Princesas de hielo

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Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 7:57 pm

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 7:57 pm

Primera parte

Erase una vez… dos pequeñas princesas, que vivían en un hermoso reino…

Así, con alguna frase tal como esa, comienzan la mayoría de los cuentos de hadas. Mas a lo largo de las siguientes líneas, descubriréis que este, no es como la mayoría. Ni siquiera estoy segura de que sea un cuento de hadas. Me limitaré a contarles una simple historia. La historia de dos pequeñas niñas; amigas, hermanas y además, princesas. Una de las cuales, es nada más y nada menos, la voz, que os contará este precioso cuento:
Mi nombre es Dulce María de Arendelle. En la actualidad, soy la princesa de un hermoso reino llamado por el mismo nombre, Arrendelle. O al menos soy una de ellas. Sí, como bien leen, este reino posee dos princesas, cosa que solo es posible cuando los reyes tienen dos hijas, por lo tanto significaría que yo tengo una hermana. Pero no, ella y yo, no somos hermanas. Al menos, no existe ningún vínculo sanguíneo que así lo establezca.
Hace algún tiempo atrás, cuando apenas tenía cinco años, mis padres fallecieron víctimas de una terrible enfermedad que azotó el reino de Arendelle. Desde entonces, quedé a cargo de mis padrinos, que además de ser sus mejores amigos, eran nada más y nada menos, que los reyes del mismo. Ellos se encargaron de criarme, cuidarme y ofrecerme el mismo amor que le ofrecían a su propia hija. Me hicieron parte de su familia y lo mejor de todo, es que me dieron la oportunidad de crecer junto a una de las primeras personas que me cargó en brazos al nacer. Aquí, frente a mí, tengo la fotografía que recuerda ese momento: Una pequeña niña de apenas tres años, con el cabello dorado, observa con dulzura al bebé que cuidadosamente pusieron en sus brazos. Ese bebé, soy yo… y esa niña, es ella, Anahí, la verdadera princesa de este reino. Mi mejor amiga desde aquel día. Inseparables desde mi nacimiento. No recuerdo un solo momento de mi infancia, en el que Anahí no sea protagonista. Siempre cuidando de mí. Siempre intentando que mi rebeldía no me jugara malas pasadas. Daba la cara cuando me metía en líos, cosa que solía ocurrir bastante a menudo. Pues mi inconsciencia la habían convertido en la responsable y cuidadosa Anahí, siempre salvándome de situaciones extremas, concediendo mis caprichos y accediendo a levantarse en plena noche, para jugar a cualquier cosa que a mí se me hubiera antojado. Era mi cómplice, mi compañera, mi hermana.


*Diez años atrás*
─¿Estás triste, Dul? ─Preguntó mientras observábamos las estrellas, recostadas sobre la hierba del jardín.

Era algo que solíamos hacer, escabullirnos en plena noche para observar las estrellas, sin que sus padres se dieran cuenta, pues de ser así, nos caería un gran castigo. Pero esa noche, su pregunta me había sorprendido. Así que giré mi rostro para encontrarme con esa cara aniñada, que poseía los ojos azules con el mayor brillo que había visto jamás.
─¿Por qué iba a estarlo?
─¿Extrañas a tus padres?
─Si… ─Asentí ─Siempre los extrañaré. Pero estando contigo, la tristeza no existe, princesa.
─Eres la única persona que me llama princesa y no hace que suene como una formalidad ─Rió.
Correspondí con una sonrisa, tras la cual permanecimos observándonos fijamente durante algunos segundos. Entre ella y yo, ni siquiera hacían falta las palabras, bastaba mirarnos para saber que ahí estábamos, la una junto a la otra.
─Siempre vas a estar conmigo, ¿Verdad? ─Pregunté con cierto atisbo de temor.
─Siempre ─Confirmó ─Jamás lo olvides.

*Fin del Flashback*

Lamentablemente, esa y el resto de mis memorias junto a ella, terminan una extraña noche, pocos meses después de aquella promesa, cuando yo aún tenía 10 años y ella 13, de la que tengo vagos recuerdos. Como bien mencioné, llegué a adquirir la traviesa costumbre de colarme a hurtadillas en su dormitorio en plena noche, despertarla y no detenerme hasta conseguir su atención para llevar a cabo lo que quiera que se me hubiera ocurrido. Ella, intentaba ignorarme durante varios minutos, con la esperanza de que me diera por vencida. A veces lo conseguía, otras, sin embargo, me valía de mis más poderosas armas para hacerla levantar de aquella cama:

*Diez años atrás*
─¡Any! ¡Any! ─Susurro abalanzándome sobre ella e interrumpiendo su sueño ─¡Despierta Any!
─Estoy dormida Dul… ─Murmuró
─No es cierto, si estuvieras dormida, no podrías hablar.
─¿Quién te enseñó a ser tan inteligente?
─Tú.
En ese momento, apartó la almohada que cubría su cabeza y me observó con un ojo abierto y el otro cerrado, mientras su cabello alborotado me hacía querer explotar en una carcajada.
Pero en vez de eso, imité la mejor carita de ángel que me pudo haber salido en ese momento. Cosa que pareció no ser suficiente, pues sobre la marcha, volvió a esconder su rostro bajo aquella almohada que ya estaba resultando un incordio.
─Vamos Any ─Volví a suplicar ─¡¡Tenemos que jugar!!
─Juega tú sola, yo te alcanzo cuando vuelva a salir el sol…
Después de esa respuesta, se creó un pequeño silencio, en el que seguramente ella pensaría que me había dado por vencida y lograría sumirse de nuevo en el profundo sueño que estaba teniendo antes de mi interrupción. Pero esos segundos de silencio, no fueron más que el espacio de tiempo que me di a mi misma para reflexionar sobre la próxima jugada.
─¿Hacemos un muñeco de nieve? ─Pregunté con una sonrisa traviesa.
En ese momento, uno de sus ojos volvió a abrirse como si hubiera pronunciado las palabras mágicas; “Muñeco de nieve”, y es que Anahí, siempre había tenido una extraña adoración por el frío, pues este, formaba parte de ella. Era su esencia.
Cuando quise darme cuenta, corríamos escaleras abajo, dirigiéndonos apresuradamente hacia una enorme sala que sus padres utilizaban para guardar objetos inservibles. Desde hacía algún tiempo, habíamos decidido que aquella sería nuestra sala secreta de juegos.
Al entrar, por aquel gran portón, observamos como la única luz que alumbraba, era la que desprendía la Luna, que entraba tímida por aquellos grandes ventanales.
─¡¡Haz la magia!! ─Pedí emocionada mientras cerrábamos la puerta tras nosotras, sin poder evitar reír ─Vamos Any, haz la magia.
Ella, sin abandonar su eterna sonrisa de ternura y complicidad, me pidió silencio, pues despertaríamos a todo el mundo en cualquier momento. Obedecí, tratando de controlar mi euforia por lo que estaba a punto de acontecer y la observé emocionada. Entonces, clavó sus ojos sobre mí, consiguiendo que ese color azul tan intenso y penetrante que poseía, helaran mi cuerpo de pies a cabeza incluso antes de llevar a cabo lo que yo llamaba “su magia”.
Como si fuera consciente del efecto que había provocado en mí, y supiera que cosa era la única que podía hacerme volver al mundo real, provocó que de sus manos comenzara a brotar una especie de luz, que poco a poco se iba solidificando y convirtiendo en copos de nieve que al unirse, crearon una hermosa y fuerte bola blanca, que no tardó en lanzar al aire sobre nosotras, para que al colisionar con el techo, los copos cayeran sobre nuestras cabezas, simulando la nevada más hermosa que había vivido jamás.
─¡¡¡Es increíble!!!! ─Exclamé saltando de la emoción y correteando a su alrededor.
─Fíjate… ─Pidió deteniéndome con misterio, al tiempo que daba un ligero zapatazo sobre el piso y este comenzaba a convertirse mágicamente en hielo, aumentando si era posible mi emoción. Eso ocasionó que entre risas, ambas comenzáramos a patinar, como si estuviéramos en una autentica pista de hielo.
Desde su nacimiento, Anahí tenía el mágico don de convertir las cosas en hielo. Yo siempre lo vi como un don, sin embargo, ella a veces creía que era una maldición. Sobre todo porque con el paso de los años, dicho poder aumentaba, al tiempo que disminuía su capacidad para controlarlo. Pero como dije antes, eso, es su esencia. Y eso, la había convertido en… mi princesa de hielo.
Creamos juntas un muñeco de nieve, continuamos patinando alrededor de la sala, reímos como nunca, jugamos como siempre y entonces es cuando los recuerdos de aquella noche comienzan a distorsionarse, así como su propia imagen.
No sé qué ocurrió en aquel momento. Pero sí sé, que a partir de entonces, todo cambió. Mi princesa de hielo desapareció. Anahí, decidió encerrarse en su dormitorio, impidiéndome el paso bajo cualquier circunstancia. Y aunque estábamos en la misma casa, aunque simplemente nos separaba una puerta cerrada, nunca volví a escuchar su voz, nunca volví a sentir el frio de sus manos, ni a paralizarme con el azul de su mirada.
Nadie tuvo la valentía suficiente para darme algún tipo de explicación. Nuestros padres adoptaron un extraño silencio cada vez que trataba de averiguar algún motivo que explicara aquella situación. Pero nadie mencionaba nada al respecto y en el palacio, actuaban como si nada hubiera ocurrido, como si eso que a mí me atormentaba, a ellos les resultaba de lo más normal.
Recuerdo haberla soñado, algunas noches más tarde… Bueno, no creo que haya sido exactamente un sueño. Porque a pesar de haber permanecido dormida, sentí su presencia, su olor… pude escuchar su voz por última vez junto a mi oído, susurrando un cálido y tierno “Te quiero y siempre te querré, Dul. Jamás lo olvides.” Al día siguiente, me desperté con un collar adornando mi cuello. Un collar que le pertenecía a ella y que desde que tengo uso de razón, jamás la he visto sin él. Su precioso copo de nieve bañado en plata y oro blanco. Siempre había sido parte de ella, como mismo ella siempre fue parte de mi. Jamás lo olvidé y jamás me separé de ese regalo, que era la demostración física de esa última noche que ella había estado a mi lado.
A pesar de todo, jamás llegué a entenderlo. Durante años, cada mañana, visitaba su puerta para suplicarle que saliéramos a jugar, como siempre habíamos hecho. Éramos inseparables y no fui capaz de comprender, qué pudo haber sucedido para que me apartara de aquella forma. Para que me dejara… sola.
No obstante, nunca dejé de esperarla. Aunque el tiempo transcurría despacio, no abandoné su puerta, pues aunque no me hablara, sabía que ahí estaba, al otro lado, y de alguna forma, acompañarla, me hacía sentir acompañada.
Con el paso de los años, la nitidez de su imagen se fue desvaneciendo en mi memoria. Lo único que poseía de ella, eran algunas fotografías hasta sus diez años. De ahí en adelante, el avance de su aspecto, era un auténtico misterio para mí. Pero si algo se había grabado en mi retina y jamás había podido ser olvidado, era su mirada… azul, como el hielo más cálido que pudiera existir en la tierra, y todas las sensaciones que esta me producía.
Lamentablemente, el abandono de Anahí, no fue la única tristeza que me tocó vivir en los últimos tiempos. Hace algunos meses, nuestros padres, o mejor dicho, sus padres, los reyes, partieron en un viaje muy peligroso hacia el océano, del que nunca regresaron. Desde entonces, este palacio y este reino, se han visto sumidos en una triste amargura, pues los reyes eran queridos y admirados por cada ciudadano. Y nosotras, nos habíamos quedado completamente solas… Durante semanas, lloré en silencio junto a su puerta, sabiendo que probablemente, ella estuviera haciendo lo mismo al otro lado… Y es que, ahora únicamente nos teníamos la una a la otra.
Y bajo nuestro cargo, se encuentra este reino, expectantes de que la heredera se convierta en la reina que todos aclaman y necesitan.
─¡Princesa! ─Escucho llamar, desde el otro lado de la puerta ─Princesa Dulce ¿Se encuentra usted ahí?
Algo desorientada por la interrupción, alzo la cabeza.
─¿Quién llama?
─Soy yo, princesa, Arturo. Llevo rato llamando a su puerta, es necesario que se aliste cuanto antes, ¿Todo bien con el vestido?
¿Vestido? ¿Qué vestido? Arturo es el mayordomo del palacio, el único capaz de poner un poco de orden a este caos. Si él decía que había un vestido, debía ser por algo.
─¿Qué vestido?
─Princesa, el vestido de la coronación. Hoy es el día en el que se abren las puertas ¿No lo recuerda?
Entonces, una pequeña luz parece haber iluminado mi mente. Giro el rostro a la derecha y ahí encuentro mi vestido, cuidadosamente colocado sobre un maniquí, esperando que mi imaginativa mente deje de escribir y me permita volver al mundo real.
─¡¡¡La coronación!!! ─Grito nerviosa soltando la pluma con la que llevo horas escribiendo en mi cuaderno ─¡¡¡Hoy es el gran día!!!! ─Llego hasta el vestido y me detengo frente a él, observándolo con detenimiento ─Hoy se abren las puertas… Hoy se convertirá en reina… Hoy… Hoy volveré a verla… después de diez años.
─Princesa, ¿Se encuentra bien? ─Vuelve a interrumpir la voz del mayordomo.
─Sí… sí, Arturo. Dame unos minutos. Enseguida estaré lista.
─Apúrese princesa, todo el mundo espera.
Lo cierto, es que me importa un reverendo pimiento que todo el mundo esté esperando. En este momento, cada centímetro de mi piel se encuentra en un estado de completo nerviosismo, reflejados en un incontrolable temblor. Y no por el hecho de que hoy fuera el gran día, ese que todo el reino espera desde hace meses. Ese, en el que por fin una nueva reina gobernará sobre todos nosotros.
No, mi nerviosismo y mis ansias, son causados porque hoy, después de tantos años, por fin me volveré a encontrar con quien a pesar de su ausencia, ha sido y siempre será, la persona más importante de mi vida.
El vestido, tan costosamente creado especialmente para mí, precioso hasta hace unos días, resulta absolutamente insuficiente en este momento. Creo que ni con un vestido de novia, me sentiría todo lo espectacular que deseaba sentirme en este instante.
Está a punto de acontecer un gran cambio para el reino de Arendelle. La princesa más joven de todos los reinos, asumirá su cargo de reina y gobernadora, con tan solo 23 años. Daría lo que fuera por saber lo que debe estar sintiendo. Nervios ¿Quizás? ¿Se sentirá preparada? Sus padres han estado instruyéndola durante años para cuando llegara este momento. De hecho, es a los únicos que ha permitido acceder a su espacio. Los únicos que conocen sus inquietudes a lo largo de los años, sus miedos, sus capacidades.
Es absolutamente normal, que ni este, ni ningún vestido, me resulte suficientemente bueno para la ocasión. Pero no hay más que discutir, frente al espejo, observo mi cuerpo ya adornado por un hermoso traje blanco, nada ostentoso, pero muy elegante y con un toque seductor. Mi cabello rojo, recae sobre mis hombros, dando a la vestimenta, el toque de luz, originalidad y rebeldía que me caracteriza. En mi pecho, con un movimiento ascendente y descendente, ocasionado por el ritmo acelerado de mi respiración, reposa el colgante en forma de copo de nieve, que alguna vez fue suyo, y que jamás había abandonado mi cuello.
Todo estaba absolutamente listo, había llegado la hora, debía acudir al salón principal, donde se llevará a cabo la ceremonia de coronación, donde en unos pocos minutos, estará… ella.
Al abandonar mi dormitorio, comienzo a correr apresuradamente por el palacio, escaleras abajo, a riesgo de salir rodando en cualquier momento. La ceremonia había comenzado y mi presencia era imprescindible, seguramente, cuando todo acabara, me tocaría soportar algún sermón de los responsables de protocolo. Pero en este momento, ni siquiera eso me importa.
Cuando llego al salón, representantes de diferentes reinos y personas importantes, aguardan su llegada expectantes. Muy sigilosamente, ocupo mi lugar, en el palco presidencial, donde observo a Arturo lanzarme una mirada de desaprobación por mi tardanza. No obstante, hago caso omiso a sus ojos amenazantes, coloco mi vestido, arreglo mi cabello, detengo la mirada en algún punto fijo que hay al frente, tratando de utilizarlo como distracción para controlar los nervios y espero pacientemente, alguna señal que dé comienzo a toda esta formalidad.
De pronto, el sonido de unas trompetas, hacen que mi nerviosismo aumente y mis manos comiencen a transpirar mientras saco fuerzas de mi interior, para no apartar la mirada de aquel punto fijo que parece ser mi salvación.
-¡¡Que se abran las puertas!! ─Anuncia una potente voz ─¡¡Demos la bienvenida a la futura Reina de Arendelle!! ¡¡La princesa Anahí!!
Escuchar su nombre, ocasionó que mi temblor continuara aumentando. Cerré los ojos con fuerza, tratando de adquirir algún poder que me ayudara a controlar lo que en este momento estaba sintiendo. Suspiré profundamente y escuchar el sonido de los portones del salón abrirse, fue la señal necesaria para que me atreviera a dejar la cobardía a un lado y los abriera, encontrando a lo lejos, una imagen que quiso detener súbitamente el latido de mi corazón

