Al limite..

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Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:47 pm

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:48 pm

Al límite
Prólogo

Lo primero que nos enseñaron en la academia es que un héroe es aquel que tiene todos los números para acabar en una caja de madera. Lo que no nos enseñaron es en qué consiste ser un héroe y es que, yo, creo que hay muchos tipos de héroes… Los héroes del código en la mano y el miedo en el bolsillo, aquellos que forman parte de un todo. Los héroes de lo cotidiano, capaces de lo mejor y lo peor, hasta el punto de sacrificar todo aquello que quieren para que otros dejen de sufrir, los que viven al límite. Los héroes de lo oscuro, los que caminan por el otro lado de la línea, haciendo un trabajo sucio, convencidos de que sus despreciables acciones son un mal menor que nadie tendría el valor de hacer. Y, finalmente, están los que nunca quisieron ser héroes… esos a los que nadie tuvo el valor de contarles en la academia si está bien o está mal matar a un asesino para salvar la vida de un inocente.
Hay momentos en la vida en los que hay que hacer una elección. Elegir entre disparar o no disparar. Elegir entre la luz y la oscuridad. Elegir entre querer o no querer. Y en ese instante que puede cambiarlo todo, tomar la decisión correcta es lo que te convierte, para siempre, en un héroe, o en este caso… en una heroína.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:48 pm

Capítulo 1

¿Por qué quiero ser policía? ¿Por qué quiero pasarme la vida corriendo detrás de una sirena? ¿Por qué quiero avanzar hacia el sitio del que huye la gente? ¿Por qué quiero estar dónde hay problemas, donde nadie quiere estar, donde hay miedo, sangre, muerte…? A nadie con dos dedos de frente le gustaría trabajar en algo así. Entonces, ¿por qué quiero ser policía?
Existen 200 motivos para dedicarme a otra cosa, para continuar con la carrera de derecho, para conseguir un trabajo con horario de 9 a 3 y un mes de vacaciones. Un trabajo con pagas extras, cesta por navidad y una vida corriente. La vida que quieren mis padres, la vida que quiere todo el mundo… entonces, ¿por qué quiero ser policía?

Quiero ser policía porque… porque la persona más buena que he conocido en mi vida, es policía.

- Cariño, sé que hoy es tu primer día, pero… ¿estás segura? Aún estás a tiempo de continuar tu carrera de derecho y…
- Papá, ya lo hemos hablado. Y a estas alturas no voy a echarme atrás, estoy segura de esto.
- Bueno… Te espero en el coche, baja en cuanto puedas –Asentí con la cabeza- Hasta después, cariño.

Mi padre, ese hombre tan bueno y humilde, capaz de hacer cualquier cosa por alguien a quien quiere, se despidió de mi madre, su esposa y, tras darme un beso en la frente, como suele hacer, salió de mi casa.

Miré a mi madre, con expresión melancólica, apoyada en la encimera con los brazos cruzados. Negó con la cabeza y suspiró.

- Mamá… todo va a estar bien.
- Lo mismo me dice tu padre todas las mañanas y, sin embargo, no puedo evitar sentir ese nudo en el pecho, ese miedo… esa incertidumbre de saber si volverá a entrar por la puerta de casa.

Me acerqué a ella con una tierna sonrisa, le agarré las mejillas y le di un largo y sonoro beso en la frente, queriendo transmitirle la mayor tranquilidad posible.

- Quédate tranquila, ¿vale?

Era mi madre, era normal que tuviera esa preocupación y estaba segura que, dijera lo que dijera, me iba a ser imposible quitarle la angustia. Así que me apresuré a marcharme pues, si me quedaba ahí charlando con ella, llegaría tarde a mi primer día de trabajo como becaria en la comisaría en la que, sí, mi padre sería uno de mis superiores.
Bajé las escaleras, apenas tres pisos, pues mi edificio era pequeño, y me encontré a mi padre dentro del coche, esperando por mí con su cotidiana sonrisa. Me monté en el vehículo y, ambos, nos dirigimos a la comisaría que estaba a tan solo unas manzanas.
Una vez detuvo el motor, respiré hondo y me tomé unos segundos de recapacitación. Volví a recordarme por qué quería ser policía. Me recordé a mí misma que iba a ser duro, que día a día sería una aventura. Miré a mi izquierda, vi a ese hombre tan valiente, ese hombre al que tanto admiraba y… supe, entonces, que valdría la pena, que estaba preparada.

- ¿Preparada?

Lo miré con una amplia sonrisa.

- Preparadísima, inspector Puente.

Entramos en la comisaría. Todas eran caras conocidas, la mayoría llevaban trabajando años con mi padre e, incluso, muchos de ellos llegaron a cambiarme los pañales. Así que en ese aspecto… estaba más que cómoda e integrada.

- Cariño, tengo que preparar una reunión.
- Papá… aquí no me digas así –Repliqué.
- Me va a costar acostumbrarme –Comentó, con una sonrisa- Te la encargo, Franco.
- No te preocupes Enrique, yo me ocupo.

El inspector Enrique Puente, mi padre, se retiró escaleras arriba.

- Así que usted será mi guía turístico, inspector Fernández.
- No te burles de mí, enana, que te cuido desde que tienes uso de razón.

Franco era amigo y compañero de mi padre desde hacía muchísimos años. Él había sido una de esas personas que me conocen incluso antes de que yo los conociera a ellos, por lo que era como un tío para mí.
Nos recorrimos toda la comisaría, me llevó desde las celdas hasta la sala de interrogatorios, me mostró todos y cada uno de los rincones, a pesar de que ya los conocía creo que mejor que nadie. Cuando era niña me pasaba las tardes ahí y, después de hacer las tareas del colegio, acostumbraba a jugar al escondite por todo el edificio.
Solo nos faltaba una sala, el único lugar al que nunca me habían permitido la entrada: La sala de tiros.
A pesar de que en la academia pasé por miles de ellas, nunca había entrado en esta, esa en la que mi padre siempre me había dicho que tenía magia, que era especial, pues todos y cada uno de los disparos que efectuabas, tenían un sentido, un por qué.

- Mira, Dulce está practicando sus tiros.

Dirigí mi mirada al cristal y la vi allí, concentradísima, con los brazos firmes apuntando la diana y el dedo preparado para realizar el movimiento oportuno.

- Ven, vamos a que la saludes.

A pesar de negarme, Franco me agarró del brazo y, casi a la fuerza, me metió en aquella sala. Dulce, la pelirroja chica que también conozco desde que nací, tenía puestos unos auriculares insonorizantes que, incluso gritándole al lado del oído, sería imposible que nos escuchara.

- Bueno… te dejo con ella, ¿vale? Tengo muchas cosas que hacer.

El inspector Fernández salió de la sala, dejándome a solas con Dulce, a pesar de que ella aún no fuera consciente de mi presencia.
Me acerqué a ella por detrás y le toqué suavemente el hombro, paro avisarle de que ahí estaba. Ella, sobresaltada, agarró mi brazo y se colocó detrás de mí en un rápido movimiento, dejándome totalmente inmovilizada.

- ¡Soy yo, Dulce!
Me soltó rápidamente y se quitó los grandes auriculares que tapaban por completo sus oídos.

- Anahí Puente… por fin conseguiste entrar aquí –Dijo con una sonrisa.
- Y menudo recibimiento.
- Lo siento, no esperaba que nadie entrara, fue un acto reflejo.
- Tendrás que enseñarme esos movimientos.

Sonrió, mientras guardaba su pistola magnum en la funda.

- Cuando quieras.

Guardamos silencio. Su mirada descendió a mi ropa, observó el nuevo y limpio uniforme de becaria que estrenaba con tanta ilusión.

- Me acuerdo cuando lo llevé por primera vez –Comenté- ¿Estás segura de que esto es lo que quieres o solo es uno de tus caprichos?

Si las miradas matasen, Dulce estaría más que muerta y enterrada. No me gustó para nada esa pregunta.

- No es ningún capricho y sí, estoy completamente segura.

No me respondió, simplemente asintió con la cabeza, dándome la impresión de que ella era una más de las personas que pensaban que, en una semana, me cansaría y regresaría a la universidad.

- Estoy harta, ¿sabes? ¿Tú tampoco crees que sea capaz de hacer esto? Me conoces Dulce, sabes que no soy una caprichosa.
- Precisamente porque te conozco, Any… tu sueño nunca ha sido este, nunca has querido estar en peligro, la acción, la sangre, la muerte… Es algo con lo que vas a tener que trabajar día tras día. Por dios… si rehúyes cualquier película policiaca.
- Sé en lo que consiste mi trabajo y estoy completamente segura de que esto es lo que quiero, ¿vale? Ahora, si no te importa, voy a comenzar con mi trabajo.

Tras decir eso, con mi orgullo muy subido, hice el intento de dirigirme a la puerta. Y sí, solo hice el intento, nada más, pues escucharla llamarme desde atrás me hizo detenerme.

- ¿Ya viste a tu abuelo?
- No, iba a ello, me pidió que le avisara cuando llegara.
- Te acompaño, tengo que hablar con él.

Y ahora sí, ambas salimos de la sala de tiros, dejando en un pasado más que pisado mi orgullo. Subimos las escaleras y nos dirigimos al despacho del comisario. Sí… mi abuelo, Ricardo Puente, era el comisario de la comisaría.
Dulce llamó a la puerta y asomó la cabeza, diciendo:

- Buenos días comisario, la agente Puente ya se incorporó.

Mi abuelo era una persona… un tanto difícil. Seria, sincera, perfeccionista, clara y le gustaban las cosas bien hechas. Poco cariñoso y sociable en la comisaría, pero en casa… era todo lo contrario. Conmigo y con mi madre era la persona más adorable del mundo. Por ello, Dulce, a pesar de conocerlo desde que nació, debía llamarlo de usted y con total respeto.

- Hágala pasar, subinspectora Espinoza.

Sí, subinspectora. Dulce, a su corta edad, se había convertido en la subinspectora más joven de la comisaría. Ella siempre tuvo claro cómo quería que fuera su futuro y, en cuanto tuvo la edad, se preparó para las oposiciones de policía. Su padre, desgraciadamente ya fallecido, también había sido policía, supongo que lo llevaba en la sangre…
Dulce abrió la puerta en su totalidad y se hizo a un lado, permitiéndome pasar.

- Venía a avisarle, también, de que en diez minutos tenemos la reunión.
- Lo recuerdo, gracias Espinoza.

Dirigió su mirada a mí y, tras picarme el ojo con una tierna sonrisa, cerró la puerta y nos dejó solos.
Mi abuelo se puso en pie y, con una amplia sonrisa, abrió los brazos, esperando un abrazo de mi parte. Él había sido el único que, en todo momento, me había apoyado.

- No sabes cuánto me alegro que formes parte de esto, cariño.
- Muchas gracias, abuelo.

Al cabo de unos segundos rompimos el abrazo y él se tomó unos segundos para erguirse y regresar a su seriedad.

- Está bien, agente Puente. Si le parece, podemos dar una ronda por la comisaría, para mostrarle las instalaciones.
- El inspector Fernández ya se tomó las molestias, no se preocupe.
- Oh… genial. En ese caso dirijámonos a la sala de reuniones, tenemos entre manos algo muy importante.

Algo en mi interior comenzó a moverse, se creó una especie de nudo en mi estómago. Estaba a punto de saber cuál iba a ser mi primer caso, ¿de qué podría tratarse? Fuera lo que fuera… me moría de ganas.
***
- El robo del siglo, chicos, vamos a reventar el robo del siglo.

Tras escuchar esas palabras procedentes de mi abuelo, sentí una presión en mi pecho. ¿Robo del siglo? ¿Ese iba a ser mi primer caso? ¿Tan importante?
Sí, lo admito… me asusté. Pero miré a mi alrededor, vi a todas esas personas concentradas y serias, dispuestas a morir si es necesario por su trabajo… A mi padre, con la mirada firme, a Dulce, la mujer más valiente que he conocido jamás… Y el miedo desapareció.

- Esta mañana vinieron a visitarme los agentes de la Interpol, para informarme de que una banda internacional estaba planeando el robo del siglo. Esta banda está formada por Arrieta, Allison Morris y André Salazar, el cabecilla. Este último se encuentra en la cárcel, pero desde allí está planeando algo muy grande.

Mientras lo explicaba, las fotos de esas personas se mostraban en la pantalla del proyector.

- Por lo que vamos a infiltrar a dos agentes, para mantenerlo vigilado. Dulce, tú irás.

Mi mirada se dirigió a la pelirroja, que simplemente asintió con la cabeza, sin ningún otro gesto de preocupación o mínimo temor.

- Yo también quiero ir.

Un impulso me llevó a pronunciar esas palabras desde el final de la sala, consiguiendo que todos dirigieran su mirada hacia mí.

- Agente Puente, este es un caso de suma importancia y usted apenas está incorporándose al cuerpo, no…
- Puedo hacerlo –Interrumpí al comisario- Quiero hacerlo, confíe en mí.

Mi abuelo respiró hondo, supongo que en ese momento quería matarme. Busqué con la mirada a Dulce, y la encontré, mirándome incrédulamente.

- Yo no creo que sea oportuno –Comentó mi padre, de pie al lado del comisario, mirándome amenazantemente.
- Yo tampoco –Se sumó Dulce, quitándome la mirada.
- Pensaba que los compañeros se apoyaban entre ellos, al menos eso me enseñaron en la academia –Dijo yo, indignada por sus actitudes.
- Lo que no le enseñaron en la academia, agente, es que uno no se puede comer el mundo el primer día, hay que ir poco a poco, aprendiendo, adquiriendo experiencia… y, entonces sí, se estará preparado para los grandes casos.
- Estoy preparada para grandes casos, si no ¿para qué estoy en esta sala?

Conseguí que un silencio se creara y que mi abuelo reflexionara.

- Puedo y quiero hacerlo, estoy preparada… Solo confíe en mí, comisario, y no le defraudaré.

Las miradas de Dulce y de mi padre eran completamente amenazantes.

- Está bien Anahí, irás.
- ¿Cómo? –Replicó al instante Dulce, levantándose de la silla- Don Ricardo, me parece una decisión completamente errónea… Es su primer día, por dios, es muy peligroso.
- Subinspectora Espinoza, voy a hacerle una pregunta y quiero que me responda con total sinceridad, ¿de acuerdo? –Dulce asintió con la cabeza- ¿No le hubiera gustado que el primer día confiaran en usted para un caso importante? ¿No se sentía preparada?
- Sí, lo sentía, pero eso no quería decir que lo estuviera. Esto es algo muy distinto. Ella no está preparada y…
- Ella es mucho más que tu amiga de hace veinte años, Espinoza. Así que deja de intentar protegerla y trátala como a una compañera más.

Nuevamente se creó un silencio en la sala. Dulce agachó la cabeza y suspiró, acatando por fin la decisión, aunque muy resignantemente.

- Decidido, mañana ingresarán en el penal y, a partir de ahí… todo estará en sus manos, agentes. Dulce, estarás al mando en todo momento.


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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:49 pm

Capítulo 2

- Anahí, no quiero que hagas ninguna tontería, ¿escuchaste? No te pongas en peligro ni trates de ir de valiente.
- A sus órdenes, subinspectora.

Dulce y yo nos encontrábamos ya en el interior de aquella cárcel, en nuestra celda. Había sido muy difícil para mí contárselo a mi madre, se había llevado un disgusto muy grande, la pobre. Pero tarde o temprano tenía que comenzar con las aventuras, y era mejor que fuera pronto.
Además, ¿quién iba a cuidarme mejor que Dulce? En ese aspecto sabía que mi madre estaría tranquila, sabía que no me ocurriría nada.

- De acuerdo… tenemos que salir al patio y comportarnos como dos presas normales, ¿está bien? Recuerda tu nueva identidad. María, 22 años, eres informática y estás aquí por hackear instituciones importantes, 2 años de condena.
- Que sí Dulce, me acuerdo perfectamente, ¿vale? No te preocupes, no voy a meter la pata.

Dulce estaba nerviosa, incluso más que yo.

- Una cosa más…

Tras decir eso, llevó sus manos a mis mejillas, acercando su cara a la mía, pero sin llegar a pegarla. Situación que aceleró los latidos de mi corazón y, por tanto, mi riego sanguíneo.

- Prométeme que no te vas a poner en peligro, por favor… Yo no voy a poder estar aquí siempre para protegerte y esa gente está loca. Prométemelo…

Cuando me quise dar cuenta nuestras frentes estaban ya completamente pegadas y mis manos aferradas a su cintura.

- Te lo prometo Dul…

Se alejó de súbito de mí y cogió una pafmina roja, que tenía guardado en la bolsa.

- Llévala siempre contigo, ¿vale? Y si en algún momento estás en peligro, simplemente tienes que sacarlo, colgarlo en la ventana o hacerme señas con él, así sabré que me necesitas.

Agarré la pafmina, sosteniendo también su mano.

- No me hace falta estar en peligro para necesitarte…

Miré nuestras manos ya entrelazados, pero el ruido de la celda abriéndose nos hizo separarlas con rapidez.
Se trataba de un policía, casi el doble de alto que yo y muy corpulento. Su aspecto serio y rígido daba, incluso, miedo.

- Al patio, vamos.

Miré a Dulce, quien con la mirada me ordenó que saliéramos. Coloqué la prenda en mi cuello y, escoltadas por el policía, atravesamos los pasillos hasta llegar al patio. Una vez allí el hombre nos permitió adentrarnos sin compañía.
Había muchos tipos de personas, casi todos en grupos. Nosotras simplemente caminábamos, observándolos a todos y tratando de encontrar a nuestro objetivo: André Salazar, francés de 40 años, de estatura y peso medio, tez blanca y el cabello castaño.

- ¡Rubia, guapa!

Esos gritos nos hicieron pararnos en seco. Me giré para buscar con la mirada a quien gritaba eso, tratando de averiguar si era a mí. Fue entonces cuando me llevé la sorpresa de que, a tan solo 10 metros, se encontraba Salazar, mirándome con una pícara sonrisa y acercándose a mí.
Llevé mi mirada a Dulce, aterrada, debo admitirlo. Sin embargo, me picó el ojo y me sonrió, ayudándome así a tranquilizarme.

- ¿Qué hace una rubia tan guapa por aquí?

Escuché por primera vez su voz y lo vi de cerca. Su acento era francés, evidentemente. Y su voz… ronca, extraña.

- Acabamos de entrar –Respondió Dulce por mí, ya mi nerviosismo me impidió pronunciar palabra alguna.

La mirada del hombre se dirigió a Dulce. Su sonrisa se borró de súbito y su mirada… me aterrorizó. Tenía mirada de loco, de asesino.

- Pelirroja, no estoy hablando contigo.
- Carla, ni nombre es Carla.

Dulce había respondido en tono insultante, demasiado brusco, y yo comenzaba a asustarme, pues Salazar parecía no tener mucha paciencia.

- Carla, ¿no?

Dulce asintió con la cabeza, mientras él le agarraba el brazo y se acercaba a ella.

- ¿Sabes lo que les pasan a las entrometidas como tú?

Dicho esto pude ver como sacaba una navaja y la dirigía al abdomen de Dulce, haciendo algo de presión, tanto que observé expresión de dolor en el gesto de ella, que aun así trató de disimular.

- Tranquilo, tranquilo.
- La próxima vez que me dirijas la palabra sin que yo te la dirija antes, ésta –Refiriéndose a la navaja- acabará atravesando tus entrañas.

Dulce simplemente asintió la cabeza, cumpliendo la orden y no pronunciando ni una palabra. Algo que me sorprendía de ella es que no tenía miedo, sus ojos no habían reflejado temor en ningún momento, parecía saber muy bien lo que estaba haciendo.
El francés liberó a Dulce y guardó rápidamente la navaja, para que no fuera vista. Volvió a dirigir su mirada a mí y a sonreír.

- ¿Cómo te llamas, preciosa? ¿Qué te ha traído aquí?
- María… me llamo… María. –Respiré hondo, debía de parecer más natural y me obligué a serlo- Estoy aquí por hackear bases de datos, solo 2 años de condena. Espero salir pronto.

Para mi sorpresa, la cara de loco no hizo más que aumentar, pues parecía haberse sorprendido y, además, alegrado al saber el motivo de mi ingreso en prisión.

- Así que hacker, ¿eh?

Comenzó a dar vueltas a mi alrededor, observándome de arriba a abajo, algo que me incomodaba bastante.

- Hacker y encima preciosa, ¿qué más podía pedir? ¡Si esto, más que una cárcel, parece el paraíso! ¿Por qué no te vienes esta noche a mi celda, guapa? Seguro que nos lo pasaríamos bien…

Agarró mi cintura pegándome a él, mientras con otra mano comenzaba a tocarme el trasero. Me alejé rápidamente, nerviosa, asustada… incluso con sentimiento de asco.
Dulce me agarró del brazo y me colocó detrás de ella, protegiéndome con su cuerpo y poniéndose frente a él.

- Está bien, está bien, esto es mejor hacerlo en privado pelirroja, no te enfades que no voy a tocar a tu amiga. Pero escúchame con atención, querida María… -Volvió a dirigirse a mí- Esta noche vendrás a mi celda, tengo un trabajito para ti.
- ¿Trabajito? –Pregunté, intentando controlar mi nerviosismo.
- Así es. Vas a hackear la base informática de esta cárcel, ¿qué te parece?

Sentí como mis manos comenzaban a sudar y, por un momento, creo que mis piernas flaquearon. Miré a Dulce, tratando de buscar una ayuda o, simplemente, una mirada de tranquilidad.

- Bueno, te daría tiempo para que te lo pensaras, pero no lo tengo… -Comentó con una falsa carcajada- A las 10 en la celda, tendré un ordenador con conexión a internet, ¿será suficiente?
- Completamente.

Mi respuesta fue rápida, breve y concisa. Y, aún, me planteo como pude responder de esa forma, teniendo en cuenta que las dudas en mi interior eran enormes.

- Genial, solo una cosa más… Vendrás sola, como se te ocurra acompañarla no lo cuentas, ¿escuchaste?

Después de dirigir esta amenaza a Dulce y obtener una afirmación por nuestra parte, comenzó a alejarse de nosotras, siguiendo el camino que había recorrido antes. Ambas nos mantuvimos firmes y, hasta que no nos aseguramos de que se entretenía por algún lugar del patio, no nos movimos.

- ¿Y ahora? Dulce, ¿ahora qué? -Le dije, nerviosamente.
- Está todo controlado, Any.
- ¡No soy hacker, Dulce! –Grité-¡No tengo ni idea de cómo se hace eso! Además… ¿qué Oops!espera conseguir?
- Anahí, ¿puedes tranquilizarte? –Dijo en tono amenazante, pues la gente comenzaba a mirarnos- ¿Confías en mí?
- Pero es que estás loca, yo…
- ¿Confías en mí? –Repitió, interrumpiéndome.
-Suspiré- Claro que confió en ti.
- Entonces vete a la cafetería, cómprate algo y siéntate a comer. Yo vuelvo enseguida, ¿de acuerdo?

No me dio tiempo a responderle pues, cuando quise hacerlo, Dulce comenzó a caminar, alejándose de mí.

Respiré hondo, me giré y me dirigí a la cafetería. Me sentía observaba, pero probablemente solo fuera un sensación, debido a mi nerviosismo. Pedí un refresco y, sin más, me senté en una de las mesas. No sabía muy bien qué hacer ni cómo comportarme. ¿Cómo se comportaba una presa normal?
De repente, sentí como alguien se sentaba a mi lado y dirigí mi mirada allí. Se trataba de Dulce, había vuelto muy rápidamente.

- ¿Preparada para convertirte en hacker profesional?

Me detuve en seco y la miré sorprendida.

- ¿Hacker profesional? ¿Cómo?
- Llamé a tu abuelo y le informó de todo. Saldrás de aquí y te llevarán con una informática profesional, ella te explicará los pasos que debes seguir para hackear ese sistema de seguridad.
- ¿Salir? ¿Yo? ¿Y tú?
- No, no podemos marcharnos las dos, sería muy sospechoso. Tú ve tranquila, yo estaré bien.

La miré dudosa, nada satisfecha ni segura de ello. Era demasiada información junta, por lo que necesité unos segundos para ordenarla en mi cabeza.

- Vamos Any, no hay tiempo de dudas. Solo serán unas horas, cuando vuelvas estaré bien, ¿vale? No te preocupes.
- Vale, pero necesito que me prometas algo antes.
- Lo que quieras.
- Cuando todo esto pase, cuando reviente ese sistema de seguridad, salgamos de aquí y volvamos a la vida real… prométeme que iremos a ese descampado, a mirar las estrellas, como solíamos hacer antes… con dos cervezas.

Dulce guardó un corto silencio, me miró y me sonrió.

- ¿Me estás pidiendo una cita?

Su sonrisa hizo que yo no pudiera evitar sonreír también. Incluso, ambas llegamos a reírnos corta pero sinceramente.

- Puedes tomártelo como quieras.
- Te lo prometo.

Extendí mi mano, pues pensé que debíamos sellarlo de alguna forma. Sin embargo, no estrechó su mano. Agarró mis mejillas y depositó, en la derecha, un corto pero sonoro y tierno beso, para quedarse mirándome a pocos centímetros con una sonrisa.

- Venga, vete. Ya hay un policía esperando por ti en la puerta.

Dicho y hecho, sin dejar de sonreír como una tonta, me giré y me levanté, comenzando a caminar en señal a la puerta, donde me esperaba aquel policía.
El policía me hizo un gesto con la cabeza, en señal de que caminara delante. Atravesamos así los pasillos, llevándome hasta la sala de interrogatorios. Una vez allí lo miré dudosa y, nuevamente, sin pronunciar ni una sola palabra, hizo un gesto con la cabeza, indicándome que entrara.
Al abrir aquella puerta me encontré a mi padre, sentado, de espaldas a mí, aparentemente esperándome con nerviosismo.
Lo llamé y se giró en mi dirección, con rapidez. Levantándose al instante para que ambos nos fundiéramos en un fuerte abrazo.

- ¿Cómo estás? - Preguntaba ansioso, mientras agarraba mis mejillas.
- Bien, bien, todo está bien, tranquilo.

Sin embargo, mis palabras no parecían aportarle nada de tranquilidad.

- Esto es una locura, una completa locura…
- Ey, papá, mírame –Pedí, siendo esta vez yo quien agarrara su cara- Estoy bien, me ves, ¿no? Voy a ir a esa clase, voy a volver para hackear esa base informática y Dulce y yo vamos a volver a casa sanas y salvas. ¿Está bien?

Después de mis palabras se creó un extraño silencio. Y sí, digo “extraño”. Porque mi padre me miró de una forma que nunca había hecho. Ni cuando me gradué, ni cuando entré en la carrera de derecho, ni si quiera cuando salí de la academia… El orgullo que desprendían sus ojos consiguieron incluso emocionarme en algún momento.
Sin pronunciar ni una sola palabra, agarró nuevamente mi cara para darme uno de sus tiernos besos en la frente y, sin más, me abrazó.
Tras varios segundos en esa posición, respiró hondo y se separó, para ponerse firme.

- Agente Puente, ¿está lista?
- Completamente inspector Puente, vamos allá.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:49 pm

Capítulo 3

7 pasos. Muy sencillos, o eso decía la informática profesional.
Primero, entrar en el ordenador. Segundo, encontrar un troyano supuestamente desarrollado por mí misma. Tercero, iniciar el ordenador como administrador. Cuarto, pulsar en el icono que indica “jefatura”. Quinto, dirigirme a la cuarta carpeta, dirección general de seguridad. Sexto, pulsar “Alt”, “F7” “V” y luego “Enter”, entonces saltará el troyano. Séptimo, introducir la ruta que tanto me costó memorizar y listo… acabo de hackear todo un sistema informático de la cárcel. Supe que había realizado mi trabajo correctamente cuando las alarmas comenzaron a sonar y Salazar agarraba mi brazo, obligándome a levantarme y salir con él de la celda.

- Muy bien rubia, nos vamos.

Al dirigir mi mirada a la puerta y observar un policía con una sonrisa, fue cuando lo comprendí todo.

- ¿Cómo? ¿Una fuga?
- Qué inteligente.

Se trataba de un policía corrupto que, supongo, él mismo había contratado para ayudarlo a salir de ahí. Solo necesitaba que las alarmas saltaran, que el descontrol se desatara y así poder escapar sin levantar sospechas, al menos hasta estar bastante lejos.
Al llegar no pude ver a Dulce, tuve que dirigirme directamente a la celda de Salazar, pues la clase había costado más tiempo del que esperábamos.

- No, pero… a mí no me interesa la fuga. Muchas gracias por contar conmigo, de verdad, pero mi condena es solo de dos años, no me conviene agrandarla –Expuse con rapidez, mientras él parecía comenzar a enfadarse.
- No tengo tiempo para tonterías, rubia. Camina, vamos.

Segundos más tarde me encontré atravesando los pasillos a toda prisa, hasta llegar al patio. Una vez allí todos los presos estaban colocados en fila, parecía tratarse de un recuento. El policía que nos acompañaba se dirigió con sus compañeros y, nosotros, nos mezclamos entre el resto de presos, para el recuento. Entendía muy poco, absolutamente nada, en realidad. Lo único que me importaba era encontrar a Dulce y poder avisarla.
Después de buscarla con la mirada y no encontrarla, cambié de plan. Recordé la pafmina roja y lo que me había dicho, cuando estuviera en peligro solo debía sacarla y hacer gestos con ella. Eso fue lo que hice. Amarré la pafmina a mi mano y la levanté, moviéndola de un lado a otro, esperando que, estuviera donde estuviera, me viera.
Comenzó el recuento y, una vez fuimos contados, Salazar dio una señal con la cabeza a uno de los presos, haciéndome saber que algo estaba por pasar. El preso comenzó a lanzar comida, piedras, objetos y otro tipo de cosas que sacaba de sus bolsillos, a los policías, siendo seguido por el resto de personas, consiguiendo ahora sí un descontrol total.
Salazar aprovechó ese momento para volver a agarrarme del brazo y jalar de mí. Corrimos acompañados por el policía hasta una de las rejas, sin llamar la atención de nadie. Abrió la verja con un una llave que sacó de sus bolsillos para que atravesáramos la puerta y, cuando Salazar se disponía a cerrarla, Dulce apareció.

- Déjame ir con ustedes o los delato –Amenazó ella desde el otro lado de la verja.
- No tengo tiempo para tonterías pelirroja, lárgate –Respondió Salazar apuntándola con una pistola, agarrándome fuertemente del brazo.
- Puedes dispararme y llamar la atención o salir de aquí silenciosamente y sin que nadie se entere, ¿qué prefieres?

Él miró al policía y respiró hondo, soltando, después, un grito de rabia.

- ¡Vamos, venga!

Abrieron por fin la verja y dejaron pasar a Dulce. Se acercó rápidamente a mí, agarrándome del otro brazo.

- ¿Estás bien? ¿Te hicieron algo?
- Estoy bien, no te preocupes.
- ¡Caminen!

Casi a empujones, ambas comenzamos a caminar detrás de Salazar, pero delante del policía.

- Por un momento pensé que no llegabas…
- Te prometí que te iba a cuidar, Anahí. Además… mi cita tiene que llegar sana y salva, no puedes sufrir ningún accidente.

Llevé mi mirada a ella y me la encontré con una amplia sonrisa, incluso algo juguetona diría yo. Le correspondí de la misma forma, sintiéndome atrapada por ella.

- Camina delante, rubia.

A paso acelerado, casi corriendo en mitad de la noche, nos adentramos en un bosque. Salazar recibió una llamada, parecía recibir órdenes de hacia dónde dirigirnos, esto nos hizo percatarnos de que, quizás, había alguien por encima de Salazar, que él no era el cabecilla.
Caminamos y caminamos, hasta que, de repente, Salazar se detuvo en seco. Se dio la vuelta y dirigió su mirada a Dulce, que era agarrada por el policía. Sin más, alzó el brazo, apuntándola firmemente con la pistola.

- ¡No! –Grité, sin poder evitarlo.

Dulce alzó sus manos y me miró, después regresó su mirada a Salazar, pero no pronunció ni una sola palabra. Mi corazón iba a mil por hora, estaba muy nerviosa, no sabía qué hacer.
Salazar cargó la pistola y sonrió, consiguiendo solamente ponerme aún más nerviosa. Dulce mantuvo la mirada seria y firme, retándolo con ella, aún con los brazos en alto.
De repente escuché un disparo, fuerte, ensordecedor. Y, a continuación, el policía que estaba a menos de medio metro de Dulce, calló al piso con una herida de bala en el estómago.

- Me sirves más viva que muerta, pelirroja.

Dicho esto guardó la pistola y se dio la vuelta para continuar caminando. Dulce y yo nos miramos perplejas, en mi caso casi temblando, lo que acababa de ver era increíble.
Dulce se agachó rápidamente para comprobar si el hombre aún vivía, tomándole el pulso en el cuello. Pero cuando se levantó y negó con la cabeza, supe que, desgraciadamente, había fallecido.
Quizás suene un poco egoísta, o… no, teniendo en cuenta que casi pierdo a la persona más importante de mi vida, no tiene por qué sonarlo, pero en ese momento la vida del policía corrupto me importaba más bien poco. Por un momento pensé que no volvería a ver jamás a Dulce y… sí, era consciente de que había estado en esa situación en otras ocasiones, pero vivirlo es… algo completamente diferente.
Un impulso incontrolable me llevó a correr y abrazarme a ella; si las lágrimas no salieron de mis ojos creo que fue por el simple hecho de que, a pesar del miedo, intenté mantenerme fuerte.

- Tienes que acostumbrarte a cosas como estas Any…

Ese comentario me hizo rabiar por dentro y me separé de ella un poco, para poder encararla y mirarla de cerca, con un inevitable gesto de enfado.

- Nunca me acostumbraré a ver cómo te apuntan con una pistola.

Respondí con firmeza, algo que pareció sorprenderla. Sonrió y miró hacia otro lado, suspiró y volvió a mirarme.

- Por un momento pensé que no volvería a ver el brillo de esos ojos azules, ¿sabes?
- ¿Me hacen el favor de caminar de una puñetera vez?

Salazar interrumpió el momento, afortunadamente. Y digo afortunadamente porque el nerviosismo había vuelto a mí y no creo que pudiera haber sido capaz de responderle algo con coherencia. Había estado a punto de morir, y… ¿de lo que se preocupa es que podría no haber vuelto a ver mis ojos?
Lo que sentía por ella era algo extraño, pero que muy extraño… La odiaba, había momentos en los que realmente querría matarla, por exponerse tanto, por hacer tantas locuras, por no tener miedo al peligro y por jugársela tanto. Pero, por otro lado y por exactamente las mismas cosas, la quería a más no poder. Además de que conocerla desde que tengo uso de razón, jugaban muchos puntos a su favor.
Continuamos caminando y llegamos, por fin, hasta la carretera. No cruzamos, no caminamos más, no hicimos nada, simplemente nos paramos. Por un momento pensé que íbamos a hacer autostop.

- ¿Y ahora? –Pregunté.
- Ahora vendrán a buscarnos –Respondió él seriamente.

Y, efectivamente, escasos minutos después apareció un gran camión negro. Se abrió la puerta y detrás de ella apareció Alison Morris, otra de los integrantes de la banda que habíamos estudiado en la comisaría. Rubia, más alta que Dulce y que yo, y bastante flaca.

- Bienvenido de nuevo compañero – Su acento también era francés.

Salazar se hizo a un lado y nos invitó a entrar primero. Una vez dentro nos dimos cuenta de que eso era casi como una sala informática, enorme. Aunque al fondo había otra puerta que llevaría a los dormitorios y resto de compartimentos, supuse.

- Siéntense chicas, siéntense.

Dulce y yo tomamos asiento, mientras ambos nos miraban de pie frente a nosotras.

- Necesito que vuelvas al trabajo cuanto antes, rubia.
- Oh… claro –Asentí rápidamente con la cabeza y una sonrisa.
- ¿Cuánto tardarías en crear un virus que pudiera reventar un servidor con una red de protección metamórfica multinivel en mp?

“Servidor con red de protección metamórfica multinivel en MP”. Las palabras se repitieron en mi mente una y otra vez, me había sonado completamente a chino, mi cara debe haber sido un cuadro, aún no sé cómo conseguí disimular.

- Pff… -Negué con la cabeza.

