La vida de Anahi

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La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:22 am


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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:23 am

Capítulo 1.

Por fin bajo del bus, después de un largo viaje en el que la tristeza no ha abandonado mi rostro. He permanecido en todo momento con la cabeza baja, sin otra cosa más que hacer que darle vueltas al único anillo que viste mi mano.
“Amor mío. Cuando leas estas palabras habré dejado este mundo. No quiero repetir aquí lo que ya sabes, todo lo que pude escribirte en cartas anteriores o durante todos estos años pasados en tu calor. Pero sí quiero agradecer tu devoción. Estos últimos días en el hospital habrían sido una pesadilla si no hubieras estado a mi lado. Gracias a ti me iré en paz y jamás podré agradecer lo bastante el que nos hayamos encontrado.”
Recorro las calles tratando de recordar el camino que hice una única vez hasta su casa. Me trae demasiados recuerdos, y cuánto más cerca estoy de esa casa, más degradante es mi expresión. Estoy frente a la puerta, inhalo profundamente el aire frío de la calle y lo expulso de la manera más lentamente posible. Me retiro los mechones de cabello negro de la cara. Toco el timbre y espero unos largos segundos. Aunque las cosas con esa mujer ya estén habladas, no puedo mirarla a la cara cuando me abre la puerta y me permite la entrada.
“Le he pedido a mi madre que deje en mi escritorio, para ti, lo que me es más precioso: mis diarios. Quiero que seas tú quien los conserve. Contienen todos mis recuerdos de adolescencia teñidos de color.”
Subo las escaleras y entro a su habitación. La persiana está subida y entra una luz tenue que ilumina la habitación en tonos grises y apagados. Completamente vacía, ordenada y el diario en el escritorio. Se me encoge el corazón de tal manera que parece convertirse en cenizas.
“Rojo fuego, rojo vino, rojo toscano, rojo carmín… El rojo ha dado color a mi vida. Te amo, Dulce. Lo eres todo para mí. Firmado, Anahí.”
Tan pronto como me siento en la silla todo el cuerpo me empieza a temblar. Se me aguan los ojos y se escapan algunos sollozos de mi interior. Intento calmarme y acerco uno de los cuadernos que usaba como diario. Lo abro.

“12 de octubre de 1994
Querido diario. Hoy es mi cumpleaños. He cumplido quince años y tú eres el regalo de mi abuelita. He intentado escribir un diario otras veces, ¡¡pero esta vez prometo ser constante!! Estoy en cuarto de la ESO. Me ha sentado bien dejar el campo. Ya empiezan a formarse lazos entre mis compañeros y yo. Amistades fuertes y tiernas.”
- ¡¡Anahí!! – me llama Lèa – El profe de mates no ha venido. ¡Qué guay!
- Bueno… Solo tendremos una hora más para comer mientras esperamos a entrar en geografía e historia… Sólo eso.
- ¡Exacto! Podremos digerir la comida sin que nos revuelvan el estómago sus estúpidas ecuaciones. – comenta Aude.
Hemos terminado de comer y ya que no tenemos clase, aprovecho para leer un poco mientras mis amigas siguen cotilleando sobre los chicos del colegio. Noto como el aire se mueve delante de mí y todas las chicas se quedan calladas, pero estoy tan metida en mi lectura que no me doy cuenta de eso hasta que me llaman la atención.
- ¡Annie! ¡Ha pasado el de bachiller que se te come con los ojos!
Entonces miro hacia dónde me ha señalado Lèa y le veo entre sus amigos, con una camiseta roja que llama bastante la atención. Sonrío para mis adentros y sigo con la lectura, pero mis amigas no me dejan.
- Thomas no deja de mirarte. – asegura Aude.
- Qué dices, no es verdad.
- Que sí, siempre que le veo te está mirando.
- Pero si siempre estamos todas juntas, no tiene que estar mirándome a mi 100%.
- Siempre lo hace. Yo creo que puedes.
- ¿Que puedo qué?
- ¿Cómo que “Que puedo qué”? ¿Jugar a cartas?
Ellas se ríen y yo sé perfectamente a lo que se refieren. Thomas no es para nada feo, tampoco me gusta, pero podría probarlo. Se ve que a él le gusto bastante. Sigo leyendo mi libro mientras ellas siguen charlando acerca de Thomas y sus amigos.
A la mañana siguiente, por poco me deja el bus. Me siento en la butaca de siempre, al lado de la ventana, y aprovecho para desabrocharme el abrigo. Esta carrera matutina me ha servido para quitarme el frío del cuerpo. El bus arranca y oigo como alguien golpea el cristal, es Thomas que está corriendo tratando de que el conductor frene y le deje subir. Una vez lo consigue, entra y se sienta a mi lado. Qué casualidad.
- Qué clima tan malo. – comenta él.
- Es una locura…
Qué original, hablar del tiempo.
- ¿Qué libro estás leyendo? – pregunta observando lo que tengo entre las manos.
- “La vida de Marianne” de Marivaux. Tenemos que hacer un trabajo sobre este libro.
- ¿Es interesante?
- Me encanta. – me quedo en silencio de nuevo.
- Estás en cuarto de la ESO, ¿verdad?
- Sí, ¿y tú?
- En el último, ciencias.
- Bfff… odio las ciencias. ¿Te gusta?
- No es que me guste, pero se me dan bien las matemáticas.
- ¿Y qué querrás hacer después del instituto?
- Me gustaría dedicarme a la música. Crear una compañía productora, encontrar nuevos artistas…
- ¿Solo quieres producir o también tocas?
- Toco… Batería, guitarra, piano… No soy profesional, pero se me da bien. Aprendí viendo videos en internet, escuchando. ¿Tú tocas?
- No… Me gustaría pero tendría que empezar con clases de música, y ya me apuntaron a eso cuando era pequeña, lo detestaba.
- ¿Y qué tipo de música escuchas?
- Un poco de todo… Reggae, música clásica, electrónica, mezclas… Lo único que no soporto es el HardRock. Gente con el pelo largo que mueve la cabeza y grita. Sin palabras, sin melodía… No es lo mío. Es molesto, pero todo lo demás sí.
- Mierda… Lo mío es el HardRock, metal… Dices que son muchos gritos …
- Lo asocio con gente de pelo largo que grita. Quizás lo tuyo es diferente. – la he cagado bastante, y se me nota en la cara – Lo siento.
- Tranquila, estaba bromeando.
- Ufff… Intenté salvarme, no pude, seguía parloteando – se me suben los colores a las mejillas y no puedo contener una ligera sonrisa tímida.
- Algún día te tocaré mi música. – le miro y asiento con la cabeza – Así tendremos que vernos de nuevo.

“27 de octubre de 1994
Hoy he quedado con Thomas. Ya que todas mis amigas me animaban a salir con él y el otro día en el bus me cayó bien… Accedí. El corazón me late con fuerza cuando pienso en lo que viene. No sé lo que va a pasar, pero tengo la intuición de que hoy va a ser un día importante.”
Miro el reloj, llego un poco tarde. El semáforo se pone en verde y una marabunta de gente empieza a cruzar de un lado a otro. A lo lejos veo algo que me llama la atención. Rojo fuego. Se acerca. Es una chica con el cabello rojo fuego… acompañada de un chico. No, espera. De otra chica. ¿Por qué me mira? Sus labios dibujan una sonrisa apenas perceptible, y sigue acercándose mientras me mira. Pasa por mi lado y yo no puedo evitar bajar la cabeza y mirarla de nuevo cuando nos cruzamos. Ella sigue mirándome, hasta que se pierde de nuevo entre la gente.k
“Las dudas de los adolescentes parecen banales a ojos de los demás. Pero ¿cómo puedes resolverlas cuando te asaltan y no sabes de qué pie cojeas?”

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:23 am

Capítulo 2.
Tocan a la puerta y dejo el diario sobre la mesa.
- Le he preparado un café, señorita Espinoza.
- Muchas gracias, Marichelo. – digo aceptando el café de las manos de la madre de Anahí.
- Disculpe a mi marido. Ya sabe que tiene problemas para entender su papel en la vida de nuestra hija. No creo que aparezca antes de la cena.
- Solo tiene que decirle que Annie también se habría enamorado de mí si yo hubiera sido un chico.
Marichelo da un salto sorprendida por mi comentario, se lleva la mano a la boca y me mira con los ojos muy abiertos.
- Ehh… Déjalo correr. De todos modos esa forma de pensar no lleva a ninguna parte.
La madre de Anahí abandona la habitación y yo me dirijo a la ventana con el café en mis manos. Subo la persiana del todo y dejo que la luz de las farolas de la calle me dé en la cara. Le doy un sorbo al café.
- La he vuelto a cagar… Nunca olvidé a “la rubita de la plaza”. Cada vez que pensaba en ti, cada vez que pasaba por esa plaza, te llamaba así. De haber sabido que nos faltaría tiempo… no lo habría desperdiciado.
Me termino el café y dejo el platillo y la taza sobre la mesita de noche.
- Ese Thomas vino a tu entierro, ¿sabes?

"La tarde con Thomas ha sido muy divertida, hemos comido, hemos estado mirando la ropa de los escaparates, hablando sobre música, libros… De nuevo hemos pasado por el paso de peatones donde había visto a esa chica, y me ha parecido verla, pero no. Era solamente un globo rojo. En ese momento me he entristecido, no sé muy bien por qué.
Estoy en mi cama, dando vueltas, no puedo dormir. A pesar de que estoy muy cansada, no puedo dormir. Recuerdo el momento en que me he cruzado con la chica del pelo rojo. De nuevo se está acercando, me sonríe, y me fijo en sus ojos. Oscuros y profundos. Tanto, que puedo verme reflejada en ellos.
Me acomodo de lado en la cama para tratar de encontrar la postura para dormir. Pero al contrario, la siento a ella respirar detrás de mi oreja. Y siento sus labios en mi cuello. Me gira bocarriba y mete las manos por debajo de la camisa de mi pijama. Se vuelven rojas. Me acaricia los pechos y no puedo evitar arquear la espalda ante el placer que me provoca.
Ahora siento sus labios en mis pezones, chupándolos, mordiéndolos, mientras una de sus manos se mete por dentro de mi pantalón. Y empieza a tocarme como jamás nadie me ha tocado. Un remolino de nuevas emociones invade mi cabeza y mi cuerpo, y justo cuando voy a llegar al punto de máximo placer una sacudida me hace incorporar en la cama, abro los ojos y descubro que no hay nadie conmigo.
Estoy sola, con la respiración agitada y el corazón a mil. Jamás pensé tener un sueño de este tipo, y mucho menos sentir tantas cosas al mismo tiempo en un simple sueño. No deja de ser producto de mi imaginación. Y no entiendo por qué esa chica está en mis sueños más íntimos. Parecía tan real…
- Anahí… ¡Qué cara! – comenta Aude nada más llegar al instituto.
- ¡Horrible! Ya puedes decirlo. Traigo un careto espantoso.
- Del todo. Pareces cabreada. ¿Has dormido mal? – dice Lèa.
- ¡¡Ya séeee!! ¡Te has tirado a Thomas! Pero deberías tener una cara radiante… – interrumpe Aude.
- ¡Qué va! Estás loca, nos tiramos la tarde paseando, nada más. "

“Querido diario: Sigo sin poder creer lo que soñé anoche. Estoy muy asustada. No debo pensar en eso. Me siento perdida y no puedo comentar con mis amigas algo tan retorcido, me darían de lado.
Entonces veo a Thomas que se acerca entre la gente, de nuevo con su camiseta roja. Me entra pánico y decido huir.
- Chicas, tengo frío. Voy a entrar.
Tengo que dejarme de cosas raras y aferrarme a los que me quieren. Thomas es estupendo, haría lo que fuera por mí, ¿por qué no puedo aceptarlo?
Subo por las escaleras cuando noto que una mano sujeta mi hombro. Doy media vuelta, es Thomas. Venía corriendo, me había visto cuando estaba fuera. Me ha visto huir de él.
- Anahí, tengo la sensación de que me evitas. Y quisiera saber… – mientras tanto yo no aparto la mirada del suelo – Ayer no tuve valor pero… Eh, me gustas mucho, ¿sabes? Y …
No le dejo terminar la frase. Agarro su camiseta y tiro de él para besarle.
Soy una chica, y las chicas salen con chicos.”

"- Anahí… Dime, ¿estás bien?
Yo no dejo de mirar el suelo, está todo lleno de ropa tirada. Estoy desnuda en su cama, abrazada a la almohada y sin articular palabra. Thomas me pone la mano en el hombro en señal de apoyo.
- Hace seis meses que salimos, pequeña… Pero comprendo que tengas miedo. Yo estaba aterrorizado en mi primera vez. Necesitas más tiempo, no quiero que pienses que te obligo. Sabes que puedes confiar en mí.
Miro hacia la mesita de noche. Hay un condón preparado. Rojo, como siempre. Recojo mi ropa del suelo y empiezo a vestirme sin mirar a Thomas, sin decirle nada. Él está helado. No entra en razón. Termino de vestirme y me dirijo a la puerta. Thomas salta de la cama y se agarra de mi cintura.
- ¡¡PARA!! ¿¡Por qué te vas así!?
- No sé qué hago aquí, Thomas. – soy incapaz de mirarle a la cara al decirle eso.
- Estoy enamorado de ti, lo sabes. Quédate, te lo ruego. No hay trenes a estas horas.
agarro sus muñecas y le suelto de mi cuerpo- Cogeré el metro.
Y salgo de su habitación dejándole a él tirado en el suelo, con la cabeza escondida. Sé que le hago daño, pero no puedo seguir con esto. El camino hasta casa es largo y pesado. El metro está vacío, las calles están vacías. Todo da miedo… y tristeza.
Abro la puerta de casa con el mayor sigilo posible. Aún no he terminado ni de quitarme el abrigo cuando mi madre ya está bajando por las escaleras. Mi madre y su insomnio crónico…
- ¿Anahí? Pero… ¿no tenías una fiesta pijama con tu amiga?
- Nos hemos peleado, he preferido volver.
Me quito los zapatos y empiezo a subir las escaleras, sin mirar a mi madre y evitándola lo máximo que puedo.
- ¿A las tres de la madrugada? ¿No ves que podría haberte pasado algo? Eres una inconsciente… ¡Con la de cosas que pasan!
- Buenas noches, mamá.
Entro a mi cuarto sin haber escuchado ninguna de las palabras con las que me estaba ametrallando mi madre. Me tiro a la cama y no puedo hacer más que encogerme, tal y como mi corazón lo está haciendo, y llorar desconsoladamente hasta quedarme dormida."

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:23 am

Capítulo 3.

“1 de mayo de 1995:
Querido diario: Ya te he contado el desastre que fue mi velada en casa de Thomas, pero sigo necesitando hablar de ello… No dejo de pensar en lo que pasó –y en lo que no pasó– y cada vez me aguanto menos. Me doy cuenta de que no me apetecía ir a su casa, y menos acostarme con él. Pero si salgo con él es para llegar a algo, ¿no? Me siento perdida, sola, en el fondo de un pozo. No sé qué hacer, tengo la impresión de que todo lo que hago es contra-natura… Contra mi naturaleza. Pero ¿por qué esta vida parece ser buena para los demás, pero no para mí?”

