudiéndome sin querer. Apreté los ojos y gruñí un poco en señal de protesta, pero Ella se quedó quieta, tumbada junto a mí en el sofá, acurrucada a mi lado. Sonreí. Quería darme la vuelta para quedar de cara a Ella, pero me costó hacerlo porque estaba medio dormida.
—Camz —dio Lauren entonces, en ese tono ominoso que me indicó que quería hablar de verdad sobre algo serio. Yo estaba demasiado cansada para hablar...
—¿Qué? —le susurré en la oscuridad.
—Te quiero. —Me besó en la frente. Yo me acurruqué más contra Ella y le hundí la cabeza en la curva del cuello mientras Ella me abrazaba con fuerza. Me dormí en segundos.

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Capitulo 126

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:46 am

* * *
Ninguno de nosotros se despertó cuando llegaron los padres de Chris. Ninguno se despertó cuando estuvieron por la cocina, preparándose un desayuno tardío, o cuando acabaron de limpiar la casa. Eran casi las dos de la tarde cuando finalmente abrí los ojos. Había dormido la mayor parte del día, y la tarde la pasé jugando a videojuegos con Chris. Lauren se había ido a una chatarrería en algún sitio para buscar piezas para su moto. Su mensaje no había sido muy claro, ya que yo no entendía nada de mecánica. Tuve que suponer lo que estaba haciendo.
Y entonces llegó mi cumpleaños. Así sin más, ya tenía diecisiete. Me había quedado levantada hasta la medianoche para enviarle un mensaje a Chris, pero en ese momento me di cuenta de que estaba totalmente despierta, mirando el techo, y que las sombras del sol de la mañana bailaban ante mí. Me sentí como si me hubiera hecho mayor de golpe durante el último año. Y para ser totalmente sincera, no me gustó nada.
Sobre todo, era porque ser mayor implicaba tomar las grandes decisiones. Como ir a la universidad el curso siguiente. Tendría que pensar en la universidad. Mierda, no tenía ni idea de lo que quería hacer. Sólo me dejaba llevar por la corriente. No pensaba demasiado en cosas como ésa. No lo sabía. Claro que ser mayor también tenía cosas buenas, como salir con alguien, o conducir, o descubrir quién eras en realidad, du, du, du, bla, bla, bla...
Pero ¿era tan malo que una pequeña parte de mí quisiera que las cosas pudieran seguir igual para siempre? Poder correr a casa y que mi padre me pusiera una tirita en la rodilla si me caía; poder tirarme en bomba en la piscina de Chris con El, sin que importara nada más que conseguir salpicar más agua que nadie. Entonces, mi puerta se abrió de golpe.
—Feliz cumpleaños, trol.
Me senté y le tiré una almohada a Brad, pero El cerró la puerta antes de que le diera en toda la cara. Volvió a abrir la puerta.
—¡Levántate ya! —me gritó.
—¿Por qué? Son sólo las ocho de la mañana.
—¡Si yo estoy levantado, tú te levantas!
Me fijé entonces en que Brad ya estaba vestido, y puse los ojos en blanco. Era cierto: Brad tenía la necesidad de tener a todos despiertos por la casa cuando El se levantaba. Supuse que ya habría sacado a papá de la cama para que le bajara el cuenco de los cereales del armario y poder desayunar.
—Ya me levanto, ya me levanto.
—Pero te he dicho feliz cumpleaños, ¿no?
Suspiré.
—Sí. Gracias, Brad.
—Entonces date prisa, ¿vale?
No veía a qué venía tanta prisa, pero El me tiró la almohada sobre la cama y cerró la puerta. Lo oí bajar la escalera con la delicadeza de un huracán. Puse los ojos en blanco, pero sonreí. Abrí el armario para buscar qué ponerme.
Íbamos a comer fuera, pero ya me cambiaría más tarde. Por el momento, saqué un par de vaqueros cortos y una camiseta. Todos los años salíamos a comer, y siempre era una reunión familiar. Chris y yo, sus padres y mi padre (mi madre también, cuando vivía), Brad y Lauren. Un par de años, en los que mis abuelos estaban aquí, también se habían apuntado. No me molesté en hacer mucho con mi pelo por el momento, así que me lo recogí en una coleta y fui hacia abajo.
—Por fin —masculló Brad cuando me oyó entrar en la cocina.
—¡Feliz cumpleaños, colega! —me deseó papá con una gran sonrisa. Estaba detrás de la mesa de la cocina, sobre la que había un gran pastel. Era de chocolate, con cubierta de fresa y una frase en azúcar que decía «Felices 17» escrito a mano.
—¿Es mi desayuno? —bromeé esperanzada.
—No del todo. Pero Brad y yo nos hemos levantado muy temprano para hacerlo. Ahora prepararé crepes.
—Sí, y no las iba a hacer hasta que estuviéramos todos —gruñó Brad. El estómago le rugió en respuesta, como un tigre enjaulado ante un pedazo de carne. Papa y yo nos reímos—. Ha dicho que era una tontería hacerlas dos veces.
—Por eso has venido a sacarme de la cama, tripas gruñonas —repuse yo, y le alboroté el pelo mientras rodeaba la mesa para abrazar a mi padre.
—¿Qué tal la fiesta? Ayer no tuvimos ocasión de hablar.
—Lo siento.
—No pasa nada. Estuviste en casa de Chris todo el día; pensé que quizá tuvieras una resaca galopante y querías evitar a tu padre.
Me reí.
—La verdad es que no. Nadie bebió mucho. Supongo que nos lo pasamos tan bien que no necesitamos beber. —Era una broma, pero, en plan padre, El puso una cara que decía: «No tienes que beber para pasártelo bien».
El resto de la mañana transcurrió muy rápido, y a las doce y media estábamos aparcando ante un elegante restaurante cuyo nombre ni siquiera podría pronunciar. Me había puesto un bonito vestido de verano, azul oscuro con un estampado de flores amarillas. Lo había acompañado con unas sandalias cualquiera y alguna joya, y me había dejado el pelo como lo llevaba. Entramos cuando la familia Jauregui llegó.
—Ah, ya están aquí todos —dijo el camarero—. Los acompaño a su mesa.