Y no dije nada más, ¿qué podía decir? Si no tenía ni idea de cuánto tiempo aproximadamente se tardaba en hacer eso. ¿Y si decía mucho? ¿Y si decía poco? Miré a Dulce, pero esta vez ella no podía salvarme, tenía que buscarme la vida por mí misma.

- ¿Red de protección metamórfica multinivel mp?

Pregunté, para ganar más tiempo. Salazar simplemente asintió con la cabeza, esperando impaciente la respuesta.

- Pues…. Mmm…. Seis meses –Dije definitivamente.
- ¿No pueden ser cuatro?

Parecía no haberse sorprendido con mi cifra, había acertado. Guardé unos segundos de silencio para pensar mi respuesta.

- No, no, por dios… en cuatro meses es imposible. Seis como mínimo.

Salazar respiró hondo y miró a su compañera, ahora fueron ellos los que se tomaron unos segundos para pensar.

- De acuerdo, seis meses pero ni un día más –Asentí con la cabeza- El móvil –Dijo, mirando a Alison.

Alison sacó un móvil de uno de los cajones y me lo entregó.

- Quiero otro para ella –Dijo, refiriéndose a Dulce.
- No, ella no entraba en el plan.
- Pues acaba de entrar –Repitió con firmeza- Dame otro para ella.
- No sabemos quién es, no tenemos ni Oops! idea de dónde ha salido.
- ¡He dicho que me des otro móvil!

Y ahora sí, tras ese grito, Alison abrió el cajón y le entregó otro móvil a Dulce.

- No los uséis para llamar, esperad simplemente a que os llamemos. Esconderos muy bien y yo me preocupo de hacerlas… ricas –Concluyó con una sonrisa.

Dulce y yo nos miramos, con una forzada sonrisa.

- Pues ya pueden marcharse, ¿no? Venga, rapidito –Dijo Alison, agarrándonos de las manos y obligando a levantarnos, aunque se lo agradecí en el alma.

Prácticamente nos sacó del camión a empujones y cuando vimos que se alejaban en la carretera, nos miramos.
No pude evitar sonreír, estaba contenta, feliz… Habíamos salido vivas de semejante locura, era increíble.

- ¿Qué haces esta noche, guapa?

Me lo preguntó con un tono seductor, algo que me hizo mucha gracia y una risa se me escapó.

- Pues… creo que nada, ¿tienes algún plan para mí?
- Muchísimos.


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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:50 pm

Capítulo 4

La mujer y el amor de mi vida, nunca ha sido menos. Lo supe en el preciso momento en que la vi por primera vez, con unos de esos vestidos que los padres acostumbran a ponernos cuando somos apenas unos bebés, y que ahora nos parecen ridículos. Lo supe cuando vi esos ojos azul cielo, esos ojos que expresan dulzura, amor, humildad, valentía, ternura… Esos ojos… inolvidables, tan inolvidables como ella. Lo supe cuando vi por primera vez esos ricitos rubios moviéndose a la par del viento en una fría tarde de noviembre, que desprendieron una increíble luz, una luz que convirtió esa grisácea tarde, en el mejor día de mi vida, a pesar de no recordarla con total nitidez. Lo supe cuando viajamos juntas por primera vez, con solo cuatro años, o cuando jugábamos, incansables, al escondite por toda la comisaría. Cuando se graduó en el colegio y, esa misma noche, dio su primer beso. Lo supe cuando tuvo su primer desengaño amoroso y solo yo estuve ahí para consolarla, o cuando cumplió la mayoría de edad y, a pesar de no ser lo que quería, se matriculó en la carrera derecho. Y, sobre todo, lo supe cuando el miedo de perderla era incluso mayor que el miedo de perderme a mí misma.
Siempre lo supe. Lo que no sabía es que el tiempo se escapa, corriendo, como el agua entre las manos. Y si quería algo, si la quería en mi vida, debía actuar de una vez por todas.
Por eso me encontraba en nuestro restaurante favorito, en una zona alejada de la multitud para mayor tranquilidad y pegada a una ventana, como a ella tanto le gusta. Temblando incluso más que la primera vez que empuñé mi primera pistola y sintiendo que, si ella no llegaba en ese preciso momento, probablemente el mundo dejaría de tener sentido alguno para mí.
Verla entrar más hermosa que nunca, me hizo plantearme que, quizás, debería haberme preparado más elegantemente. Sin embargo, ya no había vuelta atrás, el momento era ese y debía aprovecharlo.
A pesar de los temblores de mis piernas, me puse en pie y esperé hasta que se acercara. Teniendo en cuenta lo inestables que pueden ser los tacones en unas piernas temblorosas, esas milésimas de segundo se me hicieron las más eternas e incomodas vividas jamás.
Cuando por fin tuve esos luminosos ojos en frente de mí, la amplia y radiante sonrisa fue imposible de contener. Le di dos besos y la ayudé a tomar asiento, para, a continuación, sentarme frente a ella.
Era increíble, podía estar en peligro de muerte y con una pistola apuntando a mi cabeza, pero totalmente relajada. En cambio, tenerla en frente de mí… me hacía estremecer de una manera sobrenatural. Era incapaz de pronunciar ni una sola palabra, mis sentidos estaban colapsados y solo podía mirarla y admirarla.

- Estás preciosa.

Sí, debería haberle dicho eso. Eso y otras miles de cosas más. Pero no… mi estúpida lengua era incapaz de ponerse en movimiento y la que pronunció esas palabras fue Anahí.

- A tu lado es difícil no estarlo.

Alzó una de sus cejas y me miró extrañamente para, a continuación, reírse.

- ¿Acabas de llamarme fea?
- ¿Qué?

Repetí las palabras en mi cabeza y entendí el significado que pudo haberle dado, totalmente el contrario al que yo quise expresar.

- Quise decir que… que… desprendes una luz tan increíble que, si tú estás a mi lado, todo es bello y... y…
- Es extraño, ¿sabes?

Esta vez fui yo quien no comprendió, pues acababa de cambiar de tema ni corta ni perezosa, aunque se lo agradecí, pues no sabía muy bien como decir todo lo que llevaba dentro.

- ¿Qué es extraño?
- Que estés temblando, Dul –Dijo, agarrando una de mis manos depositada encima de la mesa- Y que tus ojos expresan un temor que jamás había visto… ni si quiera en los momentos más peligrosos de tu vida.

No encontré palabras para responderle, solo una sonrisa vergonzosa y una tímida mirada. Y es que… ¿qué podía responder?

- Tengo la intuición de que esta va a ser una gran noche –Dijo, mirando con una tierna sonrisa nuestras manos entrelazadas y, posteriormente, mirándome a mí.
- Yo también.

Terminamos de cenar y salimos del restaurante, ya pasada la medianoche. Sabía que esa noche quería abrirme ante ella y expresarle los sentimientos que tanto tiempo llevaba callando, pero no tenía ningún plan sobre cómo o de qué manera hacerlo. Quizá eso, precisamente, me llevó a estar un poco más fría de lo normal.

- Quiero un helado.

Dicho esto se detuvo en seco en mitad de la Gran Vía de Madrid, con la sonrisa y la voz dulce de una niña pequeña con antojo.

- Es la una de la madrugada Any, ¿dónde pretendes encontrar un helado a estas horas?

Me dedicó una juguetona sonrisa, indicándome que algo se le acababa de ocurrir. La observé con detenimiento y, como ha pasado siempre, adiviné su plan cual vidente profesional.

- No no no, es mi superior, no.

Comencé a reírme y negué con la cabeza, a la par que continuaba mi camino.

- Oh, vamos Dul… Por favor.

Rogaba tras de mí, alcanzándome y agarrándome el brazo, consiguiendo detenerme. Me miró muy de cerca con la cara entristecida y haciendo pucheros, sabiendo que, sin que le costara mucho, conseguiría su propósito.

- Es una locura.
- ¿Qué más da? Vamos, hagámoslo –Agarró mi mano y, emocionada, comenzó a tirar de mí- ¡Vamos!

Como sucedía siempre, consiguió meterme en el submundo que se creaba cuando estaba a su lado y, olvidándome del resto de personas que caminaban por la calle, comenzamos a correr agarradas de la mano, gritando y riendo como locas empedernidas.
Llegamos a nuestra calle, ella vivía en un edificio con sus padres y su abuelo, yo en el edificio de al lado.

- Ni se te ocurra hacer ruido – Me advirtió mientras introducía la llave en la cerradura de la casa de su abuelo.
- Any, esto es una locura. Como tu abuelo nos pille… a ti te manda directa a la carrera de derecho y a mí me abre un expediente como un castillo.
- Mira Dul, mi abuelo compra el helado más rico que existe en este mundo y, lo único que quiero en este momento, es comérmelo. Si mañana el mundo se desmorona a nuestros pies, me importa un pimiento.

Sabía que con esa frase había puesto el punto y final a la discusión, así que no me quedó más remedio que guardar silencio. Cerró la puerta con mucho cuidado y, apoyándose en mí, se quitó los tacones. Me pidió que los sostuviera y, con una cómplice sonrisa, comenzó a dirigirse al frigorífico. Yo estaba tensa, muy tensa, simplemente sosteniendo sus zapatos con un tacón vertiginoso, al lado de la puerta y rezando porque al comisario no se le ocurriera despertarse para ir al baño en mitad de la madrugada.
Apenas unos segundos más tarde, regresó hasta mí con el gran bote de helado de chocolate en sus manos. Repetimos la acción anterior y, en riguroso silencio, conseguimos salir sanas y salvas de aquella casa.

- ¿Y ahora?
- Y ahora nos vamos para mi casa a comernos este manjar –Decidí.
- ¿Y tu hermana?
- Mi hermana debe estar durmiendo ya.

Dicho y hecho, Anahí volvió a ponerse sus zapatos y entramos en mi edificio. Abrí la puerta y le cedí el paso, a lo que me respondió con una pícara sonrisa y un “muchas gracias” que me hizo estremecer. Encendí las luces del salón y me dirigí al cuarto de mi hermana menor, con la mayoría de edad recién cumplida, para comprobar si, efectivamente, estaba durmiendo. Para mi sorpresa, el cuarto estaba completamente vacío.

- ¿Qué pasa? –Preguntó Anahí detrás de mí.
- Nada, Claudia no está, debe haber salido.
- Llámala –Propuso para que nos quedáramos tranquilas.

Miré mi móvil un momento, hasta que tomé la decisión. Errónea, quizá.

- No, da igual, a mí a su edad no me gustaba que me controlaran. Vamos a comernos ese helado.

Fui a la cocina a por unas cucharas, mientras escuchaba como ella se iba acomodando. Cuando regresé al salón la encontré descalza y ya sentada en el sofá, con el bote de helado entre las manos y una glotona sonrisa. Hice lo mismo que ella, descalzándome y sentándome a su lado, sin poder evitar reírme al verla tan desesperada por comerse aquel helado.
Abrió el bote y tiró la tapa al suelo, cogiendo la primera cucharada y observándome con una hipnotizante mirada. Pero, para mi sorpresa, dirigió la cuchara hacia mí.

- Voy a hacerte el honor de ser la primera en probar el mejor helado de chocolate del mundo. Pero… más te vale compartirlo conmigo, porque puedo llegar a ser muy dulcemente malvada.
No pude evitar reírme a carcajadas, no solo por su comentario, sino por el tono de voz y los gestos que había puesto al decirlo. Era realmente adorable.

- Está bien.
- Júralo –Dijo con una mirada amenazante más que divertida.
- Lo juro –Finalicé, sin poder dejar de reírme.

Ahora sí, su mano continuó el recorrido que antes intentaba hacer, metiendo definitivamente la cuchara en mi boca y permitiéndome saborear aquel helado que, lo admito, estaba realmente delicioso.

- ¿Qué tal? –Preguntó, expectante.
- Mm… dios mío, creo que acabo de tener un orgasmo.

Esta vez fue ella la que no pudo evitar reírse a carcajadas, lo que consiguió contagiarme a mí la risa.
Un impulso me llevó a meter los dedos en el bote para llenarlos del frío chocolate y restregárselo por la cara. Ella detuvo en seco todo movimiento y me miró con la boca abierta, completamente sorprendida.

- Creo que no eres consciente de la locura que acabas de cometer.

Yo, a carcajada limpia, solo pude responder que le había jurado compartir el helado, pero nunca mencioné la forma en la que lo haría.
Ella, sin pronunciar ni una sola palabra más, repitió el mismo gesto y me pringó toda la cara de chocolate. Así, comenzamos una dulce guerra de helado, corriendo por toda la casa y llenándonos de chocolate el cuerpo, al igual que los vestidos y gran parte de los sofás y muebles.
Cuando quise darme cuenta había conseguido arrinconarla en uno de los rincones de mi habitación, colocándole ambas manos encima de su cabeza, pegadas a la pared. Mientras, restregaba mi mano libre llena de chocolate por sus mejillas.
En un rápido movimiento se liberó de mis manos y, con un suave empujón, terminé tendida en mi cama con ella posicionada sobre mí, siendo Anahí ahora la que iba ganando la batalla. Llenó mis brazos de chocolate y, en un despiste por su parte, conseguí darle la vuelta y recostarme sobre ella, machándole los labios con el chocolate.
En ese momento, algo se accionó y el ambiente cambió. Ella abrió su boca y chupó con dulzura uno de mis dedos lleno de chocolate, para saborearlo. Entonces, mi cerebro, que solo había podido ordenar a mi ojos que se hipnotizaran con sus labios lamiendo mi dedo de una forma más que sensual, decidió ampliar dicha orden y hacer que mi corazón estuviera a punto de salírseme del pecho. Definitivamente a partir de ese momento, perdí el control de mis acciones y de mis sentimientos.
Con mi mano libre acaricié su mejilla llena de chocolate y dirigí mis labios allí, dando pequeños besos que me permitieron saborear el helado, recorriendo así todo su rostro a base de besos. Cuando quise llegar a su boca me obligué a detenerme y la miré de cerca, encontrándome con sus ojos firmes y radiantes. Un gran escalofrío recorrió todo mi cuerpo y la piel se me erizó. No sabía muy bien qué debía hacer, lo que sí sabía perfectamente era lo que quería hacer.
Afortunadamente la que tomó la decisión del siguiente paso fue ella, atrapando mis labios en el beso más maravilloso y mágico que jamás haya experimentado. Me besó con ternura y dulzura, mezclado con una pasión desenfrenada que consiguió remover cada parte de mi interior. Solo fue cuestión de tiempo que el ambiente se calentara y todo comenzara a subir de tono, algo que noté cuando su lengua quizo juguetear con la mía y yo, por su puesto, respondí de la misma manera.
Sus labios abandonaron mi boca y comenzaron a apoderarse del resto de mi cuerpo, empezando por mi cuello y haciéndome enloquecer con cada mordisquito y lametón. A pesar de ser yo quien estaba posicionada sobre ella, Anahí establecía todo el control de la situación, y eso era algo que… a ser posible, me excitaba aún más. Tanto que, cuando quise darme cuenta, me encontraba completamente desnuda y con ella, en ropa interior, ya recostada sobre mí.
Mis manos, ya descontroladas, recorrían su espalda con ansia y, sin permiso alguno, decidieron desabrocharle el sostén y permitirme ver el cuerpo desnudo de la mujer más hermosa jamás vista, al menos por mis ojos. Agarró mi mejilla con autoridad, pues mi mirada se había perdido muy lejos de su cara, y me exigió dirigirla nuevamente al increíble azul luminoso de sus ojos para, segundos más tarde, volver a atraparme en una loca sucesión de besos. Mientras, sus manos jugueteaban peligrosamente con mis pechos, comenzando a bajar e insinuando lo que estaba a punto de suceder. Sin dejar de besarme, sus dedos llegaron a mi zona más íntima y comenzó a masajearme ahí, haciéndome llegar a las estrellas con cada caricia. Rompió el beso, pegó su frente a la mía y, sin dejar de mirarme, entró en mí, consiguiendo que, en un acto reflejo, mis ojos se cerraran y un gritito incontrolable saliera de mis labios.

- Abre los ojos… Mírame, quiero que me mires.

Su voz ronca aumentó aún más mi excitación y, cumpliendo su orden, abrí mis ojos para encontrarme nuevamente con ella.
Sus movimientos cada vez eran más acelerados y yo comenzaba a ver gran parte de la vía láctea, estaba entrando en un submundo, paralelo al real y los gemidos salían de mis labios sin poder ser ya controlados.
No contenta con esto, Anahí quiso llegar al clímax conmigo y, con una ritmosidad increíble, comenzó a bailar sobre mi muslo, sin dejar de mover su mano con la misma excitación y pasión de antes. Era imposible guardar silencio con semejante mujer encima de ti moviendo las caderas de esa forma. Mis dedos se aferraron a su espalda, mis labios a los suyos y mi corazón, simplemente, se disparó. El mayor de mis gritos salió de mis labios y, fue ahí, cuando supe que había visto la luz, había llegado a ella con Anahí.
Todo comenzó a perder intensidad, los movimientos se ralentizaron, los gritos se acallaron, la lujuria y pasión se redujo y Anahí, recostando su cabeza en mi pecho con la respiración totalmente acelerada, se aferró a mi cintura.
El silencio se plantó en la habitación, lo único que se escuchaban eran nuestras respiraciones a mil por hora, y el silencio.
El cansancio se apoderó de nosotras y caímos rendidas en el más profundo sueño, dentro de la oscuridad de aquella mágica noche.
...

Horas más tarde, el sonido de mi móvil sonando desde el salón, me hizo abrir los ojos con confusión. Las imágenes de esa noche invadieron mi mente y, girar mi cabeza a la izquierda y verla ahí, durmiendo, plácidamente, fue lo más maravilloso que me había ocurrido en la vida. Lo que yo no sabía, entonces, es que aquella llamada… cambiaría mi vida, nuestras vidas, por completo.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:50 pm

Capítulo 5

Cogí mi teléfono, pero me di cuenta de que no era ese el que estaba sonando, sino el que Salazar me había entregado hacía ya unas semanas. Entonces, el acento francés con voz de mujer sonó en la línea telefónica.

- No nos gusta que nos mientan, ¿sabes?
- No sé a qué mentira te refieres.
- Oh, vamos, pelirroja de bote… ya está bien, deja el teatro.
- Bueno, es cierto que el pelirrojo no es natural, pero no creo que eso sea una mentira tan grande como para herirte.

Siempre he tenido la capacidad de usar el tono de ironía y la frialdad cuando se trata de una situación peligrosa, siempre y cuando la única que esté en riesgo sea yo.

- Dulce, Dulce, Dulce… -Suspiró- No te haces a la idea de con quién te estás metiendo.

En el preciso momento en que pronunció mi nombre supe que me habían descubierto. Anahí y yo nos habíamos creado falsas identidades para infiltrarnos, si conocían mi nombre quería decir que, muy probablemente, ya habrían averiguado que soy policía y que estamos infiltradas.
Intenté hablar, pero ella me frenó.

- Oh no, ni se te ocurra pronunciar ni una sola palabra. Simplemente escucha, alguien quiere hablar contigo.

Me dirigí rápidamente a la puerta de la habitación, para asegurarme que Anahí estaba ahí, en mi cama, sumida en un profundo sueño y aún desnuda, tras nuestra maravillosa noche. Por lo que el miedo que por un momento sentí, pasó… pasó, hasta que escuché la temblorosa voz de mi hermana suplicando que, por favor, la sacara de ahí.

- ¿Claudia?
- Sí, pelirroja, Claudia. Si quieres verla con vida, haz exactamente lo que yo te diga, ¿está bien?
- Que ni se te ocurra tocarle un pelo, ¿escuchaste? Te mato Alison, ¡te mato!
- No estás en condiciones de amenazar a nadie Dulce, así que te quiero en una hora en la dirección que te voy a mandar por mensaje, ¿de acuerdo?
- Ahí estaré.
- Una última cosa… Está de más advertirte que avisar a tus maravillosos compañeros policías o a la rubia farsante de hacker, es como matar con tus propias manos a tu hermana, ¿verdad?
- Suelo arreglármelas muy bien sola, no te preocupes.

Corté y respiré hondo, buscando alguna forma de poder tranquilizarme, pero era prácticamente imposible. Busqué una camisa en el armario, pues aún llevaba simplemente la ropa interior, y me senté al borde de la cama, mirando a aquella maravillosa mujer durmiendo dulcemente a tan solo unos centímetros de mí.
Tonta pero románticamente, quizá, le susurré las palabras que había sido incapaz de pronunciar la noche anterior. Le dije que la amaba desde que tenía uso de razón, añadiendo que, precisamente por eso, me veía en la obligación de alejarme de ella. No podía permitirme ponerla en peligro a ella también.

El mensaje que Alison nombró anteriormente, no tardó en llegar, anunciándome el lugar de encuentro. Era un sitio muy apartado del centro de la ciudad, en las afueras, por lo que estaría desprotegida y debía tener mucho cuidado. Por supuesto, iría armada
Me vestí y, mientras me fumaba un cigarro, vicio que me persigue desde que tengo 17 años, me tomé un amargo café, que me permitiera activarme con rapidez y mantener la cabeza fría en todo momento.
Regresé a la cama para ver, nuevamente, la imagen del amor de mi vida en mi cama, y no pude evitar sonreír. Deposité un beso en su frente y decidí marcharme de una vez por todas, a pesar de sentirme completamente decepcionada de mí misma, por no poder darle lo que tanto tiempo llevo deseando.
Al salir de mi edificio vi a Enrique, compañero de la comisaría, casi como un padre para mí y padre de Anahí, regando las plantas. Me preguntó hacía donde iba y me vi en la obligación de mentirle, excusándome en papeleos bancarios.
Supongo que mi cara expresaba el terror que sentía por dentro, sumando, además, que mi excusa no fue lo más creíble, por lo que me preguntó si me encontraba bien. Y yo, evidentemente, afirmé que me sentía perfectamente.
Por fin, me subí en mi coche y me dirigí a la dirección marcada por Alison. Tenía aún media hora para llegar, por lo que iba más que bien de tiempo.

**

La luz de la mañana entrando por la ventana me hizo abrir los ojos. Reconocí la habitación en la que estaba, sabía que era la de Dulce, por lo que corroboré que las imágenes que tenía en mi cabeza de la noche anterior no habían sido un sueño, sino una realidad, una dulce, maravillosa y mágica realidad.
Me di la vuelta para buscarla, esperando encontrarla en el lado derecho de la cama, con esa sonrisa tan tierna que siempre ha tenido cuando duerme, pero no fue así.
Me enrollé la sábana al cuerpo, para levantarme e ir a buscarla, suponiendo que se encontraría en alguna parte de la casa. Pero, nuevamente, no la encontré.
Busqué mi móvil y la llamé, pero no respondió, por lo que el nerviosismo comenzaba apoderarse de mí. Era muy extraño que Dulce se hubiera marchado así sin más, porque sí y sin avisar, algo tenía que haber pasado.
Me vestí y regresé para darme una ducha y ponerme alguna ropa decente, pues la de la noche anterior estaba totalmente ensuciada del chocolate.

- ¿Tú no ibas a pasar la noche con Dulce? –Preguntó mi padre en cuanto entré por la puerta.
- Y así fue, vimos una película, como siempre –Mentí descaradamente- Pero cuando desperté ya no estaba, debe haber ocurrido algo en la comisaría, iba a vestirme para ir para allá.
- No, yo la vi hace apenas veinte minutos. Me dijo que iba a hacer unos trámites bancarios.
- ¿Trámites bancarios? ¿Dulce?

Eso, definitivamente, me sonó a chiste. Me parecía increíble que, después de la noche que pasamos, pues sabía que había sido tan importante para mí como para ella, se haya despertado temprano solo para hacer unos trámites bancarios, y más sin avisar o dejar algún tipo de detalle.
Aun así no dije más frente a mi padre, pues no quería preocuparlo ni tener que darle explicaciones.

**

Llegué por fin al lugar de quedada. Aparqué y me bajé con el arma en la mano, caminando muy despacio, atenta y prevenida para cualquier cosa que pudiera ocurrir. Sin embargo, de nada me sirvió, pues escuché detrás de mí la voz de Alison.

- Baja el arma, pelirroja.

Me di la vuelta y la encontré desarmada y con una sonrisa de oreja a oreja de lo más cínica. Por lo que la rabia se apoderó de mí, y la apunté a la cabeza con el arma.

- Dime dónde está mi hermana o te reviento.

Con la mayor tranquilidad del mundo, se tomó unos segundos para suspirar y reírse.

- Puedes matarme, pero si no llamo por teléfono en… digamos… 20 segundos, matarán a tu hermana. Así que dispárame y estarás disparando a Claudia.

Tras escuchar esas palabras, a pesar de que mi orgullo fuera a ser herido, bajé el arma lentamente y la guardé, sin dejar de quitarle un ojo de encima.

- Sabía que lo entenderías.

Dicho esto Alison comenzó a caminar a mi alrededor, sacando el móvil y marcando un número que no pude alcanzar a ver. Además, no pude enterarme de nada de lo que decía, pues estaba hablando en francés. Supuse que quien estaba al otro lado de la línea, sería Salazar.
Tocó algunos botones más y, después, me entregó el móvil. Se trataba de una video llamada, en la que estaba viendo con mis propios ojos a mi hermana, algo golpeada, y amordazada a una silla.
Esa imagen hirvió mi sangre y quise matar a todo lo que se encontrara a mi alrededor, pero respiré hondo y, a pesar de que mi voz estaba a punto de romperse, me mantuve firme.

- Claudia, cariño, escucha, ¿vale? Voy a sacarte de ahí en un día o dos, ¿está bien? Estate tranquila…
- ¿Dulce? Dulce, ¡¿qué está pasando?! –Preguntaba desesperada.
- Cuando lo haga te dejaré la casa para ti sola, ¿sí? Para no molestarte y que puedas traerte a quien quieras, para ver películas y comer palomitas.
- Sácame de aquí Dulce, por favor, no soporto esto… -Rogaba en llanto.
- Confía en mí, Claudia.

No pude seguir hablando con ella, pues Alison retiró el móvil de mis manos.

- Tiene 18 años… -Dije, secándome unas lágrimas que se habían escapado de mis ojos.

Ella sonrió sarcásticamente y, sin dejar de dar vueltas a mi alrededor, comenzó a lanzar una serie de amenazas.

- Si no colaboras, la matamos. Si avisas a alguien, la matamos. Si intentas engañarnos, la matamos. Pero… danos lo que queremos, y seguirá viva.
- ¿Qué Oops!queréis?
- Cuando averiguamos que eras policía, solo quisimos matarte. A ti y a tu amiguita, claro. Pero… el caso es que el Káiser piensa que eres más útil viva.

¿Káiser? ¿Quién era ese? La sospecha de que Salazar no era el cabecilla de todo eso acababa de demostrarse, había alguien muy por encima de ellos dos.

- Si, el Káiser –Afirmó ella como si hubiera escuchado mis pensamientos- ¿Acaso pensabas que el imbécil de Salazar podría llevar el mando de todo esto?
- Un policía trabajando para vosotros, ¿no? –Dije, sabiendo perfectamente a qué se refería con lo de que yo era más útil viva.
- Un contra infiltrado, realmente –Yo respiré hondo- De momento… necesitamos un detonador de tipo Rooney, con explosión retardada –Me llevé las manos a la cabeza, lo que me estaban pidiendo era muy peligroso- Y… toda la información de la policía y la Interpol sobre nosotros.

Eso me pareció el colmo, así que esta vez fui yo la que rio sarcásticamente.

- El detonador lo puedo conseguir, podéis contar con ello. Pero yo no tengo acceso a esa información –Ella negó con la cabeza- Toda la información de la Interpol está clasificada por el CNI, y yo no puedo conseguirla.
- Es muy sencillo… -Se acercó frente a frente a mí- ¿Cuánto quieres a tu hermana, Dulce? Quizás tú no tengas acceso, pero la rubita esa… Anahí, sí que la tiene. Su abuelo es el comisario, ¿no?
- No, ¡con ella no! –Grité.
- Recibirás las órdenes en el teléfono que te dimos.

Sin más, se dio la vuelta y comenzó a caminar, alejándose de mí. Podría haberla apuntado con la pistola y, con la puntería que tengo, es muy probable que la hubiera mandado a la tumba. Pero no… no podía.

**

Salí de la ducha, me vestí y volví a llamar a Dulce, pero nuevamente no respondió. Me dirigí a la cocina y ayudé a mi madre preparar el desayuno. Como cada mañana, mi abuelo vino a desayunar con nosotros, al igual que Franco. De vez en cuando Dulce también venía a desayunar, así que esperaba que, en algún momento, llegara. Y así fue.

- ¿Qué tal esos trámites bancarios? –Preguntó mi padre, en cuanto la vio entrar.
- Bien, bien, genial.

Estaba seria, triste, pensativa… Se sentó a mi lado y, prácticamente, no me miró. No entendía nada, pero eso no me iba a frenar.

- ¿Quieres una tostada, Dulce? –Le pregunté.

Ella me miró y asintió con la cabeza, sin más.

- Con mermelada de fresa, ¿verdad?
- Sí, como siempre.

Cogí la mermelada, que era un botito con el que apretabas, y salía el líquido, por lo que se me ocurrió hacerle un detalle bonito: escribir con la mermelada en la tostada “te quiero”. Se la di con una sonrisa y ella, después de agradecérmelo, la miró y sonrió, ahora sí.

- ¿Qué tiene la tostada, hija? No sabía que contaban chistes.

Dijo seriamente mi abuelo, yo no pude evitar reírme.

- Oh, nada, nada…

**

Llegué a la comisaría, debía ser rápida y ágil si quería coger el detonador sin levantar sospechas. Cogí un bolso y me dirigí al apartado de armas explosivas, que se encontraba en la última planta. Fue sencillo, llevaba trabajando ahí años, por lo que me había ganado la confianza del personal y no solían preguntarme hacia donde iba ni por qué.
Cuando me dirigía al garaje, en la primera planta, para poder guardar la bolsa con el detonador, vi a Anahí a un lado de la escalera, con unos papeleos. Levantó la cabeza y me miró, dedicándome una preciosa sonrisa. Me hizo una seña con la cabeza, indicándome que quería que nos viéramos en el baño. Ella entró primero y a mí no me quedó más remedio que retrasar mi llegada al garaje.
Al entrar la vi apoyada sobre una de las paredes del baño, mirándome con una sonrisa. Yo dejé la bolsa en el suelo y me acerqué a ella, sin poder evitar olvidarme de cualquier plan que tuviera para alejarme.
Sin más, agarró mis mejillas y me besó. Rápidamente, con pasión. Sin darme tiempo, si quiera, a reaccionar, me dio una suave cachetada y me alejó de ella con un empujón. La miré sorprendida, desorientada.

- ¿Cómo se te ocurre dejarme sola en tu cama? Cual amante de una mujer casada. Y todo para ir a hacer unos papeleos bancarios.

La miré un momento seriamente, queriendo averiguar si se trataba de una discusión seria o solo una broma. Su sonrisa picarona me dio la respuesta.

- Bueno… es que eso tiene también su punto, ¿no?
- Sí claro, un punto muy interesante –Dijo irónicamente, riendo.

Acortó aún más las distancias y me abrazó, suspirando.

- Fue maravilloso Dul… fue mágico.
- Lo sé cariño, fue la mejor noche de mi vida.

Era cierto, no había mentido.... había sentido eso y miles de cosas más. Simplemente tener el detonador entre mis pies y ver por la ventana que el comisario estaba merodeando cerca del garaje, hizo que mi tono no resultara todo lo creíble posible.

- ¿Qué te pasa? –Preguntó, rompiendo el abrazo- Estás preocupada por algo, ¿verdad? ¿Qué ocurrió esta mañana?

No pude responder, pues mi teléfono comenzó a sonar. Por el tono me di cuenta de que no se trataba de mi móvil, sino del que me había entregado Alison, lo que aumentó mi nerviosismo.
Me separé definitivamente de Anahí y cogí la bolsa.

- Tengo que irme, ¿vale? Lo siento.

Sin más salí del baño, sabiendo que la había dejado bastante pensativa y, probablemente, mal.
Salí y respondí la llamada.

- Tu hermana pregunta por ti… -Su asquerosa voz con acento francés me repugnaba. Mientras la escuchaba me iba dirigiendo al garaje con mucho cuidado- ¿Vas a tardar mucho en traer el dossier con la información?

Y eso fue todo, no pude responder nada más, pues colgó.
Me dirigí por fin al garaje, dejé la bolsa dentro y me senté en el sillón, para tomarme unos segundos y poder pensar. Entonces, se me ocurrió algo.
Tenía el teléfono de uno de los policías de la Interpol, así que le mandé un mensaje diciéndole que necesitaba reunirme con él fuera de la comisaría, ya que tenía información sobre el Káiser.
Estaba al límite, y esta situación no tenía otra solución si no quería poner en peligro a Anahí.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:50 pm

Capítulo 6

Regresé a casa, era de noche. Asustada, lo admito, comencé a preparar el detonante y el armamento que me pidieron Alison y su banda. Cargué mi pistola y la guardé, preparándome para lo que pudiera ocurrir. Entonces, escuché como llamaban a la puerta. Miré por la mirilla, era Anahí. Me rogaba que le abriera, que sabía que estaba allí, pero no lo hice.

- Vamos Dul… sé que estás ahí… Por favor, ábreme.

Parecía haberse rendido, se dio la vuelta y se dispuso a irse. Pero algo dentro de mí me hizo tener el impulso de abrir la puerta y dejarla entre abierta, la necesitaba, necesitaba su apoyo en esos momentos.
Ella comenzó a adentrarse en la casa, yo cerré la puerta y el ruido la sobresaltó.

- Dulce…

Comenzó a acercarse a mí, yo era incapaz de responder.

- Dulce, ¿qué te pasa? Sé que algo va mal, confía en mí. ¿Qué pasa?

¿Qué podía decirle? No podía decir nada, simplemente guardé silencio y dejé que las lágrimas, rebeldes, salieran por fin de mis ojos sin control alguno.

- Abrázame Any… solo… solo abrázame, por favor.

Rápidamente ella cumplió mis deseos y me acogió entre sus brazos, sintiéndome por un momento protegida de cualquier mal que pudiera existir en el mundo.
Me llevó hasta el sofá y nos sentamos ahí, ella no dejaba de abrazarme en ningún momento. Mientras yo lloraba y me aferraba a ella, Anahí depositaba suaves besos en mi cabello y acariciaba mi espalda.
Instantes más tarde, rompió el abrazo y agarró mis mejillas.

- Cariño… dime qué pasa –Yo tenía la mirada perdida, simplemente dándole vueltas a la situación en la que me encontraba- ¿En qué piensas?

Nuevamente no respondí y, lógicamente, ella comenzaba a agobiarse. Respiró hondo y se alejó de mí, para luego volver a mirarme.

- No quiero secretos, Dulce –Yo la miré, temblorosa- No quiero mentiras, ni falsas verdades. Quiero que me lo cuentes todo, por favor.

Una vez más, el teléfono rompió el momento, esta vez era un mensaje. Ella observó el móvil iluminado sobre la mesa y luego volvió a mirarme a mí. Yo respiré hondo, cogí el aparato y leí el mensaje. Era de Smith, el superintendente de la Interpol. Me indicaba que nos veríamos en el mirador del faro de Madrid a las 8 de la noche. Miré el reloj, eran las 7 y media, por lo que debía marcharme ya si quería llegar a tiempo.
Me sequé las lágrimas, me incorporé y volví a despedirme de ella.

- Lo siento Any, me tengo que ir.

Salí de mi casa y, tristemente, volví a dejarla sentada en mi sofá, sola.

Media hora más tarde me encontraba en el mirador del faro de Madrid. A lo lejos vi al inspector Smith, así que me acerqué hasta él.

- Espinoza… dijo que tiene información privilegiada sobre el Káiser. ¿De qué se trata?
- Necesito la clave de acceso.

Negó con la cabeza y se rio, algo completamente normal, era surrealista que yo estuviera pidiéndole la clave de acceso a un superintendente de la Interpol.

- Puedo traerle la cabeza del Káiser en una bandeja.

Por supuesto era metafórico, pero yo trataba de convencerlo de cualquier manera posible. Dentro de lo que cabe, estaba intentando hacer todo esto de la forma más limpia.
Eso parecía haberle llamado la atención, pues guardó silencio y me miró atentamente. Yo caminé hasta la barandilla y miré el paisaje.