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 7:58 pm

Era ella. Aproximándose con paso lento y seguro hacia este lugar. Con su mirada fija al frente, su rostro alzado. Sin reparar en nadie. Hermosa… infinitamente más hermosa de lo que jamás habría imaginado. Mi corazón se aceleró de una forma casi temible, mis piernas flaqueaban al verla aproximarse, mis ojos se humedecían con cada paso. No puedo creerlo… es ella… Tan fina y elegante como su propia madre. Tan segura y seria como su padre. Tan bonita y delicada, como la recordaba… Su cabello ha aumentado considerablemente su tamaño, llegando hasta prácticamente su cintura y sigue siendo tan dorado, como mi memoria lo recuerda. Su figura se convirtió en la de una autentica princesa, delicada y fuerte a la vez, con elegancia al andar. Vestida con un traje celeste y blanco, que incluso en la distancia resaltaba el color de esos ojos, que aunque aún no alcanzo a ver, pues no me he encontrado de frente con su mirada, los recuerdo como si llevaran años grabados en mi corazón.
En cuestión de minutos, llega al palco y me da la espalda sin siquiera reparar en mi presencia. Su imagen se siente fría y distante. Observa a los invitados que aclaman su presencia. Pero desde mi posición trasera, puedo observar como sus manos, cubiertas por unos guantes blancos, tiemblan nerviosas.
Sigue siendo ella, mi pequeña princesa de hielo, fuerte ante la multitud y frágil únicamente ante mí. Sólo yo era capaz de sentir sus miedos, cuando trataba de hacerse la valiente ante sus padres y el resto del mundo.
La ceremonia dio comienzo. Un pequeño hombre, con aspecto de general, situado junto a ella, leyó algunas indicaciones del protocolo, que poca importancia me suscitaban. No puedo apartar mi mirada de ella, y daría lo que fuera por sostener sus manos y transmitirle tranquilidad. El tiempo, y las palabras trascurrían despacio hasta que dicho general, le ofreció la vara de coronación que debía alzar frente a todos los presentes.
Si mi mente y mi ansiedad no me engañan, puedo apreciar como titubea durante unos segundos antes de desprenderse de uno de los guantes para agarrar la mencionada vara. Finalmente lo hizo, alzándola rápidamente sobre los invitados, que con gritos y aplausos aclamaban a la nueva reina. Ella volvió a colocar la misma sobre el cojín presidencial, y el ya mencionado general, sostuvo la corona de Reina entre sus manos, antes de que ella se inclinara ligeramente para colocarla sobre su cabello.
“¡¡Larga vida a Anahí, Reina de Arendelle!! ─Gritó en cuanto había sido coronada ─Que los dioses la protejan y la guíen, para que cuide de este pueblo, igual que hicieron sus padres.”
“¡¡Larga vida a la Reina!!” ─Gritaron también el resto de invitados.
Y así, entre aplausos y gestos de alabanza, los ciudadanos de Arendelle, dieron la bienvenida a su nueva Reina.
Personas importantes comenzaron a acercarse para hacer su reverencia. Yo debía haber sido la primera, pero alguna fuerza superior, estaba consiguiendo que mis pies parecieran estar completamente pegados al piso y fuera incapaz de mover ni un solo músculo.
Pero de pronto, un silencio espeluznante se hizo dueño del salón y comencé a sentir numerosas miradas clavándose expectantes sobre mí. Es el momento, todo el mundo espera que la reina y princesa se encuentren por fin. Pues el reino está ahora bajo nuestro mando.
Miro a todas partes, esperando encontrar una salida cercana que me permita huir de aquel lugar, de aquella situación. Aunque siendo sincera, es cierto que deseo huir, pero solamente de una forma, con ella sosteniendo mi mano.
La mirada acusadora de Arturo, me es suficiente para sacar la fuerza que mi cuerpo necesita para recobrar vida. Mis pies reaccionan y comienzo a avanzar unos metros, aproximándome a ella, que continua saludando a los últimos invitados.
Llego hasta el lugar exacto, me detengo, la observo ofreciéndole a alguien una sonrisa forzada, que por ningún motivo ha detenido el temblor de sus manos. Y cuando ya no existe ni una sola persona, que se interponga en el espacio que nos separa, y el silencio más expectante vuelve a apoderarse de la situación, alza su mirada… y en ese instante, mi cuerpo se hiela… mi corazón se detiene una milésima de segundo, para latir después latir con tanta fuerza como no había hecho jamás. Sus ojos pasan del miedo a expresar una tranquilidad y seguridad absoluta en cuanto me reconoce… El tiempo se detiene. Los sonidos desaparecen… Y solo soy capaz de apretar fuertemente mi mandíbula para que las lágrimas que amenazan mis ojos, no escapen rebelándose ante tantos años de espera.
Deseo abrazarla. Deseo abandonar cualquier protocolo y correr a sus brazos, gritarle por haberme abandonado, reclamarle tantos años de ausencia, enojarme por su idiotez y volver a abrazarla entre lágrimas para decirle cuanto la había extrañado.
Pero eso no es posible, ni mi cuerpo, ni la situación me lo permiten. Por lo que, lo único de lo que soy capaz, es de sostener ligeramente mi vestido, para alzarlo y flexionar mis rodillas, al tiempo que desciendo la vista al suelo llevando a cabo mi más elegante reverencia…
─Mi Reina… ─Es lo único que mis labios son capaces de pronunciar antes de volver a mirarla.
Ella, espera a que mis ojos vuelvan a encontrarla, para descender también su mirada en forma de aprobación y reverencia.
─Princesa… ─Susurra regalándome la más hermosa y sincera de sus sonrisas.