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Capitulo 127

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:47 am

Oí a Clara preguntarle a mi hermano cómo le iba el fútbol, y los dos padres charlaban entre ellos. Al instante, mi mirada buscó a Lauren, y Ella me sonrió. Pero antes de que yo pudiera contestarle, Chris se puso a mi lado. Aparté la mirada de Lauren para dedicar toda mi atención a mi mejor amigo.
—¡Feliz cumpleaños! —dijimos al unísono, con sonrisas idénticas en el rostro.
Chris se rió y yo moví la cola para que rodara como las aspas de un helicóptero. Me lancé contra El y lo estreché con fuerza entre mis brazos. El me abrazó con ganas y se echó hacia atrás, de modo que tuve que ponerme de puntillas durante un segundo.
—¿Qué tal tu día? —me preguntó antes de seguir a nuestras familias.
—Igual que cuando hemos hablado antes, bien. ¿Y tú?
—¿Tengo que molestarme en repetir tu respuesta?
—No —contesté riendo.
—Bueno, la verdad es que he visto a Rachel —añadió El—. Sólo una hora, antes de venir para aquí.
—Genial. ¿Te ha dado un gran beso de cumpleaños? —Hice una mueca acompañada de ruiditos de besos.
—Bueno...
—Sois tan monos cuando estáis juntos. Es como..., como Spiderman y Mary Jane. Habría dicho Batman y alguien, pero no sé quién salía con Batman.
Chris se rió.
—¿Y en qué te convierte eso? ¿En la Bella y la Bestia? Tú la Bestia, claro. Lauren y yo compartimos los genes, y sin duda no comparto genes con la Bestia. Quiero decir, sólo mírame. -- Lo hice y puse cara de asco.
—Feo.
El se rió de nuevo mientras nos sentábamos uno junto al otro en el centro de la mesa. Por una vez, Lauren estaba frente a mí. Era un agradable cambio por Brad, que siempre me daba patadas y se quejaba de que no le dejaba suficiente espacio para las piernas.
—Feliz cumpleaños, Camz —me dijo con una leve sonrisa. Yo le sonreí abiertamente.
—Gracias.
—¿Y qué te han regalado, Chris? —preguntó mi padre.
—Aún no lo sé. Estaba esperando a Mila.
—¿Y tú qué, Cami? —me preguntó Michael.
—Estaba esperando a Chris —respondí riendo tontamente.
Un camarero se acercó para tomar nota de las bebidas y nos pasó las cartas. Lauren puso su carta vertical y se inclinó hacia delante de forma que sólo podía verle los codos y la coronilla. Estaba repasando la carta que veía al menos una vez al año y me planteaba si debería ser valiente y probar algo nuevo o debía pedir la pechuga de pollo con parmesano y salsa barbacoa, verduras asadas y patatas fritas. Al siguiente instante, mi móvil silbó brevemente, indicando que tenía un nuevo mensaje. Pensé que podía ser de Warren o de algún otro para desearme feliz cumpleaños. No era Warren.
«Estás muy guapa.»
Alcé la mirada, pero Ella parecía concentrada en la carta, sin parecer fijarse en mí. Parpadeé un par de veces antes de bajar los ojos a mi móvil y presionar RESPONDER.
«Gracias.»
No sabía qué más decir, así que lo dejé ahí, corto y explícito.
«¿Qué vas a hacer después?»
«No lo sé. ¿Cuándo es después?»
«Después del pastel. Tengo algo pensado para la cumpleañera.»
Había una carita guiñando el ojo al final del mensaje. Miré el texto durante un momento y me pregunté si contenía alguna indirecta. Conociéndola, probablemente tenía planeado algo cursi que sabía que me encantaría.
—Camila, deja de enviar mensajes en la mesa —me riñó mi padre.
—Perdón.
Vi a Lauren lanzarle una sonrisita burlona a su carta, sin mirarme. Pensé en enviarle otro mensaje preguntándole qué había pensado, pero seguramente estaba esperando a que lo hiciera para poder seguir metiéndose conmigo, diciéndome que era una sorpresa sólo para fastidiarme. Así que no le di esa satisfacción. Volví a meter el móvil en el bolso.
—Gracias —dijo mi padre con toda la intención.
—¿Ya lo tienen? —preguntó el camarero.

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Capitulo 128

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:48 am

* *
Después volvimos a casa de los Jauregui, como siempre, para abrir los regalos de nuestros padres e hincharnos con el enorme pastel que mi padre y mi hermano habían hecho esa mañana. Los padres de Chris le regalaron unos CD y ropa. Lauren le regaló un nuevo equipo de música para el coche; dijo que por eso había estado en el chatarrero, buscando piezas. Chris había supuesto que el CD se lo había comprado yo: hacía un par de días que le dije que no se lo podía bajar al ordenador, sin querer explicarle por qué. También le gustó la cartera, y luego desplegó la camiseta. Era azul y ponía: «Estoy con un estúpido», con una flecha indicando hacia abajo. Se echó a reír, luego cogió uno de mis regalos y me lo tiró.
—Gracias, Camz. Ahora abre éste.
—¿Es el tuyo?
—Claro. ¡Ábrelo ya!
Lo hice. Y tardé más de un minuto en parar de reír. Me había comprado una camiseta amarilla, en la misma tienda, en la que ponía: «Estoy con un estúpido», con una flecha apuntando hacia arriba. La versión femenina de la que yo le había comprado. Vaya pasada.
—¿Qué habéis hecho, poneros de acuerdo? —bromeó su padre mientras yo sujetaba la camiseta ante mí.
—No —respondimos al unísono, riendo.
—Es que tenemos telepatía —añadió Chris.
También me regaló un par de libros con temas de vampiros, porque sabía que yo tenía debilidad por ellos, y luego había algo pequeño, muy bien envuelto y con tanta cinta adhesiva que tuve que abrirlo con los dientes.
—¿Qué es? —preguntó Brad, impaciente, mientras yo aún estaba mordiendo la cinta.
—No lo sé, ¡aún está envuelto!
—¡No voy a decirlo! —bromeó Chris. Había algo travieso en su sonrisa; algo que hizo que me asustara un poco abrir el regalo...
Por fin, la cinta se rompió y pude quitar el papel. Era como una broma o algo: fuera lo que fuese había un largo papel enrollándolo como un millón de veces.
—¿Qué es? —insistió Brad, tratando de ver.
Cuando vi lo que era, me puse roja al instante, y lo dejé caer como si fuera una bomba.
—¡Chris!
—¿Qué?, es para que se diviertan ustedes dos.
—¿Y qué? ¿No me lo podías dar cuando no estuviéramos rodeados de gente?
Chris sabía a qué me refería: ¿por qué delante de mi padre? ¡Y de sus padres!
—Y de tu chica. No te olvides.
Obligué a mis mejillas a calmarse, pero se negaron. Papá ya había comenzado a charlar rápidamente con Clara y Michael, todos decididos a no prestar atención al lubricante que yo acababa de recoger. Lauren estiró la mano desde su sitio en el sofá y me lo quitó.
—Gracias, Chris. Lo dejaré a mano para más tarde.
Yo no creía que fuera posible, pero me puse aún más roja. Hundí el rostro entre las manos. Clara tosió, y supe que era imposible que nuestros padres no hubieran oído ese comentario. Pero a Chris no parecía importarle. Sólo se acercó a darme unas palmaditas en la mano.
—Sólo quiero que tengas algo de diversion, Mila. Me preocupo por ti.
—No veo nada —se quejó mi hermano de diez años, todavía inocente—. ¿Qué es?
—Cosas de mayores —le respondí.
—Tampones —le dijo Chris.
Esa vez le di en toda la cabeza, pero sin fuerza.
—Tú, amigo mío, eres insoportable.
—Lo sé —repuso con una sonrisita, y no pude evitar reírme. No pude.
Los padres parecieron notar que el lubricante ya no eran el tema central y se relajaron.
—Aquí tienes, Cami. —Mi padre me pasó una caja. Era larga y de terciopelo negro, como un joyero. La cogí vacilante.
—¿Qué es?
—Bueno, la verdad es que era..., era de tu madre. Siempre decía que quería que tú lo tuvieras. Y pensaba dártelo el año pasado, pero me olvidé completamente. Sé que los diecisiete son una edad un poco rara para esto, pero... no quería arriesgarme a olvidarlo el año que viene también. —Soltó una risita culpable y sonrió tristemente.
Habíamos conservado todas las joyas de mi madre, claro. No era la clase de cosas que se tira. Yo tenía unos cuantos pares de pendientes que habían sido de ella y que siempre me habían gustado de pequeña, y también una cadena de oro que alguna vez me ponía. Pero fuera lo que fuese eso, no era una joya de diario. Solté el cierre de oro de la parte delantera de la caja y la abrí.