- ¿Qué es lo que sabe? –Guardé silencio y lo miré, realmente no sabía nada- ¿Sabe su identidad, dónde vive, quién es su contacto? No sabe nada, subinspectora, nada.

Comenzaba a ponerme nerviosa, no sé en qué Oops! momento se me pasó por la cabeza que podía ir allí y pedirle la clave, sin más, como si él fuera a dármela tan tranquilamente.

- Está bien, no sé nada, pero deme la clave.
- ¡Está loca!

Definitivamente, el nerviosismo se apoderó de mí y comencé a forcejear con él.
Pelear con hombres nunca había sido un problema para mí, era muy fuerte físicamente y en la academia era la única mujer del cuerpo, por lo que debí entrenarme siempre con hombres. Gracias a ello conseguí ganar el forcejeo y alongarlo por la barandilla.

- O me la da por las buenas o me la da por las malas, ¿entiende?
- ¿Cuánto le ha pagado Salazar, subinspectora? ¿10? ¿100 millones? ¡¿Cuál es su precio?!
- ¡No tiene ni idea! –Grité con rabia, jamás estaría haciendo eso por dinero, ni si quiera si la vida que estuviera en peligro fuera la mía. Pero cuando se trata de personas a las que quiero… soy capaz de hacer cualquier cosa- ¡Deme la Oops! clave ya!
- ¿Vas a matarme? –Yo guardé silencio, simplemente manteniéndolo en la misma postura- ¡Vamos, Salazar no dudaría!
- ¡Mierda! –Grité mientras lo soltaba. No era capaz de matar a nadie, no lo era, así que lo dejé libre.

Él se agarró el cuello y tomó una gran bocanada de aire, después del tremendo forcejeo que había sufrido. Yo comenzaba a desesperarme, no sabía qué más podía hacer. Llegué a la conclusión, arriesgada, de que lo único que la única solución era confesarlo todo.

- Lo saben todo, Smith, todo… Saben que soy policía, que estoy infiltrada. Tienen a mi hermana y la van a matar si no hago lo que me piden.

Él suspiró, parecía comenzar a entenderlo todo.

- Necesito tiempo y necesito la clave.
- No es la primera vez que hacen esto, también ocurrió en 2003, secuestraron a…
- ¡Me importa una mierda lo que haya ocurrido en 2003! –Grité sin dejarlo acabar- ¿No lo entiende? ¡Necesito salvar a mi hermana, es lo único que tengo!
- ¿Qué crees que van a hacer cuando les entregues el dossier? ¿Crees que van a dejar marchar a tu hermana, viva, tan tranquilamente?

Eso me hizo quedarme pensativa, no había caído y… quizá, probablemente, tuviera razón. Entonces, en medio del silencio de la noche, el maldito teléfono volvió a sonar.

- Dulce, mira hacia abajo.

Esta vez no se trataba de Alison, ni de Salazar, sino de una extraña voz, como mecanizada. A pesar de ello, cumplí sus órdenes.

- ¿Ves la furgoneta azul? Dentro está tu hermana.

Sin más colgaron. Podría haberme tirado a salvarla, cual superman, sin importarme que estuviera a muchísimos metros de altura. Pero supuse que lo más lógico sería bajar caminando.

- Eran ellos, están abajo. No se mueva de aquí, Smith, ¿escuchó? No se mueva.

Dejándolo ahí, me dirigí a la zona baja del faro. Tuve que bajar miles y miles de escaleras, infinitas, pero por fin llegué abajo. Al hacerlo, escuché un grito proveniente de arriba y, sin más, un fuerte estruendo, como de algo cayendo al piso desde mucha altura. Entonces, miré a mi derecha y vi el cuerpo de Smith completamente destrozado y lleno de sangre, se había “caído” desde el faro. Me quedé totalmente petrificada.
El teléfono volvió a sonar, esta vez era otro mensaje, con las siguientes palabras: "Te lo advertimos".

- Mierda, mierda, mierda… -Dije, llevándome las manos a la cabeza.
- ¡Dulce!

Amplié mi campo visual y vi a Anahí entre los arbustos, incluso más petrificada que yo después de ver semejante escena. No sé qué hacía ahí, pero ver a un camión acercarse hasta ella solo me hizo ponerme aún más nerviosa.

- ¡Corre Anahí, corre! –Ella no me hacía caso, solo me miraba.

Tuve que llegar hasta ella y agarrarla de los brazos para que me hiciera caso.

- Corre Anahí, por favor, lárgate.

Ahora sí, Anahí comenzó a correr, alejándose de mí, mientras yo sacaba mi arma. El camión simplemente se paró en la carretera, de ahí no salió nadie. Por lo que yo también eché a correr, pero en dirección contraria a la de Anahí, por si acaso se les ocurriera perseguirme poder evitar ponerla en peligro.

**

La imagen de ese hombre cayendo al vacío y, después, ensangrentado en el piso, me perseguía mientras corría por las oscuras calles de Madrid. Llegué por fin hasta mi calle y me paré frente al trastero compartido entre mi edificio y el de Dulce, asfixiada y aún temblorosa, sintiendo un terror increíble. Entonces, noté como alguien tapaba mi boca y, desde atrás, me metía en el trastero. Una vez dentro me soltó y yo, asustada, me alejé para ver de quién se trataba. Era Dulce.

- Dulce… Dulce…
- Tranquila Any, tranquila –Decía, mientras agarraba mis mejillas con las manos temblorosas.
- Era Smith, está muerto, Dulce… ¡Está muerto!
- Anahí, tranquilízate. Está todo bien, ¿vale? Tranquila.
- El ruido… el ruido que ha hecho al tocar contra el suelo…
- Ya lo sé cariño, ya está, ya pasó.

Sin más, me acogió entre sus brazos, permitiéndome recuperar el aliento y que mi respiración volviera su estado normal. Había decidido seguirla, porque la vi mal, triste… Y menos mal que lo hice, a pesar de que la imagen fue realmente desagradable.

- Dulce, ¿qué está pasando? –Dije, separándome de ella.
- Any, todo lo que has visto tienes que olvidarlo, ¿vale? Todo, por favor.
- ¿Que me olvide?
- Sí.
- No Dulce, lo tengo muy claro…. –Esta vez fui yo quien agarró sus mejillas- Si tú saltas, yo salto. Y si a ti te pegan un tiro, yo sangro –Ella pareció emocionarse, sus ojos se llenaron de lágrimas.
- No puedo ponerte en peligro a ti también.
- No me pidas que me quede a fuera de esto. Por favor Dulce, no me pidas eso, no me lo pidas.

Ella agarró mis manos y comenzó a alejarse de mí, soltándose y secándose las lágrimas.

- Soy una contra infiltrada de Salazar –Confesó por fin- Estoy en la comisaría a su servicio, hago lo que me dice. Tienen a Claudia… y si no hago lo que dicen, la matarán. El único que podía ayudarme era Smith, pero está muerto. Y... y… yo no sé qué hacer, estoy al límite.

Me tomé unos segundos para pensar, para asimilar todo lo que acababa de decirme.

- Tenemos que contárselo a mi padre y a Franco.

Automáticamente, ella negó con la cabeza.

- No podemos contárselo a nadie. Lo saben todo, los matarían también
- Tranquila, tranquilízate –Le pedí, pues estaba empezando a desesperarse.
- Saben dónde vivo, saben dónde trabajo, a qué hora me levanto, las personas a la que más quiero… lo saben todo.

Guardé silencio de nuevo, mientras ella le daba un golpe a la puerta y se llevaba las manos a la cabeza. Agarré nuevamente sus mejillas y la obligué a que me mirara.

- No lo saben todo –Ella alzó un ceja, sin comprender- No saben lo mucho que te amo…

¿Cursi? Quizá, pero necesitaba decirlo… después de 20 años necesitaba gritarlo. Además, eso parecía haberla emocionado aún más y, sin más, se aferró a mis brazos.

- Yo también te amo Anahí… te amo.

**

A la mañana siguiente, regresé a la comisaría. Teníamos una reunión a primera hora, por lo que todos entramos en la sala. Anahí se sentó en la segunda fila, justo detrás de mí, mientras yo me encontraba en la primera fila, junto a Enrique y Franco. Al entrar me dedicó una sonrisa, como siempre.

- Buenos días, agentes –Saludó el comisario al entrar, acompañado de uno de los agentes de la Interpol, compañero de Smith, por lo que me temí lo peor- Anoche fue asesinado el superintendente Smith.

Todos mis compañeros comenzaron a alarmarse y yo, por supuesto, tuve que actuar como si no supiera nada.

- Esta es la situación… De momento, Dulce es el contacto más fiable con la banda, debe continuar infiltrada, por lo menos hasta estructurar el desastre que se ha creado con el fallecimiento de Smith. De manera que Dulce, tienes la palabra.

Todas las miradas se dirigieron a mí, yo me sentía sucia, realmente mal… incluso culpable, a pesar de no serlo.

- Estoy preparada, don Ricardo. No hay problemas.
- Muy bien pues…
- ¿Cómo que no hay problemas? –Interrumpió Enrique, padre de Anahí y casi como el mío- Claro que hay problemas, es muy peligroso.
- Enrique, si tienes alguna otra propuesta interesante, cuéntanosla –Dijo seriamente el comisario.
- Mire, don Ricardo. Conozco a esta niña desde que nació, está a mi cargo desde que terminó la academia y su padre falleció.
- Enrique… -Comencé a llamarlo, pues lo que estaba diciendo solo entorpecería todo.
- Exijo ocupar el lugar de Smith y llevar la investigación.
- ¡Que no! Deja de decir tonterías –Insistí yo.
- Papá, siéntate, anda –Pidió Anahí ahora, tratando de ayudarme.
- Por favor, comisario, puedo hacerlo... sé que puedo hacerlo.

Mi abuelo se tomó unos segundos para pensar, hasta que por fin tomó la decisión.

- Muy bien, tenéis 24 horas para estudiar, recapitular y proponer nuevas vías de investigación –Anahí, desde atrás, se acercó a mí y apoyó su barbilla en mi hombro, entrelazando mi mano con la suya- Esta es la contraseña y la clave de acceso al dossier de archivos restringidos y clasificados –Al oír eso mis ojos se abrieron como platos, era lo que estaba buscando- Mucho cuidado, Enrique. Esa gente mataría por esta clave.

Quizá era arriesgado, pero debía robarles esa clave… fuera como fuera.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:52 pm

Capítulo 7

El miedo es como la familia, que todo el mundo tiene una. Pero, aunque se parezcan, los miedos son tan personales y tan diferentes, como pueden serlo todas las familias del mundo.
Hay miedos tan simples como desnudarse ante un extraño. Miedos con los que uno aprende a ir conviviendo... Hay miedos hechos de inseguridades, miedo a quedarnos atrás, miedo a no ser lo que soñamos, a no dar la talla... Miedo a que nadie entienda lo que queremos ser.
Hay miedos que nos va dejando la conciencia. El miedo a ser culpables de lo que les pasa a los demás... Y, también, el miedo a lo que no queremos sentir, a lo que no queremos mirar, a lo desconocido... Como el miedo a la muerte, a que alguien a quien queremos desaparezca.
Y hoy he escuchado a un tal Punset en la tele, un señor encantador, que decía que la felicidad es la ausencia del miedo....Y entonces, me he dado cuenta de que, últimamente... yo ya no tengo miedo.
Anahí Puente

**

Días más tarde observé como Enrique y Franco, que siempre lo ayuda en todos los casos, entraban al despacho y, al cabo de un rato, volvían a salir sin el papel en el que estaba la clave y la contraseña, por lo que supe que esa era mi oportunidad.
Entré al despacho, habían dejado el papelito encima de la mesa y el ordenador encendido, parecía muy fácil. Saqué un USB y comencé a copiar toda la información, pero iba a tardar unos minutos. Mientras, miraba por la ventana, nerviosa, esperando que no llegara nadie. Dándome cuenta de que fuera estaba Anahí, observándome y, de alguna manera, apoyándome.
Enrique comenzó a dirigirse nuevamente hacia el despacho, por lo que Anahí me hizo señas con la cabeza, indicándome que estaban a punto de llegar. Desgraciadamente, a partir de ese momento se convirtió en mi cómplice, pues me hizo una seña con la mano para que me quedara tranquila y, además, entretuvo a su padre. Cerré las cortinas del despacho y le rogué al ordenador que se diera prisa, como si eso fuera posible.
Segundos más tarde, la operación informática de copia acabó. Apareció una ventanilla indicándomelo y, además, me daba la oportunidad de eliminar toda la información original. Acepté, lo que conllevó otro proceso. Me asomé a la ventana y le hice una seña a Anahí para que aguantara unos minutos más, ella, apurada, continuaba dándole charla a su padre.
En cuanto acabó el proceso, saqué el USB con rapidez y, muy silenciosamente, salí del despacho dejando las menos evidencias posibles. Anahí me vio salir y, cuando ya me hube alejado lo suficiente, finalizó la conversación, permitiendo que Enrique volviera a entrar al despacho.
Me miró expectante, queriendo saber si había cumplido mi objetivo. Le sonreí y le piqué el ojo, indicándole que lo habíamos conseguido.

**

No soportaba ver la ansiedad que Dulce tenía encima, estaba muy angustiada y yo me sentía en la obligación de ayudarla, fuera como fuera. Así que, después de entretener a mi padre para que ella pudiera conseguir el dossier que le exigía Allison, me dispuse a realizar una serie de cosas que se me habían ocurrido. Al acabar, la busqué por toda la comisaría, hasta que, finalmente la encontré en la sala de tiros.
Concentrada, dio varios tiros en la diana, con la puntería que tanto la caracterizaba. Toqué su hombro para que sintiera mi presencia y se quitara los insonorizantes auriculares.

- Todo se va a arreglar, Dulce –Dije, acariciando una de sus mejillas.

Ella suspiró y asintió con la cabeza, nada convencida de ello.

- Salazar y Alison nos sacan ventaja, pero a partir de ahora vamos a jugar con sus mismas armas.

Dulce me miró extrañada, mientras yo ponía sobre una de las mesas el bolso que traía colgado. De ahí saqué unos móviles
.
- Teléfonos prepagos, dos para ti y dos para mí. Son terminales sin registrar, no están domiciliados ni aparecen en ningún listado de clientes. Son indetectables una vez gastada la tarjeta –Expliqué- Tienes mis números guardados con el nombre de “Sweet” –Continué sacando cosas de la bolsa, aumentando su impresión- Esto, que parece un bolígrafo, es un perturbador de onda que neutraliza todos los inhibidores del mercado, cuando subas a ese camión seguirás teniendo cobertura –Dulce cogió el aparato y lo miró con curiosidad y asombro- Y sobre todo... llegará la señal del satélite –Saqué ahora un pequeño maletín- porque te voy a meter un chip baliza GPS. Está totalmente prohibido, no vas a sentir nada, es como el chip que le ponen a los perros.

Dicho esto “inyecté” el chip en su brazo, provocando que diera un saltito y se agarra el brazo, en señal de dolor.

- ¡Joder!

Se quejó, parecía que sí le había dolido. Sin embargo, yo continué, no teníamos tiempo para quejarnos.

- Y, por último… Una Beretta –Saqué ahora un arma, envuelta en un paño negro para no dejar huellas- Sin número de serie ni registro, pesa poco y es fácil de usar. –Ella parecía no dejar de sorprenderse- Si tienes que disparar, no será con la tuya, sino con esta. Tiene ocho balas huecas en la recámara, capaces de reventar una lámina de diez centímetros de acero –Dulce cargó el arma y la analizó- Cuando vayamos a por Claudia vamos a estar preparadas. Si ellos van a por todas, nosotras también. ¿Alguna pregunta?

Dulce dejó las cosas en la mesa y me miró, asintiendo con la cabeza.

- ¿Te apetece un café?

No pude evitar reírme, al igual que ella. Respiré hondo y mantuve mi sonrisa.

- Es que el café me pone nerviosa por la noche, prefiero un colacao.

Volvió a reírse y negó con la cabeza, supongo que aún incrédula con todo, tanto como yo, que aún me sorprendo de haber sido capaz de hacer todo aquello.
Agarró mi cara, colocó uno de mis mechones rubios detrás de la oreja y depósito en mis labios un suave beso.

- Te amo preciosa, te amo.

Me encargué de intensificar el beso para, después, terminar abrazada a ella.

‎**

Enrique y Franco me habían pedido que subiera al despacho, parecían muy serios, pero creía que era casi imposible que se hubieran dado cuenta de que haya sido yo quien borrara la información así que, dentro de lo que cabe, estaba tranquila.
Al entrar, los dos estaban muy serios, por lo que comencé a preocuparme.

- ¿Qué pasa?
- Este es el móvil del superintendente Smith –Dijo Franco, señalando el móvil destrozado encima de la mesa- Bueno… lo que queda de él.
- Te mandó un mensaje –Añadió Enrique, con un documento entre sus manos, supongo que con el registro de llamadas y mensajes. Ese detalle se me había escapado- “Quedamos en el mirador del faro de Madrid a las 8 de la noche” –Leyó.

Me miró y me ofreció el documento para que, yo misma, pudiera leerlo. Respiré hondo, dejé el documento sobre la mesa y me senté.

- Sí, estuve con él allí.
- Pues de allí no se cayó solo, Dulce –Respondió Franco.
- Yo no lo maté.
- ¿Y se puede saber qué hacías con él allí? –Preguntó Enrique.
- No lo puedo decir.
- ¿Cómo que no lo puedes decir? –Miré a Franco, de pie junto a Enrique, que parecía muy decepcionado, algo que me dolió infinitamente- ¿Cómo que no puedes decirlo, Dulce? –Repitió- Las cosas no se arreglan así, por las buenas, porque sí.

Guardé silencio y, simplemente, agaché la cabeza.

- Si entrego esto a la Interpol… sabes que te conviertes en la principal sospechosa de la muerte de Smith, ¿verdad? –Yo asentí con la cabeza- Entonces, ¿qué quieres que haga?
- Pues… no entregarle ese informe a nadie y confiar en mí.

Nuevamente el silencio se apoderó de la sala. Estaba nerviosa, muy nerviosa. De hecho, creo que las manos me temblaban.

- ¿Te vio alguien más?

Yo negué con la cabeza y Enrique tiró a la basura el documento. Después, cogió la tarjeta de memoria del móvil de Smith.

- Entonces, esta es la única prueba.
- Sí.

Enrique se metió la tarjeta en la boca y se la tragó con dificultades. Eso me emocionó.

- Yo confío en ti, Dulce.

Me levanté y lo abracé, agradeciéndole infinitamente lo que acababa de hacer por mí, sobre todo su confianza.

**

Mi padre, todos los días, sale por la noche a bajar la basura, pero esta vez le dije que yo lo haría. Había recibido un mensaje de Dulce, en el que me pidió que nos viéramos en el trastero, así que no lo dudé ni un momento. Tiré la basura y abrí la puerta. Dulce no me dejó si quiera asomar la cabeza, me agarró del brazo y jaló de mí, atrapando mi boca en un pasional beso.

- Felicidades –Dije, feliz, entre beso y beso.
- ¿Felicidades? ¿Por qué?
- Hoy hacemos dos semanas juntas.

Dulce se rio, quizá se pensaba que lo decía en broma.

- Es enserio, tengo una cosa para ti –Anuncié, sacando de bolsillo una pequeña caja. Ella pareció sorprenderse.
- Oh, vamos… ¿me compraste algo? No tenías por qué Any, yo... yo… con todo el lío de Claudia no he tenido ni tiempo de…
- Cállate –Exigí, callándola con un beso- Ábrela.

Ella abrió la caja y se encontró con una moneda, algo que pareció sorprenderle. La cogí, mostrándole una de las dos caras, con una sonrisa.

- Si tuvieras que pedir un deseo, lo que quieras, lo que más desees en el mundo… ¿qué sería? –Me miró en silencio, sin saber muy bien qué responder- Lo que sea, venga.
- Lo que más quiero… es que liberen a mi hermana.
- Vale, pues… si sale cara, se te concede.

Lancé la moneda al aire y la cogí, para ver el resultado.

- Cara, deseo concedido –Corroboré con una sonrisa, mostrándole la moneda y consiguiendo que ella también sonriera- Toma, para ti –Abrí su mano y deposité la moneda en la palma- Tu moneda de la suerte.
- Si fuese todo tan fácil… -Dijo, observando la moneda y dándole la vuelta.

Al darse cuenta de que la moneda tenía dos caras, se extrañó. Se vio en la obligación de girarla en varias ocasiones, para corroborarlo. Mientras, yo la miraba con una amplia sonrisa.

- Tiene dos caras –Me reprochó.
- Bueno… pues así tienes suerte seguro –Agarré su mano y le cerré el puño, con la moneda dentro- Así que quítate esa nube negra de la cabeza… porque nada va a salirnos mal.

Dulce respiró hondo y me abrazó, dándome besos en la mejilla.

- No tengo ningún regalo para ti, lo siento.
- ¿Cómo que no? Sí que lo tienes… -Me separé un poco de ella y agarré su cara- Mira, aquí…

Dicho esto la besé, suavemente al principio, pero fue cuestión de tiempo que el beso se intensificara. La ropa comenzó a volar y, en pocos segundos, ambas nos encontrábamos en sujetador besándonos locamente. Yo, pegada a una de las paredes, abrazaba a Dulce por la cintura con las piernas. Ella agarraba mi trasero con pasión, tanto que la excitación comenzaba a ser incontrolable para mí.
Podría haber pasado de todo, podría… pero algo nos detuvo.

- Enrique, mis hombres llevan 6 horas en la dirección que Dulce nos dios hace un tiempo, diciendo que ahí es donde Salazar realiza sus intercambios.

Era mi abuelo, estaba frente al trastero con mi padre, hablando de Dulce. Esto provocó que ella detuviera la situación y me rogara que escucháramos.

- Bueno, les habrá surgido un improvisto – Dijo tranquilamente mi padre- Probablemente hayan cambiado de lugar, por si acaso. No son tontos, don Ricardo.
- Ya, pero es que es muy extraño que un policía infiltrado de información equivocada, ¿sabes? No sé si lo entiendes.
- No… no… no sé – Mi padre se había puesto nervioso, supongo que, de alguna forma, trataba de cubrir a Dulce.
- Yo tampoco, inspector.
- ¿Subimos a cenar?
- Enrique, ¿tú confías en Dulce?

Esa pregunta provocó un gran silencio, miré a Dulce, que estaba con la mirada perdida, pero muy atenta a aquella conversación.

- Como si fuera de mi sangre, igual.

Supongo que esa respuesta tranquilizó a Dulce, pero está claro que mi suposición fue errónea, pues ella respiró hondo y se alejó de mí, llevándose las manos a la cabeza.

- Sal, cariño –Rogó Dulce, en un susurro para que no nos escuchara.

Debería haberme parado a decirle muchas cosas, y ganas no me faltaban, pero no podía. Por lo que me puse la blusa, señalé la moneda, en señal de que todo iba a salir bien, y salí.
Mi abuelo y mi padre me miraron sorprendidos.

- Que… estaba buscando los carboncillos de mamá para pintar… -Me excusé- Pero, no están.
- Oh… ya veo –Dijo mi padre, observándome aún sorprendido.

- Bueno, ¿qué? ¿Vamos a cenar?

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:53 pm


Capítulo 8

Una semana después, Dulce había tenido diversos encuentros con Alison y su gente. Le habían permitido ver a su hermana en dos ocasiones y, a pesar de intentar liberarla, no lo consiguió. Había descubierto que estaban en busca de algo grande, unos planos que, aún ahora, desconozco exactamente de qué son. El caso es que eran muy importantes para ellos y estaban en nuestro poder, lo que nos sirvió para amenazarlos. Bueno… realmente no los teníamos aún, pero estaban en la comisaría y sabíamos el lugar exacto, por lo que sería solo cuestión de tiempo hacernos con ellos.
Por otro lado, la Interpol estaba tras Dulce, sospechaban de ella, por lo que el agobio cada vez era mayor. Aunque mi padre, indirectamente, trataba de cubrirla como podía.

- Lo tengo.

Dulce salió del despacho de mi abuelo y se acercó a mí con los planos, enrollados, en la mano. Sonreí y, si por mí hubiera sido, podría haberme puesto a saltar de felicidad. Era nuestra arma secreta, con eso podríamos lograr por fin rescatar a Claudia, y teníamos un plan.

- Mira, estos son los planos originales –Dijo, mostrándome unos grandes folios bajo su brazo- Y esto es lo que le voy a dar a Salazar, que es una copia.

Los cogí y los abrí, eran prácticamente idénticos, una copia muy buena. El teléfono de Dulce sonó, pero esta vez respondió con mucha más tranquilidad que la de otras veces, pues lo teníamos todo controlado.

- ¿Tienes los planos?
- Sí.
- Queremos verlos. Mañana, a las 20 horas, en el kilómetro 180 de la carretera de La Coruña en la vía de servicio, ¿está bien?
- Procura que mi hermana esté bien.

Sin más colgó el teléfono y me miró.

- ¿Qué?
- Pues… -Dulce lanzó la moneda que le había regalado al aire, la agarró en sus manos y me miró- Cara, sale bien.

**

Solo faltaban 24 horas para poder rescatar a Claudia, por lo que Anahí y yo quedamos en el trastero para poder poner en orden nuestro plan.

- Solo hay una forma de que salgáis vivos de ese camión –Averiguamos que Salazar y Alison continuaban moviéndose con el gran camión negro con el que vinieron a recogernos cuando salimos de la cárcel, y ahí tenían a mi hermana- Necesitas que Salazar pierda mucho más de lo que gane si os mata a ti y a Claudia.
- Ya, pero ¿el qué?
- No sé… tiene que a ver algo que sea más valioso para él… Arrieta, sin su experto en explosivos Salazar se queda cojo.

Era una buena idea, pero negué con la cabeza.

- El mercado está lleno de artificieros, y Salazar lo sabe.
- ¿Y Allison? Llevan años trabajando juntos.
- No, ese tío no tiene piedad ni por su propia madre… no sacrificaría nada por Allison, se odian.

Anahí respiró hondo, estaba poniendo todo de su parte, pero está claro que era difícil encontrar una solución. Y a mí, definitivamente, tampoco se me ocurría nada.

- Tiene que haber algo que necesite más, que le importe más…

Insistía ella, dando vueltas sobre sí misma. Esa frase me hizo guardar silencio y algo… algo se accionó en mi mente, de tal forma que encontré la solución.

- ¡Claro! –Anahí me miró- El camión, el puto camión –Ella asintió con la cabeza, sonriendo- Sin el camión no es nadie, lo tiene todo ahí, toda la información, las claves de acceso, los virus informáticos, los planos, los contactos… lo tiene todo, todo. El trabajo de tantos años los tiene en el disco duro de ese camión, sin él… el plan se va a la Oops!.

Sí, parecía una idea grandiosa, habíamos llegado al punto que queríamos. El problema ahora era otro…

- Pero… ¿cómo conseguimos el disco duro? –Preguntó la inteligente Anahí.
- Buena pregunta.

Esto nos llevó otras cuantas horas de recapacitación y de pensamiento, en busca de algún tipo de solución.

- ¿Y si robamos el camión? –Propuso.
- No es una camioneta, cariño. Es un tráiler de 12 de toneladas, ¿cómo quieres robarlo? Además, Arrieta se pasa el día dentro, come, duerme… es imposible robar el camión, imposible.
- ¿Y si ponemos una bomba lapa en los bajos?

Esa idea por parte de Anahí me hizo detener cualquier movimiento o pensamiento, había dado con la clave.

- Claro… con un temporizador y un código de acceso –Anahí sonreía y asentía con la cabeza- Y si Salazar quiere que se lo dé, me tiene que dejar salir del camión, sino… lo reviento.
- Exactamente.

Me acerqué a ella y la besé, podría habérmela comido allí mismo.

- ¿Sabes una cosa? Eres preciosa, pero yo te amo por cosas como estas.
- Una última cosa… ¿dónde conseguiremos los explosivos?
- En el Hangar de Arrieta.

**

Dos horas más tarde nos encontrábamos en el ya nombrado Hangar, donde Arrieta, otro componente de la banda del Káiser, guardaba gran parte de los explosivos. Vestidas de negro, para prevenir, nos pusimos unos pasa montañas y sacamos la pistola.

- Siempre detrás de mí, ¿escuchaste? –Dijo Dulce, seriamente- Detrás de mí.
- Que sí.

Para mi sorpresa, la expresión seria de Dulce se borró y sonrió. Se quitó su pasamontañas, me quitó el mío y me besó.

- Si al final te vas a enamorar… -Bromeé con ella, mientras volvíamos a colocarnos el pasamontañas.
- No te hagas ilusiones, cariño–Continuó mi juego.

Entramos en el hangar, que estaba rodeado con cinta policial, pues ya había sido descubierta por ellos. La rompimos y entramos con facilidad, lo que nosotras no sabíamos… es que dos compañeros de la comisaría, estaban encargados de hacer guardia para vigilar la zona.
Abrimos la primera caja, pero contenía otro tipo de explosivos, justamente el que no necesitábamos. Justo en ese momento, los policías entraron apuntándonos con sus armas.

- ¡Quietos, policía!

Afortunadamente era imposible que nos reconocieran, pero estábamos en un gran aprieto. Nos dimos la vuelta para encontrarnos con ellos y yo, en ese momento, creí que estábamos perdidas.
Dulce me hizo un gesto con la mano y corrimos hasta escondernos detrás de unas cajas, a pesar de que ellos gritaron que estuviéramos quietos.

- Son Sebastián y Laura –Dije, habiéndolos reconocido.
- Mierda, ¿qué hacen aquí? Joder.
- ¡Están rodeados! Salgan con las manos en alto.

Me levanté el pasamontañas para poder ver a Dulce, pues la tela solo conseguía asfixiarme.

- Tenemos que salir de aquí, Dulce.
- Arrieta esconde los explosivos en la otra caja –Dijo, señalando la caja que estaba justamente frente a ellos- Tengo que ir a por él y tienes que cubrirme, ¿vale? Veinte segundos, solo veinte segundos.
- ¿Cubrirte?
- Sí
- Pero ¿qué quieres que haga? ¿Que les dispareS
- No, quiero que hagas ruido. Solo eso, ruido, ¿vale?
- ¡No tienen escapatoria! –Seguían gritando nuestros compañeros.

El miedo se apoderó de mí, creo que por un momento me bloqueé.

- Any, mírame –Rogó- Ese explosivo es lo único que puede salvar a mi hermana. Solo ruido, veinte segundos, ¿está bien? Voy, vuelvo y nadie sale herido. ¿Estás conmigo? –Dijo, sosteniendo mi arma.
- Siempre –Contesté, agarrando la pistola.

Se levantó el pasa montañas y volvió a darme un beso, para volver a bajárselo y coger su arma.

- A la de tres, ¿vale?

Asentí con la cabeza, mientras bajaba mi pasamontañas y me preparaba.

- Una, dos… ¡tres!

Al llegar al tercer número ella comenzó a correr hacia la caja, mientras yo disparaba hacia el techo, en todas las direcciones. Dulce ya había llegado hasta la caja sin ningún problema, pero faltaba que la abriera. Mientras, yo, seguí disparando.
Desgraciadamente una de mis balas rebotó y dio en el pecho de mi compañera Laura, lo que me hizo quedarme petrificada. Sebastián comenzó a dispararme, pero Dulce llegó a tiempo de abalanzarse sobre mí y que ambas quedáramos ocultas tras la caja sanas y salvas.

- He dado a Laura, he dado a Laura –Decía yo nerviosamente, quitándome el pasamontañas- Mierda, mierda.
- Escúchame, tranquila –Dijo Dulce, incorporándome- No hay sangre en el suelo, seguro que le has dado en el chaleco antibalas.

Sebastián se acercó a ella para socorrerla, lo que nos dejó el tiempo necesario para salir por la puerta trasera del hangar corriendo, sin que pudiera alcanzarnos.
En menos de veinte minutos estábamos en su casa, sorprendentemente sin ninguna herida y sanas y salvas
Me dirigí a la comisaría para averiguar sobre el estado de Laura, mientras Dulce se encargaba del explosivo.

- Laura está bien –Informé en cuanto entré por la puerta- El rebote de la bala le fue al chaleco, pero está perfectamente.
- Joder… menos mal.

Lo celebramos con un abrazo, ese abrazo que tanto necesitaba.

- Esto ha sido una locura, joder –Dije, aún temblorosa y aterrorizada por la situación que acabamos de vivir.
- Siento esto Any, de verdad… nunca quise involucrarte.
- Ey, mírame –Exigí, agarrando su cara y consiguiendo que me mirara- Siempre voy a estar a tu lado, incluso en este tipo de situaciones.
- ¿Al límite?
- Sí, al límite.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:54 pm


Capítulo 9

- Lleva más de veinte minutos esperando, no se va a mover hasta que llegues.

Dulce y yo nos encontrábamos escondidas tras unos arbustos, frente al camión negro de Salazar. Había llegado por fin el esperado día, ese día en el que rescataríamos a Claudia… pero Arrieta no se movía del camión, por lo que teníamos un gran problema.

- Joder, no puedo hacer nada, no puedo poner la carga así.
- La pondré yo.
- ¡Ni de broma!
- Es la única manera, Dulce –Insistí, mientras ella negaba rotundamente con la cabeza- Tú vas a la cita, normal, y le entretienes cuando te cachee. Te lo llevas a la parte trasera del camión y yo me cuelo por la cabina a los bajos.
- No, es demasiado peligroso, no.
- Lo que es peligroso, para ti y para tu hermana, es que vayas sin tu as en la manga, que es ese explosivo – Dulce guardó silencio y me miró- Ya no es solo por ti, es por Claudia.

Miró al frente y respiró hondo, luego volvió a mirarme a mí.

- Está bien, está bien… ten mucho cuidado, por favor.
- Vale –Sonreí, dándole un corto beso en la mejilla.

Dulce se dispuso a marcharse pero, justamente en ese momento, retrocedió. Parecía querer decirme algo.

- Que… quizá sea muy cerrada y me cueste expresar mis sentimientos. Pero… estoy loca por ti Any, te amo con locura. Lo sabes, ¿no?

No pude evitar sonreír ante semejante gesto de dulzura.

- Lo sé… Y tú también sabrás que yo te amo de la misma forma.

La besé cortamente y, esta vez sí, comenzó a alejarse en dirección a Arrieta. Admito que, en cuanto me quedé sola, el miedo se apoderó nuevamente de mí. Respiré hondo y traté de buscar la valentía, una valentía que debía estar escondida en algún rincón de mi ser y que yo tenía que apresurarme a encontrar.
Arrieta la obligó a pegarse al camión, para cachearla. Ella lo hizo, pero en la zona trasera del camión, como yo le había indicado. Sabía que ese era mi momento, por lo que eché a correr hacia la zona delantera. Me lancé al suelo y conseguí colarme a los bajos, parte del plan ya estaba conseguido. Saqué del bolso la bomba y comencé a ponerla, esperaba hacerlo lo mejor posible.
Escuché como Arrieta acababa de cachearla y le indicaba que subiera al camión; segundos más tardes, Dulce entró. Yo, temblorosa y tratando de hacer el menor ruido posible, terminé de poner la bomba. Ahora me tocaba esperar pacientemente.
Minutos más tarde, un coche aparcó justo en frente de mí, era Salazar. Recé porque no me viera. Se bajó del vehículo junto a Claudia, amordazada y con la cabeza tapada, pero aparentemente en buen estado físico.

- ¿Ya llegó?
- Está esperando dentro.
- Muy bien, entremos.

**

Dentro solo estaba Alison, frente a los ordenadores, tan irónica y repugnante como siempre. Pocos instantes después, Salazar entró con mi hermana, apuntándola con la pistola.

- Suelta a mi hermana.
- ¿Por qué tanta prisa? Primero los planos.

Le entregué los planos falsos a Alison, mientras ella se encargaba de comprobarlos.

- Está todo correcto.

Salazar sonrió y, por fin, soltó a mi hermana. Me abalancé sobre ella, le quité las ataduras y la tela que le tapaba la cabeza.

- Ya está cariño, tranquila, tranquila –Ella solo lloraba- ¿Estás bien? –Asintió con la cabeza y la abracé- Ya ha terminado todo, tranquila, mi niña.

Alison y Salazar nos apuntaron con sus pistolas, algo que yo ya me temía. Entonces, saqué de mi bolsillo el pulsador con el que podía activar la bomba.