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 8:01 pm

Segunda parte
Mi corazón no había dejado de latir desmesuradamente, desde el momento en que la tuve frente a mí. Desde que volví a escuchar su voz. Desde el instante en que sus ojos, dedicándome una mirada, habían dejado de ser un vago recuerdo de mi infancia. Es real… Anahí ha vuelto. En este momento, se encuentra en el interior del palacio, siendo atosigada por quien sabe cuántas personas, tratando de ser amable y cortés, como toda una Reina. Y yo, aquí, observando las estrellas desde un balcón, esperando que ellas me den la fuerza suficiente para volver allá dentro y enfrentar la situación. Enfrentar los nervios que me invaden al tenerla cerca.
No creo que haya una sola persona en esa sala, que sea más feliz por su regreso que yo. Pero hay algo que no está bien, algo que no es igual… una especie de temor me invade desde que volví a verla. No controlo mis emociones cuando la tengo enfrente y no soy capaz de entenderlo. Es cierto que la he extrañado… Pero en mis recuerdos, estar junto a ella significaba paz, tranquilidad, seguridad… en cambio ahora, existe algo distinto. Mi cuerpo me envía señales que no soy capaz de comprender.
Inhalo aire profundamente, antes de volver a adentrarme en el palacio y observar como todos los invitados bailan alegremente al son de la orquesta. Entre la multitud, la distingo a ella, de pie en un lugar presidiendo la sala y observando con una sonrisa como los invitados se divierten. Me sorprende encontrarla sola. Pues desde que todo esto dio comienzo, ha sido prácticamente imposible que la dejaran en paz aunque fuera un segundo. Pero en este momento así era. Y alguna extraña fuerza superior me impulsó a andar en su dirección, volviendo a sentir mi corazón acelerarse mientras me aproximo.
Llego a su encuentro y me detengo a su lado. Adquiriendo su misma posición, observando ambas al frente. Sé perfectamente que es consciente de mi presencia, no obstante, por algún motivo, decidió no mover ni un solo músculo durante segundos. Segundos en los cuales, a pesar del escandaloso ruido que había alrededor, un profundo silencio se apoderaba de nosotras. Silencio que extrañamente, no resultaba para nada incómodo.
De pronto, un conocido olor, comenzó a invadir mis fosas nasales, provocando que no pudiera evitar husmear como un pequeño cachorrito, sin importar sentirme ridícula.
─¿A qué huele? ─Escuché su voz preguntar justo antes de que nuestras miradas se encontraran, dándonos cuenta de que ambas olfateábamos cual sabuesos hambrientos.
─¡¡Chocolate!! ─Respondimos al unísono.
En ese instante, una incontrolable risa se apoderó de ambas, al darnos cuenta de que había cosas que ni siquiera el tiempo podía cambiar.
Volví a perderme por unos segundos en esa mirada, mientras nuestras risas se iban desvaneciendo en el aire y solo era capaz de observarla, como si en esos ojos hubiera encontrado un sentido que la vida había perdido.
─Has crecido mucho, Dul ─comentó volviendo a ser ella quien rompía el silencio.
En el momento en que la escuché pronunciar mi nombre con esa familiaridad, algo se clavó en mi corazón, produciéndome un dolor inevitable. El dolor del recuerdo.
─Es el efecto que producen los años ─Respondí más tajante de lo que hubiera deseado.
Ella bajó su mirada, haciéndome notar cierto atisbo de tristeza en ese gesto, que rápidamente me hizo arrepentirme de mi respuesta. Pero sin darme tiempo a decir nada más, volvió a alzar la vista para enfrentarme con una sonrisa aún triste.
─Estás hermosa… ─Comentó.
─Me temo que debe mirarse al espejo más a menudo ─Intenté bromear ─Pues es usted, la mujer más hermosa de este reino, princesa.
─Ahora soy la Reina ─Sonrió continuando con la broma.
─Sabes que nunca te he llamado princesa siguiendo alguna formalidad.
Esa frase y mi incontrolable guiño de ojo, fue suficiente para que la expresión de culpa abandonara su mirada. Fue entonces, cuando la tranquilidad volvió a mi cuerpo. Pues no podía soportar que en su corazón hubiera tristeza, sea cual fuera el motivo.
─El colgante… ─Dijo deteniendo su mirada en mi pecho ─Aún lo llevas.
─Nunca he dejado de hacerlo.
─¿Por qué?
─Porque esté donde esté, él me hace sentir junto a mi… princesa de hielo.
En ese instante, su mirada se cristalizó, haciéndome ver que unas ligeras lágrimas estaban siendo controladas, exactamente igual que las mías. Cosa que por algún extraño motivo, me hicieron extender la mano, con la también extraña intención de pedirle que bailara conmigo.
─Me encantaría… ─Comenzó a responder, mirando nerviosamente a los invitados.
─Entiendo… ─Interrumpí sintiendo como la tristeza se apoderaba de mí.
─No. No es por ellos… Yo… es lo que más desearía hacer en este momento, Dul… Pero… ─Suspiró observando mi mano aún extendida ─No puedo… Lo siento.
Justamente en el momento en el que iba a responder, alguien más llegó y agarró esa mano que aún continuaba extendida para ella, dirigiéndome casi sin darme cuenta hacia el centro de la pista de baile.
Me adentré entre la multitud, algo desorientada por haberla perdido de vista, pero ni siquiera tuve tiempo a protestar, pues no tuve más remedio que comenzar a seguir los pasos de baile que marcaba mi raptor.
─Christopher…
─Está preciosa esta noche ─Sonrió dulcemente.
Christopher de Von, futuro heredero de un reino bastante cercano a Arendelle y mi pretendiente desde hace algunos meses. Es un hombre alto, fuerte, apuesto, valiente, responsable, solidario, atento. En definitiva, el príncipe azul que toda princesa espera encontrar. Y además, también era mi amor verdadero, al menos hasta esta noche así lo creía. Ahora, el hecho de sentirme incomoda en sus brazos, consigue que un millón de dudas me asalten.
─¿Todo bien con su hermana? ─Volvió a hablar al notar un extraño silencio en mí.
─Ella no es mi hermana ─Sentencié seriamente. Más seriamente de lo que yo misma habría imaginado.
─Bueno, pero la reina es lo más parecido que tiene a una familia ¿Cierto? ─Asentí con algo de tristeza, observando como él comenzaba a esbozar una sonrisa ─Aunque eso va a cambiar en este preciso instante.
Sin darme tiempo a responder, el Príncipe Christopher detuvo el baile, para dirigirme de nuevo ante la presencia de Anahí. Una Anahí, absolutamente seria ante nuestra aparición.
Observé como él se inclinaba a modo de reverencia, pero mis ojos no podían apartarse de ella. De su semblante serio, su mirada altanera y su expresión inmóvil, haciéndome olvidar por completo las intensiones que tuvo Christopher al traerme de nuevo hasta aquí, como si de un muñeco me tratase.
─Reina Anahí de Arendelle ─Comenzó a hablar tras la reverencia, consiguiendo que todos los presentes guardaran silencio ─Me dirijo a usted, con todos mis respetos, para solicitar formalmente la mano en matrimonio de la Princesa Dulce María de Arendelle. Siendo usted su familiar más cercano, le informo que mi deseo más profundo es casarme con su hermana lo antes posible.
En ese momento, o más bien, desde que Christopher había comenzado a hablar, el rostro de Anahí parecía haberse congelado. Aunque lo cierto es que mi mente estaba demasiado ocupada tratando de que mis labios pudieran pronunciar alguna palabra, como para centrarme en un motivo para esa reacción.
¿Casarme? ¡Apenas tengo 20 años! Y ni siquiera ha sido capaz de preguntarme si es lo que deseo.
─¿Casarse? ─Interrumpió Anahí como si hubiera escuchado la guerra de mi mente ─Apenas tiene 20 años. Me temo que eso no será posible.
─Pero mi Reina, su hermana y yo tenemos meses de conocernos. Estamos profundamente enamorados, somos el uno para el otro. No veo impedimento alguno para que no me ceda usted su mano.
─¿Meses? ─Preguntó esbozando una sonrisa irónica ─Dígame algo príncipe…
─Christopher ─Aclaró ─Christopher de Von.
─Muy bien, Príncipe Christopher de Von, ya que la princesa aquí presente ─Me señaló ─es su amor verdadero. Dígame algo; ¿Tiene usted idea alguna de cuál es su plato favorito? ─Preguntó consiguiendo crear una cara de confusión en el príncipe ─¿O quizás su postre preferido? ¿Sabe si odia, o sin embargo, ama el chocolate? ¿Conoce qué alimentos le producen alergia? ¿Cuáles son sus miedos? ¿Si teme la oscuridad y debe dormir con una pequeña vela encendida cada noche? ─Esa pregunta me dejo perpleja. Era imposible que lo recordara y peor aún, su seguridad al comentarlo, sabiendo que los años no me habían arrebatado ese miedo ─¿Conoce el sonido pausado que hace su respiración al dormir, cuál es su juego favorito o que la música es tan parte de ella como sus ojos color miel? Dígame, ¿Tiene respuesta a todas esas preguntas? ─El silencio de Christopher fue suficiente para que ella continuara con su alegato ─Lo imaginaba. Pues vuelva a dirigirse a mí para pedirme su mano, cuando conozca más a Dulce que a sí mismo.
Con esa última frase, comenzó a andar firmemente y con su cabeza en alto, dándonos la espalda.
─Pero… ─Comenzó Christopher tratando de insistir.
─Yo ya he hablado. ─Interrumpió dando por terminada la conversación.
Y tras anunciar su sentencia, Anahí continuó caminando dejándome a mí y a todos los presentes, absolutamente perplejos por tal reacción. Christopher me miraba boquiabierto, esperando que hiciera o dijera algo a su favor. Pero yo, lo único que pude hacer, fue tomarme unos segundos de tregua antes de ir en su busca. Como si no hubiera ocurrido absolutamente nada, los invitados continuaron bailando sin reparar en el incidente. Yo llegué hasta el balcón, donde minutos antes había estado observando las estrellas y la encontré ahí, haciendo exactamente lo mismo. Me regalé algunos segundos de tranquilidad para observarla detenidamente, sin ningún tipo de presión, sintiendo como aquellos años en los que éramos simplemente Any y Dul, regresaban en un abrir y cerrar de ojos.
Avancé unos pasos, sabiendo que ya había sentido mi presencia. Llegué hasta su lado e imitando su posición con la mirada ascendente hacia el cielo, lancé un suspiro hacia el firmamento… Aquel firmamento en el que debían estar nuestros respectivos padres.
─¿Está todo bien? ─Fue lo único que se me ocurrió preguntar.
─¿Qué si está todo bien? ─Rebatió encarándome, con una expresión algo molesta en su rostro. ─¡Tienes 20 años, Dulce, por dios! ¿Cómo puede siquiera pasarte por la cabeza la idea de casarte?
─¡Ey frena un poco, princesa! ─Sonreí confundida ─Ni siquiera me has preguntado si es esa mi idea…
En ese momento, su ceño fruncido se relajó ligeramente y suspiró, bajando la mirada con algo de tristeza en ella. Con ese gesto, me daba a entender que su estado a la defensiva, acaba de decidir darme una tregua.
─Si no recuerdo mal… ─Continué hablando ─era yo la que solía utilizar esa carita de berrinche para que cumplieras todos mis caprichos… ¿En qué momento de estos diez años, nos intercambiamos los papeles?
Mi pregunta consiguió que volviera a alzar la mirada, para encontrarme sonriendo con ternura. Toda esa ternura que solo ella podía inspirarme.
─¿Sigues temiendo la oscuridad? ─Preguntó con miedo, como si ese dato fuera algo relevante en esta conversación, cosa que me enterneció aún más.
─Sigo durmiendo con una pequeña vela encendida cada noche, porque desde hace algunos años, no tengo junto a mí, esa mano que me hacía sentir protegida. Amo el chocolate más que cualquier otra cosa. Continuo siendo alérgica al marisco y la música siempre será tan parte de mí, como el frío de ti. No hay una sola persona en este mundo que me conozca mejor que tú, Anahí.
Esa confesión, pareció ser suficiente para cambiar la expresión de su rostro. Pues el brillo había vuelto a sus ojos y una sonrisa adornaba sus labios. Consiguiendo que un incontrolable hormigueo invadiera mi estómago.