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Capitulo 129

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:48 am

Había pensado que podía ser un collar, quizá una ristra de elegantes perlas o algo así. Pero no lo era. Era un reloj, un brillante reloj de plata con minúsculos topacios en la esfera. El segundero avanzaba, una fina aguja contra la negra esfera. Lo cogí con cuidado. Las gemas azules parecían auténticas, y estaba segura de que era increíblemente caro.
—Las piedras son buenas —me explicó papá, como si me leyera el pensamiento.
Pensé que igual me daba por llorar. Eso era lo que todos esperaban. Casi los veía esperando a que se me saltaran las lágrimas y dijera que añoraba a mi madre. Y sí que añoraba a mi madre. De verdad. Deseaba que estuviera viva; que estuviera aquí, trasteando por la cocina, o sentada mirando alguna serie mala de la tele, o preparándose para ir a trabajar. Pero no podía hacer nada al respecto; había aceptado hacía años que ya no estaba. Podía echarla de menos y desear que volviera con tanta fuerza que me doliera, pero no podía hacer nada para convertir mis deseos en realidad. Y lo entendía. No servía de nada llorar por ella cuando llorar no me la traería de vuelta. Pero estoy segura de que se quedaron parados cuando sonreí y me puse el reloj en la muñeca izquierda. Estaba frío, pesaba y además me quedaba grande, pero me encantaba.
—Gracias, papá.
El sonrió, y su rostro reflejó una mezcla de emociones: la tristeza en los ojos; la alegría en la sonrisa; el alivio, que le borraba el cejo de la frente. Pero luego sacó algo más del bolsillo, otra pequeña caja de terciopelo negro. Era diferente de la del reloj: no tenía cierre de oro y las bisagras tampoco se veían.
—¿Son los pendientes a juego? —pregunté bromeando.
—No..., esto es el regalo de este año. Teóricamente, el reloj es con retraso... —Se rió y sacudió la cabeza como si quisiera borrar la tristeza. Yo sonreí y cogí la caja.
Y lo cierto era que medio me esperaba unos pendientes a juego. Además, la caja tenía el tamaño perfecto para eso. Pero no eran pendientes. No era ningún tipo de joya.
—¿Me regalas una... llave? —La cogí y la dejé colgar de la cadena, mirándola ceñuda. Entonces caí en la cuenta—. ¡Oh, Dios mío! ¡Me has comprado un coche!
Todo se echaron a reír, porque evidentemente lo sabían de antemano, o en el caso de Chris, lo había pillado antes que yo. Pegué un salto y rodeé a mi padre con un enorme abrazo.
—¡Gracias gracias gracias gracias!
Mi padre se rió.
—Aún no lo has visto.
—Sí, podría ser algún un viejo cacharro hecho polvo que se para cada vez que llegas a una señal de stop —bromeó Lauren.
—Está en el garaje —me dijo Clara—. Teníamos que esconderlo en algún sitio donde no lo vieras, ¿no te parece?
Salí corriendo y levanté la puerta del garaje con un gruñido de esfuerzo. A mi espalda oí que todos salían de la casa. El garaje estaba bastante oscuro; el suelo manchado de aceite y las herramientas de Lauren tiradas por todas partes. La bicicleta de Chris estaba apoyada contra la pared. Había pelotas de ambos tipos de fútbol y muebles viejos o rotos. Y en el medio estaba mi regalo de cumpleaños. Un Ford Escort de segunda mano. De color azul medianoche y hasta con un par de dados de peluche de color rosa neón colgados del retrovisor.
—Los dados son idea mía —dijo el padre de Chris—. Para que conste.
Me reí como una tonta, y me apoyé en la ventana abierta del conductor. Dentro olía a pino y a cuero viejo. No parecía que fuera a funcionar como un sueño, con un motor ronroneando silenciosamente, y no me sorprendería encontrarme en algún momento esperando asistencia en la cuneta de alguna carretera. Pero me enamoró al instante.
No esperaba que mi padre me regalara un coche nuevo y reluciente. Yo no lo quería. Quería algo que no me diera miedo conducir. Nunca había sido una gran conductora. Pero ¡por fin tenía mi propio coche!
—Ya no tendré que molestarte todo el rato para que me lleves, Chris —le dije.
—Bueno, pero no me voy a subir contigo —se burló El con una voz muy grave—. Valoro demasiado mi vida, muchas gracias. -- Me reí y fui a darle otro abrazo a mi padre.
—Muchas gracias. ¡Me encanta!
—Sé que no es el mejor, pero puedes empezar con este viejales. Podrá aguantar unos cuantos rasguños y abolladuras.
—¿Es que nadie se fía de mi capacidad como conductora?
Todos se echaron a reír.
—Muy bien, muy bien —dijo Brad finalmente—. ¿Ya podemos comernos el pastel?
Como si estuviera preparado, el estómago de Chris y el mío rugieron a la vez
—Sin duda —dijimos antes de echarnos una carrera a casa.
—¿Y qué exactamente se te ha pasado por la cabeza? —pregunté a Lauren.
Ella estaba cargando el lavavajillas cuando entré unos vasos vacíos. Chris estaba fuera, en su coche, ocupado con su nuevo equipo de música. Brad estaba mirando la tele, y los padres estaban charlando sobre..., bueno, lo que fuera que hablaran. Yo había estado esperando la oportunidad de hablar con Lauren a solas. Alzó la mirada y volvió la cabeza para mirarme por debajo del brazo, que tenía apoyado en la encimera mientras se inclinaba para meter los platos.
—Antes —le recordé—, en los mensajes, me has dicho que tenías algo pensado para mí.
—Oh, eso.
—Sí, eso. ¿Y vas a decirme qué es?
—Decírtelo iría en contra de toda la idea de que sea una sorpresa, ya sabes.
—Tenía la sensación de que me dirías eso —gruñí mientras le pasaba los vasos, que metió en el lavavajillas.
Me envolvió en sus brazos y me susurró al oído.
—Si te dijera que tiene que ver con el regalo que te ha hecho Chris... —Bajó los labios hacia mi mentón.