- ¿De verdad crees que os vamos a dejar ir vivos? –Dijo Alison con su ya característica cínica sonrisa.
- Sí.
- No… -negó Salazar.
- Sí, te aseguro que sí –Dije yo con una risa sarcástica- Porque si no… van a explotar veinte kilos de amonal debajo de este camión de mierda –Eso les sorprendió, definitivamente no se lo esperaban. Todo parecía estar saliendo bien- Solo tengo que apretar esto…
- ¡Es mentira! –Gritó Salaesto
- Ah, ¿sí? Vete a verlo, corre.

Salazar me hizo caso y salió a corroborarlo, mientras Alison se mantenía firme apuntándonos.

- Sí que es verdad, ¡joder!

Que el francés haya vuelto sin mencionar nada de Anahí, me sirvió para asegurarme de que se había encargado de poner bien la bomba, y había salido de la zona baja del camión sin ningún problema.

- Hay una carga de explosivos justo debajo de nuestros pies –Le informó a Alison.
- Claro que es verdad… Así que, las pistolas –Exigí- Vamos, ¡al piso!

Allison fue la primera en soltarla. Sin embargo, Salazar se mantuvo firme, por lo que tuve que retarlo con la mirada. Hasta que, por fin, la lanzó.

- Muy bien, muy bien.

**

Estaba desesperada ahí fuera, nuevamente escondida tras los arbustos. Dulce tardaba mucho, y mi nerviosismo solo iba en aumento.
Afortunadamente, minutos más tardes, vi cómo se abría la puerta y la primera en salir era Claudia, seguida de Dulce, quien no dejaba de abrazarla. Sonreí, estaba feliz por ella. Quise echarme a correr tras ellas, pero algo me detuvo.

- Ni te muevas.

Arrieta estaba justo detrás de mí, y su pistola… pegada a mi nuca. Ahora sí, mi miedo se disparó.

- ¡No me mires! –Exigió, en un intento que hice de girar mi cabeza.

Dulce se alejaba caminando, y yo ya no podía hacer nada para llamarla.
En la academia de policía te enseñan muchas cosas… Te enseñan a desmontar un arma, a saber distinguir la goma dos de la cloratita, a disparar, a inmovilizar a un hombre en menos de diez segundos… Pero nadie te enseña qué se hace cuando tienes un arma K45 semi-automática apuntándote a la cabeza y… te quedan menos de tres minutos de vida.

**

- Al suelo, ¡vamos!

Anahí obedeció y se arrodilló ante él, mientras se posicionaba frente a ella, apuntándole a la cabeza con el arma. La obligó a volver a meterse debajo del camión, para desactivar la bomba.

- Buena chica. Ahora introduce la clave y desactiva la Oops! bomba.

Estaba temblando, ¿qué podía hacer? No le quedó otra elección que cumplir sus órdenes, introducir la clave y detener la bomba. Una vez hecho, volvió a salir del camión y se puso en pie.
Arrieta agarró fuertemente su pelo y la obligó a volver a arrodillarse, regresando el arma a su frente. Anahí no pude evitar que las lágrimas salieran de sus ojos.
Él cargó el arma y, entonces, el tiempo se detuvo y el llanto se hizo incontrolable. Creía que no la contaría, estaba a punto de dispararle. Pero algo lo detuvo, el móvil de Anahí sonó. Arrieta se agachó para estar a su altura, sacó el teléfono del bolsillo de la chica y vio de quién se trataba.

- Dulcecita… -Dijo, riéndose- Ya empezaba a echarle de menos. Contesta y pregúntale donde está –Anahí secó sus lágrimas y respiró hondo- Y que te note tranquila, guapa. Porque te meto un tiro en esa carita tan delicada. Vamos, y pon el altavoz.
- Dulce…
- Any, ¿has salido ya de ahí? ¿Estás bien?
- Sí, sí… estoy bien. Al final va a ser verdad que hacemos un buen equipo, ¿eh?

Hablar con ella le daba una tranquilidad, una fuerza y una valentía… increíble. Tanto que ni la presión que hacía la pistola contra su cien conseguía le importaba ahora.

- ¡Y tanto! Claudia se va a marchar en el primer avión que vaya para Buenos Aires, hasta que todo se tranquilice.
- Genial.
- Y… le voy a pedir a tu madre que vaya con ella, ¿vale? Que cuide de ella –Añadió- Así que… alguien va a tener que cuidar de ti. Alguien va a tener que hacerte la comidita, despertarte cada mañana con besitos, hacerte el desayuno…

Mientras Dulce le hablaba, Anahí se dio cuenta de que en el bolsillo izquierdo tenía el segundo móvil prepago, que había comprado para comunicarse en secreto con la pelirroja. Por lo que, mientras respondía, trataba de marcar las teclas y enviar un mensaje.

- También tendrá que arroparme por las noches, ¿no
- Por supuesto. Vas a pasar tanto calor, vas a sudar tanto… que te van a sobrar las mantas –Anahí sonrió, siendo observada en todo momento por Arrieta. Después, se creó un corto silencio- ¿Qué haces? ¿Dónde estás?
- Nada… pensando en un desayuno continental, con huevos y bacon quemadito… -Mientras escuchaba eso, Dulce recibió un mensaje-¿Dónde estás, cariño?

La pelirroja leyó el mensaje, decía lo siguiente: “Dí: Arrieta, saca el pie del barro y baja la pistola”. Con ese mensaje Dulce comprendió que Anahí estaba en peligro. Ahora fue ella quien comenzó a temblar.

- ¿Dónde estoy? Estoy apuntando a Arrieta con un rifle de alta precisión.

Anahí sonrió. Arrieta, sin embargo, se sobresaltó y comenzó a mirar hacia todos los lados.

- Escucha, cabrón. Tira la pistola, saca el pie del barro y suéltala si no quieres que te reviente. ¡Deberías saber que las conversaciones de pareja son solo cosa de dos! –Una risita se escapó de los labios de Anahí, el miedo había quedado ya muy lejos.
- ¿¡Dónde estás!? –Gritó Arrieta, nervioso.
- Te estoy apuntando a la cabeza, entre los ojos. Por cierto… ¿te podrías quitar el pelo de la cara? Me gustaría pegarte un tiro limpio.

La rubia estaba alucinada con la actuación de Dulce, no podía dejar de sonreír.

- Ven aquí, atrévete.
- ¿Que vaya? Si ya estoy aquí, imbécil –A pesar de la seguridad y firmeza que reflejaba, Dulce estaba muy nerviosa. La vida de Anahí estaba en peligro- A tu derecha, no… a tu izquierda. ¡No! Detrás de ti. ¿Qué pasa, estúpido? ¿Ya no te ríes?

Anahí respiró hondo, sorprendentemente, a pesar de seguir teniendo una pistola apuntando su cabeza, sabía que ya no corría peligro, pues Dulce era, prácticamente, su heroína.

- ¿Sabes cuál es la diferencia entre tú y yo, Arrieta? Que tú eres capaz de volar un bar lleno de inocentes sin avisar y yo, por lo menos, tengo el detalle de hablar contigo antes de mandarte al anatómico forense.

Pero eso no frenó a Arrieta, todo lo contrario. El experto en explosivos agarró a Anahí del cuello y la posicionó delante de él, usándola como escudo, manteniendo la pistola firme en su cabeza.

- ¡Sal de donde quiera que estés!

Los recursos de Dulce comenzaban a agotarse, ya no sabía qué más podía hacer.

- ¿¡Dónde estás?! –Dulce se llevó las manos a la cabeza y respiró hondo, tratando de tranquilizarse para poder pensar en frío- No me lo trago, esto es una Oops! trampa.
- Tienes razón, podría ser una trampa, podría no estar aquí, podría no estar apuntándote, pero… ¿y si solo estoy a 50 metros? ¿Y si soy tan buena tiradora como dicen?
- Dispara Dulce, ¡dispara! –Gritó Anahí, intentando aumentar el nerviosismo de Arrieta- ¡No tengo miedo!
- ¡Cierra la boca! –Exigió él.
- Escucha, te voy a dar la última oportunidad. Voy a contar hasta tres, sino la sueltas, te reviento la cabeza. Suéltala, tira la pistola y ponte de rodillas –Respiró hondo, preparándose para comenzar la cuenta atrás- Uno… Dos… -Anahí cerró los ojos, sintiendo como su respiración se disparaba.
- ¡No dispares!

Por fin, Arrieta soltó a Anahí, lanzando el arma muy lejos y con los brazos en alto.

- De rodillas Oops!, ¡de rodillas!

Finalmente, él obedeció e hizo lo que Dulce exigió. Anahí se tomó unos segundos para respirar y, después, quitó el altavoz del móvil, recogió la pistola de Arrieta y se llevó el teléfono al oído, mientras se alejaba de él.
Dulce, expectante y nerviosa, esperaba al otro lado de la línea alguna señal.

- Cara, sale bien.

Tras escuchar eso, Dulce comenzó a llorar desconsoladamente.

**

No podía perder tiempo, después de asegurarme que Anahí estaba bien, me dirigí a su casa para rogarle a su madre que se marchara a Argentina con mi hermana. Evidentemente le tomó por sorpresa, pero aceptó. Tuve que explicarle con lujo de detalles todo lo ocurrido y solo me pidió una cosa a cambio, que cuidara del bar del que era dueña en su ausencia.
Así que me encargué de llevarlas al aeropuerto, acabé la jornada laboral y, después, me dispuse a preparar la cena para mí y Anahí, quien se había ido a descansar un rato.
Cuando casi estaba terminando, observé como ella entraba por la puerta de la cocina.

- Hola, bella –Sonreí- ¿Un huevo o dos?
- ¿Qué haces?
- Tu cena –Anahí se río, observando los platos colocados en una de las mesas- Ya que no podemos estar tranquilas en ningún bar de Madrid, he hecho una cena con bacon, zumo de naranja, café, huevos y paté. Continental, como querías.
- Mmm… qué rico.

El tono de voz de Anahí no me convenció para nada, por lo que quité del fuego los huevos y me acerqué a ella por la espalda, abrazándola.

- ¿Le vas a dar un beso a la mejor cocinera del mundo que, encima, te ha salvado la vida?
- ¿Que me has salvado la vida? –Dijo ella con una sonrisa, aferrándose a mis manos, que la abrazaban.
- Por supuesto, soy tu heroína, tu salvadora.
- Pero si estabas siguiendo mi plan… -Comencé a darle suaves besos por el cuello- En la academia te hubiesen dado un notable, como mucho.

Anahí se alejó de mí un momento y se giró, para poder mirarme a la cara. Vi en sus ojos un gran temor, había dejado de lado la broma. Sin más la abracé, sé que lo necesitaba. Tanto ella como yo.
Pero algo volvió a romper el momento… esta vez no fue el móvil, no… ojalá. Esta vez se trataba de Arrieta, que estaba en la puerta apuntándonos con una pistola.
Nos obligó a sentarnos junto a una columna y a esposarnos a ella. Al cabo de un rato, regresó con una garrafa de gasolina, y comenzó a llenarlo todo con el líquido, incluidas nosotras, rociándonos de pies a cabeza.

- Lo admito, sois unas artistas. Lo del teléfono ha sido… de grandes artistas.
- Dulce… -Me llamaba Anahí, asustada, rogándome que hiciera algo. Pero yo… no sabía qué hacer.
- Arrieta, ¿qué es exactamente lo que quieres? Todo esto no es necesario –Conseguí responder.
- ¿Necesario? Claro que no es necesario. ¿Qué te crees? Miguel Ángel no pintó la Capilla Sixtina porque fuera necesario... El arte no es necesario, por eso es arte.

Tras esas frases acompañadas de miradas psicópatas, se alejó de nosotras. A varios metros sacó una llave de su bolsillo y me la lanzó, para que la cogiera. Yo no entendía nada.

- Trágatela –Exigió.
- ¿Así? Sin agua, o una cervecita… -Anahí me miraba incrédula.

Sin embargo, Arrieta no respondió. Se mantuvo mirándonos firmemente. Miré la llave y lo volví a mirar a él.

- No –Me negué- Mejor… mejor te la tragas tú.

Arrieta sacó la pistola y la dirigió a la cabeza de Anahí.

- Está bien, está bien, me la trago.
- No, no lo hagas Dulce.

A pesar de que Anahí pedía lo contrario, no podía correr el riesgo de volver a ponerla en peligro, por lo que no tuve otra elección que tragarme la llave. Fue muy desagradable y algo doloroso.

- Muy bien… -Dijo con una sonrisa, mientras sacaba un cuchillo.
- ¿Qué Oops!estás haciendo? –Pregunté.

Colocó una vela a algunos metros de nosotras, en el suelo. Y, a nuestro lado, el cuchillo.

- Es sencillo, Dulce –Encendió la vela con un mechero que sacó de su bolsillo- Cuando se consuma esta vela, la gasolina prenderá, llegará hasta vosotras y… ¡bum! Seréis polvo… –Sonrió- A no ser que… te abras el estómago con el cuchillo, tu chica saque la llave y se salve –Aquello me dejó totalmente petrificada- ¿Soy o no soy un Van Gogh?

Por supuesto no respondimos, el silencio se apoderó de aquel bar.

- ¿Sabéis lo que creo? Que decir “te amo” es muy fácil. Pero a la hora de la verdad… ¿quién daría la vida por amor? ¿En serio piensas rajarte para salvarla? ¿Darías tu vida por la de ella, Dulce? ¿Cuáles son los límites de tu amor?

Yo sonreí y lo reté con la mirada, manteniendo esa frialdad que siempre he procurado tener ante estas situaciones.

- Mi amor no tiene límites –Respondí por fin, totalmente segura de ello. Creo que era lo único claro que tenía en aquel momento.
- Eso me gustaría verlo, de verdad, pero… tengo cosas que hacer. En fin, que disfrutéis.

Arrieta cogió sus cosas y, dejando la vela encendida y el cuchillo a solo unos centímetros de nosotras, se marchó. Dejándonos, una vez más, al límite.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:55 pm

Capítulo 10

Si eres policía, estás muchas veces en la cuerda floja, a punto de morir. Se supone que va en el sueldo… Cuando sales de la academia te dan el pack completo: una pistola, una placa y 800 maneras de jugarte la vida por ella. Pero, luego, cada uno tiene que aprender a qué huele su propia carne achicharrada por la gasolina, esposada junto al amor de tu vida. A saborear el humo del fuego cuando llena sus pulmones y a escuchar el chasquido de su clavícula al hacerse astillas. Después de muchos años en el cuerpo, una aprende a mirar de frente a la muerte. Lo malo… es que la muerte no siempre viene de frente.

Dulce M.
**

Dulce y yo llevábamos ya un buen rato dando golpes a la columna, tirando de las esposas, tratando de soltarnos como fuera, pero nada resultaba. Ella parecía haberse dado por vencida, pues estaba ahí, paciente, desganada, con la mirada perdida. Mientras, yo continuaba forcejeando con la maldita esposa.
Cogí el cuchillo y traté de serrar el metal de alguna manera, pero… probablemente me llevaría horas conseguir algo, y no disponíamos de ese tiempo.

- ¡Joder!

Grité desesperada, dejando el cuchillo en el suelo nuevamente y dándole un golpe a la columna con mi mano libre. Miré a Dulce, esperando alguna reacción por su parte, pero nada… parecía petrificada, muerta en vida.

- ¡Haz algo! ¡Di algo!

Pero mis gritos no sirvieron de nada, Dulce ni si quiera me miró.
Instantes después, cogió el cuchillo y se rajó la camisa. Yo la miré, sorprendida con aquella acción.

- Vamos a hacerlo, Anahí.
- No, no, no –Negué al instante, mientras se quitaba del todo la camisa.
- Sí
- ¡No
- Es un corte limpio, ¿sabes?
- ¡Que no, Dulce!
- Es justo aquí –Continuaba ella, señalando la zona superior de su abdomen, cerca de los riñones- Diez centímetros, más o menos.
- Ni de broma Dulce, no.
- Mira… -Yo continuaba negando con la cabeza- ¡Anahí, mírame! –Gritó, consiguiendo incluso que me sobresaltara- Esto va a doler mucho y es probable que me desmaye, así que tienes que ser muy rápida –Lo único que yo hacía era negar con la cabeza, sintiendo un pánico que me recorría el cuerpo- Tienes que coger la llave, aunque sea desagradable. Sacarla, tapar con mi camiseta y apretar con tu cinturón, para intentar que pierda la menor sangre posible, ¿está bien?
- ¡No puedes pedirme esto, Dulce! ¡No! –Volví a gritar, mientras algunas lágrimas salían ya de mis ojos.
- Tienes que ser rápida, cariño –Dijo, agarrando una de mis mejillas con su mano libre- Confío en ti, así que confía en mí.

Sin más, agarró el cuchillo con la Oops! en dirección a su abdomen, temblorosa pero lo más firme posible. Llevó la Oops! hasta su piel y respiró hondo.

- Vale, ya está… voy…
- Dulce, mírame. Por favor, mírame, no hagas tonterías.
- Anahí –Me llamó, deteniendo un momento su acción y mirándome- Tú sabes que eres lo más bonito que me ha pasado en la vida, ¿verdad?

Solo pude asentir con la cabeza, las palabras no salían de mi boca. Ella me dedicó una sonrisa, esa sonrisa tranquilizadora que siempre sabía poner en situaciones como estas. Y, con rigidez, volvió a llevar el cuchillo a la zona anterior.

- Sí, lo sé… pero me encanta que me lo digas. Dímelo otra vez.
- Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, Anahí. Lo mejor… mi amor.
- Otra vez.- Eres lo mejor que me ha pasado en mi vida.

- Otra vez.

A medida que lo decía su respiración se agitaba cada vez más, igual que la mía, pero su mano iba alejando el cuchillo de su abdomen.
Ya en llanto, agarré aquel cuchillo y lo lancé lejos de nosotras, jalando de su brazo y pegándola a mí como pude, para abrazarla, sin importarme tener la columna en medio.

- Te acabas de cargar la única oportunidad que teníamos de salir de aquí, ¿lo sabes? –Dijo, mientras secaba mis lágrimas, y yo las suya.
- ¿Es que no lo entiendes? Si tú saltas, yo salto… y si tú te quemas, yo ardo.

Tras pronunciar esas palabras que habían salido de lo más profundo de mi corazón, nos fundimos en un tierno pero, a la vez, pasional beso.
Minutos más tarde, a la vela le quedaba muy poco para consumirse, por lo que supimos que debíamos buscar otra solución para salir de ahí. De momento, lo único que se nos había ocurrido era, aprovechando que nuestras manos estaban engrasadas de aceite y eran finas y, al menos las mías, pequeñas, podíamos intentar sacarlas de las esposas.

- Me estoy mareando un poco –Dije, deteniendo el intento doloroso de sacar la muñeca por aquel diminuto hueco, apoyando la cabeza en la pared, sintiendo como todo me daba vueltas.
- Para, para, para… -Pidió, agarrando mi mano dolorida, acariciándomela- Es por la gasolina.

Tras retomar el aliento, comencé a sentirme un poco mejor. Al menos lo suficiente como para poder volver a erguirme y mirarla.

- ¿Qué día es nuestro aniversario? –Pregunté.

Ella guardó silencio, un largo silencio.

- No tengo ni idea… -Confesó- Soy... un desastre para eso.
- Es que… no sé desde cuando contar. Si… desde el primer beso, o desde la primera vez que me admití a mí misma que estaba enamorada de ti.

Una sonrisa se dibujó en sus labios.

- Yo… prefiero contar… desde la primera vez que te vi, que me enamoré locamente.
Esta vez fui yo quien sonrió- Entonces… 14 de mayo, mi cumpleaños.
- ¿14 de mayo?
- 14 de mayo… –Corroboré, volviendo a crearse un silencio- Pues ya lo sabes… Y… me gustan las margaritas amarillas y desayunar en la cama –Ella sonreía, mirándome con los ojos encharcados de lágrimas.
- ¿Croissant o tostada?
Una triste carcajada se escapó de mis labios- Tostada.
- Tostada… -Asintió con la cabeza, mientras ambas sonreíamos.

Por un momento, mi mirada se perdió tras de ella. Entonces… entonces encontré la salida.

- Cerveza.
- ¿Cerveza? –Se sorprendió- ¿Por la mañana?
- El barril de cerveza –Conseguí que Dulce mirara el barril que tenía justo a su lado, mientras yo maquinaba un plan en mi cabeza- Quítate la ropa, vamos.

- ¿La ropa? ¿Para qué?
- Para coger el cuchillo.
- ¿Cómo? ¿Ahora quieres que me raje?
- ¡Cállate y quítate la ropa!

Comenzamos a desnudarnos lo más rápido que era posible con una sola mano, sin importar romperla. Solo vestidas con la ropa interior, hicimos nudos a cada una de las prendas y, así, conseguimos atar una especie de diana para poder lanzarla hasta donde estaba el cuchillo y traerlo nuevamente hasta nosotras. Tras varios intentos, lo conseguí. La vela estaba a casi totalmente consumida, no teníamos tiempo.
Dulce agarró el barril de cerveza, lo tumbó en el piso y lo acercó todo lo que pudo a ella.

- Pícalo con el cuchillo, vamos.

Ahora sí, parecía que Dulce había comprendido mi plan. Rápidamente se sentó sobre el barril y, sacando fuerzas de donde aún no sé, lo golpeó con el filo del cuchillo, consiguiendo hacerle un agujero lo suficientemente grande como para que la cerveza saliera cual río Guadalquivir, y la vela, finalmente, se apagara.
No nos podíamos creer que lo hubiéramos conseguido. Lo celebramos, riendo, gritando, llorando, besándonos… Hasta que alguien comenzó a tocar la puerta.

- ¿Hola? ¿Hay alguien dentro? ¿Está abierto el bar? ¡Necesito un pedido urgente!
- Estamos salvadas.

**

…Al día siguiente…

- Así que… te ibas a rajar el estómago para salvar mi vida.

Anahí había entrado dos minutos antes que yo a la comisaría, íbamos hablando por el teléfono móvil. Ella, ya sentada en su mesa, me vio entrar con el teléfono en el oído.

- Yo me rajo el estómago, me tiro de un rascacielos o doy la vuelta al mundo por salvar tu vida, si es necesario.
- Bueno, bueno… superheroína, echa el freno que puedo tomarte la palabra al pie de la letra.
- Puedes hacerlo… porque lo que le dije a Arrieta es cierto, mi amor no tiene límites. Y, en situaciones en las que estamos al límite, como las de ayer, soy capaz de dar mi vida por ti.
- Te amo, preciosa.

La miré y le piqué el ojo, con una sonrisa.

- Sabes lo que va a pasar ahora, ¿verdad Any? Voy a sentar a tu padre, a Franco, a tu abuelo, a la Interpol… y les voy a contar toda la verdad. Lo de Salazar, lo de mi hermana, lo de la doble infiltración… todo. Y sé que la cosa se pondrá complicada, pero voy a dar la cara –Ella me escuchaba con una tierna sonrisa.
- Pues si tú das la cara… yo también.

Dicho esto me colgó, pero no dejó de mirarme ni un solo segundo.
Respiré hondo y dirigí mi mirada a la escalera, disponiéndome a subirla para ir al despacho de Enrique. Pero, justamente, él estaba bajando, junto a Franco, el comisario y una comandante del CNI.

- Enrique, tengo que…

No pude terminar la frase, pues dos policías del CNI me agarraron por la espalda y me esposaron.

- Dulce, lo siento… -Dijo Enrique, frente a mí.
- ¿Qué mierdas es esto? –Dije, nerviosa.
- Tranquila, ¿vale?

Era imposible estar tranquila, toda la comisaria me estaba mirando, incluida Anahí, quien se había puesto de pie y trataba de acercarse a mí, pero se lo impedían.

- Creo que esto no es necesario –Dijo Enrique, también nervioso- Solo se le va a interrogar. ¿No es así, don Ricardo?

Dirigí mi mirada al comisario, unos escalones por encima de Enrique. Él suspiró y negó con la cabeza.

- Dulce… estás detenida.

Al escuchar esas palabras, el mundo se me vino encima. Pero debía mantenerme firme, mente fría. Miré hacia atrás mientras me obligaban a subir las escaleras, siendo empujada por los policías, buscando a Anahí con la mirada. Al encontrarla, vi sus ojos temerosos, llorosos y esto, lo único que impulsó, fue que una sonrisa se dibujara en mis labios, intentando tranquilizarla.

Me llevaron a la sala de interrogatorios, donde tendría como compañía a don Ricardo, el comisario, y la comandante del CNI, Marina.

- Don Ricardo… admito todos los cargos… He colaborado con el Káiser, le he pasado información, armamento… Todo es cierto. Pero yo estaba en una jaula de leones, no tenía otra opción.
- No solo se le acusa de eso, subinspectora Espinoza.

Sin más, la comandante del CNI dejó un portátil sobre la mesa, frente a mí y le dio play a un video, para reproducirlo. En él se veía a Smith, esperando por mí en el faro de Madrid y todo lo posterior… Todo, hasta el momento en el que lo alongo por la barandilla. Después, la grabación se corta y, simplemente, se le ve cayendo del faro.

- Dulce… ¿asesinaste al superintendente Smith? –Preguntó Ricardo, ya de pie, a mi lado.
- Yo no he matado a nadie, don Ricardo, a nadie.

El comisario y Marina volvieron a tomar asiento, sin creerme ni una sola palabra.

- Este video es falso, está incompleto –Ricardo me miraba fijamente- Salazar me quiere fuera de juego, comisario –Marina negaba con la cabeza- Una hora… deme una hora y le traigo el vídeo completo, solamente necesito una hora.
- Lo que necesita, subinspectora Espinoza, es un buen abogado –Exclamó la comandante, dando un golpe en la mesa. Yo respiré hondo- No sé con quién Oops!cree que está jugando…

**

Habían detenido a Dulce, pero a mí ya se me había ocurrido un plan y debía ser rápida, ágil y no levantar ninguna sospecha.

Cogí una bandeja con botellas de agua y vasos, para llevarla a la sala donde la estaba interrogando y poder ofrecerles. La sala de interrogatorios está formada, a su vez, por dos subsalas, por llamarlo de alguna forma. La interna, donde se interrogan a los presos, y la externa, apenas un pasillo donde, a través de un cristal, se puede ver y escuchar lo que ocurre en el interrogatorio.
Al entrar, me encontré con mi padre y Franco, observando y escuchando cada detalle.

- Dulce va a necesitar una muy buena explicación para eso, ¿eh? –Dijo Franco.
- Esto tiene que tener alguna explicación, seguro –Continuó defendiéndola mi padre.
- Sí, pero ¿qué explicación le va a dar? ¿Que quedó con Smith en el faro de Madrid a mitad de la noche para tomar un cafecito?

- Pero mírala, por dios… que es como mi hija...
- Bueno… si el abuelo la ha detenido, será por algo.

Interrumpí aquella conversación y sí, yo fui quien soltó ese comentario. Tenía que fingir que la odiaba, para que, ni por asomo, se les ocurriera que yo era su cómplice

- Colaboró con el Káiser, le pasó información privilegiada, armamento... –Escuché a la inspectora del CNI hablando. Mientras, mi padre recibió una llamada y, acompañado de Franco, abandonó la sala- Y no solo eso… sino que, seguramente, convenció a Enrique Puente para que se tragase la tarjeta de Smith porque le incriminaba.

Entré en la sala con la bandeja en mis manos. Miré a Dulce, ella me miró a mí. Fingí que la bandeja se me caía y, tanto mi abuelo como Marina, se levantaron rápidamente.

- Anahí, por dios, ¡ten un poco de cuidado!

Me agaché para recoger las cosas y, aprovechando ese momento, pegué a la mesa un imán y, junto a él, la llave de las esposas que llevaba Dulce, tocando una de sus piernas para hacerle una señal. Ella me miró incrédula y yo, comprobando primero que mi abuelo y la inspectora estaban ocupados recogiendo el desastre que había formado, le sonreí.

- Lo siento, lo siento mucho –Me disculpé, dejando nuevamente las cosas sobre la mesa.
- Anda, vete y trae un trapo, por favor.

Abandoné la sala, habiendo ya cumplido con parte de mi plan.

- Dulce… no nos lo pongas más difícil, por Dios.
- Tengo derecho a un abogado.


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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:55 pm

Capítulo 11

Hay animales que no saben vivir en cautividad y, en cuanto se ven encerrados en cuatro paredes, se van quedando rígidos. Dejan de comer, de beber… y se mueren. Nadie se explica por qué. Es como si algo en su naturaleza, en lo más profundo de su Ser, les dijese que es preferible morir a vivir sin libertad. Yo era uno de ellos.
Dulce M.

Toqué la mesa por debajo, sabiendo que Anahí había dejado algo. Entonces, encontré el imán con la llave, y no pude evitar sonreír. Mientras, don Ricardo buscaba en su bolsillo el móvil para permitirme llamar a mi abogado. Me pidió que le dijera el número y, mientras se lo dictaba, introducía la llave en las esposas, por debajo de la mesa, muy silenciosamente.
Una vez marcado el número de… “mi abogado”, el comisario colocó el teléfono en mi oído.

- Señor abogado… Llamo para decirle que no estoy nada contenta con sus servicios.
- Ah, ¿no? –Su maravillosa voz sonó al otro lado de la línea- Pues se puede buscar otro, las páginas amarillas están llenas de abogados –Sonreí- Aunque no creo que ninguno le ofrezca unos servicios como los míos.

Por supuesto no había llamado a ningún abogado, había llamado a Anahí, a su móvil prepago por el cual es imposible que detecten la llamada ni el propietario del teléfono.

- En eso tiene razón –Mientras hablaba con ella, me liberaba de la esposas lentamente y sin hacer ruido- Nunca he conocido a un abogado que saque a sus clientes antes a la calle –Después de que pronunciara esa frase, el comisario y Marina me miraron extrañados- Bueno… en el interrogatorio, ¿cómo me declaro? ¿Inocente o culpable?
- Di la verdad, di que te declaras enamorada.

Volví a sonreír, ya con mis manos liberadas y las esposas en las manos. Respiré hondo y los miré.

- Lo siento, don Ricardo.
- ¿Qué?

Este era el momento.

- Esto.

En un rápido movimiento, lancé el portátil al suelo y levanté la mesa, empujándola sobre ellos, consiguiendo derribarlos. Abrí la puerta de la sala de interrogatorios y eché a correr, lo más rápido posible. Pero en cuanto salí, encontré dos policías, uno a la izquierda y otro a la derecha, armados, apuntándome. Miré al frente, tenía la escalera a solo unos pasos, aunque llena de gente. No lo dudé un segundo, creía que eran incapaces de dispararme después de tantos años siendo compañeros, así que corrí y, apartando a la gente, llegué hasta el final de la escalara. Estaba rodeada, había policías a todos los lados y esos no eran compañeros míos, sino agentes del CNI. Me vi en la obligación de llevar a cabo uno de los movimientos que nos enseñaron en la academia: le golpeé el abdomen a uno de ellos, para desamarlo, lo agarré del brazo y le coloqué delante de mí, apuntándolo a la cabeza con la pistola, usándolo de escudo.

- ¡Quieta Dulce! – Gritaba Ricardo desde el piso superior de la comisaría, apuntándome con el arma, con la comandante a su lado.
- No nos obligues a disparar –Mientras Marina me amenazaba, yo analizaba todo mi alrededor, buscando la salida más fácil.

En el piso de arriba, junto a una columna y, simplemente observando la escena, vi a Anahí. Tensa, preocupada, triste… por lo que le sonreí. Todo iba a salir bien.
Apunté al techo y comencé a disparar, provocando que los ciudadanos, asustados, comenzaran a gritar y a correr. En ese momento, Enrique salió de uno de los despachos, corriendo y sorprendido. Eso consiguió distraerme, y mi rehén se aprovechó. En un ágil movimiento, realizó la técnica de seguridad ante casos como estos y me desarmó, haciéndome caer al suelo. Comenzamos, entonces, una pequeña pelea. De la que, tras recibir varios golpes y por simple suerte, pues él era mucho más fuerte que yo, conseguí salir victoriosa. Intenté echar a correr, pero Enrique me detuvo, mientras Ricardo pedía calma y silencio desde el piso de arriba.

- Si te vas ahora estás sola, Dulce… Lo sabes –Me decía, con los brazos en alto- Confía en mí –Agaché la mirada- Pero no voy a dejar que te vayas –Llevó su mano a mi cara, con cuidado, haciéndome saber que no pretendía nada malo- Mírame Dulce, mírame.

Lo quería mucho, era como un padre para mí, pero… no podía quedarme ahí encerrada, no podía. Debía salir, buscar pruebas para demostrar mi inocencia y, entonces sí, regresar.
Miré arriba, busqué a Anahí con la mirada. A quien, esta vez, mi sonrisa no tranquilizó. No sé si lo entendió, pero le pedí perdón con la mirada por lo que estaba a punto de hacer.
Con mi pierna, rápidamente, di una patada en la parte trasera de la rodilla de Enrique, haciéndolo caer al suelo. Esas milésimas de segundos, en que el resto de policías dudaron en si acudir a ayudarlo o dispararme a matar, me dieron la oportunidad de echar a correr sin pensármelo ni mirar atrás y, así, lograr escapar.
**
Me había dolido verlo, pero sabía perfectamente que era lo que había que hacer. Dulce no podía quedarse detenida y que le condenaran a años de cárcel por delitos que no había cometido, debía salir y limpiar su nombre. Y si golpear a mi padre era necesario para conseguirlo… yo lo entendía. Aun así, no dudé en bajar a socorrerlo, mostrando mi falsa indignación y el odio que, a partir de ahora, le tendría a Dulce, al menos eso me encargaría de que creyeran.
Se armó un gran revuelo, tuvieron que tranquilizar a los ciudadanos. Además, la comandante del CNI le echó un gran sermón a mi padre, pues no creía oportuna su intervención, ya que lo había echado todo a perder.
Salí y llamé a Dulce, no sabía a dónde se podía haber ido. Pero no respondió, su móvil no daba señal, probablemente se habría quedado sin batería. Fui a su casa, allí tampoco estaba. Al bar… pero mis intentos por encontrarla fueron nulos. No sabía dónde más buscar, así que me di por rendida y me dirigí a mi casa. Cené y, después de llamarla varias veces, me di por vencida.

**

Tenía una copia de las llaves de casa de Anahí, en cuanto adquirí un grado de madurez Enrique me la entregó, para que pudiera entrar y salir cuando quisiera. Algo que… me vino genial en este momento, pues lo que ellos menos se pensaban es que fuera a ir a refugiarme a casa del “enemigo”. Además, la necesitaba a ella, más que nunca.
Abrí la puerta con sigilo, primero atravesé la cocina y luego llegué al salón. Una vez allí escuché como un teléfono sonaba y alguien se levantaba, por lo que me vi obligada a recostarme en el suelo, detrás de uno de los sillones. Era Enrique.

- Pues no, claro que no puedo dormir… Está sola, no tiene a nadie… A saber cómo lo estará pasando.

A pesar de haberle fallado de aquella manera, Enrique continuaba defendiéndome… Nunca había conocido un hombre tan bueno. Pero no podía hacer otra cosa, a pesar de que me doliera decepcionarle.
Silenciosamente, aprovechando que él estaba de espaldas hablando por teléfono, caminé hasta el pasillo y, una vez allí, ya no podía ser vista. Entré con cuidado en la habitación de Anahí, cerré la puerta y eché el pestillo, para poder estar más tranquila.
La vi allí, durmiendo, iluminada con la luz de la luna llena y esa imagen… me enterneció. ¿Cómo podía ser tan hermosa? Era increíble.
Sin embargo, no podía permitirme despertarla a besos, no. Llevé mi mano a su boca y se la tapé, algo que la hizo despertarse sobresaltada.

- Shh, shh –Pedí que guardara silencio, consiguiendo que me viera.
- ¡Dul! –Exclamó, encendiendo la luz y abalanzándose sobre mí- ¿Cómo estás? –Preguntaba, mientras se encargaba de analizarme todo el cuerpo, tocándome.
- Bien, bien, tranquila.
- ¿Segura?
- Sí, estoy bien.
- Tienes a todas las comisarías buscándote
- Ya lo sé, ya lo sé… -Dije, mientras ella acariciaba mis mejillas- Hay policías dando vueltas por el barrio, aún no sé cómo conseguí entrar aquí –Comenzó a darme besos en la mejilla, acercándose peligrosamente a mis labios y, si por mí hubiera sido, la habría dejado. Pero necesitaba decirle muchas cosas- Escucha, Any, Any… -Dije, agarrando ahora yo su cara para que se detuviera y me mirara- Necesito que vayas a mi casa en cuanto amanezca, ¿vale? –Ella asintió con la cabeza.
- ¿Qué te traigo?