Dejo el diario en la mesa. Alcanzo mi paquete de tabaco y enciendo un cigarrillo. Me recuesto en la silla y le doy una honda calada.
- Esta vida tampoco es buena para todos los demás, cariño.
Tocan a la puerta y se asoma la cabeza de Marichelo avisándome de que la cena estará lista en unos minutos. Me ofrece espaguetis a la boloñesa. Anahí siempre fardaba de que los de su casa eran los mejores. La sigo por las escaleras y cuando estoy en la cocina busco el grifo para apagar el cigarrillo.
Su padre está sirviendo los platos, y por supuesto, ni se molesta en mirarme. Nos sentamos los tres en la mesa y empezamos a comer, totalmente en silencio. No me sorprende. Miro a Marichelo y al señor Puente. Ninguno levanta la cabeza del plato, pero ninguno de los dos está comiendo tampoco.
- Si les molesta que me quede a dormir, puedo irme después de la cena.
Por primera vez, Marichelo levanta la mirada.
- No, no… Ya habíamos quedado en eso. No es problema.
Asiento con la cabeza y sigo comiendo, al igual que ella. Pero ahora el que deja de comer y decide hablar es el señor Puente.
- Veo que sigues fumando, Dulce. Al menos mi hija no te copió ese tipo de decadencia.
Me atraganto con la comida. Me giro hacia él y noto como la sangre hirviendo corre por mis venas. La ira invade mi cara y mi cuerpo, pero debo guardarle respeto al señor, eso me enseñaron de pequeña. Así que prefiero quedarme callada.
- ¡Enrique, te lo ruego! ¡¡Que acabamos de enterrar a nuestra niña!!
- Precisamente por eso. ¡No sé qué hace aquí esta depravada que la condujo a su perdición!
- ¡No digas nada más, por favor! Anahí escribió que quería que Dulce durmiera aquí. ¡Se lo prometí!
¿Anahí se lo escribió? Miro de nuevo a Marichelo, me está ofreciendo un poco de ensalada pero se me acaba de cerrar el estómago, así que rechazo su oferta lo más educadamente posible y me disculpo para subir al cuarto y seguir leyendo. Todo el camino hasta la habitación de Anahí puedo escuchar al señor Puente y Marichelo discutir. Según él, soy un demonio que le ha causado la muerte, y merezco ser quemada. Tal y como hacían con las brujas en la Edad Media.
- Definitivamente, tu padre tiene una forma muy curiosa de exteriorizar su pena.
Enciendo un cigarro nuevamente y me siento en la silla. Acaricio el anillo que llevo puesto y abro el diario por donde lo había dejado antes de bajar a cenar.
- Vaya, no escribiste nada entre mayo y noviembre de 1995…

“16 de noviembre de 1995
Querido diario. Hace meses que me miro el ombligo mientras le doy vueltas a miles y miles de preguntas sobre mi misma. Pero hoy me siento revivir como persona y como ciudadana. Ayer, 15 de noviembre, el primer ministro francés Alain Juppé presentó un plan para reformar la Seguridad Social que ha provocado manifestaciones masivas en toda Francia. Y este mediodía Nathan, Lèa y Aude me han llevado a una de ellas. ¡Nunca había visto tanta gente reunida!
Megáfonos, pancartas, gritos, cánticos… Agotador. Me despido de los chicos y subo al tren.
Este día me ha sentado muy bien. En lo que se refiere a mí, rompí con Thomas unos días después de no poder acostarme con él. Me sentía mal cada vez que pensaba en él y no podía mirarle a la cara. Era muy desgraciado por mi culpa. Intentó arreglarlo, pero yo le expliqué que no había sido su culpa, que no podía hacer nada, que debía renunciar a mí…
Salgo del tren, las calles están vacías y hace frío. No tardo en llegar a casa.
Estaba muy colado por mí y temí que descuidara los parciales. Acabó el bachillerato y me han dicho que ahora está en la facultad de Lille.
Llego a casa y mi madre me empieza a regañar, como siempre. Mi única salida es encerrarme en mi habitación.
Ya tengo 16 años. Mi madre sigue teniéndole miedo a todo, mi padre se cree muy gracioso y yo intento portarme lo mejor posible en el instituto y con mis amigos."

Estoy en su cama, encogida como si quisiera desaparecer y con la cara hundida en la almohada. La abrazo fuertemente para recordar su olor una vez más y me doy cuenta de que hay algo dentro de la almohada. Me seco las lágrimas y meto la mano por el lateral, hay una foto de nosotras dos juntas.
La coloco entre las páginas del diario de Anahí y sigo leyendo.

“6 de diciembre de 1995
Querría pasarme el día entero en la cama, lejos del frío, sumida en esos sueños. Querría tener a alguien con quien compartir esto, pero me angustio, me ahogo, con solo pensar en hablarlo. ¡Tiene que haber otras chicas que sientan lo mismo que yo!
- ¿Anahí, no te parece que Charlotte es demasiaaaaado encantadora? – pregunta Aude sin dejar de mirarle el culo a Charlotte.
- Ehh… Bueno, sí. No sé, no está mal.
- Mírala y dime que no.
- Aude, ¿podrías dejar de mirarle el culo? – comento bajando la cabeza y mirándome las manos, su comentario me ha cohibido.
- Oye, Anahí… – dice mientras aparta un mechón de delante de mi cara y lo acomoda detrás de la oreja – Tú también eres encantadora.
- ¿Qué? – me pongo roja enseguida, no puedo creer que Aude me esté diciendo esto.
- Sobretodo cuando te sonrojas…
Con su mano acaricia mis mejillas, rojas en este mismo instante, sujeta mi cara con las dos manos y se acerca para besarme. Los labios de una mujer son tan distintos a los de un hombre… O será quizás la forma de besar… Un corriente eléctrico recorre mi cuerpo, d!l del pecho hasta mi entrepierna. No me había pasado esto con nadie, pero me gusta.
Cojo el autobús para volver a casa y me doy cuenta de que todo el mundo parece apagado. Quizás sea así todos los días, pero tengo la sensación de que todo el mundo es triste… menos yo.
Esta noche me siento en la cama, emocionada, abrazando mi almohada y con una sonrisa de lado a lado. Decido buscar mi diario y seguir escribiendo.
Esta noche no voy a poder dormir. El corazón me late con demasiada fuerza. Me muero de ganas de que sea mañana. Lo que esperaba ha pasado por fin…”
Antes de empezar con la primera clase del día, la sigo hasta el lavabo. No se ha dado cuenta. La agarro del brazo y le doy la vuelta. La llevo hasta la pared y la beso de nuevo. Sus besos crean adicción, no puedo evitar seguir besándola, pero ella me aparta de un empujón.
No sé que cara poner, mi mundo se acaba de desmoronar.
- Lo siento, Anahí… No pensé que te fueras a enganchar de este modo. Lo de ayer fue… bueno, un arrebato. Nada más. Yo… lo siento mucho si has pensado otra cosa.
Aude me rodea y sale por la puerta, yo me quedo ahí parada. Sin moverme, sin pensar, sin hablar. Hasta que me doy cuenta de que las lágrimas están rodando por mis mejillas. No volveré a atreverme a salir de casa.
Salgo corriendo del edificio. No quiero ver a nadie. Me quiero morir. Puedo oír cómo me llaman desde detrás, pero no me detengo. Quiero irme. No quiero estar aquí.
- ¡Anahí! – me detiene poniendo una mano en mi hombro – No me conoces si crees que te voy a dejar sola en este estado.
- Valentín… Salgamos, por favor.
Valentín me ha contado que él se besó con un chico el otro día. Yo tenía la impresión de que en algún momento me diría que le gustan los hombres. Hemos pasado toda la mañana paseando por el centro, y hemos aprovechado para hablar en profundidad de todo lo que nos está pasando. Me ha hecho entender el porqué del beso de Aude y el rechazo de esta mañana.
Entiendo que lo hizo porque le apetecía en ese momento, no porque sienta algo por mí. De todas maneras me consuela no ser la única que se siente atraída por personas de su mismo sexo. Después de esto, me siento mejor conmigo misma, y todo gracias a Valentín."

“16 de junio de 1996
Recuerdo que pasé la nochevieja demasiado cocida… Vomité tanto que creí echar por la boca todo el contenido de mi cuerpo… incluyendo mis pensamientos y recuerdos. A pesar de todo, me sentí bien tras esa horrible experiencia, como si me hubiera deshecho de un pasado demasiado pesado. Sin padecimientos, sin preocupaciones o cuestiones existenciales… Por primera vez me sentía satisfecha, en armonía: todo parecía estar en su sitio.
Ante semejante satisfacción, dejé de escribir para consagrarme a las clases, a la selectividad, a mis amigos, a las salidas y a los descubrimientos. Aunque igual fue una estupidez contentarme con lo que se me ofrecía día tras día, sin intentar ir más lejos ni correr riesgos.
Valentín pasa por delante de mi pupitre y deja caer una nota disimuladamente. La abro, dice:
“¿Vienes el sábado noche de bares gays?”
Y ahora que se ha roto ese equilibrio, no sé si sentirme agradecida o lamentarlo.”

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:23 am

Capítulo 4.
"Es sábado, Valentín ha venido a buscarme a casa y estamos caminando hacia uno de los bares que él frecuenta. Él parece muy cómodo, en su salsa, y yo en cambio estoy más perdida que un pulpo en un garaje.
- Ehh… Valentín, no te separes de mí, ¿vale?
- ¡Haha! Claro, no tengas miedo. No te comerá ninguno de los colegas que voy a presentarte… ¡porque eres chica!
No sé si el hecho de ser chica y no gustarles (sexualmente) me tranquiliza o me pone más nerviosa. Entramos al bar y me presenta a todos sus amigos, a cada cuál más pluma. Valentín saluda a uno de sus amigos con algo más que un beso en la mejilla… Bueno, al fin y al cabo el chico es guapo.
Me quedo hablando con el grupito de amigos de Valentín, y parece que el “más que amigo” parece haberse puesto celoso. Valentín y él no dejan de hablar poco amigablemente y mirándome de vez en cuando… qué falta de disimulo.
Van pasando las horas, Valentín y sus amigos salen a bailar, pero yo prefiero quedarme en la barra y tomarme una cerveza, dos, tres… Está claro que se ha olvidado de mí, pero por suerte en este bar no hay ningún hombre viejo que quiera llevarme a la cama.
Muerta del aburrimiento decido salir del bar y tomar el aire un rato. No hace nada de frío en la calle así que puedo quedarme aquí fuera sin que me dé hipotermia. A medida que mis oídos dejan de silbar debido al excesivo volumen de la música del bar, puedo acostumbrarme al ligero silencio de la calle, que se ve interrumpido por un grupo de mujeres que doblan la esquina. Me fijo en ellas, ninguna es excesivamente femenina. Si en esta zona hay un bar gay seguramente habrá también uno para mujeres. Sin pensarlo más y casi automáticamente empiezo a seguirlas y entro al mismo bar al que han entrado ellas segundos antes.
Efectivamente, nada más entrar me doy cuenta de que son varias las miradas que se dirigen hacia mí. Y no solo eso, sino que algunas de ellas me sueltan comentarios y gestos lascivos. Sigo avanzando para encontrar un hueco en la barra pero lo único que encuentro son mujeres besándose, y de las que no puedo apartar la mirada. Tengo que llegar hasta el fondo del local para encontrar un hueco. No dejo de mirar alrededor, todo me parece nuevo, extraño, fuera de lo “normal”. Me doy cuenta de que justo detrás de mí hay unas escaleras que llevan a un piso superior, pero no apartado; es como si fuera un balcón desde donde se ve todo el local desde las alturas. Y ahí está ella. Apoyada en la barandilla, sentada en una silla y bebiendo su cerveza. Con la mano que le queda libre se aparta el cabello rojo de delante de la cara y me mira. Me quedo paralizada, y cuando me doy cuenta me veo obligada a girarme rápidamente y pedir una cerveza.
Segundos más tarde siento una presencia a mi lado.
- ¿Es tu primera vez aquí? – pregunta una chica morena con claras intenciones de coquetear conmigo – Pareces perdida.
Yo solo sonrío y evito contacto visual con ella. Miro arriba de nuevo y la chica del pelo rojo ya no está en su silla.
- Te invitaría a un trago, pero veo que ya tienes uno. – insiste la morena.
- ¿Todo bien?
Alguien más se ha añadido a la conversación desde mis espaldas. Me doy la vuelta sobre el taburete y me la encuentro de frente. El corazón me late demasiado rápido, y me da rabia la comodidad en la que se encuentra ella. El color de su pelo me vuelve loca… Rojo.
- ¿Hablando con mi prima? – le pregunta a la morena.
- ¿Tu prima? – la morena se ríe vergonzosamente y se da la vuelta para marcharse – Permiso. Pórtate bien.
Entonces nos quedamos solas, ella y yo. Se sienta en el taburete que la morena ha dejado libre y pide una bebida a la camarera.
- ¿Por qué estás aquí tan sola?
- No lo sé… He venido por casualidad.
- Ajá… Por casualidad… – de nuevo se aparta el pelo de delante de la cara – Estás bebiendo un Bulldog… Cerveza de bollera.
Río nerviosa… Ella me pone nerviosa.
- No tenía ni idea.
- Claro… – la camarera le sirve la bebida y rápidamente se mete la pajita en la boca para tomar un poco – Toma. Prueba esto. Es leche de fresa.
Coloca el vaso frente a mí, y pruebo esa bebida. Es extraño, es muy espeso pero no es un batido.
- ¿Y bien? ¿Te gusta?
- ¿Sinceramente? – la miro un poco preocupada. – ¿No te molestarás?
- No, adelante, dime.
- Es asqueroso.
Ella ríe. Me gusta su risa. Recupera su vaso y bebe de él sin dejar de mirarme.
- Mejor, tengo más para mí. Me encanta. Podría tomarme litros y litros hasta caer enferma.
- ¿Y haces lo mismo con todo lo que te gusta?
Ríe de nuevo, niega con la cabeza y saca el paquete de cigarrillos del bolsillo de atrás de su pantalón. Lo enciende y le da una larga calada, se toma su tiempo para soltar el humo lentamente. Yo no dejo de mirarla. Me tiene hipnotizada y a la vez me da miedo.
- Es raro encontrar gente de tu estilo aquí.
- ¿Cuál es mi estilo?
- Tu estilo… No sé, menor de edad rondando por los bares de noche
- ¿Cómo sabes que soy menor?
- Simplemente lo sé. O sino… una chica hetero que es un poco curiosa.
- Ya te lo he dicho, entré aquí por casualidad.
- La casualidad no existe…
- ¿Tú crees?
Asiente con la cabeza y la apoya en su mano sin dejar de mirarme. Se muerde el labio y se me para el corazón. Trato de disimularlo bebiendo de mi cerveza.
- ¿Cómo te llamas?
- Anahí.
- Anahí… Bonito nombre. Anahí… Significa algo en…
- Guaraní.
- Cierto, significa… ¿sol? ¿esperanza? ¿amor?
- Belleza, “bella como la flor del ceibo”
- Bueno, me he acercado.
- Sí… Sol.
No sé si me gana la vergüenza o la atracción. Le doy un largo sorbo a la cerveza para vaciar del todo el vaso y tomar carrerilla.
- ¿Tú cómo te llamas?
- Me llamo Dulce.
- ¿A qué te dedicas?
- ¿Tú qué dirías?
- No se… Peluquera.
- ¿En serio? ¿Peluquera?
Mierda… Ahora la he ofendido. Bueno, se ríe, estoy a salvo.
- Estoy en cuarto año de Bellas Artes.
- ¿Bellas Artes? ¿Te gusta?
- Sí, claro que me gusta.
- ¿Por qué lo llaman Bellas Artes? ¿Hay artes feas?
- No, no hay artes feas… Es decir… – se sonroja, eso es bueno – Algunas pueden ser feas, pero es subjetivo. Hay Artes Decorativas, Artes Aplicadas… Pero no hay escuela de Artes Feas.
Cada vez se está acercando más a mí, y no es por el volumen de la música, que permite perfectamente el diálogo, cosa que agradezco. Noto como cada vez estoy más nerviosa.
- ¿Por qué no?
- Bueno… Es un buen punto. En la época de los Impresionistas, por ejemplo, todos los que eran rechazados del Salón para pinturas hermosas y todos los que eran considerados… “feos” iban al Salón de…
- ¿Lo feo?
- Sí – ella ríe de nuevo – Algo así como el Salón de lo Feo. ¿Te gusta la pintura?
- Bueno, me gusta pero no sé mucho sobre ella.
- Ajá… ¿Cómo qué?
- No sé… Picasso.
- Aja…
- Y… Picasso.
- Bueno, ya conoces…
- A Picasso.
Ella está muy cerca, no sé muy bien a dónde ha ido mi corazón. No deja de mirarme los labios. Por suerte, vuelve a beber de su “leche de fresa” que está asquerosa, cosa que le obliga a separarse un poco de mí y me permite no sentirme tan… ¿presionada?
- ¿Tú qué haces, Anahí?
- Estoy en el instituto todavía.
- ¿Qué estudias?
- Literatura. No me he graduado todavía.
- Y… ¿cuál es tu asignatura favorita?
- Bueno… Depende del profesor. Si el profesor me inspira, todas me gustan. Me parece interesante. Es un problema porque mis notas pueden variar, pueden pasar de 8 (sobre 10) a 2 en un año.
- ¿De 8 a 2? ¿En serio? – se echa a reír y bebe de su vaso – Así que contigo es todo o nada.
- También me gustan los idiomas. Soy buena en inglés.
- Yo soy pésima en inglés. Es algo que realmente me gustaría aprender. Debería tomar clases de inglés. Mi acento es una mierda, horrible.
- A mí se me da bien. Aprovecho para ver películas en inglés e incluso puedo verlas sin subtítulos. Me ayuda.
- Tendrás que enseñarme, si sabes tanto.
Entonces siento como alguien pasa rápidamente por detrás de mí, abraza a Dulce por la espalda y le da un rápido beso en los labios. Tengo que girar la cara hacia la barra para que no pueda ver mi expresión. Siento como si mi corazón estuviera quebrándose poco a poco… Celos.
- Cariño, ¿cómo vas? – dice la que confundí con un hombre la primera vez que las vi.
- ¿No saludas a mi prima?
Entonces todas empiezan a hacer burla de mí. No hago más que apartar la mirada y darle vueltas a mi vaso intentando alejarme de ellas lo máximo posible. Dulce consigue que me dejen tranquila.
- Vamos juntas a la disco del otro lado, ¿vienes, Dulce? – comenta una de sus amigas.
- Bien por ti. – responde ella.
- Ven con nosotras, cariño. Puede venir tu prima también.
Siguen haciéndome burla, hasta que Dulce casi las obliga a salir, avisando de que ahora mismo sale.
- ¿Qué instituto?
- San Agustín.
Dulce asiente ligeramente, sonríe y se marcha al grito de “¿¡No puedo hablar ni cinco minutos!?”
Pruebo de nuevo de la “leche de fresa” que Dulce ha dejado a medias. Definitivamente, asquerosa. Y seguidamente pido la cuenta. Por sorpresa mía, todo está pagado… Dulce.
No me daba cuenta de nada. Me sentía como si tuviera luz circulando por mis venas. Todo lo que me pasa tiene nombre… Dulce, se llama Dulce…”