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Capitulo 130

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:49 am

No supe qué contestarle a eso, pero tampoco podría haberlo hecho; de repente parecí haber perdido el uso de la voz. Lauren soltó una callada risita.
—Pero no era eso lo que tenía pensado —dijo mientras se apartaba para sonreír maliciosa—. Iba a llevarte a un sitio. Sé que te encantará. Pero tiene que ser una sorpresa.
—Bien... —Me devané los sesos. Sabía que no iríamos a ver el ocaso y más fuegos artificiales; tenía que ser algo diferente..., pero Lauren parecía tener planeadas tantas sorpresas que podía ser cualquier cosa.
—Sin embargo —continuó pensativa—, si más tarde quieres hacer uso del regalo de Chris...
Me sonrojé, y hundí la cabeza en su hombro para que Ella no lo viera. Pero Lauren se rió y me besó en la coronilla mientras me abrazaba con fuerza. No hice caso de su comentario y le devolví el abrazo.
—Te quiero. —Me salieron esas palabras como un reflejo, como si fueran las dos palabras más naturales del mundo que decirle a la hermana mayor de mi mejor amigo. Volvió a besarme la coronilla.
—Yo te quiero más —replicó. Yo negué sin levantar la cabeza de su hombro.
No dijimos nada más. Nos quedamos así, abrazadas en nuestra propia burbuja.
—¡Oh! Perdón..., como si yo no estuviera..., ¡sólo voy a coger algo de beber!
Nos apartamos un poco, y vimos a Clara que cogía un vaso de agua. Cuando se volvió, nos sonrió; no era una sonrisa de «os he pillado in fraganti», sino más bien de «sois adorables». Al menos no estábamos besándonos ni nada así. Eso sí que hubiera sido incómodo. La madre de Lauren volvió a la sala y yo la miré.
—¿Y cuándo nos vamos a ese lugar sorpresa?
—Ahora, si quieres. No tardaremos mucho.
—¿Ahora? ¿De verdad?
Se encogió de hombros.
—Si quieres ir ahora, pues claro.
De repente sonreí.
—¿Puedo conducir yo?
—Conducir a un lugar del que no tienes ni idea... No parece lo más adecuado, ¿no, Camz?
—Bueno, puedes ir indicándome, ¿no? Por favor, por favor, por favor. —Le dediqué mi mejor sonrisa, muy excitada ante la idea de coger mi coche nuevo para dar una vuelta.
—¡Muy bien, vale! Pero no me culpes si adivinas adónde vamos y se estropea la sorpresa, ¿eh? -- Solté una risita.
—De todas formas, ¿qué te pasa a ti con tanta sorpresa?
Se encogió de hombros.
—Pensaba que era más romántico que decirte: «Eh, Camz, te voy a llevar a..., a ver la puesta de sol y los fuegos artificiales», y a ti siempre te han gustado las pelis románticas cursis.
—Bueno... —Me mordisqueé el labio, avergonzada—. Vale, vale. Ya te pillo. Vámonos.
—¿Impaciente?
* * *
—Muy bien, ahora gira a la izquierda... luego la segunda a la derecha. Debería haber un sitio para aparcar.
Seguí sus indicaciones y deseé no haberle pedido conducir hasta allí. Estaba tan concentrada en no rayar el coche que tenía que mantener los ojos fijos en la calzada. No podía permitirme desviarlos hacia los lados o intentar suponer hacia dónde nos dirigíamos. No reconocí ninguna de esas carreteras. No tenía ni idea de adónde me llevaba, y menos aún de cuál sería la sorpresa. Encontré un lugar para aparcar y salí del coche mientras Lauren cerraba su puerta.
—Muy bien —dije, incapaz de esbozar una medio sonrisa—. Guíame.
Ella sonrió, burlóna, y me cogió de la mano mientras subía a la acera a mi lado; entrelazamos los dedos. Los brazos nos colgaban como péndulos mientras avanzábamos en la dirección por la que habíamos venido. Al mirar alrededor, me di cuenta de que ya no estábamos en la ciudad. Algunas de las casas parecían haber sido reconvertidas; la planta baja estaba ocupada por una floristería o una panadería. Seguía sin tener ni idea de dónde nos encontrábamos, pero parecía bonito. Había unos cuantos árboles plantados en cuadrados de hierba repartidos al azar, y tiestos cargados de flores en los alféizares. Unas cuantas personas rondaban por ahí, uno o dos paseando perros, y pasaba algún que otro coche. Era un pueblecito pintoresco. Oí las campanas de una iglesia que repicaban en algún punto en la distancia, como para hacerse eco de mi idea.