Al respirar hondo noté que el pecho me dolía, probablemente me había llevado un fuerte golpe en el forcejeo con el policía.

- Quiero que me traigas la Beretta que está sin registrar, 4.000 euros y el pasaporte falso que me dio la Interpol. Está todo metido en una caja de galletas en la cocina, ¿vale? –Ella volvió a asentir con la cabeza.
- ¿Qué vamos a hacer?
Respiré hondo y me llevé las manos a la cabeza, negando con ella- No lo sé, no lo sé… llevo todo el día dando vueltas en la línea circular del metro, viendo mi cara en todas las páginas de “sucesos”.

Mientras decía todo eso y me desahogaba, Anahí acariciaba suavemente mi espalda, simplemente escuchándome.

- Puedes traer también tabaco, ¿por favor? No tenía dinero ni para comprarme un puto cigarro.

Anahí asintió con la cabeza y sonrió, volviendo a darme un beso en la mejilla.

- ¿No has comido nada?

Negué con la cabeza y ella se dispuso a levantarse al instante, para salir en dirección a la cocina.

- Está tu padre.
- Da igual.
- Ten cuidado.

Justo cuando ella estaba a punto de salir, llevé mi mano a mi bolsillo y me di cuenta de que no tenía ni si quiera un mechero.

- Any, Any –La llamé a susurros, consiguiendo que me mirara-Trae un mechero –Ella asintió con la cabeza, sonrió y me picó el ojo.

Al cabo de unos minutos regresó con los brazos llenos de comida, desde paquetes de galletas, hasta chocolate, papas, zumos…

- Estaba mi padre hablando con mi madre por teléfono –Me decía, mientras yo volvía a echar el pestillo de la puerta- Han llegado a Argentina y Claudia está bien –Anunció, con una amplia sonrisa, lo que me hizo sonreír a mí de la misma forma.

- Al menos algo sale bien… -Suspiré sentándome a su lado.
- Ey, ey… -Negó con la cabeza, agarrando mi cara y obligándome a mirarla.

Metió la mano en mi bolsillo y sacó la moneda que me había regalado. La tiró al aire una vez más y la recogió.

- Cara, sale bien.

Pero esta vez… eso no me tranquilizó para nada. Algo en mi interior estaba revuelto, algo que me decía que no siempre podríamos contar con la misma suerte.

- Any… si a mí me pasa algo…
- Dulce –Me interrumpió, sin querer dejarme hablar.
- Si me pasa algo, lo que sea… -Continué- Claudia no puede regresar al barrio –Ahora sí me dejó hablar- Si me detienen, si me matan, si me ocurre cualquier cosa… no puede regresar hasta que no detengan a Salazar.
- Dulce, no va a pasar nada. Estate tranquila.
- Any… no sé dónde está Alison, ni Arrieta, ni Salazar y…

Nuevamente me interrumpió, llevando su dedo a mis labios, callándome. Agarró la moneda y la puso cerca de mi cara, para que la viera muy bien.

- Es cara, ¿no? –Asentí con la cabeza- ¿Qué significa?
- Que sale bien, pero no siempre vamos a tener la misma suerte Anahí.
- ¿Alguna vez nos ha salido algo mal? –Suspiré y negué con la cabeza- ¿Confías en mí? –Volví a afirmar- Entonces… sale bien.
- Pero esto es muy peligroso.
- ¿Y? Antes hemos estado en situaciones peligrosas, al límite, y SIEMPRE ha salido bien. Así que… -Me miró con una sonrisa, para que fuera yo quien acabara la frase.
- Así que… sale bien.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:56 pm

Capítulo 12

Habíamos dormido abrazadas, relajadas, tranquilas… Dulce estaba agotada, solo tuve que recostarla sobre mi pecho, darle suaves caricias en el cabello como sé que le encantan y, en tan solo unos minutos, cayó rendida en el más profundo sueño.
Yo, sin embargo, ya estaba soñando, despierta. ¿Quién no ha fantaseado con vivir una historia de amor como la nuestra? Quizá no era la más tierna, o la típica de una princesa y un cuento de hadas, pero… creo que no podía haber otra tan romántica y, a la misma vez, pasional y loca. Tanto que nos hace vivir diariamente al límite. Amantes, cómplices… Una, la típica heroína, dispuesta a darlo todo por las personas a las que ama, incluso su propia vida. Y la otra… la que actúa desde el silencio, astutamente y, quizá, con la mente más fría. Pero, a su vez, se complementan a la perfección.
Estaba viviendo un sueño, mi propia novela de amor, y no necesitaba nada más que eso… El peligro era relativo, y los límites también.
Salí de mi cuarto y me encontré la casa llena de policías, entre los cuales, por supuesto, se encontraban mi abuelo, mi padre y Franco.

- Dadle a las neuronas, ¡joder! –Regañaba mi abuelo a mi padre y Franco- A ver si encontráis dónde Oops!está Dulce.
- Buenos días.

Al decir eso, todas las miradas se dirigieron a mí, yo les dediqué una corta y tímida sonrisa.

- Buenos días, cariño –Saludó mi padre, desde el sofá.

Sebastián, el policía que estaba de guardia junto a Laura cuando fuimos al Hangar, entró.

- Don Ricardo, estas son las cosas que hemos encontrado en la casa de Dulce –Mi mirada se dirigió rápidamente allí, al igual que la de mi padre y Franco- Tarjetas, 4.050 euros, el pasaporte falso que le hizo la Interpol y… esta Beretta sin registrar –Ahora sí que estábamos jodidas- Junto a este móvil, con tarjeta prepago.
- Muy bien, estupendo.
- Estas son las llamadas de su móvil, el original. Ninguna desde ayer –Dijo, entregándole un documento con el registro de llamadas- Además, hemos pinchado el teléfono de Franco, de Enrique y de Anahí, por si acaso.

Eso me sirvió para armar un buen numerito.

- ¿¡Qué!? –Todos me miraron, incluido mi abuelo- ¿Habéis pinchado mi móvil?
Mi padre se puso en pie y se acercó a mí.

- Anahí, cariño… es por precaución, por si llama Dulce poderla localizar.
- Pero… pero… vamos a ver, ¿cómo va a llamar Dulce? Si Dulce se ha fugado no va a ser tan idiota como para llamar a la policía. ¡Y nosotros somos la policía!
- Es el protocolo, cariño.
- ¿Protocolo? ¡Espiar a tu hija es el protocolo! –Él respiró hondo- ¿Qué? Tómame las huellas dactilares también si quieres, papá. No, mejor… ¡registra mi cuarto! Y ya puestos, enséñales a todos tus compañeros el tanga rojo que mamá me regaló para este fin de año.
- ¡Anahí, ya!
- ¿De quién es este mechero? –Preguntó Franco, agachándose y recogiendo un mechero que estaba en el suelo. Supuse que se le habría caído a Dulce la noche anterior al entrar, pues era idéntico al suyo- Mío, es mío –Dije, sin casi darle la oportunidad de verlo, quitándoselo de las manos.
- Anahí… -Me llamaba mi padre, mientras yo me dirigía a la puerta.
- ¡Que no!

Y, sin dejar que pudiera asomar la cabeza en la habitación, cerré la puerta y eché el pestillo.

Al entrar me vi en la obligación de despertar a Dulce, debía saber que estaba la casa llena de policías.

- Dul… cariño… despiértate…

Abrió los ojos aturdida y, una vez se dio cuenta donde estaba, se sentó rápidamente.

- ¿Qué pasa?
- Está la casa llena de policías
- ¿Qué? –Dijo, levantándose rápidamente.
- No, escúchame, tranquila –Pedí, consiguiendo que volviera a sentarse.
- No van a entrar, eché el pestillo y le acabo de echar una gran bronca a mi padre, no dejará que entren a mi cuarto, estoy segura –Dulce respiró hondo, nada segura- El problema es otro… -Me miró, preocupada- Ya registraron tu casa y tienen el pasaporte, el dinero, la pistola, el móvil… todo.
- Joder.
- Pero por lo menos nadie se imagina que estás aquí.
- Ya, pero los necesito, Any.
- No te preocupes, te lo conseguiré. Y una copia del vídeo de Smith y el informe, ¿está bien? Simplemente no salgas de aquí, ¿de acuerdo? Echa el pestillo y no te muevas.
- Está bien…

Horas más tarde, me encontraba en el despacho de mi abuelo. Había salido con la comandante Marina, del CNI. Cogí un USB y lo introduje en el ordenador, para copiar los archivos y el vídeo de Smith. Mientras, me senté en la silla y llamé con el teléfono del despacho a Dulce, a mi móvil, que se lo había dejado a ella para poder comunicarnos.

- Anahí, ten muchísimo cuidado, ¿vale? En cuanto descargues el vídeo y el informe sales de ahí.
- Tranquila, ya está en proceso y te conseguí todo. Una pistola semiautomática sin registrar, el pasaporte… y te he cogido ropa de la taquilla. Ah, y tres paquetes de tabaco –Escuché cómo me lo agradecía al otro lado de la línea- ¿Qué? ¿Cómo se está en mi cuarto?
- Bien, pero se me está quedando cara de momia de estar todo el día en la cama. Oye… -Dijo, mientras ponía el altavoz y lo dejaba en alguna parte, aparentemente para hacer algo- Me han salido unos jeroglíficos en la espalda.

No pude evitar sonreír. Ella no lo sabía pero, mientras dormía, le había escrito algo en su espalda.

- ¿En serio? ¿Y qué dicen?
- Pues… no lo sé, espera que me miro en un espejo –Escuché algunos ruidos, supuse que estaba en búsqueda del espejo- ¿No tenías un cuaderno para escribirme una cartita?
- No es una “cartita” –Respondí falsamente indignada, riéndome- Es una chuleta… Cuando era pequeña, en el colegio, siempre nos escribíamos las cosas importantes de los exámenes en los muslos o en el brazo. Así no se te olvidan.
- Cosas importantes, ¿no? –Asentí, mientras ella procedía a leer- ¿Sabes? Ya sé por qué te amo… Te amo porque eres “casa”. Da igual lo que pase ahí fuera, porque juntas somos “casa” y, todo, está en paz. Vienes aquí, te duermes en mis brazos y yo me quedo toda la noche mirándote, porque es lo más bonito que puedo hacer. Tú eres mi casa y yo… soy tu casa. Te amo.
- ¡Mierda! Mi abuelo –Exclamé, levantándome al verlo a través de la ventana caminar hacia el despacho- Y no ha terminado de cargar… Viene hacia aquí.
- Anahí, sal de ahí ya.

Colgué, o eso creí yo, porque en realidad se había quedado el teléfono mal colgado. Miré el ordenador, 85%. Mi abuelo se detuvo un momento a leer unos papeles que le entregó Sebastián, eso me dio algo de tiempo. Respiré hondo.

- ¡Anahí! –Gritaba Dulce al otro lado de la línea, podía escucharla incluso sin tener el teléfono en el oído.

95% y mi abuelo ya había dejado de leer aquellos papeles, volvía a dirigirse hacia mí. 100%, saqué el USB del ordenador y lo guardé en mi bolso, justo en ese momento, entró.

- Hola –Saludé con una tierna sonrisa a mi abuelo y la comandante. Ellos, evidentemente, se sorprendieron por mi presencia allí.
- Hola cariño, ¿qué haces aquí?
- Pues… -Me tomé unos segundos para buscar una buena excusa- Estaba esperándote.
- ¿Y eso? ¿Por qué?
- ¿Sabes algo de Dulce?

Mi abuelo miró a Marina y, después, volvió a mirarme a mí.

- No, no… no sabemos… no sabemos nada todavía –Suspiró. Yo asentí tristemente con la cabeza, él se acercó a mí- ¿Te pasa algo?
- Que… quiero que la encuentres tú. No quiero que le pase nada.

Él sonrió y asintió con la cabeza, llevando su mano a mi cara.

- Yo tampoco quiero que le pase nada y claro que la voy a encontrar, cariño –Dicho esto me abrazó- No te preocupes.
- Gracias

Nos abrazamos unos segundos y, después, me alejé de él. Todo esto bajo la fija y atenta mirada de la comandante.

- Bueno, pues… nada –Cogí el bolso, algo abultado, donde llevaba todas las cosas de Dulce.
- ¿Qué es eso? –Me preguntó mi abuelo, mientras me dirigía a la puerta- ¿Llevas piedras ahí? –Bromeó.
- Me voy… me voy al gimnasio un rato, así me distraigo. Y ya sabes, abuelo… las mujeres al gimnasio… nos llevamos media casa.
Se rio- Entiendo hija, entiendo.

Casi corriendo, salí de ahí, cerrando la puerta y dejándolos solos.

**

Había escuchado todo, seguía al otro lado de la línea. Aparentemente, Anahí no había colgado bien el teléfono, y yo lo aproveché, pues el comisario y la comandante se habían quedado solos y, probablemente, hablarían del caso.

- ¿Qué es eso tan confidencial que me quiere contar? –Preguntó don Ricardo a Marina.
- La banda de Salazar ha desaparecido sin dejar rastro –Puse mucha atención- Estamos como al principio. Así que, a partir de ahora, todo lo que tenga que ver con el caso solo lo sabremos usted y yo. Todo está en este ordenador.

En ese momento, escuché como Franco y Enrique se dirigían a la habitación, por lo que tuve que meterme debajo de la cama corriendo, sin darme tiempo a recoger ni los cigarros ni los paquetes de comida, nada.
Había sido un gran despiste por mi parte, al ir a buscar el espejo se me olvidó cerrar la puerta con pestillo, por lo que habían podido entrar sin ningún problema. Desde abajo, los vi sorprenderse con el estado de la habitación.

- Mira, mira, este es su móvil.

Efectivamente era el móvil de Anahí, pero me lo había dejado para que pudiéramos comunicarnos sin que nos registraran, pues el de ella seguía siendo prepago.

- Bueno, ¿y qué quieres? Déjalo ahí, es el móvil de mi hija, no pienso registrárselo.

Salieron de la habitación discutiendo sobre si registrar el móvil o no, con el teléfono móvil en las manos, evidentemente. Por lo que me quedé allí incomunicada totalmente, y no me atreví a salir de debajo de la cama, por si se les ocurría volver.

- Claro, papá.
- No... no te lo digo por meterme en tus cosas. Simplemente… simplemente últimamente te noto un poco extraña.
Minutos más tarde escuché que la puerta de la calle se abría, era Anahí, saludando a su padre y a Franco.

- Que… me voy a comer a mi cuarto, ¿vale?
- Anahí, cariño, ¿estás bien?
- Ya… papá, lo siento. Quizá esta mañana me pasé gritándote, pero es que… no sé, a veces siento que en esta casa no tengo intimidad. Y no me gusta que os metáis en mis cosas, en mi cuarto –Explicaba ella.
- Cierto, cierto, tienes razón hija mía. Tu cuarto es tuyo, tu intimidad es tuya…
- Te quiero mucho, papi.
- Y yo a ti cariño.

Escuché como se daban un abrazo y algunos besos.

- Voy a coger algo de comer.
- Claro.

Anahí se dirigió a la cocina y, después, vino al cuarto. En cuanto cerró la puerta, salí de debajo de la cama.

- ¿Qué haces ahí? ¿Y qué hacía la puerta abierta?
- Tu padre y Franco, acaban de entrar –Expliqué, sentándome y respirando hondo- Se llevaron tu móvil.
- ¿Qué? ¿Por qué?
- Pues no lo sé, no lo sé.
- Bueno, luego lo miramos. Toma, come.

Sonreí y negué con la cabeza, levantándome y jalándola por la cintura, pegándola a mí.

- Ven aquí, yo también tengo algo importante que escribirte para que no te olvides.

Mientras nos besábamos, levanté su camisa y la tiré a la cama. Con el ambiente cada vez más caldeado, la pegué a la puerta y eché el pestillo, entre besos. Después la dirigí a la cama y la recosté, entonces sí, liberé sus labios.

- Venga, date la vuelta.

Ella, riéndose, se recostó boca abajo sobre la cama. Yo, desabroché su sujetador y cogí un rotulador.
¿Sabes? Yo también sé por qué te amo. Porque haces las cosas fáciles, porque si tuviera que elegir un sitio para vivir, sería tu cuarto. Porque debajo de tu cama… el mundo es tan pequeño, que parece que no puede pasar nada más… y a mí no me hace falta que pase nada más, si estoy contigo.
Se me estaba acabando el hueco en su espalda y me vi obligada a bajarle un poco el pantalón, para tener más hueco en la zona lumbar. Eso pareció hacerle gracia.

- ¿Me vas a escribir la biblia?
- La biblia, la enciclopedia… lo que haga falta.

TE AMO. Fue lo último que me faltó por añadir, en grande, mayúscula y subrayado, bien marcado.

- ¿Qué pone? –Preguntó.
- Luego lo lees.
- No, voy a ir a leerlo ahora.

Entre besos, juegos y risas, permití que Anahí saliera del cuarto, en dirección al baño para verse en el espejo. Habían pasado ya largos minutos y no volvía, algo que me extrañó. Al cabo de unos instantes, la escuché llamándome desde el salón, indicándome que saliera. Al hacerlo, observé al comandante, al comisario, a Enrique y Franco acostados en el sofá, totalmente dormidos. Eso me sorprendió.

- ¿Qué pasó?
- Usaron el spray que había traído.
- ¿Qué spray?
Suspiró- Buscando tus cosas vi también un spray adormecedor del CCI y lo guardé, por si acaso nos servía de algo. Debe ser que se me cayó del bolso antes y, pensándose que era ambientador, lo echaron.
- Bueno, coge el bolso de Marina, rápido.

Ya que se nos había presentado la oportunidad, cogí el ordenador que antes había nombrado la comandante y extraje toda la información del caso.

**

Ya se nos habían escapado varios cabos sueltos, debíamos tener cuidado si queríamos que todo nos salera bien.
Después de extraer la información del ordenador y dejarlo nuevamente en el bolso, llevé a Dulce a un pequeño hostal, que estaba a tan solo unas manzanas. Quise hacerle algo especial, llevábamos unos días muy estresadas y nos merecíamos una desconexión del mundo.
Hicimos el amor… y esta vez fue incluso mejor que la primera. No sé por qué, es inexplicable lo que sentí. Pero sabía que cada vez estábamos más conectadas, éramos la una para la otra.
Desnudas, en la cama, yo me encontraba recostada sobre su pecho, dormida.
Sentir sus caricias en mi pelo y la luz del amanecer entrar por la ventana, me hizo abrir los ojos y erguirme para mirarla, encontrándomela completamente despierta mirando el techo, pensativa.
Sonreí, la abracé y deposité un largo beso en su mejilla, volviendo a recostarme sobre su pecho.

- Hoy quien no ha dormido has sido tú.

Ella respiró hondo, continuó mirando el techo y luego me miró a mí.

- Any… si… si me voy… y no puedo volver…
- Shhh

No quería escuchar esas palabras de su boca, no podía. Por lo que llevé mi mano a sus labios y la callé.

- ¿Te acuerdas de nuestra moneda? –Ella asintió con la cabeza, mientras yo la buscaba y la sacaba- Cara… -La deposité sobre su pecho, mientras yo la miraba erguida con una sonrisa- Sale bien.

Ella sonrió y me besó, mientras volvía a recostarme en su pecho y cerraba los ojos.
Lo que yo no sabía… era lo que estaba ocurriendo fuera de ese cuarto, de nuestro mundo paralelo.

**

- Mira, Franco, he conseguido el número del abogado de Dulce, a quien llamó cuando estaba detenida en la sala de interrogatorios.
- ¿Y para qué lo quieres?
- Pues para llamarlo, a ver si le dijo algo antes de irse o tiene alguna pista, yo que sé…

Enrique marcó el teléfono y se lo llevó al oído, escuchando como sonaban los tonos de llamada. De repente, alguien contestó.

- ¿Sí?

La voz le resultó familiar, se dio la vuelta y vio que Franco estaba hablando también por un teléfono.

- Franco, que soy yo, joder.

Franco se dio la vuelta y lo miró sorprendido.

- Es… este es el móvil de Anahí.
- ¿Cómo?
- Sí, es el móvil que antes le cogimos a la niña. Lo había guardado en mi bolsillo.

Enrique colgó y volvió a llamar, corroborando que el móvil al que estaba llamando era al de su hija. Entonces, todo cobró sentido. La extraña actitud de su hija, que le gritara, que se pasara el día encerrada en la habitación. El cuarto destrozado, lleno de comida y cigarros… Todo eso no era de Anahí, era de Dulce. La había tenido allí todos esos días.

Rápidamente y sin pensárselo fue al cuarto, abrieron la puerta de la habitación pero ya no había ningún rastro, estaba todo perfectamente ordenado, salvo una cosa… Miraron debajo de la cama y allí encontrar una camisa.

- Es de Dulce, se la regaló Anahí por su cumpleaños hace un tiempo, estoy seguro.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:56 pm

Capítulo 13

- Se están riendo en mi Oops! cara… -Dijo Enrique, sentándose en la cama, sintiendo la mayor decepción que había sentido jamás- Seré imbécil…
- Joder…

Enrique buscó a Franco con la mirada, quien se encontraba abriendo los cajones de Anahí. Allí encontró los móviles prepago.

- La niña tiene aquí una colección de móviles, Enrique.

Enrique se acercó hasta ellos y cogió algunos, mientras Franco miraba otros cuantos.

- Hay menajes personales… Están juntas, Enrique.
- Lo sé, ya lo suponía, no es necesario que me lo digas.
- “Llevamos más de media hora sin hacer el amor”.
- ¡Eso no es necesario, Franco!

Franco entendió que no era necesario dar detalles y guardó silencio, aunque sin dejar de husmear todos aquellos mensajes.

- Detonadores, pasaportes falsos, armas sin registrar… -Decía Enrique alucinado- ¡Está haciendo cómplice a mi hija!
- Bueno... a ver… aquí los nombres son “Sweet” y “Darling”… no sabemos sin son ellos.
- ¡Pero tú eres idiota! Son nombres en clave, joder.

Tras eso se creó un gran silencio, Enrique estaba completamente alucinado.

- ¿Y si el CNI tiene razón? –Dijo, mirando a Franco- ¿Y si Dulce mató a Smith? –Franco negó con la cabeza, suspirando- ¿Y si ha enamorado a mi hija para utilizarla a su antojo? Hija de…
- ¡Tranquilízate, Enrique! –Gritó Franco, antes de que él pudiera acabar la frase- Escúchame, ¿vale? Vamos a pensar con cabeza fría. Queremos llegar a Dulce, ¿no? Pues sigamos a Anahí. La seguimos y ya verás como nos lleva hasta Dulce.

Enrique guardó silencio y lo miró, después asintió con la cabeza.

- Por su bien, espero que llegues tú primero.

**

Volvimos a quedarnos dormidas un rato más, pero yo debía ir a la comisaría a trabajar. Así que me levanté, le dejé una notita diciéndole que podía quedarse en el hostal el resto del día, tranquila, y que después la llamaría. Antes de salir, le di un tierno beso en los labios.

Horas después, no tardó en llamarme, pero muy apurada.

- Necesito encontrar a Arrieta antes que el CNI.
- Bueno, hola bella durmiente… Buenos días, ¿cómo estás? Yo también estoy muy bien, gracias.
Se rio- Buenos días, cariño.
- Escucha… es un suicidio, el CNI entero va a estar ahí.
- Tengo que encontrarlo antes que ellos, Any. De lo contrario no tendré ninguna oportunidad. Arrieta es mi pasaporte para llegar hasta Salazar y demostrar mi inocencia.

Mientras Dulce me hablaba miré hacia la puerta y, entonces, el corazón me dio un vuelco. Arrieta, esposado, estaba entrando en la comisaría, siendo respaldado por varios policías.

- Pues tu pasaporte está entrando por la puerta. Arrieta está aquí, lo han detenido.
- ¡Mierda! –Gritó en varias ocasiones. Incluso escuché que golpeaba algo.

La comandante pasó tras ellos y me miró fijamente, yo le quité la mirada y me di la vuelta, para no llamar la atención.

- El interrogatorio será a las seis –Escuché como le decía a uno de mis compañeros, Sebastián en concreto- Encárguese usted.
- A las seis Dul, el interrogatorio es a las seis.
- Ven, necesito que pensemos un plan.

**

Anahí no tardó nada y, en menos de una hora, estaba en el hostal nuevamente.

- Tengo que sacar a Arrieta de comisaría como sea Any, como sea.
- Eso es imposible, Dulce. ¿Cómo vas a sacarlo de ahí?
- Pues ni Oops! idea –Suspiré, llevándome las manos a la cabeza.
- ¿Cómo se sale de una comisaría?
- Pues… con libertad sin cargos o en un furgón directo a los juzgados.
- O en ambulancia.

Rápidamente levanté la cabeza y la miré, encontrándome con la sonrisa victoriosa que tiene siempre cuando se le ocurre una idea maravillosa, como esa.

- Claro… -Dije, con una amplia sonrisa, acercándome a ella.

Ella se rio y me picó el ojo, haciéndome un gesto de: “soy la mejor”.

- Bueno, bueno… tampoco te hagas, ya se me había ocurrido.

Abrió la boca, en señal de falsa indignación, sin poder evitar reírse. Me reí y la abracé, queriendo comérmela a besos, y lo hice.

- ¿Qué haría yo sin ti?
- Pues nada cariño, nada.

**

Seis de la tarde, era la hora del interrogatorio. Con Dulce, decidimos darle una pastilla que lo haría tener que salir camino del hospital en ambulancia en tan solo unos segundos, pero aún faltaba la parte más difícil… dársela. Subí a la sala de interrogatorios con la excusa de darle un informe a Sebastián, que estaba dentro, interrogándolo. Una compañera estaba a punto de entrar con las bandejas y el agua, así que aproveché diciéndole que dejara en la bandeja el informe para que Sebastián lo cogiera y, sin que se diera cuenta, pues ella estaba mirando por la ventana, eché la pastilla en el vaso de agua, que se disolvió en apenas unos segundos.
Esperé allí fuera, observando como Arrieta cogía el agua y bebía, lo habíamos logrado. Instantes después comenzó a sentirse mal, y cayó al suelo.
Llamaron a la ambulancia y la enfermera dijo que había que llevárselo al hospital, algo que casi celebro, pero me contuve. Todo estaba saliendo demasiado bien, sí, demasiado… ya me parecía extraño que no ocurriera nada.

- ¡De aquí no sale nadie! –Gritó la comandante, entrando en la sala.
- ¿Cómo dice? –Preguntó la enfermera.
- Has dicho que estaba estable, ¿no? Que lo atiendan en la UVI móvil en el parking, pero de este edificio no sale nadie. Esto es un truco de Salazar, estoy segura.

Así fue, sacaron a Arrieta en camilla y lo llevaron al parking, a la ambulancia, donde lo atendieron. El plan se había ido al garete.

**

Quedé con Anahí esa misma noche, en un parque, alejado del barrio.

- ¿Te ha seguido alguien?
- No –Respondió ella, mientras se acercaba a mí.

- ¿Segura?
- No –Alcé una ceja y la miré- Segurísima –Añadió, agarrándome las mejillas y dándome un beso- Siento que lo de Arrieta haya salido mal.
Suspiré, negando con la cabeza- Me tengo que hacer a la idea de que no voy a salir de esta.
- Claro que vas a salir de esta –Respondió seriamente, mientras se sentaba en el banco y yo me sentaba a su lado- Vamos a salir de esta.

Encendí un cigarro y comencé a fumarlo, tenía mucha ansiedad encima.

- El CNI cree que he matado a un policía, es más… a un superintendente, no un simple policía –Anahí guardaba silencio, mirándome, llevando su mano a mi nuca y acariciándomela- No tengo ni Oops! idea de cómo demostrar lo contrario. No tengo nada… Un hilo de dónde tirar, ¡nada!
- Bueno… las fugitivas son… muy sexys –Dijo con un tono muy sensual.
Sonreí y la miré- Ah, ¿sí? –Ella asintió.
- Podríamos dedicar el resto de nuestras vidas a robar bancos –No pude evitar reírme- Sería muy romántico. Yo sería Clyde y tú serías… Bonnie.

Continué riéndome y la miré, negando con la cabeza.

- Es al revés. Bonnie era la chica, y Clyde el chico. Y como aquí, quien lleva los pantalones de la relación soy yo… -Ella se rio- Además, acabaron fatal.
- Bueno, pero ellos no eran tan inteligentes como nosotras.

Decidí concluir esa tonta pero preciosa conversación con un beso. Después, entre el frío y la oscuridad de la noche, guardamos silencio. Sobretodo yo, que seguía dándole vueltas a la cabeza.

- Dulce… Todo se va a arreglar –Yo no respondí, simplemente continué mirando hacia la nada- Te lo prometo, mírame –Obedecí y llevé mi mirada a aquel azul cielo que me daba la luz, la vida, a pesar de estar en el pozo más oscuro- ¿Te he mentido alguna vez? -Negué con la cabeza y, sin más, me abrazó- No sé cómo, pero tiene que haber alguna manera –Me dio un beso en la mejilla y rompimos el abrazo- Quizá yo puedo preguntarle a Arrieta por Salazar.
- No, Arrieta a ti nunca te diría nada.

Eso… Eso me hizo encontrar la luz. Nuevamente ella había sido el hilo conductor que me llevaba a la salvación, a la solución.

- A ti no… -Sonrió- Pero a mí sí… Tengo un plan.

El interrogatorio se había pasado al día siguiente, cuando Arrieta ya se sentía mejor. Entré al despacho de mi padre, donde, como siempre, estaba Franco.

- Hola papá –Me miraron muy extrañados, algo que me sorprendió- Que… necesito que me firmes estos documentos.
- Oh, sí, claro, genial.

Mientras mi padre leía los documentos, puro papeleo administrativo, me llegó un mensaje. Sabía que era Dulce, así que ni me molesté en mirarlo.

- ¿No vas a responder al mensaje? –Preguntó mi padre.
- No, no, da igual.
- Tengo que firmar muchos informes, míralo hija, míralo.
Lo miré un momento en silencio- Que no papá, da igual.
- Pero… que voy a tardar, vamos, míralo, no te preocupes.

No me quedó más remedio que mirar el mensaje, efectivamente era Dulce. “¿Todo listo?”, me preguntaba. Por un momento noté que Franco ladeaba un poco la cabeza para intentar leer el mensaje, así que guardé el móvil lo más rápido posible.

- Nada, era una amiga, luego la llamo.
- Toma, ya está.

Cogí los papeles y salí casi corriendo del despacho, los dos estaban muy extraños. Al salir respondí al mensaje: “Sí, yo te doy la señal”.
Subí a la sala de interrogatorios, era la hora. Ya estaban dentro interrogándolo, yo simplemente observaba desde el cristal. Era el momento. Cogí mi móvil y le mandé el mensaje: “Ahora”.

- Es inútil, no va a hablar en la Oops! vida –Decía mi abuelo, escuchando el interrogatorio desde fuera.

A mi padre le llegó un mensaje, Dulce ya había puesto en marcha el plan. Lo leyó y se quedó blanco, miró a la comandante y al comisario.

- Es ella, ¿verdad? –Dijo Marina.

Mi padre asintió con la cabeza y respiró hondo.

- Quiere reunirse conmigo en el bar de mi esposa.
- Quiero un operativo de emergencia –Dijo Marina- Todo el mundo al bar, ¡ahora mismo!
- Sebastián, deja el interrogatorio para más tarde, hay un operativo de emergencia. Quiero a dos agentes vigilando la sala.

Mi abuelo ordenó a Sebastián que dejara el interrogatorio para otro momento y todos, excepto yo, salieron de la sala, dejando allí a Arrieta.
Debía ser rápida. Me encargué de cerrar la puerta y, solo unos segundos después, Dulce entró por el conducto de ventilación. La ayudé a salir.

- ¿Qué haces esta noche, rubia?
Sonreí- ¿Me estás pidiendo una cita?
- Si todo esto sale bien, esta noche te invito a cenar.

Coloqué la placa de Dulce en su pecho, para que Arrieta pensara que seguía trabajando allí.

- ¿Y si no? –Pregunté.
- Y sino… te invito a un bis a bis en la cárcel.

Me acerqué al oído y le susurré que la amaba, después la besé.
Entró en la sala, mientras yo la observaba y escuchaba desde fuera. Arrieta, definitivamente, se sorprendió.

- Veo que conseguisteis escapar del regalito que os preparé –Dulce sonrió, de pie frente a él- Que pena… tanto esfuerzo para nada.
- No, no… si yo vengo a devolverte el regalito –Se sentó, frente a él- Pero antes me vas a decir dónde está Salazar.
- ¿Solo eso? –Dulce asintió con la cabeza.
- ¡No me jodas! Sabes que si te doy esa información, estoy muerto.
Suspiró- Cumplirás condena con todo tipo de privilegios –Arrieta se rio- El segundo año se te concederá el tercer grado y, en cuanto salgas, tendrás protección las 24 horas.

Miré el reloj, Dulce debía darse prisa. Posiblemente no tardarían mucho en darse cuenta de que todo había sido una trampa.

- ¿Y quién me va a proteger? ¿Terminator? ¿Spiderman? Oh… no… El increíble Hulk.
- Vamos a dejarnos de tonterías – Dijo, poniéndose en pie.

Se dirigió a la cámara que, en todo momento, estaba grabando el interrogatorio y la bajó. Luego volvió a tomar asiento.

- Inmunidad. Programa de protección de testigos. Nueva identidad, residencia en un país americano y una pensión para toda tu vida pagada por los contribuyentes. Todo eso… si me das a Salazar.
- ¡Venga ya! –Dulce la miró en silencio, fijamente, supongo que tratando de convencerlo de que no le estaba mintiendo- Quiero oírlo por la boca de la comandante del CNI.

Dulce respiró hondo, salió de la sala y me miró. Me pidió el móvil y yo se lo di, sin comprender qué iba a hacer.

- Don Ricardo, soy Dulce. ¿Está con Marina?
- Sí, le escucho, Espinoza.
- Voy a entregarme –Fui a hablar, ya que estaba estupefacta, pero ella me hizo una señal de que guardara silencio- A cambio quiero que me asegure la inmunidad ahora mismo. Ustedes me dan la inmunidad, yo les doy a Salazar.
- Le prometo la inmunidad.

Dulce sonrió, me picó el ojo y volvió a entrar en la sala. Puso el altavoz y le pidió a la comandante que lo repitiera.

- Tendrá la inmunidad, se lo garantizo.
- Compro –Respondió Arrieta.

Sin más Dulce colgó el teléfono. Supimos entonces, que Marina había escuchado la voz de Arrieta, por lo que no tardarían nada en estar ahí.
Dulce le dio un papel y un bolígrafo a Arrieta, para que le escribiera los datos.

- No me la estarás jugando, ¿verdad?
- No, a Salazar le aprecio, pero a mi libertad más –Acabó de escribir- Lo encontrarás ahí –Dulce cogió el papel y lo guardó, mientras se levantaba- Oye, y puestos a escoger… ¿qué tal Puerto Rico?
- Los detalles al comisario, que estará a punto de llegar.

Escuché gritos desde la planta baja, estaba llegando. Dulce salió y cerró la puerta, mientras yo iba abriendo el conducto de ventilación.

- Hasta luego, Bonnie.
- ¡Te amo!

Dicho esto, cerré la reja del conducto y respiré hondo. Segundos más tarde Marina entró en la sala de interrogatorios interna, donde se encontraba Salazar, dándome tiempo a mí de salir de la exterior sin que me viera nadie.
Lo que yo no sabía, entonces, es que la comandante Marina Salgado ya me tenía en su carpeta como principal sospechosa.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:56 pm

Capítulo 14

…Quedan 24 horas…

- ¿Dónde estás?
- Pues… en un polígono industrial, en medio de la nada.

Me encontraba en la sala de tiros, hablando por teléfono con Dulce. A quien había tenido que alquilarle una furgoneta para que se refugiara, el tiempo que tardáramos en detener a Salazar.