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 8:02 pm

─Ni siquiera te haces una idea de cuánto he extrañado verte sonreír ─Confesé.
─¿Lo amas?
Esta vez fui yo, la que sorprendida a la vez que confundida, aparté la mirada hacia el horizonte y me encogí de hombros exhalando un suspiro antes de volver a enfrentarla.
─Es todo un príncipe azul… ─Respondí no muy segura de mis palabras.
─Eso no responde a mi pregunta ─Insistió ─¿Lo amas? ¿Quieres casarte con él? ¿Pasar el resto de tu vida a su lado?
─¿Sabes? Últimamente trato de no imaginar el resto de mi vida junto a nadie… Porque la última vez que lo hice, esa persona me apartó de su lado, durante diez años. ─La tristeza volvió a su mirada en cuanto pronuncié esas palabras, cosa que me hizo suspirar de nuevo, absolutamente confundida y rendida ─No sé si quiero pasar el resto de mi vida a su lado, pero sí sé que hasta esta misma noche, creía que él era el príncipe azul con el que algún día me casaría, perfecto para cualquier mujer.
─Lo siento… ─Se disculpó dejándome ver el inicio de unas lágrimas bajando por sus mejillas ─Jamás quise hacerte daño. Nunca deseé alejarme de ti… Te he extrañado tanto…
Observar esas lágrimas empapando su delicado rostro, consiguió que una extraña sensación de opresión se instalara en mi pecho. Haciéndome desear, calmar ese dolor que veo en ella, más que cualquier otra cosa.
─Princesa… ─Llamé colocando cuidadosamente mis manos sobre sus mejillas ─Ya estás aquí… eso es lo único que importa.
Mis dedos comenzaron a secar las rebeldes lágrimas que descendían por sus mejillas. Y por primera vez, desde que la volví a encontrar, pude pararme a observar con detenimiento cada detalle de su rostro. ¿Cómo era posible que los años hubieran transcurrido de esta forma en ella? ¿Cómo pueden haberla transformado en una mujer tan increíblemente hermosa? Siempre había sido una niña bella, siempre había conseguido que la admirara por eso, queriendo parecerme a ella algún día. Pero ahora… cuando la miro, siento algo muy diferente a la admiración de niña. Su rostro inspira tanta ternura, que no puedo evitar acariciarla, sintiendo como el latido de mi corazón aumenta por segundos. Probablemente hasta ella misma sea capaz de escucharlo bombear.
De pronto, la calidez que antes sentían mis manos al rozar su piel, comienza a convertirse en un terrible e insoportable frío… Al darse cuenta de ello, sus ojos vuelven a llenarse del mismo miedo que pude observar al principio de la noche. Mis manos, aun sosteniendo sus mejillas, se paralizan… algo me impide moverlas y la confusión me invade.
─¡¡No!! ─Grita apartándose y dejándome aun mas confundida ─¡¡No puedes tocarme!! ¡¡¿Qué no lo entiendes?!!
─Any… tranquila… yo…
─Dulce… entiéndelo de una vez. No quiero que te vuelvas a acercar a mí.
Tras decir eso, vuelve al interior de la sala, donde todos continúan bailando como si nada hubiera sucedido. Mis ojos ya se encuentran cristalizados por la impotencia y mi cuerpo decide no aguantar esta situación ni un segundo más. Así que voy tras ella dispuesta a decir todo lo que llevo tantos años guardando.
─¡Se acabó la fiesta! ─Sentencia con decisión mientras intenta abandonar el salón, bajo la mirada incrédula de todos los presentes ─Que todo el mundo se vaya ahora mismo.
─¡Anahí, detente!
Sorprendentemente para todos. Detiene su marcha ante mi súplica, pero no se voltea, no se atreve a encararme.
─Dulce, mantente alejada de mi. Es una orden.
─¡No! ─Grito enfadada ─No voy a permitir que salgas de aquí sin que me des una explicación. ¿Por qué te comportas así? ¿Por qué me diste de lado durante tantos años? ¡Da la cara, maldita sea! ¡Se valiente y dame un motivo! ¿Dónde está la Anahí de hace diez años? ¿Dónde la escondiste?
─¡¡¡Ella no va a volver!!! ─Sentencia dándose la vuelta ─¡Asúmelo de una vez por todas! ¡Esa niña con la que jugabas ya no existe! Te abandonó ¿Lo entiendes? Nada volverá a ser igual. ¡Nunca!
Comienzo a sentir como las lágrimas que estaban siendo retenidas, escapan sigilosamente de mis ojos mientras la observo.
─No te creo… ─Susurro después de unos segundos, intentando acercarme.
Pero sus manos comienzan a agitarse para impedírmelo.
─¡Aléjate de mí, Dulce!
Y casi sin darnos cuenta, expulsa una cantidad de hielo que se coloca como una barrera entre ambas. El miedo en sus ojos aumenta al ver como mi confusión también lo hace. Puedo observarla temblar… está aterrorizada y yo solo quisiera poder abrazarla y asegurarle que todo está bien, no hay nada que temer aunque no entienda lo que está ocurriendo.
De pronto, siento unos brazos agarrarme, pero no puedo dejar de observar los ojos de Anahí, el pánico no cesa en ella… No sé cómo hacerle entender que estoy aquí, junto a ella. No importa que una puerta nos separe. No importa que mil montañas de hielo nos alejen, siempre estaré con ella.
Escucho gritos tras de mí: “Es un monstro” Aseguran algunos. Podría voltearme y golpear a quien quiera que haya dicho esa barbaridad. Pero lo cierto es que no hay nada en este momento que me importe más que ella.
Los gritos aumentan y todo comienza a descontrolarse. Trato de acercarme, pero los brazos de Christopher continúan impidiéndomelo. Ella se asusta cada vez más, su poder se descontrola, lanzando hielo hacia lugares sin destino, congelando cuan objeto se atraviese en su camino. Todo el palacio se está convirtiendo en hielo. La gente corre aterrorizada y entre la multitud, Anahí huye desapareciendo de mi vista. Intento seguirla, intento buscarla, pero el caos reina en Arendelle, los brazos de Christopher me aprisionan y vuelvo a perderla de vista… para siempre.

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 8:02 pm

Tercera parte
─Tantos años ocultándome, escondiéndome… “No han de saberlo. No has de sentir... Algún día serás Reina, hasta entonces, no permitas que nadie entre. Cierra las puertas, cierra tu corazón” Crecí escuchando esas palabras… Lo quise contener, pero se escapó. ¿Y ahora que importa? ¿Qué más da, si ella ya no está?
Son muchas las preguntas que Anahí se formula, mientras vaga por la fría nieve. Esa que nunca resultó una molestia para ella.
─Es parte de mí, soy yo… Su princesa de hielo siempre fui. Sé que lo entendería, sé que me aceptaría. Pero no puedo sentir… Cuando lo hago, todo se descontrola. Si volviera a hacerle daño, yo… no lo soportaría. Desde aquella noche… todo cambió.

Diez años atrás
─Dul, vas demasiado deprisa ─Advirtió la joven princesa, mientras la pequeña corría sobre los bloques de hielo que ella misma iba creando a su paso.
─Confío en ti, princesa de hielo, sé que no vas a permitir que nada malo me ocurra.
─No lo permitiría, pero detente por favor ─suplicó ─sabes que aún no lo controlo.
La pequeña traviesa, hacía caso omiso a las advertencias de su hermana y continuaba corriendo entre risas, mientras Anahí, con su magia, creaba montañas de hielo bajo sus pies, que le impedían caer al suelo. El ritmo de su marcha aumentó. A la princesa le resultaba cada vez más difícil seguirle el paso. Y en un pequeño descuido, Dulce perdió el equilibrio no encontrando ningún apoyo que le impidiera caer. Anahí, al ver eso, intentó crear otro bloque de hielo antes de que tocara el suelo, pero sus pies resbalaron, su puntería falló y su magia fue a parar directamente sobre el cuerpo de Dulce, consiguiendo que esta callera al piso desmayada.
─¡¡Dul, no!! ─Gritó corriendo a socorrerla.
El cuerpo de la pequeña niña, estaba muy frio. Anahí, con apenas 13 años, no sabía qué hacer ni a quién acudir, entre lágrimas, le suplicaba a su mejor amiga, que resistiera.
─Por favor aguanta ─Pedía entre lágrimas ─Dulce, no me dejes…no me dejes.
El ruido del gran portón al abrirse, sobresaltó a la princesa, que aún continuaba sosteniendo el cuerpo de su “hermana” mientras las lágrimas caían sobre su rostro.
─¡¡Anahí!! ¿Qué hiciste? ─Preguntó desesperado su padre ─¿Qué ocurrió?
Después de aquel accidente, ningún médico del reino pudo encontrar una solución para conseguir que el cuerpo de la pequeña Dulce dejara de congelarse paulatinamente. Los reyes habían escuchado hablar de unos curanderos que vivían en algún lugar del interior de la selva. Solo ellos podrían hacer algo al respecto. Pero para entonces, la princesa Anahí ya se había sumergido en un estado de tristeza total. Dulce era todo para ella… Su pequeña, su confidente, su cómplice, su mejor amiga… la única persona capaz de sacarle una sonrisa fuera cuales fueran las circunstancias. Y ahora, por su culpa, su cuerpo estaba congelado, la estaba perdiendo… Y perder a Dulce, significaba perderse a sí misma.
Los Reyes y la princesa, viajaron al interior de la selva, en busca de aquellos conocidos curanderos. Por suerte para la familia, tardaron menos de lo que esperaban en encontrarlos y gracias a Dios, ellos habían hallado la forma de curar a Dulce. Mas las palabras que allí pronunciaron, quedaron en el corazón y en la mente de Anahí, para siempre.
─¿Nació con poderes o es un hechizo? ─Preguntó el anciano refiriéndose a la princesa.
─Son de nacimiento ─Respondió preocupado el rey ─Y están yendo a más.
La Reina, mostró el cuerpo de Dulce a aquel anciano señor, que con detenimiento la analizó.
─Suerte que no ha sido en el corazón…Porque el corazón no es tan sencillo de cambiar. Pero la cabeza si se puede modificar.
─Haga lo que deba ─Pidió el Rey.
─Recomiendo eliminar toda la magia, incluidos los recuerdos de lo sucedido esta noche, para estar más seguros. Pero tranquilos, Dulce recordará todo lo divertido, cada momento vivido junto a la princesa, incluido, el profundo amor que le procesa. Se pondrá bien…
─Pero… ¿Se olvidará de mí? ─Preguntó la pequeña Anahí.
─Escúchame Anahí; tu poder seguirá creciendo… hay belleza en él. Pero también hay un gran peligro… debes aprender a controlarlo. El miedo, será tu único enemigo. Pero el amor, será tu salvación.
─¡No! ─Interrumpió el rey, abrazando a su asustada hija ─La protegeremos. Aprenderá a controlarlo. Hasta entonces, cerraremos las puertas, limitaremos su contacto con otras personas y ocultaremos lo sucedido esta noche a todo el mundo… incluida Dulce.
**

Ese fue el día en el que la vida de las dos princesas cambió para siempre. Desde entonces, Anahí jamás volvió a ver a Dulce. La extrañó cada día, a cada momento, escucharla llorar al otro lado de la puerta, quebraba su corazón en mil pedazos, deseando correr a abrazarla, asegurarle que ahí estaba, que jamás la había abandonado. Quiso estar a su lado en cada cumpleaños, seguir creando juntas muñecos de nieve, jugar bajo el frío sin suponer un peligro para ella. Pero eso no era posible… no podía tocarla. Nunca fue capaz de controlar su maldición y si volvía a hacerle daño, jamás se lo perdonaría… Creía haberlo superado, creía haber aprendido a controlar el miedo… hasta esta misma noche.
─Jamás podré controlarlo. Desde aquella noche, me aterroriza volver a hacerle daño… y hoy, cuando sus manos rozaron mi piel… Todo mi cuerpo tembló, todo se sintió muy diferente. ─Recordó con tristeza ─¿Pero ahora que importa? ─Preguntó dejando que la magia volviera a brotar de sus manos ─La Reina de un reino vacío… Aquí puedo ser yo, dejarlo salir, dejarlo libre. Es lo que soy. ¡No lo puedo retener!
Creaciones de hielo iban surgiendo a raíz de sus poderes. Estatuas, figuras, un gran castillo comenzó a crecer bajo sus pies, permitiendo que la libertad de ser ella misma, gobernara, sin retención, sin miedo, sin dolor.
─La nieve es parte de mí. Ya no hay nada que temer… ¿Qué más da? Ya se descubrió. Que el frio reine ya… no volveré a llorar. Aquí estoy y aquí estaré. Ya no regresaré… el pasado ya pasó. Mas ella… nunca saldrá de mi corazón.
**
─¿Estás bien? ─Preguntó la voz de Christopher caminando tras de mí.
─No…
El frio que había azotado Arendelle de un momento a otro, se vuelve cada vez más insoportable mientras el caos continúa invadiendo el reino.
─¿Sabías esto? ─Vuelve a preguntar.
─Si…
─¡¡Es un monstro!! ─Repite una voz junto a nosotras, consiguiendo que me voltee enfurecida.
─¡Jamás vuelvan a referirse a ella de esa forma! ─Ordené ─No olviden nunca, que es nuestra Reina. Todo esto es culpa mía, yo la presioné… Y yo voy a solucionarlo. ¡¡Traigan mi caballo!!
─¡No! ─Exclamó el príncipe sosteniéndome del brazo ─Es muy peligroso.
Me detuve unos segundos a mirarlo fijamente, tratando de hacerlo entender a través de mi seriedad, que nada de lo que dijera o hiciese iba a detenerme. Preparándolo para asumir la verdad más absoluta que había dicho jamás.
─Anahí no es peligrosa ─Aseguré ─Jamás me haría daño.
─¿Cómo está tan segura?
─Porque confío en ella, más incluso que en mi misma. ─Mientras decía eso, montaba mi caballo dispuesta a partir hacia las montañas, siendo observada por todos los presentes, que incrédulos habían decidido mantener silencio. El rostro de Christopher, expresaba preocupación, pero para mí, solo había una cosa importante en este momento.
─Jamás la dejaré sola. ─Dicho esto, agité suavemente mi pierna, indicándole al caballo que había llegado la hora de partir.
Y así, a lomos de un caballo blanco, como si en un príncipe azul de cuento me hubiera convertido, cabalgué en busca de la única persona, que había conseguido cambiar, el significado que hasta ahora poseían los cuentos de hadas.
Lo único que observé durante las siguientes horas, fue un montón de nieve a mi alrededor, como si el invierno más feroz hubiera acabado con el verano de Arendelle en un abrir y cerrar de ojos. Mi cuerpo comenzaba a congelarse a causa de tan tremendo frío. Pronuncié su nombre a gritos una y otra vez, sin recibir respuesta. Y aunque no pensaba rendirme hasta exhalar mi último aliento, mis esperanzas por encontrarla antes de morir congelada, estaban cesando.
Entonces, sintiendo como el frío estaba comenzando a impedirme incluso parpadear, pude observar una pequeña cabaña a lo lejos, de la que salía humo, indicando que en su interior, probablemente hiciera el calor que en este momento necesitaba. Así que, con las pocas fuerzas que me quedaban, presioné a mi caballo para que pudiéramos llegar a esa cabaña.
En cuanto entré a la misma, un cálido aire llegó a mi cuerpo, consiguiendo que poco a poco el frío cesara. A mi alrededor, habían objetos de todo tipo y al fondo, tras un mostrador, se encontraba un señor, esperando pacientemente que me acercara.
─Buenas noches ─Saludé casi tiritando de frio ─Estoy buscando a una chica. Aproximadamente de mi altura, cabello dorado, ojos azules, apariencia de princesa… la Reina. Tiene que haber estado por aquí ¿Podría ayudarme?
─Lo siento jovencita, la única persona que se atreve a vagar por el bosque con este frío, eres tú. No he visto a ninguna otra chica.
Mis esperanzas volvieron a decaer al escuchar esas palabras y la tristeza debió tornarse en mi rostro, pues el anciano me ofreció rápidamente una taza que desprendía humo a simple vista.
─Debes estar helada de frío. Te sentará bien.
─Gracias ─Traté de sonreír bebiendo un sorbo de ese chocolate caliente, que me recordaba a las numerosas tardes de invierno en las que Anahí me leía cuentos, mientras disfrutábamos de nuestro delicioso chocolate. Ese recuerdo, volvió a producir tristeza en mi interior.
─¿Se encuentra bien? ─Interrumpió el dueño de la tienda ─¿Desea algo más?
─Necesito ropa de abrigo para llegar a la montaña.
─¿A la montaña? ─Preguntó una voz desconocida habiendo salido de la nada, consiguiendo hacerme voltear. ─Está usted loca, muchacha.
Descubrí a un chico joven, moreno, bastante más alto que yo, vestido con una ropa de invierno que probablemente mantuviera su cuerpo a una temperatura normal, observándome como si me hubiera escapado de un manicomio hace unos minutos.
─Puede ─Respondí ─Pero ni siquiera eso me va a detener.
─Morirás congelada ─Aseguró.
─Pues moriré intentándolo ─Rebatí.
Entonces, una pequeña sonrisa comenzó a adornar sus labios, consiguiendo que la confusión me asaltara. El loco ahora parecía él.
─No sé que se te habrá perdido allá arriba, pero sin duda, debe ser bastante importante para que estés dispuesta a arriesgar tu vida sin titubear.
─Daría mi vida por ella, si fuera preciso.
Cuando estaba dispuesta a darme la vuelta, para terminar con esta conversación y continuar con mi compra, el chico volvió a interrumpir, estrechándome su mano.
─Alfonso… ─Dijo al tiempo que inclinaba su cuerpo y bajaba ligeramente su cabeza a modo de reverencia ─Princesa…