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Capirtulo 131

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:51 am

Me volví hacia Lauren, que me vio mirarla y me dedicó una media sonrisa, como si pensara que mantenerme en la inopia sobre nuestro destino era divertido. Le devolví la sonrisa y le apreté la mano.
—Ya hemos llegado. —Se detuvo, y yo di un paso atrás para permitirle entrar primero en la tienda ante la que nos habíamos detenido. Había un toldo verde oscuro encima de la puerta, que proyectó una sombra sobre el rostro de Lauren cuando ésta la abrió. Sonó una campanita, era un ruidito simpático, y me recordó al hada de Peter Pan. Entonces lo noté. El olor.
Era un aroma fantástico: vainilla dulce, cacao fuerte, el difuso dulzor del azúcar derretido y por todas partes el olor a chocolate, que me hacía la boca agua. Salió de la tienda en cuanto Lauren abrió la puerta y me dio de lleno, haciéndome boquear.
Entré delante de Lauren, que me sujetó la puerta. Recordé que hacía unos meses había entrado en su casa detrás de Ella para ir a ver a Chris. Lauren sabía que yo estaba allí, pero ni se había molestado en sostener abierta la puerta; la había dejado caer y yo la había tenido que parar a medio camino. No lo había hecho para fastidiarme; sólo era Lauren Jauregui siendo la típica Lauren Jauregui. Pero no se me pasó por alto la manera en que en aquel momento me sujetaba la puerta. Parecía tan trivial, tan falta de importancia, pero le sonreí de todas maneras. Luego dejé que el olor a chocolate me inundara de nuevo. La tienda estaba iluminada por lámparas que proyectaban una luz cálida y amarilla. En el suelo había una alfombra de color caoba y las paredes estaban pintadas de color crema. Había un mostrador con una caja registradora. Alguna parte infantil dentro de mí se quedó encantada de ver que era de las antiguas, de las que tenían botones como las viejas máquinas de escribir y soltaban un sonoro ring cuando se abría el cajón. El aspecto de la tienda era tan dulce como su olor, y mientras me volvía en un pequeño círculo, con la boca en forma de O y los ojos muy abiertos de puro asombro, vi todos los chocolates. No supe qué hacer, dónde mirar primero, qué decirle a Lauren.
—¡Hola, queridas! —trinó una voz. Era la clase de voz que sabías que pertenecía a una persona mayor, y cuando aparté la vista de la fila de pralinés que había bajo el mostrador de cristal, vi a una mujer de entre sesenta y setenta años. Era la clase de persona que te imaginarías regentando una tienda de caramelos.
Era gruesa, con mejillas auténticamente rosadas y el cabello gris oscuro recogido en un moño bajo, del que se escapaba algún mechón viajero. Llevaba vaqueros y una blusa de algodón blanco, con un brillante delantal rosa manchado de chocolate, azúcar y nata, glaseado, sirope y toffee. Algunas manchas parecían tener décadas, como si fueran parte del propio mandil, pero otras eran de aquella misma mañana.
—Hola —saludó Lauren, pasando delante de mí—. He llamado antes. Mi nombre es Jauregui.
—Oh, claro, claro. Lo recuerdo. Aquí mismo tengo lo tuyo cariño. ¡Dame un minuto! —La mujer esbozó una sonrisa maternal y se metió en la parte de atrás apresuradamente, tumbando una pila de cajas de cartón al hacerlo. Por suerte, sonaron vacías.
—¡Hala! —Las puso de nuevo en su lugar, riendo de su propia torpeza. Cuando la perdimos de vista, la oí canturrear para sí en la trastienda.
—¿Has llamado antes? —pregunté, y Lauren se volvió para mirarme. Noté que una sonrisa me tiraba de las comisuras de los labios—. ¿Y cómo te has enterado de la existencia de este lugar?
—Yo..., hum... —Carraspeó para aclararse la garganta y se rascó la nuca—. ¿Recuerdas cuando...? No, seguramente no..., pero cuando éramos muy pequeñas y leí aquel libro, Charlie y la fábrica de chocolate, se me metió en la cabeza que quería ir a la fábrica de chocolate de Willy Wonka, y mi madre... y la tuya, porque recuerdo que también vino... me trajeron aquí porque dijeron que era lo que más se le parecía. Hace un par de años me acordé de este sitio y cogí un autobús para volver a verlo.
Tardé un minuto en asimilarlo. Para empezar, era algo muy poco Jauregui que explicara un recuerdo personal así; y, para continuar, pensar en Ella como una niña tan mona queriendo visitar la fábrica de Willy Wonka me daba ganas de reír. No de forma hiriente, sino por la gracia que me hacía. Aunque no creía que Ella apreciara que le mencionara que eso era muy mono. Así que le dije otra cosa.
—Lo recuerdo. Yo quería el libro para un trabajo del cole. No quedaba ninguna copia en la biblioteca y Chris me dijo que tú tenías una y que no valía la pena comprarlo, pero tú no me la quisiste dejar.
—Oh, sí. —Se echó a reír y se mordió el labio, un poco avergonzada—. ¿Y cuál fue mi excusa?
—No pusiste ninguna —le contesté al cabo de un momento—. Simplemente no me lo dejaste.
Asintió.
—Me suena que fue así.
—¿De verdad querías ir a la fábrica de chocolate de Willy Wonka? —Un tono burlón se me había colado en la voz y mi sonrisa se hizo de nuevo más amplia.
—Tenía como ocho años, ¿vale? No te rías.
Ambas soltamos una carcajada, y en ese momento, la mujer regresó a la tienda con una gran caja blanca y plana decorada con una cinta lila alrededor.
—¡Aquí tienes!
Lauren se cogió las manos a la espalda, y durante un segundo se balanceó de adelante atrás sobre los talones.
Capté el mensaje y reaccioné de golpe.
—¿Es para mí?
—¿Qué, de verdad creías que me habíaMe volví hacia Lauren, que me vio mirarla y me dedicó una media sonrisa, como si pensara que mantenerme en la inopia sobre nuestro destino era divertido. Le devolví la sonrisa y le apreté la mano.
—Ya hemos llegado. —Se detuvo, y yo di un paso atrás para permitirle entrar primero en la tienda ante la que nos habíamos detenido. Había un toldo verde oscuro encima de la puerta, que proyectó una sombra sobre el rostro de Lauren cuando ésta la abrió. Sonó una campanita, era un ruidito simpático, y me recordó al hada de Peter Pan. Entonces lo noté. El olor.
Era un aroma fantástico: vainilla dulce, cacao fuerte, el difuso dulzor del azúcar derretido y por todas partes el olor a chocolate, que me hacía la boca agua. Salió de la tienda en cuanto Lauren abrió la puerta y me dio de lleno, haciéndome boquear.
Entré delante de Lauren, que me sujetó la puerta. Recordé que hacía unos meses había entrado en su casa detrás de Ella para ir a ver a Chris. Lauren sabía que yo estaba allí, pero ni se había molestado en sostener abierta la puerta; la había dejado caer y yo la había tenido que parar a medio camino. No lo había hecho para fastidiarme; sólo era Lauren Jauregui siendo la típica Lauren Jauregui. Pero no se me pasó por alto la manera en que en aquel momento me sujetaba la puerta. Parecía tan trivial, tan falta de importancia, pero le sonreí de todas maneras. Luego dejé que el olor a chocolate me inundara de nuevo. La tienda estaba iluminada por lámparas que proyectaban una luz cálida y amarilla. En el suelo había una alfombra de color caoba y las paredes estaban pintadas de color crema. Había un mostrador con una caja registradora. Alguna parte infantil dentro de mí se quedó encantada de ver que era de las antiguas, de las que tenían botones como las viejas máquinas de escribir y soltaban un sonoro ring cuando se abría el cajón. El aspecto de la tienda era tan dulce como su olor, y mientras me volvía en un pequeño círculo, con la boca en forma de O y los ojos muy abiertos de puro asombro, vi todos los chocolates. No supe qué hacer, dónde mirar primero, qué decirle a Lauren.
—¡Hola, queridas! —trinó una voz. Era la clase de voz que sabías que pertenecía a una persona mayor, y cuando aparté la vista de la fila de pralinés que había bajo el mostrador de cristal, vi a una mujer de entre sesenta y setenta años. Era la clase de persona que te imaginarías regentando una tienda de caramelos.
Era gruesa, con mejillas auténticamente rosadas y el cabello gris oscuro recogido en un moño bajo, del que se escapaba algún mechón viajero. Llevaba vaqueros y una blusa de algodón blanco, con un brillante delantal rosa manchado de chocolate, azúcar y nata, glaseado, sirope y toffee. Algunas manchas parecían tener décadas, como si fueran parte del propio mandil, pero otras eran de aquella misma mañana.
—Hola —saludó Lauren, pasando delante de mí—. He llamado antes. Mi nombre es Jauregui.
—Oh, claro, claro. Lo recuerdo. Aquí mismo tengo lo tuyo cariño. ¡Dame un minuto! —La mujer esbozó una sonrisa maternal y se metió en la parte de atrás apresuradamente, tumbando una pila de cajas de cartón al hacerlo. Por suerte, sonaron vacías.
—¡Hala! —Las puso de nuevo en su lugar, riendo de su propia torpeza. Cuando la perdimos de vista, la oí canturrear para sí en la trastienda.
—¿Has llamado antes? —pregunté, y Lauren se volvió para mirarme. Noté que una sonrisa me tiraba de las comisuras de los labios—. ¿Y cómo te has enterado de la existencia de este lugar?
—Yo..., hum... —Carraspeó para aclararse la garganta y se rascó la nuca—. ¿Recuerdas cuando...? No, seguramente no..., pero cuando éramos muy pequeñas y leí aquel libro, Charlie y la fábrica de chocolate, se me metió en la cabeza que quería ir a la fábrica de chocolate de Willy Wonka, y mi madre... y la tuya, porque recuerdo que también vino... me trajeron aquí porque dijeron que era lo que más se le parecía. Hace un par de años me acordé de este sitio y cogí un autobús para volver a verlo.
Tardé un minuto en asimilarlo. Para empezar, era algo muy poco Jauregui que explicara un recuerdo personal así; y, para continuar, pensar en Ella como una niña tan mona queriendo visitar la fábrica de Willy Wonka me daba ganas de reír. No de forma hiriente, sino por la gracia que me hacía. Aunque no creía que Ella apreciara que le mencionara que eso era muy mono. Así que le dije otra cosa.
—Lo recuerdo. Yo quería el libro para un trabajo del cole. No quedaba ninguna copia en la biblioteca y Chris me dijo que tú tenías una y que no valía la pena comprarlo, pero tú no me la quisiste dejar.
—Oh, sí. —Se echó a reír y se mordió el labio, un poco avergonzada—. ¿Y cuál fue mi excusa?
—No pusiste ninguna —le contesté al cabo de un momento—. Simplemente no me lo dejaste.
Asintió.
—Me suena que fue así.
—¿De verdad querías ir a la fábrica de chocolate de Willy Wonka? —Un tono burlón se me había colado en la voz y mi sonrisa se hizo de nuevo más amplia.
—Tenía como ocho años, ¿vale? No te rías.
Ambas soltamos una carcajada, y en ese momento, la mujer regresó a la tienda con una gran caja blanca y plana decorada con una cinta lila alrededor.
—¡Aquí tienes!
Lauren se cogió las manos a la espalda, y durante un segundo se balanceó de adelante atrás sobre los talones.
Capté el mensaje y reaccioné de golpe.
—¿Es para mí?
—¿Qué, de verdad creías que me había olvidado de hacerle un regalo a mi novia por su cumpleaños? —Me lanzó una sonrisa despiadadamente atractiva, y la anciana sonrió amablemente.
—Bueno, no..., no se me había ocurrido pensarlo antes.
—Camz, siempre te he comprado un regalo de cumpleaños.
—Un año me regalaste un saco de muñecas degolladas.
—Pero era un regalo. Y yo era una niña de doce años, si no recuerdo mal. ¿Esperabas que te comprara algo bonito o importante?
Me eché a reír.
—Bueno, no.
—¿Y de verdad crees que me había olvidado de ti, este año en concreto?
olvidado de hacerle un regalo a mi novia por su cumpleaños? —Me lanzó una sonrisa despiadadamente atractiva, y la anciana sonrió amablemente.
—Bueno, no..., no se me había ocurrido pensarlo antes.
—Camz, siempre te he comprado un regalo de cumpleaños.
—Un año me regalaste un saco de muñecas degolladas.
—Pero era un regalo. Y yo era una niña de doce años, si no recuerdo mal. ¿Esperabas que te comprara algo bonito o importante?
Me eché a reír.
—Bueno, no.
—¿Y de verdad crees que me había olvidado de ti, este año en concreto?