- ¿Estás segura de que Arrieta no ha dicho nada? –Me preguntó.
- Segurísima, lo ha dicho Marina esta mañana en la sala de reuniones. Incluso ha repartido unos informes para ver si alguien tenía algún hilo del que tirar.
- Si Arrieta habla no voy a poder ir al centro comercial donde me veré con Salazar, no voy a poder hablar con él, no voy a poder llegar hasta el Káiser y todo se va a ir a la mierda. Encima estoy harta de estar en esta furgoneta.
- Dulce, en 24 horas todo habrá terminado, ¿vale? –Escuché como Dulce suspiraba- Por cierto, cuando todo esto termine… tendremos que empezar a hablar de nuestras cosillas.
- ¿Nuestras cosillas?

Habría sido maravilloso poder haberle respondido, pero mi padre abrió la puerta y me vi en la obligación de fingir que estaba hablando con una amiga.

- Sí Cris, esta semana quedamos seguro.
- ¿Hay moros en la costa? –A pesar de no verla, sé que sonrió, por el tono en que me dijo lo siguiente- Any… mándame un besito, anda…
Ahora fui yo quien sonrió- Un besito, reina.

Después de escuchar su increíble risa, colgué.

- Dulce está en búsqueda y captura –Anunció mi padre, muy directamente- Y tú aún no has dicho nada al respecto. Y… es Dulce.
- ¿Qué quieres que diga? Cuando… Cuando la cojan ya se descubrirá todo.
- Cariño… -Llevó su mano a mi hombro- Hay veces que… que las personas hacemos cosas irremediables, que tienen sus consecuencias y… creemos que no podemos dar marcha atrás –Suspiró, diría que, incluso, algo emocionado- Yo soy tu padre. Si… si supieras algo me…

No le dejé acabar la frase, apunté a la diana y disparé, consiguiendo que se sobresaltara.

- Si supiera algo te lo diría, papá.

Decidí que la conversación había acabado y cogí mis cosas, saliendo de la sala. Y me fui a ver a Dulce, la necesitaba.
Toqué la puerta de la furgoneta, ella me estaba esperando. Me abrió y entré, cerrando tras de mí y dándole un beso.

- A ver… -Dije sacando los planos del centro comercial al que nos dirigiríamos al día siguiente para encontrarnos con Salazar- Del hall a la puerta principal hay 2 minutos y 26 segundos, y a la puerta del parking 12 segundos más –Asintió con la cabeza- Aquí tienes, fotos desde todos los ángulos y mapas por plantas –Comenzó a mirar las fotos y los mapas- Una gorrita de camuflaje –Le puse la gorra pero, concentrada, se la quitó al instante- Y… la compra –Saqué una bolsa, con diversos alimentos- ¿Quieres? –Pregunté, enseñándole una bolsa llena de chucherías, que sabía que le encantaban.
- No –Respondió sin ni si quiera mirar, absorta en los mapas- Este parking tiene una cámara dentro, así que tengo que dejar el coche en la puerta, ¿vale? Y necesito la ruta más corta que haya… -Ahora saqué un paquete de sus papas favoritas, pero tampoco miró- La que sea, me vale cualquiera.
- A sus órdenes -Respondí con ironía- ¿Alguna cosa más, señorita? –Pregunté con tono sensual, intentando seducirla de alguna forma.
- Sí, si Salazar se pone tonto y no me quiere llevar con el Káiser no quiero peleas ahí dentro, así que lo voy a sacar a la fuerza, ¿vale? –Cogí el bote de helado de chocolate de mi abuelo, aquel que fue el detonante por el que estuvimos juntas- Lo que pasa es que esta puerta tiene una clave, así que necesito esta Oops! clave.
- Dulce –La llamé, ya indignada por su ignorancia hacia mí.
- ¿Sí? –Respondió, pero continuando sin mirarme.
- ¡Dulce! –Dije, ya agarrándole la cara y consiguiendo que me mirara- Para, que te estás estresando. Vas a tener que pedir la baja laboral.

Ella se rio, aunque después respiró hondo. Al menos había conseguido que sonriera.

- Bueno, no te preocupes, me han dicho que la cárcel relaja un montón.

Agarré con decisión los mapas y los lancé lejos de nosotras. Me arrodillé para ponerme a su altura y pasé mis manos alrededor de su cuello.

- Aquí lo único que relaja soy yo.

Dije firmemente en un susurro, con el tono picarón que sé que le encanta, dándole un beso lo suficientemente caliente como para que suspirara.

- ¿Sabes qué vamos a hacer? –Continué, dejándola con las ganas de más- Mañana vas a coger al Káiser –Ella asintió con la cabeza- Y, pasado, nos vamos a ir de vacaciones.

Dicho esto comencé a besarla con locura, librándome de su camisa en cuestión de segundos. Ella hizo lo mismo conmigo y, en tan solo unos instantes, ambas nos encontrábamos ya solo en ropa interior.
Me recosté sobre ella, mientras recorría con su boca todo mi cuerpo, quitándome el sujetador y perdiéndose en mis pechos. Los mordisqueó, beso y lamió, haciéndome llegar a un punto de éxtasis increíble. Afortunadamente estábamos en un polígono industrial alejadas del mundo, de no ser así, toda la calle podría haber escuchado mis gemidos.
No quería perder tiempo, no me dejó ni responderle a las caricias, su mano comenzó a viajar a mi zona íntima y, una vez allí, entró en mí con desespero. Mis caderas se movieron al ritmo con su mano, con desenfreno y pasión. La necesitaba, más que nunca. Y no podía conformarme solo con llegar al clímax, quería hacerla mía, y así fue.
A pensar de sentir que el viaje a las estrellas estaba próximo, desabroché su sujetador y besé sus pechos con lujuria, mientras sus dedos se movían cada vez con más rapidez dentro de mí. Mi mano, ya sin control, llegó a su intimidad y comencé a masajearla en su centro, uniendo mis labios con los suyos, al igual que mi frente. Entré en ella mientras respiraba su mismo aire y los gemidos salían de nosotras descontroladamente, llegando así, una vez más juntas, al límite.

**

- Enrique… van a registrar el cuarto de la niña. La comandante tiene una orden judicial.

Lo sabía, este momento llegaría tarde o temprano. A pesar de que yo había protegido a mi hija y a Dulce lo máximo que pude, la comandante Salgado era muy astuta, y no había tardado en darse cuenta de las obviedades del asunto. Dulce y Anahí habían sido muy inteligentes, habían cometido muy pocos errores, pero es muy difícil salir inmune de algo tan grande. Habían dejado muchos cabos sueltos que Marina no había tardado en ver. Estaba claro que alguien ayudó a Dulce a entrar en la comisaría para hablar con Arrieta, y ese alguien no podía ser otra que Anahí.
Pero un sospechoso solo deja de serlo cuando se consiguen pruebas. No se pasa a ser culpable hasta que no se consiguen dichas pruebas, y yo no iba a permitir que la comandante las encontrara, al menos no en el cuarto de mi hija, pues yo me encargaría de limpiarlo todo. Guardé los móviles prepago que encontramos Franco y yo, guardé la camisa de Dulce y limpié cada rincón, para que no pudieran encontrar ninguna huella dactilar.
En tan solo unos minutos llegó toda la comisaría a mi casa, a inspeccionar cada uno de los rincones, con la comandante Marina al mando, por su puesto.

- Siempre tiene la casa tan limpia, ¿inspector Puente? –Preguntó la comandante, con segundas intenciones.
- Le agradezco el cumplido, pero... sí. Ahora que mi esposa no está, hago todo lo posible por mantenerla impecable.
- Aquí hay algo.

Se trataba de una especie de clave pegada a uno de los cajones, del que yo no me había percatado.

- Quiero las huellas de este celo –Ordenó Marina.

Quien había descubierto aquello era Laura, una compañera de toda la vida, que quería mucho a Anahí. Me miró con cara triste, pero no le quedó más remedio que obedecer y, con unas pinzas, cogió aquella prueba para guardarla en una bolsita de plástico.

- Averigüe qué significa esa numeración.
- Pero… este código puede ser de cualquier cosa.
- Averígüelo.

Tras ese tono imponente de Marina, Laura salió del cuarto y yo la acompañé, no soportaba estar más tiempo ahí. Lo que yo no sabía… es que aprovecharon ese momento para colocar, detrás de la televisión de mi hija, un micro.


**

…Quedan 9 horas…

No sé por qué me gusta así
Tenerte tras mi espalda
Pintándome palabras, tú
Estate quieta y ven aquí…
Eres como una niña grande
Manejando un tanque, de papel…

Después de la maravillosa tarde que habíamos pasado, me encontraba en mi cuarto, con mi guitarra, más que inspirada escribiendo y tocando una canción. Pero el teléfono sonó y tuve que detenerme, era ella.

- Any, ¿tienes lo que te pedí?
- ¿Lo del viaje? –Me hice la loca, ella se rio, sabía perfectamente que no se refería a eso- Sí…. Después de una exhaustiva búsqueda he encontrado dos destinos buenos, bonitos y baratos: Oops! Cana y Egipto, ¿qué prefieres?
- ¿No te parece que vas un poquito rápido
- No, porque todo va a salir bien –Dulce guardó silencio- ¿Tienes para apurápido
- Sí –Escuché como cogía boli y papel.
- 1267, es el de la carretera de colmenar, la M-306.A las 10:15 no creo que haya casi tráfico y, en cinco minutos, desde el centro comercial Maravillas, estamos allí. Bueno… si Salazar llega a tiempo a la cita. Y, a partir de entonces, empieza la cuenta atrás para nuestro viaje.

Lo que yo no sabía era todo lo que había ocurrido apenas unas horas antes. No sabía que habían registrado mi cuarto por todos los rincones, ni que mi padre había tratado de exculparme de todas las maneras posibles. Y lo que, por supuesto, tampoco sabía, es que el CNI había colocado un micro detrás de mi televisión y, desgraciadamente, habían escuchado exactamente todos los datos que le acababa de decir a Dulce.

**

…Centro Comercial de las Maravillas, quedan 5 minutos...

- No lo veo, Dulce, no veo a Salazar.
- Bueno… tranquila, aún faltan 5 minutos, estará al llegar.

Dulce y Anahí se encontraban el centro comercial Las maravillas, como habían acordado, donde la pelirroja se encontraría con Salazar. Estaban en la segunda planta, una en la zona derecha y otra en la zona izquierda, hablando por teléfono móvil.

- Dulce… tengo que contarte algo.
- ¿Qué pasa?
- Creo que mi padre sabe que te estoy ayudando.
- ¿Qué? –Dijo Dulce, asomándose a la barandilla y viendo, a lo lejos, a Anahí desde el otro extremo de la planta.
- No sé, Dul… Ayer en la sala de tiro me hizo preguntas muy raras. Y los móviles prepago han desaparecido. Abrí el cajón y no estaban… y creo que han limpiado mi cuarto también.
- ¡Joder, Anahí! Si tu padre lo sabe, lo puede saber cualquiera.
- Mi padre nunca me delataría.

El CNI, con la comandante Marina Salgado al mando, se encontraba viendo por una pantalla todos y cada uno de los movimientos de Anahí, pues habían pinchado las cámaras de seguridad del centro comercial. Sin embargo, a Dulce no habían conseguido localizarla.

- No podemos oír con quien habla, es un teléfono prepago –Indicó uno de los trabajadores- Necesito tiempo para localizarlo.
- ¿Dónde se habrá metido Espinoza? Ya es casi la hora.

La agente Laura entró en la sala sobresaltada.

- ¡Detenga el operativo! Ayer no encontramos nada en la habitación de Anahí, no tiene motivos para sospechar de ella. ¡Está limpia!
- Sí, limpia y reluciente, excepto por el micro que le colocamos. Anahí ha quedado con Salazar y con Espinoza dentro de cuatro minutos –Laura abrió la boca, sorprendida- ¿Todavía cree que no tengo motivos?

Dulce miró a su alrededor y se dio cuenta que diversos trabajadores tenían pinganillo y micro, y estaban observando y siguiendo a Anahí.

- Tu padre quizás nunca te delataría, pero alguien lo ha hecho. Te están vigilando.

Anahí comenzó a ponerse nerviosa y a mirar a todos lados.

- Vete de aquí Anahí, abortamos, vámonos.

Dicho esto Dulce comenzó a caminar, dispuesta a salir del centro comercial. Sin embargo, Anahí, se quedó allí, mirando hacia todos lados.

- Vamos Any, ¡vamos!

Pero en ese momento Anahí miró por la barandilla y vio a Salazar en la planta baja.

- Lo tengo Dulce, está abajo.

El CNI, en la comisaría tampoco tardó tiempo en darse cuenta de que Salazar había llegado.

- Comandante, Salazar junto a la plaza central.
- Solo nos queda uno… -Dijo Marina, desesperada, pues continuaban sin localizar a Dulce.

Anahí respiró hondo, para tranquilizarse.

- Voy para allá –Anunció Anahí.
- Anahí, escúchame bien, ¡para! Abortamos, ¿entiendes? –Dijo, caminando sin rumbo alguno, mientras Anahí bajaba las escaleras que la conducirían hasta la planta baja.
- No, no nos vamos Dulce, tenemos que cogerlo ahora. Sino no podremos volver a casa, ni tú ni yo.
- Escúchame bien, hay por lo menos seis cámaras de seguridad, ¿vale? Seguro que están pinchadas. No me puedo acercar a Salazar, en cuanto hable con él estoy detenida. ¡No puedo hablar con él! ¿Entiendes?
- A no ser que yo les distraiga. Dame un minuto.

Anahí continuó caminando, dando vueltas sin sentido. Entró en un fotomatón.

- Está entrando en el fotomatón, quiero cobertura dentro –Exigía la comandante, que no perdía detalle de las pantallas- ¡Necesito saber qué está haciendo!

Dentro del fotomatón, Anahí sacaba otro de los teléfonos prepago, con la intensión de dárselo a Salazar para que pudiera comunicarse con Dulce.

- He encontrado el teléfono –Se referían al de Dulce.
- ¿Por qué no lo oímos? ¡Lo quiero ya!
- Un momento.

Anahí salió del fotomatón, hablando con Dulce y con el otro teléfono en la mano.

- 9459.

La rubia dijo esos cuatro números a Dulce, indicándole que era el número telefónico al que debía llamar para hablar con Salazar. Después, sacó la tarjeta y tiró el móvil a la basura.

- ¿Qué hace? –Dijo Marina, sin comprender nada.

Caminó hasta Salazar, quien estaba de espaldas. Dejó el móvil prepago nuevo en su bolsillo y, sin que este se diera cuenta, continuó dando vueltas. Miró hacia el piso de arriba, haciéndole una señal a Dulce, indicándole que ya podía llamar.
Segundos más tarde, el teléfono de Salazar sonó. Él metió la mano en su bolsillo y, sorprendido, respondió a la llamada.

- Soy Dulce. Escúchame atentamente.

El francés comenzó a mirar a todos lados, viendo a lo lejos a Anahí.

- Salazar está hablando –Decía Marina impaciente, observando el monitor- ¡Quiero ese teléfono!
- Es otro prepago.
- ¡Pínchelo!

Dulce, desde la planta de arriba, detrás de unas plantas y aún sin ser vista por el CNI, observaba a Salazar.

- Dulce, ¿dónde está Arrieta?
- Olvídate de Arrieta. ¿Ves al hombre ese, de enfrente, en la terraza? El que está sentado solo… Debajo del periódico hay una pistola, es policía. ¿Ves a la chica de la librería? Es policía también. Mira detrás de ti, hacia arriba, el segundo piso. El chico de la limpieza lleva un pinganillo.
Salazar, nervioso, comenzó a caminar.

- Se mueve, Salazar se está moviendo. ¡Síganlo! –Ordenó la comandante.

Dulce observó que, a medida que Salazar se movía, todas las personas nombradas anteriormente iban detrás.

- No, no, no Salazar, no… Te está siguiendo tu amigo, el del periódico, date la vuelta –El francés obedeció y volvió a la posición de antes- Escúchame, si quieres salir de aquí tienes que hacer exactamente lo que yo te diga.

Marina, ya desesperada en la sala, gritaba.

- ¡Por favor necesito ese teléfono! Tiene que estar hablando con Espinoza.

Entonces, como un loco, entró en Enrique en la sala. Vio en la pantalla a Anahí.

- ¿Se puede saber qué Oops!está haciendo?
- Unidad de francotiradores en sus puestos –Avisó uno de los policías, algo que escuchó Enrique.
- ¿Cómo que francotiradores? ¡Usted está loca! –Gritó Enrique, queriendo abalanzarse sobre la comandante, pero fue detenido por los policías.

Enrique consiguió zafarse de ellos y se encaró con Marina.

- La que está ahí es mi hija.
- Enrique Puente… si está aquí como un inspector, puede sentarse y quedarse al operativo. Pero si está como padre le aconsejo que se vaya.

Sin más, el inspector Puente respiró hondo y se sentó en una de las sillas.

- ¿Qué hago? –Preguntaba Salazar a Dulce.
- A tu izquierda, ¡ya! –Dulce echó a correr por el pasillo de la segunda planta- Vale, has llegado a una esquina, ¿no? Crúzala, todo recto. Sube la rampa, hasta el final –Salazar iba cumpliendo cada una de las órdenes- Mira a tu izquierda, estoy arriba –El francés levantó la vista y vio a Dulce- Disimula un poquito, anda. Te espero al final de la rampa -Dulce colgó y llamó al teléfono de Anahí pues, aprovechando que las cámaras seguían a Salazar, la rubia había rescatado el móvil de la basura- Anahí, te quiero fuera en cuanto esto acabe, ¿está bien? Ahora.

Esa era la señal. Dulce colgó y Anahí se dirigió a uno de los mostradores de atención al cliente. Sacó su placa y se la mostró a la trabajadora, indicándole que era policía, exigiéndole que le diera el micrófono y lo conectara.

- Atención, hemos recibido un aviso de bomba –Decía Anahí a través del micrófono del centro comercial, algo que también escucharon en la comisaría. Enrique se llevó las manos a la cabeza- Desalojen el centro comercial inmediatamente.

Eso sirvió para que el descontrol se desatara y todo el mundo comenzara a correr, haciendo muy dificultosa la visión de las cámaras del CNI. Dulce aprovechó ese momento para encontrarse con Salazar.

- ¡Seguid a la chica! –Indicaba Marina- Quiero a cinco patrullas rodeando la zona. Cerrad todas las salidas, unidad de vigilancia máxima. ¡No van a salir de ahí!

Anahí, entre la multitud, entró a una tienda, cogió una gorra y se cambió de chaqueta, para camuflarse. Por otro lado, Dulce y Salazar corrían, subiendo por las escaleras de emergencia del centro comercial.

- ¿Por qué me salvas? –Preguntó Salazar.
- Porque tú me vas a salvar a mí.

Dulce y Salazar consiguieron salir del centro comercial por la puerta de emergencias y, cuando se detuvieron, una bala atravesó la frente del francés.

- ¿¡Quién ha disparado!? –Gritó la comandante- ¡Yo no he dado la orden!

La pelirroja observó cómo Salazar caía al suelo y miraba a su alrededor, asustada. En el tejado vio a una persona armada con francotirador. No se trataba de un policía, se trataba de Alison. Y, a pesar de que no encontraba explicación alguna, sabía que no podía perder ni un segundo más. Cuando iba a echar a correr decidió regresar para cogerle el móvil a Salazar y, entonces sí, desaparecer lo más rápido que pudiera, alejándose del centro comercial.

- ¡Espinoza se está escapando por el acceso C-14!

Anahí esperó a que todo el mundo saliera y, cuando ya estaba el edificio en silencio, salió de la tienda de la que había cogido la ropa, pensando que pasaría desapercibida con los nuevos complementos. Comenzó a caminar tranquila hacia la puerta, pero… no siempre podía salir todo bien.

- ¡Alto! De rodillas y con las manos en alto.

Dos policías la apuntaban con la pistola, y a ella no le quedó más remedio que obedecer.
- ¡No te muevas! Estás detenida.

Y así fue… Enrique vio como esposaban a su hija y la sacaban del centro comercial en un coche patrulla, como a una delincuente más.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:56 pm

Capítulo 15

- Salgado, esa que está ahí es mi nieta, ¡por el amor de dios!

Habían llevado a Anahí a la comisaría, y se encontraba en la sala de interrogatorios con Sebastián. Fuera, estaban el comisario Ricardo y la comandante Marina Salgado.

- Su nieta está acusada de cómplice de homicidio, robo de información clasificada y colaboración con banda armada. Y se niega a hablar –El comisario suspiró- ¿Qué quiere que haga? ¿Le doy unos azotes o la pongo en un rincón castigada hasta que recapacite? Ya no es una niña, comisario, a ver si se da cuenta.
- ¿Qué quiere de ella?
- Que declare contra Dulce. Si nos da un testimonio en firme, su nieta está fuera en menos de dos horas.

Enrique entró a la sala de interrogatorios y, afortunadamente, le permitieron hablar con su hija, a solas. Cerró la puerta y se acercó a ella, para darle un fuerte beso en la frente y sentarse.

- No lo intentes, papá. No voy a decir nada en contra de Dulce –Advirtió, sin si quiera dejarlo hablar.
- De acuerdo, lo respeto… Si no quieres hablar, no hables. Solo quería hacerte una pregunta –Anahí agachó la cabeza y miró la mesa, preparándose para lo peor- Las… las croquetas –Eso, irremediablemente, hizo que volviera a levantarla- Las croquetas de pollo que hace tu madre, que… por más vueltas que le doy, no me salen. Y… como me habéis dejado solo con el abuelo… -Anahí sonreía, mirando a su padre, que trataba de quitarle peso al asunto- Y… y… yo creo que debe ser la bechamel, porque se me quedan como grumos.
- Mamá funde primero el queso, con leche. Y remueve la bechamel todo el rato, que por eso salen grumos.

Enrique asintió con la cabeza y sonrió.

- Cariño si… si decides declarar… aún estás a tiempo para probarlas.
- No puedo hablar, papá. Entiéndelo, no puedo fallarle, no voy a fallarle –Dijo, agarrándole las manos.

El inspector Puente salió de la sala y, junto con Franco, fueron a su casa. Allí cogieron todos los móviles de Anahí y comenzaron a llamar a Dulce.

- Dulce, soy Franco.
- ¿Franco?
- Escúchanos…
- No, escúchame tú, y que escuche Enrique también que seguro que está ahí. No sé cómo Oops!le habéis quitado el móvil a Anahí, pero no me pienso entregar, ¡y punto!
- Dulce, tienes que venir –Rogaba Franco, bajo la mirada de Enrique.
- La única forma de que yo vaya para allá es con la cabeza del Káiser.
- Dulce, soy yo -Dijo Enrique, cogiendo el teléfono- Dulce… Anahí está detenida –Dulce se llevó las manos a la cabeza- Necesito hablar contigo, bandera blanca, sin armas. Te doy mi palabra.

Además, Enrique se vio en la obligación de llamar a su esposa, para que volviera de Argentina y darle la mala noticia. Automáticamente, fue a la comisaría.

- Lo mejor que puede hacer por su hija es convencerla para que hable –Dijo la comandante a la madre de Anahí.
- ¿Tiene usted hijos?
- No.
- Si tuviese hijos sabría que, si a los tres años no les has convencido para que coman verduras, tampoco les vas a convencer a los 20 para que hablen.

Dicho esto, entró en la sala de interrogatorios. Al verla entrar, Anahí corrió hasta ella y la abrazó.

- No os puedo dejar solos, ¿eh? Ni a tu padre ni a ti.
- ¿Cómo está Claudia?
- Adaptándose, pero bien –Ambas tomaron asiento, sin soltarse las manos, con una sonrisa- Es como Dulce, un corcho, siempre tira para arriba –Anahí asintió con la cabeza y sonrió- ¿Y tú? ¿Cómo estás tú?
- Pues… -Suspiró- Bien, como en casa.
- Como en casa, ¿no?
- Sí, o mejor –Se rio, siempre con el positivismo que la caracterizaba- Aquí no tengo que fregar los platos, ni sacar la basura o… quitar el polvo.
- Dime que todo va a salir bien, vida mía –Rogó su madre, casi en llanto.

Anahí, con una sonrisa pero los ojos iluminados y emocionada, respondió.

- Todo va a salir bien, mamá. Te lo prometo –Tragó saliva a duras penas y se tomó unos segundos para respirar y no romper a llorar- Algún día vendrá un juez y saldré por esa puerta sin cargos. Pero para que eso pase tienen que ocurrir muchas cosas ahí fuera –Su madre suspiró- Yo solo tengo que esperar… Dulce no tardará en hacer algo, estoy segura.

Después de esto, ambas se fundieron en un tierno abrazo.
En otra parte de la ciudad, Dulce había quedado con Franco y Enrique en un descampado, alejado de cualquier zona a la que suele visitar. Una vez allí, frente a frente, nadie se atrevía hablar. Hasta que a Enrique, lo único que le salió del alma, fue insultar a la pelirroja.

- No, Enrique, ¡no! –Ni si quiera lo dejó terminar Dulce- A mi hermana la han tenido en un puto agujero, ¿sabes? Cinco semanas, ¡cinco semanas de secuestro! He hecho de todo, he pasado información, he hecho de contra infiltrada… pero por mi hermana, ¡por la vida de mi hermana!
- ¿Por qué no nos lo dijiste? ¡¿Por qué no lo denunciaste?!
- ¡Lo intenté, joder, lo intenté! Se lo dije a Smith, y a los dos minutos estaba cayendo por el faro de Madrid. Mandé a Claudia a Argentina con tu mujer, ya no sabía que más hacer. ¿Qué hubieses hecho tú? ¿Eh? ¡¿Qué hubieses hecho tú?!
- No sé… lo único que sé es que a mi hija le pueden caer 15 años de prisión por tu culpa.

En ese momento Dulce guardó silencio y se llevó las manos a la cabeza. Sin más Enrique se acercó a ella y, pensando que podría detenerla, Dulce se apartó. Él se quedó allí firme, mirándola y, ahora sí, la abrazó. Mientras, ambos comenzaban a llorar.

- Yo nunca quise que esto pasara, nunca… -Decía Dulce en llanto- Es lo que más quiero, ¿cómo voy a dejar que se pudra en la cárcel?
- Escucha, hay una forma para que salga.

Al escuchar eso, Dulce rompió el abrazo y se secó las lágrimas, para poner toda la atención posible.

- La comandante le ha ofrecido un trato… Si declara contra ti, el CNI la pone en libertad esta misma tarde.
- Pero Anahí no va a decir nada –Añadió Franco- Ella sería incapaz de declarar en tu contra.
- La única manera para que confiese… es que tú se lo pidas –Continuó Enrique.

Franco sacó una cámara de un bolso y se la mostró, indicándole que querían que se grabara y se lo pidiera.

- Está bien, lo haré.

En la comisaría Anahí continuaba sola, en la sala de interrogatorios, vacía, simplemente mirando la pared. Entonces, un policía entro. Colocó frente a ella un ordenador y le dio al play, reproduciendo un vídeo.

- Hola Anahí –Era Dulce, al verla la rubia puso toda su atención en aquel vídeo- ¿Te acuerdas de esto? –Dijo, mostrándole la moneda que ella le había regalado- Me la regalaste tú –Entonces, las imágenes de ese día vinieron a la mente de Anahí como un flashback- Me dijiste que todo tiene una cara y una cruz, que a veces sale mal, a veces sale bien… -Dulce tiró la moneda al aire y la cogió, consiguiendo, nuevamente, que todas las imágenes de las veces que Anahí hizo el mismo movimiento, vinieran a su mente- Cara, sale bien –La rubia sonrió. Dulce miró la moneda y suspiró- Tenías razón y… como la moneda, todos tenemos dos lados, dos caras; yo también –Evidentemente nada de lo que Dulce estaba contando era cierto del todo, estaba disfrazando la verdad, para que Anahí declarara en su contra y fuera puesta en libertad- La primera lección que aprendí cuando entré en el cuerpo de policía fue que, con un sueldo de 1.500 euros al mes, pues… nunca iba a veranear en la costa azul, nunca iba a vestir ropa de marca… -Anahí continuaba sonriendo, sin poder evitarlo- La segunda lección me la enseñó mi padre. La noche antes de su muerte me dijo que conocía todas las alfombras de los bancos a los que entraba, tenía tantas deudas, créditos, aplazamientos de embargo… que, cada vez que entraba en un uno, tenía que agachar la mirada, humillado. Cuando juré mi cargo me prometí a mí misma que no me iba a pasar eso, no… Yo iba a entrar en los bancos con la cabeza bien alta, con los ojos clavados en el techo –Otro suspiro se escapó de sus labios- La única forma de entrar así en un banco es tener en la cuenta diez millones de euros… Mi padre lo aprendió muy tarde, pero yo lo aprendí muy pronto –La pelirroja guardó un tenso silencio- Diez millones de euros, eso es lo que prometieron Salazar y el Káiser. Para un tipo como el Káiser, diez millones es calderilla. Pero para una policía de Madrid… es como ganarse la lotería –Con una sonrisa, Dulce miró directamente a la cámara- Anahí, te engañé, te usé. ¿Quién iba a sospechar de ti? Eras la nieta del comisario, la socia perfecta –Suspiró- Ya no me sirves, es así de fácil. Y… si he hecho este vídeo es porque no gano nada con que tú estés en la cárcel, así que… Anahí, sálvate, yo ya me he salvado. Y… por favor, no me guardes rencor. Ya sabes –Dijo, mostrándole la moneda- Todos tenemos dos caras.

Sin más, paciente, Anahí cerró el portátil y miró al frente, sabiendo que, tras el cristal, estaría la comandante Marina.

- Quiero hablar con el juez.

Apenas unos minutos más tarde, dos jueces estaban sentados frente a ella.

- Quiero declarar, voy a contarlo todo. Voy a contar cómo Dulce me utilizó. Me engañó, me usó, porque tenía acceso a la información del caso. La información de mi padre, de mi abuelo –Decía, con la mirada fija en una de las paredes- Espero que la cojan y la encierren mil años, y que se pudra en el infierno.

Muy lejos de allí, Dulce se subió en una furgoneta. Mientras, Marina ya iba de camino hacia allí, pues, a través del vídeo, pudieron detectar por el GPS el lugar en el que se encontraba. Se miró al espejo retrovisor, se tomó unos segundos mientras se fumaba aquel cigarro y, una vez tirado, puso el coche en marcha. En ese momento… comprendió que nada sale bien, que la suerte no existe, que los límites se acabaron y que su fin había llegado.

- Para, está ahí –Dijo Marina, ya a solo 40 metros de la furgoneta, viéndola a lo lejos.
Pues… lo que una vez más nadie sabía, es que Alison había estado allí mientras Dulce grababa el vídeo, y había colocado una bomba en el coche. Así que, en cuanto la pelirroja puso la llave de contacto en marcha, el vehículo explotó y voló por los aires.
A veces me preguntaba cómo serían las cosas cuando yo no estuviese aquí… y me costaba imaginármelo. Supongo que todos nos creemos demasiado importantes. Nos parece que nuestra casa ya no puede ser la misma si no estamos para sentarnos en nuestro sofá. Que el bar en el que desayunamos ya no puede ser el mismo si no estamos ahí para mojar las galletas en el café.
Pensamos que cuando morimos la vida se va a detener, que va hacer un alto para digerir que ya no estamos. Pero no es verdad… El mundo no se para, y sigue su marcha sin nosotros. Y lo único que cambia es el tamaño de tu nueva casa, una caja de 1,70 de largo y medio metro de ancho, a 12 palmos de profundidad, donde la humedad y las lombrices son tu única compañía.

Dulce M.

En el cementerio, todos los trabajadores de la comisaría estaban alrededor de la tumba de Dulce. Anahí, solamente lloraba desconsoladamente. Era necesario decir unas palabras, y el turno era el de Enrique.

- Compañeros, compañeras y… amigos, es muy difícil resumir en pocas palabras lo que era Dulce para mí, para nosotros –Enrique miró a su hija destrozada, luego regresó su mirada a la tumba- Dulce Espinoza fue una buena policía. Fue… fue una buena policía, casi hasta el final, que se torció… un poco. Pero era una mujer en la que podías confiar, bueno… se podía confiar cuando se podía… no siempre… Pero cuando se podía, era al 100% -Respiró hondo, casi al borde del llanto- Esto es muy complicado… ¿Alguien tiene algo que decir? –Pero lo único que se encontró fue el silencio, y miradas perdidas en la nada- No sé… no sé qué más puedo decir…
- Amén, Enrique, di Amén –Dijo Franco, apurándolo para que terminara de una vez, pues estaba metiendo la pata.

Le llegó el turno a la madre de Anahí.

- Yo no sé si Dulce era una buena policía o no, me da igual. Lo que sí sé es que… para mí era mucho más que eso, era una hija… Los hijos se juntan con compañías malas, te dan miles de disgustos, eligen la novia que menos te podías esperar… -Dicho esto, miró a su hija- Pero, hagan lo que hagan y sean lo que sean, siguen siendo tus hijos… y les vas a querer siempre.

Tras esto, había terminado. Nadie más se atrevió a tomar la palabra, mucho menos Anahí, que no tenía ni fuerzas de tenderse en pie. Hicieron el enterramiento militar, como ocurre cada vez que fallece un policía. Y la enterraron junto a la bandera española y su placa.

- Anahí… la comandante Salgado me ha dado esta caja, son algunas pertenencias que tenía Dulce en la comisaría –Dijo Franco, entregándole a Anahí dicha caja- He pensado que… lo mejor sería que la tuvieras tú.

Anahí, con la mirada en el piso y la respiración a mil por hora, sostuvo la caja en sus manos, sin más. La chica abrió la caja y, sin querer ver lo que había dentro, la volvió a cerrar y se la dio a su padre, echando a correr, siendo seguida por su madre.
La rubia se encontraba sentada en uno de los muros, su madre se sentó a su lado. Anahí tenía la mirada perdida, no hablaba, no se movía, no lloraba… nada.

- Quieres que nos vayamos a casa, ¿cariño?

Anahí respiró hondo un largo tiempo, sosteniendo el aire en sus pulmones para luego soltarlo.

- No, quería sentarme un rato aquí, sola.

El silencio se apoderó del momento, su madre solo la miraba.

- Cuando papá dijo si alguien tenía que decir algo sobre Dulce… ¿Sabes de qué me hubiese gustado hablar? –Su madre negó con la cabeza- De un viaje, las dos solas. De noche en una habitación, al lado del mar. De Dulce sentada en el porche, mirando las estrellas, como sé que le encanta… y yo tocando la guitarra, esa canción que le compuse –Contaba la rubia, con una tierna pero triste sonrisa en los labios.
- ¿Y eso cuando ocurrió?
Miró a su madre- Nunca –Negó con la cabeza- Nunca –Dijo, con rabia- Y lo peor es que… lo más bonito con Dulce estaba todavía por pasar.

Anahí quería gritar, llorar, decir miles de cosas. Pero un nudo en la garganta le impedía pronunciar palabra, expresarse.
La madre de Anahí le extendió la mano y ella la cogió, apretándosela fuerte.
Entonces, vinieron a Anahí las imágenes vividas con Dulce, de las primeras a las últimas. Y, después, recordó el momento, hacía solo unos minutos, en que veía un gran hueco en el suelo y la tumba de Dulce abajo, mientras la tierra iba cayendo encima de ella. Sintiendo como, mientras Dulce desaparecía, ella también lo hacía.
Dicen que cuando vas a morir ves toda tu vida en un segundo, como una película en primera fila y pantalla gigante. Te ves el primer día de colegio, nerviosa por lo que vas a encontrarte; a tu madre, cocinando tu comida favorita; tu primera borrachera en la fiesta de graduación; tu primer viaje y la emoción del momento… A tu chica, dormida, después de vuestra primera noche… Si lo piensas, es bonito dedicar los últimos puñeteros segundos que vas a pasar en este mundo a ver la película de tu vida. Sí, qué bonito… Lástima, también, que a mí no me diera tiempo.
Dulce M.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:57 pm

Capítulo 16

Con el alma en pedazos y sintiendo que mi vida ya no tenía sentido, salí del cementerio junto a mi padre, que me abrazaba por el hombro.

- Anahí, quiero que me escuches bien. Tienes que saber que todo lo que he hecho en mi vida, todo… Lo he hecho pensando que era lo mejor para ti.

Entonces, saqué la fuerza y el valor de dónde no lo tenía y le respondí.