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 8:02 pm

─¿Cómo? ¿Sabes quién soy?
─Siempre había escuchado que estaba usted algo mal de la cabeza. Pero no lo había confirmado hasta hoy.
─¿Ah sí? ─Pregunté frunciendo el ceño y cruzándome de brazos ante el descaro de este chico ─¿Y qué más sabe usted sobre mí?
─Que no hay nada en este momento, que desee con mayor fuerza, que encontrar a su hermana.
─Ella es mucho más que mi hermana ─Aclaré con tristeza.
─Si usted me lo permite, la guiaré hasta la montaña.
─¿Por qué? ¿Qué ganas tú con eso?
─Protegerla, princesa… Hay demasiados peligros en una montaña tan grande. Y Arendelle ya ha sufrido demasiadas pérdidas.
─Si en algún momento intenta detenerme…
─Le juro por la memoria de sus padres, que haré lo que esté en mi mano para que pueda encontrar a la Reina.
Por unos segundos, dudé en si aceptar o no, las indicaciones de este joven. Pues no dejaba de ser un desconocido y no sé cuáles son sus intenciones. Pero a decir verdad, probablemente tardara siglos en encontrar a Anahí cabalgando sola por esa montaña. Y lo cierto es que no tenía nada que perder, así que…
─Está bien ─Acepté. ─Partamos cuanto antes.
Después de adquirir mi ropa de abrigo, con la que el frio resultaba mucho más soportable, Alfonso y yo subimos a lomos del caballo y comenzamos a ascender montaña arriba.
El paisaje no cambiaba demasiado durante todo el camino. Arboles repletos de nieve, es lo único que observamos y nuestras conversaciones son bastante escasas, pues a mi mente la aborda un solo pensamiento, encontrar a Anahí cuanto antes.
─¿Puedo hacerle una pregunta personal? ─Escucho desde atrás la voz de mi acompañante.
─No creo que si me niego vayas a desistir.
─No ─Rió ─Seguramente no.
─Adelante pues.
─¿Está usted comprometida?
─Sí ─Confirmé segura ─Bueno, no… quiero decir, pronto lo estaré.
─¿Un príncipe importante?
─Así es. Christopher de Von, todo un príncipe azul.
─Entonces él es… ¿Su amor verdadero?
─Supongo ─Me encogí de hombros.
─¿Supone?
─Sí, supongo. ─Repetí ─¿Cómo se puede estar segura de algo así?
─Debería usted sentirlo y no tener dudas. A ver… explíqueme ¿Por qué cree que el príncipe Christopher es su amor verdadero?
─Pues… porque es apuesto, un buen hombre, todo un caballero y… seguramente así esté escrito.
─¿Escrito? ¿Dónde?
─Oye, ¿No crees que tu pregunta personal se está multiplicando demasiado?
─Bueno, no creo que tengamos algo mejor que hacer en un bosque repleto de nieve. Además, de verdad me gustaría saberlo ¿Dónde está escrito?
─En el destino. ¿No es así como funciona? Naces, o en este caso, te conviertes en princesa, y un día llega tu príncipe azul para ser felices por siempre.
─Oh sí, también he escuchado esa versión.
─¿”Esa versión”? ─Reí ─A ver… explícame pues, ¿Cuál es tu versión?
─No es que tenga una versión en concreto ─Se encogió de hombros ─Al fin y al cabo, no soy más que un chico, hijo de una familia de curanderos. Pero sinceramente, princesa, dudo mucho que el amor verdadero esté escrito en un cuento de hadas. Y más aún que cuando este llegue, ni siquiera sepamos reconocerlo. Eso es algo que se siente, en cada poro de tu piel… Esa persona debe conocerte, entender tus miradas, respetar tus silencios. Probablemente no le hagan falta palabras para sentirte presente. Bastara un gesto, una mirada. Incluso en la distancia, esos dos corazones siempre estarán unidos. Será alguien que se preocupe por conocer tus miedos, tus dudas, tus sueños. Un cómplice, un confidente, la única persona con la que puedes sentirte tú misma, porque amará cada detalle de tu persona, independientemente de que eso sea o no perfecto. Te acepta, te comprende, te respeta, te protege. Eso es amor verdadero; la unión de dos corazones que destinado o no, un día se encuentran para acompañarse por el resto de sus vidas. ¿Piensa usted en el príncipe cuando menciono estas palabras? ¿Es a él a quien quiere acompañar por el resto de su vida?
Analicé cada palabra de Alfonso a medida que la iba pronunciando, sintiéndome realmente extraña e incluso molesta, pues cómo bien él había anticipado, no era el príncipe Christopher al que identificaba en cada una de esas palabras. No, definitivamente, él no me conoce en absoluto. De hecho, solo existe una persona, en este reino y en este universo, la cual, cumpla esa descripción con la más absoluta perfección. Y esa persona es…
─Anahí ─Pronuncio con asombro al ver la gran edificación de hielo que había aparecido frente a nosotros casi sin darnos cuenta.
─Creo que acabamos de encontrar a su hermana, princesa.
Rápidamente, detuve el caballo y me bajé de él, con una prisa extrema, corriendo hacia unas enormes escaleras en forma de caracol ascendente por la superficie del enorme y hermoso castillo de hielo que tenemos frente a nosotros.
─¡Aguarda princesa! ─Exclamó Alfonso haciéndome detener y voltear para descubrirlo llegando hasta mí ─¿Está segura de que quiere ir sola?
─Estaré bien ─Sonreí para tranquilizarlo ─Anahí es incapaz de hacerme daño.
Él asintió, no muy seguro de esa respuesta, pero finalmente observó hacia la parte superior del castillo y volvió a mirarme.
─Si me necesita, estaré aquí esperando.
Con una última y tranquilizadora sonrisa, emprendí la marcha nuevamente, dirigiéndome a toda prisa hacia esas escaleras antes mencionadas. Subí y subí un escalón tras otro, sintiendo como si nunca fueran a terminar. Hasta que, minutos más tarde, por fin, me encuentro frente a la puerta principal de este enorme castillo de hielo.
Accedí al interior, con algo de cuidado, pues no sabía lo que dentro encontraría. Pero cualquier atisbo de miedo o duda que hubiera en mí, desapareció en cuanto vislumbré tan grande belleza… Me encuentro en el interior de un precioso palacio blanco, construido con cuidado y precisión a base de hielo. Cada detalle es perfecto, cada cosa está creada con el más absoluto cuidado. Todo… sin duda, había sido creado por ella.
Observo frente a mí, unas enormes escaleras, que separan la sala, de algún otro piso superior presidido por un hermoso arco abierto. Pero antes de acceder a él sin permiso, prefiero permanecer al pie de la escalera.
─Any… ─Comienzo a llamar suavemente ─Soy yo, Du…
─¿Dulce? ─Aparece susurrando de pronto, por el mencionado arco al final de la escalera.
En cuanto la veo, mi corazón hace un fallido intento por detenerse. Mi cuerpo entero empieza a temblar. Y es que… se ve increíblemente hermosa… Algo en ella está diferente de hace unas horas. Su cabello luce un brillo distinto, un color más resplandeciente, portando una corona blanca, iluminada por pequeñas piedras azules, como sus ojos… Su vestido, es más largo y elegante que el que llevaba en la coronación. Su rostro, también expresaba algo distinto, ya no tenía miedo. Es como si este lugar, fuera su lugar. Como si este, fuera su verdadero reino. Como si aquí, nada de lo que temía hace unas horas, tuviera sentido. Es mi pequeña… mi pequeña Anahí.
─Estás… estás…
─¿Bonita? ─Interrumpió sonriendo ─¿Hermosa?
─¡Espectacular! ─Aclaré ─Estás increíblemente espectacular, princesa. ─Miré a mi alrededor ─Y esto… es… precioso.
─Ni siquiera sabía lo que era capaz de hacer.
─Yo… siento lo que ocurrió antes. Si llego a saber que…
─No. No es culpa tuya, Dul… Pero deberías irte.
─No pienso irme a ninguna parte sin ti, Anahí…
─Tu mundo está en Arendelle.
─También el tuyo…
─No, Dulce… mi mundo está aquí. Sola, siendo yo misma. Sin hacerle daño a nadie.
En ese instante, observé como en un rincón del salón había un pequeño muñeco de nieve, exactamente igual a los que construíamos cuando éramos niñas. Me detuve a observarlo, sintiendo como todos los recuerdos de nuestra infancia llegaban a mí. Ella, pareció percatarse de lo que estaba sucediendo.
─Es solo un muñeco de nieve ─Comentó.
─Es el recuerdo de todo lo que fuimos. Y eso solo me demuestra, que no lo has olvidado… que no me has olvidado. Estábamos tan unidas… ¿Por qué las cosas no pueden volver a ser como antes?
Pude ver un atisbo de ilusión en su mirada, haciéndome entender, que ella también recordaba cada momento, cada hazaña que habíamos vivido juntas. Pero de pronto, después de tomarse unos segundos de silencio, sus ojos volvieron a oscurecerse entristecidos, y el pánico volvió a inundarla.
─¡No! ─Sentenció dispuesta a darme la espalda ─Nunca volveremos a ser como antes.
─¡Any, espera! ─Subí para detenerla.
─¡Estoy intentando protegerte, Dulce!
─No tienes que protegerme. ¡No te tengo miedo! ¿Es que no lo entiendes? No me apartes de tu lado, Anahí. No me vuelvas a dejar… te lo suplico. ─Mientras hablo, ella se encarga de mantener la distancia física, observándome con miedo ─Estoy contigo… ¡mírame! ─Pedí desesperada ─Lo afrontaremos juntas. Ya no tienes nada que temer, ahora yo estoy junto a ti.
─Dul… vuelve a Arendelle… No sigas esperándome. Han pasado muchos años… La Anahí que conociste no puede volver. Disfruta de tu vida, disfruta del sol, del calor… vuelve a tu mundo, por favor.
─Princesa… sigues sin entenderlo; Mi mundo, está solamente donde tú estés…
En ese momento, unas ligeras lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, mientras trataba de cubrirse con ambas manos.
─Por favor… pequeña… no insistas más. No me lo hagas más difícil… Déjame ir, te lo suplico.
Me tomé unos segundos para observarla, sintiendo como también las lágrimas empañaban mis ojos. En este momento, ni siquiera me importa lo que yo sienta, el dolor de haberla perdido, me es indiferente. Lo único que me importa, es parar de una vez eso que tanto la entristece. Dejar de ver sus ojos empañados, es lo único que me preocupa.
─Está bien ─Suspire rendida y absolutamente triste ─Está claro que yo no significo suficiente para hacerte cambiar de opinión. Me iré, volveré al palacio y me haré cargo de Arendelle. Pero antes debo advertirte sobre algo.
─¿Qué ocurre?
─El reino está sumido en un invierno eterno, que hace unas horas desataste. Todo está congelado… y sólo tú, puedes devolvernos el verano.
─¡¿Qué?! ─Exclamó alarmándose ─Sabía que esto no iba a salir bien.
─Solo tienes que descongelarlo… y serás libre, como tanto deseas.
─No, no puedo… ─Aseguró nerviosa, caminando de un lado para otro ─No sé cómo.
─Claro que puedes. Yo sé que puedes.
Ya ni siquiera me escucha. Continua desplazándose de un lado para otro, llevándose ambas manos a su cabeza, absolutamente desesperada.
─¡¡Que ilusa fui!! ¡¡Me confundí!! ¡No puedo escapar de mi magia!¡¡Maldita maldición!! ¡Soy un monstruo, Dulce! ¡¡Soy un monstruo!! Primero tú… y ahora… Ahora el reino… yo…
─¡Anahí, cálmate! ─Pedí agarrándola por ambos brazos, para que se detuviera un momento, pues estaba excesivamente nerviosa.
─¡No!
Con una negación desesperada, se soltó bruscamente, y se alejó de mi lado, creando sin darse cuenta, una ráfaga de hielo que golpeó directamente sobre mi pecho, haciéndome caer al suelo aturdida y dolorida.
─¡¡Princesa!! ─Exclamó la voz de Alfonso, acudiendo rápidamente en mi auxilio.
En cuanto me recompuse y pude alzar la vista, descubrí a Anahí completamente agitada, respirando forzosamente, como si el oxigeno no llegara a sus pulmones. Y con una expresión del más absoluto terror en sus ojos.
─Lo siento… yo… yo… otra vez no…
─¿Se encuentra bien? ─Me preguntó Alfonso mientras me ayudaba a incorporar ligeramente mi cuerpo.
─¿Quién es este? ─Interrumpió Anahí refiriéndose a él ─No importa… ¡¡Sácala de aquí!! ─Le ordenó ─¡¡Llévala lejos!!
─No me iré a ninguna parte sin ti, Anahí.
─Sí. Te irás.
Sin dejar que el muchacho, cumpliera su orden, me levanté lo más rápido posible, tratando de acercarme a ella. Pero sus manos, presas de la rabia y el pánico, volvieron a ejercer su magia, creando una gran barrera entre nosotras.
─¿Qué poder tienes tú para detener mi magia, Dulce? ¿Qué poder tienes tú para frenarme? ¡Dime! ─Ordenó sin recibir respuesta.
Esa fue su última sentencia, antes de que una gran nevada callera sobre nosotros. Y Alfonso, sin darme opción a discutir, me sacó de aquel castillo, dejándola a ella en su interior, sola, una vez más.
Cabalgamos montaña abajo durante varios minutos. La situación, estaba siendo reinada por el silencio más absoluto que pudiera existir. De mis ojos, no había cesado de brotar las lágrimas, a pesar de no emitir ni un solo sonido. La tristeza que me invade, es absoluta. Su dolor, ver tristeza en sus ojos, miedo, desesperación y no poder hacer nada para ayudarla, me resulta realmente insoportable.
Siento el frío mucho más atroz que antes. Calando en mis huesos como si cientos de cuchillos estuvieran siendo clavados por todo mi cuerpo. Creo que aunque quisiera hablar, no sería capaz de hacerlo, pues mis labios pesan una tonelada y mis párpados, apenas se mantienen abiertos. Estoy haciendo un gran esfuerzo porque mi cuerpo no se desvanezca haciéndome caer del caballo.
Alfonso, lleva las riendas a mi espalda y gracias a eso, puedo utilizar su pecho como un ligero apoyo, para no agotarme demasiado.
─Princesa… ─Escucho su voz en la lejanía ─¿Princesa me escucha?
Apenas soy capaz de murmurar algo, cuando siento que mi cuerpo ya no puede sostenerme más y casi me dejo caer. Pero él me sostiene y agarra mis mejillas para obligarme a abrir los ojos.
─¡Tiene que mantenerse despierta!
─¿Qué ocurre? Hace mucho frío…
─La magia de su hermana debió alcanzarla. Sus labios se están tornando azules… debo llevarla con mi familia, antes de que su cuerpo se congele.
Sin decir más, pude sentir como el caballo volvía a moverse bajo nosotros, emprendiendo la marcha hacia donde el chico lo dirigía.
No sé cuánto tiempo transcurrió, pues mi mente solo era capaz de preguntarse qué estaría pasando con Anahí. Y si fue este, el motivo por el cual se alejó de mí durante diez años.
Llegamos a un lugar que no conocía, repleto de cabañas, hechas con madera y paja, y algunas fogatas calentando el ambiente. Definitivamente, aquí se siente mucho mejor que vagando por el bosque con este frio desolador.
Alfonso se bajó del caballo, y ese fue el único momento en el que fui capaz de mantenerme un poco erguida sin el apoyo de su cuerpo. Pero no duró demasiado, pues a los pocos segundos, ya estaba cargándome sobre él, para ayudarme a bajar.
Cuando quise darme cuenta, ambos nos encontramos rodeados de algunas personas, probablemente los que allí vivían.
─Alfonso… ─Pronunció un hombre mayor, con voz seria e imponente.
─Padre, necesito ayuda… es la princesa, está helada.
─Aquí hay una magia extraña… ─Informó extendiendo sus manos ─Ven, acércamela.
Siento como Alfonso, ejerce un poco de fuerza sobre mi espalda que continúa apoyada en su pecho, para que su padre, el anciano, pueda recibir mis manos.
─Dulce… Tu vida corre peligro una vez más. En tu corazón hay hielo, que la Reina Anahí puso ahí. De no eliminarlo, pasará a tu cuerpo y en hielo solido te convertirás para siempre.
─¿Qué? ─Dije sin apenas poder hablar ─No…
─¿Podrás eliminarlo, no? ─Irrumpió Alfonso.
─No hijo. Lo siento, si fuera en la cabeza, sería sencillo, pero… solo un acto de amor verdadero, puede descongelar un corazón helado.
─¿Un acto de amor verdadero? ─Pregunté para cerciorarme.