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:23 am

Capítulo 5

"Es lunes. Ya ha sonado la campana y salimos todos de clase. Mis amigas cuentan qué hicieron el fin de semana. Yo prefiero quedarme callada, no sé qué tal reaccionarían al saber que estuve en un bar gay y otro de mujeres. Cuando salimos al patio de la entrada del edificio me doy cuenta de que hay mucho barullo. Más de lo normal.
- Eh, ¿os habéis fijado en esa chica de ahí? – comenta Lèa entre risas.
- ¡Habría que estar ciega para no fijarse en ella, con ese pelo!
¿Qué? Levanto la cabeza y miro hacia donde todos están mirando. El pelo rojo sale por debajo de su gorra. No le veo la cara pero sé que es ella.
- ¡Ni que viniera para reclutar gente para el orgullo gay!
Los comentarios poco agradables de mis amigas no cesan. Dulce está apoyada en la pared de la acera de enfrente, con una postura poco femenina, eso es cierto, y está encendiendo un cigarrillo. Se quita la gorra, coloca bien su pelo rojo y se la vuelve a poner. Y con ese movimiento, nuestras miradas se cruzan. Ya está, no hay escapatoria. Debo ir con ella.
Sin decir una sola palabra, miro a la izquierda para asegurarme de que no pasa ningún coche y cruzo la calle. No reparo en despedirme de mis amigas, pues no quiero que empiecen las preguntas. De todas maneras puedo escuchar cómo me llaman desde atrás, y susurran a mis espaldas.
- Hola, pasaba por aquí y he pensado…
No la dejo terminar, la agarro del brazo y empiezo a caminar en dirección contraria al instituto. Lo único que quiero es salir de ahí. Pero ella se suelta de mi brazo inmediatamente.
- ¡Ah, ya veo! Perdona, creo que debí confundirme contigo el sábado… – nada más decir eso se da media vuelta y empieza a caminar – Bueno, adiós.
- ¡No! Es que… yo… no me esperaba verte aquí.
La alcanzo y sigo caminando a su lado. Ella me mira de reojo.
- Oye, ¿y qué dirá tu novia si se entera de que has venido a verme? No parecía muy contenta el sábado…
- Hmm… Sí que tienes una forma rara de dar las buenas tardes… - estira los brazos hacia el cielo y coloca las manos tras su cabeza – En cuanto a Sabine… Se pone histérica por nada. Me da igual que lo sepa.
- Y… ¿por qué has venido?
Por fin me mira directamente a la cara. Esa gorra le sienta demasiado bien, hace que su pelo sea todavía más espectacular. Y su mirada… Me traspasa, y eso me pone nerviosa.
- La otra noche me quedé con ganas de charlar contigo… – le da una larga calada a su cigarro, y coloca las manos en sus bolsillos – … y aquí estoy.
- Entonces no pasabas por aquí, has venido a propósito. – haberla descubierto me hace reír.
- ¿Te importa saberlo?
- No, me gusta que estés aquí. ¿Y no tienes nada que hacer a estas horas?
- Pues… tenía la cabeza que casi me explotaba y he salido a que me dé el aire. Tengo exámenes y ando desbordada.
- Mira por dónde, yo también estoy de exámenes."

"- ¿Me puedo mover?
- Sí, claro – contesta mientras sigue con el retrato – No, espera. Quédate así. – me quedo quieta, pero me cuesta mucho, ella me vuelve a mirar y se ríe – ¡Es broma!
El hecho de ser objeto de sus burlas me hace sonrojar. Y el hecho de ser la modelo de su retrato me pone nerviosa. Al igual que su sonrisa, la sonrisa más sincera que he visto nunca. En realidad, todas las cosas que hace. Su misma presencia me pone nerviosa. Tendré que aprender a controlarlo.
- Gracias.
- Gracias, ¿por qué? – pregunta ella volviendo a mirarme.
- No sé… Solamente gracias.
- ¿Estás avergonzada?
- Un poco.
- ¿No te gusta? – entonces deja reposar el lápiz y hace una pausa en su dibujo.
- Sí, pero… No me hacen retratos todos los días. – este comentario le da vía libre a seguir con el retrato. – ¿Normalmente dibujas a las personas que conoces?
- No, normalmente no. Pero tenía ganas de hacerlo. – por un momento deja de dibujar y me mira – Casi nunca hago retratos. Escojo un detalle, lo memorizo y lo reflejo en mis pinturas de manera diferente. – deja el lápiz encima de la libreta y me aparta un mechón de delante de la cara – Puede ser el brillo de una mirada, un pliegue cerca de la boca, o un gesto en concreto. “La misteriosa debilidad de la cara del hombre”, ¿lo conoces?
- No, creo que no… - me he quedado embobada mirando sus labios, y como ya es normal en mí, me he perdido dentro de la conversación.
- Es de Sartre.
El parque en el que estamos es perfecto para nosotras, o como mínimo para esta situación. No hay nadie, es todo verde, se escuchan los pájaros piar y no molesta para nada. Y el color de su pelo… no dejo de pensar que es el color más perfecto. Desentona, pero no queda para nada mal. Llama la atención, pero a mí no me importa. Me tiene hipnotizada. Pasan las horas y no nos damos cuenta. Seguimos hablando de literatura, de arte…bueno, de lo poco que sé de arte, y de varias cosas más.
- Deberías leer “Existencialismo es Humanismo”. Es una buena introducción a la filosofía, y no es difícil de entender. La idea de Sartre es que la existencia precede a la esencia. Nacemos, existimos y nos definimos por nuestras acciones. Nos da una gran responsabilidad.
- Creo que lo leí. – entonces me mira sorprendida – pero no lo entendí. – ella ríe – Será que soy mala en filosofía pero para mí, la existencia y la esencia es como el huevo y la gallina. No creo que podamos saber qué llega primero.
Ella no puede evitar reír descontroladamente. Me gusta tener ese efecto en ella.
- Eres muy graciosa. Me gusta. – se pasa la mano por el pelo y lo coloca nuevamente detrás de sus orejas – Si necesitas ayuda con la filosofía no tienes más que pedirlo.
Mi corazón empieza a latir más rápido de lo normal. No sé si la propuesta es para realmente ayudarme con la asignatura, o es una excusa para verme más a menudo. De todas maneras no me importa, la cuestión es que es ella la que se ha ofrecido. Si la pudiera ver por lo menos tres veces a la semana sería la mujer más feliz de este mundo. Aún no puedo entender cómo puede atraerme tanto esta mujer, pero así lo hace, y así me tiene.
- Es tarde – dice mientras mira su reloj – Hace 15 minutos que tendría que estar con Sabine. ¿Quieres ver el retrato? No tiene por qué gustarte. – me ofrece la libreta y la acepto.
- Es extraño porque soy yo, pero no lo soy.
- Bueno, es un boceto. Necesita trabajarse más. – levanto la cabeza y me está mirando con esa sonrisa que me petrifica. – Te lo daré cuando lo tenga terminado.
- De acuerdo. – le devuelvo la sonrisa, pero otro pensamiento viene a mi cabeza y la sonrisa desaparece – ¿Llevas mucho tiempo con Sabine? – parece que su sonrisa ha desaparecido también.
- No sé… Dos años, más o menos. – sigue recogiendo sus utensilios de pintura, es decir, cuaderno y lápiz – ¿Por qué lo preguntas?
No sé realmente por qué se lo he preguntado. Y parece que en parte la pregunta le ha molestado. Suspiro y bajo la cabeza. Ella se levanta.
- No pareces feliz con ella…
- ¿Cómo puedes juzgar de esta manera cuando solo la has visto una vez?
- …en realidad, dos.
- ¿Qué?
¿Eh? ¿No se acuerda? Aquella vez en el paso de peatones de la plaza, y el sábado por la noche en el bar. Ella baja la cabeza, parece triste.
- Tengo que irme. ¿Qué haces esta semana?
- Bueno, tengo que estudiar para los exámenes, pero puedo hacer un hueco para ti. – vuelvo a mirarla y ella sonríe de nuevo. Eso me calma, no está molesta. – Sí, seguro que tendré tiempo. Déjame apuntarte mi número, y estamos en contacto. ¿Prometes que me llamarás? – digo levantándome y ofreciéndole un papel con mi número.
- Lo juro.
Entonces nos quedamos mirando cara a cara. Demasiado cerca como para que mi corazón se sienta cómodo. Le miro los ojos, profundos, oscuros, pero me hacen sentir bien. Sus labios, colorados, carnosos… Y de paso no ha dejado de morderlos en toda la tarde. Me dan ganas de darle un beso. Pero ella es más rápida y se acerca a mí para darme un beso en la mejilla. No es lo que yo pedía, pero menos es nada.
- Nos vemos pronto.
- Es un trato.
Sonríe por última vez y se da la vuelta. Yo me veo obligada a sentarme de nuevo en el banco para que mi corazón se tranquilice. Y paso la mano por mi mejilla. No hace falta decir que esta mujer me gusta demasiado.
El olor de Dulce se apoderó de mi corazón. Me quedé paralizada mientras todo mi ser quería arrojarse contra ella. Habíamos pasado dos horas aisladas del mundo y lo único que me importaba era volver a verla. Hundirme en la inmensidad de la profundidad de su mirada… Fundirme en sus brazos. Desaparecer en sus besos.
Llego a casa y mi madre está hablando por teléfono, refiriéndose a mí. Cierro la puerta a mis espaldas y voy hacia el comedor.
- Anahí, ¿dónde estabas? Tu padre y yo hemos cenado ya. – me ofrece el teléfono – es una amiga tuya… Dulce María. Muy educada, por cierto.
Sonrío levemente, mi corazón también sonríe, mi alma sonríe. Ha llamado enseguida, y se supone que estaba con Sabine. No entiendo nada.
- Mamá, respondo desde mi cuarto.
Subo corriendo las escaleras y entro en mi cuarto como si la casa se estuviera quemando y mi habitación fuera el único lugar seguro. Dejo las cosas en el suelo tal como caen y me lanzo a por el teléfono.
- Sólo me estaba asegurando de que me hubieras dado el número correcto. – su voz suena a través del auricular.
- ¿Creías que te estaba evitando?
- No lo sé. Las de mi estilo somos bastante raritas y dominantes.
- Ah, ¿crees que eres un estilo definido de mujer?
- Quizás. De las que tienen más de 18 y pasan las noches en bares de mujeres.
- Entonces es bastante diferente del estilo que dices que es el mío.
- Creo que somos bastante diferentes, sí.
- No estés tan segura. Esas cosas no se saben al primer encuentro.
- …al tercero, más bien.
Se acuerda… Claro que se acuerda. Por si no podía ser más feliz esta tarde. Se acuerda de las tres veces que nos hemos visto.
- Tengo que dejarte. Estoy delante del apartamento de Sabine y hace una hora que me espera… Ya te llamaré, ¿vale?
- ¿Cuándo?
- Mañana.
- ¡Vale! Hasta mañana.
Tal como cuelgo, todo se vuelve de color rojo. Me tumbo en la cama y veo rojo allá dónde mire. Rojo… se ha vuelto un color demasiado cómodo.