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Capitulo 132

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:52 am

Me encogí de hombros, avergonzada. Cuando antes no me había dado ningún regalo, no le pregunté si acaso no iba a dármelo. Eso habría sido increíblemente grosero. Además, como había dicho en su mensaje que «tenía algo pensado para la cumpleañera», pensé que quizá iba llevarme a alguna parte, o incluso sólo liarnos un poco en vez de un regalo. Cogí la caja que me tendía la señora.
—Gracias.
—Hay uno de cada uno ahí dentro —dijo ella—. Bueno, tantos como he podido meter en dos capas. Pero me he asegurado de que tuvieras los mejores. No tienes alergia a los frutos secos, ¿verdad, cariño?
—N...no —contesté tartamudeando, porque ella hablaba de lo más de prisa, con un entusiasmo que parecía ser parte de su cálida personalidad.
La señora sonrió.
—¡Bien, bien, bien! Bueno, echad una mirada si queréis, a no ser que no queráis quedaros. Y en tal caso, prepararé ese pedido tuyo al instante.
—Ah... —Miré a Lauren. No tenía ni idea de si sólo íbamos a recoger eso o si Ella tenía algún otro plan. Quiero decir, últimamente tenía muchas sorpresas.
Ella alzó las manos y negó con la cabeza mientras me sonreía.
—¿Tienes las llaves del coche?
Boté sobre la punta de los pies, sonriendo de oreja a oreja.
—¡Oh, sí!
—Te diré lo que es realmente bueno —dijo la mujer mientras rebuscaba algo en un armario. Abrió un cajón y sacó una bandeja. Yo fui detrás de ella, Lauren a medio paso por detrás.
Era una bandeja de cuadraditos de chocolate, cada uno etiquetado con una palabrita en una escritura tan inclinada que resultaba casi ilegible. Parecían trozos de una pieza más larga, y el aroma que me entraba por la nariz y se me quedaba en la lengua era suficiente para hacerme babear.
—Éste —dijo señalando— tiene dentro caramelo con efervescente. Y éste tiene gusto a mango. Tengo unos cuantos con sabores a frutas como ése.
—¿Y naranja? —preguntó Lauren, y noté que su cuerpo se me pegaba a la espalda. Apoyó una mano en mi antebrazo mientras se inclinaba sobre el mostrador para mirar en la bandeja.
—¡Ajá, ya lo tengo! —La señora tomó un cuadradito y se lo dio a Lauren. Ella lo cogió y se lo metió en la boca.
—Ésta es mi bandeja de muestras —me explicó; al parecer, me había leído el pensamiento—. ¡Vamos, querida, coge tú misma!
Y me puso la bandeja en las manos para que la inspeccionara a mi aire. La campanilla sonó de nuevo, y miré hacia atrás. Vi entrar a una señora.
—Hola, Mabel —dijo ésta a la dueña de la tienda. Yo volví a prestar atención a la bandeja.
Lauren se acercó y cogió otro cuadradito al azar. Hizo ruidos de ahogarse, y cuando le miré tenía una mueca de desagrado en la cara, pero tragó con fuerza.
—Coco. -- Me eché a reír.
—Oh, claro. Bueno, deberías haber leído la etiqueta, tonta.
—Lo he intentado —me murmuró al oído.
Contuve una carcajada y vacilé, con los dedos tamborileando al aire mientras intentaba decidir cuál probar. ¿Chocolate blanco? ¿Chocolate negro? ¿Uno con nueces? ¿Uno de café, uno de fruta, uno de chocolate sólido? Las letras en cursiva Panal de miel me llamaron la atención, y cogí ése. Me alegré de que costara tanto escribir la letra de la anciana. Si hubiera sabido de qué eran todos esos sabores, habría querido probarlos todos. Cogimos un par más y fuimos hasta la caja registradora.
—¿Cuánto tiempo hace que estáis juntas? —preguntó la anciana, Mabel.
—Hum...
—Un par de meses —contestó Lauren—. Pero nos conocemos de toda la vida.
—¡Bueno, eso es tan dulce como el pastel de manzana! Siempre veo a jóvenes parejas entrar aquí, y dejadme que os diga que si hubiera habido un muro de la fama con todas ellas, ya sabéis, estarías bien en lo alto.
Me reí.
—¿Somos monas juntas, eh?
Noté la mueca de Lauren al oír la palabra, pero no dijo nada; en vez de eso, se sacó la cartera y le dio el dinero. Mientras metíamos nuestras compras en una bolsa, la mujer nos pasó una caja de toffees.
—Éstos son de parte de la casa —nos dijo sonriendo.
—Oh, no, es...
—Es tu cumpleaños, ¿verdad? —Asentí—. Bueno, entonces, ¡feliz cumpleaños! -- Sonreí.
—Gracias.
Lauren me pasó un brazo por la cintura, y automáticamente me incliné hacia Ella, mi cabeza metida en el hueco entre el cuello y el hombro. De nuevo, la romántica de cliché que hay en mí se preguntó por qué encajábamos tan perfectamente, dos piezas de un rompecabezas, a pesar de tener dos personalidades tan diferentes y enfrentadas. Lauren me plantó un beso en la sien, y en ese instante no me importó lo mal que íbamos la una para la otra o que pronto Lauren se fuera a la universidad. Sólo recordé estar enamorada de Ella.