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 8:02 pm

─¿Quizás un beso de amor verdadero? ─Escuché la voz de alguien más.
En ese instante, me sentí desvanecer, recayendo nuevamente sobre el pecho de Alfonso, mientras el frío iba invadiendo poco a poco todo mi cuerpo.
─Princesa, debo llevarte junto al príncipe Christopher cuanto antes.
Un murmullo que ni siquiera yo fui capaz de entender, es lo único que mis labios pueden expresar. Pero Alfonso no repara en averiguar si fue una afirmación o una negación, pues rápidamente siento como subimos al caballo y emprendemos nuevamente la marcha.
Cabalgamos montaña abajo, a una velocidad tan grande, que el frío de la nieve se siente incluso más insoportable. Por no mencionar, la sensación que mi cuerpo experimenta, como si el hielo estuviera invadiendo cada uno de mis órganos centímetro a centímetro.
Me doy cuenta del momento en el que llegamos a palacio, porque Alfonso baja rápidamente del caballo, cargándome en brazos. Avanza unos pasos y la gran puerta de la muralla se abre para recibirnos.
─¡¡Dulce!! ─Grita “la nana” corriendo hacia nosotros, completamente alarmada ─¿Qué ocurrió?
Es entonces, cuando Alfonso deja de cargarme para que sea yo misma la que empiece a andar, con ayuda de esta mujer, que desde niñas, se encargó de cuidarnos como una auténtica madre.
─Debe intentar que su cuerpo vuelva a entrar en calor ─Instruye el chico ─Y es preciso que vea al príncipe Christopher en este momento.
─Muy bien ─Responde la nana, dispuesta a dirigirme hacia el interior del palacio.
Pero me veo en la obligación de detenerme y dirigirme al chico una vez más. En su rostro, puedo observar la preocupación, pero también un atisbo de esperanza soy capaz de distinguir.
─Gracias por todo… ─Susurro.
─Se pondrá bien ─Sonríe mientras asiente convencido.
Comienzo a andar, siendo ayudada, cuando él vuelve a detenerme.
─¡Princesa! ─Me llama, consiguiendo que voltee ─Cierre los ojos y abra el corazón, sólo así, será capaz de distinguir a su amor verdadero.
Yo asiento con una sonrisa, no muy segura del significado de sus palabras, pero sin demasiada fuerza para hacer algún tipo de preguntas. Es entonces, cuando las puertas se cierran, consiguiendo que lo pierda de vista, continuando con mi camino hacia el palacio.
En pocos minutos, llegamos a la sala de lectura, donde la nana, no tardó en recostarme junto a la chimenea encendida, para que mi cuerpo pudiera recibir su calor.
Este es el lugar, donde Anahí, mientras bebíamos chocolate caliente, solía contarme millones de cuentos de hadas. Esos, en los que la delicada princesa, conoce a su príncipe azul y a pesar de las peripecias que tengan que vivir, con un beso de amor verdadero al final, terminan siendo felices para siempre. Son miles los recuerdos de mi infancia junto a ella, los que me invaden en cada rincón de esta casa y no puedo evitar que unas lágrimas se escapen, mientras observo el fuego ascender por la chimenea.
─No llore mi niña ─Me pide la nana, regresando con mantas para cubrir mi cuerpo ─Se pondrá bien, ya lo verá.
─No soy yo quien me preocupa, nana.
─Entonces… ¿Qué es eso que la hace llorar con tristeza?
─Anahí… los recuerdos… No entiendo… no entiendo cómo ha llegado a suceder esto.
─Ella nunca quiso hacerle daño. Si llegara a saber esto… jamás se lo perdonaría. Ni siquiera podría superarlo, no otra vez…
─¿Otra vez? ─Pregunté confusa ─¿Por qué todo el mundo habla como si esto ya hubiera ocurrido antes?
La mujer, exhaló un suspiro, mientras frotaba mi cuerpo con toallas calientes y evitaba mi mirada.
─Nana… ¿Qué es lo que no sé?
─No creo que yo deba…
─Habla ─Pedí, casi ordené, poniéndome nerviosa ─¿Qué me están ocultando?
─Princesa Dulce, sus padres, antes de partir hacia ese viaje del que nunca regresaron, me confesaron un secreto, por si llegaba a ocurrir lo que todos temíamos y ustedes quedaban a mi cargo.
─¿Cuál secreto?
─¿Recuerda aquella última noche, en la que la Reina Anahí y usted salieron a jugar, antes de que se cerraran las puertas?
─Si… aunque los recuerdos son confusos. Siempre he sentido que una parte de esa noche está difuminada en mi mente.
─Así es. En la suya y en la de todo el reino. Los Reyes se encargaron de que así sucediera.
─Pero… ¿Por qué? ¿Qué pasó esa noche?
─Ocurrió, que accidentalmente, la magia de su hermana la atacó. ─Abrí mis ojos enormemente y traté de incorporarme al escuchar esa confesión, pues no recordaba en absoluto ese acontecimiento ─Los Reyes se vieron en la obligación de llevarlas con un famoso curandero del interior de la selva. Él consiguió deshacer el hechizo, pero también sugirió que ningún habitante de Arendelle, recordáramos el incidente, incluida usted. Por eso, Anahí estuvo tantos años aislada, tratando de controlar sus poderes… Si llega a saber que todo fue en vano, que volvió a hacerle daño… no lo soportaría.
─No… Por eso… por eso me pedía que me alejara de ella. Por eso me abandonó. Solo intentaba protegerme… Y yo, nunca lo entendí. Una parte de mi llegó a enojarse por su abandono. Creí… creí que no le importaba…
─Princesa Dulce, si de algo estoy segura es de que usted siempre ha sido, y siempre será, lo más importante en la vida de Anahí.
Sin decir absolutamente nada más, pues sabía que mi mirada perdida significa que necesito mis minutos para reflexionar, y nada de lo que me digan o hagan me hará volver a la realidad, la nana salió de la sala, en busca de más agua caliente y toallas. Dejándome a solas, para que las lágrimas de impotencia y tristeza volvieran a brotar de mis ojos.
Fui una tonta al pensar que yo no le importaba. Ha tenido que pasar diez años de su vida encerrada, aislada del mundo, por mi culpa. Si esa noche no hubiera insistido, si la hubiera dejado dormir plácidamente como deseaba, nada de esto hubiera ocurrido. Sus poderes no se habrían descontrolado.
─Lo siento… ─Me disculpé sintiendo como las lágrimas humedecían mi rostro ─Lo siento…mi amor.
De pronto, a pesar de continuar estando junto a la chimenea, sentí como un terrible frío azotaba la situación, empeorando mi estado. Pude vislumbrar a través de la ventana, como una gran ventisca estaba invadiendo absolutamente todo Arendelle, sumiendo el reino bajo una repentina tormenta de nieve.
La necesidad de saber si los habitantes se encontraban bien, fue infinitamente más poderosa que mi mal estar, por lo que traté de sacar las fuerzas suficientes para abandonar aquella sala, además del castillo.
Una vez en el exterior, siento los copos de nieve golpear mi cuerpo ocasionando incluso dolor. Mi vista se nubla a causa de la ventisca. No se distingue absolutamente nada y un fuerte viento me impide casi caminar, consiguiendo que caiga al suelo absolutamente desorientada y perdida.
**
A medida que Anahí se acercaba al Reino, una profunda ventisca llegaba con ella. Sabía que el descontrol que estaba sufriendo su magia en este momento, era excesivamente peligroso para Arendelle, pero en su mente, lo único que existía era Dulce. Tenía que explicarle, de una vez por todas. Debía contarle el por qué de su abandono. Tenía que asegurarle, que jamás había existido, ni existiría nadie tan importante en su vida, como ella. No hubo una sola noche que no llorara por haberla abandonado sin explicación. No existió ni un solo segundo de esos diez años, en el que no la extrañara. Ni una sola de las veces que la escuchaba llorar al otro lado de la puerta, dejó de sentir esa opresión en su corazón que ahora mismo siente.
Desde aquel 6 de Diciembre, en el que la pusieron en sus brazos, cuando simplemente era un bebé que ni siquiera podía abrir los ojos aún, Anahí sintió una conexión con esa pequeña. Supo, en este instante, que siempre iba a cuidar de ella, a protegerla, como si fuera su propia hermana. La primera vez que esa pequeña le sonrió, con una carcajada sin motivo, el corazón de la princesa aumentó el ritmo de sus latidos, haciéndole entender, que tenía entre sus brazos, el motivo que le iba a dar la felicidad durante toda su infancia. La mirada de Dulce, la sonrisa de Dulce, las travesuras de Dulce. Lo que Anahí no sabía entonces, es que 20 años después, lejos de ser su confidente, su cómplice o su mejor amiga, esa chica, con la misma sonrisa traviesa, iba a ser capaz de conseguir, que su cuerpo temblara con una simple mirada. Que al escucharla llamarla “princesa”, sus piernas perderían estabilidad, su corazón latiría desenfrenado y todo ello, la harían sentirse vulnerable.
Siempre le aseguraron que no podía sentir. Que sus emociones, sus sentimientos, eran el motivo por el cual, sus poderes se descontrolaban. Era preciso que se mantuviera en calma, fría, distante, tranquila… El miedo, como bien dijo aquel anciano, era su mayor enemigo. Y la vulnerabilidad que Dulce le hacía sentir, era su mayor miedo. Llegar a hacerle daño, la aterrorizaba. Pero ella necesitaba una explicación. Ya no podía seguir escondiéndose… no podía seguir engañándola. Dejando que se culpara por su desaparición, permitiéndole pensar que no le importaba.