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:24 am

Capítulo 6.
Esta mañana el sol está radiante. Parece una mañana perfecta. Me he levantado sin sueño, sin preocupaciones, y con Dulce rondando por mi cabeza. He llegado al instituto y todavía es pronto, así que espero en la calle hasta que llegue alguna de mis amigas.
Veo a Lèa acercarse. Saludo desde lejos con la mano, pero ella aparta la cabeza y entra al edificio directamente. Decido seguirla para hablar con ella, debe pasarle algo, pero Valentín se interpone en mi camino.
- Disculpa, Valentín. Tengo que hablar con Lèa. Está muy rara esta mañana.
- Anahí, Lèa no dejará que te acerques. Debe creer que la homosexualidad es contagiosa. Está en modo “Edad Media” y lo considera una enfermedad o la mayor de las vergüenzas.
La sangre me sube rápidamente a la cabeza. ¿Cómo puede ser que piense eso? ¿Cómo puede ser que ponga la homosexualidad por delante de la amistad?
Valentín hace el amago de irse pero lo agarro del brazo para que no se vaya.
- Valentín, ¿les has dicho a mis amigas que eres gay?
- Bueno… Es más bien por ti.
Entonces todo empieza a cuadrar. El corazón se me para, noto como una burbuja me separa de todo lo que hay a mi alrededor, y las explicaciones de Valentín se vuelven un sonido opaco. Noto como el suelo se quiebra bajo mis pies, y tengo dificultades para pisar tierra firme. Caigo. Caigo muy abajo, muy profundo y muy oscuro. Siento morir en este instante. Escucho la voz de Valentin como un leve susurro, diciendo que ayer, después de que Dulce viniera a buscarme, tuvo que explicarles que fuimos de bares gays y que la debí conocer ahí.
Entonces mi burbuja explota y vuelvo a estar en la acera de enfrente del instituto. Veo a lo lejos a Lèa, Aude, y las demás amigas cuchicheando y mirándome. Valentín está encogido de hombros, y lo último que dice es:
- Lèa ha debido sacar la conclusión de que eres lesbiana.
Empiezo a caminar hacia el edificio, en dirección a mis “amigas”, pero antes me doy la vuelta, miro a Valentín y suspiro.
- Muchas gracias, Valentín.
Limpio las lágrimas que amenazaban en salir rodando por mis mejillas, y me acerco a ellas a paso firme y seguro.
- ¿Qué pasa contigo, Lèa? – la agarro del brazo para que me mire, pero ella rápidamente se suelta de ese agarre – ¿No me diriges la palabra porque fui con Valentín de bares gays?
- ¡No me tomes el pelo! – dice ella empujándome hacia atrás – Hay que ser muy rarita para ir a ese tipo de locales. ¡Están llenos de pervertidos y enfermos, y tú vas y te traes una tortillera!
Miro a Aude, con la intención de que salga en mi defensa. Pero ella parece no estar por la labor de cambiarse de bando. Simplemente permanece callada y seria. Estúpida hipócrita.
- Es una amiga.
- Sí, claro. ¿Y por qué no nos la presentaste?
- La acabo de conocer. Por eso no os la presenté.
- ¿Y Qué? ¿Ya le has comido el bollo a tu amiguita? ¿Su bollo es rojo como su pelo? Seguro que te lo has comido enterito, y ella a ti también.
De nuevo la sangre me vuelve a la cabeza, y puedo notar cómo se me hinchan las venas de los puños. De veras que si no para inmediatamente, le voy a pegar.
- Cállate Lèa, deja de decir estupideces! ¡Yo no soy lesbiana!
- ¡Me das asco! Solo de pensar que hemos dormido juntas, y que seguramente no dejabas de mirarme el culo!… ¡Me dan ganas de vomitar!
- ¡¡Cállate la puta! boca!!
Y como alma que lleva el diablo, me abalanzo sobre ella. Le agarro del pelo y trato de darle con la otra mano como sea posible. Ella lo único que hace es chillar y yo lo que quiero es matarla. Consigo agarrarla del cuello de la camisa y alzo el puño para dirigirlo directamente a su cara, cuando me siento amablemente atada desde atrás, me levanta y me aparta de Lèa.
Rápidamente una marea de gente la rodea y dejo de verla.
- No vale la pena esto, Anahí – dice Valentín – Ahora también me desprecian a mí. Ya sabes que no eran verdaderas amigas. Vámonos.
- Valentín, ¡¡YO.NO.SOY.LESBIANA!!
Últimas horas del curso antes de los exámenes… Ninguno de mis amigos me dirige la palabra. El aire apesta a estupidez humana. Valentín intenta que vea el lado bueno de las cosas. Que ahora podré concentrarme en los exámenes, sin llamadas por teléfono, sin salidas con las amigas…
No tengo amigas y punto. Me cuesta asimilar que me he quedado sola por algo que no he hecho. ¿Y si tuvieran razón? Todo esto es por su culpa.
- ¡¡Anahí!! – me llama mi madre desde la cocina. - ¡¡Teléfono!!
- Ya contesto desde mi cuarto.
Vuelvo a mi cuarto y cierro la puerta tras de mi. Me siento en la cama y respiro hondo antes de contestar al teléfono.
- Hola, ¿te molesto?
Su voz… Entra por mi oído y se dirige directamente a mi corazón. Siento cómo se encoge, pierdo la capacidad para respirar normalmente, y mis manos empiezan a temblar.
- Hoy he tenido muchos problemas por tu culpa.
- ¿Y eso? ¿Por qué? – parece preocupada.
- ¡Porque fuiste a mi instituto! ¡Ahora mis amigas se piensan que soy bollera y no quieren hablarme! – me sube la sangre a la cabeza y me arden las orejas.
- ¡Eh, eh! No digas eso. Es una vulgaridad y una falta de respeto. Tú eres mejor que eso.
Pensaba que se enfadaría por mi comentario, pero su voz suena dulce y tranquilizadora. Supongo que, en parte, me entiende. Yo no hago más que limpiarme las lágrimas que bajan por mis mejillas.
- Y las que tienen un problema son tus supuestas amigas. Ya no vivimos en la Edad Media.
- Cuando pienso que me consideran una pervertida sexual solo porque me fui contigo.
- ¡¡Anahí, deja de hablar de ese modo de los homosexuales!! – su humor ha cambiado por completo, creo que he llegado a su fibra sensible - ¿¡Es que te han lavado el cerebro o qué!?
- ¿Nunca te has avergonzado de ser así?
- Solo el amor puede salvar este mundo, ¿por qué tendría que avergonzarme amar?
Se me para el corazón en seco. “Amar”… Esto no puede estar pasando. Mis ojos se inundan de lágrimas nuevamente y cuelgo con fuerza el teléfono, sin pensar si lo he estropeado o no. Caigo tendida en la cama, y me encojo en posición fetal para seguir llorando hasta quedarme dormida."

"- ¿Diga?
- Anahí, soy Valentín.
- …
- Bueno, al menos sigues con vida. Es tranquilizador.
- ¿Por qué me llamas?
- Para invitarte a una copa.
- No me apetece que me lleves de bares gays. Ya tengo demasiados problemas.
- Me da igual el bar que sea, mientras salgas de tu concha, almeja.
- …
- ¡Mier*da! ¡Anahí, llevas una semana encerrada en casa!
- Dentro de unos días empiezan los exámenes. Ya te llamaré.
- No me vengas con esas, sabes que ese no es el motivo.
- …
- ¿Sigues sin querer hablarme de esa chica?
- No. Y vuelvo con los estudios. Nos vemos la semana que viene… Adiós, Valentín.
- Espera… Anahí siento lo que pasó el lunes. Te pido perdón.
- Gracias… pero necesito estar sola. Que tengas un buen fin de semana, Valentín.
- Vale… besos.
Y cuelgo el teléfono. Desde lo que pasó el martes no he vuelto a salir de casa. No tengo hambre, no estoy de humor, no quiero estar con nadie, soy incapaz de concentrarme con los estudios… Mi madre dice que tengo depresión pre-exámenes. Yo pienso que es por otra razón."

“12 de junio de 1996.
Valentín me ha llamado este mediodía. Cuando mi madre ha cogido el teléfono y ha dicho que era ara mí, el corazón se me ha acelerado y he saltado a por el teléfono pensando que sería Dulce. No me ha llamado desde que discutimos y le colgué. Hace una semana.
Cada vez que suena el teléfono tengo la mínima esperanza de que será ella. ¿Por qué no vuelve a llamar? Soy incapaz de salir por miedo a que llame cuando estoy fuera. ¿Por qué soy así? ¿Por qué hace una semana que no consigo sonreír y cuando suena el teléfono se me hace un nudo en el estómago?¿Por qué pienso tanto en ella?
Mamá enciende la tele y pone las noticias. “¡El día del orgullo gay de este año es…”
- ¿Otro día del orgullo gay? – protesta mamá - ¿Cuántos años más van a hacer esa tontería?
- Míralo, menudo circo. ¡Esa hasta se ha rapado la cabeza! – comenta mi padre.
- ¡Qué fea, dios mío!
Entonces levanto la cabeza y miro el televisor. Es la novia de Dulce. Sabine. Sabine Decoq. ¡Eso es! ¡Sabine Decoq!
Termino de cenar rápidamente y subo corriendo a mi habitación.
- Sabine Decoq Molinel, 157 de Lille. ¿Quiere también el número de teléfono? – escucho des del otro lado de la línea.
- No, gracias. Adiós señora.
Sería inútil ir mañana, Dulce estará muy ocupada con el día del orgullo gay… Mejor el lunes.

“13 de junio de 1996
En el timbre de Sabine no aparece el nombre de Dulce. Eso quiere decir que no viven juntas. No sé por qué, pero estoy contenta.
Estoy en un bar, tomando un refresco y escribiendo en mi diario. Me va bien para despejarme y dejar volar mis sentimientos y emociones. Miro por el ventanal y ahí la veo a ella. Dejo un billete en la mesa y le grito al camarero que se quede con el cambio. Salgo corriendo tras ella, sin siquiera mirar si pasan coches al cruzar la calle.
- ¡¡Dulce!!
- Anahí… – ella se gira para verme venir.
- Buenos días. – saludo al llegar hasta ella.
- ¿Qué haces por este barrio?
- Yo… ehh…
Ni siquiera había pensado en lo que le diría…
- Nada… Estaba en la ciudad e iba hacia la estación.
Ella no contesta. No se la ve contenta de haber “coincidido”. Bajo la cabeza y suspiro, incapaz de quedarme quieta con las manos.
- Me viene bien encontrarme contigo. – por fin arranco – Quería disculparme, pero no sabía donde vivías… – alzo la cabeza y la miro a los ojos – Perdona por haberte echado la culpa y haberte hablado así.
Primera reacción, sorpresa. Pausa. Segunda reacción, sonrisa. Uff, me acaba de quitar un peso de encima. Se retira el pelo de la cara y lo coloca detrás de la oreja. Echaba de menos este tipo de cosas suyas. La echaba de menos a ella.
- …perdona por haberte gritado – se disculpa ella – Venga, vamos a sentarnos en alguna parte a hablar. "

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:24 am

Capítulo 7.

"Hemos comprado comida y cerveza por el camino, y la tranquilidad que nos rodea inspira a tener conversaciones interesantes. Estamos en el parque donde fuimos cuando me vino a buscar a la salida del instituto. Es raro, porque a pesar de ser un parque espectacularmente bonito, nunca viene mucha gente. ¿En serio la gente no tiene un momento para desconectar de todo y venir a este parque? Bueno, en realidad es mejor para nosotras. Se ha convertido en nuestro templo de la sinceridad.
- ¿Le quitas la grasa? – comento mientras veo que Dulce lanza la parte grasa del jamón cocido.
- Sí, no me gusta.
- A mi tampoco me gusta mucho, pero tuve problemas hace unos años y aprendí a comerlo todo. Ahora puedo comer sin parar todo el día, a pesar de que esté llena. Bueno, todo excepto el marisco. Lo detesto.
- ¡A mí me encanta! – exclama Dulce con emoción – Me encantan las ostras.
- ¿En serio? – digo mientras un escalofrío recorre mi espalda – Tan sólo la textura me da asco.
- ¿Cómo puedes decir eso? – dice con la boca abierta – La textura es la mejor parte.
- ¡Son como mocos! ¡¡Mocos grandes!!
- Que va. – ríe ligeramente – Son como otra cosa.
Puedo notar como los colores suben a mis mejillas, y no puedo evitar quedarme callada y apartar la mirada de ella.
- No lo quiero saber. – digo mientras acerco el botellín de cerveza a mis labios. –¿Cuándo fue la primera vez que probaste…
- ¿Qué probaste una salchicha? – interrumpe ella “completando” mi pregunta.
- Que probaste una mujer. – aclaro rápidamente.
- ¿Te refieres a besar… o a probar? – ríe de forma juguetona y me pone nerviosa, como siempre.
- Eh… Besar… – miro a otra parte, para evitar contacto visual con ella – …para empezar. Después veremos.
- Bueno… – empieza ella sin pensarlo mucho – Yo tenía catorce años. Había una fiesta, y todas las chicas iban acompañadas de chicos. Y yo salí con mi amiga Louise. No nos besamos en la fiesta, pero la dije que se quedara a dormir en casa, y ahí fue cuando nos besamos.
- Entonces, ¿siempre preferiste a las chicas? – digo de nuevo llevando la cerveza a mis labios.
- No, en realidad lo probé todo. Salí con chicas, chicos… y me di cuenta de que prefería a las chicas, entonces me guardé el secreto en lo más profundo de mi ser. Yo tenía el pelo largo y me lo corté para poder llevarlo de pinchos. Me ponía ropa tres tallas más grandes y siempre iba con chicos. A veces hasta me peleaba. Luchaba con tantas ganas conmigo misma, con mis deseos, que no me daba cuenta del miedo que tenía, de la rabia que sentía, y que era eso lo que me hacía ser tan violenta. Ahora lo pienso y me asombra que me portara así.
Ella está tumbada en el césped, con las manos detrás de la cabeza, y mirando al cielo. No me mira a la cara cuando cuenta cosas sobre ella, supongo que le dará vergüenza. Yo estoy sentada a su lado, y desde arriba tengo una vista espectacular. Puedo ver sus ojos, sus labios, y su cuerpo perfecto que agradezco que ya no vista con ropa grande. Su pelo rojo fuego desparramado por el suelo, mezclado con el verde del césped… me acelera el corazón.
- Mi madre se dio cuenta. Fue ella quien se acercó a mí. Yo no me habría atrevido a dar el primer paso. No me empujó en un sentido o en otro. Solo quería que fuera feliz, que me aceptase como persona.
Se acomoda sobre sus codos, y me mira a los ojos por primera vez desde que ha empezado a hablar. Su cabello reposa sobre sus hombros y le cae por delante de la cara, cosa que evita con su gesto ya característico, poniéndolo detrás de la oreja.
- Poco a poco me di cuenta de que hay muchas formas de amar. No elegimos de quién nos enamoramos, y nuestra idea de felicidad se impone a nosotros en función de cómo vivamos… ¿Responde eso a tu pregunta?
- Sí.
Sonrío, ella sonríe también. Se vuelve a tumbar tal y como estaba antes, y yo me tumbo a su lado sobre mi costado, de manera que puedo seguir mirándola.
- ¿Y Sabine? – pregunto.
Ella gira la cabeza hacia el otro lado. No quiere mirarme de nuevo. Tengo la sensación de que el tema le incomoda, pero ella empieza a hablar de nuevo.
- La conocí en Bellas Artes. Gracias a ella tengo la vida que llevo ahora. Me ha ayudado mucho a aceptar mi situación. Además de en el trabajo, claro. Me inició en la cultura gay y sus amigos se convirtieron en mis amigos. No sé dónde estaría ahora, de no ser por ella.
El silencio se apodera de nosotras. Ella sigue mirando hacia el otro lado y yo decido llamar su atención nuevamente poniendo mi mano en su brazo. Como era de esperar, ella gira la cabeza de nuevo y me mira a los ojos. Parece triste.
- Dulce, ¿cuándo podremos volver a vernos?
Se recuesta de lado, mirándome directamente, y pone su mano encima de la mía, entrelazando sus dedos con los míos.
- Te llamaré cuando termines los exámenes, ¿vale?
Sonrío y asiento con la cabeza. Ella también sonríe y me pierdo en sus labios. Miro sus ojos, que en este momento brillan con intensidad; su pelo, que a pesar de reposar en el césped, ondea ligeramente por la suave brisa que recorre el parque. Y vuelvo a mirar su boca, se muerde el labio inferior, y un relámpago viaja por mi cuerpo des del corazón hasta mi parte más íntima.
Una fuerza que no sé bien de dónde viene, provoca que me incorpore sobre mi codo y me incline sobre ella. Mis labios buscan los suyos hasta encontrarse, y al primer contacto todo el mundo desaparece a nuestro alrededor. Solo existen sus labios, y los míos. Ella corresponde al beso, pero me separo antes de profundizarlo más.
De nuevo vuelvo a tumbarme con los brazos detrás de mi cabeza, y una sonrisa de oreja a oreja. Ella ríe. Y yo me sonrojo, sin poder evitar apartar la mirada del cielo, un cielo que a pesar de ser completamente azul, a mí me parece verlo de color rojo. Rojo como su pelo. Rojo como la pasión. Rojo como el amor."