- ¿Sabes qué era lo mejor para mí? Escuchar a Dulce reírse por las mañanas, que me picara el ojo y me sonriera, haciéndome temblar como solo ella sabía –En ese momento, miles de flashback vinieron a mi cabeza- El olor de cada uno de sus besos –Recordaba todos y cada uno de ellos, mientras iba dirigiéndome al coche con el mundo desmoronándose a mi paso.

Sin más, mi padre abrió la puerta del coche con las ventanas tintadas y, casi obligándome a entrar, miré el interior del vehículo. Entonces…. Entonces la luz volvió a mí, el corazón me dio un vuelco, las piernas me flaquearon, los ojos se me llenaron de lágrimas y la piel se me erizó. Era Dulce… la tenía allí, frente a mí… sentada, con gafas de sol oscuras. Yo, con la respiración a mil por hora, solo la miré, petrificada. Ella se quitó las gafas y me miró, firme. No entendía nada, nada… Mi padre me empujó suavemente por la espalda y me obligó a entrar, cerrando la puerta.
Dulce se abalanzó sobre mí, me abrazó fuertemente, aferrándose a mí como nunca antes había hecho. Sin embargo, en cuanto sentí sus brazos rodeándome, yo lo único que pude hacer fue llorar y golpearla, con rabia, con desespero, incluso con odio.

- Tranquila, tranquila… -Me susurraba al oído.

Pero no había calma ninguna que pudiera encontrar, no cuando hacía quince minutos había visto como la enterraban y, ahora, la tenía abrazándome. No cuando creía que había perdido mi otra mitad, no…
Yo solo lloraba y la golpeaba, una y otra vez, una y otra vez… hasta quedarme sin ni si quiera fuerzas.

- Lo siento, mi amor… Lo siento, lo siento, lo siento… -Me decía, con la voz rota.

Yo era incapaz de razonar, incluso de escuchar.

- Lo siento Any, lo siento… Tenía que hacerlo… Tenía que hacerlo así. Era la única forma, ahora creen que estoy muerta… -Explicaba, mientras yo la alejaba de mí y la miraba a los ojos, necesitando ver la luz en ellos, para demostrarme a mí misma que no estaba volviéndome loca- Somos libres cariño, somos libres.

Con la cara llena de lágrimas, pegué mi frente a la suya y la besé, con rabia, con pasión, con amor, con deseo… con una mezcla inexplicable de sentimientos.
Volví a alejarme de ella y la miré, sin poder creerme que la tuviera frente a mí. Sonreí y, automáticamente, volví a llorar, llevándome las manos a la cara y negando con la cabeza. Era tan increíble… Volví a abrazarla.
Tras dedicarme largos segundos para aspirar su aroma, volví a separarme y comencé a tocarla por todos lados. Su cara, sus manos, su pelo, sus labios… Era increíble que, después de haber pensado que había perdido todo, la tuviera frente a mí.

- Pero… ¿qué pasó? –Hablé por fin, necesitando una explicación lógica para todo aquello.

**
Después de grabar el vídeo para Anahí, en el que solo intenté quedar como una aprovechada y que ella pudiera declarar en mi contra, me dirigí a la furgoneta. Una vez allí me fumé el último cigarrillo que me quedaba y respiré hondo. Metí la llave de contacto y, justo cuando iba a poner en marcha el vehículo, Franco se asomó por la ventanilla exasperado.

- ¡Bájate del coche, vamos! ¡Acabo de ver a Allison!

Sin entender nada, quise sacar la llave, pero él me lo impidió.

- ¡No toques nada, bájate!
- ¿Qué pasa? –Preguntó Enrique, corriendo hasta nosotros.
- He visto a Allison irse con un coche –Explicaba Franco, mientras yo me bajaba del coche.

Nos agachamos y comenzamos a inspeccionar la furgoneta, para asegurarnos de que no había ningún peligro. Pero no fue así. Con cinta de celo negra, para que se camuflara con el coche, había un gran cable que llegaba hasta el depósito de gasolina, con el que, si hubiera puesto el vehículo en marcha, hubiera volado por los aires.

- Hija de… -Dije, al darme cuenta de que Allison había intentado matarme.

**

- Todo es un montaje, todo… -Continuaba contándome Dulce- Usamos la trampa de Alison, para que ella y el CNI creyeran que había muerto –Yo la miraba con una sonrisa, pero los ojos y la cara encharcados de lágrimas- A Franco se le ocurrió que podíamos coger uno de los cadáveres no identificados del CSI y darle el cambiazo para que creyeran que era yo. La pusimos en la furgoneta, con mi ropa, para que quedase carbonizado en la explosión.

- Pero… pero… -Decía yo, sin poder aún hablar muy bien- Identificaron restos de tu ADN, solo quedó un diente…
Ella sonreía y me secaba las lágrimas- El diente era de hace unos años, cuando me caí por las escaleras y me partí la paleta, ¿te acuerdas? –Me reí, recordando aquel momento- Mi padre lo guardó como recuerdo y lo usamos. Y… pues solo necesitamos poner también algunos pelos, con eso tenían suficiente ADN que extraer –La abracé, con desespero, no podía dejar de hacerlo- Luego hicimos explotar la furgoneta, pero de verdad –Continuaba ella- Colocamos de nuevo el cable en el depósito de gasolina, amarramos un hilo bien largo a la llave y nos alejamos lo máximo posible. Desde allí tiramos del hilo y… bum, explotó. Pero antes habíamos dejado el pelo y los dientes, además de mi ropa, para que los encontraran y las pruebas genéticas comprobaran que era yo.
Acaricié su cara y la volví a abrazar, miles de veces, las que hicieran falta. Agarré sus mejillas y la besé, ahora con amor y ternura.
Sin embargo, mi padre tocó en la ventanilla y abrió la puerta, asomando la cabeza.

- Tenéis que iros antes de que os vea alguien –Dulce asintió con la cabeza- Ya está todo preparado.

¿Todo? ¿Preparado? Yo no entendía nada. Los miré, inquietantemente.

- Anahí, mírame… -Obedecí, mirando a mi padre, quien me observaba con una triste sonrisa- No te preocupes por mamá, ¿vale? –Comencé a ponerme nerviosa, más aún- Yo se lo explicaré todo cuando lleguemos a casa, ella lo va a entender –Sonrió y llevó su mano a mi cara- Queremos que seas feliz y… solo vas a ser con esta desgraciada –Bromeó, provocando una sonrisa por parte de Dulce- Toma, Dulce –Dijo, entregándole un arma.

Seguía sin comprender nada, pero eso era lo que menos me importaba ahora. Abracé a mi padre como nunca antes lo había hecho, sin poder evitar que las lágrimas, rebeldes, salieran de mis ojos.

- Te quiero –Me dijo, con la voz rota.
- Y yo, papi.
- Te quiero, te quiero, te quiero.

Mientras mi padre me abrazaba, Dulce agarró su mano, emocionada también. Me dio diversos besos en la mejilla y rompió el abrazo, para agarrar nuestras manos.

- Os quiero, os quiero mucho. Y ya… márchense.

Después de dedicarme una sonrisa, mi padre cerró la puerta y Dulce se pasó a la zona delantera del coche, sin salir de él. Lo puso en marcha y nos marchamos… muy lejos.
Huimos, en dirección a quien sabe dónde, pero juntas. Paramos en una gasolinera, repostamos combustible y comenzamos el viaje.
Horas después, ya muy lejos de nuestra ciudad, Dulce hizo el coche descapotable, permitiéndome sentir el viento golpeando mi cara, respirando el maravilloso aroma de la naturaleza. Nos encontrábamos en medio de la nada, casi como un desierto y, al menos yo, desconocía nuestro destino.
Nos empeñamos en buscar la felicidad cada día, sin darnos cuenta de que es ella quien tiene que encontrarnos, y eso será donde menos te lo esperas… En el instituto, en el supermercado, en una sala de tiros o en mitad de un operativo de alto riesgo en una cárcel.
Cuando llega descubres que ahí no acaba todo, que el final de un camino, solo es el principio de otro. Y, lo único importante, es la persona que escoges para que camine a tu lado, aunque sea para esconderte en un desierto... Esconderse es lo que menos te importa, lo que importa es que estás tocando con la yema de los dedos eso que has estado soñando toda tu vida. Y ya solo importa el hoy, el presente… y lo que queda por venir. Porque no se puede borrar lo que ya está escrito y porque, la vida, es aquello que te sucede, mientras tú tratas de hacer otra cosa.

Anahí P.
RESPONDER

Con la luz del atardecer reflejado en mis ojos vi, a lo lejos, un maravilloso pueblito, en el que destacaba una preciosa Iglesia. No pude evitar sonreír y mirar a Dulce, feliz. Cuando era más joven, hace algunos años, siempre le contaba que soñaba con casarme en una ermita, una Iglesia, alejada del mundo.
Detuvo el coche y nos bajamos, yo impaciente. La enorme sonrisa era imborrable, no podía ocultarla. Ella se colocó detrás de mí y me abrazó por la cintura.

- ¿Es esta? –Preguntó casi en un susurro, junto a mi oído.
- Sí… -Respondí, emocionada y feliz- Es… es esta, la iglesia, la ermita… de mis sueños. Tal y como la imaginé.

Sin embargo, ella no pudo responderme. A lo lejos vimos una camioneta de la policía, con las luces puestas y la sirena sonando, a toda velocidad. Me asusté y me dirigí rápidamente al coche, ella me pidió que mantuviera la calma. El coche se dirigía hacia nosotras y yo cada vez estaba más nerviosa.

- Arranca –Pedí, cuando las dos estábamos ya metidas de nuevo en el coche.
- No –Respondió seriamente, observando el coche, sacando una pistola.
- Dulce, ¿qué haces? –Dije, estupefacta.
- Tranquila –Repitió.

Ella cargó el arma y la sostuvo en sus manos, bajo el volante, mientras observábamos como el coche estaba a tan solo unos metros de nosotras. Respiró hondo cuando estaban justo pasando a nuestro lado.
Los dos policías, en el interior del vehículo, se quedaron mirando para nosotros, reduciendo la velocidad.

- Buenos días –Saludó Dulce con una sonrisa.

Ellos guardaron silencio un momento, después respondieron.

- Buenos días.

Dicho esto continuaron el camino, permitiéndome, ahora sí, relajar mi musculatura y que mi respiración volviera a su estado normal. Dulce guardó ahora sí la pistola y golpeó el volante, con rabia.

- ¡Mierda! –Gritó, yo solo la miré- Nos tenemos que ir de este país, a donde sea. Brasil, Camboya, Portugal… me da igual, ¡donde sea!
- ¿Cómo? –Ella guardó silencio, mirando el horizonte- No tienes pasaporte, no tienes documentación… nada.
- Tengo un confidente que me puede conseguir un pasaporte falso.
- ¿Un confidente? –Pregunté, con sarcasmo. Ella asintió con la cabeza- Un confidente que lo primero que va a hacer es ir a comisaría para decir que sigues viva y conseguir una recompensa de 500 euros.
- Bueno, ¿¡qué quieres que haga!?

Dulce estaba nerviosa, nunca la había visto así. Golpeó nuevamente el volante, apoyando la cabeza sobre él.

- Vamos a pedirle a mi padre que te saque un pasaporte falso –Propuse.
- No, ni de coña –Respondió al instante- Ya le hemos perjudicado bastante, no le voy a pedir eso, no.
- Lo hará por mí, Dul –Insistí, agarrando su cara y consiguiendo que me mirara- Lo necesitamos, ese pasaporte es nuestro último obstáculo.

Ella suspiró y puso el coche en marcha, sin darme una respuesta en claro.

**

Horas más tardes nos habíamos instalado en una pequeña casita, con vistas al mar y una preciosa terraza, como en los sueños de Anahí. Por la noche, fuimos a dar un paseo y hacer un pequeño picnic en la playa.
Estaba feliz, contenta, enamorada… quería a esa mujer con todo mi corazón, incluso más que a mí misma. Pero había algo que continuaba inquietándome, Alison y la PDA de Salazar. Con la PDA me refiero a la especie de móvil que le quité al huir del centro comercial, a la que, diariamente, llama 8 veces un mismo número.
Fue Anahí la encargada de hacerme salir de mis pensamientos, abrazándome por la espalda y dándome un tierno beso en el cuello.

- ¿Te das cuenta? –Me susurró- Hoy, en el desierto… y en la carretera, con el coche de policía, la iglesia, el pueblecito… Es como todas las imágenes y sueños que tenía, como si ya lo hubiera vivido.

Yo la escuchaba con una sonrisa, respirando hondo y aspirando su aroma.

- ¿Sabes una cosa? –Dije- Nosotras tenemos todo el tiempo del mundo y, a lo mejor… este no es el mejor momento para que se cumplan las imágenes. ¿Qué te parece?

Ella, algo triste, asintió con la cabeza. Sé lo que ella quería, sé que le hubiera encantado que en ese momento le pidiera que se casara conmigo, pero… no podía. Para comenzar mi vida con ella, una vida normal, antes debía terminar lo que ya habíamos empezado.
Al regresar a la casa, Anahí prefirió quedarse fuera tocando la guitarra, a la luz de la luna. Mientras, yo entré a ducharme. Al salir me tendí sobre la cama y vi encima de la mesa de noche la PDA, sin poder evitar inquietarme de nuevo. La cogí y me dispuse a inspeccionarla. Entré al apartado que ponía “Protegido”, pero me pedía una clave para acceder, exactamente con 14 dígitos.
Respiré hondo, cogí un papel y un boli y dibujé 14 pequeñas líneas discursivas. Comencé a pensar, a probar palabras. “Operación Kaiser”, demasiado largo. “SalazarAllison”, entraba a la perfección. Sonreí y lo introduje en el aparato, pero la clave era incorrecta. Probé al revés, “AllisonSalazar”, pero tampoco. Mi paciencia comenzaba a agotarse cuando escuché los acordes provenientes de la terraza y su maravillosa y dulce voz cantar.

No sé por qué me gusta así
Tenerte tras mi espalda
Pintándome palabras, tú
Estate quieta y ven aquí…
Eres como una niña grande
Manejando un tanque, de papel…

Automáticamente dejé de lado mi tarea y salí a la terraza, para encontrarme con la imagen más bella jamás vista.

Di que todo esto, tan solo es vendaval…
Y me haré cometa.
Di que todo esto, tan solo es una canción…
Y caeré rendida.

Me miró y me sonrió, sin dejar de tocar.

No sé por qué me gusta así
que nadie sepa lo que es
Saltándome las reglas voy
a imaginarme un día más
En el porche de cualquier motel
Y hacer cosquillas en tus pies…

Me puse frente a ella y le sonreí, ella correspondió y continuó la canción.

Di que todo esto, tan solo es vendaval…
Y me haré cometa.
Di que todo esto, tan solo es una canción…
Y caeré rendida.

Como si de una fuerza magnética se tratara, me senté a su lado, hipnotizada con el azul de sus ojos.

Cuando pasas cerca, es difícil respirar
Y si te veo temblar
sé que estas igual que yo…
Dos burbujas de jabón, que no paran de subir.
Este es un nuevo Big Bang
Este es nuestro Big Bang….
Di que todo esto, tan solo es una canción…

Al escucharla cantarme esa canción algo se accionó en mi interior… no sé el qué, pero algo grande, muy grande. ¿Por qué esperar? ¿Y si el mundo se acaba? ¿Cuando iba a tener un momento tan bonito como este para casarme con ella? Era este, este era el momento, el lugar, la ocasión... y no lo iba a desaprovechar.

A la mañana siguiente proveché que Anahí estaba durmiendo y me levanté de la cama, después de darle un beso en la frente. Me dirigí a la terraza con el móvil y llamé por teléfono a Enrique.

- ¿Sí?
- Enrique, soy Dulce.
- ¿Qué pasa? ¿Ha ocurrido algo?
- No, no, todo bien, no te preocupes.

Escuché como Marichelo, la madre de Anahí y esposa de Enrique, le rogaba a su marido que pusiera el altavoz.

- Hola, Marichelo –Saludé con una sonrisa, feliz de escucharla.
- ¡Cariño mío! Hola, no sabes cómo me alegro de oírte.
- Y yo de que me oigas.
- Dulce… Dime que vas a cuidar de Anahí, que es lo mejor para ella… Dime que todo va a salir bien.
- Marichelo… lo único que te puedo decir es que estoy enamorada, que la amo, con todo mi corazón.

Ahora pude oír como ambos, al otro lado de la línea, reían de felicidad.

- Dulce, ya te he enviado el pasaporte –Dijo Enrique- A nombre de Anahí, yo creo que llegaran antes de las 10.
- Vale, escucha, necesito que me mandes más documentos.
- ¿Qué documentos?
- La partida de nacimiento de Anahí… y la mía.
- ¿Y para qué quieres las partidas de nacimiento? –Decía él, sin comprender nada.

En ese momento, guardé un largo silencio y respiré hondo, buscando las agallas para pronunciar las siguientes palabras.

- Pues… nunca he hecho las cosas como Dios manda, Enrique. Así que por una vez… lo voy a hacer. Voy a casarme con ella.

Al otro lado de la línea, Enrique y su mujer lo celebraban, mientras yo solo podía sonreír y reírme. Sentí la presencia de alguien detrás de mí y me giré, encontrándome con Anahí, emocionada y sorprendida, mirándome.

- Enrique, ¿podría tener las partidas de nacimiento hoy? Antes de las ocho.

Anahí sonrió y se llevó las manos a la boca, llorando de emoción.

- ¡Como si te las tengo que llevar yo en patinete! ¡Claro que sí! –Respondió su padre emocionado.
- Lo único que siento es que no seáis vosotros quienes nos lleven al altar.
- No pasa nada –Él estaba emocionado- Ya verás como el día menos pensado nos vemos aquí los cuatro comiendo una rica paella.

Anahí y yo nos mirábamos, solamente eso. Ella sonreía y lloraba, todo a la misma vez. Yo… yo... solo podía admirarla.

- Cariño… -Dijo Marichelo al otro lado de la línea, haciéndome regresar a la realidad- Si puede ser me gustaría que fuera de blanco.
- Se lo diré.
- Y… -Continuó ella, con la voz rota- Y que la Iglesia sea muy bonita.
- Es preciosa –Corroboré ya emocionada yo también.

En cuanto colgué, Anahí se abalanzó sobre mí y nos fundimos en un loco beso, para culminarlo con un fuerte abrazo.

- Bueno, pero ahora hace falta que me respondas… -Dije, rompiendo el abrazo- ¿Quieres casarte conmigo?
- ¡Si quiero, claro que quiero!

Eufórica, regresó a la habitación a preparar miles de cosas. Yo fui unos minutos a dar un paseo, a coger aire y, cuando volví, ella ya no estaba, pero me había dejado una nota: Vuelvo enseguida, tengo que encontrar algo prestado, algo nuevo y algo azul. Te amo, firmado: la novia de la novia.
La PDA comenzó a sonar nuevamente, yo la cogí entre mis manos. Ya no sabía qué debía hacer, si responder o no. Dejé que sonara, como siempre. Pero esta vez… un impulso me llevó a darle al botón verde y llevármelo al oído. No hablé, no podía correr el riesgo de que escucharan mi voz y me localizaran. Pero al otro lado de la línea tampoco pronunciaron ni una sola palabra. Así que, al cabo de casi medio segundo, corté.
Miré el número, me parecía bastante extenso y algo curioso. Lo apunté en la libreta de la noche anterior, tenía exactamente 14 dígitos. Los introduje en la PDA y, esta vez sí, la clave era correcta. Había conseguido entrar. Pasé toda la información a mi portátil y comencé a investigar, tomando apuntes.

**

Después de hacer todas las compras, regresé a nuestra habitación. Al entrar la encontré absorta en el escritorio, atareada, con miles de papeles y mirando la pantalla del ordenador. Me detuve frente a ella varios segundos, pero de nada sirvió, pues no se percató de mi presencia.

- Tss –La llamé, consiguiendo, ahora sí, que levantara la vista- Ya está, han llegado… Tu pasaporte y nuestros certificados de nacimiento –Informé, sacando la documentación de un sobre- Además hay dos billetes para la luna de miel para Natal, Brasil –Ella me miró, algo desorientada- Tenemos que estar en el aeropuerto de Sevilla a las 12 de la noche.
- ¿A las 12?
- Sí, ¿por? ¿No te viene bien?
- Claro… claro que me viene bien, ¿cómo no me va a venir bien?

Dulce estaba extraña, bastante extraña.

- ¿Segura? –Dulce se rio sarcásticamente, pero de forma muy... sarcástica, quizá- No me irás a decir ahora que no nos vamos, ¿no?
- Sí, sí… si no… ósea… -Se llevó las manos a la cabeza y respiró hondo. Se puso de pie- Olvídate de esto –Dijo, señalando el ordenador- Estaba… solo estaba haciendo tiempo, me aburría. Pero… vamos… que sí… que…
- Hazlo –Ella me miró sorprendida, yo comencé a acercarme- Vete, termina lo que tengas que terminar –Agarré sus mejillas- Y coge a todos los malos –Dulce sonrió, asintiendo con la cabeza- ¿vale? Pero no te olvides de que tenemos una cita.
- A las ocho –Asintió con la cabeza, sonriendo- Y no pienso llegar tarde.
- Supongo que no servirá de nada si te pido que me dejes ir contigo…

Al instante, ella negó con la cabeza.

- No puede ser, tienes que estar aquí, tienes que darle las partidas de nacimiento al párroco y te tienes que preparar para que, cuando te vea, no quiera soltarte nunca más.

Lo que no sabíamos era… que quien había realizado aquella llamada sin respuesta, no había sido otra persona que Allison. Quien estaba buscando con desespero la PDA de Salazar, pues ahí estaba toda la información. Dulce, al responder a la llamada, había conseguido que el GPS de Allison detectara el lugar en el que nos encontrábamos. Y, ahora, ella se dirigía hacía aquí. Lo peor de todo es que Dulce se iba a marchar, y yo era quien se iba a quedar sola… sola, para enfrentarse con ella.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:57 pm

Capítulo 17

Llevo 20 años soñando con la boda de mi hija y siempre me había imaginado un lugar así. Un lugar apartado, en el campo, en una ermita con olor a sacristía y azahar, con pocos invitados, los íntimos, los de toda la vida… Imaginaba a mi padre, Ricardo, con unas copas de más, repartiendo abrazos a todo el mundo. A Enrique, emocionado, con la mirada fija, los ojos brillantes y aguantando el tipo. Y a la novia… que parece que no va a llegar nunca a la boda, pero que terminará esperando en el altar, con miedo de que no llegue la otra novia, en este caso.
Llevo 20 años soñando con su boda y dicen que… cuando sueñas con una boda, significa que se acercan tiempos de prosperidad.
Pero yo nunca he creído en los refranes.
Las bodas son alegría, color, porvenir… lo que nadie se puede esperar de una boda es que sea peligrosa, y mucho menos la de tu hija.

… Faltan 7 horas…

- Señores, todo lo que vais a oír es alto secreto y estrictamente confidencial –Dijo Enrique, frente a sus compañeros más cercanos y de confianza, mientras cerraba las ventanas de la sala de reuniones- Nadie, ni el comisario, ni el CNI, saben lo que os vamos a contar a continuación. Por eso… os tengo que pedir código silencio –Todos y cada uno de ellos asintieron con la cabeza- Sabemos dónde y cuándo va a actuar el Káiser, podemos reventar el robo del siglo y también… limpiar el nombre de alguien que conocemos todos –Respiró hondo- No puedo pediros que os quedéis, porque vamos a cruzar la línea, los límites. Si alguien se arrepiente o no quiere participar, que dé un paso adelante.

Nadie se movió, lo que le indicó a Enrique que todos estaban de acuerdo. Sin más, abrió el portátil, entró en la aplicación “Skype” y comenzó una video llamada. Al otro lado de la pantalla apareció Dulce. Todos se sorprendieron, algunos rieron, lloraron… otros, simplemente, se quedaron estupefactos.

- Esto es un vídeo, ¿no? –Preguntó uno de ellos.
- Nada de vídeos, estoy viva –Respondió Dulce- Lo siento, siento haber hecho que pensarais que estaba muerta, pero no me quedaba otra.

Dulce explicó con lujo de detalles todo lo ocurrido esas últimas semanas, sin ser interrumpida en ningún momento.

- El robo del siglo va a ser dentro de 4 horas –Comenzó con lo importante- En Murcia, en la base militar, y os necesito a todos.
- ¿Qué base militar? ¿La del ejército del aire? –Preguntó un compañero, sorprendido.
- La misma –Respondió Franco, aparentemente indignado.
- Ya sé que es peligroso –Continuó Dulce- Pero esta gente ha matado, ha secuestrado, ha robado, ha torturado… y va a seguir haciéndolo, hasta que nosotros los paremos. ¡Y los vamos a parar! –Tras esa exclamación, se creó un silencio en la sala, nadie parecía muy convencido- Lo único es que tendremos que hacerlo de extranjis porque, a estas alturas, el CNI no me va a creer. ¿Estáis conmigo?

Después de que se creara un ambiente un tanto incómodo, Enrique y Franco fueron los primeros en decir que sí, siendo seguidos por el resto de compañeros.

- Muchas gracias, chicos. Solamente una cosa… Vamos a tener que darnos un poco de prisa, porque a las 8 tengo otra cita –Todos la miraron, sin comprender- Que me caso –El asombro no salía de las caras de ellos- Con Anahí –Y eso fue lo que lo remató- Nada, una larga historia.
Tras escuchar la noticia completa, algunos reaccionaron mejor y otros peor, pero todos felicitaron a Enrique.

**

Estaba en bañador, dispuesta a marcharme un rato a la playa para broncearme, quería estar perfecta esa noche. Pero antes, llamé a mi prometida.

- Solo te puedo decir que será… blanco, con adornos blancos, zapatos blancos y todo a juego con mis dientes blancos.
- Con una novia tan guapa creo que voy a desentonar.
No pude evitar reírme- Ni de broma, cariño… Solo no llegues tarde, como no estés ahí a las 8 menos cinco, te buscas otra novia.
- Mi amor, a las 8 menos diez estoy ahí, vestida, desnuda y con apendicitis, si hace falta, ¿vale?
- Tú has lo que tengas que hacer, desmonta el robo del siglo, atrapa al Káiser, salva al mundo, ¡pero ni se te ocurra llegar a la boda más tarde que yo!
Escuché como se reía. Y, después de despedirnos y mandarle un beso enorme, colgamos.

**

En el bar, Marichelo, junto a algunas amigas y compañeras de Anahí, estaba planeando una video llamada por Skype. Les costó varios intentos pero, tras mucho esfuerzo, consiguieron comunicarse con la rubia, quien ya había vuelto de la playa y se encontraba tumbada en la cama, usando el móvil para la llamada.

- Amor… después de esta sabia materia de consejos –Dijo su madre, con ironía, pues las amigas le habían dicho de todo menos cosas decentes- Te quería decir una cosa… Que me da mucha envidia la boda que vas a tener –Anahí sonrió, emocionada, escuchando a su madre- Una pareja que se quiere, fugitivas, escondidas… Vas a tener una boda sin tarta, sin discursos aburridos, sin la famosa espada para cortar el pastel… Vas a tener la boda más bonita del mundo. Y que te quiero mucho, hija, mucho.
- Yo también te quiero, mamá –Secándose unas lagrimillas que habían salido de sus ojos- Muchas gracias.
- ¡Venga, a brindar! –Gritó una de las amigas.
- Esperad, voy a por una copa.

Dicho y hecho, Anahí corrió a por una copa y, grabándose con el móvil, extendió la mano con la copa.

- Ay no… hija mía, no brindes con agua, que eso da muy mala suerte.
- A mí no, porque soy la mujer con más suerte del mundo.

**
…Murcia, base militar del ejército del aire…

Me encontraba ya dentro, vestida con la ropa militar, camuflada y con la moneda de la buena suerte que Anahí me había regalado, en la mano. La apreté fuerte, respiré hondo y la guardé en mi bolsillo, todo iba a salir bien, lo sabía.
Llegaron mis compañeros, entre ellos Enrique y Franco, también camuflados. Los saludé, enormemente feliz por verlos de nuevo.

- ¿Qué hacemos aquí, Dulce? –Preguntó Franco, seriamente, algo que me sorprendió.
- La PDA de Salazar indicaba este sitio y esta hora, y una clave: BCD671… -Ellos me miraron, atentos- No tengo ni Oops! idea de lo que significa –Confesé- Lo único que sé es que el golpe del siglo va a ser aquí, ahora. Y que nosotros vamos a agarrar al Káiser, ¿vale? Y si nos damos un poco de prisa… os puedo invitar a mi boda –Concluí, con una sonrisa.

Franco, nervioso, me propuso algo:

- Dulce, tú vas a llegar tarde a tu boda. ¿Por qué no te marchas y nosotros terminamos con esto? –Estaba extraño, demasiado.
- Esto lo he empezado yo, y esto lo termino yo.

De repente, escuché como una especie de reloj empezaba a sonar, detrás de mí. Al girarme observé que Enrique tenía entre las manos un mediano reloj de madera, de esos de cuco, que suena cada hora en punto, haciendo un ruido ensordecedor.

- ¿Qué es eso, Enrique? –Pregunté.
- Un reloj de cuco.
- Sí, ya, ya lo veo. ¿Cómo se te ocurre traerlo aquí? Estás llamando la atención.
- Es… es…. El regalo de Marichelo por vuestra boda –Explicó por fin, haciéndome sonreír- Como no puede venir, pues… me rogó que lo trajera, quiere que Anahí lo tenga –Asentí con la cabeza, emocionada.
- Dulce… -Me llamó Franco- Quiero que sepas que… yo siempre voy a estar contigo.

Sin dudarlo, me abracé a él. Entonces, aprovechó ese momento para llevar su mano a la parte trasera de mi pantalón, donde tenía mi pistola y, sin que yo comprendiera nada, me desarmó. En ese momento, la comandante Marina y el comisario, acompañados de varios policías, entraron en escena al grito de:

- ¡Quietos! ¡Policía! Al suelo todo el mundo.
- ¿Qué es esto, Franco? –Preguntamos Enrique y yo.
- Lo siento, lo siento mucho… Al suelo –Exigió, apuntándonos con el arma.

Franco nos había delatado, me había delatado… Teníamos problemas. Mientras los demás se arrodillaban, intenté echar a correr, pero el comisario me detuvo.

- ¡Dulce! –Gritó, apuntándome con el arma, consiguiendo que me parara.
- Dulce, si das un paso más, voy a disparar –Añadió la comandante- Las manos a la cabeza –No obedecí, no podía permitirme caer ahora- ¡En la cabeza o disparo!

- No dispares, Marina –Pidió Franco.

Mientras ellos discutían, al frente, a tan solo unos metros, divisé un avión militar con el siguiente código: BCD671. Era la clave… lo había encontrado.

**

Me pidieron que les enseñara mi vestido y, entre risas, se los mostré, a través del móvil.

- ¡Chicas! –Las llamé, pues tenían la música a todo volumen y ni me escuchaban- Que… me tengo que ir a prepararme, que ya solo faltan unas horas –Dije con una radiante sonrisa- Cuando me veáis la próxima vez llamadme señora de Espinoza. Y no te preocupes mamá, que lo voy a grabar todo con el móvil para que puedas verlo, ¿vale?

- Te quiero –Finalizó ella con una sonrisa.

- ¡¡Y yo a ti!!

Me despedí de ellas, dejé el móvil sobre la cama y me dirigí al baño. Lo que yo no sabía era que, sin querer, se me había olvidado desconectar la video llamada y… menos mal que fue así.

**
Mientras Anahí charlaba felizmente con sus amigas y su madre, Alison había aparcado frente a la pequeña casita que habían conseguido alquilar las chicas. Al acercarse a la puerta, empuñando su arma, escuchó hablar a la rubia y sus risas, por lo que decidió esperar a que cortara la llamada. Una vez hecho, rompió una de las ventanas y entró sin llamar demasiado la atención.

- Ay, no ha apagado la video llamada. –Dijo la madre de Anahí, al darse cuenta de que su hija entraba en el baño y la llamada seguía activa.

Allison inspeccionó el cuarto, aprovechando que Anahí estaba en el baño. Observó el vestido de novia, por lo que supuso que la rubia se iba a casar y que, probablemente, Dulce no había muerto.

- ¿Hay… hay alguien con ella? –Preguntó una de las amigas, al ver las piernas de Allison en la pantalla.

Vio la PDA sobre la mesa de noche y, cuando quiso cogerla, Anahí salió del baño. En cuanto la vio, Allison la apuntó con el arma, consiguiendo que la rubia se quedara totalmente petrificada y sorprendida al verla allí. A pesar de ello, fue muy ágil y, en un rápido movimiento con su pierna, consiguió darle una patada a la mano de la francesa, lanzando la pistola a la cama, permitiendo que la madre de Anahí y sus amigas pudieran verla y, por tanto, asustarse. Comenzaron, entonces, una pelea.

- ¡Se está peleando con alguien! –Dijo Marichelo angustiada- ¡Anahí, cariño!

Pero, por supuesto, la rubia no podía escucharla. Hacía lo posible por enfrentarse a Allison, pero ella era mucho más fuerte, rápida y estaba más preparada. Con facilidad consiguió tirarla a la cama y posicionarse encima de ella, dejándola inmovilizada.
Ahora sí… Anahí se temió la peor.

**

Dulce se dio la vuelta, ahora sí con las manos en la cabeza, haciendo frente a la comandante y al comisario.

- Dulce… otra vez no, hija –Rogó don Ricardo, sin dejar de apuntarla- Ya basta, no tienes salida.
- Don Ricardo… ¿Recuerda la cuarta frase del juramento del cargo de policía? –Preguntó la pelirroja.
- “Cumpliré con mi labor como agente de la ley con integridad, valor, arrojo y honestidad. Aunque para ello… para ello… -Suspiró- para ello tenga que poner en juego mi integridad física”.
- Integridad, valor, arrojo y honestidad… -Dijo Dulce, comenzando a bajar los brazos y dirigiendo su mirada al avión militar- Tengo que montar en ese avión, comisario.
- No Dulce, no.
- Lo juré, lo juré.
- ¡Dulce, si das un paso más voy a dispararte! –Gritó la comandante, al darse cuenta de que Dulce intentaba alejarse.

En ese momento, Enrique se puso en pie, frente a las pistolas, tapando el punto de mira a Dulce.

- Inspector Puente, está en la línea de fuego. ¡Al suelo, es una orden!

Sin embargo, Enrique no obedeció a las órdenes de la comandante Salgado, ni él ni el resto de compañeros, pues uno a uno se pusieron de pie, protegiendo a Dulce. La pelirroja aprovechó ese momento para echar a correr hacia el avión, siendo perseguida por el comisario y la comandante.
Una vez dentro Dulce corrió hasta unas cajas, intentando abrirlas, pero no tardaron en llegar y los policías la detuvieron, arrodillándola en el piso mientras don Ricardo y Marina la apuntaban.

**

Anahí consiguió darle algunos golpes a Allison, pero era incapaz de superarla físicamente. Tenía la pistola a tan solo unos centímetros y, a pesar de luchar con todas sus fuerzas, ninguno de sus intentos fueron efectivos.

- Así que… Espinoza está viva, ¿eh? –Decía, con las manos en el cuello de la rubia, comenzando a apretar- ¿Dónde está? –Anahí no respondió, comenzaba a sentir que el aire le faltaba y, a pesar de hacer esfuerzos por zafarse, le era imposible- ¿¡Dónde está!? ¡Habla!
- Dulce sabe dónde está el Káiser… y ha ido a por él –Respondió a duras penas.

En ese momento Allison comenzó a reír sarcásticamente.

- Lo dudo, lo dudo mucho –Eso dejó sorprendida a Anahí- Yo soy el Káiser.

Había averiguado por fin quién era el Káiser… Allison, siempre la han tenido en frente. Pero no tuvo tiempo de reaccionar, tras escuchar esa confesión Anahí sintió que las manos de Allison hacía cada vez más presión en su cuello, su riego sanguíneo comenzaba a detenerse y ella, aun así, sacó fuerzas de donde no supo para alcanzar la pistola. Comenzaron un forcejeo con el arma y, tras varios segundos… Marichelo y sus amigas escucharon dos disparos.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:57 pm

Capítulo 18

Mi madre decía que el matrimonio es un salto al vacío… Y que, para que todo funcione bien después de la luna de miel, hay que tener siempre los pies en la tierra.
Dulce M.