─Eres lo que más me importa en este mundo ─Susurró mientras andaba por un Arendelle que cada vez se encontraba más hundido bajo la nieve ─Y aunque mientras mayor es el temor de hacerte daño, más grande se vuelve la ventisca, necesitas una explicación… Necesito hablarte con la verdad. Solo así, podré ser libre. Aunque ninguna libertad de este mundo vaya a tener sentido, si no la comparto contigo.
─¡¿Reina Anahí?! ─Llamó una voz desde algún lugar de la niebla ─¿Es usted?
─General García ─Respondió al ver que la imagen de ese hombre se volvía cada vez más nítida.
El general García, es uno de los hombres que asistieron a la coronación. Uno, de los que con toda seguridad aseguraron que la Reina, se había convertido en un monstruo a causa de sus poderes.
─¡Tiene que detener la ventisca antes de que alguien resulte herido! ¡Es usted quien la causa! ¡Debe alejarse de Arrendelle antes de que sea demasiado tarde!
─No puedo detenerla…No controlo esta magia. Necesito encontrar a la princesa. Solo cuando haya hablado con ella, abandonaré el reino para siempre.
─¿La princesa? Señora… ¿No conoce usted los últimos acontecimientos?
─¿Qué acontecimientos? ¿De qué habla, general?
─La princesa Dulce… ella… llegó hace unas horas muy malherida. ─Informó consiguiendo que el corazón de Anahí se acelerara temeroso y la tormenta de nieve aumentara en apenas un segundo ─Tenía su corazón cubierto de hielo. Usted misma la atacó y… ─Algo en la expresión de ese hombre y en las palabras que cada vez sonaban más como un eco en la lejanía, aminoró los latidos del antes acelerado corazón de la Reina ─No pudimos hacer nada para salvarla. Lo siento, mi reina… la princesa, ya no está con nosotros, por culpa de su magia… por su culpa.
En ese instante, todo… absolutamente todo, se detuvo… El corazón de Anahí, latía tan despacio que no era capaz ni de sentirlo. El sonido de las palabras pronunciadas por aquel hombre, ya no llegaban a sus oídos… La ventisca, la nieve… y cualquier otro rastro de nevada que hubiera en el reino de Arendelle, desapareció por completo, mientras la Reina, caía abatida sobre un suelo repleto de restos de nieve, sintiendo como las lágrimas inundaban sus ojos, como a medida que esas palabras iban siendo asimiladas por su mente, su corazón, perdía definitivamente, el sentido de sus latidos.
**
De pronto, sin saber por qué, la tormenta se detuvo súbitamente. La ventisca desapareció por completo, devolviendo la calma a Arendelle. La nieve, continua cubriendo el asfalto, los árboles, las casas… Pero la nevada ya no existe. Todo a mi alrededor, no es más que confusión, pues aunque la ventisca haya desaparecido, trayendo simplemente calma, mi cuerpo sigue sintiendo un frío cada vez más atroz. No entiendo que sucede, es todo muy extraño.
Entonces, escucho la voz de Christopher en la lejanía y lo descubro acercándose a lomos de un caballo blanco, cual príncipe azul de cuento de hadas.
─¡Princesa! ─Grita mientras se aproxima. ─¡¡Aguanta!!
Cabalga a toda prisa, dispuesto a rescatarme. A darme ese beso de amor verdadero que derrita el hielo de mi corazón. Ese mismo, culpable de que mi cuerpo cada vez se sienta más helado, inmovilizando mis órganos… Apenas siento las manos, o las piernas, ni siquiera estoy segura de ser capaz de moverme si fuera necesario.
Es entonces, cuando en medio de la confusión, tratando de descubrir lo que hay alrededor, mis ojos descubren a lo lejos una imagen, que acelera el ritmo de mi corazón… Es ella… O quizás, mi mente solo trata de engañarme en mis últimos minutos. Quizás solo me muestra lo que mi corazón desea ver… Inconscientemente, entorno ligeramente los ojos, para que la vista sea más nítida y algo me hace parpadear, simplemente para cerciorarme de que esa imagen no es una alucinación… Es ella…
─Anahí… ─Susurro sin fuerzas.
Es ella. Sin duda es ella… Pero la poca potencia de mi voz, impide que me escuche. Su cuerpo está arrodillado en el piso y sus manos cubren su propia cara. ¿Qué le sucede? ¿Qué te sucede, princesa? ¿Qué ocurre?
Pero no está sola. Hay alguien de pie junto a ella que… ¡No! El general, empuña una espada y se aproxima a ella con sigilo.
─No… A…Anahí…
Trato de advertirla, pero no me escucha y mi cuerpo no reacciona. La voz del príncipe vuelve a sonar distrayéndome. Observo en su dirección y está cada vez más cerca de mí. Si llega a tiempo y… me besa… podré salvarla, podré advertirla… pero… no hay tiempo. Ese hombre está cada vez más cerca, el pánico me asalta. Las lágrimas empañan mis ojos… Mi… amor.
Pero entonces, casi sin darme cuenta. Sin saber de qué lugar de mi interior, extraje la fuerza necesaria para moverme. Llego junto a ella y en un acto reflejo, me abalanzo sobre su cuerpo para que la espada no la alcance. Es en ese instante, cuando siento un fuerte golpe a mi espalda, que me hace caer bruscamente sobre el asfalto y todo se oscurece. Mi cuerpo se hiela por completo, mis ojos se desvanecen… Y a pesar de que cada centímetro de mi piel, está completamente helado… Escucho su voz llamándome en la lejanía…
─Dulce… ─Habla entre sollozos, haciéndome sentir sus manos sobre mis mejillas ─Mi amor…
Siento unas gotas caer sobre mi rostro helado. Sé que está llorando… No puedo verla, pero sé que está llorando. Daría lo que fuera por poder abrazarla, aunque solo fuera una vez. Por secar esas lágrimas y detener su dolor. Pero eso, ya es imposible… su voz cada vez se siente más lejana… Y yo, esta parte de mí que aún vive, que aún siente, que aún late, aunque sea débilmente… se apaga poco a poco… segundo a segundo…
─Te amo… ─Es lo último que alcanzo a escuchar, antes de que todo, absolutamente todo, se apague.
Pero de pronto… sin saber cuánto tiempo ha transcurrido. Mi pecho vuelve a ser golpeado con fuerza por el latido de algún corazón… Mi cuerpo, siente el calor de su cuerpo recostado sobre el mío, de su rostro, llorando sobre mis mejillas. Siento el latido de su corazón atravesar mi pecho y fundirse con el mío, que parece haber recobrado vida… Ya no hay oscuridad, ya no hay soledad, ya no hay frio… Mis ojos se abren y una bocanada de aire llega a mis pulmones, devolviéndome definitivamente la vida.
Es entonces, cuando alza la cabeza y me encuentro nuevamente con esos ojos azules, bañados en lágrimas. Creí que jamás iba a volver a ver esa mirada… Esa mirada, única culpable de que el sonido de mi corazón ensordezca mis oídos. Ella me observa confundida, a la vez que emocionada… sus labios, al igual que su cuerpo, parecen haberse paralizado. Solo soy capaz de sentir su respiración agitada, a escasos centímetros de mis labios… Mis ojos se cristalizan…
─Te prometí que nunca te abandonaría, princesa… ─Sonrío con un hilo de voz.
─Acabas de sacrificarte por mí… ─Comenta incrédula.
─Te amo, Anahí… te amo. ─Sus ojos aumentan la expresión de confusión, haciendo que mi sonrisa traviesa se amplíe, mientras ella, aleja ligeramente el rostro, tratando de averiguar si estoy bromeando o hablo en serio ─Y tú… Reina de Arendelle, princesa de hielo…también me amas.
Eso es lo último que pronuncio, antes de que sus labios se abran dispuestos a hablar, siendo al instante, detenidos por mi boca. Que en un movimiento rápido, los atrapa… Sintiendo como una enorme explosión tiene lugar dentro de mí, dentro de ambas, en el momento en el que mi calidez y su frío se unen. En el momento en el que nuestras lenguas se encuentran, acariciándose, como si siempre se hubieran esperado. Demostrándole al mundo, que existe algo… una sola cosa en el Universo, capaz de descongelar, un corazón helado…

─Un acto de amor verdadero… ─Dice una voz, provocando que nos separemos.

Ella, rápidamente se pone en pie, ayudándome a que haga lo mismo. Y entonces veo como Alfonso, con su siempre eterna sonrisa, y el resto de habitantes de Arendelle, nos observan.

─Solo un acto de amor verdadero, puede descongelar un corazón helado ─Repitió mi amigo, observándonos ─Ni siquiera le hizo falta abrir los ojos para encontrarlo, princesa… Su corazón, eligió por usted. La eligió a ella… su único amor verdadero.

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Re: Princesas de hielo

Mensaje por Admin el Mar Abr 12, 2016 8:02 pm

Tras las palabras de Alfonso, dirigí mi mirada hacia ella, que estando a mi lado, observaba hacia el suelo, como si algo estuviera ocurriendo en el interior de su mente.

─El amor… ─Dijo de pronto, volviendo su mirada azul hacia mí ─El amor es calor…

Y antes de que pudiera darme cuenta, una sonrisa adornó sus labios, mientras siento su mano sostener la mía y entrelazar nuestros dedos. No deja de mirarme a los ojos ni un solo segundo… Me observa fijamente… Sonríe… y aprieta fuertemente nuestras manos entrelazadas, dejándome ver un brillo diferente en el interior de sus ojos. Un brillo que recuerdo como si jamás hubiera dejado de observarlo. El brillo, de esa niña inocente, feliz, a la que un día conocí. Esa, que probablemente siempre, y sin haberlo sabido, fue, mi amor verdadero. Esa, que en este instante, alza su mano libre y me permite maravillarme con su magia. Descongelando absolutamente todo lo que hay a nuestro alrededor… Devolviendo a Arendelle, su verano… y su Reina…

─Sabía que podías hacerlo ─Digo maravillada ─Siempre lo he sabido. Siempre creí en ti.