"Como cosa rara he llegado temprano al instituto, así que decido sentarme en las escaleras cercanas a la entrada. No tarda en llegar Valentín, y como era de suponer, me pregunta por mi cara. No puedo esconder la sonrisa que me lleva persiguiendo desde ayer.
- ¡Buenos días, Valentín!
- Pareces feliz… – comenta mi mejor amigo, sentándose a mi lado.
- Creo que empiezo a aceptar todo lo bueno que hay en lo que me pasa. Y he dejado de preocuparme por lo que piensen los demás.
- ¡Wow! ¿Has tenido una revelación, o algo?
- Se llama Dulce… – confieso sin evitar que mi sonrisa crezca.
- ¿Eh?
- La chica que conocí el sábado que salí contigo. La que vino aquí el lunes. – Valentín no quita su cara de asombro – Me pediste que te hablara de ella. Pues, se llama Dulce, pero esa no fue la primera vez que la vi.
- ¡Oh! ¡Esto empieza a ponerse interesante! Me lo contarás, ¿verdad? ¿Cuándo os visteis por primera vez?
Me asusto ante la excesiva emoción de Valentín. Y me quedo callada. Y giro la cabeza hacia otro lado.
- Eh… Mejor que no, Valentín.
- Creía que ibas a dejar de preocuparte por el que dirían – contesta él, un poco enfadado. – Empieza a resultar molesto que te dé miedo que te juzguen, y más por mí. Parece que no me tienes ninguna confianza, o que soy demasiado tonto para entenderlo.
Valentín se cruza de brazos y permanece mirando al infinito con el ceño fruncido. Yo alargo mi mano y acaricio su cabello rizado, provocando que vuelva a mirarme.
- Valentín, perdona. No es por ti, pero antes tengo que entender yo lo que me pasa.
Parece convencido, se levanta y tiende la mano para que me levante con su ayuda.
- Venga, vamos. Que tenemos examen."

“2 de septiembre de 1996.
No he notado el paso del verano. Dulce y yo nos pasamos el tiempo juntas. Hablamos por teléfono durante horas, de nuestra vida, de nuestras ideas, y de muchas otras cosas. Nos veíamos cuando ella podía. Esperaba nuestras citas con impaciencia. Apenas podía dormir, feliz pero angustiada, porque estaba a gusto con ella y tenía miedo de perderla.
Y de ese modo empezó a crecer algo, el deseo de ella. Deseo de estar en sus brazos, deseo de acariciarla, de besarla, de que ella también lo quisiera, que me quisiera. Ahora… estamos muy próximas. A veces siento que me pesa esta ambigüedad… y espero… conteniendo el aliento, pendiente del suyo… y un instante después me puede la vergüenza, y me odio, y me ahogo en esta bola de fuego que solo quiere abandonar mi vientre.
Y ya no puedo más
La rabia se ha apoderado de mí. Llueve energéticamente en la calle pero yo no me doy cuenta, no me importa. Llego, y toco el timbre como si me fuera la vida en ello. Hasta que abre la puerta.
- ¿Anahí?
- Valentín… yo… yo…
Y en este preciso momento rompo a llorar, hundiendo mi cara en mis manos. Y siento como Valentín tira de mi brazo amablemente.
- Entra, voy a prepararte un chocolate caliente. Estás toda empapada.
Valentín ha ido a prepararme una taza caliente, yo estoy en su cuarto, sentada en el sillón, y no he parado de llorar desde que ha abierto la puerta. Entra mi mejor amigo con el chocolate y una toalla, que coloca sobre mis hombros y espalda.
- Pero bueno, ¿vas a decirme que te pasa? Hace tres semanas que no sé nada de ti y te recupero hecha pedazos.
Yo no puedo dejar de sollozar, sigo con la cabeza entre mis manos. Me duele todo.
- Es por Dulce, ¿verdad?
Y mi llanto aumenta al escuchar su nombre. Valentín me abraza y deja que me calme en su pecho.
- ¿Por qué quiero esas cosas de ella? ¿Por qué imagino esas cosas? ¡Es horrible!
- ¿Qué es horrible? – pregunta sin dejar de abrazarme.
- No tengo derecho, es una chica. Es horrible. – y mi llanto vuelve a impedir que siga hablando.
- Anahí, lo horrible es que la gente se mate por petróleo y se cometan genocidios… y no querer dar amor a alguien.
Me separa de su pecho y sujeta mi cara con las dos manos.
- Y es horrible que te enseñen que está mal enamorarte de alguien solo porque tenga el mismo sexo que tú.
Los sollozos desaparecen, las lágrimas dejan de recorrer mis mejillas y dejo de respirar. Solo puedo sentir el latido de mi corazón, como si quisiera salir de mi pecho. Me arde la cabeza, me arden las mejillas, pero mi corazón se dispara cuando pienso en ella.
- Porque estás enamorada de Dulce, ¿verdad?"

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:24 am

Capítulo 8

“6 de septiembre de 1996.
Me guste o no, hoy vuelven las clases y será mi último curso aquí. Es el curso previo a la universidad y pienso centrarme y estudiar a fondo. Quiero ser digna de la madurez que se espera de mí y que el año pase muy deprisa… Tengo la cabeza en otra parte. En el futuro.
Tengo sed de encuentros y de descubrimientos. De descubrirme a mí misma.
Estoy con Dulce en un bar. Ha querido que nos veamos para tomar algo. Yo no dejo de darle vueltas a mi refresco.
- ¿Qué tal la vuelta a clase?
- Bueno… – suspiro – me la podría haber ahorrado. Pero el mal trago ya pasó.
- ¡Ah eso! ¡No siempre podemos hacer lo que queremos! – comenta ella con una sonrisa juguetona – ¡Pero como alguna zorra se meta contigo, me encargaré de que se le quiten las ganas de faltarte al respeto!
- ¿De verdad? – digo sin mucha emoción en mis palabras – ¿Y por qué ibas a hacer eso?
Dulce se sorprende por mi pregunta, y noto como su mirada se clava en mis ojos, aunque yo no la esté mirando a ella.
- Porque no soporto la idea de verte sufrir. – dice en el tono más sincero que he escuchado jamás.
Yo sigo dando vueltas a mi refresco, y no he levantado la mirada de la mesa desde que me he sentado. Ella agarra su taza y se termina el té de un solo sorbo. La siento más cerca que antes.
- Annie, ¿qué te pasa? Mírame.
“Si te miro querré besarte.”
- Annie…
Con una de sus manos detiene el vaso que no dejaba de dar vueltas, lo aparta y me agarra la mano. Con la otra mano viaja hasta mi cabeza; acaricia mi cabello y deshace la goma que sujetaba el moño hecho de cualquier manera. Noto como todo mi cabello se despliega sobre mi hombro y cae sobre mi pecho, a la vez que su mano me lleva a apoyarme en ella. Puedo escuchar su corazón desde aquí, y con cada inspiración siento su aroma a colonia masculina, que a pesar de eso, me gusta, me encanta.
- Eh, pequeña… ¿Es por la vuelta a clase?
Entrelaza una mano con la mía y la acaricia con el pulgar.
- No es eso…
Noto sus labios entre mi cabello y deposita un cariñoso beso en mi cabeza. Con la mano que tiene libre no deja de acariciarme el cabello. Estoy tan bien así que podría dormirme aquí mismo. Con su olor, el sube-y-baja de su pecho, el latido de su corazón y sus caricias. Pero a pesar de eso, sé que las cosas no están del todo bien.
- Annie, en la barra hay dos tipos que nos miran raro. Creo que será mejor irse.
Cierro los ojos, inspiro una gran bocanada de aire y lo expulso lentamente de mi interior. Seguidamente me veo obligada a abandonar tan cómoda postura.
Estamos caminando por la calle, ninguna de las dos habla, y no quiero mirarla tampoco. Hasta que mi paciencia llega a su límite y detengo en seco mis pasos, a lo que ella frena y me mira con intriga.
- Dulce, ¿por qué estamos dando vueltas? Sé que vives aquí al lado.
Retiro unos mechones de mi cabello de delante de mi cara y los sujeto detrás de mi oreja. Me quedo de brazos cruzados y mirada baja.
- ¿Por qué siempre me hablas de tus libros, tus pinturas y tus tesoros, pero jamás me invitas a verlos, a subir a tu casa?
Alzo la mirada y puedo ver cómo se da la vuelta para darme la espalda. Bajo la mirada de nuevo y cierro los ojos con fuerza, con rabia.
“No cedas, Annie. No te rindas.”
Noto como una de sus delicadas manos me agarra del mentón y me obliga a levantar la cabeza. Sus dedos recorren mis labios y seguidamente mi mejilla, su mano baja por mi cuello y viaja hasta mi brazo, tirando de él para acercarnos y quedar pegadas la una contra la otra.
Con la otra mano sujeta mi cabeza, besa mi cabello, mi frente, mi nariz, mi mejilla… y desgraciadamente se detiene. Suspira levemente, está triste, lo puedo notar.
- El chico del que te enamores será el más afortunado del planeta…
Se aleja y dobla la esquina. Yo me quedo paralizada. Siento como si mi cuerpo no me perteneciera. Como si pudiera verme desde fuera, ver todo lo que me rodea. Y todo lo que me rodea es oscuridad.
Tú eres ese chico. ¿Cómo has podido decirme eso, Dulce? Tú eres ese chico que se supone que es el más afortunado del planeta.
Y sin ser consciente mis piernas empiezan a correr de forma descontrolada, al igual que las lágrimas recorren mis mejillas. Doblo la esquina y entro por aquel portal por el cual la he visto entrar más de dos veces.
¡Eres tú, Dulce! Eres tú.
Busco en los buzones para saber el piso al que debo ir, y comienzo a subir las escaleras como si el alma de un atleta profesional se hubiera apoderado de mí. Golpeo la puerta de su apartamento con mi mano y me sorprendo al notar que la puerta está abierta. La veo a ella tirada sobre la cama, con la cabeza hundida contra la almohada, y cierro la puerta ruidosamente.
Ella se incorpora y me mira rápidamente, sorprendida.
- ¿¡Por qué!?
Y me abalanzo sobre ella, sentándome sobre su regazo y golpeando sus hombros. Sin impedir que las lágrimas rueden por mi cara sin control.
- ¿¡Por qué, Dulce!? ¿Por qué no me has traído nunca aquí? ¿Por qué?
Ella me abraza, mientras trata de contenerme. Y yo rompo a llorar de nuevo en su hombro. Me separa un poco, me agarra de las mejillas y me obliga a mirarla a la cara. Ella también está llorando.
- Porque…
Me besa la frente, me besa los párpados y me echa hacia atrás, obligándome a levantarme. Mientras me abraza, me lleva hacia la pared. Me besa la mejilla, me besa la oreja, me besa el mentón.
- Porque no habría podido contenerme y no hacerte el amor.
Y me besa apasionadamente, siento mis labios contra los suyos, pero es distinto de la otra vez en el parque. Me encuentro con su lengua que no para de moverse con la mía. Me muerde el labio.
“Grito. Mi vientre, mi corazón, mi garganta, todo mi cuerpo grita. Tú, tú, tú. Sólo estás tú.”
Se deshace de mi chaqueta y mi camisa sin yo darme cuenta. Y su camiseta también desaparece en cuestión de segundos. Me sorprendo a mi misma desabrochando y quitando su pantalón junto con su ropa interior, a la vez que ella me libera de la mía.
“Te amo, te amo te amo, te amo.”
Me lleva hasta la cama, me tumba en ella y se recuesta sobre mi, entre mis piernas. Besando el lóbulo de mis orejas, bajando por el cuello, hasta mis pechos. Los besa, los muerde, los lame… y con su cadera empieza unos movimientos que me vuelven loca.
“Dios mío… Su sexo. Su sexo desnudo contra el mío. Me voy a volver loca. No quiero vivir sin ella.”
Y cuando le parece suficiente sigue el recorrido de sus besos por mi abdomen hasta llegar a mi intimidad. Me mira buscando señal de aprobación, pero yo solo miro sus ojos, más profundos que nunca, más oscuros que nunca… donde solo hay pasión.
Noto como sus labios se apoderan de mi punto más sensible, y no puedo hacer más que dejar caer mi cabeza y gemir. Jamás lo había hecho de esa manera, bueno, jamás lo había hecho. Y no quiero dejar de hacerlo nunca. No sé exactamente qué es lo que está haciendo, pues yo solo siento un remolino dentro de mí que se va haciendo más grande a cada momento. Noto como deposita sus manos en mis pechos y juega con mis pezones, y el remolino aumenta hasta estallar.
“Ese grito. Ese grito. Ese grito. Te amo.”
Y aparece de entre mis piernas para recostarse en mí de nuevo. Atrapa mis labios y noto el sabor de mi sexo en su beso. Se deja caer al lado sin dejar de besar mi boca, y soy yo la que baja hacia su mentón, por su cuello y me detengo en sus pechos. Le acaricio el trasero y la parte alta de las piernas, y sigo bajando por su estómago, su ombligo, deposito un último beso en su cadera y me dispongo a seguir descendiendo, pero tu mano me detiene sujetando mi mejilla.
- No. Anahí, espera… Tú nunca has hecho eso.
Subo rápidamente hasta quedar a su altura y me apodero de sus labios nuevamente. Busco su entrepierna con mi mano y tras notar su humedad, introduzco uno de mis dedos. Ella cierra los ojos, gime y echa la cabeza atrás.
- Quiero hacerlo todo contigo. Todo lo que pueda hacerse en una vida.
“La delicia. La delicia de su cuerpo, de toda esta locura…”

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:24 am

Capítulo 9
"- ¿¡Y luego!? – pregunta Valentín con cara de asombro.
Dejo el zumo en la mesa y le miro con una sonrisa de medio lado, sin esconder mi orgullo.
- Después nos dormimos abrazadas. Me desperté a eso de las diez de la noche y me apresuré a irme, procurando no despertarla. Por supuesto, en casa me echaron la bronca, pero ese era el menor de mis problemas.
- ¡Wow! ¿Y ahora qué vas a hacer?
- Volveré a verla después de clases."

"Subo las escaleras tranquilamente, sé que me está esperando, así que no tengo prisa y no quiero llegar sacando el hígado por la boca y no poder saludarla decentemente.
Cuando llego al piso correcto, veo su puerta abierta de par en par y ella, tirada en el suelo, recogiendo unos papeles. Ella nota mi presencia pero apenas me dirige una mirada, y un simple “Hola” sale de sus labios. Yo entro y me siento en la cama, junto a ella.
- Perdona que ayer me fuera sin decirte nada, pero llegaba muy tarde a casa.
Dulce sigue sin levantar la mirada, está demasiado centrada en sus papeles y dibujos. Dirijo mi mano hacia su pelo, y aprovecho para apartarlo de delante de su cara. Ella me coge de la muñeca y detiene el contacto de mi mano con su cabeza. Por fin levanta la cabeza, pero no con la expresión que desearía.
- Annie, no podemos volver a hacer eso.
- ¿Hacer qué?
- Sabes que estoy con Sabine.
Por supuesto que sé de qué me habla, y ya sabía que lo decía por Sabine, pero escuchar su nombre de nuevo me parte el corazón. La mujer que amo pertenece a otra, que no ama. Un suspiro sale de mi alma y se refleja en mi cuerpo.
- Anahí, tú no eres lesbiana. Esto se te pasará, ya…
- ¡¡Tú no eres quién para decirme lo que yo quiero!! – la interrumpo levantándome con energía de la cama.
Las lágrimas rabiosas empiezan a acumularse en mis ojos, noto la presión en las venas de mi cuello y mi frente. Ella me mira, y no puedo evitar darme la vuelta y dirigirme a la puerta sin importarme Dulce. Abro la puerta, pero Dulce lo impide, cerrándola de nuevo antes de que tenga tiempo de salir.
- Dímelo.
Se me acerca y me agarra de las mejillas, yo no puedo mirarla, tengo que salir.
- Dime lo que quieres, Annie.
- ¡¡NOOOO!!
Saco fuerzas no sé de dónde para apartar a Dulce de delante de mí y salir corriendo de ese edificio, dejando a Dulce llorando apoyada en la puerta, y yo corriendo por la calle sin evitar que las lágrimas rueden por mis mejillas.