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Capitulo 133

Mensaje por Admin el Vie Jul 06, 2018 8:53 am

Los días pasaron volando. Paseé algunos perros para los vecinos, aunque no por el dinero, sino por tener algo que hacer. A veces, Lauren me acompañaba. Como papá trabajaba, me sobornó para llevar a Brad y a sus amigos por ahí en mi coche nuevo: al parque, al campo de fútbol, al cine, a tomar un batido... Me habría negado, pero papá me convenció.
—Colega —me dijo—, ¿quieres que sea ese padre que te pone una hora de vuelta cuando sales o que tiene reglas estrictas respecto a tu novia? porque lo puedo ser.
—¿Vas a chantajearme con Lauren para que lleve a Brad? -- El asintió.
—Todavía no me convence demasiado que estéis juntas, Camila. Creo que no te imaginas lo permisivo que estoy siendo.
De modo que preferí dejarlo así. Además, sí que solía volver tarde; me pasaba el día haciendo el vago en la piscina de los Jauregui, por lo general con los chicos, y veía una peli con Lauren por la noche, Chris y Rachel en el otro sofá, y luego perdía la noción del tiempo, demasiado animada con Lauren.
Un día, el lunes antes de irnos a la casa de la playa, estábamos por la piscina. Algunas de las chicas también corrían por allí: Lisa, que aún salía con Cam, Rachel y May. Lauren se había ido con algunas colegas del equipo de fútbol americano. El padre de Chris estaba haciendo una barbacoa para nosotros mientras su madre estaba sentada en el porche trasero leyendo un libro. El aroma del verano en casa de Chris me llenaba la nariz.
—Mañana, salida de chicas —anunció Lisa desde su tumbona. Yo estaba a punto de meterme en la piscina, con la camiseta a medio quitar, y me detuve.
—Guay —repuso Rachel.
Acabé de quitarme la camiseta y la dejé en la tumbona, luego me quite las gafas de sol.
—Camila, ¿te apuntas?
—¡Oh, vamos! ¡Será divertido! —exclamó Lisa, animada.
—¿Qué será divertido? —preguntó Cam, que de repente había reaparecido en la superficie de la piscina. Sacudió el cabello como un perro y, chorreando, besó a Lisa en la mejilla—. Eh, Camz, no me digas que estás tramando alguna broma salvaje. -- Me reí.
—No.
—Vamos a ir de compras —le explicó May.
—Sin Chris —añadió Lisa.
—¿Qué va a pasar sin mí? ¿Camila? ¿Rachel? ¿Por qué me estáis abandonando?
—Compras —respondimos Rachel y yo al mismo tiempo, y nos echamos a reír.
—¿Tú? ¿De compras? ¿Sin mí, tu estilista personal? —Puso cara de horror—. ¿Me pagarás un batido de todas formas?
—Vale —le contesté riendo.
—Entonces, ¿eso es un sí? —preguntó Lisa.
—Claro. —Lo cierto era que me sentía como halagada de que me incluyeran en algo en lo que no participara Chris. Pero me preocupaba un poco sentirme fuera de lugar, ya que normalmente no formaba parte de las salidas del clan femenino.
—Oh, Camila, no será tan terrible —exclamó Troy mientras se apoyaba en los codos en el borde de la piscina—. Puedes comprarte lencería sexy para Jauregui.
No supe cómo reaccionar a eso, si riendo o sonrojándome. Fueron las dos cosas. Entonces, Chris le tiró agua en toda la cara. Troy debió de tragarse un par de litros, y se sumergió de nuevo , escupiendo, mientras todos nos reíamos.
—Tío, ¡es de mi Camila de quien estás hablando! —protestó Chris teatralmente. Dijo «mi Camila» como cualquier otro chico hubiera dicho «mi hermana pequeña». Pero luego añadió—: Pero qué desagradable. —Y se estremeció.
—¿Oh, de verdad? —lo desafié.
—Oh, sí.
Me puse en pie y parpadeé inocentemente.
—¡Bomba! —grité
* * * *
Resultó que ir de compras fue divertido. En cierto modo me resultaba extraño ir a comprar con las chicas en vez de con mi mejor amigo, pero de todas formas disfruté.
El día siguiente a ése lo pasé haciendo y rehaciendo las maletas, y luego vaciándolas de golpe y comenzando de nuevo. Siempre me costaba hacer la maleta para ir a la casa de la playa. Sin embargo, al final me llevé lo mismo de siempre. Llevábamos años yendo a la casa de la playa de los Jauregui en verano.
Yo quería que las cosas fueran exactamente igual que siempre, pero sabía que no sería así. Lauren y su padre se marchaban dos días antes que el resto de nosotros para pasar por el campus de Harvard. Rachel iría también unos días, y no me importaba: al contrario, disfrutaría teniendo compañía femenina que por una vez no fuera Clara.
Y aunque la casa de la playa parecía la misma de siempre: suelos arenosos, un poco demasiado pequeña para que cupiéramos todos, la pintura que se saltaba, los suelos que crujían y los muebles dispares que tanto nos gustaban, era diferente. Al principio, pensé que todo era como siempre había sido. La primera noche que Rachel estaba allí, salimos todos a cenar, y Lauren y yo nos comportamos como una auténtica pareja. En otra ocasión en que todos habían salido, Ella hizo la cena y luego paseamos juntas por la playa. Y en momentos como ése, recordaba lo mucho que todo había cambiado, y que nada iba a permanecer igual. Ni siquiera mi relación con Lauren.
No sabía si las cosas funcionarían cuando Ella se fuera. No quería pensarlo. No quería poner una nube negra sobre el tiempo que nos quedaba para estar juntas. No paraba de decirme a mí misma que ya nos ocuparíamos de eso cuando fuera el momento, pero...
Para ser sinceros, no sabía si seguiríamos juntas después de todo. Resultaba raro tratar de dividir mi tiempo entre mi mejor amigo y mi novia. Me alegraba de que Chris tuviera a Rachel; así no me sentía tan mal por pasar tanto tiempo con Lauren.
Íbamos al cine, y era muy agradable ser una pareja normal después de todo el tiempo que habíamos pasado viéndonos a escondidas. Aún no me creía lo mucho que Ella había cambiado en los últimos meses.
Aunque una vez, cuando yo estaba dejando a Brad en el parque para que jugara a fútbol con sus amigos, había visto a Lauren pelearse con una tía con la que estaba jugando a fútbol americano mientras el resto del equipo las animaba.
Por mucho que hubiera logrado cambiarla, seguía siendo la tipa dura con la que yo me había criado. Y a mí ya me gustaba que lo fuera. En cierto modo, era reconfortante saber que Lauren no había perdido todas las asperezas de las que yo había acabado colgándome.