Ella, me observó en silencio, sonriendo dulce y misteriosamente ante mi emoción y entusiasmo. Recuerdo perfectamente esa mirada… Esa misma, que me dedicaba cuando mi ilusión de niña me invadía contagiándola. Esa ternura que siempre sintió hacia mí, continúa ahí, en el fondo de esos ojos azules como el hielo, que me observan en silencio durante segundos, hasta que sus labios, deciden expresar por fin, lo que su corazón tanto temió decir…

─Te amo… Y siempre te amaré, Dulce.

Mis ojos se cristalizan al volver a escuchar esas palabras mientras la miro a los ojos. No sé desde cuando, no sé en qué momento comenzó a ocurrir esto… Quizás siempre ha estado ahí. Quizás siempre hemos sentido un amor superior al de mejores amigas, al de hermanas… O quizás no, quizás al reencontrarnos, después de diez años, nuestros ojos se miraron de una forma diferente. Nuestros corazones se hablaron en un idioma distinto… No lo sé, pero lo cierto es que poco me importa ya. Lo único seguro es que aquí, frente a mí, tengo a la única persona por la que fui capaz de dar mi vida. A la única que acelera los latidos de mi corazón. La única, que conoce todos mis miedos, mis manías, mis pensamientos, mis sueños… la que entiende mis miradas y revela mis silencios. La única que estuvo dispuesta a vivir una vida sin mí, si eso significaba permitirme vivir esa vida. No le importó abandonar su reino, huir, quedarse sola… porque lo único que le importaba, era yo.
Su sonrisa, se acerca cada vez más a mí, haciéndome sentir que el pulso se acelera una vez más, convirtiendo esos centímetros de distancia en largos kilómetros… Siento su aliento golpear mis labios y en ese instante, mi respiración se detiene… Nuestras bocas se encuentran de una forma dulce… el frío es historia, pues en sus labios encuentro el calor que siempre desee. El único calor que puede desprender una princesa de hielo, con un corazón de fuego.
Y así, aprendí la lección más grande que pudo darme la vida. Durante muchos años, crecí escuchando hablar de los cuentos de hadas. Siempre me aseguraron que la vida de una princesa, consistía en convertirse en una chica distinguida, educada, servicial y amorosa, para que un día, apareciera ese príncipe azul apuesto, fuerte y valiente, con el que me casaría y sería feliz para siempre.
Nunca me sentí una chica servicial, distinguida y mucho menos, la más correcta y elegante de Arendelle. Lo cierto, es que soy solo una chica, impulsiva, rebelde, algo torpe en ocasiones y queda muy lejos de mí, esa imagen de princesa perfecta.
Pero lo más importante que la vida se ha encargado de mostrarme, es que el amor, no es un cuento de hadas perfecto, entre un príncipe y una princesa que después de un millón de peripecias y obstáculos, acabarán juntos, porque el amor lo puede todo. Es cierto, no es el amor el que lo puede todo… somos nosotros, los seres humanos, los que somos capaces de conseguir cualquier cosa, si la realizamos con amor. Nunca, el príncipe azul que estaba destinado para mí, consiguió que mi estómago diera un vuelco al encontrarlo, nunca sentí con él, la confianza y complicidad que se siente con tu único y verdadero amor. Con ese, con el que puedes mostrarte tal y como eres, pues alguien que te ama, ama cada detalle de ti, y jamás desea cambiarte.
Mi príncipe azul, resultó ser nada más y nada menos, que la persona que mejor me conoce del mundo, la única que me ama con mis locuras, mis inconsciencias, mi rebeldía. La que dio la cara por mí, en innumerables ocasiones, la que me regañaba cuando debía hacerlo… La que me aconsejaba cuando necesitaba ayuda o simplemente me abrazaba cuando el silencio y sus brazos podían ser mi único refugio. Ella, con su mirada amenazante o su sonrisa repleta de ternura, me impulsaba a ser una mejor persona cada día. Ella, nunca ha sido otra, que mi… princesa de hielo.
─¿Qué escribes sobre mí? ─Escuché su voz, consiguiendo que me sobresaltara.
Me di la vuelta, para observarla a unos pocos centímetros de mi espalda, con los brazos cruzados sobre su pecho y una absoluta expresión de haber estado husmeando sobre mi hombro.
─¿Qué te hace pensar que estoy escribiendo algo sobre ti?
─Alcancé a ver “Mi Princesa de hielo”… ─Se encogió de hombros ─Y esa soy únicamente yo. Así que sea lo que sea lo que estás escribiendo, trata sobre mí.
─Se ha vuelto usted un poco egocéntrica con el nuevo cargo de Reina, princesa.
Sus ojos se entornaron ligeramente, queriendo fulminarme con la mirada, mientras yo simplemente sonreía de una forma algo irritante. Si en vez de hielo, tuviera el poder de expulsar fuego o rayos eléctricos, ya estaría absolutamente calcinada.
Pero entonces, sentí un terrible frío en mis manos y la sensación de que estas quedaban pegadas a un bloque de hielo que había salido de la nada. Un bloque macizo de hielo en el que se había convertido mi cuaderno y el cual tuve que dejar caer rápidamente, antes de que mis manos se quemaran por el frío.
La miré confundida, encontrándola con una sonrisa traviesa dibujada en sus labios y una ceja alzada de un modo muy juguetón.
─Eso es trampa… ─Informé amenazándola con mi dedo índice. ─¿Desde cuándo utilizas tus poderes en mi contra?
─No utilizo mis poderes en tu contra. Utilizo mis armas de una forma inteligente.
Esta vez, la que alzó una ceja fui yo, dándole a entender que ese pobre argumento no me sirve de nada. Pero ella, lejos de rendirse, lo único que hizo fue poner la expresión de inocencia y bondad más creíble que le pudo salir. Creíble para todo el mundo, excepto para mí, por supuesto.
─¿Crees que tu carita de ángel va a convencerme de algo?
─Quizás no sirva para nada más que derretirte ─Volvió a encogerse de hombros ─Como mismo tú me derretías, cuando la utilizabas siendo una niña traviesa.
─¿Así que te derretía? ─Pregunté sonriendo con picardía y acercándome peligrosamente a su cuerpo.
─Ajá… gracias a eso te libraste de no convertirte en un muñeco de nieve después de alguna que otra travesura.
─Bueno… cada una explota sus poderes de alguna forma ¿No? ¿O creías que ibas a ser la única super princesa, capaz de convertir un reino en una gigantesca pista de patinaje? ─A escasos centímetros de su rostro, me detuve para observarla fijamente y sentí como si en sus ojos, hubiera encontrado la respuesta a miles de preguntas ─Una vez me preguntaste, que poder tenía yo para frenarte… Y hoy con total seguridad puedo responderte, que mi más grande poder, es amarte.
Ella sonrío, con toda la ternura que probablemente sintiera su corazón. Alzó una de sus manos y acarició dulcemente mi mejilla. Ambas sonreímos juntas, al sentir el ligero calor que desprendían sus manos al rozar mi piel, pues siempre se había caracterizado por desprender una temperatura bastante más baja de la normal.
─Tanto tiempo intentando esconder mis sentimientos, sin darme cuenta de que son ellos, los únicos capaces de hacerme controlar mis poderes… La libertad más real que puede sentir un ser humano, es la que se siente al liberar su corazón.
No pude hacer más que sonreír al escuchar sus palabras. Pues estaba de acuerdo con cada una de ellas y no había felicidad más grande que saber que estando a mi lado, se siente libre.
Sin dejar de observarme, volvió a emitir esa sonrisa mientras alzaba una de sus manos y me hacía ver como mágicamente descongelaba el cuaderno. Así que me agaché a recogerlo y lo sostuve unos segundos entre mis manos, mientras lo observo pensativa.
─No hay nada en este mundo que no desee compartir contigo ─Aclaré refiriéndome a lo que había escrito en el cuaderno. Ella permaneció en silencio, simplemente esperando y sonriendo, pues lo ocurrido minutos antes, no era más que un juego. Ambas sabemos, que ella, iba a ser la primera persona con la que compartiera esto ─Es un cuento… ─Informé.
─¿Un cuento de hadas?
─Nuestro cuento de hadas ─Corregí ─Quizás en algún momento de la historia, en algún otro lugar del mundo, muy lejos de Arendelle, nazca una princesa o una chica normal, que necesite conocer que existen tantos cuentos de hadas distintos, como personas hay en el mundo. Ninguna historia de amor es igual a otra. Nadie puede decirte si tu forma de amar está bien o está mal… Quiero que el mundo sea consciente de que el amor crece en el corazón y no es una tradición. No tiene por qué haber un príncipe azul que conquiste a una princesa… Son miradas y sentimientos que crecen, sin importar que sean hombres o mujeres, príncipes o princesas. Y sobre todo, que el “para siempre” y los finales felices, a veces pueden durar tan solo un momento.
─No entiendo lo que quieres decir con eso, ¿No crees que el nuestro vaya a ser para siempre?
─Ni siquiera sé si ha estado ahí desde siempre ─Sonreí ─Si no puedo conocer al 100% el pasado, ¿Cómo va a ser posible que conozcamos el futuro, princesa? Lo único que yo sé, es que tú, Anahí, eres el amor de mis momentos… y te amaré cada momento de mi presente, llegue hasta donde llegue.
─Siempre seré tu princesa de hielo… ─Confirmó sonriendo ─Siempre serás mi princesa traviesa. Y no importa si en algún momento nos separan kilómetros, centímetros o una simple puerta de madera cerrada. Aún a pesar de eso, jamás dejé ni dejaré de protegerte, de cuidarte…
─No me gustan los kilómetros ─Negué volviendo a acercarme ─Y mucho menos las puertas cerradas. No quiero absolutamente nada, que me mantenga alejada de ti ni un centímetro.
─Te prometo, que nunca más volveremos a cerrar las puertas.
Con esa promesa, que es mucho más que una promesa de amor eterno. Es una promesa de compañía, de confianza, de mutua protección y complicidad, pues no existe amor más grande que ese, que nace más allá de los besos y las caricias, más allá de un flechazo ideado por el destino. Es ese amor, que crece en tu corazón, haciéndote saber que ni el tiempo, ni la distancia, lo podrán sacar de ese lugar. Con esa promesa, unimos nuestros labios, en este balcón donde tantas veces observamos las estrellas, bajo un cielo, hoy iluminado por el sol más resplandeciente que hemos tenido en años. Demostrándole con cada movimiento, que ella es mi único, amor verdadero.
En cuanto nos separamos ligeramente para recuperar el oxígeno, abrí los ojos y la observé con una expresión de absoluta picardía y emoción en su mirada. Cosa que me confundió, pero ni siquiera me dio tiempo a pensar, cuando quise darme cuenta, me llevaba a rastras escaleras abajo, hacia el exterior del castillo.
Corrimos de mano por la calle, e hizo que nos detuviéramos en medio de la plaza, donde todos los ciudadanos detuvieron sus quehaceres para mirarnos expectantes. Tan expectantes como yo, pues solo ella sabe lo que se propone.
Después de unos instantes, me observó con una sonrisa traviesa, aumentando si era posible su misterio.
─¿Preparada de nuevo, princesa?
─No sé para qué, pero… sea lo que sea, estoy absolutamente preparada, mi Reina.
Entonces, como si esa hubiera sido la señal de salida para una carrera, sin dejar de dedicarme esa sonrisa que no la ha abandonado desde su regreso, esa sonrisa de estar descubriendo un mundo nuevo. Un mundo, que tantos años había estado reteniendo en su interior, dio un imponente zapatazo sobre el asfalto y como por arte de magia, el suelo de Arendelle, comenzó a convertirse en una enorme pista de hielo bajo nuestros pies. A lo que todos los ciudadanos, maravillados, comenzaron a correr y deslizarse, pues era la señal que había adquirido la Reina, para hacer saber a sus paisanos, que en ese momento, ya no existe obligación alguna más que disfrutar junto a sus familiares de un día de juego y patinaje.
Definitivamente, el reino de Arendelle, jamás ha tenido, ni tendrá, una mejor líder, que la que en este momento sostiene mis manos y me observa sonriendo, mientras en mis pies crea unos patines de hielo para que nuestro juego, también dé comienzo. Mi corazón, jamás ha tenido, ni tendrá una mejor dueña, que esta mujer, con alma de niña. La misma que entre risas, comienza a deslizarme por toda la plaza, adentrándonos entre los ciudadanos, olvidándonos de una vez por todas, de que ella es la Reina y yo la Princesa. En este momento, habíamos vuelto a ser simplemente, Anahí y Dulce, amigas desde la infancia…y…
“…Y colorín, colorado… este cuento, no ha hecho más que empezar.”

...FIN...

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Re: Princesas de hielo

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