“8 de septiembre de 1996.
Nadie dijo que sería fácil. Fue mi pequeño cerebro de adolescente que creyó que sí. Cuando Dulce me hizo esa pregunta, yo sabía lo que debía responderle. Sé lo que quiero, pero otra cosa es asumirlo. Quiero a Dulce. Que estemos juntas… Yo quiero, yo quiero, yo quiero… Pero ella está con Sabine, que debe ser genial, mientras que yo solo soy una cría.
Aun así la quiero. En la vida he estado más segura de mí misma.”

“12 de octubre de 1996.
Hoy cumplo 17 años. Valentín ha organizado una fiesta sorpresa en mi honor, con la ayuda de mis padres. Vinieron amigos del instituto y miembros de mi familia. Y… y Dulce me ha llamado. No nos habíamos hablado desde el numerito en su apartamento. Llamaba para desearme feliz cumpleaños. La verdad es que ni lo mencionamos… Yo no conseguía tratarla como antes. Y ella tampoco a mí. Me preguntó si quería que nos viéramos. La verdad es que me resistía a verla, pero era incapaz de encontrar una razón. Así que le respondí que sí y pasado mañana voy a comer en su casa. Me ha invitado para celebrar mi cumpleaños.
Cuelgo el teléfono y Valentín se sienta a mi lado. Sabe, por mi cara, que he estado hablando con Dulce. Le conozco, y me conoce demasiado.

- ¿Qué vas a hacer?
- No lo sé – contesto suspirando, y apoyo los codos en mis rodillas – Supongo que lo prudente es no ir. No volver a verla… ¿Tú qué harías?
- Seguiría mi corazón.
Le miro sorprendida. Este chico está loco.
- ¡Ah, claro! Gracias. Como haga eso, ¡se va a armar una buena!"

"- Y bueno, ¿qué has hecho este último mes? – pregunta Dulce mientras me sirve una copa de champán.
- Nada especial. En la escuela, y esas cosas. – respondo y le doy un sorbo a la copa que me ofrece – Y mi mejor amigo se ha compinchado con mis padres para montarme una fiesta de cumpleaños a mis espaldas.
- Valentín, ¿verdad? – comenta bebiendo de su copa.
- Sí, Valentín. Y estuvo muy bien, la verdad.
- Es una muestra de cariño que haya organizado eso para ti. – dice mientras saca del horno una enorme bandeja.
- Por cierto, gracias por haberme preparado esta comida a solas. – ella me mira y sonríe amablemente – ¿Por qué no has invitado a Sabine? Habría sido la ocasión para que nos conociéramos.
- No está enterada. – asegura Dulce mientras corta la quiche que ha cocinado – Y me habría costado un ataque de celos teneros a las dos aquí.
- Pero si no tiene motivos para estar celosa. Tú y yo solo somos amigas.
Escucho como deja ruidosamente el cuchillo en el mármol, y voltea a verme con cara de pocos amigos. Yo bebo tranquilamente de mi copa.
- ¿A qué juegas, Anahí?
- ¿Y tú por qué me escondes siempre a tu amiga?
Dulce suspira. Voltea de nuevo hacia la cocina y empieza a servir la comida en los platos.
- De primero tenemos quiche lorraine. – dice mientras pone un plato delante de mí.
Tal como deja el plato, lo aparto y la miro seriamente.
- Por favor, Dulce. Necesito respuestas…
Ella deja su plato en la mesa y se apoya en ella con ambos brazos, y la cabeza escondida.
- ¿Qué cambiaría eso? En un momento u otro acabarás encontrando a un chico que te guste y todo te empujará a estar con él. Seréis felices y yo acabaré como una mierda!. – se sienta en la silla delante de mí – Así que, ¿para qué?
Mi corazón empieza a latir más rápido de lo normal. Y entonces nada tiene sentido.
- Pero… pero… ¿Es por eso? ¿No dejas que tenga un sitio en tu vida sólo para protegerte?
Ella me mira fijamente unos segundos, y después hunde su cabeza entre sus manos.
- Yo… yo…
Me levanto de la silla y me acerco a ella, rodeando la mesa, con intención de abrazarla. Pero ella me detiene, poniendo su mano entre nosotras.
- No… No… No puedo.
Me quedo en cuclillas, al lado de su silla, intentando verle la cara entre sus manos.
- Nunca podré entender la razón que acabas de darme.
Voltea a verme y aprovecho esa oportunidad para abrazarla, rodearla con mis brazos, que se sienta querida, tratando de que aclare sus ideas.
- ¿Has olvidado ya el primer día que vine aquí…? – pregunto sujetando su cara con mis manos – Corrí un riesgo enorme contándote lo que sentía. ¿Lo has olvidado ya? Tengo la sensación de que sólo lo soñé, y eso es horrible. Por favor, necesito que tú también te arriesgues, necesito saber que no lo soñé.
Me mira a los ojos, me acaricia el mentón con sus dedos y pasa su mano por detrás de mi nuca, para acercarse a mí y besar suavemente mi mejilla.
- No… No lo soñaste.
Pasa una mano por mi espalda para pegarme a ella, y junta nuestros labios desesperadamente. Se deja caer de la silla, y yo rodeo su cintura con mis piernas, sin separar nuestros labios. Paso mis brazos por su cuello y ella se levanta, sin dejarme caer, y sin mucho esfuerzo, para llevarme hacia la habitación. Siento que sus manos en mi trasero hacen más que sujetarme, y mi corazón cada vez late más rápido. Nuestros labios se separan un segundo para coger aire y volverse a juntar, cerrando la puerta detrás de nosotras, y dejando la cena en la mesa, enfriándose. "

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:24 am

Capítulo 10

“2 de febrero de 1997.
Así fue como empezó todo. Así empecé a vivir en secreto. Sólo lo sabía Valentín. Me inventaba excusas para pasar tiempo con Dulce. <<Lo siento, chicos, pero tengo que visitar a mi abuela, no puedo ir mañana al cine>>. O: <<Mamá, esta noche duermo en casa de una amiga para repasar filosofía>>. Debo decir que los últimos meses he mentido mucho.”
Estoy en el metro, rezando para que el camino se me haga más corto de lo normal y pueda ver a Dulce lo antes posible. Cuando llego, salgo corriendo y subo las escaleras como si no hubiera un mañana. Y ahí me espera ella, con una sonrisa de oreja a oreja. Y me fundo en sus brazos, y mis labios buscan el calor de los suyos. Ella enreda sus dedos con los míos y empezamos a caminar hacia su piso.
“Pero no puedo hacer otra cosa. Tengo demasiado miedo… ¡Tuve suficiente con la humillación por la que me hizo pasar Lèa! Además soy muy feliz. Dulce parece aceptarme cada día un poco más y me llena de cariño. Me ha dejado echar raíces en el sitio que me ha reservado en su vida. Ese sitio que me avergüenza nombrar… Porque no soy su novia. Al principio pensé que me convenía, pero ahora empieza a ponerme enferma.”
Atina con dificultades la llave en la cerradura. No puedo dejar de besarla desde que hemos entrado por el portal. Antes de entrar a su departamento ya me he deshecho de su gorro y nuestros abrigos. Cuando consigue abrir, simplemente me empuja hacia dentro agarrándome de la cintura para impedir que nos separemos, y en pocos segundos nos encontramos las dos completamente desnudas. Un brusco movimiento me hace caer boca abajo sobre la cama y no tardo en sentir su cuerpo sobre mi espalda, impidiendo que me mueva, y por lo tanto, tomando el control de la situación. Puedo notar su respiración en mi oído, y sus labios rozándome la oreja, susurrando un “No te muevas”; y en cuestión de un segundo siento cómo la presión que estaba ejerciendo sobre mi cuerpo desaparece.
Con sus manos acaricia las plantas de mis pies, provocando que un escalofrío suba por mis piernas y mi espalda hasta llegar a la nuca. Jamás me había gustado que me tocaran los pies, pero la manera de tocar de Dulce me enloquece. Siento sus manos subiendo por mis piernas y entretenerse en mi trasero, mientras su lengua sube lentamente por mi espalda hasta llegar a mi cuello. Lo muerde, lo chupa, y yo me muero de ganas por volver a besar sus labios."

'Todavía siento su corazón en mi espalda palpitando rápidamente. Su respiración aún agitada choca contra mi nuca y me provoca escalofríos, y su brazo me rodea desde detrás como si no fuera a soltarme nunca. Cuando me doy la vuelta para mirarla a la cara ella abre sus ojos y me mira intensamente con una ligera sonrisa en los labios.
- Me vuelves loca. – comento y seguidamente le doy un beso en la comisura de sus labios – Jamás imaginé que esto podría mejorar cada vez. Si hay una etapa superior a ésta seguro que es la de la muerte.
- ¡Orgasmo mortal! – bromea Dulce mientras pone caras graciosas - ¡No quedaría mal en la lápida!
La risa se apodera de las dos y Dulce aprovecha para empezar a hacerme cosquillas, cosa que odio a muerte (nunca mejor dicho). Cuando consigo que pare, ella está totalmente encima de mí, haciéndome carantoñas en el pecho.
- Ya vamos para cuatro meses, ¿sabes?
- Sí. – consigo que me mire a los ojos.
- Dulce, quiero estar contigo de verdad.
- Si con eso quieres decir que deje a Sabine, no puedo. – Contesta seria mientras se aparta de mí. – Llevamos mucho tiempo juntas. Me quiere mucho y ha hecho mucho por mí.
- ¿Pero tú te oyes? Argumentas sin tener en cuenta tus sentimientos.
- Prefiero ahorrarte eso…
Dulce se sienta apoyando su espalda en el cabezal de la cama, con las piernas recogidas y rodeándolas con sus brazos. Su cabeza desaparece entre sus rodillas.
- Dulce, tienes muchos secretos. No sé cómo es tu vida con Sabine porque me la ocultas… – añado mientras salgo de entre las sábanas y me dispongo a levantarme – … e imagino que también le ocultas a ella lo que vivimos. Pero yo no puedo seguir así, viviendo en constante duda, temiendo que decidas quedarte con ella. Y no soporto imaginarte con ella, me puede. – finalizo mientras me alejo de la cama.
Entonces Dulce sale de entre sus rodillas y pregunta asustada:
- ¿¡Te vas!?
- No, solo voy al baño. – como reacción a mi respuesta, ella esconde la cabeza de nuevo – Dulce no me voy a ir sólo porque acabe de decirte eso… ¿O es que Sabine sí se porta así?
Me acerco de nuevo a ella y deposito un beso en su mejilla a la vez que susurro un “Te quiero” cerca de su oído. Sin decir nada más, agarra mi brazo y me lleva hacia ella, abrazándome y colocando mi cabeza sobre su pecho. Las ganas de ir al baño desaparecen y el sueño nos invade hasta quedar dormidas. "

"Cruzo la calle y me dirijo a su portal, cuando me detiene un ruido seco de la puerta de coche cerrándose a mala gana.
- ¡¡Eh tú!!
Intrigada me doy la vuelta y reconozco a Sabine, con su pelo corto y las pintas de camionera habituales. Se dirige a paso firme hacia mí y se me queda mirando con rabia en sus ojos.
- Debí suponer que eras tú quien estaba detrás. – sigue acercándose a mí, hasta el punto que me veo obligada a inclinarme un poco hacia atrás – ¡Noté lo que pasaba entre vosotras el año pasado, cuando apareciste en el bar! Yo también me he acostado con otras, pero nunca significaron nada para mí. Jamás la dejaría por otra. – las palabras salen de su boca casi sin dejarla respirar, pero por suerte empieza a alejarse, aún sin dejar de mirarme – Con el discurso lacrimógeno que me ha soltado sobre nuestra relación, y en realidad me deja por un rollo de una noche. – abre la puerta del coche y se mete en él – Porque eso es lo que eres, ¡un rollo de una noche!
Definitivamente cierra la puerta del coche y se marcha haciendo un ruido extremadamente innecesario.
Entro al edificio y subo las escaleras todavía sin creerme lo que acaba de pasar. Golpeo la puerta del apartamento de Dulce y me abre la puerta en milésimas de segundo.
- ¡Hola, ángel mío! – saluda con una sonrisa de oreja a oreja y una felicidad desbordante.
Ni siquiera me da tiempo a contestar. Ella me agarra del brazo y tira de mí para meterme en el apartamento y cerrar la puerta detrás de mis talones.
- Me alegro de que hayas venido, ¡tengo algo que contarte! – sigue hablando rápido sin dejar de dar saltos por todo alrededor.
- Que has dejado a Sabine, supongo. – consigo articular.
- ¿Cómo lo sabes?
- Creo que te estaba espiando. – me siento en la cama, mirando cómo mis manos reposan sobre mis rodillas, y totalmente en shock – Estaba en la calle y cuando me ha visto me ha montado un numerito…
- Lo siento, ya te dije que a veces se pone muy histérica. – responde sentándose a mi lado.
- ¿No le dijiste que la dejabas por mí?
- No… Sabine y yo teníamos otros problemas aparte de ti. Y como tú dices, mis sentimientos por ella no estaban entre mis argumentos. – se levanta y se dirige hacia el escritorio – Hace tiempo que no estoy enamorada de ella. Me engañaba y volvía a casa triste como una víctima, y nos peleábamos. Eso tenía que acabarse. – coge el paquete de tabaco y saca un cigarrillo de él – Así saldré menos y tendré más tiempo para sacarme el título. Ahora comprobaremos si nuestra relación me proporcionó amistades de verdad dentro del mundillo. Y si no, tengo amigos de verdad en Bellas Artes. – coloca el cigarrillo entre sus labios – Y me da igual el grupo artístico de Sabine. – lo prende y le da una calada – No me jugaré la carrera.
Expulsa el humo lentamente y me dedica una sonrisa complacida, pero yo no se la devuelvo.
- Me dijo que sólo soy un rollo de una noche.
- Ella quería herirte. Lo siento.
- No sé… Igual tiene razón.
- Vamos Annie, ¡que acabo de dejarla! – exclama con los brazos al aire - ¡Por fin podemos estar juntas!
En ese momento salgo del shock y la sangre empieza a correr por mis venas, provocando que mi cabeza hierva.
- ¡No lo has hecho para que estemos juntas! Acabas de decírmelo. ¡Igual sólo necesitabas un empujoncito para dejarla, y te lo he dado yo! – digo mientras me levanto enfurecida de la cama.
- Pero… pero…
- Toma tu regalo de cumpleaños. – balbuceo mientras lanzo la bolsa con el regalo sobre la cama – No podía esperar a la semana que viene, me apetecía demasiado dártelo.
- Annie, para. Esto es ridículo. – trata de detenerme mientras salgo por la puerta.
- ¡No! ¡Estoy harta de esperar! Siembre debo esperar a que decidas hacer algo. Es lo único que hago: esperar. Tengo la sensación de pasar por el carril de la vida enamorada de ti, pero que es de sentido único. – finalizo cerrando la puerta tras de mí.
Salgo del edificio lo más rápido posible y al doblar la esquina noto como se me encoge el corazón, siento presión en la garganta y se me humedecen los ojos. Hundo la cara en mis manos y no puedo evitar ponerme a llorar."