La moto, por otro lado... Ella seguía intentando convencerme de que me montara, insistiendo en que era más fácil de aparcar que el coche, y más rápida; incluso quiso enseñarme a conducirla. Pero yo permanecí firme: odiaba la moto.
* * * *
Y sin casi darnos cuenta ya estábamos en el aeropuerto, la megafonía anunciando que el avión de las ocho y cinco con destino a Boston estaba listo para el embarque por la puerta cinco, y que todos los pasajeros debían acudir allí...
Estaba junto a Lauren y noté que su mano se tensaba alrededor de la mía. Se colgó la mochila al hombro con la mano libre.
—Supongo que ya está —dijo Chris. Le solté la mano a Lauren para que los dos hermanos se dieron uno de esos bruscos abrazos, palmeándose la espalda—. Buena suerte.
—Intenta no meterte en peleas, hija —le dijo Michael, mientras también le palmeaba la espalda, pero con autoridad en la voz. Lauren asintió, pero todos sabíamos que, en realidad, no le estaba prestando ninguna atención.
—Llámanos cuando llegues —pidió Clara mientras la abrazaba. Sonreía orgullosa, pero tenía los ojos triste al ver a su niña ya crecida y yéndose a una universidad en la otra punta del país, volando del nido. Tragó saliva, como si intentara no llorar.
Y, mierda, no era la única.
No quería perderla. Seguía sin querer que se fuera, pero no era mi decisión. Sabía que había la posibilidad de que la distancia acabara con nosotros.
¿Y sabéis qué? No me preocupaba.
No todas las relaciones van a durar para siempre; eso sólo pasa en los cuentos de hadas. Quizá me enamoraría cien veces antes de encontrar a la persona con la que querría pasar el resto de mi vida, y quizá esa persona sería Lauren, o quizá no. Sabía que tal vez lo nuestro tendría que acabar, y no quería, pero si pasaba, lo superaría.
Tal vez sería la que acabara con el corazón roto, esperando a que algúna otra persona me lo volviera a sanar; pero hasta entonces, estaba satisfecha de seguir enamorada de Lauren, aunque Ella estuviera en Boston. Vivía el presente.
Quería que durara para siempre: la romántica perdida que había en mí aún no había muerto. Fui hasta la puerta con Lauren. Una pequeña cola de gente iba pasando ante la mujer que comprobaba las tarjetas de embarque. Lauren me apretó la mano y se volvió hacia mí.
—Funcionará —me dijo—. De algún modo.
—¿Y ahora quién está siendo la tonta romántica? —bromeé.
—Te veo en unas cuantas semanas —me dijo. Y después de un silencio, añadió—: Te echaré de menos.
—Yo también te echaré de menos. —Me puse de puntillas para darle un beso—. Al menos lo estamos intentando. No podrán decir que no lo intentamos.
—Siempre tan pesimista, ¿eh, Camz? —bromeó, tirándome de la nariz—. Te llamaré cuando llegue.
—Será mejor que primero llames a tu madre —le dije—. Se pondrá como loca si no le dices que has aterrizado sana y salva.
—Creo que tienes razón —asintió con una sonrisa, y me rodeó la cintura con los brazos.
—Última llamada para los pasajeros del vuelo de las ocho y cinco con destino Boston...
Suspiré y la abracé con fuerza, aspirando su aroma. La conocía muy bien, pero estaba tratando de grabármelo permanentemente en los sentidos. Ella me devolvió el abrazo e intenté memorizar también esa sensación: sus brazos rodeándome, su rostro en mi cabello.
—Te quiero —me susurró al oído.
—Te quiero —le contesté, y de repente tuve que contener las lágrimas, que me picaban en los ojos —. Mucho.
—Lo intentaremos —me dijo, besándome, sus labios suaves y dulces sobre los míos. Sabía a algodón de azúcar, igual que la primera vez que nos habíamos besado: había comprado un poco en la tienda de caramelos del aeropuerto, «por los viejos tiempos».
Jugueteé con el pelo de la nuca y las chispas de siempre me recorrieron mientras nos besábamos. Era como si toda la felicidad, toda la tristeza, todas las esperanzas y los miedos, todo lo que teníamos, estuviera en ese beso. Lo que pareció como años después, nos apartamos, y Ella apoyó la frente en la mía.
—Tengo que irme —murmuró.
—Hablamos luego. Buena suerte.
Lauren me dedicó su famosa sonrisa de medio lado mientras caminaba de espaldas hacia la puerta.
—¿Suerte? Camz, te olvidas: estás hablando con Jauregui. No necesito suerte.
Reí, y no me sorprendió demasiado notar una lágrima recorriéndome la mejilla; noté el sabor salado en la comisura de la boca, donde permanecía el recuerdo de los besos de Lauren.
—Cabróna adicta a la violencia.
Ella me guiñó un ojo y desapareció al otro lado de la puerta. Unos minutos después me hallaba junto a los ventanales, contemplando al avión acelerar por la pista, y noté a alguien a mi lado que me rodeaba con el brazo. Apoyé la cabeza en el hombro de Chris.
No dijo nada, pero no tenía que hacerlo. Estaba ahí para mí, como siempre lo estaría.
Mientras el avión de Lauren ganaba velocidad, se elevaba en el aire y las ruedas se separaban del suelo, me encontré sonriendo un poco, una sonrisa triste.
Quizá las cosas funcionarían entre Lauren y yo. Esperaba que así fuera. Tenía los dedos cruzados con fuerza al costado. Tal vez las cosas no funcionarían entre Lauren y yo; conoceríamos a otra gente o nos iríamos alejando lentamente, o una relación a larga distancia no nos interesaría. Pero pasara lo que pasara, sabía que una parte de mí siempre pertenecería a Lauren Jauregui, a la tipa dura del instituto. Una parte de mi corazón siempre sería suya.
«Pase lo que pase —me dije, siguiendo con la mirada el avión que se llevaba a Lauren—, todo va a ir bien.»
—Ya ves —dijo Crish entonces—, y todo esto sólo por la caseta de los besos.
Me reí mientras le daba un empujoncito, y El también se rió. Me apretó con fuerza durante un segundo y luego nos volvimos, dejando atrás la vista de la pista vacía, donde el avión se había perdido en algún punto del nublado cielo.
"Se ha ido, ella se ha ido".
FIN.

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Re: Creo Que Te Quiero. Mi primer beso

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