- No lo pongas más difícil Dulce, entrégate –Rogaba Franco desde atrás.
- ¿Por qué no le pones tú las esposas, Franco? –Respondió Enrique, enfadado.
- ¡Escúcheme! –Gritó Dulce, desde el suelo- Los planos de microfilm que les entregué al Káiser y su banda era de la reforma del Banco de España.

Tanto la comandante como el comisario se quedaron extrañados, no habían comprendido a Dulce
.
- ¿Entonces qué hacemos aquí? –Preguntó la comandante.
- Querían pinchar las cámaras, no querían entrar… querían saber lo que va a salir. ¡El secreto está aquí! –Gritó, señalando las cajas que tenía justo a su lado- ¡Aquí dentro! –Se puso en pie, con dificultades, pues el policía que la agarraba se lo impedía- Comandante, haga conmigo lo que quiera, pero por favor… infórmese de lo que hay en este avión.

Muy lejos de allí, Allison, el Káiser, había conseguido escapar con vida de la casita del pueblo, y ahora se encontraba, con una herida de bala en el brazo, dentro del camión. Se dirigió rápidamente a los ordenadores, desesperada por hacer algo.

- ¿Cuál es la carga? –Preguntó la comandante a uno de los militares que se encontraba dentro del avión.
- No estamos informados –Dulce se rio irónicamente al escuchar la respuesta del agente.
- El walkie –Exigió Salgado.

La comandante Marina cogió el walkie y se alejó unos metros, pidiéndole a Franco que continuara apuntando a Dulce. Exigió que le dieran la información del cargamento que iba en el avión y, al escuchar las palabras que sonaron a través de ese walkie, la pelirroja se dio cuenta de que todo era mucho más grande de lo que se esperaban.

- El cargamento son 50 toneladas de oro de la reserva nacional que han sido venidas al gobierno de la república popular china.

El comisario y la comandante, sin pensárselo dos veces, se dirigieron a las cajas y las abrieron, encontrando dentro de ellas grandes tabletas de oro. Justo en ese momento las puertas del avión se cerraron y los motores se pusieron en marcha. Nadie entendía qué pasaba, al dirigirse al puente de mandos del avión encontraron a los pilotos muertos. Supieron, entonces, que alguien había manipulado el avión con un virus informático y había conseguido ponerlo en movimiento, controlándolo a distancia. Ese alguien, no era otra persona que Allison Morris, el Káiser.
Por otro lado, Marichelo y las amigas de Anahí habían decidido ir a la comisaría para mostrarles la imagen de la video llamada de hacía solo unos minutos, para que pudieran rastrear alguna señal. Debido a los golpes y los movimientos de los forcejeos de ambas encima de la cama, era muy dificultoso escuchar con claridad lo que decían. Por lo que tardaron horas en averiguar las palabras que Allison pronunció, las que confirmaban que ella era el Káiser. Tardaron, lo importante es que lo consiguieron.
En el avión, la comandante Salgado consiguió contactar con la torre de control del aeropuerto. Ellos le confirmaron que alguien estaba controlando el avión a distancia, y que la única manera para solucionarlo era que alguien se pusiera al mando del avión, apagara los motores y planeara, para que ellos, desde la torre de control, pudieran reconducirlo. Enrique fue quien tomó los mandos de aquel avión. Tras varios movimientos bruscos y pasar unos muy malos minutos, consiguió estabilizar el avión y que, desde el aeropuerto, pudieran controlarlo.

- Estamos sobrevolando Almería –Informó Enrique, dentro de la cabina, junto a Dulce.

Esa información hizo a Dulce plantearse algo y, tras pensárselo varios segundos, abandonó la cabina, siendo seguida por Enrique.

- Me largo –Informó Dulce, mientras salía de la cabina.
- ¿Dónde cree que va, Espinoza? –Preguntó la comandante, observando como Dulce se dirigía a los paracaídas y comenzaba a ponérselos, con ayuda de Enrique- ¿Piensa saltar? –Preguntó, más que sorprendida- ¡Estás loca! –Gritó, apuntándola con la pistola nuevamente.

Pero eso no detuvo a Dulce, continuó poniéndose el paracaídas, sin ni siquiera mirarla.

- Comandante… acabo de abortar el robo del siglo y un posible conflicto internación con China –Dijo, ahora sí, mirándola.
- Me da igual, no pienso dejarla escapar otra vez… De rodillas y con las manos en la cabeza –Exclamó, mientras Enrique continuaba acomodándole la mochila que contenía el paracaídas.
- ¡Que no puedo! –Gritó, perdiendo ya la paciencia- No puedo, me caso –El comisario la miró, sorprendida- Si, don Ricardo… me caso con su nieta.
- Dulce… no puedo dejarte escapar –Insistió ella.
- Sí, puedes –Respondió seriamente.
- Puedes, Marina, puedes –Concluyó el comisario, retirando el arma de su compañera, provocando una sonrisa en Dulce.

Ya estaba todo listo, la mochila colocada, un casco, las rodilleras, y un gran nerviosismo recorriendo todo el cuerpo de la pelirroja.

- Dulce, cuida de Anahí, por favor –Rogó Enrique- Y las fotos, háganse muchas fotos, ¿está bien? –Dulce asentía con la cabeza- ¡Ah! El reloj, toma, el reloj –Dijo, dándoselo en las manos- Llévatelo, porque si no… mi mujer me mata.
- No te preocupes Enrique, me lo llevo y se lo doy a Any, ¿vale? Va a estar todo bien, no te preocupes.

Sin más, ambos se fundieron en un tierno y emocionante abrazo.

- Dulce –La llamó el comisario, consiguiendo que rompieran el abrazo y que Dulce la mirara- Cuida de mi nieta.
- Lo haré, comisario, se lo prometo.

Dicho esto, Dulce respiró hondo y dirigió su mirada a la puerta, estaba preparada.

- ¿Alguna vez has hecho esto? –Preguntó Enrique, disponiéndose a abrir la puerta.
- No, pero… siempre hay una primera vez para todo.
- Ten mucho cuidado.

Ahora sí, la puerta se abrió y un gran viento entró por ella, tanto que Dulce pensó que sería arrastrada al vacío. Contó hasta tres, cerró los ojos, metió su mano en su bolsillo y tocó la moneda de la suerte que Anahí le había regalado. Abrió los ojos, respiró hondo y, sin querer pensárselo más, saltó al vacío. No sabía muy bien cuándo debía abrir aquel paracaídas, y sentir el viento en la cara y la adrenalina en todo el cuerpo, no le permitía pensar con claridad. Así que, cuando comenzó a ver gran parte de la tierra que había bajo sus pies, abrió aquel paracaídas.

Sin saber muy bien aún cómo, Dulce consiguió aterrizar en medio de la nada. Se liberó del paracaídas y comenzó a caminar sin saber del todo hacía donde iba. El reloj le marcó que ya eran las siete y media, debía darse prisa, por lo que comenzó a correr. Al cabo de un rato observó una moto y corrió hacia ella, era un muchacho joven. Le rogó que la llevara hasta la ermita, indicándole la dirección del pueblo en el que se encontraba la casa que habían alquilado. Y, en menos de media hora, se encontraba ya allí.
Debía darse mucha prisa y prepararse lo antes posible. Aunque suene extraño, el sacerdote de aquella iglesia era una persona muy abierta y liberal, y había aceptado sin problemas a casarlas. Incluso, ayudó a Dulce con los preparatorios, contratando unos músicos para que tocaran durante la ceremonia, además de conseguirle un bonito traje. La pelirroja se dio una ducha rápida y se puso el vestido, se acomodó el cabello lo mejor que pudo y se calzó con unos zapatos también conseguidos por el sacerdote.
Ya estaba todo listo, solo faltaba la novia… Anahí. Con el reloj en mano y en el altar, se dispuso Dulce a esperar a su prometida.

**

Era lo más maravilloso y bonito que había vivido antes… A pesar de que todo fuera improvisado y bastante desordenado, estaba segura de que iba a tener la boda más bonita del mundo. Lo único malo eran los nervios que tenía, ahí, en el altar, esperando por Anahí, que ya se retrasaba 10 minutos. Respiré hondo, me tranquilicé… por lo menos lo intenté.
Media hora más tarde… continuaba sola frente al sacerdote, y mi nerviosismo solo iba en aumento.

- ¿Usted no la vio en toda la tarde? –Le pregunté.
- No hija, solo esta mañana, cuando vino a entregarme los papeles.

Quizá le había ocurrido algo, o quizá simplemente se había echado para atrás y había decidido que no era conmigo con quien quería pasar el resto de mi vida. Esas y miles de ideas más pasaron por mi mente durante esos minutos. Pasaron… hasta que unos instantes después las puertas de la ermita se abrieron y la banda comenzó a tocar. Entonces, la vi…. Maravillosamente hermosa, de blanco, color que resaltaba con el azul de sus ojos. Llevaba un ramo de flores en las manos y la luz iluminaba su piel de una forma… increíble. Nuestras miradas se cruzaron, me sonrió. Por un momento sentí que el corazón podría salírseme del pecho, sentía el riego sanguíneo en cada parte de mi cuerpo, incluso las manos comenzaron a sudarme… nunca había estado tan nerviosa.
Cuando por fin la tuve a escasos metros de mí, pude ver en sus ojos algo extraño, una oscuridad que no supe descifrar. A pesar de estar hermosa, su cara y su expresión era extraña, había algo que se me estaba escapando. Pero acabando con mi intento de razonar y sacando, como siempre, ese positivismo que le caracteriza, me sonrió ampliamente, ya frente a mí. Agarró mi mano y me miró, con la respiración agitada, asfixiada, parecía estar acabada de correr los 100 metros lisos. Pero sonreía… en todo momento, era increíble.
Nos pusimos frente al sacerdote y la ceremonia comenzó.
Mientras el cura daba la ceremonia, nosotras lo único que hacíamos era mirarnos. Ella parecía acelerada, quería acabar cuanto antes, estaba ansiosa. Yo, aunque feliz, continuaba sintiendo que algo no encajaba, que a Anahí le ocurría algo.

- Dulce… Dulce… -Me llamó el sacerdote, consiguiendo que mi mirada se dirigiera a él- Las jarras.
- ¿Las jarras? –Dije, sorprendida.
- Sí, las jarras –Respondió él, también sorprendido, pues ya se había dado cuenta de que las había olvidado. Anahí me miró y soltó una pequeña carcajada- Las monedas que simbolizan vuestro amor en lo espiritual y en lo material… -Explicó, supongo que teniendo una mínima esperanza de que las había traído.

Guardé unos segundos de silencio, necesitaba unas jarras urgentemente. Entonces, me di cuenta de algo… No se me habían olvidado, siempre las había llevado conmigo. Me dirigí a uno de los bancos donde se encontraba mi ropa y saqué del bolsillo la moneda de la suerte, nuestra moneda, “nuestra jarras”. Al verla, ella sonrió y, al ver sus ojos brillantes, supe que se emocionó. Regresé al altar y se la entregué al cura. Las bendijo, a pesar de que fuera una única “jarras” y comenzó, ahora sí, lo interesante de la ceremonia.
Agarré sus manos, estaba temblorosa, fría, realmente fría y, además, noté como su cara cada vez estaba más pálida. Si por mí hubiera sido, habría parado la boda solo para saber si estaba bien, pero el sacerdote lo impidió.

- Tú, Dulce… ¿Quieres recibir a Anahí como esposa y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Emocionada como nunca antes y casi sin poder articular palabra, esbocé un casi insonoro “sí”, bajo la increíble mirada de Anahí, quien analizaba mi cara con una sonrisa. Era extraño… me miraba con detenimiento, más de lo normal, parecía querer analizar cada centímetro de mi rostro, por si acaso fuera la última vez que la viera.
Miré al sacerdote y, por si no hubiera quedado claro, repetí:

- Sí, sí quiero.
- ¿Y tú Anahí, quieres recibir a…

En ese momento, Anahí se inclinó hacía un lado, parecía haberse mareado, tanto que tuve que sostenerla en mis brazos para que no cayera al suelo.

- ¿Estás bien? –Le pregunté, cada vez más preocupada.
- Sí –Respondió casi en un susurro y los ojos entre abiertos.
- ¿Paramos?
- No.
- Any… si quieres paramos un momento, tomas aire y…
- Estoy bien –Respondió, algo más erguida, tomando una bocanada de aire.
- ¿Segura?
- Dile que siga, que continúe, por favor –Casi me suplicó, con la voz rota y aspecto débil.

Sin dejar de abrazarla por la cintura, teniendo miedo de que pudiera volver a marearse, le hice una señal al sacerdote para que continuara, a pesar de que él no estaba muy seguro.

- Anahí, ¿quieres recibir a Dulce como… esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad y, así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?

Ella, manteniendo su tono de voz apenas oíble, respondió un “Sí, quiero”, sin dejar de sonreírme ni un solo momento.

- Lo que Dios ha unido, defensor del amor y no de los cuerpos físicos, que no lo separe el hombre –Las lágrimas comenzaron a caer de los ojos de Anahí, unos ojos que ya ni si quiera se mantenían abiertos… Yo ya no sabía si era por la emoción del momento, o… por qué- Yo os declaro… esposa…. Y… esposa.

Tras escuchar esa frase, acerqué mis labios a los de Anahí para besarla. Ella correspondió unos segundos y, después, se fue desplomando hacia atrás, poco a poco, mientras yo la sostenía en mis brazos.

- ¿Anahí?

Al dirigir mi mirada al suelo vi que su zapato, antes blanco, estaba lleno de sangre… Una sangre que provenía de su abdomen, donde había un gran círculo rojo ensangrentado. Rápidamente la llevé a uno de los bancos de la Iglesia, acostándola, observando su rostro apagado, sin luz, sin esa luz que siempre ha transmitido y ha sido, de alguna forma, mi fuerza.
Fue, entonces, cuando sentí que mi mundo se desmoronaba a cachitos. Mi corazón, rebelde y temeroso, decidió dejar de funcionar unos segundos. Sentí que no latía, sentí que cada uno de mis órganos se quedó paralizado al ver a, ya mi esposa, muriéndose en mis brazos. No iba a permitir que se fuera, no ahora, cuando por fin habíamos conseguido superar los límites. Lo que yo no sabía entonces, quizá, era que… los límites están muy bien marcados y, en muchas ocasiones, cruzarlos implica poner en peligro muchas cosas, incluida la vida de la persona a la que amas.

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Re: Al limite..

Mensaje por Admin el Lun Abr 11, 2016 10:58 pm

Capítulo 19

Dicen que una yerna nunca es tan perfecta como una madre desearía, y Dulce tampoco lo es… No vendrá a comer los domingos, ni se acordará de felicitarme en mi santo o de comprarme un regalo el día de mi cumpleaños… pero siempre he sabido que cuidará de Anahí, como si se jugase la vida en ello. El problema es que Dulce se juega demasiadas veces la vida… y la moneda no siempre cae del mismo lado.

- ¡¡Una ambulancia!! ¡¡Por favor!! Un médico, ¡joder!

Gritaba yo totalmente desesperada, mientras el sacerdote y los músicos, simplemente, nos miraban. El amor de mi vida se estaba desangrando en mis brazos, el día de nuestra boda… Veía como el vestido blanco adquiría, cada vez más, el color rojizo sangre, su cara estaba cada vez más pálida, sus manos estaban cada vez más frías… Sentía que se estaba yendo y, junto a ella, me iba yo también.

- ¡Llame a una ambulancia, por favor! –Le grité al sacerdote.
- Estamos muy alejados del hospital, hija. La ambulancia tardaría horas en llegar.
- ¿Sabe conducir? –Ni si quiera dejé que respondiera- Tome, vamos –Dije, lanzándole las llaves de mi coche.

Cogí a Anahí en brazos y, junto al cura, me dispuse a llevarla al coche. No iba a permitir que se muriera, no en mis brazos, no el día de nuestra boda, no después de todo lo que habíamos pasado…
Él se colocó en la parte delantera del vehículo, al volante. Yo recosté a Anahí en los sillones traseros, con su cabeza apoyada en mis muslos, sin dejar de presionarle la herida para que detener lo máximo posible el sangrado.

- ¿A cuánto está el hospital más cercano? –Le pregunté.
- Bastante lejos
- Pues ya puede darse prisa, ¿me escuchó? ¡Acellejo
- Dulce…

Mi piel se erizó al escucharla llamarme casi sin voz y con los ojos entre abiertos.

- Mi amor, mi amor… -Dije, llevando mi mano libre a su cara, más que emocionada, sin poder evitar que las lágrimas salieran de mis ojos- Tranquila, te vas a poner bien.
- Escúchame…
- No, no hables, por favor –Rogué, llevando uno de mis dedos a sus labios.- ¿Por qué no lo dijiste antes de la boda? ¿Por qué no avisaste?
- Porque no podía detener la boda, necesitaba que lo hiciéramos, necesitaba casarme contigo… Ahora estamos juntas, para siempre, no importa que me muera… estamos juntas.

Escucharla pronunciar aquellas palabras, esforzándose al máximo en cada letra, erizó cada centímetro de mi piel y rompió mi alma en miles y miles de pedacitos.

- No te vas a morir, ¿me escuchaste? No digas tonterías.
- Dul…
- ¡No, Anahí!–Grité, con rabia, con desespero, con… con miedo- Si tú saltas, yo salto… ¿recuerdas?

Ambas, con los ojos llenos de lágrimas, nos mantuvimos unos segundos en silencio, mirándonos.

- Bésame por favor, bésame… -Rogó, sin ni si quiera energía para abrir los ojos.

Cumplí sus deseos y junté mis labios con los suyos, suavemente, apreciando el sabor salado de nuestras lágrimas. Tras corresponder unos segundos, sentí que, nuevamente, se había desmayado.

- ¿Cariño? –La llamé, tocando suavemente su cara, pero sin obtener respuesta- Tienes que quedarte conmigo, Anahí… ¿Me oyes? Quédate conmigo, por favor… ¡Acelere, joder!

Media hora más tarde y a toda velocidad por la autopista, Anahí continuaba sin despertarse, y mi terror no hacía más que aumentar. Llamé a Enrique, al comisario, a la comandante, a todos y cada uno de mis compañeros… pero la señal de todos los móviles aparecía apagada, aún seguían en el avión.

- Vamos, mi amor… tienes que ser fuerte, aguanta, por favor… Aguanta Anahí, aguanta.
- 3 kilómetros –Informó el sacerdote.
- ¡Vamos!

El tiempo que estuve en ese coche fueron los minutos más largos de toda mi vida. Recé, lloré, le supliqué a Dios o a quien pudiera escucharme que la salvaran, que no se la llevara aún…
Al cabo de unos instantes, mi teléfono sonó y yo respondí a la llamada con desesperación.

- Dulce, por favor, dime que me hija está bien, por favor… -Era Marichelo, la madre de Anahí, a llanto vivo al otro lado de la línea- ¡Dímelo Dulce, por favor!

¿Cómo lo sabía? Mi mente estaba completamente bloqueada, por lo que fue incapaz de mandar el mensaje a mi lengua para que se pusiera en funcionamiento y le respondiera.

- ¡¡Dulce!! –Gritó, ya desesperada.
- No sé qué ocurrió… no… no entiendo… pero… está… está… está herida –Dije por fin, con la voz completamente rota y cientos de lágrimas resbalando por mis mejillas- La tengo entre mis brazos y vamos camino de un hospital, yo…
- Dulce, escúchame –Pidió ella, sin dejarme hablar- Allison es el Káiser.
- ¿Qué?
- Se lo confesó a Anahí, comenzaron un forcejeo y escuchamos dos disparos. Es posible que ella también esté herida.

Demasiada información y, además, con exceso de velocidad. Necesité unos segundos para procesarla toda y que la rabia y el odio me invadieran.

- La mato… -Reaccioné por fin, refiriéndome a Allison- ¡La mato!
- ¡Dulce, ya está bien! –Una vez más alzó la voz para que yo la escuchara- Te lo dije muchas veces… los límites, a veces, no son buenos… Mira hasta donde han llegado.
- Lo siento… lo siento mucho, de verdad… No tenía que haberla metido en esto, no…
- Sálvala, por favor, solo te pido eso…

**
Decía John Lennon que la vida es lo que te va sucediendo mientras tú te empeñas en hacer otros planes, y tenía razón… Planeas tu matrimonio, la casa donde vivirás, el colegio al que irán tus hijos… planeas hasta el color que tendrá el sofá. Pero los planes son sólo un dibujo en una servilleta de papel y, por mucho que te empeñes, tus planes le importan muy poco al resto del mundo. Y puedes ponerle cabeza, corazón… o un taco de servilletas emborronadas con sueños… que la vida, tiene otros planes para ti.
Lo supe en el preciso momento en que vi a Allison frente a mí, lo supe cuando confesó que era el Káiser y, sobre todo, cuando sentí aquella bala de calibre 96 atravesando mi abdomen. Lo que la vida no sabía… es que yo tenía un as en la manga, y ese as era… el amor, sí, el amor. Nada iba a detenerme, nada iba a impedir que cumpliera mis planes, nada ni nadie iba a impedir que me casara con ella, ni si quiera la muerte… el amor es más fuerte que cualquier adversidad.
Sin embargo ahora, que lo conseguí, siento que llegó mi hora, noto como mi cuerpo y mi alma se despegan. Dicen que cuando vas a morir ves un flashback de toda tu vida, pero a mí me ocurre eso, no… Silencio y oscuridad, eso es todo…
Todo se va, se aleja. Los gritos se acallan, los sonidos se desvanecen... Ya no hay murmullos ni susurros, ni el sonido de la respiración, todo se fue, solo silencio... El silencio es ausencia, como la luz en la oscuridad, nos muestra lo que no hay, lo que no está... De pequeña no le tenía miedo a la oscuridad, sino al silencio. Ahora, que soy solo silencio, creo entender por qué tanto miedo al silencio… Todo se fue, y el resto… es silencio.

**

- Dulce, ¿dónde está mi hija?

Me encontraba sentada en una de esas horribles sillas verdes de hospital, sola, triste, completamente desmoronada y desolada. Pero escuchar la voz de Enrique preguntándome aquello me hizo levantar la vista.

- Fuimos al pueblo y nos dijeron que habíais venido aquí –Explicó él, acompañado del comisario.

Una vez más rompí en llanto, negando con la cabeza y tapándome la cara con las manos. Ellos, nerviosos, pedían que les diera una explicación, pero yo era incapaz de articular palabra.

- ¡¡Dulce!!
- ¿Familiares de Anahí Puente?

Llevé mi vista a la puerta, encontrándome con una doctora frente a ella. Rápidamente corrí hasta donde estaba, siendo seguida por ellos dos.

- Yo, ¿cómo está? Por favor, dígame que la salvaron, por favor…
- Había perdido mucha sangre.

Escucharla decir aquello me hizo temerme lo peor, era lo típico que se decía antes de dar una mala noticia.

- ¡No! –Grité- Dígame que no, por favor.
- Está fuera de peligro –Tras escuchar eso, el aire regresó a mis pulmones- Como le decía… había perdido mucha sangre, al intentar extraerle la bala tuvimos que extirpar el bazo, pero afortunadamente la bala no tocó ningún órgano vital.
- Muchas gracias doctora, gracias –Agradecí yo, agarrándole las manos, sintiéndome inmensamente feliz- ¿Puedo verla?
- En unos minutos.

La doctora regresó dentro y me di la vuelta, para encontrarme con la mirada insólita y asustada de Enrique.

- Allison le disparó antes de la boda –Comencé a explicar, definitivamente ya mucho más tranquila- Ella me lo ocultó y se presentó en la boda, cuando nos casamos… se desmayó.
- ¿Allison?
- Sí, yo tampoco entiendo nada pero… la voy a matar Enrique, te lo prometo.
- No –Interrumpió ahora Ricardo- Ya has ensuciado tu nombre demasiado, vamos a detenerla y se va a pudrir en la cárcel.
- Mire, comisario… -Dije, respirando hondo para tranquilizarme y no decir todo lo que tenía ganas- Esa mujer ha jodido mi vida y se ha metido con las personas que más quiero, hasta el punto de estar a nada de arrebatármelas… La voy a matar, ¿escuchó? Y, entonces sí, podrá detenerme con razones

El comisario no pudo responderme, pues la doctora me llamó para que entrara. Sin dudarlo la seguí, con paso acelerado. Caminamos por diferentes pasillos, cogimos un ascensor y llegamos a la zona que parecía ser de hospitalización. Al estar frente a la puerta de lo que parecía ser su habitación, se detuvo.

- Es aquí, como ves ya la pasamos a hospitalización –Asentí con la cabeza- Está aún bajo los efectos de la anestesia, no tardará en despertar.
- Está bien, muchas gracias doctora.

Abrí la puerta y por fin, pude encontrarme con la imagen de aquella maravillosa mujer. Con aparatos conectados, vías puestas y algo pálida, pero maravillosa.
Verla en ese estado, a pesar de saber que estaba fuera de peligro, me hacía sentirme realmente culpable y, por lo tanto, destrozada. Agarré una de sus manos frías y entrelacé mis dedos con los suyos, llevando mis labios a ella y dándole un beso, sin poder evitar que las lágrimas continuaran saliendo de mis ojos. Ya no sé si de emoción, si de rabia, si de tristeza, si de culpa… No lo sé.
Estuve con ella un largo tiempo, sin que despertara, simplemente mirándola, acariciándola y pidiéndole que me perdonara. Hasta que de un momento sentí como movía los dedos y dirigí mi mirada a su rostro, observando como comenzaba a abrir los ojos.

- Hola cariño…

Ella, deshorientada, miró todo su alrededor y, después, regresó su vista a mí, con una sonrisa. Sonrisa que, inevitablemente, me hizo rabiar.

- ¿Cómo puedes sonreírme? Después… después de todo lo que ha pasado y de que yo he sido la que te ha metido aquí.

Anahí intentó hablar, pero no la dejó, yo tenía muchas cosas que decir, necesitaba desahogarme con urgencia.

- Te he hecho mi cómplice, has estado en la cárcel, a punto de morir, te he llevado hasta los límites, has tenido que mentir a tu familia, a tu padre, a tu abuelo… y, no conforme con eso, te doy la boda más triste que puede existir en este mundo. ¿Cómo… como eres capaz, si quiera, de mirarme a la cara? ¡Soy una mierda! –Grité, soltando su mano y poniéndome en pie.

Ella, en silencio, simplemente me miró, estática, paciente, tranquila. Una vez hube respirado hondo en varias ocasiones, me hizo un gesto con su mano, indicándome que me sentara a su lado. Sin dudarlo, cumplí su petición.

- Escúchame atentamente, porque no tengo fuerzas para repetirlo dos veces, ¿vale? –Automáticamente asentí con la cabeza- Tú no me has hecho cómplice de nada, no me obligaste a entrar en esto… si lo hice fue porque así lo decidí, porque no podía soportar la idea de que tú estuvieras en peligro, porque me veía en la obligación, en la necesidad, de protegerte o, por lo menos, acompañarte y seguirte en cada movimiento. Y los límites me importaban muy poco, si tú saltas, yo salto, ¿no? –Emocionada, volví a agarrar su mano, volviendo a llorar como una niña pequeña- Y mi amor… -Suspiró, llevando la mano en la que tenía la vía a mis mejillas, secando mis lágrimas- La boda que tuvimos fue la más maravillosa, ¿sabes por qué? Porque yo no necesitaba miles de invitados, ni lujo, ni una Iglesia enorme, no… Lo que yo necesitaba era unirme a ti, para el resto de mis días, lo demás me importaba muy poco –Un impulso me llevó a acercarme a su cara y darle un corto beso en los labios- ¿Sabes el único me momento en el que, verdaderamente, he pasado miedo? –Negué con la cabeza, impaciente por escucharla- Cuando Allison me disparó. Y no por el hecho de morirme, no porque le temiera a la muerte… Tenía miedo por no ser lo suficientemente fuerte como para aguantar hasta la boda, no podía marcharme antes, no podía… Lo que ocurriera después era lo de menos, pero yo necesitaba llegar hasta el altar.
- Y llegaste, cariño… llegaste, aquí estás.
- Y no pienso marcharme jamás.

**

…6 meses más tarde…

- Dulce, la hemos localizado.
- ¿Allison?
- Sí. Carretera de Guadarrama, M-30, a unas horas de aquí.
- ¡Vamos!

El hecho de que Dulce encontrara aquella “mina de oro” en el avión de la base militar, había limpiado su nombre y se le habían retirado todos los cargos, aunque el CNI no confiaba aún plenamente, ya que no habían conseguido capturar al Káiser. La pelirroja había pasado esos 6 meses tras el rastro de Allison, del Káiser. Afortunadamente Anahí se había recuperado más que satisfactoriamente y, en menos de una semana, la permitieron salir del hospital. Sin embargo Dulce no podía olvidar el rencor, la rabia… Quería vengarse.

**

En la planta de abajo, observé cómo Dulce, acompañada de Santiago, bajaba las escaleras apresurada. Intenté acercarme a preguntar hacia donde iban, pero, sin darme tiempo a hacerlo, ambos salieron rápidamente en dirección al garaje.

- Oye papá, ¿sabes si había planeada alguna salida para hoy? –Pregunté a mi padre, con esperanzas de que su respuesta fuera positiva.
- No, esta semana ha sido muy tranquila, solo hay papeleo y algún caso sin importancia. ¿Por qué?
- Acabo de ver a Dulce y a Santiago salir, apresurados, con las pistolas.

Eso también lo sorprendió a él, así que, automáticamente, ambos subimos al despacho del comisario, para averiguar.

- Comisario, me gustaría saber si había asignado algún caso a la subinspectora Espinoza esta mañana.
- ¿A Dulce? No, de hecho el único trabajo que tenía era presenciar un interrogatorio. ¿Ocurre algo?
- Salió hace un rato, desesperada con la pistola en las manos. Tengo un mal presentimiento, abuelo… -Expliqué, ya nerviosa.
- A ver… tranquila, vuelvo enseguida.

El comisario salió del despacho, en busca de información, dejándonos solos y, especialmente a mí, cada vez más inquieta. Minutos después regresó, abriendo la puerta con brusquedad, dirigiéndose rápidamente al escritorio.

- Enrique, vamos –Dijo, nervioso, sacando de uno de sus cajones un arma.
- ¿Qué? ¿Qué pasa? –Pregunté, sorprendida.
- Cariño… tú quédate aquí, ¿está bien? Tranquila –Dijo mi abuelo, agarrándome las manos.
- ¿Qué? ¡No! ¡Claro que no! –Respondí automáticamente- ¿Qué pasa? Dime qué ocurre.

Él suspiró, miró a mi padre y, luego, volvió a mirarme a mí.

- Abuelo, me estás poniendo muy nerviosa. ¿Puedes decirme ya que Oops! pasa, por favor?
- Han localizado al Káiser, y Dulce fue a por ella.

Entonces, mi corazón dio un vuelco. Todos estos meses he estado pidiéndole a Dulce que intentara olvidarla, rogándole que me prometiera que no haría nada contra ella cuando la encontráramos, que no… que no la mataría, pero no lo he conseguido. Es cierto que Dulce es incapaz de matar a nadie, tiene un corazón… enorme. Pero como ella dice en muchas ocasiones: cuando se trata de la gente a la que quiere, es capaz de cualquier cosa. Y eso… eso me aterrorizaba.

- Hay que ir a por ella, ya.
- No, tú te quedas aquí –Exigió seriamente mi padre.

Con ojos desafiantes lo miré, seriamente.

- Yo voy –Pronuncié lentamente, nada ni nadie iba a pararme-¡Vámonos!

Dicho esto y sin esperar a que mis superiores dieran el visto bueno, salí del despacho en dirección al garaje.

**

Era una dirección bastante alejada, por lo que nos llevó un recorrido de más de dos horas. Al llegar vi a lo lejos el camión, aparcado, entre varios árboles para camuflarlo de alguna forma.

- Vamos, Santiago –Dije, cargando mi arma.
- Dulce, solo vamos a detenerla, ¿está claro?
- Por supuesto.

**

- Abuelo… ¿puedes acelerar?
- Voy lo más rápido que puedo, cariño.

Respiré hondo y dirigí mi mirada a la ventanilla, estaba nerviosa, muy nerviosa… Tenía miedo de llegar demasiado tiempo, necesitaba detenerla antes de que hiciera cualquier locura.
Media hora más tarde, llegamos, encontrando el coche de Dulce aparcado.

- Espero que no hayan llegado hace mucho –Dije, sacando mi arma.
- No, hija, tú te quedas aquí –Decidió mi padre.
- No papá, yo voy.
- ¡No! Te quedas, ¿escuchaste? No voy a ponerte en peligro otra vez.
- Es mi trabajo y la que está allí es mi mujer, ¿vale?.
- Agente Puente, es una orden –Dijo ahora seriamente mi abuelo- Entre en el coche y haga guardía.
- ¿Qué? ¡No!
- ¡Vamos Anahí!

Indignada abrí la puerta del coche y entré, observando como ellos se alejaban en dirección al coche. Pero, por supuesto, no iba a obedecer sin más, en cuanto se hubieron alejado unos metros, yo también salí.
Saqué mi arma y comencé a seguirlos de lejos. Cuando entraron en el camión esperé unos segundos para escuchar, pero en el momento en que escuché a mi padre gritando a Dulce para detenerla, entré.
Allison estaba arrodillada, con su sonrisa… repugnante, de vencedora. Y Dulce, frente a ella, con la pistola en su frente, muy firmemente. Mi padre y mi abuelo le rogaban que retirara su pistola, pero ella ni se inmutaba.

- Dulce –Esta vez la llamé yo, consiguiendo que todas las miradas, excepto la suya, se dirigieran a mí.
- Lárgate Anahí –Respondió, sin ni siquiera mirarme- No quiero que veas esto.

Me acerqué hasta ella y llevé mi mano a su hombro.

- No lo hagas
- ¡Suéltame! –Gritó, haciendo un movimiento brusco, consiguiendo su propósito- No vas a detenerme, no te vas a salvar, ¿escuchaste? –Dijo ahora, dirigiéndose a Allison- Vas a pagar todo el mal que me hiciste, a mí y a las personas que más quiero.
- No tienes que hacerlo Dulce, lo pagará en la cárcel, ¿vale? Tú no eres como ella, no te manches las manos.
- Tengo que hacerlo, tengo que acabar con ella, ¿no lo entiendes? Llévatela, Enrique.
- ¡No pienso irme a ningún sitio! –Grité, ya realmente enfadada- ¿Cómo puedes ser tan egoísta, Dulce? –Ahora conseguí que me mirara- ¿Quieres matarla? Muy bien, mátala, pero nuestra relación termina aquí –Eso la tomó por sorpresa- Yo no puedo estar con alguien que se pone en peligro todo el tiempo, sin importarle los demás.
- Any… si hago esto, es precisamente por los demás.
- ¿Por los demás? ¿Y cuándo a ti te metan en la cárcel, qué? ¿Eh? ¿Qué pasa conmigo? ¿Y yo? Lo único que estás haciendo es pensar como una Oops! egoísta, Dulce. No piensas en lo que puede ocurrir después, no piensas en mí. ¡Estamos juntas en esto! ¿No lo entiendes?
- Cálmate…
- ¡No, no me calmo! –Grité- Yo lo di todo, lo cambie todo por ti, mentí a mi familia, me puse en riesgo… Y todo por ti que, encima, te pones en peligro sin importar nada. Yo no quiero llorar otra pérdida más, ¿escuchaste? –Emocionada, me escuchaba, regresando su mirada a Allison- Así que si quieres apretar ese gatillo… hazlo, pero esto se acabó.

Después de decir todas aquellas palabras que habían salido de lo más profundo de mi corazón, abandoné el camión, con una mezcla inexplicable de sentimientos. Ahora todo quedaba en sus manos, yo había sido muy clara.
Cuando me dirigía al coche escuché que me llamaban desde atrás, era ella. Me giré y la vi corriendo hacia mí, con la cara empapada. Al llegar se abrazó a mi, con desespero.

- Lo siento, lo siento mucho, tienes razón…Te amo, cariño, te amo.

Rompí el abrazo y agarré sus mejillas, besándola, con pasión, con rabia, con esa rabia que sentía dentro después de semejante escena. Con una sonrisa rompí también el beso y la miré, para decirle:

- ¿Hasta que la muerte nos separe?
- No, mucho más allá de la muerte… Al límite, como siempre.

...FIN...


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