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:25 am

Capítulo 11

“2 de abril de 1992
Hoy ha cambiado todo. Hoy hemos perdido la inocencia.”
Llego a casa caminando y me sorprende ver una sombra sentada al lado de la verja. A medida que me acerco consigo distinguir su cabello largo y rojo, y cuando se da cuenta de que soy yo me mira fijamente a los ojos.
- Hace un mes que no puedo dormir por tu ausencia.
Y no le falta razón, se le nota que ha perdido peso y la falta de sueño se refleja en esa sombra oscura bajo sus ojos. Dejo la mochila en el suelo y me agacho para quedar a su altura.
- Si no puedo pasar contigo todas las noches de mi vida, no quiero esta vida.
Casi sin darme cuenta coloco mi mano sobre la suya sin articular palabra. Ella se derrumba y sus ojos empiezan a chispear.
- ¿Por qué te fuiste así? – pregunta con la voz rota.
- ¿Por qué no corriste detrás de mí?
Un acto reflejo me obliga a abrazarla y protegerla con mis brazos, hasta que por fin se calma.
- Aquí estoy, no me he ido."

"- Ah, Dulce, me alegro de conocerte al fin. Anahí nos habla mucho de ti. Has sido muy amable ayudándola con la filosofía.
Puedo notar como una expresión de “no comprendo” invade la cara de Dulce, y yo casi me atraganto con el vaso de agua. Ella voltea a verme rápidamente, pero solo puedo responderle con cara de “síguele el rollo, por favor”.
- Ehh… Gracias, señora. No es ninguna molestia.
- ¿Así que estás en Bellas Artes? – se asegura mi padre – ¿Y piensas vivir de la pintura?
- En realidad lo mío es el diseño gráfico, y eso...
- Ajá… ¿Y eso tiene salida?
- ¡¡Papá!! – interrumpo con la intención de que detengan ese interrogatorio.
- Claro que sí, señor. Es un campo que cada vez va a más. – responde airosa Dulce.
- Ya entiendo… “A más”.
Dulce me mira de reojo y me dedica una sonrisa complacida."

"Me dirijo al armario para buscar un pijama limpio pero puedo notar y ver a través del espejo de cómo Dulce me detiene desde detrás, sujetándome por los brazos, impidiendo que dé un paso más.
- Déjame hacer esto. – me susurra con sus labios peligrosamente cerca de mi oreja – No hagas nada, no te muevas, sólo mírate en el espejo. Quiero que te des cuenta de por qué me gustas tanto.
Ella apoya su mentón en mi hombro y su cuerpo en mi espalda, respirando muy cerca de mi piel. Y con sus manos acaricia mis pechos suavemente, desabrocha los botones de mi camisa y la deja caer al suelo. Desabrocha mi sostén y lo deja junto a la camisa. Sus manos viajan por mi espalda provocándome un intenso escalofrío.
- Ufff, Annie… – gime mientras dirige sus manos a mis pechos – Se te han puesto todavía más duros.
- Me haces sonrojar… – me quejo mientras me cubro la cara.
- Eso no es lo que pretendo. – dice mientras besa mi hombro y aparta mis manos de mi cara – Pretendo excitarte.
- Y lo estás consiguiendo.
Sin previo aviso introduce su mano en mi pantalón y acaricia mi intimidad por encima del tanga que llevo puesto. No puedo reprimir un gemido y siento como mis piernas flaquean. Ella también se da cuenta de eso y sujeta mi cintura en un acto reflejo. Me empuja desde atrás para acercarme al espejo de manera que puedo sujetarme en él y ella se agacha delante de mí, apoyando su espalda en el espejo. Se deshace rápidamente de mi pantalón y mi tanga, y me mira a los ojos mientras acaricia mi abdomen.
- Quiero que te mires, mira tu cuerpo, mira tu cara, toca tus pechos. Disfruta.
Agarra una de mis rodillas y la deja descansar sobre su hombro mientras hunde su cara entre mis piernas. Siento su aliento, siento sus labios, siento su lengua. Y me vuelvo loca. Y creo desfallecer cuando introduce en mi sexo primero un dedo y después otro. No aguanto mi propio peso y empiezo a caer encima de ella, cosa que aumenta todavía más el contacto.
En un rápido movimiento carga conmigo y me lleva hasta la cama, me tumba y coloca mi mano en mi centro. Se agacha y me da un profundo beso en los labios para apartarse y deshacerse de su ropa de la forma más sensual posible. Yo no puedo evitar tocarme y ella sonríe al ver mi reacción.
Levanta una de mis piernas, la aprieta contra su cuerpo y en un movimiento de cadera junta su sexo con el mío. Está húmeda y yo también. Y nos movemos al compás, mi pulso empieza a subir, siento más calor y voy a correrme. Mi cuerpo se estremece, mis músculos se tensan y mi espalda se arquea, pero cuando voy a articular el gemido más placentero que existe siento como una de sus manos me tapa la boca y recuerdo que estamos en mi casa y que mis padres no nos pueden escuchar, así que lo que iba a ser un gemido se convierte en múltiples suspiros hasta que mi cuerpo se relaja por completo. Cierro los ojos y siento como se acuesta a mi lado, apoyando su cabeza en mi brazo.
- Me asustaste. Pensaba que ibas a gritar – susurra Dulce cerca de mis labios.
- Quería gritar, lo sabes.
- Menos mal que te has contenido... – agradece justo antes de regalarme otro beso.
- Y pensar que mi madre cree que duermes en esa cama – digo refiriéndome a la cama supletoria que había preparado a propósito para ella.
- ¿Te gustan tus clases de filosofía? – suelta entre risas tumbándose completamente encima de mí.
- Me apasionan. Son muy enriquecedoras... Muy profundas... Intensas... ¡Disfruto del saber de una gran filósofa!
- Tienes que sacar buena nota, eh...
- Sí, ¿qué nota me pones? Del cero al diez.
- Umm... Te pongo un siete.
- ¿¡Siete!? ¿Por qué solo un siete? – pregunto intentando poner mi expresión más indignada.
- Aún necesitas algo de práctica... Tranquila, estoy para ayudarte.
- Me esforzaré, me emplearé a fondo. Te lo aseguro.
- Me gustan tus padres, ¿sabes? Me caen bien. – comenta ella dejando reposar su cabeza en mi pecho – ¿Por qué no les dices la verdad?
- Ah... Creo que no – aseguro sin pensarlo dos veces – No sé cómo reaccionaría mi padre... ¡Pero deberías escuchar lo que dice mi madre de los homosexuales! ¿Y los tuyos?
- Los míos son tolerantes, esto nunca fue un problema. – se incorpora rápidamente y me mira con ilusión – De hecho podríamos ir a comer con ellos un día de estos. Así te los presentaría.
- ¡Claro!
- Y podrás dormir en mi casa todas las veces que quieras. ¡Y podré cocinar para ti todos los días!
- Me encantaría.
- Voy a bajar a por un vaso de leche. ¿Quieres algo?
Niego con la cabeza y aprovecho para fijarme en lo bella que se ve totalmente desnuda, con la tenue luz de la lámpara detrás de ella. No dice nada más, solamente me mira, pero no me siento para nada incómoda. Alarga su mano y la enreda en mi cabello, acariciándome el pelo, y sonríe. Quizás con la sonrisa más tierna jamás vista.
- Te quiero.
Y yo me hielo.
- Te quiero apasionadamente... Y te quiero apaciblemente... Puede que el amor eterno sea eso. Esa mezcla de paz y de fuego. ¿Tú crees en el amor eterno?
Entonces lo único que puedo hacer es incorporarme rápidamente y besarla con todas mis fuerzas, sintiendo como varias lágrimas recorren mis mejillas y las suyas.
- Te quiero. Te quiero. Te quiero.
Son las únicas palabras que puedo articular mientras observo en su inmensa preciosidad cómo abandona la habitación.
“Mi ángel rojo. Rojo fuego, rojo vino, rojo toscano, rojo carmín… El rojo ha dado color a mi vida.”
Tumbada en mi cama, todo es silencio. Necesito mucha concentración para poder escuchar cómo Dulce baja por las escaleras y abre la nevera. Pero de repente algo acaba con mi tranquilidad. Unos pasos pesados suben vigorosamente por la escalera y mi puerta se abre de repente. Mi madre grita una serie de barbaridades a tal velocidad que soy incapaz de entender nada. Es como haberse quedado sorda. Mi madre agarra la ropa que ve tirada en el suelo y sale de la habitación sin dejar de gritar, se asoma por la escalera y le tira la ropa a Dulce, quien subía asustada. Salgo de la habitación persiguiendo a mi madre, intentando calmarla, pero cuando nos damos cuenta mi padre también ha salido de la habitación y lo ha visto todo.
Ahora son los dos que me gritan y me empujan, me tiran, me separan de Dulce que solo puede decirme “Tranquila, todo saldrá bien”, pero nada está bien. Ella se viste rápidamente en la escalera y a duras penas puedo encontrar mi ropa interior y mi camiseta. Mientras intento vestirme yo también, Dulce se entretiene en una seria discusión con mis padres, que termina cuando me agarra del brazo, me lleva escaleras abajo y cierra la puerta con fuerza detrás de nosotras.
Silencio otra vez, pero un silencio distinto. Me quedo mirando la puerta de casa, esta vez desde fuera. Miro a Dulce, pero no la miro a la cara. Ni siquiera ha terminado de vestirse. Yo tampoco. Y sé que nada está bien.
Hoy una tempestad de gritos ha hecho zozobrar nuestros secretos. Los míos. Los de esta familia. Y ya no volveremos a ser los mismos."

“Conocí a los padres de Dulce antes de lo previsto. Y me hice mayor antes de lo previsto, también. Vivía una realidad muy alejada de la de mis sueños de niñez.
Nos mudamos a un piso juntas. Empecé a compaginar mis estudios universitarios con un trabajo de cajera en un supermercado. Conocí a los amigos de Dulce y salíamos de vez en cuando, pero ella cada vez estaba más ocupada con sus obras de arte y pocas veces volvía a casa temprano.
Terminé Magisterio más pronto de lo normal y empecé a dar clases a lo niños de 3 y 4 años en un colegio que no quedaba demasiado lejos de casa. Dulce decidió dejar de teñirse el pelo, y el rojo dejó de dar calor a mi vida. Ella estaba ahí, dándome más y más amor. Pero algo seguía alejándome de ella sin que yo pudiera evitarlo.”
Dulce no me mira, tiene las manos en su cabeza y no para de murmurar palabras de odio. En la televisión solo aparece la cara del candidato que acaba de ganar las elecciones, es decir, el actual presidente; el más conservador y, por lo tanto, el más homófobo.
Para Dulce, su sexualidad es un bien de cara a los demás. Un bien social y político. Para mí es lo más íntimo que existe. Ella dice que eso es una cobardía, pero yo me conformo con ser feliz... de este modo o de otro... con todo el mundo.
Se levanta rápidamente y alcanza el teléfono, llama a sus amigas, a su ex, a todo el mundo, y cuando cuelga se asoma a la ventana observando la cantidad de gente que ocupa las calles. Sin decir nada se marcha a la habitación y vuelve con la bandera del orgullo en las manos.
Dice que sale a manifestarse, que debería ir con ella. Intento convencerla de que no conseguirá nada, que lo único que puede pasar es que la policía les agreda. Pero se marcha todavía más enfadada, dejándome sola en nuestro salón, con la televisión de fondo murmurando sobre el nuevo presidente.
Desde aquella noche en que tenía 17 años y me vi en la puerta de mi propia casa, desde esa noche en que mi padre con una mueca de rabia dijo: <<Si te vas con ella, dejas de ser mi hija>>, rara vez me he sentido en paz.
Y voy a cumplir los 30

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:25 am

Capítulo 12
“28 de noviembre de 2008”
Dulce sigue sentada en la cama de espaldas a mí. Todavía no he podido verle la cara desde que he llegado del trabajo. Intento tranquilizarme y me limpio la cara con la manga de mi jersey. Intento encontrar una postura cómoda en esta butaca, pero ahora mismo no encuentro comodidad por ningún lado.
Se levanta temblando y se acerca a la ventana. Apoya la cabeza en ella y se abraza a sí misma para intentar disimular la falta de pulso en sus extremidades.
- ¿Cuántas veces? - pregunta en un susurro casi imperceptible.
- Tres. - consigo responder tragándome mis propias lágrimas.
Ella se aparta del cristal y me mira de reojo, pero no puedo soportar su mirada y dejo reposar la cabeza entre mis manos.
- ¿Vinisteis aquí?
- No... Jamás haría eso.
Me levanto y me doy cuenta de que también yo estoy temblando. Dulce sigue mirando a través de la ventana. No sé si quiero que me mire o no, le tengo miedo a su mirada. Me acerco y me siento en la cama, justo donde ella había estado sentada minutos atrás.
- Dulce, te pido perdón. Te prometo que no se repetirá. – le suplico desesperadamente – Sabes que te quiero más que a nada y… y… Lo siento, de verdad. Perdóname, por favor.
Pero Dulce no contesta, sigue en la misma postura, sin moverse en absoluto. Hasta que minutos más tarde suspira profundamente.
- Vete de aquí.
Yo me congelo. No puedo moverme. Solo puedo observar cómo en un rápido movimiento se acerca al armario, saca una maleta, la abre de par en par y empieza a lanzar dentro de ella toda mi ropa. La cierra y se la lleva, abre la puerta de la entrada y la lanza al pasillo.
Entonces la pierdo de vista, y vuelve a aparecer en la entrara, lanzando a través de la puerta todas mis carpetas, mis cuadernos y mis papeles.
Y se dirige hacia mí, con paso firme y sin ningún tipo de expresión en su rostro. Con un rápido gesto agarra mi brazo y tira de él.
- No, por favor… Para. ¡Dulce, me haces daño! – me quejo mientras mi brazo arde de dolor.
- ¿¡Y crees que tú no me has hecho daño a mí!? ¡No podrías haber hecho nada peor para romperme el corazón!
Intento dejarme caer para evitar que me saque de nuestro apartamento, pero ella es lo suficientemente fuerte para arrastrarme por el pasillo hacia la entrada. Mis intentos de agarrarme a los marcos de las puertas son inútiles y casi sin darme cuenta me veo rodeada de todas mis cosas, que ahora mismo se encuentran esparcidas por el suelo.
- Dulce, déjame explicarte…
- ¡¡Vete de aquí, no quiero volver a verte!!
Me toma unos segundos darme cuenta de que es la segunda vez que me pasa algo así. Me han echado de casa, y ya me echaron de casa de mis padres hace tiempo. No sé qué hacer ni dónde ir. Mientras barajo las pocas opciones que me quedan empiezo a recoger todo lo que Dulce ha tirado por el suelo, los cuadernos rotos, las hojas mezcladas, los bolígrafos ahora sin tapón, los lápices partidos…
Respiro hondo intentando calmarme, apoyo el bolso en mi regazo y saco un frasco de pastillas, de las cuales me meto dos en la boca sin apenas pensarlo."

Despido al último de mis alumnos y me dirijo rápidamente a mi pupitre, saco de mi bolso el frasco y me trago las píldoras con la ayuda de un vaso de agua. Ahora sí puedo respirar hondo. Ha sido un día duro. Todos los días son duros desde que Dulce me echó de su vida. Borro la pizarra, recojo mis cuadernos y salgo del aula.
- Anahí… – dice una voz que se ha vuelto incómoda para mí – Tenemos que hablar, por favor.
- Déjame en paz, Miguel. Te repito por última vez que fue un error.
- Vamos al menos a tomar un café… ­ me insiste ­ Ya has terminado con tus clases, ¿no?
- ¡Te he dicho que no! – grito mirándole a la cara – ¡Nunca volveremos a vernos fuera de los límites de esta escuela!
Apenas llego al coche agarro el bote de pastillas y me tomo otras dos. Cuando llego al sofá me tumbo y me quedo dormida, hasta que alguien me sacude el brazo y me despierta de tan reconfortante sueño.
- Anahí… Anahí, despierta. Llevas aquí desde mediodía.
Yo intento hablar pero soy consciente de que lo que sale de mis labios es incomprensible. Me veo obligada a reunir demasiadas fuerzas para darme la vuelta y tumbarme boca arriba.
- ¿Valentín? … Fue una estupidez por mi parte el… La quiero tanto… No puedo vivir sin ella.
- No te rindas, Anahí. Tienes que salir un poco. ¡Ya hace un mes que duermes en mi sofá
- Estoy tan cansada…
Y me ahogo sola, toso fuertemente pero la sensación no se marcha. Valentín me incorpora rápidamente, vuelvo a toser y entonces sí disminuye esa sensación.
- El menor movimiento me produce mareos y palpitaciones…
- Deberías ver a un médico. – propone Valentín a lo que respondo negando con la cabeza – Por lo menos come algo, Anahí.
- No me coge el teléfono… – me quejo con la mirada fija en la baldosa que pisan mis pies.
Valentín se marcha a la cocina. Saca el móvil y busca en la agenda de contactos el número de Dulce que le di para utilizarlo en caso de emergencia.
- Hola Dulce… Soy Valentín. Escucha, Annie está muy mal. No sé cuánto tiempo piensas seguir castigándola. Pero yo no puedo quedarme cruzado de brazos y ver cómo se deja morir en mi salón. Por favor, llámame cuando recibas este mensaje. Dado que empieza a hacer buen tiempo, quiero llevarla a la playa este fin de semana. Me gustaría que también fueras y hablases con ella. Espero tu llamada. Besos."

"El día está bastante gris, pero Valentín ha insistido en que debíamos salir. El camino se me hace más largo de lo que realmente es, no sé si por el silencio que no quiero romper o porque no sé muy bien a dónde vamos. De vez en cuando me fijo en los carteles, y por la dirección parece que nuestro destino es la playa; todavía no entiendo por qué para Valentín era de vital importancia salir hoy, el tiempo que hace no le pega nada a la playa.
Llegamos al estacionamiento y como esperaba, está vacío. Solo hay un coche más. Un coche que al acercarnos se me hace extrañamente conocido. Dulce… Salgo del coche y cuando cierro la puerta escucho un pestillo accionarse. Miro a Valentín que sigue dentro del coche, baja la ventanilla apenas unos dedos para que pueda escucharle.
- Dulce estará un rato contigo. Yo vuelvo a casa. Ella te acompañará a casa. Si pasa algo y necesitas que venga no tienes más que decírmelo, ¿vale?
Casi no me da tiempo ni de contestarle. Valentín ya ha puesto la marcha atrás y desaparece de ahí en apenas unos segundos. Dulce sale de su coche y se acerca a mí. Yo no puedo ni moverme, todo está pasando tan rápido…
- Pareces tan cansada… Anahí… ¿Estás bien?
No puedo contestarle, espero a que este justo delante de mí para abalanzarme a su pecho y abrazarla como nunca lo había hecho. Su olor… el mismo de siempre. El olor que más había echado de menos en mi vida. Su calor… lo necesitaba en ese momento. La necesitaba a ella desde hace tanto tiempo…
- ¡Me alegro tanto de verte! Valentín no me dijo nada. – murmuro sin despegarme de su pecho.
- Lo sé… Tenía miedo de que cambiase de opinión en el último momento, pero me moría por verte.
Paseamos por la playa bastante tiempo a pesar de que haga más frío del que habríamos deseado. Me entretengo viendo cómo Dulce juega con las olas, sin miedo a mojarse los zapatos ni los pantalones, como una niña pequeña sin miedo a nada. Así me enamoré de ella y así me gusta verla. O jugando a hacer castillos de arena, creando su propia historia fantástica con princesas y dragones; típica escena en la que falta un niño pequeño, nuestro niño pequeño.
“Esa paz recobrada… Vuelvo a sentirla a mi lado, atenta y amorosa. La vida podría ser así toda la eternidad. ¿Qué puede faltarle a esta felicidad?”
Empieza a lloviznar y Dulce deja de jugar con la arena para agarrarme de la mano y llevarme bajo el embarcadero, donde nos resguardamos del mal tiempo. Me quedo unos segundos mirando el cielo, aunque no parece que vaya a parar. Cuando miro a Dulce me sorprende que esté tan cerca de mí. Me empuja contra uno de los postes y dirige sus labios a mi cuello mientras sus manos están atareadas desabrochando mi pantalón. Cuando sus labios atrapan los míos y su mano alcanza mi centro siento como si todo el mundo se desvaneciera, estar de nuevo con ella… parece todo un sueño. Pero su mano no deja de darme placer y sus labios no liberan los míos.
“Me encuentro tan bien, tan llena. Todo este laberinto para poder estar por fin en paz conmigo misma.”
Entonces siento una gran presión en el pecho. Siento como me desplomo en sus brazos. Y todo se vuelve tan oscuro.
- ¡Annie! ¡¡ANAHÍ!!

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Re: La vida de Anahi

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 4:25 am

Capítulo 13
Las horas de espera se me hacen eternas. Ya ni sé desde qué hora estoy esperando noticias. Todo aquí es tan frío y tan solitario que los escalofríos se han adueñado de mi cuerpo hasta tal punto que ya ni me sorprende. Cada ruido que percibo me hace levantar la cabeza, pero de esa habitación no sale nadie. Hace aproximadamente una hora que el doctor ha entrado y de ahí no ha salido nadie. Me estoy quedando sin uñas por morder y no quiero salir a fumar por miedo a no ver salir al doctor. Vuelvo a mi rutina anti-estrés. Pasillo arriba, pasillo abajo, me siento, diez golpecitos con el pie derecho, diez con el pie izquierdo, vuelvo a levantarme y vuelta a empezar.
Quizás este es la puerta número 200 que se abre desde que estoy aquí, pero levanto la mirada de todas formas y es el doctor, es la habitación de Anahí. Me apresuro a llegar a su altura antes de que desaparezca en ese laberinto de pasillos.
- ¿Cómo está? ¿Ha recobrado ya el conocimiento?
- Perdone, ¿quién es usted? ¿Es de la familia?
- Soy su pareja. Vivimos juntas.
- Ah… Lo siento, pero solo puedo hablar con familiares. – insiste dando media vuelta dispuesto a marcharse.
- ¿No le he dicho que soy su pareja? – su carácter me está poniendo de mal humor - ¡Yo soy su familia!
- ¡No insista, por favor! Le aconsejo que llame a los padres de la paciente. El estado de su amiga es muy grave… Y solo se me permite revelar su estado médico a ellos.
No sé cómo reaccionar. Lo de “amiga” hace que me hierva la sangre, pero el hecho de saber que Anahí está grave me hiela el corazón. Decido llamar a su casa y le doy la noticia a su madre. Por suerte sí puedo entrar a ver a Anahí. Tumbada en la cama, con un tubo enorme en su boca y una máquina a su lado que parece respirar por ella, no puedo hacer más que tener su mano agarrada y esperar a que Marichelo llegue. De nuevo el tiempo se me hace demasiado pesado, parece que las agujas del reloj se han quedado congeladas, y de nuevo vuelvo a buscar una rutina anti-estrés, aunque esta vez con la mano de Anahí. Dedo meñique, anular, corazón, índice y pulgar, le acaricio el dorso de la mano y vuelvo al meñique. Estúpido aunque efectivo.
Escucho como alguien golpea ligeramente la puerta y se asoma la madre de Anahí. Hacía mucho que no la veía y se nota en su cara; el tiempo no perdona a nadie, y la expresión en su rostro no mejora su aspecto.
- Buenos días, Marichelo. – logro decir con un hilo de voz.
- Buenos días. – entra y se sienta en el sillón que hay justo al otro lado de la cama.
- ¿Su marido no ha venido?
- Eh… No. No estaba preparado – confiesa apartando la mirada.
Justo en ese momento golpean la puerta y el doctor entra en la habitación. Marichelo se levanta del sillón apoyándose con los brazos, con un esfuerzo imposible de disimular. Se acerca a él y le tiende la mano.
Buenos días, doctor. Soy la madre de Anahí.
- Buenos días, señora. Lamento tener que darle tan malas noticias. – el doctor me lanza una mirada y vuelve a fijarse en Marichelo – Su hija padece hipertensión arterial pulmonar. En la mayoría de casos no se conoce la causa, pero en el de su hija parece deberse a que ha desarrollado dependencia a unos medicamentos que han agravado su estado…
- ¿Qué medicamento? ¡No la he visto seguir ningún tratamiento! – apunto alterada levantándome de la silla.
- Encontramos un bote de pastillas antidepresivas entre sus pertenencias. – asegura el doctor.
- ¿Puede hacer algo? ¿Puede operarla? – pregunta Marichelo con gran preocupación.
- Siéntense, por favor… – pide el doctor mientras nosotras hacemos lo dicho – Me temo que en esta etapa de su enfermedad no hay un tratamiento eficaz. Los síntomas debieron manifestarse hace ya varias semanas, o meses. Ahora es tarde para pensar en un trasplante. Si su hija permanece en cama, podría aguantar varias semanas. Pero sigue corriendo el riesgo de muerte súbita.
Las palabras del doctor son duras, pero todavía más duro es el silencio que se crea después. No puedo creerlo. Ella tomaba esas pastillas por mi culpa, y no me di cuenta de eso porque no estaba con ella para cuidarla.
- No… No puede ser posible. – suplico con lágrimas amenazando con salir – ¡Tiene que poder hacer algo para salvarla!
- Lo siento mucho, señorita…
- ¡¡Me la suda que lo sienta!! ¡Estamos en el siglo veintiuno, tiene que poder hacer algo para salvarla!
- Ya le digo que es demasiado tarde…
El doctor se arregla el nudo de la corbata y sale de la habitación, dejándome totalmente paralizada. Siento un vacío tan grande en el pecho. No puedo soportarlo.
- ¡¡Noo!! No es posible… Annie, te lo suplico. Despierta. – le ruego al cuerpo aparentemente inerte de mi amada – Te lo suplico, amor mío… Volvamos a casa.
Y no puedo hacer más que caer desplomada al lado de Anahí, agarrando su mano y llorando como jamás había llorado por nadie.

Con cierta dificultad toco la puerta de la habitación y su madre desde dentro me da permiso para entrar.
- Buenos días, Marichelo.
- Buenos días, Dulce.
Anahí ya no tiene un tubo saliendo de su boca, pero sí necesita un inhalador para facilitarle la respiración. Está despierta y levanta ligeramente la mano para saludarme. Dejo en los pies de la cama la caja que llevaba en mis brazos, y me dirijo a Anahí. Le agarro la mano y con mi mano libre acaricio su pelo y deposito un beso en su frente.
Cuando me separo de ella puedo notar como Marichelo estaba con la mirada gacha para no ver tal muestra de cariño. Vuelvo a mirar a la mujer de mi vida y veo una ligera sonrisa en sus labios. Eso me reconforta. Me siento en el sillón y deposito la caja en mi regazo.
- Te he traído los cuadernos que me has pedido. Y ha llamado el notario. Ha recibido los papeles… También te traigo las cartas que te han escrito tus alumnos.
Pero en ese mismo momento Anahí se duerme. Y yo me duermo esperando a que despierte.
En el momento en que abre los ojos, Marichelo se acerca y le agarra la mano. Con la mano libre, Anahí trata de apartarse el inhalador para poder hablar, pero su madre lo impide y le acerca un papel y un bolígrafo para que pueda expresarse sin necesidad de dificultar todavía más su respiración. Marichelo lee lo que hay en el papel y deposita un beso en la frente de su hija.
- Te lo prometo. – busca uno de los cuadernos que había en la caja y se lo enseña a Anahí – ¿Es este?
Anahí empieza a escribir.
“Dulce… Duermes a mi lado mientras escribo estas líneas. Te conozco desde hace tantos años que puedo saber lo que sentiste desde el momento en que me metieron en esta cama de hospital… Culpabilidad”
Hace más de una hora que me han obligado a salir de la habitación. Esa máquina pitando sin parar me hace ponerme en la peor de las situaciones. Y por fin se abre la puerta de la habitación. Y lo primero que escucho es el ruido de unas ruedas chirriando.
“Te dices que si me hubieras prestado más atención habrías notado los síntomas de mi mal. Te dices que podrías haberme salvado, aunque todos los médicos te digan lo contrario. Pero, amor mío, ya me has salvado. Me has salvado de un mundo de prejuicios y morales absurdas, ayudándome a realizarme por completo. Nadie tiene la culpa de lo que ha pasado.”
Valentín tiene su mano en mi hombro en señal de apoyo mientras el cuerpo de mi preciosa, más maquillado y vestido que nunca, desaparece dentro de una gran caja a varios metros bajo el suelo. Y mi corazón se va con ella.
“Me llevo mis mejores recuerdos, la mayoría son contigo… Nuestras risas, nuestro amor… El ardor de tu mirada y el rojo fuego de tus cabellos que hechizaron las noches de mi adolescencia todo el tiempo en que te amé sin atreverme a vivir ese amor.”
De nuevo juego con el anillo que decora mi dedo. Ese anillo que ella nunca me regaló, pero que apareció cuando ella se fue. Es mi manera de no olvidar jamás a quien le pertenece mi corazón. Cierro el diario con nuestra foto dentro de él, y lo coloco en la estantería.
“Ahora que me voy y tú te quedas, te lo suplico… DEBES VIVIR. Debes vivir plenamente esa vida tan preciosa que te queda, y hacerlo, como lo hago yo misma en mi último lecho, sin pensar y en paz contigo misma.”
Bajo las escaleras y me despido de Marichelo con un abrazo que parece no terminar nunca. Un abrazo lleno de dolor compartido, pero un abrazo sincero de todos modos.
“La vida que me has dado no podría haber sido mejor.”
Vuelvo a casa, busco las llaves del coche y me meto en él. Recorro el mismo camino que recorrí la última vez que vi a Anahí fuera del hospital. Y aunque el camino sea el mismo, el sentimiento en mi corazón no lo es.
“Dulce… Me preguntaste si creía en la existencia del amor eterno. El amor es algo demasiado abstracto e indefinido. Depende de lo que nosotros percibimos y vivimos. No existiría si no existiéramos. Y somos muy volubles… Así que el amor también puede serlo.”
La sensación de la brisa del mar golpeando mi rostro me hace recordar los últimos momentos que pasé con ella. Y estoy en paz.
“El amor se consume, nos desfallece, se rompe, nos rompe, se revive… nos revive. El amor no puede ser eterno… pero nos hace eternos.”
Y mirando al mar me quedo largos minutos, largas horas. La última vez que vine fue para recuperar al amor de mi vida. Hoy he venido para despedirme de ella.
“El amor que hemos despertado continuará su camino más allá de nuestra muerte.”
Fin.

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